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Full text of "El gaucho Martín Fierro [microform]"

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UBRARY OF THE 

UNIVER5ITY OF ILLINOIS 

AT URBANA-CHAMPAIGN 

869.3 

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1897 




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which it was withdrawn on or before the 
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Theft, mutilation, and underlining of books 
are reasons for disciplinary action and may 
result in dismissal from the Universify. 

UNIVERSITY OF ILLINOIS LIBRARY AT URBANA-CHAMPAIGN 



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FEB \ 9 I97Í 
OCT 30 «90 



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EL GAUCHO 




MARTIN FIERRO 



POR 



xíOSÉ HERNÁNDEZ 



DECIMA CUARTA EDfCION 



«OX UK TOTAL OB tS.OOO SJZUPLASSB, EQÜIVALEKTE i «3 EDICIOITRR T>C l.WM VIVEROS OABA VBA 



FR£G£DIOA DE VARIOS JUICIOS CRÍTICOS EMITIDOS Á PROPÓSITO DE LA PRIMERA 
\ ADUILNADA COI*; CiT^CO LÁÜLNAá Y £L líBITUATO D¿L AUTOR 




CASA EDITORA Y DEPOSITO GENERAL 






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librería «MARTIN FIERRO» —147 BOLÍVAR I4jr 7 \V|iF-*^Í 









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BUENOS AIRES -IMPRENTA DE MARTIN BIEDMA BOEIVAR 535 



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JOSÉ HERNÁNDEZ 






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ADVERTENCIA EDITORIAL 



AI ofrecei al público, esta vez, la décima cuarta edición de la € Ida y Vuelta de Martin 
JHerro», creemos de estricta justicia consag^rar algunas palabras, al más extraordinario triunfo 
de publicidad que registran nuestros anales bibliográficos. 

La presente edición de dos mil ejemplares, viene á integrar la asombrosa cifra de 
SESENTA Y DOS MIL: hecho sin precetiente en estos países americanos, y muy raro tam- 
bién en los Estados Europeos de origen latino. 

Aquí, en Buenos Aires, la ciudad de más movimiento intelectual del Nuevo Mundo, 
oo conocemos resultado semejante, ni aun tratándose de aquellas obras políticas, literarias ó 
económicas, que lograron alcanzar gran boga. 

La vasta circulación de Martin fierro, ha sido un verdadero acontecimiento para el 
comerciante de libros, para el crítico moralista y sobic todo para esa clase social más directa- 
mente interesada en la obra de nuestro popular poeta. 

Millares tras millares ha colocado sin dificultad el Editor de cada Edición, en medio de 
la sorpresa que experimentaba, al recibir, hasta por telégrafo, pedidos que le hacían de diversos 
puntos de la campaña. 

La critica nacional y extranjera, se ha ocupado extensamente del análisis de esta produc- 
ción rigurosamente americana, apreciándola en altos conceptos, como uno de los trabajos que 
mas honor hacen á la literatura de este Continente. 

Pero, en la campaña del Rio de la Plata, es donde ha hallado Martin Fierro su mas 
entusiasta acogida. 

Desde el mas humilde hasta el mas encumbrado de sus habitantes, Jo saludaron y reci- 
bieron como al redentor que asoma después de larjjo tiempo de sufrimientos. 

En efecto, cualquier observador dotado siquiera de sentido común, advierte qne el 
Sr, Hernández, sirviéndose de una forma literaria, al parecer trivial, hace, en Alartin 
Fierro, la historia de los infortunios de nuestro gaucho, penetrando con pensa- 
miento de filósofo, hasta en lo mas íntimo de la azarosa vida de una clase, que, 
bajo la dominación colonial, como b^ijo la dominación republicana, solo ha vivido victima 
obligada de todo género de abominaciones. 

De ahí la inmensa popularidad de que goza en las comarcas rurales el libro del 
señor Hernández, porque no es como las obras de Ascasubi ó de Del Campo, simples 
obras de' entretenimiento, sino el estudio social mas completo, mas exacto y mas bien 
intencionado que se ha llevado á cabo entre nosotros. 

Hasta qué punto habrá influido la aparición de Martin Fierro en el mejoramiento 
de aquella clase, seria interesante saberlo. 

Desde el centro semi-civilizado de la población rural, pasando por el rancho, hasta 
los confínes pampeanos donde se encuentra el fortín, en todos los medios en que se 
encuentra nuestro asendereado gaucho^ se ha de sentir, estamos seg-^ros, la mas ó menos 
iaQaeñcia de esa aplaudida producción. ^ 

Y esto se comprende sin esfuerzo. 

Cuarenta mil ejemplares desparramados por todos los ámbitos de la campaña, han 



IV ADVERTENCIA EDITOIIIAL 

constituido la lectura favorita del ho^ar, de la pulpería, del soldado y de todos los que tenían 
á la mano un ejemplar de Alartin fierro. 

Más aún: en algunos lugares de reunión, se creó el tipo del lector, en torno del cual 
se congregaban gentes de ambos sexos, para escuchar con oido atento esa genuina relación 
de la vida gauchesca. 

Por todo esto, creemos, pues, en el éxito constante y fecundo de las sucesivas edi- 
ciones de Martin Fierro, porque apartándose completamente de la tt adición literaria que 
dejaron Ascasubi y Del Campo, siguió solo n )C¡ones propias, vías mas rectas é inspiraciones 
que tenían su base en el sentimiento popular. La musa de Martin Fierro no ha sido venga- 
dora, ni se ha preocupado solamente del prestijio urbano, á costa de la semplicidad de 
nuestros comijatrior.-rs de chiripá y bola de potro. 



Carecietído de espacio suficiente para recapitular hoy cuanto se ha dicho acerca 
de la presente obra y del autor, debemos limitarnos á hacer una breve mención de los 
juicios emitidos últimamente, felicitándonos, en nuestra condición de Editoies, de 
poder inscribir en estas pajinas preliminares, nombres que son un timbre de la inteligencia 
argentina. 

El señor don José Manuel Estrada, en un brillante estudio que hace del pueblo arpen- 
tino, bajo el título de « Defectos de la vida social » en las pajinas de la Revista Argentina, 
dedica al Sr. Hernández las lineas que vamos á copiar; sin embargo de que diienmos respecto 
al cargo, comparativamente de incorrecto, que formula contra nuestro poeta. 

Dice así aquel distinguido escritor: 

€ No es de maravillarse. Ni Higalgo, ni Ascasubi, ni mucho menos Del Campo, 
han llegado, entre nuestros poetas pKjpulares y gauchescos, á la altura filosófica en que 
toca el versificador mas incorrecto de todos, D. José Hernández. — Marlin Fierro es 
el tipo culminante del gaucho, es decir, el producto mas completo de una socinbilidad 
injusta, operando sobre una naturaleza ingénitamente poderosa y activa. Pero precisamente 
por ser extraordinario como la poesía lo requiere, no puede guiarnos en los estudios sociales 
sino subjetiva y elementainiente. » 

Sin pretender iniciar di.suuta alguna, sobre las razones que tenga el Sr. Estrada, para 
encontrar solo gran altura filosófica y poca corrección (literariamente hablando) en la obra 
de que nos venimos ocupando, séanos permitido recordarle que la obra del Sr. Hernández, 
es la pintura al natural de cierta ct munión social, no bien estudiada todavía, que vive, 
siente y se expresa en un lenguaje peculiar , en el cual no deben prevalecer cierta- 
mente las reglas gramaticales, sino el pensamiento que la anima. En nuestra humilde 
opinión, mucho perdería en esie caso la personalidad á€i gaucho, s\ las filosóficas inspira- 
ciones del autor de Martin Fierro, hubieran tenido que ajustarse á los preceptos de Bello 
de Salva y de la Academia. No; el estilo original que campea en esa obra, es el que 
se ha debido emplear, para que así pueda revelarse toda entera, intus et in ente, la gráfica 
figura del gaucho cisp'atino. 

El Dr. D. Nicolás Avellaneda, acreditando siempre sus inclinaciones y sus altas 
dotes literarias, encontró también oportunidad de manifestar las impresiones que dejara 
en su espiritu Martin Fierro, y en una carta literaria que vio la luz pública, dice así á 
su interlocutor: 

« Siga escribiendo, soltando con espontaneidad su vena, matizando la observación 
propia, ingenuamente reproducida con recuerdos comunes á todos, y no tendrá pronto 
en cuanto á la difusión de su palabra escrita, sino un rival, tal vez invencible: 
Martin Fierro, 

En lo que toca á este, es casi imposible alcanzarle. Uno de mis clientes, alma- 
cenero, por mayor, me mostraba ayer en sus libros los encargos de los pulperos de la 
cpmpaña: — «12 gruesas de fósforos — Uua barrica de cerveza — 12 Vueltas de Martin 
Fierro — 100 cajas de sardinas -* 

Pero nada se hace sin trabajo, y se lo digo por vía de ejemplo, aunque se trate de los 
escritos mas espontáneos y populares. 

La difícil facilitad de que todos hablan, debe encerrar una verdad constante y 
general, cuando tanto se ha vulgarizado, á pesar de ser esta frase extraída de un arte 
poético y de pertenecer á Boileau. Mss de un renombre de cabildo quedaría sorprendido 
si se dijera que hay á veces mayor estudio en una pajina de Martin Fierro, que en uno de 
sus alegatos forenses. 



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ADVERTENCIA EDITOfllÁL V 

¿ Qué ha estudiado Martin Fierro ? Antes de conocer sus habitudes literarias y de 
revisar su biblioteca, ya lo sospechaba, y lo he confirmado después por su propia 
confesión y por la inspección de sus libros. Ha estudiado, como Cervantes, los proverbios 
de todos los pueblos y de todos los idiomas, de todas las civilizaciones, es decir, la 
voz misma de la sabidoria, como los llamaba Salomón. Ha recojido la médula de! 
cerebro humano. 

¿Cómo dejarían de ser populares, cómo dejarían de circular como la luz y el aire, las 
sentencias ó los dichos que no son sino gauchescos en sus formas, pero que pertenecen al 
habla de todos los hombres, después de miles de años? 

Hé ahí expfícado el secreto de la popularidad de Martín Fierro; hé ahí por qué hoy 
sus dos libros han recorrido por la América que habla nuestro idioma, de tal manera, que lo 
habrían enriquecido si hubiera podido preverse este caso único, estipulando la reciprocidari 
de la propiedad literaria que hoy no existe. 

No puedo ponerme al hadüt con mi ami^o el doctor Larsen, que se ha ausentado 
á otras regiones, estudiando el árabe; pero apenas sea posible comunicar con él , he 
de pedirle que estudie los diálogos de Martin Fiei'ro y que despojando los dichos de su.s 
expresiones locales, los restituya á sus verdaderos autores, es decir, al Coran, al antiguo 
Testamento, al Evangelio, á Confusius ó á Epicteto. Estos dos últimos son, sobre todo, los 
autores predilectos de Martin Fierro, y sus dicharachos gauchos, no vienen á ser en el fondo, 
sino proverbios chinos ó griegos. 

A<í, se ha descubierto últimamente, por la comprobación de los estudios filológicos, 
que la fábula de La Fontaine no es de Fedro ó de Esopo, es decir, ni latina ó griega, sino 
que fué contada ahora miles y miles de años, á las primeras generaciones indicas que crecían 
al pié del Himalaya. 

Tiene Vd., como nuestro amigo Hernández, este don supremo de recojer lo que es 
popular, depurándolo y trasmitiéndole bajo nuevas formas, para que lo sea aun mas. Sabe 
Vd. como él, sermones, cuentos, máximas, proverbios y solo le falta entregarse naturalmente 
á la corriente, para sobrenadar sobre la onda» . ....... 

Muchas y muchas otras trascripciones, altamente favorables, podríamos seguir haciendo; 
pero basta á nuestro propósito las anteriores, a|;radeciendo en la parte que nos corresponde, 
el aliento que nos comunican los que juzgan digna de todos los afanes, esta obra que entre- 
.^amos hoy al público, y que esperamos ha de continuar recorriendo el itinerario que comienza 
en nuestra bu liciosa Metrópoli y termina allá en el espacio de las gramíneas, de los arroyos, 
del caballo y del ¿'ancho, señor de la región. 

Los Editobes 



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Señor ©. José Zoilo Miguens. 



Querido amigo, 

Al fin tne he decidido á que mi pobre MARTm Fibrbo, que me ha ayudado al- 
gunos momentos á alejar el fastidio de la vida del Hotel, salga á conocer el mundo, 
y alia, vá acogido al amparj de su nombre. 

No le niegue su protección, Vd. que conoce bien todos los abusos y todas lai 
desgracias de que es victima esa clase desheredada de nuestro país. 

Es un pobre gaucho, con todas las imperfecciones de forma que el arte tieru 
todavía en ellos, y con toda la falta de enlace en sus ideas, en las que no existe, 
siempre una sucesión lógica, descubriéndose frecuentemente entre ellas, apenas una 
relación oculta y remota. 

Me he esforzado, sin presumir haberlo conseguido, en presentar un tipo que 
personificara el carácter de nuestros ganchos, concentrando el modo de ser, de sentir, 
de pensar y de expresarse que le es peculiar ; dotándolo con todos los juegos de su 
imaginación llena de imágenes y de colorido, con todos los arranques de su altivez, 
inmoderados hasta el crimen, y con todos los impulsos y los arrebatos ^hijos de una 
naturaleza que la educación no ha pulido y suavizado. 

Cuantos conozcan con propiedad el original, podrán juzgar si hay ó no semejanza 
en la copia. 

Quizá la empresa habría sido para mi mas fácil y de mejor éxito, si solo m^e 
hubiera propuesto hacer reir á costa de su ignorancia, como se halla autorizado por 
el uso, en este género de composiciones ; pero mi objeto ha sido dibujar á grandes 
rasgos, aunque fielmente, sus costumWes, sus trabajos, sus hábitos de vida, su Índole, 
sus vicios y sus virtudes ; ese conjunto que constituye el cuadro de su fisonomía 
moral, y los accidentes de su existencia llena de peligros, de inquietudes, ae insegu- 
ridad, de aventuras y de agitaciones constantes. 

Y he deseado todo esto, empegándome en imitar ese estilo abundante en metá- 
foras, que el gaucho usa sin conocer y sin valorar, y su empleo constante de compa- 
raciones tan extraías como frecuentes ; en copiar sus reflexiones con el sello de la 
originalidad que las distingue y el tinte sombrío de que jamás carecen, revelándose 
en ellas esa espede de filosofía propia, que sin estudiar, aprende en la misma natu- 
raleza; en respetar la superstición y sus preocupaciones, nacidas y fomentadas por 
su misma ignorancia ; en dibujar el orden de sus impresiones, y de sus afectos, que 
^ encubre y disimula estudiosamente ; sus desencantos, producidos por su misma con- 
dición social, y esa indolencia que le es habitual, hasta llegar á co7istituir una de las 
condiciones de su espíritu ; en retratar, en fin, lo mas fielmente que me fuera posible, 
con todas sus especialidades propias, ese tipo original de nuestras Pampas, tan poco 
conocido por lo mismo que es difícil estudiarlo, tan erróneamente juzgado muchas 
neces, y que al paso que avansan las conquistas de la civilización, va perdiéndose 
casi por completo. 

Sin duda que todo esto ha sido demasiado desear para tan pocas páginas, pero 
no se me puede hacer un cargo por el deseo, sino por n^ haberlo conseguido. 



TJna palabra nms^ destinada á disculpar sus defectos. Páselos Vd. dor alto, 
porque quizá no lo sean todos los que, á primera vista puedan parecerlo, pues no 
pocos se encuentran alli como copa 6 imitación de los que lo son rea/mente. 

Por lo demás, espero, mi amigo, que Vd. lo juzgará con benignidad, siquiera 
sea porque Martin Fierro no vá de la ciudad á referir á sus compañeros lo que ha 
'üisto y admirado en un 25 de Mayo ú otra función semejante, referencias algunas 
de las cuales, como el Fausto y varias otras, son de mucho méoñto ciertamente, 
sino que cuenta sus trabajos, sus desgracias, los azares de su vida de gaucho, y 
Vd. no desconoce que el asunto es mas difícil de lo que muchos se lo imaginarán. 

Y con lo dicho basta para preámbulo, pues ni Martin Fierro exije más, ni Vd. 
irusta míicho de ellos, ni son de la predilección del pilblico, ni se avienen con el ca- 
rácter de 

Su verdadero amigo— 

JOSÉ HERNÁNDEZ, 
Buenos Aires, Diciembre de 1673. 



JUICIOS críticos 



SOBRE 



Martin Fierro 



Sr. D. fosé Hernández. 



Estimado señor 



Hace algún tiempo, ¡bajo el peso de 
un rudo golpe para mi corazón, recibí 
un libro suyo. Me fué imposible enton- 
ces agradecerle su atención, y estaba con 
el pesar de esa deuda, cuando me he 
encontrado con « La vuelta de Martin 
Fierro ». 

Si tuviera el ánimo predispuesto á es- 
cribir esas cosas que solo nacen espon- 
táneamente, sin que la voluntad mas de- 
cidida pueda engendrarlas, habría arro- 
jado sobre el papel mas de un reflejo de 
las impresiones que sus estrofas han des- 
pertado en mi alma. 

He ensayado y no puedo; quiero por 
k> menos en esta desaliñada carta, de- 
cirle que he leído su libro, de un aliento, 
sin un momento de cansancio, deteniéndo- 
me solo en algunas coplas, iluminadas por 
un bello pensamiento, casi siempre negli- 
gentemente envuelto en incorrecta forma. 

Algo que me ha encantado en su es- 
tilo, Hernández, es la ausencia absoluta 
de pretensión por su parte. Hay cierta 
lealtad delicada en el espíritu del poeta 
que se imp>one una forma humilde y que 
ao sale de ella jamás, por mas que lo 



aguijoneen las galanuras del estilo. — 
Usted ha hecho versos gauchezcos, no co- 
mo Ascasubi, para hacer reir al hombre 
culto del lenguaje del gaucho, sino para 
reflejar en el idioma de éste, su índole? sus 
pasiones, sus sufrimientos y sus esperanzas, 
tanto mas intensas y sagradas, cuanto mas 
cerca están de la naturaleza. 

¡ Que se han vendido más de 30 mil ejem- 
plares de su libro, me dice alguien asom- 
brado! — Es que los versos de t Martin 
Fierro » tienen un objeto, un fin, casi he 
dicho una misión. 

No hay -allí la eterna personalidad del 
poeta, sobreponiéndose eii su egoísmo á 
la palpitación de ese corazón colectivo 
que se llama humanidad. 

Donde hay una masa de hombres, el 
drama humano es idéntico. — En su « Mar- 
tin Fierro» se encuentra la misma tris- 
tísima poesía, la misma filosofía desolada 
que en los versos de Caika Mouni, can- 
tados en los albores de la historia huma- 
na; ó en las estrofas de Leopardi, eleván- 
dose en el dintel de nuestro siglo como 
un presagio funesto para los hombres del 
porvenir. 

Reúnase en una noche tranquila un 
grupo de gauchos alrededor de un fogón 
y léaseles, traducido por Vd. y en versos 
propios del alcance intelectual de esos 
hombres, el Otello de Shakespeare. Ten- 
go la profunda convinción que el espan- 
toso estrago que los celos causan en eí 
alma del Moro, despertará una emoción 



JUICIO críticos 



mas grave en el corazón del gaucho, que 
en el del inglés que oye BÍlencioso la so- 
berbia trajedia; cómodamente arrellenado 
en su butaca de Queen's-Theátre. 

Hace bien en cantar para esos deshe- 
redados; el goce intelectual no solo es 
una necesidad positiva de la vida, para 
los espíritus cultivados, sino también para 
los hombres que están cerca del estado 
de naturaleza. Un gaucho debe gozar, al 
oír recitar las tristes aventuras de c Mar- 
tin Fierro », con igual intensidad que Vd. 
ó yo con el último canto del Giaour ó con 
las € Noches » de Musset. Y esta secreta 
adoración que sentimos por esos altísimos 
poetas, el gaucho la sentirá por Vd., que 
lo ha comprendido, que lo ha amado, que 
lo ha hecho llorar ante los nobles arran- 
ques de su propia naturaleza, tan desco- 
nocida para él. No se puede aspirar á una 
recompensa mas dulce. 

Lo he dicho al principio y se lo repito : 
su forma es incorrecta. Pero Vd. me ctn- 
tcsterá y con razón, á mi juicio, que esa 
incorrección está en la naturaleza del e- 
stilo adoptado. La correción no es la be- 
lleza, aunque generalmente lo bello es 
correcto. 

En esta estrofa por ejemplo. Habla 
Vd. de la mujer, de su alma siemj)re a- 
bierta á la caridad y agrega; 



Yo alabo al Eterno Padre 
No porque las hizo bellas. 
Sino porque á todas e^^ i» 
Les dio corazón de madre! 

Ese verso es de estirpe real, mi ami-go. 
— Aunque la estrofa que lo precede y 
los dos primeros versos de aquella á la 
que esa cuarteta pertenece, harían la de- 
sesperación de un retórico, la idea salva 
aquí todo. 

Por ahí, al final en el precioso cznto 
de contrapunto, entre Martin Fierro y 
un negro, encuentro otra perla, que se 
la trascribo de memoria. Es uno de esos 
versos, que una vez leidos, se instalan 
en el recuerdo, al lado de loa huéspedes 
mas queridos. 

Habla el negro : 



Bajo la frente mas negra 
Hay pensamiento y hay vida. 
La gente escuche tranquila 
No me hagan ningún reprockc 
Tamfoien es negra la noche 
Y tiene estrellas que brillan. 



— ¿ Cuál es el canto de la noche? 

La noche por cantos tiene 
Esos ruidos que uno siente 
Sin saber de donde vienen. 

Y esta estrofa que califico de admira- 
Me, que bastaría para reconocer un poeta 
con aquel que la ha escrito, y que al mis- 
mo tiempo es una completa sinfonía, imi- 
tativa de los vagos rumores de la coche 
en nuestros campos desiertos. 

Son los secretos misterios 
Que las tineblas esconden — 
Son los ecos que responden 
A la voz del que dá un grito, — 
Como un lamento infinito 
Que viene no sé de donde ! 

Y aquí, ante esa belleza, me acuerdo de 
Estanislao del Campo, que tiene en su Fau- 
sto más de una nota arrancada á la misma 
fibra. 

No acabaría de citar mi amigo; pero 
basta para manifestarle mi impresión. 

Tengo curiosidad de saber qué vida ha- 
brá llevado Vd. para escribir esas cosas ta» 
lindas y tan verdaderas, que no se traza» 
al lesplandor de la pura y abstracta espe- 
culación, pero que se aprenden dejando en 
el camino de la vida algo de si mismo : 
los débiles, la lana, como el carnero; los 
fuertes, sus entrañas, como el Pelícano... 

No le digo ni la mitad de lo que qui- 
siera ; pero no he de concluir sin apretarle 
fuerte la mano y pedirle crea en la verda- 
dera estimación que siente por su talea- 
to. — 

Su affmo. S. y amigo : 

Miguel Cañé. 

Ifarzo 12 de 1879. 
« El Kacional» Buenos Aires, Marzo 22 de 1876 



SOBRE MA-RTIN FIERRO 



XI 



Señor José Hernández. 

«Martin Fierro» es una obra y un tipo 
que ha conquistado un título de ciudada- 
nía en la literatura y en la sociabilidad ar- 
gentina. 

Ese libro faltaba á mi biblioteca ameri- 
cana, y el autógrafo de su autor, de que 
viene acompañado, le dá doble mérito. 

Agradezco las palabras benévolas de que 
viene acompañado, prescindiendo de otras 
que no tienen certificado en la república 
platónica de las letras. 

Su libro es un verdadero poema espon- 
táneo, cortado en la masa de la vida real. 

Hay en él, intención, filosofía, vuelos 
poéticos y bellezas descriptivas, que seña- 
lan la tercera ó cuarta forma que este gé- 
nero de literatura ha revestido entre no- 
sotros. 

Hidalgo será siempre su Homero, ¡jor- 
que fué el primero, y como Vd. se inspiró 
en su poética que ha condensado Vd. en 
estos dos versos: 

«Porque yo canto opinando 
< Que es mi modo de cantar >. 

Ascasubi marchando tras sus huellas, 
poniendo al gaucho en presencia de la^ 
civilización, exaltando su amor patrio; 
y Estanislao del Campo haciéndolo juz- 
gar las obras del arte y la sociedad con 
su criterio propio, marcan las formas 
intermediarias. 

Resp)ecto de mi modo de juzgar y de 
interpretar este género de poesía, no en- 
contrará el ejemplo y la teoría en las 
composiciones y en la nota complemen- 
taria que Vd. encontrará en el libro que 
le remito en retribución del suyo. 

Después que Vd. lea mi nota crítica, 
no extrañará que le manifieste con fran- 
queza, que creo que Vd. ha abusado un 
poco del naturalismo, y que^a exajera- 
do el colorido local, en los versos sin 
medida de que ha semterado intencio- 
nal mente sus páginas, así como con 
ciertos barbarismos que no eran indis- 
pensables para poner el libro al alcance 
de todo el mundo, levantando la inteli- 
gencia vulgar al nivel del lenguaje en 



que se expresan las ideas y los sentimien- 
tos comunes al hombre. 

No estoy del todo conforme con su fi- 
losofía social, que deja en el fondo del 
alma una precipitada amajgura sin el 
correctivo de la solidariedad social. Me- 
jor es reconciliar los antagonismos por 
el amor y por la necesidad de vivir jun- 
tos y unidos, que hacer fermentar los 
odios, que tienen su causa, mas que en 
las intenciones de los hombres, en las 
imperfecciones de nuestro modo de *er 
social y político. Sin embargo, ta- como 
es, treo «que no se ha de llover el ra«- 
cho » en que su libro se lea- 
Felicitando á Vd. por el á»rigulrr éxi- 
to que ha alcanzado su libro, y que ites- 
tiguan sus numerosas y copiosas edicio- 
nes, me es grato suscribirme de usted. 
Su compatriota — 

Bartolomé Mürt^ 
BoeQOS Aires, Abrü 14 de 2879, 

Señor D. Josi Hemandea. 
Estimado Señor: 

Después de haber recibido su libro, he 
aguardado un dia exento de cuidados, 
y en el que pudiera disponer algunas 
horas para escriberle con detendón. Veo 
que ese dia no llega, y no quiero quedar 
á descubierto por mas tiempo con Vd. 

Le pido así que acepte la expresión 
de mi agradecimiento por el envío de se 
libro, que ha recorrido ya toda la Amé- 
rica Española, y que ha sobrepasado en 
difusión, á cualquier otro libro publica- 
do entre nosotros. 

Es Jnútil agregar otro comentario á 
este comentario espléndido de un éxito 
sin rival. 

Soy su affmo. servidor y compatriota. 



/V. Avellaneda^. 



Mayo 9 de I879, 



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XIJ 



JUICIOS críticos 



Lima, Mayo 5 de 1S79 



Señor D. José Heryíandez. 



Buenos Aires. 



tina apenas figura con 300 volúmenes en- 
j íre cerca de 4000 correspondientes á las 
demás secciones. 

El «Nacional»— Bup.nos Aires, Julio 7 de 1879 



Muy Señor mío 



Hace años que mi difunto y excelente 
amigo D, Juan Maria Gutiérrez me remi- 
tió la primera parte de su bellísimo 
«Martin Fierro» que leí con mucho agra- 
do. Mis poetas predilectos han sido siem- 
pre los que como Vd. hacen gala de sen- 
cillez y no andan rebuscando conceptos. 

Hoy he recibido, con una amable de- 
dicatoria de Vd. las partes primera y 
segunda de su libro, que enriquecerá mi 
modesta biblioteca americana. Doy á Vd. 
ias gracias por el obsequio y por los be- 
névolos elojios con que me favorece. 

El delicadísimo Antonio de Trueba 
envidiaría á Vd. las páginas 49 y siguien- 
tes de la 2* parte. El contrapunto entre el 
payador negro y € Martin», es magnífico. 
Igual aplauso tributo al capítulo 32 en que 
í Martin» aconseja á sus hijos — Allí hay 
filosoña sin relumbrón y verdadero senti- 
miento poético — Son dos cuadros de pluma 
de maestro. 

La poesía popular que cultivaron 
Hidalgo y Ascasubi, está llamada á ejer- 
cer positiva influencia sobre la moralidad 
del pueblo. Consagrarse á ella como Vd. 
lo hace, es ejercer un sacerdocio. No des- 
maye Vd. 

Hace años que he dejado de rendir culto 
á las musas, por consagrarme á registrar 
apelillados infolios históricos. Pero siem- 
pre leo con gusto versos, cuando ellos 
campean el espíritu que en los de Vd, me 
encanta. 

Reiterando á Vd. mis felicitaciones por 
el buen desempeño de su «Martin», me es 
grato ofrecérmele muy de corazón, como 
su amigo afectísimo. 

Ricardo Palma 

Por conducto de la Legación Peruana, 
en Buenos Aires, podría Vd. mandar un 
ejemplar de su obra á la biiblioteca de 
Lima, donde hay un salón destinado solo 
á Hbros americanos. La República Argen- 



Señor D. José Hernández. 

Lima, Abril de 1880. 
Primo mió y querido amigo : 

Por mi hijo Julio he sabido con pena que 
Vd. no recibió la carta en que le daba un 
millón de gracias y felicitaciones, anun- 
ciándole haber llegado á mis mcinos el pre- 
cioso obsequio con que Vd. me favoreció-: 
la segunda parte de su bellísimo poema, 
« Martin Fierro . 

En Lima ha tenido entusiasta acogida 
esta publicación, cuyas bellezas poéticas 
deleitarán á los lectores de tt'das latitudes; 
pero solo á nosotros, hii ds de ese país mági» 
co del fantasista lenguaje, nos será dado 
gustar con su deliciosísimo sabor, el colo- 
rido local de esas gráficas imágenes que 
hacen de este libro una serie de cuadros 
plásticos de sorprendente verdad. 

— Estoy encantado con el «Martin 
Fierro» de Hernández — díjome uno de 
los primeros literatos de Lima. 

— Y sin embargo — respondí — para uste- 
des; ese hermoso poema es Rosario en 
Berherie. 

— -Por qué? 

—Porque la mitad de sus bellezas son 
para ustedes sánscrito : no las compren- 
derán. 

— Pues yo las percibo muy bien. 

— ¡ Error ! O sino expliquemc Vd. esta : 

Nos retiramos con Cruz 
A la orilla de un pajal. 
Por no pasarlo tan mal 
En el desierto infinito, 
Hicimos como un bendito 
Con dos cueros de bagual 

— Pues claro : en lo del' bendito ex- 
presa la prontitud con que arreglaron las 
pieles de ese animal. 

y cuando le hube explicado el problema 



SOBRE MARTIN FIERRO 



Slií 



de la frase picóse enormemente y no me 
ha perdonado aquella explicación. 

Espero que á estas horas, estará V. 
escribiendo otro Ubro como este, que es 
como una golosina : una vez gustado, 
se anhela otro semejante. 

Saludamos á V., Julio, y yo, y le estre- 
chamos cordialmente la mano. 

De Vd. prima y afectísima amiga. 

Juana M. Gorriti. 



Señor D. José Hernandes. 

Estim>ado compatriota ; 

Me pide Vd. un lugar en mi biblioteca 
para su « Martin Fierro », que ha llegado 
tan suavemente á su edición undécima. 

Quiero antes de colocarlo con el honor 
debido á su bizarría, expresar á Vd. los 
motivos del placer que me ha causado su 
héroe. 

En primer lugar es hijo lejítimo de 
Vd. á quien profeso aprecio antiguo. 
Luego, él se me presenta con su garbo 
de jinete criollo, con la originalidad de 
su pintoresco lenguaje, y con el odio mas 
franco á la opresión. 

A mí me encantan esos tipo modela- 
dos por la naturaleza, cuando sus facul- 
tades nativas no han sido alteradas aún 
por una civilización que suele ser funesta. 

.'Compare Vd.' las dalidadds de los 
gauchos con las de los campesinos de 
otros países, ó con su clase proletaria y 
verá. Vd. que toda la ventaja está de) 
lado de nuestra taza genuina que lleva 
grabado en su pecho varonil el sello de 
la América. 

Hay en ese representante primitivo de 
nuestra nacionalidad, una mezcla singu- 
lar de astucia y de candor. Pero domina 
entre los afectos de su alma la idolatría 
de su independencia. 

La Pampa convida á la libertad. Su 
extensión inmensaj su aire puro, no han 
sido creados aisladamente para los escla- 
vas. 

Pero el desierto incita también á la me- 
lancolía, y cuando el payador canta en 



la guitarra, no es extraño que sus endechas 
sean tristes, no solo por los males amar- 
gos de su condición, sino porque cede á 
la influencia del espectáculo que le rodea. 
El aislamiento aumenta esta propensión, 
y se comprende que al caer de la tarde, 
aquel soltaría tal vez sus lágrimas al a- 
rroyo, cuyas aguas se deslizan como las 
horas de su humilde existencia. 

Si no hubiese en sus costumbres y en 
su suerte, elementos de interés dramático, 
Vd. los habría hallado en sus inspiraciones 
frescas corneo las florecillas silvestres que 
matizan nuestra llanura. 

Pero otra consideración más trascenden- 
te resalta de los versos de a Martin Fier- 
ro». Ella se liga con uno de los problemas 
fundamentales de la sociabilidad eji el 
Rio de la Plata. 

Las promesas de la revolución no se 
han cumplido todavía para los hijos del 
Pampero. El rancho de paja no basta á 
protejer á quien lo habita. ; Quién tendrá 
derecho de asombrarse que un ser privado 
de los goces mas puros de la vida, y de 
cultivo intelectual, apele á su acero par;i 
defenderse, ó vengarse, y á su ajil caballo 
para huir?. 

Pero me aparto de la peligrosa corriente 
de tales recuerdos, para felicitar á Vd. 
por la pintura fiel de esa porción poco 
estudiada del pueblo argentino. 

Cuando Vd. describe algunas escenas, 
de esas que no tienen nunca mas testigos 
que las estrellas, ni mas coro que las aves 
salvajes, se sentirá uno tentado á las co- 
rrerías agrestes, para sorprender acaso en 
el fondo del llano el misterio del destino 
de una parte no menos olvidada, que no- 
ble de la humanidad. La simpatía que des- 
pierta se aviva cuando se piensa que asi- 
stimos á su rápida extimación y cuandi> 
su asimilación con razas exóticas cambia 
esa fisonomía que solo á la poesía es dado 
perpetuar. 

Así el emf)eño de Vd. será saludado 
por la sensibilidad y por el patriotismo. 
Casi todos invocan los númenes más pro- 
picios al genio en sus vuelos mas atre- 
vidos. 

Pero Vd. se ha contentado con improvi- 
sar después del mate, dulces trovas á la 



XIV 



JUICIOS críticos 



sombra del amoroso ombú, ó allá en la 
cresta de una loma- Yo envidio la fortun« 
con que Vd. embellece tradiciones que st 
¡Derderían en medio de las parturbacio 
Bes de nuestra época, sin el talento y ei 
corazón que les dá vida, y las graba pro 
fundamente en la literatura y en h 
historia. 

José Tomás Guido 
Buenos Aires, Noviembre i6 de 1S78. 



S'^fior D. José Hernández. 

Mi amigo : Le prometí á Vd. última- 
mente manifestarle mis impresiones sobre 
su «Martin Fierro», y paso á hacerlo. 

Está demás anticiparle que yo no pue- 
do, ni debo emitir un juicio crítico acerca 
de ese libro con que Vd. ha enriquecido 
nuestra literatura Nacional. 

Imagínese Vd. que á cualquiera, á H... 
á mi, se le ocurriera hacer algunas de esas 
ifndicaciones que se suelen dejar caer sobre 
un autor con todo el peso del sentimientc 
paternal que las inspira, (el sentimiento 
paternal (sic) suele traducirse en palos 
aplicados sin ninguna ceremonia) analizar 
el bagaje literario de su libro; apuntar 
incorreciones ; someter al bueno de « Martin 
Fierro» al tormento de esas mil reglas y 
preceptos que los críticos nunca acaban de 
inventar, porque esto les da eterno pre- 
testo para disertar sobre el modo cómo se 
han desnaturalizado las unas ó violado 
las otras. 

Todo esto sería música celeste. Cual- 
quier criollo estaría tentado á responder 
k» que respondió uno de ellos al caballero 
mglés que le preguntaba : ¿ Do ya know 
where is Cochabamba streeí? — si no 
dijera demasiado con estas palabras : a- 
rnigo es matarse; nosotros hemos leido á 
«Martin Fierro» en once letras diferentes. 

Hé aquí mi am.igo Hernández, el mejor 
juicio acerca de su libro. Once ediciones 
de un libro son como para llenar de or- 



gullo un autor en Buenos Aires- Vd. solo 
)uedc blasonar de ello. Ni la Constitución 
Argentina ha merecido este honor. Se en- 
sayó dos veces en 181 1, se varió en 1815, 
en 1817, 1819, en 1826 y en 1853-60: ocho 
publicaciones mi amigo. Su t Martin Fier- 
ro» le lleva tres todavía; y recorre á ca- 
ballo la llanura, las pulperías y los ran- 
■'^oq;, haciendo por la vida, esto es, por 
otras tantas ediciones. 



II 



Y se va lejos, se hunde en el Sud — 
en ese Sud de tiernos y dolorosos recuer- 
dos para el gaucho, donde v e se deja 
ver todavía arrogante y heiuioso como 
ahora cincuenta años, cuando ímp>onía 
3u voluntad y su ley á todos aquellos á 
quienes en vano clamó, durante otros tan- 
tos años, para que lo sacaran del misero 
desamparo en que vivía. 

Porque el gaucho, — y esto es lo que 
hace buscar con cierto amor todo libro 
que á él se reñere, — tiene su noche en 
nuestra historia ; noche larga, sin otra luz 
que la de las cuatro estrellas que indican 
ese Sud en nuestra Pampa. Su huella ha 
sido la del martirio abnegado, — su vida 
la del combate con la adversidad, su de- 
stino, el de los eternamente desheredados, 
su único consuelo el desierto inmenso, que 
siempre revivió bajo sus plantas» prodi- 
gando á su rey desventurado sus flores, 
sus brisas y sus aguas para que recup)erara 
sus fuerzas, allí, á la sombra del ombú, 
bajo el cual se levantó alguna vez su ran- 
cho de paja en que desapareció con su 
mujer y con su hijos ! 

Es un poema de lágrimas que solo el 
Pampero ha recojido.... flores silvestres de 
rara fragancia que sepultó el progreso que 
pretendemos cimentar con remedios de ci- 
vilizaciones agenas, y que amenaza privcir 
el gaucho hasta del consuelo de ver en 
un día no lejano, el espectáculo de nue- 
stras libertades arraigadas, de nuestros 
derechos dignificados, de nuestra prospe- 
ridad asegurada por las que el gaucho 
luchó durante cincuenta años con su lanza 
y á caballo. 



80BBK MAETIN FIEBKO 



XV 



III 



Sigamos al gaucho, mi amigo, sigámos- 
lo en esa noche tristísima para él y vcr- 
«;onzosa para nosotros Encierran mi- 
sterios tan íntimos y tan mal comprendi- 
dos los senos generosos de esa Pampa, 
donde el gaucho nació como rey y donde 
apenas vivió como cuervo!... Tanta melan- 
colía mezclada con cierto amor á la patria 
que conquistamos con ellos, cae al fondo 
del alma al evocar el recuerdo de esa no- 
che! 

A principio de este siglo el gaucho, 
con ser que ya había guerreado en nombre 
de su patria contra los ingleses, era el mas 
desamparado de la suerte y de los hom- 
bres. — Después del esfuerzo de su patrio- 
tismo, solo le quedaba la inclemencia del 
desierto, al cual no dejaban los bienes 
relativos de que gozaban los hombres de 
las ciudades. 

Requerido constantemente para el ser- 
vicio militar que demandaba nuestra gue- 
rra de la Independencia ¿ dónde se dio una 
batalla en la que el gaucho no lanceó, acu- 
chilló, baleó y venr ó á los españoles, 
haciendo gala de ese heroismo temerario 
que es aliento poderoso de su alma, algo 
como carne de su carne? ¿Dónde no estu- 
vieron Güemes y Lavalle, Necochea, Bal- 
carce, Pringles, Lamadrid, Suarez, Ola- 
varría y tantos otros brazos armados cons- 
tantemente en defensa de la República? 

La Independencia se iba logrando, el 
bienestar se acariciaba, se comenzaba á 
gozar algunos bienes, y entre tanto ¿ que 
partecipación tenía el gaucho en este nuevo 
teatro de la democracia, que él había con- 
tribuido á cimentar? 

Ninguna : seguía siendo soldado, ni 
hogar, ni familia que lo ligara á la patria 
ingrata que lo había engendrado para sa- 
crificarlo, especie de Saturno que bebía sin 
saciarse la sangre de sus hijos. 

La desgracia suele tener sus paroxis- 
«os. El alma estalla frenética desgarran- 
do con salvaje complaciencia los sentimien- 
tos que algún día le sirvieron de consuelo 



para borrar de sí, hasta el recuerdo de la 
esp>eranza maldita, que agotó las lágri- 
mas y las fibras marchitó. 

El infortunio del gaucho lo tuvo tam- 
bién. La ocasión le fué propicia y él la 
aprovechó para dar rienda suelta á sus 
instintos y á sus furias. 

Al espuntar el año 20, los gauchos re- 
corrían el desierto en todas direcciones, 
para aproximarse en medio á su desventu- 
ra, y librar juntos ese combate tremendo 
que debía perpetuarse en nuestro país 
hasta que triunfara la idea que ellos es- 
tamparon > sin conocerla, en las bandero- 
las rojas de sus lanzas húmedas con 
sangre. 

La representación que asumían Ramí- 
rez, López, Bustos y después Facundo y 
Aldao en otras Provincias, la asumió Ro- 
sas en la de Buenos Aires. 

Radicado en la campaña «sacrificando 
«comodidades y dinero, haciéndose gau- 
«cho, hablando como tal, haciendo lo 
«que los gauchos hacían, protejiéndolos, 
« haciéndose su apoderado, cuidando de 
sus intereses, etc. etc. », según el mismo 
Rosas lo ha expresado en una confidencia 
— el descendiente de los Condes de Pobla- 
ciones fué como una Providencia que surjió 
de las entrañas de la Pampa en favor de 
los gauchos, que miraban con indecible 
asombro ese hombre para ellos extraordi- 
nario, y que era su proprio engendro y 
que ya los había hecho brillar sobre todos, 
conduciéndolos á ahogar la anarquía en 
esa cmdad de Buenos Aires, que nunca ha- 
bía tenido un eco de consuelo para ellos. 

Rosas llegó á ser el gran señor de la 
campaña. El teatro era muy vasto ; pero 
la admiración y el cariño hacia su per- 
sona era llevado en alas, por los gauchos, 
de pulpería en pulpería, donde tem- 
plaban sus guitarras para cantar sus ala- 
banzas á ese gaucho hermoso y arrogante 
que protegía sus hogares y los hacía fe- 
lices dejándolos vivir de su trabajo al lado 
de su hijos ¿ Cómo pues el corazón de la 
campaña no había de abrirse con la espon- 
taneidad de la flor del aire para elevar á 
Rosas al Gobierno? 

Rosas adoptó en provecho de su Go- 
bierno fuerte, la idea en nombre de la 



JÍVl 



JUICIOS críticos 



cual los gauchos y sus jefes vinieron á 
atar sus potros al pié de la Pirámide de 
Mayo en 1820. La federación que une á 
todos los argentinos bajo el glorioso pabe- 
llón de Mayo, ha sido pues la venganza 
que tomaron nuestros gauchos. La deva- 
stación y los males que esto ha causado 
antes de asentarse para siempre, están 
compensados con ese infortunio cruento del 
gaucho que también es hijo de esta tierra, 
y con el provenir venturoso que esa fede- 
ración nos depara si sabemos perseverar 
en los propósitos que desde 1S62, queda- 
ron librados al patriotismo de los pueblos 
argentinos. 



lY 



Tal es el tipo histórico y social de su 
« Martin Fierro». 

El ha ido desapareciendo á medida que 
se han ido extendiendo y perfeccionando 
i 03 principios que el gaucho proclamó y 
sostuvo durante nuestras peregrinaciones 
y contiendas. 

Pero su condición no ha mejorado en 
razón de esos progresos. Todavía lo abate 
su infortunio, porque todavía tenemos mu- 
cho desierto desamparado y todavía te- 
nemos alguna barbai'ie enmascarada en la 
República. 

Todavía el gaucho llora la triste suerte 
que le cabe en la campaña, ücnde subsi- 
sten para él los rigores que han desapa- 
recido pcira los demás. 

Estos rigores de su suerte mezquina, 
esta desgracia, es lo que canta Vd., to- 
mando á la Pampa como teatro y á un 
payador valiente y generoso como prota- 
gonista. 

¿Como lo ha hecho Vd?-.. (Aquí de- 
bía empezar el juicio crítico). Ya queda 
dicho al principio, ya lo han dicho las 
once ediciones de su libro. 

Permítame Vd., pues, que no añada 
mas á lo que, sobre el particular han di- 
cho las personas competentes que han leído 
su libro, tributándole á Vd. los elogios 
que merece su bien cortada pluma para 
esta clase de literatura tan poco explotada 
entre nosotros, á pesar de haber tenido 
precursores como Hidalgo, Lavardén v 
Ascasubi. Del Campo, el famoso Anasta- 



sio el Pollo y Vd., son los únicos que la 
han cultivado en nuestros dias. Ambos 
han obtenido lauros que mañana figura- 
rán en nuestros fastos literarios como fru- 
tos opimos de esfuerzo nobilísimo que 
tiende á perpetuar en nuestra historia el 
:ipo original y esforzado del rey de los 
desiertos argentinos. 

Son los votos de su amigo 

Adolfo Saldias, 
S(C Noviembre 16 de 1878. 



MARTIN FIERRO 



PRIMER ARTICULO 

No es el poeta agorero, ave en callada 
aoche, no es canoro pajarillo en desierto 
bosque; sus cantos no han de ser notas 
i>erdidas de laúd gimiente. 

No, la chispa del genio y de la inspira- 
ción no se ha encendido en el foco del 
cerebro para irradiar su luz, como la ilu- 
minación fosfórica del cementerio. 

El poeta es un ser fecundo, una po- 
tencia social, un profeta, un filósofo, un 
moralista, un maestro; por eso son muy 
¡JOCOS los que merecen ese título. 

Si alguien preguntase cuántos poetas 
hay en la República Argentina, yo diría 
Andrade y José Hernández. 

Cuando esa numerosa falange de versi- 
iicadores rebuscadores de imágenes, aco- 
modadores de frases sonoras, haya can- 
tado las glorias de la patria, modificado 
una costumbre, desarraigado una preocu- 
pación, depositado una chispa de verdad 
en la conciencia del pueblo, engendrado 
un sentimiento de bondad, sublevado una 
noble pasión, puede aspirar al honroso 
calificativo, que tan pocos lo han mere- 
cido en la historia. 

¿Por qué Byron, se nos dirá, es repu- 
tado entonces como el mas grande poeta, 
cuando no ha hecho sino cantar sus pro- 
pios dolores? Porque ha tenido el triste 
poder de envenenar el corazón de la hu- 
méinidad por la desilusión, por la herida 
con veneno deletéreo ; herida cancerosa 
que Lamartine ha curado con el bálsamo 
de la piedad. . 



SOBRí; MARTITÍ fíKRRO 



XV/Í 



Sin embargo, Byron morirá en la me- 
moria de las generaciones futuras y Sha- 
kespeare no morirá, no morirán : L'Isle, 
Ri^o, López Planes, Andrads y Hernán- 
dez; porque aquellos ron poetas subjetivos 
de influencia eñmera en la imaginación, 
mientras estos son poetas heroicos, socia- 
listas y filósofos que afectan necesidades 
permanentes del espíritu, proyectan re- 
voluciones súbitas ó lentas, que han de 
trasformar la faz de la sociedad, hieren 
la cuerda esencial del sonoro istrumento, 
rtemamente templado para las grandes y 
elevadas armonías. 

En poesía pasa lo que en la música, los 
tvals de Asker y Ketterer morirán en la 
memoria, como las melodías de Gounod 
y la fantasía de Wagner; pero non mori- 
rán le concepciones gigantescas de Meyer- 
bcr, Bethoven; porque aquellos son indi- 
vidualistas y simplemente estéticos, y estos 
so» creadores intérpretes de la armonía 
universal y absoluta. 

La República Argentina cuenta con 
centenares de inteligencias en tres gene- 
raciones, que han ensayado y aun hecho 
profesión de la poesía en sus diversos gé- 
neros, pero que ninguno de ellos, ni to- 
dos en conjunto, han constituido ni po- 
dido formar lo que propriamente podría 
Mamarse : literatura argentina. 

Es á los dos poetas que hemos citado 
cue cabe la gioria de haber fundado la 
poesía clásica argentina. 

El libro del Sr. Herncindez, á<ú que 
nos venimos ocupando bajo sus diversas 
faces, tiene, sobre todo, tres cualidades : 
verdad, utilidad y armonía. 



»«• 



' La verdad es absoluta ó relativa, ñlo 
sóñca ó literaria. En «Martin Fierro» se 
refleja la verdad plena en todas sus faces, 
en todas sus aplicaciones. 

La verdad ñlosóñca se encierra en la 
eoncepción, porque responde á las mas 
sentidas necesidades de una gran clase 
social, á los principios mas austeros de 
la moral y á la realidad de los hechos 
históricos; la verdad literaria resplandece 



en la forma en que hay exactitud y re- 
lieves en la descripciones etnográficas, 
viveza, precisión y aun concordancia fre- 
nológicas en retrato típico de los perso- 
nages, naturalidad en la narración de los 
hechos, en el desarrollo dramático y sobre 
todo en las máximas, en los giros del len- 
guaje y aun en los vicios de la pronon- 
ciación y escritura. 

« Martm Fierro» es el libro mas útil que 
se ha escrito en versos en la América por- 
que es el espejo mas fiel, el cuadro mas 
acabado de le vida del gaucho, la lección 
mas magistral de moral, el catecismo 
mas senqillo de política y filosofía, el ali- 
ciente mas poderoso para aprender á leer 
y la revelación mas elocuente de la revo- 
lución, que principia á incubarse en el espí- 
ritu del campesinoy que á ella se lanzó in- 
conscientemente y como instrumento de pa- 
siones de caudillos ambiciosos ; es el libro 
que suple á la Biblia, á la novela, á la 
Constitución y á los volúmenes de ciencia ; 
es la leyenda mas popular que aprende de 
memoria el niño, que la canta el payador, 
que la murmura el carrero y la lee con 
deleite la candida doncella. 

Es la poesía mas armoniosa, porque en 
el lirismo debe imperar la sinfonía. 

Los versos de « Martm Fierro » son los 
mas perfectamente cantables, porque están 
expresamente escritos para esa música po- 
pular, medio recitativa, medio cantada, 
al compás de la guitarra ; poemas senci- 
llos, espirituales? descriptivos llenos de ese 
sabor criollo, que hace estremecer con frui- 
ciones tan especiales el corazón argentino. 

El octosílabo como metro es sin duda 
el mas armonioso, pues aunque carece de 
la magestad del endecasílabo y alejan- 
drino, es mas flexible y se presta como 

niíjguno á ki sentencia, á la máxima y 
á la sátira. 

La? estrofas en íísis versos se prestan 
igualmente al canto rítmico, á la rotunder 
de los pensamientos y la variedad de 
tonos ; por eso el gaucho canta esas rapso- 
dias argentinas con interés, entusiasmo, 
deleite y con pasión, como la expresión 
legítima de sus creencias, de sus necesi- 
dades, esperanzas é ilusiones. 

«Martin Fierro» vive en la memoria de 



XVIII 



Juicios críticos 



todos, y vivirá en las futuras generacio- 
nes, por qae es el poema mas argentino. 



SEGUNDO ARTÍCULO 



¿Tiene la América latina una literatura 
propria? 

Si hemos ck aceptar la palabra litera- 
tura bajo su acejxrión legítima y genuina 
estaraos obligacios á declarar que no. 

Nuestra ideas, nuestro idioma, nuestras 
costumbres, nuestro gusto estético y hasta 
JOS elementos mas simples de nuestra cul- 
tjra social, son europeos y principalmente 
franceses, ingleses y españoles. 

AI leer nuestros libros de poesía, nadie 
creería que han sido escritos en América. 

Los poetas colombianos, peruanos, bo- 
livianos, chilenos, argentinos y brasileros, 
no reflejan ni un solo rayo de la luz pro- 
pia de su nacionalidad, ni un solo ras- 
go de su fisonomía característico, ni un 
paisage de su naturaleza, ni un hecho de 
su historia, ni un incidente de su vida 
ordinaria. 

Podría citarse algún canto excepcional, 
slguna rara producción, mal apreciada, 
desterrada de la «high-life» de las letras, 
que con el trascurso de los tiempos y el 
progreso de nucbíra educación intelectual, 
encontrarán sin duda su asiento magistral 
en la corte aristocrática de las letras ame- 
ricanas ; pero que hoy no bastan á definir 
nuestro prototipo como naturalezza, cien- 
cia, arte, política» religión ó costumbres. 

Los americanos creemos que solo en 
Paris ó Londres hay ideas, sentimiento, 
genio, costumbres, pasiones, virtudes, crí- 
ijienes, belleza natural y artística. 

No nos hemos tomado la molestia de 
averiguar si hay sirenas entre las murmu- 
rantes ondas de nuestros arroyos, si el 
soplo del infierno impele los huracanes de 
nuestras Pampas, si gigantes de immesu- 
rable talla sostienen sobre sus hombros 
nuestras moles graníticas, si misteriosas di- 
vinidades vagan en el fondo ignoto de 
nuestros bosques, si nuestra raza autóc- 
tona es de origen celestial ; ni siquiera 



hemos preguntado si el salvage impetuoso 
de los llanos trae algo de la sangre de los 
Titanes, de los Pandos, ó de los Runas ; 
que ni siquiera sabemos si el pastor de 
nuestros valles y montañas tiene alma : si 
ama, si piensa, si tiene su filosofía y su 
estética originales. 

Y sin embargo, ahí está abierto ante 
nuestros indiferentes ojos el gran libro 
de nuestra espléndida naturaleza : ahí está 
torturante el misterio de nuestro origen ; 
ahí están las tradiciones de nuestra pri- 
mitiva vida civil, y las largas y terribles 
horas de la esclavitud y las hazañas épica 
de nuestra emancipación política. 

Tenemos el gaucho, el indio de la Pam- 
pa, de las montañas, de los bosques, con 
costumbres, ideas, idiomas y hasta insti- 
tuciones propias, que no solo no cantamos, 
que ni estudiamos, ni inquirimos. 

La poesía de todos los pueblos ha te- 
nido su cuna en su propia naturaleza, en 
su mismo corazón, en su convicciones, íh- 
timas,en su goces familiares, en sus do- 
lores secretos, en sus glorias nacionales. 

Desde Valmiqui, el épico Indio, desde 
el salmista hebreo hasta Fenimore Koo- 
per, el novelista yankée, todos han bus- 
cado la inspiración en el espejo luciente 
que refleja ante sus ojos la imagen de lo 
infinito, en las reminiscencias queridas de 
su memoria ó en las tradiciones venera- 
bles de sus abuelos; solo los Americanos 
del Sud hemos apartado los ojos de ese 
espejo, los labios de esa fuente, y el co- 
razón de ese santo objetivo : la patria y 
el hogar. 

Se han intentado algunos ensayos des- 
criptivos de la naturaleza americana, ras- 
gos históricos de nuestro origen prehistó- 
rico, algunas odas ensalzando los episo- 
dios de nuestras guerras nacionales ó ci- 
viles ; pero esto no es literatura america- 
na, ni en su espíritu ni en su forma, ni 
en su volumen. 

Conocemos la biblioteca del señor An- 
drés Lamas, constante de 7,000 volúme- 
nes, escritos todos en América ó sobre 
America : será sin duda la primera bi- 
blioteca en su género, en su rara especia- 
lidad, pero no está allí la literatura ame- 
ricana. 



SOBRE MARTIN FJKRRO 



XiX 



Necesitamos un Dante, un Grxthe, un 
Cervantes que dé forma al pensamiento, 
al espíritu origmal de América, que re- 
ñeje en su estilo, en su filosofía, en sus 
cuadros, nuestras costumbres, nuestras 
creencias, en fin> nuestra v?da tal como es. 

Preguntando Shakespeare sobre la pri- 
macía de sus dramas, contestó : « Ricar- 
do tercero es la mejor de mis obras, por- 
que es la mas inglesa». 

Así debemos pensar los americanos- y 
decir : la obra mas eminentemente lite- 
raria, debe ser para nosotros, no la ma> 
voluminosa, la de mas grande con cep- 
ejón, sino la mas americana. 

La República Argentina en sin duda 
í la c}ue en todos los géneros literarios ha 
contribuido mejor y con mas contingen- 
te á formar ese retrato de tan difícil de- 
Imeamento, de tan complicados matices, 
y que sin embargo encierra en su fondo 
una asombrosa sencillez, la expresión es- 
íereotípica del espíritu de un pueblo por 
bU poesía. 

No conocemos ningún poeta Americano 
que revele con mas verdad, mas grande- 
za, mas naturalidad el espíritu de su pa- 
tria, que estos tres argentmos : 

Echeverría, José Hernández y Olegario 
Andrade. 

Martin Fierro es la obra magistral de 
Hernández, poema sencillo en su concep- 
ción y desarrollo dramático, pero espejo 
pulidísimo de las costumbres, institucio- 
nes é ideas verdaderamente argentinas, fi- 
losofía misantrópica que hace olvidar la 
sangre fria de Larrochefoucauld ó de 
Voltaire, crítica amarga como la de Ju- 
venal ó Rabelais, gracia como la de Cer- 
vantes, escepticismo venenoso bebido en 
Gcethe, y sobre todo, verdad, naturali- 
dad, sencillez, aprendidas en el único 
libro que leen y deben leer filósofos y 
poetas como Hernández : La naturaleza. 

Tales son los caracteres prominentes de 
ese libro original, del que nos vamos á 
ocupar y cuya apología puede sintetizarse 
en esta sola verdad: «es el único libro 
« -irgcntino del que vá á hacerse la duo- 
« décima edición con utilidad para el au- 
«tor, para ei editor y para el pueblo*. 



TERCER ARTICULO 

Para apreciar el libro de! señor Her- 
nández, que lleva el mismo título que este 
artículo, es necesario conocer intimamen- 
te el tipo original del gaucho. 

El gaucho no es el indio primitivo de 
las pampas y selvas americanas, no eí^ 
el español conquistador de nuestro sue- 
lo, ni es el cuarterón que lleva en sus ve- 
nas la sangre mal confundida de ambas 
razas. 

Es mdubable que en su constitución 
fisiológica es necesario reconocer e^os ele- 
mentos, ese origen orgánico ; pero no en 
su tipo social. 

Hay dos elementos psicológicos que 
definen al gaucho : la conciencia de su 
fuerza corporal, y el atrevimiento de su 
fantasía. 

El gaucho se cree invencible, y de ahi 
proviene la segundad en sus empresas, la 
confianza en el éxito y la serenidad en 
el peligro. 

El caballo con su vigor y ligereza, la 
pampa con su inmensidad, han acentua- 
do '^=e rasgo gráfico de su fisonomía' 
moral. 

Y es sin duda á la misma causa á la 
que obedece ese poder extraordinario de 
imaginación, que absorbe en sus vastos 
pliegues las otras facultades de su ser. 

El valor en el gaucho no es una im- 
pulsión orgánica, no es un arrebato san- 
guíneo, no es un estremecimiento nervio- 
so, no es un deber moral, no es una vir- 
lud cívica; es un vuelo de su fantasía, 
la realidad de un sueño, un halago de 
su orgullo, una necesidad de su espíritu, 
en que domina esa inclinación instintiva 
á lo grande, á lo infinito. 

Asi han sido los Galos, los Norman- 
dos, y todas las razas viriles, á las que 
la vida sedentaria y los vicios sociales 
han raquilecido, y que en los albores de 
su vida civil, estaban familiarizadas con 
la avidez é inmensidad de los desiertos, 
con el ímpetu de los huracanes, la sober- 
bia de las tc;npestades y la voracidad de 
las fieras. 

El gaucho es natural, ingénita y fatal- 
mente poeta y filósofo. 



XI 



JUICIOS CRÍTICOS 



Pero su poesía y su ülosoi.^ "X) son a- 
prendidas en los libros, en los centros so- 
ciales, en las revoluciones históricas, si- 
no en el gran libro de la naturaleza, per- 
petuamente docente para el ojo ávido que 
ie consulta sin cesar. 

No hay en el horizonte que le rodea un 
solo objeto que no le hable : el relincho 
del caballo, el bramido del toro, el canto 
del ave, el chirrido del insecto, el mur- 
murio del arroyo, el sabor del pasto, ha- 
sta el rayo tenue de la luz de una estrella, 
todo es para él un consejo, una lección, 
un precepto, una ley, una súplica. La na- 
turaleza es su cátedra y su altar. Mas sa- 
cerdote que los augures, mas poeta que 
los rapsodas, va pensando, leyendo y 
cantando siempre; la eterna sibila, la sa- 
bia pitonisa, ante su imaginación, vá a- 
montonando en la hoguera de su espíritu, 
chispa á chispa, y en ráfagas sin intermi- 
tencia, el fuego sagrado de la inspiración 
y la llama que alimenta la tranquila me- 
ditación. 

Esta perpetua contemplación de la na- 
turaleza bajo sus formas desde la tem- 
pestad destructora, blasfemia de la na- 
turaleza, hasta el rocío, lágrima de 
amor, que la noche llora; han hecho del 
gaucho un filósofo y un poeta, bajo to- 
das las formas que abarca el pensamiento 
y con todos los matices que puede colo- 
car el genio. 

El gaucho es místico, escéptico, espiri- 
tualista, materialista; en moral es egoí- 
sta ó filántropo; en política casi siempre 
demagogo. 

El predominio de la fantasía y el sen- 
timiento de lo infinito, lo inclinan á la 
epopeya; la lucha contra las constitucio- 
nes civiles lo obliga al drama, y el orgu- 
llo de la conciencia de su poder lo hace lí- 
rico. 

El amor es el elemento de su vida so- 
cial, pero para él casi nunca es un sen- 
timiento, ni un hecho capital de su vida; 
es un capricho de su fantasía, una aven- 
tura de un día. 

El gaucho tiene su hogar que exhala 
ese perfume que hace sentir la poesía y 
filosofía propias de su carácter; el impe- 
rio que ejerce sobre la mujer, la educa- 
ción especial que dá á su hijo: ese domi- 
nio absoluto del déspota, mezclado con 



la dulce mansedumbre del amante, ha- 
ce de su rancho, palacio, cátedra, taller, 
teatro y club; allí manda, enseña, traba- 
ja y se recrea. 

Hay indudablemente en la vida fami- 
liar un gran fondo de virtud, de poesía 
y en su natural simphcidad Ii forma mas 
perfecta de Gobierno. 

El rancho del gaucho po es la choza 
triste del patriarca bíblico. Medio ciuda- 
dano, medio salvaje, tiene que luchar 
contra la naturaleza, contra sus pasiones, 
las instituciones, la opresión tenaz de las 
clases superiores. 

Ese combate tan múltiple en sus for- 
mas, cuanto tenaz en su acción, hace de 
su vida un drama interesante que ha en- 
contrado escenas hasta en las esferas del 
Gobierno, en las cátedras universitarias y 
finalmente en las páginas de nuestros l\- 
bros de alta literatura. 

El libro del señor Hernández, es la ex- 
presión mas acabada de la vida psicoló- 
gica y social del gaucho. 

€ Martin Fierro * es la personificación 
de sus instintos, de sus pasiones, de sus 
gustos, de sus aspiraciones, de las frui- 
ciones de su alma, de los sueños de su 
fantasía, de los cálculos de su mente, de 
su filosofía racional, de su experiencia 
cuotidiana. % 

La payada del gaucho es el elemento^ 
el miserere y el reverle, el sursum corda 
de su vida tan digna de estudio, que re- 
presenta al patriarca y al guerrero, de ese 
tipo tan interesante, que confunde en be- 
llísima síntesis al caballero, al héroe, al 
ciudadano, al aventurero, el poeta, al fi- 
lósofo y al sacerdote. 

Mañana nos ocuparemos del libro. 

CUARTO ARTICULO 

Son innumerables los libros que la in- 
teligencia del hombre, en sus diversas a- 
plicaciones, ha producido en los últimos 
tiempos. 

El movimiento intelectual, en algunos 
paises como Alemania y Francia, pre- 
senta los síntomas del delirio febricien- 
te, el magestuoso y sublime desorden 
de la tempestad. 

Pero en ese desborde del genio, en esa 
loca monumentalización del pensamiento, 



SOIiKE MAKTIN FIERRO 



XXI 



en esa consagración lapidaria de la labor 
paciente del cálculo, son muy pocas las 
pi-edias sólidas, que puedan servir de 
sillares al edificio del progreso y de muro 
de defensa á la convicción filosófica. 

Muy escasos son los libros que han 
tenido el privilegio de realizar una re- 
volución en las ideas, en las costumbres 
ó en las instituciones. 

No basta escribir, es necesario escribir 
según la época en que se vive, el país que 
se abita, los vicios que se combaten, ios 
principios que se defienden, ios dogmas 
que se profesan. 

La palabra es pan, pero no siempre 
aprovecha al organismo. 

El consejo, la máxima, la doctrina, la 
sátira, hasta el insulto, son eficaces en 
oportunidad de tiempo y lugar. 

Cuántos poemas , cuántos historias, 
cuántas novelas se han escrito sin que 
arrojen un rayo de luz sobre la concien- 
cia, sin que remuevan un guijarro de la 
seoda áspera de la vida, sin que hagan 
estremecer el corazón con la mas tenue 
fruición, sin que hayan modificado una 
letra de las leyes tiránicas de las socie- 
dades decrépitas, sin que hayan hecho 
sitiera contraer los labios del mas alegre 
lector ! 

Páginas sencillas, lacónicas, inspira- 
ciones súbitas, doctrinas vulgares, perc 
mal comprendidas, no estudiadas, lige- 
ramente despreciadas, han cambiado 1. 
ley de las sociedades, las costumbres tra 
dicionales, los principios científicos y lo 
. -Sarnas de la fé« 

Ya lo hemos dicho ; poceis, muy poca; 
son esas obras de cualquier carácter qi 
sean, que hayan conseguido remover esa 
piedras, que entorpecen el camino que re 
ccare trabajosamente la peregrina huma 
nidad. 

Y ya que no es posible operar una re 
volución cada día, es necesario que cad; 
palpitación del cerebro de los grande 
pensadores, cada palabra de sus labicr 
píticos enjugue una lágrima, evite un su 
spiro, destile una gota de bálsamo sobn 
las heridas del alma, que sea una ráfagr 
de luz que alumbre, un soplo de brisa qu( 
perfume, una gota de rocío que refresque 
una nota melodiosa que deleite. 



Cada época de la historia, cada región 
del globo, ha tenido sus redentores, sus 
profetas revolucionarios, que se han 
servido de la letra para consumar sus 
grandes propósitos ; las obras de esos 
géni05 son las verdaderas obras clásicas 
de la literatura. 

Si Italia tiene su Divina Com-ídia, Es- 
paña su Quijote, Alemania su Fausto, la 
República x\rgentina tiene su Martin 
FTerro. 

«Martín Fierro*, mas que una colec- 
ción de cantos populares, mas que un 
cuadro de costumbres, mas que una obra 
literaria, es un estudio profundo de filo- 
sofía moral y social. 

€ Martin Fierro » no es un hombre, es 
una ciase, una raza, casi un pueblo, es 
una época de nuestra vida, es la encama- 
ción de nuestras costumbres, instituciones, 
creencias, vicios y virtudes, es el gaucho 
luchando contra las capas superiores de 
la sociedad que lo oprimen, es la protesta 
contra la injusticia, es el reto satírico con- 
tra los que pretendemos legislar y gober- 
nar, sin conocer las necesidades del pue- 
blo, es el cuadro vivo, palpitante, natural, 
estereotípico, de la vida de la campaña, 
desde los suburbios de una gran Capital, 
hasta las tolderías del salvaje. 

Todos los hechos de la vida se enca- 
denan, todas las esferas de acción son 
círculos concéntricos que parten de un 
:entro y se extienden hasta lo infinito. 

Dante llevó su imaginación hasta el 
:ielo y el infierno, partiendo da un latido 
de su corazón, hizo un poema universal 
de su afección subjetiva, y en Beatrice de 
í^ortinari encontró el objetivo de su infi- 
nta peregrinación. 

José Hernández ha tomado como el 
ípico italiano, un hecho familiar, como la 
:ausa y ei punto inicial de su espléndi- 
la concepción, para plantear problemas 
.ocíales de la mayor trascendencia, pro- 
'etizar revoluciones futuras que han de o- 
)erarse fatalmente, ha encostrado el pre- 
ííívto para rasgar c(!rj mano airada, les 
mcajes diáfanos de nuestro traje demo- 
:ráticoj con que descumbrimos llagas te- 
ribles, que corroen nuestro organismo, 
jara enseñar máximas de moral purísima, 
para justificar todo los sistemas filosófi- 



XXII 



JUHIOS (HITICOS 



eos, dc'sclc el c~tático raisticisrao hasta h 
amarga decepción, desde la credulidac 
del niño, ha?ita esa ciencia tnistísima de 
la ancianidad des.en.ar.lada c.c la socie- 
dad que clespvecia. 

«Martin Fierro »es el tipo ingenuo, no- 
ble, valeroso, víctima do los defectos de 
nuestras instituciones políticas, judiciales 
y municipales, guarda en su alma el dc- 
pisito S:.grado de la irt^tituión del l.ien. 
al través de todas las peripecias de su 
vida fatalmente aventurera. 

El viejo Viscacha es el Mefistófeles de 
ese Fausto mas natural, mas ñlosóñco, 
mas moral que el de Goethe. 

Anciano consumido económicamente 
por los vicios, hasta dormir entre los 
perros, físicamente, hasta no poder ha- 
blar, y moralmente hasta profesar las 
ideas mas egoístas, antisociales y eminen- 
temente sensuales, espíritu descreído, prác- 
tico en la vida material, enemigo de 
clases urbanas, pero profundament»^ sa- 
bio en los resortes secretes (!e la vida real 

Ambos tipos son naturales, de impor- 
tancia suprema en la acción y desarro- 
llo del drama sencillo, pero interesante 
de la vida del gaucho. 

A las magníñcas descripciones de la 
campaña, de la frontera, de los ataques 
ciel salvaje y cien otras que forman el 
fondo del paisaje, el cuadro etnográfico, 
es necesario sobreponer la magistral des- 
cripción de la Penitenciaria, lección su- 
blime de moral, rasgo de inimitable poesía 
de efecto extraordinario >' de aplicación 
tan prática en las costumbres, que solo ese 
canto equivale en efecto á todos los ser- 
mones, á todas las conferencias y á todos 
los castigos. 

La Penitenciaria tiene, en efecto, por 
destino, no solo servir de lugar de cas- 
tigo y de seguridad, sino también de 
ejemplo. 

Esa casa aislada en ios coníines de 
la ciudad, que tantos dolores guarda, bajo 
cuyas fatdicas bóvedas tantos Macbeths 
se estremecían entre las torturas del re- 
mordimiento, no habría cumplido su alta 
misión moral, si Hernández no la hubiese 
hecho conocer en el ritmo de sus versos, 
en las cuerdas de la guitarra de la pulpe- 
ría, en la leyenda familiar del rancho- 



Nadie sabe lo terrible que es la cárcel, 
mientras no entra en ella, pero el lúgubre 
edificio tiene una voz solemne, cuyo eco 
elocuente es «Martin Fierro». 

Las últimas máximas de «Martin Fie- 
rro», son máximas tan magníficas como 
las del Evangelio, es por eso que el libro 
de Hernández suple á la Biblia y á la 
doctrina sacerdotal en los ranchos, estan- 
cias y aldeas, y no exageramos al asegu- 
rar que tam.bien desempeña ese noble pa- 
pel en las ciudades. 

No podemos acabar de definir á Her- 
nández como filósofo, pero aquí nos de- 
tenemos por respeto á la atención del 
lector. 

Mañana nos ocuparemos dtí Hernández 
político y literato. 



QUINTO ARTICULO 

Sué y Hugo son ios primeros en nuestra 
siglo, que bajo la forma amena y vulgar 
del romance ó el verso, han planteado los 
grandes problemas sociales, y han llevado 
á la conciencia del pueblo las graves cue- 
stiones que comprometen su destino. 

La mayor parte de los novielistas y poe- 
tas son simplemente descriptivos, estre- 
chamente estéticos y egoistamente subje- 
tivos. 

Creen sin duda que la humanidad en- 
tera está comprometida á contar los lati- 
dos de su corazón angustiado, y á seguic 
las ráfagas caprichosas de su imagina- 
ción delirante. 

La poesía tiene, sin duda, una misión 
mas elevada, mas amplia, mas social, 
mas eficaz. 

No ha de ser el sueño loco de una riodie 
de delirio, como la creación insensata de 
San Juan ó Dante, ni la máxima sensua- 
lista de Anacreonte, de Ovidio, de Pir- 
ron ; el amargo escepticismo, el canto ele- 
giaco de Young, de Byron, Leopardi y 
Pestel, no son tampoco su última y mas 
elevada expresión. 

No son la risa, ni las lágrimas, los atri- 
butos mas sublimes del hombre, como el 
sensualismo ó la utilidad, no son la úl- 
tima esfera de su indefinida actividad. 



SOBRE MÁRTIX FIERRO 



XXüi 



No es el poeta la hoja del árbol que 
arrastra el viento y se queja en su roce 
con el polvo, no es la arista que devora 
el fuego y gime en el suplicio de la cal- 
cimación; no es la poesía el polen de la 
fior que halaga los sentidos de la coqueta, 
la nota armoniosa que deleita el oído del 
soñador fantástico. 

Dios no ha encendido la chispa de la 
inspiración en el fondo del cerebro, para 
que alumbre sin calor como el fósforo; 
el genio ha de ser productor, su nombre 
dice que ha de ser productor, creador, 
revolucionario ; por eso ha dicho muy bien 
Isaías, que se sintió herido por el rayo de 
Dios, para irradiar su luz y su fuego so- 
bre el pueblo ciego y entumecido, que se 
había sentado sobre la piedra helada del 
error. 

Andrade, el ilustre lírico argentino, ha 
hecho la semblanza mas digna del poeta, 
haciéndolo precursor, profeta, sacerdote, 
maestro y tribuno. 

Así es José Hernández. No ha templa- 
do su lira sonora para deleitar un mo- 
mento, para recrear las horas largas de 
una velada campestre. 

Martin Fierro es mas que un payador 
de pulpería, es el fllósofo, el revoluciona- 
rio, el gran político, el moralista, el Pro- 
meteo de la campaña, la encamación pal- 
pitante del gran problema social. 

En el fondo de ese poema sencillo, 
lacónico y curmonioso, se encuentra la ver- 
tí id de-nu -». clara y elocuente; al través 
de las diáfanas y elegantes vestiduras de 
nuestra toilette social, se descubre la llaga 
cancerosa que corroe las entrañas del or- 
ganismo. 

Es necesario tener toda la sagacidad 
de ispirítu, toda la paciente observa- 
ción todo el sentimiento de justicia, 
todo el aplomo de convicciones de Her- 
nández, para haber penetrado y arrostrado 
tan decididamente la grave cuestión 
social que agita nuestro seno, casi con 
tanta vehemencia como el nihilismo, el 
internacionalismo, el fenianismo, el co- 
munismo ó el carbonarismo. 

«Martin Fierro» ha iluminado la con- 
ciencia del gaucho, ha exitado las fibras 
de su sensibilidad, le ha dado la noción 



de ciudadanía, la intención de su dig^BÍ- 
dad personal y ha iniciado en su espíritu 
el deseo del progreso, para llegar al ideal 
de la nivelación social. 

En verdad, estamos muy lejos de se'- 
una democracia, de gozar del benefiíd-» 
práctico de nuestras instituciones, ma ^ 
liberales en la letra, pero sin efecto ca 
la vida real; la Constitución es un astro 
muy raquítico, porque no irradia su ^lor 
y su luz, sino hasta los muros de la ciu- 
dad. El gaucho, como los condenados 
de KIopstoh, Vive en las tinieblas y en la 
frigidez extra-solares. 

La Policía Rural, la Administración 
de Justicia, el sistema orgánico del 
Ejército, la educación popular, todo ha 
sido herido con el puñal afilado de la 
sátira, con la masa poderosa de la máxima 
evidente, con la luz refulgente del ejem- 
plo. 

José Hernández ha asimilado con la 
delicadeza, del arte sintético de Seuxis, 
la sátira de Ju venal, el escepticismo de 
Montaigne, la dulce elocuencia de Fene- 
lon y la lección magistral de Montesquien, 
todo bajo la forma amena, graciosa, pero 
gravemente sentenciosa de Cervantes. 

¿ Qué libro se ha escrito hasta hoy que 
haya instruido, distraído, deleitado y 
conmovido al pueblo con mas verdad, 
arte, elocuencia y magistral autoridad? 

¡Biblia, catecismo político, teoría filo- 
sófica, consejo moral, incitación entusia- 
sta, proclama revolucionaria ! ¿ Qué no hay 
en esas noventa páginas rimadas sin es- 
fuerzo, enfóricamente acondicionadas á los 
arpegios de la guitarra y á la entonación 
del campesino? 

«Martin Fierro» encierra estas gran- 
des verdades políticas arrancadas natural 
y lógicamente de nuestra vida ordinaria : 
falta de educación, pésima organizado» 
judicial y militar, deficiencia en la PoJi- 
cía Rural, y sobretodo, profundo riseati- 
raiento en el pueblo de la campaña coofera 
las clases ur'banas, por abuso de fortuna, 
de autoridad é ilustración. 

Tal es el carácter político ó sociológico 
del libro que nos ocupa, y tai es la ense- 
ñanza filosófica y poética que puede ser- 
vir de esplicación á la ley de nuesha 



XXiV 



JBICIO.S críticos 



historia y de objetiva á nuestros legisla- 
dores y Gobierno. 

P. Subieia. 



El Gaucho Martin Fierfo.—La vuelta d« ! 
Martin Fierro.— Poemas campesinos por j 
José Hernande2. j 

I 
A pesar de nuestra añción por la lec- 
tura, no conocíamos el primero de estos 
poemas, hasta hace pocos dias, en que su 
autor tuvo la bondad de enviárnoslo, des- 
pertando tal interés en nuestro corazón, 
que mmediatamente buscamos el segundo 
cuyo mérito, como obra de observación, 
corre parejas con el del anterior, aun cuan- 
do no suscite la misma curiosidad, por la 
reproducción de escenas análogas. 

El Gaucho Martin Fierro ha producido 
un fenómeno de publicidad en la Repú- 
blica Argentina, pues sus once ediciones 
han alcanzado á la cifra extraordinaria 
de 50,000 ejemplares. 

Un libro que despierta tan vivo anhelo, 
debo tener algún mérito excepcional, por- 
que, de otra manera, no habría salido, 
como muchos que conocemos, de los ana- 
queles de las librerías. 

El señor Hernández ha explotado el 
venero inexhausto de las costumbres po- 
pulares, poniendo en acción tipos nacio- 
nal^, dsdeñados por la generalidad de 
nuestros escritores, haciéndolos vivir, obrar 
y sufrir en su medio social, y colocando 
al mismo tiempo, el dedo sobre las llagas 
gangrenadas que consumen á una gran 
parte de la familia argentina. 

Martin Fierro es la pcrsoniñcación ver- 
dadera del gaucho de la pampa, conde- 
nado al servicio forzoso de las armas, 
desheredado de todos sus derechos de ciu- 
dadano, perseguido por la autoridad ci- 
vil, oprimido por la autoridad militar, 
explotado por los negociantes aventure- 
ros, aflijdo por el hambre y la desnudez 
en los campamentos de la frontera. 

Diferenciase • Martin Fierro» de otros 



gauchos creados por nuestra literatura, 
en que él no es un personaje puramente 
cómico, sino un héroe dramático, en el 
que aparecen de tiempo en tiempo, los 
refiejos de la gracia andaluza, manifesta- 
dos por medio de un estilo pintoresco, 
salpicado de imájenes y de comparacio- 
nes originales en las cuales asoma un in- 
genio nativo, una suspicacia propia de 
quien está acostumbrado á desconfiar, y 
una inspiración silvestre, pero poética, que 
lo inclina á cantar alegrías y dolores. 

El señor Hernández ha querido con- 
servar intencionalmente los defectos del 
lenguaje, de construcción y de métrica 
en los sentidos versos de su poema- 

No estamos de acuerdo con su manera 
de entender el arte, porque creemos que 
la verdad no está reñida con la belleza, y 
que es posible conservar la originalidad 
de un tipo, sin herir el oído con las dcsa^ 
finaciones del verso incorrecto. 

El ideal del arte consiste en imitar la 
naturaleza, mejorándola en la medida de 
nuestras facultades. 

La obra que nos ocupa es el fruto de 
la observación de Las costumbres campe- 
sinas, estudiadas en la estancia, en la polr 
pería, que es el club del gaucho, y á la luz 
del fogón, al rededor del cual improvisa 
todas las noches su hogar, aquel que no 
tiene un palmo de tierra propia, en la ili- 
mitada extensión que riega con su sangre. 

Por eso la expresión es rigorosa, origi- 
nal el giro de la frase, y nueva, y hasta 
sorprendente, la imagen, con que al pa- 
recer dá formas tangibles á sus pensa- 
mientos. 

No se nos oculta que el libro del señor 
Hernández contiene un peligro, que sería 
conveniente que él hiciera desaparecei, 
luego que se diera cuenta cabal de su im- 
portancia. 

Aun cuando es verdad que la condición 
del gaucho es abominable, lo que hasta 
cierto punto explica sus excesos, la enu- 
meración de sus hazañas, el elojio de su 
valor, ejercitado en riñas sangrientas, de- 
biera contrapesarse, enseñándole á conde- 
nar los extravíos de su sensibilidad. 

Está demostrado que las narraciones, 
rodeadas de circunstancias poéticas, de 



SOBKE MARTIN FIERRO 



XXV 



toda clase de crímenes, desde el suicidio 
hasta el duelo, y desde el duelo hasta el 
asesinato vulgar, producen una especie 
de epidemia moral, que se traduce en 
otras tantas ofensas á las leyes divinas y 
humanas, si no las multiplican. 

En hora buena que se condene los abu- 
sos, y se disculpe ante los jueces que la 
sociedad se ha dado, los extravies á que 
pueden conducir la falta de educación y 
las injusticias, de que un hombre puede 
ser objeto. 

Pero la misión del escritor ñlosóñco, 
del moralista que pone libros en manos 
del pueblo, consiste en condenar no solo 
á quien oprime, sino al oprimido que á su 
vez abusa de su fuerza, y huyendo de sus 
enemigos se convierte en enemigo de sus 
semejantes. 

El señor Hernández, que indudable- 
mente posee las aptitudes necesarias, para 
iicicerse escuchar, tiene una alta misión 
que desempeñar, ensanchando su esfera 
de cronista, haciéndose maestro de los 
gauchos que lo leen con avidez, inspirán- 
doles aversión al puñal, repugnancia á la 
sangre, levantando, en una palabra, su 
Bivei moral, abriéndoles horizontes que su 
vista, habituada á explorar 1* pampa, no 
ha descubierto todavía. 

La tarea debe comenzar por enseñarles 
á conocer á Dios, mostrándoles que la 
compañía de una buena conciencia y la 
esperanza en el cielo, mitigan los sufri- 
mientos y obligan á amar los hombres. 

Su héroe, dotado de una resistencia 
física que supera á la de la mayor parte 
de los hijos de la naturaleza, sería doble- 
mente amable y poderoso, si adquiriera 
esa fuerza moral que domma las pasiones 
y encadena la carne al espíritu. 

La oportunidad nos parece propicia pa- 
ra llevar á cabo un emjíeño tan generoso. 

El perseguido, en vez de buscar asilo 
en las tolderías hoy puede encontrarlo en 
las ciudades, en las colonias, en las tareas 
agrícolas que han venido á modiñcar las 
condiciones sociales de los campos domi- 
nados por el pastoreo, que convertía á los 
gauchos en beduinos, y á los beduinos en 
siervos, que ignoraban que existieran 
hombres buenos y compatriotas justos. 



El señor Hernández, que ha tenido el 
poder de hacernos derramar lágrimas con 
la descripción de la tafera del rancho de 
Martiti Fierre ; que ha sabido tocarnos la 
abra mas delicada del sentimiento, con 
aquella tierna despedida del vagabundo 
á las últimas poblaciones cristianas, está 
llamado á combatir con éxito las preocu- 
paciones del gaucho contra sus prójimos, 
blancos, negros, nacionales ó extranjeros, 
ahogando en su corazón el odio con las 
semillas del amor. 

Mientras que el campesino errante, i:>er- 
seguido por sus delitos, asilado entre los 
indios, arrojado de las tolderías por otra 
ola de sangre, no manifieste al regresar á 
su pago, como Martin Fierro,el arrepen- 
timiento fecundo del hombre religioso, i\<:í 
debe dar por terminada su labor el poeta 
á cuyos cantos consagramos estas lineas, 
hijas de La admiración é inspiradas por ei 
deseo de verlo á la cabeza de una cruzada 
regeneradora. 

«La America del Sur» Marzo 9 de 1S79. 



/ 



El Gaucho Martin Fierro, es tambim 
una lección, es decir, lo que ddDe ser la 
poesía : una moral además de un arte, so 
pena de ser inútil, ó peor aún, perversora. 
Ese poema es un pequeño curso de moral 
administrativa para el uso de los coman- 
dantes militares, comisarios pagadores, y, 
cuantos tienes que hacer con el pobre gau- 
cho. Allí están iotograñados, estigmati- 
zados todos los malos patriotas, en imá- 
genes verosímiles y verdaderas. Poner en 
la picota á los malvados, es tanto mas me- 
ritorio, cuanto de mas alto se les baja 
para hacer en ellos ia justicia popular. 

Muchas leyes y disposiciones hay ten- 
dentes á mejorar la suerte del paisano de 
nuestra campaña, pero dudo que ninguiía 
sea mas eficaz que esos cuadros en q-ie 
él abuso no dá contra una ley muerta 
sino contra una caricatura viva; porque 
como se ha dicho bien, a el ridículo es lo 
único que temen los que ya no tienen pu- 
dor ni remordimientos. » Y en este con- 
cepto estamos muy distantes de dar al 
autor de Martin Fierro el consejo que ei 



XXVI 



JUICIOS CÜITICOS 



articulista de la Tribuna de Montevideo. 
« A Montero cuando conoluyó su cuadro 
Los Funerales de Atahuaipa le dijeron en 
Florencia y por labios muy autorizados, 
que no pintara mas. Nosotros sin ser mas 
que admiradores, diríamos a Hernández, 
qac se perpetúe solo con Martin Fierro. 

Nosotros le diríamos por. el contrario, 
que á imitación de Mr. Laserre, aunque 
Martin Fierro fuese obligado á borrar su 
nombre como El Diablo Rosado de aquel, 
sigue su ejemplo publicando El Hijo, El 
Nieto y El Biznieto de este Diablo Rosado 
destinado á hacer que no roben al paisa- 
no, que no lo traten como á bestia de 
carga, que respeten en él ai ciudadano y 
al hermano, ya que no al hombre de cora- 
zón y al valiente- 

Esa es la gran misión de la poesía : la 
mejora moral. Y por fijarnos solo en el 
género de la poesía de c Martin Fierro», 
esa fué la regla de su fundador, que no 
lo es Ascasubi, como pretende el articuli- 
sta de La Tribuna de Montevideo, sino 
Hidalgo, según puede verse por sus bellos 
versos en la TJra Argentina impresa en 
Londres en 1824, si bien Ascasubi y Esta- 
nislao del Campo han cultivado con vf^n- 
taja al género, lo mismo que hoy Her- 
nández. 

Sí, siga haciendo cuadros romo é?.t(.\ 
que son la pura verdad en boca de Mar- 
tin Fierro : 

Y andábamos de mugrientos. 
Que el mirarnos daba orror ; 
Les juro que era un dolor 
Ver esos hombres, ¡ por Cristo ! 
En mi perra vida he visto 
Una miseria mayor. 

Yo no tenía ni camisa 
Ni cosa que se parezca ; 
^íis trapos solo pa yesca 
Me podían servir al fin... 
No hay plaga como un fortín 
Para que el hombre padezca. 

Poncho, jergas, el apero. 
Las prenditas, los botones, 
"Todo, amigo, en los cantones 
Fué quedando po^o á jxjco : 



Ya me tenían medio loco 
La pobreza y los ratones. 

Solo una manta peluda 
Era cuanto me quedaba^ 
La había agenciao á la taba 

Y ella me tapaba el bullo — 
Yaguané que allí ganaba 
No salía... ni con indulto- 

Y pa mejor hasta el moro 
Se me jué de entre las manos 
No soy lerdo.... pero hermano. 
Vino el Comendante un día 
Diciendo que lo quería 

«Pa enseñarle á comer grano. 9 



¿Oién es el gaucho? He aquí su retra- 
to, por el que cualquiera lo recoaoce al 
momento : he aquí el formidable cmgo 
contra los que han podido y dcb¿d# tra- 
tar á los liijos del país al menos como á 
los inmigrantes. 

« £1 nada gana en la paz 
Y es el primero en la guerra — 
No le perdonan si yerra. 
Que no saben perdonar, — 
Porque el gaucho en esta tierra 
Solo sirve pa votar. 

Para él son los calabozos, 
Para él las duras prisiones. 
En su boca no hay razones 
Aunque la razón le sobre ; 
C )ue son campanas de palo 
Las razones de los pobres 

Si uno aguanta, es gaucho bruto— 
-Si no aguanta, es gaucho maio — 
Déle azote, déle palo ! 
Porque es lo que él necesita ! !^ 
'T^e todo el que nació gauciio 
Esta es la suerte maldita. 

Complernentari el cuadro porción de 
cinceladas de mano maestra sobre la vida 
y los sentimientos del gauclio ; por ejera- 
!)lo, entre otras muchas para las que no 
::ay ya espacio en estas páginas;, 






SOBRE MAirnX FIlvRKO 



xvir 



€ Yo no tengo en el amor 
Quien me venga con querellas ; 
Como ésas aves tan bellas 
Que saltan de rama en rama — 
Yo hago en el trébol mi cama. 
Y me cubren las estrellas. 



MARTÍN FIERRO 



Ninguno me hable de penas 
Porque yo penando vávo 

Y naides se muestre altivo 
Aunque en el estribo esté 
Que suele quedarse á pié 
El gaucho mas al vertido 

Junta esperencia en la vida 
Hasta pa dar y prestar, 
Quien la tiene que pasar 
Entre sufrimiento v llanto ; 
Porque nada enseña tanto 
Como el sufrir y el llorar. 

Viene el hombre ciego al mundo 
Cuartiándolo la esperanza, 

Y á poco andar ya lo alcanzan 
Las desgracias á empujones ; 

; Jué pucha! que trae liciones 
El tiempo con sus mudanzas! 

En resumen : tal vez Aniceto el Gallo 
tiene mas verbosidad gaucha; Anastasio 
el pollo más estética para nosotros que en- 
tendemos su immortai Fausto; pero Mar- 
tin Fierro piensa mas como el gaucho, y 
los gauchos encontrarán siempre , que si 
se ha hecho pueblero y á veces su fraseo- 
logía podría dejar que desear algo, su co- 
razón y su espíritu están saturados inde 



Jamás obra alguna ha alcanzado en 
I nuestro país tan extraordinaria popula- 
ridad y no menor triunfo que el que ha 
alcanzado este poema del Sr. D. José 
i Hernández, su autor. 

i Los diarios de Buenos Aires, nos iia- 
j cen saber que se ha publicado la undeci- 
i ma edición, enriquecida con los variados 
i juicios críticos que se han escrito por 
I personas competentes sobre esta obra, edi- 
ción que viene ademas adornada con va- 
rias láminas y con el retrato de su autor, 
el Sr. Hernández. 

Jamás tampoco, se habrá publicado un 
libro que á la vez que conquistaba taata 
popularidad, consiguiese despertar taS'O 
ínteres y simpatía, al extremo de agotarse 
completamente la décima edición que se 
había hecho de esa obra, y de que la un- 
décima que acaba de hacerse se haya so- 
licitado y disputado con interés por al- 
gunas librerías de Buenos Aires. 

Pero no es esto solo lo que prueba la 
gran popularidad é interés que ha desper- 
tado este poema. 

« Martin Fierro », ha cruzado el Océa- 
no, con su inmensa fama y popularidad, 
y alcanzado otros triunfos en Europa, 
en donde se ha puíblicado en varios 
periódicos precedido de grandes elo- 
gios. 

Allí como aquí también, notables crí- 
ticos se han ocupado de este poema, en 



débil. 

«La Biblioteca Popular» de Buenos Aires, 
dirijida por el lyx. Migue! Navarro Viola. 



que el autor tan bien ha sabido copiar al 
razón y su espíritu están saturados inüe- hombre de nuestra campaña, contando sus 
Icblemente de los dolores y de las inju- dolores y desventuras, como sus alegrías 
sticias con que la civilización, por no sermón tanta exactitud y belleza, que es im- 
todavía bastantemente cristiana, ha perse- j cosible dejar de leerlo m.as de una vez. 
guido á la barbarie por ser demasiado j ' ^^ ^^ ^^^ ¿^ extrañar que, con tal 

popularidad, la nueva edición que acaba 
de hacerse por la librería «La Nueva Mar- 
ravillajs de Buenos Ayres, alcance también 
el mismo resultado que las anteriores. 

A lo dicho podríamos agregar, que el 
señor Hernández, tiene ya concluida la 
segunda parte de este poema, es decir 
« La vuelta de Martin Fierro del Desierto » 
cuya publicación debe hacer en breve. 



"% 



XXVIII 



JUICIOS críticos 



¿ A qué decir el interés con qusc lia de ser 
k'ida y buscada esta segunda parte de 
« Martin Fierro » ? 

«La Capital» — Rosario, Octubre ii de 187S, 



Sr. D. ] osé Herna}ide.z. 

Estimado señor y amigo : 

He leído y releído con placer la origi- 
nal y preciosa historia de Marlin Freno, 
con que ha tenido la bondad de obse- 
quiarme. 

Es una bellísima obra, y lo mejor que 
he visto en su género. 

Su lectura, interesante por la verdead 
de los cuadros, por la sencillez y natu 
ralidad de la narración, por la ternurn 
del sentimiento, por la propiedad del co 



Los yankees tuvieron el buen sentido 
de comprender su mérito, de mirarlas co- 
mo parte de su genio y de su gloria, de 
honrarse y de enorgullecerse con ellas, y 
elevándolas á la categoría de bellas obras, 
las esparcieron por todo los países : y hoy, 
esas novelas al parecer tan simples y mo- 
destas ocupan un lugar distinguido en 
todas las bibliotecas públicas y particula- 
res de los dos continentes. 

¿ Y de qué trataban esas novelas ? pre- 
cisamente de lo que trata Martin Fierro; 
de la naturaleza, de la vida, de esas co- 
stumbres de un pueblo nuevo — ¿Y valen 
mas los cuadros de esa naturaleza, de esa 
vida, de esas costuro,bres que trazó la plu- 
ma educada de Fenimore Copper, en prosa 
que lo cjuc la inculta de Marlin Fierro tra- 
ta con tan graciosos y sencillos versos? 
No! ¿Por que entonces esa diferencia? 
Pür<]ue Copper nació en un país donds 



londo, nada deja que desear al lector . ,, . , 

, . , . \ ,L 4-j i¿c tiene orgullo en ser yankee, e en pre- 

iJustrado, o cuyo gusto no esté pervertido L- , *^ . , . ^ ^r j- iT- 

, 1 , j T 1 • 1 Iciif lo propio a lo ageno: y Martín tur- 



por la lectura de las novelas inmorales y 
absurdas de que está plagada nuestra so 
cié dad. 



ro en otro, en donde casi es vergüenza ha- 
ber nacido en él, y en donde se desdeña 
lo de casa por bueno que sea, para tomar 
Martin Fierro, es una creación verda-l^ aplaudir lo ageno aunque no valga 
dera, de que debe enorgullecerse la ^itc- .^^^^ 



ratura de su país, y que acaso no será 
comprendida, ni estimada en lo que vale, 
porque no debe su existencia á un nom- 
bre inglés, francés ó yankéc, á uno de esos 
nombres de celebridad acasc) inmerecida, 
pero ruidosa, que atestan el mundo de 



ude como si fueran bellezas reales — ¿ Por 
c]fné esta fatalidad? porque nadie se cree 
ilustrado si no habla de lo que no en- 
tiende, si no aplaude lo que es desatinado 
y absurdo, pero que tiene el raro mérito 
de haber nacido muy lejos del país, y de 
autor estrepitoso y extranjero. 

Los yankees nos dieron á este respecto 
un ejemplo digno de imitación, pero que 
por ser bueno no imitaremos. 

Tuvieron un escritor nacional, Fenimo- 
ic Copper, que con sus sencillas novelas, 
dio impulso á su naciente literatura. Esas 
novelas, puramente locales, y destituidas 
de la intriga del argumento y del bri- 
llante estilo que caracteriza á las francesas, 
entre nosotros, hubiesen muerto ; entre los 
vankees vivieron í 



Este triste y doloroso paralelo entre la 
suerte de lo nuestro y de lo ageno, me 
indujo á leerlo de nuevo, temiendo que 
¡a sorpresa de la novedad en el primer 
momento hubiera exajerado mis aprcia- 



, j 1 j • 1 Liones, pero estas se robustecieron, y me 

necedades, y que el mundo recoic y apla- ,. ' ^ i^ 1 i ■ ■ ^ 

, • r un ID lieron por resultado las siguientes, queso- 

meto al criterio de cuantas personas sen- 
satas lo vean. 

Martin Fierro no solo es un tipo carac- 
terístico de la población semi-nómade 
de la República Argentma, ó sea da la 
base de su nacionalidad, puesto que es ia 
mas numerosa, que con ella se obtuvo su 
indipendencia, con ella se cuenta para 
mantenerla, y con ella se guardan la* 
fronteras contra los indios, motivo mas 
que suficiente para que tuviera las sim- 
patías de todas las gentes ilustradas ; sino 
que es también otra cosa mas elevada— 
Para el vulgo, para los que no compren- 
den lo que leen— y aitre estos, hay mucha 
gente de pro — solo es una historieta gau- 
ckfsca, buena cuando rnas para ser can- 



"Ir^w'' 



SOBRE MARTIN FIKRRO 



XXÍX 



tada en las pulperías y fogones á¿ cam-l perdidos, y re;miéndoios á otros tomádoí 
paña, pero indigna de ocupar por un mo- del mismo modo, los llevan a las fronte- 



mentó los ocios de las altas y senas m- 
tcligcncias, que con su vanidad y sü igno- 
rancia honran y dirijen el país. 

Para estas gentes, que con decir: — 
€ los gauchos no inventaron el vapor, ni el 
telégrafo (cosas que tempoco inventaron e- 
llos)', los gauchos se van»— -creen haberlo 
dicho todo, Martin Fierro no tiene, ni 
puede tener importancia, pero para los que 
saben leer, para los que cc^:nprenden lo' 
que leen, la tiene y grande. 

Para estos es, primero antes que todo 
nn gran pensamiento humanitario, una 
lección de Gobierno administrativo, que 
todo hombre verdaderamente seno é ilu- 
strado, debe tomar. 

Martin Fierro pertenece á esa clase des- 
venturada que en la República Argentma 
ha sostituido á la negra, extinguida ya, | 
pn los trabajos y sacnhcios de sangre y j 
de vida, en beneficio exclusivo de las mas 
elevadas ó mas «Lrnbiciosas de la sociedad. 
Cuando hubo que pelear por la inde- 
pendencia nacional, ella lo h;zo, y con su 
sangre la conquistó! Ya obtenida, vitiieron 
ias guerras extranjeras y volvió á derra- 
marla mientras duraron. Terminadas éstas, 
y mientras otras no vienen, es el guardián 
exclusivo de la fronteras, donde diara- 
mentc se halla á brazos con el hambre, la 
miseria y los indios ; guardando las fortu- 
nas de los grandes hacendados, y la ri- 
queza publica, y este es' el mas penoso y 
terrible de los tributos que paga á una 
organización social, por la cual se sacri- 
fica, y de la que no recibe por recompensa, 
mas que tropelías, insultos y desprecios. 



ras. , 



Es preciosísima la descripción que hace 
de la cacería en que \o agarraron y de la 
que solo daremos como muestra la i', 2* 
y 6* estrofas : 

Cantando estaba una vez 
En una gran diversión ; 
\ anrovechó la ocasión 
(,loriio quiso el Juez de Faz... 
Se presentó, y ahi no mas 
II;zc. una arriada en montón 

Juyeron los mas matreros 

Y lograron escapar — 
Yo no quise disparar — 

Soy manso— y no había por qué — 
Muy tranquilo me quedé 

Y ansí me dejé agarrar. 

Formaron un contingente 

Con los que en el baile arriaron — 

Con otros nos mesturaron 

Que habían aga.rrao también 

Las cosas que aquí se vén 

Ni los diablos las pensaron. 

¿ Es razonable, es digno este modo de 
proceder ? 

¿ Hay equidad, hay justicia en hacer 
pesar exclusivamente sobre estos desven- 
turados, un servicio que debía pesar 
igualmente sobre todos los ciudadanos ó 
que mejor aun, debía ser hecho por tro- 
pas de línea? 

¿Hay equidad, hay justicia en tenerlos 



¿Hay que reforzar la guarnición de la indefinidamente en la frontera, donde 
frontera? Se hace una arreada de estos | cuando no mueren, ó huyeri, se envejecen, 
desgraciados, ni mas ni menos que como '[ mientras sus familias, se disuelven, y sus 
en otro tiempo se hacían las correrías de! pocos bienes se pierden? ¿hay dignidad, 
las yeguadas y ganados baguales. Se les ! hay justicia en tenerlos sin paga y ham- 
acecha como á abestias, en las reuniones, j orientes en desiertos inhospitalarios, don- 
en las carreras, en los bailes, y se cae re- 1 de el sol los abrasa, el frío los hiela y el 
pcntinamente sobre ellos. Los mas diestros mdio los diezma? 

ó previsores, escapan; pero el mayor nú- 1 Pero, ;es solo esto lo que sufre el pobre 
mero queda, y^ sin atender á súplicas, ni j paisano? ¡ Nó ! hay algo que es mucho 
á miramientos de razón ó de justicia, los | peor, y es el trato bárbaro, inhumano que 
arrancan á los brazos de sus mujeres, de | i-eciben de sus gefes, de los cuales son, 
sus hijos, á sus pocos bienes que quedan ¡ no soldados, sino esclavos. 



XX s 



JUICIOS críticos 



Y que Indios — ni qué servicio 
Si allí no había cuartal — 
Nos mandaba el Coronel 

A trabajar en sus chacras, 

Y dejábamos las vacas 
Que las llevara el Infiel. 

Yo primero sembré trigo 

Y después hice un corral, 
Corté adobe pa un tapial, 
Hice un quincho, corté paja... 
1.a puciía que se trabaja 

Sin que le larguen ni un rial. 

Y es lo pior de aquel enriedo 

Oüe si uno anda hinchando el lomo 

Se le apean como plomo... 

¡ Onicn aguanta aquel infierno ! 



Perú aun hay mas y os que ocupándolos 
en estos trabajos, ni los arman, ni los in- 
struyen, ni los disciplinan, de modo que 
c«ando los biabaros llegan, se encuenti'an 
tan nulos y tan incapaces de medirse con 
ellos, como lo estaban, al dejar sus fami- 
lias, lo cual esplica esas continuas y san- 
^jrientas derrotas. 

^:Es digno de un publo culto, es hon- 
roso para un gobierno que se dice ilus- 
trado, que esto suceda ? 

Y no hay que decir que el pueblo y el 
Gobierno lo ignoran, pues liasta los ciegos 
y sordos lo saben. ¿Por qué sucede, pues? 
porque el pueblo culto sumergido en la 
^'íBolicie y los goces, mira con apatía, con 
cidpable indiferencia las lágrimas y los 
sufrimientos que corren y se padecen en lo 
i.}ae llaman fango de la sociedad ; y á los 
q«e gobiernan, les es corto el tiempo para 
los exigencias de la fortuna y de la vani- 
dad. ¡Los Presidentes, los Ministros, ocu- 
parse de los dolores, de los infortunios de 
tales gentes ! sería asqueroso ; indigno de 
su carácter y de su ilustración ! 

Martin Fierro al contar sus desdichas, 
las tropelías é injusticias de qiíe es vícti- 
nia, y que lo arrojan á la vagancia y al 
crimen, cuenta las de toda su raza, y las 
cuenta de un modo que las hace Ver y 
palpar. 



Tuve en mi pago en un tiempo 
Hijos, hacienda y mujer, 
Pero empecé á padecer 
Me echaron á la frontera, 
; Y qué iba á hallar al volver? 
Tan solo hallé la tapera. 



¡ /aparcero ! si usté viera 
Lo que se llama cantón... 
Ni envidia tengo al ratón 
Ln aquella ratonera — 

He los pobres que allí había 
\ ninguno lo largaron, 
'.os mas viejos resongaron 
Pero á uno que se quejó, 
F.n seguida lo estaiiuiaron 
Y la cosa se acabó. 



En la lista de la tarde 
El Gefe nos cantó el punto, 
Diciendo: «quinientos juntos 
« Llevará el que se resierte, 
a Lo haremos pitar del juerte 
«Mas bien dése por dijunto r. 



\ qué Indios — ni qué servicio, 
Allí no había ni Cuartel- 
Nos mandaba el Coronel 
A trabajar en sus chacras 

Y dejábamos las vacas 
Que las llevara el Infiel. 

Yo primero sembré trigo 

Y después hice un corral. 
Corté adobe pa un tapial, 
Hice un quincho, corté paja... 
La pucha que se trabaja 

Sin que le larguen ni un rial. 

Y es Ic pior de aquel enriedo 

Que si uno anda hinchando el lomo 
Se le apean como un plomo.-. 
¡ Quién aguanta aquel infierno ! 



Y andábamos de mugrientos 
()\\e el mirarnos horror ; 
Les juro que. era un dolor 






SOBRE MARTIN FJKHRO 



XX M 



Ver esos hombres, por Crist ■. ! 
En mi perra vida he visto 
Una miseria mayor. 

Yo no tenía camisa 
Ni cosa que se parezca ; 
Mis trapos solo pa yesca 
Me podían servir al ñn... 
No hay plaga como un fortín 
Para que el hombre padezca ; 

Poncho, jergas, el apero. 
Las prenditas, los botones, 
Todo, amigo, en ios cantones 
Jué quedando poco á poce, 
y"a me tenían medio loco 
La pobreza y los ratones. 

Solo una manta peluda 
Era cuanto me quedaba. 
La había agenciao á la taba 

Y ella rae tapaba el bulto — 
Yaguané que allí ganaba 
No salía... ni con indulto 

Y pa mejor hasta el moro 

Se me jué de entre las manos — 
No soy lerdo... pero hermano 
Vino el comendante un di a 
Diciendo que lo quería 
€ Pa enseñarle á comer grano r, 

Afigúrese cualquiera 
La sHerte de este su amigo, 
A pié y mostrando el umbiigo, 
Estropiao, pobre y desnudo, 
Ni por castigo se pudo 
Hacerse mal mas conmigo. 

Ansi pasaron los meses 

Y vino el año siguiente, 

Y las cosas igualmente 

Siguieron del mesmo modo — 



Entre cuatro ;bayonetas 

Me tendieron en el suelo — 

Vino el mayor medio en pedo 

Y allí se puso a gritar, 

« Picaro, te he de enseñar 

«A andar reclamando sueldos». 



De las rítanos }• las patas 

Me ataron cuatro cinchones— 

Les aguanté los tirones 

Sin que ni un ay ! se me oyera. 



I Mar un t ierro nos cuenta en estos ver- 
I sos con un candor, con una yerdad adm:- 
• rabies, el origen y desarrollo de sus desdi- 
' chas, la ca/asa primera y línica de su va- 
1 gancia y sus delitos. 

Tenía rancho, hacienda, mujer hijos, 
y era feliz.— -La autoridad lo arranca de 
su hogar, lo arrebata á sus afecciones, 
lo lleva á la frontera, al desierto, al frió, 
á los tormentos, á los peligros, para que 
con su valor y su sanare defienda la so- 
ciedad, siempre agredida ó amenazada por 
ios indios. 

Lo llevan prometiéndole alimentos, ro-' 
pa, paga, y libertad á los seis meses de 
servicio. — En vez de alimento, encuentra 
hambre, en vez de ropa, desnudez y frío, 
en vez de paga, palos y estaqueadas ; y en 
vez de seis meses, se pasan mas de seis 
años sin que se piense devolverlo á su fa- 
milia. 

Desesperado con su esclavitud y su mi- 
seria, huye de una tiranía insoportable, 
de un servicio que había ultrapasado los 
límites del deber y de la justicia, y vuela 
á su rancho, á los brazos de su mujer y 
de sus hijos. Parte el corazón el relato de 



lo que encuentra. 

Volvía el cabo de tres años 
De tanto sufrir al ñudo, 
Resertor, pobre y desnudo — - 
A procurar suerte nueva — 
Y lo mesmo que el peludo 
Enderecé pa mi cueva. 

No hallé ni rastro del rancho- 
Solo estaba la tapera ! 
Por Cristo, si aquello era 
Pa enlutar el corazón— 
Yo juré en esa ocasión 
Ser mas malo que una fiera! 

¡ Quién no sentirá lo mesmo 
Cuando ansi padece tanto! 
Puedo asigurar que el llanto 

Como una mujer largué — 



\ 



XXXií 



JUICIOS críticos 



Ay ! mi Dios — si me quedé 
Xías triste que Jueves Sñiito. 

Solo se oibaa los aullidos 
De un gato que se salvó, 
El pobre se guareció 
Cerca, en una viscachera — 
Venía como si supiera 
One estaba de güelta yo. 

Al dirme dejé la liaoenda 
Que era todito mi Jiaber— 
Pronto debíamos volver 
Sigun el Juez prometía, 
Y hasta entonces cuidaría 
De los bienes, la mujer. 



Después uie contó un vecino 
Que el campo se lo pidieron — 
La hacienda se la vendieron 
En pago de arrendamientos 

Y qué sé yo, cuantos cuentos, 
Pero todo lo fundieron. 

Los pobrecitos muchachos 
Erítre tantas afliciones 
Se conchavaron de piones 
¡ Mas qué iban á trabajar. 
Si eran como los pichones 
Sin acabar de emplumar ! 

Por ahí andarán sufriendo 
De nuestra suerte el rigor : 
Me han contado que el mayor 
Nunca dejaba á su hermano — 
Puede ser que algún cristiano 
Los recoja por favor. 

Y la pobre mi mujer « \ 
Dios salxí cuanto sufrió! 

Me dicen que se voló 
Con no sé qué ga vilan — 
Sin duda á buscar el pan 
Que no podía darle yo. 

No es raro que á uno le falte 
Lo que á algún otro le sobre — 
Sino, le quedó ni un cobre 
Sino de hijos un enjambre, 
Qué m.as iba á hacer la f>obre 
Para no morirse de hambre ! 



¡ Tal vez no le vuelva á ver, 
i'renda de mi corazón ! 
Dios te dé su proteción 
Ya que no me la dio á mi — 

Y á mis hijos dende aqui 
Les echo mi bendición. 

CoDK^ hijitos de la cuna 
.Andarán por ahi sin madre— 
Ya se quedaron sin padre 

Y ansi la suerte los deja, 
Sin naides que los proteja 

Y sm perro que les ladre. 

Los {)obrecit03 tal vez 

.N^o tengan ande abrigarse, 

Ni ramada ande ganarse, 

Ni rincón ande meterse, 

Ni camisa qué ponerse, 

Ni poncho con qué taparse. 

["aJ vez ios \eián sufrir 
Sin tenerles compasión — 
Puede que alguna ocasión 
-Aunque los vean tiritando, 
I^os eclien de algún jogón 
Pa que no estén estorbando. 

Esto versos tan naturales, tan sentidos, 
que parecen escritos con lágrimas, estas 
quejas tan tiernas, tan patéticas, y que 
liarían llorar á las piedras, si las tuvieran :■. 
¿no dicen nada al corazón, ni á la inteli- 
gencia de las gentes que se llaman ilu- 
stradas, de los hombres que gobiernan y 
hacen las leyes? ¿No conmoverán á los 
que tienen el poder y el deber eje poner 
término á tales atrocidades, á tales sufri- 
mientos? Probablemente nó, porque Mar- 
tm Fierro es un bárbaro, un gp.ucho que 
se vá. 

— -¿ Que importa entonces que haya na- 
cido en el pais, que haya derramado su 
sangre defendiéndolo contra los extranje- 
ros ó los indios, que la haya derramado 
en las contiendas civiles en defensa de 
gobierno, de libertades y leyes, de que 
gozarán otros, pero de que él jamás go- 
zará? ¿quién es él, para interrumpir con 
sus penas los placeres y el sosiego de un 
hombre ilustrado, de un hombre del po- 
der? ¿qué importa su llanto, sus desgra- 
cias, si la sociedad, si los gobiernos están 
á demasiada altura para ñiarse en los 



S*«<jf,>i^,y,?!«;.rí x vy ■ I .'y 



SO eríE MARTIN FIERRO 



XXXIlí 



díolorca, en los infortunios que yacen á 
sus pies? 

Martin Fierro busca á su mujer, á sus 
hijos y no los encuentra. Durante su ausen- 
cia, la hacienda que había dejado fué 
disipada por los acreedores y la autori- 
dad; la mujer y los hijos, desnudos y 
haaifcbrientos, se dispersaron, y el lugar 
domde tres años antes existía una familia 
feliz, solo tiene por recuerdos una tapera 
arruinada, y los maullidos de tm gato! 

i Cuánto sentimiento, cuánto color, cuán- 
ta poesia ! 

Pero la medida de sus infortunios no 
estaba aún colmada, era desertor se vé 
perseguido como vago y tiene que huir. 

De carta de mas me via 
Sin saber á dónde dirme ; 
Mas dijeron que era vago 

Y entraron á perseguirme. 

Nunca se achican los maies 
Van poco á poco creciendo, 

Y ansina me vide pronto 
Obligado á andar juyendo. 

Sin familia, sin bienes, sin hogar, y 
perseguido como vago, halla refugio en la 
pulpería y el pajonal ; se hace nómade y 
camorristaj frecuenta las milongas, y pe- 
lea y mata, porque destruidos los lazos 
que lo unían á la sociedad, su miseria, la 
persecución que se le hace y el continuo 
peligro en que se encuentra, han borrado 
de su mente toda idea de sociabijidad, y 
despertado en él los instintos del desierto, 
la soledad, la independencia y el despre- 
cio de la vida propia, como de la agena- 

Tales son las consecuencias que un de- 
testable sistema de Go^Dierno y de admi- 
nistración produce en las provincias ar- 
gentinas del Oeste del Plata, y por eso 
dijimos, que Martin Fierro era antes que 
todo c una lección moral de Gobierno 
administrativo. » Póngase término á ese 
insufrible desorden, cámbiese se cruel y 
vergonzoso sistema, y centenares de infe- 
lices dejaran de ir á engrosar las hordas 
salvajes llevándoles el contingente de su 
valor y desesperación. 



Pero ¿Martin Fierro es solo un pens*- 
miento humanitario, una lección moral de 
Gobierno administrativo, bellamente dada 
bajo las quejas del dolor, bajo los acento3 
del infortunio ? ¡ Nó ! Martin Fierro es 
también la personificación de su raza, la 
mas perfecta que hasta ahora se ha cono- 
cido, y que probablemente no tendrá su- 
perior, y en este concepto es un monu- 
mento, típico, que honra la literatura ar- 
gentina. 

Martin Fierro no es un gaucho sabio, 
un gaucho apócrifo, de esos que nos ma- 
rean con sus gracejos vulgares y con la 
crítica que hacen de una sociedad que no 
conocen — Martin Fierro es un gaucho le- 
gítimo, que solo ha¿)la, pero bien, de lo 
que entiende, y que contándonos su histo- 
ria, nos hace ver y comprender esos hom- 
bres tan numerosos, tan esparcidos en la 
ba¿e d« la sociedad argentina, de quienes 
todo el mundo habla, pero que muy f>ocQt 
conocen. 

Hijo legífímo de las llanuras, nacido 
sobre el caballo, criado al aire libre, tiene 
en alto grado todas las calidades y todos 
los instintos del hombre de la naturaleza ; 
es ginete, pastor, soldado, poeta y nóma- 
de ;así sus cuadros son animados y tienen 
el colorido y la expresión de la verdad. 

Jinete, recuerda con fuego*' y^ con brío 
las escenas del domador. 



Y allí el gaucho inteligente 
En cuanto el potro enriendó. 
Los cueros le acomodó 

Y se le sentó en seguida. 

Que el hombre muestra en la vida 
La astucia que Dios le dio. 



Y en las playas corcobiando 
Pedazos se hacía el sotreta 
Mientras él por las paletas 
Le jugaba las lloronas, 

Y al ruido de las caronas 
Salía haciéndole gambetas; 

Ah! tiempos!... si era un orgullo 
Ver ginetear un paisano — 
'^uando era gaucho baquiano 



^■i 



/ 



XXXIV 



JUICIOS críticos 



Aunque el potro se boliase 
No había uno que no parase 
Con el cabresto en la mano. 

Pastor, pinta con igual aninoación 
vida á la vez sosegada y activa de 
estancia, sus trabajos y sus goces. 

Ya apenas la madrugada 
Empezaba á colcriar. 
Los pájaros á cantar, 
Y las gallinas á apiarse, 
Era cosa de largarse 
Cada cual á trabajar. 

Este se ata las espuelas, 
Se sale el otro cantando, 
Uno busca un pellón blando, 
Este un lazo, otro un rebenque, 
Y' los pingos relinchando 
Les llaman dende el palenque. 



la 
la 



Y mientras dümaban unos ; 
Otros al campo salían, 

Y la hacienda recogían, 
Las manadas repuntajban, 

Y ansí sin sentir pasaban, 
Entretenidos el dia. 

Y verlos al cair la nocke 
En la cocina riunidos, 
Con el juego bien prendido 

Y mil cosas qué contar, 
Platicar muy divertidos 
Hasta después de cenar. 

Y con el buche bien lleno 
Era cosa superior 

Irse en brazos del amor 
A dormir como la gente, 
Pa empezar al dia sigaicBte 
Las fainas del dia anterior. 

Ricuerdo : ¡ Qué maravilla ! ! 
Como andaba la gauchada 
Siempre alegre y bien montada 

Y dispuesta pa el trabajo... 
Pero hoy en el día... baraje! 
No se le vé de aporriada. 



El gaucho mas infeliz 
Tenía tropilla de un pelo, 
No le faltaba un consuelo 

Y andaba la gente lista, . . 
Teniendo al campo la vista 
Solo vía hacienda y cielo, 

Cuando llegaban las yerras, . 
\ Cosa que daba calor ! 
Tanto gaucho pialador 

Y tironiador sin yel — 

[Ah ! tiempo !... pero si en él, 
Se ha visto tanto primor. 

Aquello no era trabajo. 
Más bien era una jvMCáón, 

Y después de un güen tiróm 
En que uno se daba maña. 
Solía llamarlo el patrón. 

Soldado, describe al natural los ata- 
ques y entreveros con los indios, con una 
verdad y colorido sin rival. 

Se vinieron en tropel 
Haciendo temblar la tierra 
No soy manco p>a la guerra 
Pero tuve mi jabón 
Pues iba en un redomón 
Que había bollado en la sierra. 

j Qué vocerío! ¡qué barullo! 
Ooé apurar esa carrera ! 
La indiada todita entera 
Dando alaridos cargó — 
Jué pucha... y ya nos sacó 
Como yeguada matrera. 

Qué fletes traiban los bárbaros ! 
Como una luz de lijeros — 
Hicieron el entrevero 

Y en aquella mescolanza, 
Este quiero, este no quiero, 
Nos escojían con la lanza. 

Al que le dan un chuzazo, 
Diñcultoso es que sane. 
En ón, para no echar panrs, 
Salimos por esas lomas, 
Lo mesmo que las palomas, 
Al juir de los gavilanes. 






;OBRE MaKTIN i^'IBÍifiO 



IXXV 



Es de almirar la destreza 
Con que la lanza manejan ! 
De perseguir nunca dejan — 

Y nos traiban apretaos, 

Si queríamos de apuraos 
Sal irnos por las orejas. 

Y pa mejor de ; la ñesta 
Pin esta aflición tan suma, 
Vino un Indio echando espuma, 

Y con la lanza en la mano 
Gritando «Acabau cristiano 
IMetan el lanza hasta el pluma *. 

Tendido en el costillar 
Cimbrando por sobre el brazo 
Una lanza como un lazo 
Me atropello dando gritos — - 
Si me descuido... el maldito 
I.íe levanta de un lanzazo. 



Si me atribulo, ó me encojo 

Siguro que no me escapo : 

Siempre he sido medio guapo ji 

Pero en aquella ocasión, * 

Me hacía buya el corazón 

Como la garganta al sapo. 



Dios le perdone al salvaje 
Las ganas que me tenía... 
Desaté las tres marías 
Y lo engatusé á cabriolas... 
¡ Pucha ! si no traigo bolas, 
I\íc achura el Indio ese dia. 

Poeta es incorrecto y verboso, pero cla- 
ro, verdadero y expresivo — Su narraciór 
esmaltada y embellecida por las metáfo- 
ras é imajénes que emplea» es unas veces 
indolente y perezosa, animada y rápida 
otras ; pero siempre sencilla, siempre ver- 
dadera, siempre melancólica. 

Su vena, abundante, fácil y grata, es 
inagotable; como él mismo lo dice, — «las 
coplas le brotan como agua de manantial. » 

Aquí me pongo á cantar 
Al compás de la vigüela. 
Que el hombre que lo desvela 
Una pena estraor diñaría, 
Como la ave solitaria 
Con el cantar se consuela 



Pido á los Santos del Cielo 
Que ayuden mi pensamiento, 
Les pido en este momento 
Que voy á cantar mi historia 
Me refresquen la memoria 

Y aclaren mi entendimiento. 

Vengan Santos milagrosos 
Vengan todos en mi ayuda, 
Que la lengua se me añuda 

Y sevme turba la vista ; 
Pido á mi Dios que me asista 
En una ocasión tan ruda- 



Cantando me he morir, 
Cantando me han de enterrar, 

Y cantando he de llegar 
Al pié del Eterno Padre — 
Dende el vientre de mi madre 
Vine á este mundo á cantar. 

Que no se trabe mi lengua 
Ni me falte la palabra — 
El cantar mi gloria labra 

Y poniéndome á cantar, 
Cantando me han de encontrar 
Aunque la tierra se abra. 

Me siento en el plan de un bajo 

A cantar un argumento — 

Como si soplara un viento 

Hago tiritar los pastos — 

Con oros, copas y bastos 

Juega allí mi pensamiento. ^ 

Yo no soy cantor letrao, 
Mas si me pongo ^á cantar 
No tengo cuando acabar 

Y me envejezco cantando, 
Las coplas me van brotando 
Como agua de manantial. 

Con la guitarra en la mano 
Ni las moscas se me arriman, 
Naides me pone el pié encima. -^ 

Y cuando el pecho se entona. 
Hago gemir á la prima 

Y llorar á la bordona. 

No puede darse nada más acabado como 
prueba de abundancia y de facilidad. 



•r'T'^.'-íi',: 



XXXVÍ 



JUICIOS CRÍTICOS 



Cuando describe, pinta, y sus cuadros' 
son vivos y animados como la naturaleza 
misma. 

Yo he conocido esta tierra 
En que el paisano vivía 

Y su ranchito tenía 

Y sus hijos y mujer 

Era una delicia el ver 
Cómo pasaba sus dias. 

Entonces.... cuando el lucero 
Brillaba en el ciclo santo, 

Y los galios con su cantos 
Nos decían que el día llegaba, 
'A la cocina rumbiaba 
El gaucho que era un encanto. 

Y sentao junto al jogón 
A esperar que. venga el día, 
Al cimarrón le prendía 
Hasta ponerse rechoncho, 
Mientras su china dormía 
Tapadita con su poncho. 



Venía la. carne con cuero, 
La sabrosa carbonada, 
Mazamorra bien pisada 
Los pasteles y el güen vino...» 
^ero ha querido el destino, 
ic todo aquello acabara. 



•\ 



rer 



No me faltaba un guasca 
Esa ocasión eché el resto : 
Bozal, maniador, cabresto, 
Lazo, bolas y maneas... 
¡ El que hoy tan pobre me vea 
Talvez no crerá todo esto ! ! 

Todo esto es bellísimo; pensamiento, 
descripción, versiñcación. El recuerdo del 
tiempo pasado, la madrugada, la comilo- 
na, y el candoroso recuerdo de las guascas 
que constituían sus riquezas, son preciosi- 
dades que enternecen, que encantan y tras- 
portan al lector á la estancia- al rancho, 
á la yerra, á todas esas escenas sencillas 
y tocantes que hacen la felicidad del pai- 
sano y su familia — felicidad real porque 



está en la naturaleza, y que solo Marlín 
Fierro ha sabido pintar con sus verdaderos 
colores. 

Por lo que á mí hace, puedo decir que 
no he visto en las mejores descripciones 
de Walter Scott y de Fenimore Coopper, 
nada que iguale á la sencillez, naturalidad 
y belleza de éstas. 

Tiene todavía en este género, y entre 
un cúmulo de bellezas en que es diñen 
elegir, un cuadro sin rival, en que compe- 
ten la grandeza del terror, en que todo es 
bello, todo es tremendo; tremendo el es- 
panto, tremendo el pavor que inspira. Este 
cuadro es el malón del Indio. 

Allí, si, se ven desgracias 

Y lágrimas, y afliciones, 
Naides le pida perdones 
Al Indio — pues donde entra 
Roíba y mata cuanto cncuentii 

Y quema las poblaciones. 

No salvan de su juror 
Ni los pobres angelitos ; 
Viejos, mozos y chiquitos ; 
Los mata del mesmo modo — 
Que el Indio lo arregla todo 
Con la lanza y con los gritos. 

Tiemblan las carnes al verlo 
Volando al viento la cerda — 
' La rienda en la mano izquierda 

Y la lanza en la derecha — 
Ande enderieza abre brecha 
Pues no hay lanzazo que pierda. 

¿Y qué decir de la última estrofa? 

¿ Quién no vé con espanto ante sus ojos 
al indio feroz y bárbaro, sediento de san- 
gre, ávido de destrucción y carnicería; 
desnudo, desmelenado y terrible, lanza en 
ristre hiriendo y matando con furor cuanto 
encuentra, viejos, mujeres y niños? 

Tiemblan las carnes al verlo 
Volando al vientoja cerda — 
La rienda en la mano izquierda 

Y la lanza en la derecha — 
Ande enderieza abre brecha. 
Pues no hay lanzazo que pierda. 



SOBRE MARTIN FIERRO 



XXXVII 



Esto es soberbio, magnífico, y hasta la 
versificación por su vigor, su rapidez, y 
su pavorosa eufonía, es grande y digna 
de la pintura que traza. En ningún idioma 
puede hacerse nada mejor. 

El sentimiento que en todo el canto re- 
bosa, es dulce hasta lo tierno; penetrante 
hasta el dolor. 

De este último hemos dado ya una 
muestra al describir su llegada á su ran- 
cho. 

Puedo asigurar que el llanto 
Como una mujer largué 
Ay mi Dios ! si me quedé 
Mas triste que Jueves Santo, f 

Hé aquí ahora algunos del primero, de 
t¿e sentimiento dulce, preñado de tierna 
melancolía que brota del alma, y cuyos 
acentos quejumbrosos y resignados, salen 
lentos y pesarosos como pulsaciones de un 
cwazón dolorido. 

Y atiendan la relación, 

Que hace un gaucho perseguido. 
Que padre y marido ha sido 
Empeñoso y deligente, 

Y sin embargo la gente 
Lo tiene por un bandido. 



Junta esperiencia en la vida 
Hasta para dar y prestar, 
Quien la tiene que pasar 
Entre sufrimiento y llanto ; 
Porque nada enseña tanto 
Como el sufrir y llorar, 



Tuve en mi pago en un tiempo 
Hijos, hacienda y mujer, 
Pero empezé á padecer, 
Me echaron á la frontera, 
i Y qué iba á hallar al volver ! 
Tan solo hallé la tapera. 

Sosegado vivía en mi rancho 
Como el pájaro en su nido — 
Allí mis hijos queridos 

Iban creciendo á mi lao... 



Solo queda ai desgraciao 
Lamentar el bien perdido. 



No tiene hijos, ni mujer, 
Ni amigos, ni protectores. 
Pues todos son sus señores 
Sin que ninguno lo ampare. 

Su casa es el pajonal, 
Su guarida es el desierto ; 

Y si de hambre medio muerto 
Le echa el lazo á algún mamón» 
Lo persiguen como á plaito 
Porque es un gaucho ladrón. 

Y si de im golpe por ay 

Lo dan gíielta panza arriba, 
No hay un alma compasiva 
Que le rece una oración — 
Tal vez como cimarrón 
En una cueva lo tiran. 



Para él son los calabozos 

Para éi las duras prisiones — 

En su boca no hay razones 

Aunque la razón le sobre, 

Que son campanas de palo 

Las razones de los pobres 

Si uno aguanta, es gaucho bruto — 

Si no aguanta es gaucho malo 

Déle azote ! déle palo ! 
Porque es lo que él necesita ! ! 
De todo el que nació gaucho — 
Esta es la suerte maldita. 



Y en esa hora de ia tarde 
En que tuito se adormece 
Que el mundo dentrar parece 
A vivir en pura calma 

Con las tristezas del alma 
Al pajonal enderieze. 

s 
Bala el tierno cor derito 
iíM lao de la blanca oveja ; 

Y á la vaca que se aleja 
Llama el ternero amarrao — 
Pero el gaucho desgraciao 

No tiene á quien dar su queja. 



XXXVIIl 



JUICIOS críticos 



Esta es la verdadera poesía, la poesía 
del dolor y del alma. ¡ Cuántos volúme- 
nes de necedades brillantes contienen las 
Bibliotecas, cuyo jugo csprimido, no vale 
el pensamiento y la ternura de estos po- 
cos versos! 



La vida nómade que emprende, respira 
la poesía animosa, elevada y melancólica 
del desierto. El aislamiento, el espacio y 
el silencio lo inspiran, y canta la Noche, 
la Soledad y el Peligro : 

Y al campo me iba sólito 
Mas matrero que el venao — 
Como perro abandonao 

A buscar una tapera, 
O en alguna viscachera 
Pasar la noche tirao. 

Sin punto ni runi¿DO ñjo 
En aquella inmensidá 
I^tre tanta oscuridá 
Anda el gaucho como duende, 
Allí jamás lo sorprende 
Dormido, la autoridá. 

Su esperanza es el coraje^ 
Su guardia es la precaución 
Su pingo es la salvación, 

Y pasa uno en su desvelo, 
Sin mas amparo que el cielo 
Ni otro amigo que el facón- 



Ansi me hallaba una noche 
Contemplando las estrellas 
Que le parecen mas bellas 

Y que Dios las haiga criao 
Cuanto uno es mas desgraciao, 
Para consolarse en ellas. 

Les tiene el hombre cariño 

Y siempre con alegría 
Ve salir las tres marias 

Que si llueve, cuanto escampa, 

Las estrellas son la guía 

Que el gaucho tiene en la pampa. 



Me encontraba como digo. 
En aquella soledá 



Entre tanta oscuridá 
Echando al viento mis queiaa 
Cuando el grito del chajá 
Me hizo parar los orejas. 

Como lumbriz me pegué 
Al suelo para escuchar. 
Pronto sentí retumbar 
Las pisadas de los fletes, 
Y que eran muchos ginetes 
Conocí sin vacilar. 



Me refalé las espuelas 
Para no peliar con grillos, 
Me arremangué el calzoncillo, 

Y me ajusté bien la faja. 

Y en una mata de paja, 
Probé el filo del cuchillo, 

Para tenerlo á la mano 
El flete en el pasto até. 
La cincha le acomodé, 

Y en un trance como aquel. 
Haciendo espaldas en él 
Quietito los aguardé; 

Cuando cerca los sentí 

Y que ay no mas se pararon 
Los pelos se me herizaron; 

Y aunque nada vian mis ojos, 
cNo se han de morir de antojo» 
Les dije cuando llegaron. 

En la refriega que tuvo con la Poli- 
cía, fué socorrido por Cruz, otro gau- 
cho desgraciado y perseguido como él, 
y como él valiente y poeta. Se hacen 
amigos; Cruz le cuenta su historia que 
es la misma de Fierro y de todos los 
gaudios; y al hablarle de su querida lo 
hace con una pasión y un sentimiento 
que honrándolo á él, honra y ennoblece 
á la mujer de campaña. 

Yo también tuve una pilcha 
Que me enllenó el corazón 

Y si en aquella ocasión 
Alguien me hubiera buscao — 
Siguro que me había hallao 
Más prendido que un botón. 



-:a. 



,*■ 






SOBRE mastín FIEKRO 



xxxíx: 



Quié» es de uaa alma tan dura 

Que no quiera una mujer! 

Lo alivia en su padecer: 

Si no sale calavera, 

^Es la mejor compañera 

Que el hombre puede tener. 

Si es gucna, no lo abandona 
Cuando lo vé desgraciao, 
Lo asiste con su cuidao, 

Y con afán cariñoso 

Y usté tal vez ni nn rebozo 
Ni una pollera le ha dao. 

¡ Cuan noble y hermoso es este retra- 
to de la mujer americana, única que sin 
interés adhiere y sacrifica por el hombre 
que ama ! , 

Y usté tal vez ni un rebozo 
Ni una pollera le ha dao. 

Hé aquí la mujer tal como la hizo la 
naturaleza, y tal como es todavía en nues- 
tros camp)OS. ¡Lástima que no pueda de- 
cirse otro tanto de todas las de las ciu- 
dades, donde estos ejemplos son ya bas- 
tante raros! 

Crtiz y Fierro unidos por la amistaa 
y recíproco interés, abandonan sus pa- 
gos, y se van á los indios. — Nada mas 
natural que este pensamiento y el modo 
de ejecutarlo — .Los proyectos, el racio- 
cinio, y el lenguaje se sostienen hasta el 
fin con el mismo interés con que empezó 
la historia. 

Véase la conclusión que queda estereo- 
tipada en la mente del lector. 



Si hemos de salvar ó nó — 
De esto naide nos responde, . 
Derecho ande el sol se esconde 
Tierra adentro hay que tirar, 
Algún día hemos de llegar..^ 
Después sabremos á donde. , - 

No hemos de perder el rumbo 
Los dos somos güeña yunta — 
El que es gaucho va ande apunta, 
Aunque inore ande se encuentra ; 
Pa el lao en que el sol se dentra 
Dueblan los pasos la punta. 



Allá habrá segunda 

Ya q'ue aquí no la tenemos. 

Menos males pasaremos, 

Y ha de haber grande alegría. 
El día que nos descolguemos 
Eb alguna toldería; 

Fabricaremos un toldo 
Como lo hacen tantos otros, 
Con unos cueros de potro 
Que sea sala y sea cocina, 
¡ Tal vez no falte una china 
Que se apiade de nosotros! 

/ - . . . 

El que maneja las bolas, 
El que sabe echar un pial, 

Y sentársele á un bagual 
Sin miedo de que lo baje. 
Entre los mesmos salvajes 
No puede pasarlo mal. 



Cruz y Fierro de una estancia 
Una tropilla se arriaron — 
Por delante se la echaron 
Como criollos entendidos, 

Y pronto sin ser sentidos 
Por la frontera cruzaron. 

Y cuando la habían p^sao, 
Una madrugada clara 

Le dijo Cruz que mirara 
Las últimas poblaciones 

Y á Fierro dos lagrimones 
Le rodaron por la cara. 



Las citas casi igualarían al texto, si 
hubieran de citarse todas sus bellezas; 
pero sobra con lo hecho para formarse 
una idea de la obra. 

Habrá gente, sin embargo, para quienes 
las bellezas del pensamiento y de poesía 
de que está profusamente semlxada, no 
serán tales bellezas, por la razón sobera- 
namente estúpida de que el estilo y ci 
lenguaje, sean gauchescos; como si haj*^ 
todas las lenguas y estilos no pudieran 



*% 






XL 



Jííicios críticos 



manifestarse con propiedad y elevación los 
sentimientos del alma, los quejidos dei 
dolor, los encantos de la poesía ! 

Para tales gentes valdrá mas un millar 
de embustes, de sandeces y absurdos» re- 
ferentes á pueblos y^ costumibres que 
no conocen ni les interesan, pero que 
estén penosamente bruñidos con el lima- 
do y violento estilo de Victor Hugo, con 
el esmerado y florido de Lamartine; ó 
el festivo de Dumas, que la verdad ani- 
mada de estos cuadros, en que todo es 
real, vivo, interesante y bello. A tales 
gentes es preciso comprenderlas. 

Concluiremos repitiendo, que como pen- 
samiento poético, y como ejecución, es 
lo mejor que hemos visto en su género; 
y creemos muy difícil, por no decir impo- 
sible que pueda superarse. 

Tengo pues It aa/tisfacción íntima de fe- 
licitarlo por una creación que hace tanto 
honor á su corazón como á su talento ; que 
honra altamente á la literatura de su país ; 
que conservará para siempre ese tipo ca- 
racterístico, cuyo original está próximo 
á desaparecer, pero que no morirá mien- 
tras haya imprentas para reproducirlo, y 
que puede gloriarse con razón de haber 
eternizado. 

Esperando que nuevas obras de su plu- 
ma me proporcionen solaces agradables 
COBO los que esta me ha dado, quedo — 

Suyo Servidor, y amigo. 

Jiian Marta Torres. 
lleatevideo, su casa. Febrero i8 de 18:^4. 



Vamos á publicar en seguida una carta 
del mismo Sr. Torres rehusando su apro- 
bación al título de JUCIO CRITICO con que 
encabezamos su trabajo, y que él encuen- 
tra desmasiado pretensioso, limitándose á 
darle modestamente el de APRECIACIONES. 

Nos permitiremos antes de hacerlo, de- 
cir dos palabras muy breves al respecto. 



Como observa co« muchísima propie- 
dad el Sr. Torres, no siendo Martin Fie- 
rro una obra de arte, no pueden aplicársele 
sus reglas, y hacer á su respecto un juicio 
crítico literario. 

Pero sus Apreciaciones han seguido otro 
rumbo, y han ido por consiguiente «a» 
allá, penetrando profundamente en la ín- 
dole y la intención del liforo que exami* 
naba; ha descubierto en él, con espíritu 
sagaz y fina obser\^ación, el sentimiento 
que comunica vida y movimiento á cada 
uno de los cuadros, que él mismo acaba 
de poner en relieve con tan exquisito pul- 
so, y con observaciones de tal carácter 
y de tanto alcancje; que lo que él llaraa 
modestamente APRECIACIONES, no es »ada 
menos sino un' JUICIO FILOSÓFICO SOCIAL, 
en que se ven mezcladas á cada piaeo, 
observaciones de un orden grave y elfeva- 
do con reflexiones sugeridas por usa se- 
rena cuanto profunda moralidad y ani- 
mado todo él por un sentimiento viro y 
delicado de la belleza y de la poesía. 

El Sr. Torres le ha abierto á Martin 
Fierro^ puertas donde sus formas íbcuI- 
tas, no le daban el derecho de solicitar 
entrada. 

El, en efecto, se sustrae á la crítica 
literaria. — Es el tipo de una raza. 

Es el hijo de la naturaleza, como el Sr. 
Torres lo ha llamado; es el cantor del 
Desierto. 

No tiene maestro, ni otra escuela que la 
de sus desgracias. 

No tiene otra inspiración que la de sus 
propio afectos, y los ecos que brotan de 
su alma, son los trasportes de su alegría ó 
los ayes de su dolor, naturales, fáciles y 
espontáneos, no modelados por el arte, 
no empalidecidos por la ficción, ni avi- 
vados por el esfuerzo de su inteligencia 

Es inculto, es agreste, pero es real y 
verdadero. 

Canta, porque nació cantor. — Es gan- 
cho, y se ha entrado al Parnaso en potro. 

Sin que estas líneas sirvan de respuesta 
al Sr. Torres, ni tengan mas objeto que 
emitir las breves observaciones que hemos 
consignado en ellas, nos complacemos en 



m^F^' 



SOBRE MARTIN FIERRO 



XLI 



publicaf sii carta, á la cual hemos hecho 
referencia. 

Es la siguiente : , 

Señor D. José Hernández < 

' Su casa, Febrero 23 de 1873, 

\ Estimado señor y amigo : 

He visto en La Patria que se dá el tí- 
tulo de Juicio critico á las Apreciacio- 
nes que hice de su bella obra, Marti?i 
Fierro. 

Permítame mi amigo, que rehuse mi 
aprobación á un título tan pretensioso 
pues no tiene base desde que esa obra por 
la especialidad de su carácter, no está 
ni puede estar sujeta á la crítica literaria. 

Para que Martin Fierro pudiera ser obje- 
to de crítica, era preciso que fuera una 
obra de arte, sujeta á sus reglas y por con- 
siguiente á su aplicación — no siéndolo — 
no pueden aplicársele, luego no puede ha- 
cerse un juicio crítico sobre ella. 

Martin Fierro es un gaucho verdadero, 
lejítimo, hijo puro de la naturaleza, que 
no sabe lo que es arte y ni. aun conoce los 
elementos del idioma que habla ; es el can- 
tor inspirado del desierto que arroja al 
aire torrentes de poesía inculta, pero her- 
mosa como la calandria ó el gilguero, sus 
trinos y gorgeos. 

No pueden, pues, aplicársele los precep- 
tos de un arte que no conoce, ni de una 
gramática que no ha estudiado. Lo mas 
que puede hacerse con él, es lo que yo 
hice, saborear sus bellezas: ir mas allá 
sería una pretensión absurda. Y es esto 
precisamente lo que constituye su mérito 
pues acaso tiene mas valor real, y mas 
bellezas poéticas, bajo el tosco lenguaje 
que emplea, que muchas obras que se dan 
por modelo de corrección y de arte- 

Le agradeceré tenga á bien publicar 
ésta, á continuación del último trozo de 
mis Apreciaciones sobre Martin Fierro^ co- 
rno un correctivo al título de JUICIO CRITI- 
CO, con que aparecieron, 

Juan Marta Torres, 



BIBLIOGRAFÍA 



MARTIN FIERRO 



Señor D. José Hernández. 

Tratándose de juzgar un libro, ni Vd. 
ni yo gustamos de hacer floreos literarios, 
yendo siempre derechos al bulto, al punto 
objetivo ó como quien dice, al eje ó mue- 
lle espiral sobre que describe su rotación el 
argumento. Aplicando tan económico si- 
stema para darle mi opinión sobre Martin 
Fierro, no me detendré en decir donde 
faltó á las leyes de la rima, ni cual ripio 
debiera desaparecer y si hay éste ó aquel 
concepto contrario á la buena prosodia. 

Solo juzgando ensayos juveniles es per- 
tinente detenerse en la parte elemental de 
la composición; pero como Vd., á lo que 
entiendo, no está en el caso de aprender 
el mejor empleo de las sinalefas y oirás 
ñguras didácticas del divino arte, voy sin 
rodeos á manifestarle mis impresiones. 

Repetidas veces he saboreado las belle- 
zas contenidas en las bien descritas aven- 
turas de su héroe, creación bellísima por la 
doble faz, riente y sombría, con que se 
dibuja en gigantesco relieve, esto sin con- 
tar con lo sabroso de la crítica con que 
Vd. decora su admirable cuadro. 

Su trabajo, escrito sin duda por mero 
pasatiempo, responde á tendencias domi- 
nantes en su espíritu, preocupado desde 
larga fecha por la mala suerte del gaucho : 
y es la manifestación cumplida de sus sim- 
patías en favor de esos pobres parías, con- 
denados por los abusos del poder á vivir 
constantemente armados del sable, crean- 
do y destruyendo situaciones que siempre 
concluyen por serles adversas. En las lu- 
chas civiles, la peor part)2 ha sido para €- 
líos ; y durante la paz armada en que ios 
caudillos han mantenido la República, el 
campamento/y los fortines los han alejado 
de la vida laboriosa y de los sagrados vín- 
culos del hogar, relajando la constitución 
de la familia y bastardeando las genera- 
ciones : convirtiéndclos en nómades habi- 



XLil 



JU1CI0¿ CKlTiUOS 



tantcs de nuestras inmensas praderas, 
cuando no están sujetos al yugo del servi- 
cio, que es un lote en el repartimiento de 
los bienes de la libertad por cuya conqui- 
sta tantos años han pugnado. 

Martin Fierro és la encarnación de ia 
multitud : órgano reproductor del lamento 
de los gauchos sujetos al bárbaro servicio 
de fronteras que, como una onda poderosa, 
viene á estrellarse ante la indiferencia 
granítica de los gobiernos- 

Si aquí tuviéramos un público capaz de 
reivindicar los derechos del hombre y del 
ciudadano, agredidos en el habitante na- 
tivo del campo, su libro habría producido 
cl efecto maravilloso alcanzado en la Amé- 
rica del Norte por c La Cabana del TlO 
TOM », porque uno y otro son producto 
de la mas sublime filantropía. Levantar 
una raza abatida, devolviéndole las con- 
diciones civiles y políticas que el abuso a- 
rrebató atrevidamente, es la tendencia de 
ambos libros : allá se atacaba una institu- 
ción legal y sin embargo triunfó el grito 
de la naturaleza, en tanto que aquí el po- 
bre gaucho es flagelado sin derecho y por 
un simple abuso de fuerza. 

Lo dicho, relativamente al objeto, y por 
lo que respecta á su tipo, no vacilo en de- 
cirlo que, sin pretenderlo, ha dejado Vd. 
muy atrás á nuestros payadores en cuanto 
al fondo y oportuna elección de la estrofa. 
La décima no, la usa el gaucho sino en 
composiciones breves de amor ó en felici- 
taciones, y el romance asonantado nunca : 
evitando estos escollos y haciendo uso del 
sexteto octosílabo, la imitación de los 
trobos campesinos es perfecta. 

Los que han manejado este género en- 
tre nosotros, poseyendo el medio literario, 
desconSfean las petuliaridadcs de moral, 
de filosofía, de religión y aun de política 
que hacen del gaucho un ser excepcional, 
difícil de medirlo en el cartabón de los 
compadritos dicheros. 

El compadre en la campaña, es la depu- 
ración incorrecta de la sencillez rústica que 
perdiendo todo su sabor original, se apro- 
xima y entremezcla con el comfadre de la 
ciudad, degeneración correcta del habi- 
tante culto ; y en esa zona que deslinda la 
civilización de la barbarie, los predios rú- 



ticos de los urbanos; término medio del 
estado social argentino, se desenvuelve la 
existencia bullanguera del tipo estudiado 
para representar al gaucho, y que en su 
eterna manía de espectabilizarse, hace gro- 
tesco lo que es bello. 

En este concepto, Vd. se hallaba en con- 
diciones ventajosas para desarrollar su té- 
sis, porque habiendo vivido por mucho 
tiempo en contacto con el gauchaje de las 
cuatro provincias litorales, y siendo como 
es, un observador fino y de criterio, tenía 
que ofrecemos en sus cuadros la verdad, 
eterna fuente de la belleza ; y si á esto se 
agrega ün fácil manejo de la lengua y gran 
respeto á los preceptos literarios, terminaré 
dinciendo : que mi como aspiración noble 
á favor de los habitantes del campo, ni 
como crítica de los abusos cometidos en el 
servicio de fronteras, ni como interpreta- 
ción del gaucho raoralmewte juzgado, he 
tenido, hasta hoy, la ocasión de leer algo 
que le aventaje. 

Queda de Vd. S. S. S. y amigo 



Mariano A. Pelliza. 



M&r¿o 27 de 1873. 



BIBLIOGRAFÍA 



MARTIN FIERRO 

Acaba de darse á la publicidad un pe- 
queño libro con el título con que encabe- 
zamos estas líneas. 

El brillante éxito que ha obtenido en la 
Campaña, nos ha llamado la atención y 
sea dicho de paso, empezamos su lectura 
con cierta desconfianza que se explica ea 
los números chaxos de que es víctima 
nuestro público en materia de composicio- 
nes literarias. 

Sin embargo, debernos confesar que el 
libro en cuestión, está muy lejos de ser lo 



IS^SSv^'.-^'-' 



SOBRE MARTIN FiKRSO 



XLUÍ 



que gcaeraliaentc se llama un {Lambre; su 
argumento no puede ser mas verosímil, ni 
sus personajes mas verídicos. Su autor, el 
Sr. Hernández, antiguo re'dactor del cRio 
d« la Plata», nos demuestra que conoce 
profundamente las costumbres del campa- 
mento y los secretos del fogón, nos en- 
seña el aduar del hombre semi-salvaje con 
toda la desnudez vergonzosa de su reali- 
dad. 

Pero hay escenas que indudablemente no 
las comprenderá sino la persona que haya 
vivido algún tiempo en el campamento, 
imájentes que solo el que haya qruzado e- 
rrante nuestras dilatadas pampas podrá 
valorar. 

Con el grosero lenguaje de los habitan- 
tes del campo, hace apreciaciones pinto- 
rescas y de un colorido magnífico — exi- 
biéndonos tipos que solo Ascasubi y Del 
Campo han descrito con éxito en nuestros 
días. 

A pesar de que no somos partidarios de 
este género de literatura, porque creemos 
que para herir la imaginación de las masas 
no se necesita escribir en el lenguaje liberal 
con que ellas manifiestan sus pensamien- 
tos, porque como ha dicho un notable lite- 
rato oriental — se -puede sentir en gaucho y 
expresare en lenguaje culto y castizo y en 
señando á las generaciones del porvenir 
como se sentía en nuestra época, preocu- 
pándose poco de como se expresa el senti- 
miento lo que á la verdad poco importará 
á nuestros sucesores; sin embargo la com- 
posición del Sr. Hernández tiene tan hu- 
mosos pensamientos, ideas de poesía natu- 
ral tan elevadas y exquisitas, que se puede 
perdonar la forma en que se presentan á 
la imaginación impresionable del pueblo 
de nuestras campañas, seguro que el mas 
ignorante paisano comprenderá el fondo 
de verdad y aun la moral del argumento. 

El mas extraño á nuestras costumbres 
populares, verá brillar en medio á las ti- 
nieblas que se proyectan del cuadro de 
salvaje ignorancia que el autor describe, 
brillantes luces, que el mismo fondo oscu- 
ro hace notajjles, aumentando su mag- 
nitud. 

En medio de la ceguedad del fanatismo 
supersticioso, y de los mas groseros vicios, 



se destacan hermosas flores que se reve- 
lan por su exquisito per fume á pesar del 
estilo y de la forma. 

Martin Fierro no es el tipo del gaucho 
patriota, que allá en la alborada de nuestra 
independencia, nos describía Hidalgo : 
entusiasta, indomable y cristiano. 

No es, tampoco, el gaucho que nos 
exhibe Ascasubi luchando por las liber- 
tades de su Patria en los ejércitos de Paz 
ó de Lavalle — ni menos el paisano semi- 
educado que nos pinta Del Campo en su 
popular «Fausto» — Martin Fierro x.^ una 
creación de otro género — es el hijo deshe-/ 
redado de una raza de centauros, envile- 
cido perseguido y menospreciado por la 
sociedad en que vive, engendro miserable 
de la guerra civil y la ignorancia, con todo 
el caudal de pasiones que puedtí abrigar 
en su corazón un ser humano, y sin siquie- 
ra el derecho de manifestarlas libremente 
— verdadero paria de nuestros días, p)ero 
indomable; ignorante, pero con arranques 
de nobleza; resistiéndose á ser arrastrado 
al ignominioso servicio de frontera y ba- 
tiéndose como un león con la partida del 
pago — Ginete como un tártaro, fuerte co- 
mo un atleta, práctico en las inmensurables 
sendas del desierto como un árabe.- su- 
frido, sobrio, como nadie en el mundo — 
esto es algo de lo que el autor nos hace 
conocer en su tipo, y á la verdad que la 
creación no ha podido ser más feliz. 

Aquí, en los grandes centros de pobla- 
ción, nadie se cuidará del tipo;^ todo el 
mundo ignora que á esa raza de horqbreg 
que va desapareciendo empujada por las 
brisas de la civilización se le deben nue- 
stra indipendencia y nuestras libertades ! ! 
Felicitamos ardientemente al señor Her- 
nández por su hermoso trabajo, y desea- 
ríamos que siguiera en esa senda, hacién- 
donos escuchar en ese género la lira casi 
abandonada de \Ascasubi y de Del 
Campo. 



Lautaro. 



(El Mercantil, Febrero 6 de 1S73). 



XLIV 



JUICIOS críticos 



BIBLIOGRAFÍA 



El gusto por la lectura está formado y 
generalizado gratamente en todo el terri- 
torio de ]a República Argentina. 

La escuela y la Biblioteca Popular están 
desparramadas hasta las mismas faldas 
de los And'es. En la Rioja, el lugar mas 
apartado y que se consideraba la provin- 
cia menos culta de la Confederación Ar- 
gentina, se siente el movimiento expansivo 
de la civilización, sacudiendo á todos sus 
habitantes del marasmo intelectual que los 
dominaba, comunicándoles por medio del 
libro nueva vida y presentándoles rientes 
perspectivas. 

El lector de la ciudad, no tiene natural- 
mente exijencias especiales y privilegiadas 
por determinados libros. Lee todo lo útil, 
todo lo bueno y malo que nos envian las 
prensas europeas, y todo lo que arrojan á 
la publicidad las casas editoras que te- 
nemos. 

Pero, conseguir que el habitante de las 
campañas lea sin fastidiarse, lea con pro- 
vecho y queden en su imaginación impre- 
siones nobles y permanentes, es algo mas 
serio de lo que á primera vista parece. En 
el espíritu del labriego es menester que el 
li|3ro ó la anécdota moral dejen huellas; 
es nesesario que la enseñanza que su rú- 
stica ixitcligencia adquiere, no se pierda 
ni se extinga, combatidas por las costum- 
bres incultas y las faenas rudas del cam- 
pesino. , 

¿ Cómo, pues, conseguir pasto intelec- 
tual aparente y fructuoso para el gaucho 
de nuestras llanuras? Ni el señor Sar- 
miento que estudiaba interesadamente el 
problema, pudo descubrir la incógnita de 
di, escurenciéndola mas bien con las re- 
ducciones inconvenientes que aconsejaba. 

No tiene punto alguno de contacto el 
sagiiatter de las selvas norte-americanas, 
ron el semi-salvaje gaucho del desierto. 
Son dos naturalezas totalmente distintas, 
sin afinidades que las aproximen, pues 
las obras de Dickens que recrean al labra- 
dor americano, prepararían la siesta de los 
que viven en el rancho. 



En el campamento del ejército que Ju- 
chaba por la causa hermosa de la civiliza- 
ción cisalpina, tiene origen una escuela 
literaria que de tarde en tarde hace pro- 
sélitos entre nosotros. 

Aniceto el Gallo es también un tipo á 
lo Byron, á lo Quintana, á lo Bello, etc. 
Es gefe de escuela, autor de una litera- 
tura destinada á quitarle al desierto y á 
la ignorancia, sus mas preciosas preseas. 

Coetáneo con el insigne Figueroa, ini- 
ciaron en buena hora un género de publi- 
cación, que era como la primer semilla 
arrojada en terrenos feraces y propicios 
para cosechas compensadoras. 

El ejemplo que ellos daban, encontró, 
como dijimos ya, de cuando en cuando 
imitadores. 

El estilo gaucho poético despertaba en 
la imaginación precoz de nuestros poetas, 
deseos loables de seguir la estela de Ani- 
ceto, pero no lo conseguían siempre, por- 
que no se penetraban íntimamente de la 
perfecta originalidad que distingue al ge- 
fe, y ^e iban á estrellar, sin quererlo, en 
el género que cultivaba Moorc ó en las 
canciones inimitables de Beranger. 

Por mucho tiempo pues, el cetro lo 
ha tenido Ascasubi, aunque Anastasio el 
Pollo hubiera hecho conatos para arran- 
cárselo. 

Hoy se ha retirado Ascasubi de la are- 
na en que se lanzó ardoroso y espIéiM^ido ; 
se refugia en el hogar con la misma gran- 
deza y majestad con que se asilaiban en 
los Inválidos^ los restos que quedaban de 
los heroicos tercios del viejo Imperio. 

Pero así como á esa generación homé- 
rica del valor y el patriotismo francés, 
le sucedió otra nueva digna de recojer 
la herencia; así ha encontrado Ascasubi 
con el autor de Martin Fierro, un sucesor 
que, hará mas todavía que conservarla in- 
tacta, que la enriquecerá, pues tiene dotes 
privilegiados para conseguirlo. 

En todas las librerías de esta ciudad 
está modestamente hospedado un folleto 
de bumile apariencia, pero que ejercerá en 
los palacios de las capitales, en Iqs ran- 
chos de la campaña ó en los toldos del 
desierto, la influencia bienkechora y sola- 



l^'vVf^í; ■;..'?■. ., 



SOBRE MARTIN FIERRO 



:lv 



zante que nos producían en otro tiempo 
los poemas de Aniceto. 

D. José Herpaadez (su autor) há pinta- 
do con la misma inspiración y destreza 
que Ruguendas y Monvoisin ese cuadro 
de la naturaleza americana, de este lado 
del continente, que exije en el artista po- 
tencia de genio y conocimiento acaudala- 
do de detalles. 

Martin Fierro es el héroe del poema del 
Sr, Hernández; Mar Un Fierro es un gau- 
cho completo, sin rival, sin padres cono- 
cidos, sin amigos de infancia, sin nada 
que lo ligue á la rutina que ha caracteri- 
zado á otras creaciones idénticas á la del 
Sr. Hernández. 

A Montero, cuando concluyó su cuadro 
Los funerales de Atakualpay le dijeron 
en Florencia, y por labios muy autoriza- 
dos, que no pintara mas. Nosotros sin ser 
mas que admiradores, diríamos á Her- 
nández que se perpetúe solo con^ Martin 
Fierro. \ 

Al leer las páginas interesantes de 
Martin Fierro, nos hemos reconciliado con 
el infeliz gaucho. Francamente, lo que- 
riamos mal. El chiripá, la bota de potro 
y el inseparable pañuelo al cuello, nos 
prevenían siempre desfavorablemente; lo 
creíamos feroz cuando tal vez pudo ofre- 
cemos techo y alimento en el rancho en 
que pasa su vida. 

Uno de esos dramas que se producen 
alguna vez en las llanuras argentinas, mez- 
cla de sentimientos generosos y costum- 
bres bárbciras, es lo que pinta el Sr. Her- 
nández. Las boleadoras, la maneja, el 
redomón, las caronas, etc., todo ese voca- 
bulario originalísimo de la vida gauche- 
sca, campea en Martin Fierro. Es un 
paseo que se hace á la pampa. Es algo 
más : leyéndolo,' se hace la ilusión de ha- 
ber vivido cinco, diez, quince años en com- 
pañía de Martin : es decir, en pleno de- 
sierto, en el mismo aduar. Es imperece- 
dera la impresión que deja en el ánimo ; 
mas poderosa aun para el lector del Rio 
de la Plata, que la que produce Cooper 
leyendo su Trampero. 

' Desconfiamos de habjer escrito con 
acierto. 



Estas líneas las trazamos inmediata- 
mente que • concluimos la sabrosa lectura 
que nos ha proporcionado la inteligencia 
chispeante y original de Hernández. 

La Biblioteca Po fular de las campañas 
argentina ú oriental, está obligada á tener 
en sus estantes á Mariin Fierro. 

Cuando el local de la biblioteca sea 
visitado f>or algim gaucho, de esos arro- 
gantes y esbeltos, de fingo arábigo y be- 
cado de plata.' y reviste la publicación de 
que nos hemos ocupado, exclamará, esta- 
mos seguros: ¡Martin Fierro es otro yo! 

La Tribuna de Montevideo, editorial de 23 ds 

Marzo de 1873. 
Este articulo fué reproducido por la La Patria 

de Lima con algunos fragmentos del libro. 



bibliografía 



J08E HERNÁNDEZ 

(Autor del Gaucho Martin Fierro) 

Si nosotros fuéramos susceptibles de 
sentir orgullo, ó almenos de confesarlo co- 
nociéndolo, nunca tendríamos mejor opor- 
tunidad para manifestarlo, que en estos 
momentos, al haber escrito el nombre del 
distinguido escritor que encabeza este ar- 
tículo. 

Pero nuestro orgullo, sería orgullo na- 
cional. 

Hijo de una nación, que bien pudiera 
decirse que recien empieza á la vida del 
progreso y de la civilización, nos sentimos 
enaltecidos en cada tuio de nuestros com- 
patriotas que avanzan un paso en el en- 
grandecimiento nacional. 

José Hernández pertenece á la carrera 
de las letras. 

Entre los muy pocos obreros que tra- 
bajan para damos una literatura propia, 
hoy ocupa un lugar distinguido este va- 
liente publicista, cuya fecunda imagina- 
ción nos ha dado las bien concluidas 
pajinas de Martin Fierro. 

En esta obra, se hace la mas viva y aca- 
bada pintura de la dramática existencia 
de nuestros gauchos, cuyo tipo caballere- 
sco se va perdiendo, ó se ha bastardeado 



XLVI 



JUICIOS críticos 



con el contacto de la civilÍ2:ación que em- 
pieza á extenderse en la campaña. Mariin 
Fierro, es una leyenda de coloridos tan 
naturales y patéticos, tan rica de nove- 
-.^ dad, tan filosóficamente historiada la 
vida errante del gaucho, tan llena de fue- 
go y de pasión como de ternura y senti- 
miento, que viene á colocar á su autor en- 
tre los primeros poetas argentinos. 

Porque el Mariin Fierro es, á nuestro 
entender, una jova literaria que está des- 
tinada á embellecer nuestras bibliotecas. 

Pero no siendo nuestro ánimo hacer la 
crítica del precioso libro de Hernández, 
vamos á volver al punto de partida. 

Con todo lo que se relaciona con nues- 
tra naciente literatura, somos como el 
avaro ante su tesoro, le damos la impor- 
tancia de nuestra codicia nacional, de 
nuestro amor á lo bello, de nuestra fé en 
los triunfos futuros de la inteligencia ar- 
gentina. 

Por esto haiblamos con entusiasmo de 
Martin Fierro. 

Y este legítimo entusiasmo se exalta 
mas cuando vemos lo bien que ha sido 
recibida esta obra en el extrangero. 

El autor de Martin Fierro se le distin- 
gue en Nueva- York, dándole un lugar pre- 
ferente en una Asociación Literaria- 

En un periódico español se reproduce 
su obra haciéndole los más justicieros en- 
comios. 

En París están publicando en el popu- 
lar t Correo de Ultramar » el Martin Fie- 
rro, honor que pocos trabajos literarios de 
la República Argentina han alcanzado. 

De Norte-América han solicitado la 
adquiescencia del autor para hacer una 
edición de lujo, cuyo tiraje será de mu- 
chos miles. 

También se ha pedido el retrato de 
Hernández y algunos apuntes biográficos, 
para que precedan á la obra; reserván- 
dose allí hacer el juicio crítico de esa 
producción del Rio de la Plata. 

Con tal motivo, véase lo que dice una 

correspondencia de Nueva- York, dirigida 

en Agosto á La Tribuna de Montevideo. 

« En algún periódico español, no re- 

* « cordamos bien si de las Antillas ó de 



la Península, hemos leído por décima 
vez á Magariños Cervantes en su Cellar 
A cpntinuación y con un pequeño pre- 
ámbulo del editor, hemos regalado 
nuestra imaginación con la lectura de 
Martin Fierro, por el Sr. D. José Her- 
nández. Piezas de ese genero, que carac- 
terizan tipos nacionales que han de 
llevar á la posteridad el retrato fiel é 
imperecedero de un pueblo, no debe- 
rían quedar, según nos informa el pre- 
ámbulo aludido, archivadas en poder 
de un círculo de amigos. 
€ Mariin Fierro, primo hermano de Ce- 
llar, como la ha bautizado el editor 
citado, ha despertado el deseo de im- 
primir seis mil ejemplares en tipo her- 
moso y papel de lujo, siendo este nú- 
mero el calculado fácil de colocar en 
los países de lengua española mas in- 
mediatos á este. Para el objeto es nece- 
sario la autorización del señor Hernán- 
dez ó del poseedor del derecho de pu- 
blicación. 

€ Al intercalar esto? que es ageno al 
argumento de la presente corresponden- 
cia, lo hacemos para que sirva de aviso 
á quienes pudiera interesar. Si se qui- 
« sicra favorecer nuestro proyecto, esti- 
« maremos se nos remita prepuesta ce- 
€ rrada y rotulada « Equis-New-York » 
« remitiendo el paquete á la oficina de 
t La Tribuna de Montevideo, el cual, no 
f lo dudamos, nos será remitido por esos 
t amables editores. 

« Rogamos también, en caso que fuese 
« aceptada nuestra idea, se nos remita 
« una copia fotográfica del autor Sr. Her- 
€ nandez, y algunos apuntes biográficos 
« de él. Estos dos objetos, » contribuirán 
€ en mucho al embellecimiento de la 
€ obra. 

€ Hacemos votos por la felicidad del 
t Sr. Hernández, á quien hemos cedido 
€ ya un lugar de preferencia en nuestra 
€ asociación Literaria. ¡ Que la patria al 
« bendecir su nombre, le entone un him- 
« no de admiración ! » (*). i 



(*) La extensa correspondencia de que han 
sido copiados los anteriores párrafos, es de 
Nueva York Junio 30 de 1873, y publicada en 
La Tribuna de Montevideo, el 24 de Agosto 
del mismo año 



!*;7f^( 



SOBRE MARTIN FIERRO 



XLVII 



La obra de Hernández, pues, ya es po- 
pular en-el extranjero y ha dado á su autor 
una justa celebridad. 

En tanto ¿qué ha hecho la prensa Ar- 
gentina ? 

¿ Se ha ocupado acaso de recorrer sus 
páginas, dé formular su juicio, de sa 
ludar siquiera á su autor. 

No; ha callado con el abandono que 
le es peculiar, cuando se trata de las fi- 
guras distinguidas que se levantan entre 
nosotros. 

¡ Mezcla de cgoismo y de indiferencia, 
donde no brota una chispa de ese fuego 
santo, que en el lenguaje patriótico, llá- 
mase orgullo nacional ! ! 

Nosotros no creamos reputaciones, an- 
tes bien, devoramos nuestros hijos, á se- 
mejanza del dios de la fábula. 

Ese egoísmo en lo que se relaciona á los 
hombres que han de dar ima literatura 
á nuestro país, nos lleva hasta cometer 
actos de grandes injusticias. 

Hace algún tiempo que hemos pedido, 
por la prensa, se nos remitan apuntes 
biográficos de hombres que s^ hayan dis- 
tinguido en la literatura, en el foro, en 
el clero, en las armas, en la política, en 
algo, en fin, ya como proceres de la pa- 
tria, como mártires, como amigos de la 
humanidad. Este pedido lo hicimos por 
habérnoslo encomendado el bibliógrafo 
Sr. Cortés, que está para emprender la 
publicación de un Diccionario Biográfico 
Americano, y que quería que en él figu- 
rase dignamente la República Argentina. 

Sin embargo que hemos hecho este lla- 
mado varias veces, hasta hoy ni por amor 
al país, ni como recuerdos de familia, se 
nos ha enviado un solo apunte para poder 
mandar al Diccionario. 

En este mismo mes hemos anunciado la 
publicación del Parnaso Argentino, tra- 
bajo del mismo literato señor Cortés, per- 
mitiéndonos rogar á nuestros colegas pres- 
ten su valioso apoyo á esa obra nacionah 
y nadie nos ha honrado contestando á 
nuestra invitación. 

Esto ¿qué significa? 

¿Así es posible tengamos literatura, si 
se mira con tanto menosprecio los pri- 
meros trabajos que kan de forrear la baee 
de su monumento? 



Triste es decirlo, pero al paso que va- 
mos, tarde ó nunca llegaremos al Helicón, 
donde no sería tan difícil trepar en alas 
de esa inteligencia, que como un don del 
cielo, chispea con tanta superafoundancia 
desde las orillas del Plata hasta las neva- 
das cumbres de los Andes. 

Carlos Calvo es una reputación europea, 
y en la República Argentina no se conocen 
sus obras. 

Alberdi es mas respetado en el extran- 
jero por sus grandes talentos, que en 
nuestro país, donde es raro encontrar uno 
de sus libros. 

Y así muchos prohombres en las letras 
como en el foro, á quienes su patria 
olvida. 

¿ Quién conoce la obra de Hernández, 
sin embargo de haberse anunciado en las 
librerías ? 

Sus compatriotas los argentinos, muy 
pocos; pero en cambio ya es aplaudida 
en la Banda Oriental, en Norte- Arnérica, 
en España y en Paris. Muy pronto será 
conocida en todas partes del mimdo, don- 
de haya quien hable el idioma de Cer- 
vantes. 

¿Y eso, á quién lo debemos? • — á los 
extranjeros que nos honran. 

Al cerrar este artículo, solo sentimos 
que nuestra pobre pluma haya tenido que 
ocuparse de la literatura nacional, cuando 
hay tantos escritores que si hubieran em- 
prendido esta digna tarea, hubieran po- 
dido estimular, entusiasmando á la noble 
juventud que se levanta en la arena lite- 
raria. 

Nosotros hemos creído cumplir con un 
deber, al rendir este pobre homenaje ai 
inspirado autor de Martin Fierro. 

■ {jíl Mercurio del Hosario). 



Este articulo fué traB&cripto en 1m Tribuna de 
Montevideo de 13 de Diciembre de 1873. 



LXVIII 



JUICIOS críticos 



MARTIN FIKRRO • 

Bello poema, que hábil pinta 
Nuestra raza primitiva, 
No ya salvaje, cautiva 
De la clase superior, 
Que entre la casa y la tolda, 
Entre la ciudad, la pampa, 
Vive libre, en ranchos campa, 
Sin Cacique ni Señor. 

El hombre civilizado 

La oprime de aquí y estrecha. 

Hambrienta, de allí, la acecha. 

Del salvaje, la crueldad. 

Ni tan culta ni tan ñera, 

Que á uno ú otro le haga amigos^ 

Sónle á la vez enemigos, 

El desierto y la ciudad. 

Y si el espíritu eleva, 

En sus horas sin consuelo, 

Halla apenas viendo al cielo, 

Su Dios y su religión. 

Mas queda al gaucho sin patria. 

En su horfandad y pobreza, 

La madre Naturaleza, 

Sus fuerzas, su corazón. 

Entonces busca en su pecho 
La dulce paz, la alegría, 

Y halla fuente de poesía 
Inagotable en su amor. 
Este endulza sus dolores 
En él templa sus pasiones. 
Díctale coplas^ canciones. 
Tiernas, de suave color. 

Y entre trabajos y penas. 
Sin cuidarse del mañana, 
No vé que tiene cercana 
Su noche — ¡raza infeliz!... 
Que en un crepúsculo vive; 

Y las luces, la cultura 
Disipándolo, á otra altura. 
La encaminan mas feliz. 

Y, cuando al fin, desaparezca 
De nuestro suelo Argentino, 



* Esta composición la estractamos del bello 
tomo de poesías que con el titulo «El Peregri- 
no del Plata», acaba de dar á la publicidad el 
distinguido argentino Dr. José Maria Zubiria. 



Siguiendo el ancho camiQo 
De la civilización ; 
No lo lloren el progreso. 
Ni la ciencia, ni la gloria ; 
No conserven su memoria 
La moral, la religión- 
Pero en el pecho Argentino, 
Habrá siempre dulce afecto. 
Por ese tipo perfecto 
De nuestra raza en embrión. 
El gaucho cuidó el ganado. 
El gaucho sembró la tierra, 
Dulce en la paz, fiero en la guerra, 
Héroe, bardo y dócil peón. 

Es colono primitivo. 
Rudo, osado y solitario, 
Valiente y hospitalario. 
Sin amaños, sin ddk^lez. 
Como la pampa, sombrío. 
Como el Plata, caprichoso, 

Y cual pampero, animoso. 
Toma al ombú su altivez. 

A nadie pidió la idea. 

Ni la espresión, ni el sentido, 

Costumbre, idioma, vestido 

Original se dará. 

Con su traje pintoresco. 

Su cribado calzoncillo. 

En el cinto su cuchillo, 

Su poncho, su chiripá. 

Junto al fuego de su rancho. 
Mira al campo, su cosecha.... 

Y en la guitarra, su endecha, 
En vez de canto, es gemir... 
Últimos ecos del vate. 

Que contempla decadente 
Su raza, y al fin presiente. 
Que vá á dejar de existir... 

No perecerán con ella 
Su historia, su fiel retrato; 
De Martin Fierro el relato. 
Su recuerdo hará inmortal ; 
Que es el poema de la vida, 
Le vida de un pueblo entcrO| 
En su genio verdadero, 
En su tipo virgijial. 

En sus usos y costumbres, / 

Virtudes, vicios, pasiones, 



!%'■,' íV~- 



Í^«BRE MARTIN FIERRO 



XLIX 



Sentimiento, inspiraciones, 

Alma, lengua, corazón ; 

Y con tal verdad descrito, 

Que aunque haya desaparecido, 

Ha de escapar al olvido 

El gaucho en ese Pantheon. 



18 



¡o. 



\ No advierlft que «n sus décimas monótona» 
i H«y destellos rosados de alborada 
' Unminando un mágico paisaje. 

De tierra americana. 

No advierte que hay relámpagos de tard« 
Clareando la ilanura solitaria, 
Dond« palpita la mirada eterna 

Del Dios de las borrascas ! 

No advierte que la vida de los campos 
Con colores espléndidos retrata: 
¡ Con los colores que le presta el Iris 
I Del cielo de la patria ! 



Cartas poéticas al poeta colombiano Jorge I 
Isaac, por Salvador Mario. 

CARTA ULTIMA 



Jorfe: Vuelvo á tomar mi humilde peñóla 
Parw escribirte la tercera caTtn, 
Sobre un recuerdo que tus dulces versos, 
Trajeron á mi alma. 

Recordé, al svi?pirar tus bellos cantos, 
Las décimas que a! son de la sfuitarra 
Entona, tristemente Martin Fierro 
Al borde de la P»mpa. 

Ese apreste cantor, que simboliza 
]-a miserable vida de una raza 
Que espera, como él dice, que algún criollo 
Gobierne en esta patria ! 

\ Raza infeliz que, con la fé sublime 
©el que lleva en el alma una «esperanza, 
E*!pera que algún Cristo la redima 
De su culpa soñada! 

; Cuántos, amigo Jorge, de sus hijos 
Merecen que en el centro de una plaza 
Se les eleve un monumento eterno 
Por sus grandes hazañas! 

¡ Cuántos, porque nacieron en América 
ifo tienen ni un recuerdo ni una lágrima, 
Habiendo muerto como grandes héroes, 
Luchando por la patria ! 

¡ Cuántos hay que merecen la aureola 
Del genio de las musas agraciadas, 

V que no se les dá, porque se inspiran 

Muy lejos de la Francia ! 

Martin Fierro, ei poeta sin laureles, 
En el silencio de la noche canta. 
Con voz de doloroso sentimiento, 

Sus ímprobas desgracias. 

Y no advierte que canta las de todos 
Los que uncen al borde de la Pampa, 
Los que saben luchar como leones 

En las grandes batallas I 



En la verdad él busca la poesía, 

Y en la verdad de sus colores la halla. 

Como una fresca y candida violeta 

En medio de unas zarzas. 

De! payador humilde, Martin Fierro, 
Te envío, Jorge, las hermosas páginas. 
Léelas á orillas del modesto Nima. 
En tu valle del Cauca. 

Sin más, amigo, te saluda atento, 
Desde una tosca del inmenso Plata, 
El que, á pesar de Avellaneda, admira 
Los versos que tú canias '. 

Salvador Mario, 

Buenos Ai'-es, Diciembre 17 de 1877. 



t Desde 1862 hasta la fecha se han in- 

€ vertido 23 millones de fuertes, solo en 

c las fronteras, y si á esto se agrega el 

« aumento de las propriedades partícularcB 

< perdidas, el decaimiento de la indu- 

I « stria, la depreciación de la tierra, el 

i € trastorno que causa el servicio forzado, 

« el cautiverio de centenares de persona» 

; « y la muerte de mayor ntímero, tenemoa 

i « que retroceder espantados ante est» 

' t cuadro de desolación y ruina, cuya exac- 

' ff titud parecería sospechosa, si no esta- 

; « viese confirmada por hechos qtíe todof 

, « conocen, de una incontestable eviden- 

1 « cía. j> 



' <; i'artce que ol despotismo y la cruei- 

T dad con que uatamos á los pobres paj- 

¿ sanos, estuviese en la sangre y en la 

1 educación que hemos recibido. Cuando 

( ven al hombre de nuestros campo, al 

í modesto agricultor, en\^elto en su man- 

í ta de lana, con su poncho á la espalda, 

; í les parece que ven al indio de nuestras 

: í Pampas, á quien se creen autorizados 



JUICIOS críticos 



« para tratar con la misma dureza é inju- 

• sticia, que los conquistadores emplea- 
« ban con los primitivos habitantes de la 
« America. » 

« Cuando se quiere mandar un contin- 
« gente á la frontera, ó se quiere organizar 

• un batallón, se toma por sorpresa ó con 
« sorpresa al labrador y al artesano, y 
t mal de su grado, se le conduce trin- 

• cando á las filas. » 

Orono — Discurso en el Senado, Sesión del 18 
de Octubre de T869, 



« Cuando la gritería ha llegado 4 su 
ultimo punto, cuando ha venido á com- 
pyrobarse que las guarniciones de los 
fortines eran insuficientes, que estaban 
desnudas, desarmadas, desmontadas y 
hambrientas, solo entonces se ha visto 
que, por una especie de pudor y á pesar 
de sus denegaciones, el Ministerio trata- 
ba de enviarles siquiera lo indispensa- 
ble para mitigar el hambre y cubrir la 
desnudez de los soldados. » 



La Nación, Noviembre 14 de 187a 



EL PAYADOR 

En un espacioso rancho 
De amarillentas totoras. 
En derredor asentadas 
De una llama serpeadora, 
Que ilumina los semblantes 
Como funeraria antorcha, 
Hirviendo el agua en el fuego, 
Y de una mano tra^ otra 
Pasando el sabroso mate 
Que todos con gusto toman, 
Se pueden contar muy biea 
Como unas doce personas, 
Pero están con tal silencio. 
Con tanta calma reposan, 
Que solo se escucha el éo« 
De guitarra gemidora. 
Mezclado con los acentos 
De una voz que melancólica. 
Murmura tan dulcemente 
Como el viento entre las hojas. 
Es un payador, que tierno 



Alza allí sentida trova, 

Y al compás de su guitarra 
Versos á raudales brota ; 
Pero versos expresivos, 
De cadencia voluptuosa, 

Y que expresan tiernamente 
De su pecho las congojas. 
Es verdad que muchas veces 
La ingrata rima cohorta 
Pensamientos que grandiosos 
Se traslucen mas no asoman, 

Y como nocturnas luces 
Al irradiar se evap)oran. 
La fantasía sujeta 

En las redes del idioma, 

No permite que se eleve 

La inspiración creadora. 

Ni que sus altivas alas 

Del arte loe grillos rompan, 

Ni que el instinto del genio 

Les trace una senda propia, 

Mostrándole allá en los cielos 

Aquella ansiada corona, 

Que iluminando el espacio 

Con su luz esplendorosa 

Vibra un rayo diamantino 

Que el numen del vate esponja 

Para embeber fácilmente 

De su corazón las gotas, 

Y destilarlas después 
Con el llanto de la aurora 
Convertidas en cantares 
Que vuelan de zona en zona. 

j Y cuántas veces no obstante 
Sus desaliñadas coplas 
Sin esfuerzo ni trabajo 
Como las tranquilas ondas, 
Una á una, dulcemente. 
Van saliendo de su boca! 
O derrepente veloces. 
Penetrantes, ardorosas, 
Se escapan como centellas 

Y el fondo del alma tocan ! 
Porque su maestro es 

La naturaleza sola, 

A quien ellos sin saber 

A oscuras y á tientas copian. 

Así el cantor sin curarse 

De reglas que no le importan. 

Sigue raudo y caprichoso 

Su bien comenzada trova. 

Celiar Alejandro Uaga- 
Cervantes 



w^% 



CARTA DEL Sr. HERNÁNDEZ 



(á los editores de la octava edición) 



Señores Editores :'; 

Sin ningún interés egoísta, ni aun de 
amor proprio siquiera, deseo á Vds. un 
éxito feliz en su pequeña empresa. 

¡ Ojalá que el público compense con ge- 
nerosa protección, no el mérito de la obra 
que Vds. van á ofrecerle, que es bien es- 
caso ciertamente, sino sus esfuerzos y los 
sacrificios empleados para hacerse de ella 
una edición abundante y esmerada. 

Permítanme Vds. manifestarles ahora 
la confianza con que espero de su fina a- 
tención, que reserven á esta carta un pe- 
queño espacio entre las páginas del fo- 
lleto, porque anhelo satisfacer en ella una 
deuda de gratitud que tengo para con 
el público, para con la prensa Argentina 
y mucha parte de la Oriental; para con 
algunas publicaciones no americanas, y 
para con los escritores que dignándose o- 
cuparse de mi humilde trabajo, lo han 
ennoblecido con sus juicios ofreciéndome 
á la vez, sin ellos procurarlo, la recom- 
F)ensa^a5 completa y la satisfacción mas 
mtima!r^\ 

Hace apenas dos años que se hizo la 
primera edición de Martin Fierro en un 
pequeño número de ejemplares. 

Su aparición fué humilde como el tipo 
puesto en escena, y como las pretensiones 
del autor. 

Algunos diaros de Buenos Aires y de 



la Campaña, como e La República, » 
9 La Pampa, » í La Voz del Saladillo» y 
otros, dieron cuenta al público de la apa- 
rición de aquel gaucho, que se exhibía 
cantando en su guitarra las desgracias y 
los dolores de su raza. 

Las iccomen daciones eran hechas en 
conceptos lisongeros y honrosos y los re- 
sultados fueron completamente favora- 
bles. 

Antes de dos meses estaba agotada la 
edición, tra? de fa que han venido otra 
y otras, hasta la 8° ó g° que Vds. prepa- 
ran ahora. 

Y ven Vds. cuan difícil me será satis- 
facer la deuda de agradecimiento que me 
impone la acogida dispensada á ese ha- 
rapiento cantor del desierto. 

La prenda Argentina en general, ha 
honrado también con una benevolencia 
obligante las trovas del desgraciado pa- 
yador, y en una misma época, ó sucesiva- 
mente, ios cantos de Martiji Fierro han 
sido reproducidos íntegros ó en extensos 
fragmentos por « La Prensa, » t La Re-* 
pública » de Buenos Aires, e La Prensa 
de Belgrano, » t La Época » y c El Mer- 
curio » del Rosario, c El Noticiero » de 
Corrientes, c La Libertad » de Concordia, 
y otros periódicos cuyos nombres no re- 
cuerdo, ó cuyos ejemplares no he logrado 
obtener. -g 

Así al consignar aquí los nombres de 
esos obreros del pensamiento, en que se 



LII 



CARTA DEL SEííOR HERNÁNDEZ 



encuentran representados todos los mati- 
ces de la opinión, deseo significar con este 
recuerdo un legítimo agradecimiento, ha- 
ciéndolo extensivo á muchos órganos de 
la prensa Oriental, como «La Tribuna» y 
«La Democracia» de Montevideo, «La 
Constitución» y «La Tribuna Oriental » 
de Paysandú, que, ó lo han reproducido 
integro ó en parte, ó lo han favorecido 
con sus juicios, popularizando la obra, y 
honrando al autor. 

La publicación ilustrada «El Correo de 
Ultramar » le brindó en sus columnas a- 
cojida que no podía ambicionar jamás esa 
creación humilde, nacida para respirar las 
brisas de la Pampa, y cuyos ecos solo 
pueden escucharse, sentirse y comprender- 
se en las llanuras que se extienden á las 
márgenes del Plata. 

Por lo que respecta á los escritores cu- 
yos fallos honrosos colocan Vds. al frente 
de la nueva edición, ellos comprenderán 
ios sentimientos que me animan, con solo 
manifestarles mi persuación íntima de que, 
el éxito que pueda alcanzar en lo sucesivo, 
lo deberá casi, en su totalidad á esos pro- 
tectores, que han venido galante y gene- 
rosamente á abrirle al pobre gaucho las 
puertas de la opinión ilustrada. 

Ellos son autores, y de producciones 
ciertamente de mayor mérito que i a mía, 
aunque de diverso género, y ellos saben 
por experiencia propia, cuan íntima satis- 
facción derrama en el espíritu de quien \'e 
su pensamiento en fcrma de libro, el ver 
ese mismo libro hojeado por los hombres 
de letras, honrado, con su aprobación y 
prestigiado con su aplauso. 

Aquí podría, y hasta quizá debería po- 
ner término á esta carta, puesto que he 
cumplido los principales objetos que he 
tenido en vista; pero sea el hábito que se 
forma todo el que se pone en frecuentes 
confidencia con el público, ó sea cual- 
quiera otra razón, lo cierto es, que siento 
la necesidad de dar expansión á mis ideas, 
y de dejar correr librcaiente el pensamien- 
to siquiera por algunos instante?. 

Quizá tiene razón el Sr. Pelliza al su- 
poner que mi trabajo responde á una ten- 
dencia dominante de mi espíritu, preocu- 
pado por la mala suerte del gaucho. 



Mas las ideas que tengo al respecto, las 
he formado en la meditación, y después 
de una observación constante y detenida. 

Para mí. la cuestión de mejorar la cor 
dición social de nuestros gauchos, no es 
solo una cuestión de detalles de buena 
administración, smo que penetra algo mas 
pro fundan^ ente en la organización defini- 
tiva y en los destinos futuros de la socie- 
dad, y con ella se enlazan íntimamente, 
estableciéndose entre sí una dependencia 
mutua, cuestiones d-e política, de morali- 
dad administrativa, de régimen guberna- 
mental, de economía, de progreso y ci- 
vilización 

Mientras que la ganadería constituya las 
fuentes principales de nuestra riqueza pú- 
blica, el hijo de los campos, designado 
por la sociedad con el nombre de gaucho, 
será un elemento, un agente indispensable 
para la industria rural, un motor sin el 
cual se entorpecería sensiblemente la mar- 
cha y el desarrollo de esa misma indus- 
tria, que es la base de un bienestar per- 
manente y en que se cifran todas las es- 
peranzas de riqueza para el porvenir. 

Pero ese gaucho debe ser ciudadano v 
no paria ; debe tener deberes y también de- 
rechos, y su cultura debe mejorar su con- 
dición. 

Las garantías de la \^y deben alcanzar 
hasta él ; debe hacérsele partícipe de las 
ventajas que el progreso conquista diaria- 
mente : su rancho no debe hallarse situado 
mas allá del dominio y del límite de la 
Escuela. 

Esto es lo que aconseja el patriotismo, 
lo que exije la justicia, lo que reclama el 
progreso y la prosperidad del país. 

No se cambia en un año, ni en un siglo 
á veces, la planta de la riqueza pública 
de una Nación. 

Muchas falsas teorías, muchos princi- 
pios erróneos, y que eran aceptados hasta 
hace pocos años como axiomas á los cuales 
estaban obligadas á ajustarse todos los 
ideas, han venido á ser destruidos por los 
adelantos de la ciencia, y por los fantás- 
ticos progresos que el genio del hombre 
realiza á cada instante. 

Así ha sucedido en todas las ciencias, 
así sucede por lo tanto en las ciencias so- 
ciales. 



¥s'^;,f:'v"' ■■'•^■'""Í'V- 



CARTA DEL SEÓNR HERNÁNDEZ 



Lili 



Sus verdaderos principios, como todos 
los que forman el mas sólido fundamento 
del progreso humano, son contemporáneos 
de la América, unos, de la libertad de 
América, los mas. 

Antes no se admitía la idea de un pue- 
blo civilizado» sino cuando había reco- 
rrido los tres grcindes períodos de pastor, 
agricultor y fabril. 

La intransigente severidad de tales prin- 
cipios, exigía el tránsito de un pueblo por 
esas tres evoluciones de la economía in- 
dustrial, para discernirle el título de cul- 
tura, que de otra manera no lograba al- 
canzar jamás. 

Un pueblo pastor, signihcaba una so- 
ciedad embrionaria, colocada en el primer 
c^triodo de su formación, y elaborando 
lentamente en su seno los elementos que 
debían elevarlo en la escala de la civila- 
DÓn, que el error y el atraso habían gra- 
duado. 

Pero tales errores no son de la época, 
y el progreso moderno en todas sus ma- 
nifestaciones, se ha encargado de disipar- 
los totalmente. 

El vapor, dando seguridad y facilida- 
des á la navegación, los ferro-carriles su- 
primiendo las distancias, el telégrafo li- 
gando entre sí á todas las sociedades ci- 
vilizadas, han convertido al mundo en un 
vasto taller de producción y de consumo. 

La actividad de los cambios circula en 
las inmensas arterias de ese cuerpo for- 
mado por un planeta, con facilidad y ra- 
pidez, y sus efectos se extienden en cada 
grupo social hasta el mas lejano de los 
miembros que lo componen. 

Los pueblos no viven ya en el aisla- 
miento, que los condenaba á marchar paso 
á paso, realizando lentamente las conquis- 
tas destinadas á asegurar su progreso y 
su perfeccionamiento. 

Hoy, sus evoluciones son menos 'tardías, 
llevan impreso otro sello, y obedecen á 
otra tendencia. 

En nuestra época, un país cuya riqueza 
tenga por base la ganadería, como ía Pro- 
vincia de Buenos Aires y las demás del 
litoral Argentino y Oriental, puede no 
obstante ser tan respetable y tan civili- 
zado, como el que es rico por la agricul- 



tura, ó el que lo es por sus abundantes 
minas, ó por la perfección de sus fábricas. 

La naturaleza, de la industria, no deter- 
mina por sí sola ios grados de riqueza de 
un país, ni es el barómetro de su civili- 
zación. 

La ganadería puede constituir la prin- 
cipal y mas abundante fuente de riqueza 
de una nación, y esa sociedad, sin eni- 
bargo, puede hallarse dotada de institu- 
ciones libres como las mas adelantadas 
del mundo ; puede tener un sistema rentís- 
tico debidamente organizado, y estable- 
cido sólida y ventajosamente su crédito 
exterior ; puede poseer Universidades, Co- 
legios, un periodismo abundante é ilustra- 
do; una legislación propia, círculos lite- 
rarios y científicos; pueden marchar for- 
mando parte de la inmensa falange de los 
civilizadores de la humanidad, sus publi- 
cistas, sus oradores, sus juriconsultos, sus 
estadistas, sus médicos, sus poetas; y se- 
guir de cerca las huellas de las escuelas 
mas adelantadas sus ingenieros, arquitec- 
tos, pintores y músicos; cultivar final- 
mente, con igual éxito y con honroso 
afán, todos los demás ramos de utilidad 
ú ornato, que forma la esfera recorrida 
por la actividad de la inteligencia humana 
en su giro infatigable y luminoso. 

De estas ideas, á darle á un libro la 
tendencia que se ha observado en el que 
nos ocupa, no hay distancia que recorrer. 

Sus límites se tocan visiblemente. 

Terminaré en pocas palabras mas. 

Para abogar por el alivio de los males 
que pesan sobre esa clase de la sociedad, 
que la agobian y la abaten por conse- 
cuencia de un régimen defectuoso, existe 
la tribuna parlamentaria, la prensa perió- 
dica, los clubs, el libro, y por último el 
folleto, que no es una degeneración del 
libro, sino mas bien uno de sus auxiliares, 
y no el menos importante. 

Me he servido de este último elemen- 
to, y en cuanto á la forma empleada, el 
juicio solo podría pertenecer á los domi- 
nios de la literatura. 

Pero en este terreno, Mariin Fierro nc 
sigue, ni podía seguir otra escuela, que 
la que es tradicional al inculto payador. 

Sus desgracias, que son las de toda la 
clase social á que pertenece, despiertan 



LIV 



CARTA DEL SEÑOR HERNÁNDEZ 



en los que participan de su destino, un 
interés fácil de explicar; pues si la feli- 
cidad aleja, el infortunio aproxima, 

¡ Ojalá que Martin Fierro haga sentir 
á los que escuchen al calor del hogar la 
relación de sus padecimientos, el deseo 
de f o derla leer! 

A muchos les haría caer entonces la ba- 
raja de las manos. 

A punto de terminar esta carta, recibo 
un periódico en que se registra una co- 
rrespondencia del Dr. Ricardo Gutiérrez, 
datada en Paris, en 12 de Julio último. 

Interrumpí mi trabajo para leerla, aun- 
que rápidamente, pero con el interés que 
me inspira cuanto sale de la pluma de ese 
distinguido compatriota, que parece per- 
tenecer á aquella civilización antigua que 
nos admira todavía, y de la que se dijo : 
que todos los poetas eran sabios, y todos 
los sabios eran poetas. 

Me permito trascribir algunos párrafos 
de esa correspondencia, y juzgue el lector 



«ncaentra aja.st«(io á la verdad, porgas los atóos 7 
flechas dol Cliaco y los trozos de materia brata gnu 
hemos dado por maestra de nuestra existencia •^n Ipí* 
certámenes de las artes y la indoatria onÍTsrBales, re- 
trogradan lealmnnte hasta los tiempos de la conqoiata 
naedtra sigcifioaoi n social, AlH es donde & veces li:< 
oprimido el corazón esta b&rbara pregunta : 

«—Y los gauchos de all& ¿son antropófagos? 

— No seSor, he respondido,— son oristianos, pastores, 
son agricultores y jornaleros ; los famosos ginetes de 
la tierra ; son criaturas de un corazón noble y bravo, 
de una inteligencia sorprendente ; son hospitalarios, 
sobrios y generosos y habituados á. tan enormes tra- 
bajos rurales, que bou los únicos que no 1'. sean díA- 
putadoB por el incesante concurso de la inmigración.» 



Bien, pues, creo que las ñguras colo- 
cadas en escena en el Martin Fierro^ no 
desmienten ni contradicen esos rasgos de 
la fisonomía moral y del carácter distin- 
tivo de nuestros gauchos, trazados con 
rapidez, pero con exactitud, por el autor 
de los párrafos que acaban de leerse. 

Termino esta, con la satisfacción de 
hallar de este modo robustecida y confir- 
mada mi opinión, con la de un observador 
prudente, á quien el espectáculo de la ci- 



de la oportunidad y motivo de la repro- ; viüzación Europea, no ha debilitado su 



ducción. 

Habla 



el Dr. Gutiérrez 



•Por todas partes donde caminamos en, las capitales 
del mundo, nos seduce un espectáculo grandioso ; cada 
hombre dol pu blo vive do un arte, de un oficio, de 
una profesión ; la Francia es hecha por fríinoeses y el 
Brasil por los brasileros, y asi cada nación culminante i 
-;on todo lo que encierra y vale, desdo el fondo de hi ■ 
kloantarilla hasta la cr z de la torre. ¡ 

«Educar el pueblo, quiere decir aqui darle medios de j 
rida por la enseñanza de el trabajo, que es el titulo 
le su significación social, el radio porelcaal converge j 
vi circulo dt las naciones civilizadas y su base de or- j 
len, do progreso, de aspiración y de paz; y asi los eu- I 
ropeos oreen sociedades primitivas k las naciones sud I 
americanas, porque las ven ausentes en los concursos ij 
ie Exposición. El que mira sin i'asiou este criterio, lol¡ 



Simpatías y su admiración por la natura- 
leza Americana, con todas sus grandezas 
y con todos sus defectos. 

Pido á Vds. humildemente disculpa por 
la demasiada extensión que he dado á esta 
carta, y me ofrezco. 

A. s. s: 



]osé Hernández. 



Montevideo, Agosto 1S74 



tmfiFf>f>^ 



AL PUBLICO 



Al decidimos á dar á luz «na nueva edición de 3faríin Futro, es ea vista de la 
%ra.n aceptación con que ha sido tecibido, desde los mas adelantados centros literarios basta 
las cocinas de nuestras estancias fronterizas. 

Los nnmerosos pedidos que se han hecho constantemente de la campaña, en donde, 
asi como en la ciudad, hace mas de ocho meses que no se encuentra un solo ejemplar 
en venta, constituyen una demostración práctica de la gran popularidad de este libro, que 
uno de sus críticos ha llaáado con justicia El Tio Tom, de la República Argentina. 

En el Estado Oriental no ha sido menos aplaudido, agotándose por completo, en poco días, 
la edición repartida allí. 

Martin Fierro es incuestionablemente el libro mas popular de cuantos han producido 
los ingenios de nuestro país ; es el primero que sale de nuestras prensas y obtiene los 
honores de la reproducción y comentarios de las prensas europeas. 

En menos de un año, ha dado la vuelta al mundo, sin que hubiera tenido el apoyo de 
los anuncios bombásticos, ni el patrocinio de \a prensa periódica. 

Aunque nos sea penoso, fuerza es confesarlo : solo cuando se ha visto la gran aceptación 
que esto libro tenia en los países extranjeros, la prensa de nuestro país se apercibió de sa 
mérito, lo estudió y lo hizo conocer como el verdadero drama de la Pampa, que no sola- 
met»te viene á poner de relieve las desgracias que sufren nuestros paisanos sino que trasmi- 
tirá á las generaciones venideras una fotografía fiel de la índole, costumbres, hábitos y 
lenguaje de ese ser tan calumniado como digno de encomio, que se llama el « Gaucho 
Porteño. » 

El primer periódico extranjero que lo reprodujo fué el «Correo de Ultramar»; lo siguió 
un periódico Español y otros de las Antillas, lo que hizo que una sociedad literaria esta- 
blecida en Nueva- York, acordase á su autor el titulo de miembro honorario de ella. 

Lo han reproducido también en Montevideo, en la «Tribuna Oriental» de Paysandú, en 
«La Época» del Rosario, en «El Noticioso» d e Corrientes, en «La Prensa de Belgrano,» en 
«El Pueblo» de San Nicolás y en otros que n o recordamos. 

En la Capital ha sido reproducido casi íntegro por «La Pampa,» «La Prensa,» «La Re- 
pública,» y «La Libertad.» 

A contar de ese momento, Martin Fierro ha adquirido una popularidad que uingun libro 
ha alcanzado en nuestro país, y nosotros creemos prestar un verdadero servicio al hacer de 
él una nueva edición. 

LOS EDITOfiES DE LA S EDICIOK. 



No hace todavía un año que se efectuaba un tiraje de 4,000 ejemplares y era t&íi la 
octava edición de Maríiu Fierro. Posteriormente se hizo la novena reimpresión en la ciudad 
dei Rosario, estando ya agotadas todas, á punto de faltar ejemplares para ios numerosos pe- 
didos que sin cesar llegan de las Provincias, Banda Oriental y Campaña de Buenos 
Aires. 

Esto nos ha decidido á procurarnos el derecho de darle á la stampa una décima edícioa 
depurando el texto de errores tipográficos de que no ha sido posible expurgar por completo 
as precedentes. 

El tiraje actual es de cinco mil copias, y con él podremos servir durante algunos n¡ese$ 
la demanda constante y siempre creciente que de todos los pueblos Sud-Americancs se hace 
buscando este libro orijinal, que en medio del choque de tantos intereses ha conseguido la- 
brarse una posición envidiable en las letras argentinas. 



LVI AL PUBLICO 

Su autor, e! señor Hernaiu'.ez, no ha querido hacer las mejoras que en su concepto recla- 
ma el pial) orgánico de su producción. El ha caído «n cuenta que se expodnria á (desvirtuar 
'una de sus principales condiciones de popularidad, la sencillez, la incorrección misma c<>n 
<|ue se aproxima muchas veces al sentimiento estético del i^aucho. £1, como muchos de sus 
amibos y críticos, opina que cuanto mas se acerque literariamente su poema á las artesonadüS 
•cademias, tanto mas se desviatá de la senda que conduce al rancho; y sin hacer desaire ú 
los lectores ilustrados, el Martin Fierro xa^wq su liceo en la Pampa; y es después de las fait- 
eas de la yerra, en las tardes serenas de la esquila ó cuando el labrador ha entregado la 
dorada simiente al surco donde germina la mies, que los cantos de su héroe endulzan la v e- 
ada en la modesta vida del campo. 

Donde hay un lector y un cuaderno de Martin Fierro, la baraja y la taba están <icio«í <5 
y los gauchos sentaiios é inmóviles á la incierta luz de un mal candil, pasan horas enter;'s 
entregados al canto de esa pintura vivaz e ingeniosa de los dramas animados y palpitantes 
dei desierto. < 

Este libro lleva en sus páginas los g'érraenes fecundos de una reacción moral en las co- 
Binmbres argentinas. El despierta sentimientos nobles y dulces en los habitantes del campo, 
modiñca sus hábitos y llegará á rehabilitarlos en el concepto público. 

Hacer que el gaucho lea ó escuche lo que comprende, aquello que es capaz de analizar 
formando juicio sin necesidad de intérprete, es ir desarrollando gradualmente su inteligencia. 
El choque de ideas humildes, si bien varoniles, rebotando en su cerebro, le enseñará á 
diseñarse un progreso tanjible en su ser moral. 

Atgaucho es preciso hablarle de lo que le rodea: el circulo de su pensamiento es estrecho 
7 00 abarca lo que no es sensible á los sentidos. 

Ensayar su mejora sin buscar el apropiado elemento, es gastar tiempo y dinero sin 
resultado. Poner á su alcance un libro como el presente, es dar principio á la hermosa tar^-a 
de levantar su espíritu al nivel de su valor, haciendo de él uu verdadero ciudadano, ui» 
auxiliar ilustrado de la democracia. 

Buenos Aires, Enero de 1S76. 

Los Edi totes de la jo. edición. 



Cuando hace dos años se anunció un tiraje de cinco mil ejemplares del Martin Fierro, 
los que no saben apreciar la boga y popularidad de este poema, vaticinaroa que con e^ite 
■amero habría para medio siglo. Empero, semejante cálculo ha resultado tan erróneo que es 
ya necesario precipitar una reimpresión porque no so encuentra un solo ejemplar en las li- 
bfcrias. 

Al tomar á nuestro carjjo esta edición XI, creemos llenar una exijencia vivamente scm- 
tida por el público de la campaña y provincias, de donde afluyen numerosos y constantes 
pedidos. 

El Martin Fierro es hoy considerado como la producción mas insinuante y de trascen- 
dental influencia en las costumbres y civilización de las masas campesinas. 

Libro de alta critica y de profunda tilosofia, encubierta bajo la forma galana del verso. 
Atrae y seduce los lectores; educa y moraliza el sentimiento del paisano agreste, y despierta 
el afán de leerlo en la inteligencia adormecida del mas ignorante de nuestros gauchos. 

Tan singular producción, que causa maravilla cuando se estudia el progreso de su ca- 
rrera, no vive y ensancha su crédito por una bellera literaria, que no le falta, sino porque 
destinada especialmente á defender una clase abatida por los abusos del poderoso, cada uno 
de esos habitantes de la campaña necesita buscar en la lectura la razón de su derecho, casi 
siempre desconocido, y tener á la vista el drama palpitante del sufrimiento y de la desola- 
ción, que una política errada presenta cada día en las vastas soledades del desierto. 

Su autor, el señor Hernández, persiste en no hacer alteraciones á su brillante trabajo, 
fundándose en los motivos que adujo en el prólogo de la edición precedente. Por nuestra 
parte encontramos atinada esta resolución, creyendo que si el Martin Fierro se ha populari- 
sado con algunos lunares, es porque esos 1-unares contribuyen al favor público que le rodea 
en la vasta extensión de la República Argentina, por cuyos apartados ranchos van distribuidos 
hasta la fecha mas de cuarenta mil ejemplares ; circunstancia que lo constituye el único libro 
de autor argentino que haya merecido tau constante como decidida protección. 

Buenos Aires, Jutio de 1878. 

Los Editor: i de la II. edición. 



AL PÜI5Í.1GO LVU 



m H ü ii i \\ w: 




Buenos Aires, Jiiüo 15 de iSSa 

Se'hOT D. José Hernández. 

Mi estimado seüor. > 

I 
Cumplo gustoso el deber de comunicar á Vd. que acabo de vender el uitinio número de 
la edición de ocho mil ejemplares de su popular Martin Fierro, según el contrato que ccie- 
bsaraos en Agosto S de 1878, y cuya numerosa edición se puso á circulación el i de Diciem- 
bre del mismo año, Al dar á Vd. este aviso, no soio me guia el propósito de cumplir un deber 
de mi parte, sino también comunicarle un hecho nuevo v sin precedcuies en el comercio 
de libros de esta ciudad. 

Cualquier persona, por alejada que viva del movimiento literario, sabe períectamente cuan 
drficil es entre nosotros dar circulación en breve tiempo á una obra nacional no importa cual 
»ea el tema, el autor, el precio ó la oportunidad de su aparición . 

Mi experienoia de largos años en el ramo de librería, me aconsejaba tomar siempre con ptu- 
dente reserva las ediciones que se me ofrecían de obras originales del país, ó de traduccio- 
nes hechas en el mismo, porque la venta morosa, el escaso gusto por la buena lectura, la 
competencia que hasta hace poco suscitaba la falta de una ley de propiedad literaria, hacían 
rHÍBOsas, ó por lo menos sumamente peligrosas para un editor las es^peculaciones que em- 
prendiera. 

Pero Martin Fierro me ha sorprendido. He colocado sin esfuerzo, sin dificultad, y siu 
ejercitar medios extraordinarios de publicidad, los ocho mil ejemplares de mi contrato con Vd. 

Sabia por algunos colegas á quienes Vd. cedió anteriormente ei derecho de edición, loa 
buenos resultados que obtuvieron, mas no meconstaba del todo, como me consta hoy pv^r 
la prueba personal que he ejecutado. 

La bibliografía argentina debería recojer v cimentar este verdadero acontecimiento pues 
tiene notoria signiñcacíon, porque se trata uada menos que de una publicacioa nacional, cuyo 
urage liega ya á la asombrosa suma de cincuenta mil ejemplares, desde el día que vio por 
primera vez la luz pública. 

Ko me toca á mi, editor de su obra, entrar en apreciaciones sobre su importancia mora! 
y literaria, acerca de la cual se han pronunciado tan ventajosamente lo«; mas distinguidos 
criticos de esta República, de otras del Continente y aun de la misma Europa, pero sí tne 
correspondería ser el eco principal, el testimonio fehaciente de los miles de lectores que han 
comprado la numerosa edición hecha en mi casa. 

Felicitando al señor Hernández por el expléndido y merecido éxito que ka alcanzado 
Martin Fierro entre sus compatriotas, y aun entre ios que desde el extranjero se iniere*an 
por nuestro adelanto intelectual, y literario, solo me resta pedirle me envíe una cantidad de 
ia Hueva edición que haga, para responder á los frecuentes pedidos que recibo costaatemeu- 
te, aceptante la seguridad de mi mayor cosideración y estima. 

De V., aflTmo amigo 

José Fuig y Cloiera. 
Casa de V. •- Calle Victoria num. 387. 



MAKTIN FIERRO 

CRITICAS INJUSTAS 
ESTÉTICA Y FILOSOFÍA 



Si ia poesía es el espejo mas fiel del alma íntima de un pueblo y el acabado 
retrato de los caracteres y costumbres del mismo, puede decirse que, la nuestra 
ha tenido muy pocos representantes. 

Hidalgo, Ascasubi, Del Campo y Hernández, han sido tal vez los únicos 
poetas arg-entinos, que sin necesidad de buscar inspiraciones y modelos en los 
autores extranjeros, han sabido arrancar de sus liras, verdaderos acentos nacio- 
nales que reflejan de un modelo tan admirable como gráfico, la fisonomía moral 
de nuestro pueblo, y el carácter peculiar y distintivo de nuestros antiguos gauchos, 
pintando, al propio tiempo, con inimitable y opulento colorido, la intensa magestníl 
de nuestra Pampa y de nuestro cielo con todos sus esplendores y delicados 
perfumes. 

Los demás vates, Audrade y Echevarría, Mármol y los Gutiérrez, fueron, 
á pesar de sus relevantes dotes de pensadores profundos y de su inagotable inspi- 
raron, pocas veces desmentida, representantes genuinos, si bien mucho menos 
directos, del romanticismo avasallador, del neo-clasicismo soberano, ó del natura- 
lismo ó verismo convencionales, por mas de que se diga, por autoridades en 
materias literarias, que todas estas palabras están desprovistas de sentido, si se 
desciende al fondo mismo de las cosas. 

No me compete á mí — por mas qué pudiera hacerlo — ^juzgar si Hidalgo, 
fundador de esta escuela y relegado al olvido por los propios, cumplió ó no con 
la misión que se impuso ; ñi si el único móvil de las obras de Ascasubi fué el de 
hacer que el hombre culto se riera del lenguaje del gaucho, y mucho menos 
examinar si es ó no cierto que Estanislao del Campo se propuso criticar las obras 
arlífiticas por boca de los gauchos. Me guian otras intenciones, figurando en 
primer término, la de hacer resaltar la injusticia con ques ha ido tratado el au- 
tor de Martin Fierro por algunos críticos, eminentemente argentinos y por algu- 
nos profesores de literatura, quienes han tenido la avilantez de decir, que, Her- 
nández era, en unión de Ascasubi, insoportable y prosaico. 



Hace ya mucho tiempo que, llamado á desempeñar la cátedra de literatura en 
uno de nuestros primeros establecimientos de enseñanza, tuve ocasión de advertir 
que en los programas corresi)ondientes al curso de 5* año del Colegio Nacional, 
nada se hablaba de Hernández, ni en la parte que se refiere á la poesía nacional 
ni en otra alguna. 



SOBRE MARTIN FIERRO LII 

Mis dudas y mis vacilaciones, á este respecto fueron graníáüs, llegando al 
pstremo de leer cuatro ó cinco veces seguidas, tanto la ida como la vuelta de 
Ma-Btin Fierro. Estas dudas solo se disiparon, cuando al aparecer la obra titulada 
< América Literaria >, (colección de trozos escogidos de los primeros poetas y pro 
sistas americanos) vi en el prólogo escrito por el doctor Juan Antonio Argerich 
con referencia á la sección argentina las siguientes palabras, en que después de 
haber juzgado con demasiada parcialidad, por cierto, á Olegario V. Andrade y á 
Estanislao del Campo, exclama «Qué diferencia con Ascasubi y con Hernandeiz, 
lisa y llanamente insoportables y prosaicos I > 

Habiendo sido catedrático de literatura en el Colegio Nacional, la persona 
que esas frases estampaba en un libro que dsbia tener — como ha ten ido- 
gran circulación, no podía extrañarme ya, cual era la causa de haber eliniinadc 
délos estudios de literat\ira, el nombre del poeta eminentemente nacional, de 
que voy á ocuparme, no con la erudición y detenimiento necesarios, pero sí cor. 
la buena fé del que vá á exponer juicios propios que en forma alguna se separan 
le las reglas del arte, como trataré de demostrarlo. 

Para los que así opinan, imperan, desde luego, el charlatanismo, la ingenui- 
dad, el espíritu de sistema y la seca retórica de los pedantes sin facultades 
creadoras, á quienes tanto critican, siendo por otra parte, letra muerta para ellos, 
los justos, bien pensados y mejor escritos juicios críticos que habrán de pre- 
ceder al mío. 



No era el señor Hernández — en mi concepto — el poeta, irresoluto y tímido, m 
estaba ajeno de antiguos resabios, aun cuando muchas veces le vearnos fluctuar, 
entre un pasado de que no quisiera apartarse, un presente lleno de corrupción y 
de personalismos, y un futuro que le causaba espanto y le llenaba el alma de la 
melancolía y amargura de que están impregnados algunos de sus magníficos 
versos. 

El autor de Martin Fierro, no es un caso aislad'j, no obstante el género qu/í 
dultivó. Mármol, Echevarría y Andrade también sufrieron las mismas anguátit^ 
e ver cómo desaparecían los tiempos casi patriarcales, á impulsos de la civiliza 
aion y del progreso ; progreso que traía consigo refinamientos y costumbres hasta 
entonces ignoradas y que al propio tiempo que gustaban de aquellos y de éstas 
los seres humanos perdían, como per encanto, su adorable sencillez y la ingeniü- 
dad que tanto los caracterizaba, en los primeros albores y aun casi á mediados 
del siglo de las luces. 

El gaucho, en este concepto, era retardatario ; costábale gran trabajo despren- 
derse de sus costumbres; por eso era mirado con recelo ; por eso se le trataba inju- 
stamente y hasta se le despreciaba. ¿Qué estraño es, pues, que el señor Hernán- 
dez haya tronado contra estas injusticias y esos absurdos, tratando ai propio 
tiempo de perpetuar una raza noble, hospitalarÍH. generosa, varonil, sobria y tra- 
bajadora.... ? 

Martin Fierro, tan enérgico tan arrogante, tan varonil, compendia en sí.— 
por incomprensible é inexplicable paradoja, — el máximum del valor personal y 
la suma de la debilidad humana. 

Extraño contraste: tiene valor paracuclhar, cuerpo á cuerpo, con diez, con 
veinte hombres, no importaba con cuantos y no lo tiene para romper con el pa- 
sado y seguir la corriente de los demás seres. No quiere matar y mata, ó lo que 
es lo mismo, tiene valor para hacerlo, pero es débil para resistir" los impulsos que 
le incitan á ello, ó para acatar con resignación el fallo de la suerte. 

Y, sin embargo, Martiii Fierro, en los momentos de vacilación y de desespera- 
ción, cuando vacila ó cuando llora, cuando canta ó cuando ríe, es varonil, es 
fuerte y en esto no se parece ciertajuente, ni á Anastasio el PgUü, ni a Santos 
Vega, ni á Juan Sin Ropa. 



\ 



.X CRITICAS INJUSTAS 



Hay al¿;-o mas todavía eu la obra del señor Hernández, que no puede pasar 
ilesa percibido para ninj^una persona intelig-ente y de mediana instrucción. 

Se moteja y se tacha al señor Hernández de prosaico y de insoportable, y 
fein embargo — salvo rarísimos períodos — la obra que nos ocupa está completamente 
encadenada y sujeta, no solamente á los invariables principios de la estética, sino 
también á ios de la mas sana filosofía, si bien puestos al alcance de los críticos 
mas obtUfcOs. 

Esta encadenada á los principios de la estética, porque no habiendo paleta 
cuyos colores compitan con la palabra humana, ésta se amolda admirablemente ai 
lenguaje del gaucho, á tiu de que no palidezcan eu nuestra imaginación las 
imágenes de Martin Fikrkü, de Cruz y del viejo Vizcacha; pinturay todas que 
pueden competir, á pesar de la diferencia de género, con las de algunos clásicos 
europeos. La verdad y el colorido de ellas, nos hacen sentir y pensar, obligándo- 
nos a terminar la lectura del libro una vez abierto, y hasta, si se nos permite 
la frase, llorar cuando üIIol^ lloran y reir cuando ellos rien. Si la estética, es i» 
tíiencia de la sensibilidad debo confesar que MauxiN Fieero está sujeta á los 
principios que ella establece, por cuanto su lectura me ha causado diversas 
emociones é impresiones. 



Considerada la obra que me ocupa.. bajo el punto de vista íilosótico, debo con- 
íejsar también que su filosofía es tanto mas valiosa cuanto es mas original. 

No se verán eu ella máximas tomadas de Kant, de Spencer, de Ribot, de Ari- 
stóteles ó de otros filósofos, pero en cambio, las que Hernández pone en boca del 
viejo Vizcaclia, de Martin Fikuro y del payador moreno, son además de ser con- 
tjisas y claras, tan originales como los refranes que Cervantes pone en la de 
Sancho, ó las máximas que oportunamente coloca el mismo autor en la de 
Don Quijote. 

Los dichos, pues, refrancá, ó máximas de que está sembrada, tanto la ida como 
la vuelta de Martijí Fíkkro, constituyen la filosofía popular, expresada en lengua- 
je gauchesco, con expresiones y modismos puramente locales, pero cuyo fondo de 
verdad no puede negar ninguna persona instruida. ¡ 

Voy á terminar; Martin Fikrro es una obra que descansa en sólidas baseb : 
es el producto de la observación y de la experimentación, por cuanto refleja en 
unas cuantas individualidades, identificándose con ellas, toda una raza entera, 
que el progreso moderno, eu sus múltiples manifestaciones, se ha encargado de 
hacer que desaparezca. 

I»K. MOOHNB 



*:.:*'?■.■,■ ■■'^' 



MARTIN FIERRO 



V 



MARTIN FIERRO 



Aquí me pongo á cantar 
xA.1 compás de la vigüela, 
Que el hombre que io desvela 
Una pena estraordinaria, 
Como la ave solitaria 
Con el cantar se consuela. 

Pido á los Santos del Cielo 
Que ayuden mi pensamiento, 
Les pido en este momento 
Que voy á cantar mi historia 
Me refresquen la memoria 
)l aclaren mi entendimiento. 

V^engan Santos milagrosos, 
Vengan todos en mi ayuda, 
Que la lengua se me añuda 

Y se me turba la vista; 
Pido á mi Dios que me asista 
En una ocasión tan ruda. 

Yo be visto muchos cantoies, 
Con famas bien otenidas, 

Y que después de adquiridas 
Mo las quieren sustentar : — • 

f Parece que sin largar 
\ Se cansaron en partidas. 



Mas ande otro criollo pasa 
Martin Fierro ha óe pasar, 
Nada lo hace recular 
Ni las fantasmas lo cspaatan ; 

Y dende que todos canta» 
Yo también quiero cantar. 

Cantando me he de morir, 
Cantando me han de enterrar, 

Y cantando he de llegar 
Al pié del Eterno Padre — 
Dende el vientre de mi madre 
Vine á este mimdo á cantar. 

Que no se trabe mi lengua 
Ni me falte la palabra— 
El cantar mi gloria labra 

Y poniéndome á cantar, 
Cantando me han de encontrar 
Aunque la tierra se abra. 

Me siento en el plan de un bajo 
A cantar un argumento — 
Como si soplara un viento 
Hago tiritar los pastos — 
Con oros, copas y bastos 
Juega allí mi pensamiento. 

Yo no soy cantor letrao, 
Mas si me pongo á cantar 
j No tengo cuando acabar 
i Y me envejezco cantando, 
j Las coplas me van brotaado 
I Como agua de manantial. 



EL GAUCHO 



'\ 



Con la guitarra en la mano 
Ni las moscas se me arriman. 
Naides me pone el pié encima. 

Y cuando el pecho se entona, 
Hago gemir á la prima 

Y llorar á la bordona. 

Yo soy toro en mi rodeo 

Y torazo en rodeo agcno, 
Siempre me tuve por giieno 

Y si me quieren probar, 
Salgan otros á cantar 

Y veremos quien es menos. 

No me hago al lao de la güeya 
Aunque vengan degollando, 
Con los blandos yo soy blando 

Y soy duro con los duros, 

Y ninguno en un apuro, 

Me ha visto andar tutubiando. 

En el p)elig^o, qué Cristos? 
El corazón se me ensancha 
Pues toda la tierra es cancha, 

Y de esto naides se asombre, 
El que se tiene por hombre 
Ande quiera hace pata ancha;. 

Soy gaucho, y entiéndalo 
Como mi lengua lo esplica, 
Para mí la tierra es chica 

Y pudiera ser mayor 
Ni la víbora me pica 

Ni quema mi frente el Sol'.. 

Nací como nace el peje 
En el fondo de la mar ; 
Naides me puede quitar 
Aquello que Dios me dio — 
Lo que al mundo truge yo 
De! mundo ]o he de llevar.. 

Mi gloria es vivir tan libre 
Como el pájaro del Cielo, 
No hago nido en este suelo 
Ande hay tanto que sufrir; 

Y naides me ha de seguir 
Cuando yo remonto el vuelo. 

«Yo no^ tengo en el amor 
Quien me venga con querellas; 
Como esas aves tan bellas 
Que saltan de rama eh rama — 
Y'o hago en el trébol mi cama, 

Y me cubren las estrellas. 



Y sepan cuantos escuchan 
De mis penas el relato 
Que nunca peleo ni mato 
Sino por necesidá ; 

Y que á tanta alversidá 
Solo me arrojó el mal trato. 

"S' atiendan la relación 
I Que hace un gaucho perseguido, 
Que padre y marido ha sido 
Empeñoso y diligente, 

Y sin embargo la gente 
Lo tiene por un bandido. 



n. 



Ninguno me hable de peñaa 
Porque yo penando vivo 

Y naides se muestre altivo 
Aunque en el estribo esté 
Que suele quedarse á pié 
El gaucho mas alvertido' 

Junta esperiencia en la vida 
Hasta pa dar y prestar, 
Quien la tiene que pasar 
Entre sufrimiento y llanto ; 
Porque nada enseña tanto 
Como el sufrir y el llorar. 

Viene el hombre ciego al mundo 
Cuartiándolo la esperanza, 

Y á poco andar ya lo alcanzan 
Las desgracias á empujones; 
¡ Jué pucha ! que trae liciones 
El tiempo con sus mudanzas! 

Yo he conocido esta tierra 
En que el paisano vivía 

Y su ranchito tenía 

Y sus hijos y mujer 

Era una delicia el ver 
Cómo pasaba sus dias. 




Entonces cuando el lucero 

Brillaba en el cielo santo, 

Y los gallos con su canto 

Nos decían que el dia llegaba, - 

A la cocina rumbiaba 

El gaucho que era un encanto. 



MARTÍN FIERRO 



Y sentao junto al jogón 
A esperar que venga el día ; 
Al cimarrón le prendía 
Hasta ponerse rechoncho, 
Mientras su china dormía 
Tapatida con su poncho. 

Y apenas el horizonte 
Empezaba á coloriar, . 
Los pájaros á cantar, 

Y las gallinas á apiarse. 
Era cosa de largarse 
Cada cual á trabajar. 

Este se ata las espuelas. 
Se sale el otro cantando, 
Uno busca un pellón blando, 
Este un lazo, otro un rebenque, 

Y los pingos relinchando 
Los llaman dende el palenque. 

El que era pión domador 
Enderezaba al corral, 
Ande estaba el animal 
Bufidos que se las pela 

Y mas malo que su agüela 
Se hacía astillas el bagual. 

Y allí el gaucho iiiteligenic 
En cuanto el potro enriendó, 
Los cueros le acomodó 

Y se le sentó en seguida, 

\ X: Que el hombre muestra en la vida 
A^ La astucia que Dios le dio. 

Y en las playas corcobiando 
Pedazos se hacía el sotreta 
Mientras él por las paletas 
Le jugaba léis lloronas, 

Y al ruido dé las caronas 
Salía haciéndose gambetas. 

Ah ! tiempos!... si era un orgullo 
Ver ginetiar un paisano — 
Cuando era gaucho baquiano 
Aunque el potro se bollase, 
No había uno que no parase 
Con el cabresto en la mano. 

Y mientras domaban unos, 
Otros al campo salían, 

Y la hacienda recogían, 
Las manadas repuntaban, 

Y ansí sin sentir pasaban, 
Entretenidos el día.. 



Y verlos al cair la tarde 
En la cotina riunidos, 
Con el juego bien prendido 

Y m^'^ cosas que contar, 
Platicar muy divertidos 
Hasta después de cenar. 

Y con el buche bien lleno 
Era cosa superior 

Irse en brazos del amor 
A dormií como la gente, 
Pa empezar al día siguiente 
La fainas del día anterior. 

¡Recuerdo! ¡Qué maravilla!! 
Como andaba la gauchada, 
Siempre alegre y bien montada 

Y dispuesta pa el trabajo..^ 
Pero al presente... barajo! 
No se le vé de aporriada. 

El gaucho mas infeliz 
Tenía tropilla de un pelo, 
No le faltaba un consuelo 

Y andaba la gente lista... 
Teniendo al campo la vista. 
Solo vía hacienda y cielo 

Cuando llegaban las yerras, 
¡ Cosa que daba calor ! 
Tanto gaucho pialador 

Y tironiador sin yel — 

¡ Ah! tiempos!... pero si en ei, 
Se ha visto tanto primor. 

Aquello no era trabajo, 
Mas bien era una junción, 

Y después de un güen tirón 
En que uno se daba maña, 
Pa darle un trago de caña 
Solía llamarlo el oatrón- 

Fues vivía la mamajuana 
Siem.pre bajo la carreta, 
if aquel que no era chancleta 
En cuanto el goyete vía. 
Sin miedo se le prendía 
Como güéfano á la teta. , 

Y qué jugadas se armaban 
Cuanto estábamos riunidos ! 
Siempre íbamos prevenidos' 
Pues en tales ocasiones, 

A ayudarles á les piones 
Cdibíin muchos comedidos- 



f» 



EL GAUCHO 



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Eran los días del apuro 

Y alboroto pa el hembraje, 
Pa preparar los potajes 

Y oseqoiar bien á la gente, 

Y ansí, pues, muy grandemente, 

Pasaba siempre el gauchaje. \ 

\^ 

Venía la carne con cuero, 

La sabrosa carbonada, 

Mazamorra bien pisada 

Los pasteles y el güe». \\no^^^^^ 

Pero ha querido el destiiwíT'^"^^ 

Que todo aquello acabara. 

Estaba el gaucho en su pago 
Co« toda seguridá ! 
Pero aura... ^^,^ar^ar ida! 
La coga ancía( tan fruncida. 
Que gasta el p^jrela vida 
En juir de la autoridá. 

Pues si usté pisa en su ra»cko 

Y SI el alcalde lo sabe 
Lo caza lo mesmo que ave 
Aunque su mujer aborte... 
No hay tiempo que no se acabe 
Ni tiento que no se corte 1 



VJ 



Y al punto dése por muerto 
Si el alcalde lo bolea, 
Pues hay no más se le apea 
Cor una felpa de palos, — 

Y después dicen que es Malo 
El gaucho si los pelea. 



Y el lomo le hinchan á golpes, 

Y le rompen la cabeza, 

Y luego con lijereza 
Ansí lastimao y todo. 

Lo amarran codo con codo 

Y pa el cepo lo enderiezan. 

Ay comienzan sus desgracias, 
Ay principia el pericón; 
Porque ya no hay salvación, 

Y que usté quiera ó no quiera, 
Lo Mandan á la frontera 

O lo echan á un batallón. 

Ansí empezaron mis males 
Si gustan... en otros cantos 
Les diré lo que be sufrido — 
Lo mesmo que los de tantos, 
Después que uno está-., perdido 
No lo salvan ni los santos. 



Ilí 



Tuve cm mi pago en iw tiempo 
Hijos, hacienda y mujer, 
Pero empecé á padecer, 
Me echaron á la frontera, 
i Y qué iba á hallar al volver ! 
Tan solo hallé la tapera. 

Sosegao vivía en mi randi« 
Como el pájaro en 90 nido — 
Allí mis hijos queridos, 
'Iban creciendo á mi lao.... 
Solo queda al desgraciao 
Lamentar el bien perdido. 

Mi( gala en las pulperías 

Era en habiendo más gente. 

Ponerme medio caliente, 

Pues cuando puntiao me encueatro,. 

Me salen coplas de adentro 

Como agua de la virtiente. 

Cantando estaba una vez 
Em ima gran diversióa; 

Y aprovechó la ocasión 
Como quiso el Juez de Paz... 
Se presentó, y hay ik> más 
Hfzo una arriada en montón. 

Juyeron los más matreros 

Y lograron escapar — 
Yo no quise disparar — 

Soy manso y no había porqué — 
Muy tranquilo me quedé 

Y ansí me deje agarrar 

Allí un gringo con ua órgano 

Y una mona que bailaba. 
Haciéndonos rair estaba 
Cuanto le tocó el arreo^ — 

j Tan grande el gringo y tají feQ^^ 
Lo viera cómo lloraba. 

Hasta un inglés zangiador 
Que decía en la última guerra, 
Que él era de Inca-la-perra 

Y que no quería servir. 
Tuto también que juir 

A guarecerse en la sierra. 



MARTIK ni^iiao 



Ni los mirones salvaron 
De esa arriada de mi flor — 
Faé acoyarao el cantor 
Q)n otros nos mesturaror* — 
A uno solo, por favor. 
Logró salvar la patrona. 

Formaron un contingente 
Con los que del baile arriaron — 
Con otros nos roesturarcaa — 
Que habían agarrao también — 
Las cosas que aquí se ven 
Ni los diablos las pensaroM. 

'A mi el Juez me tomó entre ojos 
En la última votación- — 
Me le había hecho el remofó» 

Y no me arrimé ese día,^ 

Y él dijo que yo servia 
A los de la esposicion. 

Y ansi sufrí ese castigo 

Tal vez por culpas agenas — 
Que sean malas ó sean greñas 
Las listas, siempre me escondo— 
Yo soy un gaucho redondo 

Y esas cosas no me enllenaa. 

Al mandarnos nos hicieron 
Más promesas que á un altar — 
El Juez nos jué á proclamar 

Y nos dijo muchas veces : 

« Muchachos, á los seis meses 
« Los van á ir á revelar. » 

Yo llevé im moro de número, 
Sobresaliente el matucho! 
Con él gané en Ayacocho 
'Más plata que agua bendita — 
Siempre el gaucho necesita 
,Un pingo pa fiarle un pocho. 

íY cargué sin dar mas güeltas 
Con las prendas que tenía, 
Gergas, poncho, cuanto había 
En casa, tuito lo alcé — 
A mi china la dejé 
Media desnuda ese día. 

No me faltaba una guasca. 
Esa ocasión eché el resto : 
Bozal, maniador, cabresto. 
Lazo, bolas y manca.... 
¡ El que hoy tan pobre me vea 
Tal vez no crerá todo esto ! 1 



Ansi en mi moro escarciando 
Enderesé á la frontera ; 
Aparcero I si usté viera ' , 
Lo que se llama Cantón... ^.^ 
Ni envidia tengo al ratón 
En aquella ratonera. 

De los pobres que allí había 
A ninguno lo largaron, 
Lost^más viejos resongaron, 
Pero á uno que se quejó 
En seguida lo cstaquiaron 

Y la cosa se acabó. 

En la lista de la tarde- 
El Jefe nos cantó el punto. 
Diciendo : « quinientos juntos 
«Llevará el que se resierte, 
« Lo haremos pitar del juerte 
« Más bien dése por dijunto. » 

A naides le dieron armas, 
Pues toditas las que había 
El Coronel las tenia,. 
Sigfun dijo esa ocasión, 
Pa repartirlas el día 
En que hubiera una invasión. 

Al principio nos dejaron 
De haraganes criando sebo, 
Pero después... no me atrevo, 
A decir lo que pasaba — 

Barajo si nos trataban 

Como se trata á malevos. 

Porque todo era jugarle 
Por los lomos, con la espada, 

Y aimque usté no hiciera nada. 
Lo mesmito que en Palermo, 
Le daban cada cepiada 

Que lo dejaban enfermo. 

Y qué Indios — ni qué servicio. 
No teníamos ni cuartel — 
Nos mandaba el Coronel 

A trabajar en sus chacras, 

Y dejábamos las vacas 
Que las llevara el infiel. 

Yo primero sembré trigo 

Y después hice un corral, 
Corté adobe pa un tapial, 
Hice un quincho, corté paja... 
La pucha que se trabaja 

Sin que le larguen ni un rial. 




EL GAUCHO 



Y es lo pior de aquel enriedo 

Que si uno anda hinchando el lomo 
Se le apean como un plomo... 
¡ Quién aguanta aquel infierno ! 
Si eso es servir al Gobierno, 
A mi no me gusta el cómo. 

Más de un año nos tuvieron 
En esos trabajos duros, — 

Y los indios/ le asiguro, 
Dentraban cuando querían :: 
Como no los perseguían 
Siempre andaban sin apuro. 

A veces decía al volver 
Del campo la descubierta 
Que estuviéramos alerta 
Que andaba adentro la indiada ; 
Porque había una rastrillada 
O estaba una yegua muerta. 

Recien entonces salía 

La orden de hacer la riunión — 

Y cáibamos al cantón. 
En f>elos y hasta enancaos, 
Sin armas, cuatro pelaos 
Que íbamos á hacer jabón. 

Ay empezaba el afán 

Se entiende, de puro vicio, 

De enseñarle el ejercicio 

A tanto gaucho recluta, 

Con un estrutor. . . que. . . bruto ! 

Que nunca sabía su oficio. 

Daban entonces las armas 
Pa defender los cantones, 
Que eran lanzas y latones 

Con ataduras de tiento 

Las de juego no las cuento 
Porque no había municiones. 

Y un sargento chamusca o 
Me contó que las tenían, 
Pero que ellas las vendían 
Para cazar avestruces ; 

Y ansi andaban noche y día 
Déle bala á los ñanduces. 

Y cuando se iban los Indios 
Con lo que habían manotiao, 
Salíamos muy apuraos 

A perseguirlos de atrás; 

Si no se 1 levaban más 

Es porque no habían hallao. 



Allí, si, se ven desgracias 

Y lágrimas, y afliciones, 
Naides le pida perdones 

Al Indio — pues donde entra 
Rojba y mata cuanto encuentra 

Y quema las poblaciones. 

No salvan de su juror 
Ni. los pobres angelitos:! 
Viejos, moros y chiquitos 
Los mata del mesmo modo — 
Que el Indio lo arregla todo 
Con la lanza y con lo gritos. 

Tiemblan las carnes al verlo 
Volando al viento la cerda- 
La rienda en la mano izquierda 

Y la lanza en la derecha — 
Ande enderieza abre brecha 
Pues no hay lanzazo que pierda. 

Hace trotiadas tremendas 
Dende el fondo del desierto — 
Ansi llega medio muerto 
De hambre, de sé y de fatiga, 
Pero el Indio es una hormiga 
Que día y noche está dispiertt». 

Sabe manejar las bolas 
Como naides las maneja, 
Cuanto el contrario se aleja 
Manda una bola perdida, 

Y si lo alcanza, sin vida, 
Es siguro que lo deja. 

Y el Indio es como tortuga 
De duro para espichar; 
Si lo llega á destripar 
Ni siquiera se le encoge. 
Luego sus tripas recoge, 

Y se agacha á disparar. 

Hacían el robo á su gusto 

Y después se iban de arriba, 
Se llevaban las cautivas 

Y nos contaban que á veces 
Les descarnaban los pieses, 
A las pobrecitas, vivas. 

j Ah ! ¡ si partía el corazóii 
Ver tantos males, x^nejo ! 
Los perseguíamos de lejos 
Sim poder ni< galopiar ; 
¿ Y qué habíamos de alcanzar 
En unos bichocos viejos? 




MARTIN FIERRO 



9 



i 



Nos volvíamos al cantón 
A las dos ó tres jornadas, 
Sembrando las caballadas; 

Y pa que alguno la venda. 
Rejuntábamos la hacienda 
Que habían dejao resagada. 

Una vez entre otras muchas, 
Tanto salir al iboton, 
Nos pegaron un malón 
Los indios, y una lanciada, 
Que la gente acobardada 
Quedó dende esa ocasión. 

Habían estao escondidos 
Aguaitando atrás de un cerro... 
¡ Lo viera á su amigo Fierro 
.\flojar como un blandito ! 
Salieron como maiz frito 
En cuanto sonó un cencerro. 

Al punto nos dispusimos 
Aunque ellos eran bastantes, 
La fonnamos al istante 
Nuestra gente que era poca, 

Y golpiándosc en la boca 
Hicieron fila adelante. 

Se vinieron en tropel 
Haciendo temblar la tierra 
No soy manco pa la guerra 
Pero tuve mi jabón. 
Pues iba en un redomón 
Que había boliao en la sierra 

¡Qué vocerío I jqué barullo! 
¡Qué aptirar esa carrera! 
La indiada todita entera 
Dando alaridos cargó — 
Jué pucha... y ya nos sacó 
Como yeguada matrera. 

¡Que fletes traíban' los bábaros! 
Como una luz de lijeros — 
Hicieron el entrevero 

Y en aquela mescolanza, 
Este quiero, este no quiero. 
Nos escojían con la lanza, 

Al que le dan un chuzazo, 
Dificultoso es que sane. 
En fin, para no echar panes, 
Salimos por esas lomas. 
Lo mesmo que las palomas, 
Al juir de los gavilanes- 



Es de almirar la destreza 
Con que la lanza manejan ! 
De perseguir nunca dejan — 

Y nos traiban apretaos, 
Si queríamos de apuraos 
Salimos por las orejas. 

Y pa mejor de la fiesta 
En esa aflición tan suma> 
Vino un indio echando espuma, 

Y con la lanza en la mano 
Gritando «Acaban cristiano 
Metau el lanza hasta el pluma. » 

Tendido en el costillar 
Cimbrando por sobre el brazo 
Una lanza como un lazo 
Me atropello dando gritos — 
Si me descuido.... el maldito 
Me levanta de un lanzazo. 

Si me atribulo, ó me encojo 
Siguro que no me escapo : 
Siempre he sido medio guapo 
Pero en aquella ocasión, 
Me hacía buya el corazón 
Como la garganta al sapo. 

Dios le perdone al salvaje 
Las ganas que me tenía... 
Desaté las tres marías 

Y lo engatusé á cabriolas... 
Pucha... si no traigo bolas 
Me achura el indio ese dia. 

Era el hijo de un cacique 
Sigun yo lo avirigüé — 
La verda del caso jué 
Que me tuvo apuradazo 
Hasta que al fin de un boiazo 
Del caballo lo bajé. 

Ay no más me tiré al suelo 

Y lo pisé en las paletas — 
Empezó á hacer morisquetas 

Y á mesquinar la garganta... 
Pero yo hice la obra santa 
De hacerlo estirar la geta. 

Allí quedó de mojón 

Y en su caballo salté 
De la indiada disparé, 
Pues si me alcanza rae mata, 

Y al fin me les escapé 
Con el hilo de una pata. 



•.X 



y? 



XJ 



10 



EL GAUCHO 



ÍV 



Seguiré esta relación 
Aunque pa chorizo es largo :( 
El que pueda hágase cargo 
Cómo andaría de matrero, 
Después de salvar el cuero 
De aquel trance tan amargo. 

Del sueldo nada les cuento 
Porque andaba disp>arando, 
Nosotros de cuando en cuando 
Solíamos ladrar de polxes — 
Nunca llegaban los cobres 
Que se estaban aguardando. 

Y andábamos de mugrientos 
Que el miramos daba horror; 
Les juro que era un dolor 

Ver esos hombres, por Cristo ! 
En mi perra vida he visto 
Una miseria mayor. 

Yo no tenía ni camisa 
Ni cosa que se parezca ; 
Mis trapos solo pa yezoa 
Me podían servir al fin... 
No hay plaga como un fortín 
Para que el hombre padezca 

Poncho, jergas, el apero. 
Las prenditas, los botones, 
Todo, amigo en los cantones 
Jué quedando poco á poco, 
Ya me tenían medio loco 
La pobreza y los ratones. 

Solo una manta peluda 
Era cuanto me quedaba — 
La había agenciao á la taba 

Y ella me tapaba el bulto — 
Yaguané que allí ganaba 
No salía... ni con indulto. 

Y pa mejor hasta el moro 

Se me jué de entre las manos — 
No soy lerdo.... pero hermano^ 
Vino el comendante un día 
Diciendo que Jo quería 
í Pa enseñarle á comer grano ». 



Afigúrese cualquiera 
La suerte de este su amigo, 
A pié y mostrando el umbligo, 
Estropiao, pobre y desnudo^ 
Ni por castigo se pudo 
Hacerse más mal conmigo., 

Ansi pasaron los meses, « 

Y vino el año siguiente, 

Y las cosas igualmente 
Siguieron del mesmo modo — 
Adrede parece todo 

Pa atormentar á la gente. 

No teníamos más permiso, 
Ni otro alivio la gauchada. 
Que salir de madrugada 
Cuando no había Indio ninguno» 
Campo ajuera á hacer bolladas 
Desocando los reyunos. 

Y cáibamos al cantón 
Con los fletes aplastaos — 
Pero á veces medio aviaos 
Con plumas y algunos cueros — 
Que pronto cc«i el pulpero 

Los teníamos negociaos. 

Era un amigo del Jefe 
Que con un boliche estaba, 
Yerba y tabaco nos daba 
Por la pluma de avestruz, 

Y hasta le haría ver la luz 
Al que un cuero le llevaba. 

Solo tenía cuatro frascos 

Y unas barricas vacias, 

Y á la gente le vendía 
Todo cuanto precisaba 
Algunos creíban que estaba 
Allí la proveduría. 

Ah ! pulpero habilidoso. 
Nada le solía faltar — 
Ay juna — y para tragar « 

Tenía un buche de ñandú. 
La gente le dio en llamar 
t El boliche de virtú. » 

Aunque es justo que quien vend« 
Algún poquito muerda. 
Tiraban tanto la cuerda 
Oue con sus cuatro limetas. 
El cargaba las carretas 
De plumas, cueros y cerda. 



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No tenía aputaos á todos 
Con más coeatas que tm iosairio. 
Cuando se anmició un saiacio 
Que iban á dar, 6 tm socorro — 
Pero sabe Dios qoé zorro 
Se lo comió al Conisario. 

Pues nunca lo vi llegar 

Y al caÍK> de muchos cKas^ 
En la mesma pulpería 
Dieron una buena cuettta — 
Que la gente muy contenta 
De tan pobre recebía. 

Sacaron unos sus pendas 
Que las tenian erapefiadas, 
Por sus deudas atrasadas 
Dieron otros el dinero ; 
Al fin de fiesta el pulpero. 
Se quedó con la mascada. 

Yo me arrecosté á un hoscón 
Dando tiempo á que pagát-am, 

Y poniendo güeña cara 
Estuve haciéndome el payo, 
A esperar que me llamaras 
Para recibir mi boyo. 

Pero ahí me pude quedar 
Pegao pa siempre al horcón — 
Ya era casi la oracióa 

Y ninguno me llamaba — 
La cosa se me nublaba 

Y me dentro comczát:! 

Pa sacarme el entripa© 

Vi al Mayor, y lo f í á bídiiar— 

Yo me le empecé á atracar 

Y como con poca gana 

Le dije : t Tal vez mañaaa 
t Acabarán de pagar. » 

t — Que mañana ni otro día > 

Al punto me contestó, 

1 1.>a paga ya se acabó, 

€ Siempre has de ser animal » — 

Me rai y k dije : c — ^Yo. . . 

< No he recebido ni un riai. > 

Se le pusieron los ojos 
Que se le querían salir, 

Y ay no más volvió á. decir 
Comiéndome con la vista :; 
« — ¿ Y qué querés recebir 

* Si no has dentrao en la lista? » 



< — Esto si que es acholar» 
Dije yo pa mis adéotros, 
« Van dos años que me encuentro 
c Y hasta aura be visto ni un grullo, 
< Dentro en todos los barullos 
tPero en las listas no dentro. > 



Vide el plaito mal parao 

Y no quise aguardar más.... 
Es g^no vivir en paz 

Con quien nos ha de mandar — 

Y reculando pa tras 
Me le empezé á retirar. 

SupK) todo el Comendante 

Y me llamó al otro día, 
Diciéndome que quería 
Averiguar bien las cosas — 
Que no era el tiempo de Rosas,, 
Que aura á naides se debía. 

Llamó al cabo y al sargeato 

Y empezó la mdagaciógB 
Si había venido al cziaüón 
£n tal tiempo ó en tal otro. . . 

Y si había venido en potro. 
En reyuno ó rodomón. 

Y todo era alborotar 
Al ñudo, y hacer papel, 
Conocí que era pastel 

Pa engordar con mi guayaca, 

Mas si voy al Coronel 

Me hacen bramar en la estac^. 

; Ah! hijos de tma.-. la codicia 
Ojala les ruempa el saco ; 
Ni un pedazo de tabaco 
Le dan al pobre soldao, 

Y lo tienen de delgao 
Más lijero que un guanaco. 

Pero qué iba á hacerles yo. 
Chavaron en el desierto; 
Más bien me daba por muerto 
Pa no verme más fundido — 

Y me les hacía el dormido 
Aunque soy medio despierto. 






12 



EL GAUCHO 



Yo andaba dcsespcrao, 
Aguardando una ocasión 
Qoe los indios un maió« 
Nos dieran y entre el estrago 
Hacérmeles cimarrón 

Y volverme pa mi pago. 

Aquello no era servicio 
Ni defender la frontera — 
Aquello era ratonera 
En que solo gana el juei te^ 
Era jugar á la suerte 
C(Mi una taba culera. 

Allí tuito va al revés : 
Los milicos son los piones, 

Y andan en las poblaciones 
Emprestaos pa trabajar — 
Los rejuntan pa peliar 
Cuando entran indios ladrones. 

Yo he visto en esa milonga 
Muchos Jefes con estancia, 

Y piones en abudancia, 

Y majadas y rodeos ; 
He visto negocios feos 

A pesar de mi inorancia. 

Y colijo que no quieren 
La barunda componer — 
Para eso no ha de tener 

El Jefe, que esté de estable, 
Más que su poncho, y su sable, 
Su caballo y su deber. 

Ansina, pues, conociendo 
Que aquel mal no tiene cura. 
Que tal vez mi sepoltura 
Si me quedo iba á encontrar, 
Pensé en mandarme mudar 
Como cosa más sigura. 

Y pa mejor, una noche 
Qué estaquiada me pegaron. 
Casi me descoyuntaron 

Por motivo de una gresca — 
¡ Ay juna, si me estiraron 
Lo mesmo que guasca fresca \ 



Jamás me puedo olvidar 
Lo que esa vez rae pasó : — - 
Dentrando una noche yo 
Al fortin, un engancha©, 
Que estaba medio mamao, 
Allí me desconoció. 

Era un gringo tan bozal, 
Que nada se le entendía — 
¡ Quién sabe de ándc sería ! 
Tal vez no juera cristiano ; 
Pues lo único que decía 
Es que era fa-fo-litano. 

Estaba de centinela 

Y por causa del peludo 
Verme más claro no pudo 

Y esa fué la culpa toda — 
£1 bruto se asustó al ñudo 

Y fí el pavo de la boda. 

Cuando me vido acercar : 
c (j Quen vívore ? ». . . preguntó 
« Qué vivaras » — dije yo — 
n.Ha gario 9 — me pegó el grit©: 

Y yo dije despacito 
iMás lagarto serás vos ». 

Ay no más — Cristo me valga \ 
Rastrillar el jusil siento — 
Me agaché, y en el momento 
El bruto me largó un chumbo— 
Mamao, me tiró sin rumbo 
Que li nó, no cuento el cuento. 

Por de contao, con el tiro 
Se alborotó el avispero — 
Los Oñcialcs salieron 

Y se empezó la junción — 
Quedó en su puesto el nación — 

Y yo fí al estaquiadero. 

Entre cuatro bayonetas 
Me tendieron en el suelo — 
Vino el mayor medio en pedo, 

Y allí se puso á gritar, 

€ Picaro te he de enseñar 
Andar reclamando sueldos » 

De las manos y las patas 
Me ataron cuatro cinchones — 
Les aguanté los tirones 
Sin que ni un ¡ ay ! se me oyera, 

Y al gringo la noche entera 
Lo harté con mis maldicioaes. 



MARTIN FÍEBR0 



13 



Yo no sé porqué el Gobierno 
Nos manda aquí á la frontera, 
Gringada que ni siquiera 
Se saibe atracar á un pingo — 
Si creerá al mandar un gringo 
Que nos manda alguna ñera ! 

No hacen más que dar trabajo 
Pues no saben ni ensillar, 
No sirven ni pa carniar ; 

Y yo he visto muchas veces. 
Que ni voltiadas la reses 

Se les querían arrimar. 

Y lo pasati sus mercedes 
Lengüetiaüdo pico á pico 
Hasta que viene un milico 
A servirles el asao— 

Y eso si, en lo delicaos , 
Parecen hijos de rico. 

Si hay calor, ya no son gente, 
Si yela, todos tiritan — 
Si usté no les dá, no pitan 
Por no gastar en tabaco, — 

Y cuando pescan un naco 
Uno al otro se lo quitan. 

Cuando llueve se acoquinan 
Como perro que oye truenos — 
Qué diablos — solo son güenos 
Pa vivir entre maricas — 

Y nunca se andan con chicas 
Para alzar ponchos ajenos. 

Pa vichar son como ciegos, 

No hay ejemplo de gue entiendan, 

Ni hay uno solo que aprienda 

Al ver un bulto que cruza, 

A saber si es avestruza, 

O si es ginete, ó hacienda. 

Si salen á perseguir 
Después de mucho aparato, 
Tuitos se pelan al rato 

Y va quedando el tendal— 
Esto es como en un nidaF 
Echarle güebos á un gato. 



VI 



Vamos dentrando recial 
A la parte más sentida, 
Aunque es todita mi vida 
De males una cadena — 
A cada alma dolorida 
Le gusta cantar sus penas. 

Se empezó en aquel entonces 
A rejuntar caballada, 

Y riunir la milicada 
Teniéndola en el Cantón, 
Para una desfjcdición 

A sorprender á la indiada. 

Nos anunciaban que iríamos 
Sin carretas ni bagajes 
A golpiar á los salvajes 
En sus mesmas toiderías^ — 
Que á la güelta pagarían 
Licenciándolo al gauchaje 

Que en esta despedicion 
Tuviéramos la esperanza, 
Que iba á venir sin tardanza 
Sigun el Jefe contó, 
Un menistro ó qué sé yo — 
Que le llamaban Don Ganza. 

Que iba á riunir el Ejército 

Y tuitos los batallones — 

Y que traiba unos cañones 
Con más rayas que un cotin— 
Pucha. . . . las conversaciones 
Por allá no tenían fin. 

Pero esas trampas no enriedaa 
A los zorros de mi laya. 
Que esa Ganza venga ó vaya, 
Poco le importa á un matrero— 
Yo también dejé las rayas . . . 
En los libros del pulpero. 

Nunca juí gaucho dormido 
Siempre pronto, siempre listo — 
Yo soy un hon^bre, j qué Cristo ! 
Que nada rae ha acobarda©, 

Y siernpre salí parao 

En los trances que me he visto. 






14 



EL GA.UCHO 



h 



Dcnde chiquito gaaé 
La vida con ni trabajo, 

Y aunque siempre estuve abajo 

Y no sé lo que es subir — 
También el mucho sufrir 
Suele cansarnos — ¡ barajo ! 

£n medio de mi inorancia 
Conozco que nada valgo — 
Soy la liebre ó soy el galgo 
A sigfun los tiempos andan, 
Pero también los que mandan 
Debieran cuidarnos algo. 

UBa noche que riiinidos 
Estaban en la carpeta 
Empinando una limeta 
El Jefe y el Juez de Paz — 
Yo no quise aguardar nías, 

Y me hice humo en un sotreta. 

Me parece el campo orégano 
Dcnde que libre me veo — 
Donde me lleva el deseo 
Allí mis pasos dirijo — 

Y hasta en las sombras, de f jo 
Que donde quiera rumbeo. 

Emtro y salgo del peligro 
Sin que me espante el estrago, 
No aflojo al primer amago 
Ni jamas f í gaucho lerdo ; - 
Soy pa rumbiar como el cerdo 

Y pronto caí á mi pago. 

Volvía al cabo de tres años 
De tanto sufrir al ñudo, 
Resertor, pobre y desnudo — 
A procurar suerte nueva — 

Y lo mesmo que el peludo 
Enderecé pa mi cueva. 

No hallé ni rastro del rancho- 
Solo estaba la tapera! — 
Por Cristo, si aquello era 
Pa enlutar el corazón — 
Yo juré en esa ocasión 
Ser más malo que una fiera ! 

Qiuén no sentirá lo mesrao 
Cuando ansi padece tanto! 
Puedo asigurar que el llanto 
Como una mujer largué — 
Ay ! mi Dios — si me quedé 
Más triste que Jueves Santo! 



Solo se oiban los aullidos 
De un gato que se salvó, 
El pobre se guareció 
Cerca, ca una viscachera — 
Venía como si supiera 
Que estaba de güelta y: 

Al dirme dejé la hacieada 
Que era todito mi habet— 
Pronto debíamos volver 
^igun el juez prometía, 
Y hasta entonces cuidaría 
De los bienes, la mujer. 



Después me coató un veciao 
Que el camp^:» se lo pidieron — 
La hacienda se la .vendieroa 
En pago de arrendamientos, 
Y qué sé yo, cuántos cueatas; 
Pero todo lo fundieron. 

L-os pobrecitos muchachos 
Entre tantas afliciones 
Se conchavaron de piones 
i Mas qué iban á trabajar. 
Si eran como los pichoaes 
Sin acabar de emplumac! 

Por ahi andarán sufriendo 
De nuestra suerte el rigor . 
Me han contado que el mayor 
Nunca dejaba á su hermano — 
Puede ser que algún cristiaao 
Los recoja por favor. 

¡Y la f>obre mi mujer 
Dios sabe cuánto sufrió! 
Me dicen que se voló 
Con no sé qué gavilán — 
Sin duda á buscar el pan 
Qu|: no podía darle yo. 

No es raro que á uno le faite 
Lo que á algún otro le sobre — 
Si no le quedó ni un cobre 
Si no de hijos un enjambre, 
;Qué más iba á hacer la pobra 
Para no morirse de hambre? 



MARTIN FIERRO 



15 



¡Tal vez no te vuelva á ver, 
Prenda de mi corazóa! 
Dios te dé su proteción 
Ya qtie no me la dio á raí — 

Y á mis hijos dende aquí 
Les echo mi bendición. 

Como hijitos de la cuna 
Andarán por ahi sin madre — 
Ya se quedaron sin padre 

Y ansí la suerte los deja, 
Si« naides que los proteja 

Y sin perro que les ladre. 

Los pobrccitos tal vez 
No tengan ande abrigarse, 
Ni ramada ande ganarse, 
Ni rincón ande meterse, 
Ni camisa qué ponerse, 
Ni poncho con qué taparse. 

Tal vez los verán sufrir 
Sin tenerles compasión — 
Puede que alg^a ocasión 
Aunque los vean tiritando, 
Los edien de algún jogóm 
Pa que no estén estorbando,. 

Y al verse ansina espantaos 
Como se espanta á los perros, 
Irán los hijos de Fierro 
Con la cola entre las piernas, 
A buscar almas más tieraas 
O esconderse en algún cerro. 

Mas también en este juego, 
Voy á p^ir mi bolada — 
A naides le debo nada 
Ni pido cuartel ni doy; — 

Y ninguno dende hoy 

Ha 3e llevarme en la armada. 

Yo he sido manso primero, 

Y seré gaucho matrero — 
En mi triste circustancia 
Aunque es mi mal tan projundo, 
Napí, y me he criao en estancia, 
Pero ya conozco el mundo. 

Ya le conozco sus mañas, 
Le conozco sus cucañas, 
Sé cómo hacen la partida, 
La enriedan y la manejan — 
Deshacerc la madeja 
lAunque me cueste la vida. 



Y aguante el que no se anime 
A meterse en tanto engorro, 
O sino aprétese el gorr« 
O para otra tierra emigre — 
Pero yo ando como el tigre 
Que le roban los cachorros. 

Aunque muchos eren que el gaucho 
Tiene una alma de rejmno — 
No se encontrará nifigumo 
Que no lo dueblen las penas- 
Mas no debe aflojar uno 
Mientras hay sangre en las venas 



Vil 



De carta de mas me vía 
Sin saber á dónde dirme; 
Mas dijeron que era vago 

Y entrsuron á perseguirme. 

Nunca se achican los nales. 
Van f>oco á poco crede»do, 

Y ansina me vide pro»t» 
Obligado á andar juyeado 

No tenia mujer ,ni rancho, 

Y á mas, ora resertxH:, 

No tenia una prenda güeña 
Ni un peso en el tiracfor. 

A mis hijos iíifelioes, 
Pensé volverlos á hallar — 

Y andaba de un lao al otro 
Sin tener ni qué pitar. 

Supe una vez por desgracia 
Que habia un baile por allí — 

Y medio dese^jcrao 
A ver la milonga fui. 

Riunidos al pericón 

Tantos amigos halle, 

Que alegre de verme entre ellos 

Esa noche me apedé. 

Como nunca, en la ocasión 
Por peliar nc díó la tranca, 

Y la emfMrendi con un negro 
Que trujo una negra en aiicas., 



r^-^->v» 



16 



EL GAUCHO 



Al ver llegar la morena 

Que no hada caso de naides 

Le dije con la mamúa 

— « Va... ca... yendo gente al baile.» 

La negra entendió la cosa 

Y no tardó en contestarme 
Mirándome como á perro : 

« Mas vaca será su madre. » 

Y dentro al baile muy tiesa 
Con más cola que una zorra 
Haciendo blanquiar los dientes 
Lo mesrao que mazamorra. 

— «Negra linda* . . . .dije yo— 
«Me gusta .... pa la carona «— 

Y me puse á champurriar 
Esta coplita fregona : 

«A los blancos hizo Dios, 
«A los mulatos San Pedro, 
« A los negros hizo el diablo 
«Para tizón del infierno. » 

Hajíía e&tao juntando rabia 
El moreno dende ajuera — 
En lo escuro le brillaban 
Los ojos como linterna. 

Lo conocí retqbao 

Me acerqué y le dije presto ; 

«Po. . . .r. . . .rudo que un hombre sea 

« Nunca se enoja por esto, » 

Corcobió el de los tamangos 

Y creyéndose muy fijo : 
« — Mas porrudo serás vos, 
« Gaucho rotoso > me dijo. 

Y ya se me vino al humo 
Como á buscarme la hebra — 

Y un golpe le acomodé 
Con el porrón de ginebra. 

Ay no más pegó el de ollin 
Más gruñidos que un chanchito, 

Y pelando un envenao 
Me atropello dando gritos. 

Pegué un brinco y abrí cancha 
Diciéndoles : — « Caballeros 
«Dejen venir ese toro* 
tSolo nací . , . , solo muero.» 



El negro, después del golpe 
Se había el poncho refalao 

Y dijo : — ( Vas á saber 
« Si es solo ó acompañao. » 

Y mientras se arremangó 
Yo me saqué las espuelas. 
Pues malicié que aquel tío 

No era de arriar con las riendas. 

No hay cosa como el peligro 
Pa refrescar un mamao. 
Hasta la vista se aclara 
Por mucho que haiga chupao. 

El negro me atropello 
Como á quererme comer — 
Me hizo dos tiros seguidos 
Y los dos le abarajé. 

Yo tenía un facón con S 
Que era de lima de acero. 
Le hice un tiro, lo quitó 

Y vino ciego el moreno. 

Y en el medio de las aspas 
Un planazo le asenté. 
Que lo largué culebriando 
Lo mesmo que buscapié. 

Le coloriaron las motas 
Con la sangre de la herida, 

Y volvió á venir furioso 
Como una tigra parida. 

Y ya me hizo relumbrar 
Por los ojos el cuchillo. 
Alcanzando con la punta 
A cortarme en un carrillo. 

Me hirvió la sangre en las venas 

Y me le afirmé al moreno, 
Dándole de punta y hacha 
Pa dejar un diablo menos. 

Por fin en una topada 
En el cuchillo lo alcé, 

Y como un saco de güesos 
Contra un cerco lo largué. 

Tiró unas cuantas patadas 

Y ya cantó pa el carnerQ — 
Nunca me puedo olvidar 
De la agonía de aquel negro. 



MARTIN FIERRO 



n 



En esto la negra vino, 
Con los ojos como agrí— 

Y empezó la pobre allí 

A bramar como ana loba — 

Yo quise darle una soba 

A ver si la hacía callar 

Mas, pude reflesionar 

Que era malo en aquel punto¿ 

Y por respeto al dijunto 
No la quise castigar. 

Limpié el facón en los pastos, 
Desaté mi redomón. 
Monté despacio» y salí 
Al tranco pa el cañadón. 

Después supe que al finao 
Ni siquiera lo velaron, 

Y rctobao en un cuero, 
Sin resarle lo enterraron. 

Y dicen que dende entonces 
Cuando es la noche serena, 
Suele verse una luz mala 

Como de alma que anda en petia. 

Yo tengo intención á veces 
Para que no pene tanto. 
De sacar de allí los güesos 

Y echarlos al campo santo. 



VIH. 



Otra vez en un boliche 
Estaba haciendo la tarde, 
Cayó un gaucho que hacía a larde 
De guapo y de peliador. 

A la llegada metió 

El pingo hasta la ramada — 

Y yo sin decirle nada 
Me quedé en el mostrador. 

Era un terne de aquel pago 
Que naides lo reprendía, 
Que sus enriedos tenía 
Con el señor Comendante : — 

Y como era protegido, 
Andaba muy entonao, 

Y á cualquiera desgraciao 
Lo llevaba por delante. 



j Ah ! pobre ! si el mismo creiba, 
I Que la vida le sobraba, 
^ Ninguno diría que andaba 
Aguaitándolo la muerte — 

Pero ansi pasa en el mundo. 
Es ansi la triste vida — 
Pa todos está escondida, 
La güeña ó la mala suerte. 

Se ^iró al suelo, al dentrar 

Le dió un empeyón á un vasco — 

Y me alargó un medio frasco 
Diciendo — «Beba cuñao» 
— cPor su hermana» contesté, 
cQue por la mia no hay cuidao. > 

« — i Ah ! gaucho me respondió, 
«¿De qué pago será crioyo? — 
«Lo andará buscando el hoyo.?— 
«¿Deberá tener güen cuero? 
«Pero ande bala este toro 
« No bala ningún ternero. » 

Y ya salimos trensaos 
Porque el hombre no era lerdo, 
Mas como el tino no pierdo, 

Y soy medio lijerón, 
Le dejé mostrando el sebo 
De un revés con el facón- 



Y como con la justicia 
No andaba bien por allí. 
Cuanto pataliar lo vi, 

Y el pulpero pegó el grito. 
Ya pa el palenque sali 

Como haciéndome chiquito 

Monté y me encomendé á Dios, 
Rumbiando para otro pago — 
Que el gaucho que llaman vago 
No puede tener querencia, 

Y ansi de estrago en estrago 
Vive llorando la ausencia. 

El anda siempre juyendo, 
Siempre pobre y perseguido. 
No tiene cueva ni nido 
Como si juera maldito — 

Porque el ser gaucho barajo, 

El ser gaucho es un delito. 



18 



BL GAUCHO 



£s como el patrio de posta : 
Lo larga este, aquel lo toma, — 
Nvoca se acaba la broma — 
^ Dendíe chico se parece 
Al arbolito que crece, 
Desampara© en la loma. 

Le echan la agua del bautismo 
Aquel que nació en la selva, 
« Busca madre que te engüelva » 
Le dice al flaire y lo larga, 

Y dentra á cruzar el mundb 
Como burro con la carga, 

Y se cria viviendo al viento 
Como oveja sin trasquila — 
Mientras su padre en las ¿las 
'Anda sirviendo al Crobierno 
Naide lo ampara ni asila. 
Aunque tirite en invierno 

Le llaman «gaucho mamao» 
Si lo pillan divertido, 

Y que es mal entretenido 

Si en un baile lo sorpriendcn, 
Hace mal si se defiende 

Y si nó, se vé fundido. 

No tiene hijos, ni mujer. 
Ni amigos, ni protectores, 
Pues todos son sus señores 
Sin que ninguno lo ampare — 
¿ Tiene la suerte del güey — 

Y donde irá el güey que no are? 

Su casa es el pajonal, 
Su guarida es el desierto ; 

Y si de hambre medio muerto 

1^ echa el lazo á algún mamón. 
Lo persiguen como á plaito, 
Porque es un gaucho ladrón, 

Y si de un golpe por ay 
Lo dan güelta p<inza arriba. 
No hay un alma compasiva 
Que le rece una oración — 
Tal vez como cimarrón 

En una cueva lo tiran. 

«Él nada gana en la paz 
Y es el primero en la guerra — 
No le perdonan si yerra, 
Que no saben perdonar, — 
Porque el gaucho en esta tierra 
Solo sirve pa votar. 



Para él son los calabazo«. 
Para el las duras prisiones, 
£n 9u boca no hay ratones 
Aunque la raz<^ le sobre; 
Que son campanas de palo 
Las razones de los pobres. 

Si uno aguanta, es gaucho bruto — 
Si no aguanta, es gaucho malo — 
Déle azote, déle palo! 
Porque es lo que él necesita ! !— 
De todo el que nació gaucho 
Esta es la suerte maldita. 

Vamos suerte — vamos juntos 
Dendfe que jimtos nacimos — 
Y ya que juntos víyíibos 
Sin podemos düvidir... 
Yo abriré con mí cudiiHo 
El camino pa seg«ir.. 



m. 



Matreriando lo pasaba 

Y á las casas no venia — 
Solía arrimarme de día 

Mas lo mesmo que el carancho, 
Siempre estaba sobre el rancho 
Espiando á la polecía. 

Viva el gaucho que ande mal 
Como zorro perseguido — 
Hasta que al menor descuido 
Se lo atarazquen los perros. 
Pues nunca le falta un yerro 
Al hombre mas al vertí do. 

Y en esa hora de la tarde 
En que tuito se adormece 
Que el mundo dentrar parece 
A vivir en pura calma 

Con las tristezas del alma 
Al pajonal enderieze. 

Bala el tierno corderito 
Al iao de la blanca oveja 

Y á la vaca que se aleja 
Llama el ternero amarrao — 
Pero el gaucho desgracia© 

No tiene á quien dar su queja. 



•i^*im^ 



mums FiBRBO 



1* 



Ansí es que al v«mr la iKKrhe 
Iba á buscar mi g^marida^ — 
Pues ande el tigtc se anida 
También el homfaa>e lo pasa 

Y no quería que en las casas 
Me Todiára la partida. 

Pues aun cuando vengan ellos 
Cumpliendo con sus débenos, 
Yo tengo otros pareceres, 

Y en esa condnta vivo — 
Que no debe un gaucho altivo 
Peiiar entre las mujeres. 

Y al campo me iba sólito 
Más matrero que el venao — 
Como perro abandonao 

A buscar una tapera, 
O en alguna viscachera 
Pasar la noche tirao. 

Sin punto ni rumbo áj* 
£n aquella inmoisidá 
Entre tanta oscuridá 
Anda el gaucho como duende, 
Alí jamás lo sorpriende 
Dormido, la autoridá. 

S« esperanza es el coraje, 
Su guardia es la precauciÓa, 
Su pingo es la salvacioa, 

Y pasa uno en su desvele, 
Sia más amparo que el dek) 
Ni otro amigo que el facÓM. 



Ansi me hallaba una nodsc 
Contemplando las estrellas 
Que le parecen más bellas 
Cuanto uno es más desgraciao, 

Y que Dios las haiga críao 
Para consolarse en ellas 

Les tiene el hombre cariño 

Y siempre con alegría 
Ve salir las tres marías; 
Que si llueve, cuanto escampa, 
Las estrellas son la guía 

Que el gaucho tiene en la paaipa 

Aqui no valen Dolores, 
Solo vale la esperiencia, 
Aquí verían su ÍROciencia 



Esos que todo lo saben; 
Por que esto tieUe otra llave 

Y el gaucho tScne su ciencia, 

Es triste en medio del campo 
Pasarse noches enteras 
Ccmtemplando en sus carreras 
Las estrellas que Dios cría,- 
Sin tener más compaiía 
Que su delito y las fieras. 

Me encontraba como digo. 
En aquella soledá, 
Entre tanta oscuricM, 
Echando al viento mis quejas 
Cuando el grito del ciiajá 
Me hizo parar las orejas. 

Como lumbriz me pegué 
Al suelo para escuchar; 
Pronto sentí retumjbar 
Las pisadas de los fletes, 

Y que eran muchos ginetes 
Conocí sin vacilar. 

Cuando el hombre está en peligro 
No debe tener conñanza, 
Ansi tendido de pamza 
Puse toda mi zteaócm, 

Y ya escuché sin tardanza ; 
Como el ruido de un latóiu 

Se venían tan calladitos 
Que yo me puse en caidao, 
Tal vez me hubieran bombiao 

Y me venían á buscar; 
Mas no quise disparar 

Que eso es de gaucho morao. 

Al punto me santigüé 

Y eché de ginebra un taco, 
Lo mesmito que el mataco 
Me arroyé con el porrón : 

cSi han de darme pa tabaco^ 
Dije, esta es gpaena ocasión, » 

Me refalé las espuelas. 
Para no peiiar con grillos. 
Me arremangué el calzoncillo,. 

Y me ajusté bien la faja; 

Y en una mata de paja. 
Probé el filo del cuchillo- 
Para tenerlo á la mano . 
El flete en el pasto até. 



!0 



EL GAlíCHO 



La cincha le acomodé, 

Y en un trance como aquel, 
Haciendo espaldas en él 
Quietito los aguardé. 

Cuando cerca los sentí, 

Y que ay no mas se pararon, 
Los pelos se me erizajon 

Y aunque nada vían mis ojos, 

€ — No se han de morir de antojo » 
- — Les dije, cuanto llegaron. 

Yo quise hacerles saber 

Que allí se hallaba un varón; 

Les conocí la intención 

Y solamente por eso 

Fué que les gané el tirón. 
Sin aguardar voz de preso. 

■ — tVos sos un gaucho matrero» 
Dijo uno, haciéndose el güeno, 
cVos matastes un moreno 
€ Y otro en una pulpería, 
« Y aquí está la polecía 
t Que viene á justar tus cuentas ; 
« Te va á alzar por las cuarenta 
€ Si te resistís hoy día. » 

— cNo me vengan, contesté, 
« Con la relación de dijuntos ; 
€ Esos son otros asuntos ; 
«Vean si me pueden llevar, 
cQuc yo no me he de entregar, 
€ Aunque vengan todos juntos. » 

Pero no aguardaron más, 

Y se apiaron en montón — 
Como á perro cimarrón 
Me rodiaron entre tantos, 

Yo me encomendé á los Santos, 

Y eché mano á mi facón. 

Y ya vi de el fogonazo 
De un tiro de garabina, 
Mas quiso la suerte indina 

De aquel maula, que me errase, 

Y ay no más lo levantase 
Lo mesmo que una sardina 

'A otro que estaba apurao 
Acomodando una bola. 
Le hice una dentrada sola, 

Y le hice sentir el üerro. 

Y ya salió como el perro 
Cuando le pisan la cola. 



Era tanta la aflición 

Y la angurria que tenían. 
Que tuitos se me venían 
Donde yo los esperaba, 
Uno al otro se estorbaba 

Y con las ganas no vían. 

Dos de ellos que traiban sables 
Más garifos y resueltos 
En las hilachas envueltos 
Enfrente se me pararon, 

Y á un tiempo me atropellaroo 
Lo mesmo que perros sueltos. 

Me fui reculando en falso 

Y el poncho adelante eché, 

Y cuanto le puso el pié 
Uno medio chapetón. 
De pronto le di el tirón 

Y de espaldas lo largué. 

Al verse sin compañero 
El otro se sofrenó, 
Entonces le dentré yo, 
Sin dejarlo resollar, 
Pero ya empezó á aflojar 

Y á la pu...n...ta disparó. 

Uno que en una tacuara 
Había atao una tijera. 
Se vino como si juera 
Palenque de atar terneros, 
Pero en dos tiros certeros 
Salió aullando campo ajuera. 

Por suerte en aquel momento 
Venía coloriando el alba ■ 

Y yo dije « si me salva 
La virgen en este apuro, 
€ En adelante le juro 

c Ser mas güeno que una malva. » 

Pegué un brinco y entre todos 
Sin miedo me entreveré— 
Echo ovillo me quedé 

Y ya me cargó una yunta, 

Y por el suelo la punta 
De mi facón les jugué. 

El más engolosinao 
Se me apio con un achazo, 
Se lo quité con el brazo 
De nó, me mata los piojos ; 

Y ante de que diera un paso^ 
Le eché tierra en los dos ojos. 



/ifiTIN FIERRO 



Y iniéntras se sacudía 
Refregándose la vista, 
Yo me le fui como lista 

Y ay no más me le añrmé 
Diciéndole : « Dios te asista. > 

Y de un revés lo voltié. 

Pero en ese punto mesmo 
Sentí que por las costillas 
Un sable me hacía cosquillas 

Y la sangre se me heló — 
Dende eso momento yo, 
Me salí de mis casillas. 

Di para atrás unos pasos 
Hasta que pude hacer pié, 
Por delante me lo eché 
De punta y tajos á un criollo ; 
Metió la pata en un oyó, 

Y yo al oyó lo mandé. 

Tal vez en el corazón 

Lo tocó un Santo Bendito, 

A un gaucho, que pegó el grito, 

Y dijo : — « ¡ Cruz no consiente 
cQue se cometa el delito 

a De matar ansi un valiente I 

Y ay no más se me aparió, 
Dentrándole á la partida, 
Yo les hice otra embestida 
Pues entre dos era robo; 

Y el Cruz era como lobo 
Que defiende su guarida. 

Uno despachó al infierno 
De los que lo atrepellaron. 
Los demás remoliniaron. 
Pues íbamos á la fija , 

Y á poco andar dispararon 
Lo mesmo que sabandija. 

Ay quedaban largo á largo 
Los que estiraron la geta. 
Otro iba como maleta, 

Y Cruz de atrás les decía :| 
«Que venga otra polecía 

c A llevarlos en carreta, d 

Yo junté las osamentas 

Me hinqué y les recé un bendito ; 

Hice una cruz de un palito 

Y pedí á mi Dios clemente, 
Me perdonara el delito 

De haber muerto tanta gente. 



Dejamos amontonaos 

A los pebres que murieron, 

No sé si los recojeron 

Porque nos fuimos á un rancho, 

si tal vez los caranchos 
Ay no más se los comieron. 

Lo agarramos mano á mano 

Entre los dos al porrón, 

En semejante ocasión 

Un trago á cualquiera encanta, 

Y Cruz no era remolón 
Ni pijotiaba garganta. 

Calentamos los gargueros, 

Y nos largamos muy tiesos, 
Siguiendo siempre los besos 
Al pichel, por más señas, 
íbamos como cigüeñas 
Estirando los pescuesos. 

— «Yo me voy, le dije, amigo, 

<i Donde la suerte me lleve, 

a Y si es que alguno se atreve 

«A ix)nerse en mi camino 

«Yo seguiré mi destino 

iQue el hombre hace lo que debe. » 

«Soy un gaucho desgraciao, 
«No tengo donde ampararme, 
«Ni un palo donde rascarme, 
a Ni un árbol que me cubije ; 
a Pero ni aun esto me aflige 
a Porque yo sé manejarme. » 

« Antes de cair al servicio, 
«Tenia familia y hacienda, 
a Cuando volví, ni la prenda, 

1 Me la habían dejao ya, — 
orDios sabe en lo que vendrá 
a A parar esta contienda. » 



X. 



CRUZ 

— Amigazo, pa sufrir 

Han nacido los varones — 

Estas son las ocasiones 

De mostrarse un hombre juerte, 

Hasta que venga la muerte 

Y lo agarre á coscorrones. 



22 



EL GAUCHO 



El andar tan despilchao 
Ningún mérito me quita,, 
Sin ser un alma bendita 
Me duelo del mal ageno : 
Soy un pastel con relleno 
Que parece torta frita. 

Tampoco me faltan males 

Y desgracias, le prevengo, 
También mis desdichas tengo, 
Aunque esto poco me aflige — 
Yo sé hacerme el chancho rengo 
Cuando la cosa lo esige. 

Y con algunos ardiles 

Voy viviendo, aunque rotoso; 
A veces me hago el sarnoso 

Y no tengo ni un granito, 
Pero al chifle voy ganoso 
Como panzón al maíz frito- 

A mí no me matan penas 
Mientras tenga el cuero sano, 
Venga el sol en el verano 

Y la escarcha en el invierno — 
Si este mundo es un infierno 
¿Por qué afligirse el cristiano? 

Hagámosle cara fiera 
A los males, compañero. 
Porque el zorro más matrero 
Suele cair como un chorlito; 
Viene por un corderito 

Y en la estaca deja el cuero. 

Hoy tenemos que sufrir 
Males que no tienen nombre 
Pero esto á naides lo asombre 
Porque ansina es el pastel; 

Y tiene que dar el hombre 
Más vueltas que un carretel. 

Yo nunca me he de entregar 
A los brazos de la muerte— 
^ Arrastro mi triste suerte 
Paso á paso y como pueda— 
Que donde el débil se queda 
Se suele escapar el juerte. 

Y ricuerde cada cual 
Lo que cada cual sufrió 
Que lo que es, amigo, yo. 
Hago ansi la cuenta mía :! 
Ya la pasado pasó — 
Mañana será otro día. 



Yo también tuve una pilcha 
Que me enilenó el corazón — 
\ si en aquella ocasión 
Alguien me hubiera buscao — 
Siguro que me había hallao 
Mas prendido que un botón. 

En la güella del querer 

No hay animal que se pierda... 

Las mujeres no son lerdas — 

Y todo gaucho es dotor 
Si pa cantarle el amor 

Tiene que templar las cuerdas. 

¡ Quién es de una alma tan dura 
Que no quiera una mujer ! 
Lo alivia en su padecer: 
Si no sale calavera 
Es la mejor compañera 
Que el hombre puede tener. 

Si es güeña, no lo abandona 
Cuando lo vé desgraciao, 
Lo asiste con su cuidao, 

Y con afán cariñoso 

Y usté tal vez ni un rebozo 
Ni una pollera le ha dao. 

Grandemente lo pasaba 
Con aquella prenda mía — 
Viviendo con alegría 
Como la mosca en la miel ! — 
¡ Amigo, qué tiempo aquel ! 
La pucha — que la quería! 

Era la águila que á un árbol 
Dende las nubes bajó 
Era más linda que el alba 
Cuando vá rayando el sol — 
Era la flor deliciosa 
Que entre el trebolar creció. 

Pero, amigo, el Comendantc 
Que mandaba la milida, 
Como que no desperdicia 
Se fué refalando á casa; — 
Yo le conocí en la traza 
Que el hombre traiba malicia. 

El me daba voz de amigo, 
Pero no le tenía fé — 
Era el jefe, y ya se vé. 
No podía competir yo — ■ 
En mi rancho se pegó 
Lo mesmo que saguaipé. 



MARTIN FIERRO 



23 



A poco andar, conocí, 
Que ya me había desbancao, 
~Y él siempre muy entonao, 
Aunque sin darme ni un cobre 
Me tenía de lao á lao 
Como encomienda de pobre. 

A cada rato, de chasque 
Me hacía dir á gran distancia, 
Ya me mandaba á una estancia, 
Ya al pueblo, ya á la frontera — 
Pero él en la comendancia 
No ponía los pies siquiera. 

Es triste á no poder más 
El hombre en su padecer, 
Si no tiene una mujer 
Que lo ampare y lo consuele:; 
Mas pa que otro se la pele 
Lo mejor es no tener. 

No me gusta que otro gallo 
Le cacaree á mi gallina — 
Yo andaba ya con la espina. 
Hasta que en una ocasión 
Lo pillé junto al jogón 
Abrazándome á la china. 

Tenía el viejito una cara 
De ternero mal lamido, 

Y al verlo tan atrevido 

Le dije : — « Que le aproveche ; 
«Que había sido pa el amor 
«Como guacho pa la leche » 

Peló la espada y se vino 

Como á quererme ensartar, 

Pero yo sin tutubiar 

Le volví al punto á decir : 

— «Cuidao no te vas á pér...tigo 

fPoné cuarta pa salir.» 

ün puntazo me largó 
Pero el cuerpo le saqué, 

Y en cuanto se lo quité 
Para no matar un viejo. 
Con cuidao, medio de lejos 
Un planazo le asenté. 

Y como nunca al que manda 
Le falta algún adulón 
Uno que en esa ocasión, 

5e encontraba allí presente, 
Vino apretando los dientes 
Como perrito mamón. 



Me hizo un tiro de revuelver 
Que el hombre creyó siguro. 
Era conñao y le juro 
Que cerquita se arrimaba — 
Pero siempre en un apuro 
Se desentumen mis tabas. 

El me siguió menudiando 
Mas sin poderme acertar» 

Y yo, déle culebricir, 
Hasta que al fin le dentré 

Y ay no más lo despaché 
Sin dejarlo resollar. 

Dentré á campiar en seguida 
Al viejito enamorao, 
El pobre se había ganao 
En un noque de lejía — 
¡Quién sabe como estaría 
Del susto que había llevao ! 

Es zonzo el cristiano macho 
Cuando el amor lo domina ! - 
£1 la miraba á la indina, 

Y una cosa tan jedionda 
Sentí yo, que ni en la fonda 
He visto tal jedentina. 

Y le dije: — «Pa su agüela 
« Han de ser esas perdices s^ 
Yo me tapé las narices, 

Y me salí esternudando, 

Y el viejo quedó olfatiando 
Como chico con lumbrices. 

Cuando la muía recula 
Señal que quiere cosiar — 
Ansi se suele portar 
Aunque ella lo disimula, 
Recula como la muía 
La mujer, para olvidar. 

Alcé mi poncho y mis prendas 

Y me largué á padecer 
Por culpa de una mujer 
Que quiso engañar á dos — 
Al rancho le dije adiós 
Para nunca más volver. 

Las mujeres dende entonces, 
Conocí á todas en una — 
Ya no he de probar fortuna 
Con carta tan conocida : 
Mujer y perra parida, 
No se me atraca ninguna ! 



u 



EL GAUCHO 



J' 



XI 



A otros les brotan las coplas 
Como agua de manantial ; 
Pues á mí me pasa igual : 
Aunque las mías nada valen, 
De la boca se me salen 
Como ovejas del corral. 

Que en puertiando la primera, 
Ya la siguen las demás, 

Y en montones las de atrás 
Contra los palos se estrellan. 

Y saltan y se atropellan 
Sin que se corten jamás. 

Y aun que yo por mi inorancia 
Con gran trabajo me esplico, 
Cuando llego á abrir el pico 
Ténganlo por cosa cierta, 
Sale un verso y en la puerta 
Ya asoma el otro el hocico, 

Y emprésteme su atención 
Me oirá relatar las penas 

De que traigo la alma llena — 
Porque en toda circustancia, 
Paga el gaucho su inorancia 
Con la sangre de sus venas 

Después de aquella desgracia 
Me refugié en los pajales, 
Andube entre los cardales 
Como vicho sin guarida — 
Pero, amigo, es esa vida 
Como vida de animales. 

Y son tantas las miserias 
En que me he sabido ver 
Que con tanto padecer 

Y sufrir tanta aflición 
Malicio que he de tener 
Un callo en el corazón. 

Ansi andaba como guacho 
Cuando pasa el temporal — 
Supe una vez por mi mal 
De una milonga que había, 

Y ya pa la pulpería 
Enderezé mi bagual. 



Era la casa del baile 

Un rancho de mala muerte, 

Y se enllenó de tal suerte 
Que andábamos á empujones — 
Nunca faltan encontrones 
Cuando un pobre se divierte. 

Yo tenía unas medias botas 
Con tamaños verdugones — 
Me pusieron los talones 
Con crestas como los gallos 
Si viera mis afliciones 
Pensando yo que eran callos. 

Con gato y con fandanguilio 
Había empezao el changango 

Y para ver el fandango •> 
Me colé haciéndome bola — 

Más, metió el diablo la cola, 

Y todo se volvió pango. 

Había sido el guitarrero 
Un gaucho duro de boca — 
Yo tengo paciencia poca 
Pa aguantar cuando no debo, 
A ninguno me le atrevo 
Pero me halla el que me toca. 

A bailar un pericón 
Con una moza salí, 

Y cuanto me vido allí 
Sin duda me conoció — 

Y estas coplitéis cantó 
Como por rairse de mi :' 

cLas mujeres son todas 

«Como las muías— 

«Yo no digo que todas ' 

«Pero hay algunas 

« Que á las aves que vuelan 

« Les sacan plumas. » 

«Hay gauchos que presumen 

«De tener damas — 

«No digo que presumen 

« Pero se alaban 

«Y á lo mejor los dejan 

« Tocando tablas. » 

Se secretiaron las hembras — 

Y yo ya me encocoré — 
Volié la anca y le grité 

« Deja de cantar chicharra » 

Y de un tajo á la guitarra 
Tuitas las cuerdas corté. 



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MARTIN FIERRO 



25 



Al punto salió de adentro 
U« gringo con un jusil — 
Pero nunca he sido vil, 
Poco el peligro me espanta — 
Yo me refalé la manta 

Y la eché sobre candil. 

Gané en seguida la puerta 
Gritando : — « Naides me ataje » 

Y alborotao el hembraje 
Lo que todo quedó escuro, 
Empezó á verse en apuro 
Mestura© con el gauchage. 

El primero que salió 
Fué el cantor y se me vino — 
Pero yo no pierdo el tino 
Aunque haiga tomao un trago — 

Y hay algunos por mi pago 
Que me tienen por ladino. — . 

No ha de haber achocao otro — 
Le salió cara la broma; 
A su amigo cuando toma 
Se le despeja el sentido, 

Y el pobrecito había sido 
Como carne de paloma. 

Para prestar un socorro 
Las mujeres no son lerdas- 
Antes que la sangre pierda 
Lo arrimaron á unas pipas — 
Ay lo dejé con las tripas 
Como pa que hiciera cuerdas. 

Monté y me largué á los campos 

Más libre que el pensamiento, 

Como las nubes al viento 

A vivir sin paradero, 

Que no tiene el que es matrero 

Nfido, ni rancho, ni asiento. 

No hay fuerza contra el destino/ 
Que le ha sefialao el cielo — 

Y aunque no tenga consuelo 
Aguante el que está en trabajo! 
¡Naides se rasca pa abajo! 

I Ni se lonjea contra el pelo! 

Con el gaucho dcsgraciao 
No hay uno que no se entone - 
La menor falta lo espone 
A andar con los avestruces! 
Faltan otros con mas luces 

Y siempre hay quien los perdone. 



XII. 

Yo no sé que tantos meses 

Esta vida me duró, 

A veces nos obligó 

La miseria á comer potro — 

Me había acompaña© con otros 

Tan desgraciaos como yo. — 

Má=; ¿para qué platicar 
Suore esos males, — canejo? 
Nace el gaucho y se hace viejo. 
Sin que mejore su suerte, - 
Hasta que por ay la muerte 
Sale á cobrarle el pellejo. 

Pero como no hay desgracia 
Que no acabe alguna vez, 
Me aconteció que después 
De sufrir tanto rigor 
Un amigo por favor 
Me compuso con el juez. 

Le alvertiré que en mi pago 
Ya no va quedando un criollo, 
Se los ha tragao el oyó, 
O juido ó muerto en la g^rra . 
Porque, amigo, en esta tierra 
Nunca se acaba el emferollo — 

Colijo que jué por eso 

Que me clamó el juez un día, 

Y me dijo que quería 
Hacerme á su lao venir, 

Y que dentrase á servir 
De soldao de Policía. 

Y me largó una proclama 
Tratándome de valiente. 
Que yo era un hombre decente, 

Y que dende aquel momento 
Me nombraba de sargento 

Pa que mandara la gente. 

Ansi estuve en la partida 
Pero, ¿qué haibía de mandar? 
Anoche al irlo á tomar 
Vide güeña coyuntura — 

Y á mi no me gusta aiidar 
Con la lata á la cintura. 



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/ 



EL GAUCHO 



21 



Ya conoce, pues quien soy, 
Tenga confianza conmigo, 
Cruz le dio mano de amigo 

Y no lo ha de abandonar — 
Juntos podemos buscar 

Pa los dos un mesmo abrigo. 

Andaremos de matreros 

Si es preciso pa salvar — 

Nunca nos ha de faltar 

Ni un güen pingo para juír, 

Ni un pajal ande dormir, 

Ni un matambre que ensartar. 

Y cuando sin trapo alguno 
Nos haiga el tiempo dejao — - 
y© le pediré emprestao 

El cuero á cualquier lobo 

y hago un poncho, si lo sobo. 

Mejor que poncho engomao.; 

Para mi la cola es pecho 

Y el espinazo cadera — 
Hago mi nido ande quiera 

Y de lo que encuentro como — 
Me echo tierra sobre el lomo 

Y me apeo en cualquier tranquera. 

Y dejo rodar la bola 

Que algún día se ha de parar — 
Tiene el gaucho que aguantar 
Hasta que lo trague el oyó — 
O hasta que venga algún criollo 
En esta tierra á mandar. 

Lo miran ai pobre gaucho 
Como carne de cogote : 
Lo tratan al estricote — 

Y si ansi las cosas andan. 
Porque quieren los que mandan 
Aguantemos los azotes. 

Pucha — si usté los oyera 
Como yo en una ocasiói^., 
Tuita la conversación 
Que con otro tuvo el juez — 
Le asiguro que esa vez 
Se me achicó el corazón. 

Hablaban de hacerse ricos 
Con campos en las fronteras — 
De sacarla mas ajuera 
Donde había campos baldidos — • 

Y llevar de los partidos 
Gente que la defendiera. 



Todos se güelven proyetos 
De colonias y carriles — 

Y tirar la plata á miles 
En los gringos enganchaos. 
Mientras al pabre soldao 

Le pelan la chaucha — ¡ ah ! viles !— 

Pero si siguen las cosas 
Como van hasta el presente 
Puede ser que de repente 
Veamos el campo disierto, 

Y blanqueando solamente 

Los güesos de los que han muerto. 

Hace mucho que sufrimos 
La suerte reculativa — 
Trabaja el gaucho y no arriba, 
Porque á lo mejor del caso, 
Lo levantan de un sogíizo 
Sin dejarle ni saliva. 

De los males que sufrimos 
Hablan mucho los puebleros, 
Pero hacen como los teros 
Para esconder sus niditos : 
En un lao pegan los gritos 

Y en otro tienen los güevos. 

Y se hacen los que no aciertan 
A dar con la coyuntura — 
Mientras al gaucho lo apura 
Con rigor la autoridá, 

Ellos á la enfermedá 
Le están errando la cura. 



XIII 



MARTIN FIERRO 

Ya veo que somos los dos 
Astillas del mesmo palo — 
Yo paso por gaucho malo 

Y usté anda del mesmo modo, 

Y yo pa acabarlo todo 
A los Indios me refalo. 

Pido perdón á mi Dios 
Que tantos bienes me hizo — 
Pero dende que es preciso 
Que viva entre los infieles — 
Yo seré cruel con los crueles — 
Ansi mi suerte lo quiso. 



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MARTIN FIERRO 



Dios formó lindas las flores, 
Delicadas como son — 
Les dio toda perfeción 

Y cuanto él era capaz — 
Pero al hombre le dio mas 
Cuaindo le dió el corazón. 

Le dió claridá á la luz, 
fuerza '^n su carrera al viento. 
Le dió vida y movimiento 
Dcnde el águila al gusano — 
Pero más le dió al cristiano 
Al darle el entendimiento 

Y aunque á las aves les dió. 
Con otras cosas que inoro, 
Esos piquitos como oro 

Y un plumaje como tabla — 
Le dió al hombre mas tesoro 
Al darle una lengua que habla. 

Y dende que dió á las fieras 
Esa juria tan inmensa. 

Que no hay poder que las vensa 
Ni nada que las asombre — 
¿ Que menos le daría al hombre 
Que el valor pa su defensa? 

Pero tantos bienes juntos 
Al darle, malicio yo 
Que en sus adentros pensó 
Que el hombre los precisaba, 
Pues los bienes igualaba 
Con las penas que les dió. 

Y yo empujao por las mías 
Quiero salir de este infierno : — 
Ya no soy pichón muy tierno 

Y sé manejar la lanza — 

Y hasta los Indios no alcanza 
La faculta del Gobierno. 

Yo sé que allá los caciques 
Amparan á los cristianos, 

Y que los tratcín de « Hermanos » 
Cuando se van p>or su g^sto — 
A que andar pasando sustos..,. 
Alcemos el poncho y vamos. 

En la cruzada hay peligros 
Pero ni aun esto me aterra — 
Yo ruedo sobre la tierra 
Arrastrao por mi destino 

Y si erramos el camino.... 
No es el primero que lo erra. 



Si hemos de salvar ó nó — 
De esto naide nos responde, 
Derecho ande el sol se esconde 
Tierra adentro hay que tirar, 
Algún día hemos de llegar... 
Después sabremos á donde. 

No hemos de perder el rumbo 
Los dos somos güeña yunta — 
El que es gaucho va ande apunta, 
Aunque inore ande se encuentra; 
Pa el lao en que el sol se dentra 
Dueblan los pasos la punta. 

De hambre no perecemos 
Pues sigun otros me han dicho 
En los campos se hallan vichos 
De lo que uno necesita... 
Gamas, matacos, mulitas. 
Avestruces y quirquinchos- 
Guando se anda en el disierto 
Se come uno hasta las colas — 
Lo han cruzado mujeres solas 
Llegando al fin con salú, 

Y á de ser gaucho el ñandú 
Que se escape de mis bolas.! 

Tampoco á la sé le temo, 
Yo la aguanto muy contento. 
Busco agua olfatiando al viento 

Y dende que no soy manco, , 
Ande hay duraznillo blanco 
Cabo, y la saco al momento. 

Allá habrá seguridá 

Ya que aquí no la tenemos. 

Menos males pasaremos 

Y ha de haber grande alegría, 
El día que nos descolguemos 
En algima toldería. 

Fabricaremos un toldo 
Como lo hacen tantos otros, 
Con unos cueros de potro 
Que sea sala y sea cocina, 
¡ Tal vez no falte una china 
Que se apiade de nosotros ! 

Allá no hay que trabajar, 
Vive uno como un señor — 
De cuando en cuando un malón — 

Y si de él sale con vida. 
Lo pasa echao panza arriba 
Mirando dar güelta el sol. 



28 



EL GAUCHO MABTIN FIERRO 



Y ya que á juerza de golpes 
La suerte nos dejó afius, 
Puede que allá veamos luz 

Y se acaben nuestras penas; 
Todas las tierras son güeñas 
Vámosnos amigo Cruz. 

El que maneja las bolas, 
El que sabe echar un pial, 

Y sentársele á un bagual 
Sin miedo de que lo baje, 
Entre los mesmos salvajes 
No puede pasarlo mal. 

El amor como la guerra 

Lo hace el criollo con cancioHes — i 

A mas de eso en los malones 

Podemos aviarnos de algo. 

En ñn, amigo, yo salgo, 

De estas pelegrinaciones. 



En este punto, el cantor 
Buscó un porrón pa consuelo, 
Echó un trago como un cielo, 
Dando fin á su argumento ; 
Y de un golpe el istrumento 
Lo hizo astillas contra el suelo 

cRuemjx), dijo, la guitarra, 
Pa no volverme á tentar. 
Ninguno la ha de tocar 
Por siguro ténganlo; 
Pues naides ha de cantar 
Cuando este gaucho cantó. 



Y daré fin á mis coplas 
Con aire de relación, 
Nunca falta un preguntón 
Mas curioso que mujer, 

Y tal vez quiera saber 
Como jué la conclusión : 

Cruz y P'ierro de una estancia 
Una tropilla se arriaron— 
Por delante se la echaron 
Como criollos entendidos, 

Y pronto sin ser sentidos 
Por la frontera cruzaron. 

Y cuando la habían pasao. 
Una madrugada clara 

Le dijo Cruz que mirara 
Las últimas poblaciones 

Y á Fierro dos lagrimones 
Le rodaron por la cara. 

Y siguiendo el fiel del rumbo 
Se entraron en el desierto — 
No sé si los habrán muerto 
En alguna correría, 

Pero espero que algún día 
Sabré de ellos algo cierto. 

Y ya con estas noticias 
Mi relación acabé, 

Por ser ciertas las conté. 
Todas la desgracias dicha» — 
Es un telar de desdichas 
Cada gaucho que usté vé. 

Pero ponga su esperanza 
En el Dios que los formó, 

Y aquí me despido yo 
Que he relatao á mi modo, 
Males que conocen todos 
Pero que uaides cantó. 



FIN 



OTRAS COMPOSICIONES DEL Sr. HERNÁNDEZ 



EL VIEJO Y LA NINA 



Cruza un arroyo inocente 
Sobre un campo de esmeralda, 

Y á su orilla crece un sauce 
Reflejándose en sus aguas. 
£n sus trasparentes ondas, 
Serenas, limpias y mansas. 
Varios descuidados cisnes 
Su blanco plumaje, bañan. 
Los pintados pajarillos, 
Saltando de rama en rama, 
Enamorados y alegres, 
Con su dulces trinos cantan. 

Y las flores caprichosas. 
Que crecen entre la grama, 
Aquel manto de verdura. 
Entapizan y engalanan. 

Y las perfumadas brisas, 
Al cruzar en tenue calma. 
Rozan leve y suavemente, 
Agfua, cisnes, flor y grama. 
Pálido un rayo de sol, 

Qoe se quiebra entre las raaus. 
Va á reflejar moribundo 
En las cristalinas aguas. 
Del verde sauce á la sombra 
ün pobre viejo descansa, 
Pura la mirada y limpia, 
Serena, aunque triste el alma. 
A sus trémulas rodillas 
Alegre una niña salta, 

Y sus sonrosados dedos 
Entre sus canas enlaza. 
El las huellas de la vida 
Muestra en su faz arrugada, 

Y ella refleja en su frente 
La pureza y la esperanza. 
De la sien del viejo penden 
Escasas hebras de plata, 
Pues deja tan poco el mundo 
Que hasta deja pocas canas. 

Y ella los sedosos rizos, 
Flotantes sobre la espalda. 
Por la brisa acariciados 
No suelta, sino derrama. 
El es la verdad del fin. 
Es la realidad ingrata; 

Y ella es la ilusión risueña 
Que dá vida á la esperanza. 



El es el árido invierno 
Con 3U nieve y sus escarchas. 
Es desierto, soledad, 
Repulsión> tinieblas, nada- 

Y en la senda de la niña. 
La primavera derrama 
Todas sus galas floridas 
Con generosa abundancia. 
El es la noche sombría, 
Ella la aurora galana. 
Ella viene, y el se vá 
Libre de congoja el alma. 
Ella en su inquieta inocencia 
Jugueteando con sus canas 

— ¿ Por qué motivo, le dice, 
Tienes la cabeza blanca? 
Fija en la niña el anciano 
Pura y s«:ena mirada. 
Sus secos labios contrae 
Lijera sonrisa sjnarga, 
— ¿No sabes, niña inocente. 
No sabes niña adorada. 
Que la vida se parece 
A la antorcha que se apaga? 
Seductoras ilusiones. 
Nuestra juventud engañan 

Y al retirarse fugaces 

El tinte del pelo cambian. 
Vienen muchos desencantos 
Muere ó se vá la esperanza ; 
Que la esíJeranza de ayer 
Es desencanto mañana. 

Y solo nos deja el mundo 
Al terminar la jornada, 
Al espíritu congojas 

Pero no á los ojos lágrimas. 
Solo deja el desengaño 

Y tristezas en el alma, 
Las arrugas en el rostro 

Y en la cabeza las canas ! ! > 
Oyó la niña el sermón 

Sin entender ni palabra. 
Pues la vida tiene aún 
Arcanos que ella no alcanza. 
Se fué á arrojar juguetona 
Piedrecillas en el agua, 
Los cisnes tienden el vuelo 

Y el viejo vuelve á su casa. 



30 



OTRAS COMPOSICIONES 



Las flores siguen creciendo. 
Las aguas siguen su marcha, 
Sigue el sauce dando sombra, 
Sigue el pájaro en sus ramas. 
Sigue la brisa apacible 

Y al verde follaje arranca 
Esa tímida armonía 

Que solo percibe el alma. 
Mas yo he seguido hasta aquí, 

Y es tiempo de decir basta, 
Porque las penas son mías 

Y soy dueño de ocultarlas. 



Yo soy ese pobre viejo 
Lleno de arrugas y canas 

Y es la niña juguetona, 
La lectora de esta fábula. 
Guarde ella sus ilusiones, 
Yo mis tristezas amargas, 
Ella sus blondos cabellos 

Y yo mis escasas canas. 
Que ya fugaron veloces 
Las ilusiones del alma ; 
Pues ayer compré un billete 

Y no me he sacado nada. 



Los dos Besos 



Volaron aquellas horas 
En que la mente delira : 
Sin cuerdas está mi lira 

Y sin fuego el corazón. 

Y pues que cantar no puedo 
Tus encantos y embelesos, 
A una historia de dos besos 
Presta, niña, tu atención. 

En los inmensos espacios 
Dos besos que iban errantes. 
Vagos, perdidos, flotantes, 
Se llegaron á encontrar. 

Y al tocarse levemente, 
Yerto el uno y maldecido. 
Tembló el otro, como herido 
Por aquel roce fatal. 

Y entre el éter de las nub<:3, 
Dó el trueno tiene su cuna, 
Un tibio rayo de luna 

Los ilumina á los dos. 

Y el silencio interrumpiendo 
Que en los espacios reinaba, 
Un genio que allí pasaba 
Oyó la siguiente voz ; 

¿Quién eres.'' 

— ¿A donde vas 
Por el espacio inñnito? 
— Tan fresco tú. 

— Tú marchito 
— ¿De donde saliste, di? 
— -Yo soy ternura. 

— Yo rabia. 
— Yo dulzura. 

— Yo dolor. 
— Yo soy hijo del amor. 



— Yo del odio y frenesí. 

— Yo vierto una alma en otra alma 

Divinizando las dos : 

Soy el hábito de Dios, 

Soy inocencia y virtud. 

Y yo soy remordimiento. 
Infamia, oprobrio, perñdia : 
Soy maldición, soy envidia. 

Y perversa ingratitud. 

— -Yo soy perfume suave, 
Soy celestial armonía? 
Soy placer, soy alegría, 
Soy esperanza que brota. 
— Yo soy maldición, blasfemia, 
Soy rencor de furias lleno, 
Soy para el alma, veneno 
Que destila gota á gota. 

— Yo soy pureza y esencia. 
— Yo crimen y falsedad. 
— ^Yo salvé á la humanidad. 
— Yo á la humanidad perdí. 
— Soy yo de origen divino. 
— A mi el infierno me hizo. 
— Yo nací eñ el Paraíso. 
— Yo en Jerusalen nací. 

— Yo soy virtud 

— ^Yo maldad. 
Yo inocencia 
— Yo delito. 
-Yo soy deleite infinito. 
-Yo soy infinito horror. 
-Digámosnos, pues, quién somos, 

Y así saldremos de dudas. 
— ^Yo soy el beso de Judas. 
— ^Yo el primer beso de Amor. 



F' 



''^í 



DEL SE.%OB HERNÁNDEZ 



Y los dos al separarse, 
Para seguir su camino 
Por un mandato Divino 
Se miraron con horror.. 



— j Adiós ! yo busco en el mundo 

Odios, venganzas, agravios! 

Y yo unos candidos labios 
Que me den vida y calor. 



EL CARPINTERO 



Al compás de su herramienta 
Mientras trabaja afanoso 
Así sus desdichas cuenta, 
Así canta y se lamenta 
Un carpintero amoroso.] 

«£s mi vida su mirada, 

Y cuando su voz escucno, 
Siento mi alma arrebatada 
De tierno gozo inundada 

— Muchacho, trae el serrucho, 

€ Brotan de sus ojos bellos 
Penetrando el corazón 
Esos fúlgidos destellos 

Y absorto me quedo en ellos... 
Muchacho, trae el formón. 

« De sus labios de granada 
Se escapa de amor el soplo, 

Y es ondeante y perfumada 
Su cabellera rizada... 

Muchacho, irae el escoplo 



Yo tengo entre mis libros 

Un libro viejo 
Que una vieja lo mira 

Con espejuelos. 

Y tengo un libro 
Que lo ve una muchacha: 

Con ojos lindos — 

La viejita leyendo 

Pasa el dia entero, 
Y da vueltas las hojas 

Con dedos secos ; 

Pero la otra 
Tiene para las suyas 

Dedos de rosa^ 



«Y mi vida antes serena 
Tornóse agitada y turbia 
Cambióse el placer en frena, 
De amor gimo en la cadena, 
Muchacho, írcLerne la gurbia^ 

«Y cariñoso con ella 
Inocente el ceñrillo 
Juega al mirarla tan bella 
Fulgente como una estrella, 
Tvluchacho, trae el ce filio. 

«Por ella es este dolor 
Por ella siento esta pena, 

Y ella con su cruel rigor 
Desdeña, ¡ ingrata ! mi amor : 
Muchacho, trae la barrena. » 

Y amante sigue sus llantos 

Y sus eternas disputas 
Aliviando sus quebrantos 
Con sus amorosos cantos 
Entre tablas v virutas 



CANTARES 



A las unas les gustan 
Crónicas viejas 

Y gustan á las niña^ 

Lindas novelas — 
Mas no me asusto 
De que tengan entre ellas 
Distintos gustos. 

Y para que no digan 

Que es impolítico. 
Después de estas verdades 
Haré un cumplido 
Las viejas, vivan! 
Que son madres ó abuelas 
De lindas niñas.