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Full text of "La cartera de un soldado [microform] : bocetos sobre la marcha"

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LA CARTERA DE UN SOLDADO 

(BOCETOS SOBRE LA MARCHA) 



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El Coronel Juan Bautista Charlone 

los cuadros de un inválido — El Coronel Miguel Martinez de Hoz 

El Fogón — El Teniente Coronel Alejandro Diaz 

El soldado — El Coronel Manuel Rosetti 

Los mártires de Acayuazá — El Coronel D. Luis Maria Campos 

El Juego del Pato 

El hombre de á caballo — El General Paunero 

Un combate memorable — -jLeyenda. 



PRIMERA EDICIÓN 



CASA EDITORA 

IMPRENTA, LITOGRAFÍA Y ENCUADERNACIÓN DE J. PEUSER 



BUENOS AIRES 
: San Martio oúms. 160 — 158 



LA PLATA 
Boulevard Independ., esq 53 



18 3 9 









INTRODUCCION 






K, 



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V - 

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A literatura del género que cultiva el coro- 
nel Gfarmendia y con la que ha obtenido 
hasta hoy felices triunfos, es entre nosotros una 
verdadera novedad: ya sea que escriba episodios 
de la guerra del Paraguay en la que fué actor, ya 
sea que dibuje los caracteres del soldado argen- 
tino ó esboce costumbres nacionales, siempre es- 
tará su prosa, fácil y descuidada, llena de senti- 
miento patriótico y amor á la bandera que le ha 
dado sombra en los combates. 

Si le pidiéramos escritos académicos, atildados 
y eximios, de esos que hacen la delicia de los re- 
tóricos, quizás veríamos enmudecer su clara y 
vivaz intehgencia; pero silo dejamos enteramente 
libre para expresarse al compás de las pulsacio- 
nes de su corazón, será siempre dueño de los lec- 
tores que sepan encontrar la fibra poderosa, la 
desbordante arteria de su alegría cuando describe 
la victoria ó su amarga emoción de soldado cuan- 



VI INTRODUCCIÓN 



do narra un desastre 6 pinta la agonía de esos 
mártires del deber que caen bajo el plomo de las 
batallas, como las espigas maduras azotadas por 
el viento. 

Hay algo de épico en la entonación de sus fra- 
ses nerviosas y ardientes; parecen estrofas mal 
formadas que están esperando el cincel del artis- 
ta para transformarse en el canto inmortal de la 
patria. 

Todo lo que es bueno, todo lo que es noble, 
todo lo que es grande, lo avasalla, y dejándose do- 
minar por impresiones generosas escribe, y sin 
acertar alguna vez con fa forma estética, impone 
á sus ideas elevadas y á su juicio práctico, el colo- 
rido vigoroso que no está en la exterioridad si no 
en el fondo de sus pensamientos. 

Tal es el coronel Garmendia como escritor 
que ha sabido hacerse leer y aplaudir por los di- 
versos libros que ha publicado. 

Hoy lanza á la circulación este nuevo volumen 
compuesto de algunos artículos literarios y boce- 
tos mihtares que andaban dispersos en diarios y 



V 



INTROnuCCION VII 



revistas y otras composiciones inéditas que por 
indicación de amigos suyos lia escrito. 

Sensible habría sido que aquellas simpáticas 
producciones quedaran olvidadas. La forma en 
que hoy aparecen las salva de ese riesgo, siendo 
para su autor un timbre mas y para sus amigos y 
lectores un motivo para apreciar en sus páginas, 
las brillantes cualidades que lo distinguen. 

M. A. Pelliza. 

Abril de 1889. 




/ 



EL CORONEL 



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( Muerto á consecuencia de las heridas recibidas en Curupaytí ) 







Coronel 
Juan Bautista Charlone 




I. 




Plustot mourir honestment 
Que fuir vilainement. (1) 



ERTENEciA el Coronel Charlone á la egregia 
^■^falange de los que cayeron^ distinguiéndose 
con gloria, en los combates legendarios de la guer- 
ra del Paraguay. 



Era^ puede decirse, el bello tipo de aquellos que 
se elevan por sus propios méritos, el favoritismo 
es impotente en esta clase de hombres que nada 
deben á la inconstante fortuna. 

Son antepasados, sin tenerlos; el brillo de sus 
hechos enaltece su cuna, porque no hay mas noble 
sangre que la que se derrama por una causa santa; 
y cuando estos hijos del trabajo remontan la esca- 
la de los ascensos y de los honores, ejecutan la 



(1) Francés anticuado; equivalente en español, á «Mas vale morir valiente, que 
huir cobarde." , 



LA CARTERA DE UN SOLDADO 



ascención penosamente; paso á paso; abrumante 
camino que se recorre entre las vicisitudes de una 
existencia encrespada por el sobresalto; braveando 
los peligros; devorando alguna vez crueles amar- 
guras y solo conquistando el prestigio con afama- 
das acciones. 

Todo es tardío en ellos, menos la bala mortífera 
que exabrupto detiene una carrera difícil, radiante 
de gloria que costara tanto sudor de sangre. 

Fué Charlone un rudo soldado de áspera corte- 
za; franco, leal, intrépido y perspicaz, como para 
servir de hermoso ejemplo en la ínclita carrera que 
habia adoptado. 

Vasallo del deber, constituía un hombre de 
guerra á toda prueba, modelado por el instinto, y 
por la larga esperiencia de su guerrera y azarosa 
vida; porque los libros de los grandes maestros 
donde no sabia estudiar, no le enseñaron nada. 
Muy difícilmente hubiera sido un general en el 
verdadero sentido de la palabra, en cambio era 
uno de esos grandiosos elementos sin los cuales 
un general no podría ganar una batalla. 

■ ' - ..',■- ■ >• 

Prudente y avezado á los peligros, y de un va- 
lor extraordinario, podía confiársele con la espe- 
ranza tranquila del buen éxito, una operación 



EL CORONEL JUAN BAUTISTA CHARLONE ^ 

militar ó una maniobra audaz en el campo de ba- 
talla, que estuviera en relación con sus aptitudes, 
que de seguro la llevaría á cabo, poniendo en su 
desempeño la mas sincera manifestación de sus 
nobles esfuerzos. 

■ Siempre antes de una de esas honrosas comi- 
siones, manisfestaba objeciones, discutía con perti- 
nacia, presentaba el lado vulnerable de la-operacion 
siíi eludir responsabilidades, pero si apesar de sus 
observaciones, se le ordenaba el movimiento, lan- 
zábase resuelto, sin mirar atrás, á cumplir con ver- 
dadero entusiasmo su difícil faena. 

Todo lo ignoraba, menos el arte del sacrificio: 
ño era otra cosa, sino un soldado con sus grande- 
zas y debilidades: marino ó de tierra, se manisfes- 
taba el mismo lobo bravio, y concéntricas sus 
disposiciones naturales á su noble profesión, lo 
hicieron jugar siempre un rol distinguido en los 
diversos combates en que actuó representando di- 
ferentes gerarquías. 

Una constitución vigorosa se repartía en su esta- 
tura mediana: miembros musculosos y bien propor- 
cionados nos hacian ver al hombre del pueblo. Su 
semblante enérgico, quebrantado por la fatiga, 
estaba adornado por una espesa y ruda pera suava 
que le daba un aspecto guerrero y vulgar, abrillan-^ 



LA CARTERA DE UN SOLDADO 



tando esas facciones dos pequeños ojos que agitán- 
dose siempre inquietos, parecian querer ocultar al 
enemigo los designios de su alma. Su cabeza calva 
y bien desarrollada, nos recordaba las grandes 
cabezas italianas que desde César hasta Napoleón 
y Garibaldi se aproximan con semblanza suma. 

Poseía bellas condiciones de carácter, aunque 
alguna vez fué injusto en la apreciación del mérito 
de sus subalternos, y pagó tributo al favoritismo; 
mas apesar de eso_, fué generalmente respetado y 
querido entre sus camaradas, y amado hasta la 
idolatría por sus soldados. 

Dominando su figura en el campo de batalla, 
justicia se hizo siempre á sus relevantes dispcfeicio- 
nes militares, y fiel á los antecedentes de su vida, y 
á la enérgica consigna de su espíritu, al fin cayó 
postrado aquel perseverante campeón de las liber- 
tades argentinas, dando un ejemplo heroico. 







11. 



ir 




HARLONE nació en Piamonte (Asti) en 1826: 
el modesto origen de su cuna dá mayor realce 
á su ilustre elevación: así también, el primer noble 
fué mas noble que sus descendientes; porque lo fué 
por sí mismo. 



En el año de 1839 emprendió viage á Montevi- 
deo acompañado de su padre y de su hermano. 

Mas tarde sus inclinaciones impulsadas por un 
espíritu ardiente lo arrojaron á las filas: tomó ser- 
vicio en clase de soldado en una compañía de mu- 
chachos que estaba agregada á la Legión Italiana, 
que se encontraba en esa época á las órdenes del 
Comandante Ramela; y asistió á casi todos los com- 
bates en que se empeño aqliel bizarro cuerpo,, 
hasta la conclusión del sitio. 

En 1845 hizo con Garibaldi la campaña del Sal- 
to; y fué actor en el asalto de la Colonia, en la sor- 



1 



8 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

presa de Martin García, en la de Gualeguaychú, en 
la del Salto, en los combates del Hervidero, en la 
sorpresa de Itapeví, y en el inmortal combate de San 
Antonio, donde fué herido en la cabeza y ascendido 
á sargento cuando apenas contaba diez y nueve 
años de edad. 

Por sus relevantes servicios se elevó hasta capí- 
tan, conquistando cada empleo con una acción dis- 
tinguida, y ganó allí entre tanto valeroso soldado 
una bella reputación de hombre audaz y temerario: 
aun no había adquirido la prudencia y la experien- 
cia que acude lentamente con los años. 

Concluido el asedio de Montevideo, vino á 
Caseros: en seguida asistió á una parte del sitio de 
Buenos Aires en el empleo de Capitán del 2° de 
línea, pasando después como teniente de marina á 
un buque de la escuadra de Buenos. Aires que esta- 
ba á las órdenes del Comandante Graso. 

Se grangeó tanto la simpatía del Coronel Mura- 
tere, que éste mas tarde lo elevó á 2° gefe del vapor 
General Pinto, entonces á las órdenes del Coman- 
dante Susini ^^^ 



(I) Primo del Coronel del mismo nombre, fué fusilado por López 
en el Paraguay. ^ . 






EL CORONEL JUAN BAUTISTA CHARLONE 9 

Encimes de Noviembre de 1857, el Teniente 
Coronel Don Antonio Susini tomó el mando de la 
Legión Militar, y llevó como 2° gefe al Capitán Char- 
lone, que como hemos ya mencionado, se encontra- 
ba sirviendo en la escuadra. 

Posteriormente en el año 1859 Susini abandonó 
este cuerpo, por haber sido nombrado gefe de la 
armada de Buenos Aires, y en su reemplazo quedó 
el 2° Comandante con el mando interino. 

En este mismo año se encontraba la Legfion o-uar- 
neciendo á Bahía Blanca, cuando el 19 de Marzo 
una numerosa invasión de indios errumpió sobre 
ese pueblo; pero el Mayor Charlone y el Capitán 
Rodino, al mando de dos compañias de aquel cuer- 
po, infligieron un sangriento rechazo al audaz 
salvage. 

Algunos meses después, en Setiembre, Charlo- 
ne con esta unidad de fuerza y alguna tropa de 
caballería, ejecutó un avance con espléndido resul- 
tado sobre Salinas Grandes. F'ueron sorprendidos 
los indios abandonando haciendas y caballadas; y 
por algún tiempo quedaron sobrecojidos por tan 
temerario golpe. 

Rotas las hostilidades con la Confederación, la 
Legión bajó á Buenos Aires en Julio de 1 861 y 






10 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

formó parte del ejército que mas tarde debia luchar 
en Pavón. Cuando se procedió á su organización, 
la Leo^ion formó con él 6" de línea la 5^ Briofada 
mandada por el Teniente Coronel Arredondo. 

En la jornada fratricida, la comportacion de 
Charlone fué como siempre distinguida, manifestó 
allí el esfuerzo personal que á menudo le caracte- 

r 

rizaba. 

Aquí bien puede aplicarse aquella frase: Talgefe, 
tal cuerpo. La Legión, con merecida justicia, compar- 
tió con su digno Comandante los elogios prodiga- 
sop á su gallarda comportacion en esta acción. 

En recompensa íué ascendido el Mayor Charlone 
á Teniente Coronel, y sus compatriotas le obse - 
quiaron con una rica espada de honor con inscrip- 
ciones alusivas á este hecho de armas. 

En seguida de la batalla de Pavón asistió al 
combate de la Cañada de Gómez. 

Concluida ésta campaña, permaneció la Legión 
de guarnición en el Rosario, hasta principios del 
año 1865, en cuyo tiempo resolvió el Gobierno 
Nacional que bajase á Buenos Aires. 




III. 



NiciADAla campaña del Parag-uay á consecuencia 
ídel acto pirático de López, y de la escursion 
vandálica del ejército de Robles á la provincia de 
Corrientes, la República Argentina se encontró en 
bien críticas circunstancias en los primeros . mo- 
mentos para afrontar esa situación tremenda: de 
un lado, un ejército de sesenta mil paraguayos 
movilizados, prontos á caer como una avalancha 
sobre nuestros territorios; por otra parte, una 
nación desarmada, sin escuadra, ejército, ni dinero, 
oponiendo únicamente en aquel instante supremo, 
una esplosion de indignación al cobarde atentado 
del soberbio dictador. -<. 



La Legión Militar á las órdenes del Comandante 
Charlone, fué de las primeras tropas, que entre otras, 
formaron el núcleo del primer cuerpo de ejército 
argentino, que á las órdenes del bravp- General Paü- 
nero, marcharon á la provincia de Corrientes, á 
dar nervio al levantamiento en masa, que era la 
primera muralla nacional que se oponia al invasor. 






12 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Este grupo de fuerzas, organizado con algunos 
de nuestros cuerpos de línea, después de algunos 
movimientos, estableció por algunos dias su campo 
en Rincón de Soto. ^^^La fuerza concentrada en 
ese punto alcanzó á mil doscientos hombres de 
infantería, seis piezas, y cinco mil correntinos mi- 
licianos de caballería. 

El General Paunero, siempre atento á los mo- 
vimientos del ejército de Robles, supo que éste se 
movia hacia Bella Vista y que la ciudad de Cor- 
rientes quedaba únicamente guarnecida por mil 
seiscientos paraguayos de infantería, repartidos en 
los batallones 9 y 24, tres piezas de artillería y 
alguna fuerza de caballería, el todo al mando del 
Mayor Martínez ^^' y resolvió entonces dar un gol- 
pe de mano sobre aquel punto, de manera que 
templara la moral de sus tropas que hasta ese 
momento habian esquivado la aproximación del 
numeroso ejército enemigo^ y al mismo tiempo 
demostrar al pueblo argentino la superioridad de 
nuestras armas. 

Resuelta la operación, fueron embarcadas estas 
fuerzas, con escepcion de las milicias correntinas 



(1) Provincia de Corrientes. 

[2) Mas tarde este oficial fué fusilado por el dictador López. 






X 



EL CORONEL JUAN BAUTISTA CHARLONÉ 13 

que quedaron en observación de los movimientos 
del enemigo. 

El sol del 25 de Mayo de 1865, iba á iluminar 
el primero y tal vez uno de los mas brillantes he- 
chos de armas de la guerra del Paraguay. 

Alas tres de la tarde se procedió al desembar- 
que de las fuerzas que debían atacar á la ciudad 
de Corrientes. 

La primera unidad de combate que tocó tierra, 
sufriendo una granizada de balas, fué la sesta com- 
pañía de la Legión mandada por el Capitán Va- 
lerga'ycon Charlone ala cabeza. 

Apercibiéndose de antemano los paraguayos de 
las intenciones de los argentinos, abandonaron la 
ciudad, y avanzaron en la dirección del punto ocu- 
pado por nuestras fuerzas con el propósito de 
rechazarlas y se prepararon al mismo tiempo á una 
enérgica resistencia, ocupando un cuartel situado 
al norte de la ciudad, frente al lugar del desem- 
barque, y un puente de piedra que está mas al sud, 
entre la orilla del pueblo y la Plazuela de la Batería. 

Tanto el cuartel, como el puente que determina- 
ba la línea de retirada del adversario y sus adya- 
cencias, presentaba una formidable posición para 



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14 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

cubrirse contra un ataque de infantería, ejecutado 
por una pequeña fuerza que con tanta audacia 
procedía al desembarco. 

Una vez que Charlone tomó posición á la orilla 
del rio, desplegó sus bravos legionarios en orden 
abierto y rompió el fuego sobre el enemigo que, 
desplegado también se oponía enérgicamente al 
avance. 

Con una mirada rápida abarcó Charlone su si- 
tuación, y trató de ganar tiempo con el designio 
de dar el necesario á que las otras compañías del 
batallón desembarcaran, y las de los demás cuer- 
pos que casi simultáneamente llegaban á tierra. 

Mas, impaciente, por las pérdidas sufridas en 
este primer momento, arremetió con la sesta com- 
pañía al cuartel, en circunstancia que un batallón 
enemigo, salvando el puente venía en protección 
de sus parciales. 

Los paraguayos viendo la escasa tropa que 
avanzaba sobre ellos, porque recien en ese instante 
el Mayor Sagari ^^^ se movia con la reserva, como 



(I) 2° Gefe de la Legión, Mayor Sagari mandaba la reserva al 
principio, que constituia tres compañías de su cuerpo; fué muerto en 
este combate. 



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EL CORONEL JUAN BAUTISTA CHARLONE 15 

también las otras fuerzas desembarcadas, redobla- 
ron la crepitación de la mosquetería y se prepara- 
ron á recibirlo con igual denuedo. 

Charlone se lanzó sobre la puerta del cuartel 
con la firme resolución de penetrar en lo interior 
del campo enemigo. Fué entonces que se empeñó 
una lucha al arma blanca en la que la sesta com- 
pañía quedó en una situación difícil. 

En este momento Charlone fué herido por un 
oficial paraguayo que le descargó un sablazo en la 
cabeza, hubiera sido muerto, á no haber acudido 
en su defensa el sargento Boisnard, que salvando 
á su gefe, hundía en el pecho del oficial enemig(5 
su machete. El sargento Torres que también venía 
en su auxilio recibía un balazo en un brazo. El 
cabo Borsini caía con once bayonetazos y el sol- 
dado del 1° de línea Miguel Torres con cinco. 
Cárcano el querido tambor, el trompa Irigoyen, y 
otros bravos soldados que formaban ese pelotón 
heroico, como un muro de abnegación abroquela- 
ban á su intrépido gefe, que bañado en sangre 
vociferaba juramentos como un condenado. 

Por fortuna acudieron las tres compañías de la 
reserva *^^ que quedaron á retaguardia; granade- 



(I) líajarondeá bordo incompletas. 



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iSí- 



16 LA CARTERA DE UN SOLDADO * 

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ros, tercera y quinta mandadas por los Capitanes 
Soldán, Casas y Morales y avanzando rápidas en " 
protección de la fuerza comprometida, cambiaron 
de un golpe la crítica situación de su temerario 
Comandante. 

Rivas con el 3*^ de Línea, Roseti con dos com- 
pañías del 1° y el Capitán Saenz con dos del 2° 
sostuvieron igualmente el movimiento, siendo im- . 
posible determinar con precisión el grado de esfuer- 
zo de cada uno; pero bien puede decirse que todos ^¡^jf^^ 
participaron de igual gloria. 

Los paraguayos viéndose atacados por' nuevas 
fuerzas y bombardeados por algunos buques de la 
escuadra, que arrojaron un reducido número de 
proyectiles sobre el cuartel, huyeron de este punto 
por una brecha que existia en el muro de reta- 
guardia; y lanzándose por las ventanas que por 
ese mismo lugar daban escape, se dispersó una 
parte ejecutando fuegos en retirada y la otra pre- 
cipitóse hacia el puente donde tomó firme posición 
con el ánimo de defenderlo con mas ahinco. 

Entonces con rudo encarnizamiento se hizo el 
combate general, en el que nuestras tropas se ba- 
tían con desventaja á pecho descubierto^ desplega- 
das en un corto espacio, mientras que el enemigo 



"í^mí' 



EL CORONEL JUAN BAUTISTA CHARLONE 17 

en mayor número, '^^ parapetado y esparcido detrájS 
de los accidentes del terreno, nos infligía sensibles 
bajas. 

La llave de la posición era el puente, y sobre ese 
punto se arrojaron nuestras tropas, llevando á la 
cabeza á sus distinguidos gefes y oficiales. 

Forzada esta posición á la bayoneta, por el 3*^ 
de Linea, el espléndido triunfo quedó asegurado, 
aunque el enemigo siempre persistente, continuó 
disperso un combate desordenado que duró hasta 
el anochecer, concluyendo por la toma de la ciudad 
de Corrientes. Esta primera sangrienta y gloriosa 
jornada costó bien cara y demostró que los para- 
guayos eran bravos y tenaces, y que aunque com- 
batían en desorden, manifestaban una constancia 
en el fuego á toda prueba. 

Los brasileros cooperaron en esta acción con 
algunas granadas de la escuadra, arrojadas sobre 
las posiciones del enemigo, con una parte del ba- 
tallón 9 de infantería que contuvo unas guerrillas 
que aparecieron sobre la izquierda, demostrando 
el intento de flanquear á las tropas argentinas 
comprometidas en la lucha contra el puente y el 



(I) Las fuerzas argentinas que tomaron parte en este combate 
ascendían próximamente á 900 hombres. 

2 



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18 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

cuartel, y con dos obuses de campaña que presta- 
ron buenos servicios^ antes del ataque á la bayoneta 
ejecutado por nuestras fuerzas. 

Después de este combate, el Sub-teniente Fran- 
cisco Paz escribía á su hermano, refiriéndose al 
valor de su gefe: " En fin hermano, pocos (y no 
" me importa su nacionalidad, hago justicia al mé- 
"^ rito) pocos dicro, se igualarán á ese hombre. Yo 
" por mi parte no abandonaré sus filas. " 

Nunca el Coronel Charlone desmintió tan hon- 
rosa fama. 

; Qué coincidencia tan lúgubre ! Paunero, Rivas, 
Charlone, Rosetti, Borges, Pagóla, Aldecoa, Basa- 
vilbaso, Echegaray, Alegre, Valerga,Sagari,Saenz, 
Pórtela, Paz y otros actores distinguidos de ese 
memorable hecho de armas, todos han sucumbido, 
la mayor parte en la guerra del Paraguay, otros 
en las luchas civiles, algunos en el mas negro 
olvido. 




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OSTERIORMENTE, el primer cuerpo del ejército, 
i^'^siempre á las órdenes del General Paunero, 
hizo la osada marcha estratéjica, cruzando la pro- 
vincia de Corrientes al frente del ejército enemigo, 
lo que dio por resultado la reunión con las fuerzas 
del General Flores, para batir en detalle la derecha 
de Estigarribia en los campos de Yatay, el 1 7 de 
Agosto de 1865, y mas tarde el 18 de Setiembre, 
provocar la rendición de la Uruguayana. 

'*■-"■ 
La Legión con su gefe asistió á esos episodios, 

y tenemos á este, entonces, con el empleo de coman- 
dante de la 2^ Brigada de la I"" División del I" 
Cuerpo del Ejército Argentino. 

Después de estos sucesos, el ejército aliado 
reconcentró sus fuerzas y avanzó sobre el Paso de 
la Patria, con el propósito de poder dar alcance al 
ejército de Rezquin, que á marchas forzadas se 
retiraba al Paraguay. 



^ 



20 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Resuelta la invasión al territorio paraguayo, fué- 
le encomendada al General Osorio la arriesgada 
empresa. 

La primera columna de desembarque constaba 
de diez mil hombres, entre los que formaban el 
primer cuerpo del ejército argentino á las órde- 
nes del General Paunero. 

Primeramente desembarcaron los brasileros, y 
solo á ellos cupo la gloria de los combates del 16 
y 17 de Abril de 1866. 

Mas tarde, el 2 de Mayo del mismo año, cuando 
tuvo lugar la gran sorpresa á nuestra vanguardia, 
algunas guerrillas de la Legión y otros cuerpos 
acudieron al campo de batalla, limitándose á un 
corto tiroteo que dio por resultado varios heridos, 
ocasionados por las lejanas balas de los paragua- 
yos, que ya se retiraban despedazados por las fuer- 
zas brasileras y orientales que eran las que ha- 
b^n, conjuntamente con el P de caballería de lí- 
nea argentino, sufrido y rechazado el inesperado 
ataque. 



En este combate se cubrió de gloria el 1° de 
linea mandado por el bizarro coronel Segovia. 
Sorprendido este cuerpo, reaccionó en una situa- 
ción difícil, y lanzándose sobre el enemigo que le 



EL CORONEL JUAN BAUTISTA CHARLONE 21 

era superior, en numero, lo rechazó y le tomó una 
bandera. ^^^ 

En los primeros momentos la batalla del 24 de 
Mayo, cuando la intrépida caballería paraguaya 
invadió nuestro campo con una erupción de lanzas, 
avanzó la Legión con otros cuerpos á tomar su 
puesto de combate y á apoyar al 4 y 6 de línea que 
á vanguardia se habían visto obligados á formar 
cuadro para rechazar las furiosas cargas del ene- 
migo, que dem/íslír^ba el intento de romper la iz- 
quierda del ejército argentino. 

Charlone se vio detenido á medio camino y obli- 
gado á ejecutar igual maniobra; apenas tuvo el 
tiempo necesario para formar cuadro y rechazar al 
adversario. '"' Su presencia de eápíritu y la clase de 
soldados que mandaba, triunfaron de los arranques 
desesperados de tan bárbaros ginetes. 

En esta batalla como en todas, Charlone fué el 
mismo hombre de guerra, reuniendo siempre á 



(1) Después del combate vi muerto al abanderado paraguayo; era 
un hombre rubio de buena presencia; vestía camiseta punzó, pantalón 
azul; por la camiseta entre abierta se le veía la camisa bordada á mano, 
sin kepi y descalzo estaba estendido al lado de tres muertos, uno de) 
I** de linea (degollado) y dos paraguayos. 

(2) El Subteniente Francisco Paz en una carta á su padre, dice 
que la Legión formó cuadro cuatro veces: esto lo ignoraba, mas 

respetando la versión del malogrado amigo la consignamos aquí 
como un dato histórico. 



/ 



22 



LA CARTERA DE UN SOLDADO 



mano para prodigar en el momento preciso, el ar- 
dor, la serenidad, y la firmeza de carácter, que lo 
distinguia cuando olía pólvora. | 

Fué á la I^ y 2^ división del primer cuerpo, á 
quien cupo en el ejército argentino, en este bri- 
llante dia, el mayor caudal de gloria. 

Sus despachos de Coronel graduado tueron es- 
tendidos á consecuencia de esta inmortal jornada. 








\. 




I N seg-uida en Julio 10 y II de 1866, López 
provoca nuevos combates en Yataytí-Corá. 



Al caer la tempestuosa noche del dia II, Char- 
lone recibe la orden de ocupar con su brigada la 
isleta de Yataytí-Corá. En el primer momentov 
opone observaciones á este movimiento, porque 
siempre antes de decidirse hacía campear ante todo 
la prudencia, que alg^una vez, aunque era caso 
raro, la olvidaba personalmente en el trascurso del 
combate. Se le reitera la orden; entonces marcha 
decidido y ocupa vahentemente el objetivo, des- 
plega su fuerza tácticamente, y emprende la lucha 
con los paraguayos, que habían tomado posición 
del otro lado de un estero que separaba las avan- 
zadas de ambos beligerantes. El fuego se man- 
tuvo recio hasta que acude Fraga con su brigada 
y, relevando á nuestras tropas empeñadas, conti- 
núa el combate hasta que se retiran los para- 
guayos. ■ 



24 



LA CARTERA DE UN SOLDADO 



Cuando Luis María Campos ' ' se aproximó, 
encontró al coronel Charlone, en medio de un fuego 
intenso y sin descanso, con la mayor sangre fría 
apoyado sobre un árbol, comiendo tranquilamente 
una naranja. Aquí puede muy bien decirse que su 
estómago era á prueba de bomba. 



(I) El comandante Campos mandaba el 6 de línea que con el 4 
formaba la 3;i brig-ada del I^r cuerpo; unidad de fuerza que estuvo á 
las órdenes de Fraga. 




''^~ 




YI. 




ESUELTA mas tarde la operación sobre Curu- 
paytí, movíase el Ejército Argentino del cam- 
po de Tuyutí, y ejecutó sin ser sentido una marcha 
nocturna de flanco sobre nuestra izquierda, á tiro 
de cañón de las posiciones del enemigo; remontó 
el rio Paraguay, desembarcó en Curuzú, y sentó 
su real allí hasta algunos dias después del asalto. 



Amaneció el 22 de Setiembre de 1866. ¡Solem- 
ne despertar ! Las armonías del himno patrio con- 
movía tantos corazones que pronto dejarían de 
latir. Un bello sol de primavera apareció perezoso 
detrás de las selvas del oriente, esparciendo sus 
brillantes tintes sobre el silencioso campamento 
que esperaba impasible la orden de ponerse en 
marcha. Algún tiempo después, la vibración de la 
artillería de la escuadra atronaba la atmósfera y se 
senda bien distintamente el ruido espantoso de las 
granadas que se lanzaban al campo enemigo. 



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26 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Una escena bien distinta tenia lugar en este mo- 
mento en la carpa del Dr. Molina. Saboreando un 
banquete de soldado, cuyo manjar mas esquisito 
era un raquítico sábalo comprado á precio romano, 
se encontraban reunidos, Fraga, Charlone, Rosetti, 
Alejandro Diaz y Luis María Campos. 

Aquella mesa nos traia á la memoria una comida 
después, de un entierro: una atmósfera silenciosa 
se mezclaba á la sobriedad del almuerzo: los chis- 
tes forzados se sucedían con grandes intervalos: 
hipócritas manifestaciones del corazón: estaban 
tristes y no sabían porqué: es que el amargo pre- 
sentimiento que allí batia sus almas y que los im- 
•■ pulsaba al solemne vaticinio, era la misma fatalidad 
que mas tarde revestiría una forma tangible. 

De repente Fraga, con aquella arrogancia en el 
porte y en el hablar que le era característica, hizo 
un jesto de visible contrariedad, y esclamó con 
triste sonrisa. 

¡Hoy me van á matar! recibiré un balazo en el 
vientre, pero tendré el honor de morir con el kepí 
que Vd. me ha regalado; y dirigiéndose á Luis 
María Campos, lo saludó con gallardía. *^^ 



(I) El kepí que llevaba Fraga era un regalo de Luis María Cam- 
pos y á eso aludía el infortunado profeta de su desgracia. 



EL CORONEL JUAN BAUTISTA CHARLONE 27 

En ese instante se escuchó la voz clara de Rose- 
tti que decia: 

jYo también voy á morir! y es tan cierto mi pre- 
sentimiento que he arreglado mis asuntos ... 

No concluyó porque fué interrumpido por Ale- 
jandro Diaz, que con voz grave y acentuada mur- 
muró esta única frase: 

¡Yo también v^oy á morir! 

Charloñe que hasta ese momento habia guarda- 
do silencio, al oir estas palabras; se irguió, y ejecu- 
tando un ademan brusco, exclamó con nervioso 
acento: 

Del mismo modo quedaré allí de un metrallazo; 
pero caeré en mis cabales, porque hasta ahora en 
el ejército argentino, en esa patria que tanto amo, 
nadie ha ido mas lejos que yo, y es por eso que 
quiero darle mis glorias y mi sangre. 

Al concluir esta frase temblaba la palabra en los 
labios del bravo veterano, es que hablaba con el 
alma, sintiendo prematuro el entusiasmo del últi- 
mo sacrificio. 



28 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



Sucedió uh momento de silencio que fué inter- 
rumpido por Rosetti, quien dirigiéndose á Luis 
Maria Campos, dijo: 

¡ El General Petit ^^^ también ha de morir ! 
— No ! gritó Fraga; saldrá herido solamente 
para que cuente el cuento. 

En este instante se presentó á la puerta de la 
carpa un ayudante á traer una orden, aunque su 
nombre lo hemos olvidado, recordamos que era 
rubio y de una talla gigantesca. 

— Y áeste? — balbuceó uno de los circunstantes. 

— Como es tan grande, será el primero que 
muera, replicó secamente Charlone. 

En seguida todos guardaron el mas profundo 
silencio. 

Con escepcion del lugar de la herida de Luis M. 
Campos, la profecía salió fatalmente cierta. ^^* 



(1) Nombre cariñoso que daban á Luis Maria Campos. 

(2) Relación del g-eneral D. Luis Maria Campos, único testigo que 
sobrevive á sus infortunados compañeros. 



?A 




VIL 




LAS nueve de la mañana, el ejército se movdó 
sobre la formidable línea de Curupaytí; hizo 
alto á cierta distancia: tomó sus posiciones de com- 
bate, y esperó en silencio los resultados del famoso 
bombardeo de la escuadra. 



/ 



En esta circunstancia, fué que vimos pasar á las 
cabezas de columna destinadas al asalto. Char- 
lone iba cabizbajo: aquel hombre intrépido, enca- 
denado á un sentimiento estraño á su carácter im- 
petuoso, se hacía notable; y ávidas las miradas que 
errumpian con un efluvio del alma, se clavaron en 
él, en Fraga, en Roseti, en Alejandro Diaz, en 
Salvadores, y en tantos otros gefes y oficiales dis- 
tinguidos que marchaban en silencio al frente de 
las soberbias columnas argentinas. 



El primer ataque fué encomendado á la 4^ Divi- 
sión del primer Cuerpo de Ejército, mandado por 
el Coronel Susini, y á la léalas órdenes del Co- 



30 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

ronel Rivas. En la primera formaba la brigada del \ 
Coronel Charlone. ; 

Estas dos columnas cargaron en orden paralelo, 
salvando con inauditos esfuerzos los accidentes del 
terreno, y una línea de fosos que servían de obras 
avanzadas á la línea principal. 



Llegaron á los abatís sufriendo un fuego conver- 
gente de mosquetería y metralla, y en el mas es- 
pantoso desorden se detuvieron ante ese obstáculo 
insuperable. : : 

Charlone entonces demostró un coraje temera- 
rio: se siníió su iracundo acento que atronaba: 
gritaba sin cesar: ¡Es necesario entrar!, y con vio- 
lentos esfuerzos trataba él mismo de entreabrir las 
entretegidas ramas que impedían el asalto. 

Ocupado en esta arriesgada faena, fué derribado 
por un golpe de metralla que lo atravesó de un 
lado al otro del pecho. Mortalmente herido, aun 
sus labios se entreabrieron para murmurar: / Vwa 

la Patria! una bocanada de sangre ahogó el 

gemido heroico, y cayó envuelto en los pliegues del 
sagrado estandarte de su patria adoptiva, en esa 
hermosa bandera de los argentinos que él tantas 
veces había conducido á la victoria; y hubiera que- 
dado allí á no ser la noble abnegación del sargento 



•.;íB3k»?7*ST?í,* ' --"?;»;»^?^«' .■ ¡■ig'Wx^íTJJr - 



EL CORONEL JUAN BAUTISTA CHARLONE 31 

Etchart que lo tomó en brazos, lo atravesó sobre 
el caballo y se alejó rápido de aquel campo deso- 
lado ¡Preciosa carga, conducida por la fidelidad! 
para que al menos, si la muerte le sorprendía, 
reposara en tierra argentina, en esa tierra que él 
tanto amaba, y por la que acababa de derramar 
su última gota de sangre. '^'^ 



Mas tarde sucumbía el férreo veterano, delirando 
rumores de batalla; estremecimientos nerviosos del 
heroísmo que pugnaba con la muerte, con esa in- 
justa muerte, que caprichosa detenia la gloriosa 
fortuna de un soldado . . .moría al fin ese hombre 
de los combates, admirando su postrera entereza á 
los médicos que lo asistían, y sus sangrientos des- 
pojos eran enviados á Buenos Aires, donde un pue- 
blo entristecido le prodigaba las mas honrosas 
exequias. ' 

Sobre su tumba olvidada, ha debido grabarse el 
lema antiguo: 

Pliisíot niotíriF hoiiestemení 
Que fitir vilaiuement. 



(I) Al narrar este pt queño boceto, hemos tenido á la vista las re- 
laciones de los generales Vedia, Campos, de los coroneles Susini, Be- 
lisle. Pico, y del Sr. Gra&so antiguo compañero de armas del coronel 
Charlone en el sitio de Montevideo; y otros documentos referentes á 
este bravo gefe. 



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LOS CUADROS DE UN INVÁLIDO 



(EPISODIOS DE LA GUERRA DEL PARAGUAY) 



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11 



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"*j;/-^ '«í' /■ 




I. 



No debe haber mayor timbre de 
honor para un ciudadano, que por 
la gloria de su patria, abandona la 
tranquila vida del hogar, expo- 
niendo á su familia á las mayores 
privaciones, que dejar un miembro 
de su cuerpo en el campo de ba- 
talla. 




I L arte de la pintura que reproduce tácitamente 
las variadas escenas de la vida, los grandes 
acontecimientos del pasado, que revela en una 
pincelada mecánica, lo que talvez un talento litera- 
rio no haría en un libro, ya demostrando los arran- 
ques violentos de la desesperación, los dolores 
supremos de la adversidad, el fanatismo de una 
idea, la serenidad del espíritu, ó los sentimientos y 
pasiones de un pueblo en sus diversas faces, ó el 
conjunto de grandezas que impulsan en una época 
propicia á crear un gran acontecimiento; ese arte 
que se paga tan caro cuando los productos son 
escepcionales, y honra y adorna al mismo tiempo á 
las naciones civilizadas, tiene para mi el culto mas 



36 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



constante porque veo en él el mas noble auxiliar de 
la historia, y uno de los medios de conmemorar sus 
ofrandes hechos. 

■o 

Hoy, aunque modestamente, se inicia esa tarea 
en mi país, y con agrado distingo por primera vez 
que un pintor argentino, formado por su propio 
esfuerzo, ha salvado del olvido episodios de una 
época que será siempre un timbre de honor en los 
anales de la patria. 

Los cuadros de este artista ignorado hasta hoy, 
son 29, están pintados al óleo y representan diver- 
sos episodios de la guerra del Paraguay: su autor 
es el capitán de inválidos D. Cándido López, oficial 
que fué en aquella época, del Batallón San Nicolás, 
cuerpo que hizo la campaña desde el principio 
Jiasta el fin, concurriendo á todas sus grandes 
jornadas. 

El autor por si solo realza el mérito de sus telas. 
Actor distinguido que deja un brazo en un campo 
de batalla memorable, es el único testigo presen- 
cial que al través de veinte años de distancia, hace 
surgir con animado colorido una parte del panora- 
ma histórico, donde el ejercite argentino hizo pe- 
nosa escuela, y adquirió un renombre merecido. 




II. 




L capitán López formó entre los primeros que 
al iniciarse la contienda, marcharon entusiastas 
á engrosar las filas de la juv-entud argentina, queT 
ardiente respondió al llamado del patriotismo. Asis- 
tió á casi todas las acciones de guerra que tuvieron 
lugar hasta el 22 de Setiembre de 1866, en cuya 
sangrienta jornada, perdió el brazo derecho, batién- 
dose como un bravo al frente de sus soldados. 



Durante el período de su permanencia en el 
ejército, empleó el tiempo que le dejaban sus obli- 
gaciones militares en hacer un gran acopio de 
material artístico, ya tomando del natural paisajes 
de los puntos mas importantes, ó esbozando bata« 
lias en las que habia sido combatiente ó inteligente 
observador. 



Esos dibujos y acuarelas copiados del Vero con- 
tenían en si un gran valor histórico; de manera que, 
sin pensarlo el modesto miliciano servia á su patria 






38 LA CARTERA DE UN SOLDADO ' 

con doble impulso; y afanoso y persistente trasla- 
daba al lienzo la verdad, que se pierde al fin, ó se 
desfigura por completo en la tradición oral, y sin 
cuyo auxilio los ilustres pintores del futuro no po- 
drían animar sus grandes telas^ como lo han hecho 
David. H. Vernet, Pradilla, Mesonniér, Neuville, 
Detaille, y otros. 

Los lienzos del manco de Curupaytí llevan el sello 
indeleble de su propia sangre: son el testimonio ine- 
ludible del testigo ocular de aquellas gloriosas 
escenas: tenaz investigador, con un propósito hon- 
roso y de sano criterio, que sacrificando todo á la 
exactitud del detalle nos ha conservado asi un 
precioso documento para la historia. 





III. 




I nuestra gloriosa epopeya de !a independen- 
''cia hubiese legado al presente las impresiones 
reales de un cronista de pincel, ¡cuántas escenas 
ignoradas hoy, y paisajes suprimidos, habrían enri- 
quecido las producciones de los historiadores! Mu- 
chas veces el simple bosquejo de un lugar célebre ó 
de un episodio, ejecutado por un testigo presencial, 
es un libro abierto, donde el investigador se dá 
cuenta al través del tiempo del suceso y de la ac- 
ción del hecho comprendiéndolo mejor en su esce- 
nario propio. Tan es así que hemos presenciado 
en estos tiempos, una interesante discusión históri- 
ca entre dos eminencias literarias^ sobre el ataque 
de los ingleses á Santo Domingo: discusión que 
se hubiera evitado con el estudio de un miserable 
croquis, que pudo muy bien haber sido hecho por 
un sargento. 



En este sentido dando á la pintura su verdadero 
valor histórico y teniendo en cuenta, el servicio 
que presta el Capitán López á su país y á sus com- 



<r-.^ 



40 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

pañeros de armas, merece la consideración de sus 
conciudadanos, y el reconocimiento del Gobierno á 
cuyo frente está un militar que ha sido actor tam- 
bién de esos sucesos; y tanto mas deberá ser ese 
reconocimiento, cuanto que el artista es un soldado 
quebrantado_, combatido há largos años por su 
mala estrella que se encuentra hoy con una nume- 
rosa familia en condiciones estrechas, siendo á la 
vez el pintor y el inválido de las glorias argen- 
tinas. 

¡Cuántos años de paciencia y de labor habrá ne- 
cesitado para completar su obra! pintando con una 
mano rebelde al arte, á la que tuvo que adiestrar 
con improbo trabajo. Yo lo he conocido en el duro 
yunque de su tarea, preocupado y asaltado sin des- 
canso por la cruel adversidad, sintiendo que la mi- 
seria encarnizada golpeaba injustamente su puerta 
de hombre honrado, cavilando dolores inmensos en 
las largas noches del insomnio febriciente, y llevan- 
do alguna vez á sus cuadros, las negras nubes de 
su doliente espíritu. 

Todo lo venció al fin su inalterable patriotismo, 
y la gloria de los argentinos que como un astro 
propicio vino á iluminar su mente atormentada, le 
dio fuerza y perseverancia para soportar su angus- 
tia de soldado. Sus nobles recuerdos convulsio- 
nando su alma con emociones santas, apiñados, en 



LOS CUADROS DE UN INÁVLIDO 



41 



tropel animaron la tela del futuro con los sangrien- 
tos colores del pasado. 

Pintó entonces, con constante anhelo, encarnizados 
combates de una contienda inmortal, donde la cre- 
pitación errante de la batalla recorre veloz el es- 
pacio con retumbos continuados que anuncian la 
horrible matanza, despiadada, fría, m.atemática en 
diversas figuras geométricas, y resultados previstos: 
el ángulo, el cuadrado, las paralelas, la curva, como 
las figuras de un inmenso y movible armazón piro- 
técnico, dibuja diversas espesas líneas de humo que 
se mueven, se rompen, se enlazan, avanzan, retro- 
ceden, se desordenan, se confunden, se estienden 
de nuevo cambiando de forma acada momento con 
una regularidad pasmosa, todo al son desafinado de 
estallidos horrorosos, de músicas descalabradas, y 
roncos tambores. Esa escena grandiosa, sin em- 
bargo, de ser commovida por esos grandes ruidos 
que aturden, está recojida en un silencio humano 
terrible; mas cruel aún que todo eso. Ese silencio 
se llama, la disciplina: mágico poder despótico que 
posee un hombre débil, raquítico, de un aspecto 
físico despreciable, sobre una masa de sus semejan- 
tes que son todos seres robustos y armados hasta 
los dientes. Ese poder misterioso que hace que el 
soldado con una calma estoica mate ó muera por 
algo que se llama en lenguaje de la virtud, el cum- 
plimiento del deber, y se destaque como una ame- 




42 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

naza ó una salvaguardia de la libertad de las nacio- 
nes; aquel ser único en la existencia humana, que es 
movido por resortes tan sólidos y fascinadores que 
avasallan su espíritu de conservación: producto de 
un sistema necesario y absoluto, sin igual, cuyos 
grandiosos efectos forman del hombre libre el héroe 
esclavo, electrizado por la nerviosa chispa del amor 
á la patria; sistema duro, implacable, cruel alguna 
vez; pero que es la única llave con que se abre el 
templo de la victoria. . • 

Bosquejó con ánimo reverente, columnas solem- 
nes, silenciosas, recojidas en un sentimiento religio- 
so, rodeando con sus armas relucientes á un fraile 
soldado, rindiéndolas con dignidad ante el supremo 
creador; frentes altivas de guerreros endurecidos 
en la lidia sin descanso, elevando su espíritu en alas 
de un pensamiento íntimo, incomensurable. 

Dio vida y animación á los alegres campamentos 
donde entre las crueles privaciones, y la resigna- 
ción á la dura tiranía de la disciplina, se hace la 
vida de hermanos, y se preparan por un solemne 
juramento á morir por la patria. 

Animó paisajes históricos lujuriantes de vejeta- 
cion tropical, irradiados por esa luz sublime que 
esparce en el ambiente perfumado la vida y el calor. 



.Mí-'. 



LOS CUADROS DE UN INVALIDO 



43 



Prestó las sombras de sus amargas noches al 
oscurecido bosque desierto, salvaje, enmarañado, 
entretejido desordenadamente de corpulentos ár- 
boles, cuya nudosa y rugosa piel, demuestra siglos 
de muda existencia, como el testimonio de la fuerza 
colosal del suelo americano, ostentando monstruo- 
sos ingertos que á la penumbra del crepúsculo de la 
tarde semejan híbridos abortos de infernal misterio, 
dejando balancear pausadamente gruesas lianas 
que parecen las rotas cuerdas ennudadas de un arpa 
eólica, inmensa; en la que aun gime un viento de 
fuego los entrecortados lamentos de un pueblo es- 
clavo. Selva infinita, donde la imaginación aturdida 
divaga incierta, y el corazón frente á esa soledad 
de árboles, pavorosa, se siente oprimido por un pá- 
nico horrible que hiela la sangre que lo impulsa, y 
solo lo arranca de ese estupor cobarde uno que 
otro graznido de alguna ave de rapiña, que anuncia 
con la algazara del festín la ansiada presa del dia, 
ó el rugido déla vagamunda fiera que previene que 
ese es su dominio, y que solo espera la hora tene- 
brosa del acecho para saciar su hambre en la incau- 
ta víctima. 



Arrojó la luna pálidamente fúlgida balanceándose 
inquieta, como agitada de temor, en el turbio lago 
ensangrentado, derramando un barniz color de cera 
sobre la lívida faz de un cadáver flotante, que pa- 
rece que se mece á su atracción, en las silenciosas 



44 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

aguas del estero, impulsado por la brisa de los 
muertos, que allá, en las ramas de los árboles de 
la orilla murmura un acento desconocido. 

Destacó de un suelo arenoso, inhospitalario al- 
guna esbelta palmera, dando sombra escasa á una 
tumba anónima, por fin, consagró los momentos mas 
íntimos de su vida á una obra noble y patiiótica, 
obra que recien se sabrá apreciar, cuando algún 
eminente pintor argentino inmortalice nuestros 
grandes hechos, recogiendo en esta preciosa fuente 
la base fundamental de sus cuadros; y hoy conso- 
lado el braveo inválido esperimenta la satisfacción de 
merecer la estimación de sus compatriotas que acu- 
den solícitos á contemplar su obra. 



■%■. 




\:-_>jf*jS^:: 




IV. 




US telas en cuanto al sentimiento artístico de- 
"ben calificarse como las de un buen aficionado, 
representan todas animados episodios de la guerra 
del Paraguay. Son cuadros históricos que llevan en 
este sentido su mayor mérito, disimulando este 
realce sus defectos: siendo también de notar el colo- 
rido del paisaje, los planos bastante bien graduados- 
aunque no bien equilibrados: la perspectiva aérea 
alguna vez es digna de elogio, lo mismo que la 
composición bastante bien ordenada, repartida en 
una multitud de grupos que se mueven en veinti- 
nueve telas de ochenta centímetros por treinta. 



En esta sección la pintura militar es la mas difi'cil. 
La animación de multitud de figuras en diferentes 
posiciones y el conjunto general de esos grupos es 
ardua. Salvator Rosa, refiriéndose á la Divina Co- 
media, encomiando el talento del Dante, decia: ''Es 
el primer pintor del mundo porque ha pintado seis 
mil figuras en diferentes posiciones." Esa es la 
razón porque son escepcionales los pintores de 
batallas. 



46 LA CARTERA DE UN SOLDADO > :- 

López tiene combates que los ha tratado bastan- 
te bien y están ejecutados con el sello criollo 
que es tan necesario á los cuadros del país. 

La batalla del 2 de Mayo es uno de estos: son 
dos lienzos que reflejan instinto del arte y conoci- 
miento de la táctica de las armas según se bosque- 
jan sus movimientos en la imaginación guardando 
la acción del campo de la lucha. 

El primer cuadro representa el ataque de los 
paraguayos á los orientales, que tuvo lugar el 2 de 
Mayo de 1866. La escena se vé á lo lejos, y no 
podrá negar el que haya visto aquel combate á 
cierta distancia, que no puede ser mayor la verdad 
histórica llevada al lienzo al través del tiempo. Ese 
entrevero confuso de la infantería paraguaya con 
las fuerzas aliadas de la vanguardia, se anima por 
grados. Pallejas, haciendo prodigios de valor_, re- 
trocede palmo á palmo, hecho pedazos: sus orien- 
tales sucumben sin descanso. Imposible poder con- 
tener aquella irrupción de bayonetas que se le 
viene ^encima, dispersa como un ataque de indios; 
y al contemplar ese desorden en retroceso, nos 
trae á la memoria los esfuerzos de nuestros va- 
lerosos compañeros de peligros, los orientales y 
brasileros. Es aquella como una nube de san- 
gre que gira en lontananza: en ciertos momen- 
tos, semeja un volcan de llamas que rueda sin 



LOS CUADROS DE UN INVALIDO 



47 



rumbo entre horrorosos estruendos y borbotones 
de humo. , 

En el segundo se distingue el choque del 1° 
de caballería de línea con un regimiento paraguayo 
uno de los episodios mas gloriosos para los argen- 
tinos; es el primer tanteo de las dos bravas caballe- 
rías. Esta tela es de mas mérito; hay multitud de 
caballos en diferentes posiciones que se animan 
gradualmente y galopan en un paisaje paraguayo, 
donde no faltan esbeltas palmeras y sombríos 
esteros. 

Colorido, composición y perspectiva, todo es 
bastante bueno en él; solo en algunas partes falla 
el dibujo, pero mirado el cuadro á distancia, no se 
nota tanto ese defecto. 



Yatay y Uruguayana^ esas dos grandes victorias 
estratégicas del generalísimo de la triple alianza, 
están ejecutados con verdad y solo se nota el defec- 
to de perspectiva y dibujo, como también algún 
amontonamiento en las tropas. 

En este campo de batalla los claros son menos 
espaciosos que los que marca la ordenanza y por 
consecuencia mucho menos que los que se observan 
en el campo de batalla; los espacios en los cuerpos 
han debido calcularse por la estatura de las figuras, 



■ 1- '■"*-■ 






♦ *. 






48 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



dando siempre mayor claridad que la que la real- 
mente deben tener. ■ i '/ "-"-'^^hj' 

De este mismo defecto adolece la batalla del 24 
de Mayo, y una misa al aire libre, sin embargo, que 
aquí se me puede decir que no hay regla fijaporque 
alguna vez se estrecha, según convengan, el espa- 
cio circulante con el propósito de reducir las dis- 
tancias; pero reputo de mayor efecto mas separa- 
ción en las masas. -k- \ 

Las tropas que se agrupan demasiado, producen 
mal punto de vista por su misma regularidad geo- 
métrica. 

Los defectos de la composición y el colorido son 
pasables, cuando en el cuadro resalta la perspec- 
tiva y el dibujo que son la base esencial de una 
buena tela. Esto no se adquiere sino después de 
un constante trabajo. 

Hay otros cuadros como el número XIII, que re- 
presenta un campamento paraguayo incendiado; el 
XVI, un campamento en el ¡Empedrado; XIX, y 
XXII, Itapirú; el XXIII, canipo en el Paso de la 
Patria que incuestionablemente tienen su mérito 
artístico, sobresaliendo en todos el vigoroso colo- 
rido del paisaje del teatro déla guerra. 



:- . ■ ' - '..- ■ ■ ■■ *-i ' ■ ' ■' vil ■ 



LOS CUADROS DE UN INVALIDO 



49 



Al felicitar á nuestro antiguo compañepo de 
armas, le rogamos que continúe su tarea, buscando 
al mismo tiempo en el constante estudio ur nuevo 
impulso al arte que profesa, y le garantimos que 
si doblega sus facultades artísticas á estudiar el 
dibujo y la perspectiva, será con el tiempo, nuestro 
pintor de batallas, que unirá á la verdad histórica y 
la exactitud técnica, las cualidades que animan las 
-masas, imprimiéndolas el movimiento de la vida. 

Cuando á la sangre prodigada por un deber 
sagrado, se agregan los servicios patrióticos de la 
inteligencia, la posteridad_, aunque modestamente, 
no podrá menos que señalar un puesto en su tea- 
tro sin límites, al inválido artista. ^^'' 

Buenos Aires 1886. 






(I) Este artículo publicado en otro tiempo, lo presentamos hoy 
■completamente trasformado 



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EL CORONEL 



MIGUEL MARTÍNEZ DE HOZ 






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Coronel 

Martínez de Hoz 



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I. 



Velar se Hebe la vida de tal suerte 
Que viva quede en la muerte. 



^^. ONTiNUAMOs la gralería fúnebre de los que que- 
daron en la guerra del Paraguay. 



Hoy le toca el turno á un héroe de la guardia 
nacional. 




Miguel Martínez de Hoz, era alto, esbelto, de 
arrogante continente militar; largo cabello y negra 
barba daba realce á su fisonomía pálida, correcta y 
vigorasa, impregnada alguna vez de tristeza que es- 
parcía una profunda melancolía en ese semblante de 
músculos de acero: dos grandes ojos negros lo 
iluminaban con una mirada, que aunque altiva, hacía 
sospechar una alma sin doblez y revelaba al mismo 
tiempo su temple de fierro. 

Afable, excelente amigo; admirador constante de 
las bellas acciones; tenaz y honrado en sus procede- 
res; de pasiones vehementes; y violento en ciertas 



54 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

circunstancias, el rencor era una mancha oscura en 
esa alma de plata: en cambio le adornaba con sim- 
páticos tintes un culto caballeresco por las damas; 
nada le mortificaba mas que la maledicencia que 
hería la reputación de una señora. 

Bravo por temperamento, se arrojaba á los 
peligros con entusiasmo y jamás se jactó de una 
hazaña. Su generosidad y bellas condiciones de 
carácter eran proverbiales: nadie golpeó su puerta 
en vano: la desgracia tenía allí un amparo desinte- 
resado, guardado con latente empeño en el corazón 
de un león. 

Nunca fué un militar consumado, le faltaba los 
conocimientos superiores, no por carencia de apti- 
tudes, sino por la ausencia de la experiencia que en- 
carna la larga práctica de la guerra; de ésta no 
conocía sino el combate: un lidiador de oficio: nacido 
para la lucha, había endurecido su cuerpo en la vida 
azarosa del gaucho; y en la política se manifestaba 
siempre un caudillo prestigioso que atraía á las ma- 
sas, siendo en la campaña donde sentara su real, 
amado y temido al mismo tiempo. 

Soberbio ginete, sobre su corcel chileno, negro 
como la noche, parecía un caballero de la edad 
heroica en medio de las armaduras. 



EL CORONEL MIGUEL MARTÍNEZ DE HOZ 



55 



Su noble corazón rindió culto al amor con férreo 
vasallaje: en esto mismo demostró un carácter, 
sacudiendo en la hora del deber el yugo violento; 
sus amargos secretos no se vislumbraron nunca en 
su vida de soldado, y cualquiera hubiera dicho que 
el profundo respeto que á toda hora manifestaba 
por la mujer, era una vanidad pueril. 

Imponía aquel hombre, que tenía algo de mas 
atrayente que los demás: la guerra para él era un 
placer; y sin temor de equivocarnos diremos que 
en la carrera que había emprendido, en oportunidad, 
pudo haber alcanzado la reputación de un Lavalle. 



Cautivaba con su exquisita urbanidad: sus viajes 
al viejo mundo le dieron ilustración y esperiencia; 
el trabajo, perseverancia: el contacto de los hom- 
bres, desconfianza; y así tomó la vida tal cual es, 
sin que una vana ilusión lo avasallara. 

Prestaba á sus grandes momentos toda la solem- 
nidad necesaria; se transformaba ese duro carácter, 
y con impulso misterioso daba nervio á los que le 
rodeaban, y como consecuencia de la lógica fatal 
de su vida tuvo la muerte del héroe: la prefirió á 
entregar las armas. 




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11. 




IGUEL Martínez de Hoz nació en Buenos Aires 
^^^el 14 de Marzo de 1832 y pertenecía por su 
prosapia á una de nuestras mas distinguidas fa- 
milias. 



Hizo sus primeras armas en la batalla de San 
Gregorio (sobre el Salado) y en este arroyo hubo 
de ahogarse, á no ser la abnegación de un paisano 
que lo salvó. 

Vino á Buenos Aires después de esa derrota, en 
momentos que se establecía el cerco de esta ciudad 
por las tropas del General Urquiza en el año de 
1852. Primero sirvió en un escuadrón de caballería 
de guardias nacionales, mas al poco tiempo, pasó 
al I ° de infantería de línea en la clase de subteniente. 



Desde el primer momento se distinguió entre sus 
compañeros de armas por su carácter brioso, tenaz, 
y desinteresado: el mayor Folgueras solía decir: 
" Este muchacho tiene el corazón de un león." 



EL CORONEL MIGUEL MARTÍNEZ DE HOZ 57 

Un dia le fué encomendada una exploración; le 
acompañaban algunos tiradores de su compañía: el 
General Hornos iba á su lado: de pronto se detiene 
todo nervioso y señalando hacia un cerco que in- 
terceptaba el camino, esclama: 

General: allí detrás hay infantería enemiga. 

Este le replica con malicia: " Si no tiene miedo 
cargúela." 

Yo no tengo miedo . . . ! gritó el subteniente fuera 
desí; yarremetió al cerco al frente de sus soldados: 
el enemigo hizo algunos disparos y huyó. 

En la salida del 1 1 de Julio.de 1853^ nuestro 
protagonista mandaba una guerrilla de soldados de 
su compañía. Comprometida la lucha seriamente, 
acudió en protección del segundo jefe del 1° de 
línea, el mayor Folgueras, que se encontraba 
acosado por fuerzas superiores. Un momento 
después caía muerto ese bravo oficial, y por dis- 
putarse su cadáver se empeñaba un rudo combate. 

La pelea fué violenta por ambas partes: desde 
el primer momento, Martínez fué herido y así, 
continuó hasta que fué rechazado el enemigo, y 
rescatado el cadáver del infortunado Folgueras. 



-" J. 



58 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Por este hecho y otros fué ascendido á capitán, 
y la briliante reputación del joven oficial quedó 
sólidamente sentada. 

Concluido el sitio pidió su baja para atender á 
sus intereses abandonados hacía tiempo. 

Cuando la invasión, que concluyó con la batalla 
del Tala, Martinez marchó á campaña; pero llegó 
poco después de esta acción. 

Le vemos enseguida en el año 59 de comandante 
militar de la Lobería. La fuerza de este partido se 
sublevó al tener conocimiento de la jornada de 
Cepeda. En este hecho es donde demostró el mas 
grande coraje y serenidad de espíritu. Un gaucho 
con el intento de asesinarlo le disparó un trabucazo 
sobre la cara rompiéndole dos dientes; y el regimien- 
to se dispersó; pero Martinez, apesar de su herida 
pudo reunir algunos milicianos y perseguir á los 
sublevados: tomó á los principales cabecillas y 
ejecutó en ellos un ejemplar castigo. 

Mas tarde le encontramos durante la campaña 
de Pavón como jefe de frontera, en cuyo carácter 
tuvo algunos encuentros con los indios. 




«^ 




III. 




L iniciarse la campaña del Paraguay fué de los 
^,,_^ primeros que rodearon al General Mitre, de 
quien era amigo, y marchó con él al campamento de 
Concordia donde entonces se organizaba el ejército 
aliado. En esta época ascendió á coronel de milicias. 

Asistió á las operaciones que tuvieron lugar 
hasta el arribo del ejército al Paso de la Patria. 
Enseguida le vemos mandando en el combate del 
31 de Enero de 1866 á la 3^ Brigada de la 2^ Di- 
visión Buenos Aires, organizada con los batallones 
2° y 3° de Guardia Nacional de campaña. 

En este combate, en que solo se ostenta con 
magnificencia la bravura del soldado y la mala 
dirección de la operación; la comportacion de 
Martínez fué brillante bajo el punto de vista del valor 
y de la abnegación. . 

Una imprudencia malogró desde el principio el 
brillante éxito de la jornada; y dio lugar á que el 



60 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

enemigo burlara la trampa que se le extendía, y se 
retirase rápidamente en orden esquivando el ataque 
de los argentinos; causándoles al mismo tiempo 
sentidas bajas. 

En este ataque los bravos guardias nacionales 
se encontraron con mil dificultades que salvar; la 
mas sensible fué el profundo arroyo Pehuajó que 
tuvieron que pasar bajo el fuego enemigo. Allí 
Martínez, combatiendo al frente de su brigada 
recibió el primer balazo en un hombro^ y continuó 
alentando á sus soldados, ostentando gala de su 
gallarda presencia de ánimo. 

Pasado el arroyo Pehuajó, y organizados los 
preparativos del asalto final, recibió orden de de- 
salojar á la bayoneta á una fuerza paraguaya 
parapetada detras de un corral, clavado próximo 
á la costa del rio Paraná. Vivando á la Patria 
y chorreando sangre de su herida, se puso á la 
cabeza de sus valientes gauchos con aquel do- 
naire que le distinguía siempre en el campo de 
batalla. 

Los paraguayos no pudieron resistir y fueron 
arrollados hasta la costa del rio. Un grupo que 
allí estaba levantó las culatas de los fusiles en 
señal de rendición, con el propósito de evitar el 
fuego, de los argentinos. Martínez dominado por 



EL CORONEL MIGUEL MARTÍNEZ DE HOZ 61 

la compasión hace cesar la mosquetería, y en 
recompensa de tan bella acción recibe una des- 
carga del falaz enemigo: una bala le perfora el 
pecho; cae mortalmante herido sobre su caballo; . 
este segundo golpe lo postra físicamente, pero su 
entereza inquebrantable se manifiesta con mas vigor; 
el dolor de la herida mortal no le avasalla^ quiere 
quedar allí en ese estado lamentable; pero sus 
compañeros de armas lo salvan. 

A consecuencia de esta herida que presentaba 
los mas siniestros síntomas, fué remitido á Corrientes 
el brioso coronel, donde soportó impaciente y 
fastidiado una penosa curación. Su robustez y su 
energía lo salvaron. 

Fué esta la causa que le impidió asistir á los com- 
bates y operaciones que tuvieron lugar antes del 
20 de Mayo de 1866. ' 

No bien restablecido aun de sus heridas se 
incorporó de nuevo al ejército y fué actor en la 
marcha ofensiva sobre Tuyutí^ ejecutada en la fecha 
arriba citada. 

A continuación le vemos tomar parte con distin- 
ción marcada en la batalla de 24 de Mayo del mismo ^ 
año, y aquí también su espíritu humanitario hubo 
de costarle bien caro. Entre un palmar distinguió 



62 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

un soldado enemigo que se retiraba con sus armas, 
corrió á él neg-ligentemente con el ánimo de to- 
marlo: el paraguayo se detuvo sin demostrar inten- 
ciones hostiles; dejó tranquilamente aproximar al 
descuidado coronel, y cuando lo tuvo próximo, le 
apuntó con la carabina; Martinez lo acometió vio- 
lentamente con el caballo desviando el arma, des- 
cargándole al mismo tiempo un rudo golpe de 
plano con el sable toledano que usaba: éste saltó 
en dos pedazos. Entonces el paraguayo viéndole 
desarmado, desenvainó el sable y le arremetió vio- 
lento; en momentos que pugnaba por sacar su re- 
vólver. 

Esta escena, desde el principio había sido vista 
por el mayor Levalle, ^^^ de manera que cuando el 
paraguayo se lanzaba sobre Martinez, arribaba 
aquel oportunamente con un sargento y un soldado 
y daban muerte al audaz adversario. 

Ante esta acción que cualquiera otro la hubiera 
agradecido, se presentó colérico el coronel Martí- 
nez, y con acento duro increpó á Levalle así: 

" Le ruego que no me ande con lástimas porque 
le voy á perder el cariño que le profeso." 



(I) Hoy gfeneral de división y gefe de E. M. G., una de las figuras 
mas espectables del ejército argentino, de él tomamos este dato. 



EL CORONEL MIGUEL MARTÍNEZ DE HOZ 63 

He ahí al hombre retratado: confía todo al es- 
fuerzo de su brazo, no necesita auxilio de nadie; 
prefiere sucumbir antes de compartir la hazaña: se 
basta él solo. Este noble tipo no había nacido 
para estos tiempos. 

Indomable el sufrimiento que lo acosaba, le obli- 
gó otra vez á abandonar el campamento y es por 
esta causa que no le vemos figurar en el combate 
del 16 de JuHo de 1866, donde tomó parte su bri- 
gada, ni mas tarde por esta misma causa en el asalto 
de Curupaytí. 

Apenas reponiéndonos de tan rudo contraste, que 
una rebeHon interior nos presenta ante nuestros 
aliados como un pueblo sin patriotismo, levantando 
una bandera impudente. El 9 de Noviembre de 
1866 estalla una revolución en Mendoza que asume 
grandes proporciones. Para sofocarla se hace ne- 
cesario distraer fuerzas del Paraguay, y entre éstas, 
marcha la brigada de Martínez. En el viaje revienta 
una caldera del vapor "Marqués de Caxías," donde 
venia embarcado el 2" de la 3^ brigada y ocasiona 
treinta y tantos heridos y muertos, Martínez que 
idolatraba á sus soldados nunca pudo conformarse 
con esta pérdida. 

Hizo la campaña hasta Mendoza y no asistió á 
la jornada de San Ignacio por haberse anticipado 
el General Arredondo á dar esta batalla. 



64 LA CARTERA DE UN SOL[)ADO 

En esta campaña tuvo el mando superior de una 
división; y la memoria de su comportacion caballe- 
resca y humana quedó como un recuerdo grato en 
los pueblos donde sentó su real. 

Aplastada la rebelión por las tropas nacionales, 
volvieron éstas en seguida al campo de Tuyutí. 

Mientras tanto, aquí había sucedido una larga 
inacción que concluyó con el movimiento envolven- 
te sobre la izquierda de la línea paraguaya. 





IV. 




«STRECHADO el ccrco de Humaytá por el aban- 
^j^ — dono que hizo el enemigo de sus dos primeras 
lineas, fué necesario cerrar el bloqueo ocupando 
un punto en el Chaco frente á este campo atrinche- 
rado, que era la única línea de retirada de la 
guarnición sitiada. 

Con este objeto se embarcó en Curupaytí, el 30 
-de Abril de 1868, á las 9 de la noche, un cuerpo 
de tropas argentinas á las órdenes del General 
Rivas, llevando por jefe del estado Mayor al Coro- 
nel Martinez que ya había recibido sus despachos 
•de coronel de la Nación, y el nombramiento de jefe 
•del batallón S'' de línea. 



La columna del General Rivas desembarcó en el 
Chaco algo mas al norte del Riacho de oro, el P 
de Mayo á las cuatro de la mañana; y en combi- 
nación con las fuerzas brasileras que habían ejecu- 
tado igual operación el mismo día en un punto 
intermedio entre el Timbó y Humaitá; estableció 



66 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

SU comunicación, formando mas tarde un campa- 
mento aliado en un paraje denominado Anday. 

Mientras que esto sucedía, el enemigo para 
sostener la retirada de la guarnición de Humaytá 
construia un gran reducto en el Timbó y otros 
sobre el arroyo Guaycurú; cuya custodia estaba á 
las órdenes del General Caballero, y mas al sud de 
esta posición t;n la orilla del rio Paraguay, donde 
habían desembarcado los brasileros, enviaba una 
fuerza con el intento de utilizar las fortificaciones 
que nuestros aliados levantaron provisoriamente en 
el momento del desembarque, y queabandonaron 
en seguida al ejecutar su junción conlos argentinos. 

Desde el primer momento el general Rivas com- 
prendió la importancia de una batería enemiga en 
ese lugar, que combinando sus fuegos con los de 
Humaytá nos causaría horrible daño. Entonces 
fué que ordenó al coronel Mardnez que el 8 de 
Mayo, después de la descubierta atacase y destru- 
yese las obras que con insolencia inaudita cons- 
truia allí el adversario. ' 

Al efecto, marchó con los batallones i" de línea 
argentino, 7'' brasilero, y dos compañías del 14 del 
mismo ejército. 

Mientras que esta fuerza avanzaba abriendo una 
picada por la costa del rio, el 1 6 brasilero se esta- 



EL CORONEL M'GUEL MARTÍNEZ DE HOZ 67 

bleció de observación sobre la izquierda en un 
punto intermedio entre la fortificación y el campa- 
mento de Anday. A las ocho de la mañana caía 
por sorpresa aquella fuerza sobre el adversario, 
y avanzándolo á la bayoneta le infligía una com- 
pleta derrota, y conquistaba sin gran esfuerzo la 
posición con algún armamento, instrumentos de 
zapa, y prisioneros. 

Estando nuestras tropas ocupadas en la demoli- 
ción de los parapetos, arremetieron los paraguayos, 
á su vez: rechazados; volvieron con mas tenacidad 
sin conseguir su objeto, abandonando en su retira- 
da armas, muertos, y heridos. 

Brillante fué la comportacion de Martínez en 
este combate, donde demostró serenidad en el man- 
do y apropiadas disposiciones en la ejecución déla 
operación, siendo al mismo tiempo secundado 
gallardamente por las fuerzas brasileras que tuvie- 
ron la mayor faena. 

Algún tiempo después, algo mas al norte de 
este paraje, frente á la isla de Guaycurú, el 
General Caballero hizo construir un reducto arti- 
llado por dos piezas de calibre que denominó 
Reducto Cora. 

El 18 de Julio de 1868 ordenó el General Rivas 
al coronel Martínez, que ejecutase un reconocí- 



68 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

miento sobre ese lugar, debiendo ocupar el grueso 
de su fuerza un punto sobre la costa, paralelo 
á uno de los puentes que están situados á la 
izquierda sobre el riacho ó estero de Acaguazú, 
y solo avanzar la guerrilla algún espacio mas 
en el reconocimiento que se dirigía hacia el 
Reducto. 

Martinez llevaba el batallón Rioja y el 3" y 8' 
brasilero y una guerrilla de 40 hombres compuesta 
de soldados de varios cuerpos. Esta fuerza iba 
organizada en dos columnas paralelas: los argen- 
tinos por el camino de la costa del rio, y los bra- 
sileros por la izquierda en lo interior del monte. 
Los argentinos llegaron á la altura del puente y 
arrollaron al enemigo que allí se encontraba, cau- 
sándole una dispersión total, y enardecidos por 
esta fácil victoria que no era otra cosa sino una 
trampa disimulada, continuaron la persecución. 
Mientras tanto Martinez y Campos^ al ruido de las 
detonaciones avanzaron hasta la guerrilla, que era 
la que habia tomado parte en esa escaramuza. El 
Rioja quedó á inmediaciones del puente sin jefe; los 
batallones brasileros muv á retagfuardia sobre el 
flanco izquierdo; el todo sin dirección. ' 

En este avance desordenado por un estrecho 
camino llegaron á cierta distancia del reducto, sin 
preocuparse de guardar la encrucijada del camino 



EL CORONEL MIGUEL MARTÍNEZ DE HOZ 69 



que seofLiian, que quedaba á retaguardia. Parece 
que Martínez descubrió á su frente numerosas fuer- 
zas, y envió hacia el General Rivas á su ayudante 
F'ábrega, montado en su propio caballo, haciéndole 
ver su situación y pidiéndole refuerzos, ordenando á 
Campos al mismo tiempo, que hiciese avanzarla com- 
pañía de granaderos del Rioja: Ya era tarde. 
Repentinamente cuando menos lo esperaba, fué 
arremetida la guerrilla por la retaguardia, flancos y 
el trente. Ante este ataque no previsto, el pánico 
cundió en las filas con tal ímpetu que nuestras tropas 
fueron convulsionadas completamente, y el infortuna- 
do coronel cortado en un grupo. Campos vino hacia 
su cuerpo, tomó la bandera, y la arrojó al agua, 
regresando en seguida á encontrar al enemigo. 

Martínez entretanto, desmontado y herido trató 
de vender cara su vida. El General Caballero 
empleó todos los esfuerzos imagmables para que 
se rindiera: deseaba tomarlo vivo porque aquella 
alma heroica había despertado en él una secreta 
simpatía: la misteriosa atracción de los bravos. 
Todo fué en vano; vencer ó la muerte era la divisa 
del Bayardo Argentino: cayó al fin exánime á los 
multiplicados golpes, ese carácter: '^^ no podía mo- 



(I) Relación del General Caballero. Declaración de dos soldados 
prisioneres argentinos, rescatados por el Comandante Coronado en 
bicuí el año 1869. 



70 LA CARTERA DK UN SOLDADO 



rir de otra manera ese hombre sin miedo, que 
hacía gala del mayor desprecio por la vida ¡El ! 
á quien todo le sonreia, fortuna, brillante posición 
social, carrera distinguida y un cariño entrañable y 
puro .... ¡Ah! mas aquella abnegación grandiosa, 
aquel patriotismo rudo y ardiente domeñó su espí- 
ritu, y lo impulsó violento al sangriento desenlace. 

Gaspar Campos fué aherrojado cuando voUia á 
compartir la suerte de Martínez: sus tormentos los 
hemos narrado en otro lugar: sucumbió sin humi- 
llarse para honor de sus compañeros de armas '^' 
El uno tuvo el valor del león para caer en esplen- 
dente escena: el otro la resignación del mártir, para 
vivir en la horrible tortura sin desmayan Eran 
dos grandes amigos: dos corazones intrépidos y 
abneg-ados; ellos solos saharon la honra de la der- 
rota en esa sombría jornada, y es por eso que su 
noble sacrificio será inolvidable, eterno, en los bri- 
llantes fastos de nuestra historia. 



(I) Por orden de López fué varias vrces puesto en cepo colombia- 
no, por negarse á declarar cosas que afectábanla dignidad del ejército. 




EL FOSOM 



(Escena de la vida de campamento) 



a« 




I. 



Las penitas que se cantan 
Son Ins pesares mas grandes 
Porque se cantan llorando 
Y las lág^rimas no salen. 




Fx mismo modo que el metal en fusión al en- 
friarse toma las formas del caprichoso molde, 
muchas veces el sentimiento adaptándose á las 
circunstancias, se espande ó se agita violento á im- 
pulsos de un soplo estraño. La época en que 
se vive es el reflejo de las diversas situaciones; su 
influencia magnética domina al fin, toma variadas 
formas, según las vicisitudes que nos sorprende en 
la azarosa existencia; entonces tal vez rodeado por la 
melancolía del campo de batalla, se identifica con 
aquel silencio de cementerio que deja oir bien dis- 
tintamente el golpear repetido de un corazón 
conmovido. ¡Triste reloj de los presentimientos! que 
espuesto á los vaivenes de la vida, vá marcando 
lentamente las malas horas, como la víctima espiato- 
ria que cuenta minuto por minuto el tiempo que 
le falta para el sacrificio. 



74 



LA CARTERA DE UN SOLDADO 



A pesar de la alegría atolondrada y bullanguera 
del soldado, que se trasluce esteriormente en ciertos 
momentos, late suspirando en su rudo pecho la 
nostalgia íntima del hogar; esa enfermedad tan triste 
del alma que paraliza una á una las fibras mas 
robustas: Recóndita á toda mirada profana, á 
impulso del sufrimiento, cuando en lejanas rierras 
vive entre la miseria y la esclavitud^ se identifica, 
con su situación, la que apenas alguna \ez se vis- 
lumbra entre el bullicio del vivac, y el aturdimiento 
que pugna por extinguir aquel pesar tranquilo, 
irradiando en su espíritu como una visión vaporosa^ 
los santos recuerdos de la patria. 

De la patria se aman hasta las torturas del al- 
ma Ah! si, se bendicen muchas veces los 

amarofos desencantos. 

El esfuerzo supremo del carácter militar que apa- 
o"a los destellos de ese sentimiento continuo; de ese 
sentimiento producido por las penurias de una vida 
miserable y la cadena de la obediencia pasiva, dá 
al soldado esa dureza insensible que hace mirar como 
un rasgo de debilidad la conmiseración, la piedad, 
las lágrimas que se derraman, aun, por una muerte 
heroica. Es necesario estar firme, tieso, inexorable, 
como petrificado ante las supremas angustias. Ha 
caído un camarada: que otro lo reemplace; nada más: 
lacónica y amarga es la oración fúnebre: es lo bastan- 



EL FOGÓN 75 



te; no hay que perder tiempo en lamentaciones 
inútiles. 

En aquella frase breve, dura, helada, y con- 
cisa, está la virtud ignorada; tras de esa afecta- 
ción repugnante, el corazón sangra: la sensibilidad 
esquisita que vé en la desgracia agena, su propia 
desventura, se desarrolla sorda^ íntima, oculta á la 
mirada, cual si temiera á luz del dia robar al valor, 
y á la entereza un destello de su aureola. Sinembar- 
go aquella barbarie impacible es una máscara; el 
soldado tiene el corazón de un niño, sensible, 
compasivo, generoso y abnegado, todo lo sacrifica 
á todo, todo lo sufre: héroe ignorado casi siempre, 
cuando mas aspira, busca el reconocimiento de sus 
conciudadanos, ó el aplauso de la fama; sabiendo de 
antemano, que la negra ingratitud será el único ga- 
lardón de sus proezas; única recompensa para una 
vida de felicidad sacrificada en el" infortunio á la 
patria, quenohabrá reconocimiento por mas grande 
que sea, que pueda devolver sanos y vigorosos sus 
miembros mutilados, esos miembros carcomidos que 
le dan un aspecto que rechaza, que hacen que se 
arrastre como un leproso infectando con el hedor 
de las viejas heridas abiertas; inspirando horror y 
asco los destrozos de su cuerpo que alejan la com- 
pasión por la repugnancia que inspiran: él; aquel 
bizarro soldado en la batalla; aquel joven hermoso 



76 



LA CARTERA DE UN SOLDADO 



de esbeltas y robustas formas á quien sonreía un 
porvenir dichoso en su tranquilo hogar. 

Tiene razón Alfredo de Vigny cuando dice: 

" No conozco nada mas grande que el corazón 
del soldado. " 





II. 



^^ ENERAi. MENTE despues de la retreta, los sol- 
M^'dados rodean los foQrones, especie de club 

T 

donde rinden homenaje á las necesidades de su 
mísera existencia. Aquel grupo de negras sombras 
de cuvo centro, como un fueg-o fatuo irradia un 
resplandor raquítico, es el remedo sarcástico de la 
confortable chimerea, en cuyo abrigo no se piensa 
en el penar supremo. 



Entretenidos en una conversación animada y si- 
lenciosa, pasan allí el tiempo de respiro que les 
deja la ley militar: fuman muy conformes su mal 
cigarro: cuando la fortuna les sonríe, empinan la 
limeta^ haciendo gorgoritos en sus gargantas de 
salamandra: -^ jarro de lata inscrustado de oscu- 
ras abolladuras con su torcida bombilla del mis- 
mo metal, repleto de una yerba antagónica al 
paladar, vá y viene sin cesar, incansable, sempiterno; 
especie de tonel de Danao que no es un tormento 
mitológico, sino una necesidad rural. 



* 



78 



LA CARTERA DE UN SOLDADO 



Aquel mate que se absorbe inconsciente embe- 
bido uno en los espirales de la llama macilenta del 
fog-on, es algo misterioso, que como el humo del 
cigarro hace filosofía interna. 



&" 



El mate corre de mano en mano: la conversación 
continúa^ ya sostenida por un pueblero, especie de 
rapsoda de mamarrachos, que con una locuacidad 
de charlatán sempiterno, narra un cuento de un rey 
que tenia siete hijas y de un encantador fantástico 
que transformó á un gigante en potrillo, ó por uno 
de esos paisanos carne de metralla, que refiere en 
hablar mesurado y altivo sus antiguas aventuras, que 
surgen pavorosas del desierto y de la sombra. 

En ese caso es un poema heroico; pero sin brillo 
que de cuando en cuando hace oir el rugido del tigre 
en el pajonal. 

Aquellos rasgos de valor estupendo en que 
se juega la vida con el mas pródigo desprecio, 
son narrados en ese estilo monótono y perspicaz, 
que es peculiar al hombre de nuestros campos: esa 
serenidad admira; porque es sincera, é interesa el es- 
tilo original de la narración, salpicado con hipérbo-. 
les de la vida práctica de los campos. 

Lo que ellos llaman una desgracia, por lo general, 
estienden su velo sombrío sobre ese percance: el 



EL FOGÓN 79 



homicidio legal ha sido ejecutado con mano maes- 
tra, no á vil traición: en un duelo de bravios no 
matan los cobardes: enseguida, en el primer momen- 
to la partida fué burlada, y si el parejero se aplastó 
al fin el pobrecito, el brazo hercúleo dirigido por un 
corazón esforzado dio cuenta de ella. En ese dra- 
ma alguna vez, suele figurar una mujer, prota- 
ofonista de absoluta necesidad, con sus encantos, 
con sus tristezas, con su abnegación tenaz; abarca, 
absorbe, ilumina aquella aventura númida: si fué 
desleal, hay un charco de sangre de por medio, 
si consecuente personifica una feHcidad lejana, un 
recuerdo santo persistente que se vislumbra átoda 
hora entre el humo del cañón. 

Mientras que el narrador habla, todos escuchan 
con atención marcada. El sonido de la ofuitarra 
que se afina, viene á interrumpir de cuando en 
cuando ese silencio de secretos que se recuerdan, 
ese silencio panorámico del alma, que dá vida y 
color á las imácrenes distantes. 

El instrumento del bardo argfentino ha tañido en 
melancóhco tono; á su presión eléctrica cuando 
es. agitado por los cantos de la pampa, se sienten 
conmovidos estos oruerreros. Esos hombres de 
fierro que han desafiado la muerte en los comba- 
tes ó en sus peligrosas aventuras, se estremecen 
como la espadaña de la cañada al sentir el soplo 



80 



LA CARTERA DE UN SOLDADO 



de la patria: tienen razón; aquellos ecos naciona- 
les son mas tristes que el bronce de los muertos: 
lejos del hogar, es el ay! íntimo de una amargura 
que largo tiempo comprimida, se desborda voraz, y 
como el torrente, rompe la valla qne la oprime y 
todo lo inunda: si, lo inunda con la pena. 




III. 




EAMOS mas de cerca, el hogar del soldado. 

Algunos trozos de leña sudando resina, 
chisporrotean sobre una capa espesa de ceniza, 
arrojando una llama pálida que oscilante lame á 
intervalos una pava ennegrecida por el largo tiem- 
po de servicio; está resongando sola, suspendida 
en el cubo de una vieja bayoneta paraguaya, 
torcida, probablemente por un balazo. 



Algunos soldados rodean el fogón en actitud 
de momias peruanas, inclinados hacia adelante, 
fija la mirada entristecida y soñolienta en la inquie- 
ta llama que refleja un rojo vacilante en esos 
rostros viriles, de un vigor tan pronunciado, que 
hacen sospechar á Marte enardecido. 



La tertulia está completa; diversos tipos abrillan- 
tan aquella hermosa escena; uno medio vejancón, 
de mirada encapotada, nariz aguileña sableada de 
arriba á abajo, bigote punzante, especie de lobo de 
tierra, está sentado sobre un tronco de palma, y 



82 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

perezosamente arma un cigarro con la distracción 
de un hombre que piensa en otra cosa; á otro 
algo grueso, de tipo bonachón con aires estrafala- 
rios de estanciero rico, le sirve de lujoso asiento 
una cabeza de vaca, é inclinado hacia el suelo, ma- 
quinalmente dibuja con el dedo grasiento la marca 
de los animaHtos que tuvo. ¡Pobre! Se le murieron 
en la epidemia de la ausencia: otro revestido de 
fuertes nervios con una mirada serena y penetrante, 
calmoso y grave en el hablar, está acomodado so- 
bre un proyectil enemigo, y con el énfasis de un 
lenguaraz indio, narra un razgo de su vida, un 
episodio de puñaladas, y al hacer la pintura del 
lance, se echa el kepí á la nuca; quiebra el cuerpo, 
se encoje cargando el abdomen sobre la pierna, 
derecha, se hace culebra, revuelve la mano hacia 
abajo^ amaga con astucia, lanzando la mirada al 
punto donde no vá á herir, y derrepente estiende 
rápido y feroz el brazo hercúleo contraído por el 
esfuerzo, dirigido con ese impulso muscular que 
atraviesa las entrañas, y ejecuta el movimiento ho- 
micida con la destreza del hombre acostumbrado 
á esos lances. 

A medida que habla se anima, y en esa 
elocuencia sin arte y sencilla, se siente el cora- 
je, se siente la herida, la sangre que chorrea de ese 
duelo sin piedad, y por fin la muerte de los bravos, 
con el brazo airado hasta el último suspiro. 



EL FOGÓN 83 



En esos duelos argentinos nadie retrocede; pié á 
pié se sacuden de lo lindo. 

Esa esgrima sin saltos, sin piruetas, sin actas, sin 
fanfarronada, sin el chantage de la cobardía, es 
positiva, es mortal, salvaje y heroica al mismo 
tiempo: es la lucha de dos leones embravecidos 
que se despedazan con furor, para morir sin sentir 
la vida, sin degradar la magestad del valor que 
Dios lo puso en el corazón del hombre como una 
pira que alimenta las mas grandes acciones. 

El que ceba el mate tiene cara de recluta; por- 
que las situaciones militares dan aspectos altivos ó 
humildes, según la gerarquía, según el hombre; jo- 
ven macizo, de cara candida, mofletuda, y sin lavar, 
salpicada de ceniza por las sopladas del fuego: des- 
tacando de relieve en su rojiza tez dos grandes 
ojos negros , medios cubiertos de sueño, el 
bozo apenas naciente está ribeteado de sudor, la 
nariz encorvada hacia arriba le dá un aspecto in- 
fantil de muchacho grande inocente^, está en cuclillas; 
los calzoncillos se traslucen por el pantalón agurea- 
do en las rodillas, que aprisiona con crueldad unas 
piernas de atleta; su camisa entreabierta deja ver 
un escapulario ennegrecido con el frote de su pe- 
cho ciclópeo: amuleto sagrado que su anciana ma- 
dre puso en su cuello al abrazarlo llorando en la 
triste despedida. Atento, con una mirada de pensa- 



84 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



mientos lejanos espía el murmullo de la pava, con el 
mate en una mano y una galleta ataraceada en la 
otra. 

El guitarrero es un moceton taimado, de kepí 
■sobre 'os ojos_, aro en la oreja y barbijo cribado en 
ia nuca; orgulloso con su ciencia deja vagar un 
tinte de vanidad sobre su enérgica faz; su bello con- 
tinente hace sospechar que allá en su pago fuera 
trampa de mujeres: en su vestir se trasluce cierta 
coquetería que aun en los campamentos se en- 
cuentra: su chaquetilla entreabierta deja ver una 
vieja camisa bordada, donde campea un corazón 
traspasado por una flecha, una ancla y un cupido 
sin nariz: no todas las bordadoras saben dibujar: la 
fina voluntad vale el obsequio. Está cruzado de 
piernas sobre un poncho pampa: tiene la guitarra 
en actitud de espera, las clavijas se confunden en 
una cabellera de cintas de todos colores; descolori- 
das como los desencantos: son recuerdos de amor:... 
( A que recordar, .... esa prenda que era hembra 
entre las hembras: su faz rolliza sonrosada por la 
luz amortiguada de un sol naci ente de una mañanita 
de estío, tomaba el aspecto de ligero enojo: arre- 
mangada la pollera desataba renegando los terne- 
ros del palenque del tambo. A qué recordar, 
aquellas entrevistas hipócritas que en la tarde 
desfalleciente, tenían lugar por el fondo del potrero 
de la quinta, cuando ella iba á recojer los choclos 



EL FOGÓN 85 



para el puchero de la cena y después la pobre- 
cita que bien hacía su papel de santa. ¡Quien la 
viera! volver á las casas con el aire de inocente que 
le había prestado el diablo. Pensar en ella dá 
g-anas de desertar ) solo que le pidan canta; él no 
canta sin pedido; no es barratillo de nadie y su 
fama no la ha conquistado en Periíigwidines. 

El cebador de mate atiza de cuando en cuando 
el fuego, y lo alimenta con charamusca que tiene á 
la mano, continuando impasible en la tarea que vo- 
luntariamente se ha impuesto, de alargar, pasar, y 
recibir el mate, cuiclando al mismo tiempo que no 
se haga agua. Entretanto el guitarrero parece 
que medita: su atezada tez vá tomando un tinte de 
melancolía muy pronunciada, y la chispeante luz de 
sus ojos brilla en un relámpago escapado de su al- 
ma: la elucubración de sus recuerdos se agita en su 
profundo recogimiento. Al verlo en esta actitud 
interesante, uno de los soldados que hasta ese mo- 
mento ha pasado desapercibido, porque está echa- 
do de bruces y solo asoma con sorna, como un 
sátiro picaresco^ su cerduda cabeza en esa rueda 
de piernas que circunda la llama bienhechora: tipo 
indiano muy pronunciado, de pómulos salientes, 
acribillado de viruela, especie de bañao en tiempo 
de seca: vividor de buena ley: haragán ya por 
demás: como hombre de campo, rumbiador de dia: 
como domador, solo monta redomones galopaos\ 



86 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

fandanguero sin descanso de chotis con soltada: ^^^ 
pegador logrero: astuto, sarcástico y siempre dis- 
puesto al chupe y al orejeo: aprovechador de los 
entusiasmos ágenos para abarajarse los cimarro- 
nes, é imantar los cigarros de los camaradas, este 
milico, decia, al fin esclama con aire zumbón, sacan- 
do la daga para escarbarse los dientes: 

Cania silguero que auri'ia tío más tocan al duerme 

Las cuerdas vibran, y una armonía ingenua se 
exhala de las entrañas de la guitarra, nueva arpa 
eólica que la brisa del pesar le arranca un lamento, 
gemido salvaje^ vibrante de una emoción descono- 
cida. La actitud del cantor y el tono de su instru- 
mento se identifican; un ay! prolongado se despren- 
de de su garganta y se pierde lentamente en el 
espacio; especie de grito de desesperación suavi- 
zado por la armonía: en ese canto no hay arte; pero 
hay angustia, es el eco de la desventura que por 
la primera vez conmovió las selvas con su clamor, 
es salvaje y tierno al mismo tiempo; ata las fibras 
del corazón en las cuerdas de la guitarra, y lo sa- 
cude sin compasión, y allí preso en la armonía pal- 
pita á compás; canta un amor desgraciado en su 
desdicha infinita, el recuerdo punzante de la mujer 
querida se agiganta en su imaginación de fiaego, y 



(I) Baile híbrido del campo, un compuesto de Schottisch y Jota. 



EL FOGÓN 87 



á medida que pasan ante sus ojos las ilusiones per- 
didas, su inspiración aumenta y su mímica exterior 
se perfecciona movida por el calor de su alma. La 
luz de su mirada altiva ha languidecido, irradia una 
espresion de pena que vaga en su tostada faz medio 

cobriza por la luz del fogón. 

i 
i 

El silencio imponente que absorbe su canto le 
dá alientos; ni un vago rumor; todo ha enmudecido 
en su contorno; y cuando vá á cantar la endecha 
que mas le duele, que encierra con mas sentimien- 
to su eterno afán, un sonido importuno interrumpe 
su armónica meditación; la corneta en un alarido 
prolongado anuncia el silencio: Aquel toque acom- 
pañado por los aullidos de los perros del campa- 
mento es mas conmovedor que el silencio lúgubre 
de los muertos. Apenas concluida la última nota, 
una voz brusca, ronca, voz de batalla, voz de sar- 
gento, grita con imperio: 

¡Apaguen ese fogón! 

Como por encanto se oye un murmullo seco y 
una nube de humo se eleva del hogar; cráter del 
sentimiento extinguido por la ley militar. 

Ese miserable fogón, apagado con los restos del 
agua de la pava, hace un momento era un volcan 
donde errumpian las pasiones mas profundas: don- 



K 



i;'"~-3=^*" 



Í88 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

de se movían con un sacudimiento convulso san- 
tos recuerdos tan lejanos, y agitarse sentían como 
un sueño de hadas las delicias del hogar, la vida 
vagamunda de los campos, sin cadenas, sin señor, 
libre, sin ley magestuosa. 

Todos se levantan en silencio; aquellas sombras 
se deslizan como fantasmas, en la negra noche de 
su infortunio. Se sienten esclavos, aguijoneados 
entonces por el deseo de desertar. 

El cantor destempla la guitarra sin decir una pa- 
labra, sin refunfuñar un arranque, sin prorumpir 
en una maldición contra quien le quita la libertad 
de sus pesares, se dirige á su duro lecho siempre 
taimado, sin derramar una lágrima sobre la tumba 
de sus recuerdos, talvez á ahogar su muda deses- 
peración en el alcohol. 

Y aun después del canto, aquellos que le han es- 
cuchado sienten la repercusión del último eco en el 
abismo de su pecho, entonces es que se creen des- 
graciados! infelices! han oido cantar la patria. . . 

¡Ah, la patria está distante! 




ly. 




L arte puede interpretar á medias los senti- 
mientos y las pasiones tempestuosas déla vida^ 
pero ese quejido que errumpe del corazón bajo el 
peso de una inmensa aflicción, verdadero acento de 
una pasión infausta, aunque sea rudo y agreste 
como el canto de ciertos pájaros en el desierto^ no 
tiene parangón en nuestra sociedad civilizada; por- 
que ésta vive libre,, y no arrastra el hierro maldito 
del gaucho de nuestros campos. 

Este es el canto de la pampa, su origen es indí- 
gena, nació de un pueblo esclavo que lloraba su 
cadena en una noche de amor; el gitano andaluz le 
prestó la guitarra y aquella combinación sentimen- 
tal ha sido trasmitida de generación en generación, 
hasta el hogar del soldado. 

Estos lamentos del desierto son completamente 
originales, no han sido robados á ninguna comarca 
de la tierra, son patrimonio del gaucho amante, 
tierno homenaje que rinde á la mujer querida en su 



90 



LA CARTERA DE UN SOLDADO 



delirio salvaje, á la libertad de su patria, ó á una 
cruz escondida en el pajonal de la llanura, y solo 
conocemos su grandeza y su patriotismo cuando en 
tierra extranjera escuchamos su tono lastimero. 





V. 



QUEL grupo oscuro é ignorado que absorbe 
toda mi atención me ha conmovido. 



Representa al pueblo heroico, á esos bravos 
soldados tan bizarros: á ellos que se les debe la 
grandeza de la nación argentina! Infelices! Lo igno- 
ran, no saben sino soportar con constancia los 
punzantes momentos de la vida, y entregar su exis- 
tencia á la abnegación y al sacrificio: para qué más? 



A ellos que nos han dado independencia y un 
renombre histórico proclamado en la alta cima de 
los Andes, como para que el mundo lo oiga bien, 
glorias en guerras estrangeras donde hicieron fla- 
mear ileso el pabellón confiado á su custodia. 
A ellos que han demarcado fi-onteras, fundando 
todos las pueblos argentinos en el sangriento y 
cruel avance hacia el desierto, que han garantido 
la paz del progreso sosteniendo un futuro de gran- 
deza desconocida en Sud América, que han vivido 
eternamente condenados á una muerte segura, ya 



92 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



en los hielos de la montaña ó en las fiebres de los 
trópicos; y sinembargo estos hombres que son i 
todo, nunca han pedido nada ala nación y ésta 

nada les ha dado ni aun una columna de piedra 

que muestre al mundo su propia gloria. ''^ 

En sus rostros tostados por el sol de las batallas 
y miserias hay algo que infunde respeto; en esa 
mirada altiva y noble se vé brillar el fuego sagrado 
del valor militar que no cede la derecha á nadie y 
no reconoce mas cadena que el juramento á la 
bandera, ni mas poder que el de Dios á quien solo 
rinden sus armas. ' - 

Aun no se ha escrito la historia íntima del solda- 
do argentino, porque nunca nos hemos elevado á 
su grandeza. Somos tan pequeños y tan vanos 
que descuidamos esa página brillante que ha de 
dar estímulo á las a^eneraciones venideras. 

El bullicio del campamento hace olvidar las priva- 
ciones: el cansancio de la marcha convida al sueño; 
elentusiasmo de la batallaborrala sangre derramada: 
pero cuando se contempla con pavor que el cólera 



(I) Al contrario, alg-unos años después de escrito este articulo, 
se ha demolido el arco de triunfo del antiguo fuerte, especie de horca 
caudina por donde pasó cabizbajo y abatido el bravo general inglés 
de la conquista, y ese regimiento afamado que hasta hoy no tiene 
bandera: está prisionera entre las glorias argentinas. 






EL FOGÓN 93 



despedaza un ejército en el corto radio de un terre- 
no insalubre, al rayo de un sol canicular, sin los 
auxilios de la ciencia, que se apercibe caer las 
víctimas como fulminadas por un poder invisible, 
que no bien se apaga el último gemido de la muer- 
te que ya dá comienzo al primero de una nueva 
agonía; cuando se contempla con horror que se 
entierran los muertos sin descanso, de un dia, dos 
dias, de semanas, meses, y que los que sobreviven 
pugnan valientes en esta batalla de la tumba, sin 
desmayar un solo momento, ostentando las mas 
grandes virtudes militares, y sangrando al mismo 
tiempo gota á gota el dolor de sus tristezas; enton- 
ces yo digo, yo que he visto todo eso, que he 
soportado aquellos momentos indescriptibles al lado 
de mis compañeros de armas. 

¡ No conozco nada mas grande que el corazón 
del soldado! 





xiiiiixixiii 




- ^CBiLHIl<iLi|l"'><l>'i<*l1iií*'<l<'i"l|li KMixKiiiii 'iiitiiii¡iiiiiuiiiiiiii>ititti<Mi||i<ii>i]i>iiim<ii)l[Mi[ilt 

^xmmmmm 



VI. 




^uÁNTAS veces en una de esas noches de invier- 
'no del año pasado, después de un día de fati- 
gosa marcha por entre esteros de deletéreas mias- 
mas, sentía el chucho del alma y el del cuerpo, y 
aterido de frío me refugiaba al calor bienhechor del 
hogar del soldado, cuya llama iluminaba mi cora- 
zón con la luz del recuerdo; todo allí tenia su len- 
guaje mudo y la naturaleza animada por la imagi- 
nación, vivia en una atmósfera triste, y fija la pupila 
en los volubles espirales de la llama, veia brotai" 
como una hermosa visión de primavera mis buenos 
tiempos, ó cual una negra tempestad del alma mi 
angustia escondida; y por inspiración divina en ese 
círculo de fuego se revelaba la patria: revivía inopi- 
nadamente en la fantasía mas bizarra de mí imagi- 
nación calenturienta; vislumbraba en formas correc- 
tas su hermoso panorama, el sol, el bosque, la 
llanura, el río, teniendo por fondo artístico el azul de 
su bandera; oía el tierno trino de los pajarillos en la 
vecina arboleda, y mis ojos traspasando la bruma 
de la distancia devoraban ansiosos el campanario 



RL FOGÓN 95- 



de la aldea: el ángelus de la tarde, melancólico sus- 
piro de ios que han muerto, golpeaba las puertas 
de mi alma entristecida, y dominando este torbellino 
de recuerdos tan tenaces, como algo mas grande 
que todo, se elevaba rozando la lumbre del solda- 
do la sombra querida, consoladora, evocada por 
mi tedio. 

Entonces me sentía maniatado por ese lazo po- 
deroso que encadena el hombre al suelo de su cuna, 
se me oprimía con crueldad el corazón, en ese mo- 
mento empezaba á reflexionar sobre mí abrumante 
situación, sentíame cansado de una campaña intermi- 
nable, sin resultados prácticos para mi porvenir; las 
glorias y los honores otros se los llevaban,, sospecha 
ba con amargura que no habría recompensas por 
grandes que fueran los sacrificios, y el olvido y la 
ingratitud se me presentaban con su repugnante faz: 
después me encaraba conmigo mismo, y me decía 
con aire epicúreo, con qué necesidad soportaba 
tanta penuria, y tanto fastidio; en ese momento el 
detestable esplín llegaba á su colmo: deseaba aban- 
donar el ejército: olvidaba insensato que estábamos 
en una situación difícil^ separados del ejército brasile- 
ro, esperando de un momento á otro un ataque del 
enemigo, olvidaba todo, porque los recuerdos len- 
tamente me desesperaban; y cuando empezaba á 
horadar esa punta mi cerebro, veía el honor, 
la dignidad militar ultrajada, que con una cara 



'96 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

adusta, me señalaba los desertores de la guerra 
del Paraguay, y á las amarguras que me habían 

-arrojado á la vida abrumante de soldado, y cuan- 
to absorto vivia en esas reflexiones, sentia á 
la distancia el gemido metálico de la guitarra que 

.lloraba un triste: entonces recrudecía la realidad 
de mi aburrida existencia, y compartía con el 
lamento lejano los ensueños de la tierra querida. 

En esa lucha iba y venia el pensamiento, atacaba, 
flanqueaba, envolvía, y al fin en la contienda miste- 
riosa del ser y no ser los sentidos perdiendo iban la 
noción de la vida; todo en revuelta confusión poco 
.á poco cedía á la fatiga, y mi mirada vaga v soño- 
lienta, solo distinguía unos negros tizones que des- 
pedían una llama espirante que reflejando en la 
dura cara de mi asistente sus tintes caprichosos, le 
daban una espresion de bandido. Este picaba tabaco, 
mirando de cuando en cuando un churrasco que 
como una serpiente se retorcía en la ceniza... y 
lentamente invadía el sopor del cansancio mi anár- 
quica meditación: un dulce, casi imperceptible estre- 
mecimiento recorría mi organismo, el velo del caos 
gradualmente descendía su nada sobre mí espíritu, 
haciendo desaparecer á intervalos aquella visión ín- 
tima que yo solo la sufría, y en seguida, todo, como 
un rumor que se aleja, iba desvaneciéndose en las 
tranquilas sombras del sueño; de cuando en cuando 
.cual una oscilación de un pesar reprimido, abría los 



m^-. 



:m 






EL FOGÓN 



97 



pesados ojos, volvía á cerrarlos, y al fin envuelto en 
mi poncho, y abrigado por el fuego del fogón me 
quedaba dormido. 

¡Bendito sea el sueño del soldado! 

Paso Pocú, 1868. 




Í-- 



EL CORONEL 



D0M MMWUEL B0S1TI 



(Muerto en Curupaytí el 22 de Setiembre de 



A MI DISTINGUIDO AMIGO EL Dr. Don CARLOS ROSETL 



-r^ m <^» 




CORON EL 

Manuel RossETi 



^ 




I. 



No existe mayor satisfacción, ni 
mas grande realce en la dura vida 
errante del hombre de guerra, que 
el cumplimiento del deber. La alti- 
vez del soldado está fundada en una 
base sólida: el sacrificio: es por eso 
que se mendigan con tanto afán y 
descaro los honores militares, que 
únicamente son patrimonio de gran- 
des y constantes servicios á la na- 
ción. 




A gloria de la guerra del Paraguay, ha sido 
adquirida á precio exhorbitante. La Nación 
Argentina tendrá siempre que resentirse de las 
pérdidas de aquella prolongada lucha, en que su- 
cumbió la flor de su ejército, y quedaron extendi- 
dos en el campo de batalla, cayendo como buenos, 
nuestros jefes de mas nombradía, que eran, puede 
decirse, los fundadores del ejército argentino de 
estos dias. 



A este noble grupo pertenecía Manuel Roseti, 
espíritu caballeresco, que inspiraba la confianza á 
sus subordinados dando el ejemplo en el peligro, 



102 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

• ■' '■ ■ » ■ ■ — 

y atraía la estimación por sus relevantes dotes per- 
sonales^ formando el todo una brillante figura mi- 
litar. Robusto, de arrogante porte, activo, culto, in- 
teligente, abnegado, leal amigo, con un carácter 
recto y honrado que lo distinguió con brillo, co- 
ronando estos justos conceptos una ilustración que 
le colocaba entre los militares mas distinguidos del 
ejército de aquellos tiempos, fué el gefe del 1° de 
línea, una escuela práctica para formar buenos ofi- 
ciales, dejando en nuestra historia militar una pá- 
gina resaltante. 

Es justo, pues, que bosquejemos á grandes ras- 
gos la foja de servicios de tan distinguido jefe. 

Oriundo de una distinguida familia, abrazó la 
carrera militar por vocación, contra la voluntad 
de sus padres. La existencia gloriosa del sol- 
dado tenia para él todas las aspiraciones de su 
noble carácter. " Todo por la patria '" era su 
lema de oro; y sosteniendo ese voto sagrado con 
la austeridad de su vida, supo cumplirlo con la he- 
roicidad de su muerte. 

El comienzo de su carrera militar fué en el sitio 
de Buenos Aires el año de 1852 en las filas de la 
Guardia Nacional, ingresando algún tiempo des- 
pués como subteniente al Batallón I*^ de línea que 
á la sazón lo mandaba el coronel Conesa: en este 



**'- 



EL CORONEL DON MANUEL ROSETI 103 

cuerpo sirvió durante todo el asedio. Su carácter 
grave y estudioso le captó la estimación de sus 
gefes, y sus compañeros desde ese momento tuvie- 
ron en él un estímulo que les impulsó al estudio de 
las materias militares, y al cumplimiento estricto del 
deber. 

Durante este periodo, asistió á todos los encar- 
nizados combates que tuvieron lugar, en ese sitio 
memorable. Amigo y compañero de batallón del 
sub-teniente Miguel Martínez de Hoz, se encontra- 
ron siempre unidos en el peligro, y estrecharon con 
vínculos de acero, una vida laboriosa y constante 
en la lucha, que también debería ser casi al mismo 
tiempo cortada por la espada. 

Dos años después, en Agosto de 1854, ascen- 
dió á teniente 2^'; á teniente I'' el 16 de Febrero 
de 1855 y ayudante mayor el 12 de Febrero de 
1856. En este intervalo de tres años se encontró 
en varias espediciones que se hicieron al interior 
de la Provincia de Buenos Aires á causa de las in- 
vasiones que hacían á ésta, las fuerzas de la Con- 
federación. 

A fines del año 1856, marchó á la frontera con 
su cuerpo para hacer la espedicion al desierto, en- 
contrándose en los combates que tuvieron lugar 
con los indios en el mes de Diciembre del 57, y 



104 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

posteriormente en aquellos que se dieron en el Sol 
de Mayo en los días 16 y ]7 de Febrero de 1858 
en el arroyo de Pigüe. 

Regresó con su batallón á Buenos Aires el año 
59 cuyo cuerpo fué en seguida destacado de guar- 
nición á Martin Garcia, donde permaneció hasta 
principios de Octubre del mismo año. En seguida 
fué incorporado el 1° de línea al ejército de Buenos 
Aires, que se organizaba entonces para repeler 
la invasión que nos traia el general Urquiza. 

La batalla de Cepeda fué el desenlace de este 
período de guerra civil, y nuestro capitán se cu- 
brió de gloria á las órdenes del inmortal Conesa, 
recibiendo un balazo en un hombro; asistió, apesar 
de estar herido, á la famosa retirada sobre San 
Nicolás, y mas tarde al regresar el ejército á Bue- 
nos Aires, al combate naval frente á San Nicolás, 
y al corto sitio que en seguida se le impuso á 
aquella ciudad. 

En Enero de 1860 ascendió á sargento mayor 
graduado y en Junio del mismo año obtuvo la efec- 
tividad. 



ÍV." • 




11. 



NiciADA la campaña del 61, su cuerpo marchó* 
á Rojas que era el punto céntrico de la movi- 
lización del ejército; y asistió mandando el bata- 
llón I*^ de línea, á la batalla de Pavón dada el 
17 de Setiembre cuya comportacion distinguida. 
tué elogiada en el parte del Comandante en Gefe. 



Hizo en seguida la campaña del interior, obte- 
niendo en el mes de Diciembre del mismo año el 
grado de teniente coronel graduado. 

En seguida del regreso de la expedición al in- 
terior marchó á la frontera del Oeste de Buenos Ai- 
res á las órdenes del coronel Vedia y fundó el 
pueblo del 9 de Julio. 

En Febrero 28 de 1863 ascendió á teniente: 
coronel efectivo. 










III. 




ROVOCADA la guerra del Paraguay, fué mo- 
vilizado en primer término el ejército de línea, 
marchando el general Paunero con un cuerpo de 
tropas al litoral del Paraná. El 25 de Mayo des- 
embarcaba este general en Corrientes. En este 
combate memorable el arrogante Roseti tomaba 
parte con dos compañias del 1° de línea, manda- 
das por los capitanes Etchegaray y Fuentes; y su 
gallarda comportacion desmentía gloriosamente 
las invenciones grotescas de la envidia; de esa 
pasión innoble que por desgracia abunda alguna 
vez en los ejércitos. 

La bravura y serenidad de Roseti en ese dia, fué 
digna de elogio: con un puñados de soldados se 
lanzó sobre los batallones paraguayos y los re- 
chazó, imponiendo su denuedo, alimentado en 
-aquella hermosa figura de soldado. 



En seguida, siempre formando en el primer cuer- 
po de ejército argentino á las órdenes del gene- 









EL CORONEL DON MANUEL ROSETI 107 

ral Paunero, hizo la peligrosa travesía de la Pro- 
vincia de Corrientes para dar luego al ejército 
paraguayo la batalla de Yatay, en Agosto del 65. 

En esta batalla el comandante Roseti se dis- 
tinguió con su cuerpo. 

Inmediatamente viene la rendición de la Urugua- 
yana que complementó la victoria estratégica del 
ilustre general Mitre, á cuyo acto asistió también 
el 1° de línea. 

Posteriormente asiste á las siguientes operacio- 
nes y batallas de esta memorable guerra: 

Marcha ofensiva contra el ejército de Resquin 
■que se retira á marchas forzadas después del des- 
calabro de Yatay y Uruguayana. Paso del rio Pa- 
raná el 16 de Abril del 66. Combate del 2 de Mayo, 
escaramuza del 20 del mismo mes, varios recono- 
cimientos sobre el campo enemigo en Tuyutí. Gran 
batalla de 24 de Mayo donde figura de jefe de 
brigada, mandando el I" de línea y el San Ni- 
colás. En esta batalla demostró, su pericia y 
buen golpe de ojo, y fué el sosten oportuno de 
los cuerpos que se habían comprometido impru- 
dentemente en la vanguardia y distinguióse el I*^ 
de línea por una carga á la bayoneta dada á una 
fuerza paraguaya. 



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108 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

En Yataytí-Corá demostró un temple de fierro^ 
y combatió con su batallón durante mucho tiempo 
contra fuerzas numerosas del enemigo, perdien- 
do once oficiales, entre ellos el inmortal mayor 
Etchegaray y 60 soldados. Como premio á tanto 
servicio fué ascendido á coronel graduado el 21 
de Agosto de 1866. 

Viene en seguida la operación sobre la derecha 
paraguaya y como final de aquel sangriento drama, 
el asalto de Curupaytí. 




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Kíi N amargo presentimiento invade aquel dia el 
" corazón de Roseti: sabe que vá á morir, y se 
pone valientemente á la cabeza de su brigada ha- 
ciendo vibrar su palabra ardiente y destacando su 
enérgica figura entre sus soldados. 



En el trascurso del ataque es herido y sus ofi- 
ciales lo rodean y le piden que se retire: no es 
nada, les dice, y levantando la espada, grita: 
adelante; y mas enardecido aun, marcha desafian- 
do aquel granizo horrible de plomo y metralla: es 
que una fuerza misteriosa lo impele á cumplir el 
glorioso compromiso de su muerte: una segunda 
vez es herido y cae desfallecido. El teniente Saint- 
Paul y algunos soldados intentan salvarlo, pero es 
necesario que se cumpla su cruel destino: algunos 
de esos fieles servidores sucumben también al plo- 
mo mortífero! Entonces desamparado y entregado 
á la furia salvaje del enemigo queda en aquel cam-. 
po de muerte el heroico gefe del I ° de línea. 




V. 




u agonía debió ser horrible. Abandonado en 
medio de la derrota, vio con angustia alejarse 
las banderas despedazadas de los argentinos para 
no verlas mas. Entre montones de cadáveres ami- 
gos, solo sintió en el supremo momento, los víto- 
res del vencedor, solo vio como un velo de sangre 
horrible, el trapo colorado de su uniforme, y el 
aspecto sarcástico, ensoberbecido de esos rostros 
guaraníes, oscuros y feroces, donde irradiaba la luz 
siniestra de esos ojos que dirigían con tanto acierto 
las miras de sus fusiles, y presenció tal vez como 
el último tormento indescriptible, el degüello sin 
piedad de nuestros infortunados heridos. Entonces 
cuando ya había apurado toda la amargura de una 
vida abnegada de soldado, sucumbió.... lejos de 

la patria, del hogar que lo vio nacer y las aves 

de rapiña que cernían su vuelo sobre su helada 
frente de moribundo, descendieron rápidas á dis- 
putarse los sagrados despojos de uno de los jefes 
mas espectables del ejército argentino. 



EL SOLDADO 



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I. 



Ah! piensa que el señor no puso en vano 
Un rayo de piedad dentro del alma, 
Y sobre el humo de la tierra triste 
El sempiterno hogfar de la esperanza. 

R. GuriERKFz. 



La corona que circunda 
La cabeza del soldado 
Es de punzantes espinis, 
La punta que mas le hiere 
Es la obediencia pasiva. 

ALFKrno DE ViGxv. 




H ! cuando en la hora del descanso reclines tu 
cabeza en el maternal regazo, y sientas que 
su filial ternura lentamente te aletarga en un sueño 
sin fantasmas. . . . acuérdate del soldado que triste 
vaga errante, consumido por el insomnio febril de 
una marcha sin aliento, sin que una madre tierna 
vele su intranquilo reposo... ¡Ah! velando él, 
siempre, á toda hora, el sueño de la patria. 



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II. 




UANDO en la noche de lozana primavera, ilu- 
minada por el pálido rayo de la luna, discur- 
ras á orillas del lago que refleja en forma de hada 
la sombra misteriosa de la mujer que amas, y ates 
con el nudo de tus brazos su esbelto talle, sintien- 
do que en sus labios palpita silenciosa una sonrisa, 
perfumada por un destello del amor de su alma, 
y que su seno albo como la espuma del mar, se 
eleva cual el vaivén de la ola; tempestuoso, solo 
por tí, y que tu espíritu se exhala en el éxtasis del 
primer beso de amor . . . acuérdate del soldado, 
que lejos de lo que ama, lamenta en silencio sus 
pesares; aquella nostalgia bendita, sin cesar golpea 
su corazón; no olvides que ese peregrino de la 
desventura fué arrancado de un paraíso igual al 
tuyo por la mano implacable del deber. 




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III. 




UANDO en la noche quejumbrosa los genios de 
las tempestades atruenen el espacio, y la luz 
tétrica del rayo quiebre aquella oscuridad de caos, 
azotando el helado cierzo con su chasquido seco la 
puerta de tu hogar, y tu á su lumbre benéfica en 
el recinto de la dicha inefable de tu familia, goces 
las bulliciosas caricias de tus pequeños hijos que 
distraen tu pensamiento; . . . acuérdate del soldado 
que solitario y triste, ateridos sus miembros por el 
frió, siente desplomarse sin piedad sobre él la pe- 
rezosa lluvia. Allí clavado está en aquella picota 
heroica: su consigna, es el sufrimiento; su gloria, la 
constancia. En esa centinela lanzada al acaso en 
las negras sombras de la tempestuosa noche, re- 
posa tal vez el porvenir de una nación. ¡ Ah ! él 
vela siempre, pensando en sus tiernos vastagos, 
que quizá á esa hora en la lejana comarca de la 
patria, mendigan un pedazo de pan. 




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IV. 



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UANDO en el opíparo banquete, tu alma se di- 
late al son armónico de las ':opas que se cho- 
can en loor de una alegria, ó para rendir homenaje 
á una gloria, y tu cabeza caliente, fermentando en- 
tusiasmo, impulse á tus labios frases de fuego, que 
se pierden en la ardiente algazara del festin . , . 
acuérdate del soldado que hambriento y haraposo 
siente desfallecido su cuerpo, no olvides que aquel 
héroe ignorado del sufrimiento marcha devorado 
por la sed, sin detener un instante su paso vaci- 
lante: es el judio errante de la patria: vá impasible 
á conquistar hazañas para que celebres en tus fes- 
tines. 




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Y. 




UANDO vagando libre como las auras del mar, 
suav^emente se deslice tu barquilla por la man- 
sa corriente del gracioso arroyuelo, que serpen- 
teando en forma de arabesco, besa el pié de tu hu- 
milde cabana solitaria; y entones una canción de 
libertad que el eco lejano repite lentamente, como 
gozándose en el misterio de esta palabra . . acuér- 
date del soldado que prisionero de un bárbaro 
enemigo, arrastra impaciente el lento sufrir de un 
martirio sin ejemplo; y entre los horrores de una 
vida triturada, estiende el ojo enjuto y ardiente 
hacia el horizonte, como buscando con una ansia de 
agonía la patria que vislumbra en su sueño tem- 
pestuoso .... ¡Ah! solo el rumor de su cadena res- 
ponde á ese ¡ay! del alma! 





YI. 




'üANDO vuelvas fatigado de tu trabajo en la 
tranquila tarde, ansioso de descanso, y sientas 
los rápidos pasos de tus pequeños hijos que pre- 
vienen tu llegada; presurosos se arrojan á tus bra- 
zos con zelos de tus cariños, y con inefable algazara 
devoran tus caricias . , . , acuérdate del soldado, 
que joven retorna á la patria, envejecido en los 
gloriosos episodios de un poema de sacrificio .... 
¡Inválido infeliz! en vano es que apresures tu paso 
difícil!, ., .encontrarás el hogar desierto, aquella 
tierna despedida que vibró en esos lugares tan que- 
ridos de tu alma, ¡fué eterna! y todo lo que sonrió 
en un tiempo mas feliz está encerrado en una tumba. 




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'uANDO en la hora de la ventura, sientas que 
el beso de la esposa corona la obra de tu 
amor, y tus lágrimas de ternura abrillanten su guir- 
nalda de azahares, y el misterio de una sombra 
voluptuosa vele al mundo los secretos de tu dicha 
inefable .... acuérdate del soldado, que en la san- 
grienta liza de una victoria inmortal se arrastra 
moribundo: en la última oscilación de sus vidriosos 
ojos vislumbra la imagen querida, y lívido el labio, 
tembloroso, invoca en su postrer delirio, el divino 
amor de su alma, y muere revolcándose en su san- 
gre, en esa sangre noble y generosa que consolida 
la paz de tu felicidad nupcial. 




VIII. 




Í.UANDO triste dobles las rodillas ante un sepul- 
cro amado, y sientas que tu penase exhala 
fugitiva por las gotas de tu alma, al compás del 
blando arrullo que murmura el ciprés que le dá 
sombra, de esa arpa eólica cuyas cuerdas mueve el 
misterio de los muertos . . . acuérdate del soldado, 
cuyos huesos aún blanquean confundidos en el sue- 
lo de la batalla, en la tierra inhospitalaria del odio: 
sus hijos buscarán en vano la tumba del héroe ol- 
vidado; su esposa desolada no tendrá ni el montón 
de tierra con la cruz de ramas de los pobres, donde 
dejar la huella de su pena inconsolable. 




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JX. 




h! no olvides que la humanidad gime, que el 
dolor sube al reino eterno como una plegaria 
divina, que son bienaventurados los que han muer- 
to por una causa santa, los que han sentido la pun- 
zante pena de una agonía infinita, los que han com- 
padecido la miseria humana en su dolor inmortal 
pide un destello de piedad átu alma, que en cambio 
las puertas del paraíso te serán abiertas; y estiende 
tu mirada compasiva hacia ese ser tan combatido 
por el infortunio, cuya alma es grande como la pira 
que lo alimenta; templada está en el fuego de la 
gloria! ¡Ah! no olvides que su sangre es el bál- 
samo con que se cierran las heridas de la patria! 



Tuyucué, 1868. 




EL TENIENTE CORONEL 



101 ILEJllilJ WÍM 



(MUERTO EN EL ASALTO DE CURUPAYTÍ) 



-M- 




T^-^ Coronel 

Alejanro Díaz 




I. 



Y aquel discípulo de Saint Cyr, 
probó á muchos, que la ciencia no 
había reñido con la bravura, fué 
necesario que se hiciera matar, pa- 
ra probar este aserto. 




O le vi estendidO;, amarillo, color de cera, 
^ petrificado por la muerte prematura, sobre un 
improvisado ataúd, no teniendo mas mortaja que 
su g-lorioso uniforme ensangrentado. Velé su pri- 
mera noche de eternidad, y acompañé en el sincero 
dolor reprimido á su hermano, que era el mayor 
de mi cuerpo. La aflicción de aquellas tristes ho- 
ras, como un inmenso pesar que oprime el corazón 

ha quedado relevada ^^ en mi espíritu, y es por eso 
que voy á pagar el tributo que debo á la memoria 
de uno de los mas ilustres jefes de la guerra del 
Paraguay. 



(I) Repujada ó rempujada equivale al vocablo francés repoussé 
que indica el relieve hecho á martillo. 



126 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Los dolores de la muerte son de tal reflexión, 
que avivan constantemente los recuerdos, los in- 
crustan, los hacen indelebles: su pálido sudario 
se mueve con la vida eterna, y ni el mas pequeño 
detalle desaparece de la distanciada escena que- 
jumbrosa, que siempre se presenta á la imaginación 
con su sombrío colorido, allá, en un lejano vapo- 
roso como el ambiente del mundo de los fantasmas. 

Es por eso que aquella negra noche sin gemidos 
ha inspirado la resurrección de una vida de honor, 
templada en las vicisitudes de una carrera ingrata 
y una muerte de soldado. 








11. 




LEjANDRO Díaz era muy digno de honrar las 
armas argentinas. Bajo todos los mas honro- 
sos conceptos podia calificársele de oficial distingui- 
do. Austero en la disciplina, metódico y organizador 
en los deberes, laborioso y constante en el trabajo, 
como verdadero oficial de la escuela antigua, va- 
liente sin jactancia, reservado en sus disposiciones, 
caballero y respetuoso en sus maneras, afable en 
el trato habitual lejos del servicio, y con una vasta 
ilustración militar adquirida con la fuerza de carác- 
ter que era de su dominio propio, indudablemente, 
hubiera sido impulsado por tan nobles aptitudes, 
á los mandos superiores que son el patrimonio de 
las grandes calidades militares. 



Su mejor retrato será el reflejo lacónico de su 
vida militar, esculpida en diez y nueve años de 
acciones meritorias, abarcando la mayor parte de 
una existencia que alcanzaba en el momento de su 
fatal deceso, al mayor esplendor de su juventud. 



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'^^^í^mííífíJíí^^xSííT^ifcí^^ 




Til. 



P\ ESCENDIENT?: (le lina clistinouida familia, Ale- 
Janeiro Díaz nació en 1835; en la Guardia de 
Lujan, (hoy Anilla de Mercedes,) siendo su padre 
Juez de Paz de aquel punto. 



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Mas tarde, nublado el sol de la libertad y esta- 
blecido por sistema el terror de la tiranía, la 
familia de Diaz tuvo cjue abandonar el año 40 la 
tierra arg^entina y refugiarse en el baluarte esparta- 
no que con razón llamó el general Pacheco y Obes, 
"La Nueva Troya." '^\ 



El niño, que ya revelaba la impulsión de su 
vocación, fué subiendo la escala de la edad, em- 
briaofado continuamente con el rumor de los com- 
bates, alucinado con el brillante espectáculo de las 



(I) Este general escribió una hermosa novela que se tituló La Nueva 
Troya que hacia la historia del memorable sitio: pero como carecía 
de reputación literaria, pidió á Alejandro Dumas padre, que be la 
firmara, lo que aquel hizo complacido, y voló el libro por el mundo. 

Este obsequió entonces a! general Pacheco y Obes con una pre- 
ciosa arma que hoy se encuentra en mi colección. 



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EL TENIENTE CORONEL DON ALEJANDRO DÍAZ 129 

formaciones guerreras, y conmovido por los epi- 
sodios heroicos, que eran, puede decirse, la exis- 
tencia diaria de aquel memorable asedio. 

Con impaciencia esperaba que la edad le diera 
fuerza, para esgrimir una arma y poder presentar 
su pecho al peligro. 

Un dia no pudo soportar mas, y corrió á alistarse 
l)ajo la bandera de un bravo batallón. 

El 26 de Julio de 1847, á los doce años, entra- 
ba en clase de distinguido en el 2" de cazadores, 
que mandaba el ilustre coronel don Juan A. Lezica. 

En esta escuela rígida dio comienzo á su carre- 
ra: brillante escuela, digna de formar distinguidos 
discípulos, no solo por el valor de su jefe, como 
por la experiencia que encarnaba el rudo asedio. 

En 1 848 asistió á la campaña de Maldonado con 
su batallón, y en seguida á todos los episodios en 
■que aquel fué actor. 

Su contracción y aptitudes, bien pronto fueron 
recompensadas. Trocaba el 7 de Enero de 1850 
su uniforme raido de cadete, por el de subtenien- 
te, y recibía manifestaciones de aprecio de su gefe 
el coronel Lezica y de su capitán don Felipe Al- 
decoa, que fueron, puede decirse, los severos con- 
sejeros en su infancia militar. 



130 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



Roto el cerco de Montev-ideo por la osada ope- 
ración del general Urquiza, el jó\'en sub-teniente 
obtuvo su baja, y se incorporó en 1 85 1 como te- 
niente 2" a las filas del batallón Urquiza, que for- 
maba parte del ej.Tcito que mas tarde debía iniciar / 
la campaña contra Rosas. Allí permaneció hasta 
el mes de Enero de 1852 que pasó con el mismo 
empleo al batallón San Martin, bajo las órdenes 
entonces del coronel Echenaofucia. 



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En este batallón asistió á la batalla de Monte Ca- 
seros, mandando la 2^ mitad de la 3^ compañía. 
Mas tarde un ascenso recompensaba la gloria de 
estedia, y el sub-teniente del sitio de Montevideo, 
pudo ostentar con orgullo las insignias de teniente 
I", sahumadas con la póh-ora de la gran batalla de 
la libertad. 

En este mismo empleo sirvió á principios del sitia 
de Buenos Aires (1853), obteniendo en seguida el 
de ayudante mayor, y después el de capitán de la 
3^ compañía. 

Durante esta nueva faz de la guerra, consolidó 
mas su temple de soldado, y fué constante actor en 
los diversos combates que tuvieron por teatro el 
sector de la línea que defendía el San Martin, distin- 
guiéndose con gallardía en el encarnizado encuentra 
que tuvo lugar en el Potrero Langdon, entre aquel 
cuerpo y superiores fuerzas del adversario. 



EL TENIENTE CORONEL DON ALEJANDRO DÍAZ 131 

De mas valer que mi incorrecta narración, será 
la palabra del venerable coronel Echenagucia, 
quien, refiriéndose á la brillante comportacion del 
joven capitán, decía en un documento oficial. 

"La conducta del capitán Díaz en este dia, en 
que con unos cuantos hombres llegó hasta la bate- 
ría enemiga de la Convalescencia, al pié de la cual 
recibió dos heridas, una de sable en la cabeza, y 
otra de lanza en el pecho, mereció una recomenda- 
ción especial, que se halla consignada en el parte 
que pasé al general en jefe de la línea, dando cuenta 
de ese g-lorioso hecho de armas." 

En otro lugar del mismo documento prosigue el 
bravo coronel. 

"Como se vé, señor Inspector, la vida militar del 
mayor Diaz ^^) ha sido laboriosa, y con verdadero 
placer puedo asegurar á V. S._, que durante el tiem- 
po que sirvió á mis órdenes, su conducta ha sido 
siempre la de un oficial lleno de amor á la carrera, 
sirviendo con inteligencia, y con valor digno de 
elogio, en la batalla de Caseros^ en la acción del 
Potrero Langdon y en todos los combates parciales 
en que le cupo parte al batallón á mi mando." 



(I) En la época en que se produjo este, ya era mayor nuestro 
protagonista. 



132 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Esta sencilla pero sincera esposicion del anciano 
veterano, predispone en favor del joven oficial, que 
puede decirse, eran los primeros pasos que hacía 
en su brillante carrera. 

Concluido el sitio, marchó el capitán Diaz con su 
compañía, á la frontera Sud, acompañando al coro- 
nel don Julián Martinez; estuvo allí ocho meses, y 
regresó en seguida á Buenos Aires. 

Como las obligaciones del servicio le impedían 
entregarse en absoluto al estudio, que era su per- 
severante empeño, solicitó en 1854 su pase á la 
Plana Mayor, para poder llenar tan laudable pro- 
pósito. 

Mas tarde fué agregado al 2" de línea y en este 
cuerpo asistió á la batalla del Tala. 

Después de este suceso, se formó un cuerpo de 
observación en Ramallo, del que formaba parte el 
regimiento de milicias de San Fernando, mandado 
por el coronel Sanabria; como 2° gefe fué nombrado 
el capitán Diaz; pero permaneció poco tiempo á 
causa de haber sido disueltas estas fuerzas. 

Al regresar á Buenos Aires, obtuvo el coronel 
Sanabria el mando del Regimiento Escolta, y como 
este jefe sabía apreciar debidamente los méritos 



EL TENIENTE CORONEL DON ALEJANDRO DÍAZ 133 

del joven capitán, le ofreció el mando de una com- 
pañía. Aceptada la propuesta, se incorporó á esta 
unidad de fuerza, y se dedicó con empeño al estudio 
de una arma que no era la suya. 

En 1855 marchó el regimiento al Tandil y desde 
allí se dirio-ió á San Cala, de cuyo punto operó con 
el propósito de cortar la retirada á los indios de 
Catriel, que debían ser batidos en Tapalqué por 
fuerzas combinadas á las órdenes del coronel 
Mitre. 

Arriesgada fué la jornada rastreando la reta- 
guardia de Calfucurá, consiguiendo con felicidad 
reunirse á las fuerzas del comandante Otamendi, y 
á la del coronel D. Laureano Diaz, que atacado por 
las fuerzas de aquel cacique en cerco estrecho, es- 
taba encerrado. 

Después de estos sucesos se estableció un cam- 
pamento de las tres armas en Tapalqué, á las órde- 
nes del oreneral Hornos. 



& 



El 29 de Octubre de 1855 los indios sorprendie- 
ron las guardias avanzadas, y atacaron con increí- 
ble audacia el campo del general Hornos. Mas no 
fué de tal magnitud el avance, que no diera tiempo 
á la división para formar en batalla. 



134 LA CARTERA DK UN SOLDADO 



En este combate se le ordenó al capitán Díaz 
que cargase con su escuadrón á los indios. No tre- 
pidó un momento el valiente oficial, y poniéndose al 
frente de sus bravos soldados, se lanzó rápidamen- 
te sobre el audaz salvaje. El choque fué violento, 
como el contacto estentóreo de dos fuerzas hercú- 
leas encontradas. Terrible el entrevero, le contó 
entre sus mas bizarras íig-uras, y se le vio caer pe- 
leando heroicamente con cuatro heridas de lanza 
recibidas de frente. Como él era un ejemplo de 
atrayente realce, rodaban por tierra también á su 
lado, combatiendo como bravos, para no levantarse 
mas, los subtenientes Veton y Cabral y numerosos 
soldados. 

El coronel vSanabria en su parte prodiga mereci- 
dos elogios á la gallarda comportacion del capitán 
Diaz, y deja traslucir con amargura, que hubo 
quien no cumplió con su deber. 

Mas tarde, á fines del año de 1857, pasó al re- 
gimiento de Dragones y obtuvo el mando del 3° 
escuadrón. En este regimiento asistió al memorable 
combate de la Cañada de los Leones, que tuvo lu- 
gar en Diciembre de 1857 entre los indios y nues- 
tras fuerzas, bajo las órdenes del coronel Emilio 
Mitre. 



EL TENIENTE CORONEL DON ALEJANDRO DÍAZ 135 



La campaña contra los ranqueles, ejecutada á 
principios de 1858, lo contó entre sus actores re- 
saltantes, y cuando al retorno de aquella operación 
se instituyó el juri para premiar los servicios de 
treinta jefes y oficiales, el capitán Diaz obtuvo el 
grado de Mayor, con el unánime aplauso de sus ca- 
maradas. 

En la campaña de Cepeda mandó el batallón 
Norte de milicias de Buenos Aires. 

Concluida esta, volvió á Buenos Aires, y devora- 
do por una sed insaciable de saber, solicitó del Go- 
bierno el permiso de trasladarse á Francia, con el 
fin de dedicarse á los estudios militares. 

Concedida la licencia, abandonaba en 1860 las 
playas argentinas, y en la soledad del destierro vo- 
luntario que se había impuesto se encerraba en una 
humilde habitación, donde con una voluntad supe- 
rior, vencía los estudios preparatorios que eran ne- 
cesarios para ser admitido como alumno en la escue- 
la Militar de Saint-Cyr. 

Inclinado ' obre los libros, no llegaba á él el ru- 
mor bullanguero de sus jóvenes compañeros; aquel 
espíritu grave, preocupado por la noble consigna 
que se había impuesto, se destacaba con marcada 
distinción entre sus juveniles camaradas de estudio, 



136 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

á quienes dominaba con la simpática atracción de 
su carácter benévolo. 

No tardaron sus afanes en ser recompensados, 
mereciendo de sus profesores las mas altas clasifi- 
caciones por su notable aplicación, y los mas hon- 
rosos elog-ios por su conducta como soldado, honor 
que recaía indirectamente sobre el ejército argenti- 
no, donde se había formado. 

De reereso el año 1865 á Buenos x\lres, m.archó 
á la campaña del Paraguay, donde obtuvo el mando 
de un improvisado batallón de Zapadores, cuya 
distinguida oficialidad era compuesta en su mayor 
parte de jóvenes agrimensores. 

Este cuerpo prestó excelentes servicios en los 
pasos de ríos que tuvieron lugar en la campaña de 
Corrientes, hasta el arribo del ejército argentino al 
Paso déla Patria. 

Disuelto mas tarde este batallón, pasó el mayor 
Diaz como 2" jefe al 5*^ de línea y asistió en esta 
unidad de fuerza á la batalla del 24 de Mayo de 
18.86. 

En el momento del conflicto que ocurrió entre al- 
gunas compañías de este cuerpo el mayor Diaz se 
distinguió por su serenidad y valor: tuvo un Cdballo 
muerto y fué contuso por una bala de fusil, mere- 



EL TENIENTE CORONEL DON ALEJANDRO DÍAZ 



137 



ciendo en esta ocasión numerosas felicitaciones por 
su brillante conducta, tanto de su jefe como de sus 
amigos. 

En Agosto del año 1886 obtuvo con merecida 
justicia el empleo de Teniente Coronel graduado y 
el mando del batallón 3 de línea. 






Y. 

RRiBAMOs por fin al injusto desenlace de tan 
«^^=-noble vida. Curupaytí es una de las mas her- 
mosas trag-edias para la g-loria nacional. Necesitá- 
bamos un combate de tal magnitud en el supremo 
sacrificio, para valorar verdaderamente al soldado 
argentino. En ese sentido no podrá nunca ser con- 
siderado como una derrota: fué un rechazo san- 
g^riento y nada mas. El enemigo recien se consideró 
seguro cuando vio alejarse los terribles asaltantes, 
y juzgó con razón que aquellas valientes columnas 
despedazadas eran invencibles en campo raso. 

Nuestras tropas llevaron el mismo derrotero san- 
griento que he descrito en otro lugar. El 3" de lí- 
nea formaba con la Legrion Militar la 2^ Brigfada de 
la l^ División del P' cuerpo del ejército argentino, 
y arremetió ésta al baluarte paraguayo en forma- 
ción paralela con la 4^ División. 

El 3 de línea llegó hecho pedazos á las enmara- 
ñadas ramas que servían de defensas accesorias á 
la línea principal. Desde el primer momento Diaz 



EL TENIENTE CORONEL DON ALEJANDRO DÍAZ 139 



liié desmontado: una bala de cañón, al dar muerte á 
su caballo le había recordado el vaticinio del al- 
muerzo: el instante fatal se aproximaba. '^^ 

Intrépido, altivo, mirando de frente las bocanadas 
de metralla que á corta distancia vomitaba el feroz 
adversario, al llegar á las primeras ramas del Ada- 
lis, subió airoso sobre un tronco de árbol, como para 
sobresalir sobre los demás en aquel momento de 
solemne espectativa; y dirigiéndose al abanderado 
Belisle, exclamó con la voz serena que domina el pe- 
ligro y alienta las grandes acciones: 

¡Suba abanderado, que la bandera del 3 de línea 
sea la primera que flamee! '■^' 

En ese momento uno de los lanceros paraguayos 
oculto en lo interior del foso que resguardaba el 
abatis, le tiró un feroz lanzazo que alcanzó á herirlo 
mortalmente, al mismo tiempo que envuelto en el 
humo de una descarga, una bala hacía el octavo 
agujero en ese cuerpo endurecido en la batalla. -^^ 

Rodó casi exánime.... habia sido elegido por 
su figura espectante: era tan próxima la distancia 



(n Ver los breves apuntes sobre Charlone. 
(2) Relación del Comandante Belisle. 

3) En el trascurso de su vida militar era la octava herida que 
recibía. 



140 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



que el enemioro escogía á mansalva sus víctimas 
mas simpáticas. 

El abanderado Belisle vino en su auxilio é hizo 
esfuerzo para llevarlo hasta el pió del abatís. Díaz, 
que aun mantenía su temple intacto, reaccionó, y 
con un poder supremo dominó las fibras desfalleci- 
das. Ostentando el último empeño de la agonía, trató 
de dar algunos pasos, pero al fin se desplomó en los 
brazos del fiel abanderado... Sintiendo que se apro- 
ximaba la muerte y que todo había concluido para 
él, pidió que lo estendieran sobre una manta ensan- 
grentada, encontrada al acaso entre los despojos 
de aquel horrible campo, allí apresuróse la agonía, 
y el joven guerrero, arrullado por el estruendo de 
un glorioso combate, exhaló el espíritu: vigoroso 
suspiro! que Dios en la eternidad de los tiempos le 
prestara un instante. ^^' 



Con mejor suerte que el infortunado RosedV, los 
cuervos de aquella comarca inhospitalaria, no devo- 
raron sus sagrados despojos. 

Reposan en el seno de la patria amada. 



(I) Su cadáver fué salvado i)or los tcnientts Pistón y Avala, ul 
abanderado Belisle, y su asistente Soria, t« dos heridos en ese dia 
memorable. 



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3S. 



LOS MÍRTIRES OE MMÉ 



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I. 




ABÉIS acaso lo que es la vida del prisionero ar- 
gentino en poder de 2^Q^^fanáiico del crimen? 
¡Escuchad! os voy á conmover. 



Siento que he de arrancar lágrimas, removiendo 
tumbas queridas; que he de avivar con supremo 
dolor santos recuerdos; mas la gloria de los márti- 
res debe iluminar en todo momento el escabroso 
camino por donde se sube penosamente á los gran- 
des hechos. 

No hay gloria sin trabajo: la posteridad con fallo 
justiciero no discierne esa corona, sino á aquellos 
que conquistaron el derecho de ser grandes; ya en 
la humilde condición del ciudadano, como en el ex- 
pléndido solio del augusto magnate. 



Escuchad mi palabra páHda y sin aliento, será 
animada con el noble acento de un soldado prisio- 
nero que ha sobrevivido á sus infortunados compa- 
ñeros, y vá á narrar los humillantes tormentos de 
una vida indescriptible. 



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L sargento Dionisio Ibañez fué tomado al mis- 
mo tiempo que el comandante Gaspar Cam- 
pos^ varios oficiales y treinta y tres soldados, el 18 
de Julio 1868, en la fatal sorpresa de Acayuazá. 

En aquella infausta jornada, Miguel Martinez, he- 
rido gravemente con dos balazos, sin perder su en- 
tereza siguió peleando, negándose tenazmente á 
entregar las armas hasta que moribundo rodó por 
tierra. 

Entonces le exigieron que caminara. Ya casi sin 
vida, cubierto de sangre, inmóvil por la muerte 
próxima, solo exhalaba el estertor de la agonía, 
apresuráronla sus crueles verdugos descargando 
sobre aquella cabeza tan hermosa multiplicados 
golpes con las culatas de los fusiles y los palos de 
las lanzas. 

Así murió el distinguido y bravo caballero cuyo 
recuerdo vivirá eternamente en el corazón de sus 
amigos, como luctuoso cuadro animado por doloro- 
sos tintes. 






LOS MÁRTIRES DE ACAYÜAZÁ 145 



Gaspar Campos y sus infelices compañeros fue- 
ron desarmados y maniatados con un rigor inaudito, 
y se les condujo inmediatamente al reducto Cora 
que se encontraba próximo al lugar de la catás- 
trofe. 

La guarnición del reducto los esperaba forma- 
dos en dos filas abiertas con doble distancia. Una 
alegría feroz iluminó los rostros de aquellos hom- 
bres sin alma, todos armados con gruesos troncos 
de enredaderas. 

Antes de llegar al centro del espacio que dejaban 
las dos filas, formaron á los prisioneros en una sola 
hilera y los hicieron pasar por entre aquellas bár- 
baras horcas caudinas. Apenas penetraron al des- 
filadero humano, se levantaron multitud de brazos 
que esgrimía cada uno una gruesa vara flexible, 
descargando innumerables golpes sobre las desar- 
inadas víctimas. Estos se agrupaban formando un 
montón de miembros humanos, se revolvían entre 
sí para esquivar el castigo, todo fué en vano; estro- 
peados, chorreando sangre, se detuvieron al fin 
atontados por los golpes, como una majada de 
ovejas acorralada por los lobos. Al fin esperaron 
resignados que satisfecho aquel desahogo de furor 
cesaría tan humillante tortura. Esa crueldad no tenia 
límites; mas el esfuerzo físico agotado en ese acto 
inhumano detuvo por último tan terrible escena. 

10 



146 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



Al fin respiraron, creyendo concluido su tormen- 
to; vana ilusión: inmediatamente fueron conducidos 
al Timbó, donde les esperaba mayor encarniza- 
miento en la venganza. 

Allí se repitió con mas lujo de crueldad el misma 
acto; el impulso brutal y cobarde no tuvo valla en 
aquel momento; las mujeres tomaron parte en esta 
fiesta de caníbales prestando al cuadro un colorido 
infernal y grotesco, algo de furia de bacantes. 

Perdida la noción de la piedad, se transformaban 
en las bronceadas fieras de la tiranía, refinamiento 
de feroces pasiones alimentadas por bárbaras 
creencias, embrutecimientos atroces, y ejemplos de 
sangre! Insensatos, destrozaban su misma libertad, 
vociferaban innobles imprecaciones, insultos bur- 
lescos, los mas humanos los abofeteaban y aquellos 
bravos sufrían en silencio, insensibles ya, puede 
decirse, todas las angustias y las afrentas, salpica- 
das con horribles carcajadas, que prorrumpían sal- 
vajes al ver correr la sangre de las maceradas car- 
nes; y cuando caía alguno al esfuerzo de los palos, 
el pié inmundo de aquella chusma vil hería agolpes 
repetidos una faz que altiva había ennegrecido el 
sol de los combates. 




III. 




L conocer López la sorpresa de Acayuazá, or- 
>denó por telég-rafo al general Caballero que 
inmediatamente enviara los prisioneros á San Fer- 
nando. 



El con\'oy de desgraciados se puso en marcha 
por el camino del Chaco, g-uardado por una dura 
escolta^ las escenas anteriores se repitieron aumen- 
tando el hambre, la sed, la falta de sueño, y otros 
sufrimientos inventados por sus verdugos en aque- 
lla triste situación. El trayecto se hacía cada vez 
mas penoso por entre los pantanos del Chaco, y 
cuando después de haber marchado todo el dia 
maniatados^ sin probar alimento, devorados por una 
sed horrible, y quemados por un sol ardiente, ha- 
cían alto para pasar la noche en algún terreno em- 
papado en agua, eran puestos en un tirante cepo de 
lazo que oprimía fuertemente sus macerados miem- 
bros. 



148 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

En esta marcha de amargura no hubo una mira- 
da compasiva para estos infelices; injurias, burlas 
sangrientas, todo se desplomaba incesante sobre 
-ellos. La soldadesca en coro con los niños y las 
mujeres vociferaban insultos, amenazas anunciándo- 
les la muerte, y solo el silencio elocuente de las 
víctimas respondía á ese ruido bárbaro. 

La crueldad subiendo de tono llegó hasta negar- 
les el agua que se encontraba en todas partes; y en 
medio de una ardiente sed hubo quien bebió su 
misma secreacion. 

Casi desnudos y descalzos, á tanta angustia su- 
prema agregaron el sufrimiento del frió en la no- 
che, y algunos que no pudieron soportar tales ri- 
gores sucumbieron antes de llegar á San Fernando. 






lY. 

RRiBARON á este campamento en el mas lamen- 
y^-table estado y fueron paseados como trofeos 
que atestiguaban el abultado triunfo^ festejado con 
grande regocijo dias anteriores. 

Generalmente la victoria suaviza la dureza del 
vencedor inspirándole ideas magnánimas: la com- 
pasión reviste formas grandiosas dulcificando las 
amargas horas del prisionero; mas el bárbaro dicta- 
dor endurecido por las crueldades de la tiranía no 
respiraba sino odios sistemados que han escrito con 
horrorosos caracteres su negra página. 

Asi, aquellos pobres prisioneros á quienes alen- 
taba una esperanza, pensaban que tal vez aliviaría 
sus males el que tenia todo el poder; sufrieron el 
mas amargo desencanto: ni un instante de reposo 
fué dado á sus fatigas. 

Al otro día eran desuñados á los trabajos mas 
rudos y viles. Azotados continuamente, la queja 
era un crimen^ bastaba una súpHca dolorosa para 



i^^ífe- 



150 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

que al momento fuese fusilado; y aun sin motivo al- 
guno diariamente marchaban á la muerte nuestros 
desgraciados compatHotas, particularmente ofi- 
ciales. 

Todos los dias se oían las detonaciones del patí- 
bulo y unos esperaban temblando, ó con regocijo 
su última hora. ¡Esa última hora, con tanta ansie- 
dad deseada! 

Uno de esos héroes del dolor será siempre el 
bravo teniente Morillo, joven de hermosa presencia 
y carácter simpático, fué fusilado por haber dicho 
que en el ejército argentino los oficiales prisioneros 
no trabajaban como peones. Cuando le notificaron 
que iba á morir, dijo, ¡Gracias á Dios! y en el mo- 
mento que le hacían fuego, les gritó: ¡Tiren canallas! 

No hay nada comparable con aquella terrible 
existencia en la que era necesario ocultar hasta las 
lásfrímas. 



*& 



Permanecieron un mes en San Fernando hasta 
que aproximándose los aliados, emprendió la mar- 
cha el ejército paraguayo hacia la posición de An- 



orostura. 



Este trayecto se hizo en ocho dias; treinta leguas 
por caminos difíciles y entre pantanos. 






LOS MÁRTIRES DE ACAYUAZÁ 151 

Atados iban los prisioneros y arriados á punta 
de lanza, aquei que por desgracia llegaba á desfa- 
llecer y caía cansado no se levantaba mas, era in- 
mediatamente lanceado sin piedad^ así asesinaron 
un gran número de aquellos infelices que sin fuerza 
no podían ya caminar. 

Las marchas nocturnas eran las mas penosas en- 
tre los esteros; no se oia sino los golpes de los sa- 
bles que maltrataban, los gritos de los moribundos, 
las súplicas angustiosas mezcladas á los insultos de 
los verdugos. 





Y. 



L fin llegaron á la Villeta: sobrevivian única- 
^^mente los mas robustos; se hizo el recuento^ 
quedaban muy pocos. ¿Quién hubiera entonces co- 
nocido á aquellos hercúleos soldados de otro tiem- 
po? parecía un grupo escuálido y repugnante salido 
de un hospital de locos. 

En Villeta dividiéronlo en dos fracciones; la mas 
numerosa dirigióse á la Angostura. En ese punto 
fueron presentados al General Resquin: ese tonel 
de crímenes: '•^^ alma mas negra que el remordi- 
miento, y nada por mas malo que sea será compa- 
rable á ese cruel esbirro del tirano López. 

Las víctimas comparecieron á su presencia y to- 
mando él un tono enfático llamó al sargento Ibañez 
y le hizo estas preguntas: "^Cuál era el motivo 
porque venían á pelear contra la República del 
Paraguay, si eran enganchados de Pedro II ó 
comprados del General Mitre." 



(I) Era obeso. 



í^is;^ 



LOS MÁRTIRES DE ACAYUAZÁ 155 

Todos contestaban neg-ativamente, entonces re- 
vistiendo un aire de soberbia plebeya, esclamó: 
"Como á Vdes. yo también tengo atado á Pedro II 
y en cuanto lleguen á donde está el Mariscal, ya 
verán lo que les vá á suceder: y dirigiéndose al 
oficial que custodiaba los prisioneros, le dijo: 

"Decime che están bien atados esos Cambáis!'' 

El oficial contestó afirmativamente; pero no con- 
tento aquel hombre tan perverso, ultrajando su 
misma dignidad, vino él en persona y con sus pro- 
pias manos los desató y volvió á atarlos^ y con 
tanta fiíerza que prorumpieron en lamentos los in- 
felices prisioneros. Otro que no fuera ese hombre, 
se hubiera conmovido ante ese bárbaro espectácu- 
lo; pero el palo ahogó el dolor, y fueron fusilados 
dos por //¿?r<?;2<?j, sentencia que pronunció sonriendo, 
festejando el chiste sangriento. 

Libres de la presencia del famoso esbirro, sin- 
tieron algún alivio traducido por el carácter menos 
cruel de los gefes de la Angostura; sin embargo 
fueron destinados á los forzados trabajos de aque- 
llas imponentes fortificaciones. 

El dia Domingo era el único que les daban un 
instante de alivio, pero eso mismo era una amarga 
humillación. 






154 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Existia en este punto un pequeño mercado, for- 
mado por una fila de mujeres de soldados que 
vendían mandiocas, naranjas, y otras cosas: los pri- 
sioneros bien custodiados eran conducidos á la pre- 
sencia de estas abigarradas vendedoras: la custo- 
dia se retiraba un espacio, y los dejaban fi-ente á 
^Uas: entonces estas dirigiéndose á los pobres cau- 
tivos les ofrecían una naranja, mandioca ó un chipá 
con tal que les hicieran una gracia de su agrado. 

Devorados por el hambre y degradados por 
«1 sufrimiento que les había hecho perder toda no- 
ción de moral, los prisioneros se prestaban á aquella 
burla, ya andando en cuatro pies, y ladrando como 
perro, ya cantando como gallo, brincando como 
cabra, y sí estas grotescas contorciones no eran del 
gusto de las vendedoras se las hacían repetir hasta 
el cansancio: y esos soldados de la libertad, envi- 
lecidos en un papel tan humillante, servían de mofa 
y diversión á esa multitud inconciente, que cuando 
no hería con el arma, degradaba con la acción ó la 
palabra. 

Así pasaron algún tiempo hasta que los pocos 
que quedaban fueron enviados á la fundición del 
Ibicuí donde soportaron los mas horribles trabajos 
sobreviviendo únicamente tres, el sargento Ibañez 
y dos soldados. 



"■■f,^?-"'' '^■— ■■■■ 




YI. 




ESPUES del arribo del ejército paraguayo al 
Pikiciry, en el primer momento se reconcen- 
traron los prisioneros del ejército aliado en la Ville- 
ta, pero en seguida divididos en grupos los enviaron 
á los distintos puntos del campamento donde se 
ejecutaban trabajos de zapa. 

Gaspar Campos, el Mayor Arana, y otros infor- 
tunados oficiales, fiíeron enviados á Ytaivaté que 
era el cuartel general de López. 

Gaspar Campos era un espectro: liabia enflaque- 
cido horriblemente; sus órbitas escondian dos ojos 
apagados y sin brillo: entristecido por el dolor, su 
tez enegrecida y marchita por el sol canicular habia 
transformado su placentera fisonomía en una másca- 
ra de cobre. El gallardo joven de otro tiempo, ago- 
biado y vacilante, con dificultad caminaba; no tenia 
mas sombrero que un pañuelo mugriento atado en 
la cabeza para resguardo del sol, ni mas vestidos 
que los harapos de sus ropas interiores; trapos in- 
mundos que los hubiera despreciado el mas mísero 
mendigo: sus miembros tumefactos acusaban las 



■^'•k: 



, ■ \35*»v'-. 



156 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

torturas, que sufria y su palabra fácil y jovial de 
no lejana época habia enmudecido. Enfermo y sin 
aliento avanzaba al final alivio de sus penas. 

Un dia fué llamado á declarar algo que afectaba 
la dignidad del ejército aliado^ á la primera amones- 
tación guardó silencio; fué amenazado con el cepo 
colombiano. ¡Torturadme les dijo! pero yo no pue- 
do declarar una infamia! No pudo soportar el 
tormento, y quedó casi exánime: cuando medio des- 
pertó á la vida, se encontró en el cepo de lazo con 
un centinela de vista que espiaba sus movimientos 
para castigarlos sin piedad. Vivia condenado á no 
hablar, á no moverse, y era un crimen, suspirar por 
la patria amada, por la que él soportaba tanto 
martirio. 

A causa del mal trato que recibía, acrecentaba 
velozmente su enfermedad, que despiadada no- 
acudia rápida como la deseaba en su auxilio. Aque- 
lla vida miserable no era comparable á ningún 
tormento humano; esa crueldad incesante, tenaz, 
abrumadora, arrancando impasible la vida, minuto 
por minuto, era un lujo de barbarie no conocido ni 
en las tribus mas recónditas del desierto: descalzo 
el infeliz prisionero, con los pies hinchados, no po- 
día dar un paso, devorado por un hambre atroz, 
todo lo habia cambiado por alimento, y un dia tro» 
caba la franja de oro de su pantalón por una ma- 






M' 



LOS MÁRTIRES DE ACAYUAZÁ 157 

zorca de maiz tostado, la parte de sus piernas don- 
de ajustaba el cepo de lazo, repugnaba con una 
profunda úlcera, mas apesar de sufrir este infierno 
inventado solo para los prisioneros del ejército 
aliado^ nunca se abrieron sus labios para prorrum- 
pir en una queja. 

Habia tal vigor en aquel espíritu resignado, que 
daba aliento á sus compañeros, y templaba mas de 
un desfallecimiento. 

La crueldad del vencedor aumentaba con los 
sufrimientos del joven prisionero: la vigilancia ince- 
sante del verdugo era abrumadora, todo era un 
pretesto para atormentarlo, alguna vez reanimaban 

esa mísera vida para que sintiese con mas dolor 
las espinas. 

Moría lentamente. Desesperado al fin, invocaba 
con ansiedad el dulce alivio del postrer suspiro. 
Cuando llegó ese momento, y sintió que habia cum- 
plido su misión sobre la tierra se encontraba en 
cepo de lazo; la noche había estendido su negro 
manto para no contemplar la triste escena y unas 
nubes sombrías borroneaban el cielo, como grandes 
manchas oscuras. Atormentándole la última sed, 
pidió agua para mojar sus labios secos y sin color: 
le ordenaron que guardara silencio; y solo encon- 
tró como un relámpago del infierno la mirada cen- 



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158 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

tellante de la centinela que indiferente espiaba sus 
últimos instantes. 

Los compañeros sintiendo el estertor de su ago- 
nía, se estremecieron ahogando los suspiros; la 
compasión hubiese sido castigada al instante 

Movió su cabeza sobre la húmeda arena, ¡Mi ma- 
dre! dijo, y entregó el espíritu á Dios; arrullado por 
los ronquidos de la soldadesca; especie de rugido 
de fiera, que dormían tranquilos sin sobresalto, y 
el alerta del vigilante soldado que anunciaba nue- 
vas víctimas. 

Al otro día su cadáver era arrastrado en un cue- 
ro y confundido en la fosa común de los mártires. 





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VIL 

OLO conozco una persona que haya sufrida 
mas que Gaspar Campos. 

Es la digna matrona que le dio el ser: yo he te- 
nido la culpa que me perdone, sino he podida 

ocultar á la historia tanta amargura. ^^' 




Asunción, 1869. 



(I) Este artículo tiene por base la declaración del sargento Dionisio 
Ibañez, prisionero de los paragfuayos en el combate de Acayuazá, 
que con dos soldados fué rescatado por el Comandante Coronado en 
la fundición del Ibicuí en 1869. 




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EL CORONEL 



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General 
Luis María Campos 

RETRATO DEL TIEMPO DE 1» GU ERRA DEL PARAGUAY 






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I. 



En medio del frenesí de las vio- 
lentas cargos de la caballería para- 
guaya á los cuadros del 6 y 4 de 
Línea en la batalla de Tuyutí, al 
Coronel F"raga se aproximó al 
Comandante D. Luis Maria Campos 
á felicitarlo por su brillante com- 
portacion. Campos mirándole fije- 
mente le dijo: 

— Quisiera tener un espejo para 
mirarme la cara en este instante. 

Fraga se erguió: lo miró con 
altivez, y estrechándole fuertemente 
la mano replicó: 

— Vea Vd. mi cara y verá la suya 
¡Que mejor espejo! 

{Campaña de Humayiá.') 



^^^L Coronel D. Luis M. Campos es ya una figura 
í^espectable en los modernos anales de nuestra 



historia, en la viva epopeya de heroicos hechos, 
encarnada en la existencia de un joven de treinta 
años ^^^ que encontró en la espada del noble solda- 
do, un nombre que brilla con honor, al lado del de 
nuestros esclarecidos guerreros. 



(I) Este artículo fué escrito, como se verá al fin, en 1869, y perte- 
nece á una colección de bocetos de guerreros de la guerra del Para- 
guay que serán publicados mas tarde. 



^■-■íSff 



164 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

La República francesa con la ansiedad de la 
aspiración al porvenir, vislumbró un destello de 
genio en Napoleón, Hoche, y otros jóvenes milita- 
res, y sin averií^uar su antig-üedad en el servicio 
les dio ejércitos á mandar, encomendándoles en 
circunstancias difíciles, la salvación de la patria; y 
aquellos flamantes guerreros no comprendidos en 
el momento por el pueblo francés, y menos aún por 
los militares del antiguo sistema, estremecieron mas 
tarde los enemigos de la Francia con el rayo delgé- 
nio que iluminaba sus victorias, con lainspiracion de 
un nuevo método de donde surgía la verdadera épo- 
ca de la bayoneta, que dio por tierra elórden táctico 
dé Federico II, llenando de admiración á su misma 
patria, que sorprendida vio en ellos cuanto se pue- 
de esperar de la verdadera vocación de las armas; 
pritáneo oculto, que en el corazón del hombre, 
nace, tal vez para no mostrarse nunca, ó no tener 
mas honor en la historia, que el nombre de un 
jefe salvaje, y que cuando se trasluce en el menor 
destello de su esplendor^ es preciso robarlo como 
aquel fuego divino que el Titán del Cáucaso audaz 
robara al cielo, para formar los héroes que dan 
honor á la tierra en que han nacido y salvan las 
Sfrandes situaciones. 

Si Luis María Campos hubiera sido soldado en 
tiempo de Marseau no habría cumplido sus treinta 
años sin ser General, porque las épocas extraer- 



EL CORONEL DON LUIS MARÍA CAMPOS 165 

diñarías en la vida de los pueblos adivinan y for- 
man sus héroes, y la de nuestro país abrumada 
bajo el peso de una atmósfera de indiferencia gla- 
cial para nuestros penosos sacrificios, no ha pre- 
visto, ni aún se ha detenido un instante á examinar 
lo que se puede esperar de aquellos que abrazaron 
la carrera militar impulsados por la vocación, y no 
como un antro de refugio á una vida sin rumbo. 

En mi humilde opinión, creo que Campos puede 
ser ya un General, y si me respondéis con la. 
arrogancia de los viejos! ¡Es muy joven! os echaré 
al rostro aquel apostrofe de Bonaparte cuando^ 
estúpidamente le increpaban su juventud: ''Muy 
pronto se envejece en el campo de batalla ^^'' 





TI, 



f^OR SU distinguida familia el Coronel Campos 
^^ pertenece á ima raza, donde el valor y el 
patriotismo, eran hereditarios; nobles ciudadanos 
que consag-raron todos los' momentos de su exis- 
tencia al bien de su país; ya en los campos de 
batalla, ó en la vida miserable del proscripto; y 
como soldado á la rígida escuela del ejército ar- 
gentino que se salvó en el memorable sitio de 
Montevideo bajo la dirección del ilustre General 
Paz, renaciendo mas tarde después de Caseros, 
cuando la juventud liberal acudió á las filas del 
nuevo núcleo para formar ese periodo tan brillante 
que alcanza hasta nosotros. 



Esa escuela, y la larga práctica de las repetidas 
luchas han elaborado, permítaseme la palabra, el 
distinguido oficial á que me refiero, á quien ador- 
nan preciosos dotes que solo el instinto y la voca- 
ción de la guerra los dan. \^alor, entereza, activi- 
dad, altivez, (aunque alguna vez un poco exagerada) 
organización, tenacidad, rigidez estrema cuando el 
caso lo requiere, contrabalanceando con el cariño 



EL CORONEL DON LUIS MARÍA CAMPOS 167 

paternal hacia el soldado: esas son las nobles dis- 
posiciones del bravo del 24 de Mayo, de San Ig- 
nacio y de Peribegui, á eso hay que agregar un ca- 
rácter recto muy grande, que por una aberración 
de las cosas humanas, se encuentra oculto en una 
figura muy pequeña que justifica el proverbio la- 
tino: 

Alexander níagnus erat paj^vttltis 

Táctico prolijo: en el campo de batalla maneja 
sus tropas con la calma del bravo y la habilidad de 
la experiencia, su serenidad estimula y derrama la 
confianza entre los que están á sus órdenes, y mas 
de una vez ha trasformado una situación difícil en 
una expléndida victoria. No existe un campo de 
batalla donde no se haya distinguido esa figurita 
de hombre grande. 

Posee algunos defectos de carácter que sus 
amigos se los perdonamos; porque en la pesada ba- 
lanza de sus buenas cualidades son un grano de 
arena, sobre todo tiene derecho á tener defectos 
este noble ciudadano á quien su país le debe tan 
relevantes servicios, y cuyas acciones afamadas es- 
tán incólumes en la memoria del ejército. 

En todos los puestos que ha desempeñado ha 
demostrado contracción constante, y una equidad á 
toda prueba. 






168 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Como escritor nadie lo conoce y habrá tal vez 
quien sonría al leer esta frase, pues bien, poseo en 
mi modesto archivo páginas preciosas, no solo por 
los importantes datos históricos que contienen, sino 
por su estilo conciso, claro y lacónico que desen- 
vuelve con interés los sucesos que narra. 

Luis Maria Campos puede reasumirse en un gru- 
po de cosas buenas. Celoso ciudadano: intrépido 
soldado: distinguido general: rígido superior: ene- 
migo del desorden: esclavo del deber, leal amigo. 
Es esto pues lo que constituye uno de los mejores 
elementos del ejército argentino. 

Con él la disciplina es un culto, y el deber una 
gloría. 




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III. 




HORA voy á hacer una breve reseña de los 
^servicios del coronel Campos, escrita al correr 
de la pluma, y como no he consultado sino mi mala 
memoria es equitativo que se disculpen los errores 
que pueda cometer en el trascurso de este relato. 

Era el año de 1859. Luis Maria Campos era es- 
tudiante y entre los problemas de la ciencia se des- 
lizaba su vida agitada, ya por el sueño de los com- 
bates. 

La vocación de las armas encarnada estaba en 
su espíritu como la única aspiración de su existen- 
cia, y agitado sin cesar por sus sueños de gloria, su 
vida era impaciente como la del prisionero indómi- 
to que sacude sin cesar los pesados hierros que le 
abruman. Aquiles esperaba la espada del merca- 
der Itasense. 



Al primer anuncio de la guerra civil, de aquella 
lucha de hermanos sin razón, que á pesar de nues- 
tras buenas intenciones, debíamos sostener por los 



170 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

principios, Luis Maria Campos se creyó libre; el es- 
tudiante se hizo soldado, haciendo su primer apren- 
dizaje en una compañia de guardias nacionales del 
batallón del comandante Castro, que á las órdenes 
del capitán don Hécior Várela marchó de guarni- 
ción á Martin Garcia. 

Después de algún tiempo de estación en la Isla 
ascendió á Sub-teniente con Q-ran contento de sus 
amigos, que ya comprendian la supremacía de su 
carácter y la rectitud de su corazón. 

La compañía del capitán D. Héctor I-'. \^arela, 
fué embarcada en lo que llamábamos en ese tiem- 
po nuestra escuadra, que jugaba el tira y afloje con 
los buques de la Confederación. 

Luis María Campos subió á bordo del vapor 
Caaguazú, como jef^del piquete de guardias na- 
cionales que guarnecían este buque, y por conse- 
cuencia llegó hasta Montevideo donde refugiados 
los buques enemigos^ eludieron el combate, sin du- 
da por no encontrarse en condiciones ventajosas, 
lo que dio lugar al regreso de nuestra escuadra, 
dirigiéndose á San Nicolás de los Arroyos, que es 
donde estaba el Comandante Castro con su Bata- 
llón, al que se incorporó la compañía del capitán 
D. Héctor F. Várela. 



EL CORONEL DON LUIS MARÍA CAMPOS 171 

El batallón del Comandante Castro estaba pron- 
to para marchar á Cepeda cuando tuvo lugar esta 
jornada y así pudo solo protejer en parte la retira- 
da de nuestro ejército, sin haber podido^ por la fa- 
talidad de los sucesos, encontrarse en esta batalla 
tan gloriosa para la infantería de Buenos Aires. 

La retirada de Cepeda, es una de las más bellas 
páginas de la vida militar del General Mitre. 

¿La batalla de Cepeda seria acaso el reverso de 
la medalla? 

La historia imparcial decidirá; y aunque á la sim- 
ple vista, la crítica del arte de la guerra no discul- 
pa una sorpresa á las doce del dia, sin embargo, el 
estudio detenido de nuestros actos militares, oca- 
sionados muchas veces por el poco respeto con que 
se obedecen las resoluciones superiores, levantaría 
de muchos cargos á nuestros generales, no olvidan- 
do por consiguiente, al mismo tiempo aquel dicho 
de Marmont. El mejor general es el que comete 
menos errores. 

Nuestros ejércitos son improvisados bajo la base 
de una división de línea, compuestos de elementos 
hetereogéneos y generalmente pequeños en nú- 
mero, lo que hace que la disciplina contemporice 
en vista de estas razones, y cuando la disciplina no 
está afianzada en el sólido pedestal de la obedien- 



172 



LA CARTERA DE UN SOLDADO 



cia pasiva, imposible será que no se encuentre al- 
guna circunstancia atenuante en el conflicto sufrido 
por el general. 

Después de la jornada de Cepeda, el ejercito se 
retiró á Buenos Aires, previo el combate naval del 
27 de Octubre. 

En el corto sitio que tuvo que sostener aquella 
ciudad, el Sub-teniente Campos ascendió á teniente 
2°, dejando al poco tiempo las armas por haberse 
cerrado el templo de Jano. 



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IIl. 




L iniciarse la campaña de Pavón, en el año 
1861, el teniente I" de Guardias Nacionales 
que ya lo era Luis M. Campos, fué reconocido en 
su grado, de línea^ y marchó con otros distingui- 
dos oficiales á San Nicolás de los Arroyos, á for- 
mar el 6^ de línea, á las órdenes del entonces co- 
mandante Arredondo. 



Este cuerpo se incorporó á nuestro ejército y to- 
mó parte en la batalla de Pavón, en la que el te- 
niente Campos, presentó al general en jefe la ban- 
dera tomada al batallón San Luis, traida por Saá. 

El general en jefe recompensó la acción con un 
fuerte abrazo, demostración mímica que presagiaba 
su hermoso porvenir. 



En el combate de la Cañada de Gómez; especie 
de reacción del valor ultrajado, en que nuestra ca- 
ballería vindicaba por un golpe audaz sus anterio- 
res derrotas, el 6° de línea tomó parte siendo en 
todo la influencia moral de ese hecho. El teniente 



174 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



I^ Luis M. Campos ascendió á Ayudante Mayor, 
teniendo sus despachos la fecha de ese dia. 

Entonces el batallón 6° de línea marchó á las 
Provincias dirigiéndose á Catamarca, de donde fué 
enviado el ayudante Campos á Tucuman, á discipli- 
nar un contingente de cien plazas que enviaba 
aquella provincia al ejército. Lo único que llevaba 
eran diez guardias nacionales y cuatro cabos ins- 
tructores, lo que dio lugar á creer en Tucuman_, que 
el contingente se sublevaría, y pagaría cara su osa- 
día el ayudante Campos. 

Así sucedió, porque en Santiago del Estero, en 
el Pueblito de Choya, se declaró un motin en los re- 
clutas, bandidos todos de profesión, y solo la ener- 
gía y decisión del ayudante Campos y su valiente 
escolta, pudieron contener la sublevación, teniendo 
que dar muerte á uno y herir á varios otros. 

De allí marchó precipitadamente á Córdoba, ha- 
ciendo las 255 leguas que hay de Tucuman á este 
pueblo, en veinticinco dias, eon noventa y siete pla- 
zas. En esta época ascendió á Capitán, marchando 
á San Juan en circunstancias que el Chacho llamaba 
á los héroes de la anarquía á su roja bandera, pi- 
soteando nuestras instituciones. ¡Que anomalía! él^ 
el proscrito y el bravo luchador, en otro tiempo, 
por las libertades argentinas! 



EL CORONEL DON LUIS MAREA. CAMPOS 175 

La provincia de San Juan se puso sobre las ar- 
mas, y el capitán Campos fué nombrado instructor 
y comandante de la guardia nacional; pero pronto 
tuvo que volver á su Batallón, por tener éste que 
marchar á la campaña de la Rioja. 

La campaña de la Rioja duró un año, y el capitán 
Campos habiendo seguido todas las peripecias de 
este penoso período, tuvo la gloria de encontrarse 
en algunos pequeños combates, que me veo obliga- 
do á pasar por alto por no dar mayor estension 
á estos ligerísimos apuntes, y solo agregaré que en 
esta época sirvió también como secretario del en- 
tonces comandante Arredondo. 

Al concluir la campaña de la Rioja, fué nombra- 
do el capitán Campos, Sargento Mayor graduado 
de la Mayoría del Batallón 6° de línea. 





IV. 




IsTANDO este Batallón en la Provincia de San 
Luis, en el fuerte Diamante, recibió orden pa- 
ra marchar á la campaña del Paraguay, saliendo 
del pié de Los Andes el 29 de Abril de 1865 en- 
contrándose el I 7 de Agosto del mismo año en la 
Batalla del Yatay. 

En esta horrible carnicería, el Mayor Campos hu- 
bo de perder la vida luchando cuerpo á cuerpo 
contra dos paraguayos, casi sin armas, por habér- 
sele roto la espada al dar un hachazo á uno de los 
enemigos que me hubiera quitado el trabajo de es- 
cribir estas líneas, á no haber sido socorrido por 
sus soldados que cambiaron el rol del episodio. 

También asistió ala rendición de la Uruguayana, 
siendo acreedor, por consecuencia, á las dos me- 
dallas decretadas, por los gobiernos Oriental y 
Brasilero. 

El ejército hizo campamento en las Ensenaditas, 
descansando de las fatigas de la penosa campaña 
de Corrientes, haciendo los preparativos para 



EL CORONEL DON LUIS MARÍA CAMILOS 



177 



-efectuar el pasage al territorio enemigo, al mismo 
tiempo que los cuerpos completaban su instrucción 
militar. 

Como cuerpo maniobrero y preciso en sus mo- 
vimientos, el 6 de línea llevó la palma en esa 
época, y un día el general D. Bartolomé Mitre 
viéndole maniobrar, esclamó lleno de entusiasmo. 

"Si este Batallón estuviera en un campamento 
francés, al mas lucido de sus cuerpos no tendría 
nada que envidiar," ese dia el santo del ejército fué 
— vSe lució el 6 de línea. 

El 16 de Abril de 1865, parte de nuestras tro- 
pas pisaron la tierra enemiga, siendo el 6 de línea 
el primer batallón que desembarcó. 

Después del paso aparece el combate del 2 de 
Mayo, batalla que habría sido perdida por nuestra 
parte, si el ejército enemigo hubiera sido mandado 
por un hábil general, capaz de abarcar con su vis- 
ta de águila^ nuestra crítica situación al principio 
del combate, apoyando, se entiende, á ese movi- 
miento con fuerzas considerables. 

El batallón del Mayor Campos no tomó parte 
activa en esta jornada como todo el ejército ar- 
gentino, á escepcion del bravo 1° de Línea, que á 

12 



178 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

las Órdenes del coronel Segovia se coronó de 
gloria. 

Pasaré por alto el combate del Estero Bellaco, 
20 de Mayo, que es insignificante considerándole 
relativo al resultado material de las pérdidas de esa 
jornada, y me detendré en la batalla de Tuyutí, 24 
de Mayo de 1866. ♦ 

La batalla de Tuyutí era defensiva para el ejér- 
cito aliado que fué atacado inopinadamente en sus 
posiciones: la izquierda del enemigo avanzó en or- 
den paralelo, rebasando su valiente caballería nues- 
tra derecha. La del ejército paraguayo en su 
mayor parte la formaba su infantería, que hizo un 
movimiento perpendicular que por el monte del 
Sauce, ocultaba estratégicamente su intención de 
envolver la extrema izquierda del ejército brasi- 
lero. 

En un momento la batalla fué empeñada en casi 
toda la línea, y referiremos solo las peripecias que 
tienen relación con este relato. 

A vanguardia de nuestra izquierda íueron des- 
tacados el 4 y el 6 de línea; esta maniobra audaz 
no respondía á ningún principio táctico, porque 
esos batallones aislados por algún tiempo y sin 
apoyo relativo para la batalla, que para nosotros 
era defensiva, en mi modo de ver era un error, y ■■ 
solo la intrepidez de esa brigada mandada por el 



EL CORONEL DON LUIS MARLA. CAMPOS 179 

valeroso Arredondo, por Fraga y Campos, y otros 
afamados oficiales, pudo detener el torrente de 
la caballería paraguaya. 

Aquella vorágine humana se precipitó sobre los 
dos pequeños montones de soldados argentinos. 

Eran ochocientos ginetes paraguayos! Pintores- 
co espectáculo presentaban aquellos bravos enemi- 
gos! Hombres de inmensa talla con la tez cobriza 
y la mirada altiva, el pesado morrión de cuero ha- 
cia atrás sujeto en el barbijo; el brazo musculoso, 
levantado, blandiendo el filoso sable, aquel sable 
que nos recordaba los hachazos de Waterloo; las 
piernas nervudas, desnudas, oprimiendo el flanco de 
los potros recien domados que desbocados se arro- 
jaban sobre nuestros soldados: no se oía sino la voz 
animosa de sus oficiales, gritando que no desmaya- 
sen, y el repiqueteo de aquellas inmensas espuelas 
que sangraban los hijares de sus torpes redomones. 
Avanzaban rápidos levantando una nube de agua 
délos esteros que pasaban en espantoso desorden: 
la metralla abria claros inmensos en sus escuadro- 
nes; pero una disciplina sobrehumana cerraba aque- 
llos claros con una rapidez digna de encomio. Ve- 
loces como el rayo se lanzaron sobre los cuadros, 
haciendo flamear sus banderas sobre las cabezas de 
nuestros soldados; pero allí había otra disciplina, 
otro heroísmo, y otro deber; era el de los hombres 



180 LA CARTERA UE UN SOLDADO 

libres que rechazaban el furor de aquellos centau- 
ros mas dignos de la epopeya de la libertad, que 
del poema sombrío de la tiranía. Sufriendo grandes 
pérdidas se corrieron á nuestra derecha, y alli sa- 
blearon un cuerpo que encontraron en mala si- 
tuación. 

En esta batalla el mayor Campos y sus bravos 
compañeros demostraron el temple de su alma: 
nunca habían visto el efecto terrible de una carga 
de caballería, que carga á fondo con ímpetu, y solo 
retrocede cuando es diezmada y vé entre raudales 
de sangre su impotencia. 

Con la fecha de esta batalla son los despachos 
de teniente coronel graduado, del que es hoy coro- 
nel Campos. 

Ahora permítaseme una digresión. 

Si López hubiera tenido un general de caballe- 
ría, no como Montbrun, Lasalle, Blucher ó Lavalle 
sino algo mas mediocre, y guardado hubiese algu- 
nas reservas, quien sabe lo que hubiera sucedido. 



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■t-. 




V. 



ESPURs de la gran batalla de Tuyutí, las ope- 
U^ raciones se paralizaron, y solo llamaba la 
atención del ejército, los pequeños combates que 
tenían lugar en el montecito del Yataí-tí-Corá, en 
alguno de los cuales escaramuceó el 6*^ de línea. 



El 10 de Julio, en ese mismo punto, se inició un 
combate, en mas grandes proporciones que los 
que hasta entonces habían tenido lugar: la noche 
separó á los combatientes para volverlos á reunir el 
día 1 1 en una reñida batalla, en la que el I " de línea 
con el bravo Roseti á la cabeza, se cubrió de san- 
gre y gloria, rechazando con el batallón "vSan Ni- 
colás" y '^El Correntino" el rápido desborde de la 
infantería paraguaya, mucho mayor en número que 
aquellas fuerzas. 

En este combate como en otros se podia probar 
los errores escritos con la sangre de nuestros 
soldados; porque es notorio que si en alguna par- 
te el proverbio aquel, "La letra con sangre entra" 
fué una verdad, es en la Guerra del Paraguay 
donde se pagó bien caro la experiencia adquirida. 



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182 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



La batalla del 1 1 concluyó á las ocho de la no- 
che, por la retirada de los parag-uayos abrumados 
por el fueg"0 de los arg-entinos. 

En este último momento el comandante Campos 
recibió la orden del General Rivas de relevar á la 
Legión y al 3 de línea que primeros habian ocupa- 
do el montecito y tenian casi agotadas sus muni- 
ciones: la orden fué cumpHda al pié de la letra; tan- 
to por el Comandante Campos^ como por los otros 
valientes jefes, á quienes se les encomendó el ho- 
nor de esta carga, produciendo en seguida la re- 
tirada de los paraguayos, que hasta ese momento 
habian permanecido combatiendo, del otro lado del 
Estero. 

El 16 y el 18 de Julio el Batallón 6 de línea no 
tuvo parte activa en esos combates, y solo se limi- 
tó á protejer la retirada de nuestras tropas, recha- 
zadas en las memorables jornadas del Boquerón; 
marchando el último dia á prestar igual servicio al 
Batallón Í2 de línea, que mandado por el intrépido 
Avala y nuestro vaHente amigo Mansilla repelía 
enérgicamente la caballería paraguaya por nues- 
tra derecha. 

Después de los combates del vSauce (16, 17 y 18 
de Julio de 1866) aparece Curupaytí chorreando 
sangre; en aquel combate tenaz y heroico, sublime 



EL CORONEL DON LUIS MARLA. CAMPOS 183 

sacrificio del soldado que pelea sin la esperanza 
de la victoria, que se bate para morir, ni aun por la 
vida como César en Munda, sin ver caer un solo de 
sus enemigos que en su sarcasmo horrendo, para- 
petados en su invencible posición, abrumaban nues- 
tro ejército bajo el peso de una catástrofe terrible; 
allí en esa egregia epopeya del sacrificio, allí donde 
se probó el temple del soldado argentino, porque 
jamás en nuestras guerras hubo nada parecido á 
Curupaytí, el Comandante Luis María Campos au- 
mentó el número de los héroes de ese dia, su bata- 
llón fiié hecho pedazos^ y él, herido de un balazo 
en un brazo, no cedió el terreno hasta no haber re- 
cibido la orden superior. 




v-^'^í: 







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5^5^-^^.^ 






VI. 



CONSECUENCIA de la herida recibida en Curu- 
paití, el Comandante Campos regresó á Bue- 
nos Aires y no estando restablecido aún, se incor- 
poró á su Batallón que se encontraba en el "Fraile 
Muerto" con las tropas que debian operar contra 
los insurrectos de Mendoza, que proclamaban la 
anarquía, y desgraciadamente probaban nuestra 
debilidad en el exterior, en los momentos en que la 
República estaba empeñada en una guerra ex- 
trangera. 

¡Qué pensaría el Brasil en ese tiempo de noso- 
tros! 

Al siguiente dia de llegar el Comandante Cam- 
pos al "Fraile Muerto," recibió orden del General 
Arredondo, para marchar con su cuerpo, el Bata- 
llón San Juan, y dos piezas de montaña en protec- 
ción del general que operaba una retirada sobre el 
Rio Cuarto perseguido por el enemigo con un ejér- 
cito mucho mas numeroso que el suyo. El coman- 
dante Campos tuvo que hacer con sus tropas una 
marcha de treinta y seis leguas en diez y siete horas, 
y la junción á las fuerzas del General Paunero dio 



■íi- 






EL CORONEL DON LUIS MARL\ CAMPOS 185 

por resultado el retroceso del enernig-o hasta San 
Luis. Organizado en el Rio Cuarto el ejército del 
Interior, obtuvo el Comandante Campos el mando 
de las fuerzas con que se habia incorporado. 

En estas circunstancias el ejército enemigo, fuer- 
te de 5,000 hombres, se encontraba en la provincia 
de San Luis y Mendoza, y habiendo concentrado 
en la primera de estas provincias^, toda su fuerza, 
marchó sobre el ejército del General Paunero que 
solo contaba con 3,400 hombres^, que por una 
coincidencia tomaba la ofensiva al mismo tiempo 
que el adversario . 

Cuando el ejército del General Paunero llegó á 
San José del Morro, fué fraccionado en dos colum- 
nas, tomando el mando de una de ellas el entonces 
Coronel Arredondo, que evolucianaría sobre la 
villa de Mercedes, á fin de batir al Coronel Videla 
que se encontraba allí con mil hombres. 

El Comandante Campos que marchaba en esta 
división, llegó á la Villa de Mercedes, ya abando- 
nada por las fuerzas del Coronel Videla y 500 in- 
dios de la Pampa, sus auxiliares, las que se hablan 
dirigido á San Luis á incorporarse al grueso del 
ejército insurrecto. 

El Coronel Arredondo, viendo frustrada su inten- 
tona, avanzó sobre San Luis operando en combi- 



186 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

nación con el General Paunero un movimiento, 
de avance, y designando por punto de reunión el 
Rio Quinto. El Coronel Arredondo llesfó á ese 
Rio_, pero no encontreS al General Paunero, porque 
éste estaba á dos leguas mas abajo de la reunión 
indicada. 

Apenas hablan trascurrido seis horas que des- 
cansaba la tropa de las fatigas de tantas marchas 
rápidas, cuando el jefe de la vanguardia anunció 
que el enemigo se aproximaba, inmediatamente se 
formaron las fuerzas en disposición de combate, y 
los 1.700 veteranos de la campaña del Paraguay, á 
las órdenes del Coronel Arredondo, esperaron con 
la calma del viejo guerreador el ataque de los 
insurgentes, cuyas fuerzas de las distintas armas al- 
canzaban á 5,000 hombres. Este ejército confiado en 
su número, avanzaba con imprudente audacia y una 
resolución manifiesta de llevarse todo por delante. 

Un instante la batalla fué defensiva paralas fuer- 
zas del Coronel Arredondo, en vista de la numerosa 
caballería del enemigo, quien conociendo su supe- 
rioridad numérica, desplegó cinco batallones y diez 
piezas de artillería con la intención de apagar los 
fuegos de la división de Arredondo; al mismo tiem- 
po que amenazaba con numerosos escuadrones. 

El Comandante Ivanowski y el Coronel Segovia 
sostenían con bizarría la derecha, en el centro esta- 



EL CORONEL DON LUIS MARÍA CAMPOS 187 

ba el Comandante Campos, y en la izquierda creo 
que el Mayor del 6, siendo auxiliado por un cuer- 
po de caballería. 

El fuego del ejército rebelde era vivo y tenaz y 
aumentaba gradualmente; nuestra izquierda se ha- 
bía visto obliofada á retroceder á consecuencia de 
una carga de caballería, que audaz lanzó el enemi- 
go, á pesar de haber sido protegida por el batallón 
San Juan. 

Las circunstancias eran críticas; momentos de 
hesitación muy grande: la izquierda' había ce- 
dido el terreno y el fuego nutrido del enemigo 
incendiaba la pequeña división de Arredondo. 
Entonces el Comandante Campos, comprendiendo 
que solo por un golpe de audacia podría ganarse 
una victoria ya comprometida, le dijo al Coronel 
Arredondo: 

Coronel, ¿quiere que cargue á la bayoneta? y 
éste le contestó con su calma jamás desmentida, mi- 
rando atento el progreso de la batalla, con aquella 
mirada penetrante que centelleaba en sus dos 
pequeños ojos: 

¡Cargue Comandante! 

♦ 

El Comandante Campos se puso al frente de su 



188 LA CARTERA DE UX SOLDADO 

batallón, hizo tocar el himno del General Lavalle, y 
arremetió á la bayoneta con su valor proverbial. 

El enemigo no cede el terreno, al ver el reducido 
número del batallón 6 de línea que con 257 plazas 
quiere arrebatarles la victoria, á ellos, que son 
1,200 hombres de infantería, al contrario conocien- 
do la influencia de la ofensiva arremete á su vez y 
las bayonetas se cruzan, y lo que no se ha visto en 
la campaña del Paraguay, y solo una vez en la guer- 
ra de la Independencia en la batalla de Ayacucho, 
y tres veces en las guerras de la Revolución fran- 
cesa y del Imperio, aquí se repite con encarniza- 
miento. 

El Comandante Campos avanzó al frente del 6'^ 
de línea y cuando apenas veinte metros separaban 
á los combatientes, ambos se detenían como admi- 
rados de su misma audacia. Aquel es el momento 
supremo que dá el triunfó ó la derrota; en ese ins- 
tante un átomo de audacia dá la victoria, aunque la 
fuerza numérica del contendor lleve la ventaja. Así 
fué, el Comandante Campos conociendo la situa- 
ción, se arrojó el primero sobre el enemigo: el aban- 
derado de uno de sus batallones es muerto por 
un balazo descargado por él y le arrebata, le quita 
la ensangrentada bandera que flameaba para nues- 
tro descrédito en poder de argentinos. Esta es la 
señal del combate, los soldados enemigos se lan- 



EL CORONEL DON LUIS MARÍA CAMPOS 189 

zan sobre Campos, le arrojan del caballo al suelo y 
amontonados sobre él, todos quieren herirle, todos 
intentan darle muerte, y esto fué sin duda lo que 
salvó aquella vida destinada á otras hazañas; esa 
confusión de tig-res para herir á su presa dio lugar á 
que llegara el 6" de línea y pusiera en completa dis- 
persión á la infantería enemiga. 

Al rededor de donde había caido el Comandan- 
te Campos quedaron 54 muertos. 

Esta es la batalla de San Ignacio, y por su bri- 
llante comportacion en esta jornada, Luis María 
Campos fué ascendido á Teniente Coronel efec- 
tivo. 

Este episodio es uno de los hechos mas brillan- 
tes de la vida miHtar del Comandante Campos. 

La campaña del Interior concluyó con la batalla 
de San Ignacio, después de la cual regresó el 6 de 
línea, al ejército del Paraguay. 




YTL 





N ese tiempo nuestro ejercito sitiaba á Hu- 
^maytá, ocupando la segunda línea del cua- 



drilátero. 



El 16 de Julio de I86cS tuvo lug;ar el ataque lle- 
vado por el General Osorio, por nuestra derecha 
á ese campo atrincherado. 

En esta jornada, el ejército argentino se concre- 
tó á hacer una demostración por el centro, y el ba- 
tallón 6 de línea con los dos Batallones del Coman- 
dante Obligado, ocuparon la vanguardia, sin que 
tuviéramos que lamentar- en ese dia mas pérdida 
que un soldado herido, de los cuerpos de la se- 
gunda división Buenos Aires. 

A consecuencia del contraste que sufrimos el 18 
de Julio del mismo año en el Chaco, el 6 de línea 
fué agregado á las tropas que allí mandaba el Ge- 
neral Rivas, á cuyo cuidado estaba esa posición tan 
formidable, que en honor de sus constructores, fué 
hecha con todas las perfecciones del arte. ' 



'^v 



EL CORONEL DON LUIS MARÍA CAMPOS 191 



La laguna Ibera frente á la posición ocupadapor 
la desesperada guarnición de Humaytá, fué el tea- 
tro violento de marítimos combates donde entre 
las tinieblas de la noche fueron despedazadas las 
fuerzas paraguayas que intentaban retirarse. 

Habiéndose ausentado el General Rivas á la 
parte opuesta de la Península donde se encontraba 
el Coronel Ivanowski, el Comandante Campos que- 
dó interinamente al mando del reducto. 

Anteriormente habia rechazado el enemigo dos 
parlamentarios á balazos, mas tuvo la buena suerte 
de ser admitido el que le envió el Comandante 
Campos, con el padre Esmeralda. 

En el primer momento le hicieron fuego, mas el 
bravo sacerdote sin inmutarse levantó una cruz que 
llevaba y doblando la rodilla en tierra les gritó, 
pidiendo que lo escuchasen un instante. 

Martínez tuvo una larga conferencia con él, re- 
sistiéndose siempre á entregar las armas, pero al 
fin convencido de su completa impotencia se rindió 
el 5 de Agosto con los demacrados restos de la 
guarnición de Humaytá que se componía de ocho- 
cientos hombres. 



192 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



La lid continua y encarnizada que tuvo por tea- 
tro ese pequeño y pintoresco espacio, es digna de 
todo encomio, esa lucha encarnizada de doce dias 
será siempre una corona de gloria para ambos com- 
batientes. Los paraguayos hicieron todo Lo que pres- 
criben las leyes del honor y el ejemplo de los bravos. 
¡Hicieron mas! muchos murieron de hambre antes 
de rendirse, y otros se suicidaron. 

Después de esta época recibió el grado de Co- 
ronel graduado el Comandante Campos, y habien- 
do seguido las operaciones de nuestro ejército so- 
bre la línea del Pikicirí, se encontró en el asalto y 
batalla Itaivaté, el 27 de Diciembre de 1868 y de- 
bido ásus buenas disposiciones tácticas y á su sere- 
nidad se debió el triunfo de una difícil situación. 

En esta jornada el Coronel Campos era jefe de 
la 2^ División, compuesta de los batallones 4^, 5^ 
y 6^ de línea y el Rioja y Catamarca. 

El Coronel Campos ocupaba la estrema izquier- 
da de nuestra línea, y habiendo salvado la fortifi- 
cación enemiga, avanzó en escalones sobre la in- 
fantería paraguaya que retrocedía velozmente. La 
vanguardia de éste ataque la llevaba el 4^ de línea 
con su coronel á la cabeza, el malogrado Floren- 
cio Romero, que agitado siempre por su indomable 
valor, jamás obedecía las leyes de la prudencia, y 






EL CORONEL DON LUIS MARÍA CAMPOS 193 

-en pos de ese ardor que le sería fatal en este dia, 
avanzaba llevando el batallón desplegado; desor- 
ganizado por los accidentes del terreno y la clase 
de tropa que componía el 4." de línea: eran Ja ma- 
yor parte reclutas. 

El Coronel Campos abarcó en un instante esta 
•situación, y sobre el particular amonestó varías ve- 
ces al Coronel Romero, quien llegó hasta exaspe- 
rarse, por una insinuación amistosa. 

^, El Coronel Romero resbalaba en la pendiente de 
•su fatal destino, entusiasta y enardecido por el as- 
pecto de su aparente victoria y el estruendo áe\* 
combate^ no sospechaba que sería la primera víc- 
tima escojida por su misma bravura. 

Rápidos cien ginetes de la escolta de López, co- 
mo el rayo de la desesperación, cargan á fondo so- 
bre una fracción del batallón del Coronel Romero: 
él es la primera víctima que sucumbe al esfuerzo 
del brazo de un soldado paraguayo: un hachazo le 
hiende el cráneo, una bala le horada el vientre, y 
un torrente de sangre inunda aquella faz tan noble 
y tan hermosa. Turbado por el golpe mortal cae 
del caballo, reacciona, se levanta, vaga la mirada, 
busca algo con ansiedad, algo que reanime la iner- 
cia de la agonía. Campos corre á él, á su amigo, á 
aquel pedazo de su existencia. 



i;; 



194 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Romero arrancó un esfuerzo supremo á la vida^ 
y una mirada de águila se escapó rápida de sus 
grandes ojos ya vidriosos. . . y un momento des- 
pués muere. 

Una parte del batallón 4." de línea es convulsio- 
nado completamente á pesar de los esfuerzos de- 
sesperados del bravo Bernal y sus dignos oficiales: 
el pánico con sus negras sombras cunde en el 5.° 
de línea, pero el arrogante Le valle contiene á ba- 
lazos el estupor fatal; el 6.° de línea se estremece^ 
pero alli está Campos, Arias y otros oficiales que 
reaniman la moral No hay nada que se sobreponga 
mas al peligro que el ejemplo de los bravos: el 
espíritu militar reacciona, y merced á los esfuerzos 
de todos los jefes de la división, renace el fuego- 
sagrado, y lo que debia ser una derrota, se trans- 
forma en una espléndida victoria. 

La división del Coronel Campos arranca á bayo- 
netazos á los paraguayos el triunfo que en ese mo- 
mento fué general en toda la línea. 

En este combate el Coronel Campos sintió todo< 
el peso de la responsabilidad de un contraste, que 
para un jefe superior es peor que arrojarse en los; 
brazos de la muerte. 

Esta victoria fué debida á la serenidad y dispo- 
siciones tácticas de Campos. Convulsionados sus. 






EL CORONEL DON LUIS MARÍA CAMPOS 195 



dos escalones de vanguardia, restableció el com- 
bate y arrancó la victoria con los de retaguardia. 

Poco tiempo después déla batalla de las Lomas, 
fué ascendido á Coronel efectivo. 




! '■ .i';.*í?' 




Yin. 




HORA, al hablar de los sucesos de la campa- 
.^_ña de Azcurra (1869) que recientemente han 
tenido lugar y que todo el mundo conoce, me limi- 
taré á aumentar simplemente el número de los 
episodios en que se ha encontrado el Coronel 
Campos, con la dirección superior de las fuerzas ar- 
gentinas que operaron con el ejército del Con- 
tie d'Eu. - 



Al apresurar el príncipe la marcha de flanco, de 
1 6 leguas, que debia tomar la retaguardia de Ló- 
pez^ encontró en Sapucay, el primer obstáculo, 
combate insignificante que allanó el camino hasta 
Peribebuy, donde el Coronel Campos fué condeco- 
rado por el conde de Eu, por su brillante compor- 
tacion y la de las valientes tropas argentinas (12 
do Agosto de 1869), Peribebuy trajo la batalla de 
Barreiro Chico, el 16 del mismo mes, y el 18 el 
combate de la picada de Caragüatay, últimos com- 
bates, en los que ha sido actor nuestro querido 
amigo. 



:3«; - 



EL CORONEL DON LUIS MARÍA CAMPOS 



197 



Hasta la fecha, estos son los servicios del Coro- 
nel Campos. 

Esta es la historia militar del 6 de línea, y tam- 
bién es la página gloriosa de algunos de los gefes 
del ejército, cuya carrera brillante ha seguido casi 
el mismo derrotero que la del Coronel Campos. 

Asunción 1869. 




-^. 



vi** 




IX. 




ASTA aquí lo que se escribió en otro tiempo 
para el coronel. Ahora en dos palabras arri- 
baremos hasta nosotros; es decir alcanzaremos al 
General. 



En el presente como en el pasado es el mismo 
hombre vigoroso, adornado además con la larga 
experiencia de su vida militar. 

A los servicios ya mencionados agregaremos 
nuevo realce, asistió á la primera campaña de En- 
tre Ríos en 1870, con el batallón 6.® de línea sien- 
do jefe de brigada y fué actor en la batalla de 
Santa Rosa, y á la segunda en 1872, en que man- 
dó'én jefe el ejército del Uruguay. 

En la revolución del año de 1874 tuvo el mismo 
carácter en el ejército del Oeste, y contribuyó po- 
derosamente, como su hermano el bravo Coronel 
D. Julio Campos, al desenlace de Junin. 



yW^: 



EL CORONEL DON LUIS MARÍA CAMPOS -é^ 199 
^ffi.,. 

Después de aquella época fué nombrado Co- 
mandante General de Armas, siendo Ministro Inte- 
rino cuando Roca marchó á la espedicion de Rio 
Negro, algún tiempo después fué ascendido á ge- 
neral. 

Hoy manda una división, y vive tranquilo en su 
hogar virtuoso, como un patriarca, la felicidad le 
sonríe y la satifaccion de haber cumplido su deber. 

Soy su amigo desde la infancia: hemos llevado 
alegres la ruda vida de soldado raso; juntos lim- 
piábamos nuestro fusil fulminante y arreglábamos 
nuestra pesada mochila: le he visto rápido en su 
carrera ilustre dejarme atrás, y al conocer las razo- 
nes poderosas de sus ascensos, se ha derramado 
siempre el contento en mi corazón de amigo. En 
los altos puestos que ha ocupado nunca le he pe- 
dido, ni nunca me ha dado nada, mas, por eso 
mismo debia en holocausto á un noble sentimiento 
escaso en estos tiempos, presentarle hoy que no 
espero nada de él^ este empañado espejo para 
que vea su retrato. No será resaltante el colori- 
do, mas si sincero, retrato hecho por un hombre 
que siempre rindió un culto constante á la lealtad. 




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V 



X. 



ECUERDO que un dia me dijo, su digna y dis- 
^^tinguida compañera esta frase: 



— La referencia que Vd. hace de Luis María, en 
la retirada de Curupayti, me ha arrancado lá- 
grimas. 

Ahora á mi vez esclamo: 



¡He aquí el reverso de la medalla! Los hijos del 
héroe podrán decir mas tarde 

— Mi padre fué un antepasado: mi madre la hija 
de un libertador de pueblos oprimidos, que borró 
los errores del pasado elevando con patriotismo 
un pueblo esclavo y proscrito al rango de una 
nación libre y constituida. 

Eso dirán sus hijos; mientras que el surco lumi- 
noso que deja el progenitor en la historia de los 



EL CORONEL DON LUIS MARÍA CAMPOS 201 

bravos muestre al soldado venidero el derrotero 
del patriotismo y del honor, en el campo de batalla. 

Mi deuda de justicia y de cariño está cum- 
plida. 




■íi^ 



EL H0ÍÍBB1 SI A €ABMLh9 



(ESCENA DE LA VIDA CAMPESTRE) 



I. 




'ON cuanto sentimiento veo desaparecer el 
'gaucho: ese tipo tan bravo en los combates, 

tan constante en el sufrimiento y tan patriota en 

las grandes emociones del ciudadano. 

¿Era acaso un contraste con la civilización y el 
progreso que se guardase incólume esa enérgica 
personalidad argentina? ese héroe de las llanuras 
que ha regado con su sangre benéfica los mas 
grandes hechos de la historia nacional,, esa manifes- 
tación genuina de un suelo vigoroso, donde corren 
en silencio, sin afectación inmensas columnas de 
agua, y se hierguen altivos, enormes peñascos de 
puntas de plata, como un monumento de gloria 
que se arroja al cielo. 

¿Acaso la Rusia no posee el cosaco, el Austria, 
el madgiar, la Inglaterra el highlander^ la Francia, 
el spahis, los Estados Unidos, el traper; y así otras 
naciones? 






206 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Es que los pueblos necesitan como una fuerza 
constante esos elementos vigorosos; porque á ellos 
está vinculado con férreos lazos, el patriotismo y el 
amor á la independencia, que desde Sagunto á Za- 
ragoza y el Paraguay nos dan ejemplo de lo que 
es capaz un país viril. 

Napoleón aludiendo á la resistencia vigorosa de 
la España, decia: "Al único general que yo temo, 
es al general español No me imporfay 

Tenia razón; ni las derrotas, ni las matanzas en 
masa arredró á ese pueblo enérgico que enseñó á 
la vencida Europa, á vencer con paisanos las 
águilas de la victoria. - 

Nosotros los argentinos, en momentos en que 
las colonias estrangeras reviven poéticamente en 
sus alegres romerías los santos recuerdos de la pa- 
tria, dando vida nacional á sus venerandas tradicio- 
nes, borramos en el presente, de la belleza del pa- 
sado, el traje nacional, cambiando su elegancia y 
los pliegues armónicos de látela que lo forma ^ 
por un vestido ridículo^ que compuesto dedos ele- 
mentos antagónicos en estética, se despide como 
un bufón, de una tradición que ha podido conser- 
varse como un dulce canto de la cuna entre el sil- 
vido progresista déla humeante locomotora. 



EL HOMBRE DE Á CABALLO 207 



¡Ah el traje nos lleva el gaucho para no volver 
mas! ¿Lo echaremos alguna vez de menos? ¡Quien 
sabe! 

Ahogad las gloriosas tradiciones de un pueblo, 
y estoy seguro que cuando golpee el invasor con 
las culatas de sus fusiles la puerta de la frontera, 
no encontrareis á ese pueblo firme en el campo de 
batalla. 

Y ya que se enseña tanto saber en las escuelas; 
porque no se levanta con la prédica incesante, un 
altar constante en el inocente corazón del niño, á 
la memoria de los grandes hechos para que sepa 
que todo lo debe dar por ese deber sagrado que 
se llama el patriotismo, y que ha de identificar- 
se con estas dos grandezas: las dos glorias de la 
humanidad. 

El trabajo para el ciudadano, el sacrificio para 
el soldado. 




' "SÍ 







??¡t:»itr5??J?5fír5t5i?í5t?fv]ít(t?5t^5(?r^í¡t?5^ 




II. 



OY á bosquejar aunque imcompleto un peque- 
ño cuadro de nuestras costumbres nacionales. 



Esta vez elegiré el domador, tipo rudo y vale- 
roso, que asombra al europeo^ porque en ninguna 
parte del mundo, el hombre lucha tan sin resguar- 
do contra el bruto embravecido. 

Solo en las reoriones del Plata se ven esos sober- 
bios jinetes que ejecutan sobre el potro indómito 
verdaderas hazañas de fuerza y de equilibrio. 

Alofuna vez no me atrevo á narrar las orinetea- 
das que he presenciado en mis largas correrías; por 
que me parece que la sonrisa de la duda pasea 
sarcástica en los labios del que me escucha. 



Montar un potro en pelo con espuelas, dejándose 
caer el jinete al pasar la tranquera del corral so- 
bre su arqueado lomo: saltar sobre un novillo y 
sostenerse en medio de los ridículos y pesados mo- 



EL HOMBRE DE Á CABALI^O 209 

\ámientos del animal al que se le mueve la piel co- 
mo si estuviese despegado del cuerpo^ ir á toda 
furia, pegarle un fuerte golpe entre las orejas al no- 
ble bruto que monta y caer parado con las rien- 
das en la mano como si se tratara de la cosa mas 
natural del mundo, estas y muchas otras pruebas 
de destreza y sangre fría encontraría en el espeso 
acopio que guarda en silencio la azarosa existencia 
rural. 

Por hoy presentaré al domador conchavado; es 
decir, el hombre del oficio que por un miserable sa- 
lario juega su vida á cada instante, y que después 
de arrastrar una existencia entre golpes y sacudo- 
nes, al fin lo mata un potro. 




14 





III. 



Estamos en la estancia. Próximo á las casas el 
gran corral de palo á pique con su tranquera 
al frente. Mas allá el palenque de los caballos 
donde hay algunos atados. Entre el palenque y el 
corral un fogón rodeado por media docena de 
paisanos en cuclillas tomando mate. 

La mañana está deliciosa: el sol derrama su luz^ 
templada sobre la silenciosa pradera que se estien- 
de sin límites en circulante íorma. 

Un silencio solemne domina la escena; interrum- 
pido de cuando en cuando por la conversación de 
los pfauchos del foofon. 

Próximo á ellos se encuentra un joven de as- 
pecto varonil y nervudo: su edad no pasará de 
veinte y cinco años: veinte y cinco años bien tra- 
bajados: está arreglando un rollo en la cabezada 
de un apero de domador: su sobrio traje especial 
y liviano consiste en muy pocas pilchas. La vincha,. 



.*■ - 



El. HOMBRE DE Á CABALLO 2TI 

para que no le incomode el pelo, le sirve de som- 
brero: en mangas de camisa, se las ha arremangado 
hasta la extremidad del antebrazo: con una peque- 
ña jerga bajera raida y ligera se ha improvisado un 
chiripá corto, ajustado como pantalón, y sujeto á 
la cintura por la faja: el calzoncillo envuelto hasta 
arriba de las rodillas deja ver unas piernas de 
músculos de acero, delgadas y de correctas formas 
aunque ligeramente encorvadas hacia adentro: la 
bota de potro arrollada en el tobillo forma un ribete 
de relieve: la espuela grande nazarena de fierro ba- 
tido, aguzada las púas como espolón de gallo de 
reñidero, está ajustada al talón, acortada la alzapri- 
ma, de manera que quede firme y no se mueva al 
asegurarse en el filo de la corona: no está destalo- 
nada; porque eso solo se usa en el paseo como una 
coquetería del hombre de la campaña. 

Este moceton tan sereno que tranquilamente 
prepara todos los elementos para asegurar lo me- 
jor que pueda su vida, y demostrar su destreza: es 
un domador. 

Su juventud le predispone al peligro: cualquiera 
creería que no es suficiente hombre para arrostrar 
los furores salvajes del bruto; pero hay que tener 
en cuenta que en la campaña á esa edad uno es 
fuerte y vigoroso, y estamos seguros que nuestro 
héroe hará todo lo posible por salir airoso del lan- 



212 LA CARTERA DE VN SOLDADO 

ce: vá á demostrar un corage en el peligro, digno 
de un poema, y cuando se diga que hubo un pueblo 
en que todos sus hijos eran de esta estirpe se 
comprenderá entonces por que esa nación nunca 
fué vencida. 




^^^■M¥:'- 




lY. 



«i» 




L domador recien ha sido conchavado el dia 
anterior, junto con su padre que es un viejo de 
setenta años, al cual ocuparán en trabajos menos 
fuertes. Silencioso el anciano se encuentra entre los 
ofauchos del foofon sorviendo el cimarrón. 

El capataz de la estancia va á probar al doma- 
dor. Es necesario ver lo que dá ese mocito que tie- 
ne laya de altanero. La probada vá á ser en regla: 
se le hará ensillar el bagual mas bravo de la mana- 
da: un potro que parece hijo de Zebra. 

— Creo que no va d agiLantar la juria del bagual: 
es malaso^ y de im aguante qne da tniedo esclama el 
mayordomo dirigiéndose al padre del domador. 

El viejo en ese instante abandona la bombilla 
del mate que toma, y replica con aire herido: 

— No lo ha di volteaj^; mí hijo es nn hombre de 
juerza y resolvencia^ y d corajudo no reculad naides 
la pisada de un chimango. 



•X'^ 



214 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

El domador que ha escuchado este cambio de 
frases, se endereza, con la altivez de un hombre 
libre, toma una actitud impaciente, y dirijiéndose á 
su padre le dice: 

— •/ Y si me atraca ííh golpe 7n{ padre ^ pa qite dijo 
la pariera varón ! 

Otro de los paisanos que tiene traza de com- 
padre, al ver el aire del mozo replica con maHcia. 

— Layas no corren á naides. ^^' 

Siente el domador la indirecta: el puaso estimu- 
la su amor propio herido: la ira le asalta en el 
momento: reflexiona: se serena: enseguida sin per- 
der su calma habitual exclama sonriendo con or- 
gullo: 

— A sigitn y conforme, pero le ahierto que dende 
que ando en trabajos soy laya que he corrido á 
7nuchos carneros. 

Una risotada general interrumpió el diálogo, y la 
alegría más completa fué el preludio de una escena 
propiamente originaria de las praderas argentinas. 



<!-■ 



(I) Calidad de una persona se dice muchas veces: aquel que tiene 
buena laya: buen continente. En este caso se aplica á los fanfarrones. 



.íf~.«>7^^ipE^; T- -íñW' 




V. 



^N estremecimiento lejano como el de un true- 
no continuado anuncia la marcha en tropel de 
muchos caballos reunidos. 



Se aproxima la manada entre los relinchos y los 
gritos de los conductores, asediada por bocanadas 
de polvo, parecen reventazones de minas intermi- 
nables. 

El hermoso sol de la mañana dá vigor á los co- 
lores de los animales, que reviven al son de una ar- 
monía artística, en uno de esos momentos en que el 
pintor inspirado por la realidad de la naturaleza 
ejecuta una obra maestra. 



Entre aquella multitud confundida, de grandes, 
pequeños y hermosos brutos, sobresale con gar- 
bo un potro oscuro, crinudo, grande, de cabeza le- 
vantada, altanero, ojos rápidos; parecen relám- 
pagos inyectados de sangre_, que anuncian el furor 
á la simple aproximación del hombre: piernas del- 



216 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

g^adas y musculosas: encuentro férreo, resaltante^ 
como si su g-ran corazón lo empujara afuera: vien- 
tre esbelto estendido: jarretes de acero: anca re- 
donda: cola espesa, porruda llena de abrojos; y 
corre airoso con 

"La crin tendida vaoforosa al viento." 

El tropel ya está próximo al corral. Se levantan 
entonces los gauchos del fogón: uno de ellos toma 
el lazo y lo arma con arm'ada g^rande, otro un bozal 
al cual asegura bien el maniador y colocándose so- 
bre un flanco por donde debe pasar la manada 
esperan el momento oportuno para enlazar al po- 
tro oscuro y asegurarlo. 

En el instante en que se pone á tiro, uno de ellos^ 
con la rapidez que dá la destreza inveterada, levan- 
ta el brazo y hace girar sobre su cabeza el círculo 
incorrecto, con cierta vaquía que impide que se 
cierre. 

Silva el lazo, y formando trayectoria en serpen- 
teo, el aro concéntrico y corredizo cerrándose rápi- 
damente, cae sobre el pescuezo del potro oscuro^ 
como un dogal que se oprime velozmente. 

Apenas el bagual siente el roce de la cuerda de 
cuero, pega un brinco como tocado por una chispa 
eléctrica, que le hiciera sentir el dolor mas horrible 
que se pueda imaginar. 



EL HOMBRE DE Á CABALLO 217 



Entonces, dá principio á una lucha desesperada 
y brutal por arrancar el lazo de las manos del ro- 
busto gaucho que lo aguanta con firmeza, haciendo 
centro de gravedad en sus nervudas piernas, ar- 
queadas por el hábito del caballo desde la infancia, 
y dobladas como una guardia de esgrima, apoyan- 
do fuertemente la extremidad del lazo en las só- 
lidas caderas. En esta segura posición queda firme 
como una estaca. 

Solo el hábito y el ejercicio continuado pueden 
dar ese vigor, y esa firmeza para resistir y vencer 
la tuerza enorme del bruto; aguantando como una 
columna de bronce los tirones desesperados del 
animal enardecido. 

El potro furioso, tan pronto salta á un lado como 
á otro y de repente corre violento en dirección al 
paisano: en ese momento queda flojo el dogal 
maldito, y sintiendo ese pequeño alivio, creyéndose 
ya libre, se lanza con mayor ímpetu á la carrera, 
mas llega el último estremo de la cuerda y un tirón, 
horrible casi lo asfixia y lo dá contra el suelo. 

Jadeante, medio ahorcado, respirando fatigosa- 
mente con una expresión formidable de furor se 
debate en el suelo, donde ya el otro paisano le ha 
enredado las patas y las manos, mientras que otro 
le pisa el pescuezo, le ata la oreja le corta las cri- 






■V'- 



218 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

nes para que no incomode al domador, le aseguran 
el bozal, le acomodan las fuertes riendas, atadas 
con guascas sobadas en el maxilar inferior, lo gri- 
tan, lo palmean, se burlan de él, y al fin después de 
algunas sacudidas y mordiscos se queda quieto. La 
paz reina en Varsovia. 

Entonces uno de los paisanos tomando fuerte- 
mente del cabrestro del bozal lo hace levantar. El 
potro se pone de pié bufando, tembloroso^ inquie- 
to, feroz, el ojo centelleante de rabia, parece la 
mirada de un loco sugeto en sus cuatro esl.remida- 
des, y al fin se resigna astuto y se deja atar por el 
• cabrestro al palenque: los dos apadrinadores mon- 
tan á caballo para presentarle un ejemplo de man- 
sedumbre, de esclavo domado. 

Bien sujeto de manos y patas se aproxima el 
domador con su sobria montura y empieza á ensi- 
llarlo á su gusto, demostrando un cuidado prolijo 
en que todas las cosas han de estar en su lugar. 
En cuanto siente el animal la cincha vuelve á in- 
quietarse cimbrando el lomo; pero está impotente 
y sus esfuerzos son vanos. 

Ya todo pronto le desenredan las patas, desatan 
el animal del palenque y lijero monta el domador 
mientras sus compañeros se lo tienen por la oreja 
del lado de montar tapándole el ojo de ese cos- 



;.-3t;;.-5: 






EL HOMBRE DE Á CABALLO 219 

tado. El ginete entonces toma una actitud espe- 
cial en la que estriba el honor de la jornada, agar- 
ra las riendas tirantes, hecha el cuerpo duro hacia 
atrás, encoje un poco las desnudas piernas, calza 
el corto estribo de palo entre los dedos mayores 
del pié que se pegan al borde de la carona, afirma 
las espuelas, y oprimiendo fuertemente sus rodi- 
llas los flancos de la cabezada, grita con coraje: 

¡Larguen esa maula! 




■ - ,, ii* 




VI. 



Jesucristo! que bagual: ¿Si tendrá el diablo en 
'^el cuerpo. 



Primero pega un brinco con una agilidad de 
tigre enfurecido, y convulso se sacude en el aire 
flameando como una bandera al furor de una 
tempestad: enseguida cae violento metiendo la 
cabeza entre las piernas, y levantando casi verti- 
cal el anca, vuelve á alzarse rápido, ya por un es- 
tremo como por el otro^ y forma con su espinazo, 
del cogote á la cola un arco peligroso para el equi- 
librio, de manera que el ginete en ciertos momen- 
tos se mantiene apenas sentado en un punto de la 
montura, solo prendido por una fuerza muscular 
que parece que no tuviera punto de apoyo, y un 
equilibrio milagroso. Los furiosos saltos y los trai- 
cioneros corcobos se repiten en distintas formas, y 
aunque se le vea moverse de un lado á otro al ca- 
ballero samarreándolo como una vibración tre- 
menda, firme, sigue sosteniendo su posición que 






EL HOMBRE DE Á CABALLO 221 

tiene por base la rigidez del cuerpo y la fuerza 
de sus piernas. 

La situación mas difícil para él, es cuando en el 
aire se sacude y se le vé inseguro y vacilante al 
parecer, como un borracho que aun no ha perdi- 
dido del todo el sentido, ó si una mano poderosa 
lo estremeciera sin poderlo arrancar de la montu- 
ra; y sin embargo él solo reacciona, en tan apre- 
miante momento, por mas difícil que sea su situa- 
tuacion no charquea; porque eso sííría una 
deshonra: sus manos tienen firme las riendas y el 
rebenque que levanta de cuando en cuando, para 
caer con el plano de la lonja con un ruido seco 
sobre los sudados hijares de la indómita bestia. 

De repente el potro se amaca acompasado, y 
cuando el ginete cree que ya no vá á bellaquear, 
rompe exabrupto en los corcobos mas estrafalarios, 
gritando como un condenado, mordiendo, espu- 
mante como un rabioso, con toda la furia de su 
desesperación: tiene razón el noble bruto, lucha 
por la libertad, por esa sagrada riqueza que solo 
se compra con el sacrificio, y el juicio maduro de 
saberla conservar. 

El ginete impasible y precavido no pierde un 
instante su calma, prendido fuertemente de las 
riendas mantiene el equilibrio á duras penas: ya 



■■;-,* 



■•'•'*-, ;-;**;. 



*- 

* 



"*%. 



222 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

dos veces lo ha desacomodado bastante fiero; 
pero ha vuelto otra vez por instinto á su lugar, 
como por la misteriosa atracción del peligro pre- 
venido. 

Sigue incansable el bagual furioso bellaqueando 
con una agilidad asombrosa, y un aguante formi- 
dable. 

Al sentir las espuelas su frenesí monta al colmo, 
y prorrumpe desesperado en una carrera de bo- 
tes violentos: de repente sudoroso, cubierto de es- 
puma, resollando como un degollado á medias: 
pega un remesón capaz de sacar por las orejas al 
mas pintado, se detiene: toma alientos con mala in- 
tención: se empaca y queda ahí exhalando resoplidos 
continuados con las narices desmensuradamente 
abiertas, como para que salga el furor de su pecho. 
Entonces se le aproxima uno de los apadrinadores 
y poniéndose á un costado, trata de volverlo al lado 
del palenque, pues ya es tiempo que concluya la 
domada. 

La actitud del animal en ese momento parece 
tranquila: aprovecha entonces el domador el ins- 
tante oportuno y lo llama á las riendas tironeán- 
dolo fuertemente á los lados hasta que la boca 
toca el encuentro, cuidando al mismo tiempo de no 
quebrarlela boca, en esta operación se desacomoda 



;^,.^ 



EL HOMBRE DE Á CABALLO 223 

un poco por el esfuerzo violento que hace hacia 
atrás, porque emplea todo su vigor en este movi- 
miento. Mas de repente se alza el animal salvaje, 
pega un bote, y vuelve á bellaquear; pero ahora 
es otro sistema que un soplo infernal lo inspira: 
empieza á bellaquear á gueltas: pega el corcobo y 
antes de caer en tierra gira á un costado volvien- 
do la cabeza como para moder el estribo. En esta 
situación difícil el ginete ya un poco cansado se 
encomienda á la Virgen y echa mano de las últimas 
fuerzas que le quedan: el potro no desmaya: sus 
saltos y corcobos circulantes son para revolver las 
entrañas á un hombre de bronce: el traqueo con- 
vulso, horrible es algo indescriptible: se sacude, se 
cimbra: culebrea en el aire como una chispa eléc- 
trica, y se entremece como un peñasco que va á 
ser lanzado lejos por un temblor de tierra, como 
una masa oscura, vibrante en el espacio; pero al fin 
dominado por la fatiga cede á su pesar y aleccio- 
nado por el ejemplo del caballo tranquilo del apa- 
drinador vuelve, amacándose ó con un trotón bru- 
tal al punto de partida. 

Todos creen que ha concluido la valiente faena; 
pero de súbito como para sacrificar en aras de la 
libertad el último esfuerzo de la vida salvaje, se 
alza rápido con los ojos saltones de una rabia trai- 
cionera, se para en dos manos con una velocidad 
inaudita é instintiva, y echándose de lomo se der- 



■Ji.-* 



224 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

rumba con estrépito, con ánimo de matarse, con 
tal de matar al ginete; éste sin perder su admirable 
sangre fría, con la agilidad de un gato montes, pega 
un salto á un costado y sale haciendo tararear las 
espuelas sonadoras, con el cabestro en una mano y 
en la otra el rebenque; y dirigiéndose al paisano 
de la compadrada, le dice en tono de pifia. 

¡Amigo, que le parece mi laya! 

El interrogado avanza hacia él, estirándole la 
mano, y con cierta admiración reprimida, exclama: 

— ¡Qué el mocoso había sido hombre de á caballo! 

La Verde. 1876. 




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(CUADRO DE OTROS TIEMPOS) 



A mi querido tio Don Nicolás Lastra 



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15 



*. TOEG© BEL FMTQ \ 




I. 



Si queréis conocer la virilidad de 
de un pueblo, estudiad sus costum- 
bres, y encontrareis que existe una 
inmensa distancia entre Esparta y 
Sibaris 

Es un error muy grande creer 
que la civilización está en el traje: 
Esta vestida de cualquier modo 
nace en el trabajo y en los hábi- 
tos humanitarios y filantrópicos: el 
uno nos conduce al progreso, y el 
otro á las instituciones. 



. * 


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3 


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1 



L juego del Pato que en otro tiempo fué uno 
de los entretenimientos de la gente de la 
campaña, constituía una escena que solo podia ser 
representada por valientes actores, endurecidos en 
esa existencia aventurada y pintoresca, que se 
llama la vida del gaucho, espuesta á cada momento 
á un peligro, á los vaivenes de la miseria, y alar- 
mada continuamente por el dominio del Señor 
feudal. 











II. 




i^STAMOs en la pulpería. Un espacioso rancho 
blanqueado, con una ramada en la puerta de 
comercio, se levanta en un terreno que forma un 
rectángulo, circundado por una línea de álamos que 
pudiera muy bien calificarse de palizada natural, 
especie de resg-uardo para un momento dado, que 
asume mas este carácter por estar rodeado por un 
fozo roto en el frente de la casa, donde está clava- 
da una tranquera de palos corredizos; única entra- 
da al reducto mercantil que representa muy modes- 
tamente el puente levadizo del antiguo castillo, que 
allá en lejanos tiempos, se destacaba sombrío con 
sus negros torreones, como una amenaza encubier- 
ta, para ser guarida de algún salteador de caminos. 



En uno de los costados del rancho está el pa- 
lenque de los caballos, y al otro el cerco del 
Tambo con las duras guascas peludas, para atar 
vacas y terneros. 



EL JUEGO DEL PATO 229 

Un miserable galpón donde se guardan menuden- 
cias que sirve al mismo tiempo de gallinero, se 
muestra como un saparrastroso haragán allá en el 
fondo. 

Detrás de la casa se ven desparramados en 
un corto espacio los árboles de la quinta. Se puede 
muy bien estudiar en esa raquitica arboleda la 
haraganería rural, que vive á espensas de la carne 
que se dá de balde. 

Todo este conjuntóse destacaenuna inmensa lla- 
nura verde, salpicada á la distancia por muy raros 
puntos blancos, que dibujando poblaciones sobre- 
salen en el horizonte, y el ganado que pace en dis- 
tintas posiciones diseminado en el llano, revistiendo 
contusas formas y colores variados, abigarrados, 
á causa del espegismo de la distancia. 

Las graciosas y ligeras ondulaciones de la pra- 
dera en algunos puntos, diseñan con la sombra la 
húmeda cañada, donde se cimbra la espadaña in- 
quieta al beso de la brisa de la tarde; y acecha en 
silencio alguna que otra cigüeña el reptil codiciado 
para su sustento: se la vé allí inmóvil, como un 
centinela; parece que medita; ó un casal de chajahs 
que allá mas lejos, con su tranco teatral, pasean 
sobre el borde de la laguna, dando ejemplo de 
buen sentido conyugal. 



230 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Esta es la pampa civilizada ó á medio civilizar, 
como se la quiera denominar: magestuosa, porque 
es solemne, recogida en sí con su silencio de mis- 
terio, con su silencio de omnipotencia divina. ¿Aquel 
mar inmenso de los últimos tiempos de la forma- 
ción del mundo, qué secretos no guardará? Qué 
revoluciones incógnitas y repetidas no habrán dado 
la razón talvez á la teoría de Boitard, ocultando en 
sus entrañas tantos grandiosos cataclismos? y el 
hombre con vanidad pueril todo lo quiere saber y 
reducir á problemas matemáticos sus teorías y 
afirmaciones científicas, olvidando ese miserable 
átomo imperceptible de los grandes mundos, que 
no alcanzando su débil inteligencia á comprender 
á Dios, su saber es bien limitado, porque esa gran- 
deza infinita es todo, desde el infusorio al que no 
alcanza el microscopio, hasta el globo inconmensu- 
rable que gira en el espacio suspendido por 
leyes eternas é inalterables. 





III. 




ERMOSA es la tarde de otoño; el paisaje no tie- 
ne bosques, montañas ni ríos: una alfombra 
de esmeralda y un cielo diáfano espléndido, será 
el fondo mas adecuado para el cuadro donde es 
necesario pintar doscientos ginetes argentinos en 
las posturas más arrogantes y vigorosas, divididos 
en grupos pintorescos, con resaltantes colores y 
briosos movimientos de una poesía épica home- 
riana. 



Los paisanos están desmontados, arreglando 
unos sus monturas, otros en actitud de espera, te- 
niendo todos de las riendas á sus caballos, se han 
convidado á jugar el Juego del Pato y esperan la 
señal de la lucha divididos en dos bandos; los 
azules y colorados van á ser actores en una fiesta 
de la fuerza bruta, de la destreza, y del valor,, que 
al fin produce lamentables incidentes y un baile, 
como parodiando los contrastes de los cuadros de 
la vida con el mas resonante colorido. 



Í:-:.S5SP. 



232 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Vamos pues á presenciar este juego de antaño 
en que nuestros padres echaban el resto: esos 
nuestros padres que siendo tan poquitos, hicieron 
cosas tan grandes; pigmeos legendarios de una 
epopeya de gigantes, que lanzaron con audacia 
á la posteridad esta estrofa: 

Si la grandeza militar se estima 
Por lo que de ella al porvenir le toca 
Cabe bien Austerlitz dentro la boca 
De algún cañón de Ayacucho ó Lima. 




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IV. 



E vé que es un día de fiesta por el tropel de 
gente amontonada en bulliciosa algazara al 
frente de la Pulpería, que ha estrenado banderita 
nueva. ¡Ya lo creo que vale la pena! es dia de 
ganga para el pulpero, y va á sacar el vientre 
de mal año. 

El lujo del dia santo es resaltante; pingos y 
ginetes están ataviados con las mejores pilchas 
que salen á relucir en el dia dominguero: el plate- 
río es ruidoso y espléndidamente relumbrante^ á 
dejarlo á uno ciego, aquello mirado á cierta dis- 
tancia bañado por el sol, parece un relampagueo 
continuo en multitud de piezas de armadura. 

Pretales de maya riograndense, con corazones, 
medias lunas, estrellas, iniciales y que se yo cuan- 
tas cosas mas: cabezadas articuladas con piezas 
sólidas, bordadas, llevando el lema del dueño: es- 
puelas de sesenta y cinco onzas, especie de grillos 
lujosos, centelleantes: riendas con virolas labradas 
y trenzados esquisitos, boleadoras de marfil enea- 






234 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



denadas en los estremos: con pasadores de oro re- 
lucientes: rebenques con cabos cincelados llenos de 
flores desconocidas: testeras de plumas coloradas 
ó azules seorun el bando, con cintas colofantes á los 
estremos: sobrepuestos bordados por cariñosas 
manos con dibujos primitivos, acomodados debajo 
de una sobrecincha del mismo sistema y sobre un 
cojinillo tucumano crinudo: caronas y cinchas rio- 
grandenses ó floreadas por la talabartería argenti- 
na, adornadas de charol y tafilete colorado: estri- 
bos macizos de formación antigua, metidas las 
correas en tubos con relieves floreados; en fin, 
aquello es un lujo desmedido que hace contraste 
alguna vez con el apero cantor que lleva un joven 
pobre, que solo manifiesta su pobreza en su mon- 
tura; porque él es rico en fuerza, valor, y her- 
mosura. 

¿Y que diremos de los ginetes? que indudable- 
mente tienen que estar en relación con los bellos 
arreos y sus fogosos pingos: son hombres casi to- 
dos robustos: la tez bronceada por el sol de la fa- 
tiga, altos de estatura, esbeltos, elegantes, con la 
mirada del águila: el pelo largo cayendo á los cos- 
tados de la cara: fisonomía correcta en su tipo ori- 
ginal: anchas espaldas cubiertas por la chaqueta de 
paño azul de botones dorados ó de ormilla, ó la 
camiseta de elegantes pHegues ajustada á la delgada 
cintura por la ancha faja pampa que dá mil vueltasá 



EL JUEGO DEL PATO 235 



SU alrededor, cubierta por el ancho tirador de cuero 
primorosamente bordado de seda con figuras in- 
correctas, matizado en ciertos claros con un enjam- 
bre de monedas de oro y de plata, que semejan 
las escamas de una antigua cota de malla, cerrado 
por delante con las grandes placas de artisti- 
cos gustos distintos, de donde arrancan los eslabo- 
nes unidos á las monedas que enganchan á los 
ojales: estos medallones forman alguna vez una 
figura alegórica, bien grotcísca; el sombrero negro 
bajo y de ala corta, ó de paja, cubre con donaire 
la cabeza adornada por la espesa cabellera inculta: 
el chiripá suelto, de paño azul, punzó, de espumilla 
bordado, ó de vicuña, ostentando sus graciosos y 
caprichosos pliegues, dejando por las aberturas \ er 
el calzoncillo azulado y primorosamente cribado 
con el fleco que cae sobre la bien sobada bota de 
potro con delantal ó fuerte^ de pequeña forma: las 
dagas, los puñales y los facones relucen cruzados 
oblicuamente en la parte de atrás de los esbeltos 
talles que se arquean de cuando en cuando con 
esa elasticidad de músculos flexibles. 

Este es el traje nacional, nacido y creado en la 
tierra argentina: mas pintoresco que el árabe y el 
húngaro; este es el traje nacional que debemos 
conserv^ar, como todas las naciones civilizadas de 
la Europa conservan el suyo, y lo conservarán, 
mientras se eleve en el hogar de un pueblo el pri- 



236 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

táneo del amor á la tierra en que nacieron; y tan se 
comprende esta necesidad en los altos poderes, que 
vemos á los príncipes y los reyes, abandonar el 
cetro en ciertas épocas y revestir el uniforme del 
pueblo para halagar su sentimiento nacional é iden- 
tificarse en la acción con la gran masa popular. 




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V. 



I^N ese tumulto de paisanos paquetones se re- 
^parten en mil gustos variados las diferentes 
piezas del vestido, tomando cada uno los colores 
más bizarros y resaltantes: sucediendo lo mismo 
con los arreos. 



Los jugadores ya han montado á caballo: los va- 
lientes brutos de crin cortada y músculos de fierro, 
avezados al trabajo y á la fatiga, piafan impacien- 
tes: se agitan nerviosos, castigando con la espesa 
y bien peinada cola los importunos insectos: relin- 
chan lanzando continuados resoplidos, husmeando 
con alegría la tropilla: escarban impacientes el suelo, 
haciendo sonar la coscoja del freno de grandes co- 
pas de plata; y un borbotón de espuma inunda su 
boca: su impaciencia es notoria^ su sangre ardiente, 
los impulsa al combate: parece que hubieran reci- 
bido de sus amos ese fuego que solo arde en los 
grandes pueblos, y que en un secreto idioma se 
comunica inconsciente. 



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238 LA CARTERA DE UN SOLDADO ' 

Los grupos se dividen por una estrecha calle; el 
pulpero sale entonces, avanza hasta la cabeza de 
las dos fracciones, y á los cuatro robustos gauchos 
elegidos por los dos bandos para cinchar el pato, 
les entrega el palmípedo guardado perfectamente 
en un retobo de cuero con cuatro largas manijas, '^^ 
que son tomadas al momento por los campeones 
designados. 

En este momento un profundo silencio envuelve 
la escena: ese actor obligado, que impera con un 
dominio solemne, al principio de todo acto en que 
el hombre tiene que presentar una situación ex- 
traordinaria. 



(I) También los había de dos manijas. 




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VI. 



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os cuatro paisanos han tomado fuertemente con 
,;^-sus callosas manos las manijas del pato, y las 
aseguran bien, de manera que sufra lo menos posible 
la mano: enseguida colocan los enseñados pingos 
de modo de tirar en sentido contrario al adversa- 
rio; suspendiendo en el aire el pato por los cuatro 
radios que forman las agarraderas. Los dos jugado- 
res que están á la derecha cargan el cuerpo sobre 
el estribo de este costado, soslayando un poco en 
la misma dirección sus caballos; haciendo otro tanto 
en sentido opuesto los del otro bando. 

En este momento, los grupos de ambos conten- 
dientes se aproximan á los que tienen el pato, co- 
mo una reserva poderosa que acudirá en el mo- 
mento del desaliento, á restablecer la energía de la 
acción. 

Ya todo listo se oye la señal, y una gritería in- 
fernal anuncia que comienza la salvaje cinchada, 
no á pié firme, sino á la carrera, amacándose ner- 






240 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

viosos los soberbios corceles, y sacudiendo alguna 
vez al dueño que siempre puja en sentido contra- 
rio. Los g-inetes que quieren unir la maña á la 
fuerza acortan de repente la distancia y enseguida 
arrancan el tirón de golpe con astutos y bárbaros 
esfuerzos. Así van luchando cual si se tratara de un 
combate real y verdadero, en el que con un en- 
carnizamiento indescriptible se pugnara por arran- 
car al enemisto un trofeo. 

Terrible es la lucha en este instante; porque los 
caballos en confuso tropel, se juntan, se separan^, 
dando tirones hercúleos y pechadas bestiales, que 
muchas veces hacen perder el equilibrio á su dueño; 
pero nada; vuelven á recuperar su posición perdida; 
mas al fin llega el término del esfuerzo: uno no puede 
sostener mas su actitud de fuerza: suelta la manija 
y queda envuelto en el torbellino de los gritos y las 
burlas. Dos de los contrarios aprovechan entonces 
la oportunidad, y por un movimiento violento y 
unánime, tratan de arrancar el trofeo poniendo en 
juego con presteza su doble esfuerzo; pero rápido 
otro ginete toma la suelta manija, y vuelve á resta- 
blecer la tirante situación. Un grupo contrario, acu- 
de y entrando á toda furia en el centro de los que 

luchan arranca uno el pato cogoteando *^' al que 



(I) Cogotear, es un acto de la lucha de dos fuertes ginetes que 
consiste en pasar el brazo sobre la parte anterior del cuello, arran- 
carlo de la montura y arrojarlo al suelo. 



EL JUEGO DEL PATO 241 

lo lleva, y sacándolo como pajarito de la montura, 
lo arroja al suelo, medio parado, entre una sarraci- 
na infernal, y se lanza en una carrera vertiginosa 
llevando en alto el pato, como si fuera una enseña 
romana conquistada por un parto, perseguido 
rudamente por la bárbara multitud, seguida por 
un vocerío desafinado. 

El triunfo lo estimula, y aprovecha el buen caba- 
llo que lo lanza adelante haciendo sangrar sus hi- 
jares con las aceradas espuelas. 

Enarbolada en el musculoso brazo, conduce 
la codiciada presa entre los alaridos de la 
victoria; mas cambia muy pronto la escena: el triun- 
fo es efímero: guardar la presa es imposible: el 
grupo contrario está ya sobre él: arremeten como 
locos con toda la fuerza de sus caballos: esa masa 
que se le viene encima semeja algo como un pólipo 
monstruoso rodando con vértigos: un huracán de 
bárbaros: Principia en ese momento una lucha tan 
confusa, envuelta en una masa de polvo y el rumor 
del suelo pisoteado, que es imposible describirla. 
Al vencedor acuden sus parciales para dar tiempo 
á que se escape, estorbando la acción de los con- 
trarios: lo rodean, lo amparan y se vuelve el juego 
en ese momento un entrevero espantoso en el que 

luchando desesperadamente siguen todos impúlsa- 
le 



242 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



dos por un soplo ardiente: el soplo del corazón 
argentino. 

Se apeñuscan, se revuelven entre si, se estienden, 
se encojen, saltan, se arrastran, tropiezan, se levan- 
tan, caen otra vez siempre asidos de las ropas los 
ginetes, entre alaridos espléndidos: los encontrones 
son terribles, las rodadas espantosas, las dan con 
todo el impulso del caballo que doblando el 
pescuezo dá una vuelta completa, no cae uno, sino 
diez, veinte, magullados con los miembros rotos: 
allí no se puede salir parado; porque al caer se 
estorban unos á los otros: aquello parece un ciclón 
humano que corre eléctrico arrasando todo lo que 
se le pone por delante, y conmoviendo el espacio 
con sus ecos salvajes: quien vé aquella inmensa 
masa oscura tomar proporciones gigantescas al 
aproximarse, como un inmenso pánico, no puede 
menos que estremecerse al contacto del peligro, 
aumentado por la imaginación que vertiginosa 
sigue la avalancha de ginetes desesperados. Los 
que quedan en pié siguen adelante, pasando sobre 
los que han caido, oprimidos, agarrados unos á los 
otros, rompiéndose el vestido, gineteando como 
bárbaros, lanzándose sarcasmos oportunos, que 
matizan la escena con un tinte original. 

Y así vá el juego cada vez mas lindo. Tres 
gauchos montados en buenos caballos han alcanza- 
do ya al vencedor, este inclinado hacia adelante 



w 



EL JUEGO DEL PATO 243 

castiga rápidamente á su caballo: en vano; está 
perdido: ya están sobre él: no hay escapatoria: 
entonces dirigiendo la vista á un costado grita á un 
compañero que corre por ese lado: 

Che agarra el Pato,, y se lo arroja con presteza. 

El otro lo abaraja en el aire y trata de escapar 
á lo que dá el pingo, mientras sus parciales siguen 
defendiéndolo con el mismo empeño heroico del 
principio. Pero desgraciadamente el vencedor 
rueda y se rompe la crisma, y sobre él caen varios 
formando una bola como las que hacen las víboras 
en la época del celo. 

Aprovecha este momento un paisano del partido 
contrario: con una destreza admirable se toma 
de la crin de su corcel á la carrera, y apoyando la 
pierna izquierda sobre el recado se inclina al suelo 
como algo que de súbito cae: recoje el trofeo: se 
endereza con gimnástico vigor, y sale airoso ade- 
lante, dejando el borbotón hirviendo de los juga- 
dores que empiezan ya á sentir un poco fatigados 
sus caballos; pero también nuestro héroe del mo- 
mento es alcanzado, le toma un contrario el pato 
de una manija, y empieza á la carrera con los 
caballos jadeantes, sudorosos, temblando^ desfalle- 
cidos, con los hijares hundidos^ casi aplastados, la 
lucha del principio. La tenacidad y el vigor de la 



l^-. 



244 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

batalla se mantiene aún en el confuso grupo enar- 
decido que aún queda de los dos bandos; fragmento 
que subsiste de aquellos hermosos escuadrones 
del principio, que sin desmayar combatirá hasta 
el ultimo aliento de sus caballos. 

En este momento el que tomó el pato del suelo, 
que es un paisano fuerte como Anteo, hace un esfuer- 
zo supremo y dando un tirón sobrehumano que 
casi disloca el brazo al contendor, arranca el trofeo 
prendiendo espuelas al caballo; y afirmando el 
rebenque en la verija, se lanza á todo lo que dá 
el noble animal á la próxima estancia que risueña 
se vé elevarse allí, adornado el patio de la casa 
con numeroso auditorio, de rollizas damas campe- 
sinas, platudos estancieros de las cercanías que 
admiran con ansiedad el espléndido desenlace. 

Se aproxima el vencedor á la tranquera con el 
caballo jadeante, aplastado, sin fuerzas, entre los 
ladridos de los perros, que se avalanzan torean- 
do como condenados, y tira el pato gritando al 
mismo tiempo con toda la fuerza de sus pulmones: 

¡Ahí tienen el Pato! ¡Venga el baile! y el caballo 
reventado por el último esfuerzo, se detiene tem- 
blando, dobla las piernas, mira con ansiedad la 
pradera y cae muerto de fatiga, como debió su- 
cumbir el chasque de Maratón, después de haber 
cumplido su heroico propósito. 



EL JUEGO DEL PATO 245 



Un momento después arriban los compañeros 
del juego en procesión prolongada, á la desban- 
dada, como dispersos de una derrota, mohinos y 
y desechos, los pobres corceles con los híjares 
ensangrentados ¡Qué poquitos quedan! apenas 
la mitad, los demás han quedado en el campo del 
honor, unos á pié, algunos con piernas y brazos 
dislocados, y talvez un muerto que haga llorar á 
la que le bordó el tirador ó el sobrepuesto, en 
vida, y lo despidió tan alegre algunas horas antes 
poniéndole en el ojal de la chaqueta la cinta de 
su bando. 




VIL 



fUANDO el brioso general de caballería de 
Federico 11: el inmortal Seidlitz, anunciaba 
maniobrar militares, las madres, las esposas y las 
amantes ponían á cada santo una vela, previendo 
los destrozos de tan peligrosos ejercicios; pero es 
preciso recordar que de esa escuela en que se 
fracturaban uno que otro brazo, nació la renom 
brada caballería prusiana que asombró al mundo 
con sus victorias. 



El can-can ha hecho mas mal á la Francia que 
los mismos alemanes. 

Buenos Aires, 1885. 




IL QEMEaJlL FAÜMIBO 



A mi distinguido amigo el Dr. D. Mariano Paunero 




General Paunero 



M. 



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I. 



La muerte evapora el impercep- 
tible átomo humano como para que 
ni sombra quede de la vil materia 
en la inmensa vida de la inmorta- 
lidad; que solo pertenece á la ideai 
que ha vivido aumentada p:>r el 
pritáneo inextinguible que Dios 
derramó piadosamente en el univer- 
so como la base sólida y misteriosa 
de su obra divina. 




OMO argentino me inclino con respeto ante es- 



ta figura venerable. 



Fué, puede muy bien decirse, un hombre del pa- 
sado y del presente, que ha de destacarse en el 
futuro con el brillo mágico de las virtudes derra- 
madas sin descanso en una vida entera consagrada 
al servicio de su país. 



El general Paunero pertenecía por su prosapia, 
á la escuela clásica del ejército argentino, de ese 
ejército que surgió vivificado por el sol de los 
hombres libres, que después de escalar las ándicas 
masas de granito, bajó desfallecido y hambriento á 
la llanura de la victoria, llevando por lábaro triun- 



^50 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

fante una enseña desconocida en las multitudes de 
la opresión, y mas tarde cuando había afianzado 
las libertades de un pueblo, y dádole un nombre 
que no tenía entre las naciones civilizadas, hacía es- 
tremecer un pendón estrangero en un campo renom- 
brado, y cuando la noche tenebrosa de la tiranía 
•ocultaba entre los horrores de la guerra civil las 
pasadas glorias, se le veía aun, roto, despedazado, 
l^atirse con sin igual constancia, por esas mismas li- 
iDertades^ y morir degollado en esos campos de ba- 
talla de la barbarie, donde los verdugos han adqui- 
rido un renombre imperecedero, asesinando uno 
¿ uno los héroes de la independencia. 

A esa escuela pertenecía, el general Paunero. 
Proscripto y batallando se educó aquella alma bon- 
dadosa, batido siempre por los rigores de la adver- 
sidad, y cuando el sol de Caseros devolvió á los 
argentinos su patria errante, pudo el perseverante 
«obrero de una causa santa, volver al suelo querido 
para completar con mas ahinco y constancia el no- 
h\e propósito que sin cesar lo impulsaba. 





II. 



'L general Paunero estaba alimentado por una 
íalma noble: en su pecho robusto y resal- 
tante palpitaba un corazón abierto á las grandezas 
de la vida. Bravo sin afectación, modesto sin hipo- 
cresía, humano no por sistema, prudente por espe- 
riencia, probo por instinto, severo por necesidad, 
era un hombre íntimo porque nunca proclamó sus 
virtudes á gritos. Adornado por una clara inteligen- 
cia, nutrida en cuanto era posible en esos tiempos, 
por una ilustración bastante estensa, aquel espíritu 
íuerte remachado en las visicitudes de la vida del 
destierro, se destacará siempre mas como hombre 
de guerra que con otro realce. 

Sus condiciones morales eran resaltantes: bajo 
el punto de vista militar, fué un general de escuela, 
no diré que un gran general, pero sí distinguido 
por su fortuna y prudencia: la práctica de la guerra 
había formado en él una segunda naturaleza^ com- 
pleta en las relaciones de su organismo, adaptable 
á la mas difícil y peligrosa situación que se presen- 
tara, transformando entonces á ese hombre tan 



V ! ; 



252 LA CARTERA UE UN SOLDADO 

bondadoso en el soldado enérgico y tenaz que se 
proponía vencer constante las grandes dificultades 
del momento, alcanzando con el éxito previsto la 
solución de ese problema de humo y pólvora que 
solo es dado dominarlo á los espíritus serenos que 
resisten impasibles los grandes contrastes de la 
guerra. 

Bien se podría decir, que no era ungeneral de los 
que necesita que el ministro de la Guerra, les mar- 
que con detalles las operaciones, quitándoles toda 
libertad de acción, muy al contrario, siempre le fue- 
ron confiadas algunas bien difíciles, que llevó á ca- 
bo con un espléndido éxito, sobresaliendo entre 
ellas la campaña estratégica de Corrientes donde 
con un puñado de argentinos burló al Ejército pa- 
raguayo, y después de una marcha enorme acudió 
exacto á la hora de la victoria al campo de batalla 
de Yatay donde mandando la división argentina 
bajo las órdenes del general Flores se cubrió de 
glorias, empleo esta palabra; porque no la hay mas 
Inmensa para un general que cuando sin pérdidas, 
por medio de una hábil maniobra contribuye pode-^ 
rosamente á destruir un ejército en un campo de 
batalla, y en seguida provoca la rendición de otro. 

Nunca se desmintió la confíanza que se tenía en 
este bravo general porque se sabía que el cumpli-^ 
miento del deber en él era un culto, abarcando coa 



EL GENERAL PAUNERO 253 

el patriotismo mas sincero la gravedad de las se- 
rias responsabilidades que asumía. 

En las campañas del interior actuó siempre con 
mandos superiores: el éxito coronó sus esfuerzos, 
fué el pacificador de aquellas luchas fratricidas pro- 
digando la moderación y el consejo, y si alguna vez 
fué necesario un proceder severo, no fué él el que 
lo indicó y lo hizo cumplir. 

Mas, lo que sobre todo hay que notar en esta 
personalidad simpática que poseía tan alta y pres- 
tigiosa posición en ese teatro, es que nunca se ma- 
reó su espíritu con vanos vértigos, ni trató de sacar 
partido en provecho propio de su situación. 

Sus dotes personales eran atrayentes: fué uno 
de esos tipos que imponen á las masas. Por su mo- 
destia conquistan la estimación, por su gravedad 
infunden el respeto, dominando con la entereza. 
Rindió culto á la lealtad y haciendo una escepcion 
notable elevó un altar constante en su corazón á 
ese noble sentimiento, y pudo decir que para él: 

" Un amigo no es un hombre que engaña más polí- 
ticamente á otroT 

El general Mitre podrá decir si es exacto lo que 
decimos respecto á uno de sus más leales amigos. 



254 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

En el ejército existía una estimación muy marca- 
da por el general Paunero, y no se podía menos 
que sentirse uno dominado por aquella atracción 
simpática que poseía su noble faz, adornada por 
aquella larga barba de nieve que le daba el aspec- 
to de uno de esos viejos guerreros, que revistiendo 
la cota de malla en épocas lejendarias, nos presenta 
el romance con heroicos tintes. 

Su dulce fisonomía no demostraba la energía de 
la que siempre hizo uso moderado en los momen- 
tos necesarios, su complexión de fierro completa- 
ba la descripción de su figura. 

Defectos tuvo él que no podía ser perfecto por 
las razones de la humana confirmación; pero esos 
mismos puntos antagónicos con las generalidades 
de su carácter, provenían de la disposición de su 
bondadoso corazón, para no poder resistir alguna 
vez la influencia del cariño de la amistad. Errores 
militares cometió pero fueron disculpables en su 
prolongada y brillante foja de servicios. 

Su hermosa vida puede reasumirse en dos pala- 
bras. De Ituzaingó á la guerra del Paraguay, pasó 
rápido como el judío errante de las batallas. 

Bravo soldado en el combate, general de disposi- 
ciones relevantes. 



W 



EL GENERAL PAUNERO 255 

Ministro de ia Guerra activo y administrador. 

Diplomático prudente, y todo esto fué impulsado 
por un soplo divino que en él fué un culto constante^ 

El amor á la patria. 




? 




-*;. 



III. 



OY á presentar en breves apuntes, los servd- 
cios de un disting-uklo General que necesita- 
ría un espeso volumen para anotarlos, y un nar- 
rador mejor inspirado en las descripciones de los 
cuadros variados que nos vá á presentar una vida 
constante de soldado. 




Pero siempre es algo, aun cuando incorrecta- 
mente, exhumar del olvido á los patrióticos ejem- 
plos de una pasada época de tan provechoso estí- 
mulo para el ejército actual. 

En 1805 nació el General Paunero en la Colonia, 
siendo sus padres D. Juan Paunero y D^ Juana Del- 
gado, distinguidos vecinos de esa localidad. 

Algunos años después, era enviado á Buenos Ai- 
res al lado de su tío D. Francisco Delgado comer- 
ciante de esta plaza. 

Pasó los años de su adolescencia encaminándose 
<en la carrera del comercio, hasta que impulsado por 
sus nobles aptitudes penetró al templo de Marte 



i: 









EL GENERAL PAUNERO ^ 257 






por un campo de batalla renombrado: comienzo fué 
de una carrera que incorregible en sus nobles aspi- 
?%*: raciones, concluiría después de cuarenta y cinco 
años, habiendo encerrado en ese largo espacio de 
importantes servicios, una de las mas dura sépocas 
de nuestra historia, en la que se formaron los maes- 
tros del ejército actual. 

''^'^L ■ "* , ■■■■-■'. 

Dio coníienzo á su vida militar en 1825 condu- 
ciendo un contingente de correntinos para el regi- 
miento de caballería núm. 2, que mandaba el coronel 
D. José María Paz que debía incorporarse al ejérci- 
to que se formaba para la campaña del Brasil. 

Esta emergencia vino de improviso á darle un rol 
distinguido entre los oficiales subalternos de ese 
tiempo. 

Asistió á la batalla de Ituzaingó al lado del co- 
ronel D. José María Paz; y siendo enviado por éste 
en comisión algún tiempo después á la Colonia, fué 
tomado prisionero por tropas imperiales que sa- 
lieron á alguna distancia de la plaza á ejecutar una 
correría. 

Mientras sucedía esto, aparecía por casualidad el 
Coronel Pringles con su regimiento que buscaba la 
incorporación del ejército patriota y atacaba la 
fuerza que había tomado prisionero á Paunero. 

12- 






•Í&1= 



258 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Los adversarios se retiraron apresuradamente» 
y en el tiroteo que en consecuencia sucedió, una 
bala de las fuerzas de Pring-les vino á herir en un 
muslo áPaunero. 

Rápidamente retrogradando el enemigo, penetró 
en la plaza con el prisionero, dejando burlados á 
los que lo perseguían. 

De la Colonia fué enviado el Teniente Paunero á 
Rio Janeiro donde tuvo que soportar por algún 
tiempo el cautiverio, hasta que fué cangeado por 
otro oficial, regresando entonces á incorporarse á 
su regimiento. 

Concluida la campaña del Brasil arribaba á Bue- 
nos Aires el 1° de Enero de 1829 el General D. 
José María Paz con la segunda división del ejército, 
y poniéndose de acuerdo con el General Lavalle, 
combinaban un movimiento sobre las provincias del 
Interior para derrocar los gobiernos feudales que 
la anarquía había implantado en esa vasta comarca 
argentina. 

El 13 de Enero de 1829 ascendía el Teniente 
Paunero á Capitán, recibiendo las calurosas felici- 
taciones de sus compañeros de regimiento. 

Fué entonces, que el General Paz_, con la fuerza 



EL GENERAL PAUNERO 259 

que él había traído del Brasil, otros nuevos ele- 
mentos, inició la campaña de Córdoba. 

Campaña fué esta que le dio la reputación del 
General mas hábil de esa época, demostrando apti- 
tudes relevantes que hubieran decidido de la suerte 
de la República, á no haberse interpuesto fatal- 
mente el descuido de un recluta. 

Esas fatales boleadoras que enredaron prisione- 
ro las patas del caballo del General mas grande ar- 
gentino, después del Libertador de Chile y del Perú^ 
tuvieron una participación tan infausta en los su- 
cesos, como la mal aconsejada é injusta descarga 
que postró á Dorrego. ¿Quién sabe si el uno y el 
otro no marchaban á un mismo fin? 

En aquel hecho nadie es responsable sino el Ge- 
neral Paz; porque á toda hora la primera entidad 
del ejército debe pensaren que su persona ha de ser 
allí la mas guardada y menos propensa al asalto del 
enemigo, para evitar como en el caso presente, que 
su desaparición traiga graves consecuencias. 

Ha sido en esta campaña en la que el Capitán 
Paunero ha merecido ardientes elogios del General 
Paz: pues lo juzga como uno de los Oficiales su- 
balternos mas distinofuidos de su tiemoo. 



"i»' 



Estejuicio del metódico General argentino, cuyo 



260 LA CARTERA DE UN SOLUADO 

espíritu de crítica era implacable y mordaz, habla 
bien alto en favor del Oficial á quien lo dirige, y es 
exacto eljuicio; porque quien haya conocido al Ge- 
neral Paunero, viejo, encontrará las condiciones que 
Paz dáal Capitán de Ituzaingó. Valor, prudencia y 
bondad. 

"Z' Asistió al combate de San Roque y batallas de 
*" Tablada y Oncativo en el rejimiento núm. 2 de Ca- 
ballería del Coronel Pedernera, siendo elevado á 
Mayor por su digna comportacion en estos sucesos, 
y mas tarde, fué elejido por su circunspección y va- 
lentía razonada, para sofocar la insurrección del Tío 
y refiriéndose el General Paz á este suceso, dice: 
"Que era un oficial hábil y valiente que no solo 
supo vencer, sino atraer á los vencidos, quedando 
generalmente estimado." 

La frase del ilustre general vale una biografía, 
en dos palabras condensa un retrato no desmen- 
tido nunca. 

En esta expedición demostró el Mayor Paunero 
condiciones superiores á su edad: fué una pequeña 
campaña laboriosa donde batió bizarramente á los 
caudillos Molina y Luque, consiguiendo en seguida 
la pacificación del distrito, por medios conciliadores 
que solo son calidades de la edad provecta. 

feí% Mas tarde tuvo una misión diplomática acerca 



EL GENERAL PAUMERO 261 

del general Quiroga. La elección de tan joven 
oficial, para una comisión tan delicada, resalta la 
importancia que daba el ilustre general al mayor 
Paunero. 



Prisionero el General Paz en 1831^ asumió el 
mando del ejército el General Lamadrid, quien reti- 
rándose á Tucuman fué vencido por el General 
Quiroga que vengó con usura las derrotas que le 
infligiera el vencedor de Oncativo. 

La disparidad eragrande entre los dos generales: 
Paz era la idea modelada con anticipación, y arro- 
jada á un campo de batalla previsto con el racio- 
cinio del valor y la prudencia: Lamadrid un héroe 
encerrado en una chispa eléctrica que se lanza 
como el rayo en el vacio, en una sola dirección. 

Paunero se retiró á Bolivia donde prestó algunos 
servicios al General Ballivian, siendo mas tarde 
nombrado por el Gobierno oriental encargado de 
negocios de esa República. 

Habiendo mejorado su situación en el destierro, 
trató de hacer todo el bien posible á sus compatrio- 
tas, los argentinos proscriptos, y enconar al Go- 
bierno boliviano contra Rosas hasta el punto de 
instigaren 1838 una expedición á las provincias 
del Norte para insurreccionarlos en favor de la li- 
bertad de los pueblos argentinos. 



-,;«**•■ 




IV. 




OR fin iba á sonar con el estruendo de la bata- 
^ Ha la hora de las grandes aspiraciones del 
pueblo argentino, de ese pueblo aherreojado du- 
rante veinte años en la mas san^rrienta esclavitud. 



El pronunciamiento del General Urquiza contra 
Rosas, anunciaba á los proscriptos que allí estaba la 
enseña de la libertad, y que era necesario rodearla 
con todos sus esfuerzos para alcanzar el triunfo de- 
finitivo délos principios. 



Paunero fué de los primeros con Mitre y Sar- 
miento en acudir al llamado del libertador. Al re- 
montar el Paraná en uno de los buques de la es- 
cuadra brasilera con el propósito de dirigirse á Co- 
ronda, recibieron el primer fuego de las fuerzas de 
Rosas en el Paso de Obligado, donde existía una 
batería mandada por el Coronel D. Ramón Ro- 
dríguez. 

Los buques pasaron rápidos sin grandes averías, 
y mas tarde los pechos de los tres amigos osten- 



EL GENERAL PAUNERO 263 

taban como premio á la serenidad demostrada en 
ese combate, la condecoración de la orden de La 
Rosa dada por el Emperador del Brasil. 

Mandando una división de Caballería, asistió el 
Coronel Paunero á la batalla memorable de Case- 
ros, y pudo al fin el constante pioner de la libertad, 
ver en el ocaso de un dia de fueg-o ponerse el sol 
ensangrentado de la tiranía, para iluminar mas tarde, 
con la luz déla civilización y del progreso, á un pue 
blo que hoy como una brillante expresión de la raza 
española vá á admirar al mundo por su actividad y 
sus disposiciones al adelanto, como lo han hecho 
ya en la América del Norte los fogosos descen- 
dientes de la raza inglesa. 

La gloria de Caseros es un suceso tan grande y 
culminante, como el grandioso porvenir de un pue- 
blo, que hoy camina firme en el derrotero luminoso 
que solo marca la historia á las naciones que sobre- 
salen por la perfección constante que en ellas se 
elabora. 

Hay hechos de tan magna trascendencia; que 
enaltecen de tal modo al que los ejecuta, que eclip- 
san ante la severa justicia de la historia los errores 
del pasado. 



264 



LA CARTERA DE UN SOLDADO 



Némesis deslumbrada por la aureola del liber- 
tador de Caseros, desarmará la implacable espada; 
y ese sol de los hombres libres^ ha de borrar los 
puntos sombríos de la escultura del vencedor de 
Rosas. w 




I 





y. 



ESDE Caseros hasta el año de 1855 vemos ale- 
jado al Coronel Paunero de la vida militar en 
la República Argentina; en este año vuelve y toma 
nuevamente servicio formando el regimiento de 
Coraceros (hoy 2 de Caballería de línea) que tendrá 
una fuerte faena en la guerra con los indios. 

Estando en la frontera asiste el 3 1 de Octubre 
de 1 8 5 7 con Granada y Conesa al combate que tuvo 
lugar en el Sol de Mayo contra las hordas manda- 
das por Cafulcurá, y un día después en el Cristiano 
Muerto, á un segundo combate contra los mismos 
enemiofos. 

En estos tiempos en que por el descuido de la 
frontera, á causa de los exiguos medios de defensa, 
los indios habían tomado hasta cierto punto una 
supremacía insolente sobre nuestras débiles milicias, 
la guerra del desierto asumía entonces un carác- 
ter serio; y como el remington no había aun entrado 
en acción, los combates presentaban una actitud de 
encarnizamiento tal, que llegaba la audacia del sal- 



: ::* i.^ 



266 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

vaje hasta echar pié á tierra, y avanzar en esa 
organización sobre nuestras tropas. La soberbia y 
el valor del indio se ostentaba entonces en su ma- 
yor auge, impulsando este engreimiento, verda- 
deras y reñidas batallas con las uumerosas hordas 
de Calíucurá que duraban dias enteros, como su- 
cedió en el hecho de armas que acabo de citar. 

Era aquello una guerra interminable y fastidiosa, 
como para quebrar al soldado mas constante: el 
descanso era efímero: no habia sueño: siempre, 
alerta con el caballo ensillado: la alarma continuada 
sorprendía, burlando á cada momento; y cuando 
se marchaba apresuradamente en procura de la 
invasión anunciada, á una inmensa distancia se le 
veía evaporarse como por encanto; y si se combatía 
eran con grandes ventajas para el indio que no tenia 
otro propósito que dar tiempo á que el robo y la 
devastación cumplieran su obra impugnemente. 

Vencidos hoy los indios, mañana se presentaban 
mas audaces en un extremo opuesto de la línea, y 
cuando se creía alcanzarlos después de una marcha 
forzada en que habían quedado fatigados casi to- 
dos los caballos, el sarcástico númida se reti- 
raba tranquilamente á nuestra vista, sin importable 
quien no lo podía perseguir, dejándonos en la 
mas horrible ansiedad, preocupados de las amargas 



í': i'^^'-" ^ 



EL GENERAL PAUNERO 267 

é injustas críticas que implacables caerían sobre el 
irresponsable jefe de frontera. 

Aquella no era vida para un militar, donde solo 
había trabajos y sangrientos sacrificios, pero ningu- 
na gloria que recompensara tan grandes servicios. 

Vivido hé algún tiempo en la frontera y en los 
toldos de los indios: conozco perfectamente la vida 
abnegada que han llevado mis compañeros de ar- 
mas, y puedo decir sin temor de caer en una exaje- 
racion, que esos actores de los dramas del desierto 
bien pudieran llevar en su pecho con orgullo una 
medalla cuya inscripción dijera: 

"A la mas grande constancia del soldado igno- 
rado." 

Sí, porque en esos tiempos se necesitaba espíritu 
para soportar esa vida de bárbaros y de sobresalto. 

Y á proposito recordaré la falta de equilibrio con 
que alguna vez se destribuyen recompensas. Pre- 
sentaré un ejemplo. La guerra del Paraguay ha 
durado cinco años, pues bien, tenemos que el que 
ha asistido á un año, de campaña, ostenta cinco 
condecoraciones y aquel que fué después de Curu- 
paytí y estuvo hasta el final, es decir, cuatro años 
de lo mas crudo de la guerra, no posee sino una 



268 LA CARTERA DE UN SOLDADO j 

medalla. Parece esto inexplicable, pues es bien 
cierto. Algo parecido sucede ahora con las campa- 
ñas al desierto; se han olvidado las anteriores al 
remington, que es el arma material y moral que ha 
influido en gran parte en la victoria sobre el indio. 

Entre otros combates asistió el Coronel Paunero 
auxiliado también por Granada y Conesa al del Pi- 
g"ué, el 15 de Febrero de 1858. 

Concéntricas en este punto las fuerzas de los tres 
jefes de frontera trataron de poner una muralla de 
hierro al mas grande General de las hordas de la 
pampa: especie de Aníbal bárbaro por su valor, 
sagacidad y constancia. 

El combate fué encarnizado. Cafulcurá consti- 
tuia un genio, tenia la intuición de la guerra: bata- 
llaba siempre con sucesión de esfuerzos, y cono- 
ciendo el espíritu supersticioso de sus vasallos los 
alentaba con supercherías de indio, ostentando con 
actitudes grotescas un ídolo de piedra que nunca 
le abandonaba; *^^ amuleto hereditario , decía él, 



(I) Cuando la invasión de San Carlos (I87I) marché con el batallón 
Provincial al partido del 25 de Mayo que en ese momento era 
asolado por Cafulcurá; allí tuve ocasión de conocer por un prisio- 
nero escapado de las fuerzas de aquel cacique, que lo hizo comparecer 
ásu presencia, el retrato de este indio suspicaz, donde no faltaba el 
ídolo de piedra, la esgrima de espada que hacía él solo por la ma- 
ñana como un ejercicio gimnástico, la bandera colorada y otras cosas 
mas que harian más largo este relato. En mi opinión ha sido el 
mas grande genio de la pampa. 



;•*'» 



EL GENERAL PAUNERO 269 

que sonreía á la victoria, y una bandera colorada 
que servía como el penacho blanco de Enrique IV 
para reunir sus dispersos: con ese acto premeditado 
buscaba alcanzar dos propósitos: el predominio ab- 
soluto sobre su horda, y la constante resistencia á 
las fuerzas de la frontera concentradas hábilmente 
por él en un punto fijo, mientras el gran negocio 
tenia lugar, es decir los innumerables arreos en- 
vueltos en verdaderas tempestades de polvos se 
alejaban rápidos á punta de chuza y de ponchos 
enarbolados, semejantes á grandes pájaros que se 
ajitaban como puntos sombríos en los intervalos 
que dejaban aquellas prolongadas polvaredas. 

Aquí también en este combate la horda fué re- 
chazada dejando un sangriento rastro en la fuga; 
pero á imitación del astuto zorro, por nada dejaba 
la presa que conducía en la boca. 

La escesiva estension de nuestra frontera daba 
este resultado casi siempre: no estando en relación 
con la fuerza que la guarnecían, eran inútiles todos 
los esfuerzos para dominar completamente á un 
enemigo que impunemente podía penetrar por don- 
de se le antojaba. 

Los servicios prestados por el Coronel Paunero 
en la frontera fueron de grande importancia, por- 
que en él existia, notablemente desarrollado ideas 



270 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

de orden yorg-anizacion, y el servicio se hizo enton- 
ces con una reg^ularidad g-eométrica, precaviendo 
en lo posible el avance del salvaje. 

Así pasó el tiempo hasta la campaña de Cepe- 
da, en que fué llamado á desempeñar el delicado 
puesto de Jefe de Estado Mayor General del ejér- 
cito de Buenos Aires, recayendo en él esta elección 
en momentos en que brillaban otras personalidades 
militares. Era necesario pues hacerse conocer en 
un puesto de tanta importancia, por haber sido ele- 
gido en las mas críticas circunstancias. 

Sin trepidar asumió la responsabilidad que se le 
discernía y se hizo conocer bien pronto por la rá- 
pida formación del improvisado ejército y su estric- 
ta organización. 

En la campaña de Pavón ascendió á general 
y asumió el mismo carácter, y pudo verse un ejér- 
cito en condiciones de organización y movilidad, 
tan bien dispuesto como el del Paraguay, y de- 
mostró que incógnito en el difícil rol de Jefe de 
Estado Mayor^ se guardaba un futuro General, 
cuya buena estrella no lo abandonaría nunca. 

Una palabra mas autorizada que la mia, la de mi 
distinguido amigo el General D. Luis María Cam- 
pos, abriendo opinión sobre el General Paunero, 



EL GENERAL PAUNERO 271 

me dice en un precioso escrito que tengo en mi po- 
der: "Como militar fué para mi el Jefe mas organi- 
zador de aquella época, y no temo decir que el 
ejército de Buenos Aires en la campaña de Pavón 
se encontraba bajo un régimen verdaderamente 
estricto y justo, donde se sentia la dirección activa 
inteligente del Jefe del Estado Mayor." 

Este lijero retrato ejecutado por un pincel conci- 
so y verdadero, perteneciente á un soldado inteli- 
gente, es algo que nos presajia que encontraremos 
mas tarde á un General que se hará notable. 

Concluida la campaña de Pavón el General Pau- 
nero, al frente de una división marcha al interior 
para asegurar los resultados de la batalla. 

La insurrección de Peñalosa tuvo lugar entonces 
y sin pérdida de tiempo desplegó al Coronel Rivas 
con alguna fuerza sobre la Rioja para ahogar en la 
cuna la montonera. 

Concluida esta emerjencia con el sometimiento 
de Peñalosa, se creía ya tranquila la República 
cuando el año siguiente se levantó de nuevo este 
caudillo, siendo esta vez su perseguidor el General 
Arredondo; pero escapándose á la actividad sagaz 
de éste, cayó repentinamente sobre la Provincia de 
Córdoba, y marchando sobre la capital la tomó por 



272 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

sorpresa sin grande esfuerzo, y sacando algunos 
elementos se preparó á una lucha mas resistente. 

Mientras tanto el General Paunero al tener co- 
nocimiento de este hecho tan audaz, reúne apresu- 
radamente su división á la que agrega la del Gene- 
ral Sandes, marcha sobre Peñalosa, y dá la batalla 
délas Playas donde el valiente caudillo es derrota- 
do, retirándose desastrosamente con los restos de 
sus fuerzas á la Rioja. 

En esta campaña siempre se admirará la opor- 
tunidad de las rápidas disposiciones del General 
Paunero^ que concentrando fuerzas separadas, dá 
una batalla á un ejército compuesto de buenas tro- 
pas y los vence con habilidad. 




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-•igíf 




YL 




A guerra del Paraguay nos vá á presentar á 
un General bravo y prudente, á quien los años 
han fortalecido con una experiencia aprovechada, 
cuyos consejos en un níomento dado alcanzaran un 
éxito brillante. Discípulo del General Paz, sus 
lecciones fueron con el tiempo perfeccionadas con 
la práctica de largas campañas que aguzaron su es- 
píritu militar, formando uno de los elementos mas 
organizadores de estos tiempos. 

A la noticia del acto vandálico ejecutado por or- 
den de López en la provincia de Corrientes, el Ge- 
neralísimo de la triple alianza, recordó, que á nadie 
mejor podía elegir para mandar y organizar el pri- 
mer núcleo de resistencia que contrarestase la in- 
vasión paraguaya, que al General Paunero: su pres- 
tigio, su prudencia, circunspección, y el conocimiento 
exacto que tenia de la responsabilidad que asumía, 
presajiaban de antemano en momentos tan angus- 
tiosos, que se encontraría el rumbo de la victoria: 
habia confianza en él: era algo como un inmenso 
consuelo en tan solemnes momentos: entonces el 

.18 



274 LA CRRTERA DE UN SOLDADO 

viejo soldado de Ituzaingó, marchó con la tranqui- 
lidad del que está acostumbrado á vencer, á cumplir 
tan arriesgada misión, y el lector, vá á presenciar 
la formación de un ejército á las barbas de todo el 
poder del déspota paraguayo. 

En el primer momento, recoje todas las tropas 
que encuentra á mano, y dirigiéndose á la provincia 
de Corrientes establece provisoriamente su campa- 
mento en el Rincón de Soto; levantando allí la pri- 
mera bandera argentina que ha de concentrará los 
dispersos correntinos, que retroceden por la fuerza 
de la debilidad ante el pérfido avance del enemigo.. 

Los momentos son apremiantes: Robles avanza 
ensoberbecido en la confianza del número, con 
veinte mil hombres y un núcleo de traidores que 
hace mas fácil su pasaje por las praderas correnti- 
nas. Resistir aquel ímpetu de bárbaros, es im- 
posible: abandonar á la heroica Corrientes, á la 
provinciadel sacrificio constante, ¡jamás!: es necesa- 
rio entonces maniobrar, demostrando la sutileza y 
la habilidad de un General precavido, para poder 
aprovechar en una emergencia oportuna los errores 
que pueda cometer el enemigo; mientras tanto, hay 
que contemporizar, hacer la guerra de recursos 
hasta que las fuerzas argentinas aumentadas pue- 
dan jugar su verdadero rol. 



EL GENERAL PAUNERO 275 

Entonces dá comienzo á la época mas gloriosa 
de la vida del General Paunero, donde demuestra 
disposiciones superiores, desconocidas en ese tiem- 
po; porque es necesario que desaparezcan los hom- 
bres de la escena de la vida para poder valorar su 
mérito en el escenario propio donde actuaron, y 
estoy seg-uro que la historia mas tarde dirá de él, 
que fué uno de los brazos estratégicos que dieron 
Yatay y Uruguayana, como Dessaix en Marengo 
y el príncipe heredero de Prusia en Sadova. 

Conociendo el General Robles la debilidad de 
las huestes nacionales, inició con presteza un mo- 
vimiento de avance hacia el Sud en la esperanza de 
obtener una estruendosa sorpresa que concluyese 
de un golpe de mano con la resistencia de la pro- 
vincia de Corrientes. Dominado con ese propósito, 
ocupa la capital; y dejándola guardada por dos ba- 
tallones, prosigue adelante á marchas forzadas con 
la intención de batir á Paunero, y continuar sin 
tropiezo su camino triunfal á Entre- Rios. 

Por otra parte, Estigarribia, que era la izquierda 
disparatada de la red estratégica de la invasión 
paraguaya, ocupará provisoriamente, de paso, el 
litoral del Uruguay en la provincia de Rio Grande: 
su planta de vándalo, sembrando el terror y la de- 
vastación avanzará á buscar aliados en un partido 
político en el Estado Oriental; es decir á tantear el 



276 LA CARTERA DE Ux\ SOLDADO 



terreno, creyendo tal vez encontrar adhesiones 
como las que han surgido en Corrientes. 

Todo esto son operaciones improvisadas, por 
sorpresa, sin declaración de guerra: es necesario 
fulminar como el rayo: matar el espíritu con aplas- 
tamientos rápidos: de súbito, veloz, con hordas 
compactas rodeadas por una caballería valiente y 
audaz como debió ser la de Yugurta:la situación no 
puede ser mas crítica para los argentinos: el cam- 
pamento del Paraguay se levanta en son de guerra 
como una pieza: está pronto y organizado, y rueda 
sobre nuestras indefensas y tranquilas praderas con 
rumores sah^ajes^ y el pueblo argentino conoce 
entonces, aunque tarde, los inconvenientes de un 
progreso sin resguardo; y apresurado por la indig- 
nación; y la proximidad de un peligro que no á sabi- 
do prevenir, ni puestose en condiciones de recha- 
zarlo, trata de organizar á toda prisa el primer 
núcleo de resistencia. 

Ese es Paunero, viejo guerrero, que aprendió 
con Paz á vencer á los caudillos con figtiras de con- 
tradanza y ahora vá á enseñar á burlar á la astucia 
mas refinada con una maniobra digna del mayor 
elogio. 

Robles avanza en busca de Paunero, la débil cor- 
tina que oponen los correntinos no puede detener 



EL GENERAL PAUNERO 277 



las masas compactas de un numeroso ejército regu- 
lar, regido por una disciplina que todo lo castiga 
con la muerte. 

El General Paunero conoce esta marcha: su áni- 
mo se serena ante una responsabilidad tan grande: 
todas las miradas están con ansiedad sobre él, los 
ánimos inquietos, y dispuestos á ser inflexibles si 
sufre un descalabro; porque jamás ha sido perdo- 
nado un General desgraciado; el juicio lo hacen casi 
siempre los ignorantes, y la ignorancia como la 
brutalidad es impasible, no reflexiona, es ciega, 
hiere al acaso, sin ton ni son, sin ver la sangre que 
mana de la ancha herida hecha á una reputación. 

Esta operación del caudillo enemigo la había 
previsto el General argentino, era de suponer que 
esa gran mole de fuerza no se estaña quieta, y en 
consecuencia rriedita un golpe de mano que burlan- 
do el grueso del ejército de Robles, caiga de 
improviso sobre la ciudad de Corrientes y la arran- 
que al audaz enemigo. 

Operación fué esta criticada entonces sin alcan- 
zar su resultado: tenia por base ima combinación 
moral de fuerza: el pequeño núcleo no podia entre- 
garse á la inercia; eso hubiera sido su muerte: era 
necesario llamar la atención del enemigo sobre su 
retaguardia para alcanzar con mas facilidad el obje- 



1«%- 



278 LA CARTERA DE UN SOLDADO i 

tivo deseado, y al mismo tiempo sacar provecho del 
coraje argentino que no se le debe nunca mantener 
en inacción, para evitar la desmoralización que so- 
breviene siempre á causa de las continuadas fatigas 
y el desaliento en las marchas inútiles repetidas, ó 
retiradas forzadas, que hacen bajar la moral de un 
ejército á una situación peligrosa. 

Necesario era pues pelear, sacando provechoso 
recurso del ardiente espíritu de nuestros soldados 
que son un fogonazo en el combate, y muy á pro- 
pósito para las empresas mas aventuradas: ejecutar 
una operación audaz, de trascendencia, que levantara 
la moral que necesita un ejército para alcanzar un 
difícil objetivo estratégico; mas cuando ese ejercito 
se encuentra frente á otro que le es superior en 
número, y le amenaza constante. 

La sangre que se prodiga por las necesidades 
morales de la Qruerra. es la mas útil sano-re derra- 
mada; porque de cada gota renace con ventaja el 
vigor y la constancia. 

De manera que el combate del 25 de Ma- 
yo de 1865 fué un golpe de temeridad razonada, 
oportuna, que demostró la superioridad de nuestra 
infantería sobre la paraguaya que fué desalojada de 
sus fuertes posesiones, y sembró en el ánimo vaci- 
lante de Robles el sobresalto,, ocupando en su reta- 



EL GENERAL PAUNERO 279 

guardia su línea de retirada y le hizo ver clara- 
mente que podia ser interceptado por no tener el 
dominio del rio Paraná. 

Si "'■ Sü-pétGsn para bel¿u?n'' hubiera sido una rea- 
lidad, Robles habría acompañado á Estigarribia en 
la triste vida del cautiverio. 

No volveré sobre este combate por haberlo ya 
narrado, aunque ligeramente, en el pequeño bos- 
quejo que figura en las primeras páginas de los 
servicios del Coronel Charlone. 

Una vez obtenido ese objetivo, vertiendo la des- 
confianza en el ejército paraguayo, Paunero se 
retira apresuradamente, y fuera del alcance del 
enemigo establece su campamento en la Esquina, 
donde se ocupa en dar una organización sólida á 
sus tropas que se aumentan con nuevos refiíerzos, 
y preparar todo lo necesario para la gran jornada 
histórica: entonces ejecuta una marcha simulada en 
dirección Goya y de repente se escabulle hacia el 
Este, y dá comienzo enseguida á una operación que 
solo á un bravo y prudente General podia serle 
encomendada. 

Es necesario ejecutar una marcha estratégica 
que atravesase toda la provincia de Corrientes de 
Oeste á Este, burlando al ejército enemigo, para 



280 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

ejecutar su junción con la división oriental, y caer 
como una avalancha sobre Estigarribia que impru- 
dentemente había dividido su ejército. 

Esta delicada operación á la que aún no se le ha 
dado el mérito que tiene, fué ejecutada con grandes 
dificultades, y es por eso que la habilidad de la 
maniobra tiene mayor realce; es verdad que esos 
tres mil argentinos eran de granito. La noticia de 
la sublevación de Basualdo fué recibida en camino, 
pero nada conmovió esa bizarra división, y al fin 
después de una de las marchas mas atrevidas que 
pudo ser honrada con la pluma de Jenofonte ó Tu- 
cidides, alcanzó su objetivo, obteniendo el resultado 
previsto; es decir, una de las mas nobles manifesta- 
ciones estratégicas de la guerra del Paraguay. 

La división de Estiofarribia fué destrozada en 
detalle en la carnicería Yatay, y el caudillo inso- 
lente asolador de pueblos indefensos tuvo que 
pasar por la horca caudina de la Uruguayana con 
su abatido ejercito. El total destruido y prisionero 
de esa columna enemiga alcanzó á diez mil hombres. 

Se comprende bien que si alguno fué el gran 
factor en el suceso, y acreedor en buena parte á 
esta victoria decisiva y consecuencias de esta cam- 
paña, es el General argentino, que interpretan- 
do con pericia el plan del generalísimo, y ma- 



EL GENERAL PAUNERO 281 



niobrando hábilmente, primero puso indeciso á 
Robles, y burlando mas tarde á Resquin, cooperó 
extratégicamente á uno de los mas completos 
resultados, como fué el abandono inmediato del 
territorio argentino y Rio Grande, impedimento 
de coadyuvar á la insurrección de un partido po- 
lítico en la República Oriental, y el retiro apresura- 
do de Resquin al Paraguay. *^' 

Entonces todo el ejército aliado en tres grandes 
columnas, tomó sus líneas estratégicas concéntricas 
hacia el Paso de la Patria, creyendo aun poder dar 
alcance al ejército paraguayo; pero, toda fatiga y 
apresuramiento fué en vano. El ejército paraguayo 
ejecutó el pasaje á su territorio sin que una escua- 
dra que estaba anclada en el Rio Paraná, y que era 
dueña de las aguas que surcaba, hubiera enviado 
un buque á estorbarlo. Entre las razones que se 
han dado, se menciona la bajante del rio: es un 
punto histórico que deberá aclararse. Pasaje fué 
este que duró varios dias: lo ejecutó en el Paso de 
la Patria llevando consigo multitud de ganados y 
un inmenso botin. 

Resuelto el pasaje del rio Paraná por el General 
Mitre, contra la opinión de algunos generales, fué 



(I) Uno de los cargos que hacía López al general Robles, es no 
haber batido á Paunero, dejándose burlar como un tonto. 



282 LA CARTERA DE UN St)t.üADO 



encomendada esta delicada operación al bravo 
general Osorio quien obtuvo esa gloria impe- 
recedera, i 

. Las primeras tropas argentinas que pasaron el 
territorio paraguayo fueron el I " cuerpo mandado 
por el general Paunero que hasta el 24 de Mayo 
no hizo nada dig-no de notar. 

En esta batalla memorable fué á esta fracción del 
ejército argentino á quien le cupo la mayor faena, 
alli vio á su bravo viejo general dirijiendo los 
movimientos del combate, en medio del fuego, 
chorreando sangre por una herida, sobresaliendo 
aquella noble faz adornada por la blanca barba 
de la edad de la experiencia entre el ardor de 
una juventud entusiasta. 

En Yataytí-Corá como en otros combates parcia- 
les siempre se encontró su persona en el fuego, 
y en el consejo sus reflexiones impulsadas por la 
prudencia. 

En Curupaití mandaba el ¡"cuerpo de ejército 
y fué también á este núcleo de fuerza, á quien como 
en la batalla del 24 de Mayo cupo la mayor faena. 

El General Paunero aquí no tuvo otro rol que 
^el de un bravo. Sufrió sereno los estragos de la 
^ metralla; no había otras disposiciones que dar que 
alentar los ánimos con su ejemplo bizarro. 



EL GENERAL PAUNERO 



283 



Después de este combate el cañón guardó 
silencio por algún tiempo, es que estaba cansado 
de matar. 






VIL 

'uRUPAiTÍ sangraba aun, cuando en Noviembre 
de 1866 estalla una revolución en Mendoza, 
en los críticos momentos en que empeñada la Repú- 
blica Argentina en una guerra estranjera, necesi- 
taba mas el apoyo y la unión de sus hijos para 
vengar el honor nacional tan cruelmente ultrajado. 

Nesesario era pues en esta grave emergencia 
encontrar al hombre bravo y prudente á quien 
confiar la delicada empresa de ahogar en su cuna 
la potente insurrección. 

El elejido es el general Paunero: se le improvisa 
un ejército arrancando una división del ejército 
del Paraguay. Inmediatamente marcha esta, acom- 
pañada de la sorpresa de los brasileros que no 
podian comprender, que en una guerra extranjera 
se levantaran en armas argentinos contra argen- 
tinos, para neutraHzar la acción de la gloria 
nacional. 



Rio IV es la primera base de operaciones que 
elige el general Paunero para concentrar alli el 



EL GENERAL PAUNERO 285 



primer núcleo de sus fuerzas. Organiza dos divisio- 
nes y se dirige rápido sobre el enemigo que manio- 
bra en San Luis y dá el combate de Los Loros y 
el de Portezuelo: desprende al general Arredondo: 
el enemigo se interpone, y este general acepta con 
esa calma y esa audacia escepcional que le distin- 
gue, la memorable batalla de San Ignacio, con- 
quistando la victoria por un rasgo de temerario 
arrojo; y decidida lacampaña por este hecho de 
armas, fácilmente son pacificadas las provincias de 
Mendoza y San Luis. 

En esta campaña es en la única que ha sido 
vituperada la conducta del General Paunero. 

Se le ha hecho el cargo de haber vacilado 
alguna vez en sus disposiciones, y no concurrido 
oportunamente al campo de batalla de San Ignacio 
con el grueso de sus fuerzas, como pudo hacerlo, 
al tener conocimiento de la crítica situación de las 
fuerzas del general Arredondo; que contrariando 
instrucciones recibidas (según se ha dicho) Hbraba 
una batalla desesperada contra las fuerzas insur- 
rectas. 

Como algún error debe cometer el hombre que 
se dedica á una carrera tan azarosa como es la 
militar, no he creido omitir un cargo fundado en un 
documento de alta importancia que conservo en 
mi poder, donde se prodigan los mayores elogios 



■;¥ 



286 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

al general Paunero, al que se denomina el general 
mas organizador de nuestra época y bravo por 
excelencia, porque el juicio imparcial debe alcanzar 
tanto los errores, como los actos culminantes, sino, 
¿que valor tendría un boceto preñado de elogios? 
sería un panegírico que se prestaría á la duda y á 
la crítica. 

Debemos antes que todo considerar, que cuando 
un hombre ha pasado mas de cuarenta años de su 
vida en un batallar continuo, gastando su cuerpo 
en las míseras vicisitudes de la vida militar, y la 
inteligencia en esa lucha terrible de las responsa- 
bilidades, llega un momento en que el abrumante 
peso de los años ejerce la influencia de la inercia 
en sus actos, y se le vé entonces indeciso y vaci- 
lante, sin el vigor de la edad provecta, en que no 
se teme tanto la responsabilidades. 

Mas si los compañeros de armas del General 
Paunero hacen pesar sobre él ese cargo Justo fuera 
que el General Arredondo no saliera ileso de la 
crítica por no haber buscado la incorporación de 
aquel, cuando supo que un ejército superior venia 
á atacarlo, salvo el caso que justificase ante la 
historia su actitud. 

Sobre este episodio se ha guardado cierta re- 
serva histórica, de manera que los juicios omitidos 



EL GENERAL PAUNERO 287 



han sido privados y muy ligeramente tocados en 
publicaciones al respecto. Pero poniendo la cues- 
tión bajo su verdadero punto de vista de la crítica, 
se saca en consecuencia lo siguiente: 

Si el General Arredondo dio la batalla contra- 
riando instrucciones, en circunstancias en que pudo 
buscar la incorporación con el grueso del ejército 
que operaba bajo las inmediatas ordenes del Gene- 
ral Paunero, próximo á él; movimiento que venía 
ejecutando después de haber cumplido la comisión 
que le fué encomendada, cometió un error; mas, si 
fué sorprendido y tuvo que aceptar la batalla á su 
pesar, en un terreno favorable para sus tropas, la 
falta no le pertenece; pero si al General Paunero 
que oyendo el cañón debió acudir presuroso en 
cualquier circunstancia, al lugar donde se efectua- 
ba el combate; que según las disposiciones antes 
tomadas de común acuerdo por los dos Generales, 
al iniciar las operaciones, deberían reunirse en el 
transcurso de la marcha que se operaba como ya 

lo he expuesto en el boceto del General Campos. 

*• ■ - • ■- ■ 

Asi, á primera vista se ve la imprudencia de la 
separación de un ejercito, que se espone á ser 
batido en detalle, y era tan segura la marcha de 
avance de Saa, que dicen, que al iniciar la batalla 
de San Ignacio, esclamó: 

Ahora voy á almorzar á Arredondo, y luego 
me comeré á Paunero. 



288 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Mi juicio en este caso vacila^ porque necesitaría 
oir la palabra del venerable veterano, que hoy está 
muy lejos para que pueda exponer su opinión, y 
formar entonces mi dictamen fijo sobre este punto 
histórico, conociendo ademas por experiencia pro- 
pia, lo difícil que es lanzar en ciertos momentos 
toda la responsabilidad sobre un General á causa de 
errores que le son atribuidos, que alguna vez son 
efecto de la mala ejecución de sus disposiciones. 

Razón tiene el General Marmont, cuando dice: 
"Que el mejor General es el que comete menos 
errores." Pero supongo que los errores que dan la 
victoria son errores de otro género, que superan 
ventajosamente á las grandes disposiciones tácticas 
ó estratéjicas que nos dan la derrota, pues alguna 
vez es necesario aceptar desesperadamente el re- 
frán criollo que dice: "Barbaridades son triunfos." 

Nunca aconsejaríamos semejante axioma en las 
condiciones en que se encontraba el General Arre- 
dondo antes de la batalla, si es que tenía la posibi- 
lidad de incorporarse al general Paunero; pero 
estoy cansado de leer espesos volúmenes en que 
se hace la crítica mas implacable sobre operaciones 
y movimientos que han dado la victoria, es verdad 
que ese proceder puramente literarios tiene lugar 
después que han pasado los sucesos, y se conoce 
la situación de ambos beligerantes, ignorada por 



EL GENERAL PAUNERO 289 

«ellos mismos cuando estaba el uno frente al otro. 

El éxito coronó con una victoria inesperada, un 
momento de ansiedad en que pudo comprometerse 
la campaña iniciada bajo una hábil dirección: es que 
la buena estrella del General Paunero iluminó con 
su luz habitual el camino de la victoria que alcanzó 
el intrépido Arredondo, quien aplicar pudo muy bien 
«en este combate la frase aquella de Souvorow. 

''''Que cuando la victoria fio se entrega volunta- 
riainente^ es necesario violarlar 

Por lo demás, sabemos por el capitán del siglo 
•que la casualidad entra por tres cuartas partes en 
«1 éxito de las batallas; como también que los par- 
tes arreglan después simétricamente los grandes 
desórdenes del fuego, dejándoles verdad, en el 
fondo lo sucedido. 

Pacificado el interior regresaron algunas de las 
tropas al Paraguay, y el General Paunero bajó á 
Buenos Aires donde se le entregó la cartera del 
Ministerio de la Guerra. 

En este puesto demostró aún su actividad é 
inteligencia que ya habia puesto de realce en los 
ejércitos que se le habian dado á organizar. 

19 



290 



LA CARTERA DE UN SOLDADO 



Importantes fueron sus servicios llenando, debi- 
damente todas las necesidades administrativas del 
ejército del Paraguay. 






VIIL 

EPRESENTANDO dignamente á la República Ar- 
gentina le vemos mas tarde en la corte de San 
Cristóbal, donde manifiesta con una prudencia dig- 
na de elogio dotes especiales, desempeñando co- 
misiones delicadas, y cuando al fin de la jornada la 
divina Providencia detuvo su carrera tan brillante y 
azarosa en la vida de un soldado, quedó dormido 
en el sueño del justo, y su corazón tan bueno de- 
tuvo el latido sin sobresalto, motor halóla sido de 
una vida de virtud y sin descanso. \ 

Asi fué tranquila esa muerte: apagándose en la 
última doliente despedida el fuego que alimentaba 
ese pecho, que nunca fué caverna de un remordi- 
miento, y solo volcan de nobles aspiraciones al 
porvenir. 

Guarden sus hijos esa sagrada memoria: es un 
escudo de armas indeleble: colgado está en el pan- 
teón de las glorias argentinas. 



.^3^ 




§g""^^ ^ ^ ^ ^ ^^ ^ e^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^^sS 



I. 



Asalto de Schipka ^^' — Descripción de este lugar — Demostra- 
ción de Suleyman-Pachá sobre la estrema izquierda 
del ejército ruso. 

L Paso de Schipka inmortalizado repentina- 
mente por un glorioso hecho de armas, no es 
propiamente hablando un paso, pues no presenta 
ni garganta ni desfiladero, ni un punto adecuado 




(^I) Kste episodio ha sido traducido libremente del Francés: consii- 
tuye un fragmento de la obra anónima titulada "La Guerra de 
Oriente." 

Aunque estos cuadros por sí solos se recomiendan, el traductor se 
ha permitido hacer alg'unas ag^regaciones que dan talvez mejor vigor 
literario al relato. 

En dos palabras vamos á esplicar la relación que tiene este comba- 
te con el comienzo de las operaciones del ejército ruso al invadir en 
1887 el territorio otomano. 

En este período los errores estratégicos de los turcos fueron aún 
mayores que los de los rusos, siendo el principal error de aquellos, 
dejar la parte central de la Bulgaria abierta á la invasión, por cuyo 
claro penetró audazmente el General Gourko, hasta Tirnova salvó ios 
Balkanes y posesionándose de sus cuatro pasos, entre los cuales es- 
taba Schipka, avanzó algo mas al Sud, para tener que retroceder en 
seguida ante las fuerzas superiores de Suleyman-Pachá, quien dirigién- 
dose mas tarde sobre el paso de Schipka la atacó sin éxito como se 
verá por la relación de este episodio. 



296 LA cartp:ra ue un soldado 



en que trescientos hombres puedan renovar las; 
hazañas de las Termopilas. No está defendido por 
profundas trincheras como las que existen en el" 
Paso Kiper donde un ejército podría ser aniquilado- 
antes de llegar á las manos con los defensores de 
la posición. Su denominación es sin duda á causa: 
del camino que atraviesa una sección de los Bal- 
kanes, menos alta que la altura general de estas; 
montañas, cuya superficie desde el valle de la Yan- 
tra al Norte, hasta el valle Toandja al Sud, aunque 
tenga un contorno estremadamente accidentado, es 
bastante continuado para dar lugar á un camino» 
accesible. 

Del lado de la aldea de Schipka, la montaña es 
es casi tallada á pico y se necesita mas de una hora, 
de marcha para llegar á la cima del paso donde el 
punto mas elevado alcanza á 4.749 pies sobre el 
nivel del mar^ y tiene por nombre Montaña San Ni- 
colás. 

Una vez. salvado este punto, el declive dismi- 
nuye lijeramente para formar en seguida un estre- 
cho valle cuya longitud alcanza á 8.000 metros, 
remorta después sobre Tc/ierven¿-Breg (montaña, 
roja) y vuelve á bajar en seguida en una pendien- 
te bastante suave sobre el flanco derecho del 
barranco de la Koseritsa hasta dos kilómetros de- 
Gabroga. Por esta parte el camino había sido- 



UN COMBATE MEMORABLE 297" 

fortificado por los paisanos búlgaros bajo la inte- 
ligente dirección de los ingenieros rusos, que lo 
habian transformado en una vía escarpada, aunque 
ancha, y perfectamente transitable para los roda- 
dos; de modo que se presentaba en magníficas, 
condiciones para la defensa. 

Cuando los rusos se apoderaron de esta posi- 
ción, carecía de importancia defensiva á causa de 
las escasas fortificaciones que la defendían, que 
únicamente consistían en lijeros espaldones y trin- 
cheras de tierra artilladas con un reducido número» 
de cañones Krupp de acero, y de una pequeña, 
pieza de montaña que los turcos habian abando- 
nado intactos con sus avantrenes y numerosos- 
armones repletos de granadas. 

Mas tarde, conociendo los rusos la gran impor- 
tancia de este lugar, completaron las imperfectas- 
fortificaciones, constituyendo siete sólidos reductos 
armados de potente artillería. 

Constituía la llave de la posición á causa de su; 
dominante altura y escarpados flancos, la Montaña- 
San Nicolás^ coronada por una batería que alcan- 
zaba con sus fuegos á todos lados, y las dos ba- 
terías llamadas turcas, á causa de haber sido es- 
tablecidas sobre las trincheras bosquejadas á la. 
lijera por los soldados otomanos, cuando el gene- 
ral Gourko atacó por el sud esas posiciones. 

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298 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

La batería que se encontraba mas próxima á la 
Monlaña Sari Nicolás fué designada en los partes 
rusos bajo el nombre de Batería de Acero por 
estar armada con los Krupps tomados á los turcos. 

Al Este se encontraba la Batería Circular: al 
Norte la Luneta Turca igualmente establecida so- 
una antigua fortificación enemiga: al Oeste el re- 
ducto del Monte Bedek-ko y la Batería Verde. Mas 
tarde en la jornada del 24 de Agosto se constru- 
yó á la lijera una octava fortificación al Norte 
de las que se acaban de mencionar, próxima al 
parque de municiones, con el propósito de con- 
tener el movimiento envolvente intentado por Su- 
leyman-Pachá. 

La línea que formaban estas obras, circunda- 
ba el pequeño valle, del cual hemos hablado an- 
teriormente, formando un campo atrincherado: su 
guarnición campaba bajo vastas y sóHdas tiendas 
turcas de forma cónica, que fueron tomadas por 
los rusos en el mismo lugar cuando se posesiona- 
ron de Schipka. Un Karaula (cuerpo de guardia), 
y un Han (posada), situados á lo largo del cam.i- 
no se transformaron provisoriamente, el primero 
en depósito de municiones, y el segundo en un 
hospital. ; ' 

La posición bajo el punto de vista militar de 
Schipka carece de la gran potencia defensiva que 






■ K 






UN COMBATE MEMORABLE 299 

se le ha atribuido hasta el presente^ dos puntos 
vulnerables hacen desmerecer su importancia y la 
debilitan enormemente. 

El primero, consiste en que las alturas que la 
separan á derecha é izquierda y forman profun- 
dos barrancos, la dominan por completo pudiendo 
muy bien haber sucedido que siendo la guarnición 
exigua para ocupar esas ^s alturas, nada hubie- 
ra mas fácil á los turcc^ que hacer subir algunas 
piezas sobre la Mof^aña^'^rdek al Este y sobre 
la de Aikirdijebel al \)e4|e, y contrabatir la artille- 
ría con la gran ventaja que daba esta posición. 
El segundo reside en los accidentes del terreno 
por los cuales hay que llegar á la posición, los que 
á primera vista parecen constituir una ventaja. 

La fuerza de una posición no depende entera- 
mente de las dificultades que presenta su acceso á 
un ataque directo, pero si, de la estension del ter- 
reno descubierto que su fuego puede barrer, y 
de su capacidad para concentrar ese mismo fuego 
sobre los puntos de mas importancia crítica. En 
vista de estas observaciones se distingue, á prime- 
ra vista en la posición de Schipka, la dificultad de 
dominar con su potencia mortífera el laberinto con- 
fuso de valles laterales, y de alturas que la rodean; 
de manera que una brigada de infantería podría 
aglomerar sus reservas en un barranco de esos, á 



300 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

una distancia de cien metros de la primera posi- 
ción rusa, sin esponerse al fuego de su artillería. 

Insistimos en estos inconv^enientes para hacer 
resaltar debidamente todo el mérito de la bizarra 
defensa que hicieron en los primeros dias un pu- 
ñado de rusos; defensa memorable que quedará 
en la historia como un ejemplo de valor y de abne- 
gación. * ^ 

Si Suleyman conocía estos puntos débiles, se 
esplica demasiado bien la persistencia de sus pri- 
meros ataques; pero lo que parece incomprensible, 
es que, después de haber sido rechazado^ por una 
guarnición que apenas se componía de tres mil 
hombres, se haya obstinado en continuar los asal- 
tos, con insensatez inaudita, en circunstancias en 
que el número de los rusos habia sido duplicado, y 
en el momento en que el general turco perdia toda 
probabilidad de éxito. 

Muy bien podria suponerse que Suleyman-Pachá 
jugaba una de esas partidas desesperadas, en la 
que en vista del objetivo que se propone alcanzar, 
no se tiene en cuenta el sacrificio de vidas que se 
hace. Sin embargo, debió comprender que este 
ataque desesperado de ningún modo garantía al 
país de una invasión mas allá de los Balkanes, y no 
ignorar que los rusos hablan desistido de su pri- 



UN COMBATE MEMORABLE 301 

mer objetivo que era la marcha sobre Adrinópo- 
lis^ y que si mas tarde volvían á tomar la ofensiva 
de este lado, bastaria con hacer guardar la entrada 
del paso con una brigada en una posición debida- 
mente fortificada, para contener al enemigo, hasta 
la llegada de los refuerzos oportunos. Aunque 
supongamos que el general turco hubiera tenido 
la certidumbre de no ser sostenido por sus cole- 
gas, siempre habria podido bajar por cualquier 
paso situado mas al Este, y haciendo sus marchas 
del lado del Norte, hacer insostenible la posición 
del general Radetsky. Si escojido hubiera para 
este movimiento el paso de Demir-Kapour podría 
también haber llegado sobre el camino de Tirnova 
con todas sus fuerzas, sin perder un solo hombre. 

Presumimos con razón, que Suleyman, que se 
preocupaba mas, en su mayor empeño, de con- 
servar su posición personal, y acrecentar las simpa- 
tías que tenia en el gobierno, que en coadyuvar al 
éxito definitivo de una campaña cuyo honor hubie- 
ra recaído sobre la reputación de su rival Mehe- 
met-Alí; sabia además que intentando volver á 
posesionarse de Schípka lisonjeaba el orgullo na- 
cional profundamente humillado por la pérdida de 
esta posición. También se ha dicho que á conse- 
cuencia del pavor que inspiraban los rusos, como 
por la ignorancia militar de los turcos, pensaban 
•en Constantinopla que á todo trance debia tomar- 



302 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



se esa posición que suponian era una condición in- 
dispensable á la seguridad de la capital. En estas 
condiciones la opinión general estimulaba la em- 
presa de Suleyman-Pachi, y así fué que, después 
del fracaso hicieron recaer la responsabilidad, no 
sobre él, á cuya temeridad era debida aquella ca- 
tástrofe^ pero sí, sobre el prudente generalísimo 
que habia rehusado secundar la operación. 

El 1 6 de Agosto, la 9^ división de infantería rusa 
á la que estaba encomendada la guardia de los 
Balkanes, se encontraba distribuida en los pasos 
del modo siguiente: 

Los pasos de Elena y de Brebova fueron guarda- 
dos por el 34^^ regimiento de infantería de Sievsk, 
la 5^ batería de la 14^ brigada de artillería, y el 
1 3" regimiento de dragones de la orden militar 
con dos piezas de la 20^ batería á caballo á las 
órdenes del ofeneral Boreicha. 



& 



Los de Hankeüi, por el 33" regimiento de infan- 
tería de Eletz, la 6^ batería de la 9^ brigada de 
artillería, la I^ batería de montaña y 2 sotnias de 
cosacos. 

Los de Schipka, por el 36" regimiento de infan- 
tería de Orel; la 2^ y 5^ batería de la 9^ brigada 
de artillería, 6 piezas de la 2* batería de montaña» 






UN COMBATE MEMORABLE 303 

5 batallones de la legión búlgara y 5 sotnias de 
cosacos, á las órdenes del general Stoletow. 

El resto de la división, es decir, el 35° regi- 
miento de Briansk estaba en Silvi con el cuartel 
general del príncipe Sviatopolk-Mirsky. 

En este dia dio principio á sus operaciones Su- 
leyman-Pachá. Hacia ya algunos dias que los 
diarios ingleses, adictos á los turcos, venían anun- 
ciando que el ejército de Adrinópolis iba á reunirse 
con el de Mehemet-Ali^ y los espías señalaban en 
efecto á los rusos, fuertes concentraciones de tro- 
pas del lado de Slivvno. 

Para engañar con mayor sagacidad al enemigo, 
el general turco resolvió hacer una demostración 
sobre estremo izquierdo ruso, como si realmente 
hubiera tenido la intención de pasar los Balkanes 
por este lado, con el intento de maniobrar en la 
Bulgaria Danubiana. El 10, 6 batallones de infan- 
tería y una multitud de tcherkesses atacaron brus- 
camente al regimiento de Eletz á la entrada del 
desfiladero de Hainkeui: después de un tiroteo 
de algunas horas se retiraron y no se presen- 
taron mas. 

Al mismo tiempo un destacamento mas conside- 
rable salvaba el paso de Demir-Kapou y alcanzaba 



iHf* 



-304- LA CARTERA DE UN SOLDADO 

. i . ■ 

-ttn vStare-Reko la vang-uardia del general Boreicha, 
ia rechazaba hasta Brebova apesar de los refuer- 
zos que le fueron enviados sucesivamente, y de 
íiiuevo la batió el I 7 delante de Brebova, arroján- 
dola de esta ciudad que fué medio destruida por 
mn incendio producido por los bachi-bouzouks, y 
persiguiéndola en seguida hasta Elena. El gene- 
ral Radetski apremiado por el general Boreicha 
sobre el envío de refuerzos cayó en el lazo que le 
^endia Suleyman-Pachá, y creyó que todo el ejér- 
cito turco iba á envolver su izquierda. 

De Brebova, dos caminos se ofrecian al enemigo 
^ara marchar sobre Tirnova: el del Sud, por Elena 
y Prissova, y el del Norte por Slatariska. En 
vista de esta circunstancia inmediatamente envió 
4a 2^ brigada de la 14^ división y 2 batallones á 
-Slatariska para cubrir la segunda y tomando la 4^ 
de cazadores con dos piezas de montaña se diri- 
gió en persona á Elena. Al llegar á esta ciudad 
reconoció su error, pues no era con el ejército de 
-Suleyman-Pachá con quien el general Boreicha 
tenia que habérselas, sino con un fuerte reconoci- 
TTiiento compuesto de algunas tropas regulares y 
de un gran número de bachi-bousouks. Instiga- 
dos por estos últimos la población musulmana de 
Elena, que allí estaba en mayoría, se sublevó y la 
:g-uarnicion rusa tuvo que retirarse sobre alg^unas 
posiciones que se encontraban próxima ala ciudad. 






UN COMBATE MEMORABLE 305 

Las tropas turcas se retiraron á su turno al arribo 
de los cazadores. 

Después de haber dejado sus instrucciones al 
■general Boreicha y enviado á la 2^ brigada de la 
4^ división la orden de evacuar á Slatariska y de 
reunirse en Tirnova, el general Radetski condujo 
el 29 la 4^ brigada de cazadores á Prissova, donde 
se encontró con un parte de los generales Stole- 
tow y Derojinsky que le hizo conocer los propósi- 
tos de Suleyman y el verdadero punto de ataque 
vque habia escogido. 




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II. 



Ataque de la garganta de Schipka. Un ruso contra diez turcos 

p^L 18 de Agosto á las diez de la mañana 
^4a guardia de Schipka observó un movi- 
miento extraordinario de tropas del lado de Ke- 
zanlyk. una columna fuerte de 6 batallones apa- 
reció sobre las alturas que están delante de la 
ciudad y espesas nubes de polvo anunciaban que 
esas tropas eran seguidas por otras. Después del 
medio dia la caballería enemiga ocupó las aldeas 
de Senovo y Yanina. No sospechando toda la 
estension del peligro que le amenazaba, el general 
Stoletow previno al general Radetski de la presen- 
sencia de fuerzas enemigas en Kezanlyk. Ya se 
ha visto anteriormente que el general Radetski 
engañado por Suleyman se creia seriamente ataca- 
do por su izquierda. Sin embargo, tuvo la previ- 
sión antes de partir para Elena de enviar al regi- 
miento Briansk la orden de abandonar á Pelvi" 
y de reforzar la guarnición de la posición de; 
Schipka. 



UN COMBATE MEMORABLE 307 

El 19, los rusos vieron salir de los bosques, 
sombrías y profundas columnas, centelleando á los 
reflejos de un sol de oriente sus miles de bayone- 
tas; una nube de tropas irregulares rodeaban estas 
oscuras masas. La vanguardia se instaló en Seno- 
va mientras que el grueso de las fuerzas se replegó 
á retaguardia apoyando un flanco en Kenzanlyk. 
El 20 se tuvo la evidencia de que todo el ejército 
de Suleyman-Pachá estaba sobre Schipka dispo- 
niéndose seriamente á tomar esta posición y no á 
efectuar una demostración, como hasta entonces se 
habia supuesto. Como á las 4 de la tarde ese 
ejército se desplegó y entonces se pudo distinta- 
mente contar en la llanura al Sud-este de la aldea 
de Schipka, una línea de 40 batallones cuya de- 
recha se apoyaba en la aldea de Yanina. 

Algunas pequeñas columnas de caballería y de 
infantería turca, avanzaron sobre la aldea de 
Schipka. 

La guarnición hizo algunos disparos sobre estas 
tropas con las piezas de á 9 para poder graduar 
el tiro desde la Motdaüa San Nicolás. Un ins- 
tante después se vio la mosquetería empeñarse al 
pié de la montaña, entre la vanguardia turca y 
algunas compañías de búlgaros encargados de 
defender la aldea. Al cabo de algunas horas de 
defensa los búlgaros se retiraron sobre la montaña, 



:«-,-' 



308 LA CARTERA DE L'N SOLDADO ' 

después de haber hecho sufrir grandes pérdidas 
al enemig-o, á consecuencia de los muros y cerca- 
dos que abundan en esta aldea. 

Los turcos anunciaron inmediatamente la toma 
de este villorrio por un incendio voraz que des- 
truyó todo en un instante. 

La espesa humareda que se elevaba remoli- 
neando hacia la cima de las alturas, dio á conocer 
á los rusos la destrucción de esta encantadora y 
pintoresca localidad. Los turcos establecieron su 
campo á retaguardia de la aldea dando la espalda 
á tres gigantescos túmulos de tierra que afectaban 
la forma de tres inmensas topineras, en el mismo 
lugar en que las tropas del general Gourko tuvie- 
su campamento un mes antes. 

Todo hacía presagiar para el dia siguiente un 
ataque que los rusos esperaban con resolución y 
vigilancia, con ese valor frió que los ha hecho res- 
petar entre los mejores soldados del mundo. 

Las intenciones de Suleyman-Pachá se hicieron 
cada vez mas evidentes. El 4" batallón búlgaro 
que estaba de gran guardia entre la garganta y la 
aldea, estuvo espuesto durante toda la noche á un 
fuego continuo de mosquetería y se replegó sobre 
el paso antes del alba. 



■'■^: 






UN COMBATE MEMORABLE 309 



Apenas lució el día dio comienzo uno de esos 
combates legendarios, en el que los combatientes 
con encarnizado brio demuestran hasta donde pue- 
de llegar el odio de dos eternos enemigos: es im- 
posible consignar algo mas conmovedor que esta 
lucha de bravos en que por una parte se desplega 
una tenacidad salvaje, y por la otra una cons- 
tancia homérica. 

El general Stoletow dispuso sus tropas, y re- 
partió el mando sobre la línea de defensa del modo 
siguiente: 

El 3" batallón del regimiento de Orel, y la 2^ 
batería de la 9^ brigada de artillería ocupaba la 
Montaña San Nicolás y ¿a Batería de Acero: esta 
última estaba artillada con 7 cañones turcos de los 
cuales uno era de montaña. 

El P' batallón de Orel, ocupaba algunas trin- 
cheras sobre la derecha y formaba el sosten de la 
Batería verde y de la Batería circidar^ que tenian 
cada una 4 piezas de la 5^ batería de la 9^ brigada 
de artillería: la Batería circular tenia además 2 
piezas de la 10^ batería de á caballo. Dos com- 
pañías del 2° batallón del regimiento de Orel ocu- 
paban además las alturas del Redek-Ko delante del 
flanco derecho. El flanco izquierdo que estaba 
frente á las montañas del Berdek se hallaba cu- 



> \ 



310 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

bierto por trincheras y guardado por el 2", 3*' y 5° 
batallones de la leofion búlofara. 

Tres compañías del regimiento Orel, el I" y 4" 
batallones búlgaros y 4 piezas de la 2^ batería de 
montaña, formaban la reserva. Esta fué colocada 
sobre el lugar llamado el Istmo, que se encuentra 
situado entre las tiendas que están mas cercanas á 
la Monfaña San Nicolás y pié de esta. 

El mando de este punto, que formaba la posi- 
ción avanzada, fué confiado al Coronel Conde 
Tolstoi ayudante de campo del emperador; y el 
de las trincheras de la izquierda al Coronel Prín- 
cipe Viaseuiki, también ayudante de campo del 
emperador; el del flanco derecho y el de la base á 
la que se denominó posición principal, al Coronel 
Depradovich, quien al arribo del regimiento 
Briansk^ entregó el mando al Coronel de ese re- 
gimiento Lipinsky. 

Desde las siete de la mañana se vieron aparecer 
los gorros colorados á la izquierda de la Mojifafia 
Bej^dek. Un calor prematuro anunciaba que el dia 
sería sofocante, el sol iluminaba un cielo diáfano, y 
un aire embalsamado subía de los bosques que 
rodean la posición, el agua murmurante caía sobre 
¡as hojas de los árboles en las fuentes naturales 
que allí existen, y el cantar de las aves, que aun no 



UN COMBATE MEMORABLE 311 



habían sido atemorizadas por el ruido de la bata- 
lla, se escuchaba entre un silencio solemne. La 
muerte que pronto iba á segar tantas existencias 
en este lugar sangriento, perdia su horrible aá^ 
pecto en medio de esta naturaleza festiva, y los 
3.000 bravos rusos encerrados en Schipka, igno- 
rando si los refuerzos pedidos llegarían en el mo- 
mento oportuno, se prepararon á ese duelo sin 
igual y formidable, en el que un puñado de hom- 
bres se batirían con el valor de la desesperación, 
contra un ejército de 50.000 hombres tan brar^s 
como las armas y tan salvajes como su fanatismo. 

Los turcos dieron comienzo á la construcción de 
una batería frente á la Baff^ría de Aceito sobre el 
Bej^dek. Los rusos rompieron inmediatamente el 
fuego contra los trabajadores; pero todo fué inú- 
til: á las diez de la mañana el enemigo había colo- 
cado cuatro piezas en posición. 

Apenas despuntó el alba, fué encargado el te- 
niente Romanof, del 7° batallón del cuerpo de 
ingenieros, de colocar minas instantáneas sobre el 
gran camino que va de la aldea á la garganta de 
Schipk. Hacía un instante que habia quedado con- 
cluido este trabajo, cuando los 40 batallones de 
Suleyman-Pachá, se formaron en columna de ata- 
que y avanzaron con la mas grande bravura mar- 
chando sobre el camino que nace á la salida de la 



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312 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

aldea. Los primeros tercios de la subida la salva- 
ron fácilmente. Protejidos por la pendiente escar- 
pada de la montaña se encontraban á cubierto del 
fuego de artillería y hacian retroceder á los tirado- 
res rusos. Mas, apenas hubieron llegado sobre la 
pequeña meseta donde se encuentra una posada 
en construcción, sus columnas se vieron obligadas 
á avanzar sobre un terreno desnudo y descubierto. 

Tres reductos y numerosas trincheras domina- 
ban ese punto, la mayor parte de los cañones que 
defendian esas obras eran las piezas que hablan 
sido abandonadas por los turcos en ese mismo 
lugar, y como por escarnio de la fatalidad, con sus 
mismos proyectiles se les dio la bien venida. 

Los osmanlis avanzaban siempre con el mismo 
coraje; sus primeras filas cayeron literalmente se. 
gadas bajo esta lluvia de fierro, al mismo tiempo 
que se escuchaba el pavoroso estruendo de horri- 
bles esplosiones en todo el largo del camino. Eran 
las minas instantáneas que estallaban por medio 
de la electricidad; y aunque la esplosion fué á des- 
tiempo, ocasionó grandes pérdidas á los turcos y 
trastornó de tal modo el camino que se hizo im- 
practicable durante el resto del dia. 

" A las diez, los cuatro cañones instalados sobre 
el Berdek rompieron el fuego y la infantería turca 



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UN COMBATE MEMORABLE 313 

desplegándose sobre todo el frente Sud de la po- 
sición rusa vomitó un fuego terrible de mosquete- 
ría, lanzando inútilmente una granizada de balas 
contra los atrincheramientos. 

Los rusos, bien resguardados, aprovecharon de- 
bidamente su tiempo; economizaban sus municiones 
y tiraban á golpe seguro. Al mismo tiempo una 
fuerte columna turca daba el asalto á la pequeña 
batería rusa del Sud-Oeste^ que era defendida por 
la 3^ compañía de tiradores del regimiento Orel; 
llegó hasta el pié del reducto, pero á pesar de su 
tenacidad no pudo ir mas iéjos. Reforzada sin 
cesar por tropas frescas atacó dos veces con el 
mismo furor y dos veces fué rechazada por los 
bravos defensores, apoyados por una compañía 
búlo^ara destacada de la reserva. 



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Los turcos después de una sangrienta persis- 
tencia retrocedieron al fin, dejando centenares de 
muertos sobre la pendiente, que en vano habían 
intentado subir con tanto brío. 

El plan de Suleyman-Pachá era muy simple: 
consistía, sin preocuparse de la pérdida de solda- 
dos, en tantear por asaltos sucesivos todos los 
puntos de la posición, hasta que encontrando el 
mas débil, lanzar sus mejores regimientos y forzar 
de ese modo el fuerte baluarte moscovita. 



314 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Rechazado de la batería del Sudeste, hizo enton- 
ces una tentativa sobre el otro estremo del frente 
de la pendiente occidental de la Montaña San Ni- 
colás. Apesar de las horrorosas pérdidas que 
sufrian, los intrépidos turcos que habian sido trai- 
dos del Montenegro, se lanzaron en una columna 
profunda y cerrada sobre la que, las granadas tira- 
das á corta distancia abrían grandes claros, pero 
aquel coraje salvaje no pudo realizar lo imposible: 
barridos por un fuego violento, incomodados en 
sus movimientos por los muertos y heridos que á 
cada instante rompían las filas y embarazaban el 
camino con sus sangrientos despojos, tuvieron aun 
esta vez que abandonar el campo regado con tanta 
sangre heroica. 

En este momento (once y media de la mañana) 
la guarnición de Schipka prorrumpió en alegres 
hurras viendo llegar al regimiento Briansk que fué 
establecido de reserva á retaguardia de la Batería 
circular; este regimiento había hecho una jornada 
de 4'2 kilómetros sin descansar. 

Sin desanimarse y prosiguiendo su plan funesto 
en el que el sacrificio de hombres reemplazaba á 
las disposiciones tácticas usadas en semejantes 
ataques, Suleyman buscó otro punto de asalto. 
Hizo colocar sobre todo á su frente^ espesas filas 
de tiradores que hacían caer una lluvia de balas du- 



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1 UN COMBATE MEMORABLE ' 315 

rante todo el resto del dia, no solamente sobre las 
trincheras, sino también sobre el pequeño valle 
situado á ret^uardia, donde las balas perdidas 
ocasionaron grandes bajas á la reserva, menos 
abrigadas que las tropas colocadas en los atrin- 
cheramientos. En seo^uida oro-anizó una columna 
de asalto, é hizo atacar la Batería de Acero^ sobre 
el flanco izquierdo de la Montaña San Nicolás. El 
primer asalto tuvo lugar al medio dia. 

Con gran angustia vieron los rusos aquellas 
grandes y profundas masas de infantería enemiga 
que descendían, formadas en tres líneas, de los bos- 
ques vecinos al valle que se estiende al pié de la 
altura en que se eleva Ik batería. Con an coraje 
indomable los turcos atravesaron el espacio des- 
cubierto á la carrera y treparon las pendientes de 
las montañas al son de sus tambores que tocaban á 
la carga, y á los estruendosos gritos repetidos de 
¡Allah! il ¡jAllahü pero apesar de la energía y te- 
nacidad estraordinaria con que fueron conducidos 
al asalto, el fuego mortífero de los sitiados los re- 
chazó con grandes pérdidas. 

Diez veces reorganizaron sus columnas, y diez 
veces con el mismo empeño iracundo y con la mis- 
ma intrepidez salvaje renovaron este ataque insen- 
sato. Suleyman enviaba tropas frescas sobre 
tropas frescas, y volvía á hacer empezar la batalla. 



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316 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Los valerosos soldados otomanos trepaban con 
g"ran dificultad la áspera pendiente; y cada metro 
ganado costaba raudales de sangre: filas enteras 
caían sin descanso y las compañías de retaguardia 
pasaban pisando montones de cadáveres; y cuando 
creian alcanzar la cima, no queda'oa de aquella es- 
pesa columna sino un puñado de bravos; entonces 
los que habían sobrevivido, desanimados por la 
grandeza del esfuerzo que aun quedaba que cum- 
plir, retrocedían apesar del empeño y las exhorta- 
ciones de sus bizarros oficiales en llevarlos al 
combate. ¡ Cuánta sangre corrió sobre esa fatal 
pendiente de la montaña, y cuánta sangre ha cor- 
rido y correrá en los campos de batalla, á causa 
de la ineptitud brutal de un hombre de guerra ! 

Las avaluaciones mas moderadas de las pérdidas 
de los turcos en este ataque insensato, alcanzan á 
mas de 3.000 hombres. 

Hasta el anochecer, los rusos y los búlgarOvS, 
que en razón de su pequeño número combatían 
sin descanso, oyeron tocar á la carga y los gritos 
horrorosos de los asaltantes. 

Al caer la noche habían ya colocado los turcos, 
seis piezas en batería, al mismo tiempo que ocupa- 
do las alturas de Aikiridjebel, á pesar de los 
fuegos de la Batería verde que mandaba el capitán 






UN COMBATE MEMORABLE 317 

Policarpof, colocando en este punto dos cañones. 
A las ocho de la noche creyendo Suleyman-Pachá 
que la guarnición de Schipka, agotada por esta 
horrorosa lucha de diez horas, estuviera entregada 
al descanso intentó un nuevo asalto. 

Silenciosamente avanzó una espesa colunma 
sobre las fortificaciones rusas^ ya los primeros 
asaltantes estaban al pié del parapeto del reducto 
para escalarlo; cuando los centinelas pudieron 
apercibirlos por la luz de la luna, y dando la alar- 
ma, una viva mosquetería respondió barriendo 
instantáneamente los aproches de la posición. 

Esta primera jornada solo costó á la heroica 
guarnición de Schipka 200 hombres. Es el dato 
oficial que tenemos, y cualquiera que sea la desi- 
gualdad que presenta con la pérdida de los turcos, 
no se encontrará inverosímil, porque es preciso no 
olvidar que durante todo el dia no hubo combate 
cuerpo á cuerpo, sino simplemente se limitó á una 
lucha de artillería y mosquetería, en la cual los rusos 
estaban resguardados por sus atrincheramientos 
y tiraban sobre masas profijndas donde no se 
perdía una bala. 

Este combate pertinaz y continuo, había abruma- 
do de cansancio á las tropas del general Stoletow 
que solo pudieron tomar un reposo incompleto 



318 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

perturbado amargamente por los clamores des- 
garradores de los heridos turcos, que pedían 
socorro á pocos pasos de los atrincheramientos 
donde habían caído. La fusilería no cesó en toda 
la noche en razón de que los turcos construían una 
nueva batería y trabajaban trincheras, dos de las 
cuales distaban solo 200 pasos de las posiciones 
rusas. 

Aunque tuviese la idea el Jefe de Schipka de 
ejecutar una salida para dispersar á los trabajado- 
res enemigos, se veía imposibilitado de llevar á 
cabo esta operación á causa del pequeño número 
de fuerza con que contaba. 

Asi limitó sus disposiciones bajo la protección 
de las reservas, á reparar las baterías y las trin- 
cheras, y á aumentar su fuerza defensiva, sobre 
todo, la de la batería denominada de Acero cuyas 
piezas y soldados habian estado al descubierto 
todo el dia, sufriendo por esta razón grandes 
pérdidas. 

La jornada del 22 fué menos fatigosa que la 
precedente. Sin duda Suleyman-Pachá en la no- 
che había reflexionado maduramente sobre sus 
asaltos, resignándose á no enviar sus soldados á 
estrellarse inútilmente contra las rocas y los mu- 
ros, y preparar con mas calma el nuevo asalto que 



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UN COMBATE MEMORABLE 319 

meditaba. A las seis de la mañana con 8 piezas 
de á 4 y de á 6, y dos de montaña que tenían en 
posición, hizo romper el fuego que no cesó duran- 
te todo el dia. 

La artillería rusa no pudo contestar con un fue- 
go tan nutrido porque apenas le quedaban ochenta 
tiros por pieza (las tomadas á los turcos) y las mu- 
niciones de repuesto no llegarían hasta el 24. Sin 
embargo, desmontó varios cañones del enemigo 
y le hizo volar dos armones. 

Con el intento de abrumar de cansancio á la 
pequeña guarnición, Suleyman ordenó se continua- 
se la mosquetería sin interrupción, no solamente 
sobre el frente Sud, sino también sobre los flancos, 
íil mismo tiempo que simulaban ataques, obligando 
por este medio á los rusos á tenerse constantemen- 
te sobre las armas. 

Al mismo tiempo, el general turco llamaba de 
Kezanlik y de las aldeas vecinas todas las tropas 
que estaban por alli diseminadas, y reuniendo su 
ejército todo entero en la aldea de Schipka, 
que constaba de mas de 50.000 hombres, (como 
ochenta batallones) preparó el ataque para el dia 
siguiente. 

Durante la noche, los rusos concluyeron los tra- 
bajos emprendidos en la anterior: se repararon 



i 

320 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



las baterías y las trincheras, se establecieron trave- 
ses y dos nuevos atrincheramientos: trabajos que 
fueron ejecutados bajo el fuego persistente del 
enemio^o. 

Mas tarde, las compañias del rejimiento de Orel, 
establecidas en la Batería de Acero, fueron releva- 
das por una compañía del 9'^ batallón del rejimiento 
Briansk á las inmediatas órdenes del capitán Sko- 
rodinsky comandante de ese batallón. Los infeli- 
ces búlg"aros á quienes los rusos d'ísde el principio 
de la campaña, habían tenido constantemente en 
los puestos mas peligrosos, y soportado ellos 
solos, la casi totahdad de las pérdidas de la prime- 
ra jornada, continuaron estoicamente en sus pues- 
tos de peligro. 

Los turcos no cesaron durante toda la noche el 
fuego infernal, con el intento de mantener en con- 
tinua alarma, como si estuvieran prontos á dar un 
nuevo asalto. Excelente estratagema que impidió 
á la guarnición de Schipka de avasallarse al sueño 
aunque hacían cuarenta y ocho horas que no 
iiabían cerrado los ojos. 




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III. 



La jornada del 23 — Los turcos intentan envolver la 
posición de Schipka. 




PERCIBIÉNDOSE Suleyman-Pachá, que el fueg^o 
-de los rusos disminuía, comprendió que sus 
municiones escaseaban, y además sabía que aun no 
le habían llegado refuerzos, así, en vez de prodi- 
gar su ejército en ataques sucesivos, resolvió por 
esta vez envolver toda la posición en el ataque ge- 
neral que meditaba: acometer á los rusos por todas 
partes á la vez, y ahogar de algún modo la peque- 
ña guarnición rusa, bajo el peso enorme de sus 
50.000 hombres. El éxito parecía infalible, y se 
creía como cosa imposible, que la línea rusa opri- 
mida de este modo por todas partes, no se rompie- 
ra en algún punto: efectivamente, si la llegada de 
los refuerzos traídos por el general Radtski hubie- 
ran tardado una media hora, Schipka habría sido 
tomada. 

21 



'¿¿^¡it,*"- 



322 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Detengámonos un momento para examinar la 
situación de este puñado de bravos que iban á 
ostentar hasta que grado de heroismo puede 
alcanzar el valor humano. Hacía tres dias que no> 
dormian y apenas habian comido a la lijera; la fusi- 
lería les privaba de estas necesidades, su sed era 
ardiente, porque los turcos desde el primer dia 
habían desviado el curso de las fuentes; y comba- 
tían con un calor que alcanzaba á los 45° á la 
sombra. ; 

La reverberación de los rayos del sol sobre las 
rocas cegaba á los combatientes, los árboles te- 
nían su follaje casi seco, y en esta sofocante atmós- 
fera los turcos dejaban podrir sus muertos muy 
próximos de las posiciones rusas, sirviéndose de 
ellos algunas veces como resguardo contra aque- 
lla granizada de plomo. Aquel hedor insoportable 
hacía flaquear el corazón de esos hombres que ni 
el cansancio abrumador, ni el peligro habían po- 
dido, abatir por un momento su enérgica resolución.. 

El general mayor Kossinsky, inspector general 
de los hospitales del ejército, que se encontraba 
con Stoletow, compara en una carta dirijida á la 
"Gaceta de Moscow," Schipka á Sebastopol: "He 
" visto, dice, un segundo Sebastopol, la renova- 
" cion de aquel cañoneo terrible, de aquel fuego 
" infernal que durante once meses había bramado. 






UN COMBATE MEMORABLE 323 

" al rededor de la desg^-aciada ciudad. He 

" asistido á los mismos actos de abneofacion heroica 

" y de menosprecio de la vida. No exagero afir- 

" mando que los seis dias de Schipka (del 21 al 

" 26 de Agosto) fueron mas terribles aun, que la 

" jornada de vSebastopol: allí á lo menos sabiamos 

" que por tal ó cual trinchera se podría ganar el 

" bastión con una segundad relativa, conocíamos 

" la dirección de los proyectiles enemigos, y deter- 

" minábamos con mas ó menos reofularidad los 

" lugares en que caían, sabíamos también cuando 

" el cañoneo se dilataba, y el momento en que 

" tomaba una nueva intensidad; pero en la posi- 

" cion de Schipka ha sido un fuego cruzado sobre 

" todos los puntos é incesante, no interrumpido 

" durante un instante, ni de dia ni de noche." 

La bizarra comportacion de las tropas que han 
resistido un ataque semejante se impone á la admi- 
ración del mundo. 

Antes del alba, el cañoneo que no había cesado 
en toda la noche, estalló con una furiosa violencia 

A este tiempo ya tenían los turcos en posición 
diez cañones sobre el Berdek y 4 sobre Aikirid- 
jebel; á medio dia tenían 4 mas sobre este punto. 
Al mismo tiempo el ejército otomano se abrió 
como la sierra de un cangrejo para oprimir las 
posiciones rusas. 



324 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Una columna desfiló á lo largo de la montaña 
Berdek para envolv^er la izquierda, un destaca- 
mento tomó posición sobre el fi-ente Sud, y el resto 
del ejército se dirig-ió sobre la pequeña aldea de 
Senobo, de allí tomando un pequeño sendero ape- 
nas bosquejado, por el cual anteriormente habia 
huido la antigua guarnición de Schipka, se internó 
esta columna en las montañas arboladas que están 
frente al flanco derecho de los rusos, á fin de en- 
volver igualmente la posición de este lado y de 
reunirse á retaguardia con las fuerzas que viniesen 
del Berdek, cortando asi la comunicación de los 
reductos con Gabrova. 

La izquierda de la guarnición rusa fué atacada á 
eso de las siete de la mañana por las tropas que 
subieron por las dos pendientes de la aldea Etter. 
El 2", 3" y 5*^ batallones turcos, que estaban esta- 
blecidos trente de sus barrancos y que por orden 
del Coronel Conde Tolstoi habian sido reforzados 
con dos compañías del I*' y 4" batallón búlgaro, 
enviados de la Batería de Acero bajo el mando del 
Coronel príncipe Viazenski, recibieron á los asal- 
tantes con un fuego nutrido que les causó grandes 
pérdidas. 

Durante el dia, 6 batallones con una tenacidad 
admirable, llevaron varios ataques á las trincheras 
ocupadas por los batallones búlgaros; pero siem- 



-'%*?;: 



UM COMBATE MEMORABLE 325 

pre fueron rechazados. Cuando en la noche se 
relevó de su puesto de combate á aquellos bravos 
soldados enrolados por la libertad de su patria, 
que ya habian perdido la mitad de su efectivo en 
Esk-Zaghra, las tres cuartas partes de su fuerza 
estaba fuera de combate. 

Sobre el frente intentaron los turcos cuatro ve- 
ces el asalto á la Batería de Acero; pero siempre 
fueron rechazados con grandes pérdidas. Los 
rusos, por su parte, en este lugar sufrieron muchas 
bajas porque eran fusilados por el flanco y reta- 
guardia y se vieron en la necesidad de construir á 
toda prisa varias líneas de trincheras para res- 
guardarse. Tres de las piezas de acero fueron 
desmontadas en el dia. Las otras á causa de la 
penuria de municiones, no respondían al íuego de 
los turcos y solo tiraban en los casos estremos, 
cuando las columnas de ataque se aproximaban. 
Pero el ataque á las trincheras llevado á cabo por 
los turcos en el frente Sud eran bien poca cosa en 
comparación de los asaltos repetidos que fueron 
lanzados sobre los flancos. 

Estas posiciones habian sido puestas bajo el 
mando del Coronel Lipinsky que las ocupaba del 
modo sÍ2"uiente: 



*i> 



Las trincheras alrededor de la Batería circular 
estaban defendidas por compañías del 2° batallón 



326 LA CARTERA UE üN SOLDADO 

<lel regimiento de Briansk con la 5^ y 6^ compañía 
de reserva. Una parte del 3^' batallón, la 10*^ y 
12^ compañía, y la mitad de la 3^ compañía de ti- 
radores, ocupaba la Montaña Redek-Ko y las 
otras compañías se hallaban en las trincheras del 
flanco derecho de la posición cerca de la Batería 
verde. Las trincheras avanzadas de este lado fue- 
ron guardadas por la 11^ compañía, y el istmo 
cerca de la ambulancia, por tres compañías del re- 
gimiento de Orel, colocadas igualmente como las 
compañías vecinas del regimiento de Briansk, á las 
órdenes del teniente coronel Lindstron del reofi- 
miento de Orel. Las otras cuatro compañías del 
regimiento de Orel, que formaban la reserva ge- 
neral se encontraban entre la Batería círciílar y la 
Batería verde. 

El objetivo de los turcos sobre el flanco dere- 
cho fué la Montaña Redek-Ko donde se encarni- 
zaron con una persistencia desesperada. 

Desde las cinco de la mañana^ el Teniente Co- 
ronel Schwabe que mandaba ese puesto, vio avan- 
zar cuatro fuertes columnas enemigas sobre la 
posición: pidió refuerzos; solo se le pudo enviar 
compañía y media en razón de ser muy escasa ya 
la reserva. 

A las seis, los turcos cargaron con furor con sus 
acostumbrados alaridos salvajes; Schwabe que 



ÜN COMBATE MEMORABLE 



327 



Tiabía comprometido hasta su último soldado, pidió 
una seg^unda vez refuerzos; el Coronel Lipinsky le 
envió dos compañías del regimiento de Orel. 
A las 7 y media reforzados los turcos con nuevas 
tropas, dieron un nuevo y terrible asalto^ haciendo 
sufrir á los rusos pérdidas enormes. Los turcos 
tiraban al acaso, decia uno de ellos, y éramos 
heridos por las balas perdidas; era tal el granizo 
de plomo que las filas se aclaraban con asombrosa 
rapidez. El Teniente Coronel Schwabe pidió una 
tercera vez refuerzos: se le envió todavía un desta- 
<:amento de reserva. 

Al mismo tiempo que esto sucedía el general 
Stoletow enviaba una mitad de la 6^ compañía del 
rejimiento de Briansk y otra de la 2^ compañía de 
los tiradores del rejimiento de Orel con 4 piezas á 
ocupar la Luneta turca con el designio de sostener 
la guarnición de Bedek-ko y de flanquear con sus 
fuegos las columnas que atacaran esta última po- 
sición. 

Sin embargo, las pinzas del cangrejo iban cer- 
rándose. De repente las columnas que habían 
desfilado sobre el flanco izquierdo á lo largo del 
Berdek, desembocaron de los bosques que están 
á retaguardia de la Batería ciradar y se lanzaron 
sobre el camino para tomar de revés la montaña 
Bedek-ko. 



328 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Si este brusco movimiento hubiera tenido éxito, 
Schipka habria sido envuelta y por consecuencia- 
perdida la posición para los rusos. Ante este ata- 
que tan rápido la 5'"^ compañía y una mitad de la 
6^ que se encontraba de reserva en la Baíe/ía cir- 
cular^ apenas tuvieron tiempo de desplegarse: asal- 
tadas á cien pasos por un fuego violento; no tuvie- 
ron mas salvación que arrojarse desesperadamente 
á la bayoneta sobre los turcos sin hacer un disparo, 
rechazándolos con un coraje digno de ese crítico ■ 
momento. A este encuentro sucedió una intensa 
fusilería, que continuó así por algún tiempo. 

Los asaltantes reforzados por nuevas tropas,, 
volvieron á tomar varias veces la ofensiva, pero- 
siempre fueron repelidos por el fuego de los rusos.. 

El monte Redek-ko continuaba devorando los 
esfuerzos sucesivos que se le enviaban, las balas 
turcas no dejaban un defensor en pié. A las diez, 
nuevo pedido de refuerzos del Teniente Coronel 
Schwabe; se le envió la última compañía disponible 
con la orden de sostenerse hasta perder el último 
hombre. 

Se habia recibido la noticia de la marcha del ge- 
neral Radetski de Gabrova, con una brigada, cuya 
llegada se esperaba como la única salvación en 
aquella lucha desigual. El valiente general Stoletow 






UN COMBATE MEMORABLE 329 

resolvió hacer el mas grande y supremo esfuerzo 
para dar al general Radetski ocasión de llegar á 
tiempo. 

Durante cuatro horas el combate continuó con 
increíble furia, bien se podría decir que los bosques 
que circunvalan la posición, vomitaban turcos á 
millares: las columnas se sucedian á las columnas, 
pero los rusos impasibles bajo un fuego espantoso^ 
no perdían una pulgada de terreno; héroes mecá- 
nicos por la fuerza de las circunstancias, que son 
por lo general el origen de los grandes hechos. 

Los partes de esta jornada, abundan en rasgos 
de valor admirable, y episodios heroicos; hubieron 
muchas compañías que quedaron sin un solo oficial 
y continuaron sin embargo batiéndose bizcfrramente, 
rechazando con su propia iniciativa, los ataques 
del enemigo: gran número de heridos volvían á 
las filas después de la primera curación, y cuando 
sus oficiales les indicaban que se retirasen al hospi- 
tal de Gabrova, respondían casi siempre. "Aun 
" tenemos tiempo, los hospitales son para los que 
" están heridos gravemente, nuestras heridas son 
" leves, y bien ó mal, aun podemos servirnos de 
" nuestros fusiles. . , .es necesario hacer todos los 
" esfuerzos posibles. ... no es el momento de pen- 
" sar en curaciones, y sobre todo, no se muere mas 
" que una vez." Y aquellos bravos entre bravos 
morían como héroes. 



m 



330 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Oficiales y soldados rivalizaban en bizarría y 
constancia, y supieron morir sin ostentación y con 
estoicismo. Hambrientos, transidos de fatiga, en- 
fermos, solo deseaban batirse y como siempre, los 
oficiales estaban en primera línea. 

En muchos casos los soldados que tenían sus 
fusiles deteriorados guardaban sus puestos en las 
filas, firmes, impasibles, con aquel valor sereno au- 
tomático que admiraba á Napoleón. 

Que hacéis ahí? — les preguntaban los oficiales — 
si ya no podéis tirar? 

— Es verdad, respondían los soldados, pero 
nos reuniremos en compañía especial para trabajar 
á la bayoneta. Pero no por reconocer el heroísmo 
de los rusos, debemos olvidar de rendir el home- 
nage debido á los valientes milicianos búlgaros, de- 
masiado olvidados en los partes rusos; fueron los 
que de esta manera trabajaron mejor. 

Recorriendo las trincheras el general Derojinski, 
apercibió diez y siete soldados tendidos detrás de 
un atrincheramiento, y un oficial en pié, con una 
pierna herida y el rostro cubierto de sangre. El 
oficial hizo el saludo militar. 

— ¿Duermen vuestros soldados? preguntó el 
general, indicando con el dedo los dormilones. 






UN COMBATE MEMORABLE 331 

— ¡Si, general! duermen, pero duermen el sue- 
ño de los bravos; no se despertarán mas, ahí han 
muerto. 

— ¿Y Vd. que hace en este lugar? 

— Espero mi turno, es todo lo que queda de 
mi compañía: replicó el oficial conmovido. 

Hay tal semejanza en los actos de la guerra que 
parecen unos copiados de otros. El mayor Ma- 
yo rga, argentino, once años antes de esta guerra, 
dio una casi igual contestación al general E. Mitre 
en el combate del Boquerón en el Paraguay. 

No hubo ardid que no emplearanl os turcos para 
— engañar á sus enemigos. Un capitán de tiradores^ 
colocado en una avanzada con- su compañía hacía 
dirijir sus fuegos sobre una barricada que estaba 
próxima, cuando una voz partiendo de detrás de es- 
te abrigo, llamándole por su nombre le gritó, 
" Haced cesar el fuego que tiráis sobre noso- 
tros" — Quien ha dado esta orden? "El comandante 
del cuerpo," respondieron. — Pero de que cuerpo: 
con mil diablos, preguntó el vigilante Oficial. Esta 
vez viendo descubierta su astucia los turcos, res- 
pondieron con una descarga. 

A las dos de la tarde^ un oficial enviado por el 
teniente coronel Schwabe, vino á anunciar, que en 



332 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

presencia del gran número de heridos y de las 
fuerzas constantemente crecientes de los turcos, 
no habia ya la posibillidad de mantenerse en la 
Montaña Bedek-ko^ si no se enviaban nuevos y 
numerosos refuerzos. Por toda reserva no que- 
daban ya, sino una mitad con las banderas de los 
distintos cuerpos. Entonces se le dio la orden al 
destacamento, de mantenerse firme á todo trance, 
y en caso de necesidad estrema, de replegarse 
evitando las minas instantáneas colocadas á reta- 
guardia de Bedek-ko y ocupar las trincheras. El 
Subteniente Romanof del 7" batallón de ino^enieros 
recibió al mismo tiempo, la orden de tener pronta 
la batería galvánica, á fin de hacer volar á los tur- 
cos, en casode verse en la necesidad de abandonar 
la posición. 

Aquel fué uno de los momentos mas críticos de 
la jornada. Una fusilería terrible continuaba chis- 
porroteando al rededor de la Batería Circular^ 
los tcherkesses asaltaban la Luneta turcas y la 
Batería Bedelz-íio pronto iba á ser abandonada. 
Las reservas estaban casi agotadas, todos los sol- 
dados habían entrado en combate; pero felizmente 
habían disminuido notablemente los esfuerzos del 
enemigo sobre el frente Sud, y el conde Tolsto'i 
pudo enviar una compañía al Coronel Lipínsky. 
Hacia las tres ó las cuatro de la tarde, — notándose 
que el enemigo dirijía su principal ataque, contra 



UN COMBATE MEMORABLE 333 

el destacamento del flanco derecho, le envió todavia 
una compañía y destacó su última reserva, es decir 
2 compañías del I" batallón y una del cuerpo de 
la lejion búlgara, con el designio de defender la 
base del paso que va á la Luneta tiwca. Como á 
las cinco de la tarde el Coronel TolstoV se dirijió 
en persona sobre el flanco derecho, donde estaba 
el coronel Lipinsky, confiando temporalmente el 
mando al mayor Redkine, comandante del 4° ba- 
tallón búloraro. 



o 






Apesar, de tQ|)|S|^estos refuerzos, la situación 
era amenazadora sobre la derecha. Los turcos 
contenidos en los bosques por las descargas de los 
rusos, se desplegaban sobre el borde y tiraban sin 
cesar. Grandes grupos de heridos se dirijian de 
Bedek-ko al hospital de sangre provisorio, situado 
allí. 

El puñado de rusos que quedaba sobre la mon- 
taña, luchando desde el alba, con un enemigo in- 
mensamente superior, tuvo al fin que abandonar 
la posición, y á las 5 de la tarde empezó á reple- 
garse en pequeños grupos, conduciendo sus 
últimos heridos. Los oficiales de este destacamento 
casi todos fueron muertos ó heridos; de las com- 
pañías una sola no quedó en pié; horriblemente 
diezmadas solo presentaban pequeños grupos de 
soldados de diversas procedencias. 



334 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

En las trincheras y las reservas, las pérdidas 
eran enormes, ocasionadas por el fuego cruzado 
de los turcos, al cual había estado espuesta la 
posición hacía doce horas. 

Irremediablemente parecía la partida perdida 
para los rusos. La lejion búlgara tenía tres cuar- 
tas partes de su efectivo, fuera de combate, los 
rejimientos de Briansk y de Orel estaban reducidos 
á la mitad de su efectivo, y los que sobrevivían 
desmoralizados por esta horrorosa carnicería ya 
no reaccionaban, pero lo tjue mas afectaba el 
espíritu de aquellos valientes soldados, era que 
empezaban á faltar las municiones. Después de 
tres dias de un fuego violento, el parque estaba 
casi exhausto, y mientras que los turcos renovaban 
sin cesar sus ataques, los rusos tenían que econo- 
mizar sus municiones y tirar lo menos posible. En 
cuanto á refuerzos, no los habían recibido de nin- 
guna parte y solo Dios sabía cuando llegarían. 
Los turcos habían concluido por obtener grandes 
ventajas, oprimiendo á sus adversarios por todos 
lados, y posesionándose cada vez mas de puntos 
ventajosos. 

Sintiendo que los rusos debilitaban sus fuegos, 
reforzaron sus ataques: Suleyman creyó alcanzar 
la victoria. A las cinco de la tarde, el parque de 
artillería rusa no tenía sino armones vacíos, y no 



UN COMBATE MEMORABLE 335 



les quedaba masque la bayoneta para concluir vic- 
toriosamente ese dia. Las baterías cesaron el fuego 
y los rusos se lanzaron al arma blanca; como una 
avalancha, se precipitaron sobre los turcos, que 
no pudiendo resist'r tal impulso de coraje deses- 
perado; retrocedieron aun una vez; pero guardando 
silencio las baterías rusas, adivinaron sus adversa- 
rios la causa de ese silencio y dieron un nuevo y 
terrible asalto. 

Las tropas rusas, agotadas por tres dias de 
combates continuos sin aliento, sin reposo, y sin 
cartuchos, no pudieron resistir esta vez aquel es- 
fuerzo terrible, y empezaron á retrogadar abando- 
nando las posiciones regadas con su sangre. 

En la Luneta turca, las municiones también fal- 
taban, asi fué que el fuego tuvo que cesar. Los 
turcos, enardecidos por este silencio, se lanzaron 
con la mas orande audacia al asalto. Ya alean- 
zaban la cima cuando los rusos sahendo de su 
atrincheramiento, hicieron llover sobre ellos una 
granizada de grandes piedras, troncos de árboles, 
que los hizo rodar al bajo del barranco de donde 
habían salido; algunos que habían tenido la audacia 
de escalar la meseta, fueron bayoneteados y otros 
huyeron á reunirse con sus camaradas. 

Durante una hora, los rusos se defendieron con 
estos estraños proyectiles, y habiendo llegado el 



1%. 



336 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



momento crítico, en que faltaban las grandes pie- 
dras, arrojaban sobre los turcos, fusiles rotos, 
terrones de tierra, sus cartucheras repletas de 
guijarros y todo lo que encontraban á mano. 

Sin embargo, los turcos excitados por sus oficia- 
les, que demostraban gran valor continuaban con 
empeño su empresa. Un oficial gravemente he- 
rido se habia tomado de un tronco de árbol en la 
mitad del camino de la pendiente de la meseta, y 
desde aUí llamaba á sus soldados que retrocedían 
apostrofándolos con mil epítetos denigrantes; un 
nuevo esfuerzo los iba á hacer dueños de la posi- 
ción^ cuando un inmenso hurrah señaló la van- 
guardia de los tiradores del general Radetski. 

¡Schipka habia sido salvada! r 









lY. 



Arribo de los refuerzos rusos 

EMos dejado al general Radetski, el 20 de 
'Agosto, en Slataritza, á cuyo punto le liabia 
conducido la finta de Suleyman-Pachá, por el lado 
de Brebrova; allí le alcanzó un despacho de Stoletow 
y Derojinski, anunciándoles que iban á ser atacados 
por todo el ejército turco. Comprendiendo in- 
mediatamente la estratagema de su adversario, 
acudió á Tirnova, donde llegó el 21; allí recibió un 
nuevo despacho anunciándole que desde las siete 
de la mañana, el paso de Schipka habia sido ata- 
<:ado. A la mano no tenía sino tropas fatigadas 
por tres dias de marchas inútiles, pero apremiando 
el peligro, no habia tiempo que perder. El 22 al 
amanecer hizo partir de Tirnova en dirección á 
Gabrova la 4^ brigada de cazadores con dos pie- 
zas de montaña, y de Scherémet la 2^ brigada de 
la 14.^ división de infantería, con la 2^ y 3^ batería 
de la 14^ brigada de artillería, destacando de esta 
brigada un batallón del regimiento de Podolía 

22 



338 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

que dejó en Tirnova para proteger los equipajes, 
el hospital, la ciudad, y las baterías que se habían, 
construido: además ordenó á la 2^ división de in- 
fantería del general Imeretinsky que acababa de 
ITegar de Muradbey, de dirigir su marcha sobre 
Selví, y a su arribo á este lugar, enviar inmediata- 
mente sobre Gabrova. la I'^ brioada de la 14^ 
división con la 4''^ batería de la 14^ brigada de ar- 
tillería. 

El o-eneral Radetski lleoró en la noche á Gabrova. 
y después de haber dado algunas horas de des- 
canso á sus cazadores volvió á ponerse en marcha. 

-''- Los defensores de Schipka ignorando comple- 
tamente el tiempo que la alarma de Bebrova, habia. 
hecho perder al comandante del 8° cuerpo, em- 
pezaban á creerse abandonados, desesperando 
hacer una mas prolongada resistencia. Los gene- 
rales Stoletow y Derojinski, esperaban por mo- 
mentos ser rodeados; habían enviado un último 
despacho donde manifestaban sus temores, espo- 
niendo los esfuerzos que habían hecho para con- 
jurar la catástrofe, y asegurando que con la ayuda, 
de Dios resistirían hasta perder su último hombre. 
"En todo caso, decían, derramaremos hasta nues- 
tra última gota de sangre, antes de rendirnos. " 

Eran las seis; en este momento se sintió una 



UN COMBATE MEMORABLE 339 

ligera disminución en los fuegos de los turcos, la 
que los rusos no pudieron aprovechar á causa de 
que todas sus reservas estaban comprometidas. 
Las tropas quemadas sin cesar por un sol ardiente, 
habian alcanzado el colmo de las fatigas y del 
hambre. Hacía tres dias que no se había hecho 
el rancho, faltaba el agua, y una sed espantosa ani- 
quilaba gradualmente esos hombres. Jadeantes, 
estaban tendidos envueltos en un silencio tétrico 
sobre las desnudas colinas, indiferentes ya por 
el sufrimiento, á la lluvia de balas que sobre ellos 
caían: otros combatían con ferocidad sobre las 
caldeadas rocas; obligados á retroceder, lo hacían 
defendiéndose como tigres; y el eco como tomando 
parte en este estruendo salvaje, repercutía el grito 
de triunfo, de los turcos, ¡ Allah il Allah ! 

Los dos generales rusos se encontraban en la 
Montaña de Bedek-Ko^ inquietos trataban de des- 
cubrir con sus anteojos^ el camino que conduce al 
valle de la Jantra, sembrado de bosquecillos y 
sombrías rocas, cuando de repente Stoletow, im- 
presionado por una emoción violenta que no fué 
dueño de dominar, lanzó un grito, y tomando fuer- 
temente el brazo de su hermano de armas, esten- 
dió la mano en dirección al fondo del desfiladero. 
Un instante después se vio aparecer la cabeza de 
una prolongada columna, serpenteando á lo largo 
del camino. 



340 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



"¡Que Dios sea alabado!" esclamó Stoletow. 
Los dos generales se descubrieron con respeto, y 
las tropas puestas de pié, elevaron el pensamiento 
ai Dios de los ejércitos, y conmovidas estendie- 
ron la vista ansiosa hacia los refuerzos que Ue- 
ofaban. 



«3 



Un rayo de sol caía á plomo sobre los bosque- 
cilios de la entrada del desfiladero, haciendo á lo 
lejos centellear las bayonetas. Entonces los rusos 
prorumpieron en un grito de alegría, inmenso, de 
una emoción tan grande, que es indescriptible, que 
hizo temblar la cima de las colinas: los alaridos de 
los turcos se perdieron en este estruendoso hur- 
rah, saludo con que la desesperación daba la bien 
venida á los salvadores. Algún tiempo transcur- 
rió así; gradualmente fué acercándose la cabeza de 
la columna al Han y apareció sobre la pequeña me- 
seta delante del parque. 

Mas lo que se vé es caballería. ¿Se encontrará 
acaso de tal modo comprometido el general Ra- 
detski, que no ha podido enviar sino esta arma 
para combatir la infantería turca en los precipi- 
cios de los Balkanes ? 

De cualquier modo que sea, este refuerzo es de 
grande utilidad. 



UN COMBATE MEMORABLE 341 

A la derecha del campo, repentinamente se vé 
aparecer un cañón de campaña dirigido contra 
la artillería turca, instalada sobre la montuosa co- 
lina cuya posesión habia dado á los turcos la ven- 
taja de envolver la derecha de los rusos. En un 
abrir y cerrar de ojos desaparecieron los ginetes de 
sus caballos. Las tropas descienden la colina; una 
columna de infantería rusa aparece al alcance de 
la fusilería turca; se dispersa, y emboscándose de- 
trás de las rocas_, los matorrales, y los árboles, vo- 
mita bocanadas de humo blanco. ¡No son gine- 
tes, es la vanguardia de los cazadores! 

Habia sucedido lo siguiente. En el momento 
en que el general Radetsky saliendo de " Gabrova 
iba á penetrar por la entrada de la montaña, encon- 
tró un ayudante del general Stoletow que bajaba la 
pendiente á toda brida, sobre un caballo blanco 
de espuma. "Pronto mi general, gritó emocionado, 
apercibiendo al general Radetsky, no nos podemos 
ya sostener, los turcos van á cortarnos la retirada." 
No habia un momento que perder; pero el general >:,;*:^^í 
Radetsky no es hombre que se turba. Inmediata- 
mente hace sacar las mochilas á su vanguardia, la 
monta sobre los caballos de alafunas sotnias de 
cosacos que acampados estaban en ese lugar y 
cuyos ginetes se encontraban ya en el paso, y mar- 
chan guiados por los cosacos que habían quedado 
para guardar las monturas. Esta vanguardia sube 



'C'i; 



,. -^í- 



342 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



las pendientes al galope: cuanto mas avanza va 
encontrando convoyes de heridos que marchan 
hacia Gabrova. '^h A lo lejos atruena un cañoneo 
formidable repitiendo el eco sus rugidos y en algu- 
nos momentos, cuando guarda silencio la artillería, 
se oye chisporrotear la mosquetería endiablada, y 
se vé ondular de lo alto de la montaña, vastos 
penachos de humo blanquizco. 

Parece que los caballos comprendieron su mi- 
sión, y con nuevos bríos siguen su carrera: el ardor 
de los ginetes se les comunican y cada vez apuran 
mas su marcha. Por fin llegan al campo de bata- 
lla. Los cazadores alcanzan apeniis á 205; pero 
en estas críticas circunstancias_, bien valían un 
ejército. Indescriptible es el efecto moral que 
produce su llegada; los defensores de Schipka 
queman, entonces con prodigalidad los últimos 
cartuchos que habían economizado hasta ese ins- 
tante; y entonces creyendo los turcos en el arribo 
de fuerzas considerables, sienten que la jornada 
se les escapa, y flaquean ante este efecto moral. 

El general Radetsky que en persona conducía á 
los cazadores, y de quien^ muy bien se puede decir, 
fué el salvador de la jornada, avanza á la cabeza 
de su estado mayor, despreciando el fuego de los 



(I) En este dia se enviaron 538 á este punto. 



UN COMBATE MEMORABLE 343 

tiradores turcos, y se reúne á los otros dos gene- 
rales sobre la colina cerca de la batería en la pri- 
mera posición. Por su antigüedad y superioridad 
de grado, toma el mando inmediato de la posición, 
y releva al general Stoletow después de haberle 
ifelicitado enérgicamente por sus buenas disposi- 
'ciones estratégicas y por la energía de su bizarra 
defensa. 

Por la izquierda, la guarnición de Schipka 
habia conseguido rechazar los ataques del ejército 
de Suleyman-Pachá, mas sobre la derecha, la si- 
tuación estaba muy comprometida. El enemi- 
go tenía grandes masas reconcentradas en las 
montañas que se encontraban al frente, y como á 
800 metros de Redek-Ko, de cuyo punto está se- 
parada por un profundo y difícil barranco, de don- 
de amenazaban constantemente la retaguardia de 
la posición rusa. 

Aquella posición era necesario atacarla para 
completar la libertad del paso. Comprendiendo inme- 
diatamente el general Radetsky esta difícil situación 
dirigió hacia la montaña tres compañías del 16° 
batallón de cazadores que acababa de llegar. 

El fuego de las trincheras duró todavía media 
•hora, hasta el momento en que estas subieron á la 






344 LA CARTERA DE UN SOLDADO i 

montaña y se arrojaron sobre el flanco del ene- 
migo. 

Puestos en desorden por la carga intrépida de 
los cazadores^ los turcos retrocedieron rápida- 
mente, siendo imposible entonces contener e^* 
arrastramiento general dc las tropas que se lanza- 
ban furiosas en pos de ellos; los soldados que 
estaban en las trincheras avanzadas, arremetian al 
grito de hurrah, y con gran trabajo se les pudo 
contener en esta primera montaña, por no tener 
utilidad ninguna su arrojo, á causa de la aproxi- 
mación de la noche, y de la retirada del enemigo- 
sobre una secunda altura. 



'& 



Hacia las ocho de la noche, todo entró en una 
calma completa, por primera vez, después de tres 
dias de tanto estruendo : la fusilería y el cañoneo^ 
callaron del todo: ya era tiempo que durmieraa 
tranquilos los muertos de la jornada. 

Este sangriento combate fué desastroso para el 
ejército de Suleyman-Pachá : sus pérdidas alcan- 
zaron de 7 á 8.000 hombres, las pendientes del 
Bedek-Kó estaban sembradas de cadáveres; los 
rusos por su parte, habian perdido próximamente 
la mitad de su efectivo. De todas las tropas envia- 
das sucesivamente á la defensa de Bedek-Kó, no 
quedaban sino 150 hombres ilesos. Imposible es 






UN COMBATE MEMORABLE 345- 



concebir un mas rudo encarnizamiento. Los solda- 
dos de los dos ejércitos habian demostrado una 
igual bravura, y la bizarra firmeza rusa en la de- 
fensa, solo habia tenido competidor en la bárbara 
tenacidad turca en el ataque. 

Un tal coraje, observa juiciosamente un corres- 
ponsal del "Daily News," podría ser previsto ea 
cuanto á los turcos, que siempre ha sido uñ pue- 
blo guerrero. Pero respecto al soldado ruso, cam- 
bio de especie, sale del seno de una población que 
ama la paz y es capaz de aprovechar de ella;„ 
cuando es necesario combate por su soberano y su 
país, pero ningún instinto belicoso le atrae á los 
campos de batalla. 

Una vez mas se ha probado que el patriotismo- 
es capaz de convertir en valientes soldados, á la. 
raza menos guerrera y sostener su valor, en medio- 
de las mas terribles privaciones. 

Los rusos que han defendido el paso de Schipka 
durante los tres primeros dias de la lucha, batién- 
dose sin tregua, con un adversario inconmensura- 
blemente superior en número, han peleado sin des- 
canso y sin tomar alimento, y en el momento en que 
el general Radetsky llegaba á su socorro iban á 
ceder, es cierto, pero á causa de una fatiga física, 
insoportable; y por la falta de municiones. 



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i¿ c-is '-vi' ^^;5 <5íÍ5 e;^ s« §¡g s;;g §;^ ^^~"^^^|^ ^0~^ 



V. 



Los tres últimos días de la batalla 

Sq a brigada de cazadores, arribó en la noche, y 
el dia después muy de mañana, dio comienzo 



al abastecimiento de municiones y víveres, conti- 
nuando después sin interrupción. 



De Tirnova á Gabrova, el país presentaba el 
aspecto de un campo devastado, y el camino em- 
barazado por una procesión no interrumpida de 
familias huyendo de Kesanlyk y de las aldeas del 
Sud de los Balkanes, donde habian vuelto á em- 
pezar los degüellos. Los búlgaros de Gabrova, 
ayudados por algunos de esos pobres refugiados, 
prestaron valientemente los mas grandes servicios 
á los soldados rusos , ya conduciendo los con- 
voyes, ya trabajando en el entretenimiento del ca- 
mino, despreciando el fuego de los turcos que 
hizo muchas víctimas entre ellos, ó llevando agua 
á los soldados rusos en las filas, en momentos 






UN COMBATE MExMORABLE 347 

en que volvió á principiar el combate, el 24 de 
Agosto. . 

En este dia parecia apaciguado un tanto el furor 
de la batalla, apenas algunas escaramuzas de poca 
importancia se renovaron de nuevo sobre la iz- 
quierda y el frente Sud. 

Como al medio dia, Suleyman-Pachá tomó la 
ofensiva, frente á la Monona de Sa/i Nicolás^ con 
fuerzas insuficientes y '^ffjk hacer apoyar debida- 
mente el asalto : escojip para este ataque, las ro- 
cas de la pequeña batería. El conde Tolstoí envió 
immediatamente á las trincheras situadas á lo laro^o 
del camino, la 4^ compañia del regimiento Briansk, 
y sobre las rocas la 4^ compañia del regimiento de 
Orel, sirviéndoles de inmediato sosten dos com- 
pañías. 

Un batallón enemigo apoyado por otros dos se 
lanzó al asalto, y sufriendo un fuego violento llegó 
valerosamente hasta la cima, donde fué recibido á 
bayonetazos y destruido en su mayor parte, ha- 
ciendo sus restos, bajo un fuego violento, una desas- 
trosa retirada. Al mismo tiempo, el 13° batallón de 
cazadores, atacaba los atrincheramientos de la de- 
recha desde cuyo punto inquietaban tenazmente la 
izquierda de la posición rusa, y arrojando á los 



348 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

turcos á viva fuerza se posesionaba de ese lugar 
tan importante. 

Asi fué, que todo el interés de la jornada quedó 
sobre la derecha. 

Por esta parte los turcos ocupaban las tres altu- 
ras de Adkiríjebel y oprimían vivamente el flanco 
ruso. Una de esas alturas situadas frente de Bedek- 
Kó, era una amenaza perpetua para la línea de co- 
municación con Gabrova; un destacamento com- 
puesto del 16" batallón de cazadores, de la II 
compañía del regimiento de Briansk y de 2 com- 
pañías del 14^ batallón de cazadores, tuvo por en- 
cargo el desalojo del enemigo en ese punto. 

Se empeñó entonces muy de mañana el combate 
en los bosques que rodean la posición. Como á 
las nueve, el general Dragomirof llegó con el regi- 
miento Jitomir, pues hacía dos dias marchaba sin 
descanso. El regimiento de Podolia, de la misma 
brigada, arribó un poco mas tarde. Dragomirof dejó 
un destacamento de reserva cerca del Han y avan- 
zó sobre la Luneta turca. 

El camino en esta parte se encontraba barrido 
por las balas turcas y el regimiento de Jitomir su- 
frió pérdidas sensibles, y no encontrando abrigo 
sobre las alturas, tuvo que acostarse en las trinche- 






«,, 



ym 



UN COMBATE MEMORABLE 349 

ras de la luneta, esperando el momento en que 
íuera necesaria su cooperación. 

Encontrábase en ese momento el general Rade- 
tski con su Estado Mayor sobre la vertiente de la 
colina, observando las peripecias de la batalla, se 
le reunió el general Dragomirof, se pusieron en- 
tonces de acuerdo los dos generales en cuanto á 
las disposiciones que se debian tomar, y como los 
turcos parecían numerosos y se sostenían con fir- 
meza contra el destacamento que los atacaba, se 
envió inmediatamente al 2° batallón del regimiento 
Jitomir para sostener el ataque. 

Algunos notaron que el general Dragomirof 
estaba preocupado y pensativo contra su costum- 
bre. Tal vez presentía lo que le iba á suceder. 
Cuando volvía de reconocer la posición, habién- 
dose bajado del caballo, alguien le propuso un 
momento de descanso y le proporcionaron una 
silla de tijera que se encontraba allí. En este mo- 
mento el general se inclinó y esclamó " Ya está. " 
Se creyó que se había sentado y nadie paró la 
atención en el doloroso gemido que^prorumpió el 
capitán Moltsof que había caído al lado del ge- 
neral. ^ 

Creo que me han herido esclamó Dragomirof. 
Efectivamente, una bala le había atravesado el mus- 



# 



m:. 



350 LA CARTERA DE UN SOLDADO j 

lo arriba de la rodilla, felizmente sin tocar la arte- 
ria; pero labrando los músculos; la misma bala ha- 
bia herido al capitán Maltsof que estaba á su lado. 
Ya pueden imaginarse que turbación produciría este 
accidente en la comitiva del general. Era reputado 
por su intrepidez y por el imperio que ejercia sobre 
sus soldados como un elemento indispensable para 
esas críticas circunstancias: en la situación gfrave 
en que los defensores de Schipka se encontraban, 
constituía una doble pérdida que á primera vista 
se sentía. El reofimiento de lítomír desfilaba en el 
momento en que subían al general sobre una an- 
garilla, este con voz firme y sonriendo les dijo: 

— Adelante mis bravos : á cada uno le llega su 
dia, y á f é mía os digo que si me mandan al otro 
mundo, el mal no es muy grande 

Los soldados quisieron precipitarse sobre su 
jefe pero él los contuvo con un gesto: 

— Continuad vuestro camino, agregó, y solo os 
pide vuestro general que á pesar de mi ausencia, os 
batáis como valientes soldados rusos que sois. 

Entonces, se oyó un grito que estalló unánime 
en las filas de aquellos soldados de fierro. 



— ¡Os vengaremos! 



'^'í' 



UN COMBATE MEMORABLE 351 

La primera frase que pronunció el general en 
cuanto llegó á la ambulancia fué preguntar cuando 
podria subir á caballo. 

— No temáis nada general, respondió el médica- 
después de haberle reconocido la herida; pronto 
estaréis restablecido. 

— ¡ Voto al diablo I esclamó con violencia aquel 
hombre enérgico, eréis por ventura que hablo de 
miedo de esta insignificancia? Quiero saber si muy 
pronto estaré en estado de volver á tomar el 
mando. 

Los médicos se miraron en silencio, pero uno de 
ellos se atrevió á decir: " Antes de seis semanas no 
estaréis restablecido." 

El nombramiento de Teniente General vino á 
calmar la amargura que este bravo oficial sentia 
por no poder continuar la campaña. 

El batallón de Jitomir se lanzó sobre el bosque 
al paso de carga, los turcos^retrocedieron : su arti- 
llería abandonó la primera altura y los copos de 
humo blanco que marcaban la línea de batalla so- 
bre los árboles retrogradaron visiblemente. El ge- 
neral Radetski se puso en persona á la cabeza de 
tres compañías de la reserva y la altura fué tomada. 



1¿ :^ V 



A' - ' í f •■=■■' 



-352 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



después de un terrible combate á la bayoneta ! Los 
turcos volvieron con su tenacidad acostumbrada á 
jj^uerer retomar la posición; pero todos sus esfuer- 
zos fueron envano. Al fin concluyó la jornada por un 
ataque infructuoso del regimiento dePodolia contra 
las otras posiciones que los turcos ocupaban so- 
bre Aikiridjebel. 

:: En la noche que sucedió á este combate llega- 
ron á su turno los regimientos de Minsky y de 
Volhyia lo que hizo subir el efectivo de la guarni- 
•>cion de Schipka á 20.000 hombres. Los restos de la 
legión búlgara que se habian mantenido en el fue- 
go hacian cinco dias, fueron remitidos á Gabrova 
para dar á esas tropas, que habian sufrido tantas 
privaciones y fatigas, un poco de descanso. 

Aunque la necesidad mas apremiante se había 
llenado, salvando felizmente una situación que se 
manifestó en un momento tan crítico ; sin embargo 
el paso estaba aun comprometido. Durante los pri- 
meros dias de esta lucha, habia estado la guarni- 
ción demasiado ocupada en defenderse en sus po- 
siciones y era muy poco numerosa para pensar en 
incomodar los movimientos del enemigo, fuera del 
radio inmediato de sus fuegos. 

Los turcos habian aprovechado esta emergen- 
•cia para desbordar la derecha rusa, descendiendo 



íi.- 



UN COMBATE MEMORABLE 353 

la vertiente de los Balkanes del lado de Gabrova 
para restablecer á la derecha del camino, sobre una 
altura que los partes rusos han denominado Monta- 
ña aybolada^ en el punto en que esta deja el valle 
de la Jantra y principia á trepar el desfiladero, tres 
series de trincheras apoyadas por una batería. 

Figuraos un profundo barranco: sobre la pen- 
diente de la izquierda, el camino corre serpentean- 
do; en el declive de la derecha á 1.400 ó 1.500 
metros, término medio, se destacan las fortifica- 
ciones turcas que enfilan el camino en algunos 
puntos, haciéndolo por consecuencia excesivamente 
peligroso. 

- La inferioridad numérica de los rusos habia crea- 
do esta situación tan crítica. Siempre que esas 
•obras no fuesen destruidas, el abastecimiento de 
Schipka y el movimiento de las tropas se tendría 
que hacer bajo el fuego del enemigo y exponién- 
dose así á pérdidas sensibles. 

Esto mismo se observó en la mañana del 25, las 
balas se achataban contra las rocas de que es talla- 
do el camino, algunos soldados del convoy caían 
heridos, sin que se oyese la lejana detonación del 
.arma que habia lanzado el proyectil ; el bravo ge- 
neral Derojinski recibió un balazo en el corazón y 
rodó por tierra como herido por un rayo. 

23 



354 



LA CARTERA DE UN SOLDADO 



El general Radetski comprendió inmediatamente 
la situación del paso Schipka por esta parte, y por 
consecuencia la urgente necesidad de arrojar á los 
turcos de la montaña. Desde el 24 tomó sus dispo- 
siciones de combate: se envió al batallón Jitomir 
para envolver la izquierda del enemigo : descendió 
hacia Gabrova, volvió á subir la montaña por una 
rampa apenas practicable, y llegó el 25 de mañana 
cerca de los atrincheramientos de los turcos. Un 
momento después un fuego terrible de mosque- 
tería anunció que el combate se habia empeñado. 

Durante horas enteras el eco de las montañas 
repercutió la crepitación de la fusilería y el trueno 
de los cañones. 

Los rusos avanzaron á la manera de los indios, 
cubiertos por los árboles; pero insuficientemente; 
porque el humo traicionaba su presencia. En muy 
poco tiempo llegaron á 50 metros de la primera 
trinchera; pero se estrellaron en ese lugar contra 
obstáculos insuperables por el momento. 

Los turcos habían construido al rededor del re- 
ducto abatidas de árboles casi imposible de salvar. 
Los rusos se agruparon detrás de los árboles, y 
desde allí se lanzaron repentinamente sobre los 
abatís ; pero fueron rechazados con pérdidas enor- 
mes: los soldados no podían dar un paso embara- 



;^^^ 



UN COMBATE MEMORABLE 355 

zados por las ramas; mientras que los turcos tira- 
ban sobre ellos á quema ropa haciéndoles una gran 
mortandad. 

Muy pocos soldados volvieron de este primer 
asalto del reducto, y hubo una compañia que fué 
enteramente destruida. 

Comprendiendo esta crítica situación, el general 
Radetski ordenó al general Lipinsky que atacase 
la fortificación con tropas de la vanguardia, refor- 
zadas por el I" batallón del rejimiento de Podolia 
y tres compañías del de Briansk. 

El general Lipinsky dio á estas tropas las ins- 
trucciones siguientes: á 2 compañías del 14^ bata- 
llón de cazadores, la orden de avanzar en línea 
recta por el camino, deteniéndose en los abatís 
para hacer descargas sucesivas sobre el enemigo á 
fin de atraer sobre ellas el fuego de las columnas 
que habían atacado á la derecha y á la izquierda: 
al batallón del rejimiento Jitomír la orden de avan- 
zar á la derecha de los cazadores, y al batallón del 
rejimiento de Podolia, la orden de avanzar á su 
izquierda. 

Estos batallones desplegaron una espesa línea 
de tiradores, á retaguardia de la que marchaba^ 
teniendo en la primera línea dos compañías y en la 



356 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

segunda las otras dos. Los tiradores debian cum- 
plir la orden de avanzar sin hacer un disparo. 

El comandante en jefe subió á caballo y se dirijió 
sobre el teatro del combate, seguido de una parte 
de su estado mayor, su jefe el general Dmitrieusky, 
á pié con la cabeza desnuda, el rostro descom- 
puesto por el sufrimiento, y sostenido por dos sol- 
dados se puso á la cabeza de un batallón para lle- 
varlo al asalto. Una bala de cañón vino á herir el 
suelo detrás de él, lo cubrió de tierra y cayó por 
ierra sin conocimiento. 

Trascurrida una hora, las tropas habian alcan- 
zado hasta el pié de la Montaña arbolada^ y se de- 
detuvieron como habia sido convenido para des- 
cansar un instante ; en ese momento la cadena de 
los tiradores de los batallones, trepaba ya las pen- 
dientes de la montaña ; después de algunos instan- 
tes de reposo las tres columnas empeñaron simul- 
táneamente el ataque. 

La brigada Veissel-Pachá que defendía la posi- 
ción dirijió primeramente sus fuegos redoblados, 
esclusivamente sobre la columna del centro, que 
seguía el camino; pero cuando se apercibió de que 
avanzaban los tiradores á derecha y á izquierda 
desplegó sus tropas, haciendo fuego en todas 
direcciones, y debilitándolos un poco en el centro 



UN COMBATE MEMORABLE 357 

del lado del camino. La columna rusa del centro se 
precipitó entonces á la carrera hasta el pié de las 
trincheras. 

Los turcos viendo el pequeño número de los 
asaltantes de la primera línea se lanzaron sobre 
ellos con una audacia increíble pero vigorosamente 
cargados á la bayoneta de frente por la columna 
del centro, y á la derecha é izquierda por dos bata- 
llones de los rejimientos Jitomir y Podolia, empren- 
dieron la fuga abandonando un gran número de 
muertos sobre el teatro del combate. 

El empuje de los rusos fué tan impetuoso que la 
reserva de los turcos, no tuvo tiempo para defen- 
der la segunda trinchera situada á retaguardia de 
la primera y se retiró precipitadamente, disparando 
sus fusiles sobre el hombro á la casualidad. '^* 

Arrastrados por el buen éxito del combate, los 
rusos en vez de detenerse y reorganizar sus filas se 
lanzaron imprudentemente á la persecución del 
enemigo, y llegaron hasta la tercera línea de los 
atrincheramientos, establecidos por los otomanos 
sobre la Montaña arbolada^ allí se encontraron en 



(I) Nota del Traductor — Esta clase de fuego, es especial en el 
ejército turco, colocan el fusil bajo el brazo izquierdo, ó sobre el 
hombro, con el cañón hacia atrás, y hacen fuego sin tomarse el tra- 
bajo de volver la cara para ver si han apuntado bien ; este proceder 
se emplea generalmente en las retiradas. 



358 LA CARTERA DE ÜN SOLDADO 

presencia de tropas de refresco, y obligados á de- 
tenerse empeñaron una viva fusilería, No teniendo 
los medios de continuar el movimiento de avance 
para tomar la última altura, el general Radetsky, 
se vio en la necesidad de enviar el 2^ batallón del 
regimiento Volhynia como refuerzo de los comba- 
tientes, y al mismo tiempo la orden del coronel 
Lipinsky de replegar las tropas á retaguardia: or- 
denó también la inmediata ocupación del primer 
atrincheramiento tomado á los turcos por el 3° ba- 
tallón del regimiento Volhynia á las órdenes del 
coronel conde Adlerberg, ayudante de campo del 
emperador, las demás tropas permanecieron en 
sus posiciones. 

Los turcos dejaron que los rusos efectuasen 
tranquilamente su retirada, pero habiendo recibido 
mas tarde refuerzos considerables^, empeñaron un 
combate tenaz para volver á tomar los atrinchera- 
mientos que habian perdido. El tercer batallón del 
regimiento Volhymia reforzado por dos compa- 
ñías del rejimiento de Briansk, rechazó durante toda 
la noche sus ataques; pero el coronel Conde Adler- 
berg desesperó con la fuerza que contaba de poder 
conservar por mas tiempo la Montaña arbolada, y 
urgentemente pidió refuerzos. 

El general Radetski supuso que era imposible 
reforzar el descatamento del flanco pues por toda 






UN COMBATE MEMORABLE 359 

reserva no quedaba mas que el regimiento de 
Minsk, y se hacia necesario relevar con nuevas tro- 
pas algunos de los batallones comprometidos que 
hacia tres dias que no hacian el rancho; y estaban 
casi sin agua. Ordenó pues al coronel Conde de 
Adlerberg de replegarse, lo que ejecutó en la ma- 
ñana del 26 después de haber rechazado dos asal- 
tos mas del tenaz adversario. Este prosiguió en su 
propósito, y apesar de las pérdidas enormes que 
habia sufrido se contentó con volver á tomar pose- 
cion de todas las obras de la Montaña arbolada. 





YI. 



La lucha cesa. Pérdida de los adversarlos. Servicio sanitario.. 




»N violento cañoneo sucedió á los combates an- 
teriores durante todo el dia 17: pero el 28 un 
prolongado convoy escoltado por fuertes columnas 
se dirigió en dirección áKezanlik. El temerario ge- 
neral turco agobiado por sus inmensas pérdidas 
renunciaba á la lucha y procedia á la retirada de su 
hermoso y valiente ejército. ^^^ 



Como guarnición de las posiciones que habia 
conquistado á fuerza de tanta sangre dejó algunas 
tropas árabes. 

En el cuartel general ruso la inquietud era muy 
grande: decian; que el general Nepokoitchisky jefe 
de estado mayor del gran duque Nicolás habia sido 



(I) N. DEL T. Tengase en vista que siendo inexpugnable la po- 
sición de los rusos, compensaba su potencia defensiva su inferioridad 
numérica. 



UN COMBATE MEMORABLE 361 

enviado para examinar la situación y que habia lle- 
gado felizmente en momentos en que los turcos se 
retiraban, regresando por consiguiente con tan ha- 
lagüeña nueva. Los dos adversarios guardaron sus 
respectivas posiciones y los ingenieros turcos forti- 
ficaron el Berdek^ AikiridjebelyXdL Montaña arbolada. 

Los rusos contrarestaron las dificultades que les 
causaba esta última posición, construyendo caminos 
desviados que les permitían evátar el fuego de dia 
pues durante la noche no existia el menor peligro. 

Cuando se apercibió el general Radetski de que 
flaqueaba Suleyman, envió á su primer destino los 
refuerzos supérfluos que llegaban para disputar el 
camino desde Schipka á Tirnova á los turcos, en 
caso que el paso hubiera sido forzado. Fueron en- 
viadas también la 2^ división de infantería y un 
destacamento de la 11^; conservando la 14^ divi- 
sión una brigada de la 9^, los tiradores, los búl- 
garos y un destacamento de cosacos á pié con un 
fuerte contingente de artillería para guardar el 
paso contra todo evento. "La posición no es muy 
agradable, expone un corresponsal del Daily News, 
que visitó el paso en ese momento. Toda el agua 
tiene que traerse de una fuente que está al pié de la 
montaña. A consecuencia de la penuria de leña 
la mayor parte de los alimentos cocidos tienen que 
conducirse desde la Jantra en grandes calderos. Las 



362 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

emanaciones de los cadáveres insepultos vicia la 
frescura del ambiente puro de las montañas." 

'* Las tropas campan al raso : el domicilio del ge- 
neral Radetski es el ramal de una trinchera, dice 
que los turcos han dado mas de cien asaltos suce- 
sivos ; y esclama el intrépido y viejo general con 
firmeza:" He de sostener este punto hasta que sea 
relevado, apesar del turco y del diablo." 

El mas grande inconveniente era la Montaña 
arbolada^ amenaza perpetua sobre la retaguardia 
de la posición ; pero á causa de las pérdidas que 
hablan sufrido en el ataque del 25, prefirieron los 
rusos vivir con este peligro, antes que esponerse 
á causa de las pérdidas que hablan sufrido en el 
ataque del 25, á un nuevo y sangriento fracaso. 

En resumidas cuentas — ¿cuáles fueron los re- 
sultados que habia obtenido Suleyman con este 
ataque, emprendido contra las órdenes mas termi- 
nantes, y continuado con una loca obstinación? 
Ninguno. Los rusos eran dueños del paso, y si 
debilitaron momentáneamente sus alas fué para 
mandar refuerzos á Radetski no aprovechando 
Osman-Pachá, ni Mehemet-Ali esta circunstancia, 
porque no atacaron por su parte sino algunos diae 
después, cuando los refuerzos mandados en ayuda 
de Schipka estaban de vuelta. Y para tales resul- 



UN COMBATE MEMORABLE 363 

tados el g-eneral turco habia sacrificado 20.000 
hombres talvez mas ? 

Un corresponsal escribía de Adrinópolis el 5 de 
de Setiembre á la Correspondencia Política de 
Viena: " Todos los dias llegan á este punto un nú- 
mero enorme de heridos que vienen de Filipópolis." 

" Puedo atestiguar que de cuatro dias á esta 
parte, han arribado seis mil heridos, los que en su 
mayor parte han sido evacuados para Constantino- 
pla para dar lugar á otros que llegan sucesivamente; 
también sé que existen en Filipópolis cinco mil, y si 
se cuentan los cinco mil que hay en Kezanlik alcan- 
za á la cifra estupenda de 1 6.000 heridos. " Tenia 
tantos, que el bárbaro Suleyman pensó en un mo- 
mento atroz recurrir á un medio salvaje para de- 
sembarazarse de ellos. 

El Doctor Moore médico enviado por el Co- 
mité de Stafford-House, en un informe publicado 
por el Birminghan Post le atribuye esta frase: 
" Sin el socorro de los médicos de Stafford-House, 
hubiera fusilado mis heridos." 

Los médicos ingleses desgraciadamente eran 
insuficientes y muchas veces impotentes. Cuan- 
do por desgracia llegaba el caso de ser he- 
rido en el ejército turco, podia el paciente con 



364 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



certidumbre, esperar una muerte cierta por fal- 
ta de los auxilios necesarios. 

Un médico austríaco al servicio del ejército 
otomano, escribía á la Prensa de Viena el 6 de 
Setiembre: " El médico que estime el dolce far 
niente ó el Kief como se dice en turco, puede 
venir á tomar servicio en Turquia, y estará 
plenamente satisfecho. Nadie tendrá necesidad 
de él, ni reclamarán sus servicios, y su presencia, 
solamente se revelará en casa del Comisario pa- 
gador, suponiendo que la falta de pago de habe- 
res no se haya hecho una regla invariable. '" 

Se recluta á los médicos militares entre los 
elementos mas disparatados imajinables. Fácil- 
mente se encontrará entre ellos miembros de 
una sociedad misantrópica de Filadelfia que 
jamás han manejado otro instrumento cortante 
que su cuchillo para degollar carneros; también 
hallareis en el cuerpo médico turco, carniceros 
antiguos, enfermeros é indijenas que han hecho 
su estudio en las escuelas de Brusa. 

En proporción el mal que hacen estos sin- 
gulares practicantes no es muy grande; porque 
el turco sino desea mejor morir al aire libre 
sobre el campo de batalla, á ningún precio 
toma los medicamentos del hospital. 






UN COMBATE MEMORABLE 365 

Un medicamento preparado por un giaur, se 
vuelve impuro por el simple contacto de ese 
perro cristiano, que podría comprometer la fe- 
licidad eterna del creyente. Allah ayuda á los 
que quiere ayudar y si Allah no los socorre 
en sus trances peligrosos, se encontrará mejor 
en el paraiso, que sus camaradas estendidos 
en el hospital sobre el lecho del dolor. Está 
es el gran principio de medicina que asiste 'á 
los musulmanes, principio que los despacha ge- 
neralmente al otro mundo, resignados y hasta con- 
tentos. 

El pequeño número de médicos turcos que 
han recibido una educación científica vienen en 
su mayor parte de Austria y de Francia, y los 
únicos clientes que poseen son los numerosos 
renegados que se encuentran en el cuadro de 
oficiales turcos. Estos acuden á ellos comun- 
mente ó los hacen llamar para sus familias 
cuando los necesitan. 

Es imposible indicar el número exacto de 
las víctimas de la ignorancia, y de las faltas de 
medidas higiénicas; pero no hay mas que ver 
la carencia de cumpHmiento de prescripciones 
sanitarias, las mas simples y primitivas, para po- 
der afirmar que el número de esas víctimas 
es considerable. Sucumben por millares á 



-sls^» 



366 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

causa de la disentería, del tifus j de otras 
clases de fiebre. Las pérdidas de los turcos 
sobre el campo de batalla son aun mucho 
mas numerosas á causa de la insuficiencia 
absoluta del servicio sanitario. 

" Los turcos no poseen cuerpos de camilleros 
para transportar los heridos, ni enfermeros pa- 
ra reanimarlos, y ni aun tampoco medio algu- 
no para operar la trasladacion de los heridos y 
de los enfermos hacia las localidades en que^ 
podrían ser mejor curados. Además el herido 
turco no se deja amputar porque teme habi- 
tar el paraiso con una mala figura. " 

" Tampoco poseen los turcos ni el material, 
ni los instrumentos suficientes para operacio- 
nes quirúrjicas, y todos los objetos que poseen 
de curación es de su propiedad esclusiva, y 
bastan apenas para el servicio de sus protecto- 
res que se encuentran entre los oficiales. 

La mayor parte de los soldados turcos heridos 
sucumben á una supuración superabundante que 
los agota rápidamente. Además toda herída que 
afecta la menor arteria se hace mortal á causa de 
la hemorragia; porque las heridas de este género 
privadas del socorro médico no cesan de sangrar. 
Esta última categoría de heridos es la mas dicho- 



V-.*- 



^4 



UN COMBATE MEMORABLE 367 

sa; pues los mas desgraciados son aquellos que 
mueren lentamente de inanición sin tener nadie que 
ampare su desgracia. " 

" No temo engañarme estimando que 80 á 90 
por 100 de los heridos turcos sucumban á causa 
de sus heridas. En tales circunstancias no se espli- 
ca la bravura y sangre fria del soldado turco so- 
bre el campo de batalla, sino recordando el poder 
absoluto del fanatismo oriental y las voluptuosida- 
des prometidas en el paraíso. " 

Si á los 16.000 heridos que hemos citado ante- 
riormente, se añaden 5.000 muertos que yacen so- 
bre las pendientes de las montañas de Schipka 
alcanza al horroroso total de 21.000 hombres tuera 
de combate sin provecho alguno. Solo sobre el 
flanco de Arhiridjebel, los búlgaros que hicieron 
el oficio de sepultureros por cuenta de los rusos, 
enterraron un millar de cadáveres. 

Suleyman-Pachá pidió con urgencia 20.000 hom- 
bres de refuerzos. Algunos batallones del Asia 
proporcionaron la mayor parte, y para completar 
el número el gobierno turco tuvo que pedir á los 
cuerpos de Policía y militares de Stamboul todos 
los individuos que no fueran absolutamente indis- 
pensables, y con esos reclutas se formaron cuatro 
batallones. Por la primera vez se enrolaron los ne- 



368 LA CARTERA DE UX SOLDADO 



gros eunucos^ aquellos feroces guardianes del Ha- 
rén, y todas las gentes ricas entregaron algunos 
al ejército. El sultán solamente guardó los suyos 
porque no eran suficiente, para custodiar las ochen- 
ta y tantas damas que tienen el honor de ser las 
esposas mas ó menos lejítimas del soberano oto- 
mano. 

Las pérdidas de los rusos una vez que fueron 
verificadas se encontraron mucho mas inferiores á 
lo que se había supuesto en razón del encarniza- 
miento de la lucha, y para creer la exactitud de los 
datos oficiales es necesario notar el débil efectivo 
que soportó el ataque de Suleyman-Pachá. El nú- 
mero de heridos se remontó á 98 oficiales y 2633 
individuos de tropa y como un millar de muertos^ 
término medio. 

La pérdida en oficiales como se vé es enorme y 
sobre todo sensibles en las jornadas del 24 al 25. 
Siendo muy diestros los tiradores turcos, y ocu- 
pando posiciones en que dominaban las tropas ru- 
sas, podian escojer en las filas los oficiales á los 
que reconocian por la blancura de su uniforme. 

De este modo la brigada de cazadores perdió 
24, el 2^ y 3° batallones del rejimiento de Jitomir 
casi todos ; el rejimiento de Volhynia, el de Podo- 
lia y el de Briansk todos los jefes. Se notó con indig- 



UN COMBATE MEMORABLE 369 

nación entre las víctimas de esta jornada un número 
de heridas ocasionadas por balas esplosivas; pero 
á los turcos poco se les importa infringir las con- 
venciones humanitarias que observan las potencias 
europeas. " La bala esplosiva, dice un correspon- 
sal ruso, hace un pequeño agujero al penetrar y 
muy grande á la salida cuando no produce varios, 
ó esplota en el interior del cuerpo destruyendo 
todo el organismo. En los primeros asaltos las tro- 
pas regulares no hicieron uso de estos proyectiles 
y solo los tcherkesse y bachibouzoks las emplea- 
ban; pero en seguida los rediís y los nizams siguie- 
«íí ron su ejemplo. Como en los combates anteriores, 
los turcos se hablan señalado por actos de crueldad 
inaudita ; en uno de sus ataques repetidos viéndose 
dos oficiales rusos rodeados, se volaron la tapa de 
los sesos previendo la suerte que les esperaba; 
mas tarde se les encontró mutilados, con los pies y 
las manos cortadas. 

Por parte de los rusos el servicio sanitario 
estuvo á la altura de su misión. " Durante los 
combates de Schipka, escribe el general Kosicki, 
los médicos se han hecho admirar por su coraje y 
desprendimiento; imposible es exijir una fidelidad 
y una abnegación mas grande en el cumplimien- 
to del deber. En el teatro de la acción se ha- 
blan instalado dos locales á propósito para cura- 
ciones, una ambulancia á retaguardia de nuestras 



m 



-a5 



370 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

posiciones y un hospital en Gabrova. " Sigue 
demostrando el peligro en que se encontraban^ 
espuestos los médicos y heridos que á conse- 
cuencia de esa lluvia inmensa de balas, muchas 
veces eran muertos por una segunda herida 
recibida en el momento de la curación. 

Desde el 26 al 13 de Setiembre, los turcos^ 
como ya lo hemos dicho antes, no manifesta- 
ron ninguna intención de volver á tomar la 
ofensiva. 

Los rusos quedaron tranquilos poseedores de 
los cuatro pasos de los Balkanes que antes te- 
man en su poder (Schipka^ Tirnova, Hainkein y 
Elena) que hacía un mes el general Gourko 
habia tomado posesión de ellos. ^^■ 



(I) Aquí concluye la narración de este hecho de armas que puede 
muy bien dar un ejemplo demostrando hasta donde puede llegar en 
el soldado disciplinado, sus virtudes militares. Es bueno que se sepa 
que esta descripción no es de origen Ruso, sino de diversos corres- 
ponsales de diarlos europeos que asistían como testigos presenciales 
de esos sucesos, y que muchos no eran afectos á los rusos. 




EL CLAMOR 



(LEYENDA PARAGUAYA) 



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■3) 




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^^5}?í]í5}?5¡?5¡¥55t5¡^5¡í?Jí55wfííl|?55í5f©^ 



I. 




A Última escena del combate del Boquerón 
tiene lugar. 



Horrible el callejón está cubierto con una 
espesa nube color de plomo que asfixia. 

El bunn, bunn, del cañón no cesa un solo 
instante: y el suelo antes de llegar á la medio 
derruida trinchera de los paraguayos, se en- 
cuentra salpicado de cuerpos humanos en- 
sangrentados, repugnantes, en diferentes posi- 
ciones, cuyos brazos como los tentáculos de un 
inmenso monstruo marino herido, se mueven 
dolor osamente, algunos tronchados, despedaza- 
dos otros, por . la saña despiadada de la guerra. 

Los Argentinos rechazados abandonan el 
terreno: sombríos como una nube de tempestad 
van en silencio amenazando con el rayo. 



'^. 



374 



LA CARTERA DE UN SOLDADO 



Se vé la imponente figura de Mateo Mar- 
tínez retirarse el último. 

Su voz atronadora insultando á los paraguayos 
conmueve el eco. 

Y el eco repite iracundo en los intervalos que 
deja el trueno de la artillería, las blasfemias del hé- 
roe argentino. 

Lentamente van desapareciendo los últimos res- 
tos del naufragio del asalto entre un silencio so- 
lemne. 








11. 




s 



A nube plomiza se mantiene aún sobre el teatro 
de la lucha; parece que en ella ocultos se mo- 
vieran los ángeles que conducen las almas de los 
héroes á la altura. 

Debajo, entre aquel amontonamiento de horro- 
res humanos, se vé un joven oficial argentino, he- 
rido de un balazo en el pecho; ha caído recostando 
la cabeza sobre el cadáver del valiente coronel 
Argüero: semeja estar aletargado bajo una horri- 
ble pesadilla: su respiración fatigada hace levantar 
su pecho como una ola de sangre: sube y baja, y á 
borbotones se escapa el licor generoso de la vida 
por un agujero repugnante. 



Este oficial se llamaba Raúl; su historia es tan 
triste como un gemido de agonía. Al infortunio 
del prisionero enlazó el martirio del amor. 










i 




^S^^S^^^Stíí^B^^^^jS^^^'^^^^^S^ 








^^ 



\ 



III. 



j os paraguayos prorrumpen en un alarido de 
^^triunfo al ver alejarse á los bravos soldados ar- 



gentinos. 



Un silencio feroz sucede un instante á. esta lidia 
inhumana. 

Saltan el parapeto y se produce una escena 
salvaje. 

Dá comienzo el asesinato al arma blanca, y una 
que otra detonación viene á interrumpir el mete y 
saca de la bayoneta, y alguna voz que agonizante 
grita: 

— ¡No me mate, por piedad, no me mate! 

Raúl siente que su última hora ha llegado: atur- 
dido, sin casi conocimiento de su existencia real, 
sin una noción impresionable de lo que abarca su 






EL CLAMOR 2>77 



vaga mirada, espera indiferente el fatal momento, 
su corazón sin esas profundas afecciones que hacen 
del hombre un cobarde cuando le abandona la vida, 
insensible siente aproximarse el remedio fatal. 

Un paraguayo se le aproxima calando el arma, 
mientras que otro muerde el cartucho y ceba el fu- 
sil de chispa: un viejo jefe cierra el círculo y les 
grita en guaraní: 

— -Desnúdenlo primero, la ropa es buena. 

Los soldados dejan los fusiles recostados en los 
cadáveres próximos, y empiezan con pullas de cuar- 
tel el merodeo de la victoria. 

Aquella agonía prolongada hace entreabrir los 
ojos á Raúl y dirijiéndose al feroz viejo, le dice: 

— Me vá Vd. á quitar la vida? 

—Si, contestó el paraguayo, te voy á despenar 
Añaraiu. *^^ 

En el momento en que el soldado del fusil de 
chispa, lo armaba y se preparaba á apuntar, una 
voz de mujer intervino pidiendo gracia. 



(I) Hijo del diablo. 



378 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Aquel acento suplicante, conmovedor eco de la 
desventura, temblando nervioso, en los labios de 
una joven paraguaya era un protesta generosa 
arrancado á la piedad por el azar infausto: vibró 
esa chispa de conmiseración entre las detonaciones 
del asesinato; y como un sonido agudo, penetrante 
como una daga de hielo, que reprochase aquella 
crueldad tremenda, AÍno á azotar la conciencia de 
los verdugos. 

Ese grito de angustia detuvo un crimen; el dis- 
paro no partió y Raúl pudo contemplar una escena 
conmovedora, estraña al campo de batalla, é incom- 
prensible para él. 

Una esbelta joven oprimía fuertemente al viejo 
jefe. 

Este con ceño feroz le decia: 

— Tú has salvado á ese opresor de tu patria, 
de esta tu patria que ya es el pasto de los buitres, 
y dándole un punta pié al casi cadáver de Raúl, 
esclamó con desprecio: 

— Anda tal vez para ser un ingrato, 

para mi negra desdicha. 



^"^^10 



lY. 




ARTE era una mujer de fuego, sus encantos ra- 
' diantes de simpatía inspiraban el amor por la 
gracia y la hermosura, y su belleza tropical poseia 
en si toda la atracción repentina que de un golpe 
puede producir esa embriaguez moral que en el 
lenguaje de los suspiros se denomina una pasión 
violenta. Su encantadora filiación no se podrá borrar 
nunca de la mente que la inspira; porque está 
grabada en la leyenda, como los caracteres me- 
lancólicos de un sepulcro. Ah, nunca.... Unía aquel 
tipo exhuberante de amor á sus atractivos físicos, 
el talento, la bondad y una alma de ángel. Todo 
en combustión por la pira de su sangre para- 
guaya. 

Estatura mediana, con un talle voluptuoso, y un 
seno de nieve ideal en sus perfectos contornos, que 
con mágica armonía se enlazaba por medio de un 
cuello bien torneado con su faz iluminada por dos 
grandes ojos negros. 



380 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Negra diadema relumbrosa formaba su espesa 
cabellera, adornada siempre con una blanca dia- 
mela. 

Su cutis terso y pálido resaltaba con vigor ante 
los negros diamantes de sus ojos, tan negros como 
el tormento, tan lánguidos como el amor, tan elo- 
cuentes como un suspiro del alma, vivos, ardientes, 
terribles, poseían en sí todo, según los latidos de 
su corazón: esas diversas variantes del alma de la 
muger que vagan al acaso de sus latidos. De 
manera que escondida en la selva de sus cabellos 
é iluminada por la luz divina de sus ojos, consti- 
tuía lo mas próximo á la perfección humana; ma- 
jistral modelo para una tela que aun Chaplain no 
ha ideado ; tanta belleza, tanto amor, tanto do- 
naire, solo en ella resaltaba: diamante perdido 
entre los guijarros de granito de una playa salvaje. 

Vestía siempre de luto y al andar contoneaba el 
cuerpo con una gracia andaluza arrebatadora. 

Esta joven pertenecía á una familia de la 
Asunción, y habiendo muerto su madre y que- 
dado sin apoyo, se vio en la necesidad de acudir al 
lado de su anciano padre, que era un jefe caracteri- 
zado del ejército paraguayo. 

Se esplíca asi la salvación de Raúl. 



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V. 



AUL que se encontraba débil por la pérdida de 
l^sangre y el principio de la fiebre; no pudo so- 
portar tanta emoción y desvanecido dejó de sentir- 



Cuando despertó se encontró solo, en un lugar 
desconocido. 



Una miserable choza cobijaba al herido: es- 
tendido, sobre un mal lecho de juncos, se sentia 
devorado por una sed ardiente. 

Aquella soledad era abrumante : la débil claridad 
crepuscular señalaba con ñínebre melancolía el Án- 
gelus de la tarde : la mas profunda tristeza pene- 
traba con aquella luz de almas que sufren: los re- 
cuerdos de la patria confusos en tropel se agolpa- 
ron sin piedad á su cabeza : ese silencio de muertos 
lo aterró; tumefactos y doloridos sus ardientes 
párpados se cerraron para no ver su implacable 
destino de prisionero de López, y sus labios secos^ 



382 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

exhautos de sangre, y febricientes de sed, quisieron 
llamar á la piedad de alguno. 

¡ Ah ! el infeliz cautivo estaba solo : inclinó la ca- 
beza dolorida á un lado y murmuró un nombre : 

— ¡Patria mia! dijo, y quedó aletargado bajo el 
peso de su desgracia. 





VI. 







^scuREciDa la tarde por las tinieblas de la pia- 
dosa noche, se sentía el mugido de un viento 
tempestuoso que á intervalos hacía crujir la débil 
cabana. 

Vislumbrábase á la distancia el vago fulgor del 
campamento, y se oía como un murmullo lejano 
que á momentos sube y se apaga, el ronco rumor 
de la soldadesca. 



Una sombra se aproximó al rancho del enfermo 
con pequeños pasos y penetró rápida. 

Mujer era sin duda la silueta misteriosa ; las for- 
mas y el andar traicionaban su sexo. Se veía clara- 
mente que trataba de ocultarse á las miradas im. 
portunas. 

Se aproximo al lecho; tanteó su cabecera; se 
inclinó rápida y sus labios rozaron la frente ar- 
diente del cautivo. 



384 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

- . J - ~ 

Ese tierno beso, libado al amor y á la piedad 
despertó al prisionero. 

Y sin darse cuenta de su felicidad balbuceó an- 
sioso. 



-¡Dadme agua! 



— ¡ Imposible ! — esclamó la sombra; el agua te 
mataría, y yo quiero que tu vivas para mi, enemigo 
maldito de mi patria. Solo la conmiseración puede 
hacerme traicionar mis nobles. sentimientos ; el terri- 
ble abandono en que te encuentras entre tus ene- 
migos ha herido mi compasión : privado de tu liber- 
tad, arrastrando los hierros de la esclavitud , suspi- 
rando por esa tu infame nación, has de sentir entre 
tus grandes tormentos, el consuelo que hasta hoy 
nadie alcanzó.... No conoces mi voz? No te acuer- 
das de mi ?.... Soy Marta 

— Marta, murmuró, Raúl, haciendo un esfuerzo 
de reminiscencia ; queriendo avivar esa sombra sin 
dolor, oculta en las tinieblas de la noche como un 
sueño de oro. 

— Soy Marta, hace años que en la Asunción nos 
vimos .... entonces yo era algo para tí ... . Ahora 

solo soy una compasiva enfermera Te he 

salvado la vida por acaso, sin conocerte. Me sos- 



^. 



EL CLAMOR 385 



pechas ahora? No recuerdas nuestra última despe- 
dida? Dios en su voluntad divina te trae maniatado 

á mis pies como un esclavo Tu olvido 

lo pago sacrificándome por tí 

Aquel acento conmovió ese cuerpo casi inerte, 
pidió á la vida un esfuerzo, y balbuceó casi apenas, 
el infeliz cautivo. 

— Solo el corazón de la mujer tiene esa gran- 
deza tú, Marta ..... 

Ella prosigió: 

— Si, yo ¡entiendes! y bendigo la bala que 

te ha herido, y que te trae á mi lado para enseñarte 
que la mujer paraguaya ama del mismo modo que 
sus compatriotas, saben combatir y morir por una 
causa .... mi raza es bárbara porque no es cor- 
rompida, y heroica porque la domina el fanatismo 
de la patria. 

— ¡Marta! Ah! te he adivinado. . . .solo tú serías 

capaz agua por Dios tengo frió, me 

abrasa la fiebre te pido no te separes de mí 

hasta que no haya muerto . . .me lo prometes? 

— ¡Te lo juro! esclamó la joven, y tomando con 
sus manos la cabeza del herido, la bañó en sus lá- 
grimas. 



386 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

Aquella escena imperceptible, entre las tinieblas, 
de una noche tempestuosa robada á la luz del Sol, 
tenía la grandiosa filosofía del amor escondido en 
las sombras del espíritu. 

En estos momentos se sintió el paso acompasado 
de la ronda y á lo lejos se distinguía la luz siniestra^ 
del farol del cabo. 

— ..'\dios, le dijo la joven Viene gente, — - 

y desapareció rápida. 









VIL 




L enfermo fué mejorando y al fin convaleció, 
g^racias á los cuidados del Doctor Stuard. 



En este tiempo los prisioneros eran tratados en 
el campo paraguayo con alguna consideración, 
sobre todo los que estaban próximos á López en 
Paso Pucú. 

Aun este hombre estraordinario no había reve- 
lado en todo su lujo, su perversa índole. 

Raúl por su simpática juventud había atraído 
hacia si, cierta estimación aparejada con alguna li- 
bertad que le permitía pasear un radio limitado. 

Aprovechando aquellos momentos^ en que, fati- 
gada se descuidaba la vigilancia, pudo alguna vez 
verse con Marta á solas. 

Esas entrevistas entre los dos amantes, rodeados 
por la soledad y el misterio de la perfumada noche, 



388 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

debieron ser sublimes; voluptuosos instantes que 
el secreto de la selva ocultaba con ahinco, y la 
brisa murmurante enardecia con sus besos de fuego: 
éxtasis insondable robado á la crueldad del vence- 
dor: inmenso afán aguijoneado por esa misma con- 
trariedad, que como un rayo suspendido sobre sus 
cabezas los hacía temblar en medio de su dicha in- 
cierta: empujados por una fuerza desconocida, ins- 
tintiva, divina, incomensurable, sonrió la esperanza, 
un porvenir radiante de ventura, y unia sus almas 
en un solo pensamiento para no separarse mas. 

Ah! este nuevo lazo gordiano también estaba 
destinado á ser roto en la tierra por la espada. 








•sf^-i^'^ 

















VIIÍ. 




AUL ya no se acordaba que gemia en la escla- 
^¿^^ vitud, ni echaba de menos su hermoso pa- 
sado. Aquellos ojos negros valían mas que una 
fortuna. 

Esa entereza y gran carácter de muger, domina- 
do había completamente al infeliz prisionero. 

Raúl amaba con ese amor sin sombras, cuya sin- 
ceridad y pertinacia tiene su principal origen en la 
gratitud, y en las condiciones desfavorables en que 
se encuentra el que está enfermo de este sentimien- 
to. Para ser felices era necesario vencer al in- 
fortunio. 

Esa mujer que arrostraba el peligro, la muerte, y 
la deshonrra, que estaba pronta á todo sacrificio 
por un prisionero que en el campo de sus parciales 
constituía el ser mas despreciable, era el amor mis- 
mo: y ante esa manifestación de su espíritu^ tan per- 
sistente y heroica al mismo tiempo, el infeliz cautivo^ 



390 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

comprendiendo aquella enérgica abnegación,, había 
doblado la cerviz con amoroso vasallaje, y un 
agradecimiento eterno. 

Las manifestaciones de ese sentimiento se reve- 
laban por la contemplación perenne á la heroina» 
por la constante y sublime veneración rendida en 
todo instante con ardiente anhelo á la virgen per- 
fumada, revelada en una noche de amor, por una 
inspiración del cielo, vaporosa, aérea como imagen 
de un dulce ensueño. 

Parecía imposible que aquel ángel pudiera mo- 
rar en esta miserable cueva de hipócritas. 




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IX. 




os reveses despertaron al fin la crueldad del 
hombre de San Fernando y asi fué que ahog-ó 



^ 



en sangre la rabia de sus derrotas. 

Un momento no se abatió aquella crueldad in- 
corregible, y respondió á las victorias de sus ene- 
migos <:on el furor taciturno de su negra alma : era 
un sistema^ meditado y taciturno, como un furor 
implacable. 

Obligado á abandonar las líneas de Humaitá, se 
refujió transitoriamente en San Fernando. 

Calvario fué este de un pueblo que sucumbió en 
el tormento ; aquellos martirios solo pudieran igua- 
larse con los del infierno. 

Allí fué conducido Raúl con los demás prisio- 
neros : desde aquel momento le fué completamente 
privada la libertad. En el dia vivía encerrado en un 



392 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

estrecho círculo con los demás prisioneros ; en la 
noche dormía enlazado al cepo de lazo cubierto 
por la inmensa bóveda de las estrellas. 

La miseria, el hambre, y una tristeza profunda,, 
estenuaron al desventurado joven, y su ansiedad 
mortificante era cada día mas aterradora. 

Un día vio á Marta á lo lejos; rápido se puso de 
pié, quiso lanzarse hacia ella, exhaló un grito; pero 
mas lijero que todo esto el centinela le descargó 
un feroz golpe con el fusil, que lo hizo rodar por 
tierra. 

— ¡ Bárbaro ! gritó la infeliz amante. Y desapa- 
reció para no avivar sospechas que hicieran mas 
desventurado al que tanto amaba. 

La joven comprendía que su pérdida y la del 
prisionero era segura si se llegaba á vislumbrar su 
afecto ; mas no se puede vivir en este mundo sin 
un noble corazón que sea el eco de sus secretos. 
Aquella alma generosa y leal, era una antigua es- 
clava llamada Angela; que idolatraba á Marta. 

Ella, con el pretesto de vender mandioca, naran- 
jas y otras cosas se aproximaba á los prisioneros 
y se comunicaba imperceptiblemente con Raúl. 



^S>>^fe<Si^ 



X. 




,NA mañana después de este suceso, se oían 
'continuas descargas : El centinela de los pri- 
sioneros preguntó al sargento : 



— Han caido los cambas ? 

— No, están fusilando presos, respondió seca- 
mente el interrogado. i 

Ese mismo dia al anochecer se aproximó An- 
gela y le tiró un chipá al joven prisionero, guiñán- 
dole el ojo, al mismo tiempo que le decía con des- 
precio. 

— <■ Toma, añaraiu. 



Raúl comprendió que algún misterio habia, tomó 
el pan guaraní con av idez ; y al partirlo encontró 
en su interior un pequeño papel escrito y un pe- 
dazo de lápiz. 



394 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



Ansioso clavó allí su mirada que incierta se des- 
prendia de dos hundidas órbitas. 

" ! Ten valor ! en caso que muera la esperanza, 
yo moriré contigo. " 

Eso decia el papel. 

Raúl guardó aquella fúnebre promesa, y en uno 
de los momentos que pudo robar á la vigilancia 
del centinela escribió con lápiz. 

¡ Ah ! para siempre adiós : la infausta suerte 

Qué el lazo rompe, que las almas junta, 

Y vá á arrancar tu corazón del mió, 

Tan solo ahora una esperanza endulza, ^ 

Yo te hallaré donde perpetuas dichas. 

Las almas de los ángeles disfrutan. 

El cautivo en su dolor profundo inspirándose en 
un numen inmortal presentía su triste fin. 

Cuando estas líneas llegaron á manos de Marta 
estaban casi borradas y el papel húmedo. 







xr. 




AS descargas contmuaban como el reloj de la 
muerte, aproximando el desenlace fatal. 



Al otro día se hizo comparecer á Raúl ante la 5^ 
comisión militar de San Fernando. Se le exigió que 
declarase una vileza; respondió con una mirada de 
desprecio. 

Amenazado con el cepo colombiano permaneció 
inmutable, selló sus labios con el fanatismo del ho- 
nor, y resignado, se preparó á soportar la bárbara 
tortura. 

Sufrió impasible en el primer momento ese supli- 
cio atroz. Atado con fuerza las manos á la espalda; 
doblegada la cerviz con violencia por el peso de 
los fusiles, azotado cruelmente cuando sus yertos 
miembros no obedecian rápidos á la marceracion 
del tormento, guardó silencio: ese silencio de an- 
gustia que ahoga, que sofoca como una mordaza 



■*í^ 



396 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

de fuego; hizo un esfuerzo sobrehumano para man- 
tener la dignidad de hombre: aturdido, conjestiona- 
da la débil cabeza, dominó al fin el mareo del dolor. 
Avasallada la materia, flaquearon las fuerzas físicas: 
su bello rostro se puso hVido al principio, deslizan- 
do un sudor glacial sobre las abultadas venas, in- 
yectadas de sangre como si quisieran estallar; en 
seguida se presentó amorotado, descompuesto, 
convulso, tomó un aspecto horrible; sus ojos preña- 
dos de sangre se cerraron para no saltar de sus 
órbitas; las estremidades aletargadas parecían iner- 
tes; estaba aun paso de la agonia lanzó en- 
tonces un ¡ay! ronco: parecía un gemido último, así 
como el estertor de una muerte desesperada, que 
hubiera estremecido el corazón que no fuera el de 
un verdugo, y desvanecido entre las sombras del 
sufrimiento, desapareció para ella imájende la vida. 

Cuando despertó de aquel sueño consolador, 
estenuado y dolorido, entumecidos los miembros, 
sin movimiento, devorado por una ola de fuego 
que quemaba su cabeza, sintió que una pesada ba- 
rra de grillos aprisionaba sus piernas y un feroz 
centinela atento vigilaba su actitud con una cara 
de demonio y una indiferencia glacial. Aquella 
crueldad era preciso inventarla; crearla; nacer con 
ella era imposible. Su bárbaro autor ha sobrepasa- 
do á todos los atormentadores de la humanidad. 




XII. 




AS descarg-as continuaban y en sus intervalos 
de ansia eterna se oían los gritos de las víc- 
timas del azote, ó los ayes del cepo colombiano; y 
cuando un completo silencio reinaba en ese patí- 
bulo sin descanso, es que sé supliciaba á lanza y 
bayoneta: así, lo mas ilustre de la Asunción moria 
miserablemente en el cadalso sin que una protesta 
condenara esa demencia del crimen, sin que una 
mano vengadora librase á ese desgraciado pueblo 
de tanta afrenta, á esa nación viril, cuyos hijos en 
el campo de batalla tenían tanto desprecio por 
la vida. 

La sed de sangre de López era un delirio: neu- 
rosis hija del orgullo herido: epiléptico de la ven- 
granza, cuya crueldad sin rumbo, destruía la base 
principal de su poder. Ese corazón era incomovible, 
porque allí la maldición de Dios había estinguido 
*il sagrado amor á la patria. 






i^il^í^í^^í^í^ileíí^ífeíkiííikiííiií^^íiiííkiií^íi!*^ 




XIII. 




ARTA vivía sin sombra, su desesperación in- 
?í^*saciable había transformado su belleza, pare- 
cía el áng-el del sepulcro cerniendo su vuelo sobre 
una tumba. Pálida y marchita rondaba por los al- 
rededores de la prisión amada, y sus ojos de 
tanto llorar estaban secos; ardiente la pupila,, sin 
brillo vagaba atónita. Devorada por el insomnio y 
la fiebre de su angustia, parecía una insensata lan- 
zada al acaso entre una selva. 

Entre los tormentos de su alma existia una afe- 
nidad eléctrica, sublime que consuela con angustia 
todos los malos momentos de la vida de dos seres 
que se aman. Eran los tormentos del amor. 

Ah! solo tenía la esperanza de encontrarlo allá 

donde perpetuas dichas " 

las almas de los ángeles disfrutan. 



XIV. 




^'^' N dia que dormía Raúl al calor desfalleciente 
del sol de la tarde, lo despertaron bruscamen- 
te: abrió los ojos con pereza y vio algo que no se 
dio cuenta en el primer momento. Un oficial para- 
guayo y nueve caras cobrizas estaban frente á él. 
Los rayos visuales de aquella fila satánica conver- 
gían á su pecho como una descarga de odios. 

Los soldados terciaban los fusiles, vestían cami- 
seta punzó, y chiripá abigarrado, estaban inmóviles, 
envueltos en un tétrico silencio. 

El que mandaba la fuerza se aproximó al prisio- 
nero y le dijo: 

— Vos te llamas Raúl? 

— S\, contestó el interrogado, poniéndose dolo- 
rosamente de pié. 

— Dos pasos al frente y marche. 



400 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



— Dónde me llevan? esclamó con sorpresa el 
infeliz joven. 

A cambiar de temperamento. 

— Me van á fusilar ? 

— Si: contestó, secamente el empedernido ofi- 
cial. 

Entonces en aquel momento supremo en que el 
corazón mas duro se parte en pedazos; sorprendido 
traidoramente por el egoísmo de la conservación, 
recien Raúl pensó en la vida : sintió la patria pal- 
pitante con su g-randeza infinita; recordó las divinas 
delicias de su oculto amor, las esperanzas halaga- 
doras de una dicha inefable ; de repente, como un 
volcan que abraza todo, una oleada de su espíritu 
cambió bruscamente el amargo núcleo de sus ideas, 
y se despertaron en él con esa crueldad de fibras 
que se retuercen, los últimos celos de ese ajitado 
instante, terribles surgieron, al considerar que 
sobre su lápida funeraria aquella, mágica mujer 
podría amar á otro ; mil tormentos punzaron ese 
corazón agonizante; esa ansiedad sin límites: de- 
sesperación última que hacía de ese infeliz joven 
un mártir antes que el plomo homicida horadase 
su cuerpo: al fin tristemente doblegó la cabeza al 
dolor; reacionó enseguida: recordó que tenía un 
nombre, buscó fuerza en la razón y el orgullo; lia- 



EL CLAMOR 401 



mó en su auxilio al altivo valor del soldado ; en- 
tonces sereno y resignado dijo al oficial: — Estoy 
pronto. 

La tropa hizo por cuatro á la derecha y entre 
la primera y segunda fila colocaron al prisionero. 

Se movió la escolta con paso lento: los hierros 
del condenado á muerte sonaban como el compás 
de una marcha funeral. 

Cuan largo ftié aquel camino, sin un consuelo, 
sin una mirada compasiva. 

¡Ah! solo el silencio de la muerte . . . . La tarde 
declinando al ocaso, estaba triste; fi*ia; melancólica 
como la tarde en que se va á enterrar un ser que- 
rido. 

La brisa entre los árboles murmuraba un gemi- 
do; y un fondo oscuro iba á hacer resaltar con el 
arte de la desolación el cuadro mas conmovedor 
que se pueda imaginar. 

El silencio de la selva solo lo interrumpía el arru- 
llo de la tórtola: ese canto de agonía primitivo 
que siempre tiene un eco tan triste en los corazo- 
nes que sufren: la luz crepuscular empezaba con 
desmayo, y las tinieblas de la noche pronto se iban 
á confundir con las de la otra vida. 

26 



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402 LA CARTERA DE LN SOLDADO 

¡Que gemido, que lamento, que grito de angus- 
tia!, podrá espresar aquel momento, reflejado en 
un cielo sin luz, como una som.bra doliente: parecía 
ocultar á la civilización ese horror sin nombre. 

Un paisaje tan desesperante, podía únicamente 
ser contemplado sin amargo sobresalto por ojos 
que no tuvieran alma. ¡Ah! es verdad que tam- 
bién hay almas negras de granito. 




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A escolta se ha detenido á pocos pasos de un 
timbó. 



Un sacerdote anciano espera allí á el condenado 
á muerte. 

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Raúl sale de las filas con la lentitud de un cami- 
nar con grillos y se aproxima á él. 



Le habla en secreto; á lo que le dice, el sacerdo- 
te hace un movimiento afirmativo con la cabeza: 
aquel hombre acostumbrado á vivir entre los tor- 
mentos y ver morir á las víctimas del Nerón para- 
guayo, está conmovido. 

Se aproxima entonces el oficial y le dice: 

— Amigo, vamos á concluir de una vez. 

Raúl lo mira fijamente con una mirada atónita, en 



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404 LA CARTERA DE UN SOLDADO 



seguida la hunde anhelante en el horizonte como 
buscando una tierna despedida, un adiós solemne, 
una última imagen que borre en su postrer mo- 
mento la de sus verduofos. 

La escolta permanece en silencio, muda, tétrica, 
sombría, parecia petrificada. 

Los soldados han palidecido, porque cuando un 
hombre vá á arrancar cobardemente la vida á otro 
hombre, la sangre huye agitada con remordimiento 
y vergüenza del rostro, y se refujia temblando en 
el corazón. 

— Incate pues, exclamó el oficial con cierta du- 
reza, y haciendo una corta pausa prosiguió: 

— Si no tenes pañuelo cerra los ojos; así no ve- 
rás el miedo. 

Aquella ft-ase enrojeció el pálido rostro del 
condenado y esclamó con entereza. 

— Ni doblo la rodilla, ni cerraré los ojos: un 
oficial arof entino está acostumbrado á arrostrar la 
muerte de pié firme^ con faz serena y el corazón 
caliente. 

El oficial hizo un ademan y avanzó la primera 



EL CLAMOR 405 



fila con las armas terciadas á dos pasos del infor- 
tunado Raúl. 

Sucedió rápidamente enseguida otra señal y Se 
oyó el tic-tac de las armas que se preparaban. 

El condenado á muerte había palidecido horri- 
blemente, contraste singular que resaltaba con la 
serenidad de su mirada que parecía indiferente á 
todo lo que le rodeaba. Cualquiera hubiera dicho 
que la muerte para él era algo tan insignificante, 
que no le llamaba la atención. 

¡Conmovedora era la escena! Aquella esbelta 
figura de pié con las manos atadas hacia la es- 
palda: la entreabierta camisa dejando ver un no- 
ble pecho que pronto vá á ser destrozado por la 
descarga de un suplicio injusto, corazón de sol- 
dado, donde no se siente el latido del sobresalto. 
Parecía aquello un canto de la Polonia que narra 
con angustia la muerte del héroe. 

En este momento apareció á lo lejos Marta que 
venía apresurada, su razón parecía extraviada por 
una resolución terrible. 

Raúl la vio y tomando su fisonomía una anima - 
cion de dolor indescriptible, le gritó con ese sa - 
cudimiento supremo del adiós eterno: con esa emo- 



r :- 



406 LA CARTERA DE UN SOLDADO 

cion que solo la conoce el que ha visto morir á un 
hombre. 

¡Adiós!. . r. . . .allá no pudo concluir: un 

frió nervioso embargó la palabra, tembló entonces» 
como si fuera un cobarde: él tan valeroso en la ba- 
talla y tan inquebrantable en el sufrimiento. 

Se oyó lá ultima palabra del sacerdote. 

Vibró la última señal del oficial. 

Los fusiles bajaron lentamente sus negras bocas 
y apuntaron, al mismo tiempo que la desolada Mar- 
ta, loca de sí, en el colmo de una espantosa deses- 
peración, con una voz que hizo temblar las armas 
gritó: 

— ¡Muere como héroe, que yo voy á morir 

como hombre! i 

¡I * 

Una bocanada cónica de humo envolvió á RauL 

i , -. ■ 

Se oyó un ¡ ay ! doloroso, como un suspiro ex- 
tremo: un áspero ronquido siguió en seguida y se 
desplomó inerte el infortunado joven, como fulmi- 
nado por un rayo , anegado en su noble sangre y 
envuelto en los pliegues del martirio. 

Casi simultáneamente, Marta caía herida por su 
propia mano : hizo un esfuerzo supremo : irguió dé- 



EL CLAMOR 



407 



bilmente su hermosa cabeza, fosforescente por la 
belleza mortal de la agom'a: vagorosa la mirada del 
último momento ; oscilando entre la vida y la muer- 
te, lanzóla ya casi marchita hacia el cadáver de 
su amante: entreabrió sus labios, y balbuceó 
apenas: 

— ¡Raúl!... y reclinando la frente sin doror 
sobre el césped concluyó sus penas. 



Todo' quedó en silencio. Ese silencio sepulcral 
del Ángelus de la tarde que vivifica las sombras 
de los cementerios, haciendo agonizar por se- 
gunda vez los seres queridos. 



De cuando en cuando se sentía, como una ráfaga, 
el ruido del paso desordenado de los soldados al 
alejarse, y como vagas sombras se distinguían á la 
distancia. i' 





XVI. 



ICEN, que cuando la noche tiende su velo 
1^ fúnebre sobre aquel lugar, donde se ha ver- 



tido tanta sangre inocente, se oye un clamor. 



j Ah ! sí. Es el clamor eterno de la historia ! 

Ese clamor implacable, especie de lamento des- 
garrador de víctimas, que avanza de siglo en siglo 
á la eternidad de los tiempos ; como el infierno de 
la memoria de los tiranos. 



Buenos Aires, 1885. 




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FÉ DE ERRATAS 



Páginas 


Líneas 


dice 


debe decir 


200 


ÍI 


del pasado 


de su época 


205 


6 


incólume 


incolumne 


232 


10 


Ayacucho 


Chr.cabuco 


288 


25 


literarios. 


literario 


295 


II 


mejor 


mayor 




ÍNDICE 



Imtroducciom Páginas 

El Coronel Juan Bautista Charlone. (Muerto á consecuen- 

cuencia de las heridas recibidas en Curupaytí) I 

Los cuadros de un inválido. (Episodios de la Guerra del 

Paraguay) 33 

El Coronel Miguel Martínez df. Hoz 51 

El fogón. (Escena de la vida de campamento.) 71 

El Coronel don Manuel Roseti. (Muerto en Curupaytí el 

22 de Setiembre de 1866) 99 

El soldado. (Salmo) III 

El Teniente Coronel Don Alejandro Díaz. (Muerto en el 

asalto de Curupaytí) 123 

Les Mártires de Acayuazá " " ■ 141 

El Coronel Don Luis Maria Campos 161 

El hombre de á caballo. (Escena de la vida campestre).. . . 203 

El juego del Pato. (Cuadro de otros tiempos) 225 

El General Paunero 247 

Un combate memorable 293 

El Clamor (Leyenda Paraguaya) 371 

Fé de erratas 409 



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