Y cuando se apague el último sonido siga por largo tiempo la sensación que todo cambia y no encontrarse con la rigidez de la realidad inexacta y sostenida por «ese hatajo de rencorosos y dóciles, violados, robados, destripados, y gilipollas siempre. ¡Ni que lo digas! ¡No cambian! Ni de calcetines, ni de amos, ni de opiniones, o tan tarde, que no vale la pena. Han nacido fieles, ¡ya es que revientan de fidelidad! Soldados sin paga, héroes para todo el mundo, monosabios, palabras dolientes, son los favoritos del Rey Miseria. ¡Los tienen en sus manos! Cuando se portan mal, aprieta... Tienen sus dedos en torno al cuello, siempre, cosa que molesta para hablar; han de estar atentos, si quieren comer... Por una cosita de nada, te estrangula... Eso no es vida»
«Puestos a hablar de ti, ¡tú es que eres un anarquista y se acabó!»
Siempre un listillo, como veis, y el no va más en opiniones avanzadas.
«Tú lo has dicho, chico, ¡anarquista! Y la prueba mejor es que he compuesto una especie de oración vengadora y social. ¡A ver qué te parece! Se llama Las alas de oro...» Y entonces se la recité:
Un Dios que cuenta los minutos y los céntimos, un Dios desesperado, sensual y gruñón como un marrano. Un marrano con alas de oro y que se tira por todos lados, panza arriba, en busca de caricias. Ése es, nuestro señor. ¡Abracémonos!*Adaptación de un extracto de Viaje al fin del la noche de Louis Ferdinand Celine.