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Full text of "Sandro Botticelli : drama en 3 actos de la época del Renacimiento ; Griselda : leyenda dramática en 1 acto de la Edad Media ; Noche de resurrección : drama en 3 actos de la época moderna [microform]"

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MOISÉS KANTOR 



SANDRO BOTTICELLI 

Drama en 3 actos de la ¿poca del Renadmtento 

GRISELDA 

Leyenda dramática en 1 acto de la Eldad Media 

NOCHE DE RESURRECCIÓN 

Drama en 3 actos de la época moderna 



EDICIÓN DE "NOSPTROH' 

BUENOS AIRES 
1»19 



SANDRO BOTTICELLI 

GRISELOn 

NOCHE DE RESURRECCIÓN 



MOISÉS KANTOR 



SANDRO BOTTICELLI 

Drama en 3 acto* de la época del Renacimiento 

GRI5ELDA 

Leyenda dramática en I acto de la Edad Media 

NOCHE DE RESURRECCIÓN 

Drama en 3 actos de la época moderna 



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EDICIÓN 


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NOSOTRO 




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1919 



Derechos reservados 



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SANDRO BOTTICELLI 

IL NOSTRO BOTTICELLO 
(LEONARDO DA VINCl) 



Al Doctor Alejandro Korn. 









Bl artista, por más elevado que sea su arte, no 
puede prescindir de la forma sensible para realizar 
sus imágenes. Cuando del artista se apodera la idea 
de Dios, en su alma nace un conflicto : la forma sen- 
sible en que antes envolvía sus ideas, resulta supér- 
flua, hasta impide la pura contemplación de lo di- 
vino. Bl arte, su arte, se transforma en su enemigo. 
Bl alma se desdobla, y si no vence una u otra ten- 
dencia, sucumbe. 

Bl poder que tuvo sobre Botticelli Savonarola, es 
un hecho verídico, pero no se explica tanto por la 
personalidad del célebre predicador florentino , como 
por la presencia de un Savonarola en el alma misma 
del pintor. 

Por ser un conflicto universal, que tiene su^ raíces 
en el alma humana y que proviene de la naturaleza 
del arte y de la religión, su hermana mayor, nos ex- 
plicamos por qué Leonardo da Vinci llamaba a Bot- 
ticelli con cariño fraternal: "II nostro Botticello". 

— 7 



PERSONAJES : 

SANDRO BOTTICELLI. 

JERÓNIMO SAVONAROLA. 

LORENZO MEDICI. 

MARSILIO FICINO. 

MONA GIOVANNA. 

FRANCESCHINA. 

FRA MARIANO. 

BENVENUTO GRITTI. 

PAOLO ALLEGRI. 

EL MARINO. 

NICCOLO. 

PIERROT. 

COLOMBINA. 

CRIADOS y MENSAGEROS. 
EL PUEBLO FLORENTINO. 

FLORENCIA 
1491-1498 



— 9 



ACTO I. 

Palacio de los Médici. 

ESCENA PRIMERA 

LORENZO MEDICI, FRA MARIANO, BENVENUTO 
GRITTI, MARSILIO FICINO, FRANCESCHINA, 
PAOLO ALLEGRI, EL MARINO, CABALLEROS 
Y DAMAS. 

Lorenzo Médici. — Os he invitado a mi modesta 
casa, ilustres conciudadanos de la hermosa y 
libre Florencia, para celebrar en vuestra com- 
pañía la bella Primavera. En el otoño de mi 
vida, siento con toda mi alma la Primavera de 
la Naturaleza, que vuelve con su fausto es- 
plendor. 

— II 



MOISÉS KANTOR 



Siguiendo la costumbre de la casa de los Mé- 
dici, de proteger a los que engrandecen a nues- 
tra amada Florencia, os he invitado a todos : a 
filósofos y artistas, a religiosos y hombres de 
ciencia, a aquellos que dedican su vida al pen- 
samiento, como a aquellos que son todo acti- 
vidad, a aquellos que glorifican al Señor, y a 
aquellos que veneran a la Diosa - Belleza. 

Y permitidme, amigos míos, dedicar esta 
fiesta a nuestro pittore excelentíssimo Sandro 
Botticelli. ( P^oces de aprobación). 

Con su arte maravilloso nos ha dado un cua- 
dro de la Primavera sin igual. Nuestro gran 
pintor ha consentido a pedido nuestro, presen- 
tar en un cuadro vivo su pagana Primavera que 
rebosa divinidad. 

Mientras que el artista arregle su cuadro, 
bebed el rojo néctar y recreaos en una plática 
amena. Llenad las copas y brindad a la salud 
de Sandro Botticelli. 

Todos. — j Viva Botticelli ! 

Fra Mariano. — ¡ Viva Lorenzo Médici ! 

Voces (Con menos entusiasmo). — ¡Viva Lorenzo 
Médici ! 

Franceschina. — ¡ Viva Mona Giovanna ! 

El Marino. — ¿Quién es Mona Giovanna? 

Franceschina. — La nieta de Marsilio Ficino, la 
mujer más hermosa de Florencia. 

12 — 



SANDRO BOTTICELLI 



El Marino. — Después de Franceschina. 
(Pranceschina ríe) 

Mariano. — Su Excelencia nos habló boy en un 
tono algo lúgubre del otoño de su vida. Su 
Excelencia vivirá aun muchos años para la glo- 
ria de la Iglesia y el bien de Florencia. 

Paolo. (En vos baja). — ¡Vil adulador! 

Marsilio Ficino. — La vida no pertenece al indi- 
viduo, es de la Naturaleza : sereno y tranquilo 
debe quedar el hombre frente a la muerte. 

Lorenzo. — Mi vida pertenece al Estado, querido 
Marsilio, y la inquietud que se apodera de mi 
espíritu, es por el destino de nuestra hermosa 
Florencia, y pienso sin querer en la muerte. 

i\L\RSiuo Ficino. — La muerte no existe. Nuestra 
alma emana de la Inteligencia Universal, y, al 
morir el hombre, se une a ella. 

Franceschina. — ¡Qué hennoso! Sólo que no te 
entiendo bien. 

Marsiuo Ficino. — El alma baja de los cielos co- 
mo una alondra misteriosa para tener en la 
tierra un nido de barro, y tornar cantando y 
aleteando a su celeste origen. 

Fra Mariano. — Las palabras de Marsilio son 
blasfemias a Dios, y su autor merece el castigo 
del fuego. v 

Paoi^o. — i Este fraile maldito desearía quemar a 
todo el mundo! 



MOISÉS KANTOR 



Marsiuo Ficino. — El alma humana es una cente- 
lla que viene de Dios para brillar fugazmente 
por nuestra inferior atmósfera, y volver a Dios 
en sus sublimes y eternas parábolas. 

Franceschina. — Divino Marsilio, explicanos 
¿cómo puede el alma emanar de la Inteligencia 
Suprema, que tú llamas Dios? 

Marsilio Ficino. — Como un rayo de luz de una 
lejana estrella, como el perfume de una flor. 

El marino. — Como el perfume de tu cuerpo, Fran- 
ceschina. 

Franceschina. {Riendo). — Calla, por Dios! 

Mariano. — ¿Si el alma emana de la Inteligencia 
Universal, como tú dices, entonces todas las 
almas son iguales? 

Marsilio. — Son iguales. 

Mariano. — ¿Y la de Judas y del Apóstol Pedro? 

Marsiuo. — Son hermanas. 

Paolo. (A Mariano). — Como la tuya y la de un 
perro. 

Mariano. (A Lorenzo). — ¡ Hazlo callar! 

Paolo. — ¿ No ves, Signore,'^ue este fraile malva- 
do forja en silencio las armas para estrangular 
la libertad de Florencia? Es discípulo de Savo- 
narola. 

Mariano. — No lo soy más. 

Paolo. — Sí, vendiste a tu maestro y eres capa'z de 
vender al mundo entero. 

14 — 



SANDRO BOTTrCElvLI 



Lorenzo. — ¡ Silencio ! En la casa de los Médici 
debe reinar la paz. Y la paz es imposible sin 
tolerancia. Daos las manos. 

Paolo. — ¡ No ! 

Lorenzo. — ¡ Yo digo — sí ! 

(Paolo y Mariano se estrechan las manos) 

FrancESChina. — Yo siempre he concebido a Dios 
con mi corazón. 

Mariano. — ¿Con tu corazón de pecadora? 

FrancESCHina. — Con mi corazón de mujer, im- 
bécil . 

Marsiuo. — El corazón y el entendimiento son las 
dos alas que sirven al hombre para remontarse 
a su patria celeste : algunos llegan ahí por el 
corazón, otros por la inteligencia. 

Franceschina. — ¿ Y los que no tienen ni corazón, 
ni inteligencia, como ese? (Señalando a Pra 
Mariano) 

BenvEnuto GriTTi. (Médico). — Sólo la Ciencia es 
capaz de disipar las tinieblas que reinan en tor- 
no nuestro. Sólo la Ciencia puede darnos una 
concepción del mundo, de todo el Universo : de 
las estrellas que lo componen, de la tierra que 
habita el hombre, de las sociedades humanas, 
del átomo que compone los elementos y la 
energía que anima a la materia, de las causas 
del dolor, como de las causas de la dicha, de 



— 15 



MOISÉS KANTOR 



la vida corta y pasajera y de la muerte que no 
perdona nada y a nadie, del Todo. 

Voces. — ¡ Bravo ! i Bravo ! 

Paolo. — Ya tenemos a un nuevo Apóstol, con su 
ídolo nuevo. Para mi todos los Ídolos son igua- 
les. ¡Abajo con todos! 

Lorenzo. — La ignorancia es inocente, Paolo mío. 
Escucha atento a los que toman por consejero 
a la divina razón, y calma tu ardor guerrero. 

Marsiuo. — La Ciencia es la hija de la Filosofía. 

Benvenuto. — ... que se apartó de su madre e irá 
por caminos nuevos. 

Marsieio. — Todos los caminos son buenos si lle- 
van a Dios. 

Lorenzo. — Nuestro distinguido huésped, el lobo 
del mar, está preso en las redes de la bella Fran- 
ceschina que lo encanta y cautiva más que las 
náyades y ninfas. ¿ Se olvidó de sus peligros y 
de sus aventuras? 

Franceschina. — ¡Está en un peligro mayor que 
nunca, Signore! 
(Risas) 

Lorenzo. — ¿Cuándo volverá a Genova mi amado 
huésped ? 

El Marino. — La semana próxima, Signore! 

Lorenzo. — ¿Y para dónde se embarcará? 

El Marino. — Para España, Signore; iré a reunir- 
me con Cristóforo Colombo, 

i6 — 



SANDRO BOTTlCELtl 



Paolo. — ¿Quién es Cristóforo Colombo? 

Mariano. — Un gran aventurero, un loco que afir- 
ma que la tierra es una esfera y lanzándose a la 
alta mar, sin rumbo y sin guía, en busca de tie- 
rras nuevas, desafió a Dios y a la sana razón. 

BivNViíNUTo. — Cristóforo Colombo dice la ver- 
dad : la tierra tiene la forma de una esfera . 

Mariano. — Ja, ja... ¿Se puede ser tan necio 
para creer que los habitantes del otro hemis- 
ferio tienen los pies más altos que la cabeza? 

Bí:nví:nuto. — Las verdades se demuestran, no se 
aceptan ni se rechazan por la fé; y Cristóforo 
Colombo descubrirá un Mundo Nuevo. 

Mariano. — Es ridículo creer en la existencia de 
los antípodas. La Escritura no los menciona 
en ninguna parte, luego no pueden existir. 

El día del Juicio Final el Señor descenderá 
de los aires. Los antípodas no lo llegarían a 
ver, luego no pueden existir. Vuestro Cris- 
tóforo Colombo es un ignorante que no ha 
leído la Santa Escritura. 

Benvenuto. — Cristóforo Colombo ha leído en 
un libro más vasto, más profundo, que la San- 
ta Escritura. En este libro la verdad está 
escrita con letras de oro. 

Mariano. (Con desdén). — ¿Qué libro? 

Benvenuto. — Este libro es la Naturaleza. 

El, Marino. — Yo no sé nada de todo esto. 



17 



MOISÉS KANTOR 



Una gran pasión se apoderó de mi alma, y 
me impulsa con un poder irresistible hacia lo 
Infinito. Y una fé inmensa tengo en ese hom- 
bre maravilloso que se llama Cristo foro Co- 
lombo. Además quiero ver con mis propios 
ojos al gran Kan. 

Varios. — ¿Al gran Kan ? ¿ Quién es el gran Kan ? 

El Marino. — Es el Emperador de las tierras 
incógnitas. Dicen que es un gigante, un hom- 
bre de una fuerza inaudita y posee riquezas 
tales que nunca en la vida mortal alguno ha 
visto. 

Franceschina. — ¿De veras? 

El, Marino. — Vive en un palacio de oro, lleva 
una magnífica corona con diamantes, tan cla- 
ros, como tus ojos, Franceschina. Tiene tantas 
perlas preciosas, rubíes, záfiros y esmeraldas, 
cuantos granos de arena lleva el Arno. Duerme 
en una cama de oro, bebe en copas de esmeral- 
da, come en una mesa de oro, se baña en un 
baño de oro. Dicen que es un mago y tiene 
en su poder las fuerzas subterráneas que le acu- 
ñan el precioso metal. 

Franceschina. — ¡ Qué hermoso es todo eso ! 

Fra Mariano. — ¿Cree en Dios tu gran Kan? 

El Marino. — Adora a ídolos, a los que sacrifica 
hermosas mujeres de su inmenso Imperio. 
Y Cristóforo Colombo, a quien tú llamas 

18 — í 



SANDRO BOTTICELU 



aventurero y loco, le convertirá a la fe cris- 
tiana, bondadosa y dulce, que le enseñará vtr 
en la mujer a su propia hermana. 
Lorenzo. — Tu leyenda es preciosa, amado hués- 
ped y tu fe admirable. 

(Entra un mensajero y habla en vos baja 
con Lorenzo). 



ESCENA II 

TODOS Y EL MENSAJERO. 

(Franceschina y el marino conversan en vos 
baja) . 

Franceschina. — ¿Dentro de una semana te em- 
barcas ? 

El, Marino. — Sí, Franceschina. 

Franceschina. — ¡ Cómo te envidio ! También mi 
alma ansia lo desconocido y lo maravilloso. 

El Marino. — Pero antes de irme tendré en mis 
brazos a la mujer más hermosa de Florencia. 

Franceschina. — ¿A Giovanna? 

Eiv Marino. — No, a Franceschina. 

Franceschina. — - ¿Estás seguro que seré tuya? 

Eiv Marino. — Sí. 

Franceschina. — ¿Seguro, seguro? 

— 19 



MOISÉS KANTOR 



El, Marino. — Como estoy seguro de ver ccn mis 
propios ojos al gran Kan. 

Franceschina. — Ja, ja, ja! 

Lorenzo. — Los asuntos del Estado no nos dejan 
descanso, y nos persiguen, como -el cazador a 
su presa. 

Marsilio. — ¿ Son buenas las noticias ? 

Lorenzo. — Maravillosas. Recibimos un mensaje 
del rey de Ñapóles, donde se nos dá testimo- 
nio de la más leal amistad. 

Varios. — ¡ Viva el rey de Ñapóles ! ¡ \''iva Fio 
rencia ! 

{Entra otro mensajero). 

Lorenzo. — Di en voz alta lo que te trae aquí. 
Todos los presentes son nuestros amigos 
y Lorenzo Médici un simple ciudadano y ser- 
vidor de Florencia. 

El Mensajero. — En la plaza de la Señoría, Sig- 
nore, dos niños jugando se dieron puñaladas; 
uno de ellos cayó sin sentido. 

PaoIvO. — Ja, ja! 

El, Mensajero. — En la plaza de Santa Croce dos 
hombres lucharon sin testigos. Los dos que- 
daron muertos en el acto. 

Paolo. — ¡Qué bravos los dos! (riendo) Dadles la 
sepultura cristiana. 

Ee Mensajero. — Benvenuto Credi vengó a su 

20 — 



SANDRO BOTTICELU 



hermano y mató al asesino de éste. Huyó y no 
podemos dar con él. 

Paolo. — ¡Viva Benvenuto Credi!. 

El Mensajero. — Los acaparadores de impuestos 
asesinaron a un campesino que se negaba a pa- 
gar. 

Lorenzo. — Prendedlos en seguida ! ¡ Ponedles ca- 
denas ! 

Ee Mensajero. — Dos condottieros robaron a su 
vez a los empleados, los mataron y echaron sus 
cuerpos al Arno . . . Andrea Pazzi . . . 

Lorenzo (Palidece, en voz baja). — ¡Calla!... 
BotticeUi baja del proscenio con paso lento, 
se aproxima a la mesa. 



ESCENA III 
TODOS Y BOTTICELLI. 

Todos. — ¡BotticeUi! ¡Viva BotticeUi! 

(Lorenzo despide con un ademá/n a los men- 
sajeros). 

Botticeeei. — A una señal tuya, Signore, se levan- 
tará el telón y aparecerá el cuadro de la Pri- 
mavera. 

Lorenzo. — A tí te corresponde dar esa señal. 

— ai 



MOISÉS KANTOR 



B0TTICE1.LI. — No, Signore. 

Lorenzo. — La modestia de nuestro amado Botti- 

celli iguala a su genio. {Da la señal; se levanta 

el telón). 

La escena representa una asamblea de dioses 
y diosas en un bosque de naranjos con frutos 
dorados. 

Es el crepúsculo. La figura principal es Ve- 
nus; esbelta y fina, de dulce y triste sonrisa, 
sostiene con una mano su rico manto de broca- 
do; con la otra marca el ritmo a la danca de las 
Gracias, que están a su derecha: pensativas, al- 
go tristes, cubiertas de fina gasa que en pliegues 
armoniosos se abraza a sus cuerpos, bailan len- 
tamente con las maHos enlazadas. 

A la derecha, una misteriosa figura de una 
mujer joven simboliza la Primavera. Está to- 
da vestida de flores. Las flores adornan su ca- 
bello, abrazan con una guirnalda flexible su 
talle esbelto. Su vestido de seda blanca está bor- 
dado de violetas, de jacintos, de margaritas. 

Ella anda con un paso ligero, sumerge sus 
pies desnudos en el césped verde, cubierto con 
flores primaverales ; con ambas manos arroja 
rosas a su alrededor. 

El niño Amor, con sus ojos vendados, lanza 
su flecha mortal en dirección a las Gracias. 



SANDRO BOmCELLI 



A la izquierda Mercurio adolescente, cubier- 
to de un casco ligero admira las Diosas (l). 

Desde lejos llegan los tonos de una música 
suave; parece que viene del aire, lleno del di- 
vino néctar de las flores. 

Los presentes contemplan el cuadro, mudos 
por la sensación de grandeza, que cautiva a 
todos. 

Llega el último acorde, que parece un suspiro 
de la muerte. Cae el telón. 
Pasa un largo silencio. 
Lorenzo. — Es un cuadro divino, inspirado por los 

dioses. 
Fra Mariano. — Es un cuadro pagano inspirado 

por Satanás. 
Paolo. — Ja, ja, ja! 

Franceschina. — Es todo Amor, todo dulzura, 
{al marino), pero su amor es tan triste como 
la muerte. 
AIarsiuo. — Tu obra es grande, Botticelli, es "co- 
sa mentale" e inmortalizará tu nombre. Nin- 
gún otro pintor supo como tú presentar la idea, 
que es la esencia de las cosas. Tu arte es pla- 
tónico. Lo bello presentas en lo divino y lo 



(i) La descripción del cuadro de la Primavera es de 
A. Pitet. 

— 23 



MOISÉS KANTOR 



divino en lo bello. Y el aroma que llega de tus 
cuadros, el perfume con que están penetrados, 
lo invisible que con un poder de maestro, sa- 
bes imprimir a lo visible, lo misterioso que po- 
nes en el fondo de tu creación, hacen de ti el 
artista más grande que ha existido en el mundo. 
Sólo que no llegaste todavía a la paz. 

Lorenzo (Sonriendo). — Como tú, Marsilio. 

Benvenuto. — Bah! Son palabras, nada más que 
palabras ! Botticelli consigue sus éxitos, por- 
que estudió hasta el fondo la anatomía del 
cuerpo humano. Sus cuadros son perfectos, por- 
que armonizan con la naturaleza, porque son 
copias exactas de sus modelos. El arte de Bot- 
ticelli es su Ciencia. Sin Ciencia no hay arte. 

Lorenzo. — ¿Y qué dices tú, amado Botticelli? 

BoTTicELEi. (Distraído). — Nada, nada tengo que 
decir, Signore. 

Lorenzo. — (Levantando la copa). — Por la salud 
de Botticelli ! 

Voces entusiastas. — ¡ Viva Botticelli ! 
(Aparece Savonarola) . 
Sensación. 



M 



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SANDRO BOTTlCElíW 



ESCENA IV. 
TODOS Y SAVONAROLA. 

Savonarola. — ¡ La maldición sea con vosotros ! 
¡ Malditos seáis, mil veces malditos ! 

Fra Mariano. (Inquieto). — ¿Quién le llamó? 

Savonarola. — ¡ Nadie, nadie me llamó. Judas in- 
fame, vil servidor! (A Lorenzo). Muchas ve- 
ces errabas en el jardín de San Marcos, bus- 
cando un pretexto para hablarme. Ahora, aquí 
estoy, en tu palacio magnífico, en la atmósfera 
de corrupción y de vicio que creaste a tu alrede- 
dor, entre tus amigos embriagados de vino y tus 
amigas que lucen sus cuerpos desnudos, ador- 
nados de perlas y piedras preciosas. 

Paolo. — ¡Maldito fraile! {A Lorenzo). ¡Una so- 
la orden tuya y pronto quedará despachado! 

Lorenzo. — ¡Déjalo! La muerte espera a quien 
atentara contra la vida de Fra Savonarola! 

Savonarola. — ¡En vano quieres comprarme! En 
vano haces donaciones a mi convento, en vano 
te declaras defensor de mi vida ; quedaré impla- 
cable contigo hasta la última hora, hasta la ho- 
ra de tu próxima muerte. 

Lorenzo. {Con una sonrisa forzada) . — No pien- 

— 25 



MOISÉS KANTOR 



SO en la muerte ! Estoy en el pleno poder de mi 
vida y de mis años ! 
SAV0NAR0I.A. — ¡ Te engañas ! En nombre del jus- 
to y del fuerte Dios vengo a revelarte la ver- 
dad. 

j Pronto morirás ! Los días de Lorenzo Me- 
did, tirano de Florencia, están contados. 

Una gran hoguera te espera en el Infierno 
que eternamente tostará tu. alma corrompida. 
El rey de Ñapóles, tu fiel amigo, no tardará en 
seguir tu camino. El rey de Francia invadirá 
a Florencia y no dejará piedra sobre piedra. 

¡Ay de vosotros todos, mercaderes ilustres, 
plagas, muerte, llanto y hambre os esperan! 

¡Ay de tí, ciudad corrompida, porque en una 
hora serás desolada! 

Jamás se oirá en tí voz de tañedores de cí- 
tara, ni de músicos, ni de tocadores de flauta, 
y maestro de ningún arte será hallado en tí ja- 
más! 

¡Y luz de antorcha no lucirá jamás en tí! 

¡ Y voz de esposo no será oída más en tí, por- 
que tus mercaderes eran los príncipes de la tie- 
rra, porque en tus hechicerías erraron todas las 
gentes ! 
Fra Mariano. — ¡ Es un falso profeta ! ¡ No lo es- 
cuchéis! ¿Y no tienes alguna profecía para tí 
mismo ? ¡ El papa santísimo te mandará un som- 

26 — 



SANDRO BOTTICELW 



brero de cardenal por tus sermones contra la 
Santa Iglesia y la Ley! ¡Je, je! 

SavonaroIvA. — Sí, traidor, sé lo que me espera, y 
lo sabes tú también! Me espera la gloria, la 
gloria que Dios dio a todos sus santos : la muer- 
te. Un sombrero rojo de color de sangre, el 
martirio, he aquí lo que me espera! 

BoTTicELLi. {Desde el momento de la entrada de 
Savotmrola tiene en él fija su mirada, se apro- 
xima a él, cae de rodillas, cabizbajo) — 
Frate Savonarola, dame tu bendición. 

Savonaroea. {Orgulloso, rechazándole con la ma- 
no). — No. Nadie en esta cueva hedionda me- 
rece la santa bendición. 

BoTTicEivEi. — (►S'^ prosterna, besa los pies de Savo- 
narola). — Frate Savonarola, dame tu bendi- 
ción, dame tu bendición, frate Savonarola. 

Savonarola. — ¿Quién eres? 

BoTTicEivLi. — Soy Botticelli, soy Sandro Botticelli, 
un humilde y pobre pintor, que en vano luchara 
toda su vida para encontrar a Aquel, en cuyo 
nombre tú hablas. ¡ Dame tu bendición, frate 
Savonarola ! 

Savonarola. — ¡ No ! Primero quítate tu vestido 
bordado de oro y ponte el hábito sagrado, de- 
ja este nido de mercaderes y corruptores, que- 
ma tus cuadros paganos, y después . . . ven a 
mí. 



27 



MOISÉS KANTOR 



BoTTicEivU. {Se arrastra por el suelo, buscando las 
ruanos de Savonarola). — En nombre del Dios 
bondadoso y clemente, dame tu bendición ! 

Savonarola. — En nombre del Dios, justo y fuer- 
te te la niego... Soy mensajero de la ira de 
Dios . ¡ Ay de vosotros todos, mercaderes ilus- 
tres, como éste os arrastraréis por el suelo pi- 
diendo auxilio en vano ! ¡ Ay de tí, ciudad de 
Florencia, se aproxima el día del Juicio Fi- 
nal ! 

EoTTicEivLi. {Siempre postrado ante Savonarola, re- 
pite niaquivaljuente). — Dame tu bendición, 
írate Savonarola, dame tu bendición... 



28 — 



ACTO 11. 

Esfudio de BoHicelii. 

ESCENA PRIMERA 

BOTTICELLI Y NICCOLO. 

XiccoLO. — (rico mercader de Venecia). 

Ilustre Botticelli, pittore excelentissimo, flor 
de los pintores de Italia, gloria de Florencia, 
no me hagas desesperar con tu negativa: vén- 
deme uno de tus cuadros preciosos. No debe 
preocuparte el destino que tendrá. Je, je... 
En mi modesta casa de Venecia, que es más 
rica que el palacio de los Médici, tu cuadro se 
encontrará en buena sociedad: al lado de los 

— 29 



MOISÉS KANTOR 



de Donatello, de IMantegna, de Vivarini, de 
Bellini, de Crivelli, de . . . 

BoTTicELU. — i Nada te venderé, viejo ! 

NiccoLO. — Je, je ¡ No te enojes, pittore bonnissi- 
mo ! i Sé prudente ! ¡ Para qué vas a guardar en 
tu estudio tantos cuadros, si ya no "tienes lu- 
gar ni dónde darte vuelta ! Cada una de tus 
obras representa un capital, y el capital hay 
que empujarlo, moverlo. . . Je, je! 

BoTTiCELLi. — Es inútil, anciano, nada te venderé. 

NiccoLO. — Je, je ! Paciencia, Botticelli, con pa- 
ciencia a todo se llega ! Dime, para qué has 
juntado tantos cuadros, sino para venderlos? 
¡ Quieres quedarte con ellos como un avaro so- 
bre sus montones de oro? Je. je... Escúcha- 
me, Botticelli, Dios a tí te ha dado el genio 
de artista, tú diriges tu pincel con tanta faci- 
lidad y acierto, como yo con una señal de mi 
mano encamino los barcos, que navegan hacia 
el Oriente en busca de mercaderías, las que 
en mi poder se transforman en oro. Tú tienes 
cuadros de valor, yo dinero. Cambiemos uno 
por otro. 

Botticelli. — ¡ No ! 

NiccoLO. — ¡ Este Baco ! ¡ Es maravilloso ! Tie- 
nes un raro don de no parecerte a nadie . . . 
No imitas, sacas tus cuadros de tu interior ; tú 
tienes una visión interior, Botticelli. Je, je! 

30 — 



SANDRO BOTTICELLI 



¡ Pero no puedes sobrepasarte a tí mismo ! Tus 
cuadros se parecen uno a otro, como dos go- 
tas de agua, y tu Baco es tan triste como 
San Francisco de Asis. Je, je! Véndeme este 
cuadro, Botticelli, y te pagaré mil florines. 

BoTTicELLi. — ¡ No ! 

NiccoLO. — ¡ Dos mil florines ! 

BOTTICELU. — ¡ No ! 

NiccoLO. — ¡ Tres mil florines ! 

BoTTicEEU. — ¡No! 

NiccoLO. — ¿Cuánto quieres entonces? 

BoTTicEivU. — j Nada, no quiero venderlo ! 

NiccoivO. — Ilustre Botticelli, reflexiona un poco. 
A ningún pintor se '^ha pagado tanto por un 
cuadro, cuanto te pagaré a tí. ¡ Te doy diez 
mil florines ! 

Botticelli. — ¡No! 

NiccoLO. — ¡ Me extrañas ! ¡ Te pago por un cua- 
dro, por un solo cuadro, tanto cuanto vale 
un barco cargado de mercaderías y te re- 
sistes! Je, je. No lo dices en serio! ¡Quieres 
reírte un poco de mí ! Bien, te doy dos mil 
florines más. Son doce mil florines, amado 
Botticelli. 

BoTTicELU {Pensativo). — ¿Dices que mi Baco 
se parece a San Francisco de Asís? 

NiQcouo. — Sí, sí, ¿no lo ves? tiene la misma ex- 
presión de dolor en los ojos, en su vaga son- 

— 31 



MOISÉS KANTOR 



risa se nota una tristeza infinita. Su alegría 
es de un hombre que a sí mismo se condenó 
a muerte, y sus manos, sus finísimas manos, 
son manos de un mártir. Je, je ! 

El viejo Niccolo mucho ha visto en su vida, 
pero nada vio semejante! Je, je! Para otros 
los santos son santos y los demonios demonios ; 
para tí el santo y el demonio están en un solo 
áer. Je, je! Cuando estuve en Roma, admiraba 
en la Capilla Sixtina tu "Ttntazione di Cristo" ; 
pintaste al demonio con hábito franciscano. 
Ante tu ''Scene della vita di Mosé" quedé 
atónito mirando el gesto del viejo profeta que 
levanta la mano para maldecir al pueblo que 
traicionó a su Dios : la maldición te resultó una 
bendición ! Je, je. . . 

Es magnífico, sencillamente magnífico, na- 
die te iguala en el conocimiento del alma 
humana ; véndeme tu Baco, Botticelli, pídeme 
lo que quieras. Te daré la mitad de mi fortuna 
en cambio de tu Baco. 

Botticelli se aproxima al cuadro, lo saca del 
marco. 

Niccolo. — ¿ Me lo vendes ? ¡ Te has resuelto al 
fin! 

BoTTicELU. — ¡Quédate con él! 

Niccolo. — ¿Me lo das? ¿Me lo vendes? 

Botticelli. — ¡Te lo regalo! 

32 — j . 



SANDRO BOTTICELLI 



NiccoLO. — Je. je!. . . ¡Qué regalo magnífico! ¡El 
rey más poderoso de la tierra no podría hacer- 
me un regalo semejante! Je, je. . . Ya sabía que 
eres bueno, todo el mundo dice que Botticelli 
es de una bondad infinita. (Se inclina profun- 
damente y murmura). 

Ilustre Botticelli,... pittore bonnissimo. . . 
( Temiendo un cambio en la actitud de Bot- 
ticelli) Me voy, me voy, no quiero molestarte 
más {váse) . 

(Aparece un criado). 
El Criado. — La ilustre señora! 

Entra Giovanna, vestida como Venus en el 
cuadro de la Primavera. Botticelli se inclina 
profundamente, besa su mano. 



ESCENA II 
BOTTICELLI Y GIOVANNA. 

GiovANXA (Sonriendo). — Me encontré en la esca- 
lera con un anciano que apretaba algo entre 
sus brazos como si temiera que se lo roba- 
ran ; murmuraba : es loco, se ha vuelto loco, y 
reía dichoso. . . 

BoTTicELU. — ¡ Es un rico mercader de Venecia ! 

Giovanna. — Le vendiste algo? 

— 33 



MOISÉS KANTOR 



BomcELU (Inquieto). — Sí. 
GiovANNA. (Mira alrededor). — ¿Le vendiste el 
Baco? 

BOTTICELLI. — Sí, . . 

GiovANNA. — ¡ Contestas de un modo tan evasivo ! . . . 
Te noto muy cambiado, Sandro. Desde que Sa- 
vonarola se introdujo en el palacio de los Mé- 
dici, y tú caíste a sus pies, como un pájaro en- 
cantado por una víbora, eres otro, Sandro mío ! 

BoTTicELLi. — i Soy el mismo ! 

GiovANNA. — ¡ No, no ! pasa en tí algo tan extraño, 
que me tiene inquieta. 

BoTTicELLi. — ¿Te inquietas por mí? 

GiovANNA. — Por tí y por tu grandeza. 

BoTTicELU. — ¿Por mi grandeza? 

GiovANNA. — Por la grandeza del primer pintor de 
Florencia. 

BoTTicELLi. — Ah, por eso, . , 

GiovANNA. — La grandeza en el artista es su joya 
más preciosa. Quítasela y aparecerá un hombre 
vulgar. 

BoTTicELLi. — i Sí, Giovanna ! 

GiovANNA. — ¡ Tú no te debes a tí mismo ! Tú eres 
de Florencia y de Italia. 

BoTTicELLi. — Lo mismo dice Savonarola. 

Giovanna. — ¿Qué dice Savonarola? 

BoTTicELLi. — Que no me debo a mí mismo. 

Giovanna. — ¡ Tu Savonarola es un falso profeta ! 

34 — 



SANDRO BOTTICEI.W 



Es apóstol del odio ! ¡ Nunca habrá amado en 
su vida! 

BoTTiCELU. — Amó . . . una vez ... 

GlOVANNA. — ¿Y? 

BoTTicELiwi. — Y fué despreciado. . . como yo,'Gio- 
vanna. 

GlOVANNA (Turbada). — ¿Tú, despreciado? 

BoTTicEi.ivT. — ... Por tí. 

GlOVANNA. — ¡ No es verdad ! 

BoTTiCELU (Con amargura). — ¿Me amas? 

GlOVANNA (Pausa). — ¿A qué llamas tú amor? 

BoTTicEivivi (Con amargura) . — j Perteneces a otro ! 

GlOVANNA. — No seas tan pequeño para pedirme 
un amor que puedo dar a otro! (Con fuerza). 
Basta de palabras, Sandro. ¡Al trabajo! No 
pierdas tu tiempo en implorar el amor de una 
mortal, tú que resucitas a diosas y dioses con 
tu mágico pincel. ¿Qué haremos hoy? (Son- 
riendo). ¿De qué te serviré de modelo, de una 
Madonna, o de una Venus? 

BoTTicEiyU. — De la Verdad, Giovanna, de la Ver- 
dad en mi cuadro que simboliza "La Calum- 
nía . 

GlOVANNA. — ¡ Muéstrame tu cuadro ! 

BoTTicEivLi. — No, Giovanna, después que esté ter- 
minado. 

GlOVANNA. — Debes mostrármelo ahora mismo. 

BoTTicEiwU. — ¿Y si no lo quiero? 

— 35 



MOISÉS KANTOR 



H. 1 



GiovANNA. — Entonces no seré tu "Verdad". 
BoTTicELLi. — ¡Sea! (Descubre el cuadro). 

(Pausa). 
GiovANNA. — ¿Ouién está en el trono? 
BoTTiCELU. — La Injusticia. 
GiovANNA. — ¿Ya su lado? 
BoTTicELU. — A la derecha — la Ignorancia, a la 

izquierda — la Superstición. 
GiovANNA. — ¿Y las figuras del centro ? 
BoTTicELLi. — La Envidia y la Calumnia tiran del 

cabello a un hombre desnudo, su víctima. 

La Perfidia y el Fraude coronan de flores 

a la Calumnia. 
GiovANNA. — ¿Y esta asquerosa vieja, vestida de 

negro ? 
BoTTiCELLi. — Es el Remordimiento. 
GiovANNA. — ¿Y a la Verdad, dónde la colocas? 
BoTTiCELLi. — Al lado del Remordimiento. 
GiovANNA. (Pausa). — Después de la "Primavera" 

es tu cuadro más hermoso, Sandro mío. 
B0TTICE1.L1. — No lo es todavía, le falta la Verdad. 

No hay belleza sin Verdad, y donde no estás tú 

no puede estar la belleza. 
GiovANNA. — La Verdad no te faltará, Sandro mío, 

orgullo mío, amado mío. 
BoTTicELU. — ¿Amado tuyo? 
GiovANNA. — ¿Dije amado mío, . . ? digo amado, y 

no amante. ¿ No puedo amarte como una madre 

36 - 



SANDRO BOTTICELLI 



ama a su hijo? Como para una madre su hijo, 
eres para mí el mundo entero. 

BoTTicELivi. — Prefieres a otro, amas a otro, per- 
teneces a otro . . . 

GiovANNA (Con fuerza). — Calla...! (con mali- 
cia). Pero díme, Sandro mío, qué querías decir 
con tu Calumnia? 

BoTTicELLi. — i No te entiendo! 

GiovANÑA. — <iQ"é significa tu Calumnia, Sandro? 

IjotticKLLt. (Con un ademán señala el cuadro). — 
Pregúntaselo a ellos. 

GiovANNA. — Sea. . . Si tú no quieres hablar, que 
hablen ellos. ¡ Dime tú, que estás sentado en el 
trono de la Injusticia, ¿por qué tienes la cara 
tan triste como si llevaras la cruz en tu pecho?... 
¿ por qué te pareces a Nuestro Señor ? ¡ Y de- 
cidme vosotras, náyades y ninfas que repre- 
sentáis la Envidia, el Fraude y la Superstición, 
¿por qué sois tan divinamente hermosas como 
si una luz brillara en vuestro interior? 
Y dime tú, vieja deforme, que representas la 
Conciencia ¿por qué eres tan falta de sinceri- 
dad, tan cobarde y tan vil? 

BoTTicEivLi. — ¡ Cómo me conoces, Giovanna ! 

GiovANNA (Riendo). — Y dime tú, pittore bonnissi- 
mo, si en tu cuadro el Injusto es el Justo, el 
Fraude y la Envidia son bellos, la Conciencia 

— 37 



MOISÉS KANTOR 



traidora ¿cómo representarás la Verdad, sino 
fea y mala? Ja, ja. . . 

B0TTTCE1.U. — La verdad serás tú. 

GiovANNA. — Una verdad que miente, no ? 

BoTTicEivU. — Será como tú, Giovanna. 

GiovANNA. — Pero si quieres pintar la Verdad debes 
conocerla. 

B0TTICE1.LI. — La conozco como a tí, Giovanna. 

GiovANNA. — ¿Y dudas de mí y de ella? Bien, bas- 
ta de palabras. Dime, cómo vas a dibujarme? 

B0TTICE1.U. — Desnuda. 

GiovANNA. — ¿Completamente desnuda? 

BoTTicELLi. — La verdad es desnuda. Giovanna, y 
aun así . . . 

Gtovanna. — ¿Qué quieres decir? 

BoTTicEiwU. — Nada he dicho. . . 

Giovanna (Después de una breve lucha). — Bien, 
Sandro mío, tendrás la Verdad, así como tú la 
quieres. {Se quita el vestido, quedando como h 
figura de la Verdad en el cuadro la "Caluma 
nia"). 

BoTTicELEi. {Cae de rodillas ante Giovannna). — 
¡ Eres una Diosa y yo soy tu esclavo, tu más 
humilde esclavo que pone a tus pies su vida, 
su libertad, su honor. Mi grandeza, mi vida, mi 
gloria eres tú, y mi pena mortal eres tú, Gio- 
vanna ! 

Manda a tu esclavo v te obedecerá en todo. 



Zá 



SANDRO BOtTiCÉLU 



GiovANNA. — ¿ En todo ? 

BoTTicEUJ. — En todo. 

GiovANNA. — Deja a Savonarola. Es tu enemigo. 
Quiere perderte. Te tiene envidia y quiere per- 
derte. 

BoTTicELU. — Dejaré a Savonarola. 

GiovANNA. — ¡ No pienses más en Savonarola ! 

BoTTicELLi. — No pensaré más en Savonarola. 

GiovANNA. — ¡Ponte a trabajar! 

BoTTicELLi. — Trabajaré. 

GiovANNA. — ¡ Ahora mismo ! 

BoTTicELLi. — ¡ Permíteme quedar un solo instante 
a tus pies. Concédeme esta dicha! 

GiovANNA. (Se viste rápidamente, se abriga con su 
manto, pasa su mano sobre la cabeza de Botti- 
celli). — ¡ Pobre Sandro mío! {Silencio). 

BoTTicELU. — Tú eres mi Diosa y eres mi obra. 
Tú estás en todas partes, Giovanna, tú eres 
mi todo, mi mundo, y tras este mundo no veo 
otro. Mis Venus y mis Madonas te presentan 
a tí ; no he pintado otra mujer que no fueras 
tú. Mis ojos no ven más que a tí, mi alma no 
anhela más que a tí, mi mano no pinta más 
que a tí. En tí quería representar toda la eter- 
nidad, todo el universo, todos los tiempos y 
toda la vida. De lo eterno y lo infinito que me 
mortificaba, que me atraía con una fuerza mis- 
teriosa y me infundía un inmenso terror, busca- 

—29 



MOISÉS KANTOR 



ba refugio en tí, y en tí encontraba de nuevo 
lo eterno y lo infinito que mortifica, atrae con 
fuerza irresistible e infunde terror. Y multipli- 
caba mis cuadros, y en todos estás tú, y en to- 
dos queda el enigma mortal. 

GiovANNA. — Cálmate, Sandro mío ! 

BoTTiCELLi. — Toda la eternidad se disuelve en el 
momento que te contemplo, pero este momento 
se agranda, pierde sus límites en el tiempo. 
Este momento es eterno, Giovanna ! 

GiovANNA. — ¡ Sandro mío, Sandro mío ! 

(Botticelli busca sus manos, las besa). 

G]OVANNA. (Las quita con dulzura). — No, Sandro, 
no. . . 

Botticelli. — ¿No me amas? 

Giovanna. — Nunca seré tuya. 

Botticelli. — ¡ Muchas veces te odio, Giovanna ! 
Cuando sucumbo de amor, cuando me faltan 
las fuerzas, recurro a este medio infame, como 
un borracho al opio. Lleno mi copa de blanco 
y puro cristal con este mortal veneno, y bebo 
ansioso de olvidarte, de no pensar en tí, de no 
vivir por tí, de no respirar para tí. 

Pero pasa el odio y el veneno se transforma 
en divino néctar, y mi amor se vuelve aún más 
intenso, más grande. 

Giovanna. — Basta, Sandro, debo irme. . . 

Botticelli. — No, no. . . un solo instante más. . . 



40 



SANDRO BOTTICELU 



GiovANNA. — ¡Déjame ir! 

BoTTicELLi. — ¡No te dejaré! 

GiovANNA. (Dá linas palmadas con la mano, entra 
el criado). — Mándame mi doncella. 

El criado sale. Aparece la doncella. Botti- 
celli queda profundamente pensativo. 

GiovANNA. — ¡Adiós, Sandro! 

Bottice:i.li. — Adiós, Giovanna. 

GiovANNA. — ¡Piensa en tu promesa! 

BoTTicELU. — ¿En qué promesa? 

Giovanna. (Riendo). — ¿Ya te olvidaste? Prome- 
tiste dejar a Savonarfila, no pensar más en él, 
ponerte al trabajo y cuidar tu gloria que es la 
de Florencia y de Italia. 

BoTTicELLi. — ¡ Cumpliré mi promesa ! 

Giovanna. — ¡Adiós, Sandro! 

(Vanse Giovanna y la doncella). 



ESCENA III 

BOTTICELLI (Solo). 

(Anda a grandes pasos en el estudio, lanza su 
vaga mirada alrededor, se detiene en un cruci- 
fijo, se pone de rodillas.). 
BoTTicELEi. — En ti buscaré mi refugio. Tú llegaste 
a la perfección, venciste la materia. Yo también 

— 41 



MOISÉS KANTOR 



lucho con la materia, pero sucumbo bajo su yu- 
go, quedo aplastado por su peso y gimo en una 
mortal angustia. Tú, para vencer, sufriste penas 
horribles. Yo sufro no menos que tú has sufrido. 
¡ Un amor inmenso e infinito llenaba tu alma ! 
Yo amo no menos que tú ha samado. Tú amas- 
te a todos los hombres, a todas las criaturas, a 
todo lo que respira y vive ; yo amo a Giovanna, 
como se puede amar al mundo entero. Tu amor 
era divino, el mío también lo es ; tú mismo has 
dicho que Dios es Amor. ¡ El amor a los hom- 
bres te llevó a la cruz ! Yo también estoy cru- 
cificado. ¿No ves el sudor mortal en mi frente, 
la sangre que mana de mi corazón, la corona 
de espinas sobre mi cabeza, las llagas sobre mis 
manos y pies? En tí busco mi refugio. Sálva- 
me tú, hermano en el dolor, que por amor sa- 
crificaste tu vida, sálvame tú... 

(Tras la espalda de Botticclli aparece Savo- 
narola) . 

ESCENA IV 

BOTTICELLI Y SAVONAROLA. 

BoTTicEi^Li {Se levanta). — ¡ Savonarola ! 

Savonarola. — ¡Yo soy! 

BoTTicELLi. — ¡ Atrás ! ¡ atrás te digo ! ¡ Si das un 

42 — 



SANDRO BOTTICSLU 



solo paso, si tocas un solo cuadro con tus ma- 
nos verdugas, no respondo de mí ! ¡ Atrás, te 
digo! Estás en el santuario del primer pintor 
de Florencia, donde hombres como tú no saben 
rezar ! 

Savonarola. (Tranquilo). — ¡ Se ha cumplido mi 
profecía ! 

BoTTicELU. — ¿Qué profecía? 

vSavonaroIvA. — Lorenzo Médici ha muerto. 

BomcKi.Li. — ¿Lorenzo ha muerto? 

Savonarola. — ¿Qué te extrañas? Dios ha cum- 
plido la predicción de su mensajero. 

B0TTICE1.U. — ¿Su mensajero eres tú? 

Savonarola. — ¡Yo! ¡Y lo sabes tú, como todos; 
como lo sabía Lorenzo, como lo sabe la Igle- 
sia que profana nuestra santa religión, como lo 
sabe el papa pagano, corruptor y corrompido, 
mercader de indulgencias, tirano y asesino, trai- 
dor y Anticristo! Pero también él recibirá su 
justo castigo. •»' 

BoTTicELU. — ¿Quién te lo dijo? 

Savonarola. — ¡ Dios me lo reveló ! El papa Ino- 
cencio VIII pronto seguirá a Lorenzo Médici 
en su camino al Infierno. 

BoTTicELLi. — ¿Quién te dijo que Lorenzo ha 
muerto ? 

Savonarola. — Me llamó a su lecho pidiéndome la 
última bendición. 

— 43 



MOISÉS KANTOR 



BoTTicKLLi. — ¿Te llamó a tí? 

Savonarola. — A mi me llamó. La absolución de 
un fraile comprado por oro no le bastó, no le 
dieron la paz los discursos paganos de Mar- 
silio Ficino. i Me llamó a mí ! 

BoTTicELLi. — ¿Y lo has absuelto? 

Savonarola. — ¡ No ! 

BoTTiciíLLi. — ¿ Has negado a un moribundo la mi- 
sericordia cristiana ? 

Savonarola. — ¡ Se la negué ! 

BoTTTCELLi. — ¡Es monstruoso! 

Savonarola. — ¡Es justo! Quería darle la comu- 
nión en cambio de la libertad de Florencia ! 

BOTTICELLI. — ¡ Y!. . . 

Savonarola. — ¡ Prefirió morir como tirano I 

BoTTiCELLi. — ¡Lorenzo era un alma hermosa! 

Savonarola. — ¡ Un alma corrompida ! 

BoTTicELLi. — • Amaba a la poesía y al arte ! 

Savonarola. — ¡ Era el asesino de los Pazzi ! 

BoTTicELLi. — ¡ Fué él mismo artista ! 

Savonarola. — ¡ Robaba a los huérfanos ! 

BoTTicELLi. — ¡ Me amó ! 

Savonarola. — ¡ Para que le halagaras ! 

BoTTicELLi. — ¡Merecía la última bendición! 

Savonarola. — ¡ No ! 

BoTTicELLi. — i Dios mío! ¿Tienes la seguridad de 
que obraste bien? 

Savonarola. — ¿Dudáis de la voluntad de Dios? H 



44 



SANDRO BOTTICELLI 



El guía mi mano y es El que castigará a Flo- 
rencia y la transformará en cenizas. Tengo la 
absoluta seguridad de mis actos. 
BoTTicELU. — Y yo ninguna de los mios, . . (Pau- 
sa). Era Savonarola, perdóname, perdona al 
más pobre y humilde pintor de Florencia. Ayú- 
dame en nombre del Dios poderoso y justo. Si 
posees un poder sobrehumano, dame la paz. 
Dame la paz, fra Savonarola, porque me muero 
de angustia. 



. — j -i í -i-I 



- 45 



ACTO MI 

CUADRO PRIMERO 

Plaza de la Señoría. 

Carnaval. Un pintoresco grupo de enmascarados pasa 
por la escena. Alegría desbordante. Una banda de música 
toca una marcha alegre. 

ESCENA PRIMERA 

UN GRUPO DE MASCARAS. 

i' MÁSCARA. — ¿Tienen preparadas las armas? 
Varias. — ¡ Todos ! ¡ A ninguno le falta su puñal ! 
i' Máscara. — Nuestra fiesta puede transformarse 
en funerales. Savonarola juró que es por últi- 

46- 



'r?^ 



SANDRO BOTTICEI/U 



ma vez que se celebra el Carnaval en la capital 
de Florencia. 

Varios. — ¡Fraile maldito! 

Una Máscar^\. — ¡ Monstruo ! 

Otra Moscara. — ¡Enemigo de la alegría! 

Otra Máscara. — ¡ De la libertad ! 

i' Máscara. — ¡Predica la libertad del pueblo, dice 
que obra en nombre de ella y quiere matar la 
sonrisa ! 

Otra Máscara. — ¡ Tirano ! 

i' Máscara. — ¡ Pronuncia sermones fogosos con- 
tra la violencia y quiere violar nuestra volun- 
tad! 

Otra Máscara. — ¡ Asesino ! 

2' Máscara. — ¡Ultraja a la belleza! ¡Quiere des- 
truir las obras de arte que han hecho famosa a 
nuestra amada Florencia! 

Varias Máscaras. — ¡ Muera Savonarola ! 

I* MÁSCARA. — ¡Tened cuidado! Supo conquistarse 
la voluntad de los ciudadanos florentinos. Cau- 
tivó a los niños y los indujo a destruir las obras 
de arte de toda la ciudad. 

Varios. — ¡ Infame ! ¡ Que muera ! 

I* Máscara. — Es listo como una zorra. Ningún 
atentado contra su vida pudo tener éxito. Supo 
rodearse de amigos que dan por él su vida y su 
sangre. ¡ Supo conquistar hasta un alma tan 
grande como la de nuestro BotticelU. ! 

- —47 



MOISÉS KANTOR 



Una Máscara (En voz baja). — i Será un santo! 

i' Máscara. — ¡Es el demonio mismo, disfrazado 
de monje ! Tened cuidado amigos y las manos 
siempre sobre las armas. ¡ Y ahora adelante a 
reir y divertirse! {Vátise). 

De nuevo se llena la plaza de máscaras. Bai- 
lan y juegan. Poco a poco dejan la escena. En 
la escena se quedan Pierrot y Colombina. 



EvSCENA 11 

PIERROT Y COLOMBINA. 

{Abrazados) 

PiERRoT. — Amor mío, de tus labios bebo el néc- 
tar de los dioses, de tus manos, amor mío, reci- 
bo el calor de la vida que triunfa sobre la muer- 
te, de tus dedos me penetran chispas que encien- 
den mi sangre, en tus ojos, se hunde mi pena, 
mi ansia, mi dolor, en tu frente amor mío, está 
encerrado mi mundo entero. Vivo en tí, y para 
tí y sin tí moriré. 

Colombina. — ¡ Te amo ! . . . 

Pierrot. — ¿ A mí solo ? 

Colombina. — ¡ Sólo a tí ! 

PiLRROT. — ¿ Y me amarás siempre ? 

Colombina. — Toda la vida. 

48 - ... 



1 



SANDRO BOTTICELU 



PiERROT. — La vida es larga . . . 

Colombina. — Es un instante ... 

PiERROT. — La vida es larga, tiene puñales ocultos... 

Colombina. — La vida es hermosa. . . 

PiERROT. — i Como tú ! 

Colombina. — ¡Y como tú! 

PiKRROT. — La vida es triste. 

Colombina. — No, no. La vida es alegre, ¡ Vamos 
a bailar y a reir ! 

La plaza se llena de otras máscaras. Se renue- 
va la fiesta. Pierrot y Colombina se mezclan 
con la multitud. 



ESCENA III 

De la catedral salen largas filas de religiosos capita- 
neados por los dominicos. Van vestidos de túnicas blan- 
cas bordadas con cruces rojas. Una inmensa muchedumbre 
los sigue. Numerosos niños y niñas llevan ramas de olivo 
en sus manos. 

Un trastorno momentáneo, tumulto y gritos. Se le- 
vanta la voz de un dominico. 

— Idos, hijos de Satanás. Idos, corruptores 
de las buenas costumbres. Idos, no despertéis 
la ira del frate Savonarola, no esperéis que con 
su mano poderosa guiado por Dios, os aplaste, 
os destruya! 

— 49. 



MOISÉS iCANfOR 



Voces del grupo de las máscaras. — ¡Asesinos! 
¡ tiranos ! ¡ Muera Savonarola ! 

Voces del grupo de los domínicos. — Echadlos de 
aquí. Quitadles las máscaras ! Abajo con lOs 
arrabiati ! 

En la lucha los domínicos arrebatan a los en- 
mascarados la imagen del carnaval, gritan : "Al 
fuego, al fuego". Rápidamente improvisan una 
hoguera, echan allí la imagen. Los niños se 
reúnen alrededor del fuego, cantan y bailan. 

Lucha entre ambos bandos. De repente se 
oye un grito de espanto. Los combatientes se 
separan haciendo espacio. 

En el centro de la escena o parece Pierrot con 
Colombina que yace muerta en sus brazos. 

Voces. — ¡ Muerta ! Colombina ha muerto ! ¡ Asesi- 
nos, verdugos! 

Una Voz. — ¿ Quién la mató ? 

Unas Máscaras. — La mató un piangoni ! 

Unos Dominicos. — ¡ La mató un arrabiati ! 

Pierrot. — Dios mío, tú la mataste. ¿Por qué la 
mataste, Dios mío, por qué lo has hecho? Qué 
mal te hizo, en qué te ofendió?, ¿en qué te dis- 
gustó? Con su sonrisa alegraba a las flores, 
con sus lágrimas conmovía a las piedras. ¡ Qué 
has hecho, Dios mío, qué has hecho! 

{Un profundo silencio. Los músicos entonan 
una marcha fúnebre. Pierrot con Colombina 

50 — 



SANDRO BOTtlCthhl 



en sus brazos empieza la marcha. Tras él, las 
. máscaras con las caretas caídas, con los vesti- 
dos rotos, tristes y cabizbajos se retiran de la 
plaza.) 



ESCENA IV 

La plaza se llena de una inmensa muche- 
dumbre. Aparece Savonarola. Bl pueblo cae de 
rodillas. 

\'ocES. — ¡ Frate Savonarola ! ¡ El Apóstol ! ¡ El 
profeta ! ¡ Danos tu bendición, frate Savonerola ! 

Savonarola. — El Dios de las venganzas es el Se- 
ñor. Ensálzate tú, que juzgas la tierra; da lo 
merecido a los soberbios. ¿Hasta cuándo los 
pecadores se gloriarán, charlarán y hablarán 
iniquidades ? Escuchad, insensatos del pueblo : y 
vosotros necios entrad en cordura. 

La tierra gime bajo el peso de vuestros vi- 
cios. Los sacerdotes encargados de avivar vues- 
tras almas os alejan de Dios. El altar se ha con- 
vertido en el mostrador de los clérigos; antes 
tenian vergüenza, ahora ni saben siquiera aver- 
gonzarse. Los papas blasfemos llaman a sus 
hijos sobrinos y escandalizan al mundo con su 
paternal criminalidad; os hablo a vosotros: no 
querráis amar al mundo, porque todo lo que 

— 51 



MOISÉS KANTOR 



contiene es concupiscencia de carne, concupis- 
cencia de ojos, y soberbia de vida. 

Escuchad la profecía del Apóstol San Juan 
que hoy se cumplirá: 

"Acabados los mil años, será desatado Sata- 
nás y saldrá de su cárcel y engañará a las gen- 
tes, que están en los cuatro ángulos de la tie- 
rra, a Gog, y a Magog, y los congregará para 
batallas cuyo número es como la arena del mar, 

Y Dios hará descender fuego del cielo y los 
tragará. Y el Infierno y la Muerte serán arro- 
jados en el estanque de fuego y de azufre". 
Voces. — Guíanos, f rate Savonarola, sálvanos . . . 
S AVON ARÓLA. — Vuestros pecados han llegado hasta 
el cielo y el Señor se ha acordado de vuestras 
maldades. 
Voces. — ¡ Sálvanos, f rate Savonarola, sálvanos ! 
Savonarola. — ¿Queréis a Jesucristo por Rey? 

El pueblo se levanta, grita en éxtasis: 

\ Viva nuestro Señor Jesucristo, Rey de Flo- 
rencia ! 

El pueblo se disuelve en parte. En la escena 
aparecen niños y niñas cantando, las manos car- 
gadas con objetos preciosos de arte, libros, cua- 
dros, instrumentos musicales. Todo se echa a la 
hoguera. 

Alrededor del fuego se forma una rueda, en 

^2 — 



SANDRO BOTTiCElyl 



primer lugar los niños, tras ellos los dominicos, 
tras ellos la muchedumbre. 

Los niños con las manos enlazadas, bailan y 
cantan todos: 

Bendito sea Dios (i). 

Todas las Naciones aplaudid con las manos: 
haced fiesta a Dios con voces de regocijo. 

Porque el Señor es excelso, terrible, rey 
grande sobre toda la tierra. Sometió los pue- 
blos a nosotros, y las gentes debajo de nuestros 
pies. Subió Dios con voces de alegría, y el Se- 
ñor con voz de trompeta. Tañed salmos a nues- 
tro Dios, tañed salmos ; tañed salmos a nuestro 
rey, tañed salmos. Porque Dios es el rey de to- 
da la tierra, tañed salmos diestramente. Cantad 
a Dios, saludad al nombre de El. 

{Continúa el baile de los niños) 

DOS DOMINICOS. 

ler. DoMÍNico. — Mira: allí viene alguien corrien- 
do, el cabello suelto, roto el vestido, parece un 
loco. 

2? DoMÍNico. — Parece una carrera de muerte. 

ler. Dominico. — Ya se acerca. 

2' DoMÍNico. — Es Botticelli, Sandro Botticelli. 

Voces. — ¡ Paso a Botticelli ! 



(i) (Salmo XLVI). 

— 53 



MOISÉS KANTOR 



ESCENA V 

BotticelH corre hacía la hoguera, se detiene un mo- 
mento, hace un ademán de volverse atrás ; después de una 
corta lucha lanza al fuego los cuadros que tiene en sus 
manos. 

Voces. — Sandro Botticelli ha quemado sus cuadros 
con sus propias manos. ¡ Viva Botticelli ! Glo- 
ria a Botticelli. 

Botticelli da un paso, vacila, parece herido 
de muerte. Entre las aclamaciones de la muche- 
dunibrc : ''gloria eterna a Sandro Botticelli", 
Botticelli se desploma. 



54 



ACTO III. 

CUADRO SEGUNDO 

Plaza de la Señoría. 

Media noche 

ESCENA I 



Grupos de florentinos se arrastran por el -suelo bus- 
cando los restos de Savonarola quemado. Se ven tan solo 
las luces de las antorchas y siluetas obscuras. 

PRIMER GRUPO. 

Voz DE MUJER. — Yo mezclaré la ceniza del frate 
con el pelo de mi amante, lo echaré en un vaso 
de vino y se lo daré a beber. 

Otra voz de mujer. — ¿No te ama más? Je, je, . . 

—55 



MOISÉS KANTOR 



Primera voz. — ¡ Calla ! Me ama con mucha ter- 
nura, me dice cosas tan bellas ! dice que no pue- 
de vivir sin mí. 

Skgunda voz. — ¿Para qué entonces? 

Primera voz. — ¡Para que me ame más aún! 
¿Y tú qué buscas aquí? 

Segunda voz (llorosa). — Yo... tengo un hijito 
enfermo. Hace veinte días que está en cama, 
pobrecito, sin levantarse. 

Primera voz. — ¿Le curaste? 

Segunda voz. — Nada le ayuda. Por gracia de Dios 
quemaron hoy al frate Savonarola y dice la 
bruja que sus cenizas producirán milagros ; 
curarán a los enfermos, devolverán el cariño 
de los amantes infieles. 

Primera voz. — ¿Es cierto? Así dijo la bruja que 
los amantes infieles volverán a sus primeras 
queridas. . . 

Segunda voz. — ¿ Por qué te interesa ? ¿ No te quie- 
re tu amante con locura? Je, je. . . 

Primera voz. — ¡ Mala mujer ! 

Segunda voz. — ¡ Perversa ! 

Primera voz. — ¡Ramera! {siguen riñendo). 



56 — 



^,;^^;.r--i-, ;-.- '¡^^ 



SANDRO BOTTICELLI 



ESCENA II 
SEGUNDO GRUPO 

Una voz de; anciano. — Los astros no mienten, 
no mienten, te digo. Los sabios astrólogos hace 
mucho anunciaron la cólera, la guerra, los te- 
rremotos, las grandes inundaciones, un diluvio 
nuevo que acabará con la tierra que gime en 
los pecados. 

Otra voz. — ¡Y para qué te servirán entonces las 
cenizas de f rate Savonarola ! 

Primera voz. — Tengo tos, (tose), una tos tan 
molesta para mis ochenta años, hijo mío. Y la 
ceniza tomada con leche me servirá de remedio. 

Otra voz. — ¡ Pobre anciano, je. . . je. . . ! 

Primera voz. — No te rías, no te rías, te digo! (to- 
se). Los astros engendran las religiones: el Jú- 
piter con el Saturno, la religión hebraica, con 
Marte la caldea, con Venus la mahometana, con 
Mercurio la cristiana y con la luna engendrará 
la religión del Anticristo. 

Otra voz. — Ja, ja. . . 

Primera voz. — No te rías (tose), no te rías, te 
digo ... 



57 



MOISÉS KANTOÜ 



ESCENA III 
TERCER GRUPO. 

Primera voz. — Anoche un águila voló sobre Flo- 
rencia. 

Segunda voz. — Es un buen augurio, amigo. 

Primera voz. — ¡ Es un mal augurio, imbécil, anun- 
cia la peste, el hambre y la guerra . . . ! 

Otra voz. — Habrá llegado de los cielos para anun- 
ciar que f rate Savonarola será quemado vivo ! 

Otra voz. — ... O del Infierno. . . 

Primera voz. — Frate Savonarola era un santo. 

Otra voz. — ¡ Fué Satanás ! 

Otra voz. — ¡ Fué el Anticristo mismo ! 

Primera voz. — Su espíritu está entre nosotros. 

Otra voz. — ¿El Espíritu del frate? Cuida bien 
a tus hijos en casa, para que no los estrangule. 



ESCENA IV 

UN GRUPO DE NIÑOS. 

ler, NIÑO. — ¡Qué estúpidos! Todo el mundo 
junta cenizas, y todo el mundo cree que son del 
frate Savonarola ! Si hubiera tanta ceniza en la 

c8 _ 



SANDRO BOTTlCEl.tí 



plaza como arena en el Arno, lo hubieran creído. 
Ja, ja. 

2? Niño. — ¡Obrad con cuidado! Tú irás con tu 
saco de cenizas hacia aquel grupo de mujeres; 
tú, hacia el grupo del viejo astrólogo, tú por 
acá, y tú para allí. . . Ja - ja - ja ! 

3er. Niño. — ¡ Sí, capitán ! 

4" Niño. — ¡Un ejército de mistificadores! 

2? Niño. — No, hombre, nunca hemos obrado tan 
bien como hoy: cuando ayudábamos al frate 
Savonarola en el "brucciamento della vanitá", 
nos riñeron los piangoni ; cuando tirábamos hoy 
palitos a la hoguera para que el frate ilustre 
ardiese mejor, nos riñeron los arrabiati; y ahora 
lo que hacemos, es un bien a todo el mundo. 
Quieren reliquias, tendrán reliquias, quieren 
milagros, los tendrán. Ja, ja. 

Un niño. — Obramos mal. Engañar es malo! (Llo- 
ra). 

2? Niño. — ¡ Qué tonto ! Echadlo de aquí al tonto 
cobarde. 

3er. Niño. — Sí, capitán. 

2? Niño. — Y si nos traicionas, mira bien, cuidado 
con la vida ... 

Bl niño se aleja llorando. 



59 



MOISÉS KANTOR 



ESCENA V 
GIOVANNA Y MARSIUO FICINO. 

GiovANNA (£/ cabello suelto). — Ya me faltan las 
fuerzas, Dios mío, me ahogo... (Marsilto la 
sostiene). Corría por toda Florencia, buscando 
a mi Sandro amado. No lo encontré en ningu- 
na parte, ni en su estudio, ni en casa de sus 
amigos, ni en la plaza Santa Croce. vine aquí. 
{Grita). ¿Quién vio a Sandro Botticelli? Nadie. 
Nadie contesta, todo el mundo está ocupado 
con lo suyo y no sabe que en este momento 
pasa una desgracia, una fatal desgracia, como lo 
sé yo. 

Marsilio. — Cálmate, hijita. Nada pasará a tu 
Sandro. Dios y su buen destino le cuidarán 
en su camino ! 

Giovanna. — Abudo mío, tú nada sabes. Con tu 
perfecta serenidad y equilibrio pasas por enci- 
ma de las cosas de este mundo como si estuvie- 
ses en otro. Tú nada has visto. No sabes que 
Sandro me amaba con un amor apasionado y 
loco. 

Marsilio. — Lo sabía. 

Giovanna. — ¿ No sabías entonces que yo le resis- 

6o — 



SANDRO BOTTICIÍLU 



tía con todas mis fuerzas, más aún, que lu- 
chaba con mi corazón, con toda mi naturale- 
za para no gritarle que le amo, que quiero ser 
su amiga, su mujer, su esclava? Y la culpa la 
tienes tú. 

Marsiuo. — ¿Yo? 

GiovANNA. — Tú, tú la tienes. Yo fui tu discípula. 
Ja, ja. , . Tanto te amaba. . . Te veneraba co- 
mo a un Dios. . . me parecías el más justo, el 
más sabio de los hombres, y tú enseñabas que 
las pasiones humanas no tienen valor ni mérito, 
rebajan al hombre, anulan su grandeza, y yo 
di fe a tus palabras : tanto quería a mi Sandro, 
que a su arte sacrifiqué mi amor como le hubie- 
ra sacrificado mi vida entera ... ' 
Y le mentía ... le mentía ... 

Marsiuo. — ¿Qué le has dicho? 

GiovANNA. — Le dije una vez, cuando me faltaron 
ya las fuerzas de resistir a su amor, que era el 
mío también, que pertenecía a otro. Se desma- 
yó. . . Cayó como una paloma herida ... Y des- 
de entonces llevaba el Infierno en su alma . . . 
Y con este Infierno en su alma se encontró con 
Savonarola y tuvo que sucumbir. Dios mío, ¿ qué 
hice yo, qué hice ? . . . Yo lo maté. Hoy le vi en 
la plaza durante la ejecución de Savonarola; 
estaba como loco y leí la muerte en sus ojos. 
La muerte, oyes, yo lo maté ... yo lo maté . . . 

— 6i 



Jsff* 



MOISÉS KANTOR 



Tu despojaste al mundo de todo lo que tie- 
ne vivo y hermoso, le quitaste su sangre y su 
carne, llegaste a la "nada", y "la nada" llamas- 
té "idea", "idea pura". Ja, ja!. . . Bajo el yugo 
de tus puras ideas sucumbo, me ahogo ... 

Marsiuo. — i Serénate, hija mía! 

GiovANNA. — No, no. No puedo. . . ( solloza) Tú 
no sabes cuánto lo amaba. Le amaba como ma- 
dre, como hermana, como esposa. . . Era mi 
mundo, mi mundo entero. Llenaba todo mi ser. 
Su dolor era el mío, y Dios lo sabe, su dolor no 
tenía límites, y yo, yo podía haberlo hecho di- 
choso. La dicha de mi Sandro la tenía en mis 
manos, y la escondía como un avaro miserable 
sus tesoros. 
¿Para qué? Dime. ¿para qué? 

Marsiuo. — Serénate, hija mía : tú eres la esposa 
verdadera de Botticelli, tú le inspírate sus cua- 
dros inmortales, tú contribuíste a su grandeza 
con la tuya. 

Giovanna. — La grandeza! Ja - ja. . . Tu grandeza 
es una falsa moneda. Promete la eternidad y 
quita la vida. Tu grandeza es un veneno, se in- 
filtra en la sangre, llega hasta el corazón, mata. 
Tu grandeza es una mentira, una odiosa men- 
tira que arrastra al hombre hasta el sepulcro. 

Ah, esta grandeza infame que mata sin pie- 
dad. 

62 — 



SANDRO BCytflCttU 



Marsilio. — Pero Sandro no ha muerto, hija 
mía ! Es tu imaginación que te induce a creerlo ! 

GiovANNA. — No hables... Yo lo vi morir... 
Yo oí su último suspiro, su última palabra . . . 
Muriendo me llamaba y corrí a pedirle perdón 
por mi culpa, por mi crimen ; pero no lo encon- 
tré, no me dijo en dónde iba a morir. 

Marsiuo. — Nada tienes que reprocharte, hija, 
obraste bien. 

Giovanna. — Obré mal. Mi conciencia me dice que 
obré mal. Mi carne me lo dice, mi sangre me lo 
grita. 

Marsilio. — Cálmate, hija. 

Se oye un gran ruido. Aparece un cortejo 
con el cadáver de Botticelli. 

Giovanna (Lanza un grito). — ¿Quién es? ¿Quién 
murió ? 

Una voz. — Sandro Boticelli.. 

Giovanna. — ¡Sandro! ¡Sandro mío! Dadme al 
muerto. Es mío! 

Voces. {Compasivas). — ¿Quién es esta mujer? 

Una voz. — Es Giovanna, nieta de Ficino. 

Marsiuo. — Permitid a mi hija acercarse al ca- 
dáver . 

Una voz. — No debemos detenernos. 

Marsilio. — Permitídselo, Sandro Botticelli fué 
su marido . . . 

Giovanna. — Padre! {en sollozos). — ¡ Padre mío! 



-63 



MOISÉS KANTOR 



Se detiene el coricjo con el ataúd. Los gru- 
pos de la plaza se han disuelto. Todos están 
reunidos alrededor de Giovanna y Ficino. 
Voces (compasivas). — II nostro Botticello! 
Giovanna. — Sandro mío, Sandro mío. . . 

(Se desploma sobre el cadáver de Botticelli. 
El pueblo cae de rodillas. Marsilio Ficino que- 
da de pie). 

La Plata, 1918. 



64 



GRISELDA 



A mis hijos: Alejandro Migttel, 
Leonardo y Edmundo Alejo con 
eterno cariño. 



PERSONAJES: 

GRISELDA. 

EL MONSTRUO. 

EL FRANCISCANO. 

LA BRUJA. 

MARTA. 

EL VERDUGO. 

VILLANOS Y VILLANAS. 

La acción pasa a fines del siglo XIII, en Italia. 



-69 



CUADRO PRIMERO 



ESCENA PRIMERA 

La plaza pública de una pequeña villa montañesa; al- 
rededor de la plaza las moradas alegres y risueñas de los 
villanos; en el fondo la morada severa de Dios. A lo le- 
jos se ven las crestas dentadas de las montañas circimve- 
cinas. Es el alba. 

La naturaleza respira dulzura y vida naciente. 

Pasan por la plaza villanos y villanas sin detenerse. 
Otros forman grupos. 



UN GRUPO DE VILLANOS: 

Primer vii,i,ano. — De nuevo se llevó a una mu- 
jer. Anoche bajó de las montañas, se introdu- 
jo en casa de Pedro, que estaba ausente, tomó 
en sus vigorosos brazos a la pobre Marta, des- 

•- 71 



MOISÉS KANTOR 



hecha en llanto, y lanzando gritos salvajes co- 
rrió con ella hacia su gruta misteriosa que se 
esconde entre las nubes. 

Segundo villano. — ¿ Nadie se atrevió a detenerlo ? 

Primer villano. — Nadie. Nadie se atrevió a sa- 
lir de su casa. Los maridos amantes estrecha- 
ron con más fuerza a sus mujeres entre sus 
brazos ; se despertaron los niños llorando a lá- 
grima viva ; pero nadie osó detenerlo. 

SEGUNDO villano. — ¡ Cobardcs ! 

Primer villano. — ¡ Qué valiente eres ! ¡ Desearía 
ver yo como te medirías con la muerte ! 

Segundo villano. — ¡ Qué monstruo maldito ! 

Tercer villano. — ¡ Es el demonio mismo ! 

Primer villano. — ¡ Es Lucifer ! 

Tercer villano. — ¡ Es Satanás en persona ! 

(Se oyen gritos de asombro. La gente se acu- 
mula en la plaza). 

Varios. — ¿ Qué hay ? ¿ Qué pasa ? 

Vieja villana. — Allí viene esa maldita mujer, 
amante del Monstruo, la pérfida! Ja, ja, ja! 

(De las montañas baja con paso inseguro 
Marta. Se acerca al gentío con los ojos fijos 
en el suelo, desgarrado el vestido y el pecho des- 
nudo que cubre con ambas manos, temblando de 
terror y de vergüenza). 



72 — 



(ÍRISEIJ)A 



ESCENA II 
TODOS Y MARTA 

ViDjA viivi^ANA. — ¡ Es una hechicera. Le atrajo 
con sus miradas ! 

Marta {^Sin mirar a nadie, en vos muy baja; ape- 
nas se la oye). — Nuna le vi. 

Vieja villana. — ¡ Le atrajo con sus deseos ! 

Marta {Bn la misma actitud). — Amo a mi Pedro. 

Otra villana. — Peor para tí. ¿Qué dirá ahora tu 
Pedro? ¿Se divertirá mucho? Ja, ja, ja! 

Marta. — ¡ Piedad ! 

Varias mujeres. — Pídesela a Pedro cuando vuel- 
va. (Ríen a carcajadas). 

Primera mujer. — Te arrancará el cabello. 

Segunda mujer. — Te escupirá en la cara. , 

Tercera mujer. — Te arrastrará por el suelo. 

Cuarta mujer. — Te matará. 

{Los villanos no intervienen ni en defensa 
ni en acusación de Marta). 

Marta. — ¡ Piedad ! ¡ Apiadaos de una pobre mu- 
jer! 

Primera mujer. — ¿Qué te hizo el Monstruo? 
j Dílo, miserable ! 

Segunda mujer. — ¿Te besó? 

— 73 



MOISÉS KANTOR 




Vieja vii^lana. — Los monstruos no besan ; muer- 
den. ¡Mirad! (Se acerca a Marta, con violen- 
cia le aparta las manos. Sobre su busto desnudo 
se ven heridas, de las que mana sangre). 

Voces. — ¡Desgraciada mujer! ¡Mala mujer! ¡Ra- 
mera ! ¡ Mujer perversa ! 

Una voz. — ¡ Pobre mujer ! 

Una vii^lana. — ¿Quién es? 

Otra villana. — ¿Quién lo ha dicho? ¿Quién se 
atreve a defender a esta miserable? 
a misma voz. — ¡Pobre mujer! 

(En la escena aparece el Franciscano) . 



ESCENA III 
TODOS Y EL FRANCISCANO. 

Eiv Franciscano. — ¡ Pobre mujer! (Risas). 

Una voz. — ¡ Es el santo ! 

Otra voz. — ¡Es el loco! 

Otra voz. — ¡El idiota! 

(Los chicos que se han juntado en la plaza, 
al ver al Franciscano lo rodean y gritan: el 
santo, el idiota, el loco). 

Una voz. — ¡ Predica el amor ! 

Otra voz. — ¡Que lo predique al Monstruo! (Ri- 
sas). 

74 — 



:r-^^,r"3-^'- ' 



GRIS^tDA 

Otra voz. — ¡ El amor hacia nuestras mujeres ! (Ri- 
sas). 

Una voz. — ¡Alaba al sol! 

Otra voz. — ¡Al viento, al fuego, al agua! 

Una voz. — Conversa con los pájaros y las plan- 
tas. (Risas). 

Otra voz. — Llama hermanos a los leprosos. 

Otra voz. — ¡A los enemigos! 

Otra voz. — ¿Será hermano del Monstruo? (Ri- 
sas a carcajadas). 

Marta (Lanza las manos hacia el Francisca- 
no con un grito de desesperación). — ¡ Salvad- 
me, padre! 

El. Franciscano. — ¡ Pobre hermana ! r^ 

Voces. — ¡ Oíd ! ¡ También ella es su hermang ! (Ri- 
sas). 

El Franciscano. — También vosotros lo sois. 
Apiadaos de esta mujer, hermanos míos! 

Una voz de mujer. — Nada tenemos que ver con 
ella. ¡ Ni con ella, ni contigo ! 

Los chicos juntan guijarros en la plaza y se 
divierten lanzándolos en dirección a Marta 
y al Franciscano ; ríen a carcajadas cuando dan 
en el blanco. 

De repente se oye un grito salvaje que llega 
de las montañas: Ohó! Ohó! Es el canto de la 
fuerza; el eco en las montañas vecinas repite 
el grito vibrante. 

— 75 



'#:. 



MOISÉS KANTOR 



Los VILLANOS. — (Llenos de horror). — ¡Es el 
Monstruo, el Monstruo! Huyamos! 

Huyen todos menos el Franciscano v Marta. 



ESCENA IV 
EL FRANCISCANO Y MARTA. 

El Franciscano. — Vete a tu casa, hermana, lava 
tus heridas y descansa en paz. 

Marta. — Tengo miedo. 

El Franciscano. — ¿De qué? 

Marta. — De ellos. 

El Franciscano. — ¡ Perdónalos ! 

Marta. — Ellos no me perdonarán. 

El Franciscano. — Soporta con humillación sus 
persecuciones ; se cansarán de perseguirte y al- 
gún día te comprenderán. 

Marta. — Tengo miedo. 

El Franciscano. — ¿Deque? 

Marta. — De mi Pedro; estas mujeres han dicho 
la verdad: me arrancará el cabello, me arras- 
trará por el suelo, me matará. 

El Franciscano. — Nuestra vida está en manos 
de Dios. 

Marta. — ¡Tengo miedo, padre mío! 

El Franciscano. — ¿De qué? 

76- 



GRISgLDA 

Marta {Baja los ojos). — De mí misma. 

El Franciscano. — No eres culpable. 
JVIarta. — Soy culpable. 

El Franciscano. — En nombre de Cristo te decla- 
ro inocente. 

Marta (Se arrodilla ante el Franciscano). — Pa- 
dre mío, soy culpable ! . . . Cuando me llevó en 
sus brazos de acero como si yo fuese su presa 
legítima, sentí un terror tan grande que no pu- 
de defenderme; era como una paloma en las ga- 
rras del gavilán . . . Pero allí en su gruta som- 
bría cuando me besaba ... y me mordía . . . 
cuando me desgarraba mi corazón ... yo . . . me 
sorprendí tenerle compasión ... no sé cómo . . . 
no sé por qué ... 

El Franciscano. — Olvida. 

Marta (Con una sonrisa forzada). — Antes mo- 
riré. 

El Franciscano. — Iré a verlo, a llevarle la palabra 
de Dios. 

Marta (Con terror). — No vayáis, padre! Os ma- 
taría. 

El Franciscano. — No temo a la muerte. 

Marta. — ¡ La vida es tan bella ! 

El Franciscano. — La vida es (k>lor ... 

Marta. — Y dicha. 

El Franciscano. — Enséñame el camino, hermana. 

Marta. — El cammo es largo; largo y penoso es 

— 77 



MOISÉS KANTOR 



es el camino; pero él saltaba como un ciervo, 
salvando todos los obstáculos ; ningún ser hu- 
mano pasaba por tales parajes. Vive con las 
águilas en medio de las nubes, como un Dios 
salvaje, como un Satanás. No vayáis, padre ! . . . 
hay paredes abruptas y un paso en falso os 
atraería la muerte. 

El Franciscano. — Iré. 

Marta. — No vayáis; sois viejo, vuestra vista es 
mala, débiles son vuestros pies y vuestras ma- 
nos no tienen vigor. Pereceréis antes de llegar 
a la cima. 

El Franciscano. — La muerte no me espanta. 

Marta. — No vayáis. Si llegaseis por milagro a 
la cima, él no querrá hablaros, se mofará de 
vos, y si insistieseis en vuestras palabras, os 
mataría. 

El Franciscano (Con una débil sonrisa). — En- 
séñame el camino, mujer, 

Marta (Señalando) . — El camino es este. Hasta la 
montaña que veis allá . . . Después se pierde ; 
no hay camino alguno hasta aquella cumbre 
más alta que se desliza en el horizonte. (Pasan 
unos momentos en silencio). Venid a mi casa, 
os daré víveres. Vuestro viaje será largo y pe- 
noso. 

El Franciscano. — No necesito víveres. 

Marta, — Pereceréis de hambre. 



78- 



GRISEIJ)A 

El Franciscano. (Con una sonrisa bondadosa e in- 
dulgente). — ¡Queda con Dios, hermana! 

Marta besa las manos del franciscano. Es- 
te, con paso lento y seguro se encamina hacia 
las montañas. De nuevo se oyen los gritos del 
Monstruo : Ohó! Ohó! ; el eco los repite en múl- 
tiples voces. Bl Franciscano no vuelve su ros- 
tro. Marta se estremece, cubre su cara con 
ambas manos y llora. 



— 70 



CUADRO SEGUNDO 



La cumbre de una alta montaña. Del lado del espec- 
tador corren montañas más pequeñas cortadas por valles 
profundos y surcadas por pequeños arroyos. Al lado 
opuesto del espectador — el abismo. La llanura está cerrada 
por nubes; el paisaje es desolado e infunde espanto; el 
Monstruo está sentado en un enorme bloque jugando con 
piedras pesadas que lanza al abismo. 

Aparece a lo lejos el Franciscano, con los pies en- 
sangrentados y la espalda encorvada; marcha con paso 
lento pero firme. 

El Monstruo al verlo levanta una piedra y la lanza 
en su dirección ; la piedra cae en el abismo ; el Francis- 
cano ileso se aproxima al Monstruo. 



EL MONSTRUO Y EL FRANCISCANO 

El Monstruo. (Extrañado). — ¿Quién eres? ' 

El Franciscano. — Soy tu hermano. 

El Monstruo. — ¿Hermano mío? ¿Tú? Ja, ja, ja. 

8o- 



GTíTSELDA 



No tengo hermanos entre los hombres ; mi her- 
mano es el sol esplendoroso y radiante ; mis her- 
manas, la luna, las estrellas. Mi hermano es el 
viento, el aire, la tormenta, el fuego, la tempes- 
tad (i). 

El Franciscano. — Tus hermanos son los míos. 

El Monstruo. — Vete. 

El Franciscano. — ¡ Escucha ! . . . 

El Monstruo. — ¡Vete, te digo! 

El Franciscano. {Humilde). — Voy toda mi vida 
sin descansar, hermano mío, voy a donde me 
guía la mano de Dios. 

El Monstruo. — ¿Qué quieres, hombre extraño? 

El Franciscano. — Te traigo la paz. 

El Monstruo. — ¿Qué es la paz? 

El Franciscano. — La paz es el amor. 

El Monstruo. — ¿A quién quieres que ame ? 

El Franciscano. — A todos ; a todas las criatu- 
ras humanas, a todo lo que tiene aliento y vida, 
a todo lo creado por Dios. 

El Monstruo. — Me río yo de tu amor y de tu 
paz; yo quiero la guerra ¿oyes? La guerra que 
es poder, fuerza, orgullo, placer ! 

El Franciscano. — ¡Y que deja un inmenso vacío 
en tu alma que con nada puedes llenar! 

El Monstruo. — ¿Cómo lo sabes? 



(i) Véase Cántico del Solé de S. Francisco de Asís. 

— 8i 



MOISÉS KANTOR 



El Franciscano. — Te dije que somos herma- 
nos . . . Hermano mío. ¿ No te espanta el horror 
que siembras allí abajo? No hay morada al- 
guna donde no te maldigan ancianos y niños, 
mujeres y hombres. 

El Monstruo. — ¿Vienes mandado por aquellos 
villanos que en la llanura arrastran su mísera 
vida? 

El Franciscano. — Vengo mandado por Dios. 

El Monstruo. — Y yo, en nombre de Satanás, 
te digo que huyas de aquí, que te apartes de 
mí. Si no. . . (Levanta una enorme piedra con 
la intención de aplastar al Franciscano. Este 
queda impasible) . 

El Monstruo. (Extrañado). — ¿Tú no tienes mie- 
do a la muerte? 

El Franciscano. (Sencillo). — No. 

El Monstruo. (Lanza la piedra al abismo). — 
Como yo ; eres valiente ¡ Habla ! 

El Franciscano (Acercándose más al Monstruo) 
— Hermano mío, mira a tu izquierda. 

El Monstruo. — Nada veo. 

El Franciscano. — Nada hay. Es el abismo, la 
noche eterna, la nada, y en esa noche eterna 
ha caído el Tiempo y se ha desvanecido el Es- 
pacio. Ni Tiempo, ni Espacio, ni Principio, ni 
Fin. En la profundidad de este abismo infer- 
nal se pierde la mirada y la mente no encuentra 

82 — 



GRISELDA 



causa al efecto. ¿No te espanta este espec- 
táculo ? 

El Monstruo. — ¿A mi ? No. Frente a frente pue- 
do mirar el abismo como igual a igual. ¿Y tú? 
¿Tienes miedo? 

Eiv Franciscano. (Sencillo). — No tengo miedo; 
pero, al encontrarme frente a lo Infinito com- 
prendo toda la vanidad de lo que es accesible 
a nuestros sentidos, y me estremezco todo; un 
sentimiento de grandeza se apodera de mi y 
me prosterno ante la majestad del Eterno. 
(Pausa). Ahora mira a tu derecha. 

El Monstruo. — Nada veo. 

El Franciscano. — Densas nubes cubren la llanu- 
ra como si fueran olas petrificadas de un mar 
encantado ; pero aún cuan'do fuesen de plomo, 
no podrían impedir que llegasen al cielo los 
gemidos de miles de hombres que claman pie- 
dad al Eterno. 

El Monstruo. (Con risa sarcástica) — ¡ Qué nobles 
son tus villanos! Ja, ja, ja! 

El Franciscano. — Su nobleza son sus dolores. 
Con trabajo y sudor ganan el pan; con humil- 
dad soportan sus penas y cuando llega la hora 
de la muerte la reciben como si fuera una her- 
mana. El amor es la grandeza de ellos; con 
amarras secretas el amor los vincula a todos 
entre sí y al Eterno. 



-83 



■•3-;:. 



MOISÉS KANTOR 



El Monstruo. — ¡ Mientes ! 

El Franciscano. — ¡ No sé mentir ! 

El Monstruo. (Cou violencia). — ¡Te digo que 
mientes ! Tus villanos son hijos de la envidia y 
la cobardía ; avaros y miserables, son capaces 
de vender a sus propias mujeres; cobardes, son 
capaces de besar el látigo que los castiga. Con 
un puñado de oro se los compra a todos. Ja, 
ja, ja!. 

El Franciscano. (Cabi.'jbajo ) — Tienes razón. Los 
hombres no han llegado todavía a la verdad. 

El Monstruo. — Yo les enseño la verdad con mi 
ejemplo (Ríe). Ser fuerte, tener valor, despre- 
ciar al peligro, vencer a los hombres y conquis- 
tar a las mujeres. Esta es la verdad, anciano. 

El Franciscano (Con tristeza). — La verdad es 
el amor. 

El Monstruo. — Ja, Ja. . . Eres listo como la zo- 
rra, hombrecito de Dios. Inventas palabritas 
que te engañan a tí mismo y engañan a los 
demás. ¡ La verdad es el amor ! Y si te pregun- 
taran qué es el amor, dirías que el amor es la 
verdad. 

El Franciscano. — Me mortificas, hermano mío. 
me haces sufrir. 

El Monstruo (Con sarcasmo). — Porque no sabes 
qué contestarme. Porque piensas lo mismo que 
yo, porque nada sabes . . . 

84 - 



GRISELDA 

El Franciscano. — ( i ) Nada sé . . . Ni sé por dón- 
de ando, ni lo que hago, ni lo que digo ; voy 
como fuera de mí. Mi corazón arde y se con- 
sume y no halla sosiego . . . viviendo muere y 
desfallece... pide descanso, y en un horno se 
encuentra. He perdido corazón, juicio, voluntad, 
placer, todo sentimiento : torpe fango me pa- 
rece la hermosura, perdición las riquezas y de- 
licias. Sin nada me quedé. . . 

El Monstruo. — ¿Y qué recibistes en cambio? 

El Franciscano. — En cambio recibí el amor. Un 
árbol de amor, cargado de frutas y en mi co- 
razón plantado, me nutre. En pago del amor 
di el mundo entero ; a ser la creación mía sin 
vacilar la diera por el amor. 

El Monstruo. — ¿Y hallaste la paz? 

El Franciscano. — ¿La paz ?^ No . . . sufro tor- 
mentas que nunca imaginé ; el corazón se me 
hiende y raja de calor, el amor me puso en una 
hoguera (2) . 

El Monstruo. — ¿No te anunciaste como mensa- 
jero de paz? Vienes a robarme la libertad, y 
a ponerme en cambio cadenas? 

El Franciscano. — Tus cadenas las tienes ya, no 
las ves. Ser libre es ver sus cadenas. 



(i) Véase Amor di caritate de San Francisco de Asís. 
(2) Véase In Foco de San Francisco de Asís. 

85 



MOISÉS KANTOR 



El, Monstruo. — ¡ Basta de sermones ! . . . (Después 
de una pausa, meditafk'o) . Dime, ¿puede del 
mal nacer el bien? 

El Franciscano. — Sí, hermano mío. 

El Monstruo. — Pruébamelo. 

El Franciscano. — Podría probártelo con toda 
mi vida. 

El Monstruo. (Con desdén). — Bastante tengo 
ya con tu vida. Cuéntame un caso que no sea 
tuyo. 

El Franciscano (Resignado). — Allí en el pueblo 
vive una anciana mujer. Como tú y como yo, 
no tiene nombre. La llaman la Bruja. Su hijo 
era un hombre de mal, bebía y tiranizaba a 
los suyos. Una noche vuelto a su casa, domi- 
nado por los vapores del vino, arrebatado por 
la cólera y celos injustos, mató a su mujer. Al 
día siguiente envenenó a dos de sus hijos que 
creía no eran suyos. Dicen que la Bruja le 
suministró el veneno. Quedó sólo una niña de 
dos años, Griselda ; vive con la Vieja y tiene 
a la sazón quince años. Es hermosa como una 
flor y tan pura como Ave María. Del mal na- 
ció el bien, hermano mío. 

El Monstruo. (Con interés que no es percibido po-' 
el Franciscano). — ¿Se llama Griselda, dices"' 

El Franciscano (Pensativo) . — Griselda se llama. 

86 — 



GRISSLDA 

El Monstruo. — Dime, anciano, ¿amaste alguna 
vez a alguna mujer? 

El Franciscano. — Tengo esposa. 

El Monstruo (Ríe a carcajadas) . — ¿Tú? 

El Franciscano. — Es hermosa como el sol y tie- 
ne la dignidad de una reina. 

El Monstruo. — ¿Y qué nombre ilustre lleva tu 
digna esposa ? 

El Franciscano. — El nombre más santo que hay 
en el mundo : se llama "La Pobreza". (Larga 
pausa; Bl Monstruo queda meditativo). 

El Monstruo. — Vete anciano; tú eres tan mons- 
truoso en tu género como yo en el mío! Vete! 
Tú te introduces en las almas de los hombres 
como yo en sus casas; eres más grave intruso 
que yo. Vete ! Yo mato los cuerpos ; tú la volun- 
tad. Tus ambiciones son más osadas que las 
mías. Quieres ganarte el cielo entero mientras 
que a mí me satisface este Imperio inmenso 
que veo alrededor. Vete anciano, no me tientes 
más. Vete, te digo, y que tu Dios te guarde de 
volver el rostro atrás. 

El Franciscano cabizbajo y con rostro resig- 
nado emprende el viaje de regreso. 

El Monstruo camina a grandes pasos, se de- 
tiene sobre el abismo dirigiéndole sus fijas 
miradas; vacila, levanta sus manos que pare- 
cen dos alas enormes; hace un ademán de lan- 

. -87 



MOISÉS KANTOR 



sarse al abismo como si fuera un pájaro gigan- 
tesco que se confía al espacio. Se detiene, me- 
dita, pronuncia en voa baja: ¡Griselda! en voz 
más alta: Griselda, Griselda!! 



88 — 



CUADRO TERCERO 

ESCENA PRIMERA 

LA BRUJA Y GRISELDA. 

La habitación de La Bruja. La Bruja está sentada al 
lado del fuego, frotándose las manos ; a sus pies un gran 
gato negro. En un rincón, sobre un tirante, una lechuza 
con los ojos abiertos y la mirada impasible; en otro rin- 
cón Griselda dormida sobre una cama, cubierta con una 
sábana de harapos. Se oyen las campanadas de la iglesia 
anunciando la media noche. 

La Bruja. — Son las doce de la noche : la hora 
del destino, del crimen y de la culpa; la hora 
más dulce de mi vida. Ja, ja, ja! La culpa es el 
destino y el destino justifica la culpa, y la vieja 
bruja es tan inocente como esta tonta chiqui- 
lla que sueña con flores y con ángeles. Jí, jí. 

-89 



MOISÉS KANTOR 



(Se oyen tres golpes en la ventana. Tuc. Tuc. 
Tuc. . . La Bruja se acerca a la ventana). Na- 
die. Mala tengo ya la vista y mal el oído ; me 
engañan a menudo. {Saca de un escondrijo una 
bolsa con varios objetos) . Aquí tengo mis te- 
soros: oro, plata y brillantes, rubíes y esmeral- 
das. {Toma en la mano un rubí, lo acaricia). 
Eres rojo, como sangre, como la sangre del ma- 
rido que murió atravesado por el puñal del 
amante de su mujer. El puñal estaba envene- 
nado y dicen que yo di el veneno a la mujer. 
¿Qué no dice la gente? Jí, jí! Eres rojo co- 
mo sangre... {Toma una esmeralda). Eres 
hermosa y casta como aquella niña que dicen 
que yo vendí a un viejo mercader. Jí, jí! Eres 
casta y hermosa. {Toma monedas de oro y de 
plata y las acerca a sus ojos. Se repiten los gol- 
pes. La Bruja agarra su bolsa apretándola fuer- 
temente) . ¿Quién será? {Silencio. Se repiten 
de nuevo los golpes en la ventana) . 

La Bruja {Temblando). — Griselda, Griselda! 

{Griselda se despierta, levanta su cabecita 
adornada con una corona de dorados cabellos, 
se restriega los ojos, contesta en voz dulce y vi- 
brante) . 

Griselda. — ¿Qué hay abuelita? 

La Bruja. — ¿ Nada oyes ? 

Grise;i,da. — Nada, abuelita. 

90 — 



GRISeU)A 



(5*^ repiten los golpes). 

La Bruja (Temblando). — Y ahora, ¿nada oíste? 

Grisklda. — Nada (Alegre). Na-da. Na-da. ¿Quie- 
res, abuelita? Me vestiré y me quedaré a tu 
lado, ¿quieres?. (Se viste rápidamente. Toma 
del brazo a La Bruja, la conduce hacia el fue- 
go, la sienta y se arrima a sus pies) . 

¡Abuelita mía, tuve un sueño tan raro, tan 
raro! 

La Bruja. — Sueños, sueños ! Aborrezco a los 
sueños ... 

Grisei,da. — Escucha, abuelita ... Vi en el sueño 
a mamá. . . Era tan hermosa, tan hermosa co- 
mo Ave-María. Era tan triste, tan triste como 
Nuestro Señor. Me llamaba: Griselda, Gri- 
selda . . . Yo me desperté . . . No, abuelita, no 
me desperté ; me desperté en el sueño . . . No, 
abuelita, soñé que desperté . . . "Griselda, Gri- 
selda", me dijo mamita ; yo velo por tí ; yo fui 
castigada por mí y por tí, hijita mía; por mí 
y por tí y tú debes ser feliz". Y me persignó, 
y me besó y me desperté . . . esta vez de ve- 
ras., fuiste tú quién me despertaste. (Silen- 
cio ) . Dime abuelita, ¿ cómo murió mamita ? 

La Bruja. — Calla ... 

Griseuja. (Se arrodilla ante la Bruja y supli- 
ca) . — Dímelo abuelita, dímelo, te daré toda 
mi vida ... 

— 91 



<s^ 



MOISÉS KANTOR 



La Bruja { Amenazándola). — Calla, te digo. /^ 

Grisklda. — Puedes golpearme, puedes hacer todo 
lo que quieras conmigo, pero dime. . . 

La Bruja. — Nunca lo sabrás ! 

Grisfxda. — Dicen los chicos . . . 

La Bruja toma un palo y hace ademán de 
pegar a Griselda. Esta huye al rincón mortal- 
mente pálida, llora en silencio. Se oyen fuer- 
íes golpes en la puerta; ésta se abre con violen- 
cia. Entra El Monstruo. 



ESCENA II 

LA BRUJA. GRISELDA Y EL MONSTRUO. 

La Bruja lanza un chillido de terror. El Monstruo se 
precipita sobre ella, le quita el palo y le pega. La Bruja. 
grita lastimeramente. 

La Bruja. — No me mates ; toma mi bolsa, pero 
no me mates. {El Monstruo arranca de sus 
manos la bolsa, saca algunas monedas, las tuer- 
ce, tira el contenido de la bolsa por el suelo, las 
monedas y las piedras preciosas se diseminan 
con ruido sonoro. El gato se despierta, quiere 
m,order al Monstruo, pero recibe un puntapié. 
La lechuza con los ojos abiertos queda impasi- 
ble) . 

92 — 



GRISELDA 



El Monstruo. — Si quieres quedarte con vida, 

márchate de aquí maldita mujer! 
La Bruja. — Me iré, me iré (quiere recoger las 

monedas, Bl Monstruo la amenaza. La Bruja 

huye seguida del gato). 



ESCENA III 

GRISELDA Y EL MONSTRUO. 

El Monstruo. — ¡ Griselda, Griselda ! 

Griselda {Con miedo). — ¿Quién eres? ^ 

El Monstruo. — ¿ Yo ? ¿ Quién soy ? No sé . . . 

Griselda. — ¿Qué quieres? 

El Monstruo. — ¡Te amo! 

Griselda. — No te entiendo. 

El Monstruo. — ¿No me entiendes? ¿Nadie te 

habló de amor? 
Griselda. — ¡ Nadie ! nadie en el mundo, sólo en 

sueños mamá me habló de amor ! 
El Monstruo. — ¡Pobre Griselda! 
Griselda. — ¿Por qué echaste a abuelita? 
El Monstruo. — Porque es una mala mujer. 
Griselda. — ¿Y tú, eres Ijueno ? 
El Monstruo. — ¿Yo? {Con violencia). — Yo soy 

el Monstruo, Griselda. 
Griselda. — ¡ Dios mío ! ¡ Dios mío ! 

— 93 



MOISÉS KANTOR 



El Monstruo. — ¿Tienes miedo? ¿Me aborreces? 

Griselda (Repite). — ¡Dios mío! ¡Dios mío! 

El Monstruo. — Desde el primer momento que 
oí pronunciar tu nombre te amé, Griselda, y 
desde que te amé soy bueno. 

Grish;lda. — ¡ Tú asesinabas en los grandes ca- 
minos ! 

El Monstruo. — Sí. 

Grisklda. — Tú despojabas a los pobres. 

El Monstruo. — Sí, Griselda. 

Griselda. — ¿Tú maltratabas a las mujeres? 

El Monstruo. — Es verdad. Hice todo eso y mil 
cosas peores. ¿Me odias? 

Griselda. — No sé odiar. 

El Monstruo. — Te amo, Griselda. En el fuego 
de mi naciente amor se quemaron todas mis 
pasiones, y es ahora este amor que arde y que- 
ma y me consume ; (se pone de rodillas). Gri- 
selda, te amo, acércate a mí, dame la mano. 

Griselda (Con espanto). — No, no, no. . . 

El Monstruo (Se levanta de un salto ^ sin dominar- 
se). — Mía serás o te mataré. 

Griselda. — ¡ Dios mío ! ¡ Dios mío ! 

(El Monstruo se aproxima a Griselda; le- 
vanta la mano con ademán de aplastarla). — 

Griselda. — ¡Déjame rezar! 

El Monstruo. — ¡Reza! 

Griselda (De rodillas). — Mamá querida, tú, a 

94 — 



GRISEtDA 

quien tanto se parece Ave María, que tanto 
sufriste por mí y por tí, cumple tu promesa 
que en sueños me hiciste de hacerme feliz, tú 
que todo lo sabes debes saber que estoy en pe- 
ligro mortal ; sálvame de las manos del Mons- 
truo . 

Bl Monstruo, mientras reza Griselda, la con- 
templa y su rostro refleja el cambio de senti- 
- mientos profundos: pasión, piedad^ y amor. 
Se aproxima por fin al fuego y pone su mano 
derecha en medio de la llam,a. 

Griselda (Levanta la vista, se acerca al Mons- 
truo. Con com,pasión). — ¿Qué haces? 

El Monstruo. — ¿No ves? Quemo mi mano. 

Griselda. — ¿Por qué? 

El Monstruo. — Porque quería matarte. Con- 
deno a muerte la mano que quería matarte. 

Griselda (Piadosa). — ¿Sufres? 

El Monstruo. — No sé sufrir. Amo. 

Griselda (Aparta con dulzura la mano del Mons- 
truo del fuego). — ¿Tan poderoso es el amor? 
(Silencio). — Dime tu nombre. 

El Monstruo. — No tengo nombre. 

Griselda. — Debes tenerlo, todas las criaturas hu- 
manas, el más humilde y el más orgulloso, el 
más débil y el más fuerte tienen su nombre. 
¿Quiénes fueron tus padres? 

El Monstruo. — No sé. 

— 95 



MOISÉS KANTOR 



Gristílda. — ¿Y quién te ha criado? 

El Monstruo.^ — El Espíritu de las Montañas. 

Grisülda. — ¿Qiié nombre te dio? 

Eiv Monstruo. — Hombre libre. 

Griselda. — ¿Y los hombres cómo te llaman? 

El Monstruo. — Satanás. 

Grisklda. — Son injustos contigo. Yo te daré un 
nombre. 

El Monstruo. — Dámelo. 

Grisklda {Tímida y coii los ojos fijos en el suc- 
io). — No me atrevo. . . (pansa). 

El Monstruo [Con sarcasmo). — Llámame como 
todos : el Monstruo. 

Grisklda. — No. . . 

El Monstruo. — ¡ Satanás ! 

Grisklda. — No, no . . . Tu eres bueno ! 

El Monstruo. — ¡ Quería matarte ! 

Grisklda. — ¡ Me amas ! 

El Monstruo. — ¡ Daría por tí mi sangre, mi vida ! 

Grisklda (Tí7Wíí/a). — Toma la mía... 

El Monstruo (Con júbilo). — ¡Griselda, Gri- 
selda ! 

(Entra el Verdugo). 



96- 



GRISELDA 



ESCENA IV 

EL MONSTRUO, GRISELDA, EL VERDUGO, 
LA BRUJA. 

El Verdugo (Al Monstruo). — La Santa Inquisi- 
ción te ha condenado a ser quemado vivo. 

La Bruja que se esconde tras dé las espaldas 
del Monstruo ríe con malicia. Bl Verdugo toma 
de la mano al Monstruo que no se resiste. La 
Bruja se lanza al suelo, recoge las monedas y 
las piedras preciosas y huye. 

Eiv Verdugo {Al Monstruo). — Eres mío. 

Griselda {Con un grito de desesperación se arrodi- 
lla ante Bl Monstruo y le toma ¡a otra mano). 

Griselda. — j No ! ¡ es mío, es mío ! {Aparece el 
Franciscano). 



ESCENA V 

EL MONSTRUO, EL FRANCISCANO, EL VERDUGO, 

GRISELDA. 

Griselda {A los pies del Franciscano). — ¡Salvad- 
lo, padre! 

El Franciscano {Al Verdugo). — ¡ Hermano Ver- 
dugo, suelta tu presa! 

— 97 



MOISÉS KANTOR 



El Verdugo. — No puedo, con mi cabeza respondo 
por él. 

El Franciscano . — j Suéltalo sin cuidado, her- 
mano mío! 

El Verdugo. — Si lo hiciese se escaparía y serás 
tú quien morirá por él. La Santa Inquisición 
no conoce piedad ni misericordia. 

El Franciscano. — ¡Suelta a ese hombre, Her- 
mano Verdugo! 

El Verdugo. — Te oi>edezco. padre mío. (Dobla 
sus rodillas ante El franciscano, se inclina pro- 
fundamente, se levanta y sale). 



ESCENA VI 
GRISELDA, EL MONSTRUO Y EL FRANCISCANO. 

El Monstruo. — ¡ Nunca aceptaré la vida de tus 
manos ! 

El Franciscano. — ¡ Domina tu orgullo, hermano ! 

El Monstruo. — ¡ No, nunca aceptaré una limosna 
aunque sea la vida! Vete. Llama a tu hermano 
el Verdugo, que cumpla su obra ; menos mal 
me hará que tú con tu limosna real. Tus pala- 
bras me infiltran veneno. Déjame tranquilo 
en la hora postrera. 

98 - 



GRISEIJ)A 



Eiv Franciscano. — Si te resistes a aceptar la vida 
de mis manos, acéptala de manos de Griselda. 
Eli je tú, Griselda. 

El Monstruo. — Escucha bien, Griselda (Griselda 
se levanta, aproximándose al Monstruo). Uno 
de nosotros debe morir: yo o él. Si me escapo 
yo, morirá él: si me quedo, él vivirá. 

Griseílda. — ¿En tan débiles manos ponéis vues- 
tra vida, anciano? 

El Franciscano. — Dios te guiará en tu juicio, 
Griselda. 

Grise:lda. — ¿ Tan harto estáis de la vida ? ¿ O estáis 
seguro que mi voto caerá sobre aquel a quien 
amo con toda mi alma ? ¿ Tan torpe sois que no 
sabéis de qué soy capaz? ¿Dudáis de que no 
podría mataros para salvarle a él? ¿Lo du- 
dáis? 

El Franciscano. — Puedes elegir, Griselda; eres 
libre. 

Griselda. — ¡ Libre, decís ! Basta que yo pronuncie 
una sola palabra para que vos muráis y él se 
salve ... ¿Y dudáis de que esta palabra sea 
dicha? Preparaos pues, anciano. Rezad vuestra 
última oración. ¿Calláis? ¿Quedáis tranquilo? 
¿Sonreís? ¿Quién sois que con una sonrisa 
tranquila sube a la cruz por las culpas de 
otro? 

El Franciscano. — Soy tu hermano, Griselda. 

^ — 99 



MOISÉS KANTOR 



Griselda. — Sois mi hermano ; un hermano dulce 
y bueno que quiere salvarnos. Debo elegir en- 
tonces entre hermano y esposo. ¿Qué dices tú, 
esposo mío? 

El Monstruo (Con uno sonrisa escéptica). — Eres 
libre en tu elección, Griselda. 

GriseIvDA. — Libre . . . libre . . . soy libre. ¿ Es libre 
el pájaro a1 cual han cortado las alas? ¿Es libre 
el río que se desborda e inunda los prados y 
las selvas? ¿es libre el huracán que arrastra al 
árbol? ¿es libre el verdugo? Y si realmente 
soy libre: ¿qué es lo que deprime mi corazón, 
detiene la sangre en mis venas, me ciega los 
ojos con .una venda obscura ? Si soy libre ¿ por 
qué no puedo pronunciar la palabra maldita 
¡ una sola palabra ! o, sin palabras, indicar al 
elegido con la mano, o sin mover la mano, 
con una sola mirada señalar al sentenciado 
por mí ? ¡ Dios mío ! ¡ Dios mío ! 

(Desesperada retuerce sus manos y se lanza 
a los pies del Monstruo). 

— Tú eres mi esposo ; tú sabes que yo no he 
vivido y que yo quiero vivir. Tú sabes que mi 
vida eres tú, sabes que tu muerte será la mía. 
Tú, que castigaste a la abuela porque quería 
pegarme, que doblas el metal sin esfuerzo ; tú 
que eres capaz de defenderme ante todo el 
mundo, no puedes, no debes dejarme sin ayuda 

100 — 



grise;ij)a 



cuando mi alma agoniza, cuando la libertad 
que me diste, me mata . . . Dime, dime algo, 
mi amado esposo, o líbrame de mi libertad. No 
puedo soportarla, me mortifica, me ahoga. . . 
¿Callas? ¿No dices nada? (Se levanta con paso 
inseguro y pesado; cae a los pies del Francisca- 
no). Dicen que vos sois un santo; un santo 
debe ser justo, un justo no puede ser injusto. 
¿ Podéis dejar sobre las espaldas de una niña 
un cargo que la aplasta y la mata bajo un peso 
tan enorme? ¿Calláis? 

(Se levanta, mira alrededor como buscando 
socorro, percibe en la puerta al Verdugo; con 
voz ronca, trémula de terror). No. . . no. . . no 
te acerques . . . Vete . . . Vete . . . ( Cae sin fuer- 
zas a los pies del Monstruo. El Verdugo des- 
aparece). 

Eiy Franciscano. (Con las manos extendidas). — 
¡ Piedad ! ¡ Apiádate de Griselda, hermano mío ! 

GrisELDa (A los pies del Monstruo, en voz muy 
baja). — Amado mío, esposo amado mío, ayer 
he sido desdichada: no te conocía. Pero en la 
desdicha misma hubo algo, no sé qué placer 
de ■■ vivir, de cantar, de orar. Hoy te conocí : 
soy dichosa pero mi dicha está llena de amar- 
gura, mi dicha me emponzoña y se muere tu 
Griselda. 



lOI 



MOISÉS KANTOR 



El/ Monstruo {Con las manos cruzadas). — Apura 
tu sentencia, Griselda. 

GriseIvDa. — Eres de piedra, esposo mío; nada en 
el mundo es capaz de conmoverte, eres firme 
como la roca. ¿Será de piedra tu corazón? 
No ... no . . . Yo oí latir tu corazón. Yo lo oí 
tan claramente como el sonido de las campanas 
de la casa del Señor. Yo lo sentí tan de cerca 
como las oraciones de mi madre en el sueño. 
Eres bueno, pero orgulloso, amado mío. No 
conoce límites tu orgullo, y es más grande en 
tí que el amor. (£/ Monstruo sonríe con sar- 
casmo). No te rías, esposo mío. ¿Qué he dicho? 
¿Qué dijo tu Griselda? Me olvidé... No sé 
más ... Mi cerebro está en llamas, y las lla- 
mas le abrasan y le devoran. ¡Ah! ¡ah! Dije 
que eres orgulloso. No quieres aceptar regalos 
de nadie. Eres un príncipe, un rey, esposo mío. 
¿Y no reciben regalos los príncipes? 

El. Monstruo. {Indicando con la muño al Francis- 
cano). — Es la vida lo que él quiere regalarme. 

Grisei<da. — La vida, la vida. . . ¿Qué es la vida? 
¿Tiene algún valor? Si yo pudiese transformar 
mi vida en uha flor, lo haría y te daría esa flor. 
Si yo tuviera mil vidas, te las daría las mil. 
Si pudiese agotar mi vida aquí a tus plantas 
hasta el último suspiro, lo haría y fuera dicho- 

102 — 



GRISELDA 

sa. (Se oye un leve golpe en la puerta. Gri- 
selda se levanta con espanto; con voz ronca) . 
¿Quién? ¿Quién es? ¡Ah! Ya sé. Es el Ver- 
dugo . . . Espera . . . Espera . . . Espera . . , 

El Franciscano. (Con voz muy conmovida) . — 
¡ Hermana mía, pobre hermana mía ! 

Griselda (Hace un último esfuerzo y con un grito 
terrible se lanza a los brazos del Monstruo). — 
A tí, a tí te elijo, a tí. . . mi amado, mi único, 
mi esposo querido. . . Tú, Tú. (Solloza) . 

El Monstruo (Al Franciscano). — ¿Oiste? Vete, 
pues ... 

El Franciscano (Pálido y emocionado). — Ven- 
ciste, hermano mío. (Se aleja). 

Griselda. (Con sollozos). — Tú, mi esposo, mi rey ; 
a tí te corono con la muerte. Tú, el indomable, 
subirás a la hoguera, como a un trono . . . Tú 
abrazarás al fuego como a tu amada mujer, 
tú morirás con una sonrisa en los labios . . . Tú, 
mi rey y mi Dios. (Solloza) . . . Todo el mun- 
do contemplará tu valor, menos yo . . . tu espo- 
sa, yo no iré . . . a verte morir, no iré, porque . . . 
porque me muero yo. . . (Muere en los brazos 
del Monstruo). 

(El Monstruo levanta el cadáver de Grisel- 
da, lo pone en la cama, se sienta a su lado; con 
los codos apoyados en las rodillas y con la 

— 103 



GRISELJ)A 



frente entre las manos, la contempla meditati- 
vo. Aparece El Verdugo). 
El Verdugo (A las espaldas del Monstruo, cruza- 
do de brazos). — 

Ha sonado la hora. 



La Plata, 1917. 



104 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



i 



:,"S*ff --:,-;- -■ - ^- ,- ^.-r-.. ..■---..,_-■ .-■-• ^^™^-*Wf3!.!v"^WS*'" 



Noche de Resurrección /m^ escrita antes de 
que estallara la revolución rusa. Se publicó por pri- 
mera vez en "Nosotros" en el mes de Febrero del 
año 1917. 

Lejos de sospechar la próxima caída del imperio 
de los sares, al escribir m,i drama, m,e imaginé el de- 
rrumbe del poder del hombre sobre el hombre de- 
bido a una sola fuerza : la que reside en el alma hu- 
mana, pero en el drama, como generalmente en la 
vida, la Resurrección dura sólo un instante. 



107 



PERSONAJES 

MÁXIMO, anarquista, 28 años. 

LA MADRE DE MÁXIMO, 48 años. 

ANDRÉS, anarquista, 26 años. 

I VAN, socialista-revolucionario, 26 años. 

KATIA, anarquista, 18 años. 

IRENE, socialista-demócrata, 22 años. 

MARTA, socialista-revolucionaria, 30 años. 

EL ZAR. 

PRINCIPE VOLKONSKY, jefe de gendarmes, padre de 

Irene, 50 años. 
BARANOFF, subdirector de la prisión Pedro y Pablo, 

35 años. 
LOS CARCELEROS. 
EL espía. 
GENERALES, GENDARMES, SOLDADOS, Etc. 

La acción de los primeros dos actos se desarrolla en el año 
1904 en Petrogrado, del tercer acto en el año 1905 en 
una ciudad de la provincia. 



— 109 



J 



ACTO I. 
CUADRO PRIMERO 

Una pieza pobremente amueblada. Sobre la mesa y unas 
sillas muchos libros en desorden. 

ANDRÉS E IVAN 

IvÁN. — Usted sabe, compañero Andrés, cuanto 
me halagan las ideas anarquistas, pero no pue- 
do aceptarlas en absoluto. Ante todo y sobre 
todo debemos destruir el despotismo. Esto se 
impone : es nuestra tarea histórica . 

Andrés . — ¡ Destruir el despotismo ! ¡ Ah, com- 
pañero Iván! ¿Y cómo marchan las cosas en 
los países donde el despotismo dejó de exis- 
tir? ¿No hay allí hambrientos y oprimidos? 

— III 



MOISÉS KANTOR 



¿ Desaparecieron en estos países que se llaman 
libres la desigualdad, la injusticia, el mal? 

IvÁN. — Pero allí hay menos mal, menos injusti- 
cia que en nuestra ]:)obre tierra. 

Andrés . — ¡ Quién sal>e ! ¡ Yo creo lo contra- 
rio I 

IvÁN. — ¿ Pero va a negar usted, compañero An- 
drés, que en los países donde el pueblo pue- 
de elegir sus representantes, se respira con 
más facilidad? ¿Qué la libertad de la prensa, 
la libertad de reunión, la libertad de huelgas, 
facilitan en alto grado al pueblo la lucha con- 
tra sus opresores? 

Andrés. — Nosotros también luchamos por la 
libertad, pero por una Hbertad tan pura como 
el aire de las montañas, tan libre como el vue- 
lo del águila, tan hermosa como la misma ver- 
dad. Hay una sola libertad en el mundo y es 
la que profesan los anarquistas ! 

IvÁN. — Si no fuera utópico su ideal, sería hermo- 
so. Pero nosotros vivimos en la vida real, 
la tomamos tal como es, y no podemos oponer- 
nos a las leyes históricas. 

Andreas. — También el zar, cuando justifica sus 
crímenes habla de leyes históricas. El invoca a 
Dios, usted a la ley. 

IvÁN. — ¿Pero usted quiere negar la ciencia, com- 
pañero Andrés ? 

112 — 



-*({- 



v!''?-^:üarw 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



AÁDRÉs. — No, no la niego, la acepto, como la 
obra del hombre, como su creación, pero no 
la elevo al trono de un Dios nuevo. Y si la 
ciencia descubre leyes para demostrar que la in- 
mensa mayoría de los hombres deben quedar 
esclavos, la proclamo falsa y traidora. 

IvÁN. — Pues para mí la ciencia es lo más hermoso 
que hay en la vida; ¡ella es la que al final li- 
bertará a la humanidad de su miseria moral 
y social! 

Andrés, — ¡Somos nosotros mismos los que de- 
bemos libertarnos. Nadie y nada en el mundo 
nos prestará ayuda en nuestra lucha por la li- 
bertad! 

{Entra Marta) . 

i 
i 

ANDRÉS, IVAN y MARTA. 

Marta. — No tengan miedo, tomé todas las pre- 
cauciones, nadie me vio ! ¡ Buenos días, buenos 
días, compañeros ! 

Andrés. — (Irónicamente). Ya sabemos, compa- 
ñera Marta, que es usted una gran conspira- 
dora. ¡ Usted en una casa anarquista ! ¡ Es un 
verdadero crimen ! ¿ qué diría su comité si lle- 
gara a tener noticia de su conducta atrevida? 

Marta. — ¡Cállese, Andrés, cállese. ¿Han oído? 

— 113 



MOISÉS KANTOR 



Ayer otra vez hubo un registro policial en to- 
da la ciudad. Han llevado presos a ocho so- 
cialistas revolucionarios. 

IvÁN. — Es obra de un traidor. ¡Malditos! Los 
espías nada son en compar?xión con ellos. 

Andrés . — Existe un solo remedio contra los trai- 
dores, hay que matarlos, matarlos sin pie- 
dad. 

Marta. — Muy bien, muy bien, " compañero An- 
drés ! 

(Entra Máximo). • 



ANDRÉS, IVAN MARTA y MÁXIMO 

Andrés y Máximo se estrechan fuertemente las manos. 
Andrés presenta a Máximo a Iván y Marta. 

Máximo — ¿ Discutían otra vez ? ¡ Ah, estas dis- 
cusiones infinitas e inútiles! 

Andrés. — Esta vez no, querido Máximo, ha- 
blábamos pacíficamente de un tema sobre el 
que todos podemos estar de acuerdo. 

MÁXIMO. — ¿Existe acaso tal tema? 

Andrés. (Riéndose). — Parece que sí. Hablá- 
bamos de los traidores. 

MÁXIMO. — ¡ Pobres traidores ! 

Todos. — ¿Cómo? 

114 — 



'■""^■■Í^W?2^^'> ■^^'"^'^ ''^'^ ■^' ■ 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



MÁXIMO. — He dicho que los traidores son dig- 
nos de lástima. 

Andrés (Inquieto). — ¡Explícate Máximo! 

MÁXIMO. — ¿Acaso los traidores no tienen alma? 

Marta. — No. ¡ Claro que no ! 

MÁXIMO (Sin hacer caso a Marta) . — Hay en 
"Quo Vadis" un excelente tipo de traidor: 
Quilón Quilonides ; cobarde, feo, bajo y vil, 
tiene estereotipado en la frente el sello del 
traidor, y sin embargo, en una circunstancia 
trágica, se transforma por completo: parece 
un sacerdote, un numen, un santo, y muere- 
corno mártir. 

Marta. — ¡ Es pura fantasía ! ¡ Y así opina un 

anarquista consciente ! ¡ Usted mismo es un 

traidor. Traidor le digo ! — ( Váse indignada) 

MÁXIMO, ANDRÉS e IVAN 

Andrés,. — A decir verdad, Máximo, yo también 
quedo algo desconcertado. ¿Qué es lo que pien- 
sas? ¿Qué te pasa? 

MÁXIMO (Riéndose). — No temas, amigo. No 
me pasa nada de nuevo. Siempre soy el mis- 
mo. Quiero decir, siempre varío y siempre 
soy el mismo. 

IvÁN. — Una nube negra y espesa se ha abatido 

— 115 



MOISÉS KANTOR 



sobre nuestro País. El pueblo se muere de mi- 
seria y de hambre. Las prisiones y la catorga 
están llenas de librepensadores, socialistas y 
anarquistas. Las enfermedades: el tifus, el có- 
lera, agotan al país. Luchamos con estas pla- 
gas, sacrificamos nuestras vidas y nuestra san- 
gre, pero en nuestro camino tropezamos con 
una plaga más grande que todas; que el ham- 
bre, la miseria, el cólera: con la traición en 
nuestras propias filas. ¿Cómo suprimirla, com- 
pañero Máximo? (Máximo no contesta). 

Andrés. — Muy sencillo, compañero Iván: ma- 
tando a los traidores. ¿No es así, Máximo? 

Máximo. — Dime, Andrés, ¿crees tú que existe 
el derecho de matar? 

Andrés. — Sí. 

Máximo. — ¿Y podrías expHcarme en qué se fun- 
da este derecho? 

Andrés. — El derecho de matar es el derecho de 
defensa. Cuando debemos libertar la vida de 
nuestros semejantes y se nos opone un obs- 
táculo en forma de- tirano, de verdugo o de 
traidor, nuestro sagrado derecho es suprimir- 
los. 

Máximo. — ¿Y si los obstáculos son muchos? 

Andrés. — Los barrerá la gran revolución rusa, 
como los ha barrido la revolución francesa 
hace más de un siglo. , 

ii6 — 



NOCHE DÉ RESURRECCIÓN 



MÁXIMO . — ¿ Y no sabes tú nada sobre otra victo- 
ria en la historia humana? 

Andrés. —¿Yo?... No. ¿Y tú? 

MÁXIMO. — La de Cristo, que enseñaba no hacer 
al prójimo lo que no queremos que nos hagan 
a nosotros mismos. 

Andrés. — ¿Y crees tú, Máximo, que yo no me 
mataría el día en que tuviese la seguridad de 
estorbar en lo más mínimo al movimiento re- 
volucionario? 

MÁXIMO. — Sí, lo creo. 

Andrés, — Entonces, siendo el arbitro de la vi- 
da y muerte de mi propia persona, ¿no puedo 
serlo de la vida y muerte de un ser extraño 
que hasta ha perdido el derecho de llamarse 
hombre ? 

IvÁN. — Tiene usted perfectamente razón, compa- 
ñero Andrés. (Iván se despide). 



ANDRÉS y MÁXIMO. ' 

xA.ndrés. — Pero, dime, por fin, ¿qué te ocurre? 

MÁXIMO. — Nada, nada, Andrés. Vengo de Sa- 
mara. Tenemos allí algunos amigos y formé 
un nuevo grupo anarquista. 

Andrés. — ¡Qué suerte, Máximo! Un año o dos 
más y una red revolucionaria se extenderá sobre 



MOISÉS KANTOR 



todo el país. Entonces proclamaremos; la re- 
volución social, la revolución anarquista-co- 
munista. Y llegará el gran día en que los ham- 
brientos tendrán su pan, los despojados sus ho- 
gares, los desheredados toda la tierra hermosa 
que les ha sido robada. 

Máximo. — No llegará tal día para mí. Tengo el 
presentimiento, Andrés, que mis días están 
contados, y ¿sabes?... (Se le acerca) tengo 
miedo ... / 

Andrés. — ¿Tú? ¿Miedo tú? 

Máximo. — Sí . . tengo miedo de matar, de volver- 
me una fiera salvaje, de morder y pegar, como 
un animal feroz. 

Andrés. — Cada vez te comprendo menos. ¿No 
es acaso una obra santa asesinar a los asesinos? 
¿Y no consideramos como héroes a Balmaschoff 
}'' Sasonoff ? 

Máximo. — Sí . . . ellos son héreos, pero yo no Po- 
dría matar. El día que llegue a matar a alguien, 
no cuentes más conmigo. La sangre de la víc- 
tima me subirá a la garaganta, me ahogará. 

Andrés. — Estás enfermo, Máximo. Acuérdate 
que a nuestros compañeros los ahorcan a cen- 
tenares y miles, que los martirizan en la cator- 
ga y en las prisiones, que violan a nuestras her- 
manas, que la inquisición reina por todas par- 
tes y vence tus sentimientos. 

ii8 — 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



MÁXIMO. — Sí, Andrés, tienes razón. 

Andrés. — Acuérdate de la miseria y del hambre 
que sufre el pueblo. . . 

MÁXIMO. — Sí, Andrés, sí. 

Andrés. — De la ignorancia y del miedo en que lo 
tienen sumido los opresores . . . 

MÁXIMO. — Sí... Sí... 

Andrés. — Y de nuestra sagrada misión de sal- 
varlo. . . de romper sus cadenas, de libertarlo 
de su esclavitud secular. . . 

MÁXIMO. — Tienes razón, mil veces tienes razón. 
Gracias, mi querido, mi mejor amigo. No de- 
bemos tener sentimientos, los combatiré, los 
venceré. . . 

\ndrés. — Tú sabes como te quiero... Y todos 
te quieren. Tú debes ser fuerte y sano... 

MÁXIMO. — Fuerte y sano, fuerte y sano. Sí, sí, 
me convenciste por completo. 
(Bntra Katia) . 



/ 



MÁXIMO, ANDRÉS y KATIA. 

(Andrés saluda a Katia con cariño, Katia 
le contesta distraída.) 
Katia. — ¡ Qué frío horrible ! 
Andrés. — Siéntese aquí, Katia, cerca del fuego. 
Katia. (Calentándose las manos). — ¡Tengo tan 
heladas las manos!. ... 

— 119 



MOISÉS KANTOR 



MÁXIMO. — ¿Qué le pasa. Katia? está usted pá- 
lida, como si estuviese enferma... 

Katia. — Pasaba el Xevski. ( i) y me sentía tan 
bien . . . tan bien ... La nieve como una sábana 
pura y blanca ha cubierto la calle. Yo me abri- 
gaba en mi capote y una paz inmensa inunda- 
ba mi alma. Pensaba. . . ¿en qué pensaba yo? 
en las montañas donde nací, en el bosque, que 
tanto amaba, en el lago cercano, donde, de ni- 
ña, me miraba como en un espejo. No. . . no 
pensaba en nada. . . Me sentía tan unida con 
todo lo vivo, que no me sentía. . . no sé como 
contárselo. 

De repente oí gritos terribles que desgarra- 
ban el corazón, y otros gritos salvajes, y el ga- 
lope de caballos. Me acerqué. . . y vi a los co- 
sacos a caballo que pegaban con sus nagaicas 
a hombres y mujeres. Entre ellos había algu- 
nos casi niños. Y uno de ellos apretaba en sus 
m.anos crispadas una bandera, una bandera ro- 
ja, embebida de sangre, 

MÁXIMO. — ¡Infames, infames! 

Katia. — Ah, qué espectáculo horroroso era este. 
Un espía me agarró y me pegó en la cara . . . 
(Se cuhrc la cara con ambas manos. Un lar- 



(i) El Nevski Prospect, calle principal de Petro- 

grado. 



I20 



y»- ■' 



NOCHE DE KESURRECCION 



go silencio. Katia descubre la cara. Sus ojos es- 
tán llenos de lágrimas. En sus labios aparecen 
unas gotas de sangre. En el semblante de An- 
drés se leen sentimientos profundos de amor 
y de odio, en el de Máximo de terror). 

MÁXIMO {Con una compasión infinita). — ¿Está 
usted herida, Katia? 

Katia. — No sé . . . (Se limpia los labios con un pa- 
ñuelo . . . trotando de sonreír) . Sólo unas gotas 
de sangre . . . 

Andrés. — Su sangre será vengada, Katia. 

Katia. — No, no, ¡ si yo pudiera dar toda mi vida 
para que los hombres fuesen más felices ! . . . 

MÁXIMO. — Ah, Dios mío, Dios mío! 

Andrés, — Llámale, Máximo, llama a tu Dios, y 
pídele que te explique sus crímenes. Porque 
si existe, El es su Autor y Creador, 

iVÍÁxiMo. — Ah, tienes razón, toda la razón está de 
tu parte. Debemos endurecer las almas, llenar- 
las de fuego y de odio hacia estos asesinos in- 
fames . 

Andrés. — ¿Y si se necesitara matarlos? 

MÁXIMO, — Hacerlo sin piedad. 

Katia. — Y es tan hermoso amar, , . (Pausa) , Me 
siento algo mal, compañeros. Dadme de be- 
ber, tengo una sed tan grande . , . una llama me 
consume... (Bebe). Escuchad... cuando estuve 
de maestra en el campo, entre los campesinos 

— 121 



MOISÉS KANTOR 



se propagó una leyenda, que yo tengo guar- 
dado un libro blanco donde está inscrito cómo 
los hombres deben vivir ¡ Y eran tan listos es- 
tos campesinos ! Llegaban de pueblos lejanos, 
despreciando fatigas y tiempo para hacerme 
la misma pregunta : ¿ Dónde tiene usted escon- 
dido su libro blanco. Katerina Andreevna ? Que- 
rían aprender cómo deben vivir. Y yo, ¿qué 
podía decirles yo? 

MÁXIMO. — ¡ Pobre Katia ! 

Katia. — Ese libro yo no lo tenía. 

MÁXIMO. — Cálmese Katia, olvide. 

Andrés. — No olvide nada, Katia, el hombre nun- 
ca debe olvidar. 

Katia. — Qué interés tienen los hombres en hacer 
la vida fea y ruda, no sé. Luchan, combaten, 
vierten sangre, ¿para qué? ¿para hallar la fe- 
licidad? No tienen la felicidad en su alma, y la 
buscan, y quieren conquistarla con las armas en 
la mano y con estas armas la matan y la feli- 
cidad muere en sus brazos, y muriendo les son- 
ríe con una sonrisa amarga. Y la felicidad es 
como los niños que buscan la mano que los aca- 
ricia, es como las flores que sonríen al ojo que 
las admira! 

Máximo. — La felicidad es como usted, Katia. 



122 — ■ 



CUADRO SEGUNDO 



La pieza de Irene, mejor amueblada que la pieza en el 
primer cuadro. Se nota un gusto exquisito de mujer 
aristócrata. Irene, vestida con más esmero que Ka- 
tia, pero modestamente. 

IRENE y MÁXIMO. 

Irene. — ¿Y qué es de su vida ? ¿ Siempre descon- 
tento de todo el mundo y de si mismo? 

Máximo (Riendo) . — ¡ Cómo me conoce usted, Ire- 
ne ! Usted se encuentra en mi alma como en su 
propia casa. Y tiene el poder de ordenar en 
esta casa como su dueña legitima. 

Irene. — i No es muy grande mi poder ! No puedo, 
por ejemplo, convertirle en socialista - demó- 
crata. 

Máximo. — Si yo tuviese un camino tan cierto, tan 

— 123 



■'v^p 



MOISÉS KANTOR 



seguro, tan inequívoco como el suyo, ¡ qué fe- 
liz seria ! 

IrKnE. — Pero usted es anarquista! 

MÁXIMO. — Sí, soy anarquista! Pero ante todo soy 
hombre ... Y busco la verdad . . . busco el ca- 
mino y estoy en tinieblas. Y en estas tinieblas, 
como relámpagos se me presentan espectros, y 
cada uno de ellos me mira hasta el fondo del al- 
ma, como si dijera: la verdad soy yo. Y entre 
las mil verdades me encuentro como un hom- 
bre i>erdido en un vasto campo durante un hu- 
racán . 

Irene;. — Pues yo siento firme la tierra bajo mis 
pies, 

MÁXIMO. — ¿No es la tierra misma un ser que su- 
fre, que vive, que se debate en eternas convul- 
siones, que un día nació y un día morirá ? 

Irene. — Yo jamás pienso en la muerte. 

MÁXIMO. — Yo. siempre. {Pausa. Tomando la ma- 
no a Irene ) . — Pero en su presencia me envuel- 
ve una paz completa. Todo parece claro, bue- 
no y hermoso: la amo, Irene. 

Irene. — Máximo, hay que Poner término a nues- 
tras relaciones. 

MÁXIMO. — No veo porqué. ¡La amo con toda la 
pasión de mi alma! 

Irene. — No podremos ser dichosos, cuando hay 

124 — 



íí;^- 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



tanta desgracia alrededor (pausa) . ¿No es me- 
jor dejar de vernos? 

MÁXIMO. — No, Irene, no! Mi noble y pura prin- 
cesa, no debe quitarme la dicha de verla. 

Irene. — ¿Para qué prolongar un sufrimiento que 
es inútil, que a nada nos llevará, y que nos roba 
el tiempo y la paz?. 

MÁxiMo. — Usted todo lo resuelve con la razón, 
Irene, todo le parece claro, lógico y conse- 
cuente. 

Irene. — ¿Y usted? 

MÁXIMO. — Pues mi razón está envuelta en una lla- 
ma perenne, y en esta llama se debate y lucha, 
muere y nace, nace y muere . . . 

Irene. — ¡Ah, pobre Máximo, pobre Máximo! ¿Y 
qué le causa tanto sufrir? 

MÁXIMO. — La incertidumbre. . . No sé nada, ni es- 
toy seguro de nada. . dudo hasta de mi propia 
existencia . 

Irene. — ¿ Y de su amor hacia mí ? 

MÁXIMO. — ¡ No, no . . . de esto no ! 

Irene. — No me lo explico. 

MÁXIMO. — ( Inclinándose hacia Irene) . No tiene 
explicación . Es un misterio ... 

Irene. — Yo no creo en misterios . 

MÁXIMO. — Yo, sí. 

Irene. — ¿ Pero en el amor a su madre no hay nada 
misterioso ? 

— 125 



MOISÉS KANTOR 



Máximo. — Ese amor es más misterioso que todo, 
Irene. 

Irene. — Yo he roto ese lazo misterioso: he de- 
jado a mi viejo padre, y mi padre me maldijo. 

Máximo. — ¡Cómo admiro su voluntad, Irene! 

Irene. — i No hablemos de ésto ! No hay misterios, 
Máximo, lo que hay es ignorancia — la comba- 
tirá la ciencia, la combatirá hasta que triunfe. 
Lo que hay es miseria, servidumbre, — las ven- 
cerá la revolución proletaria. Y nosotros : usted, 
yo, sus amigos, los míos, todo el pueblo que 
trabaja y sufre, guiados por el ideal socialista, 
conquistaremos un nuevo mundo de libertad, 
de derecho, de justicia, que elevará la persona- 
lidad humana de su estado de animalidad hasta 
las cumbres más altas del pensar y del sentir. 
Y la vida será buena y bella . ¿ No es así ? 

MÁXIMO. — Sí, Irene ; pero ¿ cómo me libertaré yo 
a mí mismo? 

Irene. — i De qué, Máximo ? 

MÁXIMO. — De mi otro "yo". 

Irene. — No le comprendo. 

MÁXIMO. — Este otro "yo", Irene,, destruye con 
sarcasmo lo que pienso y hago. Niega, cuando 
yo afirmo; afirma, cuando yo niego; inventa 
razones cuando me absorbe un sentimiento, y 
con sentimientos obscurece mi razón. 

Irene. — ¡Pobre Máximo! 



120 



^-'- .-■ '^*^í«?r''> T- ■r-V'rí^E»'T"S'"W :.- 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



MÁXIMO. — Y en mi duda y desesperación empiezo 
a pensar en Dios. 

Irene. — ¿ Usted cree en Dios ? 

MÁXIMO. — No digo que creo en El, pero le busco. 
Ah, si pudiese un día hablar con El frente a 
frente ! 

Irene. — ¿Qué le diría? 

MÁXIMO. — Le preguntaría: Dios Todopoderoso, 
dime, ¿ quién ha creado el mal ? ¿ Y si tú lo has 
creado, para qué? 

Irene. — ¿ Haría usted como los niños ? 

MÁXIMO. — Haría como los niños. 

Irene. — ¿Y sabe usted lo que le contestaría su 
Dios? 

MÁXIMO. — ¿Qué? 

Irene. — Renegaría de su obra, atribuyéndola a 
Satanás. 

MÁXIMO. — No sé. . . pero escuche. . . le vi. .. una 
vez ... en el sueño ... Es un Ser que sufre tan 
inmensamente, que mi dolor se ha perdido en 
el suyo, como una gota de agua en un mar in- 
menso . 

Irene. — j Para mí este ser que sufre es la Humani- 
dad! 

MÁXIMO. — i Para mí el Mundo, el Universo todo ! 

Irene. — ¡ Para mí el dolor de la Humanidad és 
primordial : lo siento, lo sufro, lo vivo . 

— 127 



MOISÉS KANTOR 



MÁXIMO. — ¡ Y yo en carne y espíritu siento el do- 
lor del Señor! 

Irene. — Máximo, Máximo mío. . . (Dominada por 
un gran sentimiento). La vida, no es tan triste, 
ni tan negra. Hay en ella felicidad y sol y 
alegría... Y un día venceremos, y... cuando 
la victoria sea nuestra, seré suya, seré su mu- 
jer. . . 

MÁXIMO. — {Besando las manos de Irene). Irene 
mía, alma mía, novia mía ... 

Irene. — Tenemos derecho a ser felices. Nadie y 
nada en el mundo podrá arrebatarnos nuestra 
dicha. 

Máximo. — ... Nadie en el mundo. 

Irene. — Y lucharemos contra su enemigo interior. 
Yo venceré a este enemigo, purificaré su alma... 

Máximo. — ...Como una hada hermosa... 

Irene. — Y formaremos un hogar. . . Yo, y tú, y. . . 
{Bn la puerta aparece Marta, mortalmente 
pálida) . 

Marta. — ¡ Qué horror, qué horror ! 

Máximo, e Irene. — ¿ Qué hay, compañera Marta ? 

Marta. — La policía con la banda negra están con- 
sumando una pogrom; ¡tienen una lista de los 
conscientes, se introducen en sus casas y los 
matan sin piedad ! ¡ Horror ! ¡ Horror ! ¡ Huid ! 
(Desaparece) . 

Irene. — ¡ Huyamos, Máximo ! 

128 — 



'=í%»f - 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



MÁXIMO. — (Con una sonrisa de amargura infini- 
ta) . ¿A dónde, Irene? 

Irene. — Nos defenderemos. Buscaremos a los 
nuestros y con las armas en las manos disputare- 
mos nuestras vidas. 

MÁXIMO (lanza una carcajada nerviosa). 

Irene. — Máximo, Máximo, el tiempo urge. Va- 
monos, te lo suplico . 

MÁXIMO. — No. (Ríe de nuevo). Mataríamos a 
los del pueblo, por los que luchamos! (Ríe). 
No, no, no iré. Vete sola. Déjame. ¡ Te suplico 
que me dejes! 

Irene. — Me quedo contigo. 

(La puerta se abre con violencia. La pieza 
se llena de mujeres y hombres, vestidos de cam- 
pesinos y burgueses. Están armados de palos, 
picos y hachas. Al entrar, miran alrededor con 
cierta extrañeza, tocan los objetos sin mirar a 
Máximo e Irene. Pasa un instante de profundo 
silencio). 

Una voz. — Se dicen amigos del pueblo, y viven 
como principes. Saquead, robad, inutilizad lo 
que no podáis llevar. (Empieza el saqueo). 

La voz DEE ESPÍA. — ¡ Hermanitos ! aquí tienen us- 
tedes a Máximo, a Máximo el anarquista! 

Voces. — Muera Máximo, muera... muera... 

( Un burgués, carnicero, con cara sedienta de sangre, 
con el hacha en la mano se acerca a Irene). 

— 129 



MOISÉS KANTOR 



El carnicero. — ¿Y tú, hermosura, también cons- 
piras contra el zar y la patria? ¡Pero qué ma- 
nitas tan blancas tienes, parecen de una prin- 
cesa! 

Una mujer DtX pueblo. — Como nunca trabajan 

estos pajaritos, pueden tener las manos blancas, 

no como nosotros. (Muestra sus manos. Risas). 

Voces. — ¡ Bravo, Mascha, bravo ! 

El carnicero. {A Irene en tono irónico y ame- 
nazador). — DaiTie tu blanca manita, princesa, 
y te haré mi mujer. {Hace el ademán de abra- 
zarla) . 

Irexe. (Con z'oz majestuosa y firme). — Si me to- 
cas, te mato. 

La voz del espía. — ¡ Dejad a esta muchacha ! Ocu- 
paos de Máximo, si no es capaz de huir! 

Máximo. — ¡ No huiré, miserable ! 
(Voces de aprobación). 

MÁXIMO. — ¿ Por qué no muestras tu cara, Judas 
infame ? 
(Risas). 

La voz del espía. — ¡ Matadlo, es enemigo del zar ! 

Voces. — ¡ Matadlo, matadlo ! . . . 

ÜN campesino (de cara menos salvaje). — ¡Qué 
Judas le mate ! 

La voz del espía. — ¡ Es enemigo de la patria I 

(Algunas manos se levantan para pegar a 
Máximo. Una mujer le escupe en la cara) . 

130 — 



Wí^ 



NOCHi: DE RESURRECCIÓN 



La voz del espía. — i No cree en Dios. Matadle, 
acabad con él ! 

{Máximo sube sobre una silla, se hace visi- 
ble para todos) . 

Un campesino. — No tiene cara de malo este hom- 
bre. 

MÁXIMO. — Apuraos, hermanos, ¿qué esperáis? 
¿Queréis mi vida? Aquí la tenéis. Y si tuviera 
mil, todas os las daría ahora. Matadme, her- 
manos ! Salvadme de esta vida que no m.e dio 
más que sufrimientos y penas. Haced lo que 
yo no tenía el valor de hacer. Matad, matad. . . 
(Se desgarra la ropa. Sobre su cuello desnudo 
se 7>e una pequeña crus) . 

Apuntad bien, tomad mi vida, que es para mí 
una muerte continua. 

Un campesino. — Tiene una cruz. Es cristiano. De- 
jémoslo. Vamonos. 

Varias voces. — Sí, sí, vamonos. 

(Salen algunos agobiados. Otros, tratando de 
no ser vistos, se persignan). 

Ee espía. — (Siempre invisible) . Ya nos veremos, 
pajarito, no escaparás a mis manos. (Con des- 
precio) . ¡Orador! 

(Todos han dejado la pieza. Máximo cae so- 
bre una silla, se cubre la cara con ambas manos 
y llora. Irene arrodillada a sus pies cubre sus 
manos con besos y lágrimas). 



— 131 



ACTO il. 
CUADRO PRIMERO 



La escena representa un iargo corredor en la prisión de 
Pedro y Pablo en Petrogrado. A ambas partes del 
corredor están las celdas de los más graves presos 
polticos de la gran Rusia. En el corredor conversan 
entre sí dos carceleros. El primero, Demetrio Vasi- 
lievich, anciano de 70 años, desde hace muchos años 
en la prisión ; el segundo, Pablo, pariente de De- 
metrio Vasilievich, de 25 años, de reciente ingreso 
a su puesto. 

Demetrio Vasilievich, agobiado por los años, con 
una luenga barba blanca, habla en tono paternal. 

Demetrio Vasilievich. — Es pesado llevar sus 70 
años, hijo mío. Cuando me dieron la cruz, ésta, 
¿la ves?, por mi brillante comportamiento en la 
campaña de Crimea, yo fui más guapo que tú. 

132 — 



noche; de reísurreccion 



¡Qué tiempos aquellos, qué tiempos! Y los 
hombres fueron otros. 

Pablo. — Otro día me contaste, abuelito, que se 
vivía muy mal en aquellos tiempos; dijiste que 
libertaron al muschik (i), robándole la tierra, 
y que de una esclavitud ha pasado a otra. 

Drm. Vas. — Sí, hijo mío, todo esto te decía. . . 

Es verdad . Pero te diré que aquellos tiempo?, 
fueron, a pesar de todo, más hermosos ! 

¿Y sabes por qué? Porque los hombres te- 
mieron a Dios. Y ahora, hijo, se olvidaron de 
Dios, y creen más bien en sif apóstata Satanás. 

PabIvO. — Pero, abuelito, ¿no tenemos acaso igle- 
sias, y popes (2), que son los servidores de 
Cristo? Yo voy todos los domingos a la igle- 
sia, 

D^M. Vas. — ;Y crees tú, hijo, que Dios está en 
las iglesias? 

Pablo. — En las iglesias, abuelito, hay iconos : de 
la Santísima María, de Jesucristo, de San Pe- 
dro, de San Andrés . . . 

Dem. Vas. — Sí, hijo, sí, hay allí iconos de to- 
dos los santos, pero Dios no está allí. 

Pablo. — ;Y dónde está Dios? 

De;m. Vas. — ¿Sabes tú, qué día es hoy? Es el do- 



(i) Campesino. 

(2) Sacerdotes rusos. 



133 



MOISICS KANTOR 



mingo (le Resurrección. Hoy Cristo resucitó 
(le la muerte, y Rl nos enseña que Dios está en 
nosotros, y (¡ue debemos "amar a todos los 
hombres . 

Pablo. — ¿A todos? (Indicando las celdas de los 
l^rcsos políticos). — ¿También a estos debemos 
amar? 

Dem. Vas. (Hn voc baja). — También a estos des- 
dichados. Pablo, debemos amar. 

Pablo. — ¡ Son traidores al zar y a la patria ! 

Dem. Vas. — Chst. . . Chst. . . (En vos baja). Son 
desdichados, te digo. Hay aquí algunos que en 
veinte años no han visto la luz del día. 

Pablo. — ¡ Lástima c|ue no los hayan ahorcado mu- 
cho antes ! 

Dem. Vas. — Cállate, hijo, cállate. ¡ Si hubieras vis- 
to tanto como yo he visto en mi vida! ¿V^es 
aquella celda . . . número ocho ? 

Pablo. — Esa... ¿de la viejita? 

Dem. Vas. [Siempre en vos baja). — Esa mujer 
que te parece anciana, con su cabello blanco, y 
tan majestuosa como una reina a pesar de todas 
sus desgracias, no tiene más de 38 años, y entró 
aquí casi niña, risueña, joven, una hermosu- 
ra. . . Ahora, hijo mío, no se ríe. . . ¡nunca se 
ríe más. . . 

P.VBLo. — Pero, abuelito, ¿dicen que asesinó a un 
general ? 



134 — 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



Dem. Vas. — Chst. . . hijo mío. . . ¿ No perdonó Cris- 
to en la cruz a sus verdugos ? Y estos son desdi- 
chados, te digo que son desdichados. ¿Y el nú- 
mero tres? Hace una semana se ha vuelto lo- 
co ; grita y llora, llora y grita ... ¿ Y el núme- 
ro cinco ? hace un mes quería matarse ... in- 
cendió sus ropas, apenas lo hemos salvado . . . 
Tiene el cuerpo lleno de quemaduras, pero 
no grita, aprieta los dientes y no pronuncia 
ni una sola palabra. 

Pablo. — Pero, abuelito, ¿tú amas a los enemigos 
del zar?, si no fueras mi pariente, te delataría. 

Dem. Vas. — Je, je. . . ya soy muy viejo, hijito, si 
no hoy, mañana vendrá la muerte, ya no temo 
a nadie más que a Dios. 

Pabeo. (Bn tono amenazador). — Sin embargo, 
ten cuidado, viejo ! 

Dem. Vas. — Je, je. . . cuando me delates, cuídate 
de Natascha. . . Es la hija de tu hermana ma- 
yor. {Bnipieza a buscar en los bolsillos de su 
uniforme ) . — ¿ Dónde lo habré perdido ? 

Pabeo. — ¿Qué buscas? 

Dem. Vas. — Cada mañana, cuando vuelvo a ca- 
sa, corre a recibirme en sus brazos mi pequeña 
Natascha y la picara me mira con sus grandes 
ojos, y estos ojos penetran hasta el alma. No 
dice nada, pero en sus ojos se lee la pregunta : 
"¿se olvidó, abuelito, o no se olvidó?" 

— 135 






MOISÉS KANTOR 



(Encuentra por fin lo que buscaba: es un pe- 
dazo de chocolate; mostrándoselo a Pablo) : 
Esto es lo que buscaba. 
Pablo. (En tono suaz'e). — ¿Y quién está, abue- 

lito, en el número once? 
De-m. \'as. — Es Máximo Petroff, Máximo Petroff. 
(Entran Baranoff y varios carceleros. Deni. 
Vas. y Pablo saludan militarmente). 
Dkai. Vas. — ¡Todo está en orden!, ¡Vuestro Ho- 
nor ! 



13^ 



CUADRO SEGUNDO 



ha. escena representa la celda de Máximo, 
que está encadenado. 

MÁXIMO. — Hoy es un día glorioso — ¡el domin- 
go de la Resurrección ! ¡ Qué hermosa verdad 
fué ésta para mí en mi juventud ! ¡ Y ahora ! . . . 

Mi razón se opone a aceptar la posibilidad 
de la resurrección de un hombre que al morir 
no deja más que ceniza, ceniza y humo. 

¿Entonces no es verdad? ¿La resurrección 
nada más que una hermosa leyenda? Pero es- 
ta leyenda llega a mi alma que se regocija y ju- 
bila por la resurrección del Señor, que mi ra- 
zón niega ... Mi razón y mi alma — dos ene- 
migos eternos ... 

Pero hoy escucha a tu alma, Máximo, sin te- 
mor: tus pensamientos no deben traducirse en 

■ . _ — 137 



MOISÉS KANTOR 



«■ 
'-''■. 



actos, eres libre como un pájaro que vuela hacia 
el cielo, lejos de la tierra con sus miserias. 

Eres libre aquí en cadenas, y fuiste encfidena- 
do cuando eras libre. . . Ja, ja. . . Cuidado, Má- 
ximo, con tu pobre razón . . . ¿ Qué es Cristo ? 
¿Dios? Jamás en mi vida he podido represen- 
tarme la faz del divino Maestro! Su grandeza 
se me revelaba más bien cuando pensaba en Ju- 
das, su delator . . . 

No fué Dios. . . pero venció la muerte. ¿Có- 
mo venció la muerte ? la vencvió por su dolor : 
grave, solemne, potente, infinito e inmortal fué 
el dolor de su alma hermosa y pura que ter- 
minó con la inmortalidad. 

(►S*^ entreabre la puerta y aparece Dem. Vas.). 
¿ Qué ? ¿ Es prohibido hablar consigo mismo ? 
¿ Comprendes, acaso, la dicha de hablar aun con 
las paredes, cuando se está solo durante días y 
noches, semanas y meses ? ¡ Déjame, viejo, dé- 
jame en paz ! 

Dem. Vas. — Chst. . . Te lo digo por tu bien. Hace 
unos días un compañero tuyo se ha vuelto loco ; 
hablaba consigo mismo, como tú ahora, y se 
enloqueció . 

MÁXIMO. — ¿ Ouién ? 

Dkm. Vas. — No lo debo decir, señorito, 

MÁXIMO. — ¿ Y le llevaron al hospital ? 
{Dem. Vas. no contesta.). 



138 - 



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NOCHE DE RESURRECCIÓN 



MÁXIMO. — ¿Le dejaron aquí, loco, enfermo? ¡In- 
fames, miserables ! 

Dem. Vas. — Chst. . . Cállate. . . también a mí me 
inspiró lástima... era tan bueno!... siempre 
me llamaba Dem. Vas., como tú. 

MÁXIMO. — Bien, bien, Demetrio Vasilievich, no 
temas por mí . ¿ Sabes qué día es hoy ? 

Dem. Vas. — ¿Cómo no lo voy a saber, señroito? 
Hoy es el domingo de Resurrección. Cristo, 
nuestro Señor, resucitó de la muerte. ¿ Pero us- 
tedes no creen en Cristo? 

MÁXIMO. — ¿ Y tú? ¡ Crees en Cristo y sirves a los 
verdugos ! 

Dem. Vas. — No lo digas, señorito, no lo digas. . . 
lo hago por Natascha, ... y he sido soldado . . . 
y sirvo al zar-padrecito . (Sale) . 

MÁXIMO. — Se ofendió mi Dem. Vas. por su Cristo. 
Es raro esto. ¿Y el verdugo? ¿También el ver- 
dugo se regocija hoy y una bondadosa sonrisa 
ilumina su cara y lleno de felicidad por la bue- 
na nueva, repite: ¿Cristo resucitó? 

No ... el verdugo es Judas, Judas que vendió 
al Maestro. 

¿Y quién fué Judas? Un traidor infame y 
miserable, el más pérfido de los hombres, y el 
mundo le condena, y la posteridad le maldice . . . 
y se olvida que este infame que vendió al Maes- 
tro se ahorcó . ¿ Por qué se ahorcó ? — porque 

— 139 



MOISÉS KANTOR 



sufría, sufría — porque tuvo conciencia; tener 
conciencia quiere decir tener alma. 

¡ Ah, qué raro, qué raro ! Cristo y Judas — 
los dos tuvieron alma; tener alma es ser igua- 
les . . . 

M\ cerebro arde y se consume y no puedo 
resolver este problema . Es imposible . . . impo- 
sible . 

Cristo grande y Judas miserable ; Cristo, 
creador del bien, y Judas, creador del mal ; Cris- 
to como Dios y Judas como Satanás, se confun- 
den en un solo ser, y este ser es el alma. 

Es un misterio que no puedo aclarar. ¿Cómo 
pudieron existir Cristo y Judas a la vez, y có- 
mo viven los dos en mi propio ser, tan cerca 
uno de otro, enemigos siempre, y hoy, en esta 
hora solemne, en un estrecho y profundo abra- 
zo fraternal? 

(Entra Demetrio J'asilievich) . 
Dem. Vas. — ¡ Tengo algo muy hermoso para tí, 

señorito ! 
MÁXIMO. — ¿Muy hermoso, dices? Hermoso sería 
que me dejasen en libertad, y que Hbertaran a 
todos el día del Señor. 
Dem. Vas. — Dios os libertará, Dios os libertará. . . 
Tengo dos cartas para tí, señorito. 

{Máximo casi arranca las cartas de las ma- 
nos del carcelero, las abre y Ice con nerviosidad. 

140 — 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



Bl carcelero le contempla, mueve la cabeza, pro- 
nuncia unas palabras incomprensibles y sale). 

MÁXIMO (Lee la primera carta). — De mi ma- 
dre. . . i Qué raro! Mamá no sabia escribir. . , 
(Lee con pausas). "Mi querido Máximo. 
Aprendí a escribir para ti. Yo me encuentro 
bien, muy bien, no creas que me falta algo, o 
que lloro mucho . . . nada me falta y tengo un 
solo deseo . . . verte de nuevo y estrecharte en- 
tre mis brazos... Ten fe, mi hijo querido, 
Cristo nos salvará y volverá el hijo a la ma- 
dre". 

¡ Qué milagro, qué milagro, — es un verdadero 
milagro ! — ¡ Ah, mamá, mamá, qué grande eres ! 
{Bn este momento se oyen las campanas y 
un canto lejano del coro : "Cristo resucitó, por 
la muerte venció la muerte". Máximo escucha 
con pasión. Una inmensa felicidad le inunda) . 

MÁXIMO {Después de una pausa). — Ahora es cla- 
ro, claro como el dia ; el amor es hijo del dolor 
y vencerá . . . andará en el mundo y purificará 
las almas . . . ¡ Ah, como todo se ha vuelto cla- 
ro, claro como el dia, como el día que no veo ! . . . 
{Lee la otra carta) : 

"Mi amado, Máximo... No puedo olvidar- 
te... siempre dónde estoy ... te veo ante mí . . . 
despierta, como en el sueño, continuamente re- 
pito tu nombre ... 

— 141 



MOISÉS KANTOR 



"No podría seguir viviendo sin esperanza. . . 
Que pase un año, o dos, o diez, pero algún 
día estarás libre, y este día será el más hermoso 
de mi vida ..." 
MÁXIMO. — Irene vive, está en libertad y piensa 
en mí ! ¡ Dios mío ! Dios mío ! Es para volverse 
loco de tanta dicha a la vez. 

(Recordándose) . . . pero estos verdugos han 
leído la carta, la han leído con sus sonrisas per- 
versas... (Levanta la mano). Sería capaz de 
matarlos, me infiltran veneno en las venas . . . 
Los odio, los odio ... y si llegara a ser libre . . . 
cuidado, miserables! 

(Se oyen las campanas y "Cristo resucitó") . 
MÁXIMO (Como hablando con un ser invisible). — 
Sí, sí, ya sé. . . 

(Entran Baranoff y dos carceleros. Los tres 
tienen caras de asesinos legales). 
Baranoff. — Levántate. 
(Máximo no oye). 
Baranoff (En vos más alta). — Levántate, te di- 
go, si no. . . 
MÁXIMO (Lo mira fijamente, pronuncia sereno y 

firme). — No me levantaré. 
Baranoff (Grita en voz siempre más alta). — Mi- 
serables, infames. . . Si yo pudiese, les ahorca- 
ría a todos ... a todos . . . oyes ? 
(A los carceleros). Registradle. 

142 — 



^ «^^5 - -^S«-" 



NOCHE T>t RESURRECCIÓN 



{Los carceleros registran a Máximo). 

BaranoFE. — Si yo fuera el zar, la sangre de los 
tuyos correría en las calles. 

MÁXIMO. — ¿ Sabe usted, Baranof f ?, usted me ins- 
pira lástima. 

BaranoFE. — ¿Yo? ¿A tí? ¿Yo, que gozo de la li- 
bertad, tengo dinero, mujeres? ¿Yo, tu amo y tu 
zar, te inspiro lástima a tí, miserable, encade- 
nado, encerrado en este calabozo para toda la 
vida? 

MÁXIMO. — Sin embargo, le tengo lástima, Bara- 
nof f. 

Baranoee. — Explícate, en seguida ... Si no, te 
pegaré. . . con mis propias manos, ¿ves?. . . 
con estas manos te estrangularé. 

MÁXIMO (Siempre tranquilo y sereno). — Con sus 
manos manchadas de sangre . . . 

Baranoee (Con una sonrisa cínica). — No te pre- 
ocupes, me las lavaré. 

MÁXIMO. — Usted morirá pronto, Baranoff. Sus 
días y horas están contados. 

(Baranoff se vuelve intensamente pálido. Su 
tono truécase de arrogante en humilde). 

Baranoee. — ¿Usted sabe algo, Máximo Pablo- 
vich ? 

(Bn tono de mando a los carceleros). ¡Salid 
de aquí, miserables ! 

(Salen los dos carceleros). 

— 143 



MOISÉS KANTOR 



BARANOFF y MÁXIMO. 



Baranoff. — ¿Me matarán? 
MÁXIMO. — Te matarán. 

Baranoff. — ¿ Quién ? Dime ... te facilitaré la hui- 
da, te conseguiré el perdón del zar. seré tu ami- 
go, tu servidor, tu perro, sólo dime el nom- 
bre ... 

(Grita). El nombre, ¿oyes?, dime el nombre, 
si no, te mato. 

(Comprende que en este tono nada conse- 
guirá). 

¡ Máximo Pablovich, besaré tu mano ! 
(Máximo con desprecio retira su mano) . 
Máximo. — Te lo diré. . Tu asesino será, una mu- 
jer, una niña casi. . . 
Baranoff. — ¿Una mujer, dices? ¡Infames socia- 
listas ! 
MÁXIMO. — Será una niña, que apenas cumplió sus 
diez y ocho años . vSu voz es de un sonoro metal, 
sus ojos son profundos y penetran hasta el al- 
ma, sus manos son blancas, de una blancura 
de marfil, y su alma es pura como la nieve. 

Y esta niña con sus débiles manos tomará 
un revólver y te matará. 
Baranoff. — ¿Te mofas de mi? 

144 — 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



MÁXIMO (Sereno, casi solemne). — No, te digo la 
verdad . 

(vS'^ levanta y con vos que parece prof ética) : 
Llevarán a tu casa tu cadáver y tu mujer y 
tus hijos se rehusarán a recibirle. Y acompaña- 
do por las maldiciones de tus victimas, te ente- 
rrarán como a un perro. 

Baranoee. — No será una mujer, será una canalla. 

MÁXIMO. — Será una santa. 

Baranoee. — Pero la prenderán, la martirizarán, 
la quemarán viva ... 

MÁXIMO. — No. . . tendrá otra bala para sí. 

Baranoee {Agobiado por el presentimiento de la 
verdad de la predicción, murmura las palabras: 
Infames socialistas. Sale sin mirar a Máximo). 

MÁXIMO (Solo). — Me he vuelto profeta. ¡Qué 
raro ! Y tengo la seguridad que asi será . . . ¿ Y 
el nombre? Este desgraciado quería saber el 
nombre. (Piensa). 

Ah . . ya sé . . . será Katia, y Andrés, mi que- 
rido Andrés, que la ama, pálido, con la muer- 
te en el alma y con su bondadosa sonrisa en 
los labios pondrá el revólver en su mano, y sus 
labios murmuraran palabras de cariño, que 
no se atreverá a pronunciar, y ella se despedirá 
de él con una leve sonrisa: "Adiós, camara- 
da"... 

(Se oye un gran movimiento. Se abre la puer- 

— 145 



MOISÉS KANTOR 



ta de la celda. Entran el sar, acompañado por 
Baranoff, generales, un sacerdote, un espía. Ba- 
ranoff, intensamente pálido, Parece un conde- 
nado) . 

El Zar. — ¿Y éste quién es? 

Baranoff. — ¡Un anarquista, un anarquista muy 
peligroso, Majestad! 

El Zar. — ¿ Cómo se llama ? 

Baranoff. — Se llama Máximo Petroff. 

El Zar. — ¿ Y de qué crimen es culpable ? 

Baranoff. — Majestad, organizó grupos anarquis- 
tas sobre todo el Volga, es enemigo del Estado, 
de la Patria y de Vos. 

El fspía {Se inclina profundamente ante el zar). — 
Yo lo seguí durante tres meses, fui como su 
sombra., es un orador, Majestad, un orador 
peligroso . 

MÁXIMO. — ¡Ah, tú eres mi Judas, por fin veo 
tu cara! 

Baranoff. — ¡ Silencio ! ¿ Cómo te atreves a hablar 
en presencia del zar ? ¡ De rodillas 1 

MÁXIMO {Con una leve sonrisa). — ¡Pero tú te 
atreves a mandar en su presencia! 

El Zar. — Déjalo. 

{Baranoff se inclinu y va al fondo de la es- 
cena) . 

El Zar. {A Máximo). — Usted no se parece r un 
criminal . 



146 — 



•■■,-' «íí^^- 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



MÁXIMO. — ¡ No lo soy ! 

El Zar. — No tiene usted cara de asesino. 

MÁXIMO. — El día que llegara a matar dejaría de 
existir. Pero si queréis ver caras de asesinos, 
mirad, Señor. . . (Indica con la mano al séquito 
del zar) . 

El Zar {Severo). — Ellos cumplen su deber. 

MÁXIMO. — Yo cumpli con el mío. 

El Zar. — ¿Qué consideras tú como tu deber? Le- 
vantar el pueblo contra mí, rebelarse contra la 
autoridad, tratar de destruir los principios del 
Imperio, fundado sobre el temor de Dios? 

MÁXIMO. — Aquel que resucitó hoy, no quería que 
le temiesen, profesaba el Amor. 

El Zar. — ¿ Tú te atreves a hablarme de Cristo ? 

MÁXIMO. — ¿ Por qué no ? ¿ Acaso yo ordené ahor- 
car a centenares y miles de hombres que no te- 
nían más culpa que haber luchado por su liber- 
tad? ¿Yo mandé a los hermanos asesinar a sus 
hermanos, a los hijos asesinar a sus padres? 

Un general. — No le escuchéis, Majestad, es un 
loco, un loco peligroso. 

MÁXIMO. — ¿ Loco ? Todavía no, pero si queréis ver 
un loco, pasad a otra cámara, veréis a uno, a 
una de vuestras víctimas. 

El General. — ¡Majestad! 

El Zar {Impaciente) . — Dejadme en paz. 

{A Máximo ) . Cristo no está con vosotros. Es 

— 147 



MOISÉS KANTOR 



nuestro. Y sus servidores maldicen a mis ene- 
migos y alaban mi obra. 

Máximo. — ¡ Sus servidores ! ¿ Habláis de éstos ? 
(Indico al sacerdote). — ^¿ No sabéis, acaso, que 
éstos han vendido a Cristo? 

El SactvRdote. — ^Majestad, no lo escuchéis, es un 
loco. 

MÁXIMO. — Sí, yo soy loco, y tú eres cuerdo. Tú, 
mañana, con vestido de seda, con una imagen 
de Cristo sobre el pecho, y sin Dios en el alma, 
acompañarás al verdugo, que ahorca a una mu- 
jer. Tú alteras las palabras de amor en palabras 
de odio, las que siembras sobre la tierra ; tú 
envenenas las almas, las esclavizas, y prome- 
tes a los ignorantes y pobres del reino de Dios 
en el cielo en pago de su trabajo que tú y los 
tuyos (indicando al séquito del zar) aprove- 
cháis en la tierra. 

Tú vives del sudor y de las lágrimas del pue- 
blo y El. . . (Se oyen las campanas y el canto: 
Cristo resucitó. Máximo está dominado por un 
gran sentimiento, que se refleja en todo su ser). 

El Zar. — Dejadnos solos. . . 
(Todos protestan). 

El Zar (Con vos de mando). — Os digo que me 
dejéis solo con Máximo Petroff. 

(Todos salen, menos el espía. Este dirige mi- 
radas penetrantes a Máximo). 



148 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



El Espía. — Permite a tu más humilde servidor 

que se quede. 
El Zar {Le da un puntapié) — ¡Sal, miserable i 
El Espía {Agobiado). — ¡Qué viva el Emperador! 



EL ZAR y MÁXIMO. 

Durante toda la conversación entre el zar y Máximo se 
oyen las campanas y "Cristo resucitó". Los sonidos 
se alejan y se acercan. 

El Zar. — En nombre de Cristo, a quien veo que 
amas, respóndeme la verdad sobre todo lo que 
te voy a preguntar. 

MÁXIMO. — Os diré la verdad. 

El Zar. — ¿Me crees culpable, cómplice de aque- 
llos que llamaste asesinos? 

MÁXIMO. — Si. 

El Zar. — ¿Me crees culpable ante los hombres y 
ante Dios? 

MÁXIMO. — Ante Dios y ante los hombres. 

El Zar. — ¡ Mientes ! Te digo que tus palabras son 
invención y mentira. {Majestuoso). Yo soy el 
zar de todos los rusos, el Emperador del gran 
Imperio que se extiende desde el Caspio hasta 
los hielos polares, y desde el Báltico hasta los 
confines de Asia, y que se extenderá un día 
de una parte del mundo a la otra. Yo revisto 

— 149 



MOISÉS KANTOR 



un poder colosal : millones de hombres obede- 
cen a una sola señal de mi dedo. Yo soy el so- 
berano todopoderoso de todos los rusos, y con 
la muerte pagaréis tú y quienes por fuerza o por 
astucia intenten arrebatarme el poder, porque 
es Dios quien me lo ha dado. ¿Oyes? Yo reino 
en nombre de Dios, y los maldecidos por nv 
son por El maldecidos, y los castigos que yo os 
impongo son castigos de Dios. Y cuanto más os 
rebeléis contra mi omnímodo poder, tanto más 
armará El mi mano. 

MÁXIMO. — Aquel que os trajo hasta aquí, y que 
oculto vive en vos, como en todas las criatu- 
ras humanas, no os revistió de ningún poder 
sobrehumano sobre vuestros semejantes. El no 
os dio el poder sobre el cuerpo y el alma de 
millones de hombres que son tan libres como 
vos sois libre. 

El Zar. — ¿ Pero quién es El ? ¿ De quién me ha- 
blas? 

MÁXIMO. — El es Aquel de quien dicen que resu- 
citó esta noche y que por la muerte venció la 
muerte. 

El Zar. — ¿ Pero tú no crees que Cristo fué Dios? 

MÁXIMO. — No. 

El Zar. — ¡Y yo te hablo de aquel gran Dios, que 
es el creador del mundo, del bien y del mal, y 
de los destinos humanos ! 



150 



^•tT^B" ' !*^>W' 



NOCHE DÉ RESURRECCIÓN 



MÁXIMO. — ¿Qué pruebas tenéis que aquel Dios, 
que castiga y ordena, existe ? 

El Zar. — Existe, porque debe existir, porque si no 
existiese, yo no sería el zar de los rusos, y tú 
no estarías aquí, en cadenas ; porque . . . 

MÁXIMO. — Porque si no existiera, se derrumbaría 
el castillo de naipes que formasteis para justifi- 
car vuestros crímenes. 

El Zar. — ¿Cómo te atreves? 

MÁXIMO. — Me pedisteis la verdad. 

Eiv Zar. — ¿Tienes tú, acaso, pruebas contra la 
existencia del Dios - Omnipotente ? 

MÁXIMO. — Sí. 

El Zar. — ¿Y dónde están estas pruebas ? 

MÁXIMO. — En el alma. 

El Zar. — ¿ Qué es alma ? 

MÁXIMO. — Alma es Dios. 

El Zar. — No te entiendo. Explícate. 

MÁXIMO {Misterioso, acercándose al sar). — Es- 
cuchad: todo lo que realizasteis, todos los crí- 
menes de que sois autor, todo el infierno que 
creasteis en vuestro vasto imperio, todo el mal 
que hicisteis, y todavía sois capaz de hacer, to- 
do esto estaba en mí ; aquí en mi pecho gemía el 
mal, gruñía en mil voces obscuras y sordas, me 
envolvía en un manto negro y espeso, me ins- 
piraba sentimientos infernales, y con sus de- 
dos crispados me dirigía al abismo eterno . . . 

— isi 



MOISÉS KANTOR 



Eiv Zar. — ¿Y? 

Máximo. — Y Dios me salvó. 

Eiv Zar. — ¿Dios, dices? 

MÁXIMO. — Mi alma. 

El Zar. — Pero, dime, si sentiste tanto el mal en 
ti mismo, no tienes el derecho de condenarme. 

MÁXIMO. — No tengo el derecho de condenaros. 

Eiy Zar. — ¿Y somos hermanos? 

MÁXIMO. — Somos hermanos. 

El Zar. — Escucha, entonces, hermano mío, te diré 
la verdad. También yo una vez en mi vida di- 
ré la verdad. Yo no soy libre. Mi palacio es mi 
prisión, mis cortesanos son mis carceleros, y mi 
corona, mis cadenas. No hay ni un solo rincón 
en mi vasto palacio donde pudiera sentirme li- 
bre, y no hay una sola alma en el mundo ante 
la que podría hablar con franqueza. Estoy solo 
en el mundo, como Judas, como Judas el trai- 
dor. 

MÁXIMO. — ¡ Pobre hermano ! 

El Zar. — Yo no soy feliz. El brillo, el lujo, el 
poder, sólo ahondan el abismo que hay entre 
mis acciones y mi querer. Hago una cosa y 
quiero hacer otra. Y después de haber hecho 
algo mal, profundamente mal, en el abismo 
del mal resplandece ante mí el bien en toda 
su hermosura. Y te aseguro : {misteriosamen- 
te) el bien tiene ojos, ojos tan hondamente 



i o 



2 



NOCHB DE RESURRECCIÓN 



tristes que lloran sin lágrimas, y estos ojos 
me persiguen de día y de noche, los veo despier- 
to y en el sueño, y me espantan, me espantan . . . 
quiero huir. . . y no puedo. . . y me levanto con 
un frío sudor sobre mi frente. 

MÁXIMO. — ¿Y qué os dijo vuestra sombra? 

El Zar. — Escucha, escucha . . . Una noche tomé 
mi espada, y quería perseguir, matar a mi som- 
bra misteriosa. . . y la sombra no huyó, no!. . . 
me miró con sus ojos de niño y me habló... 
te aseguro que me habló, como yo te hablo 
a tí. 

MÁXIMO. — ¿Qué os dijo vuestra sombra? 

El Zar. — Sólo dos palabras : "Sufro por tí". 

MÁXIMO. — ¡ Pobre hermano mío ! 

El Zar. — Y te diré la verdad . . . que tengo mie- 
do de la muerte, te digo, le tengo miedo . . . 
vendrá la sombra misteriosa y me mirará con 
su cariñoso reproche y no me dejará, no me 
dejará. . . quedará conmigo en la eternidad. 

MÁXIMO. — Quedará con vos en la eternidad. 

El Zar. — ¿Y no hay salvación? 

MÁXIMO. — No hay salvación. Vuestra sombra con 
ojos de niño, profundos y tristes, es vuestra 
alma. 

El Zar. — ¿Mi alma dices, y qué es alma ? 

MÁXIMO. — Alma es Dios. 

— 153 



MOISÉS KANTOR 



El Zar. — Ah, ¡ qué Dios misterioso ! . . . Enton- 
ces Dios está en mí. 

MÁXIMO. — Dios está en vos. (Pausa). 

Eiv Zar (Sencillo). — Máximo, hermano mío, te de- 
vuelvo la libertad. Desde este momento eres li- 
bre y puedes obrar según te dicte tu concien- 
cia. Y yo quedaré encarcelado en esta vasta pri- 
sión que se llama el Imperio de los Zares. Tu 
puedes salvarte . . . pero no hay salvación para 
mí. . . 

(El sar ofrece la mano a Máximo. Máximo 
la toma y maquinalmente la besa. 

La puerta de la celda se abre cotí violencia. 
Entra el séquito del zar. Las caras de todos 
muestran alegría y triunfo ) . 

El, Espía (Se acerca agobiado al za7-). — Majes- 
tad, yo he visto todo ... El terrorista besó tu 
mano; magnífico, espléndido... (Se retuerce 
las manos). Maravilloso. ¡Mañana mismo to- 
dos lo sabrán! Qué efecto, qué efecto hará. 
El anarquista que besa la mano al zar! Ja, ja, 
ja... Sus compañeros se arrancarán los pelos 
y tus humildes servidores besarán las huellas 
de tus pies, como yo, tu perro, tu sombra . . . 
(En este momento se oyen las carcajadas del 
loco). 

El, Zar. — ¿Qué es esto? 

MÁXIMO (Sus ojos lanzan llamas). — Es tu vic- 

154 — 



noche; de; resurrección 



tima, una de las tantas. No acepto la libertad. . . 
prefiero el martirio. . . {Al espía). — Y tú, Ju- 
das . . . 
Eiv Espía. — Je, je... Judas... Judas eres tú, 
traicionaste a los tuyos, besaste la mano del 
zar. ¡Traidor! 

(►S*^ confunden las carcajadas del loco y de 
los cortesanos del zar. Y como por encima de 
este caos se oye el canto claro y sonoro : "Cris- 
to resucitó de la muerte, por la muerte venció 
la muerte". 

Las campanas y campanillas con mil voces 
armoniosos alaban al Señor). 



— 155 



ACTO III. 



Una pieza modestamente amueblada pero adornada de flo- 
res. Reina en ella completo orden. La madre de Má- 
ximo y la dueña de casa. La madre de Máximo es- 
pera la llegada de su hijo. Nerviosa. Llena de dicha. 
Habla con la dueña de casa, con las flores, con los 
objetos, con algo invisible. 

La madre dk Máximo. — Y aquí colocaremos las 
flores... aquí junto al retrato, y otras en la 
mesa, y otras en la ventana . . . ¡ Cómo os ama 
mi Máximo! (Acaricia las flores). 

(Sigue arreglando los objetos como si fue- 
ran cosas vivas, habla al ama de casa, sin mi- 
rarla). 

Llegará mi Máximo, se sentará aquí . . . no, 
aquí . . . no, no se sentará, se quedará de pie . . . 
se lanzará a mis brazos y lágrimas cubrirán 
sus mejillas, lágrimas de dicha, y yo no 11o- 

15Ó- 



--^^^KCT''-.— '^-~ ■'xr'-'-^iZi^fffn^v^t^:^if%i:s^- 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



raré, no, lloraré sin lágrimas, para que no vea 
cuan inmensamente sufrí... Y le secaré las 
lágrimas y le miraré en los ojos, en sus ojos 
profundos y tristes, tan tristes y tan hondos, 
como los del Señor . . . Pero no llega . . . ¿ por 
qué no llega? (Como en oración): ¡Que nada 
pase a mi hijo! Que Dios le acompañe en su 
camino, que lo guarde, que lo libre del mal, 
que lo traiga sano y salvo a los brazos de su 
madre. 

La dueña de casa. — No se aflija usted tanto, que- 
rida. Su hijo vendrá. . . ya vendrá. . . aquí vie- 
ne alguien. . . 

{La madre se lanza hacia la puerta. Aparece 
Marta). 

Marta. (En tono brusco). — ¿No está todavía su 
Máximo ? 

La madre. (Con una sonrisa de dolor y de espe- 
ranza^. — No, mi Máximo no vino, le espero de 
un momento a otro. De un momento a otro 
llegará mi hijo. 

Marta. — ¿Y no le extraña que hayan dejado en 
libertad a su hijo? 

La madre. — ¿Extrañarme? No. Día y noche, no- 
che y día yo lloraba e imploraba un milagro 
de Dios, ¿no ves? Casi ciega me he vuelto de 
tanto llorar, y Dios vio mis lágrimas e hizo 
un milagro y le salvó, y de aquí a poco le ten- 

— 157 



MOISÉS KANTOR 



dré en mis brazos. ¡ Ah, este poco es una eter- 
nidad ! 

Marta. {Bn el mismo fono). — En nuestro tiempo 
nadie cree en milagros. Si fué libertado será 
por algo. 

La madre. — ¿Cómo dice usted? Le han libertado 
por algo... tendrá usted mucha razón. {Con 
una sonrisa llena de amor). Yo, hijita, creo en 
milagros, soy anciana, nunca he estudiado co- 
mo ustedes, digo lo que mi pobre corazón me 
dicta. 

No fué un milagro, claro que no; libertaron 
a mi Máximo por sus méritos, por su alma de 
niño, por su bondad, por su grandeza, por su 
amor. . . 

Marta. — Je, je. 

La madre. — ¿De qué se ríe usted? 

Marta. — ¿Yo? De nada. 

La madre. — ¿Usted no es amiga de mi hijo? 

Marta. — ¿Yo? ¿amiga de su hijo? Nunca. ¿Yo, 
socialista y mujer honrada, amiga de su hijo? 
Jamás en la vida. 

La madre. {Con orgullo). — Sí, usted no puede ser 
amiga de mi hijo. 

Marta. — ¿Y esta mujer se enorgullece todavía 
por su hijo? Sepa Vd. . . . no, no se lo voy a 
decir. Es usted su madre. 

La madre. — Soy madre de Máximo, la madre más 

iS8- 



^-^m^""^ 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



dichosa en el mundo, sus palabras no me pue- 
den ofender. 

Marta. — Y lo raro es, que lo sabe ya todo el 
mundo. 

La madre. (Con orgullo). — ¿Qué sabe todo el 
mundo de mi hijo? 

Marta. — ... que su hijo es un traidor. 

La madre. — ¿Mi Máximo, mi hijo, traidor? Mu- 
jer infame, salga de aquí. Salga, salga. 
{Bmpiija a Marta hacia la puerta). 

Marta. — Ya me iré. No me apure. Gran cosa. 
Mi pie no quedará en casa de traidores. {Vase). 

La madre. — i Qué perversa mujer! Atreverse a 
hablar mal de mi Máximo ! ¡ Traidor ! ¡ Trai- 
dora será ella ! ¡ Cuánta maldad, cuánta maldad 
hay todavía en las almas de los hombres! 

La dueña de casa. — No le haga caso, querida. 
Hombres hay de todas clases : buenos y malos . 
Dios los ha creado a todos, a los buenos para 
enseñarnos y a los malos para castigarnos por 
nuestras culpas, y debemos regocijarnos de 
los primeros y tolerar a los últimos como a 
un castigo de Dios! 

{Se abre la puerta, entra Máximo y se lan- 
za en los brazos de su madre, que le acaricia, 
llora y rie, repite incesantemente: "Mi Máxi- 
mo, mi hijo, mi único, mi Máximo". 

La dueña de casa llora en voz baja y se va. 

— 159 



MOISÉS KANTOR 



Posados algunos momentos, la madre empie- 
za a fijarse oi el rostro de Máximo). 

La madriv. — ¿ Pero. Máximo, estás pálido, por qué 
estás tati pálido. Máximo mío? 

MÁXIMO. — Por la dicha de verte, mamita, por la 
dicha de verte. {Le besa las manos). 

La madri;. — ;No estás enfermo? 

MÁXIMO. — No, mamita, no estoy enfermo. 

La madre. — ¿Y no tienes hambre? ¡ Ah, qué mala 
es tu madre, sólo piensa en sí, en su dicha in- 
mensa ! 

MÁXIMO. — No, mamita, no tengo hambre. 

La madre. — Siéntate aqui,hijo mío, mi Máximo 
querido, ¿ ves estas flores ? tu mamá te las com- 
pró, tu mamá, que ni un solo momento dejó 
de pensar en tí. 

(Aíáximo empieza a llorar, esconde su cara 
en las rodillas de su madre). 

La madre. — Máximo, Máximo, ¿qué tienes? Ven 
aquí ... Di a tu madre todo lo que tienes den- 
tro de tu pecho, y tu madre te consolará. . . 
no hay culpa, no hay crimen de que tu madre 
no sea capaz de consolarte. 

MÁXIMO. — ¿No oíste nada, mamá? 

La madre. — ¿Qué? 

MÁXIMO. — ¿No has visto a algunos compañeros 
míos? ¿no te han dicho nada? 

La madre. — Hace poco estuvo aquí una mujer, 

i6o — 



NOCHS DE RESURRECCIÓN 



una infame, una canalla, y se atrevió a hablar 
mal de tí. Pero yo la eché de casa. Ja, ja, ¿crees 
que tu vieja madre no tiene fuerzas? Me siento 
capaz de defenderte de todo el mundo, de todos 
tus enemigos. Que vengan, que vengan todos, 
ya verán de que es capaz una madre que ama . . . 

MÁXIMO. — ¿Y qué dijo esta mujer? 

La madrk. — Pero, hijito, ¿para qué te lo voy a 
repetir? ¿Acaso sabes tú de que son capaces 
los malos. 

MÁXIMO. — ¡ Di meló, madre, qué ha dicho esta 
mujer! 

La madre. — ¡Ah, Máximo, hay que perdonarla! 
Sabes, me parece que era una loca, tenía algo 
de loca, o de perversa, qué sé yo ! 

MÁXIMO. — ¡Madre, dime qué dijo esta mujer! 

La MADRE. — Dijo, esta malvada se atrevió a de- 
cir. . . que tú. . . que tú eres. , . un traidor. 

MÁXIMO. (Se levanta). — Madre, ella ha dicho la 
verdad. Todo el mundo tiene el derecho de 
repetírmelo en la cara . . . que soy un traidor. Y 
esta palabra como un martillo pesado aplasta 
mi cerebro. Esta palabra se incrustó en 
mi alma, adquirió mil caras distintas, y en mil 
voces se repite : traidor, traidor . . . Todo me 
acusa hasta las cosas mismas, hasta las pare- 
des me llaman traidor. 

La madre. — Hijo, hijo mío, no me hagas sufrir. 

— i6i 



'■m- 



MOISÉS KANTOR 



No te calumnies a tí mismo. No es verdad lo 
que dices, no es verdad. 

MÁXIMO. — Es verdad, mil veces verdad. 

La madre. — No me hagas sufrir, Máximo. Tú no 
conoces todo el dolor de tu madre, tú no has 
visto qué luz iluminó mi alma cuando llegaste. 
No apagues esta luz, no mates a tu madre. . . 

MÁXIMO (Con un grito de desesperación). — Ma- 
dre, sálvame, sálvame. 

La madre. — Máximo, amado mío, cálmate y cal- 
ma tu cabeza, tu cabeza loca. . . je, je. . . siem- 
pre, toda la vida ha sido algo loca. . . y cuén- 
tame todo, cuéntame todo, sin ocultar nada, y 
tu madre te comprenderá. . . 

MÁXIMO. — Mamá, mamita mía. . . Fué como un 
sueño. Era la noche de Resurrección, y mi alma 
sentía un júbilo tan grande, como si hubiera 
resucitado yo; junto con El... Y mi alma 
llegó a una paz tan perfecta, como nunca an- 
tes. En esto se presentó el zar, y no sé más qué 
pasó entre nosotros, sólo sé que al final, cuan- 
do me dio la mano, la tomé y la besé. . . 

La madre. — ¿Y esta es tu traición, Máximo, que 
besaste la mano al zar? 

MÁXIMO. — Esta es mi traición. 

La madre. — ¿Y nada más? 

MÁXIMO. — Ves, madre, aún tú no me crees. 

No delaté a nadie: antes me hubiera dejado 

162 — 



-.T!yí'r'"--'-j;*''-.;s 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



crucificar. Pero me traicioné a mí mismo. Má- 
ximo, anarquista, que besa la mano al zar. ¿ No 
es esto una traición? 

La madre. — Perdóname^ hijo, no dudaba de tí. 
(Besa sus manos). ¿Tan poco orgullosa con- 
sideras a tu madre? ¡Yo, madre de traidor! 
Nunca... No dudaba de tí, hijo mío, perdó- 
name. . . 

MÁXIMO. — ^ Pero, mamita .. . 

La madre. — i Y no eres traidor ! Ante todo el mun- 
do te defenderé . . . Que se atreva alguien a 
llamarte traidor, le arrancaré los ojos, le escu- 
piré en la cara. 

MÁXIMO. — Pero, mamita, soy culpable. 

La madre. — No eres culpable ¿ oyes ? y no te atre- 
vas a repetírmelo. (Con orgullo). Yo en tu lu- 
gar hubiera hecho lo- mismo. 

MÁXIMO. — Tú eres una santa, mamá. 

La madre. — No soy más que madre, una pobre 
madre que entre sufrimientos inmensos dio a 
luz a su niño, para que sea feliz; (con lágrimas 
en los ojos), y todo el mundo conspira contra 
tí, para arrebatárteme, para dejarme pobre, sin 
hijo y sola. 

Máximo. — Mamá, yo soy mi mayor enemigo. 
No tengo enemigo más grande que yo mismo ; 
y si nadie ni nada estuviese a mi alrededor, si 



— 163 



MOISÉS KANTOR 



viviese en un bosque, en un desierto, sufriría lo 
mismo. . . 

La madre. — ¿Aún estando conmigo? 

MÁXIMO. — Aún estando contigo, pobre mamá. 

La MADRE. — ¿Y quién tendría la culpa de tus 
penas ? 

MÁXIMO. — Nadie, mamá, nadie, algo que está en 
mí, tal vez mi alma que anhela llegar a Dios . . . 
y cuanto más esfuerzos hace para llegar a El, 
más sufre por su impotencia. {Con una amarga 
sonrisa). Yo nací con la cruz, mamá. 

{Entran dos compañeros de Máximo. Este 
se les adelanta con la mano extendida. Los com- 
pañeros no la aceptan). 

El PRIMER COMPAÑERO.* — Somos delegados de la 
federación anarquista y venimos a oír de sus 
propios labios el relato de su crimen. 

MÁXIMO. — ¿Y qué desean ustedes de mi? 

El PRIMER COMPAÑERO. — Ya lo hemos dicho: que- 
remos que usted nos confiese su traición . . . 
{Mirando a la madre). Pero preferiríamos que- 
dar solos con usted. 

La MADRE. — ¿De qué crimen hablan ustedes? ¿De 
qué traición? Oíd, y oídlo bien, lo que mi hijo 
hizo era hermoso, fué tan sublime su acto que 
os deslumhra y os ciega y os vuelve incapaces 
de comprenderle. Y en lugar de venir a conde- 
narle deberíais arrodillaros ante él, como lo 

164 - ■ . 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



hago yo, (se arrodilla ante Máximo), y besar 
sus manos e implorarle perdón por aquellas lá- 
grimas de sangre que llora su alma. 

MÁXIMO (Quiere retirar sus manos). — Mamá, 
¿qué haces, mamita? 

El. PRIMER COMPAÑERO. — ¿Y usted no hace callar 
a su madre? 

MÁXIMO. — Es mi madre. 

El primer compaíÑero. — Traidor, es usted un 
traidor, y nada tenemos que hablar con usted. 
(Vanse los dos com^pañeros) . 

La madre. — Animo, Máximo, ánimo, fortalece tu 
alma. ¿ Ves ?, ¡ la lucha será dura, cruel ! Los 
hombres no han llegado a la verdad, y toman 
por verdad lo que sólo es su apariencia. ¿Y sa- 
bes por qué? Porque no escuchan al corazón, 
no lo escuchan, porque no tiene palabras, no 
tiene palabras y es mudo, pero sabe la verdad, 
la verdad sin palabras, la verdad no de hoy y 
de ayer, sino de todos los tiempos. (Toma en- 
tre sus manos la cabeza de Máximo y la besa). 
Y hazte fuerte, Máximo mío. (Ríe). Mira a tu 
madre. Todo el mundo es poco para arreba- 
tarle su hijo. Fortalece tu voluntad, porque la 
lucha será dura y cruel. (Ríe). Para vencer, 
Máximo mío, hay que conocer el peligro, no hay 
que engañarse: el peligro es grande, pero si 
fuera mil veces más grande, lo venceríamos . . . 



i6s 



MOISÉS KANTOR 



¿dudas? Lo venceré yo, yo sola, aunque sea 
contra tu voluntad. {Entra Andrés). 



MÁXIMO, LA MADRE Y ANDRÉS 

MÁXIMO. {Lanza un grito). — Andrés, Andrés, ma- 
má, es Andrés. 

Máximo quiere abrasar a Andrés y no se 
atreve, quiere darle la mano y la retira con te- 
mor. Andrés, sereno y triste, estrecha la mano 
a Máximo. 

MÁXIMO. — i Tú Andrés, sabes ya todo! 

Andrés. — Sí. 

MÁXIMO. — ¿ Te lo contaron ? 

Andrés. — Sí. 

MÁXIMO. — ¿ Y me consideras traidor ? 

Andrés. — No estaría entonces aquí. {Con una son- 
risa de profundo dolor). — Te esperaría en 
la calle para matarte. No eres traidor, pero tu 
acto es malo, muy malo. 

MÁXIMO. — ¡ Si supieras todo ! 

Andrés. — No quiero saber nada. No hay discul- 
pa. No hay disculpa a tu acto : es un crimen. 

MÁXIMO. — Mamá, déjame solo con Andrés. 

La madre. — No, no te dejaré. 

MÁXIMO. — Mamá, te ruego, te conjuro que me 
dejes solo con Andrés. 

i66 — 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



La madre. — Me iré, me iré. Veo que Andrés no 
es tu enemigo ; te dejaré con él, pero volveré 
pronto, muy pronto. Necesitas a tu madre aho- 
ra (mirando a Andrés con cierta desconfian- 
za) más que a Andrés, más que a todos en 
el mundo. 



ANDRÉS Y MÁXIMO 

Andrés. (Severo). — Y un crimen hay que ex- 
piarlo. 

MÁXIMO. — ¿Con la muerte? 

Andreas. — No. Con un acto terrorista. 

Día por día se repiten las demostraciones en 
la calle. La banda negra, tácitamente ayudada 
por la policía, dispersa a los revolucionarios, 
hiriendo y matando. Y lo hacen en nombre de 
Dios, a quien tú buscas y en nombre del zar a 
quien tú besaste la mano. 

Escucha, Máximo ; desde que te tomaron pre- 
so, nuestro movimiento ha decaído, nuestras fi- 
las se llenaron de nuevos elementos que buscan 
sólo la parte exterior de las cosas, que viven 
de su anarquismo como un pordiosero avaro 
se enriquece con sus limosnas. Tú nos faltas. 
¿Comprendes? Sólo tú supiste elevar nuestro 

— 167 



MOISÉS KANTOR 



movimiento a un nivel superior y libertarle de 
pequeneces que amenazan estrangularnos, sólo 
tú has sabido conquistamos almas tan puras 
como Katia. 

MÁXIMO. — ¿Katia murió? 

Andrés. — Katia murió. ¿Lo sabías? 

MÁXIMO. — Lo sabía. ¿Y tú? 

Andrés. (Con inmenso pesar). — ¿Y yo? Yo la 
mandé a la muerte, como ahora te mando a tí. 
Tú debes expiar tu falta . . . ante todo el mun- 
do. Ahora eres para los nuestros como un ca- 
dáver viviente ! 

MÁXIMO. — ... o traidor. 

Andrés. — Pero después de tu acto volverás a 
ser el Máximo de antaño, y nuestro movimiento 
adquirirá la pureza y brillo que antes tenía. 
(En este momento se oye un gran ruido en 
■ la calle. Máximo abre la ventana) . 

MÁXIMO. — Una manifestación. 

Andrés. — Otra vez. Otras víctimas inútiles. 

(Se oye el canto de la Internacional. Voces 
masculinas y femeninas). 
Este será el último combate por la Libertad. 
Con la Internacional resucitará la Humanidad. 
¡ Qué hermosas palabras ! 

MÁXIMO. — Sí. . . Encierran en sí otra verdad. " 

Andrés. — Hay una sola verdad. Una sola verdad 

j68 — 



MOISÉS KANTOR 



hay en el mundo. Lo demás es mentira. Ya se 
acerca la banda negra ... Lo sabía. 
MÁXIMO. — Con el retrato del zar y la imagen de 
Dios. 

(Se oye el himno ruso. Voces masculinas) . 

Dios guarde al Zar! 

Zar poderoso, 

Zar Ortodoxo, 

Reina glorioso, 

A los enemigos hazlos temblar. 
(Los dos himnos se confunden. Estalla algo 
como una lucha que dura algunos momentos . 
Vence el uno, después el otro, y al fin la Inter- 
nacional es sofocada por el poderoso himno : 
"Dios guarde al Zar". Al mismo tiempo se oyen 
gritos salvajes y gritos de dolor) . 
Andrés. — Y ahora empieza el último acto del 

drama. (Se ríe amargamente). 
MÁXIMO. (Bn estado de nerviosidad extrema). — 
Déjame por un momento solo, Andrés. Vete 
a la otra pieza. No, por la otra puerta, para 
que no te encuentres con mamá. (Vase An- 
drés). 

MÁXIMO (solo). 

Y ahora llegó el último acto del drama, de mi 
propio drama. (Ríe). Matar para salvarlos, ma- 

— 169 



MOISÉS KANTOR 



tar para salvarme ... ¿Y cuál es el derecho de 
matar ? Andrés ha dicho : ser dueño de sí mis- 
mo, saber vivir y saber morir. ¿ Soy acaso due- 
ño de mi vida y de mi muerte? Mil veces he 
pensado en el suicidio y nunca he tenido el va- 
lor suficiente para realizarlo. Soy cobarde, co- 
barde ... la vida me azotaba como un látigo y 
yo besaba la mano que tenía este látigo, como he 
besado la mano del zar. 

(Ríe de nuevo). 

Ah, ah, la vida tenía también para mí sus 
atractivos: mamá, Irene, Katia, Andrés. . . Les 
amaba con toda mi alma y en el amor de ellos 
buscaba la paz ; y la dicha me sonreía con sonri- 
sa de niño. Pero aun en el fondo de la dicha y 
de la paz estaba la guerra. La guerra, la guerra, 
la guerra maldita, peor que la que pasa en la 
calle. ¿Y qué quiero yo? ¿Qué quieres, alma 
mía? Dime lo que quieres. ¿No contestas? Na- 
da, nada . . . Eres obscura y negra ; maldita seas, 
mil veces maldita. . . ¿Matar, o no matar? No, 
no . . . no . . . no . 

(Anda a grandes pasos por la pieza, repi- 
tiendo) : 

No. . . No. . . 

Ah, ah ; pero Katia mató. Era tan pura, tan 
hermosa, tan profundamente buena, y sin em- 
bargo, mató. No te olvides, mató, mató... 



170 



• -'5f!»«S'f 



NOCIIK Dlí RliSURKlíCCION 



¿Y mamá? Mamá es una santa y llorará el 
crimen de su hijo. ¿El crimen? ¿Quién dijo el 
crimen ? Tú, tú mismo lo has dicho. Ja, ja, ja. . . 
¿ Quién, eres tú ? ¡ Dios mío ! ¡ Dios mío ! . . . 
¿Tú eres Dios? Bien. (Se arrodilla). — ¡Dios 
mío, tú a quien yo buscaba toda mi vida, díme 
qué debo hacer, ¿debo matar, o no debo matar? 
Hazme una señal, haz un milagro. Si tu existes, 
lo harás ; tú sabes la angustia de mi alma, tú no 
puedes callar, no debes callar. Nada, nada, es- 
toy en tinieblas. 

(Cae una piedra lanzada de la calle a los pies 
de Máximo. Este la levanta, la mira). 

Ah, aquí está la señal. Debo cumplir el des- 
tino. ¡Adelante, adelante! (Grita. ¡Andrés, An- 
drés! (Entra Andrés). 

MÁXIMO Y ANDRÉS 

MÁXIMO. — Estoy pronto. Dame el arma. 

Andrés. (Entregándole un browning que Máximo 
guarda). — Así te amo. Máximo. Así eres 
mío. De nuevo eres mío. (Después de una breve 
pausa). Escucha, querido, yo siempre te alejé 
de los actos terroristas, sin que tú llegaras a 
sospecharlo. Pero ahora es inevitable. 

MÁXIMO. — ¡Es inevitable y así lo quiero! 

— 171 



■^^í:^;^; 



MOISÉS KANTOR 



Andrés. — Escucha, Máximo, yo te amaba ; a un 
solo ser en el mundo amé tanto como a tí. pero 
ahora es inevitable. . . 

A pocos pasos de aquí encontrarás al gober- 
nador en el club, en la mesa de juego, derro- 
chando el dinero del pueblo que se muere de 
hambre. El provocó a la banda negra. 

MÁXIMO. — Y él morirá. 

{Entra la madre de Máximo. Pálida, como 
una muerta se lanza en los brazos de su hijo). 

La madre. — Máximo, Máximo, no quiero quedar 
más ni un solo instante sin tí. No quiero de- 
jarte solo ni por un segundo. Tengo un presen- 
timiento, un presentimiento que me ahoga. 

MÁXIMO. — Y sin embargo, yo debo irme, ma- 
má. No llores, madre ; volveré . . . , volveré pron- 
to y ya nunca nos separaremos. 
{La abrasa y la besa). 

La madre. (Llora). — ¡ Hijo mío, hijo mío, presien- 
to que nunca te volveré a ver ! 

MÁXIMO. — Te prometo volver. . . 

La madre. — No. No irás. No te dejaré. Antes pa- 
sarás por encima del cadáver de tu madre. 

(^S"^ coloca en la puerta con los brazos exten- 
didos, y parece como clavada en la puerta, co- 
mo Cristo en la cruz) . 

MÁXIMO. — Te conjuro, madre, por tu amor hacia 
mí, déjame salir. 

172 — . 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



Andrés. — No tema usted por su hijo. No le pa- 
sará nada malo. 
MÁXIMO. — ¡ Te lo juro ! 

(Las manos de la madre caen como muertas). 
La madre. — Bien, bien, vete ; que Dios sea contigo 
y te guarde del mal. (Lo besa y lo persigna). 
(Máximo se arranca de los brazos de la ma- 
dre y huye). 

LA MADRE Y ANDRÉS 

La madre. — Dígame, Andrés, ¿a dónde ha ido mi 
hijo ? 

Andrés. — No lo puedo decir. 

La madre. — i Dígame por lo menos si ha ido para 
su bien ! 

Andrés. — Se ha ido para su bien. 

La madre. — Júreme, júremelo por su madre. 

Andrés. — Yo no tengo madre. 

La madre. — Siempre se tiene madre. Aún cuando 
muere, siempre vive y vela por sus hijos. 

Andrés. — Mi madre me dejó cuando tenía ape- 
nas dos años, para huir con su amante, y en 
mi alma no hay para ella más que maldición. 

La madre. — ¡ Pobre Andrés ! 

Andrés. — Y nunca conocí cariño en mi vida. 

La madre. — ¡ Pobre, pobre Andrés ! 

— 173 



MOISÉS KANTOR 



Andrés. — Y no amé a nadie, hasta que nic en- 
contré con ella y con ]\láximo. 

La ^íADRlí. — ¡Así que usted ama mucho a mi hijo! 

Andrf.s. — i Más que a un hermano! 

La maork. — ^li Máximo es hueno, ¿no es verdad? 

Andrés. — Máximo es bueno, pero enfermo. 

La madrk. — ¿Enfermo, dice usted? 

Andrés. - — Sí. tiene una grave enfermedad que 
mina profundamente su alma ; aspira a ser gran- 
de, y lidia contra todo? y más consigo mismo 
para llegar a la grandeza. Y sufre cuando su- 
cumbe en la lucha, y sufre cuando triunfa, por- 
que su sed de grandeza no tiene limites. 

La madre. — Lo que usted llama grandeza tiene 
otro nombre. 

Andrés. — ¿Qué otro nombre? 

La jMadre. — El nombre de Dios. 

Andrés. — Yo no creo en Dios. 

La madre. {Después de una pausa). — ¿Por qué 
es usted anarquista. Andrés? 

Andrés. — Porque amo al pueblo. 

La madre. — ¿ Acaso se puede amar al pueblo, cuan- 
do no se amó a la madre? 

Andrés. {Queda muy pensativo, y por último di- 
ce). — Es verdad. 

{Bn la escena que sigue, Andrés queda ab- 
sorto en sus ideas, contesta maquinalmcníe, es- 
tá como en un otro mundo. Bntra Irene y lo sa^ 

174 — 



NOCHE DE RESURRECCIÓN 



luda. Andrés le contesta silenciosamente. En- 
tra frene) . 

Irene. — (Aproximándose a la madre de Máximo :) 
Yo soy Irene. 

La madre. — i La novia de mi Máximo ! 

Irene. — He sido la novia de Máximo. 

La madre. — ¿Y ahora no? 

Irene. — Y ahora mi ahna ha nmerto, no amo a 
nadie en el mundo, ni a mí misma. 

La madre. (Conmovida). — /\h, Irene, Irene, us- 
ted cree culpable a mi hijo! y sufre por Máxi- 
mo! Entonces es usted mi hermana, mi hija. 
(Abrasa a Irene, le acaricia los cabellos, la be- 
sa). 

(Irene llora en silencio). 

La madre. (En voz imperativa a Andrés) . — An- 
drés, diga usted a Irene, si ^vláximo es culpa- 
ble o no ! 

Andrés. (Maquinalmente, sin mirar a nadie). — 
No. 

Irene. — ¿ Entonces Máximo no ... ? 

La madre. — Si, Máximo besó la mano del zar, 
pero fué en la noche de Resurrección de nues- 
tro Señor. 

Irene. — Usted no sabe qué abismo separa al zar 
de nosotros. 

La madre. — No sé, hijita, no sé; pero, dime ¿no 
es el zar un hombre? 

— 175 



MOISÉS KANTOR 



Irene. — Ya no son hombres, son clases que están 
unas frente a otras, clases enemigas, que lucha- 
rían hasta la muerte. 

La ^[adre. — Tendrás razón, hijita, tendrás razón. 
Ustedes han estudiado tanto, y yo soy una po- 
bre campesina. Pero. díme. hijita. ¿para qué 
luchan los hombres ? 

Irene. — Luchan por la justicia, por el derecho. 

La madre. — ¿Quieres decir por la verdad? 

Irene. — Sí. por la verdad. 

La madre. — Pues. dime. hijita. ¿qué es verdad? 

Irene. — La verdad es la igualdad entre los hom- 
bres . 

La madre. — ¿La igualdad en el dolor? 

Irene. — No. La igualdad en la dicha. 

La madre. — Y dime. hijita. ¿te parece que el zar 
es dichoso? 

Irene. — El zar impide que los demás sean dicho- 
sos. No hay dicha posible fuera de la dicha de 
todos. 

La madre. — ¡ Qué sería para mí la dicha de todos 
los hombres, de todo el nmndo, si mi Máximo 
no fuera dichoso ! Nada ... La vida — un de- 
sierto, y la dicha una ofensa. . . 

Irene. {Se arrodilla ante la madre y cubre sus ma- 
nos con besos y lágrimas). — ¡Qué hermosa es 
usted, madre, qué hermosa ! 

La madre. — Hermosa eres tú, Irene. (Ld acari- 

176 - . . 



■tii^^ - 



noche; Dt RESURRECCIÓN 



cia). Serás la mujer de Máximo, y las dos ve- 
laremos por él, y las dos seremos invencibles, 
le defenderemos de todos sus enemigos, hasta 
de él mismo . . . pero no sé por qué tarda tan- 
to en llegar. . . estoy inquieta y me duele el co- 
razón. Andrés, Andrés, ¿dónde está mi hijo? 
(Andrés no contesta). 

La madre. — Andrés, dígame usted, por fin: ¿a 
dónde se ha ido mi hijo? Dígamelo por favor de 
Dios, dígamelo ... ¿ No ve usted la angustia 
que se apoderó de mi alma? Dígame a dónde 
se ha ido mi hijo, sino me moriré. . . En nom- 
bre de Cristo, dígamelo. (Cae sin fuerzas so- 
bre una silla. Aparece Marta). 

Marta. — Huid, huid, pronto estará aquí la poli- 
cía. Máximo atentó contra la vida del goberna- 
dor. 

(La madre lanza un grito y cae sin sentido). 

Andrés. — ¿Huyó? 

Marta. — No. Se mató en el acto. Huid, huid, an- 
tes que sea tarde. (Huye). 

Irene. — (Mortalmente pálida). Huya usted, An- 
drés. 

Andrés. — No. No puedo sobrevivir a estas dos 
muertes. 

Irene. — Huya, por interés del partido. 

Andrés. — Por interés del partido me quedo. 

(La puerta se abre con violencia. Entran los 

* — 177 



MOISÉS KANTOR 



gendarmes y el espía que se laucan sobre An- 
drés, lo registran y lo encadenan). 

Príncipe Volsonsky {Jefe de gendarmes) . — 
Por fin tenemos al pájaro. ¿Y esta señorita? 
(Mira a Irene y hinca involuntariamente un 
grito): ¡Irene, Irene, mi hija!... 

{El general se transforma, corno por milagro. 
Inclina la cabeza y da unos pasos inseguros pa- 
ra acercarse a Irene) . 

El general. — Yo te he maldecido, es verdad, pe- 
ro te perdono, hija mía. mi amada, mi única. 
V^en conmigo, Irene, vuelve a casa de tu pa- 
dre . . . 

Irene queda inmóvil ; con una señal de cabeza 
indica el cadáver de la madre de Máximo. El 
general mira el cadáver, se quita la gorra y 
hace la señal de la cruz. Algunos gendarmes 
siguen su ejemplo. El espía se ríe. De una pró- 
xima iglesia llegan los tonos del canto : Me- 
moria eterna. 



La Plata, 1916. 



FIN 



178- 






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