El olor a madera, la calidez de lo cotidiano, el tono íntimo y grave de las voces, nos transportan hasta alguna cocina, o a alguna habitación de alguna casa donde Luko está grabando las seis canciones de este disco pequeño e infinito. Limitando sus armas a no más que una guitarra criolla y su hipnótica voz, Luko da en el blanco y nos hace cautivos durante casi veinte minutos de un singular microclima, un ambiente cálido, un trance del cual no querremos salir...