Los últimos acontecimientos nos inducen fácilmente a dejarnos poblar por su naturaleza sugerente y su variedad de imágenes. Es una bella invitación a recorrer sus paisajes íntimos, abiertos, tácitos. Sin dilaciones nos encontramos atados a una gigantesca hélice que invita al vértigo con su crescendo monstruoso. Los graves sacuden y se acercan haciéndose temer, inflándose y cuando el agobio parece inminente, nos toma por la espalda una criatura del silencio, un leve fluir de ruido sutil que vacía el cuerpo y limpia los oídos. El intruso se aleja, dejándonos perplejos y algo confundidos, abriendo paso a la inquietante "partícula", un espectro que no muestra el rostro, creemos percibirlo, pero no estamos del todo seguros y permanece allí con su llanto fantasmal. Su imagen se adivina como reflejada en el agua, un poco distorsionada por las leves estelas, tan parecida a la liviandad como al miedo. Luego entramos en un clima ventoso, oímos como hierven los sonidos y se consumen. Nos atraviesa su carácter agudo, el sonido es gigante y llena todas las copas del alma. Entre las imágenes intermitentes vemos a lo lejos a una niña cuyo abundante pelo es arrojado a un costado por el viento, pero tampoco estamos seguros de verlo. Se enciende un motor que circula alrededor nuestro y se hace ver, sus ruedas amenazan con cortarnos en dos y estamos dispuestos a la entrega total. El enjambre metálico se aproxima y se aleja, ostentando su atrevimiento y rugiendo desde diferentes planos sonoros. Hemos quedado en silencio ante la lejanía definitiva de la máquina y somos apuñalados por la obscena "madero" que nos pisa el rostro y se involucra brutalmente en el ambiente. Hambrienta, se arroja a una búsqueda que desconocemos. Lo saquea todo y la vemos revolver escombros temiendo lo que pudiera exhumar de ellos. Contemplamos sus muecas, su furia, sus burbujeantes ojos hasta que se empieza a adormecer y se expande por el espacio um, donde todo es oxígeno, todo se presenta baladí, la misma plenitud es una leve toma de aire, un aire que enriquece y nos nutre el alma hasta que finalmente, las hordas del silencio llenan el campo. La atractiva propuesta de Sarah Vacher nos garantiza un sonido lleno de logrados momentos: delicadeza, morbo, encantadora impertinencia. Nos muestra el lado bestial del sonido, ese lado que no teme herir, arrinconar, abrigar o callar. (Adrián Juárez)