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— • ' . ■ '■i -, • . •^_ . -s. 

' DIRECTORES: 

PABLO DÉ GRECIA — JOSÉ MARÍA DELGADO 




JULIO DE 1921 



SUMARIO : 



José María Delgado 
Alberto Nin Frías 
Carlos Sabat Ercasty 
Emilio Samiel 
Layly Daverio 
Luisa Liiiasi 
Manuel Benavente 
E. Torres Grané 
Sabos Olaizola 



A Paul Fort 

La grandeza moral de 

El niño del mar 

El cerro de los cajon( 

Tarde a tarde 

Libros venezolanos 

Fiesta de sol 

Un escritor genuino 

Envío de "Don Quijote" 



itre 



Glosas del mes: La Exposición de Alberto Dura, por Emilio 
Samiel. — Los viajeros ilustres, por Telmo Manacorda., — 

Notas bibliográficas. 



\, 




Montevideo. 
URUGUAY. 



ANO VI. 

N.» 37 



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Toflo el material de ««PEGASO*» es inédito' 

COLABORADORES PERMANENTES 

Alberto Brigaole. — Manuel Benavente. — Buenaventura 
Caviglia ( hijo ). — Ismael Cortinas. — Manuel de Castro. — 
Aadrúbal E. Delgado. — Eduardo Dieste — José M. Fernández 
Saldaña. — Emilio Frugoni. — César G. Gutiérrez. — Luis A. 
de Herrera.— Juana de Ibarbourou. — Julio Lerena Juanicó. — 
Luisa Luisi. — • Horacio Maldonado. — Julio Raúl Mendilahar- 
su. — Roúl Montero Bustamante. — A. Montiel Ballesteros. — 
Emilio Oribe. — José Pereira Rodríguez. — Víctor Pérez Petit. — 
Carlos M. Prando. — Wjfredo Pi. — Horacio Quiroga. — Santín 
Carlos Rossi. — Vicente A, Salaverri. — Emilio SamieL— Carlos 
Sabat Ercasty. — Juan Zorrilla de San Martin. ~ Alberto Zum 
Felde. — Armando Vasseur. 



SECRETAEIO DE REDACCIÓN 
Telmo Manacorda 

Administrador: Alexis J. Delgado 

Correspondencif. : Avda. 8 de Octubre 120 

Teléfono: Uruguaya 311 (Unión) 

►Suscrípciün mensual: $ O.óO oro 



Montevideo (Uruguay) 



**PEOASO" se vende en todas las librerías 



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^TENTIONAL SECOND EXPOSUR^ 



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Toilo oí ranteifnl de "PKO ASO" es Inédito 

COLA liOR A DORES PER^ÍANENTES 

Alberto Brigaole. — Mnimel Benavente. — Buenaventura 
Caviglia < hijo ). — Ismael Cortinas. — Manuel de Castro. — 
Asdpú&al E. Delgado. — Eduardo Dieste — José M. Fernández 
Saldaña. — Emilio Frugoni. — Cdsar G. Gutiérrez. — Luis A. 
do Herrera.— Juana de Ibarbourou. — Julio Lerena Juanicó. — 
Luisa Luisi. — Horacio Maldonado. — Julio Raúl Mendilahar- 
su. — Rüúl Montero Bustamante. — A. Montiel Ballesteros. — 
Emilio Oribe. — Johé Pereira Rodríguez. — Víctor Pérez Petit. — 
Carlos M. Prando. — Wifredo Pi. — Horacio Quiroga. — Santín 
Carlos Rossi. — Vicente A. Salaverri. — Emilio Samiel. — Carlos 
Sabat Ercasty. — Juati Zorrilla de San Martin. — Alberto Zum 
Felde. — Arm;inilo Vasseur. 



S1XKET.\E.I0 DE REDACCIÓN 
Telmo Manacorda 

Administrador: Alexis J. Delgado 

Corrcspondeneir, : Avda, 8 de Octubre 120 

Teléfono: Uruguaya 311 (Unión) 

Rii-=!cri])eiún luensual : ,f 0..")0 oro 



Montevideo (Uruguay) 



'*PKG ASO'* Sí- vendí* tMi toda» laís librtMÍns 






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H Banco Hiliotecario del Uruguay 

íí INSTITUCIÓN DEL ESTADO . 



,,: CAJA DE AHORROS 

• Abona pod' los depósitos el 6 V2 7o anual 

Invierte los depósitos por cuenta de los ahorristas, en "Títulos Hi- 
'' potecarios", los cuales al precio actual, reditúan un interés mayor de 
' - 6 o|o anual. 

Los intereses de esos "Títulos" se pagan trfanestraUnente el l.o de 
Febrero, el l.^ de Mayo, el 1." de Agosto y el 1.° de Noviembre de 
' ^ ; cada año. 

Iios "Depósitos", mientras no se inviertan en Títulos, y éstos con 
el "Cupón" corriente, ai la inversión ya se ba becbo, pueden ser re- 
tirados parcial o totalmente, en cualquier momento. 
. ,. Hace préstamos con la garantía 'de los Títulos depositados y paga 

■^\^% los "Cupones" por adelantado, mediante un pequeño descuento. 

Entrega alcancías para el depósito y guarda de los aborros pequeños. 
Iios depósitos tienen la garantía del Estado, ad«náft,de la del Banco. 
Iios "Títulos Hipotecarios" se emiten solamente contra la garan- 
tía real de bienes inmuebles, urbanos y rurales. 
:;, . Las libretas que entrega, contienen las cóndiciories de la (iteración. 

/.^. CALLE MISIO^ES, U20, Uoí) y U59 



BANCO FRANGES 

v^í^ vx Superviene & Cía. "^^^r '^¡i 

;- ■ , (SOCI EDAD COLECTIVA) r s 

"■'.-'^J^^'- BSTABLBeíOe eN EL AÑO 1887 \ ; il, 

423-25-OE IIMO-427 ' MONTEVIDEO 

Efectúa loda clase de operaciones bancarias, en el País y con 
■ Í--.V. ' > ■ locias las plazas del mundo. ■ 

i COFFRES-FORTS (Ca|as ni Seg«rkHil) 

para el servicio del público. a: 

Cui«a en Buenos .4lres 

SUPERVIELLE & Cía. "' 

l.'iO ííiAN MARTÍN Y PAÍSAJI^I 4;f RMEN 

■■ •■■■ \. ., - . . ■ ■'•..S-' ■■■•;' :•■■;:■"'■ 



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E G A S o 



REVISTA MENSUAL 4 • MONTEVIDEO 

OIRECTOJtC^ Pable de Grecia— José María D«lK«do 

M}»H\n\. \ N.»37 — AliVI. 




Señor 

Paul Fort: 

\ 

En espera de su merced, 
Vigiábamos sin sosiego 
La frescura de nuestro aljibe 

Y las ascuas de nuestro fu^go^ 
Por si pena de frío o sed 

Tuviera usted 
Cuando llegara a nuestro lar. 
Mas tan alto vuela su alondra 

Y de manera tan solar 
Brilla su aureola principesca, 

Que al verle 
La humilde alma se atolondra, 

Y no sabe cómo ofrecerle 
Ni el buen fuego, /■rá'^ela^ua fresca. 




Pero ya usted lo^ habrá notado: 
Tan densamente empavesado 
Como abierto de par en par, 



I INTENTIONAL SECOND EXPOSURE 



■■>• 












Banco de la República Oriental del Uruguay 

Institución del Estado 
íaiMi pir Ky « 13 «c Mino K 1195 y reiMi pir li Ky Oniíici toXHt Jill* K 1911 



Casa Central: Calle ¿abala esquina Cerrito ■ t'^ v 

Caja de Ahorros - AleanGías - Libretas de Caja de Aliorros a Plazo Fijo 

■' Los depósitos en TiiJa de Ahorrog Aleancfa, {;oz«m del interés de 6 % 
hast* la cantidad de | 1.000 

El Banco recibe esla clase de depósitos en la Casa Central y en 
todas sus dependencias, que son las siguientes: 

AGEIVCIAS: r-;:.V ::■.■■ 

Aguado: Avenida General Rondeau esq. Valparaíso.— Paso del 
Molino: Calle Agraciada HB3. — Avenida General Flores^: Avenida 
General Fiónos 22t)6.— Unión: Calle 18 de Julio 205.— Cordón: 
Avenida 18 de Julio 1650, esq. Minas. 

CAJA XAnONAL DE AHOHBOK V DKSCI'RNTOS, Colonia «iq. Cindadela ^^ 

.-f- SUCURSALES : '-'i . LV' ^^^ Z >• lí ''S 

Kii totlAN las rapitaleü y pohlarionfN Importantes de los departamentos. 

Horario ile liis di'poiuloncias de In cupitnl: de 10 a 12 y do 14 a IC— Los Sábados de 10 a 12. 



1.a nieiiiicfa es la llaTc del .iliorro doin<'-stl- 
co.— Deposita Vd. DOS PESOS y en el acto 
se le onti-egiirA, GRATUITAMENTE, una AL- 
CANCÍA perrada con llave, quedando esla 'la- 
vo guardada en el Banco. Ésos DOS PESOS 
SON SUYOS, ganan interés y puede Vd. re- 
tiinrlos en cualquier momento, devolviendo la 
Alóancfa. 

Una vec al mes, o cuando lo, crea oportuno 
presenta Vd. la Alcnncfa, la que se abre a su 
vista y se le devuelve cerrada despuí.s de re- 
tirar el dinero que contenga- y neredillirselu en 
su cuenta. Los saldos del dinero asf deposita- 
do, ganarán el 6 % do interés hasta la suma 
dü $ 1 000. — IjIis cantidades mayores do $ 
1.000, no gan.trftn interés por el exceso. 

El Raneo bn resulto lambién, eslablecor Li- 
bretas de Caja de Ahorros a Plazo Fijo (a ven- 
cer rada seis nteses). Pait» esta cl.nse de ope- 
raciones se ba fijado el interés de 4 1/2 "/o 
basta la suma de $ .'jt^.ÜOO. 

El Estado resptnde directamtnte do la emi- 
lealire el Rnnro. (art. 12 de la ley de 17 de .Julio de 1911). 




s'.in, dejiósilos y (■peíaciones qu< 



PEGASO 

REVISTA MENSUAL 4 ^ MONTEVIDEO 

DIRECTORES: Pablo de Grecia-José María Delg:adO 

JBliode 1921. N.» 37 - Año VI. 



^Set~ or 
Paul Forl: 



EiL espera de su- merced, . 
Vigilábamos sin sosieffo 
La frescura de ii,(esfr<> aljibe 
y las ascuas de inu'stro fuego ^ 
Por si pena de frío o sed 

Tuviera usled 
iUiaudo lle<jara a nuestro lar. 
Mas tan alto vuela su alondra 
y de manera tan solar 
Prilla su aureola principesca, 

Que al verle 
La humilde alma se atolondra, 
y no sabe cómo ofrecerle 
Ni el buen fuego, ni el agua fresca. 

Pero ga usted lo Jiabrá notado: 
Tan densamente empavesado 
(Jonio abierto de par en par. 



• ..íí'^i^:' 



2 



PEGASO 



Lo está aguardando nuestro hogar. 
Y esto vale, por mil asertos, 
Pues no existe elocuencia par 
A la de dos hrazOs abiertos. 



■■i 



Se lo hemos engalanado 
Del mejor m&do, 

Y no con pompas de papel, 

Ni por pagarnos de lumbres fatuas. 

El afecto palpita en todo: 

En la carne de las estatuas, 

En la blancura del mantel, 

La transparencia de los cristales^ 

En la unánime algarabía 

De nuestros pájaros natales, 

Y más que en eso todavía. 
En el sereno mirador, 

— De golondrinas heredad — 
Que^ en anticipo de su anhelo, 
Le hemos hecho alhajar, señor, j;; 
Para cuando su ruiseñor 
Sienta hambre de soledad 

Y reclame un festín de cielo. 



{ 



No, no se quite usted sw gacho, 
Que afirmado sobre su frente 
Es nn símibolo y un penacho. 
Queremos verle entrar sonriente, 
Runruneando alguna balada, 

Sin que nada 
Turbe el hábito de su gcsio... 
Al desgaire, de ga-cho puesto. 

Como quien pasa 
El umbral de su. propia caso.' 



• i 



José María Delgado. 



^ 



\ 



ENSAYO SOBRE LA GRANDEZA MORAL 
DE MITRE 

A Julio Piquet, en amistad y 
simpatía. 

De todas las bellas, artes, aquellas que más ñas con- 
mueven a través del tiempo, en cuanto al hombre se 
refiere, son la escultura y la pintura, porque sirven 
como ninguna a perpetuar la personalidad (humana. 
Así la biografía de un espíritu genial y superior nos lo 
trae cerca nuestro, como un tibio rayo de sol en un día 
sereno de invierno. , 

Mitre ha vivido entre nosotros; pocos serán aque- 
llos a quienes no liaya llegado el eco de su soberano 
patriotismo, no le haya admirado a través de las cla- 
ras y límpidas páginas db su historia de San Martín o 
de Belgrano o seguido con atención su actitud frente 
a los acontecimientos importantes de su país. Hasta el 
momento de su muerte, tan tranquila y circunspecta 
como lo fué su vida, su nombre llenaba el ambiente ; 
su personalidad se cernía por sobre la de todos los 
hombres de su época. 

De esta suerte los hechos culminantes que le atraje- 
ron esta majestad, ciudadana, están en la memoria de 
todo argentino de verdad. No insistiremos en ellos, 
pero sí nos remontaremos a la facultad maestra de este 
héroe, que en todo momento revela las condiciones de 
un jefe nato. ¿Es ello, su extraordinario don de man- 
do, su cultura intelectual superior, su tenacidad labo- 
riosa, su abnegación exenta de sensiblería, la fuente 






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4 PEGASO 

inagotable de su patriotismo, el estoicismo de su ca- 
rácter, su facultad de frío raciocinio? No es ninguno 
de estos atributos, tomados aisladamente, sino su ín- 
tima unión en un principio del que todos ellos derivan : 
la grandeza moral. Esa es la fuente de todas las ac- 
ciones que sirven de guía segura a la conducta del pro- 
cer, y que le induce a proceder siempre de acuerdo con 
los más altos preceptos de humanidad, de justicia para 
todo tiempo y de caballerosidad en todos los momen- 
tos de la existencia. 1 . 

Cambian los tiemi>os bei:oicos en que nació y se edu- 
có Mitre, empequeñécese la talla de varones ilustres, 
tómase la política más posibilista a medida que los in- 
tereses comerciales van tomando más auge, j>ero, hay 
alguien en la nación que permanece idéntico a su ori- 
gen : fuerte, sereno, sensato, avizor y magnánimo : — ese 
es Bartolomé Mitre. Ni la victoria militar, ni el éxito 
político; la adversidad o la derrota; la fortuna como 
la pobreza, no han alterado el molde augusto en que 
se ha vaciado su alma, gemela de los San Martín y de 
los Belgrano y toda la pléyade de notables que dieron a 
la nación Argentina, una democracia progresista por 
destino. 

En la época do la Revolución de Mayo y en las gue- 
rras de la independencia que le siguieron, existen tan- 
tos hombres .preclaros que parece una era de elegidos. 
Después de ello, en la época de transición al período 
moderno, cada día son menos los proceres cuyo pecho 
esté dispuesto a latir únicamente con el bendito cora- 
zón del pueblo. Es en este preciso momento que llega 
Mitre, como para sostener, casi solo, toda esa magní- 
fica herencia, legada por los emancipadores del yugo 
europeo y los creadores de una nueva entidad sobe- 
rana. 

Alrededor del héroe podrán nacer y desenvolverse 
los más envidiables talentos, espíritus realmente su- 



ENSATO SOBRE LA GRANDEZA MOR.VL DE MURE Ó- 

periores por la inteligencia literaria, la espiritualidad 
y la gracia donosa de su verba o enérgicos y nobles 
caracteres, mas no alcanzarán con ninguna de estas 
eondicione*s a superar la persona del General, .todo 
mesura, todo ponderación, certero en sus vistas sobre 
el porvenir, consecuente consigo mismo. Hombres po- 
drán sustituirle en el gobierno o deshacer sus planes, 
pero tarde o temprano volverán a ellos, no por ha- 
cerle, a buen segur, un homenaje a su intuición inte- 
lectual, sino porque son los más viables, justos y du- 
raderos. 

En todo país, en que va a sobrevenir, por efecto de 
la extraordinaria iriqueza acumulada y prosperidad 
comercial jamás detenida, un debilitamiento del carác- 
ter moral y de sus bellos frutos : la sinceridad, la con- 
secuencia, el desinterés y la gratitud : — aparecen estos 
hombres como Mitre par^ afirmar, de una manera in- 
controvertible, de que, sin la cultura básica de los sen- 
timientos morales no es ni sonable siquiera la conti- 
nuidad del esfuerzo humano ni la organización perma- 
nente de la familia. 

Mientras el cosmopolitismo irremediable de una so- 
ciedad en formación ha ido borrando el carácter típi- 
co, patriarcal de la antigua sociedad porteña, en que 
tan armoniosamente aunaban la cultura del espíritu, 
la afabilidad en las maneras, la tierna' gracia del puro 
corazón, la elegancia instintiva y el señorío en las cos- 
tumbres y en el tnanejo de los bienes, la vida diaria 
del General, desarrollada en su modesta mansión de 
la calle San Martín, ofrecíase como un ejemplo de 
aquellos hermosos ^ días de acrisolado argentinismo o 
porteñismo, como se le suele llamar a ese conjunto de 
amables, nobles v desenvueltas maneras de ser del ar- 
gentino de tradición y de abolengo. 

Todo ello fluía de la grandeza moral, o, si se quiere 
explicarlo mejor, de ese consorcio de emociones y de 



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6 



FEGASO 



sentimientos que hace a un hombre rey de sí mismo y 
soberano domador de sius impulsos y bajos instintos, 
revelándose así como algo único e íntegro a los demás. 
Esa magnanimidad es un llamado constante al hombre 
que hay en nosotros, a ©se noble producto de la razón, 
del sentimiento y del contralor de sí mismo, obtenido 
en la historia, y cada cual sabe a precio de qué luchas 
contra la bestia cuyo cubil está tan cerca del aposento 
donde vive el alma. I 

Esa facultad magistral habíale sugerido, qué duda 
cabe, a nuestro héroe, que la manera más grande y 
ética de vivir, la más completa y cabe el Divino Cora- 
zón, consiste en entregar a alguien, o en su ausencia 
a una gran causa, nuestro corazón todo entero y sa- 
crificarse por él. Después de servir a la nación bolivia- 
na, en su carácter de militar, fueron requeridos sus 
servicios por un partido revolucionario. Era declarar- 
lo "coiidottiere" del tiempo del Benacimiento, en que 
los valientes vendían su pericia y su audacia al mejor 
postor. Mitre rehusó, por supuesto, en ese lenguaje 
sobrio y lapidario que es como el engarce de la gran- 
deza moral: "He tomado parte en la rebelión como un 
huésped que acude a apagar el incendio de la casa don- 
de vive, pero desde que la guerra toma un carácter ci- 
vil, no quiero hacer el papel de aventurero y me re- 
tiro". 

En epístola dirigida a don Andrés Lamas, en 1848, 
díeele al final, cual si quisiera resumir la filosofía de 
su vida: "En todas estas alternativas de buena y mala 
fortuna, jamás me he sentido abatido y, lo que es más, 
he salido de todas ellas con la conciencia tranquila y 
la frente limpia". 

Esta elevación de ideas y de conducta condujeron a 
su heroico sustentador a la amarga pena de vivir du- 
rante largos años alejado de su patria y de su familia. 



ENSAYO SOBRE LA GRANDEZA MORAL DE MITRE 7 

jCuán cierto resulta que en la ciencia moral sólo es 
verdadero lo que se alcanza con el sacrificio! 

Era en 1860, cuando -después de celebrarse la unión 
de todos los argentinos, que Mitre retribuyó la visita 
que le hicieran anteriormente el Presidente Derqui y 
■el general Urquiza. Queriendo sellar el General, como 
era su costumbre, con algún acto o frase que manifes- 
tasen esa grandeza de ánimo que tan bien lo caracte- 
riza, entrególe al Presidente general saliente su bastón 
de Gobernador de , Buenos Aires, con estas palabras : 
^ ' Gracias a vuestro patriotismo y magnanimidad, la 
provincia de Buenos Aires es parte integrante de la 
República, su Gobernador no poseerá más el bastón que 
señala la época de la segregación. Os toca conservar es- 
ta prenda de seguridad como una conquista que ha- 
béis hecho". 

La grandeza moral perdona, disculpa y une. 

La tan debatida guerra del Paraguay, ciñó otro lau- 
ro a la frente del varón consular, por la humanidad 
«on los vencidos, el respeto de la propiedad en tierra 
enemiga y la cordura con que ajustó las condiciones 
de paz, condiciones más tarde malogradas por las ren- 
-cillas de los amigos y ambiciones desenfrenadas de los 
políticos. " •. 

En el frenesí del triunfo, si es permitido calificar 
^sí el estado de ánimo de Mitre en este momento, pu- 
dieron haberle inducido, siguiendo el clamoreo del 
odio que rodeaba a la persona de Urquiza, haberle ani- 
quilado por completo, enviándole, como a Rosas, a mo- 
rir en el destierro. Ni aún Sarmiento guarda ' la com- 
postura que cuadra a su talento superior. Sólo Mitre 
se mantiene ecuánime ; y cual atisbando el porvenir his- 
tórico, sin entregarse a la exageración del odio p de la 
crítica, contesta a toda esta tempestad de rencores con 
una sentencia muy propia de la grandeza inmarcesi- 
ble de su alma: "No he triunfado para ultimar, sino 



Mfoí?.;-.) 



-'■- ■ . ■>■ 

:^'; A. 
.■■•. i 



8 PEGASO • j 

para liberar hermanos y UamaTlos a colaborar en la 
comunidad argentina, ¡bajo las formas del gobierno 
popular y libre". • 

La primeEa belleza de la vida es ella misma. 

La nación que se aparta de las mezquindades de la 
política y de sus juicios temerarios, vive si produce, 
produce si se consagra al trabajo, libre de rencores y 
prejuicios, y trabaja si sus fuerzas activas se ordenan 
y se orientan en vista de una finalidad: vivir con dig- 
nidad. 

Ello se me hace la sustancia del mensaje que debía 
transmitir el 25 de Mayo de 1862 el general Mitre, al 
primer Congreso Nacional Argentino, en que estaban 
representadas las <íatorce provincias. 

En ocasión que no se avaloraba debidamente el es- 
fuerzo del soldado brasileño, salió el general de su ha- 
bitual silencio, que guardaba siempre cuando se trata- 
ra de secretos de Estado o cuestiones delicadas que pu- 
dieran perturbar la buena armonía entre los pueblos, 
para defenderle, pues la causa aliada no había sido 
para él tan sólo un convenio militar, sino un pacto mo- 
ral, con el cual había de solidarizarse en todo momen- 
to. Así se lo hacía saber en forma clara y precisa a su 
contrincante Juan iCarlos Gómez: "si gloria hay en 
combatir la tiranía, de esa gloria participan los alia- 
dos. Si la gloria se conquistó en los combates, esa glo- 
ria es de todos los que contribuyeron a ella". 

Con esa nítida visión del genio. Mitre se anticipó en 
algunos lustros a la glorificación del héroe anónimo. 
Cuando era más» álgida la desarmonía entre el Gobier- 
no Imj>erial del Brasil y el republicano de la Argenti- 
na, respecto al arreglo de los líimites del Paraguay, 
Mitre, inspirándose en su noble y humano patriotismo, 
en su ecuanimidad, en su condición de ser intensamen- 
te moral, eleva su voz, por encima de la contienda, de- 
nuncia **la política atrasada, egoísta, doble, mezqiii- 



ENSAYO SOBRE LA GRANDEZA MORAL DE MITRE 9 

na y peligrosa", que, como heredero de la tradición 
lusitana va a poner en práctica el Brasil, contrariando, 
segiín su acendrada convicción, la propia conciencia 
del Brasil moderno. Mitre no habla aquí como patrio- 
tero: quiere defendei:., al propio Brasil contra su error 
de aislarse en el continente. A través dé los años ve- 
nideros, vemos hasta qué punto era sabia la política 
cordial de este estadista, que siempre fué partidario 
de la alianza, que, en su propio decir, era la paz y amis- 
tad con los limítrofes, consultando los intereses recí- 
procos de los pueblos y el cumplimiento de las leyes 
de la civilización, que se condensan en estas palabras 
del libro sagrado: "Muy sano es que busquemos la paz 
y la guardemos". De está suerte, nuevamente, el insig- 
ne militar tomóse el pacificador de pueblos y de almas 
turbulentas ... 

Muchos años han pasado y ya nadie discute la ma^ 
je&tad que imprime a sus actos la larga y grandiosa 
actuación. Era allá por los años de 1893 y 1898 el pe- 
ríodo más difícil y peligroso de nuestras relaciones 
con Chile. Cuando ya nada parece detener a los dos 
pueblos más maduros de la-América Latina, pues acam- 
paban los ejércitos a uno y otro lado de los Andes y 
permanecían prontas a entrar en combate sus respec- 
tivas escuadras, entró como factor de importancia de- 
cisiva en la ingrata y sórdida lucha, la grandeza moral 
de Mitre. 

Aprovechando de su invariable amistad con los hom- 
bres más notables y eminentes de Chile y la admira- 
ción y el respeto y la confianza en que éstos le tenían, 
puso todo el fiel de la balanza de su influencia para el 
mantenimiento de la paz con Chile. 

Fué Mitre, como ya en otras ocasiones, el verdadero 
vencedor pacífico de una contienda que hubiese sido sin 
idealidad ni propósito civilizador. 

Esta actuación fué su canto del cisne a la política in- 



10 



PEGASO 



ternacional. Ya pacificada la República no le quedaba 
más ro] para su diplomacia de paz y de justicia. Esas 
ideas habían de fecundar sus escritos en todo momento. 

El mejor modo de persuadir a los pueblos al bien, 
es convencerlos que la belleza de la vida está en su ar- 
monía. 

Los últimos años del gran hombre fueron una pláti- 
ca en e&e sentido. 

¡ A cuántos ha llamado a las alturas de paz, de sere- 
nidad y sabiduría el atardecer de este sabio del vivir! 
Su ejemplo augusto y bello, la sensación de una divina 
presencia en su torno, nos levantan hacia él y tal es el 
anhelo que pone esta vida en nuestra alma de pare- 
eérsele y volvernos nosotros a nuestra vez, tan enno- 
blecidos como él por el esfuerzo y la virtud. , j 

AiiBERTO NiN Frías. 






■yp 



EL NIÑO DEL MAR 



En la arena del mar... ¡Hijo mío!... ¡Hijo mío!... 
Color brusco de rocas en el sol, es el tuyo, 
matiz de aguas profundas el de tus grandes ojos 
y dureza de costa la de tu pecho nuevo! 

No me hagas caso, hijo, no vayas a la escuela, ,,_\ 

ni cuentes más que conchas marinas y olas y alas, 

y salta la ventana y no obedezcas, y huye, 

y sé rebelde, y loco, y juega, y canta, y grita! _ 

Así como ahora mismo, hijo mío, que arrojas 
los pulidos guijarros con tus manos morenas, 
o al clavar esos ojos casi salvajes, hijo, 
en las olas ladronas que te llevan los sueños! 

¡Hijo mío!... ¡Hijo mío!... Sólo tiene sentido 
para enseñarte, el viejo mar que lo sabe todo. 
Eso que no está^dicho ni en palabras ni en libros, 
sólo las cosas vivas te las traerán al alma. 

Rompe el vidrio y serrucha la puerta de tu casa, 

o escapa por arriba de los techos, y burla 

la oordial vigilancia de tu tnadre, y sacúdele 

con una piedrfit gorda al guardián de la esquina. '-^ 

T échate así a correr hasta llegar al mar, 
y bien descalzo, y ebrio de libertad, y alígero, 
y radiante, y tirando tu gorra entre las piedras, 
escucha cómo enseña el mar antiguo y fuerte. 






. »^ 1 



/* 



12 PEGASO 

¡Hljo mío!... ¡Hijo mío!-.. Agarra con los ojos, 
con las manos, y oídos, y narices, las cosas 
que tienen luz, olor, sabor, contacto, música, 
y apriétales tu vida hasta hacértelas tuyas. 

¡Nadie te dará tanto! ¡Nadi^ te hará tan rico! 
¡Áh, mi pequeño y loco, hijo mío, que acuestas 
sobre la lenta orilla, en doradas arenas, 
tu cuerpo tibio y nuevo junto al mar hondo y ágil! 

¡Hijo mío!... ¡Hijo mío!... ¡Que recién has llegado 
y ya eres tan amigo del viento y de la ola, 
y haces fuerte tu cuerpo, y haces audaz ta alma, 
y eres así tan libre que nos verwes a todos! 

¡Cómo ya son de duros tu pecho y tus pulmotfes, 
tu voluntad de luz, tus ojos de varón, 
y cómo hay en tu llanto un metal de rugidos, 
y cómo hay en tu cólera una embriaguez de mar! 

Te llevaré a las selvas y a las montañas, hijo, 
para bañar tu frente de bondad, en la azul | 

diafanidad del aire que roza las alturas, 
hasta hacer generosa tu salud de alma y cuerpo. 

¡Y amarás los peligros como el placer más bello, 
y nunca tu purísima frente se manchará, 
y tendrás un orgullo sencillo y un amor 
y un dolor vigorosos, como tu amigv el mar! 

¡En la arena del mar! . . . ¡Hijo mío! . . . ¡Hijo mío! . . . 
¡Color brusco de rocas en el sol, es el tuyo, 
matiz de aguas profundas el de tus grandes ojos 
y dureza de costa la de tu pecho nuevo! 

Carlos Sabat Ercasty. 



''■, .». 



EL CERRO DE LOS CAJONES 

(CUENTO) 



Para Pabi.ito Hioi'ei. 



Este oerro de "Los Cajones", en el que ahora se 
asienta mi casa, y este mismo peñascal frontero a mi 
ventana, fueron, allá en mi juventud, escenario de una 
tragicomedia breve, pero en la cual mis nervios se sa- 
cudieron en modo que los impresionó por siempre. 

Hay lánguidas noches de verano en las que me trans- 
porto a aquel momento; las lucecitas de los lampiridos 
se me /hacen las de las almas que antes aquí moraron, 
pues este cerro fué cementerio. En tiempos no lejanos, 
cuando el Paso de Barrancas desbordado y e\ de La 
Calera no menos crecido, estorbaban el vado del río 
Santa Lucía hacia el Tala o hacia Minas, los muertos 
del vecindario se traían a este peñascal, y de esa cos- 
tumbre tomó nombre el cerro. Se traían a este peñas- 
cal, y en los recovecos donde yo he puesto tunas y ge- 
ranios, canelones y yucas, quedaban los vecinos en ne- 
gras cajas, y sus infantes en cajoncitos recubiertos de 
blancas y rosadas telas, con galones de oro y de plata. 

Digo, pues, que me .transporto a aquella tormentosa 
noche de verano, en la cual volvíamos de unas carre- 
ras lejanas, yo y dos vecinos a cuya prudencia se fiara 
mi padre para dejarme salir a tan larga distancia. 

Volvíamos, . pues ; había sido tarde de extraordina- 
rio bocliorrio que anunciaba la tormenta irremediable, 



14 



PEGASO 



y ésta vino, con más premura de la qae hubiéramos me- 
nester para llegar secos a casa. No vivíamos lejos, pero 
al llegar a esta cerrillada la oscuridad era completa, 
la tormenta redoblaba sin tregua sus espeluznantes 
sonatas, y los relámpagos nos encandilaban, nos asus- 
taban los caballos, y aumentaban los riesgos dé nues- 
tra cautelosa marcha. i 

Por eso, y porqu^^ algunas gotas violentas ya nois 
chicoteaban, resolvimos quedarnos aquí, entre los ca- 
jones, bajar los cojinillos y esperar a que el turbión 
pasara. 

Fea comipañía la de los muertos, pero, al fin, todos 
habían sido vecinos y no era cosa de temerles; a la 
luz de los relámpagos, uno de mis compañeros, don An- 
drés Lorenzo, veía cercano el cajón del indio Goyo, su 
compadre y medianero; más allá el del tuerto Nativi- 
dad, junto al de Melitón Trías, nocturno visitante de 
todas las majadas; pero la lluvia no consintió más re- 
fistoleo, y bajó el abrigo que improvisáramos con nues- 
tros "cueros", soportamos utti formidable aguacero^ 
que con su ruido de enorme fritanga venció la voz de 
la tormenta, haciéndonos zumbar los oídos hasta el 
punto de no saber bien cuándo la lluvia cesó. 



Luego dispusimos proseguir nuestro camino, pero 
don Venancio, el otro compañero, expresó cavilaciones 
que lo tentaran, y que proponía al compadre; "fuera 
bueno saber, decía, si los nacidos en Navidad se des- 
coyuntan como todo cristiano, o si, por el contrario, se 
conservan enteros sus esqueletos, tal como se cuenta". 

Pero don Andrés no respondía, metido en un silen- 
cio que condensaba elementales prudencias», todo el 
caudal supersticioso de la idiosincrasia nativa, y la re- 
percusión en su espíritu de mil cuentos, en los que 



EL CERRO DE LOS CAJONES lÓ 

aparecidos y difuntos obraban como vivientes. Luego 
expresó que él tenía eso por cierto, pues la finada su 
madre mil veces lo instruyó en tales cosas, y le inculcó 
respeto por los difuntos ; así toda su vida, hizo una se- 
fial de la cruz o recomendó un alma, en cualquier padre- 
nuestro, antes que escudriñar cuando se le aparecía 
una luz mala, o cuando el porfiado siseo de una lechu- 
za lo seguía en las negruras de la noche. 

Fuera allá si quería el compadre tesonero, mas pen- 
sáralo bien; y así de este jaez hubiera seguido predi- 
cando mi hombre si don Venancio no estalla en anchas 
risotadas, que me sacudieron también a mí. 

Después marchó; marchó el hombre de la curiosidad 
macabra, a ver el esqueleto o lo que del tuerto queda- 
ra; encargónos cuidar su malacara inquieto, desenvai- 
nó un facón resipetable, y resuelto y jarifo nos dejó. 



Parecióftie justo vindicarme por si el bondadoso don 
Andrés se hubiera dolido con mis risas. Lié un cigarri- 
llo y se lo ofrecí, moví conversación diferente a la que 
traíamos, pero él, avizorante hacia el destino del com- 
padre, enhebraba una letanía de monosílabos para res- 
ponderme, entreverando algún "pues no" y uno que 
otro "así es". ^ 

Por esto la conversación palideció; por esto o por- 
que lentamente pasaba a mí aquella su curiosidad, o 
su temor a cuanto viene del silencioso imperio que iba 
a profanar don Venancio. 

Y, sin embargo, la muerte es para mí un estado bien 
normal y definitivo, tanto como para interrogarme a 
veces si no estarán obstruidos los caminos de mi sen- 
sibilidad por donde pudiera venir a incrustárseme en 
las entrañas, algo de esa como dolorosa veneración que 



.^'■'^.w.:.- 



14 PEGASO 

y ésta vino, con más premura de la que hubiéramos me- 
nester para llegar secos a casa. No vivíamos lejos, pero 
al llegar a esta cerrillada la oscuridad era completa, 
la tormenta redoblaba sin tregua sus espeluznantes 
sonatas, y los relámpagos nos encandilaban, nos asus- 
taban los caballos, y aumentaban los riesgos dé nues- 
tra cautelosa marcha. I 

Por eso, y porque algunas gotas violentas ya no® 
chicoteaban, resolvimos quedarnos aquí, entre los ca- 
jones, bajar los cojinillos y esperar a que el turbión 
pasara. 

Fea comipañía la de los muertos, pero, al fin, todos 
habían sido vecinos y no era cosa de temerles; a la 
luz de los relámpagos, uno de mis compañeros, don An- 
drés Lorenzo, veía cercano el cajón del indio Groyo, su 
compadre y medianero; más allá el del tuerto Nativi- 
dad, junto al de Melitón Trías, nocturno visitante de 
todas las majadas; pero la lluvia no consintió más re- 
fistoleo, y bajo el abrigo que improvisáramos con nues- 
tDos * '■cueros", soportamos um formidable aguacero^ 
que con su ruido de enorme fritanga venció la voz de 
la tormenta, haciéndonos zumbar los oídos hasta el 

punto de no saber bien cuándo la lluvia cesó. | 

t- 



Luego dispusimos proseguir nuestro camino, pero 
doii Venancio, el otro compañero, expresó cavilaciones 
qiie lo tentaran, y que proponía al compadre; * 'fuera 
bueno saber, decía, si los nacidos en Navidad se des- 
coyuntan como todo cristiano, o si, por el contrario, se 
conservan enteros sus esqueletos, tal como se cuenta". 

Pero don Andrés no respondía, metido en un silen- 
cio que condensaba elementales prudencias», todo el 
caudal supersticioso de la idiosincrasia nativa, y la re- 
percusión en su espíritu de mil cuentos, en los que 



EL CERRO DE liOS CAJONES 15 

aparecidos y difuntos obraban como vivientes. Luego 
expresó que él tenía eso por cierto, pues la finada su 
madre mil veces lo instruyó en tales cosas, y le inculcó 
respeto por los difuntos ; así toda su vida, hizo una se- 
ñal de la cruz o recomendó un alma, en cualquier padre- 
nuestro, antes que escudriñar cuando se le aparecía 
una luz mala, o cuando el porfiado siseo de una lechu- 
za lo seguía en las negruras de la noche. 

Fuera allá si quería el compadre tesonero, mas pen- 
sáralo bien; y así de este jaez hubiera seguido predi- 
cando mi hombre si don Venancio no estalla en anchas 
risotadas, que me sacudieron también a mí. 

Despules marchó; marchó el hombre de la curiosidad 
macabra, a ver el esqueleto o lo que del tuerto queda- 
ra; encargónos cuidar su malacara inquieto, desenvai- 
nó un facón resipetable, y resuelto y jarifo nos dejó. 






Pareeióttie justo vindicarme por si el bondadoso don 
Andrés se hubiera dolido con mis risas. Lié un cigarri- 
llo y se lo ofrecí, moví conversación diferente a la que 
traíamos, pero él, avizorante hacia el destino del com- 
padre, enhebraba una letanía de monosílabos para res- 
ponderme, entreverando algún "pues no" y uno que 
otro *'así es". 

Por esto la conversación palideció; por esto o por- 
que lentamente pasaba a mí aquella su curiosidad, o 
su temor a cuanto viene del silencioso imperio que iba 
a profanar don Venancio. 

Y, sin embargo, la muerte es para mí un estado bien 
normal y definitivo, tanto como para interrogarme a 
veces si no estarán obstruidos los caminos dé mi sen- 
sibilidad por donde pudiera venir a incrustárseme en 
las entrañas, algo de esa como dolorosa veneración que 



19 



PEGASO 



la gente demuestra experimentar por toda criatura 
que entra en la descomposición inevitable. 

¿ Por qué e»sa noche se impregnaba mi ánimo con la 
angustia de don Andrés, o con alguna inquieta curio- 
sidad que me hacía desear el final de la aventura? 

i Era simplemiente por conocer la situación anatómi- 
ca del tuerto? I 
• i Abandonaba su existir subyacente algún fermento 
supersticioso remotamente emergido en el limbo de mi 
instinto? ¿Qué diablos daba pábulo a aquel temor in- 
definido o a aquella congoja inmotivada? 

Pudiera haberlo sabido yo sin la interrupción alar- 
V mante de los alaridos de doú Venancio, quien bajaba 

del peñascal transfigurado. El hombre reposado y as- 
tuto, el paisano curioso que afilaba con maña sus cu- 
chufletas, el compañero de marcha cuya enjundia nos 
admirara poco antes, al intentar su investigación ma- 
cabra, venía convertido en bestia ululante, y su aspec- 
to asombroso nos dejó estáticos a don Andrés y a mí. 

Aquello no era el compadre; no podía ser don Ve- 
nancio esta figura de otra vida, con desgarradas ropas 
actuales, sin sombrero ni facón; no podía ser el de don 
Venancio yeste pecho resoplante; no podía ser la suya 
esta boca abierta como un abismo ; no podía ser su voz 
este roncar, entrecortado por el golpeteo de las man- 
díbulas incoercibles. 

No podía ser y, sin embargo, era . Tal vez el hombre 
vivió siglos de horror y allí estaba, así, de maltrecho 
y azorado. Quería huir. Empeñábase en cabalgar su 
rocín; y todo era agarrar las estriberas y soltarlas 
para limpiarse las manos con las crines, y, finalmente, 
no acertar en cosa alguna, dando muestras de tan aca- 
bado atontamiento que don Andrés se arrancó de su 
impasibilidad, lo tomó de un brazo eoiílyiolencia, sa- 
cudiólo recio como para despertarlo, y le gritó en la 
cara : y i . 

— ¿Qué mierda le pasa? i > 



EL CERRO DE LOS CAJONES 



tt 



* 



¿Acaso lo sabía él? Pudimos volverlo a cierta nor- 
malidad, hacerle recobrar el dominio de su cuerpo tré- 
mulo, arrancarle algunas deshilvanadas palabrats y 
calmar aquella ansia de huir que .demostraba. Mas lue- 
^o, hablándoife como a niño, lo trajimos a explicaciones 
concretas. Don Venancio escaló ágilmente los peñascos 
y gracias a la claridad lunar llegó presto al cajón del 
tuerto Nativa. Hundió el facón para levantar la tapa; 
mas haciéndolo, vino de adentro un horrible resplan- 
ÚOT, o algo como un fuego vivo que lo envolviera, mien- 
tras espantosos rugidos le taladraban las sienes. 

EJ huyó, y ahora, escapado con vida, por. milagro, 
juraba en gran sensatez, no querer saber nada con 
muertos; por ello nos invitaba y excitaba para mar- 
char, apartándonos de Los Cajones, y dejando para 
otros las averiguaciones que en muy mal m^omento 
preWdió hacer. 

jGuán ancho el cauce de reflexiones por dooide ve- 
nían ahora «us palabras ! ¡ Cómo reconocía la sin igual 
prudencia de don Andrés y aquella bondad con que 
deseara apartarlo de su loco intento! 

j Oh ! el compadre juicioso debería completar su obra 
huyendo en seguida, para salvar el cuero, pues aquel 
fuego se vendría sobre nosotros, siguiéndonos sin ali- 
vio hasta los mismos límites de la tierra. 

Por ahí continuaba, pero don Andrés ya no ponía 
atención; cabizbajo, desenredaba su enmarañada bar- 
ba, virgen de jabón y, peine. Posiblemente en su crá- 
neo se operaba igual lucha, es decir, que las ideas es- 
casas, .enredadas, hirsutas y dispersas, también fue- 
ron violentamente removidas, pues el enigmático si- 
lencio del hombre trascendía a cosas graves. 

Habló al fin, puesto en alto un dedo con gesto sibi- 
lino. , , 






:• _j ■ 






IB ■ ,■ , PEGASO 

Era necesario ir a ver la causa que llevara al com- 
padre fuera de las habituales formas del terror en los 
hombres. ¿Volvernos sin saber lo que era? ¡Jamás! 

Y mientras el espanto de don Venancio creeía de ma- 
nera bien visible, uiía sonrisa diaboluna marcaba aún 
más ía simétrica raanificación de arrugas en la cara 
de don Andrés, quien, socarrón, Tecalcaba en su desea 
de poner luz en el caso': I 

— En viéndonos con cosas del otro mundo, decía. 
Dios dispondrá, aunque tal vez santiguándonos a tiem- 
po todo pase; pero si son hombres o cosas de aquí, 
hombres somos nosotros también, ¡ qué diantre ! . . . 

Supersticioso pero ladino, don Andrés hincaba en el 
amor propio del compadre, y chancero le preguntaba 
¿qué era del sombrero? y ¿qué del facón? Cosa tris- 
te volverse sin las garras; además, con la promesa de 
cualquier real de velas para las ánimas el asunto se 
presentaría mejor. 1 

Como don Andrés hizo punta, volvimos hacia el lu- 
gar del suceso y la senda pedregosa fué para don Ve- 
nancio verdadero calvario. En multiplicidad de santi- 
guados se congraciaba con cada muerto que hallaba al 
paso; pero tranquilizar le era imposible; muy seguro 
estaba de que aquello no pararía en cosa buena, y tan- 
to repicara con esto, que don Andrés, doblegando res- 
petos, lo detuvo estrujándole un hombro con violencia. 
¿Quería dejarse de jeringar? ¿No estaba tan corajudo 
cuándo él le señalara peligros en los tratos con difun- 
tos? ¿Por qué había dicho varón la partera? i 

Ya junto al cajón del tuerto Nativa el temor de don 
Venancio advino a pánico; disimulaba don Andrés es- 
perando una reacción o en creencia de qíie mascullaba 
rezos ; pero viéndolo estremecido como un álamo, orde- 
nóle traviesamente que juntara las garras, antes que 
nada, y mientras, arrolló pausadamente su poncho ai 
brazo izquierdo, luego levantó el ala de su sombrero 









1 .'../ 



EL CERRO DE LOS CAJONES 



19 



y aseguró el barbijo; desenvainó su daga describiendo 
una curva aterciopelada, y luminosa; púsose en guar- 
dia ante el cajóíj- que sigilaba el misterio y con voz 
tranquila ordenó M compadre levantar la tapa. 

¿Levantarla don Venancio ?i No era lógico esperar 
tal cosa y, además, su desgobernado cuerpo no obede- 
cía, y su atormentada inteligencia estaba ausente. Pero 
el gesto fiero del compadre y su enérgica voz de man- 
do lo galvanizaron ; como un autómata desquició la 
tapa y huyó. • :.: 

Huyó; horrísonos rugidos aflojaban nuestros ner- 
vios, y dos ojos de filoso fulgor, dos chispas encendi- 
das en fogón de maleficio, nos clavaron en el sitio es- 
tupefactos. 

Fué un relámpago : la tesitura criolla de don Andrés 
operó en su ánimo o en sus músculos de tal manera que 
la daga fué a hundirse fieramente en el temible mons- 
truo. Allá dentro, con el revoltijo de la osamenta enig- 
mática producíanse espeluznantes ruidos; se diferen- 
ciaron los ruidos sin disaninuir; y venían luego apa- 
gándose en extraños estertores. 

El brazo de don Andrés se mantenía férreo asegu- 
rando la presa; luego se alzó en violento impulso que 
también llevó la tapa del cajón, y ensartada en la daga 
vengadora quedó la comadTeja más roja, lánguida y 
bella que se pudiera soñar. 



Emilio Samiel. 



TARDE A TARDE 



En el umbral apoyo mi cansancio 
como una aldeana rústica y sencilla, 
y los dos brazos extendidos traznn 
una pálida cruz en mis rodillas. 

La carne está cansada del trabajo, 
mas el alma, invencible vendimiera, 
con sus largas tijeras de inquietudes 
nuevos racimos que tronchar^ espera. 



Espera- . . sí, es cierto. Espera. . .. espera, 
sentada en el umbral de piedra bruta, 
inquiriendo en la abierta carretera 
que un tinte ambiguo y desolado enhila. 



El camino se burla de mi acecho; 
me pregunta qué aguardo y lo que quiero. 
"¡Si yo no lo sé aún! pero ¡qué importa! 
¡T ráeme algo, camino, porque muero!" 

Y la ruta supone que estoy loca, 
porque ignoro el objeto de mi empeño, 
pero mi alma tarde a tarde aulla 
en esta puerta, como can sin dueño. 



\ 



TARDE A TARDE 



21 



* 



La piedra que recoge mi fatiga 

ya es lo más Sjiiave de este huraño ambiente; 

sobre la cruz caliente de mis brazos 

se hunde el clavo angustiado de la frente. 

Siembra la noche sus semillas negras, 
medita un árbol con un gesto uncioso, 
y se raja mi espera en un gran llanto 
como un fruto maduro y nostalgioso! 

Layly Daverio. 






LIBROS VENEZOLANOS 



De la lejana tierra venezolana, me llegan, enviados 
por una mano amiga, varios libros, exponentes de la 
joven y vigorosa literatura de Venezuela. Con interés 
verdadero los he leído, y con mayor curiosidad aún: 
pues en nuestra América pletórica de vida, vibrante de 
entusiasmos juveniles, las literaturas regionales, di- 
versas a fresar de su fuente común, j>ermaneoen igno- 
radas unas de otras; pues si fecundo es el intelecto 
que cuaja en brillantes flores y sabrosos frutos lite- 
rarios, débiles son aún los vínculos que nos unen, y 
escasas las vías a través de las cuales nuestros cora- 
zones se buscan sin lograr conocerse del todo. Ávida- 
mente, pues, he interrogado en sus páginas, el alma 
fraterna y lejana que vibra a pesax de la distancia con 
nuestros mismos ideales; ávidamente he buscado en 
ellos, los sentimientos, las aspiraciones, las idiosincra- 
sias de nuestros hermanos. , | 

Ningún lazo, ningún vínculo sólido puede estrechar- 
se entre los pueblos de América si no empiezan ellas 
por conocerse ; ya que el amor no es sino el hondo co- 
nocimiento de las almas a través de los accidentes ma- 
teriales que las separan. Todo lo que se haga, pues, 
para que nos conozcamos mutuamente, intelectuales 
de los diversos países de América, será obra de fecun- 
da política americanista, de fraterna solidaridad ame- 
ricana. . I . 

Es, pues, como un deber y con verdadero regocijo, 
que escribo estas líneas, para que lleguen, por lo me- 



'.;•:■'■ LIBIK3S VENEZOLiANjpfe V 23 

nos, al conocimiento de aquellos que los ignoran, es- 
tos nombres de escritores, que en la lejana Venezuela 
cultivan con el mismo entusiasilio que nosotros la flor 
exquisita de la literatura. 



Buscando el Camino. — Libro de los veinte años 
llama Picón Salas a este ramillete de prosas, colec- 
cionadas bajo este nombre y fechadas desde 1916 a 
1919 . . . Veinte años bien sazonados, por cierto : en 
sazón de ideas y en sazón de belleza. Artículos hay cu- 
ya musicalidad nada tiene que envidiar a la de Rodó; 
y otros cuya madurez espiritual cuesta creer que per- 
tenezca a tan tierna y verde juventud. Crítica litera- 
ria, ensayo filosófico. Mariano Picón Salas no es una 
promesa de las letras venezolanas, sino una brillante 
. y concreta realidad. Nada conocíamos de este escritor ; 
como nada conocemos, por desgracia, de tantos otros 
<iue florecen en profusión de florescencia tropical en 
la distante y culta Venezuela. Apenas si de la remota 
tierra, algunos nombres han llegado hasta nosotros. 
Aparte Rufino Blanco Fombona, que ha salvado las 
pampas y los montes, los ríos y las selvas, Manuel 
Díaz Rodríguez, Pedro Emilio Coll, César Zurrueta, 
Andrés Mata, Víctor Recamonde, llegaron hasta nos- 
otros por diarios y revistas, o a través de las páginas 
más americanistas que las de muchos titulados ameri- 
canistas, del escritor dominicano, ponderado y sagaz 
crítico y literato Federico García Grodoy. Y, sin em- 
l)argo, Venezuela, Centro América, Colombia, como el 
Peiyí, Chile, Bolivia o Ecuador, tienen una pléyade de 
escritores más castizos, más puros que los nuestros, 
pues conservan casi intacto aún el tesoro de la lengua 
legada por los colonizadores, sazonada apenas con 
matices suavemente diluidos de las razas nativas. 

En nuestro Río de la Plata, en cambio, es preciso 



24 



PEOASO 



tesaurizar avaramente las partículas de oro recogidas 
trabajosamente en los clásicos, refundirlas en el cri 
sol viviente de nuestro siglo, remozarlas en nueva ju- 
ventud, salvándolas al mismo tiempo, de la contami- 
nación disolvente del medio én que, se mezclan en Un 
dialecto impuro todas las lenguas de la tierra; y des- 
pués de un i>enoso trabajo de años afanosamente con- 
sagrados a olvidar lo que tantas razas de parlar exó- 
tico infiltraron en nuestra niñez cosmopolita, apenas 
conseguimos realizar una trabajosa y pesada labor sin 
savia y sin aliento; monótona y dura, cuando quiere 
ser castiza; afrancesada, cuando ligera y alada. 

Mariano Pidón Salas maneja su idioma castizo y 
puro, fino y flexible como una bien templada hoja to- 
ledana. Clásico sin rebuscamiento: sugestivo siempre, 
evocador de sutiles matices, grávido de ideas, caliente 
de emocione®, "Buscando el Camino" deja en el alma 
el perfume de las mil flores recogidas en sus altos. 
Tiene algo de Rodó, algo de Montalvo, algo de Azorín ; 
pero es siempre Picón Salas. 

**Los dos Abuelos" están ahí, frente a nosotros, vi- 
vos de toda la sangre, austera e hidalga de los viejos 
castellanos el uno; de la gracia sutil, de la fina sal de 
Francia, el otro. "El Monje" es una figura bajada de 
una tela de Zurbarán. "El reinado de la Picardía" 
despliega frente a nosotros todas las corolas mons- 
truosas que el vicio y la miseria florecen en el hampa. 
Paganos consejos del viejo Sileno, pero llenos de sana 
verdad son los encerrados en "Artistas Hombres", 
que dedica a nuestro compatriota el poeta Montiel Ba- 
llesteros; como en "Mozas Campesinas", en el cual 
se respira todo el agreste perfume, toda la fecunda vi- 
da de los campos. í I 

"Fradique Méndez", "Osvaldo", "El Ultimo Pa- 
gano", son glosas llenas de emoción, de fina sensibili- 
dad, de honda comprensión, a las obras de Queiroz, de 






LIBieOS VENEZOLANOiS 



/ 



••'^;' 



Ib&en y de Nietzohe. Picón Salas tiene un profundo 
sentido de la crítica ; de la crítica a lo Azorín, que su- 
ma su sensibilidad de hombre moderno a las obras que 
comenta, las que paTecen revivir bajo su pluma con 
una nueva y diferente vida, llena de juventud y de en- 
tusiasmo. 

Juventud potente da de este escritor que pudo dic- 
tar sabios consejos, áticos consejos en ''Pintura de un 
vivir"; juventud rica ya en frutos sabrosos y nutriti- 
vos en los párrafos que titula "La finalidad poco ame- 
ricanista de una literatura", que nada tienen que envi- 
diar a un Francisco García Calderón, a un Manuel 
ligarte, a un Federico García Godoy o a un Pedro Cé- 
sar Dominici. 

Crítico sagaz, comprensivo, nutrido de lectura que 
abarca desde los clásicos griegos hasta la morbosa li- 
teratura francesa de ávant-guerre; isus estudios sobre 
nuestro compatriota Emilio Oribe, sobre Tulio Gon- 
zález Salas o Emilio Menotti Spósito, tienen también 
la fina ironía, la hábil esgrima de un Montalvo en el 
artículo titulado *'PaTa don Tulio Febres Cordero"; 
la respetuosa admiración a un maestro en ' ' Camino de 
Italia" o en ''^Sermones líricos de Díaz Rodríguez"; 
la ternura evocadora y sugestiva en el estudio sobre 
un libro de José Juan Tablada que titula ''En un 
día"... ' '. ' '•■^■.■•- ■- --.';- 

¿Es este el primer libro de Picón Salas! Nada sa- 
bemos; ni el volumen gentilmente enviado por su au- 
tor lo dice. Suponemos que sí. 

Pero Mariano Picón Salas no necesita "buscar su 
camino", que se desenvuelve todo trazado ya, y es- 
pléndidamente ipromisor de triunfos frente a él. La 
crítica literaria y el ensayo son sus mejores éxitos. 
Menos nos gustan los artículos titulados "Dulce y 
Suave", "La Historia de Juan Pérez", "Filosofía de 
la Comodidad" o "La Visión de Ella". 



■'-i:-'l:^-J 



26 PSQASO 



El libro leído nos ha dejado con el deseo de leer al- 
go más.- Escriba Picón Salas, que **es suya el alba de 
oro", y haga llegar hasta nuestra tierra fraterna los 
frutos sazonados de su huerto interior. 



Después de Ayacucho. — Por Enrique Bernardo Nú- 

ñez. 

Tal es el título dq una fuerte novela llegada también 
de la tierra venezolana. No es esta, según lo dice el 
mismo autor, la primera novela que publica. Otras an- 
teriores no han sido bien acogidas por la crítica. Nada 
conocíamos de este autor antes de leer esta novela, y 
no sabemos, por lo tanto, si tuvo o no razón la crítica 
para proceder de esa manera. 

"Después de Ayacucho" es la epopeya venezolana 
de ese oscuro y sombrío período que en todas las na- 
ciones sudamericanas sucedió, como una nueva Edad 
Media, al ciclo heroico de la Emancij)ación. Período 
de gestación, caótico, como todo aquello que sale de un 
régimen claro y definido para ingresar en un nuevo 
orden de cosas; y que busca su equilibrio en los movi- 
mientos desordenados, durante los cuales aparecen en 
la superficie de las sociedades, como en un agua revuel- 
ta, las heces que dormían quietas en su profundo seno. 
Miguel Franco, héroe verídico de esta historia, es uno 
de los tantos caudillos surgidos de la nada, y sin título 
alguno para arrastrar a las masas. Ambicioso, servil, 
cobarde a veces, a veces de una bravura impulsiva e 
inconsciente, que más se parece a la cólera que al va- 
lor, el prota^nista de esta novela es una verdadera 
creación. No podemos juzgarlo desde el punto de vista 
de la realidad histórica, porque este período oscuro 
permanece aún desconocido para ia generalidad de 
nosotros, respecto a las otras naciones de nuestro con- 
tinente. Figuras de caudillos locales no pasan, en ge- . 



J 



_'■ ' IJBROS VENEZOLANOS '2W ' 

neral, de las fronteras de la propia patria, salvo casos 
excepcionales, como lo son muchos de la historia de la 
República Argentina. No podemos, por lo tanto, decir 
si una sombra d« iparcialidad adultera algunas veces 
el carácter poco simpático de Miguel Franco; o si la 
ascendencia servil y mezclada de sangres diferentes; 
la infancia pasada entre los esclavos y los sirvientes 
del severo e implacable Montenegro, hidalgo chapado 
a la antigua, con todo el empaque, con toda la intran- 
sigencia, con todo el orgullo de casta de los viejos cas- 
tellanos, modelaron exactamente el aljua contradicto- 
ria de Miguel Franco. Pero sí, podemos asegurar que 
vive en la novela con caracteres propios : y si el estilo, 
a las veces irónico del autor — de una ironía que no 
coiidiee con el tono realista-~y aún trágico en ocasiones 
(le) libro — perjudica más de una vez la clara com- 
prensión del carácter — que podrá ser muy familiar al 
lector venezolano, pero que nos es a nosotros desco- 
nocido — surge, sin embargo, con relieves propios, 
del fondo sangriento y épico de ciertos episodios. 

Más definido, como si una mayor serenidad hubiera 
presidido la creación de su carácter, Gaspar Monte- 
negro es una figura definitiva. Implacable, orgulloso, 
de un orgullo que ante nada capitula, al sorprender a 
su antiguo criado en el momento en que éste intenta 
deshonrar a su hija, antes que matarlo como a un ca- 
ballero, se contenta con ordenar a sus siervos que le 
apliquen cien azotes, castigo suficiente para uii villa- 
no. En este episodio los rasgos salientes de Montene- 
gro y de Franco, y aún los de Teresa Montenegro, se . 
oponen en felicísimo contraste. La baja cobardía del 
segundo sólo acierta a humillarse ante su antiguo amo, 
al tiempo que Teresa, patricia de sangre, confiesa al- 
tivamente su amor para salvar al indigno^ y el viejo 
hidalgo tiene palabras de verdadero aristócrata: ''Te- 
resa, antiguamente las Montenegro se enamoraban de 



..i-V 



.1 



n^ 



PEGASO 



los héroes, de los condes feudales que volvían de las 
Cruzadas o de la Reconquista. ¡Ahora para ellas es in- 
diferente un cobarde ! . . . " 

Pero en donde Enrique Bernardo Núñez descuella 
verdaderamente, más que en la pintura de los carac- 
teres, es en la evocación de cuadros y de ambientes. 
Dos o tres episodios, sobre todo, están relatados con 
mano maestra. El motín en que el pueblo asalta el edi- 
ficio del Congreso y dispersa a los diputados y sena- 
dores, es de un realismo impresionante. El sordo ru- 
mor de la masa descontenta, preparada de antWiano 
por los discursos de políticos turbios, al estilo de ese 
Pantoja rastrero y vanidoso; la primera agresión anó- 
nima; el delirio inconsciente que se apodera poco a 
poco de todos y obliga a Franco porque sí, en una 
ebriedad de sangre y de peligro, a arrebatar la bayo- 
neta de manos de un guardia, y a atacar, sin convic- 
ciones, lo mismo a los diputados hoy, que a los otros 
mañana, es el proceso real y verdadero de todos los 
motines populares. 

Pero, donde Núñez alcanza los contornos de' un ver- 
dadero poeta épico de grandes vuelos, es en la pintura 
de los campos desolados por la guerra civil ; lae aldeas 
incendiadas, los campos yermos y abandonados por 
los cuales cruza — caravana de horror, cargada de mi- 
serias y de llagas — la población que huye frente a las 
guerrillas, bajo un cielo plomizo y reverberante como 
una lápida metálica, del clima tropical. Hasta el mis- 
mo Miguel Franco se detiene un instante, presa de ho- 
rror, frente a esa ¡bíblica evocación del éxodo de un 
pueblo maldito; pero sólo un instante. Su alma de ave 
de presa calcula en un segundo el botín que represen- 
ta para él la lamentable caravana de miserias: bestias 
flacas, que arrastran las carretas desvencijadas; pu- 
ñado de oro amasado afanosamente durante años, y 
recogido ávidamente en la huida, como suprema espe- 



LIBROS VENEZOLANOS 



29 



ranza de reconstracción futura; ropas escasas, que cu- 
bren los miembros llagados, enfermos, de los ancianos 
y de los heridos . . . 

Y como banda de cuervos o caranchos que se ceban 
en los cuerpos moribundos, la tropa de Miguel Fran- 
co cae sobre la miserable fila de los que huyen y deja 
a su paso un tendal de cadáveres, de heridos y de mu- 
tilados ; mientras la parte sana de los fugitivos, amazo- 
nas enloquecidas de terror, llevando sobre sus cabíri- 
gaduras el fruto de sus entrañas, se alejan en un épi- 
co galope de walkyrias, y se pierden a lo lejos entre 
alaridos de miedo y resonar de cascos en la tierra. . . 

Y luego, el vivac entre los despojos, el incendio de 
las carretas, el abandono de los heridos y el asesinato 
de Recado, aplastado bajo una carreta por el mismo 
Franco en un acceso de miedo frente a su antiguo ri- 
val de Ocumare, y que huyendo del combate caira a ca- 
ra empieza a correr alrededor del vehículo ha&ta que 
un momento favorable le permite arrojarlo sobre su 
enemigo y aplastarlo bajo su peso. Y el ensañamiento 
después, al ordenar a uno de sus negros prender fuego 
a la carreta, por si Recado conserva aún un resto de 
vida; mientras el negro, más humano, se cerciora, an- 
tes de cumplir la orden, que el cuerpo allí tendido es 
realmente un cadáver. 

Y como éstos, muchos otros episodios, entre los cua- 
les el ataque e incendio de la vieja casona de los Moa- 
tenegro, no es, ciertamente, el menos realista, ni el 
menos interesante. .;>> 

Sobre este fqndo épico y sangriento, el amor de Mi- 
guel Franco y de Teresa Montenegro pone su perfume 
de flor salvaje y encantadora, hasta en el orgullo san- 
grante de la patricia que ordena a sus esclavos, du- 
rante el ataque, tirar contra su amante; y que luego, 
vencida la resistencia, pide a uno de sus amigos que la 



:^o 



PEGASO 



salve del agresor, y luego, en un rapto de salvaje pa- 
sión, exclama : " ¡ Déjame, \e amo, le amo ! . . . " 

Un hermoso libró, en resumen, a pesar de cierta os- 
curidad en la descripción del carácter central y de al- 
gunos . episodios, como la muerte de Ignacio Montene- 
gro, que deja en el ánimo del lector la duda de quién 
fué su matador; como cierto tono de ironía inoportuna 
que perjudica la línea general de la obra. Pequeños 
defectos que no alteran fundamentalmente el valor in- 
trínseco de la obra, valiosa, además, como documento 
histórico. La novela no queda concluida en este tomo; 
el autor promete continuarla en un nuevo libro que ti- 
tulará '*E1 Caudillo". 



Dos folletos acompañan estos dos libros: una con- 
ferencia pronunciada en el Teatro Municipal de Cara- 
cas el 12 de octubre de 1918, por el eminente escritor 
venezolano Manuel Díaz Rodríguez y titulada "Ante 
la guerra y por Hispano-América " una; y dos artícu- 
los del historiador y sociólogo Laureano Vallenilla 
Lanz, reunidos bajo el nombre de "El Libertador juz- 
gado por los Miopes", y destinados a rebatir los con- 
ceptos de Carlos Villanueva sobre un punto de la his- 
toria del grande hombre americano. 

Poco podemos decir de uno y de otro. No es una con- 
ferencia sobre la guerra lo que puede permitir juzgar 
a un escritor de obra tan vasta como Díaz Rodríguez, 
ni es un artículo de polémica, por bien inspirado que 
esté, y revele cultura en la expresión y conocimiento, 
en el asunto, que pueda poner de manifiesto las dotes 
intelectuales y el prestigio de que goza un escritor co- 
mo Laureano Vallenilla Lanz. Esperamos, para escri- 
bir sobre uno y otro, recibir obras de más aliento que 
estos dos folletos. 



Luisa Luisi. 






FIESTA DE SOL 



En las orientales fiestas de la aurora 
dicen las campanas su canción sencilla, 
y el sol, como un mago, voluptuosamente 
milagroso, llena de oro las campiñas. 

Despiertan los huertos. Apolo sonríe ... 
Hay alas y cantos que a vivir invitan. 
La brisa es como una azul mensajera 
que trae' la promesa blanca de la vida. 

El parque desierto es como un amigo 
que pasar mirara los más bellos días, 
en él has oído la dulce leyenda 
del amor, como una sutil armonía. 

Por las alamedas mi vida se expande, 
m,i alma es una copa de azul ambrosia 
que eitajena; hoy quiero juventud, amores; 
la Natura es una madre que me mima. 

Los dnlces, los gratos recuerdos se envuelven 
como en una vaga y azid lejanía ... 
Allá, junto al lago perezoso, dtme: 
¿Verlaine y Darío leen poesías?... 

Esta antigua casa solariega es como 
un santuario augusto de pasadas dichas. 
Los abuelos — ¿sabesf — desfilar miraron, 
desde aquí, las largas horas de la vida. 



'"*.. 



32 



MATEO MAGABINOS SOLSONA 



« 



I 



Acaso en el banco de pino que luce • . 

sus gastadas formas de madera antigua, ', 
en el patio, al suave fulgor de la luna, 
amantes hoy muertos se dieron la cita.' ¡ 

¡Ven, amiga! Deja que en tus labios beba / 
el néctar divino de la poesía: 
mi musa bohemia me dice que acaso 
mañmia lloremos las horas perdidas. 

La copa está llena de milagros; sean 
tus labios un cáliz; ¡bebamos, amiga! 
mientras las campanas, bajo el claro cielo, 

ammcian las fiestas nupciales del día. 

■I V^ 

¡ ¿Qué importa el futuro, que en brumas envuelto, 
los grandes amores de un soplo marchita? 
¡Que el amor fecunde la sangre y del alma 
brote la promesa blanca de la vida! , 

(Mi musa bohemia me dice que acaso 
mañana lloremos las horas perdidas...) 



Manuel Benavente. 



X 



UN ESCRITOR GENUINO 
Javier de Viana 



De los autores que explotan el asunto nacional, nin- 
guno supera al popular escritor de "Lreña Seca" y 
''Yuyos". Así, mentemos a Reyles y a Acevedo Díaz, 
maestros como Viana, pero no tan acabados, tan com- 
pletos, tan hábiles, tan psicólogos. Excluyamos compa- 
raciones fatigosas, por demasiado analíticas y litera- 
riamente pedagógicas. Hablemos solamente de Viana. 

Como él no hay otro cuentista en el Río de la Plata. 
Como él nadie ha desentrañado la idiosincrasia, el ca- 
rácter, la sentimentalidad, el lúgubre pensamiento del 
hombre de campo: el gaucho. Nuestro gaucho es tris- 
te, meditabundo, unilateral. 

Cuando sirven de protagonistas en la labor del no- 
table literato criollo, cruzan la escena sin alegrías, sin 
escepticismo, aunque con filosofía, con voluntad ca- 
llada, sin risas ni fantaseos. Si para juzgar el mérito 
de la inmensa obra de Viana se requiere condiciones 
de conocimiento campesino en hombres, cosas y suce- 
sos, alardeamos de sabedores . . . 

Estudiar a Javier de Viana en toda su producción, 
además de ser tarea ímjJroba, sería inoportuna, en la 
hospitalidad de estas columnas. Ya Roxlo, en la "His- 
toria Crítica de la Literatura Uruguaya", hizo una 
semblanza enjundiosa y maestra del narrador autóc- 
tono. 

Como, por otra parte, cada libro de Viana da la im- 



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34 



PEGASO 



presión de conjunto de su modalidad artística, basta 
comentar uno de sus volúmenes para dar en la tota- 
lidad de su estro. ¡Es que todos los libros de Viana se 
parecen! ¡Leer uno es leer todos en la esencia artís- 
tica! 

Tomemos uno al azar en la larga lista de sus obras: 
"Macachines" o, mejor, ''Leña Seca", o "Sobre el re- 
cado". No sabemos decidirnos, temerosos de una mala, 
hipotética elección. ' . 

Hablemos de cualquiera. 

Las escenas ocurren en el interior, indefectiblemen- 
te. El ambiente rural lo pinta Viana con insuperable 
destreza. Nada escapa a su perspicacia, a su numen. 
Conoce, como buen gaucho, todo el cuerpo, todo el con 
tenido, la estructura material, la índole afectiva de los 
pobladores de tierra adentro. 

Todo lo que es decoración artística, Viana lo expone 
en unas cuantas líneas. Todo detalle pictórico lo traza 
de una plumada. En lo objetivo su competencia es no- 
toria. Ahora bien: 

Donde Viana habla con absoluto dominio, donde es 
psicólogo y donde más valor comporta a la literatura 
patria, en donde sobresale por cima de todos los na- 
rradores aborígenes, es en el retrato de los hombres 
de campo, tanto físico como moral y sensitivo. 

El alma, el corazón virgen y cristalino, el cerebro 
abierto Y sin anfractuosidades mentales, el tempera- 
mento noble del gaucho, Viana los ha 'comprendido, 
adivinado y transcripto como no lo han hecho ni Rey- 
ks, con ser coloso en estos tiquis^miquis lugareños, ni 
Acevedo Díaz, padre de muchas novelas nacionales, ni 
la plana menor de nuestros literatos. 

Las inclinaciones morales, la naturaleza simple y ex- 
presiva, serena y candida, el rumiar de tristezas y 
amores, esperanzas y fueros, el pensar y expresar de 



'<-' : ■ ! 



•I 



■* VN ESCRITOR GENUINO . 35 

los gauchos, los destina, con la péñola, Viana, a hacer- 
los inmortales en el romancero nacional. 

No hacemos más que repetir calurosamente lo que 
dijo en su magistral Historia, el frondoso poeta de 
"Flores de Ceibo". El gaucho, tan incoherentemente 
pintado en obras y memorias por doctos cronis- 
tas, recién dispone de una semblanza auténtica y verí- 
dica desde que Javier de Viana puso su empeño, su 
talento, su cariño y su fraternidad a reivindicar para 
el héroe anónimo, en las épocas de efervescencia insur- 
gente, para el mortal sufrido, en las lides del trabajo, 
los justos valores que tiene tanto en el arte, como en 
la realidad. Sentimos en cada página de Viana latir 
nuestros corazones, por donde circula sangre gaudia 
y charrúa. 

En cuerpo y alma cruzan en alas de inspiración los 
gauchos toscos, pero elocuentes y filósofos analfabe- 
tos, en la musa de Viana. 

Si la transcripción del mundo real a la prosa o al 
verso importa escaso mérito, la excepción la da Javier 
de Viana. Su objetividad tómase en subjetividad. 

Es que el gaucho lo lleva entre pecho y espaldas el 
mitad pueblero y otra mitad Jijaral, Javier de Viana. 

La vocación literaria de este ilustre escritoir no pue- 
de ser más fecunda, más natural, más artística, más es- 
pontánea ni más oportuna y necesaria. En su género, 
no hallamos, porque no existe; con quién parangonarlo. 

Es que Javifer de Viana es único en su especialidad ; 
su ingenio único, y su nmnen pintoresco y feliz, en el 
cultivo campestre. 

E. Torres Grané. 



.-■. I 



ENVÍO DE "DON QUIJOTE'^ 



A la bienqueiñda. 



La historia que en otra vida, 
viví, señora adorada, 
es esta que a vos se llega 
tan inmortal y tan alta, 
vertida a letras en mil 
tierras de lenguas extrañas, 
llenando un grande, vacío 
que, sin ella, perturbara 
la serenidad del mundo, 
la inmortalidad de España, 

Esta es la historia que yo 
viví en otra vida rara, 
naciendo asi, taciturno 
y con esta propia alma, 
para adoraros, señora, 
"en un lugar de la Mancha". 

Y ya que muerto en otrora 
quedó mi historia estampada 
en letras, tablas y bronces, 
sabed, señora, que en gracia 
deste grande amor hidalgo 
que por vos llevo en el alma 
vengo, en mi. ensueño de amor 
cruzando desde la Man-cha; 






V " 



j; ENVÍO DE "don quijote'' 37 

■ - ^ ■- . ,■•' • ■■■ / -^S ■. . ■ '■..'■.■ . . . 

y, os husco como el mídante 
buscó a su señora casta 
en el dorado Toboso 

* de su alma! . . . . 

Os vi hoy lírica y dulce . 

• com^o antes os vi eticantada; 
i dejé vuestro amado y leve 

nombre en las encrucijadas, 
- como un perfume de gloria « 
después de cada batalla; , 
fueron, gigantes rendidos 
mis versos a vuestro alcázar 
y mis suspiros, señora, 
luengos asi que mi lanosa 
tejieron el evangelio 
tan manchego de mis cartas. 

Os amé antes como hoy, 
más feliz antes, pues cuánta 
' ., ■ diferencia hay en sufrir 

un Sancho, y una miríada. 
Declaro que en este viaje, 
más que en las crudas batallas, 
sufro yo los aforismos 
sanchezcos díe las usanzas 
de estos siglos tan distintos 
al que vio Amadis de Gaula, ■ ^ ' 
y al que vi en aquella vida 
que hoy resucita. Romántica- 
mente os brindo esta mi historia 
sin par, nunca vista, magna, 
y pongo a vuestra merced, 
m/i brazo, yelmo y adarga, 
mi pensamiento, mi senda, - "' 

mi ensueño azul y mi alma, 
^ y hago esta cuarta salida 



^„ 



■ ( 
. .1 - 

11 



38 PEGASO ' 

porque estáis de amor cuitada; 
y por bien serviros, reto 
a cuantos al campo salgan, 
malandrines de este siglo, 
follones, torva canalla, 
que no pare ante el amor 
su sanchezca cabalgata; 
y os prometo que ha de ir 
por libertaros, mi lanza 
muy hondo en el gran Toboso 
de mi alma! . . . 



Y ha de barrer de este siglo, 
como una tormenta trágica, 
el polvo de los prejuicios, 
que nunca flotó en la Mancha, 
y hará besar el camino 
a los malvados que infaman 
este mi ensueño sin nombre 
y vuestra vida sin mácula; 
y asi seréis, Didcinea, 
con la luz de mis fazañas 
por los siglos de los siglos 
de los siglos, alabada! 



Sabas Olaizola. 



.í. 



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OOMEDLlltíCiai m 
EíTDE/ACro/YBíiaí 

Sg JOy&MaBELMXQáDO 



^^Msm'Mmc^s^Ésm 



<:aratula de uno de los cuatro primeros libros de la editorial 
"pegaso", que servirá de afiche anunciador para dicha editorial 






■'.i.y:.f' 



GLOSAS DEL MES 



Viajeros iln»treg 



Mientras llega a París Leopoldo Lugones, donde se 
le festeja como a un rey mago, según quería Ventura 
García Calderón anticipándose a los anhelos de la 
Francia, hete aquí que cruzan el mar oceánico Paul 
Fort el príncipe, Eugenio D 'Ors el filosofante y Fran- 
cisco Grandmontagne el novelador. - j' 

Son los viajeros ilustres, que van y vienen por Ios- 
caminos del mundo, tornados legendarios a su paso . . . 

Salud a ellos, que usan el precepto máximo de Rodó 
para la renovación espiritual : viajar. Salud a ellos, que 
en el decir de Grandmontagne vienen a redescubrir la 
América para Europa. Salud a ellos, embajadores que 
traen gavillas de alondras para soltarlas a cantar en 
nuestras ñorestas, donde la mañana va llegando. 



Paul Fort, el príncipe de los poetas franceses, — '■ 
"baladeur" genial en la lírica contemporánea, — trae 
la voz altísima de la poesía para derramarla entre nos- 
otros, ■ — propulsor del novecentismo y propagador del 
parisianismo artístico. — Dará en Montevideo una se- 
rie de conferencias literarias de verdadero relieve, que 
serán purísim-o deleite a nuestra sed joven y ya eterna 
sin embargo ... , 

Eugenio D'Ors, el glosador encantador, de quien es 
la filosofía del hombre que trabaja y canta, viene a có- 



GIiOBAS DEL MES .41 

,'-.■.• "• . - .«^ - ■,»,■■ • .. - 

nocer la tierra maravillosa de donde sacó un día sobre 
ligero navio transatlántico a Teresa '*la bien planta- 
da", doctora en nacionalidades y símbolo milagroso de 
la raza . • . 

Francisco Grandmontagne, el cronista de dos mun- 
dos, que en los versos admirables de Antonio Macha- 
do ''bajo el sol, — el duro pan se ganaba, — y, de no- 
che, fabricaba — su magnífico español", — vuelve al 
Río de la Plata ** ungido de las letras embajador his- 
pano", después de -haberle dado al ibérico idioma la 
fe y la alegría que ya iba perdiendo. . . 



Montevideo, * ' tacita del Plata ", — ya uo tiene a Ro- 
dó para dar la bienvenida a los viajeros, pero posee 
aún al viejo poeta estremecido Juan Zorrilla de 8an 
Martín, clásico tradicionalista, cantor de la patria le- 
yenda, que gusta no en tanto vibrar con los vientos de 
la modernidad, mientras se condecora el pecho con la 
Cruz del Sur ... 

-Sea él quien represente el parnaso uruguayo, — por 
cuyos flancos sube en tropel el coro unánime de los 
nuevos, — y sean los ilustres transeúntes tan a gusto 
como en su propia casa, mientras todos nosotros apu- 
ramos la gracia suprema de la divina cátedra, y en las 
lonas hinchadas de los barcos viajeros tiembla el an- 
sia de la quimera y el vuelo de la golondrina. . . 

,. TeIíMO Maniacobda. 

1 
/ 

La exposicién de Alberto Dura 

. Ahora no nos interesa tanto el valor artístico de los 
cuadros, como su valor ético. Reconocemos agradable- 
mente que nos dan una sensación casi absoluta de lu- 
gares conocidos, de situaciones de la naturaleza, cu- 



42 



PEGASO 



» k 



yas dificultades técnicas, en color y volumen, no pue- 
den escapar ni a los profanos. 

Por esta sana interpretación de la realidad, que no 
de otro modo podemos expresar, en nuestra carencia 
de tecnicismos, ese modo de sernos accesible la belle- 
za, por eso no más, ya merece muy bien Alberto Dura 
los elogios que se le tributan. | 

Pero, más nos entusiasma de su obra, el ser ella re- 
sultante de una labor tenacísima, de una larga luoha 
continua con las dificultades de su arte, con la incapa- 
cidad educativa del medio, y, tal vez, hasta oon rebel- 
días orgánicas. ( 

Es admirable en nuestra tierra la abundancia de in- 
teligencias vivaces en notoria ebullición, a las que sólo 
faltan el esfuerzo y su disciplina, para realizar opima 
labor intelectual. . I 

Sin embargo, es posible observar en los panales de 
nuestras abejas una gran desproporción entre la pro- 
mesa y la cosecha; es que no se trabaja. , 



Baudelaire decía: "la inspiración consiste en tra- 
bajar todos los días"; no vamos a aceptar esto inte- 
gralmente, pero reconocemos cuánta verdad contiene. 

No lo aceptamos integralmente, por no creer que en 
ninguna materia la inspiración obedezca a quien la so- 
licite; y el pintor o el escultor o el poeta que fiaran del 
axioma, podrían encanecer o extinguirse sin alcanzar 
la obra que perpetuara su nombre. I 

Mas una solicitación constante, o sea una aplicación 
continua en el sentido de las aspiraciones de la volun- 
tad, puede inñuir para que la voluntad sea lentamente 
sustituida por las fuerzas que en el impenetrado mis- 
terio de lo subconsciente elaboran lo que se llama fru- 
to de la inspiración. 

Mientras algún prodigio de histoquímica no encuen- 



.'l~ . X. 






GLOSAS DHL MES 43 

tre el mecanismo usado por las sensaciones para con- 
vertirse en imágenes, en ideas, nos cabe a todos el de- 
recho y el gusto de emitir pareceres, acogiéndonos a 
los recursos de que podamos ñarnos. 

Goethe, escribiendo a Humboldt, cinco días antes de 
morir, le explicaba, con milagrosa claridad, cómo "to- 
do talento implica una fuerza instintiva obrando en la 
inconsciencia y en la ignorancia de las reglas cuyo prin- 
cipio está, sin embargo, en ellas...; los órganos del 
hombre, por un trabajo, ejercicio, aprendizaje, o re- 
flexión persistente y continua, etc., etc., amalgaman, 
continúan inconscientemente lo que es instintivo y ad- 
quirido; y de esta química, a la vez consciente e in- 
consciente, resulta un conjunto armonioso del cual el 
mundo se inaravilla". Contaba en esa carta cómo la 
idea de "Fausto" le viniera hacía más de sesenta años 
en plena juventud, perfectamente neta; el plan no lo 
dejó desde ese día, "y lo tomaba en detalle, dice, com- 
poniendo las partes que me interesaban más. Pero cuan- 
do ese interés faltó resultaban lagunas, como en la se- 
gunda parte. La dificultad estaba en obtener por fuer- 
za de voluntad, lo que no se obtiene sino por acto es- 
pontáneo de la naturaleza". 

Otro sabrosa carta de Mozart, habla de su labor sub- 
consciente. "Cuando me siento bien y estoy de buen 
.humor, etc., etc., los pensamientos me vienen en mon- 
tón y lo más cómodamente del mundo. ¿De dónde y 
cómo llegan? No sé nada, ni en ello tengo nada que 
ver. Los que mé agradan los guardo en mi cabeza, y 
los tarareo, según se me dice. Una vez que tengo mi 
aire, otro viene a agregarse al primero. La obra se 
agíanda y todo se produce en mí como un bello sue- 
ño. Si me pongo en seguida a escribir, no tengo más que 
sacar del saco de mi cerebro ..." 

Como Goethe y Mozart, ¡cuántos hombres pueden 
nombrarse, en ^(Cuya obra se evidencia la labor sub- 



44 



PEGASO 



consciente! Hartmann, Stnart Mili, Sócrates, Villiers 
de risle Adam, Blake, Shelley, Beethoven . . . 

Pero sin el interés, que dice Goethe, si no se hubieran 
puesto eñ seguida a esoribiv, como dice Mozart, ¿po- 
dríamos asegurar que tal inconsciente labor intelec- 
tual se fijara en la obra admirada en el cotrrer de los 
tienaposf - ' I 

Seguramente, no. Es necesario, pues, captar las fu- 
gitivas imágenes, los ensueños, todas las cerebraciones, 
hasta aquellos mismos pensamientos de los que ''nues- 
tra alma no se apercibe", según la frase de Leibnitz. 

Y es el trabajo constante quien pertmitirá logarlo. 
Mientras las creaciones intelectuales ambulen por 
nuestras rúas, o asciendan por las espirales de las hu- 
maredas de café, o dancen verbales zarabandas, sin 
llegar a fijar sus ritmos, ni sus colores, ni sus formas, 
poco valdrá la indiscutible vivacidad de nuestras inte- 
ligencias. . - 



Necesario es trabajar; y como eso ps lo que permitió 
a Alberto Dura triunfar de las dificultades de su arte, 
de la incapacidad educativa del medio y, tal vez, de re- 
beldías orgánicas, nosotros lo elogiamos francamente 
y le tributamos nuestra honda admiración en estas pá- 
ginas. 



EMnjo Samiel. 



NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 



Con la luna. — Poesías por Pablo Aguirrezabal. — &alto. — 1921. 

El Ateneo del Salto — institución de sólidos prestigios cuyas bellas 
iniciativas culturales hemos celebrado varias veces en esta Revista — 
acaba de editar^ en una forma que hace honor al buen gusto de los 
copiladores y. a los talleres tipográficos de esa ciudad litoral, las poe- 
sías de este malogrado poeta, muerto a la edad de veinte años. 

De humilde origen, necesitando ganarse la vida en un ru-do oficio, 
débil, perdido en un ambiente hostil, sin medios ni tiempo para ilus- 
trarse, sin paz para sus ensueños, Aguirrezabal deja, no obstante bu 
breve y áspero pasaje por la tierra, una obra poética grávida y digna 
del tardío honor que sus coterráneos le han rendido. 

El do^jtor César G. Gutiérrez presenta al poeta en un hermoso pró- 
logo y comentando su obra dice: "Si quisiéramos encontrar la hue- 
lla de wa maestro diríamos que lo tuvo en la naturaleza, en la serena 
claridad de nuestras noches de luna y en la melodía interior que 
arrullaba su alma; su vida de jornalero no ie permitió cristalizar en 
una gran cultura, por lo cual no presenta dificultades ni requiere su- 
til investigación rastrear la genealogía de su lira, que, por su aroma, 
diríasc construida con la madera de alguno de los naranjos que en- 
guirnaldan nuestra ciudad, encordada en el silencio elucubrador, con 
los rayos de luna que fueron sus confidentes preferidos y pulsada por 
un espíritu salteño, que fué ateniense, porque, en medio de las rude- 
zas diarias, cinceló las cuatro faces de su alma, porque iluminó su la- 
bor oscura de talabartero, entonando, con su vida y con sus versos, 
un himno a la independencia creadora del espíritu; porque supo ele- 
varse sobre la necesidad, que es redimirse según Benán, porque, 
más fuerte que las adversidades, supo embellecerlas, derramando so- 
bre los dolores, a manera de bálsamo, su ánfora griega saturada de 
nardos ' '. 

Esa es, en efecto, la impresión que deja Aguirrezabal: un poeta 
sublunar, simple, con aroma de flor silvestre, enfermo • de dolencias 
subjetivas, que expresó en versos cautivantes por su espontaneidad 
y por la pureza cristalina de su tono melódico. 

Ilustra el libro una carátula a dos tintas de E. Prati, doblemente 
notable por el' arte con que está realizada y por el intenso vigor de 
la alegoría. — J. M. D. 



Vi-/ 1 



■ t 



46 



PJíGASO 



A la sombra del Amor. — Drama en tres jornadas, de José Tabio 

Garnier. — Centro América. — 1921. 

Desarrolla el autor un argumento novedoso y altamente dramático; 
y lo hace no sólo con soltura y verismo en el diálogo y con pericia 
técnica, sino adentrándose en el alma de sus personajes hasta disecar 
sutilmente en sus psicologías. 

Es difícil juzgar por una simple lectura el valor dramático de una 
obra; con todo, nos atr: -mos a expresar nuestra convicción de que 
llevado a la escena "A la sombra del Amor" — descontando desde 
luego la eficiencia de los actores — ganaría mucho en intensidad, por- 
que la mayor parte de sus situaciones nos parecen eminentemente 
teatrales. 

De todos modos, es preciso afirmar qu« esta obra de José Fabio Gar- 
nier aporta a la literatura dramática centroamericana un libro de 
méritos sustantivos y añade una nueva aureola a su nombre ya pres- 
tigiado por una bella y profusa labor espiritual. ■ — J. M. D. |. 

El libro de los Juegos Florales del Salto. — Salto (Uruguay). — 1921, 
La Comisión Organizadora de los Juegos Florales verificados con 
éxito tan halagüeño en la ciudad del Salto el año 1919, ha dado 
fin a su tarea, reuniendo en un volumen las composiciones premiadas 
en aquel concurso, así como los discursos pronunciados y demás re- 
latos concernientes al certamen. | 

No es e! momento de hablar sobre el mérito de las composiciones 
premiadas, algunas de las cuales — justo es consignarlo — se desta- 
can vigorosamente, sino el de hacer resaltar el noble empeño puesto 
por esa Comisión en el desarrollo de sus tareas, la conciencia con 
que las llevó a oabo y la cálida simpatía con que el pueblo salteño 
acogió la iniciativa. 

Por lo demás, es innegable que si los Juegos Florales no dan a me- 
nudo el resultado artístico que se espera de ellos, representan un 
poderoso medio para luchar contra la indiferencia general por las 
manifestaciones estéticas superiores. El Salto lo ha demostrado, por- 
que durante un largo período vivió suspenso de esté certamen artís- 
tico. Y. su éxito ha sido contagioso: Paysandú, siguiendo las mismas 
huellas, se apresta para celebrar su fiesta de arte en «1 mes de octu- 
bre próximo, la que, sin duda, tendrá tanta resonancia como la salte- 
ña. — J. M. D. 



Bordeland. — Cuentos, por Atilio Chiappori. — Buenos Aires. — 1921. 

Tiene este libro muy grandes relieves artísticos, constituyendo una 
nota original .(que trasu-da exotismo), en el ambiente del Río de la 
Plata. Los personajes, en su casi totalidad, son tipos anormales, que 
el autor se complace en fijar con rasgos, en algunos casos. Inolvida- 
bles. Quien lea "Bordeland", que significa "tierra de confín", no 
os fácil que confunda los cuentos que Chiappori ha coleccionado. 

Como exjquisito artista que es, muy versado en pintura, compone 



NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 47 

sus relatos con el mismo esmero con que haría un Apeles el original 
para un cuadro. Las figuras tienen siempre, como fondo, un paisaje 
apropiado que, lejos de quitarle relieve, dijérase que les comunica 
"ambiente". Hay un anhelo de perfección formal tan grande en 
Chiappori, que, a veces, va al amaneramiento, cuando no al artificio. 

Se notan influencias francesas, d 'annunzianas y, sobre todo, en 
cuanto al lenguaje se refiere, el modelo de Valle Inclán. Pero la imi- 
tación, cuando se hace con talento (que es el caso de Ohiappori), es . 
licita, y nosotros no vacilamos en aplaudirla aquí. 

"Bordeland", en rigor, es una obra juzgada. Hace años que va- 
lióle al autor un gran éxito en la Argentina. Eeeditándola en su "Bi- 
blioteca Patria", Manuel Gálvez demuestra buen gusto, y sirve, como 
parece ser su lema, a los escritores de su generación. Emilio Beeher, 
aquel positivo talento que se fué de la vida sin darnos más que una 
mínima parte de lo mucho que prometía, dijo que Chiappori mane- 
jaba "con la misma habilidad el verbo y el adjetivo; el verbo que 
fija la imagen activa de los movimientos y sorprende el signo fugaz 
de los ademanes; el adjetivo, túnica transparente que viste y colora 
el concepta sustancial". Sin discusión, el estilo de Chiappori es muy 
dúctil, lleno de suave color y de discreta elegancia. — V. A. S. 

lia Ventana y otros Poemas. — Dimitri Ivanovitch. — San José de 

Costa Eica. — 1921. 

Por amable envío de J. García Monge, hemos leído estos poemas 
de Dimitri Ivanovitch, por quien guardábamos vieja simpatía de ju- 
ventud, encendida en el romántico brasero de aquellos poemas que 
publicó Darío en las páginas artísticas de "Mundial". 

Luego de diez años ligeros, hemos querido renovar las emociones de 
entonces, y — ¡cosa rara! — lya no nos conmueve con igual fuerza aquel 
verso clásico que tan dulce fué para nosotros. ¿Han cambiado los 
tiempos? i Hemos cambiado el alma? jHa cambiado Ivanovitch? In- 
trincado problema cuya solución nos tienta y que acaso habremos de 
dilucidar un día ... 

Dejemos constancia, entre tanto, que este libro parece ajeno a las 
complicaciones y desorbitancias de la hora, y qu« su autor, poeta 
deveras, y poeta en el más alto y en el más puro sentido de la defi- 
nición, ha coleccionado en él una hermosa serie de composiciones, 
sencillas, espontáneas, suavísimas, de ternura y pasión. 

Hay algunos "Crepúsculos" y algunos "Nocturnos" realmente be- 
llos, — bellos hasta ser puro ensueño, mágico encanto, belleza total. 
— T. M. 

Huerto Silencíeso. — Prosas de Ángel Cruz Eueda. — Jaén. — 1919. 
Tenemos que ocuparnos con algún atraso de este libro, que con 
atraso se nos ha enviado. Ángel Cruz Eueda no es un profesional de 
las letras, sino que recurre a éstas para dar esparcimiento a su es- 
píritu. Ya dijo el maestro cómo el placer de escribir es lo mismo que 



Í5.^^ I- 



rv: 



48 



PEGASO 






el (le leer, pero agudizado y ungido por el dolor de la creación. (Re- 
cordamos la idea, pero no las palabras de esta cita que nos viene a 
la memoria). Cruz Eueda, joven y culto, refleja en "Huerto Silen- 
cioso" emociones y andanzas recibidas en la época estudiantil. Se 
nota al autor más seducido que por lo interno, por lo externo, más 
> atento al panorama que al paisaje interior; más preocupado por los 
.r medios de expresión que por las ideas. Pero el libro es delicado, y «es 
honrado, y es bello. Poco trabajo da el descubrir las influencias domi- 
nantes en Cruz Rueda; o, mejor dicho, la influencia, pues el joven 
literato jiennense es un m<uy fiel discípulo de Azorín, aunque se acuer- 
da de otro singular escritor, Ramírez Ángel, cuando refleja madrile- 
ñerías en un esbozo de novela, si desvaida de asunto, muy cuidada y 
donosa de estilo. 

Ornz Rueda tiene grandes condiciones de prosista; conoce el idio- 
ma como Azorín, lo que da un sabor conveniente de añejismo a fra- 
ses construidas en la forma nerviosa más moderna. Describiendo la 
naturaleza, es realmente eglógico. El volumen concluvje con una evo- 
cación de la Mancha, que es la página más- admirable de todo el li- 
bro. Convendría que la leyeran los que suponen que nuestro campo y 
las cosas de nuestro cam>po no tienen paralelo en el viejo mundo. 
Aquellos peones de los establecimientos manehegos, que usan la ma- 
nea, que emplean giros anticuados, que son ladinos y un poco enig- 
máticos adrede, son el verdadero "pendant" de nuestros gauchos, co 
mo que tienen un ascendiente común. — V. A. S. 



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PÜB^CA&Á LA9 PBtlIl^PiÜ^^ OBRAS 
DEL AftO T F^MBNtPAJtÁ LA. LEC- 
ñlRA D£ LOS AUTORES ÜACIONALES 



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Acaban dé aparecer los primeros volámenes: 
«Inquietud» -Versos-, Por Loisa Luid. 
«Princesa Perla Clara» ¿ Com^sdia feérica en tres actos 
y verso - Por José Marfa Dd^do. 

-<La Mujer Inmolada» -Novela Uruguaya -Por^icente 
A. Salaverri. ^ ^ , 

«Los Poetas Sallefíos» - Ensayo literario - Por Telmo 
Manacorda. 



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Esta Editorial publica «Pegaso»^ la única revista 
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J**f- 



48 



PEGASO 



ol lie leer, pero agudizailo y ungido por el dolor de la creación. (Ee- 
cordamos la idea, pero no las palabras de esta cita que nos viene a 
la memoria). Cruz Rueda, joven y culto, refleja en "Huerto Silen- 
cioso" emociones y andanzas recibidas eu la época estudiantil. Se 
nota al autor más seducido qu« por lo interno, por lo externo, más 
atento al ¡«anorama que al paisaje interior; más preocupado por los 
medios de expresión que por las ideas. Pero el libro es delicado, y es 
honrado, y es bello. Poco trabajo da el descubrir las influencias domi- 
nantes en Cruz Rueda, o, mejor dicho, la influencia, pues el joven 
literato jienncnse es un muy fiel discípulo de Azorín, aunque se acuer- 
da de otro singular escritor, Ramírez Ángel, cuando rófleja madrile- 
ñerías en un esbozo de novela, si desvaida de asunto, muy cuidada y 
<louosa de estilo. 

Cruz Rueda tiene grandes condiciones de prosista; conoce el idio- 
ma como Azorín, lo que da un sabor conseniente de añejismo a fra- 
ses construidas en la forma nerviosa más moderna. Describiendo la 
naturaleza, es realmente eglógico. El volumen concluy<! con una evo- 
cación de la Mancha, que es la página más- admirable de todo el li- 
bro. Convendría que la leyeran los que suponen que nuestro campo y 
las cosas do nuestro campo uo tienen paralelo en el viejo mundo. 
Aquellos peones de los establecimientos manchegos, que usan la ma- 
nea, que emplean giros anticuados, que son ladinos y un i>oco enig- 
máticos adrede, son el verdadero "i>cndant" de nuestros gauchos, co 
mo que tienen un ascendiente común. — V. A. S. 



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PUBLICARÁ LAS PRINCIPALES OBRAS 
DEL AÑO Y FOMENTARÁ LA LEC- 
TURA DE LOS AUTORES NACIONALES 



Acaban de aparecer los primeros volúmenes: 

«Inquietud» -Versos -Por Luisa Luiei. 

«Princesa Perla Clara» -Comedia feérica en tres actos 
y verso - Por José María Delgado. 

*La Mujer Inmolada» -Novela Uruguaya -Por Vicente 
A. Salaverri. , . ' 

«Los Poetas Sáltenos» - Ensayo literario - Por Telmo 
Mauacordii. 



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Herrera Luis Alberto, Larrafiaga. 
Montodo Ednardo It., DaTmán 13S7. 
Oareía Idils Ignacio, 18 do Julio 1246. 
Afena Domingo, Convención y 18 de 

Julio. 
Delgado Asdrúbal, Convención y 18 de 

Julio. 
Miranda César, Boulevar Artigas. 
Bnero Enrique, Mercedee 1061. 
Oavlglla IiUis O., 25 de Mayo 569. 
Etcbeyest Félix, Sarandi 456. 
Bamasso Ambrosio L., Andes 1660. 
Terra Dnvimioso, Juan C. Gómez 1340. 
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bra". 
Blenglo Bocea Juan, Juncal 1363. 
Carbonell Federico Ó., ^ de Mayo 494. 
Martines José Lnciano, J. EUauri 80. 
MendiTil Javier, Convención 1523. 
Miranda Arturo, Canelones 687. 
Pérez Olave Adolfo H., Bio Negro 1437. 
Peres Petlt Víctor, Agraciada 1754. 
Fraudo Carlos M., Juncal 1363. 
Bodríguez Antonio M., Bincón 638. 
Caviglia Buenaventura, Burgués 125. 
Jiménez de Arécbaga Eduardo, Treinta 

y Tres 1418. 
IJovet Ernesto, A. Chucarro 18. 
Maldonado Horacio, 25 de Mayo 511. 
Scblnca Francisco A., Mercedes 826. 
Del Castillo Serapio, Paraguay 1267 
Frugoni Emilio, 18 de Julio 979. 



ABqXTITEOTOS 
Plttamlglio Humberto, Ejido 1392. 

OONTADOBES 

Fontaina Pablo, Misiones 1430. 

ESOBXBANOS 



o Bamén, Sarandi 445. 
,uga Enrique, Buenos Aires 534 
aquó Juan, Soriano 1370. 



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KMro 
i^ali 
Daaud 



MÉDICOS 



Arias José F., Taguar5n 1436. 
Delgado José María, 8 de Octubre 120. 
Foladorl José, Constituyente 1719. 
Infantozzl José, Cuareim 1323. j 
ablgUani Francisco, Uruguay 1884. I 
Brignole Alberto, CJanelones 1241. ¡ 
Scosexla José, Maldonado 1276. | 
Vecino Blcardo, Piedad 1386. 
Mler Velázqnes Serrando, Continua- 
ción Agraciada 136. 
Toscano Esteban J., Uruguay 881. 
Caprario Ernesto, Uruguay 1223. ¡ 

OZBUJANOS DENTISTAS 



Osimani Alejandro, 
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18 de Julio y 



, < 













REVISTA H^MSURL 



DIHECTORES: 
PABLO DE GREÍíA — JOSÉ MARÍA DELGADO 




AGOSTO DE 1921 



SUMARIO : 



Ernesto Herrera 
Pablo de Grecia 
Vicente A. Salaverri 
Juana de Ibarbourou 
Perfecto López Campaña 
Carlos César Lenzi 
Clemente Entable 
Arturo S. Silva 
Antonio M. Orompone 



Teatro Nacional 

Ruy Díaz, el Cid 

El Hijo del León 

£1 ruego 

Espero y después. . . 

Los fantasmas 

Solidaridad 

Al hijo 

«Estudios indostánisos» 



Glosas del mes: Notas de casa — En el VI centenario del 
Dante, por Telmo Manacorda. — El momento español, por Emi- 
lio Samicl. — Notas bibliográficas: los libros del mes . 



Montevideo. 
URUGUAY. 



ANO VI. 
N.« 38 



f^iri- 



')"»»»?" ■ 



,. A. 3 



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Todo el material de ««PEGASO'' es Inédito 



COLABORADORES PERMANENTES 

Alberto Brignole. — Manuel Benavente. — Buenaventura 
Caviglia ( hijo ). — Ismael Cortinas. — Manuel de Castro. — 
Asdrúbal E. Delgado. — Eduardo Dieste — José M. Fernández 
Saldaña. — Emilio Frugoni. — Casar G. Ontiérr^. — Luis A. 
de Herrera.— Juana de Ibarbourou. — Julio Lerééá Juanicó. — 
Luisa Luisi. ~ Horacio Maldonado. — Julio Raúl Mendilahar- 
8u. — Raúl Montero Bustamante. — A. Montiel Ballesteros. — 
Emilio Oribe. — José Pereira Rodríguez. — Víctor Pérez Petit. — 
Carlos M. Prando. — Wifredo Pi. — Horacio Quiroga. — Santín 
Carlos Rossi. — Vicente A. Salaverri. — Emilio Samiel. — Carlos 
Sabat Ercasty. — Juan Zorrilla de San Martin. — Alberto Zum 
Felde. — Armando Vasseur. 



SECRETAEIO DE REDACCIÓN 

Telmo Manacorda 

Administrador: Alexis J. Delgado 

Correspondencir, : Avda. 8 de Octubre 120 

Teléfono: Uruguaya 311 (Unión) 

Suscripción mensual: $ 0.50 oro 



Montevideo (ümgnay) 



«*PEG4SO" se vende en todas las librerías 



Baíico Hipcrtetarií) #1 Uruguay 

INSTITDíkON DEL ESTADO 



CAJA E>E AHORROS 

Abona por los depésUos'^l B y 2 "lo anual 

Invierte Ira deptísitog por cuenta de los ahonjstas, en "Titules Hi- 
potecarlQi", los cuales al precio actaal, reditúan nn interés mayor de 
6 o|o anoaL ^ 

Los interel^^e esos "Títulos" se pagan ^imestralmente el l.o de 
Febrero, el 1." de Mayo, d 1.° de Agosto y el 1.^ de Noviembre de 
cada año. - ' * 

Zjos "Depósitos", mientras ao se Inviftrtaa en Títulos, y éstos con 
el "QHpdn" corriente, si la'lavecsUin y» te Jw hecho, pueden aet re- 
tiradra parcial o totalmente, ar^lHaliginier momento. \ 

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los "dupones" por adelantado, medlant^un pequeño descuento. 

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Los depósltM tienen la garantía del Estado, además de j«^ Banco. 

Lra "Títulos HIpoteefi'ióB" se emiten solamente contra lil- .garan- 
tía real de bienes inmuéhi^es, urbanos y rurales. 

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PEGASO 

REVISTA MENSUAL ^ MONTEVIDEO 

DIRECTOIIKS: Pable cl« Creeta— José María Oalcado 

AHStIie 1921. H* 3« — AIlVI. 



TEATRO NACIONAL 



De la obra inédita de Ernesto He- 
rrera, puesta a nuestra disposición 
por boniJad que mucho agradecemos, 
de sus herederos, extractamos hoy 
este estudio sobre Juan Moreira, en el 
que el notable dramaturgo, que junto 
con Florencio Sánchez tanto elevara 
el valor de nuestro teatro, pone de 
transparencia su fino espíritu crítico 
y su vigoroso concepto de pensador. 



Juan Moreira fué un precursor. De él nació nues- 
tra extirpe bravanzona y él encarnó en las almas de 
nuestros abuelos gloriosos; formó las montoneras he- 
roicas y en su poncho listado, amarrado con enviras a 
las lanzas de tacuara, tuvo la libertad de América su 
primer bandera. 

No es, pues, una imagen vana la que evoco como un 
símbolo propicio. Es el alma cyranesca del BergQrac 
nativo, nuestra alma de otras épocas, áspera y fiera, e 
indominable como una mg,ta de cardos, al par que sua- 
ve y blanca y perfumada como una margarita de la 
loma. 

Harto se me alcanza que en nuestra época pulida, 
lustrosa de civilización, disuena la salvaje rudeza del 



^ 






:-' ..-rV. 



Banco de la República Oriental del Uruguay 

y , . . Institución del Estado ^ 

\nüH fu ley <( 13 ie Mam it IS95 y rttift p«r li Ky Ortáiici <e 17 « Jilii it 1911 



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hasta la cantidad de % 1.000 

El Banco recibe esta clnse de depósitos en la Casa Cenlral y en 
lodiis sus dependencias, que son las siguientes: 

AGEINCIAS: 

Aguado: Avenida General Rondeau esq. Valparaíso. — Paso del 
Molino: Calle Agraciada 1)63 —Avenida General Flores:: Avenida 
General Floros 22(56.— Unión: Calle 18 de Julio 205.— Cordón: 
Avenida 18 de Julio 16.')ü, esq. Minas. . 

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co.— Deposita Vd. DOS PESOS y eu el acto 
se In ontregHrñ, GRATUITAMENTE, una AL- 
CANCÍA Porrada con llave, quedando esta 'la- 
vo guardada en el Ba«eo. Esos DOS PESOS 
SON PUYOS, gan.in interós y puede Vd. ro- 
tiinrlos cu cualquier raomcntu, devolviendo la 
Aloxiicfa. 

Una vez al mes, o cuando lo crea oportuno 
presenta Vd. la Alcancía, la que se abre a su 
vista y se le devuelve cerrada después de re- 
tirar el dinero que contenga ¿' acreditílrselo en 
su cuenta. Los saldos del dinero así deposita- 
do, ganarán el C "/o ^'^ irtoit's h.isla la suma 
do $ 1.000. — Las eautid.idcs mayores dr» $ 
I.OOO, no ganarán interís por el excoso. 

ICI Banco ba resuelto lanibión, eslablecer {vi- 
brólas de Caja de Ahorros a Plazn Fijo (a veii- 
ci'r cada seis meses), l'am osla clase de ope- 
raciones se ha fijado el interés de 4 12 "/o 
liasla la siuna de -S fiO.IKIO. 

El Estado resptnite directamoito de la emi- 
sión, dip.'Kilus y (ipoiaeioncs que lealire el Tancu. (arl. 12 de la ley do 17 de .lulio do 1011). 




• ( 



PEGASO 



REVISTA MENSUAL 



MONTEVIDEO 



DIRECTORES: Pablo de Grecia— José María Oelgadc 



Agosto de 1921. 



N.» 38 — Año VI. 



TEATRO NACIONAL 



J)(' la olii'a inódita de ICriiosto Hi^- 
irera, puesta a nuestra disposición 
poi' bondad ((iie nuiclio agradecemos, 
de sus hei'ederos, extractamos lioy 
este estudio sobre Juan INIoreira. en el 
que el nota])le drainaturfío. que jun'o 
cnn Florencio Sánchez tanto elevara 
el valoi' de nuestro teatro, pone de 
Iranspai'encia su fino espíritu ciático 
y su vigoroso concepto de pensador. 



fluaii ]\í()r<'ira l'ut' un })r('(ui'sor. l^io él nació nues- 
tra extirpo hravaiizoiía y él puearnó en las almas d;* 
mu'stros ahuolos g'loriosos; formó las montoneras he- 
roicas y ei¡ su poncho listado, amarrado eou euviras a 
h\s lanzas de tacuara, tuvo la libertad de Anu''rica su 
primer ])audera. 

No es, ])ues, una imaí»'en vana la que evoco como un 
símbolo ^irojiicio. Es el alma cyranesca del Px-riíer-ic 
nativo, uuestra abna de otras épocas, áspei-a y llera, e 
iudomiuable como una mata do cardos, al par que sua- 
ve y blanca y jerfunuida como una mari>'arita de la 
Unna. 

Harto se me alcanza que on uuestra época [lulida, 
lustrosa do civilización, disuena la salvaje rudeza de! 



"■■'t] 






' ''■"■. "Y*'' '''.•''•T<."?',» .': . 



50 



PEGASO 



centauro abuelo; pero no imitemos, negándolo o te- 
niéndolo en menos, a esos pobres rastacueros que, ha- 
biendo alcanzado por su suerte o por su esfuerzo, un 
lugar distinguido en la sociedad, se avergüenzan des- 
pués, como de un delito, de la humildad plebeya de su. 
cuna. La aristocracia de la sangre es una mentira, así 
en los hombres como en las naciones. Lo único verdad, 
lo único noble y digno de respeto, así en ellas como en 
nosotros, es lo que alcanzó el tesón, es lo que conquistó 
el esfuerzo, la espiga dorada que crece y fructifica re- 
gada por el sudor. No reneguemos, pues, de la noble 
rudeza del abuelo gaucho, torpe y analfabeto, que, a pe- 
sar de serlo, nos escribió la historia. 

Bien está qué las exigencias de nuestra época no^ ha- 
gan apartarnos de sus costumbres; bien, también, que 
sobre sus ranchos de terrón edifiquemos nuestras vi- 
viendas modernas y opongamos a sus ideas añejas el 
caudal avasallador de nuestras modernas ideas. Otros 
son los tiempos y otros los hombres y otros los cauces 
de las corrientes humanas. El siglo nuestro ha deste- 
rrado al suyo, porque es más nuevo y es más práctico 
y es más fuerte, y fuera tontería pretender que el hom- 
bre moderno se amolde a las ideas y a las costumbres 
y a las aspiraciones del hombre antiguo. Pero vivien- 
do nuestra vida dentro del siglo nuestro, no tenemos 
por qué renegar de los abuelos que vivieron su vida 
dentro del -siglo suyo. Puesto que somos parte de ellos, 
puesto que somos su consecuencia. 

Así, pues, al empezar este trabajo, en el que pre- 
tendo bosquejar la historia del teatro nacional, no he 
podido sustraerme al deseo de evocar su primer tipo, 
el precursor, tipo hermoso, grande, sanguinario y fie- 
ro del Cyrano gaucho. 

El arte, que es humano, está dentro y no por encima 
de la vida, está sujeto, por lo tanto, a las mismas exi- 
gencias, a los mismos cambios y a las mismas trans- 
formaciones de la vida. No creo por eso en el teatro 






TBATKO NACIONAL - 51 

criollo. Nuestra escena debe apartarse de la escena 
primitiva, y el gaucho debe desaparecer de los esce- 
narios como desapareció de la vida, desalojado por el 
hombre moderno, que vive, piensa y siente de acuer- 
do con nuestros modernos tiempos. Pero esa convic- 
ción, ese concepto, esa conciencia 'de nuestros fueros 
artísticos, no debe llevarnos tampoco al extremo anti- 
pático de desconocer nuestros orígenes, ni mucho me- 
nos a renegar de ellos. 

Hablemos, pues de Juan Moreira, una vez que pre- 
tendemos hacer la historia de nuestro teatro. 

Fué en la pista de un circo de lona, que cargaban 
sobre sus espaldas, ambulando por toda la región del 
Plata, cuatro histriones gauchos; fué en la pista de un 
circo, donde tuvo su humilde cuna este vigoroso teatro 
nuestro, que ya empieza a despertar interés en todo 
p] mundo, y que, quizá, como lo creía Garavaglia, está 
llamado a marcar rumbos al teatro universal. 

Y fué Juan Moreira, el gaucho aquel de nuestros bé- 
licos sueños infantiles, el héroe de aquellas pantomi- 
mas ingenuas y burdas que pretenciábamos de niños, 
con los ojos dilatados de asombro y el corazón des- 
bordante de entusiasmo, fué Juan Moreira, digo, el 
que echó sobre la pista de aquel circo los cimientos de 
este teatro. 

Todos le hemos visto de niños y nos hemos identi- 
ficado con él, como algo que es tan nuestro que hasta 
vive en nosotros. No es esta, pues, la ocasión de repe- 
tir la fábula que todos conocemos. Nuestro Cyrano 
gaucho, creado a su imagen y semejanza por la fanta- 
sía popular, altivo, como todos los gauchos, y hermoso 
como todas las fantasías, no es en la leyenda sino una 
de las tantas encarnaciones de nuestra alma nativa, 
que en la historia se llamó Artigas, o Rivera, o Flores, 
o Leandro Gómez, y en los anales de nuestra poesía 
silvestre, Santos Vega, o Martín Fierro, en las sapien- 
tes sentencias de la filosofía popular. En la leyenda 



-^ 



52 V PsoAso 

lio aparece para nada, el bravucón ocioso y peleador 
que se figuran muchos; en ella es, el protagonista, 
nada más que un amante celoso de su libertad perso- 
nal. Y, en este sentido, Juan Moreira, al trazar en el 
suelo con su facón la raya que ningún prójimo debía 
pisar sin que le costara la vida, obedecía al mismo es- 
píritu rebelde e indomable de Artigas, al trazar con 
su sable las fronteras patrias, que ningún extranjero 
•debía borrar sin que le costara la derrota. Y nacido en \ 
un tiempo en que no había, por desgracia para él, pro- 
digios libertadores que realizar, obedecía a su espíri- 
tu combativo en su afán libertario de abatir al fuerte. 

Tal concibió la leyenda, ese dulce poeta que se lla- 
ma fantasía popular. Puso su alma en su creación, co- 
mo ponen su alma todos los pueblos en la creación de 
todas sus leyendas. Por eso Juan Moreira amaba y 
por eso era poeta y por eso prodigiosamente valiente, 
como a su manera amaron y fueron poetas y prodi- : 
giosamente valientes todos los gauchos; por eso Juan 
Moreira, aquel Moreira que conocieron nuestros asom- 
brados ojos en el risueño amanecer de nuestra edad 
primera, no se borrará jamás de nuestra memoria. . 
Porque es nuestra alma de ayer, nuestro pasado, por- 
que somos en él nosotros. 

Creo que fué Ingegnieros el que, empeñado una vez 
en destruir la leyenda de Moreira, desenterró viejos 
infolios y escudriñó empolvados archivos, para pro- i 
barnos que nuestro héroe no había pasado en la vida | 
de un degenerado vulgar, con un algo de valiente y un 
mucho de bravucón. Y probablemente tenía razón In- 
gegnieros, que la leyenda suele ser com8 el brillante 
del químico, una sencilla y tosca piedra de carbón. 
Pero si esa le.yenda nos acaricia y nos perfuma el al- 
ma con una dulce sensación de poesía, como esa piedra 
brilla maravillosamente y nos llena de felicidad el 
poseerla, ¿por qué ese afán de analizar? ! 

"Jesucristo nunca ha existido"; "Homero nunca ha 



V X . ^ 



TEATRO nacion:al \ 53 

■ . ■ ,f 

existido"; o bien: ** Jesucristo fué un aventurero"; o ''i 

bien: "Homero no pasó nunca de un pobre y desam- 
parado mendicante vulgar", nos gritan encaramados 
sobre la pila enorme de sus mamotretos documenta- 
rlos, falsos o veraces, los vivisectores de leyendas, los 
eternos analizadores del brillante de la fábula, 

Y bien: ¿que nos importa? Concedámosles el triste 
triunfo de llegar un día a probarlo. También el cielo I 

azul, que todos vemos, ya lo dijo Argensola, no es cie- 
lo ni es azul. Pero para nuestras almas menesterosas ,' 
de sublime, para nuestros espíritus sedientos de ma- 
ravilla. Cristo seguirá siendo siempre Cristo, el dulce 
hijo de Dios, que nos dio un día el consuelo de bajar 
hasta nosotros para sufrir con nuestros dolores y llo- 
rar con nuestras lágrimas, y Homero seguirá siendo 
Homero, como ese cielo azul que todos vemos seguirá 
siempre siendo azul y seguirá eternamente siendo cielo. 



• * 



¿Teatro nacional f, se preguntan muchos. ¿Y qué 
es eso? ¿Y para qué necesitamos eso? Si nuestro^ ac- 
tores no son perfectos todavía; si nuestros autores no 
son maestros todavía; si el tal teatro nacional es defi- 
ciente y pobre, ¿para qué fomentarlo? 

Francia, España e Italia nos mandan anualmente 
sus mejores intérpretes para hacernos conocer sus 
magistrales obras. Guitry, Zacconi, Novelli y Borras 
nos son tan familiares a los americanos como a los eu- 
ropeos. Benavente es tan conocido aquí como en Es- 
paña. Y si podemos beber el arte en fueníes como es- 
tas, ¿para qué enípeñarnos en ensuciar nuestros labios 
en las aguas todavía turbias de nuestras regionales 
cachimbas artísticas ? 

Aparentemente asiste a los que argumentan de esta 
suerte, la más completa razón. Fundamentalmente, no. 



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''A 



54 PEGASO , 

El arte es universal, se dice, Hamlet llega tanto a 
nuestra alma como al alma de cualquier sajón, y una 
tela de Rembrandt o una escultura de Rodin, dan la 
misma sensación artística aquí o allá o en cualquier 
parte. Más todavía. El alma noruega de Ibsen, antes 
fué comprendida, sentida y admirada en Francia que 
en Noruega. 

Hagamos una ligera diferenciación entre las artes. 

La pintura, la escultura y la literatura misma son 
artes autónomas. No así la música y el teatro. I 

"El pensador" de Rodin, o "La Maja desnuda" de 
Goya, o el "Quijote" de Cervantes, impresionan nues- 
tra alma directamente; bebemos el arte en la fuente 
misma; mientras que en la música y en el teatro, obra 
como intermediario el temperamento del intérprete. 
Un actor sajón y un actor latino, nos servirán en el 
mismo Hamlet, dos príncipes de Dinamarca emotiva 
•mente distintos. Aún entre los mismos latinos, Zacco- 
ni, Guitry y Borras, pongamos por ejemplo, nos darán 
cada uno, a través de sus distintos temperamentos, la 
impresión de tres Hamlet distintos y los diversos pú- 
blicos, por su parte, también los sentirán diversamen- 
te y de una manera tanto más intensa cuanto más se 
acerque a su alma el alma del intérprete. 

Lo que quiere decir, que si bien el arte es universal, 
no puede serlo en igual forma la manera de sentirlo 
y mucho menos la de hacerlo sentir. Y nosotros somos 
ya una raza. Nuestro temperamento no es francés, ni 
español, ni inglés, sino exclusivamente nuestro. Ame- 
ricano; más que americano todavía: ríoplatense. | 

Tenemos, de acuerdo con las necesidades de nues- 
tra vida y con la na(turaleza de esta región, nuestra 
manera de ser, nuestras costumbres* y nuestro crite- 
rio ; nuestra manera de ver y sentir las cosas de acuer- 
do con ese criterio y dentro de ese temperamento. 

De ahí la necesidad de un teatro nacional, de un 
teatro nuestro, que refleje nuestra alma, que esté en 



, TBATBO NACIOITAL 55 

nosotros; escrito, pensado y sentido en americano co- 
•'mo escribimos, pensamos y sentimos nosotros. 

Por otra parte, eso de que nuestro teatro sea funda- 
mentalmente malo, no es verdad tampoco. Cierto que 
todavía es ingenuo, cierto que es pobre; pero cierto e 
innegable también, que analizándole profundamente se 
descubre en él un enorme caudal de arte espontáneo, 
una sinceridad y una amplitud de miras, como no se 
encuentra así tan fácilmente en todos los teatros. E?^ 
que, a pesar del vasallaje intelectual que lé rendimos 
en todo y siempre a nuestra vieja maestra europea en 
la escena, sin darnos cuenta quizá, hemos sentido la 
necesidad de ser nosotros. Tenemos un teatro ingenuo 
y pobre si se quiere, pero incontaminado, sano, autó- 
nomo, ajeno a toda influencia extraña, a toda subor- 
dinación. 

Tenemos un teatro que no se parece fundamentalmen- 
te a ninguno ; que concibe, realiza y sugiere en una for- 
ma absolutamente personal. Y si tenemos eso, ya te- 
nemos bastante, que sabido es que en el arte, como en 
la vida, lo esencial, lo primordial, lo fundamental, es 
tener personalidad. 

Tomemos como base para el estudio de este teatro, 
la obra de .Sánchez. Fué Florencio, nuestro inmortal 
Florencio Sánchez, el que recogió de la pista del circo 
el legado de Moreira. Y con aquellos histriones anal^ 
fabetos que componían la troupe de los Podestá y con 
aquel público hecho a las buífonadas trágicas de los 
Juagues de toda especié, que habían sucedido al Mo- 
reira, el cerebro robusto de nuestro primer dramatur- 
go hizo un teatro. ¿Cómo pudo realizarse aquel mila- 
gro artístico! 

Ernesto Hebkera. 



V 



RUY DÍAZ, EL CÍD CAMPEADOR DE VIVAR 



Ruy Díaz, el Cid Campeador de Vivar, 
Ya ganada Valencia, duerme sobre un escaño; 
¿Sueña, acaso, en la brega fatigosa del año, 
O en las nuevas ciudades que debe conquistar? 



Lo que sueña Mío Cid no importa a este cantar, 
Sí que en su tienda duerme ajeno a todo daño, 

Y mientras se arrebuja entre el riístico paño 
Ni la sombra del diablo hácelo parpadear. 

— Mío Cid, dice Bermuez, mientras Ferrando fuga, 
Poniendo en evidencia su condición de oruga, — 
El león de la jaula hase escapado y brama; 

Y os amenaza, os vola el criador! — Rodrigo, 
Imperturbablemente^ le responde: — ¡Oh, mi amigo. 
Déjame reposar otro rato en la cama! 



II 



Pedro Bermuez insiste: — Don Rodrigo es prudente 
No hacer chanza, la fiera os amenaza. En vano 
Pretenderéis ganar mAs villas al pagano^ \ 

Si el león que soltóse os desmancha en su diente. 



BUY DÍAZ, EL. CID 57 

Entonces Mío Cid, silenciosamente, 
Abandona el escaño, libre de armas su mano^ 
Mira a Bermuez, sonríe, luego al león africano, 

Y segunda vez ríe al peligro inminente. 

Bermuez, cuyo valor conoce el sarraceno, 

Atónito contempla al Campeador sereno 

Que avanza paso a paso... Lá fiera ante Rodrigo 

Inclina la cerviz con sumisión vasalla. . . 
Bermuez, el tartamudo, ante el prodigio, calla ... 

Y el Cid muestra una lágrima de reproche al amigo. 



Pablo de Grecia. 



X 



?■ '■ :■. V;, v ■":«•.'. J •«*• T?^! 



^ EL HIJO DEL LEÓN 

i 



Vicente A. Salaverri. uno de los 
fundadores de esta publicación, y co- 
laborador muy asiduo, nos adelanta 
uno de los capítulos de su próxima 
novela, que retralta la luieha de los 
hombres jóvenes y preparados en i^l 
campo rutinario. 



11 

Ahora, sin el agobio sentimental de los recuerdos, 
lia dormido toda lanoohe. Le induce a levantarse sua- 
ve claridad gris que entra por un postigo abierto. El 
cuarto, este cuarto amplio y destartaladote que lia de- 
bido mantenerse reservado en ausencia de la familia, 
molesta a Edmundo con su desaseo. Pocos muebles lo 
exornan: en el centro, una larga mesa comedor con 
hule; allá un armario; enfrente el ropero; un lavato- 
rio ; una ancha percha rústica, bien clavada en la dura 
pared. En el rincón más próximo, un escritorio de ca- 
jones desencolados; en el de allá — Edmundo ha sal- 
tado del lecho y se despereza junto a la palangana — 
el catre y una mesa de luz ; luego sillas ; un silloncito, 
deteriorado, de mimbre ; cuadros con fotografías de re- 
productores en las paredes; una tosca rinconera, con 
varios frascos recubiertos de polvo. . . 

Todo es sencillo, todo es viejo, sin confort. Los mue- 
bles fueron labrados con pinotea. El techo de la habi- 



■í;..r •■-■•.;,s-.:!íV^-»' ■ ■• ;; : ' '/ÍSiv, »■ 



EL HIJO DEL LDÓN 59 

tación es alto, ocultando un forro de madera la vista, 
nada estética, del armazón y la teja: una techumbre 
post-eolonial. 

Ya vestido, sale Edmundo al amplio patio, que apa- 
rece desierto. Las canaletas del aljibe panden a medio 
podrir. En la cocina, reducida y humosa, encuentra al 
mayodormo con la mujer, que sorben mate plácida- 
m^^ente, mientras en el suelo, comido de moscas, un gurí 
se frota los ojos pitarrosos. - 

El matrimonio hace escasos arrumacos a Edmundo; 
apenas si el hombre balbuce displicente : 

— ¿Pasó la noche 'bien! 

Pgr la cocina, el joven escapa al guardapatio, que 
debió ser hecho con ''piquete" blanqueados y siete 
alambres de acero. Decimos "debió", más que nada 
por los hilos, pues, a trechos, faltan la mitad. No hay 
más galas que unas matas de tártago allá dentro : unas 
matas de tártago, a cuyo alrededor escarban las galli- 
nas. Una perra barrosa le gruñe al dueño y un perrito 
barcino le hace fiestas, como si adivinara la condición 
de Edmundo. 

— ¡Quédese quieto, **Loco"! — grita una voz desde 
el galpón. 

Los peones fuman en rueda, a la usanza india, en 
cuclillas, esperando que scvles llame para tomar café. 
Son cinco individuos (a todos los cuales hubo de ver- 
los anoche Edmundo, mientras cenaban) ; cuatro son 
mestizos, y uno, el que parece más cordial, es un mu- 
lato, de tez casi negra. Se llama Abundino y tiene unos 
ojos nobles y alegres. Cuando se ríe, entre la cárdena 
pulpa de sus labios, brilla una dentadura equina, y la 
boca se le va de oreja a oreja. Tiene las córneas es- 
triadas de rojo. 

Otro peón es conocido por "Zorrillo". Los bigotes, 
ralos e híspidos, cáenle a lo chino. Pero debe ser su pe- 
lambre hirsuta lo que le vale el mote, porque hediondo, 
a lo menos en la forma del mulato, no lo es. 



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■ ■ ■ .*:• 



•* . 1 



60 PEGASO 

Luego está Segundo, con apenas diez y seis años, • 
pero grave, alto y fornido como un adulto en su ple- 
nitud. Sus facciones son tan lindas, que recuerdan las 
de una muchacha impúber. 

Al chacarero le llaman "Canario", por ser oriun- 
do de Solís. Es alto, desgarbado, flaco, de. tez biliosa, 
casi amarilla; mira a Edmundo como si previniera un 
peligro: de reojo. I 

El último es un viejo, grandote y tuerto, que res- 
ponde invariablemente cuando se le habla: | >^ 

— ¡ Sí, señor ! . . . ¡ asín es ! . . . 

El galpón, grande, resulta chico, porque tiene con- 
siderables deterioros y hácese preciso hacinar cuantos 
frutos — avena, cueros,- lana — se depositan allí. La 
paja brava del techo se ha podrido y, por lo visto, en 
víspera de lluvias, no hay mira de cambiarla. A la de- 
recha queda el corral y los bretes de la majada, exha- 
lando ese olor agrio, característico. A la izquierda un 
galpón, de lo más impropio, para las herramientas, y 
dos construcciones (la última de barro), para los to- 
ros y los caballos a pesebre. Atrás — y esto le produ- 
ce una dura impresión a Edmundo — hállase el ran- 
cliito de los peones, y adosado a su pared de ladrillo y 
barro, el chiquero, donde están los tres cerdos que se 
van a cebar. De una y otra dependencia sale un tufo 
que diera náuseas a cualquier i>ersona delicada: i 

— ¡Los hombres y los chanchos juntos! — masculla 
el ingeniero. — ¡Esto es un despropósito! 

Casiano, que le ha seguido, le objeta al punto, enco- 
giéndose de hombros: 

— ¡ Y, patrón ! . . . La gent 'el campo no es como la 'e 
la ceudá. Es más juerte y s 'acostumbra a todo. 

De nuevo ante la peonada, dice, por ocultar, su pé- 
sima impresión, Edmundo: i 

— ¿Nos lloverá hoy? I 

Dos jóvenes miran el cielo, sin arriesgar respuesta, 
mas el tuerto desliza su muletilla: / t 



EL HIJO DEL LEiON 



61 



— ¡Sí, señor!... ¡asín es!... 

De haberle dicho lo contrario, el grave don Pauta 
hubiera respondido lo mismo : 

— ¡Sí, señor!... ¡ansí es!... 

En esta mapana un poco triste y como desvaída, Ed- 
mundo añora los días felices de aquella infancia pró- 
vida, que va quedando lejos. Bajo los ombúes cincuen- 
tenarios, de anchos troncos amparadores, parécele que 
va a surgir su padre, el gigantón candido como un ni- 
ño, a quien con buenas palabras se le sacaba todo, pero 
que por malas no cejaría ni ante un regimiento entero. 
A medida que avanza, reconoce lugares. El clarín de 
los gallos taladra el espacio con su agudo sonido; unos 
pollitos claman nerviosos en torno de la madre, que 
alarga su cuello atornasolado y elástico descubriendo 
una opípara lombriz de tierra. 

— ^¡El café! — grita la mujer del capataz, desde la 
puerta de la cocina. 

Y los peones salen del .galpón y pasan frente al in- 
geniero; en todos los bjos hay vislumbres de descon- 
fianza. ¿En qué radica aquello?. . . ¿Es el carácter rús- 
tico? ¿Acaso desconfían o es que el mayordomeo los ha 
complotado? 

Y, sin embargo, Edmundo habrá de valerse de algu- 
no de estos hombres para saber, a ciencia cierta, qué 
es lo que, desde hace muchos años, está pasando en la 
estancia. - ' 

Dii más pasos. Sobre" la cabeza del joven se alza sa- 
grado, como una eucaristía profanada, el disco de la 
luna. 

Adviértese este otoño un poco de sequía. Cuando as- 
ciende el sol, los campos, que fueron de un verde oli- 
va intenso, al amanecer se tornan amarillos. Los vie- 
jos omlmes languidecen ya, presintiendo los fieros fríos 
invernales, y las acacias tienen hojas de mustio color 
flavo. Hacia el sur galopan nubes de tormenta, y el 



■ :M?< 



'^'JEí': '. 



■ ^',i 



6t 



PEGASO 



sol, que surgiera de pronto, como un rubí inmenso, a 
medida que asciende, se achica y decolora. En los al- 
tos espartillales brilla, hecho iris, el rocío. 

El paraje es ondulado, con escasa vegetación, sin 
más pompa que altas matas de tártago, entre cuyas ho- 
jas, anchas y musicales como los pámpanos áe Chipre, 
yérguense airosos racimos conteniendo la medicinal se- 
milla oleaginosa. De trecho en trecho, hacia el norte, 
una aglomeración de sauces' marca el sitio por donde 
se desliza, cauto y traicionero, el arroyo, un arroyo 
que parece manso y cuenta en su haber la desaparición 
(le muchos centenares de ovejas. Unas ringleras de ár- 
boles cina-cinas (debieron ser antaño cerco), se ex- 
tienden allá lejos, bordeando una tierra desigual, que 
se conoce que fué arada. En torno a los límites de la 
estancia se ven varias casas de material y algunos 
ranchos sórdidos. 

En su cuarto, le sirven a Edmundo el desayuno. Y 
mientras lo toma, más que con glotonería con prisa, 
piensa en lo que iba a sufrir su madre viendo la sucie- 
dad de aquella casa que ella, otrora, había limpiado 
tanto. 

¡Cuan lejos el buen sentido de los cabañeros nortea- 
mericanos, cuyas residencias son verdaderos parques ! 

Como espera a que le ensillen el caballo, vuelve al 
galpón, pero esta vez no encuentra a nadie. Mientras 
se obstina en descubrir el contenido de unas bolsas, sur- 
ge la figura aventejada de don Pauta, al que interroga : 

— ^¿No sabe si me fueron a ensillar caballo? 

— ¡ Sí, señor ! . . . ¡ asín es ! . . . 

V"e que entra el mayordomo, seguido del mulato 
Abundino, en el galpón de los toros, y Edmundo sigue 
a entrambos. El mayordomo se jacta : 

— í^^f patrón?... ¡Esto se llama envolver un re- 
productor en grasa! Por aquí cerca no hay quien los 
tenga ansina. | 



KL HIJO DEL LEÓN 6É 

— ¡ Claro, como que es un disparate ! 

Y el ingenierito cabecea ante la irritada estupefac- 
ción de su' empleado : 

— Si se tratase de un novillo, me parecería bien este 
exceso. Puede que ganáramos ahora el premio, en la 
exposición de gordura. 

Y ante el largo mohín díscolo del mayordomo, in- 
quiere: 

— Desde que yo los mandé de Norte América, ¿han 
dado estos toros muchas crías! 

La respuesta es a la manera gaucha, muy vaga, im- 
precisa : 

— Rigular. • 

— ¿A qué le llama usted regular? — conmina el in- 
geniero. — Entendámonos : regular a secas no es nada. 

Entonces el otro concreta: 

— Unos cincuenta temeros por año. 

— ^¿Cada toro! 

— ¡ Uf , dónde va ? . . . Entre los dos ... 

— ¡Es un desastre! 

— ¿Y ande 'ha visto qu'un toro cubra más de treinta 
vacas ? . . . 

— ^Si son toros de campo, naturalmente que no; pero 
le galpón, sirve ciento y hasta ciento cincuenta. Es 
cosa de saberlo llevar. 

— En rUruguay no pasa eso; en rextranjero podrá 
ser. ' 

Edmundo se descompone : 

— ¡ Usted no sabe nada ! 

— (Mire, patrón, que soy criao en el campo. 

— Tam^bién son criados en el campo los ombúes. 

— ¡Pero los hombuses no son cristianos, no hablan!... 

— ¡Y a muchos hombres les haría falta también no 
hablar! ' ' 

Eli mayordomo se amosca : 

— ^¡ Con que no le pregunten a uno ! . . . 



64 



PEGASO 



Dando vueltas de león enjaulado, el mozo ha balbuci- 
do como en un soliloquio: 

— ¡Qué falta de buen sentido!... Naturalmente, los 
animales, de puro pesados, no trabajan! 

— ¡A gente que los ha visto V han llamao la aten- 
ción ! — intenta justificarse el otro. • | 

— ¡ Claro, como si usted se exhibiera pesando dos- 
cientos kilos! 

El pardo Casiano, que entra en ese líiomento, presu- 
me de ocurrente : 

— ¿Sabe lo que pasa, patrón?... Que los animales 
extranjeros son poco enamoraos. Pasa lo que con los 
gringos: pa uno que salga diablón, los demás no dan 
juego, aunque le busquen muchachas gordas y lindas. 

Como buen rústico, Casiano antepone a la belleza fe- 
menina, la opulencia carnal. 

El mayordomo festejó con una risa forzada el inge- 
nio de su subordinado. Es un hombre alto y enjuto, de 
ojos pequeños y asombrados, nariz corta, frente exi- 
gua y pómulos salientes. Estás prominencias faciales 
se exageran al sonreír. Camina con cierta rigidez, dan- 
do juego a la rodilla y quitándole elasticidad a la plan- 
ta del pie. Siempre tiene un flaco pucho entre los labios. 
Para gastar menos tabaco, hace los cigarrillos finitos, 
liasta el punto de poder cortarle, impunemente, un 
borde de a centímetro, al papel de alquitrán. 

— ¿Y de verduras, cómo andamos? — se interesa 
ahora Edmundo. 

— Cuando hay quien plante, n 'andamos mal, 

— ¿Y quién es el que planta. . . cuando hay? — pro- 
fiere el joven con retintín, ante la salomónica asevera- 
ción de Lorenzo. I 

— ¡Algún pión! . . 

Edmundo quiere tener paciencia, pero siente que la 
flema le abandona. Es ahora un Albes : 

— ¡Hace falta quintero! 



■rr X- 



EL HIJO DEL LEÓN ' t^ 

El otro, en vez de asentir solícito, sin mirarle la ca- 
ra: al dueño, rie con socarronería : 

— ¡ Hacen falta tantas cosas aquí ! 

La velada insolencia le haoe mal y el ingeniero la 
contesta, con un leve temblor agresivo en las manos: 

^^¡ De eso me estoy dando cuenta desde que llegué !... 
I De que hacen falta muchas cosas! * 

Asomando por la puerta de la cocina, la mujer del 
mayordomo grita providencial en ese momento : 

— ¡ Lorenzo ! . . v ¡ Lorenzo ! . . . 

El hombre se va y no sobreviene la ruptura que el * 
pardo Casiano ya estaba temiendo. 

No olvida Edmundo la pésima impresión que reco- 
gió anoche, al examinar los libros de la estancia, llenos 
de faltas de ortografía, de precios hinchados y de bo- 
rrones: " . ' . . ' ' — 

— i Es este quien nos debe robar ! — rezonga para sí, 
sin poderle arrancar a sus ojos la imagen magra y an- 
tipática del mayordomo. 

Don Lorenzo (comor le dicen los subordinados) no 
vuelve por los galpones, sino que alarga su busto po\* 
la puerta de la cocina, vociferando: 

— Abundiiio, mira a ver si el capataz ha ensillao. 

y luego otra orden que al joven dueño se le antoja 
chocante: 

— ¡Pueden darle un caballo al patrón! 



Eeeorriendo potreros, Edmundo no se olvida del gri- 
to atrabiliario: "Pueden darle''. Don Lorenzo le pro- 
tege, ya está visto. • 

De repente, corta la sonrisa irónica y medita : ¿ En- 
tre qué sujetos ha caído? 

El temor de su madre, ante aquel intrépido y con- 
fiado viaje, ¿tiene justificaciónt 



íí 



••■sái. 



.r':.'.r>v 



é: 



I 



N. 



66 PEGASO 

¿Acaso hay más que el horroroso recuerdo de un 
crimen absurdo que la dejó viuda?. . . 

Solos durante años, haciendo y deshaciendo, torpe- 
mente, a su antojo, se ve que don Lorenzo y los allega- 
dos consideran aquello como "tierra conquistada". Se 
creen dueños de la estancia y va a ser necesario poner 
fin a un estado de cosas completamente anómalo. 

¡Aquello es suyo! " I 

Allí dispone solamente él y, mañana mismo, va a ser 
preciso inculcar el principio de disciplina, cueste lo que 
cueste. I 

Don Lonrenzo ve a Edmundo joven y menudo, v 
piensa que va a poder tratarlo como si fuese una cria- 
tura. ¡Pero se equivoca! Los brazos del joven son mus- 
culosos; su cuerpo, ágil, como que ha practicado en 
Norte América todos los deportes. Conoce, a la par 
del primero, el manejo de las armas. 

Si los otros piensan jugar con él, Edmundo va a 
darles Una lección muy dura. . I ; 

Vicente A. Salaverri. 



t '^ ■■ 



EL RUEGO 



Bajo él parral de donde cuelgan prietas 

Y lucientes, las uvas, 
Las moscateles ya casi maduras, 

Hoy he tetidido la mesa. 
¡Dios quiera que esta noche él no demore, 
Ni que, como otras veces, 
Con sus amigos por ''el centro" cene. 
Mientras yo aquí, ¡tan sola!. 
Concluyo por llorar si es que no viene! 

El reloj me da miedo. 
¡Ah^ .siquiera se acuerde 
Cómn crece mi afán en tanto espero! 
Hoy he comprado fresas 
Grandes y rojas como a él le gustan. 
Si no tarda, ¡qué linda nuestra cena 
En el patio fragante, 
Bajo la parra espesa!... 
\ Ahórrame, mi Dios, la cruel angustia 
De sentarme hoy también, sola, a la mesa! 



Juana de Ibarboubou. 



■J - 



\ 



ESPERO Y DESPUÉS... 



-^ 



— No, Enriqueta : la crítica en este caso compromete 
tu buena reputación. No se. juega así, impunemente, 
como tú lo haces, con tres o cuatro hombres a la vez. 

— Si fuéramos a sujetar todos nuestros actos a las 
veleidades de tan augusta matrona, estaríamos bien 
frescas. La crítica social, cuando quiere cebarse en 
nosotras, las mujeres, lo hace aún sin ifundamentos. 
Basta que una voz acusadora se eleve de la turba, para 
que nuestro nombre ruede de boca en boca hasta el 
pantano infecto... 

— Es que tú das motivos . . . En el transcurso de la 
semana hablas con tres distintos pretendientes, y eso, 
como comprenderás, no es noble ... Si lo hiciera algu- 
na de tus amigas quizás fueras la primera a censu- 
rarla ... 1 

— 'Si eso afirmas revelas no conocerme. Jamás he 
censurado faltas ajenas, y menos aún hechos tan ino- 
centes como los^que tanto te llaman la atención. Creo, 
además, que ninguna mujer se encuentra limpia de se- 
mejante pecado. . . - * 

— Pero lo ignora la mayoría ... Si tal delito come- 
ten, hacen lo humanamente posible para que no tras- 
cienda al mercado de la murmuración. Recatadas, se 
cuidan mucho, y aunque en su fondo hipócritas, son 
invulnerables a la maledicencia. Se puede blasonar de 
honrado, valiente y generoso, ajusfando únicamente 
todos loiS actos de la vida pública al control de los 
<lemás, á" las apariencias, al qué dirán... 






ESPERO Y DESPUÉS... 69 

( 

— Actitud que coarta el derecho que nos asiste para 
mostrarnos ^n público tal como somos, virtuosas o in- 
morales ... ¡Es curiosa la lógica de las gentes ! Por un 
lado sanciona el vicio, la inmoralidad y el fraude, siem- 
pre que éstos se practiquen en el seno del hogar, donde 
son más violentos y vituperables; y por otro, simula 
un desprecio que no siente, cuando el que los practica 
tiene la audacia inaudita de ostentarlos en público . . . 
Es la sanción de la gazmoñería... Y aún hay quien 
se atreva a condenarnos por gazipoñas y prejuicio- 
.sas!. . . ' ' ' ,• ^ ■■'■., - - ■■ •■ -. - 

— Yo no sostengo semejante disparate. i 

— Sin embargo, es lo único que se deduce de tus pa- 
labras. . . 

— ^üna deducción falsa . . . Vivimos en medio de un 
cúmulo de prácticas que es necesario respetar, apa- 
rentemente y con todas las violencias que tú quieras, 
con el fin de evitar injustos reproches, cuyas conse- 
cuencias únicamente nosotros sufrimos . . . Admito que 
se desconozcan algunos preceptos sociales, siempre que 
dicho desconocimiento no entrañe un peligro para 
nuestras aspiraciones futuras; pero, de esto a sancio- 
nar todo aquello que insensiblemente nos aleja de nues- 
tros s'femejantes, va una profunda diferencia . . . Ade- 
más, ¿qué ventajas obtienes en jugar con tres preten- 
dientes ? 

— Las mismas ventajas que ustedes los hombres ob- 
tienen cuando juegan con varias mujeres a la vez ..." 

— Es que a nosotros nos«^está permitida la elección. . .• 
Si miramos a una y a otra, es para buscar, en la co- 
rriente que pasa, la que más nos conviene o colma me- 
jor nuestras conveniencias económicas o sociales. . . 
Tú, como mujer, estás en muy distinto caso . . . 

— No alcanzo a comprender la causa de esa dife- 
rencia. 

— Fácil es, sin embargo . . . Dirige la mirada a tu al- 
rededor y comprenderás que es ley social. . . 



» 



■V, 



v;-.----\. 



70 PEGASO 

I 

— Y como tal, severa e inatacable . . . ¿ Yo, mujer, se- 
gún esa ley, debo esperar, como un objeto de lujo ex- 
puesto en los escaparates de un bazar, que alivien 
pase, estudie las ventajas de mi posesión, si convengo 
o no a sus fines buenos o malos, y me adquiera eii pro- 
piedad sin que se me conceda el derecho de aceptar o 
rechazar al comprador? Ridículo lugar deparas a la 
mujer, que, según las crónicas, es el alma de todas las 
reuniones, la que todo lo colma y espiritualiza. . . 

— Yo no la coloca en ninguna parte . . . Sostengo úni- 
camente que existe una ley sancionada por los siglos, 
que constriñe enérgicamente a la mujer la manifesta- 
ción amplia de sus sentimientos . . . Ella, aunque no es 
electora, puede hacerse elegir por el hombre que más 
vivamente colme sus aspiraciones de futuro . . . Todo 
depende de su tacto más o menos hábil . . . 

— ¿Y la que no lo tiene? 

— Que lo adquiera a trueque de cualquier pequeño 
sacrificio. , ■ \ . ■ 

— Es lo que actualmente hago. Me falta esa rara ha- 
bilidad femenina para adquirir un hombre, esposo o 
mártir, y la practico atendiendo y empleando iguales 
deferencias con mis tres pretendientes... ¿Hay en 
esto algún grave delito? 

— Sí ; pues que van contra la costumbre general . . . 
Esta, que no te condena a un solo pretendiente, te au- 
toriza para que tengas todos los que quieras o como 
tales se te demuestren ... Lo único que te prohibe es 
que hables con todos a un mismo tiempo, lo cual es 
muy distinto. . . 

— ¿Aunque sumamente ridículo? 

— Sí, muy ridículo, todo lo ridículo que tú quieras, 
pero es así, y como tal es necesario aceptarlo. 

— ¿Se nos prohibe innovar? 

— ^No ; no les está prohibido . . . pero ocurre que to- 
das las innovadoras han sido despiadadamente sacri- 
ficadas, antes, mucho antes, que por sus innovaciones 



ESPERO Y DESPUÉS... 71 

Layan logrado prosélitos... Tú puedes innovar si así 
te place y es tu voluntad, pero debes tener en cuenta 
que te sacrificarán ... 

— ¿Y si triunfo ? 

— Entonces todo cambia de especie. . . Mientras tan- 
to la murmuración ha empezado su obra . . . Ayer eran 
tus propios amigos y amigas los que censuraban acer- 
bamente tu extraña conducta . . . Mañana serán tus 
mismos adoradores que no aceptarán las razones que 
les brindes para sincerarte, sujetándolos a una prueba 
a la cual es muy difícil someterse. . . 

— Desplegaré todas mis argucias de mujer. Alguno 
de los actuales pretendientes o de los que aún han do 
venir, creerá en mi sinceridad, pues no todos los hom- 
bres, sin excepción ajguna, se sienten capaces de que- 
brantar el ascendiente que la mujer ejerce sobre su 
temperamento ... 

— Todos no son capaces, con la diferencia que los 
que a ti se dirijan, lo serán. 

— No te entiendo... Explícate con más claridad... 
¿Por qué los hombres que a mí S€ dirijan podrán sus- 
traerse a mi ascendiente! ¿Tengo algún defecto? ¿Aca- 
so no soy hermosa? 

— No tienes ningún defecto físico y, más aún, eres 
hermosa y agraciada. . . No creerán en tu sinceridad, 
porque tu conducta, que desde ya se censura, se opone 
a dicha creencia... Además, todos los que te preten- 
dan, más que por tus condiciones personales, se acer- 
carán a ti por la fama que habrás adquirido, cuando 
no por la calumnia de los que, víctimas de tus desde- 
nes, se han vengado pregonando tu deshonra . . . 

— Sabré demostrar que todo lo que de mí se diga, 
es falso . . . Habrá quien me lo crea y cuando eso ocu- 
rra y esté convencida de que es uno de los tantos que 
vinieron hasta mí ilusionados por una conquista fácil 
y rápida, se haya dispuesto a casarse conmigo, abando- 
naré la conducta observada gjiteriormente, destinando 



t£ 



PEGASO 



todo mi tiempo al fomento de ese propósito . . . ¡ Y tan 
segura estoy de que pronto me casaré ! ¡ Son tan ilimi- 
tados los recursos que poseo ! . . . 

— ¿ Si llegaran a fracasar todas esas seguridades de ^• 
futuro! . 'I 

— Tengo 25 años... Quiero ser pesimista y creer 
que aún me restan algunos años de espera, hasta los 
30, por ejemplo . . . Bien : espero tranquilamente liasta 
esa edad, y después ... , 

— ¿ Después, qué harjas ? [ ' 

— ¿Qué haría? • ' 

— 'Sí, mujer ; si llegando a los 30 no te hubieras casa- 
do y todas las probabilidades de poderlo hacer se hu- 
bieran extinguido . . . ¡ Tú no eres rica ! . . . I 

— Entonces... Pondría todas -mis ansias do mujer . 
en subasta y^ública... t 

— ¡Cómo! i 

— Como lo oyes . . . Por ahora espero y después . . . 
lo verás. . . No he de quedar para vestir santos. , . 



Perfecto López Campaña. 



LOS FANTASMAS 



Una noche de alucinaciones. 

Fría y blanca 

como esc}jdpida en mármoles eternos. 

La ligera brisa, 

de las horas nocturnas, 

habíase detenido de improviso 

y una inquiétuÁ pesaba, 

como un presentimiento, sobre el alma. 

Sin embargo, 

didce era la noche 

con la irradiación de las estrellas. 



La Loca golpeó sólo una vez a la puerta: 

¡Abre! 

Dora saltó del lecho de ébano, 

semideswuda y corrió hacia la puerta, 

con la febril curiosidad de un niño 

en una nocífíe de Reyes. 

Su cabellera roja . ' 

paseó la estancia en sombras 

como una llamarada. . . 

Un hombre blanco destacóse, 

libre de la camisa negra, como una estrella 

en la noche y sus ojos claros, 

con ojeras oscuras, eran como dos ánforas 

para beber la vida y la muerte, 

él dolor y él pecado. 



.*?■ ".-^■,f 



V:-\ 



74 _ PEGASO 

,Marcos, exangüe, 

no se movió en el lecho. 

Estaba helado ' 

y pujaba por arrancar el corazón del pecho 

que lo ahogaba. - ' \ 

Entró la Loca. Y como una lengua 
de hielo, se les entró por las narices .\ 
les lamió el cerebro y se fué i 

hasta el alma. 

— ¿Sientes? 
— ¿Qiié? 

— El gemir de las pobres almas 
en el Infierno. 

Marcos suspiró. Dora , 

volvió a interrogarlo: 

— ¿Sientes? 
— ¿Qué? 

— El trotar de los corceles 
de los invictos caballeros, 
que van en busca de las cautivas 
a la tierra de los infieles. 

Marcos abrió aún más los ojos. 

Se incorporó en el lecho. No dijo nada. 

A ella le floreció en los labios 

una, sonrisa boba... ] 

— ¿Sientes? 
—¿Qué? 

— Los martillos del Día 
que golpean en la fragua de la Noche. 

Marcos abrió la ventana. 
Como en una maravillosa urna, 
las estrellas caían 
en el alba. 



>í'^7 



A 



Ii06 FANTASMAS T5 

-¿Sientes? ' \ 

-iQuéf ■ ' 

- El fresco aletear de las palomas rosadas. 

Rompía el día. Del horizonte 

partió una sombra. . . 

Era un jinete negrOy 

que venia galopando en un caballo blanco 

hacia ellos. ' 

-¡Mira! . . .' 
-¡Sí! 

Dora se prendió, como con garras, 

al cuerpo de su hombre. 

¡Ay!... ¡No me dejes sola! ¡Es la Muerte 

que llega! . • 

Cayeron abrazados, 

muertos, a la primera luz del alba. 

Carlos César Lenzi. 



■*; 






-•. . J." 



SOLIDARIDAD 



Allá... en el País del Ensueño y en el Bosque de 
los Pájaros Azules, dos jóvenes se encontraron tras 
una lueecita blanca, armonía sublime de todas las al- 
mas de los colores. Y he ahí que esa lueecita sabe de 
nuestros fines: solidaridad interna, consorcio de los 
espíritus en contactos apacibles "como un claro de 
luna", receptores abiertos a una misma vibración es- 
tética, sugestiones recíprocas de ideas, que fecundan 
yendo de cerebro a cerebro, como el polen de planta a 
planta, síntesis en una conciencia colectiva, de los ma- 
tices que irisan todas las testas y con los cuales las 
ruecas mágicas del criterio hilan la hebra blanca del 
equilibrio psicológico ... 

Stirner de pie, el egocentrismo clama: "Mal haya 
toda causa que no es entera y exclusivamente la mía . . . 
Soy, como Dios, la negación de todo lo demás;, soy, 
para mí, todo ; soy el único . . . Mi causa no es divina 
ni humana, . no es ni lo verdadero ni lo bueno, ni lo 
justo, ni k) libre; es lo mío; no es general, sino única, 
como yo soy único". 

"Nada está, para mí, por cima de mí. . '' La egola- 
tría — por un fenómeno de perspectiva — no ve más 
que sus altares, donde quiere que todos se hinquen a 
adorar su único yo imperativo. Cree que todas las es- 
feras pitagóricas giran en su torno y que nadie más 
que "su único" oye la sinfonía celeste. El Universo 
— en la Metafísica de Pascal — tiene centro en todas 



SOLIDARIDAD s 77 



partes y periferia en ninguna. En realidad, cada hom- 
bre es como un punto alrededor del cual gravitara un 
mundo psíquico. El error estriba en la creencia de que 
nuestro Cosmos sea el único. Deslumbrándose con ilu- 
siones que arden bajo el cráneo, no se advierten las 
linternas que todos llevan más o menos encendidas. 

La prueba de que la base del egotismo^s movediza 
y deleznable, está en su propia médula : Nadie soporta 
menos la egolatría, mirada de afuera, que un ególatra. 
Rechaza con violencia que su ley se convierta — como 
diría Kant — en ley universal. 

Sin sostéiter con aquel tierno, sensitivo y hondo co- 
razón de nazareno, que se llamara Guyau, que "en la 
negación del egoísmo es donde tanto la estética como 
la moral deben buscar lo que no muere", pensamos 
que Ego enrojecido es un Sahara de la Etica. 

El amor propio — si invade como un cáncer — es el 
peor enemigo de la solidaridad, que no excluye, en 
manera alguna, los recogimientos silenciosos y medi- 
tativos. Es legítimo y necesario siempre que lo limiten 
el reconocer y respetar las otras vidas que llamean 
más allá de las nuestras. El secreto del triunfo — di- 
jera Pi.y Súñer — radica en saber limitarse. 

Lo infalible no mira al hombre: "Mira a lo divino". 
Y aún los dioses — en el pensar de Nietzsche y en el 
cantar de Heine — ¡ha mucho tiempo que han muerto! 

Sobre la negación, todo es fugaz como un "batir de 
alas". El reconocimiento de los valores positivos es , 
deber de toda inteligencia comprensiva. Y de ahí sube 
una de las venas que surten al corazón de afectos sim- 
páticos y solidarios. 

El sentimiento de "único" quema y a su calor se 
funde el oro de la amistad. El individualismo inflama- 
do y hermético separa — con el espesor del odio — a 
dos cabezas que se tocan. En sus dominios, toda rela- 
ción es epidérmica y calculada como en una Aritméti- 
ca de B^tham ; y en roces ásperos, de cada mortal ha- 



™-T'-«<ír J< ■ 



*' 



t8 



PEGASO 



ce una prevención. Así; ni soñar en uniones internas, 
en solidaridad afectiva e ideológica, que sin muerte 
del individuo en amalgama amorfa, puede afianzarse 
én ambiente de comprensión, de tolerancia, de ampli- 
tud... 

En el progreso intelectual, las ideas van de las al- 
mas más nutridas — afirmándose en éstas — a las al- 
mas menos nutridas, como buscando el equilibrio sin 
bajar el nivel de lo alto. Parece que el conocimiento 
se transmitiera — en la comunión de los espíritus — 
obedeciendo a ley análoga a la de Newton, en las trans- 
misiones del calor, con la difei^encia de que la cabeza 
más cargada, no empobrece en cada corriente : se acla- 
ra y se organiza. En este viejo solar, brillan inteligen- 
cias con la naturalidad de Sirio. De ellas la cumbre. 
Y congregarnos a sus claridades es uno de nuestros 
propósitos más sentidos. ,1 

La Vida enciende siempre un ideal, como una flor 
luminosa. Nada más desinteresado que el mismo razo- 
nar de los utilitarios, al defender su doctrina. Cuan- 
do Reyles escribe: "Sed interesados y duros para rea- 
lizar los deseos secretos de la Vida y servir a los hom- 
bres", ¿mueve la pluma bajo la mirada del Príncipe 
Rubio? En la frente del libro: "La Muerte del Cisne"; 
pero dentro, la resurrección en un lago azul de belle- 
za. La dialéctica de Reyles no busca vestir de amarillo 
en palacio de oro : busca la Verdad, por ansias íntimas, 
por deseos extraños al Príncipe Rubio, por inquietu- 
des morales, por instinto estético. 

Saber soñar es la sabiduría del sentimiento. "Sepa- 
mos construir nuestros sueños — habla France a los 
estudiantes de París; — sepamos darle una estructura 
científica. Con esta condición es útil y es bueno ser so- 
ñador. . ., sin las utopías, los hombres vivirían míseros 
y desnudos en las cavernas. De los sueños generosos 
salen las realidades bienhechoras". | 

Es necesario convencerse de una vez que el pénsa- 



SOLIDARIDAD ^ 79 

miento no sólo "no tiene patria", sino que tampoco 
tiene profesión. Desde el más modesto de los mirado- 
res internos, puede exclamarse con el poeta de Orifla- 
mas: **Más allá de la sombra, más allá del dolor, hay 
un miraje de esperanza, se abre una perspectiva de 
luz". 

A Ibraliim — el astrólogo en las maravillas del Al- 
liambra — bástale una abertura, que es como una pu- 
pila de su caverna umbría, para leer el porvenir en el 
rotar de los astros. Lo mismo a nosotros: una pupila 
abierta al Ideal, sírvenos para recoger rayitos del por- 
venir, que bajan de puntos ígneos de cielos desconoci- 
dos y piadosos. Mas el Ideal sangra y palidece si un 
"enérgico querer" y una acción tenaz no nos elevan 
y aproximan. Concebido, hay que irlo realizando, si no 
se torna cadáver. El triunfo sobre un obstáculo es aci- 
cate para nuevos triunfos. La voluntad que no se ejer- 
cita, caduca, y decepcionismos y desesperaciones muer- 
den nuestra vida por dentro, como los icneumónidos a 
sus ninfas huéspedes — dormidas para la acción, des- 
piertas para el dolor — cuando les devoran las entra- 
ñas respetándoles el sistema nervioso hasta su última 
hora, y así sufre todo el pesar y toda la angustia de un 
organismo que se deshace en mandíbulas de larvas ! 

Nuestra causa no se basa — como la de Stirner — 
en ''el único", sino en todos. — Nuestra obra es colec- 
tiva y reclama una voluntad colectiva. Nadie — como 
afirmara Ibsen — vive en la sociedad completamente 
irresponsable. Mientras la muchedumbre nó mire al 
cielo, no podremos consolarnos observando con En- 
jolrás — el aventajado discípulo de Próspero, en las 
páginas excelsas del Maestro cuyo nombre es nuestro 
blasión — que aunque ella no mire al cielo, el cielo la 
mira. • 

Creemos que todo el que sepa de constelaciones tie- 
ne el deber de enseñar a que se levante la vista. ¿Cuál 
el poder de los sabios en el progreso humano, si toda 



"«s^ 



80 



PEGASO 






:BC': 



su sabiduría lao va más allá de los sabios? ¡Quiénes co- 
♦seehen simientes en los libros, en las reflexiones o en 
el laboratorio, que las siembren en todos los surcos ; no 
importa que muchas no germinen en todas las tierras y 
en todos los surcos; no importa que muchas no germi- 
nen : Para responder a la humanidad que habla en nos- 
otros, basta que una prenda y prospere. | ' 



Clemente Estable. 



X 



AL HIJO 



¿Dónde estarás^ En la tiniebla eterna 
Hundo mi pensamiento por buscarte 

Y darte vida, antes que la vida 
De la fugaz materia me separe. 

Yo sé que vives, qu^e en mi senda vagas, 
Que eres un soplo que sacude mi alma, 
Que te adentras en mí, que te extenúa 
Una ansiedad sin límites, amarga, 

Y que imploras, imploras, y no puedo 
Saber si pides 

Seguir eterno en la tiniebla eterna . 

O palpitar con forma 

En la fugas materia. 

Sé que puedo arrancarte 

De tu nimbo de sombras, 

Darte la humana forma 

Para que puedas, como yo en el mundo, 

Rodar como un sonámbulo de auroras; 

O que puedo dejarte 

Solo en mi idealidad torturadora, 

Siendo en la eterna niebla 

Clamor que todo mi interior lo puebla 

De una plegaria que no sé qué implora. 

(¡Oh tortura, 

Recóndita amargura. 

Terror que anida, interrogante frío 

Suspenso como un símbolo en la oscura 

Vacilación del pensamiento mío!) 



X 



-".'-, : -I 



82 



PEGASO 



¡Saberme tu creador, y no poderle 
Dar mi imagen para no perderte! 

Y así ¿cómo serás tras de mi muerte? 

Si te dejo en la nada ¿será un crimenl 

Y si te doy la palpitante vida. . . 
¿Serás felicidad. . . dolor... partida.. 
O de aquellos que nunca se redimen? 



. ■■ < 






Arturo S. Silva. 



/ • 



" ESTUDIOS INDOSTÁNICOS 



>» 



De José Vasconc ellos 

El autor es un hombre de estudio, actual Rector de 
la Universidad de México y que posee profundos co- 
nocimientos filosóficos, especialmentes de los místicos 
clásicos y de oriente. Pitágoras y Plotino, como la filo- 
sofía oriental, le son familiares, y eso aparece desde 
luego en el libro que motiva esta nota, en el cual es 
preciso considerar dos cosas : el estudio de la filosofía 
hindú, y las opiniones personales del autor, expuestas 
al margen de la exposición de aquélla. En el primer as- 
pecto el libro resulta más completo que en el segundo, 
pues se notan apresuramientos y opiniones vertidas sin 
mayor contralor. 

Como libro histórico, sin embargo, es serio, claro, y 
servirá para vulgarizar ideas que solamente pueden 
conocerse en tratados que no están al alcance de to- 
do el mundo. Y aunque se tuviera al principio la espe- 
ranza de que el estudio del pensamiento antiguo de la 
India ocupara el primer lugar, tiene, en cambio, la 
ventaja de mostrarnos cómo se han formado las co- 
rrientes contemporáneas del pensamiento indostánieo 
que tanta importancia tienen en el pensamiento ac- 
tual del Occidente. Es así como tenemos una síntesis 
clara de las ideas de los yoguis d-e la escuela Ve- 
danta, de las sectas de Ramanuga, etc., en su verda- 



V 



84 PEGASO 

dera significación original, con las proyecciones quo 
tiene en ellas ese antiguo pensamiento brahmánico, 
sin las influencias de la propaganda que los ha desna- 
turalizado. Eif ese sentido puede el libro servir de co- 
rrección a las doctrinas vulgarizadas bajo el nombre 
de teosofía, o esoterismo místico, que arrancan de las 
opiniones de la Blavatsky y sus discípulos, para exten- 
derse en centros de propaganda muy en boga. | 

Por otra parte, a los hombres de Occidente, tan do- 
minados por el espíritu universitario, les hace mucho 
bien penetrarse un poco de las extraordinarias doctri- 
nas de Oriente, aunque más no fuera para combatir el 
excesivo materialismo ciencista, tal como lo pretende 
nuestro autor, y corregir, en un momento de descon- 
cierto espiritual, la idea de un progreso concebido como 
el triunfo de las apariencias brillantes. Estamos con el 
autor en que no puede concebirse como países progresis- 
tas los que solamente han derrochado su energía :ii 
obras aparatosas, como diques, gigantescos buques, 
enormes edificios o populosas fábricas, porque eso no ha 
aumentado, y quizás ha disminuido, la felicidad de los 
hombres o la quietud espiritual. Pero esto no debe ineli- 
iiarnos, como lo hace Vasconcellos, a rechazar como pro- 
greso todo lo que no sea conquista espiritual. Bergson 
plantea el problema en sus verdaderos términos, en una 
conferencia pronunciada en la "Sociedad de Investi- 
gaciones Psíquicas". La ciencia de Occidente se ha 
preocupado casi exclusivamente de aquellos conoci- 
mientos que tienen una aplicación mecánica; los hin- 
dúes han considerado casi exclusivamente, también, el 
espíritu. Vasconcellos presenta como una necesidad to- 
mar un camino o el otro, y prefiere el del espíritu, pero 
conviene no olvidar la maravilla que nos ha dado el 
primer criterio, nada más que con una forma de ac- 
tuar: el de la precisión. Un criterio que nos obligara 
a abandonar todo lo que puede haber de pedantesco 
o cerrado en nuestro conocimiento, nos permitiría, tam- 



ESTUDIOS INDOSTÁNICDS 85 

bien, dar a la ciencia del espíritu una importancia in- 
sospechada. Ahí estaría la solución, que consistiría en 
obtener la síntesis de las dos culturas, corrigiendo el 
afán inquieto actual con una fuerte aspiración moral 
y espiritual. El Occidente ha dejado un poco de lado 
el espíritu y nos ha dado, en cambio, una forma de 
progreso aparatosa y exterior. El Oriente ha vivido 
sólo con el espíritu y resulta su fómiula de progreso 
difícil, en parte, de adaptar a las necesidades de las 
grandes poblaciones, a las dificultades de la produc- 
ción y de vencer a la naturaleza ; cuestiones que olvi- 
dan un poco los que, como Vasconcellos, creen todo re- 
suelto con la adaptación de una doctrina que contem- 
ple la actividad del alma. Por ahora podremos aceptar 
que los problemas se simplifican, no olvidando las in- 
fluencias que vienen del espíritu. 

La fórmula que se presenta en los "Estudios Indos- 
tánicos" para calificar la civilización de Occidente re- 
sulta esí exagerada, y este carácter se nota más en di- 
versas cuestiones que se plantean en el libro como in- 
cidencias de este problema central. . 

Es así, por ejemplo, que no puede considerarse, co- 
mo Vasconcellos, que la intensidad espiritual aparece 
sólo en los países de clima cálido. Si comparamos la In- 
dia con el Norte de Asia, esta fórmula resulta cierta, 
pero, en general, no lo es. . . La América, tanto la ac- 
tual como la antigua, nos proporcionaría sorpresas 
con un ligero estudio: del lado de Occidente, por ejem- 
plo, los Incas, las civilizaciones Mayas, etc., aparecen 
en la zona tropical, con mayor desarrollo espiritual 
comparados con los pueblos de países más fríos ; pero, 
en esa misma zona, se encuentran todas las otras tri- 
bus: especialmente en el Norte y Centro del Brasil, 
¿no tenemos una civilización manifiestamente inferior, 
aunque de clima igualmente cálido? En cambio, allí 
podríamos tener las dos líneas divergentes de progre- 
so. Por una parte, la tendencia incásica al desarrollo 






86 PEGASO 

espiritual, por la otra, la tendencia guaranítica al co- 
nocimiento, práctico de la naturaleza, habiendo llegado 
a un progreso extraordinario en Botánica y Zoología. 

El progreso espiritual obedece, por tanto, a razo- 
nes más complejas y el criterio de Vasconcellos es uni- 
lateral y simplista; la parte de influencia de la natu- 
raleza se refiere a configuración del süeld, vegetación 
y quién sabe qué otras causas que no pueden individua- 
lizarse suficientemente. 

Y si dejamos el pasado, la América actual tampoco 
serviría para apoyar las teorías de Vasconcellos,^ Hay 
tres zonas que pueden individualizarse desde el punto 
de vista espiritual. 

El Brasil, eu pleno clima tropical, es el único país 
en el cual el positivismo se ha arraigado de tal modo 
como ciencia nacional, que todas las innovaciones filo- 
sóficas se juzgan de acuerdo con lo que modifican o con- 
servan del positivismo. Este es casi una religión na- 
cional. En México, en cambio, gracias al esfuerzo de 
hombres como Caso, Ñervo, Madero, el mismo Vascon- 
cellos, que en distintos aspectos han sido los directores 
espirituales de la juventud, la filosofía mística ha ad- 
quirido raíces hondas en el ambiente y no aparece co- 
mo creencia aislada de algunos hombres: sin embargo, 
México es menos tórrido que el Brasil. Nuestras repú- 
blicas del Plata-, con un clima menos cálido aún, no 
tienen ninguna tendencia dominante: predomina un 
dilettantismo ^ue hace apreciar todas las orientacio- 
nes sin apasionarse por ninguna: estamos como a las 
puertas que conducen a distintas civilizaciones y reci- 
bimos todo sin emocionarnos por nada, conservándo- 
nos siempre espectadores curiosos; y cuando toma- 
mos partido por algo, no pyerdemos esa actitud de es- 
pectadores. 

He ahí las tres únicas zonas que tienen un carácter 
especial en la América latina, desde el punto de vista 



^ 



SX. 



I 



ESTUDTOtí IXDGSTÁXICOS ' BX 

filosófico y, sin embargo, en ninguna de ellas se ratifi- 
can las conclusiones de Vasconcellos. 

Es que la parte más floja del libro consiste en las 
conclusiones de carácter científico. Y del mismo modo 
qu> no resiste a una crítica seria la afirmación refe- 
rente al clima y a las civilizaciones, tampoco pueden 
sostenerse ante el análisis, las otras conclusiones de- 
ducidas de la filosofía de los yoguis relacionadas 
con la alimentación carnívora como contraria al pro- 
greso; que aparecen como afirmación de carácter po- 
lémico y que desentonan con la expresión elevada de 
las otras doctrinas, realmente filosóficas, que tiene v'^1 
libro. • 

Hay, al parecer, en Vasconcellos, un poco de des- 
cuido en la preparación científica, o bien un afán de 
negar hechos para sostener una idea determinada: tal 
ocurre, por ejemplo, al sostener, sin mayor verifica- 
cióij y para justificar la creencia yanqui, de que la res- 
piración es la fuente de la vida, que en el mar los or- 
ganismos superiores viven cerca de la superficie. 

Los trabajos que tanto deben al príncipe de Mona- 
co, los estudios hechos por las expediciones, desde la 
del ''Challenger" hasta las del *'Albatros" y "Val- 
divia", con los trabajos de Agassiz, Lendenfeld, Brauer, 
etc., han hecho conocer una fauna extraordinaria, de 
animales tan complejos y-aón más que los viven en la 
superficie, a las profundidades más grandes a que se 
ha podido llegar, hasta 5,000 metros. Y esos eur^-plia- 
rinx, macrostomios, caetophrys, etc., pescados en dis- 
tintas expediciones, son la prueba más acabada de lo 
que venimos refiriendo. 

Todos estos detalles del libro afectan un poco su so- 
liden y lo hacen, a ratos, ingenuo, a pesar de las su- 
gestiones interesantes que de él brotan sobre cuestio- 
nes sociales y problemas relacionados con las mismas; 
y del ideal que se desprende, hecho a base de pensa- 






-■■y -■ ■ ■ ' .-^^ ■ ;- ■ '-:•-,■ r .'■'■■■^^■\t:i. 



88 PEGASO 

miento, cultura, desprendimiento y gracia que conden- 
san una fórmula sintética de ideal humano. I 

Pero es raro que se hagan en la América Latina, con 
la intensidad con que lo ha heoho Vasconcellos, estu- 
dios profundos de cuestiones filosóficas y mucho más 
raros son los libros que condensan un esfuerzo tan 
hondo como éste. 

Tal es el motivo que obliga a extendernos en consi- 
derarlo y esto contiene, implícitamente, nuestro más 
alto elogio. 



'O' 



Antonio M. Gkompone. 



GLOSAS DEL MES 



Notas de casa 

Desde el número próximo Pegaso incorpora a sus 
secciones habituales una crítica de arte, que nos pro- 
mete un intelectual ventajosamente conocido en nues- 
tro medio: el joven Carlos Herrera Mac Lean. 

Pegaso ha logrado con ello una valiosa conquista y 
se apresura a anunciarla a sus lectores, en el conven- 
cimiento de que la incorporación de tan prestigioso 
redactor dará lugar a bellas páginas de arte y de crí- 
tica, que son elementos imprescindibles en revistas de 
la índole de la nuestra. 

Al hacernos el honor de tan grata adquisición, sólc 
tenemos para decir que Herrera Mac Lean juzgará 
inensualmente pintura, escultura, arquitectura, expo- 
Sriciones, concursos y trabajos. De su amplio y profun- 
do conocimiento técnico, de su estilo brillante y pom- 
poso de escritor nuevo, de sus méritos intelectuale'^. y 
l>ersonales, nada hemos de adelantar que ya no se 
sepa. 

Con libertad, con autoridad, con personalidad, He- 
irera Mac Lean va a darnos esas exquisitas gracias de 
su prosa donde la armonía y el movimiento y el co- 
lor rompen los antiguos frisos y se adelantan bella- 
mente hacia la moderaidad. Espíritu jove/i y sediento, 
trae champaña en cálices griegos o vinos medioevales 



'.^yw^rf 






90 PEGASO 

en alias copas modernas: queremos decir, la expresión 
plástica, la x^erfección objetiva, vale tanto como el in- 
tento noble, como el alma pura. 

Pegaso se regocija altamente de poder anunciar tal 
cosa a sus lectores. 

£n el sexto centenario del Dante | 

- - 

El cielo de conferencias con que el Ateneo de Mon- 
tevideo rememora el sexto centenario del Dante, ha 
culminado en 1^ magistral disertación de Emilio Fru- 
goni, cuya elocuencia singular seduce. 

Si, como dice Emerson, *'los poetas son dioses libe- 
radores", he aquí que el gran poeta florentino ha sur- 
gido de nuevo, a la luz claudicante de nuestra civiliza- 
ción, para pasearse entre la multitud, hecho verbo de 
esperanza, clamor de serenidad, visión simbólica de li- 
beración que atraviesa seis siglos para hundirse en la 
claridad definitiva y lograr el saludo de todos los pue- 
blos del mundo puestos de pie ante su pasaje melancó- 
lico. . . Desde la gran montaña viene el Homero cris- 
tiano diciendo su voz de eternidad, — voz de Dios, dijo 
Frugoni, — y en la vieja emoción se renueva el cora- 
zón humano como en un óleo sacro. . ''Onorate l'altís- 
simo poeta", creador de Beatriz, — ''catedral de pie- 
dra viva", como le llama Zorrilla, — y honrándole ,13Í 
honráis la humanidad. Tal el concepto de la hora y la 
V bella gestión del Ateneo montevideano puesto en 

acuerdo con la "Dante Alighieri", que reúne en su 
círculo la italianidad de sus asociados y. la grandeza 
latina de la raza •' 'I 

Telmo Manacobda. 

EJ momento español ' | 

Cuando se interrumpe la vida sólita de la humani- 
dad, nosotros, buscamos los libros de Rafael Barret, 



GLOSAS DHL MES "91 

pwes aunque sus páginas adolecen de la urgencia con 
que fueron construidas, dañándose por momentos la 
explanación del pensamiento, en ellas se encuentran 
siempre indicios de una facultad previsora cuyo inte- 
rés van acrecentando los años. 

Estas jornadas trágicas de Marruecos nos compe- 
lieron a buscar, una vez más, aquellos libros amigos; 
el hombre extraño no dejó defraudadas nuestras espe- 
ranzas ; y en páginas motivadas por horas de dolor que 
entonces los moros dieran a Francia, ya dejó plantea- 
do su temor de que estos bárbaros, al fin y al cabo 
atrevidos, nos arrimen una buena y resnlten más civi- 
lizados que nosotros". / - 



•No es el caso de estimar si la conclusión es exacta, 
porque muy embrollado anda ese concepto de civiliza- 
ción, y tanto pudiera ser cierta la definición qae en sus 
página da Barret, como la que nuestra vanidad "emplea 
habitualmente. 

Pero sí, no es despreciable una de Barret, allí esbo- 
zada: puso, hablando de los moros, que ''mejor arma- 
dos quizá pudieran tener razón; mejor armados aún, 
podían fundar colonias en la costa extranjera — no 
sería la primera vez que los árabes han puesto el pie 
en Europa — y conquistarían el derecho de mostrarse 
susceptibles con las agresiones cometidas contra perso- 
najes marroquíes". 

Atreyido está eso, pero también está preñado de 
sugestiones importantes. 

Sin embargo, no vamos a apartarnos de nuestro mo- 
tivo entreverándonos por los matorrales de las com- 
plicaciones políticas. 

Nos conmueven, sí, estas horas del largo martirio 
de Esgaña, pero no- vale la pena detallar mayores com- 
plicaciones de nuestra intimidad. 



92 



PEGASO 



En el momento sólo buscamos avivar el recuerdo del 
extraño Barret, y señalar una vez más la riqueza de 
aquella inteligencia, en cuya amplitud cupieron tan 
bien las posibilidades del futuro, que ya alcanzamos 
la comprobación de algunas de sus especulaciones. 

Y mientras aparecen competentes exégetas a desem- 
polvar ese tesoro acumulado por un cerebro magnífi- 
co, puesto al servicio de un corazón de niño, ofrezca- 
mos los homenajes de nuestra humildad. 



Emilio Samieij. 



^;-ft;-::»':. i-v^:- .-■?.. > ;,;tj)' 



NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 



Inquietud. — Versoá. — Por Luisa Luisi. — Cooperativa Editorial 

"Pegaso". — Montevideo. — 1921. 

Afirma este libro una personalidad que se destaca ya con relieves 
propios y líneas personalísimas dentro de la lírica americana. 

Tono grave y profundo el de esta voz, cuyias vibraciones recóndi- 
tas no se pueden escuchar sino dentro de una atmósfera de recogi- 
miento absoluto y poseyendo un espíritu capaz de ser sensibilizado 
por sugestiones de naturaleza finísima y complicada. 

Luisa Luisi es, ante todo, una vigorosa mentalidad y esto, que 
constituye su decoro, es también una causa permanente de dolor, 
porque todo quiere penetrarlo; se diría que ausculta su sentimiento, 
en vez de dejarse arrastrar por él; que su psiquis se rebela a dejarse 
llevar con ojos vendados por la mano de la emoción 

He aquí la flor cuyo perfume y, frescura admiran todos los que 
pasan por su lado. La belleza; ella sabe "que liay un secreto oculto 
cu el fondo profundo de las cosas", y al mirar la flor ha de interro- 
garla: "¿En dónde está el secreto de tu gracia, flor perfumada del 
jardín soleado?..." O ha de inquirir del buey: "¿En dónde está el 
secreto de tu calma?..." Esta tendencia analítica es patrimonio de 
la sabiduría, pero es evidente que allí mismo donde el espíritu' se 
contrae con el propósito de investigar, las sensaciones emocionales 
se decoloran o quedan como paralizadas. 

Y no son sólo las cosas exteriores las que le producen este afán 
de averiguar el secreto profundo de su existencia; ella misma sabe 
que es un misterio y se atormenta por encontrarse: "Saber que hay 
una perla iridiscente — en el fondo más hondo de uno mismo — y 
perderse año a año sin hallarla — en este inmenso océano del yo! ... " 
Preguntarse angustiado: "¡Guando soy yo que te hablo y que te rio, 
— cuando resbalan por mi rostro — lágrimas mías, jugo de mí mis- 
ma, — y cuando son tristezas ancestrales — y cuando son las voces 
de los muertos — que desde el fondo de los siglos hablan!. . . " 

Estas persistentes e incontestables interrogantes, dan al libro un 
aspecto de templo sombreado y taciturno, edificado lejos del tumulto 
de los senderos y hasta donde pocas veces llegan voces de niños, 



94 PEGASO 

ni ramos fréseos, ni besos pasionales, ni nada de lo que constituye 
lo amable y simple de la vida. 

La inquietud de Luisa Luisi es hondamente dolorosa y enredada 
casi siempre con tribulaciones metafísicas que la hacen golpear a 
cada mojnento la .puerta de los enigmas. "¡Alma mía! — • grita en 
uno de sus poemas — te mueres de seriedad" y, suspira por "tener 
la frivolidad mágica, por reir con la risa clara de la primavera ..." 
Jamás lo podrá, porque su musa es demasiado honda para ser simple 
y la lleva fatalmente hacia el dominio de lo trascendental y de lo 
grave. 

Ni convendría tampoco que se esforzara por conseguirlo, porque 
iría contra su naturaleza y iperdería el intenso sello personal q^ 
caracteriza a su poesía. Aquí es sincera consigo mismo y se nos pre- 
senta tal como es: una gran poetisa torturada por la sombra de lo 
enigmático y a quien dinamiza el sentido trágico y hondo de la vida.' 
— J. M. D. 

La Fiesta del Espíritu.— .Por Horacio Maldonado. Montevideo. — 1921. 

" — ¡Mira cómo hormiguea la gente! 

" — ¡Oh, miremos hacia arriba, no miremos hacia abajo! | 

" — No, miremos hacia abajo desde esta altura. Por elevarnos no 
debemos desdeñar la tierra. Piensa en que nuestra torre se apoya 
sobre ella ' '. 

Así hablan los dos amigos a quienes Maldonado hace dialogar en 
un ambiente de serenidad, un poco lejos del mundo, pero no tanto 
qu« dejen de escuchar sus ruidos, mirar sus hombres y contemplar 
el espectáculo de la vida con todos sus horrores y magnificencias; 
porque en la tierra andamos, y si bien el espíritu necesita abstraerse 
y reconcentrarse para purificar su juicio, éste de poca cosa vale 
cuando no ha sido originado por impresiones reales o traduce una 
inquietud orientada en el sentido de mejorar y. embellecer las con- 
diciones del hombre. 

Así no se percata en este nuevo libro del autor, ningún adcmáji 
violento, ninguna reacción agitada contra dardos clavados en carne 
propia, — tal como en "La Ofrenda de Eneas", — ni tampoco ua 
alejamiento excesivo del medio ambiente, complicado con cierta ten- 
dencia hacia lo abstracto — como en "El Sueño de Alonso Quija- 
no". — Maldonado parece haber adquirido el imperio de la templan- 
za y una armonía interior capaz de abroquelarlo contra las pasiones 
desordenadas. 

Como no podía dejar de suceder en un pensador, el espectáculo 
social contemporáneo lo atrae vivamente y no puede resistir el in- 
flujo de las corrientes modernas. Hay capítulos en el libro, como en 
el de "Lázaro y el rico malo", — el más jugoso del volumen — que 
no titubearía en firmarlo un frenético comunista, ^llí se dicen frasea 
como ésta: "edad dichosa en que todas las cosas eran comuaea y 
no se conocían estas dos palabras: "tuyo" y "mío". Y se repiten 
las profecías de Isaías:" ¡Ay de los que juntan casa con casa j he- 



MOTAS BIBLIOGRÁFICAS 95 

reclad con heredad hasta acabar el térznino! . . . " Y las palabras de 
HÍnoch: " ¡Ay de vosotros, los que . construís palacios con el sudor 
de los demás! Cada una de las piedras que lo componen es un peca- 
do. .. " Y más adelante: "Sí, pero el mundo se asusta de esa rebe- 
lión. Habla de desorden, de anarquía, de caos y llama al orden, a la 
disciplina y, al ejército en su auxilio, i Quieren volver a los tiempos 
en que Lázaro enseñaba su miseria como un perro apaleado?..." 
Y, por fin, este enorme sacrilegio, que le ha de atraer má«s de una 
excomunión: "¿Por qué no decirlo? Los Lenine, con todas sus arro- 
gancias y errores, me parece que le están preparando a la humani- 
dad una senda mejor. Del caos brotaron los mundos armoniosos: del 
caos ruso bien puede brotar tina tierra de armonía..." Xo diría 
tanto yo, porque creo que la armonía no podrá existir jamás en don- 
de anden los hombres, pero si una tierra menos irritantemente in- 
justa. 

Como se ve, el autor aborda problemas palpitantes y no ha hecho 
sólo un libro de bellos conceptos literarios, sino de afirmaciones filo- 
sóficas y sociales, más o menos rotundas, pero lo suficientemente ex- 
presivas, como para que no se tengan dudas respecto a su intimo 
sentir. 

El libro está escrito con ese pulimento y prolijidad que caracteriza 
la obra anterior de este vigoroso literato. Ha introducido, sin em- 
bargo, en SK' arquitectura una novedad: Ja forma dialogada, con lo 
que, a nuestro juicio, ha conseguido dar el autor a "La Fiesta del 
Espíritu" mayor amenidad y agilidad, sin contar con otra de l.*is 
ventajas del diálogo: la de obligar a ser concreto y determinante. 
— J. M. D. 

I ■ ■ ■ 
El Ultimo Hijo del Sol. — Eomance dramático. — Por Carlos M- 

Princivalle. — Montevideo. — 1921. 

La simple lectura de una obra dramática no autoriza para abrir 
un juicio definitivo. Lo que se ha escrito para ser dicho en el esce- 
nario, tcniend'o en cuenta todos los efectos y factores del arte tea- 
tral, no puedí, racionalmente, ser comentado cuando llega al espíritu 
por vía del libro. 'Así ocurre que han fracasado en escena piezas que 
leídas parecían destinadas a un éxito absoluto, lo mismo que lo con- 
trario ha podido evidenciarse infinidad de voces. 

No tuvimos la suerte de asistir a la representación do este bella 
romanee dramático, verificado por la compañía Arrellano-Tesada el 
año 1915, ni recordamos la forma en que fué recibida por la critica, 
aunque mucho nos tomemos que el autor haya visto naufragar mu- 
chas de sus más legitimas esperanzas por deficiencia y frialdad de 
los actores, por pobrezas de decorado, y, en fin, por todo ese cúmulo 
de contrariedades, obstáculos e indiferencias con que tienen que lu- 
char los autores dramáticos, más todavía los que hacen arte supe- 
rior, en estas tierras de América. 

De todos modos, nos parece indudable que Princivalle ha escrito 
con el "Ultimo Hijo del Sol", un romanee dramático que no tiene 






9t) , PKíiASO 

absolutamonte nada que envidiar a los que nos envían de ultram^ir, 
y que causan las delicias de nuestro público en las clásicas tempora- 
das de Doña María Guerrero y Don Fernando Díaz de Mendoza. 

El romance, en efecto, se desarrolla con arreglo a una técnica y 
dentro de un realismo histórico irreprochables; la inspiración a cada 
instante brota llena de frescura; el interés se mantiene tenso durante 
los cuatro actos; la fluidez de la rima evoca a las grandes liras his- 
pánicas del siglo de oro; en fin, todo en esta obra lleva a la conclu- 
sión de que el autor está dotado de excepcionales cualidades ,para 
«ultivar la literatura lírico-dramática. — J. M. D. 

Todos los Pecados. — Poesías. — Por Alejandro Sux. — París. — 1921. 

"Al salir de un music-hall, en París"; "En un banquete'', "En 
una taberna del Barrio Latino"; "Barcelona, desde lo alto del Ti- 
bidado"; "Después de una manifestación socialista"; "Cuando co- 
nocí a Leopoldo Lugones"; "En los subterráneos de Verdún, des- 
pués de la tercer batalla"; "Montmartre, en una taberna de apa- 
ches..."; así la mayor parte de las poesía» del volumen, llevan al 
pie el sitio en que fii'eron escritas o los motivos que las inspiraron. 

Tal vez por esto Sux, en este libro, sugiere la idea de un poeta 
esencialmente impresionista y dominado por la neccs^idad imj)eriosa 
de rimar sus sensaciones inmediatamente de producidas, cu el mismo 
sitio que le agitaron el alma. J 

Parece repudiar el silencio y la estrechez de los gabinetes; su me- 
sa de trabajo son los rincones de la taberna, las piedras de los mon- 
tes, la borda del vapor, los bancos de los jardines públicos. 

Despoja así, a sus versos, de artificio y estilizamientos y les da, 
«n cambio, una energía, una franqueia y un color de vida que lo ha- 
cen destacar como uno de los más vigorosos poetas actuales do habla 
castellana. 

Y he aquí un hecho curioso: no obstante esta espontaneidad, que 
podríamos llamar instantánea, su poesía no tiene nada de epidérmica, 
ai transitoria; hay siempre, en elüt^jdeas que hacen pensar honda- 
mente, o símbolos que admiran por su concordancia, o vibraciones 
sentimentales que se adentran hasta la raíz de la emoción. 

A pesar de vivir Sux en París, la ciudad mareante, reina de la 
moda y el capricho, parece resistir heroicamente al influjo de las 
modernas innovaciones literarias: su musa se mantiene fiel al verso 
rubendariano. — J. M. D. j 

Almanaque SandAicero. — Paysandú. — 1921. 

Merece un franco elogio Manuel Benavente — su director artísti- 
co — por el empeño puesto en la realización de esta obra. Vasta- 
mente vinculado, como está, con la mayor parte de la gente de le- 
tras americana, ha podido reunir en sus páginas a un grupo selceíc 
y compacto de poetas y prosistas nuestros y extranjeros, que dan a 
este almanaque el valor de una pequeña antología. — J. M. D. 



I 



Cooperativa Mtorial MMíí "Pegaso" 



m 



Para la protección y dlfasión del libro uruguayo 



Presidente: Dr. AsdbtJbal E. J)ELaADO 



Acaba de lanzar sus primeras obras: 
"LA PRINCESA PERLA CLARA" 

Comedia feérica de José Maria Delgado 

"INQUIETUD" 

Poesías de Luisa Luisi 

«LA MUJER INMOLADA» 
Novela uruguaya de Vicente A. Salaverri 

"LOS POETAS SÁLTENOS» 

Estudio critico de Telmo Manacorda 



Pida estas obras en las librerías. Toda gestión, por 
carta a la Gerencia • 

8 DE OCTUBRE I20.-Mdntev¡deo 

Representantes en la Argentina: Agenda General de Libre- 
ría y Publicaciones, Rivadavia 1573 - BUENOS AIRES. 



; <• 



»■.. 



V» 



9Ü l'liGASO 

absolutaiiiento nada que envidiar a los que iios envían (U- ultrani^r, 
V que causan las dcru-ias de nuestro iiúblico en las clásieas tempora- 
cias di' Doña María Guerrero y Don Fernando Díaz de Mendoza. 

El romanee, en efecto, se desarrolla con arreglo a una técnica y 
íl?ntro de un realismo histórico irreprochables; la inspiración a cada 
instante brota llena de frescura; el interés se mantiene tenso durante 
los cuatro actos; la fluidez de la rima evoca a las grandes liras his- 
[láuicas del siglo de oro; en fin, todo en esta obra lleva a la conclu- 
sión de que el autor está, dotado de excepcionales cualidades .para 
cultivar la literatura lírico-dramática. — J. M. D. 

Todos los Pecados. — Poesías. — Por Alejandro Sux. — París. — 1921. 

"Al salir de un music-hall, en París"; "En un banquete", "En 
una taberna del Barrio Latino"; "Barcelona, desde lo alto del T¡- 
bidado"; "Después de una manifestación socialista"; "Cuando co- 
nocí a Leoiioldo Lugones"; "En los subterráneos de Vcrdún, des- 
pués de la tercer batalla"; "Montmartre, en una taberna de apa- 
ches..."; así la mayor parte de las poesías del volumen, llevan al 
iiie el sitio en que fueron escritas o los motivos que las inspiraron. 

Tal vez por esto Sux, en este libro, sugiere la idea de un poeta 
esencialmente impresionista y dominado por la neccsida<l imfioriosa 
de rimar sus sensaciones inmediatamente de ¡iroducidas, cu el mismo 
sitio que le agitaron el alma. 

Parece repudiar el silencio y la estrechez de los gabinetes; su nii- 
sa de trabajo son los rincones de la taberna, las piedras do los ¡non- 
tes, la borda del vapor, los bancos de los jardines i)úblicos. 

Despoja así. a sus versos, de artificio y estilizamientos y les ila. 
en cambio, una energía, una /ranqueia y un color de vida que lo ha- 
cen destacar como uno de los más vigorosos poetas actuales do habla 
castellana. 

Y he aquí un hecho curioso: no obstante esta espontaneidad, qr.e 
podríamos llamar instantánea, su [¡ocsía no tiene nada de epidérmica, 
ai transitoria; hay siemi>re, en ella, ideas que ha.-on ])cnsar honda- 
mcnt", o símbolos que admiran i)or su concordancia, o vibraciones 
sentimentaleí* qiie se adentran hasta la raíz de la emoción. 

A pesar de vivir Sux en París, la ciudad mareante, reina de la 
moda y el capricho, parece resistir heroicamente al infiuío de las 
modernas innoNUciones literarias: su musa se mantiene fiel al verso 
rubeudariano. — J. M. D. 

Almanaque Sandnicero. — Paysandú. — 1921. 

^lerece un frartco elogio Manuel Benavente — su director artísti- 
co — )ior el empeño [luesto en la realización de esta obra. Vasta- 
mente vinculado, como está, con la mayor parte de la gente de le- 
tras americana, ha podido reunir en sus páginas a un grupo soléete 
y compacto de poetas y ¡irosistas nuestros y extranjeros, que dan s 
ostc almanaque el valor do una pequeña antología. — J. M. D. 



Cooperativa Editorial LiioitaÉ "Pep" 




Para la protección y difusión del libro uruguayo 



Presidente: Dr. Asdeúbal E. Delgado 



Acaba de lanzar sus primeras obras: 
"LA PRINCESA PERLA CLARA" 

Comedia feérica da José Maria Delgado 

«INQUIETUD" 

Poesías de Luisa Luisi 

"LA MUJER INMOLADA" 

Novela uruguaya de Vicente A. Salaverri 

"LOS POETAS SÁLTENOS" 

Estudio critico de Telmo Manacorda 



Pida estas obras en las librerías. Toda gestión, por 
carta a la Gerencia 

8 DE OCTUBRE 120. -Montevideo 

Representantes en la Argentina: Agencia General de Libre- 
ría y Publicaciones, Rivadavia 1573 - BUENOS AIRES- 



'U 



t '^<''7?=' - . 






GUIA DE PROFESIONALES 



ABOGADOS ' 

Herrera Luis Alberto, Larrañaga. 
Moratorlo Eduardo L., D&ym&n 1387. 
García Luis Ignacio, 18 de Julio 1246. 
Arena Domingo, Convención y 18 de 

Julio. 
Delgado Asdrúbal, Convención y 18 de 

Julio . 
Miranda César, Bonlevar Artigas. 
Bueró Enrique, Mercedes 1061. 
CavigUa Luis C, 25 de Mayo 569. 
Etclievest Félix, Sarandi 456. 
Bamasso Ambrosio L., Andes 1560. 
Terra Duvimioso, Juan C. Góntez 1340. 
Barbarouz Emilio, Hotel "La Alham- 

bra". 
Blengio Bocea Juan, Juncal 1363. 
Carbonell Federico C, 25 de Mayo 494. 
Martines José Luciano, J. Ellauri 80. 
Mendívil Javier, Convención 1523. 
Miranda Arturo, Canelones 687. 
Pérez Olave Adolfo H., Bío Negro 1437. 
Peres Petit Vietor, Agraciada 1754. 
Prando Carlos M., Juncal 1363. 
Bodrígues Antonio M., Binc¿n 638. 
Caviglia Buenaventura, Burgués 125. 
Jiménez de Arécliaga Eduardo, Treinta 

y Tres 1418. 
Uovet Ernesto, A. Chucarro 18. 
Maldonado Horacio, 25 de Mayo 511. 
Scbinca Francisco A., Mercedes 826. 
Del Castillo Serapio, Paraguay 1267 
Frugonl Emilio, 18 de Julio 979. 



ABQUITECTOS 

Pittamlgllo Humberto, Ejido 1392. 

CONTADOBES 
Fontalna Pablo, Misiones 1430. | 

ESCBZBANOS 

Negro Bamón, Sarandi 445. 
Pittaluga Enrique, Buenos Aires 534. 
Daquó Juan, Soriano 1370. 

MÉDICOS ! 

Arlas José F., Taguarón 1436. 
Delgado José María, 8 de Octubre 120. 
Foladorl José, Constituyente 1719. 
Infantozzi José, Cuarcim 1323. 
Ghlgliani Francisco, Uruguay 1884. 
Brignole Alberto, Canelones 1241. 
Scoseria José, Maldonado 1276. 
Vecino Bicardo, Piedad 1386. 
Mier Vel&zqnez Servando, Continua- 
ción Agraciada 136. 
Toscano Esteban J., Uruguay 881. 
Caprario Ernesto, Uruguay 1223. 

CZBUJANOS DENTISTAS 

Oslmani Alejandro, 18 de Julio y 
Vázquez. 



DEGASO 

REVISTA MíINSURL 



DIRECTORES: 
PABLO DE GRECIA — JOSÉ MARÍA DELGADO 




SETIEMBRE DE 1921 



■'■ . -^" 


SUMARIO: 


Alfonso Broqua 


La Cruz del Sur 


Pedro González Gastellú 


Plenitud 


Francisco Alberto Schinca 


El Uruguay y la cultura italiana 




Raquel Sáenz 


Nocturno 


Musa femenina 


Antonia Artuc- 






cio Ferreira 


Como una caja 


Víctor Pérez Petit 


Cosas de hormigas 


Blas S. Genovese 


Primavera 


Carlos Herrera 


Mac Lean 


Crónicas de arte 



Glosas del mes: Alfonso Broqua por José María Delgado. 
BES de casa. — Notas bibliográficas 



Co- 



Nontevideo. 
URUGUAY 



ANO VI. 



' Batito Hipoteeario del Uruguay 

''-*«* INSTFIUCION DEL ESTADO ¡m, .»«,, 



,„ CAJA DE AHORROS 

Abona por los depósitos el 6 V2 7o anual 

Javlerte los depósitos por cuenta de los aboiristas, en "Títulos Hi- 
potecarlos", los cuales al precio actual, reditúan un interés mayor de 
6 o|o anual. 

Los intereses de esos "Títulos" se pagan trimestralmente el l.o de 
Febrero, el 1.* de Mayo, el I." de Agosto y él 1.* de Noviembre de 
cada año. 

Iios "Depósitos", mientras no se inviertaa en Títulos, y éstos con 
el "Cupón" corriente^ si la inversión ya se ba becho, pueden ser re- 
tirados parcial o totalmente, en cualquier momento. 

Hace préstamos con la garantía de los Títulos depositados y paga 
los "Cupones'" por adelantado, mediante un pequeño descuento. 

Entrega alcancías para el depósito y guarda de los tiborroa peqoeftos. 

Iios depósitos tienen la garantía del Estado, adorna» de la del Banco. 

Los "Títulos Hipotecarios" s« emiten ánliiuiwHe eostri Ift garan- 
tía real de bienes inmuebles, urbanos y nrales. 

Las libretas que entrega, contienen Us cMMefMM» de I« iveaación. 



CALLE MISIONES, 1429, 4435 y 1459 

BANCO FRANCÉS 



^r:- . -v:: Superviene k Císu^ 

(SOCIEDAD COLECTIVA) 

.'; ! BSTnBLBeroe BN BL AÑe 1887 

423-25 DE IIIAYO-427 MOHTEVIDEO 

Efectúa toda clase de operaciones bancarias, en el País y con 
- . , todas las plazas del mundo. 

COFFRES-FORTS (cms d. segirwid) 

para el servicio del público. 
Caiüa en Baenos Aires 

SUPERVIELLE & Cía. 

150 HAV HARTIN \ PASAJE «ÜEHES 

. J. U. OOBLEBO. Gerente. 



Yt Cr- ■ . .:. ■ 

Todo el material de '<PEOASO'' es inédito 

COLABORADORES PERMANENTES 

Alberto Brignole. — Manuel Benavente. — Buenaventura 
Caviglia ( tiijo ). — Ismael Cortinas. — Manuel de Castro. — 
Asdrúbal E. Delgado. — Eduardo Dieste — José M. Fernndez 
Saldaña. — Emilio Frugoni. — Casar G. Outiórrez. — Luis A. 
de Herrera.— Juana de Ibarbourou. — Julio Lerena Juanicó. — 
Luisa Luisi. — Horacio Maldonado. — Julio Raúl Mendilahar- 
su. — Raúl Montero Bustamante. — A. Montiel Ballesteros. — 
^ Emilio Oribe. — José Pereira Rodríguez. — Víctor Pérez Petit. — 

Carlos M. Prando. — Wifredo Pi. — Horacio Quiroga. — Santín 
Carlos Rossi. — Vicente A. Salaverri. — Emilio Samiel. — Carlos 
Sabat Ercasty. — Juan Zorrilla de San Martin. — Alberto Zum 
Felde. — Armando Vasseur. 



SECRETARIO DE REDACCIÓN 

Telmo Manacorda 

Administrador: Alexis J. Delgado 

Correspondencif. : Avda. 8 de Octubre 120 

Teléfono: Uruguaya 311 (Unión) 

Suscripción mensual: $ 0.50 oro 
Montevideo (Uruguay) 



''PEGASO" se vende en todas las librerías 



Banco Hipotecario del Uruguay 

INBTn UCION DEL ES.TADO 

CAJA DE AHORROS 

Abona por los flepósitos el O [o 7o (i'^ual 

Invierte los depósitos por cuenta de los ahorristas, en "Títulos Hi- 
potecarios", los cuales al precio actual, reditúan un interés mayor de 
6 o|o anual. 

Los intereses de esos "Títulos" se pagan trimestralmente el 1." de 
Febrero, el 1." de Mayo, el 1." de Agosto y el 1." de Noviembre de 
cada año. 

Iios "Depósitos", mientras no se inviertan en Títulos, y éstos con 
el "Cupón" corriente, si la inversión ya se ha hecho, pueden ser re- 
tirados parcial o totalmente, en cualquier momento. 

Hace préstamos con la garantía de los Títulos depositados y paga 
los "Cupones" por adelantado, mediante un pequeño descuento. 

Entrega alcancías para el depósito y guarda de los ahorros pequeños. 

Los depósitos tienen la garantía del Estado, además de la del Banco. 

Los "Títulos Hipotecarios" se emiten solamente contra la garan- 
tía real de bienes inmuebles, urbanos y rurales. 

Las libretas que entrega, contienen las condiciones de la operación. 

CALLE MISIONES, 1429, ÍAÓV) y U59 



BANCO FRANGES 

Superviene & Cía. 

(SOCIEDAD COLECTIVA) 
BSTnBLEeiDe e\ el año isst 

423 25 DE MAYO-427 MONTEVIDEO 

Kt'eclúa loda clase de operaciones bnncarias, en el País y con 
todas las plazas del mundo. 

COFFRES-FORTS (Cajas de Seguridad) 

para el servicio del público. 
Cana en Buenos Aires 

SUPERVIELLE & Cía. 

150 NAN MARTIN Y PASAJE Gl EME» 

.1. M. (iOKI.iatO. (icrriitp. 



. Iaaiitaol6a. dal Bstado 

» .. — 

CiliTi W¿ - lOcneitt - rfhfitit M 

hMU 1» «uttiU é» é 1<ÍW 

kl Banbo recibe ésta elasÍB dé depositó» en lá GÜM Céélirü)'^ en 
lódns sus dependéDéiasv que son las sfguieates: ' <^>i 



'C/'l 



'.•TT^-ínj. 



AGEXCIA8L 



. A9j^bM9^.A■v•Ilida QeneMl,EtoBdeau eag. V^Ipajrafsow— P^,so del 
Molino: Calle Agraciada 963. — Avenida uenerat Fiores: Ayénida 
General Flores 2266.— Unión: Calle 18 de Julio 205.-t:oHón: 
Avenida 18 de Juiio 16G0, esq-. Mittás. 

Clik HACIORAt »B AHCteSM T »nCtKinNMI, «debita éa«- ettMáUél» 

Horario de 1m dependenctof de ^^piul: de 10« 12 jA« 14 • 16.— Lo« SáUdos de U) • 12. 

iM afetAeti ea lÉ' niTe tfet kbbrto AA^tí- 

•K-l>epMto«4. O»» ««SeS 7 «« 4 «cío 

w le enlMurá, QBATUITA1I£;nÍE. um Ah- 

- i¡Aimi¡mtim «oír ntr*, queidwMl^l» Hm- 

fiOK SVtiSi, tfítMn íúitrS» j poéde VoTre- 
UnrÍ9B,'«^«wiyfiiier p<«Mn|Ok ^evolriendo Is 

Ud* Tea al mea, o cusn^ lo crefe oporttino 

preaenU Vd. I« Alcsacf», I» q«e •• akreiji en 

* Tiata 7 ae le dernelTe cenada deapuéa de re- 

" ftiiar eb(UiMr9^a^pd|ilcg|a 7^eredlM0ei«) en 

|su coMta. koa aaMNjipdlii 

do. gAard/et 6 % mirAt 

/• -do $ iTs«r-^i 

l.QOO, no ganarán teteréa por el ex'eeao. 

Ei Baneo Jn leMsIto también, eataMcoer Li- 

' U«U* leuC^UThofroa n Plaao Fijo (a ren- 

eer cada aeia aaeaea). Fára eata claae de ope- 

,, . ^ J}l>ftU*d<^jpíBnt^dlrectamtntedelaeml- 

■Ifo, depdsiloa 7 opernclones qne realiec el Banco, (hrt. 12 de n Irj de 17 de Julio de 1911). 





?üfti)a^55e 8Í> 2£iiC, <íl HO'; -.'MHT lOl) 







EGASO 



REVISTA MENSUAL 



MONTEVIDEO 



DIRECTORES: Pablo de Grecia— José María Oelgadc 



SetMre de 1921. 



N.' 39 — Ai» VI. 



LA CRUZ DEL SUD 

Drama lírico ^n tres actos y cinco cuadros. Letra y 

música de Alfonso Broqua, Decoraciones y 

trajes de Alfredo Guido 



Argumento. — ^Personajes: Nagüey 31 años, Telen 17 
ídem, Andrés 35 ídem, Yurú 51 ídem, Ignacio 65 ídem. 
Un saerificador. Guerreros caichaquíes. Indias. Una 
india con su hijo. Voces ocultas. 

(Los nom^bres autóctonos no obedecen a razones ét- 
nico-lingüísticas) . 

La acción de esta obra se desarrolla en los valles 
Caichaquíes (provincias de Salta y Catamarca, Repú- 
blica Argentina), a fines del siglo XVI. En ella, al ri- 
gor histórico prima el criterio de fantasía evocativa, 
actuando personajes de dos civilizaciones, con sus 
creencias y hábitos: los autóctonos sudamericanos y 
los españoles o sus descendientes adaptados. 

Ciertas características de los principales personajes. 
— Nagüey, cautiva de una tribu calchaquí, blanca ro- 
bada en su niñez y favorita del cacique. Sus gestos y 
aspecto general, son más de india que de española, 
aunque en el fondo de su alma laten atavismos cristia- 
nos, materializados en la cruz; como no la halla en el 



Binco de la República Oriental del Uruguay 

Institución del Estado 
fiNaH rwlviU im Mar/i « IISS y rtiMí tu la Lty Orfiíica * 17 «f JiM ^ 1911 



Casa Central : Cali* Zabala esquina Oerñto I 

Caja de Akorros - Alcancías - Libretas de Ca|a de Alorros a Plaze Fijo 

^ '■ ' ' !<•■ depósitos ea Caja de Ali»rro« Aleaocfa, f oaaa del taUréa de • % 

hasta la caatidad de $ 1.000 

El Banco recibe esta clase de depósitos en la Casa Central y en 
todas sus dependencias, que son las siguientes: 

.. : .'«--.,....... AGENCIASf;. i. „....:." . I 

Aguado: Avenida General Rundeau esq. Valparaíso.— Paso del 
Molino: Calle Agraciada 963. — Avenida General Flores: Avenida 
General Flores 2266.— Unión: Calle 18 de Julio 205.— Cordón: 
Avenida 18 de Julio 16!>0, esq. Minas. 

CAJA NACIONAL DE AH0BR08 T DESCUENTOS, Coléala ea«. Cladadela 

""''J SUCURSALES •■'-'■ ■■^>-- . ' 
En todas las capitales j poblaeloaes Inportaatcs de los departaaieatos. 

Horario de las dependencias de la capital: de 10 a 12 r de 14 a 16.— Los Sábados de 10 a 12. 



Jji alcnncfa es la liare del aborto dom^sti- 
eo.— Deposita Vd. DOS PESOS y en et acto 
se le entreguríi, GRATUITAMENTE, una AL- 
CANCÍA eerrada con liare, quedando esta *la- 
re Kxardada en el Saneo. Esos DOS PESOS 
SON SUYOS, ganan interés y puede Vd. re- 
lirarlqa en etuUquier momento, derolriendo la 
Alcancía. 

Una rez al mes, o cuando lo crea oportuno 
presenta Vd. la Alcancía, la que se abre.^ su 
rista y se le deruelre cerrada después de re- 
tirar el dinero que conteaga y acreíutAnelu en 
su cuenta. Los saldos del dinero asi de^sita- 
do. ga«Mria el 6 '/o de ir.terfc baata If suma 
-' de $ 1.000. — ÍMB cantidadrs mayores de $ 
1.000, no ganarán interés por el exceso. 

El Banco ba resuelto también, establecer Li- 
bretas de Caja de Ahorros a Plazo Fijo (a ren- 
eer rada seis meses). Para esta clase de ope- 
raciones se ha fijada el interés de 4 1/2 % 
hasta la suma de $ SO.OOO. 

£1 E^ta^o resptnde directamente de la emi* 
•iin, depósitos y operaciones qne realice el Banco. Cart. 12 de la ley de 17 de Julio de 1911). 




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PEGASO 

REVISTA MENSUAL MONTEVIDEO 

DIRECTORES: Pablo de Grecia— José María Del8:ado 

Setiemüre de 1921. N." 39 —Año VI. 



LA CRUZ DEL SUD 

Drama lírico ('ii tres actos y cinco cuadros. Letra y 

música (le Alfonso Broqla. Decoi aciones y 

trajes de Alfredo Guido 



Aryuínoito. — ^Persoiiajes : Nagüey 31 años, Telen 17 
ídem, Andrés 35 ídem, Yurií 51 ídem, Ignacio 65 ídem. 
Un sacrifícador. Guerreros calcliaquíes. Indias. Una 
india con su liijo. Voces ocultas. 

(IjOs nombres autóctonos no obedecen a razones ét- 
nico-liugüísticas). 

La acción de esta obra se desarrolla en los valles 
Calcliaquíes (provincias de Salta y Cataniarca, Repú- 
blica Argentina), a fines del siglo XVI, En ella, al ri- 
gor histórico prima el criterio de fantasía evocativa, 
actuando personajes de dos civilizaciones, con sus 
creencias y hábitos : los autóctonos sudamericanos y 
los españoles o sus descendientes adaptados. 

Ciertas características de los principales personajes. 
—Naejüeij, cautiva de una tribu calchaquí, blanca ro- 
bada en su niñez y favorita del cacique. Sus gestos y 
as])ecto general, son más de india que do española, 
aunque en el fondo de su alma laten atavismos cristia-* 
nos, materializados en la cruz; como no la halla en el 






98 PEGASO 

f .^ í 

desierto, en los instantes de intensa angustia anímica, 
la encuentra en el cielo; el amor por un blanco la de- 
vuelve a su primitivo estado de europea. Telen, hijo de 
Nagüey y del cacique Yuiú, efebo en quien no se lian 
fundido las dos sangres, dando esto lugar a violentas 
transiciones psicológicas. Yurú, cacique de la tribu, se 
expresa con carácter de bestialidad y pesadez, animan- 
do todos sus actos y sentimientos, el amor a la tierra 
y el odio al invasor; no obstante, su amor a Nagüey 
domina. Andrés, español, colono y soldado, adaptado 
a la naturaleza americana, héroe precursor del gaucho. 
La música, eminentemente moderna, se inspira en 
tres aspectos estilizados del sentir sudamericano y es- 
pañol: el indio autóctono, el canto popular criollo e 
hispánico. Primitivamente escrito sobre un texto cas- 
tellano, la expresión del drama brota del idioma. 

ACTO PRIMERO 

i 
I 

PRIMER CUADRO i ' 

Cumbre en las montañas. Gruta con abertura sobre el 
valle sembrado de piedras paradas (menhires). Fon- 
do iluminado con luz azul. En el centro de la gruta 
hierve en una olla (puco) el veneno o el curare, des- 
tinado a emponzoñar las armas, despidiendo negra 
humareda. Cuevas laterales de donde surgirán algu- 
nos personajes. 

La gruta estará iluminada de abajo a arriba, con luz 
de hoguera. Entre la gruta y el fondo, un lugar in- 
termedio, en penumbra, ocultando los personajes que 
por ahí pasan. Vasos, escudos, ponchos. 

Escena I. — Impera un espíritu .salvaje y bestial, evo- 
cador de un pasado remoto. Telen llama a los indios 
(que en la obra tienen un papel secundario musical y 
vocal, pero muy importante plásticamente, — éstos le 
responden: ¡aliú! ¡ahú! y danzan frente a la hoguera, 



V,- I 



.^^■: „N* 



IJA CRUZ DliL SUD i 99 ' 

desordenados y frenéticos. Impregnan sus lanzas en el - [. 

veneno y algunos beben en toscos recipientes. ^ 

Esctna II. — Aparece Yurú, que impone silencio a la 
tribu y llama a su liijo Telen, diciéndole que la augus- 
ta raza oscura y brava clama por que olvide a Nagúey, 
"la que fué blanca". Tden ya no recuerda; "mañana 
al alba serás jefe — prosigue su padre — lo serás, si 

sabes teñir tus manos con la sangre humana". — "Mi '; 

único delito, dice Telen, es ser hijo de blanca, pero * v 

"probaré que por mis venas sólo corre sangre de Yu- 
¡ú, mi padre amado ".-Se posterna. Los indios prosi- 
guen sus danzas, en tanto que Yioú reclama al que en , 
martirio redimirá a ^'í^íoí. 

Escena III. — ^Surge el sacriñcador, arranca un niño 
a una india presente y los indios lo introducen en un 
vaso que es arrojado al vacío, previa ofrenda de Yurú .. 
a Pacha-Mama, Madre tierra de las religiones ameri- 
canas. Los indios exultan: "Telen es de los nuestros! ^ 
¡Ya no es hijo de la blanca Nagüey!" • 

En el valle aparece la figura extática de Nagüéy. 

Yurú pide a su hijo que no traiga prisioneros, "pues . 
tu padre en época lejana no supo extecminar, . . aun 
es la blanca su solo amor. . . Adrede erró su flecha, 
ésta . . . que es madre de la muerte ". " -. 

Telen que a lo lejos ve a su madre, escúrrese hacia 
ella cantando en voz baja: "Dulce madrecita del indio 
niño". Las indias señalando a Nagüey profieren frases 
contra ella; Yurú las impone silencio diciendo: "la es- 
clava blanca, la de los ojos color de luz de estrellas, " 
ordena en el reino de Yiirú'J. ^ 

La música de este cuadro es de violentísimo color: 
son ritmos, aullidos y tintes de ferocidad; el canto se 
expresa en inflexiones y rugidos. 

SEGUNDO CUADRO 

(Noche estrellada en el valle entrevisto en el cuadro 
anterior; habitación de Nagüey rodeada de menhi- 



^r*:'- v'^'^-t'^ "■ ' r^;"^'-;--^/^:/ 



\ . 100 PBOASO 

res. A lo lejos, arriba, la precedente gruta iluminada 
por fuegos que se extinguen; en primer término, a 
la derecha, una hoguera). 

Escena I. — Se oye la voz lejana de Telen que se acer- 
ca entonando su canción de amor filial ; tierna canción 
de un sentido humano, en la que el hijo cariñoso pre- 
gunta, a la madre, por qué se complace siempffe en con- 
templar la bóveda estrellada . . . 

hsoena II. — .Llega junto a Nagüey, juiei le impri- , 
me un largo beso en la frente*, diciéndole : ' ' Telen, dul- 
ce hijo mío. Telen, mi niño!". Se lamenta de que su 
hijo no sepa rezar, aunque ni ella recuerda las oracio- 
nes, tan niña la trajeron a la tribu. • | 

"Yo sufro, madrecita de mi alma, y sangro penas** 
— dice Telen con exaltación, pidiéndole que* entone la 
canción "del sueño" que cantan a los niños españoles. 
Nagü^y, meciéndole dulcemente, le susurra el arrorró, 
en tanto que a lo lejos óyese el ¡ ahú ! ¡ ahú ! de los indios. 
Telen, en cuya alma chocan constantemente los impul- 
sos ancestrales indio y español, se incorpora y, exal- 
tado como un demente, exclama: "¿iSoy indio? ¿Soy 
niño? ¿Soy hombre? ¿Soy fiera? ¿Soy hijo de una 
blanca, dulce como el perfume de la mañana?, o bien, 
¿soy tigre? ¿Soy puma? ¿Sé lo que soy? Sí, algo sé. . . 
Soy Telen, Mañana al alba ya no habrá extranjeros en. 
mi tierra. Vengaré las injurias; todas las que la raza 
sufriera!" — '*Mi indio niño!" — exclama Nagüey y 
Telen responde: "Soy fiera!" 

Nagüey implora perdón al cielo por su hijo, pero és- 
te lleva en incremento su blasfemia. Ella se desespe- 
ra, rogando a Dios no escuche las palabras del indio, 
que le perdone, que es un niño muy bueno, que él nun- 
ca vio la cruz, esa cruz que ella busca en vano en las 
tinieblas. Brilla entonces la Cruz del Sud en el firma- 
mento y al verla, dice Nagüey. "¡Es la gran cruz de 
estrellas! ¿La ves allá en el cielo? ¡Cuan bellas son 
sus luces! ¿La ves allá tan cerca? Es el perdón del 



' ' LA CBUZ DEL SUD 101 ' 

indio, exclama con exaltación." Telen, que trata en 
vano de ver, le dice que él sólo ve las estrellas de to- 
das las noches. ¡Ahú ¡Ahú! — gritan a lo lejos los in- 
dios — y Telen responde con violencia: **Allá vcy, 
pumas hermanos, sangra el cielo!" 

Escena III. — Nagüey suplica a Yurú no vayan al 
combate, se lo pide por Telen; por la dulzura de la 
noche estrellada ; Yurú vacila . . . Ella jura morir si 
se comhate contra su raza. Yurú se estremece y cede, 
llama a los indios y ordena que nadie se mueva en la 
tribu, pues no habrá combate. 

Los indios se interrogan sobre esta determinación 
del jefe y algunos se mofan diciendo: * 'Cierto es que 
Telen es casi blanco. Telen es indio a ratos"; en ese 
instante, Telen surge del grupo y ruje: ** Telen es hijo 
de todas las indias ! Telen no tiene más madre ! Venid, 
mis guerreros!" Huye alocadamente. 

Escena IV. — Entre las sombras y las rocas va apa- 
reciendo el blanco Andrés, que se abalanza sobre ATa- 
fjüey^ y sujetándola exclama: "Ya tengo una india, 
ya tengo una esclava! Ya habrá quien rae sirva! Y al 
hablar de Andrés el de selva, ya no dirán: Andrés el 
solitario". 

Sigue una escena de gran violencia y color. Nagüeij 
se resiste v amenaza al raptor, quien por un instante 
cede a la fascinación de esos ojos "color de luz de es- 
trellas", la interroga sobre quién la enseñó su habla; 
"una mujer blanca vivió y murió en la tribu, con ella 
aprendimos las indias tu habla", responde en fugiti- 
vo abandono. Sigue la orgía en el antro. Nanüejf insta 
a Andrés a aue huya, que a T)erraanecer ha de morir: 

— "Vendrás conmigo, india!", grita Andrés, se aba- 
buza sobre su presa, con la cual carga tras feroz re- 
sistencia y en un canto de victoria se retira en la noche. 



'. ■ ■ ^ 

102 I . • PEGASO 

;' • • ACTO SEGUNDO 

(En el valle. Alba, la escena casi oscura al principio, ; 
na^e gradualmente la luz ; la casa de Andrés adentro 
de un bosque enmarañado de algarrobos, pencas y 
demás árboles y plantas regionales. Enredaderas de 
mechoacan. Al finalizar el acto, sensación de plena 
luz meridiana. - "^ j 

La realización general de este acto tiende a expresar 
la naturaleza en toda su frescura: el remedo del 
canto de las aves regionales sirve de fondo a la tra- 
ma sinfónica y subraya el desarrollo pasional en . 
que la música se ha humanizado enteramente (hay 
en ella el sentido del lied posterior sudamericano). 

La primera parte revela aspectos cómico, bucólico, de 
contrición religiosa en el desierto; los españoles 
pueden aquí ser perfectos precursores del gauclio. 
La segunda parte deriva del odio entre Andrés y 
su esclava, marcha gradualmente y culmina en in- 
tensa expresión idílica y pasional. El final de este 
acto (llegada y retirada de los indios), es una nota 
en la que, palideciendo la música, priman y se fun- 
den el color y el ritmo. Criterio estético nacido de un 
recóndito pasado, expresado en agudo sentir mo- 
derno). . I . 

Escena I. — Entra Ignacio, golpea con su bastón la 
puerta de la cabana diciendo: "Ave María Purísima", 
a lo que Andrés responde desde adentro: "Sin pecado 
concebida", se asoma preguntando qué nuevas le traen 
tan temprano. Conversan un rato de Nagüey; Andrés' 
hace grandes elogios de ella y declara, que aun cuando 
sus ojos lo miran como miran las fieras, él no le guar- 
da rencor. Ignacio le dice que los colonos han resuelto 
terminar con la raza que puebla la región, limpiar de 
indios la zona, para lo cual cuentan con las armas ne- 
cesarias y han dispuesto que los mande el héroe que 
robó a Nagüey y que no se salve ni el viejo Ynrú ni el 



^ 



; , ' lA CRUZ DEL SUD , 103 

más niño (Telen). Nagüey, llegada a escena trayendo 
una gran jarra con leche, se detiene y estremece ante 
la evocación de su hijo. 

Andrés acepta el mando de las fuerzas contra los 
indios ; Nagüey avanza y ofrece a Andrés la jarra que 
éste pasa a Ignacio, bebiendo ambos, 'Este se descu- 
bre, recordando que en España es fiesta de la Virgen 
María, y, tras breve oración arrodillados, ambos se 
persignan. Nagüey mira extrañada la señal de la cruz. 

Para festejar con un poco de alegría y de música la 
fiesta de la Virgen, Andrés trae de su choza una gui- 
tarra que entrega a Ignacio, pidiéndole que cante; és- 
te, con sorna, falto de mejores elementos poéticos, 
canta la siguiente copla, erigiéndose en uno de los pri- 
meros improvisadores: 

Quién pudiera ser 

él valiente que osó 

robar a la mujer 

más hermosa que vio! 

Y si hubiera otra Nagüey 

en la tribu, quizá 

pudiera ser yo 

el valiente que osó. 

Andrés ha permanecido absorto como en un ensue- 
ño, fascinado por la evocación de esa esclava, quien 
presume le odia, pero que en secreto él desea. Levan- 
ta alegremente la cabeza y elogia la gracia de la co- 
pla, augurándole pueda conseguir también una escla- 
va, o muchaSy. si así prefiere. Se despiden, pues urge 
que los compañeros sepan que Andrés acepta el mando 
de las fuerzas, y repitiendo la copla el visitante se ale- 
ja, en tanto que Andrés recapacita con honda concen- 
tración interior. 

Llega lentamente Nagüey, y, por vez primera des- 
de el rapto, deja oir su voz interrogándole sobre la 



i/ 



.'/■ 



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^ 



104 PHGASO 

señal de la cruz. Habla con temor, él responde con dul- 
zura. Cobrando ánimo y refiriéndose a lo que escuchó 
de labios de Ignacio, ella le ruega no vaya al combate 
contra los indios, pues hay entre ellos inocentes y que 
han * 'visto la cruz". Para enternecerle, le recuerda la 
noche en que él la raptara de la tribu, implorando cle- 
mencia. Andrés impresionado exclama: "No soy ya 
amo, Nagüey! Soy tu esclavo!", iniciándose un pro- 
longado y tierno dúo de amor. 

En escena casi de danza, Nagüey despréndese lenta- 
mente de su manto, que deja caer a sus pies. Ya no 
es india, aparece como blanca. En gesto extático le- 
vanta sus brazos como en despertar; de entre las pie- 
dras laterales, cuajadas de campánulas, coge guirnal- 
das y se corona: es el renacer del sentimiento huma- 
no. Prosigue creciente el dúo, internándose ambos en 
la cabana. 

Llegan dos filas de indios por la derecha e izquier- 
da (Telen a la cabeza de este grupo). Pausadamente 
se arrastran hacia la choza, uniéndose en una sola fila. 
A una señal de Telen apréstanse sigilosamente a in- 
vadir la choza. Telen mira al interior de ésta, y tras un 
gesto, aparta a su gente, finalizando la escena con una 
especie de glorificación rítmica, musical y coloreada de 
silencio. Los indios se retiran perdiéndose felinamen- 
te en las frondosidades. 

I ;■ 

ACTO TERCERO i 



CUADRO PRIMERO 



(Interior de la cabana adornada con toscos muebles 
en el gusto hispánico y americano de la época. 

En primer término, a la derecha, ponchos indios a 
manera de jergones. 

Hora de la siesta. 

Sensación de intimidad. La primordial determinante 



liA. CRUZ DEL SUD 105 

de la acción de Nagüey, al abandonar a Andrés, lo 
expresa incesantemente la música, evocando el re- 
cuerdo del hijo ausente, ignorado por Andrés.) 

Escena única.— Oyese la voz de Telen entonando su 
canción filial, que inconscientemente, en agitado sue- 
ño, oye Nagüey. Llega Andrés y besa amorosamente 
a la dormida. Est^, despierta y le acaricia con temor, 
como si algo hubiera cambiado en su alma. Andrés 
se admira de ver a la ''reina de la selva", para quien 
es su creciente amor, transformada en esclava que 
pretende besar la mano del amo, ¿Habrá cambiado su 
amor! Protesta Nagüey, inconscientemente atenuada 
en su vehemencia, por el recuerdo del hijo ausente. 
Seguro Andrés de que nada teme Nagüey de los in- 
dios, la propone llevarla a España cerca de su vie- 
ja madre, donde la hará su esposa ante Dios y ante los 
hombres. Rehúsase Nagüey a seguirlo a esa tierra 
donde las estrellas no son las mismas, ni se ve nunca 
"la gran cruz de estrellas" (símbolo para ella tangi- 
ble del perdón de su hijo). Pide volver hacia su tribu. 
En el colmo de la admiración, que oculta una conte- 
nida ira, Andrés la despide, indicándole el camino: 

— "Perdóname y no juzgues — dice Nagüey. — Adiós, 
buen amo blanco". Se aleja lentamente. 

CUADRO SEGUNDO 

(El desierto. 

Cactus gigantescos, clavados entre piedras monumen- 
tales. 

Sobre un cielo de púrpura, asoman las primeras es- 
trellas). 

Escena I. — Oyese de nuevo la canción de Telen, 
quien se acerca y ya en el regazo materno, hondas fra- 
ses de cariño. Yurú, exacerbado, decretó el suplicio de 
Nagüey y todo estaba ya pronto. Telen huyó en ansia 



106 



PEOASO 



de salvarla: *'Erró su primer»" flecha el hábil arque- 
ro — dice Telen — y si quise evitarla, fué por ti, madre- 
cita! Es ésta". Y blande su flecha; tras violenta esce- 
na de desesperación cae el torturado Telen, cerca de 
una roca, en la cual quedan el arco y la flecha, pre- 
gunta a su madre: *'|Y si tu hijo llfegara a ver allá 
en el cielo la gran cruz, erees, dime, madrecita, que 
Dios le perdonará ? ' ' — ' * Dios perdona, siempre * ', con- 
testa la madre, en el instante en que aparece fulgu- 
rante la Cruz del Sud, que Telen ve, por fin, en brillo 
alocado y aspirando ir a ella. 

Escena 11, — Aparece Andrés, visto ya por Telen, 
que se ocultaba tras de las rocas y, lleno de ira, se 
apodera del arco y de la flecha, apunta contra Ñagiiey, 
pero Telen en ansia de liberación y por salvar a su ma- 
dre, se adelanta, recibiendo la flecha en pleno pecho. 
Cae mortalmente herido, exclamando: ** Dulce madrer 
cita!" Andrés, trémulo, sale de su escondite diciendo 
desípectivamente : 

— ' * ¿Me dirás qué es eso ? " ' ' 

— "Mírale los ojos — contesta Nagüey. — Presto, mi- 
ra que se apagan. . . " — Inclinado Andrés mira fijamen- 
te los ojos de Telen: I 

— ¡Oh! Son los ojos del indio color de luz de estre- 
llas!" -i 



Alfonso Broqua. 



•• ■;. r 



■n. 



PLENITUD 



Todo el sol de esi^a tarde lo tengo adentro, 
{¡Quién me diera ser niño, pájaro o loco!) 
. De iodos los efluvios yo soy el foco, 
y de todas las fuerzas yo soy el centro. 

Está el eje divino donde me encuentro, ■'■ 

y es palanca suprema lo que yo toco. 
{¡Quién me diera ser niño, pájaro o loco!) 
Todo el sol de esta tarde lo tengo adentro. 

Los mundos me obedecen, giran los soles, 
las montañas elevan sus negras moles, 
y florecen los llanos, todom mi voz; 

Se transforma y anima cuanto yo toco; 
¡Quién me diera ser niño, pájaro o loco! 
¡Con el sol de esta tarde yo sería Dios! 

/ . Pedbo González Gastellú. 



.^'\- ■ 



Pertenece a la nueva generación de los poetas argentinos este jo- 
ven portalira, que tiene tan definida personalidad artística. Este 
soneto qu* publicamos pertenece a su Kbro ijróximo titulado "Ocio", 
que aparecerá estos días. 






EL URUGUAY Y LA CULTURA ITALIANA 



(La conferencia cuya publicación iniciamos en 
este número, fué dada por el doctor Francisco Al- 
berto Schinca hace algún tiempo, en el local del 
Club Italia, y permaneció inédita hasta hoy). 

Ningún tema me ha parecido más propicio para ini- 
ciar estas conferencias que el de nuestras relaciones es- 
pirituales con la patria italiana, injustamente poster- 
gado quizá en nuestras devociones hacia los pueblos que 
pueden ser considerados como los hogares de toda civi- 
lización, como los emporios de toda cultura, como las 
cumbres morales de la humanidad, ungidas siempre 
por el sol radioso de la gloria. Nos envanecemos de 
nuestro cosmopolitismo Renovador, que nos impulsa a 
buscar en otros países de la tierra los dechados impe- 
cables dignos de la imitación y el respeto del nues- 
tro; pero debemos convenir en que si, desde el punto 
de vista de nuestras preferencias sentimentales, Italia 
ocupa, acaso, uno de los primeros puestos, porque ha- 
ce gravitar sobre nosotros la sugestión potente de su 
historia incomparable y nos deslumhra con las posi- 
bilidades venturosas de su fecundo porvenir, no es 
tan marcada ni tan profunda nuestra afinidad intelec- 
tual con la nación latina que más ha cooperado, en el 
terreno de la acción enciente y en la esfera de las rea- 
lizaciones materiales, en la elaboración de nuestra 
grandeza colectiva. 

Volvemos nuestros ojos hacia Francia, como si ella 



'í^, ,.f, ;l; V, ; 

'■'' ' '■'''- -.A-^í 

/■ ■ ■ . : 



. EL URUGUAY T LA CULTURA ITALIANA 109 

fuera, en la sucesión de los siglos, la única forjadora 
de la civilización universal, la infatigable sembradora 
de ideales nuevos y de doctrinas progresistas. La re- 
volución formidable que estremeció la conciencia del 
mundo en las postrimerías del siglo XVIII, es como 
el punto de partida de todas las renovaciones del pen- 
samiento y de todas las transformaciones sociales. Pa- 
rís se alza en Europa como una cima de espirituali- 
dad hacia la que acuden desde todos los horizontes, 
en peregrinaciones inacabables, los anhelosos de be- 
lleza y de ciencia y los ávidos de placer. El libro francés 
ha invadido nuestros mercados. Nuestra mentalidad 
se ha moldeado en los troqueles de aquella cultura 
maravillosa y secular. Hasta nos ha conquistado el 
idioma de Francia, esa lengua tan concisa y tan apta 
para la expresión de todas las ideas, ese prestigioso 
instrumento de comunicación y de difusión que parece 
llamado a transformarse en el porvenir en el idioma 
universal y corriente, predilecto de las naciones y de 
los hombres. 

Admiramos a Inglaterra por la perfección asombro- 
sa de sus instituciones, por su culto indeclinable a to- 
das las libertades y a todos los derechos. En aquella 
isla inviolable y llena de brumas, el espíritu de un 
pueblo feliz se muestra en toda su generosa vitalidad 
y en su gallarda lozanía, como si no hubieran pasado 
sobre él varios convulsivos siglos de historia. La au- 
tonomía individual y el orden se conciertan en aquella 
nación como en ninguna otra, bajo la tutela de una 
monarquía moderada y paternal, que ha favorecido 
enormemente la evolución democrática de aquel sor- 
prendente país. Así ha podido surgir de las más hu- 
mildes esferas populares ese prototipo de estadistas 
que se llama Lloyd George, que ostenta un programa 
revolucionario en una sociedad tradicionalista y con- 
servadora, y que tiene a los ojos de los subditos de 



lio 



PEGASO 



■^ 



Jorge, V más autoridad yTnás prestigio que el propio 
rey constitucional, cuya áurea corona simbólica es- 
plende menos que las canas augustas en la leonina ca- 
beza del pensador y del tribuno. 

En lo que se refiere a Alemania, vosotros sabéis 
cuánto se la admiraba antes de que el estallido de la 
N guerra pusiera en evidencia lo que hay de artificial en 
su civilización, de bárbaro y pegadizo en su cultura, 
de brutal en su aspiración de dominio y en su sed de 
indefinida preponderancia. Era la patria del pensa- 
miento metafísico. Pocos filósofos penetraron tan hon- 
damente en las intimidades de la conciencia humana 
como los filósofos germánicos. Era aquélla, además, la 
tierra de los "lieds'' sentimentales, de las baladas la- 
mentosa^, de los castillos plateados por la luna, del 
Bhin amado de la leyenda y de las rubias Loreleys 
enamoradas y pensativas. Wagner hizo galopar sobre 
ella sus enloquecidas Walkirias, mientras el genio me- 
lancólico de Beethoyen, cuya suprema ciencia ha con- 
sistido en saber ir a la alegría por las sendas de la 
desesperanza y del dolor, componía en la soledad que- 
rellosa sus sinfonías inmortales. Era grande y visible 
la influencia alemana antes de que surgiesen, como la 
floración de los bajos instintos de un pueblo, las doc- 
trinas ferozmente materialistas de Von Bernhardi; 
antes de que el militarismo prusiano aplastase en el 
alma tudesca la flor azul de la quimera y las rosas mag- 
níficas de la sentimentalidad ; antes de que la invasión 
premeditada de Bélgica, las mutilaciones sistemáticas 
de las obras de arte, el sacrificio de vidas inocentes 
por la acción artera de los submarinos, que ace- 
chan, sigilosos, en todos los mares, el paso de los bu- 
ques beligerantes y neutrales; antes de que todas esas 
realidades atroces, decía, vinieran a probarnos que 
una ilación inteligente ^ólo merece el respeto del mun- 
do cuando no esteriliza con el crimen sus grandes y 



\ 



EL URUGUAY Y IaA. CULTURA ITALIANA 11 1 



■- . V 



dominantes cualidades, cuando no lo subordina todo 
al éxito de sus maquinaciones imperialistas, cuando no 
sobrepone a las leyes eternas de la misericordia y del 
amor, los cánones siniestros de la guerra a base de 
depredaciones insensatas y de atentados sacrilegos a 
la justicia y al derecbo! 

Más que Inglaterra y más que Alemania, tanto, por 
lo menos, como Francia, que pertenece también a la 
gloriosa .comunión de los pueblos latinos, Italia ha 
debido influir en los destinos intelectuales y en la for- 
mación moral de nuestra nacionalidad. Posee para ello 
todas las condiciones exigibles: un espíritu expansivo 
y dotado de una flexibilidad que no ti^ne nada de co- 
mún ; una historia estupenda que se remonta hasta los 
días inmortales de la gloria romana ; una población que 
desborda del limitado territorio y se dispersa por el 
mundo en emigraciones aventureras que incorporan a 
las tierras nuevas y a las zonas vírgenes del planeta 
sus virtudes originarias, sus aptitudes únicas para el 
esfuerzo fecundo y productor; una lengua eufónica y 
melodiosa, tan elocuente en el anatema viril como en 
la dulce confidencia; idioma rico y generoso que ha 
ido sutilizándose y afinándose desde la época del pri- 
mer Renacimiento, presidido por el genio del Dante, 
hasta culminar en la prosa matizada y procer de J) 'An- 
nunzio, que es todo un prodigio de delicada orfebre- 
ría verbal. Pudo Italia imponernos sus gustos y mo- 
delarnos a su imagen, y el Uruguay hubiera debido 
agradecerle el aporte valioso de su civilización y de su 
cultura; pero observad cuan pocos son los que hablan 
entre nosotros la lengua sonora de Leopardi; adver- 
tid que no hay en nuestra metrópoli una librería de- 
dicada exclusivamente a la venta de las producciones 
literarias o científicas en que el genio italiano deja su 
original impronta indeleble, y confesaréis vosotros 
también que es muy poco lo que hemos sabido apro- 



y^ ■■•f 



112 PEGASO 

vechar de nuestras relaciones con aquella dilecta na- 
ción, con aquella raza privilegiada, con aquel pueblo 
de tan relevantes virtudes y de tan excelsas cualida- 
des. La hegemonía casi exclusiva de lo francés, que yo 
alabo y pondero, porque no desconozco lo que hay de 
excelente en esa civilizadora influencia del otro gran 
núcleo latino, ha impedido que nos vinculásemos más 
estrechamente a la mentalidad italiana, y que con su 
contacto fecundante y benéfico lográsemos enriquecer 
nuestro espíritu y aumentar el acervo de la cultura 
nacional. 

No es ni insensibilidad ni indiferencia lo que ha obs- 
taculizado esas aproximaciones ideales, puesto que 
sentimos tan profundamente el amor a Italia y puesto 
que la acompañamos con nuestras simpatías y con 
nuestros augurios en todas las vicisitudes de su noble 
existencia. En estos mismos días agitados y trágicos, 
nuestros votos sinceros se encaminan a solicitar para 
ella el laurel inmarcesible de la victoria y las satisfac- 
ciones intensas que han de embargarla por entero 
cuando vea realizado, con la recuperación de Trento 
y de Trieste, el persistente ensueño de su reintegración 
territorial. Amamos a Italia en sus desventuras y en 
sus éxitos, y si no nos asimilamos más completamente 
su espíritu, si no la sentimos más cerca de nosotros, 
si no la vemos actuando más enérgicamente en el pro- 
ceso de nuestra formación nacional, es porque nos he- 
mos apartado deliberadamente de los amplios caminos 
por donde un pueblo puede llegar con facilidad a la 
compenetración auspiciosa con otro pueblo superior en 
cultura, o dueño de una civilización más refinada o 
más perfecta. Ni nos esforzamos en recoger sobre 
aquel suelo exornado por todas las gracias de la natu- 
raleza y por todas las florescencias del arte, la enorme 
sugestión ambiente, que proporciona al viajero sensa- 
ciones de eternidad y de perfección, ni nos interna- 



'. " ■ ■ • 

EL URUGUAY Y 1^ CULTURA ITALIANA 413 

1 r- ti. '.■< , • 

I ti ■! 1 

mos en el maravilloso dédalo de su historia, evocando 
las grandes sombras que se levantan de su pasado in- 
destructible, ni nos familiarizamos con sus talentos de 
elección, flor de una prestigiosa espiritualidad milena- 
ria, ni nos empeñamos en incorporar a nuestro carác- 
ter algunos rasgos culminantes de aquella idiosincrasia 
peculiar en que se concilian el idealismo con el positi- 
»vismo, e'l desinterés con el ansia de conquista y de su- 
peración, la sensibilidad para las cosas de la inteligen- 
cia con la comprensión sutil de todas las realidades 
que circundan al hombre moderno. 

Cuando un uruguayo emprende la ruta marítima de 
Euíopa y se detiene por algún tiempo eij el viejo con- 
tinente, hace del viaje a Italia, si se aventura a reali- 
zarlo, el pretexto para satisfacer una simple curiosi- 
dad, superficial y pasajera. Que no se diga que no ha sa- 
ludado la Roma de los Césares, glorificada por sus mi- 
nas gigantes, o que no ha paseado al claro de la luna 
por los canales de Venecia, o que no se ha aturdido un 
momento con el rumor de colmena industriosa que 
constituye la característica de algunas urbes italianas. 

Para el que vive en el hechizado ambiente de París o 
en el vértigo de la existencia londinense, la excursión a 
Italia es una escapada hacia el ideal, una fugaz inmer- 
sión en la luz. Demás está decir que no es esa rápida 
visita al maravilloso país la que puede deparar al tu- 
rista la' emoción honda y perdurable, que es el indicio 
más inequívoco de su afinidad con un nuevo medio so- 
_cial. Vivir en toda su plenitud la vida italiana, sentir- 
se penetrado por las influencias avasalladoras de aquel 
ambiente de exquisita civilización en que a los atracti- 
vos de la cultura se adunan los encantos de una belle- 
za inimitable en los paisajes y en las cosas : he ahí la 
fórmula para realizar plenamente el anhelo de compe- 
netración espiritual a que vengo aludiendo. No puede 
aspirar a realizarlo quien no sienta gravitar sobre su 






• .-♦■ -•• .^..■^■i:i--■ 



ll4 ' PEGASO , . 

. ( 

alma aquella sugestión poderosa, o quien no experi- 
mente dentro de sí, al hollar aquel suelo sagrado, el 
estremecimiento de lo inefable. En 1803, cuando Cha- 
teaubriand llegó a Roma, una de las primeras etapas 
de su itinerario romántico, escribió a su amigo Jou- 
bert una carta pródiga en ponderaciones ardorosas. 
"¡Home aquí! — exclamaba. Toda mi indiferencia se 
ha desvanecido. Estoy abrumado por lo que he visto; 
me parece que ningún viajero ha sentido lo que yo. 
¡Necios! ¡Almas de hielo! ¡Bárbaros! ¿No han cruza- 
do para llegar hasta aquí la Toscana, jardín inglés en 
cuyo centro hay un templo, esto es, Florencia? ¿No 
han atravesac^o en caravana con las águilas y los ja- 
balíes las soledades de esta segunda Italia llamada el 
Estado Romano? ¿Para qué viajan, pues, si son insen- 
sibles? Habiendo llegado cuando el sol se ponía, he en- 
contrado una inmensa multitud que iba a pasearse en 
la Arabia desierta, a las puertas de Roma! ¡Qué ciu- 
dad! ¡Qué recuerdos!" I 

Así, con la misma vibrante emoción con que Cha- 
teaubriand contempla y describe la campiña romana, 
deberían penetrar en el corazón augusto de Italia to- 
dos los que se complacen en la serenidad infinita de 
sus cielos azules, en las prodigiosas evocaciones de su 
historia y en las milagrosas creaciones de su arte im- 
perecedero. Con esa misma férvida y profunda emo- 
ción, han llegado hasta ella todos los grandes espíritus 
que la visitaron un día, no por un capricho pueril de 
turistas, sino para identificarse con el alma divina de 
sus paisajes, o para vivir en belleza en una tierra que 
disfruta del privilegio de ser, como Grecia, la patria 
de toda idealidad y de toda poesía. En una enumera- 
ción sucinta y rápida, la úni¿a que consiente la for- 
zosa brevedad de este trabajo, mencionaré algunos de 
los pensadores ilustres, de los poetas ihuninados o de 
los músicos excelsos que han abordado las costas de 



í- 



•«. 



EL UBUetTAT T LA CULTÜBA ITALIANA 



115 



Italia para recibir en su espíritu las caricias de aque- 
lla gloriosa luz solar que se quiebra sobre el mármol 
de los monumentos eternos y para 'nutrir su inteli- 
gencia, aproximándola a aquel venero de inspiraciones 
inagotables y sublimes. No desfilarán todos, cierta- 
mente, por estas páginas volanderas, pero pasarán, sin 
duda alguna, aquellos en cuya existencia y en cuya 
obra intelectual ha dejado una huella indeleble y pro? 
funda esa magnífica peregrinación por las tierras da 
Italia, fértiles y fragantes como pocas. 



Francisco Albebto Schinca. 



{Continuará). 



V 



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■"*- 






«>• ' ; 






MUSA FEMENINA 



NOCTURNO 



Abierta la ventana de mi estancia, 

ha luna llega a mí magnifícente. 

La brisa trae del parque la fragancia 

Y yo la aspiro con fruición vehemente. 

Me aproximo al alféizar lentamente, 

Y mis ojos se embriagan con Natura. 
¡Mi alma se alarga misteriosamente 

Y se vuelve una sombra en la espesura! 

Vaga de flor en flor^ de mata en muta. . 

Luego evoca la triste serenata 

De Pierrot y se hermana con su canto . . 

Quiebra el silencio augusto una Balada 
De Chopinj por un piano sollozada^ 

Y mi alma en una flor vierte su llanto! 



Raquel Sáenz. 



Montevideo. 



COMO UNA CAJA DE MÚSICA 

En esta noche brillante \ 
De estrellas, tendió la luna 



".'•',• MUSA FEMENINA ' 117 

En la caUe silenciosa ' 
Su nostálgica blancura. 

Como un enjambre de abejas 
Florido naranjo busca, 
Alrededor de u/n motivo 
Mis ensoñaciones zumban. 

Mi corazón — regio bronce 

De las interiores luchas, — 

Bajo mis manos unidas 

En cruz, eleva aleluyas. . 

Mi sombra, gris y alargada 

Sobre la tierra, — es mi musa; 

¡Y está mi traje tan blanco i 

Que me parece de espuma! 

■ » . ^ 

Presiento el grato murmurio 
' De mares que no vi nunca, 
Donde los vientos y el agua 
Sus armonías aunan. 

En esta noche brillante ' '■ 
De estrellas, tendió la luna * - ' 
Su blanca luz sobre el pueblo 
Como un tocado de nupcias. 

Y mientras mueve mi espíritu 
Sus niveas alas ilusas, 
Sus claros ritmos remonta 
Como una caja de música. 

Antonia Artucio Ferbeiba. 

Florida. 



^:;-'f;ri'.-:'?«gíprr^',^ 



•■ ' '';, ' ■ '■' ■T^.^X 






' , 



COSAS DE HORMIGAS 



Don Hilario, hombre de pocas palabras, bonachón y 
reflexivo, se acercó al vejete amigo del patrón que ha- 
bía llegado hacía pocos días de la capital. Sin parar 
mientes en el dictado de sabio que todos le daban en , 
la casa (pues desde que le preguntara, sin obtener res- 
puesta, cómo se curaba la ''paletilla caída", dudaba 
mucho de la ciencia del forastero), don Hilario se sen- 
tía atraído hacia aquel viejecito silencioso, lento, bas- 
tante cegatón, pero sencillo y campechano como eí me- 
jor criollo. Admiraba en él la paciencia con que ob- 
servaba los bichos del campo, y, sin darse cuenta, por 
supuesto, de la labor del entomólogo, presentía que, a 
pesar de su apaf ente trivialidad, tenía aquella porfia- 
da y silenciosa observación, algo de grande y respe- 
table. 

— ¿Qué está haciendo, don Pablo?, — interrogó, co- 
locándose a la vera del viejo, quien, a la sazón, en cu- 
clillas, observaba el ajetreo endiablado de unas hormi- 
gas. — ¿Anda viendo cómo se podría acabar con esa 
plagad ' í 

— No, don Hilario; yo no destruyo insectos: todos 
los bichos tienen derecho a la vida, y por algo han ve- 
nido al mundo. 

— ¿Ah, sí? ¿Usted cree que esa porquería sirve para 
algo? 4 No podría decirme para qué sirven las moscas, 
que tanto molestan en verano y que nos llenan de gu- 
sanera a los animales? 



Á-l-sf 



COSAS DE HORMIGAS 119 

— Sí, señor; le puedo decir para qué sirven las mos- 
cas: para comerse millones de gérmenes y microbios 
que andan flotando en el aire, tan invisibles y peque- 
ñitos que no nos damos cuenta de su vecindad, pero 
que se nos meten en el cuerpo con el airé que respira- 
mos y nos proporcionan siempre alguna enfermedad. 
¿Usted ha visto a las moscas frotarse las alas y las 
patitas? Bueno; es que se limpian el cuerpo de esos 
microbios, los amontonan* en pelotilla y se los comen. 

— j Ajajajá ! Los microbios nos enferman a nosotros, 
que somos más fuertes que las moscas, y ahora resulta 
que las moscas se tragan los microbios y jjo les pasa 
nada? 

V — Así es. Cada ser en el mundo está constituido de 
un modo diferente, y lo que es veneno para el uno re- 
sulta alimento para el otro. ¿Usted come ** bichos pe- 
ludos", esos gusanos que cuando le rozan la mano le 
producen la sensación de una quemadura? ¿No, ver- 
dad? Pues los sapos se los comen, y les gusta mucho.- 

— ¡Uf, los sapos! 

— Los sapos son nuestros grandes amigos; nuestros 
mejores jardineros. No nos cobran sueldo y nos lim- 
pian las quintas de los insectos que destruyen/ nues- 
tras siembras. . 

— íY cómo sabe usted tod^so, don Pablo? 

— Estudiando la vida y costumbre de los animalitos. 
Ahora estoy estudiando la de las hormigas. 

— ¡Caraina! ¿,Con que esta laya de bichos tienen 
costumbres? Pues han de ser muy malas las otras que 
tengan, porque la única que yo les conozco es la de 
destrozar los plantíos. ' 

— Tienen que comer. Otros bichos se las comen a 
ellas. Los pájaros se comen esos otros bichos. Nos- 
otros, los hombres, nos comemos todo lo que vuela, 
camina, se arrastra o nada en el agua; nos comemos 
los vegetales y a veces nos comemos los unos a los 



■.<t^/ ' 



120 ' PEGASO '■■ ' ! 

' otros. El hombre es el único ser de la creación que no 

í puede reprochar a ningún animalito el que devore si 

tiene hambre. El hombre come de todo, y hasta come 
.' I > sin necesidad, por el gusto de comer. El tigre mata y 

come acosado por el hambre. ,. 

—Vea, vea. 
' , Don Hilario se había quedado sumido en un mar 

, . de reflexiones, Don Pablo, con una lente en la diestra, 

observaba nuevamente a las hormigas. Combatían és- 
tas entre sí, divididas en dos bandos. Un ejército de 
hormigas rojas, pequeñitas, había asaltado a un pue- 
blo de ecodomas. Los minúsculos combatientes se abra- 
zaban, se mordían, luchaban, se perseguían con una 
furia cruel, volvían a trenzarse, ejecutaban algunos 
movimientos nimios, y, al separarse uno de ellos, que- 
daba el otro tendido en el suelo. Mirando con aten- 
ción, como lo hacía don Pablo con la ayuda de su len- 
te, se descubrían en el campo de la lucha fragmentos 
de miembros, trocitos y briznas insignificantes. Al fin, 
* las ecodomas, vencidas por las fórmicas sanguíneas, 

huyeron desaladamente, con movimientos curvilíneos, 
en zigs-zags alocados, perseguidas aún por sus impla- 
., cables adversarios. 

.* '■ — ^Vaya, han terminado, — murmuró el vejete, alzán- 

dose. , 

— ¿De qué? — interrogó don Hilario. 
— De pelear. Ha sido un combate en toda regla, de 
un encarnizamiento feroz. Esas hormigas rojas son 
muy fuertes y audaces. Son ladronas. Asaltan a las 
hormigas de las otras especies para llevarse laá larvas 
y crisálidas y poder contar así en el futuro con un 
ejército de esclavas que trabajan para sus conquista- 
dores. Yo creo que Plutarco no frecuentó muy de cer- 
ca el trato de las hormigas, o no conoció esta especie, 
cuando llegó a decir que la vida de tales aniraalitos es 
el espejo de todas las virtudes: de la amistad, de la 



COSAS DE HORMIGAS 121 

sociabilidad, del valor, de la perseverancia, de la con- 
tinencia y de la justicia. Darwin las conoció mejor. 
Ahí está: este combate sin cuartel, qi<e ha dejado un 
tendal de víctimas, no tenía otro fin que la conquista 
de ese estercolero. 

Don Hilario se había puesto serio y observaba con 
cierta desconfianza a su interlocutor. Pero don Pablo, 
.pasándole la lente para que observara el campo de ba- 
talla, prosiguió: 

— Es esta una clase de hormigas feroces. No son 
muy numerosas y podrían vivir espléndidamente: tie- 
rra y alimentos no les faltan, como u§ted calculará. 
Pero son así; obedecen a su instinto. Vea usted si hay 
¡aquí leguas y leguas de campo, donde unos bichos tan 
pequeños podrían vivir como príncipes; y, sin embar- 
go, ahí los tiene usted, matándose y destrozándose por 
una mota de tierra. Ahora han concluido de reñir y 
los vencedores se reparten el botín. Observe el apre- 
suramiento con que desbalijan a sus enemigos muer-^ 
tos; cómo arrean sus prisioneros y esclavos. 

— Y también se llevan x>edacitos de hojas, de paja, 
hilachas, ¡qué sé yo!, — argüyó sorprendido don Hila- 
rio, pegado el ojo al cristal milagroso. 

— Es su tesoro. Todo lo recogen: materias putrefac- 
tas, átomos malolientes, cien otras cosas aún igual- 
mente despreciables. Mire bien y verá cómo prefieren 
esas briznas doradas y esas otras partículas cente- 
lleantes como cristales. También procuran hilachas de 
colorinches. Deben estimar en mucho esos residuos de 
basura, — concluyó el sabio entomólogo. 

Embriagados, locos, hilarantes, los diminutos seres 
se apresuraban, corrían, arrastraban cargas diez ve- 
ces más grandes que su propio cuerpo, tropezaban, 
caían, tornaban a alzarse, y sofocados, muriendo bajo 
su carga o sus heridas, volvfan a correr hasta entrar- 
se en agujerillos obscuros. 
— IjO raro, — dijo en esto don Hilario, que se había 



l^■.^:.■^ 



V ..-Ojr.T 



/ * 



122 



PEGASO 



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r' I 



quedado un instante pensativo, — es que no nos temen 
a nosotros, que los estamos mirando, 

— Es que no bos ven, — replicó don Pablo. 

Don Hilario se quedó boquiabierto. 

— ¿No nos ven! — dijo al -fin. — Pues soihos bastante 
creciditos. 

— Por eso mismo. Cada ser en la Naturaleza tiene 
un campo de visión de acuerdo a su organismo. Se mi- 
ra y se ve hasta cierto límite, pero no más allá. Usted 
ve ese árbol que tiene ahí al lado y puede detallar sus 
ramas y sus hojas. También ve el nido que hay allí 
arriba, y el * '.espinero ' ' que anda revoloteando a su al- 
rededor. Pero no ve todo este inmenso campo del mis- 
mo modo, con igual precisión de detalles. Allá abajo 
se descubre aquel ombú: usted ve su masa, pero ya no. 
puede detallar sus hojas ni descubrir los pájaros que 
entre sus ramas revolotean. Ahora, vea aquellos ce- 
rros más allá#ejos, en la línea del horizonte : son unas 
nubes azuladas, nada más. Tienen rocas, tierra, árbo- 
les, pájaros y nidos; mas, nada de eso podemos ver 
desde aquí. La extensión de este * * pago ' ' es muy gran- 
de, y esos cerros están muy lejos de nosotros. Más allá 
de esos cerros continúa el mundo, y, sin embargo, na- 
da de él vemos ya. Es como si no existiera para nos- 
otros; pero existe, aunque no lo veamos. Lo mismo 
acontece con esos astros del espacio, que brillan sobre 
nuestras cabezas durante la noche. Vemos todos los 
que están próximos a nosotros; pero, ¿cuántos y cuán- 
tos otros existirán que no vemos porque brillan en las 
soledades del infinito a distancias inconmensurables? 
Bueno; pues he ahí esas hormigas: sus ojillos dimi- 
nutos verán una reducida porción de nuestros pies, 
porque es lo que tienen más próximo; mas no pueden 
ver nuestro cuerpo total, porque es demasiado gigan- 
te para ellos, ni podr^fti descubrir nuestros ro'stros, 
porque les queda demasiado lejos. Por consiguiente, 
nosotros no existimos para las hormigas. 



COSAS t>É HORMIGAS 



123 



Don Pablo hizo una pausa. Luego, como si hablara 
consigo" mismo, prosiguió en voz más bajar y sorda : 

—¿Sabemos, acaso, si en esos mundos que ruedan 
allá arriba, en el espacio infinito, no existen seres más 
grandes y perfectos que nosotros, que nos están ob- 
servando? 

Don Hilario se en4erezó, miró alrededor un instan- 
te, fué a ^decir algo y enmudeció de súbito. Como don 
Pablo se encaminara hacia las casas, el buen criollo 
se le acopló,' ajustando su paso al de él. Iba mudo, re- 
óoncentrado, atenaceado por una idea fija. De pronto, 
se detuvo y formuló secamente: '■. * "; 

— ¿Sabe lo que se me ocurre, don Pablo? 

— Diga usted lo que se le ocurre, — contestó bonacho- 
namente el buen vejete. 

— Pues, que nosotros, los hombres, somos unas hor- 
migas. 

Don Pablo sonrió y volvió a emprender la marcha 
hacia las casas, sin replicar palabra. 

• ' VÍCTOR PÉREZ PbTIT. 



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>.•■ ■■'^-^--^m^'yi 



\ . 



PRIMAVERA 



A Eduardo Ferreira, 
cordialmente. 



¡Primavera!. . . 

Me sorprendes en plena labor. 
Mi cerebro afiebrado trabaja 
incesante: es como una caja 
que rebosa amor. 
Y tú llegas sigilosa, 
blanda como una mariposa. . . 
serena. . . suave 
como un ave. . . 
luciendo el regio vestido 
de la Anunciación. . . 

diciendo la buenaventura, mientras te deslizas- 
charlas y sonrisas — 
diáfana y alegre princesa Ilusión. 
Traes el cielo hundido, 
transparente y azul. . . 

y un sol maravilloso — a manera de veste — 
que es un tejido tenue, y a la vez agreste, 
que ya le quisiera un señor de Stambul. 



¡Tu sol! . . . Ahí le tengo: 
es todo un abolengo. 



. 'PBlMAViaiA .' 125 

« 

Por llevarle en su escudo, 

por contarle en sus viejos pergaminos patricios, 

no se ahorrara vicios 

ni fanfarronerías quien pudo 

jactarse dé tenorio. r ' . 

¡Tu sol! . . . Ahí le tengo; es como qm abalorio 

que viste todo en fiesta 

en esta misma hora pesada^ 

tediosa de la siesta. 

Al mirar tan lujoso mantón que del pilar 

cae, como de una cascada, »' 

haciendo mil secretas promesas de amar. . . 

la idea corporiza en una diosa alada 

que vuela, qxie vuela, que vuela sin cesar. 

n 

Primavera: me sorprendes en plena labor. 

¿Y acaso podría escapar al dilema? 

Es el tema: 

ser o no ser; 

trabajar o dormir; 

abdicar o vencer... . 

vivir o morir. . . . ' , 

renunciar al amor ... 

¿cuál es mejor? 

Primavera: ¡Me sorprendes en plena labor I 

¿De dónde vienes f ¿Quién te ha traído ■ - : 

así, callando, callando, 

que hoy te he sentido . , 

como despertando 

inconfundible, fuerte, poderosa. . . en él latido 

que conmueve mis venas ' 

como si fuesen las cuerdas de un arpa vibrando? 

¿Es que traes las mieles de todas las colmenas 

que hallaste a tu paso? . . . 

¿Es que acaso 

eres exorcismo y quitas las penas? 



126 



PSQASO 



¡Oh, la yema hiticliada que abre en la noche 

haciendo el derroche 

de tus travesuras; 

¡Oh, la hojuela tenue que crece indecisa 

bajo la promesa, bajo las ternuras 

de alguna sonrisa! 



III 



>.* 






.»/• 



Un clavel, un hermoso clavel malmesón, 

enfermóse en invierno : 

guardó un silencio de flores efterno. . . 

y hasta hube.de verle sin color las hojas 

a pesar de mi viva atención. 

Busqué el mal en las hondas raíces, 

en la axila, también la busqué, 

de todas las hojas . . . 

y fué vana mi viva atención. 

Era un mudo . . . infinito silencio aquel mal 

pertinaz y cruel. 

El clavel, 

siempre igual, 

enfermóse en invierno... 

guardó un silencio de flores eterno. 



\ '. 



Primavera: ¿qué anticipo dP magia 

precede tu arribo? 

Ya lo ves: el invierno, nocivo, 

esfumóse en tus rayos de sol. La nostalgia 

que apenaba al clavel 

dejó a un lado la infiel terquedad . . . 

Hay diez botones en el tallo aquel, 

diez botones que suenan como un cascabel 

de vida, de amor, de bondad. 



PRIMAVERA 327 

IV :.: v'.. . 



Primavera: ¿qué anticipo de magia 

precede tu arribo? ' ' 

Bajo el vario toldo de hojas y frutas^ 

en él ambiente estivo, . - 

gozaba de sombra, como en una gruta, 

el anhelo intenso de mi gallinero. 

El ciruelo rubio, y el ciruelo moro 

y el fiel duraznero, 

en un entrevero 

de matices verdes, de matices rubios, 

de matices de oro... 

formaban él coro 

de aquella magnifica, triunfal sinfonía 

de hojas, de frifitas, . 

de alocadas disputas .... . ' 

en que las gallinas cantaban al día 

el huevo que cada una de ellas ponía f 

y en que el gallo hacia 

de juez y de parte / • , .' 

con la algarabía 

de sü arte ... ' > 

dando a cada una sü arte y su parte. 

\ .i 
¡Ah, pero vino fatal el invierno, ^ 
y con el frío intenso y con su^ desazones, 
desaparecieron los melocotones r 

y el follaje, y el calor interno 
de aquel toldo en que hallaba amparo 
el anhelo intenso de mi gallinero. 
Vino el invierno : su reparo 
buscaron las gallinas en el dormidero 
adoptando poses abracadabr antes, 
poses hilarantes .. .■ - 



J 



^i^,...,.'^' r 



■X- ■■. i '"V 



128 



PSOASO 



Primavera: ¿qué anticipo de magia 
precede tu arribo f 

Hace ya buen tiempo cesó la hemorragia 
de savias en el duraznero 
y en los ciruelos . . . Hay como un furtivo 
reír en el gallinero. 
Cesó la hemorragia, primero, 
y luego se hincharon las yemas 
en el duraznero ; 

,í/ el ciruelo rubio, y el ciruelo moro 
guarnecieron ^sus ramas con gemas 
qtie habían guardado no sé en qué tesoro 
recóndito de entrañas ignotas... 
flores... florecülas... promesas remotas. 
Primavera, Primavera que traes 
las mieles de todos los panales. 
Fauno, Baco. . . Evoé. . . Danae 
que das de tus eut rañas remedios a los males, 
fecunda con tu sol, como una lluvia de oro, 
los cálices vacíos de miel, de vida, de espasmo, 
y en el marasmo 

de las flores rosas, del ciruelo rubio, 
del ciruelo moro 
y del duraznero, 
haz que el mes de Enero, 
bajo el vario toldo dé hojas y frutas, 
devuelva la sombra, como de una gruta, 
al desasosiego de mi gallinero. 



Primavera: ¿qné anticipo de magia 

precede tu arribo? 

Bajo el palio humilde de lata y de zinc 

hay nuevos arrullos en el palomar. 

El palomo, altivo, 

arrecia el sin fin 



/ . ■ . 



PRIMAVERA 129 

de sus charloteos 

y de su rondar; t 

aborta el gorjeo .' 

en un incansable arrullar y arrullar: 

Cien circunferencias y cien contoneos 

dicen de un ansia incurable de amar. , 

Discreta la hembra ensaya el desaire . " 

de los mil arrullos y los circunloquios 

de su palomar : .. 

arrecia el tenorio en los soliloquios 

y circunferencias * 

de sus impaciencias... . 

y en el cálido aire 

las circunferencias 

son luego espirales que buscan el centro; 

como hipnotizada la paloma queda 

dentro. -^ 

Luego . . . Renuévase el caso del cisne de Leda : 

Júpiter vence tenaz la partida... 

Se hace un profundo silencio de vida. 

■■'"'.■'■•■ » 

Y tú, Primavera, Psiquis y Pomona, 

precedes la eterna vendimia de amor. 

Errante Latona 

prestas a los nidos fervor y calor : • 

llenas las comarcas ' 

con el gran favor 

de tus reales arcas. 

; . ' ■ ) ' 

VI ■ 

Primavera, Primavera-, ¿qué anticipo de magia 

precede tu arribo? ^ 

¿Acaso es Pan, semi dios, semi chivo, 

el que anuncia dulce 

tu próximo arribo? 

¿Quién este ambiente de esencias produce? 



f 






'f^-y ' ■■•■ 



130 



fEaABO 






mezcla de recuerdos y de viejas memorias., 
y de nuevas, de inmedicútas glorias? 

Pan, travieso y avieso, 

ronda los lagos en busca de ninfas, 

y en tanto los rebaños se inflan y se inflan. 

el dios silba en las cañas 

y suena en los sones de sus caramillos 

el hábil secreto de las artimañas. 

Con sones sencillos 

ofrece cucañas 

a todas las ninfas que dejan las montañas. 

Borda, Pan, marañas 

en las cuales gusta las mieles pristinas 

de las ignorantes^ fáciles vecinas. 



VII 



Primavera: i,c[ué artticipo de magia 

precede tu arribo? 

Tu ausencia exaspera, y es tu recibo 

fastuoso y solemne: 

Bajo el manto rosa de la fantasía 

oficias indemne 

de sacerdotisa de toda alegría : 

mientras desde el fondo de la misma tierra 

rompe la Energía • ^ | 

con las dulcedumbres de mi Ave María 

que rueda hacia el valle. . . y asciende a la sierra 

en el gran milagro de la luz del día. , 



Blas S. Genovbsb. -t 



/^ 



/- 



\. 



CRÓNICAS DE ARTE 



La revelación de un nuevo • . 

pintor. — Etchebarne Bidart 

Hacer crítica de arte sin criticar, en el sentido vul- 
gar de la palabra; dejar las gafas de magister miope 
para mirar con ojos alucinados la trasmigración de la 
naturaleza al arte; encontrar la verdad estética y pa- 
gar la emoción que nos brinda con el oro espiritual 
del elogio más o menos efímero; alentar al artista con 
el entusiasmo que despierta en nosotros y que le de- 
volvemos reflejado con algo de nuestra substancia 
psíquica, he ahí la función vital de la crítica. 

Y he ahí también por qué nos complacemos hoy en 
iniciar estas crónicas de arte con la presentación de 
un joven pintor, Etchebarne Bidart, que desde Meló 
nos trajo un conjunto de hermosas telas que expuso, 
sin pedantería, sin rédame^ en el salón de Moretti y 
Catelli. 

No ostenta medallas ni títulos académicos. Tampo- 
co colorea su sencilla biografía ningún episodio nove- 
lesco, ningún rasgo extraño de carácter. Joven y ar- 
doroso, nos presenta su obra con la modestia del que 
muestra para ser comprendido y no para venderse. Y 
también con el amargo convencimiento a priori de que 
el gros pubUc ha de pasar indiferente ante sus cua- 
dros como pasa delante de aquello que no trae lujosas 
etiquetas europeas. 



'•/ 









'■»- I 



132 PEGASO ' ' 

Sin ascender a las urbes ultracivilizadas, más bien 
descendiendo de la molicie urbana a la paz campesina, 
Etchebame encontró su verdadera vía. Decimos des- 
cendiendo en un descenso aparente, pues abandonó la 
ciudad inquieta por el pueblo dormido, mas abandonó 
también las vías holladas para buscar con el consejo , 
del **pino y del paraíso" la verdad emocional que le 
ofrecía el campo simple y humilde, para llevarla des- 
pués como un nuevo fruto a la "ciudad tentacular", 
acaparadora y ávida. 

Su obra es la revelación de un doble triunfo, el triun- 
fo del carácter sobre la bohemia, y el triunfo del pueblo 
sobre la ciudad. Vale decir, vencer las atracciones de la 
bohemia halagadora y delicuescente, que enturbia toda 
personalidad en la media tinta brumosa de los caba- 
rets nocturnos; que juzga por el gesto, por la "pose", 
por los arrestos demoledores; que incita al croquis y 
al esbozo "genial" y que ensalza siempre '.*lo que no 
es, pero que podría haber sido", en un futuro muy 
condicional. Y vencer también la atracción de los círcu- 
los y camarillas para ir al seno de la naturaleza, de 
la mano del silencio, exaltando sus propias virtudes, 
abriéndose de par en par al cielo luminoso y sintien- 
do renacer el optimismo como una flor lozana que cre- 
ciera en verdad, en sabiduría y en emoción. 

Fué nuestra naturaleza la que lo educó definitiva- 
mente. Porque no fué a buscarla, la caja de colores en 
una mano y el chambergo al viento, con afanes egoís- 
tas y falaces. No fué a arrebatarle sus bellezas para 
pagarle al día siguiente con el olvido, como se hace 
con las míseras modelos de taller. 

Fué con el alma simple y libre a dejarse conquis- 
tar, a sentir su influjo dominador y vivificante. Fué a 
convivir en su seno todas sus horas diversas y fuga- 
ces, alegres, risueñas, melancólicas, dolorosas. Y en 
ese idilio calmo la naturaleza le entregó sus secretos 



■)' 



' - " CBÓmCAS DE AETE 133 

como madre o como amante, o como ambas cosas a 
la vez. 

Por eso nos atraen los cuadros de Etchebarne. Hay 
tanta naturaleza en ellos, que llegan a nosotros, o nos- 
otros entramos en ellos olvidados de nosotros mis- 
mos. El paisaje tiene muchos modos de seducir: ar- 
monías extrañas de color, ordenaciones decorativas, 
grandes composiciones rítmicas, agrupaciones lujosas 
de formas naturales. Pero cuando nos trae una voz de 
la naturaleza nuestra, frágil como el suspirar de la 
cascada, y musical como el canto del pájaro nativo, es 
cuando su poder de seducción es mayor. Ño os ya el 
deleite imaginativo y sensual. Todas nuestras facul- 
tades se agitan y salimos de nuestro rol de especta- 
dores para movernos en el escenario natural. Nues- 
tra pesada envoltura humana se hace sutil y ligera, y 
desatados del tiempo y del espacio nos vamos por va- 
lles y por lomas renovando las emociones de otras ho- 
ras, aun aquellas que creíamos dormidas pura siem- 
pre. Nos hacemos hermanos del árbol y de la piedra, 
hablamos despacio con la verde alfombra y con el 
manto azul y constituímos una parte esencial de todo 
eso, Naturaleza, eterna cuna de belleza. 

Esta generosidad es la que tienen los paisajes de 
Etchebarne, Nos hablan con voces familiares. Nos dan 
todo lo que tuvieron un instante, color, luz, aire, rui- 
dos, aromas. Los cuadros crepusculares exhalan un 
vaho de tramonto, perfumado de trébol y de manza- 
nilla que inunda toda la sala. Y el diálogo musitado 
por "el pino y el paraíso" puebla de tennos murmu- 
llos la quietud del ambiente que nos rodea. 

Etchebarne no ha buscado sus temas, ao los ha 
compuesto, como se dice en jerga de pintores. Tampo- 
co buscó la emoción para trasmitirla; la encontró allí, 
cerca de él, por el camino siempre transitado, frente 
a la ventana siempre abierta. 

Y creemos que muchos de esos paisajes han vivido 



■: t 



134 . PEGASO ■ • ' 

ante sus ojos y que ellos han ido hacia él en vez de ir 
él detrás de los efectos cautivantes. 

Así, Etcheharne ha conquistado los secretos de los 
grandes pintores. Ve hondo, desgarra el velo super 
fioial, la apariencia atrayente, para buscar la esencia 
del paisaje. Y siente la palpitación de la naturaleza 
en los momentos de exaltación en que se hermanan el 
ahna de la cosa y el alma del artista y de la misma al- 
curnia, se hablan de igual a igual, siu saber si es el 
hombre el que desciende al seno desconocido de las 
cosas, o las cosas las que se empapan de las misteriosas 
virtudes estéticas. 

Esta compenetración con la naturaleza existe en to- 
da su obra. Y no queremos detenernos en los detalles 
de carácter técnico de los cuadros de Etchebarne, Es- 
tán construidos, no porque el dibujo, ni los planos, ni 
las medias tintas, ni las distancias estén bien realiza- 
dos, sino porque por sobre todo esto los ha construido la 
emoción. Ha trabajado a todas las horas y no se ha 
detenido ante ninguna dificultad. Y con esta audacia 
juvenil y consciente, ha obtenidoi hermosas realiza- 
ciones; así, sus cuadros crepusculares "El pino y el 
paraíso", ** Atardecer", ''Crepúsculo otoñal", jtinto 
con los de retratos constituyen lo mejor de su obra. En 
estos retratos fué donde culminó su deseo de vencer 
dificultades. El del ingeniero Murguía, en una media 
hn de atardecer, con un fondo crepuscular inferior a 
sus otros crepúsculos, tiene grandes méritos, aunque 
la figura tenga cierta rigidez en las telas. Nos seduce 
más ''Gongalino el chirquero", quizás por el efecto de- 
corativo obtenido con naturalidad. Esta figura, con su 
actitud oasi geométrica, se destaca sobre un fondo lu- 
minoso de mediodía, como un símbolo. El carácter ra- 
cial, duro, templado, enérgico, le da cierto parentesco 
con la naturaleza que lo rodea. Es una roca negra so- 
bre el campo verde, que brilla en rudeza y en tenaci- 
dad. Y los rasgos angulosos de la estirpe parecen en- 

\ 



CBÓNICAS DE ARTE 



135 



cerrarse en la cristalización definitiva de una inmensa 
piedra de ónix. 

No seguiremos analizándola obra de Etchebarne. 
Nos ha revelado las bellezas de nuestras cosas, mon- 
tes, lomas, arroyos, cielos, y aunque no ha rayado en 
todas sus realizaciones a igual altura, no queremos 
pesar el mérito intrínseco de cada una de ellas, por- , 
que lo qué nos interesa es saber qué camino sigue y 
cuáles son las virtudes que ejercita en su difícil ca- 
rrera. Y si continúa sereno, fuerte, sincero, constante, 
encontrándose a sí mismo en cada obra, nos ha de 
ofrecer mañana, como nos ofreciera hoy, su conquista 
de belleza, no objetiva y fiel, sino íntima, enaúoional, 
intensa, saturada de alma. 

* - • ' 

C. A. HerrbbaMac Lean. 



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GLOSAS DEL MES 



Alfonso Broqna 



He aquí un artista genuino y total. No hay rama del 
arte que no le interese, y nada le interesa fuera del 
arte. 

Cultiva la poesía como necesario esqueleto de la mú- 
sica y en ésta refunde todas las manifestaciones artís- 
ticas: traduce con sonidos el color de los paisajes, o 
el ánima muerta de las piedras, con lo que, a su modo, 
es también pintor y escultor. 

Su inquietud se revela al primer golpe, en numero- 
sos tics que andan continuamente zigzagueando por 
su cara. Se adivina que reflejan una exaltación inte- 
rior, propia de espíritu sutil y lujuriosamente inervado. 

Habla lo justo y casi sin adjetivos. Se diría que 
siempre anda apremiado por el tiempo, como hombre 
que ha dado una cita y teme llegar tarde a ella. 

A primera vista creeríasele versátil y cierto trashu- 
mar constante, buscando cambio de ambientes y pa- 
noramas, como si se hastiara pronto en cualquier si- 
tio, parecería confirmar aquella apariencia; pero, he 
aquí, que difícilmente se encontraría un hombre tan 
fijo y enraizado en su heredad — dominio de belleza 
pura — que podría decirse que sólo ha comprendido el 
sentido estético de la vida. 

Tal la semblanza de este artista que, empujado por 
legítimas esperanzas j buscando propicios escenarios, 



'';/'' GLOSAS DEL MES l37 

está a punto de partir para Norte América con los ori- 
ginales de su ói)era **La Cruz del Sur", cuyo argumen- 
to adelantamos hoy en las páginas de esta revista. 

Broqua, al estilo de los grandes maestros, no sólo 
ha concebido la música, sino la letra y el drama de su 
obra, con lo cual, seguramente, ésta adquirirá una uni- 
dad de acción y de emoción, una justeza íntima entre 
el color, lá idea y el ritmo, imposible de hallar en lo 
que ha nacido de diversas fuentes. 

Más de un lustro de trabajo constante y tenaz hay 
condensado en esta obra, que miramos con doble sim- 
patía, por el esfuerzo superior que representa y por- 
que está impregnada de americanismo. **La Cruz del 
Sur" no es una ópera de argumento más o menos 
aborigen, musicalizada a la europea. Broqua, sin 
despreciar el auxilio de las técnicas más avanzadas, 
ha puesto en esta ohra valores musicales autóctonos, 
buscando inspiración en el amplio folklore indígena y 
en el que produjo la mestización. De este modo "La 
Cruz del Sur" adquirirá un sello característicamente 
sudamericano, lo que la hará destacar por una vigo- 
rosa originalidad. 

Para mayor ventura ha encontrado en Alfredo Gui- 
do, — el notable pintor y aguafuertista rosarino, cuyos 
conocimientos en el arte primitivo americano le dan 
la autoridad de un maestro indiscutido, — el colabora- 
dor imprescindible para orientar la futura labor de los 
escenógrafos. Por amabilidad del señor Broqua nos 
ha sido posible admirar las telas ilustrativas pintadas 
por Guido para **La Cruz del Sur", y en las que no 
se sabe qué alabar más: si el arte del paisajista, si la 
sobriedad y el vigor sugestionante de los gestos y las 
figuras, o la meticulosa exactitud de los vestidos, los 
cacharros, las viviendas, las armas y, en general, de 
todo lo que caracteriza a la civilización incásica y 
quichua. 



l^yw^ 



• •• I 
I.. 






138 PEGASO ' " - 

Pegaso ha querido dedicar la glosa de este mes al 
artista viajero, que va a partir en medio de la indife- 
rencia y el silencio, y al que espera saludar un día al 
modo hímnico con que se realza a los vencedores. Bien 
ganado tiene el triunfo que le aguarda y que le desea- 
mos todos los de esta casa, a la que ha honrado con su 
amistad y en la que se tienen por los hombros de su 
tesón y los artistas de su talento, el respeto más alto y 
la más profunda simpatía. 

^ I ■ 
José Mabía Delgado. 

De casa 

Festejando la aparición de los cuatro primeros vo- 
lúmenes de la Editorial Pegaso, tuvo luarar en los úl- 
timos días de este mes, un banquete ofrecido por el 
Directorio a los ailtores señorita Luisa Luisi y seño- 
res Vicente A. Salaverri, José María Delgado y Telmo 
Manaeorda. Presidió la cena el doctor Asdrúbal E. 
Delgado, Presidente de la Cooperativa Editorial Pe- 
gaso, Fué una fiesta amable y cordial, que se repetirá 
mensualmente, como un medio de reunir en una iiora 
al grupo intelectual que prestigia y colabora en la 
cultural cruzada emprendida con tanto éxito por nues- 
tra Cooperativa. 

La Pegaso editará en estos días uii nuevo volum.Mi, 
"Agua del tiempo", poemas nativos- del joven poeta 
Fernán Silva Valdés, cuyas últimas producciones se 
han singularizado por su fuerza expresiva, su belleza 
plástica, su poesía intensa y colorida. Será un nuQvo 
éxito de la naciente empresa, a In. que Pegaso ha pres- 
tado sus alas, y con la que estamos sinceramente orgu- 
Uososí . I 



r 1 ' 



\ ■ 



NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 



Epistolario de Eodó. — Biblioteca Latino-Americana. — París. — 1921. 

La Biblioteca Latino-Americana, que dirige el señor Hugo D. 
Barbagelata, en París, reunió estas cartas del eminente pensador. 

Quienes confiamos mucho en cuanto la correspondencia de esta 
clase de hombre lleva de su intimidad espiritual, nos vemos defrau- 
dados; estas cartas, aunque movidas por diversos tópicos, rezuman 
una" cortesía monocorde, totalmente •desfavorable a la realización de 
nuestras esperanzas. Nada dejan entrever de aquella alma, por lo 
cual es de desearse una publicación miás completa que saque a luz 
aspectos recónditos. Un epistolario cuya aridez evoca al copiador de 
una correspondencia comercial o técnica no es lo que merece Eodó. 

— E. S. 

« »■ 

Las Campauas de Oro. — Selección de poesías de Carlos Pezoa Veliz. 

— ^Biblioteca Latino-Americana. •-=- París, 1921. 

Obsequio de la Biblioteca Latino-Americana, dirigida por Hugo D. 
Barbagelata, hemos recibido este hermoso libro de versos. Carlos Pe- 
zoa Veliz es el poeta del infortunio, el lírico del dolor, la esperanza 
que se malogra, el viajero cuya "es la noche en la mitad del día. . . " 
Poeta por el corazón lleno de música, poeta por el cerebro lleno de 
luz, poeta por el alma llena de congoja, — Pezoa Veliz, que cantó 
al pintor Pereza, a Pancho y Tomáp, al alma chilena y a San Ig- 
nacio Confesor, — tuvo la originalidad fu«rte, el vuelo seguro, la 
rima triste de los grandes poetas decadentes. "Se fué con las liojas, 
en un atardecer de otoño ' ', ,no sin haber dejado antes esa gavilla 
de versos, dorados como abejas, trémulos como estrellas, profundos 
como almas... Ese poema de Juan Pereza, melancólico y hondo, — 
enorme melancolía, — está redondeado en la cuarteta final: "la 
vida... sus penas... ¡chocheces de antaño! — Se sufre, se sufre... 
ipor qué?... ¡porque sí! — Se sufre, se sufre... Y así pasa un 
año -!— y otro año... ¡qué diablo! La vida es así..." — Esa can- 
ción del tren, — las quintetas a Teodorinda, — los octosílabos del 
organillo, — todas las composiciones del libro, si bien ya retrasadas 
en la forma porque el tiempo pasa tan ligero, y aunque Pezoa per- 



), 
I 



140 PBOASO ^ 

tenece al novecientos murió demasiado pronto, — tienen todas ellas 
el sabor de las cosas personales, la propiedad de un poeta positivo, 
el carácter de una brillante originalidad. Es sencilla j profunda, 
tristísima y serena como la misma Uuvi^ en la tardé, esa verlainiana 
"Tarde de hospital'' donde el poeta "para espantar la tristeza" 
duerme, aunque después se despierte sobresaltado con el lloriqueo del 
agua. . . 

Pezoa Veliz será siempre, a pesar de haberse ido tan pronto, un 
gran poeta americano. Su memoria tiene desolación y, amor, atribu- 
tos sagrados. Bien está, ,pues, ese prólogo de Leonardo Pena y ese 
afán piadoso de Hugo Barbag^lata, que recoge en un libro la obra 
dispersa del viajero malogrado, — para brindárnosla en la más pura 
idealidad y con la más simple emoción... — í. M. | 

Critica de la Literatura Uruguaya. — Por Alberto Zum Felde. — Monte- 
video. — 1921. 

'En un país en donde casi todos opinan de oído y tanto se peca de 
audacia para criticar sin mayor conocimiento 'de causa, la aparición 
de un libro como el que comentamos, puede casi considerarse como 
un milagro. 

He aquí un crítico que se ha encerrado en su gabinete de labor, 
ha pasado largas vigilias estudiando, uno por uno, todos los libros 
de los autores elegidos, los ha meditado seriamente, los ha com- 
parado y juzgado en sus valores «ocíales, éticos y estéticos, y todo 
con una conciencia de hombre que toma el arte como cosa funda- 
mental y no como simple e inocente pasatiempo. Ciertamente, esto 
es extraordinario en nvestro medio y sólo por la cantidad de tra- 
bajo, la magnitud del esfuerzo y su valor sintético, "Critica de la 
Literatura Uruguaya" merecería ser alabada sin reparos. 

Pero fu«ra de estos méritos conceptuales y que revelan una 
investigador, hay un exégeta singular, capaz de abrazar en toda 
su amplitud la labor de un artista, su psicología, la influencia que 
ha dado y recibido del medio, su clasificación doctrinaria, la belleza 
de su arquitectura exterior e interior, en fin, todo lo que ennoblece 
a la critica y la levanta a los planos snpei-iores del arte. 

Así se ve al autor, frecuentemente, aportando ideas propias y 
ricos razonamientos al debate de problemas literarios y psicológicos 
Que si bien están relacionados íntimamente con los escritores com- 
patriotas comentados, tienen caracteres universales y dan, por lo 
tanto, al libro, «n valor mucho más grande que el simj lemente re- 
gional. 

Pero a más de estos méritos conceptuales que revelan ti una 
mente superior, está también la obra del esteta, exteriorizada en 
el estilo de una prosa rotunda y brillante, en el manejo de la iro- 
nía, en la modernida<l y la justeza de la adjetivación, en la audacia 
y elegaH'Cia de los giros, en la riqueza lexicográfica: todo lo cual 



■■ ■,^-^-' .¡r%- 



NOTAS bibuooríficas ' 141 

c 

hace que se apuren las páginas del voliunen con el doble deleite 
de lo que está bien meditado y bellamente dicho. 

Aun cuando se desconociera la importancia de su obra anterior, 
este sólo libro bastaría para colocar al señor Zum Felde entre los 
críticos más sagaces y completos que actualmente se mueven en el 
escenario de la literatura continental. 

Hecho cst<á, con lo «que acabamos de expresar, el elogio del libro 
y del artista. Es <ie toda justicia, todavía, añadir dos palabras sobre 
el valor del hombre, sin lo cual todo lo anterior tendría sólo una 
importancia relativa. 

Se necesita una fortaleza verdaderamente masculina para afron- 
tar la situación desventajosa y agria en que se coloca todo aquel 
que dice sincera y abiertamente lo que piensa. 

fíquivocado o no en sus juicios, el señor Zum Felde da el espec- 
táculo ejenuplarizador de un crítico tan noblemente diapuesto a 
rendir homenaje a los valores que su conciencia cree positivos, como 
a lanzar todas las piedras de sus poderosos razonamientos contra 
los ídolos que considera falsamente entronizados, aun cuando tenga 
que enemistarse, por ello, con el concepto general y hasta con los 
sentimientos patrióticos. 

Con razón el autor ha transcripto en el prólogo del libro las vi- 
riles palabras de Eomain EoUand, a cuya fórmula ajusta estricta- 
mente su conducta: "Todo hombre que lo sea en verdad debe 
aprender a quedar solo en medio de todos, a pensar solo por todos, 
y, si es necesario, contra todos." — J. M. D. 

La Alondra Encandilada. — ^Poesías. — Por Bafael Lozano. — Madrid. 

1921 . 

Eafael Lozano, como sus hermanos mayores, ha ido desde las sel- 
vas mejicanas, a París y a Madrid, con la loca ilusión de ver, amar 
y cantar. . . Con una juventud jocunda y activa, ardiente y audaz, 
emocional y alegre como la misma primavera, va coniquistando al- 
mas y, ciudades en loco vuelo de alucinación. 

Luis G . Urbina, el exquisito madrigalista del beso enamorado de 
una mano, grabó en el frontis de este libro del joven poeta, un 
prólogo de maestro que pone un rayo de luz en el plumaje de esta 
' * alondra encandilada "... 

En realidad se trata de un libro inquieto, ardoroso, variable, 
donde bien se ve al fauno -entregado a sus alegres juegos antiguos 
en el apartado soñador del bosquecillo. . . Pan y Eros dan la pau- 
ta: Verlaine, Samain, Bubén dan la harmonía... La primera 
parte del volumen tiene un panteísmo encantador, una dulce inge- 
nuidad, un ardor trémulo . . . Lozano viene ' ' con el alma en las 
manos"... En la segunda parte hay inquietud, dolor de ausencia, 
melancolía de recuerdo. El poeta es joven y ya tiene una pena para 
decir... La amada es un remanso al sol poniente, y como en la 



.( ■ 



142 . " PEGASO \ 

laguna la garza que medita, en ella se refleja el alma entera... 
;^' ' "La saliiduría de la tristeza" se titula la tercera parte. Aparece 

el mal metafiaico, el mal infinito... Hay impresiones de Calif or- ' 
nía, de Nueva York: versiones de Paul Fort, de André Gide, de 
Robert Browing... La cuarta parte está rotulada "Frescos de pe- 
ristilo", y en ella Lozano, cuya lírica es toda la primavera, canta 
a Cuauthémoc, a la Maliuche, a Oleopatra, a Salomé, a Lincoln, a 
^ las pinturas del Greco, a la música de Bebusay... £n la quinta 
parte, que se llama "libro de estampas", el poeta ensaya una 
composición de tres líneas, — sintética, brillante, emotiva, — que, sin 
embargo, no convence, porque a veces la poesía no está ni sugerida 
siquiera... Por ejemplo: en "las cuatro estaciones" las estampas 
brevísimas no tienen el color preciso^ no dan la sensación exacta. . . 
En la última parte, "Sinfonía de los jardines", Lozano dice el 
elogio del Luxemburgo y de Versalles. . . La emperatriz Eugenia 
parece que viene por uno de ellos; María Antonieta ha pasado por 
otro, con un libro en la mano. . . 

Hemos llegado al fin: Bafael Lozano ha llenado con el oro puro 
de su poesía, nuestra pequeña estancia íntima, como en otras veces 
las manos amadas han derramado el perfume de los jacintos y de 
las violetas sobre nuestra mesa 3e trabajo. ( 

Las conclusiones son claras y sencillas. Lozano es poeta de veras, 
y en su visión singular de las cosas, deja un toque de luz que en 
ocasiones es una joya. . . Está todavía en la inquieta senda de la 
mocedad, pero lleva en sí el alma del mundo. ¡Saludémoslo! — T. M. 

La Mujer Inmolada. — Por Vicente A. Salaverri. — Editorial "Pega- 
so". — Montevideo. — 1921. 

Cuando no hace mucho tuvimos el honor de opinar en estas pá- 
ginas sobre la última novela de este autor, resumimos nuestras es- 
peranzas en su labor futura, diciendo que quedábamos en el puerto 
viendo partir las galeras . . . 

He aquí las galeras de retorno, y en nu«stras manos ávidas la 
obra nueva; no del campo, tal cual esperábamos, sino de la ciudad. 
Que esta advertencia sirva de peana a nuestro elogio: ya era 
tiempo de que los escritores fijaran para el arte los elementos de 
vida urbana, pues aunque no ignoramos dos o tres ejemplos de 
mérito considerable, cabe decir que el hervor de la urbe no ha te- 
nido aún las plumas que merece. 

Por suerte ya aparecen comprobaciones del interés suscitado por 
esta vida rebañega; y "La Mujer Inmolada" es, sin duda, un alto 
documento de complejidades competentes a más avanzadas civili- 
* zaciones; y que, sin embargo, contenemos; probando que nuestro 

vivir ya se estremece por sensaciones, de las q1ie alteran, muy ho- 
norablemente, la vida aldeana. 



NOTAS bibliogrXpicas 143 

Sería 'ínenester olvidar los últimos años de nuestras eiónicas so- 
ciales y artísticas para no acertar en seguida con el terrible drama 
que cuadró al arte del señor Salaverri para su lucimiento. Y aunque 
por comprensible pudor no mediremos el espacio que él cedió a la 
verdad, digamos, sí, que un inevitable espeluzno remaba el interés 
con que esas páginas se recorren, aunque la tragedia es casi con- 
temporánea, y nuestro conocimiento de ella le restaría interés _ . 

El señor Salaverri tuvo habilidad para galvanizarla, embelle- 
ciéndola> no por arte cosmética, sino con originalidad que lo reco- 
mienda mucho. , 

Y en llegando a esto, pues que tocamos la manera del autor, cabe 
referirnos al prólogo de esta novela, donde el señor ¿ínlaverri ex- 
plana sus ideas actuales sobre el punto. Ahí discrepamos; el arte 
no podrá ser de este ni de aquel otro modo único; será vario, pues 
que debe cumplir a multiplicidad de emociones; y no tendrá sistema. 

Pero esto pudiera ser motivo de más ancho comentario, que acaso 
algún día ensayemos. Y entonces, ¿sabe el señor Salaverri, obser- * • 

vador de las fórmulas de Maupassant, sabe el señor Salaverri con 
quién vamos a convencerlo? Pues con el señor Salaverri mismo, que 
es el más encantador ejemplo contrario de aquel cuentista monocorde — ' 
y fatigante como una llanura mustia. 

Sin buscarlo establecimos un nuevo elogio del autor de " La Mujer 
Inmolada"; pero quede ahí, pues, que de él no nos arrepenti- 
mos.— B. S. • I 



Florilegio. — Versos de M. Magallanes Moure. — Edición "Convi- 
vio".— Costa Kica.— 1921. 

He aquí al poeta del otoño, largo tiempo callado como si estu- 
viera bebiendo el alma de la tarde, y de vez en vez tremante de 
versos como un árbol que reúne en sus ramas los pájaros viaje- 
ros. . . Canta el ánima rerum, la tristeza del invierno, la gravedad 
de los bueyes, la melancolía del otoño. . . Y siempre la estación 
otoñal, frecuentemente la elegía de ese inteffmezáo amairillo d^ 
hojas mustias ... £1 mar y, la tarde son el horizonte diario de sus 
meditaciones, el sempiterno telón de fondo de su paisaje. Pero, 
como la vida de los hombres tanto se asemeja a la vida de la na- 
turaleza, lo que un día y otro día es gris y triste, es a veces luz y 
color... El amor embellece: en el amor la vida y la poesía. Ma- 
gallanes Moure calla y sueña y canta: tiene borroso el sueño: re- 
cobra y pierde sucesivamente la cristalería alegre del arroyo, la 
grandeza inquietante del mar, el aire distraído del árbol, el vellón 
blanco de la nube ligera, la voz triste y antigua del pájaro humil- 
de, con que va haciendo y deshaciendo su poesía, una de las más 
altas y más nobles del Chile moderno. — T. M, 



* 



./."•Tjryr'. ■??■'%. '■ v 



144 PEGASO 

En el Aiul. — ^Poesias «por Fernando Maristany. — Editorial Cervan- 
tes. — ^Valencia. 

Forma este itomo de poesias la primera parte de uu binomio li- 
rico, del cual "La Dicha y el Dolor", obra que comentamos ya en 
números anteriores de "Pegaao" constituye la segunda. 

Aparecen aquí también, aunque quizás no tan firmemente diseña- 
dos, como en "La Dicha y el Dolor", las múltiples cualidades que 
señaláramos en elogio de est# lírico, vma, de las figuras represen- 
tativas del actual parnaso hispánico. 

El libro trae, además, un bello prólogo de Pascoaes, él notable 

poeta lusitano. — J. M. D, 

■ • • _ ' I 

Glosas y Escoldos — Por José Fernández Coria. — ^Buenos Aires. 

He aquí un libro sano y bueno. El autor ha reunido en él una 
serie de artículos — si inconexos por el asunto, ligados por el espíritu — 
en los que ha volcado el trop plein de su alma. Bueno y sano porque 
en lenguaje sencillo y claro, habla sobre las cosas que se le van 
ocurriendo, con sinceridad y emoción. Pero encontramos que su emo- 
ción es realmente comunicativa sólo cuando trata sobre temas edu- 
cacionales. "El problema educacional" y las "Memorias de un ra- 
bonero" son sus mejores capítulos. Estas últimas sobre todo. Hubo 
un momento en que nos hicieron recordar a D'Amicis, aunque no es 
el género. 

Lalk escuelas frías y sin alma, para la estadística; el maestro de 
gramática, sucio y malqueriente; el de historia, entusiasta por su 
c^itedra, cariñoso y amado por sus discípulos; el compañero Patri- 
cio, a quien llegó a negar un día como Pedro; los detalles bien ex- 
puestos y las reflexiones bien hechas; el placer de la rabona y el 
sentimiento de su falta en las escuelas sin alma: todo eso lo dice 
Fernández Coria con una sencillez que es un encanto y con una ver- 
dad que da calor. 

Desearíamos que su futuro libro fuera todo él como este capítulo 
que elogiamos sin reparo. — A. B. 

Jnaaa de Ibarbonrou. — Ensayo. — ^Por Alejandro Andrade Coello. — 

Quito, Ecuador.— 1921. 

Muy interesante este folletito de veinte páginas, que el espíritu 
amable de Andrade Coello ha dedicado a nuestra gtan poetisa Jua- 
na de Ibarbourou. "Revela amor, conocimiento, espíritu. No im- 
porta que no coincidamos en ciertos conceptos, acaso desvirtuados 
en su valor por la distancia que hace mirajes. Lo qu« aquí vale es 
el entusiasmo de corazón, el entusiasmo por nuestras cosas, que 
Andrade Coello elogia y engrandece con generoso ademán y ritmo 
puro. — T. M. 



144 



rEtiASO 



Eu el Azul: — l'oi'sins ,\\oy Fim ikumU) Mari>^l.iMy. ¡'¡ilitininl l'i'ix.'iii- 

tcs. \ :ili'iui;i . 

r'iiiiiKi istc tdiiio ih' i'iii sias la piiiiu'ia pailr dr un liiiiiimio li 
vil o. lU'l 1 nal ■ ' 1 .a l'iilia \ i'l Holoi ", olua i|ni' c oiiuMiIaiitos va i'U 
iiiiMM'itis aiitcí iorcs ilf ■'Po};aso" i oiist il ii\ r la Mi^iimla. 

A paicci'ii ai|Ui tainlmii, auiuiuc i|iii/as no tan lii iiicii ciilt diseña 
iliiH. lonuí 111 '"La l>iilia v f\ IU>liir''. las iiinlti|ili's iiiaruiadc.', que 
st'ñalá la MHI-. i'ii cIdl;'!) di' este liiiii». i>na di' las lii;iii:is ii'|i|i'st'n 
tativns di'l actual paniaso liis[i:'i^iii(). 

I'.' Iil'iii 'iiac, ademas, un ludln iinKiL;o di' l'asioai'Sj i\ tudablí' 
jiHía lusiiann. J. M. D. . i 

Cílusas y Esfoldos Por .lose l'ei n ande,, t oi la . Hílenos Aires. 

lie :i(|iii lili libio sano \ bueno. Ill antoi lia reunido en él una 
seiii' di' ail nulos si iui one\os j.or el asunto. Hilados por el es|Miitn 
en los <{iie ha \ ideado el trop ploiu de su alma. Kiieno \ s:iiio |ioriiiie 
en lei¡L;!ian' seiuillo \ el.aio, liabla sobie las eosas (|iie se le \aii 
or niiieiido, íOit simeiidad \ enioi ien l'eid eioont la mos ijiie su emo 
i ion es rea'meiite einnuiiiv al i\ a sido eii.ando trata sobre lemas edii 
raeíonales. ''1.1 ] roldeina. ediu;ieioiial ' ' v las •'Memorias de un ra 
bullero'' son sus meioies ia|nliilos. l'Isl.as ultimas sobre todi>. Iliibo 
un inomento en i|iie nos hicieron reroidar a P".\mi(is, auii<iue no es 
el íii ñero. 

Las escuelas lii.-is \ sin .lima, para la esladist ic a ; id maestro de 
tiraii'íit ic;i, siiiio \ ;iial(|Ueiient e : el de hisloiia. entusiast;i por su 
cátedra, c.-niñoso \ aiii;ido por sus discípulos; el cionp;iuero l'atri 
1 io, a iplieii IIcl:.! a. iie;4ar un día como redro; los detalles bien ex 
puesto- \ las 1 cllexioiies bien heelias; el pl.'U'i'i- ele l;i rabona v el 
sen! iinienl o de s;i l'alta eu l;is eseuelas sin alma: tocio e.so lo dice 
l''eriiaiicle/. Cenia c-oii una seiicille/ (|iie es un ene.'into y eou una \ er 
d.'id <|iie da eal(H'. 

I N'seai laníos (pu' su l'utuio lilno liieía todo él c-omo este eapilulo 
qni' elogiamos sin lepaio. A. B. 



Juana de Ibarbouroii. Knsa\(i. I'or .Vlej.'iuclro .Vndr.'ide Cuello. — 

t^iito, llenador.- lOL'I . 

Muy iiiteiesaiite este lolletilo ele Vi'ilite páginas, ipie el espíritu 
amalde de .\iidrade Coello ha. di-dicado a iiuesti;i ¡:ran poetisa .lua- 
11,1 de I liarboiirou . K'ev ela amoi. louoiimii'iit o. espíiitu. \(i iill- 
poit:i ipie no loiiniíL'inios en ciertos c onrept.os, araso cles\ irl («idos 
en su \alor poi- la clistancia (|ue liai-e miraies. Lo ipic ¡npii \ale es 
el entus¡;ismc. ele cora/.ein, il eiit usi;i -mo por nuestras cosas, <|n«' 
.•\ndrade Cmdlo eloL'i.'. \ euLMlndecc cim pineros,, ademán y ritmo 
puro.- T. M. 



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Bodríguez Antonio M., Eincón 638. 
Cavlglia Buenaventura, Burgués 125. 
Jiménez de Arécliaga Eduardo, Treinta 

y Tres 1418. 
Llovet Ernesto, A. Chucarro 18. 
Maldonado Horacio, 25 de Mayo 511. 
Schinca Francisco A., Mercedes 826. 
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Daquó Juan, Soriano 1370. 

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Delgado José María, 8 de Octubre 120. 
Foladorl José, Constituyente 1719. 
Infantozzl José, Cuareim 1323. 
Ohigliani Francisco, Uruguay 188Í. 
Brignole Alberto, Canelones 1241. 
Scoseria José, Maldonado 1276. i. 
Vecino Blcardo, Piedad 1386. 
Mler Velázquez Servando, Continua- 
ción Agraciada 136. 
Toscsno Esteban J., Uruguay 881. 
Caprario Ernesto, Uruguay 1223. 

OZBTTJANOB DENTISTAS 



Oslmani Alejandro, 

Vázquez. 



18 do Julio y 




REVISTA hí;msufil 



DIRECTORES: 
PABLO DE GRECIA — JOSÉ MARÍA DELGADO 




OCTUBRE DE ig2i 



SUMARIO : 



Francisco Alberto Schinca 
Pablo de Orecia 
Luisa Lnísi 
Hugo Mayo 
Enrique M. Amorín 
José Maria Delgado 
Alberto Brig^ole 
Carlos Herrera Mac Lean 



El Uruguay y la cultura italiana 

Ginette 

Las nuevas literaturas 

Versos , 

El acecho 

Cuadros del conventillo 

Educación sexual 

Crónicas de arte: £1 concurso del 



monumento al gaucbo 
José María Delgado. — Emilio ) ^ii ^ i 
Simiel.- Alberto Brignole I ^^°«"" ^'^ »" 
, Notas bibliográficas 



Montevideo. 
URUGUAY 



AfiO VI. 






COLABORADORES PERMANENTES 

Alberto Brignole. — Manuel Benavente. — Buenaventura 
Caviglia ( hijo ). — Uaiael Cortinas. — Manuel de Castro. — 
Asdrúbal E. Delgado. — Eduardo Dieste — José M. Fernndez 

Saldafia. — Emilio Frugeni. Blas S. QenoTese. — Casar G. 

Gutiérrez.— Luis. A. de Herrera.— Juana de Ibarbourou. — Julio 
Lerena Joanicó. — Luisa Luisi. — Horacio Maldonado. — Julio 
Raúl Mendilaliarsu. — Raúl Montero Bustamante. — A. Montiel 
Ballesteros. — Emilio Oribe. — José Pereira Rodríguez. — Víclor 
Pérez Petit.— Carlos M. Prando. — Wifredo Pi. — Horacio Qui- 
roga. — Sanlín Carlos Rossi.— Vicente A. Salaverri. — Emilio Sa- 
miel. — Carlos Sabat Ercasty. —Juan Zorrilla de San Martin. — 
Alberto Zum Felde. — Armando Vasseur. 



SECRETARIO DE REDACCIÓN: TELMO MANACORDA 

Redacción: Todo lo referente a la Redacción debe dirigirse a 
los Directores, 8 de Octubre 120, Montevijdeo, Uruguay. — No 
se devuelven los originales. — Los materiales de Pegauo 
son inéditos. 

Administración: Todo lo referente a la Administración debe di- 
rigirse a San Salvador 2309, Montevideo, Uruguay. — Sus- 
cripción mensual: $ 0.50. — Avisos: convencional. 



Banco Hipotecario del . Uruguay 

INSTITUCIÓN DEL ESTADO 



GA JA DE AHORROS 

Abona por los depósitos el O V2 7o anual 

Invierte los dniteitos por cuenta de los aborrlstas, en "Títulos Hi- 
poteearlos", ^os cuales al precio actual, reditúan un interés mayor de 
6 o[o aooaL - 

, Los intereses de esos "Títulos" se pagan trimestriúmeñte el l.o de 
Febrero, el. I.» de Mayo, «1 1.* de Agoste y él 1.» de Kovtembre de 
cada afio. ^ 

Los "Depósitos", mientras no se inviertan en Títulos, y éstos con 
el " Cupón !' corriente, si la inversión ya se ha hecho, pueden ser re- 
tirados parcial o totalmente, en cualquier momento. 

Hace préstamos con la garantía denlos Títulos depositados y paga 
los "Cupones" por adelantado, mediante un pequeño descuento. 
' Entrega alcancías para el depósito y guarda de los ahorros pequeños. 

Loe depósitos tienen la garantía del Estado, adnnás de la del Banco. 

Los "Títulos Hipotecarios" se emiten scdamente contra la garan- 
tía real de hi^nes inmuebles, urbanos y rurales. 

lias libretas qué entrega, , contienen las condiciones de la operación. 

CALLE MISIONES, 1429, \ 435 y Uo9 

BANGO FRANCÉS 

Supervieíle & Cía. 

(SOCIEDAD COLECTIVA). 

BSTnBLBeiDO BN BL ANO 1887 

423-25 DE MAYO-427 MONTEVIDEO 

Efeclüa toda clase de operaciones bnncarias, en el Pdís y con 
todas liis plazas del mundo. 

COFFRES-FORTS (cms d< imm) 

. para fl servicio del público. v^ .^ 

Cai!<a en Buenos Aires 

SUPERVIELLE & Cía. 

150 »AN nABTIN Y PAS»AJB «iÜBSIES 

J. M. «ORI.RUO. fieiTiitr. 









i^c. 



L ^a 



CX)LABORADORES PERMANENTES 

Alberto Brignole. — Manuel Benavente. — Buenaventura 
Caviglia ( hijo ). — Ismael Cortinas. — Manuel de Castro. — 
Asdrúbal E. Delgado. — Eduardo Dieste — José M. Fernndez 
Saldafla. — Emilio Frugoni. **• B-ia^ S. Oenovese. — Casar G. 
Gutiérrez.— Luis. A. de Herrera.— Juana de Ibarbourou. — Julio 
Lereoa Joanicó. — Luisa Luisi. — Horacio Maldonado. — Julio 
Raúl Mendilaharsu. — Raúl Montero Bustamante. — A. Montiel 
Ballesteros.- Emilio Oribe. — José Pereira Rodríguez. — Víctor 
Pérez Petit.— Carlos M. Prando. — Wifredo Pi. — Horacio Qui- 
roga. — Sanlín Carlos Rossi.— Vicente A. Salaverri. — Emilio Sa- 
miel. — Carlos Sabat Ercasty. —Juan Zorrilla de San Martin. — 
Alberto Zum Felde. — Armando Vasseur. 



SECRETARIO DE REDACCIÓN: TELMO MANACORDA 

Redacción: Todo lo referente a la Redacción debe dirigirse a 
los Directores, 8 de Octubre 120, Montevideo, Uruguay.— No 
se devuelven los originales. — Los materiales de PEOAbO 
son inéditos. 

Administración: Todo lo referente a la Administración debe di- 
rigirse a San Salvador 2309, Montevideo, Uruguay. — Sus- 
cripción mensual: $ 0.50. — Avisos: convencional. 






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Banco Hipotecario del Uruguay 

:^:¿^^ INSTITUCIÓN DEL ESTADO - 



GAJA DE AHORROS 

Abona poí* los depósitos el O V2 7o anual 

Invierte los depósitos por cuenta de los agonistas, en "Títulos Hi- 
potecarios", ^03 cuales al precio actual, reditúan un interés mayor de 
6 o|o anual. -^ 

Iios Intereses de esos "Títulos" se pagan trimestralmente el l.o de 
Febrero, el. X," de Mayo, fA. 1." de Agosto y el 1.° de Noviembre de - 
cada año. . vv'-í";"s::'"-- ;'':■:■: V'«- 

Los "Depósitos",' mientras no se inviertan en Títiüos, y éstos con 
el "Cupón'' corriente, si la inversión ya se lia becho, pueden ser re- 
tirados parcial o totalmente, en cualquier momento. 

Hace préstamos con la garantía de los Títulos depositados y paga 
los "Cupones" por adelantado, mediante un pequeño descuento. 

Entrega alcancías para el depósito y guarda de los aborros pequeños. 

Iios depósitos tienen la garantía del Estado, adnnás de la del Banco. 

Los "Títulos Hipotecarios" se emiten solamente contra la garan- 
tía real de bienes inmuebles, urbanos y rurales. 

Las libretas qué entrega, contienen las condiciones de la operación. 

CALLE MISIONES, 1 429, \ 43:) y Uo9 

^AÑCO FRANCÉS 






Supervieíle & Cía. 



^ ^ .;^ (SOCIEDAD COLECTIVA) í 

.^ BSTABLBeíOe BN BL ANO 1887 

423-25 DE MAYO-427 MONTEVIDEO 

Efeclúa toda clase de operaciones bnncarias, en el País y con 
todas las plazas del mundo. 

fe : ¿ri COFFRES-fORTS (cms di seg.rMi<) 

.;-,...-_ ■. para fl servicio del público. ... :; 

Cava eii Bnenos Aires 

^^^ :: SUPERVIELLE & Cía. 

150 S^AN nABTlN Y PASAJE GÜB3IES 

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PEGASO 

REVISTA MENSUAL MONTEVIDEO 

DIRECTORES: Pable de Crecla-Jo«é María Oclcadc 

Ociybreienzi. ' V 40 — Ali VI. 



EL URUGUAY Y LA CULTURA ITALIANA 



{Cordimiación) 

El primero que acude a mi memoria es Ruskin, el 
gran esteta inglés, de quien puede decirse con ver- 
dad que sus ojos se posaban regocijadamente sobre 
la hermosura de las cosas, en el éxtasis de una per- 
petua contemplación. La adolescencia de este pensa- 
dor exti-aordinario transcurrió entre los más bellos 
panoramas de la península. Adoró las piedras de Ve- 
necia y paseó gozosamente su alma de artista en 
las mañanas florentinas, deslumhrado por las glorias 
del arte inmortal. El mismo ha dicho en una de sus 
páginas más elocuentes, que un estudio hecho en los 
jardines de rosas de San Miniato y en Iji avenida de ci- 
preses de la Porta Eomana, en Florencia, figura para 
él entre los recuerdos de los mejores días de su vida. 
Aguzó su sensibilidad exquisita y vibrante en el 
contacto con tantas creaciones armoniosas del ingenio 
del hombre. ¡Qué sugestión educadora ha de emanar 
de la frecuentación asidua de aquellos serenos tem- 
plos de la belleza, que se abren en Italia, en todas las 
ciudades ilustres, a las peregrinaciones de los sedien- 
tos' de ideal y de perfección! 

Ruskin comprendió como nadie esa sana influencia, 
y cuando retornó a Inglaterra promovió un movi- 



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•v, -I. 



Banco de la República Oriental cTel Uruguay 

Instituoión del Estado ^ 

ruMi p*r Ity <( 1 3 * Mirii <c II9S } rciM* Mr la Ity OnMa ie 1 1 ic Jillf *i lili 



Casa Central: Calle Zabala esquina Cerrito 

Cija de Ahorros - Alcancías - Liferotas de Caja de Ahorros a Plazo Fijo 

Lo* def óiiltoK en C»J« de Ahorre* Al«anri*, yota* del lateré* de O % 
hafit» U raatldad de $ 1.000 

El Banco recibe esla clAse de depósitos en la Casa Central y en 
todiiü sus dependencias, que son las siguientes: 

agencias: -:^ .'! 

Aguada: Avenida General Rundeau esq. Valparaíso. •>— Paso del 
Molino: Cnlle Agraciada y(JS. — Avenida Genenil Flores: Avenida 
General Floros 22(56.— Union: Calle 18 de Julio 205.— Cordón: 
Avenida 18 de Julio 1K50, esq. Minas. 

CAJA NAC'iONAIi OE AHORBOg ¥ MgCJJEXTOS, GoloBla ea«. CiidiMlela <^ 

SUCURSALES 
En todas tan capitales r poblariones importantes de les departamentos. 

Horario de las dependencias de In cnpilnl: de 10 a 12 y de 14 n IG. — Los Sábados de 10 a 13. 



) , 



' La nieancla es la llave del abntro doiiU<«tU . 
co.— Deposita Vd. DOH PESOS r en el aeio 
se le entregartl, GBATUITAMENTE, una AL- 
CANCFA cermda con liare, qiK-datido esta 'la- 
TR Kxnrdada eu el Bann}. Esos DOS PESOS 
SON SUYOS, ifsnan interés y puede Vd. re- 
tlinrlos Vil ciwlquier nnuneiilu, devolviendo la 
A lenncfa. 

Una vex ni mes, o cuando lo crea oportuno 
présenla Vd. la Alcancía, la que «e abre a sn 
vista y se le devuelve cerrada después do re- 
tirar el dinero que cunlen{;a y iieredilárselo en 
su cuenta. Los saldos del dinero asi deposita- 
do. ganurAn el C °U ^^ Inertes banta la suma 
dv I l.iKK). — I<as rantMadcs mayores de $ 
l.OtK), no ganarán interís por el exoiso. 
«^Cl Banco ba rcsiu-llo lanibiín, establecer Li- 
bretas de Caja dt' Ahorros a Plaxo Fijo (.i veii- 
eer cada seis mese»). Para esla clase de op»- 
raciones su ba fijado el interés de 4 1/2 % 
ba!>ta la suma de % 50.<KX). 

El Estado resp< míe diiecliiintrnte de la emi- 
sión, depisitos y «pciacioncs que iralice el Raneo, (art. 12 de la ley de 17 de Julio de 1911j. 




<: ;t- 



PEGASO 

REVISTA MENSUAL MONTEVIDEO 

DIRECTORES: Pablo de Grecia José María Delgado 

OciuDrede 1921. N." 40 ~~ Año VI. 



I:L IIUKUIAV V LA Cl I/U RA nAMA^A 



{C-jyiiinuacwn) 

El juiíMcro (juc aíiido a ini memoria os Riiskiii, el 
i),i-an esteta inglés, de (inien puedo decirse con ver- 
tlad que sus ojos se [¡osaban regocijadanu'uto sobrc^ 
la. liermosura do las cosas, en el éxtasis de una per- 
l)etua contemplación. La adolescencia de este pensa- 
dor extraordinario transcurrió entre los mi'is helios 
panoramas de la península. Adoró las piedras de Ve- 
n( cia >• paseó gozosamente su alma de artista en 
las m-iñanas florentinas, deslumhrado por las glorias 
del arte inmortal. Kl misnu) lia dicho en una do sus 
páginas más elocuentes, que un estudio hecho en los 
jardines de rosas do San Miniato y en la avenida de ci- 
])roses do la Porta Romana, en Florencia, figura para 
él entro los recuerdos do los mojoies días de su vida. 
Aguzó su sensibilidad exquisita y vibrante en el 
contacto con tantas creaciones armoniosas del ingenio 
del hombre. ¡Qué sugestión educadora ha de emanar 
(le la frecuentación asidua do aquellos serenos tem- 
plos do la belleza, que se abren en Italia, en todas las 
ciudades ilustres, a las peregrinaciones de los sedien- 
tos do ideal y de perfección ! 

Ruskin comprendió como nadie esa sana influencia, 
y cuando retornó a Inglaterra promovió un movñ- 



146 PidüAfiO 

miento de simpatía y de devoción i>or el arte italia- 
no, afanándose; en que sus obras maestras exornasen 
la National üaliery, que antes de 1845 no poseía sino 
muy contadas producciones de los eximios pintores 
peninsulares. Desde aquella fecha, cinco salas vastí- 
simas, consagradas a las escuelas de Siena y de Flo- 
rencia, con cuadros magistrales de Boticelli, de Lippi, 
de Pozzoli, de Perugia, de Ghirlandajo, arraigan en 
el turista el convencimiento de que el apostolado del 
eminente pensador ha producido todos sus frutos, 
modificando la sensibilidad y la mentalidad de un 
gran país que parece psicológicamente organizado sólo 
para realizar en el mundo sus desmesurados ensue- 
ños de dominación material y de absorbente imperia- 
lismo! 

De las nelilinosas islas británicas llega también a 
Italia, en los comienzos del siglo pasado, el atormen- 
tado cantar de Don Juan. Proscripto de una socie- 
dad llena de preocupaciones y mojigaterías como la 
sociedad inglesa de aquel tiempo, Byron buscó en el 
generoso país latino un poco más de libertad para su 
inteligencia y para^su corazón. Amó, sufrió, soñó, pro- 
dujo en la patria de Petrarca algunas da sus obras di- 
lectas. El cielo azul) y la. tierra siempre florida se 
mostraban propicios a las magníficas efusiones de su 
sensibilidad. Era aquél un hombre extraordinario, un 
temperamento casi delirante, ávido de emociones su- 
premas, y como para satisfacer sus perpetuas inquie- 
tudes y sus dolorosas ansias de acción, llegó a Italia 
en los mismos momentos en que este país se disponía 
a lanzarse de lleno a la vorágine de las agitaciones 
revolucionarias. "El suelo volcánico de Italia — escri- 
be uno de sus biógrafos — no era el más a propósito 
para mantener tranquilo e indiferente a un hombre 
de ese temple. Hubo el año de Í820, en toda la penín- 
sula, un gran movimiento de sociedades secretas y de 
conspiraciones, y Byron no rehusó ni su nombre ni 



EL URUGUAY Y LA CULTURA ITALIANA 147 

SU fortuna, ni su talento ni su persona, para unirse 
a los que trabajaban en favor de la indei>endencia 
italiana. Eedactó proclamas, compró armas, albergó 
combatientes en su casa. El esfuerzo abortó, los de- 
sastres de 1821 sumieron otra vez al país en la iner- 
cia y en la nliseria, y nadie lo sintió y lamentó más 
amargamente que él, él que había 'escrito estas pala- 
bras en una de sus cartas privadas: "no liay sacri- 
ficio demasiado grande para tan grande objeto. ¡Una 
Italia libre! Pensadlo bien: si eso es la poesía de la 
política!" En' los tercetos de La profecía de Dan- 
te formuló el consejo práctico, el único que la podía 
salvar: "unios, — hace decir al famoso poeta y pa- 
triota, — unios y los Alpes serán una barrera insu- 
perable. " Necesitábase, sin' embargo, mucho más de 
un cuarto de siglo todavía para que el consejo fuese 
oído y atendido. Por fortuna, en esos infaustos días 
había ya visto la luz la generación a que pertenecie- 
ron Mazzini, Garibaldi, Azeglio, el conde de Cavour 
y otros ilustres italianos, admiradores todos, Mazzi- 
ni principalmente, del genial creador de "Manfredo". 

Una pavorosa tragedia epilogó en Italia también la 
vida de otro gran poeta británico, enamorado de la luz 
meridional que baña las armoniosas costas peninsu- - 
lares, arrulladas por el cántico eterno de las olas y 
por la eterna música de los vientos. ¿Conocéis, aca- 
so, la obra melodiosa de ese peregrino del ensueño 
que se llamó Shelley? Nadie ha cantado como él el 
vuelo mágico de la alondra y su serenidad sugestiva, 
y nadie ha loado mejor y en más admirables estrofas 
el canto delicioso de aquella avecilla que precipita sus 
salmodias improvisadas en largos torrentes de me- 
lodía. 

"En la púrpura pálida de la tarde — exclama el poe- 
ta—se baña tu vuelo; vas a fundirte en ella como la 
estrella se funde en la claridad del pleno día; pero 
cuando mis ojos han cesado de verte, oigo tu grito de- 



.;;:;■%? 



148 FEGISO ■, ^ 

lirante." Este delicado rimador que amó tan inefa- 
blemente a su arte, pereció, a los veintinueve años de 
su edad, en la dilatada bahía de Spezia. Se le tributa- 
ron exequias que tuvieron algo de la solemnidad de 
los funerales antiguos. Su cuerpo, arrojado a la ori- 
lla, fué devorado por una hoguera, mientras la piedad 
de algunos amigos transportaba a Roma aquel privi- 
legiado corazón, en el que sólo se albergaban nobles 
pasiones y puros sentimientos. Sobre el sepulcro que 
guarda el precioso despojo, se grabó esta inscripción 
lacónica y expresiva: **Cor cordium": corazón todo 
cordialidad, todo efusión, todo emocionado amor por 
las cosas. Algunos años antes, en 1821, otro poeta in- 
glés, John Keats, se había extinguido dulcemente en 
lo más florido de su juventud, cuando se abre en el 
alma de los favorecidos por el numen la rosa fragante 
de los epitalamios, en aquella misma tierra italiana a 
cuyo regazo había implorado hospitalidad reparadora, 
huyendo del clima inclemente de su país de nieblas 
hostiles. 

De Alemania han llegado también a la Italia mater- 
nal y acogedora peregrinos ilustres; sin duda, todos 
aquellos que han sentido germinar en su alma las depu- 
radoras emociones del arte, del heroísmo y de la belle- 
za. Goethe la visitó con unción, y puede afirmarse que 
en el éxtasis de las altas contemplaciones se disolvió, 
como un copo de nieve bajo un rayo de sol, la olím- 
pica serenidad del gran impasible. "El viaje a Ita- 
lia" narra las etapas del sublime peregrinaje. Y en las 
páginas de "Los años de aprendizaje de Guillermo 
Meister", el insigne escritor ha dejado el testimonio 
vivo y tangible de su amor por el bello y claro país 
meridional. Cuando Linda entona o recita su balada 
inmortal, comprendemos que es a Italia a quien se 
refiere, porque hay en la deliciosa canción como un 
aroma inconfundible que no puede ser otro que esa 






EiL UBUaUAY Y LO. CULTUBA ITALIANA 149 

suave fragancia de azahar que embriaga a los que 
visitan por primera vez ciertas regiones de la privi- 
legiada península: ** ¿Conoces el país donde florecen 
los naranjos? En el follaje sombrío brilla la naranja 
de oro; dulc^ brisa sopla del cielo azul; el mirto 
discreto, el laurel soberbio, allí se levantan. ¿Lo co- 
noces? Allí es, allí es, ¡oh, mi muy amado, a donde 
quisiera ir contigo! 

¿Conoces la casa? Su techo descansa sobre colum- 
nas. La sala brilla, la sala resplandece, y las estatuas 
de mármol se levantan y me miran: ¿qué te han he- 
cho a tí, pobre niña? ¿las conoces? Allí es, allí es, ¡oh, 
mi protector, a donde quisiera ir contigo! 

¿Conoces la montaña y su sendero brumoso? La 
muía busca en ella un camino por entre las cumbres; 
en las cavernas habita la vieja raza de los dragones. 
La roca se precipita, y por encima de ella el torrente. 
¿La conoces? Allí es, allí es, a donde nuestro camino 
nos conduce; ¡oh, padre mío, partamos!" 

"Luego que Linda hubo concluido el canto por se- 
gunda VGZ, agrega el novelista, se quedó un momento 
silenciosa, fijó en Guillermo una mirada profunda y 
le preguntó: 

— i Conoces tú ese país? 

— ^Presumo que es Italia, — ^respondió él. — ;Do dónde 
has tomado esa canción? 

— ¡La Italia! — repitió Linda, pensativa. — Si vas a 
Italia, llévame contigo: tengo frío aquí." 

Toda el ansia de los que acuden al dichoso país la- 
tino en busca de tibieza, de halagos sensuales, de cla- 
ridad y de armonía, está compendiada en esa frase 
insinuante y como estremecida por el anhelo de los 
días de sol y de encanto que se desean y que se es- 
peran. 

Heine, que fué por el mundo prodigando mofas v 
sarcasmos, que se burló de su propia patria, que ri- 
diculizó a sus mismos connacionales, en Italia supo 



150 PEGASO , ' ~ 

* . arrodillarse y adorar. Niestzche se bañó en la lum- 

; bre radiosa de aquel cielo único y bendito, antes do 

^ . que su inteligencia naufragara en la perenne noche de 

• la locura, y en cuanto a Wagner, después de haber 

escrito las notas patéticas de su "Tristán e Isolda", 
rindió en la legendaria Venecia de los Dux, en la que 
: había refugiado sus hondas nostalgias y sus fecun- 

das melancolías, aquella alma poderosa que debe de 
haber sido saludada en la eternidad por el retumbar 
oceánico do los aplausos áo todos los siglos y do todos 
los pueblos! 

Francia es la gran hermana latina de Italia. Por 

sobre ciertas desavenencias liistóricas y por sobre 

* ' ciertos enconos tradicionales, la patria de Rabelais 

: ha sabido honrar a la patria del Dante y vincularse 

a ella por la inteligencia y por el corazón . Casi no 
hay un francés ilustre o preclaro que no haya ido 
a prosternarse en el sagrado suelo itálico, frente a las 
ruinas seculares o a los fascinadores paisajes que 
deslumhran los ojos y que i^eposan el espíritu . Ese 
culto por Italia es anterior al romanticismo, porque 
data de los días luminosos de aquel Renacimiento que 
es como una dilatación del espíritu humano y como una 
encantada primavera de la historia del mundo. Ya he- 
mos visto cómo gustaba Chateaubriand de la agreste 
campiña romana. Mmo. Stael, en las apasionantes 
.. ' páginas de su novela "Corina", hace conocer a sus 

■ ' compatriotas las ciudades itálipas y sus bellezas mo- 

/' ' numentales. Los románticos avivan y estimulan esa 

devoción provechosa. Lamartine descubre en los al- 
rededores de Ñapóles el perfil delicado de su Gracie- 
la. Sthendal se asimiló de tal manera el temperamen- 
to italiano, que su tumba, por una humorada del in- 
signe escritor , ostenta sólo este sucinto epitafio : 
** Enrique Beylo, milanos". Alfredo de Musset y Jor- 
ge Sand "pasean por todos los rincones de Italia, en 
! nna peregrinación ronini^í*esca, la indómita libertad 



'^^.^' 



EL URUGUAY Y LA CULTURA ITALIANA 



151 



de sus corazones, aquella pasión desenfrenada que 
inspira luego al poeta doliente y desengañado las 
magníficas elegías de **Las Noches". Edgard Quinet 
discurre sobre las revoluciones de Italia con una ad- 
miración tan profunda, con una simpatía tan íntima 
y tan efusiva, que no parece sino que hubiera encon- 
trado en aquel armonioso país la segunda patria de 
su espíritu. Pocos han hablado de Venecia con tan 
emocionada ternura como Teófilo Gauthier, en ciertos 
inolvidab>les camafeos grabados y trabajados con ver- 
dadero celo de artífice. De Hipólito Taiiie vosotros 
sabéis que ha hecho también su viaje a Italia y que 
ío ha narrado en su bello estilo sanguíneo y pictórico. 
Se ha detenido frente a los frescos gigantes de Mi- 
guel Ángel, admirando las atormentadas y ciclópeas 
figuras del Juicio Final, y frente a las madonas sua- 
ves y seráficas de Rafael y de Cimabue. El tiene, 
sin embargo, la obsesión de los espléndidos panora- 
mas. Su vista discierne con facilidad y prontitud los 
más tenues matices de laS cosas. Si admira el Coliseo 
de Roma y la catedral de Milán, busca en su paleta 
riquísima las tintas más puras y prestigiosas para 
describimos el joyante mar de Ñapóles y su perfecto 
azul, del cual él mismo dice que es casto y tierno co- 
mo una prometida y como una virgen. Tsehia v Capri, 
en los bordes del cielo, son blancos en su muelle mu- 
selina de vapor, y el azul divino luce dulcemente has- 
ta perderse de vista en esa bordadura nivea. El gol- 
fo entero parece un vaso de mármol expresamente re- 
dondeado para recibir el mar. Una flor satinada, un 
ancho iris aterciopelado, de dulces pétalos luminosos, 
en que el sol se exhibe, y que vienen a distenderse so- 
bre una orla nacarada: he ahí las ideas que po preci- 
pitan en el espíritu y que no bastan, sin embargo, 
para expresar la inefable impresión que suscita en el 
viajero aquel bello espectáculo. Al pie dé los peñascos 
el a.gua es verde, como una esmeralda transparente. 



/ 



.. V. 



"■>'•■' -v 






152 



PEGASO 



a veces con reflejos de turquesa o de amatista, especie 
de diamante líquido que cambia de matiz con todos 
los accidentes de la profundidad o de la roca, especie 
de joya abigarrada y movediza que encuadra, la abier- 
ta flor divina. 



Francisco Alberto Schiitca. 



(Coniinirá) 



%• 






GINETTE 



Flor de leyenda, flor triste como ninguna 
Para ornar los cabellos, centenarios del Rhin; 
La sirena melódica viste un manto de luna 

Y en sus ojos se espeja el lago de Globin, 

Céfiro en didce cálamo interpone su cuita; 
Hay cien siglos dormidos en el vasto canal... 
Uu esquife, entre perlas, boga y en la infinita 
Lámina azul, Colonia yergue su catedral. 

Entre músicas suaves y espejismos de oriente^ 
Pasajera sonámbula de la noche al amor, 
Ginette sobre las aguas inclina didcemenie 
Sus pupilas de estrella y su busto de flor. 

¿Por qué sus ojos muestran visible desvaríof 
Hada Misterio le hace señas desde' el azul 
O el enigma que acecha en el fondo del río 
Le ofrece los encantos de su alcoba de iulf 

¿Idilio?. . . ¿Cita acaso de un amor sin comienzo? 
Tres puntos suspensivos en el folio de ayer... 
El imposible esbozo sobre el divino lienzo 
O el éxtasis soñado que no pudo nacer? 

Rige la luna el vu-elo de su blanca cuadriga 
Sobre el sendero de astros del celeste jardín 

Y oración elegiaca o emocional cantiga 
El ruiseñor arranca a su antigua violin. 

Pabijo de Gitiicu. 



-Jt'-' ' 



w 



LAS NUEVAS LITERATURAS 



HUGO MAYO 



Es Hugo Mayo uno de los representantes ecuatoria- 
nos de la novísima tendencia poética que intenta re 
formar en absoluto los clásicos moldes de la poesía. 

Tendencia muy interesante, y que lleva en sí misma 
fecundos gérmenes de futuro, a pesar de los humoris- 
mos desconcertantes, de las chuscadas y de los absur- 
dos con que — un poco para burlarse francamente del 
público incauto e ingenuo, resucitando el viejo y gas- 
tado sistema de épater le bourgPois; y un mucho para 
llamar la atención esquiva de ese mismo público, en 
una rédame sistema yanqui — el grupo llamado dadais- 
ta ha revolucionado el mundo de las letras en" París, en 
Italia y en España. 

El mismo Rafael Lasso de la Vega, uno de los após- 
toles más convencidos de este . movimiento, confiesa 
abiertamente esta posición burlesca del dadaísmo, en 
un estudio que tiene, sin embargo, mucho de serio y de 
verdadero: "A semejanza de aquella estatua de El 
poeta asesinado, modelada, no en bronce ni en már- 
mol, sino en nada, en el vacío. Dada no es hada. Ya lo 
manifestaron Tzara y Picabia. Esta nada está en 
pugna contra la otra nada que nos infesta: teatros, li- 
bros, exposiciones oficiales, etc., todo lo que hoy la gen- 
te aplaude y saborea como un caramelo. Dada es, pues, 
un farsa muy superior a la que hubiese inventado en 
nuestros días, si viviese, el clásico genio inventor de 
la farsa: Aristófanes. Es preciso dar la batalla, pero 
sin encolerizarnos. Es posible que nos muramos de 
risa como aquel griego . . . Pero detrás de nuestra risa 



f 



LA CBUZ DEL SÜD 



155 



está la seriedad; tras la destrucción la nueva edifica- 



ción. 



En cuanto a Dada es la apoteosis dp la burla; se bur- 
la de todo, hasta de sí mismo". — (-Cosmópolis, di- 
ciembre de 1920). 



— í 



mediodía 

. ■ ■' ■ : • •■^:- " " ':■ I ' ■ ■ . 

El sol va pasando : 

con hambre 
olvidando los niños 

Las calles como paralelas 
son testigos de las embajadas 
de Pleamar y Bajamar 

Dentro de las vitrinas 
mundos soñados 
por Copérnico 

Carros con colonias 
giran sobre su órbita 

Empleados que esperan en los ventiladores 
el milagro prometido 

Telescopios 

negros 

café ' ' 

azules ' ' 

llevan 

termofobia 

Fasa la i)ida en busca de una congelación 
azul 

Los transeúntes son 

lluvia de Diana 

Hugo Mayo. 



*,^P^> V 



156 



PEGASO 



Lo más desconcertante en este movimiento, que no 
sabemos si nació en veras o en burlas, y cuyos inicia- 
dores no sabemos si fueron simples embaucadores de 
público o si tomaron deliberadamente ese camino. para 
obligar a que se les prestara una atención demasiado 
solicitada por miles de objetos diversos, es que, hoy 
por hoy, el movimiento existe seriamente, no sabemos 
si a causa o a pesar de esos mismos iniciadores. 

Una pléyade de jóvenes poetas está creando real- 
mente una nueva poesía con fórmulas acaso arbitra- 
rias, acaso exageradas, pero realmente existentes. 

Y es el caso de estudiar con atención — si nuestra 
modalidad no acepta de lleno los nuevos cánones — lo 
que haya en ese movimiento de aprovechable como vi- 
talidad poética. Tan equivocados estaríamos al enco- 
gernos de hombros despectivamente, ante la nueva 
poética, como al aceptarla íntegramente, con efusiones 
de neófito. 

Lo curioso del caso es que el Río de la Plata, tan 
abierto a todas las novedades literarias y sociológicas, 
haya permanecido indiferente en absoluto a ese movi- 
miento que absorbe la atención de tantos literatos; y 
al que Guillermo de la Torre, en las páginas de "Cos- 
mópolis", y Cansinos Assens en las de "Cervan- 
tes", han dado tanta importancia, al punto de publicar 
esta última revista verdaderas antologías ultraístas 
por las cuales ya teníamos ocasión de conocer a nues- 
tro joven autor. 



LAS NUEVAS LITERATURAS 



157 



FLUVIAL . 

El 'Síncope de la noche 

anula el aire 

en soluciones de sulfato 

Puntuaciones oi'tográficas de otro siglo 
en el alumbrado de las embarcaciones 



Discursos 
insolubles 



Proyecciones de cuerpos 
geométricos 



Yodo en oposición 
con Coty 

" Arabescos 

formando 
ecuaciones 
nihilistas 

Marinos de barbas niqueladas 
soplan chim,eneas ambulantes 



adiciona 



La ciudad liquida 
como sanatorio de sales 



HüQo Mayo. 



Entre nosotros creo que solamente la efímera revis- 
ta "Los Nuevos" se ocupó algo de este movimiento, 
publicando composiciones de Isaac del Vando Villar, 
Gerardo Diego y algún otro. 

Federico Morador, entre nuestros poetas, parece ten- 
der algo hacia esta escuela, aun cuando se defienda de 



■■ív. 



158 



t>£OASO 



mi calificativo de dadaísta, aplicado a algunas de las 
composiciones de su libro "Poesía". También un jo- 
ven poeta, Carlos Rodríguez Pintos, de quien Pegaso 
publicó algunas composiciones, tiene una ligera ten- 
dencia hacia el creacionismo; y digo ligera tendencia, 
porque comparadas con las de su inventor, Vicente 
Huidobro, aparecen casi clásicas en absoluto. 

En cambio, los otros países de América han seguido 
rápidamente dicho movimiento. El mismo Vicente Hui- 
dobro, que pasa por ser el introductor del creacionis- 
mo en España, es chileno. César E. iV-rroyo es ameri- 
cano, como lo son Hugo Mayo y Victorio Abril. i 

Los demás ases, Lasso de la Vega, Guillermo de To- 
rre, César E. Comet, Eivas Panedas, Correa Calderón, 
entendemos que son todos hispanos. 

Ahora, nuestros conocimientos sobre la nueva ten- 
dencia no nos permiten clasificar de un modo absoluto 
las composiciones de Hugo Mayo con que Pegaso da 
a conocer a este adalid de la nueva poética, entre los 
ultraístas con que el dadaísmo francés — que defiende 
en "L'Esprit Nouveau" Paul Derinée, — ha tomado 
carta de ciudadanía en España, o bien entre los crea- 
eionistas que patrocina Huidobro y defiende Guiller- 
mo de Torre, o bien entre las cien otras que, cual hon- 
gos crecidos a la sombra de la rama materna, el cubis- 
mo, se multiplican sin paz ni armonía, a pesar de la 
poca diferenciación de sus matices para aquellos que 
los contemplamos desde afuera; aunque por sus con- 
diciones generales, nos inclinemos a colocar a nuestro 
nuevo colaborador en la entusiasta falange de los ul- 
traístas. t 



Luisa Luisi. 



Montevideo, 1921. 



y 



EL ACECHO 



A Telnio Manacorda y Juaic 
Carlos Bernárdez. 



A cincuenta metros de la puerta de calle de mi 
casa, liaDia una librería, a donde no vi jamás entrar 
un Cliente. 

Con mis libros bajo el brazo, frente a ella, cruzaba 
todas las mañanas, apresurado o lento, según mis es- 
tados de ánimo. Camino obligado, en donde hallaba 
siempre las mismas caras; unas, ansiosas, esperando 
el tranvía ; otras serenas, andando paso a paso . . . 

Mis ojos veían con la inconsciencia más grande, las 
caras conocidas, las puertas cordiales, los balcones 
amables, y aquellos gruesos caracteres en rojo que, 
en el cristal limpio de la vidriera de la librería, ver- 
saban : 

Lasky, y diez centímetros más abajo: Librería fim- 
dada en 189. . . 

Nunca consideré como casa vecina la de Lasky, el 
librero . Parecíame distante muchas cuadras de mi za- 
guán, aunque casi siempre terminaba de colocarme el 
sombrero, cuando cruzaba por el esparate ... 

Durante tres años, a las ocho de la mañana eran mis 
salidas. Al atardecer, mis regresos. 

La vidriera era amplia, con un cristal brillante y 
limpio,. La puerta era pequeña, estrecha, daba la im- 
presión de un pasillo secreto, de esos que abundan en 



160 »B0A80 

novelas policiales. Apenas dejaba adivinar su interior 
sombrío, desde donde llegaba, algunas veces, un vaho 
extraño, mezcla de humedad y de sabroso olor a pa- 
pel. Inconscientemente percibía todo esto. 

Lasky, el dueño de la librería, sentado detrás dei 
escaparate, descansaba en un viejo sillón, entre dos 
pilares de libros. Desde la calle, ai cruzar frente a la 
vidriera, se veían sus ojos color oro. Eran desagra- 
dables y ásperos. La cabeza, inmóvil, surgía de entre 
los pilares, como un llamado, como un grito. Era im- 
posible detenerse en la vidriera a curiosear, ante los 
execrables ojos color oro, sin pestañas ni cejas. Ha- 
cían daño. Eran hostiles a cuanto curioso se acercase 
a la vidriera. Tardes hubo, en que cruzaba observan- 
do de rabo de ojo, los libros alineados. Apostado, 
otras veces, en la esquina cercana, observaba los ges- 
tos de los transeúntes. Al retirarse de la vidriera de 
Lasky, llevaban un gesto de asco, de repulsión, en sus 
rostros marcados de acedía. Yo les tenía un miedo de 
tres años, y, sin embargo, ¿no me vieron ellos pasar, 
día tras día, durante tanto tiempo, como p-ira serme 
vecinos o familiares! 

Allí estaban siempre, mirando — escudriñadores — 
y apurando las cosas de la calle, con atención inusita- 
da. Parecían, aquellos ojos color oro, dos moneditas 
doradas, o las puntas de dos taladros dorados, empe- 
ñados en agujerear el aire y el cristal de la vidriera. 
Lo veían todo. Al hombre que pasa despreocupado; 
al obrero de sucia vestimenta; al mendigo harapien- 
to; a la lujosa dama; a la buscona; al curioso que se 
asoma a la vidriera por costumbre; al escolar de in- 
genuo mirar celeste: . . A todos, aquellos («jos color 
oro, veían diariamente cruzar por delante de la tien- 
da de libros . . . Ojos sin pestañas ni cejas, que no me 
dejaban estudiar la ubicación de los alineados libros 
de la vidriera. Lasky estaba allí, entre dos pilares de 
libros, con las manos en sus bocamangas, el pecho 



^í;:<\-:v 



- ■ '' ■ ■ " 

EL AC3BCHO jWi 

hundido, los hombros caídos y la mirada, clavando 
su loco afán, desde la oscuridad de la tienda. 

Los ojos color oro me veían sienipre pasar. Cono- 
cerían muy bien mi corbata a rayas, mis cuellos lus- 
trosos, mi traje azul . . . Cuando cruzaba un descono- 
cido, ellos multiplicaban la atención. ¿Entraría a com- 
prarle? ¿Le agradaría algún libro? ¿Buscaba una no- 
vela en donde estuviese retratado su espíritu! ¿.Algún 
drama, parecido al de su vida, buscaba el desconocido? 

Pensé que debía entrar, alguna vez, en lo de Lasky. 
Era — sin duda alguna — una burla mía, solapada y 
perversa, acercarme tarde a tarde y no entrar nunca. 

Los ojos color oro cpmenzaban a odiarme y se agu- 
zaban las puntas de aquellos taladros dorados. Creí 
que les era un ser antipático, despreciable, como esos 
que se burlan de un anormal. Los ojos color oro, cada 
vez más desagradables, acabarían por enfermar mis 
ojos. 

Entré. Lasky abandonó su sillón y vino hacia mí. 
Tuve la impresión de que el miedo me entraba por los 
ojos, pero Lasky, con las manos en sus bocamangas, 
estaba ya cerca mío. Adopté un gesto displicente y 
noté cambiados los ojos color oro. Ahora me eran 
cordiales, amables, me acogían con un aire familiar, 
y dábanme valor. 

— De esta revista — dije señalando la revista Pega- 
so — el número catorce . . . 

Sacó las manos de sus bocamangas. Eran sarmen- 
tosas, dedos largos, rematados en uñas largas y afi- 
ladas; amarillas y feas. Colocó la diestra sobre unos 
libros y comenzó un ágil tamborileo . Dióme esca- 
lofríos. Había olor a libros. El local, poco aireado, 
daba la impresión de un sótano atestado de libros. 
Miró adonde yo señalara y encaminándose con una 
lentitud majestuosa, como la del hombre satisfecho, 
resuelto a saldar una deuda. Levantó un brazo has- 
ta las estanterías y me alargó el ejemplar pedido, 



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;.- ^' 



162 



PKOASO 



con ademán seguró, cierto. Tomé la revista y pude 
apreciar de cerca las diez uñas amarillas y afiladas de 
aquellas . manos sarmentosas, huesudas, largas. 

— ¿Cuánto?— interrogué lacónico y frío. 

— Uno y cincuenta . . . — La voz era recia, como sus 
ojos. Dijo las palabras con firmeza, de la misma ma- 
nera que clavaba en las pupilas de los transeúntes, 
los clavos dorados de sus ojos color oro. Casi me atre- 
vería a afirmar ahora, que sonrió imperceptiblemen- 
te, mientras le abonaba el ejemplar adquirido. ¡ 

Dejé vagar una mirada estúpida, por las estante- 
rías repletas de libros y con el gesto de hombre en sus 
cabales, salí de la tienda de Lasky, con arrogancia. 
Había gastado uno y cincuenta después de tres años 
d^ continuo pasar por aquella librería... 

Di vuelta en la puerta de calle, a mi izquierdja, y 
me detuve, junto a una curiosa mujercita, a mirar los 
libros de la vidriera. Los ojos color oro no estaban 
allí. Ambos, con satisfacción, contemplamos la vidrie- 
ra. Los libros mejores parecían atraer nuestras mi- 
radas. Noté que mi compañera de curiosidad, — algu- 
na chica frivola, — alejaba sus miradas, de los libros de 
títulos sugestivos . . , Pude cerciorarme de que en la 
librería de Lasky había libros llegados en el último 
correo, pidiendo a gritos que yo los comprase. Tuve 
varios segundos de dulce paladeo. Mis manos se in- 
quietaban porque no podían palparlos, tocarlos, para 
sentir mejor la emoción del libro nuevo. Se lee con 
las manos, a veces, aunque esto parezca raro. Un ami- 
go tengo yo, el cual huele los libros antes de leerlos. Es 
que, indudablemente, hay (ejemplares que requieren 
los cinco sentidos para ser sp,boreados. Obsérvese el 
olor particular de ciertos libros, que no han sido 
abiertos nunca, desde que allá en Europa, unas ma- 
nos — tal vez femeninas — los empaquetaron para Amé- 
rica. El goce de los curiosos de las vidrieras, es de los 
más refinados, de los más puros goces. 



s \ 



' .' EL ACECHO . ^ 163 

I 

Cuando entraba en el " dominio de la vidriera, 
aprendiendo de memoria ^lugares, títulos, arítores, 
etc., vi a mi compañera de curiosidad hacer un ges- 
to desdeñoso, cruel para mí, y alejarse . La miré 
sorprendido. ¿Qué había hecho yo a aquella mujer pa- 
ra que así se alejase! ¿No fui su buen compañero de 
curiosidad! Volví la vista sobre ta vidriera y estaban, 
luminosos, diabólic'os, los ojos color oro. Comprendí 
el gesto de la compañera de curiosidad y contemplé 
los ojos de Lasky con un poco de valor. Eran ahora, 
como dos ruedas de fortuna, pequeñitas, girando ver- 
tiginosamente. Me clavaban sus clavos dorados, en las 
mismas pupilas. Aquellos'ojos no eran los mismos del 
hombre que me vendiera la revista montevideana. Ha- 
bían cambiado, cambiaban espantables y ásperos, a 
través de los cristales. Pude dominarme v así domi- 
narlos. Bajé la vista y me sorprendió la cubierta par- 
da de cuero, de un viejo ejemplar- colocado en el cen- 
tro de la vidriera. No le había visto antes. Se repetía 
el fenómeno del paseante que no sabe cómo son las 
molduras y cornijas de las fachadas de las casas por 
donde cruza a diario. ♦ 

Cuando miré nuevamente, el ejemplar único, de 
parda cubierta, vi un rótulo a su lado. Versaba: 
"Ejemplar único. Hay dos en el mundo/* En aquel 
momento los ojos de Lasky, todo Lasky en lx)s ojos, 
me indicaban el ejemplar único, mientras giiaban los 
ojos color oro, como dos ruedas de fortuna, pequeñi- 
tas . . . Puse mis cinco sentidos para comprender lo 
que decían los ojos, o lo que ansiaban decir. Tres 
años de diario cruzar frente a ellos, no me habían al- 
canzado para descifrar su enigma. Por otra parte, 
nunca me había empeñado en ello. Pude abstraerme 
de la baraúnda callejera; peatones y automóviles; 
pasos en la acera ; vendedores ambulantes, tran- * 
vías ruidosos, todos se habían alejado de mí. Esta- 
ba yo solo, frente a un par de ojos color oro, gi- 



T^f ■ 



i/' ' 



164 PBGASO 

rando, con no sabía qué afán loco, i Qué podías de- 
cirme desde adentro de la tienda, a mí, que apenas 
había entrado una sola vez? Recapacité unos instan- 
tes y se me ocurrió pensar que jamás había visto 
aquel ejemplar único. Al mirar con insistencia la par- 
da cubierta, di con la clave del terrible enigma. Aque- 
llos ojos esperaban el comprador del ejemplar único, 
con avidez, con afán enfermizo. Era el acecho, el enor- 
me acecho de los que esperan. En el brillo de los ojos 
color oro, descubrí la tragedia de Lasky, el suplicio 
brutal de una espera, el enfermizo esfuerzo de un ace- 
cho. Acechaba al cliente, desde su viejo sillón, como un 
perro de presa, al grito del cazador. Como la ansiedad 
de cien pescadores hambrientos, al levantar las redes, 
en un atardecer. El ejemplar único dormía en el esca- 
parate, desde cinco años atrás. Lasky lo puso en la 
vidriera una mañana, y se apostó tras él, para es- 
perar el cliente. Pretendía señalar, indicar con los 
ojos, a cuanto transeúnte se detuviese en el' escapa- 
rate. ¡ Y pensar que sus ojos eran los enemigos suyos ! 
Hacían huir a los clientes, con gestos de asco y re- 
pulsión. La tragedia silenciosa y bárbara de ojos en 
acecho, no la ha cantado, ni contado nadie. La tra- 
gedia de los ojos color oro, poj* mí vivida, no po- 
drá nunca, nadie, cantarla . Fué formidable y silen- 

' ciosa. Vivió cerca de cinco años, pero tuvo la fuerza 
de un acecho de siglos. Acecho, en donde el hambre, 
el lujo, la vanidad, todo se concentraba. Acecho cam- 
biante en los ojos ; que eran a veces monedas dora- 
das; otras, puntas de taladros dorados, empeñados 
en pasar a través del cristal; muchas veces, clavos de 
oro, y no pocas, ruedas de fortuna doradas, girando, 
girando. Por las noches, en los sueños felices, serían 

' ruedas de fortuna ... i 

Supe el secreto de aquellos ojos y los compadecí y 
admiré. El cristal de la vidriera me enseñaba la tra- 
gedia del hombre que lucha, silenciosamente... Pen- 



-»■■', M- 



EL ACECHO 165 

sé en las hijas de Lasky, en sus faldas do seda . . . 
Pensé en su mujer, en los altos alquileres, en las mil 
tentaciones de Buenos Aires, cambiante como una ví- 
bora de muchos colores. Pensé en la vanidad, en el 
lujo, en la moda, en las hijas de Lasky, bien vestidas. 

Los esfuerzos que él hacía para detener a los cu- 
riosos, eran sobrehumanos. Se enfermaba. Deliraba 
como un loco, detrás de la vidriera, como una araña 
hambrienta a la puerta de su cueva, viendo volar las 
moscas próximas a la trampa. Cada paseante era un 
posible comprador; era, tal vez, eí hombre que se lle- 
varía aquel ejemplar único, mitad de su fortuna en 
libros. 

El tormento del vendedor, condenado a esperar el 
cliente, es trágico. ¡Verle pasar y comprender que si 
uno tan sólo, adquiere algo, significa el saldo de una 
deuda! El tormento horrible comprendí aquella tar- 
de... Sufrí con Lasky, sufrí con sus diabólicos ojos 
color oro, percatándome de su mal irremediable. 

Perversos y cicateros, serían aquellos que, com- 
prendiendo la tragedia de sus ojos, no entraban a 
comprar libros en lo de Lasky . Cuando niño, me com- 
placía en engañar a las arañas, imitando el ruido de 
las moscas presas en la tela, y comprendí, recordan- 
do, el suplicio espantoso de un acecho semejante. 
Desde aquella tarde me propuse adquirir el ejemplar 
Túnico, arrancarlo de aquella vidriera, como a un ár- 
bol seco, en mitad de un camino polvoriento. Arran- 
car el libro de la vidriera sería quitar el mal a Lasky, 
hacerle feliz una hora, alegrar tal vez la vida de una 
de sus hijas, ignorantes de la tragedia del a-iecho. 

Debía extirpar el mal del librero desgraciado, ad- 
quiriendo el ejemplar único. La sola idea de que con 
aquellos ojos color oro, Laskj^ podía dañar a una de 
sus hijas — a' quienes- no conocía — me alentaba en' mi 
obra benéfica . ., . 

¡ Pobre Lasky, el- hombre del acecho ! repetía a cada 






166 



rEc-vso 



V 



•¿.•-'■i 



rato, aquella tarde de mi feliz ocurrencia, en entrar 
por el número atrasado de una revista uruguaya . . . 
Cuando me alejé, Lasky había quedado en la vidrie- 
ra, con sus ojos en acecho. Al acostarmfe, la noche 
del descubrimiento del secreto, estuve hasta tarde, 
pensando en el acecho de todos los hombres. El caso 
de LasTsy me pareció un índice . Señalaba el terrible 
mal que aqueja a muchos hombres^ A unos más 
que a otros, meditaba, pero a todos el acecho ha 
de ir secando poco a poco el corazón, hasta la muerte. 
¿Nadie ha visto o sentido la ansiedad de un lustrabo- 
tas que ofrece sus servicios gritando? ¿La ansiedad 
del vendedor de baratijas? ¡Hoy no se vende nada! 
— he oído decir a más de uno. Pero ellos, los que va- 
gan, distraen la vista, son asaltados y sorprendidos 
por miles de acontecimientos callejeros. El acecho de 
Lasky, la espera ansiosa del comprador de su ejem- 
plar único, llegado con enormes esperanzas, sólo yo 
la comprendía. Para los ojos color oro, aquel libro 
magnífico echaba raíces a medida que los días pasa- 
ban. El viejo ejemplar de cubierta parda descansaba 
como un muerto, entre los libros recién llegados. En 
los ojos color oro, la visión del libro único era dis- 
tinta, a la mía. Para los ojos del librero en acecho, ya 
no tenía forma, color ni tamaíío, aquel ejcnpiar de 
parda cubierta. Era una visión fantástica de una es- 
peranza parda, petrificándose ante sus ojos. Era 
como una roca sombría en la playa de un mar de pa- 
sión, el cual con sus olas debía pulverizarla ... El 
acecho de Lasky era su suplicio. Pasaban los curio- 
sos, pasaban transeúntes, de la mañana a la noche. 
Unos apresurados, ni miraban su vidriera. Otrcs se 
detenían un segundo, pero nadie entraba por el ejem- 
plar único. Varios bibliotecarios de clubs porteños, 
habían desdeñado el ejemplar ofrecido. Lasky espe- 
raba el hombre suyo. Imaginábalo vestido de mil ma- 
neras. Al cabo del día eran muchos los posibles com- 



■ ' EL ACaSCHO \ 167 

pradores. Por otra parte, yo no vi jamás a niníjana 
persona cruzar el umbral de la librería de Lasky. . . 

Sabedor de la silenciosa y honda tragedia de un 
par de ojos color oro, traté, en los días subsiguien- 
tes, de aminorar el mal del acecho. 

Una tarde, a la vuelta de mi labor, crucé por se- 
gunda vez el umbral de la tienda de libros . . . Había 
visto los ojos de Lasky sus raras señas. ¡Qué señas. 
Dios mío! Giraban los ojos, como dos ruedas de for- 
tuna y m^e enseñaban el libro, la gran esperanza 
suya. Porque percibí una sonrisa, no sé si -le burla 
o de alegría, aquella tarde entré a preguntar el pre- 
,cio del libro. 

Lasky se puso de pie. Las manos — sus uña? — esta- 
ban metidas hasta los codos, en las bocamangas de su 
vestimenta amplia. Miré con curiosidad falsa y estu- 
diada, una estantería con libros en rústica. Se acercó 
Lasky y dándome vuelta bruscamente, le dijo: 

— ¿Cuánto pide por el ejemplar único? 

Los ojos color oro, sin pestañas ni cejas, habían 
"cambiado. Eran otros, ásperos sí, pero guardando una 
tranquilidad más visible. Vi su boca de labios finos y 
pálidos. La frente estrecha, surcada por dos líneas 
solamente; rectas arrugas, finas, de sien a sien. Y me 
contestó: ' 

— Mil quinientos p^sos, señor/mU quinientos. . . — 
Al decir por segunda vez mil quinientos, los ojos co- 
lor oro grabaron en mis ojos, las palabras mil qui- 
nién-tos. ¡Eran los mismos ojos del acecho! Acecha- 
ban ahora mi impresión. Sondeaban mi espíritu, es- 
perando oon ansiedad la respuesta . Miré atentamen- 
te a mi alrededor y sentí las miradas . Libros, fo- 
lletos, estanterías, me fueron antipáticos, me echaban 
de allí. Empujado por la mano de aqrella semioscu- 
ridad de la tienda, del sombrío negocio de Lasky, salí 
lentamente, paso a paso, intentando silbar un aire 
nacional. 

. ■ • \ 



•^'V-V '. 



168 



PSGABO 



— ¡Mañana! — dije con seguridad y me lancé a la 
calle, perdiéndome entre las gentes, llevando en los 
ojos, otros ojos color oro, como dos moneditas ; y, .en 
la espalda, la mano que me empujó hacia la puerta 
estrecha. 

Al retomar no iniré la vidriera. Me cuidé muy bien 
de acercarme allí, i)ero sentí en el alma toda la tra- 
gedia de los ojos color oro. Ya la conocía tan bien, 
que no había necesidad de verlos. Pasarían los tran- 
seúntes, se alejarían después de acercarse a la vidrie- 
ra, con un gesto de acedía y perversidad. Pasarían 
unos y otros por delante de sus ojos, sintiendo los 
clavos dorados, con el intento de clavarlos allí. La 
hojuda tragedia yo la sabía de memoria. El acecho 
brutal de la araña a la puerta de su cueva, contem- 
plando lo maravilloso de su trampa, lo sentía, lo vi- 
vía. Me veía niño engañando a las arañas . . . Aque- 
lla noche me dormí pensando en el acecho de Lasky 
V en una araña hambrienta . '. . i 



* 
« • 



Eran las ocho. Salí de mi casa como de costum- 
bre, y sin acordanne nada de lo sucedido. El sueño 
me había matado la impresión del acecho. Crucé 
frente a la librería de Lasky y la hallé cerrada. Una 
tromba de ideas y pensamientos cruzó por rai cabeza. 
Me detuve en la esquina, al lado de un buzón. Gracias 
a él, la gente no rae llevó por delante. Recordé mi sue- 
ño do la noche anterior. Había visto a Lasky, tirado 
en la vidriera, con un libro entre las manos, debatién- 
dose delirante, loco. Vi las uñas amarillas quebrarse 
una a una. Las uñas de Lask>' se quebraban al apre- 
tar, al agarrar el libro único. Vi quebrarse nueve 
uñas, una a una, menos la del pulgar derecho, recia, 
fuerte, curvada! No recuerdo más, de aquella visión 



mj ACECHO 



169 



ligera, de mi sueño diabólico. La librería, que ahora 
consideraba vecina, estaba cerrada, y en la puerta 
metálica, un cartelito me dio la noticia funesta: '* Ce- 
rrado por duelo". Fué para mí como un telegrama 
llegado de allende los mares. ¡Los ojos color oro, los 
ojos del acecho, habían muerto! 

Hice correr la mano en la "víéja ventana de la casa 
de la esquina y enredé en mis dedos una tela de ara- 
ña. Me dio asco, miedo y no recuerdo qué más . . . 
Mirando la librería cerrada, con la persiana de la vi- 
driera, baja, como entornado párpado'de un muerto, vi 
en la librería de Laskv la cueva de la araña hambrien- 
ta, a quien acababa de quitar la tela sutil, con mis 
manos blancas. 

— ¡ El acecho es como el hambre ! — pensé, y seguí 
mi camino por la calle de siempre ... 

Enrique M. Amorím. 



Invierno 1921. Buenos Aires. De un libro titulado; 
** Amorím", , 



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CUADROS DEL CONVENTILLO 



Se camina con cautela. 
Se habla bajo. Hay mucha gente. 
Una débil luz de vela 
Naufraga en el aire opaco' 
A fuerza de vaho, encierro 

Y humareda de tabaco. 

Me hace toser ese ambiente 
Al entrar. Un perro flaco 
Me rezonga sordamente ■ 

Y en tanto se acalla al perro, 
Alguien me arrastra del saco 
Hacia una cama de fierro. 

Sobre el colchón,' dura, calma. 
Como si fuera de yeso, 
Hay una niña extendida. . . 
¡Un poco de piel y ¡lueso 
Sosteniéndose en la vida 
Por una hilacha de alma! 

La contemplo asi, suspenso, 
Breve rato; sin embargo, 
El minuto es tan intenso 
Qne a todos ha parecido 
Infinitamente largo, 

Y entra un deseo de ruido, 
Ve andar, de "mostrar denueHo, 



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EN PAGCMiA 98 171 

Como cuando por adentro 

Nos Onda arañando el miedo. 

Una — sin duda la hermana — • 

Va a llenar en la canilla 

Del agua la palangana. 

Este me alarga una silla; ^ 

JJna tohatla aquél. La ahucia 

Alza y me acerca la vela, ^ 

Ahincándose en un tranquilo 

Avivar de su pabilo. 

Con un gesto brusco y breve 

Me saca el sombrero él padre. 

Sólo una no se mueve, 

La madre ... 

Pongo la tohalla en el pecho, 

Sobre la tohalla mi oído. 

¡Y otra vez aquella calma! 

Es un silencio esculpido 

En piedra el que está en mi acecho^ 

Sólo para mi deshecho 

Por él mínimo crujido 

Que hace una hilacha de alma 

Rompiéndose dentro un pecho, , 

Y un soplo helado, foráneo, 

Que me anda erizando el cráneo... 

Al fin levanto la frente, 
Voy a hablar-, mas de repente, 
Hace llorar un vecino 
En el patio a su tñhuela, 

Y no sé qué clandestino 
Frío en el' cuarto se cuela, 

Que el perro gruñe de nuevo ' 

Y cae el tallo de sebo 

Ve los brazos de la abuela, 



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r. ', 



172 PEGASO 

Queda a oscuras la morada. 
Como algo a las manos hiela 
Tardan en prender la vela. 
Cuando al fin consiguen eso. 
Ya no hay que decir más nada , 
La pequeña es piel y hueso . . . 



Tose María Delgado. 



i 



EDUCACIÓN SEXUAL 



Alrededor de una conferencia 



La sociedad se ha ido organizando empíricamente, 
ai azar de los acontecimientos y de la lucha por la 
vida, a través de las edades. Hace ya cierto tiempo 
— no mucho — que el espíritu científico ha empezado a 
deducir nociones exactas del murido y de la vida. Es- 
tos conceptos son actualmente lo suficientemente pre- 
cisos, como para peimitirnos asentar sobre ellos el 
edificio social. 

Sin embargo, esta obra ha de tardar mucho tiempo 
todavía. Los prejuicios que vienen de atrás y los de- 
fectos propios de su constitución originaria, se opon- 
drán durante largo tiempo a una organización social 
fisiológica y humana. Hay una profunda falta de com- 
prensión de los problemas sociales en la misma gente 
culta, obcecada por las ideas que les han inculcado 
desde niños. Toda la obra por hacer está así en la es- 
cuela. Pero, ¿cuándo estará capacitada la escuela pa- 
ra enseñar lo que debiera y como debiera I That is 
the quesiion. 

La doctora Paulina Luisi dio en la Sociedad de Me- 
dicina una conferencia sohre Enseñanza Sexual. Pre- 
conizaba en ella dos cosas fundamentales: la necesi- 
dad de formar, por la escuela, el carácter de los ni- 
ños, de educar su voluntad y su hombría de bien, y la 
de' enseñar la verdad en todas las cosas de Ta vida. 



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174 ' PEaAso 

¿Hay nada más racional? Sin embargo, no le parece 
así, ni remotamente, a todo el mundo. ¿Cómo va a en- 
señar la escuela lo que el recato más elemental pro- 
hibe? Aquí de las ideas tradicionales, de los prejui- 
cios viejos. Las religiones — por querer exaltar artiü- 
cialmente verdades — han hecho de las necesidades 
corporales actos nefandos, casi delictuosos. Y este 
error funesto ha traído estas lamentables consecuen- 
cias: ayuntamientos monstruosos, enfermedades ve- 
néreas, ejemplares de degeneración de la especie, cada 
día más numerosos. 

¿Por qué ocultar cosas que son fisiológicas, si preci- 
samente por tales deben, no sólo no ocultarse, sino ser 
perfectamente conocidas? Nada de lo que es humano, 
nada de lo que es de la tierra debe ser desconocido a 
nadie. Sólo el conocimiento exacto de las cosas puede 
dar la pauta para las acciones razonables. Esto es lo 
fisiológico y lo saludable para todo criterio sano y bien 
nacido. Aparte de que la ocultación de cosas natura- 
les lleva, no al recato ni a la honestidad, como equi- 
vocadamente se pretende, sino al disimulo y al vicio, 
que es lo que vemos por todas partes. 

¿Queréis hombres y mujeres sanos y honestos, re- 
catados de verdad, pudorosos como la naturaleza quie- 
re que lo sean y no pudibundos, como la educación 
actual los hace? Educadlos sinceramente en el cono- 
cimiento de la naturaleza, sin afectación ni alarde, y 
educadlos en el amor a la verdad y en el cultivo de 
su voluntad y de su hombría de bien. Ahí está todo. . 

La enseñanza sexual así entendida hace parte in- 
tegrante de la enseñanza general y no debe ni siquie- 
ra ser mencionada con tal nombr?. Lo que se preten- 
de no es enseñar a los niños tales cosas deliberada^ 
mente, sino simplemente no hacer ocultación de ellas, 
como de cosa prohibida — que ahí está el mal — e irlas 
haciendo conocer, por maneras apropiadas a cada edad, 
a medida que la propia curiosidad de los niños se dea- 



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'. EDUCACIÓN SEXUAL 175 

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pierte. Todo esto sin miedo, sin falsas pudibundeces, 
con toda naturalidad, de un modo impersonal, refi- 
riéndose siempre al hombre, sin particularizarse nun- 
ca con nada ni con nadie. 

La orientación de la escuela y su modo de enseñar, 
dentro de una orientación fisiológica, científica, im- 
personal y exacta: he ahí lo que hay que cambiar y 
el problema fundamental que hay que resolver para 
poder llegar a una organización social igualmente ra- 
cional y fisiológica. La enseñanza sexual no es sino 
un capítulo de esta modificación esencial de orienta- 
ción y de doctrina. 

¿Cuándo tendremos una escuela así concebida? 



Alberto Bbignole. 



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CRÓNICAS DE ARTE 



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Ha renoyac^íÉÉite «oncurso el viejo pleito sobre el 
carácter local que suscitó el discutido monumento a 
Artigas. Y se renovará siempre este pleito cuando se 
trate de inmortalizar un héroe o ima liazaña genuina- 
mente nuestra . Y es que la escultura, estática y solem- 
ne, fija définitivwnente en el espacio y en el tiempo 
una' imagen ^||^ cada cual siente distinta. El gaucho, 
héroe nativo, que ha vivido con nuestra infancia en el 
hogar, eíL la esciiela, al salir de la historia, y en nues- 
tra vida de hoflibres al comprender y amar el pasa- 
do, adquiere un contorno distinto en cada mentalidad. 
Y es así, que ante las numerosas máquettes, aquel 
que miraba no juzgaba por lo que tenía ante sí, ais- 
lado, como un valor estético, sino que analizaba en 
comparación con el tipo que abrigaba su cerebro, con 
el gaucho que él hubiera hecho si hubiera sido escul- 
tor. Es por eso que este concurso despertó tanto inte- 
rés y despertó tantas críticas y críticos dormidos. 
Pero antes de entrar en juicio, permítasenos una li- 
gera digresión, permítasenos que alabemos este en- 
tusiasmo gue pone el pueblo en lo que se crea en su 
época, avalorando y discutiendo lo que llevará al fu- 
turo una palpitación de cada una de las vidas que 
pasan a su lado. Pero permítasenos que lamentemos 



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Monumento al gaucho. Primer premio: Obra de 
José Luis Zorrilla de San Martin 



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CRÓNICAS DE ARTE 



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El óoncurao para el I 

monumeiito al gancho -I 

Ha renovado este ooncurso el viejo pleito sobre el 
carácter local que suscitó el discutido monumento a 
Artigas. Y se renovará siempre este pleito cuando se 
trate de inmortalizar un héroe o una hazaña genuina- 
mente nuestra . Y es que la escultura, estática y solem- 
ne, fija definitivamente en el espacio y en el tiempo 
una imagen qü% cada cual siente distinta. El gaucho, 
héroe nativo, que ha vivido con nuestra infancia en el 
hogar, en la escuela, al salir de la historia, y en nues- 
tra vida de hombres al comprender y amar el pasa- 
do, adquiere un contorno distinto en cada mentalidad. 
Y es así, que ante las numerosas maquettes, aquel 
que miraba no juzgaba por lo que tenía ante sí, ais- 
lado, como un valor estético, sino que analizaba en 
comparación con el tipo que abrigaba su cerebro, con 
el gaucho que él hubiera hecho si hubiera sido escul- 
tor. Es por eso que este concurso despertó tanto inte- 
rés y despertó tantas críticas y críticos dormidos. 
Pero antes de entrar en juicio, permítasenos una li- 
gera digresión, permítasenos que alabemos este en- 
tusiasmo que pone el pueblo en lo que se crea en su 
época, avalorando y discutiendo lo que llevará al fu- 
turo una palpitación de cada una de las vidas que 
pasan a su lado. Pero permítasenos que lamentemos 




Monumento al gaucho. Primer premio: Obra de 
José Lilis Zorrilla de San Martin 



CbÓNÍCAE D£ AUTfi 177 

que ahorre su entusiasmo sólo para la escultura mo- 
numental, olvidando que hay otro arte amplio y ge- 
neroso, que también necesita y exige su entusiasmo y 
su crítica; un arte que se extiende por doquiera, que 
le cierra todas las perspectivas en la ciudad, que lo 
guía y lo orienta, que lo cuida y lo abriga y que lo 
ha de guardar definitivamente: la arquitectura. El día 
que nuestro pueblo ponga tanto entusiasmo y fe al 
mirar los nuevos muros que se levantan, ese día ten- 
dremos arquitectura expresiva, humana, arquitectura 
nuestra, y no el triste montón de paredes grises que 
forman nuestra ciudad. 

Decíamos que cada persona tenía un concepto an- 
ticipado del gaucho. Por eso el jurado, con sabia 
orientación, les ofreció a los artistas, pai*a vigorizar 
o rectificar ese concepto, o quizás para exaltarlo, las 
páginas más hermosas extraídas de la epopeya de 
Artigas. Hoy libro matriz de dos monumentos, con- 
tiene el germen de todos los monumentos futuros de 
nuestra hazaña guerrera. Monumento él mismo de pa- 
labras vibrantes, de ritmos sonoros, de sugestiones 
armoniosas, de alegorías nativas, de naturaleza, de 
historia y de patria, inspirará el ciclo de nuestra vida 
pasada, que se ha de inmortalizar en la piedra o en el 
muro. Y así se trasmutará siempre la exaltación lírica 
que anima este conjunto impalpable de palabras, a la 
dura y concisa gravedad del bronce, entrando a su 
amalgama como una nueva substancia que le dará dure- 
za de inmortalidad. Por las páginas de la epopeya de 
Artigas pasa siempre el gaucho. El maestro lo evoca 
así: ''¡El gaucho! Os debo hacer sentir con grande 
intensidad esa figura porque es nuestro tipo homéri- 
co; es el mismo que vemos en la Iliada, junto a las 
huecas -naves de los aqueos, o al pie de las murallas 
de la sagrada Ilion, conducido por Aquiles, el de los 
ligeros pies, o por Héctor, el domador de caballos". 
Por la potencia sugeridora de la gran literatura, 



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•1T8 ' , PEGASO . 

vestido en tela de leyenda, azul y dorada, revive el 
gaucho toda su agitada vida campesina. Corre por 
las lomas, se hunde en los pasos de los ríos, se pega 
al caballo y forma el centauro americano; ataca fren- 
te a frente, hiere, mata, huye con valentía, se escon- 
de en la maraña del bosque, como un gato montes, si- 
gue en el éxodo, servicial y humanitario, hace silbar 
su lazo acrobático y describe círculos enormes con sus 
boleadoras; canta romántico en las noches lunares; 
vaga por los campos infinitos y corre en su caballo por 
la tierra de amplios horizontes, dueño y señor de las 
verdes riquezas que el sol dora con munificencia. 

Más que una ciudad entera de estatuas, más que uu 
monte de piedra con una escultura inmensa en la ci- 
ma, había de hacer eterna y palpitante la figura del 
héroe, este poema palpitante y eterno. El bronce nos 
lo dará subrayado, quieto, rígido, para que lo grabe- 
mos como un signo en nuestra memoria. Pero la litera- 
tura, hecha de algo impalpable, palabras, palabras y 
palabras, lo hace diverso y animado; lo sugiere bajo 
todos los cielos de la tierra, brillantes o tormentosos, 
bajo todos los cielos del alma, de alegría o de mise- 
ria. Es la glorificación de las palabras evocadoras, 
que crea con sutil trama imaginativa un monumento 
distinto en cada cerebro; la estatua es la glorifica- 
ción en la piedra o en el bronce que para todo» los 
cerebros crea el mismo monumento preciso, domina- 
dor e inmóvil. Mas, si la literatura que no conoce su- 
jeción de espacio ni de tiempo, lo evoca amplio y di- 
verso, en perpetua acción, también lo evoca pálido y 
vago. Cada página lo hace vivir de una vida distinta, 
pero una vida sin contornos fijos, sin facciones, amor- 
fa, sin osatura, hecha de nebulosa substancia psíquica. 
La estatua le da concreción definitiva. Lo detiene en 
un instante de la epopeya. Lo inmortaliza fijo y quie- 
to en el momento álgido de su vida, cuando se infla- 
ma de mayor calor anímico. ¿Cuál es el momento esen- 



\. 



CRÓNICAS DE ABTE 179 

cial, el momento en que ese héroe legendario vibra 
más intensamente en vida? Es en la acción guerrera. 
Es cuando defiende su solar, con su caballo y la lan- 
za, del avance extranjero. "El gaucho fué soldado, 
brazo de la libertad, y, como tal, sobre todo, ha pre- 
dominado hasta ahora en la imaginación popular, que 
se lo representa siempre con el carácter de centauro 
homérico", dice la nota a la Asamblea, que suscribe 
la Comisión del Monumento. 

En esta actitud fué expresado el gaucho por los 
que obtuvieron el primero y el segundo premio — 
José Luis Zorrilla de Saü Martín, con su gaucho 
blanco, de sangre caucásica depurada y quemada 
por el sol patrio, y Barbieri, con su gaucho in- 
dio, de arisca y caliente sangre primitiva. Los dos 
nacieron directamente de las páginas de Zorrilla de 
San Martín, uno de aquello : * * . . . en los campe- . 
sinos altivos, de barbas y cabellos negros o ru- 
bios, de ojos horizontales, de tez curtida por el sol, 
pero irrigada por limpia sangre caucásica", el otro 
de esto : * ' . . . mezclados a otros tipos lampiños, co- 
lor de cobre, de pómulos salientes y frentes estrechas, 
de ojos pequeños y casi oblicuos, de cabellos rígidos 
y negros, de mirar hosco, huraño. . . " Los dos encar- 
nan dos temperamentos, dos psicologías distintas 
pero que labraron por igual la epopeya patria. Así 
el poeta vio las almas hermanadas en la hazaña, la 
misma llama de heroísmo inflamando los distintos co- 
razones ; no los apartó, los igualó en su evocación de la 
epopeya; no les dio rangos distintos, exaltando a la 
par el ardor guerrero del blanco y el ímpetu salvaje 
del mestizo. Porque los dos brazos siempre fueron 
juntos en la gesta homérica, el brazo arrogante y fie- 
ro en arresto hispánico y el brazo nudoso y flexible 
como una liana, en la actitud indómita. Un fermen- 
to rebelde existía en el aire que respiraban y en el ali- 
mento que les nutría, fermento nacido de la planta in- 



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: * vinos distintos en distintos recipientes; el vino agri- 

V .' dulce de la viña indígena, en vaso de quemada alfare- 

'. '•; ría; el vino generoso de la' viña hispánica en vaso de 

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•- No era posible, sin crear un ser híbrido, de psico- 

: logia deforme, itfttliir en una sola encarnación los dos 

,-■ ■ temperamentos. Por eso José Luis Zorrilla expresó 

el gaucho blanco, y Barbieri el gaucho indígena. Nos 

- -^ :: detenemos en estas dos expresiones porque concep- 

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'.:.'-< reno;, el otro se curva en un gesto de desesperación 

' . india. Uno es jinete, el otro es centauro. Aquél ga- 

<. I '\\iyp% caballero andante de la gran causa; éste se 

• ■ curva, así un arco humano que se tendiera contra 

> ■ . V lá fuerza invasóra, arco el indio, arco el caballo. Y 

. . las bestias también se émparentan a los dueñofe. En 

uno, dócil y vali^pte, piensa como el amo; salvaje e 

, . r indómita en el otro, se retuerce formando un -solo 

■--..* movimiento con el "hombre. 

,:■ -^ El jurado, que ya sentía preferencia por el tipo 

(íel gaucho blanco (así lo dice un párrafo de la nota 




Detalle del boceto premiado. Original de José Luis Zorrilla de San Martín 



180 i: tBOAaO . .:. 

dígena, fermento que agitaba todos los nervios, y que 
si hacía arisco y espinoso al árbol nativo, hacía chu- 
caro y cruel al hombre que se empapaba de su esen- 
cia; fermento que encendió todas las células,, las que 
al disciplinarse y constituirse en modalidad definiti- 
va, dieron el producto del hombre libre bajo el cielo 
libre de América. Pero el mismo fermento hirvió en 
vinos distintos en distintos recipientes; el vino agri- 
dulce de la viña indígena, en vaso de quemada alfare- 
ría; el vino generoso de la' viña hispánica en vaso de 
blanca alfarería . 

No era posible, sin crear un ser híbrido, de psico- 
logía deforme, reunir en una sola encarnación los dos 
temperamentos. Por eso José Luis Zorrilla expresó 
el gaucho blanco, y Barbieri el gaucho indígena. Nos 
detenemos en estas dos expresiones porque concep- 
tuamos que son las que realizan acabadamente y en 
e\ máximo de intensidad la glorificación del gaucho. 
Son. las que sísitetizan las características tan diver- 
sas y a veces antagónicas que, por virtud del amor 
patrio, se confundieron y se unieron en la lucha. El 
gaucho de Zorrilla va lanza erecta, altivo y señor ; el 
de Barbieri, huye o ataca ondulante y ágil como el 
p>ima. Uno se identifica a su lanza, afilada y rígida, 
siempre derecha ; el otro, a su flecha, silbadora y 
cruel. Uno se yergue sobre el caballo arrogante y se- 
reno; el otro se curva en un gesto de desesperación 
india. Uno es jinete, el otro es centauro. Aquél ga- 
lopa, caballero andante de la gran causa; éste se 
curva, así un arco humano que se tendiera contra 
la fuerza invasora, arco el indio, arco el caballo. Y 
las bestias también se emparentan a los dueños. En 
uno, dócil y valiente, piensa como el amo; salvaje e 
indómita en el otro, se retuerce formando un solo 
movimiento con el Tiombre. 

El jurado, que ya sentía preferencia por el tipo 
^él gaucho blanco (así lo dice un párrafo de la nota 




Detalle del boceto premiado. Original de José Luis Zorrilla de San Martin 



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' CRÓNICAS DE ARTE 181 

mencionada: *'... ha llegado a ser el gaucho uru- 
guayo, el liombre que, producto de acciones y reac- 
ciones sociológicas, y mezcla de razas en que ha pre- 
dominado, por fin, la caucásica. . . ")> adjudicó el pri- 
mer premio al boceto de José Luis Zorrilla, Y fué un 
fallo bien acertado. Porque, aparte del valor estéti- 
co e histórico de los dos grupos considerados, el de 
Zorrilla es muy superior al de Barbieri en cuanto a 
monumento, por la nobleza de su proporción, por su 
equilibrio entre el grupo y el basamento, el único ba- 
samento de la exposición bien proporcionado a la es- 
tatua, bien plantado en tierra. Barbieri rompió la 
unidad de su grupo agreste y huraño con la intromi- 
sión de Tina apacible y lenta victoria que camina con 
paso matronal en ritmo desencontrado junto al ca- 
ballo indómito. Su boceto tiene una base exigua, 
demasiado pulida y que contrasta con la auda- 
cia y el ímpetu del grupo ecuestre. Su gaucho es 
duro, filoso, hirsuto como una rama de espinillo, hue- 
le a naturaleza primitiva; la base es blanda, afemina- 
da, sin aristas, con los ángulos redondeados, reclama 
un ambiente amable de salón. El basamento de Zorri- 
lla es fuerte, se abre para adquirir su valor de por sí. 
Sólo encontramos exceso de aristas y de planos cor- 
tantes, que dividen el efecto de macizo y grande que 
está llamado a producir. 

Se ha acusado de teatral el monumento de Zorrilla. 
Y lo que se acusa como un error es un mérito. Es tea- 
tral porque es grande, amplio, vibrante, porque resis- 
te bien el aire libre, porque es armónico v fuerte en 
todas sus líneas, porque seduce de inmediato con la 
elocuencia vehemente de sus grandes movimientos. Si 
no fuera teatral no sería apto para una glorificación 
en medio a la calle. La plástica y la pintura histórica 
deben ir a eso, al gesto sintético y teatral. Quizás el 
grupo de Zorrilla peque de acusar demasiados deta- 



182 PEGASO !, : ' 

lies históricos y veristas, que le quitan algo de esa 
teatralidad simple que debe acentuar. 

En el basamento escribió Zorrilla el segundo capí- 
tulo de la glorificación al gaucho. Es el capítulo de 
su vida. Los otros concursantes usaron distintos pro- 
cedimientos; han puesto la anécdota como una llama- 
da, como una asterisco al margen del libro de piedra 
y bronce; la historia del gaucho se desarrolla así en 
la media tinta humilde del bajorrelieve, que se hunde 
en un fondo sobre la misma piedra. Este fué el pro- 
cedimiento usada con fortuna por Barbieri y con gran 
éxito por Pena, que presentó una de las más hermo- 
sas piezas del concurso. El otro procedimiento, que 
muchos usaron, es el del verismo o naturalismo, que 
trata estérilmente de copiar con fidelidad fotográfi- 
ca, paisajes, animales, costumbres, atándolos con ri- 
gidez y torpeza a la piedra. «^ -♦ 

José Luis Zorrilla no puso en rol secundario la 
anécdota ilustrativa. Hizo avanzar en forma osada 
de altorrelieve, todo el ciclo gaucho: infancia, adoles- 
cencia, edad viril, muerte. Lo atrae a la plena luz, 
y así anima la piedra basamental, de elocuencia y de 
simpatía, no quitándole su función primera de sopor- 
te. La maquette acusa muy infielmente la belleza de 
esta concepción. La perspectiva dibujada da mejor 
idea porque marca el despiezo que corta los altorre- 
lieves. Pero no están solucionados con arreglo a la 
idea. Las figuras de frente, por la distinta sucesión de 
volúmenes, no se prestan para la simplificación que 
exige el despiezo; es el error del primer altorrelieve; 
quizás el posterior, con la lujosa ramazón del árbol y 
su tronco fuerte y nudoso en el eje del macizo, pue- 
da proporcionar una terminación fuerte y original 
del basamento. ** 

Además, los altorrelieves están separados en un 
plano distinto del basamento. Por un lado ha sentido 
borrilla la unidad, la compenetración funcional del 



-.■>•-» C". 



•' '..['■ CRÓNICAS DE ARTE 183 

-. ' ■ -I 

relieve y del basamento, y por otro lado los separa, 
ios aisla en un plano más alto, cortándose agriamente 
en los ángulos del monumento. 

Sabemos que estos que nosotros creemos errores, 
son nacidos de la premura con que se mancha y se 
termina en el barro una maqvette. Lo importante es 
comprobar lo acertado de la solución, desde que al 
trabajar a la escala definitiva, no le será difícil a Zo- 
rrilla colocar y simplificar las figuras para que pue- 
dan caber bien en la piedra cortada. 

Estas son las observaciones que nos sugiere la obra 
premiada. Hemos juzgado la maquette en sí, maquet- 
te, que quiere decir esbozo, croquis de una obra que 
va a ser, Y cuando pensemos en el talento vigoroso y 
trabajador de Zorrilla, cuando nos adelantemos ima- 
ginativamente, buscando la realización futura, podre- 
mos ver, los que conocemos la fuerza de este artista 
en ardiente evolución, un monumento que lionrr al 
gaucho y que honre nuestra época. Que la l¡onre con 
valores nuestros, americanos, y no con títulos impor- 
tados; que la honre repitiendo con grito juvenil y vi- 
brante, en materia más dura, la despedida al gaucho 
que le entonara el padre poeta, el rapsoda, el homéri- 
da, como él se llama: **Yo, soldado de la aurora, a ti, 
héroe de la sombra". 

' : C. A. Herrera Mac Lean. 






GLOSAS DEL MES 



Sobre duelos 

: I 

Por demostrar su valor, puesto en duda por una 
persona vinculada íntimamente con las armas, un 
hombre que jamás había tenido entre sus manos una 
pistola o una espada, ha concurrido a un duelo en que 
estuvo a punto de perder la vida. | 

El hecho no es nuevo. En los buenos tiempos ro- 
mánticos, era «asi vulgar. Juan Carlos Gómnz tuvo 
un gesto parecido, aunque los antecedentes del caso 
no son del todo iguales, ya que él fué, entonces, el pro- 
vocador del lance, deseoso de mostrar a cierto temi- 
do profesional del duelo, que a él no lo amedrentaba. 
Sabido es que habiéndole tocado las ventajas de un 
lance que, por sus condiciones severísimas, tornaban 
casi en asesinato, descargó al aire su pistola, excla- 
mando que había ido a morir, pero no a matar. i 

En el caso que comentamos hoy, el hombre ha mos- 
trado también su guapeza y se ha dado la satisfac- 
ción de obligar a su contrincante a reconocer lealmen- 
te que se había equivocado respecto a sus condicio- 
nes varoniles. Ha sido necesario para esto que una 
bala le agujereara el cuello y por una diferencia de 
milímetros no lo eliminara de la vida . Como se ve, la 
satisfacción ha costado un poco cara; pero, en fin, si 
París vale una misa, la reputación de nuestro coraje 
bien vale una cicatriz. 1 

Nosotros, sin embargo, sostenemos que esto es te- 



'. '■' ': 



' ! ' GLOSAS DEL MES , . 185 

ner un concepto bárbaro y estúpido del valor. En pri- 
mer término, no creemos que sea menos deshonroso 
para un hombre el decirle : usted no tiene energía, us- 
ted no tiene inteligencia, usted no tiene perseveran- 
cia; que el decirle: usted no es guapo. Y, sin embar- 
go, aquellas vejaciones las soportan todos, sin consi- 
derarse agraviados, mientras que esta última nos obli- 
ga a lavarla con sangre, a menos de malquistarse con 
la sociedad o de servir de pasto a glosas mortificantes. 
¡Todo, menos que se desconozca el toro que llevamos 
adentro F 

Y, en segundo lugar, nos parece necesario definir el 
valor. Bien mirado, éste no es más que una simple 
cuestión de insensibilidad o quizás de inconsciencia 
frente al peligro de la vida. Su medida es dada por el 
mayor o menor riesgo de muerte que acarree la consu- 
mación de un acto. Pero como la muerte va por mil 
caminos distintos, el valor puede mostrarse, a su vez, 
de mil maneras. 

Es evidente que quien se pone sin temblar frente a 
una pistola, a veinte pasos de distancia, demuestra no 
temer a la muerte . . . por herida de bala. Pero es el 
caso que este valiente por nada del mundo sería ca- 
paz, acaso, de cuidar a un pestoso, de lanzarse a un 
río para salvar a un náufrago o, simplemente, de en- 
trar en una casa sospechada de albergar duendes . . . 

Se nos ocurre que los hombres que quisieran demos- 
trar su valor, en vez de usar un procedimiento tan tea- 
tral y estéril como el del duelo, deberían revelarlo de 
modo menos egoísta, dejando de su coraje algún bien 
en beneficio colectivo. 

Y es bueno no olvidar este otro hecho: en caso de 
catástrofes, naufragios, incendios, los héroes surgen, 
generalmente, no de los profesionales del valor, sino 
de los humildes artesanos, de los buenos burgueses, de 
los pacíficos viajantes . , . 

José Mabía Delgado. 






% ¡. 



\ 



t 



186 PEGASO * "^ 

Charrulsmo i 

El entusiasmo promovido por la visita del general 
Mangin culminó, según informes suficientes de la pren- 
sa diaria, en el baile ofrecido por el huésped ilustre, 
a bordo de su nave, en vísperas de partir. 

Alguien de la fina concurrencia tuvo la peculiar afi- 
ción de acentuar ese entusiasmo, llevándose algunas 
chucherías de las que enriquecen la nave; y tal hono- 
rable gesto no sólo ha movido acerbas críticas, sino 
que también dio fundamentos a un minuciosoi juez de 
instrucción para abrir un proceso. 

A este efecto recientemente se ha dirigido oficio al 
ilustre militar. 



Nos parece, salvando los respetos, haberse inicia- 
do una acción equivocada. ' 

Ningún homenaje más autóctono, más hondo y ge- 
nuino que el de esa gente sin .vanidad, gloriando re- 
catadamente al huésped, comprobando entre la alga- 
zara de las fiestas protocolares, una encantadora su- 
pervivencia de costumbres aborígenes, pues desde el 
fondo sombrío de nuestra nacionalidad es que vino el 
gesto desconceptuado; fué un impulso atávico, pero 
con deliciosa adaptación a nuestra época del antiguo 
malón charrúa. 

Y aquí es donde nosotros hallamos qué elogiar: 
nuestra bastante abigarrada multitud ofrendó su en- 
tusiasmo en la manera que podían hacerlo quienes 
ya nada conservan exento de las modificaciones de 
una civilización ejemplar. Nuestra ética mira hacia 
focos encendidos en mundos viejos; nuestra indumen- 
taria no se inmoviliza en líneas que no sean de uni- 
versal aprobación ; nuestra arquitectura reconstruye 
pioldes afamados; nijestra mentalidad, — no habríí^ 



. '¿*^'-, -fí. •.' 



GLOSAS DEL MES 



187 



para qué decirlo, — repite con encomiable acierto los 
más preclaros ejemplos. 
" Nuestro vivir es así. . :.- • 

De modo que en la férvida acogida habríamos dado 
al general Mangin una sensación de monotonía pesa- 
da, agasajos que, por culpa de nuestra elevación, re- 
sultan semejantes a los de todas partes. 

Esa determinación de generatriz charrúa, interpo- 
lada graciosamente, cambió la situación. 

Habrá sido la nota culminante, la que tal vez ahon- 
dó más en el ánimo del duro guerrero. Extraerá la 
certidumbre de nuestras facultades positivas y verá 
que la civilización no nos ha deformado, ni penetra- 
do totalmente. Verá que en medio a nuestro esplen- 
dor, parques a la francesa, aulas repletas, industrias 
nacientes, damas enjoyadas viviendo en oportuna sun- 
tuosidad, en medio a eso subsiste el ardid del abori- 
gen ; encogiéndose pero no transformándose. El abo- 
rigen viste frac y tiende blandamente las manos de 
uñas que fulgen; y está pronto al malón, que cumpli- 
rá sin ulular, en cuanto la inadvertencia ambiente fa- 
vorezca. ^ . - r 



Esa nota exótica nos la debe agradecer el general 
Mangin, por lo cual resulta excéntrico el proceso ini- 
ciado. 

Tal es lo que nos parece prudente decir. Por lo de- 
más, corresponde a la perspicacia de los lectores for- 
mar un juicio que nuestra delicadeza nos impide so- 
licitar favorable. 



Emilio Samiel. 



'Yír^.:-) -Sí 



;. :! , 



188 



Crónicas policiales 



PEGASO 



Un diario metropolitano, al registrar en su crónica 
policial ciertos hechos conmovedores de la vida dia- 
ria, hacía reflexiones sensatas que debemos alabar y 
que mucho nos agradaría poder leer siempre, en oca- 
siones semejantes. Dos pequeñas criaturas mueren 
envenenadas por haber comido un pan infelizmente 
encontrado por ellas en el pretil de una ventana; una 
madre, humilde y cariñosa, que llevaba a un hijo en 
brazos a la policlínica de un hospital, muere de golpe 
por una bala que un sujeto de la hampa tira a otro, 
en el preciso instante en que la madre pasa . . , Apar- 
te de la fatalidad de los sucesos en sí, hay on el modo 
de organización de la vida colectiva defectos graves 
que contribuyen a la acumulación de esos hechos fa 
tales. Y a ellos se refería el articuli?la, que aprove- 
chaba los sucesos para hacer aquellas reflexiones y 
sugerir enseñanzas preventivas. 

Del aprovechamiento de cualquier suceso para ce 
mentarlos al margen como éstos, derivaría una gran 
enseñanza educativa, que la prensa diaria está en el 
deber de realizar. Y como son po3as las veces en que 
la vemos cumplir con él, nos ha parecido muy justo 
subrayar la actitud de este diario y de su buen ero 
nista. 

Alberto Brignole. 



Edicioaes «Vltra» I 

**Vltra" aspira a persentar la Cultura Americana. 
"Vltra" es una exposición de valores americanos. 
*'Vltra" reclama la ayuda de todos los intelectuales 
del Continente. Las ediciones ** Vltra'' publican men- 
sualmente: un cuadernillo de literatura; ** Vltra", re- 
vista continental y edición extraordinaria "Vltra" 
(novela, teatro, verso) . , 

Editorial y Agencia de Publicaciones ** Vltra", S. 
A. Casilla 3323. Santiago de Chile. 



Notas BU)liográfícas 



Poemas. — Por Carlos César Lenzi. — Montevideo. — 1921. 

Bcafirma el autor en este bollo libro el jirestigio de una perso- 
nalidad literaria que ya se diseñaba vigorosamente. 

Muy diestro en el manejo del verso, dotado de un alnia inspi- 
rada, casi todas sus composiciones tienen cierta complicación sen-, 
sitiva en el fondo y cierta manera aristocrática en la forma, que 
las destaca y constituyen, a nuestro juicio, las cualidades caracte- 
rísticas de este poeta. 

Sin embarcarse definitivamente en ninguna tendencia — sea por- 
que no haya encontrado todavía su ruta, sea por amor al eclecti- 
cismo — el autor revela acabadamente su capacidad para expresarse 
ya dentro de la rigidez de los moldes clásicos, como dentro de la 
libertad moderna, sin que el verso pierda sus encantos eufónicos 
y su decoro poético. 

Demasiado sutil, tal vez, son emociones las suyas que se sienten 
como un ligero frémito de hojas y de ramas agitadas por una brisa 
indolente y perfumada. Su pena naufraga fácilmente entre bur- 
bujas de champagne, y la quimera lo arrastra con frecuencia, re- 
animando sin duda cromos desleídos, hacia países y lugares visio- 
narios. . . 

No hay, pues, realidad desnuda y, por consiguiente, intensidad 
emocional en estos poemas; se ve que el autor está enamorado de 
la belleza artística y prefiere modelar el mármol antes que trabajar 
«obre miserable arcilla. Sin embargo, cuando quiere, como en "San 
Ignacio de Loyola", uno dé los mejores poemas del libro, sabe en 
rasgos concisos, firmes y altamente expresivos, revelarnos el carác- 
ter y bajar hasta la intimidad de un alma — J. M. D. 

Ui^ Pueblito y un Poeta. — Versos por Ernesto Morales. — Buenos Ai- 
res. — 1921. 
Emana de este breve tomo de versos un perfume de humildad 

y sencillez que conquista, sin mayor esfuerzo, el ánima del lector. 
Exáltase aquí la vida tranquila, lenta y familiar de un pueblo tan 
pequeño que no tiene médico, ni cura y en donde, acaso por esta 



V 



190 



PIOASO 



ausencia, el autor advierte que todos son buenos de alma y sanoa 
de cuerpo. Por lógico contragolpe se deprime también la intensidad 
vital de las grandes urbes, las líneas rectas de sus avenidas, el tu- 
multo d« sus millonarias colmenas. 

No es Morales el primero que en América canta estos temas; 
pero es, sin duda alguna, uno de los que los siente con más hondu- 
ra y, por lo tanto, de los que los canta mejor. 

La sinceridad de su sentinliento se revela en el tono ingenuo y 
simpk de sus estrofas, en la concordancia perfecta de la sensación 
y la expresión, en la naturalidad y el realismo de las imágenes y 
de los pensamientos. 

"Un alegre grupo de casas blancas se amontonan frente a la 
estación, casi en los rieles, cual un montón de chicas que se agru- 
pan a ver pasar los trenes." "Cae la lluvia y, hacendosamente, — 
Lómpia la blanca faz de las casitas". — "Y ella con su' destino re- 
signada — -Besponde: jqué he de hacer si Dios lo manda!" — Y aquí, 
adentro de las casas,— La vida se torna miope: — El hombre que lee 
o duerme — 'La mujer que duerme o cose". 

Tres pecados veniales, porque 'son poco numerosos, pueden, sin 
embargo, culpársele: no obstante su tacto y su finura sentimental, 
su ingenuidad cae, a A'eces, en el dominio de la simpleza; asimismo, 
a pesar de su habitual buen gusto, su verso (como en la composición 
"El Jefe"), desciende en ocasiones a lo prosaico y barato; y, para 
concluir, hay en la obra- un poco de abuso del diminutivo, un evi- 
dente exceso de mañanitas, pueblecillos, quedito, pajarillos, faro- 
litos. . . 

Con todo, puede enorgullecerse Vicente López, de albergar y ha- 
ber sensibilizado ron su morondanga a un poeta de las cualidades 
de Ernesto Morales, a quien debe colocársele entre los primeros 
líricos de la actual generación argentina. — J. M. D. 



El alma de la rosa. — Por Gastón Figueira. — Montevideo. — 1921. I 
Sonatinas campestres. — ^Por Gastón Pigiueira(. — ^Monltevideío. — 1921. 

La pedagogía vulgar ha encontrado siempre bondadoso y huma- 
no el estimulo a los que comienzan, a los que son jóvenes y traen 
un aliento y un ardor. No sé hasta qué punto es plausible o execra- 
ble ese^ aplauso, sin tasa ni medida, que las gentes se creen con 
derecho a prodigar. Sólo conozco el daño evidente que los lauros 
anticipados hacen a las frentes que madrugan y a los corazones 
que amanecen. 

De ahí entonces, que contrariando las voces unánimes, pero con el 
pensamiento sereno, yamos a decir que Gastón Figueira tiene que 
cultivar mucho su fronda lírica, podarla con frecuencia y regarla 
con esmero,, para esperar recién que abran las flores que ahora corta 
y deshoja antes de tiempo. Su juventud, — yo creo que no puede ser 
juventud tener quince años, — está tan enredada de zarzas litera- 
rias, que el sol no ha podido entrar aún en su bosquecillo, y apenas 



NOTAS BIBLIOORAFICAfi 



m 



si ana rayos se quiebran j se pierden entre las ramazones más altas. 

De todas las reconvenciones que le haríamos en largo comenta- 
rio que el espacio reduce, queremos señalar tan sólo la urgente y 
fundamental necesidad de revisar el idioma, — cosa indispensable 
que Figueira tiene que hacer antes de publicar otro volumen, — si 
quiere ir ascendiendo en el camino emprendido. 

El idioma castellano es muy rico en palabras, y no hay por qué 
recurrir a invenciones arbitrarias para expresar una idea o. pintar 
un paisaje, por más complicados y sutiles que sean. 

Así, palidosa, diamanteaba, vallerino, marfileante, sombrajoso, al- 
^eanares, zafirino, temor, ambarescente, odoroso, rubíceos, amatisti- 
no, opaleaba, vesperiana, florir, ondulear, y cien más que el autor 
inventa con facilidad, perjudicando ostensiblemente sus ideaciones. 

Claro, que todo ello está de acuerdo con las tardes lilas y los 
parques violetas y los ruiseñores azules que Figueira utiliza en cada 
página; pero hay que convenir definitivamente que el decadentismo 
de 189^9 ya no es tolerable en los jóvenes de 1921... — T. M. 

Poemas del hombre. — Por Carlos Sabat EJrcasty. — Montevideo. — 

1921 . 

Que hay poesía en este libro de los "Poemas del hombre", es 
indudable. Poesía vigorosa y humana, poesía de la vida y de la 
naturaleza, púgil en la esperanza y en el brazo, llena de arrojo y de 
emoción, desnuda de túnicas literarias, vibrante y tensa como el arco 
indígena o como el heráclida griego... Fuerte poesía de soñador 
activo, que tiene corazón y voluntad de hombre, para arrojarla en 
la cara del tiempo con gesto arrogante y atlético. Como Walt Whit- 
man, pudiera ser este poeta el poeta humano, que dice sólo o en 
multitud, la palabra moderna. 

Sin embargo, lealtad y verdad oblígannos a declarar concreta- 
mente que la poesía de este libro no está en los versos, — que no 
existen por cierto, — sino en el vuelo libre del pensamiento que se 
hunde como un ala eñ el cielo claro de la mañana, o cae como un 
rayo de sol sobre el verde peinado del jardín. 

Hay acaso defectos y vicios, — i quién de los humanos no los hat — 
que comportan deméritos a la poética de Sabat Ercasty, — pero una 
bella seguranza nos da su misma obra: la certeza de que pronto va 
a llegar para el púgil enardecido la serenidad firme y recia, caai 
estatuaria, limpia como una sonrisa de diosa, que hará triunfar cla- 
ramente su poesía de hombros tranquilos, de cuello pleno y, de ancha 
frente plácida... — T, M. 

Después de Ayacucho. — Enrique Bernardo ÍNúñez. — Caracas. — 1920. 
Aunque según el autor advierte hidalgamente en el comienzo, ya 
le fué prohibido cultivar este género de arte, reincide con tal en- 
tusiasmo, que allí mismo, y muy cerca, declara tener planeadas 
nuevas novelas. 



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192 



k>E:oAgO 



Esto nos agrada, pues ya qu« el señor Enrique Bernardo Núflez, 
en este libro que venimos de leer, no logró infundirnos la impre- 
sión de cuanto su ancho titulo sugiere, tal vez encontremos eso en 
loe venideros hijos de su ingenio. | 



No logró mayor cosa, no señor, en este libro; y buen chasco tu- 
vimos cuando, guiados por atrayentes y evocadores títulos de al- 
gunos de sus cincuenta capítulos, buscamos con avidez, encontrán- 
donos, no "muñecos de corazón", como parece ya le ha sido dicho 
al señor Núñez; no. esos muñecos, sino sujetos totalmente contem- 
¡)oráneo8, cuya psicología pacata no cuadra a elementos de epopeya. 

Y no encc/htramos tampoco la reconstrucción que de aquel vivir 
. nos promete; pues el señor Núñez maneja sus héroes en escenario 
muy penosamente reconstruido, y la mezquindad resultante es im- 
ponderable. .' i 



Leído todo el libro nos queda una impresión particularísima, la 
de que el prefacio vale más que el resto; pues allí sí el señor Núñez 
puso cosas sentidas, observaciones de su experiencia, merecedoras del 
interés con que las anotamos. Y diremos más, diremos que respe- 
tándolas, poniéndolas en práctica como cumple a todo varón since- 
ro, nos librara de esta opresora angustia en que nos deja, espe- 
rando a que sus nuevos libros nos traigan cuánto el título del leído 
nos prometió . 

Pues nos cautivan los hombres de aquella época, y también sus 
cosas. , . 



" De las telas ya marchitas 

" soy el magnifico amante. I 

** Modas y colores viejos 

" ¿Quién vueelíros encantos rfabef..." — E. S. 



Estudios literarios. — Por Jorge M. Bohde. — ^Buenos Aires. — 1920. 

Este libro, que llega a nuestro poder un poco tarde, ha obtenido 
uno de los premios municipales que acaban de otorgarse. Bohde, 
que en su anterior obra hizo versos a la manera clásica, en este 
volumen de alta crítica, aparece igualmente influenciado de clasi- 
cismo. Se ve que gusta de leer a los autores españoles, desde Me- 
permitido que cristalice su prosa, que fuera en España castiza, en 
períodos amplios y "redondos". Los "Estudios literarios" de 
Rodhe no se distinguen por la excesiva originalidad: son más bien 
la obra de un estudioso. Pero revelan sentido crítico y, por encima 
de todo, un gran temperamento literario. Es un libro de viejo jo- 
ven o, aun mejor, de joven viejo. — ^V, A."S. 









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li)2 i'KOASO ' 

Ksti) nos ii;;niilii, |iiirH v:i »|ii.i' el scnor l'!iii'l(|ii(' lícriiardo Núflc/., 
«■II este Millo (|Uf vtMiiiiioM il>' li'i'i', mi lii<;rii inriiiiiliriius l:i iiii|>ri' 
siiiii ilf lUíiiilti Nu aiu'liii lilulo su};ii'i'i', tal \ i-y, ciu'oiit ifiiios t'«(i oii 

llls VOiruIfl'llM llijOS lio MU iuj^t'iiid . 

Xii Injerí) iiiii\tir i'iiMa, lui scíior, cu osli- liLiiti; y Uncu oIuihoo tu 
\ iiiios cliaiitlo, j;liiailo» por at ia\ «"liten V i'\ ocailurf.H títulos «le al 
miiiii.s «le sus liiH'iH-iila i'apiluloH, Imsiamos luii a\iiic/., i'iu'Oiil ráii 
■ loiios, no ■ ■ iiiuíu'cos ili- forazou ' ', «niiio pari'i'«' 3:1 lo lia sitio «lii'lio 
;il sciior Xiiiiiv; 110 «'sos iiiuru-cos, siiiii sujetos t o( alllKMiti' i'oiilciii 
poiaiu'os. cuya psiiolo^ia pacala 110 ciiailia a eltMiii'iitos de epopt-ya. 

N lio eiii'oiit laiiuis lampo. «1 la ri-i'oiisl lUciiiiii «pii' de aipu'l vi\ii' 
nos prometí'; pues el seiiiir Xuiie/, maneja sus ln ríes en «'seeiíaiio 
iiiUN pi'iiosamiute n'iinist ruido, \ la uu/tinindad resuitaiile es iiii 
polHleíalile. 

Li'ido tollo el liliro nos ipieda una ¡mpresimí pa i't ieiilarisiina, l.i 
di" «pie i'l pii-l'aeio «ale mas «pie el resto; pues allí si el -eiuir Niiiie/- 
puso eosas sentidas, ol)ser\ aciones di' su i'\pei ieiieia, nierei-edoias del 
iiiti'iis con ipvf las anotamos. \' diríamos más, diieinos ipie respi' 
t;iiidol.'is, poniendol.as en práetic.-i como cumple a loiio \:iron HÍiice 
ro, nos liliiar:i de esta opi'esoia angustia en «pie nos de, 1:1, i-spe 
raudo a (pie sus iiiii'\«is liliros nos trainnii cuánto el titulo del leido 
nos proinetio. 

I'ii«'s nos cjiiiti\:iii los lioinlires de aipii'lla época, \ lamliii'ii «us 
cosits. 

■■ l'e l;is telas ya iníircliitas 

" soy el iiin<>iiit¡co riMinnle. 

■■ Modas «■ i-oUires viejos 

•' ;<^>iiir'ii \ uivs|/ros encantos ¡ínlie?..."' E. S. 

Estudios literarios, l'or .lor¿;i' M. IColide. lUwmis .\ire.s. 10120. 

Kstc libro, (pie lle<;;i a nuestro poder un poco t.ardi', lia oliti'iiido 
uno de los premios municipales «jne acaliaii de ot()r>;arse. Kolidtt, 
«pie en su anterior ohra lii/.o \ crsos a la manera cl:'isica, en este 
vulumen de alta critica, .aparece ¡<riialiii«Mit«- inllnenciado de clasi 
cismo. !s'e \e «pie ^iista de leer a los autores españoh-s, desde Mu 
permitido «pci' cristalice sii pros.a. «pie fuera en Ksp.aña c:isti/.a, «mi 
perioiUis ampli«)s y ''redondos". l,os "Msludios literarios" de 
Ifoillie no se dist injíiien por la e.\cesi\a «irij^inalidad: son más liieu 
la olira de un estiidios«). l'ero revelan sentido critico y, por encima 
de lodo, un j;raii temperamento literari«> l!s un liliro de vii'jo ju- 
\ en o. aun nu' ¡or. de joven \iejo. V. A. S. 






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Peres Petlt Víctor, Agraciada 1754. 
Prando Carlos M., Juncal 1363. 
Bodrígues Antonio M., Bincón 638. 
Cavlglia Buenaventura, Burgués 125. 
Lloret Ernesto, A. Chucarro 18. 
Maldonado Horacio, 25 de Mayo 511. 
Scbinca Francisco A., Mercedes 826. 
Del Castillo Berapio, Paraguay 1267 
Frngoni EmiUo, 18 de Julio 979. 



ABQXTITE0T08 

Pittamii^o Humberto, Ejido 1392. 
Herrera Mac Lean Carlos A., Cerri- 
to 3«2. 

CONTADOBJBS 
Fontaina Pablo, Misiones 1430. 

ESCRIBANOS 

Negro Bamón, Sarandi 445. 
Pittaluga Enriane, Buenos Aires 634. 
Daquó Juan, Soriano 1370. 

MÉDICOS . 

Arias José F., Yaguarón 1436. 
Delgado José María, 8 de Octubre 120. 
Foladori José, Constituyente 1719. 
Difantossi José, Cuareim 1323. 
Qblgliani Francisco, Uruguay 1884. 
Brlgnole Alberto, Canelones 1241. 
Scoseiia José, Maldonado 1276. 
Mier Véi&siines Servando, Continua- 

«ion Agraciada 136. 
ToBcano Esteban J., Uruguay 881. *" 
Caprario Ernesto, Uruguay 1223. ^« 

OntUJANOS DENTISTAS 



/ ^ ■ • > 



Osimani Alejandro, 
Vázquez. 



18 de Julio y 



/ 



PEGASO 

REViSTf\ nií;nsurl 



DIRECTORES; 
PABLO DE GRECIA — JOSÉ MARÍA DELGADO 




NOVIEMBRE DE ig2i 



SUMARIO: 






Francisco Alberto Schinca 


El Uruguay y la cultura italiana. 






(Conclusión) 






J. J. Illa Moreno 


Laxitud dolorosa 






Julio Raúl Mendilaharsu 


Ante la rada 


* 




Juana de Ibarbourou 


El sueQo del canillita 






José Pedro Bellán 


Cuento breve 






Julio J. Casal 


Cristalería 


. 




Alberto Lasplaces 


De la vida literaria 




• - .... 


Luis Mario Alies 


La tristeza del recuerdo 






Alexis Delgado 


Poemas 






Glosas del mes 


Eugenio D'Ors, por Telmo Mana- 






corda—ün hombre bueno, 


por 






Alberto Brignole— Otras notas. 




Notas bibliográficas 


Los libros del mes 


— 




Montevideo. 


- 


AÑO VI. 


URUGUAY 






H." 41 






-J ""Vi.' 



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¿Vi 



^^-ir'-á 







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■ . ■ -. <'i> ■■ Y . 



Banco Hipotecario del Uruguay 

INSXn'ÜCION DEL ESTADO 



CAJA DE AHORROS 

4 

Abona por los depósitos el 6 V2 7o anual 

Invierte los depósitos por cuenta de los ahorristas, en "Títulos Hi- 
potecarios", los cuales al precio actual, reditúan un interés mayor de 
6 o|o anual. 

Los intereses de esos "Títulos" se pagan trimestralmente el I.» de 
Febrero, el 1." de Mayo, el 1.° de Agodto y el !.<> de Noviembre de 
cada año. 

. Los "Depósitos", mientras no se inviertan en Títulos, y éstos con 
el "Cupón" corriente, si la inversión ya se ha bectao, pueden ser re- 
tirados parcial o totalmente, en cualquier momento. 

Hace préstamos con la garantía de los Títulos depositados y paga 
los "Cupones" por adelantado, mediante un pequeño descuento. 

Entrega alcancías para el depósito y guarda de los ahorros pequeños. 
. Los depósitos tienen la garantía del Estado, además de la del Banco. 

Los "Títulos Hipotecarios" se emiten solamente contra la garan- 
tía real de bienes inmuebles, urbanos y rurales. 

X>as libretas qué entrega, contienen las condiciones dé la operación. 

CALLE MISIONES, 1429, 443Í) y 1459 ; ; , ■ 

BANCO FRANGES 

Superviene & Cía. 

(SOCIEDAD COLECTIVA) / 

BSTABLeeiOe 8N EL nÑe 1887 

423 25 DE MliYO-427 ■ MONTEVIDEO 

Efectúa toda clase de operaciones banca rias, en el País y con 
todas lus plazas del mundo. 

' COFFRES-FORTS (Calis He SegurlUaO 

para el servicio del público. 

■/ 
Ca»ia en Buenos Aires 

SUPERVIELLE & Cía. 

150 SAW UARTISÍ Y PASAJEi: GtESlES 

« . i.m. G'OBLEUO. GereutP. 



\ 



/^-Z>'. 






iJ'^. 



COLABORADORES PERMANENTES 

Alberto Brignole. — Manuel Benavente. — Buenaventura 
CaTiglia ( hijo ). — Ismael Cortinas. — Manuel de Castro. — 
Asdrúbal E. Delgado. — Eduardo Dieste — José M. Fernndez 
Saldafia. — Emilio Frugoni. — Blas S. Oenovese. — César G. 
Gutiérrez.— Luis. A. de Herrera.— Juana de Ibarbourou. — Julio 
Lereoa Joanicó. — Luisa Luisi. —> Horacio Maldonado. — Julio 
Raúl Mendilaharsu. — Raúl Montero Bustamante. — A. Montiel 
Ballesteros.— Emilio Oribe,. — José Pereira Rodríguez. — Víctor 
Pérez Petit.— Carlos M. Prando. — Wifredo Pi. — Horacio Qui- 
roga. — Santín Carlos Rossi.— Vicente A. Salaverri. — Emilio Sa- 
miel. — Carlos Sabat Ereasty. — Juan Zorrilla de San Martin.— 
Alberto Zum Felde. — Armando Vasseur. 



SECRETARIO DE REDACCIÓN: TELMO MANACORDA 

Redacción: Todo lo referente a la Redacción debe dirigirse a 
los Directores, 8 de Octubre 120, Montevideo, Uruguay.— No 
se devuelven los originales. — Los materiales de Peoabo 
son inéditos. 

Administración: Todo lo referente a la Administración debe di- 
rigirse a San Salvador 2309, Montevideo, Uruguay. — Sus- 
cripción mensual: $ 0.50. — Avisos: convencional. 



Banco Hipotecario (ícl Uruoiíay 

I NBTn ÜCION ] WAj K>rrA I)( ) 

CAJA DE AHORROS 

Abona por los depósitos el O Vi> "lo anual 

Invierte los depósitos por cuenta de los aliorristas, en ' ' Títulos Hi- 
potecarios", los cuales al precio actual, reditúan un interés mayor de 
6 o|o anual. 

Los intereses de esos "Títulos" se pagan trimestralmente el l.o de 
Febrero, el 1." de Mayo, el 1." de Agosto y el 1." de Noviembre de 
cada año. 

Los "Depósitos", mientras no se inviertan en Títulos, y éstos con 
el "Cupo*" corriente, si la inversión ya se ha hecho, pueden ser re- 
tirados parcial o totalmente, en cualquier momento. 

Hace préstamos con la garantía de los Títulos depositados y paga 
los "Cupones" por adelantado, mediante un pequeño descuento. 

Entrega alcancías para el depósito y guarda de los ahorros pequeños. 

Los depósitos tienen la garantía del Estado, además de la del Banco. 

Los "Títulos Hipotecarios" se emiten solamente contra la garan- 
tía real de bienes inmuebles, urbanos y rurales. 

Las libretas que entrega, contienen las condiciones de la operación. 

BANCO FRANCÉS 

Superviene tK: Cía. 

(SOCIEDAD C O I . K C T I V A) 

ESTaBI-EeiOO BISÍ El. aÑ© 1887 

423 25 DE IIIIAYO-427 MONTEVIDEO 

Ki'oclú>í lodií clase de operaciones Jtancarias, en el l'aíá y con 
todas las [)lazas del niundo. 

COFFRES-FORTS (Calas de SeptídDd) 

para el servicio del público. 
fJn^^a vil BucnoM .lir(>s 

SUPERVIELLE cS¿ Cía. 

150 SAX MAUTI*^ V PASAJES ^liLl^^ülÉS 

it 1. M. (.OKLLliO. <,ii,iit<. 



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D E G AS O 

REVISTA MENSUAL MONTEVIDEO 

DIRECTORES: Pablo de Grecia-José María Oclgadc 

• * 

Noviembre de 1921. N.* 41 — AioVI. 



EL URUGUAY V LA CULTURA ITALIANA 



{Conclusión) 

En cuanto a Víctor Hugo, su adhesión a la patria de 
Xieopardi se manifestó en todas las ocasioneSj hasta 
durante el lamentable destierro de Guernesey. Alentó 
B. Mazzini, amó con cariño fraterno a Garibaldi, diri- 
gió á los precursores de la unidad nacional proclamas 
vibrantes y ardorosas. Mazzini, en 1856, escribió des- 
de Londres una carta al poeta, exhortándole a que de- 
dicase, algunas palabras a Italia, que se inclinaba en 
aquellos momentos hacia los reyes. Hugo contestó con 
un llamado vibrante, con una larga epístola profética, 
de la que tomo estos conceptos: *'No tengáis otro pen- 
samiento que el de vivir vuestra vida propia, ser la 
Italia. Y repetid sin cesar, desde el fondo del alma, 
que mientras Italia no sea un pueblo, el italiano no 
será un hombre. Italianos, la hora llega, y lo digo 
para, vuestra satisfacción : viene por vosotros, porque 
causáis gran inquietud a los tronos continentales. Sí, 
el reinado de los monstruos y de los déspotas, gran- 
des y pequeños, está próximo a terminar. Acordaos 
siempre de que sois hijos de una tierra predestina- 
da para el bien, fatal para el mal, en la que proyec- 
tan su sombra los dos gigantes del pensamiento hu- 
mano, Miguel Ángel y el Dante; Miguel Ángel, que 






^>ilf:'-Í!.i;<.',' ..'h-íií' ■■ . • ■ ^-iS^-tí'rr.. 



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Banco de ia República Oriental del Uruguay 

Institación del Estado 
pir Uy It 13 <c Mirii H 1195 y rqUi pir li Ity (triíiici <e 17 <t Jilli «1911 



\.: 



Casa Central: Call»Zabala esquina Cerrito 

Cija de Ahorros - AleiRCías - Liferotis di Cala do Akorrot a Razo Fijo 

h»» d«|>óitUoii «M CaJ» d« Akorrca AlcKiicía, gOKaa d«l iateré» «le • % 
hasta I» cantidad de $ 1.000 

El Banco recibe e&la clase de depósitos en la Casa Cenlral y en 
ledas sus depsndenuias, que son las stguienles: 

AGENCIAS: . : : ' 

Aguada: Avenida General Rondeou esq. Valparaíso.— Paso del 
Molino: Calle Agraciada 963. — Avenida General Florei-: Avenida 
General Flores 2266.— Unión: Calle 18 de Julio 205.— Cordón: 
Avenida 18 de Julio 1650, esq. Minas. 

ChJk KAflONAL DR AHOBKOS T DESCCKXT08, ColoaU e««. Ciadadei» 

8UCUK8ALE8 
Ea todas laa capltalri j poblarioaea inportaatea de leí departaateatog. 

Horario dt- las drpcndeneiHS de In capilnl: de 10 a 13 t de 14 n IG.— Los Sábados de 10 a 12. 



Iji alcancía os la lliive del ahorro doini'sti- 
co.— Uiposita Vd. DOS PESOS y en i-l aclo 
se leciitii'giiií, ORATÜITAMENTE, iiim AL- 
CANCÍA rercntin con llaví-, quedando esla >la- 
v(> Kxardnda en el Bnnro. Esos DOS PESOS 
SON SUYOS, sanan inierés y pmde Vd. le- 
lliarlos en cualquier moiuenlo, devolviendo la 
Alfancfa. 

Una ver. :il mes, o cuando lo crea oportuno 
présenla Vd. lu Aleaticfa, la que su !il>i«-a su 
vista y fe le devuelve cernida despiii^-s de re- 
tiinr el dinero que contenga y ncrodiitirselo en 
mi ciientit. Los snldus del dinero nsf depo>ita- 
do. ganariiu el 6 "/o de ii lerfs ha^ta la ^unia 
di- $ 1 IKKI. — I-1S cantidad, s mayores de 5 
1 OK), no gniini.ln inlril's por el exceso. 

Kl Úancu ha n«u>'llo laiubiéii, establecer i/i- 
brcins de Caja de Ahonoí> a Pla/.o Fijo (a vi n- 
cer cada seis meí.e^). Paia esta cla>e de ope- 
raciones s<! ha fijailo el Interés de 4 1,2 "/„ 
basta la suiíiii de $ 50.(00. 

£1 Estado rcspi nüe diiectiiintute de la emi 
falite el Banco, (art. 12 de la ley de 17 de Julio de 1911 1. 




sión, depósitos y ope;acionos que 



ilC- .-rf-a*; 



PEGASO 

REVISTA MENSUAL MONTEVIDEO 

DIRECTORES: Pablo de Grecia- José María Oelgedc 

Noviembre de 1921. N.» 41 - Aiio VI. 



KL üllLCillAV V LA CL LTUÍA 11 ALIA^A 



(Conclusión) 

Eli cuiuito a Víctor Hugo, su adhesión a la patria de 
Loopartli se luanit'estó en todas las ocasiones, hasta 
durante el lamentable destierro de Guernesey. Alentó 
a Mazziiii, amó con cariño fraterno a Garibaldi, diri- 
gió a los precursores de la unidad nacional proclamas 
vibrantes y ardorosas. Mazzini, en 1856, escribió des- 
de Londres una carta al poeta, exhortándole a que de- 
dicase algunas palabras a Italia, que se inclinaba en 
aquellos momentos hacia los reyes. Hugo contestó con 
un llamado vibrante, con una larga epístola profética, 
<le la que tomo estos conceptos: "No tengáis otro pen- 
samiento que el de vivir vuestra vida propia, ser la 
Italia. Y repetid sin cesar, desde el fondo del alma, 
que mientras Italia no sea un pueblo, el italiano no 
será un hombre. Italianos, la hora llega, y lo digo 
para vuestra satisfacción: viene por vosotros, porque 
causáis gran inquietud a los tronos continentales. Sí, 
el reinado de los monstruos y de los déspotas, gran- 
des y pequeños, está próximo a terminar. Acordaos 
siempre de que sois hijos de una tierra predestina- 
da para el bien, fatal para el mal, en la que proyec- 
tan su sombra los dos gigantes del pensamiento hu- 
juano, Miguel Ángel y el Dante; Miguel Ángel, que 



'*' ' .ÍIP- '^■r.^í^W^'r'''- ^"Sf'l 



: : I, 



194 PEGASO ' 

I 
" . • .. I 

representa el juicio, y Dante que representa el cas- 
tigo. Conservad virgen vuestra misión sublime. No 
os durmáis, no os empequeñezcáis, y agitaos, agitaos. 
Vuestro deber y el nuestro consiste hoy en la agi- 
tación y consistirá en la insurrección mañana. Vues- 
tra misión es a la vez destructora y civilizadora, ,j 
es imposible que no se cumpla. No lo dudéis : la pro- 
videncia hará salir de las sombras que nos envuel- 
ven una Italia grande, fuerte, libre y feliz. Lleváis 
en vuestras entrañas la revolución' que devorará el 
pasado y la regeneración que fundará el porvenir ! " 

Castelar, en su prosa magnífica y suntuosa, ha ren- 
dido también el tributo de su amor, de su admiración 
y de su respeto, a la Italia de nuestros padres. Nada 
más efusivo que sus preciosos recuerdos de viaje, 
en los que resulta tan fácil encontrar la huella inde- 
leble de un afecto profundo y cordial. Son páginas 
poemáticas, en que se celebra el silencio de las cata- 
cumbas/ de Roma, la majestad del Foro, todos los 
encantos de una naturaleza pródiga y generosa. El 
ilustre español se prosterna ante los monumentos pro- 
picios a las evocaciones históricas, besa con unción " 
las piedras seculares del Coliseo, llega hasta la patria 
del Tasso, la risueña Sorrento, y hasta los valles de 
la Umbría y pasea por todas las comarcas de la pe- 
nínsula sus deliquios de peregrino apasionado. 

Bastaría a la gloria de Italia el haber suscitado en 
la voluntad de tantos artistas la noble emulación que 
les hace estampar para t siempre, en las hojas de un 
diario de impresiones o en volúmenes de bella prosa 
descriptiva, los recuerdos de estos peregrinajes que 
sirven para sugerir en las almas selectas la convic- 
ción de que ciertos lugares de la tierra, como ciertas 
maravillosas regiones del firmamento, pueden ano- 
nadar nuestro espíritu con su sublimidad y con su 
grandeza. Estos contactos con la luz son fecundos, 



KL. URUGUAY Y IíA CULTURA ITALIANA 195 

porque la inteligencia y la sensibilidad sufren al par 
su mágica influencia transformadora. Por eso, hasta 
de los países hiperbóreos, de los fríos países del nor- 
te, llegan romeros y cruzados a la patria predilec- 
ta de la latinidad, y todos vuelven a las nieves de sus 
fjords o de sus estepas con un poco más de lirismo 
en el corazón, como si un pájaro misterioso y- canoro 
hubiera penetrado de pronto en las dormidas frondas 
de su espíritu. Así fué Ibsen a Italia, para adornar* 
con atavíos de poesía sus inaccesibles simbolismos y 
para iluminar su imaginación sombría y pesimista 
con las eternas claridades del arte latino, y así se 
adentró Máximo Gorki en, sus campiñas asoleadas y 
en sus cármenes floridos y alegres, él, el cantor de la 
desesperanza, el triste forjador de lamentables epo- 
peyas, en las que la delincuencia y el dolor se con- 
funden como en una fantasía lúgubre y delirante. 



Terminada esta enumeración rapidísima, permitid- 
me que os diga,^ señores, que hay otros caminos para 
llegar a, la comprensión inteligent^ del alma italiana 
e intensificar su civilizadora influencia sobre las na- 
ciones que pertenecen a la gloriosa estirpe latina. Uno 
de ellos es el conocimiento de la historia de Italia. 
Ninguna más aleccionadora, más fecunda en altos 
ejemplos, más pródiga en episodios singulares y de 
un interés más palpitante. Deslumhra la grandeza de 
Eoma, cuyo destino, según la expresión de un pensa- 
dor, ha sido trazar en el mundo,'^ y en todos sentidos, 
caminos eternos. Allá Qstán los orígenes incompara- 
bles de la nación y de la raza, y vosotros sabéis cuan 
alto volaron las águilas caudales del imperio, qué aus- 
teras virtudes resplandecieron en la r^epública, y con 
qué inusitado vigor aquel pueblo de rudos combatien- 
tes y de sutiles jurisconsultos extendió a todas partes 






K ,- i-'T-r-' 



196 PEGASO 

y^ y por todas las zonas del mundo conocido los bene- 
ficios de una espléndida civilización que había de nau- 
fragar, después de varios siglos de culminación y apo- 
geo, en el revuelto océano de las invasiones extran- 
jeras. Las vaguedades de la leyenda se ciernen sobre 
la cuna de Roma, como ocurre con todos los pueblos 
que han de realizar en la tierra un rol directivo y 
• preponderante; pero a pesar de ello, Italia puede in- 
vocar en todo momento, con orgullo, a sui» remotos 
antepasados, que fueron señores del universo, y que 
dictaron leyes a todas las sociedades y a todas las 
épocas. 

La Edad Media italiana es la más rica en sugesti- 
vos episodios. Si no rememoran los anales de Italia una 
Revolución como la Revolución Francesa, evocan, eii 
cambio, un período esplendoroso que se llama el Re- 
nacimiento, porque es, en efecto, como un reflorecer 
del mundo latino. Son aquéllos los días dorados de la 
historia. Todo se anima bajo el soplo milagroso de 
una nueva inspiración sobrenatural, que hace surgir 
en profusión inaudita, bellezas y magnificencias de ar- 
te. Triunfan los genios multiformes, como Miguel Án- 
gel y como Leonardo. Benvenuto Cellini pule el oro pu- 
• rísimo de sus custodias, pero es al mismo tiempo el más 
violento de los hombres, pues llega a apuñalear en la 
calle a los que provocan sus cóleras terribles y sus 
airadas venganzas. A pesar de esos desbordamien- 
tos del instinto, hay en estos italianos inteligentes y 
sutiles, en los que producen y en los que trafican, en 
los que escriben y en los que guerrean, en los que sue- 
ñan y en los que matan, una vitalidad tan exuberan- 
te y tan ciego amor a la acción y a la vida, que todo 
se les tolera en gracia a sus aptitudes extraordina- 
rias. Está por encima de las leyes, decía Pablo III 
hablando de Cellini, el hombre representativo de esta 
edad prodigiosa. 

En cuanto a la historia contemporánea de Italia, si 



■?tKV.V 



^ 



£L URUGUAY Y LA CÚLTÚEA ITALIANA " 197 

ninguna está más sembrada de inartirios, ninguna 
tampoco abunda más en heroicidades. Italia es la na- 
ción europea que más ha sufrido bajo las dominacio- 
nes extranjeras. Ha vivido luchando y conspirando, 
y ha enseñado a los demás pueblos del mundo cómo 
se muere por la libertad y oómo debe llegarse hasta 
el sacrificio para alcanzar el bien inestimable de una 
conciencia nacional y de una personalidad inviolable 
y respetada. La historia de Italia, la crónipa de sus 
vicisitudes y de sus desventuras, es un martirologio 
ejemplar, que no ha terminado todavía, como lo acre- 
ditan la inmolación de Oberdán y el bárbaro asesinato 
de Battisti. ¡Gomo puede templarse en el recuerdo de 
todas las angustias por que ha pasado aquel país an- 
tes de lograr la plenitud de su destino, el alma de una 
nacionalidad como la nuestra, que ha conocido de cer- 
ca la heroicidad de los soldados italianos, porque ha 
visto sobre los campos de San Antonio el relámpago 
rojo de la camiseta de Garibaldi, y dentro de los mui- 
ros invictos de Montevideo el centelleo de la espada 
de Anzani, que guiaba a la gloria y al sacrificio a la 
legión inolvidable que defendió nuestros derechos y 
que salvaguardó nuestra libertad! 

Tanto como en la historia de Italia podemos apren- 
der en el estudio de su lengua armoniosa y de su fértil 
literatura. Habremos de lograr que la enseñanza de 
la primera se incorpore a los planes de nuestra edu- 
cación universitaria, tal como lo hará la Argentina, 
consagrando y sancionando, con una medida de buen 
gobierno, las afinidades existentes entre las dos na- 
ciones. No intentaré el elogio del idioma que D'Ami- 
cis calificara de gentil, y que lo es, en efecto, porque 
tiene la armonía y la expansividad de todos los idio- 
mas latinos, con más la música interior que falta al 
francés y cierto ritmo inimitable de que carece el espa- 
ñol. Lengua inefable, dueña de todos los secretos de la 
expresión, hasta el punto de que si el Dante en su 



l^'.^Z'. . - '. 1 ■^ •■ '-.■•-..- •^•-. .". ^..iv... 



■-■ .'V^ - ■ • ' ■ •, ■ .•!."> "^íí 



y 



1Ü8 PEGASO 

poema inmortal pudo escribir en ella sus acerados 
anatemas, Petrarca ía utilizó para sus confidencias 
suspirosas, Bocaccio para sus desenfadadas narracio- 
nes, el Tasso para su epopeya cristiana, Ariosto para 
sus rapsodias caballere^as, Savonarola para sus apos- 
trofes, Maquiavelo para sus sofismas audaces, Alfie- 
ri para sus tiradas patrióticas. Foseólo para sus evoca- 
ciones melancólicas, Leopardi para sus desoladas fi- 
losofías, Carducci para sus himnos entusiastas, Ste- 
clietti para sus rimas sentimentales, Ada Negri para 
sus glorificaciones del dolor y la miseria de los hu- 
mildes, D'Amicis para sus descripciones cautivan- 
tes, Páscoli para sus églogas, y D'xVnnunzio para sus 
filigranas impecables o para esas proclamas briosas 
e incendiarias con que incitó a la Italia moderna a re- 
novar sobre las montañas que se obstinan en cerrar- 
le el paso hacia las provincias irredentas, sus heroi- 
'cas gestas antiguas! 

Por esta brevísima enumeración de autores selectos • 
podéis advertir la riqueza de una literatura que de- 
beríamos estudiar profundamente y que casi no des- 
pierta en nosotros ninguna curiosidad intelectual que 
pueda movernos a leer sus obras magistrales, no a tra- 
vés de ciertas traducciones profanadoras, sino en el 
lenguaje original, jugoso y plástico como ninguno. 
¿Y qué conocemos de la ciencia italiana y del esfuerzo 
de sus afanosos investigadores y de sus preclaros 
maestros"? La actividad científica es allá infatigable, 
pero nosotros nos conformamos con no ignorar tres 
o cuatro nombres universales, mientras en los fecun- 
dos silencios de los laboratorios o en la saludable agi- 
tación de los" claustros se elabora, por la acción de tan- 
tos pensadores abnegados, la sabiduría y la cultura del 
porvenir. 

No nos hemos esforzado tampoco en asimilarnos 
algunos de los caracteres esenciales de • aqueHa raza 

privilegiada, v hasta los desconocemos tambiéiv Se 

|- 



m íg^V. 



EL UKUGUAY Y LA CULTURA ITALIANA 199 ^ 

nota en ella, sin embargo, una dichosa mezcui de rea- 
lismo :y de idealidad, que constituye acaso su vigor y 
que és la razón de ser de sus éxitos y de sus aseen- ^^ 

siones. Aquel pueblo ha heredado, sin duda, de los ro- - 

manos el amor de las realidades tangibles j- concre- ' '' ^ 

tas, y cierto especulativo sentido práctico; pero la afi- 
ción a lo bello desinteresado neutraliza esa indina- '" . 
ción positivista y la colorea de espiritualidad. No os - 
sorprenderé si os recuerdo que el Municipio de Ve- 
Tona adquirió no hace mucho la casa de Julieta, para 
convertirla en un lugar de peregrinaciones senti- ... 
mentales. ¡Disipación y despilfarro!, exclamarán los — 
que juzguen el gesto con criterio adocenado y burgués. ., 
Nada más erróneo, sin embafgo. El Municipio de Ve- 
rona no ignora, sin duda, el valor poemático de aquel 
edificio vetusto, y sabe que muchos extranjeros inte- - . 
lectuales y curiosos se acercarán a él para ver ondular 
sobre el balcón la escala de seda de los coloquios in- 
mortales, que acaso cuelga todavía, mientras la alón- " \ ' 
dra tempranera de que se habla en el drama de Sha- 
kespeare canta al inoportuno amanecer ! • , 

Junto a «sas singularidades de temperamento po- *^ 

see Italia una vitalidad que pasma y sorprende. Fouil- 
lée ha notado muy bien que, lejos de degenerar, como 
otras naciones de- la tierra, ofrece cada día nuevas re- 
velaciones de su pujanza y de su salud. El incesante 
incremento de la población y el descenso de la morta- 
lidad, permiten una emigración considerable, que be- 
. neficia al mundo porque es laboriosa y practica todas 
las virtudes. Nosotros sólo hemos aprovechado esos 
éxodos incorporando al esfuerzo nacional la energía 
fecunda de que dan prueba los que abandonan las ri- 
beras del Mediterráneo para buscar en otras partes 
más amplias posibilidades de bienestar. Hagamos 
cuanto esté en nosotros para asimilarnos el alma de 
aquella nación superior, nutriendo la nuestra con su 



^•7v:..;*.,./;:4- 



» .';*»•';-*. 7 ••'>Aíp'~* ?• ^.' '»•;'• 'v-r '^»:'> 



200 



PEGASO 






cultura secular, en que ha florecido una raza potente y 
exquisita. Si estarnos en el deber de no desdeñar nin- 
gún aporte extraño, si la afluencia de sangre extran- 
jera puede sernos beneficiosa, si la invasión de ideas 
que han germinado en otros ambientes sociales pueden 
traer hasta nosotros el hálito de renovación que espe- 
ramos para caracterizar deñnitivanaente nuestra per- 
sonalidad colectiva, ¿por qué no pedir a la primera en- 
tre las naciones latinas un poco de la luz que ha pro- 
digado sobre el mundo, un poco de su generoso calor, 
un poco de su hermosa facultad de exaltarse y vibrar 
ante todas las magnificencias del pensamiento, del sen- 
timiento y de lá acción? Cuando ella salga de la prue- 
ba del fuego de la actual hecatombe europea, más 
fuerte que nunca para las competencias pacíficas de 
la civilización y del progreso; cuando haya reconsti- 
tuido el hogar nacional, regado ahora por la cálida 
sangre de los holocaustos; cuando haya acreditada 
ante el mundo con la pujanza de sus ejércitos su ilimi- 
tada capacidad para la victoria y para la reconquista, 
Italia podrá aspirar con justicia al magisterio de los 
pueblos latinos. Dejaremos entonces que se proyecte 
on nosotros su inmensa alma, refractaria a la cadu- 
cidad y al decaimiento, y moldearemos en su influen- 
cia nuestro espíritu, porque si algo falta ahora a 
nuestro cosmopolitismo, siempre avizor y siempre an- 
sioso, es la irradiación de aquella cultura soberana 
que un día iluminó la barbarie del mundo con las ful- 
guraciones inextinguibles del arte, de la belleza y del 
ideal! 



Fraíícisco Alberto Schinoa. 






LAXITUD DOLOROSA 



Es muy largo el camino erizado de piedra, 
lo prolonga el cansancio, lo dilata el dolor, ^ 
y lo agravan los cercos infinitos de hiedra 
que lo escoltan, sin que haya en su largo una flor, 

» 

Es acaso el empalme del país de la Muerte 
este sendero oscuro en que he venido^ a dar, 
y uno sigue a despecho, como en un río inerte^ 
sin poder hacer alto, ni al destino llegar. 

El alma de la tarde se angustia entre el follaje 
donde ululan las aves su doliente sentir. 
Hay una hipocondría tan honda en §1 paisaje ' 
que todo no nos hahla ya más que de morir. 

En su paso forzado, se desgarra la planta 

sin que nada consiga la sangre restañar, 

y el afán hondo y fuerte de otrora se quebranta, 

¡Oh, quién pudiera un día tan sólo descansar!... 

J. J. Illa Moreno. 



\ 



,' ■;■■;■■ V- >•:•,'<■/•>;;, ■■-. 



Tf-' ' • 



ANTE LA RADA 



He quedado nuevamente en el muelle opaco y mudo, 
a la ciudad amarrado como un ilota marino. 
¡Sentí dentro la garganta la angustia apretar un nudo 
y pensé en las travesías que jalonan mi destino. 

El Atlántico no tiene, para mi, rumbos inciertos. 
El cariño lo limita a un derrotero jijo i 

que une los dos países donde descansan mis muertos 
y donde soy, ante tumbas, un nieto, un hermano, un 

[hijo. 

Son Niza y Montevideo , términos de la cadena 
donde eslabono nostalgias y donde ¿por quéf exclamo, 
¿por qué se fueron tan pronto, arremolinando pena 
y ni siquiera su voz responde cuando les llamo? I - 

Vida, Vida, el mar me atrae como antaño al navegante 
los coros de las sirenas. Soy inquieto y angustiado 
y en el mar, únicamente, hallo refugio sedante 
ante brazos que me oprimen con adioses del pasado. 

Las estrellas, poco miro por ignotas y distantes. 
Los árboles, poco quiero por su paciencia de altar. 
¡Pero todos mis fervores líricos y trashumantes 

hunden su amor' en el mar! , 



Julio Raúl Mejídilahaksu. 



:-^^y::y- 



EL SUEÑO DEL CANILLITA 

Hecho pura los niños de la Esctiela de Aplicación. 

Se lo dedico a Mityl y Bibil Delgado. 

ACTO ÚNICO 

La escena representa un trozo de paseo público, o 
plaza. En el centro, un banco, un farol, o un árbol de 
grueso tronco. Toda la comedia será acompañada por 
una música adecuada y lenta. Quizá sirva la de "Mo- 
mento musical", la de **Los millones de Arlequín", o 
la del antiguo vals "Danubio". Entra "Chingólo" con 
los diarios debajo del brazo. Llega lentamente. Va des- 
calzo y viste un viejo chaquetón de enormes bolsillos. 
Lo sigue Fanor, su perro. Y va a sentarse en el ban- 
co o «n el suelo, recostado al árbol, o al farol. Tiene 
una actitud perpleja. Deja los diarios a un lado y mo- 
nologa : 

Chin^gobo. — Me manyé las galletas y como si nada. 
Pa tanto no le hubiera birlao los tres cobres a la tía 
Coneja. ¡La que me espera! Y el "Tuerto" que anda 
estos días todo endemoniao . . . Pues que no: que no 
voy. Que duermo aquí y que si mañana la cosa no an- 
da mejor, me largo: (Encogiéndose de hombros). Pa 
pasar hambre y ligarme palos. . . ¡Que me voy, mejor! 
(Al perro) Fanor: esta noche no hay catrera. Vamo a 
enchilar aquí. (Se^acuesta, poniendo los diarios de ca- 



«i. 



/ 



■4U,-'. 






;*.' 



204 



FEUAisU 



becera. Duerme y empieza la música. La escena es in- 
vadida por una luz azulada, como de luna o de ensue- 
ño. Breve intervalo ; luego por la puerta de la izquier- 
da entran siete u ocho muchachas descalzas, vestidas 
de túnicas rosas, celestes y blancas. En la cabeza, flo- 
res. Vienen de la mano, una tras otra, y al llegar don- 
de está ** Chingólo" dormido, danzan en torno suyo, 
formando ronda y cantan ajustándose a la música :) 



Coro. — Giremos en torno 
Del niño dormido. 
Callad, pajaritos. 
No hagáis, hombres, ruido. 



Giremos, giremos 

Y al pobre pequeño, 
Hagámosle rico 

Y amado en su sueño. 



Dancemos, dancemos, 

Y en torno de él. 
De dulces quimeras 
Se forme una red. 

Venid, duendecitos; 
Beryluna, ven, 

Y con tu varita 
Tócalo en la sien. 

Lalaralará 
Lalaralará 
Beryluna llega. 
¡Qué feliz lo hará! 



Laralará 
Laralará 

Lalarí lalarí 

Lalarí lalarí lalará. 



'y ^T?»S^ 



EL SUEIÑO DEL CANILUTA 



205 



Se van, de la mano, en la misma forma en que en- 
traron, por la puerta de la derecha, al mismo tiempo 
que por la de la izquierda entra el Hada Beryluna, 
vestida de cola, con collares y un largo bonete termi- 
nando en punta, de la que desciende un velo celeste, 
salpicado de estrellitas. Trae en la mano una varita 
dorada. Se proyectará sobre ella luz violeta, que la 
envolverá en todos sus movimientos. Llega adonde 
está * 'Chingólo ", lo toca en la frente con la varita y 
le dice: 

Beryluiía — Por esta noche dueño eres del don 
De obtener lo que ansie tu ambición. 
Pide sin tasa, sin temor reclama, 
Al duende Pipo a que te sirva, llama. 
Mas ten cuidado, que al rayar la aurora. 
Perderás tu riqueza engañadora 

Y sólo quedará, de todo el sueño. 

El recuerdo imborrable de tu ensueño. - 
i Así lo aceptas? ¿Quedarás contento? 

(** Chingólo", dormido, hace un movimiento de asen- 
timiento, con la cabeza). 

Beetluna.— iMuy bien. A **Pápo" llamaré al mo- 

[mentó. 

Toca un silbato, y, por la izquierda (será siem- 
pre ésta lá puerta de entrada, y la de la derecha, de 
salida) entra Pipo. Tiene larga barba blanca, viste 
un mameluco rojo, largo de cuello y mangas, y cape- 
ruza de lo mismo, con una campanilla en la punta. 
Lleva botas de paño verde, una gran cadena, con un 
silbato, al cuello, y al hombro una alforja). 

Beryluna. — Duendecjto que comes bellotas 

Y eres dueño de mágicas botas: 
Servirás a este niño. Al conjuro 



f . 









206 



PEflASO 



De su anhelo, haz hermoso su sueño. 
Trae bizcochos al pobre pequeño ! 
Que tan sólo ha probado el pan duro^ 

(Sale} 



Pipo. — (Con saltos y contorsiones exageradas 
torno de "Chingólo"). 



en 



Amito, amito, . - i 

Te sirve Pipo j 

Que te trae dulces ¡ 

Frescos' y ricos. | 

I 

Saca de la alforja tres o cuatro bizcochos y los des- 
liza en los bolsillos del chaquetón del niño; Este hace- 
corno que mastica, y saborea. Pipo, saltando y hacien- 
do piruetas: 

Pipo. — Pin, p;n, pin. 

Tricotín, tricotín, 

A "Chingólo" doy bizcochos, . 

De huevo, azúcar y anís. 
Pin, pin, pin. j 

• Tricotín, tricotín. | 

i 

Chijtgolo. — (Con ese acento peculiar del que habla 
en sueños). — ¡Eatona! i 

Pipo. — Espera, amito, ya vendrá la dama \ . 

Que tu amoroso corazón reclama. 

Traza en el aire, con el dedo, signos cabalísticos. 
Toca el silbato. 



Pipo. — Por acá 

O por allí 

A su Alteza la Ratona, 

Hermanos, traed aquí. 



■■'TtvS':^ 



' EL SUEÑO DEL CANILLITA 207 

Gran ruido de cascabeles. Entra "La Ratona" ves- 
tida de Princesa, y con un gran paquete de diarios ba- 
jo el brazo. La acompañan saltando seis o siete duen- 
des iguales a Pipo, a excepción de las botas, que no 
las llevan, pues calzan chapines rojos, de punta muy 
aguda, ^a Eatona va a sentarse junto a Chingólo. 
Ratona.— -Desiíierta, Chingólo. No se duerme un rey 
' ') Cuando lo visita tan selecta grey. 

(Lo sacude mientras los duendeeitos salían y can- 
tan:) 

Coro. — El "Chingólo" es rey, 

Reina la ' * Ratona ". - ' 

Dancemos en torno 

De sus dos personas. , ; 

Pin, pin, pin, 
• El a sus bizcochos ha dado ya fin. 
Pin, pin, pin. 

Eatoiía — ^Anda a ponerte la camisa de oro. 
Deja los diarios, que la tía Coneja, 
Ya no te pegará si no 'los vendes, 
Ni "Andrés el Tuerto" tirará tu oreja. 

Todos los días comeremos. Luego 
Te comprarás zapatos, y, si quieres, 
' Pipo podrá traerte una bufanda ' 

De esas que hoy usan hombres y mujeres. 

(Se levanta y lentamente empieza a andar hacia la 
puerta de salida, cantando:) 

Ratoíía. — Y me voy. . . me voy. . . me voy. . . 
Al palacio donde estoy 
Con el Hada Beryluna, 
Vestida de cielo y luna. 



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(•^pu-'+í.'-""*'';», .'*■,. 



■"•■T.57*'^' - 



208 



i'ifiOASO 



■'1 



Chingólo. — (Haciendo, siempre dormido, se entien- 
de, un movimiento como para detenerla del vestido). — 
¡ Ratona I 
Ratona. — (A punto de desaparecer,, cantando:) 

Me voy... me voy... me voy... 
(Los duendes, siguiéndola a saltos). - . 

CoKO — Se va, se va la dama, 

Con ella nosotros vamos 

Y a ** Chingólo" con su perro 

Y sus diarios lo dejamos. 
Chingólo. — (Expresión* de enojo) . — ¡ Pipo 1 

Pipo. — ^Aquí estoy, aquí estoy 

Y a mi rey a servir voy. 

(Se arrodilla ante él. y saca frutas de la alforja.) 

Traigo naranjas^maduras, 

Traigo peras y manzanas. 

Toma, ''Chingólo", frutillas, . | 

Toma doradas bananas. ' 

(Chingólo, en sueños, saborea. Pipo le pone frutas 
en los bolsillos.) 

Pipo. — Y mientras comes, contempla ' 

Los diarios que tú voceas. 
Empieza el desfile. ¡Mira 
Cómo "El Bien" se contonea! 



Pasan por la escena, corriendo, niños caracterizan 
do periódicos. Cada uno se nombra al pasar; 

El Bien Público! ^• 

La Democracia! 

Germinal! 

El Díaa ! 

Mundo UruguayoQÍ 

El Plataa! 



^tUs 



i: /..'■■■;' ,i'.v,v-.':3Lr-' 



ELi SUEÑO DEL CANILLITA 209 

— ¡ La Razoon ! 
—¡El Telégrafool 
— ¡ La Nochee I 
—¡El Siglool... 

(Chingólo sonríe. Súbitamente, su rostro toma ex- 
presión de espanto). (Aparece la tía Coneja: gran de- 
lantal, zapatillas, pollera rameada, desgreñamiento, 
manto de merino sobre los hombros). 

TÍA Coneja. — (Sacudiendo a Chingólo por un bra- 
zo). — ¡ Desvergonzao ! ¡Me robaste tres cobres! ¡An- 
da pa casa! ¡Hijo e condenaos! ¡Ya vas a ver con el 
Tuerto, ya vas a ver! 

(Se va, y hasta que desaparece lo amenaza con el 
dedo). (Chingólo, en sueños, da un sollozo. Entra Be- 
ryluna. Toca el silbato y, encogido, con un dedo en la 
boca, como los niños cogidos en falta, aparece Pipo, 
que ha estado escondido, desde que entró la tía Cone- 
ja, detrás del banco, farol o árbol). 

Bekyluna.— ( Severa) . 

Pipo, mal servidor: ¿cómo es que dejas 
Que así esa bruja martirice al niño? 

Pipo. — iSeñora Hada : es que la tía Coneja, 
Tiene, prendida dentro del corpino, 
Una 'de esas ** maricas" de la suerte 
Capaces de asustar hasta la muerte. 

Bebylujta. — (Riendo) 

¡Oh, gran tunante! ¡Y le tuviste miedo! 
¡Si con estos cobardes ya no puedo! 
Anda en sfeguida, corre hasta su casa 
Y bébele el café que hay en su taza. 
¡Que hoy no se desayune de castigo! 



"^y^-v 's^. /■>'. ft 



210 



PaGASO 



Adiós, buen Chingólo, 
Dame un beso . . . Así . 
Tal como tu madre 
Te besaba a ti. 



(Al ver que Pipp se encamina muy lentamente ha- 
cia la puerta). 

Beryluxa. — ¡Anda ligero, remolón, te digo! 

(Pipo sale). , \ 

(Beryluna, con la varita mágica, traza en el aire 
signos de cabala. "í" canta el conjuro). 

Beryluíía. — Venid, ilusiones, 

Hermanas del sueño, 

Y formad la ronda 
En torno al pequeño. 

(Inclinándose hacia Chingólo). 

Bebyluna. — Voy a mi palacio 

Porque llega el día 

Y cuidar yo debo* 
De mi pedrería. 

Todos mis diamantes 
Le presté a la Noche. 
Tengo que juntarlos 

Y ahí ya está el coche. 



(lo besa) 



,'^- 



¿Recuerdas? Así... así... así... (lo be- 
sa repetidas veces) 
Ella te besaba antes de dormir. 

(Se va, en medio de la luz violeta, tirándole besos. 
Antes de desaparecer toca el silbato y entran, de la 
mano, con los mismos trajes, l^s muchachas que dan- 
zaron la ronda inicial. Como entonces, giran, pero esta 
vez lentamente, en torno de Chingólo y cantan) : 



■ííCvv*, :■-«.■ 



EL SUEÑO DEL CANILLITA 211 

Coro. — Ya se va la noche 
Llega la mañana, 
Y alerta, en la iglesia, ' 

Llama la campana. 

(Se oye sonido de campanas que tocan a maitines). 
(Acompañamiento de música y campanas). 

Din. . . don. . . 

Din. . . don. . . ^ 

Con el dulce sueño 

Se va la ilusión. 



r 



Volverá la pena, 
La hiél volverá, 
^ Pero su recuerdo * 

Nada borrará. 

Din . , . don ... 
Din . . . don ... 
¡Vibra, campanita! 
¡Gruñe, campanón! 

Din . . . don ... 
Din. . . don. . . 
Noche: ¡hasta mañana! 
¡Buenos días, sol! 

(Se van, en pasos rítmicos. La luz azul desaparece 
e invade la escena la luz del día. Sigue el toque de mai- 
tines. Chingólo despierta, £e endereza, mira con asom- 
bro en torno suyo, se restrega los ojos). 

Chingólo. — ¡Pipo! (pausa). ¡Era un sueño! ¡Uf! 
¡Todito lo que he visto! ¡Sá bárbara! Hadas, bichos, 
barbudos... Y me atraqué de bizcochos, y de naran- 
ja, y de banana ... Y el duende aquel que dejó entrar 
a la tía Coneja sólo porque tenía colgada del pescue- 
zo una marica. . . Y la hada. Y la Eatona vestida de 



..'.'i ' ■;;>;■ 



212 



PBQASO 



Princesa... (Sofocado por la risa). La-Ra-to-na- ves- 
ti-da-de-Prin-ce-saa ! ¡,Sá bárbara! Y los diario. . . ¡Uy ! 
(Pensativo, suspirando). Pero eso sólo pasa cuando 
uno cuchüa, no ma, (Ensombreciéndose). Como mi ma- 
ma me besaba cuanduera viva, me besó la hada. ¡Ah, 
Chingólo! (Levantándose y recogiendo los diarios). 
¡Qué hambre y qué frío, mama mía! (Echando a andar, 
muy lentamente). Vamo a ver si se hacen algunos co- 
bre. . . (Al perro). ¡Marche, Fanor! (Desaparece vo- 
ceando) ¡ Mundo Uruguayo de ayer ! . . . ¡ Mundo Uru- 
guayo. .. ! 



TELÓN 



Juana de Ibabboueou. 



; "-^ 



■4. -ií -;"../: 



CUENTO BREVE 



Ella le esperaba siempre tras la verja de la quinta, 
frente al camino de los pinos. Y cuando su novio apa- 
recía a lo lejos, empequeñecido bajo el ramaje severo 
de los árboles, corría a su encuentro. Después, rubo- 
rosa, juntas las manos, la mirada arrobante y un can- 
to triste en la voz, ella le decía: 

— Siempre que te espero, querido mío, sufro una ilu- 
sión : paréceme que soy casada y que aguardo la vuel- 
ta de mi maridito. — El la besaba en los labios v res- 
pondía trémulo: . ^ 

— Ya lo seré, mi locuela impaciente ! . . . 

Se casaron. Ella le esperaba siempre tras la verja 
de la quinta, frente al camino de los pinos. Y cuando 
su marido aparecía a lo lejos, empequeñecido bajo el 
ramaje severo de los árboles, corría a su encuentro. 
Después, ruborosa, juntas las manos, la mirada arro- 
bante y un canto triste en la voz, ella le decía: 

— Siempre "que te espero, querido mío, sufro una 
ilusión; paréceme que soy soltera y que aguardo la 
visita de mi novio. 

El la besaba en los labios y callaba ! . . . ¡ 

José Pedbo Bellán. 



.•:^^,; *rs: 



■f-^^sf^^r'^ 



"' .Wi' 



cristalería 



\ 



Se íia quebrad u toda 

la cristalería 

del Ritmo . . . La moda 

así lo exigía ... 

Ni soneto, ni oda, 

ni otra orfebrería 

en los versos . . . Poda 

bien la fantasía. . . 

Consonante Hermano 

¿qué haremos entonces? 

No sirven tus bronces 

ni tu pedrería . . . 

Lo impone la moda... 

Cantar es en vano 

si se quebró toda 

la cristalería 

de tu ritmo, Hermano! 



Julio J. Casal. 



r\ 



\ 



DE LA VIDA LITERARIA 



Anatole France y el premio Wobel 

Al fin esos señores de la Academia de Letras de 
Suecia se han acordado de adjudicar el premio Nobel, 
de la Literatura, a Anatole France, que es el más alto 
espíritu y el más -brillante escritor de nuestra época. 
Era hora ciertamente, aunque resulta un poco ridícu- 
lo posponerlo a escritores de la talla de Selma Lagerl- 
hof, SuUy Prudhomme, Etchegaray, Knut Hansum, 
Spitteler, y otros. Es verdad que el incomparable Ana- 
tole no necesita de semejantes recomendaciones para 
ser leído y gustado en todos los rincones del mundo, en 
<ionde haya una persona que sea capaz de extasiarse 
«on su prosa magnífica y de comprender su filosofía 
amable y profunda. Con o sin el premio Nobel será el 
representante más legítimo del más puro espíritu ga- 
lo, cuyas otras cumbres son, a través de los tiempos, 
Eabelais y Voltaire. Se le ha acusado de negador sis- 
temático, de espíritu corrosivo, de escéptico. Sin em- 
bargo, no es nada de eso, y a pesar de .que gran parte 
de la juventud literaria francesa, acaudillada por me-, 
diocridades como Peguy, Psichary, Rageot y Rene 
Gouillin, se entretuvo en tirar piedras a su jardín, el 
ídolo permanece aún erecto y sonriente, tranquilo en 
su buen ademán de sembrador de inquietudes. Es en 
el fondo un hombre que lo comprende todo, que 
está por encima de todo, y que lo perdona todo 



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••;-v.;^:.'^-^:? 



216 



FBQASO 



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también, con un gesto aristocrático y una palabra 
de justificación y de suavidad que nunca falta en 
sus finos labios. Lleva el análisis hasta las más 
sutiles fronteras, hunde su escaleplo hasta la más 
íntima médula de la psicología y, de las instituciones, 
pero no hay en él el menor desencanto a pesar de que 
alguna vez, como en **La isla de los pingüinos", cierre 
al hombre en un círculo inexorable e incompasivo. Sus 
novelas, — a la mayoría me refiero, — no son novelas en 
el sentido estricto y técnico de la palabra. Falta en 
ellas la acción, la dinámica de los hechos. Son, simple- 
mente, largos e interesantísimos diálogos sostenidos 
por él mismo con otras personas de ideas opuestas. 
Ese Jerónimo Coignard, que nos mira socarrón amenté 
desde lo alto de la escalera de la librería del señor 
Blaizot; y ese Mr. Bergeret, tan dulce y tan temible 
por sus conocimientos; y ese Silvestre Bonnard, aca- 
démico y criminal, porque su cerebro no alcanza a 
comprender las complicaciones de la vida social y de 
las leyes, no son otra persona que el mismo Anatole 
France, almas tranquilas y puras, llenas de sabiduría 
y pecadoras también en el concepto de las morales co- 
rrientes. Fiel a su teoría del subjetivismo en el arte, 
France ha probado que el autor está siempre en su 
obra, como lo ha sido, como lo será siempre, aunque 
alguna vez puedan llegar a engañarnos hábiles natu- 
ralismos. Característicos de France como escritor, son 
el buen gusto impecable, la cultura y la ironía, tres 
virtudes propias de un espíritu que lia llegado a la 
quintaesencia. Pero eso no impide que diga cosas te- 
rribles, y que su obra, en mayor grado que la de otros 
que han tocado más ruidosamente su trompeta, como 
Zola, pueda clasificarse de revolucionaria. No conozco 
nada más terriblemente explosivo que los libros de 
France, escritos en un estilo suavísimo, en el que bri- 
llan todas las cualidades estéticas de su raza, y en 









DE LA VIDA LITERABIA 



217 



los que sin levantar la voz apenas se burla de 
las cosas reconocidas como más sagradas. Porque este 
hombre, que en su juventud no quiso ser otra cosa que 
un esteta, se dio cuenta un día de que albergaba un 
corazón, y desde entonces hizo de la causa de los mi- 
serables su propia causa. Ahora, fiel a sí mismo, aca- 
ba de permitirse el gesto de dedicar los doscientos mil 
francos del premio Nobel a disminuir los sufrimien- 
tos de sus compañeros, los comunistas rusos. Hermoso 
ejemplo de altruismo y de fidelidad a los propios idea- 
les. Porque Anatole France es comunista como Romain 
RoUand y Henry Barbusse, esos dos escritores que he- 
redarán de sus manos el -cetro de las letras francesas, 
por mucho que no quieran reconocerlo esos lamenta- 
bles e incógnitos académicos que, envueltos en su pro- 
pia ridiculez, hacen que hacen un diccionario en el vie- 
jo palacio Mazarino . . . 

Alberto Lasplaces. 



>» 



LA TRISTEZA DEL RECUERDO 



Largo rato estuvimos contemplándonos, mudoSf 
pues sin decirnos nada supimos comprendernos, 
y ahogamos, torpemente, con frivolos salados, 
la angustia lacerante de no volver a vernos.... - 

Esos tristes momentos de silencio cubriólos 
la obsesión dolorosa de una quimera trunca, 
y desde entonces vamos, eternamente solos, 
por dos caminos largos que no se encuentran 

[nunca!..' 



Pero acaso algún día los dos nos detendremos 
y ante un misyno recuerdo de amor añoraremos 
la tremante caricia que palpitara en nOs; \ 

y, al emprender de nuevo la ruta del quebranto, 
hrülará en nuestros ojos una gota de llanto 
por la vieja esperanza que tejimos los dos! . . . ¡ 



San José. 



Luis Mario Alles. 






/ . 
LOS POEMAS DE ALEXIS DELGADO 



La distinguida poetisa Luisa Luisi dijo, en el núme- 
ro anterior de Pegaso, que no existen poetas creacio- 
nistas en el Río de la Plata. He aquí un error de la co- 
nocida escritora uruguaya. Entre el grupo que "hace" 
Pegaso, un poeta ultraísta ha surgido con ímpetu, y si 
hasta ahora sus composiciones quedaron inéditas, al- 
tas razones de modestia y de amor al silencio las re- 
tenían. Venciendo escrúpulos, — hace ya un tiempo, — 
**La Nota" de Buenos Aires publicó tres de sus poe- 
sías modernísimas, — y ahora nosotros vamos a ofre- 
cer a los lectores de Pegaso esta breve serie de sus 
versos, dislocados y extraños, que no desdeñarían sus- 
cribir ninguno de los más avanzados poetas de esta 
extrema izquierda revolucionaria. Alexis Delgado, el 
poeta ultraísta del Uruguay, es montevideano, y tiene 
apenas una veintena de años, {enredados de ensueños 
pitagóricos y de músicas mecánicas. Coáio sus compa- 
ñeros de allende el mar y las montañas, ha suprimido 
todo signo de puntuación, y llega hasta escribir pura- 
mente en mayúscula. Pero más hondo que esas ligeras 
variantes de forma, está el concepto extraño y la ex- 
presión rara y la palabra confusa y el ritmo multico- 
lor con que dice sus poemas. 

Al» saludar al nuevo poeta, cumplimos un deber de 
patriotismo, declarándole oficialmente incorporado a la 
brava legión detonante que acaudillan Vicente Huido- 
bro y Guillermo de Torre. 



■'1',.---''í;-*;+>Vi-.^:. 



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■■■V- l-ff\,;'rT 

■ . • .;■)■.' '• 



220 



_PKGASO 

PATIO 



EL TELEFONO ES UNA JAULA DE VOCES 

EN LA PARED BLANCA 

EL TIMBRE EN EL JUEGO DE LOS NIÑOS 

ES VÉRTIGO DE PENSAMIENTOS 

EL TELEFONO 

ESPERA CON SUS OJOS METÁLICOS 
MIENTRAS EL NIÑO DESGRANA 
EN SUS JUEGOS 

EL PAJARO DE HILOS 
DE MI RECUERDO 



POEMA SíMULiTANElSTA 

DE LOS ARBOLES CAYO 

EL RELOJ 10 4- 

LA PLAZA EN SOL ' 

COLOR DE FOLLAJE VERDE TIBIO 

LINEA RECTA DE PASO 

ADIÓS AMIGO . 

LA PLAZA ES UN PRADO 

EL CAMINO LARGO Y LIMPIO DE LA CALLE 



/ 



.^ -^<}'P 



LOS POEMAS DE ALEXIS DELGADO 221 

SMBULUS AMERICUS 

QUE RUEDA ^ 

POR LAS ENTRAÑAS LARGAS DE LOS ANDES 

EN EL CEIMBORAZO 

UNA CARTUJA ' ' 

DONDE LA ESTRELLA SAN MARTIN 
SALUDA 



LA AMERICA QUE TIENE EN EL TUMULTO 

. ^ ^ [UNA BOMBA 

DE ACERO 



EL DESCANSO EN LA MESA DEL CAFE . 

EL DESCANSO EN LA MESA DEL CAFE 

SEMI SOLITARIO Y ALUMBRADO 

CON EL ACOMPAÑAMIENTO DEL CHASQUIDO 

[Y LOS PASOS 

LAS INCÓGNITAS CONVERSACIONES 

ES UN DESCANSO BLANCO . 

EN EL GRIS DE LA HORA 

TAN PROFUNDAMENTE TERRESTRE 



;.f. ..:•» -.. -^.- 



'i!*"vr*' 



222 



PEQASO 



QUE SEESCAPA POR LAS PATAS DE LAS ME- 

[SAS 

Y SE FLUYE EN UN PROFUNDO SÓTANO DE 

[AMOR 



A LOS PÁJAROS DE TIERRA 
OBSCUROS 



UN HOMBRE 
EL HOMBRE QUE VIENE CAMINANDO 
LARGO FINO LAS PIERNAS CHUECAS 



QUE HAN VIVIDO MUCHO EN LA TIERRA COS- 

[MICA Y ETÉREA 
' . . ■ . I 

DE DONDE PARECEN RAICES EN MOVIMIENTO 



MIENTRAS LA CABEZA BAJA 



DA DE QUE LLEVA UN CIRCULO DE 

[PENSAMIENTOS 

EN EL CREPÚSCULO-ENCANTO. \ 

Alexis Delgado, 



\ 



GLOSAS DEL MES 



Eugenio d'Ors 



La visita asaz breve pero perdurable, de Eugenio 
d'Ors a la ciudad de Montevideo, ha tenido la virtud 
de remover las aguas como en el bello símbolo del 
poeta'. 

Nuestra juventud intelectual, inquietada de, sacro 
fuego, hizo homenajes y ofreció tributos de respeto y 
de amor a quien ha logrado vertir en los más bellos 
cálices los más hermosos vinos del espíritu. 

Maestro en las realizaciones literarias, — en el de- 
cir, en el pensar, en el hacer, — Eugenio d'Ors profesó 
en la Universidad uq brevísimo curso de siete días, 
durante los cuales, bien pudiera decirse que la palabra 
antigua y descolorida volVió a ser nueva en nuestras 
bocas por la gracia sutil y profunda de la belleza que 
%1 ilustre profesor volcó sobre el ardor, — henchido co- 
mo una lona viajera, — de nuestros pechos jóvenes y 
florecientes. 

Una multitud, acaso frivola pero avara de hermo- 
sura en el fondo, y gentilmente atenciosa en la forma, 
asistió a la Universidad, aplaudiendo sin esfuerzo y 
derramándose luego por las calles anochecidas, como 
constelaciones de estrellas arrojadas al telón d«l cie- 
lo, o mejor aún, como gavillas de pájaros rutilantes 
lanzadas al bosque mágico de la ciudad ruidosa de tre- 



•ifíSíf.S*''' 



224 



t'EUASO 



nes y automóviles, enredada de árboles y edificios y 
salpicada de alegres focos eléctricos ... ' 

No hemos de juzgar en esta nota volandera, que la 




í>?>>. 



pluma hilvana con rapidez premiosa, la personalidad 
del autor de **La Bien Plantada", ni la importancia; 
de sus conferencias, — ^más de arte que de filosofía, — 
con que quiso obsequiarnos, — queremos simplemente re- 
tener la impresión inolvidable, que una noche nos die- 



GLOSAS DEL MES 



225 



xa el ilustre profesor, tras la lección acostumbrada, 
discurriendo por las calles con nuestro filósofo por ex- 
celencia, — nos referirnos, sin duda a Vaz Ferreira, — 
rodeados por el coro primaveral de cien estudiantes y 
estudiosos, que como en los tiempos griegos, bajaran 
por las calles atenienses en pos de los maestros. 

Noche de emociones y de filosofías, noche de ímpe- 
tus irresistibles y de claros afanes. — Terminó el profe- 
sor su cátedra y descendimos con él, casi en tumulto, 
hasta ponemos en la calle, altas ya las estrellas. — Dis- 
cutiendo visiones y conceptos de Grecia, a que había 
aludido esa vez el catedrático, pasamos en tropel por 
la Avenida de Julio, sintiendo el confuso hálito de la 
ciudad, pero llenos de inquietas resonancias y atentos 
a la voz de /los glosadores. — ^El entusiasmo purificado 
olvidó un instante el escenario terrestre, y en aquella 
esquina hubimos de ver cómo se acercaba la guardia 
<3Ívil, temerosa del orden, a husmear lo que sucedía . . . 

Bello espectáculo el de un pueblo conmovido por la 
palabra de sus filósofos, que renuevan las doradas 
edades y timbran de cultura el devenir de los. días mo- 
dernos. Bello espectáculo, sin duda, que rescata la be- 
lleza de las manos mercaderes y se hincha de emoción 
y sentido de la vida, en sus más altas expresiones es;^ 
pirituales. 

Haciendo la alabanza de esa hora cobramos esplen- 
dor para, el presente poblado de mármoles y ensueños, 
y colmamos de triunfo la alta empresa hacia la que 
tienden el vuelo nuestros corazones imantados. 

Alabémosla, pues, bendiciendo el pasaje fugaz de los 
artistas y de' los filósofos que, como la primavera, tie- 
nen el paso grácil en la noche simbólica y nos dejan 
tan.gratas emociones que concitan el alma al amor, al 
ideal y a la gloria, tal como las mujeres que amamos 
inspfí-an de versos y de virtudes la lírica y romántica 
juventud. 



Telmo Manacorda. 



■ "^íí' JVÍÍi 



226 



Un hombre bueno 



PBQASO 



Francisco Dávison ejercía su profesión de médico 
en una zona de campaña, desde hacía más de treinta 
años. Consagró su ciencia y su hombría de bien, en 
todo tiempo y a cualquier hora, de día y de noche, al 
alivio de sus semejantes enfermos. Nunca escatimó 
sus servicios a nadie y acudió siempre al menor recla- 
mo. Como hombre de ciencia puso la que, poseía al 
servicio de todos, honesta y correctamente, pensando 
siempre en curar al enfermo — fuera quien fuera — 
lo más pronto y mejor posible, dentro de sus alcan- 
ces. Como hombre fué, además, desinteresado y bueno. 
Cobró honorarios modestos y ayudó a los pobres, de 
su escaso peculio. Tuvo apenas lo necesario para vi- 
vir, de tal modo que su esposa — una dignísima seño- 
ra, — estudió y practicó luego la Obstetricia, en la mis- 
ma región, para ayudar a la vida del hogar. Después, 
de años y años de una vida así, el doctor Dávison que- 
dó ciego, imposibilitado para el trabajo y sin recursos 
materiales de ninguna clase. El pueblo de Corrales le 
regaló entonces, con toda afectuosidad y espontanei- 
dad, una casa y una modesta pensión para vivir. Su 
esposa — anciana y quebrantada — subvenía aún, pues 
la pensión era escasa, a las necesidades comunes. 

El Parlamento, que supo de esas vidas ejemplares, 
decretóles una pensión vitalicia : bello gesto por el que 
lo debemos alabar. 

Trabajo costó, no obstante, el convencimiento de to- 
do lo que se decía sobre esta pareja, casi única : tan es 
verdad que las buenas acciones son poco ruidosas y 
pasan fácilmente inadvertidas. 

Cuando el hombre las ejecuta de buena fe, bás'tale, 
en efecto, la satisfacción propia, y como él no se en- 
carga de pregonarlas, su conocimiento no va más allá 
del círculo limitado en que se cumplen. No igual acon- 



<:.• 



-» 



; 



GLOSAS DEL MES 227 

tece con las que se ejecutan para los demás, ya que 
entonces el móvil interesado que hay tras de ellas bien 
se encarga de pregonarlas y difundirlas a lo lejos. 

El hombre bueno, realmente bueno, bueno de buena 
fe, pasa inadvertido, vive humildemente y muere po- 
bre, al revés del otro que goza del renombre y de la 
simpatía universal. Pero del dolor y la humildad y la 
nobleza del primero brotan los ejemplos que hacen 
multiplicar el amor y la abnegación y la simpatía en- 
tre los hombres. A estas almas de excepción les toca 
ser flores de sacrificio en el lote de la vida: bella mi- 
sión de la naturaleza, triste y honda. Pero el mal está 
siempre al lado del bien y de él se habla generalmente 
más que de éste. 

De los médicos que, en el ejercicio de su profesión, 
acuden tarde y mal al llamado de los poco habientes, 
y pronto y demasiadas veces al llamado de los ricos; 
de los que hacen mercancía de la vida humana y la 
estiman en más o en menos, según los beneficios que de 
su cuidado sacan; de los deshonestos que engañan con 
falsos diagnósticos, y ruinosos tratamientos, alargan 
enfermedades o no las curan tan pronto y bien como su 
ciencia sabe; de esos que cobran honorarios desmedi- 
dos y cuya conciencia es negra, de esos se habió mucho 
y largamente ... 

Lo malo del caso es que todo eso es cierto. 

Alberto Brignoi_e. 



Las comidas mensuales 
de la «Editorial Pegaso'' 



En honor de Eugenio d'Ors, transeúnte de Monte- 
video, y de Fernán Silva Valdés, el poeta de "Agua 
del Tiempo", recién publicada por la ''Editorial Pe- 






•< /!;'¿í>. 



228 PKOASO ^ 

GAso*', se realizó en los últimos días de noviembre la 
segunda de las comidas mensuales que Pegaso ha ins- 
tituido entre nosotros con tanto éxito. 

La prensa diaria dio extensas crónicas de la cena, 
que, como se sabe, fué sin champagne y sin discursos. 
Apenas si el ilustre profesor de filosofía dijo al levan- 
tarse de la cabecera de la mesa que le cupo en honra: 
* ' Que Pegaso vuele por muchos años ' '. Así sea, dijimos 
entonces y lo repetimos ahora, con el mismo entusias- 
mo joven y ardiente con que desde hace cuatro años 
impulsamos la publicación de esta Revista. 

He aquí la nómina de los comensales asistentes a la 
amable fiesta de que hacemos recuerdo: 

Eugenio d'Ors, Asdrúbal E. Delgado, Francisco 
Ghigliani, Francisco Alberto Schinca, Fernán- Silva 
Valdés, Carlos Herrera Mac Lean, Julio J. C;isal, Jo- 
sé María Fernández Saldaña^ Alberto Brignole, José 
María Delgado, Vicente A. Salaverri y Telmo Mana- 
corda. ■ 

Adhirieron, sin poder asistir a ella, el señor Minis- 
tro de Instrucción Pública doctor Rodolfo Mezzerav el 
señor Ministro de Obras Públicas arquitecto Hum- 
berto Pittamiglio y el señor Héctor R. Gómez, direc- 
tor de **La Mañana". 



Publicaciones de la 
'Editorial Pegaso" 



A las obras ya conocidas con que este año inició .-^us 
publicaciones la Cooperativa Editorial Limitada Pe- 
gaso, se ha agregado ahora "Agua del Tiempo", her- 
moso libro de versos con que Fernán Silva Valdés 
afirma sus prestigios dentro de la última generación y 
conquista definitivamente el título de poeta. 



\, .-... . 



'♦■■ 



CRÓNICAS DE AETB 



229 



Como en las obras anteriores, — "La Princesa Per- 
la Clara", de José María Delgado; ''Inquietud", de 
Luisa Luisi; "La mujer inmolada", de Vicente A. Sa- 
laverri" y "Los poetas sáltenos", de Telmo Manacor- 
da, — la Editorial Pegaso ha obtenido un gran éxito de 
librería, que significa realmente un positivo triunfo en 
la difusión .del libro uruguayo. 



Ediciones tVltra» 

"Vltra" aspira a presentar la cultura americana. 
' * Vltra ' ' es una exposición de valores americanos. 
"Vltra" reclama la ayuda de todos los intelectuales 
del continente. Las ediciones "Vltra" publican men- 
sualmente: ' 

Un cuadernillo de literatura. 

"Vltra", revista continental. 

Y edición extraordinaria de "Vltra" (novela, tea- 
tro, verso). 4 

Editorial "Vltra". S. A. Casilla 3323, Santiago de 
Chile. 



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7?r5"*,>.* y;^ 



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M.: 



LOS LIBROS 



Anaconda. — iCuentos de Horacio Qiiiroga. — Buenos Aires. — 1931. 

En mérito a la reconocida excelencia de su obra, podría creerse, 
al tomar un libro de este autor, que se nos abre una perspectiva 
conocida; y sin embargo no es así; tan rico es de imaginación, que 
aún teniendo los motivos de sus cuentos coincidencias geográficas, 
sentimentales o cualesquiera otras, muy diversas sensaciones reco- 
geremos en todos los casos; y los hombres, y las bestias, las selvas 
y los ríos, siempre logran inusitados efectos. 

■Hablando en perfecta claridad, tal vez convenga sustituir esa 
virtud de imaginación recién atribuida. 

íMás que hombre de abundante fantasía, parece don Horacio Qui- 
roga una inteligencia favorecida por la rara y valiosísima facultad 
de hacer rendir al lenguaje cuanto la vida exige en su inconmen- 
surable fantasía. En eso descuella el señor Quiroga. 

Descuella, sí; y corresponde ^ decirlo empinándose sobre la actual 
bibliografía latina, y aun sobre lo más conocido de lo escrito en 
las lenguas de estirpe sajona. 

* 

Es este un nuevo punto de vista que ofrecemos, con respecto a la 
crítica profesional; examínese hondamente la obra de don Horacio 
Quiroga, antes de proceder como de costumbre, citando cuatro o 
cinco figuras eminentes de la literatura del viejo mundo, y diciendo 
que él es como éste o como aquel otro. Véase 'previamente, si en 
aquellos escritores de afirmada notoriedad hay virtudes que supe- 
ren a las de esta obra, original, firme y. de extraña elegancia, que 
nuestro compatriota realiza. 

Nos adelantamos a una objeción de volumen. iKipling?... se nos 
va a decir. Señores, Kipling también. 



"Anaconda" es una culebra actuando en bien forjada patraña; 
en el espeluznante reino de los ofidios parece haber intimado el se- 
ñor Quiroga, pues no de otro modo se logra escribir combinación 
tan hermosa de conocimientos científicos, de observaciones curiosas, 
y de psicología bizarra, pues las víboras en esa novela obran con 



LOS LIBROS 231 

actividad humana, y resulta sugestivo constatar las aproximacio- 
nes que el escritor evidencia. 

Pero no son siempre de esa ralea los personajes del resto de los 
«uentos; predomina, como para nuestro gusto particular es desea- 
ble, la gente de la comarca misionera; y la comarca misma; pero 
también hay gente urbana, y gente de la pantalla, pues en el mun- 
do del film también encuentra argumentos que sirven a su destreza. > 

Mas ya pusimos nuestra predilección; baste para explicarla, de. 
•cir que hallamos siempre, en nuestra continuada lectura de este hom* 
bre, que jamás como en los cuentos misioneros vibra tanto su par- 
ticularísima sensibilidad; que jamás su estilo es tan plástico; su 
observación tan segura; tan completo el resultado de su arte. 

Ese arte suyo, tan libre de sistemas y modas, triunfa así, tal co- 
mo si de la región a la pluma, no hubiera sinc una trasposición de 
valores, pues tanta potencia, sugestión y encanto hay en lo escrito, 
■como en la tierra inspiradora. — ^E. S. 

lia vida militar del general Teófilo Córdoba. — ^Por Luis A. Thevé. 

net. — Salto.^ — Uruguay. — 1931 . 

En elegante folleto de ochenta páginas, Luis A. Thevénet, pu- 
blicista de nota dentro del periodismo nacional, acaba de contarnos 
la vida del general Teófilo Córdoba, viejo y. valiente servidor del 
«jército uruguayo. 

La historia es un poco sumaria, y acaso pudiera haber dado de 
ai más volumen si el autor no hubiese obrado con la urgencia de 
un homenaje a fecha fija, que le restó indudablemente tiempo y es- 
pacio para hurgar entre los viejos papeles históricos. 

No obstante esta consideración de conjuaato, el folleto vale la 
pena de leerse por la fluidez de su estilo y el interés de su narración. 

El general Córdoba puede y debe estar orgulloso del historiógra- 
fo que le ha tocado en suerte. — T. M. 

los hijos del sol. — Cuentos incaicos de Abraham Valdelomar. — ^Li- 
ma. — 1931 . 

intre las ediciones "Euforión" que Miguel Beltroy ha brindado 
a su patria con motivo del centenario nacional, estos cuentos in. 
■caicos del malogrado Valdelomar merecen nuestra ateneióa y con- 
cretan un libro de historia y de arte para la literatura americana. 
Enamorado de la raza indígena del Perú, — que Sir Clements Mar- 
kham ha estudiado en notable libro, cuya traducción reciente nos - 
ofrece el mismo Beltroy, — Abraham Valdelomar concibió vm& colee. ' 
ción de poemas donde el alma india, musical y triste como el son ; 
de su quena, romántica y. sufrida como el caer de la tarde, levanta 
una serie bellísima de evocaciones donde la poesía tiene la pureza 
original de las grandes creaciones. 

"El alfarero", "El camino hacia el Sol", donde al final se ve 
señorear sobre las momias sepultas la serenidad, — inefable cosa in- 



,1» 



'.'" 



232 



PEGASO 



.. 1 



♦' 



ñnita, — ' ' Loa hermanos Ayar ", " Chaymanta huayñuy ", "El can- 
tor erraute", "El alma de la quena", "El hombre maldito", reú- 
nen descripciones de un colorido vivaz y de una hermosura diá- 
fana, por donde discurren los indígenas peruanos que Santos Cho- 
can© cantó en versos de bronce y de piedra. 

Valdelomar pudo ser uno de los fuertes temperatnentos de su' pa- 
tria lírica, si el destino, que ama los jóvenes por antigua fatalidad, 
no lo hubiese arrebatado a la acción soñadora y sutil de crear sus 
héroes y documentarse prolijamente entre los vericuetos de sus al- 
mas. 

Loable labor y bello homenaje, pues, éste de sus contemporáneos, 
que hilan sus obras dispersas para ofrecérnoslas en sencillo tomo 
perdurable, más de acuerdo con la sutilidad de su espíritu que si 
hubieran puesto medallo)ies de bronce o coronas de laurel sobre au 
lecho de tierra. — T. M. 



Las acequias y otros poemas. — Por Hoberto Mariani. — Edición de 

"Nosotros". — ^Buenos Aires. — 1921 _ 

Desigual, este libro de versos de Eoberto Mariani, transparenta 
no en tanto un alma saturada de poesía, y no de "usata poesía"... 
El autor no ha logrado la individualización ni la belleza que siem- 
pre se propuso, pero el autor nos revela un corazón musical, un 
jicnsamiento soñador, una vida envuelta en ese tul de ilusipn, cla- 
rísimo y, sutil, con que gustan arroparse aquellos que son dueños de 
la recóndita harmonía . . . 

La realización de estos poemas es, además, moderna y hermosa: 
la simplicidad de los efectos cautiva y encanta: la dulzura de las 
rimas empaña de tristeza el ánima desprevenida... 

"El ojo del pantano", "La boca del túnel" y "Los álamos", 
son acaso las tres mejores composiciones de la primera par{e. Tie- 
nen imágenes nuevas y originales: dan la sensación poética de cosa 
vista, observada y sentida. Desmerecen un poco, en calidad y en 
forma, algunas de las otras composiciones, que recuerdan demasia- 
do vivamente a Luis C. López, — "El secretario", "Salón de lectu- 
ra" — ^y a Fernández Moreno — "La madre", "Versos a la capilli- 
ta", "Cacheuta"... 

En la segunda parte el soneto "Mía", tiene rara fuerza expre- 
siva, y fuera completo si el terceto final hubiese redondeado la. 
idea, en vez de diluirla. " 

En el soneto "La carne", logra Mariani tanto acierto como en 
"Mía", y ambos dicen de un poeta que no tiene nada que ver con 
el anterior. 

Otras poesías hermosas por la ideación o por la harmonía tiene 
también este libro, que a medida que corre hacia el fin se llena de 
melancolía otoñal mal disimulada por la ironía tenaz que salpica sus 
páginas. , 

En concreto: Mariani es poeta moderno, coniplieado y sencillo. 



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K'íP'í^;*?*' 



liOS LIBROS ■ 233 

Haciéndonos el gusto, lograría arrancar mejores notas a su violín 
humilde, si siempre fuera espontáneo y fluyente, ingenuo y puro, 
ardiente y claro como lo es en cinco o seis de las poesías de este 
libro— T. M. 

Agua del Tiempo: — ^Poemas nativos. — Por Fernán Silva Valdés. — 

Editorial ' ' Pegaso ' '. — Montevideo. — 1921 . 

Muoho que alabar tiene este libro, con el cual el celebrado autor 
de "Ánforas de Barro" y "Humo de Incienso", entra en la cara- 
vana, cada vez más espesa, de los modernos revolucionarios de la 
poesía. 

"Agua del Tiempo" es, en verdad, lo que el título expresa: poe. 
sia desnuda de arte, que no deleitará quizás al gusto de los ex- 
quisitos, porque ha huido del retoque, habla rudamente y no ha 
pasado por los alambiques del refinamiento; pero que, en cambio, 
tiene la frescura y la fuerza fecunda del agua que baja de las nu- 
bes y se dispersa sobre rastrojos amarillos y caducos. 

Desde luego lo primero que resalta en este volumen es la inten- 
sidad expresiva y la novedad de las imágenes; novedad de buen& 
ley, muy distante de aquella que ha hecho decir a alguno, con mu. 
chísima razón por oig^a parte, que la originalidad está dejando ya 
de ser original. 

Asimismo es altamente encomiable el deseo del autor, de hacer 
obra genuina e inspirarse en los hechos, panoramas y cosas del am- 
biente en que vive. Consigue, así, dar a sus poemas una fuerte 
sensación de vida y un gran color regional. Viejos temas, — el mate, 
el poncho, el tango, el rancho — ^son tratados y sentidos de manera 
nueva, con arreglo a una poesía un tanto áspera, por cuanto está 
desprovista casi de elementos musicales, pero de una profunda, a 
punto estamos de decir violenta, graficidad. 

Naturalmente, no todas las composiciones que integran este bello 
tomo de versos tienen idéntico valor estético, pero puede afirmarse 
que hay en todas ellas algún concepto original, algún gallardo ade- 
mán, al^un rasgo bien trazadd, como para justificar su publicidad y 
no dejar dudas respecto al talento del autor y a la excelencia de 
BU espíritu autooríticQ. "Agua del Tiempo" coloca, sin duda, al 
señor Silva Valdés entre los buenos líricos del Eío de la Plata. — 
J. M. D. 



La Bonda de las Horas. — ^Poesías por Rosa García Costa. — ^Buenos 

Aires. — 1921. 

Empecemos por decir en elogio de nuestro eclecticismo — acaso, en 
el fondo, sólo triste sabiduría de escéptico — que aún fresca la sen- 
sación que nos dejara el libro anterior, en el que admiramos la 
fuerza, la expresión original, el graficismo, hemos leído este _volu. 
mcn,' diametralmente opuesto, en donde todo es finura, armonía, su- 
tilidad, elevación, y, sin esfuerzo ninguno, nos hemos sentido 



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234 



PEGASO 



arrastrados con igual violencia admirativa por la belleza esencial, 
mente femenina de sus poemas. 

Muy sentimental, un poco enferma de imposible, la señorita Gar- 
cía Costa, que con "La simple canción'' diera ja lustre tan envi- 
diable a su nombre, subraya con este nuevo libro su personalidad 
literaria, emergiendo entre el notable grupo de las poetisas sud- 
americanas, netamente caracterizada por su estructura vaporosa, su 
aristocracia sensitiva y la intensidad romántica de su lirismo, del 
cual da buena prueba aquel deseo ultratcrreno, exteriorizado en uno 
de sus versos, de querer hablar "en la lengua de luz de las es- 
trellas" 

Y en esa lengua habla, por milagro de su estro y transparencia 
de su espíritu. De tal modo, que al cerrar el libro nos deja la im- 
presión do haber tenido a nuestro lado algo eminentemente sutil y 
luminoso... — J. M. D. 



Ocio. — Poesías de Pedro González Gastellú. — ^Buenos Aires. — 1921. 

Bajo la invocación de aquel verso de Virgilio que habla del don 
del ocio que los dioses han hecho a los hombres, este nuevo poeta 
argentino nos regala nu bello libro lleno de harmoniosa y grata 
música... Alma y son de poeta deveras, tiene este libro suave, que 
tan linda emoción ha levantado en nosotros, esta mañana endia. 
blada y opaca... Moderno y sensitivo, acorda sus cantos a la sor- 
<lina, y por eso mismo, más tiemblan, más seducen, más viven. . . 
"El contenido desbordante, — no penas, no dolor, no llanto acerbo", 
— que es casi siempre "agua de manantial, límpida y fresca", — ^tal 
■como en su "Propósito lírico" lo dice, — está envuelto de clari- 
dad, de afán de belleza, de sutil espíritu, de aroma oculto y pro- 
fundo. Tiene humildad de verbena y candor de niño, para contra- 
rrestar de vez en cuando la rudeza del viento y el desengaño del 
hombre . 

No deja de pagar su tributo a la poesía callejera o doméstica que 
los poetas argentinos de la hora se han empeñado en construir. 
Romántico como buen poeta, — ^y romántico en el noble y puro sen- 
tido, — romántico en la esencia y en el modo, — sabe también dar ci- 
tas "a media noche, en Sirio", como en los buenos tiempos de Béc- 
quer. Escéptico por contagio, dice en el romance de !rt chica de 
San Antonio de Areco, la historia sin historia de un amor que ter- 
mina en una lágrima... En "Mujeres de mi vida" logra los me- 
jores aciertos y dice los más bellos sentimientos. Hay un soneto 
clásico, "Salvadora", que no desdeñarían de firmar muchos poetas 
de renombre que por el mundo van... El poemita "Tragedia nues- 
tra" posee relieve y dulzura y dolor... Sobre todo, ex^^iime dolor, 
corazón hecho trizas, blasfemia abierta al cielo, ojos que lloran, in. 
quietud brutal en la noche pluviosa, serenidad cristiana que todo 
transforma en luz. savia y perfume... Diríamos que son las pági- 
nas culminantes del libro. Y que, ocupando el ocio de los días len- 



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. \ LOS LIBROS 235 

tos o ligeros, como lo hace el poeta a que nos referimos, se llena 
la cppa vacía con néctares de dioses, los mismos a que quiso hacer 
alusión el divino Virgilio... — T. M. 

Simón Bolívar. — ^Por Guillermo ,A. Sherwell. — ^Washington. — 192a. 

"A sketch of his Ufe and his work", trae como advertencia pre- 
liminar, determinando los propósitos del autor; sin embargo, logra 
presentar la vida del libertador con abundancia de pormenores úti- 
les, sin caer en detallismo perjudicial a la comprensión perfecta. 

El boceto de la vida y de la obra es de tan acabada realización, 
qii« se prefiere, 'con facilidad, a trabajos de más aparato sobre el 
mismo tema. Hemos gustado siempre del bizarro Bolívar de Mon- 
talvo, más que del espléndido de Martí; admiramos el superior de 
Rodó; nos parece excelente, aunque de frío mármol, el de Vicuña 
Mackenna, y creemos interesante en sumo grado el estudio de José 
Verissimo; pero a todos ellos supera el libro de Sherwell en una 
condición principalísima, en lo de adaptarse al gran público, que 
, es quien más ha menester la comprensión de los héroes. 

• ■■'-■■'-■ 

La simpatía internacional, y. esa ilusión de una gran América 
constituida por las repúblicas de este lado del istmo, no podrá ha- 
cerse realidad en valor espiritual, mientras las grandes figuras his- 
tóricas no conquisten las muchedumbres. 

Entretanto el trabajo de las cancillerías seguirá siendo respetable 
y estéril. 

Lástima que lá dificultad del idioma le restará difusión a este 
libro en nuestro continente; y lástima también (justo es aprovechar 
la oportunidad y pedir para nuestro santo), que Artigas no merez. 
ca un libro de esta manera, sobrio, aunque bastante; sencillo y fir- 
me. — E. S. 

Algo sobre ética sexual.— Por Juan A. Senillosa. — Buenos Aires. — 

1921. 

Hombre pleno de sinceridad y erudición, gran preocupado de los 
problemas de Etica Sexual, hace desfilar el autor ante nuestros ojos 
muchas opiniones concordes sobre el modo de encarar estos pro- 
blemas. 

Creemos, no obstante, que en estas materias, mejor que las citas 
de autores, es una clara exposición de hechos y doctrinas, ya que, 
en punto a citas — ^y de echarnos a buscarlas — ^habríamos de encon- 
trar otras tantas, o más, contradictorias. 

Hemos de decir desde ya que nuestros puntos de vista coinciden, 
«en general, con los del señor Senillosa en cuanto al fondo del asun. 
to, no estando de acuerdo, sin embargo, en cuanto a los procedi- 
mientos prácticos para tratar de conseguir su logro. No por creer- 






236 



PEOASf) 



los malos sino simplejnente inadecuados a nuestro ambiente. Un Ins- 
tituto de Etica Sexual — tal cual lo preconiza — requiere gente canaz 
del apostolado, ya que, en el estado de indiferencia o incompren- 
sión actual de estos problemas en el público, sólo los apóstoles po- 
drían cumplir la obra que a ese Instituto se encomendara — y ya 
sabemos que los apóstoles son cada día más escasos. Porque no po- 
demos suponer que ese Instituto se fundara para no cumplir S(iB 
fines. 

Hoy por hoy — convénzase el señor Seniilosa, y los fracasos de 
que él se queja son una prueba de ello, — no es posible realizar esta 
obra. La tarca actual debe ser do preparación intelectual, de for- 
mación de ambiente entre los mejores. Y en este sentido, sí, sus 
opúsculos pueden ser muy útiles, y por ello hemos de felicitar al 
señor Seniilosa, cuyas ideas sobre Etica Sexual compartimos, de. 
seando, al. par suyo, para bien de la raza, el advenimiento de la era 
que llamaríamos ' ' fisiológica ' ' en la historia humana. — ^A. B. 

rngacidad.— Nuevos poemas de Eafael Alberto Arrieta. — Buenos 

Aires. — 1921. 

Como el autor poeta lo proclama en el breve exordio con que abre 
su libro, sólo hay aquí imágenes en el agua o en el cielo, fuga^ 
cidad leve y corrida, seda de nube blanca que se deshace en el vien- 
to, ala de mariposa rociada de lentejuelas movientes. . . 

En el sentido hodierno de la poesía, Arrieta resulta un tanto li- 
terario, es decir, "hecho"; pero no puede negarse su' vibración 11. 
rica, la harmonía de sus canciones, el ritmo suave e ingenuo que a 
veces presta a sus páginas. 

Como en alguna de sus composiciones, decir podríamos que su 
•jardín está en hora de crepúsculo piadoso y pacífico, o que su ánima 
doliente tiene del secreto hermano de la noche, de la estrella, do la 
nube, de la nave... 

Majestuosa, — emjicro, — se conserva siempre su estrofa, a la que 
desearíamos animar como cosa viva para que brillara y consiguiera 
realmente su objeto. I*orque he aquí «fue la frialdad y la temiidad 
excesiva, son las dos causas que conspiran en efectivo contra el em- 
puja de las alas abiertas y blancas, que tiene este poeta, en el "vuelo 
sereno con que monta los espacios y atraviesa el infinito. — T. M. 



Las cíen mejores poesías españolas (líricas). — Por Fernando Maris- 

tany. — Editorial Cervantes. — ^Barcelona. — 1921. 

En un sustancioso prólogo el autor justifica la necesidad de este 
libro, no obstante la existencia de otras antologías hechas por se- 
leccionadores dfi, tanto abolengo espiritual y tan grande autoridad, 
como la de don Marcelino Menéndez y Pclayo. 

Maristany ha -depurado esta selección, sacándole todo lo que no 
entra en el terreno estricto de lo lírico; defecto evidente de los an. 
teriorcs libros de esta índole, en donde, sea jjor no verse obligados 

i 






LOS LIBROS - 237 

fl silenciar grandes nombres, sea por dificultades que delinean ne- 
tamente sus fronteras, las diversas modalidades poétic as andaban 
mezcladas en una verdadera miscelánea. 

La lírica y la épica, sobre todo, ofrecen al espíritu crítico obs- 
táculos casi insalvables cuando se trata de clasificarlas, y a menudo 

el más sabio erudito queda perplejo frente al problema de catalogar . . 

en uno de esos dos géneros una composición poética. Maristany abor. 
da, en el prefacio de este libro, el estudio de ese proble*ña, y lo hace 
con tanto talento y capacidad, que es imposible no recomendar su 
lectura a todos los que se interesen por todas estas altas cuestiones 
de crítica literaria. — J. M. D. 

Minerva, la de los glaucos ojos. — Por Armando Zegri. — Santiago 

de Chile.— 1921. 

Es oí de Zegri un libro de juventud, y ya está dicho que abundan 
en él vehementes explosiones. Obras de esta índole adolecerán de 

todas las fallas que el crítico frío quiera señalar, pero tienen algo ^ 

jocundo y contagioso, como una borrachera de chanupagne: el en- 
tusiasmo por la belleza, que lo mismo puede hallarse en un amor 
ilícito que en la prosa funamb.ulésca de Soiza Reilly, a quien en 
determinados capítulos Armando Zegri imita — apresurémonos a de- 
•cirlo — con talento. Hay páginas descriptivas, breves cuentos, glosas 
de libros y semblanzas de escritores, hechas a veces de una manera 
heteróclita, lacónica y casi brutal. >Vaya una muestra: una página 
entera, con el título de "EachiWe", sólo dice esto: "Es una es- 
finge. Una esfinge exquisita que guarda el misterio de los más su- ^ 
tiles y .perversos refinamientos." Y bajo el aombre de Vicente Blas- 
co Ibáfiez: "Si fuera posible dar a los escritores un escudo herál- 
dico, que reflejara, simbólicamente, sus particulares ideaciones, yo 
otorgaría a Blasco Ibáñez un billete de banco, encerrado en un - 
marco de libras esterlinas.'' Con otros escritores, Zegri muéstrase 
más generoso. La semblanza de Gó^ez Carrillo es benévola y a 
Eduardo Zamacois lo presenta con u-na nota reporteril que es un 
modelo en su género. Zegri tiene verdadero temperamento artísti- 
tico y trabaja sin torturarse. S'us trabajos vienen a ser algo así como 
expansiones de un espíritu bullicioso y despreocupado, que no teme 
decir lo que siente, pero que quiere decirlo con belleza. — V. A. S. 

Miseria. — ^Por León Federico Piel. — Ediciones Sol. — Buenos Aires. — 

1921. 

CoH;, ejemplar modestia el autor llama esbozo de novela a este 11. 
bro, que es, verdaderamente, una novela. T si a tal virtud se acu- 
mulan las de un estilo * pulcro, un desarrollo armónico y una exacta 
noción del interés asequible en el lector, juzgúese el deleite con que 
la hemos leído, y juzgúese también cuántos augurios generosos nos 
hinchan el pecho. 



■■■?-vi. 



238 



PEGASO 



No vaya a creerse en un entusiasmo subitáneo: leímos y abandona- 
mos el libro para alcanzar una decantación de lo leído que nos co- 
rrigiera o ratificara la impresión. 

Así es como nos pusimos a escribir, y ponemos con sinceridad total, 
que las alternativas del protagonista de "Miseria" merecen los elo. 
gio6 que planteamos al comenzar. 

Una historia simplísima dio el motivo, y en esto no hay mayor 
novedad: la hay. en la amplitud panorámica con que fué comprendida; 
en la percepción justa de lo qu* correspondía mostrar; y en la gra- 
cia leve de esa manera firme y elegante que se mantiene en todo el 
libro, sin decaer, cediendo a afectación de novedad o a enterneci- 
mientos vulgares. 

Si no fuera que todavía no muestra bastante el autor esa pátina 
debida al correr del titmpo, y con la que, hasta sin quererlo, toda 
obra humana rezuma un jugo de experiencia que hasta filosofía pue- 
de llamársele, dijéramos que el Blas Cubas de Machado de Assís, del 
firme y fino Machaco de Assís, tenía un hermano argentino. 

No es así todavía; pero cabe esperar el pariente de esta pluma; 
hay similitudes en la acuidad de las percepciones, en la hondura 
del análisis, y en la frescura imaginativa que ayuda al desenvol- 
vimiento del asunto. 



No vaya a creerse que pretendemos se convierta al señor León 
Federico Fiel, en un escritor reflexivo, sentencioso y apodíptico. 

No, señor; aclaramos ya que esa obra del tiempo es inevitable, 
y si nosotros la recordamos es porque tenemos en tan alto concep- 
to el personaje del brasileño ilustre, que nuestro orgullo le desea 
un hermano nacido en nuestra lengua. 

Por lo demás, el señor Fiel está muy bien como está: y, con que 
no tuerza las inclinaciones mostradas en este libro, siempre lo ten- 
dremos por muy alto escritor. — E. S. i 



Jerusalem. — ^Novela de Pedro Loti. — ^París. — 1921. 

Cuando inventarió Alberto Insúa, al comenzar este año, la pro- 
ducción literaria francesa, citaba entre varios autores a Loti, como 
escritor de otro siglo. Es esta, verdaderajnente, la posición crono- 
lóffica del difundido novelista; su obra es cosa del pasado. 

Los poco diversificados temas y el estilo monorrimo padecen in- 
contestable retraso. < 

Mas hay, superponiéndose a esta relativa inactualidad de su obra, 
una virtud por la cual mantiene público, no indiferente y ocasional, 
sino apasionado y asiduo. Esa virtud es cierta manera de delicadeza 
sentimental que se transparenta de continuo, y se concreta en la 
nostalgia que invariablemente destilan sus libros. 



-w^' J 



LOS LIBROS 



239 



tQué cuerdas faltan a ese poeta en prosa, cuya obra so convierte 
en una salmodia triste? No nos echaremos a buscar, para contarlo 
aquí; mas observamos la inmutabilidad del sentimiento, y declara- 
mos el hechizo que ipara nosotros contiene. Así, al caer la tarde en 
una quebrada de la cordillera lejana, nos apretó el corazón, mu- 
chísimas veces, el sonido quejumbroso de un erque; no nos era dado 
apartarnos, pues dulce hechizo nos invadía; la tristeza inevitable 
de la música rústica se adueñaba de nuestra voluntad. 



+ 



Los libros de ese escritor de ancha fanja, ya relaten sus amores 
con mujeres multicolores y polisensibles; ya nos hablen de damas 
turcas a las que prestó alma de Francia; j'a canten la destrucción 
de comarcas poéticas, inspirándose en su horror al inglés, siempre, 
siempre, muestran la herida de una incurable nostalgia _ 

Llorando tras la pilastra que lo oculta, vertiendo, al fin, todas las 
lágrimas acumuladas durante grandes congojas anteriores... él 
cuenta que anduvo en Jerusalén. 

Pero la acedumbre de sus lágrimas se mantuvo en su pluma; y 
eso tal vez constituye todo el encanto de su obra. — E. S. 

En el limitid d'or. — ^Por Luis Bertrán y Pijoan. — Barcelona. — 1921. 
Dentro del florecimiento artístico de la Cataluña nueva, este ele- 
gantísimo libro es un bello exponento. Acusa un anhelo de origi- 
nalidad muy digno de que lo tengamos en cuenta. En pocas obras 
rima de tal modo «on el continente, el contenido. Los poemas de 
Bertrán y Pijoan son tan primorosos como las admirables viñetas 
ingenuas que ha dibujado Marqués-Puig. Con una simplicidad de 
medios admirables, y, un tono sencillo, que simula candor, el poeta 
canta la naturaleza. El paisaje barcelonés prorrumpe jugoso, como 
en una égloga, y el mar cambiante deslumhra tal la vitrina de un 
joyero fantástico. Bertrán y Pijoan tiene rica fantasía y no es 
de extrañar los efectos que obtiene con una rima simple, pero de 
simplicidad buscada, a la que llega por una sabia economía verbal. 
Bertrán ha reaccionado contra el viejo vicio ibero de la grandilo- 
cuencia. — ^V, A. S, 



Las espontáneas. — ^Por Manuel ligarte. — ^París. — 1921. 

Hombre de mucho rejo debe ser este señor don Manuel Ugarte,. 
para lidiar esas espontáneas; pues tenemos por cierto que sin trato 
muy acabado no pudiera presentarlas con tal exactitud. 

Es verdad que bien fundamentales semejanzas lucen, que allí en 
su almario todas tienen la misma levadura, impulsándolas a ceder 
^ las inclinaciones de su instinto volandero. Pero la diversifieación 
de sus caídas está representada con técnica de miniaturista, cuya 



--;»:'?■'•'.- ^" 



240 



PEGASO 



habilidad es lo que nos mueve a creerla fruto de observación per- 
sonal . 

Pero esas señoras no son enfermas ni culpables, como el autor 
las llama en su prólogo, cediendo, tal vez, a un trivialísimo con- 
cepto de la moral.-. Ni enfermas, ni culpables, lo repetimos; tienen 
concepto di la libertad distinto al nuestro, y una estimación de la 
vida acaso superior. El señor ligarte las calumnia. 



Hay como cierta uniformidad de escenarios dominante en el li- 
bro; es decir, que si bien esas espontáneas se agitan con diferen- 
cias topográficas, predomina tal manera continua en las decoracio- 
nes, que nos recuerdan esas compañías teatrales cuya utilería re- 
<lucida obliga a poner variadas obras con los mismos elementos. 

Y no es que el vocabulario del señor TJgarte sea escaso, nj men- 
guada su manera de aderezar los párrafos; pero sus crepúsculos, y 
sus buhardillas, y escenas callejeras, traen demasiadas concomitan- 
cias, que resistieron a la fantasía del autor. 

Insistimos en que es© ocurre en la manera. 



Como en todas partes abundan esos espíritus espontáneos, pues 
los hay no sólo "en el ambiente cosmopolita de las grandes ciuda- 
des ' ', sino también en estas platinas tierras nuestras y del autor, 
nos queda el deseo de que algunas criollitas morenas, o algunas hi- 
jas de blancas y entreveradas inmigraciones, merezcan igual aten- 
ción del señor ligarte, o de otra pluma de tanta fantasía y habi- 
lidad. I 

Igualmente dignas de perpetuarse son las veleidades de nuestras 
paisanas. — ^E. S. 



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N 'i.. .^ .|.,' .1 \ iir:iÍMl;i 1 'ii i]il -.'pii' l'u:i!I.' ~-i':l ('^i-:!-^!». ni iiuMi- 

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- l':.'..i :■.!:■':; -. 1-., .mi;;v ,-:i I !■ ■. ' .w. Im.'h lr-n.i--i:i'¡:i^ . i'in mu it:i m 

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"LA MUJER INMOLADA" 

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"LOS POETAS SÁLTENOS" 

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« AGUA DEL TIEMPO " 

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Mier Veládsquez Servando, Continua- 
ción Agraciada 136. 
Toscano Esteban J., XJrugua7 881. 
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OZBUJANOS DENTISTAS 

Osimani Alejandro, 18 de Julio 7 
Vázquez. 



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E£GASO 

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DICIEMBRE DE ig2l 



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Crónica de un gran pueblo 

¿No fuiste tú7. . . 

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Elogio de la Primavera 

El chasque (cuento) 

Su nombre 

De la vida literaria 

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Redacción: Todo lo referente a la Redacción debe dirigirse a 
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Invierte los depósitos p«r cuenta, de los ahorristas, en "Títulos Hi- 
potecarlos", los cuales al precio actual, reditúan un interés mayor de 
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Los intereses de esos "Títulos" se pagan trimestriümente el l.o de 
Febrero, el 1.° de Mayo, el 1.° de Agosto y el 1.° de Noviemlire d« 
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Los "Títulos Hipotecarios" se emiten solamente contra la garan- 
tía real de bienes inmuebles, urbanos y rurales. 

Las libretas que entrega, contienen las condiciones de la operación. 

rCALLE MISIONES, 4429, U55 y 4459 






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REVISTA MENSUAL MONTEVIDEO 

DIRECTORES: Pablo de Grecia— José Maria Delgado 



Diclenbrede 1921. 



N.* 42 — Año VI. 



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De "Crónica de un Gran Pueblo en ciernes" 



V 



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— *'Por ahí no, dpn Esteban; más a la derecha hay 
una piedra por la que podrá pasar". Dijo una voz de 
niño que partió de entre los abrojos que invadían la 
acera, al tiempo que don Esteban, con sus relucientes 
botines de charol y su traje de fiesta, pretendía conti- 
nuar por el estrecho sendero que dejaban los yuyos al 
descubierto, en la calle. 

— "¿Qué haces ahí, muchacho? ¿No vas, acaso, a la 
fiesta?" 

— "No tengo un traje nuevo, don Esteban, y éste da 
vergüenza." _ 

— "Pues no aprovecharás los dulces. Dígote yo, que 
soy de la Comisión de estas grandes fiestas, que han 
de haber dulces para los niños de la escuela y bande- 
ritas nacionales para que conserven el recuerdo de este 
gran día. ¿Sientes las boinbas. y los cohetes que llaman 
ya a la manifestación? Pues poca cosa es eso, si pien- 
sas que habrán discursos que leerán nuestros poetas, y 
tendrá el pueblo humilde, reparto de ropas y juegos de 
olla podrida y carreras de embolsados y palo enjabo- 
nado, mientras los jóvenes correrán sortijas y habrá 
prendas para las novias. Y luego una banda de música 
marchará iniciando la columna, en tanto que nosotros, 
los que presidimos la fiesta, h«mos de ir, en medio de 
banderas y estandartes, por la calle principal, desde 



V 



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Banco de la República Oriental del Uruguay 

Institución del Estado < 

fuMt p<r Uy tt \Zü Marzt « 1 895 y rqMi ptr la Ky (lr«¿ilc» « 1 7 « Jillo ü 1 911 



Casa Central: Calle Zabala esquina Cerrito | 

Caja de Ahorros - Alcancías - Libretas de Caja de Ahorros a .Plazo Fijo 

Ii08 depódtos en Caja d« Ahorros AlcMieia, gozan df>l interés de 6 % [ 

hasta la cantidad de f l.OOO 

El Banbo recibe e&la clase de depósitos en la Casa Central y en 
todus sus dependencias, que son las siguientes: 

AGENCIAS: 

Aguada: Avenida General Rondeau esq. Valparaíso.— Paso del 
Molino: Calle Agraciada 5)63 — Avenida Generítl Flores: Avenida 
líenerai Flor<>s 2266.— Unión: Calle 18 de Julii» 205.— Cordón: 
Avenida 18 de Julio 16.50, esq. Minas. 

CAJA NACIONAL DK AHOBBOS ¥ DESCUENTOS, Colonia t»q. Cindadela 

SUCUK8ALE8 

Eii todas las capitales y publaeiones importantes de los departamentos. 

Horario de las depcndoncias de l.t capital: de 10 n 12 y de 14 a 16.— í.os Sábados de 10 a 12. 

Iji alcancía es la IIütu del ahorro domt^sti- 
c«.— Deposita Vd. DOS PESOS y en <.l acto 
se le piitrpgiiií, GRATUITAMENTE, una AL- 
CANCÍA cerrada ton llavH, quedando esia 'la- 
ve Kiiardiida en el Banco. Esos DOS TESOS 
SON SUYOS, ganan inleiís y puede Vd. le- 
tiiarlos cu cnalquior nionicntu, devolviendo la 
Alcancía. 

Una vez al mes, o cuando lo crea oportuno 
présenla Vd. la Alcancía, la que so abre a su 
vista y se le devuelve cernida después de re- 
tirar el dinero que contenga y ¡icredilílrselu en 
su cuenta. Los saldos del dinero así deposita- 
do, ganarílu el G % de iilcrís hasta la suma 
de .$ 1 OOO. — IvJis canlírtadt s mayores de $ 
1.000, no ganarán inteiís por el exceso. 

El Banco ha resu"'llo lamblC-n, eslahlecer Li- 
bretas de Caja de Ahorros a Phi/.n Fijo (a ven- 
cer cada seis meses). I'ant esta clase de ope- 
raciones se ha fijado el interés de 4 1/2 "/„ 
hasta la suma de ? 50.(K)ll. ^ 

El Estado rcsptndc diicclamt-nte de la emi 
s-ón, dcpisilos y opeiaeiones que icaliie el Bnneo. (art. 12 de la ley de 17 de Julio de lOllj. 




PEGASO 

REVISTA MENSUAL MONTEVIDEO 

DIRECTORES: Pablo de Grecia -José María Deigsdc 

Dicicin&re di 1921. N.' 42 Aiio VI. 



De '•(>róiiica do uii (iiaií Piichlo vi\ (¡(mih's ' 



— "Por allí no, don Klste'oaii; más a la (Icreclia liay 
una i)i('i.li'a por la (juc })odr;i i>asar". Uijo una voz df 
niño que partió de entre ios aljrojos ([Ue invadían la 
a(era, al tiempo (pie don Esteban, con sus relucientes 
botines de eliaroi y su traje de ñesta, pretendía conti- 
nuar por el estrecho sendero que dejaban los yuyos al 
(i( scubierto, en la calle. 

— "¿(¿ué haces ahí, muchacho? ¿No vas, acaso, a la 
íiesta?" 

— "No ten,i>o un traje inievo, don Esteban, y éste da 
vergüenza. ' ' 

— "Pues no aprovecharás los dulces. Dígote yo, ipio 
soy de la Comisión de estas grandes tiestas, (pie han 
de haber dulces para los niños de la escuela y bande- 
ritas nacionales para que conserven el recuerdo do este 
gran día. ¿Sientes las bombas y los cohetes que llaman 
ya a la manifestación? Pues poca cosa es oso, si pien- 
sas que habrán discursos (^ue leerán nuestros poetas, y 
tendrá el pueblo humilde, rei)arto de ropas y juegos de 
olla podrida y carreras de end)olsados y i)alo enjabo- 
nado, mientras los jóvenes correrán sortijas y hai)rá 
prendas para las novias. Y luego una banda de música 
marchará iniciando la columna, en tanto que nosotros, 
los que presidimos la fiesta, hemos de ir, en medio de 
banderas y estandartes, por la calle principal, desde 



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242 PEGASO 

f ; cuyos balcones saludarán las damas nuestro paso, y 

• ^. I liasta habrá algunas que ban de arrojarnos flores. 

. . ] Fiesta será ésta, muchacho, que por largos años pasa- 

rás sin ver en este pueblo una semejante. No han de 
; faltar en el concurso ninguno de nuestros personajes 

' oficiales, y todos, desde los aristocráticos señores hasta 

el pueblo humilde, han de escuchar de nuestros poetas^ 
los cantos que para la Patria en este gran día han 
compuesto. Dígote, además, porque luego no te arre- 
pientas de haber faltado, que los comercios cerrarán 
sus puertas y las sociedades extranjeras, que son aquí 
de importancia, la española y la italiana, han de con- 
currir con sus banderas y sus pintados estandartes, 
pues fiesta es de todos, y todos hemos de saludar a la • 
Patria y a sus héroes. Bien que tú no podrás estarte 
esta noche en el salón del Club, donde se han colocado 
entre palmas y banderas los retratos de Lavalleja y 
Oribe, ya que no el del bandolero Artigas, de quien 
han dado algunos en ponderar sus hazañas a estas ho- 
ras, cuando es harto sabido que fué grande enemigo 
de nuestros abuelos, a quienes llamó "godos"' y encha- 
lecó en cueros frescos, que dejó luego al sol, en los ca- 
minos. Mas nosotros, que de todo cuidamos cuando del 
bien de este gran pueblo trátase, quisimos que duran- 
te la noche tengan los humildes retreta en la plaza de 
la Constitución, donde hallarán ustedes solaz en las 
músicas de la banda, paseándose bajo los árboles y a la 
luz de la luna, que es llena en estos días, lo cual sírve- 
nos a maravilla para ayudar a la mezquina luz de los 
faroles." 

— ''Todo eso lo dijo el diario, don Esteban; pero yo 
no iré con mi escuela." 

— "Pues quédate con Dios7 muchacho. Culpa es del 
maestro el que haya hoy tales chicos, sin amor al 
pueblo ni a la patria." 

Y don Esteban terminó con esta brusquedad el diá- 



DE "crónica de un GRAN PUEBLO " 24^ 

logo y fuese, disimulando el mal humor que la indife- 
rencia del muchacho por sus fiestas le produjo, y pre- 
tendiendo conservar gallardamente erguida bajo ^1 
sol, su galera de felpa y hacer rítmico el andar de su 
cuerpo opreso en la austera levita. 

Agazapado entre los abrojos, cuyo aroma enervante 
excitaba sus sentidos; cayéndole sobre las sienes los 
rizados mechones de su cabellera; inquieto el mirar y 
atento el oído, largo rato iba ya que Rómulo esperaba 
la vuelta de Rosa. 

El mismo Rómulo no acertaría a explicarse el ex- 
traño móvil de su espera. 

Siempre, en sus juegos de niño por aquellas calles, 
habíase detenido ante el andar voluptuoso de Rosa, 
sintiendo que sus sienes agitábanse violentamente 
mientras los ojos absortos seguían el paso ligero de la 
niña. El anuncio de su virilidad, acusado por el sopor 
de aquel mediodía de verano, llevóle, sin que él mismo 
pusiese en ello su voluntad, a esconderse entre los 
abrojos junto a los cuales había de pasar la niña, cuya 
presencia hacía temblar extrañamente a sus carnes. 

Entonces, con la mirada fija en la calle que llevaba 
a la plaza, sobre la cual observaba las nubéculas de los 
cohetes al estallar, Rómulo afirmábase en su propósito. 

Rosa iba a volver por la calle desierta. Por las ace- 
ras cercanas a la plaza, continuaban pasando los hom- 
bres vestidos de fiesta, en tanto que hasta el niño lle- 
gaban los ecos de una marcha ejecutada por la cha- 
ranga del batallón. 

¿Qué iba él a hacer, a la vista de Rosa? 

Rómulo mismo no lo sabía con certeza. 

Por la calle principal pasó, desplegada a la brisa te- 
nue del mediodía, la bandera de su escuela. Detrás, 
alineados en dos, cruzaron los niños que formaban el 
coro, adornados sus pechos con anchas bandas con lo& 
colores nacionales. 



I 



V.JV 



244 



PEQASO 



Notábase entonces cuan hondamente preocupaban al 
pueblo aquellos festejos de los cuales, hablaba en todos 
sus números el único periódico, y para los que las don- 
cellas trabajaron afanosamente en sus vestidos, y des- 
colgáronse de las perchas donde estuvieron por largo 
tiempo olvidadas, las levitas que en tan solemnes días, 
lucían los graves señores. 

Todo hasta entonces había sido hablar de aquella 
fiesta, viniendo a ser constantes personajes de consul- 
ta, los miembros de las distintas comisiones. Sólo un 
detalle amenazó por unos días provocar un grave con- 
flicto a los patrióticos deseos del comité. Y fué que, por 
razón que nunca pudo saberse a ciencia cierta, el cón- 
sul de Francia negábase a concurrir a la manifesta- 
ción encabezando a los miembros de la colonia de su 
país, que lo eran un su hijo y un cerrajero. 

Mas todo se arregló, para tranquilidad de los nota- 
bles y mayor lucimiento de los fesFejos, que iniciáron- 
se con las dianas que al salir el sol, ejecutó la charanga 
a la puerta de las casas de los más respetables vecinos 
de aquel gran pueblo. 

El calor del mediodía, apenas si era menguado para 
Rómulo por el fresco de ios abrojos, entre los cuales 
continuaba escondido, A no ser por los ecos de la cha- 
ranga y el canto de los pájaros que saltaban entre los 
árboles del sitio que él tenía a su espalda, ningún otro 
ruido alteraba el silencio de la calle. Se diría que todo 
el pueblo hallábase congregado bajo los naranjos de la 
plaza, sin que ni aún las doncellas de la calle de los 
italianos, asomaran sus rostros, afeados por el exceso 
de polvo, por entre los espacios de las puertas que de- 
ja"ban los vidrios sin colocar. 

Eómulo sintió que el ambiente le hostigaba a cum 
plir sus propósitos, cuando el miedo le turbó un ins- 
tante al oir la voz de Rosa que retornaba cantando por 
la estrecha senda de la calle. 



. ^ I>E ''crónica DE UN GRAN PUEBLO " l'áS 

El corazón comenzóle a saltar dentro del pecho, en 
tanto que su garganta volvíase seca súbitamente y nu- 
blábanse de continuo los ojos, a medida que la niña 
acercábase, vestida de rosa, suelta la negra cabellera, 
ingenuamente voluptuoso el andar. 

¿Se atrevería ahora, que la calle estaba desierta, y 
entre ios altos yuyos que cubrían las veredas! ¿Y si 
daba voces y oídas eran por los padres de la niña, a 
los cuales no había visto pasar hacia la plaza? 

Bómulo tuvo tentaciones de huir; mas era ya tarde 
y luego . . . ¿ quién le aseguraba que no fuera todo bien ? 

— **Eosa, Eosa, mira qué bicho más raro va por 
aquí"; — dijo con la voz trémula de indecisión el mu- 
chacho, surgiendo de pronto de su escondite. . 

La niña se detuvo un instante, entre curiosa y des- 
confiada, ante el gesf o extraño de Rómulo. 

— ** Acércate, Rosa, que se va a escapar." 

La curiosidad pudo más que el temor en la niña, que 
avanzó por entre los abrojos, al tiempo que inclinaba 
su cabeza -^asi junto a la de Rómulo. 

Y entonces, súbitamente para ahuyentar toda vaci- 
lación ; encendida la faz de deseo y de vergüenza, echó- 
se el niño sobre Rosa, como un macho enfurecido de 
fiebre, intentando tenderla entre los abrojos. Dio voces 
de espanto la niña ; golpeó desesperadamente el rostro 
de su atacante; confundió el insulto con la súplica; 
mas todo era en vano ante el ardor de la bestiezuela 
de Rómulo que, sin acertar a decir palabra, continua- 
ba en su empeño y juntaba sus labios cálidos y secos, 
a las mejillas frescas de la niña. 

— "¡Socorro!" — gritó ésta en el instante mismo en 
que el muchacho la tendía en el suelo, y sus manos 
nerviosas y torpes hundíanse on sus ropas. 

— "¡Ay!", tornó a decir de rubof y miedo Rosa, 
cuando la mano de su atacante levantaba sus faldas^ 
Pero Rómulo se detuvo de pronto; un estremecimien- 



\ \. 



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246 PBOASO 

.to extraño contrajo sus labios, y saltó hacia atrás es- 
pantado de su audacia y huyó a todo correr por la ca- 
lle que llevaba hacia las quintas de naranjos que suben 
-las colinas cercanas, llevando en sus ojos la visión con- 
fusa de algo muy blanco que había llenado sus ojos, 
como si Rosa, y todo cuanto estuvo a su alrededor, es- 
tuvieran vestidos de un blanco que le cegó en el último 
instante. 

Ahora, corriendo primero por la calle de Matta y 
luego por el camino que subía la colina entre dos ñlas 
de eucaliptos y pitas, parecíale sentir los pasos de los 
policías corriendo por darle alcance, sin que ningún 
árbol del camino ofreciérale seguro refugio. 

Jadeante, cuando ya las piernas negáronse a conti- 
nuar la carrera, tendióse el niño a la sombra de un 
bosque de álamos, en el cruce de dos caminos. 

Oíanse repercutir en el aire tranquilo del atardecer, 
los ecos del Ángelus, cuando por los caminos retorna- 
ban en sus carros los labradores, repitiendo aún los 
himnos escuchados en la fiesta, para la cual pusiéron- 
se las mujeres los vestidos blancos con flores rosas, en 
las cuales daban entonces los últimos rayos del sol. 

Desde su escondite, Rómulo les sintió acercarse, po- 
blando con sus voces y el seco rechinar de las ruedas, 
el silencio de la tarde; pasar jubilosos frente a él, y 
alejarse de nuevo hacia sus chacras, volviendo a ha- 
cerse el silencio cuando sus voces se apagaron en la 
última loma del camino. 

Cuando la noche se hizo en el pueblo, cuyas luces ex- 
íondíanse en líneas rectas y débiles en las calles, y 
todo fué silencio en la plaza, mientras entre los ála- 
mos comenzaron a oirse extraños ruidos de pasos que 
quebraban las ramas extendidas por el suelo y voces 
nunca hasta entonces oídas, Rómulo emprendió el ca- 
TTiino de retorno. 



DE "CBÓNICA DE UN GRAN pueblo'* 247 ' 

Al principio sólo anduvo a pasos precipitados; pero 
a medida que dejaba- a su espalda la sombra de los " 

liucaliptos que se extendían atravesando el camino, el ; 

miedo le hizo correr por la pendiente. " ^ 

Ya en el pueblo, volvió a pensar en su situación. No ■' , " 

érale posible volver a su casa hasta que no amainase - ' •• "u. , 

el enojo de su padre. Y entonces, ¿dónde había de es- • , ; ,: 

conderse esa noche! Frente a él, tenía el sitio que tuvo , " , * ■.' * 

a su espalda cuando cometió su culpa. V?*" 

Rómulo avanzó entre los abrojos, y traspuesto el tro- i 

zo de muro que caía hacia la calle, entróse en el huerto / • ' 

cuyos altos pastos llegábanle hasta las rodillas cuan- 
do él adelantábase por la senda que alumbraba, entre - . > •' 
los perales, los sauces y las higueras, la luna. -J' . ^^ ..,'. .' if' 

Eómulo conocía el paraje ; muchas tardes había he- , -^ 

cho aquel mismo camino, para ir, como ahora, hasta el 

peral que estaba junto al pozo, y hurtar sus. frutas, las - ■ 

mejores del huerto. Volaron los pájaros sorprendidos , ' ' " 

en las ramas y zumbaron en sus oídos las avispas cuyo ^ 
camoatí sintieron estremecerse al impulso de la rama , - • 

que se doblaba bajo el peso de Rómulo. r 

Las frutas fueron su cena. Colmado su apetito, Ró- 
mulo descendió del árbol y tendióse un instante sobre ^ 
las hierbas húmedas que bordeaban el pozo, esperan- 
do la hora oportuna de volver a su casa. 

Desde el cielo limpio de nubes, la luna, cuya imagen 
temblaba sobre las aguas verdes del pozo junto a las 
flores de camalote, iluminaba los árboles de los cuales • 

veíanse pender, como esferas negruzcas, las frutas. Un 
aire tibio movía las hojas de los árboles, entre cuyas , - ■• 

ramas saltaban los pájaros, y hacía ondular los pasti- 
zales, semejante a un tapiz plateado por la luz del as- . 
tro. 

Rómulo, de cara al cielo, oía el chasquido de los sa- 
pos- al echarse al pozo y, en tanto aspiraba el aroma 
que le llegaba desde las madreselvas que subían por el 



» , 



/ 

/ 






'4; 



r 



i 248 . PEGASO . . 

J muro que ciaba a su espalda, meditó sobre su situación. 

¡Cómo le era ahora de inconcebible su estado de áni- 
mo, cuando atacó a Rosa ! -^ 

i En la soledad del sitio, pensaba en que la guardia 

. ! civil andaría en su busca; en el castigo que le impon- 

.(.; dría su padre y luego el maestro, por haber'faltado a 

la fiesta ; en la venganza de los padres de Rosa ; en la 

• • . imposibilidad de ir aliora — que volvían a oirse los des- 
j<, ' templados compases de la charanga — a hacer el ma- 
trero con sus amigos entre los naranjos y los plátanos 
de la plaza. . . R^mulo sintió grandes deseos de llorar. 

í . Y después, ¿por qué abrazó él a Rosa y quiso ten- 

■ . derla en los abrojos, y besó sus mejillas y estrujó sus^ 

ropas? Y cuando la tuvo tendida entre sus brazos, ¿có- 
mo fué posible aquel desfallecimiento de su voluntad 
'' \ salvaje, al recibir de pleno en los ojos, el blanco de las 

; - enaguas de la niña, entre las cuales ahora le parecía 

recordar las curvas de unos muslos morenos? Enton- 
"' ees, en el silencio de su soledad, pensó con horror en 

; . la enormidad de su culpa. 

¡Oh, si con aquella noche acabara todo; su padre, los 
: amigos, Rosa, la guardia civil, el maestro; todos cuan- 

tos le perseguían, y él mismo! 
\ Por las losas de la calle vecina, sintió pasos que se 

; acercaban y deteníanse junto al muro. Un súbito te- 

[ . mor dejó en suspenso el pensamiento de.Rómulo, hasta 

! (|ue alejáronse loa pasos, y la tenue luz de un farol ilu- 

minó un pequeño espacio. Era Monaco que terminaba 
su constante labor de iluminar al pueblo. Róraulo tor- 
nó a pegar su rostro sobre los pastos humedecidos 
; ahora por su llanto, atormentada la mente por la enor- 

* midad de su culpa. , . 
* ¡Oh, si acabara todo...! 

- Y so durmió. 

'. JusTixo Zavala Muniz. 



:5.-]. 



'¡ffli 



/. '■* 



¿ NO FUISTE TÚ 



¿No fuiste tú quien dijo del paisaje 
Ser demasiado hermoso porque luego 
Pudieran los demás valer el viajen 

Era el país del fiJCego 
Claro de sol que tuesta en los olivos 
Un grisáceo metálico de aceros 
Bajo un azul de cielos pensativos... 

Enciende esmalte verde en los pinares 

Y en los riscos agreste da al romero 
Perfume de retatna y azahares. 

Bajo un azul de cielos pensativos... 

Y sobre el aguu añil del mar Tirreno 
Cuya fimbria de espumas aún repite, 
En la similitud de un mar heleno^ 

~ El prodigio perenne de Anfitrite. . . 

Donde el acantilado de granito, 
Al romper entre flores y esmeraldas, 
Con tesonero esfuerzo en sus espaldas 
Yergue un primer peldaño al Infinito . . 

¿No soñabas tú allí colgar tu nido? 
¿No soñé yo también que eras la tríeta, 
La única mujer que diera olvido 
A mis peregrinares de poeta? 



■-Íí;;-v ■:■•: 



250 PEQASO 

¿Á dónde ya seguir como romero? ' 

¿En que otra luz acariciarme el ahna 
Con un calor más didce que la palma 
De tu mano a la mía en el senderof 

¡Todo camino ya... fuera de vuelta! 
¡Toda búsqueda más ya sin motivo I 
¡El cielo estaba, en tu mirar, cautivo! 
¡La luz del sol, por tus cabellos, suelta! 

Fué sólo aroma, espuma y aire el sueño . . . 
¿En qué niebla del Norte hallaste abrino? 
¡Fué sol que ríe, brillazón, beleño... 
El mar azul me arrebató consigo! 

Buen- AVENTURA Caviglta (hijo). 
1912. 



L4S NUEVAS TENDENCIAS LITERARIAS 



/ 



Cuando la perfección clásica de la literatura caste- 
llana alcanzó las más altas cimas, el afán de origina- 
lidad—mala nodriza — hizo su presa en los que todavía 
trabajaban a la sombra de las altas columnas. 

Primero fué la preocupación detallista de la expre- 
sión seleccionada, vale decir, el culterano gongorismo. 
Luego, como reacción contra esto y contra el clasicis- 
mo, surgió la manifestación laberíntica, que se tradujo 
en conceptismo proteico. Para finalizar el proceso de 
la decadencia, el pedestre prosaísmo llenó la selva lí- 
rica con las monas y los lobos de la fábulas de Iriarte 
y Samaniego. 

Nótese, de paso: primero, que esta decadencia tuvo 
sus orígenes en las dificultades, cada vez mayores, de 
alcanzar una grande perfección; segundo, que se inició 
cuando la literatura hispana se había enjoyado con los 
modelos inmortales; y, por último, que quienes la ini- 
ciaron y aún la propiciaron, habían comulgado largo 
tiempo en la tiránica cultura escolástica y se habían 
ciliciado, previamente, con largas disciplinas intelec- 
tuales. 

Por esto no se exagera si se afirma que la decaden- 
cia nació por obra e influencia de los más altos espí- 
ritus. 

Esta parábola, que es la gráfica de una ley casi ge- 
neral, fué recorrida, en orden inverso, en tierras de 
-América. 



-.y 



252 



PEGASO 



* *. 



Vibraba el vozarrón épico de Quintana, couaumíase 
en recovecos académicos el detallismo de BelJo, trona- 
ban las cataratas en los versos de Her^dia, y entre el 
desbarajuste verbal — que marchaba al unísono con la 
organización de los nuevos Estados políticos, — ya en 
las postrimerías del "ochocientos", la siringa panida 
de Darío, fundiendo en su silbo, armonías equivalen- 
tes, encauzó y retrotrajo la corriente literaria hacia 
los antiguos orígenes. Nació .el neoclasicismo, dándo- 
se el caso de que América fuese para España, lo que 
en el "seiscientos" y en el "setecientos" ésta había 
sido para aquélla. 

América consolidó su soberanía intelectual como ha- 
bía consolidado en códigos democráticos su soberanía 
política. Ep páginas parnasianas, Francisco García 
Calderón ha sintetizado este proceso histórico, que se- 
ñaló normas definitivas para la cultura hispanoame- 
ricana. 

Los escritores de fin del "ochocientos" y principios 
del "novecienlos", dispararon bien sus flechas hacia 
las estrellas impasibles. Su neoclasicismo derramóse 
por todo el continente y, a la novedad de la expresión 
y a la modernidad del concepto, unieron las disquisi- 
ciones meditadas, fruto de vastas culturas y prolon- 
gad(?s estudios. Las bibliotecas se abrieron a las jóve- 
nes legiones. La cultura continental hizo correr en el 
cuadrante su aguja imantada, como al influjo de una 
atracción irresistible. América fué así, en el mundo de 
las letras, algo más que una expresión geográfica al 
culminar la época gloriosa, simbólica y poéticamente, 
con los "Cantos de vida y de esperanza". 



Muerto Darío y muerto Ñervo, y desviado hacia 
más complejas labores Leopoldo Lugones, la trilogía 
soberana pierde su antigua eficacia. El deseo de hacer 
obra bella comienza a ser roído por el loco afán de no- 



LAS NUEVAS TENDENCIAS LITERARIAS 253 ' 

vedad, por reacción contra la perfección lírica alcan- 
zada y por avaricioso aprovechamiento ante el silen- 
cio de los preclaros hermes sobrevivientes. No falta 
quien toma en serio y trata de imitar, las "boutades" 
rubenianas o las "clownerías" de Valle Inclán. Y así 
llegamos a la eclosión de las nuevas tendencias litera- 
rias. * 

Todo lo arbitrario, todo lo absurdo, todo^ lo que no 
llegaron a intentar los preciosistas culteranos o los 
conceptistas quevedinos, es decir, el máximo de exage- 
ración, ton el peor agravante de que ya el futurismo 
dejó de oler a muerto — lo «que evidencia su absoluta 
inofensividad actual — irrumpe ahora en los jardines 
intelectuales de Hispano-América, como suele hacerlo 
la inquieta bandada cuando el guardián dormita bajo 
la solana en la hora densa de la siesta. 

El arte no va ganando nada con esta licencia neomo- 
demista, que ha dado en llamarse dadaísmo, creacio- 
nismo, ultraísmo, etc., en la que estorba el ritmo y la 
rima — matrices de todo verso, — la sintaxis, la ortogra- 
fía y hasta el, sentido común. 

La onomatopeya futurista, al .fin y al cabo lógica, re- 
sulta baladí innovación frente al simultaneísmo crea- 
cionista en que la originalidad del poeta precisa con- 
tar con la benevolencia — y aún con la paciencia — del 
tipógrafo, y todavía con una buena cantidad de letras 
mayúsculas de diversos tipos, para que la novedad re- 
sulte más desconcertante. 

Ante esta avalancha cabe adoptar una actitud seve- 
ra más bien que eonmiserativa o irónica. Está en pe- 
ligro el arte autóctono y prontos para ser cegados los 
fluentes hontanares de la belleza indígena. La crítica 
complaciente para con los nuevos, resultará cómplice 
en la decadencia irremediable. Se impone salvar en el 
derrumbe de valores literarios de la época, llamando 



Y^:^^^^.''C 



'.'t. >'.,;■%■ 



254 FBOAao 

al buen camino a los qu€, en el grupo turbulento, toda- 
vía son digno^ del "alba de oro". 

Bien está la originalidad que sabe traducirse con 
los medios al alcance de los seres normales; pero, ha- 
cer una literatura de manicomio para que la gocen los 
seres equilibrados, es intentar un vuelco absurdo en la 
interpretación racional del significado que le hemos 
dado a las cosas, por herencia tradicional deL lengua- 
je. No se trata de hacer valer los prestigios de las Aca- 
demias que ya ni fijan, ni brillan, ni dan esplendor, 
desdo que las rige el nepotismo aristocrático o la bu- 
rocracia hambrienta. Se trata, antes que esto, y por 
sobre todo, de salvar el prestigio de las letras nacio- 
nales ante la invasión de unos nuevos bárbaros que 
intentan arrasar con las obras de cultura, como aque- 
llos que pretendían destruir sin haber demostrado que 
eran capaces de crear. 

Son espíritus jóvenes los que integran las falanges 
revolucionarias y tal vez proclaman ardorosamente la 
destrucción de lo antiguo o la negación de lo creado, 
porque en el afán creacionista, quieren crearse la cul- 
tura que no tienen, iniciándola en ellos, lo que, desde 
luego, supone la más candorosa de las nuevas ideas. 
Acaso se olvida que la renovación neoclásica culmi- 
náronla, Darío después de leerse la colección de clási- 
cos de Rivadeneyra, Ñervo, tras el conocimiento pro- 
fundo de la literatura grecolatina, y Lugones una vez 
que alcanzó una cultura formidable. Y hace ya tiempo 
sostenía Henri Poincaré que para negar la eficacia de 
las leyes de Newton había que estudiarlas profunda- 
mente, a fin de estar en condiciones de poderlas negar 
más tarde. 

Se puede sentir las cosas con la nueva sensibilidad 
y aún verlas con los ojos puros de la intacta moderni- 
dad; mas al darles exteriorización y trasmitirlas al 
gran público, justo es que exijamos — cuando menos — 



■1- ; r.-- 



LAS NUEVAS TENDENCIAS LITERARIAS 255 

claridad de expresión que es el fin primordial a que- 
debe aspirarse. 

Estamos asistiendo a la evolución del neodecaden- 
tismo en América. ¿Dónde estará entretanto, el otro 
Darío que, njientras los nuevos promueven sus incom- 
prensibles algarabías, sordo al ruido circundante, está 
leyendo y estudiando y afinando la cítara para salvar 
los prestigios sempiternos de la belleza eterna? 

América, con su belleza virgen, con su esplendor 
ubérrimo, espera aún a quien habrá de descubrir la in- 
explorada veta que se ramifica, como un árbol de oro, 
bajo el tablero resonante de sus ciudades tentaculares^^ 

José Pereira Rodríguez. 

Treinta y Tres, 1921. 



-í. 



J 



PROSAS 



N. 



Historia de un hom- 

m 

bre que usaba lentes 



Era una vez un hombre joven que se creía enfermo 
— y quizás lo estaba desde que se lo creía. Pero el caso 
real era que para los demás no estaba enfermo. I 

Y como él no se veía bien a sí mismo, creyó del caso 
y razonable usar lentes. Pero los demás no lo creye- 
ron razonable y se rieron de él, " | 

Y él, que estaba enfermo porque los demás eran sa- 
nos, comprendió entonces que la razón es de los que 
tienen doble vista. 

Es así que los lentes fueron para él la fiíente de su 
perfeccionamiento. 



^ 



Historia de un hombre 
fastidiado de si mismo 



Era un joven que estaba fastidiado inocentemente. 

Tenía la manía de querer estar siempre solo porque 
creía que su fastidio debía guardarlo para él, siendo 
así que la mayor parte de su fastidio dimanaba de sí 
mismo. 



■ ' PROSAS 257 

Y no notaba que los demás estal»an en el fondo más 
i'asüdiados que él, porque no pensaban. 

Y él que se distraía eternamente dudando, no era en 
realidad justo para sí mismo. 

Pero el error es de este mundo — y el fastidio del 
hombre inocente que sinceramente amamantaba él mis- 
mo fué perpetuo en su vida — y sólo al morir recono- 
ció el error en que estaba, cuando pudo comprender 
que ya no se fastidiaría más. 



El hombre de la tela 

Había una vez un hombre que había adquirido una 
certidumbre a fuerza de pensar en ella. Y era que no 
bay hombres verdaderamente tales, es decir, como es 
la idea común que tenemos de ellos — y que tampoco 
hay objetos inanimados — y que entre los hombres y 
ios objetos hay relaciones muy finas y sutiles que na- 
die conocerá sino cuando prescinda de sí mismo para 
relacionarse íntimamente con todo. 

Y este hombre había dado en la manía de querer di- 
solver su personalidad en un reloj, porque había no- 
tado que ese reloj no caminaba sino cuando él le daba 
cuerda. 

Y este hombre vivió eternamente forjando con hilos 
blancos y sutiles una tela que nunca concluyó, porque 
pretendía extenderla más allá de lo que el talento vul- 
gar de la gente se lo hubiera permitido. 

Y a pesar de esto fué un hombre que vivió toda su 
vida. 



X 



PROSAS 



Historia de un hom- 
bre que usaba lentes 



Era una vez un hombre joven que se creía enfermo 
— y quizás lo estaba desde que se lo creía. Pero el caso 
real era que para los demás no estaba enfermo, i 

Y como él no se veía bien a sí mismo, creyó del caso 

y razonable usar lentes. Pero los demás no lo creye- ' 
ron razonable y se rieron de él. ' .. | 

Y él, que estaba enfermo porque los demás eran sa- 
nos, comprendió entonces que la razón es de los que . 
tienen doble vista. 

Es así que los lentes fueron para él la ftfente de sil 
perfeccionamiento. 



Historia de un hombre 
fastidiado de si mismo 



y 



Era un joven que estaba fastidiado inocentemente. 

Tenía la manía de querer estar siempre solo porque 
creía que su fastidio debía guardarlo para él, siendo 
así que la mayor parte de su fastidio dimanaba de sí 
mismo. •< 



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• ■ ' y PROSAS 257 

Y no notaba que los demás estaban en el fondo más 
fastidiados que él, porque no pensaban. • 

Y él que se distraía eternamente dudando, no era en 
realidad justo para sí mismo. 

Pero el error es de este mundo — y el fastidio del 
hombre inocente que sinceramente amamantaba él mis- 
mo fué perpetuo en su vida — y sólo al morir recono- 
ció el error en que estaba, euander pudo comprender 
que ya no se fastidiaría más. 



El hombre de la tela 

Había una vez un hombre que había adquirido una 
certidumbre a fuerza de pensar en ella. Y era que no 
hay hombres verdaderamente tales, es decir, como es 
la idea común que tenemos de ellos — y que tampoco 
hay objetos inanimados — y que entre los hombres y 
los objetos hay relaciones muy finas y sutiles que na- 
die conocerá sino cuando prescinda de sí mismo para 
relacionarse íntimamente con todo. 

Y este hombre había dado en la manía de querer di- 
solver su personalidad en un reloj, porque había no- 
tado que ese reloj no caminaba sino cuando él le daba 
cuerda. 

Y este hombre vivió eternamente forjando con hilos 
blancos y sutiles una tela que nunca coneluj'ó, porque 
pretendía extenderla más allá de lo que el talento vul- 
gar de la gente se lo hubiera pennitido. 

Y a pesar de esto fué un hombre que vivió toda su 
vida. 



2bH PEGASO 



Historia de un hom- 



bre lego de nacimiento 



Había una vez un hombre lego de nacimiento. Tenía, 
siempre la prosodia en los labios y la estupidez en la 
pluma. Sabía que uno y uno eran dos, pero nunca se 
le ocurrió que eso pudiera ser erróneo. Creía en el abe- 
cedario como en un artículo de fe. 

Era supino hasta la vulgaridad y vulgar hasta el 
refinamiento. 

Había digerido todos sus conocimientos de cordura' 
en muchos años de estudio metodizado, y el método con 
que los digería era más regular que el de su mismo es- 
tómago, del que nunca tuvo una indigestión. I 

En lógica* era inflexible : nadie pudo nunca cogerlo 
en una infracción de vuelos problemáticos. 

A pesar de todo esto, nunca supo resolver un solo 
problema. 

Era un hombre lego de nacimiento, y a quien la 
muerte se lo llevó un día de viernes santo, haciendo- 
vigilia. 



El hombre que era silencioso . [ 

Era un hombre tan versado en ciencias puras como- 
impuras, y que tenía la costumbre de callar lo que sa- 
bía, porque creía que nada valía la pena de ser discu- 
tido. 

Le gustaba mucho sentir las conversaciones y discu- 
siones de los demás. Y mientras éstos hablaban, él per- 
manecía callado. I 

Gustaba interiormente la suma delicia (que es un 
refinamiento exquisito), de comprender los errores aje- 
nos y de callar su juicio. Cuando se lo pedían inciden- 
talmente, sonreía y daba una opinión cualquiera. 



'' PROBAS 259 

Los diarios creían que no sabía mucho. Sin embargo^ 
a veces creían vagamente otra cosa. ''' 

Y en su profundo silencio era sabio porque era pru- 
dente, y era prudente porque sabía que, tal como era, 
nada mejor para él que ser prudente. 

Este hombre nunca fué alabado, pero tampoco nun- 
ca se recriminó a sí mismo. 



Antdrés Patena. 



Los bombres de las telas, pensaba titular Andrés Patena a una~ 
serie de historietas como las que ofrendamos a nuestros lectores, 
y que, escritas en 1900, han permanecido hasta hoy inéditas. 

Espíritu singular, casi todas las singularidades que atribuye a 
estos hombres, estaban en él mismo, y él las supo captar de tan 
extraño modo, en un periodo de su existencia en el que, como lo 
dice en La Iiistoria de tres braliamines locos, vivían de tal modo que 
"conversaban del pasado como si fuera presente y nunca sabían del 
'presente presente más que por ellos mismos que vivían en el por- 
venir. ' ' 

Nos proponemos escribir algún día sobre Andrés Patena, a quien 
conocemos íntimamente; pero, por el momento, creemos que con lo 
dicho basta para dar a nuestros lectores una idea de este escritor^- 



■.J"í,--K-:v,.'-'j;!-Ty. 



i-.:. 



Elogio de la Primavera 



en los Catorce Años de Blanco 



Cruel insomnio reveló 
dejando la boca seca 
por qué la última muñeca 
hace días olvidó. 

Muerde los labios a fin 
de que la boca jugosa 
cambie su corola rosa 
en encendido carmín. 

Flagra en los mos serenos 
tibia promesa de amor. 
Hincha la blusa el temblor 
inquietante de los senos. 

Al paso la pierna es ágil. 
Y al breve ritmo del paso 
celebra el viso de raso 
la curva del taUe frágil. 



Adivina lo que piensa 
cada hombre que la mira. 
Disimulando suspira 
y aprieta el moño a la trenza. 

Bajo los senos pujantes 
late a prisa el corazón 
y le pone Xa emoción 
los ojos negros, brillantes. 

Si algún buen mozo la roza 
al pasar, como al descuido, 
le vuelve el rostro engreído-, 
afectada y p^idorosa. 

Y como es vano el intento 
de protestar con enojos, 
aduerme los tiernos ojos 
ebria de presentimiento. 

Luis Cañé IMalmierca. 



Buenos Aires, Primavera 1921, 



liminar en el libro "Una niña bonita", que el joven poeta publi- 
gones presentará en breve con un interesante estudio- preliminar en 
el libro "La niña bonita", que el joven poeta publicará este año. 



^f !: 



EL CHASQUE 



{Be "Alma Nuestra", libro que la Editorial "Pegaso" 
publicará próximamente) ' 



Aun no existía por aquellos rincones el teléfono y el 
telégrafo, y eran necesarios para caso de urgencia los 
•'propios" que, reventando caballos, se devoraban cin- 
cuenta leguas en ocho boras. 

Para estas comisiones se necesitaban hombres de 
confianza, muchachos resistentes y que conocieran su 
responsabilidad. 

Don Simón Rosas, en las tarjetas rédame de su em- 
presa de diligencias, indicaba en letras llamativas que 
también se encargaba de "propios" a cualquier parte 
del país. 

Diego Guiarte, uno de sus peones, era el baqueano y 
el veterano de los chasques. Conocía los departamen- 
tos limítrofes como la palma de la mano y era ¿ígil y 
de aguante. 

Indiecito retacón y fuerte, parecía nacido arriba del 
caballo; puntilloso de su hombría, las órdenes que re- 
cibía eran sagradas. - 

— ^Guiarte. 

— Mande. 

— Tenes que dir al Mellao, al Paso del Parque y es- 
tar mañana de güelta ... 



V 



262 PEO.VSO * 

Dos o tres indicaciones más con respecto al caballo, 
al repuesto de éste, a alguna cortada dé campo, a que 
tomase por una picada, y no había sol de fuego ni 
arroyo crecido ni nada que lo acobardase o lo atase. 

Los otros peones lo consideraban con envidia, lo tra- 
taban de ''liviano", aludiendo a su peso ligero, pro- 
picio a no cansar al animal en el viaje, y dándole, en 
doble sentido, un despectivo valor al vocablo popular, 
equivalencia de flojo. Pero él, suficiente, sonreía, y 
estrenaba un sombrero compadrón, un pañuelo de 
seda, como resultado de las galopadas terribles. 



Una mañana, — no hacía muoho habían vuelto de un 
baile y mateaban para engañar el sueño, — cuando llega 
el patrón a la cocina y después de saludar, dice, to- 
reando : 

— Vamos a ver, ¿quién se anima a pegarse un paseí- 
to hasta el Queguay? 

Los peones, como reconociendo el derecho de Guiar- 
te, lo dejaron ofrecerse : ! 

— Yo, patrón. 

— Es pa las puntas del Queguay, a lo de don Lidoro 
Pintos, casi en la cuchilla de Haedo. 

— Por donde el diablo perdió el poncho, comentó uno. 



Guiarte se mojó la cabeza, colocó unas frescas hojas 
de tártago dentro del sombrero, ajustado con el barbi- 
jo, se aseguró bien la carta que debía llevar, y en tan- 
to sus compañeros le hacían guiñadas como diciéndole: 

— Aura vas a ver con quién se casó Caña Güeca. . . 

Partió. 



\ 



?'í?*:''5??^-; 



EL CHASQUE 263 

Calentaba el sol. 

El indio, sin dormir, entrecerraba los ojos encandi- 
lados por la luz. 

Galopaba canturreando por el callejón, y todo se le 
volvía arrorró: el acompasado golpear de los cascos 
del caballo, su propio canto monótono, el vaivén unifor- 
me del galope. 

Intentó silbar. Sacó un cigarro, atenuó la marcha y 
fumó. • 

Cuando llegó al arroyo del Molino se mojó otra vez 
la cabeza, se acomodó las hojas medio achicharradas 
y miró con delicia el pasto suave, alto, que se movía e 
invitaba a una siesta. 

Al avistar el boliche del ** Tropezón", crió coraje. 

Bajó allí, tomó una cañita y pidió una botella de 
cuarta de la bebida porque veía que si no iba a aflojar. 

Cambió caballo; comió pan, queso y sardinas y em- 
prendió la marcha. 

Se acercaba el mediodía. 

Las cachirlas, flotantes sobre sus patitas de alam- 
bre, esponjaban las alas, abrían los picos, asfixiadas. 

Gemían las palomas : tuiráa . . . tuiráa . . . 

A Guiarte le pareció triste y desagradable la nenia 
y exclamó: 

— 'Pucha, yo mataría todas las palomas. 

Había un calor de incendio. Se dijera que a momen- 
tos todo iba a empezar a arder bajo el implacable cie- 
lo amarillo, lívido. La sombra azul-violeta del mucha- 
cho y de la cabalgadura parecía ir suspendida en el 
aire enrarecido. Venían del camino y del campo, con 
olor a pasto seco, bocanadas de fuego que herían los 
ojos y resecaban las fauces. 

— V-i-a tomar otro traguito, 

Y la caña brava le daba una ilusión de fuerza y de 
alegría. 



r. 



204 



PüUASO 



Se puso a cantar a gritos. Después le pareció que 
t-1 piugo acortaba el galope, j 

— ¡ Disgraciao, aura te me vas a aplastar! 

Y empezó a ciarle lazo y lazo, lanzándolo en carreras 
desenfrenadas. 

Kl viento encendido le quemaba el rostro, le cliillaba 
cu los oídos, y él, dele rebenque, volaba por el callejón 
desierto. 

Bufaba el caballo, echaba humo, se llenaba totalmen- 
te de blanca espuma. ' 

A Guiarte le zumbaba la cabeza y se sentía ganado 
de un furioso rabiar contra el matungo, contra el ca- 
mino, contra k)s campos y los palos del alambrado 
(lue giraban vertiginosos como si estuvieran bailando. 

— ¡Nunca me ha pasao esto!, se admiraba, y secán- 
dose el sudor se detenía para beber otro trago. 

Se acordó del liaile de la noche anterior: un güen 
baile. . . El salió enredadísimo con una chinita hija de 
una lavandera. 

— ¡Linda diversión los bailes!, y si son con corte no 
te digo nada! | 

— ¡Lindo el baile!... 

Galopó, galopó. . . 

Sus recuerdos se confundieron, se embrollaron. 

Sofrenó el caballo. 

— Y aura, ¿pa qué me apuro tanto! se interrogó. . 



TJegaba a Laureles. Había un almacén. Nuevamen- 
te hizo llenar de caña la botella. Compró dulce, biz- 
cochos, yerba, azúcar. . . Allí, a media legua, vivía 
una paisanita con la que él andaba noviando. 

Salió tam1)aleante del almacén y montó a caballo. 

Kumbeó al rancho. i 



Dormía todo en el bochorno de la siesta. ' 

El campo, el cielo, las cosas, estaban como suspen- 



A 



'"*>.■' '-vXí-í*: í 



EL CHASQUE 265 

SOS bajo la luz deslumbradora, en una calma de ojos 
abiertos e inmóviles. 

Guiarte sentía deseos de cantar a gritos; la sangre 
se le precipitaba a borbotones por el cuerpo temblo- 
roso, 

Al llegar, saludó. No obtuvo contestación. Cuando 
se apeaba apareció la muchacha, la pardita sabrosa 
por quien él se derretía de aimores. 

— Oh, usté. Guiarte... .. 

— Yo, prenda. . . 

— Toy sola, mama salió. 

— Mejor si es gorda, le sonrió el visitante sin sa- 
ber lo que decía. Y alcanzándole sus regalos : 

— Le traigo esto, sabe . . . 

Ella tomaba los; presentes: los dulces,, la yerbaj 
los bizcochos. . . 

— ^Gracias, pa qué se fué a incomodar ... 

— Usté lo m.erece. . . y se le aproximaba. 

— Me parece que no está muy bien, Guiarte. 

— Estoy macanudo! 

Dejó el caballo sin desensillar, se quitó el sombre- 
ro y entró al rancho, deshecho, derrengado, imposi- 
ble. 

La muchacha, que no tenía con él mayores intimi- 
dades, previo el peligro, quiso salir, pero él la tomó 
por un brazo tartajeándole : 

— Venga, vieja, venga... '. 

Y rodaron abrazados. 



A los cinco minutos Diego Guiarte roncaba con la 
boca abieifta, mientras volaban, zumbándole sobre 
la cara, las moscas. 

Cuando volvió la madre de la muchacha, se enteró 
a medias del suceso; arreglaron mejor al paisanito 
sobre el recado, mientras ella comentaba : 

— Pobre mocito . . . si-ha pasao un poco ... 



266 FfiUASO 

El sol alto del otro día daba en la cara del indio 
• que se recordó con una sed de ascua ardiéndole las 
■entrañas. 

Se incorporó: las piernas duras, los riñones como 
descuajados, la cabeza terriblemente dolorida; salió 
del rancho, se fué al barril y bebió agua hasta sentir 
hinchada la barriga. I . 

Estaba vestido. Vio su caballo. Con los ojos ar- 
diendo, entrecerrados, somnolientos, la mirada per- 
dida en las lejanías del campo, como sin ver se puso 
a pensar. 

No se acordaba sino del baile que empezó en el 
pueblo y había continuado en plena campaña, donde 
todo, callejón y campo, alambrado y casas, giraban 
bajo la transparente lluvia de fuego del sol. 

Se asomó la paisana: 

— Güen día. Guiarte. 

Atrás aparecía la chiquilina, ruborizándose. 

— ¿Necesita cualquier cosa? 

— Güen día, contestó él, y cuando quiso sacarse el 
saco para lavarse la cara, sintió en el bolsillo el fru- 
f rutar de los papeles, de la carta, del cheque! 

Se quedó rígido, paralizado. i 

— Junamante ! ! 

Aún estuvo un minuto inmóvil, sin una decisión, 
frente a la cruda realidad de los hechos. 

— No haberme muerto! \ 

I 

Ensilló. Se despidió de aquella gente qu.^ le daba 
un mate. Salió a todo galope. 
Llevó la carta a su destino. 
Tjlevó la carta, pero no volvió más al pueblo. 



Estaba deshonrado. 

MoxTiEL Ballesteros. 
MCÍiíXXII. . , . 



su NOMBRE 



8u nombre era bello, armonioso y breve. 
En su nombre había ritmo musical 
¿Cuántas, cuántas veces con palabra leve 
floreció en mis labios su nombre ideal! 

2íombre dulce y tierno como una elegía 
Suave y delicado como un madrigal 
Nombre melodioso, del que trascendía 
Donosura y gracia, timbre de cristal. 

¡Cuántas, cuántas veces nii amoroso anhelo 
Invocó su nombre como u/na oración. 
Con qué apasionado afán y desvelo 
Lo sentí vibrando en mi corazón! 

Nombre que tenía de Beatriz la eterna 
Mística beUeza que le dio el dolor 
Y como Julieta supo de la tierna > 

Amante caricia del primer amor. 

Nombre de leyenda, nombre diamantino 
Que encanta, seduce y locura da. 
- ¡Oh, si se pudiera vencer al destino 

Para pronunciarlo en la eternidad! 

i 

WlFREDO Pí 
1921. 



•'j\fi<r-; '^'••■i^v .'?■/■. 



v I 



DE LA VIDA LITERARIA 



Retirarse a tiempo 



Hay escritores que se pasan la vida tirando sus li- 
bros a la cabeza del público, sin que éste se dé por alu- 
dido jamás. Siento una gran compasión por esos na- 
dadores condenados fatalmente a no arribar a ninguna 
playa . . . Hay otros que llegan a conquistar la cele- 
bridad y después se obstinan en perderla, poniendo en 
esta tarea, tanto o más entusiasmo que en la primera. 
Yo no sé si es más importante saber desaparecer que 
saber aparecer a tiempo, pero es indiscutible que aquel 
que calla cuando debe callar, se evita muchos sinsa- 
bores y contribuye a conservar su fama. Desgracia- 
damente ello es muy raro, y son muy pocos los escri- 
tores, como los artistas, que se deciden a dar un me- 
lancólico adiós a su facultad de producir. Entre esos 
pocos debemos colocar y loar a Brieux, el fam.oso dra- 
maturgo francés, autor de una docena de obras maes- 
tras para teatro, todas ellas animadas por tesis gene- 
rosas, pues no todo el teatro francés es adulterio, co- 
mo parecen creerlo algunos badulaques. Brieux entre- 
tiénese ahora en publicar sus obras completas en va- 
rios tomos. En el primero van: "Menages. d'Artis- 
tes", "Blanchette", ''Monsieur de Réboval" y "L'E- 
cole des belles méres". Pero lo más interesante de es- 
to primer tomo es el prefacio del autor, que, relativa- 



De LA VEJA LITERARIA 269 

mente joven aún, y en pleno triunfo, annncia que no 
producirá más. He aquí algunos párrafos de ese inte- 
resante documento, que debe ser conocido y no debe 
ser olvidado por nuestros escritores : 

"^0 es sin bastante melancolía que me decido a pu- 
blicar mi "Teatrp Completo". Por más que lo lamen- 
te, esto significa a mis ojos poner punto final a mi vida 
literaria, ordenar mis asuntos, cerrar mis baúles ipava. 
el último viaje, el mismo que no contaré jamás. Hace 
un tiempo, mi recepción en la Academia me di.ó la ale- 
gría un poco especial que buscaba Carlos V, asistien- 
do al simulacro de su entierro. Los elogios excesivos 
que me dirigió entonces con tanta gracia el Marqués 
de Segur, tuvieron para mí las proporciones de una 
oración fúnebre, y sus frases tan ligeras sonaron en 
mis oídos como paletadas de tierra. Pero, como dicen 
las buenas gentes, no se puede ser y haber sido; y es 
menester saber aceptar lo inevitable. 

**En último término, ese inevitable no es triste. An- 
tes de encontrarlo escribiré todavía, sin duda, pero 
tengo la impresión de haber dado ya casi todo lo que 
había en mí. Puede venir la muerte. Pronto estaré en 
la edad en que será lógica, y yo no le haré mala cara 
como a un convidado que llega demasiado pronto. No 
sé cómo la acogeré, pero se cómo la espero : sin impa- 
ciencia, sin angustia, de la manera como so aguarda 
la noche después de una buena jornada de trabajo re- 
compensado largamente, y que fué sin fatiga porque 
fué el preferido." 

Estos párrafos y los que siguen, — pues la carta es 
extensa, — demuestran que Mr. Brieux, cuyas últimas 
obras son muy inferiores a las de su juventud y a las 
de su madurez, posee el único talento necesario en 
esa época dolorosa en que hay que renunciar a reno- 
var los laureles : el de retirarse a tiempo, como un 
actor de la escena. Seguramente que ello cuesta, pero 
-ef amor propio no debe enceguecer al artista hasta el 



s. 



270 PEGASO ! 

punto de privarle que se reconozca. Resignarse, en e»>- 
te caso, concreta toda la sabiduría. Pero son muy por- 
cos los que como Brieux se resignan. 

Alberto Lasi^lacbs.. 



La desesperación de los impotentes |- 

Hay en la vida literaria seres tan insigniíicantes, de 
tan desesperante chatura mental, que escriben domi- 
nados por una sola idea: la notoriedad. 

Faltos de cultura, y más que nada, faltos de condi- 
ciones naturales, nadie los conoce fuera del campana- 
rio que los cobija... De ahí su desesperación. 

Reciben el castigo de vivir en la sombra. No resis- 
tirían la luz por la cual suspiran. | 

Sus escritos — atentados contra la lógica y contra 
el lenguaje — no tienen ni siquiera el simpático im- 
pulso de la espontaneidad, y están condenados a morir 
a pocos pasos del lugar de su nacimiento, sin otros co- 
mentarios que los que pueda tejer la interesada bene 
volencia de los turiferarios. 

La impotencia que los ahoga, provoca en esos seres 
actitudes inauditas. 

¡Quieren "brillar"! ¡Quieren ** triunfar"! Quieren 
salir, aunque sólo sea unas cuadras, fuera de los domi- 
nios del municipio lugareño. 

Pero.no pueden. Fingen creerse envidiados. ¡Envi- 
diados! ¿Se puede envidiar la envidia? ¿So puede en- 
vidiar la ceguera mental? ¿Se puede envidiar la ridi- 
culez? 

La actitud más frecuente de estos pobres seres es 
esa. Luego, creyéndose perseguidos o envidiados, em- 
piezan por atacar la reputación literaria ajena. 



ípr^'^ 



De la vida uteraku 271 

Creen, en su necedad, que atacando a Clarín se pue- 
de llegar a ser un Bonafoux. 

Y hacen de cualquier escritor más o menos consa- 
grado (la cuestión es que tenga un nombre que se re- 
cuerde más allá de las fronteras departamentales), el 
blanco de sus críticas. 

El escritor, consciente de su dignidad, si llega a en- 
terarse de las ''críticas", pensará con De Vigny: 
"Seúl le silenoe est grand." . " '' 

Esto desespera más aún a los inflexibles "críticos". 
Y es el mayor castigo que puede dárseles, no nombrar- 
los, hacerles comprender su insignificancia. 

Pero ocurre algunas veces — ¡tan necias suelen ser 
esas gentes! — que se pretende ver debilidad, timidez, 
en el silencio que es superioridad. 

En efecto : ¿ es posible que un escritor modesto pero 
honrado, pueda ponerse a polemizar con el primer 
Juan Lanas, sediento de popularidad, que le salga al 
paso? 

Conceder una contestación, en casos tales, es un error 
imperdonable. 

No importa que el "crítico" pretenda creer que el 
silencio es timidez. Ya se convencerá, por más cerrado 
de entendimiento que sea, que es la superioridad lo 
que hace que no se le conteste. 

Ellos, los "críticos", seguirán haciendo el monopo- 
lio del disparate, mientras el escritor pensará con In- 
genieros: "Sentenciar con impavidez sobre materias 
hecteróclitas, fundándose en que las ignoran todas por 
igual." 

No de otro modo procede el transeúnte a quien pre- 
tende asustar, con furia ridicula, el inofensivo falde- 
rillo casero. Sería risible que ese hombre sacara su re- 
vólver para defenderse de tan pequeño enemigo. Cuan- 
do mucho €l transeúnte se limitará a sonreír. . . y se- " 



ri«i!«?." 



272 



PEGASO 



V 



guirá su camino. Lo que no impedirá que el faldeiillo 
piense que el transeúnte le lia tenido miedo. 

Así debe proceder el escritor; sin debilidad y sin 
vanos alardes, frente a las críticas de los que no son ni 
serán nada; lo más que puede hacer es concederles la 
limosna de una sonrisa. 

¡ Pobres seres sin fortuna ! 

Para que iodo les falte, les faltan hasta enemigos. 

Tal vez un día reconozcan su error. Ya no podrán, 
acaso, cambiar de ruta. Se encontrarán vacíos de todo. 
Sólo les quedará un océano de palabras sin sentido que, 
en vez de hacerlos gloriosos, los cubrieron de ridículo. 



Manuel Benavejíte. 



Pavsandú. 



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CRÓNICAS DE ARTE 



La exposición de Manuel Rosó * 

El incansable y ardoroso artista Manuel Rosé, se 
presentó este año, no a muy largo plazo de su última 
exposición, con un brillante conjunto de cuadros. Bri^ 
liante en dos sentidos, por el esmalte de la luz prima- 
veral que baña sus telas y por la vida y optimismo que 
expresan. 

Este artista en continua evolución, suelto y exube- 
rante, nos sorprende siempre con feus nuevos avances. 
En un período corto de tiempo, de seis a ocho años, 
ha tentado diversas tendencias. Recordémoslas. 'Pri- 
mero, al llegar de Europa, la tendencia juvenil y sen- 
sual, donde palpitaba el deseo de las obscuras y per- 
versas tentaciones; hetairas pálidas y ondulantes, de 
falso carmín en los labios, de ojos luminosos, brillan- 
do en la noche de sus ojeras pintadas como astros de 
perdición. París, París de Montmartre y del Quartier 
Latin. Éter, absintio, opio, cocaína. Paraísos artificia- 
les. Y flores del mal, luces del mal, amor del mal ... 
Después, el aire sano de la tierra barrió parte de su 
snobismo paVisino, Y si en su segunda exposición se 
presentó con extrañas figuras pintadas en la noche — 
no en la pálida noche que encalma los sentidos sino en 
la ' noche excitante y concupiscente — demostró una 
tendencia nueva, el paisaje. Era la revelación de su 



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274 FBQASO 

yo verdadero, encontrado al sedimentíar las enseñan- 
zas del viejo mundo, las buenas y las malas. Una ra- 
cha de naturaleza se había colado en su taller que 
disipando el olor a cocaína lo había arrastrado con 
ella al campo. De ahí nacieron sus hermosos paisajes 
de Las Piedras, con las viejas quintas húmedas y en- 
tristecidas, más cuidadas por las enredaderas que por 
el inconstante amor de los hombres. 

Después viajó. Fué a la sierra alta y siempre vesti- 
da de blanco. Le cautivó la aparatosa decoración an- 
dina, y estudió valles y montañas con el inmenso te- 
lón azul de fondo. Fué su tercera tendencia. '" ■ ' ' 

De allí trajo el entusiasmo regionalista que hoy pre- 
ocupa al artéríoplatense. Y pintó gauchos, indios, car 
ballos de plateado apero, ponchos brillantes, lujosos 

mantos. -; ' ■ , ¿yr;c,::..^j:, .,. ^ ]:'.-. -■■■.:..[_■■ 

Hoy nos ofrece la última muestra de su nueva 
tendencia: el campo, amplio, fecundo, humaijizado, no 
como paisaje, áino como valle del eterno trabajo. 

Nos complace detenemos en el cuadro titulado **Las 
dos yuntas", que manifiesta esta última tendencia, la 
más honda y la más intensa. Si en sus anteriores en- 
sayos consiguió triunfar, sus triunfos fueron de pin- 
tor. Dio complacencia a nuestra ansiosa retina; sn 
cuadro de hoy nos da, además, la complacencia espi- 
ritual. Va de la plenitud de la naturaleza a la plenitud 
de la vida trabajadora, desposeído de literatura, de 
modas y de teorías. Va a ver, a comprender, a amar; 
después a comunicarnos su amor. Su comprensión no- 
es estática, desde un punto de vista de curioso o dile- 
tanti, sino energética, dinámica. Su espíritu concibe 
contagiado de la sabia lección campesina. Y sus arte- 
factos de artista adquieren así el valor de herramien- 
tas de trabajo, como el hacha que abate, como el pico 
que rompe, como la hoz que siega. Su lenguaje resulta, 
impregnado de viril filosofía, pues ha puesto su espí- 



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yo verdadero, encontrado al sedimentar las enseñan- 
zas del viejo mundo, las buenas y las malas. Una ra- 
cha de naturaleza se había colado en su taller que 
disipando el olor a cocaína lo había arrastrado con 
ella al campo. De ahí nacieron sus hermosos paisajes 
de Las Piedras, con las viejas quintas húmedas y en- 
tristecidas, más cuidadas por las enredaderas que por 
el inconstante amor de los hombres. 

Después viajó. Fué a la sierra alta y siempre vesti- 
da de blanco. Le cautivó la aparatosa decoración an- 
dina, y estudió valles y montañas con el inmenso te- 
lón azul de fondo. Fué su tercera tendencia. 

De allí trajo el entusiasmo región alista que hoy pre- 
ocupa al arte ríoplatense. Y pintó gauchos, indios, ca- 
ballos de plateado apero, ponchos brillantes, lujosos 
mantos. . . ! 

Hoy nos ofrece la última muestra de su nueva 
tendencia: el campo, amplio, fecundo, humaijizado, no 
como paisaje, sino como valle del eterno trabajo. 

Nos complace detenemos en el cuadro titulado **Las 
dos yuntas", que manifiesta esta última tendencia, la 
más honda y la más intensa. Si en sus anteriores en- 
sayos consiguió triunfar, sus triunfos fueron de pin- 
tor. Dio complacencia a nuestra ansiosa retina; su 
cuadro de hoy nos da, además, la complacencia espi- 
ritual. Va de la plenitud de la naturaleza a la plenitud 
de la vida trabajadora, desposeído de literatura, de 
modas y de teorías. Va a ver, a comprender, a amar; 
después a comunicarnos su amor. Su comprensión no 
es estática, desde un punto de vista de curioso o dile- 
tanti, sino energética, dinámica. Su espíritu concibe 
contagiado de la sabia lección campesina. Y sus arte- 
factos de artista adquieren así el valor de herramien-^ 
tas de trabajo, como el hacha que abate, como el pico 
que rompe, como la hoz que siega. Su lenguaje resulta 
impregnado de viril filosofía, pues ha puesto su espí- 




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•; CRÓNICAS DE ARTE 27& 

ritu en actitud de trabajo; y mientras el arado insis- 
tente abre la tierra endurecida, su pincel graba una 
parábola que preocupa nuestra reflexión y nuestra 
simpatía, al igual endurecidas. 

Vibra la verdad de la planta y de la bestia, junto a 
la verdad del hombre. Del inmenso paisaje que se ex- 
tiende a nuestros ojos nos vienen fuerzas vitales j 
percibimos, no música, ni color, ni harmonía, sino un 
ritmo fuerte y obstinado que penetra todo el ser. Es 
el ritmo de la vida prolífica, en el perpetuo surgir de 
la tierra, en el inevitable declinar sobre la' tierra. 

Por la pasión comunicativa y agitadora, el cuadro 
tiene virtudes de himno. Himno de color al trabajo. 
Trabajo proficuo, del sol con la planta y con la fruta y 
con el césped ; el sombrío trabajo de la tierra, el humil- 
de trabajo de la "boyuna yunta" y después el sabio tra- 
bajo de la humana yunta. Podríamos decir himno del 
surco, desde que todo se ofrece abierto como un sur- 
co : cielo brillante, surco de lu2 dorada ; gleba ne- 
gra, surco de misteriosa evocación; el lejano arroyue- 
lo, surco de fresca linfa; y la boca jugosa de la hem- 
bra, surco rojo donde se abre como una flor la blanca 
sonrisa consoladora . . . Una música vieja ronda nues- 
tros oídos. Y recordamos el canto de Carducci al buey 
que él amaba tanto : 

**T'amo 6 pió bove e mite un sentimento • ', 

Di vigore e di pace al cor m'infondi 
O che solenne come un monumento 
IGuardi i campi liberi e f econdi 
O ehe al giogo inchinandoti contento ■■ 

L'agil opra delPuom grave secondi. ? 

Ei t'essorta e ti punge, e tu col, lento 
Oiro de pazzienti occhi rispondi. ' f 

\ Dalla larga narisce uraida e ñera í 



{^Z'-\ 



■576 PEGASO 

Fuma il tuo spirto, e come un inno lieto | 

II muggio peí sereno aer' si perde. I 

E nel grave occhio glauco entro l'austera 
dolcezza si rispeecliia ' • * I 

II divino del pian, silenzio verde. 

J 
Silencio verde, silencio húmedo, perfumado de paz 

campesina, silencio que abre nuestro espíritu cerrado 
por la hipocresía urbana. Silencio verde que nos pe- 
netra de calmas virtudes rurales. Después, el diálogo 
se entabla naturalmente. Hablamos con el varón fuer- 
te 5^ con la dulce compañera; ellos nos dicen cómo se 
llaman sus bueyes y los hacen personajes, familiares 
en las ingenuas anécdotas: nos cuentan de sus siem- 
bras, de la lluvia y del sol. . . Y al abandonarlos, guar- 
damos del campo como un leve murmullo purificador 
para cuando entornamos los ojos, más tarde, vueltos 
a la inquietud aprisionadora de nuestras casas. , 

A través de todas las tendencias ensayadas por Ro- 
sé, se puede encontrar siempre al artista lleno de 
emoción 'y de optimismo. La unidad de su tempera- 
mento se adivina siempre. Cerebro latino, luminoso, 
comprensivo, no busca de perderse por intrincadas 
sendas de refinamiento y de quintaesencia. Su mane- 
ra de pintar acusa una envergadura hispánica en su 
carácter. Tiene ese lujo y esa facilidad — a veces fatal 
facilidad — con que pintan los pintores españoles. Las 
telas nacen sin retoques, aun vibrando de ardor. Y la 
vehemencia "con que las ha realizado, se comunica fá- 
cilmente al público. Es como en la oratoria, cuando la 
nerviosidad del discurso sacude al auditorio. En la 
pintura, que no vibra en sonido sino en color, se co- 
munica de igual modo el calor de la creación, se co- 
munica y se renueva a la distancia de su creación. Hay 
cuadros que se miran serenamente; otros, llenos de 






' . CRÓNICAS DE AETE 277 

pasión; otros, como consejas; otros, como arengas. 
Los cuadros de Rosé son cantos. Cantos de sol, de ju- 
ventud, de wda. Nos recuerda a otro vibrante intér- 
prete de la naturaleza a plena luz, a Sorolla y Basti- 
da. Nos lo recuerda por la espontaneidad de su pin- 
tura. Eosé tiene, como el pintor valenciano, ese frene- 
sí infantil de fijar en la quietud de la tela lá continua 
inconstancia de la vida. Y si se ha acercado al maes- 
tro, no ha sido por influencia anterior, ni por precon- 
cebido estudio. Es una modalidad psíquica semejante, 
quizás producto de raza o de herencia. Los dos eligen 
los temas amplios, luminosos, lozanos. Y he ahí 
la esencial característica de Sorolla, como de Rosé: la 
lozanía de su arte. Nada de tesis, de procedimientos 
rebuscados, de hondas filosofías, de amargas máximas. 
La salud de esa pintura tiene algo de natural, tradu- 
cida en belleza y en colores brillantes. Y los cuadros, 
llenos de luz en la semiobscuridad del salón, parecen 
madurar como frutas, destilando la mi^l dorada de su 

jugo. 

Por esa modalidad no hemos visto triunfar a Rosó 
en la pintura decorativa. Sus ensayos regionalistas 
eran interesantes fragmentariamente, como retratos, 
como actitudes, como verdad. Pero el efecto harmó- 
nico, unificado, no estaba conseguido. Y no creemos 
que triunfe, pues no tiene Rosé la imaginación creado- 
ra para los grandes ritmos y las sabias sinfonías de 
color. Su estética nace de su visión objetiva, que no al- 
tera la naturaleza; tiene verdad, emoción frescura, 
transparencia, y el campo y las personas van al lienzo 
tal cual son, unos brillantes de color, otros claros de 
psicología. Encuentra la vibración armónica de la na- 
turaleza, no la vibración superficial y fu^az, sino la 
honda vibración que agita toda cosa organizada. Y 
cuando altera la verdad del paisaje, en algunas telas 
de Córdoba hechas demasiado de recuerdos, o cuando 



278 PBGASO ^^ 

dispone esas grandes sombras violetas y esos árboles 
floridos para concluir los primeros planos de algunos 
de sus cuadros, notamos en seguida la receta o el ar- 
tificio usado. 

Con estas virtudes espirituales, esta facilidad de 
amor y de comprensión, ese optimismo lozano y viril, 
en frente al agro abierto y ubérrimo. Rosé va a cons- 
tuituirse en el inspirado exégeta de la labor capapesi- 
na. No lo decimos a título de consejo, pero sí de adivi- 
nación. Creemos que el crítico debe descubrir en el ar- 
tista las tendencias en las que habrá de triunfar defi- 
nitivamente. Porque cuando el temperamento es recio 
e. insistente, pese a críticas y a consejos, la personali- 
dad cristaliza de una sola manera. Este determinismo 
vocacional es ley ineludible para los grandes cerebros. 
Los cerebros menudos viven en continua incertidum- 
bre y en continuo tanteo, hoy con una escuela y ma- 
ñana con otra, presos de la novedad y sin hallar nun- 
ca la única novedad, la que se esconde dentro. 

Por eso creemos que Rosé ha sentido la fuerte 
atracción del campo. Es el campo renovador, fuerza 
positiva en contra de la fuerza negativa y disolvente 
de la ciudad ! ¡ Es el campo que inspira al suave Millet, 
enamorado del Ángelus campesino, y a Segantini, el 
montañés, cautivado por las ariscas cumbres y por los 
blancos rebaños! Es el campo, escenario amplísimo 
para el eterno drama repetido y siempre igual, de la 
renovación de la vida. El que cuida los ancestrales 
gestos de la ancestral faena por la cual perdura y cre- 
ces églogas y en las viriles geórgicas. Y su voz, vinien- 
de de los siglos idos, la repite hoy como un eco el que 
siega la dorada mies, el que corta el perfumado raci- 
mo, el arriero de las mansas bestias, el pastor, ¡ay! sin 
su caramillo. Se trasmiten sin cambiar, pasando por to- 
das las épocas y por todas las comarcas, los ritmos y las 
actitudes remotas. La lucha porfiada del hierro, hoy co- 



gRÓNICAS DE ARTE 279 

mo hace siglos. La simiente igual y nueva, cayendo 
de una mano igual y nueva, Jioy como hace siglos. 
La blanca leche, la dorada miel, la fruta olorosa y el 
pan blanco o moreno, hoy como hace siglos. Y el hom- 
bre, paciente, ordenador, vigilante, conquistando, hoy 
como hace siglos el alimento para el hambre insaciable 
de la urbe. Los animales en cortejo secundario ayu- 
dando, como las bestias, la labor del hombre, o espiri- 
tualizándola, como los pájaros. Las horas cambiando 
el tinte de los amplios fondos que pasan del alentador 
ópalo matutino a la sedante amatista del tramonto. 
Los meses distribuyendo los grandes actos : primavera 
de verde remozamiento ; verano de roja fecundación; 
invierno, de gris espera; otoño de amarillento des- 
canso . . . 

Ante este drama ineluctable de la vida se ha insta- 
lado el espíritu amoroso y comprensivo de Rosé. Su 
gran cuadro, grande de naturaleza y de humanidad, lo 
ha puesto al unísono con la inquietud de la hora. Ha 
encontrado la emoción y la verdad fecunda, donde es 
posible hallarla siempre, en la inmensa grey de traba- 
jo; la que alegre vive a cielo abierto, custodiada por 
los astros, la que se entristece en el opaco taller, con- 
sumida por la máquina. Y dio prelación a la primera 
grey porque se mueve en plena naturaleza, porque se 
decora de todas sus riquezas y se purifica en todas sus 
fuentes; porque crece en lozanía y virtud sin defor- 
maciones físicas ni morales; porque, mansa, bañada 
de pálido sudor, cumple la bíblica sentencia, no ya co- 
;3no condena, sino como ley inmanente de la vida. 

C. A. Herrera Mac Lean. 






GLOSAS DEL MES 



Paz y Guerra 



Ha coincidido la reunión de paz convocada por el 
Presidente Harding, en Washington, con la aparición 
del libro alemán "La inevitable guerra entre el Japón 
y América del Norte", por Federico AVencker, 

Como se trata del reverso de la medalla, la lectura 
de este libro nos provoca comentarios y reflexiones con 
las que llenaremos este mes las páginas de nuestro glo- 
sario. 

Afirma el autor que las guerras pueden predecirse 
casi tan matemáticamente como les eclipses, y para 
un futuro próximo augura esta nueva catástrofe hu- 
mana. La guerra americano-japonesa por el predomi- 
nio del Pacífico, es cosa, en efecto, que se ve venir, y 
que, a no ser por una enérgica* reacción de las. masas, 
sucederá fatalmente. 

Muy concienzudamente estudia el señor Wcneker el 
proceso histórico, la situación actual de estos dos paí- 
ses y todas las circunstancias geográficas y políticas 
que los lleva de modo irremediable al choque guerre- 
ro. Para él no será sólo una guerra de dos países ri- 
vales, sino de razas y de religiones: será. la lucha por 
la predominancia del amarillo y del blanco, de Budhá 
V de Cristo. ' 

Con tal motivo, el autor se burla un poco de la creen- 



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GLOSAS DEL MES 281' 



c^a en la paz definitiva que se suponía iba a consoli- 
darse después de la última bárbara hecatombe, y hasta 
teje una especie de ditirambo a la guerra, no ya en el 
sentido de Marinetti, para quien ella era el más entre- 
tenido y completo de los sports, sino afirmando que es 
el estímulo más fuerte de la cultura y el arte, el En- 
gendrador (así, con mayúscula), "el padre de todas 
las cosas", como la llamó Heráclito, *'un miembro de 
la divina ordenación del mundo", según la palabra de 
Moltke y concluyendo por sostener con Nietszche que 
la guerra ha realizado mayores cosas que el amor al 
prójimo. 

Como se ve, el espíritu prusiano y la filiación mili- 
tarista del autor no pueden ponerse en duda ; quien así 
habla no está al lado seguramente de los actuales re- 
vólucioflarios germanos; es un patriota, un naciona- 
lista antiguo, que ve de buen grado la proximidad de 
esa ^traordinaria contienda, porque "será simultánea 
con el preludio de una mejor época para el pueblo ale- 
mán y, al mismo tiempo, el comienzo de su palinge- 



nesia." 



La verdad es que los pueblos parecen no haber 
aprendido nada, no obstante los padecimientos inena- 
rrables sufridos en la última tragedia: ahí están igual 
que antes, con las mismas ansias de expansión y pre- 
dominio, con los mismos conceptos ancestrales sobre 
la patria y el honor, mirándose con idénticos recelos. 
A no ser en la vilipendiada Rusia bolcheviqui, no se ha 
visto un esfuerzo neto de reacción, un deseo real y ge- 
neroso de cambiar la vetusta organización del mundo, 
por lo que puede decirse que la humanidad ,no ha dado 
un solo paso, a pesar de la sangre millonariamente 
vertida, en el sentido de su mejoramiento moral y su 
concepto del hombre. 

La reunión provocada por el Presidente liarding, 
para disminuir los armamentos, sólo ha servido para 



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282 



PEGASO 



revelar la cantidad de prevenciones con que se miran 
las grandes potencias hasta ayer aliadas. Por otra 
parte, la paz no vendrá de arriba, de los gobiernos; 
sino de abajo, de los pueblos; vendrá por educación de 
las masas solidarizadas y cuando éstas sepan impo- 
nerse. Lo demás no dejará de ser sino escenas de tea- 
tro diplomático, es decir, artificio, papel pintado. 

Desgraciadamente, pues, estamos de acuerdo con el 
autor en su escepticismo sobre la paz perpetua, pero 
esto lo decimos, no en elogio y justificación de la gue- 
rra, sino con dolor, como la expresión de una verdad 
trágica que exterioriza el estancamiento de la con- 
ciencia humana y la necesidad de rejuvenecerla en su 
concepto sobre el destino de los hombres y las nacio- 
nes, convenciéndola de la inutilidad de los sacrificios 
sangrientos, de la estupidez de los imperialismos, de 
que, al fin y al cabo, el blanco, el amarillo, el mongol, 
son exactamente iguales, miserables y fugaces habi- 
tantes de la tierra. 

No es posible seguir a Wencker en todas sus con- 
jeturas; muchos de los hechos en que ve la prepara- 
ción silenciosa para esta futura hecatombe, nos pare- 
cen juzgados con demasiada sutileza; pero el libro es 
bueno y merecería ser ampliamente difundido, a pesar 
de su desorientación ideológica, porque revela clara- 
mente un estado de cosas verdadero, cuya modificación, 
los pueblos de los dos países están en el deber de rea- 
lizar. 

José María Delgado. | 

La comida mensual de la 
€ Editoria l Pegaso » 

Con igual entusiasmo y el mismo prestigio de las 
anteriores, realizóse el 20 de diciembre la tercera co- 



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GLOSAS DEL ICES 285 

mida mensual de la ** Editorial Cooperativa Pegaso". 

Fué una sencilla y grata fiesta, de la que la prensa 
diaria dio destacada crónica, y de la que, como en los 
números anteriores, queremos recordar someramente, 
citando de paso a los comensales, reunidos en amable 
hora al calor de ensueños afines. 

' Presidió .la mesa, Alberto Zum Felde, qu€ acaba de 
obtener ruidoso éxito con su libro ' * Crítica de la litera- 
tura uruguaya", y ocuparon asiento a- su alrededor, 
el doctor Asdrúbal E. Delgado, Presidente de la Edi- 
torial, Ismael Cortinas, diputado nacional y dramatur- 
go de enjundia, Alberto Brignole, José María Delga- 
do, Vicente A. Salaverri y Telmo Maiíacorda, de la 
redacción de Pegaso, 

Estaban adheridos, además, y faltaron por impre- 
vistas causas, Jorge Mitre, Santín Carlos Rossi, Car- 
los César Lenzi, Alberto Lasplaces, José Pedro Be- 
llán, Francisco Alberto Schinca, etc., etc. 



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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 



"La inevitable guerra entre el Japón y la América del Norte". — 
Por Federico Wencker. — Traducción de Andrés González Blanco 
y Enrique Buiz de la Serna. — ^Editorial Cervantes. — ^Barcelona.-^ 
1921. - 'I 

(De este libro nos ocupamos "in extenso" en la sección "Glosas 
del mes", adonde remitimos a nuestros lectores). 

"Huerto Maternal. "—Por Julio J. Casal.— Madrid.— 1919. 

Amor de padre, amor doméstico, de infinita ternura y de gracioso 
afán, alegre y triste a la vez, por tanta ingenua risa y tanto can- 
dor opaco, refleja este volumen una poesía férvida, que no se parece 
a ninguna otra poesía. 

No es un libro para los hijos niños, sino un libro de padre que 
ama entraiJablemente a sus hijos. Y como el amor en (¡malquiera 
de sus formas, siempre está lleno de tristeza si es perfecto, — ^he 
aquí que el libro que debió ser, acaso, jardín de infante? bajo los 
cielos claros, — se ha tornado en rimado y serio huerto que las nubes 
ensombran y los pájaros atardecen 

Dulce y bellísimo homenaje a la compañera de su vida, este libro, 
no en tanto, complace el espíritu, aun de aquellos que ignoran el 
calor misterioso que brota en las almas al conjuro de los hijos. 

No en valde, hemos tenido, después de su lectura, que refrescar 
largamente nuestras manos en el agua fría. . . — T. M. 



"Cincuenta' y seis poemas". — Por Julio J. Casal. — ^Madrid. — ^1921. 

En el tomito elegante de este último envío de Casal, hemos en- 
contrado ya mucho de lo que auguró nuestro corazón, cuando ano- 
tamos el recibo de "Humildad". i 

Trátase de un hermoso libro de versos, lleno de dulce y suave 
poesía, transparente y fácil, breve y personal. Versos que tienen 
colorido de mantón español, suavidad y dulzura de sentimientos,, 
diáfana y rítmica melodía. . . 

Citar, analizar, elogiar cualquiera de ellos, obligaríanos a fao de- 



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NOTAS BIBLIOGRÁIICAS 285 

jar ninguno en el olvido, porque el dominio de las musas está j-a 
conquistado por Casal definitivamente y con todas las característi- 
cas de una personalidad. 

En la finura extrema de sus líneas^ en el matiz moderno de su 
estrofa, en la consonancia clara de sus versos y en la fantasía sutil 
de sus imaginaciones, Julio J. Casal tiene sones desconocidos y 
brillantes, graciosos y tiernos, que nos dan de pronto la sensación 
de encontrarnos ante una turba alígeft^ y vocinglera de pájaros 
nuevos, — amarillos de oro y' rojos de rubí, — que saltan y cantan con 
gracia matinal entre las ramas verdes del gran árbol de la poesía... 

Dicho está con esto, que se trata d'e un poeta de veras, ya que 
logra encantar de nuevo el viejo árbol, tan grande y un poco priste, 
en donde anidaron multitudes de pájaros líricos que hicieron el 
cosmopolitismo y la decadencia. i 

Nos regocijamos de rectificar con ello el juicio antiguo y la pa- 
labra de antes, ^eguros ahora de que el poeta de los "cincuenta y 
seis poemas" es dueño ya de su canción y tiene, con ella, libre y 
amplio el vuelo... — T. M. 

"Madre-Tierra". — 'Poesías por Juan. Burghi. — ^Buenos Aires. — 1921. 

La poesía bucólica tiene en el señor Burghi un galano y apasio- 
nado cultor. 

Elogia este libro el surco fresco, la bestia inocente, el hombre 
rústico, el árbol florido y todo lo que, de un modo o de otro, vive 
junto al seno generoso y noble de la madre tierra. 

Motivos viejos, pues, y ya exaltados superabundantemente por la 
lírica de todos los tiempos, no obstante lo cual el autor consigue 
darles una vestidura nueva y, a las veces, muy personal. Casi todos 
sus poemas se ^ leen, na sólo deleitados por la magia musical del 
verso, que el autor maneja con mucha destreza, sino también por la 
novedad de la idea, la fresca ingenuidad del sentimiento y la sen- 
cillez de la expresión. Así le dice al duraznero que alegra el patio 
de su tfasa: "Yo, por ti te quiero, porque eres un árbol, — y también 
te quiero por tu flor graciosa: — el cariño mío no es utilitario. — Todos 
te queremos... Si tú te secaras — ¡qué triste y vatio quedaría el 
patio . . . ! — J. M. D. 

Memorias de un amargado. — ^Por Alberto Romero. — Santiago de 

Chile.— 1918. 

El autor de este libro ha de ser indudablemente muy joven y muy 
bueno (lo primero es así: nos lo dice el prologuista; lo segiimio lo 
deducimos de su alocada ingenuidad), y no ha encontrado aún 
en la vida su lugar de ubicación. Por eso su' espíritu ha sentido 
dolores irreales y llora desgracias para él ya casi irreparables. 

En párrafos entrecortados y ^erviosos plantea situaciones nebulo- 
sas, estados de ánimo vagos e imprecisos, casos de conciencia y con- 
flictos (ía causa de qué?), que dejan al lector desorientado. 



\ 



j-^VU. 



■¿ii6 FBOASO 

Nosotros hemos leído todo el libro esperando sentir algo de lo' 
que el autor ha querido decirnos; pero confesamos humildemente . 
que no lo hemos conseguido. 

Será quizás para el próximo. — ^A. B. 

■ . ) ' ^ 

"Antología general de poetas líricos franceses". — Traducción en verso ^ 
por Fernando Maristany. — Editorial Cervantes. — Barcelona. — 
1921. i 

Pocas obras poéticas de una tal importancia como ésta, se pueden 
indicar entre las últimas publicaciones españolas del año. 

La compilación es numerosa y selecta, la traducción es acertada, 
y -pura, el conjunto y el detalle cuidados ton raro esmero. Desde Or- 
leans y Villon, en 1400, hasta/ la Condesa de Noailles, Paul Fort y 
George Diihamel en 1900, toda la selva lírica francesa canta en estas 
páginas y renueva sus graciosos y exquisitos matices, donde la poe- 
sía tiembla como una estrella en la noche azul, o «se alborota como 
una bandada de pájaros en el jardín matinal. 

Ya dijimos alguna vez que sólo el amor puede traducir sin trai- 
cionar los poemas escritos en extraños idiomas. He aquí que Maris- 
tany ha hecho su labor con tal empeño, que se olvida a veces el ca- 
rácter que tienen esas páginas, y, el lector cree tener ante sí, un. 
libro extraño, donde una sola voz tiene cien voces con cien almas 
distintas, vibrando en seis épocas centanarias. 

No faltan ni sobran entre los elegidos para este parnaso francés. 
Hasta en este detalle, se destaca fuertemente la obra de Maristany, 
poeta y crítico. 

No hemos de terminar nuestro acuse de recibo, — sintético por fuer- 
za de espacio, — sin señalar también el hermoso estudio de Alejandro 
Plana sobre la poesía francesa, con que se abre el libro y se pre- 
sentan los cien poetas galos allí reunidos. ' 

Cinco siglos de poesía y la misma permanencia de alma, exquisita 
y pura como ninguna, se desplazan ante nuestro horizonte, con esta 
magnífica ventana abierta hacia Francia... — T. M. 

Cartas de Bolívar.— 1«23-1824-1&25.— Notas de Bufino Blanco Fom- 

bona. — Editorial América. — Madrid. — 1921. 

He aquí un libro interesantísimo que contribuye eficazmente a la 
historia y grandeza de Bolívar, que es la grandeza histórica de 
América. 

Copiosa documentación correspondiente a la anarquía peruana del 
año 23, a las batallas de Junín y, de Ayacucho del año 24 y a la 
fundación de Bolivia en el año 25, llenan las cuatrocientas páginas 
de este volumen. 

Algunas de las cartas del Libertador estaban ya publicadas en 
Lecuna, OTjeary, Villanueva o Larrazábal, pero la mayoría de 
ellas forman el conjunto inédito de los archivos americanos y eu- 
ropeos que el sefior Blanco Fombona ha revisado y copiado con es- 



,./■ 



NOTAS BIBUOGBÁFICAS 281 

crupulosidad amorosa, que bien denota su admiración profunda por- 
el grande hombre de América. 

Las cartas de Bolívar son de un interés fundamental para el co- 
nocimiento de la independencia americana, pero tienen, además, loa 
caracteres virtuales de ser a veces magnificas piezas literarias o- 
soberbios gritos de triunfo y de dolor, quo abren ante todos los espíri- 
tus, la grandeza luminosa del genio a quien el continente reverencia 
en los siglos. 

El señor Blanco Fombona, cuya labor americanista se acentúa 
con brillantez al frente de la Editorial América, ha realizado una 
importante obra histórica en la ordenación y anotación de estas 
cartas de Bolívar, que están destinadas a ser leídas con fruición 
por todos los hombres del nuevo continente.^T. M. 

"Ariel". "Jacobinismo y Liberalismo". — Por José Enrique Ko- 

dó. — Editorial Cervantes. — ^Barcelona. — 1921. 

Una nueva edición de Ariel y de los artículos de polémica que 
Rodó reuniera bajo el título de "Jacobinismo y Liberalismo", aca- 
ba de lanzar a circulación la Editorial Cervantes. Prologa el libro 
don Kafael Altamira, reproduciendo — "porque después de los mu- 
chos años transcurridos no encuentra nada que rectificar en su 
juicio" — el artículo que escribió en "El Liberal", de Madrid, 
cuando apareció Ariel, al que juzga "el libro más representativo de 
Kodó. " Como apéndice interesante trae este volumen algunas cartas 
que el autor de "Motivos de Proteo" dirigiera a su eminente prolo- 
giaista de hoy, y, otra que, sobre el sentimiento religioso y la crí- 
tica, enviara al señor D. E. Scafarelli. Xos creemos eximidos de co- 
mentar esta obra de Eodó, ya ampliamente juzgada por la crítica his- 
panoamericana, y en virtud de una de las cuales, — Ariel, — según el 
señor Altamira, Eodó subió rápidamente a la categoría de un valor 
universal en el mundo del espíritu. — J. M. D. 

"La relatividad". "Fracaso del Profeta". — Prosas de Amoldo 

Bláy.— ¿Montevideo. — 1921. 

Así se titulan los dos últimos cuadernos que Amoldo Blay edita 
mensualmente . La teoría de la relatividad, sustentada por Erns- 
tein y que parece afirmarse cada día ante el asombro del mundo, le 
sirve, en uno de ellos, para revelar su erudición y tejer sutiles dis- 
quisiciones filosóficas alrededor del tema. "Fracaso del Profeta" 
es una especie de cuento simbólico, novedosamente tramado y be- 
llamente escrito. — J. M. D. 

"Surgente". — Versos de Ortiz Guerrero» Obsequio de la Biblioteca 

Paraguaya del Centro de Estudiantes de Derecho. — Asunción. 

1921. 

Versos son éstos, de bohemia juvenil, de dolor sempiterno, de lun» 

romántica y de azul purisimo. 



ií-I,rv; f 



-.TT; • 



. \ ' 



288 



FEOASO 



Como tales, tienen sus formales virtTides y sus defectos esencia- 
les. Pero más que todo, — aun más que la influencia notoria de 
Darío, — se señala una cosa en este manojo desigual de flores y fru- 
tos paraguayos. 

Queremos referirnos al retraso del poeta en la hora actual, cosa 
que seguramente proviene de su encierro en Villarica, donde el 
dolor le acicatea alma y cuerpo, con esa manera desgarrante y tur- 
badora que anula el tiempo, el espacio y el eco. 

Quiera Dios concederle el alivio ]>reeiso y pueda él, dominar con 
brío y amor los pegasos selváticos que piafan y brincan en su tie- 
rra de trópico. — T. M. 

■ . • ■. . r 

"Nociones de Literatura general". — ^Por Alejandro Andracje Coello. 

—Quito.— 1914. 

Como libro de texto, este libro es amplio, generoso y humano. 
Hay páginas interesantes, algunas demasiado extensas, otras rela- 
tivamente someras. No es un libro nu«vo, en el justo sentido de 
esta calificación, ¡jorque después de CoU y Vehí, Campillo, Oyuela, 
Menéndez Pelayo, etc., muy pocas cosas, nuevas pueden hacerse como 
texto de literatura. Sin embargo, Andrade Coello ha modernizado 
la materia con capítulos novedosos, que aunque pueden podarse y 
ampliarse, — según y cómo, — no dejan de interesar y hacer fácil y ame- 
na su lectura. 

Nuestros estudiantes tienen en el texto del profesor ecuatoriano 
un luminoso auxiliar, que les va a servir de consulta y dfe estímulo, 
porque reúne este libro las condiciones de erudición y de entusias- 
mo capaces de motivar esas dos tendencias del espíritu. — T. M. 

"Poemas íntimos". — Por Augusto Arias K. — Quito. — 1921. ' 

Es exquisito este poeta joven de la moderna selva lírica ecuato- 
riana. Estos poemas confirman nuestro juicio anterior y dan la 
justa idea del rimar cuidadoso y del ensueño sutil de Augusto 
Ariaa. 

Fuerte, emotivo, puro, aristócrata, rubendariano en el más noble 
sentido, lleva una pena oculta que nadie ha de quitar... Brindamos 
a su juventud florida los más bellos ramos del mirto de la espe- 
ranza. . . — ^T. M. 



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Coojiefak MMú UwA "Fep" 

Para la protección y difmiión del libró uruguayo 



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Presidente: Db. ^drúbal E. Delsádo 



Acaba de lanzar sus primeras obras: 

"LA PRINCESA PERLA CLARA" 
Comedia feérica de José María Delgado 

«INQUIETUD" 

Poesías de Luisa Luisi 

" LA MUJER INMOLADA " 
Novela uruguaya de Vicente A. Saltfverri 

«LOS POETAS SÁLTENOS" 

Estudio critico de Telmo Manacorda 
"AGUA DEL TIEMPO" 

Poemas Nativos de Fernán Silva Valdés 



Pida estas obras en las librerías. Toda gestión, por 
carta a la Gerencia • 

8 DE OCTUBRE I20.-Montev¡deo 

Representantes en la Argentina: Agencia General de Libre- 
ría y Publicaciones, Rivadavia 1573 - BUENOS AIRES 



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PEÜASO 



lomo talo.x. tii'iU'ii mis l'niiiia'u's \ iit'i.Ios y Siis ili'li'iios i>st'UL-i;i 
li's. I'i'io UKis iiiii' tolo,— aiiii mjf. tjuí' la iiilliu'iu'ia iiüloria de 
l>aiiü.^ 5io si'íiala una eosa i'ii esto manojo ilfsigi;al di' lloros y iiu- 
tos iiara¿;uayos. 

l¿iK'ri'iuos rol'oririios al retraso del i'oeta eu la hora ai-tual, eosa 
ijiu' soj;iiiaim'nte pio\ ¡ene di' su eneierro en Nillaiica, donde el 
doloc le aeii-atea alma y L'Uei-i'o. i-oii esa manera desgarrante y tur- 
l)adora qin' anida el tiempo, el esjiac-io y el eeo. 

(i)iiiei;i !'i(.s eoMii'dei le el alivio l'reciso y ¡nu'da él. .lomiiiar eon 
brio y amor los ['egasos sel\ áticos (¡lU' [datan y l>riueaii i'ii su tie- 
lia di' t ii)|iiro.— -T. M. 

'•Nociones de Literatura geueral". — l'or Alejandro Anlrade Coollo. 
— C^uito. — li>14. I 

Como libro de texto, este libro es amplio, generoso y humano. 
Hay páginas interi'santes, algunas demasiado extensas, otras rcla- 
ti\anuMite someras. Xo es un libio iii;e\ o. en id justo sentido de 
esta lalitieaeiiMi. ['orque después de Coll y \'ehí-, t'ampillo, Dyuela, 
Menéndez l'elayo. ete.. muy ¡loeas eosas nuevas pueden liaeerse eoniu 
texto tle literatura. Sin embargo. Andrado Coello ha modernizado 
la materia eon ea[>ítnlos novedosos. i|ue aunque jmedeu ¡lodarse y 
an\¡ üaise, — según y rumo, — no de.ian de interesar y l.aeer táiil y ame- 
na su lectura. 

-Nuestros estudiantes tienen en el texto del piofesoí' ecualoriant) 
un luminoso auxiliar, que les va a servir de consulta y ilt> estímulo, 
[lorque reúne este libro las londiidones de erudiidón y de entusias- 
mo capaces de motivar esas dos tendencias del espíritu. — T. M. 



"Pcemas íntimos". — Por .\ugusto Arias 1». — Quito. — lOiM. 

Ks exquisito este poeta joven di- la moderna selv.a lírica ecuato- 
liana. Estos poemas lonfírnian nuestro juicio anterior y dan la 
justa idea del rimar luid.-idoso y del ensueño sutil de Augusto 
Aria!<. 

Fuerte, emotivo, jmro. arist(H-tata. rnbendaiiano en el más noble 
sentido, lleva una ¡lena oculta que nadie ha de ijuitar. . . Brindamos 
ri su juventud florida los má.< bellos ramos dtd mirto de la osjie- 
ran/a. . . — T. M. 



Cooperativa Eltorial Liinitaia "Pep" 

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Monitorio Eduardo Ii., Daymán 1387. 
García Luis Ignacio, 18 de Julio 1246. 
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Oaviglia Luis O., 25 de Mayo 569. 
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Barbaroux Emilio, Hotel "La Alham. 

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Blenglo Bocea Juan, Juncal 1363. 
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MendíTil Javier, Convención 1523. 
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PéTes Petit Víctor, Agraciada 1754. 
Fraudo Carlos M., Juncal 1363. 
Bodrígues Antonio M., Hincón 638. 
Cavlglia Buenaventura, Burgués 125. 
jjlovet Ernesto, A. Chucarro 18. 
Maldonado Horacio, 25 de Mayo 511. 
Scbinca Francisco A., Mercedes 826. 
Del Castillo Serapio, Paraguay 1267 
Frugoni Emilio, 18 de Julio 979. 



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Foladorl José, Constituyente 1719. 
Infantossi José, Cuareira 1323. 
Ohlgllani Francisco, Uruguay 1884. 
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Scoseria José, Maldonado 1276. 
Mler Vel&zquez Servando, Continua- 
ción Agraciada 136. 
Toscano Esteban J., Uruguay 881. 
Caprario Ernesto, Uruguay 1223. 

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Vázquez. 



18 de Julio 



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Crónicas de arte 




Glosas del mes 


Un viaje en el tren del Norte, por 




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Juan Carlos Bernárdez.— Bene- 
dicto XV, por Telmo Manacorda 




Notas bibliográficas 


Memoranda de Revistas 


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INSTITUCIÓN J)KL KSTADO 



i CAJA DE AHORROS 

Abona por los depósitos el 6 V2 "/o anual 

Invierte los depAUtos por cuenta de los ahoneistas, en "Títulos Hi- 
potecarlos", los cuales al precio actual, reditúan un interés mayor de 
6 o|o anual. 

í<os intereses de esos "Títulos" se pagan trimestralmente el i.« de 
Febrero, el 1.° de lÉayó, «1 1.' de Agoeto y el 1.° de Noviembre de 
cada afio. 

Los "Depósitos", mientras no se inviertan en Títulos, y éstos con 
el "Oupén" corriente, si la inversión ya se ba becho, pueden ser re- 
tirados parcial o totalmente, en cualquier momento. 

Hace préstamos con la garantía de los Títulos depositados y paga 
los "Oupones" por adelanti^o, mediante un pequeño descuento. 

Entrega alcancías para el depósito y guarda de los «üiorros pequeños. 

Los depósito* tienen la garantía del Estado, «demis de la del Banco. 

Les "Títulos Hipotecarlos" se emiten stdamente contra la garan- 
tía real de bienes inmuebles, urbanos y rurales. 

Las libretas que entrega, contienen las ccmdidones de la operación. 

CALLE IVl ISIONES, 4 429, 4 435 y 4 439 



9:-^'C^-^^\'l 






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Banco de lit Repl^bl^a ^rici^ai^ ^1 U^nguiiy 

InttitaoidB dl«l É>te<Ío 
fMMi pir ley <( 1 3 ft Nirii u 1I9S i rulát pir to Lq.lii<iiitfti( II ft ^M H 1911 



Om» Gpatral: Oal^ liábala «tqaiaA Cenito 
Cl|i <• AlMTit 'Mmé^*- ikntii <• iiítit lAffÁS t PllZ(^Ft)l 

ka«U U eMU4a4 <• $ I.OM 

El Banco" recibe esUr clase de depósitos eb la iCasa Central y en 
lodos sus dependencias, que son las siguienles: ^ ; 

AGENCIAS: 

Aguada: Avenida Geíaeral Rondeau esq. Valparaíso.— Paso del 
Molino: Calle Agraciada 963:— Avenida General Flores: Avenida 
General Flores 2266.— Unión: Calle 18 de Julio 205— Cordón: 
Avenida 18 de Julio 1650, esq. Minas. 

CAJA ÜARISNAI. BK AB0U08 1 9ÉSiCVt»tW, Coloal» M4. Ci«d««»l» 

817CUR8ALK8 
Km todaa'Ui eayitaleí 7 pvbUdaaM i»portaatn d« !•■ 4eMrtaai«atoi. 

Hpnurio de las dependencias de la capital: *de 10 a 18 v de 14 a 16.— Los SáUtdos de 10 a 12. 

' La aicáneta ea I» llave dé> ahorro domásti- 
eo.— Deposita Vd. DOR PESOBj.ün el acto 
se le entregartl, GRATÜITAlIKMTE, nna AL-, 
OANGIA rerrada con llav<>, qfuedando esta 'la- 
ve guardada ea el Banco. Esos DOS PESOS 
SON SVYOS, t*>i*>> interés y puede Yd. re- 
tiiartos en cualquier manentü, devolviendo la 
Alcaiicfa. : ^ 

Una ' ves al ^es, o cuando lo crea oportuno 
presenta Vd. la Alcancfo, la que *e abre a sn 
vista j se .le devuelve cerrada después de re- 
tirar él din'Vro que contenga y acrrditArselu en 
su cuenta. Los saldos del dinero as( deposita- 
do, ganarán el 6 '/o de interés hasta la suma 
de I 1.000. — Las cantidadi-s -mayores de $ 
1.000, no gaudrtln interés por el ezcvso. , 

El Banco ba resuelto también, establecer Li- 
bretas de Caja de Ahorros a Placo Fijo (n ven- 
cer cada seis meses). Para esta clase de epe* 
raciones se ha tijado el interés de 4 1/2 % 
hasta la suma de í SO.OOO. 

El Estado respcnde directamente de la emi 
sión, depósitos y opcracioues que lealice el Banco, (ort. 12 de la ley de 17 de Julio de 1911). 




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AL LECTOR 



Por dificultades de la casa impre- 
sora, aparece recién el número de 
"PEGASO" correspondiente al mes de 
Enero último. - Trataremos de regu- 
larizar la salida de la revista en el 
más breve plazo. -^ 



... .^ 






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Banco de la República Oriental del Uruguay 

Institución del Estado '' 

fuük nHviU MkmtuU II9S yrfiM* iir la Iq Oniíita i( 17 « Jill«4f 1911 




Casa Ceotral: Calle Zabala esquina Cerrito 

Ci|i U Ahorros - Alcincíis - Likrotis do Cá)i do AWros i PIizq Fijo 

liOt depósitos «M Cajft de Ahorros Ale»ncia, gosui del l^teris do S «/o 
.'"' ' kssU U caotidkd de $ l.OÚO 

El Banco recibe esta clase de depósitos en la Casa Central y en 
lodiis sus dependencias, que son las siguientes: 

agencias: rv-'-n^ :-,...,. :^,t. 

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General Floros 2266.— Unión: Calle 18 de Julio 205.— Cordón: 
Avenida 18 de Julio 1650, esq. Minas. 

CAJA NACIONAL RK AH0RB08 Y DESCUENTOS, CoIobU esq. Cliidodela 

SUCURSALES 
En toda* Iss capitales y poblaciooes tmportaates de los departaMeatos. ' ~ 

Horario de las depondi^iic-ias de In capiínl: 'de 10 a 12 y de 14 a 16. — Los Sábados de 10 a 18. 

I^a ulcancta es la llave del ahorro domesti- 
co.— Deposita Vd. DOS PESOS y eii el acto 
se le eiitregiirí, GRATUITAMENTE, una AL- 
CANCÍA cerrada con llave, quedando esta Ma- 
ve gnardada eu el Banro. Usos DOS PESOS 
SON SUYOS, gallan interés y puede Vd. re- 
tiiarlos en cualquier ui«iiiento, devolviendo la 
Alrancfa. 

Una ver, al mes, o oiiando lo crea oportuno 
presenta Vd. la Alcancía, la que se abre a su 
vista y se l« devuelve cernida después de re- 
tirar el dinero que contenga y iicredilfirselu en 
su cuenta. Los saldos del dinero as( deposita- 
do, ganartin el 6 "/o *}<> i> lores hasta la suma 
de $ 1.000. — Uis cantidadi'S mayores de $ 
1.000, no ganarán interés por el excfso. 

Kl Banco ha resuello también, establecer Li- 
bretas de Caja de Ahorros a Plaxo Fijo (a ven- 
cer cada seis meses). Pai-a esta clase de ope- 
raciones se ha fijado el interés de 4 1/2 "/„ 
h.ista la suma de $ !X)ÁKIO, 

El Estado respcndc directnratnte de la emi 
sión, depésitos y oporiuiones que lealice el Banco, (nrt. 12 de In ley de 17 de Julio de 1911). 



•ilS;.. 






AL LECTOR 



Por dificultades de la casa impre- 
sora, aparece recién el número de 
"PEGASO" correspondiente al mes de 
Enero último. - Trataremos de regu- 
larizar la salida de la revista en el 
más breve plazo. 



:.(.„ .• . •^- 




• EGA SO 



REVISTA MENSUAL 



MONTEVIDEO 



DIRECTOKES: Pablo «le Grecia-José María Dclcadc 



Eierode 1922. 



V 43— JIM Vil. 



JUAi\ J()8E- ILLA MORENO 



Nuevamente debemos enlutar las páginas editoria- 
les de Pegaso en homenaje postumo a un poeta ami- 
go, muerto a la hora en 
que las primeras cenizas 
del otoño dan la madurez 
interior, el equilibrio, la 
conciencia exacta de las co- 
sas y la libertad espiritual 
necesaria para modelar los 
bronces definitivos. 

El movimiento modernis- 
ta encabezado en América 
por Darío estaba en su pe- 
ríodo álgido, cuando Juan 
José Illa Moreno se enroló, 
— con la fe y el apasiona- 
miento de su juventud, — en 
la victoriosa caravana re- 
volucionaria. El numen de 
Julio Herrera y Reissig, 
en lo alto de la Torre de f 
los Panoramas, vibraba 
entonces en todo su esplendor; era el maestro, el cau- 
dillo, alrededor del cual se apiñaban las púgiles vehe- 
mencias y las ansias renovadoras de los jóvenes ini- 
ciados. 




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=*: 



290 



PEX3A80 



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En €ste grupo, que tanto lustre ha dado a la lite- 
ratura nacional, Illa Moreno consiguió destacarse ne- 
tamente. En "Rubíes y Amatistas", su libro inicial, 
surgido en esa hora, la crítica no pudo menos que re- 
conocer la presencia de un poeta de inspiración fina, 
dominador de la forma, "admirable por sus poesías 
prismáticas ", por sus versos "sutilmente pensados 
y orfébricaménte cincelados", como lo expresara Pa- 
blo de Grecia en su valiente conferencia sobre el de- 
cadentismo en América. 

Pero, casi junto con el júbilo de su primera victo- 
ria, sintió la injuria del destino adverso, que acaba 
de poner término a su vida. Así herido, el poeta si- 
guió, no obstante, cantando hasta la muerte; mas la 
lira que debía ser entre sus manos instrumento tau- 
maturgo, voz hinchada de rebeldías, sólo pudo ser un 
lánguido beleño, expresión de caducas esperanzas, 
plegarias melancólicas de paz. I 

En noviembre último, junto con una carta en la 
que nos anunciaba, muy escéptico ya, su salida de la 
ciudad en procura de alivio para sus males reagra- 
vados por el invierno, nos envió aquellos versos ti- 
tulados "Laxitud dolorosa" — su último poema qui- 
zás — que Pegaso publicó ese mismo mes. 

Es acaso el empalme del país de la Muerte 
Este, sendero oscuro en que he venido a dar, 
Y uno sigue a despecho, como en un río inerte. 
Sin poder hacer alto, ni al destino llegar. 



Hay una hipocondría tan honda en el paisaje 
Que todo no nos habla ya más que de morir. 



Y el afán hondo y fuerte de otrora se quebranta. 
¡Oh, quién pudiera un día tan sólo descansar!.. 



V-^: 



>.,'.•■ 



JUAN JOSÉ ILLA HORBNO 291 



Gritos arrancados al corazón por la proximidad de 
la muerte, entrevista a través de sangrientos desga- 
rros corporales; ahora que el poeta es ido, cobran 
también una imprevista majestad patética. 

La defección de su naturaleza, la carne triste, im- 
pidieron a Illa Moreno realizar su quimera artística; 
nú pudo adelantarse en el escenario hasta diseñar 
netamente un perfil y adquirir el derecho de ser mi- 
rado como un factor diferenciado y dinámico en el 
desenvolvimiento de nuestra poesía. Armoniza ad- 
mirablemente, su voz resalta por la pulcritud, la lim- 
pieza, el pulimento; pero dentro del coro, en medio, 
aunque ennobleciéndolo mucho, del canto unánime. 

El Destino no lo quiso de otro modo. Y esto lo de- 
cimos sin amargura ni reproche. Creemos que lo que 
es y lo que no ha podido ser, obedece a razones supe- 
riores, ignoradas por el hombre, y que nada se pier- 
de en el terreno espiritual como en el físico. De todas 
las altas esperanzas defraudadas, de todos los nobles 
caminantes que se extraviaron, de todas las naves, 
lustradas de gallardetes y pabellones, hundidas de 
repente en el mar, tal vez se integre, en la sombra del 
génesis, la humana apoteosis del genio. 



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RÉQUIEM 



Eti la tumba de Juan José \ 
Illa Moreno. ¡ 



Frente al estnche fúnebre, 

Mi aflicción 

Encueva mi palabra. 

(Vértigo del cerebro en mtestro corazón). 

Hagamos de los labios ?m nudo \ 

Rojo y negro de silencio en dolor, 

{El labio se desdice, 

No tal el corazón). • . 

Hacia el hueco con astros ' 

Y a la deriva 
Como iba 

Su canción, .' 

Se ha resuelto. \ 
Su canción que a dos labios y a siete voces fuera 

El envés de su carne teñido de amargor. ¡ 

Sólo tíOs resta, 

j 

El vinculo invisible de su alma a la estrella, \ 

(Celeste per vivencia ingenuamente blanca), 

Y echarnos a soñar 

Que van las nueve Piérides hacia las nueve Náuticas. 






RÉQUIEM 



293 



La fe, la esperanza y la caridad 

Diéronle su cardinalidad. 

Virtuosas carabelas de un muMdo interior 

Que circunnavegando su vasto corazón 

Rodearon un sol. 

¡La más gloriosa heroica circunnavegación! 

¡Sueño de cada uno, 

Suya realización! 

Con él: un recuerdo que se cala en el alma 

Y una ^angustia implacable dentro del corazón. 



Luis Alberto Fern'^ández. 



Enero 23-922 



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^ -««'ir... .-It^i" 



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CANTO A JUANA DE IBARBOUROU 



Juana de Iharbourou: tienes mucho de árbol 
Tú misma me lo has dicho con tu voz sin igual; 
Juana de Iharbourou, tienes tanto de humana 
— Juana de Iharbourou — como de vegetal. 



Juana de Iharbourou, que te atas las crenchas 
Con un gajo de sauce flexible de humedad; 
Juana de Iharbourou, ráfaga de salud 
Soplando en la planicie yerma de la heredad. 



Juana de Iharbourou, eres árbol que canta, 

Pajarülo hembra, ave y criatura^ 

Nota de frescura 

Puesta en la garganta del amanecer; 

En cada rincón tuyo debes tener un nido 

Por eso en cada nido hay algo de mujer. 

Juana de Iharbourou, voz antigu^i y moderna; 
Grito de inocencia sin tiempo ni, edad: 
¡Lección de juventud; 
Lección de castidad! 



Maravillosa estatua' sin nudo y sin escudo 
Como mi voz en el momento de cantarte, 
Tu desnudez es casta como una obra de arte, 
Tu desnudez es casta iguM a un pie desnudo. 



# 



¡Í^'■./J 



M 



CANTO A JUANA DE IBABBOUBÚ 



29b 



Chingólo, chingolito: en la primavera, 

Luego de besarte con tu compañera. 

Vuela hasta la casa de la juventud 

A juntar con él pico, para construir tu nido, 

Hebras del cabeUo lacio y renegrido 

Be Juana de Ibarbourou. ' ' 

Feenán Silva Valdés. 



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EL ROMANCE DEL CORNETÍN 



■ ■ ^ 



Realmente, no se es lo que se lía querido, sino lo 
que se ha podido. General, marino, acróbata, todo 
había soñado ser Diman, menos lo que era: afilador 
ambulante. 

Su destino se resolvió por casualidad, como la ma- 
yor parte de los destinos. Una tarde encontró a un 
viejo afilador empujando su carrito. Era un hombre 
provecto, y aquella tarea, sui>erior a sus fuerzas, le 
hacía silbar el pecho opresoramente. Diman le ofre- 
ció su ayuda, un poco por lástima y otro poco por 
ansia de novedad; el viejo la aceptó encantado. Esa 
misma noche, al separarse, se dijeron hasta mañana. 

Se asociaron, pues, en el negocio. Diman hacía la 
parte puramente mecánica: arrastrar el carrito y ha- 
cer girar la piedra; el viejo se reservaba la tarea ar- 
tística: tocar el cornetín pregonero y sacar filo a las 
tijeras, cuchillos y navajas. El oficio, al principio, 
disgustaba un poco a Diman; pero, luego, comenzó a 
encontrarle lados verdaderamente sugestivos: tales la 
música del pequeño cornetín y el diluvio de estrellitas 
doradas que brotaban del duelo de la piedra y el 
acero, chisporroteando entre las barbas albinas del 
viejo. J31 cornetín, sobre todo, lo encantaba; y es que, 
en realidad, el viejo solía arrancarle notas tan ex- 
traordinariamente expresivas, que se le entraban por 
el oído como palabras. ¡Y las cosas que le solían de- 
cir ... ! 

Naturalmente, Diman pronto tuvo la tentación de 



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',:'[" . EL ROMANCE DEL CORNETÍN 297 

tocar también aquel aparato mágico. Le parecía la 
cosa más sencilla del mundo: soplar por un extremo 
y tapar y destapar, a libre arbitrio, cuatro agujeri- 
tos. He ahí todo. Enorme fué su desilusión cuando 
llevó a la práctica su fórmula. En vano estuvo una 
hora soplando y moviendo los dedos: sólo sonidos 
agrios, confusos, emanaban del caño.- Era, pues, ne- 
cesario otra cosa, que el muchacho inútilmente trata- 
ba de comprender, para que el cornetín le entregara 
el secreto de sus virtudes. 

A todo esto, el viejo fué claudicando de tal modo, 
que pronto no pudo moverse del lecho. Por fortuna, 
ya el muchacho había aprendido todas las intimida- 
des del oficio, de manera que el negocio no se resintió 
«, no ser en su parte filarmónica. La mano más firme 
de Diman, su mayor potencia para mover la piedra, 
pronto dilataron la fama de su pericia. Esto y la be- 
lla presencia de sus diez y ocho ^ños, celosamente 
suspirados por las mozas, aumentó enormemente la 
clientela. Los bolsillos de su blusa regresaban todas 
las noches opíparos de monedas a vaciarse en las ma- 
nos del viejo; pero éste no hacía caso de ellas, las 
apartaba con un gesto de menosprecio y ansiosamen- 
te le pedía al muchacho el cornetín. 

Temblábanle ya mucho los labios y los dedos; pe- 
ro, con todo, pronto el aparato empezaba a hablar en 
aquella forma hipnótica que subyugaba a Diman. Cla- 
ro veíg, éste que el anciano se extraviaba al son de la 
música' por tierras infinitamente distintas de la que 
pisaba. Cuando una estridencia o el agotamiento lo 
traían al dominio de la realidad, quedaba sorpren- 
dido como un sonámbulo bruscamente despertado. 
Largas horas se pasaban, el viejo recostado en los al- 
mohadones, el muchacho sentado al borde de la cama 
y los sonidos envolviendo como en una bruma feéri- 
ca las dos almas. A veces el viejo rompía de golpe 
aquella bruma. El aparato se le caía de los labios, y 



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• 



» 






298 PEGASO • . 

un pesado silencio le doblegaba la cabeza. Diman en- 
tonces, dolorido por aquella súbita rotura en donde 
parecía haberse estriado no sé qué íntimo cristal, so- 
licitaba al viejo que repitiera lo que acababa de tocar; 
pero éste jamás podía complacerlo, porque la música 
le brotaba de una fuente sin memoria y parecía hecha 
justo y sólo pata el instante en que la emoción la ha- 
cía surgir. 

En vano Diman seguía obstinado en averiguar por 
qué aquel cornetín no podía ser en su boca más que 
un manantial de ruidos pregoneros, y era en la del 
viejo una fuente de voces semejantes. 

Pronto la vida iba a descifrarle ese misterio. En 
quince días, y de modo repentino, Diman perdió a su 
padre y a su madre. Fueron sus primeros grandes 
dolores. Durante una semana, atontado por la rudeza 
del golpe, no pudo entenderlo bien; pero, súbitamen- 
te, cuando vio que en un carro se llevaban al remate 
los muebles familiares y anduvo sólo por el hogar 
vacío, apuró de un trago su orfandad y le saltaron las 
primeras lágrimas verdaderas de su vida. 

Fué menester ir a vivir con el viejo afilaxior y acos- 
tumbrarse a pensar que ya no podría sostenerse más 
que en sí mismo. **Hay que ser hombre", se decía, 
tratando de defenderse de su pena, pero el muchacho 
tenía un alma romántica y pronto aquélla fué adqui- 
riendo! caracteres anormales. Como abstr.aído iba 
por las calles haciendo girar el carrito. Se olvidaba 
de tocar el cornetín, por lo que la clientela quedaba 
ignorante de su pasaje y los bolsillos de su blusa va- 
cíos, Y aunque él buscara el amor, y éste lo atisbara 
a cada paso, se lo impedía ver la melancolía, puesta 
como un cristal negro y pertinaz delante de sus ojos. 

Así, enfermo de desesperanza y de imposible, llega 
un día a la orilla del río. Abandona su carrito, se sien- 
ta sobre una roca, pone los codos en las rodillas, la 
barba entre las manos y deja caer los ojos en el agua. 



^ ' ';'■ EL ROMANCE DEL CORNETÍN 299 

Mira su imagen reflejada en el río y, poco a poco, 
nota que ésta va adquiriendo la fisonomía del viejo 
afilador. Y ve que las manos se alargan y revolotean 
desesperadamente en el espacio, como buscando un 
apoyo . . . ¡ nada ! Aguza el oído, como si quisiera es- 
cuchar una voz... ¡nada! La mirada, poblada de sú- 
plicas, inquiere el vacío ... ¡ nada ! En todo el ám- 
bito nada más que soledad y frío, un frío que hace 
temblar las manos y las lleva a buscar el abrigo del 
bolsillo. Allí palpan el cornetín, y como inspiradas 
repentinamente, con él vuelven a la boca. Toca el mu- 
chacho y el alma se le transustancia. Todo lo qué ha 
perdido y lo que anhela, surge no bien lo implora. 
Arde a su lado la leña doméstica. Custodia su madre 
la sopa familiar. El viejo afilador corre con las pier- 
nas completamente deshinchadas. Vibra la alegría vo- 
cinglera de los amigos. Y, allá en un íntimo rincón, 
dos ojos negros y enormes lo aguardan sobresatura- 
dos de ternura . . . 

Diman no se ha apercibido de que la gente se ha ido 
agrupando a su alrededor. — ** Tocas admirablemente*', 
— le dice un hombre palmeteándole la espalda, y el mu- 
chacho se despierta sobresaltado como el viejo cuan- 
do Je rompían el hilo de su música, y advierte que 
tiene en sus labios el cornetín y una dulce fatiga en 
la yema de los dedos. 

Así Diman encontró el secreto que andaba buscan- 
do y esa misma tarde, cuando el viejo le pidió el cor- 
netín, en vez de dárselo, se recogió en sí mismo, se 
sumergió en su dolor, y empezó a tocar. El anciano 
lo escuchó estupefacto, y cuando terminó le (^ijo 
afectuosamente: '*no creas eso, muchacho, eres toda- 
vía muy joven. Sólo será necesario que cambies de 
vida." 

Pero Diman no quiso saber de nada y puede decir- 
se que desde esa fecha no tuvo más que dos amores: 
el viejo y el cornetín. En vano las mozas seguían es- 



.f-.'.' 



^ 



300 



PEGASO 



piándolo ardorosamente, ahora con más imperio, des- 
de que cierta mueca de desdén y cierta noble palidez 
se le habían estereotipado en el rostro. 

Todo lo que apetecía estaba dentro de aquel caño 
maravilloso; no era necesario más que cerrar los ojos 
y soplar. Por los pequeños agujeros brujos el alma se le 
iba en aire. De esto él no se daba cuenta, pero la mu- 
jer, en tal materia muoho más erudita que el hombre, 
debía adivinarlo bien pronto. Naturalmente, Isabel, due- 
ña de los ojos más pillos y grandes que se hayan visto, 
fué la primera en descubrir la razón misteriosa de 
los desaires del muchacho. Y, desde luego, pensó en 
apoderarse del cornetín. 

La piedad no es el amor todavía, pero no hay cosa 
que esté más cerca de él. Esto no lo ignoraba Isabel, 
y resolvió explotar su sabiduría. 

— ¿Usted es bueno, Diman? 

— Creo serlo, Isabel. 

— ¿Sabe que estoy gravemente enferma? 

— No parece. 

— Sin embargo, me muero a breve» ténnino. . a 
menos que usted no lo quiera. 

—¡Yo...? • 

— ¿Me sentiría usted mucSo? 

— Naturalmente. 

— ¿Sería capaz de ayudarme a curar? 

— Sería. 

— ¿Aunque tuviera que sacrificar algo suyo? 

—Sí. 

— I Aunque ese algo fuera su . cornetín ? 

— ¡Ah, eso no!; lo necesito para el trabajo. 

— Y yo para curarme, Diman. 

Isabel puso en sus ojos toda la cantidad de melai^- 
colía posible, los fué acercando lentos, hasta fundir- 
los casi en los del muchacho, y luego, poniendo en la 
voz el tono más femenino de la súplica, le dijo: 



I 



" , ' • ' EL BOMANCE DEL> CORNETÍN VtA 

— ¿Sería usted tan perverso que me dejara morir 
por un cornetín?... 

No, no era posible* eso, a menos de tener el corazón 
de piedra; y el muchacho, venQÍdo, le entregó el cor- 
netín. , ,* !l 

Isabel se acurrucó contra su pecho. 

— iSabe, Biman, es que yo había ofrecido a la vir- 
gen su cornetín como un voto. ' * 

El muchacho estaba trastornado. La apretó entre 
sus brazos e instintiva y locamente echó a andar, em- 
pujando su carrito. 

— I Por qué pasa tan silencioso, Diman ? . . . Detén- 
gase un poco. ¡Si viera qué ganas tenemos de oírle 
hoy ! . . . 

Así le suplicaban las mozas, recostadas melancóli- 
camente en las puertas y las ventanas. Pero Diman 
pasaba de largo sin mirarlas y marchando frenética- 
mente, a la ventura, como si quisiera atontarse con la 
fatiga. No vio encenderse los faroles, no vio cerrarse 
las puertas, asustadas con la píesencia de !a noche. 
Iba como una sombra perdida y encandilada por las 
tenaces llamas de dos pupilas negras y enormes, 
exactamente iguales' a las que se le aparecieron en el 
río. 

De pronto se sintió golpeado por un bulto negro y 
móvil. Cayó al suelo, sin sentido. Cuando se levantó 
la luna menguante estaba en el medio del cielo. A su 
luz se vio las ropas destrozadas y la marca del casco 
de un caballo en medio del pecho. En cuanto al ca- 
rrito, era sólo una masa informe, junto al cordón de 
la vereda; de la gruesa piedra de afilar, no quedaban 
más que cuatrfl o cinco pedazos inservibles, 

Diman palpó en toda su vastedad el horror de aque- 
lla catástrofe; pero, rápidamente, tuvo una idea ní- 
tida de su deber. Muy varonilmente, pues, corrió en 
busca del viejo, decidido a explicarle la desgracia y 
su firme propósito de repararla. 



# 



M': 



1 ■ 



302 



PBGASO 



Pero una nueva desagradable sorpresa le esperaba. 

— Hijo mío, murmuró el viejo, no bien reconoció su 
presencia, te aguardaba con angustia. Mi corazón ya 
no da más. , ¡ 

— Iré en busca del médico en seguida — repuso Di- 
man, comprendiendo por la palidez y la anhelación 
del viejo la inminente tragedia. 

— Es inútil, afirmó el anciano. Sólo una cosa neee- 
sito para morir en paz: oir el cornetín. 

El muchacho quedó perplejo e iba ya a maldecir la 
hora en que había hecho el sacrificio de darlo, cuan- 
do, contra su voluntad, el pensamiento se le desvió y a 
no ser porque la ruidosa y desesperada fatiga del 
viejo lo trajo a la realidad, se hubiera quedado un si- 
glo mirando fijo la imagen de Isabel, surgida súbita 
y luminosamente en un ángulo de la habitación. 

— ^Vamos, suplicó el viejo, ansiosamente. 

Diman tuvo una idea. Abrió la puerta, se sentó en 
el umbral y empezó a silbar, tratando de remedar al 
cornetín. Pero fué en balde, ni consiguió imitarle, ni 
pudo dar a sus sonidos — aunque ferv^orosamente de- 
mandó a la noche, a las estrellas, a las sombras fan- 
tásticas de los árboles — su habitual imperio fascinan- 
te. El fuego fijo de las dos pupilas, no sólo le hacía 
perder el gobierno de sus acciones, sino la fuente de 
la inspiración; y el viejo, que en un gran esfuerzo se 
había incorporado para oirlo mejor, movía negativa- 
mente la cabeza y hacía chasquear los labios, desilu- 
sionado. Diman notaba, profundamente triste tam- 
bién, la desolación que su fracaso le producía y, en un 
arranque repentino, se levantó y, a todo correr, em- 
pezó a huir por las calles como un looo, desi)ertando 
a los muros y a los plátanos de sus arrobos lunares. 

Un aldabonazo a media noche es capaz de hacer la- 
drar por una hora a todos los perros de la vecindad; 
milagro fué que los que frenéticamente diera Diman 
en la casa de Isabel, sólo a ésta despertaran. 



'# 



' EL ROMANCE DEL CORNETÍN 303 

Grave, hermosa y apenas cubierta -^por un manto de 
lana, la niña apareció en la puerta. No hubo asombro 
en ninguno de los dos, el episodio pareció cosa natu- 
ral y presentida. Diman narró todo con serena urgen- 
cia. — "¿Usted tiene todavía el cornetín, Isabel, o será 
preciso irlo a buscar ahora mismo y aunque tenga que 
asaltar la iglesia, al altar de la, virgen?" 

Por toda contestación la muchacha entreabrió un 
poco el manto y le mostró el cornetín sujeto por una 
cadenita al cuello, y como extasiado sobre la blancu- 
ra del peoljo. Rápida, luego, se lo desprendió y lo pu- 
so entre las manos de Diman. Pero únicamente el 
diablo sabe la fuerza adhesiva que tiene un celado 
cornetín puesto a media noche y en circunstancias 
tan solemnes, entre manos enamoradas; el caso fué 
que los muchachos quedaron materialmente anuda- 
dos y que, sin quererlo, o mejor dicho, sin sentarlo, 
echaron a correr en esa forma hasta la casa del viejo, 

Isabel se arrodilló junto al lecho del moribundo, el 
cual ya tenía la vista muy confusa, y al verla creyó 
en la resurrección del ángel que había custodiado su 
infancia y al que el escepticismo y la sabiduría de la 
madurez habían abandonado sobre un campo de hie- 
lo, con las yugulares abiertas. v . . 

Era, pues, cierto lo del paraíso; y como para con- 
firmar más esa idea, Diman, sentado en el umbral de 
la puerta, mirando las estrellas, empezó a solicitar al 
cornetín, y éste respondió exaltándose en una efu- 
sión lírica tan extraordinaria que el muchacho quedó 
oyéndolo absorto, convencido que era el hálito de otro 
el que estaba soplando por su boca y hacía hablar al 
aparato de aquel modo maravilloso. 

Súbitamente el dolor, la tumidez, la fatiga desapa- 
recen, y ágil, casi aéreo, el viejo se siente danzar con 
energías adolescentes alrededor de la sombra de Isa- 
bel. Ahora ésta es mucho más que un ángel: es la 
forma concreta y al fin poseída de todos los amores 



¿^* 






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^ • 



304 PBiQASO 

que la vida le negara. Y he aquí que al abrazarla, la 
imagen se convierte en humo, un humo de color ám- 
bar, tan sutil que apenas empaña la transparenciri del 
aire, y que, al ser movido por sus brazos, se alarga 
en mil espirales, envolviéndolo, transustanciándulo, 
en una niebla tenue que asciende lentamente. El vie- 
jo mira hacia abajo y ve que lo que obliga a ascender 
a aquella niebla es, en realidad, un abanico inmeaso 
de alas, en el que cada pluma era una nota de laíi que 
el huérfano dolor de su vida había ido derramando 
por los agujeros de su cornetín... ♦ 

Diman en ese momento tenía los ojos puestos or. las 
cabrillas del cielo, y de pronto vio en medio de eFias 
al viejo afilador, sonriendo, en las barbas chispo ¡ro- 
teándole un diluvio de estrellitas doradas. Isabel lo 
tocó suavemente en el hombro y con un emocionado 
estremecimiento en la voz le dijo: "el viejo acaba de 
morir". 

— "Ya lo sé, respondió el muchacho, está en medio 
de las cabritas." 

El cadáver tenía tal expresión de placidez que no 
se animaron a tocarlo. Era imposible, frente a la 
aureola de éxtasis en que parecía diliyirse, albergar 
una sola idea amarga. Los muchachos se sentaron so- 
bre el baúl, muy juntos, las rodillas tocándose, calla- 
dos, en una divina demora ... 

Ouando llegó el día ya todo se lo habían dicho. 

El amor colmado, la seguridad del refugio, quita- 
ron pronto a Diman la máscara melancólica, dándole 
ese aspecto* de hombre fuerte y alegre, acaso un poco 
cargado de grasa, que todos vemos recorriendo dia- 
riamente las calles tras su carrito de afilador y pre- 
gonándose al son de un cprnetín. Pero éste ahora sólo 
sirve para anunciarlo de un modo ruidoso y simple; 
el antiguo cornetín ha quedado definitivamente mudo, 
e Isabel se lo muestra a los hijos como una reliquia 



"% 



£L ROMANCE D£Xi COBNSTÍN 



305 



W ♦ f 



en otros tiempos milagrosa, a la que fué imperdona- 
ble falta no haber enterrado con su dueño. 

Esta idea ensombrece también el corazón de Diman, 
por lo que nunca va a aéostarse por la noche sin riii- 
rar largamente a las cabritas ... 



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José Mabía Deloado. 



m.-á.(. 



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Ti^si, 



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AMANECER 



A la eximia Juana de Iharbout'ou- 



Feria fantástica-. 

En invisibles hilos 
Escarzan los nipones farolillos 
Como inquietos lunares; 
Hay en el viento giros de guitarras 

Y las manos temblantes de la brisa 
Aligeran surS leves panderetas; 

La Dama Blanca despereza sus trenzas 
En la sombra. . . en tanto el día, 

Esponjoso faisán^ 
Esparce el abanico de su cola 

Y en un arranque de dorados bríos 

Ahoga la fiesta. . . 



CRETONA 

M I 

Cretona de carne pompadour 
Con florones sangrientos 
Y lacitos Luis XV. 
Es alma de un diván 
De suntuosas visiones, 
Donde prende el ensueño 
Llamitas de colores. 



I 



■ > 



CRETONA 






307 



Presta muelle tapiz 
A un real gatito gris 
Con ojos de esmeralda, 
Y refleja el jardín 
En mi breve sandalia. . . 



r 



M. C. IZCÚA BARfeAT DE MuÑOZ XiMÉNBZ. 



1-5-1922. 



\ 



La distinguida poetisa Izcúa Barbat de Muñoz Ximénez, publicará 
próximamente un libro de versos con el título de "Bonete Azul". 
Con sentimiento propio, con alma férvida, con un sentido nu«vo j 
personal, — ^he aquí otra voz femenina que llegfi... 

"Pegaso" depone en su saludo esta reverencia de mirtos esperan- 
eadoB. 



^■^ 



i > -' 



, .fv . .• 



agonía 



(José Marta Delgado). 

In quálche parte il di, che smuore vía, 

Deve lasciare un'anima: si senté 

L' "Addio" di qualche cosa in quest' ambiente 

Píen di crepuscular malinconia, 

V'ha certo, presso quest' anima mia^ 
Un angol di dolor, dove palíente 
Fronte si curvi aW alito innocente 
D'un infantile petto in agonia. 

E tra la bruma palUda e I 'arcana 

Di pianto solitudine vicina, 

11 cor, gemere udendo una campana^ 

Piange — annegato in infinita pena — 
Chissá quál mai pallidezza serena 
Che non potra baciarsi domattvna! 



(Versión de Fo^,co Tbstbna). 



'■* 



'• / 



^•■r:i 



POESÍA NUEVA 



Tus manos desnudas están ahora sohre mi vida, 
¡Qué maravillosa se ha puerto, de pronto, el albal 
Hace un momento, apenas, en los altos pórticos 
de mármol negro de la ciudad de la noche estaba 
con la invisibilidad de un alma. : 

Tus manos desnudas están ahora sobre mi vida 

Ya no seré lo que he sido ciando quería ser 
ese otro tan distinto de aquél 
que conociste, frivolo de vanidades y algo triste 
de nostalgias ... 

— ¿Para qué recordar? 
¡El día es nuestro! 

Estamos solos junto al mar. . . 
Las rocas próximas. . . los arrecifes. . . todo aquí está. 
También la diafanidad ' 

de un romántico cielo antiguo, de esos que se han oU 

[vidado ya. 

— Vamos a pasear 

como dos camaradas alegres y ruidosos 

que aman esta luz cruda en los retiros silenciosos, . 

Nos sentaremos, después, sobre mía piedra dura. 

que así será más blanda la dicha del andar. . . 

Desnuda, alm^, toda tu amargura 

que yo la vestiré de nuevo con la carne de mi ternura. 






I'-Jv 



-■#~ 



■■^■Ti^ 



310 



pBCuao 



Comenoemos . . . qtie siempre es dulce él empezar. 

Todo el ayer ha quedado atrás, 

horrado y oscuro 

como las palabras en las conciencias de los mudos. 

¡Capas de nieve cayeron sobre la tierra de fu^go! 

Eso es todo ... 

Luego 

la luz ha descubierto la miseria de este lodo . . . 

— ¿Para qué recordar? 
Nuestra esperanza sabe mirar 
hacia adelante, siempre hacia adelante... 

¡Alma, alma: yo seré un ardiente amante 

bajo las luces del cielo y entre las aguas del mar! 



Cablos César Lenzi. 



EL AÑO LITERARIO 



Resamen bibliográfico del año 1931. 

No de los poetas que cazan versos con trampa ni 
de los prosistas que enladrillan libros y caminos, he 
de ocuparme aquí, ahora que los días colmaron el nú- 
mero del año y que la tenue emoción del presente ha 
muerto en mis manos enfriadas . . . 

Ellos han sido los más, como en todas las literatu- 
ras y en todos los años, y de ellos es el reino del ol- 
vido primero, y de la polilla después ... 

Las letras nacionales han acrecido sin duda en el 
año terminado, pues, a pesar de las pásulas a que alu- 
dimos, tiene en su haber menos profusión de volúme- 
nes y más calidad de obra que los años anteriores, 
como *si un afirmativo anhelo de avanzar caracteriza- 
ra la labor de todos los tejedores estéticos. 

Vale la pena recalcar el detalle y señalar la fecha, 
cuando ya empezábamos a aturdimos con tanta al- 
garabía sin sentido, y una inquietud de serenarnos 
llenaba nuestro balcón abierto hacia la tarde, en don- 
de muchas veces invocamos para la multitud de nues- 
tros escritores sin relieve y sin pudor, la dicha humil- 
de y gloriosa del obrero, que prefiere despedir los 
días en silencio, puesto de bruces sobre el marco de 
su ventana o escribiendo apenas un nombre de mu- 
jer sobre los vidrios empañados . . . 

De 1920 sólo un gran libro quedará: me refiero al 
** Criterio fisiológico", de Santín Carlos Rossi, claro 



-'-■■• i. 



312 



PSQIBO 



y fino talento mortalmente preocupado por el bien y 
por la creación, no por el éxito ni por la gloria. De 
1921 pasan varios libros al catálogo perdurable que 
puede mostrar a los ojos extranjeros una dignificante 
y bella labor de patria. Hay, sobre todo, un volumen 
erudito y fuerte, — "Crítica de, la literatura urugua- 
ya" — de Alberto Zum Felde, que merece los honores 
de la consagración. Son trescientas cincuenta páginas 
de crítica positiva, levantada, científica, — no digamos 
exenta de calor pasional porque desdichada la obra o 
la vida sin pasión, — pero sí digamos sustantiva y li- 
bre, tanto en sus errores como en sus aciertos. 

El historiógrafo de mañana, el crítico lejano y cu- 
rioso, el estudiante ávido, todos tendrán que venir de 
i aquí en adelante a este libro macizo, cuando de lite- 
ratura uruguaya se quiera tratar. No comparto con- 
cepfos'ni visiones: creo que el autor no juzga como 
debe a Rodó,* más sólido y más grande que lo que él 
cree, tan sólido y tan grande que acaban de llamarle 
en la Universidad de Princeíown ''maestro más que 
Emerson "... Tampoco es enteramente justo su jui- 
cio sobre Carlos Roxlo, de quien olvida atributos vir- 
tuales y ambiente de época, considerándolo Je acuer- 
do con tendencias actuales, para querer destruirlo 
como uña cosa ruinosa, sin recordar la esbeltez de los 
lejanos días ... 

Asimismo, no logra sentir el alma de Horacio Qui- 
roga, más cercana de Kipling que de Hu5^smann, y 
cuyo libro "Arrecifes de coral", que castiga sin pie- 
dad, vale indudablemente, aun después de su hora, 
mucho más que otros que el mismo Zum Felde elogia. 
Esto no obstante, y en razón de justicia, no puedo ni 
debo escatimar alabanzas a la brillante obra cons- 
tructiva de Zum Felde, el más empeñoso y el más só- 
lido de nuestros críticos, cuya obra de futuro, — ya lo 
anuncia la estrella matutina, — está próxima y será 
grande. 



V EL aSo literario 31.'i 

Vicente A. Salaverri, Justino Zavala Muuiz y Fer- 
nán Silva Valdés, se sindican como los autores del 
año que, después d« Zum Felde, han hecho más po- 
sitiva literatura nacional, no en el sentido gaucho de 
este rótulo, sino en el sentido criollo de su ambiente, 
en el paisaje nativo de sus páginas o en la epopeya 
paisana de su emoción. ''Crónica de Muniz" reve- 
ló un escritor joven pero ya maduro, que llega a las 
letras nacionales, grávida el alma de sueños y de pai- 
sajes, que le dan energética intensidad vital y extra- 
ño vigor expresivo. No sé hasta dónde, la personali- 
dad de su abuelo, — el general Muniz, — se destacará 
en el desfile de la historia, sobre todo para cuando 
venga el momento de una orientación estética y cien- 
tífica que dé el justo lugar a las cosas en el despla- 
zamiento nacional, pero ello no importa decir que este 
libro de su vida, vale como una griega placa de már- 
mol puesta en el camino por donde va á^ sombra ro- 
mancesca. Dichosa el alma de los abuelos cuyos nie- 
tos vienen de tierra adentro, no con una vara florida 
que cortaron en el camino agreste, sino con un cincel 
fuerte y antiguo que labra nuevas piedras como los 
petroglif os indianos ... 

Fernán Silva Valdés ha definido una personalidad 
briosa y valiente, escribiendo este año "Agua del 
tiempo", que colecciona sugestivos y originales poe- 
mas gauchos, universalizándolos con un graficismo 
poético extraordinario. He aqlií que su libro de ver- 
sos ha tenido la singular virtud de recoger el alma 
de las cosas nativas, ya un poco apagada por el cos- 
mopolitismo de las voces modernas, y por la urbani- 
zación municipal de las viejas campiñas. El poeta la 
recoge a tiempo y de una manera definitiva en la poe- 
sía nacional. 

Vicente A. Saláverri, cuya fecundidad siempre 
brillante alarma a veces porque no le da tiempo ma- 
terial para secar al sol y al aire sus construcciones, 



.íí:^ 



I- 



314 FBOASO 

publicó este año, aparte Innumerables cuentos y no- 
velas sueltas, ''Cuentos del Río de la Plata" y "La 
mujer inmolada". El primero, desparejo como obra 
apresurada, y el segundo, periodístico en extremo, 
acusan, sin embargo, progresos reales sobre su obra 
anterior, y dejan ver la garra que se afirma, con 
fuerza y belleza, tratando temas gauchos. Con "Cuen- 
tos del Río de la Plata ' ', sobre todo, Salaverri con- 
quista un lugar envidiable en la literatura nacional, 
que cada vez más le atrae a su seno, como una china 
criolla a su amante payador, convencida quizás de la 
penetración sutil de su espíritu y de la infatigable 
manera de su naturaleza, virtudes primordiales para 
quien quiera crearse un novelador de su romance, un 
paisajista de su alma, un enamorado de su epopeya . . . 

Tengo la convicción de que la literatura uruguaya 
va a adeudarle a Salaverri libros formidables, donde 
el romance rural y la tragedia gaucha, digan la sabi- 
duría de la tierra, la voz del campo, la historia del pai- 
sano, el alma del país. 

Horacio Quiroga, incorporado a la vida argentina 
en estos últimos tiempos, coleccionó una serie de sus 
extraordinarios cuentos de la selva y de la ciudad, bajo 
el título de "Anaconda", Persisten en este libro los 
altos valores que han singularizado la obra de Quiroga, 
el más fuerte y el más grande de los cuentistas ameri- 
canos. La sensibilidad de Quiroga tiene a veces un po- 
der único. Lástima que sus genialidades de escritor le 
resten brillantez en algunos detalles cuya importancia 
olvida ... 

La poesía de salón, la poesía lírica, — confidencial y 
clásica, — esa que no tiene edad, a pesar de la grite- 
ría de las gallinetas, — y que tampoco tiene patria por- 
que es internacional, y no se preocupa del carácter 
sino de la eternidad, — sigue conjurando altos espíri- 
tus nacionales que le rinden mirra y miel como en 
todas las naciones y en todas las épocas. Me refiero 
a "La Princesa Perla Clara", de José María Delga- 



' ' ,. EÜ A:Ñ0 UTEEARIO 315 

do, ingenua y bellísima feerie, donde hay un país de 
abanico, con una princesa de dulce nombre que des- 
hoja una flor, y un paje de cora25Ón ardiente, que des- 
hace su vida en una llama azul . . . Castiza, española- 
da sin dejar de ser moderna, tanto casi como una 
** Feria de Sevilla", que trasplantase desde el siglo 
de oro a nuestra edad de hierro un poeta verdadero, 
"La Princesa Perla Clara" concreta valores poéti- 
cos innegables, por cuya virtud su autor adelanta un 
gran p»aso, sin hallar todavía la ruta de su barco em- 
banderado, que aunque ya está fijada por la vibra- 
ción de claros signos zodiacales, aún no se determina 
por la obra en sí . . . 

Otros libros de versos son también hermosa vendi- 
mia del año, y no se pueden olvidar sin injusticia. Al 
decir esto, he citado ** Humildad" y ** Cincuenta y 
seis poemas V de Julio J. Casal, que levanta sus ban- 
deras de colores por tierras 'lejanas, pero que no ol- 
vida nunca la patria. Moderno hasta la inñuencia de 
las nuevas escuelas. Casal tiene, sin embargo, una 
poesía que ya es suya y que podría tildarse de ••■'•a- 
salismo"»... Carlos Sabat Ercasty, ha dado en sus 
"Poemas del Hombre" nna nota fuerte y singular, 
tensa y vibrante, llena de un personalísimo aspecto 
poético que para mí tiene gran carácter, pero que ca- 
rece de las primordiales condiciones líricas. 

Un libro pequeño y triste, que tiene empero un so- 
neto magnífico, y que es la expresión de una vida 
anónima que la muerte dio fin a los veinte años, no 
puede omitirse en conciencia, si se repasa la cosecha 
anual. Ya se sabe que me estoy acordando de "Con 
la luna", de Pablo Aguirrezábal, aquel muchacho pá- 
lido, de mechón en la frente, que cinceló sus versos 
como Benvenuto los botones para la capa de un car- 
denal ... Acaso ignorado todavía por muchos que se 
autoreclaman de eruditos y sabios, esta poesía pura 
de Pablo Aguirrezábal es una copa de cristtii llena de 
luna... 



.?»>■- 



316 



paoASO 



Julio Raúl Mendilaharsu, trashumante y fiuo, nos dio 
este año **Tres poemas", en reducida edición Japón, 
' de quince ejemplares, impresos por la señorita Elvira 
Suffem de San Martín, en prensa de niano, en negro 
y rojo. ¡ Encantadora espiritualidad femenina que gra- 
ba ella misma la canción del poeta, deshilacliada al 
viento de la tarde! Así no podrán perderse en el aire 
estos breves poemas de dulzura nostálgica y de rumor 
marino, que son, acaso, las mejores poesías de Mendi- 
Jaharsn. 

Luisa Luisi con ** Inquietud" y César Lenzi con 
"Poemas", acusan dos temperamentos distintos, que 
no tienen la potencial de los que sobresalen del coro, 
pero que tampoco merecen situarse donde ya la pro- 
cesión se hace promiscua y uniforme. Digo con ello 
que el vuelo no es definitivo, que la música no es per- 
durable, que el surco no es hondo; y digo también, 
no sin confianza, que todo hace esperar sones mejo- 
res golpeados en buen bronce o en cristq,l claro. 

P^o no es tarea de esperanza entrevista, ni crítica 
de valores negativos, la que se propuso mi pluma hu- 
milde al trazar ligeramente estas cuatro pfiginas re- 
trospectivas. Sólo quise hacer una corona de palabras 
eulógicas para poner en la última hoja del almana- 
que, al reverso de la cifra clásica, donde un año ter- 
mina y una bandada de anhelos levanta su vuelo in- 
sostenible hacia la madrugada que anticipa las pri- 
meras claridades. 

Ni un libro de historia, ni un libro de filosofía, ni 
un libro de ciencia, ni un mal texto universitario, te- 
nemos que recordar... >^ 

Ello no obstante, el balance del año es bueno, sin 
ser notable, y nos hubiéramos conformado, acaso, con 
una sola de las principales obras citadas, para decir 
que el año 1921 avaloró en copas de oro el tesoro na- 
cional, ya bien caracterizado, a pesar de los que se 
apuran en cargar los camellos del tiempo con fardos 
en los que «ún no han , puesto nada ... 

Telmo Mauacobda. 






■7 



CRÓNICAS DE ARTE 



La exposición Marqnes Campao 

Es necesario establecer un criterio para el arte que 
nos llega de afuera, ya cuando viene abierto a nues- 
tras simpatías, ya cuando viene ávido de nuestro di- 
nero. Formamos un pueblo de subsfractum cosmopo- 
lita, sin sentimientos ni características regionales de- 
finidas : defecto o virtud de nuestra raza, no vamos a 
analizarlo. El arte es para nosotros, en el plano de 
transición de nuestra cultura, un objeto de lujo. Ob- 
jeto dos veces inútil, por su esencia artística herma- 
na de la esencia del juego inútil, y porque ni aún co- 
mo juego lo necesitamos. Y ha de pasar mucho tiem- 
po antes de que sintainos la sed espiritual del arte, 
como sentimos la sed orgánica por la transparente 
utilidad del agua. El juego supremo de la especie, el 
juego que la inmortaliza y que la acerca a la dorada 
grey de los dioses creadores, el juego que levanta al 
hombre lejos de su mísero rincón — hacia atrás en el 
pasado, hacia adelante en el nebuloso futuro — el jue- 
go esencial para el espíritu cultivado, es hoy para 
"nosotros un entretenimiento falaz, transitorio, livia- 
no. Sólo vale para cierta ''élite" intelectual, que lo 
mira como un "bibelot" o como un ''potiohe" a la 
moda. 

Mantenemos francos, puertos y puertas para todo ' 
lo que nos viene de afuera. Nada fiscalizamos al pa- 









■T-.- 



< 



318 



PEGASO 



sar las fronteras, Pero nuestra mirada vfe en todo la 
mercancía; buscamos la etiqueta y estudiamos su ré- 
clame. Pero si queremos merecer el alto título de 
pueblo cultivado, debemos dignificar nuestra mirada. 
Debemos saber apreciar el contenido y no el envase. 
Debemos formar racionalmente nuestro criterio pata 
saber qué vamos a pedirle al arte extranjero que nos 
visita, cómo vamos a recibirlo y a juzgarlo. No un 
criterio restrictivo y proteccionista, sino un amplio 
criterio de hospitalidad comprensiva para saludar al 
emisario de alta embajada con los ojos sedientos de 
ver >osas nuevas, con el corazón pronto para alber- 
garlas. 

La costumbre corriente, contra la cual vamos a lu- 
char, es la de ser pródigos en elogios inflados de com- 
paraciones hiperbólicas. 

Por criterio hospitalario o por criterio ignaro 
siempre se aplaude en crítica, sin pesar ni razonar las 
virtudes fundamentales. Pero si queremos tener nues- 
tro arte debemos tener nuestra crítica. Y nuestra crí- 
tica implica saber decir lo que se siente y lo que se 
piensa, para el bien de nuestra cultura; implica es- 
cribir sobre un artista, no por lo que habla, sino por 
lo que pinta; implica no divagar retóricamente aje- 
nos a la médula del asunto; implica medir con igual 
justeza el arte que nos llega ufano de medallas y el 
novel arte de nuestros olvidados artistas. 

¿Qué debemos pedirle al pintor extranjero? No vi- 
vimos en un estado de cultura tan elevado como para 
pedir las últimas tendencias artísticas, revolucionarias 
e inciertas. No podemos aceptarle las sobras del arte 
mundial, esa pintura que viaja incansable detrás de 
mercados benévolos. Pero, con espíritu ecléctico, todo 
aquello que nos venga vibrando de verdad, debemos 
oirlo. Ya sea la lejana y blanca verdad de la estepa 
desolada, o la dorada verdad del cálido suelo africa- 
no. Todo lo que respire vida, humanidad, naturaleza. 



CRÓNICAS DE ARTE 319 

Y no debemos discurrir sobre la técnica, vale decir, 
sobre el lenguaje. Estas sutiles disquisiciones, que 
llevan inevitablemente a la decadencia, dejémoslas 
para los círculos b capillas empeñadas vanamente en 
la renovación del arte por los medios. Nosotros pi- 
dámosle a la pintura, sinceridad y emoción en colores. 
Eso por ahora debe bastarnos. 



Hay dos clases de embajadas artísticas, como diji- 
mos al principio: la de aquellos que vienen en gale- 
ras fenicias en busca del precioso metal, y la de aque- 
llos que vienen en blancas carabelas en busca de la 
ardiente simpatía. Más son los otros, menos son és- 
tos. Y halagados colocamos en el último grupo al pin- 
tor brasileño que nos visitara y que nos trajera su co- 
secha de belleza. Cosecha que nosotros, por honrarla y 
por honrar nuestra crítica, analizaremos sinceramente 
despojados de protocolares ponderaciones. 

Marques Campao ha tomado de conjunto <Je 43 te- 
las divididas en dos grupos, paisaje y figura. Nob 
ilusionó al principio pensar que veríamos algo de las 
cálidas y lujosas selvas tropicales, de sus palmeras 
gráciles como mujeres con el cesto de sus dátiles do- 
rados en alto, de las lianas y de los árboles retorci- 
dos, de las razas tostadas y sensuales, de los pájaros 
maravillosos, de las flores enormes, de las frutas opu- 
lentas . . . Mas el catálogo nos borró tal ilusión. Mar- 
ques Campao no es un pintor brasileño; podría ser 
francés, quizás italiano, español también. Su arte no 
tiene personalidad. Y en el sello de su escuela adivina- 
mos la obra despersonalizadora de la gran ciudad. Es 
. el error de estos países nuevos en su exportación con- 
tinua *'de los propios" valores, ya 'sean en especies 
de Indias, ya en almas y cerebros. Cuando estos ce- 
rebros viajan jóvenes, es muy raro que no cambien 



-♦ 



M. 



'^üi; 



320 ' nuuso 

sus fuertes características por las fáciles caracterís- 
ticas de los ambientes europeos. Toman lo superfi- 
cial, una manera artificiosa de ver y de sentir la vida. 

Marques Campao ha tomado en París el lenguaje 
trivial de los pintores de salón, de ese grupo de ar- 
tistas que oreen traducir la vida, arreglándola a su 
manera y haciéndola posar en el taller como un mo- 
delo. Sus paisajes no tienen carácter, no acusan nin- 
guna naturaleza. Tienen el vicio capital de la acade- 
mia: la receta. Y por receta entendemos esa manera 
f> hacer todo igual, todos sus árboles iguales, todos 
sus prados iguales, todos sus cielos iguales. Sin sen- 
sación de verdad, ya se titule el paisaje "El Pan de 
Azúcar", o ya **Una tarde en Leblón", siempre pa- 
recen cuadros del **país de cualquier lugar". D^e un 
país cómodo donde pintan tantos pintores con los 
ojos velados y con las manos ágiles y ligeras para 
expresar, no lo que existe, sino lo que saben hacer; 
que pintan como una distracción agradable y desin- 
teresada, olvidados de la función elevada del arte; y 
que, con trucs y maneras, se limitan a halagar el fácil 
gusto del gran público. 

Es esto lo que nos sugieren los paisajes de Marques 
Campao. Ha cambiado sinceridad por habilidad y 
ha desterrado la emoción de sus telas. Ella no existe 
sin la verdad, verdad objetiva, llena de la vibración 
luminosa de la hora, o verdad subjetiva, estilizando o 
acentuando una impresión recibida. Sólo vemos su 
técnica ágil, nerviosa, febril, amanerada, prodigando 
esas entonaciones engañosas e inconsistentes, de ver- 
des esmeraldas y de cromos tostados para todos sus 
árboles y para todos sus prados. Los cuadros gran- 
des son los que delatan más claramente los artificios 
de taller. No hay ,calidad de árbol, ni de tierra, ni de 
nube. Todo es de igual valor, algodonoso, desleído, 
sin construcción orgánica. Sus formas no tienen osa- 
tura ni nervio. El aire no tiene transparencia, y por 



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GLOSAS DEL MES 321 

la tela no es posible viajar, porque no hay distancias. 
Así, aunque delante nuestro se abra un camino aso- 
leado como el del número 10, o un camino ensom- 
brecido de una aldea, como el del número 42, estando 
pegados a la tela, no podemos viajar curiosos por uno, 
ni vagar melancólicos por el otro. Los cuadros pe- 
queños son superiores a los paisajes grandes. Estos 
dejan «adivinar al artista lleno de sensibilidad, que 
sabe elegir los rincones hermosos y que sabe encerrar 
la mudable belleza del paisaje en el marco fijo de la 
tela. Estos cuadros evocan naturaleza, porque en fren- 
te a ella y por ella han sido pintados. Y aunque la re- 
ceta también los iguale, ostentan siempre más verdad 
que las telas más grandes y más pretensiosas. 

Los cuadros de figura padecen de otro vicio de acB.- 
detoia: la anécdota. Bastaría sólo leer el catálogo para 
saber qué clase de pintura insípida y afectada es la que 
tenemos delante. Porque esa ideología banal no es la 
vida, ni siquiera un retazo o un rincón de la vida. La 
tela número 1, "Despertar de un alma", no es sino 
un título vacío y una modelo remolona durmiéndose 
sobre almohadones de un color crudo y desentonante. 
La número 5, *,*E1 almohadón azul", no tiene interés 
ni en la cabeza ni el pálido torso que deja ver. La tela 
número 3, si pretende expresar más, la contemplación, 
honda y abnegada de la madre, no la expresa po^. Igi 
banalidad del arreglo; la madre es tan poco madre, 
que no sentimos esa profunda mirada "qui couve et 
qui protege". La tela número 4, ** Recordando el pa- 
sado", es la que ofrece más psicología. Es el único 
rostro que nos sigue un rato, mientras nos movemos 
por el salón. 

Aun sin entrar en la discusión que hoy se plantea, 
de la pintura como mero valor plástico, o como siste- 
ma de elevada ideología en armonías de colores, hay 
otros campos donde se pueden sugerir ideas, sin ne- 






■M/r:M. 



y 



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322 



PBOASO 



cesidad de ir a los grandes conceptos religiosos, mís- 
ticos, filosóficos o históricos. 

Puede expresarse la psicología honda y aniíaada 
que se desprende de la tela, por el fulgor de unos ojos 
o por el gesto de una boca. Puede expresarse el tra- 
bajo de la humanidad, ese pan amargo de cada día, 
puede expresarse la vida del pueblo compenetrándo- 
se amorosamente con ella, puede expresarse ej 'carác- 
ter de cualquier ser, astroso o limpio, giboso o ergui- 
do, un enano de Velázquez o un gentilhombre del 
Tintoretto. Más es necesario abrir entonces las ven- 
tanas del atelier, ya sea en el Quartier Latin, ya 
sea en el Quartier Montmartre, para mirar hacia 
afuera, haciendo obra de adentro de uno mismo; cam- 
biar los vicios académicos por las virtudes correlati- 
vas: receta por sinceridad de lenguaje y anécdota por 
sinceridad de visión. Si esto hiciera Marques Cam- 
pao — y condiciones le sobran para ello — podría dar- 
nos altos valores de pintura. Hoy su arte nos da una 
sensación pasajera e inconsútil, que será quizás hala- 
gadora y dulzona. Pero el arte debe expresar más, 
debe expresar a veces lo contrario, esa realidad ob- 
jetiva o subjetiva, esa realidad de nuestra vida, que 
no siempre se traduce en hermosa belleza, pero que, 
si es verdadera, se manifiesta siempre por la eterna 
belleza. i 



C. A. Herrera Mac Lea.n. 



m 



V 



v^V--' 



GLOSAS DEL MES 



Un viaje en el tren del Norte 

Un gran ruido de ruedas sobre los rieles Un reso- 
nar de cascos sobre el empedrado. Una corneta de' 
cuerno: Tutu-tuturu-tu ! ¡Hiúp! Un resallar de lá- 
tigo reseco, y aparece el monstruo, arrastrado por 
tres caballitos, flacos como arpas, mal tusados, som- 
nolientos. La gente viene apiñada en las ventanillas, 
colgada de los estribos, sentada en el techo; en el in- 
terior del tren, parece un relleno de pasas de usa. Dos 
lámparas de kerosén, agrandadas por dos espojitos 
en ángulo diedro, derraman una luz difusa y temblo- 
rosa como una clara de huevo. Las 12 de la noche. 
Buenos Aires y Juan Carlos (Jómez, 

No sé por qué milagro consigo subir. Es curioso que 
en las agrupaciones humanas, al llegar a cierto pun- 
to que podríamos llamar de "saturación", se tiene 
la impresión de que no entra nadie más; y, sin embar- 
go, se presenta la oportunidad y se ve que la satura- 
ción no era sino aparente. Cuando yo subí al tren no 
cabía ni un alfiler: nadie bajó, y en todas las esqui- 
nas siguió subiendo gente . . . 

Yo estaba detrás del mayoral. El hombre iba pene- 
trado de su momentánea importancia. Sólo podía ver 
su melena grasicnta y la parte posterior de la golilla 
negra con florcitas coloradas, bajo el sombrero terra- 
cota de ala recta, copa redonda y alta, requintado so- 
bre la oreja izquierda. Cuando se daba vuelta para 



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■■*, 



324 PEGASO 

apercibir a algún pasajero o restallar el látigo sobre 
los matungos, que movían las orejas, escéptieos , podía 
ver las puntas de un bigotito puntiagudo a fuerza de 
cosmético, y un pedazo de cara tostada y pipluda. — 
"¡Híup! ¡Pucha, coloradito maula éste! ¡Híup!" — 
y hacía un ruido raro con la boca para impresionar el 
sistema nervioso gastado de los caballos. Timbre. — 
**Pare, mayoral, pare". Y paraba, protestando, ha- 
ciendo girar la manivela con un ademán centrífugo. 

Las 12 y 1|2. Piedras y Río Branco. Un incidente. 
— "Tiene que pagar el boleto, señor". — "No pago". 
— "Entonces se baja". — "No me bajo, que se eré". — 
"Claro amigo, interrumpe una tercera voz, no pague 
ni se baje, no faltaba más". — Risas. — "Que se baje", 
"que no se baje", "que siga", y empiezan a surgir 
las protestas airadas. Alguien apaga una de las lam- 
paritas y otro arranca un aviso. Las campanillas sue- 
nan endiabladamente. El tren se para. Pito, Galope 
concurrente de caballos. Dos de un lado, tres de otro, 
llegan los del escuadrón, con gran ruido de sables, ha- 
ciendo relucir los pantalones blancos y los cascos. Un 
cabo, gordo y petizón él, picado de vin^elas él, muy 
compadre él, se baja de un salto y grita en medio del 
silencio expectante: "A ver si se quedan quietos, o 
los voy hacer abajar a golpes!" Algunas protestas 
tímidas se insinúan, el cabo grita, y los soldados, por 
las dudas, hacen rayar sus caballos y atropellan a los 
curiosos de la vereda. (Empiezo a explicarme el por 
qué de más de un ladrillazo sobre un casco blanco . . . ) 
Rousseau cree que el hombre es un animal sociable 
y busca el origen de la sociedad en la solidaridad ins- 
tintiva. Gumplowicz y Spencer, en cambio, sostienen 
que la sociedad es una consecuencia de la violencia, y 
que el míís poderoso vínculo social es la subordina- 
ción. ¡IngeLuo Juan Jacobo! Había que ver el tran- 
quilo egoísmo con que los pasajeros del tren del Nor- 
te miraban el incidente, mientras no les interesabí^ 



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;''jiíbLi ■ .#' M- 



. GLOSAS DEIi MBS 325 

I 

sino como espectáculo . . . Y ¡ qué admirable unanimi- 
dad de sonrisas, y qué apoyo colectivo e incondicio- 
nal encontró el guardatrén, cuando inició, con aire se- 
vero, en compañía del cabo del Escuadrón, lo que po- 
dríamos llamar el '*tour de honneur"! ¡Manes de 
Gumplowiez y de Sprncer! ¡Había nacido el Contrato 
Social! Sin embargo, no en balde han pasado los si- 
glos desde que dos hombres partieron la presa y la 
caverna, asociándose para resistir la dura lucha de la 
época glacial; hay una llamita misteriosa que pone 
un suave toque de belleza sobre la animalidad atávi- 
ca. ''Esto es un escándalo", dice un señor, **esto no 
puede ser", dice otro señor, "esto no va a quedar así; 
mañana se tratará en la Depairtalnental", dice otro 
señor que anda recogiendo voluntarios, para ir a la 
Comisaría a declarar que el cabo les ha ofrecido ba- 
jarlos a palos. ¡Divino y ridículo altruismo! Ese mis- 
mo espíritu llevó hace dos mil ^ños a un Hombre 
Bueno a morir sobre una cruz. Ese mismo impulso 
sobrehumano sacó de cierto lugar de la Mancha al Hi- 
dalgo Caballero y le hizo correr el ancho mundo, en- 
tre la burla mala de los más. Pero 32a pasó el tiempo 
de los Cristos y de los Quijotes: ante la perspectiva 
de perder el último tren y tener que seguir el largo 
viaje a pie, todos se hacen 1q$ fariseos, imponiendo 
silencio a explicables susceptibilidades. El pasajero 
reacio es llevado a la Comisaría y sigue el viaje. 

Eondeau. Un rihilJnnjywTirn^ hinchado, está tirado 
contra el cordón de ía^-^reda, en medio de un gran 
manchón húmedo. Sube un cuarteador, un. molino 
viejo, cambueta» de mota grisácea, conima goMÉta con 
una visera de hule, y se instala," en,- ei*-#itribo como 
dueño de casa. Se mete la mano entre la camisa mu- 
grienta y se rasca. Después habla, sentenciosamente, 
con voz ronca, sin mirar a nadie: "¿Viste el colo- 
ran"?-— "Vide", contesta el mayoral, que debe ser el 
interfocutor, también sin mirar a nadie, atizando un 



' -í*'v-' ■ 



826 PEGASO ■ : . . ■ . 

latigazo al cadenero. — •," Lástima ". — "Lástima", res- 
ponde como un eco el mayoral. Un silencio. — ''Cul- 
pa 'el muchacho", dijo el cuarteador y escupió a la 
vía. — ''¿Cualo, el rubio?" — "Claro". Y sentenció, 
como persiguiendo una idea: "Un animal es un ani- 
mal y un hombre es un hombre. El lo mimaba dema- 
siado. Lo echó a perder. Un caballo no es una seño- 
rita. Tiene que sentir el rigor. Cuando hay que tra- 
bajar hay que trabajar y no hay vuelta. Taba dema- 
siao mimoso. Lástima, porque taba gordote y lindo. 
Tamién la verdá es que ya se había dao dos vueltas y 
media y taba bastante reventadito ". 

— "Boleto. — Boleto señor. — | Usted tiene boleto? — 
Boleto señor". No hay nada tan fastidioso como un 
revisador, a no ser otro revisador. Hay personas que 
deben tener cara de no pagar boleto, o ser parecidas 
a todo el mundo. A mi lado hay un señor a quien el 
guarda ya le ha tocado treinta" y cinco veces el hom- 
bro para decirle con voz meliflua: — "Boleto. — Bole- 
to señor. — ¡Ah! ¿Usted ya tiene boleto?" — ¡Es espan- 
toso! El señor, ha pasado, por causa del revisador, por 
los tres estados' de la intoxicación alcohólica. Al prin- 
cipio contestaba: "Sí, guarda, tengo boleto", y son- 
reía amablemente (sangre de cordero) ; después se 
enojó: apretaba los puños, con los ojos centelleantes, 
se ponía sucesivamente blanco, amarillo, rojo, verde, 
y contestaba con un grito que hacía helarse la sangre 
de los pasajeros: "¡Tengo boleto, sí, tengo boleto!", 
(sangre de león).; ahora, ante la inutilidad de sus es- 
fuerzos, se pinta en su rostro la negra deseperación ; 
hay uDtittemblor de lágrimas en su voz; aplica al guar- 
da los calificativos más denigrantes, comenzando por 
los animales inmundos, vergüenza del reino animal, 
y murmura vagas amenazas... (sangre de cerdo). 

Viene del interior del tren un vaho de fiebre. La 
gente se calla, somnolienta. A la izquierda, las lu- 
ces de la bahía parecen agujeritos en una Harje- 



;:i-i>í| 



J 



GLOSAS DEL MBS 



327 



ta postal, truquée. IJn cielo azul desteñido. Una luna 
pálida y borrosa. Un silencio largo y pjlsado. El tren 
atraviesa con gran ruido varios cruces de vía. Una 
cuadra. Otra cuadra. Otra cuadra. Otra cuadra. Asen- 
cio... Olivos.— *Tst'.—"Permiso-o-o-o'-. La 1 y 1|2 
de la mañana. 

La calle está sumida en una penumbra azulada, de 
cinematógrafo. El ruido del tren se pierde, lejos, en 
un galope acompasado. Y recuerdo el dístico del 
divino Virgilio, donde vibra un ruido sonoro de cas- 
cos sobre el campo : 



" Quadrupedantem putrem sonitu 
patit úngula campum. . . " 



JuÁN" Carlos Bernábdez. 






Benedicto XV iv^ A 

Ha entrado a dormir el sueño desconocido, — unde 
negant rediré quemquam, — de donde dicen que nadie 
vuelve, — el doscientos sesenta y cinco sucesor de San 
Pedro. 

Fué el papa de la guerra, que surgió con ella y que 
se va con ella. 

Como Benedicto XIV, con quien tiene a través de 
los siglos una comunión espiritual y una historia ma- 
terial muy cercana. Benedicto XV guardó neutrali- 
dad en la tragedia máxima, propuso la paz blanca, 
reiteró la encíclica que mantiene la cuestión social 
como una cuestión religiosa, conderó el lujo y prote- 
gió las artes, prodigó la limosna y ejercitó con efica- 
cia los derechos activos y pasivos de su personalidíid 
internacional. 

Lo mismo que al Benedicto del 1700, puede llamár- 
sele a éste "buen hombre", — tan bueno y tan humilde 



■f.i - íi-. - "i' 



328 PEGASO 

como los últimos antecesores de su trono, como aquel 
León XIII, ¡Sbeta y pontífice, que Rubén Darío llamó 
"águila blanca", — como aquel Pío X, sabio de toda 
sapiencia y piadoso de toda piedad, pequeño Sarto en 
su aldea y grande Sarto en su solio. 

Es cierto que el fracaso de la paz blanca decepcio- 
nó a los pueblos enardecidos por la llamarada de la 
guerra, pero no es menos cierto tampoco que ese dul- 
ce fracaso del espíritu fué la expresión simbólica de 
la hora, la evangélica paloma lanzada a volar sobre 
la tierra negra, y abatida en seguida por su maravi- 
llosa candidez. > 

Consciente de que personificaba la mayor fuerza 
moral del mundo, miró con lúmine plácido, el abati- 
miento de su candida paloma, y esperó del tiempo la 
reacción natural y simplicísima de los sucesos huma- 
nos. • ' ¡ 

Mientras confiaba en ella, he ahí que llega la muer- 
te con su gesto de segador, y abate ^as alas blancas 
de su vida, cuando del tumulto del mundo salen vo-, 
ees grávidas de fe y renace la antigua profecía, como 
de las ruinas heroicas surge la catedral hecha de es- 
píritu más que de hierro y piedra. 

Su personalidad internacional, de la que no puede 
despojarle el jacobinismo jurídico, se impone a la 
historia de los tiempos actuales con una arquitectura 
de líneas hábiles y severas que restablecen la vieja 
harmonía cristiana con las naciones madres. 

Dueño de la soberanía por excelencia, que lo hizo 
ciudadano del mundo y no de su Estado pontificio, 
este papa, cuya muerte hace golpear ahora las cam- 
panas, va de blanco vestido en la gloria de su pom- 
pa, con el anillo del Pescador y la tiara máxima, a 
meditar en la suerte del mundo, desde el otro lado de 
la puerta paradisíaca, cuyo marco no trasponen se- 
^ramente los que tan sólo fueron justos. ... | 

Tblmo Manacobda. 






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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 



TTn Perdido. — Novela chilena. — Por Eduardo Barrios. — Biblioteca de 

novelistar. americanos. — ^Buenos Aires. — 1921. 

'La notieia sobre el autor, puesta a la cabecera del libro, dice que 
"Un Perdido" está casi unánimemente considerado como la mejor 
obra en su género que se liaya escrito en Chile." 

Pero, señor, jpor qué no haber usado mayor latitud en justicia 
pura? iPor •qué usar la restricción geográfica, circunscribiendo a 
Chile el vuelo aquilino de Barrios T 

No habrá quien lea su libro y difiera de nuestra opinión; esa es 
una novela de hechura tan armoniosa y perfecta que los cánones 
para estimarla no están, seguramente, en nuestra América. 

Mas no es nuestra costumbre la de cotejar, superponiendo valo- 
res; además, en este libro no aparecen sinuosidades favorables al 
acomodo de defectos que propiciaran comparaciones. E! libro solo 
tiene una deliciosa emoción resultante. 



' <7omo es humano, tal emoción puede sembrar variadísimas y su- 
gestivas opiniones. Quien tomará el libro por justa pintura de la 
realidad viva, en sus formas externas, con todo el doloroso aparato 
de su dinámica; quien fruirá golosamente esa acabada descripción 
de la igualmente viva realidad, que en la fronda de nuestras sensi- 
bilidades se asienta. 

Muy apreciable es aquella manera artística, pero ést^i nos agrada 
más. Confesamos nuestra debilidad, y ella radica en la inconmen- 
surable diversificación con que la realidad se nos aparece mirando 
dentro de los hombres. Jamás alcanza tal profusión la vida externa; 
y el espectáculo se nos hace de insuperable calidad. 

Huelga decir que para nosotros no es secundario el ambiente, no 
le vamos a restar nuestro homenaje. La vida de Luis en el hogar, 
ese huerto de Quillota donde gozara tan plácidas visiones, Iquique 
y las casas de prohibidos placeres, evocadas con tan melosa añoran- 
za; ef cuartel; la biblioteca; la tierra y el mar; los cielos (Barrios 
cumple el deseo emersoniano de atender las cosas de la naturaleza), 
entre todo ello no podríamos diferenciar para encontrar lo que de- 
biéramos admirar más. Tanta sencillez puso el autor al examinar en 
los recuerdos de Luis, aquello conservado de la vida circundante, 



>.?• 

■^m- 






330 



PEGASO 



que logra efectos de precisión plástica y sugestión embelesadora, 
creyéndose fuera sin igual destre/a, lo que tal vez fué caso de re- 
latar sin afectación; por cualidad innata y altísima. 

Admiramos eso; pero nuestra admiración se tiende más ancha- 
mente sobre el desarrollo do la vida interna de los personajes, Luis, 
Bernales, el Abuelo, casi todos los actores a cuya multiforme agita- 
ción emocional asistimos, bastante apretado el corazón; pues la 
virtud del escritor capta nuestra simpatía, hermánanae nuestras 
emociones con las de los sujetos, y sus discursos y obras repercuten 
en nuestra sensibilidad como si un arte prodigioso les dispusiera 
existencia sensible. 

Sus héroes levántanse magníficos y enteros por la sutileza de la 
visión que los penetró, y por la mesura de la inteligencia que los 
acicaló, reduciéndolos en hechos y palabras a términos generales, 
haciéndolos entes contemporáneos, ciudadanos de nuestras vrbes, 
sin malograr la exhibición del conflicto de sus almas. Mérito que 
resalta en los personajes centrales cuyos ánimos tienen afinidades 
estrechísimas, estando, sin embargo, radicalmente impotenciados 
para acercarse. 

• • ■ ^ ■ 

Fué menester una pluma que aún no se había movido en esta 
América, para realizar la armoniosa perfección que logró Barrios, 
sin ostentación retórica. 

La construcción de. esa novela incita a comparación «s con maes- 
tros de Europa; mas, declaramos tras serenas búsquedas en nuestros 
recuerdos, y tras examen atento de la producción famosa, que la 
clarísima hermosura del libro de Barrios no parece derivar de es- 
cuelas determinadas. 

Sólo en la virtud de conceder tanta importancia a la vida emo- 
cional de los personajes (cosa qi:* en esta América no te estila mu- 
cho), puede acercarlo a tipos definidos. 

En lo demás ese escritor chileno es personal. 

Sencilla, hermosa, honda, es so ubr. Artista sin fallas aparece. 

Nuestra América le debe la primera novela. — E. S. 



Voces de la Hora. — Por Conrado Blanco. — Montevideo. — 1P22. 

Libro de pensador, mitad filósofo mitad poeta, que cruza mirando 
la vida y juzgando su# acontecimientos, de modo a veces arbitrario, 
poro siempre muy personal. 

En pequeñas sentencias doctrinales, ríe marcado sabor apostólica, 
el autor expresa sus inquietudes espirituales y sus fórjnulas éticas. 
No siempre resulta fácil desentrañar en sus aforismos la idea diná- 
mica, y esto no sólo por complicada construcción gramatical, si-io 
porque el pensamiento en sí mismo es complejo, y por la tendenci.i 
del autor a querernos dar su esencia metafísica en minúsculas sín- 
tesis. Vaya un ejemplo "La carne: Agua sin esperanza." (Recor- 
dando la del mito, de Tántalo). Otro: "Trabajo... Ajustado a ap- 



;4j.í;':v-> 



\ 



' NOTAS bibuogeíficas 331 

titudes y vocaciones, en tanto éstas se justifiquen desde el punto de 
vista de la' utilidad, >en primer término." 

Pero, en general, el autor triunfa" y consigue decir muy hondas 
cosas- en muy parcas palabras. "Existen quienes m el vicio quie- 
ren "hacer" un Poe. ¡Todo lo contrario de Poe!... Quien en el 
vicio quería "deshacer" a Poe. — "Me áijo: yo soy un fuerte. — ... 
O un bruto, le dije- — Me dijo: yo soy sin prejuicios. — . . .0 sin jui- 
cio, le dije." — "El peor enemigo del intelectual: el inteligente... 
Al pie de la letra". "La vida es conducta y ha de entrar la con- 
ducta en nuestra vida como un tornillo." "Desde la hora en que de 
los dos motivos determinantes del encumbramiento — el áé\ valor 
j>ositivo-personal y el del azar de las circunstancias — prevaleció el 
último, contó la sociedad con lugares de tormento y con crueles su- 
pliciadores. ' ' 

Estas transcripciones hechas al azar, bastan para dar una i'lea 
del libro; fruto, evidentemente, de una noble y torturada frente 
pensativa. — J. M, D. 

El coninnlsmo de las Misiones. — Por Blas Garay. — ^Biblioteca Para- 
guaya del Centro de Derecho. — Asunción. — 1921. 
Una encomiable iniciativa del Centro de Estudiantes de Derecho, 
de Asunción del Paraguay, ha puesto en edición nueva y elegante 
"El comunismo de las Misiones", notable libro de Blas Garay, uno 
de los más empeñosos constructores de la literatura histórica de 
aquel pafs. 

Desde el establecimiento jesuíta en las^Misiones. las encomiendas 
y los doctrineros, hasta la expulsión ofieial de la Compañía, a con- 
secuencia de los graves sucesos guaraníticos de 1766. a base de 
una documentación completa y prolija, Blas Garay reveló en esta 
obra muchos detalles desconocidos y aclaró numerosos errores for- 
males, con lo que su personalidad de historiógrafo notable afirmó su 
nombro en las letras americanas. 

Con más tiempo y en mejor situaeión, hemos de considerar un día 
este volumen interesantísimo, cuya lectura nos ha abierto un impe- 
rio lleno de sol y sombras, trágico y esplendoroso. — T. M. 

El canto del cisne. — Por Gastón Figueira. — Montevideo. — 1021. 

Cycni sonuffl . . . 

No llegamos a tiempo, seguramente, con nuestra reciente nota bi 
bliográfica, para que el joven poeta tomase en cuenta, — por lo me- 
nos, — ^las indicaciones lexicográficas que le hicimos. 

Insiste y persiste, no sólo en esos males, sino en toilos los demSs 
Lo único que nos consuela es que tiene mucha prisa, lo que es casi 
siempre indicio de llegar pronto, aunque se corra el ries^ro de no 
llegar bien... — T. M. 



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852 "" PEGASO ~\ ' 

El misticismo como Instrumento de Investigación de la verdad. — 

Por Boberto Brenes Mesen. — ^Biblioteca Repertorio Americano. — 

San José de Costa Eica. — 1921, 

Comienza el autor por proclamar la necesidaa de renovar la ló- 
gica y revisar los procesos psíquicos que le han dado su razón de ser. 

La razón y la lógica no descubren verdades, tienen tareas casi 
pK-ramente comprobativas; los que arrancan al enigma sus secretos 
no son los razonamientos, sino las intuiciones, las visiones espiri- 
tuales, los estados místicos de inspiración o revelaciór.. Lo ilógico, 
lo irracional, suele así clasificarse por ignorancia de loa poderes in- 
herentes a esa conciencia superordinaria. 

La diferencia esencial entre el lógico y, el místico, os que ésto 
apela al fenómeno de la conciencia individual, y el otro busca el 
asentimiento general. 

El autor luego desarrolla la tesis general de su libro; analiza los 
aparentes conflictos entre la ciencia y la religión, el simbolismo, las 
visiones trascendentes, la intuici<5n, la ' revelación, y concluye sos- 
teniendo que prescindir del misticismo es insensato por impopible. 
En realidad, las transformaciones más profundas de la ciencia y la 
filosofía durante los últimos veinte años, los más importantes des- 
cubrimientos, han brotado en su campo o en los aledaños. 

Por los párrafos que dejamos expuestos v que dejamos transcrip- 
tos casi al pie de la letra, podrá darse cu«nta el lector (\e la impor- 
tancia y de la originalidad de este libro. Sin 'jntrar a discutir su 
doctrina — con la que estamos bastante de acuer.lo, por otra parte — 
nos limitamos a señalar la admirable facultad del autor para ex- 
presarse y dar claridad a los problemas más abstrusos de la filoso- 
fía, así como el orden y la firmeza con que los aborda. — J. M. D. 

"Páginas Escogidas". — ^De Juan Vicente González. — Selección' y 

notas de Mariano Picón Salas. — Caracas. — 1921. 

Uno de los más grandes escritores venezolanos del ^^glo pasado, 
fué este Juan Vicente González, de quien dice Mariano Picón Salas, 
r.on todo acierto en la expresión y en el juicio: "Menos correcto 
que Bello, pero mucho más inquieto; menos clásico quí Baralt, pero 
mucho más coloreado; menos abundante que Sarmiento, pero mu'cho 
más artista. ' ' 

El libro que ahora nos ofrece Picón Salas, recopila y escoge las 
mejores páginas, algunas "Mesenianas" vehementes y sangrantes, 
de aquellas que escribió a lo largo de la "Bevista Literaria" de 
Caracas, el 46, ol 59, el 65... algunas notas críticas de literatura y 
de historia, el estudio sobre Leopardi, los artículos sobre San Fran- 
cisco de Asís y Santo Tomás de Aquino, sobre la edad gótica de la 
arquitectura, sobre el Dante, sobre Bolívar, sobre Miranda, sobre 
Boves. . . 

Juan Vicente González tiene la facilidad periodística, la elocuen- 
cia romántica, el ingenio brillante, la manera desenvuelta y senci- 



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NOTAS BIBUOGRÁFICAS 333 



. Ha. En el viento que agita las ramas de su fronda y trae murmudlos 
marinos, vienen a veces luces de diamantes, chispazos y relámpagos. 
"Eoca de profeta, pulpito de sacerdote, ballesta o flecha, carca- 
jada o lágrima", dice de su estilo Picón Salas, — que se apresura 
indudablemente al afirmar que "no hay en la historia de América 
sátiras políticas con que «omparar los editoriales" de Juan Vicente 
González. Las repúblicas platinas, y, sobre todo, Buenos Aires y 
Montevideo, — ^han tenido en la misma época tribunos y, periodistas de 
garra, que moviendo a tumultos las juventudes, apostrofaron sátra- 
pas y caudillos, levantaron banderas e ideales, cayeron olvidados o 
asesinados. Actualmente se están publicando en edición oficial, los' to- 
mos I y II de las recopilaciones periodísticas de Juan Carlos (iómez, 
aquel cruzftdo de ía libertad que dijo la veraad a la hora en que to- 
dos mentían, que fué idealizador y generoso a la hora de los inte- 
reses creados' y de los egoísmos terrestres, que prefirió el exilio y la 
tristeza y la pobreza y la muerte, antes que la claudicación y la 
transigencia y el acatamiento y el silencio . . . 

Otros hay, en nuestro Uruguay tan chico y tan inquieto, — Hamí- 
rez. Herrera y, Obes, Ploro Costa, — que podrían dar para volúmenes 
como el de Juan Vicente González, llenos de miel y eusueüos, es- 
tremecidos de amor y de lucha, enredados de pasión y de esperanza. 
Con cualquiera de ellos pueden parangonarse sin desmedro las pá- 
ginas de Juan Vicente González, que en la iJepública Argentina y 
en Chile y en Brasil mismo, tiene émulos tan grandes como él, que 
resisten sin esfuerzo el paralelo y el análisis. 

No queremos con ello reducir la gloria del libro que comentamos, 
sino únicamente, señalar la premura con que el distinguido publi- 
cista venezolano llega a conclusiones terminantes, de un carácter 
continental, que son, evidentemente, pequeños errores de visión y 
de juicio. 

Por todo lo demás, y sin excluir eso mismo, tiene ganada nuestra 
simpatía este Mariano Picón Salas, joveneísimo y ya erudito, libé- 
rrimo, ardiente y soñador, que no contento con sus imaginerías, es- 
tudia, ungido de patriotismo, la obra de sus antepasados, y al co- 
mentarla, la envuelve de amor y de exaltación. — T. M. 

El cansancio de los lirios. — Por Juan M. Filartigas. — Montevideo. — 

1921. 

En tiempos venideros habrán de estudiar los sabios, cuáles con- 
comitancias hay entre los lirios y ciertos estados psíquicos, por loa 
cuales muchas abnas transforman las emociones más sencillas en 
ansiedades cursis, en avideces extravagantes y despojadas hasta de 
la más ínfima partícula superior que las hiciera disculpables. 

Por ahora es fácil observar el fenómeno; y este libro del señor 
Filartigas es un caso recomendable, pues se desarrolla refiriendo en 
persistente énfasis aventuras anímicas de conocida extracción y 
corriente ingenuidad, realizando una superchería vulgar, aunque no 
logre imponer al lector de los motivos que lo inducen a magnificar 
tan ordinarios acontecimientos, ni convencerlo de las esplendorosas 
circunstancias en que tienen lugar sus amorosos chivateos. 



4- 



334 



PEGASO 



• f.. 



Un poeta criollo que anduvo en París (como pareciera requerirlo 
toda iniciación perfecta en los misterios de la belleza), y una dama, 
cuyo nombre, Didi Huber, expresa bastante el exotismo derrochado, 
son los personajes. 

El infaltable amor vuelto pasión sublime, música rusa, liviana 
erudición en artes plásticas, ambiente de similor, la tisis, infal- 
table también, muerte al final; esto el decorado. 

Mas, personas y decorado no logran fundirse imponiendo sensa- 
ción de plenitud; no logran tampoco, dar sensación de cosa real y 
humana; son entes, situaciones y paisajes elaborados por una ima- 
ginación cuyas intenciones exceden en mucho a sus posibilidades. 

El señor Filartigas no lo habrá buscado ni presumido, tal vez; 
pero entre sus lirios asoma la cara de comadreja de Huysmann, y el 
poeta Julio Bamirez Gutiérrez tiene posturas sentimentales cuya 
explicación, salvadas lógicamente las distancias, está en las páginas 
de A reboiin. 

Pero insisto con absoluta buena fe en que el autor no lo habrá 
buscado, ni presumido, tal vez. | 

Por lo demás, el esfuerzo del señor Filartigas es muy apreciable. 
Escribir tantas páginas de prosa compacta, tantas páginas (ignora- 
mos la cantidad, pues el autor gastó la coquetería de no numerar- 
las), demuestra condiciones de trabajo y tenacidad muy elogiosas. 

Pero, fuera bueno, en obsequio a la fama que el señor Filartigas 
buscará, que lastrara su imaginación revisando su cultura básica; 
pu«8 el artista de la calidad pintada en sus aspiraciones, deberá 
mostrarse ducho al desflocar exquisiteces sentimentales, lo mismo 
que en manejar sus cláusulas o en distribuir sus comas. Y de todo 
ello resultarán el equilibrio y la naturalidad (condiciones vitales) 
de BUS creaciones. 

Tenga, además, el señor Filartigas, como lema de su escudo, la 
advertencia, tan vieja como sabia: , 

"Llaneza, llaneza, que toda afectación es mala." — E. S. 

I<as mejores poesías de los mejores poetas. Auslas March. — Nietzs- 

che. — Andró Clienler. — ^Paul Fort.^ — Editorial Cervantes. — Bar-^e- 

lona. lífel y 1922. 

Los cuatro últimos cuadernos de esta notable biblioteca, que ha 
pK«8to en circulación la Editorial Cervantes, eorrespordon a March, 
Nietzsche, Chénier y Paul Fort. 

Del amplio y justo espíritu que jireside esta selección, da buena 
idea la obra ya realizada, y en la que figuran, no sólo poetas de 
todas las nacionalidades y tendencias, sino de todas las épocas. 

Gomo siempre, estos cuadernos vienen prologados por una intere- 
sante nota biográfica y crítica sobre los autores, y tanto la impre- 
sión tipográfica como las traducciones, están hechas con esa jn-oli- 
jidad y conciencin artística que caracteriza a la prestigiosa casa 
editora. Nos complacemos en señalar, como nota interesante, y que 



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KOTAS bibuoorAficás 335 

levela no sólo la expansión de nuestros jóvenes intelectuales, sino 

el justo precio en que valoran su trabajo, el hecho de figurar el • ' 

nombre de í/milio Oribe, al pie de algunas traduccionfs de Paul 

Fort.— J. M. D. 

"Los anticaarios". — Novela de Carmen de Burgos. — ^líiblioteca Nue- 
va.— Madrid. — 1921. 

El mayor mérito de la novela que ' ' Colombine ' ' nos envía, finca 
en tu anúblente. Porque es un mundo desconocido, el complicado 
"mundo" de los anticuarios, que aparece ante nuestros ojos, llenos 
"de sutilezas y de peculiaridades. Es increíble que pueda concretarse 
en una obra de arte, tanta cosa prosaica como Carmen de Burgos ha 
descubierto. "Vigorosa mentalidad, imprime sus sensaciones con garra; 
. muger, se adueña de mil preciosos detalles que un hombre jamás ha- 
bría visto. "Los anticuarios" tiene, como protagonistas, a una pareja 
española cargada de hijos. Adelina, muy mujer, y Fabián, inteligen- 
i(í « te, auhque su sensualidad le ponga siempre en el alma las mismas 
líneas curvas «on las cuales desborda su cuerpo. 

No son tipos de relieve psicológico estos que nos presenta, eu pri- 
mer término, la admirable autora de "Fígaro"; más a su alrededor, 
se mueven cien figuras y paisajes; entre las primeras, haylas extra- 
ordinarias: vendedores de cosas viejas, compradores, falsificadores, co- * 
rredores, ladrones...; en cuanto a los paisajes, tenemos barrios 
de París, playas de moda, conventos españoles, campos, ciudades ... 
Sevilla, más en bosquejo que en fotografía, resalta con esa fuerza 
con que la hemos visto surgir en páginas maestras, como las de "La 
Hermana San Sulpicio". La señora de Burgos sabe lo indecible en 
materia de anticuarios, desde los procedimientos para dar pátina 
de viejo a un cacharro actual, hasta los medios para conseguir que 
se ponga una burda imitación eu el sitio donde luce una tela de 
Fray, Angélico o Rosetti. Lógicamente, un breve libro que tanto ' 
abarca, ha de resentirse de fragmentarismo, aunque en el caso de 
"Los anticuarios", lejos de ser defecto tal circunstancia, parécenos 
virtud, como nos sucede leyendo la mayor parte de las novelas d« 
Bafoja. 

Hemos mencionado al autor de "Las tragedias grotescas" y, cosa 
extraña, con la suya, hemos encontrado similitud en la técnica de 
"Los anticuarios": capítulos breves, tipos pintorescos, diálogos 
movidos y, en episodios como el de Itálica, esas ocurrencias cuyo 
abolengo hay que buscarlo en la vieja novela ¡)icaresca esiiañola. 

Hay páginas admirables de observación y otras espléndidas de os- <| 

tilo. Si alguna falla hemos de encontrarle a "Los anticuarios", ea 

su poco color emocional, pero se explica por la índole peculiarísima ^ í 

de estos seres calculadores que son sus personajes. — V. A. S. 



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336 PEGASO >* 

MEMOBANDA DE REVISTAS 

Becibidas. últimamente en "Pegaso": 

Uruguay. — Acción Femenina — Anales de la Facultad de Medicina 
— ^La S'emana — Labor — Página Blanca-rrProteo — Revista Histórica — 
Arquitectura — Trabajo — Vida Femenina — Araehania — Eevista del Li- 
ceo de Treinta y Tres — Adelante — ^El Terruño. 

Argentína.— Vida Nuestra— Revista de Filosofía—Revista iel \Eun- f- ' 
do — Páginas — Nueva Era — Nuestra América — Nosotros — Los Ales- 
tros — La Nota — Juventud — El Hoga^ — La Espiga — Mínimas — Crisáli- 
da — Cerebro — Caras y Caretas—El Círculo — ^Babel — ^Boletín de la Bi- 
blioteca Popular — Boletín de la TTnión Hispano-Americana — Atlántida 
— Atenea — Estudios — América — Apolo — Biblioteca Poética — Benve- 
nuto Cellini — Vogue. 

Chile. — Numen — Eevista de Bibliografía — Revista Chilena — Juven- 
tud — Siembra — ^Ultra. ■■ 

Paraguay. — Boletín de la biblioteca Paraguaya — Comercio. ^T^r 

Brasil. — Kodac — Caretas — Revista do Brasil — Brasil — Cinema — fH 
Revista Americana — Cosmos. ' 

Ecuador. — Ciencias y. Letras — Páginas Literarias — Singulus. 
'j Colombia. — ^Boletín de la Librería Colombiana — Dante — Lumen. 

Venezuela. — Cultura Venezolana. 
. . Perú. — Boletín de la Academia Peruana — ^Mercurio Peruano — Stu- 

dium — Revista Universitaria — Revista de Bellas Artes. 

Centro América. — Ateneo del Salvador — ^Actualidades, San Salva- 
dor — Athenea, Costa Rica — Ateneo de Honduras — Atenas, Cuba — Cu- 
ba Contemporánea — Cuasimodo, Panamá — ^El Convivio, Costa Rica — 
Esfinge, Honduras — ^Logos, Salvador — Repertorio Americano, Costa '' .\ 
Rica — Renacimiento, Santo Domingo. 

México. — Aurora — Mundo Moderno — ^Lectura Selecta — México Mo- 
derno — Revista de Revistas. 

Norte América. — ^Boletín de la Unión Panamericana — La Reforma 
Social — La Nueva Democracia. 

Europa. — América Latina, París — Cosmópolis, Madrid —Cervantes, 
Madrid — ^France-Amérique, París — Gallia, París— Grecia, Sevilla — La 
Pluma, Madrid — Prisma, París — ^Revue de la Amérique Latine, París 
—La vie des lettres, Bruxeless — Tableros, Madrid — La Gaceta de 
América, París. — ^L'Europe nouvelle, París. 






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iva Editorial Lii 




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Para la protección y difusión del libro uruguayo 




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Presidente: Dii. Asdrúbal E. Delqado 



Acaba de lanzar sus primeras obras: 

"LA PRINCESA PERLA CLARA" 
Comedia feérica de José Maria Delgado 

"INQUIETUD" 

Poesías, de Luisa Luisi 

«LA MUJER INMOLADA " 

Novela uruguaya de Vicente A. Salaverri 

"LOS POETAS SÁLTENOS" 

Estudio critico de Telmo Manacorda 

«AGUA DEL TIEMPO" 

Poemas Nativos de Fernán Silva Valdés 



Pida estas ol)rns e,» las libreiías. Toda gestión, por 
carta a la Gerencia 

8 DE OCTUBRE dS^O.- Monlovideo 

Representaiites en la Argentina: Agencia General de Libre- 
ría y I'ublicaeioneíí, RivadMvia LíTIJ - BUENOS AIRES 



336 PEGASO 

MEMOBAKDA DE REVISTAS 

Recibidas últimamente en "Pegaso": 

Uruguay. — Acción Femenina — Anales de la Facultad de Medicina 
— La S'emana — Labor — Página Blanca— Proteo — Revista Histórica — 
Arquitectura — Trabajo — Vida Femenina — Araehania — Revista del Li- 
ceo de Treinta y Tres — Adelante — El Terruño. 

Argentina. — Vida Nuestra — Revista de Filosofía — ^Revista iel Mun- 
do — Páginas — Nueva Era — Nuestra América — Nosotros — Los Maes- 
tros — La Nota — -Juventud — El Hogar — La Espiga — Mininias — Crisáli- 
da — Cerebro — Caras y Caretas— El Círculo — Babel — Boletín de la Bi- 
blioteca Popular — Boletín de la TTnión Hispano-Americaca — Atlántida 
— 'Atenea — Estudios — América — Apolo — Biblioteca Poética — Benve- 
nuto Celliui — Vogue. 

Chile. — Numen — Revista de Bibliografía — Revista Chilena — Juven- 
tud — Siembra — Ultra. 

Paraguay. — Boletín de la Biblioteca Paraguaya — Comercio. 

Brasil. — Kodac — Caretas — Revista do Brasil — Brasil — Cinema — 
Revista Americana — Cosmos. 

Ecuador. — Ciencias y. Letras — Páginas Literarias — Singulus. 

Colombia. — Boletín de la Librería Colombiana — Dante — Lumen. 

Venezuela. — Cultura Venezolana. 

Perú. — ^Boletín de la Academia Peruana — ^Mercurio Peruano — Stu- 
dium — Revista Universitaria — Revista de Bellas Artes. 

Centro América. — Ateneo del Salvador — ^Actualidades, San Salva- 
dor — Athenea, Costa Rica — Ateneo de Honduras — Atenas, Cuba — Cu- 
ba Contemporánea — Cuasimodo, Panamá — El Convivio, Costa Rica — 
Esfinge, Honduras — ^Logos, Salvador — Repertorio Americano, Costa 
Rica — Renacimiento, Santo Domingo. 

México. — 'Aurora — Mundo ^Nfoderno — Lectura Selecta — México Mo- 
derno — Revista de Revistas. 

Norte América. — ^Boletín de la Unión Panamericana — La Reforma 
Social — La Nueva Democracia. 

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Madrid — ^France-Amérique, París — Gallia, París — Grecia, Sevilla — La 
Pluma, Madrid — Prisma, París — ^Revue de la Amérique Latine, París 
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América, París. — L 'Europa nouvelle, París. 



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Cooperativa Editorial LimiluÉ "Pegaso" 

Para la protección y difusión del libro uruguayo 



^"■■*> 




Presidente: Du. ÁHDRtJBAí E. Delgado 



Acaba de lanzar sus primeras obras: 

"LA PRINCESA PERLA CLARA" 
Comedia feérica de José Maria Delgado 

"INQUIETUD" 

Poesías, de Luisa Luisi 

«LA MUJER INMOLADA" 

Novela uruguaya de 'Vicente A. Salaverri 

"LOS POETAS SÁLTENOS" 

Estudio critico de Telmo Manacorda 

"AGUA DEL TIBMPO" 

Poemas Dativos de Fernán Silva Valdés 



Pidrt t'starf ohnis en las libicrías. Toda gestiórí, por 
carta a !a Gerencia 

8 DE OCTUliUE 120.- Monlovidoo 

Rí'prcsfMifantcs en la x\r<»entiria: Agencia General de fjibre- 
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GUIA DE PROFESIONALES 



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ABOQADOS 

Herrera Luis Alberto, Larrañaga. 
Moratorio Eduardo L., Daymán 1387. 
García Iiula Ignacio, 18 do Julio 1246. 
Arena Domingo, Convención y 18 de 

Julio. 
Delgado Asdrúbal, Convención y 18 de 

Julio. 
Miranda César, Boulevar Artigas. 
Suero Eoriane, Mercedes 1061. 
Oavlglia LnlB O., 25 de Mayo 569. 
Etchevest Ffillz, Sarandi 456. 
Bamasso Ambrosio L., Andes 1560. 
Terra Duvlmioso, Juan G. Gómez 1340. 
Barbarouz Emilio, Hotel "La Alham- 

bra". 
Blengio Bocea Juan, Juncal 1363. 
Carbonell Federico C, 25 de Mayo 494. 
Martines José Luciano, J. Ellanri 80. 
MendÍTll Javier, Convención 1523. 
Miranda Arturo, Canelones 687. 
Pérez Olave Adolfo H., Eio Negro 1437. 
Peres Petit Víctor, Agraciada 1754. 
Prando Carlos M., Juncal 1363. 
Bodrígues Antonio M., Bincón 638. 
CavtgUa Buenaventura, Burgués 125. 
Llovet Ernesto, A. Chucarro 18. 
Maldonado Horacio, 25 de Mayo 511. 
Scbinca Francisco A., Mercedes 826. 
Del Castillo Serapio, Paraiguay 1267 
Frugoni Emilio, 18 de Julio 979. 



ABQX7ITEGT0S 

Pittamiglio Humberto, Ejido 1392. 
Herrera Mac Lean Carlos A., Gerri- 
to 382. 

C0NTADOBE8 
Fontaina Pablo, Misiones 1430. 

ESCBIBANOS 



Negro Bamón, Sarandi 445. 
Pittalnga Enriqne, Buenos Aires 534. 
Daquó Juan, Soriano 1370. ^ 

MÉDICOS ^ 

Arias José F., Yaguarón 1436. 
Delgado José María, 8 de Octubre 120. 
Foladorl José, Constituyente 1719. 
Infantoszi José, Guareim 1323. 
Ohigliani Francisco, Uruguay 1884. 
Brignole Alberto, Canelones 1241. 
Scoseria José, Maldonado 1276. _.''t, 
Mier Velásquez Servando, Continua- 
ción Agraciada 136. 
Toscano Esteban J., Uruguay 881. 
Caprario Ernesto, Uruguay 1223. 

OZBXTJANOS DENTISTAS 



Osimani Alejandro, 
Vázquez. 



18 de Julio y 



h 



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ENGASO 

REVISTA HC^SURL 



DIRECTORES: 
PABLO DE GRECIA — JOSÉ MARÍA DELGADO 



I* 




FEBRERO DE ig22 





SVMARIO : 


^ 


José Pereira Rodríguez 




«El Embrujo de Sevilla» 




Pablo de Grecia 




Sonetea 




Teresa Santos de Bosch 




La realidad de la ilusión '^ 




Horacio Mal dona do 




Moliere y el Rey Sol 




Víctor Pérez Petit 




Soñando junto al piano 




Emilio Samiel 




Capítulo de novela 




Carlos A. Herrera Mac Lean 


Crónicas de arte 




Glosas del mes - 


- Notas bibliográficas 




Montevideo. 




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AÑO VII 


URUGUAY 






N.-44 



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"PEGASO" 



REVISTA MENSUAL 



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A.lberlo Brignole. — Mtinuel Benavente. — Enriqueta Compte 
y Riquó. — Buenaventura Caviglia (hijo). — Julio J. Casal. — 
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nández Saldaña. — Emilio Frugoni. — Blas S. Genovese. — 
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bourou. — Julio Lerena Joan.icó. — Luisa Luisi. — Cusiano Mo- 
negal. — Horacio Maldonado. — Julio Raúl Mendilaharsu. — 
Raúl Montero Bustamante. — A. Montiel Ballesteros. — Emilio 
Oribe. — José Pereira Rodríguez.- Víctor Pérez Petit. — Carlos 
M. Prando. — Wifredo Pi. — Horacio Quiroga. — Sanlín Carlos 
Rossi. - Vicente A. Salaverri. — Emilio; Samiel. — Carlos Sabat 
Ercasty. —Juan Zorrilla de San Martin. — Alburio Zum Felde.— 
Arm;indo Vasseur. 



SECRETARIO DE REDACCIÓN 
TELMO ]»IANA€ORDA 

ADMINISTRACIÓN 

Todo lo referente a la Administración debe dirigirse a 
San Salvador 2300, Montevideo, llragnay 

Suscripción mensual: $ 0.50. Avisos: convencional. 

PUBLICACIÓN 

Todo lo referente a la Redacción debe dirigirse a los Directores, 
S de Octubre 120, Ülontevideo, Uruguay 

No se devuelven los originales. 

LOS MATERIALES DE "PEGASO'^ 
SON INÉDITOS 



^ 



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Banco Hipotecario deí Uruguay 

INSTITUCIÓN DEL ESTADO 



CAJA DE AHORROS i 

Abona por los depósitos el 6 V2 "¡o anual 

Invierte los depósitos por cuenta de los ahorristas, en "Títulos Hi- 
potecarlos", los cuales al precio actual, reditúan un interés mayor de 
6 o|o anual. 

Los intereses de esos "Títulos" se pagan trimestraljne|||e el l.o de 
Febrero, el 1.° de Mayo, el 1.° de Agosto y el 1.° de Koviemlire de 
cada afio. 

iKts "Depósitos", mientras no se inviertan en Títulos, y éstos con 
el "Cupta" corrloite, si la inversión ya se lia hecbo, pueden ser re- 
tirados parcial o totalmente, en cualquier' momento. 

Hace préstamos con la garantía 'de los Títulos depositados y paga 
los "Cupones" por adelantado, mediante un pequeño descuento. 

Entrega alcancías para el depósito y guarda de los ahorros pequeños. 

Los depósitos tienen la garantía del Estado, además de la del Banco. 

Los "Títulos Hipotocarios" se emiten stdMnente contra la;psran- 
tía real de bienes inmuebles, urbanos y rurales. _^^ 

Las libretas que entrega, contienm las condiciones, de la' épefaeifo. 



CALLE MISIONES, 4429, i 43Í) y 1439 



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°p*' "PEGASO" 

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Alberto Brignole. — Mjinuel Benavente. — Knriquela Compte 
y Riqué. — Buenavenlurn Caviglia (hijo). — Julio J. Casal. - 
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nández Saldaña. — Emilio Frugoni. — Blas S. Genovese. — 
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bourou. — Julio Lerena Joanicó. — Luisa Luisi. — Cusiano Mo- 
negal. — Horacio Maldonado. — Julio Raúl Mendilaharsu. — 
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Oribe. — José Pereira Rodríguez.- Víctor Pérez Petit. — Carlos 
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Banco Hipotecario del Uruguay 

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Abona por los depósitos el 6 V2 "/o anual 

Invierte los depteitos por cuenta de los ahorrlstas, en "Títulos Hi- 
potecatios", los cuales al precio actual, reditúan un interés mayor de 
6 o|o anual. 

Los intereses de esos "Títulos" se pagan trimestralmea^ el I.» de 
Febrero, el 1.° de Mayo, el 1." de Agosto y el 1.° de Noviembre de 
cada año. 

LOs "Depósitos", mientras no se inviertan en Títulos, y éstos con 
el "Cupón" corriente, si la inversión ya se ha hecho, pueden ser re- 
tirados parcial o totalmente, en cualquier' momento. 

Hace préstamos con la garantía *de los Títulos depositados y paga 
los "Cupones" por adelantado, mediante un pequeño descuento. 

Entrega alcancías para el depósito y guarda de los ahorros pequeños. 

Los depósitos tienen la garantía del Estado, además de la del Banco. 

Los "Títulos Hipotecarlos" se emiten solamente contra la, garan- 
tía real de bienes inmuebles, urbanos y rurales. 

Las libretas que entrega, contienen las condiciones de la operación. 

CALLE MISIONES, 14-29, U3Í) y 1459 ... . 



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UeiiM«i Plore* @66.— Uotdot Csll» 18 de Jnüo a(ft.- 

Horario dte ta«íipcwl«ikeliií «le la i!Íi|ilt¿: «e*IO *'tt fll» ié'« IC-tMl «ébiiiw £V(rBÍS. 





fMoiftaido I» 



Un* ««* at iMa, e «laBdo lo cria oportuno 

viata 7 •« le devaalve ccm4a dea^néa 4é i^l 
tirar el dlaato Qiw coBiopga y i^Frdiláia«lo «n 
MI cuenta. Iioa aaldoa del dioero a«t depóaHa- 
do. ganaiin el 6 °/o de Irtcitt fcntft la aasui 
df f 1 000. — La« caalldadii aiiajerea de $ 
1.000, Bo tfumtén int^da yor H nnjD. 

El Banco ka reaiM4ia lamtrfén, eaiaMeeer ÍÁ~ 
bretaa do Ckja dr Ahoiroa á Plun Fi]o,(a ren- 
eer cada aeU mete»). Fura cata cíate de opc> 
racioiiea se ha Atado eMnterfa de4 1/2 Ve 
hasta la tama de $ üOjMO. 

£1 Estado rcspinde ditcctaaitiite d« la caii- 
%l6n, de|id«ilos j operacionca qiie irallce el Banco, (art. 12 de la-l^y de 17 do Julio de 1911), 










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PEGASO 

REVISTA MENSUAL UlONTEVIOEO 

DIRECTORES: Pablo de Grecia-José María Delgado 

mtnH\m. N.' 44 — Alo vil. 



"EL EMBRUJO DE SEVILLA" 



POE CABLOS REYLES 



Carlos Reyles, siguiendo la ruta luminosa de Enri- 
que Larreta, acaba de publicar "El Brabrvijó de Se- 
villa". El novelista recio y admirable ensayista ha ido 
«át la España del "cante hondo", como Larreta fuera 
a la España caballeresca. Hay en la identidad de este 
gesto, la misma aristocracia que llevó a Rubén Darío 
a intentar, en su visita a Mallorca, su novela frustra- 
da **La Isla de Oro". Merece sindicarse esta tenden- 
cia hispanófilaj porque, de persistir, nos hará perder 
la obra americana, nativa, que podrían legarnos los 
más fuertes y los más capacitados para hacerla. 

Este caso de Reyles es más sugerente que el de La- 
rreta y aún que el de Darío. Al fin y al cabo, la de Da- 
río fué una simple tentativa, sobre la que no persistió 
mayormente. Larreta, en cambio, surgió de un modo 
excepcional con "La Gloria de Don Ramiro". Recuér- 
dese que la novela destacó de inmediato a un gran ar- 
tista y que, para completar el triunfo, no faltó la bur- 
da acusación, de "obra pagada a Pedro de Répide"; 

Reyles ya tenía ganada, y bien ganada, su posición 
literaria, y "echa la mano** al tema americano con 



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Banco de la República Oriental del Uruguay 

Institución del Estado 
riiMi pir ley <c 13 <c Marn « ítSS y rtiMí vtr ta ley eifiria á( íl kSMtk ISll 



Casa Central: Calle Zabala esquina Cerrito 

Caja út Akerres - Jtleancras - likretas de Cija da üliarros a Plazo Fijo 

La* dapónltofi «■ Ci^s 4« ikcrvM Aleaurte, |umi 4el hitn^i de • "/» 
kaitu U caatldkd de $ 1.000 

El Banco recibe e&la clase de depósitos en la Casa Central y en 
todas sus dependencias, que son las siguientes: 

AGENCIAS: 

Aguada: Uvenida General Rundeau esq. Valparaíso.— Paso del 
Molino: Calle Agraciada tí6S. — Avenida General Plores: Avenida 
General Flores 2266.— Unión: Calle 18 de Julio 205.— Cordón: 
Avenida 18 de Julio 1660, esq. Minas. 

CAJA NACIONAL DR AH0BB08 Y DR8C17RRT08, folCKla Mq. CUAmI*!* 

8UCUKSALK8 
Km toda* lai capHalrn jr poblMioi»»* Inpoiiaat** de Ion departaneatoa . 

Hurariu (le Ina d<>|>oiid<>iU'ÍRS de In ra|iital: do 10 n 13 y de 14 n 16.— I.U4 Sábados dv 10 a 13. 

Iji aiciuipfa eu lu llave dH ahorro domAiti- 
cn.— Doposiu Vd. DOS PESOS y m <>l actu 
so le eiitregHrtl, GRATUITAMENTE, una AT.- 
CAKCIA «cnwlo toa llarr, qMedando Mln 'la- 
T» guardada en el Banco. Esoa 008 PESOS 
SON 8VY0B, ganan Interés j pui'de Vd. rc- 
tii arlos en cualquier mmueato, derolTicndo la 
AU-ancta. 

Una vrz ni mes, n cuando lo crea oportuno 
presenta Vd. la Alcaucfa, la qoe ne nbr« a su 
vista y se le devuelve cerrada dexput^s de re- 
tirar el dinero que contenga y ncreditArselu en 
su cuenta. Los saldos del dinero as( deposita- 
do, ganarán el 6 "/o de ir teres hasta la suma 
d<- $ 1 000. — Imü cantidades mayores de i 
1.000, no ganarán inleids por i-l rxc<80. 

ICI Banco ha resuelto también, establecer Li- 
bretas do Caja de Abonos a Plnxo Fijo (a ven- 
cer cada seis meses). Pain esta clase de op<- 
raciones se lia fijado el interés de 4 1,2 "/„ 
hasta la suma de $ 50.000. 

El Estado re8p<ndc dilectamente de la emi- 
sidn, deprtsilos y n|)Oiiiciones que lealice el Banco, (nrt. 12 de la ley de 17 de Julio de lOlli. 

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EGA50 



REVISTA MENSUAL MONTEVIDEO 

DIRECTORES: Pablo de Grecia— José María Delgado 

letrtroit U22. N.* 44 — AioVIl. 



"EL EMBRUJO DE SEVILLA" 



POR CARLOS REYLES 



Carlos Royl(>s, sÍAiiiciido la ruta liiiiiinosa do Enri- 
que Ijarrota, acaba úo ])ul)Ii('ai' "El Eiüljrvijo lo So- 
villa". El novolista roclo y adinirahh» ojisayista ha ido 
a la España dol "canto hondo", coino Larrola fuora 
a la España caballorosca. Hay on la identidad <le osto 
gosto, la misma aristocracia i\ae llovó a Rnbón Darío 
a intentar, en sn visita a Mallorca, su noA'ola frustra- 
da "La Isla de Oro". Merece sindicarse esta tenden- 
cia hispanóíila, porque, de persistir, nos hará ])erder 
lu obra americana, nativa, que podrían loriarnos los 
más fuertes y los más capacitados para hacerla. 

Este caso de Royles es más su «érente que el de La- 
rreta y aiin que el do Darío. Al íin y al cabo, la de Da- 
río fué una simple tentativa, sobro la que no persistió 
mayormente. Larreta, en cambio, surj^ió de un modo 
excepcional con "La Gloria de Don Ramiro". Recuér- 
dese que la novela destacó de inmediato a un gran ar- 
tista y que, para completar el triunfo, no faltó la bur- 
da acusación de "obra pairada a Pedro de Répide". 

Reyles ya tenía ganada, y bien ganada, su posición 
literaria, y "echa la mano" al tema americano con 



^►^ 






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. 338 « paoASO ' 

'*Beba",*'*La Raza de Caín" y "El Terruño", cuan- 
do se nos revela un admirable conocedor del alma an- 
daluza y un estupendo cronista de la Sevilla trágica, 
realizando su mejor novela realista. , | 

Hay en "El Embrujo de Sevilla" todas las buciías 
cualidades que en las anteriores novelas de Keyles se- 
* ñaló la unanimidad de la crítica. No falta la minucio- 
sa psicología de las almas torturadas, la frase expre- 
siva, la descripción llena de color, la narración justa 
} precisa y el realismo vivo y exacto que en "El Te- 
rruño" se había diluido en largas disquisiciones y en 
**h& Raza de Caín" se había marchitado en las» in- 
trospecciones de los personajes divagadores y -estili- 
zados] 

"El Embrujo de Sevilla" es una novela completa, 
íleyles ha conquistado así un nuevo triunfo, que acu- 
í ! sa, a sus cincuenta y cuatro años, la vigorosa plenitud 

' . g .intelectual. 

Reviven otra vez en estas páginas apasionadas las 
' tendencias nietzsoheanas de "La Muerte del Cisne",, 

con su metafísica del oro puesta al serv|icio de un 
; ideal. Contra la vulgaridad de los juicios deprimen- 

tes, Reyles adopta la viril apostura y dice, por boca 
de uno de sus personajes: "El torero célebre es, aun- 
que parezca paradoja o enorme dislate, el profesor de 
energía e idealismo de nuestras multitudes. El les ha- 
bla el lenguaje que ellas entienden y les llena el aliña 
de apetencias de oro y ambición de gloria. Es un esti- 
mulante, el único que poseen. Existen, a no dudarlo, 
otras influencias más nobles, pero ninguna llega al 
pueblo, y éste, sin el lidiador, que condenan a ciegas 
los moralistas, se quedaría ayuno de todo alimento es- 
piritual". 
, Y, como si todavía fuera poco, agrega y repite ya 

■ al final del libro: "En Sevilla todo es hechizo, sortile- 

gio, encantamiento. Muere un bandido, y el escultor 
Gijón hace del criminal un Cristo maravilloso; la^ ni- 






... , *'eL embrujo de SEVILLA" * 339 

ñas ponen unas macetas y unas jaulAS en los balcones, 
y, como por arte de magia, truecan en alegría la mise- 
jia 'de la ciudad; los vinos de oro convierten la pena 
en fiesta, el lloro en canto, el canto en lloro. Sí, aquí 
todos son círculos mágicos: el sol, las calles embruja- 
das, los patios soñadores, las coplas quejumbrosas, las 
procesiones trágicas, los tahlaos dislocad ores, tierra 
gorda en la que florecen todo el año los claveles ro- 
jos de la pasión y del salero. Y el más grande de to- 
dos los círculos mágicos /la Plaza de Toros, el redon-' 
del divino. La arena amarilla parece un to]^acio- lumi- 
noso, y ese topacio es un duro crisol donde se funden 
y aparecen, limpias de escorias, las broncas virtudes 
de la raza; un misterioso espe^jo, un espejo brujo, en 
el cual los españoles nos vemos como quisiéramos ser, 
como fue/on los Grandes Capitanes, los Conquistado- 
res, los Misioneros ".. . 

Novela sevillana es ésta, con toda la plenitud lumi- 
nosa de los cielos de Andalucía, con toda el alma em- 
V brujada de colores, de claveles, de mujeres, de man- 
tones floreados, de pasiones, de tragedia . . . Pasa la 
vida dolorosa de una "cantaora", desgarrándose por 
culpa del embrujo, haciendo, sobre los despojos de su 
dicha, la felicidad de otras existencias. Por encima de 
■i la tristeza irremediable de las almas llenas de pasión, 
triunfan las almas apegadas a la vida. Bajo los cielos 
claros de Sevilla, entre sus callejuelas ensoñadoras, ca- 
be SU8 balcones lleiíos de claveles, en medio a todo ese 
embrujamiento, que acicatea y apresura el cor.izón — 
convertido en llama — cruzan los personajes de Reyles, 
trágicamente desolados, como si fueran áspejos graba- 
dos de otro Darío de Eegoyos, trazados a navaja para 
ilustrar otra "España negra". Es que Reyles ha con- 
seguido damos la exacta impresión de lo que es Sevi- 
lla: ''Hechizo, sortilegio, encantamiento.". Lo ha logra- 
xi do fundiendo en su alma gaucha — que tiene mucho de 
torero — el alma andaluza, en que la alegría y el dolpr 



W»p»TK.T;.TÍ5' 



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■\ 



340 > PEGASO 

son igualmente ñestas, en que se apura el loco gozo de 
vivir^ como si f ueAt la llamarada de un incendio. 

n . ■ ■ ■ .r 

Como en las antiguas ''Academias", l^eyles hizo un 
esbozo previo de "El Embrujo de Sevilla" en una na- 
rración que publicó "El Cuento Ilustrado" con el título 
de "Un Capricho de Goya". (1) . ' 

AHÍ está Pura, la "cantaora", la famosa "Trianera", 
que cuando "echa los brazos al cielo, se vienen abajo 
del cielo los serafines". Es la misma que despreció al 
"Perote" — en la novela el "Pitoche" — y que cuan- 
do, enloquecida de amor, va a marcharse con Paco, el 
torero, sin saber cómo, ante la mirada triste que le di- 
ris^e su antiguo amante, a punto de ser estrangulado por 
el torero, vuelve sus pasos y da una puñalada al propio 
Paco, para arrepentirse luego, confesando a gritos su 
..^lala acción, mientras marchan lentos, los Pasos en la 
noche trágica de una Semana 8anta de Sevilla, Toda la 
acción de la novela, bellamente dramatizada, gira sobre ^. 
este asunto, y la completan y la sitúan exactamente en 
la época, descripciones admirables. 

No ha modificado Eeyles, por tanto, el procedimiento 
que le hizo anticipar en "Primitivo" y en "El Extra- 
ño", las fuertes páginas de "La Raza de Caín" y "El 
.Terruño". Persiste, pues, en abocetar previamente sus 
grandes novelas, y procede así, al igual de los grandes 
pintores, ya que pintor es también por la veracidad de 
sus descripciones y la variada profusión de tonos que 
sabe utilizar. con maestría. 

No es "El Embrujo de Sevilla" un "capricho de Go- 
ya", solameiite, sino toda una serie de caprichos, en los 
que, como en los del dibujante genial, se aunan la vida 
y la muerte, en lo que tienen de más trágico. 1 

La tendencia de Reyles a hacer de sus novelas, prefe- 

(1) Tomo ni. N o 30. Buraos Aire», octubre 29 de 1918. 



'é* 



*'EL embrujo de SEVILLA" 341 

Tentemente, un ensayo filosófico — que se le ha hecho 
notar como uno de sus defectos característicos — no ad- 
quiere, en **E1 Embrujo de Sevilla", las viejas propor- 
ciones censuradas. Todo, en la nueva obra, es mesura, 
justeza, equilibrio. 

Ciertamente que contra esta novela, en lo que tiene de 
medular y de "tesis", se levantarán iracundos los que, 
como Eugenio Noel, han censurado el flamenquismo, co- 
mo fruto malo de la exaltación del redondel. Pero, es el 
caso que, hasta el mismo Reyles, reconoce ese mal del 
"chulo" — como es un mal el del "compadrito" — y 
contra la posible objeción argumenta, valientemente, el 
torero Paco : " . . . un pueblo que desprecia el pellejo, 
;el trabajo, la riqueza y el saber, y ama el tronío, la va- 
lentía, la gracia y el goce, no está de más en este picaro 
mundo". Y- más adelante: "Si las viejas virtudes espa- 
ñolas no han muerto ya por falta de empleo, es quizá 
porque la magia del redondel las galvaniza y conserva. 
La bizarría y la majeza, que no podemos poner en la in- 
dustria y fl comercio, la ponemos en el arte taurino, el 
más viril y arrogante de todos, arte exclusivamente es- 
pañol, como no podía menos de ser, siendo el más arro- 
gante y viril, hecho con nuestros nervios y con nuestras 
entrañas, y por eso el único que les habla al alma de to- 
llos los españoles castizos". 

No es la Andalucía de pandereta la que pinta y des- 
cribe Reyles. Es la Andalucía maja, la de la "sangre, 
voluptuosidad y muerte" de Maurice Barres, la que 
oculta detrás de las macetas de un balcón florido de 
claveles, la gruitarra del "cantaor" y la navaja del 
"chulo". És la Sevilla trágica, que se burla hasta de 
Ta muerte, como Goya inmortalizaba la mueca del ago- 
nizante en la cara siniestra del pélele. 

El arte del toreo aparece aquí como un culto que se 
ejerce casi con religiosidad, y así don Gaspar — un 
personaje de la novela en que se adivina a Reyles — 
dice en defensa suya: "Muchos sociólogos de chicha 



*''■-. 

1 



342 



PEGASO 



y nabo, le inculpan el atraso de España, sin echar de 
ver que hay regiones atrasadísimas de ésta, donde la 
afición no tiene influencia alguna. Si la tuviera serían 
allí las gentes menos inertes y brutas". | 

Por esto, a pesar de que Reyles acaba de dar a Es- 
paña una obra admirable, no sería extraño que de Es- 
paña mismo le tiraran la primera piedra . . . 

Suceda lo que suceda, si bien es cierto que el ameri- 
canismo ha perdido la oportunidad de triunfar una vez 
más por el desvío de Reyles hacia el tema regional es- 
pañol, no e^ menos cierto que con '*E1 Embrujo de 
Sevilla", la literatura hispanoamericana se ha enri- 
quecido con una nueva gran novela. i 



y 



José Í*ebeira Rodríguez, 



Treinta y Tres. Febrm-o de 1922. 






'•■.i 



N 



AMARILLO Y NEGRO 



Oh, la tristeza de sus ojos griegos 

Y su melancolía penserosa, 

Y la inquietud de sus traviesos ruegos 

Y el sutil filtro de su boca rosa. 

Dicen rústicos dísticos labriegos 
Sus labios: y sus manos, de mimosa 
Condescendencia, rememoran juegos 
Galantes bajo los laureles rosa. 

Oh, quién fuera sú leve falderillo, 
Húmeda hierba o rústico tomillo . . . 
Oh, quién fuera violeta o mejorana; 



Oh, quién jacinto o luminosa espiga, 
'^■$'- Para besar su falda y la profana 
Media que mima la ajustada liga! 



I -. 



.*V.-' r 



344 



PEGASO 



AQUELLA MURIENTE TARDE 



El inefable instante en que la suerte 
Me puso de tu gracia en el camino^ 
Eternizado en ritmo cristalino 
Será a despecho de la adusta muerte. 

Y siempre joven y por siempre fuerte 
Nuestro amor al auspicio del divino 
Infante crecerá, pues el destino 
Nos ha anudado con su abrazo inerte. 

Más allá de la vida y de sus furias, 
Días y meses, años y centurias, 
Reviviremos nuestro amor, y aquella 

Muriente tarde de inicial ventura 
En que glisó tu cabellera oscura 
Sobre mi frente, a la primer estrella. 



Pablo de Grecia. 



■*■'■■ 

A' 



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M.\l. 






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LA REALIDAD DE LA ILUSIÓN 



Laodamante aparejó su barca alej/indola de la ori- 
lla a impulso de un vigoroso golpe de remo. Amane- 
cía ; el ' mar, aún adormecido, manteníase en calma. 
Sus aguas mansas reflejaban el zafir del cielo y en el 
borroso horizonte emergía la Aurora, después de to- 
mar su baño matinal, ruborizando a las nubes. 

Laodamante, así que perdió de vista la playa, soltó 
los remos e izó la vela, dejando que el céfiro amable 
guiara la barca; ésta se deslizó con ondulaciones ele- 
gantes por las aguas siempre tranquilas y el joven se 
extasió ante el espectáculo maravilloso del sol nacien- 
te, que irradiando su luz en lampos inmensos, bruñía ias 
aguas y el celaje. De pronto la barca se detuvo, y Lao- 
damante despertó bruscamente de su ensueño. Estaba 
junto a un islote perdido ep plena mar, un islote para 
él desconocido; fuerte y audaz no se amilanó y ama- 
rrando su barca se dispuso a investigar la roca. Ape- 
nas puesto pie en tierra, una voz dulcísima, que pro- 
nunciaba su nombre, le detuvo, y, con ojos de asom- 
bro, contempló una mujer de imponderable belleza que, 
asida a su barca, se sostenía a flor de agua. Atónito, 
dio un paso hacia ella, creyéndola en peligro, y la be- 
lla, al ver su sobresalto, prorrumpió en risa tan armó 
nica, que Laodamante miró a su alrededor, buscando 
de donde procedía música tan singular. Así que con- 
'cluyó de reír, le habló: ''¡Qué gallardo eres! Te co- 
nozco hace tiempo, pues soy una de las tantas sirenas 



346 PMASO 

hijas de este mar que amas; me han seducido tu va- 
lor, tu audacia y. . . tu melancolía; ¿qué tienes f Dejas 
vagar tu barca por las aguas mansas o bravias, así la 
guie la onda suavemente o la envuelvan las ondas ira- 
cundas, nada te conmueve. ¡Cuántas veces he evitado 
el que mi padre, enfurecido por tu desdeñosa indife- 
rencia, te sepultase" junto con tu nave! ¿Qué busca tu 
mirada, siempre fija en el horizonte?..." Laodaman- 
te escucJiaba las palabras de la Sirena y no acertaba 
a contestarle. "Buen amigo, continuó, ¿buscas eso que 
los hombres llaman felicidad?, ¿eso que los- hombres 
llaman amor? ¿eso que los hombres llaman un ideal? 
Ven a mí que yo te lo daré todo. Acariciarás mi corus- 
cante cabellera, te mirarás en mis ojos sin fondo, be- 
sarás largamente mi boca, y te llevaré a mi morada 
submarina de irisadas estalactitas, a mi lecho de co- 
ral mullido con. musgo oloroso, donde, en inmensos 
caracoles acústicos, crecen algas de colores inverosí- 
miles y donde s^rás rey y señor; te servirán las sire- 
nas mis hermanas y te protegerán los delfines amigos 
de Arión. Podrás, cual nosotras, cabalgar las tempes- 
tades, culminar sobre las rompientes sonriendo al 
Aquilón de ancho soplo y al Ábrego salado y pavoro- 
so. . . ¡Ven! ¡Ven, que soy tu ensueño, ven que te 
amo!" 

Laodamante, enloquecido, fué hacia ella y la estre- 
chó impetuoso. . . un alarido de horror estremeció las 
aguas y el ambiente. Con gesto de poseído rechazó du- 
Taraente a la fascinante sirena, crispado de repugnan- 
cia al contacto de su cuerpo frío, viscoso, cubierto de 
escamas . . . ¡ Que así es la ilusión y el hombre, al ha- 
cerla realidad, destruye siempre un ensueño ! . . . , 

Tebesa Santos de Bosch. 
• . C'Fabiola"). I 

(Del libro próximo a publicarse: ''Fuegos Fatuos"). 



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MOLIERE Y EL REY SOL 



Estamos en la Corte de Luis XIV, el rey Sol. Saint- 
Simón nos va a decir, en sus memorias, cómo es de 
munífico y de magnífico el monarca. En este punto 

Saint-Simón no puede ser tachado de parcialidad, pues T^j 

se sabe que él nunca amó a Luis XIV. 

"Jamáis personne — dice el autor de las "Me- 
morias" — ne donna de meilleure gráce et n 'augmen- 
ta tant par la le prix de ses bienfaits. Jamáis person- 
ne ne vendit mieux ses paroles, son souris*méme, jus- 
qu' á ses regards. II rendit tout précieux par le ehoix 
et la majesté, á qui la rareté et la brevete de ses pa- 
rólos ajoutait beaucoup. S'il les adressait á quelqu'un, 
ou de question, ou de choses indifférentes, toute 1 'as- 
si stance le regardait; c'était une distinction dont on , 
s 'entretenait et qui rendit toujours une sorte de con- 
sidération. II en était de méme de toutes les attentions 
et les distinctions, et des préférences, qu'il donnait dans 
leurs proportions". 

Con estas palabras, que no traducimos por no qui- 
tarles la belleza de la lengua original, comienza Saint- * \ . 
¿Simón el capítulo titulado " Munificencia^y Vnagnifi- 
cencia de Luis XIV". 

Grandes escritores, ingenios brillantes y armonio- 
sos, de estilo puro, clásico, pulido, hacían más magní- 
<6ca aún la Corte. Un Corneille, wn Racine y un Mo- 
liere entretenían los ocios del monarca con tragedias 



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348 PEGASO 

y comedias en las cuales surgían la voluntad heroica, 
el amor con todas sus debilidades, y los vicios y defec- 
tos y ridiculeces con que los hombres afean sus accio- 
nes : el Cid vengaba heroicamente la afrenta de su pa- 
dre, en la persona del padre de su adorada Jimena; 
Horacio daba muerte a su hermana Camila, después 
de su victoria contra los Curiacios; Augusto, magní- 
'fico como Luis, perdonaba al conspirador Cinna; Fe- 
dra mostraba su amor culpable a Hipólito, su hijas- 
tro; Andrómaca luchaba entre su amor maternal y 
su dignidad de viuda de Héctor; Atalía dejaba estallar 
su loca ambición en las puertas del templo hebreo ; Be- 
renice se despedía tiernamente de Tito, ya empera- 
dor; Harpagón gritaba que los ladrones le habían ro- 
bado su marmita llena de oro; Tartufo hacía odiar a 
los hipócritas; Argan, enfermo imaginario, conversa- 
ba con médicos extremadamente ridículos; Scapin, con 
sus trapacerías, ponía en revolución a dos familias; 
el señor de Pourceaugnac era víctima de crueles en- 
gaños; las mujeres sabias — el feminismo que diría- 
mos ahora — eran derrotadas; las marisabidillas ri- 
diculas quedaban burladas, y Alceste paseaba su ne- 
gra misantropía . . . Todo esto proporcionaba horas 
deliciosas a Luis XFV. El monarca vivía en una corte 
de luz, de pompa, de armonía, de arte: "El amó la 
gloria, y quiso orden y regla" — dioo Saint-Simón. 



Un día Luis XFV puso los ojos en un memorial que 
comenzaba así: "Siendo el deber de la comedia corre- 
íñr a los hambres, divirtiéndolos, he creído que, en la 
tarea en que me encuentro, no haría nada mejor que 
atacar, con pinturas ridiculas, los vicios de mi siglo: 
y. como la hipocresía, sin duda, os uno de los que es- 
tán más en uso, de los más incómodos y de los más pe- 
ligrosos tuve el pensamiento. Señor, de que yo no 



-«"*', 



... y 

MOLIERE Y EL REY SOL 349 * 

prestaría pequeño servicio a toda la gente honesta de 
vuestro reino, si escribiera una comedia que descri- 
biese a los hipócritas, y pusiese a la vista, como es ne- 
cesario, los gestos estudiados de esta gente, todas las 
'bribonadas ocultas de estos falsos monederos en de- 
voción, que quieren atrapar a los hombres con un celo ^ 
falsificado y una caridad sofística". 

El monarca sonreía gratamente leyendo la súplica 
de Moliere para que se le permitiera representar su 
"Tartuffe". La risa del gran autor cómico había atra 
pado esta vez la hipocresía, clavándole sus dardos más 
agudos; y como Iq^ hipócritas han sido siempre nume- 
rosísimos, escasísima fué la gente que deseó ver re- 
presentada la comedia de Moliere. Los más temían ver- 
se retratados en la escena. . . 

El monarca no se opuso a la representación: él co- 
nocía muy bien a esa gente, y entre sus cortesanos ha- 
bía muchos que podrían competir con Tartufo. Le gus- 
taba mucho la comedia ; se reía de Orgón, a quien ha- 
bía engañado Tartufo; lamentaba que una joven tan 
bella y tan buena como Mariana fuera ofrecida en 
matrimonio por su imbécil padre al redomado hipó- 
crita, y se alegraba de un final tan grato" y tan ri^e- 
ño, y repetía los versos con que Moliere, por boca de 
Cleanto, elogiaba la bondad de su soberano. 

Sin embargo, al día siguiente de la primera repre- 
sentación, el primer Presidente del Parlamento la pro- 
hibió. 



Luis XIV está en campaña, y Moliere desea ardien- 
lemente que su ** Tartuffe", que fué representado solo 
una vez, continúe en la escena... Dos compañeros de 
Moliere presentan al monarca una nueva súplica, en 
su campamento delante de la ciudad de Lille, en Flan- 
des, y Luis sonríe nuevamente: \ 



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;550 • 1 PEGASO 

*■ ' Es una cosa muy temeraria ■ — dice el nuevo memo- 
rial — venir a importunar a un gran monarca en me- 
dio de sus gloriosas conquistas; pero,^en el estado en 
que Ole encuentro, ¿dónde encontrar, Señor, una pro- 
lección sino en el lugar en que vengo a buscarla ? i Y a 
quién puedo yo recurrir contra la autoridad del poder 
que me oprime sino a la fuente del poder y de la au- 
toridad, sino al justo dispensador de las órdenes ab- 
solutas, sino al soberano juez y al maestro de todas las 
cosas? Mi comedia. Señor, no ha podido gozar de las 
bondades de Vuestra Majestad". , I 

Podría afirmarse, leyendo este Ihemorial, qué Mo- 
liere adulaba demasiado al magnífico Rey Sol. Pero 
nosotros creemos que hay sinceridad en las palabras 
del gran autor cómico; que en ellas resplandece el 
amor a su soberano, y que la protección que las letras 
encontraban en Luis XIV, despertaba en los escrito- 
res un fuerte entusiasmo amoroso por el Mecenas co- 
ronado. 

Leído el nuevo memorial,, el monarca dio permiso 
para representar "Le Tartuffe"; y, sin embargo, sólo 
después de haber tr&nscurrido más de un año, fué le- 
vantada la prohibición de representar la comedia. 

Moliere aprovechó lo que él llamó el día. de la gran 
resurrección dé "Tartuffe", para pedir otra gracia al 
monarca. 

Reproducimos una parte de este memorial, porque 
en él hay una sátira graciosa contra los médicos. El 
espíritu burlón contra los médicos predomina en mu- 
chas comedias de Poquelin. I 

"Un médico muy honesto, que me cuenta entre sus 
enfermos, y con honor para mí, me promete, y quiere 
obligarse por ante escribano, hacerme vivir aún trein- 
ta años, si yo puedo obtenerle una giacia de Vuestra 
Majestad. Le he dicho, sobre su promesa, que yo no 
le pedía tanto, y que a mí me contentaría él con tal 
que se obligase a no matarme. Esta gracia, Señor, es 



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^\ mouíre y el rey sol ■ 351 

un canonicato de vuestra capilla real dé Vincennes, 
vacante por la muerte de...". . , , .. 






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Moliere consigue ver, por fin, representado su '*Tar- 
tuffe" durante cuarenta y cuatro veces^ sin ninguna 
ínter i'upción. 

En los dos primeros actos de esta comedia, que cons- 
ta de cinco, no aparece Tartufo^ Se pronuncia su nom- 
bre, sí, de cuando en cuando, en casa de Orgón. Este 
pregunta por él. 

Orgon.— Et Tártuffe? 

DoRiNE.— Tartuffe? II se porte á merveílle, 

^ Gros et gras, le teint frais, et la bouche 

. ' '' ' [vermeille. 

Okoon. — ^Le pauvre homme! 

En el acto.tercero^y en la escena segunda, aparece 
por primera vez en escena Tartufo, hablando de este 

mode a su criado: \ 

, ■ -I - 

Laurent, serrez ma haire avec ma discipline, 
Et priez que toujours le ciel vous illumine. 
Si 1 'on vient pour me voir, je vais aux prisojnniers 
Des.aumónes que j'ai partager les demiers. 

El hipócrita grita a su criado que le guarde el ci- 
licio y la disciplina, queriendo mostrarse como un al- 
iña buena, piadosa y caritativa que mortifica su carne 
pecadora. 

', j El pobre Tartufo ! — exclamaba Orgón, creyendo 
que su huésped era una excelente persona. • 

Tartufo había, sido antes un mísero, un vago, que 
se daba en las iglesias fuertes golpes de pecho, apa- » 

rentando ardorosa devoción. Orgón, católico, lo vio un • 

día y se lo llevó a su casa y allí lo rodeó de todas las ^"^ 






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comodidades; y tanto se metió en su alma el picaro, 
que quiso casarlo con su hija Mariana... |. 

i51 hipócrita le hace el amor a la esposa de Orgón, 
su protector, aprovechándose de la confianza que en 
él ha depositado dicho señor; y cuando se pone tal 
cosa en conocimiento de Orgón, éste se indigna, con- 
vencido de que en la casa se calumnia a su pobre Tartu- 
fo. Fué menester que la esposa fingiera hacerle caso a 
Tartufo, mientras Orgón estaba escondido debajo de 
una mesa, para que todo el mundo abriera los ojos y 
vieía a Tartufo sin la careta de hipócrita redomado. 



Harpagón entretenía también a Luis X|V, con su 
íivaricia sórdida. De Harpagón se decía que no ^' daba 
los buenos días" sino que "prestaba los buenos días"; 
que hacía imprimir almanaques particulares en los 
cuales duplicaba el número de las témporas y las vi- 
gilias para sacar provecho de l»s ayunos a que obli- 
gaba a su familia; que una vez emplazó judi<áalmente 
al gato de uno de sus vecinos por haberle conáHo el 
resto de una pierna de carnero; que una noche fué 
sorprendido robando la avena de sus propios caba- 
llos, y que, en suma, era un avaró^ un vil y un usurero. 

La graciosísima escena de las manos hacía dester- 
nillar de risa al rey Sol : 

Harpagón. — ^Tiens, viens qk que je voie. Montre-raoi 
tes ma^s. 

La Fleche (criado de Harpagón). — ^Lés voilá. . 

Harpagón. — ^Les autres. ' . }' 

La Fleche. — ¿Les autres? > • 

Harpagón. — ^Oui. • / 

La Fleche. — ^Les voilá. 

Tan desconfiado se muestra Harpagón de su cria- 
do, que ve en ese momento en él más de dos manos, y 
quiere ansiosamente que él se las muestre todas. . 



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MOUllRE Y EL BEY SOL 



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Hay, pues, en Hai'pag'ón dos aspectos: el odioso y 

el ridículo, • ^% ' ' -"'^ 

Moliere ríe siempre, aun .en los cuadros más som- 
bríos: su carcfijada disipa la angustia del espectador 
y enseña más que el más severo sermón. 

Luis XIV lo sabía, e iba a ver la representación de 
las comedias de Moliere, para divertirse y para en- 
contrar una enseñanza que le librara de las malas ten- 



taciones de la Corto. 



Horacio Maldonado. 






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SOÑANDO JUNTO AL PIANO . . . 



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(1) 



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A mi grande y viejo amigo Carlos 
Vaz Ferrelra, — como un recuerdo de 
la tardes de su quinta, en las que, 
oyendo músice, nuestros espíritus dia- 
logaban de arte y filosofía. i 



En las noches de invierno, fantasmales, 
Mientras el viento por jas calle» corre * ' 
Como un lobo, y. la lluvia plañidera ^ 

Tañe en los vidrios trémulo redoble, 

». 

iiuf>cu, junto a la lumbre, mi butaca, 
Y, «errados los ojos, los acordes 
Del itiano van dieiéndome muy quedo 
Los secretos sublimes de Beethoven. » 



,■-•*- 



Y otras noches serenas, estivales, 
Mientras por la ventana de las flores 
Entra el aliento embragiador y leve, 

Oigo a Chopin, y en mi alma se hace entonces 
La paz de un plenilunio fabuloso 
Extraviado en la entraña de algún bosque. 



A 



¡Horas divinas de divino ensueño! 
El alma, de la tierra libertada, 
Vaga por los confines de la vida 
Como una loca y fantasmal sonámbula! 

Y dialoga con Mozart en el límpido 
Idioma del minuetto; con Grieg habla 
De primaveras nórdicas; con Schumann, 
De ternezas muy hondas y románticas. 



(1) Kxciisado parpce advertir que, para comprender con jiisteza estos poemus, es nw^sa. 
rio otr los trozos mii.sicale.s que lu» >nspirarou. 



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SONANDO JUNTO AL PIANO ' 355 

O es Debussy o Eavel, los inquietantes, 
O Bimsky-Korsakow (¡oh, Sclielierezadal), 
O el dulce Schubert, de los lieden tristes... 

Y hablando, * hablando, sin hablar, el alma . ._- 

Con los grandes espíritus fraternos. 
Burla el Dolor y el Éxtasis alcanza. 

• 

Entonces, visionaria, en el silencio • . - 

De la noche inquietante, como una 

(Mariposa de seda que resbala • 

Sobre la vaga claridad nocturna, , " . 

El alma llena de íntimos anhelos, 
La voz doliente del Misterio escucha, ' 

Y el Misterio la dice esas palabras 
Que parecen un antro de locuras. 

El Mundo es ido, y el Dolor, y el Tiempo: 
Habla su idioma celestial la música; - 

Y es como si una pálida agonía, 

Al envolvernos de caricias mudas, y 

Nos diera un gran reposo,' — más solemne • 

Que las naves de un templo en la penumbra. 

' IV ;■ ■ ' - "■■'■ .. -. 

CHOPIN— Prélndft 

Op. 28. N.o 15. 
Es la gota de agua, infatigable, * 

Que perfora la entraña de la roca: ' 

Quieta, leve, al principio, ni se escucha. 
Porque apenas caída se evapora; 

Mas, cayendo incesante, es un ariete 
Que ya, en la entraña viva, nos asorda, 

Y persiste cruel, indomeñable, " . 

Llenándonos de una íntima congoja. 

Así el Genio del Hombre. Es una idea " > <:' 

Fija, tenaz, hurgando entre la sombra • 

Sin descanso; porfiada; más vibrante • 

Cada vez, hasta el díí en que ya rota 
La tiniebla, el Enigm^ se revela 
De pronto cual flamígera amapola. . # 



• ■ * 
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356 



PKGASO 



SCHUBEBT* — Margaret at fhe 
spinning wheel. 



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Ea la rueca que gira chirriando 
En uua vieja choza do Alemania, — 
La rueca familiar de las abuela^, 
La rueca en el andar pesada y tarda. 

Gira, gira, monótona, aburrida, 
Y mientras va girando, siempre canta 
Quien la hace girar, que así desecha 
Su hastio la mujer con remembranzas. 

Pero, ahora, no canta la doliente 
Niña que ante la rueca está sentada. 
Pensativa, sus ojos van siguiendo 

Una historia de amor que al fin acaba 
En una gran traición. — (Y es su alarido 
El loco despertar de un alma trágica). 



•VI 



SCHUBEBT — The Erl King. 



¡Oh, el galope Üe aquel caballo trágico. 
Como una pesadilla, persistente. 
Como una gran angustia, interminaljle, 
Que asorda, que horroriza, que zahiere! 



^ 
V 



Es en vano que un canto de esperanza 
Ke finja el j)obre padre, que el imb^be 
Doncel que lleva en grupas del caballo 
fciiente tras ellos avanzar la Muerte. 



Y a través de la selva va el galope 
Como un gran viento de Dolor y Peste, 
Frenético, angustioso, obsesionante... 

Y el miedo en nuestro pecho hace su albergue, 

Y una angustia nos cierra la garganta, 

Y en la nuca nos roza algo muv tenue... 



«í; 



' ti 



''■*■■.■"., ' - •• 

SOÑANDO JUNTO AL PIANO 357 

; BEETHOV¿N— Claro de luna. 

'■'..' •. Op. 27. N.o 2. . 

Es un parque ducal con un estanque 
Que se aduerme a la sombra de un~gran bosque: 

Y una inmensa terraza donde el mármol . 
Yergue su frío continente noble. 

Bajo la luz plateada de los astros 
Se imantan los lejanos horizontes, 

Y el aire blanquecino se estremece 

Como una novia ante un callado roce. '. ■ 

Y en el parque una reina se adelanta 
Entre un círculo de harpas, que en la noche 
Desgranan sus rosarios de armonías. 

Y es tan grande el misterio, y son las voces 
De las harpas tan suaves, que sollozan 
Extenuadas de amor todas las flores. 

vin 

SCHTJMANN — Concierto A. 

Op. 54. ' - ■ 

• . 

Un golpe de la mágica varilla 

Y allá en la cumbre de la enhiesta roca 

Surge, entre la negrura de la noche, * 

El palacio de lumbres ilusorias. % 

...- ■ t 

Arden, como fanales, las ventanas; 
Sangran las torres^ llamas sarmentosas, ' # 

Y por las puertas de oro huyen canciones, * 
Eisas, llamados, estertores, notas. ■^" 

Mas, de pronto, el fantástico palacio. 
Como aspirado por tremenda tromba, 
Gira y sube, frenético, hacia el cielo; 

Se esfuma lentamente en la remota, 
Iiímensidad, y su claror distante 
Queda como una Slanca nebulosa. 



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f™'fíj^^r^^' , 



358 



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PEGASO 



BEETHOVEN-^onata Op. 26, 3.er t. 
(Marcha fúnebre). 



Sobre el vasto paisaje silencioso 
¥A fúnebre cortejo cruza en marcha. 
Va lentamente, como negra sierpe, 
Sobre una vaga claridad sonámbula. 

Detrás del catafalco van los hombres 
De guerra, desceñidas las espadas; 
Las banderas e insignias orgullosas; 
Los cabaíTos vestidos de gualdrapas. 



Van ancianos y jóvenes, dolientes 
En su marcha cruel y desolada; 
Van todos tropezando con los velos 

Que forman del cortejo una mortaja. 
Y en el aire hay, melenas de humo negro 
Que desanudan al arder las hachas. 



BEETHOVEN— sonata ApassionaU. 

Op. 57. I 



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Pálida, exangüe, perfumada, tíiste, 
Parecía la niña una azucena. 

adió la vio reír, nadie quejarse 
En su porfiada mansedumbre electa. 



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Mudos los ojos, no dijeron nunca 
lia llama que era en eflos un }>oema; 
Mudos los labios, de su pecho herido 
Jamás dijeron la cruel tragedia. 

Y, sin embargo, en la celeste niña, 
Inocente cual tímida gacela. 
Vibraba un corazón enardecido; ^ 

Y en el cauce azulado de sus venas 
La sangre ardía tropical y brava 
Como encelada e indomeñable fiera, 



SOÑANDO JUNTO AL PIANO ,359 



BBAHMS — Vatladones sobre tu 
teniA de Paganini. 



£n ingenuo vidrial, rico en colorea, 
iáu arte puso un artista, primitivo, 

Y el vidrial sus inmóviles figuras 
Lucía si era por el Sol herido. 

Mas, un día, otro artista que pasaba 
Bajo los fuegos del vidrial antiguo, 
De animar sus figuras y aus tintas 
Tuvo do pronto el juguetón capricho. 

Y entremezclando líneas y dibujos, 
Como bajo el poder de un exorcismo. 
Cobraron nueva vida las figuras: 

So agitaron en loco remolino, 

Y a cada movimiento fué surgiendo 
En el mismo vidrial un nuevo rito. 



xn 



OHOPIN — ^Bereeuse. 

Op. 57. D flat. 



Va el río lentamente, lentamente, 
Bajo la luz del plenilunio— fría, — 
Bodando silencioso hacia el abismo 
Que allá, muy lejos, un peñón sigila. 

Y, sobre su cristal, pasa la barca 
Donde la joyen se quedó dormida, 
Mientras a popa, enm&scarado, un hombre 
Dice un cantar muy triste a la sordina. 

Así bogando, silenciosa, llega . 
La barca hasta el peñón. Como una arista, 
Se desploma de pronto en el abismo . . . 

La luna ha dilatado su pupila; 
Pero el silencio, que se agrava, aleja 
ün cantar en las alas de la brisa. 



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V'-!>^ ■ . ■¡■rarassBTí'rr^'í' ; - -■-.'■' ■ 



360 



PEGASO 

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CHOPIN — Andante Spianato. 
Op. 22. 



Es el 8al3n de una galante dama. 
Encima de un coqueto "chiffonicr", 
Un búcaro. En el búcaro, una rosa, 
—Una p&lida y bella rosa-té. 

Tendida en su diván, con abandono 
Espera, fastidiada, la mujer; 

Y las horas transcurren despacito 
Sfin que se baga presente el descortés. 

« 
Hay entonces un mimo de fastidio, 
Acaso un movimiento de altivez: 

Y mientras en el pecho de la hermosa 

Muerde la duda con su diente cruel, 
En su vaso de vidrio se marchita, 
89 marchita la exhausta rosa-té. 



XIV 



CHOPIN— Scheno. 
Op. 31. 



Ebria de excelsitud al cielo sube 
El ave con frenético aletazo 

Y en el oro solar baña sus alas, 
Mientras la aldea se adormece abajo. 

Pero, luego el amor desde la tierra 
La incita a descender con su reclamo, 

Y el ave toma esclavizada al cieno 
Para ensayar sobre este clono el canto. 

Hastiada de su torpe devaneo 
Vuelve a volar el ave hacia lo alto; 

Y de nuevoj otra vez, deja las cumbres. 

Asi, en eterno ir y venir, cansado, 
r>eja el alma la gloria de los cielos 
Para acabar, por último, en el fango. 



SOÑANDO JUNTO AL PIANO 361 



XV 



•^ CHOPIN— Noctaxno. 

Op. 9. N.o 2. 

Por la abierta ventana se advertía 
Un trozo del jardín, que iluminaba > 

lia opalescente claridad nocturna. 
Y un Hombre estaba frente a la ventana. 

Había un gran sik'iipio emopionantc, 

En el huerto florido 7 en la casa. 

Ilua estrella latía allá en el cielo. 

De las rosas entraba la fragancia. • . . \. \ 

El hombre era muy pálido. Sus ojos 
Fijos, allá en la estrella, con amarga 
Atención la seguían. Y la estrella 

Fulgurante, dijérase imantaba 
La voluntad del hombre pensativo, 
Sobándole a traición muy quedo el alma. _„ . 



XVI 

GlOffiO — Au Piintemps. 

Notas blancas, ríentes, juguetonas, 
Leves como un suspiro* o una caricia; 
Notas de amor que dicen la esperanza; 
Notas de luz que claman por la vida, 

En \o8otras lleváis la primavera. 
Como un boca juvenil la risa, 
Como las rosas llevan el perfume 

Y el ruiseñor un hilo de harmonías. 

ViBrando. despertáis a la Natura 
Para la eterna y sin igual vendimia: 
Pululan en la noche las estrellas, 

De esmeralda se cuajan las campiñas, 

Y las almas, cual flores, se entreabren 
Ai misterio que llega y las germina. 



362 



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PEGASO 



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DEBUSfigr— Jardlns sous la plui*. 



¡Oh, el ritmo funerario de la lluvia 
Que cae entre loa árboles fantástica, 
Y aduerme el corazón como la dulce 
Canción que nos mecía allá en la infancia! 



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¡Oh, el eco 'taciturno que las gotas 
Caídas de los árboles levantan 
En el seno del bosque, — cual si fuera 
El ritmo de una exótica balada! 

¡Oh, el gemido doliente, inolvidable, 
Que tiene siempre, cuando cae, el agua! 
{Por qu-é tan hondo su tristeza hiere? 

¿Qué dice con su canto sin palabras 
La lluvia al corazón, que siempre queda 
Gemebundo como una gran campana? 



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MOZABT— Sonata. 
N.» 18 (2.0 mov.). 



Un salón parpadeante de dorados 
Bajo las luces de una araña antigua: 
Reloj de Riesener, muebles de Boule 
Enjoyados por la marquetería. 

Al compás' de la música, un minuetto 
Sobre la alfombra los danzantes miman: 
Marquesas de biscHit, con oro y sedas, 

Y abates sabios en maneras frivolas. 

Madrigales, sonrisas, coqueteos. 
De pronto, alguna frase libertina. 
Movimientos de euritmia irrepvocbable. 

Y a veces, con la esencia de las lilas, 
Desmaya tras espléndido abanico 
El temblor contenido de u<na risa. 



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SpÑANDO JUNTO AL PIANO 363 

XIX 

BACH — Cromatlsche fantasie and fugue. 



Es el Éter o el Mar. ' Sólo lo inmenso 
Semejantes vorágines consiente: 
En el Mar, es rugiente malestroem; 
£s formación de soles, en el Éter. 

Y hacia el nudo central la fuerza indómita 
Atrae las potencias y los seres, 
Haciéndolos girar en torbellino 
Gomo una erguida y fabulosa sierpe. 

Desde lejos se vienen atraídos, 
En hululante y bramadora hueste, 
Los astros, y los hombres, y las eosas. 

En la bárbara tromba van y vienen, 
Giran, luchan, se van, luego retornan, — 
Que es en cesando ese turbión, la Muerte. 



SACHMANINOFF— Elégie. 



Cuelgan pendones fúnebres y largos 
Del dintel ojival de las ventanas. 
Ayes dolientes surgen por mompr.tos 
De la mortuoria y encendida sala. . . 

En el jardín los árboles susurran 
Su interminable letanía extraña; 

Y hasta es lúgubre el ritmo de la fuente 
Que se destila en la marmórea taya. 

Las aves han callado en el boscaje"; ,< 

Las flores han perdido su fragancia; 

Y en su caverna se ha acostado el viento. 

Ahora es eí silencio que se agra\'«i 
Concia noche que llega. Y en los cielos ' 

Tiemblan los astros blancos, como lágrimas. 



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364 



PEGASO 



XXI 



SCHUMANN— Toccata. 
Op. 7. 



En toda la extensión es tin delirio 
De escaleras que ascienden hasta el cielo, 
Cruzándose, cortándose, con loca 
Trabazón de un ardor funambulesco: 

Amplias y señoriales sólo a trazos, 
O mezquinas y raudas por momentos; 
Con recodos y vueltas a capricho, 
Con bruscos sobresaltos sobre el vértigo. 

En caprichosa e inextricable fuga, 
Al que abandona telnerario el 9u«lo, 
Extravian muy pronto en su camino, — 

Que no se halla la altura por un dédalo 
De escalas caprichosas, sino alzando. 
Como el ave caudal, derecho el vuelo. 



xxn 



SCHUIIANN— Groase Sonbta. 

Op. 11, N.o 1. 



Transponed el umbral y bruscamente 
Os envuelve la loca mascarada. 
Cintas, colores, risas, antifaces, 
Bromas y contorsiones, luminarias. 

Y en medio ¿el tropel, una pareja 
Enardecida de pasión romántica. 
Ocultando su amor adulterino ' 

De la curiosidad de las miradas. 

Eisas, bromas, disfraces, centelleos: 
De pronto, una irrupción triunfal de máscaras; 

Y luego, en el salón, u-n hueco trágico: 

Eojo, hirviente de cólera, la daga 
Tinta en sangre, el esposo ha aparecido. 

Y a «i'is pies, desangrándose, una dama. 



SOÑANDO JUNTO AL PIANO 365 



xxm 



SCHUMANK— Traumerei. 
Op. 15. 



£1 estanque^ cubierto de esmeraldas; 
Las orillas, soñando en el misterio 
De la fronda; en el aire un fluido enjambre 
De libélulas. Plásmase el silencio. 

Sentada al pie de un sauce está una niña 
Idealizada por un blanco velo. 
£1 libro que leia, de su mano 
Se ha caído, — olvidado, sin objeto. 

Sueña, mirando el agua del estanque . . . 
Sus pupilas anega el cabrilleo 
Que ponen en el aire las libélulas — 

Y entre las brumas del querido ensueño, 
La imagen del amado lentamente 
£nipieza a diseñarse en sus recuerdos . . . 



XXIV • 

MENDELSSOHN — ^Bondó capricciosso. 
Op. 14, Key E. 



Sobre un surco de fósforo frotado 
Corre' rápi-lamente una chis])illa, 

Y es de pronto im collar tornasolado 
Que con los oros de un gran sol rutila. 

Son lengüetas de fuego rojas, gualdas, 
Con sorpresas de nácar y de mica; 
láilagros del color incandescente; 
Piedras preciosas en enjambre, vivas. 

Al contemplar los juegos de la lumbre 
Los ojos, poco a poco, se hipnotizan; 

Y es, entonces, lo mismo que una rueda 

Flamígera, sangrante, toda chispas, 
Qu« da vueltas sin fin ante el asombro 
Solemne y pertinaz de las pupilas. 



r, . 

A. \ 



366 



noáiú 



XXT 

¡Oh, la voE de mi piane, sugerente 
De visiones, recuerdos y leyendas! 
¡Espesada» de inciensos, encendida 
Como la gloria de cristiana iglesial 

Oyéndola, en el tibio apartamento 
Donde el silencio afelpa a la tiniebla, 
He visto con los ojos de mi alma 
Revivir de mi infancia las consejas. 

Asi, a solas, muy lejos de la vida. 
Del mundo, de los hombres, — ^la cabeza 
Cogida entre las manos, — a mi modo 

He ido interpretando los poemas 
Que soñaba mi piano. Y de esa loca 
Ensoñación, aquí tenéis la siembra. 



Víctor Pérez Petit, 



(Del libro inédito "Las Campanas del Crepúsculo"). 



■ y^ 



CAPITULO DE NOVELA 






V- 



i ^ 



( Fragmento de un libro de ambiente 
regional que publicará esto afio la 
«Editorial Pegaho»). 



A través de la, mampara baja sentí el vozarrón do 
nuestro Gerente advirtiendo prudencia a Maguna. 

— Vea lo que hace; su cuenta se va a las nubes; ha- 
remos esa nueva hipoteca, pero, aunque es mi deber 
no hablar, le aconsejo cautela. 

Comprendí, desde luego, que trataban el mismo te- 
ma sobado y resobado por nosotros en las tertulias de 
la Botica. 

Natural es que allí hablemos mucho de este Maguna, 
cuya incapacidad para toda labor sustantiva lo ha pues- 
to en el trance, repetidas veces, de mordisquear el te- 
rrón que recibió de sus mayores. Por el caminito de la 
escribanía se fueron ya muchas cuadras; ahora acude 
al Banco por más dinero, que ha menester para sus 
combinaciones fantásticas; pues si el destino le mez- 
quinó hasta un adarme de actividad práctica, hasta un 
mísero grano de voluntad traducible en labor, compen- 
só el capricho proveyéndole de una imaginación pro^ 
lífera como mujer pobre y alegre como mañana clara. 

Durante los años que van colmando su vida, galano 
y sonriente se le ha visto siempre; planteando nego- 
cios que resuelvan la incertidumbre de sus finanzas; 
organizando explotaciones, cada vez más perfecciona- 
das, de su cerro calizo; buscando socios; ajustando 



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•tW^'P'^'^''" ' 'ÍTPvS^ 



íi68 PEGASO 

^'l contratos; ordenando análisis de variadísimos guija- 

' rros: subrayando su garrulería con guiñadas mali- 

I ciosas; y hablando de bailes, pues Maguna, ya más 

■,.\ V que pintón y cargado de alifafes, se enorgullece de ha- 

/ \ zafias coreográficas, eu cuya frecuente evocación halla 

.: su carácter invalorable gloria. 

'-. , Y toda esa actividad incesante, ese despliegue para- 

V ■ i . lelo de mímica y elocuencia, concluye siempre del mis- 

X mo modo: yendo, cada tres o cuatro años, a emborro- 

nar el protocolo del escribano Sánchez con alguna hi- 
r . ■ poteca, cuyo resultado es conocido al extenderla. Ma- 

guna no las ha levantado jamás. |« . 

Así va sufriendo ablaciones su predio, que recibie- 
■ , ra en vasta propiedad, constituida por el cerro y sus 

\ ' aledaños; éstos llegaban en tierra fértil, susceptible de 

" ♦ hondas rejas, casi hasta las puertas de la ciudad, y, 

: '; ^ por otro lado, seguían en pingües peñascales calcáreos, 

■ . ' [ flanqueando largo trecho la sierra, cuya vecindad tan- 

* to favorece al paisaje minuano. ' 

: • Pero el cerro, el cerro únicamente, ya era fortuna en 

,. iueñes tiempos; famosísimas fueron las cales rendidas 

■ , en las excavaciones que presenta como imperceptibles 

caries: v todavía ahora, cruzando el alambrado divi- 
sorio, en otro cerro frontero, un cuñado de Maguna 
granjea la herencia indirecta, con piedra inferior; pe- 
ro que sírvele para monopolizar de tal manera el mer- 
cado montevideano, que hasta a la misma piedra de 
Burgueño duele su competencia. Entonces, ¿qué fuen- 
,< ; te de riqueza no puede ser el intacto cerro de Maguna, 

con su piedra de alto tenor de carbonatos, con suaves 
' pendientes fáciles para la carga, y con la ubicación 

favorable a un entroncamiento con las líneas del' fe- 
* rrocarril? 

Para tan visible ' riqueza intacta siempre hubieron 

gavilanes; este quiso arrendar el cerro; esotro explo- 

• larlo en sociedad con Magima; el de más allá pensó 

■ ., hurgar hasta que aparecieran cosas nunc^, vistas, la- 



CAPÍTULO DK NOVELA 369 

brando así fortuna incalculable. Mas de todo ello, pen- 
samientos equilibrados, planes atrevidos, o simples 
charlatanerías de ignorantes alucinados, siempre qui- 
so aprovechar algo mi héroe ; pues, sin aceptar de pla- 
no las proposiciones recibidas, concedía esperanzas, 
fraguaba posibilidades, mientras se empollaba el ne- 
gocio; y mientras él captaba los planes del candidato, 
a fin de ensayar por su cuenta. Pues, en su ignorancia, 
en su mentalidad de mozo de pueblo, apenas desbasta- 
do por la escuela primaria, cuya acción presto fué li^ 
mitada por el donjuanismo, y luego absorbida por la 
vdesidia ambiente; en su excesiva confianza en la vive- 
za nativa, y en la capacidad heredada para el ramo de 
cales, Maguna creía dominar súbitamente los mean- 
dros de cuanto plan le presentaban, hallaba fácil toda 
operación, ya estuviera apuntalada por rigorismos cien- 
tíficos, ya esperara su éxito de la única acción de una 
labor tenaz. 

Viósele así probar suertes diversas: ora la ordina- 
ria venta de piedra a las caleras de Montevideo; ora 
la exportación a Buenos Aires, volviendo la espalda 
al mercado seguro, a fin de aprovechar los precios 
que vienen cuando el oro 'de los trigales no deja rie- 
'les libres a las cargas pobres; sino la explotación to- 
tal, es decir, la instalación de hornos, que primero "^ie- 
bieron erigirse para quemar con leña, que después de- 
bieron quemar a electricidad. Sí, a electricidad, aun- 
que sea increíble para esta tierra, servida por upa usi- 
na de energía intermitente y escasa; pero represando 
su arrbyuelo crearía una estación hidroeléctrica para 
la necesidad de su calera, y, acaso, después algo le so- 
brara para enviar a la ciudad; mas esto lo expresaba 
con guiño tan adecuado, y con tan hidalgo gesto de su 
mano, que la ilusión se hacía tangible, realizada, para 
los oyentes, quienes ya no podían eludir la seguridad 
de un futuro efi que Minas estaría alumbrado como 
Bío de Janeiro. 



V 



370 ^ PEGASO 

' . ■ I 

. Inútil es decir que ni vendió piedra, ni tuvo fruto la 
búsqueda de clientes en Buenos Aires, ní aprendió na- 
da en sus viajes a Córdoba para estudiar las quemas 
con leña, ni llegó a nada práctico con cierto alemán 
traído subreprticiamente de la Fábrica de Portland de 
Sayago, muy ducho en hornos modernos, cargado de 
diplomas ilegibles. 

Nada ha hecho. Los años corren; su actividad no 
decrece, pero el campo se va; se ha ido, pues ya no 
íjuedan al cerro sus laderas fértiles que llegaban has- 
ta la ciudad, ni los pingües peñascales; el arroyito 
mezquino todavía parece aislarlo más. 

El vozarrón de nuestro Gerente amplificaba sus in- 
sinuaciones; no eludía la operación solicitada por Ma- 
^una y aceptaba la hipoteca, mas correspondía adver- 
tir cautela, pues los capitales del Banco no tenían des- 
íino usurario. Su objetivo era propender a la expan- 
sión de toda industria noble, dar movilidad al comer- 
•eio, etc., etc., etc., inacabables etcéteras, pues cuando 
el Gerente emplea esa fraseología automática, apren- 
dida no sé cómo y empleada siempre, es imposible sa- 
ber cuándo, ni en qué peldaño de su alquitarada elo- 
cuencia se detendrá. 

— No, amigo Gerente, oíamos, adivinando la mími- 
ca de Maguna, a través de mampara baja; no, este es 
un caso incomparable. Voy a meterme en un negocio 
de claros y seguros rendimientos ;. la rutina con que 
hacemos todo, y la tacañería con que vivimos, puede 
agregarse, dan aspecto de riesgo a las posibilidades 
de mi explotación. Si yo le pidiera para echar vacas 
u ovejas a mi campo, usted ni chistaba; pero le pro- 
pongo exp|lotar acabadamente ese cerro, cuyas piedras, 
desde añares, quemamos para hacer cal, pagándola a 
precio de oro cuando los gringos la mandan hecha lus- 



.. 



t 






CAPÍTULO DE Novela 371 

troso mármol desde su tierra. Y como le propongo eso 
usted remolonea, y me rezonga como todo paisano, cuan- 
do se las echia de generoso y le da una libra al hijo que 
va a las carreras ... Ya verá, Gerente, trabajaremos 
eso, usaremos el mármol como se usa en Europa, con 
grandeza; la plata vendrá y enriquecerá el departa- 
mento; los mármoles de Minas servirán, no solanaen- 
,te para lujo, sino paía llevar la fama del país a to- 
das partes, ya que belleza como la de mis mármoles no 
se vio jamás. 

El cerro está ahí clamando por mostrar lo que va- 
le; los hombres entendidos están; ¿por qué voy a va- 
cilar? 

La elocuencia de Maguna tuvo caprichosos desarro- 
llos, su voz inflexiones convincentes, sus pausas fue- 
ron de efecto. ¡Y cómo serían sus guiños y los gestos 
de sus manos! El Gerente enmudeció, guardó aquellas 
sus reflexiones habituales, tal vez porque, como Ma- 
guna dijera, el negocio era distinto a los que se pre- 
sentan habitualmente en las ventanillas del Banco; y 
su dialéctica parece no tener argumentos para usar en 
esos casos. 

Callándose, dejando correr la abundante charla de 
Maguna, aparecía en una expectativa habilidosa y pro- 
pia de su cargo. Luego habló, pero ya para combinar 
los detalles menores del negocio ; examen de títulos, 
condiciones de escrituración, y lo demás; hasta que, 
con mucha pausa, volvió a enhebrar el hilo de sus fan- 
tasías Maguna y ambos se embarcaron en la dorada 
nube de ensueños y tecnicismos, de cálculos y espe- 
ranzas, cultivados y discutidos por nosotros en las ter- 
tuliasj de la Botica. 

Vuelvo a escribir la Botica con mayúscula, pues aun- 
que en la población hay más establecimientos farma- 



<--'."• :•-•..■»,'. jTKi^-1^'': 



.1 



372 , PBQASO 

céuticos, el clan de las personas de buen tono ios ig- 
nora. ¿De dónde viene esta parcialidad, nol^oria y con- 
tinuada preferencia, que ya suma décadas? 

No lo sé. La crónica viviente que es este vasco Idoya- 
ga, dueño de la Botica, refiere muchísimas cosas ; mues- 
tra con orgullo una mesa oval, en la que Batlle, sien- 
do Jefe Político y tertuliano, apoyábase plácido, como 
nosotros solemos hacerlo, sin mayor decoro; esa vi- 
viente crónica recorre las épocas, habla de autorida- 
des desaparecidas, de guerras, de castas fundadoras 
y de sus descendencias extintas, mueve así veinte, trein- 
ta años de historia local; y siempre la Botica aparece 
como refugio de la gente de buen tono, isla en donde 
hallábanse cómodos los de bando opuesto y los de di- 
versa extracción social, los residentes y los que pa- 
saban, cuantos, en fin, hubieron menester para su vida 
alguna hora diferente de las habituales en la ciudad. 

Así es como en los atardeceres, o luego, después dQ 
cenar, repasamos allí un rosario de variadísimas cuen- 
tas: los tópicos de corriente actualidad son juzgados 
con ánimo docto, y en discurso, tanto sencillo como 
culterano, pues no falta quien guste poner en la re- 
unión alguna cosita pescada en lecturas rebuscadas. 
Pero nuestra intervención en la vida de la urbe es 
total; ella no se producirá siempre del plano superior 
que fuera meTlester, pero discretos, sapientes y lon- 
gánimes, nada dejamos de comentar. I 

Y en esta tarde, Idoyaga, que e3 fisgón y comedido, 
ya sabía la combinación de la hipoteca, y desde tem- 
prano mostró deseos de tratar el punto. Los madru- 
gadores, Gastan, el Juez Letrado y yo, resistimos a 
sus claros envites, esperando el quorum para asumir 
una actitud unánime, tal cual hacemos siempre que de 
lidiar con la curiosidad de Idoyaga se trata. Pues eva- 
luamos exactamente sus virtudes y taras: por eso lo 
queremos bien; acaso sea rudo, pero muy sincero es 
nuestro apego a él; mas cuando debemos atender a 



../ 



CAPITULO DE NOVELA 



373 



cualquiera posición de su inútil y sempiterna curiosi- 
dad, por manera indeliberada, nuestras voluntades se 
acordonan para contrariarlo, es decir, para ocultarle 
la verdad ansiada, o para torcérsela en rumbos de ma- 
licia o diversión siempre halagüeños a la tertulia. Y 
€n esos momentos no aparecen discrepancias; todos 
iíomo una sola mente, gobierno de una sola lengua, pre- 
sentamos a nuestro vasco opiniones de una sola cali- 
dad. 

Ya dije cómo hoy no faltamos al hábito; pero ha- 
biéndose discutido muy mucho y acabadamente esa fu- 
tura explotación de los mármoles de Maguna, tanto , 
como para dividir lo» tertulianos, pues exceptuándo- 
nos a tres, había igual número para negar como para 
creer la posibilidad del negocio, habiéndolo discutido 
así, los madrugadores resolvimos tácitavUiente no aven- 
turar parecer ni novedad alguna. La importancia del 
asunto merecía alterar el ritmo de nuestra conviven- 
cia, y tal vez pudiéramos ser obsequiosos con Idoyaga. 
Pero ya es ineluctable el hábito del clan. 

Resistimos, abroquelándonos en una desusada aten- 
ción por la música de la Banda que toca junto al pe- 
destal' del héroe; por las novedades que arbolaran las 
elegantes, en su pasear monótono contorneando la pla- 
za; p"br los manejos de los adolescente^, ensayando 
amoríos con importancia cursi; nos interesamos por 
ese espectáculo al que volvemos la espalda todos los 
"días; llegamos hasta fijarnos en Alvarito Zeballos, 
sempiterno dragón de forasteras, preparando sus re- 
des en torno a una sobrina del Jefe Político que nos 
visita por primera vez. Nos interesamos por todo, me- 
nos por las insinuaciones de aquella sirena vasca de 
abultado abdomen; y sólo cuando ,1a vereda pareció 
llenarse con los habituales tertulianos volvimos al mun- 
do de discreta maledicencia en que gustan apacentar- 
se los ánimos en asueto; nosotros por ende. 

Cuando, como de costumbre, pausado y zocarrónj, 



'»|'PT.751T'^1''TT»>.- 



374 PEGASO 

don Pancho Fuentes se largó a discurrir sobre las 
grandes empresas extractivas y sus cualidades eminen- 
temente aleatorias y su avidez para los elementos mo- 
netarios, ya parecía que invisible pero sensible anda- 
ba en la atmósfera una orden perentoria de negarle 
a Idoyaga las aspiraciones de su curiosidad, orden anó- 
nima que se cumpliría. Y aquello fué de verse. 

Los del Banco estuvimos con exceso requeridos: no 
digo el Gerente, pues bien conocido es su hábito, de 
callar en público cuanto divulga en conversación par- 
ticular; pero Quartino, el cajero, allí presente, en su 
inmutable gravedad de indio; y quien estas líneas es- 
cribe, mucho sabríamos de cuanto Idoyaga había me- 
nester; pues él, aunque muy amigo de Maguna, no lo- 
gró confidencias sobre los engranajes menores de la 
máquina que montaba. E Idoyaga se caía de curiosi- 
dad por saber, para poder contarlo, si andaba Magu- 
na solo o con algún sindicato, quién gobernaría la ex- 
plotación y adonde llevarían los mármoles; cosas de 
las cuales todo el pueblo, igual que nosotros, se ocu- 
paba, sin develar el misterio, forzosamente aclarado 
en el Banco para lograr la hipoteca. | 

Quartino y yo fuimos tácitamente requeridos, maá 
en cuanto dejó la palabra don Pancho, precaviendo al- 
guna interrogación a modo de cuña, el Jefe Político 
habló : y ni su empaque, ni su jerarquía, son para inte- 
rrumpirlo. Coronel de escuela, gusta de exhibir su cul- 
tura, y tengo para mí, acaso por sugestión de su con- 
tinente rígido, de sus bigotes en fieras puntas, y de su 
avidez exhibitoria, por la cual tanto recorre las sec- 
ciones de campaña, como preside los exámenes escola- 
res, o asiste a las trillas, tengo para mí, repito, que 
gusta de imitar al kaiser. Pero esto son cosas mías; 
lo notorio es su facilidad elocutiva y el deleite con qué 
se escucha. Nadie allí lo interrumpió, cuando, y tam- 
bién sin particularizar en la industria de Maguna, ha- 
bló de lo? ilimitados horizontes que esas riquezas in- 



■■•>. Ví'.-.v, 



CAPÍTULO DE NOVELA 375 

tactas abrirían a la economía del departamento y del 
país; habló de las ''Minas de oro del Soldado", la- 
mentando su inactividad y cuan poco cundiera su ejem- 
plo para sustituir la famosamente mezquina industria 
pecuaria del Este de la República, por una evolución 
resuelta hacia la explotación de industrias posibles. 
Bosquejó sus ideas con amplitud panorámica, en gra- 
ve tortura de Idoyaga, quien veía acrecentarse el to- 
rrente de idealismos obstaculizando su ansiedad y dan 
do pábulo a corroboraciones adventicias, pues el Jefe, 
no solamente en el discurso, sino en la gesticulación 
insinuante y versallesca buscaba asentimiento, que to- 
dos cuidábamos de expresar eficazmente. 

Pero en cierto momento, el gallego Sánchez, tendero 
en actividad, a quien la importancia de su giro y su 
instrucción pintoresca daban, sitio en la tertulia, el ga- 
llego Sánchez tomó la palabra, realmente con cierta 
alarma del clan : no porque él gaste una oratoria como 
la del Jefe, abundante, vaga, meliflua, sino porque la 
calidad de su orgullo le ha compuesto tal psicología, 
que él se conceptúa centro del universo, y todos los 
acontecimientos del vivir cotidiano se vinculan a su 
existencia, adquiriendo al exteriorizarse matiz de dis- 
paratado egotismo. 

El clan temió : luego comprobamos en Sánchez el pre- 
dominio del espíritu corporativo; se mantuvo en un 
plano de superioridad conveniente, sin referirse a Mi- 
nas, ni a Maguna, ni a él, ni a ningún otro ente conocido 
ni real. 

Ya la quimera de los mármoles no existía ; deviniera 
vasto problema de la economía nacional aquello por lo 
cual la tertulia se desplazaba de los acostumbrados te- 
mas. Y las opiniones se produjeron en tal sentido. Fué 
así que se vio al Juez de Paz, letrado nuevecito, re- 
frescar teorías de la cátedra en su sintaxis vasca ; hom- 
bre más dado a las letras que al derecho, más a ocios 
amatorios que a sus sentencias, trabajó como bueno, 



376 



PEGASO 



sin embargo, pues aquello no era su fuerte; acaso lo 
sostuvo el entusiasmo ambiente, ipero forcejeaba, y 
viéndolo así lo acorrió Gastan, quien esperaba, lista la 
fuerza del vasco su antepasado, y presta la flecha tai- 
mada del indio cercano en la línea materna. ¡ 

Rara amalgama la de esté muchacho; rara, pero be- 
lla y en todas sus cosas evidente; viérasele hoy diser- 
tando con habilidad y gracia, sobre los movimientos 
de la riqueza inerte, sobre la compleja obra de civili- 
' . zación económica esperada por el país ; y en las alter- 
nativas de su discurrir, iba hacia Idoyaga con interro- 
gaciones perentorias a las que nuestro vasco hubiera 
querido asirse. Pero Gastan aviesamente se adelanta- 
ba, y el buen vasco se desplomaba en su duro silencio. 

Cortesmente la palabra fué pasando de uno a otro; 
exceptuándonos a los tres del Banco, nadie se mezqui- 
nó, y para el final se reservó Goyena, el hombre del 
Club Fomento, como aquí se le llama. 

Goyena, ex Jefe Político, ex Gerente de Banco, ex 
comerciante y procurador; Goyena, que ha hecho del 
progreso departamental un sacerdocio, que organiza 
ferias ganaderas, exposiciones de lanas, conferencias; 
que proyecta ferrocarriles y grandes empresas; Goye- 
na tomó la palabra, y entre él y sus corifeos, de los que 
en la tertulia hay tres, disolvieron las horas. Cumplía 
el tema a las vastas proyecciones de su plan progresis- 
ta, que lleva el departamento hacia un porvenir de in- 
dustria manufacturera; y^en macizas oraciones repi- 
tieron allí, por milésima vez, las proclamas del Club; 
todo ello fué en servicio de nuestro maligno empeño, 
pues la Banda callara mucho antes sus desconsidera- 
das músicas; la juventud elegante y amatoria desapa- 
reciera ; alumbrara el mancebo los focos de la Botica 
tras los globos llenos de líquidos coloreados, morado y 
rubí; y todavía rodaban por la atención del clan, hin- 
chadas palabras de las necesarias, u otras rememoran- 
do concentraciones capitalistas, o citando los variados 



4, 



V 



.. . . CAPÍTULO DE NOVELA 377 

. ■»■ " 

elementos con que él y los suyos pretenden* suscitar 
aquí considerables fuerzas económicas. 

Idoyaga tascaba su impaciencia, y solía dirigir mi- 
radas significativas al Juez Letrado, impávido, silen- 
cioso, pareciendo no llevar parte en el asunto. Hombre 
místico, melómano además, sin duda gozaba el blando 
halago de no sentir la Banda, y se abismaba en sueños 
tal vez mil leguas distantes de los Códigos. Idoyaga so- 
lía mirarlo como náufrago al madero flotante, clamán- 
dole sepa Dios qué auxilios o intervenciones repara- 
doras, ante aquella usura de la amistad malévola. 

Al venir los toques de ánimas, ondulando su tristeza 
desde las cuadradas torres de la iglesia, estábamos aún 
como al principio, pero nuestro fisgón y comedido hués- 
ped sin la ansiedad entonces visible. Era la del desban- 
de aquella señal de las campanas, y en movimientos si- 
multáneos fuimos, como es la práctica, a acomodar 
nuestras sillas, pasando junto al vencido en silenciosa 
teoría. . . 'I 

Luego, ya rumbo a nuestras casas. Gastan y yo nos 
'detuvimos en la plaza, cuya soledad hacía más incom- 
prensible el gesto del héroe; nos detuvimos a discurrir 
sobre aquella 'voluntad monoeorde, enérgica, usada 
aviesamente por una asamblea heterogénea de rumbos 
espirituales tan distintos. 

Y cuanto discurrimos no estuvo exento de interés. 
Al separarse de los núcleos asciende en potencia el 
espíritu del hombre, acrecentándose, desde luego, el 
mérito de sus ideas; las nuestras no escaparon a esta 
ley; pero como en una noche de otoño bruscamente frí- 
gido suele no gustar la juventud de discurrir en una 
plaza inhóspita y ante un hombre de bronce, máxime si 
después de breve camino se encuentra un plato de so- 
pa humeante, detuvimos nosotros el flujo de nuestras 
reflexiones. . 

Dejamos aquello para después. 

Emilio Samiel. 



/■■ 



■!'■ 'T»ríii' 



CRÓNICAS DE ARTE 



Resumen de la vida artística 

Aspiramos a resumir el movimiento artístico de ca- 
da mes. Quizás se juzgue vanidosa nuestra intención 
de resumir lo que de por sí ya es un resumen. Pero lo 
que deseamos es implantar el hábito. Y confesamos que 
nos seduce el título sonoro: ''Resumen de nuestra vi- 
da artística". ¡Encierra tantas ilusiones! Y así quisié- 
ramos que esa perdonable ilusión se detuviera y no pa- 
sara más allá de ese título promisor y engañoso, al me- 
nos por ahora. Porque día vendrá en que este resumen 
no será ya un título ostentoso disfrazando una ilusión, 
pero será un real resumen, un índice de actividades, 
una condensación de ** nuestros" ideales, que, con la 
esencia de jugos nativos, sugerirá el sabor de todas las 
frutas de ''nuestro" huerto. 



La exposici6n de arte nacio- 
nal del doctor Pedro Figari 



Concluyó el año 1921 con la exposición del doctor 
Pedro Figari, que se prolongó después hasta el final 
de la priniera semana del año que corre. Queremos in- 
sistir en este punto porque vemos en él un signo augu- 
rador de mejores días para nuestro arte. Empieza así 



^■^■^^,-^^: 



CRÓNICAS DE ARTE 379 

el año artístico bajo la égida de una tendencia nueva, 
de la primera tendencia seria de arte regional que 
nunca hayamos tenido. El doctor Pedro Figari debu- 
ta, ya en la parte alta de su camino, como un verdade- 
ro maestro. No nos detengamos en miopes estudios de 
•técnicas y de dibujos. Estudiemos este fenómeno raro, 
surgido, parece, a despertar el dormido amor por nues- 
tras cosas. Su numeroso conjunto de telas nos mues- 
tra la nueva belleza sin los titubeos, sin las vacilaciones, 
sin las incertidumbres que han tenido siempre los inicia- 
dores. Su palabra emotiva habla con una experiencia y 
un saber tan hondo ! . . . Y es que la emoción en arte la 
procura siempre la verdad, la verdad de la vida, cuan- 
do se tienen ojos y cerebro para penetrarla. Así nos 
olvidamos de los tan discutidos medios del doctor Fi- 
gari para ofrecernos su fuerte visión. El nos guía. El 
es el nuevo orientador, con la fe, la valentía, el entu 
siasmo, la sinceridad, el optimismo del que emprende 
un nuevo camino y que está seguro de que por él va 
bien. Otros harán más, quizás. Pero ya nadie le quitan! 
la gloria legítima de haber abierto a la belleza iiues- 
tra, nuestros ojos cerrados: a la bellfeza gauch.<i. a 1m 
belleza pueblera, a la belleza nativa. 



La exposición del pin- 



tor italiano Margotti 



Arte místico titulaba Margotti su exposición de cua 
dros. Antítesis del arte místico, diríamos nosotros, ese 
arte esencialmente pagano que busca por la teatrali- 
dad del color, de la actitud y de la ordenación, la sim- 
patía religiosa. Margotti va por un camino por donde 
nunca ha ido ningún pintor místico. De los místicos an- 
tes de Rafael, pues los otros, después, son falsos mís- 
ticos. 

Alguien me repara, que recuerda a Maurice Denis 



380 psoAso 

en sus últimas Jiendencias. ¡ Así fuera ! Mas si estos sus 
últimos apuntes constituyen lo mejor de su obra, sa- 
bemos que al pasar al tamaño definitivo van a perdei* 
sus virtudes, dramatizándose, oscureciéndose. Así fué 
con la ordinaria decoración de la capilla de María 
Auxiliadora. Creeríamos en su última tendencia si no 
la viéramos junto a su obra anterior. Si no lo supiéra- 
mos al pintor enamorado a la par de todas sus telas, 
aquellas primeras bituminosas y desdibujadas y aque- 
llas otras teatrales y escenográficas. Porque es virtud 
de todo renovador destruir sus antiguos ídolos cuando 
una nueva creencia exalta su espíritu. Eso viene cuan- 
do la renovación viene de adentro, como una luz puri- 
ficadera que necesita para alumbrar su fuego de" las . 
maderas viejas que formaban los viejos ideales. Pero 
no creemos que este sea el oaso de Margotti. 



Laexposieión 4e la 
Esenela Industrial 



Decepcionadora fué esta exposición. Porque esperá- 
l)amos lo que ora legítimo esperar: esperábamos obra 
y sólo vimos teoría. Esperábamos poder juzgar de algo 
hecíio, algo definitivo, concluido. Sólo vimos dibujos y 
dibujos. Excepción hecha de los talleres femeninos, quo 
lucían superabundancia de labores triviales ; también 
el tialler de cerámica prometía, por sus ensayos, mejor 
obra para el futuro. La enseñanza de la escuela está 
completamente desorientada. Su rol es hacer ohreron 
haciendo obra. Y j>or el camino que va la Escuela, lo 
único que puede ofrecer son aprendices, con títulos so- 
noros, con más o menos sellos y firmas, pero aprendi- 
ces que tendrán que soportar mañana las duras impo- 
siciones del taller avaro, para poder hacer lo que no 
hicieron en la Escuela: obra industrial. 



■i->. 



CBÓNICÁB DE ÁBTE 



381 



La exposición de RÍ880 

Fué exposición de promesas, de juventud, 3e savia, 
de vida. No podemos juzgar la obra expuesta sino la 
intención de la obra. Revela un temperamento de ar- 
tista, y un posible pintor para el futuro. Posible, si no 
insiste en los excesos de juventud y de bj^os, excesos 
que pueden quemar el brote tierno del artista, que 
necesita savia, sí, para crecer, pero que también 
reclama un período de calma y oscura gestación en las 
fibras de la planta antes de ascender a la brillante flo- 
ración en el extremo de la Tama. 



C. A. Herrera Mac Lean. 



I 



\'.\ \ ' ^y*^^i^^'-mvi¿:-. 



"^^^■'\■■' 



GLOSAS DEL MES 



La cena mensual de la 
« Editorial Pegaso » 

Como de costumbre, y en el mejor ambiente de in- 
telectualidad y buen tono, realizóse el ágape mensual 
de la Cooperativa Editorial Pegaso, que tan bien sir- 
ve a la vinculación de los escritores nacionales y a loa 
fines de la Editorial. I 

La cena fué en honor del doctor Hugo D. Barbage- 
lata, Director de "La Gaceta de América" (París), 
y del señor Alfredo Bianclii, Director de *' Nosotros" 
(Buenos Aires), ambos huéspedes de Montevideo por 
pocos días. 

Ocuparon asiento alrededor de la bien servida mesa, 
Hugo D, Barbagelata, Alfredo Bianchi, Julio Raúl 
Mendilaharsu, Carlos M. Princi valle, Fernán Silva Val- 
dez, Julio J. Casal, Alberto Smith, Perfecto López 
Campaña, Alberto Brignole, José María Delgado, Vi 
cente A. Salaverri, Telmo Manacorda, etc., etc. 

Excusó su inasistencia el Presidente de la Editorial, 
doctor Asdrúbal E. Delgado. 

No hubieron discursos. ,, * 



De Redacción 

Pegaso se propone aumentar sus páginas, sus redac 
•tores, sus secciones. Ya consolidada definitivamente 
nuestra Revista, es justo que aspiremos a su engran- 
decimiento, por propio ideal y como retribución al fa- 
vor público. 



■"^-■'j' > ■, "^/íí.;."'-..;' 



1 



GLOSAS DEX. M£6 3S3 ^ 



,- .i¿ 



> 



4 



• Pegaso amplía así sus horizontes: convoca así a su 
alrededor a toda la intelectualidad nacional; ofrece así 
diversos sectores, desde donde cada uno puede hacer su " ^■ 

obra, que será siempre contri6ución a la grandeza pro- 
pia. ■ 

En tal orden de ideas, podemos anunciar hoy, que, *! 

desde el número próximo. Pegaso incorpora a sus sec- 
ciones de "Crónicas de arte", atendida por el arqui- ^Y 
tecto Carlos Alberto Herrera Mac Lean, y de ''Glosas 

del mes", que hacen los señores Emilio Samiel, Al- . \ 

berto Brignole, Vicente A. Salaverri, José María Del- 
gado y Telmo Manacorda, una nueva e importante sec- y . 
ción de "Educación", que estará dirigida por la inte- 
ligentísima Directora del Jardín de Infantes, señorita * 
Enriqueta Compte y Riqué, y en la' que colaborarán la 
talentosa señorita María Espinóla y Espinóla, Vocal 
del Consejo Nacional de Enseñanza Primaria, y el doc- 
tor Santín Caíí'los Rossi, bien conocido ya en nuestros' 
círculos intelectuales y cientíñcos. 

Bastan los nombres de tales ^elementos para que el 
simple anuncio de la Sección "Educación" de Pegaso, 
despierte el más alto interés. 

Tanto la señorita de Compte y Riqué, como la se- 
ñorita de Espkiola y Espinóla, representan en el am^ 
bient« magisterial de la República las figuras culmi- 
nantes de la hoira, y su gestión, al frente de estable- 
cimientos educacionales, en centros de cultura, en el 
.Consejo de Enseñanza, etc., comportan hermosos 
triunfos femeninos que valen laureles consagrados. 

La señorita de Compte y Riqué, a cuyo cargo publi- 
caremos la Sección "Educación", nos promete una la- . * 
bor importante, y a ella pueden dirigirse desde ya to- 
dos los que se interesen por las publicaciones educa- 
cionales de Pegaso. 

Oreemos firmemente que con esta gestión Pegaso con- 
tribuye al problema escolar de la República, y se acer- 
ca cada vez más a ser lo que siempre aspiró: la revista ' 
nacionarpor excelencia. 






■..H^-í?' 



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^ •■ 



NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 



Nuevos poemas.— Por Fernández Moreno.^-Buenos Aires. — 1922. 

Como quicu recoge olvidadas gavillas üe antiguas cosechas líricas, 
Fernández Moreno, en su accidental residencia de Chascomús (B. A.), 
acaba de dar a la publicidad sus "Nuevos poemas". Este libro, 
complementario de "Ciudad" (lfll7), de "Intercedió provincia- 
no" (1916) y de "Campo argentino" (1919), poco agrega al caudal 
poético de las obras que complementa. Hay aquí la misma ironía 
ágil de "Ciudad", la misma nota sentimental de "Intermedio pro- 
vinciano" y la misma encantada sencillez de procedimientos y, el 
mismo escuetismo de "Campo argentino". Acaso el libro tenga en 
mayor número las exageraciones acusadas eu los últimos libros de 
I'ernández Moreno. La modalidad del emotivo poeta do "la peque- 
ña ciudad de General Pérez y de su maravillosa laguna", no nece- 
sita para destacarse, comprimir su don de síntesis, ni agudizar la 
búsqueda de teosas simples, ni incrustar en las páginas del libro 
composiciones eomo las que titula "Zoológico" (páginas 32 y 36), 
* ' Cines ", " Timidez ' ', cuando en la futilidad de las cosas vulgares 
puede inspirarse para escribir: 
Haiy que soñar ] 

Viejas tapias de ladrillos, ;» | ' 

grandes cortinas de hiedra, • í 

ventanas abandonadas, 

verde mufigo en las veredas. 

No hay nada más, pero basta. 

Hay que soñar y se sueña; 
y aún trazar esta encantadora descripción que récuerdu, por el 
"procedimiento", la perfección admirable de "Paisaje", elogiada 
por Lu¿>ones: Uua casuarina: 

Un manojo de ramas en la punta, «^. i 

un tronco liso, estremecido y largo; , . 

un elegante plumerito verde ' * 

sacudiéndole el polvo a los espacios. 
La excepcional importancia que tiene Fernández Moreno en la 
poesía argentina de la hora actual, exige que no se deje arrastrar 
hacia los despeñaderos a que siempre se asoma quien anda por lo 
que llamara Bubén Darío la '.'planicie de la sencillez". Cierto que 
este último libro parece ser una despedida a la exageración de los co- 
mienzos, "necesaria" para asegurar la persistencia de una personali- 
dad ya definida y todavía promisora. En este sentido, creemos qu* 
"Nuevos poemas" son las migajas, con algunos granos de oro, que 
quedaban en el bolsón del peregrino ilusionado. Ahora, limpio el zu- 
rrón y reiniciada la' marcha con más vigor y con más entusiasmo, 
Fernández Moreno nos dará su mejor obra, que ha de fusionar en 
la unidad perfecta, la sencillez de "^ Campo argentino", la visión 
ingenua de las cosas de siempre de "Ciudad", y la emoción román- 
tica de ' ' Intermedio provinciano ' ', que sigue .siendo < su libro más 
bello. — J. P. E. 



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Para la protección y difasión 4el libro uruguayo 



gfc'*;^ 



Presidente: Dr. AsüriSbal E. Delqado 



Acaba de lanzar sus primeras obras: 
"LA PRINCESA PERLA CLARA" 

Comedia feérica de José María Delgado 

"INQUIETUD"^ 

Poesías de Luisa Luisi 

«LA MUJER INMOLADA" 

Novela uruguaya de Vicente A. Salaverri 

"LOS POETAS SÁLTENOS" 

Estudio critico de Telmo Manacorda 

«AGUA DEL TIEMPO" 
Poemas Nativos de Fernán Silva Valdés 



Pida estas obras en las librerías. Toda gestión, por 
carta a la Gerencia 

8 DE OCTUBRE 120. -Montevideo 

Representantes en la Ai^entina: Agencia General de Libre- 
ría y Publicaciones, Rivadavia 1573 - BUENOS AIRES 



NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 



Nuevos poemas. — l'or i'V>ru¿iiidez Moieuu.^-Buouos Aires. — 1922. 

Como qiiii'ii ii'iüye olviiiadas yavilhis ue antiguas cosechas líricas, 
Feruáudoü Moreno, eu su aeeicleiital residencia de Chascomús (H. A.), 
acaba de dar a la publicidad sus "iNuevos poemas". Este libro, 
complementario de "Ciudad" (1!U7), de "Intermedio provincia- 
no" (lUll)) y de "Campo argentino" (IDlü), poco agrega al caudal 
])oético de las obras que com¡>leJuenla. Hay aquí la misma ironía 
ágil de "Ciudad", la misma nota seiitiiueutal do " lutermodio pro- 
vinciano" y la misma encantada seucilli'z de jirocediniientos y, el 
mismo escuetismo de "Campo aigenliuo". Acaso el lib-o tenga eu 
mayor número las exageraciones acusadas en los últimos libros do 
l-'ernánde/. Moreno. La modalidad del emolivo poeta 'le " la peque- 
ña ciudad de Ueueral l'érez y de su luaraxillosa laguna", no }iece- 
sita para destacarse, couiprimij su ilon de síntesis, ni agudizar la 
búsqueda de temas simples, ni incrustar en las páginas del libro 
comiiosicioiU's i-onio ia.s «pie tilula " Zoologii-o " (páginas '¿'2 y .'!l>j, 
"Cines", "Timidez", cuando i'n la tutilidad de las cosus vulgares 
puedií iusi)irarse para escribir: 
Ha^' que soñar 

Vicjas tapias de ladrillos, 

grandes cortinas de hiedra, 

ventanas abandonadas, 

verde musgo en las veredas. 

No hay nada u>ás, pero basta. 

Hay que soñar y se sueña; 
y aún trazar esta encantadora descripción que recuerda, por el 
"l>rocedimiento", la perfección admirable de " Paisajt ", elogiada 
pin i,ij,uiiiie.s: Una casuarina: 

l'u manojo ile ramas eu la ]iunta, 
uu tronco liso, estremecido y largo; 
un elegante plumerito verde I ' 

sacudiéndole el ¡¡olvo a los espacios. i 

La excepcional ¡m])ortancia que tiene Fernández Moreno en la 
poesía argentina de la hora actual, exige (pie no se deje arrastrar 
hacia los despeñaderos a que siempre se asoma (juieu anda por lo 
que llamara Rubén Darío la "planicie de la sencillez". Cierto que 
este último libro parece ser una ilespedid.a a la exageración de los co- 
mienzos, "necesaria" para asegurar la persistencia <ie una jiersonali- 
dad ya detínida y todavía promisora. Ku este sentido, creemos qu'e 
"Nuevos poemas" son las migajas, con algunos granos de oro, que 
quedaban eu el bolsón del peregrino ilusionado. Ahora, limpio el zu- 
rrón y reiniciada la' marcha con más vigor y con más entusiasmo, 
Fernández Moreno nos dará su mejor obra, <|uc ha de fusionar en 
la unidad perfecta, la sencillez de "Campo argentino", la visión 
iugenua de las cosas de siempre de "Ciudad", y la emoción román- 
tica de "Intermedio provinciano", que sigue siendo su libro más 
bello.— J. P. R. \ ■ 



^•. 



Cooperativa Editorial Limitada "Pegaso" 

Para laprotección y difusión del libro uruguayo 




V. 



Presidente: Dii. Asdhúbal E. Delgado 



Acaba de lanzar suh primeras obras: 

"LA PRINCESA PERLA CLARA" 
Comedia feérica de José Mária Delgado 

"INQUIETUD" 

Poesías de Luisa Luisi 

"LA MUJER INMOLADA" 
Novela uruguaya de Vicente A. Salaverri 

"LOS POETAS SÁLTENOS" 
Estudio critico de Telmo Manacorda 

"AGUA DEL TIEMPO" 

Poemas Nativos de Fernán Silva Valdós 



Pida estas obras en las librerías. Toda gestión, por 
carta a la Gerencia 

8 DE OCTUBRE i 20. -Montevideo 

Representantes en la Ai^entina: Agencia General de Libre- 
ría y Publicaciones, Rivadavia 1573 - BUENOS AIRES 



■ ^í'.,'«':' ■;'!f"!v- 



■^ 






40- ■• 



I 



GUIA DE PROFESIONALES 



? 



A^BOOADOS 



Herrera Luis Alberto, Larrafiaga. 
Moratorio Bdoardo L., DaTmán 1387. 
García Lula Ignacio, 18 de Julio 124i. 
Arena Domingo, Convención y 18 de 

Julio. 
I>elgado Asdrúbal, Convención y 18 de 

Jnlio. 
Miranda César, Boulevar Artigas. 
Buero Enrique, Mercedes 1061. 
Caviglia Luis CU, 25 de Mayo 569. 
Etchevest Feliz, Sarandi 456. 
Bamasso Ambrosio L., Andes 1660. 
Terra Duvlmioso, Juan C. Gómez 1640. 
Barbarouz Emilio, Hotel "La Alham- 

bra". 
Blenglo Bocea Juan, Juncal 1363. 
Carbonell Federico C, 25 de Mayo 494. 
Martines José Luciano, J. Ellauri 80. 
Mendivil Javier, Convención 1523. 
Miranda Arturo, Canelones 687. 
Pérez Olave Adolfo H., Eío Negro 1437. 
Pérez Petit Víctor, Agraciada 1754. 
Prando Carlos M., Juncal 1363. 
Bodríguez Antonio M., Binc^n 638. 
Caviglia Buenaventura, Burgués 125. 
Uovet Ernesto, A. Chucarro 18. 
Maldonado Horacio, 25 de Mayo 511. 
Sclilncs Francisco A., Mei««des 8S6. 
D«l Castillo Serapio, Paraguay 1267 
Frugonl Emilio, 18 de Julio 979. 



ABQITITEOTOS 

Pittamiglio Humberto, Ejido 1392. 
Herrera Mac Lean Cftrlos A., Cerri- 
to 382. 

CONTADOBES ' 

Fontaina Pablo, Misiones 1430. 

ESCBIBANOS 

Negro Bamón, Sarandi 445. 
Pittaluga Enrique, Buenos Aires 534. 
Daqu^ Juan, Soriano 1370. , ^ 

MÉDICOS 

Arlas José F., Yaguaróji 14B6. 
Delgado José María, 8 de Octubre 120. 
Foladori José, Constituyente y¡i9. 
lufantozzi José, Cuareim 132^. 
Ohigliani Francisco, Uruguay 1884. 
Brignole Alberto, Canciones 1241. 
Scoserla José, Maldonado 1276. 
Mier Vel&zquez Servando, Continua- 
ción Agraciada 136. 
Toscano Esteban J., Uruguay 881. 
Caprario Ernesto, Uruguay 1223. 

OZBXTJANOS DENTISTAS 

Ostmani Alejandro, 18 de Julio y 
Vázquez. 



W-"Í 






PEGASO 

- REvisTr\ ívií;msurl 



.* 



■«•"., 



• DIRECTORES; ^ ' f 

PABLO DE GRECIA — JOSíí MARÍA DELGADO 



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'■# 



"« . 



'^ 




ABRIL DE igaa 



SVMARIO: 


. 




Augusto Rodin 


por C* A. Herrera Mac Lean 


'" 




Inéditos 


por Pedro Leandro Ipuche 


K 




■ Los caminos 


por Enrique M. Amoiim <^ ■*" 


• V^ 




Poemas del estío 


por José Monegal 






'.■■*■ , cEl niño que enloque 


- 


■■': . 




ció de amor* 


por Vicente A. Salaverri 


.■ j 




Veísos 


por A. Rojas Giménez 






Justino Zavala Muniz 


por E. Torres Grané 






Cota Hugarte 


por Wifredo Pi 






Educación. 


per Enriqueta Compte y Riqué 






,. Glosas del mes: 


por Emilio Samiel y Teloio Manacorda 




Notas 


bibliográficas 






Montevideo. 




AÑO VII 


URUGUAY 


>--:'- ■ .' ■■■ '■■ ■' ' '^ ,.' ' 


N.* 


46 



Banco Hipotecario del Uruguay 



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INSTITUCIÓN DEL ESTADO 



CAJA DE AHORROS 

Abona por los depósitos el 6 V2 7o anual 

Invierte los depósitos por cuenta de los ahorrlstas, en "Títulos Hi- 
potecarios", los cuales al precio actual, reditúan un interés mayor de 
6 o|o anual. y .; 

Iios intereses de esos "Títulos" se pagan trimestralmente el l.o de 
Febrero, el 1.° de Mayo, el 1.° de Agosto y el 1.° de Noviembre de 
cada año. •, • . ' <i- 

Los "Depósitos", mientras no se Inviertan en Títulos, y éstos con. 
el "Cupón" corriente, si la inversión ya se ba becbo, pueden ser re- 
tirados parcial o totalmente, en cu^quler momento. 

Hace préstamos con la garantía de los Títulos depositados y paga 
los "Cupones" por adelantado, mediante un pequeño descuente. 

Entrega alcancías para el depósito y guarda de los aborros pequeños. 

Iios depósitos tienen la garantía del Estado, además de la del Banco. 

Iios "Títulos Hipotecarios" se emiten solamente contra la garan- 
tía real de bienes inmuebles, urbanos y rurales. 

Las libretas que entrega, contienen las condiciones de la operación. 

CALLE MISIONES, 1429, i 435 y 4459 ' :- 



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"PEGASO" 

REVISTA MENSUAL 



COLABORADORES PERMANENTES 

Alberto Brignole. — Manuel Benavente. — Rnriqíieln Oompte 
y Rlqué. — Buenaventura Caviglia (hijo). — Juiio J. Casal. - 
Isninel Cortinas. — Manuel de Castro. — Asdrúbai E. Delgado.— 
Kduanlo Dieste. — María Espinóla y Espinóla. — José M. Fer- 
nández Saldafia. — Km ¡lio Frugoni. — Blas S. OenoTese. — 
César G. Outiérrez. — Luis A. de Herrera. — Juana de Ibar- 
bourou. — Juliü Lerena Joanicó. — Luisa Luisi.— Casiano Mo- 
negal. — Horaciu Maldonado. — Julio Baúl Mendilaharsu. — 
Baúl Montero Bustamaute. — A. Montiel Ballesteros. — Emilio 
Oribe. — JuséPereira Rodríguez.- Víctor Pérez Petit. — Carlos 
M. Prando. — Wifredo Pi. — Horacio Quiroga. — Santín Carlos 
Rossi. — Vicente A. Salaverri. — Emilio Samiel. — Carlos Sabat 
Ercasty. — Juan Zorrilla de San Martin.— Alberto Zum Felde.— 
Armnmlo Vasseur. 



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TEI. MO MANACORl>A 

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Snn Salvador 2300, Moiilcviiloo, L'ragnay 

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8 <le Octabrc 120, Montevideo, IJragany 

No su devuelven los originales. 

LOS MATERIALES DE "PEGASO" 
SON INÉDITOS 



Banco Hipoteairio del LIrii}íii¿iy 

IN^;TITIICI()N dioi. kstado 

CAJA Dli AHORROS 

Abona por los depósitos el O Vl» "/,> nitual 

Invierte los depósitos por cuenta de los ahorristas, en "Títulos Hi- 
potecarios", los cuales al precio actual, reditúan un interés mayor do 
(i o|o anual. 

Los intereses de esos "Títulos" se pagan trimestralmente el 1." de 
Febrero, el 1." de Mayo, el 1." de Agosto y el 1. " de Noviembre do 
cada año. 

Los "Depósitos", mientras no se inviertan en Títulos, y éstos con 
el "Cupón"' corriente, si la inversión ya se ha hecho, pueden ser re- 
tirados parcial o totalmente, en cualquier momento. 

Hace préstamos con la garantía de los Títulos depositados y paga 
los "Cupones" por adelantado, mediante un peciueño descuento. 

Entrega alcancías para el depósito y guarda de los ahorros pequeños. 

Los depósitos tienen la garantía del Estado, además de la del Banco. 

Los "Títulos Hipotecarios" se emiten solamente contra la garan- 
tía real de bienes inmuebles, urbanos y rurales. 

Las libretas que entrega, contienen las condiciones de la operación. 

CALLK MISI()M^:S, I iil\), \i7>:\ y i ir,!» 



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Banco de la República Oriental del Ufúgiíay 

Institución del Estado 
FHIMi pirleyft U 4( HirN <c 1195 y nH* pKü IcxOnkiatfe 17<cJiM4( 1911 



Oasa Central: Galle Zabala esquina Cerriv> 

Ciji itf Akorros - AitiRcfas- tllritis de €i)i de Aberras i Pttío Fijo 

\ L*« «acólitos «■ Ci^fa 4e Ikorroa AImmcÍs, K»ua del tateréa A» •"/, - 1 

hasta U caatidad de f 1.000 

El Banco recibe esta clase de depósitos en la Casa Central j en 
todtis sus dependencias, que son tas siguieales: 

AGENCIAS: 

Aguada: Avenida General Rundeau esq. Valparaíso.— Paso del 
Molino: Calle Agraciada 963. — Avenida General Flores: Avenida 
General Flores 2266.— Unión: Calle 18 de Julio 205.— Cordón: 
Avenida 18 de Julio 1650, esq. Minas. 

CAJA HACIONAI. »K AHeBBOS T BEBClJEKTeS, Calonia eB« Cladadeis 

SUCURSALES 
Ea todaa laa eapltalea j poblactoBea Importaatea de loa departaneatoa. 

Horario de laa dependencias de la capital: de 10 a 12 y de 14 a 16.— X/>s Sábados de 10 a 12. 

La alcancCa es la Ibire del «horro domfeti- 
eo.— Depoaita Vd. DOH PCSOSr en el acto 
se le entregiirá, GRATUITAMENTE, muí AL- 
CANCÍA remida coa Harv, qnedMido eaia 'la- 
ve ({uardiida eu el Banra. Esoa DOS PESOS 
SON SUYOS, muaa interés y puede Vd. re- 
tii«rloa en cysiquier momento, derolricndo la 
Alcanafa. 

Una vez ni mes, o cuando lo crea oportuno 
presenta Vd. la Alcancfa, la que se obre a su 
vista y se le devuelve cernida después de re- 
tirar el dinero que contenga y acreditárselo en 
su cuenta. L<ft saldos del dinero así deposita- 
do, ganarán el 6 % de interés hasta la suma 
di- $ 1 000. — Las cantidadrs mayores de $ 
1.000, no ganarán interés pM- el exceso. 

El Banco ba resuelto también, establecer Li- 
bretas de Caja de Ahorros a Plazo Fijo (a ven- 
cer coda seis meses). Pata esta clase de ope- 
■■* raciones se ha fijado el interés de 4 1/2 "/o 
. hasta la suma de $ 50.000. 

El Estado rcspcnde directamente de la cmi- 
tón, depósitos y operaciones que lealicc el Banco, (art. 12 de ia ley du 17 de Julio de 1911). 




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PEGASO 

REVISTA MENSUAL MONTEVIDEO 

DIRECTORES: Pable ale Crecía— Jo«« María Oelsada 

AbríNe1922. N.' 46 — Ai* Vil. 



AUGUSTO RODIN 



"L'esprit en route", como -definiera Jean Dolent 
la intensa mentalidad de Rodin, ha declinado al final 
de la jornada. El cincel nervioso y tenaz, en su lucha 
por animar el mármol, cesó su labor al mismo tiem- 
po que el alma fogosa apagara su llama en una au- 
reola de triunfo. El mismo ejemplo de los grandes 
creadores en arte, que van sembrando su camino con 
las profundas verdades que han comprendido, nos lo 
ha dado Rodin, dejando en nuestros días dolorosos 
su dura conquista sobre la piedra: "todo un pueblo 
tumultuoso e inquieto", que no se cansa nunca de 
sufrir en el mármol las mismas pasiones, las mismas 
ansias acrecentadas que sufre esta deleznable arcilla 
que nos forma. 

El arte de Rodin, original y profundo, está empa- 
rentado a las grandes épocas de arte de la civiliza- 
ción. Nace de la naturaleza, y de su comprensión pro- 
funda deriva la admiración por lo antiguo. En un 
camino inverso al académico, Rodin llevó al final su 
entusiasmo a Grecia y a Roma, después de haber es- 
tudiado bien su pequeño lote de tierra. 

Su cerebro latino, ebrio de claridad y de belleza, 
ordenado, sereno, lo llevó al estudio del hombre, no 
como el medio de expresar una historia, nna anéc- 






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Banco de ia República Oriental del Uruguay 

Institución del Estado 
fiiMi HT L(T <c (3 <c Mam <e 1195 1 rtiMí m la Uy Oniíica K 17 « Jalla k 1911 



Casa Central: Calle Zabala esquina Cerrito 

Caja de Ahorros - Alcancías - LHtretas de Caja de Ahorros a Plazo Fijo 

L»i 4epóilt08 •■ (-lüik <le Akorroi AIcadcíji, komb árí Interét de 6 o/o 
haRta la cantidad de | 1.000 

El Banco recibe esla clase de depósitos en la Casa Central y en 
lodus sus dependencias, que son tas siguientes: 

AGEIVCIAS: ' 

Aguada: Avenida General Rondeau esq. Valparaíso.— Paso del 
Molino: Calle Agraciada 963.— Avenida Genernl Flores: Avenida 
General Flores 2266.— Unión: Calle 18 de Julio 205.— Cordón: 
Avenida 18 de Julio 1650, esq. Minas. 

CAJA NACIONAI. »F. AHOBSOS Y BE8CVEKT0K, folonia esq Cindadela 

SUCURSALES 
En todaii las capttaleH y poblacioueH Importantes de Iok departaiuentos. 

Horario de las dppeiidencias de In capital: de 10 a 18 y de H n 16.— X.os Sábados de 10 a 12. 

"' Ln aleuncfa es la IIrtc del ahorro domesti- 
co.— Deposita Vd. D08 PESOS y ni el actu 
se le c'iitregiirtl, GUATÜITAMENTE, una AL- 
CANCÍA cernida con llaTc, quedando esln 'la- 
ve (guardada eu el Banco. Esos DOS PESOS 
SON SUYOS, ([anan interés y puede Vd. rc- 
tiiarloB en cualquier UKunentu, devolriondo la 
Alcancía. 

Una vez ni mes, o cuando lo crea oportuno 
presenta Vd. lu Alcancfn, la que so abre a su 
visto y se le devuelve cerrada después de re- 
tirar el dinero que contenga y acreditárselo en 
su cuenta. L(6 saldos del dinero asi deposita- 
do, ganarán el 6 % de interés hasta la suma 
di- a 1 000. — Ijis canlidadi s mayores de $ 
1.000, no ganarán interés por el exceso. 

El Banco bn resuelto también, establecer Li- 
bretas de Caja de Aliorros a Plazo Fijo (a veii- 
«er cada seis meses). Pam esta clase de ope- 
raciones se ha fijado el interés de 4 1/2 % 
basta la suma de $ ¡jli.tKK). 

El Estado respcndc directamente de la cmi- 
li^M, (le)>ésilos y operaciones que lealio' el Banco, (art. 12 de la ley do 17 de Julio de 1911). 




T^íááE&t:.-^^- -ji^sftL ..;.<-•-. .*i 



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PEGASO 

REVISTA MENSUAL MONTEVIDEO 

DIRECTORES: Pablo de Grecia— Joac María Dcleado 

AbríNeBZZ. N.* 46 — AíloVIl. 



AUGUSTO RODIN 



"L'oüijrit en route", coiiiO/ deñniora Joan Doleut 
la intensa mentalidad de Rodin, ha declinado al íinal 
de la jornada. El cincel nervioso y tenaz, en su lucha 
por animar el mármoi, cesó su labor al mismo tiem- 
po que el ahna fogosa apagara su llama en una au- 
reola de triunfo. El mismo ejemplo de los grandes 
creadores en arte, que van sembrando su camino cou 
his profundas verdades que han comprendido, nos lo 
ha dado Kodin, dejando en nuestros días dolorosos 
su dura contjuista sobre la juedra: "todo un pueblo 
tumultuoso e inquieto", que no se cansa nunca de 
sufrir en el mármol las mismas pasiones, las mismas 
ansias acrecentadas que sufre esta deleznal)le arcilla 
que nos forma. 

El arte de Rodin, original y profundo, está empa- 
rentado a las grandes épocas de arte de la civiliza- 
ción. Nace de la naturaleza, y de su comprensión pro- 
funda deriva la admiración por lo antiguo. En un 
camino inverso al académico, Rodin llev^ó al final su 
entusiasmo a Grecia y a Roma, después de haber es- 
tudiado bien su pequeño lote de tierra. 

Su cerebro latino, ebrio de claridad y de belleza, 
ordenado, sereno, lo llevó al estudio del hombre, no 
como el medio de expresar una historia, una anee- 



..*>■■, ¿•■■^■/■•'■v^'^'-^X- '■"■' i • 5^^> t " 



434 PEGASO 

(Iota, una idea, sino como el medio de expresar to- 
das las ideas. Su ideología no fué literaria ni histó- 
rica, fué humana. "Hace, desde luego, hombres, dice 
Besnard, después los anima, mejor dicho, viv^ des- 
de que, son perfectos. Esto es contrario a la estética 
de los artistas que creen hacer grande con un sujeto 
pomposo, sin apreciar la faz humana, cuya ausencia 
condena las obras al olvido, pues las generaciones no 
toman en cuenta más que aquellas obras en que la 
humanidad tiene más parte." Rodin abarcó la huma- 
nidad entera en su cultura, estrujó la divina carne 
del hombre hasta hacerle expresar todas las frases 
del vocabulario humano. De cuidadoso análisis llegó 
a las altas síntesis. Al volver a crear, dio la sensa- 
ción de la Idea. Y de sus ohras se desprende lumino- 
so el símbolo. I 

Buscó ante todo, el carácter en"^ expresión y por 
eso acentuó un músculo, recalcó un movimiento. Un 
torso, un pecho palpitante, una mano nervuda, todo 
vale como un documento, todo nos dice una frase de 
la Naturaleza; y en un abrazo vehemente, en un ges- 
to de lucha o de resignación, encerró todos los deseos, 
todas las angustias que agitan este inmenso rebaño 
humano que nunca concluye de pasar sobro la tierra. 

Con ojos de filósofo, de esa filosofía sana y sutil 
que da el estudio apasionado de la naturaleza, vio la 
generalización de las grandes leyes y de los grandes 
lazos. Comprendió que de la planta al hombre va 
una cadena de analogías que se van sucediendo y 
complicando; que hay un lazo divino que hace her- 
manos al guijarro y a la flor. 

A través de la variedad de formas, comprendió la 
persistencia de la forma ; que la naturaleza, en una 
rriaravillosa repetición, crea todos sus seres con po- 
cos signos generadores. Penetró la fuerza de sabidu- 
ría que gobierna los planos, reveladores del carácter 



ríVt , ■ y*. 













* 




^ 




AUGUSTO 


RODIN 





4'35 

y de] espíritu de la materia, Y analizó todos los con- 
tornos gue expresan vida, desde el sutil y afilado del 
tallo de una flor, hasta el ondulante y sedoso de una 
cadera femenina. 

Todas sus obras dominadas, ungidas, por esa com- 
prensión profunda de la naturaleza, desenvuelven 
ante nosotros infinidad de interrogaciones y de mis- 
terios, Rodin parece haber expresado en su estatuaria 
reveladora, el admirable aforismo de Emerson: "To- 
do hombre es la enciclopedia entera de los hechos. La 
creación de mil bosques está contenida en una bello- 
ta. Y Egipto, Grecia, Roma, la Galia, Bretaña, Amé- 
rica, se hallan ya en germen en el primer hombre." 
Por eso en cada trozo de Rodin palpita la secreta tra- 
ma de la vida; y en el carácter de un torso ó de una 
mano, se halla la ley del hombre, la ley de la humani- 
dad, la ley del destino; se halla la sabia "Mano de 
Dios" que gobierna los mundos. 

La técnica de Rodin es perfecta. Su expresión es 
tan verdadera, que hasta llegó a acusársele de mode- 
lar sus cuerpos en vivo. Es la técnica que se expresa 
de adentro para afuera, como dijera él mismo, que 
ve los planos, no en extensión sino en profundidad. 
Sn conocimiento del claroobscuro, de la distribución 
de ios volúmenes, de los obscuros profundos y de los 
daros brillantes, es perfecto. Estudió la le.v^ que pro- 
duce el modelado sutil; comprendió el secreto del en- 
trante ensombrecido y melancólico y del saliente or- 
gulloso y sincero. Apasionado de Rembrandt, el pin- 
tor de la bruma de oro, llegó a ser el Rembrandt de 
la bruma de ceniza. Todos sus cuerpos están envuel- 
tos en esa mediatinta que suaviza los planos y ani- 
ma la materia, con las vibraciones apagadas de una 
exquisita sinfonía en gris. 

Rodin fué el escultor de la pasión; de la pasión fe- 
cundante, causa y origen de la eternidad de la vida; 



^•■- * 



'PFí 



436 PKttASO ^. ' 

de la pasión que mueve la flor que espera en la brisa 
que pasa el polvo de oro que la fecunda, y gue Hace 
florecer en suaves espasmos la sonrosada carne de la 
amante. 

El instinto, fuerza divina, ley de continuidad de la 
especie, incitó su espíritu. Y al instinto sordo y apa- 
gado de la piedra, le obligó a expresar el instinto 
fogoso y primero de la especie: el instinto del amor. 

Intuyó la gran verdad de que hay una fuerza su- 
prema, instinto, atracción, que une los astros en sus 
inmensos giros por el espacio y que acerca al macho 
y a la hembra en sus tristes marchas sobre la tierra. 

Expresó muchas veces esa fuerza en el abrazo an- 
cestral y frenético. Abrazo de perpetuación que nos 
hace uno a todos, y que iguala en su origen y en su 
fin la escala natural. Abrazo amplio que lleva un fue- 
go rítmico y una línea decorativa. Abrazo que en- 
ciende a todos los seres e ilumina todos los perfiles. 
Abrazo que hace bellos a los hombres vigorosos y a 
las mujeres febricientes. Abrazo do todas las eurit- 
mias, primer jeroglífico de la pareja humaiia, primer 
signo de la Vida. Abrazo misterioso que tiene toda 
la hermética geometría del enlazamiento amoroso; 
curvas de ignorada ley unidas a las curvas; estrecha- 
miento supremo de líneas con suavidades de danza y 
de líneas con angulosidades de lucha. 

El hombre y la mujer palpitan en la materia iner- 
te, bronce o mármol. A la mujer la interpretó místi- 
ca, plena de éxtasis, ante el misterio del Amor. La 
expresó tierna, dulce en el arranque amoroso, suave 
en su mirar languideciente y húmedo; suave como la 
quería el poeta aquel que cantara por tres veces: '*De 
la douceur, de la douceur, de la clouceur". . . A veces 
la representó frenética, dominad:^ por un gesto de 
pecadora antigua. A veces la representó vencida... 
A.1 hombre lo sintió triste, abrumado de una carga 









AUGUSTO RODIN 437 

<-,xtraña, dolorido ante un dolor que no se sabe dón- 
de se halla. Ün mirar extraño, de sorpresa ante la' 
vida, nubla sus ojos. Y aunque Kodin hablara de su 
optimismo serenq, sus héroes son vagamente tristes, 
de una tristeza vaporosa y sutil ^ue no tiene causa ni 
origen determinado. Sufren del "extraño malestar 
del alma ligada al cuerpo", como dijera Paul Gsell. — 
aquélla tejida con mucho azul, éste amasado con mu- 
cho barro. 

A pesar de haber expresado todo el vocabulario 
del amor, Rodin no descendió nunca, en su arte, a lo 
innoble o lo insano. La pasión pasa sobre los cuerpos 
como la caricia de un ala divina, como algo elevado 
y ritual. Es una liturgia amorosa, que necesita de la 
salud del cuerpo y del espíritu. 

Las voluptuosidades, el sensualismo que recorr3 
las venas frías del mármol, es el mismo que nos do- 
mina en una serena tarde estival, ante un ocaso de 
misterio lila. Lo extraño, lo desconocido, el secreto 
del más allá del amor y de la muerte, el velo ignoto 
de la Isis de Pasión que cubre sus mármoles, hace 
seria, profunda, reveladora su escultura. De esta faz 
de Rodin, la más sincera y la más honda a nuestro 
juicio, está. ''Le Printemps", primavera de sangre, 
eclosión de vida que se trasmuta de un cuerpo a otro 
y de labio a labio. Está^el gesto violento de "L'Em- 
prise", el hombre| unido a la mujer en la fogosidad 
del placer, en el instante con sabor a muerte. "L'eter- 
nelle idole", oficio de amor en el que la amante re- 
sigiiada y trémula como un ala caída, deja venir a sí, 
sobrecogido de extrañas dudas, al hombre que trae 
su miel para el primer vaso de amor y de amargura. 
Está ''Sphynx", la lucha desesperada, ' abrazo impo- 
sible, para descubrir el fondo del sublime filtro de 
todos los éxtasis y de todas las agonías. La ''Eva", 
cuerpo adorable de mujer, primera pecadora, arroja- 



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438 PEGASO 

da del paraíso de inocencia, ardiendo en su pecho, 
la flagelación del arcángel guardián, y sintiendo en 
sus carnes, tibias aún de las caricias del hombre, un 
nuevo deseo de pecado. La '*Danaide\', extraño cuer- ; 
po de pecadora mitológica, desflorado en .ima tarde 
roja de pasiones criminales y condenado a un eterno 
suplicio. "Le lys brisé", ilusión temprana, primera 
sonrisa amorosa, candor perfumado y pálido, que el 
soplo de la vida ha agotado cruelmente, "Les nerei- 
des", "Faune et nymphe", "La ceutauresse", son ■ 
fases distintas de un amor sanguíneo y salvaje. Y al 
terminar del cuadro pasional, la estatua de "Viei- 
Ile Heaulmiére" es una triste visión del fin de las 
glorias y de los placeres humanos. Tiene el sabor de 
aquellos lienzos macabros que pintaban los místicos 
pintores de la Edad Media. Este es un cuerpo des- 
truido, otrora cálido 3c lujurioso, donde posaron to- - * 
das las pasiones y todos los vicios; carroña del amor, 
carne que se vendía y se quemaba en su propio fue- 
go de lascivia . . . 

Eodin tuvo otra faz estrechamente emparentada 
con la anterior, por su lado humano, y que podríamos 
llamar su faz filosófica. A ella pertenecen, en primer #^' 
término, sn "Penseur", el pensamiento-hombre, y su t- 
"Pensée", el pensamiento-mujer. Aquél es el símbolo 
en bronce de la primer idea que agitó la célula gris 
en el primer hombre; cabeza agobi^da^ por todos los 
misterios que pasan ante un mirar atónito y primiti- 
vo; lucha desesperante por abarcar el infinito en una 
mirada. Alma primera en el desierto de la vida, que 
siente un viento estremecedor, que viene de extrañas 
orillas a aullar ante la puertft cerrada del Yo cons- 
ciente... "La pensée" es el exquisito símbolo del 
1 pensar femenino, mejor dicho, del meditar femenino, 

menos brusco, menos fuerte; menos osado, menos 
tenaz, más tierno, más místico, más sutil, más emo- 



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AUGUSTO BODIN 



439 



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tivo que el pensar dei hombre. Vibración del al- 
ma que abre ante la vida la tenue celosía de unas 
pestañas . . . que se cierran después lánguidas y 
apesadumbradas de no poder comprender el secre- 
to que vibra en la claridad del día. Mirada ba- 
ñada en sueños de amor, que tiene todas las abnega- 
ciones y todas las ternuras; mística ante lo Extraño, 
no lucha por definirlo, sino por sentirlo; inmensa flor 
humana que abre en la tarde serena para recibir el 
misterio que la penetra y la besa como un rocío ce- 
leste. 

Está la * ' Invocation ", "Appel suprome", ansias 
inagotables de azul y de infinito. Está el ''San Juan 
Bautista", símbolo de la fe que camina por el mun- 
do ; fuego de abnegación que hace olvidar ia maraña 
del camino, sintiendo los éxtasis del paraíso azul. Es- 
tán, por fin, "L'áge d'airain", "La chute d'Icare" y 
"Les Bourgeois de Calais", retrato admirable de las 
formas que adopta el sacrificio cuando lo anima el 
cuer^To vigoroso de un adolescente, en un patético 
adiós a la vida, la profunda cabeza de un místico que 
ya no pisa esta tierra, el ropaje doloroso de un des- 
' engañado de la vida ... Y por último, su discutida 
"Mano de Dios", extraño símbolo del Destino, expre- 
sado por una inmensa mano guiadora y sabia, justa y 
serena, llevando én su palma la pareja amorosa; ins- 
tinto que cuida de sí mismo; Dios que palpita en 
cada célula y que vive en el polen y en el seno de la 
virgen; mano del infinito, causa primera, el Todo que 
vela por la parte, y la parte que encierra y justifica 
el Todo. 

Por tiltimo, está el admirable Rodin de los retra- 
tos; el Rodin tan discutido de los monumentos a 
Víctor Hugo, a Sarmiento, a Balzac, etc. En el de Bal- 
zac, su obra más vilipendiada, ha sufrido Rodin, se- 
gún la opinión de autorizados críticos, la influencia 



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44Ü PEGASO 

impresionista de Medardo Eosso. Trató de hacer ex- 
presar a la vibración monocroma del mármol, el aire, 
el ambiente que rodea una figura. Dejó de lado todo 
detalle accesorio^ e intensificando la expresión y el 
gesto del novelista, envolviéndolo en la noble túnica 
del trabajo, consiguió esa sobriedad de la masa tran- 
quila que da una sensación de fuerza, de valor, que 
pocas veces tienen los monumentos a los grandes 
hombres contemporáneos. 

Analizada la obra de Rodin en conjunto, se siente 
la pasta eminentemente francesa que componía su 
mentalidad. Fué ajeno a las tendencias snobs o exó- 
ticas. Sólo los grandes, Miguel Ángel y los griegos, 
dejaron trazas de su labor inmensa. El mismo lo con- 
fiesa: **He oscilado en mi vida entre dos grandes 
tendencias de la estatuaria, entre la concepción de 
Fidias y la de Miguel Ángel. Partí de lo antiguo, pe- 
ro cuando fui a Italia, me impresionó en seguida el 
gran maestro florentino, y mis obras se han resentido 
ciertamente de esa pasión." Pero Rodin, como todo 
gran cerebro, mantuvo su personalidad, a pesar del 
influjo de Miguel Ángel. Aprendió de aquél los secre- 
tos del lenguaje elocuente, la forma de hacer palpitar 
el músculo. Pero su concepción es distinta de la de 
Miguel Ángel. El sufrimiento sobrehumano, la tortu- 
ra espiritual, la angustia, el deseo insaciado de aban- 
donar la vida, ese dolor que se llama ya Miguelange- 
lesco, Rodin no lo expresó. Torció su concepto de la 
vida, de un ocaso de dolor hacia una aurora de espe- 
ranzas; y mientras el genio de la Sixtina retorció la 
carne castigada por ancestrales torturas, Rodin hizo 
florecer una carne sana, voluptuosa, serena, que se 
abre como una pálida flor de mármol al calor de la 
vida. Así, Rodin, después de haber probado el agrio 
licor que ofrece el genio de Florencia en su cáliz de 
amargura, volvió sus labios a la copa cincelada por 



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los dioses antiguos, que allá lejos, en la Grecia azul, 
le ofrecían Fidias el maestro y Sisipo el divino... 

Este es el legado del genio de Eodin para las ge- 
neraciones futuras. Mientras la enorme caravana hu- 
mana pasa por estos anchurosos valles de la tierra, 
los grandes hombres, los sembradores de símbolos, 
van dejando un pueblo quieto y elocuente, "peregri- 
nos de piedra" eñ el eterno rodar de los siglos. En 
. ese pueblo inerte, que viene desde el Egipto hierático 
y enorme, desde Grecia serena y luminosa, desde 
Oriente esotérico y lujuriante, desde la Edad Media, 
mística y espiritualista, desde Miguel Ángel tortura- 
do y doliente, Eodin ha colocado sus piedras: seres 
ardorosos y tibios en el abrazo de vida, carne sana, 
rítmica, ondulante, nervio de exaltación amorosa, di- 
namismo vital que se propaga.... — héroes de pasión, 
que parecen decir para los días futuros, que por so- 
bre la amarga tristeza de la vida, está la dul(^ tris- 
teza del amor, fecundo y grande. 



Otra modalidad del espíritu de Rodin hecho a la 
antigua, enciclopédico y vasto, es su modalidad de 
crítico y de literato. Su manual "L'art", es una con- 
versación acerca de la belleza, en donde se oye siem- 
pre la frase justa y verdadera del maestro. Y su obra 
grande, romántica, de "Les cathédrales de France", 
obra donde habla el escultor como arquitecto y el ar- 
quitecto como escultor, nos revelan un Rodin más 
unido a nosotros e intensamente comprensivo de 
nuestro arte. Como Miguel Ángel, Rodin fué un ar-, 
quitecto, pero la época actual, tan distante del lujo 
del Renacimiento, no le permitió realizar el desarro- 
llo integral de una concepción plástica, contribuir a 
la "catedral ausente", como dijera Carrére. Admiró 
la eterna belleza de las catedrales góticas. Veló junto 






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442 



PEGASO 



a los muros de piedra, espiando en todas las horas, 
del día el sabio juego de la luz sobre las lujosas pie- 
dras labradas. Vio el sol pasar por los ventanales e 
iluminar con un terciopelo violáceo los ábsides litúr- 
gicos; comprendió el espíritu de la época y la genia- 
lidad de la raza que obtenía los mayores efectos de 
modelado y de líneas, por la intuición artística que 
la dominaba. Y cantó su himno a las catedrales. 

Su voz de apóstol contribuirá a hacer pensar a la 
admirable raza francesa, en la belleza y la^ inspira- 
ción que encierra ese maravilloso arte gótico desde 
tanto tiempo incomprendido y olvidado; primer arte 
francés legítimo y noble, que hoy, animado por un 
fuego antiguo y heroico, parece luchar por hacerse 
sentir, por hacerse venerar, por romper el velo de ol- 
vádo que lo envuelve, exponiéndose sereno, el prime- 
ro en la lucha, el primero ante la muerte, para con- 
quistar una gloria de resurrección en el trágico mo- 
mento histórico. 



Cáelos Herrera Mac Lean. 



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. INÉDITOS 

SINCERAMENTE 

Oigo, profundamente^ tu reproche fraterno : 
— No seas tan violento ni tan recio. En el Arte 
Hay que ser más sutil, más afinado y tierno, 

Y no gritar en áspero^ Tienes qne serenarte. 

El Arte no va a golpes ni está en un estandarte: 
Es una cosa viva que filtra de lo interno; 
Qiie puede ser mi beso, una angustia, un eterno 
Deliquio; un inefable dolor para cantarte. 

Eso es Arte, mi amigo, y es intima poesía, 

Pero esa fina música no puede ser la mía. 

Yo soy brusco y ardiente como una llama clara. 

No sé llorar en verso ni ine sale el gemido; 
Me lleva el entusiasmo como un río escondido, 

Y siempre me verás con la fuerza en la cara. 

LUZ Y AGUA 



Veo una luz que salta en m,edallas y estrías 
Desde la orilla dura del mar de sombras frías. 

Esa luz que se estira y se abre sobre el mar, 

De lejos flota larga, 

Y al borde se hunde viva hasta el fondo del mar. 



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444 



PEGASO 



Seriamente acodado en los balaustres, pienso 
Cómo la luz y el agua juegan a la distancia, 

Y cómo, al acercarnos, hay un temblor intenso 
De sondaje amoroso y de húmeda fragancia. 

. . . Así somos, hermanos, con esta vida nuestra 
Adonde entra la luz de nuestros nervios finos: 
A lo lejos la luz distendida se muestra, 

Y en las entrañas se hacen los incendios divinos. 



Pedro Leandro Ipuche. 



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POEMAS DEL ESTÍO 



MIEL DE LECHIGÜANA 

La miel de lechiguana 

empieza a perfumar como las rosas; 

en Abril. 

Es estío : yo siento 

zumbar la avispa indígena, sin tregua 

entre las flores; 

y he recordado que en Abril y en Mayo 
me chuparé los dedos 
y el lagarto la cola. 

La flor del ceibo, la del ñapindá, 

la microscópica y blanca de las hiedras 

y el sol ardiente; 

la energía tremenda del insecto; 
el verano que vibra! — 
todo esto lleva el néctar. 

Todo esto lleva el néctar; 
poseerlo casi siempre cuesta 
un poco de veneno... 

(en la vida, 

obtener una esencia cuesta siempre 

un poco de dolor). 



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444 PEGASO 

Seriamente acodado en los balaustres, pienso 
Cómo la luz y el agua juegan a la distancia, 

Y cómo, al acercarnos, hay un temblor intenso 
De sondaje amoroso y de húmeda fragancia. 

. . . Así somos, hermanos, con esta vida nuestra 
Adonde entra la luz de miestros nervios finos: 
A lo lejos la luz distendida se muestra, 

Y en las entrañas se hacen los incendios divinos. 



Pedro Leandro Ipuche. 



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POEMAS DEL ESTÍO 



MIEL DE LECHIGUANA 

La miel de lecJiiguana 

empieza a perfumar como las rosas; 

en Abril. 

Es estío: yo siento 

zumbar la avispa indígena, sin tregua 

entre las flores; 

y he recordado que en Abril y en Mayo 
me chuparé los dedos 
y el lagarto la cola. 

La flor del ceibo, la del ñapindá, 

la microscópica y blanca de las hiedras 

y el sol ardiente; 

la energía tremenda del insecto; 
el verano que vibra! — 
todo esto lleva el néctar. 

Todo esto lleva el néctar; 
poseerlo casi siempre cuesta 
- vn poco de veneno ... 

(en la vida, 

obtener una esencia cuesta siempre 

un poco de dolor). 



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448 PEGASO 

Es estío : yo siento 

zumbar la avispa indígena, sin tregua 

entre las flores. 

Y he recordado que en Abril y en Mayo 
me chuparé los dedos 
y el lagarto la cola. 



LA CHICHARRA 

Siesta, 

Canta una chicharra. 
Hipnosis. Obsesión. 
Llega hasta mí 
como" un aliento tibio 
de la sierra y el monte. 
Yo me duermo y sueño 
que un corazón palpita 
y se desangra al fin 
con una larga queja... 
(que así es el canto 
de la chicharra). 



José Monegal. 



Meló. 



Dftsde Meló, — ((Melópoli^», como acoslumbrn ihiniar a la ca- 
pital de Cerro Laigo Casiano Monegal, — nos llef^an esitosi versos 
nuevos de uq nuevo poeta, hermano de Casiano y dueño de una 
guitarra arachana que trae voces desconocidas al arte de la 
ciudad ... I 

Bienvenido sea, como todos los jóvenes. i 



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^'EL NIÑO QUE ENLOQUECIÓ 
DE AMOR" 



Como su nombre parece ya indicarlo, "El niño que 
enloqueció de amor" es un libro romántico, pero 
realizado con tan grande equilibrio, que no hay la 

más mínima extralimitación en su fondo realista. .. \ 

"Realista y romántico", hemos escrito adrede, pues • 

aunque aparentemente estos términos chocan y pare- 
ce que se rechazan, en Eduardo Barrios hay una ex- 
cepcional coincidencia, que le permite expresar en la 
tnás delicada forma los episodios que, referidos por 

otra pluma, ruborizarían al lector, como, por ejemplo, . ■ - 

la escena en que la madre y el amigo de la casa, ob- ■"[ 

servando la mustia palidez y las ojeras del niño — 
el pobre pajarito que ha cantado en la noche, — se obs- 
tinan por descubrir la existencia de vicios que la cria- ^¡ 
tupa ni siquiera concibe. ' . i- 

El asunto de "El niño que enloqueció de amor", '^ / 

es sencillo como la propia vida. "Avecitas hay — dice 
Barrios, en su preámbulo lírico — para quienes el ra- 
yo de luna tiene un poder de sortilegio. Y tras de j 
cantar, saltan aturdidas y vuelan... Sólo que, como 
no e.s el día el que llega, se pierde^ pronto en la obs- 
curidad, o se ahogan en un, lago iluminado por el . - 
pálido rayo de oro, o se rompen el pecho contra las * , ■ " ' 
espinas del mismo rosal florido que, horas después, " :«; 
pudo escucharles sus m.ajores trinos y encender sus ^ ' '^ 



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45U 



PEGASO 



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más delirantes alegrías. ¿Cuál es el rayo venenoso qi^e 
despierta algunas almas en la noch«, les roba el ama- 
necer y las ahoga en una existencia de tinieblas? Voy 
9 referiros el secreto de un niño \iue enloqueció de 
amor." Y viene la novela, hecha en forma nerviosa co- 
mo un libro dé memorias. El novelista asegura, con 
táctica socorrida, que aquel cuaderno se lo entregó la 
casualidad y que lo había guardado respetuoso, "con 
el respeto que merece un niño sentimental y entristeci- 
do, una víctima del rayo venenoso que ilumina los co- 
razones antes de tiempo y los lanza en ese vórtice 
llameante y obscuro, dulce y terrible del amor." 

Aun cuando no pensamos hacer sino un bosquejo 
somero del asunto, vamos transcribiendo frases de 
Barrios para que el público advierta la fina y grácil 
y rítmica prosa, verdaderamente artística, que da 
realce al íntimo y doloroso episodio. j 

Enl primera página del cuaderno, el párvulo nos 
habla de don Carlos Eomeral, que es el hombre más 
inteligente que conoce/ Adivinamos en seguida, una 
de esas almas, grandes y comprensivas, que nunca 
faltan en las obras de Barrios, y que en "El niño que 
enloqueció de amor" es el amigo de la casa, y en 
"Un perdido" se llama Papá Juan. Don Carlos Ro- 
meral le ha dicho al niño que lleva un diario de su 
vida, esto es: "Un cuaderno en donde algunas per- 
sonas escriben todos los días lo que les pasa, porque 
a veces no se pueden conversar con nadie ciertas co- 
sas." El niño, chico y todo, sabe ya esto; y <Rhe que 
esas cosas, precisamente, suelen ser las más gratas e 
importantes. 

¿Veis?... Quiere decirse que el niño tiene un se- 
creto. De inmediato, atraídos por el título dtíl roman- 
ce, entramos en curiosidad. Y a poco, leyendo escasas 
líneas, más abajo, sabemos que el niño está enamo- 
rado de Angélica. - 



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J£L NlfJO QUE ENLOQUECIÓ DE AMOR 



451 



Pero Angélica, al contrario de lo que puede supo- 
nerse, no es una niña de su tiempo: se trata de una 
joven casadera. ¡Un niño, silencioso y sentimental, 
que ama a una muj€r! ¿Imagináis el drama?... Dra- 
ma silencioso, sin aullidos, ni puñaladas, druma en 
el que una mano pérfida — la mano de Eros — se apo- 
dera de un pobre corazón y lo oprime hasta sacarle 
todos sus zumos, como si fuese una fruta verde. 

Angélica va de visita a la casa del niño, y él, que 
no anhela sino verla, se siente cobarde, se descompo- 
ne y se oculta. '*¡Me da más rabia! ¿Por qué seré tan 
nervioso?", se desespera la criatura (pág. 15). Él 
niño tiene miedo. Y tiembla más cuando ella, al en- 
contrarlo, le besa y le abraza. Parécele que va a en- 
fermarse. Y lo que más le aflige es que Angélica, sin 
reparar en la acusadora turbación, lo quiere como lo 
que es : le quiere . . . como a un niño. 

Otro día, en que el protagonista sale a la calle con 
su mamá y con Angélica, se les acerca un joven un- 
tuoso. Al niño le dicen que vaya adelante. Se despide 
luego el galán y la señorita se muestra muy alegre, 
pero el niño sufre. ¡Sufre ante aquella alegría, com- 
prendiendo sin comprender ! . . . Ya junto a la casa, 
el mocosuelo rompe a llorar, y cuando, cercado a pre- 
guntas, confiesa que en su aflicción tiene la culpa el 
asedio solícito de aquel joven elegante que se fué, An- 
gélica sonríe y acaricia las sienes candidas, mientras 
de su boca de flor escapa esta pregunta: '•¿No quie- 
res ser mi novio!". Y luego, dirigiéndose a la mamá: 
* ' ¡ Qué chiquillo tan rico ! " Y el niño tiene ]>ena ... y 
e] niño quisiera tener más. 

Y se intensifican las angustias, y se desvela por las 
noches, y llora silenciosamente, cuando nadie le ob- 
serva. Aquel llanto le calma, y quiere llorar más, pero 
hay un momento en que ya no puede, tal vez f orque 
el exoeso de pena ha desbordado el corazón y se ha 






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45^ 



. PKGASO 



ido con las lágrimas. El niño evoca a Angélica, tal 
como la viera el día en que la conoció. Y describe la 
impresión en su cuaderno: "Se había puesto un ves- 
tido solferino, y se le reflejaba el color en la cara, y 
en los ojos se le veían' también dos puntitos solferi- 
nos. Estaba muy linda — agrega, con insistencia infan- 
til, — pero muy, muy linda. ¡ Cada día es más linda ! . . . 
Esos ojos, como nuevecitos, flamantes, que pestañean 
de un modo tan raro, tan bonito : muy rápido, ale- 
grándolo a uno; y el pelo se le riza y en las puntas 
se ie va poniendo rubiecito . . . " I. 

Hemos de convenir en que si esto no puede haber- 
lo escrito un niño, las observaciones sí: las observa- 
ciones sólo puede haberlas hecho quien ha comprefi- 
dido, amorosamente, el alma de un niño tierno y muy 
precoz. La madre apunta, aunque sin concederle de- 
masiada importancia, en el momento de la visita: 
"Este chiquillo se ha enamorado de ti, Angélica. No 
te despega la vista." Y las dos mujeres se sonríen. 
Más tarde, Angélica le pregunta al pequeño enamo- 
rado si la quiere, y él prorrumpe: "¡Más que a nadie 
on el mundo!". Su confesión le avergüenza; pero no 
puede remediarlo : se le ha escapado. El niño, esa 
noche, no puede ya estudiar y ya a acostarse pretex- 
tando que le duele la cabeza. Aprovecha la soledad 
l)ara escribir su diario. 

¡ Pobre infante, extraño entre sus hermanos, que 
no le complican en sus juegos... ¡porvijue él no sabe 
jugar! ¡Flaco y contemplativo, es tan distinto! En 
su nacimiento, debe haber ^algo extraordinario, por- 
que la abuela le hostiga y no le quiere, en tanto, como 
más chico, es el predilecto de la buena mamá, j Cuán- 
to sufre el pequeño porque no es grande! Si fuese 
liombre... ¡liaría tantas cosas! Siempre fué triste, 
pero fihora su tristeza ha formado nimbo a una figu- 
ra femenina: Angélica. ¡La adora tanto! En su pre- 






EL NIÑO QUE ENLOQUECIÓ DE AMOR 



453 



seneia, hácese la ilusión de que le dice frases apasio- 
nadas y, a solas, conversa con el retrato que ha sus- 
traído de la sala. La posesión de aquel retrato lo 
turba, porque le parece que si los suyos lo encuen- 
tran, va a descubrirse su pasión, y una noche, en ca- 
misa, salta del lecho, y va*^y lo vuelve al álbum. En 
sus vigilias, el niño, cada vez más flaco y más páli- 
do, ha empezado a experimentar terror. ^ . 

La madre y la abuela piensan que puede estar en- 
fermo. Hace muchas noches que no juega. Y el niño 
quiere morir de espanto, por si descubren su secre- 
to con tan obstinada observación. El ni^o quiere que 
lo quieran, pero, en tales momentos, la solicitud ca- 
riñosa de su madre llega a pesarle. Y juega, juega 
sin ganas con los hermanitos, que son tan desemejan- 
tes, juega para despistar. ¡Cuánto sufre haciendo ver 
que goza ! ¡ Y cómo disfruta la madre, al suponerlo, 
por fin, contento! , 

Pero Angélica tiene ya relaciones con el joven un- 
tuoso. Se llama Jorge, y al pequeño rival le parece 
cargante, con su elegancia, sus finos ademanes, sus 
ojos redondos y los bigotes de cepillo. El niño no se 
inquieta muclio, pues un día preguntóle a Angélica si 
quiere *'al tipo" y Angélica le dijo que no. Entonces, 
¿por qué más tarde se preocupa?... El niño, que lee 
cuentos, ha soñado que Jorge ama a su Angélica y ha 
tenido visiones horrorosas, durante las cuales Jorge 
se suicida, y hay un revuelo tremendo, y corre la 
gente por la calle... Pero, ¿qué importa todo? La 
beldad — siempre en sueños — lia dicho al niño que 
nadie la quiere como él, y que va a esperar, para ca- 
sarse, a que él sea grande. Y el tierno enamorado re- 
flexiona: '*No veo por qué no puede suceder así. Ella 
sería siempre mucho mayor que yo ¡claro! Pero, ¿no 
hay tantas viejas casadas con jóvenes? En esos ma- 



^:,:i:-^p- '«'':;..-- 



X ^ 



•Id4 < ' PEGASO 

trimoilios, digo yo, ¡cuántos se babrán querido como 
Angélica conmigo!" - I 

Encantadora ingenuidad de quien no ha visto aún 
todo lo que hay de venal, y de insincero, y de repug- 
nante en la vida. 

El niño, tan querido de Su madre, no es feliz con 
los suyos, y hasta en cierta ocasión, en que hablaban 
confidenciales las mujeres, le ha pegado su abuela, 
ante el gesto bravio de la mamá, que le estrecha con- 
tra su corazón, y lo besa, diciéndole: **¡ Pobre angeli- 
to, qué culpa tendrás tú de nada!" Basta el detalle 
para que nos afirmemos en nuestra presunción: esta 
criatura debe ser hija de el pecado, pues, de lo con- 
trario, no llegaría la abuela hasta el extremo de bal- 
bucir: "¡Valía más que nunca hubieras nacido!" 
Poco a poco, la tragedia de aquel pobre corazón va 
conturbando nuestra ánima. 

faltemos por encima algunos episodios. Una tar- 
de, al salir del liceo, el niño, que ahora estudiaba, 
para ser hombre, se arriesga y entra de visito en casa 
de su novia (¡su novia!). Le dan una flor para la ma- 
má, una flor cortada por Angélica, y él cumple ese 
■encargo, esperando a que la rosa se amustie y sea 
echada al cajón de la basura, de donde la va a sacar, 
guardándola como recuerdo. Angélica visita ahora 
con frecuencia la casa de la familia, y el niño, vién- 
dola a menudo, es casi feliz. A veces le entra una ale- 
gría inmensa y a veces le da esa pena "suavecita del 
cielo". Todo lo que ve desde su ventana le resulta 
poético. Hasta el chorro de la fuente, que no sabe si 
por lo que salta o por lo qfie suena, le parece un pa- 
jarito. Hasta el patio surge tan fresco, que se diría 
que se lava y que se peina por las mañanas al igual 
de las personas. Pero el niño debe andar mal, porque 
le sacan sus libros de cuentos, que Te han sugerido 
tantas fantasías, con Angélica de princesa y él de 



.í'^- ^ 



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* 



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EL NIÑO QUE ENLOQUECIÓ DE AMOB 4^ 

enamorado, que en vez de irse a correr el 'mundo por 
el camino de flores, se va por ol de espinas, abnega- 
ción que le vale casarse con la hija del rey. 

Y llega el escándalo: Jorge y Angélica, en una fies- 
ta, len la casa de la joven, han hablado muy ^untitos, 
ante la indignación del niño, ¡Gomo siente la necesi- 
dad de desahogar su pecho ante la madre, el peque- 
ño! Pero no: como afirma don Carlos, hay veces en 
que no se debe ni chistar. El niño sufre en silencio; 
se pone más pálido; el rector del liceo, conjuntamen- 
te con los profesores, lo hallan demasiado formal, 
''cosa que no está bien en un niño". Don Carlos va a 
llevárselo al campo. El médico lo ha encontrado ané- 
mico, pero lo atribuye al crecimiento. ¡Y la mamá y 
don Carlos que desconfiaban!... Pero el médico ha 
dicho que el niño "va a ser hombre pronto", y el niño 
no quiere marcharse de Santiago, pues ya no verá a 
Angélica, que, como él va a ser hombre pronto, bien 
lo puede esperar. De repente, el niño se lia puesto 
muy enfermo, y él casi se alegra, por si le dicen a su 
amada que se ha muerto de amor. Por las noches delira 
y debe balbucear su nombre. Quizá por esa obsesión, 
su madre lo lleva a casa de Angélica, un poco más 
repuesto, en el día de su santo. La casa está en fiesta. 
¿Para qué fué? 

Ve a Jorge y Angélica besándose en la galería, y 
buye rumbo al hnffet, donde está su mamá, y rompí; 
a llorar, y grita, y la concurrencia se queda persua- 
dida de que aquel chico, en un descuido, se ha eml)0- 
rraohado con cacao. Aquella noche le sobreviene muy 
alta fiebre. En seguida el niño se queda loco.' 

¡Con cuánta unción, con qué emoción, pone el no- 
velista chileno el broche de su comentario a la histo 
ria desgraciada de este niño, historia que provocó el 
elogio lírico de muy notables poetas! Eduardo Ba- 



# 



456 



PEGASO 



rrios, tan psicólogo y tan artista, surge por encima 
de todo, en este libro, como un gran corazón. 



* 



Vicente A. Salaverri. ' 



Recientemente, inaugurando las conferencias de extensión cul- 
tural del Liceo de Treinta y Tres, celosamente dirigido por el se- ' 
fior José Pereyra Rodríguez, el novelista de «Este era un paÍB>, 
ha estudiado la personalidad del gran escritor chileno Eduardo 
Barrios. Esta glosa de uno de los libros más bellos que tiene en su 
haber el autor de «Un perdido», formó parte de la aplaudida di- 
sertación. 



J- : 



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VERSOS 



* *■ « 



LOS NIÑOS 



DE ÁMBAR 



Ha (mhierto todo el parque 
la ceniza de la tarde 

Por el césped mor'ibimdo 

avanzan 
los enfermos niños de ámbar 

Un pandero rojo tañen 
sus manecillas de plata 



Se detienen. 



Están solos 



Una flauta los envuelve 
en lenta, grave danza 

Ltiego 

en un racimo 

los infantes ambarinos 

cantan. 



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458 
CITA 



PEGASO 



Mis brazos te esperaban cada tarde 



Siempre hubo- una luna 
en el fondo de mi vaso 

Mi voz vació tu nombre 
en los surcos más distantes 



TU XO LLEGABAS 



Los días 

Morían en las jarcias 



Cuando tú apareciste 
mis ojos cantaron 

Traías en las manos 
el halcón de los ocasos. 



AUSENTE 



Todos mis navios 

han zarpado 

En la orilla 

se marchitan los adioses 



AYEB 



HOY. 



¿CUÁNDO? 

Yo no sé ouál hora 
apagó la luz de ttis manos 

¿VOLVERÁS? 

En mi corazón se mece * 

anclado 
el recuerdo de tus pasos. 

* 

Chile. A. Rojas GixMÉnez. 






i 



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^H:.-'^ ■■ •;^ 



JUSTINO Z A VAL A MUNIZ 



Del joven Zavala Muniz conocía dos aspectos: una 
caricatura trazada por un lápiz infantil e inserta en 
la revista '* Trabajo", de Meló, y algunos artículos pu- 
blicados en los periódicos cerrolarguenses, bastantes 
para formar un juicio favorable del novel escritor. 

Entre esos trabajos recuerdo una semblanza de 
Eduardo Üieste, escrita con desenvuelto estilo. 

Personalmente no sé cómo es Zavala Muniz, y a la 
verdad que poco afecto soy a buscar amistades. Así 
que Zavala Muniz y yb tal vez nunca nos conozcamos. 

• ■■■■ *■ 

La edad de este mozo de letras hace simpático su 
libro de debut. . ' 

Si él hubiera ocultado sus años, los lectores de * * Cró- 
nica de Muniz" habrían entendido encontrarse con un 
autor adulto, y con toda la barba ; mas como el propio 
interesado se adelanta en la confidencia, el asombro y 
la buena disposición van hacia él. 

Zavala Muniz estaba en edad de hacer un hermoso 
panegírico de su héroe; esa edad juvenil y briosa dis- 
puesta a arremetidas quijotescas, sin contemplaciones 
ni influencias torcedoras de la pasión reivindicatoría; 
edad de lanza en ristre y espíritu rebelde y sano. 

Zavala Muniz escribió su libro en el momento opor- 
tuno de su existencia, esto es, cuando el cariño, el 









.A^ /<;."■. •;■ 



:M 



460 PBQASO 

•rf ■ 

afecto, e\ reconocimiento y la verdad de primer agua 
— llamo así a la verdad exenta de interés partidario — 
dieron suficiente empuje para limpiar de lodo la figu- 
ra de su abuelo. 1 

Algún adversario del guerrillero dirá al leer ** Cró- 
nica de Muniz": '*¡Qué sabe este chiquilín de esas co- 
sas!", frase que bien pueden pronunciar el doctor de 
Herrera o Javier de Viana, pongo por caso. , 

• 
Antes de decir dos palabras sobre el libro quiero 
felicitar a su autor por confesarse "impolítico", o ni 
blanco ni colorado. ¡Aquí nos damos la mano! Yo 
tampoco soy partidario de ningún credo, caudillo o 
divisa. Que seamos Ashaverus, en medio de las cara- 
vanas idólatras y tradicionalistas. Ellas con sus far- 
dos de glorias y culpas y nosotros al margen de los 
conciliábulos, solos y sin prevenciones! , . 

• 
Valiente y sentimental el prólogo. Con mucha sen- 
satez las rectificaciones y transparencias de los auto- 
res que denigraron a Muniz. ZaVala duda de que Sa- 
ravia conoció a Plutarco, César, Suetonio, etc., como 
magnánimamente atribuye el evocador de "Gaucha". 
Tal vez tenga razón. ¡Los clásicos no han entrado en 

la campaña! • ¡ 

• 

Sólo en el marco profuso de interesantes panoramas 
lugareños pudo el nieto reivindicador alzar la efigie 
de su caudillo. Porque limpio de oropeles y reminis- 
cencias, el general Muniz, a la par que muchos comba- 
tientes criollos, no tiene esos valores que la historia 
reclama. Ni Muniz ni Saravia han sido héroes, no. 
Que la predilección familiar no nuble el frío criterio 
histórico. Fueron prototipos de la postgesta indígena, 
con nmcho coraje y desinterés, si cabe, pero de ahí a 
merecer los honores de la posteridad, va mucha dis- 
tancia. 






íS.- 



V 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 



4(^1 



Los cuadros de tierra adentro, las escenas rurales, 
las hierras, los raptos caballerescos, los entreveros y 
las-luchas cuerpo a cuerpo, los paisajes campesinos, el 
incendio de la casa paterna, el vacío hostil en las i)os- 
trimerías del protagonista, todo el escenario y sus lu- 
chas y soledades, están pintados gallardamente, eutu- 
siastamente, amorosamente. v j 

En resumen : un libro que es un triunfo de juventud. 
Zavala Muniz tiene pasta intelectual. Recogerá lau- 
ros en un futuro no muy lejano. y 

• ' E. Torres Grané. 



t ■' 



..■*.i- 



íS> 



COTA RUGARTE 



Me miré en sus ojos y el amor en ellos 
Con celeste influjo vi resplandecer. 
Quimera y ensueño fueron los destellos 
De sus ojos negros en mi padecer. 

Alma adolescente: gracia y armonía 
Reflejaba, virgen, en todo su ser. 
Cruzóse en mi vida y le dijo ¡mía! 
La trémula y honda voz de mi querer. 

El amor entonces prendió sus divinos 
Fuegos ilusorios en mi atardecer, 
Para que entonara por esos caminos, 
Líricas canciones, a su renacer. 



/ 



WlFBEDO Pl. 



Durazno. 



* 



X 



EDUCACIÓN 

Economía Pedagógica 



Nos inslitutions scolaires cons- 
tituent un régime oú le gaspi- 
IJage de forcea et de lemps est 
vériiablement effrayanl! 

Ed. Claparéde. 



No sé si a alguien se le ha ocurrido formar la rama 
de Economía que encabeza como título este artículo, 
para colocarla convenientemente en el conjunto de 
ciencias que pertenecen a la Educación. Entrego a 
los especialistas la cuestión del nombre, por lo que 
etimológicamente puedan significar sus vocablos; po 
ro hago mía la idea, si no hay quien se haya antici- 
pado a lanzarla, como creo, de que se recoja'i y ord<^- 
nen todos los datos que puedan llevarnos a sacar el 
mejor y mayor provecho posible, de la cantidad do 
energías físicas y psíquicas que los niños someten, 
durante el tiempo de su dependencia natural y legal, 
al gobierno (entendamos administración) de sus pa- 
dres y maestros. 

Cada día se hace más indispensable la necesidad 
de evitar el abandono y el derroche de los dones que 
el ser humano aporta a la existencia, porque cada 
día se complica más el organismo social, de cuyas 
funciones el individuo es, a la vez, agente y reci- 
piente. 



•.-*;■. ,»■ -■ -* .■ 



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464 pioASO 



\ 



Véase, en el epígrafe de este artículo, lo que dice, 
juzgando procedimientos actuales, una de las prime- 
ras autoridades de la ciencia pedagógica moderna : 

^'■Gaspillage de f orces et de temps effrayant", hay 
en las instituciones escolares europeas. Podría haóer 
citas referentes a Norte América. Allí también exis- 
ten confesiones sinceras, que, como esa, si no han de 
consolarnos, porque el consuelo por el mal ajeno no 
enaltece mucho a quien lo siente, han de permitir 
que no tengamos vergüenza para hacer visible lo que 
nosotros descubramos en nuestro medio y que traba- 
jemos sin sentir la preocupación de ese fardo aplas- 
tador llamado culpa, que los negligentes suelen arro- 
jarse mutuamente. 

En el artículo titulado "Enseñanza Primaria y Se- 
cundaria", creo haber puesto en evidencia que nos- 
otros malgastamos anualmente un enorme capital es- 
colar, entendiendo por capital, la suma de valores 
morales y materiales que el Estado administra en sus 
organismos de Instrucción Pública. J 

Ese " (jaspillage de f orces et de temps", reconoci- 
do dondequiera qu«^ se estudien los resultados posi- 
tivos de la Enseñanza primaria y secundaria, parte, 
no hay duda, del desconocimiento de la naturaleza 
del niño. De eso pienso ocuparme más adelante. 

Hoy no me guía el propósito de mirar los hechos 
con la lente del análisis, sino con el anteojo que sirve 
para ver un conjunto a gran distancia. Los detalles 
que cito son de ord'en sintético, aunque parezca lo 
contrario. . 1 

El niño falta a la clase muchos días del año, por- 
que pasea con sus padres, porque está enfermo o de- 
licado. Nadie sabe después dónde están rotos los es- 
labones lógicos de los juicios para la comprensión de 
las lecciones que el programa fii}a y el maestro pre- 
para, porque nadie puede llevar cuenta de las lagu- 



-;;:.:.." :Vv'/.;'3r=*^í;f-^^', 



-. 15.- ' -^vj^í./ .■ <ri' .■< • 



EDUCACIÓN 463 

ñas diseminadas. El maestro falta alguna vez, por- 
que también tiene un organismo sujeto a las altera- 
ciones de la enfermedad y a otras contingencias de 
la vida; y la clase, en esos casos, pierde el día, aun- 
que aparentemente funcione. Hay" epidemias durante 
el año; hay fiestas que interrumpen la labor con pro- 
gramas no siempre en armonía con el que rige para 
la enseñanza; hay momentos, en cualquier época del 
año, que deben dedicarse a procurar datos de esta- 
dística para las autoridades; hay días de organiza- 
ción, *en marzo, que hacen el efecto revoltoso de una 
piedra arrojada en la corriente del agua mansa; los 
hay para el examen médico, de fiesta, de asueto y de 
lluvia, en los 365 del año, contados a razón de cuatro 
horas, en el máximo de trabajo. 

La Economía Pedagógica, aunque deba extenderse 
hasta el estudio de los métodos y procedimientos de 
enseñanza, para confundirse con la Pedagogía apli- 
cada, tal como se encuadra en este artículo, debe ser 
el contrapeso racional de los ideales, cuando éstos, si- 
guiendo el vuelo de nuestras aspiraciones, olvidan 
que muchas cadenas nos ligan a intereses terrenales. 
Quisiéramos que el niño desenvolviera, íntegra y 
armónicamente, todas las aptitudes de que está dota- 
do; quisiéramos que adquiriera en la Escuela prima- 
ria, las nociones elementales de todo lo quj» conven- 
dría que supiera más adelante; quisiéramos inspirar- 
le sentimientos altruistas en favor de la humanidad, 
sin distinción de pueblos ni de razas; quisiéramos 
que el amor a la patria y a las instituciones, se ali- 
mentara con el recuerdo de la leyenda histórica de 
sus antepasados; quisiéramos que fuera diestro, sa- 
no, ágil; que su alma vibrara por la dulce emoción 
del arte; que llegara a adquirir una aptitud especial, 
respondiendo a su vocación; que fundara un hogar y 
que, por mantenerlo, supiera luchar en competencia, 



4tí6 PEGASL» 

con honradez, sin liumillación ni soberbia; que fuera 
en el trabajo, estudioso y creador, y que, buen ciuda- 
dano, nunca dejara de prestar su concurso a la fina- 
lidad del Estad9, 

Todo eso pretendemos perseguir, apiñando niños 
en masas que obligan a establecer un régimen disci- 
plinario muy reñido con los dictados de la ciencia que 
estudia la evolución normal del ser humano, y en un 
tiempo ¡ay! muy limitado. 

Cuando Fulanito, en plena función de clase, se que- 
ja porqne Menganito hizo caer un borrón sobre la 
blanca hoja de su plana, le dio un empujón o un ca- 
chete, y en mil incidencias cuyo relato sería inacaba- 
ble, el maestro más conocedor del alma de los niños, 
tiene que pasar por alto muchas veces, la averigua- 
ción del caso, y apremiado por las circunstancias, re- 
solverlo tronchando en flor sentimientos puros y de- 
licados. 

Justicia, deber, verdad, bondad, respeto y demás 
conceptos que pertenecen al dominio de la moral, por 
motivos al parecer triviales, diariamente sacrifican 
su sentido. . ' I 

Se dice que el programa no nace al maestro. Es 
verdad; no lo hace, pero lo deshace. Por seguir su 
letra, se prescinde de las convicciones y se dejan irre- 
solutos muchos problemas. 

El ]:-rograma es el primer responsable del fjaspi- 
Ua ()('". Su influencia positiva suele ser poca; la nega- 
tiva, cuando sus normas no han sido medidas por la 
realidad, mucha. Por eso, no se deja de tener razón, 
cuando, queriendo remediar males que saltan a la 
vista, se piensa en él. I 

"¡Hay que suprimir! ¡Hay que cortar! ¿Para qué 
sirve tanto de ésto? ¡Antes se sabía más de lo otro, 
que es más útil para la vida!" Entre los comentarios 
que se oyen, el sentido común dice muchas cosas bue- 



<7- ^5:V'- 



EDUCACIÓN 4tíi 

lias. ¡Lástima es, que sólo las diga el sentido comúii! 
No es él quien hace los programas; no podría hacer- 
los aunque se le confiaran, porque es incompetente. 

La competencia se adquiere estudiando, y el es- 
tudio, con sus tendencias siempre ascendentes, mira 
con desprecio los propósitos de reducción, que llevan 
a un descenso. 

Yo me he encontrado ante esa dificultad, formando 
parte de la Comisión encargada de proyectar los pro- 
gramas que están actualmente en ensayo. 

Por un lado acortábamos y alargábamos por otro. 
No había reducción posible, porque teníamos siempre 
presente la imagen del niño ideal. 

Datos numéricos prolijos, teniendo en cuenta todos 
los factores que intervienen para formarlos, es lo que 
debe ponerse frente a los redactores de un progra- 
ma, sin que por esto se vean ellos impedidos de fijar 
la vista en alto, para ampliar, a medida que lo permi- 
tan, el conocimiento de métodos de enseñanza funda- 
dos" en el estudio psicológico del niño, y otras cir- 
cunstancias. 

La rama científica que rae he atrevido a bautizar 
con el nombre de Economía Pedagógica, de ser oída, 
pediría a las autoridades escolares del mundo civili- 
zado, que 'se pusieran de acuerdo para formar una 
Estadística prolija de los resultados de la enseñanza, 
a fin de que se trazaran vías de acuerdo con sus da- 
tos,' evitando, entre otros males, la marcha forzada 
hacia atrás, que se hace hoy, al pasar de la Escuela 
Primaria a la Secundaria. 

I Será mucho, proponer que con ese solo fin se ce- 
lebren periódicamente Congresos Internacionales? 

Enriqueta Compte y Piqué. 
Abril de 1922. 



'i,~' "v'V'- 









GLOSAS DEL MES 



Leal de Souza 

Ha estado en Montevideo los días fugaces de un 
viaje de tránsito, Leal de Souza, uno de los más gran- 
des poetas brasileños de la hor'i. 

De lejos y de mucho atrás, sa))íamos de su verso so- 
noro y emocionado, de su alma i'esplandeciente y be- 
lla. "Bosque sagrado" es uno de los más hermosos 
volúmenes de poesía que tiene la moderna lírica bra- 
sileña. ' 

Pegaso rindió homenaje de admiración y simpatía 
al dulce poeta de las saudosas cancioties, y le hizo 
presidir la mesa de su acostumbrada comida mensual, 
dedicándosela en reverencia cordial y afectuosa. 

En ella, Leal de Souza habló del parnaso brasileño 
contemporáneo, recordó con emoción su íntima amis- 
tad con Olavo Bilac, "el príncipe", y recitó tres mag- 
níficas poesías de última cosecha. 

Francisco Sea 



.... 

Casi de improviso, murió esto mes e! doctor Soca, — 

acaso el único maestro, el verdadero sabio uruguayo. 

Con él se va un ciclo de juventud brillante, una luz 
intensa y pura, una vida gloriosa y patriótica. 

Su entierro fué una consagración popular y un ho- 
menaje oficial, de respeto y de orgullo. 



■■■>.■(• 



GLOSAS DEL MES 469 

Eduardo Fabini '" . - 

He aquí el triiiiifo decisivo de un artista. Tras diez 
años de silencio, de abulia, de bohemia lírica y senti- 
mental, ofrece una noche de abril en el teatro lleno, la 
música exquisita de un poema, compuesto en gloria del 
campo criollo. 

** Campo" se titula el poema sinfónico, y la ciudad 
entera se estremece de entusiasmo ante la partitura 
magnífica, que canta al campo patrio, resonante de le- 
yendas en la paz dulcísima de sus atardeceres. 

La crítica, la prensa, la amistad, todos se unieron en 
coro plural, para alabar el triunfo de Fabini, que ya 
está consagrado. 

He ahí la gloria de dos alas que trae laurel en el 
pico y oro en las rémiges. 

La «Editorial Pegaso» 

iEste mes, se ponen a la venta los cinco primeros 
libros del año que publica la Editorial Pegaso, en 
su patriótica labor de cultura nacional. 

"Alma Nuestra", — cuentos de Montiel Balleste- 
ros, — "La escuela y el progreso", — obra de pe- 
dagogía social, por *la señorita María Espinóla y Es- 
pinóla, — "Estocadas en la aldea", — apuntes de 
Vicente A. Salaverri, — "La sombra alucinada", yersos 
de Mario Menéndez y "Los simples motivos", poesías 
de Diego Larriera Várela, son los libros a que me 
refiero. 

Que un éxito justo impulse el vuelo de estas lonas 
infladas, que van a cruzar el mar azul, — lleno de 
Dios, • — con afán lírico y ardor lielénico de juventud. 

Telmo Maxacorda. • 



470 PKQASO .^ 

Accidentes • 

Nuestra moralidad administrativa nos resultaba 
ingrata, pues denotaba señalado atraso si con otros 
aspectos de nuestra civilización se comparaba. Culti- 
vábamos una escrupulosidad arcaica en el manejo de 
los dineros públicos, y eso, más que cualidad elogiosa 
y honorable, se nos aparece triste signo de que nues- 
tra organización económica se resiente de la insuficien- 
cia de sus comienzos. 

Era entonces obligatoria una sórdida minuciosidad 
en el manejo de las doblas, y justo era llevarlas con 
las manos en alto, en azafates lujosos; pero nuestro 
adelanto, el impulso que acelera nuestra evolución, re- 
quieren finanzas menos cicateras, menos domésticas, 
podríamos poner, ya que el cuidado de nuestra hacien- 
da evoca dificultades y angustias de ama de casa 

• ' i 

Tal cual vez, ciertamente, algún despilfarro vino a 
alterar esas prácticas estoicas; algún truchimán de 
nuestra política cargó las arcas del país con sus me- 
galomanías; pero eso no formó escuela, triunfó el há. 
bito y se conservó ese estigma de ñoñez en el esplen- 
dor de nuestra civilización. | 

Al desarrollo normal de un país también le corres, 
ponden alternativas: una línea siempre ascendente y 
correcta nunca será ejecutoria recomendable; las fi- 
nanzas públicas y el buen orden administrativo no se 
aquilatan sino corriendo situaciones procelosas. 

Y para no referir sucesos demasiado inmediatos, 
ocurridos ahí cerca, o en otros países que nos place y 
aprovecha imitar, recordamos Panamá: mentarlo es 
mentar uno de los escándalos más sustantivos, y casi 
contemporáneo. I 

Existen protagonistas, abundan quienes lo ' recuer- 
dan sin haber menester la tradición oral o escrita. Pa- 



/ 



GLOSAS DEL MES 47 1 

namá envolvió la legislatura de Francia, ministerios, 
morales particulares y corporativas, fué formidable. 
Y en aquel país de tan respetables costumbres públi- 
cas, y de finanzas otrora tan saneadas, Panamá no fué 
baldón sino accidente. - 

Algo así echábamos de menos para nuestra hacien- 
da, y aunque sobre el incendio de la Aduana flotará 
una necesaria atmósfera de incertidumbres, reconoce- 
mos que fué un gesto propicio de los hados. No ha si- 
do mezquina la inquietud de la opinión ante el suceso, 
pues del mismo pueblo, de la prensa seria, y las Cá- 
maras y los altos poderes se adueñó un interés no 
común. 

Van y vienen meses, pero el incendio moral no está 
apagado. ¿Valdría la pena exhumar la verdad? Cree- 
mos que no. Basta comprobar que la Aduana, matriz 
de nuestra riqueza, ha originado una conmoción de 
naturaleza tan peculiar, que por ella apreciamos ca- 
balmente el adelanto que en las trabajosas etapas de 
nuestra organización vamos adquiriendo. 

Es un accidente de los que aeostumbrá!)amos pre- 
senciar, con envidia. 



Emilio Samiel. 



(^ 



<»r. .¥?: JTí.í- 



NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 



De casa 

Desde este número, "Pegaso" cuenta con un colaborador más, ei 
«onocido y entusiasta historiógrafo don Horacio Arredondo (hijo), el 
cual se hará cargo de la sección, bibliográfica correspondiente a su 
ef-pecialidad. Esto era necesario, dada la cantidad de libros de índo- 
le histórica que frecuentemente nos llegan. 

Sería superfluo, por otra parte, hacer el elogio de este nuevo re- 
dactor, cuyas condiciones intelectuales y cuya sólida erudición en la 
materia de sus preferencias son notorias. Su trabajo sobre. "La For- 
taleza de Santa Teresa", para citar sólo el más reciente, puede con- 
siderarse como uno de los esfuerzos más vigorosos hechos en el pais, 
tanto por su documentación como por su claridad expositiva y su' se- 
renidad crítica. 

Desde hoy, pues, todos aquellos que se dedican a la literatura his- 
tórica ten'lrán en "Pegaso" a un exégeta competente y de absolu- 
ta honestidad. 



I/a Campaña de Carabobo.— Por el coronel Arturo S'antana. — Kela- 

ción Histórica Militar. — Caracas, 1921. 

Magníficamente impreso en la Litografía del Comercio de la Ca- 
pital de Venezuela, por orden directa del Presidente constitucional 
de aquel pais hermano, general don Juan Vicente Gómez, llega a la 
mesa de redacción de "Pegaso" el nutrido volumen que, para con- 
memorar el primer Centenario de la gloriosa campaña de Carabobo, 
ordenara ejecutar aquel gobernante, mediado el año de 1920, como 
un homenaje al libertador Bolívar y a los abnegados soldados que 
lo aj^udaron a redactar aquel magno capítulo de la historia militar de 
la Gran Colombia. 

Feliz ha sido la elección del coronel Arturo Santana, a quien so 
le encomendara la honrosa tarea de aprisionar en sustanciosa crónica 
histórica el relato de los acontecimientos de la famosa cami)aña de 
1821, tan copiosa en sucesos memorables, verdadera y, al parecer, 
inextinguible cantera de heroísmos y de virtudes patrias. 

Trabajada con cariño, dominando con singular competencia los va- 
riados tópicos de la relación militar que nos ocupa, tratado el tema 
en un iodo de acuerdo con las reglas de la moderna metodología, abre 



^■•''■fi7-^rf.'^v.":~ 



NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 473 

el grueso volumec con uu capítulo iconográfico de indiscutible valía. 
Una galería plena de .figuras representativas nos muestra el asjiec- 
to exterior de los hombres que más actuación tuvieron, en aquella 
é}¡oca de luchas sin cuartel. ~ 

La crónica imilitar la ha dividido el autor, atinadamente, en cua- 
tro partes. La primera comienza después de ]a célebre campaña de 
Boyacá, ya realizado el levantado ideal de Bolívar sobre la crea- 
ción de la Gran Colombia, decretada a sus instancias por el Congre- 
so reunido en Angostura, en la memorable fecha del 19.de diciem- 
bre de 1819. 

Ella nos muestra al detalle la situación de los ejércitos contendo- 
res al empezar el año de 1820: Morillo, cauteloso y prudente, al fren- 
te de catorce mil hombres dominando la parte más poblada, más rica 
y más montañosa dé A^enezuela. Destacadas sus huestes en fuertes 
posiciones, con las ventajas propias de ser dueño del mar que batía 
la costa a sus espaldas, esperaba paciente recibir los auxilios tan 
insistentemente pedidos a España. Bolívar, ocupando con sus valien- 
tes una gran faja que circundaba las posiciones contrarias, retenía 
puntos más estratégicos, eso sí, pero con un caudal numérico de tro- 
pas notoriamente inferior (6,000 hombres) al de los godos. 

Lna vez dado, con minuciosidad y con destreza, el detalle preci- 
so de las posiciones que ocupaban los equipos, el coronel Santana nos 
habla de la revolución liberal de la península, suministrándonos por- 
menores interesantes acerca de las consecuencias que tuvieron en 
América los sucesos provocados por Rigo y por Quiroga, principal- 
mente el juramento de la nueva Constitución por Fernando Vil y la 
libertad de las personas detenidas en las cárceles americanas por dt- 
litos contra la monarquía. El Armisticio y los sucesos posteriores, 
complementan esta primera parte de la obra, destinada a poner al 
lector en condiciones de dominar el ambiente y poder juzgar con ab- 
soluta comprensión del medio los sucesos a producirse. 

La segunda parte abarca la campaña de Carabobo, y en ella, el 
autor hace derroche de erudición, tanto en lo militar como en lo his- 
tórico, pero, — se me ocurre, — deja muj' a menudo librado a la im- 
jircsión de tercero el relato y la crítica de situaciones que, induda- 
blemente, le brindaban oportunidad para lucirse e instruir por cíon- 
ta propia. 

La organización de las fuerzas combatientes, el plan de campaña 
ideado magistralmenta por Bolívar, los pormenores inherentes a la 
apertura de la campaña, la marcha y dispersión de Bermúdcz, la mar- 
cha de Urdaneta y la del ejército del Apure, integran esta parte del 
trabajo, escrito en estilo llano y accesible, por tanto, a la gran ma- 
sa do lectores; con lo cual el autor logra una de sus más grandes fi- 
nalidades: vulgarizar en el pueblo las andanzas del héroe. 

La parte tercera comprende la marcha de San Carlos a Carabobo 
y la relación de la célebre batalla en la que participara, víctima de 
su temerario arrojo, aquel bravo general Cedeño, de heroica memo 
ría. Las consideraciones de orden técnico que le merece el cómputo 



fK\ 1 4 



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\ 



474 



PEGASO 



y un examen crítico de la bibliografía y de los documentos relativos 
al tema, complementan esta parte del libro de modo feliz. 

Pinalment>?, la cuarta parte contiene los Diarios Militares del te- 
niente cX)ronel Woodberry, y del capitán Urreta, el Liibro de Ordenes 
Generales de la Guardia, el similar de la 1.» Brigada de la misma, 
etc. Estos documentos son interesantísimos y su Iwtura sumamente 
provechosa, tanto para el técnico como para el interesado en pene- 
trar el pormenor del suceso antiguo. 

Contribuye a dar mayor solidez al conjunto, un Anexo Documen- 
tal bastante copioso, numerosos planos y cartas de valia, trazadas 
con fidelidad especialmente para el caso, facsímiles de importantes 
documentos e impresos, y, numerpsas vistas fotográficas, grabados y 
cuadros alusivos al tema, que hacen de este estudio u-na monografía 
completísima. , 

En ella vemos a Bolívar, uo tan sólo como diplomático experto y 
general habilísimo, sino que, también, bajo una faz para nosotros po- 
ce conocida, como creador y organizador de ejércitos, para lo cual se 
^eían aunadas en aquel hombre de excepción las cualidades necesa- 
rias para hacer obra práctica, más difícil aún de realizar, cnanto lu- 
chaba con falta de tiempo en un medio agreste, en absoluto dos- 
provisto de los elementos necesarios para poner en tren de efica- 
cia los conjuntos heterogéneos de soldados que se rcclutaban. 

Es así que el sistema de reclutamiento, la instrucción moral y mi- 
litar de las masas, el régimen de disciplina a qu'e se les sometía, la* 
formación de oficiales, el aprovisionamiento del ejército, etc., sou tan 
dignos de admiración y de estudio como las hábiles negociaciones 
del diplómata, las clarividencias del legislador, las genialidades del 
hombre de gobierno, o aquellos ataques de frente y contra el flanco 
y espalda del enemigo, empleados de acuerdo con el método del gran 
Federico en las batallas de Boyacá y de Carabobo, dirigidas perso- 
nalmente por el Libertador. 

Claro está que Bolívar no era un innovador, ni en táctica ni en 
es-trategia, pero es indiscutible que aquel hombre "grande en el pen- 
samiento, grande en la acción, grande en la gloria y grande en el 
infortunio", como dijera en párrafo inimitable nuestro también 
grande Rodó, sabia emplear sabiamente, en el ambiente primitivo en 
que actuaba, los principios de aquellas clásicas doctrinas y, lo que es 
mejor, en forma tan eficaz y provechosa, que hicieron culminar en 
sorprendentes victorias sus andanzas de guarrero infatigable. 

Salvo detalles, el coronel fe'antana ha compendiado, pues, en ex- 
tensa y erudita monografía, que puede considerarse como un apor- 
te de cuantia para la bibliografía histórica y militar americana, los 
suí'csos de una de las campañas más brillantes y decisivas del Li- 
bertador. Ha ahondado, en surco ya abierto por Lecuna, Larrazábal, 
O'Lea.-y, Duarte Lerel, Torrente, Baralt y Díaz, Félix Blanco, Lan- 
daeta Rosales y otros historiógrafos de fuste, a favor de una doca- 
mentación inédita y de una vasta erudición, puestas al servicio de 
lina inteligencia vigorosa a su vez, guiada por un alto espirita de 



NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 



475 



justicia. Por tanto, bienvenida sea la obra del escritor venezolano 
que realza la gloria^ del Libertador. — ^H. A. (hijo). 

Alma nuestra. ( Cuentos ).^Por Montiel Ballesteros. — Cooperativa 

Editorial ' ' Pegaso ' '.—Montevideo.— 1922. 

Altamente promisor, en lo que se refiere a la literatura nacional, 
se va desarrollando el año. A "El embrujo de Sevilla", de Reyles, 
novela que acaba de enriquecer de manera tan positiva nuestro pa- 
trimonio intelectual, se añade ahora este libro de cuentos, en el que 
Montiel Ballesteros reafirma el elevado concepto que sobre su ta- 
lento y sobre sus notables cualidades para el cultivo de este género, 
había revelado en "Cuentos Uruguayos". 

"Con las calladas evocaciones se le aparecen claras las cosas del 
pasado, las dulces visiones de la tierruca, los mínimos detalles de su 
infancia lejana... Pequeneces, nimiedades, que nacen tímidas entre 
las brumas de una lejanía sentimental, que le es al tiempo grata y, 
dolorosa..." Así habla Montiel por boca de don Hermida, persona- 
je de una de sus narraciones, y en esta honda y sutil saudade está, 
sin duda, la gestación de los ^os robustos libros de cuentos Jijiestros, 
fraguados en Florencia, donde ejerce el Consulado de la República. 

■Cuentos nuestros hemos dicho, y nuestros, no sólo por los panora- 
mas, por los protagonistas, por el lenguaje, sino por el espíritu que 
los anima y los aspectos colectivos que interpreta. 

'Cultiva Montiel casi todas las variedades del género, la costum- 
brista, la psicológica, la picaresca, la trágica, exteriorizando en casi 
todas ellas una amplitud y un vigor mental tan recio, que es nece- 
sario, cuando se pretende parangonarlo, pronunciar los nombres más 
destacados de la literatura rioplatense. 

A la seguridad iel rasgo, la destreza en el ensamble de los episo- 
dios, la exactitud de la observación, la sagacidad psicológica, hay, 
además, que añadir el encanto de un estilo capaz de apoderarse por 
sí solo del lector. Tienen casi todas sus narraciones hondura y gra- 
cia, que, al par, lo hacen sustancioso y liviano. 

De esta nueva cosecha que nos ofrece Montiel, sobresalen, a nues- 
tro juicio. "La tapera del pueblo" y" "Los toros finos... y el hom- 
bre", como realizaciones maestras en lo que atañe a la técnica y a 
la originalidad episódica, y "La piona." y "Peón de confianza'', 
por la fuerza expresiva y la profundidad psicológica. — J. M. D. 

A Romaría da Saudade. — Por Leal de Souza. — Río de Janeiro. — 1919. 

Leal de Souza es este hombre pequeñito y suave, casi siempre emo- 
cionado, que hemos tenido al lado nuestro en estos días . . . 

Oomft poeta, ya se sabe que se trata de uno de los más grandes lí- 
ricos del Brasil contemporáneo. Hondo y dulcísimo, él mismo ha com- 
parado su vida al árbol solitario de la ondulante cuchilla fronteri- 
za en que nació, y él mismo se ha sentido hecho de aire, de agua y 
de tierra, como el barro empleado en la construcción de las casas ma- 
ternas. . . Con un espíritu inquieto y soñador por excelencia, con un 



476 



PEGASO 



toiazóu virtaalniente imro hasta la excepción, "sentimental, sensi- 
ble, sensitivo ' ', Leal de Souza ha puesto en su obra el alma ingenua, 
baudosa y dorada» que posee. 

' Bosque sagrado ' ' es uno de los mejores libros de versos publica- 
dos en el Brasil en estos últimos diez años. 

Y "A Koniaría da Saudade", en que el príncipe viene de recoger 
^U8 conferencias literarias, concreta un hermoso volumen de hermo- 
sas prosas liricas. 

Se trata de un libro escrito en los hoteles, nos ha dicho el poeta, 
ci'u la saudade viajera de los crepúsculos fugaces en el fondo de los 
ojos soñadores . . . 

Y hemos evocado el viajar sempiterno, los días deshechos, los cam- 
].os y los mares y los cielos cruzados, para recogerse a la tarde, con 
premura y con melancolía, en la pobreza humilde de los cuartos de 
hotel, a llenar las cuartillas saudosas que de noche se leerían ante 
Jos auditorios siempre renovados y siempre atentos... , 

Es el panorama de un sueño; es el cinc de una vida. 

, I 
• 

Leal de Souza, en prosa magaífica, de dulces giros y de alma emo- 
tiva, cuenta en este libro cuya lectura nos deleita, aspectos c impre- 
biones de Santa Ana de Livramento, la visión histórica de la fron- 
tera, el devanar del tiempo sobre la ciudad nativa, los recuerdos li- 
terarios de la adolescencia, los su€ños amorosos e inútiles, "la pere- 
grinación de la saudade"... 

Patriotismo, nobleza, poesía, traen al espíritu las páginas de este 
libro, sacudido por las conmociones de la hora, y anegado un poco 
\a, de atardecer acaso repentino. 

Como antología riograndense puede servir mucho a nuestra insa- 
ciable sed Je vinculación y conocimiento, el libro que nos ocupa. 

Leal de Souza, además de sus bellísimas impresiones personales nos 
dice también cosas inolvidables: nos hace conocer a los más grandes 
líricos de su jiatria: nos habla de Bilac, de Gruimaráes Passos, de Ma- 
chado de Assis, de Alberto de OHveira, de Coelho Netto, de Zeferí- 
no Brasil. . . — T. BI. 



'Halkais' 



•Rafael Lozano. — Edici(Vi japonesa. — ^París. — 1922, 



Kl bello esjiíritu iuquietísimo de Rafael Lozano, a cuyo próximo 
1 orvenir encendimos hace i)oco una llamarada de entusiasmo, nos en- 
vía desde París, este primoroso volumen de poesías nuevas en qu^e, 
con oriental espíritu, ha hecho derroche de gracia y elegancia para 
envolver el derroche de poesía y belleza que allí volcó. 

Hombre joven y ardiente que viene de los trópicos y trae el cora- 
zón inflamado do sol, este Rafael Lozano va a dar lindos triunfos a 
la literatura de» su patria, ya inmortal con Amado Ñervo y con Luis 
G. Urbina. 

Esto mismo se lo auguramos al anotar nuestras impresiones sobre 



/ 



NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 477 

' ' La alondra encandilada ' ', de cuya es una parte — ^me refiero al ' ' Li- 
bro de estampas" — estos "Haikais" de ahora^ 

Pensamientos líricos, imágenes nuevas, luz de luciérnagas, hojas al 
viento o estampas pequeñas, estas sintéticas poesías tienen a veces 
un profundo estremecimiento o un altísimo vuelo. Son lo inesperado, 
cabe lo espontáneo, lo fácil junto a la novedad. Traen revolución, más 
que muchas algarabías dadaístas, porque en verdad son de oro puro, 
ein engaño, y en su exultismo tienen un misterioso temblor de poesía 
; que sugiere, que encanta, que ahonda. . . 

Rafael Lozano ha encontrado en sus estrofas ¡icqucñitas un pro- 
digioso medio de expresión moderna, más fuerte y positiva qu* la 
sintética estrofa de Fernández Moreno y la dinámica canción de 
Luis L. Franco. 

Hay estrofas que son una maravilla de ex{)resiún bien lograda; de 
sugestión profunda. " L' n beso. — Y tú cierras los ojos, — igual que 
ante un abismo". O esta otra; "¡Pensar — que lo que yo te digo — 
hará soñar a otros!" O esta otra: "Avión: — ^Abeille qui bourdonne 
— vers la rosse solaíre ". 

Es lo que decía irrbina prologando su libro anterior: "Pretendo 
hacer de sus versos, y lo alcanza en ocasiones, algo así como una 
. rendija, por donde quien se asome pueda contemplar anchos pano- 
ramas. Y, en esas cstrofillas de brevedad oriental, esconde Lozano, 
cerno una joya, algu'na metáfora llena de horizonte..." 

Hace un año, al leer "La alondra encandilada", no nos ganó el 
corazón este singular "libro de estampas'' que ahora nos encanta. 
Acaso, en el entusiasmo soñador de los otros versos sentimentales, no 
I aramos la atención fijamente sobre las pequeñas lentejuelas de esas 
treinta páginas, que más nos parecieron ineficaces y falsas.... 

Hoy, el libro aparte, todo él compuesto de ellas, nos conquista sin 
esfuerzo, aunque nos desconcierte un poco. 

•^omo quiera que sea, he aquí un poeta de veras y un precioso li 
brito.— T. M. 

Selección de novelas breves. — "En la noche", de Horacio Quiroga. — 

"La evasión", por Benito Lynch. — Editorial Cervantes. — Barcelo- 

na.— 1922. 

Este espíritu' amable de Vicente A. Salaverri no ik'scan?a en su 
noble empeño de hacer conocer en Europa los esciitores río]>latensí'S, 
abriendo para ellos el mercado español, de donde volverán un día no 
,Jejano. consagrados en definitiva por la majestad de la crítica aca- 
démica y el entusiasmo popular de los lectores. 

América sigue redescubriendo a España, en el decir de Grandmon- 
tagne, y Salaverri contribuye loablemente a la obra, con ese corazón 
go.heroso y esa dinámica noble que le reconocen hasta sus enemigos. 

Después de haber dirigido ediciones completas de Rodó, de Julio 
Herrera y líeissig y Florencio Sánchez, he aquí que ahora hace [>u- 
blicar y prologa, en bellos tomitos, los cuentos de Horacio Quiroga y 
Benito Lynch, los dos formidables escritores de la novela ríoplatCTiSí 



478 



PEGASO 



Ai5Í cuín pío también, eon amplitud universal, la Editorial Cervan- 
tes, su scleeción ya famosa de novelas breves, y en i'uya serie he- 
mos {,'ustado las mejores obras de la literatura francesa, polaca, por- 
tutiuesa, rusa, inglesa o sueca. 

Bien valen estas lincas, pues, tan bellos esfuerzos, ya que no ha- 
brtanios de o>u)>arnos en ellas, de los extraordinarios cuentos de 
Lyncli y C^uiíogrí, cuyas obras comienzan a ser llamadas desde Fran- 
ci!i, "magistrales" y "ma^íníficas". — T. M. i 

"Les Poilus". — Poema heroico. — Por Kdgardo Ubaldo Genta. — ^París. 

¡Se ti «la de un ¡loonia en el que los elementos verbales ocupan el 
lugar primoruial y ■•asi estaríamos i)or decir exclusivo. 

No existe tni él argumento, ni actos verdaderamente heroicos, por 
más que las figuras se niue\au en un ambiente de epopeya; son ináa 
bien una serie i!e ejásodios de carácter guerrero o sentimental, tra- 
tados con indudable arte, y en los que el autof, un distinguido ofi- 
cial (le nuestro ejército actualmente jierfcccionándose en Europa, de- 
ja correr el luego áe su elocuente vena lírica y de su entusiasta alma 
de soldado. 

Y en esta exaltación poética, uu poco indomada pero llena de calor 
anímico, está, sin duda, el mayor mérito del jioema y taínbién su 
detecto más notorio, j>o:qi;e, anastrado por el frenético raudal de su 
lirismo, el r.iitor suele caer en el énfasis y en la profusión retórica, 
dw :('sas que i-ous[iiran contra la verdad y la sencillez, bases funda- 
moiitalcs del arte. — J. M. D. 



Bevista da Academia Brasileira de Letras. — Kio df Janeiro — Yol. X. 

^■ÚIlH•ros lí'-L'O. — 1921. 

Kn elegante y voluminoso tomo de más de quinientas páffinaí, he- 
mos rci-ibido el último número de la líevista de la Academia Brasile- 
ra de Letras. 

Se trata de una ¡ uhlicación de tal importancia que merece bien es- 
ta i)oqueña revista bibliográfica y nc el simjde acuse de re<'ibo que 
acostumbramos jiara las publicaciones del canje. 

Et\ <•! spmario de este volumen figura, en primer término, la mag- 
nliica y emocionante lectura de Alberto d 'Oliveira efectuada en la 
Academia Brasilera, sobre ei ]ioeta jiortugués Antonio Feijó, "el que 
n;urió de amor''. Vo no sé si la emoción tremante y la ang istia do' 
lorosa de estas págin;;s tienen ¡larecido en la moderna litjratura, 
pero !)!(n puede iV.cirse que ellas no tienen semejante en la leotura 
contemj)oránea del Kío de la Plata. En el estilo bellísimo de Alberto 
d 'Oliveira fulgen extraordinarias hermosuras de sencille.'. fmo?iona- 
da, de naturalidad clarísima, de honda y sufriente dulzura vital. 

Acaso jiodamos traducirlas un día para los lectores de "Pegaso", 
en respetuoso y conmovido homenaje de admiración a Antonio Feijó 
y Alberto d 'Oliveira.-- T. M. 



NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 479 

La uueva literatura. — Por Aníbal LatinfT — Kilitorial Ccr.'autes. — 

Barce'or.a.— i922. 

Abrimos ol libro una mañana turbia de otoño, casi con pesadez, ca- 
si eoa abandono. Y he ahí que, jiasado breve tiempo en su lectura, 
a modo como íbamos adentrándonos en su floresta, fué surgiendo la 
concisa exposición de las letras latinas en la hora. El estilo es pe- 
riodístico, y como tal, limpio, ameno, sin afeites ni resonancias. Co- 
sa que se escribe de un tirón para llenar la columna consabida del 
diario, y que más tarde se recoge en libro, se lo da cuerpo formal, se 
vincula y relaciona para redondearlo con un comentario concreto, de 
conclusiones precisas, no exento de elegancia y de virtud. 

Aníbal Latino sostiene en razón y con serías argumentaciones, que 
la voceada decaden;'ia literaria de los pueblos dcscend-entes del La- 
cio, no pasa de un pesimismo prejuicioso, que nosotros consideramos 
ineficaz como los gritos de mal agüero de los animales indígenas. La 
poesía, especialmente, es la que cuenta con mayores detractores. No 
en tanto, ella jiersistirá irremisiblemente como la más alta cx})resión 
de los pueblos, y a i>esar de todas "las enfermedades" de los siglos. 

El autor describe coa sencillez espontánea la grandeza renaciente 
de los tiemi)os actuales, el fervor continuamente renovado de la vida, 
el curso ie\ arte en su ascensión terminal y al través de las múltiples 
civilizaciones, la compleja y vastísima proporción que ha tomado la 
hi.storia y que deviene al historiador nuevo en altísima personalidad. 

Se extiende asimismo en interesantes disquisiciones sobre la im- 
¡«ortancia literaria del i)eriodismo, la acción del cine como palanca de 
ojiinión ]iública, la influencia de las buenas lecturas, el efecto con- 
traitlietorio de los numerosos autores y la necesidad de las buenas re- 
co]iilaviones. 

Con criterio exacto y )>rofundo, las conclusiones de este libro que 
eptudia los fenómenos sociales y humanos atingentes a la vida lite- 
raria, llegan a la seguranza optimista de anunciar, como el canto de 
los gallos, una mañana esplendorosa de sol, ardiente 3' viril, de san- 
gre joven, como conviene a las naciones victoriosas... 

Girand presta al autor afirmaciones importantes, en cuya realidad 
creemos con firmeza, como en la gran renovación del lirismo y en 
la gran trascendencia de las obras históricas. 

Afirmemos, pues, y en definitiva, que este libro de Aníbal Latino 
es obra indispensable, sobre todo para las nuevas falanges que lie- ' 
gan de las universidades en confuso tropel y anhelantes de luz orien- 
tadora. — T. M. 

La Novia de Ñervo. — Por Lorcley. — San Antonio, Texas. 

I^oreley es el seudónimo de una escritora mejicana. He aquí lo que 
dice de ella el ])oeta y general Humberto Barros: 

■"Dueña de un corazón generoso y romántico y poseedora de una 
inteligencia poco común, sus crónicas periodísticas, sus aladas i»ro- 
sas y sus versos plenos de emotividad y de ritmo, han hecho que su 
nombre suene gallardamente en los ámbitos de América..." 



^r 



480 l'EGASO i 

"Es cristiana fervorosa y, sin pretender el resurgimiento de mo- 
rales hipócritas, aboga por la práctica del bien mismo: sueña la fiel 
observancia de las claras virtudes teologales, pero a base de un con- 
vencimiento racional y pleno". 

En "La Novia de Ñervo", Loreley teje, alrededor de la figura del 
gran poeta mejicano, noble y bueno, un romance sentimental en que 
aquellas virtudes exaltan precisamente la vida de sus dos personajes 
centrales: Ñervo y su misteriosa corresponsal, tan buena y noble co- 
mo él; adolorida y resignada bajo el peso de las adversidades de la 
vida; ejemplarmente dignificada luego por el heroísmo y purificada 
por la práctica de las acciones bondadosas y cristianas... 

Al través de esta novela, se adivinan en su au'tora la exaltación de 
su alma cristiana, el fervor de su idealismo generoso, la unción de 
un amor casi divino. . . — A. B. 

Jholderlln, Quental, Fascoaes, Ornar Ehayyan. — Versos selecciona- 
dos por la "Editorial Cervantes". — ^Barcelona. — 1921. 
Precedidos de profusos datos biográficos y de valiosas notas crí- 
ticaí, la Editorial Cervantes "ha enriquecido su Biblioteca "Las 
mejores poesías de los mejores poetas", publicando las más céle- 
bres producciones de estos cuatro formidables líricos. 

Tratándose de una empresa que sabe hacer tan bien las cosas y 
a cuyo frente se halla un poeta de la talla de limando Maristany, 
creemos innecesario añadir que tanto en la elección de los versos, 
como en su traducción e impresión, se descubre la tutela de un es- 
píritu selecto, artístico y consciente. 

La verdad es que la obra de difusión cultural en que está empe- • 
fiada esta Editorial, es superior a cualquier elogio. Nosotros, por 
nuestra parte, no sabríamos cómo agradecerle el auxilio que nos " 
ha dado para abordar y hasta intimar con un gran número de al- 
mas extraordinarias, a quienes sólo de nombre conocíamos: tal ese 
Jhólderlin, una de las más excelsas figuras del períoio clásico ale- 
mán. — J. M. J). 

Passant 1 'estona. — ^Por Joaquín Buigas. — ^Barcelona. — 1921. | 

Este escritor catalán, que es un espíritu inquieto, y ha compuesto 
crónicas y cuentos de los diferentes países de Sud América, ahora 
cultiva, con gran aceptación por lo que se ve, el cuento regional. 

Buigas mira la vida con ojos socarrones y sabe sacar buen acopio 
de rasgos grotescos cuando pinta a sus semejantes. No es un burlón 
incondicional: espíritu sensible, sufre con los defectos de los hom- 
bres. Y puede ser que, al igual de Larra, ría para no llorar. — V. A. S. 



480 



i'i:ii.\:>o 



r:ili'S liiii.M rit as, .-ilin;::! ;>im \:< ji'aitir:! ,|.-1 'li ii aiismn; Mu-na l:i !i,'l 
flisi-i\ a Mr ia il<" las ,laias \ i ri ii'ii'.s t ri>l(iu:,li's, ¡mmii a. hasr de iiii laui 
\ riii nuiriil 11 lai luna I \ iiK'nn ' '. 

i-a, --La Niu'a ■■.• \,•!^l.". l.i.:',',, I.'i,-. al'T.li'.l.w li' !., liuma .1 •! 
iMaii i'iii'la iiir ¡i' a III'. aolilc' \ Im;i'I'ii. un roinaiwi' sml i iiii'iit al i'ii i|ii(< 
ai)afl!as \iitiii|i'-; exaltan pit i>a'MiMiii> la \ i'la 'li' sas dos jH-isoiia ji'H 
1 i'iU I a li's : \i'i\(i \ si; ni is| crmsa . ui ics, imi -^a 1. tan l'iii'iia \ nolili' •■ii 
aiii il; aili'lnri.la v rr-i.^u.-i Im lia |i> i-l pi'sn ,li' las a i \ i-i sila l>'s .|r l;i 
\ -lia ; r icnií'la iiiuMil c il i l;ii ! I i ' a.la liir'.;(i ]u>i r\ lirniisiii,» \ ;imil'i aila 
l'ii' la j'iaríi.a '!■ 'as a .i.Mirs lii<a.ia ins.-i-; \ c lisi iaiias . . . 

M l!a\i'-i li' r-!:'. iiíi\ila. s' ali\iiiaii >•]■ ,a ailma la i'\a ll ai i.Mi lo 

S'i a'aia nlsilana. .•' r,M-\ iv ,{.■ sa ili-ai'-Muí ■.'.'■n ,■• n-.i. la um>í lo 

•111 ai.ii'V .asi >h ■. T.o A. B. 

JhóUlorliii. Quontal. Tasi-oars Ornar Kliayyan. \ir^,is ■;,-!,-,,'¡imi i 

i O'- '<• '1 ■ • i ! r ; oiia ' (■•ai,',-' I ía i .•lona : .•-' I . 

i 'iTi i'il iiliis ,lr ¡■lo! lisos .¡alo-" liiioMM lii es \ I,' valiosas iiolas . r¡ 
lii'av. la IMilorial «'•••xanl.'s h i i'i-.!Íi|iio ido sii l'.iMi.ilo.a "'La-; 
iiM' '0!-rs )'ficsi;|. ,\,- los aio oí s voolas''. ■■uliloaii ln la- mas , K' 
lo.'s •■' (idii. . ioMi's lo rstos ,,:al''o l'oi ai id a 1 los lirio; 

Tra! a II loso di> \:v.:\ oaij'Vis.-i ,|i:' salió liaii- tan lio-a la, lai-as y 
a .ii\o ironto so iiall.i aii ;.ooIa i" la talla lo ['ornando Marislaiiy, 
oi-1'omos iniioi'os;i rio añadir i|i:o taiilii oii 'a .loi'.d o; |o los \i|-sii, 
ooino olí sil iradioiioa o i ni ;o-os¡..ii. so losiiioo la totola do nii os 
¡oriin solorto. artistiio \ otisi'io'ito. 

I .a >. ordad os ,ji¡o la oloa '\f iil'a-iioi .altural .n a':.' osi;, oaioo 
nada Osla l'ditorial. <s snioi' o- :i ,na lc|niir oloui.i ^H-cil^os. p ,t- 
iiaostra i'aito. lo 'aliiiaa'os , !:;o a ■.:i ador, rio oi .■:;i\i!i<) ,i;;o lois 
ha dado lata alio-dar •. liasta iiitiiiiar ron n ■:r;ni naiaoio .,.■ al 
mas o \ t raord ii:a :"ias. y. (|iiio:!os lo. ¡o i.mi.i lo . oa. ; i oii- : 'al os ' 
llioMoilin, ii"a do la- lafis o\-..is;is li'.-oias d.d ■■■ni.iu i t.isii o ale 
n-ín. J. M. I>. 



Passant l"ostoiia. i'or .Miani.m r>iii;.;as. Uarioioi.a. I'.'i^l. 

i'lslo osiritur .al.ala'i. .¡ao os aii os|.iritii iii.|iiioto. y li;i oc)ni|Mios ii 
oroiiiías \ .iirti'os do 'os ,|il'oroaI.s ¡.aisos i\r Sal Viioaioa. alioi-:i 
,iilli\a. ion u'ran a.o|.t a. i.'ii , or lo oao so , i-. ol ononlo ;o._;i(inal. 

Unidas iiiii.a ia ■, ;.la . oii ojo-^ -oíaMamos , -alio s.on, loioii a. opio 
<]>• rasaos L:rotos,,,s .aainiti ointa a sus soin.' jaiil os. \o os aii luirlou 
iii.oiidi. iona! : osoiiit.i si'asiMo. si;t';-o , oa 1 s .joroito- A,- los looii 
liros. ^ oMi .Ir -o|- Ol,.'. al i.;i,.il i.' la. •a. na ;'a'a iio ü.ir.a-. V. A. S. 



Cooperativa Eitorial Liiniteia "Pegaso", 

Para la protección y difusión del libro urugunyo 



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SSteíii 



Presidente: Dr, Asdrúbal E. Delgado 



Acaba de lanzar sus prinieiiis obras: 
"LA PRINCESA PERLA CLARA" 

Comedia feérica de José María Delgado 

"INQUIETUD" 
Poesías de Luisa Luisi 

"LA MUJER INMOLADA" 
Novela uruguaya de Vicente A. Salaverri 

"LOS POETAS SÁLTENOS" 

Estudio critico de Telmo Manacorda 

"AGUA DEL TIEMPO" 

Poemas Nativos de Fernán Silva Valdés 



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carta a la Gerencia 

8 DE OCTUBRE i 20.- Montevideo 

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ría y Publicaciones, Rivadavia 1078 - BUENOS AIRES 



,,, ,.;» 



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ABOGADOS 

Herrera Luis Alberto, lArraüaga. 
Moratorlo Eduardo L., Dajm&n 1387. 
García Luis Ignacio, 18 do Julio 1240. 
Arena Domingo, Gouveución y 18 de 

Julio. 
Delgado Asdrúbal, Convención y 18 do 

Julio. 
Miranda César, Boulevar Artigas. 
Buero Enrique, Mercedes 1061. 
OavlgUa Lula C, 25 de Mayo 569. 
Etchevest TéUx, Sarandi 456. 
Bamasso Ambrosio L., Andes 1660. 
Terra Duvimioso, Juan C. Gómez 1340. 
Barbaroux Emilio, Hotel "La Alham. 

bra". 
Blenglo Bocea Juan, Juncal 1363. 
Carbonell Federico C, 35 de Mayo 494. 
Martines José Luciano, J. Ellauri 80. 
Mendivil Javier, Convención 1523. 
Miranda Arturo, Canelones 087. 
peres Olave Adolfo H., Kio Negro 1437. 
Peres Petit Víctor, Agraciada 1754. 
Prando Carlos M., Juncal 1363. 
Bodrígues Antonio M., Kincón 638. 
Caviglia Buenaveatura, Burgués 1"5. 
Llovet Ernesto, A. Chucarro 18. 
Maldonado Horacio, 25 do Mayo 511. 
Schinca Francisco A., Mercedes 820. 
Del Castillo Serapio, Paraguay 1267 
Fntgoni Emilio, 18 de Julio 079. 



ABQUITEOTOS ' 

Pittamlglio Humberto, Ejido 1392. 
Herrera Mac Lean Carlos A., Gerri- 
to 382. 

OONTADOBES 
Fontaina Pablo, Misiones 1430. 

ESOBIBANOS 



Negro Bamón, Sarandi 445. 
Pittaluga Enrique, Buenos Aires 634. 
Daquó Juan, Soriano 1370. 



MÉDICOS 

Arias José F.. Yaguarón 1430. 
Delgado José María, 8 de Octubre 120 
Foladorl José, Constituyente 1710. 
Infantossi José, Cuareim 1323. 
Obigliani Francisco, Uruguay 1884>. 
Brignole Alberto, Canelones 1241. 
Scoserla José, Maldonado 1276. ! 

Mier Velisques Servando, Continua 

ción Agraciada 186. 
Toscano Esteban J., Uruguay 881. ! 
Caprario Ernesto, Uruguay 1223. 



0ZBUJAN08 DENTISTAS 

Osimani Alejandro, 18 de Julio y 
Vázquez. 



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'W, 



..>:*l'' 



PEGASO 

REVISTA hí;nsurl . 



^ ■ DIUECTORES: ^ 

>ABLO DE GRECIA — JOSÉ MARÍA DELGADO 




MAYO DE 1922 



SVM ARIO I 



£1 Rej de Jerusalón 

Hermandad: versos 

Melancolía de Otofio , 

Rimas 

La Tentación: cuento 

El vendedor de naraigas 

Sugerencias literarias 

Sonetos 

«El campo del hijo»: drama 



por Juan Zorrilla de San Martín 
por Pablo Minelli González 
pof ISusana Soca 
por F. Nebel Alvares 
por Jofé Pedro Bellán 
^or Juana de Ibarbourou 
"por Arturo S. Silva 
por Melitón Simois *- . 
por Emilio Oribe ^^^' 
por Enriqueta Compte y Riqué 



Educación: Tiempo y Dinero 
Olosas del mes: Berta Singerman por José María Delgado 

Notas bibliográficas 



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Montevideo. 
URUGUAY 



vV 



ANO VII 

N.« 47 






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oi&.i "PEGASO" • 

/\ r^^ REVISTA MENSUAL 

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Alberto Brignole. — Manuel Benavente. — Enriqueta Compto 
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bonrou. — Julio Lerena Joanicó. — Luisa Luisi.— Ccsiano Mo- 
negal. — íloracio Maldonado. — Julio Raúl Mendilaliarsu. — 
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"PEGASO" 

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H.iiil Montero Bustamantc. — .\, Montiol Ballestoros. — l'-aiiho 
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Banco Hipotecario del Uruguay ?;i 



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i I. •- -ir,- 






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INSTITUCIÓN DEL KSTA DO 

CAJA DE AHORROS V 

Abona por los depósitos el O V2 7o anual 



Invierte los depteltos por cuenta de los áhorrlstas, en "Títulos Hi- 
potecarios", los cuales al precio actual, reditúan un interés mayor de 
6 ojo anual. 

Los intereses, de esos "Títulos" se pagan trimestralmente el l.o de 
Febrero, el !.<■ de BSayo, el I." de Agosto y el I." de Noviembre de 
cada afio. 

lios "Depósitos", mientras no se inviertan en Títulos, y éstos con 
el "Cupón" corriente, si la inversión ya se ha becho, pueden ser re- 
tirados parcial o totalmente, en cualquier momento. 

Hace préstamos con la garantía de los Tltiüos depositados y paga 
los "Cupones" por adelantado, mediante un pequeño descuento. 

Entrega alcancías para el depósito y guarda de los ahorros p«q^eños. 

Los depósitos tienen la garantía del Estado, además de la del Banco. 

Los "Títulos Hipotecarlos" se emiten solamente contra la garan- 
tía real de bienes inmuebles, urbanos y rurales. 

Las libretas que entrega, contienen las condiciones de la operación. 






^• 



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\ CALLE MISIONES, Uál), Uoíi y U51) 



Las personas interesadas en completar eolecciones de 



H 



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PEGASO" 



pueden dirigirse a la Administración, 

CALLE SAN SALVADOR. 2309 

¿: - ; "H" > MCVNTEVIDEO 



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\ 



HERMANDAD 



485 



Mas siempre h/iy que ser hue- 

[nos, 
hermano; en mar de azur 
purguemos los venenos 
y ¡áburl 

Que cuando el Mundo crea 
que nos tragó la mar, 
puede que Dios nos vea 
flotar. , . 

Hay que tener confianza, 
resignación y fe, 
y, siempre, una esperanza-. 
— ¿Aun no soy f Pues seré . . . 

Cuando yo esté en la Nada, 
sin preguntarme ''¿Soyf" 
le gritaré a la Amada : * 
— ¡Aquí estoy! 

Y me dirá la Amada: 
— ¿Dónde estás? ¿Dónde estás? 
Y, le diré: — En la Nada, 
un día m£ verás. 

Creo que soy y que eres, 
y, por eso, Mujer, 
compendio de mwjeres, 
un día te he de ver. 

Ciegos somos, — es triste 
pero nos venda un tul; 
sólo un color existe: 
el Azul! 



Y no busquemos brumas 
tras de la Santa Cruz: 
¡A^ul!... ¡Azul!... y espurrías, 
y luz!! 



La Vida da placeres . . . 
Te lo puedo hacer ver, 
hermano, tú que eres 
casi mi hijo de ayer. 



Y el buen placer nos hace 
más tiernos y mejor, 
quie en todo fondo nace 
la caridad de amor. 



Yo soy un buen cristiano^ 
todo impuro que soy, 
y tendré siempre a mano 
en la ruta do voy, 

cuando en la tierra blanda 
me acibare el esplín, 
un pedazo de vianda 
y una copa de "gin' 



.>f 



Y, aun tendré más! Armdño 

para mi ocroso albur, 

y m>i oración de niño, 

y un gran lampo de azur! 



Pero tú, hermano mía, 
no me guardes rencor; 
ten piedad de mi frío 
interior. 



Y he de morirme calmo 
si lloramos los dos, 
y he de elevar nú salmo 
a Dios. 



íitr^T- 



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Banco de la República Orientai del Uruguay 

Institución del Estado . 

fiiMi mltiü 13 « Mam tt ll»5 y rciM* rcr la Uy «níiica le 1 7 <e Jillt u 1911 



Casa Central^Calle Zabala esquina Cerrito 

Cala de Ahorros - Aicancías - Likntas di Caja do Atoitos a Plaio Fijo 

IiO« dritÓNitoN •« ('aja de Ahorro» Al«siiH«, icozm M Utpréfi dr S % 
haiU U c»«tid«d d« $ 1.000 

El Banco recibe esta clase de depósitos en la Casa Central y en 
todas sus dependencias, que son las siguientes: l^'l 

AGEINCIAS: :-:-í^:;-|« 

Aguada: Avenida General Rundeau esq. Valparaíso.— Paso 3él 
Molino: Calle Agraciada Ü63.— Avenida General Flores: Avenida 
General Floros 2206.— Unión: Calle 18 de Julio 205.— Cordón: 
Avenida 18 de Julio 1650, esq. Minas. 

(AJA XAMONAIi l>K AHOKROS ¥ DKKCIKNTOS, ( oloiila e»i, «IndadeU r 

8UCUKSAI.K8 r^' ,.- --•>' -"-.f *■ 

Ka todaR laa capHalri j peblarlonm iai|tortaatrK d» lat departaairntós. 

lluiario <lf luí dep<>ndoiu'i»s do la rnpilnl: áv 10 a 13 y de 14 a IC— I.os Í^Aluidoü de 10 n 13. 



La aU-ancIa ci.la Ibivu dp| abnrro durnt^ütU 
C". — Dt-posita Vd. UOS PK808 v m i-l acto 
KO le piitr<>f;iirA. OKA'l'UrrAMKNTR, iiiin AL- 
CANCÍA reimdH eoii liaTc, qiitnlaiido cata Ma- 
v<> Kiinrdiida vn el Baiiiro. Ksos I)0S I'KSOS 
SON SUYOS, ){anan jiitpi-^s y pm-de Vd. ip- 
tiiarliis fii ciialqtiicr rnoinentu, devolviendo la 
AI<iiiicfa. 

Una YOK ni raes, o cuando lo crea oportuno 
prc-KcnlH Vd. I» Alcani-fa, I» qiio 8» abre a 8U 
vista y f If devuelve eernida dwpiiés de re- 
tiinr el dinero qne euulenKa y Horediiárselii en 
su vueniH. I^s saldos del dinero asi deposita- 
do. KiinarAn el 6 ^'o *'<* >' >en^s hnsla la snma 
de $ 1 (NX). — !.:iii OHUtidadig mayores de f 
ICKX), no ganarán interés |M>r el exceso. 

Kl Banco ha lesiielio lanikién, eg*alilecor Li- 
lirulaü do Caja de Abonos a Plazo Kijo (a ven- 
cer eadn seis n>««e>). Paia esta clase de op<- 
mciones so ba fijado el inU-ri'-s de 4 1/2 "/o 
~ basta la suma de $ üO.iKX). 

El F^siado respi nde dlieelainenle de la eiui- 
ealiie el Banco. {,an. 12 do la ley do 17 de Julio de 1911, 



>^- 







sión, üt*p.5^iius y i»tiertu'ii>iifs qiit- 



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'Si. ( 



IIKRM.WDAD 



4S'r) 



Mas siniii.rc ¡uní que s'v li\i(- 

I /í.o.<;, 
Ji(rni<iuo: en mor de azur 
piirftiirmoíi los rcneuos 
1/ ¡fthiir! 

I i :■:,■■ cihiii'iti (I Miiii(l(j crol 
(¡lie nos iriKjó hi Diar, 
piirdr qiK Dios iias ira 
flotar . . . 

Ihijl <iiif fenrr íoiifiaina. 
n sijinación ?/ fe, 
!l, si('ini>r>, una rsp( raiiZ'' : 
— /Aun no son' rúes seré... 

('liando ijo (sii' en la Nado, 
sin. prcqnidarnic ''/Sinj?" 
Ii (¡riiari a la Amada-. 
— ¡A<iii¡ rsioij! 

y mr dirá la A nuida : 
■^; Dónde eslás.' /Dónde estás? 
y , le din' :-- /■! n la Xiida, 
un din nir verás. 

Creo que son ,'/ "7'"" fres, 
.//, por 1 so, .Mujer, 
eOinpendio de niujeris. 
vn di a le he de ver. 

Ciegos somas. — es triste 
pero nos vendo, un tul; 
sólo un color e.riste : 
el Azil! 

V no busquemos hriimiis 
tras de la í^anta Cruz : 
/.Icí//.'... ¡A:íuI1... !i (sjmnuis, 
y hcU 



TTI 

í.<i Vida da plaeeres... 
r< lo puedo h( cer ver, 
li'rniaiio, lá qut- eres 
casi ni I hijo di ai/ir. 



y el hin n plai'f m-s ¡lacc 
más turnos i/ m'jor, 
(pie en todo ¡ando nace 
la caridad dt amar. 

yo sOfi un huí n cristiano^ 
lado inipiirtt (pie soy, 
y tendré su ni/tre a mano 
< n la ruta do va¡j, 

cuando i n la tierra hlnnda 
iiir (icdiare el i spiin, 
un ¡ndaza de vianda 
jl una copa de "ipn''. 

) , aun le adró ivas! .■\rmiño 

para mi ocroso <dliur, 

y w-i oración di niño, 

y un qran lam¡)0 de azur! 

Pero lá, litr 'llano mío, 
na mi ipiard's VHcor-. 
h n pi'ihtd de mi frió 
interior. 

y he de nv'r'rme ealmo 
si Uorami'S los des, 
!i he de , levar ni; salmo 
a Dios. 



'■^■í.r 






m 



486 



paoAso 



-.*■ 



IV 



Cuando en tierra de olvido 
di en penar y en rabiar, 

¡ah! ¡si hubiese sabido 
rezar! 

¡Ah! si encontrado hubiera 
entonce, el nuevo Yo; 
iras de la hiedra artera 
rosa de Jericó. 

¡Ahí si el soplo serebo 
QMe sopla hoy mi convoy, 
me hubiese hecho, a[ter, bveno 
como hoy. 

¡Ah! trocar en la vaUa 
que me ocultaba el 'mar 
aqriel '^ cantar canalla" 
por el dulce Cantar. 

Sentir en vez de ex-gna 
tibia brisa de Abrü, 
el frío de la antigua 
Cruz de marfil!. . . 

y en vfz de noches rosas 
de rosas de pasión, 
las voces armoniosas 
del perdón! 



Por eso, hoy que conozco 
todo este nuevo bien, 
quiero ser menos hosco, 
y más feliz, también. 

Que el Yo de las Cavernas 
olvide el viejo mal, 



y que brinq^tfin mis piernas 
mi lección de moral,. 



y, así, de brinco en brinco, 
correr, correr, correr, 
para poner mis cinco 
sentidos en querer. 

Que lleve por el Mundo 
la voz de la Hermandad 
y del perdón fecundo, 
mi agilidad. 

Y llegue rfíi albedrío 
que matará al esplín, 
al tugurio más frío, 
y al más tibio jardín. 

. y hacia ocasos de amores, 
y auroras de rencor, 
y a todos los dolores, 
y, aún, ai Dolor! 

Y, así busco y me ofusco 
(fuerte en mi terquedad) , 
hace tiempo que busco 
la suprema hermandad. j 



ENVÍO: 

Hermanos: no es locura, 
ni vejez, ni dolor. . . 
Es mi sed de ternura 
y amor. 



Xo eft que soplo extrahunMna 
haya soplado en mí. . . 
¡Oh! ¡no! impuro cristiano 
soy siempre y siempre fui. 



;■■>/'/ ■-;■■' 



HERMANDAD. 



487 



"miserere'' 



Y hoy, en el 

de mi verdor final, 

no es que la Muerte espere 

en mi umbral: 



7, en pos de mi embeleso, 
le daré por mal, bien. 
Y qu-e mi último beso 
sea el último en su sien. 



ni hay delirios que roben 
mi entendimiento; sé, 
siento, y me siento joven 
para una nueva fe. 



Sí, busquemos, hermanos, 
la luz del Bufin Amor, 
que, muriendo cristianos, 
viviremm m£Jor. 



Y, así, en mi fi,ebre loco, 
busco a la hermuna hostil 
para verter un poco 
de linfa en su pensil. 



Y, supremo consuelo, 
nos reuniremos los 
hermanos, en el cielo, 
en el nombre de Dios. 

Pablo Minelli GoisfeÁLEz. 



\ 



*, 



á¿. 



i 



/ 



LA melancolía üEL OTOÑO 



Heredera de nombres ilustres en l/i ciencia, 
las letras y el patriciado de la República, Su- 
sana Soca concreta, en una bella síntesis, to- 
dos los nobles atributos originarios. Casi niña 
todavía, admira verdaderamente por su visión 
de las cosas, su elocuencia y justeza expresiva 
y su innato don de buen gusto, como lo reve- 
la esta breve nota que hemos desglosado de 
su cuaderno de composiciones, l^eoha sin más 
trascendencia que la de cumplir con deberes 
escolares. 



El otoño ha invadido nuestro país y juntp con él esa 
suprema melancolía, su misteriosa e inseparable com- 
pañera. 

Honda y leve, sutil e intensa, en todas partes se la 
encuentra; ora se muestra grave y triste, ora borras- 
cosa, ora dulce y serena, con algún dejo de primave- 
ra, algo así como una sonrisa velada en medio del do- 
lor. Otras veces la melancolía del otoño casi se esfuma 
bajo un brillante sol; pero aún mismo en esa c<álida 
reminiscencia, permanece algo de ella, algo muy sua- 
ve, muy tenue, pero perceptible al corazón entriste- 
cido, que busca en la naturaleza una aliada a su pena. 
, La melancolía del otoño se halla siempre en la co- 
pa de los árboles, en sus despojadas ramas, en la cru- 
jiente guirnalda de hojas muertas que orlan la acera. 

¡Pobres hojas cenicientas, en otro tiempo radiosas 
de frescura y lozanía, que un soplo marchitó! i 



•i •■ 



V * LA MELANCOLÍA DEL OTOÑO 489 

Son una imagen de la vida. 

Ayer era la alegría y el reposo, ayer sonreíamos 
al porvenir en la infinita serenidad de nuestros en- 
sueños. Después, un segundo bastó para anonadar 
esa eflorescencia de esiperanza y de estabilidad* Y 
nuestra alma quedó sola, sin sus ilusiones, huida la 
dicha, desvanecido su ideal; sola y dolorosa, así co- 
mo los troncos grises ante sus hojas barridas por un 
viento otoñal. 

¡Qué poema de símbolos son estas mismas hojas 
mustias que gimen bajo los pasos! ¡Ellas solas, en su 
oro mortecino, retratan la melancolía del otoño! 

• "Susana Soca. 






RIMAS 

COMO TU AMAR... 

Eres hermosa y ese es tu orgullo, 
Sólo en ser bella cifras tu afán, 
Amor que inspires durará entonce 
Lo que tu encanto pueda durar. 

Y cuando veas en tus jardines 
Todas tus rosas marchitas ya, 
Será tu invierno frío, muy frío, 
Como tu inda, como tu amar. 

EN LA SOMBRA 

Era noche, y callado me llegué a tu reja 
y dejé sobre el muro, con un beso una flor, 
y de allí me alejé presuroso 
porque no denunciara el delito, 
el latido violento de mi corazón. 



MADRIGAL 

Toda la luz del sol sobre un diamante, 
todo el rumor del mar bajo una roca; 
los cantos todos de las aves libres 
saludando la aurora. 
Esto es bello, mi bien, pero más vale 
el ¿eso que aleteando está en tu boca. 



'•^ 



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BIMAS 



TUS OJOS 



ñau quien pupilas compara • - 
Con diamantes y luceros, 
Pleuras y astros ¡cuánto distan! 
Cuánto de tus ojos bellos. 

Los que las sombras ahuyentan^ 
Los que olvidar hacen duelos, 
Porque Dios en ellos puso 
Lo divino y lo terreno. 



491 



Fernando Nebel Alvarez. 



LA TENTACIÓN 



Alicia volvió a despertar. Eran las dos de la ma- 
ñana. Aturdida, luchando contra el sueño, se incor- 
poró sobre un codo, encendió la luz y empezó a mirar 
. en redor, alarmada ante la multitud de mosquitos 
que se agrupaba hacia la cabecera, sobre la superfi- 
cie blanca de la pared. Eran pintas obscuras, gotas 
oblongas, ensanchadas en la parte inferior como lá- 
grimas de orfebrería. | 

La muchacha se hincó en la cama y su cuerpo, se- 
midesnudo, rosáceo, se destacó de entre la orla que- 
brada de la ropa blanca. Mantenía su cabellera su- 
jeta en una trenza pesada que le caía, huyendo por 
el surco leve de la espalda. 

Era la cnarta vez que se despertaba en aquella no- 
che. Estaba exasperada. En los brazos, en la cara, 
en el cuello, las ronchas le ardían produciéndole una 
desazón mortificante. Los mosquitos habían invadido 
inesperadamente: era la primera tanda del año. 

Conteniendo su premura, Alicia sacó de su mesa de 
noche una caja de fósforos y repitió la operación de 
la matanza, satisfecha cada vez que el insecto ex- 
plotaba, achicharrado por la llama de la cerilla. Des- 
pués, aleccionada, se detuvo. Suponía que, en cuanto 
apagase la luz, los mosquitos que alcanzaba a ver, 
prendidos en la parte superior del muro, bajarían 
hasta ella; que de nuevo se vería en la necesidad de 
levantarse y de volver a empezar. Entonces, recor- 



LA TENTACIÓN 493 

dando su mosquitero del año anterior, fué hacia su 
guardarropa, y después de buscar un momento, lo ha- 
lló, cuidadosamente doblado, debajo de unas mantas. 

Tranquila, segura de poder dormir, Alicia apagó 
la hiz. Poco a poco la fué invadiendo la penumbra 
del sueño. Imágenes breves y confusas ambulaban 
por su mente. Recordó a la cajera de una tienda que 
había visitado en el día; tuvo la impresión de un 
puente muy largo que cruzaba un río, apacible como 
un espejo; oyó de nuevo las palabras dichas por su 
novio al despedirse. La inconsciencia la mecía con la 
suavidad de una pluma. 

Pero estando así, casi dormida, los mosquitos vol- 
vieron a pasar junto a ella, zumbadores, rayando el 
silencio. Se acongojó. El sueño se le iba de nuevo. 
Movióse en la cama, inquieta, y agitó los extremos de 
la sábana para espantar al insecto. Luego pensó que 
acaso el mosquitero estuviese mal colocado o presen- 
tase alguna rotura importante. Le costó algún traba- 
jo decidirse, pero al fin encendió la luz y se puso a 
observar, sorprendida. El tul no tenía una falla apre- 
ciable y caía bien, sin grandes pliegues, cerrando los 
costados del lecho. Además, a pesar de su empeño, 
sólo halló un mosquito, parado sobre una perilla de 
la cabecera. Intentó darle caza, sin lograrlo. Varias 
veces creyó matarlo, y varias veces le vio salir de 
entre sus manos, esquivando los golpes, como si cal- 
culara. Después le perdió de vista. 

El cuarto volvió a quedar a obscuras. Alicia se 
arrebujó bajo las ligeras colchas, con el firme propó- 
sito de dormir. Hubo una tregua breve y falaz. En. 
seguida el mosquito llegó de la sombra y empezó a 
acechar en redor de la cara de Alicia. Esta lo sintió 
venir. Dispuso las dos manos abiertas, una frente a 
la otra, y cuando lo juzgó oportuno, cerrólas con fuer- 



■ -v;., ■, ' í ■* 



# 



434 ' 



PSOASO 



za. Pero el mosquito continuó su vuelo y tornó a per- 
derse. 

Se entabló entonces una lucha intensa entre el mos- 
quito, ávido de sangre, y la muchacha, aturdida, ner- 
viosa, febril, exasperada. A veces ocultaba su cabeza 
bajo las sábanas, pero el calor de aquella brava noche 
de diciembre la obligaba a descubrirse. | 

Empezaron a sucederse algunos instantes de incer- 
tidumbre, pausas hondas de espera, donde la aten- 
ción oscilaba con movimientos bruscos y quebrados. 
Y cuando el insecto se acercaba con aquel su zumbi- 
bido como canto de guerra, ella se recogía temerosa: 
— ''Ahí viene, ahí viene. ¡Ahí está!" 

Nunca había sentido un deseo tan vehemente de 
dormir. ¡Si pudiera matar al mosquito! ¡Si él se 
fuese ! . . . Pensó en levantarse de nuevo, encender la 
luz, pero el cuerpo no obedeció. Entonces tuvo una 
ocurrencia . extraña. 

— ¡ Si me dejara picar ! . . . Se sobrecogió, tuvo mie- 
do, una onda de calor le abrasó el rostro. ¿Qué ha- 
bía pensado? Cambió bruscamente de postura y cerró 
los ojos. Quiso recapacitar, saber lo que le ocurría. 
Su idea era bien sencilla. Aquel mosquito constituía 
el único obstáculo para su sueño. Dejarlo posar un 
instante sobre su piel; permitirle que bebiera algo 
de su sangre o matarle en ese momento si era posi- 
ble, nada más. ^ 

Se tranquilizó. El mosquito zumbaba iracundo, 
acechando con una tenacidad humana. Ahora, por 
ejemplo, si ella se quedase quieta, así . . . — pero no 
pudo. 

Su idea, no obstante ser tan sencilla, le produjo in- 
quietud, una absurda inquietud. Espantó al insecto, 
nerviosamente, en un esfuerzo desproporcionado. I 

Se sentó en el lecho. Uno de sus brazos se levantó, 
buscando la llave eléctrica. Tropezó con el tul. Enton- 



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que 
Cravillosa dll in- 
Eíno. Es una extraña impre- 
sión de sugerencias, de amplitud emocional y profun- 
do dolor, intraducibie al lenguaje, cuyo acorde no al- 
canzaría a ser expresión exacta. Cuando de laj)arte 
más íntima y reconcentrada del espíritu, fluyen des- 
conocidos estremecimientos al contacto de superiores 
manifestaciones — humanas o artísticas, — las reco- 
gemos para sí, gustando su belleza en la apacible so- 
ledad de que sabemos envolvernos. Pensar en otras 
vida que cruzaron por el mundo, soñando, sufriendo 
y amando, pero con una más honda y amplia visión, 
es un consuelo y una esperanza para los que viven la 
obsesión de sondar en la causa de todos los destinos: 
seres y cosas. Dan también estas meditaciones, me- 
lancólicamente, una especial beatitud donde se sua- 
vizan los dolores y las incertidumbres de las mise- 
rias, por entre los que vamos y los que padecemos. 
Comprobar que los espíritus más grandes y viden- 
tes sufrieron nuestros mismos dolores, o soportaron 
idénticas vejaciones en el ineludible choque con la 
realidad exterior, es sentirnos como animados por la 



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SUGERENCIAS LITERARIAS 499 

I . .... 

caricia de una gran esperanza, y llegar a instantes 
en que nos creemos capaces de sobreponernos a la fa- 
talidad arrastradora y trágica. 

Más que el dolor fugaz, brusco, súbito, de una des- 
gracia que destruye un afecto o rompe el hilo de un 
gran amor, el dolor verdadero, es decir, el dolor pro- 
fundo — nervio central de nuestra alma — es aquel 
que nos da una, comprensión de la vida ; y que la vida 
misma, tomada por un momento, como el conjunto 
representativo de los hombres, no alcanza a compren- 
der. No otra cosa fué él dolor capital de íieonardo. 
Descontemos lo que sufrió su alma ante la traición 
de sus discípulos; cuando lo calumniaban; cuando la 
desgracia turbaba su placidez de artista; cuando su 
afán era destruido; cuando moría un sueño suyo; 
cuando comprendía que aquellos sus grandes proyec- 
tos se perderían para siempre; descontemos ese lar- 
go martirio, ese dolor humano que viene "de afue- 
ra", que es consecuencia del medio ambiente, que se 
produce en toda alma sensitiva por inadaptabilidad 
recíproca . . . Leonardo sintió y vivió, como tan pocos 
espíritus de selección, elgran dolor divino de poseer 
el secreto que abierto en nosotros mismos, nos da la 
suma ignorancia, coronación suprema de la sabidu- 
ría . . . Descended a su alma y hallaréis, y sentir éis» 
mejor, ese tormento más hondo, que viene a ser como 
el refinamiento de todos los dolores. 

¿Dije descender al fondo de su alma? ¡Ilusión! Ni 
aún podemos comprendernos nosotros mismos; ni 
aún podemos llegar hasta el fondo de nuestras al- 
mas . . . Pero existe una penetración intuitiva que aún 
cuando no nos da la forma precisa de algo, nos lo 
hace sentir, presentir en el aturdimiento de su pro- 
pia grandeza. Ror eso, a gran distancia de lo que no 
vemos, sentimos'un raro estremecimiento que nos ro- 
za, ondas invisibles, lejanas vibraciones que ruedan 



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I : 

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500 PEGASO ^ 

por la inmensidad, comunicando a todos los seres 
perceptivos, algo de lo desc«nocido que recogen en 
su misterioso viajar. /Debido a estas cualidades tan 
profundas como incalificables, podemos experimentar, 
sin comprender plenamente, la vida de otros hom- 
bres en sus más recónditas manifestaciones, sus gran- 
des ansiedades ocultas, la gran tempestad interior, in- 
visible al espíritu simple, bajo la serena periferia de 
eus vidas aparentemente vulgares. Esas potencias es- 
pirituales se han perdido, arrolladas y disueltas por 
el empuje de los siglos, y no obstante, vienen hacia 
nosotros, resurgen, las sentimos renacer en eterni- 
dad. . . ¿Dónde se conservan? Y parece, por ello, que 
el espíritu humano es una prolongación, cuyo extre- 
mo es el último hombre, el de hoy, el de la generación 
presente, que retiene él poder infinito del rayo . . . La 
leyenda nos da la gráfica expresión de figuras y he- 
ch0S que llevaron pueblos desaparecidos y sociedades 
transformadas; pero el secreto que determinó los 
acontecimientos, y la causa insólita y desconocida que 
impulsó a los hombres a ciertas acciones, los deduci- 
mos por aquella facultad que aún no nos es posible 
desvelar, que nos hace penetrar en el ahna de la épo- 
ca, de las cosas y los seres, al propio tiempo que nos 
trasmite su esencia el resplandor — sólo es resplan- 
dor — de la verdad que iluminó la leyenda. 

No somos juguetes de una vaga ilusión. Responde- 
mos a anhelos poderosos que mantienen en tensión 
nuestra sensibilidad. De ahí que hallemos un gran 
consuelo animador cuando descubrimos las mismas 
ansias y parecido tormento en quienes amplificaron 
con su visión el horizonte de la vida y el mundo. La 
seguridad de la potencia de nuestros ideales nos man- 
tiene apartados de la desolación, construyen el por- 
venir — oscuro como todos — ^ forjan la esperanza que 
a todos nos ilumina. Creer y esperar es el gran prin- 
cipio que nos aparta del suicidio ... 



■■» -1- 



SUGEKENCIAS LITEIUVRIAS 501 

\ ■" ^- ■ ^ 

La vida de Leonardo, preciosa como ninguna, edi- 
ficante como no hubo otra, es todo un símbolo. Me- 
rejkowsky nos la da a conocer en su encarnación hu- 
mana y divina. El mismo florentino nos la dio en su 
otra faz: la del genio. Leonardo fué un poseído de su 
propia grandeza; acaso un abrumado; tal vez sólo un 
hombre ... ¡Un hombre ! El hombre humano. La hu- 
manidad entera viviendo en él; torturada, impulsiva, 
ansiosa por romper la estrechez de sus límites, deses- 
perada por crearse aquellas pupilas que le permitan 
ver, tras sí, el lugar de dónde viene; delante de sí, el 
lugar hacia dónde va . . . 



Aetuko S. Silva. 



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PARTENZA 



El 7nar, la costa bravia, 
• la espuma ignota y el cielo 
y flotando el desconsuelo 
sobre la esperanza mía. 

Gira en el azul, la inquieta 
bandada de aves marinas, 
y hay notas casi divinas 
en mi lira de poeta. 

En el parque entri^ecido 
' un rayo de sol dormido 
junto a un pálido asfódelo; 

Y como postrera queja 
de la barca que se aleja, 
sube el adiós de un pañuelo. 



Melitón L. Simois. 



iCanelones. 



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V 



'y'^ 



EDUCACIÓN 



bii 



ción, Fisiología e Higiene, Ciencias Naturales, Física, 
Industrias, Trabajo manual,.. Economía, Constitución, 
Moral, Canto y Gimnasia. 

Los años destinados a la enseñanza primaria, son 
los mismos de antes, y las horas de clase, de seis o 
siete diarias, han pasado a ser cuatro, con un día de 
asueto por semana. N^ •; ; '' 

Para que no se confundan los términos de la cues- 
tión que considero, hago constar que prescindo por 
completo de lo que se refiere al interés del maestro, 
probleiúa importante también, pero en lo material, 
desligado de éste. 

Puede haber quien diga que el trabajo tiene mejor 
rendimiento en nuestros días, porque los métodos de 
enseñanza se adaptan al orden de los procesos psí- 
quicos. * V 

Eso es verdad sólo en pequeña t)arte. 

Nuestro conocimiento de la menlialidad infantil, es 
muy escaso todavía. Sobre su base insegura, hemos 
de cometer errores que harán reir a los futuros maes- 
tros, como nosotros reímos, a veces con injusta irre- 
verencia, de los que en otra- época se cometían. 

Queriendo hacer, con insuficientes recursos, Ip que 
sólo puede h^erse cuando se cuenta con los necesa- 
rios, ocurre, además, en la escuela, lo que en las casas 
donde se distribuyen las entradas, no en vista del nú- 
mero que las marca, sino obedeciendo al impulso de 
las aspiraciones que dominan en la familia: una par- 
te se pierde en la inutilidad del esfuerzo vano. 

Observemos también que seguimos pensando como 
en los tiempos del Catecismo, por lo que, se refiere a la 
edad en que debe darse principio a la enseñanza. 

La doctora María Montessori, cuya capacidad, como 
médica y profesora, es justamente reconocida en el 
mundo intelectual, opina al respecto, como pensó Frce- 
bel, con su penetrante intuición. 



1 



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514 



PEGASO 



■<0- 



Sin considerar el detalle de los sistemas que perte- 
necen al fundador de los Jardines de Tufantes y a la 
fundadora de las "Casas dei Bambini", pues en am- 
bos puede ser discutido, sin que ello importe a la doc- 
trina en que se basan, debemos reconocer la verdad de 
lo que uno y otro afirman : el niño, desde que se des- 
prende de los brazos de su madre, para caminar, nutre 
incesantemente su espíritu. 

Esa ávida nutrición se efectúa a solas, al acaso; 
cambiando términos, decimos: "en libertad", y el en- 
canto de esta palabra nos engaña. 

Llegamos a declarar que al párvulo le conviene la 
libertad hasta los seis o siete años. , 

¿Y por qué no le ha de convenir después? 

Le conviene durante toda la vida. Por conquistarla, 
muere el hombre batallando, a cualquier edad. 

Pensemos que la civilización no se concibe en una 
sociedad cuyos individuos no estén dotados de un poder 
de inhibición voluntaria sobre sus actos conscientes e 
instintivos; y entonces comprenderemos que los hábi- 
tos adquiridos por el niño, desde los tres hasta los seis 
años, tienen más cualidades de las argollas de una 
cadena, que de las plumas de un ala, pues que tienden 
a impedir el gobierno de sí mismo, sin lo cual es im- 
posible el goce de la libertad. 

El que nace en una casa llamada de inquilinato, fue- 
ra de lo que a veces puede ver en su propia vivienda, 
motivo de algunos cuadros célebres de la vida de su- 
burbio, trazados por la literatura y el arte plástico, 
debe a la calle lo más típico de su ser, en forma que 
hace irrisoria la pretensión que tienen para modificar- 
lo, algunas horas de escuela. 

Yo quisiera presentar aquí, con rasgos bien esboza- 
dos, el semblante de un pequeñuelo de cuatro años, a 
quien interrogué no ha mucho, haciendo algunas ave- 
riguaciones. Bastaría el gesto con que acompañó una 



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•; EDUCACIÓN ■'■'■'.,■'' ^U^ 



de sus frases ingenuas, para demostrar el valor de osa 
cantidad de tiempo que se confía a la obra del azar. 

Para influir en las ideas y en el carácter de un gran 
número de niños que llegarán a ser ciudadanos, ¡le 
llevan tanta ventaja al maestro, el cantor de conven- 
tillo y el pilluelo que merodea! 

Por lo que se refiere a los otros futuros ciudadanos,, 
los que fueron mecidos en cuna dorada, los que llevan 
perfume en el cabello, hermosos lazos, cuellos de en- 
caje, aparte de que '*no es oro todo lo que reluce", hay 
que pensar en la influencia no sospechada e inevitable 
muchas veces, del sirviente pervertido y del amigo mal 
criado, en^lOs momentos "de libertad". 

Creo que estas rápidas consideraciones bastan para 
sugerir más aipplio comentario respecto al valor del 
tiempo que malgastamos, abandonando la edad que 
precede a la llamada escolar; y al de la parte del día 
en que los niños se desesperan haciendo travesuras, 
porque buscan acción y no se les procura; o queriendo 
cumplir los deberes que en cantidad y calidad inade- 
cuadas, algunos maestros ordenan para hacer en las 
casas, con el intento inútil de llenar el tiempo que so- 
bra a los alumnos y fali>a a la clase. 

Si todos los niños recibieran los beneficios de la edu- 
cación desde temprana edad, y en la parte del día que 
ahora queda libre, pudieran asistir de nuevo a la es- 
cuela, para ejercer en ella, durante algunas horas, un 
género de acción variadaj bajo la dependencia de pro- 
fesores especiales, el presupuesto aumentaría suá ci- 
fras, no hay duda, pero no tanto como resulta de un 
cálculo ligero, porque más en proporción, aumentaría 
el resultado. ■ . - 

Veamos ahora cuáles son las exigencias del dinero. 

Hay que pagar bien a los maestros, porque los após- 
toles del Evangelio moderno, necesitan el pan del siglo 
XX, mucho más difícil de obtener que el de los tiem- 






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516 



PEGASO 



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pos bíblicos, lian de estar al corriente de las noveda- 
des científicas y deben conocer la evolución de la so- 
ciedad en que viven, y su número es preciso que au- 
mente. 

Se necesitan muchos edificios amplios; tenemos po- 
cos, 'y de ellos, los más, inadecuados. Es imprescindi- 
ble el material escolar y el gasto de conservación. 

Se necesita un complejo organismo administrativo, 
para mantenej* y orientar la enseñanza, de acuerdo 
con el espíritu de las leyes y los progresos que en el 
mundo se realicen. La Secretaría escolar no alcanza 
la extensión debida. 

iSe necesitan, por último, Escuelas Normales des- 
tinadas a formar la elevada profesión del Magiste- 
rio, y las nuestras, como todas las de su género, re- 
quieren una amplitud que armonice con los últimos 
adelantos de las ciencias que se refieren especialmen- 
te al niño. I 

Por otra parte, como la instrucción pública no pue- 
de hacer diferencias en las condiciones de admisión 
de los alumnos, debe ser gratuita para todos ; es de- 
cir, que pueden sentarse en el mismo banco, el niño 
que llega en automóvil a la puerta de la escuela, y el 
que vende periódicos. 

Esto, que sucede entre nosotros, y no ocurre en 
otros países dotados de mayores recursos, ' es muy 
hermoso, pero cuesta caro, porque da un porcentaje 
más alto de educandos a cargo del Estado. 

Los 4.000,000 a que asciende aproximadamente 
nuestro presupuesto escolar, a pesar de su alto valor, 
si se tienen en cuenta las circunstancias de orden se- 
cundario con las que forzosamente han de estar re- 
lacionados, son escasos para satisfacer nuestras as- 
piraciones. , .^ / I , 

¿Quién puede ppseer el don de encontrar la canti- 
dad necesaria? . 






; \*f ; EDUCACIÓN ^>, 517 , 

;4- ■" '.■••■•',.■■"„ ^. ' ■ ' ^' ■''-..- : . - ~" -''X' ■.-■■ '. :/■ . -"■ . 

* Nadie, con esfuerzo aislado; todos, unieiido núes- ^ ;,. 

. tra voluntad desinteresada, porque "granos de are- * . % 

na forman la playa". ' - 

No me detengo a considerar si las rentas de la 

• Nación podrían ser distribuidas en forma más beneíi- 

ciosa, aumentando, a expensas de otras planillas, la ♦ 

de Instrucción Pública, porque nada entiendo de ne- . 
cesidades materiales, en asuntos que no se refieran a 
la enseñanza; pero creo que a medida que nuestra so- ' . - 

ciedad siga su evolución ascendente, las cantidades ► 
que hoy se destinan a los asilos, cárceles y cuarteles, ""r 
. irán pasando a la escuela, pues como lo expuso en su 
enérgica propaganda José Pedro Várela, la miseria, . — 

el delito y la guerra, disminuyen con la * educación ' ' 

del pueblo. ' ' > 

Si los que saben escribir y hablar, despertando sen- . 
timientos dormidos en el alma, continuaran, de la 
obra del Reformador, tan sólo lo que debemos al mé- ^ 

rito de su palabra, no se tardaría en ver' la bandera 
oriental, flameando en lo alto de muchos ei^ificios es- 
colares, repartidos acá y allá, en las lomas o en las ' . 

ciudades, por la mano generosa de donantes, pues no \ 

jpuede haber muerto en los hombres aquella fe que en • ( 

otros tiempos buscaba la expansión del ser en el más ■ - - • 

allá del tiempo y del espacio, construyendo, para per- 
petuarla, monumentos inmensos como las Pirámides, 
grandiosas maravillas como el Escorial, soberbias 
mezquitas,, magníficas catedrales. 

Los que saben hacerlo, escriban y hablen, mostran- 
do que el espíritu divino, si está dopde implora la hu- 
milde plegaria, ha de estar también donde un hom- 
"bre o una mujer enseñan el bien a la infancia. 

V Enriqueta Compte y Riqué. 



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GLOSAS DEL MES 



Berta Singerman 



Berta Singerman nos ha convencido de que son co- 
sas distintas la poesía y el arte de decirlas. Aquélla 
es eminentemente subjetiva y silenciosa, brota como 
la inspiración en el místico, de la suprema concentra- 
ción del alma, de un estado de sensibilidad aguda y 
sobreactiva, pero recóndita. Se expresa con palabras, 
mas éstas son incapaces de traducir su emoción inte- 
gral, son un pobre vehículo que, frecuentemente, obra 
más por lo que puede hacer sugerir o adivinar. 

En la declamación entran una serie de elementos 
nuevoá y a menudo extraños al concepto poético pri- 
mitivo. La plástica, las modulaciones de la voz, la eu- 
ritmia, hasta la belleza y la gracia de la artista, pro- 
mueven fuerzas estéticas capaces de conmovernos por 
sus propios dones, con emancipación absoluta de la 
poesía en sí misma. De este modo, poemas mediocres, 
pueden adquirir de golpe una magnificencia artificio- 
sa y robada, susceptible de engañamos respecto a 
sus valores positivos; así como i>oesías de alta rique- 
za intrínseca suelen aparecérsenos indigentes, lán- 
guidas, y, en todo caso, inferiores a la impresión que 
nos dieran leídas silenciosamente, en la intimidad, al- 
ma a alma. 

Y es natural que así sea. Al fin y al cabo el intér- 
prete está frente al poema en idéntica situación a la 



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GLOSAS DEl, MES 



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del pintor frente a la naturaleza. La poesía le da los ;_ 

materiales muerto^, por así decirlo, él los va a animar, , - . « 

va a darles una expresión, una forma, va a crear el . ' . ■ • 

poema nuevamente y con mucha más libertad, sin du ■ 

da, que la que tiene el músico frente a una partitura, 
en donde van señalándole imperativamente los sotto- ^ " : 

voces, los alegros y cualquier cambio del timbre o del 
tono. El alma del poeta, en la interpretación recitati- 
va, muoho más que la del músico en la interpretación í - ' 
vocal o instrumental, pasa a segundo término, a ser 
sólo un elemento de sostén, esfumado o confundido, y, 
sobre todo, entregado indefenso a toda especie de 
adornos churriguerescos o arbitrarios. 

La declamación, pues, espectáculo esencialmente tea- 
tral y decorativo, sería cosa inútil y hasta perjudicial ' 
por el engaño a que se presta, si la tomáramos como 
pauta para medir valores estéticos; pero ella tiene su 
razón de ser en sí misma, su vida autóctona. Es un 
arte independiente, aunque correlacionado con otro, ".-■■ 
como la danza lo está con la música, o el canto con la . • 
poesía. 

Naturalmente que cuando todas las circunstancias 
se aunan y a la excelencia del poema se añaden los 
atributos exteriores de una virtuosa interpretación, el 
efecto resulta doblemente sugestivo. La recitación en- 
tonces adquiere el valor de una traducción viva, en ' , 
donde cada gesto, cada variación gutural, cada movi- 
miento tienen un sentido alegórico o simbólico desti- 
nado a dar una especie de forma gráfica al espíritu 

emotivo de la poesía. Y ahí está, precisamente, la di- üt 

ficultad de este arte, porque el intérprete fácilmente • 
se desvía o se desborda, cayendo en el énfasis, en la 
extrema sutilización vocal, en el exceso mímico, en la 
actitud melodramática, y porque para no incurrir en 
estos pecados y c(5|nquistar al mismo tiempo a los oyen- •,. 

tes selectos, se necesita poseer dos cosas que difícil- 



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520 



PEGASO 



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mente andan juntas en el alma humana: ijn gran sen- 
tido del equilibrio y de la orientación, junto con una 
lujuriosa impresionabilidad. 

Creemos que no se debe a ptra cosa la escasa for- 
tuna que han tenida las artistas de este género y que — 
por lo menos entre nosotros — habían relegado la re- 
citación a las fiestas domésticas, a las veladas de los 
colegios o a los festivales sociales de beneficencia. 

La señorita Berta Siogerman — no obstante podér- 
sele reprochar mucho de lo que hemos dicho — ^ha ve- 
nido a dar a este arte la jerarquía que le corresponde. 

Posee una evidente alma de artista, tiene el don de 
la bella actitud, maneja admirablemente la gracia y el 
encanto de sus jóvenes años, conoce a fondo la ciencia 
de la mímica, y por encima de esto — aquí tal vez está 
el secreto de su triunfo — posee el privilegio de una voz 
maravillosa, sobre todo en sus tonos profundos, que, 
quieran o no, conquista y sugestiona a sus oyentes. 

-. . José Makía Deloado. 



'■ •'. 



/ / 



«Pegasov en el intericrr « 

Gracias al decidido empeño de nuestros represen- 
tantes en campaña. Pegaso está adquiriendo una vas- 
ta difusión en todo el país. 

Un sentimiento de satisfacción y de agradecimiento 
nos pone hoy en el caso de resaltar la actitud de la 
distinguida educacionista señorita Mariana Irigaray 
de Garicoitz, que representa a Pegaso en~ Paysan- 
dú, donde ha logrado despertar gran interés por 
nuestra revista. 

La señora de Garicoitz, concita nuestro reconoci- 
miento y merece nuestros plácemes. 



I" . ■. 
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:■ ■ >:v•^^..-:V^- 
GLOSAS DELr MES ^ 



521 



Asimismo, hacemos extensivos estos conceptos a la 
señorita Eleonora di Fiori, representante ele Pegaso 
en Santa Eosa del Cuareim y la señorita Carolina 
Viscay, representante de Pegaso en Fray Bentos. 



V 



■ -■' f ■ 



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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 

MEMOKAKDA 

de las revistas recibidas en "Pegaso" durante el último mes: 



"Atenea". — La Plata. — Eepca. Argentina. 

"Adelante". — iSalto. — 'Uruguay. 

"Ateneo del Salvador". — Salvador. — Centro América. 

* ' Athenea ' '. — San José de Costa Eica. — Centro América. 

"Anales de la Facultad de Medicina''. — (Montevideo. — Uruguay. 

' ' Ateneo de Honduras ' '. — Tegucigalpa. — Honduras. 
. "Atenas". — Habana. — 'Cuba. ■ .i 

' ' Arachania ' '. — Meló. — ^Uruguay. 

"Anales de Instrucción Primaria". — Montevideo. — ^Uruguay. 

"Arquitectura". — Montevideo. — Uruguay. 

"A Agnia". — ^Río Janeiro. — ^Brasil. 

" Athéna ".—París.— Francia. 

' * Aperusen ' '. — ^Foligno. — Italia. 

"Boletín de la Unión Panaimcricana". — iNew York. — Estados Uni- 
dos. 

"Boletín de la T'^nión Hispano Americana". — Buenos Aires. — Repea. 
Argentina. 

"Boletín de la Librería Colombiana". — Bogotá. — Colombia. 

"Cosmópolis". — Madrid. — España. | 

"Cuba Contemporánea". — ^Habana. — Cuba. I 

"Cultura Venezolana". — 'Caracas. — Venezuela. ' 

* ' El Terruño ' '. — Montevideo. — Uruguay. 

"El Convivio". — San José de Costa Rica. — Centro América. 

"Esfinge". — Tegucigalpa. — Honduras. 

* ' Estudios ' '. — Buenos Aires. — Repca. Argentina. 

"France-Amérique Latine". — París. — Francia, 

"Gil Blas". — 'Río Janeiro. — ^Brasil. 

"Gaceta de Policía". — Guatemala. — C. A. 

"Horizonte". — Valparaíso. — 'Chile. 

' ' Labor ' '»;::;;^ontevideo. — Uruguay. 

"La Revue (íe l'époque". — París. — Francia. 

"La Vie iritcllectuclle''. — iBruxelles. — ^Bélgica. 

"La Vie des lettres". — ^París. — Francia. 

"La Reforma Social". — New York. — 'Estados Unidos. 



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TV.n!r-, 



■■>.'. 



NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 



523 



"La Nueva Democracia". — New York.- 
"La Pluima". — ^Madrid. — España. 



-Estados Unidos. 



"La Semana". — Salto. — Uruguay. ; 

* * Los Tiempos ' '. — iPaysandú. — Uruguay. 

' ' Logos ' '. — 'Costa Eica. Centro América. 

"Mercurio Peruano". — Lima. — iPerú. 

* ' Nosotros ' '. — ^Buenos Aires. — lEepea. Argentina. 

"Nuestra América". — ^Buenos Aires. — Eepca. Argentina. 

* ' Numen ' '. — Santiago de Chile. ' 

"Nueva Era". — ^Buenos Aires. — Epca. Argentina. 

' ' Proteo ' '. — Montevideo. — Uruguay. 

"Prisma". — 'París. — ^Francia. 

"Revista de Revistas". — iMéxico. — América del Norte. 

* ' Repertorio Americano ' '. — San José Ae Costa Rica. 

"Revista del Brasil". — San Paulo. — ^Brasil. 

"Revista del Mundo". — ^Buenos Aires. — iRepca. Argentina^ 

"Revue Universelle". — ^París.— Francia. ' 

"Revue de l'Amérique Latine". — ^París. — Francia. 

"Kcvisía Parlamentaria de Cuba". — ^Habana. — Cuba. 

"Revista Bimestre Cubana". — Habana. — Cuba. 

"Revista de la Asociación Rural del Uruguay". — ^Montevideo. — 
Uruguay. 

' ' Revista de la Academia Brasileña de Letras ' '. — 'Rio Janeiro. — 
Brasil. 

"Revue Hebdomadaire ". — 'París. — Francia. 

"Revista Histórica". — iMontevideo. — ^Uruguay. 

* ' Trabajo ' '. — 'Montevideo.— -Uruguay. 

* ' Tableros ' '. — Madrid.— España. 

' * Vogue ' '. — ^Buenos Aires. — Repca. Argentina. 

* ' Vida Femenina * '. — iMontevideo. — ^Uruguay. 

"Vida Nuestra". — ^Buenos Aires. — .Repca. Argentina. 



4^ 



Ansiedad. — Por E. de Salterain Herrera. — (Montevideo. — 1922. 

Un suave perfume de bondad y de amor al prójimo, sobre todo a 
los humildes y a los buenos, trasunta este libro de cuentos de Eduar- 
do de Salterain Herrera, y esto que constituye su principal encanto 
es causa, a la vez, de su debilidad constructiva. Pecan sus héroes de 
imaginativos y sentimentales. El autor ha querido sacarlos de la rea- 
lidad, y con sencillez voluntaria, los presenta al lector como si fue- 
ran amigos conocidos. Pero encuentro que el idealismo del autor ha 
rodeado a sus personajes, que él cree de la realidad, coa un nimbo 
de irrealidad poética que los hace .iparecer esfumados e imprecisos. 

"Ansiedad" titula de Salterain Herrera a sus cuentos, y pienso 
qu'C el titulo ha de provenir precisamente de la emoción con que la 
realidad de las cosas perturba a su espíritu altamente delicado.^ — ^A. B. 



Alas Nuevas. — 'Poesías de Pedro Leandro Ipuche. — ¡Montevideo. — 1922. 
Esto >movo poeta tiene singulares condiciones. Una fuerza vital po- 



521 



PEGASO 



lie t-n i5!i9 versos, sa oficio es intuitivo, su canción libre y, simple, su 
modo arrítmico y evocatlor. El miamo dice en sus poesías que vino de 
la campaña pura a la cimlad brillante, — y justo ea que hallemos en 
él los colores del horizonte nativo, el ardor de la tierra, la cristale- 
ría del arroyo, el color de los ceibos, la inquietud de la noche, el co- 
raje del gaucho, la tristeza larga de los crepúsculos cami>csino3. . . 

En verdad que no cabía otro título a este libro joven y ardiente, 
de rémiges caudales: "Alas Nuevas". Y "alas nuevas" son sus poe- 
sías ingenuas o vibrantes, sus afanes tímidos o ardorosps, pus dolo- 
ros a¡ rensivos o ciertos. . . Una inquietud desconocida, — se puede de- 
cir con la frase hecha, — le hincha el corazón. 

La justeza expresiva, — que dice dominio del lenguaje, — el hermoso 
colorido, — que denota dominio de la vida, — la melancólica fortaleza, — 
que es dominio de sí miamo ^ energía personal, — son tres anchas y 
claras facetas de su brillante poética, — a la que Ipuche agrega el 
aire criollo de tu ascendiente, el motivo nacional de la tierra, el ras- 
gueo paisano de la guitarra rural. Largas páginas de no siempre fá- 
cil desarrollo implicaría el estudio crítico de esta tendencia regional 
de nuestros vates novecentistas, — Silva Valdez, Ju^na de Ibarbourou, 
Pedro Leandro Ipuche, — que dan en cantar la tierra con un ardor 
virgen y una esperanza nue\a, volcados en el módulo moderno, musi- 
cal y castizo. 

Alabemos no en tanto, en las breves líneas que nos concede esta 
espacio, la poesía purificada y emotiva de ' ' Alas Nuevas ' ', libro her- 
moso y fuerte, donde hay sonetos como "La Noche '^- poemas como 
"A mi. río", páginas como "El árbol solo". Y hagamos votos de 
intensa maduración para los frutos de este poeta nuestro, que va a 
cantar el alnu^de tierra adentro con la fuerza de un corazón bien 
templado y la^oesía de un alma llena de sol, de cielo y de canción. — 
T. M. 



•;. * 



El triunfo del Dr. Maza. — Lorenzo Torres CQadera. — ^Montevideo.^ — 

1922. 

Esta novela corta evidencia condiciones que sobrepasan mucho las 
de un aficionado común. No vamos a incurrir (y lo adelantamos pa- 
ra garantía) en elogios extraordinarios, pero tampoco dejaremos en 
el tintero los fundamentos del placer de nuestra lectura. 

Pondremos asi que el señor Torres Cladera sabe aderezar cumplida- 
mente los motivos, sabe gobernar su héroe con desenvoltura bastante, 
y sabe graduar con habilidad el interés. Con ello logra, de un as«nto 
poco novedoso y algo baladí, hacer páginas de lectura muy agradable. 



No obstante padecemos algo. El señor Torres Cladera su'ele descui- 
dar el atavio de su discurso, y aunque no aspiramos a determinadas 
modas, creemos que la forma escrita -de nuestras ideas merece un 
aliño al que no se debe aspirar en la verbal. 

Oon gran apariencia de naturalidad puede hilvanarse un relato 
conservando giros de la charla cotidiana; más ganaría su decoro pu- 






-■'■y . V • V NOTAS BIBLIOGRÁFICAS . ' 525 

liendo aquellas formas incómodas a la fruición tranquila de la lee- 

-'• tura/ _ ■• , -" - ■•"; ■■' .-. -■ 

• ■,""'" . • '■ '■ ^■■^-•/ r,; - ./' ■- ■'•-•. 

Pero de ello no haremos cuestión fundanuental. La hacemos sí do 

, . que el autor cultive el tema criollo en la forma ligera de sus dos 

;^ íltimos cuentos; no sabemos -«i esos breves trabajos correspsnden a 

una modalidad imperante en el señor Torres Cladera, o simidementa 

a una viaraza. ' 

,y En el primer caso deseamos, noblemente, avivar su prudencia; en 

el segundo, no hallamos nada que objetar. — E. S. 

A Fera. — ^Ediciones de A Novela Portuguesa. — 'Por Sousa Costa. — ^Lis- 
boa.— 1922. ' ., V 
Cuadrp de égloga, pero tocado de lirismos no siempre elegantes; 
" Aquele dia de junho agonisava numa resigna^áo de santidade". Fe- 
lizmente, el señor Sousa Costa no repite mucho esas interpretaciones 
y acciona sus campesinos razonablemente. 

Pero la novelita apreta el corazón, y no porque ultrapase los tér- 
minos comunes de la vida contemporánea con su' trama simplísima. 
Ocurre, sin embargo, que el trance final es de crueldad excesiva, lin- 
dera en lo increíble; cm llegando a esto, el arte, aunque sea superior, 
lucha con dificultades para imponer sus creaciones; por ahí falla to- 
/ talmente la novelita del señor Sousa Costa. 



Admitimos la brutal perfidia del amante; pero no la de esa i)oli- 
cía que saca del locho a una puérpera y la lleva por dos leguas de 
sendas pedregosas, bajo un sol rajante. ¿En qué país es eso?- 



El trabajo del señor ^'ousa Costa podría luwr el mérito de repro- 
ducir un ambiente; pero si el ambiente es aquél más valiera dejar la 
pluma quieta, y no llevar con fines artísticos, más allá de los mares, 
tales denuncias de brutalidad. 

Si el ambiente no tiene talc« resabios bárbaros, la novela pudo 
quedar .^nédita. que ni su enjundia ni su forma le dan derechos a muy. 
vasta publicidad. — E. S. » 

En el torbeltoo. — Novela corta [)or Máximo Sáenz.^^Buenos Aires. — 

1922. 

La vida del periodismo, de ese periodismo eanalleS'Co, ruin, que 
prostituye la misión superior de la prensa, transformándola en lui 
instrumento de sabotage, en una explotación de los bajos instintos y 
en un perverso y fácil medio de vida, le da tema al autor — conocido 
entre nosotros por su resonante éxito obtenido en el concurso de no- 
velas patrocinado por "Diario del Plata" — para escribir esta peque- 
ña y valiente narración. 



i 



526 PEGASO' 

'I ■ . •' . ■}.' 

Ya habíamos reconocido en Sáenz, con motivo de aquella obra pre- 
miada, a un escritor de garra, conocedor de la técnica, interesante y 
',' á^ril c!i el manojo del diálogo. Y si a estas cualidades añadimos iioy 

; ;. uu fino espíritu di. observación, una indiscutible aptitud para el aná- 

r; . lisia psicológico y una loable tendencia hacia la sobriedad y el rea- 

lismo, se compartirá nuestra opinión de que no pasará luacho tiem- 
, .'• ' ]o siu qaj el autor nos ofrezca una novela que lo coloque en el 

. K círculo do los más eminentes literatos rioplateuses. — J. M. D. 

■■■ ■'■.! ' • ' ' 

"í.;'' ' . La incansable. — Cuentos do V. Diez do Tejada. — Barcelona. — 1023. 

• ! ' Cxiatro cuentos, que son otras tantas obras maestras, contiene el 

tí-mo decimotercero de la "Selaeción de novelas breves'', que edita 
la " Cervantes ' '. 

Difícil resulta decir cuál es mejor, no' obstante haber merecido, 

I dos de ellos, primeros premios en grandes revistas de España. Ue 

• i , Diez de Tejada dijo Alfredo Vicente, el gran periodista, que era "el 

primer dwatista es¡>añol"; y cuando s.' ha leído "La incansable", se 

■■ ., ■ i croe la afirmación, pues no es posible cultivar un género con mayor 

' dosis de agudeza, i.'ult'ira y gracia. Estos valores, no sólo no se es- 

' torban en las narraciones de Diez de Tejada; muy al contrario, armo- 

;. nizan, so completan, mercod al tono joco-serio que los une como a 

deslumbrantes genias un hilo de oro. — ^V. A. S. 

■ '' Mármoles y bronces. — Versos por Alfonso Espino. — San Salvador. 
/• ' ■ —1919. 

■ ' Mármol y bronce, vale decir materia vencedora del tiempo, carne 
• ■• de estatua; no creemos que sea precisamente la que nos ofrece el 

' .' • autor en eütojp versos, no "obstante las positivas condiciones que en 

ellos 80 advierte y el loable esfuerzo que representan. 
. - Destácanse del conjunto de la obra la serie de sonetos agrui>ados 

..■. ' bajo el título de "Paisajes del Trópico", y, en general, todo aque- 

llo que se refiere a la visión externa de la naturaleza. Es posible- 
mente osa la cuerda que el poeta hace vibrar, no sólo más intensa, 
- sino más novedosamente. 

' No podemos decir lo mismo de la cuerda lírico-subjetiva, ni me- 

nos de la épica, que suena frecuentemente en "Mármoles y bronces", 
^>, en donde el autor no alcanza a contagiar emoción, ya sea por la 

'■. vulgaridad de las imágenes, de los sentimientos y de la ideología, ya 

.i sea por la vetustez de la técnica. — J. M. D. | 

Vi- 

Trizas de papel. — Por .Tose Antonio Ramos Suárez. — Caracas. — 1922. 
' El autor ha coleccionado con e.ste título, asaz modesto, artículos 

sueltos y glosas diversas sobre tói'icos que, si desemejantes y fal- 
tos de ilación entre sí, estrin reunidos ['or i-l vínculo común de un 
temperamento atildado y armonioso. 

Generoso rumor de virtuo8.as ideas viértense en ellos por el sur- 
tidor de un estilo sereno y pulcro. Do.mina la serenidad en estae 
notas, sencillas y tranquilas, que parecería que el autor hubi;>ra es- 






NOTAfe BIBLIOGRÁFICAS . 527 

crito — naturalmente y al desgaire— ^por requerimientos de su propia 
naturaleza, en días apacibles, sentado en un banco del jardín, mien- 
tras la vida, a su alrededor, se agita y bulle. — A. B. 

La Muerte de Jesús. — B^a de Queirós. — ^Editorial Cervantes. — Barce- 
lona.— 1921. 

Si este bizarro escritor hubiera escrito en lengua más usada qu-e 
la de su tierra, de apagado esplendor, fuera tan profuso como lo me- 
rece el conocimiento de su obra, y no anduviera lucha n;lo con tra«- 
dU'Ceiones inmerecidas para imponer sus excelencias. 

Muy pocas veces han coincidido la firmeza del pensamiento, la 
gracia de la intención, el hechizo de la prosa, como ocurrió en este 
portugués magnífico. 

La parte más difundida de su obra muestra un novelista niCKlorno, 
incisivo y exacto, un escritor de lenguaje armonioso y extenso; mas, 
en su obra periodística, igualmente tocada por la gracia, hay un es- 
pléndido tesoro de atisbos sociológicos, de dictámenes sobro proble- 
mas graves, y de opiniones dispersas, que evidencian un cerebro muy 
clarividente y firme. 

Sí: el hombre, más que toda otra cosa, fué un sociólogo; rívu'érde- 
BC aquel estudio sobre Guillermo II, , que tuvo a ^los veinte años de 
escrito una confirmación tan dolorosa para el mundo; recuérdese tam- 
bién su TlamíreZj el héroe ropresentativo d<? Portugal, y se verá qué 
hondo conocimiento tuvo de los hombres y de los tiempos. 

Pero, sin ir tan allá, esta misma "Muerte de Jesús" reúne las| 
cualidades típicas de aquel artista; la hábil traducción no resta mo;- 
vimiento ni frescura al idioma; y, aunque es el núcleo de obra más 
vasta y, acabada, la destreza en el manejo de los personajes, la pre- 
paración de las escenas, la hondura de los conceptos, la llevan mucho 
más alto de su condición de boceto. 

Y, como dijimos ya, la traducción hace honor a la Editorial. — E. S. 

El Ave do Fuego.— Por Bózema Némcova. — Editorial Cervantes. — 
Barcelona.-t-1922. 

La' Editorial Cervantes, de Baicelona. ]>one bajo los jrratos auspi- 
cios de la tierna escritora checa Bózona Némcova, esta selección de 
cuentos para niños, con el propósito de ofrecer a la infancia hispano- 
americana una biblioteca de recreo, al par que de educación de los 
sentimientos morales, inspirada en una sana doctrina y en un aca- 
bado gusto literario. 

"El Ave de Fuego" que, con los oíros cuentos que lo acompañan. 
abre la serie de lecturas que irán apareciendo, rebuscadas entre lo 
más puro y ameno de ^a literatura infantil del mundo entero, pre- 
senta los asuntos con tan sencillos y claros rasgos y tan dulce sabor 
tiene la moraleja que de cada uno se desprende, que futra siempre 
con fuerza de convicción propia en el plma del pequeño lector. 



•'• 



«rf^. ' t ,-*¿.-jflr . ■ 






528 



PEGASO 



La Editorial Cervantes, atenta a que esta colección sea digna de 
la niñez, presenta esos tomitos impresos con singular esmero y bajo 
hermosa portada alegórica. — E. C. ' '• . . | 

Ctonerosidad de CorazóxL — ^Premio Nobel. — ^Por Selma Lagerlof. — 

Editorial Cervantes. — ^Barcelona. — 1922. 

El nombre ilustre y el fervoroso entusiasmo que han suscitado las 
obras do la escritora sueca publicadas hasta ahora [)or la Editorial 
Cervantes, de Barcelona, basta para loa y ponderación de esta obri- 
ta, que viene hoy a enriquecer la Selección de Novelas Breves. 

Pero este pequeño volumen lleva todas sus páginas impregnadas 
de afirmación del titulo mismo, de una piedad amplia y sólida, de 
una hermosura que se adentra dilce y suave en el alma del lector, 
como si todo el libro fuese una bienaventuranza divinamente inspi- 
rada. Libro divino es, por la moralidad de su fondo, por la tersura 
de SU' desarrollo, por los preciosos matices que descubre su estilo; 
un libro cuya lectura fascina y deja, por lo substancioso de su con- 
tenido, ansias de más producciones de tan, deliciosa escritora. — ^B. O. 

. .1 
Asia. — Por Iván Turgueniev. — Baicelona. — 1922. 

Entre las novelas cortas del clasicismo ruso, ocupa un lugar prin- 
cipal "Asia", salfda íe la pluma de Turgueniev, cuyo brillante es- 
tilo no ha sido superado en la moderna Rusia. 

' ' Asia ' ', que viene a incorporarse a la ya rica y variada Selec- 
ción de Novelas Breves, con tanto éxito publicada por la Editorial 
Cervantes, de Barcelona, es acaso la mejor obra de carácter psicoló- 
gico del famoso escritor, reconocido como uno de los más grandes 
psicólogos de Busia, por la fuerza con que se apodera de lo más 
escondido del alma de sus personajes y la detallad? precisión ana- 
tómica con que la muestra ante los oj>^s del lector. — E. C. 



Rosa Mística. — Por Pin y Soler. — Editorial Cervantes. — ^Barcelona. — 
1022. 

Se reúnen en este volumen, con "Rosa Mística", algunas novo- 
litas y cuadros que compendian la obra y miden el talento del ex- 
celente humanista Pin y Soler. 

La Editorial Cervantes, de^Barcelona, al estampar este tomito, se 
propone dar a conocer el espíritu cultísimo y fino de un artista qqf, 
educado en la escuela universal, supo prestar a sus narraciones, ea 
sencillo estilo, un interés que sobrepasa, gracias al colorido de rea- 
lidad y vida, el de toda novela. — B. C. 



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í'-S 1'!;i;as() 

l;i mili.. llrM'iiI:! rxi-. Imnilus i i\i i'fi'Siis ,iM s'S;:;ul:n' i"^ím'íi> \ li;i,i i 
l'.;nMi-M i'i'r!:!.l:i :ilr';ii ii :i. E. C. 

Genorosidad do Corazón, l'ii mic \i>l> ! '.'>".■ s,;ni:i 1 :i;;,'r!i't'. - - 

'';■;. >'i:.l 1 r I '. :i i: 1 is. 1 l:i irclim.-i . l'''-''_'. 

1"1 Mi);i;l>i<' ili.~tri' \ i'l l'i-rx iir i>-:ii nitiisi: mío ijh-,' !i:m -im it:i lo l.is 
(''■'.I-i .• [a i'MiÍ!oi;i --1.1 1 ;i i'i'.M 11 :i>;:i>. l;:!-':i .•i;ov:i ¡■ov i;i l'Mitori.l' 
« 'ri \ :i uI o-.. ,!<■ ! •:. 1 i i loii:i . l':isl;i i'.r.i ':i:i \ ■ om Iri :o ; 'H .Ir (•■^!:i oImí 
■.;. (|- 1' vil"'!' l\o\ :i ( '1 ' ii;!UTiM la '-r''! i.t. !.' No\i'l:is '".irxi's, 

!'■ • • .-.!•■ ;i ij'.iiTo ■• .'iiiiiii'ii l!i\:'. 10. 1:,- ^i'^ ;'.ii:¡ni'; i nil rr;',n;i(l:is 
.li' iiiirniMi ion ,ii'l tiliilo iiiisiiio. ilo \in:i : ii' !:i i :i iMpl i:i \ -oli,l:i. it> 
im::: lii' iiio-iJ r:i ii'i' "^i ;il,Tit;:i i' '. i' . -.vrnr r'i r' :ilii;:i i'''! Inlor. 
.'lO'o -. lo.li> r' iili''^ ! ui"-!' '..■i:i iii ■!.; r ' ; II !' I II . :i ■! i \ ÍM:iinont o iiis]ii 
r:i.l."i. i. ¡loo ili\iiio i'-í. ¡'Cr la mo: a iila'l ilr '^n i'oii.lo. ■■u-.v ¡a !iishi:i 
.ir >■. il '-i.-iwollo. ■ or 'o-- |"'oi- 'osos •na ; i..-.^ ijiu' irMiilur .;ii rslilo: 
•,ii¡ ül'io iii\a iiiiii;i i'asiiiia \ loia. ¡wv \o siilist aiirioso lio .su voxi- 
•.■<i<U'. an-.j:i^ i, :n.,-. /i o.! m . ionrs ,1,' lan^ l.'li.io-.a os, lil ora. E. C. 

Asi;i. l'or l\ai\ Tr." L".:i'ni<'\ . I'a ' i oioiía . I'.'L'".'. 

I'"''í'f' las iKM olas , orlas .lo! rl:.- iiisiiu' v'.iso. oiiijia un !nL;;ir itíii- 
ii::il ■"Asia*', sal'l.a .];• la ¡'lunia .ii' 'l'a- i;íiom i. \ . ru\o ¡>riIl;inlo oí 
!Í1.>, ! '■ lia si-l.» s',r,i|.i :ii!o , n ta iiiii.iivaa Kusia. 

•■ \s';.''. ,|;.o \ iiMo a iiii-oi 1 OÍ a • so :\ la \a rira v xai'iada Soloi'- 
li.'ü .lo No\.'las i'. 'Xo^. .olí la. lio ;.\ito ' ul'! i a lia jior la i'.üioria! 
< '.'r\ aiili'--. lio )'.:;rri!riia o.s a.-a^o la mumo- oío.a .lo lar.i.tor psirolii 
::'.o !, 1 t"a':os.i o-, lii.ir. r., ono i !,i .co/o um ,|o los viás ^i-amli'S 
;)si,-ól.>^os .!o liusia. i'ov la f.io' -a roi: mí;o so :i:'i>liTa ilo lo ir.:i-i 
t's, (iii.li.io ,ti 1 ;i'aia .io s;is i'O'sioia . s \ la ,lt'; i' ia.l-' ovoiisi,.n a'ia 
' ';:;.-i : ¡'y o;;o ia ni ■■^'.'■■\ aiil. lo o" ■\.-' Nii'O. E. C. 

R' ■■ \Tis*;il "..■ (• V ^-o' •! I''!M.::a! : ', ■■ , aal ,s. I oi noloaa. - 



So ii'üioM ii; i'st,' voliniioa. . on ''l'o-.a Mistir.a''. a iiiuuas iio\t'- 
lil,-!s \ .aai'.ios i|i:,' . o'i|.i'iiilia n '.a o.hia \ iiii.loii ol taloi.to 'lol o\- 
lol.'i::.' Iiniviaiiist a Tin y Solor. 

\ ,:i IMiliiri.al < 'o;-\ aiil os. ,!,• Ü.ar. fioiía. al osiaioi'.ar osto lomiti). sc 
pvoi'o'io llar a ■ oiioar i'l os'Mritii ('mH ■.siiiu> y Hno .lo un artista <]ue. 
i'.lri'a.lo 01! 'a os.-io'Ia uiii\t'rsa1. su; o ürostar a sus iiarrariomM. on 
«iMicil'.i i'siilo r.í. intorós qu,' sohii'i'asa. L,"a'ias :il i(>l;oi.1o do n'a- 
"i.hi I \ . ]lv. o' ■.• ;,..la novóla E. C. 



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Cooperativa EitoÉI Liiniteila "Pegaso" 

Para la protección y difn&ióo del libro uruguayo 



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idente: Dr, Asdriíbal E. Delgado 





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Catálogo de las primeras obras: 
« LA PRINCESA PERLA CL A RA " 

Comedia feérica de José María Delgado 

«INQUIETUD" ; « . 

Poesías de Luisa Luisi .-s:'-^^'^"-^'^^^' 

«LA MUJER INMOLADA" - .. 1^ 

Novela uruguaya de Vicente A. Salaverri 

«LOS POETAS SÁLTENOS" 

Estudio critico de Telmo Manacorda 
"AGUA DEL TIEMPO" 

Poemas nativos de Fernán Silva Valdés 

«ALMA NUESTRA» 

Cuentos criollos de Itontiel Ballesteros 

«LA ESCUELA ¥ EL PROGRESO» 

Estudios sociales-pedagógicos de Maria 
Espioola y Espinóla -.; -;.:-.-- 

*LA SOMBRA ALUCINADA» ^í' " , 

Versos de Mario Menéndez " " '-.T ., 

«ESTOCADAS EN LA ALDEA* /J'i 

*^ ■ S Apuntes de Vicente A. Salaverri i 

«LOS SIMPLES MOTIVOSv ,.. ^-:^^ v 7,> 

;. ~ ¡^ - ., .. ^ Poesías de Diego LaiTÍera Várela; v; ' , 



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Daquó Juan, Soriano 1370. 

MÉDICOS 

Arias José F., Taguarón 1436. 
Delgado José María, 8 de Octubre 120. 
Foladori José, Constituyente 1719. 
Infantozzi José, Cuareim 1323. 
Otaigliani Francisco, Uruguay 1884. 
Brignole Alberto, Canelones 1241. 
Scoseria José, Maldonado 1276. 
Mier Velázquez Servando, Continua- 
ción Agraciada 136. 
Toscano Esteban J., Uruguay 881. 
Caprario Ernesto, Uruguay 1223. 

OatUJANOS DENTISTAS 



Osimani Alejandro, 
Vázquez. 



18 de Julio y 



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LICEO FRANCO-URUGUAYO ' VV 

PARA SRÑÜKITAS ^- ' • '' 
CONSTITUYENTE, 1468 
Directora: ISMAELA NAVARRA 



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KXTERNOS, PUPILOS, MEDIOPUPILOS 

CLASES MAGISTERIALES < - ^ , ,. , 

MONTKVIDF.O 



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GUIA DE PKOFESIONALKS 



ABOGADOS 

Herrera Luis Alberto, liarrañaga. 
Moratorlo Eduardo L., Daymáu 1387. 
García Luis Ignacio, 18 Je Juliü li^4tj. 
Arena Domingo, Coiivciioióu y 18 do 

Julio. 
Delgado Asdrúbal, (^onvcueión y 18 do 

Julio. 
Miranda Cósar, HouUvur Art¡},';i3. 
Enero Enrique, Monodi-s lü(il. 
Caviglia Luis C, 2:» do Mayo 5C!>. 
Etchovest Félix, Saraiulí •l.'')tí. 
Ramasso Ambrosio L., Amlos lüGO. 
Terra Duvimioso, Juan C. Góiuoz l.llO. 
Barbaroux Emilio, Hotel "La Alliaiu- 

bia". 
Blcnglo Bocea Juan, Jimcal l^ti;!. 
Carbonell Federico C. 25 do Mayo 494. 
Martínez José Luciano, J. lílhiuri SO, 
Mendivil Javier, Convonción l.')2."l. 
Miranda Arturo. Canclouca 6S7. 
rérez Olavo Adolfo H., Kío Negro 14.T7. 
Pérez Petit Víctor, Agraciada l'ói. 
Fraudo Carlos M., Juncal i;5GH. 
Rodríguez Antonio M., Ikincóu C;5S. 
Caviglia Buenaventura, Burguc.s 1125. 
Llovet Ernesto, A. Chaparro 18. 
Maldonado Horacio, 25 do Mayo 511. 
Schinca Francisco A., IMcrecdos 82(5. 
Del Castillo Scrapio, Paraguay 12(J7 
Frugoni Emilio, 18 de Julio í'79. 



ARQUITECTOS 

Pittamlglio Humberto, Ejido i;!!)2. 
Herrera Mac Lean Carlos A., (Icrri- 
to :582. 

CONTADORES 
Fontaiua Pablo, ^Misiones 14.!0. 

ESCRIBANOS 

Negro Ramón, Sarandi 415. 
Pittaluga Enrique, Huciuis Aires 5;i4. 
D.aquó Juan, Soriano 1370. 

MÉDICOS 

Arias José F., Yaguarón M.'JG. 
Delgado José María, 8 do ()clul>ro 120. 
Foladori José, Constituyente 1719. 
lufantozzi José, Cuareini i;;23. 
Ghigliani Francisco, Uruguay 1881, 
Briguolc Alberto, Canelón, 's ll^li. 
Scoseila José, JMaldouado 1276. 
Mier Velázquez Servando, Continua- 

cii'in Agraciada 1.">G. 
Toscaiio Esteban J., Uruguay 881. 
Caprario Ernesto, Uruguay 1223. 

CIRUJANOS DENTISTAS 

Osimani Alejandro, 18 do Julio y 
\':'i/quez. 



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ACEITE LIBERTAD 



^•* 



EL MEJOR 
■ EL MAS CONOCIDO 
EL OUE MAS SE VENDE 

IHmUIIUUIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIUIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIHIIIIIIJIIIIIHIIIIIIIUIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII 

PRÓXIMO • 



:GBAN CONCURSO 



PIDA LOS CUPONES 

n:i¡MimimiiiiiitiiiiMiiiiiiiiiiiiiiniiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiniiiiiiiiiiiiiiiMiiiiiiiiitiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiMiiiiiiiiiiiiiiuinmiii iiiiiiiiiiiiii 

El ACEITE LIBERTAD está en venia en 
lodos los almacenes 



pesquera §- (Jja. 



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REVISTf\ M^NSURL 



DIRECTORES: n 

PABLO DE GRECIA - JOSÉ MARÍA DELGADO 



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JUNIO DE ig(22 



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■ SViVI Aillo : 

Glosa. del año / ~ por La Dirección 

La tragedia de un hombre fuerte por Vicente A. Salaverri 



El huésped 

España invertebrada 

Ayax ■ 

Quaidalo pá otros 

Sonetos 

La calandria 

Poesías 

Día de bodas 

Educación: Los Congresos 

Crónica de Arte: La exposición 

de José Luis Zorrilla de San 

Martin 
Notas bibliográficas 



por José María Delgado 
por José Pereira Rodríguez 
por Pablo de Grecia 
por El Viejo Pancho 
por Octavio Pinto 
por Fernán Silva Valdez 
por Conrado Naié Roxlo 
por Pedro González Gastellú 
por Enriqueta Gompte y Riqué 



por C. A. Herrera Mac Lean 
por la Redacción 



Montevideo. 
URUGUAY 



ANO Vil 



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Oíí. I 

ee^ "PEGASO" 

/t/¿> ^J? REVISTA MENSUAL 



COLABORADORES PERMANENTES 

A.lberlo Brignole. — Manuel Benavente. — Enriqueta Compte 
y Riqué. — Buenaventura CaTÍglia( hijo). — Julio J. Casal. - 
Ismael Cortinas. — Manuel de Castro. — Asdrúbal E. Delgado:— 
Eduardo Dieste. — María Eáípinola y Espinóla. — José M. Fer. 
nándes Saldafia. — Emilio Frugoni. -— Blas S. Oenovese. — 
César G. Oatiérrez. — Carlos A. Herrera Mac Lean. — Luis A. 
de Herrera. — Juana de Ibarbourou. — Julio Lereoa Joanicó. 

— Luisa Lnisi. — Casiano Monegal. — Horacio Maldonado. — 
Julio Raúl Mendilaharsn. — Raúl Montero Bustamante. — A. 
Montiel Ballesteros. — Emilio Oribe. — Jo^té Pereira Rodríguez. 
—Víctor Pérez Petit.— Carlos M. Prando. — Wifredo Pi. — 
Horacio Quiroga. — Santín Carlos Rossi. — Vicente A. Salaverri. 

— Emilio Samiel. — Fernón Silva Valdez. — Carlos Sabat Er- 
casty. — José A. Trelles. — Juan Zorrilla de San Martin. — Alber- 
to Zum Felde. — Armando Vasseur. . . 

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SECRETARIO DE REDACCIÓN : 

TEÍSMO MAN A CORDA 

ADMINISTRACIÓN 

Todo lo rererente a la Administración debe dirigirse a 
San Salvador 2309, Montevideo, Vmgnay 

Suscripción mensual: $ 0.50. Avisos: convencional. 

""PUB Lie ACIÓN 

Todo lo referente a la Redacción debe dirigirse a los Directores, 
8 de Oetnbre 120, Montevideo, Vrngnay 

No se devuelven los originales. 

LOS MATERIALES DE "PEGASO" 
n' SON INÉDITOS 

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Este número de PEGASO contiene 




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Sesenta y cuatro Páf ¡is ile Texto 

sin aumento de precio 



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iU "PEGASO" 

k¡0 QP REVISTA MENSUAL 



COLABORADORES PERMANENTES 

Alberto Brignole. — Manuel Benavente. — Enriqueta Compte 
y Riqué. — Buenaventura Caviglia (hijo). — Julio J. Casal. — '* 

Ismael Cortinas. — Manuel de Castro. — Asdrúbal E. Delgado;— 
Eduardo Dieste. — María Empinóla y Espinóla. -<- José M. Fer. 
nández Saldaña. — Emilio Frugoni. — Blas S. Genovese. — 
César G. Gutiérrez. — Carlos A. Herrera Mac Lean. — Luis A. 
de Herrera. — Juana de Ibarbourou. — Julio Lereoa Joanicó, 

— Luisa Luisi.— Casiano Monegal. — Horacio Maldonado. — 
Julio Raúl Mendilaharsu. — Raúl Montero Bustamante. -~ A. 
Montiel Ballesteros. — Emilio Oribe. — José Pereira Rodríguez. 
—Víctor Pérez Petit. — Carlos M. Prando. — Wifredo Pi. — 
Horacio Quiroga. — Santín Carlos Rossi. — Vicente A. Salaverri. 

— Emilio Samiel. — Fernón Silva Valdez.— Carlos Sabat Er- 
casty. — José A. Trelles. — Juan Zorrilla de San Martin. — Albor- ^ 
to Zum Felde. — Armando Vasseur. 

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No se devuelven los originales. _ ^ 

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SON INÉDITOS 






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Este número de PEGASO contiene 

DIEZ y SEIS PÁGINAS MiS 

O sea 

SeseÉ y cuatro Páginas k Texto 

sin aumento de precio 







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Banco de la i^epública Ortentaf del Urugiiáy 

lastituoión del Ettmdo 
pir Ut <e 13 <e Mvn 4c 1195 y rcflH nr li Idr Oriirict tt IfK JiHKe 1911 



^^ Casa Central: Calle Zábala esquina Cerrito 

Cají di Ahorros - Alenciis - Ltbrotis it Ca)i do Ahorros i Plazo Fi]o 

Los depitlto* •■ CaJ» <i« Ihorros Alcanrfa, gozan del interés de • */o 
haaU U cmntidkd de $ 1.000 

El Baoco recibe esla clase de depósitos en la Casa Central y en 
todas sus dependencias, que son las siguientes: 

AGENCIAS: 

Aguada: Avenida General Rondeau €sq. Valparaíso. — Paso del 
Molino: Calle Agraciada 963. — Avenida General Flores: Avenida 
General Flores 2266.— Unión: Calle 18 de Julio 205.— Cordón: 
Avenida 18 de Julio 1650, esq. Minas. 

CAJA RACIONAL DE AH0BB08 Y DESCUENTOS, CoIoaU eig CiadadeM 

SUCURSALES ^ 

£■ todaa laa capitales j pohlacioaes importantes de Iqs departamentos. ' 
Horario de las dependencias de la capital: de 10 a 12 7 de 14 a 16.— Los Sábados de 10 a 18. 

1a aloancfá esl» llave del ahorro donM^sti- 
co.— DepoeUa Vd.' DOR FE^OS y en el acto 
se le entregará, GRATUITAMENTEí.uaa AL- 
CANCÍA curada con llave, quedando esta 'la- 
Ve guardada en el Banco. Esos DOS PE^OS 
SON SUYOS, ganan interés y puede Vd. re- 
tii arlos en cualquier momento, devolriendo la 
Alean cfa. 

Una vez al mes, o cuando lo crea oportuno 
presenta Vd. la Alcancía, la que se abre a su 
vista y se le devuelve cerrada después de re- 
tirar el dinero que contenga y nereditárselu en 
su cuenta. Los saldos del dinero ast deposita- 
do, ganarán el 6 "/o ^° interés bas^ la suma 
du $ 1.000. — Las cantidades mayores de $ 
1.000, no ganarán interés por el exceso. 

El Banco ha resuelto también, establecer Li- 
bretas de Caja de Ahorros a Plazo Fijo (a ven- 
cer cada seis meses). Paia esta clase de ope- 
raciones se ha' Jijado el interés de 4 1/2 "/„ 
hasta la suma de | 50.000. 

El Estado respcnde directamente de la emi- 
sión, depósitos y operaciones que realice el Banco, (art. 12 de la ley de 17 de Julio de 1911. 




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N-C*: 



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PEGASO 

REVISTA MENSUAL MONTEVIDEO 

DIRECTORES: Pablo de Créela— José Mariá Delgado 



JHiHelSZZ. 



N.» 48 — Aío Vil. 



LA GLOSA DEL AÑO 



Con este número, Pegaso cierra el cuarto año de su 
«xisteneia. 

Para nosotros y ¡para todos "aquellos que nos han 
acompañado, el «uceso tiene su importancia y merece 
eistas líneas consagradas en la primerp, página. 

Hasta la fecha, no había podido mantenerse en el 
Uruguay, ninguna revista de letras. 

Pegaso, — al oontr-ario de todas sus similares, se ha 
fortificado con el tiempo, — y bien podemos decir que 
£Í nunca hubo inseguridad en su vuelo, tampoco hubo 
nunca desaliento ni cansancio. 

' ' Y fué así que, de pronto rompió el silencio cruel, — 
el relincho sonoro del celeste corcel "... 

Y **he aquí que Pegaso ya se alejó del suelo, ya nos 
embriaga el éxtasis, ya nos arroba el vuelo "... 

Hablar de nuestra obra, — de esos cuatro tomos de 
quinientas páginas cada uno, inflamados de fe, ar- 
dientes de idealismo, tremantes de belleza y exponen- 
tes de cultura patria, — ^será siempre un grato motivo 
y un orgulloso blasón, que la obra de la ''Editorial", 
fundada el año pasado, agranda y complementa con 
entusiasmo. ' . 

Empero vamos a concretamos ahora a decir aquí 
nada más que la satisfacción que colma nuestro anhe- 






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Banco de la República Oriental del Uruguay 

Institución del Estado 
futié» p<r Uy it íHt Marzo ii IS95 y rqWo per la Uy dtqitla it \1 ü Jilit it 1911 



Casa Central: Calle Zabala esquina Cerrito 

Caja de Ahorros - Alcancias - Libretas de Caja de Ahorros a Plazo Fijo 

Lo8 dt>|iÓ8ÍtoN en Caja de Ahorros Alcanrin, ^ozan del lutcrrs de 6 "/o 
iiaiitii In cantidad de ^ 1.000 

El Banco recibe esla clase de depósitos en la Casa Central y en 
todas sus dependencias, que son las siguientes: 

A G E iNCl A S : 

Aguada: Avenida General Rondeau esq. Valparaíso. — Paso del 
Molino: Calle Agraciada 963. — Avenida General Flores: Avenida 
General Floros 2266.— Unión: Calle 18 de Julio 205.— Cordón: 
Avenida 18 de Julio 1650, esq. Minas. 

CAJA NAOIO'AL DK AHORROS \ DESCUENTOS, Colonia esq Cindadela 

8UCUR8ALK8 
En todas las capltale» j poblaciones importantes de los departamentos. 

Horario de las dependencias de la capital: de 10 a 12 y de 14 a 16.— X-os Silbados de 10 a 12. 

La ulcuiicfa es la Ihive del nbnrro domesti- 
co.— Deposita Vd. UO.S PESOS V en el acio 
se le entregiiríí, GRATUITAMENTE, una AL- 
CANCÍA cerrada con llave, quedando esla 'la- 
ve guardada en el Banco. Esos DOS PESOS 
SON SUYOS, ganan interés y puede Vd. re- 
tiíai'los en cualquier momento, devolviendo la 
Alcancía. 

Una vez al raes, o cuando lo crea oportuno 
presenta Vd. la Alcancía, la que se abre a su 
vista y se le devuelve cerrada después de re- 
tirar el dinero que contenga y acreditíirselo en 
su cuenta. Los saldos del dinero ast deposita- 
do, ganarán el 6 % de ir.tcrés basta la suma 
d« $ 1 000. — Las caulidadi'S mayores de $ 
l.OOO, no ganarán interás por el exceso. 

El Baneo lia resuelto lambién, establecer Li- 
bretas de Caja de Ahorros a Plazo Fijo (a veii- 
ter cada seis meses). Paia esta clase de ope- 
raciones se ha fijado el interés de 4 1/2 % 
hasta la suma de $ 50. (KX). 

El Estado responde directamente de la emi- 
sión, depósitos y operaciones que realice el Banco, (art. 12 de la ley de 17 de Julio de 1911. 





EGASO 



REVISTA MENSUAL MONTEVIDEO 

DIRECTORES: Pablo de Grecia— José Maria Delgado 

Junio de 1922. N.» 48 — Aíío Vil. 



LA GLOSA DEL AÑO 



Con este número, Pegaso cierra el cuarto año de su 
«xisteneia. 

Para nosotros y para todos 'aquellos que nos han 
acompañado, el «uceso tiene su importancia y merece 
estas líneas consagradas en la primera página. 

Hasta la fecha, no había podido mantenerse en el 
Uruguay, ninguna revista de letras. 

Pegaso, — al contrario de todas sus similares, se ha 
fortificado con el tiempo, — y bien podemos decir que 
.6Í nunca hubo inseguridad en su vuelo, tampoco hubo 
nunca desaliento ni cansancio. 

"Y fué así que, de pronto rompió el silencio cruel, — 
el relincho sonoro del celeste corcel "... 

Y *'he aquí que Pegaso ya se alejó del suelo, ya nos 
embriaga el éxtasis, ya nos arroba el vuelo "... 

Hablar de nuestra obra, — de esos cuatro tomos de 
quinientas páginas cada uno, inflamados de fe, ar- 
dientes de idealismo, tremantes de belleza y exponen- 
tes de cultura patria, — ^será ¡siempre un grato motivo 
y un orgulloso blasón, que la obra de la "Editorial", 
fundada el año pasado, agranda y complementa con 
entusiasm,o. 

Empero vamos a concretarnos ahora a decir aquí 
nada más que la satisfacción que colma nuestro anlie- 



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PBGASO 



lo : lo que quisimos que Pegaso fuera, lo ha sido y se- 
guirá siéndolo en constante esfuerzo de mejora y pro- 
greso. 

Tribuna del pensamiento nacional, academia del ar- 
te nativo, cátedra de ética y estética, compendio y 
cifra de la hora uruguaya. Pegaso ha reunido a su 
alrededor a los viejos maestras y a los nuevos dis- 
cípulos. 

Nunca tan alto ideal fué mejor cumplido. 

Aprovechamos esta ocasión propicia, para renovar 
nuestra invitación a todos los que quieran acompa- 
ñamos, y para expresar públicamente nuestra grati- 
tud a todos los^que nos han acompañado. 



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,LA TRAGEDIA DE UN HOMBRE 
FUERTE .. 



i Por qué dice Manuel Uálvez de este libro, de este 
gran libro, que no es precisamente una no vela f... 
Recordaremos las palabrais aquellas que pone Blasoo 
Ibáñez en la versión castellana de "El Infitrno" de 
Barbusse, obra a la qoie se parece, en su técnica al me- 
nos, "La tragedia de un hombre fuerte": ''El Infier- 
no" es una gran novela, y sin embargo no es^ novela, 
si tenemos en cuenta las condiciones peculiares de es- 
te género literario. Carece de acción, no hay en ella 
argumento". Observaciones, a nuestro juicio, un pocp 
fuera de lugar, desde qué el diccionario, al definir el 
término woi;eZa, nos habla de una 'composición litera- 
ria que consiste en narrar hechos fingidos de mero en- 
tretenimiento, de enseñanza, etc. Amplia definición, 
como se ve. 

Lo que hay, en puridad, tanto en "La tragedia de 
un hombre fuerte" como en "El Infierno" de Bar- 
busse, es una falta absoluta de lo que dio en 
llamarse arquitectura: distribución, previamente cal- 
culada, de episodios, que se ensartan con cierta sime- 
tría, como las cuentas de un rosario o, más poética- 
mente, como las perlas en el collar. En "El Infier- 
no" un estupendo observador nos refiere cuánto ve 
por un agi:yerito de su cuarto alquilado. En "La tra- 
gedia de un hombre fuefte", G-álvez nos presenta va- 



'V ■Ot'^-^J^^Üi:- ■• 



532 P8GA80 

rias arquietipos ée la imijer argentina, con el pretex- 
to de historiar las andanzas de Víctor Urg«'l, su muy 
interesante personaje. Pero el libro en sí, es una no- 
vela, bien que participe de la honda trascendencia 
que cobraría uü meditado estudio psicológico, hecho 
por un escritor, que fuera a la vez sociólogo. ¡ 

Novela y gran novela es "La tragedia de un hom- 
bre fuerte". Novela como "El mal metafisico'\ "La 
maestra normal", "La sombra del convento" y "Na- 
cha Regules". Poco importa que la arquitectura haya 
sido descuidada adrede. Bien sabemos que varios mi- 
les de lectores — entre los últimamente conseguidos 
por Gálvez — con el flamante notabilísimo trabajo, se 
van a defraudar. Falta la fuerte trabazón dramática 
que ha conmovido a los espíritus s'encillos, apasiona- 
dos por las desventuras de "Nacha Regules". Ma- 
nuel Gálvez, antes que conmover, con "La tragedia 
de un hombre fuerte", ha querido enseñar. De ahí 
que desprecie todo cuanto pueda parecemos sensi- 
blero o melodramático. Matan a Clota, una mujercita 
que nos había interesado mucho, y el autor no apor- 
ta un solo detalle impresionador. El drama desga- 
rrante queda apenas sugerido con cuatro frases. Se 
ve que la atención del novelista sigue objetos más al- 
tos. Quiere investigar cuestiones de ardna, de com- 
plicada psicología. ¿Cómo son en la Argentina las 
mujeres ? . . . | Qué educación recibieron ? . . . ¿ Qué con- 
cepto se han forjado de la vida?. . . ¿Creen,' acaso, en 
el amor?. . . Y si creen en el amor, ¿qaié suerte de fe- 
licidad esperan de él, cómo se la imaginan, para qué 
lo aguardan! ... 

Víctor TJrgel — espíritu inqoíieto, dinámico y muy 
moderno — nos lo va a decir. Conocemos a Urgel la 
tarde aquella en que promincia un discurso, que mu- 
chos creen germanófilo, en el Congreso bonaerense. 
Su elocuencia viril, y la independencia de sus ideas. 



N 






/ ' 



"la tragedia de un hombre fuerte" 533 

le valen un triunfo clamoroso. El ingeniero provincia- 
no, fundador de .estancias — y ahora diputado — con- 
quista de un golpe Buenos Aires, con enérgico ale- 
tazo, como se elevaría un águila en el espacio azul. Es 
un ¡hombre fuerte y la fortuna le resulta propicia. 
Apenas si ha fracasado, sentimentalmente, en su hogar. 
Su victoria le hace rebelarse contra tal desventura y 
busca Ja completa felicidad en uno de esos amores 
que la socjiedad contemporánea conoce por vedados. 
''Víctor pensaba qoie el amor era lo único que podía 
disminuir el sufrimiento de la trágica soledad del al- 
ma; y la ausencia del amor en su vida tomábale des- 
graciado. El triunfo de aquella tarde le encumbraba 
de golpe en la celebridad, y he aquí que a su lado no 
había un corazón ferviente de mujer que exaltara con 
ese triunfo, que lo comentara con él y, sobre todo, que 
hiciérale olvidar la peligrosa vanidad de haber triun- 
fado. ¡Un amor!, clamaba el corazón de Víctor." Y 
Mamiiel Gálvez nos dice: **E1 hombre que triunfa ne- 
cesita un amor, porque nada como el amor nos da la 
lección fortificante y útil de que todo menos él, es va- 
nidad de la existencia humana". Pero como Rauch, 
el pequeño filósofo de esta novela afirma, la tristeza 
es una suciedad. Y Víctor reacciona contra la triste- 
ZS' que había empezado a invadirle, dando toda la ra- 
zón a su amigo, declarando que el hombre fuerte debe 
expulsar de sí ia melancolía, porque en la yida todo 
ocurre como debe ocurrir, y si *'el vivir es un trágico 
y bello sufrimiento", no vamos a atenuarlo ni con 
lágrimas de doncella ni con sollozos de guitarra. Con- 
tra ese mal de nuestra raza que es la tristeza, eche- 
mos mano de la acción, del esfuerzo heroico, de la lu- 
cha formidable. 

Sin embargo, apresurémonos a declararlo, la vida 
de Víctor Urgel, dentro de este libro, no nos interesa 
tanto como el estudio del ambiente en que actúa, co- 



534 FCOASO 

mo el alma de las diferentes mujeres que posee o in- 
tenta poseer. Urgel, en esta novela, se nos antoja ape- 
nas un pretexto. Equivale (no se tome por desdeñosa 
esta afirmación), a ese cuarto de Hotel donde se des- 
arrollan los extraordinarios episodios de Barbusse. 
En "La tragedia de mi hombre fuerte" es Manuel 
Gálvez quien mira por el orificio de la pared. Sus ano- 
taciones constituyen el más vigoroso trabajo psico- 
lógico, en cuanto concierne a la mujer, que ha hecho 
un intelectual argentino. Pero paralelamente, en ca- 
pítulos alternados, que caldea a veces la vena de un 
lírico que quiere y no siempre se sabe sofrenar, en ca- 
pítulos alternados — repetimos — se evoca la vida 
social de la cosmópolis, hoy, si liemos de creer a Gál- 
vez, en plena transformación. 

Como toda obra desbordante de ideas, "La trage- 
dia de im hombre fuerte" va a resultar un libro muy 
discutido. Acaso no tenga el autor la dicha de que se 
polemice en la prensa. Pero en círculos sociales y en 
camarillas literarias, las afirmaciones de Gálvez van 
a ser criticadas. No es obra para un éxito popular. Le 
sobra enjundia. Pero los hombres estudiosos del por- 
venir cuentan, para la investigación de la actual vida 
bonaerense, con un inapreciable documento. | 

Bastaría esto valor documental que reconocemos al 
último trabajo novelesco de Gálvez, para dejar sen- 
tada la trascendencia de sn afirmación, que puede ca- 
lificarse de verdadero acontecimiento. Es un libro de 
plenitud, serio, grávido, definitivo. El talento d^l au- 
tor, conjuntamente con su cultura, han alcanzado lí- 
mites no siempre sobrepa sables. Se ve que antes de 
realizar este esfuerzo audacísimo, Gálvez ha estudia- 
do mucho, aceptaqdo como maestros a psicólogos tan 
experimentados como Stendhal y Bourget. Hay un 
libro de este último, la "Fisiología del amor", que le 
sirve de guia para penetrar en ese laberinto (así nos 



<< 



LA TRAGEDIA DE UN HOMBRE FUERTE" t>í>5 



resulta a nosotros), que es el alma de las mujeres. 
Clota la imaginativa, Amelia la pasional, Marta la 
piadosa, Elsa la nítida y Lucy la obstinada, son tipos 
admirables, o mejor dicho, arquetipos de mujeres, de 
mujeres que es po-sible hallar en nu^estros ambientes, 
y que representan el amor-imaginación, el amor-pa- 
sión, el amor-piedad, el amor-intelectual y la volun- 
tad de amor, i>ara atenemos a los distingos qufe esta- 
blece el novelista. 

Estas mujeres hállanse engarzadas en el relato co- 
mo las cinco i>erlas de un aderezo. Todo lo demás es 
armadura y, verbigracia, los estudios colectivos del 
ambiente bonaerense, podrían muy bien ir a un libro 
,de sociología. Desde luego, conviene reconocer que la 
presentación del ambiente explica el florecimiento de 
las heroínas. Mal puede conocerse un fruto si previa- 
mente no estudiamos el árbol que lo gestó. Presentán- 
donos a la esquiva Asunción, nos ha dicho Gálvez: 
''Corno todas las mujeres argentinas, había sido en- 
gañada con respecto a la vida, a los hombres y al 
amor. Engañada por sus padres, por el catecismo, por 
sus confesores. No le enseñaron sino la verdad apa- 
rente de la vida. Le ocultaron cosas fundamentales 
que debió conocer. Y así fué al matrimonio, ciega, y 
vivió en el matrimonio más ciega aún, lleno su espí- 
ritu de funestos errores ' '. Sin este aporte del psicó- 
logo — que supone una crítica al concepto que de la 
ed'ucación tienen los padres y los religiosos — ¿podría 
mos explicamos bien la incomprensión conyugal de la 
moijer de Víctor?. . . 

Se va a decir de "La tragedia de un hombre fuer- 
te'^ que es una obra tendenciosa. No entraremos ni a 
negar ni a afirmarlo. Pero declarando sí, que las ideas 
del autor están a tono con la época, y que sin la pro- 
paganda de Gálve2;, las costumbres irán, en Buenos 
Aires, hacia donde las lleva esa aura de renovación 



r 



V V "J 



536 PEGASO 

que es preciso ver, no sólo dentro de un ambiente de- 
terminado, sino en toda una época. Claro que él me- 
dio ejerce su influencia, y el medio argentino ha de 
imprimir a estas cosas una determinada peculiaridad. 

Veamos el estado actual de Buenos Aires estos años 
pasados. **Una revolución formidable en las concien- 
cias estaba trastornando las antiguas leyes que re- 
gían las relaciones sexuales, la familia, la vida social 
— escribe Oálvez. Víctor comprobaba que si hasta ha- 
cía unos años esas leyes eran sopo-rtadas, muchas ve- 
ces a regañadientes, las nuevas generaciones barrían 
con ellas. Dinamismo ético. Todo debía evolucionar y 
adaptarse. La moral de la aldea porteña no podía ser 
la moral de una ciudad de casi dos millones de habi- 
tantes — pensaba él. Al nuevo ritmo de la vida mate- 
rial, debía corresponder un nuevo ritmo de la vida 
moral." Y más adelante se nos consigna, aludiendo 
siempre a la^ transformación de la metrópoli: "Las 
nuevas corrientes ideológicas y sentimentales comba- 
tían en las conciencias femeninas por desalojar a las 
viejas. Toda la cuestión estaba allí: en ese conflicto 
entre la vida colonial, y la vida moderna, entre el e«5- 
píritu estático y el espíritu dinámico. Era el proble- 
ma de todo el país. Abarcaba lo material y lo moral- 
No escapaban de sentir s/u influjo, más o menos direc- 
tamente, ni las sociedades ni los individuos." 

Y Gálvez, con su libro, llega a persuadimos de que 
en cuanto a las ideas morales, Buenos Aires se halla 
en una situación interesantísima. "Hasta ayer había 
predominado la moral española, católica y severa; y 
he aquí que, bruscamente, todo cambia". Mientras en 
las sociedades viejias hu'bo preparación, en la capital 
argentina el cambio se produce de golpe. "Las muje- 
res, hechas a los viejos hábitos y educadas en las an- 
tiguas normas, quedaron de pronto bajo la acción del 
gran viento de dinamismo que lo trastornaba todo- 



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•'l.v tragedia de un hombre fuerte" 5^7 

La familia perdió su ooh'esión, la disciplina se debilitó 
extraordinarmineiite, la religión dejó de guiar las 
conciencias. Las inqni^etudes de la Europa, gastada y 
enferma, nos contagiaron. Y para concluir de trastor- 
narlo todo, vino la guerra. Nosotros no estuvimos en 
ella, pero ella ha influido sobre nosotros, lo mismo que 
si hubiéramos combatido. Nos -ha excitado j desequi- 
librado, ha roto la continuidad de nuestra marcha nor- 
mal die pueblo joven, nos ha injertado un poco de la 
vejez de Europa:." 

He aqoíí la oíase de observaciones que dan valor a 
esta novela, que la convierten en un libro sesudo, tras- 
cendental. Y he ahí, precisamente, lo que, por parecer 
demasiado árido, pesado sin duda, va a enfriar el en- 
tusiasmo de infinitos lectores superficiales, consegui- 
dos últimamente por el Gálvez de "Nacha Eegules" 
Meoios mal, si el "yo no escribo más que para lecto- 
res inteligentes y cuütos" de Renán, ha sido repetido 
en serio, pues la falta de venta no llevará nunca a este 
novelista tan sólido — de recia obra balzaniana, como 
ha dicho Eduardo Barrios — al descenso vergonzoso 
de una claudicación. 

Y para terminar, aludiremos a la prosa de Manuel 
GáWez en "La tragedia de un hombre fuerte'\ Nos 
parece suelta, un poco desigual — como quieren exi- 
girla las diferentes partes, asaz opuestas, del libro — 
pero siempre fluida y muy elocuente, al punto de que 
no hay una sola idea que aparezca difusa. En los in- 
termedios líricos, se hace más alada, corre musical y 
en escenas compuestas primorosamente, con verdade- 
ro arte, como la visita a Elsa o la posesión de Laoy, 
cobra aquella elegancia que demostró el Gálvez atil- 
dado de los primeros tiempos. No es posible redactar 
quinientas páginas haciendo la labor orfébrica de 
quien nos brinda la breve descripción de un paisaje o 
el asuntillo sentimental de un cuento. Hemos quedado 



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538 



PBGASO 



'■' ' i 



en que estilo no es forma, sino algo más interno e im- 
portante, oomo que gnarda atingencia con la organi- 
zación mental del anitor. Siendo clarp el modo de con- 
cebir, y ha'sta de ver, de Gálvez, diáfano ha de ser el 
estilo de sus obras. En la forma, oomo en el fondo (y 
esto último ya habíaino-s intentado decirlo), "La tra- 
gedia de un hombre fuerte^' es una obra plena, real- 
mente con madurez. , I . 



VlCEXTE A. Salaverki. 



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■S'. 



Eh HUÉSPED 



Yo lo maté yo lo maté . . . No sabe ^ecir otra co- 
sa. Su vida parece crucifioada en estas palabras. Es 
un reloj brusca y definitivamente roto, que ha queda- 
' do, por los colgajos de los minuteros, señalando el ins- 
tante de su catástrofe. ^ ^ 

Al principio, cuando lo trajeron de la campaña, el 
rosiro todavía dibujaba un ritmo de espanto, concor- 
de con la tragedia que las palabras hacían prever; 
pero hoy ha perdido toda su capacidad mímica, le 
cuelgan los músculos atónitos, vagan sus miradas in- , 
diferentes, y Soneira anda por los corredores y pa- 
tios del Manicomio martáDlando su frase con la tena- 
cidad automática del idiota. 

Había venido de las orillas del Miño, hace cuarenta 
años, ya casado, con la excelente idea de enriquecerse. , 
Alma anallfabeta, irreductiblemente tosca, fué, de 
tumbo en tumbo, rodando por campos, pueblos y ciu- 
dades, aquí alimentando de carbón a las calderas, allá 
mutilando la piedra, o ilimpiándo cabaiUerizas, o rom- 
piéndose los homibroB en el trabajo de las eslibas. Fae- 
nas rudas e inferiores, que apenas le dieron lo sufi- 
ciente para no morirse de hambre. 

Hubo un momento, sin embargo, en que pensó rea- 
lizar sus ambiciones. Una de tantas tentativas colo- 
nizadoras lo llevó a campaña, y Soneira construyó su . 
rancho y empezó, valientemente, á cultivar su parce- 



^. 



fií-.. 






I'.- 



540 PEGASO 

la de sol a sol. Tuvo un hijo entoiwies, que crecía ro- 
busto y ya ordeñaba las lecheras, sembraba el maíz y 
acarreaba agua del arroyo, cuando estalló la revolu- 
ción de 1904. Tenía en esa época el "gurí", como él 
al estilo paisano lo llamaba, once años y era una ver- 
dadera, ardilla, rápida, rebelde y audaz. Soneira lo 
miraba con cierto orgulloso asombro y, ya convenci- 
do de la imposibilidad de hacerse rico, amaba inten- 
samente la vida por aquel hijo medio gaucho que le 
había salido. I 

La guerra diezmó a la gente labradora. La prospe- 
ridad de la colonia: fué menguando de tal modo, que 
a los cinco meses de soplar el ciclón revolucionario, 
la inmensa mayoría de sus habitantes la habían aban- 
donado. 

Al rancho de Soneira llegaban con frecuencia par- 
tidas de soldados, o matreros refugiados en el monte, 
los que solían comentar, entre mate y mate, las vici- 
situdes de la guerra, o narrar escenas de las que ha- 
bían sido espectadores y en donde el heroísmo palpi- 
taba como un corazón vivo. Al "gurí" se le agran- 
daban los ojos, y se le iban i^epresentando los episo- 
dios a medida que los escuchaba. De noche hacía fu- 
gar al sueño con la trompetería de las leyendas épi- 
cas que fraguaba y en las que, naturalmente, él era el 
héroe. 

Soneira quedaba ya casi solo en la colonia, cuando 
un dí^ sil gurí desapareció. Anduvo largo tiempo in- 
dagando, recorriendo el campo, el monte, los arro- 
yos: por ningún lado pudo encontrar vestigios o re- 
ferencias del muchacho. i 

Aquello le rompió el alma. Al atardecer, sobre to- 
do, no podía soportarlo. Sentado en la puerta de su 
vivienda, miraba a su alrededor la colonia abandona- 
da, el rancherío muerto, las matas y los yuyos inva- 
diéndolo todo, y encima el cielo duro, indiferente. So- 



' ' ESL HUÉSPED 541 . 

lía entonces mugir su buey, su perro ladrar como en 
presencia de confusas sombras. íntimos ahogois lle- 
vaban a Soneira en busca de su acordeón y empezaba 
a tocar canciones de su tierra. A veces se acompañaba 
con la voz o le hacían coro el graznido de las lechu- 
zas, el grito de los teros o las campanitas de las ra- 
nas, únicos seres que iban quedando en aquellos con- 
tomos, y lágrimas rudas y gordas como garbanzos se 
le saltaban de los ojos. 

Soneira parecía arraigado en aquella tierra y, no 
o-bstante los ruegos de su mujer y la pobreza cada vez 
mayor en que lo dejaban las frecuentes visitas de las 
partidas, se empecinaba en no sailir de ella en el se- 
cretó deseo de no desorientar a su gurí cuando vol- 
viera ; y le daba el alma que en cualquier momento lo 
vería aparecer por encima de la loma próxima. 

Pero la guerra terminó sin que el hijo hubiera vuel- 
to. En cuanto a la colonia, no volvió tampoco a re- 
construirse; sólo en uno que otro rancho se asomó la 
vida y al mugir del buey, al ladrar del perro y a la 
voz crepuscular del acordeón de Soneira, empezaron 
de lejos a contestar otro buey, otro perro y tal cual 
guitarra desamparada. Todo lo cual sólo sirvió para 
agravar su soledad. 

Así, en una vida circular, siempre igual a sí mis- 
ma, van cayendo los años sobre Soneira. Ya no tiene 
más ambiciones, ni siquiera la de encontrar a su hijo. 
El campo lo ha absorbido en su paz. Vende su maíz, 
ordeña sus lecheras; con eso vive, y basta y sobra. 
En eso piensa, mientras como de costumbre, sentado 
a la puerta de su rancho, hace llorar a su acordeón. 
El sol se ha ido ya; la tarde va adquiriendo un agó- 
nico tono ultravioleta. 

— Lindo el viejo miísioo — exclama, de pronto, un 
jinete llegado como caído del cielo frente al rancho. 

Soneira se sobresalta. • 



.Ííaii,,i;j.;-/A¡;£.r 



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5' 



542 



PEGASO 



— ^No se asuste, viejo. ¿Permite desensillar? 

— 'Puede, responde un poco asombrado. 

El viajero desencalla ágilmente su caljallo, mientraa 
el perro de Saneara lo busmea callado, tenaz, sin saber 
si debe moverle la cola o mostrarle lo« dientes. I 

Desde el pozo, a donde ha llevado a beber a su ca- 
ballo, el forastero grita a la vieja, a quien ve del otro 
iado del rancho friendo un trozo de carne : i 

— Rioo el olorcito. ¿No convida, vieja? 

— ¡Cómo no I 

El viajero luego se explica. Viene de lejos. Es tro- 
pero. Está hecho a todo. Ahora, cansado de galopar, 
va a dormir ahí no más, en el campo ; a no ser que allí 
le den albergue. . . Pagando bien, se entiende. 

— Oh, por eso no, responde la mujer de Soneira; a 
quien, sin embargo, encanta la idea de una recompen- 
sa pingüe. I 

Tiene el hombre en los ojos una cantidad de vida 
extraordinaria. Las mejillas y los labios afeitados, los 
hombros fornidos, el breche, el sombrero ancho y cier- 
ta fuerza candida qoie emana del conjunto, le dan un 
aire de cowboy. 

Han prendido el candil y se han puesto a comer. 
El viajero se desata el cinto y lo arroja despreocupa- 
damente en un rincón de la mesa. El ruido del oro y 
la excesiva distensión de los bqlsillos cosidos en el 
cuero evidencian la riqueza de su contenido. ' ' 

A Soneira se le ha despertado de golpe su antigua 
ambición. • ■\ - - ■ I" 

El viajero habla: ha sido un poco alocado, amigo 
de andar caminando ; pero aquel paraje le gusta y es 
capaz de quedarse no más a hacerles compañía, por- 
que e&tán demasiado solos. Naturalmente, echando 
abajo la mugre de aquel rancho, comprando las tie- 
rras de la colonia v resucitándola. Plata sobra, conti- 
núa el forastero, haciendo resonar el cinto. 



' . EEi HUÉSPED • ' 543 

— iQué tal, le gustaría vieja? .• 

— Pues no, responde ésta como siguiendo una 
broma. - ' 

— i Y a usted, viejo! ' 

El viejo no puede contestarle. Con los ojos fijos en 
el pedazo de cielo que encuadra la ventanita del ran- ' r_ 

cho, está forjando mil disparates. Iba, en ese momen- I - . ^ 

to, en la borda de un buque transatlántico, rumbo a -" -.. * 

su patria. ¡ Dis:parates ! , . . ¡ Pero con qué dominio lo . 
atenazan y qué fuerza le dan! 

No puede remediarlo. El sueño fuga de su cabeza 
sobreexcitada, y mientras el forastero se ha tirado a 
dormir «obre su recado, a la vera del rancho, Soneira • 
toca sn acordeón. 1 

Así pasa una hora larga. De pronto se levanta, pe- 
netra en el rancho, apaga el candil y por la ventani- 
ta, a la luz de las estrellas, mira al forastero que ron- ' 
ca profundamente. Promuévese entre ellos, en la os- 

euiidad, una discusión rápida, ahogada. Por último, ^ 

el nejo busca a tientas, en un rincón del rancho, el ■ . "i 

Etaoha de cortar leña. Su muger se le aferra al brazo _ . v^ 

como una garra, pero el viejo en un esfuerzo brusco ' 

se libra de ella y sale afuera, en puntas de pie, con el / 

hacha alzada... ; ' 'i 

No necesitó más que un golpe. La vieja en camisa, 
refeostada al rancho, no hacía más que santiguarse. El • " 

perro volvió a husmear, perplejo, el cadáver. Soneira ^ . 

fué muy tranquilo a buscar el caballo de su huésped, 
lo ensilló y, luego, ató fuertemente al muerto sobre 
el recado. ^\ perro comenzó a ladrar a los miembros 
inertes y móviles. Soneira le aplicó un violento pun- 
tapié y por un rato los quejidos del perro horadaron . 

el silencio nocturno. ' m- 

*■: ■ ■ 

El monte quedaba como a media legua del rancho. 
Haoia él se encaminó Soneira a pie, llevando por las 
riendas al caballo ; pero como al cabo de unas cuadras ^ 



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544 



PEOASO 



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ed cansancio empezara a ren¡dirlo, montó sobre las 
mismas espaldas del muerto y comenzó a internarse 
entre los árboles con su cabalgadura. Era imiposible 
dátstingudr nada, pero Soneira conocía al dedillo aque- 
Mos lugares y se orientaba con una seguridad absolu- 
ta. Tenía a veces que detenerse porque los miembros 
del muerto se enganchaban entre los troneos, o el 
corcel se asustaba, negándose a atravesar las espesas 
cortinas de ramas espinadas. 

Por fin, cuando pareció llegar al paraje que había 
ellegido, en el corazón del monte, se detuvo. Estaba 
en una verdadera gruta vegetal, inhoUada todavía. 
Maneó el caballo, lo ató ibien corto por el pescuezo y 
por las patas traseras a un árbol, y volvió a desandar 
el camino. A poco andar tuvo un brusco sobresalto; 
le pareció oir '' entre las ramas ligeros pasos que lo 
seguían y se paró, esiperando con el corazón en sus- 
penso. La húmeda lengua de su perro vino a lamefle 
las manos . . . 

Despuntaba el alba cuando llegó al rancho. La vie- 
ja estaba todavía en camisa, esperándolo afuera, los 
ojos convertidos en dos enormes manchas lívidas. 

— ¡ Que has hecho, por Dios ! 

— Ya está pronto, dijo Soneira, obligándola a en- 
trar en el rancho y a meterse en la cama. Sobre la 
colcha volcó el dinero del cinto y empezó a contarlo 
con tal fruición que no observó siquiera el temblor de 
las piernas de la vieja, tan grande que hacía saltar las 
cobijas y las monedas. Luego escondió todo bajo el 
colchón y se tumbó sobre la caana. 

Pero no pudo conciliar el sueño, Y a la hora, vol- 
vió a levantarse, se lavó prolijamente, se puso la me- 
jor ropa, tomó unos buches de caña y salió en busca 
de su jamelgo. La mañana estaba clara, tibia. Sonei- 
ra, ya encima del caballo ensillado gritó: — hasta lue- 
go, vieja; — y rumbeó, al galope, para el almacén. 



I- ■•-'■- --kvV- ■ ■■:'■''■ ••■■:;■. 'fc.„ ,:;■...,. C>'-.- V" ■.' -'•;■"' -'*' : -.■: '^ 

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- ;;-v-. ;;,■ ^ , A.-: BL HüKSPEa) 545 

La vieja ya no podía oir a nadie: se había quedado 
con la mancha lívida de los ojos, fija para siempre en 
un tirante del techo. - 

El iba tranquilo, contento, liviano, silbando una mu- 
ñedra por el camino. Tenía cincuenta y cinco años y . ^ 

mucha vida por delante. Y, además, era rico. Esta cer- ^ ' 

teza le daba un vigor nuevo. Vendería el rancho, la 
tierra y ¡ aibur ! que íe echaran un galgo. 

En el almacén había bastante gente. Era domingo, 
día de compras y francachelas. Soneira pagó gene- i 

rosamente algunas copas. Y, de repente, se sintió f ' 

abrazado por don Tiburcio, el dueño del negocio, ins- ' . « 

tajado en el pago desde hacía treanta años. 

— Lo felicito, viejo, por fin encontró a ^u gurí. 

— iQué?... 

— Quién había de decirlo, el gurí aquél, con las bar- ' . ♦' 

bas afe-itadais, con tanto breche y con tanta plata ... 
Es que era una ardilla. 

-*iQué?... ~ ; ' 

— 4 Cómo f... ¿No lo sabe todavía? Con razón me * 

dijo que no lo reconocerían y que no les iba a decir 
nada hasta que lo filiaran.. . Pero es él, viejo, su gu- 
rí, cierto como esta luz. 

El viejo sintió que la médula se le quebraba. Tam- 
baleó hasta encontrar el apoyo del mostrador, y con » 
los ojos extraviados, comenzó a gritar : — ¡ Yo lo maté, yo 
lo maté ! , . . m 

" : • José Makía Delgado. 






V 



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V. 



«ESPAÑA INVERTEBRADA» 



Ortega y Gnasset, el espectador filósofo, acaba de 
publicar un libro admirable, tal vez el mejor de todos 
Io9 que lleva editados hasta ahora: *' España inverte- 
brada". 

Obra serena y largamente meditada, diseca con mi- 
nuciosidad y «sagacidad magistrales los antecedentes 
históricos del actual momento español, llegando a 
conclusiones sugestionantes, que concretan y afilaran 
la exposición diáfana de generalizaciones originales, 

Nun<ca Ortega y Gasset, con más gallarda convic- 
ción afirmativa, dio término a un ensayo tan funda- 
mental como éste. - - I 

No ee -propuso, al escribirlo, otra finalidad que la 
de "siugerir que la actualidad pública de España se 
caracteriza por un imperio del particulariigmo y la 
táctica de acción directa que ¡le es añeja." 

Nada más intentó el filósofo; pero, es tan hondo su 
análÍ£Í9, tan 'persuasiva su meditación y, tan claro su 
ra2»nainiento, que «u labor resulta encomiable por el 
fermento ideológico que trae consigo para el posible 
estudio de paralelas cuestiones. I 

La divagación queda excluida de "España inverte- 
brada", y así, aún no habiendo remans-os para el duil- 
oe divagar, y acaso por esto mismo, resulta un ensa- 
yo político definitivo y Acusa el pleno vigor mental de 
un poderoso talento constructivo. 



íí^'-; .--■ 



' ' ESPAÑA INVERTEBRADA ' ' 



547 



Pero, intentemos exponer esquemáticamente la par 
te medular de este libro, llamado a tener gran reso- 
nancia en los pueblos de habla española. 



Incorporación y desintegración 



s. 



Moiomisen al escribir su ''Historia Romana", afir 
ma: "La historia de toda nación, y sobre todo de la 
nación latina, es un vasto sistema de iocorporajción. " 
Por "incorporación" no ha de -entenderse "una di- 
latación del grupo inicial", sino más bien "la orga- 
nización de muchas unidades sociales preexistentes 
en una nueva estructura". Su proceso podría redu- 
cirse a etapas características: 1.° articulación de co- 
lectividades distintas en una unidad, superior; 2.^ 
constitución de un cuerpo social ; 3." colonización. En- 
tiéndase bien que los grupos que se articulan para 
formar la unidad social, no pierden sius rasgos vita- 
les y diferenciales. Esto explica el hecho de que cuan- 
do la unidad central debilita o aminora su poder cen- 
trífugo, surge el espíritu separatista que permanecía 
latente en cada una de las partes que integraban el 
todo socia«l. -..':.- 

Pero, afirma Ortega y Gasset, la definición de Mom- 
misen es incompleta. La historia de toda nación no es 
satamente el proceso de su "incorporación", sino que 
tiene que completarse con el de su decadencia, va4e 
decir, el de su "desintegración". 

Y de tal modo es necesario no dejar de lado esta 
posibilidad de decadencia que, si no la aceptásemos 
como edemento vital en sí misma, no concebiríamos la 
persistencia progresiva de la integración que viene a 
contrariar, aJ fin de cuentas, el principio casi genera- 
lizado de que el Estado es la familia que se expan- 
siona con sus propios elementos y no el núcleo que 



/ . 



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548 



PEGASO 



se integra con elementos distintos que la complemen- 
tan y la acrecen creando tipos sociales nuevos. 



Potencia de nacionalización 



El poder de nacionalización que caracteriza a cier- 
tos pueblos, se concreta en *'un saber querer y un 
saber mandar". Es un don esencial que poco tiene 
que ver con la inteligencia y aún con la fuerza, aun- 
que necesite de ambas para progresar y persistir. Es 
un ''talento de carácter imperativo", que tiene la vir- 
tud de imponerse pKvr eu condición intrínseca y que 
se prolonga a través del tiempo por su mismo princi- 
pio esencial. 

**Los grupos que integran un Estado viven juntos 
para algo: son una comunidad de propósitos, de an- 
helos, de grandes utilidades". En esto se diferencia 
de la * 'familia" que se crea '*a priori" y a pesar de 
la existencia de esos deseos de realización. Por ello, 
Cfuando se anula esta tendencia de hacer algo, creada 
**a poeteriori", el todo social se desarticula y se dis- 
grega, volviendo a las unidades primitivas de forma- 
ción, o dando lugar a creaciones de un nuevo tipo. 

"Las nadones^ — dice Ortega y Oasset — se forman 
y viven de tener un programa para el mañana". Aquí 
radica precisamente el poder de nacionalización; que, 
como dejamos dicho, requiere, a veces, para imponer- 
se, el auxilio de la fuerza, que sirve, en estos casos, 
para destruir los estorbos que se oponen al desarrollo 
integral de Jos pueblos. 

La d octrina del particnlarigmo 

Mirando hacia la realidad histórica de España, dice 
Ortega y Gasset que "cuando la tradicional política 
de Castilla logra conquistar para sus fines el espíritu 
claro, penetrante, de Fernando el Católico, todo se hi- 



f 






, : ; ,, "ESPAÑA invertebrada" " ' • 549 

zo iposiMe." Fué entonces que surgió nítido el poder 
áe nacionalizaoión y se creó la unidad española. Es- 
ta fusión de pueblos étnica¡m'ente diversos, se formu- 
la y realiza para llevar a cabo grandes empresas po- 
líticas. Como lo dejamos consignado, requieren estos 
propósitos un poder centrífugo, fuerte y ordenado, 
capaz de servir de nexo favorable para convertir en 
realidad la idea de grandes cosas por hacer. 

Desde 1580 comienza para España el proceso de 
desintegración y, con exactitud destacable, parte de 
la periferia hajcia el centro, que es Castilla. 

Ya vimos que la integración es una labor de totali- 
zación: las partes se convierten en total; en cambio, 
la desintegración es el fenómeno inverso, es una des- 
totalizaoión : el todo se desintegra para dar lugar a 
las partes originaTias. A esto llama Ortega y Gasset 
el ''particularismo", que es, en su sentir, el carácter 
fundamental de la actualidad española. 

**La esencia del particularismo es que cada grupo 
deja de sentir a sí mismo como parte y, en consecuen- 
cia, deja de compartir los sentimientos de los demás." 

El particularismo vendría a ser "axjuel estado de 
espíritu en que creemos no tener por qué contar con 
los demás." 

Esta tendencia a desintegrarse podrá exteriorizar- 
se en forma afirmativa y desafiante, como en Catalu- 
ña o en Vasconia, o podrá reservarse, de ün modo ni- 
hilista, como en Asturias, Galicia, Aragón o Valencia. 

El separatismo que suponen los movimientos que 
se llaman ''catalanismo" o "bizkaitarrismo", no es 
otra cosa que una manifestación clara de "particula- 
rismo". '-'-■ 

Estos particularismos, según Ortega y Gasset, se 
habrían derivado de que habiendo fracasado Castilla 
como poder centrífugo, el' todo se desintegra para 
reasumir su particular soberanía. 



■-?!■•• 



• . i 



550 



PEGASO 



■■•> 



El pueblo español, ante la absorción particularista 
de Castilla, se habría interrogado: "¿Para qué vivi- 
mos juntos?", y como, según Renán, **una nación es 
un plebiscito cotidiano", siendo la voluntad de la ma- 
yoría contraria a la de la minoría dirigente, la inicia- 
ción destotalizadora fué su más natural consecuencia. 

Suele acontecer que el particuíarismo hace sufrir al 
grupo que lo exterioriza, "el espejismo de creerse so- 
lo y todo", de aquí éi que, sin convivir con los demás, 
adopte aptitudes llamadas a fracasar en el propio 
aisilamiento en que se forjaron, ante la indiferencia 
de los nñoleos restantes que integran ila nación. 

Compartimentos estancos 

Pero el particularismo no existe solamente entre 
los grupos que se conglomeran para constituir un 
pueblo; existe — ^y esto es más grave — entre las clases 
eooiaJes dé cada grupo. 

Estos particularismos forman entidades tan imper- 
meables e insensibles a las manifestaciones colectivas 
del resto del grupo que, en realidad, constituyen den- 
tro del núcleo, verdaderos "compartimentos estan- 
cos". Es así que dentro del todo social — formado 
por las partes, a veces étnicamente distintas — se 
constituyen núcleos especiales que se caracterizan por 
la uniformi,dad de sus funciones. Véase que los gru- 
pos raciales existían antes de la totalización y que los 
"eompartimentos estancos" son frutos de la inte- 
gración y factores de desorganización dentro de la, 
unidad funcional que debe destacar a la nación. 



Elasticidad social 



En tanto que estos particularismos sociales o gre- 
miales no olviden la empresa p el vínculo ideales que 
unió a los grupos, esto es, en tanto que exis1¡a una in- 



.y 



V "ESPAÑA invertebrada" 5M 

terdependeiKjia entre ellos para la realización de los 
fines propuestos, el proceso progresivo se llevará a 
cabo ; mas, en cuanto se imponga un aislamiento, la 
totalización estará amenazada de desaparición irre- 
mediable. 

**No es necesario ni imi^yortante que las partes de 
un todo social coincidan en suts deseos y sus ideas ; lo 
necesario e importante es que conozca cada una, y en 
cierto modo, viva, los de las otras." 

A esta posibilidad de trasmitir y percibir, recípro- 
camente, emociones, ideales, necesidades, etc., llama 
Ortega y Gasset "elasticidad social", y sólo una na- 
ción ** elástica" es capaz de reaccionar a tiempo y 
conquistar las grandes victorias. Porque, faJtando 
elasti<?idad, el impulso civilizador o progresista ini- 
ciado en el seno de un grupo no se trasmite a los de- 
más y pierde su fuerza a jxkjo de expansionarse, re- 
sultando, con esto, nula, su posible, eficacia. 

f 
Acción direota . \ 

El esipejismo que puede fomentar él particularismo 
haciéndonos creer ''solos" y *'todo", nos lleva a pres- 
cindir de los demás, a creernos los únicos, los indis- 
pensables y aún los llamados a tomar, con absoluta 
prescindencia, las grandes resoluciones. En otros \ér-. 
minos, nos conduce a la "acción directa" que entra- 
ña el orgullo de no compartir responsabilidades y el 
egoísmo de disfrutar todas las victorias. Es así que 
puede sostener Ortega y Gasset que "la única forma 
de actividad pública que al presente, por debajo de 
palabras convencionales, satisface a cada clase, es la 
imposición inmediata de su señora voluntad; en su- 
ma, la acción directa." ^ . 

Como se comprende, para nuestro filósofo, la "ac-. 
oión directa" sería el medio afirmativo de potenciali- 



\ 
\ 



552 



PUtiASO 



dad de las clases particularistas. Esto está bien en la 
dase obrera socialista, que parte de la base de que 
las demás clases han contribuido a crear una socie- 
daxi — la actuad — que debe desaparecer por mal cons- 
tituida; pero, no justifica la tendencia secesionista de 
las demás agrupaciones. 



Pronunciamientos 



Precisamente, la existencia de esos "compartimen- 
tos estancos", determinada por el espejismo de cier- 
to particularismo exagerado, que ve en la ''acción di- 
recta" su mejor medio de obrar, explica la psicología 
de los famosos * 'pronunciamientos" españoles. 

Aquellos militares que se "pronunciaban", creían 
Interpretar por "cerrazón mental", el 'pensamiento 
total y sufrían la ilusión — que los llevaba al fracaso — 
de confiar que a su llamado violento iban a responder 
todas las fuerzas vivas de la nación. 

Los "pronuncia-dos" no pensaban que era necesa- 
ria la lucha preparatoria ; tenían la ingenuidad de su- 
poner que a su "grito" todos responderían y se cam- 
biaría la situación contra la cual se conspiraba. 

"No iban, pues, a luchar, sino a tomar posesión del 
Poder púMico. " I 

El error de los "pronunciados" consistía en no su- 
poner posible la existencia de enemigos, y así, toda 
vez que haya "pronunciamientos" particularistas ha- 
brá fracasos irremediables; a lo sumo, la opinión pú- 
blica llevará su atención al movimiento abortado para 
caer luego en su marasmo. 

Tja existencia de "pronunciamientos" y aún de la 
"acción directa", comprueba la existencia de la inso- 
lidaridad actual y evidencia que "si cualquiera tiene 
fuerza para deshacer, nadie tiene fuerza para hacer, 
ni siquiera para asegurar sus propios derechos." 



'"ESPAÑA invertebrada" 553 



í. 



Hombres y masas 

.'■ ■ - ■ . 

A menudo se dice "hoy no hay hombres" y es el 
caso de que, si comparamos los "hombres de ayer" 
con los "hombres de hoy", nos encontramos que, co- 
mo individuos, aquéllos y éstos no se diferencian ma- 
yormente. Lo que haxíe que la "hombría" de los 
"hombres de ayer", nos parezca mejor y mayor que 
la de los "hombres de hoy" es, si atendemos al con- 
tenido espiritual de las masas, el crecimiento de una 
gran indisciplina en los núcleos sociales y la pérdida 
de una capacidad de humildad, de entusiasmo y de 
adoración a lo superior. Porque "un hombre no es 
nunca socialmente eficaz por sus cualidades indivi- 
duales, sino por la energía social que la masa ha de- 
positado en él. " 

En consecuencia, deduciremos que los "hombres" 
cuya ausencia se lamenta en la hora presente no fue- 
ron otra cosa que "mitos colectivos", "creaciones 
efusivas de las masas entusiastas", sin que esto im- 
plique desconocer sus posiblesi méritos personales, 
que de nada hubieran valido a no haber contado con 
, la humilde admiración de las muchedumbres, ya que 
"el valor social de los hombres directores depende de 
la capacidad entusiasta que posea la masa." 

Siendo, pues, los "hombres" creación de las "ma- 
sáis", cuando éstas afirmen: "Hoy no hay hombres", 
se puede sostener: "Hoy no hay masas". 

Si imperan las masas, los "hombres" tiene que so- 
meterse a este dilema: "Obedecer o desaparecer". Y 
entonces, como no son los mejor dotados y los más 
capacitados los que imperan, las sociedades se diso- 
cian por falta de actividad socializadora. Desde luego 
"cierta capacidad para dirigir" y "cierta facilidad 
íntima para dejarse dirigir", son necesarias y com- 






554 



PSOASO 



plementarias en la formación de todo núcleo social; 
y ouando fadta esa minoría dirigente y la mayoría di- 
rigida, la agrupación está en bancarrota. 

Mientras los más no se sometan a seguir a los me- 
jores o a los que consideren más capaces, "sólo triun- 
farán en el ambiente colectivo las opiniones de la ma- 
sa, siempre inconexae, desacertadas y pueriles." 



Épocas «Kitra» y «Kali» 



X .1 



En toda ocasión en qué una minoría dirigente fra- 
casa y la mayoría dirigida en vez de sustituirla por 
otra, intenta hacer siis veces, la sociedad cae en una 
incontenible decadencia, porque, como queda dicho, la 
masa sólo existe para ser dirigida y no para diri^r. 

Dirigiendo la masa, tiene que fracasar, y al caer en 
el caos, vuelve sus ojos hacia los hombres cuya "aris- 
tocracia" vejó, y en nueva actitud de humildad, re- 
conoce la necesidad de la intervención específica de 
las minorías eminentes en la convivencia social. Este 
es el proceso histórico de las masas en lo que se re- 
fiere a sus relaciones interindividuales. Y es algo su- 
gerente que "cuando la subversión moral contra la 
minoría mejor llega a la política, ha recorrido ya to- 
do el cuerpo social." 

En los "purana" indios, la época "Kitra" es la de 
la "formación de aristocracias y con ellas de la so- 
ciedad", y la época "Kali" es la de la "decadencia 
de esas aristocracias y con ellas disolución de la so- 
ciedad." 

EsiDaña, para Ortega y Gasset, pasaría actualmente 
por una época 



"Kali" 



"ESPAÑA INVERTEBRADA ' 555 



Eejmplaridad, docilidad y aristocracia 

Siempre tendremos en toda sociedad, que no sea 
anómala, **uiia masa vulgar y una minoría sobresa- 
liente". Cuando las ''clases proceres" degeneran, es 
que se han vuelto masas vulgares. Por esto ' ' el meca- 
nismo elemental creador de toda sociedad", se pone 
en actividad cuando *'la ejemplaridad de unos pocos 
&e articula en la docilidad de otros muchos". Es que 
la muchedumbre, cuando es sana y es justa, quiere ser 
como los mejores y se siente conquistada por esa, su- 
perioridad para la que tiene fácil su admiración y dó- 
cil su entusiasmo. 

De aquí que Ortega y Gasset sostenga que "no fué 
la fuerza, ni la utilidad — que son como corrientes in- 
ducidas que se producen dentro del circuito social, 
una vez que se ha formado — lo que juntó a los hom- 
bres en agrupaciones permanentes, sino el poder 
atractivo de que autonómicamente goza sobre los in- 
dividuos de nuestra especie el que en cada caso es 
más perfecto." 

Consecuentemente, aristocracia ha de entenderse 
como sinónimo de superioridad, de ejemplaridad. "De 
esta manera vendremos a definir la sociedad, en úl- 
tima instancia, como la unidad dinámica espiritual 
que forman un ejemplar y sus dóciles. Esto indica 
que la sociedad es ya de suyo y nativamente Un apa- 
rato de perfeccionamiento." 

. Una sociedad será tanto más perfecta y más dura- 
dera cuanto mayor y más regular sea el surgimiento 
en sus diversas clases de hombres eminentes; de lal 
modo que si éstos llegaran a faltar, la sociedad se ve- 
ría expuesta a desintegrarse por absorción particula- 
rista de otros grupos que, de coadyuvantes se trans- 
formarían en dirigentes, con grave peligro para la 



556 



PEGASO 



continuidad del movimiento que se realiza entre los 
dirigentes ejemplares y los dirigidos dóciles. 

Cuando las masas se vuelven indóciles, por indoci- 
lidad natural, más que por falta de ejemplaridad, la 
sociedad se enferma de una mortal enfermedad que 
podría llamarse "aristofobia u odio a los mejores". 

Y es el caso más común que "una nación es pueblo 
organizado por una aristocracia." (1) 

"La nota que diferencia la obra ejecutada por la 
masa de la que produce el esfuerzo personal, es la 
"anonimidad". La historia de Francia o de Inglate- 
rra es la obra de las minorías. La historia de España 
es la obra de la masa, salvo en ciertos períodos de ex- 
cepción. En ésta las minorías necesarias no han exis- 
tido; faltó, por tanto, la ejemplaridad suficiente o 
cuando hubieron los "ejemplares" nadie quiso se- 
guirlos con docilidad. 



La historia de E<ipaña 



La "primera gran desgracia y la causa de todas 
las más" para España, fué el hecho de que no haya 
habido apenas feudalismo. • | 

España, como Inglaterra, como Francia, como Ita- 
lia, se forma por la conjunción ''de tres elementos: "la 
raza relativamente autóctona, el sedimento civilizato- 
rio romano y la inmigración germánica". El sedi- 
mento civilizatorio romano representa ' ' un elemento 
neutro en la evolución de las naciones europeas". No 
es la raza autóctona la que mide el grado de la dife- 
rencia esencial entre Francia y España, sino la diver- 
sidad de las suibrazas germanas invasoras. En Fran- 
cia imperan los francos y en España los visigodos. 



(1) "Imperativo de inteleetualidad" por Ortega y 
set. Revista "España". Año VIH. N.» 303. 



Gas- 



< < 



ESPAÑA invertebrada" 557 



Estos eran '/©I pueblo más viejo de Germania: había 
convivido con el Imperio romano en su hora más co- 
rrupta"; desde luego, los más civilizados, y como to- 
da civilización recibida "es fácilmente mortal para 
quien la recibe", España fué herida de muerte con 
su aparición. En cambio, Francia es invadida por los 
francos, raza también germánica, pero llena de vita- 
lidad sorprendente, y esto explica su potencialidad de 
integración. En consecuencia, y esta es una afirma- 
ción decisiva de Ortega y Gasset, **va de Francia a 
España lo que del franco al visigodo". 

Ahora bien: *'el rasgo más característico de los 
germanos fué el feudalismo", entendiéndose por tal, 
"al conjunto de fórmulas jurídicas que desde el siglo 
XI se emplean para definir las relaciones entre los 
"señores" o "nobles". España no tuvo casi feuda- 
lismo por obra del sedimento civilizatorio romano que 
individualizaba a los visigodos, y de aquí la *'anoni- 
midad" de su historia. Francia adoptó el feudalismo 
y con eUo explica la "ejemplaridad" de sus hombres 
y su progreso creciente de incorporación integral, 
pues, en resumen, "el poder de los "señores" defen- 
dió ese necesario pluralismo territorial contra una 
prematura unificación de reinos." 

La historia de Eápaña, según tal descamada disec- 
ción, "salvas fugaces jornadas, ha sido la historia de 
una decadencia", lo que da decir que "tuvo una em- 
briogenia defectuosa". 

La unificación española, entre 1450 y 1500, sólo po- 
ne un vacilante y endeble puntal a la indiscutible de- 
cadencia de los orígenes. La falta en número y en su- 
ficiencia, en cantidad y en calidad, de hombres de 
"ejemplaridad", dejó todo en poder de las masas, y 
así se destaca la obra de la colonización española co- 
mo tarea de la "anonimidad", en tanto que con In- 
glaterra, para citar un caso, es el resultado del des- 



liC^v 



558 



PEGASO 



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■.. ■' 1. 



plazamiento de su feudalismo, originarip de las mi- 
norías selectas, 

España en la colonización, es decir, el "pueblo" 
español, hÍ2X) lo que pudo: ''pobló, cultivó, cantó, gi- 
mió, amó. Pero no podía dar a las naciones que en- 
gendraba lo que no tenía: disciplina superior, cultu 
ra vivaz, civilización progresiva." 

Y España, por la falta de una minoría selecta, si- 
gue siendo *'un pueblo "pueblo", raza agrícola, tem- 
peramento rural", y lo seguirá siendo, li»6ta que un 
imperativo de selección, obrando sobre la humildad 
dócil y admirativa de la masa, gobierne los espíritus 
y oriente las voluntades hacia las más felices empre- 
sas y los más puros ideales. 



Con este libro, y más que en ningún otro, Ortega 
y Gasset afina su natural don de exponer bella y pro- 
fundamente y no olvida que este "bosquejo" viene 
a ser una lección más, que dicta para un público de 
lectores entusiastas. 

Agota el tema de su meditación con una dialéctica 
disciplinada que no lo aieja un punto de las conclu- 
siones a que intenta llegar, no por puro diletantismo 
de profesor asomado a la realidad, sino por conscien- 
oia de la grave responsabilidad que le incumbe como 
célula nueva de un viejo organismo decadente. 

No hay pesimismo en la observación fiel, aún cuan- 
do los resultados de la investigáfción sangran en ver- 
dades amargas. I 

De la contemplación de la decadencia actual en que 
hace crisis el defectuoso origen que define a España, 
invertebrada por vicios de orgánica constitución, sur- 
ge con perfiles definidos la posibilidad de una reae- 
eión regeneradora. 

Confía en la juventud, todavía incontaminada, y 



» 



'■'esp^vka invertebrada" d&9 ^ *^ 

deposita, sin decirlo, su esperanza en ella, tal como 
Eodó ponía en manos de los jóvenes el barro intacto 
con que podría ser plasmada una América vencedo- 
ra. Y al igual que Renán, cree que está en manos de 
los aristócratas de la inteligencia el porvenir del pue- 
blo que trabaja sufriendo, sin redimirse nunca. ' 

Cuando estudia Ortega y Gasset en la vida es^pa- 
ñola, desde la distancia que da más vigor a los con 
tomos de su perspectiva histórica, adquiere, por el 
calor cordial de su comentario, rasgos recios de agua 
fuerte; y el cuadro, evocado en toda su plenitud, luce 
gallardamente en todos los planos, sin que, por un 
solo momento, la pasión oscurezca los detalles o des- ¿j 

figure los trazos característicos. 

La hora actual española propicia una identidad de 
propósitos renovadores en la ideología de los escri- 
tores contemporáneos. 

Ad cerrado regionalismo, que propendía a la inver- 
tebración del organismo fatigado, sucede el diáfano 
razonar que vuelto del crudo análisis quiere crear por 
síntesis, la nación llamada a prosperar. ' 

"Necesitamos una jerarquía de capacidades; las je- 
rarquías 'tradicionales ya no nos sirven. Necesitamos 
jefes, jefes indiscutibles" — clama Pío Baroja en 
** Divagaciones sobre la cultura". Ya antes, en "Mo- 
mentum catastrophicum " — passez le mot — había ^ 

anticipado su pensamiento diciendo : ' ' Nos es necesa- 
ria una jerarquía, pero una jerarquía racional." 

Baroja siente la urgencia de fomentar el "impera- 
tivo de intelectualidad" o de selección, porque com- 
prende que "el carácter hispánico tiene un fondo ka- 
bileño, inquieto, anárquico", causa principal de los 
particularismos desintegrantes. 

Y en poco se diferencia este modo de pensar del de 
Unamuno, que en el tomo I de sus "Ensayos", de- 



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::, 



560 



PEGASO 



ciara que "la labor de españolización de España no 
está concluida, ni mucho menos." « I 

De intento destacamos el pensar de dos escritores 
vascos para cotejarlo con el del castellano Ortega y 
Gasset. En la periferia se piensa como en el centro. 
Falta sólo que los directores espirituales se impongan 
al pueblo con la ejemplaridad de su prédica persis- 
tente en la continuidad de un mismo esfuerzo, 

Y cabe acogerse a la esperanza de que tales aspira- 
ciones se truequen en amplias e inmediatas activida 
des, en estos momentos en que hace crisis la decaden- 
cia embriogénica de España. I 



José Pereira Rodríguez 






i 



AYAX 



Ayax, hijo de César, va, precoz caballero. 
En Su cabalgadura, dura porque es de pino, 
Con el sable de lata en la vaina de cuero 
Y el trabuco cargado con el cor dio asesino. 

« 

El casco de papel de estaño damasquino, 
Da UM carácter heroico a su semblante fiero > 
Que edita una segunda edición de Mambrino 
**In jesús" para encanto del cónclave casero. 

Ebrio de su quimera de bélica aventura. 
Bajo el yelmo encantado su mirada fidgura, • 
En tanto la tacuara homicida enarbola... 

Mas por desgracia suya fatalidad lo asedia. 
Pues pierde el equilibrio y epiloga en comedia 
La epopeya, rodando lo mismo que una bola. 

V Pablo de Grecia. 










• í 



GUÁRDALO PA'OTROS... 



Se que te ráis porque a ocasiones canto 
Que jué un desdén lo que amargó mi vidctj 
Y ráis al ver que, padeciendo tanto, 
Mi pobre corazón aún no te olvida. * 



Goza no más si mi dolor te alegra, 
Hace no más de tu desdén alarde; 
Cuawto la suerte sea pa mí más negra, 
Menos ha e ser mi corazón cobarde. 



Como se quiebra l'hacha en el lapacho, 
Ansina en mi alma tu desdén se quiebra; 
Que por algo, al nacer, ói decir : macho . . . 

Pa mi el querer ha e ser de relancina. 
Amor, hecho e rogar, no es ya d'esa hebra, 
Cruurdalo pá'otros ese amor, mi china... 

. ■ •■! 
, El viejo Pancho. 

(José A. Trelles). 



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PRESENTIMIENTO 



i 



Este suave dolor encendido en mi pedio... 
¿será la muerte? -oiega, a tientas, busca nido 
¿mujer, cómo no sabes? ha quedado deshecho 
mi jardín, y las ramas de laurel se han caído... 

Busca, sí, en los rincones del alma lo perdido, 
fragmentos de mis joyas: rosas, nuhes: he hecho 
don de toldo el pasado al señor del olvido: 
ven, arrincónalas al lado de mi lecho. 

Sólo te imploro, vendes mis ojos, cuando — alas 
fugitivas — mis pasos tiemblen sobre el abismo, 
y mi boca enmudezca a los queridos nombres... 

En torno mío un grande siJ'encio. Ni las únalas 
ni las buenas palabras, dirán lo que yo mismo 
he de callar, delante de Dios y de los hombres. . . 



CERCADILLA DEL GUADARRAMA 

( España ) 

Aldea, eres un sueño. Eres suave de nieve 
bajo el vaho azulino de tus sordos pajares; 
tu vida silenciosa, sin pecado, contnueve 
mi pena ¡tan hermana de tus negros pinares! 



"'--<•■,:>. '^''f:% i.'..OÍ»"'V^ÍÉ 



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56 1 



PEGASO 



Por tus aceras blancas, torpes sus alas, mueve 
mis pasos este verso cargado de pesares... i 
¡Ah si sabré que un hombre sin corazón no debe 
despertar las palomas entre los palomares! 

i 
Como mancha la nieve, el lobo, fu vecino, 

voy dejando mis pasos al borde del camino, 

a instantes, me detengo ante un copo que ondea 



y mi ruta se tuerce, como una S oscura. . . 
mirándola mañana, socarrón dirá el cura : 
"por aquí anda, borracho el loco de la aldea." 



LA ALBERGA DE GRANADA 



Como un cristal antiguo, apenas si reflejas 
la color de la seda malva y el rosicler; | 

es tu vago espejismo de las torres bermejas, 
leve, como una candida presencia de mujer. . . 

Irisada de ópalos, ¡oh alberca de Granada! ^ 
fuiste copa ritual de los blancos imanes; 
aún palpita en tus ondas la carne perfumada 
de Zoraida, y deslies, lenta, sus talismanes... 

La sagrada quietud de las viejas mezquitas 
ha serenado tu alma, para siempre, ¿meditas 
acaso en mis cristianos ensueños pecadores? 

No : que mi verso escucha sin saber su sentido 
la oración de tus aguáis transparentes de olvido 
que hoy profanan de rojo los peces de colores. 

Octavio Pinto. 




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•V 



día de bodas 



y 



Á 



El día que nos casemos 
tú estarás tremida y blanca 
{blanca como una azucena, 
trémula como una lágrima)^ 
Rojo de orgullo a mi lado 
te llevaré aquella noche 
como botín de conquista, 
como conquista de hombre. 
Mas cuando quedemos solos 
Me inundará él santo miedo 
de estrujar con mano torpe 
la pureza de tu velo . , . 

¡Y tú estarás toda roja!. . . 

¡T yo estaré todo trémulo!. 



Pedko González Gastellú. 



■v ■-¿•^ 



# 









■ 5 



EDUCACIÓN 



Los Congresos 



(Con motivo del 3.er Congreso Americano del Niño que se realizará en Rio de Janeiro^ el 2& 

de Agosto próximo) 



La idea de celebrar reuniones, periódicamente, en 
distintos lugares, para dilucidar cuestiones comple- 
jas, a la luz de la discusión, significó un gran paso en 
el progreso de la sociedad humana, aunque los pri- 
meros resultados fueran dirigidos a encadenar el pen- 
samiento. 

A través de la niebla que rodeaba a los Concilios^ 
el pueblo comenzó a ver, cómo crecía, con la unión de 
las almas, el poder de la inteligencia ; y el cisma, tras- 
cendiendo basta las masas, con sus chispas ardientes, 
sembró en ellas el germen que debía convertirse en 
la conquista del derecho. ] . 

Eotas a golpes de espada las fraguas en las que los 
dogmas armaban sus redes, los ideales que alcanza- 
ron su triunfo en la revolución, al grito de paz, reco- 
rren el mundo, borrando fronteras; y los hombres.se 
unen para remontar el espíritu libre, siempre a ma- 
yor altura, en incesante vuelo. 

El concepto de patria se modifica día a día. Cada 
pueblo va apareciendo como un hogar vinculado a 
otros hogares, por relaciones de sangre o de tradi- 
ción. Los siglos pasados, al ligar a los que son con 



' .; 



EDÜCAClÓil .'.(39 

los que fueron, se van estimando como cortos perío- 
dos en el transcurso del tiempo. ^ 
. Nos sentimos íntimamente unidos por el magnífico 
avancQ colonizador que siguió al descubrimiento de 
América, por la solidaridad de principios y comuni- 
dad de esfuerzos en las luchas de la independencia, a 
todas las naciones de América que mirando liacia 
atrás, reconocen como suyas, las legiones de hombres 
que. en el siglo XVI acudían a los puertos de España, 
ávidos de gloria y de poder, para cruzar los mares, 
en débiles carabelas, afanosos y valientes. 

El Brasil es ibero como los pueblos que lo rodean; 
para él también salió de Palos el sol de sus destinos; 
y aunque la cadencia de la frase portuguesa no rime 
con la nuestra, por las raíces de las voces que brota- 
ron de Castilla, hispanos y lusitanos se entienden sin 
traducción en la proSa y en el verso. Hasta la histo- 
ria de rivalidades por la posesión del suelo, vinculan 
la República brasileña a sus vecinas, como vincula a 
los hombres hermanos, la memoria de revertas infan- 
tiles. 

Si al calor de la leyenda quieren congregarse los 
que rinden culto al recuerdo de la bella odisea colom- i 
biana, junto a los ibero-americanos han de estar los , 

descendientes de aquellos prófugos, que partiendo de . . / 

Inglaterra, llegaron al Norte del continente, donde 
colocaron el altar para la libertad de sus creencias. 

Las modalidades características de esa raza que lia ' 

venido a formar en el Nuevo Mundo el contrapeso de 
los impulsos latinos, enseñando normas administrati- 
vas que dan a la riqueza el mayor rendimiento posi- ^ 
ble, determinan en nosotros afinidades con los pue- 
blos europeos, de donde ella procede. Especulaciones 
científicas nos ligan a la metódica Alemania; el es- 
píritu de laboriosidad industrial, a los Países Bajos; 
tendencias democráticas a Suiza; cultura general a r 






57U 



PEGASO 



Francia; y a, Italia, el gran empuje de su ola emi- 
grante y el rincón del Lacio, donde todos los pueblos 
civilizados barbotaron algunas sílabas. 

Bellísimo es el sentimiento que flotando sobre las 
ruinas de los viejos monumentos, encuentra motivo 
para unir a los hombres, en los rasgos de un manus- 
crito, en la curva de una moldura o en la expresión 
de un símbolo. 

Poco a poco, rompiéndose, con los estragos del ca- 
ñón o la penetración de la imprenta, las vallas que 
nos aislan aún de las naciones de Oriente, la antigua 
Fenicia, la que fué Judea, los descendientes de Na- 
bucodonosor y de Ciro, de Cambises y Darío, irán 
adquiriendo a nuestro lado el. título de hermanos, co- 
mo sucesores de los que, para todos, dejaron peque- 
ñas y grandes concepciones, cuya acumulación, con 
las que después surgieron en distintos puntos de la 
Tierra, formó el caudal que poseemos. 

La Lidia, donde al parecer se oculta ^el origen de 
la venerada tradición de Adán y Eva, no tardará en 
' unirse a los pueblos de Occidente. Ya comenzamos a 
sentir afecto por ese lugar, que vela el misterio im- 
ponente de altísimas montañas, grandiosos torren- 
tes, monumentales templos, porque la dulce palabra 
de Tagore, habla desde allá a nuestro corazón y lo 
/ conmueve. i - 

Lejano está el día en que la voz del hombre se oi- 
ga siempre como voz de hermano desde cualquier con- 
fín ; pero en todas las- regiones pobladas del planeta 
se escucha algún canto de fraternal acento. ] 

Desde los dominios de la raza amarilla, a menudo 
nos tienden la mano amistosa, el Japón y el que fué 
Celeste Imperio. 

La Oceanía, que cuenta centros de población como 
Melbourne, vive aislada por la inmensidad del océa- 



f 






EDUCACIÓN 



571 



no; i)ero las ondas hertzianas y el aeroplano no tar- 
darán en acercarnos a ella. > 

En el Sur de África, frente a nuestras playas, ela- 
boran su progreso firmemente, pueblos como el Cabo 
y el Transvaal. El inmenso desierto, mitad bosque y 
mitad arena (jue impide su expansión, pronto queda-" 
rá cri/zado pgr numerosas vías que comunicarán esa 
región con la del Norte, donde desde más de 4,000 
años atrás, espera el destino, con la mirada fija en el 
horizonte, la Esfinge de piedra. 

Al Oriente del Atlántico, antes de que llegue la 
época venturosa que describo, correrá mucha sangre 
todavía; pero en toda América, en el centro y en el 
Occidente de Europa, se está organizando la consti- 
tución de la familia humana sobre una sólida armo- 
nía. 

La guerra que acabamos de presenciar, que por la 
inmensidad de sus horrores parece desmentir esta 
afirmación, la confirma si se juzga por arriba de los 
horrores, como es preciso juzgar los grandes aconte- 
cimientos históricos. 

Nunca cayeron más hombres, nunca corrió más san- 
gre, nunca se derrumbaron más obraS; pero nunca 
se unieron más pueblos para defender una sola causa 
y nunca se luchó por fin más desinteresado de la ven- 
taja material que el triunfo debía reportar. 

En esa grandiosa lucha venció la fuerza del Trata- 
do. Los ejércitos más poderosos de la Tierra, se do- 
blegaron ante el ** pedazo de papel" que conservaba 
fundidos en íntima unión, los pensamientos de varios 
hombres delegados por aus respectivas naciones, para 
estipular nomas de conducta en defensa del derecho 
común., 

Los convenios de esa clase se irán sucediendo e 
irán triunfando; pero a pesar del progreso que re- 
presentan sobre los Concilios, aún conservan algo de 









í?;^- - ■ '■ c''--^",--í,^- 



572 PEGASO 



la iiitoiic'ióii do aquéllos, porque en el fondo de sus ar- 
tículos, muchas veces esta sagazmente preparada, por 
resabio de antiguas tendencias del instinto colectivo 
cuva evolución no ha concluido, la intención de ex- 
tender un dominio material sobre tierras y mares, a 
despecho de la libertad dfe otros pueblos. I 

Donde el pensamiento humano adquiere la magni- 
tud de su poder, formando, en el intenso agregado de 
muchas ideas, un foco de luz que puede llegar hasta 
los astros, escudriñando los misterios del tiempo y 
del espacio, para alcanzar alguna parte, por pequeña 
que sea, de verdadera felicidad, es en esa nueva ins- 
titución' que todos los pueblos civilizados van man- 
teniendo cada día más extendida sobre el planeta, con 
los hilos delicados y tenaces del niás desinteresado 
afecto: el Congreso. 

Difícil tarea sería la de enumerar todos los que se 
han celebrado tí\n sólo en el correr del siglo XX. Casi 
puede decirse que no hay día sin que en algún lugar 
se realice uno, pues sólo llega a nuestros oídos la voz 
de los que congregan a representantes de naciones 
diversas. 

Internacioifales, continentales, nacionales, regiona- 
les, los Congresos elaboran continuamente acá y allá, 
la fusión impersonal del pensamiento humano. 

Sus drcisiones expresan una síntesis de la verdad 
descubierta en distintos radios de la actividad men- 
tal, por distintas modalidades de esa mentalidad: la 
faz común del sentimiento que hace latir el corazón 
de los pueblos; los caracteres típicos de la especie, al 
reunir jos étnicos de cada agrupación. 

El Congreso estimula la yiroducción intelectual; las' 
relaciones sociales y políticas; fija la atención de to- 
dos hacia cuestiones que sólo merecían la de los estu- 
diosos y pone al nivel de los espíritus superficiales, 
los problemas hondos, logrando muchas veces atraer 



Xa^-i'i 



/■ 



EDUCACIÓN 



dí3 



liaeia ellos, a los quo, sin oír un ílamado somu'o, no 
abandonan la inerte quietud.' 

Hasta aquí ¡loor al Congreso! Mns, nmclio más, po- 
dría decir para alabarlo. Alguna vez babrii quien es- 
criba una crónica gejjeral que ponga de relieve el be- 
neficio reportado por él; pero todo, basta lo que se 
cree más bueno, tiene que evolucionar, y el Congreso 
ha llegado a una altura, en que se impone la reforma 
de su reglamento. 

He tomado parte activa en la Sección Pedagógica 
de algunos, actuando como Secretaria varias veces, y 
esto me permite conocer el punto a que me reñero. 

Se va a celebrar el 3." que en América se dedica al 
niño. Tuve participación en el 1." y en el 2."; la ten- 
dré también en el 3.". 

He seguido, pues, especialmente, la marcba com- 
pleta de éste. En otro artículo me ocuparé de lo que 
a mi juicio conviene hacer, para que todos en gene- 
ral, y el del Niño en particular, hagan más intensos 
y efectivos los benelicios que ese organismo debe re- 
poitar a ia immanidad. ... 

ENiíTQt'ETA Co^ri'TE Y ElC-.'^^. 



* 



..^■>it:^'íi.'fen,i.; 



Si^'r'^^'vi. •*t'*-'tSi?'; 



x'-t; 4k, v^-jé:-. 



mi 



-: ' ./ 






1 



CRÓNICA DE ARTE 



y La exposición de José Luis Zorrilla de San Martin 



Después de mucho tiempo sin exponer, antes de 
iniciar el ansiado viaje, hoy nos muestra Zorrilla el 
conjunto vigoroso de toda su obra. Al entrar a la 
nueva etapa, quiere despedirse con nosotros de todos 
los sueños plásticos de su juventud. Y nos invita sen- 
cillamente a estudiar, junto con él, la obra de los pri- 
meros años, en el momento en que va a entrar en la 
senda ~ definitiva y consagradora. 

■Sabemos que no estamos ante un arte cristalizado. 
Pero también sabemos que no estamos delante de en- 
sayos o tentativas. Toda obra, aún la más imperfec- 
ta, nos acusa el temperamento del artista. Y descu- 
brimos la parábola magnífica del esfuerzo superán- 
dose confiadamente en cada nueva obra. Inquieto es- 
fuerzo, siempre seguro, nunca desmayado. 

Realiza Zorrilla esta exposición con modestia y con 
humildad. Con esa humildad religiosa que tan bien 
sienta a los grandes artistas. Ellos que sabe;n de las 
dificultades insalvables, ellos que saben de la verdad 
inmortal de los mármoles clásicos, albergan siempre 
en el espíritu esa mansa modestia que no los amilana 
sino que los excita en la vía luchadora. Por eso la hu- 
mildad es relativa al futuro. Aman apasionadamente 



- CRÓNICA DE aBTE ... ' ^ 575 ' " ' \ ^ ' 

la creación última, pero se saben siempre en mitad 

de un camino de perfección que hay que recorrerlo ' ,\. 

con amor y con fe como una senda áspera de misti- 
cismo. ' ■■■,'v-- /•-■../ -^_ .^. '■ .- .^_^ 

Este escultor, tomado hoy en la plena fogosidad ' " 

de sus treinta años, nos da el hermoso espectáculo de 

su evolución artística. Hay algo de armónico en el .^ - 

desarrollo de una vida que se inicia llena de prome- ' 

sas, y que no fracasa. Una unidad artística coordina 
todas las etapas, ya en un ritmo de friso, de un friso 
que la muerte a veces cruelmente no deja terminar, 
ya en la grandeza de un tríptico que culmina con la 
©■bra imperecedera : Venus plácida de Praxiteles, es- • , 

clavo torturado de Miguel Ángel, Eva amorosa de 
Rodín. . . " ' ""^ 

Así, nos sea perdonado el apartamos por un ins- 
tante de su otora en el estiidio de la vida del artista. 
Nos place encontrar su personalidad, aún sin mirar - s . - 

sus esculturas, para después reencontrarla plenamen- 
te y juvenilmente en esa carne blanca de sus yesos. • 

\ • • ' '•:••■■' 

La vida del artista 

r I - ' 

El hijo del poeta, el precoz recitante de la *'Le- * ' 

yonda Patria", anuncia desde su infancia una clara 
vocación por las artes plásticas. Abierto y comuni- 
cativo, lleno de vehemencia^ — a veces imitando la 
poética vehemencia paternal, — ingresa en la uoho 
mia juvenil apenas boTronea sus primeros apuntes. 
Constituye cíi'culo de pequeños amigos y de ad- 
miradores. Y como en la eterna historia, de- 
dica sus mejores horas a los ensueños, a las divaga-, ■ ■ 
ciones, a los proyectos absurdos, a las quimeras le- , í f 
janas. Se exalta con su bohemia. Con esa bohemia 
benefactora, la bohemia esencial que emborracha pe- 
ro que no perturba, que excita pero que no desgasta. 






';/.<_,>■ 



570 



P£OASO 



y que pone, para los días difíciles, una dorada gota 
de miel disuelta en el jugo rojo de las venas. , j 

Entonces pasea sus primeros alardes de genio: an- 
clio capadlo dando sombra a la temprana frente po- 
blada de ilusiones ; larga melena y desaliño rebusca- 
do en el porte; además la pipa, que también sueña, 
y el tabaco rubio que marea. Es la época de todas 
las osadías y de todos los desplantes. Se discuten las 
nuevas glorias europeas, y la moda última, el último 
"ismo" apasiona al círculo juvenil. José Luis ensaya 
entonces todas las artes plásticas. Y hasta peca en las 
artes literarias con un cuento romántico, ese cuento 
que escribimos todos, cuando al pasar los quince años 
nos alucina el primer sonreír femenino. 

De su época del infancia recordamos sus dibujos 
llenos de soltura y espontaneidad. Esta fué la prime- 
ra manifestación de su talento plástico y de ella ha- 
blaremos más adelante. 

Después pasa a la pintura al óleo con pasmosa fa- 
cilidad. Los retratos, llenos de vida, fuertes de em- 
paste, le nacían en medias horas. Después tienta los 
temas decorativos, las ilustraciones en negro, los 
grabados de madera, el "affiche". Después pasa a la 
escultura, también en vías de ensayo fácil. Aquí per- 
severa. Y, así, fué el arte de la forma, ese arte con- 
sistente e inmóvil, lleno de humanidad, el que siem- 
pre, hasta el día de hoy, le ha guardado como a un 
elegido. 

El bohemio inquieto, el refinado lleno de amor por 
toda forma de belleza, fué puliendo ardorosamente 
su espíritu. Y en este deambular incierto por las 
praderas floridas del arte sedimenta una cultura am- 
plia, honda, latina. I 

Su viaje de becado a Europa — beca que ganó con 
toda facilidad — trae un cambio radical en su vida. 
Si la corta estada en Italia no le deja aprender mu- 



í.Wj'ii ■.•;;-;•». ;. -í-j.j'k-v."*"' 



.i^.ifr^.:.v. 



■' CUÓNICxV ÜK ARTK - ; ' 577 

clio en su técnica, alcanza para fortificar su espíritu. 
Una onda de virilidad sacude al adolescente refinado. 
Y le infunde un concepto profundo, religioso, de su 
arte. Fué esa convivencia espiritual con el alma de 
ios genios desaparecaos, allá en la galería Pitti, en 
el Palacio de los Uffizzi, en la plaza de la Signo ria, 
bajo la Loggia dei Lanzi, lo que inflamó su espíritu 
creador. Florencia, la aristocrática ciudad de Beatriz 
y de Dante, Florencia cuna de arte a donde él iba en 
busca de los secretos del modelado, modela su espí- 
ritu. Y el que fué blando e inconsistente, lleno de in- 
certidumbres en sus ensayos, más "dilettanti" que 
artista, vuelve fuerte y recio, obsesionado por una 
idea, y decidido a emprender por un solo camino la 
difícil conquista de la belleza. 

Entramos en el segundo período de su evolución, 
digamos la segunda metopa del friso de su vida de 
artista. 

De su viaje trae la fuerza constructiva, la fuerza 
del arquitecto, digamos, que en realidad no hay dis- 
tingos intelectuales entre el que maneja los planos 
rígidos para proteger la vida y el que maneja los 
planos ondulantes para adornar la vida: los dos son 
creadores de emociones hermanas. Primero forma 
su hogar afectivo. En seguida su hogar artístico. 
Levanta las cuatro paredes blancas de su taller, de 
su celda, como él la nombra. Y la ama serenamente, 
como reza la leyenda que le puso: ''Ama a tu celda 
y ella te dará la paz". Allá, abierto y encerrado al 
mismo tiempo, abierto a los amigos y a la vida, en- 
cerrado en el estudio austero de sí mismo, se entrega 
plenamente al trabajo. Su estatuaria crece llena de 
exuberancia y de pasión. No se detiene en detalles, 
no corrige las imiperfecciones. Sólo le preocuDa lle- 
nar su celda de seres inmóviles pero animados del 
mismo fiícgo que le ilumina. Toda idea adquiere una 



'^ 






!.'-?^V'. 



4'r. " i ■ . i 1*- - *■ 



:, I 



/ 



578 



PEGASO 



forma plástica en el cerebro, e inmediatamente se 
concreta en el barro. Los seres mudos pueblan los 
rincones de su taller y le responden C9n el eco de su 
propia voz. Coíforas, Victorias, bustos de familia, le 
hablan angustiosamente, hei-oicamente, f*raternal- 
mente . . . 

Esta es, a grandes rasgos, la vida del artista, que 
nos recuerda en algo la historia de los escultores del 
Renacimiento. No tuvo la ventura Zorrilla de ser pro- 
tegido, como aquellos, de príncipes y monarcas. Mas 
nuestro medio pequeño pero comprensdvo alimentó 
siempre a su lado una íntima admiración, un admi- 
ración que, nacida quizá del prestigio del nombre 
paterno, él se encargó de mantener y de acrecentar 
coü las cualidades latinas de su genio: todo pasión, 
todo vida, todo nobleza, todo afabilidad, todo refina^ 
miento, todo juventud. 



El retratista 



Allí donde Zorrilla ha trabajado más en contacto 
con la naturaleza, allí es donde nos ha dejado ver las 
trazas claras de la evolución de su técnica. Es con el 
retrato — al cuaí fué por una inclinación natural, que 
estudia severamente su arte, ya reposado el espíri- 
tu, en un encarnizado deseo de arrancarle todos los 
secretos a la forma expresiva y espiritual que sitúa 
enfrente de sus ojos. Delante del modelo se constitu- 
ye en fiel y cuidadoso copista. Olvida los desplantes 
juveniles que le llevaban a manchar frivolamente. Y 
sediento de conquistas plásticas investiga seriamente. 

Su viaje por Italia le impregna como con un dejo, 
de osa aristocracia florentina del Donatello y de Mi- 
noda Fiesole. Los primeros bustos que trajo de Flo- 
rencia y los que hizo aquí, fresco el recuerdo de su 
viaje, acusan esa primera manera, sutil y aristocrá- 



^ CRÓNICA DE Mim ü»9 • 

tita, quizas algo ligera, aigo desposeída de una fuerte 
estructura interior. 

Pronto abandona Zorrilla ese veló externo de ele- 
gancia para afincarse en el estudio lento y penetra- 
dor. Y vemos una segunda época en que se desperso- 
naliza por completo, en que se vuelve analítico y me- 
ticuloso. Y su obra se resiente de cierta sequedad, 
pero la dignifica un noble afán de ser sincero. 

Después viene con la sabiduría la tendencia hacia 
la síntesis, hacia la mayor sobriedad y mayor calma. 
Y entonces realiza sus bustos íntegramente, sin des- 
cuidar los valores plásticos ni la estructura orgánica^ 
y dándoles al mismo tiempo la mayor vida espiritual. 

])e su primera manera anotamos su cabeza de niño 
y el busto de Justo. De su segunda manera la cabeza 
de ''Juancito". De su tercera manera su admirable 
l)usto de San Gabriel. 

Hemos juzgado los bustos como valores plásticos, 
como valores estéticos, puramente. Es el })rimer jui- 
cio que debemos ejercitar. Pero después no podemos 
acallar el mundo de sugestiones que nos despiertan 
esas cabezas. Alejado de la banalidad, en la que es 
tan fácil caer con el retrato. Zorrilla dá a todas sus 
cabezas una palpitación humana. Pensamos delante 
de elhis que el artista las ha elegido, no como a tro- 
zos interesantes de naturaleza, los ha elegido como 
es«píritus. Porque la vivacidad que las ilumina es tan 
]'ondn, tan emotiva que nos hermana de inmediato, 
no con cosas inertes sino con seres animados en su 
inmovilidad. 

Así exalta todos los rasgos de la fisonomía moral. 
Acusa definidos, netos, los diversos caracteres. Y'' no 
es que busque esto preconcebidamente. Es la intui- 
ción artística lo que le hace transfundir a lo mate- 
rial la inmaterialidad del alma vecina que se detiene 
enfrente de la suya, atenta, inflamada, inquieta. Así 






580 



i'&UiUaO 



vemos todos los rasgos humanos: primero el candor 
en ese busto de niño, pálido, asombrado, ya sintiendo 
crecer en sí las misteriosas interrogaciones; después 
el sueño vaporoso y vago del hermano músico, los ojos 
lejanos viviendo de lo inefable en las tierras absur- 
das; después la altivez, la enjundia, el garbo con- 
quistador, de ese etfebo, tam'bién soñando, pero con 
quimeras amorosas; después, otro matiz del sueño, el 
sueño del que es poeta por fuera y por dentro y que 
del dolor ha extraído un nuevo modo de soñar. ' 

Encontramos, en otros tres bustos, tres cualida- 
des distintas del pensar: así diremos el pensar líri- 
co, exaltado, el pensar con el canto y el cantar con el 
pensamiento, acusado en la fuerte cabeza del padre 
orador; el pensar absurdo, torturado, angustioso an- 
te la duda filosófica,^al el de la cabeza de Justo; y 
por ííltimo ese pensar, o quizás ese ya más no pen- 
sar, ese deliquio místico, beato, paradisíaco de aquel 
que se Jlama enviado de Cristo, y que, con la Biblia 
bajo el brazo, viaja, émulo de los viejos apóstoles, 
predicando la Santa Palabra por este áspero mundo 
de descreídos. , I . 

Después vienen esas tres cabezas del terruño, don- 
de culmina su arte, una de las cuales, la cabecita del 
•pardo, quedará como una de las mejores obras de la 
escultura americana. 

Anotaremos nuestras preferencias en esta lista de 
bustos. Ellas son para el ya mencionado de San Ga- 
briel. No sabemos si el secreto de nuestra admiración 
radica en la placidez y en la suavidad del gesto bea- 
to, o en la actitud hermana de la mano cordial que se 
abre sobre el pecho. Este busto nos seduce. Y senti- 
mos enfrente de él ese algo misterioso que vibra siem- 
pre en nosotros delante de lo que es grande en arte. 

Otra cabeza llena de fuerza es la del padre. Pero 
no nos seduce tanto. Y es quizás porque adivinamos 



-J>.. ¿Á.^.-^^iÁür,. 



■.:^. i ~ M. :. 



CRÓNICA" DE ARTE ^ 581 

que Zorrilla ha estudiado esa cabeza un poco de afue- 
ra, un poco como espectador, tratando, esta vez sí, 
de atrapar un gesto espiritual. Por eso no la anima el 
sentimiento que tienen otras cabezas. Verdad encie- 
rra, porque sentimos correr esa mirada fuerte que 
busca el reflejo de la onda emotiva que lanza el es- 
píritu del orador y que los espíritus abiertos de los 
que oyen le devuelven cargada de emociones innún.'c- 
ras. 

Pero por sobre la verdad podría tener esa ternura 
filial que tienen siempre esas obras en los artistas — 
madre de Whistler, madre de Rembrandt, padre de 
Mestrovic — y que esta vez ha sido desterrada por 
ese deseo preconcebido de fijar una actitud externa. 

Y otro ligero reproche hagámosle a Zorrilla al pasar 

Y es el de no haber ejecutado ningiín busto de mujer 
ni de niño; reproche que esperamos trocar mañana 
en alabanza cuando realice eso que esta vez, creemos 
que por humildad artística, no ha ensayado. 



El sentimiento de la muerte .-^. 

A través de todas las edades, después de todas las 
ciencias y de todas las religiones, ^1 espíritu humano 
sufre el mismo escalofrío ante el misterio de la muer- 
te. Esfinge inescrutable, Isis velada. Parca inelucta- 
ble, la diosa de tantos nombres siempre llega queda- 
mente y nos sobrecoge con iguales temores. La reli- 
gión, poniendo un destello de más allá en nuestros 
ojos ávidos de traspasar el velo azul, purifica, suaviza 
ese temor. Y en el éxtasis místico lo disipa. Ya sea 
la futura vida una olímpica vida en medio a los dio- 
ees, a veces rivales de los hombres; ya al lado de 
AUah, en delicuescente ensoñación; ya eij, la placidez 
angélica frente al Dios, esa promesa nunca abando- 






i" 



582 PEGA»» ' i. • 

nada y nunca comprobada, pone dulzor en la duda' 
filosófica. • - ' 1 

Así cada religión tiene su' concepto de la muerte — 
sería lo mismo decir de la vida. Plácida en Grecia, 
triste y soñadora en la Edad Media, angustiosa y do- 
liente en el Renacimiento. : 

De la idea religiosa ha derivado la idea escultórica. 
La tumba ha cambiado con los siglos. Y el muerto, 
que ha adoptado todas las posturas y todos los ges- 
tos — a veces en plena vida, a veces en el angustioso 
dolor, a veces en la calma definitiva, a veces hasta en 
la repugnante podredumbre — es el que nos revela 
las distintas fases de la evolución. Es Robert de la 
Sizeranne quien sintetiza en admirable frase esta re- 
presentación escultórica del muerto a travos de las 
edades. Dice así en su capítulo "Túmulo Solemnia", 
"Dans rAntiquité, le mort était un vivant, au Moyen 
Age ce fut un "gisant", sous la Renaissance, il est 
agissant, au XVIII «iécle, il est triomphant. Que se- 
rat il aux temps -modernes?" 

Si queremos ir a la fuente del sentimiento funera- 
rio de Zorrilla debemos retroceder a Grecia. Vincu- 
lado al país sereno por sus conocimientos del arte 
plástico o por sus lecturas preferidas de los grandes 
trágicos, todo un eco de Grecia vibra en su concepto 
funerario. No mueve su escultura ningún espanto, no 
la agita ninguna duda acerba, ningún dolor torturan- 
te. Siempre velada, siempre calma, se inclina cargada 
del irremediable dolor; se inclina serenamente. Vive 
su escultura como en Grecia, pero vive ya más dolo- 
rosamente. Una estela griega es una escena corj'iente 
de la vida, con un algo de nostalgia, de tristeza. En 
Zorrilla sus figuras funerarias sufren más, se quejan, 
sin llegar nunca a la horrible mueca. Siente el artista 
que para dKpresar el dolor no cabe más que un gesto, 
aquel gesto tibio y melancólico que hace la flor en la 



■t 



,4' 



CKÓNICA DE ARTE 583 

agonía, o aquel otro del pájaro herido: inclinarse ha- 
cia la tierra. Por eso todas sus figuras tienen igual 
resignación. Caen sin vacilar, sin rebelarse, a veces 
en un dulce gesto de adiós, sin espasmos, resignada- 
mente ... 

A'SÍ ese grupo de CcEforas, las libadoras antiguas 
que llevaban el óleo sagrado a la tumba de Orestes. 
Todas se aplacan, se postran sobre la tierra, eterna y 
rfltima cuna. Todas, con las lágrimas que fluyen tibia- 
mente, y con el aceite, humedecen la sepultura recién 
abierta. •• ' 

Si hemos vinculado la estética de Zorrilla al arte 
griego,