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RUBÉN DARÍO 



PROSAS PROFANAS 



OTROS POEMAS 




MONTEVIDEO 

CLAUDIO GARCÍA — Editor 

SAKANDÍ, 441 

1917 



PROSAS PROFANAS 

Y 

ÓTEOS POEMAS 



RUBÉN DARÍO 



PKOSAS PIÍOFANAS 



OTROS POEMAS 




MONTEVIDEO 

CLAUDIO GARCÍA — Editor 

6ARANDÍ, 441 

1917. 




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RUBÉN DARÍO 



SU PEKSOMALIDAD LITERARIA — PROSAS PROFANAS W 



A Samuel Blixén. 

— No es el poeta de América, oí decir una voz que la 
corriente de una animada conversación literaria se de- 
tuvo en el rombre del autor de Prosas profanas y de 
Azul. Tales palabras tenían un sentido de reproche; 
pero aunque los pareceres sobre el juicio que se deducía 
de esa negación fueron distintos, el asentimiento para 
la negación en sí fué casi unánime. Indudablemente, 
Rubén Darío no es el poeta de América. 

¿Necesitaré decir que no es para señalar en ello una 
condición de inferioridad literaria, como hago mías las 
palabras del recuerdo?. . . . Me parece muy justo deplo- 
rar que las condiciones de una época de formación, que 
no tiene lo poético de las edades primitivas ni lo poéti- 
co de las edades refinadas, posterguen indefinidamente 
en América la posibilidad de un arte en verdad libre y 
autónomo. Pero así como me parecería insensato tra- 
tar de suplirlo con la mezquina originalidad que se ob- 
tiene al precio de la intolerancia y la incomunicación, 
creo pueril que nos obstinemos en fingir contentos de 
opulencia donde sólo puede vivirse intelectualmente 
de prestado. Confesémoslo: nuestra América actual es, 
para el Arte, un suelo bien poco generoso. Para obtener 

(i) aclaración bibliográfica. 

La semblanza de Rubén Darío que encabeza la presente obra, fué pu- 
blicada sin firma, en el año 1901, a manera de prólogo en la edición de 
Prosas Pro/anas, de la Viuda de Bouret-Paris. 

Atribuida en los círculos literarios al Sr José E. Rodó, la reproduzco 
en esta edición por tratarse de un estudio interesante — quizá no superado — 
sobre Rubén Darío. — El Editor. 



VI 



poesía, de las formas, cada vez más vagas e inexpresi- 
vas de su sociabilidad, es ineficaz el reflejo; sería nece- 
saria la refracción en un cerebro de iluminado, la re- 
fracción en el cerebro de Walt Wintman. — Quedan, es 
cierto, nuestra Naturaleza soberbia, y las originalida- 
des que se refugian, progresivamente estrecbadas, en 
la vida de los campos. — Fuera de esos dos motivos de 
inspiración, los poetas que quieran expresar, en forma 
umversalmente inteligible para las almas superiores, 
modos de pensar y sentir enteramente cultos y huma- 
nos, deben renunciar a un verdadero sello de america- 
nismo original. 

Cabe, en ese mismo género de poesía, cierta impre- 
sión de americanismo en los accesorios; pero, aun en los 
accesorios, dudo que nos pertenezca colectivamente el 
sutil y delicado artista de que bablo. Ignoro si algún 
espíritu zahori podría descubrir, en tal cual composi- 
ción de Rubén Darío, una nota fugaz, un instantáneo 
reflejo, un sordo rumor, por los que se reconociera en el 
poeta al americano de las cálidas latitudes, y aun al su- 
cesor de los misteriosos artistas de Utatlán y Palenke; 
como, en sentir de Taine, se reconoce — comprobándo- 
se la persistencia del antiguo fondo de una raza, — al 
nieto de Néstor y de Ulises en los teólogos disputadores 
del Bajo Imperio. Por mi parte, renuncio a tan aventu- 
rados motivos de investigación, y me limito a reiterar 
mi creencia de que, ni para el mismo Taine, ni para 
Buckle, sería un hallazgo feliz el de tal personalidad en 
ambiente semejante. 

Su poesía llega al oído de los más como los cantos 
de un rito no entendido. Su «alcázar interior» — ése de 
que él nos habla con frecuencia — permanece amoro- 
samente protegido por la soledad frente a la vida mer- 
cantil y tumultuosa de nuestras sociedades, y sólo se 
abre al sésamo de los que piensan y de los que sueñan... 
Tal, cu la antigüedad, la granja del Tíbur, el retiro de 



vn 



Andes o Tarento, la estancia sabina; todos los seguros 
de aquel grupo de helenizados espíritus que, con el pen- 
samiento suspenso de las manos de Atenas y sin mez- 
clarse a la avasalladora prosa de la vida exterior, forma- 
ron corno una gota de aceite ático en las revueltas aguas 
de la onda romana. 

Aparte de lo que la elección de sus asuntos, el per- 
sonalismo nada expansivo de su poesía, su manifiesta 
aversión a las ideas e instituciones circunstantes, pue- 
den contribuir a explicar el anti-americanismo invo- 
luntario del poeta, bastaría la propia índole de su ta- 
lento para darle un significado de excepción y singu- 
laridad. Hay una línea que, como la que separa de lo 
azul la franja irisada del crepúsculo, separa en poesía 
americana el imperio de los colores francos y uniformes, 
— oro y púrpura, como en Andrade; plata y -celeste, 
como en Guido, — del sens des nuances de Rubén. Ha- 
bíamos tenido en América poetas buenos, y poetas ins- 
pirados, y poetas vigorosos; pero no habíamos tenido 
en América un gran poeta exquisito. Joya es ésa de es- 
tufa; vegetación extraña y mimosa quo mal podía ob- 
tenerse de la explosión vernal de savia salvaje en que ha 
desbordado hasta ahora la juvenil vitalidad del pen- 
samiento americano; algunas veces encauzada en toscos 
y robustos troncos que durarán como las formas bru- 
tales, pero dominadoras, de nuestra naturaleza, y otras 
muchas veces difusa en gárrulas lianas, cuyos despojos 
enriquecen al suelo de tierra vegetal, útil a las flores- 
cencias del futuro. 

Agreguemos, incidentalmente, que tampoco es fruto 
fácil de hallar, dentro de la moderna literatura espa- 
ñola, el de la exquisitez literaria; entendiendo por tal la 
selección y la delicadeza que se obtienen a favor de un 
procedimieno refinado y consciente; no lo «delicado» 
sentimental e instintivo de las Rimas. Suele tener aque- 
lla condición la prosa de don Juan Valera, por ejemplo; 



VIII 



pero es indudable que, ni la genialidad tradicional de 
la raza, ni mucho menos las actuales iniluencias del me- 
dio sobre la producción, conspiran a favorecer, en el 
solar de nuestra lengua, tal modalidad de la belleza y 
del arte. En cuanto a América, la espontaneidad volun- 
tariosa e inconsulta, reñida con todo divino ensueño de 
perfección, ha sido cosa tan natural en la obra de su 
pensamiento, como las improvisaciones agitadas en su 
obra de organización y de desarrollo material. Prefe- 
rida escuela de sus poetas (como de sus repúblicos) ha 
sido hasta hoy la que, con intraducibie modo de decir, 
llamarían en Francia l'école buissonniere de la poesía y 
la política. Por otra parte, los románticos pusieron ex- 
cesivamente en boga entre nosotros las abstracciones 
do cierta psicología estética que atribuía demasiada 
realidad al mito del «numen». Se creía con una cando- 
rosa buena fe en la inspiración que desciende, a modo 
de relámpago, de los cielos abiertos; se tenían para cual- 
quier severa disciplina los rencores del escolar para el 
latín; se iba a pasear a los prados y los bosques y, como 
Mathurin Kegnier, se «cazaban los versos con reclamo». 
Además, toda manifestación de poesía ha sido más o 
menos subyugada en América por la suprema necesidad 
de la propaganda y de la acción. El arte no ha sido, por 
lo general, sino la forma más remontada de la propa- 
ganda; y poesía que lucha no puede ser poesía que cin- 
cela. Este utilitarismo batallador que, bien o mal depu- 
rado de la inevitable escoria prosaica, aparece en casi 
todas las páginas de nuestra Antología, basta para que 
resalte con un enérgico relieve de originalidad la obra, 
enteramente desinteresada y libre, del autor de Azul. 
No cabe imaginar una individualidad literaria más aje- 
na que ésta a todo sentimiento de solidaridad social y a 
todo interés por lo que pasa en torno suyo. Se diría que 
es lo menos Béranger que puede ser un poeta; lo quo, en 
sentir de algunos, equivaldría a decir que es todo lo 



IX 



• poeta que puede ser un mortal. Alguna vez tuvo bu 
musa la debilidad do cantar combates y victorias; pero 
la creo convencida de que, como en la frente de la Her- 
minia del Tasso, el casco de guerra sienta mal sobre su 
frente, hecha para orlarse de rosas y de mirtos. Here- 
dia, Olmedo, Andradc, dibujan, más o menos conscien- 
temente, en derredor de sus versos, el circuito de un 
Forum, las gradas que se dominan desde una tribuna; en 
tanto que la de Rubén Darío es una mente de poeta que 
tendría su medio natural en un palacio de príncipes 
espirituales y conversadores. Yo no le creo incapaz de 
predicar la buena nueva; pero afirmo que, para hacerle 
maestro de la verdad, sería necesario prepararle una 
decoración renovada de los más bellos pasajes del Ge- 
nezareth de idilio, do Renán; vestir al apóstol con tú- 
nica de oro y de seda; ungir de nardo su cabeza y sus 
hombros.... y todavía, conseguir del Enemigo Malo 
que las prostitutas y los publícanos fuesen gentes deli- 
cadamente perversas, sin ninguna emanación de vul- 
garidad. 

Cierta referencia del mismo autor de La Abadesa de 
Jouarre, que glosaremos con una frase de Bacón, nos 
dará de antemano la síntesis de nuestro estudio de la 
personalidad y las ideas del poeta. «La verdad de los 
dioses debe inferirse únicamente por la belleza de los 
templos que se les han levantado,» le decía a Renán un 
artista amigo. «No hay refinada belleza sin algo extraño 
en sus proporciones,» afirmaba el genial y abyecto Can- 
ciller. — Todo Rubén Darío está en la doctrina que 
puede deducirse lógicamente de esos postulados. — El 
Dios bueno es adorable porque es hermoso; y será la 
más verdadera aquella religión que nos lo haga imagi- 
nar más hermoso que las otras. ... y un poco raro ade- 
más. — Le rare est le bon, dijo el maestro. — Satán es 
digno de ser ponderado en letanías siempre que se en- 
carne en formas que tengan la selección de Alcibíades, 



los fulgores de Apolo, la impaA r idez de Don Juan, la es- 
piritualidad de Mercurio, la belleza de Páris. En cuanto 
a las cos N as do, la tierra, ellas sólo ofrecen, para nuestro 
artista, un interés reflejo que adquieren de su paso por 
la Hermosura, y que se desvanece apenas han pasado. 
Frente a la realidad positiva, a las que el Evangelio 
llama disputas de los hombres, a todo lo oscuro y lo pe- 
sado de la agitación humana, su actitud es un estupor 
exotérico o un silencio desdeñoso. Nada sino el arte. Y 
como el arte significa esencialmente la Apariencia di- 
vinizada, y pone en las cabezas el mareo fácil de la alon- 
dra para ir hacia «todo lo que luce y hace ruido», pretie- 
re un rey a un presidente de república, — ya Washing- 
ton, Halagahal. Se reina bien cuando se reina de mane- 
ra adecuada para proporcionar a una reducida porción 
de hombros elegidos las más frecuentes e intensas sen- 
saciones de felicidad y de belleza. La acción vale como 
parodia del ensueño. El grande hombre de acción sería 
el absoluto y todopoderoso monarca que, considerando 
la sociedad como el mármol donde él estaría obligado 
a cincelar una estatua, a un tiempo enorme y exquisita, 
la recortara, la trozase despiadadamente, para organi- 
zaría con arreglo a una suprema idea de originalidad 
novelesca y de magnificencia exterior. 

Nada sino el arte, repito. «Su naturaleza literaria» 
vibra entera en esa palabra. Su talento la lleva por sig- 
no lo mismo en la faz que mira al Capitolio que en la 
que mira a la Tarpeya: en la de los aciertos y en la do 
las culpas. Imaginad su mundo íntimo como un hori- 
zonte avasallado por una cumbre solitaria, donde la 
Belleza hace llegar sus rayos de cerca y donde el amor 
de la Belleza se levanta poderoso, altivo, vencedor. To- 
do lo demás de la realidad y de la idea queda en el fon- 
do oscuro del valle. . . . Las cosas sólo Balen de la oscu- 
ridad de la indiferencia cuando un rayo de aquel amor 
las ilumina. Y del imperio de ese sentimiento único, 



XI 



— receloso tirano de su reino interior, — ha nacido 
esta organización de poeta, verdaderamente extraña 
y escogida, como nace, de la cristalización del carbono 
puro, la piedra incomparable. 

Los que, ante todo, buscáis en la palabra de los ver- 
sos, la realidad del mito del pelícano, la ingenuidad de 
la confesión, el abandono generoso y veraz de un alma 
que se os entrega toda entera, renunciad por ahora a 
cosechar estrofas que sangren como arrancadas a entra- 
ñas palpitantes. Nunca el áspero grito de la pasión de- 
voradora e intensa se abre paso al través de ios versos 
de este artista poéticamente calculador, del que se diría 
que tiene el cerebro macerado en aromas y el corazón 
vestido de piel de Suecia. También sobre la expresión del 
sentimiento personal triunfa la preocupación suprema 
del arte, que subyuga a ese sentimiento y lo limita; y se 
prefiere, — antes que los rebatados ímpetus de la pa- 
sión, antes que las actitudes trágicas, antes que los mo- 
vimientos que desordenan en la línea la esbelta y pura 
limpidez, — los mórbidos e indolentes escorzos, las 
serenidades ideales, las languideces pensativas, todo lo 
que hace que la túnica del actor pueda caer constante- 
mente, sobre su cuerpo flexible, en pliegues llenos de 
gracia. 

Y ese mismo amaneramiento voulu de selección y de 
mesura que le caracteriza en el sentimiento, le domina 
también en la descripción. Está lleno de imágenes, pero 
todas ellas son tomadas a un mundo donde genios celo- 
sos niegan la entrada a toda realidad que no se haya 
bañado en veinte aguas purificadoras. Porque Rubén 
Darío sería absolutamente incapaz de extraer poesía 
de las excursiones en que el pie felino de la musa de 
Beaudelaire hollaba, con cierta morbosa delectación, 
el cieno de los barrios inmundos, y en que ella desple- 
gaba sus alas de murciélago para remover la impureza 
de las nieblas plomizas. Ve intensamente, pero no ve 



XII 



sino ciertos delicados aspectos del mundo material. La 
intensidad de su visión se reserva para las cosas her- 
mosas. Cierra los ojos a la impresión de lo vulgar. Lleva 
constantemente a la descripción el amor de la suntuo- 
sidad, de la elegancia, del deleite, de la exterioridad 
graciosa y escogida. Su taller opulento no da entrada 
sino a los materiales de que, si fuese suya la lámpara 
de Aladino, habría de rodearse en la realidad. Oro, 
mármol y púrpura, para construir, bajo la advocación 
de Scheherazada, salones encantados. Todas las formas 
que ha fijado en el verso revelan ese mismo culto de -la 
plasticidad triunfal, deslumbradora, que se armoniza 
en él con el de la espiritualidad selecta y centelleante. 
El instinto del lujo, — del lujo material y el del espíri- 
tu, — la adoración de la apariencia pulcra y hermosa, 
con cierta indolente non curanza del sentido moral. 

Tal inclinación, entre epicúrea y platónica, a lo Re- 
nacimiento florentino, no sería encomiable como mode- 
lo de una escuela, pero es perfectamente tolerable como 
signo de una elegida individualidad. De ese modo de 
ver no nacerán en el arte literario, las obras arquitec- 
turales e imponentes (y desde luego, es indudable que 
no nacerán poemas cosmogónicos, ni romances sibili- 
nos, ni dramas cejijuntos); pero nacen versos preciosos; 
versos de una distinción impecable y gentilicia, do un 
incomparable refinamiento de expresión; versos que pa- 
recen brindados, a qiiien los lee, sobre la espuma que 
rebosa de un vino de oro en un cristal de baccarat, o en 
la perfumada cavidad de un guante cuando apenas se 
lo ha quitado una mano principesca .... Todas las se- 
lecciones importan una limitación, un empequeñecimien- 
to extensivo; y no hay duda de que el refinamiento de 
la poesía del autor de Azul la empequeñece del punto de 
vista del contenido humano y de la universalidad. No 
será nunca un poeta popular, un poeta aclamado en me- 
dio de la vía. El lo sabe, y me figuro que no le inquieta 



XIII 



gran cosa. Dada su manera, el papel de representante 
de multitudes debe repugnarle tanto como al poeta de 
las Flores del mal, que, con una disculpable petulancia, 
se jactaba de no ser lo suficientemente béte para merecer 
el sufragio de las mayorías. . . . Lejos del vano estrépito 
del circo; en la «sede del arte severo y del silencio,» como 
él gusta decir evocando la grave frase d'annunziana, 
pule, cincela, a modo de «un buen monje artífice». — Re- 
cuerdo a este propósito que uno de los personajes de 
L'Immoriel de Daudet, plantea esta cuestión intere- 
sante: — Si acaso Róbinson hubiera sido artista, poeta, 
escritor, ¿hubiera continuado siéndolo en la soledad, 
hubiera producido?. He ahí una duda que, para los 
artistas de la raza del nuestro, apenas admite explica- 
ción. En el individualismo soberbio de este poeta — aun- 
que prive a su poesía de la amplitud humana y gene- 
rosa que realza a la de los que cantan con vocación y 
majestad de hierof antes — hay un fondo legítimo que 
ningún alma dotada de «entendimiento de hermosura» 
será osada a negar. Cierto: la Belleza soñada es, de to- 
das las cosas del mundo, la que mejor justifica los indi- 
vidualismos huraños y rebeldes; es un santo horror el 
que tiene el artista a la tiranía de los más, al pensamien- 
to vestido con librea de uniforme; el arte y la multitud 
están hechos de distinta substancia. El arte es cosa leve 
y Calibán tiene las manos toscas y duras. Pero se le 
puede abominar en el arte y amarle cristianamente en 
la realidad. Rubén Darío no le ama ni en la realidad ni 
en el arte. Sé que no se indignará conmigo si atribuyén- 
dole un sibaritismo de corazón que haría rugir a Edmun- 
do Schérer, cuyas inventivas contra Gautier acabo de 
dejar de las manos, me creo autorizado a pensar que, 
como el personaje de Mademoiselle Mawpin, sólo se 
siente inclinado a dar limosna cuando la sordidez y los 
andrajos tienen aspecto de cuadro de Ribera o de Go- 
ya! 



XIV 



Todas las predilecciones que revelan sus versos: todo 
ese grupo favorito de imágenes, de reminiscencias, de 
nombres, que forman un característico corso e ricorso 
alrededor de la obra de cada artista, responden en el 
nuestro al mismo delicado instinto de selección. La 
Grecia clásica y la Francia de Luis XV le darán, alter- 
nativamente, objetos para sus decoraciones; símbolos 
todas de una organización espiritual que huye lo ordi- 
nario como el armiño lo impuro. Ama prodigar la seda, 
el oro, el mármol, como términos de comparación. Aún 
más que la rosa purpurada «en sangre pecadora», es el 
lirio heráldico y beato la flor con que nos encontrare- 
mos al leerle. Y si se nos preguntase por el ser animado 
en que debería simbolizarse el genio familiar de su poe- 
sía, sería necesario que citásemos, — no al león ni el 
águila que obsedían la imaginación de Víctor Hugo, ni 
siquiera al ruiseñor querido de Heine, — sino al cisne, 
el ave wagneriana: el blanco y delicado cisne que surge 
a cada instante, sobre la onda espumosa de sus versos, 
llamado por insistente evocación, y cuya imagen podría 
grabarse, el día que se blasonara la nobleza de los poe- 
tas, en uno de los cuarteles de su escudo, de la manera 
como se grabaría en el escudo poético de Poe el cuervo 
ominoso, y el gato pensativo y hierático en el blasón de 
Baudelaire. 

Toda la complejidad de la psicología de este poeta 
puede reducirse a una suprema unidad; todas las anti- 
nomias de su mente se resuelven en una síntesis perfec- 
tamente lógica y clara, si se les mira a la luz de esta 
absoluta pasión por lo selecto y por lo hermoso, que es 
el único quicio inconmovible en su espíritu. — No es 
el parnasianismo helado; pero es, en cierta manera, un 
parnasianismo extendido al mundo interior, y en el que 
las ideas y los sentimientos hacen el papel de lienzos y 
bronces. — Teófilo Gautier no tenía reparo en confesar 
que, consideradas las cosas poniéndose en el mirador 



XV 



del arte, le parecía preferible una magnífica pantera a 
un ser racional; lo que no impedía que el hombre pu- 
diera hacerse superior a la pantera despojándola de su 
piel para recortarse una hermosa túnica. Hay en Ru- 
bén Darío la virtualidad de una estética semejante. El 
pensamiento malo que viene revestido con una pintada 
piel de pantera, vale más que el pensamiento bueno 
que viste de librea o con una corrección afectadamente 
vulgar. Pero se concede a los moralistas que si el buen 
pensamiento desnuda de su bizarra piel al animal feroz 
y se la pone regiamente sobre los hombros, valdrá más 
que el pensamiento malo. 

Y ahora que he tratado de caracterizar a mi manera 
la genialidad del poeta, y he sintetizado todo lo dicho 
en ese ejemplo extremoso, oigo que me pregunta una 
voz interior que se anticipa a muchas voces extrañas: 
¿ No crees tú que tal concepción de la poesía encierra 
un grave peligro, un peligro mortal, para esa arte divi- 
na, puesto que, a fin de hacerla enfermar de selección, 
le limita la luz, el aire, el jugo de la tierra ? Seguramen- 
te, si todos los poetas fueran así. Pero acaso ¿no existiría 
un peligro igual para la armonía de la Naturaleza y para la 
sociedad de los hombres, si todas las plantas fueran or- 
quídeas; diamantes y rubíes todas las piedras; todas las 
aves cisnes o faisanes y todas las mujeres sirvieran 
para figurar en crónicas de Gyp y cuentos de Mendés?... 

Para proseguir nuestra esquisse de la personalidad 
que estudiamos, de la manera más segura, teniendo 
ante los ojos el inequívoco trasunto de su obra, elegi- 
remos de ella lo que nos parece más característico y de 
más alto valor. Es su última colección de versos la que 
representa — por así decirlo — la plena tensión del ar- 
co del poeta. El autor de Azul no es sino el boceto del 
autor de Prosas profanas. 

Entiéndase que me refiero, exclusivamente al poeta, 
en este parangón de los dos libros; no al prosista incom- 



XVI 



parable de Azul; no al inventor de aquellos cuentos que 
bien podemos calificar de revolucionarios, porque, en 
ellos, la urdimbre recia y tupida de nuestro idioma pier 
de toda su densidad tradicional, y — como sometida a 
la acción del trozo de vidrio que, según Barbey d'Au- 
revilly, servía para trocar los fracs de Jorge Brummell 
en gasas vaporosas, — adquiere la levedad evanescen- 
te del encaje. 

Tomaremos, pues, la última colección del poeta por 
punto de partida. Los que conocéis de las nuevas ten- 
dencias literarias la parodia y de Bubén Darío la leyen- 
da, podéis alejar todo temor de que os juegue una mala 
pasada conduciéndoos al través de un libro sombrío 
diabólico o impuro. Es un libro casi optimista, — a con- 
dición de que no confundáis el optimismo poético con 
la alegría de Boger Bontemps. No encontraréis en él 
una sola gata del amargo ajenjo verleniano, porque el 
Verlaine que aparece no es el Verlaino que sabe la cien- 
cia del. dolor y el arrepentimiento; ni una onda sola del 
helado nepbente de Leconte de Lisie; ni un solo pomo 
de la farmacia tóxica de Baudelaire. Encontraréis mu- 
cha claridad, mucho champagne y muchas rosas. No 
bien hacemos nuestra entrada en el libro, el poeta nos 
toma de la mano, como el genio de algún cuento orien- 
tal, para que retrocedamos con él a la vida de una época 
llena de amenidad y de gracia. Vamos en viaje al siglo 
XVIII francés. Cierto es que a mí, como a muchos de 
los que se decidan a seguirme, nos agrada de una ma- 
nera mediana aquel ambiente en que la Naturaleza no 
era sino un inmenso madrigal; en que un erotismo ro- 
cocó ocupaba el lugar de la pasión fuerte y fecunda; y 
en que cierta mitología de abanico hacía de Mercurio 
un mensajero de billetes galantes, y de Eolo un paje 
encargado de dar aire a las reinas, y de las butacas de 
salón los trípodes de Apolo. Pero no importa, por mi 
parte. Presumo tener, entre las pocas excelencias de mi 



XVI I 



espíritu, la virtud, literariamente cardinal, de la am- 
plitud. Soy un dócil secuaz para acompañar en sus pe- 
regrinaciones a los poetas, a dondequiera que nos llamo 
la irresponsable voluntariedad de su albedrío; mi tem- 
peramento de Simbad literario es un gran curioso de 
sensaciones. Busco do intento toda ocasión de hacer 
gimnasia de flexibilidad; pláceme tripular, por ejemplo, 
la nave horaciana que conduce a Atenas a Virgilio, an- 
tes do embarcarme en el bajel de Saint-Pol Roux o en 
el raro yat de Mallarmé. ¿ Qué mucho que no me inti- 
mide ahora la peregrinación a que convida este deste- 
rrado de los jardines de Versalles y los trianones cucos, 
aunque él no haya de llevarme precisamente a las re- 
giones por que suspira mi alma cuando toma la actitud 
de Mignón ? La hospitalidad de las Marquesas es, al fin 
y al cabo, una hospitalidad envidiable, y la presenta- 
ción será hecha por un poeta de la corte ! 

Era un aire suave . . . . , dice el título de estos primeros 
versos. Y además del aire efectivamente acariciador que 
simula en ellos el ritmo, ellos os halagarán los ojos con 
todos los primores de la línea y todas las delicadezas del 
color. Imaginaos un escenario que parezca compuesto 
con figuras de algún sutil miniaturista del siglo XVIII. 
Una noche de fiesta. Un menudo castillo de Lo Nótre, 
en el que lo exquisito de la decoración resalta sobre una 
Arcadia de parques. Los jardines, celados por estatuas 
de dioses humanizados y mundanos, no son sino salones. 
Los salones, traspasados por los dardos de oro de los 
candelabros, arden como pastillas do quemar que se 
consumen. Un mismo tono, delicado y altivo, femenil y 
alegre, de la Gracia, triunfa por todas partes, en el gus- 
to de la ornamentación, en los tintes claros de las telas, 
en las alegorías pastorales de los tapices, en las curvas 
femeninas de las molduras. . . Las Horas danzan festi- 
vas. Se está en el siglo del ingenio y la conversación ha 
desatado en leves bandadas sus trasgos y sus gnomos. 



XVIII 

Declaraciones, risas, suspiros. Pueblan el aire los pas- 
tores acicalados de Watteau, repartidos, en grupos que 
se eclipsan y reaparecen en los planos de seda de los 
abanicos, que conversan en el lenguaje de las señas. Se 
oye la sinfonía de las telas lujosas. Tañe la seda su pí- 
fano insectil, el gro rezonga su voluptuosidad, los en- 
cajes tiemblan azorados. . . . Cruzan la sala las mujeres 
de Marivaux. Por allá pasa Sylvia, por allá Araminta, 
por allá Angélica y Hortensia. Los rostros, que semejan 
de estampas, y que parecen pedir, sobre las mejillas 
consteladas de lunares, la firma de Boucber, llevan, 
ellos también, esa nota de amaneramiento querido que 
surge en todas partes en el siglo de la artificialidad. El 
baile luego. Una orquesta de Italia deslíe en el aire la 
música de un repertorio voluptuoso. Los tacones de púr- 
pura dibujan sobre la alfombra florida la Z del minué, 
o se abandonan a la fugacidad de la gavota, o hacen la 
rueda en la pavana. Oro, rosa, celeste, sobre los paniers 
de las danzantes y en los trajes de sus caballeros. Todo el 
ambiente es una caricia y todo lo que pasa parece salir 
de la aljaba de la voluptuosidad. 

Tal amplifica mi fantasía, dócil a toda poética suges- 
tión, el fondo hechizado del cuadro en que la magia del 
poeta hace revivir a esa marquesa Eulalia que, colocada 
entre un abate madrigalista y un vizconde galante, 
reparte risas y desvíos con una malignidad encantadora 
Un paje audaz, de los que pirateaban con la patente 
de corso de los reyes en los mares mundanos de la Re- 
gencia y de Luis XV, sabe el secreto que hará desva- 
necerse la risa de Eulalia, y la esperará, a la media no- 
che, en una glorieta del jardín que duerme envuelta en 
sombras azules. Pero entre tanto, Eulalia ríe, ríe in- 
cansablemente; y mientras la graciosa Eco mezcla en la 
copa del aire las desgranadas perlas de su reír con las 
notas perdidas que endulzan las ondas mansas del vien- 



XIX 



to, la fiesta, en torno, continúa; Las Horas danzan fes- 
tivas, como en la pintura matinal de Guido Reni .... 
Tocar así la obra del poeta, para describirla, como 
un cuadro, con arreglo a un procedimiento en que in- 
tervenga cierta actividad refleja de la imaginación, ¿es 
un procedimiento legítimo de crítica ? Sólo puede no 
serlo por la incapacidad de quien lo haga valer. — La 
composición es de un tono enteramente nuevo en nues- 
tro idioma; porque el matiz de la Gracia que hay en ella, 
no tiene la correcta simplicidad de la elegancia clásica, 
ni la vivacidad del donaire puramente español, hecho 
de especias y de zumo de uva, que nuestro propio poeta 
ha cantado, con versos de gesticulaciones gitanas, en el 
Elogio de la seguidilla. Es la gracia Watteau, la gracia 
provocativa y sutil, incisiva y amanerada, de ese siglo 
XVIII francés, que los Goncourt, que tan profundamen- 
te la amaron y sintieron, llamaban « la sonrisa de la 
línea, el alma de la forma, la fisonomía espiritual de la 
manera ». La originalidad de la versificación concurre 
admirablemente al efecto de ese capricho delicioso. Nun- 
ca el compás del dodecasílabo, el metro venerable y 
pesado de las coplas de Juan de Mena, que los román- 
ticos rejuvenecieron en España, después de largo olvi- 
do, para conjuro de evocaciones legendarias, había 
sonado a nuestro oído de esta manera peculiar. El poeta 
le ha impreso un sello nuevo en su taller; lo ha hecho 
flexible, melodioso, lleno de gracia; y libertándole de la 
opresión de los tres acentos fijos e inmutables que lo 
sujetaban como hebillas de su traje de hierro, le ha da- 
do un aire de voluptuosidad y de molicie por cuya vir- 
tud parecen trocarse en lazos las hebillas y el hierro en 
marfil. Tienen su destino los metros ; podríamos excla- 
mar, a este propósito, parodiando al anónimo poeta de 
la antigüedad. He aquí que el viejo ritmo del Libro de 
las querellas y de la Danza de la muerte ha doblado sus 



XX 



petrificadas rodillas de Campeador sobre el almohadón 
de rosas de la galantería ! 

El mismo cielo, azul y ópalo, de cuadro de Watteau, 
el de las verlenianas Fétes galantes, se tiende sobre la 
Divagación que viene, luego. El poeta, haciendo gala 
de su cosmopolitismo ideal, que liba voluptuosidades en 
la copa de todos los sibaritismos humanos para refun- 
dirlas en una suprema quintaesencia, declara que quiere 
dar a su amor todos los encantos y todos los colores 
propios del estilo de amar de cada raza. Curioso mer- 
cadante del verso, reúne en su tienda, para preparar un 
escenario nupcial, estatuas de Clodión y bandolines 
florentinos; copas para el vino teutón y copas para el 
vino de España; mil tesoros exóticos: tortugas y dra- 
gones chinescos, y joyas de bayaderas de la India, y la- 
brada plata del Japón. Quiere un amor que sea univer- 
so. Quiere que, en sucesivos avatares, su amada lo sea 
todo; desde la Diana de muslos de marfil que blanquea 
en el rincón de un parque de Luis XV, hasta la negra 
Sulamita del « Cántico >>.... Pero fijaos bien, y veréis 
cómo, por debajo do esta mutación superficial, ella si- 
gue siendo siempre una francesa del siglo de los duques- 
pastores, una joven marquesa, una nieta mimada de 
Marivaux, como aquella deliciosa Eulalia que parece 
escapada de una página de los Juegos del amor y el azar 
o de las Falsas confidencias. Ella sabe de Grecia por las 
Arcadias de aquel siglo; de Alemania por Gérard de 
Nerval; de España por Merimée; de Oriente por Lo ti.... 
Hay en todas estas estrofas toques realmente incom- 
parables; y se diría que el poeta, al mismo tiempo que 
hace la corte a su viajera, hace también la corte a todas 
las exquisiteces del decir y a todas las graciosas petu- 
lancias de la forma. 

Pienso que la Sonatina que desgrana sue notas en la 
siguiente página, hallaría su comentario mejor en el 
acompañamiento de una voz femenina que le prestara 



XXI 



melodioso realce. El poeta mismo ha ahorrado a la crí- 
tica la tarea de clasificar esa composición, dándole un 
nombre que plenamente la caracteriza. Se cultiva — 
casi exclusivamente — en ella, la virtud musical de la 
palabra y del ritmo poético. Alados versos que desfilan 
como una mandolinata radiante de amor y juventud. 
Acaso la imagen, en ellos evocada, de la triste y soña- 
dora princesa, se ha desvanecido en vosotros, cuando 
todavía os mece el eco interior con la repercusión pura- 
mente musical de las palabras, como el aire de un canto 
cuya letra habéis dejado de saber. . . Imagináis que os 
arrulla una berceuse muy suave, y que vuestra alma 
está en la cuna; imagináis que tenéis el alma en la epi- 
dermis y que unas manos de hada os la acarician; aque- 
llas leves manos que dibujó una vez Régnier, — inmu- 
nes de « haber hilado el lino de toda vil labor » y que 
sobre las fiebres en que se posaban « hacían nevar el 

celeste reposo de su frescura » Una berceuse, nada 

más; pero ¿ no vale y no se justifica así también la obra 
de los poetas ? No ha mucho tiempo que estuvo más de 
moda que hoy saludar a la poesía versificada con el 
melancólico adiós de cierta heroína del Ricardo III a 
la reina de los tristes destinos. Pero todavía escuchamos 
a menudo que, condenada a ser proscrita — en cuanto 
alada mensajera del pensamiento, y en cuanto arte 
descriptiva, — por otras formas más amplias de la ex- 
presión, lo está también a serlo de los dominios del sen- 
timiento por la potencia infnita de la música, que es la 
única fuerza capaz de evocar y reunir soberanamente 
en el concierto de la Naturaleza, las confidencias de 
todas las cosas que lloran y las confidencias de todas las 
cosas que ríen .... Ceci tuera cela. — Cuando lo oigo 
decir, El Cuervo de Poe, El Lago lamartiniano, — que 
son para mí los dos hitos terminales de la armonía ver- 
bal, — los sollozos rimados del Souvenir y de Las No- 
ches, cien cosas más, aletean en mi memoria como pá- 



XXII 



jaros amenazados de muerte Y juro entonces que, 

por más que lo infinito se abra tras el horizonte revela- 
do por la magia sublime de los Schúmann y los Wagner, 
ella compartirá perpetuamente el imperio de las vibra- 
ciones sonoras con esta otra música que no precisa ad- 
herirse a cosas tangibles; la que nace directamente del 
roce de la idea al entrar en el molde de la palabra; la 
que, a un tiempo mismo, significa y sugiere; la que tiene 
instrumentos sutiles y maravillosos en la orquesta de 
sus letras inmóviles, cuyos rasgos — como tendidas 
cuerdas o sonoros tubos de metal — parecen plegarse 
y desplegarse de cien modos extraños, para arrancar a 
la onda prisionera de aire vibraciones desconocidas.... 
Sí; yo creo que para que se sostenga el trípode del ver- 
so, es suficiente que dure el pie que reposa sobre la mú- 
sica. Muerto para la idea, muerto para el sentimiento, 
el verso quedaría justificado todavía como jinete de la 
onda sonora 1 

Dos composiciones ha consagrado Eubén Darío a 
glorificar la candida hermosura del cisne, en quien he 
dicho que tiene su poesía una especie de genio familiar. 
Blasón se llama la primera, y con el propio nombre del 
ave la segunda. Son dos homenajes diferentes. Para 
cantar al cisne pintado sobre azur en el blasón de una 
condesa española, el poeta parece prepararle en sus ver- 
sos el claro y espumoso lecho de un lago en un parque 
de Le Nótre; y entonces, la imagen que se levanta, dócil 
al llamado del poeta, en nuestro espíritu, es la del cisne 
meridional, el cisne de Leda, — ese blanco remero del 
Eurotas, ■ — glorioso en el cuadro de Leonardo, divina- 
mente cantado por Leconte en su evocación de Helena. 
Y cuando, para saludar la aurora de Wagner, llama se- 
gunda vez al cisne el acento del poeta, despliégase ante 
nuestros ojos la otra ala del ave legendaria; y es el cisne 
del Norte ol que canta entonces, dominando el estrépito 



XXIII 

del martillo formidable de Thor y las trompas que cele- 
bran la espada de Argantir. 

He dicho antes por qué me parece bien que un poeta 
como el de que se habla en esta confesión de impresio- 
nes, ame al cisne y le acaricie en sus versos. Además, 
una poesía de los caracteres de la suya, que ha hecho 
Bus triunfos invocando un propósito, más o menos bien 
fundado, de renovación, tiene que reconocer algo pro- 
pio en el simbolismo clásico del cisne. — El cántico del 
ave de armiño es, para la leyenda tradicional, símbolo 
de crepúsculo, símbolo de cosa que muere; pero, en 
cambio, el cisne sagrado entre cuyas alas el dios de la 
luz volvió sobro Delfos desde la región helada, ¿ no 
simbolizaba también, dentro de la fábula griega, la re- 
velación de la luz nueva, y no llevaba en la blancura de 
su plumaje inmaculado el emblema de la claridad que 
nace ?.... Aspirando la poesía revolucionaria de Rubén 
a representar, además de una renovación, un tamiza- 
miento de la luz, esta nueva luz, cernida entre espumas, 
no podría ser anunciada, como la de todas las auroras, 
por el canto del gallo pregonero, sino por la presencia 
heráldica de un cisne. — ¿ Quién duda de que es el cisne 
la menos terrenal y la más aristocrática de las aves ? — 
Aristocrática por su pureza de nieve no tocada o de 
blanco lino monacal; aristrocrática por su « saudoso » 
ensimismamiento; aristocrática por su asociación inse- 
parable, en la ficción humana, con las cosas más deli- 
cadas de la tradición y con las ensoñaciones más hermo- 
sas del mito, desde el episodio de Leda hasta la leyenda 
blanca de Lohcngrin.... Las alas diáfanas, la silueta del 
cuello largo y candidísimo, parecen dibujarse, al través 
de la transparencia del papel, bajo los versos que nuestro 
poeta dedica al blasón de la condesa de Peralta. —De- 
licada, femenina, graciosa, ¿ no se podría decir que, como 
la Helena clásica, su poesía tiene sangre de cisne en las 
azules venas ? 



XXIV 

Hay en el libro otras dos composiciones en que el 
poeta revela la voluntad de ser amable con el ambiente 
de la ciudad en que su figura literaria ha adquirido ras- 
gos dominadores y definitivos; con el ambiente en que 
ha florecido este « último mes de primavera » de su pro- 
ducción, representado por las Prosas. 

Son ellas una deliciosa canción carnavalesca, y unos 
elegantes cuartetos alejandrinos, en los que se hace la 
descripción de \xna mañana de campo, con la gracia, 
menos rústica que palaciana, de la jardinería de Ver- 
salles. — Una y otra composición son plausibles por el 
desempeño. La Canción es uno de esos graciosos alardes 
de agilidad y desenfado en que Banville, no pretendien- 
do ser más que un Debureau, un mimo, de la lírica, en- 
cuentra modo de ser, como Debureau, un mimo de ta- 
lento. Pero, en realidad, el toque local no está represen- 
tado, en ambas, más que por nombres. No hemos salido 
sino a medias del ambiente que hasta ahora hemos res- 
pirado en el libro y al que volveremos — pasadas pocas 
páginas — con la cena galante de El Faisán y el coloquio 
de amigos de la Garconniere. Lo mismo bajo la copa del 
viejo ombú de Santos Vega y entre las ramas de los espi- 
nillos en flor, que al confundir su musa, puesta de máscara, 
en el corso de nuestras carnestolendas de capa caída, el 
poeta evoca siempre, como por una obsesión tirana de 
su numen, el genius loci de la escenografía de París. 
— A Guido Spano lo pasa algo semejante con ciertas 
composiciones de motivo local, en que las reminiscencias 
del Ática se transparentan muy luego bajo los nombres 
del terruño y en que parécenos ver una enredadera de 
nuestros bosques salvajes abrazando la fina columna 
de un templete. — La poesía enteramente anii-ameri- 
cana de Darío produce también cierto efecto de dis- 
conveniencia, cuando resalta sobre el fondo, aun sin 
expresión ni color, de nuestra americana Cosmópolis, 
toda hecha de prosa. Zahumerio de boudoir que aspira 



XXV 



a diluirse en una bocanada de fábrica; polvo de oro pa- 
risién sobre el neo-yorkismo porteño. 

Contenta más volver a verla en su medio natural. El 
Faisán, al que hemos aludido hace un instante, nos 
brinda una ocasión soberbia para ello. — Una composi- 
ción que es la obra maestra de la Frivolidad. Un tema 
de una fugacidad y una ligereza que parecen hacerla 
tanto más encantadora. El recuerdo de una aventura 
galante, de un posarse en la rama del amor volandero, la 
cena do una noche de carnaval en el gabinete de un cafó 
parisién. La estrofa de Brizeux, el monorrimo ternario 
de los himnógrafos medioevales — castellanizado en 
El Faisán de manera propia para hacerle quedar, de 
esta vez para siempre, entro las copas y los tirsos de 
nuestra métrica, — se rinde blandamente para recibir 
en su seno este oro líquido, excitador y dulce. Describe 
el poeta, con un vocabulario que se diría seleccionado 
en un taller de mosaístas curiosos, la escena, acompa- 
ñada musicalmente por la triunfante sinfonía del car- 
naval, zahumada por los aromas de los vinos, las rosas 
y las fresas, y presidida por el ave de oro, símbolo de 
la mesa exquisita. El nos cuenta que vestía en aquella 
noche de máscaras la vestimenta blanca de Pierrot; y 
la melancolía final que suena, como una espuma que 
se apaga, en estos monorrimos lujosos, se parece a la 
palidez del enharinado gourmand. No es que « nieve por 
dentro »; es apenas un copo de harina plateado por la 
luna.... Pero ¡ qué sugestiva habilidad en el trasunto 
de la sensación del ambiente ! ¡ Qué arte adorable en la 
orfebrería de esta expresión, donde cada palabra se 
cuida como una faceta de la piedra preciosa, como una 
vena de la nácar, como una inasible chispa de luz de las 

que han de constelar de diamante el oro bruñido! 

Con El Faisán vino prisionera una ráfaga del aire fos- 
fórico que hace cosquillas en el talento de Mendés, de 
Aureliano Scholl, de Halévy.... En nuestro idioma se- 



XXVI 

vero ¿ cuándo la voluptuosidad ha obtenido del verso» 
para su carcax de cazadora, dardos semejantes ? Por- 
que la voluptuosidad es el alma misma de estos versos; 
se hunden, se estiran, ronronean, como los gatos rega- 
lones, en los cojines de la voluptuosidad ¡ Versos golo- 
sos, versos tentadores y finos, versos capaces de hacer 
languidecer a una legión de Esparta.... Si se tratase de 
ir a la guerra, yo los proscribiría como a la Maga oferta- 
dora de un filtro pérfido y enervador. — Y si — mer- 
ced al pequeño grano de sal que casi todos hemos reci- 
bido de las Gracias — mi incorregible inclinación al 
arte que combate y que piensa no estuviera lejos de ser 
pedante como la de los pedagogos, diría que son una 
mala sugestión..... 

La capacidad de admirar es, sin duda, la gran fuerza 
del crítico; pero los que lo somos, o aspiramos a serlo, 
tenemos nuestro inevitable rasgo familiar, a quien ator- 
menta el prurito infantil de afilar sus dientes menudos 
hincándolos en carne noble. Cierta amargura mitigada 
y espiritual es un fermento sin el cual el licor que ela- 
boramos no hace espuma. Yo tomaría mi divisa del tí- 
tulo do cierta composición del poeta de los « Esmaltes»: 
Bonbons et pommes veris. Hasta ahora no se ha justifi- 
cado en estas páginas más que la primera parte del mo- 
te. Pero he aquí que siguen a la Canción de carnaval, — 
que es, como he dicho, un juguete que podría haber 
salido de manos de Banville, — y preceden a El Faisán, 
— que considero una verdadera golosina de arte, — 
tres composiciones madrigalescas que parecen interca- 
ladas de intento para complacer a mi deseo de no dejar 
intacto el capítulo de las censuras. 

Reconvengo a Rubén Darío por esas seis páginas tri- 
viales de la colección. Ellas están admirab lómente en 
los álbumes donde fueron escritas; pero, quitadas de allí, 
me parecen indignas de que semejante poeta las con- 



XXVII 

firme y reconozca por suyas; pues va sans diré que si le 
tengo por un espíritu del siglo XVIII francés, no es por- 
que le crea de la especie poética de los Bertin y los Do- 
rat. No diré yo — ¿ y quién se atrevería a confesar, 
aunque lo pensase, ese pecado de galantería V — que 
los poetas de veras estén moralmente imposibilitados de 
hacer versos de álbum. Un poeta no ha de ser feroz. 
Lo que yo pienso es que la fiesta solemne que significa 
para el poeta el acto de vendimiar entre las fructifican- 
tes vides de sus rimas y colmar las cestas doradas de 
sus Can éf oras, debe ser consagrada con la resolución 
viril del sacrificio, y debe acallar en su corazón de 
autor todas las predilecciones interesadas. • — Efectiva- 
mente: una antología, aunque ella sea personal; un Can- 
cionero, para decirlo a lo siglo XV y a lo Heine, es por 
naturaleza obra de estricta selección, — y si procede, 
como en este caso, de gran poeta, — de selección llevada 
a la crueldad. Pasen las humildes desigualdades en nuestra 
prosa plebeya, y pasen, también, fuera del libro, las 
complacencias con la musa. Pero un libro de versos es 
la delicada fuente de fresas, donde sólo place ver ad- 
mitidos, sobre el esmalte o el cristal, las frutas perfu- 
madas, el azúcar niveo y bien cernido, los ampos más 
blancos de la nata 

El Verlaine de las Fétes ha solido dejar la huella de 
su paso por las páginas que hasta ahora hemos recorri- 
do en la obra del poeta. Las composiciones que se titu- 
lan Mía y Dice mía nos colocan frente a otra faz del 
grande y raro maestro. Henos ahora en los brumosos 
dominios del Verlaine de las Eomances sans faroles; en 
los dominios del Verlaine convertido por Rimbaud al 
culto de su poesía ultra -espiritual y sutilísima. Estamos 
en un país de cosas trémulas, donde debe marcharse 
reprimiendo el aliento. — Esas cantilenas vagas y como 
tejidas de hilos de aire; esos versos calificados de enfan- 



XXVIII 

tülages amorphes por Maurras, y en los cuales la sombra 
de un pensamiento o una emoción se expresa en una 
forma de balbuceo, tienen en Verlaine un encanto que 
nace de su propia falta de realidad y contenido; de que 
nada preciso entra en lo que significan o figuran; por- 
que a la fantasía del lector le basta con la espuela de 
plata que la hiere, abandonándola luego a su esponta- 
neidad. Cada uno de nosotros pone, a su capricho, la 
letra a esta verdadera música verbal en la que las pala- 
bras hacen de notas. Cada uno tiene derecho a una in- 
terpretación personal sobre esta rara clase de versos, 
que son apenas como un papirotazo sugestivo, un res- 
quicio instantáneo abierto sobre una perspectiva ideal, 
un golpe rápido de filo sobre cristal vibrante.... 

Acepto el género, legitimado por muy curiosas nade- 
rías de los decadentes. Pero ¿ será posible usar, como 
arco, el verso español, sobre esa cuerda de la lira noví- 
sima ? Pienso que no. — Soberbiamente hermosa, nues- 
tra lengua, para el efecto plástico y para la precisión y 
la firmeza de la forma sonora ! Pero ella no ha tenido 
jamás — por su naturaleza, por su genio; no tan sólo 
por deficientemente trabajada, — esa infinita flexibi- 
lidad, esa dislocación de mimo antiguo, que hacen del 
francés un idioma admirablemente apto para registrar 
las más curiosas sutilezas de la sensación, un idioma 
todo compuesto de matices.... Está hecho, el nuestro, 
como para complacer al personaje de Gautier, que ena- 
morado de lo firme, lo escultural y lo atrevido, soñaba 
cuadros que parecieran bajo-relieves de colores; figuras 
que resaltaran, hercúleamente esculpidas por un sol 
triunfal, y nubes cuyos contornos mordaces sobre el 
azul les diesen las apariencias de pedazos de mármol. 
Por lo demás, el análisis tiene poco que hacer con estas 
composiciones enteramente irresponsables por su índole. 



XXIX 

Copos de espuma lírica que se desvanecen apenas se les 
quiere recoger en las manos. 

Salvando el Pórtico escrito para el libro En tropel de 
Salvador Rueda y que precede, en la colección que re- 
corremos, a una composición del mismo tono: el Elogio 
de la Seguidilla, ábrese ante nuestro paso lo que podría- 
mos llamar el patio andaluz de esta ciudad soñada de 
las Prosas. Entremos. Es el mediodía; la caricia del 
aire deja en las sienes perfumes de azahar; cálidos can- 
tares se diluyen en el silencio; una fuente discreta arru- 
lla el reposo en la frescura de la sombra; y las puertas de 
ébano de los sueños se abren movidas por un genio in- 
fantil que usa turbante y albornoz.... 

Salvador Rueda es, reconocidamente, en el parnaso 
nuevo de España, el dueño del troquel con que están 
selladas estas composiciones. El lirismo pictórico y lle- 
no de locuaz amenidad, del autor de los Cantos de la 
vendimia, — a cuya briosa evocación parece haber re- 
nacido la genialidad de la vieja lírica andaluza, la del 
G-óngora de los buenos tiempos, para conciliarse con el 
eco lejano de algunas nuevas corrientes literarias, — 
pone su nota característica y vivaz en estas pintorescas 
andaluzadas de Darío. 

El Pórtico que precedió a la obra del poeta sevillano, 
no tiene otro defecto que el de estar versificado en un 
metro asaz acompasado y monótono para emplearse 
en composición de tan largo aliento. Evoca el poeta a 
la musa de los países amados por el Sol. Nos la muestra 
primero, juvenil y altiva, con su tirso de rosas y su fren- 
to dorada por la luz meridional, en los pórticos griegos 
y en las tibias granjas de Venusa; la sigue, luego, al 
Oriente encantado, donde habita el rey del país Fan- 
tasía, « que tiene un claro lucero en la frente, » y donde 
ella acompaña las danzas moras y conversa con los vie- 
jos kalifas de las barbas de plata; la ve partir, como 
una golondrina, a la ventura, con la caravana indolen- 



XXX 



te que un día se detiene en suelo andaluz. Canta enton- 
ces el poeta a la musa indígena de España. Arde la es- 
trofa con los ocres y rojos de la plaza de toros, la alegría 
de las Verbenas, el reír de las chulas, el relampaguear 
de las navajas ebrias de sangre, el cálido son de los ins- 
trumentos característicos: la amorosa guitarra, admi- 
rablemente dibujada en el verso que le atribuye talle 
y caderas de mujer, los negros crótalos convocadores y 
el sonoro pandero que, en las brunas y sonrosadas ma- 
nos, hace de fuente donde recoger los claveles y las 
guindas. — El canto es nuevo, lleno de garbo, y lo de- 
senlaza bien la bizarría del rasgo final, en que el poeta 
envía su saludo a Hugo, soberano de la monarquía poé- 
tica, emperador de la barba florida, como hermosamente 
le llama, con la frase de los cantos de gesta evocada 
por el propio verso hugoniano en Aymerillot: 

Charlemagne, empereur a la barbe fleurie... 

No tiene el mismo Rueda una composición donde 
tan poderosamente se condense y resuma su "propio es- 
tilo do pintar. — En el Elogio de la Seguidilla vibra 
también la cuerda netamente española; y esa estrofa 
alada jbalzante, esa pequeña ánfora lírica donde el 
pueblo ha derramado todos los jugos de su corazón, 
está cantada como cifra de españolismo poético y como 
el alma melodiosa de la vida de España. — Pero, 
entre tantos nombres significativos e ingeniosos como 
se dan en esos bizarros versos a la seguidilla, ¿ por qué 
se le llama rosa métrica, con lo que se ha dado pretexto 
al lápiz inquieto de mis glosas para recordar que aún 
existe la crítica ratonil en los desvanes y subsuelos del 
arte ? Tal modo de decir sugiere en mí, por una expli- 
cable asociación, una extraña imagen de flor geomé- 
trica, angulosa. ... Y he aquí que mi lápiz ha descen- 
dido a imitar, en la margen del libro, la glosa hermo- 



XXXI 

sillesca. . . . Quede ahora la observación sin borrar, pa- 
ra que no falte ni aun el mordisco hincado en el detalle, 
en estas páginas donde he puesto en movimiento tan- 
tos modos del juicio. 

Para hacer su peregrinación a Grecia; para ser fiel a 
ese precepto del buen gusto, que acaso no desobedece- 
rá impunemente ningún alma religiosa del arte, nuestro 
poeta no ha buscado siempre el camino que indican las 
Arcadias de los trianones y las diosas de Clodión. Hay 
veces en que ha seguido una ruta menos sinuosa; por- 
que también la Grecia original y verdadera, la que no 
se adora en las diosas de Clodión, sino en las de lidias, 
le parece digna de ser amada. Su espíritu, — sonámbulo 
para lo actual, — se afirma en el pasado sobre dos trí- 
podes: la Francia del siglo XVIII, y la Hélade clásica 
que aquella Francia imitó caprichosamente, trocando 
en dominó la túnica antigua. — He ahí sus dos patrias. 
— Siempre he creído que todo verdadero espíritu do 
poeta elegirá, con más o menos conciencia de ello, su 
ubicación ideal, M patria de adopción, en alguna parte 
d^l pasado, cuya imagen evocada perpetuamente, será 
un ambiente personal que lo aisle de la atmós'.era de la 
realidad. — Lo presento sólo puede dar de sí una poesía 
limitada por los cuatro muros de la prosa. — « No hay 
poesía — ha dicho An atole Franco.. — sino en el deseo 
de lo imposible, o en el sentimiento de lo irreparable ». 
Honda verdad, a cuya luz aparece la incurable nostal- 
gia de lo que fué como el más inmaculado y más fecun- 
do de los sentimientos poéticos ! . . . . El porvenir es 
también tierra de poesía; pero al porvenir le falta con- 
creción, forma evocable, plasticidad y color de cosa que 
ha existido .... El tiempo muerto ha palpitado con 
visceras y sangre humanas; es la soledad de la casa que 
ha tenido habitadores, el vaso en que el agotado licor 
ha dejado su esencia; la vida del pasado tiene el suges- 



XXXII 

tivo desarreglo de un leclio que lia ocupado el amor.... 
Y por sobre todas las prominencias legendarias del pa- 
sado, — fabuloso Oriente, Egipto o Israel; Edad Media 
o Kenacimiento, — es todavía la atracción de la Hela- 
do, luminosa y serena, la que triunfa cuando se trata de 
fijar el rumbo de los peregrinos. Nuestro siglo es, des- 
pués del que vio propagarse sobre el mundo asombrado 
las mariposas áticas salidas de las larvas de los códices, 
el que más sincera y profundamente ha amado a Gre- 
cia. — El romanticismo tuvo una faz cuya significa- 
ción es la de un segundo y prestigioso Eenacimiento. — 
Hase hablado del « romanticismo de los clásicos »; y, 
ciertamente, no se aludiría a una realidad menos positi- 
va en la historia de las letras modernas si, invirtióndose 
los términos do la paradoja, se hablase del « clasicismo 
de los románticos ». Conquista de los primeros revolu- 
cionarios del arte y de la estética fué, como todos sa- 
ben, la verdadera inteligencia de lo antiguo, la pene- 
tración de su belleza más escondida y substancial, largo 
tiempo vedada a los ojos de los que habían hecho vo- 
cinglero alarde de clásicos. — Era aún el siglo XVIII; 
Andrés Chénier cincelaba en el pórtico de la renovada 
poesía la figura homérica de El Ciego, revelador del 
secreto perdido de la naturalidad de los rapsodas; al 
par que Goethe, el Goethe transfigurado por el influjo 
de las ruinas y los vientos de Italia, evocaba, para apla- 
car la tempestad que se había difundido en su Werther, 
la Helena clásica y el simbolismo de Euforión. — Esta 
vena de mármol correrá, sin interrumpirse un momen- 
to, al través de todas las piedras góticas del romanti- 
cismo. La pureza de la imitación auténtica, esencial, 
será, sin duda, secreto de pocos iniciados; pero la inago- 
table virtud sugeridora de la poesía y de la fábula, se 
mezclará con las nacientes do toda inspiración. Limi- 
tándonos a las corrientes literarias que más imperio 
han ejercido en la formacÜm del poeta que estudiamos, 



XXXIII 

es indudable que el propio orientalismo de Hugo no 
impide que el Maestro busque, alguna vez, en esa fá- 
bula, el punto, de partida de su perpetua alucinación' 
y labre, por ejemplo, el Sátiro asombroso de la Leyenda. 
De Teófilo Gautier ba podido decirse que, habiendo 
sido chino de adopción durante seis meses, árabe du- 
rante tres, indio por un año, fué griego de toda la vida. 
En el « Parnaso i, el mármol helénico fué el material 
preferido para la anhelada dureza de la obra. En vano 
se lamenta Leconte de que hayamos perdido para siem 
pre el camino de Paros. La Grecia rediviva de sus tra- 
ducciones y sus poemas ¿ no hace en vosotros, como en 
mí, la ilusión de unos titánicos hombros que rasgan las 
ondas del Egeo y se hunden en la profundidad de sus 
abismos, para resurgir alzando serenamente a los cielos 
todo el peso de aquella tierra sagrada ? — ¿ Qué es 
sino griego el Banville de Les Cariátides y Le sang de 
Ift, cov/pe f — Los mitos clásicos ¿ no son hoy mismo 
objeto de una tenaz evocación que puebla de imágenes 
y símbolos el fondo poético de la decadencia contem- 
poránea ? — El principio greco -latino ¿ no ha sido rei- 
vindicado por Moréas y Mauricio Du Plessys, en el seno 
mismo de esa decadencia, y no ha señalado uno de los 
rumbos más eficaces en esa aventurera navegación de 
poetas que una brújula desordenada impulsa tan pron- 
to al Norte como al Mediodía ? 

Cabo preguntar con Lemaitre si todos esos helenis- 
mos, tan desemejantes en la forma y en la interpreta- 
ción de la antigüedad, no son más modernos que paga- 
nos; pero, aun así, queda como una realidad indudable 
la persistencia del impulso, del deseo, la tenacidad de 
la aspiración; y en los transportes de la imitación poé- 
tica, como en los del misticismo religioso, es lo pri- 
mero la infinita voluntad de identificarse con el objeto 
amado. 



XXXIV 

Del « clasicismo modernista » de Kubén hay varios 
ejemplos en su libro. El Coloquio de los Centauros y el 
Palimpsesto, que son los más hermosos, versan sobre 
una misma ficción de la inagotable fábula: la ficción del 
centauro, esculpida, como uno de los grandes bajo-re- 
lieves de la prosa francesa de este siglo, en la página 
perdurable de Mauricio de Guérin. 

La inspiración del Palim'psesto no ha ido a buscarse, 
ciertamente, en los episodios de la mitología heroica. 
No son los suyos los ásperos centauros homéricos, como 
el Eurito que traiciona la hospitalidad de Piritóo y se 
enamora de Hipodamia; los monstruos feos y brutales, 
a cuyo nacimiento cuenta la fábula que se desdeñaron 
las G-racias de asistir, y cuya imagen, esculpida en los 
frisos del Partenón y las metopas de Olimpia, sugiere 
una idea de bestialidad y de fiereza. — Las Gracias 
amarían a estos otros descendientes de Ixión. — Ga- 
llardos, correctos, elegantes, los héroes del Palimpsesto 
hacen pensar más bien en aquellos blandos y enamo- 
radizos centauros en que degeneró la enflaquecida pos- 
teridad de los monstruos biformes, cuando, proscritos 
por la venganza de Hércules, fueron guiados por Nep- 
tuno a la isla en que las sirenas tendían sus redes de 
voluptuosidad. No pelean como los héroes de la Cen- 
tauromaquia, contendores de los Lapitas; ni lamentan 
con querellas simbólicas el conflicto de su doble natu- 
raleza, cifra tal vez do la prisión del alma en la carne; 
ni cantan la voluptuosidad salvaje del galope y del 
contacto con las ásperas fuerzas de la Naturaleza, con 
la unción panteísta del admirable fragmento de Gué- 
rin. — Son unos delicados monstruos. Van al rapto 
amoroso con una elegancia enteramente humana; re- 
tozan como en una fiesta de Eros; y la verdad es que 
nos parecen dignos de aspirar a la conquista de las nin- 
fas bonitas. 



XXXV 

El poeta los presenta dispersos, en bullicioso bando, 
sobre los prados dorados por el sol, cuando de siibito 
un ruido de ondas y de jo dales gritos los detiene. Diana 
se baña cerca con sus ninfas. Cautelándose, el inquieto 
tropel se acerca a las aguas con silencioso paso. — lm. 
pera la blanca Desnudez; bullen exasperadas las can- 
táridas de la tentación. — Una de las divinas baigneu- 
ses ha avivado la llamarada del sátiro en el más joven y 
hermoso de la tropa; centauro esbelto y pulcro como el 
Cillaris descrito por Ovidio, el Cillaris de las Metamor- 
fosis cuya parte humana semejaba una estatua y a 
quien el poeta llama « bello si cabe nombre de belleza 
en los monstruos*. Koba el centauro -Adonis a la ninfa 
azorada, y huye veloz, con el orgullo y la felicidad de 
su conquista. Pero Diana le ve. La casta Diva se lanza 
tras el galope del raptor, y envía sobre él un dardo que 
hunde, mortal, en sus entrañas, como la flecha de Hér- 
cules en el cuerpo de Neso. Huyen dispersos los centau- 
ros; llegan las ninfas; — y las ninfas, desconsoladas, 
lloran, porque el dardo de la cazadora celeste ha mata- 
do también a la robada .... Tal es la escena, que me 
figuro como un bajo-relieve de Scopas o de Fidias. Ten- 
dido en tierra, el Centauro, como el altar de un sacrifi- 
cio, sobrelleva a la víctima, clavada, exánime, sobre 
él, por el dardo todavía vibrante. En derredor, el coro 
gracioso de las ninfas toma actitudes lastimeras. Diana, 
en último término, se yergue altiva y majestuosa. — 
La simplicidad de la descripción escénica, y de la del 
tropel de los centauros, en poeos rasgos firmes y seve- 
ros, acentúa la ilusión de un bajo -relieve. La forma mé- 
trica, — el decasílabo repartido por la manera de acen- 
tuarse en dos hemistiquios de sonoridad autónoma, — - 
imita el gracioso compás del asclepiadeo. Todo es her- 
moso, fresco, juvenil, en esta encantadora evocación 
de la fábula, cuyos versos quedan vibrantes en noso- 
tros, con una deliciosa sonoridad, aun después de ex- 



XXXVI 

tinglados, como > un golpear de cascos leves sobre una 

caja sonora 

Los Centauros del Palimpsesto componen algo pare- 
cido a una cabalgata aventurera y galante. En el Coló 
quio de los Centauros — que es quizás el trabajo de más 
aliento y reposo en la colección que recorremos — do- 
mina una concepción más amplia del mito. Folo y Cau- 
mantes, dos de los monstruosos interlocutores, la ex- 
presan lapidariamente, cuando atribuyen a su raza el 
significado de una triple personificación, en que se con- 
funden la privilegiada naturaleza del dios, las pasiones 
de la naturaleza humana, y el impulso salvaje de la 
bestia. — Condúcenos el poeta a una playa acariciada 
por la luz matinal. — Quirón, el sabio centauro, — maes- 
tro y consejero de Aquiles, — que ha descendido de 
los cielos y que aun muestra, presas en sus crines, las 
abejas griegas recogidas en los campos del Ática, reúne 
a su alrededor a los « crinados cuadrúpedos divinos ». 
Y entre las frescas galas de la Isla de Oro, invitados 
por la calma silente que se tiende sobre la arena de la 
playa, los Centauros departen. Versa el coloquio sobre 
la próvida fecundidad de la naturaleza y sobre el alma 
universal que se reparte en el alma de las cosas; sobre 
las apariencias opuestas del enigma, y sobre lo que 
cuentan las voces legendarias: sobre el pérfido arcano 
que esconde la belleza de la mujer, y la sagrada majes- 
tad y la inviolable hermosura de la muerte, que es el 
único bien a que los Dioses no alcanzan. . . . Este colo- 
quio de Centauros es flor de esa poesía graciosamente 
docta y erudita, — para los iniciados, para los enten- 
dedores, — que, expulsada, con modales groseros, de 
los dominios del arte, por los que no encuentran inspi- 
ración ni poesía de buena ley, sino en los frutos de una 
naiveté más o menos regresiva, tendrá siempre, para 
reivindicar su legitimidad, los sufragios de cuantos no 
so avienen a imaginarse las cosas de erudición y de es- 



XXXVII 

tudio con la desapacible aridez de los pedantes 

Lo lia versificado el poeta en los dísticos alejandrinos, 
a la usanza francesa; y esta forma foránea, que al ser 
rehabilitada en español, evoca siempre en mi memoria 
el recuerdo de los viejos ritmos del Alejandre y de Ber- 
ceo, imprime, para mí, a la versificación de ciertos frag- 
mentos, cierto aire de antigüedad, cierto sabor arcaico, 
que no deja de formar armonía con la índole legendaria 
do la composición. 

Pasemos a los versos del Friso, que el autor ha cali- 
ficado, al par de los del Palimpsesto, de Recreaciones 
arqueológicas. — El clasicismo de esos versos es de un 
género que será más fácilmente reconocido por la ge- 
neralidad. — La tersura de la elocución; el arte pura- 
mente horaciano del epíteto y de la pintoresca elección 
de las palabras; la versificación enteramente ortodoxa, 
dentro de la poética tradicional, y la maestría con que 
se maneja el verso suelto, rescatándose por la gallardía 
del movimiento rítmico y la pureza escultural del con- 
torno todo el encanto de que le priva la ausencia de la 
rima, son otras tantas condiciones que contribuyen a 
dar un carácter de singularidad a esta composición, en 
un conjunto donde lo normal y característico es lo ra 
ro. — No es ya la Grecia de parnasianos y romanistas 
la que surgo, sino, sencillamente, la que apareció bajo 
el sol de Italia, cuando Pericles revivía en el avatar 
de los Médicis. Esos sonoros versos tienen todo el aire 
do la poesía del renacimiento italiano y español; de la 
poesía de Sannazaro, de Garcilaso, de Fray Luis, tal 
como probó a rejuvenecerla en la España de nuestro tiem- 
po el formidable batallador que ha evocado en los en- 
decasílabos do la Epístola a Horacio el himno de triunfo 
de los humanistas de Salamanca y de Sevilla. — El 
poeta quiere, pues, que reposemos, pasada tanta agra- 
dable aventura, a la sombra de un mirto tradicional ; 
Pero no olvidemos que se trata en todo caso de obra de 



XXXVTII 

poeta, y que no hay temor de encontrarse con una de 
esas frías y laboriosas exhumaciones que hacen sobre 
lo antiguo « el efecto de la humedad sobre el fósforo » 
— para valerme de una feliz imagen de Daudet; — por- 
que la sensación es más bien la de una restaurada habi- 
tación de gineceo, donde la gracia clásica sonríe, des- 
pués de haberse lavado la cara para quitarse el polvo 
de los estantes, como en esas deliciosas composiciones 
de Guido que ostentan, a la vez, la pátina del bronce 
viejo y la húmeda frescura de la espontaneidad. 

También debe incorporarse el Epitalamio bárbaro 
que figura en el libro, al número de las composiciones 
inspiradas en motivos clásicos. — Sagitario, la encar- 
nación celeste de Quirón, — el centauro transfigurado 
en un arquero divino y colocado entre las estrellas des- 
pués de haber representado, en su biforme raza, la aus- 
teridad y la sabiduría, — es una de las imágenes que 
se presentan con más complaciente asiduidad al espíritu 
de nuestro poeta. Brilla en muchas otras de sus compo- 
siciones el torso altivo del Arquero; y después de haber 
evocado en el Coloquio de los Centauros la actitud te- 
rrena de Quirón, le busca ahora en el cielo, donde res- 
plandece dominando con su ballesta argentina uno de 
los blancos baluartes de la noche. — Sagitario es, efec- 
tivamente, el héroe del Epitalamio. — Acordándose de 
las legendarias aventuras de su estirpe, y olvidando a 
la voz de la gravedad de su saber y de su dignidad ce- 
leste, Quirón ha robado amorosamente una estrella y 
la lleva a su grupa por el espacio azul, con gran asombro 
do las Ninfas y de las Náyades. — • La originalidad de 
ese pensamiento es feliz; y en cuanto a la forma, me pa- 
rece que puede entrar en la categoría de las oxtrava* 
gancias loables. Tiene un singular encanto la gracia 
tosca de esos versos. La aspereza « querida » de la ver- 
sificación parece bien en la envoltura de este fragmento 



curioso y le da las apariencias do una vieja medalla, de 
bordes roídos por el tiempo. 

Hemos terminado de recorrer lo que llamaríamos el 
« repartimiento clásico » en el palacio de ideas y pala- 
bras que nos tiene de huéspedes. La composición que 
lleva por epígrafe El 'poeta pregunta por Stella, nos con- 
duce ahora a una estancia en la que el duro mármol ha 
dejado de reinar; a una sombría y delicada estancia en 
cuyo testero está esculpido el busto de Edgard Poe.... 

¿ Eecordáis a « Ligeia », la heroína concebida en un 
sueño por la fantasía de los prodigios y las maravillas; 
la que en la sobrenatural virtud de sus ojos llevaba el 
himno de triunfo de la voluntad sobre la muerte que no 
pudo apagarlos ? « Hermana de Ligeia », ha llamado el 
poeta a esa Stella apenas nombrada fugazmente en sus 
versos y por cuya alma, que ha volado de retorno al ni- 
do-celeste, pregunta al lirio que acaso la habrá visto 
pasar. ... Y la emoción, que levanta con eso hálito de 
verdad que no se simula ni remoda, el melancólico ver- 
so en que se la evoca, sugiere en nuestro ánimo la sos- 
pecha de una historia real; hace pensar en la realidad 
de una memoria triste y querida sobre la que tienda su 
sombra esa pálida Astapho, de alas de niebla, que pro- 
pició oscuramente el amor de la heroína de Poe y que 
patrocinaba, en el país de las Esfinges, el amor malo- 
grado. — Me detengo a señalar en esta composición la 
probabilidad de una honda realidad personal, porque en 
Eubén Darío no son los más frecuentes ni caracterís- 
ticos los versos que se sienten brotar así, espontánea y 
rápidamente, del secreto del sentimiento. La cadencia 
sentimental con que concluye la elegía en que ahora 
me ocupo, tiene una inefable virtud de sugestión, re- 
forzada por la asociación de ideas merced a la vibración 
infinita que induce en la memoria el nombre poeniano 
de Ligeia. Y Stella es también un nombre poeniano, 



XL 



porque se vincula al recuerdo de aquella dulce y gene- 
rosa poetisa que usó ese nombre de seudónimo; a quien 
Poe recompensó con la dedicatoria de El Enigma; y 
que fué una de las hadas buenas del pobre poeta mar- 
tirizado por las gruesas Euménides de la vulgaridad. 

Otra afortunada visita del Sentimiento a la mansión 
de este artista, gran -señor, que no le tiene entre sus 
amigos más constantes, es un delicadísimo soneto de 
alejandrinos, en el que se evoca, — así como en la an- 
terior composición el recuerdo de Ligeia, — el recuerdo 
de Margarita Gautier. Cantando a un nuevo avatar de 
la eterna apasionada, el poeta lia hallado medio de co- 
municar a una imagen que no tiene, en sí misma, el pres- 
tigio de la novedad — la de la flor deshojada por la 
Muerte, — un perfume original, intenso, inefable.... 

¡ Paso ahora a la Sinfonía en gris mayor que destaca 
sus notas vibrantes sobre la blancura del papel ! Bien 
de plus cher que la chanson grise.... Encuentro que mi 
lápiz — que es, mientras leo, algo así como el secretario 
de mis nervios e invade con correrías de colegial las 
márgenes blancas de los libros, — ha marcado la pági- 
na con esa reminiscencia de Verlaine. — Expreso en 
ella Tina preferencia que puede ser exclusivamente per- 
sonal en mucha parte, porque se asocia con la superior 
intensidad de las sensaciones de sorpresa. Fué la Sin- 
fonía en gris mayor la primera composición de Rubén 
Darío que pasó bajo mis ojos, entonces ignorantes de 
ciertas sensaciones ya definitivamente traídas al idio- 
ma, e impresionados, ante aquella revelación de lo ori- 
ginal, con la impresión del colorista en el momento en 
que sorprende una nota inesperada y nueva en el re- 
lampagueo de una piedra, en el matiz de una flor, en la 
caprichosa coloración de una tela, en la cristalización 
luciente de un esmalte.... — Y la impresión aún dura. — 
Desde la blanca Symphonie de Gautier, bálsamo indisi- 
pable, para la fantasía ! , creo que poeta alguno ha acer- 



XLI 



tado a convertir tan prodigiosamente en imágenes el 
poder sugetivo do un color. Henri Mariot osó dar un 
pendant a la misma Symphonie del maestro con las Va- 
riaciones azules; pero ni en la sonrisa de sus cielos, ni 
en la inocencia de sus flores, ni en la transparencia de 
sus aguas, hay para mí la condensación de poesía que 
en esta cenicienta marina tropical. Poesía que nace, 
como la mariposa de la larva, del color del tedio. Las 
playas áridas, el plomo de la ola desvaída, la niebla, el 
htímo del carbón, la espuma sucia do las dársenas, todo 
eso que en la realidad se llama hastío, se llama, en la 
contemplación del trasunto, singularísimo deleite; y 
— triunfantes paradojas del arto ! — el iris resulta ven- 
cido por la bruma.... 

Equiparo a mi impresión de la Sinfonía la de un ale- 
górico cuadro de Año Nuevo que ocupa puesto inmedia- 
to en la colección. Apenas lo he citado, cuando lo sien- 
to reproducirse, radiante, en mi memoria. Y sin embar- 
go, es una composición de Rubén Darío que he oído 
discutir. La opinión se dividía entre los que la tienen 
por trivial y los que la consideran encantadora. Está 
dicho que yo me cuento entre los últimos; pero la ver- 
dad es que renunciaría a justificarlo en las formas habi- 
tuales de la crítica. — Leedla vosotros. — Por mi par- 
te, sigo creyendo lo que afirmé en otra ocasión; ese in- 
grato pelear con la insuficiencia de la palabra, limitada 
y rebelde, que hizo que el poeta anhelara trocar el idio- 
ma mezquino do los hombres por otro que diese a un 
tiempo sensación « de suspiros y de risas », que fuese 
color y fuese míisica, atormenta, más inútilmente aún, 
al espíritu del juez en cosas literarias, al esforzarse por 
traducir en vocablos ciertas sutiles reconditeces de la 
impresión, ciertos matices y delicadezas del juicio. — 
A las veces, transcribir es una manera de juzgar. — El, 
para mí, admirable donaire de esa alegoría es de las co- 
sas que sólo podrían demostrarse por el fácil procedí- 



XLTI 



miento de la transcripción, que considero inoportuno 
y ocioso cuando se trata de artículos escritos, como 
éste, para quienes conocen la obra que se juzga. 

Bajo el título de Verlaine, el poeta ha reunido en la 
colección dos de sus más singulares composiciones. Ellas 
me inducen a formular aquí una pregunta que me in- 
quieta, desde que he oído vulgarizarse la comparación 
entre Rubén Darío y el poeta de Sayesse; comparación 
a que Michel de Kaplan ha adherido con su voto de 
calidad en uno de los últimos números de El Mercurio 
de América. — ¿Es, verdaderamente, el alma del úl- 
timo gran poeta de la Francia el troquel donde se ha 
fundido el alma poética de Rubén Darío ? — No me 
parece dudoso que puedan reconocerse en la genialidad 
de nuestro poeta, muchos de los elementos psíquicos y 
muchos de los elementos literarios que entran en la 
composición del complejo legado de Verlaine; pero no 
creo que pueda verse igualmente reproducido el carác- 
ter del conjunto, de uno a otro poeta: esa química vir- 
tud del conjunto que engendra el precipitado de la per- 
sonalidad. — Sellan de una manera peculiarísima, a 
Verlaine, el consorcio de barbarie y de bizantinismo, 
de infancia y de caducidad, de perversión y de ternura; 
el alma candida, a modo de azorada paloma, engarzada 
en una garra perversa que brota de los sentidos exas- 
perados y del corazón oprimido; la divina inconscien- 
cia, que parado j alíñente se calificaría como de un im- 
posible aeda refinado o de un juglar docto en alambi- 
camientos do magias y de amores; todo eso que suele 
dar a su poesía el aspecto de un cielo límpido, trans- 
parente y azul, por donde se arrebata de súbito una 
nube formidablemente tempestuosa, para volver muy 
luego el azul y la serenidad. — Y esa dualidad extra- 
ñísima, por la que Verlaine, sin dejar de ser la más re- 
finada de las organizaciones literarias y el símbolo vi- 



viento de nuestras contradicciones y nuestras dudas, es, 
%l mismo tiempo, el i'mico de los poetas modernos que 
merezca el nombre sagrado y religioso de bardo, que 
reclamaba para Shelley el príncipe de los críticos ingle- 
ses; esa dualidad no se reproduce, por cierto, en Hubén 
Darío artista enteramente consciente y dueño de sí, 
artista por completo responsable de su» empresas, do 
sus victorias, de sus derrotas, y en cuyo talento — ple- 
namente civilizado — no queda, como en el alma de 
Lelian, ninguna tosca reliquia de espontaneidad, ningu- 
na parte primitiva. 

El Responso sobre la tumba de Verlaine es, a pesar 
del nombre austero que lleva, una elegía impregnada 
de nna ideal serenidad; lena de gracia y de luz, como los 
ritos de las exequias clásicas, y sobre la que se difunde 
el balsámico aroma de los túmulos griegos. — En cuan- 
to al Canto de la Sangre, evoca algunas de las cosas trá- 
gicas o conmovedoras que la asociación puede bacer 
representarse al espíritu frente al encendido jugo de la 
vida. Cada estrofa lleva su unción sangrienta, y cada 
mancha do sangre de las que purpuran ese ramillete 
cosechado entre zarzas, ha sido recogida en la efusión 
de una herida diferente. Ondea en el verso la púrpura 
extendida de las batallas; viértese el vino de fuego de 
las venas del mártir; florecen las rosas líquidas del sa- 
crificio virginal; y se desborda, como de una fuente im- 
pura, la sangre del suicida y el ajirsticiado que colora 
los cuartetos postreros con el rojo sombrío de la hema- 
tites. El poeta ha asociado a cada estrofa — usando 
un procedimiento semejante al de las primeras estancias 
do Les Voix de Verlaine, — el nombre del instrumento 
adecuado para sugerir musicalmente la idea que se ex- 
presa o la escena que se describe en ella. 

Pone término al libro una interesante composición 
simbólica que se titula El reino interior, y que puede 



XLIV 

relacionarse con las que hemos citado últimamente por 
alguna reminiscencia del Crimen amoris verleniano. — 
Joven cautiva, el alma del poeta mira pasar, desde su 
castillo carnal, — avanzando sobre una senda de color 
de rosa como las que se pintan en las vidas de santos 
de Fra Doménico, — una procesión de vírgenes, que son 
las siete Virtudes, y un grupo de mancebos, que son los 
siete Pecados. Y el Alma, que los sigue desde su sole- 
dad, queda pensativa, lo mismo por la satánica hermo- 
sura de los Pecados que, por la divina gracia de las Vir- 
tudes. — Admirable, la originalidad de la ejecución. 
Hay un hechizo propiamente pre-rafaelista en ese cua- 
dro simbólico. La descripción de la blanca teoría virgi- 
nal es de una encantadora y femenina gracia. Todo 
color se rinde en ella místicamente desvanecido. La 
beatitud de la blancura envuelve al cuadro en una son- 
risa ideal. Del choque de las rimas brotan ampos de 
espuma. Parece que se deshojan lirios sobre el verso.... 
Y luego, cuando pasan por él los satanes de la tenta- 
ción, resplandecientes y fascinadores con la nota vio- 
lenta de sus púrpuras, — se enciende, se ensangrienta 
admirablemente el fondo del cuadro; diríase que lo azo- 
ta duramente una pedrería de magnificencia infernal; 
ascuas y carbunclos lo iluminan; y las rimas que chocan 
hacen, en vez de la candida espuma de la escena ante- 
rior, relámpagos rojos y siniestros. — Me parece de un 
efecto supremo la oposición de esos dos cuadros. El 
verso ópalo hace juego con el verso rubí. Y, en cuanto 
a la íntima significación del fragmento, creo que lo di- 
cho antes sobre la naturaleza literaria de Rubén Darío 
me excusa de reconocer la propiedad de este admirable 
símbolo del alma del poeta, igualmente sensible a los 
halagos de la Virtud y a los halagos del Pecado, cuando 
uno y otro se revisten del fascinante poder de la apa- 
riencia.,,, 



XLV 



La crítica no lia detenido hasta ahora su atención en 
un aspecto tan interesante de las Prosas profanas como 
el de las cuestiones relacionadas con la técnica de la 
versificación y de la forma que este libro promueve, y 
que conducirían a estudiar una de las manifestaciones 
más positivas y curiosas del talento innovador de Ru- 
bén Darío. 

No aludo, ciertamente, con ello a originalidades tan 
poco recomendables como la de la híbrida contextura 
do El País del Sol; composición en prosa que lleva in- 
tercalada, al mediar y el concluir de cada párrafo, una 
frase que aconsonanta, a modo de informe verso, con 
la que le precede. — ¿ Quién duda ya de que la caricia 
para el oído, la virtud musical, sean tan propios de la 
prosa como del verso 1 Midas no serviría más para pro- 
sista que para versificador. Toda frase tiene un oculto 
número. El párrafo es estrofa. Rubén Darío, que do- 
mina con soberana majestad el ritmo del verso, ha pro- 
bado que domina, soberanamente también, el ritmo 
prosaico. Ved la Canción del oro, La Ninfa, ciertos Bo- 
ros que están hechos en bronce.... Pero, por lo mismo 
que es indudable que hay un ritmo peculiar y distinto 
para cada forma de expresión, uno y otro ritmo no de- 
ben confundirse nunca, y mucho menos debe intentar 
combinarse la flotante armonía de la prosa con el re- 
curso de la rima, para obtener una hibridación compara- 
ble a la de ciertos cronicones latinos de la Edad Media; 
porque esta rima parvenve, interrumpiendo el curso 
libre y desembarazado de la elocución prosaica, hace 
el efecto de un incómodo ohoque, y porque le acontece 
al poeta que, por tal medio, ha intentado refundir dos 
modos diversos de armonía, lo que al enamorado voraz 
que, presuroso por besar las dos mejillas a un tiempo, 
no acertó a poner el beso en ninguna. 

Al hablar de las novedades técnicas de Prosas profa- 



XLVI 

ñas, me he referido a las que pienso que pueden dejar 
una huella más o menos durable en el procedimiento 
poético, y que consisten principalmente en la preferen- 
cia otorgada a los metros que llevan menos nota de 
clásicos y más generosos en virtualidad musical; la con- 
sagración de nuevas formas estróficas, como el mono- 
rrimo ternario de dodecasílabos; la frecuencia y la ili- 
mitada libertad con que se interrumpe métricamente 
la conexión gramatical de la cláusula, deteniéndola aun 
en palabras de simple relación, y la libre movilidad de 
la cesura, considerada independientemente de las pau- 
sas de sentido; y — como nota aventurera de la reforma 
— las disonancias calculadas, que de improviso inte- 
rrumpen el orden rítmico de una composición con ver- 
sos de una inesperada medida, o simplemente con una 
línea amorfa de palabras. 

La evolución amplísima cumplida en la técnica del 
verso francés desde que el poeta de las Orientales pudo 
jactarse de haber sustituido en él las plumas del volante 
por las alas del pájaro, — evolución cuyo sentido se 
representaría en el paralelismo de dos fuerzas que se 
apartasen, con impulso creciente, de la regularidad si- 
métrica, para acercarse a la variedad y a la expresión, — - 
no ha tenido un movimiento equivalente en las formas 
generosas y flexibles de nuestro idioma. Apenas si Sal- 
vador Rueda ha consagrado a estudiar la cuestión re- 
volucionaria del ritmo algunos ensayos sagaces; y es, 
seguramente, de poetas como él de quienes puede 
partir, con el ejemplo, la propaganda de la innovación; 
porque la forma métrica no será nunca la obra del cálcu- 
lo profano, labrando artificiosos moldes; sino la obra 
divina del instinto, el resultado de esa misma economía 
misteriosa e infalible que ha enseñado a la abeja las 
ventajas de la forma exagonal para los alvéolos de sus 
panales. 



XLVII 

Toca a los poetas de América ensayar la no bien bos- 
quejada empresa de reforma. Advierto que no significa 
nada de esto conceder los honores de la seriedad a las 
aventuras de Gustavo Kahn, por ejemplo, cuyos Pálais 
nómades me hacen el efecto de la laboriosa falsificación 
de un dibujo troglodita; reprocho a Rueda haber coin- 
cidido demasiado con la afirmación paradojal de Ma- 
llarmé, según la cual sería infundada e inútil la distin- 
ción del verso y la prosa, y cualquiera antojadiza aglo- 
meración de palabras tendría derecho a que se le reco- 
nociesen las franquicias del metro; no es sin reservas 
como he aplaudido las audaces tentativas de Jaimes 
FrejT-e, que ha sido el radical en el propósito de traer 
a nuestra, poesía americana el influjo del vers Uhrisme 
francés contemporáneo. Pero, realmente convencido 
de que las innovaciones con que las modernísimas es- 
cuelas francesas han aguzado y perfeccionado el sentido 
de la forma, quedarán entre sus conquistas más dura- 
deras, y de que no se ha afirmado sin sentido profundo 
que toda concepción particular de la poesía tiene dere-, 
cho a crear su métrica propia, me encuentro muy dis- 
puesto al estímulo para toda tentativa que se encamine 
a comunicar nueva flexibilidad y soltura a los viejos 
huesos de esta poesía castellana, cuyo soporoso estado 
de espíritu se complementa — como dos achaques de 
una misma vejez — con una verdadera anquilosis del 
verso. 

No he de extremar la prolijidad, ya impertinente, de 
este análisis. Queden sin glosas dos sonetos primorosa- 
mente cincelados (Ite missa est, La Dea; llameante de 
sensualidad el primero; el último, un hermoso símbolo 
de estética idealista); una alabanza, muy llena de ele- 
gante vivacidad, a unos ojos negros; y una original 
alegoría en la que se pinta la proyección de las figuras 



XLVIII 

de un ensueño sobre el vacío de una página en blanco 
y se nos muestra el tardo desfilar de los camellos qu' 
conducen al través del desierto el bagaje de la caravana 
de la Vida. — Pero al cerrar el libro, algo bailo en la 
portada que me detiene para pedirme una opinión. 
— Ha hecbo hablar a la crítica el título de Prosas pro- 
fanas, aplicado a un tomo de versos. La antífrasis apa 
rente del nombre ba disgustado al excelente bibliógrafo 
americano del Mercure de France y le ba parecido de 
perlas a Eemy de G-ourmont. Kubén Darío habrá re- 
cordado que no es la primera vez que la portada de sus 
libros se discute. Don Juan Valera tuvo una arruga de 
su frente de mármol para el nombre de Azul, y Enrique 
Gómez Carrillo halló que no todos los Maros eran raros. 
Y la cuestión no debe parecerle enteramente trivial, si 
considera que el talento de encontrar títulos buenos es 
el único que ha querido reconocer Max Nordau a los 
oficiantes de las nuevas capillas literarias, esos clientes 
malgré eux de su clínica. — En el presente caso, par- 
tiendo las voces de censura de los que han entendido la 
palabra Prosas en la acepción que fué preciso enseñarle 
a Mr. Jourdain, creo que bastará con recordarles que el 
adjetivo que la sigue revelaba el propósito evidente de 
aludir a una de las antiguas formas de la poesía ecle- 
siástica. — Indudablemente, la antífrasis subsiste, a 
pesar de eso; porque nada podría señalarse de más con- 
trario a la índole esencialmente refinada y erudita de 
la poesía de este libro goloso, que el balbucir informe y 
candido de la poesía de las prosas y las secuencias. Pero 
yo creo que el autor ha contado, muy particularmente, 
para la invención de su título, con aquella misma inter- 
pretación vulgar, y ha sonreído al pensamiento de que 
el público ingenuo se sorprenda de ver aplicado a tan 
exquisita poesía el humilde nombre de prosa. — ¿ Co- 
quetería de poeta ? — ¿O acaso el pudoroso escrúpulo 



lí- 



ele la virtud en el sacerdote bueno que, por serlo, tiene 
la obsesión de su indignidad ante el ara ? — De cual- 
quier modo, a mí me gusta la originalidad de ese bau- 
tismo, como rasgo voluntarioso y como cortesanía de 
señor que nos invita a que pasemos adelante con un 
alarde de espiritualidad. Laudable es que la espuma 
del ingenio suba basta el título, que es como si subiera 
basta el borde. 



Mal entenderá a los escritores y a los artistas el que 
los juzgue por la obra do los imitadores y por la prédica 
de los sectarios. Si yo incurriera en tal extravío del jui- 
cio, no tributaría seguramente, al poeta, este homenaje 
de mi equidad, que no es el de un discípulo, ni el de un 
oficioso adorador. — Por lo demás, está aún más lejos 
de ser el homenaje arrancado, a un espectador de mala 
voluntad, por la irresistible imposición de la obra. — 
No creo ser un adversario de Kubén Darío. — De mis 
conversaciones con el poeta he obtenido la confirmación 
de que su pensamiento está mucho más fielmente en 
mí que en casi todos los que le invocan por credo a cada 
paso. Yo tengo la seguridad de que, ahondando un 
poco más bajo nuestros pensares, nos reconoceríamos 
buenos camaradas de ideas. Yo soy un modernista tam- 
bién; yo pertenezco con toda mi alma a la gran reacción 
que da carácter y sentido a la evolución del pensamien- 
to en las postrimerías de este siglo; a la reacción que, 
partiendo del naturalismo literario y del positivismo 
filosófico, los conduce, sin desvirtuarlos en lo que tienen 
de fecundos, a disolverse en concepciones más altas. 
Y no hay duda de que la obra de Rubén Darío respon- 
de, como una de tantas manifestaciones, a ese sentido 
superior; es en el arte una de las formas personales do 
nuestro anárquico idealismo contemporáneo; aunque 



no lo sea — porque no tiene intensidad para ser nada 
serio — la obra frivola y fugaz do los que le imitan, el 
vano producir de la mayor parto de la juventud que 
hoy juega infantilmente en América al juego literario 
de los colores. 

Por eso yo he separado cuidadosamente en otra oca- 
sión, el talento personal de Darío, de las causas a que 
debemos tan abominable resultado; y le he absuelto, 
por mi parte, de toda pena, recordando que los poetas 
de individualidad poderosa tienen, en sentir de uno de 
ellos, el atributo regio de la irresponsabilidad. — Para 
los imitadores, dijo entonces, ha de ser el castigo, pues 
es suya la culpa; a los imitadores lia de considerárseles 
los falsos demócratas del arte, que, al hacer plebeyas 
las ideas, al rebajar a la ergástula de la vulgaridad los 
pareceres, los estilos, los gustos, cometen un pecado 
de profanación quitando a las cosas del espíritu el pudor 
y la frescura de la virginidad. 

Pero la imitación servil e imprudente no es, por cier- 
to, el influjo madurador que irradia de toda fuerte em- 
presa intelectual; de toda alta producción puesta al 
servicio de una idea y conscientemente atendida. — El 
poeta viaja ahora, rumbo a España. — Encontrará un 
gran silencio y un dolorido estupor, no interrumpidos 
ni aun por la nota de una elegía, ni aun por el rumor de 
las hojas sobre el surco, en la soledad donde aquella 
madre de vencidos caballeros sobrelleva, — menos co- 
mo la Hécube do Eurípides que como la Dolorosa del 
Ticiano, — la austera sombra de su dolor inmerecido. 
— Llegue allí el poeta llevando buenos anuncios para 
el florecer del espíritu en el habla común, que es el arca 
santa de la raza; destaqúese en la sombra la vencedora 
■figura del Arquero; hable a la juventud, a aquella ju- 
ventud incierta y aterida, cuya primavera no da flores 
tras el invierno de los maestros que se van, y enciéndala 



LI 



en nuevos amores y nuevos entusiasmos. — Acaso, en 
el seno de esa juventud que duerme, su llamado pueda 
ser el signo de una renovación; acaso pueda ser saluda- 
da, en el reino de aquella agostada poesía, su presencia, 
como la de los príncipes que, en el cuento oriental, traen 
de remotos países la fuente que da oro, el pájaro que 
habla y el árbol que canta. . . . 



Nota. — Prontas para ser dadas a la publicidad estas páginas, mis 
amigos de Buenos Aires, y entre ellos los que han formado el círculo ín- 
timo de Rubén Darío, me sugieren el pensamieato de terminar el estu- 
dio de la personalidad del poeta con el análisis de Los Raros y de Azul. 
Téngase, pues, lo leido, como la primera parte de uti estudio más amplio, 
que acaso ha de completarse en breve. 

Montevideo, 1899. 



RUBÉN DARÍO 
PKOSAS PBOFANAS 



PROSAS PROFANAS 



PALABRAS LIMINARES 



Después de Azul.... después de Los Raros, voces insi- 
nuantes, buena y mala intención, entusiasmo sonoro y 
envidia subterránea, — toda bella cosecha — solicitaron 
lo que, en conciencia, no he creído fructuosa ni oportuno: 
un manifiesto. 

Ni fructuoso ni oportuno: 

a ) Por la absoluta falta de elevación mental de la 
mayoría pensante de nuestro continente, en la cual impera 
el universal personaje clasificado por Bemy de Gourmont 
con el nombre de Celui-qui-ne-comprend-pas. Célui-qui- 
ne-comprend-pas es entre nosotros profesor, académico 
correspondiente de la Eeal Academia Española, perio- 
dista, abogado, poeta, rastaquouer; 

b) Porque la obra colectiva de los nuevos de América 
es aún vana, estando muchos de los mejores talentos en el 
limbo de un completo desconocimiento del mismo Arte a 
que se consagran; 

c) Porque proclamando como proclamo, una estética 
acrática, la imposición de un modelo o de un código, im- 
plicaría una contradicción. 



— 4 



Yo no tengo literatura «ikí«>> — como lo ka manifes- 
tado íina magistral autoridad, — para marcar el rumbo 
de los demás: mi literatura es mía en mí; — guien siga 
servilmente mis huellas perderá su tesoro personal y, paje 
o esclavo, no podrá ocultar sello o librea. Wagner a Au- 
gusta Holmés su discípulo,, dijo íííí día: <do primero, no 
imitar a nadie, y sobre todo, a mí». Gran decir. 



Yo he dicho, en la misa rosa de mi juventud, mis antí- 
fonas, mis secuencias, mis profanas prosas. — Tiempo y 
menos fatigas de alma y corazón me han hecho falta, pa- 
ra, como un buen monje artífice, hacer 'mis mayúsculas 
dignas de cada página del breviario. {A través de los 
fuegos divinos de las vidrieras historiadas, me río del 
viento gue sopla afuera, del mal que pasa.) Tocad, cam- 
panas de oro, campanas de plata, tocad todos los días 
llamándome a la fiesta en que brillan los ojos de fuego, 
y las rosas de las bocas sangran delicias únicas. Mi ór- 
gano es un viejo clavicordio pompadour, al son del cual 
danzaron sus gavotas alegres abuelos; y el perfume de tu 
pecho es mi perfume, eterno incensario de carne, Varona 
inmortal, flor de mi costilla. 

Hombre soy. 



¿ Hay en mi sangre algtma gota, de sangre de África, o 
de indio chorote ga o nagrandano ? Pudiera ser, a des- 
pecho de mis manos de marqués: más he aquí que veréis 
en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones 
de países lejanos o imposibles: qué queréis ¡ yo detesto 



la vida y él tiempo en que me toeó nacer; y a un 'presiden- 
te de República no podré saludarle en el idioma en que 
te cantaría a tí, oh Halagabal J de cuya corte — oro, seda, 
mármol — me acuerdo en sueños 

(Si hay poesía en nuetra América ella está en las cosas 
viejas, en Palenhe y Utatlán, en el indio legendario, y 
en el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la 
silla de oro. Lo demás es tuyo, demócrata Walt W human.) 

Buenos Aires: Cosmópolis. 

Y mañana ! 



El abuelo español de barba blanca me señala una serie 
de retratos ilustres: «Este, me dice, es el gran don Miguel 
de Cervantes Saavedra, genio de manco; este es Lope de 
Vega,' este Garcilaso, este Quintana. ». Yo le pregunto por 
el noble Gradan, por Teresa la Santa, por el bravo Gón- 
gora y el más fuerte de todos, don Francisco de Quevedo 
y Villegas. Después exclamo: Shakespeare ! Dante / Ru- 
go t ... . (Y en mi interior: Yerlaine .... / 

Luego, al despedirme: — «Abuelo, preciso es decíroslo: 
mi esposa es de mi tierra; mi querida, de París». 



Y la cuestión métrica t Y el ritmo ? 

Como cada palabra tiene una alma, hay en cada verso, 
además de la armonía verbal, una melodía ideal. La mú- 
sica es sólo de la idea, muchas veces, 



— 6 — 



* 
* * 



La gritería de trescientas ocas no te impedirá, silvano, 
tocar tu encantadora flauta, con tal de que tu amigo el 
ruiseñor esté contento de tu melodía. Cuando él no esté 
para escucharte, cierra los ojos y toca para los habitantes 
de tu reino interior. ¡ Oh pueblo de desnudas ninfas, de 
rosadas reinas, de amorosas diosas / 

Cae a tus pies una rosa, otra rosa, otra rosa. Y besos / 



Y, la primera ley, creador', crear. Bufe el eunuco; cuan 
do una musa te dé un hijo, queden las otras ocho en cinta. 

E. D. 



ERA UN AIRE SUAVE. . . 



Era un aire suave, de pausados giros; 
El hada Harmonía ritmaba sus vuelos; 
E iban frases vagas y tenues suspiros 
Entre los sollozos de los violoncelos. 

Sobre la terraza, junto a los ramajes, 
Diríase un trémolo de liras eolias 
Cuando acariciaban los sedoso trajes 
Sobre el tallo erguidas las blancas magnolias. 

La marquesa Eulalia risas y desvíos 
Daba a un tiempo mismo para dos rivales, 
El vizconde rubio de los desafíos 
Y el abate joven de los madrigales. 

Cerca, coronado con hojas de viña, 
Reía en su máscara Término barbudo, 
Y, como un efebo que fuese una niña, 
Mostraba una Diana su mármol desnudo. 

Y bajo un boscaje del amor palestra, 
Sobre rico zócalo al modo de Jonia, 
Con un candelabro prendido en la diestra 
Volaba el Mercurio de Juan de Bolonia. 

La orquesta perlaba sus mágicas notas, 
Un coro de sones alados se oía; 
Galantes pavanas, fugaces gavotas 
Cantaban los dulces violines de Hungría. 



— 8 — 

Al oir las quejas de sus caballeros 
Kíe, ríe, ríe, la divina Eulalia, 
Pues son su tesoro las Hechas de Eros, 
El cinto de Cipria, la rueca de Onfalia. 

¡ Ay de quien sus mieles y frases recoja ! 
j Ay de quien del canto de su amor se fíe ! 
Con sus ojos lindos y su boca roja, 
La divina Eulalia, ríe, ríe, ríe, 

Tiene azules ojos, es maligna y bella; 
Cuando mira vierte viva luz extraña: 
Se asoma á sus húmeda pupilas de estrella 
El alma del rubio cristal de Champaña. 

Es noche de fiesta, y el baile de trajes 
Ostenta su gloria de triunfos mundanos. 
La divina Eulalia, vestida de encajes, 
Una flor destroza con sus tersas manos. 

El teclado harmónico de su risa fina 
A la alegre música de un pájaro iguala, 
Con los staccati de una bailarina 

Y las locas fugas de una colegiala. 

¡ Amoroso pájaro que trinos exhala 
Bajo el ala a veces ocultando el pico; 
Que desdenes rudos lanza bajo el ala, 
Bajo el ala aleve del leve abanico ! 

Cuando a media noche sus notas arranques 

Y en arpegios áureos gima Filomela, 

Y el ebúrneo cisne, sobre el quieto estanque 
Como blanca góndola imprima su estela, 



— 9 — 

La marquesa alegre llegará al boscaje, 
Boscaje que cubre la amable glorieta 
Donde han de estrecharla los brazos de un paje, 
Que siendo su paje será su poeta. 

Al compás de un canto de artista de Italia 
Que en la brisa errante la orquesta deslíe, 
Junto a los rivales la divina Eulalia, 
La divina Eulalia, ríe, ríe, ríe. 

¿ Fué acaso en el tiempo del rey Luis de Francia, 
Sol con corte de astros, en campos de azur ? 
¿ Cuando los alcázares llenó de fragancia 
La regia y pomposa rosa Pompadour ? 

¿ Fué cuando la bella su falda cogía 
Con dedos de ninfa, bailando el minué, 

Y de los compases el ritmo seguía 
Sobre el tacón rojo, lindo y leve el pió ? 

I O cuando pastoras de floridos valles 
Ornaban con cintas sus albos corderos, 

Y oían, divinas Tirsis de Versalles, 
Las declaraciones de sus caballeros ? 

¿ Fué en ese buen tiempo de duques pastores, 
De amantes princesas y tiernos galanes, 
Cuando entre sonrisas y perlas y flores 
Iban las casacas de los chambelanes ? 

j Fué acaso en el Norte o en el Mediodía 1 
Yo el tiempo y el día y el país ignoro, 
Pero sé que Eulalia ríe todavía, 
¡ Y es cruel y eterna su risa de oro ! 



1893- 



— 10 — 



DIVAGACIÓN 



¿ Vienes ? me llega aquí, pues que suspiras, 
Un soplo de las mágicas fragancias 
Que hicieran los delirios de las liras 
En las G-rccias, las Eomas y las Francias. 

¡ Suspira así ! Revuelen las abejas; 
Al olor de la olímpica ambrosía, 
En los perfumes que en el aire dejas; 

Y el dios de piedra se despierto y ría, 

Y el dios de piedra se despierte y cante 
La gloria de los tirsos florecientes 

En el gesto ritual de la bacante 
De rojos labios y nevados dientes; 

En el gesto ritual que en las hermosas 
Ninfalias guía a la divina hoguera, 
Hoguera que hace llamear las rosas 
En las manchadas pieles de pantera. 

Y pues amas reir, ríe, y la brisa 
Lleve el son de los líricos cristales 
De tu reir, y haga temblar la risa 
La barba de los Términos joviales. 

Mira hacia el lado del boscaje, mira 
Blanquear el muslo de marfil de Diana, 

Y después de la Virgen, la Hetaira 
Diosa, su blanca, rosa, y rubia hermana 



— 11 — 

Pasa on busca de Adonis; sus aromas 
Deleitan a las rosas y los nardos; 
Sigúela una pareja de palomas 
Y hay tras ella una fuga do leopardos. 



¿ Te gusta amar en griego? Yo las fiestas 
Galantes busco, en donde se recuerde 
Al suave son de rítmicas orquestas 
La tierra de la luz y el mirto verde. 

Los abates refieren aventuras 
A las rubias marquesas. Soñolientos 
Filósofos defienden las ternuras 
Del amor, con sutiles argumentos, 

Mientras que surge de la verde grama, 
En la mano el acanto de Corinto, 
Una ninfa a quien puso un epigrama 
Beaumarcbais, sobre el mármol de su plinto. 

Amo más que la Grecia de los griegos 
La Grecia de la Francia, porque en Francia 
Al eco de las Risas y los Juegos 
Su más dulce licor Venus escancia. 

Demuestran más encantos y perfidias 
Coronadas de flores y desnudas, 
Las diosas de Clodion que las de Fidias. 
Unas cantan francés, otras son mudas. 

Verlaine es más que Sócrates; y Arseni > 
Houssaye supera al viejo Anacreonte. 
En París reinan el Amor y el Genio: 
Ha perdido su imperio el dios bifronte. 



— 12 _- 

Monsieur Prudhomme y Homais no saben ñadí 
Hay Chiprés, Pafos, Tempes y Amatuntes, 
Donde al amor de mi madrina, un liada, 
Tus frescos labios a los míos juntes. ) 

Sones de bandolín. El rojo vino 
Conduce un paje rojo. ¿ Amas los sones 
Del bandolín, y un amor florentino ? 
Serás la reina en los decamerones. 

( Un coro de poetas y pintores 
Cuenta historias picantes. Con maligna 
Sonrisa alegre aprueban los señores. 
Clelia enrojece. Una dueña se signa. ) 

¿ un amor alemán ? — que no han sentido 
Jamás los alemanes: — la celeste 
Gretchen; claro de luna; el aria; el nido 
Del ruiseñor; y en una roca agreste, 

La luz de nieve que del cielo llega 

Y baña a una hermosura que suspira 
La queja vaga que a la noche entrega 
Loreley en la lengua de la lira. 

Y sobre el agua azul el caballero 
Lohengrín; y su cisne, cual si fuese 
Un cincelado témpano viajero, 

Con su cuello enarcado en forma de S. 

Y del divino Enrique Heine un canto, 
A la orilla del Ehin; y del divino 
Wolfang la larga cabellera, el manto; 

Y de la uva teutona el blanco vino. 



— 13 — 

O amor lleno de sol, amor de España, 
Amor lleno de púrpuras y oros; 
Amor que da el clavel, la flor extraña 
Kegada con la sangre de los toros; 

Flor de gitanas, flor que amor recela, 
Amor de sangre y luz, pasiones locas; 
Flor que trasciende a clavo y a canela, 
Hoja cual las heridas y las bocas. 



¿Los amores exóticos acaso... ? 
Como rosa de Oriente me fascinas: 
Me deleitan la seda, el oro, el raso. 
G-autier adoraba a las princesas chinas. 

¡ Oh bello amor de mil genuflexiones; 
Torres de kaolín, pies imposibles, 
Tazas de té, tortugas y dragones, 
Y verdes arrozales apacibles ! 

Ámame en chino, en el sonoro chino 
De Li-Tai-Pe. Yo igualaré a los sabios 
Poetas que interpretan el destino; 
MadrigaKzaró junto a tus labios. 

Diré que eres más bella que la luna; 
Que el tesoro del cielo es menos rico 
Que el tesoro que vela la importuna 
Caricia de marfil de tu abanico. 



Amaine japonesa, japonesa 
Antigua, que no sepa de naciones 
Occidentales: tal una princesa 
Con las pupilas llenas de visiones, 



— 14 — 

Que aún ignorase en la sagrada Kioto, 
En su labrado camarín de plata 
Ornado al par de crisantemo y loto, 
La civilización de Yamagata. 

O con amor hindú que alza sus llamas 
En la visión suprema de los mitos, 

Y hace temblar en misteriosas bramas 
La iniciación de los sagrados ritos, 

En tanto mueven tigres y panteras 
Sus hierros, y en los fuertes elefantes 
Sueñan con ideales bayaderas 
Los rajahs constelados de brillantes. 

O negra, negra como la que canta 
En su Jerusalem el rey hermoso, 
Negra que haga brotar bajo su planta 
La rosa y la cicuta del reposo . . . 

Amor, en fin, que todo diga y cante, 
Amor que encante y deje sorprendida 
A la serpiente de ojos de diamante 
Que está enroscada al árbol de la vida. 

Ámame así, fatal, cosmopolita, 
Universal, inmensa, única, sola 

Y todas; misteriosa y erudita: 
Ámame mar y nube, espuma y ola. 

Sé mi reina de Saba, mi tesoro; 
Descansa en mis palacios solitarios. 
Duerme. Yo encenderé los incensarios. 

Y junto a mi unicornio cuerno de oro, 
Tendrán rosas y miel tus dromedarios. 

Ti„re Hotel, Diciembre 1834. 



15 — 



SONATINA 



La princesa está triste . . . ¿ qué tendrá la princesa ? 
Los suspiros se escapan de su boca de fresa, 
Que lia perdido la risa, que ha perdido el color. 
La princesa está pálida en su silla de oro, 
Está mudo el teclado de su clave sonoro; 
Y en un vaso olvidada se desmaya una flor. 

El jardín puebla el triunfo de los pávos-rcales. 
Parlanchína, la dueña dice cosas banales, 
Y, vestido de rojo piruetea el bufón. 
La princesa no ríe, la princesa no siente; 
La princesa persigue por el cielo de Oriente 
La libélula vaga de una vaga ilusión. 

¿ Piensa acaso en el príncipe de G-olconda o de China 
O en el que ha detenido su carroza argentina 
Para ver de sus ojos la dulzura de luz ? 
O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes, 
O en el que es soberano de los claros diamantes, 
O en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz ? 

¡ Ay ! la pobre princesa de la boca de rosa, 
Quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, 
Tener alas ligeras, bajo el cielo volar, 
Ir al sol por la escala luminosa de un rayo, 
Saludar a los lirios con los versos de Mayo, 
O perderse, en el viento sobre el trueno del mar. 



— 16 — 

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata, 
Ni el lialcón encantado, ni el bufón escarlata, 
Ni los cisnes unánimes en el lago de azur. 

Y están tristes las flores por la flor de la corte; 
Los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte, 
De Occidente las dalias y las rosas del Sur. 

¡ Pobrecita princesa de los ojos azules ! 
Está presa en sus oros, está presa en sus tules, 
En la jaula de mármol del palacio real; 
El palacio soberbio que vigilan los guardas, 
Que custodian cien negros con sus cien alabardas, 
Un lebrel que no duerme y un dragón colosal. 

¡ Oh quién fuera Mpsipila que dejó la crisálida ! 
(La princesa está triste. La princesa está pálida ) 
¡ Olí visión adorada de oro, rosa y marfil ! 
¡ Quién volara a la tierra donde un príncipe existe 
( La princesa está pálida. La princesa está triste ) 
Más brillante que el alba, más hermoso que Abril ! 

Calla, calla, princesa, — dice el hada madrina — 
En caballo con alas, hacia acá se encamina, 
En el cinto la espada y en la mano el azor, 
El feliz caballero que te adora sin verte, 

Y que llega de lejos, vencedor de la Muerte, 
A encenderte los labios con su beso de amor ! 



— 17 — 



BLASÓN 



Para la condesa de Peralta 

El olímpico cisne de nieve 
Con el ágata rosa del pico 
Lustra el ala eucarística y breve 
Que abre al sol como un casto abanico. 

En la forma de un brazo de lira 

Y del asa de un ánfora griega 
Es su candido cuello que inspira 
Como prora ideal que navega. 

Es el cisne, de estirpe sagrada, 
Cuyo beso, por campos de seda, 
Ascendió hasta la cima rosada 
De las dulces colinas de Leda. 

Blanco rey de la fuente Castalia, 
Su victoria ilumina el Danubio; 
Vinci fué su barón en Italia; 
Lohengrín es su príncipe rubio. 

Su blancura es hermana del lino, 
Del botón de los blancos rosales 

Y del albo toisón diamantino 

De los tiernos corderos pascuales. 



— 18 — 

Kimador de ideal florilegio, 
Es de armiño su lírico manto, 

Y es el mágico pájaro regio 

Que al morir rima el alma en un canto. 

El alado aristócrata muestra 
Lises albos en campo de azur, 

Y lia sentido en sus plumas la diestra 
De la amable y gentil Pompadour. 

Boga y boga en el lago sonoro 
Donde el sueño a los tristes espera, 
Donde aguarda una góndola de oro 
A la novia de Luis de B a viera. 

Dad, Condesa, a los cisnes cariño, 
Dioses son de un país halagüeño 

Y hechos son de perfume, de armiño, 
De luz alba, de seda y de sueño. 



— 19 



DEL CAMPO 



Pradera, feliz día ! Del regio Buenos Aires 
Quedaron allá lejos el fuego y el hervor; 
Hoy en tu verde triunfo tendrán mis sueños vida, 
Respiraré tu aliento, me bañaré en tu sol. 

Muy buenos días, huerto. Saludo la frescura 
Que brota de las ramas de tu durazno en flor; 
Formada de rosales tu calle de Florida 
Mira pasar la Gloria, la Banca y el Sport. 

Un pájaro poeta, rumia en su buche versos; 
Chismoso y petulante, charlando va un gorrión; 
Las plantas trepadoras conversan de política; 
Las rosas y los lirios, del arte y del amor. 

Eigiendo su cuadriga de mágicas libélulas, 
De sueños millonario, pasa el travieso Puck; 
Y, espléndida sportwoman, en su celeste carro, 
La emperatriz Titania seguida de Oberón. 

De noche, cuando muestra su medio anillo de oro, 
Bajo el azul tranquilo, la amada de Pierrot, 
Es una fiesta pálida la que en el huerto reina, 
Toca en la lira el aire su do -re-mi-f a-sol. 

Curiosas las violetas a su balcón se asoman. 
Y una suspira: « ¡ lástima que falte el ruiseñor ! » 
Los silfos acompasan la danza de las brisas 
En un walpurgis vago de aroma y de visión. 



— 20 — 

De pronto se oye el eco del grito de la pampa, 
Brilla como una puesta del argentino sol; 
Y un espectral jinete, como una sombra cruza, 
Sobre su espalda un poncho; sobre su faz, dolor. 

— «¿ Quién eres, solitario viajero de la noche ? » 
— Yo soy la Poesía que un tiempo aquí reinó: 
« Yo soy el postrer gaucho que parte para siempre. 
De muestra vieja patria llevando el corazón ! * 



MARGARITA 






In memoriam 

¿Recuerdas que querías ser una Margarita 
Gautier ? Fijo en mi mente tu extraño rostro está, 
Cuando cenamos juntos, en la primera cita, 
En una noche alegre que nunca volverá. 

Tus labios escarlatas de púrpura maldita 

Sorbían el champaña del lino baccarat; 

Tus dedos deshojaban la blanca margarita 

« Sí. . . no. . . sí. . . no. . . » y sabías que te adoraba ya ! 

Después, ¡ oh flor de Histeria ! llorabas y reías; 
Tus besos y tus lágrimas tuve en mi boca yo; 
Tus risas, tus fragancias, tus quejas, eran mías. 

Y en una tarde triste de los más dulces días, 
La Muerte, la celosa, por ver si me querías, 
Como a una margarita de amor, te deshojó ¡ 



— 21 — 



ALABA LOS OJOS NEGROS DE JULIA 



¿ Eva era rubia ? No. Con negros ojos 
Vio la manzana del jardín; con labios 
Rojos probó su miel; con labios rojos. 
Que saben boy más ciencia que los sabios. 

Venus tuvo el azur en sus pupilas 
Pero su bijo no. Negros y fieros 
Encienden a las tórtolas tranquilas 
Los dos ojos de Eros. 

Los ojos de las reinas fabulosas, 
De las reinas magníficas y fuertes, 
Tenían las pupilas tenebrosas 
Que daban los amores y las muertes. 

Pentensilea, reina de amazonas, 
Judith, espada y fuerza de Betubia, 
Cleopatra, encantadora de coronas, 
La luz tuvieron de tus ojos, Julia. 

Luz negra, que es más luz que la luz blanca 
Del sol, y las azules de los cielos. 
Luz que el más rojo resplandor arranca 
Al diamante terrible de los celos. 

Luz negra, luz divina, luz que alegra 
La luz meridional, luz de las niñas 
De las grandes ojeras, ¡ ob luz negra 
Que hace cantar a Pan bajo las viñas ! 



— 22 — 



CANCIÓN DE CARNAVAL 



Le carnaval s'amuse! 
Vitns l e chanter. ma Muse . . 
Banviixe 



Musa, la máscara apresta, 
Ensaya un aire jovial 

Y goza y ríe en la tiesta 

Del Carnaval. ' 

Kíe en la danza que gira, 
Muestra la pierna rosada, 

Y suene, como una lira, 

Tu carcajada. 

Para volar más ligera 
Ponte dos hojas de rosa 
Como hace tu compañera 
La mariposa 

Y que en tu boca risueña 
Que se une al alegre coro 
Deje la abeja porteña 

Su miel de oro. 

Únete a la mascarada, 

Y mientras muequea un clown 
Con la faz pintarrajeada 

Como Frank Brown; 



' 



— 23 — 

Mientras Arlequín revela 

Que al prisma sus tintes roba 

Y aparece Pulchinela 

Con su joroba, 

Di a Colombina la bella 
Lo que de ella pienso yo, 

Y descorcha una botella 

Para Pierrot. 

Que él te cuente cómo rima 
Sus amores con la luna 

Y te baga un poema en una 

Pantomima. 

Da al aire la serenata, 
Toca el áureo bandolín, 
Lleva un látigo de plata 
Para el spleen. 

Sé lírica y sé bizarra; 
Con la cítara sé griega; 
O gaucha, con la guitarra 
De Santos Vega. 

Mueve tu espléndido torso 
Por las calles pintorescas 

Y juega y adorna el corso 

Con rosas frescas. 

De perlas riega un tesoro 
De Andrade en el regio nido 

Y en la hopalanda de Guido 

Polvo de oro. 



— 24 — 

Penas y duelos olvida, 
Canta deleites y amores; 
Busca la flor de las flores 
Por Florida: 

Con la armonía le encantas 
De las rimas de cristal, 

Y deshojas a sus plantas, 

Un madrigal. 

Piruetea, baila, inspira 
Versos locos y joviales; 
Celebre la alegre lira 
L-os carnavales. 

Sus gritos y sus canciones, 
Sus comparsas y sus trajes 
Sus perlas, tintes y encajes 
Y pompones. 

Y lleve la rauda brisa, 
Sonora, argentina, fresca, 
La victoria de tu risa 

Funambulesca ¡ 



25 — 



PARA UNA CUBANA 

Poesía dulce y mística, 
Busca a la blanca cubana 
Que se asomó a la ventana 
Como una visión artística. 

Misteriosa y cabalística, 
Puede dar celos a Diana, 
Con su faz de porcelana 
De una blancura eucarística. 

Llena de un prestigio asiático , 
Roja, en el rostro enigmático, 
Su boca púrpura finge 

Y al sonreírse vi en ella 
El resplandor de una estrella 
Que fuesa alma de una esfinge 

PARA LA MISMA 



Miré al sentarme a la mesa, 
Bañado en la luz del día 
El retrato de María, 
La cubana-japonesa. 

El aire acaricia y besa 
Como un amante lo haría, 
La orgullosa bizarría 
De la cabellera espesa. 

Diera un tesoro el Mikado 
Por sentirse acariciado 
Por princesa tan gentil, 

Digna de que un gran pintor 
La pinte junto a una flor 
En un vaso de marfil. 



— 26 



BOUQUET 



Un poeta egregio del país de Francia 
Que con versos áureos alabó el amor, 
Formó un ramo armónico, lleno de elegancia, 
En su Sinfonía en Blanco Mayor. 

Yo por tí formara, Blanca deliciosa, 
El regalo lírico de un blanco bouquet, 
Con la blanca estrella, con la blanca rosa 
Que en los bellos parques del azul se vé. 

Hoy que tú celebras tus bodas de nieve, 
( Tus bodas de virgen con el sueño son ) 
Todas sus blancuras Primavera llueve 
Sobre la blancura de tu corazón. 

Cirios, cirios blancos, blancos, blancos lirios, 
Cuellos de los cisnes, margarita en flor, 
Galas de la espuma, ceras de los cilios 
Y estrellas celestes tienen tu color. 

Yo al enviarte versos, de mi vida arranco 
La flor que te ofrezco, blanco serafín: 
¡ Mira cómo mancba tu corpino blanco 
La más roja rosa que hay en mi jardín ! 



— 27 — 



EL FAISÁN 



Dijo sus secretos el faisán de oro: — 
En el gabinete mi blanco tesoro, 
De sus claras risas el divino coro. 

Las bellas figuras de los gobelinos, 
Los cristales llenos de aromados vinos, 
Las rosas francesas en los vasos chinos. 

( Las rosas francesas, porque fué allá en Francia 
Donde en el retiro de la dulce estancia 
Esas frescas rosas dieron su fragancia. ) 

La cena esperaba. Quitadas las vendas, 
Iban mil amores de flechas tremendas 
En aquella noche de Carnestolendas. 

La careta negra so quitó la niña, 

Y tras el preludio de una alegre riña 
Apuró mi boca vino de su viña. 

Vino de la viña de la boca loca, 

Que hace arder el beso, que el mordisco invoca, 

¡ Oh los blancos dientes de la loca boca ! 

En su boca ardiente yo bebí los vinos, 

Y pinzas rosadas, sus dedos divinos, 
Me dieron las fresas y los langostinos. 



— 28 — 

Yo la vestimenta de Pierrot tenía, 

Y aunque me alegraba y aunque me reía, 
Moraba en mi alma la melancolía. 

La carnavalesca noche luminosa 

Dio a mi triste espíritu la mujer hermosa, 

Sus ojos de fuego, sus labios de rosa. 

Y en el gabinete del caíé galante 

Ella se encontraba con su nuevo amante, 
Peregrino pálido de un país distante. 

Llegaban los ecos de vagos cantares; 

Y so despedían de sus azahares 
Miles de purezas en los bulevares. 

Y cuando el champaña me cantó su canto, 
Por una ventana vi que un negro manto 
De nube, de Febo cubría el encanto. 

Y dije a la amanda de un día: — ¿ No viste 
De pronto ponerse la noche tan triste? 

¿ Acaso la Peina de luz ya no existe ? 

Ella me miraba. Y el faisán cubierto de plumas de oro: 

— « Pierrot ¡ ten por cierto 
Que tu fiel amada, que la Luna ha muerto ! » 



GARCONIERE 

A. G. Grippa 

Como era ul instante, dígalo la musa 
Que las dichas trae, que las penas lleva: 
La tristeza pasa, velada y confusa; 
La alegría, rosas y azahares nieva. 

Era en un amable nido de soltero, 
De risas y versos, de placer sonoro; 
Era un inspirado cada caballero, 
De sueños azules y vino de oro. 

Un rubio decía frases sentenciosas 
Negando y amando las musas eternas: 
Un bruno decía versos como rosas, 
De sonantes rimas y palabras tiernas. 

Los tapices rojos, de doradas listas, 
Cubrían panoplias de pinturas y armas, 
Que hablaban de bellas pasadas conquistas, 
Amantes coloquios y dulces alarmas. 

El verso de fuego de D'Anunzio era 
Como un son divino que en las saturnales 
Guiara Jas manchadas pieles de pantera, 
A fiestas soberbias y amores triunfales. 

E iban con manchadas pieles de pantera, 
Con tirsos de flores y copas paganas 
Las almas de aquellos jóvenes que viera 
Venus en su templo con palmas hermanas. 

6 



— 30 — 

Venus, la celeste reina que adivina 
En las almas vivas alegrías francas 

Y que les confía, por gracia divina, 
Sus abejas de oro, sus palomas blancas. 

Y aquellos amantes de la eterna Dea, 
A la dulce música de la regia rima, 
Oyen el mensaje de la vasta Idea 

Por el compañero que recita y mima. 

Y sobre sus frentes que acaricia el lauro, 
Abril pone amable su beso sonoro, 

Y llevan gozosos, sátiro y centauro, 
La alegría noble del vino de oro. 






EL PAÍS DEL SOL 

Para una artista cubana. 

Junto al negro palacio del rey de la isla de Hierro — 
( ¡ oh, cruel, horrible destierro ¡ ) — ¿ cómo es que tú, 
hermana harmoniosa, haces cantar al cielo gris, tu paja- 
rera de ruiseñores, tu formidable caja musical ? ¿ No te 
entristece recordar la primavera en que oiste a un pája- 
ro divino y tornasol 

en el país del sol ? 






— 31 — 

En el jardín del rey de la isla de Oro — ( ¡ oh, mi en- 
sueño que adoro ! ) — fuera mejor que tú, harmoniosa 
hermana, amaestrases tus aladas flautas, tus sonoras 
arpas; tú que naciste donde más lindos nacen el clavel 
de sangre y la rosa de arrebol, 

en el país del sol ! 

O en el alcázar de la reina de la isla de Plata ( Schu- 
bert, solloza la Serenata. . . ) pudieras también, hermana 
harmoniosa, hacer que las místicas aves de tu alma ala- 
basen dulce, dulcemente, el claro de luna, los vírgenes 
lirios, la monja paloma y el cisne marqués. La mejor 
plata se funde en un ardiente crisol, 

en el país del sol ! 

Vuelve, pues, a tu barca, que tiene lista la vela — 
( resuena, lira, Céfiro, vuela ) — y parte, harmoniosa 
hermana, a donde un príncipe bello, a la orilla del mar, 
pide liras, y versos y rosas, y acaricia sus rizos de oro 
bajo un regio y azul parasol, 

en el país del sol ! 

New-York, 1893 



_ 32 — 



MÍA 

Mía: así te llamas. 
¿ Qué más harmonía ? 
Mía: luz del día, 
Mía: rosas, llamas. 

¡ Qué aroma derramas 
En el alma mía 
Si sé que me amas, 
¡ Oh Mía ! ¡ oh Mía ! 

Tu sexo fundiste 
Con mi sexo fuerte, 
Fundiendo dos bronces. 

Yo triste, tú triste . . . 
¿ No has de ser entonces 
Mía hasta la muerte ? 

DICE MÍA 






— Mi pobre alma pálida 
Era una crisálida. 
Luego mariposa 
De color de rosa. 

Un céfiro inquieto 
Dijo mi secreto. . . 

— ¿Has sabido tu secreto un día ? 

¡ Oh Mía ! 
Tu secreto es una 
Melodía en un rayo de luna. . . 

— ¿ Una melodía ? 



33 



HERALDOS 



Helena ! 
La anuncia el blancor de un cisne. 

Makheda ! 
La anuncia un pavo real. 

Ingería, Electra, Catalina ¡ 
Anuncíalas un caballero con un hacha. 

Ruth, Lía, Enone ! 
Anuncíalas un paje con un lirio. 

Yolanda ! 
Anuncíala una paloma. 

Cío rinda, Carolina ! 
Anuncíalas un paje con un ramo de viña. 

Sylvia ! 
Anuncíala una corza blanca. 

Aurora, Isabel ! 
Anuncíalas de pronto 
Un resplandor que ciega mis ojos. 

Ella ? 
( No la anuncian. No llega aún. ) 



— 34 — 



ITE, MISSA EST 



A Reynaldo de Rafael. 

Yo adoro a una sonámbula con alma de Eloísa 
Virgen como la nieve y honda como la mar; 
Su espíritu es la hostia de mi amorosa misa 

Y alzo al son de una dulce lira crepuscular. 

Ojos de evocadora, gesto de profetisa, 
En ella hay la sagrada frecuencia del altar; 
Su risa es la sonrisa suave de Monna Lisa, 
Sus labios son los únicos labios para besar. 

Y he de besarla un día con rojo beso ardiente; 
Apoyada en mi brazo como convaleciente 
Me mirará asombrada con íntimo pavor; 

La enamorada esfinge quedará estupefacta, 
Apagaré la llama de la vestal intacta 

Y la faunesa antigua me rugirá de amor ! 



— 35 — 



COLOQUIO DE LOS CENTAUROS 



A Paul Groussac. 

En la isla en que detiene su esquife el argonauta 
Del inmortal Ensueño, donde la eterna pauta 
De las eternas liras se escucha: — Isla do Oro 
En que el tritón elige su caracol sonoro 

Y la sirena blanca va a ver el sol — un día 

Se oye un tropel vibrante de fuerza y do armonía. 

Son los Centauros. Cubren la llanura. Les siente 
La montaña. De lejos, forman son de torrente 
Que cae; su galope al aire que reposa 
Despierta, y estremece la boja del laurel-rosa. 

Son los Centauros. Unos enormes, rudos; otros 
Alegres y saltantes como jóvenes potros; 
Unos con largas barbas como los padres-ríos, 
Otros imberbes, ágiles y de piafantes bríos, 

Y de robustos mxisculos, brazos y lomos aptos 
Para portar las ninfas rosadas en los raptos. 

Van en galope rítmico. Junto a un fresco boscaje, 
Frente al gran Océano, se paran. El paisaje 
Recibe de la urna matinal luz sagrada 
Que el vasto azul suaviza con límpida mirada. 

Y oyen seres terrestres y habitantes marinos 
La voz de los crinados ouadrúpedos divinos. 



36 — 



QI7IR0N 

Calladas las bocinas a los tritones gratas, 
Calladas las sirenas de labios escarlatas, 
Los carrillos de Eolo desinflados, digamos 
Junto al laurel ilustre de florecidos ramos 
La gloria inmarcesible de las Musas hermosas 

Y el triunfo del terrible misterio de las cosas. 
He aquí que renacen los lauros milenarios; 
Vuelven a dar su lumbre los viejos lampadarios; 

Y anímase en mi cuerpo de Centauro inmortal 
La sangre del celeste caballo paternal. 

RETO 

Arquero luminoso, desde el zodiaco llegas; 
Aun presas en las crines tienes abejas griegas; 
Aun del dardo herakleo muestras la roja herida 
Por do salir no pudo la esencia de tu -vida. 
Padre y Maestro excelso ! Eres la fuente sana 
De la verdad que busca la triste raza humana: 
Aun Esculapio sigue la vena de tu ciencia; 
Siempre el veloz Aquiles sustenta su existencia 
Con el manjar salvaje que le ofreciste un día, 

Y Herakles, descuidando su masa, en la harmonía 
De los astros, se eleva bajo el cielo nocturno. . . 

QUIRON 

La ciencia es flor del tiempo: mi padre fué Saturno. 



— 37 



ABANTES 



Himnos a la sagrada Naturaleza; al vientre 

De la tierra y al germen que entre las rocas y entre 

Las carnes de los árboles, y dentro humana forma 

Es un mismo secreto y es una misma norma, 

Potente y sutilisimo, universal resumen 

De la suprema fuerza, de la virtud del Numen. 

QUIRON 

Himnos! Las cosas tienen un ser vital: las cosas 
Tienen raros aspectos, miradas misteriosas; 
Toda forma es un gesto, una cifra, un enigma; 
En cada átomo existe un incógnito estigma; 
Cada hoja de cada árbol canta un propio cantar 

Y hay una alma en cada una de las gotas del mar; 
El vate, el sacerdote, suele oir el acento 
Desconocido; a veces enuncia el vago viento 

Un misterio; y revela una inicial la espuma 
O la flor; y se escuchan palabras de la bruma. 

Y el hombre favorito del numen, en la linfa 

la ráfaga, encuentra mentor; — demonio o ninfa. 

FOLO 

El biforme ixionida comprende de la altura, 
Por la materna gracia, la lumbre que fulgura, 
La nube que se anima de luz y que decora 
El pavimento .en donde rige su carro Aurora, 

Y la banda de Iris que tiene siete rayos 

Cual la lira en sus brazos siete cuerdas; los mayos 



— 38 — 

En la fragante tierra llenos de ramos bellos, 

Y el Polo coronado de candidos cabellos. 
El ixionida pasa veloz por la montaña 
Rompiendo fton el peclio de la maleza huraña 
Los erizados brazos, las cárceles hostiles; 
Escuchan sus orejas los ecos más sutiles: 

Sus ojos atraviesan las intrincadas hojas 
Mientras sus manos toman para sus bocas rojas 
Las frescas bayas altas que el sátiro codicia; 
Junto a la oculta fuente su mirada acaricia 
Las curvas de las ninfas del séquito de Diana; 
Pues en su cuerpo corre también la esencia humana 
Unida a la corriente de la savia divina 

Y a la salvaje sangre que hay en la bestia equina. 
Tal el hijo robusto de lxión y de la Nube. 

QUIRON 

Sus cuatro patas, bajan; su testa erguida, sube. 

ORNEO 

Yo comprendo el secreto de la bestia. Malignos 
Seres hay y benignos. Entre ellos se hacen signos 
De bien y mal, de odio o de amor, o de pena 
O gozo: el cuervo es malo y la torcaz es buena. 



QUIRON 

Ni es la torcaz benigna, ni es el cuervo protervo: 
Son formas del Enigna la paloma y el cuervo. 

ASTILO 

El Enigma es el soplo que hace cantar la lira. 



— 39 — 



NESO 



El Enigma es el rostro fatal de Deyanira ! 

Mi espalda aun guarda el dulce perfume de la bella; 

Aun mis pupilas llama su claridad de estrella. 

¡ Oh aroma de su sexo ! ¡ oh rosas y alabastro ! 

¡ Oh envidias de las flores y celos de los astros ! 

QUIRON 

Cuando del sacro abuelo la sangre luminosa 

Con la marina espuma formara nieve y rosa, 

Hecha de rosa y nieve nació la Anadiomena. 

Al cielo alzó los brazos la lírica sirena, 

Los curvos hipocampos sobre las verdes ondas 

Levaron los hocicos; y caderas redondas, 

Tritónicas melenas y dorsos de delfines 

Junto a la Reina nueva se vieron. Los confines 

Del mar llenó el grandioso clamor; el universo 

Sintió que un nombre harmónico, sonoro como un verso 

Llenaba el hondo hueco de la altura; ese nombre 

Hizo gemir la tierra de amor: fué para el hombre 

Más alto que el de Jove: y los númenes mismos 

Lo oyeron asombrados; los lóbregos abismos 

Tuvieron una gracia de luz ¡ Venus impera ! 

Ella es entre las reinas celestes la primera, 

Pues es quien tiene el fuerte poder de la Hermosura. 

Vaso de miel y mirra brotó de la amargura ! 

Ella es la más gallarda de las emperatrices; 

Princesa de los gérmenes, reina de las matrices, 

Señora de las savias y de las atracciones, 

Señora de los besos y de los corazones. 

EURITO 

No olvidaré los ojos radiantes de Hipodamia i 



— 40 — 



HIPEA 



Yo sé de la hembra humana la original infamia. 

Venus anima artera sus máquinas fatales, 

Tras los radiantes ojos ríen traidores males, 

De su floral perfume se exhala sutil daño; 

Su cráneo obscuro alberga bestialidad y engaño. 

Tiene las formas puras del ánfora, y la risa 

Del agua que la brisa riza y el sol irisa; 

Mas la ponzoña ingénita su máscara pregona: 

Mejores son el águila, la yegua y la leona. 

De su húmeda impureza brota el calor que enerva 

Los mismos sacros dones de la imperial Minerva; 

Y entre sus duros pechos, lirios del Aqueronte, 
Hay un olor que llena la barca de Caronte. 

ODITES 

Como una miel celeste hay en su lengua fina; 
Su piel de flor aun húmeda está de agua marina. 
Yo he visto de Hipodamia la faz encantadora, 
La cabellera espesa, la pierna vencedora. 
Ella de la hembra humana fuera ejemplar augusto; 
Ante su rostro olímpico no habría rostro adusto; 
Las Gracias junto a ella quedarían confusas, 

Y las ligeras Horas y las sublimes Musas 
Por ella detuvieran sus giros y su canto. 

HIPEA 

Lila la causa fuera de inenarrable espanto: 
Por ella el ixionida dobló su cuello fuerte. 
La hembra humana es hermana del Dolor y la Muerte. 



— 41 



QUIRON 



Por suma ley un día llegará el himeneo 
Que el soñador aguarda: Cinis será Ceneo; 
Claro será el origen del femenino arcano: 
La Esfinge tal secreto dirá a su soberano. 



CL1TO 

Naturaleza tiende sus brazos y sus pedios 
A los humanos seres: la clave de los hechos 
Conócela el vidente; Homero con su báculo, 
En su gruta Deiíobc, la lengua del Oráculo. 

C AUNANTES 

El monstruo expresa un ansia del corazón del Orbe, 

En el Centauro el bruto la vida humana absorbe, 

El sátiro es la selva sagrada y la lujuria, 

Une sexuales ímpetus a la harmoniosa furia. 

Pan junta la soberbia de la montaña agreste 

Al ritmo de la inmensa mecánica celeste; 

La boca melodiosa que atrae en Sirenusa 

Es de fiera alada y es de la suave musa; 

Con la bicorne bestia Pasifae se ayunta, 

Naturaleza sabia formas diversas junta, 

Y cuando tiende al hombre la gran Naturaleza, 

El monstruo, siendo el símbolo, se viste de belleza. 

GUINEO 

Yo amo lo inanimado que amó el divino Hesiodo. 

QUIRON 

Chineo, sobre el mundo tiene un ánima todo. 



— 42 — 



GRINEO 



He visto, entonces, raros ojos tijos en mí: 
Los vivos ojos rojos del alma del rubí; 
Los ojos luminosos del alma del topacio 

Y los de la esmeralda qiie del azul espacio 
Ija maravilla imitan; los ojos de las gemas 
De brillos peregrinos y mágicos eml lemas. 
Amo el granito duro que el arquitecto labra 

Y el mármol en que duermen la línea y la palabra. . . 

QÜIRON 

A Deucalión y a Pirra, varones y mujeres 

Las piedras aun intactas dijeron: « ¿ Qué nos quieres ? » 

LICIDAS 

Yo be visto los lémures flotar, en los nocturnos 
Instantes, cuando escucban los bosques taciturnos 
El loco grito de Atis que su dolor revela 
la maravillosa canción de Filomela. 
El galope apresuro, si en el boscaje miro 
Manes que pasan, y oigo su fúnebre suspiro. 
Pues de la Muerte el hondo, desconocido Imperio, 
Guarda el pavor sagrado de su fatal misterio. 

ARNEO 

La Muerte es de la Vida la inseparable hermana. 

QUIRON 

La muerte es la victoria de la progenie humana. 



43 



MEDON 



La Muerte ! Yo la he visto. No es demacrada y mustia 
Ni ase corva guadaña, ni tiene faz de angustia. 
Es semejante a Diana, casta y virgen como ella; 
En su rostro hay la gracia de la nubil doncella 

Y lleva una guirnalda de rosas siderales. 

En su siniestra tiene verdes palmas triunfales, 

Y en su diestra una copa con agua del olvido. 

A sus pies, como, un perro, yace un amor dormido. 

AMICO 

Los mismos dioses buscan la dulce paz que vierte. 

QUIRON 

La pena de los dioses es no alcanzar la Muerte. 

EURETO 

Si el hombre — Prometeo — pudo robar la vida, 
La clave de la muerte serále concedida. 

QUIRON 

La virgen de las vírgenes es inviolable y pura. 
Nadie su casto cuerpo tendrá en la alcoba obscura, 
Ni beberá en sus labios el grito de victoria, 
Ni arrancará a su frente las rosas de su gloria. 



- 44 — 

Mas he aquí que Apolo se acerca al meridiano. 
Sus truenos prolongados repite el Océano: 
Bajo el dorado carro del reluciente Apolo 
Vuelve a inflar sus carrillos y sus odres Eolo. 
A lo lejos, un templo de mármol se divisa 
Entre laureles rosa que hace cantar la brisa. 
Con sus vibrantes notas de Céfiro desgarra 
La veste transparente la helénica cigarra, 
Y por el llano extenso van en tropel sonoro 
Los Centauros, y al paso, tiembla la Isla de Oro. 



EL POETA PREGUNTA POR STELLA 



Lirio divino, lirio de las Anunciaciones; 
Lirio, florido príncipe, 

Hermano perfumado de las estrellas castas, 
Joya de los abriles. 

A tí las blancas dianas de los parques ducales, 
Los cuellos de los cisnes, 
Las místicas estrofas de cánticos celestes 

Y en el sagrado empíreo la mano de las vírgenes. 

Lirio, boca de nieve donde sus dulces labios 
La primavera imprime, 

En tus venas no corre, la sangre de las rosas pecadoras, 
Sino el ícor excelso de las flores insignes. 

Lirio real y lírico 
Que naces con la albura de las hostias sublimes 
De las candidas perlas 

Y del lino sin mácula de las sobrepellices, 

¿ Has visto acaso el vuelo del alma de mi Stella, ( triste ? 
La hermana de Ligeia, por quien mi canto a veces es tan 



— 45 — 



PÓRTICO l*) 

Libre la frente que el casco rehusa, 
Casi desnuda en la gloria del día, 
Alza su tirso de rosas la musa 
Bajo el gran sol de la eterna Harmonía. 

Es Floreal, eres tú, Primavera, 
Quien la sandalia calzó a su pie breve; 
Ella, de tristes nostalgias muriera 
En el país de los cisnes de nieve. 

Griega es su sangre, su abuelo era ciego; 
Sobre la cumbre del Pindó sonoro 
El sagitario del carro de fuego 
Puso en su lira las cuerdas de oro. 

Y bajo el pórtico blanco de Paros, 
Y en los boscajes de frescos laureles, 
Fíndaro dióle sus ritmos preclaros, 
Dióle Anacreonte sus vinos y mieles. 

Toda desnuda, en los claros diamantes 
Que en la Castalia recaman las linfas, 
Viéronla tropas de faunos saltantes, 
Cual la más fresca y gentil de las ninfas. 



(i) Para el libro: En tropel, del poeta español Sal- 
vador Rueda, 1892. 



— 46 — 

Y en la fragante, harmoniosa floresta, 
Puesto a los ecos su oido de musa, 
Pan sorprendióla escuchando la orquesta 
Que él daba al viento con su cornamusa. 

Ella resurge después en el Lacio, 
Siendo del tedio su lengua exterminio; 
Lleva a sus labios la copa de Horacio, 
Bebe falerno en su ebúrneo triclinio. 

Pájaro errante, ideal golondrina, 
Vuela de Arabia a un confín solitario, 

Y ve pasar en su torre argentina 

A un rey de Oriente sobre un dromedario; 

Eey misterioso, magnífico y mago, 
Dueño opulento de cien Estambules, 

Y a quien un genio brindara en un lago 
Góndolas de oro en las aguas azules. 

Ese es el rey más hermoso que el día, 
Que abre a la musa las puertas de Oriente; 
Ese es el rey del país Fantasía, 
Que lleva un claro lucero en la frente. 

Es en Oriente donde ella se inspira 
En las moriscas exóticas zambras; 
Donde primero contempla y admira 
Las cinceladas divinas albambras; 

Las muelles danzas en las alcatifas 
Donde la mora sus velos desata, 
Los pensativos y viejos kalifas 
De ojos obscuros y barbas de plata. 



— 47 — 

Es una bella y alegre mañana 
Cuando su vuelo la musa confía 
A una errabunda y fugaz caravana 
Que hace del viento su brújula y guía. 

Era la errante familia bohemia, 
Sabia en extraños conjuros y estigmas, 
Que une en su boca plegaria y blasfemia, 
Nombres sonoros y raros enigmas; 

Que ama los largos y negros cabellos, 
Danzas lascivas y finos puñales, 
Ojos llameantes de vivos destellos, 
Flores sangrientas de labios carnales. 

Y con la gente morena y huraña 
Que a los caprichos del aire se entrega, 
Hace su entrada triunfal en España 
Fresca y riente la rítmica griega. 

Mira las cumbres de Sierra Nevada, 
Las bocas rojas de Málaga, lindas, 

Y en un pandero su mano rosada 
Fresas recoge, claveles y guindas. 

Canta y resuena su verso de oro, 
Ve de Sevilla las hembras de llama, 
Sueña y habita en la Alhambra del moro; 

Y en sus cabellos perfumes derrama. 

Busca del pueblo las penas, las flores, 
Mantos bordados de alhajas de seda, 

Y la guitarra que sabe de amores, 
Cálida y triste querida de Rueda; 



— 48 — 

( Urna amorosa de voz femenina, 
Caja de música de duelo y placer: 
Tiene el acento de un alma divina, 
Talle y caderas como una mujer. ) 

Va del tablado flamenco a la orilla 

Y ase en sus palmas los crótalos negros, 
Mientras derrocha la audaz seguidilla 
Bruscos acordes y raudos alegros. 

Eitma los pasos, modula los sones, 
Ebria risueña de un vino de luz, 
Hace que brillen los ojos gachones, 
Negros diamantes del patio andaluz. 

Campo y pleno aire refrescan sus alas; 
Ama los nidos, las cumbres, las cimas; 
Vuelve del campo vestida de galas, 
Cuelga a su cuello collares de rimas. 

En su tesoro de reina de Saba, 
Guarda en secreto celestes emblemas; 
Flechas de fuego en su mágica aljaba, 
Perlas, rubíes, zafiros y gemas. 

Tiene una corte pomposa de majas, 
Suya es ia chula de rostro risueño, 
Suyas las juergas, las curvas navajas 
Ebrias de sangre y licor malagueño. 

Tiene por templo un alcázar marmóreo, 
Guárdalo esfinge de rostro egipciaco, 

Y cual labrada en un bloque hiperbóreo, 
Venus enfrente de un triunfo de Baco, 



— 49 — 

Dentro presenta sus formas de nieve, 
Brinda su amable sonrisa de piedra, 
Mientrras se enlaza en un bajo -relieve 
A una dríada ceñida de hiedra, 

Un joven fauno robusto y violento, 
Dulce terror de las ninfas incautas, 
Al son triunfante que lanzan al viento 
Tímpanos, liras y sistros y flautas. 

Ornan los muros mosaicos y frescos, 
Áureos pedazos de un sol fragmentario, 
Iris trenzados en mil arabescos, 
Joyas de un hábil cincel lapidario. 

Y de la eterna Belleza en el ara, 
Ante su sacra y grandiosa escultura, 
Hay una lámpara en albo carrara, 
De una eucarística y casta blancura. 

Fuera, el frondoso jardín del poeta 
Ríe en su fresca y gentil hermosura; 
Ágata, perla, amatista, violeta, 
Verdor eglógico y tibia espesura. 

Una andaluza despliega su manto 
Para el poeta de música eximia; 
Rústicos Tí tiros cantan su canto; 
Bulle el hervor de la alegre vendimia. 

Ya es un tropel de bacantes modernas 
El que despierta las locas lujurias; 
Ya húmeda y triste de lágrimas tiernas, 
Da su gemido la gaita de Asturias, 



50 



Francas fanfarrias de cobres sonoros, 
Labios quemantes de humanas sirenas, 
Ocres y rojos de plazas de toros, 
Fuegos y chispas de locas verbenas. 



Joven homérida, un día su tierra 
Viole que alzaba soberbio estandarte, 
Buen capitán de la lírica guerra, 
Kegio cruzado del reino del arte. 

Viole con yelmo de acero brillante, 
Kica armadura sonora a su paso, 
Firme tizona, broncíneo olifante, 
Listo y piafante su excelso pegaso. 

Y de la brega tornar viole un día 
De su victoria en los bravos tropeles, 
Bajo el gran sol de la eterna Harmonía, 
Dueño de verdes y nobles laureles. 

Fué aborrecido de Zoilo, el verdugo. 
Fué por la gloria su estrella encendida. 
Y esto pasó en el reinado de Hugo, 
Emperador de la barba florida. 



— 51 — 



ELOGIO DE LA SEGUIDILLA 



Metro mágico y rico que al alma expresas 
Llameantes alegrías, penas arcanas, 
Desde en los suaves labios de las princesas 
Hasta en las bocas rojas de las gitanas. 

Las almas harmoniosas buscan tu encanto, 
Sonora rosa métrica que ardes y brillas, 
Y España ve en tu ritmo, siente en tu canto 
Sus hembras, sus claveles, sus manzanillas. 

Vibras al aire alegre como una cinta, 
El miisico te adula, to ama el poeta; 
Rueda en tí sus fogosos paisajes pinta 
Con la audaz policromía de su paleta. 

En tí el hábil orfebre cincela el marco 
En que la idea-perla su oriente acusa, 
O en tu cordaje harmónico íoraias el arco 
Con que lanza sus flechas la airada musa. 

A tu voz en el aire crujen las faldas, 
Los piececitos hacen brotar las rosas 
E hilan hebras de amores las Esmeraldas 
En ruecas invisibles y misteriosas. 

La andaluza hechicera, paloma arisca, 
Por tí irradia, se agita, vibra y se quiebra, 
Con el lánguido gesto de la odalisca 
O las fascinaciones de la culebra. 



— 52 — 

Pequeña ánfora lírica de vino llena 
Compuesto por la dulce musa Alegría 
Con uvas "andaluz as.^sal macarena, 
Flor y canela frescas de Andalucía, 

Subes, creces, y vistes de pompas fieras; 
Eetumbas en el ruido de las metrallas, 
Ondulas con el ala de las banderas, 
Suenas con los clarines de las batallas. 

Tienes toda la lira: tienes las manos 
Que acompasan las danzas y las canciones; 
Tus órganos, tus prosas, tus cantos llanos 

Y tus llantos que parten los corazones. 

Kamillete de dulces trinos verbales, 
Javalina de Diana la Cazadora, 
Ritmo que tiene el filo de cien puñales, 
Que muerde y acaricia, mata y enflora. 

Las Tirsis campesinas de tí están llenas, 

Y aman, radiosa abeja, tus bordonees; 
Así riegas tus chispas las nochebuenas 
Como adornas la lira de los Críeos. 

Que bajo el sol dorado de Manzanilla 
Que esta azulada concha del cielo baña, 
Polítona y triunfante, la seguidilla 
Es la flor del sonoro Pindó de España. 

Madrid, 1892. 



— 53 



EL CISNE 



A. Ch. Del Gouffre. 

Fué en una hora divina para el género humano. 
El Cisne antes cantaba sólo para morir. 
Cuando se oyó el acento del Cisne wagneriano 
Fué en medio de una aurora, fué para revivir. 

Sobre las tempestades del humano océano 
Se oye. el canto del Cisne; no se cesa de oir, 
Dominando el martillo del viejo Thor germano 
O. las trompas que cantan la espada de Argantir. 

¡Oh Cisne! ¡Oh sacro pájaro! Si antes la blanca Helena 
Del huevo aznl de Leda brotó de gracia llena, 
Siendo de la Hermosura la princesa inmortal, 

Bajo tus blancas alas la nueva Poesía, 
Concibe en una gloria de luz y de harmonía 
La Helena eterna y pura que encarna el ideal. 



— 54 



LA PÁGINA BLANCA 

A A. Lamberti. 

Mis ojos miraban en hora de ensueños 
la página blanca. 

Y vino el desfile de ensueños y sombras. 

Y fueron mujeres de rostros de estatua, 
Mujeres de rostros de estatuas de mármol, 

Tan tristes, tan dulces, tan suaves, tan pálidas ! 

Y fueron visiones de extraños poemas, 
De extraños poemas de besos y lágrimas, 
Do historias que dejan en crueles instantes 
Las testas viriles cubiertas do canas ! 

Qué cascos de nieve que pone la suerte ! 
Qué arrugas precoces cincela en la cara ! 

Y cómo se quiere que vayan ligeros 
Los tardos camellos de la caravana ! 

Los tardos camellos, — 
Como las figuras en un panorama, — 
Cual si fuese un desierto de hielo, 
Atraviesan la página blanca. 

Este lleva 

una carga 
De dolores y angustias antiguas, 
Angustias de pueblos, dolores de razas; 
Dolores y angustias que sufren los Cristos 
Que vienen al mundo de víctimas trágicas ! 



— 55 — 

Otro lleva 

en la espalda 
El cofre de ensueños, de perlas y oro, 
Que conduce la Reina de Saba. 

Otro lleva 

una caja 
En que va, dolorosa difunta, 
Como un muerto lirio la pobre Esperanza. 

Y camina sobre un dromedario 
la Pálida, 
La vestida de ropas obscuras, 
La Reina invencible, la bella inviolada: 
La Muerte. 

Y el hombre, 
A quien duras visiones asaltan, 
El que encuentra en los astros del cielo 
Prodigios que abruman y signos que espantan, 

Mira al dromedario 

de la caravana 
Como al mensajero que la luz conduce, 
En el vago desierto que forma 

la página blanca ! 



— 56 — 



ANO NUEVO 

A J. Piquet. 

A las doce de la noche por las puertas de la gloria 

Y el fulgor de perla y oro de una luz extraterrestre, 
Sale en hombros de cuatro ángeles., y en su silla gestatoria, 

San Silvestre. 

Más hermoso que un rey mago, lleva puesta la tiara, 
De q\ie son bellos diamantes Sirio, Arturo y Orion; 

Y el anillo de su diestra, hecho cual si fuese para 

Salomón. 

Sus pies cubren los joyeles de la Osa adamantina, 

Y su capa raras piedras de una ilustre Visapur; 

Y colgada sobre el pecho resplandece la divina 

Cruz del Sur. 

Va el pontífice hacia Oriente ¿va encontrar el áureo barco, 
Donde al brillo de la aurora viene en triunfo el rey Enero ? 
Ya la aljaba de Diciembre se fué toda por el arco 
Del Arquero. 

A la orilla del abismo misterioso de lo Eterno 
El inmenso Sagitario no se cansa de flechar; 
Le sustenta el frío Polo, lo corona el blanco Invierno, 

Y le cubre los ríñones do vellón azul del mar. 
Cada flecha que dispara, cada flecha es una hora; 
Doce aljabas, cada año, para él trae el rey Enero; 
En la sombra se destaca la figura vencedora 

Del Arquero. 



— 57 — 

Al redor de la figura del gigante se oye el vuelo 
Misterioso y fugitivo de las almas que se van, 
Y el ruido con que pasa por la bóveda del cielo 
Con sus alas membranosas el murciélago Satán. 
San Silvestre bajo el palio de un zodiaco de virtudes, 
Del celeste Vaticano se detiene en los umbrales 
Mientras himnos y motetes canta un coro de laudes 
Inmortales. 

Eeza el santo y pontifica; y al mirar que viene el barco 
Donde en triunfo llega Enero, 

Ante Dios bendice al mundo; y su brazo abarca el arco 
y el Arquero. 



SINFONÍA EN GRIS MAYOR 



El mar como un vasto cristal azogado 
Eefleja la lámina de un cielo de zinc; 
Lejanas bandadas de pájaros manchan 
El fondo bruñido de pálido gris. 

El sol como un vidrio redondo y opaco 
Con paso de enfermo camina al cénit; 
El viento marino descansa en la sombra 
Teniendo de almohada su negro clarín. 

Las ondas que mueven su vientre de plomo 
Debajo del muelle parecen gemir. 
Sentado en un cable, fumando su pipa, 
Está un marinero pensando en las playas 
De un vago, lejano, brumoso país. 



— 58 — 

Es viejo ese lobo. Tostaron su cara 
Los rayos de fuego del sol del Brasil; 
Los recios tifones del mar de la China 
Le han visto bebiendo su frasco de gin. 

La espuma impregnada de yodo y salitre 
Ha tiempo conoce su roja nariz, 
Sus crespos cabellos, sus biceps de atleta, 
Su gorra de lona, su blusa de dril. 

En medio del humo que forma el tabaco 
Ve el viejo el lejano, brumoso país, 
A donde una tarde caliente y dorada 
Tendidas las velas partió el bergantín. . . 

La siesta del trópico. El lobo se aduerme. 
Ya todo lo envuelve la gama del gris. 
Parece que un suave y enorme esfumino 
Del curvo horizonte borrara el confín. 



La siesta del trópico. La vieja cigarra 
Ensaya su ronca guitarra senil, 
Y el grillo preludia su solo monótono 
En la única cuerda que está en su violín. 



— 59 — 



LA DEA 



A Alberto Ghiraldo. 

Alberto, en el propíleo del templo soberano 
Donde Kenan rezaba, Verlaine cantado hubiera. 
Primavera una rosa de amor tiene en la mano 

Y cerca de la joven y dulce Primavera 

Término su sonrisa de piedra brinda en vano 
A la desnuda náyade y a la ninfa liechicera 
Que viene a la soberbia fiesta de la pradera 

Y del boscaje, en busca del lírico Sylvano. 

Sobre su altar de oro se levanta la Dea, — 
Tal en su aspecto icónico la virgen bizantina — 
Toda belleza humana ante su luz es fea; 

Toda visión humana, a su luz es divina: 

Y esa es la virtud sacra de la divina Idea 
Cuya alma es una sombra que todo lo ilumina. 



— 60 



EPITALAMIO BÁRBARO 



A Lugones. 

El alba aun no aparece en su gloria de oro. 
Canta el mar con la música de sus ninfas en coro 

Y el aliento del campo se va cuajando en bruma. 
Teje la náyade el encaje de su espuma 

Y el bosque inicia el himno de sus flautas de pluma. 

E.s el momento en que el salvaje caballero 
Se ve pasar. La tribu aulla y el ligero 
Caballo es un relámpago, veloz como una idea. 
A su paso, asustada, se para la marea; 
La náyade interrumpe la labor que ejecuta 

Y el director del bosque detiene la batuta. 

— « ¿ Qué pasa V » desde el lecho pregunta Venus bella. 

Y Apolo: 

— « Es Sagitario que ha robado una estrella ». 



61 — 



RESPONSO 



Padre y maestro mágico, liróforo celeste 
Que al instrumento olímpico y a la siringa agreste 

Diste tu acento encantador; 
Panida ! Pan tú mismo, que coros condujiste 
Hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste, 

Al son del sis tro y del tambor ! 

Que tu sepulcro cubra de flores Primavera, 
Que se humedezca el áspero hocico de la fiera, 

De amor si pasa por allí; 
Que el fúnebre recinto visite Pan bicorne; 
Que de sangrientas rosas el fresco Abril te adorne 
Y de claveles de rubí. 

Que si posarse quiere sobre la tumba el cuervo, 
Ahuyenten la negrura del pájaro protervo, 

El dulce canto del cristal 
Que Filomela vierta sobre tus tristes huesos, 
O la harmonía dulce de risas y de besos, 

De culto oculto y florestal. 

Que púberes canéforas te ofrenden el acanto, 
Que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto, 

Sino rocío, vino, miel; 
Que el pámpano allí brote, las flores de Citeres, 
Y que se escuchen vagos suspiros de mujeres 

Bajo un simbólico laurel ! 



— 62 — 

Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya, 
En amorosos días, como en Virgilio, ensaya, 
Tu nombre ponga en la canción; 

Y que la virgen náyade, cuando ese nombre escuche, 
Con ansias y temores entre las linfas luche, 

Llena de miedo y de pasión. 

De noche, en la montaña, en la negra montaña 
De las Visiones, pase gigante sobre extraña, 

Sombra de un Sátiro espectral; 
Que ella al centauro adusto con su grandeza asuste; 
De una extra -humana flauta la melodía ajuste 
A la harmonía sideral. 

Y huya el tropel equino por la montaña vasta; 
Tu rostro de ultratumba bañe la luna casta 
De compasiva y blanca luz; 

Y el Sátiro contemple sobre un lejano monte, 
Una cruz que se eleve cubriendo el horizonte 

Y un resplandor sobre la cruz i 



— 63 



CANTO DE LA SANGRE 



A Miguel Estrada. 

Sangre de Abel. Clarín de las batallas. 
Luchas fraternales; estruendos, horrores; 
Flotan las banderas, hieren las metrallas, 

Y visten la púrpura los emperadores. 

Sangre del Cristo. El órgano sonoro. 
La viña celeste da el celeste vino; 

Y en el labio sacro del cáliz de oro 
Las almas se abrevan del vino divino. 

Sangro de los martirios. El salterio. 
Hogueras; leones, palmas vencedoras; 
Los heraldos rojos con que del misterio 
Vienen precedidas las grandes auroras. 

Sangre que vierte el cazador. El cuerno. 
Furias escarlatas y rojos destinos 
Forjan en las fraguas del obscuro Infierno 
Las fatales armas de los asesinos. 

Oh sangre de las vírgenes ! La lira. 
Encanto de abejas y de mariposas. 
La estrella de Venus desde el cielo mira 
El purpúreo triunfo de las reinas rosas. 

Sangre que la Ley vierte. 
Tambor a la sordina. 
Brotan las adelfas que riega la Muerte 

Y el rojo cometa que anuncia la ruina. 



— 64 — 



Sangre de los suicidas. Organillo. 
Fanfarrias macabras, responsos corales, 
Con que de Saturno celébrase el brillo 
En los manicomios y en los hospitales. 



I.-FRISO 



Cabe una fresca viña de Corinto 
Que verde techo presta al simulacro 
Del Dios viril, que artífice de Atenas 
En intacto pentélico labrara, 
Un día alegre, al deslumhrar el mundo 
La harmonía del carro de la Aiirora, 
Y en tanto que arrullaban sus ternezas 
Dos nevadas palomas venusinas 
Sobre rosal purpúreo y pintoresco, 
Como olímpica flor de gracia llena, 
"Vi el bello rostro de la rubia Eunice. 
No más gallarda se encamina al templo 
Canéfora gentil, ni más riente 
Llega la musa a quien favor prodiga 
El divino Sminteo, que mi amada 
Al tender hacia mí sus tersos brazos. 



* 
* * 



Era la hora del supremo triunfo 
Concedido a mis lágrimas y ofrendas 
Por el poder de la celeste Cipris, 
Y era el ritmo potente de mi sangre 
Verso de fuego que al propicio numen 
Cantaba ardiente de la vida el himno. 



— 65 — 

Cuando mi boca en los bermejos labios 
De mi princesa de cabellos de oro 
Licor bebía que afrentara al néctar, 
Por el sendero de fragantes mirtos 
Que guía al blanco pórtico del templo, 
Súbitas voces nuestras ansias turban. 



Lírica procesión al viento esparce 
Los cánticos rituales de Dionisio, 
El evohé de las triunfales fiestas, 
La algazara que enciende con su risa 
La impúber tropa de saltantes niños, 

Y el vivo son de músicas sonoras 
Que anima el coro de bacantes ebrias. 
En el concurso báquico el primero, 
Kegando rosas y tejiendo danzas, 
G-arrido infante, de Eros por hermoso 
Emulo y par, risueño aparecía. 

Y de él en pos las ménades ardientes, 
Al aire el busto en que su pompa erigen 
Pomas ebúrneas; en la mano el sistro, 

Y las curvas caderas mal veladas 
Por las flotantes, desceñidas ropas, 
Alzaban sus cabezas que en consorcio 
Circundaban la flor de Citerea 

Y el pámpano fragante de las viñas. 



Aun me parece que mis ojos tornan 
Al cuadro lleno de color y fuerza: 
Dos robustos mancebos que los cabos 
De cadenas metálicas empuñan, 
Y cuyo porte y músculos de Ares 
Divinos dones son, pintada fiera 



— 66 — 

Que felino pezón nutrió en Hircania, 
Con gesto heroico entre la turba rigen; 

Y otros dos un leopardo cuyo cuello 
Gracias de Flora ciñen y perfuman 

Y cuyos ojos en las anchas cuencas 
De furia henchidos sanguinosos giran. 
Pétalos y uvas el sendero alfombran, 

Y desde el campo azul do el Sagitario 
De coruscantes flechas resplandece, 
Las urnas de la luz la tierra bañan. 



Pasó el tropel. En la cercana selva 
Lúgubre resonaba el grito de Atis, 
Triste pavor de la inviolada ninfa. 
Deslizaba su paso misterioso 
El apacible coro de las Horas. 
Eco volvía la acordada queja 
De la flauta de Pan. Joven gallardo, 
Más hermoso que Adonis y Narciso, 
Con el aire gentil de los efebos 

Y la lira en las manos, al boscaje 
Como lleno de luz se dirigía. 
Amor pasó cou su dorada antorcha. 

Y no lejos del nido en que las aves, 
Las dos aves de Cipris, sus arrullos 
Cual tiernas rimas a los aires dieran, 
Fui más feliz que el luminoso cisne 
Que vio de Leda la inmortal blancura, 

Y Eunice pudo al templo de la diosa 
Purpúrea ofrenda y tórtolas amables 
Llevar el día en que mi regio triunfo 
Vio el Dios viril en mármol cincelado 
Cabe la fresca viña de Corinto. 



— 67 



II. - PALIMPSESTO 



Escrita en viejo dialecto eolio 
Hallé esta página dentro un infolio 
Y entre los libros de un monasterio 
Del venerable San Agustín. 
Un fraile acaso puso el escolio 
Que allí se encuentra; dómine serio 
De flacas manos y buen latín. 
Hay sus lagunas. 

. . . Cuando los toros 
De las campañas, bajo los oros 
Que vierte el hijo de Hiperión, 
Pasan mugiendo, y en las eternas 
Rocas salvajes de las cavernas 
Esperezándose ruge el león; 

Cuando en las vírgenes y verdes parras 
Sus secas notas dan las cigarras, 
Y en los panales de Himeto deja 
Su rubia carga la leve abeja 
Que en bocas rojas chupa la miel, 
Junto a los mirtos, bajo los lauros, 
En grupo lírico van los centauros 
Con la harmonía de su tropel. 

Uno las patas rítmicas mueve, 
Otro alza el cuello con gallardía 
Como en hermoso bajo-relieve 
Que a golpes mágicos Scopas haría; 
Otro alza al aire las manos blancas 



68 



Mientras le dora las finas ancas 
Con baño cálido la luz del sol; 

Y otro saltando piedras y troncos 
Va dando alegre sus gritos roncos 
Como el ruido de un caracol. 

Silencio. Señas hace ligero 
El que en la tropa va delantero; 
Porque a un recodo de la campaña 
Llegan en donde Diana se baña. 
Se oye el ruido de claras linfas 

Y la algazara que hacen las ninfas. 
Risa de plata que el aire riega 
Hasta sus ávidos oídos llega; 
Golpes en la onda, palabras locas, 
Gritos joviales de frescas bocas, 

Y los ladridos de la trailla 

Que Diana tiene junto a la orilla 
Del fresco río, donde está ella 
Blanca y desnuda como una estrella. 

Tanta blancura que al cisne injuria 
Abre los ojos de la lujuria: 
Sobre las márgenes y rocas áridas 
Vuela el enjambre de las cantáridas 
Con su bruñido verde metálico, 
Siempre propicias al culto fálico. 
Amplias caderas, pie fino y breve; 
Las dos colinas de rosa y nieve. . . 
Cuadro soberbio de tentación ! 
¡ Ay del cuitado que a ver se atreve 
Lo que fué espanto para Acteón ! 
Cabellos rubios, mejillas tiernas, 
Marmóreos cuellos, rosadas piernas, 
Gracias ocultas del lindo coro, 
En el herido cristal sonoro; 



— 69 — 

Seno en que liiciérase sagrada copa; 
Tal ve en silencio la ardiente tropa. 

¿ Quién adelanta su firme busto ? 
¿ Quirón experto ?¿ Folo robusto ? 
Es el más joven y es el más bello; 
Su piel es blanca, crespo el cabello, 
Los cascos finos, y en la mirada 
Brilla del sátiro la llamarada. 
En un instante, veloz y listo, 
A una tan bella como Kalisto, 
Ninfa que a la alta diosa acompaña, 
Saca de la onda donde se baña: 
La grupa vuelve, raudo galopa; 
Tal iba el toro raptor de Europa 
Con el orgtdlo de su conquista. 

¿ A dó va Diana ? Viva la vista 
La planta alada, la cabellera 
Mojada y suelta; terrible, fiera, 
Corre del monte por la extensión; 
Ladran sus perros enfurecidos; 
Entre sus dedos humedecidos 
Lleva una flecha para el ladrón. 

Ya a los centauros a ver alcanza 
La cazadora; ya el dardo lanza, 
Y un grito se oye de hondo dolor: 
La casta diva de la venganza 
Mató al raptor ... 

La tropa rápida se esparce huyendo, 
Forman los cascos sonoro estruendo. 
Llegan las ninfas. Lloran. ¿ Qué ven ? 
En la carrera la cazadora 
Con su saeta castigadora 
A la robada mató también. 



— 70 — 



EL REINO INTERIOR 



A Eugenio de Castro 

. . .with Psychis, my soul / 

POE. 

Una selva suntuosa 
En el azul celeste su rudo perfil calca. 
Un camino. La tierra es de color de rosa, 
Cual la que pinta fra Doménico Calvalca 
En sus Vidas de santos. Se ven extrañas flores 
De la flora gloriosa de los cuentos azules, 
Y entre las ramas encantadas, papemores 
Cuyo canto extasiara de amor a los bulbules. 
(Papemor: ave rara. Bulbules: ruiseñores). 



Mi alma frágil se asoma a la ventana obscura 
De la torre terrible en que ha treinta años sueña. 
La gentil Primavera primavera le augura. 
La vida le sonríe rosada y halagüeña. 

Y ella exclama: «¡ Oh fragante día! ¡ Oh sublime día! 
Se diría que el mundo está en flor; se diría 

Que el corazón sagrado de la tierra se mueve 
Con un ritmo de dicha; luz brota, gracia llueve. 
Yo soy la prisionera que sonríe y que canta ! » 

Y las manos liliales agita, como infanta 
Real en los balcones del palacio paterno. 



¿ Qué son se escucha, son lejano, vago y tierno ? 
Por el lado derecho del camino, adelanta 



— 71 — 

El paso leve una adorable teoría 
Virginal. Siete blancas doncellas, semejantes 
A siete blancas rosas de gracia y de harmonía 
Que el alba constelara de perlas y diamante». 
¡ Alabastros celestes habitados por astros: 
Dios se refleja en esos dulces alabastros ! 
Sus vestes son tejidas del lino de la luna. 
Van descalzas. Se mira que posan el pie breve 
Sobre el rosado suelo como una flor de nieve. 
Y los cuellos se inclinan, imperiales, en una 
Manera que lo excelso pregona de su origen. 
Como al compás de un verso su suave paso rigen. 
Tal el divino Sandro dejara en sus figuras, 
Esos graciosos gestos en esas líneas puras. 
Como a un velado son de liras y laudes, 
Divinamente blancas y castas pasan esas 
Siete bellas princesas. Y esas bellas princesas 
Son las siete Virtudes. 



Al lado izquierdo del camino y paralela- 
Mente, siete mancebos — oro, seda, escarlata, 
Armas ricas de Oriente — hermosos, parecidos 
A los satanes verlenianos de Ecbatana, 
Vienen también. Sus labios sensuales y encendidos, 
De efebos criminales, son cual rosas sangrientas; 
Sus puñales de piedras preciosas revestidos 
■ — Ojos de víboras de luces fascinantes— - 
Al cinto penden; arden las púrpuras violentas 
En los jubones; ciñen las cabezas triunfantes 
Oro y rosas; sus ojos, ya lánguidos, ya ardientes, 
Son dos carbunclos mágicos de fulgor sibilino, 
Y en sus manos de ambiguos príncipes decadentes, 
Relucen como gemas las uñas de oro fino. 
Bellamente infernales, 



— 72 — 

Llenan el aire de hechiceros maleficios 
Esos siete mancebos. Y son los siete Vicios, 
Los siete poderosos Pecados capitales. 



Y los siete mancebos a las siete doncellas 
Lanzan vivas miradas de amor. Las Tentaciones 
De sus liras melifluas arrancan vagos sones. 
Las princesas prosiguen, adorables visiones 
En su blancura de palomas y de estrellas. 



* 
* * 



Unos y otras se pierden por la vía de rosa, 
Y el alma mía queda pensativa a su paso. 
— ¡ Oh, qué hay en tí, alma mía ? 
« ¡ Oh, qué hay en tí, mi pobre infanta misteriosa ? 
Acaso piensas en la blanca teoría ? 
Acaso 
Los brillantes mancebos te atraen, mariposa ?» 



* 
* * 



Ella no me responde. 
Pensativa se aleja de la obscura ventana, 
— Pensativa y risueña, 

De la Bella-durmiente-del-Bosque tierna hermana- 
Y se adormece en donde 
Hace treinta años sueña. 



Y en sueño dice: « ¡ Oh dulces delicias de los cielos! 
¡ Oh tierra sonrosada que acarició mis ojos ! 

— ¡ Princesas, envolvedme con vuestros blancos velos ! 

— ¡Príncipes, estrechadme con vuestros brazos rojos!» 



— 73 — 



COSAS DEL CID 



A Francisco A. de I caza. 

Cuenta Barbey, en versos que valen bien su prosa 
Una hazaña del Cid, fresca como una rosa, 
Pura como una perla. No se oyen en la hazaña 
Resonar en el viento las trompetas de España, 
Ni el azorado moro las tiendas abandona 
Al ver al sol el alma de acero de Tizona. 

Babieca descansando del huracán guerrero, 
Tranquilo pace, mientras el bravo caballero 
Sale a gozar del aire de la estación florida. 
Ríe la Primavera, y el vuelo de la vida 
Abre lirios y sueños en el jardín del mundo. 
Rodrigo de Vivar pasa, meditabundo, 
Por una senda en donde, bajo el sol glorioso, 
Tendiéndole la mano, le detiene un leproso. 

Frente a frente, el soberbio príncipe del estrago 

Y la victoria, joven, bello como Santiago, 

Y el horror animado, la viviente carroña 

Que infecta los suburbios de hedor y de ponzoña. 

Y al Cid tiende la mano el siniestro mendigo, 

Y su escarcela busca y no encuentra Rodrigo. 
— ¡ Oh Cid, una limosna ! — dice el precito. 

— Hermano 
Te ofrezco la desnuda limosna de mi mano ! — 
Dice el Cid; y, quitando su férreo guante, extiende 
La diestra al miserable, que llora y que comprende. 



— 74 — 



Tal es el sucedido que el Condestable escancia 
Como un vino precioso en su copa de Francia. 
Yo agregaré este sorbo de licor castellano: 



Cuando su guantelete hubo vuelto a la mano 
El Cid, siguió su rumbo por la primaveral 
Senda. Un pájaro daba su nota de cristal 
En un árbol. El cielo profundo desleía 
Un perfume de gracia en la gloria del día. 
Las ermitas lanzaban en el aire sonoro 
Su melodiosa lluvia de tórtolas de oro; 
El alma de las flores iba por los caminos 
A unirse a la piadosa voz de los peregrinos, 

Y el gran Rodrigo Díaz de Vivar, satisfecho, 
Iba cual si llevase una estrella en el pecho. 
Cuando de la campiña, aromada de esencia 
Sutil, salió una niña vestida de inocencia, 
Una niña que fuera una mujer, de franca 

Y angélica pupila, y muy dulce y muy blanca: 
Una niña que fuera un hada, o que surgiera 
Encarnación de la divina Primavera. 

Y fué al Cid y le dijo: « Alma de amor y fuego, 
Por Jimena y por Dios un regalo te entrego, 
Esta rosa naciente y este fresco laurel.» 

Y el Cid, sobre su yelmo las frescas hojas siente, 
En su guante de hierro hay una flor naciente, 

Y en lo íntimo del alma como un dulzor de miel. 



75 — 



DEZ1RES, LAYES Y CANCIONES 



DEZIR 

(A la manera de Jolian de Duenyas.) 

Reina Venus, soberana 
capitana 

de deseos y pasiones, 
en la tempestad humana 
por ti mana 
sangre de los corazones. 
Una copa me dio el sino 
y en ella bebí tu vino 
y me embriagué de dolor, 
pues me hizo experimentar 
que en el vino del amor 
hay la amargura del mar. 

Di al olvido el turbulento 
sentimiento, 

y halló un sátiro ladino 
que dio a mi labio sediento 
nuevo aliento, 
nueva copa y nuevo vino. 
y al llegar la primavera, 
en mi roja sangre fiera 
triple llama fué encendida: 
yo al flamante amor entrego 
la vendimia de mi vida 
bajo pámpanos de fuego. 



~~ 76 — 

En la fruta misteriosa, 
ámbar, rosa, 
su deseo sacia el labio, 
y en viva rosa se posa, 
mariposa, 1 

beso ardiente o beso sabio. 
¡ Bien haya el sátiro griego 
que me enseñó el dulce juego ! 
En el reino de mi aurora 
no hay ayer, boy ni mañana; 
danzo las danzas de ahora 
con la música pagana. 



FFINIDA 

Bella a quien la suerte avara 
ordenara 

martirizarme a ternuras, 
dio una negra perla rara 
Luzbel para 
tu diadema de locuras. 



OTRO DEZIR 

Ponte el traje azul que más 
conviene a tu rubio encanto. 
Luego, Mía, te pondrás 
otro, color de amaranto, 
y el que rima con tus ojos 
y aquel de reflejos rojos 
que a tu blancor sienta tanto 



— 77 — 

En el obscuro cabello 
pon las perlas que conquistas; 
en el columbino cuello 
pon el collar de amatistas, 
y ajorcas en los tobillos 
de topacios amarillos 
y esmeraldas nunca vistas. 

Un camarín te decoro 
donde sabrás la lección 
que dio a Angélica Medoro 
y a Belkiss dio Salomón; 
arderá mi sangre loca, 
y en el vaso de tu boca 
te sorberé el corazón. 

Luz de sueño, flor de mito, 
tu admirable cuerpo canta 
la gracia de Hermafrodito 
con lo aéreo de Atalanta; 
y de tu beldad ambigua 
la evocada musa antigua 
su himno de carne levanta. 

Del ánfora en que está el viejo 
vino anacreóntico bebe; 
Febe arruga el entrecejo 
y Juno arrugarlo debe, 
mas la joven Venus ríe 
y Eros su filtro deslíe 
en los cálices de Hebe. 



— 78 



LAY 

(A la manera de JoJian de Torres.) 

I Qué pude yo hacer 
para merecer 
la ofrenda de ardor 
do aquella mujer 
a quien, como a Ester, 
maceró el Amor ? 

Intenso licor, 
perfume y color 
me hiciera sentir 
su boca de flor; 
díle el alma por 
tan dulce elixir. 



CANCIÓN 

(A la manera de Váltierra.) 

Amor tu ventana enflora 
y tu amante esta mañana 
preludia por tí una diana 
en la lira de la Aurora. 



— 79 — 

Desnuda sale la bella, 
y del cabello el tesoro 
pone una nube de oro 
en la desnudez de estrella; 
y en la matutina hora 
de la clara fuente mana 
la salutación pagana 
de las náyades a Flora. 

En el baño al beso incita 
sobre el cristal de la onda 
la sonrisa de Gioconda 
en el rostro de Afrodita; 
y el cuerpo que la luz dora, 
adolescente, se hermana 
con las formas de Diana 
la celeste cazadora. 

Y mientras la hermosa juega 
con el sonoro diamante, 
más encendido que amante 
el fogoso amante llega 
a su divina señora. 

FFIN 

Pan, de su flauta desgrana 
un canto que, en la mañana, 
perla a perla, ríe y llora. 



— 80 — 



QUE EL AMOE NO ADMITE 
CUERDAS REFLEXIONES 
(A la manera de Santa Fíe.) 

Señora, Amor es violento, 
y cuando nos transfigura 
nos enciende el pensamiento 
la locura. 

No pidas paz a mis brazos 
que a los tuyos tienen presos: 
son de guerra mis abrazos 
y son de incendio mis besos; 
y sería vano intento 
el tornar mi mente obscura 
si me enciende el pensamiento 
la locura. 

Clara está la mente mía 
de llamas de amor, señora, 
como la tienda del día 
o el palacio de la aurora. 
Y al perfume de tu ungüento 
te persigue mi ventura, 
y me enciende el pensamiento 
la locura. 

Mi gozo tu paladar 
rico panal conceptúa, 
como en el santo Cantar: 
Mel et lac sub lingua tua. 
La delicia de tu aliento 
en tan fino vaso apura, 
y me enciende el pensamiento 
la locura. 



— 81 — 



LOOR 

(A U manera del mismo.) 

¿ A qué comparar la pura 
arquitectura 

de tu cuerpo ? ¿ A una sutü 
torre de oro y marfil ? 
j O de Abril 
a la loggia florecida ? 
Luz y vida 
iluminan lo interior, 
y el amor 
tiene bu antorcha encendida. 

Quiera darme el garzón de Ida 
la henchida 

copa, y Juno la oriental 
pompa del pavón real, 
su cristal 

Castalia, y yo, apolonida, 
la dormida 

cuerda haré cantar por la 
luz que está 
dentro tu cuerpo prendida. 

La blanca pareja anida 
adormecida: 

aves que bajo el corpino 
ha colocado el dios niño, 
rosa, armiño, 

mi mano sabia os convida 
a la vida. 

Por los boscosos senderos 
viene Eros 
a causar la dulce herida. 



— 82 



FFIN 



Señora, suelta la brida 
y tendida 

la crin, mi corcel de fuego 
va; en él llego 
a tu campaña florida. 



COPLA ESPARQA 

(A la manera del mismo.) 

I La gata blanca ! En el lecho 
maya, se encorva, se extiende. 
Un rojo rubí se enciende 
sobre los globos del pecho. 
Los desatados cabellos 
la divina espalda aroman. 
Bajo la camisa asoman 
dos cisnes de negros cuellos. 

TORNADA LIBRE 

Princesa de mis locuras, 
que tus cabellos desatas, 
di, i por qué las blancas gatas 
gustan de sedas obscuras ? 



— 83 — 



LAS ÁNFORAS EPICURO 



LA ESPIGA 

Mira el signo sutil que los dedos del viento 
Hacen al agitar el tallo que se inclina 

Y se alza en una rítmica virtud de movimiento. 
Con el áureo pincel de la flor de la harina 

Trazan sobre la tela azul del firmamento 
El misterio inmortal de la tierra divina 

Y el alma de las cosas que da su sacramento 
En una interminable frescura matutina. 

Pues en la paz del campo la faz de Dios asoma. 
De las floridas urnas místico incienso aroma 
El vasto altar en donde triunfa la azul sonrisa; 

Aun verde está y cubierto de flores el madero, 
Bajo sus ramas llenas de amor pace el cordero 

Y en la espiga de oro y luz duerme la misa. 



LA FUENTE 

Joven, te ofrezco el don de esta copa de plata 
Para que un día puedas calmar la sed ardiente, 
La sed que con su fuego más que la muerte mata. 
Mas debes abrevarte tan sólo en una fuente, 



— 84 — 

Otra agua que la suya tendrá que serte ingrata, 
Busca su oculto origen en la gruta viviente 
Donde la interna música de su cristal desata, 
Junto al árbol que llora y la roca que siente. 

Guíete el misterioso eco de su murmullo, 
Asciende por los riscos ásperos del orgullo, 
Baja por la constancia y desciende al abismo 

Cuya entrada sombría guardan siete panteras: 
Son los Siete Pecados las siete bestias fieras. 
Llena la copa y bebe: la fuente está en ti mismo. 



PALABRAS DE LA SATIRESA 

Un día oí una risa bajo la fronda espesa, 
Vi brotar de lo verde dos manzanas lozanas; 
Erectos senos eran las lozanas manzanas 
Del busto que bruñía de sol la Satiresa: 

Era una Satiresa de mis fiestas paganas, 
Que hace brotar clavel o rosa cuando besa; 

Y furiosa y riente y que abrasa y que mesa, 

Con los labios manchados por las moras tempranas. 

« Tú que fuiste, me dijo, un antiguo argonauta, 
Alma que el sol sonrosa y que la mar zafira, 
Sabe que está el secreto de todo ritmo y pauta 

En unir carne y alma a la esfera que gira, 

Y amando a Pan y Apolo en la lira y la flauta, 
Ser en la flauta Pan, como Apolo en la lira.» 



85 



LA ANCIANA 

Pues la anciana me dijo: mira esta rosa seca 
Que encantó el aparato de su estación un día: 
El tiempo que los muros altísimos derrueca 
No privará este libro de su sabiduría. 

En esos secos pétalos hay más filosofía 
Que la que darte pueda tu sabia biblioteca; 
Ella en mis labios pone la mágica armonía 
Con que en mi torno encarno los sueños de mi rueca. 

« Sois un hada », le dije: « Soy un hada, me dijo: 

Y de la primavera celebro el regocijo 
Dándoles vida y vuelo a estas hojas de rosa.» 

Y transformóse en una princesa perfumada, 

Y en el aire sutil, de los dedos del hada 
Voló la rosa seca como una mariposa. 



AMA TU RITMO... 

Ama tu ritmo y ritma tus acciones 
Bajo su ley, así como tus versos; 
Eres un universo de universos 

Y tu alma una fuente de canciones. 

La celeste unidad que presupones 
Hará brotar en tí mundos diversos, 

Y al resonar tus números dispersos 
Pitagórica en tus constelaciones. 



— 86 — 

Escucha la retórica divina 
Del pájaro del aire y la nocturna 
Irradiación geométrica adivina; 
Mata la indificencia taciturna 
Y engarza perla y perla cristalina 
En donde la verdad vuelca su urna. 



A LOS POETAS RISUEÑOS 

Anacreonte, padre de la sana alegría; 
Ovidio, sacerdote de la ciencia amorosa; 
Quevedo, en cuyo cáliz licor jovial rebosa; 
Banville, insigne orfeo de la sacra Harmonía, 

Y con vosotros toda la grey hija del día, 
A quien habla el amante corazón do la rosa, 
Abejas que fabrican sobre la humana prosa 
En sus Himetos mágicos mieles de poesía: 

Prefiero vuestra risa sonora, vuestra musa 
Risueña, vuestros versos perfumados de vino, 
A los versos de sombra y a la canción confusa 

Que opone el numen bárbaro al resplandor latino; 
Y ante la fiera máscara de la fatal Medusa, 
Medrosa huye mi alondra de canto cristalino. 



LA HOJA DE ORO 

En el verde laurel que decora la frente 
Que besaron los sueños y pulieron las horas, 
Una hoja suscita como la luz naciente 
En que entreabren sus ojos de fuego las auroras; 



— 87 — 

O las solares pompas, o los fastos de Oriente, 
Preseas bizantinas, diademas de Theodoras, 
O la lejana Cólquida que el soñador presiente 

Y a donde los Jasones dirigirán las proras. 

Hoja de oro rojo, mayor es tu valía, 
Pues para tus colores imperiales evocas 
Con el triunfo de otoño y la sangre del día, 

El marfil de las frentes, la brasa de las bocas, 

Y la autumnal tristeza de las vírgenes locas 
Por la Lujuria, madre de la Melancolía. 



MARINA 

Como al flotar mi barca con destino a Citeres 
Saludara a las olas, contestaron las olas 
Con un saludo alegre de voces de mujeres. 

Y los faros celestes prendían sus farolas, 
Mientras temblaba el suav r e crepúsculo violeta. 
«Adiós — dije — países que me fuisteis esquivos; 
Adiós peñascos enemigos del peta; 

Adiós costas en donde se secaron las viñas 

Y cayeron los términos en los bosques de olivos. 
Parto para una tierra de rosas y de niñas, 
Para una isla melodiosa 

Donde más de una musa me ofrecerá una rosa». 
Mi barca era la misma que condujo a Gautier 

Y que Verlaine un día para Chipre fletó, 

Y provenía do 

El divino astillero del divino watteau. 

Y era un celeste mar de ensueño, 

Y la luna empezaba en sti rueca de oro 
A hilar los mil hilos de su manto sedeño. 
Saludaba mi paso de las brisas el coro 



Y a dos carrillos daba redondez a las velas. 
En mi alma cantaban celestes filomelas 

Cuando oí que en la playa sonaba como un grito. 
Volví la vista y vi que era una ilusión 
Que dejara olvidada mi antiguo corazón. 
Entonces, fijo del azur en lo infinito, 
Para olvidar del todo las amarguras viejas, 
Como Aquiles un día, me tapó las orejas. 

Y les dije a las brisas: « Soplad, soplad más fuerte; 
Soplad hacia las costas de la isla de la Vida». 

Y en la playa quedaba desolada y perdida 

Una ilusión que aullaba como un perro a la Muerte. 



DAFNE 

¡ Dafne, divina Dafne ! Buscar quiero la leve 
Caña que corresponda a tus labios esquivos; 
Haré de ella mi flauta e inventaré motivos 
Que extasiarán de amor a los cisnes de nieve. 

Al canto mío el tiempo parecerá más breve; 
Como Pan en el campo haré danzar los chivos; 
Como Orfeo tendré los leones cautivos, 

Y moveré el imperio de Amor que todo mueve. 

Y todo será, Dafne, por la virtud secreta 
Que en la fibra sutil de la caña coloca 
Con la pasión del dios el sueño del poeta; 

Porque si de la flauta la boca mía toca 
El sonoro carrizo, su misterio interpreta 

Y la armonía nace del beso de tu boca. 






— 89 — 

LA GITANILLA 
( A Carolus Duran ) 

Maravillosamente danzaba. Los diamantes 
Negros de sus pupilas vertían su destello; 
Era bello su rostro, era un rostro tan bello 
Como el de las gitanas de don Miguel Cervantes. 

Ornábase con rojos claveles detonantes 
La redondez obscura del casco del cabello, 
Y la cabeza firme sobre el bronce del cuello 
Tenía la pátina de las horas errantes. 

Las guitarras decían en sus cuerdas sonoras 
Las vagas aventuras y las errantes horas, 
Volaban los fandangos, daba el clavel fragancia; 

La gitana, embriagada de lujuria y cariño, 
Sintió cómo caía dentro de su corpino 
El bello luis de oro del artista de Francia. 

A MAESTRE GONZALO DE BERCEO 

Amo tu delicioso alejandrino 
Como el de Hugo, espíritu de España; 
Este vale un copa de champaña 
Como aquél vale « un vaso de bon vino». 

Mas a uno y otro pájaro divino 
La primitiva cárcel es extraña; 
El barrote maltrata, el grillo daña, 
Que vuelo <y libertad son su destino. 

Así procuro que en la luz resalte 
Tu antiguo verso, cuyas alas doro 

Y hago brillar con mi moderno esmalte; 

Tiene la libertad con el decoro 

Y vuelve, como al puño el gerifalte, 
Trayendo del azul rimas de oro. 



_ 90 — 

ALMA MÍA 

Alma mía, perdura en tu idea divina; 
Todo está bajo el signo de un destino supremo; 
Sigue en tu rumbo, sigue basta el ocaso extremo 
Por el camino que hacia la Esfinge te encamina. 

Corta la flor al paso, deja la dura espina; 
En el río de oro lleva a compás el remo; 
Saluda el rudo arado del rudo Triptolemo, 

Y sigue como un dios que sus sueños destina . . . 

Y sigue como un dios que la dicha estimula, 

Y mientas la retórica del pájaro te adula 

Y los astros del cielo te acompañan, y los 

Eamos de la Esperanza surgen primaverales, 
Atraviesa impertérrita por el bosque de males 
Sin temer las serpientes; y sigue, como un dios. . . 

YO PEESIGO UNA FOKMA... 

Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo, 
Botón de pensamiento que busca ser la rosa; 
Se anuncia con un beso que en mis labios so posa 
Al abrazo imposible de la Venus de Milo. 

Adornan verdes palmas el blanco peristilo; 
Los astros me han predicho la visión de la Diosa; 

Y en mi alma reposa la luz como reposa 
El ave de la luna sobre un lago tranquilo. 

Y no hallo sino la palabra que huye, 

La iniciación melódica que de la flauta fluye 

Y la barca del sueño. que en el espacio boga; 

Y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente, 
El sollozo continuo del chorro de la fuente 

Y el cuello del gran cisne blanco que me interroga. 



ÍNDICE 



PÁGINAS 

tüBEN DARÍO V 

'ALABEAS LIMINAKES 3 



PROSAS PROFANAS 

ra un aire suave 7 

ivagación 10 

matina 15 

lasón 17 

el campo. . . . ^ 19 

argarita 20 

laba los ojos negros de Julia 21 

mción de Carnaval 22 

ira una cubana 25 

ira la misma 25 

mquet 26 

faisán 27 

irconniere 29 

país del sol 30 

a 32 

ce Mía 32 

raidos 33 

■""'ssa est 34 

LOS CENTAUROS 35 



— 92 — 

PÁGINAS 

El poeta pregunta por Stella 44 

Pórtico 45 

Elogio de la seguidilla 51 

El cisne 53 

La página blanca 54 

Año nuevo 56 

Sinfonía en gris mayor 51 

La Dea 5í 

Epitalamio bárbaro 6t 

Kesponso 61 

Canto de la sangre 6< 

I. Friso 64 

II. Palimpsesto 61 

El reino interior 7( 

Cosas del Cid 7Í 

Dezires, layes y canciones 11 

Las Ánforas de Epicuro S¿ 



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PQ 

7519 

D3P7 
1917 



Dario, Rubén 

Prosas profanas y otros 
ooe'nas