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Full text of "La educación de las mujeres, ó, La Quijotita y su prima [microform] : historia muy cierta con apariencias de novela"

L I E) RA RY 

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U N I VERS ITY 

Or 1 LLl NOIS 



569.1 



REMOTF STQh^i36- 



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sf 



LA 



QUIJOTITA Y SU PRIMA 



EL PENSADOR MEXICANO 

(J. JOAQUÍN FERNANDEZ DE LIZAROI) 



LA EDUCACIÓN DE LAS MUJERES 



o LA 



OilJOTlTA VSLPRIMA 

HISTORIA MUY CIERTA ■ . 

COiN APARIENCIAS DE N0VI<:LA 



EDICIÓN DE LUJO 

ADORNADA CON LÁMINAS CROMOLITOGRAFIADAS, Y ENRIQUECIDAS SUS PÁGINAS 

CON NUMEROSOS GRABADOS 



blBUJOS DB 



D. ANTONIO UTRILLO 



^ 



MÉXICO 

Bnllescá \ Compañía. Sucesor 



8, SANTA ISABEL, S 



SANTA TERESA, 8. BARCELONA-GRACIA 
1897 



KS TROPIEDAD 



tys: 



REMOTE ^TO-RAQ^ I 



ADVERTENCIAS 



Si alguna persona comprare esta obrita, creyendo hallar en 
ella invención singular, erudición escogida, método exacto, estilo 
brillante y todas aquellas bellezas que encantan y sorprenden en 
muchas obras del día, se llevará un buen chasco, sin duda alguna; 
pues sólo encontrará una invención común, una erudición no 
rara, un método en partes incorrecto y un estilo sencillo y 
familiar. 

Tal es el todo de la presente obrita; y esta ingenua confesión, 
si no basta á defenderla de los colmillos del Zoilo, ni de la férula 
del Aristarco, bastará á lo menos para probar que su autor no 
aspira á pasar plaza de sabio, sorprendiendo á los incautos. 

Habiendo visto la favorable acogida que halló El Periquillo 
en el público ilustrado de este reino, y habiendo también ob- 
servado que se han desterrado de algunas casas estas ó aquellas 
preocupaciones, mediante su lectura, me determiné á escribir 
esta obrita, considerando que acaso podría ser de provecho á no 
pocas personas; y como al escribir trato de conciliar mi interés 
particular con la utilidad común, de ahí es que muchas veces 
atropello á sabiendas con las reglas del arte, cuando me ocurre 
alguna idea que me parece conveniente ponerla de este ó del 
otro modo. 

LA QÜUOTITA. — I. 



•• .J 



s • . i/ 

II ADVERTENCIAS 

No por esto se me esconde que se pueden dictar los mismos 
documentos cumpliendo con el rigor del arte, y tal vez con más 
gracia y mejor estilo; pero ¿qué tengo con saber que se puede 
hacer una cosa con perfección, si yo carezco de la ilustración y 
genio propio para hacerla? 

Por tanto ofrezco al benigno público esta obrita, asi como he 
podido escribirla, deseando que sea útil y esperando que los 
sabios disimularán los defectos que no hubiere sabido corregir ó 
evitar mi escasa penetración. 

También debo advertir, que aunque está dedicada al bello 
sexo, no será enteramente inútil al otro, por las íntimas relacio- 
nes que tienen ambos entre si. 



.TV- 



PRÓLOGO 



EN UNA CARTA Y SU CONTESTACIÓN 



Señor Pensador: 

He leído con gusto la obrita de V. que titulo' El 
Periquillo Sarniento, y con decirle que la he leído con gusto, 
la alabo bastante, porque soy poco amiga de leer, y tal ha 
de ser un libro para que no me canse y merezca que le 
vea el fin, favor que me ha debido El Periquillo de V. 

Entre otros frutos que he sacado de la lectura de esa 
historieta, ha sido uno reflexionar en el empeño con que 
critica V. las costumbres de los hombres extraviados, la 
sal con que procura ridiculizar los vicios más groseros y 
el conato que pone en divertir é instruir á sus lectores. 

Pero, señor Pensador, ¿todo ha de ser á costa de los 
hombres y para el provecho de ellos? ¿Nunca se ha de 
acordar usted de las mujeres para darles una enjabonadita? 
¿Cree usted que somos irreprensibles, o' le parece que nos 
haría un agravio con emplear su pluma en nuestra co- 
rrección? Advierta usted que en nuestro sexo hay muchos 



■■'ü^^'-' 



IV PRULOGO 

ir 

abusos y muchas preocupaciones ¡Derniciosas, comenzando 
desde nuestra primera educacio'n. El amor propio nos ciega 
más que á Vds., y los hombres, cuando dicen que nos 
aman, no hacen sino empeñarse en cegarnos más. 

Sigúese que pocos autores, o' tal vez ninguno, ha escrito 
contra nuestros defectos en un estilo que nos pique, nos 
enseñe, corrija y divierta. Casi cuantos hasta ho}'^ han 
escrito sobre esta materia se han dividido en dos bandos: 
unos han tratado de instruir á nuestros padres acerca del 
modo de educarnos, amontonándoles bellos rasgos meta- 
íísicos, bastante erudicio'n y un sinnúmero de reglas, acaso 
impracticables. Los otros no se han entretenido sino en 
satirizarnos hasta lo más inocente, en llenarnos de oprobios 
y en procurar excitar la risa de sus lectores á nuestra costa. 

Ya ve V. que si el fin de los primeros es laudable, 
ha sido igualmente infructuoso; porque las niñas, que 
algún día han de ser madres, j^or lo común no son aficio- 
nadas á esta clase de lecturas serias, que parece no hablan 
con ellas. 

El fin de los segundos es demasiado soez é indigno, 
pues hablan mal de lo mismo que apetecen, so'lo por saciar 
su espíritu locuaz y maldiciente. 

Sería, pues, una empresa recomendable dar á luz una 
obrita que, sin zaherir generalmente al sexo, ridiculizara 
los defectos más comunes que en él se advierten. 

Tal clase de trabajo sería útil y digno de nuestro 
aprecio, pues lo leeríamos con gusto, creyendo no estar 



I'ROLOíiO V ■ 

comprendidas en aquella pintura, y á nuestras solas o' á 
sangre fría advertiríamos que en muchas materias la sátira 
y la reprensio'n recaían sobre nosotras, que éramos los 
legítimos prototipos de aquellos retratos imaginarios. 

El plan de esta obrita presenta desde luego un espacioso 
campo, no so'lo para divertirnos 3' satirizar nuestros de- 
fectos, sino para instruir á los padres y madres acerca de 
nuestra educacio'n, para descubrir los ardides y artificios 
de que se valen los hombres para seducirnos y arruinarnos, 
y para enseñarnos los antídotos más eficaces para pre- 
cavernos. 

Un librito semejante puesto en las manos de una niña 
de diez años, produciría mejores efectos que los de la 
diversio'n y pasatiempo: pues á la hora crítica se vendrían 
muchos lancecillos á la memoria de la tal niña , y con- 
tendrían como con un freno sus primeros desordenados mo- 
vimientos. 

En fin, señor Pensador, yo estoy paseándome en unos 
prados muy deliciosos que no existen, estoy recomendando 
el mérito de una obra que deseo y no se ha escrito. 
Quisiera á la verdad que probara V. su pluma para este 
útilísimo trabajo. El genio de V., serio y observativo, su 
poco d mucho mundo que tenga, su estilo adecuado para 
el caso, me hacen creer que si emprende este trabajo, no 
puede ser de ninguna manera infructuoso. 

Conque anímese V. 3^ coad3'Uve á los buenos deseos 
que tengo de abrir los ojos á las damas. Ello, ya advierto 

LA gUIJOTITA. — 2. 




VI l'UOLOGO 

que es algo dificultoso; pero lo fácil ni contrae mérito ni 
demanda recomendacio'n ni elogios. Lo arduo sí, se debe 
emprender aunque no se consiga, porque so'lo el pretenderlo 
es digno de la estimacio'n universal. 

Estos generosos sentimientos, fruto de la lectura del 
PeriíjuilJo, han agitado mi fantasía y puesto la pluma en 
mi mano para suplicar á V., aunque sin mérito, que 
escriba una Cotorra 6 lo que quiera, según la idea que le 
presento : 5' de su atencio'n y cortesía espero no quedará 
desairada su inco'gnita servidora que B. S. M. 

La Curiosa. 



RESPUESTA 



Señorita: 

La idea de V, es liberal, sus deseos apreciables y su 
estilo insinuante. 

A pesar de todo esto, conozco lo débil de mi talento 
5^^ lo mal cortado de mi pluma para emplearlos en semejante 
obra. 

Pero aun suponiéndome capaz de desempeñar el desig- 
nio de V., no quisiera conciliarme el aborrecimiento del 
bello sexo, que sería como necesaria consecuencia de las 
verdades que estampara. 

Confieso á V. con la ma3'or sencillez, que sea por 
mi edad, por mi constitucio'n enfermiza, por el conocimiento 
de mi ningún mérito, por mi experiencia, por mi corta 
fortuna o' por lo que V. quiera, no me atrevo á men- 
digar los favores de las mis señoras : y así, el temer hablar 
contra algunos defectos 6 preocupaciones de muchas, no 
es por excusar sus dengues ni desvíos, sino porque presumo 
que algunas me contarán en el número de los segundos 
escritores que V. menciona. • • 

Yo creo que algo conozco á las mujeres, y por una 



Mil PROLOGO 

constante experiencia y observación, he echado mis prono's- 
ticos á muchas, y casi siempre los he visto cumplidos al pie 
de la letra, lo que me hace pensar que quizá escribiría con 
tino en la materia: pero cuando así fuera, no podía menos 
que granjearme una porción de enemigas, que á veces son 
míís terribles que enemigos; y lo peor es que me las adqui- 
riría á mi pesar, j)uos no escribiría mi obra, ni acusaría 
de ningún delecto á las damas, del que no recayera la culpa 
en la mayor parte de los hombres, lo que era un bello modo 
de lisonjearlas. 

Pero si todo este artificio no bastaba, ¿qué haríamos 
sino sufrir su terrible anatema y exponernos á ser el blanco 
de sus maldiciones y tijeretadas inexcusables? 

Mas después de todo , yo no he de desairar á V. 
Voy á escribir una obrita , y ésta no será una novela, sino 
una historia verdadera que he presenciado, y cu3'0s per- 
sonajes \'. conoce. 

Por ventura se acordará W bien de la Qiiijotita y su 
Pruna, damas harto conocidas en esta capital. Pues la 
historia de estas madamas voy á escribir por complacer á V. 

La una de ellas presenta todo el fruto de una edu- 
cación vulgar }• maleada, y la otra el de una crianza moral 
3' purgada de las más comunes preocupaciones. 

Kn el contraste de estas dos educaciones se hallará la 
moralidad de la sátira, y en el paradero de ambas señoritas 
el fruto de la lectura, que será 6 deberá ser el temor del 
mal, el escarmiento y el apetito de buen obrar. 



■V - ' •■ V. , 



' PRÓLOGO IX 

Si V. no quedare complacida, el defecto estará en 
mi corto talento , y no en mi decidida voluntad con que 
deseo servirla y me ofrezco á su disposicio'n como su afec- 
tísimo servidor que S. P. B. 

El Pensador Mexicano. 



I. A guiJoriTA. — 3. 



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"^^ :.-• • .t~T - i??^ '• .^'- 




EDUCACIÓN DE LAS MUJERES 



LA QUIJOTITA 



SU PRIMA 



CAPITULO PRIMERO 



En el que se da razón de quiénes fueron estas dos señoras, y de la primera 

educación de ambas 

En una de las casas de esta populosa ciudad vivía 
doña Eulrosina Gontreras, mujer de don Dionisio Lan- 
garuto, y hermana de doña Matilde, esposa de don 
Rodrigo Linarte, coronel retirado de no sé qué regi- 
miento. 

Estos últimos señores vivían pared en medio de la 



12 PENSADOR MEXICANO 

casa de don Dionisio: pero tan inmediatas estaban las 
habitaciones, como distantes los genios de las hermanas 
y concuilos; ponjue don Dionisio era semijoven, rico y 
totalmente dado al lujo y á lo que dicen gran mundo; 
y el coronel ya se acercaba á los cuarenta y cinco años 
(le edad , su fortuna era algo • mediana y su carácter 
serio y cortesano. 

Kl primero sólo pensaba en el juego, bailes, tertu- 
lias, modas y paseos; y el segundo, sin. declinar en 
ridículo ni extravagante, se divertía sin disiparse y se 
entretenía, lo más del tiempo que tenía desocupado, en 
la lectura de buenos libros. 

Gomo las mujeres, por lo común, siguen el ejemplo 
de los maridos, Eufrosina era una petimetra ó curra 
de las últimas modas; su casa una perl'ecta sociedad 
de caballeretes almidonados, y su vida un continuado 
círculo de diversiones y alegrías. 

Doña Matilde, por el contrario; acostumbrada desde 
muy niña al reposo de su marido, se divertía grande- 
mente con el cuidado de éste y de su casa, y cuando 
quería desahogarse lo hacía con su clave, (¡ue tocaba 
diestramente. 

No por esto se entienda que su esposo era un mono 
que la privaba de otra clase de diversiones honestas. 
Nada menos: ella tenía y correspondía sus visitas y se 
franqueaba á cuantos convites le hacían, especialmente 



■•'•*<f.yf-"7'>f'''/-'--^ .' ivr ■••.■^\ff''T- . ^;^--.^ 



OBRAS ESCOGIDAS Í3 - 

á aquellos cuya asistencia prescribía la amistad y polí- 
tica; pero siempre en compañía de su esposo y nunca 
tratando de sobresalir en lujo; sencillez que la hacía más 
estimable de las gentes sensatas. 

Sin embargo de lo opuesto de los naturales de estas 
dos familias, se amaban con extremo, ya por los víncu- 
los de la sangre, y ya por la prudencia del coronel y su 
esposa, que jamás se oponían á sus hermanos, nf choca- 
ban contra su gusto, antes condescendían con ellos en 
cuanto no les era perjudicial, con cuyo arte cultivaban 
el cariño de día en día. 

Tanto creció óste, que no pudiendo sufrir las her- 
manas la separación de casas, aunque tan inmediatas, 
trataron de que se abriera una puerta en la pared que 
las dividía, haciendo de este modo de las dos casas una, 
y facilitando el vivir juntas y separadas á un mismo 
tiempo. 

Abrióse, pues, la puerta, se estrechó más la comu- 
nicación, como era regular, y esta puerta me facilitó 
observar más de cerca la conducta de ambas familias, 
porque yo pertenecía á la de don Rodrigo, con (juien 
vivía, por ser mi tutor. 

Casi á un tiempo estuvieron grávidas las dos her- 
manas, y casi á un tiempo dierqn á luz los frutos de 
sus vientres con la mayor felicidad , aunque rstos no la 
lograron igual en el discurso de su vida. 

LA QUIJOTITA. — 4. 



14 PENSADOR MEXICANO 

Doña Euí'rosina, después que parió á su hija, á 
quien pusieron por nombre Pomposa, la entregó al 
brazo secular de las tías y nodrizas, y no la volvió á 
ver hasta que la sacó á misa. Su mayor cuidado y conato 
lué curarse y fortalecerse con buenas gallinas y ricos 
vinos, los días que la preocupación ' señala de cama á 
las paridas. 

Con semejante esmero se levantó famosa y roza- 
gante, al mismo tiempo que su hermana doña Matilde 
tenía algo quebrado el color, por razón de que criaba á 
sus pechos á su niña Pudenciana. 

Entre las visitas de la casa, no faltaban algunas 
señoritas que celebraban la robustez de Eufrosina, apo- 
yando el arbitrio de no criar á sus hijos. — Haces muy 
bien, niña, le decían, haces muy bien de no criar á tus 
hijos. Yo así lo hago, y ya ves qué buena salud gozo 
despuc's de haber parido ocho muchachos. 

— Con razón, decía otra; yo pariera veinte y no 
criara uno; por(|ue la crianza acaba á las mujeres, y 
por fin, no es moda, ni se (juedan estas cosas para las 
personas de nuestra clase, sino para Itxri pohrcfas y gente 
ordinaria. — ¡Ya se ve que sí! decía otra. ¿Qué dijera 
la marquesa Tijereta, la Tremenda y otras señoritas que 
visitan esta casa, si vieran á Eulrosina criando á su hija 

• La preocupación consiste en que sean precisan-ente cuarenta días de cama, y no 
más ni menos, cuando este tiempo se debiera ordenar según la constitución y robustez, 
de la paciente, y no según una rutina que inventó el cbii|ueo y no la necesidad. 



«-ÍT- 






OBRAS ESCOGIDAS 15 

como una chichi alquilona? — ¡Jesús! ni pensarlo, decía 
una chatilla remilgada. A mí nada me va ni me viene; 
pero se me encoge el corazón de ver á tu hermana 
Matilde cargando al nene todo el día, y á éste chupándole 
la mitad de la vida; no en balde está la pobre tan des- 
colorida y ñaca, que parece gato de azotea. ¡Qu(' ordi- 
nario y qué mezquino debe ser el viejo de su marido 1 

— Yo harto me mortifico de estas cosas, pjBÉondía 
Eufrosina; harto le decimos á don Rodrigo, y aun nos 
hemos ofrecido á pagarle la cliichi; mas no hay forma 
de entrar por el aro; siempre nos sale con que es obli- 
gación precisa de las madres; que la que no lo hace 
así no merece este nombre, y otras tonterías seme- 
jantes. 

— Sí, lo creo, decía la chata; si vieras (jué trabajo 
me costó imponer á mi marido á que pagara cJiicJiiijuas 
para sus hijos, ¡ohl eso fué mucho, ¡Sobre que el señor 
mío estaba acuñado á la antigua y presumía de muy 
filósofo y racional! ¡Qué sermones me echaba, qué com- 
paraciones me ponía y qué cuentecillos me hacía leer! 
pero no le valió. Mi constante respuesta era decirle que 
todas estas eran faramallas, vejestorias y arbitrios de 
mezquinos; que yo era una señora decente, y era muy 
mal visto en las de mi rango esa clase de trabajo y tarea, 
propia de la gente ruin y miserable, y que, por último, 
yo estaba resuelta á ahogar á los muchachos antes que 



16 PENSAÜOU MEXICANO 

permitir que ellos me exprimieran hasta la última gota 
de mi sangro. 

Cuando mi marido oía semejantes razones hacía 
del enojado y se marcliaba á la calle. Me acuerdo que 
en mi primer parto, «n una de óstas, se fué y no vino 
hasta la noche sin traer rhicJti<i(i(i . creyendo que yo 
me li*i)í{i de ablandar á los gritos del muchacho; pero 
¡cuAÉRl VÁ lloró hasta que se cansó, sin querer tomar 
la idcn^ que le daban las criadas, mas no probó la mía. 
Hubo en casa por esto un san Quintín desesperado, 
cuando lo supo mi marido; pero yo conseguí salirme 
con la mía y que lo criara una negra retobada como el 
diablo, y creo que gálica, por señas que el niño se murió 
á pocos días medio podrido, y desde entonces, ya mi 
marido tiene buen cuidado de buscar r/u'c/iis robustas á 
sus hijos. 

Algunas de estas conversaciones pasaban delante 
de doña Matilde, v ésta sencillamente las refería á su 
marido, quien le decía: — Hija, no hagas caso de las 
producciones de esas locas. El ídolo (jue adoran es su 
carita, y con tal que ésta no desmerezca, poco cuidado 
se les da de atropellar las leyes de Dios y de la natura- 
leza. Mucho V bien han declamado los sabios contra este 
abuso; pero nunca lo bastante para exterminarlo de las 
sociedades... 

A este tiempo tocaron la campanilla de la escalera. 



-..¡K- «TT.- •, r. 




OBRAS ESCOGIDAS ; 17 

abrieron el portón, y entró precipitadamente en la sala 
haciendo un terrible ruido con las espuelas y seguido de 
una vieja, un payo con su mangota embrocada, su paño 
de sol en los hombros, sus botas de campana y dos 
perritos en las manos, y sin quitarse el disforme som- 
brero dijo: — Ave María, seor amo... — ¿Qué es esto, 
Pascual? le preguntó el coronel; ¿qué te ha ^jjpdido? 
¿qué tienes que te vienes ahogando? 

— ¡Qué he de tener, señor! decía Pascual (que 
era mayordomo de un ranchito que tenía el coronel); 
¡qué he de tener 1 Estas son unas picardías, unas pe- 
rradas que no se pueden aguantar entre cristianos. No 
sé cómo no caen rayos á manojos y acaban con la 
ciudá. 

— Pues, vaya, repetía el coronel; ¿qué te ha suce- 
dido? — ¡Qué me ha de suceder! En malora me encargó 
el señor cura de mi tierra que tragiera una carta en la 
calle de... de... quirn sabe cómo se llama la calle; pero 
ello es que el rétulo de la carta era para la señora 
Lustrina... — Liduvina se llama mi ama, que no Lus- 
trina, decía la vieja muy enojada; ¡habráse visto! ¿que 
hasta eso más es usted ponenombres? ¿ó ya se metió á 
arzobispo para confirmarla? — Todo está gücno, decía el 
payo; ¿cómo dice que se llama su ama? — La señora 
doña María Liduvina... — Ajccan, ansina, eso es, reponía 
Pascual; ansí se llamará, sino que como yo tengo mal 

LA QUIJOTITA. — 5. . - 



4 



18 PENSADOR MEXICANO 

güido se me había olvidado; pero el cuento es, seor amo, 
que yo juí á la casa y llegué, ¿y qué hago? subo, entro 
do sopetón hasta la recámara, y me jallo á la señora 
Luterina dándole de mamar á estos dos cachorros, sin 
tener tantita caridá de un probé muchachito de tres 
meses que estaba tirado á sus pies en una saleyita, 
dando el pobre angelito unos gritos que hasta se des- 
morecía, y croque era de hambre, porque se chupaba 
las manitas \ se revolcaba como culebra. 

Yo no me pude sofrenar, y ansí le dije á la señora: 
— ¿Xo juera mejor (jue le diera de mamar á ese probé 
niño, que al fin es cristiano como nosotros, y no á esos 
perros que tiene colgados de las cJiicliis.^ ¡Si á mano 
viene será su hijo el muchacho! — Lumbre le quemaron 
en los lomos á la tal Lustrina ó como se llame; porque 
poniéndose más colorada que un hi(acJiicJii¡ ^ me dijo: — 
¡Quítese do aquí el payo bruto, barbaján, majadero, entre- 
metido! Y ¿qué le va ó qué le viene que yo dé de mamar 
ó no á mi hijo? Yo le dije: — Sí, me va, porque la 
IccJto (¡Hc le (id d los ] térros, mns mejor se la diera á ese 
niño, y yo no he de consentir tal picardía. — Y diciendo 
esto, le arrebaté los cachorros y me salí corriendo para 
acá en casa; pero en la calle me alcanzó esta maldita 
vieja, que á pura juerza quere que se los dé, y yo no 



• Frijol de color rojo encendido que no se come. Úsase de esta frase vulgarmente 
para aigniñcar ijue alguna persona se pone muy colorada. 



.w^'^y 




— ¿No juera mejor que le diera de mamar á ese probé niño, y no á esos perros 

que tiene colgados de las chichis? 



\. 



Aij^. 



OBRAS ESCOGIDAS 19 

se los quero dar, porque son más güenos para el rancho 
á conforme están de gordos y grandotes. 

— Sí, señor, ansina es como el señor lo cuenta, 
decía la vieja; pero ya verá su mercó, que desde anoche 
se jué la chichi, y no se jalla otra ni por Dios ni por sus 
santos, y por eso lloraba el niño; porque como la leche 
de mi ama está retesa, no se la puede dar porque se 
empachará el pobrecito. — ¡Mire qué casol decía Pascual, 
y ¿quén la ha mandado que la deje retesar? ¿por qué no 
le dio de mamar dende los principios, que á fe que no se 
le retesara? — ¿Qué cuentas tengo yo con eso? replicaba 
la vieja; ¿acaso yo la mando ó es mi hija? Pero, señor, 
á la probé de mi ama le viene tanta leche, que por más 
remedios y porquerías de la botica que le mandan los 
médicos, no se le puede retirar, y por eso cada rato es 
menester que los perros le vacíen los pechos; ¡ya se ve, 
que es tan enferma la probé señora!... 

— ¿Qué enferma ha de ser? respondía Pascual; si la 
viera, mi amo, qué colorada está y más gorda que un 
marrano capón, y con dos tetas tamañotas, que á fe que 
para. vaca, chichi/iua valía un dineral; mañosa será ella, 
que no enferma. Muy rala será la mujer que no pueda 
criar á sus hijos por enferma. ¿No mira á mi ama, doña 
Matildita, cómo está criando á su niña y no se enferma? 

— Pues en fin , yo no vengo á chismes ni averigua- 
ciones, decía la vieja; déme usted mis perros y acabadas 



20 PENSADOR MEXICANO 

cuentas, que Dios sabe los pasos que me cuesta andar la 
ceca y la meca en busca de los perros; y ansí haberlos, 
que ya me voy y se me hace malobra. 

— Pues yo no doy los perros, es gana, decía Pas- 
cual ; dos tigres le diera yo para que le comieran los 
entresijos á su ama por verduga de su hijo; y ya se 
puede ir de aquí la señora alcahueta de los perros; 
porque si no, por vida mía que colicencia del amo le he 
de cortar las orejas con este cuchillo. — Diciendo esto, se 
sacó de la bota un puñal, y amenazó á la vieja con tan 
buen aire de enojo, que la pobre huyó más que de paso, 
rezongando sesenta retobos y desvergüenzas contra el 
payo; pero iba tan de prisa que por poco tira á su amo, 
que á este tiempo iba entrando por la sala, el cual se 
quedó sorprendido al ver á Pascual con los perros en 
una mano v con el cuchillo en la otra amenazando de 
muerte á su cocinera. 

Apenas don Rodrigo advirtió por algunas palabras 
sueltas (|ue a(juel caballero era el esposo de doña Lidu- 
vina, cuando hacióndole tomar asiento, lo satisfizo con 
toda urbanidad del desacierto de su criado Pascual. A lo 
que el caballero dijo : — Ya yo veo que este buen hombre 
ha hecho esto por amor de mi hijo, lo que debo agrade- 
cer. También le tengo dicho á Liduvina que se ponga en 
los pezones botellas con agua caliente, y no perros, que 
puedan darle una mordida y costar caro; pero ella no 



*«?,'= 



OBRAS ESCOGIDAS 21 

entra por el aro. Está decidida por los perros, porque 
dice que éstos chupan breve y no con la broma de las 
botellas. 

— ¿Pero no fuera mejor, decía el coronel, que )a 
señorita criara á su niño, supuesto que tiene tanta y tan 
buena leche? Seguramente en este caso el niño estará, 
más sano y robusto y se ahorraran ustedes de médicos, 
boticas, nodrizas, perros y botellas. 

^Es verdad, reponía el señor de los perritos; pero 
¿qué quiere vuestra señoría, si es menester condescender 
con las mujeres? Como yo estoy recién casado y la mía 
es joven y bonita, trata de cuidarse, y es preciso darle 
gusto. Si fuera fea, seguramente yo ño me metería en 
tantos cumplimientos: ^ ella criara á sus hijos, ó no los 
criara; pero es de mérito y es menester cuidarla. Ahora 
mismo me mandó por los perros, y me ha de hacer 
vuestra señoría favor de que los lleve, porque si no 
habrá en casa una del demonio. 

El coronel no quiso contestar más con aquel necio, 
y mandó en tono de amo a Pascual, (juc diera los perros 
á aquel señor, pues cada uno sabía lo que había de hacer 
en su casa. 

Pascual con alguna repugnancia volvió los perros, y 
el interesado los entregó á la vieja, que los recibió con 

• Es una observación. Pocas desairaditas por la naturaleza tienen c/iiV/ítgita* que 
crien á sus hijos, así como pocas bonitas con tal cuel protección dejen de tenerlas. ¿En 
qué estará eso? 

LA gUIJOTITA. — 6. 



22 PENSADOR MEXICANO 

mil manos, y llenándolos de besos les decía: — | Ay, hijos 
míos de mi alma, y en quó grandes peligros lian estado I 

Acabada la ridicula ceremonia de la vieja, los envol- 
vió en su rebozo, y amo y criada se despidieron del coro- 
nel y de su esposa, pero no del payo, que los miraba con 
ojos encarnizados. Por lin se lueron, y de este modo 
acabó la graciosa aventura de los piMTitos de leche. 

Luego (juo los de la casa estuvieron solos, el coronel 
hizo sentar á Pascual, y encaminando la conversación á 
su mujer le dijo: — ¿Ves confirmado lo que te acabo de 
decii', de que es dilícil exterminar este abuso de las 
sociedades que llaman cultas? K\ es tan antiguo como 
funestas sus consecuencias. Kn la historia romana se 
cuenta que siendo dictador Cornelio Scipión. cometieron 
un grave delito, unos oficiales de guerra, por el (jue 
lueron condenados A muerte. Se empeñó lo principal de 
Uoma para conseguirles el indulto, mas l'uó en vano; el 
juez estaba inexorable. Se empeñó su hermano de (>3r- 
nelio, y nada pudo conseguir. I Itimamente, y por no 
, dejar diligencias i|ue hacer, interesaron para el mismo 
empeño á una hermana de leche del dictador, y apenas 
ésta rogó por los delincuentes cuando lueron declarados 
j)or libres. Esto no pudo menos que agraviar á su her- 
mano, quien manifestó su queja á C.ornelio; pero éste se 
disculpó diciéndole : — «Hermano, te aseguro que yo 
tengo por más madre á la que me crió y no me parió, 



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OBRAS ESCOGIDAS 23 

que á la cjue me parió y al instante me abandonó á 
ajenos brazos, porque ésta no es verdadera madre; \ 
pues sólo á la que me crió tengo por madre, justo es que 
A su hija la tenga por verdadera hermana y muy amada.» 

Con tan oportuna respuesta quedó reprendida la 
conducta de la madre, vengado el hijo, premiada la 
nodriza, satisfecho el hermano, y callada la murmura- 
ción de los que no comprendían este misterio. 

D^ los dos Gracos, famosos romanos, se lee también 
que tuvieron un tercer hermano bastardo, muy valeroso 
y afoi tunado en la guerra, el cual, viniendo triunl'ante del 
Asia, entró en su casa, v hallándose en ella á su madre 
y á su ama de leche, ó cíiich'ujiui, como acá decimos, 
regaló á la madre una cinta de plata, y á la chichi un 
joyel de oro y piedras finas. La madre se agravió por la 
desventaja; mas él la avergonzó diciéndola: — <^Xo te 
admire, madre, el que haga esta distinción, pues tú sola- 
mente me cargaste en tu vientre nueve meses, y nacido 
me echaste de tus brazos, recogiéndome en los suyos mi 
nodriza, alimentándome v cuidándome tres años con el 
mayor cariño. Mira si puedo decir que le debo más que á 
tí.» — ¡.íusta reprensión que debe escuchar la madre (jue 
con mucha robustez abandona sus hijos á otros brazos, 
por el criminal motivo de no desmejorar su semblante! 

Todavía no se ve en este reino, ni Dios lo permita, 
otra circunstancia más cruel en el mismo caso, que se ha 



'-^.\r » . .■•• ■ . ' ' . .• > • -■^ "^ • -V .^i^" ' ,^ "^ ~ -Xf^-' - IT ■• »'^r j^ají»^^ 



24 PENSADOR MEXICANO 

visto en otras partes, y es enviar los hijos, luego que 
nacen á que los críe la nodriza en una aldea (') pueblo 
lejos de la ciudad en que viven las madres, quienes no 
vuelven á verlos hasta (jue andan, hablan y comen por 
su mano. ¡Abuso excesivo, que ha sido causa de mil 
equivocaciones funestas, que después nos han divertido 
en comedias ó tragedias. 

Reinando Alejandro en Macedonia, y siendo rey de 
los epirotas Artabano, tuvo »'ste un hijo, al que desterró 
á una aldea en poder de una c/iic¡u'(/((a. Algunos lo 
supieron, y sobornando á ésta con dinero, le hicieron 
tener en su casa á un niño, hijo de un principal caballe- 
ro, (juien se llevó al hijo del rey á su casa y le nombró 
de hijo. Kn este error se mantuvieron los dos niños, 
hasta <|ue murió el rey padre, y dejó por heredero al (|ue 
creía que era su hijo, esto es, al que volvió la nodriza de 
la aldea. Iban va á coronarlo, cuando la ama declaró 
que aíjuel no era hijo del rey, sino el que tenía en su 
casa el caballero lulano. De esto resultaron dos partidos 
y de ellos una guerra intestina tan cruel, que en ella se 
mataron, los dos pretendientes á la corona, en una bata- 
lla, que costó muchas vidas á los infelices ciudadanos. 

Por este motivo estableció el Senado una ley por la 
que mandaba «que todas las mujeres criasen á sus 
propios hijos, y (|ue las princesas y señoras enfermizas 
criasen á lo menos al primogénito.» «Yo aseguro, dice 



•'••,'•, '-Tí- 



OBRAS ESCOGIDAS 25 

un autor español, ^ que no dejará de haber algunos 
mayorazgos sin hijos ni herederos, y que los legítimos 
andarán, tal vez, vendiendo arena y ladrillo ó siendo 
peones de albañil. Lo cierto es que sólo el que cría la 
madre (i sus pechos puede asegurar que es su hijo, ó el 
que se cría en casa y siempre á la vista, v 

Aquí no hay tanto exceso; pero yo he conocido más 
de dos señoras que luego que paren entregan el niño á 
la que se encarga de cuidarlo y criarlo, y no lo vuelven á 
ver hasta que anda. Tú conoces á tu hermana; no es 
necesario ir muy lejos. 

La enfermedad verdadera ó una causa legítima, como 
la conservación de la pública honestidad, excusan á las 
mujeres de criar ellas mismas á sus hijos. Una madre 
que no puede lucir el fruto de su vientre sin detrimento 
de su honor, ó una contagiada del mal vem'reo ú otro 
igual, no debe criar á sus hijos y está excusada de esta 
obligación. Pero en este caso se debe pulsar con mucho 
tiento la elección de las nodrizas, y no dar al niño la pri- 
mera que se halla á mano. «Cuando las madres no 
pudieren criar á sus hijos por alguna razón de primera 
necesidad, dice un sabio escritor de nuestra México, "^ 
juzgo que deben buscarse unas nodrizas virtuosas y con 
proporción á la naturaleza del niño. Por lo que respecta 



' Don Esteban Colomer. . ■ 

* El licenciado Barquera en los Diarios de esta capital de Diciembre de 1816. 

LA QUIJOTITA. — 7. 



26 PENSADOR MEXICANO 

á la pureza de costumbres, encarga san Jerónimo que 
no sea vinosa, ni lasciva, ni patrañera. Plutarco y Ludo- 
vico Soptalio quieren que las nodrizas sean de una com- 
plexión muy semejante á la de la madre; pero en espe- 
cial que sean sanas y de buenas costumbres, apacibles, 
castas, sobrias y afables. La ley 3.", tít. 7 de nuestro 
código español dice: «(lue deben darse d Jos niños amas 
sanas, rolnisias v de buen lín(í(/e ca bien como el niño se 
(¡obici'na r se ci'ia en el cuei'po de la madre fas/a (jiie 
nace, otro si se (/()bie¡'/i(( ij se ei'ia del ama desde (¡ue le 
da la teta, fasta (¡ue ijela tiiellc. r jH)n/i(e el iienipo de la 
crianza es mas luen(/o (¡ue el de la madre, por ende no 
puede se/' (/ue no reciba muclio del contenenle é de las 
costumbres de la ama. No está la naturaleza un punto 
ociosa; pero la tiranía de muchas madres frustran sus 
lines con notable daño de la humanidad.» 

«Las nodrizas deben ser de veinte á treinta y dos 
años; la leche no ha de pasar de cuatro á cinco meses; 
(jue no hayan tenido partos difíciles; que tengan, si 
puede ser, el pelo negro ó castaño; porque las rubias ó 
azafranadas suelen tener la leche agria, dice Ballejerd, 
quien quiere que no tengan mal olor en la boca, y la 
dentadura blanca y fuerte, pues ésta es señal de buena 
linla, y por consiguiente de leche muy buena. 

»La leche, para ser buena, debe ser blanca, sin olor 
y de poco sabor, no muy aguada ni muy espesa, sino de 



;■ vTvrr 



OBRAS ESCOGIDAS 27 

un medio racional, pues será mala la amarga ó salada, 
de color desigual, y muy espesa ó muy delgada... 

» Finalmente, del régimen de vida de las (jue crían 
depende generalmente la buena ó mala constitución de 
los niños; pues se ha observado que aun los de com- 
plexiones más débiles y enfermizas se han restaurado 
con encomendarlos á una nodriza robusta v cuidadosa 
de sus obligaciones, lo que no se paga con ningún oro. 
Semejantes nodrizas deberían ser premiadas con un 
lugar distinguido en las familias, y aquellos niños que se 
han alimentado (\ sus pechos debían apreciarlas como 
á segundas madres, y protegerlas cuando crecen y se ven 
en unos puestos capaces de proporcionarles comodidades 
y descanso.» 

Por el juicioso discurso de este escritor advertirás 
que hay ocasiones en que es indispensable el saberlas 
elegir adornadas de las cualidades dichas, ó siquiera con 
las menos tachas que se pudiere. 

Esta indulgencia se extiende á las madres que por una 
causa legítima no pueden criar á sus hijos; no á aque- 
llas que por no acabarse, y por no ponerse descoloridas, 
sacan pretextos de debajo de la tierra, aparentando enfer- 
medades que no tienen, lo mismo que para no ayunar las 
que pueden; y lo peor es que se hallan médicos libera- 
lísimos para lisonjear con su opinión el deseo de las pre- 
tendientes. ¡Pobres médicos! No obstante, si tú quieres..: 



■! 



28 PENSADOR MEXICANO 



— ¡Ayl no, ni pensarlo, decía la amante Matilde. 
¿Yo había de abandonar á mi hija á otros brazos por 
no ponerme descolorida? Así entendiera morirme. Ella 
es mi hija, y el rato que la tengo colgada de mis pechos, 
la quiero más que nunca. Es imposible que mi hermana 
(juiera á Pomposa como yo á esta peloncilla de mi vida. 

Diciendo esto la apretaba y la llenaba de besos con 
la mayor ternura, y el coronel, rebosando la satisfacción 
que sentía en estas escenas, abrazaba á su esposa y la 
decía: — Tii, sí, eres verdadera madre; tú, sí, cumples 
con los deberes de la naturaleza. Ella, yo y tu hija tene- 
mos en tí el imán de nuestras delicias. La naturaleza 
humana reconoce en tí un individuo suyo propio, yo una 
digna esposa, y tu hija una amante y verdadera madre, 
bastante á desempeñar este sagrado título. 

Así pasaron como do.^ años en la primera crianza 
de estas niñas, al cabo de los cuales observé lo que 
leeréis en el capítulo siguiente. 





■•^W.'},. 



CAPITULO II ^ 

En el que continúa la materia del antecedente 

Pasado el tiempo de la primera crianza, y despedida 
la nodriza, fué Pomposa entregada al cuidado ó descuido 
de las pilmamas. Como el fin era quitársela de encima á 
toda prisa, acomodó Euí'rosina á la primera que se le 
presentó, y era una pobre indita como de ocho años, es 
decir, todavía necesitaba que la cuidasen. 

A esta gran persona entregó Eufrosina su hija con 

LA QÜUOTITA. — 8. 



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EV.. ..•..•. ,>^- ■. . • •. • . ; . , . •.,.•:•.... i-,. 1, 



30 PENSADOR MEXICANO 

la mayor confianza, y ya se deja entender qué segura 
estaría ésta en los débiles brazos de una muchacha atur- 
dida y de tan corta edad. Raro era el día en que no 
llevaba dos ó tres golpes. Cada rato lloraba, y era la 
pilmama reñida con demasiada aspereza por Euf'rosina, 
siendo así que toda la culpa era de ésta, por fiar su hija 
al cuidado de una criatura que no sabía ni podía tenerla 
según era conveniente.- 

Una ocasión, estando Eufrosina en el estrado entre- 
tenida con sus visitas y la pilmama divertida con la niña 
en el balc<')n mirando un víctor, ó no sé qué friolera que 
pasaba por la calle, se empinó tanto en la verja para ver 
bien lo que quería, que co/</án<lose domasiado la cria- 
tura, por su propio peso se dei>li.:(') de los hra.:^ns 1/ fue á 
dar (il sucio, en donde hubiera dejado los sesos con la 
vida, si por una casualidad no hubiera caído sobre 
un montón do lana que habían sacado á asolear unas 
pobres que vivían en la accesoria que caía bajo del 
balcón. 

Este afortunado accidente escapó á la niña de la 
muerte y de que recibiera el más mínimo daño. 

No corrió igual suerte la infeliz María, que así se 
llamaba la ¡)ilmama, pues alborotada Eufrosina con el 
Iracaso, y aun después de tener á su hija buena y sana 
en sus brazos, llena de la ira más necia é implacable, 
arrebató á la pobre muchacha, la arrastró por la sala, la 



OBRAS ESCOGIDAS 31 

pateó, la desgreñó, y le dio tal tarea de golpes, que si no 
se la quitan las visitas la mata sin remedio. 

Finalmente, la triste muchacha se levantó del suelo 
toda aporreada, hecha pedazos y bañada en sangre, y 
tomó salir llorando de aquella funesta casa á curarse 
á la suya, dejando en poder de su ama su salario para 
siempre. 

Kulrosina no se hizo cargo de que su imprevisión y 
su imprudencia fueron las que arrojaron á su hija del 
balcón, sino que lo atribuyó al descuido de la maldita 
muchacha /)í7/;?ama, como solía decir, y conforme á este 
falso juicio, trató de que viniera otra, porque su hija 
le pesaba demasiado en los brazos. Para esto la encargó 
por todas partes, teniendo á lo menos el cuidado de soli- 
citarla grande, para (jue no se volviera á repetir la 
amarga escena del balcón. 

Es menester decir en este lugar, en obsequio de la 
piedad 6 ilustración de Eufrosina y sus visitas, que no se 
olvidó de dedicar á cierto templo un gran retablo repre- 
sentativo del milagro tan patente. Dije á cierto templo y 
no á cierta imagen, porque en el retablo estaban pintados 
diversos santos, según fueron los invocados por las visi- 
tas; porque despurs del lance se trabó entre ellas una 
disputa tan ridicula como acalorada acerca de quién 
había hecho el milagro; de suerte que cada una lo pedía 
para su santo, hasta que á pluralidad de votos se resol- 



1*. 



•^"^T^.T- 



32 PENSADOR MEXICANO 

vio que todos se pintaran en el lienzo, y quedó el milagro 
en opiniones. ¡Contención pueril y propia de gentes que 
tienen poco conocimiento de su religión 1 En otro lugar 
explicaremos qué son milagros, cuáles favores, quién los 
hace y por qué. 

En electo, á los dos días acomodó Eul'rosina á una 
pardita bonitilla como de diez y seis años, muchacha 
muy viva y alegre, que cuando estaba delante de ella, 
que era muy rara vez, hacía á la niña mil mimos y zala- 
merías con que dejaba á su madre lela, y le dispensaba 
ésta tanta confianza, que le permitía salir á la calle 
cuando se le antojaba, con achaque de divertir á la niña. 

Cada rato estaba ésta empachada, sin saberse por qué. 
¡Ya se ve! \?í ¡lilmama nunca decía que le daba peritas 
verdes, tejocotes, chicharrón, ni otras porquerías seme- 
jantes; pero así lo hacía, como lo hacen las muchachas 
para que la niña no llore, para que no se le salte la hiél ó 
se le reviente un ojo. La pobre criatura comía aquellas 
golosinas perniciosas con la misma indiscreción con que 
se las daba la ¡lilmatna, y de repente perdía la gana 
de comer, padecía ansias, licuaciones, calenturas, me- 
teorismos ó aventamientos y todos los síntomas del 
infarto. 

Luego que se avisaba á la madre del estado enfermo 
de la niña, se congregaban las amigas viejas y mozas, y 
se comenzaba la ordinaria canción de; — ¡Virgen! ¿Qué 



OBRAS ESCOGIDAS 33 

tendrá la niña? ¿qué será esto? ¿qué habrá comido? 
¿qué le has dado, Francisca? etc. 

Pasadas estas importunas exclamaciones, se resol- 
vía por la junta de médicas que aquello era empacho, y 
se recetaba de palabra la col de China, el pollo prieto 
moHdo, el azogue, la manteca y otras drogas tan inútiles 
como sucias. El mal en mil ocasiones no cedía y era pre- 
ciso recurrir al médico, quien echaba mano del jarabe de 
durazno, oximiel escilítica, hipecacuana, ruibarbo, tártaro 
emético y cuantos laxantes, vomitivos y purgantes con- 
sideraba útiles en el caso, á los que cedía el mal; pero 
apenas convalecía la niña, cuando recaía; así porque la 
¡nlmania no se abstenía de darle porquerías, como 
porque su estómago quedaba siempre más débil de 
resultas de la anterior enfermedad. 

Así pasó esta pobre criatura su primera infancia, 
llena de achaques y dolencias, hoy con una pilmama y 
mañana con otra; y si tan mal le fué en su crianza 
física al lado de éstas, ¿qué sería en su educación moráis 
Sin duda debía ser conforme eran sus primeras ayas ó 
cuidadoras con quienes estaba continuamente. 

Unas eran soberbias, otras desvergonzadas, ésta 
vengativa, aquélla embustera y todas como se puede 
considerar. Con esto, de unas aprendió á llorar por 
cuanto quería y á enfadarse si no se lo daban pronto; 
de otras á levantar la mano para cualquiera; de otras, 

LA QUIJOTITA. — 9. 



'■"■"'^-^^'^■-■""^wirii«1ti"ii"rwriii ir *ii •" •'• ¿ 



■ I 



34 PENSADOR MEXICANO 

á pedigüeña; de otras, á remedar á todo el mundo 
y sacar la lengüita con mofa; de otras, á temer al coco, 
al viejo, á la bruja y á los aposentos sin luz, y de todas 
á ser, en cuanto su edad lo permitía, la muchacha más 
necia, atrevida y malcriada. Bien que todas éstas pasa- 
ban por gracias entre sus padres, parientes y domésti- 
cos. Ya en el discurso de esta historia iremos viendo el 
fruto de este criminal abandono. 

Muy diversa luó la conducta del coronel con su hija, 
pues le buscó para pilmama, no la primera que encon- 
tró, sino una niña decente, aunque pobre, humilde, bien 
criada y recogida, á la que ni él ni Matilde trataban 
como criada, sino como hija, ni se separaba de su vista 
para nada. Con esto sucedieron dos cosas muy interesan- 
tes. La primera, que la noble pilmama los amaba á ellos 
como á padres y á la niña como á hermana, y la segun- 
da, que no tenía lugar de darle golosinas dañosas, ni de 
enseñarle vicios que ella misma ignoraba. Con estas 
precauciones se crió la niña buena y sana en el cuerpo, 
y libre de resabios antimorales en el espíritu, lo que fué 
principio de su felicidad, como veremos. ¡Tanto valen 
estos primeros cuidados en la infancia! 

Frecuentemente decía el coronel á Matilde: — No 
puede reprobarse el uso de las ¡)Hinamas, porque aunque 
el cuidado de los hijos es privativo de las madres, no 
siempre éstas tienen todo el lugar necesario para el caso 



OBRAS ESCOGIDAS • 35 

y muchas veces les falta la aptitud que se requiere. 
Lo primero acontece á los pobres y lo segundo á las 
enfermas. Así es que se ven como obligadas á solicitar 
quien las ayude; pero cuando esto sea, deben, en cuanto 
esté de su parte, procurar que sus hijos se entreguen, no 
sólo á una mujer juiciosa y capaz de encargarse de un 
cuidado como este, sino que, si es posible, se deben 
buscar para pilmamas mujeres de virtud y de talento. 

Acaso te parecerá esto una nimiedad, mucho pedir 
y tal vez un imposible; mas no hay tal. Cualquier dili- 
gencia que se haga para esto, cualquier trabajo que se 
tome y dinero que se gaste no está por demás, conside- 
rando lo grande del objeto y las ventajas que se logran. 

Se cree, y se cree mal, que hás pilmamas sólo deben 
servir para cargar y divertir al niño y no para enseñarle 
alguna cosa buena. Semejante equivocación hace que se 
valgan las madres de la primera que se presenta, aunque 
sea una muchacha pequeña, una enferma, loca, viciosa ó 
necia, y este equivocado proceder hace que los niños se 
críen golpeados y enfermos, ó que se contagien con 
alguna enfermedad peligrosa: esto lo demuestra la expe- 
riencia cada día. ¿Cuántas veces vemos á niños de padres 
robustos, llenos de sarna, granos, escrófulas, jiotes, etc.? 
¿De dónde pueden adquirir estos males, sino mil veces 
de lasy)//m«m«s enfermas con quienes andan continua- 
mente, duermen, comen y trasudan? 



* ^4j_' '.i^^fm/,' -■ * " 



-;•»■ 



36 PENSADOR MEXICANO 

Ya ves aquí un principio de un mal físico, dimanado 
de la mala elección de las madres cuando tratan de aco- 
modar en sus casas pilmamas para sus hijos. Pues de 
esta mala elección resulta también otro principio de mal 
moral. ¿Quó son por lo común las pilmamas.^ Cuando no 
sean viciosas, son demasiado ignorantes. Y ¿qué apren- 
derán los niños con la continuada compañía de una 
mujer llena de vicios, ó de errores, ó de todo junto? 
Seguramente todo, pues en los primeros años tenemos la 
aprehensión muy viva y retenemos tenazmente y con 
gusto lo primero (jue oímos ó vemos. 

Aíjuella demasiada libertad que se concede á las 
jñlmctmas para que saquen los niños á la calle con el 
pretexto de que los diviertan y por no oirlos chillar, 
también es origen de mil daños, pues por un amor mal 
entendido les dan cuantas frutas v alimentos comen, sin 
distinguir lo verde de lo maduro, lo suave de lo de difícil 
digestión, ni lo sano de lo nocivo, y de aquí resultan 
tambirn los granos, la sarna y los infartos repetidos. 

Todavía sufren mayores perjuicios los niños aban- 
donados á esta clase de libertad. Mordidas cariñosas, 
pellizcos de enfado, estrujones de venganza y golpes de 
accidente son los gajes que reciben casi siempre de sus 
buenas /)////í«m«s. ¡Cuántos niños han sido tristes víc- 
timas del descuido de las madres en esta parte y de 
la indolencia y perfidia de sus pilmamas! Un famoso 



-.«:■'■' -.1.1 



OBRAS ESCOGIDAS 37 

médico de Edimburgo fué llamado á una de las princi- 
pales casas de la ciudad para que curara á un niño de 
dos años, acometido de un terrible mal que no se cono- 
cía. Llegó el médico y halló al niño todo torciéndose, en 
un continuo grito, muy renegrido y casi con la con- 
vulsión de una mortal alferecía. El médico le aplicó lo 
más específico del arte; pero todo su empeño y habilidad, 
toda la eficacia de los remedios y el cuidado de la madre 
fueron inútiles. El niño murió entre terribles ansias. 
Admirado el facultativo de la tenacidad del mal y de- 
seoso de indagar la causa de su resistencia, hizo desnu- 
dar al niño, y le encontró en el espinazo clavado un 
fistol hasta la cabeza. [Cuál sería entonces su asombro 
y cuánto el sentimiento de la madre al saber que la pil- 
mama, por una cruelísima venganza, había cometido 
semejante atroz infanticidio! Tú eres madre, yo lo dejo 
á tu consideración. 

Si un caso tan funesto fuera el único en su especie, 
se podría tener á dicha; pero son más frecuentes de lo 
que se piensa, aunque no sea con tan criminales cir- 
cunstancias. En esta ciudad han volado de los brazos de 
hs j>i/ mamas á la calle algunas criaturas, de las cuales 
unas han muerto y otras han quedado lastimadas y con- 
trahechas. Por meterse á ver un pleito una de esas pil- 
mamas paseadoras tocó al niño que llevaba una pedrada 
en la cabeza, de la que quedó en el sitio; otra, mientras 

LA QUIJOTITA. — 10. 



■ víí ■_• ' *.tx-j*^.i^. . ^ ;--.■ . 



38 PENSADOR MEXICANO 

reñía con una mujer sobre celos, puso al niño en el 
suelo y pasó sobre ól á este tiempo un caballo y lo 
mató. 

De estos ejemplares ha habido varios, y las madres 
no escarmientan. Deberían no apartar jamás sus hijos 
de su vista, y así los tendrían más seguros, más sanos 
y más bien criados. 

Volviendo á Kul'rosina, digo, que apenas cumplió 
los tres años su niña, cuando á pretexto de (jue ya era 
grandecita y perdía tiempo, la puso en la amiga, y aún 
procuró persuadir á su hermana Matilde hiciera lo mis- 
mo con Pudenciana. 

Poro Matilde, acostumbrada á no hacer cosa alguna 
sin el parecer de su marido, comunicó con éste los con- 
sejos (jue le había dado Eufrosina, á lo que el coronel le 
contestó de este modo: — Hija, no creas que tu hermana 
trata del bien de su niña, cuando la separa de su lado en 
una edad tan insuficiente para aprender, ni la mueve á 
esto el deseo de que sepa la doctrina cristiana , ni qui- 
tarla del sol, ni otra causa de las (jue alega. El deseo de 
su más completa libertad para prenderse y pasear es el 
motivo legítimo que tiene para separar de sí á su cria- 
tura, y á tí te aconseja de igual modo, ó para que estés 
expedita para acompañarla á sus bureos, ó para que tu 
diversa conducta no le sea una tácita reprensión. 

Mas yo me hallo muy distante de conformarme con 



í,: v;:?-. .^- 7-— s-^-- .;..:.-■ «S*^-- 



OBRAS ESCOGIDAS 39 

SU modo de pensar en la materia. No, no enviaré á mi 
hija á la amiga tan fuera de tiempo. Estoy confiado en 
que eres buena madre y la quieres mucho, y por lo 
mismo no te será gravoso el cuidarla en tu casa, ni el 
sujetarte por ella ó privarte de algunas diversiones. 

— Ya se ve que no, decía Matilde; yo lo haré de 
muy buena gana; pero me hace fuerza oir decir que tres 
años no es edad suficiente para enviar las niñas á la 
amiga; porque las he visto enviar más chiquillas, hasta 
de dos años; ¡ya se ve I ¡quó digo de dos años, si las he 
visto destetar en la amiga I 

, — Yo no pongo duda en eso, decía don Rodrigo; 
pero mientras menos edad tengan, menos tiempo es de 
enviar las criaturas á esas escuelas ó casas de ense- 
ñanza. Sólo en el caso muy apurado de que la madre 
sea muy pobre, sola, que tenga que buscar el pan y no 
pueda cargar con su hijo, ni tenga á f|uién confiarlo 
mientras vuelve, sólo en este caso, digo, aprobaría yo 
que lo dejara en la amiga, porque esto era menos malo 
que dejarlo abandonado á su discreción; pero una mujer 
de proporciones como tu hermana no tiene disculpa para 
hacer tales sacrificios sólo por contentar su libertad. 

Y no te escandalices de oirme decir que es sacrificio 
enviar á los niños á la amiga tan temprano, porque lo es 
en realidad. No lo digo yo, los médicos sabios y los 
documentistas sensatos son de este parecer; porque la 



.A.. -^^ _*• iflii ^éTAí ll'llin" <l' II I ■ 1 ■'¡.^¡^^¿'tJlí.tiL^.Jx.AÁ.tJl'-íd.'rT.U.^ii 



40 PENSADOR MEXICANO 

imprudencia en que por costumbre, por necesidad ó por 
ignorancia incurren las más ó todas las maestras y maes- 
tros de tener sentados á los niños cuatro horas por la 
mañana y tres por la tarde, es á costa del sacrificio que 
sin malicia hacen de su salud. 

No te admires, vuelvo á decirte. La constitución 
lísica de los niños en su tierna edad pide para su 
robusta formación respirar el aire más libre, hacer el 
mayor ejercicio y tener el espíritu tranquilo; porque 
entonces es cuando sus fluidos necesitan circular con 
más rapidez para vigorizar las fibras, y que éstas se des- 
arrollen sin el menor embarazo; para esto es necesaria 
la buena digestión y transpiración, á la que coadyuva más 
que nada el ejercicio corporal y la quietud del ánimo; 
lo que no se logrará perfectamente atemorizando al niño, 
ni obligándolo á estar sentado mucho tiempo; pues se- 
mejante posición le es tan violenta como natural el 
estado de la acción y movimiento. En virtud de lo que te 
digo, mira tú si será un sacrificio el enviar á los niños 
tan temprano á esas amigas ó casas de enseñanza. 

— Estoy por convencerme, decía Matilde, estoy por 
convencerme de estas razones, aunque no las entiendo 
bien. Sólo quiero que me expliques ¿cómo es eso de que 
las criaturas están sentadas á fuerza y contra la natu- 
raleza? que eso pienso que quiere decir lo que me has 
dicho de que tal situación les es violenta. 



OBRAS ESCOGIDAS 41 

— Mira, decía el coronel con gran cachaza; ¿si á tí le 
obligaran á cuartazos ó á regaños á andar brincando y 
saltando todo el día, lo hicieras de buena gana? 

— Ni de buena ni de mala, decía Matilde riendo á car- 
cajadas. ¡Qué chula anduviera yo tan larga, y saltando y 
brincando sobre los canapés y sillas de casa lo mismo 
que una ardilla! — Pero si te hacían saltar á fuerza, ¿qué 
habías de hacer? — No, no saltara, decía Matilde, aunque 
me mataran. — Vaya, eso es decir, hija, contestaba el 
coronel, eso es decir; pero el rigor obliga á mucho más. 
Aun concediéndote esa fortaleza, que no tendrías, los 
niños no son capaces de ella, porque ni su corazón ni su 
capricho pueden balancear contra el temor que les inspi- 
ra la sola amenaza del castigo. Mas prescindiendo de esta 
Tortísima razón, tú de liso y llano confiesas que te sería 
muy violento el saltar y brincar todo el día, y que ni aún 
oprimida por la fuerza lo harías, ¿no es esto? 

— Así es, decía Matilde; me sería, no sólo violento, 
pero pesadísimo tal ejercicio, porque ya mi edad no es 
para brincar y saltar como perrito de faldas. — Pues has 
caído, contestaba su esposo; tan violenta es la quietud 
para un niño, como el travesear y corretear todo el día 
para un adulto. Cada edad tiene sus peculiares propen- 
siones y apetitos, l^s menester conocer esta verdad para 
ser más indulgentes con los hombres y mucho más con 
los niños. 

LA QUIJOTITA. — 11. 



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42 PENSADOR MEXICANO 

— Yo convengo con tu parecer, decía Matilde; pero 
pienso que, á pesar de las razones que alegas, estamos los 
padres de familia obligados á enviar á nuestros hijos cuan- 
to antes C\ las amigas, ó migas, ó como las llaman, para 
í|ue se instruyan temprano en la ley de Dios y para que 
aprendan á leer, escribir, coser, bordar y lo demás que 
deben saber según su clase; y esto creo que debemos 
hacerlo, aunijue sea á costa de ese sacrificio que dices, y 
más que teman el enojo ó castigo de los maestros; 
ponjue no me negarás que el refrán antiguo dice que 
la letra con sangre entra, y la labor con dolor, y ya tú 
sabes que los refranes antiguos son evangelios chiquitos. 

— No todos, decía el coronel; es verdad que hay 
muchos proloquios comunes que incluyen unas senten- 
cias morales ó políticas, y que son, no sólo ciertísimas, 
sino recomendables y santas; pero á la vuelta de rstos 
hay no pocos que son unos desatinos garrafales y unos 
despropósitos que. sin más apoyo (jue la antigüedad de 
su origen, han hallado abrigo en muchas cabezas á la 
sombra de la ignorancia y la preocupación. Uno de éstos 
es el que acabas de citar á lavor de tu opinión. ¿Quién te 
ha persuadido, hija, de que la letra con sangre entra? 
Esta es una máxima tan falsa como cruel y tan impolí- 
tica como necia. Nada entra con sangre á los racionales; 
el rigor sólo sirve de embrutecerlos, de agitarlos y envi- 
lecerlos. La experiencia diaria enseña que el muchacho 



OBRAS ESCOGIDAS 43 

muy regañado y muy golpeado, lejos de aprovechar lo 
que se quiere, por lo ordinario sale flojo y sinvergüenza 
y abandonado; al principio teme mucho y se atolondra, 
después teme menos y se descuida de propósito, y 
últimamente no teme nada, odia á sus verdugos, y se 
hace el ánimo de no complacerlos en cosa alguna, sólo 
porque ellos se lo mandan, y esto lo lleva á electo á 
costa de su pellejo, mientras está en estado de sufrir, 
que en llegando á criar alas, levanta el vuelo, se sus- 
trae del dominio de los que así lo han tratado, se entrega 
á rienda suelta á sus pasiones y se pierde sin remedio. 
Á estos muchachos conocen bien con el nombre de cur- 
tidos. ¿No es verdad? ¿No conoces algunos de los que se 
dice: ya éste no le hace caso á los azotes, ya está curtido? 
Pues ya ves el fruto que se debe esperar de un trata- 
miento riguroso con los niños y cuan lejos está el im- 
prudente castigo de facilitar su enseñanza. ¡Gracias á 
Dios que en el día ya se va conociendo esta verdad y se 
va desterrando de las clases v casas de enseñanza el 
rigor, el azote y la vileza, que por tanto tiempo se cre- 
yeron los medios más prontos, eficaces y seguros para 
enseñar á los niños. 

— En verdad que estoy por convencerme, decía Ma- 
tilde; pero mis tías, mi hermana y las amigas de mis 
tías me dicen muy al contrario, esto es, que conviene 
educar á los niños muy temprano y tratarlos con la 



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44 PENSADOR MEXICANO 

mayor severidad, si no se crían los muchachos mal- 
criados. 

— Nada más has hecho, respondió el coronel; nada 
más has hecho que confirmar que estás preocupada en 
la doctrina que te han inspirado tu hermana, tus tías, 
y otras personas y viejas tan ridiculas é idiotas como 
ellas. 

Sé que hablo contigo, que me amas, te merezco 
buen concepto, y al fin has de adherir á mi opinión, 
por eso me explico con tanta sencillez; pero no (juiero 
que por amor ó por respeto coincidas con mis ideas, 
sino persuadida por la razón, la experiencia y la auto- 
ridad. 

Por la razón debes convencerte de (jue los niños 
racionales no se deben ensenar como si no lo fueran, 
igualándolos al elefante, al perico, al oso, al mono, al 
caballo, al perro y á otros brutos, á quienes también se 
enseñan muchas cosas, ó por medio de la industria tenaz 
ó por el del castigo sin regla; pues vemos que los niños 
aprenden mil cosas muy breve, aun cuando no se em- 
plean para ello estos dos medios destinados privativa- 
mente para los brutos. 

Esto (|ue la razón dicta, también lo confirma la 
experiencin. Tú misma sabes cuántas monaditas ense- 
ñaste á tu hija siendo tiernecita, y aun cuando ni sabía 
iiablar ni entendía mejor que ahora lo que le enseñabas; 



OBRAS ESCOGIDAS 45 

y sin embargo, admirabas la prontitud con que aprendía 
á hacer mil monerías, y las aprendía á hacer breve y sin 
que empleases para ello ninguna severidad; luego el 
rigor y el castigo no es el único ni el mejor medio para 
enseñar á los niños, pues vemos que éstos aprenden 
sin él. 

— Bien está, decía Matilde; pero si mis tías dicen 
que no se puede menos y que ya tardamos en enviar á 
la amiga á Pudenciana, porque mientras más grande 
sea más trabajo costará que aprenda, ¿qué quieres que 
yo diga, cuando sabes que mis tías son unas señoras muy 
cristianas, prudentes y sabias, y sobre todo ya tan ancia- 
nas, que es fuerza que sepan más que yo, porque la 
experiencia y el mundo que tienen las ha ensenado? 

— [Válgate Dios por experiencia! decía el coronel; 
¡válgate Dios por experiencia, por mundo y por viejas 
que te tienen preocupada! Yo conozco que eres dócil; 
pero por desgracia sorprendieron esas señoras y otras 
personas vulgares tu docilidad á su favor desde tus 
tiernos años, y te llenaron la cabeza de mil preocupa- 
ciones é impertinencias, de que no es muy fácil te des- 
prendas. . 

No me admiro de que así te haya acontecido, ni eres 
tú sola la que cae en estos lazos. A muchas personas 
conozco contagiadas de esa misma peste; pero ¿qué 
personas? De aquellas que se llaman gente decente, y 

LA QUUOTITA. — 12. 



.f^.L.::. , ,;j,^ Í.Í ■ }u%¡á¿,i ,,-,;, nV ■ - - 



46 PENSADOR MEXICANO 

cjue huyendo de ser y parecer vulgares por su nacimien- 
to, educación y destinos, lo son, á su pesar, por sus 
opiniones 6 ignorancia. 

Mllo es un mal más común de lo que se cree, y 
cuando las preocupaciones se maman con la primera leche 
cuesta mucho trabajo abandonarlas; á veces se resisten á 
toda persuasión, y entonces la enfermedad es incurable. 

Yo no desespero de curarte de ósír, pues te he 
curado de otras necedades que te habían inspirado las 
mismas maestras. Mira, hija: la primera preocupación ó 
engaño en que vives es pensar (|ue tus tías y cuantos 
viejos y viejas te dicen alguna cosa son sabios y que en 
fuerza de sus años no pueden engañarte ni engañarse. 
Este es un error tan común como craso. 

Es verdad que los viejos son dignos de la veneración ' 

de los mozos, y así se lo debes inspirar á tu hija, porque 
tal respeto es un homenaje debido á la vejez. También 
es cierto (jue debemos escuchar á los ancianos con aten- 
ción, pues por lo ordinario hablan con juicio y madurez, 
y aun cuando carezcan de principios científicos, realzan 
v autorizan su conversación con hechos indubitables de 
gue tienen suficiente experiencia. 

Todo esto es cierto; pero no lo es menos que éstas r^ 
no son reglas generales, antes bien tienen mil excepcio- 
nes. Todos los días y en todas partes vemos viejas y 
viejos necios, supersticiosos y embusteros... 



■•sy^ 



OBRAS ESCOGIDAS 47 . 

— No, decía Matilde; mis tías no son embusteras 
ni supersticiosas. Yo las tengo por muy buenas cris- 
tianas. ¡Ojalá fuera yo como ellas 1 

— No te enojes, hija, respondía el coronel; yo no 
hablo precisamente de tus tías. Las conozco y las amo. 
Sé que son muy buenas señoras, y que si te han metido 
en la cabeza algunas vulgaridades, no ha sido por mali- 
cia, sino por falta de instrucción; pero de cualquier modo 
te han perjudicado. 

Ya ves que para romperte la cabeza lo mismo será 
que te den una pedrada por dar á otro ó que te la dispa- 
ren con puntería, y el médico que desee curarte se hará 
cargo de la incisión sin necesitar saber cómo te dieron la 
pedrada. ¿No es esto? 

— Es así, decía Matilde; ya te entendí; pero ¿á qué 
viene eso? — A hacerte ver, respondía don Rodrigo, que 
no debemos creer á puño cerrado todo cuanto nos digan 
todos los viejos sólo porque son viejos; pues así como la 
verdad no pierde nada en boca de los niños, así el error 
y la mentira no dejan de serlo en boca de los viejos; y 
tales hay que, sin embargo de sus canas, son harto 
necios, supersticiosos y embusteros, según te acabo de 
decir y como tú misma lo habrás experimentado por tus 
ojos. Acuérdate cuántas veces has criticado conmigo las 
conversaciones de don Tadeo y doña Sinforosa. 

— Bien me acuerdo, decía Matilde; pero esos seño- 



ni íT ■i'ÉV-''^^** — --■■■■i^'— ' " :-. • , 



48 PENSADOR MEXICANO 

res son ¡nsulVibles. A cada paso sacan lo de su tiempo, y 
nada de lo del nuestro les contenta. Son como aquellos, 
fjue no saben alabar más que su tierra y apodan cuanto 
ven en otra. ¿Quién ha de tener paciencia para oir hablar 
siempre de pretinas, bigotes, guardapiés, cofias, coti- 
llas y dengues, apocando de paso los túnicos, tápalos, 
mantillas y cuantos trajes se usan en nuestros días? ¿Ni 
quión ha de creer (jue antes eran los hombres más justos 
y las mujeres más recatadas que hoy, como nos quiere 
persuadir don Tadeo? Tú me has dicho, y yo lo creo 
porque mv lo has hecho ver, que el mundo siempre ha 
sido mundo y que desde su principio rompieron los 
hombres en maldades, han seguido y no cesarán de 
ellas hasta que arda todo como Troya. 

También me has dicho (|ue siempre ha habido hom- 
bres timoratos y mujeres arregladas; que al variar de 
vestir, comer, etc., se le ha llamado moda, y (jue esta 
variaci('»n ha sido muy continuada en las más partes de 
la tierra, especialmente en la Europa... En fin, me has 
dicho tanto, que ya no me acuerdo; pero he quedado 
asegurada de que don Tadeo es un tonto y la buena 
vieja de su mujer otra simple. 

— No me disgusta ese concepto que te has formado 
de ellos, decía el coronel, porque el hombre n mujer que 
por capricho, pasión ó ignorancia pretende que le crean 
un absurdo sobre su palabra, merece que le tengan por 



OBRAS ESCOGIDAS 49 

un tonto. Pero dime: ¿quó juicio has formado del maes- 
tro barbero de casa? Mste á lo menos no te deberá tan 
mal concepto. 

— ¿Cómo no? decía Matilde, riendo de muy buena 
gana. Ese pobre abuelo me debe peor concepto, porque, 
no sólo lo tengo por tonto, sino por mentiroso. ¡Jesús 
quó hombre! no tiene palabra de verdad, y luego cuenta 
unos cuentos y unas mentiras impasables. — Pero eso lo 
cuenta por divertirnos. — ¡Qué por divertirnos! ¿no ves 
quó formal se pone y C(')mo se enoja cuando le digo que 
es mentira lo que me cuenta y que no lo creo? Pues 
una vez que se incomoda porque no lo creo, es prueba 
de que quiere que trague sus mentiras por verdades. 
Yo ya ni le contesto; me enfada mucho un viejo ma- 
jadero. 

— ¡Ah! ¿conque tú conoces algunos viejos tontos y 
majaderos cuyas conversaciones te disgustan y cuyas 
patrañas te enfadan? decía don Rodrigo prosiguiendo. 
Después de todo, hija, tú tienes razón. ¿Qué dijeras si 
supieras que el mismo Dios por el Eclesiástico nos dice 
(lue tres cosas abomina v detesta de todo corazón, á 
saber: el pobre soberbio, el rico embustero y el viejo 
fatuo é insensato? 

Conque ya estamos en que hay viejos tontos, maja- 
deros y viciosos. Ahora ¿en qué piensas consiste que 
haya tal clase de viejos, que no son muy pocos?— No sé, 

l-A WUIJOTITA. — 13. 



50 PENSADOR MEXICANO 

decía Matilde. — Pues sábete que no consiste en otra 
cosa, sino en que de mozos no cultivaron ni la ciencia ni 
la virtud. Cuando jóvenes despreciaron los libros, mofa- 
ron d los sabios, huyeron de los arreglados y timoratos; 
y así, por necesaria consecuencia, cuando viejos, unos 
son unas máquinas semovientes, y otros (éstos son los 
peores) sobre necios, son unos viejos escandalosos y 
detestables, que tienen que sufrir infinitos desprecios y 
burletas. ¡Justo castigo de su pereza y abandono 1 porque 
lo que se siembra en la mocedad eso se cosecha en la 
vejez, y esta suerte corren las mujeres lo mismo que los 
hombres. 

— Todo está muy bueno, decía Matilde; estoy con- 
vencida de esas verdades; pero ¿á qué ha venido toda 
esta charla? Comenzamos por los niños y hemos acaba- 
do por los viejos. 

— Esto es lo que sucede diariamente en las conver- 
saciones familiares, decía don Rodrigo; se comienzan 
por una cosa y acaban por otra muy distinta; pero yo 
ahora no he perdido de vista el asunto principal de la 
nuestra. Cuanto hemos hablado se ordena á enseñarte 
que así como hay viejos sabios, hay viejos ignorantes; 
pues nadie adquiere talento, virtud ni erudición sólo por 
haber nacido antes (jue otros. 

— ¿Eso quién te lo niega? decía Matilde. Ya sabe- 
mos que el que de mozo no se instruyó de viejo será un 



OBRAS ESCOGIDAS 51 

necio como un cualquiera, sin que sus años le sirvan 
de otra cosa que de acusarlo de su inaplicación ó 
pereza. 

— Pues me alegro de que te halles penetrada de 
estas verdades, decía don Rodrigo; y según ellas, desde 
luego no creerás cuanto te han contado ni te cuenten tus 
tías, sólo porque son viejas; porque no debemos cautivar 
nuestro entendimiento á la sola autoridad, si no halla- 
mos apoyo en la razón ó en la experiencia. Sólo en mate- 
rias de fe no cabe esta regla, pues debemos sujetar el 
juicio á la revelación de que tenemos noticia por una 
tradición antigua é inalterable; circunstancia que, aún 
según el criterio humano, apoya con mucha solidez la 
verdad de nuestra religión. Quizá otra vez te hablaré de 
esto con más despacio. Por ahora, repito, que sólo en 
materias de í'e hemos de creer con sujeción á la au- 
toridad; pero en materias humanas somos libres para 
examinar si puede una cosa ser verdad ó no, sin mi- 
ramiento alguno á la persona que lo dijo; y cuando 
la razón ó la experiencia nos persuadan que es falso 
lo que nos han dicho, no sólo podemos, sino que de- 
bemos despreciarlo, sea cual fuere el autor de la tal 
patraña. 

Mas cuando la cosa que nos dicen se halla, además 
de confirmada por la razón y la experiencia, recomen- 
dada por la autoridad de los sabios, entonces seremos 



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52 PENSADOR MEXICANO 

insensatos 6 locos si queremos resistirnos á su creencia. 
Por ejemplo: si yo (juisiera persuadirte de que no se 
debe castigar á los niños con dureza, con venganza ni 
frecuencia, porque tal modo sólo sirve de hacerlos estú- 
pidos, sinvergiienzas é incorregibles, y esto quisiera yo 
que lo creyeras, sólo porque soy coronel y tu marido, sin 
darte otra razón, sería una necedad mía, y tú no debe- 
rías creerme, si tenías otras ideas que te convencieran de 
lo contrario; pero si después de haberte señalado la 
causa de lo que te digo, por la razón y por la experiencia, 
añadiera las autoridades de un Cicerón, de un san Jeró- 
nimo, de un HIanchard, de un Fenelón y de otros varios, 
que van conformes con que el tratar á los niños con una 
imprudente severidad, no sólo es inútil, sino pernicioso; 
en este caso, digo, ya no tienes ningún fundamento para 
dudar de mi opinión, porque la ves corroborada por la 
razón, la experiencia y la autoridad. Kntonces ya me 
debes creer, v abandonar como boberías las máximas de 
tus venerables tías, reirte de los refranes vulgares, estar 
entendida de que ni la letra, ni la labor ni nada entran 
con rigor, mejor (jue con la suavidad y el cariño, del que 
se debe usar más liberalmente con las niñas, en atención 
á su complexión más delicada, á su pudor y timidez. 
Y descansando en estos racionales sentimientos, procu- 
rarás desde luego educar á Pudenciana según mi modo, 
sin sujetarse á otro alguno contrario. ¿Qué te parece? 



OBRAS ESCOGIDAS 53 

A esto ha venido toda la conversación de los niños y los 
viejos. ¿Qué dices? 

— ¿Qué he de decir, contestaba Matilde, sino que 
estoy perfectamente convencida de cuanto dices? La ver- 
dad tiene un poder irresistible. Desde hoy escucharé á 
mis tías y á las que no sean mis tías con más cuidado; 
reflexionaré en lo que me cuenten ; haré lugar á la razón 
con imparcialidad, y si ella se declarase en su contra, 
despreciaré sus cuentos, me reiré de ellos, y no los 
creeré aunque sus autores tengan más canas que cabe- 
llos. Pero hablando de aquellos muchachos duros y sin- 
vergüenzas para quien son inútiles los consejos, y acaso 
pernicioso el castigo, dime ¿qué se debe hacer con ellos? 
¿se han de dejar impunes sus delitos? ¿se han de dejar 
perder porque no les aprovecha el castigo? 

— No se puede aconsejar tal cosa, decía el coronel. 
Yo bien sé que hay muchachos que desprecian los bue- 
nos ejemplos y consejos, se burlan de las amenazas y se 
obstinan con el castigo. ¡Infelices! Para éstos ninguna 
educación es buena, por prudente y eficaz que sea. En tal 
caso, á mi parecer, lo mejor es separarse de ellos. Si son 
hombres, ponerlos al servicio del rey, pues en la tropa si 
no adquiriesen luces ni virtud, serán menos viciosos 
públicos, cuando no por voluntad, por el temor de las 
penas que prescriben las ordenanzas contra los que 
faltan á la subordinación debida á los que los mandan; y 

LA QUIJOTITA. — 14. 



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54 PENSADOR MEXICANO 



si son mujeres, recluirlas en un colegio ó monasterio en 
la clase (¡ue se pueda, según las proporciones de los 
padres, esto es, como niñas ó sirvientas, pues á lo 
menos, cuando el ejemplo bueno no las corrija, la nin- 
guna libertad, la continua ocupación, acaso gastarán 
algún tanto su inclinación perversa. 

Yo aquí propongo unos remedios (|ue no apruebo 
como seguros, sino solamente paliativos para entretener 
el mal, y como suele decirse, por si pegan, pues un 
muchacho ó muchacha de maldita inclinación, sólo por 
una rara casualidad puede corregirse. Lo frecuente es 
que se extravían y se pierden de día en día. Si los 
padres han hecho lo que deben por su bien, deben 
desechar los escrúpulos, abandonarlos y pedir á Dios 
por ellos. 

— Lástima me dan, decía Matilde, semejantes hijos, 
y más sus infelices padres, pero creo cuanto me dices. 
He conocido algunos que me aseguran del juicio con que 
hablas, y por lo mismo siempre que me convenzas como 
ahora, yo te creeré sin repugnancia. 

— Esa docilidad de carácter que tienes, decía el coro- 
nel, es una señal segura de talento. Tú no sabrás lo que 
no te enseñaren; pero ten cuidado de no olvidar estas 
lecciones, para que las ejercites con fruto en la educación 
de nuestra hija. 

Tales eran las conversaciones de estos dos consor- 



OBRAS ESCOGIDAS 



55 



tes, y yo, aunque muchacho, me engolosinaba en oírlos, 
y ellos no se recataban de mí para hablar de semejantes 
asuntos; me amaban como hijo y yo amaba á su niña 
cornos! fuera mi hermana. 




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CAPÍTULO III 



En que se refieren otros pormenores de la educación de las niñas Pomposa 

y Pudenciana 



Cada instante tenía yo con que divertirme y que 
notar en la diferencia de dos educaciones dadas á un 
tiempo, en una misma casa y á dos niñas iguales en 
edad y parentesco. Escribir todo cuanto advertí sería un 
trabajo demasiado prolijo y fastidioso, á más de que es- 
imposible acordarme de cuanto pasó entonces para con- 
tarlo ahora con la misma exactitud, v así nos habremos 



LA QUIJOTITA. — 15. 



58 PENSADOR MEXICANO 

de contentar con referir lo que me pareció más notable, 
y por lo mismo aún lo conservo en la memoria. 

Cada familia de estas dos gobernaba su casa y 
educaba á sus hijos á su modo. La niña Pomposita fué 
enviada á la amiga bien temprano, según se dijo, y la 
niña Püdenciana permaneció en su casa hasta los cinco 
años cumplidos, en cuyo tiempo la puso el coronel al 
cuidado de una señora (juo unía á sus íinos principios un 
talento no vulgar, una virtud sólida y un carácter propio 
para aya ó maestra de niñas. 

Tenía pocas, porque sabía que el cuidado repartido 
entre muchos discípulos ó educandos tocábales á nada, 
y vale más educar y enseñar bien á diez que mal á 
veinte. Con esta bella máxima estaba en continua obser- 
vación sobre sus pocas discípulas y no les perdía movi- 
miento, cuya eficacia era causa de que ellas le tuvieran 
mucho respeto y cometieran menos l'ultas. 

Para enseñarlas jamás empleaba el rigor ni la 
dureza. Su carácter, entre serio y álable, era propísimo 
para inspirarles amor, confianza y respeto. Las niñas, 
tratadas con método tan suave, pocas veces dejaban de 
corresponder á los deseos de esta buena señora, (juien no 
las hacía estar sentadas muchas horas sino en castigo de 
su pereza, y esto no siempre. Por ejemplo, decía á las 
niñas: — Ln cuanto sepan la lección ó acaben su labor se 
van á jugar hasta (|ue sea hora de rezar. — Con esto se 



'■^■- .—■»•- . -í-v 



OBRAS ESCOGIDAS 59 

apuraban las niñas para concluir su tarea, para disfrutar 
cuanto antes del asueto, y la que no se aplicaba tenía 
que estarse sentada con la maestra hasta que aprendía la 
lección. 

Ya se deja entender por este castigo, que allí no se 
conocía el azote ni la palmeta para nada; mucho menos 
había la pésima costumbre de picar á las niñas con las 
agujas ni lastimarlas con el dedal cuando por falta de 
aplicación ó de talento no hacían bien la labor. El estilo 
serio enojado que la maestra usaba con las desaplicadas 
en este caso era un castigo suficiente y las más veces 
eficaz para las niñas, pues no estaban acostumbradas 
sino á ser tratadas con dulzura. 

Otra máxima recomendable observaba, que debería 
admitirse en las amigas por todas las maestras, y era no 
recibir niños en su escuela, porque decía que tenía 
mucha experiencia de las malas resultas que trae la 
mezcla de los dos sexos, aun en los tiernos años; que 
había advertido por esta causa hechos maliciosos en 
criaturas de cinco y seis años, que contados se harían 
increíbles para los que no conocen la depravación de 
nuestra naturaleza espoleada con el mal ejemplo, y por 
último, decía (jue las maestras que tienen esta mezcla 
deben ser demasiado vigilantes y prevenidas, porque 
tienen sobre sí una responsabilidad muy grave; lo mismo 
que los padres que, advertidos de estos inconvenientes, 



. -*•- . . .A 



60 PENSADOR MEXICANO 

envían á sus hijos á semejantes casas, especialmente á 
las niñas, en cuya educación ningún pudor es nimio. 

Tal era la conducta y modo de pensar de la maestra 
á cuyo cuidado fió el coronel la enseñanza de su hija 
Pudenciana. 

Fácil es concebir el trabajo que le costaría hallarla, 
porque de estas maestras no hay abundancia. Pero ¿qué 
trabajo no se debe emprender para que se eduquen los 
hijos dignamente? 

Se ha dicho que doña Matilde era una buena casada, 
y por lo mismo jamás se oponía á la voluntad declarada 
de su esposo. Sin embargo, no le pareció muy bien (jue 
se pusiera tan tarde su hija á la amiga y no dejaba de 
darle sus piquetitos. 

Me acuerdo í|Uc un día le dijo: — ¡Si vieras qué 
gracias de Pomposital ya sabe leer muy bien y la doc- 
trina que es un portento. ¡Ya se ve I como fué á la amiga 
á buen tiempo... Si mi hija hubiera ido entonces, ya 
sabría tanto ó más; pero tú eres su padre y sabes lo que 
haces. 

El coronel la entendió, y sonriéndose le dijo: — ¡Qué 
candida eres, hija I ¡(juó engañada estásl ¿Conque pien- 
sas que porque tu sobrina está dos ó tres años hace en la 
amiga antes que tu hija sabe mucho y lo sabe bien? 
¿Crees (jue nuestra Pudenciana ha perdido el tiempo y 
no sabe nada? Pues te engañas. ¿Qué dijeras si yo te 



•►^^TÍT. 5,^v -., • -"S^jO-J'j^'VTStpitje^ : 



OBRAS ESCOGIDAS 61 

probara que tu sobrina no ha aprovechado cosa y que 
en puntos de doctrina tu hija sabe más que ella, aunque 
la otra sabe de memoria el catecismo del padre Ripalda, 
de principio á fin y tu hija no? 

— Yo me sorprendería, decía Matilde, porque no 
concibo cómo una niña que ha estado en la amiga tres 
años hace sepa menos que otra que lleva ocho días de 
escuela. 

— Pues no es un arcano, respondió el coronel; lo 
que no se aprende bien nunca se sabe bien, y más vale 
ignorar una cosa del todo que saberla mal; porque 
el que aprende mal, tiene dos trabajos cuando quiere 
aprender bien; uno es saber bien lo que le enseñan y 
otro olvidar lo que aprendió mal; esto cuesta mucho 
trabajo, pues lo que se imprime primero, especialmente 
en la niñez, con dificultad se olvida. 

Conforme á estos principios inconcusos, va verás que 
poco ó nada sabe tu sobrina y que ningunas ventajas 
lleva á tu hija, pues ésta dentro de un año ó menos sabrá 
leer bien y aquélla jamás, si no olvida antes leer mal, lo 
que es tan difícil como pesado, porque se dobla el trabajo. 

Por lo que toca á la doctrina cristiana, ya desde 
ahora sabe más Pudenciana que Pomposita. Es verdad 
que aquélla sabe el catecismo de memoria; pero no 
lo entiende, y nuestra hija tiene ideas más perfectas y 
mejor concebidas de su religión, aunque nada sabe 

LA QUIJOTITA. — 16. 



rf 



62 PENSADOR MEXICANO 

como el loro. ¿No le has preguntado quirn es Dios 
y cuáles son sus atributos? ¿dónde está? ¿qué le debe? 
¿quién es ella y en qué se diferencia del pájaro, del 
perro y de otro cualquiera bruto? 

— Kn verdad, dijo Matilde, que no he tenido esa 
curiosidad, sin embargo de (|ue te he visto algunas veces 
divertido en enseñarla; pero como estoy satisfecha de 
(jue ni sabe leer ni va á la amiga á oir rezar, pensé que 
no podía aprender muy fácilmente nada de esto. 

— Pues te has engañado medio á medio, dijo el 
coronel. Pudenciana me ha entendido, porque yo me he 
sabido dar á entender con ella, usando voces, frases y 
comparaciones propias y perceptibles á su edad... Mas 
ella viene; quiero que te desengañes. Vén acá, mi alma, 
oye: dice tu mamá que piensa que no sabes la doctrina, ó 
que se te ha olvidado, y para que lo crea, díle quién 
es Dios. 

— La Santísima Trinidad, dijo la niña, y la Santí- 
sima Trinidad se llama Padre, Hijo y Espíritu Santo, 
que auníjue son tres personas, no son más que un Dios, 
y este Dios es un Señor muy santo, muy bueno, muy 
lindo, V... 

— Sí, sí, dijo su padre interrumpiéndola; pero tu 
mamá (|uiere (|ue le expliques cómo es eso de que la 
Santísima Trinidad es un solo Dios, aunque tiene tres 
personas. — ¿Pues no me has dicho, papá, que así como 



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OBRAS ESCOGIDAS 63 

• 

tu casaca tiene dos mangas y el cuerpo, y no son tres 
casacas sino una no más, porque las tres cosas distintas 
todas son de un mismo paño y tienen un mismo uso y 
un mismo tiempo, á este modo puedo medio entender 
que aunque en la Santísima Trinidad hay tres personas 
distintas, no son más que un solo Dios, porque todas son 
de un mismo tiempo, de una misma voluntad y de una 
misma esencia, así como las piezas de tu casaca son 
distintas, pero iguales en el paño? ¿No me has dicho 
esto, papá? — Sí, hija, eso te he dicho, y me has enten- 
dido bien. Mas ahora dime: ¿Qué cosa es Dios, que por 
otro nombre se llama Santísima Trinidad? 

— ¿Ya no dije, papá, respondía la niña, que es Dios 
un Señor muy bueno, muy poderoso, muy sabio y muy 
lindo? — ¿Y de que tamaño es Dios? — ¡Oh I tú me has 
dicho que no tiene medida, que en todas partes está, que 
todo lo llena, y que es así como la luz que lo llena todo, 
y que el cielo y el mundo y yo y todo estamos como 
dentro de Dios, así como estamos dentro de la luz. — 
Pues díme, seguía su padre, ¿aquí cuántos estamos? 
— Cuatro, decía la niña; Dios, mamá, tú y yo. ^ 

Hízole un cariño su papá, la despidió á jugar, y dijo 
á Matilde: — Yo no he querido mortificarla con hacerle 

• Cuando Diderot no deliraba en asuntos de religión, decia: —«Si yo educara á un 
niño, le daria infinitas señales indicativas de la presencia de la Divinidad; si hubiera 
una tertulia en mi casa, lo acostumbraría que dijese siempre: Estamos cuatro: Dios, mi 
amigo, mi director y yo.» — De estas máximas se valió el coronel, y se pueden valer 
otros padres de familia para el mismo fin. 



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64 PENSADOR MEXICANO 

responder cuanto sabe, porque no le sean fastidiosas 
estas materias; pero por lo que has oído conocerás si es 
imposible ¡r instruyendo á una niña de cinco años en su 
religión, haciéndosela conocer por principios. De este 
modo, cuando llegue el caso de ponerles el catecismo en 
la mano, lo leerán con gusto, porque entenderán lo que 
leen. 

No así aquellas pobres criaturas que, no teniendo 
mejor maestro que el catecismo, lo devoran de memoria 
sin entender una palabra de cuanto les hacen aprender. 
Todo el empeño de las personas que las instruyen, si 
esto merece llamarse instrucción, consiste en que digan 
seis ó siete declaraciones sin turbarse, y se dan con esto 
por muy satisfechas. De camino hacen otro daño, y es 
celebrar la gran memoria y comprensión de las criaturas 
que las rezan, con lo que éstas creen que saben mucho y 
que entienden la doctrina como el que más: se llenan de 
vanidad, y esta vanidad crece con ellas, y como hija 
de la soberbia O ignorancia, no las deja ni dudar que no 
entienden lo que dicen. 1^1 menor daño que se sigue de 
esto, es que, cuando grandes, si son madres, se contentan 
con que sus hijos sopan lo mismo que ellas supieron, 
esto es, quince ó veinte hojitas del catecismo conciliar de 
memoria, pero ninguna inteligencia. 

Cansado estoy de oir algunas criaturas responder 
de memoria ligerísimamente á algunas preguntas del 



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OBRAS ESCOGIDAS 65 

catecismo, como lo podría hacer el perico. Por ejemplo, 
si se les pregunta: — ^ Quién está en el Santísimo Sacra- 
mento del altar. ^ responderán con mucha satisfacción: — 
Jesucristo Nuestro Serlor en cuerpo (/ alma rjloriosa, así 
como está en el cielo, tanto está en la hostia como en el 
cdli^ tj en cualquiera partícula. Muy bien respuesto; 
pero ¿está igualmente bien entendida la respuesta? Nada 
menos. Pregúntales: — ¿Quién es ese Jesucristo.'' ¿que'» 
cosa es cuerpo.'^ ¿cuál es alma.'' ¿qué entienden por 
(jloria, por partícula, etc.? y las verás enmudecer. 

Esto es una lástima. Son muy funestas las conse- 
cuencias que se siguen de esta clase de enseñanza. Den- 
tro de México y en todas partes se ven cada día personas 
ignorantísimas de su religión, que abrigan las ideas más 
erróneas acerca de ella. 

¿Y diremos que esta ignorancia sólo se advierte en 
la ínfima plebe, gentes ordinarias y sin ningunos prin- 
cipios de educación? No, hija; yo te hablo con expe- 
riencia, y te aseguro que no son pocos los decentes 
infatuados y llenos de errores en materia de religión. 

Si esto no fuera, no hubiera tanta corrupción de 
costumbres como hay; porque el que ignora quién es 
Dios, cuál su bondad y poder, qué cosa es el espíritu, 
cuál y qué justa es la fuerza de la ley y todo lo demás 
que tiene la religión de conducente á la moderación de 
las pasiones, al deseo del bien y aborrecimiento del mal, 

LA. QUIJOTITA. — 17. 



66 PENSADOR MEXICANO 

no es mucho que obre casi siempre con un error culpa- 
ble, cuando no sea con una obstinada malicia. En fin, 
el que sabe su religión fundamentalmente tiene mucho 
freno para sujetar sus desordenados movimientos, bas- 
tante motivo para reconocer al Criador y poderosos 
auxilios para volver al camino de la verdad, aun cuando 
se haya extraviado de él. 

Pero el tonto, el ignorante, el que no sabe de su 
religión sino lo (jue dice el catecismo, sin entenderlo, 
tiene cuanto el diablo ha menester para extraviarlo y 
que se quede así hasta la muerte. Acaso no hubiera 
habido tanto hereje si no hubiera habido tanto ignorante 
de su religión católica; pero como han carecido de sus 
principios y han desconocido sus apoyos, fundamentos 
y solidez, han sido demasiado fáciles en abrazar aíjuellos 
errores con (jue una nueva secta lisonjeaba sus pasiones 
con una libertad criminal. Mahoma era un ignorante 
audaz; pero conociendo el natural apetito de los hombres 
al libertinaje y su torpe ignorancia en asuntos de reli- 
gión, se valió de esta misma ignorancia y corrompido 
deseo, permitiendo á sus sectarios la poligamia ó el uso 
ilimitado de mujeres. 

Con más finura y sutileza hicieron lo mismo Lutero, 
Caivino, Voltaire, Rousseau, Diderot y otros que escri- 
bieron llenos de contradicciones, y quizá, ó sin quizá, 
contra lo mismo que sentían en el fondo de sus corazo- 






OBRAS ESCOGIDAS 67 

nes, para sostener sus opiniones y hacerse singulares; * 
pero siempre sin perder de vista el lisonjear el desarre- 
glado apetito de los hombres hacia la libertad , ó llámese 
mejor libertinaje. 

Una chusma de ignorantes fué la primera que los 
siguió y fertilizó su cizaña; pero ¡quién seguirá los 
pasos de un ciego, sino el que carezca de ojos! 

Por todo lo dicho conocerás cuánta diligencia y 
cuidado se debe poner en instruir á los niños en su 
religión, por principios, y qué poca confianza se debe 
tener de que la entiendan aquellos que sólo saben de 
memoria sus principales misterios. 

Quizá no será esta la última vez que te hable sobre 
puntos tan interesantes, y en otra te haré ver... ¿qué 
digo? te demostraré hasta la evidencia, que el desacato, 
el fanatismo y la superstición que se nota entre los cris- 
tianos, y por cuyos vicios nos ridiculizan los herejes, no 
tienen otro origen que la ignorancia de nuestra religión; 
ignorancia que no sería tanta ó ninguna si los padres y 
madres, por sí ó por personas sabias, procuraran ins- 
truir á sus hijos radicalmente en materia tan importante, 
como lo hago yo con Pudenciana, sin contentarme con 
que aprenda el catecismo de memoria sin entenderlo, 
como tu sobrina, á quien me parece que envidias. 

* Léanse lus Hcleianat ó cartas filosóficas, traducidas del francés por don Claudio 
Vial, donde se verán las enormes contradicciones en que incurrieron muchos de estos 
filósofos en materias de religión. 



..^.*-. .¿ > .', i^. . . .JÍ, S^ .\ f —1.'.:..^. .^.•L'É^l^m.m 



68 PENSADOR MEXICANO 

— En verdad que yo la envidiaba, decía Matilde, 
porque estaba entendida de que sabía leer y la doctrina. 
¡Ya se ve! yo ignoraba todo lo que me acabas de decir; 
pero en electo, dices bien. De nada sirve saber las cosas 
mal; esto es lo mismo que no saber nada, ó algo peor, 
según me explicas. 

Me acuerdo que ya hace como un año ó más, 
presencié un lancecillo que le pasó á Eufrosina con su 
hija, que si á mí me hubiera sucedido me habría corrido 
demasiado. 

Pues mira tú, que estaban de visita en su casa dos 
clérigos, un padre franciscano y otros señores, y mi 
hermana estuvo alabando mucho á su hija de que sabía 
toda la doctrina. El padre franciscano, que desde luego 
pensaba como tú, después de haberle oído rezar todos 
los artículos sin turbarse, le preguntó: — ; Quién es Dfosf* 
A lo que Pomposita respondió muy aprisa, y el religioso 
con mucha llema la volvió A preguntar: — ¿Conque el 
Padre o.< Dios.'' — Sí, es. — /A7 ¡íi/o es Dios/ — Sí, os. 

— /J'j/ Espíritu Santo es Dios.'' — Sí, es. — ^Son tres 
dioses/ — Xo, sino uno en escneia ij trino en persona, 

— Muy bien, decía el religioso; ¿el señor es padre? 
¿Y el señor? señalando á los clérigos. — Sí, son, res- 
pondía la niña. — ¿Y yo soy padre? — También. — 
¿Y cuántos padres hay? — Tres. — Pues, ¿cómo está 
eso de que el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el 



•* í ■•; -v. >^-;,7.;/^ 'J^-a ;'<!i'¿'?~*fir;J9*i 



OBRAS ESCOGIDAS 69 

Espíritu Santo es Dios, y no son tres dioses? Vaya, á 
ver cómo lo entiendes. 

Pomposita, atacada con la comparación, enmudeció, 
y de cuando en cuando miraba á su madre, como dicién- 
dolé que respondiera; pero Eut'rosi na callaba y se ponía 
colorada. El padre franciscano, para rematar el cuento, 
preguntó á Pomposa: — ^- Luego, obligados estamos á saber 
y entender todo esto/ — Si, estamos, respondió la niña; 
porque no lo podemos cumplir sin entenderlo. Considera tú 
el caté ^ que tomaría Eufrosina con semejante reprensión. 

— Es preciso confesar, dijo el coronel, que el buen 
religioso se olvidó en aquel lance de las reglas de la 
prudencia y urbanidad. Guando se examina á alguna 
criatura, es menester considerar su edad, su estudio y 
sus potencias, y no hacerles jamás unas preguntas y 
argumentos que sean superiores á sus luces. 

La retorsión que le hizo á nuestra sobrina era 
demasiado fuerte para ella, y no fué mucho que no la 
respondiera. Hay algunos genios tan pedantes, que así 
arguyen á las mujeres, á los niños y á los legos como 
pudieran á un sustentante al pie de la cátedra. Sus pre- 
guntas más se dirigen á confundirlos que á instruirlos 
ó hacerlos lucir. ¡Entendimientos flacos y cobardes, que 
se lisonjean con tan pequeños triunfosl 

* Frase común en México, con que hablando familiarmente se da á entender que 
alguna persona se avergüenza ó incomoda. Suele decirse café con moscas, y así se 
entiende mejor. 

LA QUUOTITA. — 18. 



I 



70 PENSADOR MEXICANO 



Si la niña le hubiera dicho: — Hay tanta despropor- 
ción y diferencia de la comparación que usted me pone 
con el objeto (jue yo explico ó con la Trinidad que creo, 
cuanta hay del ser al no ser y del ñnito al infinito. 
Yo creo que en Dios hay tres personas y una esencia, 
y lo creo firmemente porque la te me lo enseña, aunque 
no lo comprendo ni trato de comprenderlo, pues sé que 
Dios es incomprensible á toda pura criatura inteligente; 
V siendo un ser infinito, sólo un entendimiento infinito 
puede comprenderlo; no habiendo otro entendimiento 
infinito más que el suyo, se sigue que sólo Dios se com- 
prende perfectamente, sólo Dios sabe quién es Dios, 
hasta dónde se puede saber. 

Ninguna pura criatura, por santa, por sabia y por 
favorecida que sea del Criador, alcanzará jamás á definir 
la esencia divina, ni á comprender el misterio inefable de 
la Trinidad. ¿Cómo quiere usted que yo lo explique dig- 
namente? Usted mismo con su borla y teología, ¿qué 
digo yo usted mismo? Santo Tomás, San Agustín, San 
Gregorio, el eximio Suárez y cuantos teólogos profun- 
dísimos ha respetado el mundo no explicaron jamás 
este misterio con tal claridad que convenciera el enten- 
dimiento sin el auxilio de la fe. San Francisco de Sales 
decía, hablando con Dios: Scítor. ros seríais miuj jte- 
(¡Hcíio si ])iidlei'ais sor rofu/trendido por un cntendiiniento 
tan jK'(/uoño como el nuestro. 



► .>= ÍT- ~;' -.■. ,.•■ .^ .'— •lS';;.í«-><^^^ 



OBRAS ESCOGIDAS 71 

Pero de que este misterio sea incomprensible no 
puede seguirse que no existe. Semejante ilación sería 
el más extravagante disparate. De que no conozcamos ó 
no entendamos una cosa no se deduce de que la cosa 
no sea tal como en sí es. ¿Cuántas cosas tienen los 
hombres en las manos y no saben lo que son? La elec- 
tricidad, la atracción del Norte al imán, la del imán al 
acero, la del azabache á la paja, etc., etc., las ven los 
hombres, hablan, disputan de ellas, advierten sus efec- 
tos, se valen de éstos, y sin embargo de ser objetos 
materiales, no los comprenden. Todos sus adelantos en 
esta parte se han quedado hoy en argumentos, sistemas, 
opiniones y teorías. 

¿Pero qué más? No podemos dudar que tenemos 
dentro de nosotros un espíritu, ó llámese alma, ó lo que 
se quiera, superior á nuestra materia; una facultad inte- 
lectiva que no goza la planta, la piedra ni el bruto; que 
se mueve y vive á nuestro igual, y sin embargo, ¿quién 
sabe lo qué es esta alma? ¿quién explica el mecanismo 
de sus funciones? ¿quién sabe cómo piensa? ¿quién 
entiende bien los fenómenos del sueño? ¿quién define 
la causa del trastorno de un loco?... Mas ¡para qué es 
cansarse I ¿Quién es el hombre que se conoce perfec- 
tamente? Nadie. Pues si el hombre no sabe quién es 
el hombre, ¿cómo tendrá osadía para definir á Dios, 
rastrear sus misterios ni analizar sus perfecciones? 



72 PENSADOR MEXICANO 

S¡ mi sobrina hubiera respuesto de esta manera al 
padre hubiera quedado bien; pero sería una simpleza 
esperar semejante respuesta de una niña de cinco ó seis 
años. 

Lo malo que hubo en esto í'ué la indiscreta con- 
fianza de la madre, que aseguró sabía bien la doctrina, 
cuando no sabe sino el catecismo de memoria. 

Es verdad que no todos debemos entender los mis- 
terios de la fe como los teólogos; pero todos debemos 
entenderlos lo mejor que podamos y no contentarnos 
con retener palabras de memoria. En fin, no todos esta- 
mos obligados á ser teólogos; pero todos lo estamos á ser 
buenos cristianos, lo que no puede ser sino entendiendo 
la religión de Jesucristo y sus principales misterios, con- 
forme á nuestra capacidad y con arreglo á lo establecido 
por la Santa Iglesia. 

Cada conversación de estas era una lección oportuna 
que el coronel daba á su esposa, y como la daba con tan 
buen modo, jamás dejaba de coger el fruto que quería. 
¡Qué diferente es el estilo de aquellos que quieren corre- 
gir ó quizá enseñar á sus mujeres con dureza é ignoran- 
cia I Tal modo es más propio para embrutecer que para 
instruir. Con un estilo tan soez, las mujeres se obsti^ 
nan, no se corrigen, aborrecen á los hombres, y como se 
resfría, cuando no se apaga su amor, ni se aficionan á 
sus máximas, ni oyen lo que se les dice, ni hacen lo que 



OBRAS ESCOGIDAS 73 

se quiere que hagan. ¡Cuánto vale la prudencia en los 
maridos 1 Pasemos á otra cosa. 

Doña Eufrosina, ó llámese la Langaruto, para ir 
con la moda de nombrar á las mujeres por el apellido 
de sus maridos, no se embarazó con su hija Pomposa 
para pasear á su gusto, pues la puso á la amiga antes de 
tiempo, según se ha dicho, con lo que logró que se debi- 
litara un poco más su salud y que aprendiera algunas 
malas mañas de las otras muchachas; aunque no nece- 
sitaba de estas maestras, pues las tenía de sobra con su 
mamá y las criadas de su casa, que la mal enseñaban 
con primor. 

Continuamente estaban componiendo á la niña, y 
este nombre moda era pronunciado por ella á los cinco 
años con demasiado gusto é intehgencia. Todo lo que no 
era de moda lo despreciaba y todo lo que sabía que se 
usaba era para ello su ídolo favorito. 

Era cosa admirable oiría reñir con el zapatero ó el 
sastre cuando no le traían una cosa á su gusto. — Maes- 
tro, solía decir al zapatero, ¡qué zapatos tan feos! no me 
cuadran, son de vieja; yo los quiero de moda, no como 
estas figuras. 

Por desgracia, jamás faltaban aduladores de la 
madre, criadas de la casa, viejas parientas ó paniagua- 
das que alababan el necio proceder de la niña. Unos 
decían; — ¡Bienhaya la señorita que no es tonta! Otros: 

LA QUIJOTITA. — 19. 



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74 PENSADOR MEXICANO 

— ¡Qué viva csl todita á su mamá. Otros: — Dios la 
guarde. — Y todos á porfía apoyaban y celebraban su 
necedad , soberbia y mala crianza. 

La madre, que ó no entendía ó afectaba no entender 
el idioma de la adulación, se ponía más esponjada que 
¡if(((/()loíc ^ al escuchar las indignas alabanzas tributadas 
al orgullo y tontera de su hija, y ésta se hinchaba como 
sapo advirtiendo sus elogios. 

La educación que Eufrosina le daba en orden á los 
criados no era menos ridicula y reprensible; porque 
después que permitía á la niña estar en la cocina y 
tratar á las criadas con la mayor familiaridad, las reñía 
altamente al menor descuido de atención que observaba 
usaban con su hija, como por ejemplo, llevar la mance- 
rina sin servilleta, el vaso del agua no muy limpio y 
cosas á este modo. Entonces había en casa riña segura. 

— ¿Cómo es esto, decía la señora; atrevida, grosera, que 
traes á la niña el chocolate sin servilleta? ¿no ves que es 
tu ama? ¿has pensado que es otra como tú? Cuidado con 
tratar á la niña con tan poco respeto, porque te mudarás 
noramala de mi casa. 

La tal niña, que advertía esto muy bien, concebía 
el grado de superioridad en (jue se hallaba respecto do 
las criadas, y dando rienda á toda la soberbia que le ins- 
piraba su mamá, ya después no las trataba como sir- 

' Pavo americano. 



.* i ^", ' 



OBRAS ESCOGIDAS 75 

vientas sino como esclavas, ^ es decir, punto menos que 
bestias, j Infeliz de la criada que tenía el más mínimo 
descuido con ella á la edad de siete años, porque después 
de tirarle con el trasto, la llenaba de improperios, y esto 
aunque fuera la criada ó criado un viejo ó una vieja! 
Ella no miraba edades sino situaciones, y como la suya 
era superior, dominaba las de sus domésticos á su antojo, 
y mucho m.'is contando, como siempre contaba, con la 
aprobación de su necia madre. 

Ya se deja entender que á todos los criados tuteaba, 
aunque tuviesen la cabeza más blanca que la pita de 
maguey; pero en medio de esta ridicula soberanía, pe- 
caba la madre por el extremo opuesto, permitiéndole la 
mayor familiaridad con ellos. 

A la hora de siesta se acostaba á dormir, y entre- 
tanto la niña se iba á la cocina, y entonces, lejos de la 
mamá, no sólo era una con las criadas, sino que les 
sufría mil llanezas que usaban con ella, á ferias de mel- 
cocha, orejones, '^ calabaza cocida y otras golosinas que 
por ordinarias no se ponían en la mesa y á la niña 
cogían en deseo y provocaban su apetito por la priva- 
ción en que sus padres la tenían de ellas. 

Guando estaban ama y mozas comiendo en buena 
paz y compañía, solían decirle éstas: — Niña, ¿por qur 

' Muy mal hacen los que tratan á sus esclavos tiranamente. Es menester no olvi- 
dar que los esclavos y criados á salario son hijos de Dios y semejantes nuestros. 
* Ruedas de manzana pasadas al sol. 



-■^tJli¿j.»^'";-^-.-«<' ■'•■-• -.- ■- ^-~. 



76 PENSADOU MEXICANO 

es usted tan perra y tan soberbia? ¿Por qué nos trata 
tan mal delante de la señora? — Y entonces la niña, obli- 
gada por la melcocha, ó lo que es más seguro, por la 
verdad, les decía: — Pues de fuerza he de enojarme y 
os he de tratar así; ¿acaso mi mamá os trata de mejor 
modo? Ella me dice que os acuse, que os riña y que no 
me deje, pues yo soy ama en esta casa y vosotras sois 
mis criadas y estáis atenidas á comer de nuestras sobras, 
y por lo mismo nos habéis de tratar con el mayor res- 
peto, y cuando no lo hiciereis os echarán noramala de 
casa. — Ya se ve que la niña hablaba la verdad; su ma- 
dre así lo decía, y éstas seguramente son unas máximas 
bellísimas y oportunas para educar á las niñas soberbias, 
malcriadas y odiosas para aquellos que tienen la desgra- 
cia de servirlas. 

Algunas noches que por tuerza la señora estaba en 
casa y solía el señor no estar en ella, era la niña 
enviada á la cocina por orden de su mamá, mientras 
trataba algunos asuntos importantes con personas que 
no podían tratarlos francamente á su presencia. 

En estas ocasiones, viejas y muchachas sirvien- 
tas, para entretener el sueño, se ponían á contar cuen- 
tos ó consejas á la niña. ¿Y qué cuentos eran estos? 
¡Frioleral cosas importantísimas y dignas de que las 
supiera una niña decente y que no se quería contar en 
el número del vulgo. En estas conversaciones andaban 



í^'^tl - *í>V'.¿;>f^ •■. ^ í-'^-T», >t -. '■^" '.''^*^'v?í v.í-r- :v*t^.-^ ■ ->^A?^' *;^' t*"^.»V' 



'T-. •• 



OBRAS ESCOGIDAS ' 77 

á millares los encantamientos, espantos de muertos, apa- 
riciones de diablos, milagros apócrifos, males de ojo. 
dinero enterrado, hechicerías, brujas, amuletos, talis- 
manes ^ y trescientas mil soflamas y embustes, cuyas 
resultas son harto perniciosas en la edad madura; pues 
lo que en la niñez se aprende como verdad infalible, con 
dificultad se descree en la vejez; y de aquí viene hallar 
tantos viejos tontos y majaderos, que en su vida han 
visto un diablo, un muerto, una bruja, un hechicero, ni 
han experimentado un milagro verdadero, ni se han 
hallado un real enterrado, y sin embargo, defienden á 
puño cerrado estas cosas y aun las confirman con sus 
canas, años y autoridad á costa de mentiras, dándose 
ellos mismos por testigos y aturdiendo con esto á los 
simples que los escuchan. 

No sólo en esto paraba la mala educación moral 
de Pomposita. Mientras más crecía en edad se perfec- 
cionaban las facciones de su cara. Mstas, juntas con 
la compostura de su cuerpo y la volubilidad de su len- 
gua, porque, en efecto, era habladorcilla, la hacían 
célebre entre las gentes tontas y superficiales, quienes 
continuamente la aplaudían de bonita, viva, discreta, 
salerosa y curra. ¡Elogios malditos y dañosísimos en 

' Talismanes: figuras hechas de algún metal ó grabadas en una piedra con corres- 
pondencia á los signos celestes, á los que supersticiosamente atribuyen alguna virtud. 
La manita de azabache, el colmillo de caimán contra el aire, el ojo del venado contra el 
mal ojo, el chupamirto para hacerse amables las mujeres y otras supercherías semejan- 
tes que aún respeta el vulgo, tienen lugar entre los talismanes. 

LA QUIJOTITA. — 20. 



jr.:^*J^.t.'. 



78 PENSADOR MEXICANO 

los tiernos años de las niñas I No saben estos tontos 

y bárbaros aduladores cuánto las perjudican, haciendo- | 

las tenaces partidarias de la moda, orgullo y presun- í 

ción. 

t 
No es de extrañar que con semejante conducta f 

se criara Pomposita demasiado necia y altanera. La | 

infeliz no hacía más que correr por donde su madre j 

andaba, y corría más mientras más se adelantaba su [ 

edad. 

A los siete años, dije, cuando ya la luz de la razón 
rayaba en su entendimiento con más perfección, su 
soberbia era harto conocida. Su amor propio se hallaba 
entronizado en su corazón; desde esta edad consultaba 
al espejo sus perfecciones, manifestaba demasiado con- 
tento al oirse celebrar y se incomodaba si por accidente 
alababan á otra en su presencia. 

Acostumbrada á cuanto se llamaba moda en su tiem- 
po y persuadida con el ejemplo de su madre, trataba á 
todo el mundo con la mavor familiaridad ó llaneza. 
A ninguno de los concurrentes de su casa daba más 
tratamiento que el apellido; de manera que un ciego 
que no hubiera tenido otra señal que la voz de la niña 
para conocer á los asistentes, jamás los hubiera distin- 
guido por sus empleos y caracteres. Oiga usted, Herrera, 
mire usted. Ríos, escuche usted, Valdés... lOste era el 
modo con que la niña nombraba á todos los concurren- 



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OBRAS ESCOGIDAS 79 

tes á su casa, y entre ellos había togados, canónigos, 
coroneles, etc. 

Acuérdonie que una vez la oí llamar á un caballero 
con estas voces: mai-f/nesiío, mor(iucí>ito. Confieso (jue 
pensr que llamaba á algún perrito de faldas, y no era sino 
al marques de S***, hombre respetable por su edad y 
representación. • 

Todo esto se le pasaba á la niña por una gracia; 
pero en verdad que unos decían que era franca, marcial, 
del día, y qué sr yo, y otros la tenían por una muchacha 
malcriada. En efecto, yo no soy calumniador; la pobre 
niña no tenía la culpa; veía que su mamá y otras seño- 
ritas trataban con esta familiaridad »'» llaneza á todos los 
hombres indistintamente, ¿qué había ella de hacer sino 
seguir su ejemplo? 

Sin embargo, la niña Pudenciana hacía un terrible 
contrapeso á esta familia, porque su papá, el coronel, la 
tenía enseñada á que distinguiera de sujetos y diera á 
cada uno el tratamiento que le convenía; y así, á los 
currillos y mocitos almidonados los llamaba por el ape- 
llido, lo mismo que su prima; pero á los eclesiásticos y 
personas de distinción los nombraba con respeto, de 
usía ó usted, según su clase. 

Este modo le concillaba el aprecio general, pues los 
jóvenes tertulios se veían tratar á su modo v los hom- 
bres circunspectos con la atención que deseaban, y más 



ij|-^Tiií»iÉJti'ji' in I 



80 PENSADOR MEXICANO 

en una criatura tan pequeña. Todos la abrazaban, la 
celebraban, y la tenían por una niña bien criada, porque 
sabía dar á cada uno su lugar sin salir de la esfera de 
cortesana del día. 

Estos generales aplausos eran causa de celos á los 
padres de Pomposita, lo que don Dionisio disimulaba 
con prudencia. 

No tenía tanta Euí'roslna, la madre de Pomposa, y 
así de cuando en cuando explicaba su celiilo en buen 
idioma, echando en cara al coronel la diversa educación 
que daba á su hija. Una vez, estando yo delante y 
acabando de celebrar la urbanidad de Pudenciana un 
caballero, luego que éste se despidió, entre colérica y 
sonrojada Eul'rosina dijo al coronel: — Y bien, hermano, 
habrá usted quedado muy ancho con los elogios íjuc ha 
hecho á Pudenciana ese botarate hablador que acaba de 
salir, ¿no es eso? Pues no, no se engría usted, por- 
que, yo siento decirlo, al fin estimo á usted, como que 
es mi hermano y la muchacha es mi sobrina; pero á la 
verdad, le está usted dando una crianza muy paya. Eso 
de levantarse del asiento una mujer para recibir ó des- 
pedir á los hombres, tratarlos de señorías ó de usía, 
hablarles por sus nombres y no por sus apellidos, y 
otras cosas de estas son vejestorias, antiguallas y pa- 
yadas. No, señor; las mujeres siempre hemos de ma- 
nifestar que somos señoras, y que nos merecemos muy 



{.•^kn.^.. 






OBRAS ESCOGIDAS 81 

bien las atenciones de los hombres, á quienes harto favor 
hacemos con admitirlos á que nos sirvan y obsequien. 
Si manifestándonos las mujeres civilizadas con esta 
superioridad que nos concede la culta moda, todavía 
tenemos que sufrir algunas llanezas, atrevimientos y 
desprecios de los hombres, ¿qué fuera si nos humillá- 
ramos como las payas? ¡Jesús! noí? quisieran tratar á 
la baqueta, se darían por muy bien servidos de nuestras 
importunas humillaciones, escasearían sus obsequios y 
comedimientos y creerían tener en cada señorita una 
criada más á quien mandar. Yo digo á usted esto por 
su bien y por el de mi pobre sobrina; por lo demás, 
usted es su padre y hará lo que le diere gana. En 
todo caso usted no se envanezca, ni ella tampoco, con 
las alabanzas que le dan algunos, pues ya usted ve que 
de estos alabadores unos son viejos, reviejos enemigos 
de toda moda: otros son ó se quieren hacer medio san- 
tuchos; otros manifiestan ser unos payos de ciudad sin 
principios, y otros, por último, son unos aduladores de- 
clarados, que tanto alaban á mi hija como á la de 
usted, sin saber poi' qué alaban á ninguna de las dos, 
sino por pagar con sus lisonjas el chocolate, el café ó el 
almuerzo que vienen á tomar á nuestra casa. Ya usted 
ve qué buena gente alaba á Pudenciana de bien criada; 
payos, tontos, viejos hipócritas y lisonjeros. Así saldrá 
ello; pero vuelvo á decir que usted hará lo que le dé la 

LA QÜIJOTITA. — 21. 



82 PENSADOR MEXICANO 

gana, puos al fin es su padre, y no me debo meter en 
la renta del excusado. 

Oyó el coronel con bastante socarronería este largo 
y desatinado sermón que yo deseaba concluyera, espe- 
rando que él pusiera como un trapo á mi señora doña 
Eufrosina; pero no lo conseguí, porque con la mayor 
prudencia y sonrióndose, sólo dijo: — Tsted, hermana, 
dice bien; pero por ahora es menester que Pudenciana 
haga lo que le mando, auncjue no sea moda; porque es 
muchacha y es preciso que se enseñe á tener respeto á 
sus mayores sin acordarse de (jue es mujer... Y dígame 
usted, ¿le han avisado que la vinieron á convidar de 
parte de la señorita Tollo para su baile de esta noche? — 
¿Pues qué, tiene baile la Tello? — Sí, tiene: se ha casado 
Carmelita. — Pues es preciso admitir este convite. Vaya, 
vamos á comer temprano para vestirnos. — Sí, hermana, 
coman ustedes que nosotros vamos á hacer lo mismo. 

Así cortó el coronel la disputa y la contestación con 
su cuñada; pero como Matilde había oído hablar tantos 
despropósitos, quedó como indecisa sobre cuál de las 
dos crianzas sería la mejor, si la (jue daban á Pomposa, 
ó la que el coronel daba á su hija. 

El coronel advirtió la sorpresa de su mujer, y para 
prevenirla contra sus resultados, le dijo: — Tu herma-' 
na habló como una mujer necia. Yo no (juise trabar 
con ella una disputa , porque sería infructuosa á los 



- "• ^J^"-.»:.!?-';.-. , »■ ■ ■ . . ■■^fS"» 



OBRAS ESCOGIDAS 83 

dos; yo no tenía que aprender nada de ella, ni tampoco 
habría querido ella convencerse de mis razones; mas 
á tí, que siempre me escuchas con docilidad y gusto, 
te debo instruir de buena gana, porque tú transmitas á 
nuestra amada hija mis lecciones, cuando sea capaz de 
comprenderlas, si la muerte me impidiere hacerlo por 
mí mismo. 

I^n esta inteligencia has de saber que es un error 
pensar que las mujeres tengan, por ningún título, alguna 
superioridad sobre los hombres como cree tu hermana. 

Por la ley natural, por la divina y por la civil, la 
mujer, hablando en lo común, ' siempre os inferior al 
hombre. Te explicaré esto. La naturaleza, siempre sabia 
y obediente á las órdenes del Criador, constituyó á las 
mujeres más débiles que los hombres, acaso porque esta 
misma debilidad lísica de que hablo les sirviera como de 
parco ó excepción para conservarse en aptitud para ser 
madres y sostener la duración del mundo... Creo (jue no 
me entiendes; te lo diré más claro. La naturaleza, ó 
hablemos como cristianos, su sapientísimo Autor, no 
concedió á las mujeres la misma fortaleza que á los 
hombres, para que éstas, separadas de los trabajos pecu- 
liares á aquéllos, se destinasen únicamente á ser la 
delicia del mundo, y de consiguiente fuesen las prime- 

* Los ejemplares que se pueden citar de algunas mujeres que, sentadas en los 
tronos, han logrado, no sólo la absoluta independencia de los hombres, sino la domina- 
ción sobre ellos, son excepciones de esta regla. 



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84 PENSADOR MEXICANO 

ras y principales actrices en la propagación del linaje 
humano. 

Cuando te digo que las ¡>ri/ní>r((s t¡ /¡rinci/jales, no 
quiero negar á los hombres lo importante de su coopera- 
ción; no te hablo como físico ni como médico. He leído 
algo sobre el arcano de la generación; sé que los hijos 
llevan el apellido de los padres y no el de las madres; sé 
(|ue es justo y sé por qué; pero no me toca explicarlo, ni 
á tí te importa mucho el saberlo. Te hablo únicamente 
como filósofo; y así te digo, que las mujeres son los prin- 
cipales agentes de la conservación del género humano; 
porque la mujer, no solamente concibe el feto, sino que 
lo nutre en su vientre, lo alimenta con sus pechos, lo aca- 
ricia, se entrega á todo su cuidado en su infancia y no 
lo separa de su seno hasta que no está en estado de 
manejarse por sí con libertad. 

Ahora sí pienso que has comprendido cuan gi'avoso 
es el cargo de una madre, cuan recomendable el mérito 
de la que sabe desempeñar este título, y con cuánta razón 
la naturaleza las debilitó por una parte para íiacerlas 
útiles por otra. — No tenga, dijo el Autor de la natura- 
leza en el acto de la formación de la mujer, no tenga 
ésta la robustez del hombre, que rinde á una fiera; no 
tenga la intrepidez del hombre, que se arroja entre las 
balas y degüella enemigos de ciento en ciento; carezca 
drl tesón del estudioso, (jue entre libros y vigilias se con- 



'•^.rr 



•'V 



OBRAS ESCOGIDAS 



85 



sume por indagar el curso de los astros, por coordinar 
los gabinetes ó averiguar el origen y modificación de las 
pasiones humanas. Quédense para éstos en hora buena 
las fatigas del campo, los peligros de la milicia, los 
afanes del comercio; resérveseles el penetrar los arcanos 
de la moral y la política; escudriñen cuanto puedan las 
verdades de la física, química y matemáticas; arries- 
gúense á los mares y háganse arbitros despóticos de 
las ciencias y de las artes, de la religión y del gobier- 
no, de la paz y de la guerra; pero en cambio quédese 
para las mujeres ser el gozo, el descanso, el mayor pla- 
cer honesto de los hombres, el depósito de su confian- 
za, el iris de sus disturbios, el imán de sus afectos, la 
tranquilidad de su espíritu, el premio de sus afanes, 
el fin de sus esperanzas y el último consuelo en sus 
adversidades y desgracias; quédese para ellas, finalmen- 
te, el ser la delicia de los hombres, el encanto de los 
sabios, el gozo de los guerreros, el trono de los reyes, 
el asilo de los justos y el altar primero de los santos, 
pues todo esto será la madre á cuyos pechos y en cuyos 
brazos se criarán los sabios, los reyes, los justos y los 
santos. 

Ves aquí, hija mía, cuánta es la dignidad de las 
mujeres consideradas como esposas y madres de fami- 
lias, y (jué bien remuneradas se hallan de aquella debi- 
lidad en que son constituidas respecto de los hombres; 



LA QUIJOTITA, — 22. 



-•■'■•■ ■'■■-■■•^•■'^^''■'^-■'^■—■^^-•t^--' -■ -■ ---•;- vi. M«-. ■> 



8í) PENSADOR MEXICANO 

pci'o, despuc's do todo, esta misma debilidad las hace 
inj'oi'ioi'os <( el/os por loij do la nafíirali'::f(. 

Teniendo en consideración esa misma debilidad, las 
leyes civiles las han separado del sacerdocio, gobierno, 
política y arte de la guerra, íjue les ha confiado á los 
hombres, de cuya privación resulta un justo premio 
debido al bello sexo, y tan justo, (jue los hombres en 
haberlas excluido de estos cargos no han hecho más 
que premiarles sus peculiares ejercicios, recompensar- 
les sus fastidiosas fatigas y buscar sus propias conve- 
niencias ; porque conveniencia de los hombres es el 
cuidar y conservar á las mujeres. El hombre que las 
vitupere por razón de la diferencia del sexo, debe ser 
declarado por necio y por ingrato; pero al tin de todo, 
hemos de confesar que justísimamente las mujeres son 
inferiores á los hombres por las leyes civiles. ¡Qué 
bien se acomodaría una mujer con un niño en los 
brazos asido de un pecho y sobre el otro apoyando 
un fusill Lo mismo digo de una pluma, un formón, 
un arado ú otros instrumentos peculiares de los hom- 
bres: era menester que abandonara el instrumento ó el 
niño. 

Que las mujeres sean inferiores á los hombres por 
ley divina, no tiene duda. Expresamente condenó el 
Señor á Iwa, y en ella á todas las mujeres, á estar suje- 
tas á los hombres en castigo de la culpa original. Esto 



¡tjt. 






OBRAS ESCOGIDAS 87 

todos lo saben, y así insistir en ello parece (|ue toca en 
bobería... 

— ¿Cómo es eso de que todos lo saben? interrumpió 
Matilde; pues á mí me parece ({ue no lo saben todas, y si 
lo saben, quisieran no saberlo. ¿Pues no ves el empeño 
con íjue mi hermana quiere hacernos creer que las muje- 
res somos superiores ú los hombres? Esto me persuade 
que (') mi hermana ignora lo (jue dices, ó á lo menos que 
no lo cree mucho. 

— Tienes razón, dijo el coronel; tu persuasión es 
justa, y según ella debes tener á tu hermana por una 
necia soberbia, y no sólo á tu hermana, sino á infinitas 
mujeres (jue piensan como ella; mas en obsequio de la 
verdad y de tu sexo, debes disminuir á lo menos el cargo 
que les resulta de este bastardo modo de pensar, pues no 
tienen las mujeres toda la culpa de ser tan necias (hablo 
de las que lo son) y orgullosas como manifiestan. 

— ¿Cómo no? decía Matilde, ¿pues quién la tiene? 

— Los hombres, dijo el coronel; los hombres que les 
dan la primera educación moral en su niñez y los que se 
la robustecen ú pervierten en su juventud. Estos son los 
culpables del orgullo y desordenado modo de pensar que 
se advierte en las mujeres, especialmente en las j(') venes 
hermosas; así como son recomendables cuando piensan 
con juicio y solidez las mujeres que ha puesto á su cui- 
dado la naturaleza ó el matrimonio. 



- -'■ - 



88 PENSADOR MEXICANO 

— De cualquier modo que ello sea, decía Matilde, lo 
que yo saco por consecuencia de tus conversaciones es 
que tú unas veces te manifiestas enemigo de las mujeres, 
y otras te declaras su defensor, echando á los hombres la 
culpa de sus vicios. Yo no te entiendo. 

— Eso es poríjue no quieres entenderme, reponía el 
coronel; yo jamás he sido enemigo de las mujeres. 
Cuando critico sus defectos, no^es con el perverso objeto 
de satirizarlas, sino con el loable fin de que los corri- 
jan, á lo menos tú que me entiendes; y esto tan lejos 
está de probar que las aborrezco, cuanto manifiesta mi 
decidido amor hacia ellas, y este amor tampoco traspasa 
los límites de lo justo y honesto. Esto es, no defien- 
do á las mujeres por ser mujeres, ni las lisonjeo con 
exonerarlas de toda la culpa que las echan los hom- 
bres, sino que en todo cumplo con lo que me dicta la 
razón. 

¿Acaso crees tú que las mujeres fueran como son 
si los hombres fueran como debían ser? De ninguna 
manera. Pero ¿cómo quieres que una niña sea humilde, 
honesta y moderada, si su madre, por culpa de su marido, 
es altanera con los criados, altiva con las visitas, descui- 
dada en la casa, profana en la calle y necia en todas 
partes? ¿Cómo quieres (jue la dicha niña, mal criada con 
estos ejemplos, se sujete y se modere cuando se case, 
si le toca por marido un hombre disipado é indolente? 



ÍS^'*.Yf: C^'y- ;. 



OBRAS ESCOGIDAS 



89 



Es regular que al lado de éste se ponga de peor con- 
dición. 

Yo no quisiera proponerte ejemplares que te dolie- 
ran; pero para mejor persuadirte, es menester no salir de 
casa. ¿Qué clase de mujer casada hará Pomposita con la 
educación que le da su madre por culpa de don Dioni- 
sio? Sin duda (jue será esta mujer una orgullosa, necia 
y abandonada en la educación de sus hijos, así como lo 
fué su madre, y mucho más si por desgracia se une con 
un hombre desidioso, condescendiente v abandonado. 

Esto parece que no tiene duda, porque todos saben 
cuánto influye el ejemplo sobre nuestras acciones. 
Verdad es que algunas veces una razón bien ordenada 
se ha burlado de los malos ejemplos; pero esto es muy 
raro bajo una mala educación y se puede tener por un 
milagro. Lo común es hacer como se ve, v no obrar 
como se debe. 

De todo lo dicho puedes concluir (|ue yo, cuando 
reprendo los más groseros vicios ó preocupaciones de 
las mujeres, no es con el depravado fin de satirizarlas 
ó de ponerlas en mal, como suelen decir, sino con el de 
manifestarlas tales como son á los ojos de los sensatos, 
para que así otras se corrijan ó moderen. 

Tampoco cuando las elogio ó disculpo es por lison- 
jearlas, pues no hay para qué. Es preciso ser justo con 
todos y en todas ocasiones. 



LA QUIJOTITA. — 23. 



■ '■1-tjN.t— ,.t« ■» .^jU.. 



..iV.^.ii 



90 



PENSADOR MEXICANO 



Por último, debes advertir que es verdad lo que te 
digo, de que los hombres son los que casi siempre tienen 
la mayor parte de los defectos de las mujeres. En otra 
ocasión te demostraré este axioma con más solidez, 
poHjue ahora es tarde y vamos á comer. 




r.fBT^'»^*-.- 




CAPÍTULO IV 



En el que se trata una materia entretenida 



No es muy común lograr por esposas mujeres dóci- 
les ni maridos prudentes y sensatos, ya sea porque no 



•_^;Ua.v.;ív!U«; :■£.. 



92 PENSADOR MEXICANO 

se merecen unos á otros ó ya porque no se saben escoger. 
I']l Espíritu Santo dice que la mitjor btiona se dará al 
ftnm/j/'e por sus huctuts obras. Sin duda las tenía en su 
abono el coronel, pues mereció lograr una mujer tan 
dócil como Matilde, la que lo escuchaba con tanto gusto, 
(|ue siempre aprendía y aprovechaba las lecciones mora- 
les que aquél le daba, adoptando las máximas que tra- 
taba de inspirarle. Para ella era un oráculo su marido; 
y ya se ve í|ue él no desmerecía tal concepto, pues no se 
contentaba con decirle lo que era bueno ó malo, sino que 
procuraba convencer su entendimiento con la razón y la 
experiencia, y para asegurarse de (jue ella no accedía á 
su parecer por ceremonia sino por convencimiento, la 
enseñó desde el principio á que le propusiera las obje- 
ciones que encontrara en cualquier asunto para desva- 
necerlas. Matilde lo hacía así, v de este modo tenían 
unas conferencias divertidas. 

Xo quedó muy satisfecha de la inferioridad de las 
mujeres respecto de los hombres, según vimos en el 
capítulo anterior, y así no tardó en tocar el mismo punto 
á su marido. 

Una ocasión le dijo: — Aunque el otro día me hablas- 
te tantas cosas para probarme que las mujeres somos infe- 
riores á los hombres, vo á la verdad no lo entiendo bien, 
porque veo practicar por éstos lo contrario de lo que debía 
ser, en caso de que fuéramos tan inferiores como dices. 



« . ~^f^ '-••' 



OBRAS ESCOGIDAS 93 

Todos los hombres y en todas ocasiones nos han 
respetado y respetan de tal manera, que nos convencen 
ciertamente de que son interiores á nosotras. En este 
particular soy hasta ahora de la opinión de mi hermana. 
Ciertamente no haré alarde de esta superioridad que me 
concede mi sexo, ó sea la culta moda, como ella dice; 
mas no por eso dejaré de conocer que somos algo más 
de lo que tú quieres persuadirme que somos. 

Tú me dices muchas cosas que me convencen un 
poco de lo que me quieres persuadir; pero veo que los 
hombres practican con nosotras unas acciones, no sólo 
comedidas y atentas, sino humildes y serviles, las que 
no harían si no estuvieran penetrados de nuestra natural 
superioridad. En la calle, en los paseos, en los estrados, 
en los templos y en todas partes nos significan sus ren- 
dimientos, de modo que parecen nuestros criados ó vasa- 
llos. Yo, á la verdad, quisiera que los que comen mi pan 
y cobran mi salario se portaran como los hombres con 
las mujeres. jOhl en tal caso ¡qué bien servida estuviera 
de mis criadosl 

Estos rendimientos no los puedes negar. Si un 
hombre va por la calle con una dama, le da el mejor 
lugar y le presenta su brazo; si lo visita, la baja de la 
escalera; si sube al coche, es la primera, le da la mano y 
el asiento superior; si está en la mesa, la sirve los platos 
y la copa; si entra en un baile, se levanta, le cede su 



LA QUIJOTITA. — 24. 



94 PENSADOR MEXICANO 

lugar, y 61 se queda en pie; s¡ juega, ella alza y es pre- 
lerida antes (jue el hombre; si entra en el templo, le da 
el agua bendita; si alguno la ultraja, la defiende; si se le 
cae algo de la mano, se apresura d levantárselo; si ella 
se enfurece y lo maltrata, lo disimula; si levanta contra 
ól la mano enardecida alguna vez, no sabe el hombre 
vengarse sino con humilde sufrimiento... En fin, en 
todas partes manifiesta el hombre ser inferior á la 
mujer. ¿No es esto una verdad? ¿Conque cómo he de 
creer (jue no tenemos tal superioridad sólo porque 
tú lo dices, y porque no somos generales en la guerra, 
ni ministros ó magistrados en la paz? Vaya, hazme ver 
cómo está eso para (jue me desengañes, si es un error la 
opinión de mi hermana, que yo admito. 

— Lo es, en cfet^to, le dijo el coronel, y es un error 
origen de otros muchos, (jue conspiran á hacer infelices 
á las mujeres que lo adoptan. Verdaderamente ellas son 
dignas del aprecio y estimación del hombre culto, y este 
aprecio hace que les tribute su respeto y que les ceda en 
muchas ocasiones la preferencia que á 61 le toca; mas 
estos respetos y atenciones debe recibirlos la mujer jui- 
ciosa, ó como un premio debido á su virtud, ó como un 
efecto de la generosidad de los hombres, y nunca los 
exigirá como unos derechos debidos á su soberanía por 
ser mujer. 

Kn virtud de esto, no debes creer que todos los 



OBRAS ESCOGIDAS 95 

hombres y en todos tiempos les han tributado sus res- 
petos, como dijiste. Si algunas veces han hecho las mu- 
jeres en el mundo el papel de señoras, otras han desem- 
peñado el de esclavas de los hombres, á proporción del 
capricho de éstos y de las costumbres de los países que 
han habitado. Mr. Tomas, en la pintura que hace de las 
mujeres, corrobora esta verdad con unos términos tan 
claros y precisos, que yo no me atrevo á sustituirlos 
con otros, ni menos quiero, compendiando ni disfra- 
zando sus razones, usurpar la gloria que se merece este 
célebre francés; y así te referiré algunos párrafos do su 
obra al pie de la letra. 

«Si examinamos, dice, los países y los siglos, vere- 
mos casi en todas partes adoradas las mujeres y oprimi- 
das en todos tiempos. Nunca dejó el hombre perder la 
menor ocasión de abusar de su fuerza; antes bian se 
prevalió siempre de la debilidad de su sexo, prestándole 
al mismo paso homenaje á su belleza y haciéndose á 
un tiempo su esclavo y su tirano. Parece que la misma 
naturaleza, al formar unos entes tan dóciles y blandos de 
corazón, se ocupó más en sus gracias que en sus dichas; 
pues rodeadas por todas partes las mujeres de angustias 
y temores, entran por mitad á sufrir nuestras miserias y 
se ven sujetas á otras muchas que les son particulares. 
A nadie pueden dar la vida sin exponerse á perder la 
suya propia, y cada achaque periódico que experimen- 






90 PENSADOR MEXICANO 

tan altera su salud y amenaza sus días; su belleza se ve 
acosada de mil crueles enfermedades, v cuando se ven 
libres de este accidente, al paso que el tiempo se la mar- 
chita, las va también consumiendo cada día; entonces no 
les queda más protección y auxilio que el triste derecho 
de la compasión, y el recurso á los recuerdos de una 
memoria agradecida. 

>> Hasta la misma sociedad les aumenta los males de 
la naturaleza. Más de la mitad del globo está llena de 
hombres rústicos y salvajes, entre quienes las mujeres 
son infelices en extremo. El hombre rústico que apenas 
conoce sino lo físico del amor, feroz 6 indolente al mismo 
tiempo, activo por necesidad, pero inclinado al ocio por 
una pasión casi insuperable; ignorando asimismo todas 
aquellas ideas morales que suavizan el imperio de la 
fuerza, considerada como única ley de la naturaleza por 
la ferocidad de sus costumbres, manda despóticamente á 
unas criaturas que, haciéndolas iguales suyas la razón, 
las sujeta, no obstante, por su debilidad y flaqueza. Las 
mujeres son entre los indios ^ lo que eran los ilotas 
entre los de Esparta, esto es, un pueblo vencido y obli- 
gado á trabajar para los vencedores. De aquí nacía que 
en las orillas del Orinoco, movidas las madres de com- 
pasión, solían matar á sus hijas luego que nacían, ere- 

• Habla el autor de los indio» bárbaros y salvajes; bien que nadie lo desmentiría si 
dijera que entre las naciones cultas europeas hay hombres que imitan á los indios, y á 
veces por caminos más vergonzosos, pero de esto se hablará en su lugar. 



i OBRAS ESCOGIDAS 97 

yendo que esta compasión bárbara era una especie de 
obligación. 

» Entre los orientales vemos otra especie de despo- 
tismo y de imperio, es á saber, la clausura y esclavitud 
casera de las mujeres, autorizada por la costumbre y 
sagrada por las leyes. En Turquía, Persia, Mogol, 
Japón, en el vasto imperio de la China, vive una mitad 
del grnero humano oprimida por la otra, naciendo el 
exceso de semejante opresión del mismo amor excesivo. 
Toda el Asia está llena de prisiones, donde la beldad 
esclava espera siempre los caprichos de un dueño ó 
tirano y donde una multitud de mujeres juntas no 
tienen más sentidos ni voluntad que la de un hombre 
solo; sus triunfos no son sino instantáneos; pero sus 
competencias, odios y furores son el ejercicio de cada 
día. Allí se ven precisadas á pagar su misma esclavitud 
con el más tierno amor; ó bien, lo que aún es mayor 
tormento, con la imagen de un amor que no tienen; allí 
el despotismo de mayor vituperio las somete á unos 
monstruos que, no perteneciendo á ningún sexo, des- 
honran los dos á un tiempo; ^ allí, finalmente, no sirve 
su educación sino á envilecerlas; sus virtudes son forza- 
das, sus satisfacciones tristes é involuntarias, y des- 
pués de algunos años se hallan con una vejez larga y 
horrorosa. 

* Habla de los eunucos ó esclavos castrados que las guardan. 

LA QUIJOTITA. — 25. 



'^í».--,: . 



98 



PENSADOR MEXICANO 



»En aquellos países templados, donde los ardores 
más remisos dejan á los deseos mayor confianza en las 
virtudes, no han sido privadas las mujeres de su liber- 
tad: pero la severa legislación las ha colocado en casi 
todas las cosas bajo la dependencia. Al principio fueron 
condenadas al retiro, y separadas tanto de las diversio- 
nes como de los negocios; despuós quisieron los hombres 
insultar su razón mediante una larga tutela. En unos 
climas se ven ultrajadas por la poligamia, la cual les 
concede por compañeras perpetuas sus mismas compe- 
tidoras y concurrentes; en otros están sujetas á los indi- 
solubles lazos que comunmente unen para siempre la 
dulzura con el desabrimiento y la ternura con ei odio. 
En aíjuellos países donde son más dichosas, deben no 
obstante reprimir sus deseos, y so ven oprimidas; en lo 
que mira á disponer de sus bienes, vense privadas de su 
misma voluntad por las leyes, y esclavas de la opinión 
que las domina con imperio, se les imputa á delito 
aun la apariencia misma; hállanse rodeadas por todas 
partes de unos jueces que son á un tiempo sus seduc- 
tores y tiranos, y preparándoles ó disponiéndoles sus 
defectos, se los castigan con la deshonra y se usur- 
pan el derecho de mortificarlas con las sospechas. Tal 
es, poco más ó menos, la suerte de las mujeres en todo 
el orbe. Los hombres son con ellas indiferentes ó tira- 
nos, según los climas y edades: unas veces la opresión 



.■^^: 



OBRAS ESCOGIDAS 99 

es fría y tranquila, como es la del orgullo; otras es vio- 
lenta y terrible, cual es la de los celos; de suerte que 
cuando no son amadas no son nada y cuando son ado- 
radas están expuestas á mil tormentos, y así tienen que 
temer igualmente tanto el amor como la indiferencia. 
Por fin, parece que la naturaleza las ha colocado en 
las tres partes de la tierra, entre el menosprecio y la 
infelicidad... 

»S¡n embargo, es preciso confesar que no todos los 
hombres fueron igualmente injustos, pues en algunos 
países se tributaron públicos respetos á las mujeres; las 
artes les han levantado monumentos y la elocuencia ha 
celebrado sus virtudes.» 

Hasta aquí Mr. Tomas á nuestro intento, y ya ves, 
según esta pintura, que las mujeres, lejos de haber dis- 
frutado generalmente los gajes de aquella soberanía á que 
se consideran acreedoras casi siempre, ya más, ya menos, 
han sido el juguete de los hombres, á proporción de 
sus caprichos, costumbres, climas, religión y gobierno. 

— Todo está bueno, contestaba Matilde; pero no 
dudando de la verdad de ese autor, quisiera saber en qué 
somos las mujeres inferiores á los hombres; porque 
ciertamente, si lo somos tanto, no puede haber mayor 
infelicidad que ser mujer, y una infelicidad tanto más 
dura, cuanto que caemos en ella sin culpa nuestra, pues 
no está en nuestra mano elegir sexo. 



100 PENSADOR MEXICANO 

— La inferioridad de la mujer respecto al hombre, 
respondió el coronel, no consiste en otra cosa que en 
la debilidad de su constitución física, es decir, en cuanto 
ahcuerpo; pero en cuanto al espíritu, en nada son inferio- 
res á los hombres, pues no siendo el alma hombre ni 
mujer, se sigue que en la porción espiritual sois en todo 
iguales á nosotros. 

Es verdad (jue en las mujeres se notan algunos 
vicios, como también virtudes, que parecen que les son 
peculiares, ó á lo menos se dejan conocer en ellas con 
más frecuencia (|ue en los hombres. Por ejemplo, parece 
que las mujeres son naturalmente más compasivas, más 
tiernas y sujetas á su religión (jue los hombres. La santa 
Iglesia las honra y distingue llamándolas el soxo devoto. 
Así también parecen más inclinadas al engaño, á la 
simulaci»')n, á la ira y á la venganza, con la que se 
pudiera probar, en caso de ser esto una verdad demos- 
trada, que el alma de las mujeres tenía alguna diferencia 
de la nuestra; mas no es así, como te lo haré ver. 

No se puede negar la dependencia recíproca que 
tiene el cuerpo del espíritu, y éste de aquél; (juiero decir, 
somos compuestos de dos substancias enteramente dis- 
tintas, cuales son la material y la espiritual; como las 
dos están tan íntimamente unidas, cualquiera de las dos 
influye en su compañera de un modo tan continuo como 
maravilloso. Apenas se enferma el cuerpo, cuando se 



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-■ . ^^ ».>,- 



OBRAS ESCOGIDAS 101 

resiente el alma y se entristece, y ves aquí que la tristeza 
del alma no la origina otra cosa que la enfermedad ó 
daño que padece la porción material del cuerpo. Por el 
contrario, recibe el hombre una fuerte cólera, una pesa- 
dumbre muy vehemente, las cuales son pasiones á que 
está sujeto el espíritu, y al instante, sin que ninguna 
cosa material toque al cuerpo, éste enferma, padece, y á 
ocasiones es tan terrible la alteración de la máquina, que 
se desorganiza todo el mecanismo de la vida y muere el 
paciente en el momento. 

En esta inteligencia, dicen muchos sabios que la 
causa de que en las mujeres se adviertan estos vicios ó 
aquellas virtudes con más frecuencia que en los hom- 
bres, no es otra que la diversa organización de sus 
cuerpos, y así deducen, por ejemplo, que si la mujer es 
más tímida que el hombre, es porque su constitución 
física es más drbil. 

Yo convendrt^ con esta opinión de buena gana; pero 
limitándola á ciertas y determinadas circunstancias y 
jamás concediendo la extensión y generalidad que algu- 
nos han pretendido. Yo permitiré sin repugnancia que la 
alteración del cuerpo de la mujer influye algunas veces 
poderosamente en su espíritu, ya se considere esta alte- 
ración natural, ó ya casual por una enfermedad que la 
predisponga, y si se quiere, que la precipite á cometer 
algunos excesos, que ó no cometería un hombre ó quizá 

LA OUIJOTITA. — 26. 



-•ív.-^» :-k. ■. 



102 PENSADOR MEXICANO 

los cometería con menos facilidad; mas no concederé que 
el alma de la mujer, siempre que quiera hacer buen uso 
de la raz(')n, no tenga bastantes fuerzas para vencerse 
sobre la particular iniluencia de su cuerpo. Si esto no 
fuera una verdad inconcusa, las mujeres serían en lo 
general menos responsables que los hombres ante Dios 
del desarreglo de su conducta moral, teniendo por abso- 
luta disculpa el ser mujeres; lo que no es así, pues á 
todos obliga la ley y todos tenemos á proporción los 
auxilios necesarios para observarla. 

Bien conozco (jue (''Sta es una materia que por seria 
acaso te será fastidiosa; pero si la escuchas y la masticas 
con atenci<')n te facilitará muchos principios para que 
no incurras en mil groseros errores en que incurren 
muchas mujeres, sólo por no querer instruirse en ellos. 

— De ninguna manera me disgusto de tus conversa- 
ciones, decía Matilde, y sería una necia y malagradecida 
si á modo de lechuza me incomodara con la luz, sólo 
porijue mis ojos no estaban acostumbrados á verla. 
Lo contrario; yo me engolosino en escucharte, y siento 
no comprender cuánto me dices; pero por eso te pre- 
gunto, y en prueba de ello quiero (jue con algún ejemplo 
me confirmes en las dos cosas que me has dicho. La pri- 
mera, que una enfermedad ó la natural constitución ó 
conformación del cuerpo de las mujeres intuye algunas 
veces en ellas, de modo que cometen algunos y determi- 



h 



f^--- 



t-f.-.-Jií-r-^ 



OBRAS ESCOGIDAS 103 

nados excesos con más frecuencia que los hombres, y la 
segunda, que á pesar de la natural ó accidental intluencia 
del cuerpo de la mujer sobre su espíritu, puede <'sta, 
haciendo buen uso de su razón, vencerse v no hacer 
aquello á que la instiga la organización natural ó la par- 
ticular enfermedad de su cuerpo: yo no comprendo 
cómo pueda ser eso, y quisiera oir una prueba de esta 
verdad. 

— No sabes cuánto gusto me das, respondía el coro- 
nel, cuando me hablas con esa claridad; pues el que 
después de oir propone dudas y hace preguntas, da á 
entender que escuchó con cuidado y se penetró de la 
conversación. 

Así, pues, tú has entendido bien cuanto te he 
dicho; pero te hace fuerza cómo el alma de la mujer 
por sí misma, con sólo el auxilio de la razón, pueda 
vencer aquellas instigaciones violentas, á cuya ejecución 
se siente como obligada por la inmediata influencia de 
su cuerpo. Para acceder á esta opinión me pides un 
ejemplo; solicitud muy justa, pues los ejemplos valen 
más para convencer el entendimiento que las teorías más 
elocuentes. ' 

Por eso te voy á demostrar con un caso que nos 
refiere la historia, entre otros muchos, cuan poderosa- 
mente influyen las particulares afecciones del cuerpo de 
la mujer sobre su espíritu, y cuánta virtud tenga éste 



A:¿^t. ._»'. 



104 PENSADOR MEXICANO 

ayudado de la razón para dominar el poderío de aquella 
iníluencia. 

Todos los médicos saben que las mujeres en el 
tiempo de la pubertad están sujetas á padecer una ení'er- 
dad terrible (]ue se conoce con el nombre de furor ute- 
rino, el cual es un delirio ó frenesí (jue las hace cometer, 
por obra ó por palabra, mil excesos vergonzosos y 
repugnantes á toda persona honesta y recatada. La me- 
dicina tiene un remedio fácil para curar esta enfermedad; 
mas nuestra religión católica justamente lo prohibe 
como ilícito, permitiendo siempre que lo substituya el 
legítimo matrimonio. 

Plutarco, en su obra de las Mujeres ilustres, alaban- 
do el natural pudor de la mujer, refiere que en la ciudad 
de Mileto las doncellas, acometidas de esta enferme- 
dad ó locura que te he dicho, se mataban á sí mismas; y 
eran tan repetidos estos suicidios, que el Senado, no 
pudiendo contenerlos, mandó por ley expresa, que la que 
de esta suerte se matase fuera paseada desnuda y ex- 
puesta en la plaza más pública. ¡Mficaz remediol Esto 
sólo bastó para contenerlas, y las que despreciaban su 
propia vida, no atreviéndose á despreciar su pudor, se 
abstuvieron de sacrificarse á la desesperación. Sin duda 
la vergüenza las volvió en sí y las hizo entrar por el 
camino de la recta razón. 

Ya ves con este ejemplo probado el poder del cuer- 



.-tv'-,^'-^:' 



Í'IB^ 



OBRAS ESCOGIDAS 105 

po enfermo de la mujer sobre su espíritu, y el poder 
de éste obrando con razón sobre la influencia de su 
cuerpo. 

El hecho merece todo crédito por respeto al autor que 
lo refiere; pero si nos fuera permitido citar otros ejemplos 
semejantes, ¿cuántas milesianas halláramos entre nos- 
otros que, acosadas de la misma dolencia, saben refrenar 
su pasión, moderar su apetito y sujetar su inclinación, 
hasta el extremo de perder la vida antes que faltar á las 
leyes del decoro? Acaso ya me has entendido, y está tu 
entendimiento satisfecho. 

— Sí está, dijo Matilde; pero del mismo modo quiero 
estarlo en muchas otras cosas, y así habrás de sufrir que 
te pregunte. 

— Pregunta cuanto quieras, decía su esposo, que yo 
tengo sobrada paciencia para escucharte y mucho gusto 
en responder á tus preguntas. 

— Pues oye, proseguía Matilde. Ya entiendo que las 
mujeres nacimos sujetas á los hombres con una depen- 
dencia forzosa, que aunque dictada por la naturaleza y 
autorizada por las leyes, no nos es indecorosa como 
dices; pero ahora pregunto: ¿por qur los hombres por la 
mayor parte nos han tratado con tanta altanería y nos 
han sujetado á sus caprichos, valiéndose sólo de nuestra 
natural debilidad, á pesar de conocer que somos iguales 
á ellos en el alma? 



LA gUIJOTlTA. — 27. 



ii ..--•,. 



106 



PENSADOR MEXICANO 



— Porque los hombres, respondía el coronel, que 
así lo han hecho, los más han sido unos bárbaros, que ó 
no han escuchado <'> lian despreciado los clamores de la 
naturaleza, y desentendiéndose de estos innatos senti- 
mientos, se han sabido aprovechar de la imbecilidad de 
las mujeres para oprimirlas; y entiende que bajo el 
nombre de bárbaros no señalo solamente á aquellos gen- 
tiles paganos, que sin idea de verdadera religión, justi- 
cia ni sociedad, han procedido de este modo bárbaro 
ultrajando aquellos dignos aunque febles objetos que por 
otro lado apetecían; no, hija; todo hombre que se vale 
de la llaqucza de la mujer para ofenderla y maltratarla, 
es un bárbaro y un picaro, por más que se llame cris- 
tiano y civilizado entre nosotros. ¡ Cuántos de estos 
conoces 1 

Yo ni calumnio, ni desacredito al vecino Ramiro; 
su esposa es tu amiga, y mil veces se ha quejado 
contigo del tirano proceder de su marido. Aunque 
ella no te hubiera revelado sus desdichas, á mí y á 
tí nos son bastantes públicas. Sabemos (¡ue el marido 
está entretenido; que cuanto adquiere es para su dama; 
que á sus hijos y mujer legítima los tiene desnudos y 
muertos de hambre; (jue jamás les hace el más mínimo 
cariño y agasajo, y (jue, después de este indigno proceder, 
por la más mínima friolera la riñe, la golpea y la obliga 
á (|uejarse con nosotros á cada instante. ¡Cuántas veces 



«- 1 ^ -^ * ■-. a - yj^g^ -w^-yv^' -y^í ■ 



OBRAS ESCOGIDAS 107 

ha venido la infeliz mujer á pedirte un trapo con que 
cubrirse y un bocadito con que alimentar á sus cria- 
turas! Su marido es un español, un cristiano, un bien 
nacido, y, como dicen, un hombre decente; ¿y diremos 
que éste cumple con las obligaciones de un noble, de un 
católico V de un hombre de bien, criado en la culta 
sociedad? De ningún modo. Este es un picaro, un vil, 
un infame, un irreligioso y bárbaro, pues abusa de la 
bondad y debilidad de su esposa para hacerla infeliz 
hasta lo sumo. ¿No le basta al hombre abandonado ser 
infiel á su mujer y descuidarse con sus hijos? ¿Xo le 
basta ser mal marido y ser mal padre? ¿Aún es preciso 
que se constituya un verdugo y un tirano cruel y déspota 
sobre unos entes miserables que no pueden hacerle resis- 
tencia? 

Pues, hija, de estos maridos y padres inicuos se 
ven á miles cada día entre nosotros. Los jueces, las 
cárceles, los presidios, las calles y las casas son testigos 
de esta verdad. ¡Antes deje yo de existir que me cuente 
en semejante número! Conoce, pues, hija mía, que los 
hombres en todas partes y en todos tiempos han opri- 
mido á las mujeres, porque son ellas débiles, no porque 
ellos hayan obrado ni obren con justicia; pero esperen y 
teman que aquel Ser soberano, que es justo y recto por 
esencia, algún día tomará en ellos una cruda venganza 
do los injustos agravios que han inferido á unas criaturas 



r-r. ■ 



108 PENSADOR MEXICANO 

suyas que tal vez no han tenido otro delito para sufrirlos 
que ser de una constitución más débil; porque Dios, que 
lo puede todo, es el que se reserva la venganza del que 
no puede nada. 

De todo lo expuesto debes deducir, en primer lugar, 
que la mujer es inferior al hombre en cuanto al cuerpo, 
pero igual en todo á r\ en el espíritu. Una señorita no 
podrá levantar del suelo un tercio de seis ú ocho arrobas 
de peso, (¡ue un arriero alza con la mayor ligereza sobre 
el lomo de una muía; pero será capaz de penetrarse de 
una pasión amorosa y honesta, de derramar lágrimas 
de ternura sobre una infeliz y de ejecutar los actos más 
piadosos de virtud, quizá con más verdad y más sensibi- 
lidad que el mismo arriero, cuyo espíritu, aunque igual 
en la substancia, tal vez no está adornado de los mismos 
sentimientos ó no los posee en igual grado. 

En segundo lugar debes advertir, que sólo los sal- 
vajes en los montes y los necios y picaros en las ciuda- 
des desprecian, escarnecen y maltratan á las mujeres, 
sólo porque lo son y porque no tienen suficiente vigor 
para resistirles; pero el hombre civilizado y que conoce 
las leyes de la humanidad y del honor, jamás abusa de 
su debilidad para ultrajarlas; antes bien las aprecia, las 
honra y las defiende de los insultos que les infieren 
los malvados. Las leyes civiles decididamente las pro- 
tegen. 



•.- ''%T .' ." r.-Í7 ' " -. : • •. : j"!?^- ■ *■ 



OBRAS ESCOGIDAS 109 

Finalmente, debes entender, v no es vano re- 
petirlo, que s¡ los hombres las han separado de la 
guerra y del manejo de los negocios públicos, no es 
esto un efecto de desprecio, sino de respeto á su débil 
constitución , y por reservarlas para aquellos objetos 
á cuya conservación la naturaleza privativamente las 
destina. 

— Yo quedo convencida, dijo Matilde, de (jue somos 
inferiores á los hombres por la debilidad de nuestro 
cuerpo; pero iguales á ellos por la naturaleza de nues- 
tras almas, y á veces superiores á muchos por los dotes 
del espíritu. 

Quedo también entendida de que esta debilidad no 
os un motivo para que nos insulten y desprecien, sino 
más bien una recomendación para que el hombre culto 
nos compadezca y estime en todos casos. 

Todo esto está entendido, pero dime: ¿esta debilidad 
de que se valen el salvaje grosero y el ciudadano picaro 
para oprimirnos, como dices, es de tal jerarquía que por 
sola ella muchos hombres de nuestros países, no sólo 
nos estimen y respeten, sino que se nos humillen y casi 
nos adoren en lo público? ¿Tan buenos son los hom- 
bres de mi tierra? ¿tan compasivos, atentos y rendidos? 
¿Tanto es el privilegio que concede á la mujer la debi- 
lidad de su sexo, que por otra parte la hace inferior al 
hombre? ¡Ohl si los hombres obran con sinceridad 

I. A gUIJOTlTA. —28. 



lio 



PENSADOR MEXICANO 



como nosotras, ¡feliz es nuestra inferioridad y dichosa 
la débil constitución de nuestro cuerpo! 

Iba el coronel á responder la graciosa ironía de su 
mujer, cuando lo embarazó un accidente que sabrá el 
lector en el capítulo que sigue. 



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-"- ' " ' ■■«■^ií '•í^'-'^ *-*'" ♦ -*-;-'' 




CAPITULO V 



que se trata un asunto de gravísima importancia 



Acabamos de decir que iba á contestar el coronel 
á la irónica pregunta de su esposa, cuando entró en 
nuestra sala una criada de doña Eufrosina dando unos 
gritos desaforados. — Gorra su mercé, decía, corra su 
mercr, que quién sabe qué le ha dado á la señorita. 

Sorprendímonos todos con esta inesperada noticia, 
luímos apresuradamente á la vivienda de doña Eufro- 
sina, y hallamos á Pomposita llorando y bañada en 
sangre y á su madre privada en los brazos de una 
recamarera, toda temblando. 



'í'™^*^ 



112 PENSAÜOR MEXICANO 

Apenas comenzaba dona Matilde á preguntar la 
causa del accidente de su hermana, cuando entraron 
de visita seis señoritas jóvenes y una venerable beata ' 
de Santa Hosa, ya vieja, llamada dona María, quien 
nada monos era tía primera de la enferma y de doña 
Matilde. 

Con la ocurrencia de la enfermedad de la señora 
doña Kufrosina las salutaciones fueron sobre la marcha, 
pues á toda prisa se rodearon de la paciente, menos la 
beata, que se dedicó á cuidar de la niña Pomposita. 

Mientras que el médico venía, comenzaron á deter- 
minar remedios cada una á cual más. Una mandaba 
ligarle las piernas; otra apretarle el estómago fuerte- 
mente: ('sta darle á oler el humo de la lana prieta; 
aquélla echarle agua fría en la cara y pecho; (juien 
recetaba una rebanadita de pan empapada en aguar- 
diente para el estómago; cual unos fomentos de vino 
en los pulsos; en una palabra, allí todas eran médicas y 
nadie se tenía en menos para ponderar sus medicinas; y 
sin duda hubieran embadurnado de aceites á la enferma, 
la habrían amarrado como un cohete y le habrían hecho 
absorber más humo qu(^ el que cabe en un globo aeros- 
tático si no estuviese presente el coronel, (juien se opuso 
de firme á que se le hiciera nada de eso, diciendo que 

' Así llamal)an á las liermanas do cofraJías ó comunidades de legas que vestían 
hábitos religiosos y no guardaban clausura. \.is habla de Santa liosa, del Car- 
men, etc. E. 



OBRAS ESCOGIDAS 113 

muchas medicinas de aquellas eran inútiles y las demás 
perjudiciales, como son las fumigaciones y ligaduras. 
Trabajo le costó impedir que mortificaran á la enferma; 
pero por fin lo consiguió. 

No porque las circunstantes veían sus remedios 
desaprobados dejaban todas de expresar los sentimien- 
tos de su cariño hacia la enferma del mejor modo que 
podían. Una le apretaba el estómago, otra le tenía las 
manos, ésta le levantaba la cabeza, aquélla prevenía el 
vaso de agua, y todas gritaban, lloraban y regañaban á 
las criadas por la tardanza del médico. Aquella sala era 
una zambra de gritos y monadas, que yo para mi sayo 
califiqur de adulaciones. 

En esto estaban cuando entró el médico, que por 
fortuna era un hombre instruido y prudente. La prisa 
con que lo llamaron y el alboroto que encontró en la casa 
previnieron su ánimo á creer que el mal era grave y eje- 
cutivo. Preocupado de esta idea y deseoso de cumplir 
con su obligación, gastó pocas palabras en saludar y se 
dirigió á la paciente. Le tomó el pulso, hizo dos ó tres 
preguntas, le vio la cara con atención y se levantó muy 
sereno asegurando que aquello no era cosa de cuidado, y 
que dentro de un rato estaría perfectamente buena. 

Al ver la frialdad del facultativo, una de las seño- 
ritas, que estaba prevenida con papel y tintero, no pudo 
menos que decirle: — Señor, ¿que no receta usted? — 

LA QUUOTITA. — 29. 



_s£tar>., 



r. 



114 PENSADOR MEXICANO 

No hay necesidad, respondió el mrdico; y la dicha ma- 
dama, creyéndose desairada le dijo: — ¿Cómo no? ¿pues 
no ve usted cómo está esta niña, y que si sigue así con 
este temblor se nos puede quedar entre las manos, y lo 
peor es que se nos va sin sacramentos? ¿No será bueno 
que recete usted á lo menos un poco de álcali volátil y 
tantita agua de la reina para el corazón? Yo no entiendo 
de eso, pero luí sobrina de un famoso médico que era 
doctor borlado, y todos los días iba á mi casa y hablaba 
divinidades del álcali y del agua de la reina para estos 
casos, y yo algunos remedios le aprendí, y los he man- 
dado mil veces, porque al (jue anda en la miel algo se le 
pega; y ya usted sabe que de médico, poeta y loco todos 
tenemos un poco. 

— Señoritas, contestó el facultativo con mucha flema; 
no hay droga en la botica que no tenga sus alabadores y 
aficionados; y así no es mucho que los tenga el álcali, 
cuando no los desmerecen el agua del pozo, la saliva, el 
carbón, los orines, etc. 

Por lo que toca á (jue todos tenemos un poco de 
médico, poeta y loco, con la venia de usted digo: que 
de loco todos tenemos un mucho, v más cuando nos 
metemos á dar nuestro voto en materias que no enten- 
demos; pero de medicina y de poesía creo que muchos 
tenemos más de entremetimiento que de inteligencia. 
Por mí le aseguro á usted que de poeta no tengo ni 



♦■wv?w^'.'''*'T ,7 



OBRAS ESCOGIDAS 115 

mucho ni poco. Una vez me quise meter á componer 
una quintilla; no la pude acabar, y me quedé en cuatro 
pies como los brutos. Lo mismo creo que sucede á 
muchos cuando se meten á médicos. Cada cual debe 
hablar de lo que entiende y eso bien y poco; porque si 
un sastre quiere hablar de arquitectura proferirá treinta 
mil blasfemias en esta facultad. Lo mismo se debe en- 
tender de todo y de todos. 

La señorita se quedó muy fresca, no entendiendo la 
fuerza de la reprensión, y movida de una agitante curio- 
sidad le rogó le dijese la quintilla; á cuya pregunta el 
médico contestó que la iba á hacer para reprender á una 
niña que pensaba acertar en materias que no entendía, y 
decía de este modo: 



Si sin noticia ni guía 
quieres ir por un camino 
que no sabes, Celia mía, 
te perderás de contino, 

y 



— Será una bobcría, dijo la señorita, ponerse uno á 
andar por un camino que no sabe, sin tener quión lo 
lleve ó lo dirija. — ¡Vea usted qur ocurrencia I dijo el 
médico en tono de admiración; usted ha concluido mi 
verso fácilmente en un instante, y yo no pude concluirlo 
en cuatro noches, después de haberme quemado las cejas 
á la llama de cuatro velones de á medio, que tantos con- 



w:^ 



116 PENSADOR MEXICANO 

sumí para acabar mi desgraciada quintilla. Ciertamente 
usted tiene más de poetisa que de médica. 

Bien distraídos estaban todos con la conversación, 
unos hablando y los demás oyendo, cuando la enferma 
exhaló un suspiro, abrió los ojos y manifestó su total 
alivio, sorprendiéndose el verse rodeada de tanta gente, 
entre la que extrañó al médico, porque no era el de casa, 
aunque era mejor. Este, concluida su visita, que no 
pasó de visita, previno solamente que removiesen del 
ánimo de la señorita todo motivo de disgusto para que 
estuviera tranquila, pues éste era el único y legítimo 
remedio en tales excesos, y dicho esto, se despidió. 

No llegaría á la escalera, cuando entró en la sala 
don Dionisio Langaruto, acompañado de dos oficiales y 
un colegial, que venían de jugar cuatro ó cinco treguas 
al billar, las (jue había ganado el partido contrario. 

Ninguna novedad hizo á don Dionisio el encuentro 
del médico ni el alboroto que halló en la casa. Incó- 
modo totalmente con la poca destreza de sus compañe- 
ros, y teniendo por un punto de honor ultrajado que 
hubiesen perdido las treguas del desafío, reñía áspera- 
mente á sus amigos, los que con una humillación servil 
se disculpaban mutuamente, sonriéndose de paso de la 
necedad y enojo de Langaruto, de lo que éste se incomo- 
daba más, y decía: — Yo no siento haber perdido las seis 
onzas, á mí no me duele perder el dinero; con cien pesos 



^T *T^T*C^^^ viL'- v^*^ ' > •lU" ■'^ ;^ V^^^í> 



OBRAS ESCOGIDAS 



117 



yo no soy ni más rico ni más pobre. Ustedes bien saben 
que estoy hecho á tirar la plata, pero en regla. Lo que 
me incomoda es que nos hayan dado capote, que no vié- 
ramos una, y que aun la última tregua, llevándola tan 
aventajada, hubiera quedado por ellos. ¡Vamos, que 
ustedes son buenos c/ia/i//as/ 

— Este zonzo tuvo la culpa, respondió el colegial, 
señalando á un alférez; yo le decía que no tirara fuerte, 
sino que vendiera el mingo; pero quiso lucir el buen 
taco, tiró palos en seco, me vendió á mí y fué causa 
de que se llevara el diablo el partido. 

— No hay cuidado, decía el militar, la confianza 
con que yo juego con ellos me hizo no recelar, y el mal- 
dito casquillo del taco, la bola pifiada y la mesa tuerta 
fueron la causa de que errara la bola, que si no, era 
bolada de acabar la tregua con los palos que tiré. 

— Eso sí, decía Langaruto, después de los ladrones 
trabucazos. Ahora que nos ganaron y estarán brindando 
á nuestra costa y riéndose de nuestra inhabilidad, estás 
tú echando bravatas. ¡Ya se ve! la bola, el taco y la 
mesa tuvieron la culpa, ¿no es verdad? Mucho fué que 
no te estorbara la taquera y el cajoncito del salvado. 
¡Anda, chanfiónl 

Muy incómoda estaba Eufrosina oyendo la acalorada 
disputa que su esposo tenía con sus amigos, sin hacer el 
menor aprecio de su mal; y así hecha una furia se le- 

LA. QUIJOTITA. — 30 . 



Mjr 



118 PENSADOR MEXICANO 

van tó del asiento y le reconvino, diciéndole: — ¿Qué, ha 
pensado usted (|uc no tiene mujer ó cree que estoy pin- 
tada ó soy alguna sirvienta de su casa? ¿No es una 
picardía, no es una desvergüenza intolerable ver que me 
esté muriendo por esa maldita muchacha, y ni siquiera 
le merezca al señorito la m.MS mínima señal de atención? 
¡Ya se ve! yo nací para infeliz, y... 

Aquí comenzó á llorar amargamente. Las parientas 
y amigas la consolaban con mil caricias, y el bueno del 
caballero Langaruto, atónito con el resoplido que aca- 
baba de escuchar, trató de satisfacer á madama del 
mejor modo, y cuando supo que la causa de la mohína 
había sido haber encontrado á Pomposita chupando un 
cigarro, quisiera descargar su furia sobre la pobre cria- 
tura, para hacer ver que sentía el mal de Eufrosina, y 
que lo sabía vengar bien; mas el coronel contuvo su 
fuerza, deteniéndolo y prorrumpiendo con la mayor 
energía en estas expresiones: — ¿Qué es esto? ¿Están 
ustedes infatuados ó adolecen de una violenta fiebre? 
Por un cigarro... jVoto á mis pecados! ¿Por un cigarro 
han sido tantas alharacas? Vamos, que esto no se puede 
creer entre personas de juicio y experiencia. 

— No por un cigarro, dijo á ese instante doña Eufro- 
sina, sino por el atrevimiento de la persona que chupa 
ese cigarro. ¿Quién le ha dicho á esta mocosa malcriada 
que se ha de poner á chupar (i escondidas mías? No fal- 



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OBRAS ESCOGIDAS 119 

taba más sino que la niña de siete á ocho años, que aún 
no sale del cascarón, ya quiera andar con el cigarrito en 
la boca todo el día. Noramala para ella; así la vuelva yo 
á ver otra vez, que le aseguro que ha de ir á pepenar 
los dientes á la calle. 

— Tienes mucha razón, mi alma, decía la tía vieja, 
tienes mucha razón; yo quiero á Pomposita como si la 
hubiera parido; [ya se ve! tiene mi misma sangre al fin, 
y más vale gota que libra; pero la verdad, yo no voy 
fuera de la razón; es mucha picardía que las niñas 
chupen. ¡Ya se ve! tales están las cosas en estos tiempos, 
que ya los mocosos les piden la lumbre á los viejos. Todo 
está malo, todo está perdido; á fe que en mi tiempo, 
¿cuándo, cuándo una niña había de tener la avilantez 
de chupar delante de los grandes? ¿Qué digo? ni aun á 
escondidas. Muy buen cuidado tenían las madres de 
registrarles los dedos á sus hijas para ver si chupaban, ,y 
pobre de la que los tenía amarillos, ya se podía compo- 
ner; porque después de que la castigaban muy bien, le 
quemaban la boca con un huevo caliente; pero ahora ya 
chupan todas las niñas y nos echan el humo en la cara. 
Haces muy bien, Euírosina, haces muy bien de castigar 
á tu hija; no, no le dejes pasar estas perradas. 

— No hace muy bien de castigarle este detecto leve, 
si lo es, y mucho menos con tanta crueldad como ahora, 
dijo el coronel; yo no me quisiera meter en esto, porque 



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120 PENSADOR MEXICANO 

cada uno manda en su casa; pero me ha escandalizado 
ver castigar tan cruelmente á mi sobrina por una culpa, 
que si lo es, mi hermana y mi hermano se la han ense- 
ñado. 

— ¿Cómo nosotros? decía Eufrosina. — Así como lo 
oye usted, hermana, respondió el coronel. Si esa niña 
jamás hubiera visto chupar á usted, ni á su papá, ni á 
mí, ni á ninguna persona grande, seguro está que lo 
hiciera; pero ve que todos lo hacen, que no se hallan sin 
el cigarro, que es una especie de atención y obsequio el 
darse cigarro; que apenas entra una visita luego se pide 
el braserito de la lumbre, y por último, ve que todos 
chupan, y que aún alaban el chupar, diciendo que el 
cigarro es un buen amigo, que en los gustos alegra y en 
las tristezas consuela. ¿Qué concepto ha de formar de 
este vicio cualquiera niña que ve y oye todo esto? El más 
favorable, el más lisonjero, sin duda alguna, y á conse- 
cuencia ha de desear experimentar por sí misma las 
dulzuras que oye decir se hallan en él, y luego que tenga 
ocasión ha de poner en práctica su deseo, como lo ha 
hecho Pomposita. 

Yo no diré que es bueno que los niños aprendan 
á chupar desde muy temprano, ni menos que se les per- 
mita hacerlo delante de sus mayores, pues conozco la 
fuerza de la preocupación; pero no me detendré en decir 
que cuando lo hagan poco se pierde, y que éste no es un 



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OBRAS ESCOGIDAS 121 

pecado casero que merezca una dura penitencia. Por mí, 
aseguro á ustedes, que si mañana advierto que mi hija 
se inclina al cigarro, lo veré con la mayor indiferencia, y 
no sólo no la castigaré, sino que tendré cuidado de que 
no le falten, para que cuanSo grande no solicite tal vez 
quién se los dé, ni busque la soledad ni la compañía de 
las criadas, siempre perniciosa, por no poder chupar 
delante de sus padres. 

— ¡Bravol ¡bravol dijo riéndose don Dionisio; usted, 
hermano, ha hecho grandemente la defensa de mi hija. 
Déjala, Eufrosina, ¿qué importa que no chupe ahora, si 
mañana, como dice tu tía, te echará el humo en los 
ojos? Yo voy con la opinión de mi hermano. 

— Yo no, dijo Eufrosina, encendidas en cólera las 
mejillas; caro le ha de costar á la mocosa tamaña picar- 
día. Le arrancara la lengua, le sacara los dientes y le 
quemara la boca si tuviera el grandísimo atrevimiento de 
chupar un cigarro en mi presencia. 

— Vaya, hermana, no se acalore usted, decía el 
coronel; advierta usted que el chupar es en sí indife- 
rente y nosotros lo defendemos como bueno, algunas 
veces como útil á la salud, y nunca lo tenemos como un 
delito. ¿Por qué, pues, lo que para nosotros es bueno, 
útil y honesto, en las criaturas lo hemos de condenar 
como un crimen? Si Pomposita se hubiera inclinado á 
tomar polvos, usted no se enojara, y aun le abonaría por 

LA QUIJOTITA. — 31. 






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122 



PENSADOR MEXICANO 



gracia que sacara la cajilla del tabaco en su presencia. 
¿Pues por qur ha de ser lícito al muchacho tomar tabaco 
por las narices y no le ha de ser permitido el usarlo 
por la boca? Y esté usted segura de que si hubiera 
visto más polvistas que chupadores, se habría dedi- 
cado á tomar polvos antes que á chupar; pero ha visto 
lo contrario, y así ha seguido lo que ha visto más prac- 
ticado. 

— Sea lo (jue fuere, decía Eufrosina, así me criaron 
mis padres y así he de criar yo á mi hija, y caiga quien 
cayere. 

— Pero, hermana, ¿siempre y en todo hemos de ir 
con lo (jue nos enseñaron los antiguos? ¿Nunca nos 
hemos de apartar de sus caprichos, aunque se nos 
pruebe que lo son? A la verdad, ese es mucho servilismo, 
y la autoridad de nuestros mayores debe ser respetada, 
mientras la razón y la experiencia no nos manifiesten su 
extravío. 

Yo (juisiera que Pomposita hiciera á usted este argu- 
mento á ver qué le respondía: — «Mamá, usted me debe 
enseñar siempre lo bueno y me debe dar buen ejemplo. 
Ahora bien; ó el chupar es bueno ó malo. Si es bueno, 
¿por qué me lo priva? y s¡ es malo, ¿por qué lo hace en 
mi presencia?» — Vaya, hermana, ¿qué respondería usted 
A este apretoncillo? 

— Le plantara un buen par de bofetadas y le qui- 



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OBRAS ESCOGIDAS 123 

taría las ganas de ponerse á dimes y diretes con su 
madre. 

— Esa es una respuesta muy eficaz para imponerle 
silencio, decía don Rodrigo, pero no para convencerla. 
Hay muchos superiores que tienen á mano este fácil 
expediente para hacerse obedecer de sus inferiores, aun 
en lo injusto; pero éste se llama despotismo, el que 
jamás es lícito ni á los padres, ni á los maridos, ni á los 
amos, ni á ninguna clase de superiores, pues con tan 
indigno modo se hacen temibles, pero jamás amables. 
Sus órdenes injustas se obedecen con la misma gana que 
la muía estira el coche, y en cuanto pueden, los inferio- 
res las eluden con desprecio. 

Los reyes y los gobiernos ilustrados como el nues- 
tro nos hacen ver que el superior jamás se degrada 
cuando satisface al subdito con razón. ¿Quién mejor que 
los reyes y sus vicerregentes pudieran mandar cualquiera 
cosa, sin tener que decir más que hágase esto porque ;/o 
In mando? Pues ya usted habrá leído muchas reales 
órdenes en las Gacetas, y habrá advertido que dice el rey; 
V Habiéndome representado el mi Consejo esto ó aquello, 
y atendiendo á la utilidad de mis vasallos, etc., etc., he 
venido en mandar esto ó lo otro.» Así también ha leído 
los bandos publicados en esta capital, y ha visto que 
en unos se da razón de que lo que se manda es por 
orden del soberano, y en otros, que se determina una 



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124 PENSADOR MEXICANO 

providencia para conservar la tranquilidad y buen orden, 
para subvenir á las urgencias del Estado ó para los fines 
que se expresan; pero nunca habrá usted visto una real 
orden ó una superior determinación, que, como se dice, 
ú raja tabla y sin ningún preludio, diga: mando esto, 
mando lo otro, sin dar razón al público de por qué se 
manda. 

Esto prueba lo que ya dije, que estas racionales 
satisfacciones jamás degradan al superior, y que el no 
darlas, cuando conviene, es un grosero despotismo. Por- 
que sí ó porque no son razones de caboescuadra. Decir 
/<«j esto pon/ Kc quiero, aunque el otro conozca la injus- 
ticia de lo mandado, es una tiranía insufrible, pero muy 
antigua en el mundo. Juvcnal nos refiere de aíjuella 
mujer que pedía á su marido que crucificara á un criado 
inocente, sin más razón que su voluntad. Esto no es 
tolerable, y menos entre cristianos. 

Oiga usted una decimita que en cierta vez escribí al 
mismo asunto: 

Un señor una ocasión 
A un criado suyo reñía, 
Y si éste le respondía, 
Le decía el amo: chitón, 

Chitón, ó de un mojicón 
Te dejaré sin sentido. 
Callaba el criado aturdido 
Sobrándole qué decir; 
Porque este modo de argüir 
¿A quién no deja concluido? 



OBRAS ESCOGIDAS 125 

A todos seguramente; y así ya usted verá que las 
bofetadas lastiman , pero no convencen , y que no le 
es á usted lícito usar semejantes soluciones con su 
niña. 

— Pues por último, hermano, dejemos esto, contestó 
Eufrosina; cada cual tiene su modo de matar pulgas. 
Yo así quiero criar á mi hija ; usted críe á la suya como 
quiera, que seguro está que yo me meta con usted, así 
como no me metí el otro día que la regañó tanto, sólo 
porque le dio un palo al gato; y en verdad que eso era 
una niñería que no merecía la pena. 

— Usted dice muy bien, hermana; me ha conven- 
cido usted, soy un entremetido; ya no volveré á hablar 
en la materia. ¡Sobre que cada cual tiene su modo de 
matar pulgasl 

Pero vea usted. Cuando reprendí á Pudenciana, 
porque le dio un palo al gato, no la lastimé, sino que 
la hice ver que hacía mal, pues el gato no le hacía 
daño. Le enseñé que debemos tratar á los animales con 
lástima, porque son criaturas de Dios, y le advertí que 
quien no tiene piedad con los brutos, quien se complace 
en maltratarlos, sólo por ser brutos, está muy cerca de 
ser un opresor de los hombres, siempre que pueda 
valerse de su debilidad. Por esto la reprendí, y esto le 
enseñé. Usted dirá si tuve razón y si me manejé con tal 
cual prudencia. 

LA QÜIJOTITA. — 32. 



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126 PENSADOR MEXICANO 

Doña Matilde, que había guardado silencio en toda 
esta escena, ad virtiendo que su esposo estaba algo incó- 
modo con las respuestas altaneras y de pie de banco de 
su hermana, trató de cortar del todo la fastidiosa con- 
versación, y para ello, con la mayor prudencia, dijo á 
Eufrosina: 

— Mi alma, siento tu mal rato, y me alegro (jue 
te hayas aliviado. Mvita cuanto puedas encolerizarte, 
porque ya ves el daño que esto hace á tu salud. Yo 
me retiro, porque voy á ver qur hace mi peloncilla por 
allá dentro. 

Con esto se despidió y el coronel no tardó en 
seguirla. 

Así terminó la lamosa disputa del cigarro; ¿pero 
cuándo no corren igual suerte las disputas más célebres 
y contenciosas? El amor propio, cuando se desarregla, 
que se desarregla muy seguido, es un tirano que cautiva 
nuestros entendimientos y los sujeta al antojo, al engaño 
y á la preocupación. Oidinariamente disputamos más por 
vanidad y por hacer valer nuestra opinión que por 
indagar la verdad, y ésta es la causa de que las mayores 
necedades se defiendan con ardor, de que se desprecien 
las razones más sólidas y de que no haya modo de confe- 
sar que hemos errado. De aquí se sigue que cada uno 
se quede con la opinión que defiende y la verdad se 
oculta en las tinieblas del error. 



OBRAS ESCOGIDAS 



127 



Cuando don Rodrigo estuvo solo con su esposa, le 
dijo: 

— ¿Has visto mujer más loca ni más aturdida que tu 
hermana? Ella me ha dado un rato bien pesado. Cuando 
vi á Pomposita bañada en sangre y á tu hermana pri- 
vada, me afligí, porque creí que la criatura, acaso tra- 
veseando, se había dado algún golpe, y el pesar de este 
accidente había hecho desfallecer á la madre; mas luego 
que supe la verdadera causa, me compadecí de la pobre 
criatura y me incomodé vivamente con Euí'rosina. Yo no 
he visto mujer más necia. 

— Yo advertí bien tu incomodidad, dijo Matilde; 
porque sólo muy enojado podías haberte puesto á dis- 
putar con ella tan de veras, olvidándote de aquel prin- 
cipio que me has aconsejado tantas veces, de que es una 
locura ponerse á disputar con un necio, pues el dis- 
creto pierde el .tiempo, las razones y la paciencia, y el 
necio siempre se queda necio. Bien que también me 
has dicho que el hombre más cuerdo deja de serlo 
luego que es sorprendido de una pasión; en este caso 
se desatienden los mejores principios y se olvidan las 
lecciones más bien aprendidas. Esto te sucedió puntual- 
mente. 

— Yo me alegro que me hagas esta advertencia, dijo 
el coronel, pues prueba que no se te olvida lo que me 
oyes y que sabes hacer felices aplicaciones de los prin- 



128 



PENSADOR MEXICANO 



cipios qur te enseno; pero dejando esto aparte, dime, 
¿(jué juicio has (brnnado de la imbecilidad de tu cuñado, 
(juien, sin el menor informe, iba á concluir la obra de 
su mujer, cuando quería volver á maltratar á la pobre 
criatura? 

— Yo pienso que hizo muy mal, contestó Matilde, 
aunque no puedo explicar en qué está lo peor de la 
acción; porque á primera vista parece que su cólera 
fuó efecto de la buena educación que da á su hija y 
del mucho cariño que tiene á su mujer; pero cuando ad- 
vertí la facilidad con que se serenó y te concedió la razón, 
no creo que hizo bien en lo primero; porque cuando 
veo un hombre que es tan fácil al enojo como á la sere- 
nidad, y tan pronto está de parte de una opinión como 
de la contraria, temo que no tenga carácter, temo que 
esté muy propenso á obrar sin razón y que sus primeros 
arrebatos los dicte un capricho y no la justicia. Esto 
es lo que me parece. Tú explícame mejor lo que no 
entiendo. 

— No te has engañado en tu concepto, dijo don 
Rodrigo; así es como lo piensas. Tu cuñado manifestó 
en su acción falta de carácter y sobra de amor propio, 
i'll se avergonzó porque vio reprendida su distracción 
delante de todos por la agria reprensión de su mujer, 
y no teniendo ni firmeza para sostenerse, ni habilidad 
para disculparse, trató de satisfacer á su esposa y á las 



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OBRAS ESCOGIDAS 129 

visitas, maltratando á la parte más dóbil. A no haberlo 
yo embarazado, golpea á su hija y queda persuadido de 
que había obrado en justicia. 

Los hombres violentos ó atropellados sin carácter, 
son malos maridos, malos padres, malos amos y gene- 
ralmente malos superiores. Muchas veces castigan la 
inocencia y no pocas premian el delito, ó porque no 
conocen ni uno ni otro ó porque les parece que así 
deben hacerlo. 

Peor concepto formarías del carácter de tu cuñado 
si alcanzaras á conocer las perniciosas consecuencias que 
acarrea á su familia. Oye sin asustarte: el orgullo de su 
mujer, su disipación, la mala crianza de Pomposa, el 
poco respeto de los criados, la dilapidación de sus bienes, 
que cada día van de mal en peor, y todos los atrasos 
interiores y exteriores de la casa no reconocen otro 
origen que el mal carácter, ó por mejor decir, la falta 
de éste en tu cuñado. 

Esto no es murmuración; te hablo á solas de unas 
ialtas que te son demasiado notorias, y esto, no por deni- 
grar á esta familia, sino para que veas confirmadas por 
la experiencia muchas verdades que te he dicho. Una de 
ellas es que los hombres tienen las más veces la culpa de 
los defectos de las mujeres. 

Yo estimo mucho á don Dionisio y conozco sus 
buenas cualidades; pero me compadezco de que tenga 

LA QUIJOTITA. — 33. 



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130 



PENSADOR MEXICANO 



un carácter tan d('bil y que esto sea causa del desorden 
de su casa; te hago ver este desorden y te señalo sus 
causas, para íjue si yo muriere antes de poner en estado 
á nuestra hija, quedes tú con suficientes reglas para deli- 
berar sobre la elección del compañero que le convenga; 
y de este modo, obrando con prudencia y según las 
mnximasque te inspiro, coadyuvarás como buena madre 
á hacerla feliz en el estado del matrimonio, si éste fuere 
de su vocación. 

— ¿Pues qué, el genio obsequioso de mi cuñado, 
decía Matilde, el que siempre dé gusto á su mujer, el 
que la complazca, el que la estime y la sirva es todo 
su pecado? ¿l^so es lo (jue lo constituye de mal carácter, 
y por eso son todos los extravíos de su casa? Yo te creo, 
pero me admiro de saberlo. ¿Qué me dirías si don 
Dionisio fuera un hombre grosero y altivo y que tratara 
á su mujer como á una criada? Yo conozco á algunos 
de éstos. 

— Y yo también, contestaba don Rodrigo; pero con- 
denaría en tal caso su cruel conducta, lo mismo que 
ahora repruebo la que le observo. En el arco, tan inútil 
queda la cuerda muy tirante como la muy floja. En todo 
debe dirigirnos la prudencia. Tan mal obra el marido 
que se convierte en tirano de su esposa, como el que so 
constituye su esclavo: ambos son extremos que debo 
evitar el hombre prudente, como opuestos á su dignidad 



OBRAS ESCOGIDAS 131 

y como obstáculos á la felicidad doméstica y á la paz del 

corazón. 

Mientras que los maridos no sepan ser hombres las 
esposas no sabrán ser mujeres. Yo puedo equivocarme; 
pero según la experiencia que tengo, las mujeres no 
serían tan fatuas, vanidosas ni locas si siempre les toca- 
sen por maridos hombres prudentes y sensatos, que 
supiesen hacerlas entrar por el camino justo y razonable; 
pero si los hombres, después de exceptuar los que se 
deben, unas veces las exasperan con sus modales duros 
y groseros y otras dan pábulo á su orgullo con sus 
mimos imprudentes y con sus condescendencias des- 
arregladas, ¿cómo sabrán estas infelices usar á tiempo 
del amor sincero, ni de la amable dependencia, tan 
necesarias ambas cosas para la felicidad del matri- 
monio? 

Verdad es que las mujeres que obran mal no me- 
recen disculpa, porque ellas debían obrar bien, aun 
cuando sus maridos no fuesen siempre de acuerdo 
con la razón; pero si aun en este caso son crimina- 
les, ¿cuánto más lo serán los hombres que las permi- 
ten, las enseñan y se puede decir que las precisan á 
obrar mal? 

Semejantes matrimonios tarde ó temprano so des- 
gracian. Para que Pudenciana, si se casare, no corra 
igual suerte que muchas, haré yo cuanto pueda y hasta 



132 



PENSADOR MEXICANO 



donde alcance mi talento para darte las mejores reglas, 
que tú le inspirarás si yo faltare, á fin de que sea una 
mujer amable, que haga las dulzuras de su esposo y la 
felicidad de su familia. 




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CAPITULO VI 



En el que luce mucho la instrucción y edificante conducta 
de la madre de Pomposita 



Muy resentida quedó Pomposita con el 
cruel tratamiento de su madre, tanto más 
cuanto que estaba acostumbrada desde muy tierna á ver- 
se colmada de mimos, contemplaciones y melindres, tanto 
de sus padres como de sus parientes, criados y visitas de 



LA QUUOTITA. — 34. 



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134 



PENSADOR MEXICANO 



la casa. El espíritu de ira que se apoderó de su corazón 
fué tan vehemente, que se negó á comer aquel día y se 
resistió á tomar chocolate por la tarde, á pesar de las 
caricias paternales, de los ruegos de todos los concurren- 
tes y do las súplicas y humillaciones de su madre. 

lista era muy altiva para sufrir el orgullo de su hija 
mucho tiempo, y así, enfadada de él, la dejó, diciéndole 
de paso mil boberas, y se entró á la habitación de Ma- 
tilde, quien, viéndola tan colérica, le preguntó la causa, y 
ella dijo: — ¿Cuál otra ha de ser, sino esa maldita mucha- 
cha tan malcriada como soberbia? ¿Ya viste lo que pasó 
esta mañana? Pues no ha querido comer, ni ha probado 
bocado á la hora de ésta, y ya nos hemos cansado de 
rogarle. Poco ha faltado para hincarme delante de ella 
ahora, rogándole tomase el chocolate; pero todo ha sido 
en balde; mientras más le rogaba más dengues me hacía 
el demonio de la muchacha, hasta que me enfadé y la 
dejé, diciéndole: aunque nunca comas en toda la vida; 
¡ojalá te acabara de llevar el diablo I Y créeme que por 
no deshacerla á patadas la he dejado y me he venido acá. 

¡Ya se ve! ella no tiene la culpa; halló tan buen 
defensor -en mi hermano, y por eso está tan cargada de 
razón. Lo que quieren los muchachos es eso; hallar 
quién apoye sus picardías, y entonces no hay diablo que 
se las averigüe con ellos; pero que se atenga Pomposita 
á su tío y que siga chupando, que yo le juro que no me 



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OBRAS ESCOGIDAS 135 

llamara Eufrosina, si no le hiciere escupir á bofetadas 
cuantos dientes tiene en la boca. 

El coronel, que había escuchado sus honras en tan 
pocas palabras, no pudo menos que incomodarse justa- 
mente y decirle: — Oiga usted, hermana; no hay que en- 
gañarnos; siempre buscamos á quión echar la culpa de 
nuestras malas acciones, cuando no tenemos la since- 
ridad suficiente para confesarlas por nuestras. La obsti- 
nación con que la niña se niega á tomar el alimento 
proviene de su resentimiento ó enojo, á que dio ocasión 
el imprudente castigo de usted, y perdone que se lo diga 
claro; pero usted ha tenido la culpa y no yo, que sólo 
hice unas justas y sencillas reflexiones en su presencia. 

En toda educación bien dirigida se deben economi- 
zar los castigos cuanto se pueda, y cuando sean inexcu- 
sables deben ser correspondientes á los defectos de los 
niños, y según esta regla, yo no encuentro proporción 
entre el defectillo que ha cometido mi sobrina y el grave 
castigo que usted le impuso; pues en un niño no es tan 
gran delito chupar un cigarro para sufrir una bofetada 
tan cruel. Jamás las preocupaciones dejarán de acarrear 
lünestos resultados. El caballero RaglitT, que fué el que 
introdujo el tabaco en Inglaterra, en tiempo de Jacobo I, 
se atrajo con esto el odio general en tales términos, que 
levantándole muchos crímenes falsos, añadieron, entre 
ellos, que había llevado una hierba con cuyas delicias 






136 



PENSADOR MEXICANO 



se entretenían todos y se distraían del trabajo. El Parla- 
mento, preocupado á favor de los deponentes, lo sen- 
tenció á la última pena, que sufrió en un cadalso este 
hombre de bien y benc'fico á su patria, puntualmente por 
haberles enseñado á sus paisanos el uso de una hierba 
de (jue después han sacado tantos provechos. ¡Tal es la 
fuerza de la preocupación I 

Lo que más noto yo en muchas madres es que se 
irritan, se enfurecen contra sus hijos, y los suelen cas- 
tigar cruelmente por una friolera, al tiempo mismo que 
les dejan pasar culpas bastante graves, que les acarrean 
después mil consecuencias funestas. 

— Yo no sé qué le dejo pasar á mi hija, decía Eufro- 
sina; ponjue la que críe bien á sus hijos ha de ser como 
yo, aunque me tome la mano. Ya ve usted que en esa 
edad sabe leer y escribir; sabe todo el catecismo; está 
aprendiendo á bordar y á hacer trencitas de chaquira; 
á coser no, porque, gracias á Dios, tiene su padre y no 
ha de ser costurera; estas cositas se le enseñan porque 
no esté ociosa y algún día sepa lo que está bueno y lo 
que está malo. A más de esto, ya usted ha visto que baila 
un campestre, unas boleras, una contradanza, un vals, y 
todo con primor. El diantre de la muchacha es habilísi- 
ma, y como tiene buena voz, ya está aprendiendo á tocar 
y á cantar por arte; ello poco á poco; pero el maestro dice 
que la niña da muchas esperanzas, porque es muy viva. 



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OBRAS ESCOGIDAS 137 

Por lo que mira al estilo^ á la decencia, al aire de 
taco, al tono y todas aquellas cosas que debe saber una 
señorita de su clase, que algún día ha de hacer su papel, 
va usted ha visto también que me he despulsado por en- 
señárselas. Ella será una perra malagradecida si olvi- 
dare lo que yo he hecho por ella. Si sabe bailar, yo la 
he enseñado; si sabe comer con limpieza, tratar á todo 
el mundo según su clase, vestirse con arreglo á las 
últimas modas, llevar el cuerpo con aire, manejar con 
garbo el abanico y todas estas cosas tan necesarias en 
una señorita, ¿á quién lo debe sino á mí? Y después 
de esto, ¿habrá quién diga que yo he criado mal á mi 
hija? 

— Reprender á una persona sus defectos sin tener 
autoridad para ello, decía el coronel, es una impolítica 
en que yo no deseo incurrir; pero también el condes- 
cender con cualquiera persona apoyándole sus faltas, 
sólo por lisonjearla, es una bajeza que no se conforma 
con mi genio. En esta inteligencia, yo no me determino 
á responder por ahora á la pregunta que usted acaba de 
hacer; pero le aconsejo que por modo de diversión lea á 
ratos perdidos el tratado de educación de Mr. el Abate 
Blanchard, que está en el tomo cuarto de la Escuela 
de las costumbres. Este autor tiene bastante aceptación 
entre los sensatos, y el trozo que digo de educación, á 
más de ser cortito, tiene mucha naturalidad v sencillez 

LA QUIJOTITA. — 35. . 



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138 



PENSADOR MEXICANO 



de estilo, por lo que no es fastidiosa su lectura. Concjue 
léalo usted con atención, y después, si gustare, podrá 
repetirme su pregunta. 

— l'lstaba yo bien fresca, decía Eul'rosi na, si me 
comprometiera ú leer ese Blancar, ó Blandar, ó lo 
que sea. ¡Vaya I que no faltaba más sino meterme á 
beata fuera de tiempo. ¿Qué, piensa usted que yo soy 
como la zonza de mi hermana que parece una criada de 
la casa ó una vieja camandulera? Todo el día está la 
muy bobona <') en la cocina, ó con la almohadilla, ó con 
el libro en la mano, que no parece sino novicia recoleta. 
¡Ya se ve! ella se hizo al modo de usted y le parecerá 
(juc tiene una vida de ángeles; pero yo, ¿cuándo, cuándo 
me había de sujetar á esa vida? no digo teniendo propor- 
ciones; pero aunque fuera más pobre que Aman, me 
sabría dar mis ratos para desahogarme y cumplir con 
las atenciones de mis amigas, y no mi hermana que 
parece una india de pueblo. Ella ni sabe bailar, ni 
cantar bien, ni nada; ¡ya se vel ¿cómo ha de saber, 
si se niega á las tertulias, á los bailes y concurrencias 
de la gente lucida, donde se aprenden estas cosas tan 
necesarias á toda gente fina? Para ama de llaves, maes- 
tra de niñas, pretendienta de brígida ó capuchina no 
tiene precio mi Matilde. ¿No es verdad, hermana? 

— Será lo que tú quieras, dijo Matilde; pero lo cierto 
es que como yo ya me acostumbré á esta vida, no se me 



OBRAS ESCOGIDAS . 139 

íiace pesada, antes cuando tengo que concurrir á alguna 
parte donde hay bulla, lo hago por mero cumplimiento 
y porque no digan; pero te aseguro que estoy violenta, 
temiendo no suceda algo, mientras l'alto de mi casa, y 
deseando volverme á ella lo más pronto. 

— Si lo creo, hermana, contestaba Euí'rosina, ¡sobre 
que todo es hacerse! Ya tú te has hecho á estar ence- 
rrada y á ser una criada de tu marido y de tu hija, y de 
ahí no habrá quién te saque, aunque no te hagas muy 
santurrona; ¿quién sabe si tú no vas á los bailes porque 
no te gustan, ó porque no te da licencia mi hi rmano? 
Vaya, que esto último me parece lo más cierto, y esto 
se llama hacer de la necesidad virtud. A lo menos tú 
eres más chica que yo, y muy bien me acuerdo que de 
doncella eras muy alegre: ¡vaya, si eras una sonaja! 
Todo el día andabas saltando y cantando en casa; ello 
lo hacías mal, pero á tu gusto; y también te agradaban 
mucho las fiestecitas, los bailes y cuantas diversiones 
se te proporcionaban; de modo que si hubieras podido, 
hubieras sido apego de las tertulias, ó como dicen, pe- 
rrito de todas bodas. 

Msto es una verdad que tú no podrás negar; mira, 
pues, si yo tengo razón para extrañar tu recogimiento 
presente y para presumir que tu mudanza y tu gazmoñe- 
ría no provienen de virtud, ni de que no te gusten las 
bullas, como dices, sino de rniedo que tienes á mi 






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140 PENSADOR MEXICANO 

hermano 6 de mucha barba que le quieres hacer. 
Vamos, no te pongas colorada; confirsala aunque no 
la pagues. 

— Yo me pongo colorada, dijo Matilde, porque te 
produces de esa manera delante de mi marido, quien 
tal vez pensará (|ue estás hablando verdades, y de ahí 
inferiríi que yo de muchacha era una loca, andariega 
y amiga de fiestas y de andar en la calle todo el día, 
y que si ahora me estoy en mi casa, no lo hago de 
buena gana, sino á fuerza y de miedo por respeto suyo. 
Por esto me avergüenzo y me da cólera y no por otra 
cosa. 

— No, hija, no tienes por qué avergonzarte, dijo el 
coronel; estoy muy satisfecho, así de tu conducta ante- 
rior como de la presente; sé que si de niña doncella 
salías á la calle y te presentabas en los bailes, era condu- 
cida por tu madre, por tu hermana y por otras personas 
á quienes te confiaban; pero no porque tú jamás hacías 
empeño para ir. Por lo que toca á tu conducta presente 
estoy mucho más satisfecho, porque la observo más de 
cerca y vivo muy contento al lado de una señora que, 
siendo joven, sabe desempeñar tan bien los títulos de 
madre, de esposa y de ama de casa. En esta virtud nada 
te debe avergonzar, cuando estás segura del ventajoso 
concepto que me debes y en el que no te hago ningún 
favor, porque tú te lo tienes merecido. 






OBRAS ESCOGIDAS 141 

— ¿Qué, no hay una escobita? dijo la necia de Eufro- 
sina; ¿no hay una escobita, señores, para recoger tan 
abundantes desperdicios? ¡Vaya, vaya que ustedes se 
entienden la lengua lindamente! Yo me alegro mucho 
que usted esté tan satisí'iHího de Matilde y de que ella 

esté tan contenta con usted. Dios los guarde así por 

■f 

muchos años. Yo, hermana, por lo que hace á mí, te 
digo que muy buen provecho te haga tu santa vida; pero 
yo no te la envidio ni te la envidiaré jamás. ¡Ayl no. 
ni pensarlo. Dios me libre de que yo me viera casada y 
hecha una vieja rezandera ó una moza de á veinte reales. 
Primero me den cien tabardillos uno sobre otro v... 

— ¡Vamos, hermana, no hay que afligirse, decía 
don Rodi'igo, si aún no llega este casol Lo que yo qui- 
siera l'uera que usted se dedicara á la lectura de algunos 
libros buenos, que debían serle muy útiles en su estado; 
verbigracia: La Educación do laí^ liijas, por el señor 
Fenelón; 1m Familia rcíj alada, por el padre Arbiol; La 
Eufemia ó La Mujer instruida, por el alemán Campé; 
Cartas do madama de Maintenon: La Mujer feliz-, y 
otros muchos que tratan del modo con que una mujer 
debe conducirse con Dios, consigo, con su esposo, con 
sus hijos, con sus criados y con su casa; pero ya que 
veo que usted no tiene paciencia para tanto, me conten- 
taría con que leyese ese tratadito de Blanchard que le 
digo; pues, por modo de diversión. 

LA OUIJOTITA. — 36. 



"¥ 



142 PENSADOR MEXICANO 

— Estaba la diversión arrogante, decía Eufrosina; 
¡vamos, hermano, que usted me hace reir con sus candi- 
deces! Si supiera usted (|ue no me gusta leer nada ¿qué 
dijera? y no sólo por(|ue no me gusta, sino porque me 
falta lugar para mis cosas. No piense usted, ahí tengo 
muy buenos libros que me ha comprado Langaruto, 
muy bien empastados y muy bonitos, y dicen que son 
de bello gusto, y tengo algunos muy divertidos, según 
dicen. Pues ¿para qué he de mentir? yo no los he leído; 
pero todos lo dicen y lo creo. Vea usted, tengo las 
X<y'(>l((s (le I)oñ(t María de Za^/as, las Obras jocosas 
(le Qncvodo, las A rendirás de Gd Blas, la Pamela, el 
Ettscldo. Xorela sin /as roca /es, la C/ara. la Diana 
enamora(/a. la Ala/a, A /e/o en sif casita, So/ed((des do 
/(( rida // desenójanos de/ mundo, Don Quijote de /a 
Manrha , y otros (jue no me acuerdo; y á más de eso 
un celemín de comedias y saínetes que más bien lee 
Pomposita que yo. Con(|ue si no tengo lugar de leer esos 
libros, que son tan divertidos, ¿cómo me había de poner 
á leer esas mistiquerías que usted quiere? 

— En verdad, hermana, contestó el coronel, que 
tiene usted un c^ran surtido de libros v comedias. Entre 
los (|ue usted me ha señalado, unos son buenos, otros 
razonables y otros perniciosos y de pésimo gusto; pero 
yo, sin tratar de deprimir el mérito de los que lo tienen, 
digo que para aprender á ser buena casada, es mejor 



waar- 



OBRAS ESCOGIDAS 1-43 

cualquiera de los que yo le cité que todos cuantos usted 
tiene, y por eso me empeñaba en que leyera lo más 
conciso; pero desisto de mi empeño en vista de que 
usted me asegura que no le gusta leer y que no tiene 
lugar, bien que yo creo mejor lo primero que lo segundo, 
porque ciertamente me hace fuerza que una señorita 
como usted no tenga lugar para dedicarse á leer un libro 
poco íl poco. 

Si no pareciera demasiada curiosidad , yo quisiera 
saber la distribución que hace usted del tiempo, porque 
no puedo creer que sea éste tan corto, ni sus quehaceres 
tantos que no le dejen lugar para una cosa tan útil y en 
que se podían emplear pocos minutos cada día. 

— Usted, hermano, á la verdad, se está haciendo de 
la casa de la Virgen, decía Euí'rosina. ¿Conque no sabe 
usted cuáles son mis quehaceres? ¡Pobrecito de usted! 
¡Ya se ve I como vive tan lejos de mi casa y nos vemos 
tan de tarde en tarde, ¿cómo ha de saber lo que yo hago? 
No obstante, oiga usted en qué se me va el día, para que 
vea si tengo ó no que hacer. 

Me levanto á las ocho ú ocho y media, por lo regu- 
lar; de esta hora á las nueve me desayuno; de las nueve 
á las diez me visto y me aseo para salir; á las diez tomo 
el coche y me voy á la alameda á hacer ejercicio, ó al 
Parián á comprar algunas cosas, ó á casa de alguna 
amiga. En estas y las otras dan las doce y me vengo á 



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144 



PENSADOR MEXICANO 



almorzar; después en tomar la lección de baile y recibir 
algunas visitas se va el tiempo hasta las dos ó dos y 
media en que viene mi marido y nos ponemos á comer; 
después de esto, á las tres y media ó las cuatro, me 
acuesto á dormir siesta hasta las seis; á las seis me 
levanto, tomo chocolate, me voy al paseo ó me entre- 
tengo en vestirme hasta las ocho, hora en que me voy á 
algún baile ó al coliseo; acabada la comedia ó el baile, 
(jue es bien tarde, me retiro á casa, ceno y me acuesto. 
Hura vez so invierte este orden, que es el ordinario, y 
eso por algunas visitas que vienen á casa, ó por alguna 
indisposición que padezca, ó porque se arma acá la ter- 
tulia de repente, ó por otro motivo semejante, y entonces 
estoy más ocupada con la atención que exigen estas 
cosas. Vea usted si tengo ó no tengo harto que hacer y si 
tendré lugar, no digo para leer, pero ni para rascarme la 
cabeza. 

— Anda, nina, dijo Matilde; no me admira que te 
pases una vida tan íloja y holgazana, sino que tengas 
cara para contarla y te quedes tan l'resca. 

— ¿Y por (ju6 no? respondía Eul'rosina. ¿Pues qué, 
hago mal en esto? ¿No soy muy dueña de mi voluntad? 
¿No tengo proporciones para pagar mis criadas que me 
sirvan? y á más de esto, ¿no soy una señora decente y 
os preciso que me trate como quien soyt* Ya bien veo yo 
que mi régimen de vida es enteramente opuesto al tuyo. 



OBRAS ESCOGIDAS 145 

Algo he observado; pero para que veas la diferencia que 
hay de trato á trato, dime ¿en qué gastas el día por lo 
ordinario? 

— No tendré embarazo, dijo Matilde. Mira: no soy 
madrugadora; me levanto por lo regular á las siete de 
la mañana; visto á Pudenciana y nos vamos á misa; 
venimos y nos desayunamos; después envío á la niña 
á la amiga y le dispongo el almuerzo á Linarte; el resto 
de la mañana se va en ir á la cocina, en la postura, 
en asear la casa ó mil cosas, porque á ninguna mujer le 
falta que hacer en su casa cuando es mujer y quiere 
estar ocupada; á las doce envío por la niña, me pongo 
mi delantal para no ensuciarme y voy á la cocina á sazo- 
nar el plato de mi esposo... 

— ¡Virgen! ¿Hasta eso? dijo Eufrosina; ¿pues qué, 
no tienes cocinera? ¡aunque fuera ya! — Sí tengo, pero 
quiero que Linarte coma á su paladar, no al de la coci- 
nera, y como nadie conoce su gusto ni su modo mejor 
que yo, de ahí es que yo misma le sazone la comida. 
Mas como iba diciendo: luego que acabo este gran 
trabajo, me lavo las manos y me vuelvo al estrado con 
mi costura hasta la una, hora en que por lo regular 
viene mi esposo de la calle; platica un rato ó se divierte 
un poco con su niña mientras ponen la mesa y vamos 
á comer. Acabada la comida reposamos un rato hasta 
las tres ó poco más; él suele irse y yo me pongo en el 

L\ QUIJOTITA. — 37. 



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146 PENSADOR MEXICANO 

estrado rodeada de mi familia, ó con el bastidor ó con la 
almohadilla hasta las cuatro y media que van por mi 
hija; luego que rsta viene rezamos el rosario y les leo 
algo del catecismo á mi hija, á Tulitas * y á las mozas, 
pues, porque ya sabes que es obligación precisa de los 
amos el enseñar la doctrina á sus criados. En esto dan 
las oraciones, se van á sus quehaceres, las niñas á jugar 
y yo á guardar mi ropa. A esta hora viene Linarte, 
tomamos chocolate, y unas veces nos ponemos á plati- 
car, otras á tocar mi clave, ó me voy á tu casa, y alguna 
vez al coliseo ó á alguna visita, según estoy de humor, 
en cuyas diversiones me entretengo hasta las diez 6 
poco más, hora en que cenamos y nos recogemos muy 
contentos. 

Con este mrtodo de vida ni yo acabo mi salud, ni 
los pobres sirvientes se molestan; porque ya tú ves que 
es una grande imprudencia de aquellos amos que, des- 
pués de hacer trabajar á sus criados todo el día, los 
tienen en vela hasta las quinientas de la noche en que 
llegan á sus casas del juego, de la tertulia ó la visita. 
Kn fin, con este método de vida ya verás que me sobra 
lugar para leer cuanto quiero. 

— Pues tienes una vida angelical, hermana, dijo 
Eul'rosina; dichosa tú... si te salvas; pero la verdad, yo 



> Esta Tulitas era la niña Gertrudis que sirvió de aya á Pudenciana en su infancia 
y de que se habló al principio de esta historia. 




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Yo me pongo en el estrado, rodeada de mi familia, ó con el bastidor 

ó con la almohadilla 






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OBRAS ESCOGIDAS 147 



no te la codicio, porque ese trato no es para una señora 
decente, sino para las rotitas de casa de vecindad, y no 
para todas, sino para aquellas pobres hipócritas que se 
hacen muy virtuosas, muy recogidas y muy mujeres do 
su casa, no por voluntad sino por fuerza. No van al 
coliseo, porque no tienen con qué pagar el palco ó el 
asiento, ni se presentan en los paseos públicos ni en los 
bailes, porque les sobra vanidad y les falta coche y el 
lujo que desean para competir con nosotras; pero tú, que 
eres medio mística, ya sabes que esto no es mujerío ni 
virtud, sino mucha soberbia y vanidad; y después de 
todo, niña, semejante vida, ocupación y encierro, no se 
quedan para una señora de tu clase. 

— ¿Quién dice que no? replicó el coronel. ¿Pues 
qué, las señoras decentes gozan alguna prerrogativa ó 
privilegio para no cumplir con las obligaciones de su 
estado? ¿La buena cuna ó las riquezas pueden alguna 
vez servirnos de razón para sustraernos de la ley general, 
que nos prescribe, sin distinción de clases, llenar nues- 
tros deberes dignamente? Yo por cierto tengo entendido 
lo contrario. La nobleza, la fina educación, los puestos 
elevados, las riquezas y todas las ventajas que propor- 
cionan la naturaleza y la fortuna, tan lejos están de exi- 
mirnos del cumplimiento de las leyes, que antes bien 
nos someten á su yugo con más imperio, porque el que 
más ha recibido más debe; y así las señoritas que han 



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148 PENSADOR MEXICANO 

recibido unos buenos principios y que se distinguen por 
su clase del común del vulgo, deben comportarse siempre 
mejor que los vulgares, sin jamás alegar las preeminen- 
cias que gozan para faltar á sus obligaciones; pues, como 
dije, sus mismas distinciones las estrechan para obrar 
con más arreglo y escrupulosidad que los demás. 

— Pues bien, dijo Euí'rosina, sea de eso lo que fuere, 
lo cierto es que ni usted ni yo hemos nacido para refor- 
mar el mundo; así lo hallamos y así lo hemos de dejar. 
¿Qué nos importa que las gentes anden de pies ó de 
cabeza? Al fin no hemos de dar cuenta á Dios de nadie, 
¿para qué nos hemos de meter en camisa de once varas? 

A más, de que no es tan bravo el león como lo 
pintan; pues quiero decir, no debe ser mi vida tan desca- 
rriada como usted la supone, pues si eso fuera no tuvie- 
ran tantas la misma vida que yo, y algo mejor; pero ya 
ve usted cuántas señoritas hay que no emplean el tiempo 
sino en componerse, pasear y divertirse, y hacen bien 
de gozar do la vida y de tratarse como quienes son, sino 
¿en qué se han de distinguir de las rotas y pingajosas de 
casa de vecindad, como va he dicho? 

— ¡Válgame Dios, hermana, dijo el coronel, y cuán- 
tas equivocaciones padece usted I Acaso porque hay, en 
efecto, muchas señoritas lujosas y paseadoras, que todo el 
tiempo de su vida, ó á lo menos los días floridos de su 
juventud, los consagran á la moda, á la disipación y á 



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OBRAS ESCOGIDAS 149 

la fruslería, abandonando sus más precisas obligaciones, 
¿cree usted que se halla disculpada de algún modo la 
que las imita? De ninguna manera, hermana; la mul- 
titud de viciosos jamás ha justificado el vicio. No porque 
hay muchos ebrios y ladrones tendremos por lícito el 
robo ó la embriaguez. Nuestra naturaleza, corrompida 
por la culpa, siempre se inclina á satisfacer nuestras 
pasiones atropellando con la ley y la razón, y esta es 
la causa de que los perversos y abandonados tengan tan- 
tos imitadores; pero esto, ya digo, se hace atropellando 
la ley y la razón, pues siempre que queremos escuchar 
el poderoso grito de la conciencia tenemos los auxilios 
necesarios para no delinquir, y uno de estos auxilios 
son los buenos ejemplos de otros, que no queremos 
seguir. 

El apóstol San Pablo decía que sentía en sí dos 
leyes, la del espíritu y la de la carne; ésta, enferma y co- 
rrompida, que lo inclinaba al mal; y aquél, sano y pron- 
to, para inspirarle el bien. Todos sentimos las mismas 
leyes; pero obedecemos la material, que lisonjea nuestros 
sentidos y apetitos; no queremos sufrir la contradicción 
que hace el espíritu á la carne ; y así, con desprecio de 
aquél, halagamos á ésta, aun conociendo que hace- 
mos mal, porque á nadie se le oculta su delito, y 
acosado del temor que se sigue á la infracción de la 
ley, ¿qué hacemos? Buscamos pretextos y disculpas 

LA QUUOTITA. — 38. 



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150 PENSADOR MEXICANO 

que, aunque engañosamente, nos consuelen y tran- 
quilicen. 

Una de estas disculpas, y quizá la más frecuente ó 
la que tenemos más á mano, es la multitud de infrac- 
tores que se nos presentan á la vista. Entonces nuestro 
amor propio, diestrísimo adulador, nos persuade ó que 
no hacemos mal ó que nuestro proceder no es el peor, 
cuando hay tantos que obran lo mismo que nosotros; 
pero esta disculpa es tan capciosa y frivola que no nos 
penetra en el interior, porque al instante se nos viene á la 
memoria otra multitud de individuos, cuyos buenos ejem- 
plos y arreglada conducta destruye nuestra sofistería y 
reprende nuestros excesos. 

Por ejemplo, es constante que en México, así como 
en toda ciudad populosa, hay una porción de señoras 
que, ocupadas ó consagradas del todo al lujo, á la bulla, 
á la disipación y á peores cosas, se desentienden del cui- 
dado de sus obligaciones, abandonando su casa, sacri- 
ficando al marido, corrompiendo á sus hijos, escandali- 
zando á los criados, y olvidándose enteramente de que 
son esposas, madres y amas de sus casas. Es cierto, 
repito, (jue por desgracia abundan estos ejemplares; pero 
también es evidente (jue no faltan otras muchas señoras 
modestas en sus trajes, fieles á sus esposos, atentas á 
la educación de sus hijos y familia, hacendosas en su 
casa, económicas de su hacienda y enteramente muy 



OBRAS ESCOGIDAS 151 

cristianas y escrupulosas observadoras de todas sus obli- 
gaciones. 

¿Qué dice usted? ¿No es verdad que hay muchas 
señoras de estas en México? ¿no conoce usted algunas 
de ellas? ¿Pues cómo no se acuerda de sus ejemplos 
para seguirlos y sólo me cita en su abono el extraviado 
proceder de las demás? Conque, hermana, no hay dis- 
culpa. Es preciso confesar que obramos mal por nuestro 
gusto, sin atenernos á que otros obren del mismo modo, 
pues tenemos ejemplos en contrario que imitar. 

Calló el coronel, y Eufrosina con una risita burlona 
le dijo:' — ¿Sabe usted, hermano, lo que estaba yo pen- 
sando? — ¿Qué cosa? — Que usted erró la vocación de 
medio á medio. Sí, señor; usted no debía haber sido 
militar ni casado, porque para capuchino ó misionero 
no tiene precio. No hay remedio, usted debía «andar 
con un pulpito en las manos diciendo lindezas por esos 
mundos de Dios,» como opinaba Sancho de su buen amo. 

¡Vea usted qué taco ó qur sermón tan largo me ha 
echadol La lástima es que yo estoy empedernida y todo 
se me resbala. Estos sermones son buenos para la zonza 
de Matilde; pero para mí es lo mismo que escribir en el 
agua y predicar en desierto. 

Sí, hermano, yo nací muy señora, me he criado con 
regalo, heredé alguna cosita de mis padres, y por fin, 
he tenido la fortuna de haberme casado con un hombre 






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152 PENSADOR MEXICANO 

I 

de proporciones y muchacho del día. ¡Bendito sea Dios 
que me Hbrú de un viejo regañón y mezquino 1 No lo 
digo por usted, pero ¡Jesús! ya me hubiera yo ahor- 
cado. En fin, hermano, ¿ustedes gustan de ir al coliseo, 
que ya es hora? — Hermana, muchas gracias. — Pues, 
adiós. 

Diciendo esto, se fué Eufrosina, y Matilde, llena de 
enojo contra ella, dijo á su marido: — ¿Ya lo ves? Yo me 
alegro, sí, yo me alegro de que te haya faltado al respeto 
la loca de mi hermana. En parte dice bien: si no hemos 
nacido para reformar el mundo, ni tenemos que dar á 
Dios cuenta por otro, ¿para qué es cansarnos en persua- 
dir que obren bien ó mal? Allá se las haya. La verdad 
es que me ha incomodado mucho Eufrosina por tonta y 
majadera; pero conozco que tú has tenido la culpa en 
ponerte á disputar con ella. 

— Mira, dijo el coronel; todos estamos obligados á 
coadyuvar al bien de nuestros semejantes á proporción 
de nuestras luces. Tú bien sabes que es obra de miseri- 
cordia y muchas veces de justicia, dar buen consejo al 
que lo ha menester; y según esto, cuando vemos que 
un semejante nuestro padece un error grosero, por el 
cual se le siguen ó se le pueden seguir graves per- 
juicios, y teniendo facilidad de darle un buen consejo, 
estamos en obligación de dárselo y de sacarlo de su 
error, siquiera por caridad; y esto aun cuando pre- 



^. f^^já, -II 



GURAS E^CO(¡IÜAS 153 

sumamos que por entonces no lo admitirá ó se bur- 
lará de él, porque no sabemos si aquel consejo des- 
preciado, acaso será una semilla que en otro tiempo 
fructifique. 

En este caso está tu hermana. Ahora so burla de 
mis razones; pero tal vez mañana, ó por un revés de la 
fortuna, ó por la experiencia que se adquiere con la 
edad, podrá abrir los ojos y aprovecharse de lo que ahora 
desprecia. 

Por esto he aventurado la conversación que oiste, 
de lo que no me pesa, ni menos me siento de su burleta, 
pues la pobre procede como una muchacha atolondrada 
y sin una cuerda rellexión. Si todos pensaran como ella, 
si todos dijeran; «Así hallamos el mundo, así lo hemos 
de dejar, y ninguno tendrá la gloria de reformarlo;» en 
este caso, ni los oradores hubieran esforzado su elocui^n- 
cia, ni los escritores sus lucos para corregir ó conte- 
ner los vicios. ¡Desgraciados do los hombres! Ociosos 
fueran los pulpitos y los libros; nada se hubiera adelan- 
tado en las ciencias, en las artes, en la moral, en la polí- 
tica, ni en cosa alguna; pero como los sabios no han 
sido de ese necio modo de pensar, se han afanado para 
no dejar sepultados los talentos que les conñ('i la Provi- 
dencia y para hacerlos útiles en beneficio de sus seme- 
jantes. 

Yo te confieso ingenuamente que no me hallo con 

LA 1,'UI.IOTITA. — 39. 



154 PENSADÜH MKXICANO 

un acopio de talentos sublimes y brillantes; pero sin 
embargo, deseo emplear el que tengo en el mismo 
objeto, pues sé que al que se le dieron cinco se le 
pedirá cuenta de cinco, y al que le tocó uno solo se 
le tomará residencia de esto uno; y por esta razón 
procuré desengañar á tu hermana de los errores en 
que vive, creyendo que así lo debo hacer y que quizá 
algún día lo sei'án d(^ provecho mis avisos. Si se bur- 
lare de ellos, si no los estimare on nada, ella cogerá el 
fruto de su error; pei'o yo habré hecho cuanto puedo 
por su bien. 

— Ya estamos, dijo Matilde, en que cuando mi en- 
tendimiento no quede perfectamente convencido con lo 
que me dices ó tenga alguna duda, te la lie de proponer 
con franíjueza. Kn esta inteligencia, no puedo menos 
que decirte (|ue me hace mucha fuerza, no sólo que 
disputes con mi hermana, sabiendo quien es, sino que 
ahora sostengas que hiciste bien, y (|ue lo debes hacer, 
cuando otras veces me lias dicho (jue es bobería dispu- 
tar con ella, y con cualquiera otra persona obstinada- 
mente necia, pues no se saca ni se puede sacar ningún 
partido ventajoso de tales disputas. Esto tú me lo has 
dicho, y no há mucho que tácitamente me conce- 
diste que no habías hecho bien de empeñarte en la 
disputa del cigarro. Coníjue dime ¿á qué me debo 
atenei-? 



W-- 



OBRAS ESCOGIDAS 155 

— Fácilmente saldrás de la duda, respondió el coro- 
nel, y advertirás que no me contradigo. Atiende: no es 
lo mismo disputar que aconsejar en cualquiera disputa; 
pero esto se entiende con prudencia. Disputar es ven- 
tilar ó defender uno su opinión contra otra con razo- 
nes, no con palabras sin substancia, pues en este caso ya 
no será disputa sino algarabía, y como los necios porfían 
casi siempre sin razón y sin saber lo que porfían, sino 
(jue quieren sostener su opinitni porque sí y porque nó, 
(le allí es que será una imprudencia el ponerse á disputar 
con un necio. 

Fuera de esto, hay disputas tan frivolas é imperti- 
nentes que no es cordura mezclarse en ellas. La del 
cigarro fué una de estas. ¿Qué importa que tu hermana 
tenga por un exceso de mala crianza el que una niña 
chupe un cigarro? Nada seguramente, y así debí haber 
«emitido la disputa como impertinente para mí y como 
frivola en sí misma. 

Otras disputas hay sobre cosas tan evidentes, que 
«'1 sostenerlas con ardor contra un necio es la mayor 
locura 6 insensatez, como si yo quisiera defender que 
mi levita es azul contra un ciego que defendiera que 
era verde. 

De esta clase suelen ser y son muchas disputas 
que merecen despreciarse por los cuerdos, y de éstas 
son de las que te tengo hablado; pero hay otras en que 



156 PENSADOR MEXICANO 

por necesidad, por caridad y por justicia, no sólo de- 
bemos ingerirnos, sino sostener nuestra opinión con el 
mayor empeño. Así al inocente le es lícito defenderse 
con energía de la calumnia, al católico le es per- 
mitido defender su religión, al letrado su parte en 
justicia, al buen amigo el honor de otro amigo que 
vacila en una lengua mordaz ó equivocada, y á cada 
uno sus derechos cuanto pueda. Ningún empeño, nin- 
guna diligencia está de más en estas ocasiones; y ya 
bien entenderás que no te he hablado de este gónero 
de disputas. 

El consejo es de dilerente naturaleza, aunque mu- 
chas veces concurra al mismo íin que la disputa más 
bien sostenida; porcjue el consejo es iú parecer que se 
da, «'» se debe dar siempre por el bien de otro, desnudo 
de todo vil interés, y regularmente seguro. Si yo acon- 
sejo, verbigracia, á tu luM-mana qu(* no castigue á su hija 
con crueldad y que no la consiente» con melindre, es por 
su bien, no tengo en ello ningún particular interés, 
y mi consejo es de los más seguros. ;, Me has enten- 
dido? ;,estás satisfecha de que no hay contradicción 
entre dar un buen consejo y huii' una disputa imper- 
tinente? 

— Lo estoy, dijo Matilde; te he entendido perfecta- 
mente, y ¿cóíno no te he de entender si explicas con 
tanta claridad lo (|ue me enseñas? Pero ya que me he 



OBRAS ESCOGIDAS 



157 



instruido, voy á que te traigan tu gala. — ¿Qué cosa? — 
Tu chocolate, pues es hora de que lo tomemos. Ya 
vuelvo. — Aquí concluyó esta sesión, y también el capí- 
tulo sexto. 




LA ijUMOIilA — -10 



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CAPITULO VII 



En el '{ue se refiere el modo con que el coronel enseñó á escribir y contar á su niña, 
y una conversación que tuvo con su esposa 



¡Qué feliz es el estado del matrimonio cuando se 
saben conformar con él las voluntades I La docilidad 
con que Matilde escuchaba las lecciones de su esposo 
y la dulzura con que éste le inspiraba sus máximas 
morales prueban que ambos disfrutaban de esta feli- 
cidad. 

Ya se deja entender que si el coronel no se descui- 
daba de instruir á Matilde, los dos se esmeraban á porfía 



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160 



PENSADOH MEXICANO 



en cultivar en su hija los talentos naturales que tenía y 
los sanos principios que le inspiraban. 

La niña, por fortuna, correspondía con docilidad á 
los conatos de sus padres, y así es que en poco tiempo 
supo leer con bastante regularidad, conocía el valor de 
las letras, sabía lo que eran sílabas y palabras y que 
éstas formaban los períodos. 

Como su padre y su maestra le habían hecho adver- 
tir cuánta utilidad y ventaja resulta de leer bien, y que 
esto no se consigue sino evitando el sonsonete y atrope- 
llamiento, y acostumbrándose á leer con sentido, para lo 
que se hu inventado la puntuación ó caracteres ortográ- 
ficos, se aplicó á su conocimiento con tesón, y lo logró 
muv lácil mente. 

Casi con igual facilidad aprendió á escribir, porque 
su padre le franíjueaba papel, recado de escribir y bue- 
nas muestras, para que á la hora que quisiera se pusiera 
á pintar sus garabatos á su antojo. 

Gomo esto no tenía para ella cara de lección, ni 
advertía ninguna forma de enseñanza, lo tomó por jugue- 
te, y en un instante perdió el miedo á la pluma, se fué 
acostumbrando á su uso, y sin que nadie la violentara, 
ella misma trataba va de imitar las letras de las mués- 
tras. 

Cuando su padre la observó tan bien dispuesta, le 
hizo ver las ventajas de la escritura, y cuan necesario y 






*!■ 



OBRAS ESCOGIDAS KH 

Útil poseerla con la posible perfección. Pero esto lo hizo 
acercándose un día á la mesa á tiempo que ella estaba 
garabateando, y diciéndole: — Mira cómo ya vas imi- 
tando, aunque mal, las letras de las muestras. Xo liav 
duda, tú no eres tonta, y eres capaz de hacer lo (jue qui- 
sieres con tus manos. ¿Qué, te gusta escribir? — Sí, 
papa. — Pues más te gustará cuando sepas qur gran 
cosa es la escritura. 

El saber escribir, ó la invención de este arte nobilí- 
simo, es una cosa prodigiosa, necesaria á todo racional, 
útilísima sobre toda ponderación y de todas maneras 
admirable, pues se puede tener por una magia cierta y 
lícita entre los hombres. Sí, hija querida, la pluma bien 
dirigida sobre el papel hace tales cosas, que á no saber el 
modo, se tendrían por milagros ó hechicerías. K\\i\ resu- 
cita á los (|ue han muerto miles de anos hace, y nos los 
pone entre las manos para que nos instruyan y conver- 
sen con nosotros; ella nos l'acilita pasear seguramente 
por el mundo, y que sin movernos de un lugai', sin 
tener que (M^ogar gastos ni suirir incomodidades de cami- 
natas, registremos todos los ángulos descubiertos de la 
tierra, veamos las situaciones de los reinos, sus mejores 
ciudades, sus templos, palacios, calles, edificios y paseos; 
que sepamos el número de habitantes que los ocupan, 
cuáles son sus costumbres, religión y gobierno, leyes, 
modas, enfermedades y remedios; ella, inventada no sólo 

LA (MIJOniA. — 41. 



_» -J-ÍLlí-i*-. - 



162 PENSADOR MEXICANO 

para esto, hace (|ue subamos á los cielos, que volemos 
por sus esferas, que indaguemos el movimiento de los 
astros, el curso de los planetas, la velocidad de sus 
giros, los ríos, mares, montes y valles de la luna, las 
manchas y humaredas del sol, y hasta el peso de las 
estrellas; ella nos facilita la comunicación con nuestros 
(leudos y amigos ausentes, sin que estorben para oírnos 
ni entendernos las leguas, los montes ni los mares (jue 
se atraviesan entre ellos y nosotros; ella fija on el papel 
como con un clavo la palabra, (|ue sin su auxilio se esca- 
paría })ara siempre; ella hace (|ue sean materiales y per- 
ceptibles los conceptos espirituales é invisibles: ella nos 
hace acordar de lo pasado y prevenir lo futuro; ella afir- 
ma y asegura fuertemente las palabrcis y contratos de los 
hombres y los hace cumplir con sus deberes; ella, para 
no cansarte, es la que hace al hombre religioso, sabio, 
honesto v modenido, cuando se acuerda de sus oblicra- 
ciones, y la que lo convierte en impío, necio y escandaloso 
cuando se olvida de ellas, porque la pluma es para todo, 
según se usa. Con la pluma se alaba á Dios ó se ultraja; 
se honra la religión ('» se deshonra; se hacen valer las 
leyes ó se tuercen; se instruye ó se encamina hacia el 
error; se favorece á los hombres ó se les perjudica; se 
abren los corazones para el amor ó se disponen para el 
odio, y así de todo. 

Mira ahora qué cosa tan grande es saber hacer uso 



OBRAS ESCOGIDAS 1G3 

do la pluma, cuando se quiere hacer según conviene, y 
díme si deberá ninguna criatura dotada de razón despre- 
ciar este beneficio y privarse de sus ventajas, sólo por 
ser un tonto y perezoso que no quiera dedicarse á apren- 
der ú escribir. 

— Así es, papá, decía Pudonciana; muy tonto será 
(3l que no quiera saber tantas cosas y poder hacerlas, 
como usted dice. Pero yo estoy espantada, y deseara 
saber cómo será eso de resucitar los muertos, paseat- 
todo el mundo, subir al cielo y todo lo que usted me 
dice, que no entiendo. 

Entonces el coronel le explicó el sentido de estas 
frases: la niña quedó aficionadísima á la pluma, y esta 
afición le hizo aprender á escribir en poco tiempo. 

Cuando va lo hacía con más arreglo v sabía usar 
correctamente de los signos ortográficos, su padre solía 
valerse de ella como del amanuense de su confianza para 
que le escribiera algunas cartas, lo que la niña desem- 
peñaba con gusto, y su papá la celebraba de cuando en 
cuando con prudencia, estimulándola con estos elogios 
á que se aplicara más cada día. 

Todos saben la l'uerza con que labra el amor propio 
sobre nuestros corazones : apenas despertamos de la pri- 
mera infancia, esta pasión, dejándose correr á rienda 
suelta, constituye el egoísmo y es el tomes de todo gé- 
nero de vicios, así como bien dirigida es el estímulo de 



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164 PKNSADOH MEXICANO 

las virtudes. El coronel conocía bien la verdad de este 
axioma, y así alababa lo bueno que veía en su hija, pero 
do modo que ella se satisfacía con los elogios sin enva- 
necerse, y se tenía como obligada á merecerlos mejor en 
adelante. 

Al mismo tiempo le enseñó su padre á conocer los 
números y el valor de las unidades, decenas, centenas y 
millares, sin descuidarse de que aprendiera de memoria 
la tabla aritmética común, v cuando va entendió esto 
perfectamente, h» hizo ver cuan útil es á las niñas apren- 
der :'i lo míanos las cinco primeras reglas de cuentas, v 
que es un absurdo, dictado por la más crasa ignorancia, 
decir que las mujeres no deben saber cuentas, porque no 
las necesitan j)ai'a nada; pues toda niña que algún día 
ha de ser s(Ȗora de su casa, debe saber economizar el 
gasto, ajustai' un criado, tasar las varas de género pai*a 
sus vestidos y los de sus hijos y hacer oirás cosas que 
les costaría sumo trabajo sin el recurso de la aritmética. 

No ignoraba el coi'onel que esta ciencia es harto 
difícil de comprender en sus j)rincipios, especialmente á 
las mujeres; y así procuró j)rimero hacer ver á su hija 
su utilidad para excitarle el ap(>tito de aprender. 

Un día le dijo: — Mira, los que no saben hacer 
cuentas, siempre cuentan cuando la necesidad los obliga; 
pero ú más de que siempre yerran las cuentas que 
hacen, les cuesta un inmenso trabajo. Al contrario, la 



OBRAS ESGOlilDAS 165 

persona que sabe valerse de los números hace las cuen- 
tas muy fácilmente, y las más veces las hace bien. Un 
ejemplo te hará ver la diferencia. 

Mira, éstas son tres cajitas de fichas de concha: una 
tiene setenta y tres fichas, otra veintiuna y la última 
treinta y cinco: ¿díme ahora cuántas fichas tienen las 
tres cajitas? Seguramente no puedes, ponjue necesitas 
contarlas una por una, y después de este trabajo te 
expones á cíjuivocarte veinte veces. 

Pues vaya, pon a(|uí las fichas de la primera caja, 

que son setenta y tres, de este modo.. 73 

Pon las de la segunda, que son 21 

Pon las de la tercera, que son 3.") 

Una rava así 

ti 

Puestas en este orden, se suman así: tres v 
uno son cuatro, v cinco, nueve. Pon un número 
nueve debajo de la raya y al pie de las unidades. 
Veamos después lo (|ue importan las decenas: siete 
y dos son nueve, y tres, doce. Un dos bajo las 
decenas y uno (jue se lleva á la izcjuierda, ó en 
el lugar de las centenas ó centenares, y resultan 
ciento veintinueve fichas en las tres cajas. ...... 129 

Aún hay otro modo de sumar más pronto, que se 
llama multiplicar, y es útilísimo. ¿A qué no me dices 
cuántas lentejuelas tienen los arquitos de tu túnico? — 
¿Cuándo lo he de saber, papá? ¡si tiene un montón! 

LA (OUIJOriTA. — 42. 



rhfffw >. 



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lÓG PENSADOR MEXICANO 

— Pues ahora verás quó fácilmente lo dices, supuesto 
que sabes muy bien la tabla. Cuenta los arcos que tiene. 

— Eso ya lo s6, tiene cuarenta y dos. — Muy bien; ahora 
cuenta cuántas lentejuelas tiene un arquito. — Ya están 
contadas, son nueve. — Pues suponiendo que todos los 
arcos son iguales, y que las lentejuelas están puestas en 
proporción, de suerte que no haya más en un arco que 

en otro, pon de número los arcos, (jue son 42 

Pon debajo las lentejuelas de un arco 9 

En seguida una raya así 

Ahora se multiplica así: dos por nueve son 
diez y ocho: un ocho bajo las unidades. Cuatro por 
nueve treinta y seis, y uno que llevaba, treinta y 
siete. Pon un siete en el lugar de las decenas y un 

tres á la izquierda en el lugar de las centenas 378 

Y ves en un instante que tu túnico tiene trescientas 
setenta y ocho lentejuelas, lo que se te hacía tan difícil 
saber, y lo que hubieras sabido con mil trabajos sin el 
auxilio de las cuentas. 

Le es tan útil y necesario á una mujer el saber 
contar como á un hombre. Muchas mujeres perecen 
en la miseria sólo por ignorarlo, y la experiencia nos las 
está señalando con el dedo lo mismo que la causa. ¿Qué 
se puede esperar de la mujer que de la noche á la 
mañana se halla con un principal que le dejaron ó sus 
padres ó su marido, y ella no lo sabe girar ni conservar. 



OBRAS ESCOGIDAS 107 

porque no sabe hacer cuentas? Es clara la respuesta: 
busca quién se las haga, casándose ó acomodando un 
dependiente, y si éste ó el marido salen calaveras, lo 
que no es raro, en dos por tres dan las cuentas del 
gran capitán, y se queda la mujer contando que tuvo 
coche en tiempo del difunto. Conque así, hijita, procura 
instruirte ahora que eres niña, para (jue te hagas útil á 
tí y á otros cuando tengas mayor edad. Ahora es el tiem- 
po de aprender y es menester aprovecharlo, porque 
el que de muchacho es íiojo y tonto, llegando á viejo 
asciende á majadero. 

Ya se deja entender que esta prolijidad no es ociosa 
en ningún padre de familia, cuando trata de que aprove- 
chen sus hijos. El coronel, cuando enseñaba á Puden- 
ciana, procuraba hacerle ver la utilidad que le resultaba 
de aprender, y al mismo tiempo le quitaba el tono de 
lección, tan fastidioso á todo niño, con lo que lograba 
<]ue aprendiera sin violencia, como aprendió en efecto en 
poco tiempo á leer, escribir y contar con alguna perfec- 
ción, y sin que á él le costara mucho trabajo enseñarla. 

Siendo el coronel tan eficaz para instruir á su hija 
en aquellos principios que son útiles para su felicidad 
temporal, es creíble que no lo sería menos para ense- 
narle aquellos que son absolutamente necesarios para 
conseguir la eterna. 

Ya se dijo que desde bien pequeña procuró hacerle 



1()8 rKN.SADoii mexu:an() 

loi'mar la más digna ¡dea de su Criador, conformándose 
con su capacidad, do cuyo empeño no desistió hasta cjue 
la consideró bien instruida. 

V\ se valía de cuantos objetos presenta la Natura- 
leza, aun los más triviales, para elevar su consideración 
al Hacedor Supremo. Ya le hacía contemplar la hermo- 
sura del campo en un alegre día de primavera, ya la 
brillantez del cielo salpicado de luces en una serena 
noche, ya el espantoso aparato de una terrible tempes- 
tad, ya la atraccii'n maravillosa del imán, ya la fragan- 
cia de la rosa... Kn una palabra, el campo, el cielo, la 
serenidad, la turbulencia, el hombre, el bruto, la planta, 
la piedra, las llores, las aves, los peces, y hasta los im- 
perceptibles insectos daban materias para instruirla en el 
conocimiento de Dios, haciéndole ver cómo resplandece 
en sus criaturas su omnipotencia, su sabiduría, su justi- 
cia, su misei'icordia v todos sus adorables atributos. 

Después de hacerle ver nuestra miseria, y que nada 
somos delante d( 1 Señor del universo, le hacía reconocer 
<jae, sin embargo de esta pequenez, somos sus criaturas 
predilectas, por (|U¡enes cri('> todos los seres que nos 
admiran y sirven en la naturaleza; por (juienes se hizo 
hombi'e y sufrió los ultrajes de los hombres; por quienes 
murió |)ara abrirnos las puertas del Paraíso, y por 
quienes hizo el milngro mayor de los milagros, insti- 
tuyendo el augusto sacramento de la Eucaristía; en el 



OBRAS ESCOGIDAS 169 

que se quedó con nosotros hasta el último día de los 
siglos. 

Tales eran las sencillas pero útilísimas lecciones 
que daba á su hija este buen padre, que procuraba 
tenerla entre el respeto, el amor y el agradecimiento á 
su Criador. ¡Felices los padres que tienen las luces y 
disposición necesarias para instruir á sus hijos, y más 
felices los hijos que saben corresponder á las sanas 
intenciones de semejantes padres I 

A la edad de poco más de siete años, ya sabía 
Pudenciana de memoria el catecismo y entendía muy 
regularmente los principales misterios de nuestra sagra- 
da religión, todo á fuerza del continuo tesón con que su 
padre la enseñaba; pues no pasó mucho tiempo en la 
amiga, á pesar de la no común disposición de la maes- 
tra; pero apenas aprendió los primeros rudimentos de 
leer y el catecismo, cuando la sacó de ella y se tomó 
él mismo el cargo de enseñarla, como se ha visto. 

Estaba mal el coronel con esas escuelas públicas 
donde se juntan niños y niñas de diferentes edades y 
educaciones. Sabía con Quintiliano, que la emulación 
que procede del ejemplo de los condiscípulos estimula 
para aprender más breve; pero no ignoraba que no 
siempre lo más pronto es lo más seguro. Comprendía 
muy bien la fuerza con que nuestra naturaleza, corrom- 
pida por el fomes del pecado, nos inclina al mal; que 

LA QUIJOTITA. — 43. 



170 



PENSAOOR MEXICANO 



esta pervertida inclinación se deja percibir en muchos 
niños bien temprano; que es muy difícil falten algunos 
de éstos donde hay tantos, y casi imposible que una sola 
maestra sea un Argos para observar con cien ojos las 
acciones de todos y cada uno de los muchachos que se 
confian A su cuidado: y de todo esto concluía, que es 
muy fácil que se corrompa en una casa de estas una 
criatura, especialmente nina, con el mal ejemplo de los 
malos. 

Tn día, hablando de esto con su esposa, le dijo: 
— No te admire que haya dejado A Pudenciana en la 
amiga tan poco tiempo. En verdad que me ha parecido 
demasiado, y sólo por contemporizar en algo con tu 
gusto lo permití. Te aseguro que con sólo franquearle 
la compañía di^ muchos niños de diversas edades, natu- 
rales y principios por largo tiempo, tendría lo bastante 
para perder el candor y la inocencia que le procuramos 
conservar; porque es muy difícil, por no decir imposible, 
que una criatura sin experiencia, y que aún no sabe 
iiacer buen uso de su razón, se contenga dentro de los 
límites de lo justo con tal heroicidad, que mirando 
buenos y malos ejemplos alrededor de sí, adopte los 
primeros, separándose de los segundos. 

Toda casa de comunidad trae sus ventajas y sus 
desventajas morales á los que las habitan ó las cursan. 
Ello es una verdad innegable que el qu€ se acompaña 



. • ; r \* 



OIíRAS ESCOGIDAS 171 

con un justo será justo y el que se junta con un per- 
verso se pervierte. Es también verdad evidente que en 
dichas casas hay de todo, buenos y malos: pues aquí del 
temor y la dificultad. ¿Con quién será más í'ácil que se 
adune el niño ó niña inexperto, con los buenos ó con 
los malos? El que se acuerde de la corrupción de nuestra 
naturaleza y advierta que los buenos reprenden y mor- 
tifican nuestras pasiones y deseos desordenados, y los 
malos las adulan, las fomentan y aun las pretenden 
justificar con sus ejemplos y palabras, ése que responda 
á mi pregunta. 

Si yo declamara contra la utilidad, y se puede decir 
necesidad, á lo menos ¡xircial, de estas públicas fun- 
daciones; si levantara el grito contra la sana intención 
de sus piadosos fundadores ó inventores; si con una 
crítica mordaz murmurara sus más arreglados institutos, 
seguramente se me podía tener por un hereje político; 
pero si ni declamo contra su utilidad, ni hablo contra 
sus patronos, ni murmuro sus constituciones, sino que 
solamente aseguro que es muy fácil que se corrompa en 
ellas la inocencia con la ocasión tan próxima de la com- 
pañía de los malos, creo que nada digo que no sea 
una verdad indisputable. Puedo asegurarte con dolor 
que más de cuatro maldades ignorara yo hasta el día, 
si no hubiera estado en escuelas ni colegios. ¡Felices 
aquellos niños que conservan su pureza intacta en medio 






■ » 



n-T^ 



172 PENSADOR MEXICANO 

de los malos ejemplos de los compañeros! Semejantes 
almas son prodigiosas en este siglo miserable. El rocío 
<|ue se cuajó solamente en la piel de Gedeón, la zarza 
que vio Mois^^s arder sin consumirse, los niños que 
salieron ilesos de las voraces llamas del horno de Babi^ 
lonia, y la seguridad con que los israelitas pasaron por 
en medio del mar, son extremos de comparación; pero 
son unos acaecimientos milagrosos que no se deben 
esperar todos los días. 

Lo (jue vemos á cada instante es que una chispa 
forma una hoguera, un miasma corrompido derrama 
una peste mortífera y una gota de vinagre corta un 
gran vaso de leche; y de aquí debemos inferir que un 
solo muchacho ó joven perverso es bastante á malear 
ó corromper con su ejemplo á muchos niños inocentes y 
candorosos. 

En una palabra, y para que tu entendimiento se 
tranquilice, digo: que el padre ó madre que no sabe ó no 
puede instruir á sus hijos por sí en su casa, hará bien, y 
aun debe confiarlos al cuidado de los maestros públicos; 
pero el (|ue no necesite de ellos y tenga proporción, hará 
mejor en tomarse ese trabajo, pues llegarán al mismo 
fin sin pasar tantos peligros. 

Matildita, continuaba el coronel, si yo pudiera des- 
cubrirte las cosas que se ven frecuentemente en las 
casas de comunidad de que te hablo, se escandalizara 



■■•":• 'f* i.v 



^afyr 



OBRAS ESCOGIDAS 173 

tu pudor. No quiero, no, lastimar tu conyugal pureza. 
Bástame el saberlas y el procurar que mi hija no se 
exponga á estos tan inminentes riesgos, para creer (jue 
tú habrás accedido gustosa en que la quite de la amiga, 
por más que ésta sea de las mejores. 

A este punto llegaba en su conversación don Re- 
drigo, cuando entró el lacayo de don Dionisio diciendo 
que su amo lo esperaba á comer con su familia. Era día 
de fr((sca, de los muchos que cada mes ocurrían en su 
casa. 

El coronel, que entendía muy bien las leyes de la 
política, que es el arte de saber vivirj inmediatamente se 
levantó y fuimos todos á la mesa, donde pasó lo que 
se sabrá en el capítulo siguiente. 




I. A <¿UIJ01 TA. — 41 



Jl.Mm.J.tU.1-3 s 




CAPITULO VIII 



En el (|ue se refiere la disputa <|ue trabó el coronel con el licenciado Narices, 
y la defensa c|iie hizo de las mujeres 



Cuando nuestro coronel entró con su familia, va es- 
laban en disposición de hacer lo mismo todos los de la 
casa de don Dionisio, quienes luego que lo vieron lo 
saludaron cortesmente, y nos sentamos todos á comer. 






•♦ • V,-^-íi'.»^Wl«tl>T» ■ . Wl «ll(ÍFI»"^l ) ' íf^VÍ^Í' 



17() 



PENSAlOn MKXICVNO 



Entro las visitas que había, estaba un señor joven 
y de narices abultadas, á (juien conoceremos con el 
nombre de Licenciado Xa/'i<-e.<, pues así le puso doña 
Eulrosina, que era diestrísima en esto de poner nom- 
bres. 

Luego que ella tuvo lugar de hablar, dijo al co- 
ronel: 

— ¡Ay, hermano, gracias á Dios que ha venido 
usted para (jue vuelva por nosotras I porque este mal- 
dito \(fri(/f(c/((s nos ha puesto como un suelo; y como 
no podemos responder á sus argumentos y latines con 
que nos aturde, está creyendo que nos ha convencido; 
pero yo, confiada en usted, le he dicho que nos ha de 
defender completamente. 

— ¿Pues (jué ha sucedido, hermana, que tan empe- 
ñada está usted en que la defienda? 

— ¡Cómo qué! decía Eulrosina, ¿le parece á usted 
poco que nos haya puesto de vuelta y media? Pues oiga 
usted; dice (|ue las mujeres somos locas, vanas, orgu- 
llosas, soberbias, falsas, supersticiosas, mal agradecidas, 
inconstantes, vengativas, tontas, presumidas, ¡y qué sé 
yo que más! ¡Vaya, si quita de las piedras para poner 
en nosotras! y esto no sólo lo dice, sino que asegura 
(jue lo probará con evidencia. Le contestamos que eso 
lo dirá por chanza, y él nos jura que lo dice con todo 
su corazón y sin que le quede nada dentro. Ya verá 



OIJRAS ESCOGIDAS 177 

usted que esto no puede sufrirse; y así le suplico yo y 
(odas estas niñas, que por lo que tiene de caballero, 
nos defienda y haga que se confunda este maldito des- 
lenguado. 

— Sí, sí señor, por vida de usted, decían casi á un 
t¡(^mpo todas las señoritas que allí estaban; es menes- 
ter que usted nos defienda, y así se lo suplicamos 
todas. 

— Ya ve usted, hermano, que no se debe usted ex- 
cusar de darme ese gusto, continuaba Eufrosina, ya 
(jue no por mí, siquiera por todas estas señoritas que 
>e lo ruegan. Responda usted que sí, responda y con- 
l'anda á este buen señor, que nos ha colmado de favo- 
ivs. ¿No lo ve usted qué socarrón es y sinvergüenza? 
todo se le va en engullir la sopa, y ya no puede con 
la risa el condenado. 

— ¿Pues no me he de reir, mi señora doña Msco- 
tolina, ó doña Mufrosina, <'• como se llame? dijo riendo 
á carcajada suelta el Licenciado, ¿no me he de reir, 
repito, de que quieran ustedes empeñar al señor coronel 
en que las defienda, cuando, si no están confesas, están 
convictas de los cargos de que se hallan acusadas, no 
sólo por mi boca, sino d foto oi-hc icrrannú, por todo 
i'l mundo? Cuando el señor coronel, por no faltar á 
las leyes caballerescas, admita el ímprobo trabajo de 
defender á ustedes, lo hará por divertirse; pero sabieri- 

LA (¿UMOriTA. —43. 



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17S 



PENSADOU MEXICANO 



do muy bien que sus clientes llevarían el pleito perdido, 
aun en el mismo tribunal de Pilato. 

Así solemos los abogados defender algunos reos, 
cuyos delitos son tan claros que no los defendiera el 
mismo Cicerón; y sin embargo, revolvemos, interpre- 
tamos leyes, acomodamos textos, buscamos excepcio- 
nes y peroramos en estrados, únicamente por consuelo 
de las partes, no porque en derecho tengan defensa 
alguna; así como el módico que le manda al mori- 
bundo agua de la palata por consuelo de sus dolientes, 
pero ('1 sabe de cierto que no tiene remedio. 

Tal vez el señor coronel se encargará de defender 
á ustedes de ese modo; mas también saldrá diciendo 
después de la sentencia: i/o dc/cndí d las /¡lujcres. Lo 
mismo nos sucede á nosotros: hablamos más que diez 
cotorras por un reo de estos de remate; los jueces nos 
oyen con bastante paciencia; pero no nos hacen caso. 
Atienden á la justicia, y según ella, condenan á muerte- 
á nuestro cliente, y el día que lo llevan á la horca se 
dice por la calle: c/ /iccnciado Fiflcmo, dofendiú d 
esto liotiihrc. 

¿Qué les parece á ustedes? Lo mismo decía aquel 
médico que iba de duelo tras el cadáver que él había 
despachado: //o cun'' ti ósír. ¿No son graciosas semejantes 
curaciones y defensas? Pues así ha de ser la del señor 
coronel respecto de ustedes. Vaya, no hay que enga— 



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OBllAS ESCOGIDAS 179 

ñarse; ustedes están convictas, y no hay ley que las 
defienda. Han caído de remate, y cualquier buen médico 
las ha de desahuciar al punto que conozca su enferme- 
dad mortal. 

— Ya usted lo oye, hermano, decía Eufrosina. ¿Ya 
ve usted (juién es el señor y cuánto da por medio '^ Pues 
considere usted qué hará con nosotras. Vaya, defiénda- 
nos usted. 

— Pues, hermana, señoritas, dijo el coronel; yo 
apreciaría tener luces y capacidad para desempeñar con 
aire la comisión que ustedes me confían, pues, en efecto, 
me honra demasiado su elección prefiriéndome á los 
señores que nos acompañan; bien que esto es sólo efecto 
de la confianza con que usted debe tratarme y de la sen- 
cillez con que estas niñas siguen la opinión de usted; 
pero debo confesar que no tengo mérito para tanto, ni 
menos fuerzas para cargarme de semejante peso. 

No obstante, si ustedes ponen su pleito en mis 
manos, yo haré cuanto pueda en su obsequio. En esta 
virtud, repita usted lo que dijo el señor Licenciado contra 
ustedes, para hacerme cargo. 

— ¿Pues ya no le dije á usted, contestó Eufrosina, 
que dice que somos tontas, locas, supersticiosas, altivas, 
vanas, ingratas, orguUosas, y treinta mil perradas á este 
modo? 

— Muy bien, dijo el coronel; siendo eso así, debo 



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ISO l'ENSADÜH MEXICANO 

decir, en obsequio de ustedes y de la verdad, que es lo 
(juo más importa, que las señoras mujeres, exceptuando 
las <|ue lo merecen, son todo cuanto ha dicho el señor 
Licenciado y un poquito más (jue yo me só. 

— ¡Viva, viva! dijo á este tiempo el Licenciado 
dando de palmadas en la mesa, ¡viva el defensor de las 
mujeres! Es menester brindar por su salud. 

Mu efecto, se echó un buen vaso de vino á pechos, 
y prosiguió comiendo con la mayor satislacción. lo que 
aumentó la risa general de don Dionisio y sus camaradas. 

Fácil es concebir cuánta sería la indignación de las 
señoritas, ¡)rinci¡)almente de Eufrosina, al verse tan mal 
defendidas. Es verdad que con una risa fingida procu- 
raban disimular su chasco; pero lo colorado de las orejas 
manifestaba de á legua su coraje. 

Qué tal sería éste, pues le tocó una buena parte á la 
candorosa Matilde, quien, al ver á su hermana y á las 
demás señoritas tan avergonzadas por su marido, no 
pudo contenerse, y le dijo: — ¡Jesús, hombre, qué pe- 
sado eres! ¡Aunque fuera ya...l 

El coronel no le hizo aprecio, siguió tomando la 
sopa, y doña Eufrosina, reventando de enojo, dijo á las 
señoritas: — Amigas, ¿qué dirán ustedes? ¿No les sobra 
razón para echarme á pasear por la especial elección que 
he tenido? ¿Qué tal? ¿No es cierto que mi hermano tiene 
gracia particular para hacerme quedar bien y sacarme 



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OnnAS ESCOCIDAS 1<SJ 

lucida de un empeño? Vaya, digan la verdad. Sí, no 
hay remedio, la peor cuña es la del propio palo. Otro día, 
hermanito, por amor de Dios, por Nuestra Señora do 
Guadalupe y por vida de Pudencianita, que no se vuelva 
á tomar el trabajo de defender ni á mí ni á mis amigas, 
más que nos digan herejes, diablos y demonios, y más 
(jue nos harten á injurias, pues, según lo que yo acabo 
de ver, menos daño nos hará nuestro mayor enemigo 
con sus agravios, que usted con sus defensas. 

Lo ridículo de esta súplica y el tono tan colérico con 
que la hizo Eufrosina provocó de nuevo la risa de los 
concurrentes, v esta risa acabó de rematar á Eufrosina, 
quien estuvo por levantarse de la silla, y lo hubiera 
hecho si el coronel, conociendo la terrible bola que tenía, 
no la hubiera sosegado diciéndole con mucha cachaza: 
— Ni el señor Licenciado tiene por qué llenarse de satis- 
facción, ni usted ni las señoritas que están presentes 
tienen motivo por qué (¡uejarse de mí, en virtud de que 
no he comenzado la defensa. 

— ¿Cómo no? dijo el Licenciado; pues á mí me 
parece que no puede haber sido más concisa, elegante 
V verdadera. 

— Pues no señor, se ha equivocado usted y voy á 
comenzar. 

Con esto se serenó Eufrosina y todas sus amigas, y 
el coronel prosiguió diciendo al Licenciado: — Supongo 

LA l^fflJOTITA. — 46. 



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182 PENSA 1)011 MEXICANO 

que usted está de acuerdo en que las mujeres son infe- 
riores á los hombres solamente en cuanto á su consti- 
tución física, que las hace más débiles que nosotros; pero 
en cuanto á sus espíritus, no tendrá usted embarazo 
para confesar que son iguales. 

En esta inteligencia... pero asentaremos tres prin- 
cipios para (|ue nos entendamos con más orden. 

Pri/)}<'¡-<). Las pasiones son las semillas de los 
vicios ó de las virtudes, según el uso que se hace de ellas, 
y éstas reconocen su origen en el alma. 

Sainmli). El alma de la mujer es una substancia 
espiritual, inmortal é inteligente, igual en todo á la del 
hombre. 

Torrero. La disposición natural ó accidental del 
cuerpo intluye particularmente sobre el espíritu, y esta 
disposición puede hacernos propender á esta ó aquella 
pasión determinada, pero no obligarnos á hacer mal uso 
de ella y convertirla en vicio; pues contra las malas 
inclinaciones tenemos el socorro de la razón y el favor 
de la gracia auxiliante que á nadie falta. 

Sentados estos principios, digo: Que si las mujeres 
incui'ren en ciertos defectos con más frecuencia que los 
hombres, no incurren por ser mujfM'es, sino porque no 
están acostumbradas á vencerse, por no saber hacer 
buen uso de su razón, y de no saber esto, muchas veces, 
ó las más, no tienen ellas la culpa. 



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OURAS ESCCGIDAS 183 

— ¿Pues quién la tiene? dijo el Licenciado. — Los 
hombres, respondió prontamente el coronel; sí, señor; 
no se escandalice usted, los hombres, que educan mal á 
las mujeres ó que las seducen y pervierten, tienen la 
mayor parte de la culpa de los defectos en que ellas 
incurren. 

Para probar esto con evidencia, es menester sentar 
este principio: que el hombre recibe sólo una educación, 
que es la de sus padres, y la mujer casi siempre dos, la 
(le sus padres y la de su marido, y ésta, ayudada del 
amor, inlluye sobre su corazón más poderosamente que 
aquélla. 

El hombre, si quiere, puede siempre conducirse 
conforme á las máximas que le inspiraron sus padres; 
la mujer mil veces se ve obligada á olvidarse de estas 
máximas... He dicho poco: muchas voces se ve obligada 
á abandonar con dolor á los mismos instrumentos do 
su existencia, por contemporizar con los caprichos del 
marido. 

Cuando las mujeres han logrado la fortuna de tener 
unos padres virtuosos que les han inspirado sentimientos 
do honor y religión, y después unos maridos juiciosos 
y prudentes que las saben conservar en ellos, ordinaria- 
mente son felices y jamás son notadas de los defectos de 
que se acusa al común de su sexo. ¡Pero qué pocas 
veces se ven estas combinaciones 1 






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184 l'EXSA 1)011 MICXICANÜ 

Frecuentemente se verifica el refrán (jue dice: que 
estados mudan costumbres. Apenas varía de estado una 
mujer, cuando varían su educación y sus modales. La 
joven que tuvo unos padres virtuosos y arreglados, es 
un milagro (jue no se corrompa casándose con un hom- 
bre vicioso y libertino; la que tuvo padres indolentes, ó 
tal vez extraviados, lejos de reformarse al lado de un 
marido prudente, las más veces se empeora y va á ser- 
virle de martirio; y la que tuvo padres perversos y se 
casa con otro perverso, se convierte en una furia del 
iníierno. 

De manera que entre los padres y los maridos se 
nos pervierten las mujeres. No es esta ficción de una 
acalorada fantasía; es una verdad (jue se hace percep- 
tible á la más ligera observación. Una niña, criada 
en la pobre ó moderada fortuna de sus padres, se casa 
con un hombre de algunas proporciones, y á los ocho 
días no se conoce. Los zapatos de cordobán le lastiman; 
se can.sa de andar á pie; se avergüenza de ver la comida 
en la cazuela; necesita de más criadas que le sirvan; 
no se presenta en los paseos ni en las visitas, si no 
puede competir con las demás en lujo, y, finalmente, 
de la noche á la mañana se vuelve una marquesa la que 
se crió en un estado humilde. 

Otra joven (jue se crió en el mayor recogimiento, 
que no salía de su casa sino á la iglesia, que frecuentaba 



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OBRAS ESCOGIDAS 185 

los sacramentos, que se escandalizaba de los zapatos 
de color, que rezaba todos los días una porción de nove- 
nas y que era una muchacha enteramente virtuosa, 
se casa con un señorito alegre, y dentro de cuatro días 
se olvida de todas las buenas máximas y entran en su 
lugar las que le enseña su marido, y ya la tenemos 
modista, paseadora, altanera, indevota, descuidada, 
corriente, marcial, y... ¡qué sé yo! 

Si buscamos de estos y semejantes ejemplares en 
casadas, no nos será difícil hallar bastantes; pero examí- 
nese quién ha sido el origen, quién ha tenido la culpa 
de que se perviertan tales mujeres y de que se pierda 
en ellas la semilla de la virtud que sus padres cultivaron, 
y hallaremos que la imprudencia ó la nimia condescen- 
dencia ó el mal ejemplo de sus maridos. 

No es menester las más veces que las mujeres pasen 
de un estado á otro para pervertirse. Dentro de sus 
casas y al lado de sus padres tienen sobradas ocasiones, 
cuando éstos carecen de la firmeza y juicio necesario 
para educarlas, especialmente si ellas tienen una carita 
razonable, un poquito de despejo y algunas habilidades 
apreciables en su sexo, como son las de tocar, bailar, 
cantar, representar, etc. 

Entonces sin cesar se ven rodeadas de un enjambre 
de tunantes, de los cuales cada uno aspira á la conquista, 
no de su corazón, sino de su persona, y para lograrla, 

LA QUMOTITA. — 47. 



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186 PENSADOR MEXICANO 

no perdonan ningún medio, por opuesto que sea á las 
leyes del honor y á la moral cristiana. 

Adulaciones, rendimientos, ofertas, juramentos, 
palabras, dádivas, requiebros, finezas, súplicas, humilla- 
ciones, suspiros, lágrimas, intrigas, y hasta los despe- 
chos y bravatas son los obuses y culebrinas con que los 
soldados de Venus atacan decididamente, aun las más 
inexpugnables fortalezas. 

Todos convenimos en que la mujer es débil, tímida 
y sensible, y por lo mismo está muy expuesta á ser 
sorprendida por la artificiosa seducción; pero no nos 
acordamos de esto cuando exageramos sus defectos, ni 
(|ueremos conl'esar de buena fe que nosotros somos sus 
seductores y sus originales en la maldad. Este, á la 
verdad, es un procedimiento injusto. 

En faltando á la mujer una buena educación moral 
desde el principio, un juicio bien formado y algún cono- 
cimiento del mundo, aunque sea de oídas, es imposible 
que deje de corromperse con semejantes maestros, de 
adherirse á sus máximas, de seguir sus ejemplos y de 
rendirse á sus artificiosos ardides. • 

Si fueran pocas las mujeres que pueden con justicia 
atribuir á los hombres los extravíos de sus conciencias, 
y quizá de sus personas, yo me guardaría de confundir 
las excepciones con las reglas; pero por desgracia no 
hay reino, provincia, ciudad, aldea, calle y aun casa 



OBRAS ESCOGIDAS 187 

donde no haya algunas ó muchas de estas adoloridas 
desgraciadas que testifiquen mi verdad. 

Dícese que las mujeres son vanas, necias y sober- 
bias. ¿No lo han de ser, si sus padres desde chiquitas les 
fomentan el orgullo y vanidad y les embotan su talento 
dedicándolas á fruslerías? Dícese que son altivas, presu- 
midas y altaneras; pero ¿qué han de ser, cuando desde 
que comienzan á descollar en los estrados, ven que los 
hombres les doblan las rodillas, rinden homenaje á 
su belleza, á cada paso les hacen su apoteosis llamándo- 
las diiinas y no dejan de la mano el maldito incensario 
de la lisonja? Dícese que son falsas, inconstantes y 
mentirosas; pero ¿cómo no lo serán, cuando no tratan 
sino con hombres falsos, variables y embusteros? Dícese 
que son ingratas; ¿y cómo no lo serán con el que abusa 
de sus ternezas y olvida sus más costosos sacrificios? 
Dícese que son interesables; pero ¿cómo no lo serán, 
cuando el interés es la primera red que se les tiende 
y el primer cebo con que se provoca su apetito? Dícese 
que son locas; pero ¿cómo no lo serán, cuando jamás 
han tratado con cuerdos? Dícese... pero se dice tanto y 
tan sin orden, que yo me espanto, no de que las mujeres 
sean lo que son, sino de que no sean peores. 

Ya ve usted, señor Licenciado, que yo confieso que 
en el común de las mujeres se hallan, y en un grado 
sobresaliente, los defectos de que las acusan los hom- 



-■-■i.'l.^i^k.^i'íA. t^liíS». f. ,* •-- í'.-^-'":-.V * — .'^. "_;#-_ J!*_''^ . :< ' -■ -.w :^V .¿* ¿r 



188 PENSADOR MEXICANO 

bres, y al mismo tiempo estoy muy lejos de pretender 
justificarlas; pero no puedo llevar á bien que se crea 
ó que se diga que las mujeres son peores que los hom- 
bres y extremadamente viciosas, sólo porque son mu/e- 
res, desentendiéndose los que así las insultan de los 
principios que dejo establecidos. • 

Todos saben que los hombres son superiores á las 
mujeres, y que éstas nacen con una dependencia nece- 
saria respecto de nosotros. Esta es una verdad; pero 
en esta misma verdad se halla envuelta otra de que 
resulta á ellas una disculpa y á nosotros un cargo, y es 
que si las mujeres son malas, no puede ser por otra 
causa sino porque los hombres, que son sus superiores, 
ó les enseñan la maldad, ó se la consienten; y siendo 
así, ¿no es una injusticia y una ridiculez el declamar 
tanto contra ellas, después que los hombres, por la 
mayor parte, como he dicho, ó son sus seductores ó sus 
maestros? ¿No es esto lo propio que introducir lena 
en un horno y luego incomodarse porque arde? En una 
palabra, señores, los hombres por la mayor parte somos 
muy linces para notar los defectos de las mujeres; pero 
muy topos para conocer, confesar y corregir los nues- 
tros. Convengamos de buena fe en que todos, así hom- 
bres como mujeres, tenemos vicios y virtudes, y que 
así unos como otros hacemos mal uso de las pasiones 
cuando nos desentendemos de la razón. Lo que importa 



OBRAS ESCOGIDAS 189 

es que cada uno se dedique á reformar el mundo, 
comenzando por sí y por los suyos, y entonces, habiendo 
muchos padres y maridos arreglados, veremos cómo 
resultan infinitas hijas y esposas ejemplares. 

Los caballeros que asistían á la mesa, fuérase por- 
que se penetraron de las razones que habían oído, ó por 
adular á las señoras, que sería lo más cierto, luego 
que el coronel hizo punto en su discurso, comenzaron 
á repicar con los cubiertos en los vasos y platos, y á 
gritar muy alegres: — ¡Yivan, mean las mujeres y su 
juicioso defensor! 

En seguida brindaron por última vez á la salud del 
bello sexo, y luego que calmó un poco la bulla, dijo 
el licenciado Narices : — Señor coronel, justamente me- 
rece usted estos aplausos, pues ha tomado con dema- 
siado calor la defensa de las damas, y la ha desempeñado 
con aire. ; Vamos I si todas las interesadas hubieran 
escuchado á usted le tributarían mil elogios, y aun debe- 
rían erigir un monumento de gratitud á su memoria. 

— No lisonjearían mi vanidad, respondió el coronel, 
pues yo no he defendido á las mujeres, sino la razón, 
de cuya parte me pongo cuando se ofrece. A más de que 
no st' si me habré equivocado en algo de lo que he dicho. 
Si así fuere, yo me subscribiré gustoso á otra opinión 
mejor; pero mientras no se me haga ver, estaré por la 
que llevo expuesta. ¿Qué le parece á usted, señor cura? 

LA WUIJOTITA. — 48. 



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190 PENSADOR MEXICANO 

Asistía á la mesa un respetable eclesiástico como 
de sesenta años, hombre de muchas luces, muy timo- 
rato y de un genio cortés, álable y jovial. 

A éste fué a quien el coronel dirigió la palabra, y el 
dicho eclesiástico le contestó en estos términos: 

— Ciertamente, señor coronel, que las opiniones de 
usted me parecen tan antiguas como seguras. Son de 
aquellas (jue por sabidas se callan; pero se callan tanto, 
que infinitos las ignoran ó afectan ignorarlas, especial- 
mente por lo (jue toca á hablar mal de las mujeres sin 
ton ni son, y mil veces después que los hombres han 
sido las causas originales de sus vicios. 

Ordinariamente á cualquier hombre le gusta una 
mujer bien ataviada, ó como dicen, bien puesta, cuando 
la pretende; pero así que la posee como suya, no la 
quisiera tan modista por lo que le importa. Entonces 
es el hablar contra el lujo y vanidad de las mujeres. 

¿Mas para qué hemos de corroborar con ejemplares 
una verdad tan común y visible? Cuando los hombres 
se desvelan por agradar á una mujer, sus defectos les 
parecen gracias; pero así que la consiguen, se cansan 
de ella y aun califican de vicios sus virtudes. Entonces, 
quiero decir cuando no dirigió la pretensión un fin 
honesto, sino un capricho ó un apetito puramente ani- 
mal, entonces se disminuye á los ojos de tales hombres 
la hermosura de la mujer y se le notan defectos en que 



. .; . .^ V/'^^'vr V' Y' '•.>■ ''ir/'' * v^^ t^ 



OBRAS ESCOGIDAS 191 

antes no se había reparado. Pero ¿qué mucho, si en tal 
caso, como dije, las mismas virtudes parecen vicios? 
Guando llega esta época fatal, su recogimiento se ape- 
llida hipocondría; su economía, mezquindad; su pruden- 
cia, zoncería; su cariño, falsedad; su ^ftd^lidad, falta de 
mérito; su alegría, locura; sus atenciones, liviandades; 
su devoción, hipocresía; sus generosidades, desperdicios; 
y, en una palabra, en tan deplorable situación, cuanto 
hacen por agradar, enfada. [Pobres mujeres! nada les 
es más común que verse sujetas á tolerar los caprichos 
é imprudencias de un hombre sin talento y sin amor. 

Cuando oigo declamar á la mayor parte de los hom- 
bres contra la facilidad de amar de las mujeres y los veo 
tan constantes en seducirlas, me acuerdo de unos versos 
que sobre esto escribió con tanto acierto nuestra paisana 
sor Juana Inrs de la Cruz, monja del convento de San 
Jerónimo de esta capital, en los que hace ver que los 
hombres, casi siempre, tienen la culpa de la liviandad 
de que acusan á las mujeres, según^ha dicho el señor 
coronel; porque efectivamente, los hombres quisieran á 
las mujeres de mantequilla para sí y de pedernal para 
los demás, y aun algo peor. Luego que han logrado 
seducirlas con los artificios más vivos v con los más 
astutos fingimientos, se fastidian de ellas (como se fas- 
tidia cualquier miserable mortal de todo aquello que 
consigue temporal y perecedero), y entonces llaman 



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192 



PENSADOR MEXICANO 



liviandades y coqueterías lo que antes sacrificios y 
favores. 

Tal es la suerte de las pobres mujeres entre los 
hombres necios y malvados. Toda mujer, y especial- 
mente toda hija de familia, aun antes de' llegar á la 
pubertad, debería estar impuesta de estas verdades, para 
no fiarse do los hombres y precaverse en cualquier es- 
tado de sus torcidas calificaciones y desprecios. 

Toda nina debería crecer en la firme creencia de 
estos cuatro principios: 

1." Que en esta triste vida todo cansa, todo fastidia, 
si no es la posesión de Dios por la gracia. 

2/' Que los hombres cuando más finos y rendidos 
dicen que adoran, que aman é idolatran á las mujeres, 
entonces es cuando ellos se aman más á sí mismos, y á 
lo que aspiran es á sus intereses particulares, de manera 
que no aprecian sino á las mujeres, en quienes ven ó se 
presumen ((ue hay alguna cosa que lisonjea su gusto. 

3.° Que según estos principios, es muy fácil que 
la mujer desagrade al hombre luego que éste la consi- 
dere como suya, lo que se verifica más pronto y casi 
siempre cuando la solicitud so ha entablado con medios 
inhonestos ó con miras ilícitas. El antiguo poeta espa- 
ñol Quovedo, dice: S/ quiei-es aborrecer á tu amiga, cá- 
sate con ella; y dice bien, porque en clase de dama tiene 
la mujer la libertad de ser ó no ser de aquel hombre, y 



. V- -i. 



V^ '¿f^ 



OBRAS ESCOGIDAS 193 

éste muchas veces se modera en maltratarla, temiendo 
perderla en virtud de aquella misma libertad; pero casán- 
dose, no tiene temor que lo refrene, y entonces la mujer 
sufre todo el yugo del despotismo. 

4.° y último. Es prudencia, conforme á lo dicho, 
que las mujeres desconfíen de sus más constantes ado- 
radores; que antes de decidirse, examinen bien el cora- 
zón de aquel á quien tienen inclinación, y cuando se 
miren sw¡as traten de complacerlo cuanto puedan, para 
que la posesión no vuelva en desagrado las anteriores 
finezas y se conviertan los esclavos en tiranos. 

Calló el cura, y el Licenciado, guiñándole el ojo, le 
dijo: — No va mal, señor cura: uno deja la apología de 
las mujeres y el otro la toma. No hay qué hacer: con 
cinco pares de abogados como ustedes que ellas tuvieran 
¡infelices de los hombres! ya no podríamos averiguár- 
noslas con sus mercedes. Si sin eso son tan endiantradas, 
¿(jur fuera si á cada paso encontraran quién les alzara 
por dos cartitas? ¡Oh! entonces quisieran ensillarnos. 

— Cállese usted, señor Narices, ó señor tronera, 
dijo Eufrosina. Mi hermano y el señor cura han dicho 
el Evangelio: son ustedes muy falsos, muy maliciosos, 
muy mal agradecidos, muy habladores y muy todo. Pri- 
mero enredan á una pobre mujer, y luego la dejan en la 
/x'fea V hablan de ella. 

¡Quién los ve cuando están enamorando á una 

LA gUIJOTlTA. — 49. 



194 PENSADOR MEXICANO 

pobre muchacha I |qué finos son I ¡qué atentos, qué ren- 
didos I ¡qué de promesas hacen I ¡qué lágrimas derra- 
man! ¡con qué juramentos no aseguran que serán firmes 
hasta la muerte I Todo cuanto hacen y dicen parece la 
mera verdad. Son más dulces y derretidos que cara- 
melos en boca de muchacho. ¡Vayal ¡si mienten con 
tanta viveza, que aun ellos mismos lo creen I Pero ¡infe- 
lices de las tontas que tienen la desgracia de rendirse I 
porque apenas lo hacen, cuando saben ustedes dar la 
vuelta y dejarlas, y á algunas ¡quién sabe cómo I y esto 
es á buen componer, si no es que después de aban- 
donarlas hablan de ellas las tres mil leyes, cuentan 
cuanto ha pasado á sus amigos, dicen que fulana es una 
loca, una fea, una zonza y una coquetilla común, rién- 
dose todos alegremente á costa de la desgraciada mujer, 
y mordiendo su honor públicamente en los paseos, ter- 
tulias y billares. ¡Bien haya la que no se fía de ustedes, 
como dice el señor cura! pues entre los hombres, apenas 
habrá bueno uno entre ciento, y creo que me extiendo 
mucho. 

— Con iguales expresiones acaba sus versos la mon- 
jita que cité, dijo el cura. — Y Eufrosina le suplicó los 
repitiera, á lo que contestó: — Con mucho gusto lo haré, 
señorita; pero pues ya hemos concluido, y están alzando 
los manteles, daremos gracias á Dios de que nos ha dado 
de comer sin merecerlo. 



OBRAS ESCOGIDAS 195 

— Señor cura, dijo don Dionisio, usted está en su 
casa y hará lo que quisiere; pero ya días há que prescri- 
bió esta costumbre. Tal vegestoria sólo se queda para la 
gente ordinaria, ó cuando mucho para los frailes y mu- 
chachos colegiales que comen en refectorio; pero en las 
casas decentes no se estila semejante ceremonia. 

— Pues yo conozco algunas casas decentes, dijo el 
cura, donde todavía está de moda dar gracias á Dios 
cuando se acaba de comer; y ciertamente me hace fuerza 
porqué no resucitará esta costumbre cristiana, cuando 
todos los días resucitan otras, acaso gentiles, que ya 
estaban hechas polvo en el olvido, y me hace más fuerza 
cuando considero lo liberales y francos que somos para 
dar gracias. Por el mínimo favor damos muchas [¡ra- 
das; pero ¿qué más, si hasta por las mentiras decla- 
radas, que llaman cumplimientos, las damos á mon- 
tones? 

Nos ofrece alguno su casa ó su empleo, aunque sea 
de boca, le damos muchas gracias: dicen que nos desean 
un bienestar ó el alivio de nuestras enfermedades, y 
pagamos el que nos lo digan con muchas gracias: nos 
dan expresiones para algún deudo, y volvemos nosotros 
mjfrhas gracias: nos conwiádin á alguna parte adonde no 
queremos ó no podemos asistir, y nos excusamos con 
muchas gradees; nos ofertan alguna cosa que perjudica 
nuestra bolsa, y lo rehusamos con mucJias gracias al 






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190 



PENSAÜOH MEXICANO 



oferente. En fin, ya dije, somos liberalísimos para dar 
gracias por cuanto hay, y no como quiera, sino muchas, 
á n¡(l('!<, in/¡m't(í6. 

Sólo para con el Autor de la naturaleza somos en 
esta materia demasiado económicos, ¡qué digo I somos 
escasos, mezquinos, miserables. Para todo el mundo 
tenemos mil gracias en la boca; pero no quedan ningu- 
nas que tributar al Hacedor Supremo, que cría los man- 
jares que comemos, que nos facilita el tenerlos y nos 
conserva la salud y apetito para gustarlos. ¿Si tendrá 
Dios alguna obligación de darnos algo? ¿ó si nosotros 
tendremos tan merecidos todos los beneficios que recibi- 
mos de su liberal mano? porque sólo así pareceremos 
menos culpables ante sus ojos, aunque no le manifes- 
temos nuestra gratitud ni con palabras. 

Yo bien s<' que en algunas casas se tiene por incivi- 
lidad ó payada esto de dar gracias á Dios después de 
comer, y algunos se abstienen de hacerlo, aun estando 
acostumbrados en sus casas, especialmente cuando se 
hallan en mesas de función, que llaman de cumpli- 
miento, porque los demás no lo hacen y les da ver- 
güenza de parecer cristianos en lo público: pero por 
lo que toca á mí, digo, que más quiero pasar entre los 
muchos por incivil, rústico ó payo, que no entre los 
sensatos por hugonote ó irreligioso cuando menos, 
y así procuro dar buen ejemplo por mi parte. De algo 



oiji;as El- cocidas 197 

me ha de servir tener sesenta años de edad y treinta 
y cuatro de ministro del Dios de los cristianos. 

Diciendo esto el cura, y sin esperar respuesta, 
porque no la tenía lo que acababa de decir, comenzó 
á rezar la oración del Señor, dio gracias, y todos lo 
acompañaron dócilmente, diciendo yo entre mí: 

— Si en todas las mesas donde asisten sacerdotes 
hubiera alguno tan celoso como este cura, que se encar- 
ga de dar gracias á Dios y á los seculares buen ejemplo, 
pronto veríamos restablecida esta loable costumbre de 
nuestros padres. 

Luego que pasó esta acción religiosa, repitió Euíro- 
sina al cura el encargo que le hizo de que dijera los 
versos, y el buen eclesiástico cumplió su palabra como 
se verá en el capítulo que sigue. 




LA QÜIJOTITA. — 50. 



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CAPITULO IX 






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Refiere el cura los versos , y se trata sobre la profanidad de las mujeres y el modo 
con que puede ser lícito en ellas el adorno 



— Ciertamente, señores, dijo el cura, que habrá 
fastidiado á ustedes el sermón ; pero como estoy hecho á 
predicar, se me olvidó que estaba en una mesa; bien que 
no me arrepiento de lo dicho, porque como estoy seguro 
do la religiosidad de ustedes, conozco que la omisión de 
dar gracias no es efecto de impiedad, sino por seguir la 
moda hasta en esto; aunque también estoy seguro de que 
desde hoy será otra cosa; y así, variando de asunto, oiga 



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200 PENSADOR MEXICANO 



usted, señorita, cómo se expresó la madre Juana Iík's 
en defensa de su sexo, y con qué gracia reprende á los 
íiombres (jue hablan mal de las mujeres, después que las 
seducen. 

Dice así: 



Hombres necios, que acusáis 
á la mujer sin razón, 
sin ver que sois la ocasión 
de lo mismo que culpáis. 

Si con ansia sin igual 
solicitáis su desdén, 
¿por qué queréis que obren bien 
si las incitáis al mal? 

Combatís su resistencia, 
y luego con gravedad 
decís que fué liviandad 
lo que hizo la diligencia. 

Parecer quiere el denuedo 
de vuestro parecer locp, 
al niño que pone el coco 
y luego le tiene miedo. 

Queréis con presunción necia 
hallar á la que buscáis, 
para pretendida, Thais, ' 
y en la posesión , Lucrecia. • 

¿ Qué humor puede ser más raro 
que el que, falto de consejo, 
él mismo empaña el espejo 
y siente que no esté claro? 

Con el favor y el desdén 
tenéis condición igual; 
quejándoos si os tratan mal, 
burlándoos si os quieren bien. 

• Una pública ramera. 

■ Una romana tan honrada, que se mató por no sufrir su honor ultrajado por la 
fuerza. 



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OBRAS ESCOGIDAS 



201 



Opinión ninguna gana, 
pues la que más se recata, 

si no os admite, es ingrata, 
y si os admite, es liviana. 

Siempre tan necios andáis, 
que con desigual nivel, 
á una culpáis por cruel, 
á otra por fácil culpáis. 

¿Pues, cómo ha de estar templada 
la que vuestro amor pretende, 
si la que es ingrata ofende, 
y la que es fácil enfada ? 

Mas entre el enfado y pena, 
que vuestro gusto refiere, 
¡bien haya la que no os quiere, 
y quejaos enhorabuena ! 

Dan vuestras amantes penas 
á sus libertades alas, 
y después de hacerlas malas, 
las queréis hallar muy buenas. 

¿Cuál mayor culpa ha tenido 
en una pasión errada, 
la que cae de rogada, 
ó el que ruega de caído? 

¿O cuál es más de culpar, 
aunque cualquiera mal haga, 
la que peca por la paga, 
ó el que paga por pecar? 

¿Pues para qué os espantáis 
de la culpa que tenéis? 
Queredlas cual las hacéis, 
ó hacedlas cual las buscáis. 

Dejad de solicitar, 
y después con más razón 
acusaréis la afición 
de la que fuere á rogar. 

Bien con muchas armas fundo 
que lidia vuestra arrogancia, 
pues en promesa é instancia 
juntáis diablo, carne y mundo. 

LA gUUOTITA. — 51. 



202 



PENSADOR MEXICANO 



Todos aplaudieron los versos, especialmente las se- 
ñoras; pero el Licenciado, en un tono burlón, dijo: 

— No hay duda de que están buenos los versos que 
ha dicho el señor cura; pero, con su licencia, son mejo- 
res unos que yo sé, y dicen así: 

Cierto artífice pintó 
una lucha en que valiente 
un hombre tan solamente 
á un horrible león venció. 

Otro león que el cuadro vio 
sin preguntar por su autor, 
en tono despreciador 
dijo: — Bien se echa de ver 
que es pintar como querer, 
y no fué león el pintor. 

¿Qui' tal? ¿no está la fabulita que ni mandada á 
hacer? ¡ya se vel como del numen del dulce Samaniego. 

— Bien, dijo don Dionisio; pero ¿á qué viene aquí la 
fabulita? 

— Claro está á lo que viene, contestó el Licen- 
ciado; se echa de ver que no fué hombre sino mujer la 
autora de las estrofas que ha referido el señor cura, y así 
escribió á su lavor, y acaso sin la mayor noticia en la ma- 
teria, como que era una religiosa enclaustrada en un. mo- 
nasterio, y no una mujer del mundo. En atención á esto, 
no fué mucho que manejara la pluma tan a favor de su 
sexo, porque no fué león el pintor, y así ella pintó á los 
hombres y disculpó á las mujeres como quiso. Si hubiera 



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OBRAS ESCOGIDAS 



203 



sido hombre el autor de los versos, hubieran éstos salido 
á favor de los hombres y se vieran pintadas las mujeres 
en ellos con unos colores nada ventajosos. 

Efectivamente, en este caso poco trabajo costaría al 
poeta probar que las mujeres siempre tienen la culpa de 
que las seduzcan los hombres. Ellas dan la materia, y 
los hombres disponen la forma. ¿Qué importa que no 
rueguen descaradamente que las seduzcan ó enamoren, 
si lo dan á entender con sobrada claridad? 

Ustedes, señores, habrán advertido el modo con 
que las pateras llaman á los marchantes. — Aquí lia; i pato 
(/rancie, dicen, vent/a usted, mi alma: a(¡ui Ikkj ¡jato 
(¡rancie, tenga usted. — Las almuerceras obran de distinto 
modo en la apariencia; pero tienen igual ó más eficaz 
virtud en la realidad; pues, aunque no llamen con la boca 
á los que pasan, provocan su apetito con más arte, po- 
niendo en sus puertas las cazuelas de sus almuerzos ó 
meriendas, muy olorosas y compuestas con ramilletes 
de rábanos y lechugas. 

Así son las mujeres que (juieren ó captar la benevo- 
lencia de los hombres ó arrancarles el dinero. Todas 
llaman; la diferencia está en el modo. Las coquetillas 
infelices se paran en las puertas de sus accesorias, ó 
pasean de noche por los portales y lugares acostumbra- 
dos, acompañadas de un muchacho ó criada trapientos, 
con los que van diciendo: — Esta casa se alquila. — ¿Quién 



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204 



PENSADOR MEXICANO 



no advierte el espíritu de estas pobres? Pues éstas son 
las pateras. 

Las no infelices, no se valen de estos arbitrios ver- 
gonzosos; pero sí de otros que no les van en zaga en la 
substancia. Tal es la profanidad en el vestir, la libertad en 
el hablar y aquella estudiada afectación de todas sus ope- 
raciones. ¿A qué fin, sino para provocar á los hombres, 
son esas medias de color de carne, esas transparencias 
de los puntos con que se descubren las espaldas, esos 
descotes que hacen saltar los pechos desnudos, esos 
contoneos al andar, esos melindres y monadas al reir, 
al saludar y al hablar, en una palabra, ese conato tan 
escrupuloso para parecer bien y hacérsenos amables? 
¿No es verdad que estas tales se parecen á nuestras 
almuerceras, que aunque no llaman á los hombres con 
la boca, los provocan con su diligencia y compostura? 
En efecto, las mujeres pobres gritan su deseo y las no 
pobres lo dan á entender; pero todas lo venden so patOy 
como dicen las indias. 

Desengañémonos, señores: siempre los hombres han 
buscado la disculpa de sus extravíos en las mujeres, y 
éstas en aquéllos; pero lo cierto es que tan malos son 
unos como otras; mas por lo que toca al punto de 
seducción, ellas son peores que ellos, porque si los 
hombres las seducen, es porque las mujeres se dejan 
seducir, y no sólo les facilitan el camino, sino que los 



OBRAS ESCOGIDAS 205 

incitan á ello y casi se lo ruegan, como lo he probado; 
y últimamente, si no hubiera tantas mujeres descocadas 
no habría tantos hombres atrevidos. 

Dejo de hablar el Licenciado, y Eufrosina, disimu- 
lando mal la incomodidad que tenía, dijo: — ¿Qué le 
parece á usted, señor cura, y qué buen concepto debemos 
las mujeres al maldito Narú/ueias/ Para él no hay una 
buena, ni sabe hacer distinción de estados, clases ni 
condiciones. A todas mide con una misma vara. La 
casada honrada, la doncella virtuosa, la viuda honesta, 
la señora decente, son lo mismo que las abandonadas 
de la calle. ¡Vamos, que esto es una picardía intolerable, 
y sólo usted, señor licenciado Narices, se puede producir 
de esta manera 1 Si yo no creyera que hablaba de chanza 
y sólo por hacernos enojar, diría que era usted temerario 
y un malcriado, pues aunque fuera verdad cuanto dice, 
debería no decirlo delante de unas señoras que lo entien- 
den. Esto es falta de política y buena crianza. Ni mi 
lacayo se produciría de ese modo. 

— No, no hay que atufarse, caballera, decía con 
mucha sorna el abogado; yo no barro con todas las 
mujeres. Sé que las hay muy virtuosas, honestas y 
ejemplares; pero se pueden perder entre las que no lo 
son, en fuerza de su escaso número, si se pone en 
comparación; hablo solamente de las descaradas, profa- 
nas y provocativas. Si aquí no hay ninguna que lo sea, 

LA QÜIJOTITA. — 52. 



206 



PENSADOR MEXICANO 



como yo lo creo, no hay para quó enojarse, pues yo 
no cito ejemplares señalados. En una palabra, entren 
todas, y luego salgan las que yo no he metido; pero 
estoy seguro de que nada he dicho que no lo demuestre 
la experiencia. ¿Qué dice usted, señor cura? 

— ¿Qué he de decir? respondió el cura, sino que, 
haciendo la distinción debida, y la protesta que usted 
acaba de hacer de que no habla en general, sino sólo 
de las mujeres que con sus trajes ó acciones poco hones- 
tas incitan á los hombres, dice muy bien: pero advierta 
usted que tampoco á esas mujeres defiende la madre 
Juana Inés en los versos que escribió y yo he dicho; 
sino á las timoratas y recatadas, que son seducidas 
dentro los muros de su misma honestidad. Bien se 
colige de sus mismas palabras que éste fué su espíritu, 
y no el de defender la liviandad de muchas de su sexo. 
Oiga usted sus palabras otra vez: 

Combatís su resistencia, , 

y luego, con gravedad, 
decís que fué liviandad 
lo que hizo la diligencia. 



Bien claro está que nuestra monja habló en pro 
de aquellas que hacen resistencia á la seducción y no 
de las que convidan á ella. A éstas ¿quién las ha de 
defender, cuando se hacen objeto de abominación para 
Dios y para los hombres? Hablo especialmente de las 



OBRAS ESCOGIDAS 207 :-' 

mismas que usted ha hablado, esto es, de las muy pro- 
lanas V escandalosas. 

El Espíritu Santo aconseja que se huya de las 
mujeres compuestas con demasiado lujo, y que no se 
entretengan con ellas, porque han sido muchas veces 
el escollo de la inocencia. ^ 

La verdadera virtud ó el mérito verdadero, dice un 
luterano convertido, saca su lustre de sí mismo y no 
busca un realce en el oro y en la plata, que sólo es 
estimado entre las mujeres, los tontos y el vulgo, el 
cual ordinariamente juzga del individuo por la profa- 
nidad ó adorno de su traje. 

— Pero, señor cura, decía Euí'rosina; ¿qué, todas 
hemos de vestirnos con hábitos de capuchinas ó enaguas 
de jerguetilla? 

— De ninguna manera, respondió el párroco; en esta 
sociedad hay variedad de clases, y en cada clase debe guar- 
darse el orden que le toca, pues saliendo de él se hace cual- 
quiera singular. Tan extraño y ridículo sería en un capi- 
tán de milicia traer una capilla de fraile, como en un 
fraile lampazos de capitán. Esto quiere decir que cada uno 
debe vestirse según su estado y condición, y por eso 
dice aquel refrán vulgar: yisiote como te llamas. No 
se ha de vestir la secular como la monja, ni la casada ; - 

como la viuda, ni la joven como la vieja, ni la señora í 

* Eccl., cap.lX. :. 1 



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208 PENSADOR MEXICANO 

como la plebeya, ni la ama como su criada, ni nadie 
con traje que no le pertenece. Entonces sería un des- 
orden y una asombrosa contusión. 

En esta inteligencia, yo no estoy mal con la de- 
cencia respectiva á cada clase de personas, ni con la 
misma moda. Declamar contra ella en lo general más 
es un capricho de la ignorancia que un celo por la 
virtud. Moda no es otra cosa que el uso de esto ú 
aquello nuevamente introducido entre los hombres. Hay 
modas útiles, las hay indiferentes y las hay malas, 
listas son y deben ser reprobadas por todo hombre 
sensato; las primeras deben seguirse y las indil'erentes 
pueden ó no adoptarse, según el gusto de cada uno. 
Por ejemplo, ¿quién negará que el túnico, en las mujeres, 
y el pantalón, en los hombres, á más del adorno, pro- 
porcionan comodidad y economía? Luego esta moda es 
útil, y debe admitirse entre las personas de buen gusto 
sin el menor escrúpulo. 

Ahora, que el túnico ataque por detrás ó por delan- 
te, que el pantalón sea de casimir ó de punto, es una 
cosa indiferente, porque puede ser ó no ser, según el 
gusto de cada uno, y de que sea así ó asado no se 
sigue ningún reato moral. 

Pero si el pantalón es de algún género transparente; 
si está tan ajustado al cuerpo que de á legua se conoce 
que es hombre el que lo trae; si el túnico es tan 



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OBRAS ESCOGIDAS 209 

delgado y estrecho que al dar el paso se deja ver la 
pierna; si el corpino es tan pequeño y muy escotado 
que descubra los brazos, pechos y espalda, entonces 
ya ('sta es moda obscena, escandalosa y abominable, 
y por tanto digna de reprobarse por toda persona de 
virtud. Lo mismo puede decirse de todas las modas. 
No el uso, el abuso que se hace de ellas es lo que 
las convierte en pecaminosas é ilícitas. Dije que de las 
mas, y no de todas, porque hay algunas que son 
malas en sí y no tienen por dónde cohonestarse. 

Los corsés, que han substituido á las antiguas 
cotillas, son un ejemplo de esta verdad. El uso de ellos 
es una moda harto perjudicial y no tienen con qué 
disculpar su maldad. Yo no soy tan temerario que me 
atreva á decir que se use para elevar los pechos y 
hacerlos saltar como naturalmente fuera del escote del 
túnico. Dios me libre de ser tan malicioso. Allá se las 
hayan las señoras, pues cada una sabrá el santo íin 
con que se sujeta á esta mortificación; pero en lo físico, 
os innegable que es tormento demasiado pernicioso á 
la salud desde que se pone hasta que se quita. He ob- 
servado que algunas señoras, espetadas en estos maldi- 
tos cinchos, no tienen ni libertad para moverse... poco 
he dicho, no son arbitras ni de comer á gusto, porque 
temen, y con razón, que el volumen del alimento las 
oprima más ó les reviente el corsé; y así, el día que 

LA QUUOTITA. — 53. 



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210 PENSADOR MEXICANO 

se lo ponen, ayunan á su pesar y sin ningún mérito, 
y ya se ve que esta moda no puede calificarse de buena 
ni útil de ninguna manera. 

El célebre Bullón condena las cotillas, los corsés 
y todos aquellos vestidos dolorosos que con el vano 
pretexto de formar el talle estorban la respiración, 
impiden que la sangre circule con libertad y causan 
más incomodidades y deformidades que las que pre- 
caven. 

Aún sería menos perjudicial esta moda si gene- 
ralmente se usara con más prudencia; pero me dicen, 
y no lo dudo mucho, que hay j señoras á quienes el 
cochero ó lacayo atacan el corsé: ya se deja entender 
que esta diligencia se hace para que esté muy apretado, 
y siendo esto así, no es extraño que muchas se hayan 
enfermado por este uso, capaz de matar con su conti- 
nuación á cualquiera señora delicada. 

Bastante conocen esta verdad y temen sofocarse 
si se quitan de repente los tales corsés, y por esto tienen 
cuidado de que se los allojen poco á poco. Muy 'bien 
hecho; pero ¿no fuera mejor ahorrarse de esas incomo- 
didades y esos riesgos? Sígase enhorabuena la moda 
cuando sea útil é inocente; mas no nos constituyamos 
unos partidarios tenaces de todo uso nuevo, solamente 
porque es nuevo, por más que estemos convencidos de 
que puede acarrearnos muchos perjuicios físicos ó mora- 



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OBRAS ESCOGIDAS ~ 211 

les. Esto no es ser modista, sino esclavos serviles de las 
modas. 

— Pues según eso, señor cura, decía Eufrosina, bien 
puedo yo seguir las modas sin cargo de conciencia. 

— Las útiles y honestas, sí, señora; las que no lo 
sean, no. 

— Y ¿con qué regla mediré yo esa utilidad é ino- 
cencia? 

— I Oh, señora! respondió el cura; ahí está toda la 
dificultad de la materia. Cuando no queremos sujetar 
nuestro amor propio á la razón, sino seguir sus naturales 
impresiones, entonces contundimos fácilmente lo útil 
y honesto con lo agradable. Todo lo que halaga nuestros 
sentidos y lisonjea nuestras pasiones nos agrada, y 
tenemos por útil é inocente, á lo menos en aquellas cosas 
que no son enormemente criminales ó expresamente 
prohibidas por la ley; y ésta es la causa de que frecuen- 
temente se tengan por virtudes los vicios. Por esto el 
espadachín provocativo se tiene por valiente, el avaro por 
económico, el pródigo por liberal, y la mujer profana 
por inocente partidaria del lujo. 

La prudencia, señora, la prudencia es la mejor regla 
que nos debe servir para conocer cuándo una cosa es 
útil y honesta y cuándo sea solamente deleitable, y este 
conocimiento no es difícil de adquirirse haciendo á un 
ladito el amor propio. 



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212 PENSADOR MEXICANO ! 

Hecha esta diligencia, ¿se le ocultará á ninguna 
mujer que todo exceso degenera en vicio? ¿Ignorará que 
toda profanidad es un exceso de la moda, ó lo que se 
llama lujo sobresaliente? ¿Y no sabrá que este exceso no 
puede menos que traer funestas consecuencias, ya por el 
escándalo que ocasiona á los que lo notan, y ya porque 
en estos gastos superlluos se arruina á los padres ó 
maridos? Es imposible, porque á nadie se ocultan estas 
verdades. 

Pues ya tiene usted, señora, en pocas palabras, la 
regla con que conocer hasta qué punto puede seguir la 
moda. Vístase usted conforme á su estado, pero sin 
disipar lo necesario ni arruinar á su familia; adórnese 
enhorabuena según su clase, pero sin ser profana ni 
escandalosa; atavíese como una señora decente, pero 
nunca como las transparentes coquetillas, y entonces 
puede creer que entra en las modas con seguridad de 
conciencia. 

Oiga usted, por último, lo que el sabio Blanchard 
dice sobre esto, para que viva más tranquila y para que 
vea que nuestra religión no es un espantajo aterrori- 
zador, ni un tirano que nos impida el uso de los bienes 
que el Criador nos dispensó con tanta liberalidad, sino 
una buena madre que nos enseña, nos corrige y sujeta 
para que no abusemos de aquellos mismos bienes con 
ofensa de Dios, con perjuicio del prójimo y daño nuestro. 



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OlíRAS ESCOGIDAS 213 

«¡Cuántos pesares, dice Blanchard, se prepara uno 
cuando no quiere aprender el secreto de medir su gasto 
con su personal La causa más ordinaria de la ruina de 
muchas personas es que arreglan su gasto según su 
estado y no según sus medios; según su ambición y no 
según sus riquezas. El lujo, hijo del deleite y de la 
vanidad, conduce á la pobreza por unos caminos bri- 
llantes y agradables; pero son solamente los locos los 
que lo siguen. 

;; Una especie de lujo moderado entra en las miras 
de la naturaleza, que ha derramado, así en la tierra como 
en los cielos, una magnificencia igual á su grandeza, 
pues no ha prodigado tantos beneficios á los hombres 
para prohibirles su uso. Pero lo que la razón nos pro- 
hibe es un lujo excesivo ó dañoso, es todo goce super- 
lluo que no está prescrito ni por lo que es justo conceder 
á su calidad, ni por lo que exige el uso legítimo de la 
nación en donde se vive, y cuya modificación no puede 
dejar de merecer la aprobación de las gentes sensatas... 

»¿De qué sirve á las mujeres el exceso ridículo 
de adornos, la loca pasión de modas y novedades, que 
cuestan tan caras y pasan tan pronto? 

»Yo sé que la sabiduría permite seguir las modas 
que no son sino indiferentes y que no ofenden las cos- 
tumbres ni desarreglan la hacienda. Aunque las modas 
no sean lo más frecuentemente sino hijas de la incons- 

LA (.'lIJOTáTA. — 54. 



214 PENSADOR MEXICANO 

tancia y del capricho, las personas más sabias se ven 
algunas veces obligadas á conformarse y someterse á 
ellas por no parecer ridiculas. 

» La moda es un tirano peligroso, 
del cual nada nos libra, y es forzoso 
á su gusto y capricho acomodarse. 

Pero siendo preciso sujetarse 
á las leyes que impone locamente, 
el sabio como piensa rectamente 
nunca el primero es para seguirlas, 
ni el último en dejarlas ú omitirlas. 

»Si es permitido á ciertas condiciones el llevar 
vestidos ricos y magníficos, es más glorioso y estimable 
el quedarse un poco inferior a su estado. La modestia y 
el pudor serán siempre para las mujeres el más bello 
ornamento y el más noble adorno.» 

De lo dicho inferirá usted, señora, la diferencia 
que hay entre una moda racional y la profanidad escan- 
dalosa; entre la decencia correspondiente á cada per- 
sona y el excesivo lujo, y según este conocimiento 
tomará el camino más seguro. 

Dejó de hablar el eclesiástico, y tomando la pala- 
bra el coronel, añadió; 

— Cierto que el señor cura se ha explicado con 
bastante solidez y su doctrina no deja que desear en 
la materia; pero yo quisiera que las señoras mujeres, 
que son tan aficionadas á la excesiva compostura, advir- 



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OBRAS ESCOGIDAS 215 

tieran que, prescindiendo, si es que se puede pres- 
cindir, de los fundamentos morales que condenan el 
demasiado lujo, hay aún otra razón muy suficiente para 
contenerlas en los límites de lo honesto, y obligarlas á 
no singularizarse ni en el traje, ni en el andar, bailar, 
conversar, etc. 

Saben muy bien que es un axioma incontestable 
el que dijo el señor Licenciado, de que si no hubiera 
tanta mujer liviana no habría tanto hombre atrevido; 
pero también saben que no es menos cierto que no 
siempre basta á las mujeres su honestidad y recato 
para dejar de ser seducidas. 

Hay hombres tan atrevidos y procaces, que cuando 
tratan de llevar al cabo su pasión ó su capricho, atro- 
pellan fácilmente con la autoridad de los padres, con 
los respetos del marido, y aun se atreven mil veces á 
atacar la inocencia en los mismos santuarios de la 
virtud. ¡Cuántas niñas han salido de las clausuras á 
prostituirse, por no haber podido impedir las paredes 
de los conventos y colegios la seducción del insolente 
malicioso I 

Para esta clase de hombres no basta á las mujeres 
ser honestas; es necesario que manifiesten su recato 
en su traje y en sus acciones en todas partes, si no 
quieren poner su honor en equilibrio. 

Con sólo que uno de éstos vea á una joven dema- 






216 PENSADOR MEXICANO 

siadamente compuesta, afectando el paso, haciendo 
muecas y trayendo el abanico en continuo movimiento, 
tiene cuanto su temeridad necesita para confundirla 
con la mujer liviana, aunque sea la doncella más juiciosa 
ó la casada más honesta. 

Lo peor es que muchas veces no para en esto todo 
el mal, quiero decir, no se contentan con tenerlas por 
coquetas, sino que. lo aseguran así á sus amigos, jactán- 
dose falsamente de haber conseguido de ellas muchos 
triunfos. 

¿Qué se sigue de aquí? Que aquella pobre niña 
pierde el crédito entre las demás, porque de boca en 
boca pasa por una fácil, y por esta mala fama, si es 
doncella, tal vez pierde un ventajoso casamiento, y si 
es casada, acaso se turba la paz del matrimonio por 
una inesperada casualidad. Bien conocen las* mujeres 
que esto no es una ponderación, sino una verdad 
innegable; saben que abunda esta clase de hombres 
habladores, á quienes distinguen con el vulgar adjetivo 
de alaba/iciüí^oíi. 

Ellos hacen mal ¿(juién lo duda? Pero si las seño- 
ritas se vistieran con menos profanidad, ellos rio se 
atrevieran tan fácilmente á difamarlas, pues es cierto 
que la mujer honesta casi siempre enfrena la lengua 
y el arrojo del hombre libertino. 

Conque cuando el temor de Dios y el amor del 



^''W 



OBRAS ESCOGIDAS 217 

prójimo no estimularan á cualquiera mujer á presentarse 
con modestia en el público, su amor propio la debía 
persuadir á ello, considerando que los hombres de 
que hablamos por el traje infieren la conducta de la 
mujer, y sin más datos despedazan su honor alegre- 
mente. 

«Nada se debe temer tanto en las mujeres como 
la vanidad, dice un autor muy respetable. ^ Los caminos 
que conducen á los hombres á la gloria ^ y autoridad 
les están cerrados, y así aspiran á distinguirse por las 
gracias del cuerpo y ciertas exterioridades del espíritu . 
De aquí nace aquella conversación dulce y atractiva; 
aquel grande aprecio de hermosura y gracias exte- 
riores, y la demasiada afición á los vestidos y demás 
adornos del cuerpo. Una peineta, un lazo, un túni- 
co, "^ la elección de un color, un rizo un poco más 
alto ó más bajo, son para ellas negocios impor- 
tantes. 

»Este exceso va tomando cada día más fuerza; el 
amor mudable de las mujeres, la afición á los vestidos, 
la pasión á las modas, juntas con el amor á la novedad, 



* El señor Fenelón en su Educación de las hija». 

» A la gloria mundana, que consiste en el poder, autoridad ó fama. Esta aívert3n- 
c.a es inútil para ios sensatos; pero como los libros andan en manos de todos , no que- 
ramos que algún ignorante crea qu2 á las mujeres |les están cerrados los caminos que 
conducen á la gloria ó bienaveüturanza eterna. 

• He substituido esta voz á la de bata que dice el autor, parqus sin alterar el sen- 
tí lo realza la persuasión, por ser el túnico traje del día. E. 

LA yUIJOTITA. — 55. 



^-ttí'-i^ .-^ Sj-:;^'^ ■". 



218 PENSADOR MEXICANO . 

tienen para con ellas tanto poder, que llegan á trastornar 
las clases y á corromper las costumbres. Desde que se 
vive sin regla, en trajes y muebles, se vive también 
casi sin distinción de personas... 

»Este fausto arruina las familias, y á la ruina de 
las familias se sigue la corrupción de las costumbres... 
Esta es la causa de extinguirse incesantemente el honor, 
la fe, la probidad y el amor natural, hasta entre los 
parientes más cercanos. 

» Todos estos males provienen de la autoridad que 
las mujeres se han tomado, ó que algunos hombres 
lisonjeros les han dado de decidir sobre las modas. 

» Procúrese, pues, dar A entender á las mujeres 
desde niñas, cuánta más apreciable es la distinción (¡ue 
se logra por el camino de una buena conducta, que la 
que se consigue por un buen peinado, un buen vestido, 
ó cualquiera otro adorno del cuerpo... 

»Yo bien só que, según las costumbres de nuestro 
siglo, sería una ridiculez el persuadir á las mujeres 
jóvenes que vistiesen el traje de la antigüedad; pero 
podrán, sin alguna singularidad, tomar el gusto de la 
simplicidad de vestido siempre noble, agradable y con- 
forme á las costumbres cristianas. De este modo, con- 
formándose en el exterior con los usos de nuestros 
tiempos, sabrían á lo menos juzgar con justicia de su 
ridiculez; ellas se sujetarían á la moda; pero la mira- 



?*í^^ -; :-r-^-i 



OBRAS ESCOGIDAS 219 

rían como una esclavitud y sólo la seguirían en lo que 
no pudieran evitar. 

» Sobre todo, es necesario tener un grande horror á 
la desnudez de pechos y á todas las demás indecencias 
del cuerpo. Aun cuando se cometan estas faltas sin 
alguna intención ó pasión desordenada, no deja de ser 
una vanidad culpable y perjudicial, causada de un exce- 
sivo deseo de agradar. Esta vanidad, culpable ante Dios 
y los hombres, es prueba de una conducta escandalosa y 
contagiosa al prójimo. Este ciego deseo de agradar de 
ningún modo conviene á un alma cristiana, que debe 
mirar como una especie de idolatría todo lo que le aleja 
del amor á su Criador y del desprecio de las criaturas. 
^,Qué se pretende cuando se quiere agradar por estos 
caminos? ¿No es el excitar las pasiones de los hom- 
bres? ¿No pasan demasiado adelante, por poco que se 
les alumbre? ¿Acaso está en poder de las mujeres 
el refrenarlos, cuando pasan más allá de lo justo? 
¿Á quién, pues, se deben imputar los excesos? Prepara 
la mujer con su indecencia un veneno sutil y lo vierte 
sobre los que la miran; ¿cómo se podrá juzgar ino- 
cente?>> 

Hasta aquí este sabio moralista, pero concluya- 
mos esta conversación, que acaso ya fastidiará por lo 
larga, aunque ha sido demasiado interesante. ¡Ojalá en 
todas partes se reflexionara con atención sobre estas 






.•- '• '^••^« • " 7 •.^,11 ¡.-JÍTK' 



220 



PENSADOR MEXICANO 



verdades! tal vez algunas familias se librarían del des- 
honor y la miseria. 

Finalizó su discurso el coronel, y después de haber 
hablado cada uno de los concurrentes un poco sobre lo 
que quiso, se desbarató la asamblea. 




k: 



' • . * 




CAPÍTULO X 



l'n el que se cuenta la caritativa conferencia que tuvieron estas señoras acerca de sus 
maridos, y la célebre aventura que por una de ellas sufrió un viejo enamorado 



Así como no basta que la semilla sea buena para 
que fructifique si no se siembra en buena tierra, así 
tampoco aprovechan las mejores máximas morales, si no 
se reciben en un corazón bien dispuesto. Fácil es con- 
cebir que Matilde, no sólo gustó de la conversación 

LA QUIJOTITA. — 56. 



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222 PENSADOR MEXICANO 

anterior, sino que se aprovechó de toda ella, como 
que era naturalmente modesta y enemiga de singula- 
rizarse. 

No así Euí'rosina y sus amigas, que habían estado 
en un brete durante la plática de aquellos dos buenos 
señores, el coronel y el cura. 

Inmediatamente que se desbarató la concurrencia 
y se quedaron solas, comenzaron á murmurar á rienda 
suelta de los piadosos consejeros, sin contenerlas mi 
presencia; ¡ya se ve I que Euí'rosina me tenía por un 
bobón de más de marca, y á más de esto le debía yo 
el buen concepto de que no era chismoso ni enredador, y 
en esto á la verdad, no se engañaba. 

Con esta confianza decía Eufrosina á sus amigas: 
— ¿Qu(' les parece, niñas? ¿Cuándo pensaban venir á 
mi casa á enojarse ni á convertirse? El panfilo del 
Nariguetas nos ha puesto de vuelta y media con sus 
burlas, y para rematar el cuento, el cura y mi cuñado 
nos han echado tres sermones de lo mejor. ¡Vaya, que 
han quedado ustedes frescas y convidadas para no volver 
á semejantes visitas I Yo, la verdad, estoy demasiada 
corrida; pero discúlpenme, amigas, que ya ven que no 
he tenido parte en esto. 

— No te apures, niña, decía la chatilla de quien se 
habló en el capítulo octavo de esta obrita, no te apures; 
¿qué culpa tienes tú de que el maldito Nariguetas sea 



7W7J^ 



OBRAS ESCOGIDAS 223 

un bufón malcriado, ni de que el cura y tu cuñado 
sean unos imprudentes, impolíticos, que quieran con- 
vertir los estrados en iglesias ó santas escuelas? Dí^^jalos 
que hablen más que un loco, que con no hacerles caso se 
compone. 

— Ya se ve que sí, decía Eufrosina, ¿pues qué caso 
había yo de hacer de sus sermones? Mi hermano los 
echa bien seguido, y con tanto fervor como el que han 
oído; pero yo me río de él y de sus sermones, y le digo 
que ha errado vocación de medio á medio, pues para 
misionero no tiene precio; pero aunque me burlo de 
su sencillez en persuadirme que alguna vez he de acor- 
darme de sus ideas, no dejo de enfadarme de cuando en 
cuando con su tenacidad. 

Yo no puedo negar que lo quiero, pues á más de 
<}ue es un buen hombre, al fin es mi cuñado, y basta 
que quiera tanto á Matilde; ¡ya se ve! que ella le ha 
cogido el lado del morir, porque mi hermana es el amén 
de cuanto dice su marido. Yo no he visto mujer más 
zonza ni más condescendiente. Si don Rodrigo dice: sal, 
sale; si dice: no salf/a.<, no sale; si quiere que se vista 
así, se viste; si quiere que de otro modo, también; en 
iin, ella lo obedece con más puntualidad que una novicia 
á su prelada; y lo más célebre es que se conoce que 
io hace contenta y no por fuerza. Ya ustedes la cono- 
cieron de doncella, v se acuerdan de que era muy alegre 



- '.■ .1 • -*■>,— ■! r. .• . rsf- "v^ -í»^'*^ '.. ÍK^í . 



224 PENSADOR MEXICANO 

y tan curra como la que más; y ahora ya la ven hecha 
una vieja sesentona que apenas sale de casa, y eso ves- 
tida como quiera. Toda su diversión es su almohadilla y 
su clave, y todo su encanto, su hija y su viejo. Yo no sé 
cómo Matilde dio tan repentina vuelta. 

— No te admires, niña, decía Adelaida; ¡si los viejos 
son el mismo diantrel cera y pábilo vuelven á una 
pobre mujer, como la conozcan buena desde el principio. 
En este caso, los muy picaros se vuelven unos santos 
delante de sus mujeres, y á fuerza de sermones y de 
meterlas en escrúpulos, haciéndolas de todo cargo de 
conciencia, se salen con cuanto quieren; y así las tienen 
indecentes,* encerradas y hechas unas criadas de honor. 
No tienen ellos la culpa, sino las bobas que los creen 
y los obedecen como las niñas á las maestras. ¿No 
advertiste que cuando predicaba tu cuñado, ni pestañaba 
Matilde? Pues para que veas qué bien enseñadita la 
tiene. 

— Sí, decía Euírosina, si es mi hermana una pobre 
tontita; cuanto dice su marido lo cree como si lo dijera 
un santo Padre; no en balde él la quiere tanto y está tan 
contento con ella; como que no tiene mujer, sino una 
hija que lo obedece al pensamiento. Yo en parte me 
alegro, porque no la he visto reñir ni una vez. Deseos 
tengo de verlos enfadados siquiera un día, y ya ven 
ustedes que esto es un milagro, porque casi todas las 



t,.Vv . , ¿qT)«»;.¥J>>;_i.j~í^-^ 



OBRAS ESCOGIDAS 225 

mujeres andamos á mátame y te mataré con nuestros 
maridos por cualquiera pamplina. 

— Sí lo es en efecto, decía Rosaura; yo tengo un 
marido que no lo merezco, porque me quiere en extre- 
mo; pero por no dejar de mortificarme, tiene un grandí- 
simo defecto y es ser más celoso que Judas. ¡Ay, niñas! 
yo no tengo vida con él; de su sombra se espanta. 
Siempre he de salir pegada con él, hecha llavero; sólo 
acá me deja venir medio sola. Puedes creer, Eufrosinita, 
que tienes la túnica de Cristo, como dicen, y eso ya 
ves que no se despega de mi Crisantita, que es más 
chismosa el diantre de la muchacha que Barrabás; 
cuanto pasa y no pasa le cuenta á su papá; con esto 
él le tiene mandado que no se separe de mí para nada, 
y no soy dueña de resollar, porque ya sabes que los 
muchachos son angelitos de Dios y testigos del diablo. 

— ¡Ay, niña! pues tienes una pensión terrible, decía 
Eufrosina; pero yo pienso que algo ponderas. No creo 
que don Fernando sea tan celoso como dices. — ¿No lo 
crees? contestaba Rosaura, pues aún no he dicho nada. 
Si entra un perro en casa, dice que aquel animal tiene 
dueño y que alguna vez habrá ido acompañado con él á 
visitarme; si me asomo al balcón y veo por una parte 
y por otra, dice que si por allí ha de venir el señor; 
si estoy triste, piensa que es por otro; si estoy alegre, 
lo mismo; en fin, yo no puedo hacer nada que no le 

LA yUIJOTlTA. — 57. 



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226 PENSADOR MEXICANO 

encele; de todo teme, todo le asusta y de todo desconfía, 
y con esto me da una vida de perros. 

— Sí lo creo, decía Adelaida; pero ¿en dónde dejare- 
mos las mujeres de ser infelices? Mi marido peca por el 
extremo opuesto; ('1 me permite cuanta libertad quiero, 
y no se mete conmigo para nada; pero no es porque me 
estima, sino porque ya se lia enfadado de mí y no me 
hace caso; y eso ¿por qué? Ponjue de pocos días á esta 
parte está embelesado con la maldita tuerta de todos 
mis pecados; pero me la ha de pagar. Sí, jurada se la 
tengo; no me la ha de ir á penar, por vida de Adelaida. 
— ¿Pero qué tuerta es esa (jue yo no la conozco? decía 
Eufrosina. — ¡Adiós, no la conozco! como á tus manos 
la conoces. ¿No te acuerdas de aquella que vive por 
Santo Domingo? — ¿Cuál, la Hipólita? — La misma. — 
Pues, nina, esa no es tuerta. Es un poco turnita; pero 
le agracia porque tiene los ojos dormidos y es una 
muchacha muy bonita. — Para mí es más fea que el 
mismo diablo, decía Adelaida; será porque no la puedo 
ver. — ¿Pero qué motivo tienes para pensar que tu ma- 
rido la trata? decía Eufrosina, porque don Félix es muy 
hombre de bien, y la Hipólita es una muchacha de 
mucho juicio; yo sé que frecuenta los sacramentos, y 
días pasados estaba pretendiendo en las Brígidas. 

— ¿Ya ves todo eso? pues yo sé mi cuento, decía 
Adelaida; esa es de las que las cogen á tientas y las 



OBRAS ESCOGIDAS 227 

matan callando. Con toda su hipocresía no le parece mal 
Félix. — ¿Pero qué le has visto? — Nada; pero ¿qué más 
he de ver sino que el otro día en el paseo se rompió 
su coche, y Félix la hizo entrar en el nuestro con su 
madre, y desde entonces dio en visitarme? ¡ya se ve que 
no por mí, sino por el caballero! A mí no me acomodó 
nada semejante visita, y así traté de desterrarla de casa 
y lo conseguí muy breve, poniéndole mal modo y no 
visitándola. ¡Santo remedio! con esto se ha desterrado; 
pero ¿qué importa si él va á su casa, según me han 
dicho? 

— ¿Conque tú no lo sabes, decía Eufrosina, ni los 
has visto juntos? — No, niña, Dios me libre de ver tal 
cosa, á pesar de que he hecho ya mis buenas diligencias 
para cogerlos y nada he podido conseguir. 

— Pues, niña, decía Rosaura, yo pienso que tú pasas 
mala vida por celosa, y yo ponjue me celan sin motivo. 
Yo sufro á mi marido, y tengo que sentir con su genio 
celoso y endiantrado; pero tú á tí misma no te aguantas 
tus celos, y no tienes razón para quitarte la vida, porque 
osa niña que dices la conoces bien y sabes que es medio 
parienta de tu esposo, y así el haberle ofrecido tu coche 
estuvo muy en el orden. No podía haberse excusado, el 
lance no era para menos; la política y el parentesco 
lo estrecharon, y así, á la verdad, tú no tienes razón 
de haberte formado tan mal concepto de esa pobre niña; 



228 PENSADOR MEXICANO ' 

y sobre todo, déjate de ser celosa, porque te quitarás 
la vida en cuatro días. 

— Muy bien aconsejado, decía Camila; sin eso, quién 
sabe cómo uno la pasa con su marido, porque los 
hombres son el diablo. El que no peca por un lado 
peca por otro y nunca tiene una un gusto completo. 
A mí no me vale no meterme con mi marido para nada; 
yo lo dejo caiga ó levante, y jamás le digo una palabra, 
Es verdad (|ue yo, con bien lo diga, nada le he visto, 
y él hasta ahora me trata muy bien; pero en esto de 
modas me tiene á pan y naranja: en pocas me deja 
entrar y eso tal han de ser ellas. Siempre me predica la 
santa economía, y apenas le hablo sobre esta ó la otra 
cosita que se usa y yo quiero, cuando me sale con que 
está pobre, que no le alcanza el sueldo, que tenemos 
hijos, (|ue aquellos gastos son superíiuos, que mañana 
nos hará falta, y todas aquellas disculpas que saben ellos 
dar cuando no quieren atlojar la plata. 

— ¡Bien hayas tú, que has dado en el punto de la 
dificultad! decía la chata; la mezquindad y la miseria 
de muchos maridos es la que los hace tan conside- 
rados y virtuosos y los convierte en predicadores y 
misioneros contra las modas, como al cuñado de Eufro- 
sina, á quien acabamos de oir predicar con tanto fervor. 

— A mí no me hace fuerza (|ue predique contra 
el lujo mi cuñado, decía Eufrosina; él es algo mez- 



OBRAS ESCOGIDAS 229 

quinillo y no tiene mayores proporciones. Lo que sí 
me incomoda demasiado es que todo viejo, gaste ó no 
gaste, convenga ó no convenga, ha de declamar contra 
todos los usos nuevos, sin advertir que lo que se usa 
no se excusa. 

— ¡Ay, niña! ¿No sabes en qué está eso? decía 
la chata. Pues no está en otra cosa sino en que, como 
ya pasó su tiempo, todo lo del nuestro les enfada. 
Menosprecian el mundo, no porque no les gusta, sino 
porque ya el mundo los abandonó á ellos. 

No verás viejo (jue no haga el santurrón, que 
no predique desengaños y reniegue de las modas y las 
modistas; pero, ya digo, esto es porque no pueden más. 
Saben que no hay muchacha que los apetezca, y más 
si son pelados, y así se desquitan hablando mal de lo 
mismo que quisieran. ¡Arredro vayan los vejancones 
hipócritas, que ya bien los conozco! Se parecen á la 
zorra, que no pudiendo alcanzar las uvas de un parral 
por diligencias que hizo, fingió una santa conformidad, 
y se marchó diciendo: ¡A/ cabo csUín verdes! 

— ¡Qué mala eres, chata de mis pecados, qué mala 
(M'es! decía Eufrosina: mira qué juicio tan temerario 
lias formado de los pobres viejos. Pero después de todo, 
es necesario confesar que dices bien, porque yo he 
conocido unos viejecitos verdes y arriscados como los 
mozos, que delante de la gente los he oído predicar 

LA WUIJOTITA. — 58. 



230 PENSADOH MEXICANO 

contra las modas y abominar de las muchachas com- 
puestas y á solas los he visto más enamorados que 
Cuj3Ído. Yo pudiera nombrar uno (jue otro que á mi 
misma me han echado mis polvillos de cuando en 
cuando con bastante empeño, y si los oyeras platicar 
de la virtud y contra las modas y las mujeres, dirías que 
era la mera verdad, ponjue hacen unos consejeros que 
hasta ellos mismos lo creen. 

— Sí, sí, lo creo, decía la chatilla; á mí me ha pasado 
lo mismo, V no de ahora, sino desde doncella. Tú cono- 
ciste á mi madre, Dios la haya perdonado, y ya te 
acuerdas que era una señora verdaderamente virtuosa... 
¡Ojalá fuera yo como ella! Pues, niña, iba á mi casa 
un maldito viejo de mis pecados, á quien mi madre 
quería mucho y lo tenía por un santo, porque todas 
sus pláticas eran del iníierno, de la eternidad, de la 
gracia y de la viitud. Desde que entraba á visita hasta 
que salía todo se le iba en contarnos la vida de san 
Alejo. Tenía la cabeza llena de oraciones, jaculatorias, 
ejemplos y milagros, y todo lo vaciaba á presencia de 
mi madre; y la buena señora estaba encantada con su 
don Ciriaco, que así se llamaba el caballero. 

¿Hablar delante de (ú de modas? ni por pienso. 
Todas decía que eran invenciones del diablo. No se 
podía decir en casa, cuando estaba él allí, que nos habían 
ido á convidar para un baile, auncjue fuera á la casa más 



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OBRAS ESCOGIDAS 231 

honrada, porque al instante le ponía á mi madre tanta 
cabeza, diciéndole que esas eran unas ocasiones muy 
próximas para que las ninas doncellas perdiesen el 
recato y el pudor; que en los mejores bailes no faltaban 
jóvenes libertinos que inquietasen á las niñas; que rara 
bailadora se lograba; que la demasiada frecuencia á 
tales diversiones era causa de la deshonra de las casas 
y de que se hablase mal de las niñas; que allí aprendían 
en una noche lo que habían ignorado en su casa toda 
la vida; que las madres de familia que llevaban á sus 
hijas á los bailes, sabiendo lo que son y lo que sucede 
en ellos, no podían estar excusadas de pecado mortal, 
siíjuiera porque las exponían al peligro, y que el que 
ama el peligro en él perece; y así, que si no quería ardor 
para siempre en los infiernos, que tomara su consejo 
V no me llevara. 

Mi madre, que había menester poco, porque era 
una santa, si me llevaba alguna vez á un baile, era sólo 
á ver bailar y sin despegarse de mí para nada, y eso 
porque no la tuvieran por desatenta; pero si antes oía 
al viejo condenado, resolvía no llevarme, y se disculpaba 
lo mejor que podía. Con esto me quedaba echando sapos 
y culebras contra el entremetido consejero, y muchas 
veces estuve por decirle á mi madre lo que pasaba; y 
■si no lo hice, fué porque temí que no me creyera y 
me echara un buen regaño. 



232 PENSADOR MEXICANO 

— ¿Pues qué te sucedió, niña? decía Camila; porque 
ciertamente (¡ue mirándolo despacio, el señor don Ciriaco 
decía el Credo, y no podía menos sino ser un hombre 
muy cristiano y muy arreglado. 

— No era sino un picaro muy hipócrita, decía la 
chata; como mi madre estaba alucinada, y no sólo lo tenía 
por hombre de bien, sino por un hombre ejemplar, le 
permitía la entrada franca en mi casa, y muchas veces 
me dejaba sola con él en el estrado, cuando tenía que 
hacer en otra pieza , y entonces se descosía el perro viejo 
á su salvo. 

Primero me empezó á enamorar con las majaderías 
del tiempo antiguo, dándome muchas perlas, diamantes 
y rubíes... — ¡Hola! dijo Eul'rosina; esas no son maja- 
derías, sino un bello modo de enamorar. Si vo hubiera 
tenido un pretendiente tan rico, sin duda no me caso con 
Langaruto; porque, mi alma, dádivas quebrantan peñas. 
Tú fuiste una tonta en no haberlo admitido más que 
fuera más viejo que la sarna. 

— No, no fui tonta en eso, sino muy hábil, respon- 
dió la chata tendiéndose de risa; pues qué, ¿piensas que 
las perlas y los diamantes que me daba eran engasta- 
dos en oro ó plata en algunas alhajitas? No, hermana, 
me las daba envueltas en papel... Entiéndelo de una 
vez; me las daba en verso, y no sólo eso, sino soles y 
estrellas á millares. Ya verás y qué rica estaría yo 



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OBRAS ESCOGIDAS 233 

con semejantes preseas; pero en fin, éste fué su primer 
ensayo. 

Yo lo desprecié, como era justo, y viendo él que 
no me alucinaba con tonterías, apeló á los cariños y 
ternezas. Si tú lo vieras suspirar y llorar en mi pre- 
sencia, hincarse delante de mí y querer besarme los 
pies como si fuera santa, levantarse de repente deses- 
perado, jurar, votar, renegar y darse de bofetadas, 
hubieras echado las tripas de risa, porque no hay rato 
más divertido que ver á un viejo verde enamorado y 
despreciado delante de la muchacha que lo burla. ¡Vaya, 
si estos viejos supieran el ridiculísimo papel que hacen 
en semejantes lances y la mofa que hacemos de ellos, 
sin duda que no se meterían á enamorarl 

Yo le decía á este abuelo mil claridades; pero él 
las escuchaba como si fueran requiebros. — ¡Es gana! le 
dije muchas veces; usted se cansa y pierde el tiempo. 
No quiero á usted, no lo quiero. Yo soy muchacha, y si 
me caso ó quiero á alguno, será algún muchacho como 
yo, no á un tata señor que me espante con su tos. 
Ya usted es muy viejo y muy baboso, ya tiene un pie 
aquí y otro en la sepultura; piense usted en rezar y 
en encomendarse á Dios, pues está usted más para la 
otra vida que para ésta. ¡Vayase usted noramala I ya 
se lo he dicho. 

Todas estas boberías y más, le decía yo cada rato; 

LA gUIJOTlTA. — 51*. 



"» T«sjTr.^ " t iMTti . V, I "^-T^'T ^'. >! ? T 1 WV.VLrf VVJI^ .'■I* 




234 PENSADOR MEXICANO 

pero no me valía; yo no he visto viejo más sinvergüenza. 
El, viendo que no podía conquistar mi corazón con sus 
versos y faramallas, se valió de otro arbitrio para sedu- 
cirme; pero ¡qué arbitrio, niña I el más soez, desver- 
gonzado (' inicuo que se pudiera imaginar. Ya soy mujer 
casada y todavía me avergüenzo de acordarme. ¡Qué 
bien dicen que los viejos libertinos y relajados son 
más indignos que los mozos! 

— ¿Pues cuál fué ese arbitrio, niña, preguntó Eufro- 
sina, (jue yo creo que sería terrible, pues te pones 
colorada al acordarte? — Con razón, contestó la chata; 
¡si era de los más atrevidos! Pues vean ustedes, que 
no pudiendo conseguir nada de mí, como he dicho, 
trat<') de provocarme contándome los cuentos más obsce- 
nos que se pueden imaginar, leyéndome unos versos 
dictados por el mismo Asmodeo y propasándose á hacer 
en mi presencia algunas acciones tan leas, que yo no 
quiero ni acordarme. 

— ¡Ay, niña! dijo Rosaura; esa era una grandísima 
picardía. Yo creo que eso lo hacía cuando estabas 
sola con él; pero ¿por qué no lo dejabas con la palabra 
en la boca y te ibas adonde estaba tu madre? 

— Porque mi madre me hubiera regañado, dicién- 
dome que no fuera malcriada, ni dejara sola la visita.^ 
— ¿Pero por (|ué no le decías lo que pasaba? 

— Porque no lo hubiera creído. 



OBRAS ESCOGIDAS 235 

— ¿Y por qué no le decías que te espiara y 
escuchara al viejo cuando te quedabas sola con ól? 

— Porque el viejo era muy malicioso, y sólo me 
hablaba de esto cuando estaba bien seguro de que mi 
madre estaba en parte desde donde no lo podía escuchar. 

— Pero yo, en ese caso, hubiera procurado tener 
alguna compañía á mi lado. 

— Cuando podía lo hacía así; pero no siempre 
había esa proporción, porque mi familia era muy corta. 
No se cansen, niñas; el viejo era muy malicioso y mi 
madre muy candida. Ahora conozco (|ue es verdad 
que no conviene que las madres sean tan buenas, esto 
es, tan sencillas y confiadas, porque cualquiera las enga- 
ña. Bien que, por otra parte, yo no culpo á la pobrecita 
de mi madre; porque ¿quién no se hubiera engañado 
con la hipocresía de ese santurrón maldito? La inocente 
señora, que en paz descanse y mis palabras no le 
ofendan, solía decirme algunas veces: — Hijn, ¡qué bueno 
es el señor don Ciriaco! toma sus const^jos, mira que 
de estos hombres ya no hay muchos. Cuando yo lo 
veo sentado, platicando contigo, me parece que estoy 
oyendo á tu difunto padre, y suelo decir entre mí: 
ahora en mi casa es-tá la cirídd on el entrado. — Así se 
explicaba mi madre. 

Consideren ustedes ¡cómo no estaría aturdida, ni 
c<')mo yo era en paz de haberla persuadido á que aquel 



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236 



PfíNSADülí MEXICANO 



viejo era mi constante y lascivo seductor, cuando muchas 
veces estaba él diciéndome cosas que, por no oirías, 
hasta me tapaba las orejas! Entraba mi madre á este 
tiempo, y el perro viejo al instante bajaba los ojos, 
mudaba de tono v enredaba la conversación con ella 
de este modo: — ¿No es verdad, señora, que le digo 
bien á esta niña, que no hay cosa como el pudor y la 
honestidad en las doncellas, ponjue así se hacen ama- 
bles de todo el mundo, y particularmente de Dios, 
(jue es á quien debemos agradar sobre todas las cosas? 
Pues, porque en todas partes está y ve hasta nuestros 
más escondidos pensamientos. 

Otras veces decía: — Le digo á esta niña que sea 
muy recatada con los hombres y muy devota de San 
Luis Gonzaga, para que el santo le alcance la castidad, 
que es una virtud angelical. Yo le traeré una semanita 
del santo para que la rece y se le encomiende muy 
de veras. ¡Ojalá yo viera á mi Vicentita (á mí) de 
monja! Pero Dios hará lo que le convenga. 

Así engañaba este malvado á mi madre; y en 
Tuerza de este engaño, ¿qué efecto había de haber 
hecho en su corazón ningún aviso mío? El quo hizo 
al fin, y tur el caso, que un día de los que él sabía 
aprovechar, sacó un papel y me empezó á leer unos 
versos endemoniados de puercos. No me pude contener, 
y le dije: 



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OBUAS ESCOGIDAS 237 

— ¡Viejo maldito, hipocritón, deshonesto! ó se calla 
usted la boca, ó le voy á avisar á mi mamá de todo 
lo que me pasa con usted. 

Esta amenaza, que debía haberlo enfrenado, lo 
desesperó, ó quién sabe qué le sucedió, pues levantán- 
dose de su asiento, se acercó á mí, y cogiéndome la 
cara, me iba á dar un beso; pero no fué el tan pronto 
en intentar su Hanega, como f/o en jdantarle una 
buena bofetada. 

— ¡Qué bien hiciste! dijo Euí'rosina. Cuando una 
mujer no da margen á que le pierdan el respeto y 
tiene guardadas las espaldas contra una villanía, en 
la mano tiene el freno para contener á semejantes brutos 
desbocados! ¿Y en qué paró este lance? 

— ¡En qué había de parar, en tragedia! El viejo 
condenado se volvió un veneno con mi cariño, y enfu- 
recido comenzó á levantar la voz y á maltratarme, 
llamándome mocosa, atrevida, insolente, y ¡qué sé yol 
al tiempo que mi mamá entró á la sala y le halló 
temblando y con el papel en la mano. — ¿Qué es eso, 
don- Ciriaco? le dijo: ¿qué ha sucedido? — ¡Qué ha de 
suceder, señora, dijo el viejo, qué ha de suceder sino 
lo que le tengo á usted dicho muchas veces! ¿No se 
lo he dicho á usted, no se lo he dicho que á las 
muchachas de estos tiempos es menester tenerlas en 
un puño, porque son la deshonra de las nr.adres? Pues 

LA gtlJüTiTA. — 60. 



238 PENSADOR MEXICANO 

eso es lo que ha sucedido. Mire usted qué papel tan 
escandaloso le he hallado á su niña en la almohadilla. 
Si teniendo usted tanto cuidado con ella admite esos 
papeles, que no los admitiera la ramera más pública 
de Móxico, ¿qué fuera si usted se descuidara con ella? 
Siento el decirlo; pero ya me parece que á la hora de 
esta, su niña de usted perdió todo lo que tenía que 
perder. En fin, lea usted el papel y haga lo que quiera, 
que es su madre y quien ha de dar cuenta á Dios de 
ella. — Diciendo e&to, dio el papel á mi madre y se 
marchó para la calle. 

Mi mamá tomó el papel, y mientras se puso los 
anteojos para leerlo, pensaba yo en huir ó disculparme; 
pero á nada me resolví y me quedé como una estatua, 
temblando más de cólera que de susto. 

Apenas leyó el primer verso, cuando, escandalizada 
y llena de enojo, rompió el papel, me afianzó de los ca- 
bellos, me tiró al suelo y me dio tal tarea de golpes y 
patadas, que si las criadas no me defienden me mata allí 
mismo sin remedio. 

Ya yo libre de sus manos, me disculpé como era 
natural, y le conté cuanto me había pasado con el viejo. 
Esto, lejos de serenarla, la irritó de tal modo, que si 
hubiera estado sola me vuelve á dar otra tanda de bo- 
fetadas. — ¿Eso más? me decía, ¿eso más, grandísima 
puerca? ¿también eres habladora y deslenguada? ¿no te 



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OBRAS ESCOGIDAS 239 

basta ser una cuzca disoluta, sino que quieres echar la 
culpa de tus liviandades y picardías á un hombre tan 
virtuoso y tan honrado? ¿qué dieras, grandísima perra, 
por parecerte á la suela de un zapato viejo del señor don 
Ciriaco? Pero anda, hija vil y deshonesta, que no me 
has de volver á poner á otra vergüenza. Has de acabar 
tus días en San Lucas ^ ó en la Casa de Pobres. 

Consideren ustedes cómo me quedaría yo en este 
lance, viéndome golpeada y aborrecida de mi madre, y 
al mismo tiempo con mi honor en opiniones entre las 
criadas, pues mi madre, en lo más vivo de su cólera, se 
produjo indiscretamente con peores expresiones que las 
(jue he dicho. 

Yo temía que cumpliera su palabra, porque era 
muy resuelta, y que de la noche á la mañana me pusiera 
en unas Recogidas; pero yo no sentía tanto tan injusto 
castigo cuanto que se quedara riendo el maldito viejo. 

— ¿Y se quedó? preguntó Camila. 

— ¡Cuándo se había de quedar! dijo la chata. Yo me 
vengué de un modo muy bonito, y fué éste. Andaba en 
solicitud mía el que ahora es mi marido, á quien yo, la 
verdad, no quería mucho; pero ¡lo que es el deseo de 
una venganza! No tenía otro hombre de quien valerme 
para conseguirla, y así me decidí á casarme con él, con 
tal de que me vengara pronto. 

* Casa de corrección de mujeres. 



'■«Tir?»"c:'^- 



240 



PENSADOR MEXICANO 



Apenas mi madre se descuidó tantito conmigo, 
cuando le mandé razón de cuanto había pasado, asegu- 
rándole ser suya si tomaba una satisfacción por mí y 
se daba traza de que mi honor quedase en su lugar; pero 
que todo había de ser muy breve. 

No se lo dijo la criada á ningún sordo, porque en 
la misma noche quedó hecha toda la diligencia á mi 
satislacción. Mi novio solicitó un amigo de su con- 
fianza, y entre los dos sorprendieron al viejo en la calle 
de los Mesones, lo metieron en un coche, que para el 
efecto previnieron, y se lo llevaron á Egido. En aquel 
campo desierto lo sacaron, lo amarraron á una de las 
ruedas del mismo coche, le quitaron los calzones, y con 
la cuarta del cochero le dieron una vuelta tan desaforada, 
((ue por poco lo matan. A lo menos más de veinte días 
estuvo en cama. 

No paró en esto. Luego que se acabó el cruel niise- 
/•('/'(', lo subieron al coche, encendieron un cerillo, sacó 
mi novio un pedazo de papel y un tintero, y poniéndole 
una pistola á los pechos, le juró matarlo allí mismo si no 
ponía una carta á mi madre restituyéndome mi crédito, 
contando el pasaje como fu»'- y pidiendo perdón de la 
calumnia que me había levantado. 

1^1 triste viejo, (|ue se vio entre aquellos sayones, que 
tales le parecieron, sin el menor recurso y bien azotado, 
creyó de buena fe que cumplirían su palabra si no obe- 



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OBRAS ESCOGIDAS 241 

decía en el instante, y así, quiso que no quiso, puso el 
papel como se lo dictaron, y lo firmó como era regular. . 

Hecha esta diligencia, le intimaron que cuidado 
como volvía ni á pasar por mi calle, porque lo habían 
de hacer tasajos. El infeliz viejo juró y rejuró que ni se 
volvería á acordar de mí. Con esto, lo llevaron hasta 
cerca de su casa, adonde el pobre llegaría casi arrastrán- 
dose. Ya yo no volví á saber de él. 

— Pues, niña, qué, ¿no volvió á tu casa cuando sanó? 
dijo Eufrosina, porque era regular que él se quisiera 
vengar de tu venganza. — Pues ya no le quedaron esas 
ganas, decía la chata. Lo cierto es que al otro día, 
cuando mi madre me dijo que me vistiera para llevarme 
ante el corregidor, ya tenía yo la carta en mi mano, y 
con esta satisfacción le dije: — Mamá, voy á vestirme, 
pero no para ir á ver á ese señor, sino para que nos 
vayamos á misa como siempre. — Irá usted adonde yo la 
llevare, me dijo mi madre muy enojada. Pero yo le 
dije muy humilde: — Sí, señora: mas antes será bueno 
que lea usted esa carta que le envía el señor don Ciríaco, 
á quien no sé cómo pagarle los favores que le debo. 

Mi madre me echó una mirada muy seria; tomó 
el papel y se puso los anteojos. Hemos de estar en que 
su merced conocía muy bien la letra y firma del viejo, 
como que había sido su apoderado en cierto negocio; 
mas con todo eso la cogió tan de sorpresa este papel, 

LA QUUOTITA. — 61. 



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242 



PENSADOR MEXICANO 



que lo leyó más de cuatro veces, no quoriendo creer 
á sus ojos. Sacó otras firmas de él, las confrontó, y 
asegurándose en que la última era de la misma mano, 
no pudo menos que llenarse de gusto y de ternura al 
ver que yo no era como había dicho don Ciríaco, y 
echándome sus brazos, comenzó á pedirme perdón, y las 
dos á llorar á un mismo tiempo. 

Así (|ue nos serenamos, me preguntó cómo había 
llegado aquel papel ú mi poder, y entonces yo le referí 
sencillamente lo que había pasado, quién lo había hecho, 
por qué interés, y la palabra que yo tenía empeñada y 
que cumpliría con su licencia. 

Mi madre me prometió (|Uo como el sujeto fuera 
igual á mí no habría embarazo; ya porque con aquella 
acción había manifestado que me amaba, y ya porque 
ella no quería verme expuesta á semejantes lances. — 
Pero mientras, me decía su merced, tendré vo muv buen 
cuidado de no dejarte sola ni con un anacoreta del 
desierto, que al fin será hombre, y no hay (|ue fiar de 
nadie en esta materia mientras vivamos en el mundo. 
¿Quién había de pensar que don Ciriaco era un hipó- 
crita? |Ah! qué bien dicen, que entre santa y santo 
pared de cal y canto. — En fin, mi madre qu( dó satisfecha, 
yo contenta y mi novio más, porque ya me comenzó á 
visitar, confrontó con mi madre, se trató de nuestro 
casamiento, y se verificó muy pronto y muy á gusto. 



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CDRAS ESCOGIDAS 243 

— Bastante es el que nos has dado con la graciosa 
aventura de tu viejo, dijo Eufrosina, y me acuerdo que 
la contaste para hacernos ver que cuando declaman 
contra las modas, contra los bailes y contra las mujeres 
compuestas, no es por virtud, sino de coraje de que ellos 
y;i no pueden gozar de estas cosas. ¡Ya se ve, que tú no 
(]ir;ís esto tan en general! 

— No, ni lo permita Dios, decía la chata; ¡cómo 
había yo de ser tan temeraria I Uno es uno y otro es 
otro. Una cosa es la chanza y otra son las veras. ¿Cómo 
hemos de dejar de conocer y confesar que hay muchos 
viejos muy honrados y verdaderamente virtuosos, así 
como hay jóvenes lo mismo, que hablan contra los 
vicios, ó por obligación, como los padres de familia y los 
piedicadores, ó por caridad y en clase de consejo, como 
nhora el señor cura y tu cuñado? De todo hay, y yo sólo 
liablo de los viejos verdes, hipócritas y mezquinos, que 
(juieren hacer de la necesidad virtud, pues con los 
buenos no me meto ni quiero oírlos, porque no me 
t^comoda que me asusten. Yo conozco que dicen bien; 
pero soy muchacha y me gustan la moda, los bailes, el 
coliseo, los toros, la Orilla, la Alameda, y todo cuanto 
liay, y tengo dinero y no me he de enterrar en vida, sino 
que he de pasear y me he de divertir bien y á mi gusto, 
(]ue para eso me casé y no me quise meter á capuchina. 

— Bien hayas tíi, niña, decía Eufrosina; bien hayas 



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244 PENSADOR MEXICANO 

tú, que eres de mi modo de pensar. Nos divertiremos 
ahora que somos muchachas y tenemos con qué, maña- 
na seremos viejas y tal vez pobres, y no habrá ni quién 
nos dé la mano si nos caemos. Así se lo suelo decir á mi 
cuñado; pero no es menester más para que comience á 
predicar. 

Luego me dice: — Sí, todo se puede hacer, pero con 
orden, sin escándalo, sin profanidad, sin desperdicio; 
porque ese dinero que se gasta tan superfluamente en 
modas y bureos, al fin hace falta á la familia. Llegará 
tiempo en que muchos hijos desearán para carnero lo 
que sus padres han tirado en toros... — De que mi herma- 
no se suelta por este tono, no hay quién lo pueda sufrir, 
y yo lo que hago es dejarlo y no hacerle caso. 

— Y eso es lo que debemos hacer, decía la chata, 
porque los hombres son fatales y amigos siempre de 
llevar la suya adelante, y así lo mejor es no hacerles 
caso. Mi marido es un Juan Lanas que no me m.ortiñca 
demasiado; sin embargo, por no dejar de tener alguna 
falta, ha dado en que sus hijos han de ser muy bien 
criados, y sobro esto cada rato hay en casa campaña, 
porque él quiere criarlos de un modo y yo de otro. 

Yo dejo que los muchachos corran, griten, trave- 
seen, (|ue coman cuanto hay y á las horas que quie- 
ran; y ('1 siempre anda riñendo porque ya uno se rom- 
pió la cabeza, porque el otro está empachado, porque 



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• OBRAS ESCOGIDAS 245 

a(|uél es soberbio, porque éste es vengativo; y así por 

todo. 

Yo luego le digo: — Déjalos, hombre, que hagan lo 

<|ue quieran; están en su edad y es fuerza dar tiempo al 

tiempo; no pueden ellos comenzar por donde nosotros 

acabamos; son muchachos, etc.; — pero nada me vale; al 

señor no le entran puntas. Mira tú, que si alguna cosa 

me desespera, es oir llorar á un muchacho. ¡Caramba! 

« 
que por no verlos abrir el huacal era yo capaz de darles 

mi camisa. Y por esto me sucedió el otro día una mano 

bien pesada. 

No sé cómo diantres vio Luisillo la repetición de sú 
padre, que se olvidó sobre la mesa. Inmediatamente 
comenzó á llorar por el tintín; á los principios se lo 
escondí; pero tanto lloró y tanto me molió, que por fin 
se lo di, creyendo (jue no le había de hacer nada: pero 
no fué así, porque en un descuido se le cayó de la mani- 
la y se le hizo pedazos. 

Consideren ustedes qué habría en casa luego que 
vino el señor y supo la avería de su relox, que estimaba 
:>obre las niñas de sus ojos; y tenía razón, porque en 
efecto era bueno, de música y con mil curiosidades. 
Un veneno se volvió el hombre contra mí. — Esa es 
mucha indolencia, me decía, y mucho consentimiento. 
Así salen los muchachos licenciosos, soberbios y mal- 
criados, enseñándose á salirse con cuanto quieren, sea 

LA gUIJOTITA. — 62. 






2i() PENSADOlt MEXICANO 

justo ó injusto. ¿Qué respeto te han de tener tus hijos 
cuando crezcan, si desde muchachos los enseñas á que 
tú has de hacer lo (|ue ellos quieran y no lo que tú les 
mandas? Ahora dices que son chiquitos y no saben lo 
que hacen; pero lo cierto es que los muchachos saben 
m;'is de lo que tú piensas. Conocen muy bien que con 
llorar han de conseguir lo que quieren; están acostum- 
brados á que por no oirlos les den gusto y por eso 
lloran y más lloran hasta que lo consiguen. 

Semejante modo de consentir y malcriar á los mu- 
chachos, más que amor es tiranía, pues así se hacen 
soberbios, orgullosos, descontentos, ambiciosos y poco 
sufridos, con cuyas bellas cualidades no es mucho que 
sean infelices mientras viven. 

La semilla de los hombres picaros y de las muje- 
res sin honor no son sino los muchachos y muchachas 
malcriados. Consiente á Luis como hasta a(juí, que él 
te dará el pago cuando crezca. Si ahora me rompió el 
relox, de grande te romperá la cabeza. Aún no tiene 
maHcia y ya tiene caprichos. Ya te acuerdas del mal 
rato (jue te dio el otro día por los imposibles. Conque 
sigue, sigue malcriándolo, que tú lo llorarás. 

Tal fué el sermón (jue me echó mi buen marido, 
que los echa largos como el cuñado de Eufrosina, y me 
fué preciso aguantárselo hasta la bendición, porque es- 
taba el hombre muy enojado por su relox. 






OBRAS ESCOGIDAS 247 

— Y se enojó con justicia A mi entender, dijo Camila. 
¿Qué fué eso de los imposibles? — Cosas de los mucha- 
chos, contestó la chata. Mira tú que el otro día empezó 
Luis á llorar porque quería jugar con mi hilo de pi ilas; 
y tanto me molió, que se lo di, y al dárselo le dije: — 
Toma, que un día eres tú capaz de querer imposibles. 
— ¿Quién se volvió á acordar de semejante ( xpresiún? 
Pues cátate ahí, que cuando menos pensé comenzó á 
llorar otra vez con más fuerza y á pedir los tales impo- 
sibles. Le dábamos dulces, bizcochos, fruta v cuantas 
golosinas había en casa ó pasaban por la calle; pero no 
había modo de callarlo, porque como todo lo conoce, no 
se la podían pegar. — Este es dulce, decía, éstas son 
rosquitas, éstas son peras; yo quiero imposibles, yo 
quiero imposibles, denme imposibles. — Ya me desespe- 
raba yo, no sabiendo cómo contentar ó qué darle al mal- 
dito muchacho para que se callara, hasta que la costurera 
advirtió darle una cosa que no hubiera comido, y en el 
aire nos acordamos de esos frijoles gordos que se llaman 
aijcroteSy los que él no había visto en su vida. 

Al instante fué una criada á buscarlos á los bode- 
gones, y no paró hasta que los encontró y los trajo. Los 
peló en el momento, y se los dimos secos y con sal. 
(^^omo él no los conocía , y le ponderamos que había 
costado mucho trabajo hallarlos, creyó que así era, y 
pasaron los frijoles por imposibles. Todos los días se 



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2i8 



PENSADOn MEXICANO 



acuerda su padre de este chiste, y me da con esto en 
la cara. / 

— En verdad que estuvo bien gracioso, y tú te verías 
harto apurada, dijo Eufrosina. 

Continuaron aquellas señoras hablando de sus mari- 
dos y de sus hijos largamente, hasta que tocaron en el 
punto de las modas, y comenzaron á disputar sobre cómo 
sería mejor un túnico de iglesia, si morado ó negro, si 
con mangotes de punto ó con guantes; y así sobre otras 
cosas de éstas, que no me divertían ni una migaja. 

Entonces me levantó con disimulo y me fui á mi 
vivienda, donde se comentó por el coronel la última 
conversación de la chata, pero con el juicio y solidez 
que acostumbraba. 




v' n\ 




CAPITULO XI 



Que se trata de la primera educación de los niios, y de ot-as cosas que no 

digustarán al le'?tor 



Como me dilaté en la vivienda de Euírosina, me 
extrañó el coronel y preguntó el motivo. Le contesté 
<iue había estado divertido oyendo platicar á la señora 
doña Eufrosina con sus visitas. Esto excitó su curiosi- 
dad, y quiso saber las materias que se trataron en la 

LA VUlJOTiTA. — 63. 






•*^ •^^--•«^▼.WT-^-/.^ "-•T■^T^,T^^^'j▼»Tf^ '"*^^y**g ^ ^ ■ 



230 PEXSAUÜII MEXICANO 

conversación, y yo lo satisfice contándole lo que no le 
podía agraviar, como íuó lo de los imposibles de Luisillo. 

Reían grandemente los señores con este cuento, es- 
pecialmente Matilde, que apenas lo (juerfa creer, hasta 
que su marido le dijo: — No te haga fuerza, hija mía, la 
tal impertinencia de ese niño, porque todos los consen- 
tidos son lo mismo. El abate Blanchard trae otro caso 
igual. Tenía una señora un niño de estos, enseñado á 
que le habían de dar cuanto quería. Los criados estaban 
impuestos A obedecer su gusto, porque el niño no había 
de llorar sin que se complaciese. Engreído con esta cos- 
tumbre, un día comenzó á llorar y más llorar con tal 
tenacidad, que lo oyó su madre, y llena de cólera recon- 
vino al criado que lo cuidaba, diciéndole que por qué no 
le daba al niño lo que quería. El criado respondió: — 
Señora, es imposible que yo le dé lo que quiere, pues 
me pide í|ue le baje la luna y la ponga en un vaso de 
agua. Bien puede, pues, estar llorando hasta el fin del 
mundo, que yo no le bajaré la luna. — La señora quedó 
convencida de la impertinencia de su hijo; pero el autor 
no dice si quedó corregida. 

Ninguna cosa contribuye tanto á corromper las cos- 
tumbres de los niños y hacerlos orgullosos y malcriados, 
como la indiscreta condescendencia de las madres. Con- 
ducidas por un amor excesivo y por un imprudente 
cariño, contemporizan con ellos en cuanto quieren. Por 



f : --v? :;•■ ■■'v 



OBRAS ESCOGIDAS 251 

tal que el niño no llore le dan todo lo que apetece, en el 
momento que insinúa su voluntad con las lágrimas. 
De aquí nace que se crían indóciles, orgullosos é imper- 
tinentes; pierden el respeto á sus padres y el amor á un 
mismo tiempo; y enseñados á hacerse obedecer con el 
llanto, no agradecen los mismos agasajos, creyendo que 
se les deben de justicia. 

Como estamos convencidos, dice Blanchard, de que 
los llantos de un hijo bien ó mal comprendidos y bien 
ó mal dirigidos por la ternura de las madres, hacen 
casi todo el arte de la primera educaci<'>n, añadire- 
mos algunas reflexiones juiciosas que hace á este asunto 
Mr. Rousseau en su Emilio, en donde entre tan gran 
número de errores perniciosos se hallan verdades útiles. 
<< Los primeros llantos de los niños, dice, son ruegos; si 
no se cuida de ellos, en breve llegan a ser órdenes; co- 
mienzan por hacerse asistir y acaban haciéndose obe- 
decer... 

»Los largos llantos de un niño que no está atado ni 
enfermo, y á quien no le falta nada, no son sino llantos 
de hábito y obstinación; no son obra de la naturaleza, 
sino de la que los cría, que por no saber tolerar la 
importunidad la multiplica, sin advertir que haciendo 
callar hoy al niño lo excita á llorar mañana mucho 
más. El único medio de curar ó precaver esta costum- 
br(^ es no hacer aprecio de sus llantos, pues nadie 






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252 PENSADOR MEXICANO 

quiere tomarse un trabajo inútil , ni aun los niños. 
Lloran porque conocen que llorando consiguen lo que 
quieren; pero si se tiene tanta constancia para negarles 
como ellos porfía para pedir, fácilmente ceden, se dis- 
gustan do sus llantos y no vuelven á llorar más. De este 
modo se ahorran las lágrimas y se les acostumbra á no 
derramarlas, sino cuando el dolor les fuerza á ello... 

»Xo necesitan los niños para llorar todo un día, 
sino percibir (¡ue no se quiere que lloren. Lo peor es 
que la ob.stinación que contraen sigue por consecuencia 
en su mayor edad. La misma causa que los hace lloro- 
nes á los tres años los hace sediciosos á los doce, dís- 
colos á los veinte, imperiosos á los treinta é insoporta- 
bles toda su vida.» 

Luego que un niño manifiesta las primeras señales 
de conocimiento, continúa el abate citado, es necesario 
precaver en él toda obstinación é indocilidad. La porfía 
es el defecto de la mayor parte de los niños; pero se 
puede decir que lo deben, casi siempre, á la primera 
educación, pues se condesciende á todas sus fantasías. 
Lo que se ha negado á sus ruegos se concede á su 
importunidad, á sus llantos y á sus violencias, y aun los 
dejan vengarse y dar golpes. «Yo he visto, dice el autor 
del Emilio, ayas y madres imprudentes animar la porfía 
de un niño, excitarlo á pegar, dejarse pegar ellas mismas 
y reir de sus febles golpes, sin pensar que eran otros 



.7.. ^4 --•■ _^, ' -■• - ■, - ^vvVt.* ., •- -í/.W/í. 



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OBRAS ESCOGIDAS 253 

tantos homicidios en la intención del niño furioso, y que 
aquel que quiere pegar siendo chico querrá matar siendo 
grande.» 

Estas son, querida Matilde, unas verdades tan 
evidentes, que no necesitaríamos que nos las recordaran 
los autores, si atendiéramos con reflexión á la experien- 
cia. No son los niños más consentidos los menos lloro- 
nes; lo contrario, son los más impertinentes y enfadosos. 

Yo convengo en que es muy tierno y natural el 
amor á nuestros hijos, que causa pena el verlos afligidos 
y llorando, y soy de parecer que se les debe dar gusto 
en cuanto sea inocente y razonable; pero no general- 
mente en todo, sólo porque no lloren y por excusarles 
un ligero sentimiento. Aquí está todo el daño de la 
imprudencia. Es lo mismo que querer curar un mal 
pequeño con uno grave. 

No es menester mucha penetración para conocer los 
funestos resultados que trae á los hijos y á los padres 
la ciega condescendencia de éstos, ni es tan difícil el 
poderla reprimir en los principios. Mientras los padres 
ó las madres amen á sus hijos como deben , les será fácil 
el desentenderse de sus llantos cuando convenga, para 
hacerlos sumisos y obedientes. : 

Si un niño llorara por coger con su manita un ala- 
crán, seguro está que la madre más indolente se lo diera 
aunque llorara hasta no más. ¿Y por qué? Porque cono- 

LA yUIJOTITA. — 64. 






] 



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254 PENSADOR MEXICANO 



cerfa que aquella sabandija era venenosa y que podía 
picarle y acarrearle la muerte, ó un gravísimo daño á su 
salud. ¿Pues por qur no tiene igual cuidado en no permi- 
tirles que logren sus caprichos, como que son siempre 
nocivos V bastantes á envenenarles el espíritu v acá- 
rrearles unas enfermedades morales que no podrán curar 
en toda su vida? 

Por desgracia, ordinariamente, los niños no se ven 
rodeados sino de un enjambre de mujeres ignorantes, 
que con muy buena intención conspiran á hacerlos mal- 
criados é insufribles. Las madi'es, las nodrizas ó cJñclii- 
fjuas, las ayas ó pilmamas, las maestras, las parientas, 
las amigas y hasta las criadas de las casas, ¿qur hacen 
sino pervertir el espíritu del niño desde los principios, 
fomentar sus caprichos, inspirarle errores, apoyar sus 
falsas ideas, defender sus extravagancias y adular sus 
inclinaciones á diestro y á siniestro? 

La ira, la envidia, la venganza, la falsedad, el disi- 
mulo y otros defectos como estos, no se notaran tan 
temprano en las criaturas, si los que están encargados 
de su educación y asistencia fueran como debían ser, 
gentes de probidad é instrucción, que sofocaran las 
malas semillas del vicio en sus principios '; pero sucede 



* Todos los hombres nacemos con pasiones , y éstas son las semillas del vicio por la 
prevaricación del primer padre; pero con el auxilio de la razón estas mismas pasiones 
pueden ser semillas de virtudes. El enseñar á los niños á sujetir sus pasiones ala razón, 
aerla el gran arte de acostumbrarlos á sofocar la mala semilla del vicio en sus principios. 



^^^ 



OBRAS ESCOGIDAS 255 

lo contrario. Quiere el niño alguna golosina, sea la que 
fuere, á cualquiera hora, y aunque se conozca que le ha 
de hacer daño y que no tiene hambre, porque acaba de 
comer, se la dan porque no llore, y así lo enseñan á ser 
goloso; ve un juguete en poder de otro niño, lo pide y 
llora por él hasta que se lo dan, y así le fomentan la 
envidia; se tropieza con el perro, se cae y llora, y al 
momento cogen al perro y se lo presentan para que lo 
golpee, y así le inspiran la venganza; llora otras veces 
por lo que se le antoja, y para callarlo le dicen: «No, 
mi alma, no llores: los niños lindos como tú no lloran; 
eso se queda para esos muchachos feos como el hijo 
de la cocinera;» y éste es un modo muy propio de inspi- 
rarles soberbia v vanidad , haciéndoles formar un alto 
concepto de sí mismos y enseñándoles á abatir y des- 
preciar al infeliz. Si con esta y otras diligencias seme- 
jantes aún no se calla, le hacen un ruido extraño ó le 
señalan un cuarto obscuro, diciéndole que por allí ha de 
salir el viejo, el coco ó la bruja, que se lo ha de comer, 
y con tan terrible amenaza se logra que no llore; pero 
de paso se hace pusilánime y se dispone su fantasía para 
admitir en la mayor edad las más crasas supersticiones. 
Si quiebra un vaso ó hace otra travesura y lo regañan, 
no falta quién lo defienda, diciendo que no fué el niño 
.'íino el gato, y así aprende á mentir y á disculparse á 
toda costa. 



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25C) PENSADOR MEXICANO 

Pero ¿para qué he de insistir en probar con ejem- 
plares una verdad que se nos entra por los ojos? Ello 
es cierto (jue hay personas que si estudiaran por princi- 
pios el arte de malear á los muchachos no lo habían de 
hacer con tanta gracia como lo hacen sin ningunos estu- 
dios, sino por una mera afición al niño. 

Lo peor es (jue mil veces los hijos se educan mal 
contra las sanas intenciones de sus padres; ya porque no 
pueden encargarse de observarlos todo el día, ó porque 
las madres son abandonadas y opuestas á su modo de 
pensar, y entonces tienen los padres que ceder cono- 
ciendo el perjuicio, por no chocarse, y acaso perder la 
paz del matrimonio. ¡Felices los casados cuyas volunta- 
des van acordes en un asunto de tanta gravedad; pero 
más felices los hijos á quienes cupo en suerte tener tales 
padresl 

Así hablaba el coronel, cuando interrumpió su con- 
versación una visita. Esta fué la madre de la niña Ger- 
trudis ó Tulitas, como le decían, aquella ahijada del 
coronel á quien confió el cuidado de Pudenciana siendo 
muy tierna. Tenía ya Tulitas como diez y seis ó diez y 
siete años, y era, no sólo bonita, sino muy hacendosa, 
humilde y granjeadora. Su madre... (parece que la estoy 
mirando) era una señora como de cincuenta años, 
blanca, entrecana, de ojos azules, de una nariz muy 
afilada, de un cuerpo muy bien proporcionado, y aunque 



OBRAS ESCOGIDAS 257 

con muchas arrugas y pocos dientes, se conocía que no 
sería despreciable en sus quince. 

Su traje era un túnico azul de indiana con holancito 
blanco, un rebozo de Sultepec y un pañuelo con que se 
abrigaba la cabeza. Luego que entró y pasaron las 
acostumbradas salutaciones, se sentó, y dirigiendo la 
palabra al coronel, le dijo: — ¿Qué habrá usted dicho, 
compadrito, que cuánto há que no parezco por acá? Pero 
ya ve usted los trabajos de una pobre mujer sola, que le 
aseguro á usted que no tengo lugar ni de rascarme la 
cabeza. Todo el día se me va en hacer la diligencia; y 
con todo ¡sabe Dios los trabajos que he pasado! pero ya 
Su Majestad ha querido abrirme camino, y eso es lo que 
vengo á noticiarle á usted y á mi comadrita, que sé que 
se han de alegrar de mi bien. 

— Es verdad que sí, dijo el coronel; no sabe usted 
cuánto me agrada esa noticia. Según mis cortas facul- 
tades, siempre he procurado contribuir á sus alivios, lo 
que manifiesta que me ha debido bastante estimación. 
Pero cuénteme usted despacio esa su buena fortuna, á 
ver si puede participar de ella nuestra Tulitas. 

— ¡Ayl y I cómo que sí, ha de participar la pobre 
muchacha! decía la madre. Pues vea usted, compadrito, 
que un señor que se llama don Gervasio, es muy caritati- 
vo (Dios se lo pague), ha dado en visitarme de pocos días 
á esta parte, y como me ha visto tan sola en mi cuartito 

LA WÜIJOTITA. — 65. 



^psr. T_'í . ."' '. ■ .'. '^ ^^#7*^7 - . .-■—-.. ^-7'» f '^\''^^ 



258 rENSADOH MKXICANO 

y tan pobre, me lia tenido lástima, y me ha preguntado 
que si no tengo nada seguro, que de qur me mantengo, 
y otras cosas; y cuando le he dicho que no tengo sino 
tal cual costura y la caridad que usted me suele hacer, 
se ha compadecido mucho de mí; pero desde el otro 
día que le dije que tenía una nina acá, se compadeció 
mucho, y me dijo: — ¡Válgame Dios! ¡qué lastimas, 
qur miserias se ven en este México! ¡Estar una madre 
separada de su hija, y una pobre niña arrimada en casa 
ajena y fuera del abrigo de su madre! ¡Jesús, (¡ué cosas! 
Pero usted, señora, me decía, ¿por qué tiene á esa niña 
lejos de su lado? ¿No sabe usted que el ojo del amo 
engorda al caballo y al lado de la madre se hacen 
felices las hijas':' Vaya, que usted no debe de querer á 
esa pobre criatura. 

— ¡Sí la quiero, señor! le decía yo; de fuerza la 
he de querer si es mi hija y no nació de las hierbas; 
¡sabe Dios lo que lloro cuando me acuerdo de ella, sin 
embargo de (jue está como en su casa! — Entonces me 
preguntó que dónde estaba y cómo se llamaba. Le dije 
(jue acá con su padrino, que ella se llamaba Tulitas, y 
le di sus señas. El señor se alegró mucho al oirme, 
y me dijo que ya la conocía, (jue era de mucho mérito, 
y era una lástima que careciera de su madre; que si 
la única causa de esta separación era la pobreza, que 
no tuviera yo cuidado, pues él era rico y solo, y no 



í .s^PTifí.:.- vr-v. . 



OBRAS ESCOGIDAS 259 

tenía en qué gastar su dinero sino en hacer obras de 
caridad; que sacara yo á mi niña para que me acom- 
pañara; que contara todos los días con dos pesos diarios; 
que buscara una casita de diez ó doce pesos y una moza 
para que nos sirviera. Por lo que hace á la ropa, que 
él tendrá buen cuidado de que no nos falte nada. Y para 
(jue yo no pensara que estos eran ofrecimientos de boca, 
me dejó dos onzas de oro, encargándome que buscara 
la casa y que en cuanto la hallara le avisara para que 
se compraran los trastos que me hicieran falta. 

Ya ve usted, compadre, que estas fortunas no se 
hallan todos los días, y quizá Dios ha tocado el corazón 
á este caballero para que nos remedie; y así vengo á 
darle á usted los agradecimientos por el tiempo que ha 
tenido á Tulitas en su casa, y á llevármela para que me 
acompañe, porque ya tengo yo tomada la casa y está 
vn ella la moza, que el mismo señor me la buscó. Tiene 
mil gracias; ayer me llevó dos camas muy buenas y un 
l)aulito con dos piezas de bretaña, diez varas de india- 
nilla fina, cuatro pares de medias, dos tápalos, uno de 
seda y otro de trafalgar, y otras muchas cositas que sólo 
ine enseñó, y cerró y se llevó la llave; porque dice que 
liasta que Tulitas esté en casa me la dará, y le regalará á 
t'lia una cajita de alhajas que era de su mujer y no tiene 
á quién dársela; y así, compadre, yo vengo por Tulitas, 
porque esta ocasión no es de perder. 



Tvw^'^j'^-^^t'wj^ -■«-•'^«í-^f^'T^w.; ■ sr^íT 




260 PENSADOR MEXICANO 

Oyó el coronel todo el razonamiento de la vieja, y 
luego que acabó le dijo: — En verdad, comadre, que ese 
caballero es demasiado bueno. ¿Conque conoce á Tulitas, 
la ha visto en el balcón y dice que tiene mucho mérito, y 
después de esto quiere hacerle á usted bien y buena 
obra? ¡Válgate Dios por caridades! Si usted fuera sola, 
ó si la hija que tiene fuera fea, yo le apostara mis orejas 
á que no encontraba un caritativo semejante; pero es 
cosa muy común favorecer á las bonitas con exceso, 
cuando las feas no hallan ni quién les dé los buenos 
días. 

No sea usted candida, comadre; esa no es caridad, 
es un anzuelo, una red que se tiende para que caiga 
el inocente pez. ¡Quién sabe si yo juzgaré con temeridad! 
No conozco al tal señor, acaso será un hombre muy 
virtuoso y su corazón ostará limpio de malicia. Dígale 
usted que les haga la caridad que quiera á las dos; pero á 
usted en su casa y á la muchacha en un convento, y 
en haciéndolo así, jure usted que es un hombre de bien 
y que hace perfectas caridades. 

— Ya se lo he dicho así, compadre: mas á eso me 
dice que él no es tonto para tirar su dinero en esas 
cosas; que los conventos y colegios no sirven sino para 
criar Hojas y holgazanas, pues no se entran en ellos 
las muchachas sino por necesidad iy por moda, para que 
les digan niñas de convento; que allí lo que aprenden 



OBRAS ESCOGIDAS 201 

son muchas monerías y ridiculeces; que salen más 
hipócritas que cristianas, pues acompañándose con 
muchas viejas supersticiosas, sirvientas necias y ninas 
(orzadas, ó que están aUí á fuerza y que tienen bastante 
malicia para enseñar sus malas mañas, las aprenden 
fácilmente sus amigas, y pierden en los conventos la 
sencillez que conservan en sus casas al lado de sus 
madres; y por último, dice el señor que es bobería 
meter en colegio ó convento á una niña que no tenga 
vocación de ser monja, sino que piensa en casarse, 
pues en una clausura con dificultad se proporcionan 
novios; y que supuesto que mi hija no ha de ser monja, 
porque ó no tiene vocación ó no tiene dote, que mejor 
es que se quede en la calle conmigo, pues así se con- 
sigue que me asista y acompañe, y que tal vez mañana ú 
otro día se case con ventaja, lo que no sucederá si la 
metemos en conventos, ponjue santo que no es visto 
no es adorado. 

Todo esto me dice el señor, y ya ve usted, compa- 
dre, que dice muy bien; porque yo he visto mucho de lo 
que me ha dicho y tengo muchísima experiencia; como 
que de muchacha estuve en convento y allí supe muchas 
cosas, y aprendí mil tonteras y malas mañas; porque lo 
que era bueno y lícito lo tenía por pecado y escrupu- 
lizaba de ello, y así se enfadaba el confesor conmigo 
cuando le decía: — «Acusóme, padre, que dije delante de 

LA QUIJOTITA. — 6(i. 



2()2 PENSADOR MEXICANO 

los hombres en reja, que me dolían las piernas, que tenía 
un tumor en una nalga ó una roncha en el ombligo,» — 
que son partes del cuerpo que yo llamaba con unos 
nombres (jue aun en los fandangos hacen reir. Mi con- 
fesor, como dije, se incomodaba de esto, y me regañaba 
muy seguido. Me acuerdo que un día, víspera por cierto 
de la Ascensión, me dijo: — Ya le he dicho... Porque 
mi confesor era muy santo y muy serióte. A nadie 
hablaba de tú .ni platicaba, sino por mucha fuerza, fuera 
del confesonario, ni recibía ningún regalito de sus hijas, 
ni quería á unas más (jue á otras, ni admitía papelitos, ni 
escribía ningunos, ni servía de empeño, ni hablaba en el 
confesonario sino de asuntos de conciencia, ni aprobaba 
virtudes, ni creía revelaciones, éxtasis ni arrobamien- 
tos, ^ ni... — Déjese usted de tantos nís, comadre, decía 
el coronel, que yo no quiero saber la vida de su con- 
fesor, aunque por lo (jue me ha dicho conozco que era 
un buen ministro de Dios; pero eso no viene al caso. 
Diga usted qué fué lo que dijo la víspera de la Ascen- 
s¡(')n, y acabe su cuento antes (|ue se me olvide lo que 
vo le he de contestar. , 

— Pues, compadre, decía la vieja, lo que me dijo mi 
padrecito... ni así quería que le dijéramos sus hijas, sino 
mi confesor ó mi director. Vea usted qué tal era de 

• La vieja no supo explicarse. (íuiso decir qiia el padre no creíi las visiones del 
suefio, histérico, vanidad é hipocresía con que <|U¡eren engañar al confesor; pero si creía 
en los etectos verdaderos y singulares de la gracia divina. 



OBHAS ESCOGIDAS 263 

serio; pero en fin, me dijo: — Que era menester un dic- 
cionario particular para confesar á las necias de con- 
ventos, ó una singular inteligencia para comprender sus 
fraudes y gazmoñerías. Ya le he dicho que se confiese 
en castellano y no en esa jerigonza que no entiendo, 
sino á costa de mil preguntas. También le he dicho que 
se confiese sin rodeos y sin buscar frases con que 
ocultar ó disimular sus faltas, porque este modo do 
confesarse es efecto de una muv refinada soberbia v 
tontería, pues cree que Dios, cuyo lugar ocupo, se en- 
gañará con el artificio con que trata de disminuir su 
culpa y le perdonará más fácilmente, ó á lo menos me 
(|uiere engañar para estar bien conceptuada conmigo, 
lo que es una simpleza, pues el concepto que yo debo 
formar y el que debe (juerer que forme es el que con- 
venga á su salud espiritual y no á fomentar su vanidad 
ni su ignorancia. 

¿Que le importa engañar al confesor, ni que éste 
la tenga por una santa, si el que registra los rincones 
del corazón sabe que no es virtuosa, como aparenta, sino 
una soberbia que viene á la sagrada piscina de la peni- 
tencia, no á purificarse de sus culpas con corazón con- 
trito y humillado, sino á revolcarse en su mismo cieno 
y á salir del baño saludable más manchada de lo que 
entró. 

Le he dicho que la verdadera virtud no está reñida 



264 PENSADOR MEXICANO 

con la sinceridad; que los escrúpulos son perjudicialí- 
simos para adelantar en el camino de la perfección; que 
hay escrúpulos de almas timoratas y escrúpulos de hipó- 
critas, como los suyos. Se viene á confesar de que le dio 
un palo al gato de su nana ^ y no se confiesa de que se lo 
dio por vengarse de ella, ni de que se quiso vengar 
porque la regañó por haberla desobedecido yéndose al 
patio á platicar con esa moza que le ha enseñado tantas 
cosas (|ue nunca debía saber, y porque le ha evitado 
esa compañía que ha sido tan perjudicial á su con- 
ciencia. 

¡Cuánto trabajo me ha costado sacaros todas estas 
cosas y haceros confesar las culpas mortales que os 
queríais ocultar ó con malicia ó con ignorancia culpable! 
pues seguramente no (jueríais confesar otra cosa sino 
que le disteis un palo al gato, lo cual no puede ser culpa 
grave. ¡Ya verá usted qué tal sería mi confesor! 

— Era muy bueno, dijo el coronel; pero no sé si me 
admire más de la candidez de usted en confesar sus peca- 
dos, ó de la memoria (jue conserva de la reprensión de 
su director, pues la sabe como una relación; porque ese 
estilo se echa de ver que no es el de usted sino el de su 
confesor. 

Pero, después de todo, es necesario que usted 
advierta que ese señor no dice bien en todo lo que ha 

> Asi llaman las niñas á las monjas á cuyo cargo están. 






OBRAS ESCCGIDAS 265 

dicho. Es verdad que en los conventos ó colegios de 
mujeres hay defectos que sería de desear se corrigiesen. 
Mas ¿en qur parte no los hay en esta vida mortal y 
miserable? Es también verdad que algunas se entran en 
los conventos, ó por deseo, ó por antojo, ó por nece- 
sidad, ó por fuerza, y no son éstas seguramente las que 
cumplen mejor con sus obligaciones; pero no es menos 
cierto que tales casas no se fundaron para ser hospicios 
de disipadas, frivolas, ni holgazanas, sino para ser los 
planteles de la virtud y los asilos de la inocencia, como 
efectivamente lo son. Los confesonarios son crisoles 
donde ésta se prueba y los pulpitos teatros en que se 
publica y se panegiriza cada día. Y si no hubiera sido 
por los conventos, colegios y casas de enseñanza y 
clausura, establecidas para defender la virtud y honesti- 
dad de muchas, ¿cuántas á esta hora hubieran sido 
tristes víctimas sacrificadas á su indigencia y al liberti- 
naje de una tropa de infames seductores? 

La utilidad de semejantes piadosas fundaciones es 
innegable, por más que en ellas entren algunas personas 
díscolas y no falten defectos que sería muy del caso 
< orregir. 

Llamo defectos á muchas preocupaciones que no 
dejarán de parecer ridiculas á los sensatos, por más 
ijue sus patronos las quieran vestir con el traje de la 
virtud. 

LA QUIJOTITA. —67. ■ 



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260 PENSADCR MEXICANO 

Una de ellas es que las niñas que entren en este ó en 
aquel convento ó colegio no usen túnico ni tápalo, ni el 
pelo abierto y caído sobre la frente, como lo usan todas 
las jóvenes decentes en Sus casas, por más honestas y 
virtuosas que sean; y aquí tenemos una preocupación, 
no sólo extravagante, sino que puede ser perjudicial en 
algún caso. 

Nada difícil es probar lo ridículo de esta prohibición, 
si fee advierte que el túnico y el pelo colocado sobre el 
casco ó sobre la frente es ya en el día un uso muy común, 
y tan honesto en sí, que las señoras timoratas lo llevan 
sin el menor escrúpulo, y con razón; porque el túnico 
y la basquina, el tápalo ó el paño de rebozo no harán 
ni á una sola mujer virtuosa ó prostituida; y aquí se 
verifica que el hábito no hace el monje. 

Ahora se debía advertir, por las enemigas de los 
túnicos y trajes del siglo, que no todas las niñas que 
entran en los conventos llevan designios de quedarse en 
ellos, ya por falta de vocación ó ya de dote. Muchas 
entran por aprender las labores, costuras y curiosidades 
que aprenden las mujeres hacendosas; muchas por 
necesidad, muchas por antojo y algunas por fuerza. 
Todas éstas van con la intención de salirse luego que 
aprenden lo que quieren, ó cuando mude su suerte, 
ó cuando ya no quieran estar ó no quieran que estén 
los que las mandan. 



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OBRAS ESCOGIDAS 267 

¿No es cosa bien extraña que se les prohiba á todas 
estas su propio traje? Y por último, si el túnico, si el 
tápalo, si el pelo así ó asado son escandalosos en los 
conventos, si se han de ver como retraventes de la virtud, 
¿por qué en muchos se permite? ¿Diremos que en esto 
son las preladas más laxas ó menos preocupadas? 

Los perjuicios que acarrea esta preocupación contra 
los túnicos no son ni raros ni remotos. Hay muchachas 
pobres que desean recogerse en un convento; acaso 
hallan este ó el otro bienhechor que las ayuda para 
pagar su colegiatura, ó piso, como llaman vulgarmente; 
y ¿qué sucede? Que no entran, y pierden esa coyun- 
tura, y tal vez se extravían en la calle, porque no 
tuvieron ó valor para dejar el traje con que las cria- 
ron ó proporciones para variarlo; y he aquí un daño 
para esa pobre, el que puede acaecer con demasiada 
frecuencia. 

Si yo quisiera que dentro de los conventos ó colegios 
se admitieran todos los trajes que usan las señoras en la 
calle, sería un temerario; porque esta permisión grn'Tal 
abriría la puerta al lujo y la profanidad, opuestos á la 
moderación y modestia que debe sobresalir en tales 
casas; pero lejos de tal necedad, sólo deseara que se 
permitiera que se vistieran las niñas en las clausuras 
según se visten fuera de ellas las jóvenes honestas y 
timoratas, pues de este modo, sin ofensa de la virtud, se 



^™,~. --.■..-. , - ^.^1^^- 



268 PENSADOR MEXICANO 

corregiría esta preocupación, que mil veces he oído 
apellidar ignorancia y ridiculez. 

Xo quisiera liablar de otros defectos que se notan en 
semejantes comunidades, que si no son tan públicos 
como el que acabamos de refutar, no son menos frecuen- 
tes y perjudiciales. Las predilecciones (jue las nanas ^ 
tienen con esta nina más que con aquélla; las amistades 
íntimas de unas niñas con otras; las confianzas mutuas 
entre unas y la indiferencia con otras; la estimación y 
aun distinciones (|ue gozan las ricas sobre las pobres; ^ 
la acepción de chismes; los cuentos que libremente se 
permiten, y aun se fomentan, de espantos, de visiones 
y aun de milagros apócrifos ó imaginarios, ^ y otras 
cosillas á este modo, originan celos, envidias, rencillas, 
murmuraciones, escrúpulos necios, pensamientos teme- 
rarios, supersticiones y un enjambre detestable de vicios, 
y tanto más detestables cuanto que se provocan y ejerci- 
tan entre muchas personas que tienen que vivir juntas y 
fiscalizarse muy de ceica. Si el santo rey David decía 
que era bueno y agradable el vivii' los hermanos enlaza- 



• ^ 1 se dijo quienes se II iman nana* en los conventos. 

• Esto se ve y fuera mejor que no se viera. Se escribe para <ju i se corrija este defec- 
to donde lo haya. 

• Son muy frecueiit's semejantes relaciones apócrifas que hacen más daño del í|ue 
parece. Se refiere oon sencillez (|ue la m.idre Fulana difunta era una santj; <|ue Írtela 
tal y t ti )>eiiitencia; <|ue hizo til y tal milagro, etc., y sin otra confirmación que una 
vulgar aunque piadosa tradición, se oree tjdo. Se encomiendan á la dicha monja y 
se veneran sus reliquias como k'\ estuviese declarada por saiitt. No es esti el espíritu 
de la Iglesui. Ksta es una materia en que tan malo es no creer nada, como creer 
mucho. 



ÜimAS ESCOGIDAS 269 

dos por la caridad como si fueran todos uno solo, vo 
digo, y cualquiera dirá, que es malísimo y más que 
terrible vivir desunidos y entre chismes y alborotos los 
hermanos que viven juntos, y si son las hermanas, es 
peor que peor. ¿Y de (jué frase nos valdríamos para 
ponderar la malicia y gravedad de la culpa de aquellas 
que se aborrecen de muerte, que se procuran poner en 
mal con las superioras, que hacen cuantos daños pueden, 
que se malquistan mutuamente, y llegan hasta á negarse 
las comunes salutaciones, ó lo que dicen, (/{litarse la 
¡tabla ^ Apenas se pudiera creer, .</ no se viera, que 
entre cristianos prevaleciera tanto el espíritu del odio y 
la venganza, que llegara hasta á tenerse por agravio la 
vista y el eco de la voz del objeto que aborrecen. ¡Teman 
estos infelices, teman la ira de Dios en el último día de 
los siglos! MI mismo dice en las sagradas letras: Aquel 
ifiic (¡iiiera renrjarse, sentirá la renfjanza del Señor, // 
Dios no olridard jamás sus ¡tecados. El hoinhre se en- 
cana eonira el Jwinbre // conserva contra él su enojo, 
/'/ así se airere á pedií' á Dios misericordia.'^ FJ no la 
I ¡ene con sus semejantes, ;ij así jtide se le perdonen sus 
¡■Oi-ados.'' Acuérdate, miserable mortal, de tus novísimos, 
:¡ déjate de enemistades. ^ Así habla un Dios en provecho 
i'ol prójimo, y el hombre vengativo habla muy al con- 
; cario con ofensa de Dios. 

• Kccl, cap. XXVIII. 

LA gUUOTITA. —68. 



I- ■ • - . ■.•■"/ 



270 



PENSADOR Mi:\IC\NO 



¿Pero acaso, ponjue en algunos convenios y casas 
de comunidad se noten extravagancias ridiculas y vicio- 
sas, habremos de hablar con impiedad de semejantes 
fundaciones? ¿Echaremos á sus institutos la culpa que 
tienen los vicios? ¿Nos escandalizaremos de ver en ellos 
lo que no falta en parte alguna? ¿Querremos que las 
comunidadí^s de las mujeres sean perfectas y limpias 
de todo individuo díscolo y quizá extraviado, cuando no 
hay una corporación exenta de esta plaga? ¿Olvidaremos 
que la congregación de Jesucristo se compuso de solos 
doce individuos escogidos por la Suma Sabiduría, y sin 
cmbai-go. entrj solos doce se halló un Pedro infiel y un 
Judas prrfido, traidor y criminal hasta el extremo? Pero 
¡(|ué mucho! La primera asociación que hubo en el 
mundo fué de dos individuos, Adán y Eva, y ya vemos 
lo que sucedió. El primer hombre acaso no hubiera pre- 
varicado si la mujer primera no lo hubiera seducido. 
¿Y así querrán los falsos virtuosos que en los conventos 
no haya defecto alguno, ó lo que es lo mismo, que los 
frailes, monjas y niñas enclaustradas sean impecables? 
Así sería de desear; pero esto no es dado sino á los habi- 
tantes del paraíso celestial, que están confirmados en la 
gracia. 

Mas por último, señora comadre; lo que no tiene 
duda es, que cuando ese don Gervasio, su nuevo protec- 
tor, repugna tanto que entre Tulitas en convento, no lo 



■:■"<*■■. 



OBRAS ESCOGIDAS 271 

anima seguramente el espíritu de San Pablo, ni el de 
algún otro Apóstol ó Santo Padre, sino la concupiscen- 
cia de la carne. Bien claro me explico; pero si usted no 
lo entiende, sépase que no la quiere encerrada, porque 
no puede serle útil dentro de la clausura. Afecta com- 
pasión hacia la muchacha y disuade á usted de que la 
asegure en un colegio, no por virtud ni por amor que le 
tiene, sino porque en la calle tiene libertad para sedu- 
cirla y esperanza de satisfacer sus apetitos, lo que no 
sería tan fácil en un convento. ¡Malditas sean esas cari- 
dades! Oiga usted una fabulita que hice años pasados 
al asunto; quizá porque está en verso la retendrá usted 
en la memoria, y servirá de provecho á la madre y á 
la hija. El apólogo trata de un lobo y un cordero, y 
dice así: 

— ¡Ay infeliz de til me compadeces 
tan joven y metido entre esos palos, 
que ni te dejan ver el mundo alegre, 
ni gozar de las hierbas y los pastos. 
Vén : sal por la rendija que te ofrece 
la estaca que aquí falta. Yo no paso 
á libertarte, amigo, porque tengo 
un gran cuerpo, no quepo, estoy pesado; 
pero tú, que eres chico, sal ó brinca, 
y ya verás qué vida nos pasamos. 
Te llevaré á comer la verde grama, 
te pasearé por todos los sembrados; 
el tomillo y el maíz, alfalfa y trigo 
te prevendrán un delicioso plato. 
Un lobo malicioso y lleno de hambre 
así le hablaba á un corderillo incauto. 



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272 PENSADOR MEXICANO 

El tonto lo creyó; salió, y al punto 
el compasivo lo hizo mil pedazos. 

¡Oh, cuántas jovencillas infelices, 
víctimas son de un seductor tirano, 
por creer, como el cordero, incautamente 
su fingida promesa y falso halago I 



jQuó tal, comadre! ¿le gusta á usted la iabulita? 
pues aprovéchese de ella en beneticio do Tulitas. En casa 
no le l'alta nada de lo preciso. Si no come en banquetes, 
no tiene hambre; si no viste con lujo, no está desnuda, y 
si no la tiene usted á su lado, vive segura de que está en 
una casa de honor. Conque vea usted lo que hace y no 
la exponga á ser víctima de un lobo seductor, no sea 
que d(\spuós tengan usted y ella que llorar su ligereza 
y í'alta de consejo. 

— I^^y' íiO' compadre, decía la vieja. Usted piensa 
muy temerariamente del señor don Gervasio. ¡Sobre que 
es tan bueno el pobrecito, tan rezador, tan caritativo 1 y 
después de todo, ya es señor grande, y no se ha de meter 
en esas cosas. 

— ¡Vaya, comadre! decía el coronel; ó usted es muy 
candida ó quiere parecerlo. Ese señor tan bueno, tan 
rezador, tan caritativo y tan viejo, es un hombre, y un 
liombre (jue quiere beneficiar á usted, porque sabe que 
tiene una hija bonita <jue le gusta, y no se resuelve á 
hacer toda la gracia (|ue ha ofrecido, sino hasta que la 
muchacha esté lucra de mi casa. ¡Eh! no sea usted 



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OBRAS ESCOGIDAS 273 

ignorante: 61 quiere que le venda usted á su hija, satis- 
facer su apetito á costa de cuatro pesos y después aban- 
donar á las dos. 

Deseche usted sus favores, desprecie sus promesas, 
(l»^je á su hija en mi casa; confórmese con su suerte, 
sirva á Dios en su estado y viva segura de q^e no le 
faltará qué comer, porque primero faltará el sol que deje 
de cumplirse su palabra divina. No se espante usted, 
señora, ni arrugue las cejas al oirme asegurar que no le 
faltará la subsistencia si teme á Dios, porque yo no lo 
digo, sino el mismo Señor, que no puede engañarse ni 
engañarnos, porque es infalible en sus promesas. Atienda 
usted sus palabras: Xo ¡¡adcccn pahreza /as- ti¡((' lomen 
i'i Dios. Los fieos se rieron necesitados ij con han^bre: ¡tero 
fi los (¡lie buscan al Señor, no les faltará todo bien ^ 

¿Quiere usted más seguridad que la palabra del 
Todopoderoso? No es usted la primera madre que expone 
á sus hijas á la más vergonzosa prostitución, queiiendo 
escudarse con la pobreza que padecen; mas usted y cual- 
(juiera que lo haga cargan con una terrible responsabili- 
dad ante el tribunal supremo, y no tendrán allí la más 
mínima disculpa que les valga; porque estas prostitu- 
ciones no se efectúan por la pobreza, no, es mentira: á 
nadie le falta qué comer ni lo preciso, trabajando con 
honra, en lo que pueda y obrando según el designio de 

« Ptalm. 33, v. 10. 

LA gUUOTITA. — 69. 



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274 l'ENSADOH MEXICANO 

SU Criador. Mste jamás falta á sus criaturas. Al pajarillo 
previno el alimento en lo elevado del árbol, al pez en lo 
profundo d(^l mar y á la despreciable lombriz en el centro 
de la tierra. ¿Pues cómo le había de faltar al hombre, 
criado á su imagen, y que es mejor (jue los pájaros y los 
peces? 

El ningún temor de Dios y la poca ó ninguna con- 
fianza (jue se tiene en su alta Providencia abren la 
puerta á las innumerables miserias de que se ven perse- 
guidos los mortales. ¡Cuántas madres y niñas virtuosas 
conocemos que subsisten sin tocar el extremo de la indi- 
gencia y contando con menos arbitrios que usted y 
Tulifas! ¡Y cuántas que se han atenido á los criminales 
auspicios de los hombres, vivieron alegres cuatro días y 
casi subieron á la cumbre de la felicidad temporal, para 
ser precipitadas en su edad avanzada hasta el horrible 
abismo del deshonor y la miseria! Usted y yo conocemos 
muchas de una y otra clase, y nos sería fácil hacer un 
catálogo de sus nombres. Conque no sea usted boba, 
conozca el mundo, conozca á los hombres, no fíe de sus 
promesas, cúidese á sí misma y deje á su hija en mi 
poder, que esto les importa, y nada más. 

Cuando yo esperaba que la buena vieja agradeciera 
los saludables consejos del coronel y el interés que 
tomaba por la felicidad de Tulitas, se levantó de la silla, 
y con un aire de enfado dijo: — Usted dice muy bien, 



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OBRAS ESCOGIDAS 275 

compadre; pero yo he venido resuelta á llevar á mi hija; 
porque lo que no le doy no se lo debo quitar, ni he de 
echar esta fortuna á puerta ajena. A más de que, ¿quién 
la ha de querer más que yo, que soy su madre, y sabe 
Dios lo que me ha costado? Y con todo eso, muy bien sé 
que va segura, porque el señor don Gervasio Protasio 
es muy hombre de bien, y muy cristiano, y muy carita- 
tivo, y muy liberal, y muy honrado, y muy todo, y por 
fin, yo no debo juzgar vidas ajenas, ni Tules es chiquita; 
ya sabe bien dónde le aprieta el zapato, y si ella fuere 
tonta y se dejare engañar, allá se lo haya; su alma y su 
palma, y Cristo con todos. Y así, compadre, yo le agra- 
dezco á usted mucho y á mi comadrita los días que la 
han tenido en su casa, v con su licencia me la llevo. 
Anda, niña, recoge tus trapitos y vamonos. 

El coronel se incomodó, como era regular, con la 
terquedad de la vieja, y así se retiró diciéndole que 
liiciere lo que quisiera. La niña repugnaba el irse, por 
el amor que tenía á los señores y porque era natural- 
mente juiciosa; pero instando su madre más y más, tuvo 
que obedecer contra su gusto. 

Recogió su ropa, y abrazando á doña Matilde y 
á Pudenciana con la mayor ternura, sin poder articular 
una palabra, porque el llanto no se lo permitía, se salió 
(le aquella casa que justamente veía como un asilo. 

Todos sentimos la ausencia de Tulitas, porque era 



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276 



PENSADOR MEXICANO 



una muchacha muy amable; pero más que todos el coro- 
nel, que preveía sus futuras desgracias. 

A i)ocos días recibí orden de mi padre para que 
borrase colegiatura y me retirara al pueblo en donde 
residía, porque estaba enfermo y le era necesaria mi 
asistencia. Se hizo así, y dispuso el coronel mi marcha, 
la que verifiqué con no menos sentimiento que Tulitas. 




^^■y^^-^i.-r.m^Tr: r-«^l>rírií"í?7fV!?'. 



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CAPITULO XII 

En el que el coronel discurre 
k . í' sobre lo útil que serla (juj las mujeres aprenJiesin algún arta 

jf ú oGcio ni3cánico con <|ue subsistieien en caso 

\ -y de necesidad 

f<D 

Al fin de cinco años de ausencia regresé á esta 
capital, y luego que llegué á ella luí á buscar á mi buen 
amigo el coronel. 

Se deja entender que al efecto me dirigí á la casa de 
don Dionisio Langaruto, quien con su esposa doña 
Eul'rosina, me recibió con bastantes muestras de cariño; 

LA yuiJoriTA. — 70. 



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278 PENSAÜOR MEXICANO 

me hicieron mil preguntas y repreguntas acerca de las 
tierras por donde había estado, á las que yo contesté 
unas veces con verdad y otras sin ella, seguro deque 
todo cuanto dijera lo habían de creer, sólo porque yo 
decía que lo había visto; bien que en esto no hice más 
que mentir con la autoridad de viajero. 

Así que estos señores se cansaron de preguntarme, 
les pedí razón del caballero coronel y su familia, y me 
dijeron (jue ya no vivía con ellos; porque habiéndose 
enlermado doña Matilde fué preciso al coronel llevarla 
al paraje (jue llaman la Tlaxpana á que mudase tempe- 
ramento, y que cuando se restableció su salud tomó 
casa trente de la Alameda, por ser más cómoda que la 
que ocupaba en su compañía. 

Luego que supe esto les pedí las señas de la casa, 
me las dieron, y al instante me despedí de aquellos 
señores, porque ya se me hacían siglos los minutos 
que tardaba en ver á mi apreciable don Rodrigo. 

Cuando entré, estaba doña Matilde tocando en su 
clave y el coronel leyendo un libro; pero no bien me 
vieron, cuando dejaron ambos los objetos de su diver- 
sión y se levantaron apresuradamente para abrazarme. 

Yo correspondí á sus cariñosas demostraciones con 
las palabras y señales que en semejantes casos dicta la 
urbanidad, el amor y la gratitud. Doña Matilde dispara 
sobre mí una descarga cerrada de preguntas acerca de 



OBRAS ESCOGIDAS 279 

las particularidades de mi viaje y de las tierras que había 
visto, á las que yo contesté con más prudencia que en 
casa de doña EuíVosina y procuré cuanto pude econo- 
mizar las mentiras, como que sabía que el coronel no 
era nada vulgar y podía sorprenderme cuando yo estu- 
viera mintiendo más alegre. 

Mucho sentimiento manifestaron estos señores cuan- 
do supieron que había fallecido mi padre. — Ciertamente 
que me es muy desagradable la noticia, me dijo el coro- 
nel, porque tu padre fué mi amigo verdadero; lo traté 
mucho, analicé su carácter, y siempre lo advertí virtuoso 
sin superstición, sabio sin vanidad, benéfico oculto, 
buen padre, buen esposo, buen amo y hombre de bien 
á toda prueba. Los que lo conocieron como yo en esta 
capital y los que por tantos años lo trataron, así dentro 
como fuera del real colegio de Tepotzotlán , donde fué 
un médico apreciable, serán perpetuos panegiristas de 
sus virtudes; ni dudo que los pobres de aquel pueblo 
llorarían su falta y acompañarían con lágrimas su entie- 
rro. El llanto de los infelices socorridos siempre riega 
los túmulos de sus benefactores. Procura, pues, no 
olvidar las máximas que te inspiró de religión y de moral 
cristiana, y de esta manera honrarás su memoria, pues 
por el fruto se conoce el árbol. 

Acabó su discurso el coronel, que se me quedó 
bastante impreso en la memoria, y después de haber 



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280 PENSADOR MEXICANO 

hablado de otras cosas, le pregunté por la niña Puden- 
ciana. — Está allá adentro, me dijo su mamá, y con 
visita, ¿(juieres verla? — Sí, deseo verla, le respondí; pero 
si está con visita cumpliré mi deseo otra ocasión. — Va- 
mos ahora, dijo el coronel, pues la visita que tiene es 
de confianza, y ella misma se alegrará de verte. 

Diciendo esto, nos levantamos de los asientos v fui 
mos á ver á Pudenciana. 

Mntramos á su cuarto, y la hallamos muy divertida 
bordando un pañuelo. Luego que me vio, se levantó y 
me hizo aquel recibimiento (jue yo debía esperar de su 
cariño y bien dirigida educación. 

Muy diferente fué el tratamiento que recibí de Pom- 
posa, que estaba allí de visita, pues embelesada en com- 
ponerse un rizo, se miraba al espejo con tal atención, 
que no la tuvo para saludarme, hasta que doña Matilde 
la llamó de su éxtasis, diciéndole: — Mira, niña, quién 
está aquí. ¿Qué, no lo conoces? Habíale. — Entonces 
Pomposita volvió la cara, me reconoció un breve rato y 
con un aire de protección sólo me dijo: — Besad usted 
la mano. 

Yo no pude menos que sorprenderme al advertir un 
estilo tan vano y petulante, que se propasaba á impo- 
lítico, poHjue sin hablarme otra cosa, dirigió la palabra 
á su tía, diciéndole: — Estov hecha un veneno contra la 
maldita costurera. Vea usted qué caracoles me hizo tan 



-,_i,.x¿i. 




Pomposita volvió la cara, me reconoció un breve rato y, con aire de protección,. 

sólo me dijo: — Beso .1 usted la mano 



'■'^- :-f^^^^jrC'^y^;.i^\- ^ 



OBRAS ESCOGIDAS 281 

feos; parecen escaleras arruinadas. Unos más altos, otros 
más bajos; estos de aquí más grandes y los de este lado 
más chicos, y todos ellos sin proporción ni simetría, y lo 
peor es que así he venido por la calle. ¡Voto á mis pecados! 
¡Que no me lo advirtiera mi mamá I ¿Qué habrán dicho 
de mí las gentes? — El coronel se sonrió y le dijo: — Pues 
acaba tu obra y vamos á comer, que ya es hora. — Con 
esto, nos fuimos todos á la sa^a, y la dejamos atareada 
on su importantísimo negocio. V 

Pudencianita me contó como va sabía leer, escribir, 
contar, coser, bordar, dibujar y estaba aprendiendo á 
tocar el clave con su madre. — Otra cosa sabes que no 
le has dicho á Joaquín, dijo el coronel. — És verdad, dijo 
Pudenciana, se me había olvidado; ya sé componer 
relojes. — ¡Componer relojesl repetí yo con mucha admi- 
ración. Ese oficio ó arte es propio de los hombres y por 
lo mismo en usted será una rara habilidad. — Pasará por 
lal, dijo el coronel; pero sólo entre aquellas personas 
|»reocupadas que piensan que en la almohadilla se encie- 
rra todo lo que necesitan ó lo que pueden saber las 
nmjeres. Aunque yo no encuentro una razón sólida para 
que sean excluidas del conocimiento de las artes y oficios 
<ni que se ejercitan los hombres. De aquellas artes digo 
"lue no requieren fuerzas físicas, sino sólo una constante 
aplicación. 

Mucho más extraño esta exclusión, cuando consi- 

LA gUIJOTITA. — 71. . - 



282 PENSADOR MEXICANO 

dero que las mujeres son infatigables en el trabajo que 
pueden soportar, por prolijo que éste sea. ¿Quién tendrá 
la paciencia que ellas para sacar de un cambray super- 
fino, con mucha cuenta y cuidado, treinta mil hilos, para 
dar dobles puntadas y lazaditas y hacer unas filigranas 
primorosas? ¿Quién no se cansará solamente de verlas 
ensartar, guardando dibujo y proporción, millares de 
cuentécilias de chaquira para hacer una trenza, una 
cigarrera ú otra cosa? Lo mismo digo de todos sus arte- 
tactos. 

Pero si á proporción del premio hemos de juzgar del 
mérito de las obras, ninguno tienen las de las mujeres, 
porque ningunas hay más mal pagadas. ¿Y esto de qué 
proviene, sino de que la aguja, el dedal y las tijeras son 
los únicos instrumentos que manejan todas, esto es, 
todas las que son mujeres? Para una camisa hay dos- 
cientas costureras, y para una cosita de primor y curio- 
sidad hay comunidades y congregaciones de curiosas ^ 
Por esta razón, las que trabajan por necesidad abaten 
el precio de sus costuras hasta el extremo, para encon- 
trar algo que hacer. Esto consiste en que todas las 
mujeres que quieren serlo no saben sino una misma 
cosa. Si todos los hombres fueran pintores, la miniatura 
más preciosa valdría dos reales. 



• Tales son las Vizcaínas, Belén, la Enseñan/.i, y tjdos los convent.s de religiosa» 
y colegios de niñas. 



^?^^ ^TV 'v ;■ 



OBRAS ESCOGIDAS 283 

De que sea tan mal pagado el trabajo de las mujeres 
resulta que, aun las más laboriosas, no pueden sostenerse 
con la aguja, y si alguna lo consigue, es á costa de su 
salud y siempre á las orillas de la miseria. 

La viuda que queda pobre y con hijas .grandes y 
bonitas, como no tenga más arbitrio que la almohadilla 
para sostenerlas, bien se puede considerar en el camino 
del precipicio, á no ser que las detenga una virtud muy 
sólida, pues por una parte la constante seducción que 
les ofrece mejorar de suerte en un momento, y por otra 
la necesidad que urge y oprime sin cesar, son unos 
alicientes que conducen á la prostitución con tal vehe- 
mencia, que para resistirlos es necesario el poder de la 
divina gracia. Para precaver estas fatales consecuencias, 
sería de desear que todos los padres de familia, especial- 
mente los pobres, enseñasen á sus hijas algún arte ó 
ejercicio que fuese compatible con la delicadeza de su 
sexo. No encuentro yo embarazo para que las mujeres 
pobres, según su inclinación, se dedicasen á ser sastres, 
músicas, plateras, relojeras, pintoras y aun impresoras ^ 
Cualquier oficio de estos seguramente les proporcionaría 
más ventajas en los tiempos críticos de la necesidad que 
las costuras más bien trabajadas. 

Mas esto no quiere decir que no se apliquen las 

' Cuantas objeciones generales se pueden oponer á etts dictamen son tan débiles 
<|ue se destruyen con un soplo. Quítense del mundo las preocupaciones, y serán más 
felices los moi tales. 



i! hiííéji-i 



284 PENSADOR MEXICANO 

mujeres á la aguja, á la cocina y á todos los quehaceres 
domésticos en su primera edad. Msta fuera una herejía 
social. Cada miembro del Estado debe estar en aptitud de 
des(»mpenar a(|uellos cargos á que ordinariamente se 
destinan los de su clase, y siendo el primer cargo de 
la mujer cuidar de su marido, de sus hijos y su casa, 
es de su primera obligación aprender á cumplir con este 
cargo, el (jue no llenará nunca la mujer rica ó pobre 
que ignore á lo menos cómo se sazona un puchero, cómo 
se hace una camisa, se asiste á un enfermo v se con- 
serva el orden económico v el aseo en una casa. 

Por tanto, toda mujer desde su nifiez debe instruirse 
en estos pormenores, solamente porque es mujer, aunque 
sea rica, porque no sabe si llegará á ser pobre; pero 
las que no tengan facultades, después de saber lo más 
preciso, podrían con mejor l'ruto aprovechar el tiempo 
que gastan en aprender á bordar, deshilar, labrar, em- 
barcenar. ensartar cha(juira y hacer ílorecitas de seda 
ó de papel. Yo hablo aquí como en mi casa y como padre 
de mi hija; cada uno en la suya hará lo (jue le dicte su 
prudencia ó su gusto. 

A este tiempo entró Pomposita en el comedor hecha 
una Filis, con los rizos tan bien puestos como si se 
lus hubiera medido á compás y con la más exacta geo- 
metría. 

Nos sentamos á la mesa, y durante la comida se 






;• T-lr^'- 



OBRAS ESCOGIDAS 285 V^ 

habló de varias cosas. Entre ellas me contó el coronel - . 

como doña Eufrosina había dado á luz dos niños, que 
existieron poco en el mundo, porque las r/tic/ii</f(as y 
¡iHimtinas les dieron pronto sus pasaportes para el cielo. 
Doña Matilde no tuvo más que á Pudenciana, y acaso 
se esterilizó por alguna imprudencia con que la trataron 
<'n su parto, según el coronel temía. 

No dejó de hablar Pomposita; pero con un aire 
de orgullo y satisfacción, (jue yo no cesaba de admirar, y 
no tanto por su vanidad cuanto por su estilo ampollado 
y pedantesco. 

Finalmente, se concluyó la comida; las dos niñas se 
fueron á divertir con los pájaros y macetas, y nosotros 
nos fuimos á la sala á pasar la siesta. 

Entonces me dijo el coronel como se había separado 
(le la casa de su cuñada por excusar un rompimiento, 
á causa de las frecuentes disputas que se ofrecían, por no 
ser las dos familias de igual modo de pensar. — Yo quiero 
mucho á Pomposa y á sus padres, añadía el coronel; 
pero no puedo conformarme con sus costumbres. Una de 
las cosas que me hacían contrapeso para la educación 
'le mi hija era el genio de Pomposa y el mal ejemplo que 
la daba. Ya tú conoces mi carácter y el de Matilde, como 
que casi te criaste con nosotros, y ya verás qué bien 
me parecería que quisieran hacer á Pudenciana anda- 
riega, ociosa, bailadora, vana, presumida y altiva; pues 

LA WUIJOTITA. — 72. 



• ■ 

I 

286 PENSADOR MEXICANO 

todo esto y algo más sería al lado de su buena primita; 
porque las malas costumbres se contraen muy fácil- 
mente, y más cuando hay ejemplos que las insinúen 
y partidarios que las justifiquen ó que pretendan jus- 
tificarlas. 

Yo siempre procuraba irle á la mano á mi cuñada 
en muchas cosas; pero gastaba en vano mi saliva. 
Ella es de capricho, y quererla persuadir de una verdad 
que no le acomoda es lo mismo que querer ablandar 
una bigornia con la mano. 

Rellexionando seriamente en las fatales consecuen- 
cias que podía acarrearnos su tan inmediata compañía, 
la he separado, pretextando primero la enfermedad de 
Matilde y después la comodidad que me proporciona esta 
casa; y de este modo hemos salido en paz, aunque yo 
no he conseguido enteramente el fin que me propuse; 
pues como por una parte nos amamos y por otra los 
vínculos de la sangre estrechan nuestra amistad, lo que 
se ha logrado es alejar las casas y disminuir las ocasio- 
nes; pero no cortar éstas del todo, que es lo que yo 
deseara. Todos los domingos viene Pomposita ó envían 
por Pudenciana, y no hay paseo ni frasca á que no nos 
conviden con instancia; y lo peor es que muchas veces 
es preciso contemporizar, por no ofender las leyes de 
la amistad ó de la política, por no parecer ridículo y 
misántropo. 



:-,-««-'T. .•-A- '-i .';.íiv.-. 



OBRAS ESCOGIDAS 287 

Apoyé, como era justo, el discurso del coronel, y 
por saber qué juicio hacía del afectado estilo de su 
sobrina, le dije: — lOntre las nulidades que usted ha 
observado en la nina Pomposita, luce su instrucción lo 
mismo que una perla entre muchas piedras falsas. A lo 
menos así me parece, después que en la mesa la oí 
explicarse en algunas materias con términos técnicos 
ó propios de lo que se trataba, lo que me hizo creer 
que estaba bastante instruida. 

— Debía estarlo, contestó el coronel, porque tiene 
bastante capacidad; mas ha llenado su entendimiento de 
impertinencias y bagatelas, y con esto ha conseguido 
hacerse una erudita á la violeta y bachillera perdurable. 
Los hombres de juicio la compadecen, al mismo tiempo 
que los tontos la celebran. 

Toda la causa de la ignorancia y pedantería de 
Pomposa ha sido la indolencia y falta de precaución 
de su padre. Al principio no cuidó de que se instruyera, 
y después la permitió leer indistintamente los libros que 
él había comprado para adornar su gabinete. Con esto la 
muchacha ha picado de todos y de cada uno sin el menor 
discernimiento y se ha llenado de multitud de ideas 
heterogéneas ó diferentes entre sí, las que saca á la plaza 
cuando quiere; y como carece del verdadero conoci- 
miento de las materias que trata, al mismo tiempo que 
de la legítima significación de los términos con que se 



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■• _>■.:%• "^-r-. ■' !• : •«.v.y.--- 



2S8 PENSADOU MEXICANO 

expresa, las más veces habla unos desatinos tremendos; 
y en verdad que es una lástima que no haya aprovechado 
sus luces, pues cuando raciocina con juicio se conoce 
que no es tonta y ha leído algo. 

— Y aun eso es una maravilla, dije yo; porque 
siempre he oído decir que la mujer más hábil no pasa 
de tonta... Usted dispense, señora doña Matildita, que yo 
no digo lo (jue siento, sino lo que he oído decir, y esto 
porque el señor coronel me diga si aciertan ó no los que 
se profieren de ese modo. 

— Seguramente no, dijo don Rodrigo, y tú me has 
oído decir varias veces que las mujeres pueden saber 
tanto como los hombres más instruidos. Esto se prueba 
por la causa y por el electo. Por la causa, porque siendo 
el alma el receptáculo de la sabiduría y no careciendo 
las mujeres de alma, se sigue que tienen la misma apti- 
tud (jue los hombres. 

Ahora, que esta disposición sea en unas mayor ó 
menor que en otras, que las más no la cultiven, no 
prueba que no la tengan ó que no la puedan ejercitar 
en cosas útiles. Ya adviertes que hablo del entendi- 
miento. A los hombres sucede lo mismo: entre ellos 
unos tienen más talento que otros y unos lo emplean 
mejor que otros. 

La educación bien ó mal dirigida en ellos y la clase 
de vida á que nacen sujetos, hace que unos tengan 



.•»í_.i-. 



T-K.^j ■■■ ""'7-;- .i..-. 



OBRAS ESCOGIDAS 2S9 

entendimientos ilustrados y otros vulgares ó incultos; 
pero así como fuera necedad decir que todo payo, que 
todo cargador o cochero es tonto por ser cochero, carga- 
dor ó campesino, así lo es persuadirse á que toda mujer 
es tonta solamente porque es mujer, pues la que tenga 
una regular capacidad y aplicación, podrá aprender lo 
que le enseñaren y hacerse sabia, como se han hecho 
innumerables, cuyos ejemplares prueban esta verdad por 
el efecto. 

Un gran catálogo se podría formar de las mujeres 
que se han distinguido en el mundo por sus sobresalien- 
tes luces. Desde el siglo xiii comenzó á brillar el sexo en 
la carrera de las ciencias. La primera mujer que se nota, 
dice Mr. Tomás en su Pintura de las mujeres, es la hija 
de un caballero bolones que cultivó el estudio de la 
lengua latina y de las leyes. A los veintitrés años había 
ya pronunciado en la iglesia mayor de Bolonia una 
dación fúnebre en latín, sin que hubiese menester, para 
ser admirada, ni las gracias de su juventud, ni los demás 
hechizos de su sexo. A los veintiséis recibió el grado 
de doctora y leyó públicamente en su casa la Instituía de 
Justiniano. A los treinta logró por su grande reputación 
una cátedra en que enseñó el derecho á un prodigioso 
concurso de todas las naciones. Reunió en sí las gracias 
de mujer y las ideas de hombre, y cuando hablaba hacía 
olvidar el mérito de su belleza. 

LA gUlJOTITA. — 73. 



290 PENSADOR MEXICANO 

En el siglo xiv se renovó el mismo ejemplar en 
dicha ciudad y se repitió otro semejante en el xv. Por 
los años de 72 y 73 del siglo pasado desempeñó una 
mujer una cátedra de física en Bolonia. En el siglo xiv 
se distinguieron en Venecia dos célebres mujeres: la 
una Modesta di Pozzo di Zorzi, compuso muchas obras 
buenas en verso serio, jocoso, heroico ó tierno, y algu- 
nas églogas que fueron representadas en los teatros. 
La otra, Gasandra Fidele, una de las mujeres más 
sabias de Italia, escribió con igual suceso en las tres 
lenguas de Homero, Virgilio y Dante, así en verso 
como en prosa. Fué muy sabia en la filosofía de su siglo 
y demás precedentes; cultivó la teología, defendió con- 
clusiones, enseñó públicamente en Padua muchas veces, 
añadiendo la música á todos estos conocimientos, y en- 
salzó mucho más sus talentos por sus buenas costum- 
bres, las cuales le granjearon el aplauso de los Sumos 
Pontífices y el homenaje de los reyes. 

En Milán hubo una ilustre doncella de la casa de Tri- 
bulcio, que pronunció en la lengua antigua de los roma- 
nos muchos elocuentes discursos en presencia de algunos 
soberanos. En Ñapóles la llamada Sarrochie, que compuso 
un famoso poema y fué en su vida comparada con el Tasso. 

En España lució una Isabel de Foya y Roseres, que 
habiendo predicado con aplauso en la catedral de Barce- 
lona, fué á Roma en tiempo de Paulo III, donde convir- 



'T» , :»»".T(r;>;'--.- .*-TTT^.- 



OBRAS ESCOGIDAS 291 

tió muchos judíos con su elocuencia, y comentó con 
aplauso á Juan Scoto en presencia de papas y carde- 
nales. Hubo también en España una Isabela de Córdoba 
que supo el latín, el griego y el hebreo, y siendo ya 
célebre por su hermosura, reputación y riquezas, recibió 
el grado de doctora y después el de teóloga. Catalina de 
Rivera en el mismo siglo compuso varias poesías. 

Aloisia Sigea de Toledo, más célebre que las tres 
antecedentes, además del latín y griego, supo el hebreo, 
el arábigo y el siriaco; escribió una carta en estas cinco 
lenguas al papa Paulo III, y fué después llamada á la corte 
de Portugal. Allí compuso muchas obras, y murió joven. 

Ustedes se cansarían de oir hablar de semejantes 
mujeres, si yo tratara de compilar sus nombres. Baste 
saber que en todos tiempos han sobresalido muchas en 
las ciencias y en todos los pueblos cultos, á proporción 
(jue ha reinado en ellos el buen gusto. 

En lo antiguo maravillaron á Roma y á Grecia, y 
en lo moderno á Italia. España, Francia, Inglaterra y 
la Europa toda han sido teatros en que han lucido los 
talentos elevados de las mujeres. Aún hoy vive en 
España la señora doña María Rosa Gálvez , famosa poe- 
tisa, como lo acreditan sus obras, y especialmente sus 
tragedias. 

Ni se ha quedado nuestra América envidiosa de tales 
glorias. Muchas señoras americanas han sido prueba de 



292 PENSADOR MEXICANO 

esta verdad, y si no fuera por no singularizar, yo nom- 
braría algunas que México conoce. 

Todo lo que manifiesta que las mujeres sabrán á 
proporción de sus talentos y del cultivo (jue les dieren, 
sin que sea su sexo un estorbo para aprender, ni menos 
un motivo que justifique su ignorancia. 

Esto digo, poHjue se observa frecuentemente que 
muchos padres y madres, no sólo no se afanan en cul- 
tivar los talentos de sus hijas, sino que se creen exentos 
de esta obligación y tienen por perdida toda la instruc- 
ci«'>n que pudieran recibir. ¿La niña lee mal, escribe 
peor, no conoce un número, ignora los fundamentos de 
su religión, comete al hablar mil barbarismos, está llena 
de supersticiones, y últimamente, es una criatura la más 
ignorante de la familia? No importa, es mujer, no ha de 
ser sacerdotisa, ni jurista, ni médica, etc., etc., y así 
nada se pierde con que no sepa ni hablar. 

Así se explican muchos padres con su método de 
educaci'in, creyendo (jue porque sus hijas son mujeres 
quedan á cubierto de la nota de ignorantes, y ellos de la 
que les acarrea su indolencia; pero en realidad ellos 
siempre pasan por unos descuidados entre los sensatos, 
y hacen á sus hijas un agravio, pues abandonar á éstas 
por mujeres, es lo mismo que decir: Mi hija es mi(/er, 
])ues atUKjue sea una bestia. 

Lo peor es que al tiempo que se descuidan en ense- 



■.w 



OBRAS ESCOGIDAS 



293 



ñar á las mujeres lo útil, se pone el mayor esmero en 
llenarles la fantasía de necedades y en que aprendan lo 
(jue jamás debían saber. 

Si son bonitas, desde muv tiernas se les hace cono- 
cer su m('TÍto con las repetidas alabanzas que se les tri- 
butan; si son de genio vivo, se les persuade que tienen 
gran talento; si son locuaces ó habladorcillas, se les sig- 
nifica que son sabias; y en una palabra, si bailan, si 
cantan, si tocan ó tienen alguna mínima habilidad, se 
la encarecen con los más lisonjeros encomios. Las 
pobres mujeres creen que no tienen más que saber y 
que son de su clase Salomones. 

Con semejante método ¿qué hay que extrañar que 
el común de las mujeres sea necio, superficial, vano y so- 
berbio? ¿Pueden ser más, cuando no se les enseña otra 
cosa? ¿Y culparemos al sexo de ignorante é inútil, ó á los 
padres que lo educan entre las bagatelas é ignorancia? 

Los ejemplos de estas mujeres ilustres que he citado 
jH'ueban hasta la evidencia que el sexo es capaz de saber 
y de pensar lo mismo que los hombres enseñados; mas 
no por esto digo que se dediquen todas las mujeres á los 
estudios serios y abstractos, ni que todas aspiren á mere- 
cer regentar una cátedra, ni pronunciar una oración en 
una iglesia. Esto sería pretender que saliesen de su 
esfera. Las mujeres sabias y varoniles no son comunes; 
p'To se citan para demostrar que el sexo no es embarazo 

LA QUUOT.TA. — 74 






294 PENSADOR MEXICANO 

para tener ni saber cultivar un buen talento, como se 
piensa vulgarmente. 

Sin embargo, estas mujeres raras ^ son más para 
admiradas que para seguidas, y yo estoy muy lejos de 
persuadir que se hagan las mujeres estudiantes. A la 
verdad, que no han nacido sino para ser esposas y 
madres de familia. Mn sabiendo cumplir con estas obli- 
gaciones, seguramente serán mujeres sabias en su clase 
y útilísimas á la sociedad. ¿Pero acaso es muy poco lo 
que tienen que aprender las que desean desempeñar 
estos cargos perfectamente?... 

A este tiempo entró el ranchero Pascual, y su visita 
interrumpió el discurso del coronel, que continúa en el 
capítulo XIII. 

• Raras en comparación de todo el sexo; pero muchas en lo particular, y bastante» 
á hacer regla para nuestro intento. 




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CAPITULO XIII 



En el f|ue se da razón del motivo 

de la visita de Pascual; el coronel finaliza su discurso 

y se refieren ctras cosas 



Entró Pascual, como se ha dicho, arrastrando Jas 
espuelas, y quitándose su disforme sombrero, saludó á 
los señores en estos términos: 

— Ave María, señores amos. ¿Cómo les va? ¿cómo 
les ido? ¿cómo está su prenda? 

— No hay novedad, Pascual, dijo el coronel; ¿qué 
ocurrencia te trae á la ciudad? 



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290 PENSADOR MEXICANO 

— ¿Qué he de traer, señor amo, sino un asunto de 
muy gravísima importancia? Y yo espero en que sus 
mercedes me sacarán del apuro, por vida de la niña 
Pudonciana. El cuento es que Culás, mi hijo el grande, 
ha dado en que se quere poner en gracia de Dios con 
Marantoña la hija de tío Benino, el marido que fué de 
la Carranza, aquella que tenía arrendado el molino prieto 
años pasados, cual molino vendió don Celidoño á don 
Andrés el cojo, por la malobra que le hizo á su hija 
Petrona del mayordomo Juan Blas, cuando hubo aque- 
llas heridas por el amigo de... 

— Bueno está, Pascual, decía el coronel; sigue tu 
cuento, y déjate ahora de ensartar cosas que no vienen 
al caso. Estás diciendo que tu hijo se quiere casar con 
esa hija del tío Benigno; ya esto queda entendido. ¿Cuál 
es el empeño que traes? 

— El empeño es que yo, como quera que no soy 
muy ansina, sino que sé muy bien que tengo mi alma, 
V me he de morir como todos se mueren, v sé la doc- 
trina de cuerito á cuerito, y sé que el catacismo dice: 
Darles estado no contrario á su volunta, no me quero 
disponer al gusto del muchacho. Y ansina lo dejo que 
haga lo que quijiere; y una vez que se quere casar, que 
se case muy denhora buena, yo no se lo impido, á bien 
que ya es grande; mi compadre el mestro escuelero, 
dice que no es tonto, sino muy ladino y muy destruido; 



■ '7 í,^^':¿^\yf r- • ': - 



OBRAS ESCOGIDAS 297 

porque á lo menos el diantre del muchacho sabe más 
que no yo, porque sabe leer y echa unos retos en las 
loas sin turbarse, porque es muy memorista, y lotro día 
hizo un diablo en una pastorela, (jue la gente se quedó 
con la boca abierta, y yo tuve miedo que no le hicieran 
daño... 

— Como yo te lo voy teniendo á tí, pues según lo 
impertinente y cansado que estás, creo que no acabas tu 
relación en ocho días. 

— Perdone su mercé, señor amo, que yo no estoy 
caníiado. Quedara yo bien de cansarme de Tacubaya 
acá, que no está más que un paso. Pero el cuento es (jue 
Cillas se quere poner en gracia de Dios, y yo quero que 
su mercó y mi ama sean los padrinos, porque sólo así 
será todo bueno. 

— Si así te hubieras explicado desde el principio se 
habrían ahorrado tantos episodios importunos. Está muy 
i)ien, seremos tus padrinos con mucho gusto; pero díme, 
¿cuáles son las circunstancias de la novia? 

— Ella no es Ten, ni muy bonita, respondió Pascual, 
os pasaderita; tendrá diez y ocho años, y muy trabaja- 
dora, y es para cuanto su mercó la busque. Si es para 
la cocina, hace unas tortillas (¡ue parecen un papel de 
blancas y delgadas, y si sus mercedes comieran de sus 
manos unos chiles rellenos, un mole de guajolote, una 
chanfaina y otros guisados como óstos, hasta se chuparan 

LA i^UlJcTliA. — 7J. 



298 PENSADOR MEXICANO 

los dedos. Si es por lo que hace á cuidar á un hombre, 
es un reguilete, porque sabe coser, lavar y tejer unos 
ataderos y ceñidores que es un primor. Y ¿qur le diré 
á su mercr de cuidar las cosas de la casa, y del campo 
y de los animales? ¡Oh I pnroso es una lumbre el diantre 
de la muchacha: porque ella sabe d(')nde dan "quince y el 
sope, y volverse con el medio; porque sabe cuándo está 
ciilccd la gallina, cuándo se ha de echar, cuál es el 
cochino cebón, cuál el de media ceba, qué vaca está 
jorra y cuál no, y hasta para sembrar conoce el tiempo; 
y si su UKM'cé la viera coger la garrocha y la yunta y 
sacar veinte sulcos derechos, era mano de que la reven- 
tara. \íx\ fin, por lo que toca á trabajadora, es la mucha- 
cha de lo (jue hay poco; y yo lo digo á Culás (jue no la 
topará más mejor aunque la busque con un cirio pascual. 
A le (jue no son ansina las señoritas de la st/idá, que no 
saben hacer nada ni ayudar á sus maridos, sino (jue todo 
(jueren que se lo pongan en las manos; y bueno juera 
(jue se contentaran con no saber buscar la torta, lo más 
/lior es que saben tirar cuanto busca y ah/iiioro el probé 
hombre. Por una pai*te, para todo han de menester 
mozas; j)ara guisar una olla y un principio (¡ueren coci- 
nera; para remendar sus trapos queren costurera; para 
lavar su ropa (¡ueren lavandei*a; para hacer la cama y 
bai'i-er la casa queren recamarera; para hacer los man- 
dados mandadero; pai'a dar el gasto ama de llaves; 



'■ ^.^i>_''.- .^C¿JüA 



OBRAS ESCOGIDAS 299 

para cerrar la puerta de su casa portero, y para cada 
cosa un criado; de manera que yo me espanto de ver 
como su merc^' y mi ama doña Matildita viven con una 
ó dos mozas cuando más, y no luego esas señoras quo yo 
no sé de qun les sirven á sus maridos, pues hasta para 
criar á sus hijos necesitan nrqiiilar c/u'c/ds, como si 
ellas no tuvieran las suyas. Ya se acuerda su mercó del 
cuento de los perritos. jYa se ve, que si no saben hacer 
nada, saben deshacer los caudales con esos puntos, tela- 
rañas, modas, coliseos, tertulias, toros, bailes, paseos y 
todas esas cosas en que gastan el dinero de sus maridos 
y el ajeno I ¡Ahí fffcha en semejantes mujeres. ¡Qué 
gusto que mi hijo Gulas se va á casar con una probé 
ranchera y no con una señorita de .<iil(lfí. ¡Ya se ve, que 
cuándo le hubiera yo consentido, aunque me hubieran 
pesado á puro oro al muchacho y me lo hubieran ido á 
pedir padres descalzos! ¡Gracias á Dios que mi Culás no 
fué de la st/ic/á! 

— Y gracias mil á la Eterna Majestad, dijo el coro- 
nel, porcjue has acabado tu narración imprudente, aun- 
que sencilla. Para alabar las virtudes de tu nuera no es 
preciso murmurar las costumbres de las ciudadanas. 
Es cierto que hay algunas de éstas lo mismo que las has 
pintado; pero no lo son cuantas te parecen. En todo cabe 
la reflexión juiciosa y no debemos aventurarnos á con- 
tundir los culpados con los que tienen sólo las aparien- 



V;J 



300 PENSADOR MEXICANO 

cias, lo que sucedí? á cuantos como tú no saben hacer 
las justas distinciones. 

Es una verdad incontestable que hay algunas muje- 
res de mediana y aun de escasa fortuna que, olvidándose 
de su condición, aspiran á competir en lujo con las 
señoras de la más elevada jerarquía, y para realizar 
sus desordenados deseos no excusan á sus pobres mari- 
dos mil disgustos y continuos emp(4"ios, con los (|ue 
arruinan sus casas, pierden el crédito, se hacen el 
objeto de la murmur;ici('»n de los conocidos y dejan 
por último á sus infelices hijos por patrimonio la 
holgazanei'ía y la miseria. Este es el fruto ordinario de 
la inmoderacit'm y desperdicio. 

Pei'o cuando confesamos que estas mujeres obran 
con desarr(»glo y sin cordura, no hemos de asegurar lo 
mismo (le aquellas señoras (|ue, por razón de su estado, 
sostienen una decencia sobresaliente al común de las 
demás, y mucho menos si tienen suíicientes proporciones 
para sostenerla. CiuUx individuo de la sociedad debe por- 
tarse como los dtímás de su clase, cuando puede hacerlo 
bu(>nameiile. Este es el orden, el que se invierte ó por un 
exceso de d¡s¡pac¡(')n ('» por un abandonó n nn^zquindad 
miserable. 

lln mismo mueble puede ser necesario, indiferente y 
ravoso, según fuere la persona que lo tenga. El coche, 
por ejemplo. s<M'á nec*'sai*io á una señora de título, mujer 






^■s^:iíjir*^.*>ir«55-v ■ ■■ ■ ■'^X.*- ^WIIP»s?Tr 



V. 1. 



OBRAS ESCOGIDAS 301 

de un togado, etc.; será indiferente para una señora 
particular y será gravoso para una que no tenga lo 
preciso para mantenerlo. Si todos nos contuviéramos en 
nuestra esfera, tendríamos menos necesidades y aflic- 
ciones. 

¡Ya se ve! que no porque digo que las señoras prin- 
cipales hacen bien en manejarse según su clase, se ha de 
entender que harán mal cuando por modestia ú otro 
motivo de virtud cercenen algo de su lujo correspon- 
diente. Algunas ha habido en esta fatal época que con la 
mayor prudencia han sabido disminuir el gasto de sus 
casas y despedir cuantos criados han considerado super- 
fluos, substituyendo ellas y sus hijas sus lugares. 

Otras hay que maniflestan, en cuanto pueden, la 
indiferencia con que ven el relumbrón del mundo y se 
manejan con una sencillez admirable. 

¿Pero qué diremos de acjuellas señoras ricas que han 
tenido el heroísmo necesario para cercenar el lujo en 
obsequio de los pobres? Raras han sido éstas á la verdad; 
pero no falta una que otra en nuestro siglo corrompido. 
Ninguna alabanza es igual á su mérito, en mi concepto; 
pero viven seguras de que su caridad queda bien escrita 
en el libro de las eternas recompensas. 

Como Pascual se quedaba en ayunas de las tres 
partes de lo que el coronel nos decía, no pudo sufrir más; 
y así á este tiempo, que le pareció oportuno, le dijo: — 

LA yUIJOTITA. — 76. 



302 PENSADOR MEXICANO 

Pos señor amo, ya me voy; á bien que ya voy contando 
con el favor de sus mercedes para el apadrinamiento de 
Culás; y agora solo quero que su mercó me preste vein- 
ticinco pesos (lue me pueden faltar para el completo de 
los derechos del señor cura, y otras cosas. 

El coronel le dio el dinero y le previno que volviese 
á avisar la víspera de la boda. Con esto se fué Pascual 
muy contento, dejándonos harto que reir con sus sim- 
plezas. 

Apenas había salido el ranchero, cuando entraron 
las niñas Pomposita y Pudonciana, y so sentaron con 
nosotros. 

A mí no se me había olvidado que el coronel cortó el 
discurso á la entrada de Pascual, y como deseaba oirlo 
hablar, le supliqué acabase de decir qué cosas debían 
saber las niñas que se criaban para ser algún día madres 
de familia. 

Don Rodrigo condescendió con mi gusto, y nos dijo: 
— No es poco lo que tiene (jue aprender una niña que 
probablemente se haya de sujetar al matrimonio, porque 
tiene que instruirse en muchas cosas que deberá después 
enseñar. 

« Ks indispensable, dice un autor respetable ^ que 
una niña de éstas aprenda á leer y escribir correcta- 

' r.l limo, señor don Francisco de Salignac de l;i Motbe Fenelón, arzobispo de 
Catnbray, en su librito titulado: Educación de lo» hijot. 



OBRAS ESCOGIDAS 303 

mente. Es una vergüenza, pero cosa muy común, el ver 
que mujeres dotadas de entendimiento y de civilidad, no 
saben pronunciar lo que leen ellas, »'» se paran donde no 
deben, ó leen cantando, cuando debieran pronunciar 
simple y naturalmente, con firmeza y arreglo á la pun- 
tuación. En orden á escribir cometen frecuentemente 
muchos errores notables, ó en el modo de formar los 
caracteres, ó en el modo de juntarlos. Enséñeseles, pues, 
á las niñas, cuando menos, á hacer las líneas derechas, 
y á formar los caracteres limpios y legibles. 

» También es necesario que las niñas sepan la gra- 
mática de su lengua. No es esto decir que la aprendan 
por reglas, como los gramáticos aprenden la lengua 
latina, sino que se les acostumbre, sin aire de lección, 
á no tomar un tiempo por otro, á servirse de términos 
propios y puros y á explicar sus pensamientos con 
orden, con limpieza y de un modo correcto y preciso. 
Por este medio se les pondrá en estado de que puedan 
enseñar algún día á sus hijas á hablar bien sin ningún 
estudio. Se sabe que en la antigua Roma la madre de 
los Gracos contribuyó mucho con su educación á formar 
la grande elocuencia de sus hijos. 

»La ciencia de la aritmética y su uso es indispen- 
sable á las niñas. No ignoro que esta ciencia es espinosa 
para muchas gentes; pero el hábito tomado desde la 
infancia de hacer varias especies de cuentas con el soco- 



304 PENSADOR MEXICANO 

rro de las reglas facilitará la exactitud y dulcificará la 
amargura. Todos saben que el buen uso de esta ciencia 
es tan necesaria para el gobierno de las casas, (|ue apenas 
se hallará familia de algunos intereses que esté bien 
gobernada sin ella. 

»No será fuera de propósito que tengan aquellas 
noticias de la jurisprudencia que pueden necesitar en el 
discurso de su vida. Por ejemplo, que sepan la diferencia 
que hay entre un íesiaincnto y una donación; qué cosa 
sea contrato, í^ubstit lición, clirisión de herencia, las prin- 
cipales reglas del derecho y costumbres de su país que 
son necesarias para hacer dichos actos válidos. Deberían 
asimismo saber qué cosa sea propio, comunidad , bienes 
muel/les ú inmueble.^; y en fin, algunas otras cosas que se 
juzguen necesarias para el buen gobierno de una madre 
de familia. No sólo cuando lleguen á casarse, sino cuando 
en un convento se vean encargadas del gobierno econó- 
mico, experimentarán la necesidad de estos conoci- 
mientos para manejarse y para no ser engañadas. 

»Si ha de ser casada, dénsele reglas para la econo- 
mía doméstica, para criar los hijos, para conducirse con 
la familia, y finalmente, enséñesele el modo de gobernar 
bien todas aquellas cosas que según las apariencias ha 
de manejar.» 

Todo esto y más, quiere el señor Fenelón que sepan 
las hijas que han de ser madre.s; y aunque todo sea útil 



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pi"^ "-'^ '^■»^':y? 



OBRAS ESCOGIDAS 



305 



y necesario, ya nos contentaríamos con menos. Mucho 
sabrá en nuestros tiempos una señora que sepa ser 
mujer, cuidar lo que el marido adquiera, asistir en su 
casa y no desentenderse de la educación de sus hijos, sin 
prescindir de estas forzosas tareas, fiada tal vez en que 
tiene dinero, pues éste suele faltar, y entonces los hom- 
bres echan de ver al instante todos los defectos de las 
mujeres. 

Las riquezas, mientras duran, suplen la inhabilidad 
de las mujeres; pero luego que faltan se hace más into- 
lerable su ignorancia. Por esta razón se puede decir que 
en cierto modo el dinero es perjudicial á aquellas perso- 
nas que, naciendo con él, no tuvieron la fortuna de lograr 
unos padres activos y prudentes que dirigieran bien su 
educación. Esto es común en hombres y mujeres. El 
pobre instruido y laborioso padece sus cuitas; pero jamás 
pisa los umbrales de la miseria; antes mil veces se labra 
su fortuna con su industria; pero el rico inútil, vano y 
perezoso, luego que lo desamparan los doblones, cae de 
plomo en la mendicidad más vergonzosa. 

No es esta plaga poco común. ¡Cuántos ricos hay 
que no saben, no digo adquirir un peso, pero ni conser- 
var los que heredaron, y que si los gobiernos no los 
pusieran en clase de pupilos bajo la tutela de las leyes, 
disiparían en dos días los más pingües capitales! Ricos 
he conocido que no saben leer una carta y cuyas firmas 

LA gUIJOTITA. — 77. 



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f r > 



306 PENSADOR MEXICANO 

apenas las conocerá el boticario más hábil, y ricas que 
no saben echar un punto en una media ni un dobladillo 
en un pañuelo. ¿Pero (jur se puede esperar de unas per- 
sonas criadas entre la adulación, la holgazanería y la 
ignorancia? ¡Felices son, sin duda, aquellos niños cuyos 
buenos padres aprovechan su dinero gastándolo en 
hacerlos útiles á sí y á sus semejantes I Estos hijos no 
sentirán el peso de la miseria en el más ingrato revés 
de la fortuna. 

Cuando decía esto el coronel, paró un coche á la 
puerta de la casa, se asomó Pomposita al balcón y entró 
luego luego diciendo: 

— I Mi mamá, mi mamá, y viene con la señora 
Jacobita y con Labín ! 

— ¿Quó Labín es ese? preguntó el coronel. 
Y la niña respondió: 

— Don Enrique Labín, tío, el mayor de Hungría. 

— ¡Oh I bien: yo pensé que era algún criado de tu. 
casa. El caballero Labín es un hombre muy circuns- 
pecto y por su edad podía ser tu padre. 

En esto entraron las visitas y pasados los primeros 
cumplimientos, dijo Eufrosina: 

— Hermano, no perdamos tiempo; Jacobita tiene 
un baile esta noche con motivo del casamiento de su 
hermana Teodora. Le he merecido que ella misma haya 
ido en persona á convidarnos; pero quiere que usted le 



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OBRAS ESCOGIDAS 307 

haga la gracia de asistir á su diversión con Matildita y 
Pudenciana. Yo le he dado mi palabra de que usted no 
la desairará; conque así vístete, hermana, y que se vista 
mi sobrina. 

El coronel accedió, dando gracias á su cuñada y á 
la señora Jacobita por su expresión, y entrándose las 
señoras á la recámara á vestirse de gala, nos quedamos 
los hombres en conversación. 

El señor Labín era antiguo amigo del coronel y 
tenía buen talento, bastante madurez y mucha gracia. 
Con esto fácil es inferir que confrontaba con don Rodrigo 
y que se trataban con una amistosa familiaridad. 

El primero que habló fué el señor Labín, quien dijo 
al coronel : 

— ¿Qué le parece á usted, compañero? ¿No se admi- 
ra de verme de cortejante de una moza tan gallarda 
como su cuñada? ¡Vaya, que usted no me juzgaba tan 
adelantado 1 

— En verdad que no, respondió el coronel; cada 
día hay nuevas cosas que observar; pero ¡ya se vel 
que todos los maridos quisieran que los que cortejan á 
sus mujeres fueran tan honrados como el señor Labín, 
con quien mi cuñada está demasiado segura de toda 
seducción. Yo apostaré á que estaba usted de visita en 
su casa cuando fué la señora Jacobita á convidarla para el 
baile, y ella le suplicó á usted que la acompañara á casa. 



308 PENSADOR MEXICANO 

— Así fuó, dijo el oficial; las dos me instaron á que 
viniera y me han comprometido á asistir á las bodas, 
de las que juzgo serán tan tristes sus fines como son 
alegres sus principios. — ¿Y por qué? — Porque la novia 
tendrá diez y siete años, y el novio no pasa de diez y 
ocho. Ya usted verá, compañero, qué resultados podrá 
esperar una muchacha que se casa con un muchacho. 
En esta edad agita la sangre en los dos todo el fomes 
de la lascivia, se entregan á sus placeres á rienda suelta, 
debilitan su salud y se anticipan la vejez. La mujer, ó por 
su constitución más débil ó por los efectos de la concep- 
ción, parto y lactancia, lleva siempre la peor parte; se 
enferma más, se avejenta más pronto, y cuando el marido 
tiene treinta años se halla con que tiene por mujer una 
vieja achacosa. Entonces abre los ojos y se arrepiente 
de verse atado á una estantigua, que tal le parece su 
mujer. A este arrepentimiento se sigue la aversión del 
objeto que la causa y á éste un odio que suele durar 
hasta la muerte. Tales son los efectos de los casamientos 
muy tempranos, especialmente por parte de los hombres. 
Yo, la verdad, siempre los reprobaré. 

— Y con razón, dijo el coronel; porque los efectos que 
usted ha dicho son consiguientes á las causas. Los anti- 
guos debieron de observar los mismos funestos resultados 
que se notan en el día en semejantes matrimonios. Aris- 
tóteles es de sentir que el hombre debe tener doble edad 



OBRAS ESCOGIDAS 309 

que la mujer con quien se case; de modo que el hombre 
de treinta años y la mujer de quince harán un enlace 
proporcionado en razón de la edad, pues cuando él sea 
de cincuenta, ella será de treinta y cinco, y todavía no 
le parecerá vieja. Bien que aquellos que no son llamados 
para el celibato y cuya continencia corra peligro en tal 
estado deben casarse muy jóvenes, conforme al consejo 
del Apóstol. 

A este tiempo salieron las señoras y las niñas muy 
compuestas, y habiendo dejado doña Matilde prevenido 
todo lo necesario y encargada su casa al cuidado de una 
señora vieja que la acompañaba, se fueron para la de 
doña Jacobita, donde los esperaban los novios con una 
porción de convidados. 

Era muy cerca del anochecer cuando llegaron, ó 
llegamos, que yo también gocé de esa función. La sala 
estaba completamente iluminada y surtida de señores 
y señoritas jóvenes, sin faltar algunos viejos y viejas, de 
aquellos que no se cansan de divertirse en toda la vida, ó 
que van á estas frascas sólo por comer de balde. Los ojos 
se les iban hacia las mesas del refresco que se dejaban 
ver en uno de los cuartos inmediatos; pero aún no era 
llegada la hora del combate, y así se contentaban los más 
golosos con lamerse los bigotes, como el gato cuando ve 
el jamón que no puede atrapar entre sus uñas. 

Mas dejando á un lado á estos hambrientos, se hace 

LA QUIJOTITA. — 78. 



310 PENSADOR MEXICANO 

preciso decir como todos los de la casa de doña Jacobita 
y los deudos del novio cumplimentaron á porfía á las 
señoras doña Matilde, doña Eufrosina y sus niñas. Kstas 
en la edad de trece años tenían unos cuerpos muy 
gallardos y á más de esto estaban bien adornadas, con lo 
que se llevaron luego luego las atenciones de todos los 
petimetres de la sala, quienes se apresuraban á obse- 
quiarlas, especialmente á Pomposita, ya porque sus 
padres no se espantaban de sus obsequios, ya por- 
que ella era más bonita y más familiar que Puden- 
ciana. 

A pocos minutos entró el ministro de la religión, y 
como si aquel acto l'uera un mal paso, trataron los padri- 
nos de darles prisa. Efectivamente, se procedió á las 
solemnes ceremonias y se enlazó ante Dios y los hom- 
bres aquel nudo que hace las delicias de la vida cuando 
lo aprietan las voluntades de los contrayentes. 

Concluido lo principal de la función, y pasados los 
abrazos y parabienes que en tales ocasiones se prodigan, 
entramos con los novios, padrinos, convidados y entre- 
metidos á la sala del refresco. 

Allí competía la profusión con la curiosidad. Había 
dos mesas: una surtida de todo género de dulces y hela- 
dos, y otra de masas de bizcocho, buen queso, jamones 
en vino, aceitunas y cuanto podía provocar el apetito de 
los exquisitos licores que abundaban. Mil arcos de flores 



OBRAS ESCOGIDAS 311 

y ramos de cartulina hacían la más agradable pers- 
pectiva. 

Colocados los circunstantes en forma de batalla, se 
dio por los padres y padrinos de los desposados la señal 
de ataque, y al instante acometieron á los dulces y demás 
golosinas con la mayor intrepidez, de modo que en pocos 
minutos fueron todos derrotados y desaparecidos por la 
glotonería más decidida. 

Yo me divertí aquel rato, observando los genios y 
educaciones de¡ todos, y decía para mi sayo: — No hay 
duda sino que en una concurrencia de estas cada uno 
manifiesta sin querer sus principios. — Porque vi que los 
■ hombres que los habían tenido finos, sólo se ocupaban 
en servir á las señoras con el mayor comedimiento, 
cuando á otros todo se les 'iba en aprovecharse de lo 
mejor, despedazar sin orden y embaular desaforada- 
mente. Muchos, haciéndose corrientes, no sólo comían ó 
devoraban cuanto podían, sino que llenaban las bolsas 
y pañuelos de lo más exquisito, sin perdonar las bote- 
Hitas de licor. Yo creí que alguno se habría guardado 
una fuente de plata, si se la hubiera podido acomodar en 
el bolsón de la levita. En fin, el refresco se concluvó sin 
quedar ni migajas para los sirvientes. 

Ya con los estómagos habilitados, pasaron á la sala, 
y se comenzó el baile, que acompañaba una completa 
orquesta. A los principios se bailaron unas boleras y 



312 



TENSADOR MEXICANO 



algunos minués; pero los mocitos, cansados de bailar 
estas piezas, comenzaron á bailar vals y contradanza. 
Entonces todo se volvió bulla y alegría en los dos sexos. 

En breve pasaron revista y manoseo con todas las 
j(')venes de la sala. Pomposita se llevó las atenciones 
y los primeros aplausos, no sé si por su cara, por su 
habilidad ó por su desenfado en el bailar, aunque sería 
por todo seguramente. Tuvo la gloria de cansar en el 
vals á cuatro señoritos y á los músicos, que ya daban al 
diablo la perseverancia de la infatigable bailadora. 

Pudenciana no dejó de hacer su deber ni ocupó el 
asiento en balde, portjue con permiso de sus padres bailó 
dos versos de boleras diestramente. Querían los curiosos 
probarla en el vals; pero ella, bien enseñada por su 
padre, se excusó con (jue no sabía y todos se quedaron 
deseando verla bailar este son favorito del día, sin 
embargo del esfuerzo que hacía por su parte su tía doña 
Eufrosina y el candido de don Dionisio, quienes no deja- 
ron de incomodarse con su tenaz resistencia. 

Se continuó bailando y como á las once de la noche, 
fatigados de valsar y contradanzar, comenzaron á bailar 
sonecitos del país; pero luego que bailaron uno que 
llamaban el dormido, se levantó el coronel y se despidió 
con su familia, pretextando enfermedad y muchas ocupa- 
ciones al día siguiente. 

Bastante hicieron por detenerlo; mas todo fué en 



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OBRAS ESCOGIDAS 



313 



vano, él se retiró; y á otro día fué Eufrosina y su marido 
á verlo con achaque de saber si habían tenido novedad; 
pero la verdadera causa que los llevó fué la que se dirá 
en el capítulo siguiente. 




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LA QUIJOTÍTA. — 79. 



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CAPITULO XIV 



En el que se descubre la causa de la visita de Eufrosina, que fué un sentimiento que 
tenia de su cuñado, y la satisfacción que éste le díó 



Almorzando estábamos, cuando doña Eufrosina entró 
con su marido, muy cuidadosa, al parecer, por la salud 
del coronel; pero á poco rato no pudo disimular el mo- 
tivo verdadero de su visita, y así le dijo: 

— Muy bien conocí, hermano, que usted anoche no 
tenía otra enfermedad que su maldito genio hipocon- 



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316 TENSADOR MEXICANO 

driaco y escrupuloso. ¡Caramba, que es usted fatal 1 Me 
hizo usted desesperar, y me desairó como acostumbra, 
no consintiendo que bailara Pudenciana un valsecito, y 
esto sólo poríjue era empeño mío y se habían interesado 
al efecto aquellos caballeritos. Sí, por eso fué, por eso; 
porque decir que no sabe bailar vals Pudenciana es 
negar la luz del día; y á más de que semejante muela se 
les podía encajar á los demás; pero no á mí que estoy 
cansada de verla bailar con Pomposita. Pero ¡ya se vel 
que usted lo hará porque se críe su hija recatada; 
aunque en esto de buena crianza nada le va á deber á 
la mía, porque yo y su padre también sabemos lo que 
se hace, y al fin es una grosería que una mujer no sepa 
bailar cuanto se usa, ni que por ser zonza desaire á los 
(jue en una concurrencia la conviden. Yo por mí, her- 
mano, ya me guardaré de suplicarle á usted nada en una 
publicidad, pues tengo mucha experiencia de que siem - 
pre se empeña en que quede mal. 

— No es para tanto, hermana, dijo el coronel; usted 
no debe sentirse porque no bailara vals Pudenciana. 
En verdad que se lo tengo prohibido, y me parece que 
con razón. Soy su padre, y tengo cuanta autoridad ne- 
cesito para impedirle todo aquello que me parezca mal. 
No por eso pretendo que la educación que yo le, doy á 
mi hija sea norma por la que se sigan los demás. Cada 
uno es dueño de su casa y padre de sus hijos y obrará 



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OBUAS ESCOGIDAS 317 

como le pareciere. El mundo se compone de opi- 
niones. 

— ¡Vaya, vaya I eso es tirar la piedra y esconder la 
mano, decía doña Eulrosina; á usted no le acomodan los 
bailes porque ya es viejo... sí, por eso, y no quisiera 
que ninguno bailara; pues yo he oído decir que los bailes 
son buenos y en todo el mundo se baila, y yo y Pomposa 
liemos de bailar sobre el diablo. ¡Quedábamos bien con 
meternos á recoletas tan temprano! Mi hija está en la 
llor de su edad, y cuando yo no pueda bailar por vieja, 
no he de embarazar que baile la muchacha, que eso 
luera como el perro del hortelano. Á más de que hasta 
en los conventos de frailes y monjas bailan de cuando 
on cuando, ¡vea usted por qué no hemos de bailar nos- 
otras que estamos en el mundo y todavía se nos menea 
un piel 

— Dice usted muy bien, hermana, prosiguió el coro- 
nel; pero no ha dicho sino lo (jue yo, esto es, que todos 
piensan con su cabeza, y cada uno Jiará en su casa lo 
que le pareciere. No por esto crea usted que aborrezco 
toda clase de bailes por mi humor tétrico ni por mi 
edad madura; más viejo que yo era Sócrates cuando 
comenzó á tomar las primeras lecciones de baile y no 
perdió nada de su filosofía por esta afición. No ignoro 
que el origen del baile casi se pierde en su misma an- 
tigüedad, y esta diversión ha sido universal en todo el 

LA QUIJOTITA. — 80. 



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318 



PENSADOR MEXICANO 



mundo, aun entre las naciones bárbaras. Ella ha tenido 
parte en los cultos religiosos, en los enlaces de bodas y 
en las particulares festividades de la paz, y hasta entre 
los horrores mismos de la guerra. Por tanto, pretender 
desterrar una diversión tan generalmente recibida sería 
un absurdo antisocial; porque el baile en sí es indife- 
rente, y sólo, malo ó bueno, según el uso que de ól se 
haga y conforme al espíritu con que se baile. Santo fué 
el baile de David delante del Arca, v maldito el de los 
israelitas alrededor del becerro; pero ¡cuan diverso fuó 
el espíritu do estos bailadores! 

Bailar por alegría, bailar conservando las leyes del 
honor y la modestia es buen bailar, no hay quién lo 
condene. Los reyes, los hombres más juiciosos y timo- 
ratos han autoi'izado esta diversión, no sólo asistiendo, 
sino dando ellos mismos unos bailes suntuosísimos. 
Tales fueron los que di»') Catalina de Médicis á los reyes 
de ICspana; el memorable que dieran los Padres del Con- 
cilio de Trento en esta ciudad á Felipe II, año de 1562, y 
el muy distinguido que di(') Luis XII en la de Milán, 
rompiendo el baile el mismo monarca y danzando en él 
los cardenales de San Severino y de Narbona. 

Estos bailes, y todos los que sean arreglados, son 
loables y pueden frecuentarse sin riesgo; pero no son 
todos así seguramente. Yo asistiré y llevaré á mi hija 
á los que me parezcan tales, acordándome que el sabio 



OBRAS ESCOGIDAS 319 

Blanchard dice: «Que en cuanto á saber bailar es un 
ornamento que es bueno procurarse, porque sería llevar 
el rigorismo muy lejos impedir absolutamente el baile á 
las personas del mundo, y no se puede condenar sino el 
abuso de él.» Pero en virtud del parecer de este autor 
y por las obligaciones que me impone la religión, sé que 
no debo llevarla á ciertos bailes que comienzan con cere- 
monia y etiqueta y acaban en manoseo y retozo. Esto 
haré yo; pero no me opondré á que usted y los demás 
hagan lo que quisieren. 

Calló el coronel, y doña Eufrosina, no pudiendo 
sufrir más esta reprensión, varió de plática, y á poco 
rato se despidió con su marido. 

A pocos días encontré á Tulitas, la ahijada del coro- 
nel; pero en un estado tan iníV'liz que no la conocía, 
porque estaba muy sucia, trapienta, descolorida, flaca y 
enmarañada. La pobre me habló, y en un instante me 
contó sus desgracias, y cómo había estado en la cárcel y 
acababa de salir del hospital, y que estaba arrimada en 
casa de una vieja que había sido amiga de su madre. 
Yo me compadecí de ella, la socorrí con lo que pude, y 
me despedí. 

Le conté este pasaje al coronel delante de doña Ma- 
tilde y de su niña, y me dijo: 

— No te admires; tal es, casi siempre, el paradero 
de las jóvenes bonitas que no se saben apreciar ni con- 






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320 






PENSADOR MEXICANO 



servar su honor con constancia. El mundo las seduce, 
las halaga y las lisonjea por unos días; pero al fin las 
abandona con infamia en los brazos de la miseria y de 
una vejez harto infeliz. Después que corren alegremente 
un poco de tiempo pisando llores por el camino de la 
prostitución, después (jue marchitan su juventud con los 
placeres, bailes, fiestas y bureos, cuando menos lo pien- 
san se hallan despreciadas de sus adoradores, hechas el 
juguete de todos, y encuentran en el hospital ó la cárcel 
los mejores lugares en que llorar el fruto de su mal apre- 
ciada libertad. Gertrudis me compadece; pero tiene mil 
compañeras dignas de la misma compasión. ¡Ya se ve, 
que esta muchacha no se hubiera perdido, si no hubiera 
sido por su madre 1 ¿Le preguntaste por ella? 

— Sí le pregunté. Me dijo que había muerto, y 
añadió muchos sentimientos de su conducta. — ¡Dios la 
haya perdonado! me dijo. ¡Ojalá no me hubiera conce- 
bido en sus entrañas! Ella me hizo existir en el mundo; 
pero también me hizo infeliz en él. ¿Qué gana tenía yo 
de haber perdido mi crédito, ni haber pasado lo que sólo 
Dios sabe? Muy bien estaba yo en casa de mi padrino, 
tu tutor; nada me faltaba á su lado, y sobre todo, estaba 
yo con honra y frecuentando los santos sacramentos, 
como tú lo veías. Tal vez allí me hubiera yo casado, y 
no que mi madre (Dios se lo perdone), por la maldita 
codicia me vendió al infame don Gervasio, y de allí se 



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OBRAS ESCOGIDAS 321 

originó toda mi ruina, de la que no me repararé en la 
vida. — Diciendo esto, comenzó á llorar amargamente, yo 
me consterné lo bastante, le di alguna cosilla, y me des- 
pedí, como ya dije. 

— Repito, continuó el coronel, que es digna de 
mucha lástima Gertrudis. La frase con que ella culpa 
á su madre es bien adecuada. Por la codicia venden 
muchas á sus hijas y las hacen desgraciadas toda su 
vida, y con razón ("^stas las hacen acreedoras al des- 
precio universal. ¿De qué execraciones no serán dignas 
las madres impías que trafican vilmente con sus hijas? 

En esto estábamos, cuando entró el ranchero Pas- 
cual muy contento á avisar al coronel, como para el 
inmediato domingo estaba prevenida la boda de Culás. 
Don Rodrigo recibió la noticia con agrado y le dijo 
que el sábado estuviese en México con ocho caballos 
buenos, porque quería ir la familia de su cuñado. Pas- 
cual ofreció hacerlo así, y dejando muchas memorias á 
su ama, se fué para su rancho. 

— Me gusta este Pascual, decía el coronel, por 
hombre de bien y candoroso. Sin embargo de que la 
malicia ha extendido su imperio por todas partes, se 
encuentran entre estos pobres rústicos algunas almas tan 
sencillas y algunos corazones tan limpios, que es preciso 
amarlos luego que se tratan. Por lo común no conocen 
el disimulo, la mentira, ni la vanidad, y esto los hace 

LA QUIJOTiTA. — 81. 



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322 PENSADOR MEXICANO 

recomendables para toda gente sensata. Ellos es verdad 
que ignoran la finura, cumplimientos y faramallas de las 
ciudades; pero en cambio poseen muchas virtudes mora- 
les y cristianas, con las que pasan en su estado una vida 
feliz y al fin aseguran la eterna. Por esto dice San Agus- 
tín que los indoctos arrebatan el cielo. ¡ Es una lástima 
que se eduquen tan groseramente y que se instruyan tan 
poco en su religión I 

Si muchos de éstos tuvieran mejores conocimientos 
de Dios, de sus atributos y perfecciones, de la naturaleza 
en común y de la suya propia, serían menos idiotas y 
mejores padres y maridos, y darían á sus virtudes más 
brillo y elevación, conservando las que poseen y adqui- 
riendo las que no conocen. 

— ¿Pero en qué está, dije yo, que á pesar de la 
natural buena inclinación de estas pobres gentes, las 
vemos algunas veces cometer unos delitos enormísimos 
y los advertimos incurrir en unas boberías casi increí- 
bles, especialmente los indios, en los que se notan unos 
defectos tan comunes y generales, que no parece sino 
que pasan por herencia de padres á hijos? Porque los 
indios son mezquinos, rudos, embusteros, supersticio- 
sos, desconfiados, y muchos borrachos y ladrones. En 
qué estará esto quisiera yo saber, porque no comprendo 
por qué en cada clase de gentes sobresale cierta clase de 
vicios que parece que le son privativos. En los ciuda- 



OBRAS ESCOGIDAS 323 

danos veo resaltar la intriga, la falsedad, la adulación, 
la vanidad, la soberbia y el orgullo, si son ricos ^; si son 
pobres, los veo holgazanes, descuidados, atrevidos, sin- 
vergüenzas, necios y abandonados á los vicios más tor- 
pes. En los payos ó gente rústica veo que sobresale la 
barbarie, el despilfarro, la grosería y la superstición, y 
en los indios lo que ya tengo dicho, y así discurriendo 
por las demás clases del Estado. 

— Hijo mío, tu duda es curiosa é interesante, dijo 
el coronel ; yo no sé si te la podré satisfacer. El clima, 
las costumbres, las leyes y la religión del país donde se 
nace influyen poderosamente para formar el carácter de 
los hombres. Entiendo por carácter aquel apego y entu- 
siasmo con que cada nación conserva los modales que 
le enseñaron sus mayores, ó que ha ido adquiriendo en 
el discurso de los tiempos. La primera educación que 
recibimos también influye mucho para formarnos el 
espíritu y para diferenciar nuestro carácter de aquellos 
que no la recibieron igual. 

Concebida la verdad de estos principios, natural- 
mente se viene en conocimiento del motivo por qué son 
(an varios los caracteres de los hombres, no sólo consi- 
derados de nación á nación, sino también de provincia á 
provincia dentro de un mismo reino. 

' Todo esto se entiende con la respectiva restricción, pues no so puede hablar gene- 
ralmente. Muchos ricos habrá con estos vicios y más, y muchos pobres con otros, y algu- 
nos sin vicio notable, etc. En todo cabe la excepción. 



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324 PENSADOR MEXICANO 

En esta inteligencia, no es extraño que los payos, 
los pobres y los indios, tengan un carácter diferente ó 
unas diferentes inclinaciones respecto de los ciudadanos 
ricos é instruidos. La educación y los principios de éstos 
son diversos de los de aquéllos; por consiguiente, debe 
ser diverso el carácter de unos y otros. Esto nada tiene 
de raro. 

Busquemos en la educación el origen de los vicios 
y de las virtudes de los hombres, y no nos será difícil 
encontrarlo. Mientras la educación sea burda y abando- 
nada, los hombres serán groseros y se inclinarán á los 
vicios más torpes. En el estado natural , cuando el hom- 
bre abandonado á sus pasiones, sin religión, sin leyes 
ni gobierno, sin seguridad y sin cultura, vagaba por los 
montes, ya oprimiendo al desvalido ó huyendo del más 
fuerte, ¿qué eran sino unos bárbaros, que tan pronto se 
engreían con el más criminal despotismo, como se encor- 
vaban bajo la esclavitud más vil? De cualquier modo 
deshonraban la humanidad, ya tiranizando á los infe- 
lices y ya sirviendo de infames instrumentos para que 
los poderosos satisfacieran sus caprichos. 

En medio de estos casos, progresivamente apareció 
la religión, se reunieron en sociedades, se juraron las 
leyes, se establecieron los gobiernos, y mira aquí al 
hombre convertido de asesino en filántropo, de ladrón 
en custodio de los intereses de sus semejantes, de hol- 



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OBRAS ESCOGIDAS 325 

gazán en laborioso, y últimamente, de salvaje temible en 
ciudadano provechoso. 

Tal ha sido la suerte de los pueblos, y tal es y será 
la de todos los individuos de la especie humana. Según 
la idea que se formaren de la religión y del gobierno, 
según la sociedad en que se críen, la educación que 
reciban y las costumbres que vean practicar, así saldrán 
ellos como he dicho. 

El pobre ranchero, el infeliz indio, el plebeyo aban- 
donado, que ignora la religión que dice profesa, que no 
conoce la justicia de las leyes, ni advierte la gravedad 
de los delitos que comete, y á más de esto, se ha criado" 
en medio de una familia soez, educado con los pésimos 
ejemplos de unos padres viciosos é ignorantes, ¿qué 
podrá ser sino un inculto barbaján y acaso un vicioso 
perdurable? Sin advertir la mutua conveniencia que nos 
resulta de sujetarnos á las leyes civiles; sin saber cuánto 
nos obligan las eternas; sin probar jamás los dulces fru- 
tos de las ciencias, y sin noticia de lo que es probidad, 
honor y vergüenza, ¿qué puede ser, repito, un hombre 
de estos, sino un necio, un mal padre, un peor marido 
y un pésimo individuo de la especie humana? 

Tú me preguntarás: ¿á quién le toca poner el remedio 
sobre estas cosas y velar acerca de la buena educación 
de estas gentes? y yo no me detendré para decirte que 
al gobierno. 

LA QUIJOTITA. — 82. 






326 



PENSADOR MEXICANO 



Los reyes, en primer lugar, y en segundo los que 
hacen sus veces, son los que tienen esta sagrada obliga- 
ción, conforme al sagrado texto: «^Te ha constituido Dios, 
dice el Ec/csiásfiro \ superior de estos individuos? Pues 
ten cuidado de ellos. ^> 

Nuestros soberanos, pen(>trados bien de este prin- 
cipio, han querido siempre desempeñar este divino pre- 
cepto. Las repetidas y piadosas órdenes que en todcs 
tiempos han expedido para que se establezcan escuelas 
en todos los pueblos; las academias (jue han erigido ( n 
este y en el oti'o continente; los colegios que han recibido 
bajo su patronato real; los premios que han querido se 
consagren al mcMÍto, etc., etc., son pruebas níida equí- 
vocas de (jue han tratado de desterrar de entre sus vasa- 
llos la holgazanería y la ignorancia, y de consiguiente la 
miseria y el vicio, detestando como reyes católicos aquel 
inicuo axioma del falso político Maquiavelo, que decía ser 
conveniente A las metrópolis mantener sus colonias po- 
bres y estúpidas, como si la indigencia y la barbarie 
fueran más poderosas para sujetar á los hombres á la 
razón íjue no la mediocridad y la doctrina ó ense- 
ñanza. 

Los excelentísimos señores virreyes han cumplido, 
por su parte, las disposiciones de los reyes, publicando 
sus órdenes y haci(''ndolas valer en lo posible. Pues si 

» Ecci. XXXI, 1 y 2. 



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OBRAS ESCOGIDAS 327 

esto ha sido así. dirás: ¿en qué consiste que en el reino 
haya tanto holgazán, ignorante y vicioso como se ve? 
No sé si atinaré con la i espuesta; pero escucha: No 
siempre depende de las primeras voluntades el que se 
cumplan sus benéficas intenciones. Ni los reyes, ni les 
virreyes, ni los magistrados, ni cualesquiera superiores 
son como Dios, que con un solo acto hace cumplir su 
voluntad por sí, sin necesidad de ajeno auxilio. Todos 
los hombres son muy miserables y limitados; siempre 
estamos dependientes unos de otros y necesitamos valer- 
nos de los demás para verificar muchas veces nuestros 
designios. He aquí la resolución del problema. 

Los reyes han querido que sus vasallos se instruyan 
y se eduquen rectamente; para esto han mandado se 
establezcan y fomenten escuelas en todas partes; sus 
vicerregentes han comunicado las reales órdenes á los 
jueces y curas de los pueblos, como que éstos son los 
Mgentes inmediatos y á quienes corresponde llenar las 
benéficas intenciones del soberano. Y bien, ¿se cumplen 
(^n todas sus partes y como debía ser? Los resultados 
dicen que no, por más que los subdelegados y párrocos 
digan que hacen cuanto pueden. 

No ignoro que algunos de éstos se desvelan y se 
ufanan porque los indios de sus pueblos reciban la ins- 
trucción más conveniente y proporcionada á su capa- 
cidad; pero también sé que no son los más, y por esta 



... C.il-.^i' "o>Jt 



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32S 



PENSADOR MEXICANO 



verdad responde la estupidez de los indios de casi todas 
las provincias del reino. 

No solamente en los pueblos se lamenta este des- 
cuido en la primera educación de los pobres. En las 
ciudades \ en la capital misma no se observa mejor con 
corta diferencia. ¿No ves la multitud de muchachos tra- 
pientos y haraganes que vagan todo el día por las calles? 
¿no te encuentras á cada paso con una tropa de vaga- 
bundos que andan jugando á los clavitos y al picado en 
las esquinas y plazuelas, sin más aparente ocupación 
que vender billetes? ¿No te ha escandalizado el ver pedir 
limosna á unas criaturas de cuatro v cinco años? Pues 
esto ¿quó prueba sino (jue tienen unos padres indo- 
lentes y unos curas (jue tal vez ignoran que tienen seme- 
jante clase infeliz de feligreses? 

Después que yo veo la abundancia de muchos per- 
dularios que sobrecargan con su peso la sociedad, no me 
hace fuerza encontrar unos hombres borrachos tirados 
en las calles como unas bestias, ni me admira que haya 
tantos ladrones y viciosos arrastrando una cadena, su- 
friendo unos azotes afrentosos ó pagando en el último 
suplicio sus delitos. Nada de esto me admira, porque es 
consiguiente á la abandonada educación que recibieron, 
y sería un delirio esperar frutos sazonados de semillas 
ruines. 

Ya ves aquí descubierto el origen de los vicios que 



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OBRAS ESCOGIDAS 329 

especialmente notas entre la gente pobre é ignorante, y 
ves cómo no bastan á impedirlos las más sanas provi- 
dencias de los reyes ni las ineficaces diligencias de los 
que gobiernan en su nombre. Los ojos que miran de 
cerca á sus pueblos y las manos que están destinadas 
para repartirles el pan de la doctrina, son los que deben 
cooperar á esta grande obra. 

Para ella no basta que haya escuelas en los pueblos 
ni en las feligresías; se necesitan indispensablemente 
dos cosas, y faltando una de ellas, las escuelas valdrán 
tanto como nada. Es, pues, preciso que haya escuelas; 
pero que estén encargadas á maestros idóneos, no 
sólo para enseñar el catecismo y las primeras letras 
á los muchachos, sino también buenas costumbres. 
Mas ¿qué se podrá esperar de unos maestros, como 
yo los he visto, no sólo ignorantes, sino también vi- 
ciosos? Alguno he conocido que desde la mañana hasta 
la tarde estaba enviando por aguardiente. Todo el día 
borracho, ¿qué podría enseñar á sus discípulos, y 
qué aprovechados saldrían éstos con un ejemplo seme- 
jante? 

No es raro hallar en los pueblos esta clase de 
individuos, ni es difícil encontrar sujetos de probidad 
é instrucción que desempeñen el título de maestros á 
satisfacción de los curas; pero dotándolos regularmente. 
Mas querer hallar hombres instruidos y á propósito 

LA QUIJOTITA. — 83. 



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330 PENSADOR MEXICANO 

que se sujeten á esta fastidiosa tarca por veinte ó 
catorce reales semanarios es imposible. 

Dótense bien esas plazas y sobrará quién las ocupe 
dignamente. Si se me preguntara ¿de quó fondos debían 
salir estas dotaciones? Yo dijera que de las cajas de 
comunidad do los indios y de las particulares de los 
comerciantes y hacendados de sus pueblos, pues á 
todos alcanzaba el beneficio de la buena educación de 
los muchachos. 

No es esto tan difícil como parece. Si los señores 
párrocos persuadieran á los indios de las ventajas que 
resultarían á ellos y á sus hijos de la buena educación 
que éstos les dieran; si les hicieran ver que era más 
grato á Dios y provechoso á ellos que educasen bien 
á sus hijos que no que gastasen su dinero en fiestecitas^ 
ni en vestidos de soldados en la Semana Santa, en 
comedias, loas, retos v otras frioleras inútiles cuando 
no perniciosas á ellos mismos, seguramente recibirían 
los paternales consejos de sus curas; porque el indio, 
en concibiendo que le interesa alguna cosa, se presta 
á ella á costa de los mayores sacrificios, y abrazada 
^ por ellos esta idea, franquearían sus arcas y se hallaría 
con qué dotar maestros hábiles que gobernasen sus 
escuelas, que es la primera condición que se requiere 
para la buena educación de los pueblos. 

La segunda no es menos importante, y consiste 



OBRAS ESCOGIDAS 331 

en celar que los muchachos vayan á ellas; porque si no 
¿de qué servirán los buenos maestros? Esto me parece 
menos dií'ícil que lo primero, en queriendo que lo sea 
los que mandan en los pueblos. ¿Qué dificultad hay 
para saber cuántos muchachos hay en un pueblo? ¿por 
qué no se podrán llamar por lista todos los días como 
se hace con los soldados? Faltando alguno, ¿qué teología 
se necesita para averiguar en quién consiste la falta, 
si en el muchacho ó en su padre, ni para castigar 
irremisiblemente al culpado? y por último, ¿qué no 
pudieran hacer el maestro y el gobernador, auxiliados 
por el subdelegado y el cura? Seguramente se conse- 
guiría el fin y se llenarían muy en breve las intenciones 
de nuestros benéficos monarcas. 

Lo mismo, y con más facilidad, se podría hacer en 
las ciudades; y ves aquí, según me parece, realizado 
en dos palabras el plan de educación general, que 
hasta hoy tenemos en un pie lamentable: Buenos 
maestros (¡ue enseñen y niuchn cuidado para (¡ue ¡os 
iniicliacJios aprendan. Si por fortuna á este cuidado 
se juntara algún amor del bien público de parte de 
los párrocos y jueces, y procuraran animar á la juventud 
con algunos premios y cariñosas distinciones, entonces 
yo aseguro que no muy lejos, dentro de diez años, se 
harían demasiado perceptibles las ventajas. 

Pero yo me he distraído mucho en esta conver- 






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332 



PENSADOR MEXICANO 



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sación, que quizá te habrá enfadado por prolija, aunque 
tú has tenido la culpa, por haberme tocado en un punto 
que siempre he visto con el mayor interés y compasión. 
Son ya las doce, y se me había olvidado que tengo que ir 
á casa del marqués. 

Yo le di las gracias por la confianza que me dispen- 
saba, asegurándole que, lejos de fastidiarme su conver- 
sación, siempre me era demasiado agradable por la 
instrucción que en ella recibía. Con esto se despidió 
el coronel, yo entré a parlar un rato con doña Matildita 
y su niña, y á poco me despedí también. 



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CAPITULO XV 



En el que se cuenta la desgraciada aventura de Pomposita y el casamiento de Culás 

y Marantoña. 



Al día siguiente pasé mi catre, mi baúl y mi corto 
ajuar á la casa del coronel, y el inmediato sábado llegó 
Pascual con los caballos. Sin pérdida de tiempo se 
avisó á doña Eufrosina para que dispusiera el paseo 

LA QÜUOTITA. — 84. 






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334 PENSADOR MEXICANO 

por SU parte, y ella contestó que por estar enferma iría 
en coche con unas amigas suyas; pero que don Dionisio 
y Pomposita irían á caballo. 

En esa noche se dispuso todo lo necesario en las 
dos casas. A otro día oimos misa temprano y cuando 
volvimos de la iglesia ya estaba prevenida doña Eufro- 
sina y sus amigas, don Dionisio, el anciano eclesiás- 
tico, el señor Labín, el licenciado Narices y algunos 
otros. 

— ¡Santa Bárbara sea conmigo I dijo Pascual al 
ver tan grande y lucida comitiva. 

Todos oimos su desaforado grito y lo vimos coser 
la barba con el pecho; pero á ninguno le ocurrió 
preguntarle la causa; tal estábamos de entretenidos. 

Se ensillaron los caballos y el de Pomposita se 
adornó con un famoso sillón: cada uno fué montando 
en el que le tocaba. Pero ¡cuál fué mi admiración y 
la de muchos, cuando vimos salir á la niña Pudenciana 
y á su mamá vestidas con sus túnicos de montar, 
calzadas con sus zapatos de botín, con acicates de plata 
y adornadas sus cabezas con unos gorros muy pre- 
ciosos 1 

Inmediatamente que llegaron adonde estaban sus 
caballos montaron en ellos con bastante ligereza y 
comenzamos nuestra agradable caminata. 

El acompañamiento era tan grande y tan lucido, 



'^ 



OBRAS ESCOGIDAS 335 

tjue traía sobre sí la curiosidad de las gentes que 
-encontrábamos por las calles, siendo Matilde y su hija 
4os objetos que más llevaban la atención. 

Los caballeros que nos acompañaban se deshacían 
en elogios de Pudenciana, cuyo garbo les era demasiado 
-agradable. 

Unos decían que parecía una Palas, otros una 
Amazona; éstos, la emperatriz de las Rusias cuando 
fué al frente de sus ejércitos á atacar á la Puerta 
Otomana, y todos á porfía la colmaban de alabanzas 
y le dirigían sus comparaciones más ó menos adecuadas, 
pero según podían. 

Tan repetidas alabanzas lastimaban fuertemente los 
oídos de Pomposita, quien, no pudiendo ya sufrir que 
ensalzasen tanto á su prima en su presencia, dijo: 

— ¿Qué te parece, niña? Cierto que has caído en 
gracia á estos señores. ¡Qué bien ha hecho mi tío en 
enseñarte á andar á caballo como los hombres I Yo, la 
verdad, estoy envidiosa de esa tu rara habilidad y desde 
ahora prometo que voy á empeñarme con papá para 
que Lailsón ^ me instruya en el arte de la equitación, 
por si algún día me viere en necesidad de hacer ma- 
romas en el circo; aunque tú estás muy adelantada 
y podrás hacerme el favor de enseñarme. 



* Don Felipe Lailsón, conocido en la Europa y en esta América por su grande 
habilidad en el ai t3 de la equitación. 



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336 PENSADOR MEXICANO 

Pudenciana se puso colorada por la búrlela de su 
prima; pero no se atrevió á responderle una palabra. 
Sus padres iban á tal distancia que no pudieron oir 
nada de esto; mas el caballero Labín se encargó de 
defenderla de este insulto, enfadado por la altanería de 
Pomposa, á quien dijo: 

— Señorita, tiene usted mucha razón para envidiar 
la habilidad de esta niña, pues lo es en efecto saber 
montar á caballo y llevar el cuerpo con la gracia que 
ella lo lleva. Nada hemos puesto de nuestra bolsa en 
alabarla: si usted anduviera así mereciera nuestros elo- 
gios igualmente. 

— ¡Ayl ¿yo? ni pensarlo. ¡Dios me libre de ser 
tan ridicula ni tan machorra que montara a caballo 
como hombre! Mi papá y mi mamá dicen bien que 
eso es una indecencia en una mujer, y es querer 
hacerse muy singulares entrar por semejantes mo- 
nerías. 

— Sus padres de usted dirán lo que quisieren; 
pero pienso que seguramente se equivocan. Yo he 
andado por diferentes partes de la Europa, donde he 
visto que casi todas las señoras no montan de otra 
manera. Aquí en México hemos visto seguir esta 
costumbre á algunas extranjeras y españolas. Pero 
prescindiendo de los ejemplos, la razón y la expe- 
riencia nos manifiestan la bondad y la inocencia de 



OBRAS ESC0G1DAÍ5 337 

este uso. ^ Nada tiene de nocivo á la salud, cualidad 
que no falta á estos sillones. ^ Yo aseguro que con el 
movimiento del caballo ya no lleva usted la cintura 
muy á gusto, y no hemos andado media legua. ¿Qur 
sería en un camino largo? Tampoco tiene nada de 
indecente usándose con las precauciones que esta niña. 
Ya usted habrá visto que apenas se apea cuando, si 
quiere , con abrocharse los botones de otro modo ya 
está con túnico y enteramente en traje de mujer. Care- 
ciendo este uso de las malas cualidades do indecente y 
nocivo á la salud, tiene las ventajas de facilitar á una 
mujer el cabalgar, de hacerla menos pesada á los hom- 
bres que la acompañan, de proporcionarle la carrera sin 
riesgo, de librarla por consiguiente de un peligro y de 
precaverla, aun en el caso que caiga, de que se ofenda 
su honestidad. Que me señalen iguales ventajas en el 
uso de los sillones, y si no las pueden señalar, suje- 
témonos á la razón, y cuando más, que no admitan la 
moda; pero tampoco se burle nadie de quien la sigue, 



' El señor Labin tal vez no ignoraría que Dios en el cupltulo XXII del Deutero-' 
nomio, prohibió expresamente que el hombre se vistiera como mujer y la mujer como 
hombre; pero sabia que un caso de necesidad indulta de e&ta observancia, y el caminar 
puede ser este caso ; por eso defendió la costumbre , sólo con esta ocasión, dejando á los 
teólogos la resolución decisiva de la materia. 

Nota del Editor. Es falso que el traje de que se habla en este lugar y usan las 
tit'ñoras para montar á caballo sea de hombre, aunque algunas piezas lo parezcan, pues 
nadie ni aqui ni en Europa ha visto á los hombres usar el túnico abierto que para esto se 
visten las mujeres. 

* Las propensas á hemorragias ó flujos de sangre y las grávidas, pueden resentir, 
el montar á caballo, de cualquier modo que sea. 

LA QUUOTITA. — 85. . ■ . 



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338 



PENSADOR MEXICANO 



pues en esto se acreditará su necedad. Tan malo es 
seguir las modas malas por capricho como no seguir 
las buenas por preocupición, y más cuando la razón 
nos convence de su utilidad. 

Tanto se embobó Pomposita oyendo al señor Labín, 
que se le cayó el paragua sobre las orejas del caballo. 
Mste, sin embargo de su mansedumbre, se espantó 
al verse con aquel embarazo delante de los ojos, y 
sin esperar razones, dio la estampida, y á poco trecho 
cayó en tierra mi señora doña Pomposa, mal de su 
grado; pero en tan indecente postura que, cuando 
menos, nadie dudó de quó color eran sus ligas. Los 
mozos corrieron á atajar el caballo y nosotros luímos 
apriesa á socorrer á la desventurada. 

Inmediatamente la levantamos y la metimos en el 
coche. Por fortuna no recibió más daño que una ligera 
contusi(')n. Su vanidad sí quedó bien abatida, y más 
cuando el señor Labín le dijo: 

— Señorita, siento mucho este accidente, y para que 
no lo vuelva á experimentar, le aconsejo que aborrezca 
los sillones y se acostumbre á cabalgar como su prima, 
pues así irá siempre más segura en los caballos. 

Dejámosla jn el coche y continuamos nuestro 
paseo. El coronel y su esposa se juntaron con nosotros 
y fuimos andando y conversando todos alegremente, 
menos Pascual, que iba en su muía cabizbajo y pensa- 



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OBRAS ESCOGIDAS 339 

tivo sin hablar una palabra, manifestando que alguna 
pesadumbre oprimía su corazón. 

VA coronel reparó en su tristeza, y acordándose 
de la fervorosa exclamación que acababa de hacer en 
México á Santa Bárbara, no pudo menos sino pregun- 
•tarle con el mayor empeño la causa de su añicción. 

— ¿Qué tienes, Pascual, le decía, estás enfermo? 
— No, señor. — ¿Te has arrepentido de que se case 
Culás? — ¡Ojalá fuera ese mi cuidado! — ¿Te falta dinero 
para alguna cosa precisa? — Aunque me falte y aunque 
io tenga, de nada me sirve agora. — ¿Pues qué tienes, 
liombre? ensánchate, á ver si podemos consolarte. 
— Apurarme más podrán sus mercedes por hora; pero 
^so de consolarme, ¿cuándo? — ¿Conque nosotros pode- 
mos afligirte? ¿De qué modo? Vamos, explícate; no nos 
tengas en duda de ese enigma. 

— Pues, señor amo, si no se ha de enojar su 
mercé, voy á confesarle la purísima verdad, aunque 
me cueste harto trabajo decirla; pero por eso se dice 
^jue más vale vergüenza en cara que rencilla en corazón, 
y que es más mejor ponerse una vez colorado que 
ciento descolorido, pues al buen pagador no le duelen 
prendas... 

— Vamos, hombre, acaba con tantos refranes, que 
te nos vas volviendo Sancho Panza entre las manos. 
Despacha, ¿qué es lo que tienes? ¿qué te añige? 



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340 PENSADOR MEXICANO 

— ¡Qué me ha de apurar, señor! Ya sabe su mercé 
como el diablo, que no duerme, hizo que mi muchacho 
Culás viera de buen ojo á Marantoña, esa que va á 
ser su mujer agora mismo, y luego que me lo dijo, le 
dije yo: — Hijo, yo estoy opuesto á cuanto tú quieres, 
porque la muchacha es buena y más mejor es que te 
cases que no te quedes ansina. Y yo luego luego di 
traza para pedírsela á su padre el tío Benino, quien 
no se hizo mucho de rogar, y como ya todo estaba de 
punto, quije que no quije fué menester buscar dinero, 
porque para todo queren dinera en esta triste vida, y 
por el dinero baila el perro, como su mercé sabe... 

— Estimo tus favores, dijo el coronel; pero sigue 
tu cuento sin rodear tanto, pues según vas, pienso 
que no lo acabas en ocho días... 

El eclesiástico y los demás señores suplicaron á 
don Rodrigo que dejase hablar á su criado cuanto qui- 
siera y que se explicara conforme fuera su gusto, 
porque ellos no lo recibían menos al escucharlo. El 
coronel dijo á Pascual que continuara, y éste, con la 
misma sencillez que comenzó, prosiguió su cuento de 
esta manera: 

— Pos señor, como era menester dinero, ¿qué hago? 
cojo y vendo un burro mestro, con perdón de sus 
mercedes, y dos vacas paridas, que por todo me dieron 
cincuenta pesos; á juera de esto, empeñé las tierritas 



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OBRAS ESCOGIDAS ' 341 

de Gulas en veinte pesos, que hacen treinta... cuaren- 
ta... cincuenta... setenta pesos; y como no alcanzaba 
para los gastos, se acordará su mercé que le pedí 
veinticinco pesos prestados, que son cincuenta... sesen- 
ta... setenta... setenta y uno, setenta y dos, setenta y 
tres, setenta y cuatro, setenta y cinco, y veinte, son 
noventa y cinco pesos cabalitos, sin medio más ni 
medio menos; y de este dinero gasté diez y seis pesos, 
que le di al señor cura por el casamiento; seis varas 
de indianilla para la novia, que costaron á once reales 
y medio cada vara: que son... seis pesos por un lado 
y seis pesetas... ¡Válgame Dios! seis pesetas y luego 
seis reales y seis medios... En fin, señor amo, agora 
no puedo ajustar la cuenta; pero alian casa con mis 
írijoles y mis habas se las ajustaré en un brinco, porque 
los frijoles son reales y las habas pesos, y ansina se 
cuentan ocho frijoles y se aparta una haba; se cuentan 
otros ocho y se aparta otra haba, y en una carrera 
se ajusta cualquier cuenta. 

No pudo menos Pudenciana que reirse grandemente 
del modo de contar de Pascual , y se acordaba con agra- 
decimiento de las reflexiones que su papá le había hecho 
cuando le enseñó á valerse de los números. 

Pascual, que no entendía lo que hablaban, y que ya 
rabiaba por contar el motivo de su aflicción, dijo: 

— Perdone su mercé que la encuarto; pero yo he 



LA QUIJOTITA.— 



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342 PENSADOR MEXICANO 

gastado todo ese dineral, pensando quedar bien debajo de 
ser un probé; pero como no hay gusto cumplido en esta 
triste vida, de una hora á otra so me cayó el gozo en el 
pozo; pon|ue la verdad, yo pensé que vinieran sólo sus 
mercedes y la señora doña Frosina y su niña, y me voy 
jallando esta mañana con todo el patio lleno de gente, y 
estoy que se mo quée la cara de vergüenza, al ver que 
agora vamos entrando en Tacubaya con coche y tantos 
caballos, y señores y señoras tan decentes, que parece 
que van al casamiento de la virreina, y todo el pueblo se 
alborotará, y yo quijiera quedar bien, y en esto que na 
alcanza la comida, pues cuando más y mucho habrá 
para veinte almas, y sólo aquí vamos más de los veinte^ 
ajuera de los parientes y conocidos que están alian casa, 
que no sé cómo nos vendrá la gurupera. Vea su mercé 
si mi apurac¡<'>n es moco de pavo, y si tengo razón, ne 
digo para ir triste, sino para llorar lágrimas de sangre, 
porque será bravo dolor que después de despulsarme por 
quedar bien, no tenga agora ni qué darles de comer á 
estos señores, que para su mercé no faltará. 

Rieron todos á carcajada suelta luego que Pascual 
acabó su relación, porque al concluirla miró á todos, 
suspiró y puso una cara de jugador cuando se le arranca 
el último peso y no tiene á quién pedirle. 

La bulla y algazara que armaron fué tal, que la oy6 
Eul'rosina, (juien hizo parar el coche para informarse del 



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OBRAS ESCOGIDAS 343 

motivo. Se lo contó el señor Labín en dos palabras, y 
todas las niñas que iban en el coche alternaron en la risa 
con los hombres. 

Pascual no dejó de ciscarse, ^ y no quisiera verlos 
tan alegres á su costa. 1^]1 coronel advirtió la incomodidad 
de Pascual, y para sosegar un poco la risa general, llamó 
la atención de todos, diciendo: 

— Señores, la candidez del pobre Pascual me trae 
á la memoria el cuentecillo de aquel rey, que habiendo 
salido á caza le anocheció, y perdido, sin encontrar el 
camino real, no tuvo otro arbitrio que hospedarse en un 
cortijo ó rancho miserable, donde los monteros, soldados 
y criados acabaron con cuanto había para dar de cenar al 
rey y su corte, y cenar ellos. Pasó la noche, y al día 
siguiente, al despedirse el rey del pobre viejo, dueño del 
rancho, le dijo que le pidiese alguna merced. El enton- 
ces, con lágrimas en los ojos, le dijo: — Señor, el mayor 
favor que pido á vuestra majestad, es que en la vida me 
vuelva á hacer otra visita, porque si en una noche han 
destruido sus criados todo el fruto de mi trabajo de 
muchos años, en asegundando otra visita me echará 
vuestra majestad á pedir limosna con mi familia. Al rey 
le cayó en gracia la ingenuidad y sencillez de aquel 
labrador, y lo dejó consolado, resarciéndole sus perdidas 
generosamente. Tú, Pascual, consuélate también, y está 

" PoQerse colorado por la vergüenza.— £". 



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344 



PENSADOR MEXICANO 



seguro, no sólo de que alcanza la comida que has dis- 
puesto, sino que sobra, porque todos estos señores son 
de muy poco comer. 

No calmó mucho esta esperanza la tristeza de 
Pascual; y así continuó en silencio y con su cara de 
herrero hasta (jue llegamos á Tacubaya. 

Poco antes do las nueve de la mañana entramos 
en aquel ameno pueblecito, y al instante comenzaron á 
repicar en la parroquia. Muchos creyeron que el repique 
era por nosotros; mas se engañaron, pues fué el primero 
para llamar á la misa mayor, y estaban avisados los 
campaneros para que luego que entrásemos repicaran. 

Pascual quería que los cocheros se dirigiesen á su 
casa; pero el coronel mandó que fuesen á las cúrales. El 
párroco, que había sido condiscípulo del coronel y era 
muy su amigo, lo recibió con la familiaridad más cari- 
ñosa V con mucha atención á los demás señores. 

Don Rodrigo, ad virtiendo que ya se acercaba el 
tiempo de la misa, trató de que fuésemos á la casa de la 
novia para conducirla á la iglesia. 

Ya estaban esperándonos los novios, sus padres, 
amigos y parientes. Culás estaba de gala con sus cal- 
zones de pana azul galoneados y bien surtidos de botones 
de plata ; unas buenas botas picadas y bordadas de oro y 
azul; sus zapatos abotinados de cordobán, de los que 
llaman de boca de cántaro; una muy curiosa cotona de 



OBRAS ESCOGIDAS 345 

indianilla verde guarnecida de listoncito de color de rosa; 
su mascada del mismo color; su sombrerito redondo, 
pardo y con toquilla y galón de* plata; concluyendo este 
lujo con una famosa manga de paño azul con dragona 
carmesí y ñecos de oro. 

La novia no estaba menos decente en su clase, 
porque tenía un traje de indiana fina de fondo lacre; su 
mascada de las que llamaban de arco iris; sus aretes de 
piedra inga muy relumbrantes; unos tres ó cuatro hilos 
de perlas finas, aunque menudas, sus cintillos de iguales 
piedras que los aretes; una porción de listones en la 
cabeza, á los que sujetaba una peineta de carey, y 
remataba su compostura con unas medias de seda, nue- 
vas de primera, y unos zapatos de raso color de rosa 
bordados de plata. 

Gulas era un mocetón alto y bien formado, rubio y 
como de veintiséis años de edad, y Marantoña, como lo 
decía Pascual, sería como de diez v ocho ó diez v nueve, 
gordita, no muy alta, blanca, huera, colorada y con 
unos ojos grandes y negros, los que, juntos á una buena 
tez de cara y á una boca pequeña, encarnada y habi- 
litada de buenos dientes, hacían una figura agradable. 

Luego que pasaron las humildes salutaciones de 
todos aquellos pobres, sacó doña Eufrosina un túnico 
negro, una mantilla y un abanico, todo muy bueno, 
como que era de gala, y quería que luciera la ahijada 

LA QÜIJOTITA. — 87. 



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346 



PENSADOR MEXICANO 



de SU hermana; pero ésta, luego que entendió que la iban 
á vestir con aquella ropa, poniéndose más colorada de lo 
que era, le dijo: 

— ¡Ay! no, señora; yo con su licencia no me pongo 
esos sacos prietos. Esos se quedan para las señoras como 
su merced; pero ¡para mí que soy una pobre paya I En 
mi vida me he puesto eso; ¿qué dirán mis amigas si me 
lo ven puesto? Ya parece que las oigo. Dirán:— Mire 
la ranchera motivosa; ayer andaba arreando vacas con 
sus enaguas de jerguetilla y agora sale izque con 
túnico negro, como una marquesa ó una conda. — Así 
dirán, y otras cosas más peores. Conque no, señora; 
yo iré á la iglesia con mi rebozo de seda que me ha com- 
prado mi señor padre, y que se queden esos vestidos para 
los ricos, ó para los probes que queran ser ridículos... 

— ¿Pero esto, cómo se tree? preguntaba por el ma- 
nejo del abanico. 

Se lo enseñó Eulrosina, y abriéndolo con las dos 
manos, se soplaba con mucha gracia y decía: 

— Pos mire, este sí que es un bonito aventador. 
jAyl ¡cuánto muñequito tiene! ¡cuántas florecitasl ¡y 
qué varitas tan doradas 1 Este sí, lo llevaré para soplar- 
me en la iglesia ansina que me apure la calor. 

Todos se reían por la sencillez de María Antonia, 
que hubiera llevado el abanico'^como decía, si se lo hubie- 
ran dejado; pero doña Matilde le dijo: 



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OBRAS ESCOGIDAS 



347 



— Hijita, esto no lo puedes llevar si no te pones el 
túnico negro y la mantilla; y á más de esto era menester 
que lo supieras manejar con garbo y con una mano, 
porque sino, te harían burla cuantos te vieran. 

— ¡Ohl pos en siendo ansina, masque nunca lo 
lleve: que se quede ahí, que á bien que si me apurare 
la calor me soplaré con la punta de mi rebozo, que 
esa sí la sé menear bien con una mano y sin miedo 
de que se quebré, como puede suceder al aventador 
pintado. 

El coronel dio prisa á las señoras para que nos 
fuéramos á la iglesia, porque ya se había dado el tercer 
repique para la misa: y así, poniéndose Marantoña su 
rebozo, se dirigió la comitiva para la iglesia. 

En el camino decía el coronel á doña Matilde: 
—¿Has de creer que me gusta la novia? — ¡Hola I ¿te 
gusta? pues cásate con ella... — No es eso lo que te digo: 
me agrada en ella su carácter sencillo y su juicioso 
modo de pensar. ¿No oiste qué oportuna lección de 
conformidad dio á más de cuatro que la escuchaban 
cuando rehusó ponerse el túnico negro? Esta es mucha 
humildad y moderación en una payita joven, de quien 
se debía esperar que estuviera deseosa de parecer bien 
y de componerse, aunque fuera de prestado, como lo 
hacen tantas, aunque no estén de boda; pero María 
Antonia ha conocido la vanidad de este deseo, y no 



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348 



PENSADOR MEXICANO 



quiere exponerse á que sus iguales, envidiosas de su 
decencia, so la murmuren llamándola rota y moiicosay 
como ella misma dice. 

Como la iglesia estaba inmediata á su casa, de 
donde salimos, no tuvo tiempo el coronel para hablar 
más sobre esto y mucho menos, porque luego que de 
la torre nos vieron ir, hicieron señas de dejar. Con 
esto nos apresuramos. 

Estaba ya el cura revestido, y luego que entraron los 
novios y padrinos, procedió á las sagradas ceremonias 
del matrimonio, y cantó la misa después de ellas. Conclui- 
da, salió de la sacristía y nos condujo á todos á su casa. 

Pascual estaba entreverado, unas veces alegre y 
otras triste, acordándose de que no alcanzaba su comida 
para tantos, y más triste se ponía al acercarse la hora 
de almorzar. 

Pero ¡cuál ^mO su sorpresa y su alegría cuando oyó 
decir al cura: — Señores, vamos á la huerta á tomar 
alguna cosita, porque ustedes ya lo han de menester, 
como (jue madrugaron y han caminado, aunque pocol 
Diciendo esto se levantó el cura de su asiento, hicimos 
todos lo mismo, y nos dirigimos á la huerta. 

Al entrar en ella se acabaron de trastornar Pascual, 
los novios, sus parientes, y poco í'altó para que á 
nosotros sucediera lo mismo, al ver la magnífica senci- 
llez con que estaba todo prevenido. 



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OBRAS ESCOGIDAS 349 

La naturaleza por una parte y por otra la curio- 
sidad del cura, habían formado en aquel frondoso sitio 
una huerta útil y un pensil ameno y delicioso. Las 
varias frutas que matizaban el alegre verde de los 
árboles, colocados en bien dispuestas calles; las dife- 
rentes flores que adornaban una multitud de arriates 
y tiestos curiosos; los agradables aromas que las hierbas 
y rosas exhalaban; el gorjeo de mil hermosos pajarillos 
que trinaban alegres saltando de rama en rama; el 
suave murmullo de las cristalinas aguas que se desli- 
zaban por los caños para regar las plantas y las flores, 
y el conjunto de todas estas cosas halagaban los sen- 
tidos y suspendían el espíritu dulcemente. 

En medio de la huerta estaba una graciosa fuente- 
cilla, y á su lado se formaba una hermosa galería, en 
la que estaban colocadas las mesas en donde se había 
de servir el almuerzo. 

Mil lazos de amapolas, xúcJiiles, claveles y rosas 
se entretejían con el mejor orden de un árbol á otro, 
fingiendo las paredes del salón y haciendo un tapiz 
tan alegre como natural. Los rayos del sol no penetra- 
ban en aquel lugar delicioso, porque sobre las copas de 
los árboles estaba formado un majestuoso pabellón 
de damasco carmesí con cordones de seda verde y 
oro, y el pavimento estaba entarimado y cubierto con 
unas muy buenas alfombras para que la humedad no 

LA QUIJOTITA. — 88. 



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350 



PENSADOR MEXICANO 



molestase á los que debían permanecer allí por largo 
rato. 

La repentina vista de este ameno y florido verjel 
me hizo creer (|ue estaba yo en los pensiles de Semíra- 
mis ó en los prados y bosques de Arcadia. No sólo yo 
fui de este parecer; á todos sorprendió tan halagüeña 
perspectiva, y á porfía alababan el buen gusto del señor 
cura, que tan á poca costa había dispuesto un salón tan 
cómodo y alegre. 

Luego que estuvimos en 61, hizo el párroco que se 
sentasen todas las personas decentes en la primera mesa, 
y en ella también los novios y sus padres. Pascual esta- 
ba atónito y elevado; pero aún no deponía el temor que 
lo acosaba de que su prevención fuera escasa. Por todas 
partes volvía la cara, y como no veía disposición alguna 
de comida, se ponía muy fruncido, pensando, según 
después nos dijo, que esperaban el alimento de su casa. 

El señor cura dispuso que el padre vicario fuera á 
cumplimentar á los parientes y convidados de los novios 
en otra mesa que tenían prevenida, no muy lejos de la 
nuestra. 

Ya todos sentados en sus correspondientes lugares, 
tiró el cura de un cordón, sonó una campanilla, y 
al momento se presentaron cuatro graciosas inditas, 
ricamente vestidas según su traje, y comenzaron á servir 
los platos y las copas. 



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OBRAS ESCOGIDAS 351 

El primer brindis se dirigió á la salud de la novia, y 
á seguida comenzamos á escuchar un agradable concierto 
de música; aunque no veíamos la orquesta, porque el 
cura la ocultó sagazmente tras de un emparrado para que 
nos cogiera más de nuevo. 

Lo opíparo del almuerzo, lo divertido del lugar, el 
golpe de la música y el trato dulce y cortos del coronel, 
del cura y otros señores, contribuía á aumentar en todos 
la alegría más inocente. No se hablaba en la mesa de 
cosa que no entendieran bien los novios y sus padres. 
El campo, las siembras, las semillas, las cosechas, los 
carneros, los toros y las vacas dieron asunto para toda 
la conversación, que manejaron muy bien los entendi- 
dos, haciendo hablar sobre todo á Pascual, á su hijo, 
y aun á la novia; y como se les hablaba sobre materias 
que entendían, estaban contentos, menos vergonzosos 
y muchas veces satisfechos, porque quinaban en asunto 
del campo al coronel, al cura y á otros, como que habla- 
ban con instrucción y con experiencia. |Qué cierto es 
que cada uno es voto en su profesión! 

El señor Labín y el otro eclesiástico excitaban aún 
más nuestra alegría con sus chistes salados y corteses. 
A todos hacían reir de cuando en cuando, especialmente 
á la novia, á quien dirigían sus chanzas sazonadas, deján- 
dola contenta. Dos cosas aprendí con la ocasión de asistir 
aquellos señores á la mesa: la primera, que así como en 



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352 



PENSADOR MEXICANO 



cualquier concurrencia decente se hace despreciable el 
faceto que á cada instante quiere á costa suya y de aver- 
gonzar á otros, arrancar la risa á los que lo oyen, así se 
hace apetecible un hombre de talento que sin hacer 
profesión de hazmerreir ó de bufón sabe mantener en 
todos la alegría sin ofensa de ninguno. Esto fué lo 
primero que aprendí, y lo segundo, que la chanza, para 
que agrade, es necesario que tenga cuatro circunstancias: 
j'oria/, inocente, ojjofitma ij discreta: de suerte que en 
careciendo de cuakjuiera de ellas, degenera en sátira 
picante ó en una insulsez fría y sin gracia. Por lo cual 
no es tan fácil desempeñar con aire el papel de chan- 
cero en una función pública, y no debe meterse á ello 
el (jue no se considere dotado del talento y gracia par- 
ticular que se requiere para no pasar la plaza de ridículo 
ó desatento. 

Finalmente, con general complacencia y satisfacción, 
se concluyó el almuerzo: después nos levantamos todos, 
y nos fuimos á pasear por la huerta. 

Nada le faltó que prevenir al señor cura para que 
nuestra diversión fuera completa. En los árboles más 
copados se veían pendientes diferentes objetos que la 
proporcionaban. En unos había curiosos tableros de 
damas; en otros bolsas de fichas y naipes para jugar 
tresillo y otras cosas; en éstos, instrumentos músicos; 
en aquellos, libros de novelitas y poesías; algunos esta- 



OBRAS ESCOGIDAS 353 

ban surtidos de barretas de fierro, otros de pelotas y 
guantes para los que quisieran ejercitar las fuerzas, y en 
muchos había reatas muy cómodas para la diversión del 
columpio. 

Cada uno fué tomando la que más le inclinaba, según 
su edad y su temperamento, de suerte que dentro' de 
media hora ya estaban todos destinados. Por aquí se veían 
dos jugando á las damas; por allí otros tocando los ban- 
dolones y flautas; cuáles estaban tirando la barra, cuáles 
jugando á la pelota ó los naipes; ya se encontraba una 
señora recostada sobre un sofá leyendo un libro, ya otra 
cantando una aria ó un terceto; mientras las más jóvenes 
se divertían apedreando los árboles para bajar frutas sazo- 
nadas, ó meciéndose en los columpios, ó jugando en los 
cafíitos de agua, ó cortando las más fragantes rosas, con 
que se adornaban el pecho y las cabezas. 

Parece que la inocencia y la alegría habían bajado 
de los cielos á aquel lugar ameno y delicioso. Yo observé 
que en un instante las mujeres cortesanas depusieron el 
aire de etiqueta y las payitas su natural encogimiento. 
Todas conversaban, corrían y retozaban alegres y conten- 
tas con la mayor familiaridad. Hasta Marantoña, que por 
razón de novia debía haber estado más cuitada ^ que las 
otras, andaba con todas saltando como una cabra, y tre- 



• No hay razón para que las novias se avergüencen ó se acuiten ; porque ya lo han 
liecho costumbre, principalmente las aldeanas. : 

LA QUIJOriTA. —89. 



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354 PENSADOR MEXICANO 

pandóse á los árboles con más ligereza que ur.'ji ardilla, 
para tirarles á las niñas los chabacanos más grandes y 
las peritas más maduras. 

Así permanecieron jugando y divirtiéndose como 
hasta la una y media del día, á cuya hora mandó poner 
las mesas el señor cura y trató de (jue fueran todos á 
comer. Fácil es conocer (jue las muchachas llegaron 
muy cansadas de retozar, muy coloradas por el sol y 
el ejercicio, y las más con alguna avería; porque unas 
llegaban con los túnicos rasgados, otras con los zapatos 

» 

llenos de lodo, ésta con un brazo raspado, aquélla con la 
peineta hecha pedazos; pero todas llenas de risa, sudando 
y rebosando la alegría por todas partes. 

El señor cura las recibió con mucho agrado, y 
después de que todos nos sentamos á la mesa, decía el 
coronel : 

— Vea usted con disimulo cuánto gusto tienen estas 
niñas y qué contentas han estado. Ciertamente que si 
todas las señoritas de la ciudad tuvieran proporción de 
divertirse siquiera cada ocho días de esta manera, pade- 
cerían menos Hatos é histéricos que los que padecen. 
El ejercicio en el campo y entre personas alegres y jovia- 
les es mucho más provechoso para la salud y más ino- 
cente en lo moral que los bailes que apadrinan por lícitos 
muchas personas. Pues, hablo de los bailes en general, 
que en lo particular ya sabemos que puede haber bailes 



OBRAS ESCOGIDAS 355 

donde se junten la honra y el provecho; pero el campo, el 
campo es el depositario de la alegría, de la salud, de la 
riqueza y de la inocencia. 

De esta manera alternaron sus conversaciones, ya 
serias, ya jocosas; pero todas instructivas é inteligibles 
á aquellos pobres rústicos que nos acompañaban; y luego 
que se concluyó la comida, dio gracias á Dios el eclesiás- 
tico de quien hablamos en el capítulo VIII, que se llama- 
ba don Jaime; seguimos conversando un poco más por 
sobremesa, y después fuimos cada uno tomando nuestro 
sofá ó canapé de los muchos que había debajo de la som- 
bra de los árboles, y nos acostamos á reposar la siesta. 

A las cuatro nos sirvieron café y chocolate, y subi- 
mos á la vivienda del párroco; allí se aguardó ú los 
demás de la comitiva, mientras que el coronel, su es- 
posa, su hija, la familia de doña Eufrosina y yo fuimos á 
dejar á los novios y sus padres á su casa, después de dar 
al cura los más justos agradecimientos. 

Luego que llegamos á la pobre habitación de estas 
buenas gentes, le dijo el coronel á Pascual que nada le 
debía de los veinticinco pesos que le había pedido, y este 
sencillo labrador le dio mil gracias por tantos favores, 
sintiendo al mismo tiempo la droga que á su parecer 
tenía contraída con el cura, y añadía: 

— Ya yo estoy vendido y Culás, cuando menos para 
dos años, pos si sólo por el casamiento me ha llevado 



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356 PENSADOR MEXICANO 

quince pesos el señor cura, ¿cuánto nos llevará por todo 
el gasto que ha hecho agora? 

— Nada te llevará, le respondió el coronel, porque 
todo el gasto ha sido mío y la disposición ha sido suya; 
lo que debemos todos agradecer, porque ninguna obliga- 
ción tenía de hacerlo. Entonces redobló sus expresiones 
Pascual y todos los suyos, confesándose esclavos del co- 
ronel, de su familia y de su cura. El fervor con que pro- 
rrumpía aquella buena gente sus agradecidas expresio- 
nes, manifestaba (]ue las decían de corazón, y el alegre 
semblante con que el coronel las escuchaba, daba á 
entender que estaba satisfecho de su sinceridad; ¡ya se 
ve! que los beneficios que se hacen á los pobres, como 
que van desnudos de interés, por lo común se perpetúan 
en sus corazones para el agradecimiento. 

En fin, llegó la hora de despedirnos. Todos abra- . 
zamos á los novios y les felicitamos su enlace con pala- 
bras más sencillas; pero Pomposita, acordándose de su 
genio cortesano pedantesco, dijo á María Antonia: 

— Me alegraré de (|ue disfrute usted el amable con- 
sorcio de su esposo los años de Néstor, con la paz del 
tiempo de Augusto César Octaviano. 

Atónita se quedó la pobre ranchera con esta arenga, 
que entendió lo mismo que si se la hubieran dicho en 
griego. Doña Matilde y Pudenciana hicieron por disi- 
mular la risa, y no pudiendo, volvieron los rostros á 



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OBRAS ESCOGIDAS 



357 



otro lado y se taparon la boca con los abanicos; esto 
lo advirtió la pavita, y pensando que se reían de ella, se 
acortó' más, y le dijo á su madrina: — ¿Y agora qué |d¡go 
yo? porque maldito lo que entiendo á esta niña. — Dile 
que viva mil años, le respondió el coronel. Lo dijo así, 
se repitieron los abrazos y nos marchamos para la calle. 
Cerca de las oraciones de la noche llegamos á las 
casas cúrales, donde nos sirvieron el refresco, y con- 
cluido, nos despedimos del señor cura y regresamos 
á esta hermosa capital, adonde llegamos en media hora, 
acompañados de dos mozos que nos puso Pascual para 
que cuidasen y volviesen al rancho los caballos. 




LA gUIJOTITA. — *M. 



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CAPITULO XVI 



En el que se refiere el principio de la triste historia 

iia Carlota y de Welster. Éste resuelve incorporarse ¿ la Iglesia cató'ica; hace un análisis 

de los fundamentos más sólidos de nuestra religión , recibe el bautismo, 

y va á la Habana á negocios de comerc'o 



Entramos en México, paró el coche en la casa de 
'ioña Eufrosina, y todos nos apeamos en ella, llevando 
los mozos los caballos á su destino. , 

Cuando subimos á la sala encontramos en ella á un 



^-Va'i. -^i 4. : . 



7 



360 



PENSADOR MEXICANO 



joven como de treinta años, muy bien presentado, que 
había llegado á esta capital esa misma mañana y había 
ido á casa de doña Eufrosina en solicitud del caballero 
Labín, á quien venía recomendado de la ciudad de 
Washington, de donde era natural, y se llamaba Jacobo 
Wolster. 

E^te individuo nos captó la voluntad luego que co- 
menzó á platicar y darnos razón de su patria y del fin 
de su viaje, que era sobre asuntos de comercio. Díjonos 
que había estado en España largo tiempo, y lo acreditaba 
con la perfección con que poseía el castellano y con las 
exactas noticias que daba de la Península, y especial- 
mente de Madrid. Después de habernos dejado aficio- 
nados á su trato fino, y satisfechos de que era un hombre 
instruido, se despidió con el señor Labín, con quien se 
retiró, y nosotros hicimos lo mismo, pues estábamos 
cansados y con deseo de recogernos temprano. 

Algunos meses pasaron sin que yo advirtiese nada 
particular, sino la mucha familiaridad que contrajo 
Welster en la casa de doña Eufrosina, la que cada día 
se aumentaba con las frecuentes visitas que él hacía con 
objt'to determinado. VMe era una joven hermosa llamada 
Carlota, hermana de Adelaida y amiga íntima de Eufro- 
sina y de su hija. 

Desde luego el amor enredó los corazones de ambos, 
y por más que hacían uno y otra por disimular mutua- 



OBRAS ESCOGIDAS 361 

mente su pasión, no podían. Cada vez que concurrían 
juntos tenían, sin duda, un rato muy amargo. Los ojos 
de Jacobo se encontraban con los de Carlota y se expre- 
saban con demasiada viveza: ésta recibía las miradas 
con agrado; pero en el momento apartaba la vista de su 
amante, manifestando la mayor indiferencia. De manera 
que Carlota estaba asegurada de la voluntad de Jacobo; 
pero éste no estaba cierto de la correspondencia de su 
amada. 

Así pasaron como seis meses, hasta que una noche, 
agitado fuertemente su corazón con la memoria de su 
adorado objeto y no pudiendo dormir, comenzó á dar 
vueltas y más vueltas en la cama, á suspirar y hablar 
solo con tal tono de voz, que su compañero, el señor 
Labín, temiendo no estuviese enfermo, le preguntó 
desde su catre (jué tenía. Jacobo le respondió que 
nada; pero que no podía dormir. Disimuló entonces, y 
se sosegó por unos cuantos minutos, al cabo de los cuales 
volvió á su primera inquietud. 

El señor Labín temió que su compañero estuviese 
para perder el juicio, y como le quería mucho, trató de 
ver cómo lo serenaba, haciéndose primero informar de 
!a causa de su aflicción. 

Resuelto de esta manera, se levantó, se cubrió con 
>u ropón, se puso sus chinelas, se dirigió á la cama de 
Jacobo, y sentándose en ella, con el mayor cariño le dijo: 

LA QUIJOTITA. — 91. 



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362 PENSADOR MEXICANO 

— Welater amigo, ¿qué tienes? ¿qué te aflige? 
¿por qué me disimulas tu cuidado? ¿Tienes algún mo- 
tivo para desconfiar de mi amistad, ó ya me he hecho 
indigno de la tuya?... Quó, ¿inclinas la cabeza sobre el 
pecho? ¿me miras con vergüenza? ¿enmudeces y las 
lágrimas destilan de tus ojos? Vamos, Welster, habíame 
por tu vida: yo me intereso en tus desventuras tanto 
como tú mismo; declárate, ensánchate; ¿qué tienes? 

Entonces Welster, desarrollando sus sentimientos 
de una vez, y apretando la mano del señor Labín contra 
su pecho, le dijo: 

— ¿Qué he de tener, amigo, qué he tener? una 
rabia, una .desesperación, un fuego que me consume 
el alma. Tengo amor, sí: adoro á una joven hermosa, 
cuyas recomendables circunstancias han avasallado mi 
corazón, en tc'rminos que no soy dueño de mí... Este 
abatimiento es vergonzoso en un hombre de mi carácter, 
lo confieso; pero tú eres discreto, sí; tú conoces que 
no siempre le es muy fácil al hombre el resistir á sus 
pasiones; muchas veces éstas nos dominan y avasallan 
contra los más poderosos gritos de la razón. En este 
caso me hallo, compadéceme. 

— ¡Desgraciado de tí, dijo el señor Labín, si has 
pensado alguna vez estar exento de las humanas fla- 
quezas 1 Welster, todos los hombres tenemos nuestras 
imperl'ecciones: nadie vive sin delitos, dijo un antiguo. 



OBRAS ESCOGIDAS 363 

y el mejor hombre es el que tiene menos. El amor es 
una pasión propia de las almas generosas y sensibles 
como la tuya. Las virtudes por sí mismas son amables, 
y cuando se hallan en una mujer hermosa nos parecen 
aún más atractivas. ¿Qué hay, pues, que extrañar que 
una criatura de éstas haya rendido tu corazón al im- 
perio violento del amor? Lo que debes ahora no es 
avergonzarte de amar, sino ver si puedes poseer el 
objeto de tu amor honestamente. ¿Cuál es la señorita 
que te ha agradado? 

— Carlota, dijo Jacobo, la hija del comerciante don 
Tadeo, que concurre á la casa de doña Eufrosina. 

— ¿Y no le has declarado tu pasión? 

— Mis ojos le han dicho mucho, pero mi lengua 
nada; pues el ser extranjero me parece que es bastante 
para que no me corresponda. Sin embargo, ya no puedo 
sufrir, y pues eres mi amigo verdadero y me has di- 
cho que cuente contigo para todo, estoy resuelto á de- 
clararme. Mañana le he de escribir un billete; tú has 
de hacer que llegue á sus manos y que no se quede 
sin respuesta. 

— La empresa es opuesta á mi carácter; pero soy 
tu amigo y te he empeñado mi palabra. Duerme ya 
sin cuidado, que mañana escribirás, y yo haré por que 
todo se allane. 

Con esto se sosegó un poco Welster, y se recogieron 



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364 



PENSADOR MEXICANO 



A la mañana siguiente, cuando el señor Labín se 
levantó, ya tenía Jacobo escrito el billete para su amada, 
el que puso en manos de su amigo, y éste salió para la 
calle. 

Llegó á casa del coronel, con quien estábamos al- 
morzando, y allí nos contó lo que va referido. Doña 
Matilde no pudo reprimir su curiosidad, y así rogó al 
señor Labín que, si no desmerecía su confianza y si el 
billete estaba sin lacre, se lo leyera, porque deseaba 
ver cómo se explicaba Jacobo. El señor Labín condes- 
cendió con su ruego y les leyó el papel, que decía de 
esta manera: 

«Bella Carlota: Yo os amo con pureza; no puedo 
ya resistir al dulce imperio de vuestros ojos. Decidme 
si os ofendo, ó si algún día podré esperar que hagáis 
para siempre venturoso al infeliz 

Jacobo.» 



— ¡Qué poco escribe! dijo Matilde; pero se explica 
bien. ¿Y usted cómo piensa salir de su cuidado? 

— Fácilmente, respondió el señor Labín; la señora 
su hermana de usted tiene mucho arte para todo, y 
además lleva una amistad muv íntima con Carlota. De 
ella pienso valerme, y creo que pronto tendremos la 
respuesta en nuestra mano. 



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OBRAS ESCOGIDAS 



365 



Así fué, en efecto. A los dos días volvió el señor 
Labín, v nos manifestó la contestación de Carlota con- 
cebida en estos términos: 

«Caballero Welster: Una de las virtudes que más 
me agradan es la ingenuidad y sencillez. No hay para 
(jué disimular los afectos cuando son inocentes. En esta 
inteligencia, si V, me ama, está correspondido, y se 
lograría sin duda nuestro amor con el honroso enlace 
(jue V. por su parte facilita; pero por la mía hay dos 
obstáculos insuperables que lo impiden. Las leyes civiles 
y eclesiásticas están en nuestra contra. Yo no puedo 
casarme sin licencia de mi padre, opuesto siempre, no 
sé por qué motivo, al matrimonio; y menos puedo unir- 
me en este estado con quien no profesa la religión 
católica. Si V. me ama como dice, haga por allanar 
estos inconvenientes, y podrá asegurarse de que será 
suyo el corazón de 

Carlota.» 



— La carta me parece muy bien puesta, dijo Ma- 
tilde; da á entender que la muchacha no es tonta ni 
loca y piensa con juicio; pero también es demasiado 
fácil para corresponder: no parece sino que estaba 
deseando la ocasión. 

— Cuando así sea, contestó el coronel, yo no se lo 

LA QUIJOTITA. — 92. 



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366 PENSADOR MEXICANO 

tengo á mal, pues si ella está tan apasionada como él, 
desearía dar desahogo á su pasión correspondiendo á 
su amante. No tienen las mujeres menos derechos que 
los hombres para usar de la verdad lícitamente, y la 
misma Carlota lo da á entender, cuando dice que no 
licíij para que disi mular los afectos cuando son inocentes, 
en lo que explica más de lo que parece. Finalmente, 
veremos en qu*' paran estas buenas aventuras en que 
se ha metido nuestro amigo Labín. 

Kste, concluida la conversaci<')n , se retiró para su 
casa, y entregó á Jacobo el papel de su querida. Lo 
leyó cinco ó seis veces, y no cabía en sí de gusto al 
sab(M' (jue contaba con el corazón de Carlota. — Ahora 
sí, decía á Labín, ahora sí me tongo por el más feliz 
de los mortales con la posesi(')n de mi Carlota. Sí, México 
es ya mi patria. No tengo en Washington ninguna cosa 
que me arrastre: mis padres han fallecido, mi hermana 
es rica y no necesita de mis auxilios para nada; la ma- 
yor parte de mis intereses están en mi poder, y para 
recoger los que allá quedan, tengo buenos amigos de 
quienes valerme: pero aun cuando tuviera en el Norte 
padres, deudos é intereses, todo lo abandonaría, porque 
todo se debe abandonar por Carlota. 

— ¿Pero de qué manera piensas vencer los dos in- 
convenientes (|ue ella dice? le preguntó el señor Labín; 
y Jacobo sin detenerse respondió: 



T--iV^~a< 



OBRAS ESCOGIDAS 367 

— Por lo que toca d la religión, estoy resuelto á 
abrazar la católica. Este debe ser el primer paso; y por 
lo que respecta á persuadir á su padre para que le con- 
ceda su permiso, creo que no habrá mayor dificultad, 
pues yo no carezco de bienes suficientes para sostenerla 
con decencia, y tú y el amigo coronel tenéis, á lo 
que entiendo, mucho influjo sobre el caballero Tadeo, 
y no dudo que ambos haréis por mí cuanto os sea 
dable. 

— Puedes estar seguro, dijo el señor Labín, de que 
el coronel y yo te serviremos en cuanto esté de nuestra 
parte; pero en confianza de la amistad debo advertirte 
que examines bien tu corazón: mira que las pasiones, 
aun las más puras, cuando son vehementes, nos ofus- 
can y no nos dejan ver lo más cercano. Se necesita 
vocación, así para entrar en el cristianismo como para 
abrazar el matrimonio. Yo te he oído hablar siempre 
bien de nuestra religión; pero jamás te he observado 
tan dispuesto como ahora para recibirla, y esto me hace 
pensar que Carlota ha hecho esta repentina mutación. 
S¡ así es, entiende que no se debe seguir á Jesucristo 
por particulares intereses, sino únicamente convencidos 
por la pureza de su ley y por la efusión de la fe. Con- 
que si quieres ser cristiano, mira lo que haces, registra 
tu interior, examina el origen de tu deseo, instruyete 
en nuestros principios; y si después de bien explorada 



T^-xar- . •■ ■•.'., ..•■' ■ •■■. ,;, •- ■ :. - ^■, í . ..: = >-'-t- ^r.- -''í írn^' 



368 PENSADOR MEXICANO 

tu intención resultare que es recta, adopta como la . 
mejor y la más cierta la religión católica. 

Advierte también que no es lo mismo desear la 
posesión de una mujer como mujer hermosa, rica ó 
prendada, que desearla para esposa, madre de familia 
y compañera única hasta la muerte. Para lo primero 
basta ser hombre, porque todo hombre se inclina d la 
mujer; pero para lo segundo es necesario creer y co- 
nocer la gracia y virtud del sacramento del matrimonio. 

Aun cuando el casamiento era solamente un con- 
trato natural, desagradaba á Dios tanto que se hiciese 
únicamente por saciarse con los placeres sensuales, que 
en las sagradas letras se nos cuenta de aquellos siete 
maridos que tuvo Sara muertos por el demonio Asmodeo 
en las mismas noches de las bodas, v temiendo Tobías 
casarse con ella porque no le sucediera otro tanto, lo 
animó el ángel san Ralael dicióndole: El demonio sólo 
tiene poder sobre ci(¡üellos que se easan sin acordarse 
de Dios, ¡I únicamente para satisfacer su liviandad, 
como el caballo 1/ el mulo (jue carecen de entendimiento. 
Si esto sucedió, según te dije, cuando ol matrimonio era 
un mero contrato natural, ¿qué se deberá esperar hoy 
que se halla elevado por Jesucristo á la dignidad de 
sacramento? 

Verdad es que no oímos referir ejemplares tan te- 
rribles como el pasado. Se casan muchos, muchísimos, 



<^,w:^9J^<sA.<i 



"'^^ 



OBRAS ESCOGIDAS 369 

con el mismo fin que los maridos de Sara, y con todo 
eso no los mala Asmodeo; pero sobre estos casados 
llueven treinta mil plagas, que son á veces peores que 
el demonio. La pobreza, los hijos mal criados, las des- 
confianzas, las riñas, los celos, el despego y el odio, 
son las resultas de un casamiento hecho sin voca- 
ción. 

El matrimonio, considerado como sacramento de 
la ley nueva, tiene tres fines, que son: Pi-o¡)a(jar la 
especie humana, aplacar la concft/tiscencia y causar 
(jracia unifira. Del logro de estos fines resultan en el 
matrimonio tres bienes: Kl de la ¡irole, el de la Fe ij 
el del Sacramento. El primero consiste en tener suce- 
sión; el segundo en la fidelidad y amor que deben tener 
los consortes, y el tercero en que esta unión en paz y 
en amor sea hasta la muerte. 

En inteligencia de esta doctrina, consulta bien tu 
corazón, para que después no te arrepientas cuando 
pruebes los sinsabores del estado; porque ya sabes que 
en esta vida miserable no hay uno que no los tenga, y 
sería un necio el que se representara el matrimonio 
como un jardín lleno de ñores y sin ningunos abrojos 
ni malezas. Así lo pinta el amor, visto de lejos; pero 
luego que entramos en él, advertimos que en el mejor, 
en el más pacífico y feliz, no faltan algunas espinitas, 
que aunque no hieren, lastiman. Conque vuelvo á acon- 

LA gUUOTITA. — 93. 



•^~ -. Tn^'j^-»T«»«-'»7T^jr-^7Vf 'Tr'^' .,''.'J«. \'!!9W'V'!7Z^ 



370 PENSADOR MEXICANO 

sejarte que antes que te resuelvas lo pienses bien, con 
la prudencia propia de tu carácter. 

Así desempeñaba el caballero Labín el cargo de 
amigo verdadero de Welster, y éste correspondía agra- 
deciendo su instrucción, y observando en cuanto podía 
sus consejos. 

No dejó de traslucirse en la tertulia de doña Eufro- 
sina la mutua inclinación de los dos nuevos amantes, y 
tanto, que las amigas de Carlota la llamaban /a in(//esi(a, 
sobrenombre que á ella no le desagradaba. 

1^1 señor Labín, ufano con la resolución que tenía 
su amigo Jacobo de hacerse católico, fué á casa del coro- 
nel y la participó muy placentero. Doña Matilde, des- 
confiando de la verdad de la vocación, le dijo: 

— Yo me alegraré de que piense el inglés ^ en ser 
cristiano; pero dudo de que lo quiera ser de veras. Car- 
lotita se puede lisonjear de esta repentina conversión, 
aunque yo no (juiero creerla todavía; antes juzgo que, si 
como ella es cristiana fuera mora ó judía, Welster se 
volviera judío ó moro con la misma facilidad que quiere 
ser cristiano. Es mucha la fuerza del amor. 

— Es cierto, le dijo su marido; pero aun cuando 
Jacobo quiera abrazar la religión católica por interés do 
Carlota, no es extraño. En verdad (jue siendo este solo 

* Aunque no era inglés lo llamaba asi Matilde por su idioma, pues como era anglo- 
americano hablaba inglés. E. 



OBRAS ESCOGIDAS 



371 



el motivo, no es muy puro; pero la mujer fiel santifica al 
marido infiel, v muchas veces Dios se ha valido de las 
mujeres como de medios oportunos para la conversión 
de los gentiles y aun de reinos enteros. Escribiendo 
San Pablo á los de Corinto é instruyendo con doctrinas 
sagradas á la Iglesia de Cristo, que comenzaba entonces 
y no estaba aún bien enseñada, entre otros preceptos 
que les dio fué uno éste: «Si alguna mujer cristiana 
está casada con varón infiel, no lo deje ni se aparte de 
él; porque algunas veces ha sucedido que el marido 
infiel vino á ser santo por medio de la mujer cristiana.» 
Estas palabras trasladó San Jerónimo á una noble 
señora romana llamada Leta, mujer de Toxacio, hijo 
de Santa Paula, del cual tenía una hija del propio 
nombre. 

¿Pero para qué hemos de citar casos particulares en 
prueba de esta verdad, cuando sabemos que las mujeres 
cristianas colocadas en los tronos hicieron cristiana la 
mayor parte de la Europa, atrayendo al cristianismo á sus 
maridos? Por medio de ellas recibieron el Evangelio la 
Francia, la Inglaterra, parte de la Alemania, la Baviera, 
la Hungría, la Bohemia, la Lituania, la Polonia, etc., 
y también por su medio renunciaron el arrianismo 
la España y la Lombardía. Conque nada nuevo será 
que Carlota sea el instrumento de la conversión de 
Jacobo. ¡Ojalá hubiera mil Carlotas que trajeran al 



'^•^g^f^f^.- 



372 



PENSADOR MEXICANO 



gremio de la verdadera religión otro tanto número de 
Welstersl 

— Ya me convenciste, dijo Matilde; pero satisface 
mi curiosidad, que quiere saber ¿cómo pasó la España 
del arrianismo á nuestra religión por medio de una 
mujer, y qué mujer fué ésa? pues hasta ahora oigo seme- 
jante cosa. 

— Te daré gusto, dijo el coronel, ciñéndome á la 
posible brevedad. Habiéndose hecho dueño de casi toda 
la España Leovigildo, casó de segundas nupcias con 
Gosvinda, y estableció á Hermenegildo, su hijo, rey de 
Sevilla, dándole por esposa á Ingunda, hija de Sigis- 
berto, rey de Austrasia. 

Ingunda era católica, y su suegra, arriana; pero tan 
apasionada por su secta, que no omitía diligencia para 
atraer á ella á cuantos podía. Ingunda debía merecer 
este cuidado á su buena suegra. En efecto, ésta empleó 
las caricias, las amenazas, la autoridad, el desprecio y 
los ultrajes hasta llegar á arrastrarla de los cabellos; 
pero todo fué en vano, pues la reina cristiana resistió 
con una inllexible firmeza sus malos tratamientos, y con 
tan heroica paciencia, que todo lo disimuló y ocultó á su 
marido, sin quejarse jamás, ni faltar al respeto y afabi- 
lidad á su cruel enemiga. Sin embargo, fueron tales los 
excesos de Gosvinda que llegó á saberlos Hermenegildo, 
y admirado de la virtud de su esposa, conoció en el con- 



'^.fyfV"^. 



OBRAS ESCOGIDAS 373 

traste de ambos procederes la diferencia de las dos reli- 
giones, y juzgó que la de Ingunda no podía inspirar tanta 
virtud sin ser la verdadera. 

Con este pensamiento se dirigió á su tío San Lean- 
dro, obispo, quien lo instruyó en los misterios de la.í'e, 
y abjuró el arrianismo. Este fué el día de mayor gozo 
para su virtuosa mujer, que no le duró mucho, pues 
habiendo sabido Leovigildo la conversión de su hijo, se 
irritó contra él furiosamente y procurO reducirlo á su 
antigua secta á toda costa. 

Probó los medios de la dulzura, le salieron vanos, 
y se valió del poder. Se dirigió á Sevilla, la sitió, la 
tomó y cayó Hermenegildo en sus manos. Fué puesto 
en una prisión, y cuando Leovigildo se cansó de mor- 
tificarlo, le envió á ofrecer su libertad v restituirlo á su 
trono como se convirtiera al arrianismo. El santo preso 
despreció las ofertas con resolución cristiana. 

Por segunda vez le envió su padre á su hermano 
Recaredo, asegurándole que lo admitiría á su gracia con 
la condición sola de que recibiese la comunión de mano 
de un sacerdote arriano. Respondió Hermenegildo que 
la religión católica no permitía estos disimulos en la fe. 
l^sto irritó á Leovigildo tanto, que inmediatamente mandó 
íiue le cortasen la cabeza en la prisión. Su esposa huyó 
con su hijo Teodorico al África, donde á poco murie- 
ron los dos. 

LA QUIJOTITA. — y4. 



n'íÁ^ iVir.runfi r' 'lí.iV -É á r ^ -»t V ■ i'a^ . . ' 7i¿l mV ii T. H I "i"^' "'■^ 



374 



PENSADOR MEXICANO 



Leovigildo lloró después la muerte de su hijo, y su 
sentimiento se convirtió en un odio mortal contra los 
católicos. Desterró d los obispos y al mismo San Lean- 
dro, su cunado: despojó las iglesias de sus bienes y orna- 
mentos; quitó la vida á los más ricos y poderosos seño- 
res, y cometió otras crueldades semejantes. 

En el mismo año se enfermó de muerte, y sucedió 
una cosa rara estando próximo á ella, y fué que rnandó 
llamar á San Leandro para que instruyese á su hijo 
Recaredo en los dogmas de la religión católica, y de- 
seando que su hijo fuera cristiano, ('1 murió hereje, sin 
querer abrazar una religión cuya verdad conoció á las 
orillas del sepulcro. Mn una palabra, la virtud de Ingun- 
da convirtió á Hermenegildo, y la sangre de este mártir 
se logró en la conversión de su hermano Recaredo y de 
toda la nación de los godos de España. 

Esta es en breve la historia, que hace ver cómo una 
mujer fué el medio de que Dios se valió para que en 
menos de dos años casi toda la nación goda abjurase el 
arrianismo. ¿Por qué no se podrá valer de Carlota para 
que Jacobo deteste los errores de los anabaptistas, que es 
la secta que profesa, según sabemos por mi amigo Labín? 

— Así es, dijo éste, y á más de esa cristiana espe- 
ranza, que es la mejor, tenemos otra que se puede 
llamar política, y consiste en que Welster es muy sen- 
sible, tiene talento, ha vivido mucho tiempo entre los 



■'■-■■fr:. - 



OBRAS ESCOGIDAS 375 

católicos, y está más que medianamente instruido en 
nuestra religión. Yo estoy acabándolo de catequizar, y 
creo que no me costará mucho trabajo. El muchas 
veces avuda mi discurso con sus sólidas reflexiones. Si 
ustedes lo oyeran probar la verdad de nuestra santa reli- 
gión por principios sencillos y evidentes, se complacieran 
demasiado. 

— jAy, como que sil dijo Matilde. ¿Cuándo nos 
hace usted favor de traerlo para que tengamos ese gusto? 

— Esta misma noche, dijo el señor Labín. 
— Pues quedamos en eso: no se olvide. 

¿Cómo había de quedar mal el señor Labín? A la 
noche fué con su camarada Welster, según que lo ofre- 
ció, y ambos fueron recibidos de todos los de la casa 
con general complacencia. 

Se les sirvió un refresco que se les había prevenido, 
y poco después, no pudiendo Matilde resistir más la 
curiosidad que le devoraba, dijo: 

— Señor Welster, ya hemos sabido la resolución 
de usted sobre hacerse católico, y nos hemos alegrado 
mucho, y hemos dicho que semejante resolución prueba 
bien su talento. 

— Gracias, señora, contestó Jacobo, por el favorable 
concepto en que ustedes me tienen; pero mi determi- 
nación más es obra del convencimiento de la verdad 
'|ue del escaso talento mío. 



r* •• . • . • ■ "• i-«--.— • -^•jc-s- ">'• 1. 'TMÍrTO- 



376 PENSADOR MEXICANO 

— ¿Pues quó, está usted plenamente convencido de 
la verdad de nuestra religión? 

— Si no lo estuviera desde luego no variaría de 
comunión; no soy tan débil. 

— No puedo comprender cómo haya sido tan pronto 
este convencimiento. 

— Oiga usted, señora: el largo tiempo que he vivido 
con los católicos; la íntima amistad que he llevado con 
algunos de las luces y probidad del caballero esposo de 
usted y del señor Labín, y la tal cual instrucción que 
he tenido por los libros que he leído, despertaron días 
hace en mi corazón unos vehementes deseos de incor- 
porarme en vuestra religión : pero siempre resistí á ellos' 
haciéndome violencia, porque esperaba volver á mi pa- 
tria, y no me determinaba á sufrir con constancia los 
desprecios y aun los ultrajes que tendría que experi- 
mentar de los míos cuando supieran que había variado 
de religión; pero ahora que estoy resuelto á domici- 
liarme para siempre en esta capital, no tengo ya que 
temer, y así quiero acallar los incesantes gritos que la 
verdad me da en el corazón , haciéndome católico con 
todo gusto y convencido de la solidez de los principios 
de vuestra religión. 

— Usted dispense mi curiosidad, dijo Matilde; pero 
yo quisiera saber qué principios fundamentales son los 
que han persuadido á usted á esa verdad. 



r". . , .' -. ■• - . :.~ •3*'*. •. ■ 



OBRAS ESCOGIDAS 377 

— Voy á darle á usted gusto, señorita, dijo Welster; 
y prosiguió de esta manera: Seis son para mí los prin- 
cipios más fundamentales de vuestra religión, que me 
han atraído á su gremio, y que me parece serían bas- 
tantes para persuadir á cualquiera que los examinase sin 
pasión. Primero, las revelaciones; segundo, la pureza 
de la moral de Jesucristo; tercero, sus milagros y su 
resurrección incontestables; cuarto, el modo con que se 
estableció la religión; quinto, la constancia y la unifor- 
midad de la tradición; sexto y último, la perseverancia 
V unión de la If]rles¡a católica K 

Si atendemos á las revelaciones, se ven exactamente 
cumplidas en la persona de Jesucristo, habiendo sido 
escritas en tiempos muy anteriores á su venida, en di- 
versos lugares, en distintas rpocas y por distintos pro- 
Iotas. De estas revelaciones fueron algunas tan circuns- 
tanciadas y prolijas, (|ue más parecen historias de lo 
pasado (jue predicciones de lo luturo. Tales son las del 
santo rey David. Kste profeta anunció el nacimiento, 
la vida, pasión y muerte de Jesucristo con tanta escru- 
pulosidad, que no deja la menor duda en que fué el 
Mesías prometido por ios antiguos Pcidres y Profetas. 
Si examinamos la moral de Jesucristo, la hallamos pura, 



* Como los anabaptistas son cristianos, aunque no católicos, }' de esta secta se 
'Upone á Welster, solamente los principios 5." y 6." de los que enumera pudieron 
üiHuir en hacerle católico, por({ue los otros son comunes á católicos y anabaptistas.— E, 

LA yUIJÜTÍTA. — 95. 



<~ ■ . • -—^ -^> "-^^T 



378 PENSADOR MEXICANO 

opuesta al ímpetu de las pasiones y la más propia para 
conseguir, aun en esta vida, la felicidad á que todo hom- 
bre aspira, esto es, la paz del corazón. 

Es cierto (¡ue sus reglas son difíciles para el hom- 
bre natural, ó según sus inclinaciones en el/ estado 
natural. Refrenar nuestros apetitos, dar á otro nuestros 
bienes, perdonar los agravios y hacer bien á los que 
nos injurian, son sin duda unas leyes muy desconformes 
con nuestra natural inclinación; pero por eso son tanto 
más elevadas y heroicas las virtudes que deben resultar 
de su observancia. 

Los milagros de Jesucristo y su resurrección fueron 
muy públicos. Sus mismos enemigos, los que lo aborre- 
cían de muerte, los que lo calumniaron en los tribunales, 
lo malquistaron con el pueblo y lo hicieron morir en un 
suplicio, jamás se atrevieron á negar que los hizo. Ellos 
quisieron deprimir su mérito fingiendo patrañas y atri- 
buyendo su virtud al poder de Beelzebú ó del Demonio; 
pero no se atrevieron á negar los hechos. ¿Ni cómo 
podrían hacerlo, cuando éstos fueron tan públicos y re- 
petidos? Todos los milagros del Mesías fueron hechos 
delante de testigos, (jue á veces se contaron á millares. 

Su resurrección tuvo igual carácter de verdad. Pre- 
dicha por él mismo, cosa que no se atrevió á hacer 
Mahoma ni el seductor más famoso, se verificó. Sus 
enemigos la habían oído muchas veces de su boca, y 



OBRAS ESCOGIDAS 



379 



la temieron; por eso tomaron todas las precauciones 
oportunas. Pusieron guardias que custodiaran el sepul- 
cro y serían escogidas y bien pagadas. Este sepulcro 
estaba bien cerrado con una losa bien pesada; sin em- 
bargo, Jesucristo resucitó dentro del plazo que había 
prefijado, y sus enemigos, no pudiendo negar la sobre- 
natural falta del cadáver, dicen que los centinelas se 
durmieron, y que mientras, se robaron el cuerpo los 
discípulos. Mas ¿es creíble que todos se durmieran? ¿es 
creíble que los amigos de Jesucristo rompieran el sepul- 
cro, levantaran la pesada piedra y extrajeran el cuerpo 
con tanto silencio que no despertó ninguno de los sol- 
dados? ¿Acaso estarían ebrios? Pero ebrios ó dormidos, 
ellos no vieron robar el cadáver, según aseguraron, y sin 
embargo, fueron creídos sobre su palabra. Tenían los 
ojos cerrados y depusieron del robo como testigos de 
vista. ¡Qué contradicciones tan absurdas! 

Si atendemos á la moral de Jesucristo y al modo 
con que estableció su religión, nos liemos de confirmar 
vn su verdad. La moral opuesta á las pasiones es des- 
agradable á los hombres; por lo mismo debía de haber 
^-ido poco seguida la del Mesías, y mucho menos según 
el modo de su establecimiento. Este íué más raro y más 
maravilloso. 

Considerémoslo comenzado por Jesucristo y perfec- 
cionado en su virtud por los Apóstoles. ¿Quién fué Jesu- 



380 PENSADÜU MKXICANO 

cristo en el mundo? Un hijo de un artesano y de una 
costurera, ^ nobles en su origen, pero humildes, obscu- 
ros y abatidos por su mucha pobreza y ningún nombre. 
^„Quirnes fueron los Apóstoles, sus principales agentes? 
Unos pobres idiotas, sin dinero ni representación en 
la república: (''stos establecieron la religión católica. 
¿Y cómo? No prometiendo riquezas ni delicias tempo- 
rales, no ampliando el libertinaje de los hombres, no 
auxiliados de la fuerza de las armas, no alucinando con 
fábulas ni mentiras á los pueblos idólatras y necios, 
como lo hizo el impostor Mahoma para establecer su 
ridículo y absurdo partido, sino predicando humildad, 
pobreza y mortificación: chocándose contra la opinión 
común del mundo, sin más auxilio que sus penetrantes 
palabras, su santo ejemplo y sus muchos milagros. 
De manera (|ue, como dice un escritor francés, Jesu- 
cristo, humanamente hablando, hizo todo lo necesario 
para no conseguir el establecimiento de la religión. Con 
todo esto, los hombres lo seguían en turbas, lo confe- 
saron hijo de Dios y tendían sus capas en Jerusalón 
cuando lo recibieron con ramos cantándole: ¡ Alc(//-esc e/i 
/((,< aíf/tr(a<; aU'<ii'((ic, hijo de Dacidl ¿Esto no mara- 
villa? ¿no pasma? ¿no prueba hasta la evidencia (|ue 



• Por tal era tenido de los que ignoraban que Señor San José era su padre estima- 
tivo, pues Jesucristo no tuvo padre en cuanto hombre, por haber sido su concepción sin 
concurso de varón. Esto lo saben los niños de la escuela ; mas no es ocioso decirlo aquí. 
Los libros van á manos de sabios é ignorantes. 



,,; ,•.. -j.f^- 



OBRAS ESCOGIDAS 381 

este Jesucristo era el Mesías verdadero? ¿Cuál de los 
seductores que ha habido ha establecido su ley tan 
áspera, tan contradicha por los hombres, tan desagra- 
dable á sus pasiones, tan sin humanos auxilios y mila- 
grosamente acreditada?... Señores, perdonen ustedes que 
me exalte. Yo me entusiasmo en favor de la religión 
cristiana cuando hablo de ella seriamente y considero 
que sus principios son tan evidentes, que me parece 
basta el criterio humano para convencernos de su verdad. 

— Siga usted, señor Jacobo, dijo el coronel, pues 
usted mismo no sabe el gusto que nos da cuando se 
explica en una materia que nos debe ser la más inte- 
resante. 

— Yo agradezco mucho á ustedes su política con- 
descendencia, dijo Welster; pero ciertamente me ena- 
jeno cuando considero estas cosas, y ya quisiera hallarme 
perfectamente instruido en vuestra religión para recibir 
cuanto antes el bautismo, que es la puerta, según ensena 
la fe, para entrar al gremio de la Iglesia. ¿Pero cómo 
no se ha de arrebatar mi espíritu, señores, al considerar 
lo que me falta que decir? Mientras que Jesucristo, este 
sagrado Legislador vivió, pudieron haberse engañado los 
que lo seguían en fuerza de sus promesas; pudieron 
haber creído con la esperanza de mejorar de fortuna; 
¿pero qué debían haber hecho cuando lo vieron preso y 
acusado ante los jueces por hechicero, revolucionario y 



LA yUlJOTiTA. — 96, 



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•írT* «íf'rsT'* ^ 



382 PENSADOR MEXICANO 

traidor contra el César romano? ¿Qué, cuando lo vieron 
morir por esta causa en un afrentoso suplicio? La razón 
natural nos dicta que debían haberse arrepentido de 
haber seguido su doctrina y detestado para siempre sus 
máximas y hasta su nombre. Mucho menos que esto se 
necesita para que los hombres se abandonen unos á 
otros. Sólo el ser pobre es una causa muy eficaz para 
que se desconozcan hasta los parientes. ¿Qué se debía 
esperar que hicieran los Apóstoles con Jesucristo des- 
pués de verlo muerto afrentosamente en una cruz por su 
doctrina? A los principios hicieron lo que se debía espe- 
rar de cualquier hombre: huyeron, lo negaron, se escon- 
dieron y lo abandonaron, refugiándose con María en un 
mesón. Y después ¿qué sucedió? Bajó sobre ellos el es- 
píritu de Dios, vieron á Cristo y predicaron al Mesías 
con la más santa intrepidez. San Pedro, el más cobarde 
de los Apóstoles, pues espantado por una mujercilla 
negó á su Maestro asegurando tjue ni lo conocía, fué 
el primero que predicó su doctrina en Jerusalén; pero 
¿con qué viveza y con qué espíritu? Sus primeras pala- 
bras más parecen reconvenciones de juez que persua- 
siones de orador; y, sin embargo, se convierten milla- 
res de enemigos de Jesucristo á Jesucristo mismo en el 
primer sermón. Esto no es obra de los hombres. 

Comenzaron á verse perseguidos los Apóstoles por 
su predicación; fueron aprisionados, fueron entregados 



.> ■ 



OBRAS ESCOGIDAS 383 

á las afrentas y á la muerte que sufrieron por sostener 
el crédito de su Maestro. Pero ¿acaso los Apóstoles, 
como amigos de Jesucristo, le profesaban una muy tierna 
voluntad y encaprichados se dejaron matar por su amor? 
Esta sería una objeción ridicula, pero fuera tal vez su- 
ficiente para alucinar á los incautos; mas ¿qué diremos 
de los demás discípulos, y qué de tantos mártires que 
sin haber conocido á Jesucristo, derramaron por VÁ su 
sangre con tanta abundancia, que corría por las calles, 
se enturbiaban con ella los ríos, se cansaban los tiranos 
de derramarla, y enfadados de tanto confesor de Jesu- 
cristo que se ofrecía al martirio, les decían: «Si tanta 
gana tenéis de morir, mataos por vuestra mano?» ¿Qué 
diremos de esto, repito, sino que es verdadera la fe 
del Crucificado? Un autor vuestro de gran fama ^ dice 
que es preciso creer unos testiíjos (jue se dejan de- 
fjollar. 

Si atendemos á la tradición, ¿qué cosa más igual ni 
más constante? Desde Jesucristo hasta nosotros todos 
lian profesado una misma fe, han creído unas mismas 
cosas y han ido fundados sobre unos mismos princi- 
pios. Ks increíble que si hubiera habido falsedad en 
este sistema no se hubiera descubierto entre tantos 
hombres sabios que han predicado la pureza de la reli- 
gión, como un Pablo tan inmediato á Jesucristo y como 

* Pascal. 



■ i.. »T. ' '^V^ • --,,.;■-. j -.►-... ■- - -^.T'. ■ 'V.'T. \'~^« •■f'«rf~^-.r»?«it™«'íi»7-iT;i^.'í<:4r:>;r^"^i'hf^.' ~'^ 






384 PENSADOR MEXICANO 

un Agustín, un Jerónimo y otros no muy distantes de la 
publicación del Evangelio; pero todos, inmediatos ó dis- 
tantes, han ido acordes con sus principios. 

Por último, yo he leído el Tratado de las variaciones 
de las Iglesias protestantes, sabiamente escrito por el 
señor Bossuet, y veo en él como cada Iglesia ó comu- 
nidad ha padecido notables alteraciones en sus artículos, 
en sus dogmas y en sus cultos; cosa que no advierto en 
la verdadera religión de Jesucristo, pues ésta, á pesar de 
sus muchas y sangrientas persecuciones, ha sido siempre 
una. santa, católica, apostólica, romana. Una, porque es 
uno el Dios á quien adora; una la fe que profesa, uno el 
bautismo, una la cabeza invisible de la Iglesia, que es 
Jesucristo, y una su cabeza visible, que es el Pontífice 
de Roma. Sf(n((í es, porque es santa su cabeza invisible, 
santa la fe que profesa, santa su ley, sus misterios y 
sacramentos, y sólo en ella puede haber santos, como los 
ha habido, los hav v los habrá hasta el fin del mundo. 
Catñlica se llama, que es lo mismo que uniccrsal, porque 
en todas las naciones que la abrazan es una misma, sin 
variación alguna en la fe, en los preceptos, en los sacra- 
mentos ni en cosa substancial y porque ninguno puede 
salvarse fuera de su gremio. Llámase también aj/oskUica, 
porque fué fundada por Jesucristo en sus Apóstoles, y 
por último, se dice romana, porque su príncipe visible, 
(jue es el Papa, reside en Roma, y por cuanto los cató- 



.-» "w ;-.. ^; 



OBRAS ESCOGIDAS 385 

lieos son miembros de una Iglesia que tiene tan honrosos 
epítetos, se honran llamándose cristianos, católicos, apos- 
tólicos, romanos. 

Estos son en breve, señorita, los motivos que yo he 
tenido para decidirme por la religión de vuestros padres. 
Decidme si tengo razón ó si he procedido con ligereza. 

Doña Matilde, enternecida, no supo responder; pero 
el coronel la desempeñó abrazando á Jacobo y diciéndole: 

— Usted verdaderamente pertenece á la herencia del 
Señor: 1^1 lo condujo, aquí lo ha hecho radicar por unos 
caminos imprevistos. Yo me 'glorío de que ha de ser 
usted muy buen cristiano, pues se ha explicado más bien 
como un instruido catequista que como un neófito. De\e 
gracias al Padre de las luces, pues se las ha querido 
comunicar tan ampliamente, y apresúrese para recibir el 
bautismo. 

Jacobo correspondió á estas afectuosas expresiones 
manifestando sus deseos, y el señor Labín dijo que 
estaba muy próximo á recibirlo, porque apenas le faltaba 
que saber; de manera que para el domingo inmediato 
Unía dispuesta la función, que debía de ser en el Sagra- 
¡io, por ser la parroquia á que correspondía, para lo cual 
iiabía visto ya al señor arzobispo, y tenía dispuestas 
lodas las cosas, porque Jacobo lo había elegido á él para 
padrino. Con esto y otras conversaciones se disolvió la 
tertulia por esta vez. 

LA QUUOTITA. — 97. 



■ -■^' ' :*^v-Y*-^«-l- -i» 'ilLsi-^- ^ V<^.^(.-í^k¿jr. *^> 



'■^^;iT^ -ff v-^i.» " ^* .■ -^ ^^ T*^-^Wí?=f . Ti 



386 PENSADOR MEXICANO 

En la víspera del domingo citado fué el señor Labfn 
á convidar al coronel y á su lamilia para el bautismo. 
Este caballero aceptó con gusto el convite, y al día 
siguiente luímos todos A la iglesia. 

El adorno del templo y lo lucido de la concurrencia 
dieron todo el lleno á la función. Lo augusto de las 
ceremonias y la modestia del neófito enternecieron á los 
circunstantes, penetrándose los corazones de amor y 
respeto hacia nuestra sagrada religión. 

Llegó por fin la hora tan deseada de Jacobo, quien 
después de varias ceremonias so acercó d ¡a Fuente // 
recibió el saf/nnio Haiiíismo, que se dignó administrarle 
el ilustrísimo señor arzobispo de esta diócesis. ¡Feliz 
acto en que la Iglesia católica recibió en su seno á tan 
buen hijo, regocijándose con este nuevo triunfo de la fe! 

Después que recibió el sagrado baño, en el que á 
petición suya le pusieron por nombre A (/ listín, se cantó 
un solemne l^c Deuní, v se celebró el santo sacrificio de 
la misa, en cuyo tiempo recibió el adorable Sacramento 
del altar con la mayor humildad y manifestando la más 
devota compostura. 

Concluida la función religiosa, se desnudó en la 
sacristía la vestidura blanca, y habiendo correspondido 
á los abrazos y parabienes que le dieron los convidados, 
tomaron todos sus coches, y se dirigieron á la casa de 
doña Eufrosina, en donde se había preparado el refresco. 



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OBRAS ESCOGIDAS 387 

La sala estaba llena de señoras, y ya se deja enten- 
der que no faltaría entre ellas Carlotita. Estaba allí, en 
electo, vestida muy de gala y más hermosa que nunca. 
Su regocijo era inexplicable en el instante que vio á 
Welster: éste tuvo mucho que hacer para disimular su 
pasión; mas ella no tenía entonces la prudencia necesa- 
ria, y más de dos veces advertí que estaba á pique de 
declarar su amor, á pesar de la presencia de su padre, 
cuyo respeto la contenía. Sin embargo, como la alegría 
era general y la bulla mucha, se ocultaron sus cariñosas 
imprudencias, á lo menos para los que ignoraban sus 
amores. Todo aquel día se pasó en pláticas y diversiones 
agradables y á la noche concluyeron con un lucido baile. 

Después que se acabó, se retiró don Tadeo con 
Carlota para su casa, Welster con Labín para la suya 
\ todos hicieron lo mismo. 

Muy contento Welster de verse admitido en el 
gremio de la Iglesia católica, trataba ya de arreglar sus 
intereses temporales, para lo que le fué necesario ir á la 
Habana; pero antes tuvo cuidado de asegurarse de la 
lirmeza de Carlota. Hizo mil experiencias, que todas 
correspondieron á sus deseos, y cuando ya no le quedó 
ninguna duda de que lo amaba muy de veras, le dio por 
escrito palabra de esponsales y un rico cintillo de brillan- 
íes en señal de que la cumpliría. 

Carlota recibió ambas cosas con el gusto que se deja 



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388 



PENSADOR MEXICANO 



conocer y las correspondió de igual manera. Le dio su 
palabra firmada de su mano y un relicario de oro con su 
retrato, que recibió Welster con la mayor satisfacción. 

Llegó por fin el día de la partida, y como doña Eu- 
t'rosina estaba ya impuesta en los negocios de Carlota, se 
le facilitó á ésta la ocasión de despedirse en su casa de su 
amante. Para esto fué á visitarla con Adelaida á la hora 
en que la había citado Welster; pero no bien se vieron 
cuando asomó á sus ojos el sentimiento de sus corazo- 
nes. Esta visita pareció de duelo. El señor Labín procuró 
disminuirles el martirio, acelerando la despedida. Llegó 
el momento crítico, y no pudiendo disimular la vehe- 
mencia de su pasión, se abrazaron los dos públicamente, 
se juraron de nuevo su firmeza, renovando con mil tier- 
nas expresiones las promesas que se tenían hechas por 
escrito, y se separaron con el dolor que es fácil conocer. 

El rato fué de los más tristes que podía experimen- 
tar la sensible Carlota. A todos interesa una mujer her- 
mosa y afligida: no fué mucho que doña Eufrosina, 
Adelaida y algunas otras visitas de confianza la acompa- 
ñaran en su llanto. 

Luego que se serenaron trató Adelaida de consolar 
á su hermana, asegurándole que la vuelta de Welster 
sería pronta, según había ofrecido, y que al instante se 
casaría y se convertirían aquellas lágrimas en gustos. 
Carlota algo se consolaba con esto; pero no dejaba de 



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OBRAS ESCOGIDAS 389 

temer la inflexibilidad de su padre, tan tenazmente opues- 
to al matrimonio. Adelaida le decía: 

— No tengas miedo, hermana, que no es tan bravo 
el león como parece: nuestro papá es de capricho; pero 
también suele variar de opinií'in. ¿No te acuerdas cuánto 
trabajo costó para persuadirlo á que permitiera mi casa- 
miento? MI no quería; pero por fin se redujo y consintió, 
y lo mismo será contigo. A los principios se opondrá, 
te reñirá y aun te llenará de amenazas; pero después 
poco á poco se irá amansando, hasta que consigas tu 
deseo. Yo misma te prometo ser tu empeño, y te juro 
(jue no me saldrán vanos mis esfuerzos. 

Con estas expresiones se consoló un poco más Car- 
lota y se despidió de EuCrosina. ¡Pobrecita! el éxito no 
correspondió á estas lisonjeras esperanzas, como se verá 
en el capítulo que sigue. 




LK QUIJOrilA. —98. 






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K^ -^^ \ CAPITULO XVII 



Descubre Adelaida los amores de Carleta á bu padrt- ; 
se indigna éste, y le hace recibir por fuerza el hábit) de monja; pasa el año del noviciado 

y liega Welster la víspera de la profesión 



¡Qué cierto es que el interés es la piedra de toque de 
la virtud y la amistad! Muchos afectan muy bien la pro- 
bidad y la amistad más constante; pero apenas media 
el más ligero choque por causa de intereses, cuando se 
(¡uita el oro aparente del honor y la constancia y se 
iJoscubre el vil metal del vicio y de la falsedad. Esto 
niismo experimentó Carlota con su hermana. 

Un mes hacía que se había embarcado Welster, 
cuando un día de repente llegó á casa de Carlota una 



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392 



PENSADOR MEXICANO 



criada con un papelito de su hermana, por el que ésta 
le pedía prestado el cintillo que le había dado Jacobo. 

No ora mezcjuina Carlota; varias cosillas le había 
dado á su hermana en clase de prestadas, y ni habían 
vuelto ni ella se las cobraba nunca; pero no fué tan 
generosa con el cintillo de su amante. Redondamente se 
lo negó, dicií'ndole que ya sabía que podía mandar en 
todo cuanto tenía, menos en el cintillo de Welster, 
porque llegar á lo suyo era llegar á las niñas de sus 
ojos. Adelaida, como no acostumbrada á semejantes 
negativas, se enlureció y propuso vengarse de su her- 
mana. 

Dejó pasar como ocho días, y al cabo de ellos fué á 
visitarla y la hallt'» cosiendo con doña Ana, que era una 
señora viuda, ya vieja y tía de las dos, que tenía don 
Tadeo en su casa para que acompañara á Carlotita. Esta 
señora (juería mucho á su sobrina y era depositaría de 
sus secretos, motivo porque no receló de ella Adelaida. 

Luego (|ue entró abrazó á su hermana con mucho 
cariño y comenzaron á parlar. Le preguntó cómo le iba 
de ausencia, á lo que Carlota respondió con sencillez 
que cada día extrañaba más á su Jacobo. 

— Ya te considero, mi alma, cómo estarás, decía la 
pérfida hermana, y tienes mil razones de estar triste; no 
es para menos el lance, porque ciertamente que Welster 
tiene mil prendas: yo no he visto joven más fino ni más 






OBRAS ESCOGIDAS 393 

amable; ¡sobre que yo no tengo las relaciones que tú con 
él, y lo quiero tanto, que ya no veo las horas de que 
venga y que se case para poder decirle Jtcrnianol Y no, 
no pienses que son poblanadas mías. Mira, aquí te traigo 
esta purera para que cuando venga se la regales en mi 
nombre. Ella no tiene nada de particular, sino haberla yo 
hecho con mis manos. 

Diciendo esto le dio una purera de chaquira, muy 
bien hecha, con un letrero que la ceñía por en medio, 
V decía: Carlota d su amado Wcisíor. Loca de contenta 

I' 

(juedó la candida Carlota con el regalo de su hermana. 
Le dio las gracias y unas argollas de oro, con lo que 
quedó la purerita bien pagada. 

Preparada la intriga, la consumó Adelaida diciendo: 
— Anda, niña, que me negaras tu cintillo el otro día. 
— Hermanita, respondió Carlota, no te enojes; pero ya 
ves que el cintillo... — Sí, sí, tienes razón, Carlota; y si 
no lo hicieras así, no fueras gente; pero yo no quería 
el cintillo más que para cotejarlo con uno que me 
venden. Aquí lo traigo; míralo y préstame el tuyo; á ver 
si se parecen. 

Entonces sacó Carlota el cintillo de uno de los secre- 
tos de la almohadilla, donde también estaba la palabra de 
Welster y algunas cartas. Adelaida lo observó todo, vio 
el cintillo y se lo volvió diciéndole: — Ahí puedes guar- 
dar la purerita. — Carlota recibió el consejo y platicaron 

LA QUIJOTITA. — 99. 



394 



PENSADOR MEXICANO 



de otras cosas. Le sacó á su hermana vino, queso y biz- 
cochos, y dentro de breve rato se despidió. 

¿Quién había de esperar de una hermana tal villa- 
nía, y menos no habiendo dado motivo? Ello es que su- 
cedió, porque es mucha la malicia de los hombres y no 
se queda atrás la de las mujeres. A los cuatro ó cinco 
días espió Adelaida la hora en que su hermana salía á 
misa con la tía doña Ana, y cuando la vio en la calle, se 
entró en su casa, donde halló al viejo don Tadeo con- 
tando dinero. Lo saludó con mucho cariño, le besó la 
mano, se sentó y comenzó á hacer su negocio de este 
modo: 

— Papá, ¿qué, está usted haciendo balance para 
darle su parte á Carlotita? — ¿Y para qué (juiere dinero 
Carlotita? dijo su padre. — ¿Cómo para qué? ¿pues no 
está ya para casarse? — ¿Para casarse Carlota? — Sí, 
señor; ¿ahora está usted en eso? Días hace que está 
prendada y apalabrada con don Agustín Jacobo Welster, 
ese inglés que se bautizó el otro día en el Sagrario y que 
visitaba tanto á Eufrosinita. — ¡Vaya, tú has venido de 
gorjal decía el viejo; ¿cuándo la pobre de mi hija piensa 
en eso, y mucho menos con extranjero á quien apenas 
habrá visto tres veces? 

— ¿Tres veces? dijo Adelaida; trescientas se han 
visto en cuatro días ó cuatro meses que se conocen... 
¡Vaya, no dude usted ni lo quiera alucinar mi hermanal 



OBRAS ESCOGIDAS 395 

Registre usted su almohadilla, y se convencerá de que 
no vine á engañarle, sino á descubrirle la verdad; porque 
«sted al fin es mi padre, y me duele más que ella. ¡Ya se 
ve! que si usted quiere que se case, que se case enhora- 
buena. Usted es también su padre y sabe lo que hace. 

— ¿Que se case? decía el viejo echando lumbre por 
los ojos; primero la vea hecha pedazos. Espérame aquí, 
voy á sacar su almohadilla. 

La sacó, en efecto, y la traidora hermana puso en 
sus manos los papeles, el cintillo y la purera. Cuando el 
viejo vio las cartas y la palabra de Welster, poco faltó 
para que no se echara por un balcón ; tal estaba de ciego 
de cólera. 

La pérfida Adelaida lo serenó diciéndole: 

— No es menester, señor, que usted se incomode 
tanto ni que lo pague su salud; con modo se harán 
bien todas las cosas. Usted es su padre, y si no quiere 
íjue se case, no se casará aunque el mundo se venga 
abajo. El caso es que sepa usted sostenerse para que 
otra vez no le pierda á usted el respeto. Castigúela 
usted, pero sin encolerizarse, y eso que sea el castigo 
moderado, pues, porque es mi hermana, y es fuerza que 
me duela. — Diciendo esto se despidió. 

A poco rato volvió Carlota de misa y la llamó su 
padre á una pieza retirada de la casa. Cuando entró en 
ella, cerró la puerta con llave y le dijo que se sentara. 



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393 



PENSADOR MEXICANO 



La infeliz Carlota se sentó toda temblando, y 6\ le dijo: — 
¿Sabes que eres mi hija? ¿sabes lo que me debes? y por 
último, ¿sabes la autoridad que tengo sobre tí? — Sí^ 
señor. — ¿Pues cómo, tan sin honor, tan sinvergüenza^ 
te has atrevido á ofrecerte por mujer á un hombre vil, 
sin consultar conmigo? ¿No sabes que una hija de fami- 
lia no debe tener más voluntad que la de su padre y que 
no es dueña ni de sus pensamientos? Pues ¿cómo te has 
arrojado á amar á ese hombre sin mi licencia, hasta e) 
extremo de recibirle papeles y regalos? Ea, no te pongas 
descolorida, ni tiembles; yo no hablo de memoria: estoy 
bien informado de tu conducta y te voy á poner testigos 
que no te atreverás á desmentir... ¿Conoces esta puré- 
ra, ves este cintillo, entiendes la letra de estos papeles? 
Vamos, hija ingrata, indecente, sinvergüenza, ¿no te 
confundes convencida de tus criminales procederes? 
Habla, responde, discúlpate si puedes. 

La desdichada Carlota, no pudiendo negar lo que 
tantos documentos aseguraban, hecha un mar de lágri- 
mas se arrojó á los pies de su padre y le dijo: 

— Es verdad, señor, que he tenido la debilidad de 
corresponder á los afectos de Welster. Si es delito el 
amar, yo he amado, lo confieso; pero ahora ya no tengo 
más remedio que pedirle á usted perdón de mi delito. 
Sí, amado papá ; perdone usted á esta desdichada. 

— Está bien, contestó don Tadeo con toda gravedad; 



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OBRAS ESCOGIDAS 



397 



pero me has de dar palabra de ser monja y de aborrecer 
para siempre á ese infame Welster. 

— ¿Qué dices? ¡Ah, señor! respondió Carlota; ¡no 
merece Welster que lo aborrezcan! 

Cuando el rayo se desprende de la nube no hace 
más estrago que el- que hicieron estas expresiones en el 
corazón de aquel tirano padre, quien, arrastrando á la in- 
feliz Carlota y bañándola en sangre á bofetadas, le decía: 

— ¡Hija vil, hija ingrata y atrevida! ¿así me faltas 
al respeto? ¿Aún no estás contenta con proceder mal, 
sino que en mi propia cara haces alarde de tu inicua 
liviandad? Yo te pondré en las Recogidas para siempre. 

Así que se cansó de golpearla, se paseaba furioso 
por el cuarto, mientras la triste Carlota permanecía en 
un rincón hincada de rodillas, lavando la sangre de su 
rostro con las lágrimas que corrían de sus ojos. 

Un espectáculo semejante hubiera enternecido á un 
tigre; pero aquel viejo estaba empedernido. Se paseaba 
apresuradamente frotando una mano con otra; la barba 
le temblaba debajo del pañuelo, que tenía tiojo y descom- 
puesto; sus ojos despedían sobre Carlota unas miradas 
de fuego, y con un tono de voz de condenado le decía: 

— ¿Conque, maldita, no quieres darme gusto, no 
quieres aborrecer á ese vil ni ser monja? ¿te has em- 
peñado en llenar de amargura el corazón de tu pobre 
padre? ¿quieres abreviar mis días y dar conmigo en el 

LA QUIJOTITA. — lÜO. 



^¿iSliíÍ^:JmÍt^tÁiL. 






398 PENSADOR MEXICANO 

sepulcro? Pues anda, hija ingrata y desconocida; no sea& 
monja, no; pero así el cielo derrame sobre tí sus maldi- 
ciones; confundida y arrastrada te veas en este mundo; 
jamás tu corazón pruebe los placeres de la paz; sea toda 
tu vida un círculo de afrentas, dolores y miserias, y en la 
hora inevitable de tu muerte el Dios eterno que me es- 
cucha permita que no halles confesor que te absuelva,, 
para que, muriendo impenitente, recibas en los infiernos 
por toda la eternidad el premio de tu tenaz inobedienciat 

No pudo la inocente Carlota soportar el temor que le 
infundieron estas impías execraciones ^ y así, trémula, 
descolorida y palpitándole fuertemente el corazón, se 
abalanzó á los pies de su cruel padre, se los besó mil 
veces, los empapó con sus lágrimas, y apenas articulando 
las palabras le decía: 

— ¡Ya está, papá de mi alma, ya está; yo seré monja 
y cuanto usted quisiere; pero deje ya de maldecirme I... 

Entonces el cruel viejo, aparentando una alegre 
serenidad, la levantó á sus brazos, y estrechándola en 
ellos, le decía: 



* Es una vulgaridad creer que siempre se cumplen las maldiciones de los padre». 
Cuando son injustas no hay para qué temerlas; porque Dios no aflige á sus criatura» 
sólo por complacer un mal deseo; sin embargo, el maldecir es un vicio y una costum- 
lire reprobada, aun cuando se maldiga con razón, porque nunca hay razón para mal- 
decir. Muchas veces Dios ha permitido que se cumplan las maldiciones de los padre» 
por castigo de ellos mismos. A ti como tu$ bendicicne» afirman la felicidad de loi hijo», 
tus maldiciones destruyen hasta los cimientos de las ca$a$. Esto lo dice el mismo Dio» 
en las divinas Escrituras. (Eccl. 3, v. 11). No es mucho, pues, que haya tantas familia» 
desgraciadas, habitn Jo tantos padres maldicientes. 



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CBRAS ESCOGIDAS 399 

— Ya no hay nada, Carlota, ya no hay nada. Tú eres 
mi hija, y estás obligada á obedecerme, así como debo 
amarte por ser tu padre. Con tal que me des gusto y 
me cumplas esa palabra ya no te reñiré en mi vida, 
antes te recibiré á mi gracia y te daré gusto como 
siempre. ¡Vamos! siéntate, serénate, no llores; ¡si yo 
te quiero mucho, si eres mi hija! ¿no te he de amart 
Ahora, ¿qué imposibles te pido? Que seas monja; mira 
tú cuál es el daño que te hago. ¿Acaso crees que en los 
conventos se pasa mala vida? No, hija, todo lo contrario; 
cuantas están allí están contentas, sin echar menos la 
calle para nada. ¿Qué te podrá faltar en el convento? 
Allí tendrás tu celda muy compuesta, tus macetas, tus 
pajaritos y cuantas golosinas apetezcas. No te faltará 
un peso que gastar con libertad ni amigas con quienes 
amistarte; tampoco carecerás de diversión, pues en los 
conventos tienen sus días de recreo, sus rejas, sus visitas 
y azoteas; hacen también sus máscaras y mojigangas, 
sus comedias, sus jamaicas... en fin, no extrañan la 
calle para nada. Á más de esto, ya sabes que mi her- 
mana es la abadesa; con ella vivirás v te tratará como 
tu tía, y como que te quiere y te ha querido tanto. Por 
esta misma razón las monjas y las niñas te traerán en 
las palmas de las manos. Últimamente, tú vas á asegu- 
rarte de los peligros de este mundo; vas á llenarte de la 
gracia de Dios; á merecer la bienaventuranza con tus 



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400 



PENSADOR MEXICANO 



virtudes, y á ser nada menos que esposa del mismo Jesu- 
cristo. ¿Quieres más dicha? ¿quieres más satisfacción? 
¿quieres más gloria? Conque ¿(jué dices? ¿te resuelves 
á aborrecer á Welster y á ser monja? 

— ¡Ay, papal respondió Carlota sin poder interrum- 
pir su llanto, ya le dije á usted que seré monja; pero 
aborrecer á Welster es imposible. 

— I Vaya, vaya I tú estás apasionada, te disculpo; al 
fin eres muchacha y no sabes lo que hablas ni lo que 
haces. Me contento con que seas monja. En el con- 
vento, después que no sepas de Welster, cuando pasen 
dos años y no tengas ni esperanza de verlo, se apagará 
en tu pecho esa llama que ha encendido tu infame seduc- 
tor y ya no te volverás á acordar de él; pero es preciso 
acelerar este paso antes que se enfríe esta vocación. 
Mientras vuelvo, vístete y serénate. Te dejo encerrada, 
porque no quiero que tu tía ni las criadas te vengan á 
incomodar ni á informarse de lo que ha pasado. Ya 
vuelvo. 

Diciendo esto, el viejo la encerró y se salió para la 
calle. Fácil es concebir que Carlota, viéndose sola, se 
desahogó á su satisfacción, se bañó en su llanto mil 
veces besando el retrato de Welster, que no se le caí.; 
del pecho, y le decía como si hablara con él mismo: 

— ¿Dónde estás? ¡ay, Jacobo de mi vida, hechizo do 
mis ojos, bien de mi corazónl... ¿Para qué viniste á estPv 



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OBRAS ESCOGIDAS 



401 



tierra que te había de ser tan azarosa? ¿para qué me 
amaste tan de veras, y ya que me amaste, para qué te 
ausentaste de mis ojos? ¡Ah, Welster desdichado I Vén, 
vuela en las alas del amor á socorrer á tu infeliz Carlota; 
mira que te la arrebatan de los brazos... Sí, yo te voy á 
perder eternamente. Ya no volveré á ver ese semblante 
tan lleno de candor y de inocencia; ya no escucharé 
de tu boca aquellas tiernas expresiones, aquellos nobles 
sentimientos que me manifestaban tu amor puro; ya no 
tendré la gloria de volver á estrecharte entre mis brazos; 
ya huyó de mi corazón aquella lisonjera esperanza que 
me alentaba de poder alguna vez llamarte mío. ¡Ay, des- 
dichada Carlota! Ya se acabaron para tí los días de 
la serenidad y la alegría... sepultada en una horrible 
prisión, vas á perder á Jacobo para siempre... ¡Welster... 
amado Welster... esposo mío... vén, corre, favorece á 
esta mujer amante y desgraciada I... 

La fuerza del dolor oprimió el corazón de esta infe- 
lice, anudó su lengua, heló su sangre y la hizo sucumbir 
d su vehemencia. Cayó privada al pie de un canapé sin 
soltar el retrato de su amante. 

Así estuvo algún tiempo, hasta que naturalmente 
volvió en sí, y advirtiendo que había pasado largo rato y 
que podía ya volver su padre, escondió el retrato, se 
iimpió los ojos y se vistió. 

Apenas había acabado, cuando entró don Tadeo y 



LA QUIJOTITA. — 101. 



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402 PENSADOR MEXICANO 

le mandó se pusiera el túnico negro y la mantilla. Obede- 
ció al instante; y tomándola el padre de la mano, bajaron 
la escalera, y entrando los dos en un coche, la llevó al 
convento, en cuya portería la estaba esperando la aba- 
desa. 

Esta la recibió con mil cariños y la introdujo en su 
habitación. Como don Tadeo tenía dinero, facilitó todas 
las cosas de modo que al tercer día tomó el hábito de 
religiosa. 

Esto fué con tal secreto, que ni doña Eufrosina, ni 
ninguna de sus amigas, ni su hermana Adelaida, ni las 
mismas criadas de su casa lo percibieron, ni pudieron 
rastrear su paradero por más pesquisas que hacían. 

El viejo se unió con la abadesa y entre los dos 
tomaron las precauciones necesarias para impedir que 
Carlota avisara á nadie donde estaba. Continuamente 
tenía sobre sí los ojos de la tía ó de una monja de su 
confianza; no se le permitía jamás bajar á la puerta, 
subir á la azotea ni tener reja; se le prohibió absoluta- 
mente toda amistad dentro del convento; se le quitó de la 
celda el tintero; se le impidió bajo de graves penas que 
hablara sino con la abadesa ó con la monja, su perpetua 
centinela, y para acabar de quitarle todo recurso, se le 
hacía dormir sola en un cuarto, bajo de llave. 

La infeliz novicia cayó en la más negra melancolía. 
Siempre llorando, sola, y sin hablar con nadie del con- 



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OBRAS ESCOGIDAS 403 

^ento, se entregó á rienda suelta á la tristeza. A muchas 
instancias y regaños comía un bocado; el sueño se retiró 
de sus ojos y con semejante vida en cuatro días se 
estragó su salud notablemente. Ella se puso flaca y des- 
colorida, en términos que infundía compasión á cuantos 
la miraban. Su confesor, con quien podía haber tenido 
algún desahogo, estaba coludido con su padre, y así en 
vez de consolarla la reprendía ásperamente, tratándola 
de loca y de inconstante. 

Tantos verdugos juntos dieron con ella en una 
cama, donde padeció más de seis meses. Cuando avisó 
la abadesa á su padre que estaba de peligro y que no 
la aseguraban los médicos, respondió: 

— ¡Ojalá se muera, más bien la quiero muerta que 
casada! 

No se cumplieron sus indignos deseos, porque ya 
por la resistencia de su edad y su constitución, ó por los 
auxilios de la medicina, se fué restableciendo poco á 
poco, hasta que logró ponerse en pie. - 

Cuando se levantó de la cama se halló con otra niña 
que tenía la abadesa, llamada Irene, con quien le per- 
mitieron amistarse, pero sin perderla de vista como 
siempre. Esta joven era muy amable y padecía la misma 
enfermedad que Carlota, esto es, estaba apasionada por 
an hombre de bien ; pero era pobre y los padres de ella, 
para ver si le olvidaba, la pusieron en el convento. 



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404 PENSADOR MEXICANO 

Así que las dos se comunicaron sus penas, estrecharon 
más su amistad y se consolaban mutuamente ó lloraban 
con mucho disimulo, por temor de alarmar con su 
imprudencia la vigilancia de las monjas. Pero dejemos 
á Carlota cumpliendo su año de noviciado, mientras nos 
dirigimos á la Habana para saber qué es lo que hacía 
Welster. 

Éste, luego que llegó, comenzó á realizar sus pro- 
yectos con la mayor eficacia, para regresarse pronto á 
esta ciudad. Ya casi los había concluido felizmente, 
cuando una tarde, andando de paseo, se quebró la calesa, 
que cayó con él, y le lastimó una pierna tan malamente, 
que los cirujanos temían que la perdiera. 

Siete meses estuvo en una cama sin poderse levan- 
tar, hasta que por fin, á costa de sufrimientos y de dinero, 
logró quedar enteramente bueno. 

No tanto le desesperaba su mal, cuanto no tener 
noticia de Carlota. Tres veces le escribió y otras tantas 
le quedó esperando la respuesta; ¿pero cómo la había 
de tener si en México no sabían sus conocidos dónde 
estaba? El señor Labín, á quien venían las cartas de 
Jacobo, se volvía loco por inquirir el paradero de Carlota; 
pero todas sus diligencias eran vanas. Mil veces llegó 
á pensar que la había matado su cruel padre. Como que 
era amigo verdadero de Jacobo, tomaba el mayor interés 
en serenarlo, y así, unas veces le decía que estaba en 



OBRAS ESCOGIDAS 405 

una hacienda al tiempo que salió el correo marítimo; 
otras que estaba algo enferma, y otras que se había 
extraviado la contestación en el camino. 

Esto acongojaba demasiado al sensible Welster, 
porque atribuía el silencio de Carlota á alguna incons- 
tancia mujeril; y así apenas se alivió, cuando se embarcó 
para este reino, sin dar noticia de su viaje á su íntimo 
Labín. 

Ya se acercaba el tiempo en que estos dos amantes 
apuraran de una vez el amargo cáliz de su última sepa- 
ración. Las horas volaban para apresurar el fatal mo- 
mento. Jacobo desembarcó sin novedad en Veracruz y 
como su pasión era vehemente, no pudo sosegar; trató 
de acelerar su viaje á esta capital y lo verificó á marchas 
dobles. 

Dos días faltaban para la profesión de Carlota y ella 
no había tenido un rato proporcionado para escribir al 
señor Labín como deseaba, porque su vigilante cuida- 
dora estaba en esos días más alerta que nunca por espe- 
cial encargo de su padre. 

Pero no todas han de ser desgracias en la vida, 
l'n accidente que pudo ser funesto facilitó esta ocasión 
'* seada. La antevíspera de la profesión, como á las doce 
«'•* la noche, acometió á la abadesa un fuerte insulto 
apoplético. Se alborotó el convento; llamaron al confesor 
\ al médico, y en estas horas nadie pensaba sino en 

LA gUIJOTITA. — 102. 



•..•■• la"^ 



406 



PENSADOR MEXICANO 



restablecer la salud á la prelada: entraban y salían en su 
celda atropelladamente, y nadie se acordaba de Carlota, 
ni su perpetua cuidadora. Ella aprovechó estos preciosos 
instantes, y cogiendo una pluma y una poca de tinta 
en un vasito, se entró á escribir en su recámara, que- 
dándose Irene guardando la puerta con disimulo para 
que no la sorprendieran. 

A las cinco de la mañana volvió en sí la abadesa, 
sin sentir ningunas resultas temibles del pasado ataque. 
Todas se retiraron, y la centinela de Carlota, no pudiendo 
ya resistir el sueño, se quedó dormida como una piedra, 
y esto sirvió para dar lugar á enviar el papel á Labín. 
El interés todo lo vence, y así no se dificultó encontrar 
una moza que desempeñara bien su encargo. 

Todo salió como se había de menester. A las ocho 
del día ya había recibido el señor Labín el papel de 
Carlota y luego que lo leyó se penetró de compasión 
hacia ella y de rabia contra su indigno padre. Despidió á 
la mandadera muy contenta, porque le dio dos pesos, 
rogándole mucho que pusiera la respuesta con todo 
recato en mano de la misma que le había dado el papel 
primero. 

No bien salió la mandadera de su casa, cuando el 
señor Labín se dirigió á la de su amigo el coronel, á 
quien dio parte del suceso. 

A todos interesó la desgracia de Carlota, y le ro- 



-VW,'- 



OBRAS ESCOGIDAS 407 

gamos que nos leyese la carta de ésta á Welster. 
Labín condescendió, y sacando el papel leyó de esta 
manera : 

«Jacobo: La suerte está echada en nuestro daño. 
Mañana profesaré contra mi voluntad. Te voy á perder 
para siempre, siendo un cruel padre la causa de mi sepa- 
ración. El sepulcro se abrirá debajo de mis pies luego que 
me ligue con los votos. Voy á morir, porque no he de 
poder vivir sin tí. Sólo te ruego, por aquellos momentos 
dichosos en que me asegurabas tu firmeza, que no me 
olvides; y si alguna vez, hostigado de mi debilidad, te 
consagrares á otra hermosura más dichosa, acuérdate 
á lo menos de tu infelicísima Carlota, en cuvo corazón 
vivirá tu memoria eternamente. ¡Adiós, adiós, Welster, 
amado míol» 

Todos nos enternecimos con la lastimosa despedida 
de Carlota, y cuando estábamos compadeciéndola, entró 
en la sala su padre, el tirano don Tadeo. Su visita nos 
fcorprendió, y al coronel lo llenó de tal cólera, que apenas 
pudo disimularla. La sangre se replegó á su corazón, 
¡según lo dio á entender lo descolorido del semblante; 
pero como estaba dotado de bastante prudencia, recibió 
ii! impío viejo con su acostumbrada urbanidad. Mste, 
ó pocos momentos, aparentando que hacía un gran favor 



408 PENSADOR MEXICANO 

en revelar el gran secreto, refirió que su hija era 
monja, que iba á profesar al día siguiente, y concluyó 
convidándolo, y á todos sus amigos, para la función pre- 
venida. 

Entonces el coronel, no pudiendo encubrir su indig- 
nación, le dijo: 

— Temo mucho, señor don Tadeo, que esta niña va 
á profesar contra su voluntad una vida de (|ue quisiera 
desprenderse en este instante. El secreto que usted ha 
guardado ocultándonos por un año el lugar en donde 
se hallaba, por más preguntas que se le han hecho, me 
asegura de este temor. Si ella hubiera entrado con ver- 
dadera vocación, con pleno conocimiento de lo que hacía 
y con deliberada voluntad, no había un justo motivo para 
que usted negara la verdad. Lo cierto es que mi cuña- 
da, sus amigas y su misma hermana doña Adelaida, 
no han sacado de usted sino equívocos pueriles cuan- 
do le han preguntado por ella: luego nada más se 
necesita para inferir, y aun para asegurar, que su 
ingreso al convento fué forzado, lo mismo que será su 
profesión. 

Si así fuere, yo me admiro, me asombro, extraño 
esta violencia en el juicioso talento de usted, y consi- 
derándolo padre de esta niña desgraciada, me espanto 
de (jue en un padre quepa semejante crueldad. Acción 
menos tirana fuera que usted dividiese su corazón con 



OBRAS ESCOGIDAS 



409 



un puñal que no que la obligue á condenarse por su 
boca á una prisión eterna y sin delito. 

No es usted ignorante, amigo don Tadeo; sabe 
usted muy bien que la autoridad de los padres no llega 
iiasta el extremo de violentar á los hijos á que abracen 
un estado para el que no tienen vocación, esto es, para 
violentarlos sin justicia. El mismo autor de la natura- 
leza, aquel gran Dios que nos crió y nos conserva y 
que es arbitro de la vida y de la muerte de los hombres, 
no quiso apropiarse su albedrío, sino que los dejó en 
plena y absoluta posesión de su voluntad para que obra- 
sen en todo según les pareciese. Pues si el dueño de 
los hombres les deja esta inestimable libertad, ¿por qué 
los padres han de querer apropiarse unos derechos que 
el mismo Dios renunció en favor de los míseros mor- 
tales? Si este Supremo Monarca hubiera querido, nos 
habría quitado la libertad, y en este caso obedeceríamos 
su voluntad con el mismo mecanismo que el sol, la luna 
y las estrellas; pero no seríamos merecedores del premio 
ó del castigo. La voluntad del hombre, bien ó mal diri- 
gida, hace que se haga digno del odio ó del amor del 
Ser Supremo, y por lo mismo acreedor á unas penas ó 
A unas felicidades eternas. Vea usted, amigo, si podrán 
los padres forzar á sus hijos á abrazar un estado de 
cuya buena elección depende su felicidad temporal y 



cierna. 



LA QÜUOTITA. — 103. 



T 



410 



PENSADOR MEXICANO 



El santo y general Concilio de Trento, inspirado 
por el Espíritu de Dios y en consideración á estas cosas, 
fulmina una terrible excomunión contra aquellos padres 
temerarios que tienen la sacrilega osadía de violentar á 
sus hijas para ser monjas... Pero acaso usted no me 
cree. 

Voy á traerle el mismo texto del sagrado Concilio, 
para que se convenza por sus ojos... Vamos, aquí está 
el libro : hágame usted favor de leer las propias palabras 
que dictó aquel sagrado congreso inspirado por el espí- 
ritu de la verdad. 

Tom<'> don Tadeo con harta repugnancia el libro, y 
leyó de esta manera: 



«K¡ Santo Concilio excomulga á todas ij d cada 
una de las personas, de cuah/tder calidad ó condi- 
ción <¡ue l'iiei'en, así cléi'i(/os como legos, secrdares 
ó regulares, aun(¡i(e gocen de cualquier dif/nidad, si 
obligan de cuah/uier modo n alguna doncella ó riu- 
da, ó á cualquiera otra mujer... d entrar contra su 
voluntad en monasterio, ó n tomar el hábito de cual- 
quiera religión, ó d Iiacer la profesión; g la misma 
jtena fulndna contra los que dieren consejo, auxilio 
ó furor, g contra los (/ue, sabiendo que entra en el mo- 
nasterio, ó toma el Jtábiío, ó hace la profesión contra 
su voluntad, concurren de algún modo á estos acias, v 



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OBRAS ESCOGIDAS 411 

con su presencia, ó con su consenü miento, ó con su 
autoridad.,.» ^ 

— Todo está muy bueno, dijo el obstinado viejo; 
pero no habla conmigo, porque Carlota va á profesar 
con su voluntad, y ella misma me encargó que no pu- 
blicara que era monja hasta este día, porque no quería 
tener visit£is, y yo no he hecho más que condescender 
con su gusto. 

El coronel, conociendo la malicia de don Tadeo, 
le dijo: 

— Está muy bien, amigo: la niña profesará como 
usted quiere; pero yo sé, y muy bien, que no profesará 
con su voluntad. En ñn, usted es su padre, lo quiere 
así, y basta; pero acaso en los infiernos se acordará del 
coronel Rodrigo, cuando maldiga su avaricia, que es la 
causa de sacrificar al claustro la voluntad de Carlota, 
ofrecida por ella misma á Welster. Todo lo sabemos, 
y ya no puedo disimular mi justa indignación. Es usted 
un hombre pérfido, un ciudadano inútil y un padre ver- 
dugo. 

Por no desmembrar su capital, dándole á su hija la 
Ilegítima que le corresponde, la va á entregar á la última 
«lesgracia, separándola de su inocente amante y conde- 
nándola á una eterna desesperación. Pero vaya usted, 

• Sesión 25, cap. 18. 



412 PENSADOR MEXICANO 

señor don Tadeo; haga creer á su hija que tiene sobre 
su voluntad un poder que Dios no le concede; compre 
seductores á su antojo; válgase de medios reprobados, 
y haga las infamias que pueda, que algún día, algún día 
se ha de acordar de mí en los infiernos, cuando, sorpren- 
dido por la muerte, conozca la fuerza de estas verda- 
des y maldiga en los abismos el poder de su maldito 
dinero. 

No, no será usted el primer padre que gemirá en 
aquellos obscuros calabozos. ¡Cuántos están allá por la 
misma causal Muchos, don Tadeo, muchos han ido á los 
infiernos por violentar el albedrío de sus hijas. Las han 
hecho ser monjas por reservar el dinero, el mismo dinero 
que no aprovecharon sus hijas, pero lo tiraron sus sobri- 
nos en juegos, bureos y diversiones. 

En fin, señor don Tadeo; usted dispense si me he 
excedido en favor de la infelice Carlota, de quien presumo 
ó sé con evidencia que va á profesar contra su voluntad, 
y déme por excusado del convite. 

Todos dijeron lo mismo, y don Tadeo se salió aver- 
gonzado; pero no arrepentido de su maldito proceder. 
Luego que llegó á su casa se le olvidó la seria repren- 
sión del coronel, y se entretuvo en disponer las cosas 
para el siguiente día. Es mucho el poder de la ava- 
ricia. 

Toda aquella mañana la ocupó en sus particulares 



OBRAS ESCOGIDAS 



413 



negocios, y á la tarde... pero hagamos una visita en su 
convento á la desventurada Carlota. Hasta las tres no 
tuvo lugar Irene de darle la carta de Labín. Abrióla 
muy sobresaltada, y apenas vio la de su querido Welster 
y reconoció la letra, cuando se enterneció su corazón 
sensible y las lágrimas salieron á sus ojos. Besó el papel 
innumerables veces, lo humedeció con su copioso llanto, 
lo apretó contra su pecho, y su mano trémula iba á rom- 
per la cubierta cuando la llamó la abadesa para que le- 
yera un libro devoto, y mandó á Irene que hiciera cho- 
colate. 

En ese mismo tiempo llegó Welster á México y se 
dirigió con su equipaje al mesón que llaman de la Herra- 
dura, no habiendo ido desde luego á la casa de Labín, por 
excusar que lo incomodaran los mozos y las caballerías. 

No bien anocheció, cuando tomó la capa y se fué 
para la casa de Carlota, deseoso de informarse por sí 
mismo de su salud y de su proceder. Se paró con disi- 
mulo en la puerta del zaguán para observar lo que 
pudiera. Pero jcuál fué su asombro cuando advirtió el 
alboroto que había I 

Entraban y salían muy alegres los mozos de ser- 
vicio metiendo cajones de dulces y bizcochos, fuentes, 
Vasos, mesas, ramos de flores y otras cosas. No pudo 
contenerse, y acercándose al portero, poniéndole en la 
mano un peso para tabaco, le dijo: 

LA QUIJOTITA. — 104. 



41i 



PENSADOR MEXICANO 



— Amigo, usted dispense; dígame usted, ¿quién vive 
en esta casa, y por qué causa hay ahora tanta bulla? 
¿Mstos preparativos son para alguna boda? porque á lo 
menos así me lo parece. — Señor, dijo el portero, aquí 
vive mi amo, el señor don Tadeo González de la Mora, 
y la bulla que usted ve es porque se está disponiendo 
el refresco para mañana que profesa de monja su niña, 
la señorita doña Carlota, en el convento de... — ¿Quién, 
amigo, quién dice usted que profesa? preguntó Welster 
con mucha precipitación. Y el portero le decía con igual 
tlema: — ¿Ya no dije, señor, que la niña Carlotita? — ¿La 
hermana de doña Adelaida? — Sí, señor. — ¿Aquella 
joven muy hermosa que tiene un lunar debajo de la 
barba? — Sí, señor, esa, esa mismísima es la que va á 
profesar. — ¡Hombre, usted se engaña! ¡Si eso no 
puede ser I ¡sobre ([ue esa niña está para casarsel — Eso 
yo no sé; pero vaya usted mañana al convento y allí 
saldrá de la duda, y usted perdone que no le dé más con- 
testa, porque me está gritando el amo. 

Con esto se despidió el portero, y Welster se fué 
para el mesón, lleno de las ideas más tristes y no que- 
riendo creer lo que pasaba. 

No pudo conciliar el sueño en esa noche, y así luego 
que vio la luz del día se vistió y comenzó á pasearse 
por su cuarto, deseando que llegara la hora de ir á la 
iglesia para ver por sus ojos lo que le había dicho el 



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OBRAS ESCOGIDAS 



415 



portero, y haciendo contra la inocente Carlota los más 
injustos discursos. 

Llegó por fin la hora funesta, tomó una taza de café, 
y entrándose en el templo vio é hizo lo que sabrá el lec- 
tor, si quiere leer el capítulo que sigue. 




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CAPITULO XVIII 

En el <iue se concluye la historia de Jacobo y de Carlota 

— No hay que esperar firmeza en esta vida. Todos 
los hombres son variables; pero más que los hombres las 
mujeres. Ellas son el depósito del fingimiento y la super- 
chería. Sus ternezas son adulaciones y sus más firmes 
juramentos no pasan de unas mentiras estudiadas. Mal- 
haya el que se cree de unos entes tan débiles y misera- 

LA QUIJOTITA. — 105. 



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418 



PENSADOR MEXICANO 



bles, que abusan de los dotes de la naturaleza y de la 
ternura de su sexo para engañar un corazón sensible y 
generoso. Mas ¿quién no se creerá de una mujer her- 
mosa, cuando jura y promete ser firme hasta la muerte, 
y más si llama el llanto para que sostenga su mentira? 
Las lágrimas y los suspiros son unos arbitrios eficaces, 
que tienen á mano estas viles criaturas intrigantes para 
alucinar á los incautos... 

De esta o de peor manera pensaba Welster dentro 
del templo, creyéndose agraviado de su amante Carlota; 
pero no pensaba con razón, por(jue hay mujeres fieles 
que conocen las leyes del honor y saben cumplir firme- 
mente su palabra; mas Welster no entendía de eso. 
\']n aijuellos instantes no pensaba sino en tomar satis- 
facción de la inconstante (Carlota, que tal concepto le 
mei'ecía. 

Se entró por fin al templo y se acomodó cerca del 
coro; comenzó la misa y siguió el sermón según se acos- 
tumbra. K\ orador ponderó las virtudes de la novicia, 
con arreglo á las instrucciones de su padre, y entre otras 
cosas decía: 

— ¿A quién te compararé, á quién te asemejaré, feliz 
Carlota, hija de Dios y destinada para la celestial Jeru- 
salén? Tú, en la tierna edad de diez y seis años ^ supiste 



' Sólo cumplidos los dioz y seis años se debe admitir la profesión; haciéndese con 
menos edad es nula por disposición del citado Concilio. (Sesión ¿j, cap. 15). 



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OBRAS ESCOGIDAS 419 

despreciar la vanidad, y con pie firme hollaste un mundo 
falaz que te seducía con sus placeres y pompas lisonjeras, 
para seguir con tu cruz á Jesucristo, tu esposo predi- 
lecto... 

Jacobo oía el sermón, y cada palabra del orador 
hería su espíritu vivamente, renovando el mal juicio que 
se había formado de Carlota. 

Concluida la misa, el preste y los ministros del altar 
so dirigieron al coro para solemnizar la profesión. Las 
ri'ligiosas se ordenaron en dos filas con vela en mano, 
l.i abadesa tomó el lugar que le correspondía, y entonces 
Wclster, que estaba muy inmediato a la reja, pudo ver 
bien á su amada Carlota. Esta tenía los ojos bajos, y su 
macilento semblante manifestaba su estragada salud. 
tJacübo la miraba de hito en hito, observaba las ceremo- 
nias religiosas y escuchaba los cánticos sagrados con 
una atención imperturbable. Amaba tiernamente á Car- 
lota, y su vista renovó su cariño; pero al mismo tiempo 
(|ue se creía abandonado de ella sin motivo, en un ins- 
tante convertía en odio mortal aquel afecto que volvía á 
desechar para quererla. De modo que su atribulado co- 
razón batallaba á un tiempo con dos pasiones opuestas 
t^Tjíre sí, el aborrecimiento y el amor, y sintiéndose agi- 
tado de las dos, no tenía libertad para decidirse por nin- 
guna. 

Entre estos amargos momentos llegó el de la profe- 



•'?r;?r . •• ■ ■- > ■ .;—■■. iT^.-. -• ■>;,, r • /'."r.'^ •!_■ ■ !*':3;.7jpí; 



420 PENSADOR MEXICANO 

sión de Carlota. El sacerdote le hizo una exhortación 
breve y patética acerca de la vida religiosa, durante la 
cual ella no alzaba los ojos de la tierra que estaba re- 
gando con sus lágrimas. Así que el sacerdote con- 
cluyó, pasó la novicia á hacer la profesión en sus manos. 
Cada movimiento, cada palabra de ella era un puñal con 
que atravesaba el corazón de Jacobo sin saberlo. Mste la 
contemplaba sin moverse: pero cuando la oyó decir, 
aunque con débil voz: — )'o, so/' Carlota de Jesús, hago 
roto ij jtroincto... — no pudo contenerse; perdió el juicio, 
se olvidó de la prudencia, y sin atender al lugar en donde 
estaba, con una voz fuerte é indignado, le dijo: — ^'Quc 
prometes, perjuraf.,. /Me conoces.'^ 

El formidable grito de Jacobo penetró los oídos de 
Carlota. Levantó sus ojos abatidos y los dirigió hacia 
donde oía el eco pavoroso: conoció á su amante, y con 
una vez desfallecida, dijo: — ¡Aij, \\\'lster!... ¡a luer::a... 
No pudo articular otra palabra. Un sudor frío bañó su 
hermoso rostro; su vista se eclipsó; la convulsión sacu- 
dió sus miembros fuertemente, y hubiera caído en tierra 
desmayada, si no la hubieran sostenido las monjas. 

Todos se sorprendieron con tan inesperada novedad. 
Un sordo murmullo se eextndió por el templo; Labín, 
que había ido con el cura don Jaime para cerciorarse de 
la profesión y estaba cerca del coro, luego que oyó á su 
amigo Welster, corrió adonde estaba y le dijo: 



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OBRAS ESCOGIDAS 421 

— Ya es menester que te sostengas. El escándalo es 
mucho. 

— Hazlo tú por mí, le respondió Welster, porque 
yo no estoy para hacer ni decir cosa á derechas. 

El oficial Labín, que acababa de dar el consejo, luego 
(jue se halló comisionado por su amigo, se embarazó, y 
no se atrevía á hablar una palabra; pero el cura lo sacó 
del cuidado. So acercó á la silla del preste, y le dijo: 

— Me consta que esta profesión, en caso de ser, será 
violenta; sírvase usted hacer que se suspenda, mientras 
vamos á dar parte del caso á su ilustrísima. Acuérdele á 
la abaldesa la excomunión del Concilio, por si quisiere 
hacer una violencia. 

Dicho esto, llamó á Labín y á Welster, y entrando 
on un coche, partieron al palacio arzobispal. 

En un momento llegaron 6 informaron al señor 
Arzobispo, quien mandó que fuera el secretario, que 
llamase á la novicia á un confesonario para que libre- 
mente le dijese si era su gusto profesar ó no, y que en 
caso de que no quisiera, inmediatamente notificara á la 
abadesa en su nombre que le diese su ropa de secular y se 
la entregara; lo cual verificado, pasara aquella señora á 
la casa del conde de la Roca, en la que se mantendría en 
clase de depositada, hasta que el señor Virrey determi- 
nase si podía ó no casarse. 

Entretanto que esto pasaba en Palacio, volvió en sí 

LA QUIJOTITA. — 106. 






422 



PENSADOR MEXICANO 



Carlota, y creyéndose ligada con los votos y desunida 
para siempre de su amante, prorrumpió en tan amargo 
llanto y en tan lastimosas exclamaciones, que enterneció 
á todos los circunstantes. Sólo su padre estaba inilexible, 
y como le dijeran que habían ido á consultar al Arzo- 
bi^ipo, temía se le frustraran sus intentos, y agitaba á la 
abadesa para que recibiera la profesión de su hija; pero 
el sacerdote que presidía aquel acto lo embarazó cuanto 
pudo hasta que volvieron Labín, el cura, Welster y el 
secretario. 

Sin pérdida de tiempo practicó este último las órde- 
nes del prelado; y habiendo Carlota protestado la fuerza 
con que iba á profesar, porque su intención era ser es- 
posa de Welster, notificó á la abadesa se la entregara, 
so pena de excomunión mayor reservada al Arzobis- 
po. La abadesa obedeció al punto. Llevaron á Carlota 
para adentro, la vistieron de secular y después la baja- 
ron á la portería, donde la esperaba Welster y sus 



amigos. 



Luego que se la entregaron al secretario y se vio 
libre de las monjas, corrió hacia Jacobo y lo abrazó sin 
hablar una palabra, porque las lágrimas se lo impedían. 
Ella no tuvo ni miramiento ni vergüenza en acjuel acto. 
¡Qué cierto es que una pasión vehemente no deja relle- 
xionar en nada! Don Tadeo, que todos estos lances pre- 
senciaba, hubiera querido matar á su hija y á Welster 



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OBRAS ESCOGIDAS 



423 



cuando los vio abrazarse; pero sus amigos le impidieron 
acercarse á ellos. 

Sin embargo, ya que no podía usar de su mano 
contra ella, usaba de la lengua, llenándola de los opro- 
bios y confundiéndola entre sus acostumbradas maldi- 
ciones, que no atendió Carlota, embriagada con el gusto 
de haber visto á su esposo y de haberse escapado de ser 
monja; bien que el secretario y los demás señores hicie- 
ron mucho por no dar lugar á que oyera á su padre, 
apresurando la despedida de las monjas; y luego que esta 
ceremonia se concluyó, la subieron al coche y la condu- 
jeron á la casa del conde. 

Naturalmente nos interesa el bien de nuestros seme- 
jantes, y así todas las gentes que habían presenciado este 
raro suceso y se habían informado de la causa y circuns- 
tancias de él, felicitaban á Carlota. 

— ¡Pobrecital decían; ¡gracias á Dios que ya no fué 
monja á fuerza! ¡Maldito sea el viejo codicioso de su 
padre! - 

Ya se sabe cuánta es la desvergüenza de un pueblo 
conmovido. Estas palabras no las decían en voz baja, 
sino muy recio para que las oyera don Tadeo, que se 
<juedó pateando y blasfemando en la portería. Sus ami- 
gos fueron desfilando uno por uno, hasta que lo dejaron 
todos, y él se quedó solo repitiendo: — ¡Ya no es monja, 
maldito sea su padre! — El cochero y el paje, temiendo 



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É?r-í?v'- 



424 



PENSADOR MEXICANO 

que las gentes rabiosas no hicieran con 6\ alguna trope- 
lía, y conociendo al mismo tiempo que no tenía el juicio 
en su lugar, cargaron con él y lo metieron en el coche, 
acompañándolo el paje para que fuera más seguro. De 
esta suerte lo condujeron á su casa. 

Entretanto, el secretario y sus compañeros entre- 
garon la noble depositada al conde y á su esposa, con 
recomendación del Arzobispo, y estos señores la reci- 
bieron con las más sinceras demostraciones de cariño y 
de ternura, luego que supieron sus desgracias, asegu- 
rando á Welster que descansara en su cuidado, pues 
ellos, no sólo se dedicarían á complacerla, sino que se 
valdrían de la estimación que merecían al Virrey para 
que, informado de la ninguna justicia que tenía don 
Tadeo, le dispensara la edad y concediera su permiso 
para que se casasen cuanto antes. 

Se despidió Welster y los demás señores de los 
condes, y suplicando al secretario que los acompañase, 
fueron á palacio en la misma hora 6 informaron á su 
excelencia de lo acaecido. El Virrey dijo á Welster que 
pusiera su pretensión por escrito, y que resultando cierto 
cuanto exponía, podría esperar un decreto favorable en 
justicia. Con esto se retiraron todos muy consolados, y 
dejaron al señor secretario en el arzobispado, después d^ 
haber dado las debidas gracias á su ilustrísima. Luego 
el señor Labín llevó á Welster á su mesón, v él con el 



i 

I. 






■A. ; 



OBRAS ESCOGIDAS 425 

cura fué á casa de don Tadeo para consolarlo y persua- 
dirlo á que desistiera de la tenaz resistencia que oponía 
para el casamiento de su hija. 

Trabajo costó al cochero poner el coche frente á la 
puerta de don Tadeo, porque la gente plebeya se había 
agolpado allí y casi no dejaba pasar á nadie por la calle. 
La causa era que don Tadeo les estaba arrojando por el 
balcón los dulces, bizcochos y licores prevenidos para el 
refresco. Subieron Labín y el cura, y lo encontraron 
solo en su sala y en la más ridicula figura, porque estaba 
sin casaca, con el chaleco desatacado, la camisa rota 
hasta la cintura, con la barriga y la calva al aire, porque 
había tirado la peluca, y todo él hecho un asco, Heno de 
dulce, empapado en vino; pero muy afanado en tirar á la 
calle hasta los vasos, repitiendo sin cesar: — ¡Ya no es 
monja, maldito sea su padre I 

El señor Labín y el cura se compadecieron del mi- 
serable viejo, procurando consolarlo y hacerlo sosegar; 
pero todo era en vano. Por momentos se ponía más 
furioso. 

A este tiempo entró su hija Adelaida, y apenas la 
vio cuando, creyendo quizá que era Carlota, lleno de la 
furia más infernal, le dijo: — ¡No hay herencia, maldi- 
ta, no la esperes I — Diciendo esto le tiró un frasco de 
cristal con tanta fuerza y tal tino que se lo hizo pedazos 
en la cara. Cayó en tierra Adelaida bañada en sangre 

LA «UIJOTITA. — 107. 



42(i 



PENSADOR MEXICANO 



y SU padre sobre ella, dándole furiosas puñadas, y aun 
la hubiera aíiorcado con sus manos, si no entraran e! 
cochero y el paje, con cuyo auxilio pudieron librarla 
el señor Labfn y el padre cura. 

Lo ataron, como era regular, y lo metieron en su 
recámara; pusieron en otra á la desventurada Adelaida; 
llamaron á un módico, y se encargó el cura de cuidar la 
casa en compañía del escribiente, que por casualidad 
lleg»') á este tiempo, y el señor Labín pasó á informar 
á su excelencia, (juien, como conocía su honrada con- 
ducta, le previno por orden escrita que recogiese todos 
sus papeles, las llaves de las arcas y se hiciese cargo de 
todos los intereses, inventariándolos con noticia del 
cajero mayor, y reteniéndolos en custodia, cuidando al 
mismo tiempo de la salud de don Tadeo. 

Todo se hizo como el Virrev determinó. A Adelaida 
la pasaron á su casa en una camilla, poivjue podía perju- 
dicarla más el movimiento del coche. Alguna ttirrible 
puñada recibió en el pecho, porque echaba sangre por la 
boca. Luego (jue entró á su casa y la vieron en tal estado, 
su marido y sus hijos comenzaron á llorar amarga- 
mente; pero ya no era tiempo sino de asistirla con 
cuidado. * 

El señor Labín, de acuerdo con el coronel v el cura, 
procun') que se anduviera cuanto antes el negocio de 
Carlota y Welster, sin que ella trascendiera nada de las 



OBRAS ESCOGIDAS 



427 



desgracias de los suyos. Con el favor del conde, y mucho 
más sabiendo el Virrey que su padre estaba loco do 
remate, concedió su superior permiso para que se casara 
con Welster, lo que se hizo secretamente en la misma 
casa de los condes, que se ofrecieron por padrinos. 

A pocos días se agravó don Tadeo, habiendo tenido 
la felicidad de que se le despejase el cerebro perfecta- 
mente dos días antes de morir. MI no era idiota, y apro- 
vechó estos preciosos momentos; conoció sus yerros; 
se reconcilió con la Iglesia; so dispuso cristianamente; 
otorgó su testamento, mejorando en gran parte á Car- 
lota; mandó que entrase su escribiente, y despurs 
que le dictó una carta reservada, la cerró con su sello, 
se la entregó al señor Labín, suplicándole que des- 
pués de su muerte y l'unerales la pusiese en manos 
de su hija, á la que no se atrevía á ver, confundido 
de su inicua conducta. Recibió los santos sacramentos, 
y el día siguiente murió como cristiano quien había 
vivido como idólatra de su dinero. 

No se pudieron ocultar estas cosas al esposo de 
Adelaida, porque ésta lo enviaba diariamente á saber 
de la salud de su padre; pero tenía bastante prudencia, y 
así fué fácil que las hijas ignoraran la muerte de su 
padre, hasta que Adelaida se restableció. Ella padeció 
más de un mes y quedó con la cara señalada para siem- 
pre, lo que no fué poca fortuna. 



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42 S 



l'tíNSAUÜU MEXICANO 



El señor Labín, el cura, el coronel y Welster 
mismo emplearon sus talentos para dar á las hijas la 
triste noticia del fallecimiento de su padre, y para inspi- 
rarles la debida conformidad con la voluntad divina, 
especialmente á Carlota, que como la mejor hija lo sin- 
tió más; pero por fin, las dos se conformaron á la 
l'uerza. 

Entonces se vistieron los lutos de costumbre, y 
cuando al señor Labín le pareció, las hizo estar jun- 
tas y en su presencia abrió la carta de su padre: á 
su ruego la leyó y oyeron que decía de esta ma- 
nera: 

CAirrA DE DON TADEO Á SU HIJA CARLOTA 

«Querida hija mía: A las orillas del sepulcro hiere 
la luz de la verdad poderosamente nuestros ojos. Apa- 
sionado por la maldita codicia del dinero, creyéndome 
inmortal, y temiendo me faltara, te iba á precipitar en 
un abismo de miserias; te iba á hacer infeliz eterna- 
mente, precisándote á abrazar un estado para el qu( 
no tenías vocación, sin considerar que no era mi auto- 
ridad ilimitada y que el Dios de bondad y de justicia 
no exige de nosotros sacrificios violentos ni aprecia lo- 
que se hacen á costa de su ley sacrosanta; mas yo, ciego 
por el vil interés, me desentendí de estas verdadeí-, 



ObUAS ESCOGIDAS 



429 



sofoqué el continuo clamor de mi conciencia, desprecié 
los avisos de los hombres de bien y atropellé con las 
censuras de la Iglesia, haciéndome á un tiempo odioso al 
cielo y á la tierra. 

»Pero ya que el Dios de las misericordias ha que- 
rido derramarlas sobre mí; con tanta liberalidad, conce- 
diéndome el uso de la razón que había perdido, quiero yo 
corresponder en algún modo á su bondad y aprovechar 
estos pocos instantes que me restan. 

» Conozco mi error, lo confieso, lo detesto, y con 
lágrimas de mis ojos te pido perdón, hija mía, de los 
agravios que te inferí. Perdóname, Carlota, perdóname, 
hija de mi corazón; no te acuerdes que tuviste un padre 
cruel ni ceses de rogar á Dios por él. 

» Pídele también de mi parte perdón al joven Wels- 
ter, al coronel, al señor Labín y á cuantos escandalicé 
con mi mala conducta para contigo. 

;> Perdona asimismo á tu hermana, que fué causa de 
estas escenas desgraciadas. 

» Tengo otorgado mi testamento, en el que te nom- 
bro por heredera ^de mis bienes. Distribuye el quinto de 
ellos por tu mano en beneficio de los pobres, para que 
Dios perdone mis pecados. 

» Únete en su santa gracia con Welster, pues no 
te desmerece y tú lo quieres. Procura vivir en paz toda 
tu vida, y si tuvieres hijos, jamás abuses de tu auto- 

LA yuUOTlTA. — 108. 



■^Tt?, 



430 



PENSADOR MEXICANO 



ridad para violentarlos á que abracen el estado que 
repugnen. 

»Dígnate, en fin, de admitir esta carta, como la única 
satisfacción que puede darte un padre que te ama y 
apenas puede respirar. Yo quisiera estrecharte entre mis 
brazos por última vez; pero conozco tu corazón sensible, 
y temo que facilitarte este paso sería tal vez asesinarte 
con amor. Recibe desde aquí mi postrera bendición; 
Dios te prospere en tu nuevo estado, Dios dilate tus años 
en la más perfecta salud, Dios te llene de bienes y do 
gracia y te haga feliz eternamente. 

» Adiós, hija querida; adiós para siempre, hija Car- 
lota; recibe en tu corazón el de tu arrepentido padre 

Tadeo.>> 



Bien se deja entender la conmoción que causaría en 
todos la lectura de esta carta, especialmente en los inte- 
resados. Cada uno manifestaba su dolor á proporción de 
la parte que tenía en 61; Carlota y Adelaida levantaban 
sus ayes hasta el cielo; Welster estaba sin moverse 
apoyando la frente en sus dos manos; doña Matilde y 
las demás señoras no podían interrumpir sus sollozos 
cuando consolaban á Carlota; el coronel v el cura se 
paseaban en silencio por la sala, limpiándose los ojos 
cada rato; el señor Labín le dio la carta á Welster 
humedecida toda con sus lágrimas y se fué á sentar en 



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OBRAS ESCOGIDAS 



431 



un rincón. En una palabra, todos estaban penetrados 
de la ternura y el dolor. 

Kste se aumentó vivamente cuando Adelaida, hecha 
un mar de lágrimas, se arrojó á los pies de Carlota, y 
abrazándola por las rodillas, entre avergonzada y com- 
pungida le decía: 

— jAy hermana de mi alma! yo he sido la causa de 
tus desgracias y de la muerte de mi padre. ¡Soy una vil, 
una indigna, que por un ratero interés tomé de tí una 
venganza cruel; pero el cielo me castigó por la mano 
de nuestro mismo padre! Yo llevaré en mi cara toda la 
vida las señales de mi maldito proceder; pero las llevaré 
con gusto si logro volver á tu amistad. ¡Perdóname 
Ciirlotita, perdóname, hermana de mi vida! 

Era muy sensible Carlota para dejarla* proseguir; y 
así, levantándola á sus brazos, la estrechó en ellos, la 
besó mil veces en la cara y mezclando sus lágrimas con 
las suyas, le decía : 

— ¡Cállate por Dios, Adelaida; ya basta, ya todo se 
acabó! Yo jamás te he tenido rencor; siempre te he 
amado y desde ahora te juro que te he de amar más que 
nunca... , 

Todos los concurrentes se interesaron en separarlas, 
y cuando á fuerza de llorar calmó un poco la congoja de 
las dos, dijo el coronel: 

— Ya basta, señoras, ya está bueno; seamos sensi- 



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432 PENSADüll MEXICANO 

bles; pero no nos entreguemos á la pena sin prudencia y 
sin moderación. No se hable ya otra palabra sobre los 
pasados agravios. Don Tadeo y esta señora han borrado 
muy bien sus tiaquezas con su sincera compunción, ni 
Dios nos pide más para perdonarnos que un arrepenti- 
miento verdadero. Por lo (¡ue respecta á sentir la muerte 
de vuestro amado padre, es muy justo; pero va se ha 
dado harto desahogo al sentimiento: ahora es menester 
sostenerse en los motivos que tenéis de consuelo. Adver- 
tid que vuestro padre descansa en paz. Esa carta mani- 
fiesta una disposición cristiana y ésta le abrió las puertas 
del Paraíso. 

Así lo debemos esperar de la misericordia del Señor. 
Si no lo hubiera querido para sí, si su condenación 
hubiera estado decretada, la muerte lo hubiera sorpren- 
dido en uno de los accesos de su locura; pero pues Dios 
le restituyó el juicio y él se previno con tan cristiana 
disposición, señal es que fué para salvarlo, pues Dios 
nada hace por acaso. ¡Ojalá que cuantos padres lo imiten 
en la culpa tengan el tiempo, los auxilios y la resolución 
necesaria para imitarlo también en la penitencial 

Así consoló el coronel un poco más á las dolientes, 
y doña Eul'rosina, como tan obsequiosa, les sacó vino y 
soletas, que les obligaron á tomar. 

Los demás señores procuraron variar la conversa- 
ción con disimulo hasta que lograron serenarlas. Don 



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OBRAS ESCOGIDAS 



433 



Dionisio les instó para que aquel día lo acompañaran á 
comer las dos hermanas, Welster v el señor Labín, á lo 
que condescendieron gustosos. El coronel no quiso que- 
darse, y así se despidió de todos, y se retiró con su 
familia y el señor cura para su casa. 







LA yUIJOTITA. — 109. 



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CAPITULO XIX 



Discurre el coronel sobre el estado religioso y comienza á instruir á su hija 

acerca del matrimonio 



Don Rodrigo, que de todo procuraba sacar partido 
para la instrucción y aprovechamiento de Pudenciana, 
cuando estuvieron juntos en la mesa, dirigiéndose al 
padre don Jaime, le dijo: 

— ¿Qué le parece á usted, señor cura, de la extraña 
historia de Carlota? 



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436 



PENSADOR MEXICANO 



— ¡Qué me ha de parecer, respondió el prudente 
eclesiástico, sino que la mano del Señor ha andado entre 
todos sus actores, pues ha sido una grande felicidad que 
haya rematado de esta suerte! ¿Qué fuera de Carlota si 
hubiera profesado sin vocación? Su vida sería muy infe- 
liz y su muerte quién sabe cómo. Welster acaso hubiera 
prevaricado, creyendo que la religión católica sostiene 
estos abusos. Por otra parte, ya que Carlota por fin no 
profesó, Adelaida pudo haber muerto entre las propias 
manos de su padre, que ya la ahorcaba, no pudiendo el 
señor Labín favorecerla solo, porque yo, como viejo débil, 
apenas hacía cosa de provecho; y por último, don Tadeo 
pudo haber muorto en su demencia, en cuyo caso se 
hubiera condenado sin remedio. Nada de esto sucedió, 
y todas estas desventuras se excusaron por unos caminos 
poco comunes; con(|ue vea usted si anduvo en esto la 
mano del Todopoderoso. 

' — Así fué en efecto, dijo el coronel; yo de todo mr 
alegro; pero más de que hubiera muerto don Tadcn 
como cristiano y de (|ue no hubiera profesado Carlotiti. 
El estado religioso es el más perfecto, ¿quién lo dudaf 
pero no es siempre el más seguro. La clausura perpetua, 
el voto de pobreza y de obediencia, son como la castidad, 
de consejo evangélico, no de precepto; por tanto, la vid;, 
monástica no se debe abrazar sino con verdadera voca- 
ción, conociendo muy bien lo que es y á lo que obliga. 



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OBRAS ESCOGIDAS 



437 



y consultando nuestras fuerzas. El que no sufre sobre 
sus hombros el peso de dos arrobas menos sufrirá el de 
seis, y si se las echa á cuestas con imprudencia caerá 
en tierra sin poderse mover por más que quiera. Así es 
en lo espiritual. Si apenas puede Palmira cumplir los 
diez preceptos del Decálogo, ¿cómo se atreve á cargarse 
de otros cuatro más, que son los votos? 

Antes de tomar el hábito debía toda niña entender 
que no es lo mismo ser monja que religiosa. Para lo 
primero, basta con vestir el hábito y cumplir, aunque 
sea á fuerza, con lo material de las reglas; para lo segun- 
do, es necesario saber desprenderse del todo de su propia 
voluntad, renunciar de corazón y para siempre el mundo 
y sus placeres, y no perder un instante sin aspirar á la 
verdadera perfección. 

Esto es muy fácil decirlo; pero no es así para cum- 
plirse. ¿Cuántas muchachas entran á los conventos, 
toman el hábito y profesan, llevadas de un fervor mun- 
dano que ellas juzgaban vocación? ¿cuántas ignoran qué 
cosa es ni á qué obliga el voto de castidad? ¿cuántas lo 
lineen sin estar en edad para saber cuál es su vicio 
opuesto? ¿cuántas se retiran á los monasterios porque el 
ti'undo las desecha ó por no perder el dote ó lugar que 
st proporciona, ó tal vez por fines menos honestos, como 
por no sufrir los desprecios de algún hombre querido é 
ii'constante? ¿y cuántas, por último, profesan por carecer 

LA «UIJOTITA. — 110. 



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438 PENSADOR MEXICANO 

de la resolución necesaria para oponerse á la perversa 
voluntad de sus padres, como iba á suceder á Carlotita? 

Todo esto es demasiado cierto, y no son pocos los 
ejemplares que tenemos de monjas desesperadas con su 
estado, ni son menos los recursos hechos á Roma en 
solicitud de secularizarse. Ahora mismo viven en esta 
capital algunas que lo han con^^oguido, y todos las 
conocen. 

l']l estado de religión, vuelvo á decir, es el más 
perfecto, y por lo mismo el más agradable á Dios; pero 
por razón de su mayor gravamen no es el más seguro 
para muchos. PnivUcsc <>/ honiJtrc á sí inisnw, dice San 
Pablo, examine cada uno su vocación, su espíritu, sus 
inclinaciones, su fervor, el fin que lo lleva al claustro y 
las obligaciones respectivas que le impone el nuevo es~ 
tado que pretende abrazar, y si después de un examen 
serio, detenido y consultado, hallare que le conviene, 
abrácelo enhorabuena; pero si lo hace sin estas condi- 
ciones, abrirá después los ojos, reconocerá sus pocas 
fuerzas, advertirá que no son bastantes para soportar el 
grave peso que se impuso, y cuando reflexione que no 
hay remedio para eximirse de él, entonces llorará su 
imprudencia, trabajará sin fruto y se precipitará á la 
desesperación, especialmente si es mujer. 

Para las que entran en los monasterios con verda- 
dera vocación todo es suave, todo llevadero, todo fácil. 



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OBRAS ESCOGIDAS 439 

La castidad es una virtud angelical , la obediencia un 
sacrificio humilde y la clausura un asilo contra los peli- 
gros del mundo. No así para aquellas que entran por 
alguno de los motivos que he indicado. Para éstas la 
castidad forzada que guardan sin ser vírgenes en cuanto 
al espíritu es un martirio; la obediencia una esclavitud; 
la pobreza una miseria, y la clausura una prisión inso- 
portable. ¿Cuál será la vida de estas mujeres infeliceb? 
No es mucho que algunas se hayan desesperado con tal 
vida. El doctor don José Boneta, en su librito titulado 
(irt/os del infierno, hablando sobre esto, refiere de una 
monja que estando para morir, preguntó al confesor: 
— Pudre, .<i me muero ^'de/aré de ser /¡ion/a/ — Sí, hija, — 
respondió el confesor. Y la miserable al instante comenzó 
A acelerarse la muerte apretándose el cuello con las 
manos. ¿Cuál sería la vida de esta monja desesperada, 
dejándonos tan malas señales en su muerte? 

Todos los estados necesitan tiempo y madurez para 
elegirlos y especial vocación de Dios para abrazarlos; 
pero entre una casada y una monja que hayan errado 
vocación, encuentro yo notable diferencia. La casada que 
no consultó bien su elección y se halla ligada con un 
hombre que le da mala vida, tiene aún dos esperanzas 
que la consuelan: una es el divorcio, que protegen las 
Kyes y los cánones en ciertos casos, y otra es que muera 
el marido. En el primer caso se substrae de su dominio, 



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440 



PENSADOR MEXICANO 



se separa de su compañía y se libra de su tirano cruel; y 
on el segundo, se rompe el vínculo en lo absoluto y queda 
libre para siempre. 

La monja no es así: si no tiene un derecho muy 
claro para anular la proí"esi«')n y dinero suficiente para 
dirigir á Roma su negocio, lo que no se facilita sino de 
tarde en tarde, bien puede creer que no tiene remedio si 
no 8s á costa de su vida, que es lo mismo que no tenerlo. 

No por eso se crea que yo pretendo malquistar el 
estado religioso. Estoy muy lejos de tal extravagancia. 
A nadie, ni á mi propia hija, disuadiré en ningún tiempo 
de que sea monja. Sé que el Santo Concilio excomulga 
igualmente á los que violentan ó persuaden ú las mujeres 
á ser monjas, como á los que, sin justa causa, impidieren 
de algún modo el santo deseo que tengan de tomar el 
hábito ó de hacer la profesión las vírgenes ú otras muje- 
res; pero por lo que toca á Pudenciana, la instruiré en lo 
que es cada estado y cuáles son sus respectivos deberes; 
le diré que en la casa del Padre celestial hay muchas 
habitaciones; que son diversos los caminos por donde el 
Señor llama á sus siervos; que lo más perfecto es lo 
mejor, pero no lo más seguro para todos, y según esto, 
el estado de castidad es el mejor en lo general; pero si 
prudentemente considera que no lo puede observar como 
se debe, mejor es que se case. Este es el consejo del 
Apóstol: «Más vale casarse que abrasarse.» 



OBRAS ESCOGIDAS 



441 



Aquí concluyó su discurso el coronel, y Pudenciana 
lo escuchó con bastante atención, que era lo que su 
padre pretendía. El eclesiástico apoyó, como era regular, 
la solidez de sus razones, y después de haber acabado de 
comer, nos levantamos de la mesa. 

Pocos días después, estando doña Matilde sentada 
on el estrado haciendo una labor con Pudenciana, se 
levantó ésta á buscar no sé qué cosa, y al volver dijo 
su madre: 

— ¡Qué larga se va poniendo esta muchacha! 

El coronel tomó de estas palabras ocasión para dar 
una oportuna leccioncita á Pudenciana, diciéndole: 

— En efecto, hija, ya estás bien grande. El tamaño 
fie tu cuerpo señala tus años y me avisa que debo ya 
darte las instrucciones correspondientes á tu edad. Jamás 
me has hablado de monjío ni yo exigiré de tí tal cosa. 
Ihis presenciado la historia de Carlota y me oiste dis- 
currir el otro día acerca de la perfección que se requiere 
l'.ira profesar en la vida religiosa. Si ésta no es de tu 
vocación, no hayas miedo que yo te la persuada: pero si 
]•> es, concurriré con mucho gusto al logro de tus santos 
(lóseos. Conque ¿íjué dices? ¿quieres ser monja? 

—Hasta, ahora, papá, la verdad no lo pienso, res- 
pondió Pudenciana. 

Y prosiguió su padre: 

— Pues eso es lo que me agrada, que me hables la 

LA QUIJOTITA. — 111. 



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4^2 I'KNSADOR MEXICANO 

verdad. Pero supuesto que no quieres ser monja, tal vez 
te agradará el matrimonio, ¿no es así? Vamos, no te 
pongas colorada; no iiay para qué. K\ matrimonio es un 
sacramento santificado por el mismo Jesucristo. En él 
se puede servir á Dios como en cuahjuier otro estado 
elegido con verdadera vocación, y si la tuya es para el 
matrimonio, yo conti'ibuiíé al logro de tus deseos, pues 
pueden ser tan santos como los de entrar en la religión 
mAs perfecta, si se reducen á servir a Dios en ese estado; 
mas para que seas buena casada, es preciso que sepas 
qué cosa es el matrimonio y cómo te has de manejar 
para contraerlo; cuáles son las obligaciones que impone, 
y cómo las lia de desempeñar una mujer cristiana. 

Pero antes, bija mía, te voy á dar un consejo muy 
útil, de cuya observancia depende toda tu felicidad. 
^<Ahora que tu infancia ha pasado, no nos mires sola- 
mente como tus padres, sino como tus más antiguos, tus 
más fieles y mejores amigos, á quienes ciertamente la 
vida es menos apreciable que tu bienestar, á quienes no 
les falta experiencia ni los conocimientos necesarios para 
darte en cada ocasión los mejores consejos. 

Con este convencimiento, abre tu corazón á tu padre 
y á tu madre sin ninguna reserva; deposita en nuestro 
seno todos tus pensamientos, tus sentimientos, tus 
deseos; nada nos ocultes, ni aun tus faltas y tlaquezas, 
bien persuadida de que nunca abusaremos de tu con- 



OBRAS ESCOGIDAS 



443 



fianza filial, que nunca contestaremos á tu franqueza con 
amargura ni severidad, sino siempre con una ternura 
verdaderamente paternal, y que dirigiremos tus pasos 
con tanta bondad como celo.» ^ ¿Has entendido, hija? 

— Sí, papá. 

— Creo que no me has entendido bien. Te lo diré 
más claro. Ya tienes quiace años ó cerca de ellos, posees 
algunas habilidades que te recomiendan, y si no tienes 
una hermosura peregrina, á lo menos tu cara no carece 
de gracia y atractivo. Debo también advertirte, que vas 
á entrar en un mundo nuevo que no conoces, y así es 
necesario que te ponga el farol en la mano para que no 
tropieces entre sus innumerables precipicios. 

Ya no eres la misma que ahora tres años. Tu natu- 
raleza te lo avisa. El movimiento de la naturaleza inlluye 
mucho en tu estado actual, y de las novedades que siente 
tu cuerpo se debe inferir qué es lo que sentirá tu es- 
píritu. 

En efecto, tú te adviertes agitada de unas nuevas 
inclinaciones, y éstas se aumentarán á proporción de lo 
que los hombres las fomenten. Sí, hija mía, los hom- 
bres, ya seduciendo tu virtud con artificios, ó ya ala- 
bando tu mérito con sencillez, procurarán inclinar tu 
Noluntad á su favor. Por todas partes se verá asaltada 

• El coronel acaso tomó estas palabras de la Eu/emia del célebre alemán Campé, 
para persuadir á su bija con la autoridad de este juicioso escritor. 



4i4 PExNSADOH MEXICANO 



tu inocencia y combatido tu pudor sin advertirlo. Las 
calles, los zaguanes, los paseos, las casas y los mismos 
templos, serán para tí otros tantos lugares en que pueda 
peligrar tu honestidad con los repetidos asaltos que te 
dará el libertinaje de un corrompido seductor. ¿Y quó 
deberemos hacer para asegurarte de esos asaltos? Fácil 
es la respuesta. Tu madre deberá cuidarte sin cesar, yo 
acons(^jarte con prudencia, y tú seguir con mucha doci- 
lidad mis consejos. 

El primero (|ue te doy es el que ya escuchaste. 
Míranos, no sólo como á tus padres, sino como á tus 
mejores amigos y los más interesados en tu bien. En 
esta inteligencia, deposita en nuestros pechos tu con- 
fianza, ábrenos tu corazón, nada nos reserves, ni tus 
más ocultos pensamientos, satisfecha de que te hemos 
de atender con dulzura y te hemos de aconsejar con 
amistad. 

Llegará tiempo en (jue las criadas, el aguador, tus 
amigas, tus parientas mismas, serán los agentes del que 
solicite tus favores. ¡Infeliz de tí, si más que de nosotros 
te fiares de ellos! En tal caso tú pensarás que lisonjean 
tu gusto y que son acreedores á tu reconocimiento, y 
engañada con este falso juicio, les descubrirás tus se- 
cretos y pondrás en sus manos tu opinión, y entonces 
adiós honra, adiós cródito, adiós reputación. De boca 
en boca no quedará uno que ignore tus flaquezas si, lo 



OBRAS ESCOGIDAS 445 

que Dios no quiera, tuvieres la desgracia de come- 
terlas. 

Pero si reservándote de todo el mundo, te descu- 
brieres únicamente con tus padres, entonces, ¡cuánta 
será la diferencia! ¡con qué amor no te enseñaré á cono- 
cer los artificios de los hombres I ¡cómo me valdré de mi 
experiencia, dándote lecciones oportunas para que te 
burles de las asechanzas que te quiera poner un liber- 
tino seductor! ¡con qué cuidado te libertaré de los peli- 
gros 1 ¡con qué prolijidad te evitaré las ocasiones que á 
ellos te puedan inducir! Y si algún día tú llegares á amar 
algún hombre de bien que te merezca, ¡con cuánto gusto 
me prestaré á realizar sus intenciones, si éstas fueren 
unirte con él en el estado santo del matrimonio I ¡Dichosa 
tú, hija mía, si cooperares por tu parte á que se veri- 
quen mis deseos! Mstos no son ni pueden ser otros sino 
los de tu verdadera felicidad. A ella he aspirado toda mi 
vida, y que seas feliz será mi único conato, hasta que la 
muerte cierre mis ojos para siempre. 

Pudenciana abrazó á su padre y le besó la mano 
(enternecida, dándole las debidas gracias por sus pater- 
nales consejos y prometiéndole seguirlos ciegamente, 
pues estaba convencida de que se encaminaban á su 
í*ien. 

Entonces el coronel le dio su bendición y la envió 
á la cocina, diciéndole que quería cenar aquella noche 

LA QUIJOTITA. — 112. ^ 



"^"•ii'ái. iiiin'i'fc''«l"MTifti'iillrvi' ■■■ '- ->■'•■--- — ■■.,^!»_,-.-''*«^'-->— ¿.«! < '-■-— >"-*^ - 



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44C) 



PEXSADOH MEXICANO 



un bocadito de su mano. Pudenciana fué á hacerlo muv 
contenta, y luego que se retiró, prosiguió don Rodrigo 
hablando con su esposa d(^ este modo: 

— ¿Ya oiste el consejo (jue acabo de dar á Puden- 
ciana? pues tú necesitas de otros dos, que no son de 
menos importancia. 

El primero es, (jue le abras los ojos á tu hija... 
No, no me mires, ni te asustes sin acabarme de oír. 
Las muchachas cuando entran en la pubertad no son 
lo mismo que en la niñez. Esto lo entiendes. Luego 
que llegan á esa edad entran en un mundo nuevo. 
Pasiones, inclinacionts, sensaciones, deseos, apetitos, 
ocasiones y peligros, todo es nuevo para ellas. Si al 
lermonto de su sangro, si al trastorno de sus nuevas 
¡dí'as, unidos á su poca experiencia, se junta una suma 
ignorancia acerca de lo que puede pasarles en el mundo, 
est.'m muy expuestas á perderse, ó lo que es lo mismo, á 
perder su virginidad con desventajas, porque mal guar- 
dará una alhaja el que no sabe lo que vale. 

Por tanto, es conveniente que le expliques con modo 
y con prudencia (jué cosa es ser virgen ó doncella. Hazle 
ver qué gran virtud es en una niña el recato, como señal 
segura de su virginidad corporal. Díle en qué consiste 
esta virginidad, c<')mo se puede perder y cómo se con- 
serva; adviértele que perdida una vez no se restaura el 
honor sino mal, tarde y pocas veces; haz que se llene 



• OBRAS ESCOGIDAS 447 

<le temor cuando sepa que de su conservación depende 
t'l honor de las mujeres en el estado de doncellas, y que 
cuando se pierde no se pierde sola, sino juntamente con 
la honra y la opinión; instruyela en los artificios de que 
se valen los hombres para seducir á las incautas, siendo 
el más trillado y el más antiguo el proponerles un venta- 
joso casamiento; aconséjale que á nadie de éstos crea ni 
corresponda sin darnos parte de cuanto le pasare; díle 
que los hombres que parecen más rendidos y apasio- 
nados son los más sagaces seductores, los clarines que 
publican la debilidad de la mujer que encuentran fácil 
:i sus antojos; enséñale que lo que los hombres de bien 
aprecian más en una mujer para casarse con ella es el 
lecato y su integridad corporal; declárale que los hom- 
bres de honor se conducen con mucha medida cuando 
solicitan una niña para esposa; díle que la que llega al 
tálamo sin su virginidad, ignorándolo el marido, se ex- 
pone á pasar una vida amarga é infeliz, pues á la menor 
<jueja ó incomodidad que haya, le estregará en la cara su 
anterior licenciosa conducta, avergonzándola á cada ins- 
tante, desconfiando siempre de su fidelidad y mirándola 
con una indiferencia que en breve llega á ser un aborre- 
cimiento declarado; repítele una, dos y tres veces en qué 
consiste el mérito y honor de una niña doncella; explí- 
cale más claro lo inestimable que es la presea de la vir- 
i^^nidad y cuánto le conviene conservarla; y por último, 



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448 PENSADOR MEXICANO 

díle que para esto debe, en primer lugar, huir todas las 
ocasiones de familiarizarse sola con los hombres, sean de 
la clase ó condición que fueren, é insiste en (|ue nos des- 
cubra su pecho con la confianza más sincera. 

Esto es por lo que respecta á su bien moral; por lo 
que toca al físico, permítele que cuando se ofrezca, oiga 
hablar de las pasiones y gravámenes que son consiguien- 
tes á su sexo: déjala que sepa cómo se debe conducir 
una mujer en las diferentes épocas de su vida; de qué 
cosa se debe precaver; cuáles debe observar en obsequio 
de la conservación de su salud y bien de sus hijos y fa- 
milia; hazle ver que una mujer enferma por su descuido 
y desarreglo hace una mala madre para sus hijos, una 
esposa de bastante gravamen para el marido y un eterno 
fastidio de su casa. Todo esto debes enseñar á tu hija 
en esta edad, y esto será abrirle los ojos con pro- 
vecho. 

Es una ridicula preocupación la de muchas madres 
que, con pretexto de no abrirles los ojos á las niñas, las 
crían con tal encogimiento y con tal ignorancia, que ni 
saben qué es ser doncellas ni casadas, madres ni espo- 
sas. Esto no llamo yo recato, sino groserísima tontera. 
¡Cuántas pobres muchachas han dejado de ser vírgenes 
sin saber lo que han perdido ni las funestas resultas de 
esta pérdida! ¡cuántas se han hecho enfermas toda su 
vida por no saber manejarse en los tiempos de sus enfer- 



■-• -.;■.* ?■ • • • . ■ •■;i?r.í"." 



OBRAS ESCOGIDAS 449 

medades periódicas, y cuántas se casan sin saber qué 
obligaciones contraen en tal estado! 

Lejos de tí, hija mía, semejantes absurdas preocu- 
paciones que apadrina la ignorancia con nombre de 
virtud y de recato. No, no consiste la virtud en ser es- 
túpidos ni en ignorar lo que nos conviene saber; con- 
siste en la sencillez del corazón y en la exacta obser- 
vancia de los preceptos de la ley. 

El mismo Jesucristo nos dice: «Sed sencillos como 
las palomas, y avisados como las serpientes. » ¿Y cómo 
será una niña cauta en medio de la ceguedad , ni 
cómo se guardará de los peligros en que liuctúa su 
espíritu, su honor y su salud, si no tiene más luz (jue 
las tinieblas de una educación supersticiosa é igno- 
rante? 

No basta que instruyas á tu hija de los peligros que 
la cercan, es necesario que le evites todas las ocasiones 
en que los pueda hallar. Al hidrópico es menester (jui- 
tarle el agua de delante, sin contentarse con decirle que 
le hace daño; esto ya él muy bien lo sabe. Y he aquí el 
segundo importante consejo que debes observar en la 
presente educación de Pudenciana. Ningún cuidado, 
ninguna vigilancia ni precaución está demás en su pre- 
sente edad... 

— ¿Pero no la cuido yo? dijo Matilde, qué ¿quieres 
que la traiga yo como llavero? 

LA QUUOTITA. — 113. 



450 PENSADOR MEXICANO 

— Sí, señora, sí, decía el coronel; no debe apar- 

m 

tarse de tus ojos un instante. En la calle, en la casa, en 
las visitas, en el templo, en todas partes ha de ser su 
custodia tu presencia. Si el ojo del amo engorda al caba- 
llo, al ojo de la madre se conserva la honestidad de la 
hija. Siempre las niñas han estado expuestas á una 
misma enfermedad, y siempre se les ha ordenado el 
mismo remedio de precaución. San Jerónimo, que cono- 
cía bien el mundo, instruyendo á una señora llama- 
da Leta, en el modo con que debía criar á su hija 
Paula, le dice: «No la dejéis jamás ir á parte alguna, 
si no fuere en vuestra compañía, y ni á visitar las 
capillas de los mártires ni á las iglesias vaya sin su 
madre. 

»No consientas tampoco que se ría y burle de ella 
ningún mancebo, ni de los que traen copete; y cuando 
hubieres de velar ó trasnochar para celebrar la fiesta de 
algún santo \ hágalo nuestra doncellita de tal modo 
que no se aparte de su madre, ni aun por espacio de 
una pulgada.» Hasta aquí el Santo Doctor á nuestro 
intento. 



• En la primitiva Iglesia aco8tuml)raban los fieles celebrar á los santos mártires en 
los templos, empleando en ellos toda la noche de las vísperas en cnnticos y alabanzas. 
A este desvelo se llamaba vigilia; pero por los abusos y dísóriienes que se cometían 
después que se fué enfriando el primer fervor del cristianismo, está reducida en el día 
al ayuno y abstinencia de carnes, exceptuándose solamente la de la Natividad de 
Nuestro Señor Jesucristo, en la que se cantan maitines y se celebran misas á media 
noche. 



OBRAS ESCOGIDAS 



451 



Su autoridad es muy recomendable; pero sin compa- 
ración lo es más la del Espíritu Santo, quien dice en las 
Sagradas Letras: ^ «Si tienes hijos, enséñalos, corrígelos 
desde niños; si tienes hijas, guárdales sus cuerpos,» 
esto es, su virtud, su virginidad. ¿Y cómo cumplirá con 
esta obligación una madre abandonada que permite que 
la hija ya grande salga sola á la calle, y cuando más 
con una criada ó una amiga; que se esté sola, si se 
ofrece, en el estrado, charlando ó aun retozando con el 
caballerito cortejante; que con pretexto de visita se 
aparte de su madre dos, tres ó más días: que á título 
de pobre, salga á la tienda y á hacer otros mandados, 
ó lo que es peor que todo, á pedir prestado á algún 
hombre un peso ó dos? 

Pues todo esto se ve y no se quedan ocultas las 
resultas. Lo más gracioso es que muchas madres de 
rstas, después que ellas mismas permiten á sus hijas 
cuanta libertad apetecen, se asustan y se escandalizan 
así que las muchachas traen á sus casas el fruto del 
abandono con que las tratan. Entonces son las lágri- 
mas, los gritos, los regaños y los golpes: golpes que 
más bien los merecen ellas que sus hijas, porque son 
la causa original de su ruina. Ello es cierto que si no 
hubiera tantas madres descuidadas, no hubiera tantas 
hijas prostituidas... 

' £cci., cap. Vn, 25 y 26. 



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452 



PENSADOR MEXICANO 



Aquí llegaba el coronel, cuando entró Pudenciana 
avisando que ya estaba la cena. 

El coronel mandó poner la mesa y se fué á cenar 
con su l'amilia. 




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CAPITULO XX 

En el que se refiere la conferencia de Pomposita con una amiga suya y el solemne modo 
con que los colegiales le pusieron por nombre Quijotita 

¡Qué cierto es que los hijos, por lo común, ^ son 
lo que los padres quieren que sean ó como los hacen 
sor, ó con su educación ó con su ejemplo! 

Ya hemos visto la conducta del coronel y de Matilde 

' No en lo general ; porque hay padres muy buenos que hacen cuanto está de su 
parte para que sus hijos se logren, y sin embargo, éstos se pervierten por si mismos; 
T'-ro esto es lo mis frecuente. Regularmente los hijos aprenden de las costumbres de sus 
: adres y corresponden á la educación que se les da. 

LA QUIJOTITA. —114. 



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454 PENSADOR MEXICANO 

para con su hija y las sanas instrucciones que le daban, 
y también hemos observado el modo con que educaron á 
Pomposa sus padres. Nada extraño es que fueran ambas 
primas tan distintas en costumbres, como fué la doctrina 
que recibieron. 

Pomposita todo el tiempo lo empleaba en componerse, 
en mirarse al espejo, en hacer ademanes ella sola y ensa- 
yarse á hacer dengues y favores con los ojos, ayudada 
del cristal en que se pintaba su carita, y en recibir leccio- 
nes de su madre. 

Es verdad que esta era su menos nociva directora, 
pues no veía en ella ni oía cosa descaradamente opuesta 
á la sana moral. Otras tenía de más infame condición. 
Tales eran sus buenas amiguitas. 

Entre éstas había una llamada Rosamunda, mucha- 
cha pobre, alegre y lisonjera, l^sta había cautivado el 
corazón de Pomposita, de suerte que era la depositarla 
de sus secretos y la plenipotenciaria de sus negocios. 
El lector querrá hacerse cargo de su carácter y debemos 
en esto darle gusto. 

Una tarde estando sola con Pomposita, sin advertir 
que yo la espiaba por el agujero de una mampara, plati- 
cando con ella, le decía: 

— En verdad, niña, que... no es por levantarte los 
cascos, pero no eres bonita sino linda. ¡Caramba I que 
tienes una cara como el sol. Es mucho que á la hora de 



OBRAS ESCOGIDAS 455 

esta no tengas un sin fin de enamorados; yo no soy 
ni para descalzarte y con todo eso tengo cuatro. 

— ¿Cómo no? decía Pomposa, yo también tengo diez 
que me solicitan para casarse conmigo y ninguno me 
<:;usta. Mira tú: uno es oficinista, tres son militares 
y me han enamorado por sus grados, porque uno es 
teniente, otro capitán y otro teniente coronel; mas ¿qué 
me puede dar ninguno de ellos, si todos están á ración 
do hambre? Otro de mis enamorados es médico, muy 
bueno para ponerme á dieta; otro es abogado, que me 
dará muy lindos pareceres; tres son colegiales, de los 
<|ue ya sabes que no llega su principal á una peseta; 
e\ último, que es el mejor de todos, es comerciante, y 
no pasa de un trapero. Ya verás tú qué tales son mis 
novios. 

— ¿Conque en resumidas cuentas, decía Rosamunda, 
ninguno de ellos te gusta? 

— No, ninguno, porque el mejor es el comerciante y 
no pasa de un baratillero por mayor. Aunque me pueda 
dar lo que yo necesite, ¿quién sabe si tendrá para poner- 
me coche? y por fin, yo no me tengo en tan poco, que ya 
<}ae me case, me contente con quedarme con mi nombre. 
No, yo he de mudar de nombre cuando me case, ó no 
me caso nunca. 

— Pero, mi alma, ¿como te has de mudar nombre? 
Sólo las monjas hacen eso, decía Rosamunda; esa 



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456 



PENSADOR MEXICANO 



mudanza que tú quieres hacer, me coge muy de 
nuevo. 

— Pues entiéndelo, proseguía Pomposa; yo aspiro á 
casarme con un título para que no me digan la señora 
doña Pomposita, sino la marquesa de aquí ó de acullá. 
Mi sangre es ilustre, no soy pobre ni vieja, y así no 
pierdo la esperanza. 

— Ni la debes perder, decía la amiga; otras menos 
que tú han enmarquesado de la noche á la mañana; 
conque tú, que eres como una plata de bonita y con 
tantas gracias, como saber bailar, tocar y cantar, ¿por 
qué no has de poder ser marquesa ó cuando menos con- 
desa ó baronesa? 

— No, eso de baronesa no me cuadra. Las baronías 
se quedan para los varones; pero los demás títulos para 
las señoritas de mi clase. Tampoco me cuadra casarme 
con un conde, porque entonces quitándome el sa, con 
nada quedo condenada; y así no, marquesa, marquesa 
en todo caso. 

— ¡Qué discreta eres, mi alma! ¡qué aguda! decía la 
aduladora Rosamunda; ¡mira qué bien y con qué gracia 
jugaste el equívoco de condesa y condenada! jVaya, si 
tú tienes mil gracias! cada día tienes más de qué pre- 
ciarte. Pero volviendo á nuestro cuento, tú haces muy 
bien de pensar de ese modo. 

— ¡Y como que sil contestaba Pomposa; yo he de 



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OBRAS ESCOGIDAS 457 

ser de título y pésele al que le pese. ¡Ay, niña I ¿habrá 
gusto como oírse llamar de señoría, y no ese usted y 
ese doña fulanita por aquí y doña fulanita por allí, que 
ya me tiene hasta los ojos? Marquesa he de ser, ó me he 
de quedar para vestir imágenes. Si yo quisiera casarme, 
ya ves tú que me sobran novios; pero ninguno de ellos 
es marqués y así se quedarán ,<in(¡ue: ^ pero eso de que 
yo les dé mi palabra ;cu(nuli) amoí-os.-' ^ Ello es cierto 
que á todos los entretengo y les doy esperanzas; pero 
no más por chonguear y pasar el rato, y no porque 
los quiera. 

— Haces muy bien, niña, decía Rosamunda, de 
entretenerte con esos babosos. Tú no tienes necesidad; 
poro si la tuvieras, te diría que les arrancaras á todos 
cuanto pudieras, cosa que es muy fácil en sabiendo el 
modo. El asunto es decirle á cada uno de por sí que 
es el preferido en nuestra estimación; que es el único 
(jue queremos y que no amaremos á otro, ni por todo el 
oro del mundo. Con esto se engañan todos á un tiempo' 
y se dejan desollar vivos. Pero no apruebo yo el modo 
de algunas tontas pedigüeñas que enfadan á los hom- 
bres, pidiéndoles luego luego y por lo claro. Esto no es 
saber vivir. Lo que debe hacer una muchacha de mérito 
como tú es escasear mucho sus favores á los amantes; 



• Refruncillo muy vulgar. 
' Id. 

LA yUIJOlITA. — 115. 



wy 



458 PENSADOR MEXICANO 

irlos poco á poco apasionando y cuando ya están borra- 
chitos, entonces no se les pide nada por lo claro, sino 
que se les da á entender que una necesita esto ó que 
le cuadra lo otro. Apenas una mujer se expresa con ellos 
de este modo, cuando los muy bobones se endrogan, 
se despulsan y se sacrifican; pero traen lo que una 
(juiore, y entonces hace una que agradece la cosa, pero 
(|Ue no la quiere rt^cibir, porque eso sería un chasco, 
y ¡qué sé yo y qué sé cuándo! Ellos se apuran porque 
se les reciba lo que han traído; una se resiste, hasta 
que por fin se coge, porque no digan que es desaire, 
y se dan muchísimas gracias. De este modo se pelan 
vivos y se (juedan muy contentos los hombres, creyendo 
que una no es interesable y que le hace mucho favor 
en pelarlos. 

Tal era el carácter de la directora de Pomposa, y de 
éstas tenía varias. ¿Qué tal saldría ella? 

En electo, era cierto que visitaban su casa algunos 
colegiales y que le echaban sus polvillos, pero de cole- 
gial; quiero decir, la chuleaban y se entretenían con ella 
dándole á entender que la adoraban, y la pobre creía sus 
mentiras como los artículos de la fe. Algo hubiera dado 
porque no hubiera pisado su casa un colegial, pues á 
esta familia debió el titular contra su gusto, como vamos 
á ver. 

Siete de ellos visitaban á doña Eufrosina y a Pom- 



V*"?" 



OBRAS ESCOGIDAS 459 

posita, que más valía que la hubieran visitado los siete 
pecados capitales. Todos eran la piel de Barrabás; pero 
el más maldito era un payo alto, obeso, chato, carirre- 
dondo, de ojos alegres y saltones á quien llamaban en el 
colegio Sansón Carrasco. Este fué el soberano que tituló 
á la pobre Pomposita con la mayor solemnidad. 

Una noche que el diablo lo tentó para el efecto, 
convidó á su cuarto ó aposento á sus amigos y conter- 
tulios, y luego que entraron cerró la puerta con llave, 
los hizo sentar á la redonda de su mesa, y sin muchos 
cumplimientos les dijo: 

— Camaradas, he llamado á ustedes para que entre 
todos nos soplemos amigablemente un regalito que mi 
señor padre me ha enviado de mi tierra. 

Diciendo esto, sacó de su baúl dos quesos, un par 
do cajetas y unos bizcochos, y de la ventana bajó una 
tinajita de agua y un vaso. Lo puso todo sobre la mesa 

V en un instante le dieron vuelta al refresco. 

Así que acabaron, sacó cada uno su paño de narices 

V se limpió el dulce de las manos v la boca. Iba uno á 
tomar el bandolón; pero lo embarazó nuestro payo, quien, 
sentándose en el lugar preferente, les dijo con mucha 
seriedad: 

— Señores, amigos y compañeros míos: después que 
liabemos refocilado las barrigas con estas pocas migajas 
que nos han hecho favor de regalarnos, bueno será que 



460 PENSADOR MEXICANO 

tratemos un negocio de gravísima importancia que días 
há estoy para comunicaros, fiando el acierto de vuestra 
sapientísima resolución. Atendedme. 

«Ya sabris cómo, por constitución inmemorial de los 
colegios, cada uno debe tener su sobrenombre. Yo cuando 
vine hallé esta costumbre establecida, recibí el mío con la 
mayor humildad, y despuós acá he procurado cumplir 
con mis deberes, poniendo á todos su nombre, según mi 
corta capacidad. Tú, por mi cuenta te llamas Séneca, 
por sentencioso: tú, el A¡i¡(tst(í(lo, por chaparro; tú, el 
Aldtnhiquc, por tus desaforadas narices; tú, el Discreto, 
porque eres de Quen'taro; tú, el Zorro, por astuto é 
hipócrita; tú, la Xiña, por bonito y afeminado; á mí 
me llamáis Sansi'm (\ir¡-((sco, por panzón, por grandote, 
ó por lo que os dé la gana; de manera, que cada uno de 
nosotros los presentes, ausentes, pretéritos y por venir, 
tienen, han tenido y tendrán su sobrenombre usque in 
saccu'a, hasta el fin de los siglos, sin que ningún bicho 
viviente en el colegio se quede sin el suyo, de capite (ul 
ralcpiii, esto es, desde el rector hasta el portero. 

» Reflexionando esto con la debida atención y madu- 
rez y considerando que nuestra jurisdicción ó autoridad 
de poner nombres no está limitada dentro de las pare- 
des del colegio, sino que se puede extender ad lihitum. 
á nuestro antojo, he acordado que sería muy bueno y 
muy loable poner su nombre á una señorita á quien 






■;,"*Sr"? 



OBRAS ESCOGIDAS 



461 



visitamos, y en cuya casa nos hacen agasajo. ¿Qué mejor 
prueba podemos darle de nuestra gratitud? ¿Ni de qué 
mejor modo le pagaremos los bizcochitos y el chocolate 
que nos da su madre, sino titulando á su hija more 
nosfro, según nuestro modo y nuestra crianza? 

»En este caso, encajándole un título á cuestas á la 
hija de nuestra protectora, obraremos, no sólo con justi- 
cia, sino con habilidad magnífica. 

»En esta inteligencia, habéis de saber, preclaro é 
ilustrísimo congreso, que la señora doña Pomposa Lan- 
garuto y Gontreras, que en paz descanse...» 

— ¿Pues qué, ha muerto? dijo el Zorro muy espan- 
tado. 

Y Sansón respondió siguiendo su discurso: 

« — Ella no ha muerto; pero su nombre propio murió 
en ella desde esta misma noche, v en virtud de hallarse 
sin nombre, os he convocado, sapientísimos y prudentí- 
simos señores, para que determinéis cuál es el que se le 
debe poner. 

»E1 caso es de los más graves y de los más urgen- 
tes; conque resolved ¡tic ct nunc, ahora y sin separarnos 
Je aquí, qué nombre se le deberá poner á esta señora.» 

— Por mí que se le ponga la Acontada, dijo el 
Alambique, con alusión á su mucha vanidad. 

— Aunque hay alusión, dijo el Aplastado, es nombre 
muy bajo y muy equívoco, pues quien no sepa por qué se 



LA QÜIJOTITA. — 116. 



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462 PENSADOR MEXICANO 

le puso, creerá que está enferma, y esto cede en contra 
de su honor, lo que por ningún caso nos es lícito. Mejor 
será llamarle la Sacudida. 

— Ni por pienso, replicó el Discreto; porque ese 
nombre tiene la misma nulidad que el que acabas de 
reprobar. Pueden pensar tal vez que se le puso porque 
es una coquetilla meneadora. Yo soy de opinión que se 
le llame la yonu.<, por hermosa. 

— Aquí no se trata de lisonjearla, sino de ridiculizar 
su carácter, dijo Srncca: mejor será llamarla Circo. 

— Cierto que es un nombre muy bonito y significa 
ser una hechicera por su beldad, dijo el Zorro; pero 
aunque en la substancia la ridiculiza, para los que no 
saben quién fué Circe, ni tienen más noticia sino que 
fué hermosa, no sirve ni significa nada el nombrecillo. 
En tal caso, y ya que ustedes quieren acomodarle un 
nombre de la Mitología, más bien le cuadra el de Me- 
dusa, pues todos saben que ésta tenía serpientes enros- 
cadas por los cabellos, y esto alude también á los infini- 
tos caracoles de Pomposa. 

— Es verdad, replicó la Ni/la; pero ese nombre por 
ese motivo está mal puesto, pues aquí han dicho que se 
trata de ridiculizar su carácter, no su cuerpo ni su modo 
de vestir; y así, si mi sentir valiera, yo le pondría la Des- 
deñosa. 

— Eso no significa nada, dijo otra vez el Aplastado, 



.?^r' 



OBRAS ESCOGIDAS 



463 



porque nada particular especifica de ella. ¿Qué mucha- 
cha bonita hay que no sea desdeñosa? y así, ponerle ese 
nombre, es lo mismo que no ponerle ninguno, pues lo 
que á todos es común á nadie es particular; y pues que 
entre nuestras opiniones hay tanta discordancia, diga 
vuestra señoría su parecer, señor presidente. 

— Nada extraño es, sapientísimo congreso, dijo 
Sansón Carrasco, que en los grandes asuntos haya tam- 
bién grandes dificultades, ni que se encuentren las opi- 
niones entre sí. Yo, después de admirar vuestro tino y 
vuestra ilustración, ¿qué podré decir que merezca vues- 
tra aprobación apetecible? 

»Sin embargo, pues me habéis honrado días hace 
con el título de vuestro presidente, y en vista de vuestra 
indecisión queréis que diga mi parecer, con el permiso 
de esta respetable asamblea, y protestando siempre suje- 
tarlo al mejor voto, digo: que debiendo tener el nombre 
que se le ponga á Pomposita las cualidades de ridículo, 
significativo, gracioso y conveniente, creo que no hay 
otro que mejor le cuadre ni que reúna en sí todas estas 
circunstancias, que el de la Quijotita. 

»Si hacemos un paralelo entre la demencia, modales 
y carácter del caballero de los leones y la de doña Pom- 
posa Langaruto, hallaremos que, salvando la debida 
proporción, hay entre ambos alguna semejanza. Pro- 
bémoslo. 



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464 



PENSADOR MEXICANO 



»Don Quijote era un loco y doña Pomposa es otra 
loca. Don Quijote tenía lúcidos intervalos en los que se 
explicaba bellamente, no tocándole sobre caballería; doña 
Pomposa tiene los suyos, en los que no desagrada su 
conversación; pero delira en tocándole sobre puntos de 
amor y de hermosura. El fantasma que perturbaba el 
juicio de don Quijote era creerse el más esforzado 
caballero, nacido para resucitar su orden andantesca; el 
que ocupa el cerebro de doña Pomposa es juzgar que es 
la más hermosa y la más cabal dama del mundo, nacida 
para vengar su sexo de los desprecios que sufre de los 
hombres, haciendo á éstos confesar en campal batalla en 
el estrado, que la belleza es todo cuanto mérito necesita 
una mujer para atraerse todas las adoraciones del uni- 
verso. Don Quijote siempre esperaba llegar á ser empe- 
rador á costa de la fuerza de su brazo; doña Pomposa 
siempre espera ser cosa grande, título de Castilla cuando 
menos, á favor del poder de su belleza. Don Quijote tenía 
su dama imaginaria, á quien juzgaba princesa: doña 
Pomposa ya tendrá en la cabeza algún amante preve- 
nido á quien hacer digno de sus favores, y éste será un 
embajador ó un general. Don Quijote en los accesos de 
locura á nadie temía; doña Pomposa en los suyos á nadie 
teme, y se expone á los más evidentes peligros con los 
hombres, creyendo salir siempre victoriosa de sus asaltos. 
Don Quijote acometió una manada de carneros como si 



OBRAS ESCOGIDAS 465 

fuesen caballeros armados; doña Pomposa entra á las ba- 
tallas amorosas que le presentan mil batalleros armados de 
malicia, con más confianza que si lidiara con carneros, y 
tanto fía de las saetas de sus ojos, que temo vuelva chivo 
al que se descuidare. Don Quijote... pero ya habré cansado 
vuestra atención, serenísimo congreso, con tanto quijotear. 
Sí, en efecto; basta con lo dicho para probar que este 
nombre le conviene. Conreniuní robus nomina saojio sais. 

» Ustedes, señores, como tan sabios y entendidos, 
determinarán si se le debe acomodar. Dixi.» 

Celebraron todos el gran talento, juicio y madurez 
do su presidente el señor Carrasco j y nomine dtscropanto 
rosolcioron ponorlo oí nombro do QruoTiTA, y se oxtondió 
vi /tonorff/co diploma, 

— Ya todo está hecho, dijo el Zorro: pero no basta 
(¡ue nosotros sepamos que Pomposa se llama QuijoUta, 
os menester que lo sepa ella y que lo sepan todos cuan- 
tos puedan. Para esto es necesario decírselo, no a secas, 
.sino con un versito que le guste. Este maldito Alambi- 
uno es medio poeta y él nos sacará del cuidado. 

— Soy contento, dijo el Alambifjuo: ¿y qué se puede 
jjorder por servir á ustedes y á la bella Q/d/otifa.'^ A ver 
ol tintero para acá... 

En menos de dos minutos escribió el poeta una deci- 
inita que á todos les gustó, y él dijo: 

— Ya el verso está hecho, ahora ¿quién le pone el 

LA QUIJOTITA.— 117. 



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466 PENSADOR MEXICANO 

cascabel al gato? ¿quién lo lleva, y cómo se le da? porque 
á tanto no me arriesgo yo. 

— No hay que apurarse, dijo Sansón; el Zorro nos sa- 
cará de este cuidado, pues siempre los zorros son astutos. 

— Amén, amén, amén, contestó el humilde Zorrito. 

Y quedaron de acuerdo en que lo llevarían el primer 
jueves; que irían todos los siete juntos, y para que no 
pudieran culpar i'i ninguno de ellos, ni venir en conoci- 
miento de (jue eran los autores del pasquín, llevarían 
otros cuatro compañeros más; con eso había muchos de 
quién pudieran sospechar, y ellos, los tertulios de la 
casa, echarían la culpa á los nuevos compañeros que lle- 
varan, en caso de que la Quijotita ó su mamá les reconvi- 
nieran. Kn esto quedaron, cuando la campana les avisó 
que era hora de cenar y se fueron corriendo al refectorio. 




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CAPITULO XXI 



F.n el que se cuenta una conversación que tuvo el coronel con su sobrina Pomposa, 
y la gran cólera que hizo ésta, cuando supo que le habían puesto Qiiijotita 



Al día siguiente fué Pomposa, alias la Quijoüta, á 
visitar íl Pudenciana, para que le hiciera un cordón de 
chaquira, de que colgar un retrato suyo. Estaban las dos 
11 uy divertidas mirando la miniatura, cuando entró el 
Ci ronel á su cuarto, y le dijo Pudenciana: 

— Mira, papá, y quó bonito está el retrato de Pom- 



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468 PENSADOR MEXICANO 

posa. — Sí estH, en efecto, y ya quisiera tu prima pare- 
cerse en todo al retrato. — ¿Pues qué., el retrato no se 
parece á mí? dijo Pomposa. — El se parece á tí, le res- 
pondió su tío; pero tú no te pareces á c'l, porque el re- 
trato tiene dos ventajas que tú no tienes. La primera 
es que está muy bien asegurado con el cerco y no le da 
ni el polvo, por estar debajo de vidrios, y tú no tienes 
mucha seguridad. ¿Con quic'^n viniste? — Con la reca- 
marera. — ¿Y tu madre por qué no vino contigo? — 
Porque estaba ocupada. — Cualquiera ocupación importa 
menos que acompañarte, y no dejarte andar sola en la 
calle. — ¿Pues no le digo á usted que no vine sola, sino 
con la recamarera? — ¡Grande persona para que te cuidel 
— ¡Adiós, tío! ¿Pues qué me ha de suceder? — ¿Cómo 
qué? darte un tropezón. — ¡Qué tropezón me he de darí 
Si ya soy grande. — Por lo mismo. Las niñas grandes 
son las que tienen más riesgo de tropezar, y cuando en 
uno de esos tropiezos caen de espaldas no sanan del 
golpe en su vida. — Pues yo tendn' cuidado de no 
caerme, tío. — Dios lo quiera. — ¿Y no me dice usted 
cuál es la otra ventaja del retrato? — ¿Por qué no? mira: 
El retrato, guardadito como está, puede durar cuarenta 
ó cincuenta años sin que se le bajen los colores ni se le 
entristezcan los ojos. De aquí á ese tiempo estará tan 
bonito como ahora; pero tú, si vives entonces, ya serás- 
una vieja arrugada y regañona. ¿Díme si no quisieras 



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OBRAS ESCOGIDAS 469 

parecerte al retrato en la conservación de tu hermo- 
sura? 

— Es verdad, tío; pero yo he oído decir que la que 
es buena moza es buena vieja. 

— Eso has oído decir tú; mas yo no he visto nin- 
guna vieja que sea buena moza. Todas las viejas son 
viejas y ninguna es bonita. La belleza de las mujeres 
tiene tres enemigos, y ninguna se escapa de caer en 
manos de alguno de ellos. O la enfermedad ó la vejez 
ó la muerte dan cuenta de ese frágil don de la natura- 
leza. Una fiebre, unas viruelas mal asistidas ú otro acci- 
dente, de la noche á la mañana dejan fea á la muchacha 
más bonita; si no es esto, y viven sanas las hermosas, 
los años les arrancan los dientes, les emblanquecen el 
pelo, les pliegan y manchan el cutis y las desfiguran de 
modo que ni ellas mismas se conocen al verse en el espejo. 
Sólo una muerte temprana las libra de caer en la fealdad. 

— |Ay, tío I pues más que me muera yo muchacha^ 
como no me ponga fea. 

— Esa es mucha presunción, hija mía; estás muy 
pagada de tu hermosura; pero no te engañes. Mejor 
es que conserves la belleza de tu espíritu que la de tu 
cuerpo. Esta es una prenda de la naturaleza que debes 
apreciar y darle por ella infinitas gracias á su Autor; 
pero no debes de ninguna manera fiar tu felicidad de 
tu carita. 

LA QUIJOTITA. — 118. 



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470 



PENSADOR MEXICANO 



La belleza de las mujeres puede ser el origen de sus 
dichas ó de sus desgracias temporales, según el uso que 
hicieren de ella; pero como, por lo común, hacen mal 
uso. se sigue (jue apenas hay bonita que no sea des- 
graciada, especialmente entre las pobres. 

La carita hermosa es el imán de infinitos seducto- 
ves; óstos cercan al dueño y tratan de poner todos los 
medios para rendir su honestidad y su recato. Si entre 
estos medios se cuentan las dádivas y las promesas de 
parte de los hombres y la necesidad de parte de las 
mujeres, será casi un milagro hallar, entre mil de éstas, 
una s¡(|uiera que tenga la firmeza necesaria para resistir 
tan poderosa tentación. 

Por lo regular estas bonitas se rinden muy lácil- 
mente, y rendidas á uno, después son el estropajo de 
todos. Andan de mano en mano como en el juego de los 
dados, y éste es el modo más corriente con que se labran 
su desgracia. 

Las hermosas ricas no están muy libres de estos 
peligros. También se ven acosadas de enemigos que las 
seducen incesantemente, aunque el maldito interés no 
inlluye en ellas tanto. Este medio inicuo, tan poderoso 
cuando se encuentra con la necesidad de la mujer, no 
tiene fuerza ninguna, ó á lo menos' se debilita mucho 
cuando ésta no conoce la pobreza; por eso pienso yo que 
hay menos ricas infelices que pobres. 



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OBRAS ESCOGIDAS 471 

¿No has oído decir que la foiiuna de la fea la bonita 
la iU'i<ea.'' Pues esto no significa otra cosa, sino que hay 
algunas mujeres que no habiendo logrado de la natura- 
leza unos rostros hermosos, se dedicaron á cultivar su 
espíritu con la virtud y la instrucción para hacerse ama- 
bles de los hombres; y como rstos, cuando son pruden- 
tes, solicitan mejor para casarse una mujer que no una 
miniatura, de ahí es que muchas de éstas no bellas en- 
cuentran algunas veces unos hombres de bien que las 
estimen, conociendo el mérito que tienen, y de esta 
suerte puede una lea ^ labrarse su fortuna; fortuna que 
deseará tal vez una bonita, que no teniendo más atrac- 
tivo que su cara, pasa mala vida, ó porque habiéndose 
concluido los días de su belleza, la aborreció el marido, 
que sólo se casó con ella por bonita, ó porque, el marido 
que pasa una vida tan amarga, ¿se la dará muy dulce 
á su mujer? 

De todo lo dicho debes sacar dos consecuencias, y 
asentar un principio, que te será muy útil en el discurso 
de tu vida. Primera: que siendo la belleza de la mujer 
un bien tan fugaz, tan frágil, que se pierde con cual- 
quiera grave enfermedad é infaliblemente con la vejez, 
será harta imprudencia fiar en ella una felicidad cons- 
tante. Segunda: que los defectos del cuerpo se hacen 



> Se habla de aquellas feas que no espantan; no de una deforme espantosa... ¡Oh 
«lue noticia tan consolatoria! 



472 



PENSADOR MKXICAXO 



muy tolerables, compensados con las perfecciones del 
espíritu; pero los defectos de una alma grosera y corrom- 
pida con los vicios, jamás pueden hacerse tolerables, 
aunque se escondan bajo de un rostro hermoso. Conque, 
según eso, será prudencia y conveniencia propias (éste es 
el principio que no debes olvidar) de la mujer, trabajar 
por ilustrar su entendimiento con la instrucción, y ador- 
nar su alma con las virtudes morales, cuyos medios son 
más eficaces que la belleza de la cara para hacerla 
amable de los hombres sensatos v conducirla á una 
felicidad sólida y permanente. |Ehl insensiblemente ya 
les he dado un rato de conversación. Sigan ustedes en- 
sartando su chaquira. 

Diciendo esto, se retiró el coronel y las dejó solas. 

— ¡Ah, cai'ftmha, niña! ¡y qué tieso es mi tíol decía 
Pomposa. ¡Mira qué sermón tan largo nos ha echado en 
tanto que el aire! ¿Qué, siempre es así? 

— Siempre, contestó Pudenciana; mi papá no deja 
ocasi(')n que no me instruya con buenos documentos y 
consejos. Dios se lo pague y me lo guarde muchos 
años. — ¡Ay, niña! ¿Pues qué, te gusta que te estén 
sermoneando todo el día? — Como esos sermones se re- 
ducen á mi bien, no me enfadan; antes los agradezco 
como es justo. — Es verdad; pero lo harás tú que ya 
estás hecha. Yo, como no estoy acostumbrada, no sé qué 
se me había de hacer que me estuvieran predicando sin 



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OBRAS ESCOGIDAS 473 

cesar. — Pues, hermana, si no te gusta oir á mi papá 
no vengas á mi casa, porque yo no le he de decir que se 
calle la boca por no disgustarte. A más, que la instruc- 
ción de ahora te la dijo á tí para que yo la entendiera. 
Le tengo bien comprendido su modo; así no creas que 
dirigió el sermón á tí. ■ 

—Pero, después de todo, proseguía Pomposa, mi tío 
es muy escrupuloso, muy tétrico y adusto; me parece 
(jüe te tiene en un puño, y que te pasarás una vida de 
monja recoleta. 

— Pues te engañas de medio á medio, porque mi 
papá me quiere mucho y tiene un genio muy dulce y 
muy afable, y me da gusto en cuanto quiero. Si vieras 
cómo me acaricia como si l'uera una criatura de tres 
años, variarías de concepto y aun te llenaras de envidia 
si lo vieras cuando estoy enferma. ¡Jesús! si es mucho! 
De un dedo que me duela ya no sabe el pobrecito de papá 
qué hacerse conmigo. MI me cura, me contempla y me 
chiquea con la mayor ternura. Yo fuera la hija más in- 
grata del mundo si dejara de agradecer sus finezas. No 
tengo con qué pagarlas sino con amarlo mucho y dár- 
selo á entender, obedeciéndolo en cuanto me manda; y 
esto lo hago tan de buena gana, como que conozco que 
nada me manda ni me aconseja que no sea por mi bien. 

— Pues entonces yo me había engañado en pensar 
que te regañaba mucho y te tenía muy oprimida; pero 

LA yUlJOTlTA. — liy. 



474 



PENSADOR MEXICANO 



siendo como dices haces bien de quererlo tanto. La 
mismo será mi tía, ¿no es verdad? — Lo mismo. |Si mi 
mamá es un terrón do amores! 

— Así son mis padres, niña. En todo me dan gusto, 
decía Pomposa: no hay baile, tertulia, paseo, comedia 
ni fiestecita á que no me lleven; no hay moda en que 
yo no entre, y de las primeras; no hay amiga que no me 
consientan; no hay visita adonde yo no vaya; no hago 
cosa (|ue no me alaben, y si hago algo malo, todo me lo 
sufren con prudencia. En fin, ellos me dan gusto en 
cuanto hay, y yo puedo decir que soy dueña de mi 
voluntad, porque hago cuanto me da la gana, sin que 
jamás se me embarace; porque si alguna vez tienta 
el diablo á mis padres y no quieren llevarme á algún 
bailecito ó dejarme ir á una visita, ya yo sé el remedio: 
pongo mal modo y no como en todo el día; y si esto no 
vale, lloro; y si no me vale llorar, me finjo enferma, y 
entonces ya no saben qur hacer para consolarme; pero 
esto es muy de tarde en tarde, porque como les doy tanta 
guerra y les cuesta tanto trabajo contentarme, ya se 
guardan muy bien de incomodarme; y así yo los quiero 
mucho, como debo, pues tengo tanta confianza con ellos, 
como tú con mis tíos; aunque es verdad que no les hablo 
de tú , porque dicen (jue es mala crianza, y que los hijos 
deben hablar á sus padres de n.^icd para que siempre les 
conserven el respeto. 



OBRAS ESCOGIDAS 475 

— Vaya, ese vestido me lo han cortado á mí tus pa- 
dres, dijo Pudenciana. Mis tíos sabrán lo que dicen; poro, 
según papá, el respeto de los hijos á los padres consiste 
en la obediencia, no en el tratamiento, pues éste puede ser 
en sí indiferente, y en caso de que sea lo mismo hablar- 
les de tú que de usted, como en efecto lo es, mejor es 
hablarles de tú. Este tratamiento, sin ser grosero, inspira 
más confianza; virtud necesaria en los hijos para amar á 
sus padres y seguir sus consejos con firmeza. Entre los 
antiguos nunca se usó el usted. Todos se hablaban de tú 
lisa y llanamente, sin que por eso dejasen de respetar el 
hijo al padre, el criado á su amo, el esclavo á su señor, 
el vasallo á su rey y todo subdito á su respectivo su- 
perior. 

La diferencia de tratamientos se ha introducido por 
la soberbia de los hombres; pero no por una necesidad, 
pues sin ellos sabrían hacerse respetar. , 

El tratamiento de tú ciertamente que inspira mucha 
confianza; ¿pero de qué confianza no es digno un padre 
y una madre? Nuestros padres nos engendraron, nues- 
tras madres nos concibieron v alimentaron en sus vien- 
tres y nos han nutrido con su sangre; la de ellos circula 
en nuestras venas; tenemos su misma substancia; somos 
unos con ellos mismos, y para decirlo de una vez, nues- 
tro cuerpo es una parte del suyo. ¿Habrá cosa más 
conexa y de más íntima relación? No tiene tanta entre 



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476 



PENSADOR MEXICANO 



sf el marido y la mujer, y es corriente que se hablen 
y se traU'n de tú. 

Todo esto dice mi papá, y en electo, yo conozco que 
es una preocupación ridicula el creer que es preciso que 
los hijos traten de u.^icd á sus padres para que les conser- 
ven el respeto. Yo trato de tú á los míos y á le que no soy 
capaz de verlos disgustados un momento por mi causa. 

í^ero, por último, dime, hermana, ¿á quien debemos 
tener más respeto, á Dios ó á nuestros padres? segura- 
mente me respondes (jue á Dios. ¿Y quién fué el mejor 
maestro de los hombros en todo, Jesucristo ó los mismos 
hombres? Jesucristo dirás. Pues Jesucristo nos enseñó á 
llamarle de tú cuando llamamos á Dios como padre. 
Conque mira quó fuera de razón van los que se escanda- 
lizan de que los hijos traten de tú á sus padres. 

— Dices muy bien, contestaba Pomposa; pero es 
Tuerza (|ue tú sigas la doctrina de tus padres y yo la de 
los míos. Cada uno sabe lo que nos enseña y á nosotros 
no nos toca sino seguir sus ejemplos y hacer lo (|ue nos 
dicen que hagamos. 

Estas conversaciones tuvieron mientras tejían un 
pedazo de cordoncito. A la hora regular comieron, dur- 
mieron siesta, y á la tarde llegó el coche para llevar á 
su casa á Pomposa. Msta le rogó á Pudenciana que 
no dejara de ir el jueves próximo; porque había frasca 
y se iba á celebrar el jueves de compadres y quería que 



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OBRAS ESCOGIDAS 477 

la acompañara. Quedaron en eso y se despidió Pompo ^ 
sita de sus tíos. 

Pero como no hay plazo que no se cumpla, llegó 
el jueves, y dona Eufrosina envió á convidar al coronel y 
su familia para que fueran á su casa. 

En efecto, fueron todos el jueves, no á la hora seña- 
iada, sino después de almorzar; pero ¿cuál fué la sor- 
presa del coronel, de Matilde y Pudenciana, al hallarse 
con la sala llena de gente y a Pomposa en medio muy 
( olorada y hecha una vívora de rabia, con un papel en la 
mano diciendo: 

— Los colegiales, sí, los malditos colegiales me han 
puesto por mal nombre Quijotita. ¿Qué me ven esos 
malditos de Quijotita^ ¿Soy acaso loca, flaca, ni trigueña 
como don Quijote? ¿Soy hombre? ¿tengo Rocinante? 
¿tengo escudero? ¿Acometo molinos de viento, ni hago 
ninguna fechoría como diz que hacia ese buen señor, 
(jiie en paz descanse? ¿Pues por qué me han de llamar 
(Juijntiia.'' ¡Maldito sea el que tal nombre me puso y 
ojalá yo supiera quién fué, que me la había de pagar, le 
liabía de decir que era un grosero, malcriado, y se había 
de acordar de mí para todos los días de su vidal pero 
ya que no lo conozco, á lo menos les prometo que no ha 
de volver á pisar mi casa ningún colegial. 

De esta manera se explicaba Pomposita, hecha una 
furia, hasta que el coronel le dijo: 

LA yUIJOTITA.— 120. 






478 



PENSADOR MEXICANO 



— Vaya, vaya; ¿qué te han hecho los colegiales, que 
estás tan enojada con ellos? 

— iQué me ha de suceder, tío I respondió Pomposa, 
¡qué me ha de suceder I esos picaros, groseros, indecen- 
tes, me han puesto por mal nombre Quíjotiia y me lo 
han dicho casi en mis bigotes. ¡Mire usted qué atrevi- 
miento! Este papel me dejaron esos condenados dentro 
del clave. ¡Quién sabe cómo diantres lo pusieron sin que 
yo lo viera, y luego luego se despidieron y se fueron I 

Decir esto Pomposa y poner el papel en manos de 
su tío, todo fué uno. Entonces el coronel se sentó, y 
como había muchas personas de visita, lo hubo de leer 
en alta voz y todos oyeron que decía ni más ni menos 
como sigue : 

Pomposa, aunque seas bonita, 
Y aunque ves que te queremos, 
No por eso dejaremos 
De llamarte Quijotita ; 

Y pues tu locura incita 
A ponerte este renombre, 
Ten paciencia, y no te asombre, 
Que ya sea en prosa, 6 ya en verso, 
Diga todo el universo : 
Quijotita sea tu nombre. 



Acabó de leer el coronel; las visitas prudentes so 
sonreían y las no prudentes soltaron la carcajada, con 
lo que se puso de peor condición Pomposa, y echando 
espuma por la boca decía: 



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OBRAS ESCOGIDAS 



479 



— ¿Qué dicen ustedes? ¿no son infamias las de estos 
perros, malcriados, indecentes? ^Qtiijoiiia yo? ¿yo Qnijo- 
üta^ ¡Voto á mis pecados! Esto no es sufrible. ¿Qué me 
habrán visto de Qw'jotita estos malditos? Pero como vuel- 
van, yo les prometo que les he de decir cuántas son cinco 
y los he de echar muy mucho noramala de mi casa. 

Así se explicaba la dolorida Pomposa, y por más 
que hacían sus padres y las visitas por consolarla, di- 
cióndole que | quién hacía caso de esas cosas! y que todo 
ello no pasaba de un mero juguete de muchachos, ella no 
se aquietaba, sino que con lágrimas y gritos repetía el 
nombre de Quijotita, y tanto, que no quedó ni un criado 
que ignorara el chiste y el nuevo dictado ó título de su 
ama, á la que después no conocían por otro nombre entre 
ellos, á lo menos cuando ésta los reñía con aspereza. 

El coronel procuró que Pudenciana llevara á su 
prima Pomposa á la recámara, y cuando lo hizo, se 
levantó, fué adonde estaba y le dijo: 

— Mira, no seas tonta; con esos gritos y escándalos 
que has dado no has hecho otra cosa sino perfeccionar 
la obra de los colegiales. Ninguna necesidad había de 
que todos esos señores y señoras que están en la sala 
hubieran sabido que te habían puesto ese nombre; si 
tú hubieras visto el papel sola y lo hubieras ocultado 
con disimulo, habrías frustrado los maliciosos designios 
de ellos y todo se quedaría oculto; pero con tus alharacas 






480 



PENSADOR MEXICANO 



no ha quedado perro ni gato que no sepa que te han 
puesto por mal nombre Quijotiía. 

Aunque es una grosera y malvada costumbre el 
poner nombres y aunque es fuerza que se incomode 
aquel á quien se le pone, es también cierto que nadie 
puede agraviarnos sino hasta donde nosotros querramos 
que nos agravien. Muchas veces es mayor nuestra cólera 
que la injuria que nos hacen, y hay injurias que ni merece- 
rían este nombre si nosotros no las cahficáramos de tales. 

Es increíble el partido tan ventajoso que podemos 
sacar de tener tanta prudencia y cachaza para disculpar 
á nuestros semejantes. Estas palabras: ínachertencia, 
C(¡uiioco, clianza, tontera, etc.; valen un potosí para 
ahorrarnos de un sin fin de cóleras y pesadumbres al 
cabo del año, cuando las sabemos acomodar á tiempo. 

Por ejemplo, si uno gasta conmigo una desatención 
y yo no quiero incomodarme la juzgaré como una inad- 
vertencia de que todo hombre os capaz, y en este caso lo 
disculpaiv y ya no me daré por sentido. 

Lo mismo te hubiera sucedido á tí, si hubieras 
refiexionado en (jue los colegiales son jóvenes, alegres, 
capaces de divertirse con un entierro y de chancear con 
un anacoreta. En este caso, tú te hubieras reído y hubie- 
ras tratado de vengarte de ellos ingeniosamente y con 
secreto: pero como pensaste que atropellaron tus res- 
petos y los de tu casa y atribuíste á una grosería imper- 



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OBRAS ESCOGIDAS 481 

donable su travesura, te incomodaste mucho, creyéndote 
no menos que infamada sin razón por una gente soez. 

Mas ya se acabó todo, hija, ya se acabó; serénate, 
sal afuera, preséntate alegre como siempre en la tertulia 

V no vuelvas á hablar sobre el asunto. 

Algo se serenó Pomposa con los consejos del coro- 
nel; pero ya llegaron tarde; el daño estaba hecho y desdo 
entonces comenzó á ser conocida entre todos por la niña 
Qidjotita, lo que no habría sido si ella hubiera sabido 
disimular. ¡Qué cierto es que. la prudencia lo compone 
todo, mejor que los gritos y los escándalos! 

En fin, aquella mañana se pasó en bulla, brindis y 
y alegría, á cuenta del bolsillo de don Dionisio, pero se 
festejaron los compadres. A la noche se dispuso el baile 

V á las diez se retiró el coronel con su familia. • 




LA yUlJOTITA. — 121. 



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CAPITULO XXII 



1 
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Tan pequeño como interesante á los que lo leyeren 



No fueron suficientes las razones del coronel para 
calmar del todo la cólera á nuestra Quijotita. Cada vez 
que se acordaba de su nuevo título y de la decimita que 
halló en el clave, rabiaba contra los colegiales y los lle- 
naba de improperios. Sus expresiones excitaban la risa 



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484 



PENSADOR MEXICANO 



de los que la escuchaban, y cada risa aumentaba el enojo 
de Pomposa. 

Tanto se le exaltó la bilis que, no sólo se negó á 
tomar alim.ento, sino que se resintió su salud de tal 
modo, que como á la media noche le atacó un violento 
cólico, (|ue puso en bastante cuidado á sus padres. 

A la misma hora, á pesar de los fuertes aguaceros 
que por desgracia de los criados estaban cayendo, se 
repartieron todos éstos en solicitud de médico y con- 
fesor. ¡Qué trabajo les costó hallar estos auxilios! Pero 
en fin, al cabo de mucho andar, después que calmó el 
agua, y por una dicha inesperada, los encontraron y los 
llevaron á la casa. 

El médico fué el primero que llegó, y de consi- 
guiente el primero que se dedicó á cumplir con su 
oficio; pero con tan buena suerte de Pomposa, que con 
un ligero emético y otros remedios calmó el dolor y se 
halló tan aliviada, que ya no se juzgó necesario el con- 
fesarla, aun habiendo llegado el sacerdote, que al ver 
esto, no pudo menos que enfadarse y decir: — Vean uste- 
des; por estos chascos no quieren levantarse de noche 
muchos padres. Está uno en su casa acostado, enfermo 
ó sano, dormido ó despierto, y de repente... |zasl golpes 
al zaguán. — ¿Qué es eso, qué se ofrece? — ¡Padre, por 
amor de Dios una confesión aquí cerca, que se muere 
el enfermo! — ¡ Eh! que pujando, que rezongando se re- 



OBRAS ESCOGIDAS 



485 



suelve uno á levantarse; sale á la calle, se expone á un 
aire frío ó á un aguacero, como yo ahora, llega á la casa y 
se halla con que ya no se necesita confesor, porque todo 
ha sido un chiqueo de la señorita. Ustedes dispensen 
que les hable tan claro; pero siento que me hayan inco- 
modado sin necesidad. ¡Bien hayan los padres que no se 
levantan de noche ni por Dios ni por sus santos, sino que 
despachan á sus parroquias á los que los llaman, por ' 
más ejecutivo que sea el caso! 

Todos se sorprendieron con el regaño del padre, y 
aun iba á satisfacerlo don Dionisio, cuando el médico, 
ahorrándole el trabajo, le dijo: 

— Padrecito, ¿qué hemos de hacer? usted y yo esta- 
mos expuestos á semejantes lances por razón de nuestro 
ministerio. Yo también me he incomodado saliendo de 
mi casa. 

— Es verdad, dijo el eclesiástico, pero á usted le 
pagan. 

— Y á usted también. 

— ¿A mí quién me paga? ni aunque hubiera igno- 
rante que me pagara, ^cree usted que yo sería capaz de 
cometer tal simonía como vender el sacramento de la 
penitencia? 

— ¡Ya se ve que no, padre mío! estoy muy lejos 
de presumir de usted ni de ninguno de su carácter tal 
exceso; mas á la primera pregunta que usted me hizo 

LA QUUOTiTA. — 122. 



. ^>nft^\L«:Í-*^*.'«*L*a.:~ 



486 



PENSADOR MEXICANO 



de quií'n le paga, digo que Dios le pagará cuantas veces 
se incomode por cumplir con sus obligaciones. Y por lo 
que á mí toca, no crea usted que soy un médico tan 
venal que sólo me levanto de la cama cuando me pro- 
mete mucho interés la visita. Yo, cuando me llaman á 
deshora, me informo de los síntomas que le advierten al 
enfermo, y si conozco que el mal es grave, me levanto 
al instante y vuelo á socorrerlo, sin meterme en averi- 
guar dónde vive, quién es, cómo se llama, qué empleo 
tiene ni otras menudencias, para inferir si me estará 
bien ó no salir de casa, como me dicen que hacen 
muchos de mis compañeros, aunque yo no lo quiero 
creer de ninguno, pues este proceder es una falta de cari- 
dad, y no como quiera, sino una falta criminal; porque 
el que no socorre á su prójimo en necesidad grave, lo 
mata, y yo no quiero ser reo de más asesinatos de los 
que cometa por mi impericia en mi facultad, aunque 
éstos son involuntarios, pues estudio y hago todas las 
diligencias que están ú mis alcances para aliviar á los 
enfermos, no siempre con fruto, porque los mejores 
médicos andan á tientas poco más ó menos y sólo el 
Autor de la naturaleza sabe infaliblemente el modo 
cómo ésta obra. Pero dejando esto aparte, padre mío, 
ni usted ni yo nos hemos incomodado sin necesidad. 
Efectivamente, esta niña estaba bien mala, y si los reme- 
dios no le hubieran laxado el vientre acaso se hubiera 



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OBRAS ESCOGIDAS 



487 



muerto antes de amanecer. La naturaleza obedeció á la 
medicina, ó porque los remedios la obligaron ó porque 
Dios quiso; pero esto no prueba que la enfermedad no 
fuera grave. Todo dolor agudo puede ser pronóstico de 
muerte, si no cede á los medicamentos. Los dolientes 
de un enfermo ni pueden dirigir los remedios ni pre- 
venir la calidad del mal; y así, hacen muy bien en 
implorar en estos casos los auxilios espirituales y corpo- 
rales, y el médico ó el confesor que se negare á impar- 
tirlos es, .en mi juicio, un reo de eterna condenación; 
pues si el paciente por falta de socorros perece en esta 
vida ó en la otra ó en ambas, no sé cómo se dis- 
culpará para con Dios, ante quien se hila muy del- 
gado. 

Estas y otras cosas que dijo el médico impusieron 
al confesor, de modo que abrazándolo dijo: 

— Gracias, amigo, gracias; usted me ha dado una 
lección que me recuerda mis obligaciones. Desde hoy en 
adelante ya no se me olvidará que el alma que se pierda 
por mi causa me ha de hacer eternos cargos. No volveré 
á despachar á ninguno á su parroquia; sé que como sa- 
cerdote tengo amplias facultades para abrir el reino de 
los cielos á cualquier pecador que acuda al asilo de la 
penitencia. Me escandalizaré de cualquier compañero 
mío que en igual caso que el presente regatee este auxi- 
lio á los fieles, por quienes Jesucristo derramó su sangre 



. .A'L-^'^áijlluJliliÜílkA 



488 



PENSADOR MEXICANO 



con toda liberalidad. Ustedes, señores, dispénsenme, que 
yo protesto la enmienda. 

Don Dionisio y doña Eufrosina procuraron compla- 
cer al confesor y al médico del mejor modo que pudieron, 
y se concluyó este acto interesante. 




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CAPÍTULO XXIII 



En el que se trata de la historia de Irene 



No todo han de ser disgustos en esta vida ; algunos 
ratos se han de consagrar á la alegría, y más cuando hay 
'juién nos atice, como doña Eufrosina que se empeñó con 
Welster, pasados los días del luto, para que tuviera un 
iía de diversión en su casa. 

El angloamericano, que era muy político, no quiso 
'jue se pensara de él que era misántropo ni mezquino, 
y así dispuso el día de frasca que apetecía Eufrosina, 



LA QÜIJOTITA. — 123. 



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-táS¡¿ki^ 



490 PENSAÜOll MEXICANO 

ponjue muchas veces los hombres hacen algunas cosas 
contra su gusto, por condescender con ajenos respetos. 

En electo, se citó este día deseado de Eufrosina y 
sus amigas, convidando Welster á unos por ceremonia 
y á otros por amistad, como lo hacen todos en tales 
casos. 

Entre los convidados por amistad fueron el señor 
Labín, el coronel y su familia, el cura don Jaime y otros, 
(".arlotita se presentó ese día con todo aquel lujo que 
le correspondía en su clase, sin degenerar en profano, 
porque no es necesaria la indecencia en las mujeres bien 
nacidas para parecer más hermosas de lo que son; mas 
para parecer coquetillas les es indispensable el descoco y 
la desnudez. 

Jacobo \Velster era muy fino y poseía la ciencia del 
mundo, ciencia útil y necesaria á todos, pero que no 
todos saben manifestar. El y su esposa recibieron y 
ti'ataron á sus convidados con la mayor atención y gene- 
rosidad, sin particularizarse con ninguno donde pudieran 
ser notados del común de los concurrentes. 

En esto me dieron una lección apreciable de socie- 
dad y me proporcionaron un lugar para murmurar de 
aíjuellas gentes que cuando tienen una diversión en su 
casa hacen distinciones groseras entre los convidados, 
dedicándose á obsequiar á los más ricos con visible des- 
precio de los que no lo son, aunque óstos sean sus anti- 



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OBRAS ESCOGIDAS 



491 



guos amigos y de quienes han merecido más cariño y más 
favores. 

Estas cuitadas personas todas se atrojan, y no 
sabiendo cómo cumplir con las leyes de la adulación y de 
la amistad, faltan á las sagradas que ésta prescribe, por 
llenar las viles que aquélla impone. 

Ordinariamente á ios amigos y parientes se deja sin 
lugar en la mesa, sin contestación, y si se ofrece, sin 
comer, por obsequiar á las personas de cumplimiento. 
La disculpa con que palian su ingratitud y su falta de 
ciencia de mundo es harto ridicula. 

— Perdona, mi alma, dicen las mujeres á sus amigas 
ó parientas; perdona que no esté contigo, ya ves que está 
ahí el conde ó el marqués, el canónigo ó el cura fulano, y 
tú me has de dispensar ponjue oros do casa. 

Á la sombra de esta fingida confianza tienen las 
visitas pobres que sufrir mil groserías y desprecios, hasta 
Hogar á comer sobras, después que las convidan. La pru- 
dencia les alabo. 

MI americano Welster y su esposa habían aprendido 
cin escritura la buena crianza v así á nadie señalaron. 
Sabían muy bien las dos reglas de política que se deben 
observar en estos lances, y así no quedaron mal ni nota- 
íi's de ninguno. Las reglas dichas son las siguientes: 

i." No convidar más personas que las que puedan 
colocarse en la mesa destinada al convite, con su corres- 



492 



PENSADOR MEXICANO 



pondiente cubierto, dejando algunos lugares vacíos para 
los que se introduzcan de parte del señor coladilla sin ser 
llamados, y á proporción de los platillos que se han de 
servir, sin dejar á los criados muertos de hambre en el 
día de banquete. 

2.* No particularizarse con ninguno, sino hacer á 
todos igual aprecio y tenerles iguales consideraciones. 

Se encierran en dos estos preceptos y es fácil su 
cumplimiento en queriendo que se verifique. 

Welster y su esposa los observaron. Ningún convi- 
dado comió fuera de la mesa, v en lo restante del día 
apenas se sentaron los señores, Jacobo por un lado y 
Carlota por otro, un rato con esta familia y otro rato con 
aquélla; con todos conversaban, á todos divertían y nadie 
tuvo ocasión para quejarse. 

A la noche siguió el baile y todos se divirtieron sin 
emulaciones ni etiqueta. 

Como las diez de la noche serían cuando, estando 
bailando Carlota en una contradanza, entró una sañora 
vestida de negro, con el velo echado en la cara y un 
bulto bajo del brazo, la cual, habiéndose detenido un 
corto rato en la puerta de la sala, luego que observó que 
Carlota no tenía que figurar en el baile, entró apresurada 
la tomó de un brazo, le habló dos palabras y se fueron á 
la recámara, ocupando otra señorita el lugar de Carlota. 

Todos hicieron alto en esta novedad; pero ninguno 



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OBRAS ESCOGIDAS 



493 



fué en su seguimiento. A poco rato salió Carlota sola, 
y continuó el baile hasta su conclusión, que fué á las dos 
de la mañana, sin que nadie supiera quién era la tapada; 
pero el lector es fuerza que lo sepa. 

Al día siguiente fué Welster á casa del coronel, á 
tiempo que iba á almorzar con su familia: lo recibieron 
todos con expresión y le dieron asiento en la mesa para 
que los acompañara en el almuerzo. 

Durante éste, le dijo doña Matilde: 

— Por fin, ¿quién fué la tapadita de anoche? que 
cierto que nos dio algo en qué pensar su silencio, la hora 
y el extraño traje en que entró. ^ 

— Aventuras, señorita, aventuras, respondió Wels- 
ter; sobre esto vengo á consultar al señor coronel. 
E\ caso es que la tapada es una joven de diez y ocho 
años, nada fea y bien nacida, según dice; se llama Irene, 
fué muy amiga de mi mujer en el convento, donde la 
pusieron sus padres para ver si olvidaba á un joven 
llamado don Jacinto, con quien ella quiere casarse. 
En efecto, después de seis meses de encierro, Irene 
fingió tan bien que ya había prescindido de su amor, que 
engañado su padre, la sacó y la llevó á su casa muy 
contento. 

Ocho días hace que aún ignoraba Irene por qué 
motivo la habían sacado del convento; pero su padre la 
sacó muy presto de esta duda, diciéndole que le tenía 

LA QUIJOTITA. — 124. 



I 'v';<7 



494 



PENSADOR MEXICANO 



ajustado un ventajoso casamiento, del que jamás tendría 
íjue arrepentirse, pues el novio la quería mucho y era 
muy rico. Irene preguntó (juién era, y se le respondió que 
don Cosme Santibánez. Irene conocía bien al dicho don 
Cosme, como que visitaba su casa con frecuencia; y así, 
luego que oyó nombrar el sujeto á quien la destinaban, 
so contristó y no se determinó á hablar una palabra, 
porque temía el carácter furioso de su padre, quien no 
so metió por entonces en iníjuirir su voluntad, sino que 
lo dio todo por hecho y la dejó sola. 

La pobre Irene inmediatamente procuró instruir á 
su amante de la resolución de su padi'e, y don Jacinto le 
contestó que si ella lo amaba de veras, no se casaría con 
don Cosme ni con un príncipe, pues para contraer 
matrimonio deben estar acordes las voluntades de los 
contrayentes; y así, que si ella quería mantenerse lirme 
y cumplirle la palabra (juo le había dado de ser suya, 
«o se casaría con otro aunque la matasen; pero que si 
se dejaba deslumhrar del interés y tenía intenciones ó 
deseos de ser rica, en este caso excusado era que le 
avisara, pues podía hacer lo que le estuviera mejor, 
aunque á 61 le costase la vida el perderla. 

Irene recibió esta carta con la pena que se puede 
considerar v resolvió no casarse con nadie, á no ser con 
don Jacinto, y mucho menos con don Cosme, pues dice 
que es un viejo payo, muy barbaján, grosero y celoso; 



OBRAS ESCOGIDAS 495 

pero como tiene dos buenas haciendas, ha alucinado, no 
s''>lo á su padre, sino á su madre y á su hermano, pro- 
metiéndoles á todos una ventajosa mudanza de fortuna, 
luego que se verifiquen sus bodas. Con esto, todos están 
interesados en que se case Irene con él, y aun cuando 
ella no manifestaba una declarada repugnancia, no 
dejaba de persuadirla á que verificara con gu^to el 
onlace; de suerte que la infeliz Irene no tenía en su casa 
otra persona con quien desahogarse sino con una vieja 
que la crió, llamada nana Felipa. Con esta pobre lloraba 
y se quejaba amargamente. 

Mientras esto pasaba, su padre no perdía tiempo 
para agitar el casamiento, como que tenía dinero á su 
disposición. Irene, que es muy cobarde á lo que entiendo, 
y teme mucho á su padre y al hermano, no hallaba modo 
como decirles que no quería casarse, y nana Felipa le 
aconsejó que se valiera de su conl'esor. 

Lo hizo así Irene, y el buen sacerdote hizo también 
cuanto estaba d^; su parte, tanto para embarazar que se 
i-asara con don Cosme, cuanto para que el padre diera 
sup3rmiso para que se enlazara con don Jacinto; pero 
t<^do fué en vano, porque don Lucas, que así se llama el 
I «adre de Irene, es un poco peor que mi difunto suegro. 

El confesor de Irene le hizo ver que no debía ni 
V'Odía violentar la voluntad de su hija para abrazar un 
estado que le era repugnante, ni ligarse con un hombre á 



'■^¿•s^.'. 1.' y. .-<> .^^'k ^ ¥ 1^ m. .*'b^^ : ¿"^ .*9.-,_ J¿ar¿iL.M¿.«<^AB>V'^dfJk¿A.'«í^^r< 



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496 



PENSADOR MEXICANO 



quien no tenía la más mínima inclinación; que el don 
Jacinto era un mozo bien nacido, que lo conocía mucho 
y á sus padres; que era muy hombre de bien, y si no 
tenía el caudal de don Cosme, no le faltaría á su hija lo 
preciso, pues tenía en una de las oficinas reales de esta 
ciudad destino decente y con escala; que para ella, que 
era una niña pobre, no estaba desigual el casamiento; 
que era mejor dejar á las hijas casarse á su gusto que 
no exponerlas á hacerse infelices toda su vida y de cami- 
no á los hombres con quienes se unen. En fin, el buen 
sacerdote le dijo cuanto pudo; pero, como he dicho, 
todas sus diligencias fueron vanas, porque don Lucas 
estaba inexorable. Decía que nadie sabía más que él lo 
que le importaba á su hija, pues al fin era su padre; que 
era excusado lo persuadieran á que la dejase casar con el 
pelado de don Jacinto, porque tenía á su favor la prag- 
mática sanción publicada en Madrid en 27 de Marzo 
de 1776, según la cual no se casaría sino con quien él 
quisiera, mientras no estuviese habilitada de la edad, y 
que si se casara sin su consentimiento, ayudada de algu- 
nos que la quisieran favorecer, anularía el matrimonio, 
pues como era su padre, tenía facultad para todo. 

El eclesiástico procuró sacarlo de estos errores, 
diciéndole que el espíritu de la ley era sujetar á los hijos 
para que no abusasen de su libertad en conocido perjui- 
cio suyo; pero no ampliar sin límites la autoridad de los 



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OBRAS ESCOGIDAS 497 

padres, permitiéndoles se opusieran á los honestos enla- 
ces de sus hijos, sólo por codicia, venganza ú otros fines 
tan indignos como estos; que el ser este el espíritu de la 
ley se prueba con ella misma, pues deja á los hijos en 
absoluta libertad para que contraigan matrimonio con 
quien quieran y sin necesidad de la ficencia de sus 
padres, luego que han llegado á cierta edad, en que se 
consideran con suficientes conocimientos y experiencia, 
y que también era un error creer que el matrimonio 
celebrado en cualquier tiempo sin el permiso paternal 
era nulo, pues contra los que tal dijeran había fulminado 
una terrible excomunión el Santo Concilio de Trento. ^ 

Ninguna de estas ni otras razones del eclesiástico 
sirvieron para otra cosa sino para irritar al encaprichado 
don Lucas, y el confesor, viendo que nada conseguía, se 
despidió. 

Inmediatamente el malvado padre, consultando con 
don Cosme, con su mujer, con su hijo y con todos, 
menos con Irene, trató de apresurar el casamiento. 

Para esto, luego que se fué el confesor, salió él tam- 
bién á la calle con el mayor disimulo, y á la una del día 
solvió, y encerrándose con Irene, le dijo: — Parece que 
lú no has escarmentado con el convento; aún te inclina 
mucho ese pelagatos de don Jacinto y repugnas casarte 
con el honrado don Cosme, con un hombre macizo, de 

• Ses. 24, cap. I. 

LA QUUOTITA. — 125. 



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498 PENSADOR MEXICANO 

experiencia, que te quiere mucho y nos puede hacer feli- 
ces á todos, porque es muy rico y tiene dinero que le 
sobra. Si vieras lo que te ha prevenido para darte de 
donas el día que des el sí, te espantarías. Un ropero 
te tiene todo de ropa nueva, de última moda y hecha á 
tu medida; porí|ue con tiempo se han pedido á tu madre 
camisas, túnicos, medias y hasta zapatos tuyos. Por lo 
que toca á alhajas no tienen número, pues á más de las 
de sus difuntas mujeres, que ha tenido dos, te ha com- 
prado muchas del día y de valor. Fuera de esto, me ha 
prometido dotarte en seis mil pesos, por si muriere sin 
hijos; habihtarme con cuatro mil, para que yo los gire 
en lo que quiera, sin tomar él nada de las utilidades, y 
poner á tu hermano de administrador de una de sus 
haciendas con buen partido. 

Con(|ue ya ves que estas fortunas no se propor- 
cionan todos los días; que si esta coyuntura se pierde, 
no se ofrecerá otra toda la vida, y que tú puedes hacer- 
nos felices á todos, con sólo que olvides al picarillo de 
Jacinto y te cases con don Cosme. 

Si yo te pidiera que ayunaras á pan y agua cuatro 
meses, que te desollaras á azotes, que te sacaras las 
muelas ó que te dejaras matar, harías muy bien de no 
obedecerme, porque estos serían unos sacrificios muy 
costosos; pero que te cases con don Cosme ¿qué dificul- 
tad hay en ello, (\u6 inconveniente, qué imposible? Es 









OBRAS ESCOGIDAS 499 

verdad que él ya es viejo; pero debajo de la barba cana 
vive la mujer honrada. Es un payo tonto; pero tú no lo 
has de querer para que te predique sino para que te dé 
usto. A más de que, por lo mismo que es viejo, debes 
casarte con él de buena gana, porque en cuatro días se 
muere y poca guerra te dará; y como tú le sepas hacer 
la barba, te dejará heredera de todo cuanto tiene, que es 
bastante para hacernos ricos á todos. Cátate ahí que 
entonces quedas muchacha, bonita y con dinero, y te 
casarás con quien te diere gana. Conque, ¿qué dices, 
hija mía, te casas con don Cosme? porque ya está todo 
prevenido. 

— Papá, dijo Irene, ^o no aprecio el dinero más 
que mi gusto, y si usted me pregunta la verdad, yo 
con quien quiero casarme es con don Jacinto y por él 
despreciaré á un rey. 

— ¿Eso me dices á mí, mocosa, perra, atrevida, 
malcriada, insolente? le respondió don Lucas. Pues 
oye: ya yo tengo empeñada mi palabra, y te has 
de casar con don Cosme ó se ha de llevar el diablo 
toda mi casa. ¡Ya me conoces I ¡ehl |ya me conoces! 
Conmigo no se juega. No pienses que yo soy como el 
j)asguate del padre de la monja (lo decía por mi suegro) 
^ue se volvió loco, se murió y no hizo nada. No, yo no 
s^oy tan para poco. A mí me ahorcarán, pero no me 
moriré de pesadumbre, ni será por nada, sino por algo. 



; a!(£."j>.>. .-!. 



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500 PENSADOR MEXICANO 

Mira, ¿ya ves este puñal nuevecito? pues lo he comprado 
hoy para matarte si no me obedeces ciegamente. Esta 
tarde ha de venir el cura á tomarte el dicho, y yo he de 
estar presente. Conque resuélvete: ó Je dices que es tu 
gusto casarte con don Cosme 6 ya puedes hacer actos 
de contrición, porque esta tarde mueres á mis manos. — 
Diciendo esto, se salió del cuarto ó aposento. 

Ya se deja entender el conflicto de esta infeliz mu- 
chacha. Comió por ceremonia; á la tarde, á cosa de las 
cuatro, llegó el cura de la respectiva parroquia con un 
notario; llamaron á Irene; salió la triste forzada, y pa- 
rado su padre detrás de ella, metida la mano en el faldón 
de la levita, mirándola con ojos centelleantes, la obligó 
á dar el sj% y á decir que era su voluntad casarse con don 
Cosme. Su mano trémula firmó su sacrificio, y se con- 
cluyó aquel acto terrible. 

Al día siguiente llevaron á su casa las donas, que 
según ella dice, son de costo; pero las recibió con dema- 
siada frialdad, y sobre esto la riñeron sus padres y su 
indigno hermano. Esto fué el viernes; el sábado le dijo 
su padre que ya estaba conseguida la dispensa de vanas, 
que es de amonestaciones ó publicatas; que el domingo 
sería la boda ó la dada de manos, como suelen decir. 
¿Cómo se quedaría Irene con esta nueva? Fácil es infe- 
rirlo. Llegó el domingo; en la mañana fué á verla el 
novio, y por primera vez le habló de amores; pero esto 



OBRAS ESCOGIDAS 501 

á presencia de todos sus tiranos. El paso sería de los 
más célebres. La muchacha lo cuenta con mucha gracia, 
porque dice que don Cosme es, en efecto, un macho car- 
gado de plata; un vejancón muy rústico, criado en las 
Batuecas y lleno de ignorancia y de engrandecimiento 
con su dinero; circunstancias que lo hacen ridículo y 
odioso hasta lo sumo. 

Irene sufrió una hora de penitencia con estar hablan- 
do con él; la angustia de su corazón era mucha; no sabía 
cómo escaparse del próximo peligro que la amenazaba 
ni tenía de quién fiarse sino de nana Felipa para avisar 
á su amante que en aquella noche debían verificarse sus 
desgraciadas bodas; pero aun de nana Felipa descon- 
fiaba, porque dice que es muy tonta y muy escrupulosa. 
Sin embargo, atropello con todo, y con muchas lágrimas 
y cuatro escuditos de oro de á dos pesos le suplicó llevase 
á don Jacinto un papel mientras comían, y que no se 
volviese sin respuesta. El oro todo lo vence; la vieja 
llevó el papel, y después de siesta entregó á Irene la res- 
puesta de don Jacinto, que se reducía á decirle que desde 
ia siete de la noche estaría un coche parado en la esquina 
\ él en un zaguán de enfronte de su casa con otro com- 
|>añero; que si se resolvía á no casarse, que hiciera por 
salirse, y que estando en la calle verían entre los dos qué 
-<i hacía. 

Trabajo le costó á Irene resolverse á una fuga tan 

LA gUIJOTlTA. — 126. 



Eu^íl mu.¿.^'^''jL'JliJCM^¿jkli»J¿^í¿Sr:¡L¡::.'l%..-:: ;' ' ■f 



502 PENSADOR MEXICANO 

inconsiderada; pero el tiempo corría, amaba á don Ja- 
cinto, aborrecía al novio viejo, y ya le parecía que la 
casaban con él en esa noche; y así, ya cerca el toque 
de las oraciones, se determinó á salirse de su casa. Hizo 
un lío con alguna de su ropa, guardó sus alhajitas y lo 
escondió todo debajo de la escalera. 

A esa hora llegó el peluquero, la peinó muy bien, 
y su madre la compuso como novia con el mejor túnico 
y las mejores alhajas que le había comprado el viejo, 
quien dice que andaba muy contento, rasurado y habla- 
dor. Don Lucas no cabía en sí de gusto; la madre y el 
hermano estaban locos; los criados (ntraban y salían 
previniendo el refresco, y la novia hizo tan bien el papel 
de que estaba muy alegre, que los engañó á todos com- 
pletamente. Pendientes estaban los viejos y ella del 
relox. Los viejos deseaban que dieran las siete, á cuya 
hora esperaban al cura, é Irene las deseaba tambión para 
marcharse. Cada rato preguntaba á su padre qué hora 
era, y éste decía á don Cosme: — ¿Qué le parece á usted, 
amigo? ya no ve la señorita la hora de que den las siete. 
jVaya, vaya, todo ha salido como se apetecía I 

Apenas dio la primera campanada de las siete, se 
asomó ella al balcón, vio el coche en la esquina, conoció 
a su amante, y aprovechando un momento favorable que 
le proporcionaron unas señoritas que llegaron de visita, 
bajó corriendo; se vistió el túnico y la mantilla negra y 



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OBRAS ESCOGIDAS 503 

se salió para la calle. Al salir dice que entró el cura y 
otros señores; le dieron las buenas noches y pasaron de 
largo. Asegura Irene que de su casa á la esquina donde 
estaba el coche se le hizo una legua, y cada instante pen- 
saba que iba su padre detrás de ella y la mataba. 

En fin, entre estos sustos llegaron al coche, subió y 
se alejaron de su casa á todo trote. Su querido Jacinto la 
procuró serenar y la obsequió del mejor modo, aunque 
ella nada quiso tomar. 

En andar calles se les fué la noche sin atreverse 
don Jacinto á llevarla á ninguna casa de sus conocidos, 
por no exponerla á que se hablara de su honor. Ella 
tampoco quería ir á ninguna casa de sus conocimientos, 
porque temía que se lo avisaran á su padre. Con esta 
irresolución pasaron por casa á las diez de la noche, 
oyeron música, se informaron de que había baile, y pre- 
guntando quién vivía allí, les dijeron que la monja ó la 
Carlota, la mujer del inglés. Al instante se acordó Irene 
de su amiga y compañera, y le dijo á don Jacinto que en 
ninguna parte se juzgaba más segura, porque Carlotita 
la quería mucho y era de muy buen corazón, y que á 
más de esto su padre no podía presumir que estuviera 
hIIí, porque no la conocía sino por el nombre. Con esto 
se despidió de su amante, subió la escalera, se detuvo en 
la puerta de la sala para ver á Carlota, y luego que la 
conoció, se acercó á ella y se entraron las dos en la recá- 



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?- ,.Ts^-^F;-wr 



504 



PENSADOR MEXICANO 



mará como vieron ustedes. Esta es la aventura de la 
tapada. Ahora pregunto, señor coronel, ¿qué deberé 
hacer en este caso? 

— En verdad que no es muy fácil la respuesta, caba- 
llero Welster, contestó don Rodrigo; por todas partes se 
presentan dificultades. Si usted la tiene en su casa, hay 
el riesgo de que lo sepa su padre y que, no sólo le 
acarree á usted mil incomodidades, sino de que lo com- 
prometa á un lance de honor, porque él es un necio atre- 
vido y usted no ha de consentir que la saque de su casa 
con tropelía. Si usted se la entrega á él llanamente, es 
lo mismo que entregársela al verdugo. Si se le da parte 
al juez eclesiástico dirá que no tiene que ver en eso; y 
si al juez real puede mandar que la entregue usted á su 
padre ó que se ponga en un depósito á su disposición, y 
de todos modos queda expuestísima la muchacha entre 
sus padres, su hermano y el tal don Cosme, pues todos 
conspiran á su ruina. ¡Válgate Dios por padres crueles, y 
á qué peligros exponen á sus hijas I ¿No ha consultado 
usted esto con nuestro amigo Labín? 

— Se lo consulté, respondió Jacobo, y es de parecer 
que la tenga yo en casa unos días, mientras se ve cómo 
se pone en un convento de orden del juez, sin inter- 
vención de su padre; pero no debe de estar muy seguro 
de su parecer, pues él mismo me envió acá á consultar 
con usted. 



"~'-j v .v^v-r r"^v'>-?^'v ■• ■>".• TffS;- 



OBRAS ESCOGIDAS 505 

— Pues yo me suscribo á la opinión del señor Labín; 
pero sólo quisiera que se acelerara ese paso, porque 
importa mucho que el ingreso de Irene al convento sea 
muy pronto. 

En esto quedaron, y Welster se despidió para bus- 
car á Labín y dar traza de asegurar á Irene. 

A poco rato llegó Pomposita en coche, acompañada 
(lo la recamarera á ver á su prima con no sé qui' pre- 
texto. El coronel, al verla sola, le dijo: 

— ¿Qué, no hay otra persona en tu casa de más 
respeto que te acompañe? ¿Es fuerza que la recamarera 
sea tu custodio? ¿ó es la que le merece más confianza á 
tu madre? ¡Qué cosas I 

Se conoció que se enfadó un poco don Rodrigo, por- 
que á poco tomó el sombrero y se salió para la calle. 
Dona Matilde hizo que la dieran de almorzar á su sobrina 
y se fué á hacer una labor que tenía entre manos, 
dejando á las dos niñas en la sala. f 

Llevaron el almuerzo á Pomposita, y mientras estaba 
almorzando, la criada se sentó junto á ella en un mismo 
<*anapé. Pudenciana notó bien esta familiaridad, y la 
comenzó á ver con atención. Pomposa advirtió que su 
jirima estaba incomodándose con esto, y le dijo á la reca- 
marera: 

— Levántate, hija, que para servirme la mesa no es 
luenester que te sientes. — Ora sí, niña, ¿de cuando acá 

LA gUlJOTlTA. — 127. 



506 



PENSADOR MEXICANO 



son esas monerías? ¿qué, es la primera vez que me siento 
con usted? — No, no es la primera vez que te doy licencia 
de que te sientes; pero eso no lo has de hacer en las 
visitas ni delante de la gente, porque dirán que todas 
somos unas, y has de advertir que yo soy tu ama y tú 
mi criada, para que me trates con respeto. — ¡Ay, niña! 

¡qué soberbia ha amanecido usted ahora! La verdad que 
ésas son muchas quijotadas. — Mira, Manuela, que no 
seas tan grosera ni malcriada, porque... — ¿Por qué, 
niña? — Porque te haré escupir las muelas á bofetadas. 
— ¿A mí? sí; ¡jmos cuándo!,., era menester que tuviera 
yo las manos amarradas para dejarme dar de usted. 

Iba Pomposa á levantarse con el tenedor en la mano, 
hecha un veneno contra su altanera criada; pero Puden- 
ciana la contuvo, y levantándose ella se encaró á la moza, 
y con la seriedad que pudiera proceder una señora de 
edad, le dijo: 

. — ¿Qué es esto, insolente, atrevida? ¿que no ves con 
quién hablas, ni dónde estás? ¡Eh! márchate pronto para 
lucra, antes que llame yo á mamá y te mande echará 
palos de mi casa, llanota, malcriada, indecente. 

— Señorita, yo no me meto con su mercé, decía 
Manuela. 

— Ni te metieras; ¿pues cómo yo te había de sufrir 
esas picardías ni esos retobos, que no se lo avisara á 
mi papá y salieras de mi casa bien castigada? Sobre 



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OBRAS ESCOGIDAS 



507 



todo, yo no quiero conversaciones contigo. Mádate á la 
cocina, si quieres esperar á tu ama, ó vete noramala de 
de una vez, que yo le avisaré á mi tía que te he echado. 

— Sí, sí me iré, decía llorando Manuela; pero así 
que me paguen lo que me deben; que no había de ver la 
niña sino lo que yo les aguanto, y lo que hago por ella; 
pero yo lo avisaré á la señora y al señor, y... 

— Vamos, Manuela, cállate la boca, decía Pompo- 
sita, ¿para qué es eso? Ya sabes que yo y mi mamá te 
queremos mucho; pero no me gusta que delante de las 
gentes te propases conmigo. 

Con esto se contentó la criada y se salió al corredor 
á esperar á su ama. 

Así que ésta estuvo sola, le dijo Pudenciana: 

— Estoy muy admirada, no te conozco; ¿es posible 
(¡ue tú, no sólo hayas aguantado ias perradas de esa 
grosera, sino que la hayas contemplado y dádole tanta 
síitisfacción? ¿Tú, que te vanaglorias dé no dejarte de 
ninguno, y que hasta con mi tía te pones á tú por tú 
cuando se ofrece, te has abatido tanto á una sirvienta de 
porra? ¡Vaya I si me lo hubieran contado, hubiera dicho 
•|ae era mentira. 

— Tienes razón de extrañarlo, dijo Pomposa; pero 
s -bote que no sólo yo le aguanto, sino también mamá. 
Yo le sufro sus retobos por cierta cosa, y mi mamá 
porque le debe seis meses de salario. 



".-.'■y^T > wi I \"m.' ^y^^fjy^jf^ m> -«itP li i jj^n i»||p iu^v^ij. 



508 



PENSADOR MEXICANO 



— ¡Qué cosas de mi tíal ¡qué olvidol no puede ser 
otra cosa, porqufí no le falta dinero. — ¡Ya se ve que nol 
mi papá le da para todo; pero no le alcanza y so ve muy 
apurada hasta pnra completar el gasto de la semana. 
jComo tiene tantos bailecitos!... — Yo soy una mocosa; 
pero no hiciera ninguna íiestecita por no verme apurada, 
y sobre todo, porque no hablaran los sirvientes. Pero, 
niña, por eso sufre mi tía los retobos de Manuela; ¿y tú 
por qué? 

— ¡Ay, niña! porque mira... ¿pero estamos solas? 
¿no hay nadie (¡ue nos oiga? — No, Pomposita, di lo que 
(juieras, que estamos seguras de que ninguno escuche lo 
que hablamos. — Pues oye: entre las visitas de mi casa y 
entre mis muchos enamorados me llenó el ojo y supo 
avasallar mi corazón un capitancito de milicias, en tér- 
minos que hube de corresponder á sus instancias. Ello es 
verdad que el muchacho es muy buen mozo y muy fino; 
no me pesa de quererlo; pero tengo miedo, porque más 
de dos veces he estado para comprometerme. — ¿Será 
para casarte, no es verdad? — Nada de eso. ¿Yo me había 
de comprometer á casarme con un triste capitán? ¡ No 
digo, ni con un brigadier! Si fuera con un marqués rico, 
tal vez... — Muy alto piensas, hermana; pero no que- 
riendo casarte con ese capitán que te pretende, no sé en 
(jué estaría tu comprometimiento, pues una niña de tu 
estado y de tu clase no puede comprometerse con un 



OBRAS ESCOGIDAS 



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hombre á otra cosa que á ser su mujer. — Pues yo mo 
he visto comprometida á otra cosa sin que haya sido para 
eso. ¡Ya se ve! tales han sido los riesgos. Mira tú, que 
una noche me estuve platicando con él en el descanso de 
la escalera. Otra vez... — Cállate, niña; ¿y es posible que 
te expongas á esos riesgos? ¿Qué, no h^ ha visto mi tíaf 
¿no lo sabe? — No, niña; ni lo permita Dios. ¿Sabes quién 
me ha valido mucho? Manuela, porque ella ha estado al 
cuidado para avisarme. — ¡ Ah! tú le suíVes sus picardías 
porque no te acuse. — ¡Ya se ve que sí! Por eso le 
aguanto; si no ¿cómo ella había de alzar los ojos para 
verme? Pero no te admires de esto. ¿Acaso yo seré la 
primera niña doncella que tolere á sus criadas, porque 
ha tenido la debilidad de Harse de ellas? 

— ¡Ya se ve que no serás la primera ni la última 
que les tenga miedo ni que pierda el crédito por su 
causa! ¿Qué puede hacer una criada vil que se emplea 
en estos oficios, sino callar las fl;\quezas de sus amas^ 
mientras éstas les tapen la boca con dádivas? pero el día 
que les dejen de dar ó que no estén de humor para 
sufrirles sus retobos y llanezas, entonces las descubrirán, 
lio sólo á sus madres, sino á cuantos puedan, porque 
• ntre la gente sin principios no tiene límites la venganza. 

i Bienhaya mi papá que me aconseja que yo le dé cuenta 
ue cuanto me pasare, sea lo que fuere! 

— ¿Hasta de tus enamorados? preguntaba Pomposa, 

LA yUlJOTlTA. — 128. 



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510 



PENSADOR MEXICANO 



— Sí, hasta de eso. — I Ay, niña! ¡cuándo mi papá ni mi 
mamá habían de permitirme tal cosa! Dirían que eso era 
perderles el respeto. — Más se les pierde valiéndote de 
esa criada, y más te expones, porque si tú hubieras 
tenido el permiso que yo, es verdad que le hubieras 
hablado á solas al capitán, pero tampoco te hubieras 
expuesto como dices. 

Fuera de esto, para que las amas, sean las que 
fueren, tengan boca para sus criadas, es menester que 
éstas no les sepan nada, que no tengan rabo que pisarles; 
porque de otra suerte, las mozas tienen á las amas como 
los cocheros á las muías, sujetas del fiador y cada día 
se insolentan más, porque están seguras de que les 
han de aguantar, por tal de que no descubran sus de- 
fectos. 

Pepa la Gómez me contó el otro día que una amiga 
suya le aguanta á una costurera que tiene treinta mil 
porquerías, retobos y robillos de cuando en cuando. Su 
marido cada rato le dice que la eche; pero ella no se 
atreve ni á regañarla, antes es una vergüenza ver el 
abatimiento con que la sufre. ¿Y por qué? Porque la ta! 
costurera es la depositaria de sus secretos, la criada de 
su mayor confianza y la que la acompaña á la casa de 
un señor, y el día que lo sepa el marido tal vez la matará, 
y hará muy bien, porque no se casó para ser mala. 
Pero ya ves qué lindo motivo tiene esa señora para 



OBRAS ESCOGIDAS 



511 



ejercitar la paciencia con su criada. Yo, por mí, te ase- 
guro que he de hacer cuanto pueda por manejarme toda 
mi vida con honor, por tal de que mis criadas, cuando 
las tenga, no se suban sobre mí por el mal ejemplo que 
les dó. 

Pomposita se avergonzó con la prudente reprensión 
de su prima y no teniendo qué decirle, varió de conver- 
sación, y á poco rato se despidió de ella y de su tía. 




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CAPITULO XXIV 



En el que continúa la historia de Irene 



¡Qué cierto es que los hombres miserables y siem- 
pre dependientes de los altos decretos, apenas podemos 
disponer con seguridad del instante presente, pues los 
futuros ya no penden absolutamente de nuestro arbitrio! 
Es muy poco avisado, á mi entender, el hombre que con 

LA QUIJOTITA. — 129. 



514 



PENSADOR MEXICANO 



una loca arrogancia dice: — Mañana haré esto, empren- 
deré tal cosa, sin añadir estas palabras: «si Dios quiere,» 
— porque es necesario contar con esa soberana voluntad 
para todas nuestras operaciones. 

Cuando Welster hablaba con mi tutor acerca de 
poner á Irene en el convento, ¡qué ajeno estaba de que á 
esa misma hora la estaban sacando de su casa! Así fué. 

MI á la tarde volvió á la del coronel, acompañado del 
señor Labín, y lleno de cólera le dijo: 

— ¿J^üO le parece á usted, señor coronel, no hemos 
quedado bien lucidos? Cuando estuve acá esta mañana 
l'ué el picaro de don Lucas á casa, y con la mayor tro- 
pelía se sacó A Irene, auxiliado de cuatro soldados y un 
cabo, y por más que Carlota se opuso, no fué posible 
resistir á la fuerza. Lo (jue más siento es que ni conozco 
á ese padre infame, ni sé dónde vive, pues si así fuera, 
¡juro á Dios que había de saber quién era Jacobo 
Welster! 

— I'invaine usted, señor Carranza, le decía con 
mucha gracia el señor Labín, envaine usted y no se 
precipite. ¿Qué le importa á usted que sea un grosero 
el tal don Lucas? en eso él se agravia y no á usted. Si 
hubiera ido á casa de usted y en su presencia él solo 
hubiera sacado á Irene, entonces habría hecho mal; pero 
á lo menos se acreditaría de osado y habría manifestado 
que no tenía ni atención ni miedo; pero ir con cinco 



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OBRAS ESCOGIDAS 



515 



soldados y cuando tú no estabas en casa, prueba que 
temió, y este temor te debe servir de gran satisfacción. 

El coronel y doña Matilde apoyaron el discurso del 
señor Labín, y se sosegó Welster un poco. Mudaron 
conversación, y entre otras cosas preguntó Labín al 
coronel si había de ir al teatro á la noche, porque le ase- 
guraban que la comedia era muy buena. 

Pudenciana se empeñó para que su papií la llevara 
al coliseo; éste se informó de la comedia que represen- 
taban, y habiendo sabido que era La MlsantrojHci, le 
dijo: 

— Sí, te llevaré, porque puntualmente es una pieza 
dramática que deben ver las mujeres. Su moralidad 
consiste en manifestar al alma los remordimientos, allic- 
oiones y sustos que sufre una mujer noble cuando ha 
tenido la desgracia de ser infiel á un marido honrado 
y amoroso. A esta comedia te llevaré de buena gana y á 
otras como ella. Por ejemplo, á la que se titula El Amor 
filial , á la Andrómaca, al llomhro (((¡nulecido, á la Rc- 
lonciiíación, á otra que se titula <S/ /a mujer es prudente, 
domina (j rence al marido, y á otras como éstas; pero 
no te llevaré á aquellas que, á más de oponerse al buen 
gusto del día, corrompen las costumbres abiertamente, 
enseñando á las mujeres, especialmente á las jóvenes in- 
cautas, cosas que jamás debían saber; como, por ejemplo 
ios artificios y enredos que muchas damas de comedia 



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516 



PENSADOR MEXICANO 



usan para burlar la vigilancia de los padres y maridos 
cuando tratan de complacer á sus amantes. 

Tales lecciones las aprenden las muchachas muy 
bien en las comedias tituladas: Casa de dos puertas , no 
es muí/ fácil de «¡tiardar; De fuera cendra (¡uien de tu 
casa te echará; (uiardar una mujer no puede ser, y 
otras así, que fuera muy útil que no se representaran 
jamás en nuestros teatros. 

Aun aquellas comedias que no dañan sino al buen 
gusto debían desterrarse por insípidas, inverosímiles y 
fantásticas. Ya ustedes conocerán que hablo de las come- 
dias mágicas, que vulgarmente llaman los empresarios 
de puelilo. Esto es, aquellas que todo su asunto consiste 
en hechos maravillosos y que están fuera del orden natu- 
ral, increíbles y, que inducen á la superstición. Sean 
ejemplos: El Márjico de (^errán, Juana la Rabicortona, 
El Mágico de Sale r no. La Fuente de la Judía y otras 
muchas. Estas comedias, si no se van á ver para gustar 
de la destreza de los mozos que sirven las tramoyas ó de 
la habilidad del autor de las perspectivas, no tienen otro 
mérito porque verse. En ellas no se halla asunto digno, 
ilación regular, genio poético, ilusión, reglas cómicas, 
moral ni gracia alguna que ilustre el entendimiento, ni 
mueva la voluntad á acciones nobles y virtuosas. Todas 
son fruslerías, extravagancias, desaliños, trampantojos, y 
para decirlo de una vez, ridiculeces y títeres, más pro- 



T.-v -•<•• 



OBRAS ESCOGIDAS 



517 



pios para divertir muchachos que para hacer perder el 
tiempo á muchg^ gentes que parecen juiciosas é ins- 
truidas. 

Es verdad que contra esto me responderían los 
empresarios ó asentistas que ellos tratan de sacar con 
ventajas el dinero que han invertido en la empresa; que 
tienen una larga experiencia por sí y por sus antecesores 
de que esta clase de comedias agradan al público y con 
ellas se llena el coliseo, aunque sean ocho noches conti- 
nuas, como se ha visto, y que según esto, es preciso 
sacar la utilidad de estas comedias, y tener esperanza 
en ellas mejor que en las de asunto, pues á la comedia 
Del Diliirio, que es un diluvio de disparates, van más 
gentes que á la de L(( Misantropía. Esto prueba, dirán, 
que semejantes comedias son más gratas al vulgo que 
las que se presentan arregladas al arte, y entonces ale- 
garán con Lope de Vega, que «puesto que el vulgo las 
paga, es justo hablarle en necio para darle gusto.» 

Pero don Tomás de Iriarte ya dio por tierra con esta 
especiosa disculpa cuando dijo: «Que al pueblo si le dan 
paja, come paja; pero en dándole grano, come grano.» 
Trátese en el teatro de pintar las pasiones con viveza; 
de enseñar el modo de moderarlas; de divertir con pro- 
vecho á los espectadores; de corregir y de mover recta- 
mente el corazón, y se verá que el pueblo concurre á 
ellas con más ansia que á la de títeres. 

LA QUIJOTITA. — 130. 



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518 



PENSADOR MEXICANO 



— Eso pienso (jue es difícil, decía Matilde; ¿no ves 
c«')mo se atrepella la gente en las comedias de Sansón, 
del lii'iKo (lo Balñlonia y otras semejantes, especialmente 
las mujeres, de modo (jue en muchas de ellas se quedan 
los hombres sin cazuela porque aquéllas no caben? Con- 
que ¿C(')mo habían de dejar de verlas, ni cómo las habían 
de posponer á Ijt M¡saníro¡)ía, ni á ninguna de esas 
otras (jue se llaman de capa y espada ó de argumento? 

— ¿Sabes cómo, hija? con que se desterraran del 
teatro las comedias de títeres y las que pueden corrom- 
per las costumbres. El pueblo siempre anhela por diver- 
siones en las ciudades populosas, y asiste á las que hay, 
sean las que fueren. Luego, si sólo se proporcionasen 
diversiones útiles, asistiría á ellas lo mismo que á las 
frivolas, y poco á poco iría perdiendo la afición al mal 
gu-sto; porque hemos de estar en que la gente idiota 
siempre es amiga de la novedad, y como perciba algo 
de maravilloso en lo (jue ve, aun({ue la engañen con 
patrañas. Un trozo moral del Ofc/o, un retazo crítico de 
hl Cafe, no vale tanto para el necio como ver volar una 
ninfa «') salir un sin fin de diablillos de una caja. Eso es 
muy material, provoca la risa y no necesita más que ojos 
para comprender su primor. Esta es la causa porque 
tienen semejantes comediones más espectadores y aplau- 
sos; pero quítensele al pueblo estos objetos materiales 
y ridículos, acostúmbresele á que juzgue de las comedias 



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OBRAS ESCOGIDAS 519 

con la razón y no con los ojos, y á poco tiempo de esta 
rutina, yo pongo mi cabeza á que silba una comedia de 
maravillas. 

— Pero oye, decía doña Matilde; tú has dichoque 
la gente idiota es amiga de novedades y prodigios, y yo 
veo que á la Genoccca van muchísimas personas decen- 
tes. ¡Vayal ¡si se llenan las bancas y los palcos, lo 
mismo que la cazuela y el mosquete! ¿Qué diré yo, sino 
que á las gentes decentes les agradan las tramoyas, los 
vuelos y las ficciones, lo mismo que á las gentes vul- 
gares? 

— En verdad que tu observación es urgente, decía 
el coronel, y á no admitir una pura excepción, probaría 
<iue tan vulgar es aquí la gente distinguida como la ple- 
beya, pues toda concurre con igual ansia á esos despil- 
farrados espectáculos; pero no es así, pues aunque van 
á tales comedias muchas gentes de buen nacimiento y 
buena ropa, esto no prueba que no sean vulgares, y 
tanto como el último mosquetero. El nacimiento, la 
ropa, y aun los destinos, no dan una migaja de ilus- 
tración al que no la tiene, y de consiguiente, el que 
piensa como el vulgo y el que se divierte como el vulgo 
os vulgar, aunque se vista ó se llame como quiera. De 
que se deduce, que habiendo en todo el mundo vulgo 
rico y vulgo pobre, vulgo decente y trapiento, no se 
debe extrañar que á estos comediones de pueblo con- 



520 



PENSADOR MEXICANO 



curra ei vulgo de buena ropa con el de capa raída. E«íto 
es claro. 

Pero así como de un exterior lucido no se puede 
inferir un entendimiento ilustrado, así tampoco debes 
presumir que porque veas las bancas llenas de capas y 
levitas en tales comedias, van á verlas las personas de 
fino gusto. Por lo regular (''stas no van en esas noches, 
si ya no es por concurrir con algún amigo ó por lo que 
se dice pasar el rato. 

— Todo eso está muy bueno, dijo Wflster; pero 
dejando la reforma de los teatros para los que tengan 
el talento y la autoridad necesaria para introducirla, yo 
quisiera que me dijera usted, señor coronel, si será lícito 
ó no el frecuentarlos. 

— Esa pregunta se la debe hacer cada uno á su 
director espiritual, contestó el coronel, y seguir ciega- 
mente su dictamen para asegurar su conciencia. Yo, 
hablando como padre de familia, soy de opinión que de 
ninguna manera puede ser lícita la frecuencia á los 
teatros; porque representándose en ellos dramas buenos 
y malos, es moralmente imposible que dejen de corrom- 
perse los espíritus en alguno de los segundos. 

A más de esto, todos saben que los cristianos debe- 
mos obrar de tal manera, que podamos ofrecer á Dios 
nuestras acciones y hacerlas meritorias á sus ojos; ¿y 
quií^n será el hombre ó mujer arreglada que pueda decir 



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OBRAS ESCOGIDAS 521 

al Señor: — Dios mío, voy todas las noches á la comedia 
por amor tuyo? 

Pero no tratando ahora de una verdadera perfec- 
ción, á la que todos debemos aspirar, sino sólo de saber 
si será pecado ó no ir al teatro, soy de opinión que el 
frecuentarlo no podrá menos que serlo, siquiera por el 
peligro á que casi con evidencia se expone el que lo fre- 
cuenta; pero no tengo por culpa ir al teatro tal cual 
vez, con las debidas precauciones y á cierta clase de 
comedias, en que mi familia, á más de divertirse hones- 
tamente, puede sacar algún fruto moral; y siendo la de 
esta noche una de las mejores piezas de mi gusto, uste- 
des, después que tomemos chocolate, nos honrarán con 
su compañía. 

— Antes yo quiero, dijo Welster, recibir esa honra 
de usted y de las señoritas, porque he tomado un palco, 
y deseara que acompañaran á Carlota. 

— Será como usted lo dispusiere, dijo el coronel. 

A poco llevaron chocolate, dulce y agua; y luego 
cjue refrescamos, nos fuimos á casa de Jacobo y de allí 
al coliseo con la señorita Carlota. 

Muy divertida estuvo Pudenciana en la comedia, 
aunque de cuando en cuando se incomodaba mucho con 
el murmullo de la gente, que no dejaba oir lo que le 
estaba gustando, y decía : 

— ¿Has visto, papá, qué imprudencia y qué falta de 

LA QUUOTITA. — 131. 



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522 



PENSADOR MEXICANO 



política la de esos habladores? Si quieren platicar ¿por 
qué no se irán á una visita ó á un billar y no venirse 
aquí á incomodar á todo el mundo? |Bien haya la polí- 
tica de los ingleses, en cuyos teatros, según me dices, 
luego que se levanta el telón ya nadie habla sino en 
voz baja. 

Yo la observaba con cuidado, y advertía que cuando 
le dejaban oir bien, á cada escena mudaba de semblante: 
pero en la conclusión del drama no pudo contener el 
llanto. 

Después que volvimos á casa, le preguntó el coronel 
qué le había parecido la comedia. Ella dijo: 

— Muy buena, papá; pero ¡qué lástima me dio Eula- 
lia á lo último! ¡Qué triste, qué arrepentida y avergon- 
zada se presentó á su esposo! ¡qué perdones le pidió 
tan sinceros! ¡con qué humildad se reconoció culpada 
y (jué confusión no le causó la memoria de sus pasados 
extravíos! ¡Pobrecital Yo no pude menos que llorar al 
ver la seriedad con que la trató su esposo Carlos, que 
no hubiera sido para ella tan cruel la misma muerte, 
porque no era una seriedad dura ni natural; era una 
seriedad tierna y forzada en un marido amante y ofen- 
dido, en cuyo corazón batallaban á un tiempo el amor 
v la honra. 

— Así es, prosiguió el coronel; Garlos conocía la 
virtud de su esposa, la amaba; pero no podía sufrir 



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OBRAS ESCOGIDAS 523 

sobre sí el juicio de los hombres, decidido contra él 
aunque con preocupación. Había perdonado á Eulalia; 
él mismo prevendría las disculpas para el perdón; adver- 
tía que fué seducida incautamente; estaba satisfecho de 
su amor y su arrepentimiento; quisiera estrecharla entre 
sus brazos; pero su honor ultrajado, su mal correspon- 
dido amor con la infidelidad de su esposa, se ponían en 
medio de los dos y no los dejaban estrecharse. ¡Qut' 
situación tan triste para un corazón noble, sensible y 
enamorado como el de Eulalia! 

— Á mí me compadeció demasiado, decía Puden- 
ciana; pero más lástima me daba Carlos. Este padecía 
sin motivo, habiendo sido un buen marido. Eulalia 
padecía, pero con razón. Ella pagaba con humillaciones 
vergonzosas la facilidad con que se dejó engañar por 
un ingrato corruptor. Sin embargo, una mujer en este 
caso sería digna de toda compasión. ¡Ay! ¡Dios me 
libre, papá, de verme jamás en la infelice situación de 
Eulalia I 

— Este era el fruto que yo quería sacaras de la co- 
media, dijo el coronel; á tí te ha compadecido Eulalia; 
pero conoces que ella tuvo la culpa de las infelicidades 
que sufrió; advirtió que había perdido la confianza de un 
buen marido, hombre de bien y que la había amado 
tiernamente; reñexionó en todas las desgracias que 
había echado sobre sí y sobre sus hijos^ y agitada por 






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524 



PENSADOR MEXICANO 



el incesante grito de su conciencia, arrepentida de su 
delito, no pudo en la ocasión hacer más sino implorar 
el perdón de su esposo en medio del dolor y la ver- 
güenza. Si hubiera logrado algunos días las constantes 
caricias de su infame seductor, tal vez hubiera lison- 
jeado su delito y entretenido sus remordimientos. No 
tan pronto hubiera extrañado á su marido ni conocido 
toda la malicia de su crimen; pero lejos de disfrutar este 
plácido sueño por algún tiempo considerable, apenas 
el seductor satisfizo su pasión, cuando huyó de ella, 
dejándola en brazos de la miseria, de la desesperación 
y de la infamia. 

¡Qué bella lección es ésta, hija mía, para hacerte 
concebir un justo horror contra el adulterio 1 Jamás 
olvides la comedia, si Dios te destinare para casada, ni 
pienses que este pasaje se queda en una ficción del poeta, 
ni que es el único en su especie: muchos han acaecido y 
acaecen todos los días por este estilo. Si fuera lícito expo- 
ner sobre el teatro las debilidades de muchas casadas 
infieles á sus maridos, la vil correspondencia de sus 
seductores, la agitación de sus espíritus, el detrimento 
de su honor y los amargos días que tienen que sufrir con 
sus esposos, aun cuando éstos han tenido la generosidad 
de perdonarlas, se verían las escenas más tristes y fu- 
nestas. 

Escúchame, hija mía, con atención. Así como las 



'^^T-T'".; . . ."t* ."^H^f 



OBRAS ESCOGIDAS 525 

niñas doncellas honradas tratan de conservar su virgini- 
dad, así las jóvenes casadas deben conservar á toda 
costa la fidelidad conyugal, si piensan con honor. Per- 
dida esta virtud en la casada, no encuentra en ninguna 
otra con que resarcirla á los ojos de su marido. La 
hermosura, la riqueza, la discreción, el mujerío y las 
habilidades de que es susceptible el sexo femenino, 
son nada en la mujer que una vez le ha faltado á la 
fidelidad. El, si conoce las leyes del honor, por bueno 
que sea, verá con desprecio cuantas circunstancias tenga 
su mujer recomendables, cada vez que se acuerde que 
le faltó á la fe que le prometió guardar al pie de los 
altares. 

El adulterio es un crimen horrible y mucho más 
cometido por parte de la mujer. Todas las naciones, aun 
algún tanto civilizadas, han aborrecido el adulterio y 
mucho más á las adúlteras. Las leyes penales que han 
establecido contra ellas las naciones nos confirman en 
esta verdad. Casi todas son de esclavitud ó muerte, v las 
nuestras mandan sea entregada la adúltera á disposición 
del marido; pero la religión tiene modificada esta ley, 
y así, habiendo queja de parte, la justicia las castiga con 
reclusiones temporales ó perpetuas. 

— ¿Y no me dirás, papá, á qué sentencian las leyes 
al marido en igual caso de adulterio? preguntaba Puden- 
ciana. 

LA QüUOTITA.— 132. 



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526 



PENSADOR MEXICANO 



Y SU padre le contestó: 

— Según son las circunstancias, son los castigos; 
mas por lo regular, después de procurar la separación 
del concubinato, si la mujer propia solicita divorcio, se le 
concede, por ser éste uno de los casos de la ley. Dios 
dice en los Proverbios que el hombre que á sabiendas 
vive con una mujer adúltera es, no sólo necio, sino 
impío; pero al marido se le obliga á que ministre los ali- 
mentos á su mujer y á sus hijos. Esta es la pena que las 
leyes imponen á los hombres. 

— Pues entonces, ¿por qué es tanta crueldad con las 
mujeres? decía Pudenciana; ¿no es en ese caso tan delin- 
cuente la mujer como el hombre? ¿no es igual el pecado? 
¿pues por qué á la mujer se la castiga con tanto rigor 
y al hombre con tanta suavidad? 

— Porque no es igual el delito como piensas, es más 
criminal la mujer que el hombre. 

— ¿Y en qué está esa mayor criminalidad? 

— En que el hombre sólo agravia á la mujer, pero 
ésta, no sólo agravia, sino que infama al marido y per- 
judica la prole. 

— No lo entiendo, 

— Pues yo te lo explicaré más claro, para que toda 
tu vida mires con horror el adulterio. Al contraer el 
santo sacramento del matrimonio se prometen el hom- 
bre y la mujer una fidelidad mutua mientras vivan, y 



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OBRAS ESCOGIDAS 



527 



esta obligación á que los dos recíprocamente se suje- 
tan es tan estrecha, que siempre que uno y otro faltan 
á ella cometen un gravísimo pecado. Oye lo que acerca 
de esto dice Dios en los Proccrbios por boca de Sa- 
lomón: 

«Horrorízate del adulterio, pues el hurto, que no 
siempre es pecado grave cuando lo origina la miseria 
y la grave necesidad del hombre oprimido de la hambre, 
puede ser compensado por un precio septuplicado; mas 
el que comete un adulterio, nada puede dar en repara- 
ción del daño que ha causado. Cúbrese el delincuente 
de vergüenza é ignominia, cuya mancha ninguna cosa 
puede borrar. Pierde también su alma sin remedio, y 
el esposo ultrajado tarde ó temprano tomará venganza 
de su agravio.» 

Tal es la malicia del adulterio, pecado gravísimo 
ante los ojos de Dios y que pierde las almas de los adúl- 
teros, sean hombres ó mujeres; y como que el marido 
y la mujer se juraron una fidelidad inviolable, como te 
dije, se sigue que siempre que uno de los dos falte á esta 
prometida fidelidad, ofende y agravia notablemente á su 
consorte; pero el agravio de la mujer es mayor, porque 
infama al marido y perjudica á la prole. 

Ya has advertido y podrás advertir en el discurso de 
tu edad que cuando una mujer tiene un marido adúltero, 
lejos de ser infamada, es compadecida de cuantos la 






*-^ '^»ii*>>*r3. ..i^«í^^>,SV .íi''. 



528 



PENSADOR MEXICANO 



conocen. — «¡Pobrecita de Fulana I dicen, ¡qué mala vida 
pasa con su marido, después que éste se halla mal entre- 
tenido con Zutana!» 

No se habla' ni se juzga así del hombre que tie- 
ne á su lado una mujer adúltera, aun cuando él ni dé 
lugar á ello ni lo sepa. Por lo común, este infeliz vive 
siempre entre unas ausencias cáusticas, que suelen ser 
peores si llega á hacerse público el crimen de la pérfida 
mujer. 

Pero ¿qué grave responsabilidad tendrá ésta por el 
perjuicio ^\ue acarrea á la prole? ¡Perjuicio enorme y 
cuyas resultas pueden ser irreparables I 

Si una mujer de éstas lleva á su casa un hijo, fruto 
de su adulterio, ¿no conoces que aquel hijo extraño va 
á quitarles el pan de la boca á los propios del marido? 
¿qué será si hereda alguna parte de los hijos? y ¿qué 
si hereda casi el todo, como puede ser, si hay en la fami- 
lia algún mayorazgo vinculado? En estos casos el hijo 
adulterino usurpa, sin saberlo, los bienes, el título y los 
vínculos á los dueños legítimos del caudal. Kl los poseerá 
de buena fe; pero la responsabilidad caerá sobre la 
madre. ¡Considera cuánta será la turbación, el re- 
mordimiento y la congoja de ésta, especialmente en la 
hora de su muerte, hora de desengaños, hora terrible, 
y en que debe conocer toda la gravedad y reato de su 
culpa I 



■'- ■ ,' ! 



OBRAS ESCOGIDAS 529 

— Sin duda, papá, decía Pudenciana, que ese lance 
debe ser muy duro y muy pesado. ¡Dios libre á todas de 
experimentar esos remordimientos! Por mí le aseguro 
á usted que primero deseo mi muerte que verme en 
semejante caso, si es que Dios me tiene destinada para el 
matrimonio; y ahora conozco que con razón las leyes 
son más rigurosas con las mujeres que con los hombres, 
porque éstas agravian é injurian al marido y perjudican 
.'i la prole. ¡Ojalá que todas las mujeres casadas enten- 
dieran bien estas cosas, quizá así no se prostituirían tan 
fácilmente! 

— Yo me alegro que pienses de ese modo, dijo el 
coronel, y apreciaré que siempre cultives esos tan cris- 
tianos y honrados sentimientos. 

— Ello es cierto, papá, que las mujeres deben ser 
buenas para ser buenas casadas. Ya he comprendido lo 
que me has enseñado acerca de las obligaciones que 
tienen de ser amables, honradas, fieles á sus maridos, 
cuidadosas de sus hijos y económicas con su casa y 
lamilia; pero ¿quó, conque la mujer sea buena, si el 
hombre es malo? En este caso, por más que haga, todo 
andará sin orden, y la mujer en un martirio de por 
vida. 

De todo esto saco que es menester mucha discreción 
para elegir estado y mucho más para elegir marido, con 
quien se ha de vivir hasta la muerte. Yo quisiera que, 

LA gUJJOTITA.— 133. 



530 



PENSADOR MEXICANO 



pues me has enseñado á consultarte todo con confianza, 
me dieras unas reglas para conocer á ios hombres, por si 
estuviere de Dios (jue sea casada. Estas reglas me servi- 
rán de mucho, y quizá de su observancia penderá la 
l'elicidad d(^ mi suerte. 

— Ei mismo interés que te dicta la pregunta, tengo 
yo para darte la respuesta, dijo el coronel; pero no es 
fácil satisfacerte como quisiera, porque no lo es el seña- 
lar unas reglas seguras para el caso. 

Muchos autores han tratado de prescribirlas y aun 
no falt<') (|uién escribiese un libro con el título de Arle do 
conoce/' (i /o.< /to/nb/'cs, título á la verdad que promete 
mucho, pero que no se puede desempeñar por más que 
se trabaje. 

Si los hombres fuesen sencillos, si no se disfrazaran 
tan seguido, no l'uera tan difícil conocerlos; pero tienen 
sus fases ó aspectos como la luna, y las varían á cada 
instante, según y cómo les conviene, y he aquí en lo que 
estriba la gían dificultad de conocerlos. 

Si tú vieras á un caballero en la antesala de un 
grande, con el sombrero en la mano, puesto en pie, 
con un semblante muy halagüeño y doblándose á fuer- 
za de cortesías con más Hoxibilidad que el arbolillo 
tierno agitado de los violentos huracanes, dirías, sin 
duda, que a(juel hombre era muy atento, bien cria- 
do, afable y humilde; pero si lo vieses después que 



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OBRAS ESCOGIDAS 531 

consiguió el empleo que solicitaba, si lo vieses, digo, 
en su casa, lo advertirías orgulloso, soberbio, gro- 
sero, déspota 6 insufrible con sus subalternos é infe- 
riores, y entonces confesarías que fué tu primer con- 
cepto equivocado. 

A pocas reflexiones que hagas sobre los hom- 
bres ú este modo, verás que tienen distintas más- 
caras con que disfrazarse y que por lo mismo es 
harto dificultoso el conocer á fondo su verdadero ca- 
rácter. Sólo un trato frecuente con ellos es el más se- 
guro termómetro para discernir sus legítimos tempera- 
mentos. 

No obstante, te daré algunas reglas generales para 
que las observes, asegurándote que, si no las olvidas, 
podrán ser muy conducentes á tu bien; pero será maña- 
na, porque ya es tarde y tu madre está durmiéndose en 
la silla. 

Con esto se levantaron, se fueron á recoger y el día 
siguiente, á la hora de almorzar, entró una criada de 
doña Eufrosina, dando un recado ridículo, como suelen 
usarse entre tales gentes; ¡ya se ve, que así se los darán 
en muchas partes! 

— ¡Ave María Santísima! decía la moza; muy buenos 
días dé Dios á sus mercedes. Que dice mi ama que cómo 
ostá su mercé; que cómo le va á su mercé; que cómo 
pasó la noche; que cómo está la señorita y la niña, y qué 



■ l-.í ?_ \ _. l£^ ". -O . . 



532 



PENSADOR MEXICANO 



por allá está muy apesadumbrada la nina Pomposita; 
que aquí tiene su mercí'* este papel, y que á la tarde 
(^nviará el coche para acá, y que no dejen de ir sus 
mercedes. 

Diciendo esto, entregó el papel á don Rodrigo y 
éste, presente ya su esposa, que acababa de entrar de 
la recámara, leyn de esta manera: 

«Muy señor nuestro: 
»La desgraciada Pamela falleció ayer á las seis de 
la mañana, y deseosa toda esta casa de manifestar el 
aprecio que le mereció cuando vivía, suplicamos á V. y 
á su familia se sirvan asistir esta noche á las exequias 
que se le harán en la sala, en la que dirá la oración 
fúnebre el bachiller que será algiín día don Leopoldo 
Arconas, cuyo favor perpetuarán en la memoria para 
su reconocimiento sus seguios servidoras, q. b. s. m. — 

KrFKOSINA CoNTRKllAS DE LANCAliUrO. PoMPOSA LaN- 

r.AHL'TO V CoNTliEI^AS. CaKLüTA (.lÓMt/. DE WF-LSTEH. 

— Makía Anseiaia 1^1 hio.» 



— Está muy bien, dijo el coronel: di que iremos allá 
tsta tarde. 

Fuese la criada, v doña Matilde decía: 

— Está bien gracioso el tal convite. 

— Otros he visto vo más ridículos v con letras de 



■T'^^Ji 



OBRAS ESCOGIDAS . . 533 

molde, contestó el coronel; lo que me hace más fuerza es 
la bella disposición de tu hermana para gastar el dinero 
en boberías. ¡Vea usted qué cosas! Porque se murió una 
perrilla, armará esta noche una frasca de baile y meren- 
data, cuyos costos no le bajarán de treinta ó cuarenta 
pesos. ¡Eh! ¡quiera Dios que no haga falta mañana ese 
dinero! 

Lo que yo siento os que nos comprometen á des- 
velarnos y á pasar la plaza de gorrones; pero ¡cómo 
ha de ser! es preciso contemporizar á veces con los pró- 
jimos, porque si no, dicen que es uno insocial é intra- 
table. 

— Sí, papá, decía Pudenciana: yo deseo ir, no por 
bailar ni por comer, sino por oir la Oración fúnebre 
en las honras ele Pamela. Ello ya me hago cargo que 
será una sarta de disparates; pero pasaremos el ralo y 
nos reiremos un poco...; mas ahora que me acuerdo, 
papá; ¿quó, no me sigues diciendo lo de anoche? 

— No se me ha olvidado; pero será en otra ocasión, 
|)orque ahora tengo que hacer. 

En efecto, acabaron de almorzar; el coronel salió 
para la calle; yo me despedí también, hasta el medio día, 
«jue nos juntamos á comer, y después de esto y de haber 
rt'posado un rato, se vistieron doña Matilde y su niña, 
> se previnieron para esperar el coche de la herma- 
na, que llegó cerca de las oraciones de la noche, con 

LA QUIJOTITA. — 134. . 



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534 



PENSADOR MEXICANO 



mucho gusto de Pudenciana, que no veía la hora de ir 
á la casa de su tía para aumentar el lucimiento á las 
honras de Pamela, de las que se tratará en el capítulo 
(jue sigue. 




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CAPITULO XXV 



B:i el que se da razón de las famosas exequias con tjue honraron la muerte de Pamela 

doña Eufrosína y la niña Quijotita 



Inmediatamente que llegamos á la casa mortuoria 
n>s sorprendimos con el aparato que encontramos; pues, 
á nás de que la sala estaba completamente iluminada y 
1! na de gente lucida, en medio de ella estaba colocada 
11 ia muy curiosa pira. 



536 



PENSADOR MEXICANO 



En ei primer cuerpo, ^ que servía de zócalo ó banco^ 
se grabaron dos inscripciones y dos sonetos, que expre- 
saban el sentimiento debido á la enfermedad y muerte 
de Pamela. 

/ 

/ 

En el lienzo ó costado principal se leía la siguiente 
inscripción latina: / 

PAMELJ-: 

NOBILISSIM.^:. CANI 

()PTIM(K. STIlíPITIS. ATAVIS. PUOGENIT.K 

ANGELOPOLl. NAT.K 

OPPIDO. ACAXATENSI. EDUCAIVK 

PU.KCLARIS. FAC'IIS. MEXICI. CORUSCANTI 

INIBIOUE. OMXIUM. LACRIMIS 

IMMATUUA. MOlíTE. PEREMPT.t: 

SECULO. XVIII. SPIRANTE 

SU A. DOMUS 

MÁXIMO. MíKRORE. CONJECTA 

MUXIFICENTISSIMUM. HoCCE. MAUSOLEUM 

IN. AMORIS. MONUMEXTIM. PERENNE 

EREXIT. 

En la frente opuesta se grabó la misma inscripción 
vertida al castellano, para que la entendieran todos, pues 



' El año 90 del siglo xviii concurría el doctor don José María Gurídi y Alcocer, 
las veces que se lo permitía su curato de Acaxete, en la casa de un canónigo muy 
aficionado á cosas curiosas, entre las que tenia algunos autómatas de algún mérito. 
Concurrían también otro cura y un padre carmelita (lo que es necesario saber para que 
•e entiendan algunos pasajes de la descripción de la pira y de la oración fúnebre), y con 
el motivo de la muerte de una perrita,que era el ídolo de las señoras, formó, casi 
cúrrente válamo, este juguetillo satírico.— E. 



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OBRAS ESCOGIDAS 



537 



aunque en este idioma no se han usado jamás, pareció 
que en obsequio de una perra se debía dar principio á 
una moda tan importante: ^ 

A PAMELA 

PEURITA FINÍSIMA, 

DESCENDIENTE DE ABUELOS DE LA MEJOR HAZA, 

NACIDA EN PUEBLA, 

CRIADA EN ACAXETE. 

ADMIRADA EN MÉXICO POR SUS ESCLARECIDOS HECHOS, 

Y ALLÍ MISMO CON UNIVERSAL SENTIMIENTO 

ARREBATADA POR UNA MUERTE TEMPRANA, 

AL ACABAR EL SIGL( > XVIII. 

SU CASA, 

OCUPADA DE LA MAYOR TRISTEZA, 

PARA PRUEBA PERPETUA DE SU AMOR 

LE ERIGIÓ ESTE MAGNÍFICO MAUSOLEO. 

En el costado de la derecha se colocó el siguiente 

' Después de la inscripción castellana de esta pira, la primera que vio México fué 
la que en la puerta del teatro grabaron los cómicos el año de 1812 con motivo de la jura 
de la Constitución española. Decía asi, según podemos acordarnos: 

AL. DIOS. ETERNO 

F OH. QUIEN. ESPAÑA. GRAVA 

EN. EL. MARMOL. DE. IN. CÓDIGO. INMORTAL 

LOS. DERECHOS. DEL. HOMBRE 

INDEPENDIENTE. LIBRE. CIUDADANO 

LOS. CÓMICOS. DE. MK.XICO 

AL. RECOBRAR. TAN. ALTA. DIGNIDAD 

PARA. PERPETUA. MEMORIA 

DE. SU. HUMILDE. AGRADECIMIENTO 

AÑO. MDCCC.XII. 

De entonces acá se ha cultivado este nuevo ramo de literatura, como es ¿o versa 
en los pantecnes de esta capital, aunque con poco fruto basta ahcra.— E. 

, LA gUIJOTITA. — 135. 



L ^ «faJtA^ .f. .. ^ './■. 



538 



PENSADOR MEXICANO 



SONETO 

Llorad, señoras, con amargo llanto: 
manifestad con lutos la tristeza, 
cubriendo de ceniza la cabeza, 
y el semblante vistiendo del espanto. 

Melancólico y lúgubre sea el canto 
con que el aire resuene de esta pieza, 
y del dolor exprese la viveza 
el enorme tamaño del quebranto. 

¿No sentís de Pamela que cayendo 
se encojase su tierna piernecita? 
Pues sollozad, que á un lance tan horrendo 

Ks fuerza que la pena le compita 
con mujeriles lágrimas, sintiendo 
la cojera fatal de una perrita. 

Mn el costado do la izquierda se puso el siguiente 



SONETO 

Muere Pamela: ¡oh, pena la más dura! 
Corta la Parca el hilo más querido: 
los filos del cuchillo enfurecido 
trincan á la que hacía nuestra ventura. 

Esto la casa entera desfigura: 
calla el pájaro el trino repetido, 
grita el loro y el gato da un maullido, 
y se alligen el uno y otro Cura. ' 

En caso tal, según los pareceres 
de sabias plumas de pasión desnudas, 
invirtiéndose el orden de los seres. 

Es dable, sin pararse nadie en dudas, 
que se metan á frailes las mujeres 
y los hombres á monjas calzonudas. 

El segundo cuerpo lo llenaban cuatro octavas con 
su.^ correspondientes jeroglíficos, expresando las princi- 

» Véase la nota de la pág. 536.— E. ^ 



OBRAS ESCOGIDAS 539 

pales virtudes de Pamela, corroborándolas con ejemplos 
de los perros célebres de la historia. 

El primer costado tenía pintada una pierna de perro, 
y por orla aquel texto del Nebricense en su gramática 
IdúnsL, ¡iedibiis aeger, y esta 

OCTAVA 

De la suerte que Dúrides al fuego 
por su dueño Lisímaco se arroja, 
así Pamela sin tener sosiego 
da vuelta en la cornisa en que se atroja, 
y por ir á sus amas se cae luego, 
se lastima una pierna y queda coja; 
pero ¡oh, qué gloria la que se granjeaba, 
mientras que á cada paso más cojeaba! 

En el segundo costado se pintó un diente con el 
epígrafe tomado de Virgilio, in li/nine latrat, y la si- 
guiente 

' OCTAN' A 

Si de Hilax y otros perros los ladrido 
por anuncios del daño que amenaza, 
se miran celebrados y aplaudidos, 
de Pamela es más loable la cachaza: 
jamás dejó á sus amos aturdido?, 
según las propiedades de su raza; 
silenciosa ocupaba los umbrales 
elogios mereciéndose inmortales. 

En el tercer costado se pintó una colita, y por orla 
las palabras de Marcial, blandior ómnibus ¡melUs, y esta 



:_-7.Ía>li>3*r-JÍM, -^íitV.' " - '■■ V-'. i^SÜt» 



5i0 



PENSADOR MEXICANO 



OCTAVA 

Si Argo, petro de Ulises, fue fanuno 
niostrnndo j^or su dueño sus conatos, 
será inmortal Pamela, que gozoso 
tuvo siempre de ^u .ima á los mandatos 
su rabito fiestero y obsequioso, 
digno de aplausos y recuerdos gratos: 
de su lealtad celtbre la memoria 
la pluma fiel de la jcriuna historia. 

Kn el cuarto costado se veía pintada una cabeza de 
perro con el epígrafe tomado de Horacio, nieníis rapat 
in(/(fíne(, y últimamente esta 

OCTAVA 

De Mera, perra de Icaro, se cuenta 
que á la hija de éste guió porque lo hallase; 
mas porque de Pamela, siempre atenta, 
mayor conocimiento se mostrase, 
la gana contenía: más bien revienta, 
que sufrir que la ropa se ensuciase. 
¡Oh cabeza de tal conocimiento, 
de quien no se escapó ni el excremento! 

Al tercer cuerpo adornaban cuatro décimas respi- 
rando moralidad, con relación á los jeroglíficos de sus 
correspondientes costados, y son las siguientes: 



PRIMER eos FADO 

I Oh, tú que con paso lento 
vas siguiendo tu camino, 
ignorante del destino 
de este triste monumento! 



OBRAS ESCOGIDAS 

El pie deten un momento 
y esta pierna considera, 
que mudamente parlera, 
al mismo tiempo que espanta, 
te ensefia á ííjar la planta 
por librarte de cojera. 



541 



SEGUNDO COSTADO 

Caminante que en tu lira 
ó en un burro aparejado, 
e pasas tan descuidado 
sin ver siquiera esta pira. 

El trote deten y mira 
este diente singular, 
que contigo debe hablar, 
seas tú el que quisieres ser, 
pues quien no sabe morder, 
sabe á lo menos ladrar. 



TERCER COSTADO 

¡Oh viajante 1 que á tu bayo 
metes espuela de duro, 
y vas á galope puro, 
como el más robusto payo. 

Pregúntale allá á tu sayo 
si esta cola debe hablarte: 
creo debes aquí pararte, 
aunque muy de prisa vengas, 
porque es difícil no tengas 
rabo que puedan pisarte. 

CUARTO COSTADO 

Currutaco botarate 
y madama á la gineta, 
que vais tras de la retreta 
con majestad de petate. 

l.A QUIJOTITA. — 136. 






• *r. w^^r-f 



*'«-. -A 



542 



l»ExVSAI)OH MEXICANO 

Dejad tanto disparate, 
y humilde, rendido, atento 
os pido por cumplimiento 
paréis el coche ó caleza, 
y mirando esta cabeza, 
vaciéis la vuestra de viento. 



En el cuarto cuerpo, sobre (jue se levantaba el últi- 
mo, no en la figura regular, sino en l'orma de basurero, 
para representar el que l'uó sepulcro de Pamela, se 
pusieron cuatro epitafios en otras tantas endechas, co- 
ri'espondientes (x los jeroglíficos de los respectivos cos- 
tados. 



Atjuí yace Pamela, 
cubierta de basofia : 
si cojeas de algún pie, 
sin duda que te mandan á la porr.i. 



Este lugar inmundo 
á Pamela contiene: 
á igual se deben ir 
las que descubren á cualquiera el diente. 



Al muladar que miras 
vino á dar una perra: 
tú, que lo eres también, 
con el rabo vendrás entre las piernas. 



Yace en un basurero 
la compuesta Pamela: 
basura es el adorno, 
vanidad que trastorna la cabe/a. 



Todos nosotros y cuantas personas allí estaban, 
celebrábamos el dibujo, la idea y las curiosidades de 
la pira; pero el coronel, luego que leyó los versos, me 
dijo: 

— Las inscripciones hablan del siglo pasado, y así 
es que éstas no son producciones de ninguno de los colé- 



Tifvr V>''^- ^ 



OBRAS ESCOGIDAS 



543 



giales que visitan la casa, ni menos de mi cuñada ni 
sobrina. Infórmate de quién es su autor. 

No me costó muclio trabajo desempeñar mi comi- 
sión, porque no faltó quión me sacara del cuidado luego 
luego; y así, ya bien certificado, le dije á mi tutor que 
quien había ideado la pira y compuesto la inscripción, 
los sonetos v todo, era el doctor don Jos»' María Guridi 
y Alcocer, autor también de la oración fúnebre (|ue dirá 
el colegial esta noche, lo que hizo con objeto de pasar- el 
rato en una concurrencia, criticando al mismo tiempo 
una pira puesta en aquellos días en un templo de México 
y la oración que allí se pronunció. 

— Siempre presumí, dijo el coronel, que el autor de 
(^stos versos fuera algún literato conocido, porque hasta 
en los juguetes y distracciones de los sabios campea la 
erudición y la gracia. Ya deseo oir la oración fúnebre, 
que me parece será una pieza agradable. 

— No tardará mucho, le contesté. 

Y en efecto, después de un lato de buena música, 
so presentó sobre un aparato que parecía cátedra ó pul- 
pito el colegial destinado para el caso. Kra bastante 
vivo, V así dio todo el lleno á la función. 



hé^ÁSA^ttkL- '^ _.J-' íaVÍ-. 



.Lt¿i-t:.¿^j^^^ 



, ■ -.^-^ ..-. '.-v- -^- ,-lc - • 



ORACIÓN FHNEBRE 



;0 cradelii Ahxln., nikil mea carmina cura$! 
( ; Oh cruel ! ¡ te alejas sin que valgan nada los 
míos, el carmelita y los curas!) 

Virgilio, Egl. 2, v. 6. 



Sólo con estas tiernas expresiones puede explicarse 
la pérdida lamentable que lloramos. En el punto que 
experimentamos tan terrible golpe, nos sobrecogió un 
súbito dolor; se esparció por nuestros semblantes el aire 
lúgubre de la angustia; se convirtieron en ríos de lágri- 
mas nuestros ojos; poblamos la atmósfera de suspiros; 
nos desgreñamos, nos dimos de bofetadas, y rasgando 
nuestras vestiduras cubrimos de ceniza las cabezas. 

Pero (jué, ¿semejantes demostraciones serán acaso 
suficientes para explicar nuestra pena? ¿No deberíamos 
usar de otras mayores para llorar la muerte de la muy 
noble, muy exquisita y muy fina perrita doña Pamela? 
No, á la verdad; no era bastante detestar el hado, mal- 
decir la fortuna, improperar las parcas y armarse de 
invectivas contra la guadaña de la muerte. Estas expre- 
siones son comunes en las pérdidas ordinarias: era nece- 
sario, para singularizarnos, avanzar á más, maldiciendo 



_.•*• -— <" jl H 



í^-Vís-i^:..;-:' •, 



OBRAS ESCOGIDAS 545 

hasta el naranjo y la carreta en que sale la muerte el 
Viernes Santo; ^ y aún era poco; deberíamos quejarnos 
hasta de la difunta misma, como si ella hubiera tenido 
la culpa de su triste fallecimiento. 

¡Oh tú, adolorida señora doña Pomposa, ^ y la más 
infeliz entre las damas I A tí pertenecía llenar la casa de 
gritos y alharacas, como que te toca más de cerca la 
perdida. 

En efecto, el amor ardiente y correspondido de esta 
niña á Pamela, enlazó á ambas, uniéndolas y ama- 
sándolas de tal modo, que de ellas formó de pasta un 
cordón que ardía á lo lejos, formosiim pask^f Cot'idon 
ai-(JoJ)ai Alcjt'n. Ella tenía en la perra sus delicias y 
el dominio, c/c/idffs domini, de suerte que ya nada le 
quedaba que desear, ni que esperar, nct/tdd tipc/'arcf 
habcbat. 

Pero descuidándose en que anduviese libre por todas 
partes, tanto entre danzas, íantuní inter densas, que 
sufrió una horrible caída, de que no bastaron á curarla 



' En la procesión del Viernes Santo se acoituml)raba sacar en una carreta, bojo de 
i:ii naranjo, un esqueleto, que representaba á la muerte, que se introdujo al mundo por 
hiber comido nuestros primeros padres de la fruta del árbol vedado, siendo tan com- 
pleto su imperio, que ni el Hombre-Dios se libertó de su guadaña, habiéndose sujetado 
á ella para redimir al linaje de Adán. 

"\'a felizpiente se han ido desterrando de entre nosotros poco á poco estas y otras 
peores exhibiciones, que solían mezclarse antiguamente con los actos más sagra- 
dos.— E. 

' Debe advertirse que el colegial que recitó la oración cambió los nombres, aco- 
modando, en lugar de los que tenía el manuscrito, los de las señoras que se supone lo 
escuchaban. — E. 

LA yUlJOTlIA. — 137. 



^- -\ 



5i6 



PENSADOR MEXICANO 



el andarla cargando, el discurrir mil remedios, ni el 
envolverla y ceñirla; nada pudieron los hombres, el cacu- 
men y las fajas, i(mhi'n.<(( racrf/nina /fo/os. La embra- 
cilaban las señoras, y de ellas asida, venía é iba, asiduo 
voiiiolxii ihi, hasta que, desesperando de su salud, la 
dejaron en lo más recóndito del suelo, luce incondifa 
,<o/k.<. Exhaló, por fin, el último aliento, por más que 
su ama blasonaba que sanaría, y que en todas partes, 
en los montes, en las selvas y en el estudio lo jactaba la 
enana, montihus oi si/ri.< stiaHo ¡(tctahat ¡nnani. 

Entonces, en aquel triste momento se alborotó la 
casa, se turbaron los parientes, se ailigió el carmelita, 
se conmovieron los curas, y la angustiada doña Pom- 
posita, enclavijando las manos, volviendo á un lado y 
á otro la cabeza, elevando los ojos al cielo y dirigiendo 
á Pamela sus voces, que arrebató de la boca del príncipe 
de los poetas, hizo resonar las paredes de la casa con 
estas lúgubres palabras: ¡Oh cruel, te alejas sin que 
valgan nada los míos, el carmelita y los curas I ¡O cru- 
(¡cUk Alc.i in, ui/ti/ moa carmina curas! 

Pero contengamos, señoras, contengamos las lágri- 
mas en (|ue nos obliga á desatarnos la memoria de aquel 
día. Después de la pérdida de Pamela no nos queda otro 
lenitivo (jue honrar sus cenizas, sacando aprovecha- 
miento de nuestra propia desgracia. A este fin, yo vengo 
á haceros ver (jue su vida íué el mayor ejemplo, y su 



ÍP*». '. í^-<. 



■TWWe-" 



OBÜAS ESCOGIDAS 



547 



muerte el mayor desengaño. Este es el asunto y división 
de mi discurso. 

Para prc moverlo con la majestad que exige la ma- 
teria y corresponde á la sublimidad de la naturaleza 
canina, son de desear los inllujos de los signos celestes, 
y en especial del Can ó la Canícula, para cuya conse- 
cución es conducente la deprecación del sonecito de La 
Cif caracha: 

Zafa, zafa, demonio: mal haya tu estampa. • 



i Tanto para hacer inteligible la alusión, como para satisfacer la curiosidad Je los 
lectores, pareció conveniente poner aquí ur.a muestra de los versos que se cantaban en 
el sonecito de La Cucoraiho, los que al mismo tiempo servirán para hacer juicio del buen 
gusto y moralidad de la época de nuestros padres.— E. 

Coro, l'n capitán de marina 

Que vino en una fragata, 
Entre varios sonecitos 
Trajo el de la Cucaracha. 

Dúo. i^^y nuem^e P'^^' 
¡ Ay que ^^ agarra 

Con sus colmillos 
La Cucaracha! 



l.« COS. 

Zafa, demonio, 
Zafa la garra, 
Que me lastima, 
V arde hasta el alma. 



2.* coi. 

Sufre, nanita, 
Sufre y aguanta. 
Que el placer dura 
Y el dolor pasa. 



1.* roj. No me divierten 

Chanzas pesadas: 
Zafa, te digo. 
Zafa la garra. 

Dúo. Vete á la porra. 

Cara de sarna, 
liarriga sucia, 
Piernas chorreadas. 

Eftribillo. i Zafa, zafa, demonio, mal haya tu estampa! 



'T?^1F-, 



548 



PENSADOR MEXICANO 



PINTO PRIMERO 

Si hubiera de elogiar á la incomparable Pamela en 
el estilo de los oradores profanos, yo ponderaría su 
calidad y finura, que la hacían preferente á los mastines, 
galgos y podencos; á los lebreles, perdigueros y perros 
de agua; á los alanos, dogos y Cdcidnílcs; hablaría de 
su patria la Puebla; me demoraría en su crianza y edu- 
cación al lado de una aya tan acreditada, cual es la 
hermana del herrero del pueblo de Acaxete, quien la 
acostumbró desd(^ su infancia á la abstinencia y á llevar 
en los lomos el peso de un colchón de arena, y en las 
orejas el de unos plomos; finalmente, describiría su 
penoso viaje á esta ciudad, atravesando montañas y 
sufriendo las fatigas del camino, hasta que en el puerto 
de Chalco se embarcó en la Capiíana, al mando de la 
famosa traginera la Jarocha, en la que navegó todo el 
lago, y avistando sucesivamente al cabo de doce horas 
las costas de Mexicalcingo, Ixtacalco y Jamaica, dio 
fondo la embarcación en el muelle del Puente de Ja 
Leña, y saltó en tierra Pamela para servirnos de ejem- 
plo, (jue es á lo que debo contraerme precisamente. 

¿Cuántos no hubiera dado si su temprana muerte, 
acaecida antes de cumplir el primer año de su edad, nc 
hubiera truncado su carrera en la niñez? De este modn 



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OBRAS ESCOGIDAS 549 

más puede elogiarse por lo que pudo ser, que por lo que 
lué. ¡Qué halagüeñas esperanzas las que de ella concebi- 
rnos! Todos nos prometíamos, y no sin fundamento, que 
en llegando á una edad adulta sabría sentarse, pararse en 
dos pies, juntar las manos como quien pide, brincar para 
alcanzar un pedacillo de pan, abrir la boca para asestar 
el que se le tirase, hacer el muerto y otras gracias que 
recomiendan á los de su especie, y con las que tal vez se 
hubiera hecho tan célebre como lo son en la historia 
Argo, perro de Ulises, y Dúrides de Lisímaco; pero ¡ah! 
¡que se frustraron nuestros deseos, quedándonos el dolor 
del sólido apoyo en que se fundaban I Tales íueron las 
acciones que visteis y con las que dio un ejemplo sin- 
gular. 

Este era, á la verdad, el fin á que la destinó la natu- 
raleza, af mismo tiempo que su buena suerte al servicio 
de una dama tan recomendable; y fuese ya por un efecto 
de su buena índole ó por el influjo de la superior estrella 
de su dueño, jamás se observaron en Pamela aquellas 
malas propiedades que tanto se detestan en los de su 
clase. No aturdía la casa con ladridos á la entrada de 
cualquier huésped, mortificando á sus amos; nunca mor- 
dió á persona alguna; no comía sino lo que le daban, y 
¿uardó compostura y limpieza hasta en las operaciones 
más precisas de la naturaleza. Puede decirse que tenía 
dientes, y no mordía; lengua, y no ladraba; boca, y no 

l.A QUIJOTITA. — 13S. 



a" _ií '.1-JLr A^ie. . i »■-*■. r -^_ .«í» -tía. - . -'. -^ «*.'.». 'U 4áa^ ^e^Ll ■ ' í 'í'.i- ■ - ''•:t't;- 



w.^n'K"^'-.'"':^. 



550 



PENSADOR MEXICANO 



comía, y... ¡quó s6 yo de qué frase oportuna sería conve- 
niente usar, para decir <jue ninguna cosa ensució jamás! 
Su ama misma encarecía esta circunstancia hablando con 
Pudt^ncianita. — Nunca, decía, nunca manchó mi ropa 
ni mi cama. No creas (jue hacía perjuicio; es nulo, 
prima, que lo daba su excremento, milhim ¡n'lm(( dahif 
cromen /uní. 

Y ¿qué dirt^ de las acciones positivas con que os 
enseñaba la sumisión, la obediencia, el agrado y la 'doci- 
lidad? Acudía con prontitud siempre que se la llamaba por 
su nombre, de cuya sumisión le resultó la caída; no 
salía de la pieza en que se ponía; su colita parecía un 
sacudidor ó mosquitero, según la batía, enarbolándola 
como arco á la presencia de sus amas para tenerlas 
gratas, y manifestó su docilidad confederándose con el 
gato y enlazando con él la más estrecha amistad. ¿Cuándo 
se ha visto ejemplar semejante? La expresión más viva 
con que significamos una enemiga mortal entre los hom- 
bres es decir que fuidan conin ¡to/'iu)t< 7 f/afos: pues 
Pamela fué siempre superior á estas preocupaciones 
desde su niñez, haciendo migas con el gato, y como se 
expresa de la infancia, diciendo: (Uiando andaba á 
(/atas, de ella deberá decirse: Cuando andaba á gafo con 
el (/afo... jQué panegíricol 

Pero fué mayor el que mereció por su paciencia en 
las enfermedades, enseñándoos con ella á sufrir las vues- 



:-.'. ,'■•. ^•a,^,?ííf 



OBRAS ESCOGIDAS 551 

tras. Su dóbil y delicada complexión enfermiza, siempre 
la hacía adolecer y la proporcionaba dar aquel ejemplo. 
Llamo por testigo de esta verdad á su ama doña Pom- 
posita, que inflamada de una ardiente caridad de san 
Lázaro, la atendía y la curaba, pudiendo, por lo mismo, 
en su elogio, exclamar con Hipócrates en sus aforismos: 
¡qué aplicada joven ! ¡continuamente sana! / Qime (ijdiaita 
jacant, continiiata sanant! 

Aquí no disimularé el único defecto de Pamela, 
porque no falte el sombrío en su hermosa pintura. 
Comenzaron á levantarse las sospechas de que pretendía 
casarse con un perrillo de inferior nacimiento. Los 
indicios eran vehementes, y la casa toda se hallaba 
consternada al considerar que iba á manchar su noble 
y esclarecida prosapia con tal abatimiento. Pero si fué 
capaz de abrigar deseos tan plebeyos, tuvo la sublimidad 
de vencerse y de no llevarlos al cabo. 

Después que se averiguó la materia y se encontró 
no ser juicio temerario el que corría, se opuso su ama, y 
frustró tan detestable matrimonio, armándose con la prag- 
mática prohibitiva de los casamientos desiguales, impi- 
diendo toda comunicación con el atrevido y mal aconse- 
jado excainlle que la inquietaba, y protestando que por 
embarazar tal enlace, más bien la dejaría envejecer y 
convertir su virginidad en orejón. 

Vosotras, las que habéis escuchado tan singular na- 



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' •" ■ ^T^T^T» -'^- " ñX^" ' ."v. V,- :■ 



552 



PENSADOR MEXICANO 



rpíición, y á quienes la dirige mi fervoroso celo, os la 
debéis proponer como dechado, no en vuestras almohadi- 
llas, sino en vuestras mentes; no para vuestras costuras, 
sino para vuestras acciones. Júpiter soberano os ha ma- 
nifestado visiblemente que destinó á Pamela para vuestro 
ejemplo. 

Ella era Haca como doña Pomposa; enferma de las 
piernas como doña Eufrosina; de salud endeble como 
doña Matilde; afluxionada como doña Carlota; legañosa 
como doña María; chaparra como doña Adelaida, y perra 
como todas. 

Deben, pues, esforzarse á imitarla, cada una en 
aquella cualidad que la es más conveniente. Doña Matil- 
de, en sufrir las enfermedades sin desesperación; Doña 
Pudenciana, en la sumisión sin bachillería; Doña Carlo- 
ta, en la paciencia, pero sin pachorra; Doña Pomposa, 
en el agrado, pero sin zalamería; Doña María, en la con- 
servación del doncellazgo, pero sin sambitatería; y todas 
en la finura, pero sin perrera. Porque á la verdad, sólo 
lo bien obrado es lo que se saca de esta vida; todo lo 
demás tiene la misma substancia que el humo, que en el 
viento se desvanece y pasa con la misma rapidez que la 
brillante luz de los relámpagos. 

La muerte de Pamela fué el mayor desengaño en 
este punto, que es el segundo de mi perruna oración. 



OBRAS ESCOGIDAS 553 



PUNTO SEGUNDO 



Yo bien sé que la vida no es sino un viaje para la 
muerte ó un dorado coche en que bonitamente v sin 
sentir vamos caminando á ella, K\ tiempo es el cochero; 
el tronco de caballos que lo tiran, blanco el uno y el otro 
negro, son el día y la noche; la infancia, adolescencia y 
demás edades, son las jornadas; los placeres del mundo, 
ventas en que tomamos algún refocilo; las enfermedades 
!^on las cuestas y desvanes en que se precipita este cocho 
para llegar más breve; las canas son el polvo del camino 
(|ue emblanquece el pelo; las arrugas, efecto del calor y 
fatiga que consumen el húmedo; la corcova é inclinación 
del cuerpo con el arrastrar de pies, denotan el cansancio, 
porque se ha andado ya mucho; la agonía es la gaiita del 
país tenebroso; la sepultura es la posada, y todas las 
cosas que nos rodean, pregoneros que nos recuerdan 
hacia dónde caminamos. Tal es el deshojarse las llores, 
tronchar una hacha cortante aun los más empinados 
ocotes, desplortiarse los más soberbios edificios y girar 
los ríos al sepulcro de los mares, y aun el sol y planetas 
á su ocaso. 

Sé bien todo esto; pero ¿es posible que había de ser 
aún más breve la vida de Pamela, y que este astro lumi- 
noso había de padecer eclipse casi en su mismo orientL? 

LA gUIJOTITA. — 139. 



• ' V :» v-w i'JIAlij.Víi. '■_ -' '- --•'■■' . í' . V ■vci¿-, "..-., ..,^*-_y^^>«r* 



554 



PENSADOR MEXICANO 



Por SU pronta carrera más pareció cometa, aunque yo 
nunca la reputé por tal, no obstante tener cola, porque 
no comía. Pero lo cierto es que duró tan poco su luz, 
que ni aun con los cometas pudo compararse. Con razón, 
hablando su ama con su querida amiga doña Doloritas, 
usurpaba la sentencia del jurisconsulto. Díme ¿qué cosa 
podrá ser su término de comparación? isUo es, decía, 
ello es, Lola, que puede la vela, cjas cst no/lc, qui potosí 
cello. 

Dispénsenos describir menudamente aquellos últi- 
mos días en (jue la vimos padecer, y sobre los que exige 
nuestro dolor, aún reciente, echar un velo. Aún no olvi- 
dáis que andando por los bordes del corredor, y llamán- 
dola á ese tiempo, al dar la vuelta cayó abajo, que se 
encojó y le resultó una apostema en la cabeza; que de 
día en día se fué extenuando y enliaqueciendo, hasta 
poder servir á una costurera, porque parecía aguja; que 
comenzó á arrojar materia por todas partes, y que, dando 
la más cruel penitencia á todas las narices vecinas, exha- 
ló un pestífero hedor, y con él el último aliento, dejando 
á las señoras igualmente consternadas por su pérdida, 
como por la prueba que en ella palparon de lo caduco de 
las cosas mundanas. 

¡Ay de mí, que apenas puedo sostenerme al recor- 
dar tan funesta catástrofe I Un nudo en la garganta me 
embarga las voces y el corazón parece que se arranca, 



•-' . •.:*■/ ' 



OBRAS ESCOGIDAS 555 



para derretirse en lágrimas amargas con estos recuerdos 
dolorosos. Yo mismo vi con estos ojos, con que veo á la 
venerable doña María, la hermosura de Pamela convertí» 
da en podredumbre; su lozanía en languidez; su genio 
festivo y placentero, en tétrico y abatido; sin gracia sus 
ojos, sin acción todos sus cuatro pies, y aquel cuerpo 
que las damas abrigaban en su regazo, arrojado por as- 
queroso en un sótano, cuando enfermó de gravedad, y 
después de su muerte en un muladar. Este fué su túmu- 
lo, su mausoleo, y tal su último paradero. 

Y si este es el fin del animalillo predilecto, estre- 
mézcanse los demás que sirven de diversión á las damas 
y á los niños, y espérenlo aún más desastrado á vista del 
que experimenta el preferido entre todos. Ninguno, á la 
verdad, es acreedor á mejor suerte. No al pajarito, que 
sólo deleita el oído y á quien no se hace más cariño que 
meterle alguna vez la masa en el pico y tocarle blanda- 
mente la cabecita, aunque haya una docena de canarios, 
ó lo que es lo mismo, doce amarillos que silvan, docoíi, 
AiiiarHiila silcas. No el loro, á quien no se hace más 
aprecio que darle una sopa porque nos divierta, pregun- 
tándole su estado como si fuera á confesarse; item con 
su verba exaltándole la bilis, itein verhalia in bilit^. No 
el gato, que sólo entretiene arrastrándole un papel ó ro- 
dándole una bolita, por lo que sólo se le honra con 
andarle por el lomo; pero no se pone á comer en la 



A^bi^L^^ 



556 



PENSADOR MEXICANO 



mesa, sino que se le dan migajas míseras en el suelo. 
<l(if miscris suhtm. No el mono, de cuya cercanía se 
huye y sólo agradan á lo lejos sus ademanes, gesticula- 
ciones y maromas, ó (|ue haga títeres con las patas, ti- 
tire íH ¡uiiiilc. No, en fin, los que recrean con liarto 
sacrificio suyo, como la mosca clavada en un popote para 
que imite el ejercicio militar; el ratoncillo asido de la 
cola con un hilo para verlo correr sin que pueda escapar- 
se, y el murciélago afianzado de las alas para que chupe 
un cigarro. 

A todos estos son superiores los perros por su leal- 
tad, por sus conocimientos, por sus fiestas y por sus 
innumerables gracias; dignos por lo mismo de las mayo- 
res atenciones, hasta dormir en una misma cama con 
sus dueños y que las damas los e(juiparen á los seres de 
su especie. Pero entre todos se hará un lugar muy pre- 
ferente la incomparable perrita, que ha sido el objeto de 
mi oración, y cuya prrdida os desengaña de que no de- 
béis engreiros en cosa alguna de esta vida, supuesto que 
os ha faltado la que más amabais. 

¿Por qué, Pamela, ¡oh, querida y amada Pamela! 
¿por qué te alejas de nosotros? ¿A dónde te has ausenta- 
do sin dejarnos la esperanza de volver á verte? ¿Por ven- 
tura, envidioso el firmamento, te ha arrebatado para 
añadirte á su toro, escorpión, pescado y carnero, forman- 
do de tí una nueva constelación? ¿Has subido á agregar- 



OBRAS ESCOGIDAS 557 

te al Can celeste, ó te has introducido en la Canícula? 
¿has descendido á los infiernos á acompañar al Cancer- 
bero, ó al abismo de las aguas, con el Can marino? ¿te 
has ido á la Tartaria con su gran Kan , ó con los perros 
moros? ¿acaso con los canes de algunos encumbrados 
techos, ó bien al país de los canes, que juzgo serán las 
Islas Canarias? 

Pero ¡ay de mí! que en ninguno de estos lugares 
hemos de encontrarla. Ella, sin duda, se ha remontado 
á lo más solitario del Nihüópolis, porque no ignoraba hi 
grave sentencia del Nebriconsc; que la hembra sola re- 
posa, qaae feniitifi so/a rcposcit. 

Msto, señoras, sirva de lenitivo á vuestra pena, ya 
que para mayor desengaño carecisteis aun del consuelo 
de heredarla, repartiendo entre vosotras sus miembros. 
¡Qué dulce os hubiera sido que hubiera dejado su pes- 
cuezo á doña Pomposa, sus dientes á doña Eulrosina, 
sus hígados á doña Matilde, su espinazo á doña Puden- 
ciana, su colita fiestera á doña Carlota, y sus ojos con 
su menudo entero y relleno á doña María! ^ 

Pero ya que no lograsteis esta dicha, permita el 
dios Pan, que lo es de los pastores, y por consiguiente de 
los perros, ó bien Acteón, ó la deidad, sea la que fuere. 



' Eli esta variación de los nombres, se pierde la graciosa aplicación que hizo el 
autor de la oración fúnebre en este lugar y la conclusión del primer punto, á ios defec- 
tos ó luenas cualidades de las señoras para quienes se trabajó. — E. 

LA QUMOTITA. — 140. 






55<S 



PENSADOR MEXICANO 



que preside á tan noble especie, y de cuya alta dignidad 
protesto á la faz del mundo no ser mi ánimo degradarla; 
permita, vuelvo á decir, que para reemplazar la perrita 
que lloráis y amabais como á vuestros ojos, os nazcan en 
ellos innumerables perrillas; que cuando vayáis á la igle- 
sia el perrero sea lo primero que os encuentre; que no 
llagáis jamás sino perreras; (jue todas vuestras enferme- 
dades se os emporren; que porque tengáis cuanto perte- 
nece á los perros, no os falte ni la rabia; y (jue por fin, 
como tan conforme á vuestros genios, paséis el resto de 
vuestros días en una vida perruna. Esta os deseo. 



Aquí dio fin el orador, que no podía negar haber 
estado su oración de los perros. La gracia con que la 
dijo le granjeó bastantes aplausos y galitas; pero los 
inteligentes no cesaban de dirigir sus elogios al autor, que 
era (juien en realidad los merecía, pues el que predica un 
sermón soplado, no tiene más mérito que el de la trompa 
cuando suena con el viento (jue le introduce el músico. 

Unos ponderaban el chistoso estilo de la oración; 
otros la extravagante y graciosa aplicación de los textos; 
aquéllos la erudición y tropos retóricos que la adornaban; 
éstos las comparaciones y deseos hacia las señoras de la 
casa, y todos la moralidad que respiraba una pieza jocosa 
y por su naturaleza estéril. 

Así (jue paró el fervor de las primeras alabanzas, se 



OBRAS ESCOGIDAS 



559 



siguió el refresco, como en todo pésame, porque ya se 
sabe que los duelos con pan son menos. Y si Pamela 
hubiera sido rica y hubiera dejado su caudal á sus amas, 
entonces ¿qué tal hubieran sido sus exequias? no habría 
función, júbilo ni carnaval con que haberlas comparado, 
porque los duelos con dinero no son duelos, sino gozos, 
contento y alegría para los herederos. 

Finalizado el refresco, se siguió el baile, que duró 
hasta las tres de la mañana, según supimos, porque el 
coronel se retiró á las diez con su familia. 

Nadie pudo negar que tuvo un rato divertido; pero 
el coronel, que no se descuidaba en instruir á su hija sin 
aire de lección, decía en el coche: 

— ¡Vaya, que hemos tenido una noche bien alegre á 
costa de mi hermana! Ella ha quedado hasta ahora medio 
bien, porque del todo jamás se queda bien en estas Iras- 
cas. Pero, en fin, la han alabado y ha lucido el taco y 
^'astado el dinero, á pretexto de la muerte de una perrita. 
Xo, no habrá bajado el costo de la fiesta de ciento ó 
más pesos. Estos desperdicios, hija, se lloran en las 
casas, y estas risas se convierten en lágrimas de los 
pobres herederos después de que fallece el principal. Yo 
no repruebo algunas diversiones lícitas y moderadas, ni 
menos alabo la miseria ó la mezquindad; pero tampoco 
aprobaré una decisión general por toda clase de placeres 
como es la de Eufrosina. Para ella nada hay malo como 



■ ^^ .-•.".?■:•■.' .e tó' ■'.'■. 



500 



PENSADOU MEXICANO 



sea Hosta, y cuando no his hay, ella las hace con cual- 
(|U¡LM' motivo, como esta noche, i Eh 1 ¡quiera Dios, 
(juitM'a Dios que nuestra sobrina no apetezca algún día 
lo que esta noche ha tirado su madre! 

Con estas conversaciones llegamos á casa, se dispu- 
so la cena, cenamos, y nos luímos á recoger hasta otro 
día. 





CAPÍTULO XXVI 



En el que continúa el coronel instruyendo á su bija acerca del matrimonio 



Así como el labrador arroja sobre la tierra írrtil su 
semilla, complacido con la esperanza de recibir frutos 
sazonados y abundantes, así el coronel no regateaba á su 
liija sus instrucciones, asegurado de que su dócil cora- 



LA QUIJOTITA. —141. 



562 



PENSADOR MEXICANO 



zón las recibía con la misma bella disposición que recibe 
el campo las primeras lluvia>^ del verano. De suerte, que 
tanto gusto tenía el coronal en enseñar á su hija, como 
ésta en recibir sus lecciones. r 

Un día, estando todos conversando sobremesa, se tocó 
el punto de la malicia de los hombres que engañan con 
apariencias de verdad. Al momento se acordó Pudenciana 
de una promesa que le había hecho su padre, y le dijo: 

— Papá, el día que nos convidaron para las honras 
de Pamela me dijiste que me darías algunas reglas para 
conocer á los hombres, las que me serían muy útiles en 
el discurso de mi vida. Se han pasado ya algunos días 
y no me has dicho nada; sin duda que se te ha olvidado; 
pero ahora te lo acuerdo, porque no quiero quedarme sin 
saber esas reglas. 

— Haces muy bien de (juerer saberlas, le contestó 
su padre, y ahora mismo te cumpliré mi promesa; pero 
ya te acuerdas que te he dicho que es empresa muy 
dificultosa el señalar estas reglas, por el estudio que los 
hombres ponen en disfrazarse, y que sólo un largo trato 
con ellos puede quitarles las máscaras y manifestárnoslos 
tales como ellos son; pero esta prueba, aunque es la 
mejor, no es la más segura para una niña recatada, que 
debe huir todo trato y familiaridad con los hombres, 
mientras no salga de la patria potestad para el estado del 
matrimonio. ' 



.-.-«wj 



OBRAS ESCOGIDAS 563 

En esta inteligoncia, las reglas que te daré serán 
comunes y sencillas, y por lo mismo fáciles de aplicarlas 
cuando quieras. Atiende: En cuatro clases puedes dividir 
á los hombres, y, en efecto, me parece que no se dividen 
en más ni en menos, sino que cualquier hombre entra 
en alguna de ellas precisamente. 

Primera clase. Ilonihi'cs de huon corazón 1/ tnala 
v((hc.~a. 

Si'gunda. Ifo/nh/'os de hiieiui cahcz'i 7 mal coraziUi, 

Tercera. Ilo/nhros do mal corazíhi 7 mala cabeza. 

Cuarta. Hombros, do buena eal)0.:a y bm>n corazón. 

Analizaremos estas clases, dándote algunas señales 
de cada una, para que conozcas los hombres, según á la 
que pertenezcan. 

I 'H I MERA CLASE 

Iíon\bres de buen corazón if mala cabeza 

A esta clase pertenecen aquellos cuyo corazón está 
dispuesto á hacer bien; pero muchas veces hacen mal 
l^or ignorancia, creyendo que obran con arreglo á la 
justicia. Su corazón está animado de deseos de acertar; 
poro su entendimiento, atolondrado ó falto de la instruc- 
ción necesaria, concibe el mal como bien, y de aquí se 
sigue que á cada paso incurren en los errores que quie- 
ren evitar. Esos hombres son malos para superiores, 



564 



PENSADOR MEXICANO 



porque se encaprichan, siguen el error, y apenas alguna 
vez y con mucha dificultad so logra que varíen de dicta- 
men, sujetándose á un consejo prudente. Son malos 
estos hombres, como he dicho; pero son malos sin 
voluntad de serlo, sino por ignorancia, y por lo mismo 
merecen alguna disculpa. Peores son los de la 

SEtiUNÜA CLASE 

I lonihrcfi lio hiicmt c(Lhe.<a ij mal corri^un 

* 

Mstos son a(|Ucllos que tienen bastante talento ó 
instrucción; pero al mismo tiempo un corazón empon- 
zoñado y muy á propósito de cometer un delito, siempre 
que conciben que de él les puede resultar alguna satis- 
facción ó conveniencia. Por lo general, estos hombres 
son egoístas, intrigantes, interesables y perversos. Nin- 
guna disculpa merecen, ni en el tribunal de su concien- 
cia misma, que incesantemente les acusa y les reprende 
su proceder inicuo. Estos son malos para superiores, 
para compañeros, para amigos y para todo. 

TERCERA CLASE 

Hombres de mal corazón ij mala cabeza 



Estos son los monstruos más intolerables de la 
especie humana. Necios y con pésimas inclinaciones. 



■ ?"1 V 



OBRAS ESCOGIDAS 



565 



apenas harán un bien por accidente, siendo el peor la 
gran dificultad que tienen de enmendarse, pues ciegos 
y contentos con su torpe ignorancia, están casi física- 
mente impedidos de conocer su triste situación. Dije 
ccií^i, para excusarles la disculpa moral, si la quisieran 
alegar. El hombre siempre tiene el camino abierto para 
salir del error, como quiera; pero los que están bien 
hallados con él jamás preguntan si aciertan ó yerran, 
por más que les remuerda su conciencia; y he aquí la 
ignorancia que no tiene disculpa, porque se puede ven- 
cer si se quiere. Mas estos necios y perversos de que 
hablo, no tienen ni quieren tener otro maestro que su 
capricho. De consiguiente, como necios adoptan las más 
detestables ideas, y como perversos las ejecutan siempre 
que pueden, y Dios nos libre de estar sujetos á esta 
clase de malvados con poder. 



Cl ARTA CLASE 



Jfonihi'cs (/(' hiicn roi'a.:(')n ij buena cahc.:a 

Ningunas alabanzas serán desmedidas en obse(juio 
de los que corresponden á esta clase. Por el contrario de 
los anteriores, siempre piensan bien y obran mejor. Su 
entendimiento dócil 6 ilustrado les hace conocer la mal- 
dad y la virtud, y su voluntad bien dirigida los incita 
á detestar aquélla y abrazar ésta. Y ¿quién dudará que 

LA gUIJOTITA. — 142. 



.^- ..r . liií. 



566 PENSADOR MEXICANO 

semejantes hombres son buenos para todo? amigos ver- 
daderos, vasallos fieles, esposos amantes, padres tiernos 
y ciudadanos útiles á cuantos tienen la dicha de tratar- 
los. Estos hombres, dignos siempre de la memoria de 
los buenos, ni se envanecen con las honras, ni se enso- 
berbecen con el oro, ni abusan del poder cuando lo 
tienon. En estos casos, cuando su mérito los eleva, ó los 
engrandece su fortuna, entonces es cuando brillan más 
sus talentos y se perciben dulcemente sus bondades, lo 
mismo (jue cuando el astro luminoso del día se eleva 
sobre nuestras cabezas, no para incendiarnos con sus 
rayos, sino para derramar sobre nosotros sus inlluencias 
benrficas y necesarias. 

— ¡Ay, papá! dijo Pudenciana, ¿quiénes son esos 
hombres tan generosos y tan grandes á quienes no 
trastorna el oro ni el poder? Yo quisiera conocerlos 
para alabarlos sin cesar; pero pienso que me morirt' 
con el deseo, porque sólo tú eres tan bueno como los 
que has pintado. 

— Esa alabanza en otra boca me parecería irónica, 
porque á la verdad no la merezco, dijo el coronel; mas 
en la tuya la estimo demasiado, porque sé que te la 
dicta el mucho amor que me tienes, que es el que te 
hace formar un concepto tan ventajoso de tu padre. Yo 
te agradezco tu cariño, y procuraré no desmentir tu 
corazón; aunque es bien que entiendas que ni tengo 



OBRAS ESCOGIDAS 567 

la bondad que piensas, ni aun cuando la tuviera, sería 
el único. Hay muchos hombres buenos, hija mía, sem- 
brados sobre la haz de la tierra; pero es difícil conocer- 
los, y aunque hay muchos, la infinidad de perversos é 
hipócritas con quienes se hallan confundidos ó engas- 
tados, los hace parecer muy pocos y también muy raros 
en el mundo. 

Tampoco debes olvidar que, por desgracia, el mrrito 
y la virtud las más veces ó no se conocen, ó se arrinconan 
ó se persiguen. Así que, no es mucho que los hombres 
que poseen estas recomendables circunstancias no estén 
siempre ni todos en disposición de comunicar á sus se- 
mejantes los efectos de su entendimiento y probidad; y 
ves aquí un motivo poderoso para que estos hombres 
ilustrados y benéficos nos parezcan menos de los que son 
en realidad. En el cielo hay muchas estrellas y no las 
vemos todas, ó porque una distancia enorme las hace 
inaccesibles á nuestra vista ó porque algunas nubes nos 
interceptan sus luces. 

— Todo eso lo siento mucho, dijo Pudenciana, por 
cuanto dificulta el conocimiento de semejantes genios 
bienhechores. ; Ojalá supiera yo algunas señas inequívo- 
cas con que poder distinguirlos de los demás! 

— Bien conozco, prosiguió el coronel, la sinceridad 
de tu deseo, el que es muy justo, y si Dios te destina 
para casada, ¡cuánto apreciaría que encontrases un hom- 



"wí^ti-'."-*' ,,.£ '-. 



F" ■ 



568 PENSADOR MEXICANO 

bre de esta clase I Tú quisieras lo mismo, es natural: 
por eso anhelas algunas señas particulares para el caso. 
Yo quiero complacerte dándote una sola, muy sen- 
cilla, pero inequívoca, y esta es la ínUida // rerdadora 
rirliid. El hombre que la posee es el verdadero hombre 
de bien, y de consiguiente, cumpliendo exactamente con 
las obligaciones (jue le impone su estado, se hace útil y 
apreciable en cualquiera clase á que pertenezca en la so- 
ciedad. 

— Pero, papá, hay tantos hipócritas con quienes un 
hombre de estos se confunda, que me parece una empre- 
sa muy ardua el distinguirlo. 

— Es, en efecto, difícil distinguir al malvado hipócri- 
ta del verdadero virtuoso; pero no es imposible, en te- 
niendo idea de lo que es hipocresía y de lo que es virtud. 
Hipocresía es el fingimiento ó la máscara del bien obrar, 
y la virtud es el constante ejercicio de este bien obrar. 

Te parecerá quizá que esta definición dice poco; pero 
no, hija, en ella sola te doy el termómetro más infalible 
para distinguir al hipócrita del virtuoso. El primero 
puede aparentar virtud y engañar ó alucinar á los que 
no saben qué es virtud ni en quó consiste; pero no 
puede ser constante en este fingimiento. Semejantes á 
algunas mujeres zonzas que pretenden pasar plaza de 
garbosas, fingiendo otro andar del que tienen por natu- 
raleza, y á poco rato se les olvida y vuelven á su antiguo 



OBRAS ESCOGIDAS 569 

trote ó pasito cansado, así son los hipócritas; que por 
un momento fingen piedad, castidad, humildad, y si se 
quiere todas las virtudes; mas esta escena no dura mu- 
cho; no, no hayas miedo que te engañen si tú lo obser- 
vas despacio. No duran más los intervalos de un loco 
que las apariencias de virtud en un hipócrita. A poco de 
fingir lo que quieren, se les olvida, y manifiestan su or- 
dinario modo de proceder. 

No así el virtuoso verdadero, el legítimo hombre de 
bien y bueno de cabeza y corazón. Este, como acostum- 
brado al bien obrar, es constante en el ejercicio de la vir- 
tud. Ki^ta constancia es el mejor garante que tienen los 
hombres de su hombría de bien, v el saber nbscrrarla es 
el medio mejor para distinguir al hipócrita del virtuoso. 

— Papá, dijo Pudenciana, ¿quién no te ha de enten- 
der, si te explicas con tanta claridad? Pero para mejor 
entenderte quisiera que me dijeras en qué consiste la 
verdadera virtud, pues mientras no lo sepa, no podré 
observar cuál es el más completo y verdadero virtuoso. 
Ya yo supongo que la verdadera virtud no consiste en 
rozar muchas novenas, en andar con la cabeza inclinada 
al suelo, con los ojos bajos, ni el semblante mustio, ni 
<*n otras exterioridades de que hacen tanto caudal los 
hipócritas é idiotas; pero no me acuerdo en qué consiste 
!a virtud verdadera, y ciertamente que tú me lo has dicho 
otras veces. 

LA gUIJOTITA.— 143. 



■i . ' €• . .7\'- ' í-_il*t . 



570 PENSADOR MEXICANO 

— Sí, te lo he dicho; mas nuestra memoria es harto 
débil, y se te ha olvidado esto como otras cosas; pero 
atiende. Preguntaba una vez un joven á Jesucristo, qué 
haría para salvarse. — «Guarda los mandamientos, le con- 
testó nuestro divino Maestro. — ¿Y para ser perfecto? pro- 
siguió preguntando el joven, á quien respondió el Señor: 
— Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, dalos á los 
pobres, toma tu cruz y sigúeme.» He aquí en dos pala- 
bras explicado por la Sabiduría eterna en quó consiste la 
virtud verdadera y la perfección cristiana de ella misma. 
MI que guardare exacta y constantemente los manda- 
mientos del Señor, será verdaderamente virtuoso, y el 
que, ¿í más de esta indispensable observancia, tuviera la 
heroica resol uci(')n de desprenderse de todos los intereses 
temporales y de conformar en todo su voluntad con la 
de Dios, ese sera, no sólo virtuoso y arreglado, sino 
justo y perfecto, en cuanto cabe, en el estado de viador 
en esta miserable vida. Los (¡ue faltasen á aquella obser- 
vancia y á aíjuel despego total de las cosas humanas, 
serán solamente unos hipócritas de virtud y santidad, por 
más exterioridades y gazmoñerías de que se valgan. Alu- 
cinarán alguna vez á los que juzgan de las cosas con 
hgereza; pero nunca á los que como tú saben ya en quó 
consiste la virtud y cuáles son las señas que convienen á 
los verdaderamente virtuosos. 

— De manera, papá, decía Pudenciana, que siendo 



'•^rvarr 



OBRAS ESCOGIDAS 571 

lo mismo ser virtuosos que hombres de bien, ninguno que 
no guarde los preceptos del Decálogo en todas sus partes 
puede ser virtuoso, y de consiguiente ni hombre de bien, 
ó como se dice, hombre de honor. 

— ¿Eso qué duda tiene? 

— ¡Ya se vel pero yo he oído decir que entre los 
gentiles ha habido y aún hay entre los moros y protes- 
tantes de otras comuniones diferentes de la nuestra mu- 
chos hombres de bien, y tales, que su conducta pudiera 
avergonzar á muchos católicos relajados. Esto me hace 
creer ó que es falso que haya habido tales hombres de 
bien en el mundo sin ser cristianos, ó que si los ha 
habido puede haberlos sin guardar los diez preceptos 
dichos, pues los protestantes y moros no los guardan; y 
entonces sale de ahí que, para ser hombre de bien, no es 
menester guardar los mandamientos. 

— Así debería ser si no fuera tu raciocinio equivoca- 
do; pero has de saber, hija mía, que aunque es induda- 
ble que entre los gentiles, moros y otros que no han 
conocido ni adoptan nuestra religión ha habido y hay 
muchos hombres de bien, todos éstos han guardado y 
guardan escrupulosamente los preceptos del Decálogo... 

— Pero, papá, ¿cómo los pueden guardar si no los 
saben? 

— Esa es la equivocación, hija mía; porque has de 
saber que todos los hombres nacen con el conocimiento 



•ss'^v'r-- 



572 PENSADOR MEXICANO 

de esta ley impresa en el alma, y de consiguiente ligados 
;'i su observancia. 

— Según eso, papá, ¿aunque Dios no hubiera dado á 
Moisós los diez preceptos en el monte Sinaí, todos sa- 
bríamos cuáles eran y que los debíamos cumplir? — Sí, 
hija mía. — Entonces ¿todos los que precedieron á Moi- 
sés nacieron con este conocimiento y obligación? — No 
tiene duda, y de consiguiente todos los que no gozaron 
en el seno de Abraham del ("ruto de la redención del gé- 
nero humano, lueron infractores de estos preceptos con 
cierto conocimiento de ellos. — Pues la verdad, papá, 
hablemos de otra cosa, porque esas son muchas hondu- 
ras para mí, y no soy capaz de comprender cómo podrá 
un hombre saber lo que no le han enseñado. 

— No hay cosa más fácil. Atiende: todas las na- 
ciones del mundo, sin exceptuar las bárbaras ó salvajes, 
de unánime consentimiento en todos los siglos, han con- 
venido en que hay un solo Dios, esto es, un Ser Supre- 
mo, Autor de la naturaleza, y de quien dimana todo el 
bien á las criaturas. Sin ninguna revelación conoce el 
hombre, por bárbaro que sea, que no se hizo á sí mismo, 
y que no tiene virtud n poder para hacer producir ningu- 
na cosa de la nada; conoce también (jue es superior con 
mucho á los astros, á los brutos, á las plantas y á todas 
las criaturas (jue le rodean, y de aquí deduce, aunque no 
quiera, la existencia de un Ser soberano, independiente y 



^.••. 



OBRAS ESCOGIDAS 573 

autor de cuanto mira; porque... así se explica el más rús- 
tico en su interior cuando se detiene á contemplar estas 
verdades. — Si yo, que soy la criatura más perfecta en 
la naturaleza, según que me lo manifiesta la superioridad 
que tengo sobre sus demás seres, ni pude hacerme á mí 
mismo, ni puedo criar un gusanillo, ni un átomo de 
arena, menos hará otro tanto el caballo ni el monte, el 
pájaro ni el río, ni ninguna otra cosa de cuantas me son 
inferiores en inteligencia y en poder. Luego algún ser 
hay superior á mí y á todo cuanto existe, pues fué bas- 
tante á hacernos existir. Este Criador es un Autor bené- 
fico, pues él me dio los ojos con que miro la hermosura 
del campo y de los cielos; el paladar con que gusto la 
dulzura de las frutas; el olfato con que percibo el aroma 
de las flores; el oído con que escucho la melodía de los 
pájaros, y una particular inteligencia con que me propor- 
ciono las comodidades de la vida y me resguardo de las 
intemperies y peligros con más acierto y ventajas que las 
aves, los brutos y los peces. Este Ser soberano es acree- 
dor, no sólo á mis respetos y gratitud , sino también á mi 
temor, pues siendo tan poderoso y tan absoluto, me podrá 
deshacer con la facilidad que me hizo, si yo le disgustare 
alguna vez. 

He aquí, hija mía, el modo con que han pensado 
todos los hombres acerca de la Deidad suprema; por este 
convencimiento en todas partes han tributado cultos y 



LA gUIJOTlTA. — 144. 



-^^ .'^ .,i ¿' 



574 



PENSADOR MEXICANO 



homenajes al Autor de la naturaleza. Es verdad que han 
errado en el modo de tributarlos, pero no en el fin. La 
ignorancia y la soberbia los han precipitado en mil abis- 
mos de delirios. El hombre, incapaz de conocerse á sí, 
ha pretendido conocer á su Criador; por eso unos lo han 
adorado en el sol, otros en el luego, éstos en un buey, 
aquéllos en un cocodrilo, y finalmente, lo han querido 
hallar entre los materiales objetos que les presentaba la 
naturaleza. De aquí nació la turba de gentiles idólatras 
que siempre anduvo á tientas buscando la deidad inacce- 
sible; pero siempre reconociendo este Autor soberano, 
Dios de dioses y objeto único de sus cultos y adoraciones. 
Apenas hubo hombres cuando hubo religión. Esta 
fué desarrollándose á proporción que se aumentó la po- 
blación del mundo. Al necesario conocimiento de Dios 
siguió el culto exterior; se instituyeron sacrificios y mi- 
nistros que los ofrecieran con el pueblo; se erigieron aras 
y templos; se intentaron fiestas y solemnidades; se reco- 
nocieron los templos como lugares propios para orar y 
como asilos para refugiarse en ellos de las persecuciones 
inminentes; se inventaron rogativas para aplacar el ce- 
lestial enojo; se compusieron himnos y cánticos para 
alabar á Dios en todos tiempos; se admitió el juramento 
como sagrado y como el sello de la verdad; de consi- 
guiente se castigó el perjuro como sacrilego; se dedica- 
ron días particulares para el culto, y en todas partes fué 



OBRAS ESCOGIDAS 



575 



adorado, aunque entre tinieblas, el augusto nombre del 
Señor, y reconocido su poder. 

Hasta aquí ya ves como todas las naciones han con- 
venido en que hay un Dios solo y único autor de cuanto 
existe; en que este Dios es poderoso, benéfico y temible; 
en que por lo mismo es acreedor á que le amemos sobre 
todo, á que no profanemos su nombre santo y á que le 
consagremos nuestros cultos y adoraciones. ^,Y quién 
les ha enseñado á los hombres estas sublimes verdades? 
Dios mismo, dice el Real Profeta: «Tú, Señor, has im- 
preso en nuestros corazones la luz de tu divinidad.» 

Estos son los tres preceptos que pertenecen al honor 
de Dios. Los otros siete que pertenecen al provecho del 
prójimo también se los enseñó la naturaleza dirigida por 
Dios, bajo de esta sencillísima idea: no hagas á tus se- 
mejantes el mal que no quisieres recibir de ellos. 

Según este principio de derecho natural, y sin más 
luz, conocieron los hombres que no les era lícito dañar á 
nadie, ni en la honra, ni en la hacienda, ni en la vida. 
Por tanto, luego que se reunieron en sociedades, forma- 
ron sus códigos y señalaron penas contra los injustos 
agresores, no dejando en parte alguna sin castigo el 
robo, el adulterio, el homicidio y los demás crímenes que 
se cometían con notable perjuicio de los hombres. Estos, 
guiados por la naturaleza dirigida por su Autor, no 
sólo conocieron que no debían perjudicarse, sino tam- 



ii._ .:r^ -^ . ■ 



57G 



PENSADOR MEXICANO 



bien socorrerse mutuamente en sus desgracias; pues 
así como cada uno se reconocía con cierto derecho para 
reclamar los auxilios de sus semejantes en caso de 
necesidad , así también conocía en sí cierta obligación de 
ayudar á sus iguales en el mismo caso; y de aquí tuvie- 
ron origen las leyes justas, los establecimientos piadosos, 
y los hechos benéficos y heroicos que admiramos aún 



entre las tinieblas del gentilismo. 



Kn vista de estos conocimientos naturales, ¿qué no- 
vedad nos puede causar un Arístides, un Marco Aurelio, 
un Sócrates, un Tito y otros mil hombres de bien, esto 
es, hombres de conducta arreglada y corazón benéfico, 
que entre los errores del paganismo se distinguieron del 
común de sus coetáneos, derramando sus luces y prodi- 
gando beneficios á sus semejantes? Tales fueron muchos 
de estos grandes hombres, ({ue los pueblos, reconocidos á 
sus bondades, se tomaron la libertad de divinizarlos des- 
pués de su muerte, creyendo que no llenaba de otro 
modo las sagradas leyes de la gratitud, y persuadidos á 
que un hombre bienhechor ó era Dios, ó no desmerecía 
de serlo. ¡Tanto es el amor y respeto que se granjea 
la beneficencia cuando recae sobre un corazón agra- 
decido! 

Pero lo que hace á nuestro intento, es que estos 
hombres amados de los pueblos no lo fueron por otra 
cosa sino porque respetaron á sus dioses, obraron con 



'■,^. ■■_:.. ".JT!^.; 



OBRAS ESCOGIDAS 577 

arreglo á la justicia, y lejos de ofender á sus semejantes, 
los llenaron de beneficios. Esto es en nuestra religión 
amar á Dios sobre todo y al prójimo como á nosotros 
mismos, y esto también es, en cierto modo, guardar los 
preceptos del Decálogo sin noticia quizá de los Profetas 
ni Escrituras, ^ pues antes que Dios en el Slnaí grabara 
sus preceptos en unas piedras para dárselos á Moisés, ya 
los había impreso naturalmente en los corazones de los 
hombres, según te lo he manifestado, y de esto debes 
necesariamente deducir que si hubo entre los paganos 
algunos hombres de honor, sólo fueron los que tributa- 
ron el debido culto á la deidad; los que jamás dañaron á 
sus semejantes; los que beneficiaron á los desgraciados; 
y en dos palabras, los que amaron á Dios sobre todas las 
cosas y al prójimo como á sí mismo. De otro modo no 
serían ni podrían ser hombres de bien, sino unos fantas- 
mas de bondad. 

Lo que decimos de los antiguos gentiles hemos de 
asegurar de los modernos protestantes. Hay entre ellos 
y ha habido muchos naturalmente virtuosos, y cuyos 
escritos nos manifiestan que poseyeron unas conciencias 
timoratas y unos corazones llenos de beneficencia. ^ 

* Aunque los fenicios, griegos y romanos forjaron sus fábulas sobre los libros de 
Moisés, muchos existieron antes que él, otros después, y ni noticia tuvieron de sus es- 
critos. 

' Las obras de los célebres ingleses Young y Hervey nos ahorran de amontonar 
nombres de protestantes en cuyos escritos brilla, como en los dos primeros, la moral 
más sana y arreglada al Evangelio de Jesucristo. 

LA gUIJOTlTA. — 145, 



■^ .-..L-t'-^'j^i.: 



578 PENSADOR MEXICANO 

Es verdad que como separados del seno de la verda- 
dera religión, fuera del cual nadie puede salvarse, hicie- 
ron sus virtudes infructuosas para sí mismos. Aisladas 
sus buenas acciones en el orden natural, desnudas de fe 
y caridad, no pasaron de virtudes morales; de consi- 
guiente, no fueron meritorias ante Dios. Si se abstu- 
vieron de cometer el mal y obraron el bien, no fué, en 
primer lugar, por complacer á Dios como el católico 
virtuoso, sino porque naturalmente les era odioso el 
vicio, y por la satisfacción que experimentaban cuando 
hacían algunas obras buenas, y tal vez por lisonjearse 
con la brillante reputación que éstas les granjeaban. Sin 
embargo, la memoria de estos hombres no hubiera 
pasado á la posteridad con elogio, si no hubieran tenido 
y cultivado estas virtudes, ni éstas hubieran resplande- 
cido en ellos en tanto grado si no hubieran cumplido 
exactamente los siete preceptos del Decálogo que per- 
tenecen al prójimo y los tres divinos que pertenecen al 
culto del Ser Supremo. 

Si esto es así, es necesario confesar que ni pudo ni 
puede haber hombres de bien en el mundo, sino arre- 
glándose á la pauta de estos preceptos divinos. La digre- 
sión ha sido larga, pero yo la he juzgado importante 
para tí. 

— ¡Y como que lo ha sido, papal dijo Pudenciana. 
Yo antes de ahora pensaba que todos los que no eran 



í íi. . •; . _- . -..y» 



OBRAS ESCOGIDAS 579 

católicos eran sacrilegos, vengativos, avaros, crueles, 
en una palabra, libertinos y viciosos hasta el extremo. 
Pensaba también que los que nacieron antes de la ve- 
nida del Mesías no tuvieron ni pudieron tener ninguna 
idea acerca de la Deidad suprema, y se me había olvi- 
dado que ya me habías dicho que muchos paganos 
sabios, aunque en lo exterior fingían creer la plura- 
lidad de dioses que veneraba el pueblo, en lo interior 
conocían que era un delirio admitir un poder divino 
repartido entre muchos soberanos ó reyezuelos celes- 
tiales. Por último, pensaba yo que se podía ser verdadero 
hombre de bien en el mundo, sin sujetarse á la santa 
ley que nos gobierna; pero ya veo que el que aspire 
á este título de honor ha de guardar estos diez preceptos; 
menos, no hay tal hombría de bien ni tal honor en nin- 
guno. Yo te doy las gracias, papá, por tus buenos docu- 
mentos, y te suplico que me des otras señas más claras 
para distinguir á los hombres honrados de los que fingen 
serlo; pues ya tú ves que no es fácil andarles á todos 
á los alcances para ver si guardan ó no los mandamien- 
tos, y sería muy oportuna una señalita reservada para 
conocer al picaro y libertarse de ól. |0h, cuánto valiera 
esta piedra de toque para elegir un buen marido! Pues, 
digo, allá á las que piensan en casarse. 

— Y á tí también te servirá si pensares en eso 
alguna vez, dijo el coronel; pero aunque ya sé cuál es 



:■ i ^SmJ^'M»'!. 



ÍV.TT ■ 



580 PENSADOR MEXICANO 

la seña segura que tú quieres, temo decírtela porque no 
vayas á querer experimetarla por tí misma. 

— ¡Ay, papá! pues si es segura, ¿qué riesgo hay 
en (jue se experimente? — En que se experimente no 
iiay riesgo; en (jue no se salga bien de la prueba está el 
riesgo. — ¿Tan contingente es la victoria? — Sí, tan con- 
tingente; y más hecha por una joven inexperta, y acaso 
ciega con la pasión del amor. — ¿Pero las pasiones no 
se pueden sujetar á la razón?... 

— Sí, pero no siempre, y mucho menos cuando no 
tenemos testigos de nuestras debilidades. — Según eso, 
la prueba de que me hablas se debe hacer á solas con los 
hombres para calificar su honradez. — Que se debe, no 
diró; pero sí que la soledad la facilita sin equivocación. 
— Ya me desespero por saber qur prueba es esa tan 
arriesgada por una parte, y por otra tan segura. — Y yo 
ya conozco lo que ha excitado tu curiosidad. Voy á 
satisiacértela. Has de saber... 

— ¡Señores, corran sus mercedes, que se ha caído 
de la escalera la señora Beata v se ha medio matado! 

El furioso grito (|ue dio la criada cuando entró con 
esta noticia, deshizo la conversación. Todos nos levan- 
tamos apresurados, especialmente doña Matilde, que 
había estado en ella como de palo, gustando de la ins- 
trucción de su marido; pero como cualquier desgracia 
nos sorprende, y más cuando recae en nuestros deudos 



Li 



rZ * V.: 



OBRAS ESCOGIDAS 581 

Ó amigos, no fué mucho que ésta fuese la primera en 
levantarse y salir corriendo á favorecer á su tía. 

Tan presto lo hizo, que cuando nosotros llegamos á 
la escalera ya había levantado á la dolorida beata y la 
subía apoyada en su brazo. No fué cosa de cuidado el 
golpe, pues sólo se lastimó ligeramente una rodilla. 

Luego que entró á la sala se sentó, se le dio una 
poca de agua fría por el susto y unos bizcochitos con 
un traguito de vino por la debilidad, con cuyos auxilios 
se restableció la enferma en un instante y se volvió risa 
la memoria de la caída. 

Así que estuvo confortada y del todo serena, le dijo 
doña Matilde : 

— Pero tía, ¿qué negocio trajo á usted hoya casa, 
(|ue venía ó tan distraída ó tan de priesa que se cayó de 
la escalera? — ¡ Ay mi alma! un asunto de suma im- 
portancia, cual es el avisarles los grandes cuidados de 
Eufrosina y de Pomposa, que como ustedes no han pare- 
cido por allá desde el día de las honras de Pamela, no 
han sabido nada. — ¿ Pues qué ha sucedido, tía ? — ¡Qué 
ha de suceder, sino que desde la noche de las honras es- 
pantan en la casa I Si la perrita hubiera sido gente, yo 
dijera que andaba en penas ; pero no lo puedo decir, 
porque al fin Pamela no era gente ni lo soñó en su vida, 

aunque no le faltaba más que hablar. — Pero, señora, 
¿ qué clase de espantos son esos? — j Terribles, don Ro- 
la QUIJOTITA. — 146. 



582 



PENSADOR MEXICANO 



drigo, sf , terribles ! | Sobre que han andado buscando 
casa todos estos días, y dice Eufrosina que de hoy á ma- 
ñana se muda, aunque sea á una accesoria ó á una casa 
de vecindad I — ¿Tan grandes son los espantos? — Sí, 
señor; ¿le parece á usted poco que en la noche de las 
honras viera Pomposita al diablo? — ¡Al diablo I — Sí, 
señor, al diablo; al mismito diablo vio la pobre mucha- 
cha. — ¿Y qué señas dice que tenía? — ¿Cómo qué señas? 
Tenía su cara muy fea, sus cuernos, su cola y sus zancas 
largas. — ¿Y en dónde lo vio? — ¿Cómo en dónde? En 
su recámara, como á las dos horas de haberse acostado. 

— Pero díganos usted, doña María; ¿qué, bebió más vino 
después que nos despedimos? — ¿Qué vino había de be- 
ber ? Ni lo volvió á probar. — ¿ Y en qué paró el espan- 
to? ¿cómo se deshizo la visión ? — Porque á los gritos de 
ella despertaron todos y se levantaron para acompañarla. 

— ¡ Válgate Dios por los espantos! ¿Y lo ha vuelto á ver 
otra noche ? — Sí, señor ; á la segunda noche lo volvió á 
ver más grande y más feo que la primera. A sus gritos y 
los de la criada que la acompañaba, entraron mi sobrina 
y su marido en su recámara, y se desapareció el enemigo. 
A la tercera noche ya no tuvo valor Pomposita para dor- 
mir allí. — Con razón, dijo doña Matilde; yo tampoco 
hubiera dormido ; pero ¿qué hizo? — Se fué á dormir á 
la asistencia, y allí también la persigue el maldito. — ¿Es 
posible? 



,:-^P'r 



OBRAS ESCOGIDAS 583 

— Como te lo digo, niña. A las doce de la noche 
le empezaron á tocar la pared de la cabecera, y no es 
que sea San Pascual Bailón que le avisa que está cer- 
cana su muerte, porque ella jamás ha querido ser su de- 
vota por no oir esos toquidos ; y así 4 quién puede ser 
sino el duende que ha cogido á cargo á la infeliz mu- 
chacha? 

— Así es, dijo el coronel ; el diablo son los duendes. 
I Pobre de mi sobrina 1 — Vea usted si tiene razón de 
quererse mudar. — ¡Ya se ve que la tiene, y sobrada! Esto 
de ver al diablo en cuerpo y alma, y oir golpes en la ca- 
becera no es cosa de juguete. ¿Y qué dice Pomposita 
de esas cosas, y su madre también? — ¡Qué han de decir, 
sino que son avisos del cielo ! y ya las dos han resuelto 
mudar de vida. 

— Eso siempre es muy bueno; pero si el diablo 
hubiera sabido lo que había de suceder, no se mete en 
espantarlas, porque no le tiene cuenta que se convierta 
ninguna alma ; mas al pobre no le dio esto por las nari- 
ces y se ha llevado un buen chasco. 

— ¡ Noramala para él I decía la beata ; yo me alegro 
de que se haya pegado esa burla. — Cuénteme usted, tía, 
jtrosiguió Pudenciana, ¿y qué ha hecho mi prima al prin- 
cipio de su conversión ? Pues, lo pregunto para cuando 
yo me convierta. — ¿Qué ha de hacer, niña? las dos se 
han ido á confesar, y ya Eufrosina no quiere tertulias; ya 



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584 PENSADOR MEXICANO 

despidieron al maestro de baile ; Pomposita ha tirado 
todas las esencias de olor y ha guardado sus peinetas y 
alambres con que se componía la cabeza. — ¡ Ay tía ! no 
me lo diga usted ; ¿á tanto ha llegado? 

— Sí, mi alma ; si tú la vieras, no la conocerías, por- 
que está tu prima de lo vivo á lo pintado. Ha compuesto 
sus túnicos, ha comprado zapatos negros, y todo el día 
está suspirando, mirando un Santo Cristo y leyendo la 
vida devota de San Francisco de Sales, y hoy me ha pe- 
dido (|ue busque la vida de Santa Rosalía; y según yo 
barrunto, puede esto venir á parar en que sea monja 
teresa. En fin, desde la noche de los espantos una Pom- 
posa llevaron y otra trajeron ; pero aunque ya no la es- 
pantan, ella no entrara á aquellas piezas, si la mataran, 
y no dejan de buscar la casa. 

— Muy bien hecho, decía don Rodrigo; pero si usted 
vuelve hoy á verlas, dígale á mi hermana y á don Dioni- 
sio que digo yo que no se aceleren demasiado por mu- 
darse : que á la noche iré allá con mi mujer y Puden- 
ciana ; que me pongan la cama en el mismo lugar donde 
estaba la de Pomposita... — I A y, señor don Rodrigo 1 ¿Y 
para qué quiere usted hacer eso? — Para ver al diablo, 
porque no he visto uno en mi vida, sino pintados ; y pues 
erl casa de mi hermana se deja ver tan á lo vivo, no es 
de perder semejante espectáculo. — ¡Por cierto que quiere 
usted ir á bonita comedia 1 — ¿Le parece á usted que serení 



OBRAS ESCOGIDAS 585 

poca diversión ver una cosa invisible? — ¡Creo que 
usted no lo cree, señor coronel! — ¿Cómo no? lo creo 
tanto como creer que hay hechizos, brujas, vistas que 
hacen daño, muertos que se aparecen, fantasmas, dinero 
enterrado que avisa de noche donde está con su luz 
opaca y lisonjera, y otras cosillas de este mismo tejido. 

— Pues qué, ¿dirá usted que no hay nada de eso? — Sí, 
lo mismo (jue el diablo que se le apareció á mi sobrina. 

— ¡Pues ya se ve que sí! decía la beata; y si estas 
cosas no fueran verdad, no se leyeran en los libros im- 
presos con letras de molde y con las licencias necesarias, 
ni se oyeran asegurar por personas muy sabias y muy 
cristianas. 

— ¡ Ah, señora 1 si se (juemaran todos los malos 
libros y si enmudecieran todas las lenguas ignorantes 
acreditadas de sabias entre los muchachos, ¡cuántos 
errores se cortarían de raíz I La multitud de milagros y 
espantos apócrifos que se hallan esparcidos en los libros, 
y defendidos como verdades inconcusas por personas que 
parecen sabias, son los que han abierto la puerta á infini- 
tos errores, abusos, vana confianza, fanatismo y supers- 
ticiones, en que el vulgo de todas clases se halla empa- 
pado, no sólo en nuestro reino, sino en todo el mundo, 
pues en todas partes cuecen habas. 

Lo más sensible es que los que con una piedad falsa 
han querido hacer valer la religión con estas patrañas, 

LA QUIJOTITA. — 147. 



-^ 



586 



PENSADOR MEXICANO 



no han conseguido otra cosa que hacerla terrible para los 
propios y ridicula para los extraños. Nuestra religión, 
con la santidad de su instituto, con la solidez de sus prue- 
bas, con la excelencia de su dogma y justificada moral, 
brilla sin necesidad de falsos espejuelos ni oropeles. 

El Ser Supremo, para hacerse temer de los malvados, 
no necesita del demonio, ni de hacer títeres espantosos, 
dando á cada instante cuerpos aéreos á los espíritus infer- 
nales , ni para hacerse amar y prodigarnos sus beneficios, 
está todos los días invirtiendo el orden que prescribió á 
la naturaleza. El creer lo primero es figurarnos una 
deidad mezquina, y el esperar y pedir lo segundo es 
tentar á Dios, esto es, querer hacer prueba de su poder, 
lo cual es un insulto sacrilego á su omnipotencia. 

— Pues usted dirá lo que quiera, decía la beata; pero 
de que hay espantos, los hay. En vida de la señora mi 
madre, que era yo muchacha, había en México un hervi- 
dero de duendes y fantasmas, que no era dable, y yo me 
acuerdo que, recién muerta su merced, la vi dos noches 
palpablemente al entrar en la recámara donde murió, y 
una vez oí que me llamó y me dijo muy claro: — María, 
María. — Pues esto á mí me pasó, no me lo contaron, y la 
vi con estos ojos que se ha de comer la tierra. Lo mismo 
digo de los milagros que cada día se ven á millares. ¿No 
ve usted cuántas muletas y piececitos de plata y cera están 
en los altares de algunos santos? ¿Quiere usted más 



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OBRAS ESCOGIDAS 587 

prueba? Y por fin , ¿no se acuerda usted del milagro tan 
patente que pasó habrá doce ó trece años con Pomposita, 
cuando se cayó del balcón y no recibió el más mínimo 
daño sino el susto? Pues esto no lo puede usted negar, 
porque lo vio con sus mismos ojos. 

— Es verdad, contestó el coronel, yo lo vi, ó si no lo 
vi me lo contaron : fué cierto que la niña cayó del balcón 
y quedó ilesa; pero eso fué casualidad, no milagro: mi- 
lagro hubiera sido que se le hubiera hecho pedazos el 
casco en la lana; pero que no se matara una criatura de 
tan poco peso, al caer de un balcón no muy alto sobre un 
montón de lana blanda y esponjada, no puede ser mi- 
lagro, más que así lo llame usted desde ahora hasta el 
fin de sus días. Fué casualidad que hallara prevenido en 
el suelo tan buen colchón, y cayendo en él, fué cosa muy 
natural que no se matara ni se rompiera la cabeza. Ahí 
me las den todas. . 

— ¿Conque no fué milagro? — No, señora, no fué 
milagro. — Pues sí, señor, fué milagro, y muy milagro, 
(jue lo hizo nuestra Señora de la Soledad de Santa Cruz, 
Señor San Agustín, y mi madre Santa Rosa de Lima, á 
quienes yo invoqué, aunque tan mala y pecadora. — La 
creencia de usted es piadosa, pero el hecho no fué cierto, 
porque ni esos santos hicieron tal milagro, ni pudieran 
hacerlo. — ¡Ay Jesúsl ¿qué es lo que usted dice? ¿No 
pudieron esos santos hacer ese milagro? 



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588 



PENSADOR MEXICANO 



— No, señora; ni otro ninguno. — ¡Ay, qué es lo que 
oigo! ¿Ni la Santísima Virgen que está en el cielo puede 
hacer un milagro? — No, ni la misma Emperatriz Sagrada. 
— ¿Has oído, Matilde, quí'' herejía tan grande ha dicho 
tu marido? ¡Ji^sús sea aquíl ¡Ave María Purísima!... 
— No se espante usted, tía, que no ha dicho Linarte nin- 
guna blasfemia. — Ya se ve que no. Mi papá es muy 
cristiano, añadió Pudenciana. 

Y la venerable beata, llena del espanto más pánico ó 
infundado, preguntaba: 

— ¿Pues «jué, también ustedes son de su opinión? 
¿también ustedes aseguran (jue ni los Santos ni la 
Virgen María hacen milagros? — De fuerza lo hemos 
do asegurar así, cuando nos lo enseña la IgJesia. — 
¡La Iglesia! ¡Qué testimonio! ¡Alabado sea el San- 
tísimo Sacramento del altar! Ya todos los de esta 
casa son herejes. Es menester delatarlos. Ellos son 
mis parientes; pero no tiene remedio; de aquí dere- 
chito á la Inquisición. Sí, sí, que los quemen; primero 
es el alma. 

— No se dé usted tanta priesa, señora, decía el co- 
ronel con mucha paz; no vaya usted á incomodar con 
esos chismes á los inquisidores, porque le dirán que es 
una tonta y que no sabe los principios de su religión. 
Aprenda usted primero, y luego nos irá á acusar ai 
tribunal que quiera. 



OBRAS ESCOGIDAS 589 

— Yo no contesto con descomulgados, y esa desco- 
munión es de participantes; sí, de participantes, y yo no 
me quiero salar. Me tapo las orejas, me voy yo de esta 
casa condenada. No en balde me caí de la escalera al 
entrar; pero ahora lo verán, herejotes, se han de acordar 
de mí... 

Diciendo estas y otras simplezas, se salió de la sala 
la buena vieja. Matilde y Pudenciana muy apuradas 
querían detenerla, y la primera decía á su marido: 

— Déjame ir á detener á mi tía, no vaya á hacer una 
tontera. Es verdad que no le harán aprecio; pero en 
quita, pon y desembaraza, se nos puede seguir algún 
extravío, y cuando no sea otro que las hablillas de los 
que ignoran la realidad del caso, son de temer, y se 
deben evitar. 

— Déjala que vaya con Dios: no hagas, aprecio 
de eso, ni tengas cuidado. ¿Acaso los jueces son igno- 
rantes, ni pueden proceder con tropelía? l^llos en la 
delación conocerán la ignorancia de la madre beata, y 
cuando les quede alguna duda, luego que me oigan se 
satisfarán de la pureza de mi proposición. . 

— Es verdad; pero ¿qué gana tienes de esas contes- 
taciones? ¿Ya lo ves? delante de los muy ignorantes y 
virtuosos fanáticos no se puede hablar nada, porque todo 
lo entienden mal y lo interpretan peor. 

Mientras que el coronel y doña Matilde hablaban 

LA gUIJOTITA. — 148. 



590 



PENSADOR MEXICANO 



estas cosas, se marchó la necia beata, y nosotros no 
dejamos de quedar con algún cuidado, que no se nos 
quitó hasta la tarde, como verá el lector en el capítulo 
que sigue. 




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CAPÍTULO XXVII 

En el que sigue la disputa que el coronel tuvo con la beata 

Muchas veces una casualidad origina una desgracia, 
y otras evita una desazón. Esto último aconteció entre el 
coronel y doña María. Iba ésta firmemente resuelta á 
acusarlo, cuando la encontró Carlota, le preguntó por él 
y su familia, y la beata, después de referirle lo acaecido. 



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592 



PENSADOR MEXICANO 



le dijo cómo iba determinada á delatar á todos. Carlota 
era muy prudente, y así dijo que la intención era muy 
buena; pero la hora muy incómoda, pues era mediodía, 
y los señores estarían en sus casas, y tal vez comiendo; 
que sería mejor ir á casa de doña Eufrosina, comer allá, 
dormir siesta, y á las cuatro y media ó á las cinco de la 
tarde pasar al tribunal á delatarlos. Con esto se serenó 
la vieja, y ambas se fueron á casa de don Dionisio, 
porque Carlota no quiso separarse de ella. 

Luego que llegaron, contó la beata cuanto le había 
pasado con el coronel, añadiendo é interpretando á su 
antojo lo que le pareció, con lo que sorprendió á Eufro- 
sina y su marido, Ci Pomposa, al padre don Jaime y á 
otras personas que asistieron á su informe, y se admi- 
raban con razón, como que conocían bien el fondo de 
talento y religión del coronel; pero no se atrevían á 
contradecir á la vieja, pues ella juraba que así era según 
lo refería. 

Cai'lota, cuidadosa de la suerte de Matilde, no quiso 
despedirse, sino que envió á llamar á su marido el caba- 
llero Jacobo, á quien hizo sabedor de la desgracia que 
amenazaba á su amigo Linarte. 

Sin embargo del general cuidado, pusieron la mesa, 
comieron y se recogieron para pasar la siesta. Todos 
estaban apesadumbrados; pero serenos respecto de sí 
mismos, menos la beata, que ni durmió, y ya no veía la 



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OBRAS ESCOGIDAS 593 

hora de que dieran las cuatro, para cumplir con las obli- 
gaciones de cristiana, según decía. 

Doña Euí'rosina á las tres envió el coche á su cuñado, 
mandándole decir que fuera luego luego, que le impor- 
taba mucho, porque allá estaba la tía doña María. 

El coronel recibió el recado con aquella serenidad 
que inspira la inocencia, y sin apresurarse, se levantó de 
su sofá, tomó chocolate, hizo que lo tomaran Matilde y 
Pudenciana, que estaban con harto susto, y así que con- 
cluyó dos cartas que tenía que enviar á la estafeta, mandó 
que se vistieran las señoras; tuvo cuidado de que se 
previniese lo perteneciente á la casa, y cuando ya estaba 
todo organizado, cerró las puertas principales, tomamos 
el coche y nos fuimos para la casa de su cuñada. 

Cuando llegamos la hallamos toda alborotada, por- 
(|ue ya habían dado las cuatro; la beata porfiaba por ir á 
su negocio y todos rodeados de ella se lo impedían. 

Luego que vio al coronel y á su familia, cerró los 
ojos, se tapó las orejas, y con unos gestos de energúme- 
na decía: 

— ¡Déjenme salir de aquí; yo no quiero conversar 
con herejotes; los aborrezco, los detesto, los abomino! 
Si éstos fueran mi padre y mi madre haría lo mismo que 
voy á hacer. Sí, sí; primero es Dios y su santa fe que 
todo el mundo. 

Sin embargo de que los visajes de la beata tonta 

LA gUUOTITA. — 14y. 



594 PENSADOR MEXICANO 

excitaban la risa de los circunstantes, no dejaban de es- 
perar malos resultados los amigos y deudos del coronel y 
su familia, mucho más cuando notaban que la denun- 
ciante no desistía de su intento. 

La sensible Matilde y amorosa Pudenciana padecían 
mas que todos en aquella ridicula escena, y con lágrimas 
en los ojos procuraban aplacar á su tía; pero en vano. 
Msta más se irritaba al oirías hablar, y creyendo que 
aquel llanto era electo del temor del merecido castigo por 
su culpa, se empeñaba más en salirse con la suya. 

El coronel instaba que la dejasen ir donde quisiera, 
que no tuviesen cuidado, que él se defendería, que aque- 
llo no era nada; mas sus razones no calmaban el senti- 
miento de los suyos ni el temor de sus amigos; y así, más 
por serenarlos á todos que por otra cosa, determinó sose- 
gar á la tía María, lo que consiguió de esta manera: 

— Déjenla, señores, decía en voz alta, déjenla, que 
vaya donde quiera. Yo también tengo que acusarla, y 
los dos quedaremos en la cárcel; yo por hereje, y ella 
por gentil. — ¿Yo por gentil? — preguntaba la beata muy 
apurada. — Sí, señora, por gentil ó gentila, como usted 
quiera. Hereje es el que niega alguno de los misterios de 
la fe que profesó en el bautismo, y gentil es el que care- 
ce en lo absoluto de esta fe ó cocimiento sobrenatural. — 
¿Pues (jué, yo no tengo fe? — No, ni sabe usted qué cosa 
es fe. — ¿Cómo no? La fe es un conocí niie n to aobt-enattiral. 



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OBRAS ESCOGIDAS 595 

con que sin ver creemos lo que Dios dice // la hjlesia nos 
enseña... — Es así que usted no cree lo que Dios dice, ni 
lo que le ha enseñado la Iglesia, luego no tiene fe; y si 
no tiene le, es gentil... — Descomulgadote, ¿quién asegura 
que yo no creo lo que me enseña la Iglesia?... 

— Yo lo digo, y se lo voy á probar á usted en sus 
bigotes; y si no lo probare bien, ajuicio de estos señores 
cristianos que nos oyen, desde ahora para entonces y 
desde entonces para ahora, me obligo en toda forma 
con mis bienes habidos y por haber, ú que refresque- 
mos todos de mi cuenta esta noche: item más, á darle 
á usted treinta pesos para un hábito nuevo de cristal, 
y á que mi mujer y mi hija le hagan unas tocas nuevas. 
Vamos á argüir; sentémonos. 

El estilo festivo del coronel calificó su inocencia, é 
hizo reir á todos, hasta á la beata, que segura en que no 
le podían probar que era gentil, concibió la lisonjera 
esperanza de afianzar los treinta pesos prometidos; y así, 
sentándose en compañía de los demás, escuchó al coro- 
nel, que se explicó de esta manera: 

— Ya ustedes, señores, habrán advertido que la tía 
doña María se ha escandalizado grandemente por una 
proposición que me ha oído. Todos los días hay gentes 
que se escandalizan, y otras que temen escandalizar sin 
fundamento, tan sólo porque ignoran lo que es escánda- 
lo: doña María es una de ellas; y así ustedes me permi- 



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596 PENSADOR MEXICANO 

tiran que le explique brevemente lo que es escándalo, 
por lo que nos pueda importar. Olga usted, señora. 

El escándalo, según los moralistas, se divide en 
activo y pasivo. Activo es el que uno da con acciones ó 
palabras que causan ruina espiritual al prójimo, y éste se 
puede dar, no sólo con acciones malas prohibidas, sino 
tambií'n con buenas y lícitas; por ejemplo, lícito es que 
yo acaricie á Matilde; pero si lo hago con ósculos y abra- 
zos delante de algunos jóvenes de ambos sexos, ya no es 
lícito, por el escándalo que puedo darles, particularmente 
si ignoran que es mi esposa. 

Escándalo pasivo es el que so recibe de las mismas 
acciones. 

El escándalo activo se divide en especial y general. 
El primero es el que se da con intención de que otro 
. peque y se condene, y éste se llama /;c'c«6/o ile demonios. 
El segundo es el que se da sin ese fin determinado, sino 
sólo por la complacencia que nos resulta de la acción, 
como el que da á una mujer el que la induce al pecado, 
no precisamente porque peque y se condene, sino por 
satisl'acer su apetito. 

El escándalo pasivo es de tres maneras: farisaico, de 
párvulos y de frágiles. El primero es aquel escándalo que 
se recibe, no porque la acción sea en sí mala de modo 
alguno, sino por la depravada malicia del que la ve, y se 
escandaliza aún de las cosas buenas, como se escandali- 



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OBRAS ESCOGIDAS 597 

zaban los fariseos de que Jesucristo hiciera milagros en 
sábado. 

El escándalo de párvulos es el que nace de una 
ignorancia natural, como si uno se escandalizara de ver 
trabajar en domingo, sin saber la necesidad ni la dispen- 
sa con que se hacía. 

El escándalo de frágiles es el que se recibe por nues- 
tra humana miseria, que toma ocasión para pecar de 
cualquier cosa. 

En vista de esta doctrina, ya usted entenderá que su 
escándalo ha sido de párvulos, porque lo ha ocasionado 
su ignorancia; pero si después que yo explique mi pro- 
posición siguiere escandalizándose, ya entonces es su 
escándalo farisaico, y por lo mismo despreciable. 

Yo dije, señores, que no fué obra milagrosa sino 
muy natural, que esta niña no se matara, cuando siendo 
pequeñita cayó de un balcón sobre un montón de lana; y 
á seguida aseguré que ningún santo, ni la misma Reina 
de los Cielos puede hacer un milagro. 

Esta señora no esperó razones, sino que, tapándose 
las orejas, se salió de casa escandalizada de tamaña here- 
jía. Cuando sólo se oyen medias palabras ó no se entien- 
de el sentido de ellas, es fácil sacar consecuencias crimi- 
nales de las cosas más inocentes y formar los conceptos 
mas ridículos. Estas son las ventajas que ofrecen la 
ignorancia junta con el atolondramiento. La ocurrencia 

LA QUIJOTITA. — 150. 



ó .-^'ix2kjr.-úa A^Jr. t'í. 



59S 



PENSADOn MEXICANO 



de la respetable doña María me ha hecho acordar de un 
chiste que le voy á referir, para que escarmiente y se 
divierta. Un pobre hombre llamado Blas encontró un 
encorozado en una calle, ('ste llevaba un letrero en la 
coroza que decía: Por Bias/c/im: el buen hombre sólo 
ley(') la mitad del rótulo, porque la otra mitad estaba al 
lado opuesto de su vista, y sin más averiguación mar- 
chó para su casa, y lleno del mayor susto le dijo á su 
mujer: — «Hija, por Dios, que de hoy en adelante no me 
digas Blas; díme Juan, Antonio, Pascual ó lo que quie- 
ras; pero no me digas Blas por vida tuya, porque es un 
gran pecado llamarse Blas, y tanto, que sacan encoroza- 
dos á los Blases... — ¿Cómo así? preguntaba su mujer 
muy admirada: eso no puede ser... Sí puede ser, hija: 
acabo de ver uno encorozado por Blas. » 

Se rieron todos muy de gana con el cuentecillo del 
coronel, menos la beata, pues ésta se avergonzó bastan- 
te, y más cuando don Rodrigo prosiguió diciendo: 

— ¿Qué les parece á ustedes, señores, de la candidez 
de aquel buen hombre? Seguramente que hubiera acom- 
pañado esta tarde á doña María de buena gana, y entre 
los dos me hubieran ido á delatar por Blas. Pero dejemos 
las chanzas, y pasemos (i desescandalizar á mi parienta. 
Los señores saben muy bien lo que voy á decir, y aun 
mi mujer y mi hija: pero usted, señora, no lo sabe, y es 
preciso que lo sepa. Atiéndame. 



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OBRAS ESCOGIDAS 599 

Una de las señales características de los milagros es 
que sean contra la naturaleza; esto es, que superen sus 
leyes ó las venzan. Y ¿quién puede dominar la natura- 
leza, sino su Autor Supremo? Por tanto, sólo Dios puede 
hacer un milagro; sólo Dios puede hacer que el fuego no 
queme, que se multiplique en un instante una substan- 
cia, que se trasmute en otra, que un ciego rematado vea 
con lodo, que un muerto corrompido resucite, etc. Para 
conseguir esto de Dios es muy oportuna la intercesión de 
los santos, y por lo mismo nos es muy del caso aprove- 
charnos de su valimiento y solicitar su patrocinio en 
nuestras aflicciones. Ellos son amigos de Dios, y sus 
ruegos son oídos de Su Majestad con agrado. Esto es lo 
que pueden hacer los santos por sus devotos; mas no 
hacer un milagro, pues no alcanza á tanto su poder; 
entonces podrían lo mismo que Dios, y serían otros dio- 
ses, cuyo absurdo no cabe en la imaginación de un cató- 
lico. La naturaleza sólo se sujeta á su Criador, y aun 
cuando obedece á los hombres, lo hace mandada de su 
Autor. Si una peña herida por la vara de Moisés produce 
agua; si el sol detiene su curso á la voz de Josué, no fué 
porque aquel legislador ni este general tuviesen poder 
para ejecutar estos prodigios, sino porque Dios mandó á 
la piedra que diese agua, y la dio; quiso que el sol detu- 
viese su carrera cuando Josué hablase, y el sol se detuvo. 
Así sucede siempre; manda el Señor, y la naturaleza 



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600 PENSADOR MEXICANO 

obedece sus preceptos. Y así, cuando se dice que la Vir- 
gen Santísima, que este ó aquel santo son muy milagrosos, 
hemos de entender que Dios ha hecho muchos prodigios 
por su intercesión; mas no que ellos los hayan hecho. 

Esta es la doctrina de la Iglesia que se ignora por 
muchos en punto de milagros. ¿Qué le parece á usted, 
doña María? 

— ¿Qué me ha de parecer? sino que cuanto usted 
dice, ni me toca ni me atañe, porque yo no soy teóloga. — 
Pero es usted católica cristiana, y como tal no debe igno- 
rar los principios de la religión que profesa. — Pues yo 
sé muy bien el Catecismo y tengo la le del carbonero, y 
con eso me basta. 

— Se engaña usted, señora; el saber el Catecismo 
sin entenderlo no basta, y el atenerse á la le del carbo- 
nero, que según el cuento decía que él creía lo que creía 
la Iglesia, es una excusa muy grosera para defender la 
más torpe ignorancia. 

Semejantes profesiones de fe no son sino una 
irrisión y un insulto que hacen á la misma religión 
muchos (jue blasonan ser miembros de ella; porque si á 
un ignorante se le dice que la Iglesia enseña un error 
que tenga alguna apariencia de piadoso, no dudará en 
creerlo un momento, y ya se sabe que en materias de 
fe, tan malo es creer errores como ignorar las verdades 
de que debemos estar instruidos. 



sí: 



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OBUAS ESCOGIDAS 601 

— Pues usted dirá lo que quisiere, señor coronel, 
decía la respetable beata; pero yo no me he de meter en 
camisa de once varas. Allá los estudiantes como usted se 
entenderán con su la/inoru/n y teologías, que á mí me 
basta con creer en Dios á puño cerrado, y caiga quien 
cayere; y en eso de milagros, yo he de creer todos los 
que vea escritos en los libros y puestos en las iglesias; v 
si son mentiras, allá se lo hayan los (jue dan licencia 
para ello, pero á mí no me toca meterme en averigua- 
ciones. Yo sé que cuando una cosa se pone con letras de 
molde, ya ha pasado por los ojos de los calificadores, que 
desde luego serán muy leídos; y así cuando dan licencia 
para que una cosa se imprima, ya sabrán que es muy 
cierta, y que no hay ningún peligro en que todos la lean. 

Lo mismo digo de las muletas, cabelleras, retablos y 
milagros de cera y do plata (jue se cuelgan en los tem- 
plos y los altares de los santos; milagros deben de ser, 
una vez que todos dicen que son milagros; afuera de 
que, ya que los ponen, será con licencia del cura, del 
guardián ó de quien corre con el santo. ¿Quó más es 
necesario para creer que son tan ciertos como los artícu- 
los de la le? porque cuando el cura lo dice estudiado 
lo tiene, y si no lo estudió, ¿qué me importa? 

Yo fuera una judía si pensara que los censores no 
saben lo que aprueban y que en las iglesias cada uno 
pone lo que quiere llamar milagro, sin que nadie le diga: 

LA QUIJOTITA. — 151. 



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602 PENSADOR MEXICANO 

por ahí te pudras. No; Dios me libre y me tenga de su 
santa mano para que yo no piense estas tonteras. 

Concluyó la tía su discurso, con el que se divirtie- 
ron bastante los que la oían, y el coronel le dijo: 

— En efecto, señora, usted padece mil equivocacio- 
nes, y lo peor es que está obstinada y ha de costar 
mucho trabajo el convencerla. No obstante, sopa usted 
que todos esos retablitos que se presentan y dedican á los 
santos en sus imágenes, no son signos de milagros, ni 
pueden serlo sin la calificación y declaración de la Iglesia. 
Se permite que se coloquen en los templos, para que los 
fieles desahoguen su devoción y gratitud, y porque tal 
vez el vulgo ignorante, si careciera de esta libertad, cae- 
ría en el error de creer que ni los santos intercedían por 
nosotros en las necesidades, ni Dios nos dispensaba tan 
francamente sus favores, y este error sería más perni- 
cioso que el primero; pues de creer (|ue Dios hace más 
milagros que ios necesarios, no se sigue injuria á su 
omnipotencia; pero de creer que no los puede hacer ó 
(|ue nos escasea mucho sus favores, se insulta su poder 
soberano y su misericordia liberal. Sin embargo, sería 
de desear que todos entendieran que el poder de hacer 
milagros es privativo de Dios, y que los santos única- 
mente pueden suplicarle que los haga cuando convenga 
á su gloria y bien nuestro. 

Asimismo debían todos saber que no se le puede dar 



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OBRAS ESCOGIDAS 603 

crédito á cuanto está impreso, sólo porque están las 
letras estampadas con moldes, ni porque se lea en las 
carátulas que están con las licencias necesarias. Esta es 
una simpleza que trae funestas consecuencias entre la 
gente idiota, que vive persuadida á que se debe creer 
como de fe cuanto está impreso, en virtud de que ven 
ó han oído decir los muchos pasos, censuras, licencias y 
dinero que cuesta la publicación de una obra; y alucina- 
das con estos aparatos, no pueden convencerse de que 
haya falsedades en los libros, siendo así que no hay 
herejía ni desatino que con licencia ó sin ella no esté 
impreso; de lo que resulta que se empapan en mil erro- 
res que leen sembrados en muchos libros que traen vidas 
de santos anoveladas y milagros apócrifos. 

¿Qué alto concepto no se formará del poder fal- 
samente atribuido al demonio, el ignorante que lea 
en la vida de Santa Genoveva aquellos títeres con que 
la hechicera en un espejo la representó infiel ú su 
marido? 

¿Qué idea tendrá de la Providencia divina, siempre 
celosa de nuestro bien, al ver la facilidad con que permi- 
tió que se ultrajase públicamente el honor de su sierva y 
que padeciese tantos trabajos, sin más lin, á lo que 
parece, que acrisolar su paciencia, cuando pudo haberlo 
hecho por otros medios que no indujesen un escándalo 
general? Y por último, ¿no es fuerza que tengan al dicho 



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604 PENSADOR MEXICANO 

por un tonto de primera marca, al ver como creyó que los 
ojos y lengua de un carnero, que se presentó por mila- 
gro, eran de una mujer y tan su conocida como suya? 
Yo á lo menos no creeré estas cosas ni sus iguales, 
mientras no me las asegure por ciertas la Silla de San 
Pedro. 

La historia de San Cristóbal es otro zurcido de men- 
tiras que pasaron y aún pasan entre el vulgo. Todavía 
hay quirn cree que fué gigante. La novena lo dice, y así 
se ve pintado; luego es verdad, se debe creer, y negarlo 
fuera herejía. Tal es el idioma del vulgo. 

¿No sería bueno desengañarlo, diciéndole que no fué 
gigante, ni sirvió al demonio, ni lo dejó porque éste se 
espantó con la cruz, ni sucedieron las patrañas que de él 
se cuentan, sino que l'ué uno de los héroes que murieron 
por confesar la fe de Jesucristo? 

—Así es que luera bueno se enseñaran, dijo pronta- 
mente la sencilla beata; pero si no fué gigante ¿para qué 
lo pintan tamañote en las iglesias? ¿Acaso son tontos los 
que las cuidan? A fe que no; bien saben lo que se hacen, 
y si esto fuera fábula no sería usted el primero que lo 
dijese, y habiéndolo otros dicho, es regular que se omi- 
tiese que siguiera el vulgo con este error, quitando de las 
iglesias las pinturas gigantescas de San Cristóbal; pero 
una vez que no se ha hecho así, sin duda que fué tan 
gigante como ese Golías que cuentan, ó ese Salmerón 



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OBRAS ESCOGIDAS 605 

á quien vide con mis propios ojos. Pero sea lo que fuere, 
yo tengo en mi casa una cabeza de San Cristóbal, hermo- 
sota de grande; ya se ve, como de gigante cananeo, y soy 
muy devota y le enciendo una velota de á medio; pues 
el día que lo tengo, que no están los tiempos para 
fiestas. 

Se reían todos de buena gana de estas sandeces, 
menos el coronel que se compadecía de ellas; y así, 
cuando tuvo lugar, dijo: 

— Se echa de ver, señora, que sus padres de usted 
fueron cristianos y que le dieron una piadosa educación; 
pero por desgracia ésta se ha deslucido con la multitud 
de extravagancias y preocupaciones que adquirió desde 
sus primeros años, y de las que será harto difícil se 
desprenda. 

El afecto que usted le tiene á San Cristóbal sin duda 
es loable, pues su intercesión, como la de los demás 
santos, es poderosa para alcanzarle del Señor las gracias 
que la convengan; pero no es loable la credulidad de 
usted acerca de su desmesurado tamaño. Antiguamente 
se divulgó entre sus devotos que cualquiera que viese su 
imagen no moriría en aquel día de muerte mala, sobre lo 
que se compuso este verso: 

Cristophori sancti specimen quicumque tuetur, 
Ita namque die non morU mala morietur. 



LA QUIJOTITA. — 152. 



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606 



PENSADOR xMEXICANO 



En castellano puede traducirse así: 

De muerte repentina ó azarosa 
no morirá cualc}uiera que mirare 
la imagen de Cristóbal prodigiosa. 

En fuerza de esta creencia supersticiosa todos desea- 
ban ver la efigie del santo, y como dice el señor Mura- 
tori: «El que deseaba frecuente concurso á su iglesia, 
pintaba en la fachada á este santo en estatura de gigante 
como lo fingen las fábulas de su vida.» Ya ve usted, 
señora, y ((u6 origen tan erróneo trae ese pedazo de 
cuento que usted cree. Semejante á esto son los que 
autoriza la credulidad del vulgo. 

— ¿Qué cuentas tengo yo con eso? decía la beata; 
dejemos que sea cierto lo que usted dice, que eso, ¡quién 
sabe I pero yo aténgome á lo que me enseñaron mis 
abuelos y ¡santas pascuas 1 

Cada vez que hablaba la tía doña María reían más 
todos aquellos señores, viendo el empeño que el coronel 
tenía en desimpresionarla de sus errores y la tenacidad 
con que ella se resistía, correspondiendo las instruccio- 
nes con sandeces. 

Enfadado de éstas mi tutor varió conversaciones; 
sacaron chocolate, dulce y agua, y concluido el refresco, 
se despidió la beata, diciendo que ya era la oración y 
que una mujer en la calle, sola y de noche estaba muy 
expuesta. 



-^ 



OBRAS ESCOGIDAS 



607 



No pudieron contener la carcajada de risa los con- 
currentes oyendo que la triste vieja pensaba que aún 
tenía riesgos que temer en la calle. Doña Eufrosina y su 
hermana la detuvieron sin mucha dificultad; ella se 
retiró á una recámara á rezar sus devociones; las visitas 
parlaron un poco más sobre diversos asuntos y se despi- 
dieron; el coronel, don Dionisio y las señoras se pusie- 
ron á jugar una malilla mientras era hora de cenar, y las 
dos niñas se fueron á platicar lo que sabrá el lector en el 
capítulo que sigue. 




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CAPITULO XXVIII 



Kn el que ae retiere lu conversación de Iss dos niñas, y se descubren los formidables 
espectros que asu&taron á la tímida Quijotita 



Muy inquieta estaba Pudenciana mientras asistió á 
la conversación de sus mayores; rabiaba por bullir á 
Pomposa acerca de la buena vida que había entablado; 
pero aunque gustaba de oiría delirar, la temía un poco, 
porque Pomposa no era boba y había leído mucho, 

LA QUIJOTITA. — 153, 



PS 



610 PENSADOR MEXICANO 

aunque sin orden ni elección; pero le sobraba labia para 
aturdir á los menos avisados, y así me nombró por su 
defensor i ti jwctorc, y cuando se fueron las dos solas me 
hizo seña que la siguiera. Yo cumplí su gusto con 
prontitud, porque tenía complacencia en oir las produc- 
ciones de Pomposa. 

Luego que estuvimos solos, dijo Pudenciana á su 
prima: 

— Conque, niña, cuc'ntame: ¿cómo te ha ido de 
espanto? — Fatalmente, hermana; ¿cómo quieres que 
me vayaV ¿Te parece cosa de juguete ver al diablo? — 
Ya se ve que no; ¿pero qué, tú lo viste? — Toma si lo vi, 
y todo entero. — ¡Ay, qué feo será! — Endemoniado, niña. 
Míralo tú con su cabeza de cochino, sus cuernos de toro, 
sus zancas de chivo y su rabo de mono. — Muy despacio 
lo estuviste mirando, según la descripción que me haces. 
— Apenas lo vi en un abrir y cerrar de ojos, porque luego 
luego me envolví la cabeza y empecé á gritar á papá con 
todas mis fuerzas; pero en aquel instante se me quedó 
en la imaginación su abominable figura del modo que te 
la he pintado. 

— ¡Ya se ve, prima, que como tú eres viva, fué fácil 
que se te quedara en la imaginación 1 y más que, según 
nos contó tía María, lo viste otra noche. — ¡Ay, niña, 
ojalá no lo hubiera visto! y luego, para rematar la cosa, 
ya te contarían lo de los golpes que oí en mi cabecera, 






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OBRAS ESCOGIDAS 611 

^ue no sé cómo no me he vuelto loca del susto. — Y con 
razón, niña, decía Pudenciana; pero mira, esos golpes 
lal vez los darían en la vecindad de atrás. — ¡Qué vecindad 
ni qué nada I si la pared de esa recámara cae al patio del 
mesón, donde no hay gente ni puede haberla, y mucho 
menos á tal hora. — Pues siendo así, prima, ¿á qué 
^podremos atribuir esos espantos? — ¡Ay, hermana de mi 
alma I ¿á qué los hemos de atribuir sino á avisos y parti- 
culares inspiraciones del cielo? Así lo juzgó mamá y yo 
también. 

— Puede ser así, decía Pudenciana, y eso creo que 
se conoce mejor por los efectos, según dice mi padre. 

— Pues si en eso se conoce, avisos han sido, y muy 
seguros; porque ha sido tal el susto que hemos llevado, 
que ya no queremos prestarnos á los alborotos del 
mundo. Mi madre y yo nos hemos ido á confesar; las 
tertulias de casa se han suspendido y yo he reformado 
mi traje y mi vida enteramente. 

— Yo me alegro, hermana, de esa mudanza de 
costumbres tan repentina. Lo que le has de pedir á Dios 
es la perseverancia, porque suelen algunas conversiones 
como la tuya ser sólo llamaradas de petate, que tan 
pronto se encienden como se apagan. 

— Así serán: pero la mía no es de esas, gracias á 
Dios. Cada día me siento más robusta para seguir el 
camino de la virtud. ¿Mas quién no lo ha de seguir, al 



.,— r^.VlA,., -*•■ 



612 



PENSADOR MEXICANO 



considerar que esta triste vida no es otra cosa sino una 
cadena de desgracias (jue nos rodea por todas partes? 
¿Qur son los placeres del mundo sino aparentes bujías 
que nos deslumhran para no ver las eternas verdades? 
Las mayores satisfacciones (jue tú y yo podemos apetecer 
en nuestra edad, ¿qué son sino unos encantos tan lison- 
jeros como vanos? Es verdad que sus apariencias son 
brillantes, pero su resplandor es de oropel, sin una gota 
de sólido valor; y si no advierte, Pudenciana, si todos 
los dones de la naturaleza y la fortuna, reunidos en una 
sola persona, serán capaces de proporcionarle aquella 
sólida felicidad á que aspira su corazón, si éste no se 
halla trancjuilizado con la gracia. 

Todo lo tuvo Salomón: juventud, hermosura, salud, 
riquezas, talento, poder y una multitud de bellezas que 
lo adornaban. ¿Quién debía juzgarse más feliz entre los 
mortales? Todos lo tenían por tal, menos él mismo que 
registraba su corazón, y hallándolo desabrido en el centro 
de los placeres, hubo de conocer que todos ellos eran 
vanidad de vanidades, tormentos y aíiicción de espíritu. 

Pues si esto pasó á Salomón, ¿qué deberé yo esperar 
cuando estoy tan distante de verme en el colmo de la 
dicha en que él se vio? No es preciso que conozca lo que 
es el mundo, cuáles sus deleites, cuáles sus esperanzas y 
cuál el premio que se prepara á sus secuaces. 

Yo, prima mía, estoy convencida de estas verdades 



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OBRAS ESCOGIDAS 613 



y no quiero ya hacerme sorda á los divinos llamamientos. 
Los de estas noches han sido muy eficaces y sobrenatu- 
rales para ser desatendidos, y así á lo que aspiro es á 
resarcir de alguna manera tanto tiempo como he perdido 
disipada con las bagatelas del mundo; y como al paso 
que temo el infierno y quiero entablar una vida cristiana, 
conozco cuan difícil puede ser esto en mi edad y en medio 
de las concurrencias del siglo, estoy pensando separarme 
de él enteramente. 

— ¿Y de qué modo has pensado esa separación? 
decía Pudenciana. 

— En eso está mi duda, eso es en lo que yo vacilo, 
contestó Pomposa. Dos caminos se me ofrecen para 
retirarme del mundo v en los dos hallo mil dificultades 
que vencer. El Monasterio y el Yermo son seguramente 
dos asilos contra los peligros 'de una sociedad corrompida 
como la nuestra; pero se necesita mucha madurez en la 
elección. 

Los conventos son sin duda unos planteles de virtud; 
pero en éstos hay muchas personas enclaustradas, no 
todas con vocación, no todas por su gusto, no todas 
perfectas, y todas humanas, miserables y con pasiones 
que á cada instante se rebelan. De esto se sigue que son 
como indispensables algunos chismes, rivalidades, envi- 
dias, disgustos y otros defectos, que si no impiden el 
Hí^gar á la perfección alguna vez, detienen ciertamente á 

LA QÜIJOTITA.— 154. 



614 PENSADJR MEXICANO 

(juien desea llegar pronto á semejante estado. Es muy 
difícil osclavituar la voluntad al gusto de los superiores, 
y más difícil conformar el propio genio con el ajeno, 
hacerse á todos los pareceres sin hipocresía, condescender 
con diversas opiniones sin delinquir contra la ley y 
luchar contra nuestros naturales sentimientos. 

(Alando no haya otra cosa en los claustros, yo sé 
bien que no faltan estos crisoles en que afirmar una 
virtud perfecta, pues donde hay muchas monjas, niñas 
y mozas ó ci'iadas de servicio, hay sociedad, y donde hay 
sociedad hay peligro. En conclusión: en los conventos 
'hay su mundo, y en el mundo, cualquiera (jue sea, hay 
mil riesgos, (|ue son los que pretendo yo evitar. Por tanto, 
estoy por decidirme por el Yermo, y me parece que mi 
vocación es de ermitana. 

— Pero qué, ¿tendrás valor para ser ermitana? decía 
Pudenciana. 

— ¿Y por (|ué no? contestaba Pomposa. Es cierto 
(jue á los principios me espantará la soledad del campo, 
el triste ruido de los árboles, especialmente por la noche; 
me será desagradable hasta lo sumo la dureza de las 
peñas, lo insípido de las hierbas, lo obscuro de los valles, 
el rugido de los leones y la ninguna compañía de los 
mortales; sin contar con lo extraño que le será á este 
ruin cuerpo carecer de todas las comodidades que ha 
disfrutado, como son del gusto de su paladar, el abrigo y 



N.. 



OBRAS ESCOGIDAS 615 

lujo de las carnes, la molicie de su cama y la carencia de 
todos sus acostumbrados pasatiempos. 

¿Cuál debe ser, prima mía, el sentimiento que expe- 
rimentará mi espíritu al separarse para siempre de papá, 
de mamá, de mis tíos, de tí, de mis amigas y... (no te 
escandalices) de mis finos adoradores? ¡Oh! la separación 
de estos dulces y estrechísimos objetos de mi amor ha de 
ser el sacrificio más costoso que pueda hacer mi voluntad 
al Ser Supremo; pero ¿quó no se debe hacer por conse- 
guir el cielo? y así yo, desde esta hora, ermitaña me llamo 
y no otra cosa. 

— Pero qué, ¿tendrás valor para emprender un 
género de vida semejante? 

— ¿Y por qué no? ¿Soy yo de otra masa que fué 
Santa Rosalía? No por cierto: esta ilustre doncella era 
más joven, más tierna y delicada que tu prima, y tuvo 
bastante valor para salirse sola de su casa, abandonar el 
mundo y retirarse á la cueva de Quisquina; ¿por qué, 
pues, no tendré yo igual intrepidez para imitarla? 

— Es verdad, decía Pudenciana; pero esa princesa 
lué una heroína, y no todos tienen una misma firmeza 
ni una misma vocación ni auxilios. Mi papá dice que 
todos estamos muy expuestos á equivocarnos con nues- 
tras opiniones, y que en las mujeres los fervorosos y 
repentinos impulsos de devoción no suelen ser sino 
viarazas v efectos de una oculta soberbia refinada, con la 



616 



PENSADOR MEXICANO 



que se creen capaces de hacer lo más grande y mejor que 
han hecho los santos, inspirados particularmente por 
Dios; pero que en la realidad muchas acciones de sus 
siervos son más para admiradas que para seguidas, y yo 
creo (|ue la resolución de Santa Rosalía en salirse de su 
casa es una de ellas, v tú no debes imitarla sin una 
inspiración particular y con permiso de tu confesor. ¿Ya 
se lo has consultado? 

— Yo no, ¿para qur? si tengo ó no esas inspiracio- 
nes, yo lo sé. El confesor tal vez lo dudará y me impe- 
dirá poner en ejecución mis designios, ó porque no los 
crea justificados ó porque no tenga el mismo fervor con 
que yo me siento animada; y así, si me resolviere, yo 
sabré lo que he de hacer cuando sea tiempo. Pero dime, 
¿cuántos caballos tiene mi tío en su casa? 

— Dos, y el macho del mozo, respondió Pudenciana; 
mas ¿por qué haces esa pregunta? 

— Ya lo sabrás: y entretanto que Dios dispone lo 
que ha de ser de mí, te encargo mucho, y á usted tam- 
bién (me decía á mí) que reserven esto con el secreto 
conveniente; y tú, hermana, no tengas cuidado de tu 
prima, que ni será la primera mujer que habite en las 
soledades ni que se famih'arice en ellas con los ángeles. 

— ¡Ay! pues qué, Pomposita, ¿tú tienes esperanzas 
de familiarizarte con los ángeles? — ¿Y por qué no? si mi 
virtud se perfecciona, ¿qué embarazo tendrán los espíri- 



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CBRAS ESCOGIDAS 617 

tus celestiales para bajar á consolarme y confortarme en 
las asperezas de mi retiro? jOli! ¡con qué alegría no escu- 
charé, tendida sobre la verde hierba, los himnos y mote- 
tes que me cantarán los encendidos serafines, y con 
cuánto regocijo y humildad... 

Á este punto llegaba el delirio de Pomposa, cuando 
una criada entró á avisarnos que era hora de cenar, y 
los señores nos esperaban en la mesa. Con este motivo se 
deshizo nuestra tertulia v fuimos todos al comedor. 

Durante la cena, movió el coronel la conversación 
sobre los espantos anteriores. Todos los de la casa los 
afirmaron, asegurando que habían sido sobrenaturales y 
según como los pintó la pobre beata. El bueno de don 
Dionisio, aunque decía no haber visto nada, con todo 
esto, no tenía valor para negar lo que afirmaban su 
mujer y su hija. 

Así que se desahogaron á su gusto y contaron las 
patrañas que tenían en la cabeza, el coronel con mucha 
flema les dijo: 

— Ya ven ustedes todo eso, pues no hay nada. Toda 
no ha de pasar de alguna causa natural, que no se ha 
podido averiguar, ó acaso serán efectos de la acalorada 
fantasía de mi sobrina. 

— Tío, usted me dispense, dijo Pdmposa; pero yo 
puedo jurar que vi al diablo con estos mismos ojos con 
que veo á cuantos están aquí. 

LA gUIJOTlTA. — 155. 






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018 



PENSADOR MEXICANO 



— Yo no lo dudo, hija; mas tú sabes cuánto nos 
engañan los sentidos. Con esos mismos ojos ves los 
montes azules, una vara derecha torcida en el agua, 
ol sol del tamaño de una tortera ó comal fi^rande v las 
estrellas como unos pecjueños diamantes; y sin embargo 
de que así ves todos estos objetos, ninguno es como lo 
vos, sino enteramente distintos. Conque nada seguro es 
el testimonio de tus ojos, si es el único que tienes que 
alegar para (jue yo te crea. 

Hija mía, y usted, hermana, no se engañen ni fo- 
menten ese espíritu espantadizo y asombradizo. Nuestros 
sentidos nos fingen los objetos distintos de lo que son en 
sí muchas veces v nuestra fantasía nos alucina sin 
sentir, l-ista, más que los moldes, ha impreso ¡cuántas 
veces! milagros falsos y revelaciones apócril'as, de los 
cuales muchos están condenados por la Santa Iglesia, y 
otras todavía dudosas sin merecer su aprobación canó- 
nica. Las revelaciones de la madre Agreda son unas 
de ellas. 

Nuestra alma, encarcelada en la materia, padece 
como el cuerpo sus dolencias, y tal vez son sus enferme- 
dades inconcebibles ó incurables como las de éste. ¿Quién 
creerá que un general valiente, que no temía un gran 
número de enemigos patrocinados de la formidable arti- 
llería, temblase á la presencia de un ratón? ¿Quién se per- 
suadirá á que el célebre Tasso, hombre instruido, inge- 



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OBRAS ESCOGIDAS 619 

nioso y uno de los talentos que honraron la Italia, cre- 
yese que se le aparecía un espíritu sabio que lo ilustraba? 
¿A quién le cabrá en el juicio que el gran Pascal se 
persuadiese muchas ocasiones de que á su lado estaba 
un precipicio, y con tal vehemencia que aseguraba la 
silla y hacía poner tablones y otras cosas para no caer? 
Volvía en sí cuando sus amigos curaban con sus reíie- 
xiones su delirio; pero dejándolo, á poco volvía con el 
mismo. Nadie creería estas extravagancias de tales 
sabios si no las refirieran autores tan calificados de 
veraces entre los literatos, como son Blanchard y Mura- 
tori. Pues si unos hombres ilustrados, eruditos, estudio- 
sos, se dejaron preocupar de su imaginación tan fuerte- 
mente, que llegaron á ridiculizarse algunas veces, ¿qué 
mucho será que ustedes se engañen ó las engañe su 
misma fantasía? 

— Estos señores se engañarían, decía Kufrosina; 
pero mi hija no se engañó; en la segunda noche me 
parece que le vi los cuernos al enemigo. 

— No se preocupe usted, hermana, contestaba mi 
tutor; ni usted ni ella le han visto cuernos, ni cola, ni 
nada. Todo eso es histérico, hipocondría ó delirios, y no 
otra cosa. 

Don Dionisio siempre hacía el papel de mirón en 
estas escenas; no hablaba una palabra, fuérase por su 
poca instrucción ó por su mucha prudencia para no 






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620 



PENSADOR MEXICANO 



contradecir á su mujer; pero esta vez no pudo disimular; 
habló y dijo: 

— Ello es, hermano, que algo podrá ser de lo que 
usted dice; pero esta ocasión creo que no, y me Cundo en 
que las dos aseguran una misma cosa, y no es posible 
que la madre y la hija se histericaran ni deliraran á un 
mismo tiempo. 

— Pues señor don Dionisio, dijo el coronel, si ese es 
todo el fundamento que usted tiene, haga cuenta que 
nada vale, porque no hay una razón que la sostenga. 
No sólo es posible, sino muy natural que una señora 
pusilánime y preocupada como mi hermana, se intimi- 
dara y se persuadiera de que ve á los espectros que 
aseguraba mi sobrina. Msta so espantó, gritó y conmovió 
el espíritu asombradizo de su madre, la que, predispuesta 
(i creer que los diablos y muertos nos visitan cuando se 
les antoja, no dudó de la verdad de Pomposita ni se 
detuvo á examinar la causa de su espanto, sino que, llena 
del mismo susto, sólo trató de socorrerla, y tal vez en 
su fantasía se pintó algo de lo que dice. 

No me hace fuerza que haya tanta credulidad acerca 
de estos espantajos. Las malditas viejas con sus cuentos 
y patrañas acobardan á los niños, llenan sus cabezas de 
imágenes funestas y sombrías y los acostumbran, aun 
cuando tratan de divertirlos, á creer todo lo maravilloso, 
á lo divino y á lo humano, esto es, contándoles cuentos y 



•;^»^p- -.-..•■.; '7^5" 



OBRAS ESCOGIDAS 621 

ejemplos falsos. ¿Qué mucho es que estos niños, cuando 
grandes, crean con la mayor firmeza todas las boberías 
que aprendió su fantasía desde tiernos? Mucho cuidado 
tuve en apartar de Pudenciana estas viejas cuentistas 
y dañosas. ¡Qué sé yo si me habrá validol 

— No hay peor desgracia que llegar á vieja, señor 
don Rodrigo, dijo tía María muy enojada, jmire usted 
qué tema tiene con las viejas!... 

— Yo no lo digo por usted, señora... 

— No, ni lo diría usted, porque yo, aunque soy vieja, 
ni soy embustera ni soy tonta. Sé muy bien dónde me 
aprieta el zapato, y cuando cuento alguna cosa de espan- 
tos, ó los he leído, ó los he visto, ó me los han contado 
personas muy justas y fidedignas; pero usted nada cree; 
yo no he visto hombre más incrédulo, y con razón dudo 
vo si será cristiano de veras. 

— Sí lo soy por la gracia de nuestro Señor Jesu- 
cristo, respondió riéndose el coronel; soy cristiano, pero 
no muy bobo para creer cualquiera cosa. Estoy reñido 
con mil preocupaciones que corren bien recibidas en el 
^"'go, y los espantos son unas de ellas. 

— ¿Pues qué, no hay espantos, en resumidas cuentas? 

— Sí, los hay y muchos. El espanto no es sino una 
perturbación del ánimo que induce al temor más ó 
menos violento, y no hay ni un solo hombre que no se 
espante alguna vez, por valiente y despreocupado que 

LA «UIJOTITA. — 156. 



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022 



FENSAÜÜli MhXICANO 



sea. La diferencia es que el hombre de esta clase refrena 
su temor y hace lugar á la n Hexión sobre la causa que 
lo espanta en el mismo acto del susto; de lo que se sigue 
el desengaño, su serenidad, y la mayor dificultad que 
tiene para espantarse otra ocasi(')n con el mismo objeto y 
en ¡guales circunstancias. No así el preocupado cobarde; 
('^ste se espanta cada rato, ponjue sin examinar la cosa 
(jue lo asusta suelta la rienda á la pasión del temor, y 
entonces ó huye despavorido, ó se rinde á un desmayo, ó 
tal vez á la muiM'te, si su corazón es muy chico y la apa- 
riencia del espanto muy grande. En todos estos casos se 
le cierra la puerta al desengaño, el espantado queda 
tenazmente persuadido á que l'aé realidad lo que vio, y 
de aquí resulta que se vuelve incurable y más espanta- 
dizo cada día. Vean ustedes lo importante que es á los 
principios hacernos l'uerza para examinar la causa que 
nos espanta. 

— Mse es el cuento, decía la beata, que nos pudiéra- 
mos detener en el instante que nos asustamos. ¿Quién 
había de tener esa paciencia? Entonces era señal de que 
uno no se asustaba. 

— Pues, señora, el que se enseña á tener esa pacien- 
cia, aprende á no asustarse, porque llega á saber por 
experiencia propia (jue casi todos los espantos son efectos 
de nuestra imaginación dirigida por la ignorancia. 

— ¡Ahí ¿coníjue sólo los tontos se espantan? 



■.•íRP^-í.-: 



OBRAS ESCCGIÜAS 623 

— A lo menos son los más expuestos á espantarse y 
las mAs veces con Frioleras. 

— En dos palabras, hermano, decía doña I^ufrosinn; 
usted lo que quiere es hacernos creer que apenas hay 
milagros, y que los muertos y el demonio jamás se apa- 
recen á los hombres, ¿No es esto? 

— No tanto, hermana, pero muy cerca está usted de 
adivinarme. Dios es poderoso para hacer muchos mila- 
gros; los ha hecho, hace y hará hasta el fin del mundo; 
pero no sin necesidad, á nuestro antojo, ni siempre que 
los apetecemos. El demonio y los cuerpos de los difuntos 
se han representado á la vista de hombres; pero muy 
raras veces, y fuera de las que nos aseguran las sagra- 
das letras, que son bien pocas, y de las que la Iglesia 
califica por ciertas, que no son muchas, las demás las 
tengo por patrañas y cuentos de viejas... 

— ¡Y dale con las viejas! Señor coronel, decía la 
beata, ¿qué les habrá usted visto á las viejas? Pues lo 
cierto es que usted ya no es muchacho, y tan burros hay 
entre las viejas como entre los viejos. 

— Esto está en opiniones, mi señora; mas esto no es 
del caso. Yo voy á ver si consigo convencer á ustedes en 
favor de mi opinión, para que no sean tan espantadizas. 
Diga usted, ol (¡iic croo fúcllmonto hi tntdtiíud do ospnnfos 
'¡lio se cuentan y se loen, no jmodo menos (juo scc un 
sf(crí/o(/n, po/'ffue so jorina un concopio mmj injurioso á 



"Tíf^rv 



■^Ti—'-^-Tr-, ^ii^ 



624 



PENSADOIl MEXICANO 



la l)ci(l(((l sujti'cina, n ciKindo ito lo culpetiws tan secera^ 
monte, o^ menester aaetnirar (¡no í's tonto de primera 
clase... ¡Vaya! no hay que arrugar las cejas; atienda 
usted: S¡ tuviera usted un hijo pequeñito, ¿se pondría de 
prop(')SÍto á espantarlo sabiendo que le había de resultar 
de esto un gran mal? 

— Seguramente no. — Menos permitiera usted que 
ios criados de su casa lo espantaran. — ¡Ya se ve que no! 
¿cómo se los había de permitir? — ¿Y se persuade usted á 
que habrá algún padre que así lo haga? — Es cosa que no 
puedo creer, porque semejante crueldad es ajena del 
amor de padre. — Pues bien; yo pienso que usted, her- 
mana, vive entendida en que Dios nos ama infinitamente 
más que el padre más tierno á sus hijos. — Así lo debo 
creer precisamente y lo creo en efecto. 

— Pues ahora se halla usted en el estrecho de con- 
fesar que el que cree esa multitud de espantos de demo- 
nios y apariciones de muertos que se cuentan entre el 
vulgo, ó es un necio que da entrada libre en su cabeza á 
estas farándulas, sin hacer el uso más mínimo de su 
raz<')n, ó es un impío que juzga á Dios capaz de cometer 
con sus criaturas la crueldad que no cometería un mortal 
miserable con sus hijos. ¿Qué dice usted? 

— Cierto que no sé qué responder; pero yo nunca 
he pensado de Dios de esa manera ni he tenido lugar, 
cuando me han espantado, para hacer esas rellexiones. 



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OBRAS ESCOGIDAS 625 

— Así lo creo, y en no hacerlas consiste la facilidad 
de espantarse y creer prodigios sobrenaturales á cada 
paso, á pesar de las verdades que sabemos de rutina. 
Usted sabe que Dios la ama infinitamente; pero cuando 
se asusta, no se acuerda para nada de este amor ni hace 
justicia á su inmensa bondad y misericordia. Sabe usted 
también que el Ser Supremo no hace milagros sin nece- 
sidad; pero ignora que para que el demonio ó un muerto 
se aparezcan es necesario que haga Dios dos milagros 
cuando menos: uno el de formar la apariencia de cuerpo 
sin materia, y el otro que resista este objeto terrible un 
espíritu tímido como el nuestro sin desamparar el cuerpo. 
Con esta ignorancia no es mucho que usted se presente á 
creer con la mayor facilidad todo lo que le cuenten acerca 
de esto, ni que, acostumbrada á semejante modo de 
juzgar, se asuste y se sorprenda con cualquier ruido, con 
cualquiera sombra extraña. 

— Pero, hermano, yo mil veces he leído y oído decir 
(jue los difuntos se han aparecido, especialmente á las 
almas buenas, para pedirles que hagan sufragios por ellos, 
y ya usted ve que estas apariciones han sido con necesi- 
dad y se deben tener por verdaderas. 

— Ya dije, hermana, de todos esos casos yo creeré 
los que la santa Iglesia haya aprobado por seguros, que 
son muy raros; los demás tóngolos por ilusiones de 
gentes melancólicas, pues no hallo un adarme de nece- 

LA QUUOTITA. — 157. 






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626 



PENSADOR MEXICANO 



sidad para que un muerto se aparezca á los vivos para 
pedir (jue manden decir una misa por su alma; que 
restituyan lo que él usurpó; que saquen dinero ente- 
rrado, ni que hagan otros encarguitos de esta clase. 

Además de esto, ¿no ha detenido usted alguna vez la 
consideración para advertir que todos los espantos de 
(jue hablamos se cuentan acaecidos en lugares lóbregos, 
sombríos, obscuros, de noche, á determinadas horas, 
cuando no tiene compañía el espantado, y casi siempre sin 
más fruto que el terroi' que deja en el ánimo? Pues todas 
estas ridiculas circunstancias no prueban otra cosa sino 
que todos los espantos son efecto de la cobardía ó igno- 
rancia de las gentes crédulas y espantadizas. 

¡Acaso el Señor de los ejércitos respetará ó temerá 
á los miserables móntales para no presentar á su vista los 
objetos con que los asusta, cuando se hallan acompa- 
ñadosV ¿Le inlundirá algún miramiento la presencia del 
sol ó de la luz, ó serán bastantes para detener sus 
designios las horas iluminadas por el día? Fuera un 
absurdo el pensar tan dependiente y limitado á todo un 
Dios. Pues semejante rellexión sería muy suficiente para 
calmar el terror en los espíritus demasiado febles. 

En efecto, si Dios quisiera que viésemos al demonio 
ó á un muerto, como dicen, fuérase para nuestra correc- 
ci«'»n, para nuestro castigo ó pai'a alguno de sus inexcru- 
lables designios; ¿no lo veríamos en la mitad del día, y 



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ODRAS ESCOGIDAS 627 

aunque estuviésemos rodeados de un ejército? Segura- 
mente: porque ¿quién se opondrá á la voluntad del Todo- 
poderoso? 

Muy acompañado estaba el sacrilego rey Baltasar, 
brindando en un suntuoso banquete en los vasos sagra- 
dos que su padre Nabucodonosor había robado del templo 
de Jerusalén, rodeado de sus mujeres y concubinas y de 
mil convidados, cuando apareció una espantosa mano 
que escribió en la pared estas terribles palabras: Maní', 
T/tcccl, l^liarcí^. 

— ¡Qué horror 1 ¿Y qué hizo el rey al ver la formida- 
ble mano? 

— I Qué había de hacer! se asustó de manera que se 
le inmutó el semblante; las rodillas le temblaban y se 
tocaban una con otra. Su pavor se aumentó cuando el 
joven Daniel le descifró las tales palabras, diciéndole que, 
en pena de sus idolatrías y sacrilegios, moriría, y su 
reino sería entregado á sus enemigos. Todo se cumplió 
según la exposición del Profeta; Baltasar murió esa 
misma noche, y los persas y medos se posesionaron de 
su reino. 

¿Ya ven ustedes qué caso tan terrible? Pues Dios, 
para cumplir su voluntad entonces, no tuvo que esperar 
que estuviera el rey solo, ni en lugar obscuro ni sombrío, 
ni que diera el relox las doce de la noche. Al instante 
que quiso se cumplió su decreto soberano, como se cum- 






f^T .y • -"i7^- V ~sV -^ ^.y > V Ly ' 



628 PENSADOR MEXICANO 

plirá eternamente. Conque debemos hacernos cargo de 
todas estas razones para no ser tan fáciles de creer la 
multitud de espantos que nos cuentan, y cuando ustedes 
gusten vamos á recogernos, porque ya las muchachas 
están durmiéndose. 

Se levantaron todos de la mesa, y el coronel con su 
familia se retiró á la recámara donde habían asustado á 
Pomposa; pero antes previno que todas las cosas se 
pusieran en su lugar y como siempre se habían puesto; 
que él había ido con deseos positivos de ver al diablo, y 
que estuviesen todos dispuestos para levantarse cuando 
los llamara, porque no excusaría esta diligencia si el 
pobre diablo tenía la bondad de visitarlo aquella noche 
y satisfacer su curiosidad como deseaba. Con esto se 
fueron las dos familias á sus respectivas recámaras. 

Don Dionisio se estuvo despierto platicando acerca 
de la instrucción de su concuño, con su mujer y con la 
beata, (jue decía: 

— Aquí donde ustedes me ven estoy muerta de 
miedo, porque el coronel no dejará de hacer una de las 
suyas. Yo no las tengo todas conmigo, y si este hombre 
no es hereje ó brujo ó cosa que lo valga, no hay ley en 
puercos rosillos. Sí, Dios me lo perdone; pero gente que 
no cree en milagros, que no tiene miedo al diablo y que 
se incomoda saliendo de su casa sólo por venirlo á ver, 
no puede ser nada buena. 






OBRAS ESCOGIDAS 629 

Así se entretenía esta familia, mientras el coronel 
se divertía con la suya, ponderando la sencillez de don 
Dionisio en creer, lo mismo que EulVosina y Pomposa, 
que había ésta visto al demonio. 

— Todo esto, añadía, es efecto de una educación 
abandonada á la ignorancia. Si desde niño hubieran 
persuadido á tu cuñado que todos esos espantos son 
cuentos de viejas, ahora, lejos de darles crédito, hubiera 
convencido de su falsedad á su mujer y á su hija. 

Pudenciana amenizó la conversación de sus padres, 
refiriéndoles por menor la fervorosa conversión de su 
prima, y lo decidida que estaba á ser ermitaña, harto 
confiada en que la visitarían los ángeles. 

Se reían los señores alegremente con este chiste, 
cuando, como á la hora de haberse acostado, dijo el coro- 
nel á su esposa: 

— ¿Ves, hija, la sombra que se acaba de ver en 
aquella pared? pues sin duda esa fué á la que puso nom- 
bre de diablo Pomposita. 

Doña Matilde y su hija se incorporaron en la cama, 
y vieron en efecto la dicha sombra no sin algún sustillo, 
porque hacía una figura bien extraña y se movía de 
cuando en cuando. 

— ¿Y qué será, papá? preguntó Pudenciana. 

— Eso es lo que hemos de examinar. Estense ahí 
quietas, yo me levantaré... Vamos, ya está analizada la 

LA gUIJOTITA. — 158. 



630 



PENSADOR MEXICANO 



causa de este espanto. Es bastante natural, lo mismo 
que yo la esperaba. Aguárdenme. Voy á llamar á esos 
buenos señores para que la vean. 

Sin perder tiempo se dirigió mi tutor á la recámara 
de don Dionisio, y oyéndolo hablar con su mujer, le 
dijo : 

— Vaya, hermano, levántese usted con los demás, 
y vengan á ver al diablo despacio, que ya nos hizo el 
lavor de venir. 

Al oir esto enmudeció don Dionisio, tembló Euí'ro- 
sina. Pomposa estuvo á pique de desmayarse y la tía 
María se persignaba sin cesar; pero por fin se levantaron 
todos á las repetidas instancias dol coronel, quien iba 
por delante^ y los demás lo seguían con pasos dete- 
nidos. 

Llegaron á la recámara, donde esperaban muy tran- 
(juilas Matilde y su hija. 

— ¿Es este el diablo que viste, Pomposita? preguntó 
don Rodrigo. 

— Sí, dijo ósta, toda temblando. 

— Pues no te asustes, salgamos á esta sala, y verás 
al enemigo malo, no en sombra, sino en su mismo 
cuerpo. 

Se resistía Pomposa y la beata la detenía estirándola 
del túnico para que no saliera; hasta que, tomándola 
su tío de la mano, la sacó rodeada de todos los suyos, 



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OBRAS ESCOGIDAS 631 

y poniéndola frente á un trípode, donde se ponía el agua 
manil y sobre el cual estaba echado un gato descomunal, 
le dijo: 

— He aquí, cobarde sobrina, el ridículo espectro que 
te ha espantado. Míralo, desengáñate, límpiate bien los 
ojos. Si quitas la veladora de este lugar y la pones aquí, 
ya no verás esta figura, sino otra diferente... A la prueba... 
¿Ves ahora lo que antes? 

— No, tío, ya varió la sombra enteramente de 
figura. 

— Pongamos la luz donde estaba y quitemos al 
gato... ¿Ves ahora sólo la sombra del trípode, banco 
ó como llamas este mueble? 

— Es verdad. 

— Pues ya ees ¡>a tente el engaño de fus ojos y el 
e(/i({coco de tu imaginación acalorada. 

No teniendo que replicar con una demostración tan 
evidente, callaron todos menos Eufrosina, que deseosa de 
sostener su opinión, dijo: 

— Es verdad que la sombra del aguamanil hacía en 
la pared una figura endemoniada; pero qué diremos de los 
golpes que se oyen en la recamarita?... 

— Vamos allá, los oiremos v examinaremos la causa. 

Fuimos en efecto y no tardamos en oirlos. A nadie 
(|uedó la menor duda de ellos. El coronel por una ventana 
inmediata se asomó á registrar la pared por defuera; pero 



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632 



PENSADOR MEXICANO 



como estaba la noclie muy obscura, no sacó por en- 
tonces otra cosa sino conl'usiones, pues ciertamente la 
pared estaba muy alta y nadie podía tocarla por aquel 
lugar. 

Cuando Euírosina, don Dionisio y Pomposa advir- 
tieron la perplejidad de don Rodrigo, cantaron su triunfo 
con el mayor orgullo. 

— Hermano , contra la experiencia no vale nada la 
filosofía más cavilosa, decía don Dionisio; ¡vaya! á ver, 
¿M qur causa natural podemos atribuir estos toques? 

— Si es gana, continuaba la tía María: ¡sobre que 
negar los espantos, es negar que hay estrellas en el cie- 
lo I Nada tienes que esperar para desengañarte, Eufro- 
sina. 

— Ya se ve que no. Aquí espantan, y mucho que 
espantan. Me mudara yo mañana, en cuanto Dios ama- 
nezca, aunque sea al hospicio de pobres, si no hallo casa. 
Tú, Dionisio, si no quieres, quédate aquí con tus criadas, 
que yo me iró con mi hija y con mi tía. 

— Sí, mamá: hará usted muy bien, porque ya acá 
se han anidado los espectros, duendes, fantasmas y vam- 
piros. Dios nos avisa, y es menester no hacernos sordos 
á sus voces. 

— Vamos, señores, dijo el coronel; todas esas son 
palabras al aire que nada valen. Yo insisto en que estos 
golpes no proceden sino de su causa natural, por más 



OBRAS ESCOGIDAS 633 

que ahora por la obscuridad de la noche no pueda 
señalarla; pero, hermano, hagamos un convenio, si usted 
quiere. 

— ¿Cuál es? 

— Este: si mañana les hago ver el origen de estos 
golpes, y el remedio para que no se vuelvan á oir, como 
no se oirán, en efecto, en la noche que sigue, pierde 
usted doce pesos que enviará á los pobres enfermos del 
hospital de San Juan de Dios; y si no lo puedo señalar, 
costeo el traspaso de la casa que tomen, el transporte de 
los muebles y el reemplazo de los que se quebraren en 
la mudada. ¿Qué dice usted? 

Una apuesta que proporcionaba tantas ventajas se 
admitió desde luego por don Dionisio, y nos fuimos á 
recoger. 

Al día siguiente se levantó bien temprano el coronel; 
fu(' ;'i la ventana, y no tardó en averiguar que la causa 
de los golpes era una armazón vieja de palo, que en 
algún tiempo fué farol y por su inutilidad se quedó 
abandonada y pendiente de un pie de gallo en la pared 
que había tenido corredor alguna vez y correspondía 
á la recamarita de doña Eufrosina. 

Este horrible vampiro, cuando lo movía el más 
Ügero viento, golpeaba sobre la pared y azoraba á cuantos 
tenían la desgracia de escucharlo, habiendo sido la 
primera nuestra ilustrada Pomposita, con la ocasión 

LA OUIJOTiTA. — 159, 



6.'U PENSADOR MEXICANO 

que se dijo de haber puesto su cama en aquella pieza, 
por huir del diabligato injerto en aguamanil. 

Luego que don Dionisio y su familia se levantaron, 
los llevó el coronel á la ventana, les mostró el duende 
fatal, suplió las veces del aire, sacudiéndolo con una 
caña larga y haciendo que oyeran los golpes que habían 
escuchado por la noche, y últimamente lo arrancó del 
palo, cayó al suelo, y les aseguró á las señoras que, 
vencido aquel liei-o vestiglo y su maldito compañero el 
gatidiablo, ya no volverían á espantarlas en aquella 
casa; y así (|ue se dejasen de pensar en mudada, en las 
que siempre se pierde algo, se rompen los muebles y 
se incomodan los dueños. 

Después de algunas objeciones triviales que hizo 
doña lOulVosina, y á cuyas soluciones dadas por el co- 
ronel no pudo responder, saltó el bueno de don Dio- 
nisio con una dificultad que no se debía esperar de su 
talento. 

— Bien está, hermano, dijo, (jue no haya duendes 
ni se aparezcan los muertos ni los diablos; pero usted 
no me negará que hay fantasmas, que eran los lomares 
de los antiguos. Estos avechuchos nocturnos existen sin 
duda entre nosotros, y la misma santa Iglesia pide á 
Dios que nos libre de ellos. 

— ¿Dónde, don Dionisio, dónde ha leído usted esas 
peticiones? 



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OBRAS ESCOGIDAS 635 

— ¿Cómo dónde? En un himno que comienza: To 
lucis ante iermintim, dice después: procrd rece, dant 
íiomnia, ct noctiuní pliantasmata (apártense lejos de 
nosotros los malos sueños y las fantasmas de la no- 
che). De esto se sigue muy bien que hay tales fan- 
tasmas. 

El coronel desengañó á don Dionisio ad virtiéndole 
(jue las fantasmas de que hablaba el himno eran de las 
que se forman en nuestra mente, y que podían ser pe- 
caminosas; que éstas pueden muy bien representarse 
entre sueños y excitar tal vez, aun habiendo despertado, 
malos pensamientos: como si á Pedro durmiendo se 
le representa la imagen de su enemigo (que es una 
verdadera fantasma), sueña que riñe con él y lo vence, 
y después de despierto se complace en esta soñada ven- 
ganza. 

Este caso y muchos semejantes explican cuá- 
les son las fantasmas ó figuras pintadas vivamente 
en la imaginación del que duerme, que pueden ser 
causa de que las pasiones se exalten y que despier- 
to peque. Por esta razón pide la Iglesia á Dios que 
nos libre de estas representaciones peligrosas, que por 
cuanto se forman en nuestra fantasía se llaman fan- 
tasmas. 

Con esto se concluyó la cuestión de los espantos, y 
nos despedimos, dejando un poco tranquilizadas á las 



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636 



PENSADOR MEXICANO 



señoras y un tanto convencidas de que el miedo y la 
ignorancia son los que asustan á los vulgares cada rato, 
y no el diablo ni los pobres muertos á quienes les levan- 
tan innumerables falsos testimonios. 







4. i 




CAPITULO XXIX 



En el que se refiere la peligrosa aventura en que se vio nuestra (juijotita 
por su fervorosa é imprudente virtud 



Sin embargo de que á favor del desengaño, ya no 

trató doña Euf'rosina de mudarse de su casa, no varió 

ella ni su hija el plan de su nueva vida, cosa que no dejó 

de extrañar al coronel; pero como su virtud no era so- 
la yuiJOTiTA. — 160. 



638 PENSADOR MEXICANO 

lida, bastardeó desde sus principios y llenó el extremo 
de la gazmoñería y ridiculez. 

No había fiesta de iglesia donde no concurrieran 
madre 6 hija, y se estaban en el templo hasta que se 
concluía la función y levantaban el petatito, como suelen 
decir. Por las tardes, luego que reposaban la comida, 
se vestían y marchaban para la iglesia, donde estaba el 
circular, y no volvían hasta (¡ue depositaban; de suerte 
que no paraban en casa, la cual ya se deja entender 
cómo andaría, abandonada del todo al cuidado ó descuido 
de los criados; ello es que don Dionisio no dejó de resen- 
tir el mal trato que recibía á causa de la vagabundería 
espiritual de su familia; pero no se atrevía á reconvenir, 
porque Eufrosina lo dominaba y él no sabía atacarse los 
calzones. 

Si el día se ocupaba tan santamente, la noche no se 
pasaba menos. Luego que eran las oraciones, se ence- 
rraba Eufrosina con su hija y la tía María, que desde la 
noche de la disputa con el coronel se hizo piedra en la 
casa, y se ponían á rezar el rosario y una cáfila de no- 
venas, cuya tarea duraba hasta después de las diez, 
y no podía durar menos, porque, ú más de cuatro ó 
cinco novenas que se solían rezar á un mismo tiempo, 
había otras devociones fijas que por ningún caso se 
omitían. 

Todos los días de la semana tenían sus rezos parti- 



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OBRAS ESCOGIDAS 639 

culares. El lunes se debía rezar á San Cayetano y á las 
ánimas benditas; el martes, á Señora Santa Ana y á 
San Antonio de Padua; el miércoles, á la Preciosa San- 
gre, etc., etc. 

Fuera de esto, había sus libritos que se rezaban por 
fechas, sin perjuicio de los diarios. Por ejemplo: día 1.", 
se rezaba á la Divina Providencia; día 7, á San Cayetano; 
día 8, á la Purísima; día 12, d la Santísima Virgen de 
Guadalupe; día 10, á San Juan Nepomuceno; día 19, á 
Señor San José; día 21, á San Luis Gonzaga; día 26, á 
Señora Santa Ana, y ¡qué sé yo qué más I 

No era lo malo que se rezara tanto, lo fatal era el 
modo con que se rezaba y las inconsecuencias que se 
originaban por esta imprudente y mal entendida devo- 
ción; porque el modo era rezar con mil interrupciones, 
lo que manifestaba la ninguna atención con que lo 
hacían. Doña Eufrosina llevaba siempre el coro, y era 
la que más interrumpía, pues durante un Padre nuestro 
preguntaba tres ó cuatro cosas y determinaba otras tan- 
tas; porque, por ejemplo, decía: — Padre nuestro, que 
estás en los cielos... Niña, ¿ya habrá venido tu padre? 
— ¡Quién sabe mamá! — Santificado sea el tu nombre .. 
Es que si ha venido, que le den chocolate... Vcn(ja d 
nos el tu reino... y avísale que sobre la cómoda está una 
carta que trajeron de casa don Jacobo. Uchjase tu colun- 
fad... Espanta al gato, no vaya á quebrar un vaso; asi 



640 



PENSAOnR MKXICAXO 



en la tierra como en el cielo. — ¿No era la devoción du 
Eutrosina extremadamente fervorosa? 

Como había dado orden de que nadie la visitara 
mientras rezaba, tenía don Dionisio que cumplimentar 
á sus amigas, que á los principios, ignorantes de la 
nueva extravagancia de EuíVosina, continuaban de cuan- 
do en cuando sus visitas, hasta que, mirando que se 
negaba, se retiraron poco á poco, tratándola de grosera 
ó incivil. 

Rabiaba don Dionisio con estas cosas; pero como 
era un marido afeminado, no tenía valor, según se ha 
dicho, para corregir á su mujer; y así se valió de que- 
jarse con mi tutor y suplicarle que persuadiera á su 
cuñada para que no fuera tan virtuosa. 

— La empresa es difícil, dijo el coronel; pero haga 
usted que mañana concurran á la mesa nuestros amigos 
y el licenciado, que con su genio jocoso puede contribuir 
á los deseos de usted. 

En efecto, al día siguiente fuimos cerca de las doce, 
hora en que no habían vuelto las señoritas de la iglesia, 
y ya las esperaban en su casa el cura, el señor Labín y 
el licenciado Narices. 

Mientras volvían, se trató de la extravagancia de las 
madamas, y cada uno prometió á don Dionisio hacer por 
su parte lo posible para ver si podían reducirlas á estarse 
en casa más y rezar menos. 



OBRAS ESCOGIDAS 641 

Llegaron por fin las señoritas, y después de las salu- 
taciones corrientes, se desnudaron el traje de la calle y se 
pusieron á platicar con sus visitas. 

— ¿Conque de dónde bueno, madamas? preguntó el 
coronel. 

— De la Merced, hermano, contestó Eufrosina. Es- 
taba la iglesia hecha una gloria, como que hoy es el día 
de nuestra Santa Madre. Nosotros fuimos á comulgar, 
oimos ocho misas en un instante, venimos á desayu- 
narnos y nos volvimos á la función, que ha estado muy 
famosa, especialmente el sermón que predicó el Padre 
presentado N.: ¡ya se ve, como que es divino el frai- 
lecitol 

— Todo habrá estado según usted lo dice; lo que no 
puedo entender es cómo oyeron ocho misas en un ins- 
tante, pues por ligeras que se digan se necesita para oirías 
algo más de tres horas. 

— Pues nosotras las oimos en una, porque las oimos 
todas á un tiempo. 

— Es decir, hermana, que no oyeron ninguna, y que 
si hubiera sido hoy día de precepto no cumplen con él 
probablemente y se quedan sin misa. 

— ¿Y por qué? ■ 

— Porque para oir misa como se debe es necesaria 
la atención exterior é interior, esto es, la del espíritu y la 
del cuerpo. A la primera faltan, no sólo los que van al 

LA QUUOTITA. — 161. 



r'iv ;:•*_:..' 



■ ;:-~'t"'^ 



642 PENSADOR MEXICANO 

templo á divertirse con los que entran ó salen, á pintar á 
ésta, á dibujar á la otra, á jugar con el abanico ó el palito, 
ni á distraerse en conversaciones muy ajenas de aquel 
santo lugar, sino cuantos no están con la modestia debida, 
particularmente al tiempo del tremendo sacrificio; y ya 
usted verá que estando volviendo la cara á ('ste y al otro 
lugar y haciendo visajes con ocasión de querer oir A un 
tiempo muchas misas, no sólo se l'alta á esta atención 
exterior, mas también es causa de que falten á ella los 
que se divierten con estas gentes visajeras. 

Asimismo faltan á la atención interior, pues que- 
riendo meditar en tantas cosas cuantas significan las 
diversas acciones que muchos sacerdotes hacen sobre el 
altar, no meditan en ninguna. No me crea usted á mí; 
oiga cómo so explica el doctor don Joaquín Lorenzo Villa- 
nueva en su tratadito que escribió de La /'cccrcncia con 
(¡nc se (loho asistii' (t la misa. Dice pues: «El que oye 
muchas misas á un tiempo, ó atiende á las varias acciones 
de ellas, ó no. Si no atiende á esto, ¿en qué funda la 
mayor ganancia? Si atiende á esto, la misma variedad, 
como decíamos, le ha de distraer precisamente; porque 
cuando una misa está en el Credo, la otra está á la eleva- 
ción de la hostia, la otra en la sumpción y la otra en la 
bendición, ¿quién tiene cabeza para pensar á un mismo 
tiempo con atención y devoción en tantas y tan varías 
cosas?... 



OBRAS ESCOGIDAS 643 

»Aun esto se verá más claro, s¡ atendemos á la disci- 
plina antigua de la Iglesia, según la cual no era permitido 
que en un mismo templo se celebrasen á un tiempo 
muchas misas. En los seis primeros siglos de la cris- 
tiandad, y aun más adelante, sola una misa se podía 
celebrar diariamente en cada iglesia, ó más bien en cada 
pueblo, aun cuando hubiese en él varios templos fuera 
de la catedral ó parroquia. Notorio es el rito observado 
por los griegos de celebrar todos los presbíteros, junta- 
mente con el obispo. Ochenta presbíteros, según la norma 
de la reducción hecha por el emperador Heraclio, cele- 
braban juntos un solo sacrificio en la iglesia mayor de 
Constantinopla. Esto prueba que en los primeros siglos 
de la Iglesia, y después de la paz que el Señor le envió 
por medio de Constantino, no se decían á un tiempo 
muchas misas en un mismo templo. Y si en algún caso 
de solemnidad ó de gran concurso eran necesarias más 
misas, se celebraban una después de otra, como se lee en 
la segunda carta de San León á Dióscoro. 

»Y aunque en esto ha variado la disciplina, por justas 
causas que debemos todos venerar, el espíritu de la 
Iglesia siempre es y será el mismo, según el cual los 
antiguos Padres tenían por desorden distraer, con la cele- 
bración de muchas misas juntas en una misma Iglesia, al 
pueblo que en ella se congregaba. Sabían que las colectas 
de los fieles se celebran para unir las oraciones de todos; 



■é 



644 PENSADOR MEXICANO 

para íbrmar de los gemidos de muchos un solo gemido, 
de muchas voces una sola voz, de muchas adoraciones 
una adoración sola, que con suave y poderosa eficacia 
incline el pecho benigno de Dios á que nos haga mer- 
cedes. 

»Coníbrme á esta costumbre había en la Iglesia otra 
no menos antigua, de no consentir en cada templo sino 
un solo altar, la cual observaron los latinos hasta el 
siglo VII, y aun hoy día conservan los abisinios, mosco- 
vitas v orientales.» 

— Se cansa usted en vano, señor coronel, dijo el 
Licenciado, porque estas señoras rezanderas son las más 
tontas y las que menos entienden su religión. Reniego yo 
de todas estas beatas exteriores. 

— Reniego yo de usted, demonio de hablador, con- 
testó prontamente doña Eufrosina; ¿siempre ha de ser 
usted en contra de nosotras? Para usted no halla medio 
una mujer. Si es alegre, si baila ó se pasea, dice que es 
libertina, loca y disipada; si por el contrario es devota y 
recogida, luego la califica de beata, tonta y devota 
exterior, (^.onque ¿qué haremos las mujeres para agradar 
á este malvado Nariguetas y libertarnos de su lengua 
venenosa? 

— Fácil es la respuesta, decía el Licenciado; lo que 
hay que hacer es ser alegres sin coquetería, l'rancas sin 
locura, virtuosas sin hipocresía y devotas sin supersti- 



•=-"> 



OBRAS ESCOGIDAS 645 

ción; pero como yo no he conocido ni una mujer que 
tenga tantas recomendables circunstancias, sino todas 
ellas malas por un camino, peores por otro y detestables 
por todos, cargaría mi conciencia si hablara bien de las 
mujeres... ¿qué es hablar? si pensara siquiera que había 
ni una sola buena; sí, ni una sola entre cuantas el sol 
calienta; antes tengo entendido, y en esta fe y creencia 
protesto vivir y morir, que vosotras sois la canalla peor 
de todo el mundo y sois lo mismo hoy que seis mil años 
hace. Es decir, que siempre habéis sido malas, malísimas 
y peores de lo que parecisteis á Ovidio, á Séneca, á 
Cátulo, á Horacio, á Virgilio, á Tíbulo, á Propercio y á 
cuantos autores antiguos y modernos han mal empleado 
el tiempo y sus plumas en hacer vuestros parecidísimos 
retratos... 

— ¡Ya escampa, hermano! dijo Eufrosina; ¿qué le 
parece á usted y cómo honra este deslenguado á las 
mujeres? Muy agraviado lo tienen sin duda. ¡Ya se ve! 
¿Quién ha de apetecer á usted, demonio, tan viejo, tan feo 
y tan hablador? Bien que usted sabe cuándo y con qué 
mujeres se explica de ese modo. Sólo acá y con nos- 
otras; á fe que con Pachita la huera, con la marque- 
sita de... con la hija del contador y con otras así, todo 
se vuelve usted mieles y zalamerías... adulador, em- 
bustero. 

— Es verdad que á esas señoras las trato con lo que 

LA QUUOTITA. — 162. 



."I. • 



646 PENSADOR MEXICANO 

llaman política, respondía el Licenciado; pero eso es por- 
que las quiero menos que á usted. 

— ¿Conque á quien quiere usted más le dice más 
claridades? 

— Sí, á quien estimo de veras siempre trato de ha- 
blarle la verdad, y si puedo procuro sacarlo de sus 
errores. 

— ¿Pues en qué errores me ve metida? Yo no me 
tengo por ilustrada ni por sabia; pero tampoco soy muy 
ignorante: sé muy bien dónde me aprieta el zapato; si ya 
no es que usted tiene por error el que yo y mi hija nos 
hayamos separado de las tertulias y bureos, el que fre- 
cuentemos los templos, el que confesemos, que rece- 
mos... en fin, el que tratemos de mudar de vida y 
buscar á Dios. 

— No, no, señora, decía el licenciado; yo no puedo 
calificar por yerro la virtud. Todo eso que usted dice es 
muy bueno, cuando se hace como se debe hacer; pero 
cuando no, cuando un humor extravagante y no la 
gracia divina nos hace parecer virtuosos, entonces nues- 
tra devoción es falsa, no merece otro nombre que el de 
gazmoficría, y por consiguiente nos hace incurrir en mil 
errores. Usted y otras beatas como usted creen que la 
virtud consiste en no quebrantai* los mandamientos des- 
caradamente, en rezar mucho, en ir á las iglesias donde 
hay música y en ser insociables, fanáticas y simples. 



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OBRAS ESCOGIDAS 647 

Persuadidas con estos bellísimos principios, quebrantan 
en uno todos los preceptos del Decálogo, se hacen unas 
hipócritas alucinadas, unas vagabundas de iglesias, sem- 
piternas habladoras de virtud, odiosas á los suyos y 
despreciables á la misma sociedad en que viven. No es 
ésta una pintura exagerada de nuestras beatas, es un 
retrato fidelísimo de ellas. Yo no veo por ahí otra cosa 
que viejas y aun mozas aturdidas que hacen consistir la 
virtud en meras exterioridades, al tiempo mismo que 
ignoran cuál es su religión y el grado de obligación que 
les imponen sus suaves preceptos. 

Yo pudiera decirle á usted mucho sobre esto; pero 
sé que no me ha de oir con gusto; y así, sólo le digo que 
cumpla exactamente los diez preceptos del Decálogo, y 
no hará poco; cumpla con las obligaciones de su estado; 
conforme su voluntad con la de Dios, y créame que será 
verdadera virtuosa, su devoción será legítima y no con- 
trahecha, y aunque no rece una novena en su vida, se 
salvará lo mismo que San Pedro; mas si, por el contrario, 
usted no cuida de observar los preceptos de nuestra ley 
divina, si se desentiende de las obligaciones que le impone 
su estado, si sólo quiere hacer su gusto por capricho, sin 
sujetarse al dictamen de un prudente director espiritual, 
incurrirá en mil errores pecaminosos, se obstinará en 
ellos, se hará una completa alucinada, faltará mil veces 
al amor de Dios y del prójimo, y de consiguiente, si 



648 



PENSADOR MEXICANO 



la sorprende la muerte en este infeliz estado, se irá 

á los profundos infiernos atestada de novenas, camán- 
dulas, escapularios, medallas, confesiones y comu- 
niones. 

No crea usted que estas son mis cosas, como usted 
dice; son cosas muy ciertas é infalibles. La falsa devo- 
ción, especialmente entre las mujeres, es muy común: 
sois extremosas, no hay remedio; si dais en malas, el 
mismo Barrabás no os iguala, y si dais en parecer 
buenas... en parecerlo digo, entiéndame usted, si dais en 
esto, sois supersticiosas, exteriores, monas y ridiculas 

hasta no más... ¡Fuego, y qué sexo tan endiantrado es el 

• 

vuestro, que con dificultad se contiene en los medios, 

sino (jue casi siempre declina hacia los extremos I Ten 
cuidado, Dionisio; ten cuidado con tu mujer ahora que 
aparenta santidad. Ya sabes, ¿eh? ya sabes que de estas 
que no comen miel, libre Dios nuestros panales. El diablo 
son estas santurronas, falsas devotas y verdaderas hipó- 
critas; cuenta con ellas. 

— ¡No fuera malo que usted la tuviera con su lengua; 
mordaz, faceto, malcriado!... 

Así se explicaba doña Eufrosina, llena de enojo 
contra el licenciado Narices; pero éste con mucha sorna 
le decía: 

— ¿Qué tal? ¿me engaño en mi juicio, señoritas? ¿Ve 
usted y qué pronto se le exalta la bilis y cómo se des- 



OBRAS ESCOGIDAS 649 

ahoga de la manera que puede contra mí? Pues á fe que 
ese enojo ¡maldita la prueba que hace de la virtud de 
usted I El mismo día que ha comulgado se irrita contra 
quien le da una lección moral, lo mismo que si le hiciera 
un agravio. ¡Comuniones, ¡ah! rezos, novenas, trisagios, 
jubileos, visitas de cinco altares, oración mental, etc. etc.; 
pero la soberbia en su lugar, el rencor con el prójimo lo 
mismo, y todo lo demás ídem compuesto de is! Esto se 
llama, señora, traer el rosario al cuello y el diablo en la 
capilla. 

— ¡Qué buen predicador va usted saliendo I Yo creía 
que sólo mi cuñado tenía esa gracia. 

— No, mi señora, yo también la tengo cuando quiero. 
Sé predicar; pero lo peor es que para usted predico en 
desierto. Tú,' Dionisio, hijo, que me escuchas con tu 
acostumbrada calma, penétrate de mis razones; no te 
dejes alucinar de tu santa mujer; ponte los calzones; haz 
que cumpla con sus obligaciones; que atienda, que cuide 
de su casa y de sus criados; que no sea mitotera ni vaga- 
bunda á lo divino; y si no se reduce por bien, palo con 
ella, que buenos lomos tiene... 

— ¡Miren qué maldito Nariguetas! decía Eufrosina 
montada en rabia; ¡groserón, malcriado, indecentel Todas 
las cosas de usted se le parecen; ¡miren qué consejos tan 
endiablados le da á Dionisio! ¡Ya se guardará de tomarlos! 
Sí, ¡pobre de él, si el diablo lo tentara á impedirme mi 

ul quijotíta. — 163. 



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650 PENSADOR MEXICANO 

gusto, ni tocarme un pelo, que buenas uñas tengo para 
defenderme en ese casol 

Apenas dejó de reñir doña Mufrosina, cuando tomó 
la palabra la tía doña María, y dijo: 

— No hay (jue hacer; los tiempos están perdidos; ya 
no solamente faltan los buenos cristianos de marras, sino 
que se enfurecen contra los que quieren serlo. ¡Si digo 
yo que este señor Licenciado, con perdón de ustedes, ó 
es hereje ó no le faltan dos deditosl Abrenuncio: ¡Dios 
me libre de estos sabiondos del inñerno! salvo sea el 
lugar... 

Diciendo esto, se persignaba muy seguido. 

Cosquillas le hacían al Licenciado con estas cosas, y 
más se reía cuando, para coronar la fiesta, dijo Pom- 
posila: 

— Mamá, tía, cállense la boca; no hay que incomo- 
darse demasiado con este buen señor, que Dios perdone, 
así como debemos perdonarlo. Jamás han faltado en el 
mundo perseguidores sangrientos de la virtud. ¡Qué 
baldones, qué injurias y denuestos no sufrieron por ella 
los Franciscos de Asís, los de Borja, los Juanes de Dios, 
los Estanislaos Kostkas I . . . pero ¡qué más! al Maestro de 
la virtud, á la misma Santidad, á Jesucristo, ¿no lo trata- 
ron de hechicero y sublevador de la república,^ sometida 
al imperio del César romano? ¿y por estas execrables 
calumnias no lo hicieron morir en una cruz? ¿Pues qué 



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OBRAS ESCOGIDAS 651 

hay que admirarnos de que este caballero nos insulte por 
esta misma causa? Lo que debemos hacer es seguir 
impávidas con paso firme el camino comenzado, sin 
escuchar los silbos de las serpientes ni los cantos de las 
sirenas de este mundo. Armémonos, mamá y tía mía; 
armémonos de fortaleza en el Señor, y digámosle siempre, 
con el Santo Profeta rey, que nos libre del hombre inicuo 
y engañoso, ab Jiominc inicuo cí doloso lihcra me, acor- 
dándonos con el profano Horacio de que el que quiere 
llegar á la meta ó término de la carrera tiene que sufrir 
y vencer mil obstáculos. 

Esto es, señores, lo que me parece conveniente decir 
á ustedes en descargo de mi conciencia; pues, no porque 
presuma enseñar á ninguno, no, ¡Dios me libre de seme- 
jante presunción I está mi humildad muy lejos de esta 
arrogancia, soy harto frágil, soy polvo deleznable, soy la 
tierra que todos pisan; pero como humana, me lastiman 
las injurias hechas á mi mamá; sin embargo, yo por mi 
parte las perdono. 

El discurso pedante é hipócrita de Pomposa hubiera 
seguido, si diera lugar el Licenciado con su risa burlona, 
que fué tanta, que no pudiendo refrenarla, se levantó 
de la mesa y se fué á tirar á un canapé, apretán- 
dose la barriga, lo que aumentó la cólera de nuestras 
beatas. 

Pomposita y su madre se retiraron enojadas, y la tía 



ívrv 



652 PENSADOR MEX;CANO 

doña María también se levantó de la mesa rezongando 
unas cuantas blasfemias contra el risueño Licenciado, y se 
marchó sin decir: ahí quedan las llaves. Don Dionisio se 
manifestó avergonzado por el poco fruto que sacó de su 
preparativo; doña Matilde y Pudenciana se afligían al 
contemplar el grado de delirio de sus deudas; el padre 
don Jaime decía que eran humoradas pasajeras: el 
coronel todo lo escuchaba con prudencia; pero Narices, 
después que se cansó de reir, dijo á don Dionisio: 

— No pienses, amigo, que hemos logrado poco; ellas 
van como perro con cohete en la cola, ardiendo contra 
mí; pero van espantadas de que les he sacado á plaza su 
hipocresía, y lo peor es que no es otra cosa. No te fíes de 
tu mujer ahora, y menos de tu hija. Sábete que cuando 
yo ora colegial tuve unos amorcillos puramente platónicos 
con una muchacha inocente y á la que su madre tenía en 
gran concepto de virtuosa; pero no obstante, se iba á 
almorzar conmigo á la Alameda con una prima suya cada 
vez que yo quería; y ¿cuál piensas que era el pretexto 
con que salían de casa? No otro sino el de que iban ;i 
confesarse y á comulgar. De manera que si yo hubiera 
sido más tunante ó ellas más locas sucede una avería 
bajo unos pretextos muy engañosos. Conque no te des- 
cuides. 

El coronel apoyaba con la cabeza el consejo del 
Licenciado, y doña Matilde, cansada de esta crítica contra 



1 . 



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OBRAS ESCOGIDAS 653 

SU hermana, trató de que nos recogiéramos á la siesta, lo 
que hicimos cada uno según su gusto. 

Tres horas habrían pasado, cuando estando tomando 
chocolate en la sala, entró una criada diciendo: 

— Señores, el paje dice que han matado los caballos 
á la niña. 

Fácil es concebir el efecto que causaría en todos 
semejante noticia. Sorprendímonos, bajamos al patio, 
entramos á la caballeriza y encontramos á Pomposita 
privada en brazos del lacayo, con unas tijeras en una 
mano y un manojo de cerdas en la otra; el caballo azorado 
todavía y sin un pelo en la crin ni en la cola, nos hubiera 
sido un objeto de risa si lo permitiera la triste situación 
de Pomposa, á quien subieron las señoras á la recámara, 
y habiendo llamado al médico á toda prisa, le proporcio- 
naron los remedios oportunos. 

Entretanto que Eul'rosina, la tía vieja, doña Matilde 
y Pudenciana, con lágrimas, gritos y apretones de manos 
aplicaban á la enferma las medicinas que el médico 
ordenó, el cuitado de don Dionisio se desgreñaba y 
pateaba en la caballeriza al ver á su caballo tan mal 
parado, ignorando la causa de semejante fechoría. El 
lacayo, aturdido con las amenazas del amo, no sabía qué 
decir, pues en realidad el pobre no vio entrar á la niña y 
sólo acudió á favorecerla al ruido de las coces del caballo 
\ del fuerte grito de Pomposa. 

LA yUlJOTITA.— 164. 



054 PENSADOR MEXICANO 

Sin embargo de todo esto, no se aquietaba dor> 
Dionisio; lo hizo encerrar en un cuarto, con intención 
de matarlo á palos si averiguaba (jue había estado en él 
la culpa. 

Así que calmó un poco su primera cólera, subió á 
ver á su hija, á la que halló enteramente buena, pues 
más Tur el susto (jue el daño (jue recibió. Entonces le 
preguntó quión había tuzado á su caballo, porque si había 
sido el lacayo le iba d dar tanto palo que de su casa iría 
al hospital y de éste á la sepultura. 

— Aunque me ahorquen, decía, aunque me ahorquen, 
esta infamia no la perdonaré en mi vida. 

Pomposita, agitada por su conciencia escrupulosa, 
le dijo que el muchacho no tenía la culpa; que ella 
había trasquilado al caballo porque no le alcanzaban las 
cerdas que le había llevado su tía doña María para hacer 
su ciMcio; pero que si había hecho mucho mal en esto, 
suplicaba el perdón humildemente. 

Cuando don Dionisio se impuso á fondo de que su 
hija había sido la autora de semejante daño, poco le faltó 
para afianzarla y darla una tunda como la merecía;, 
pero se contuvo por el respeto de su cuñado y los demás 
señores. 

— Vean ustedes, decía: ¡haberme perdido esta mal- 
dita muchacha un caballo tan lindo y generoso que me 
costó trescientos pesos! ¡Voto ál... 



OBRAS ESCOGIDAS 655 

— No te aflijas tanto, decía el Licenciado disimulando 
la risa; para todo hay remedio en esta vida. 

— Pero para esto no; 4qu(^ remedio puedo haber para 
que le nazcan las crines y la cola á mi caballo, cuando 
esta diablo le tuz() enteramente, y está tan feo que ya no 
queda para otra cosa sino para echarlo á la carga? 
¡Que no te hubieran matado, condenada, (jue bien lo 
merecías! 

— jVamos, hombre, no te apures! continuaba ti 
Licenciado, dime: ¿no hay quien haga cabelleras y cas- 
(juetes para los calvos y tinosos? pues ¿por (|ué no habrá 
quien haga crines y colas para los caballos tuzados? Se 
harán, se harán, y yo me encargo de ello. Buscaremos 
un caballo de igual pelo, lo compraremos, se tuzará, 
y con sus crines y cola se suplirán las que le faltan al 
retinto. 

Algo se serenó don Dionisio con este consejo, á cuya 
serenidad procuraron todos concurrir del mejor modo que 
pudieron. Pomposita, así que vio á su padre tan enojado, 
tomó el partido de fingirse más adolorida del estómago 
para indultarse del castigo que aún esperaba; se le repi- 
tieron los remedios, y á poco rato de su nueva con- 
valecencia se despidieron todos y se retiraron á sus 
casas. 

¿Qui^n no se persuadirá á que Pomposa, escarmen- 
tada con este lance en que pudo haber peligrado su vida. 



656 



PENSADOR MEXICANO 



se dejaría de sus ridículos fervores? Pues no fué así; su 
vocación no estaba pegada con oblea; era muy tenaz en 
sus proyectos, y así emprendió otro que le salió más 
caro que el antecedente, como se verá en el capítulo 
(jue sigue. 




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CAPITULO XXX 



k \ 



Fn el que se sigue tratando de la santidad de Pomposa, y su heroica resolución 

de ser ermítaña 



Había dado Pomposa en que era santa y que para 
liacer milagros no le faltaba sino vivir en el Yermo. 
La vieja beata con sus elogios y cuentos la alucinaba 
más cada día; nuestra devota visionaria, que no nece- 
sitaba mucha espuela, creyó que el demonio, temeroso 



de la guerra que ella le había de hacer en el desierto, 

i,A yuiJOTiTÁ. — 1G5. 



1- ' _ :- ¿* ■• 



058 



PENSADOR MEXICANO 



se empeñaba en eludir sus buenas intenciones, y así, 
resuelta á vencer al enemigo á toda costa, se decía: 

— ¿Qav te detiene, Pomposa, qué te asusta, qué 
te acobarda para no caminar por donde las delicadas 
Rosalías y Genovevas? El enemigo de las almas se opone 
á tus santas intenciones, es verdad; pero ¿no sabes que, 
como dice San Pedro, el demonio es un león que ruje 
y da vueltas alrededor de nosotros buscando á quien 
tragarse, si no se le resiste con la le? ¿Pues á qué 
esperas, desgraciada? Resistencia, resistencia es lo que 
ahora conviene y no otra cosa. ¿Qué me detiene para 
ser ermitafia? Todo lo tengo: cilicios, disciplinas, cer- 
das, santo cristo, novenas, libros devotos, ampolleta y 
calavera. Estoy prevenida de todo como las vírgenes 
prudentes, c.^/níc jKU'ad (estad prevenidos); pues ¿qué 
hago aquí envuelta en las delicias del siglo y expuesta 
á mancillar mi virtud en medio de los peligros de este 
mundo falaz y lisonjero? No, ya no más dilación, ya 
no más temores, ya no más debilidad. Esto es hecho; 
el sacrificio prometido á mi Esposo es necesario con- 
sumarlo; él no será más terrible que el de Isaac ni más 
funesto que el de Jephté. Yo me voy al desierto en esta 
misma noche. ¡Adiós, mundo engañoso y miserable; 
adiós placeres venenosos, gustos acibarados, compañías 
y amistades perniciosas, aá\Cs para siempre I 

Dicho esto, tomó la pluma, escribió un papel y lo 



OBRAS ESCOGIDAS 659 

dejó sobre su almohada. Todo lo tenía listo; pero le 
acongojaba sobremanera acordarse que le faltaba saco, 
porque le parecía cosa muy extraña vivir en los páramos 
con túnico de moda; pero como no hay dificultad que 
no se venza en estos casos, se acordó de una carpeta 
vieja verde que estaba arrinconada en un ropero; inme- 
diatamente la marcó por saco, y diciendo y haciendo, 
se encerró en su cuarto, y del modo que pudo hizo un 
túnico bastante pesado y ridículo; previno su cajita, y á 
la noche, aprovechando un descuido de su madre y de 
las criadas, se desnudó de su ordinaria ropa, la dobló 
y la dejó sobre la cama, se vistió el saco verde, se soltó 
el pelo, se puso al cuello un crucifijo y en la cabeza 
una corona de flores de papel, tomó su cajita bajo del 
brazo y se marchó para la callo, con tan buena suerte 
(jue de ninguno de su casa fué sentida. 

Por fortuna la noche estaba obscura, los faroles 
unos opacos y otros apagados, y las calles inmediatas 
á su casa poco transitadas de gente, con lo que le fué 
fácil alejarse lo bastante hasta llegar á la pulquería que 
llaman de los Lo(/ai(os. Allí se ocultó mientras entraba 
más la noche, y cuando ya serían como las nueve de ella 
y no había por las calles sino tal cual patrulla y uno 
que otro guarda en su puesto, llena de miedo siguió . 
su camino hacia la garita de San Cosme, por donde, á 
merced de una graciosa aventura que proporcionó la 



,Í»AMÍÍJ1, 



660 



PENSADOR MEXICANO 



contingencia, salió á pesar del centinela, que en aquel 
tiempo guardaba el puesto con bastante escrupulosidad. 
Es el caso, que en una accesoria de las casas con- 
tiguas á la garita había muerto ese mismo día, y estaba 
tendida en un petate con cuatro velas, una muchacha 

que, como es costumbre con las doncellas, tenía su palma 
y corona de llores, esparcidas muchas de éstas sobre la 
mortaja. 

Los soldados de la numerosa guardia que cubría 
entonces aquel punto, ociosos todo el día, lo pasaban 
en las pulquerías y tabernas ó en las accesorias de las 
inmediaciones, donde contando sus aventuras y refiriendo 
sus í'azañas en las batallas que habían dado á los fran- 
ceses en España, pues que por la mayor parte eran 
de gachupines las tropas que destinaban A esos puestos, 
tenían embelesadas á las mujeres, que con la boca abierta 
escuchaban tantos prodigios de valor y sucesos tan 
variados, pagando su admiración con el bocadito á la 
hora de comer y con irse dejando seducir las muchachas, 
que no tenían á menos rendirse á los héroes á quienes se 
habían rendido las numerosas y aguerridas huestes de 
Napoleón Bonaparte. 

Esa tarde, como siempre, se introdujeron en la casa 
de la muerta algunos soldados, y entre ellos un gallego 
desmoralizado que no gustaba malgastar sus monedas en 
la vinatería, pues aunque aficionado á los sacrificios de 



xT-V 



OBRAS ESCOGIDAS 661 

Baco, jamás gastaba lo suyo y la pasaba con las largas 
libaciones á que lo convidaban sus camaradas, que lo 
querían por su genio rasgado y servicial. 

Mste, entre varias chocarrerías con que divertía a sus 
compañeros á costa de la di tunta, se dejó decir: 

— ¿Doncella? Sábelo Dios y ella... Como ser Santiajo 
de Jalicia, que he visto entrar en esta casa unos reve- 
rendos más rollizos que los jatos y comadrejas de su 
convento. 

Un lego íernandino español, que en un rincón de la 
accesoria estaba hincado rezando por la difunta (la que 
solía quitar la cuartilla de cualquiera cosa para dársela de 
limosna, cuando le presentaba para que besara la alcancía 
y el santo escapulario), al oir las demasías del soldado se 
levantó, y con voz campanuda le dijo: 

— De tnortuis niJiil nisi bene, paisano. Ya juzgados 
de Dios, el hombre debe suspender su juicio y dejar á los 
muertos que descansen en paz, no diciéndose de ellos 
sino cosas buenas. Yo os podría contar mil sucesos espan- 
tosos que han pasado á los poco respetuosos con los 
muertos, á quienes ha costado el juicio y aun la vida su 
imprudente manejo y el mal uso de su lengua. 

— Vos, padre, contestó el gallego, tal vez seréis el 
primer doliente y por eso defendéis á la difunta. 

— I Blasfemo I exclamó el lego, ¿ese respeto tienes al 
¿anto hábito que visto? A no ser por el servicio que 

LA QUIJOTITA. — 166. 



'j^iIiUatÍI^i \ •li^r.fc'íJi.v,..' _:-;>«i. -íÁv '. ^ . i^-sii t.^i.i-1, 



■■-■Trnf-' 



Cá\2 pensador mexicano 

prestas á la buena causa, yo te delataría á la Santa Inqui- 
sición, que te pondría á buen recaudo; pero no desconí'ío 
de que á tus solas y en el silencio de la noche te se repre- 
sentará la difunta á quien infamas y te hará arrepentir de 
tus demencias. 

Los soldados escuchaban el diálogo algo conmovidos, 
y la conversación rol(') después refiriendo cada uno los 
cuentos que sabían de muertos, de espantos, apariciones 
y demonios, sin olvidarse por supuesto del diablo, que 
se aparecía y aporreaba muchas noches al centinela de 
la sala del crimen en palacio, donde para perpetua 
memoria quedaban en la pared las señales de los tiros 
que habían dejado ir los centinelas en el acto de tan 
terrible lucha. 

En estas conversaciones pasaron el tiempo que siguió 
despurs que salieron de la accesoria de la muerta, hasta 
despurs del toque de las oraciones, que llamaron por su 
turno á los que debían hacer su cuarto de centinela, 
después de alzarse el puente levadizo y de cerrarse las 
puertas. 

Mn la principal fué donde le tocó á nuestro gallego, 
que por las pláticas anteriores tenía la fantasía llena de 
espectros y fantasmas, de muertos y diablos aparecidos. 
En la soledad y obscuridad de la noche cada sombra le 
parecía un demonio, y cada ruido, por ligero que fuese, 
creía que lo ocasionaban los pasos lentos y mesurados de 






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OBRAS ESCOGIDAS 663 

algún difunto que venía á vengar á su compañera, la que 
estaba tendida en la accesoria, ó tal vez ella misma, según 
le había profetizado el lego, amenazándolo para el tiempo 
silencioso de la noche. 

MI, para distraerse, comenzaba á cantar la jota ú otro 
de los sonecitos que eran familiares á sus camaradas; 
pero ninguno acababa, porque á pesar de sus esfuerzos 
no se borraban de su imaginación los espantos y las 
amenazas del fraile. 

Pasando entre el susto y la congoja la mayor parte 
de las dos horas que debía durar su cuarto, y sin atre- 
verse á llamar á alguno de sus camaradas, porque no 
conociesen su miedo y lo tildasen de cobarde, siendo para 
lo sucesivo el blanco de sus groseras burlas. 

Estaba ya para concluirse su tiempo, cuando dieron 
las nueve, hora en que, bajándose el puente levadizo, se 
dejaban pasar las gentes que viviendo fuera de cortadura 
se habían demorado en la ciudad por sus negocios y tenían 
que retirarse á sus casas. Se hizo como siempre, y el 
gallego tuvo unos momentos de distracción con los que 
pasaban, olvidándose de los espantos; pero después de 
un cuarto de hora que ya nadie transitaba por allí, á 
pesar de no haberse aún levantado el puente, ^cuál sería 
su sorpresa y espanto al ver que se le acercaba á pasos 
lentos una mujer vestida, según le pareció, de su mortaja, 
con un santo cristo colgado al cuello, y su corona de 



kXÍÍ' ¿^^itml^ ' ---.•*_',L,. v:-"--- *tí '■^^-'•'-1'. 



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6()4 PENSADOR MEXICANO 

flores ajadas y deslucidas, como podía distinguirse á los 
pálidos rayos de la luna que comenzaba á salir? Le tem- 
blaban las rodillas, y siguiendo hacia él la aparición, sin 
vacilar sus imperturbables movimientos, llegó á la puerta 
y pasó junto al centinela, que no pudiendo sufrir más, 
ofuscado su entendimiento y desfallecidas sus fuerzas, 
cayó al suelo sin articular más que con voz debilitada y 
temblorosa: 

— ¿Quién... vive?... 

Bien sea porque á prevención hubiese preparado su 
fusil, ó por el golpe, se disparó un tiro que alarmó á toda 
la guardia, é inmediatamente acudieron todos los soldados 
en tropel á su socorro, sin haberse dilatado más tiempo 
que el necesai'io para tomar sus armas; pero ya Pom- 
posita en el traje de ermitaña, que era la visión ó la 
muerta que se le figuró al centinela, había pasado el 
puente, y acelerado tanto el paso desde que oyó tan inme- 
diato el tiro del lusil, que á la sombra de los edificios y 
de los árboles no fué observada por los soldados, que sin 
duda la habrían encontrado si la hubiesen seguido; pero 
no dando otra razón el centinela postrado en el suelo sino 
que se le había aparecido la muerta de la accesoria, unos 
soldados asombrados creyeron que esta aparición era la 
profetizada por el lego fernandino, y otros, menos crédu- 
los, atribuían la especie á la imaginación y falta de valor 
del camarada, á quien dirigían más de una satirilla. 



•' Vwil». 



-■??.• 



OBRAS ESCOGIDAS 665 

Relevado el centinela, lo llevaron sus compañeros, 
para que se desengañase, á la accesoria del velorio, y 
estaba allí tendida la doncella difunta sin dar muestras 
de haberse levantado para nada. A su vista volvieron á 
turbarse los sentidos del gallego, y jurando por Sanliajo 
que era la misma que se le había aparecido en el loso, 
se cayó privado, y al día siguiente, según después se 
supo, lo llevaron con fiebre al Hospital de San Andrés. 

Libre ya la Quijotita ermitaña del temor de que la 
persiguiesen, tomó la dirección al rumbo de Chapultepec, 
sin acordarse que allí había otro grueso destacamento 
que, no sólo le impediría la entrada en el bosque, sino 
que poniendo los soldados á riesgo su honor y su virtud, 
la mandarían seguramente á la calle de la Canoa, ó á 
un buen componer á su casa, con lo que se habrían frus- 
trado sus deseos, dando fin á sus aventuras. 

Guando había caminado más de una hora le ocu- 
rrieron todas estas refiexiones, y mudando de rumbo se 
echó á andar por esos campos de Dios, hasta que, después 
de cuatro horas largas de viaje, cayendo y levantando, se 
encontró en una barranca llena de maleza, que dividía 
las peladas lomas de un páramo desierto, donde á la luz 
de la luna no distinguió ni choza ni jacal que le indicase 
ser habitado de los hombres. Y habiendo elegido el lugar 
más lleno de matorrales donde había unos cuantos árboles 
que la defendiesen de la inclemencia de las estaciones, des- 

\.\ q;;:jot.ta. — 167. 



6()() PENSADOR MEXICANO 

lallecida y fatigada de tanto andar, se tiró al pie de un 
tronco, y allí sola, triste, cansada, muerta de hambre y 
llena del pavor que le infundía la lóbrega perspectiva del 
campo á tales horas, se entregó á las más melancólicas 
meditaciones. Allí lloró y maldijo mil veces su inconsi- 
deración; allí ¿e arrepintió de su imprudencia; allí pro- 
puso volverse á otro día á la casa paterna como otro 
hijo pródigo; pero allí también reprendió su cobardía 
y falta de firmeza; allí atribuyó al demonio los efectos de 
la naturaleza; allí se avergonzó de su inconstancia, y 
allí, por último, determinó morir entre las fieras del 
campo, antes que dar que decir á los que sabían que ya 
á aquella hora era ermitaña y verdadera sierva de Dios. 
Absorta con estas imaginaciones, un sueño irresis- 
tible se apoderó de sus miembros y contra su voluntad 
se (|uedó dormida. Pero dejémosla en esta violenta 
(juietud, mientras volvemos á la casa de sus padres 
y los vemos buscando á su hija, envueltos en la mayor 
allicción, la que creció cuando, después de registrar 
su cuarto, sólo hallaron toda su ropa bien doblada, 
el ropero intacto y una carta sobre la almohada que 
decía : 

^Padres y señores míos: Vuestra hija se aparta de 
vosotros para seguir al Crucificado: mi vocación es de 
ermitaña y yo debo seguirla. Sé que con esto os des- 



OBRAS ESCOGIDAS 667 

agrado; pero ¿qué importa, si así agrado á mi Esposo? 
Diréis que os desprecio; mas no importa que lo digáis, 
si es por esta causa: escrito está que el que no desprecia 
ó aborrece á su padre y á su madre por el Señor no será 
digno de VX; y así yo, sin aborreceros ni despreciaros, os 
dejo, os olvido y os abandono. Con el espíritu con que el 
casto José dejó la capa en manos de su corrompida 
seductora, así os dejo. Adiós, padres míos; obrad con 
justicia hasta la celeste Sión, donde nos daremos el ósculo 
sagrado de la paz. Su amante hija 

Pomposa Langaiu to.» 

El prudente lector considerará cuál sería el senti- 
miento de los padres de esta niña, cuáles sus temores y 
cuántas las diligencias que harían por su hallazgo; pero 
todo fué en vano, pues aunque los criados corrieron por 
las calles de la ciudad, aunque los mismos viejos andu- 
vieron por las casas de sus conocimientos y empeñaron 
á los guardas con promesas, todo fué inútil: Pomposita 
dormía tranquilamente en su barracón y sobre la dura 
tierra, lo mismo que en su casa y sobre una mullida 
cama. Tanta es la fuerza del sueño en una joven. 

Aún siguiera durmiendo si no se levantara por su 
desgracia una violenta tempestad, á cuyos repetidos 
truenos despertó nuestra devota ermitaña con bastante 
susto, el que se aumentaba á proporción que menudeaban 






6G8 PENSADOR MEXICAiNO 

los relámpagos mezclados con algunos rayos, que en 
aquellos lugares resonaban terriblemente. 

Mas hasta aquí sólo el ruido infundía pavor á Pom- 
posita; pero cuando siguió un fuertísimo aguacero y no 
tenía dónde refugiarse, cayó su ánimo en la más funesta 
languidez. 

Sin embargo, su locura le sugirió recursos para 
sostenerse en medio de su temor. Creyó que su virtud 
era bastante para hacer (jue la tempestad se serenara; y 
así, abriendo su caja, sacó sus cilicios y una disciplina 
de pita; se puso aquéllos muy poco apretados, porque no 
se reventaran las cintas, y se dio unos cuantos discipli- 
nazos suavemente y sobre el saco verde, que no se quitó 
por la honestidad, tan necesaria en aquel lugar y á tales 
horas. 

Su fervorosa penitencia fuó tan eficaz en su concepto, 
que á poco rato se despejó el cielo de nubes, cesó la 
tempestad y volvieron á parecer las estrellas y la luna 
aún más brillantes que al principio de la noche, entonces, 
delirando con mayor vehemencia, atribuyó el natural 
desahogo de las nubes á un milagro patente, hecho por 
los influjos de su espantosa penitencia, y después que 
cantó no sé qué cosa en acción dé gracias al Criador, se 
postró sobre la cajita con intención de orar, por si expe- 
rimentaba algunos éxtasis ó deliquios divinos. 

Pero estando en esta postura, cuando hacía su com- 



.*r.«n' 



OBRAS ESCOGIDAS 6()9 

posición de lugar, oyó... ¡rálfjamc Dios // lo (¡iic oijó! 
oifú (¡no la calar ora <¡uo eti la cajiia so /noria palpahlo- 
inonlo, según su frase, no sólo se movía, sino que rítillaha 
lio ruando on cuando. 

El cabello se le erizó á nuestra nueva visionaria; la 
sangre se le heló y circulaba en sus venas con mucha 
lentitud; sus miembros se laxaron; faltó en sus piernas 
la firmeza para sostener su máquina desfallecida, y repi- 
tiendo la calavera sus vueltas y chillidos, se abatió su 
pspíritu del todo y cayó al suelo privada de sentido. 

Así permaneció hasta las cinco de la mañana, hora 
en que pasó junto á ella ud indio carbonero, acompañado 
de un muchacho y con una muía cargada de carbón, que 
traían á vender á México. Al ver á la aturdida ermitaña 
tirada en el suelo, empapada, con su saco verde, el pelo 
suelto y la disciplina en la mano, se sorprendieron, 
creyendo que estaba muerta, y ya trataban de pasarse de 
¡argo; pero la buena fisonomía de Pomposa obligó al indio 
\¡ejoá verla de cerca, y entonces, advirtiendo que res- 
piraba, se compadeció de ella, y apretándole el estó- 
mago lo mejor que pudo, la hizo volver en sí. 

Apenas abrió los ojos Pomposita cuando, creyendo 
<|ue los dos tiznados carboneros eran algunos ángeles 
que habían bajado de los cielos ú socorrerla, clavó la 
vista en la tierra, se arrodilló, cruzó las manos sobre el 
pecho y con una voz muy descaecida les decía: 

LA gUIJOTITA. — 168. 



■ I-. t«lr>^ il- - - ^-t- ■'-' ••' iiiii >^-' - ' ..■•■.•\. ^=-^.'\ ^.-^ .» r 



OJO l'ENSADÜll Mt:XIGA\Ü 

— Paraninfos sagrados, soberanas inteligencias, que 
en alas de los mansos ccfirillos habéis descendido del 
Olimpo para restituirme la tranquilidad antigua; yo me 
postro ante vuestra laz resplandeciente, os doy gracias, y 
os suplico no me desamparéis en mi corta peregrinación, 
pues temo (|ue en estos páramos me sorprenda la muerte 
cuando menos lo piense, como asalta el facineroso ladrón 
é. los descuidados caminantes. 

El pobi-e indio, que no entendió de estos despropósitos 
sino las últimas palabras de ladrón, muerte y caminantes, 
creyó (jue nuestra beata ó había perdido el juicio ó pen- 
saba que él era ladrón que la quería matar, y que por 
esto se había hincado á suplicarle (jue la dejase viva; y 
así para satisfacerla le decía: — Amo /(((//'on, nicKjrc, a/no 
ia^jron: que era decirle en un mal castellano y mexicano: 
— No soy ladrón, madre, no soy ladrón. — Pero como 
Pomposa no sabía que ffmo en idioma mexicano quiere 
decir no, creyó que el carbonero decía que amaba á los 
ladrones, y arrebatada de su ardiente caridad, después de 
haber vuelto en sí de su primer disparatado juicio y 
conociendo que eran cai-boneros los que le parecieron 
ángeles, les decía: — No, hijos, no améis á los ladrones, 
porque os pervertiréis y seréis unos de ellos, cuni per- 

Los indios, al oir esta jerga, se acabaron de persuadir 
á que la tal niña estaba loca, y así trataron de llevarla á 



OBRAS ESCOGIDAS 671 

SU casa, que estaba á la salida de la barranca, lo que no 
les fué difícil conseguir. 

En el jacal ó triste choza del indio estaba su mujer 
haciendo el desayuno que acostumbran, cuando entró el 
carbonero, su hijo y la ridicula ermitaña. La india, luego 
que la vio, quiso correr, pensando que era muerta, 
fantasma ó cosa mala, como sucedió al centinela de la 
garita de San Cosme; pero su marido la contuvo, dicién- 
dole en su idioma que no temiera, que aquella pobre 
muchacha era una loquita (jue había encontrado en el 
camino, y que la cuidara, pues no se quedarían sin 
premio, respecto á que en aquella caja algo tenía: con 
esto se sosegó la india y la comenzó á agasajar en cuanto 
pudo. 

Lo primero que hizo fu(' desnudarla de la ropa 
mojada, vestirla con un (juíjí/hc/hcI y ¡tiícpi/i ác su uso, 
(¡ue estaban llenos de mugre y hechos pedazos, pero por 
fin estaban secos. Ya se deja entender qué figura tan 
extraña haría Pomposa hasta á sus mismos ojos, mas la 
necesidad á todo nos sujeta. 

Luego que estuvo vestida de india y su ropa puesta 
á asolear, se sentó con los carboneros y su patrona 
junto al tlcqtiil, y recibió de muy buena gana un jarro 
de atole y dos tortillas que le dieron, lo que depositó 
en su estómago sin ningún asco. Tal era el hambre 
que tenía. 



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672 PENSADOR MEXICANO 

Pero no tuvo igual conformidad para sobrellevar 
el nuevo traje mucho tiempo; porque cada rato se ras- 
caba no sin motivo y sacaba la mano habilitada de lo 
que no quisiera. Tanta guerra le dieron las impruden- 
tes sabandijas, que apenas se medio secó su poca ropa 
cuando se la puso húmeda y se acostó á dormir en un 
rincón. Los carboneros se fueron á vender su carbón 
y la india se puso á tejer un ceñidor. 

Mientras esto pasaba en el ¡aval, doña T^ufrosina 
estaba como se puede considerar con la pérdida de 
su hija. En toda la noche no durmió, y luego que salió 
el sol tomó la pluma y escribí»') una porci(')n de rotulo- 
nes. 

Ya los iba A mandar poner en las esquinas, cuando 
entró el coronel y leyó que decían así, ni más ni menos: 

<< Quien hubiere hallado una niña bonita como de 
quince años, que se extravió anoche como á la Oración 
de su casa, y se fuó en camisa y naguas blancas, ocurra 
á entregarla á mi casa y le daré un buen hallazgo.^ 

El coronel embarazó que se fijaran unos rotulones 
tan ridículos, que podían interpretar los maliciosos contra 
el honor de su sobrina; consoló á su cuñada y le dictó 
las mejores providencias para buscarla. 

Entretanto nuestra visionaria, á causa del aguacero 



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OBRAS ESCOGIDAS 673 

que había recibido y de la humedad que absorbió su 
cuerpo con la ropa mojada, se enfermó de fiebre grave- 
mente. Ese día no comió, á la noche se le encendió la 
calentura en términos que deliraba. Los indios se compa- 
decían de ella; pero en medio de su lástima abrieron la 
cajita, pensando hallar alguna cosa de provecho, y los 
infelices se consternaron mucho al ver lo despreciable 
que encerraba, llenándose de risa al ver que saltó por 
encima de todos un ratón. Este bicho era el que, por un 
agujero que tenía la caja vieja, se metió en ella; de ésta 
se pasó á la calavera donde chillaba y la movía, y así 
causó tal espanto á Pomposita. Este fué el parto de 
la calavera, como en otro tiempo el de los montes, un 
ridículo ratón. Casi todos los espantos tienen iguales 
principios. 

Los indios socorrieron á su peregrina según pudie- 
ron esa noche , pues no porque eran indios les faltaban 
los sentimientos de caridad. 

Al día siguiente, por una dicha de Pomposa, llamaron 
de la casa de doña Eufrosina al piadoso carbonero, y 
éste, por un efecto de comedimiento, les preguntó qué 
remedio sería bueno para una niña de razón ^ que 
estaba loca y con calentura. 

La novedad de la pregunta excitó la curiosidad de 



* Asi distinguen muchos injustamente á los indios de los españoles, llamando 
a éstos gente de razón, como si a<iuéllos no la tuvieran. 
LA gUIJOTITA. — 169. 



674 



PENSADOR MEXICANO 



Eul'rosina para indagar del carbonero tantas cosas, que 
al fin averiguó que la enferma era su hija. 

Kntonces hizo poner el coche, se fué con el carbo- 
nero con dirección á las lomas de Tacubaya y encontró 
á su hija, como se dirá en el capítulo que sigue. 





A^J'.ll. 



■.1 



CAPITULO XXXI 



Hallazgo de la ermita ña Quijotita, y peregrino desenlace de su santidad 

y la de su madre 



Entre contenta y asustada subió al coche doña Eufro- 
sina con su marido, creyendo hallar á su hija verdadera- 
mente loca, según lo que le había contado el carbonero. 

Luego que llegaron á la miserable choza de éste, se 
apearon y entraron á buscarla. 



A^-' 



-v.yr 



676 PENSADOR MEXICANO 

No es menester ponderar cuál sería el sentimiento 
de ambos al verla con su saco verde, tirada en un petate, 
ardiendo en calentura y delirando. Los gritos, llanto y 
exclamaciones de su madre eran tales, que los po- 
bres indios se enternecieron y también comenzaron á 
llorar. 

Finalmente, la abrigaron, la subieron al coche, dieron 
una buena gala á los indios y poco á poco la condujeron 
á su casa. 

Sin pérdida de tiempo vino el médico, y se trató de 
curarla con el mayor esmero. 

Por fortuna se comenzó á restablecer hasta que 
quedó fuera de riesgo, aunque demasiado triste y 
débil. 

Doña Eufrosina, para que su hija no pensara otra 
vez en ser ermitaña, tiró á la calle los cilicios, cerdas, 
saco, disciplina, calavera y hasta la caja. 

No sólo hizo esto, sino que para quitarle toda ocasión 
de que volviese á prevaricar con la virtud, que de esta frase 
usaba, hizo un escrutinio de todos los libros que había en 
su casa, y habiendo recogido todos los piadosos y como 
quinientas novenas, se bajó al corral con ellos, llamó al 
lacayo, mandó hacer una hoguera, y cuando estaba bien 
encendida, los echó todos, diciendo: 

— ¡Id al fuego, pervertidores del talento de mi hija I 
I No, no más virtud en mi casa, no más encierro, no más 



■ '■■■ . . '■ ' •_■" ■>l;'r.'/ 



OBRAS ESCOGIDAS 677 

rezos! Desde este instante yo haré que vuelva á reinar 
en el corazón de nni hija la alegría, y que se divierta 
como siempre. "" 

Algo se escandalizó el lacayo con esta arenga; pero 
mucho más la beata, que la había estado observando 
desde la azotehuela; mas ninguno de los dos se atrevió á - 

embarazar la quemazón, porque conocían el genio intré- 
pido y dominante de Eufrosina. • 

lista cumplió fielmente sus promesas, pues luego í 

• *-'■.-' 
que Pomposita se fué mejorando, no cuidó de otra cosa i 

/■■•Ti 

sino de darle gusto en todo. Le hizo nuevos vestidos de 

toda moda, armó las antiguas tertulias, le permitió todo : 

desahogo con los jovencitos que la cortejaban y le con- 

sintió cuanto quiso. i 

No había fiestecita donde no la llevara; jamás faltaba 
á los toros, y al coliseo muy pocas noches; las amigas 'i 

. 11 

se multiplicaron sinnúmero, y todas la lisonjeaban á <-y- 

porfía, con lo que acabaron de corromper su corazón y ^ 

de llenar de vanidad su cabeza. 

Ya se deja entender que el desorden entró de asiento 
en la casa de don Dionisio, quien, tan acobardado por su ." 

mujer, no hacía más que gastar, contraer drogas y callar. 
En esto paró la desmedida virtud de doña Eufrosina y su 
buena hija; pero ¿qué otra cósase debe esperar de una 
devoción falsa y de una virtud aparente y mal entendida? 

El coronel y doña Matilde se tostaban con las locuras 

LA QUUOTITA. — 170. 



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678 PENSADOR MEXICANO 

de su hermana y sobrina; pero no quisieron meterse en 
advertirla, conociendo su capricho y que cualquiera opo- 
sición sería un estímulo para que lo hiciera peor. 

Pudenciana, por su parte, no dejaba de sentir ni de 
reir las extravagancias de sus parientas, y su padre sabía 
aprovecharse hasta de los vicios de EuCrosina y de Pom- 
posa para dar á su hija lecciones de virtud, que escu- 
chaba con amor, practicaba con cuidado y percibía con 
gusto su utilidad. 

Tuvo varios pretendientes: de todos y de cuanto le 
decían daba cuenta á sus padres, y éstos le dictaban cómo 
se debía manejar. Fácilmente discernía el coronel cuál 
era el carácter de cada uno, cuáles sus intenciones, cuál 
su conducta. Hacía ver á su hija que todo era siniestro, 
malo, inconveniente para ella, y los despedía sin senti- 
miento suyo y con la mayor docilidad. 

El primero de éstos que la solicitó fué un mocito 
azucarado y sin destino. Este le escribió una carta muy 
expresiva en la que la colmaba de alabanzas, y le asegu- 
raba su eterno amor y rendimiento. 

Ella puso el papel en manos de su padre, quien le 
dijo: 

— Todas las alabanzas que éste te hace no pasan de 
unas lisonjas estudiadas para rendir tu corazón sencillo, 
y esta es una verdad que bien la puedes conocer sin la 
mayor reflexión. Te dice que eres la más hermosa de 



OBRAS ESCOGIDAS 679 

cuantas hay, que eres una deidad, que eres un ángel, 
que tus mejillas son rosas, tus ojos soles, tu boca rubí, 
tus dientes perlas, tu cuello alabastro, tus cabellos hilos 
de oro, etc. Bien ves que todas estas expresiones son 
mentiras, pues eres una mujer humana como todas; que 
aunque no eres fea, no tienes una hermosura peregrina, 
y cuando no pudieras ó no quisieras confesar que es así, 
el espejo te haría conocerlo, por más que no lo confe- 
saras. 

Por lo que hace al imponderable amor que dice te 
tiene, y que al instante que te vio te adoró con la mayor 
pasión, es otra mentira vieja de que usa esta clase de 
amantes. Es muy difícil, por no decir imposible, apasio- 
narse de una mujer, por hermosa que sea, á la primera 
vista: ¿cómo creeremos esto, cuando se le dice á una 
mujer no muy hermosa y quizás aun fea si es rica? pues 
ello es que á todas se les dice. 

Por otra parte, los juramentos que te hace de que 
será tuyo hasta la muerte, son tan seguros como los que 
hace el jugador acabando de perder de que no volverá á 
tomar los naipes en su mano. En estos juramentos casi 
siempre interviene ó la ceguedad ó la malicia del que 
jura. Cuando están realmente apasionados ó ciegos por 
lo que aman, creen que jamás dejarán de amar á su ob- 
jeto, y así se lo aseguran sin mentir, pero engañados; 
pues apenas lo poseen, cuando su amor se entibia, y de 



680 PENSADOR MEXICANO 

la tibieza pasa al aborrecimiento cuando el amor no es 

puro. Por esto dice M. de la Rochetoucault que: «el 

amor es lo mismo que el luego, que no puede subsistir 

sin un movimiento continuo, y deja de vivir desde que 

deja de esperar ó de temer. » 

Cuando los amantes no juran por ceguedad, sino por 
malicia, ya se conoce su criminalidad; pero la mujer pru- 
dente debe estar alerta para no fiarse de semejantes pro- 
mesas en ambos casos, pues cualquier credulidad en ellas 
es funesta. 

Sobre los rendimientos y humillaciones con que es- 
criben los hombres, es menester que las niñas estén muy 
prevenidas. Generalmente todos son humildes cuando 
pretendientes, y por casualidad no son tiranos luego que 
poseen. Entonces, satisfecha la pasión ó el apetito, reco- 
nocen los defectos de la mujer; si son ligeros, ó los tole- 
ran con prudencia cuando son capaces de esta virtud, ó 
los aborrecen con la persona ; y si son graves, excitan 
todo su odio y su venganza. Conque ¡cuidado, hija! des- 
pide á este ocioso con verdad y sin descortesía, y no te 
fíes de papelitos tiernos, sino de acciones comedidas y de 
calificada hombría de bien. 

Por medio del secreto de comunicar Pudenciana los 
suyos con sus amorosos y prudentes padres, logró que 
no se burlara de ella ningún seductor y que su honra 
estuviese en su lugar; que aprendiendo á distinguir el 



o^ : . ' :'^ . 






OBRAS ESCOGIDAS 



681 



mérito de los hombres por la práctica, supiera por fin 
conocer quién la amaba con sinceridad ó quién con em- 
buste, y por este bien y considerado medio consiguió 
hacer su perpetua felicidad, como verá el lector si lee un 
poco más. 




LA QUIJOTITA. — 171. 






>>• - .■: v>T*^=ir- .- 




CAPÍTULO XXXII 



Juiciosa conducta del novio que se presentó á Pudenciana, y cordura con que ésta 
y sus padres se manejaron hasta verificarse el casamiento 



Entre cuantos aficionados tuvo Pudenciana logró la 
suerte de ser el preterido un don Modesto, natural de 
México, hombre noble, de arreglada conducta, bien em- 
pleado y verdaderamente bueno. 

Este sujeto, por principio de su pretensión, escribió 



jL¿í¿^^^£'(^iL<l>L;^2L^tí:J^- áÍLÍJ»£^'^' 



mj^ \^£a£^>Á;¿x^:*VL>T.£¿j;í^«£^ «kkk. , 



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684 



PENSADOR MEXICANO 



á Pudenciana una carta que por original conservo en^ 
la memoria. Djcíu así: 

«Señorita: Las bellas cualidades que recomiendan 
el mérito de V. me obligan á amarla. Yo deseara 
lograrla para mi única y perpetua compañera. — Mis 
deseos nada importan, si no agrado yo á V. como V. 
á mí. Para que me conozca y me trate, necesito visi- 
tarla, porque mi genio no se acomoda á solicitar su mana 
parándome en los zahuanes, rondando su calle, valión- 
dome de criadas ni de otros medios indecorosos á V. y á 
mí. Por tanto, estoy resuelto á ver á su papá de V. , á 
informarle de quién soy y á descubrirle mis inten- 
ciones; mas no daré un paso, antes que V. me diga 
si tiene vocación de religiosa; si, en caso contrario, está 
comprometida con otro, ó si es de su gusto ó no el que 
yo la visite con este fin. — Espero la respuesta de V. 
entendida de que no me pesará que se la dicte su padre, 
pues me conformaré con ella, sea cual fuere. — Entre- 
tanto, dé V. órdenes á su amante servidor, q. s. p. b. 

Modesto.» 



Al instante que Pudenciana recibió esta extraña 
carta, la puso en manos de su padre, quien no dejó de 
admirarse de su estilo; pero dijo á Pudenciana: 

— I Hija, si el carácter de este hombre y demás cua- 



OBRAS ESCOGIDAS 685 

üdades corresponden á lo que manifiesta su papel , sin 
duda que es un hombre de bien y digno de ser marido 
de una mujer virtuosa. En esta carta nada se lee que 
tenga visos de adulación, mentira ni malicia; la verdad 
la dictó y la escribió una mano firme y que no la ha 
dirigido la falsedad, la seducción ni la malicia. ¿Tú no 
lo conoces? 

— Yo no, papá. 

— ¿Jamás le has visto? 

— Jamás. 

— Esta es otra nueva circunstancia. Tú no puedes 
decidirte ni en su favor ni en su contra, supuesto que no 
lo conoces. Nada te mando en el particular; sobre tu 
inclinación haz lo que quisieres; díle que venga ó no; 
pero escríbele, pues una carta política no se debe dejar 
sin contestación por una niña, en siendo con permiso de 
sus padres. 

Pudenciana, muchacha naturalmente curiosa, obe- 
deció á su padre gustosísima, y contestó la carta en estos 
términos: 

«Muy señor mío: La política de V. exige que le 
diga que esta es su casa, y que puede visitar á mi papá, 
contando ya con su licencia, cuando guste... B. 1. m. 
de V. su atenta servidora, 

Pudenciana.» 

LA QÜHOTITA. — 172. 



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686 



PENSADOR MEXICANO 



Luego que don Modesto recibió la carta, fué á visi- 
tar al coronel, quien lo recibió con agrado, porque ni su 
figura ni su conversación le parecieron despreciables. El 
joven le hizo ver íjuién era, le manifestó los compro- 
bantes de su buen nacimiento, le dijo dónde vivía y como 
era absolutamente solo; que se ejercitaba en el comercio, 
y aunque su capital era corto, bastaba para sostener á 
una niña decente. 

A seguida le descubrió su corazón sin rodeos, sig- 
nificándole el amor que tenía á su hija y pidiéndosela 
para esposa, siempre que ella condescendiera. 

Esto lo dijo tan breve y con tanta gracia, que el 
coronel, no acertando á responderle en su estilo, sólo 
le dijo: 

— Me parece usted hombre de bien ; visite mi casa 
cuando (juiera, nos experimentaremos mutuamente, que- 
dando usted asegurado en mi palabra de que si merece 
á mi hija y ella lo ama, será suya. 

Con este pasaporte visitaba don Modesto la casa con 
frecuencia; á la frecuencia siguió la comunicación, á ésta 
la amistad v á la amistad el más tierno amor de Modesto 
y Pudcnciana. 

Cuando ambos estuvieron satisfechos de su buena y 
amorosa correspondencia, á un tiempo se declararon con 
el coronel v doña Matilde; los dos condescendieron con 
mucho gusto^ y se verificó el apetecido enlace, al que 



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OBRAS ESCOGIDAS 687 

asistieron doña Eufrosina, su marido, Pomposita y otras 
muchas personas. 

Pasados los días de la boda, pensando Modesto que 
le sería tan sensible á su mujer separarse de sus padres, 
-como á éstos desprenderse de ella, consultó con el coro- 
nel si quería que las dos familias vivieran juntas, pues 
á él, á más de las ventajas económicas que le resultaban, 
le sería muy lisonjero que Pudencianita estuviese con- 
tenta al lado de sus padres como siempre. 

Don Rodrigo agradeció mucho el buen afecto de su 
yerno, y le dijo que siguiera unos cuantos meses; pero 
que era conveniente que separara casa, para que su hija 
practicara, como esposa y cabeza de familia, las lecciones 
que le había enseñado acerca de esto, y que bien podía 
conciliarse la separación de las casas con la frecuencia 
con que debían ó desearían tratarse madre é hija, pues 
por fortuna, la casa de enfrente estaba desocupada, y si 
querían podían tomarla, y así vivirían todos juntos y 
separados. 

Modesto se conformó con el parecer de su suegro, 
y dentro tres días se mudaron, sin que Pudenciana ni 
su madre extrañaran la separación, por lo inmediatas 
que estaban. 

Se deja entender que los dos nuevos esposos vivían 
muy contentos, pues no tenían encima suegros, ni cosa 
alguna que les mortificara. 



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688 PENSADOR MEXICANO 

Entretanto Pomposita estaba rodeada de cortejos, 
unos que efectivamente la pretendían para esposa, y 
otros que aspiraban á su conquista sin buen fin; pero 
Pomposa se reía de todos igualmente. Sus gracias, su 
atractivo y, sobre todo, el tal cual lujo que veían en su 
casa, aumentaba cada día el número de sus adoradores. 
Los regalos que le hacían éstos eran pocos; mas los elo- 
gios eran infinitos y desmedidos. Ella se sabía aprove- 
char de los primeros y reirse de los segundos. 

Ninguna distinción hacía entre el tuno y el hombre 
de bien, y como que á nadie amaba, no advertía quién de 
sus amantes pensaba con su honor y quién no, á todos 
los trataba por un estilo. 

Su prima, la casada, que no dejaba de visitarla, pro- 
curaba con modo corregir sus locuras, y aun inspirarla 
inclinación al matrimonio. 

Una ocasión, tratando sobre esto, le dijo: 

— ¿En qué piensas, hermana, con admitir tantas vi- 
sitas en tu casa, y en manejarte con cuantos hombres te 
cortejan con tanta familiaridad ó llaneza? Ya entiendo que 
sólo tratarás de pasar el rato; pero cuando esto sea, sabe 
que pierde mucho tu reputación, pues ningún hombre de 
juicio te ha de apreciar ni tener en lo que eres, al ver 
que con todos bailas, con todos te chanceas y familiarizas 
demasiado por una parte, y por otra á ninguno te dedi- 
cas A agradar en lo particular, recibiendo además sin 



OBRAS ESCOGIDAS 689 

ninguna repugnancia los obsequios que te ofrecen. Yo 
he visto ya algunas como tú y he oído las honras que 
hacen de ellas los hombres; lo menos que dicen es 
que son unas locas estafadoras y chasqueras. Conque 
mira lo que haces. 

— Ya lo he visto, decía Pomposa; yo no llevo otro 
fin sino divertirme con los hombres, arrancándoles lo 
que pueda, hacerlos rabiar y echarlos noramala. 

— ¡Cierto que llevas unos fines santos! 

— Si no son santos á lo menos no son tan malicio- 
sos que no los lleven otras muchachas que hacen lo 
mismo que yo. Pero mira, Pudenciana, tú eres una 
tonta. ¿Habrá gusto como verse una muchacha rodeada 
de quince ó veinte adoradores, de quienes es el centro, 
el objeto y el imán? ¿Hay satisfacción más placentera 
que verse una mujer idolatrada á un mismo tiempo por 
muchos hombres? ¿Podrán tener nuestros oídos rato 
más agradable que cuando oyen que nos llaman bellas, 
ángeles y deidades? Alejandro, César, Pompeyo ni mil 
otros guerreros, ¿podrán gloriarse de valientes delante 
de una hermosa, que con sólo un mirar de este ó del 
otro modo alienta un corazón, rinde á éste, desmaya á 
aquél, desespera al otro y los humilla á todos? Y por 
último, ¿hay gloria, gusto ni satisfacción igual al de una 
bella, ante cuyo acatamiento doblan la rodilla los jóve- 
nes y los viejos, los pobres y los ricos, los plebeyos 

LA gUIJOTlTA. — 173. 



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690 



PENSADOR MEXICANO 



y nobles, muchas veces los príncipes y siempre los 
vasallos? 

Tú, hermana mía, tienes talento, y no negarás que 
es una verdad cuanto te digo; y supuesto que la co- 
nozcas y confieses, es menester que te violentes mucho 
para no concederme que obro con juicio manejándome 
como hasta aquí. El espejo es mi cotidiano consultor y 
consejero, i'll me dice cada día que soy hermosa y me 
persuade á que aproveche los dones de la naturaleza y 
los ratos que el tiempo me concede, ¿Qué dices? 

— ¿Qué he de decirf contestó Pudenciana, sino (|ue, 
á lo que entiendo, tú equivocas las apariencias con las 
realidades y la verdad con la mentira. Cierto (jue una 
muchacha hermosa y con tantas gracias como tú parece 
(|ue domina á cuantos la tratan, mas yo sé claramente 
que no es así. Los hombres, hermana, por lo común 
quieren á las mujeres, pero no las aman; esto es, las 
quieren como el que quiero un buen caballo para pa- 
searse en él; pero no lo aman, pues pasado el rato del 
paseo, lo envían á la caballeriza y no se acuerdan de él 
hasta que lo necesitan, y cuando el caballo se enferma 
ó se envejece tratan de deshacerse de él á toda prisa. 
Tú bien me entiendes; pues así son los hombres. Ellos 
y las mujeres nos están pregonando esta verdad á gritos 
mudos. Ahora seis años, no mucho há, doña Ignacita 
la gallega, Tulitas, la que estuvo en casa, y otras, ¿cómo 



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OBRAS ESCOGIDAS 691 

andaban? acuérdate: muy bien vestidas, muy servidas y 
muy obsequiadas de todos; y ahora ya has visto su para- 
dero; las que no han muerto en mil miserias, andan ahí 
arrastrando la chancleta ó pidiendo limosna. ¿Y por qur? 
Porque el tiempo, la enfermedad ó la mala vida que se 
dieron abreviaron sus días, mancharon su tez, robaron 
su hermosura, y luego que sus amantes las vieron leas, 
olvidaron el que fueron bonitas algún día. A un tiempo 
las abandonaron todos, les volvieron las espaldas, no 
hubo relevo de pretendientes, y entonces ¿qué sucedió? 
la indiferencia, el odio y el desprecio ocuparon el lugar 
de los obsequios, el amor y los rendimientos. 

Esto tú y yo lo hemos visto en la poca edad que 
tenemos: luego ¿qué esperanzas debes prometerte de 
mejor éxito, cuando ni eres más hermosa que muchas 
de las que has conocido, ni los hombres de hoy piensan 
de diferente modo que los de ayer, ni tienes otros prin- 
cipios que los que tuvieron otras? Por consiguiente, no 
tendrás otros fines. Conque manéjate de diverso modo, 
si quieres lograr diversa suerte. 

Yo no pretendo que no ames á ninguno: eso sería 
querer que fueras insensible. Nuestro corazón es de 
carne; somos racionales, capaces de pasiones, y por lo 
mismo sujetas al amor; pero si nos hemos de enamorar 
de algún hombre, sea de uno, y éste sea hombre de 
bien, y amémosle con un fin noble, santo y seguro. 



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692 PENSADOR MEXICANO 

Cásate, nermana; cásate con quien te ame de veras y 
pueda hacerte leliz con permanencia. Piensa en esto, 
y cuando halles un hombre que te aprecie tanto como 
Modesto á mí, no dudes entregarle tu corazón y hacerlo 
tu marido. 

— ¿Yo casarme? contestó Pomposa, ni pensarlo; tú 
estás recién casadita, aún comes el pan de la boda, y por 
eso te parece tan bueno el estado del matrimonio; pero 
que pasen estos días, que saque las uñas tu marido, que 
comience á celarte, á reñirte y á faltar á sus obligacio- 
nes, y entonces yo te preguntaré cómo te va. 

— No tengo esperanzas de responderte que mal; 
porque antes de casarme lo pensé bien; examiné el 
carácter de mi esposo y el mío, y conozco que jamás 
le daré lugar á que me cele ni me riña, y por lo mismo 
me pasaré siempre buena vida. No te canses, Pomposa; 
las mujeres hacemos á los hombres buenos ó malos. 
Tenga la mujer prudencia y consejo en la elección de 
marido, experiméntense mutuamente los dos, consulten 
á la experiencia de los padres y del confesor, ^ conóz- 
canse los genios y costumbres, aspiren á ser felices el 
uno con el otro toda la vida, dirija sus fines, no el inte- 
rés, no la libertad, no el apetito, sino el buscar cada uno 



' En la elección de confesor ó director espiritual debe ponerse mucho cuidado por 
los padres de familia, pues de una mala elección de éstas han venido y vienen muy 
malas resultas. 



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OBRAS ESCOGIDAS 693 

de los dos un compañero que lo alivie en las miserias 
de la vida, un otro corazón igual al suyo en que descanse 
<;on seguridad y un amigo inseparable hasta el sepulcro; 
entonces la mujer no dará lugar á quejas, riñas ni celos 
-á su marido, ni óste tendrá valor para maltratar ni aban- 
donar á su mujer. Los dos mutuamente se disculparán 
sus imprudencias, tolerarán gustosos la escasez, gozarán 
<?ii paz la abundancia, y libres de recelos, asegurados en 
-su amor y tranquilos en la calma de la buena concien- 
cia, sobrellevarán del mismo modo las cargas y sinsa- 
bores del estado hasta que la muerte los separe, en cuyo 
caso el corazón del que viva se llenará de una amargura 
eterna que disipará difícilmente, pues la memoria del 
'Consorte llega más allá del sepulcro, como lo vemos, y 
esto no sucede nunca con los amantes del calibre de los 
-tjue tienes; y así, hermana, si quieres ser feliz, examina 
•á los hombres, y cuando halles uno bueno y fino, que es 
fortuna hallarlo breve en estos tiempos, cásate y déjate 
de tonteras. 

— ¿Yo casarme? repetía Pomposa, eso sí que no; 
m pensarlo. Es verdad que me solicitan algunos para 
-mujer propia; pero mira qué tales son los pretendientes: 
un comerciante que tendrá cuarenta años, un oficial 
segundo de secretaría, un hacendero payo, un minero 
viudo con una hija de seis años, un licenciado acabado de 
recibirse, un médico con tales cuales créditos, v un co- 



la QUIJOT.TA. — 174. 



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694 



PENSADOR MEXICANO 



rredor del número. ¿Qué te parece? ¿no son excelentes 
personajes para mí? ¿deberé yo pensar en rendir mi her- 
mosura á semejantes muebles? ¿sería feliz al lado de cual- 
quiera de ellos? ¿Qué dices? Pues estos son mis novios. 

— En verdad, hermana, que si te aman de veras, 
cualquiera de los que dices es bastante para hacerte feliz, 
con tal que no quieras salirte de tu esfera, pues en que- 
riendo exigir de tu marido más de lo que pueda darte, 
sin duda que será tu matrimonio desgraciado; porque si 
quieres contentar tus deseos á pura fuerza o eres infiel 
á tu marido, ó lo exasperas, y en ambos casos te labra- 
rás tu ruina. 

— Por eso no me quiero casar con ningún hombre 
í]ue no sea título ó mayorazgo, decía Pomposa; no, en 
todo caso (|ue sea mi novio rico y con seguridad; pues, 
que sea por lo menos marqués, y no de aquellos de quie- 
nes dice el refrán que: A ht.'^ rcccí^ en casas ele los mar- 
(¡rfcses. más suele s<'r el ruido (¡ue las nueces. No; yo 
quiero que el marqués que haya de ser mi marido sea 
rico, y que en su casa haya tantas nueces como ruido, 
tanto dinero como lujo y tanta seguridad como gusto; 
si no, hija mía, ¿para qué es casarme? me quedaré así 
para lavar corporales ó vestir imágenes, pues bien sabes 
que la fruta ó bien vendida ó podrida en el huacal. 

— Pues yo temo que tu íruta se pudra, dijo Puden- 
ciana; porque tú ya no eres muy rica, y los marqueses y 



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OBRAS ESCOGIDAS 



695 



mayorazgos no buscan por lo ordinario gracias ni hermo- 
sura en las que eligen para esposas, sino dinero por todo, 
para sostener su ostentoso lujo. Esta es una verdad dura, 
mas es una verdad que sólo puede contradecirla un loco. 
Si tal no fuera, no veríamos tantas marquesas feas, tontas 
y sin gracia, al mismo tiempo que vemos abandonadas 
innumerables muchachas bonitas v de recomendables 
circunstancias que no hallan un enlace regular. 

— Sea lo que fuere, ó me caso con marqués rico 6 
con ninguno. 

— Pues haz lo que quisieres. 

En este punto quedó la amigable conferencia de Pu- 
denciana y su prima. Cada una abrazó su sistema, y per- 
cibieron el fruto á proporción, como verá el que lea loque 
sigue. 




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CAPITULO XXXIII 



En el que continúa la juiciosa conducta de Pudenciana 
ly los despilfarros^de Pcmposita 



Pudenciana y Pomposa vivían muy contentas en sus 
casas; aquélla amada y obsequiada de su marido, y ésta 
cortejada y querida de sus muchos adoradores y preten- 
dientes. 

Pudenciana, instruida por su padre, y lo que es más, 

LA yUUOTITA. — 175. 



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693 



PENSAUOU MEXICANO 



enseñada por el buen ejemplo de su madre, se consagró 
enteramente á darle gusto á su esposo en cuanto depen- 
día de ella, y éste necesariamente la amaba cada día con 
más ternura. 

No se notaba nunca en sus semblantes la menor 
displicencia, porque los dos se amaban con verdad, y excu- 
saban con prudencia toda porfía, toda disputa que pudiera 
turbar la tranquilidad de sus espíritus. 

Pudenciana sabía muy bien manejarse como mujer 
amada, reconociendo al mismo tiempo la superioridad de 
su marido y la dependencia necesaria que le constituía su 
inferior; y así jamás le preguntaba á dónde iba, ni de 
dónde venía; tampoco investigaba sus secretos ni le to- 
maba cuenta del dinero que adquiría con sus arbitrios; 
mucho menos se oponía á su gusto para nada, ni disipaba 
en lujo ni en modas el sudor de su rostro; se contentaba 
con la decencia á que estaba acostumbrada en su casa, y 
cuando don Modesto (juería hacerla una gala, solía ella 
decirle que no la necesitaba, que tenía suficiente ropa, 
(jue no estaba seguro ninguno de los dos de enfermarse, 
y en este caso mejor sería hallar en el baúl cien pesos 
que una mantilla de punto ó cosa semejante. 

Con este modo amarraba más v más á su marido, 
quien, como hombre de bien, nunca abusó de la docilidad 
ni prudencia de su esposa. Sabía que era su superior, no 
su tirano; que lo debía obedecer, pero no temblar á su 



~í- V -^ .■",■"- «icT -> •rf'-it^ N^^'í^í^ • *•-- ^^fír 



OBRAS ESCOGIDAS 699 

presencia, pues era carne de su carne, una misma con él, 
y no su esclava. 

Como los dos conocían cuáles eran sus derechos y 
sus obligaciones, y tenían el talento y la disposición nece- 
saria para no abusar de aquéllos y cumplir con éstas, se 
pasaban una vida harto feliz. 

No cooperaban poco los padres de Pudenciana, que 
no eran de los suegros comunes. Siempre le inspiraban 
á su hija los nobles y cristianos sentimientos que debían; 
olla los observaba con su acostumbrada docilidad, y de 
este modo hacía la felicidad de su esposo, Li suya y la de 
su familia. 

Don Modesto no era rico ni pobre; su comercio le 
daba lo necesario para mantenerse con una decente me- 
dianía, la que jamás faltó en su casa con el auxilio do 
una tan buena esposa, que no sólo sabía ahorrarse de 
modas y de dijes superfluos, sino que, sin tocar la 
raya de la miseria, economizaba todo lo posible, lo 
que encontraba don Modesto cuando la urgencia lo 
pedía. 

Dentro del tiempo regular tuvieron un niño que dióá 
luz Pudenciana con el parto más feliz. Desde entonces se 
consagraron los padres á su cuidado, y los abuelos esta- 
ban encantados con el nietecito, que era las delicias de 
toda aquella honrada familia. 

Entretanto Pomposiia se pasaba una vida bien ale- 



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700 



PENSADOR MEXICANO 



gre, consentida por sus padres, mimada por las amigas 
y lisonjeada constantemente por una chusma de adula- 
dores corrompidos. 

Ella se complacía con los rendimientos que le hacían, 
creyéndolos sinceros; y fiada en su iiermosura y en sus 
gracias, sólo trataba de acrecentar el número de esclavos, 
(jue así llamaba á sus amantes. Su misma soberbia y 
vanidad la preservó por mucho tiempo de ser el juguete 
del amor. 

Como no amaba á ninguno y sólo trataba de bur- 
larse de los hombres, creyendo (jue no había quién la 
mereciese, no se hacía cargo del mérito particular de 
nadie; y así no estimaba á ninguno, aunque estafaba al 
que podía, pues no rehusaba admitir los obsequios que 
la solían hacer de cuando en cuando. ¡Pobres de los 
tontos que se sacrifican por conquistar con dones el cora- 
zón de una loca presumida I Ellos pagan de contado su 
necedad; pero también pagan ellas su locura, y á más 
precio. 

Pomposa, á (|uien todos conocían por la Quijotita, 
apoyada en el consentimiento de su madre, no pensaba 
en otra cosa que en pasear, estrenar y perder el tiempo 
y el dinero. 

El bueno de don Dionisio no sabía negarse á nada 
de lo que querían su mujer y su hija. Como hombre débil 
y acobardado, condescendía con todas las extravagancias 



OBRAS ESCOGIDAS 701 

de su familia y se sacrificaba por complacerla en sus más 
ridículos antojos. 

1^1 tenía sus atiicciones interiores, que no manifes- 
taba por no disgustar á las señoras, y éstas, pensando que 
sobraba para todo, no hacían sino pedir, gastar y diver- 
tirse; pero ¡cuánto más nos engañaran las felicidades de 
la vida si no vinieran siempre seguidas de la pena y de 
la desgracia 1 La tristeza llega tras la alegría y el infor- 
tunio pisa la cauda del placer y del contento. Esto nos ha 
enseñado la verdad misma, y lo vemos todos los días por 
la experiencia. . 

Si los hombres y las mujeres se aprovecharan de los 
consejos que leen en los libros ó de los que les dan las 
gentes timoratas y su propia experiencia, no se vieran 
tantas familias desventuradas en el mundo; pero por 
desgracia, á la hora del placer nadie se acuerda, por más 
que se lo digan, de que llegará muy en breve el rato de 
la pena y la congoja. Tal vez un gusto labra nuestra 
afiicción perpetua. 

La familia de don Dionisio se dio tanta prisa en 
disipar, que no fueron bastantes sus bienes ú cubrir por 
más tiempo aquel gran desorden. Su caudal había consis- 
tido en una tienda mestiza y una hacienda en jurisdicción 
de Cuernavaca; pero con la despilfarrada conducta de 
aquellas gentes, vino á adeudarse como en doce años de 
los réditos de veintiocho mil pesos que reconocía la ha- 

LA gUIJOTlTA. — 176. 



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702 



PENSADOR MEXICANO 



cionda, y la tienda ya sólo se conservaba en fuerza de 
contraer todos los días nuevos créditos; y como ni c'stos 
ni otras cantidades que en lo particular había pedido don 
Dionisio para satisfacer los caprichos de su mujer 6 hija 
podía pagar, y lo agitaban ya por todas partes los acree- 
dores, al mismo tiempo que éstas no cesaban de sacrificar- 
lo, temiendo descubrirse hasta con ellas por no caer en^ 
desprecio, tom»') la resoluci<')n de abandonarlo todo; y 
paia ello hizo realizar quinientos pesos de efectos con 
pérdida considerable, y cambió treinta y seis onzas de- 
oro, todo con el mayor secreto; con el mismo una ma- 
drugada hizo ensillar su caballo, y sin más que su man- 
ga, sable, pistolas y sus treinta y seis onzas, salió á la^ 
cuatro de su casa, sin decir al criado más sino que 
volviese á cerrar el zahuán. 

A las nueve de la mañana que se levantó I'lufrosina, 
preguntó por o\ amo, y diciéndole el mozo la hora y 
modo como salió, no lo extrañó demasiado, pues coma 
nunca se había dado igual caso, no sospechó lo sucedido 
y fué á levantar á su hija, con (jiiien á las once se fué á 
misa, de allí á una visita y volvieron á las dos de la 
tarde. 

Después de haber descansado y avisadas de estar ya 
la mesa puesta, preguntó lOufrosina si había vuelto don 
Dionisio, y como supo que no, entró en algún cuidado, 
lo mismo que Pomposita; sin embargo, como no sabían 



OBRAS ESCOGIDAS 703 

aún el horroroso abismo de desdichas en quo estaban 
sumergidas, comieron con desahogo, durmieron su sies- 
ta, y á las cinco se fueron al paseo. Mas como á su vuelta 
preguntaran por el señor Langaruto y se les contestara 
que aún no parecía, ya no pudieron esperar más, y para 
comunicarle el caso mandaron el coche á mi tutor supli- 
cándole pasase inmediatamente^ 

El paje, sin embargo del encargo que le hicieron de 
que nada dijera, con palabras á medias dio á entender 
lo que había. Mi tutor me dijo le acompañase, y entrando 
al coche, en un momento estuvimos en la otra casa, 
donde enconti-amos á todos en la mayor confusión, pero 
mucho más á doña Eufrosina, que en medio de su des- 
arregladísimo manejo amaba á su marido, aunque no 
con aquel amor puro y prudente que se deben tener los 
consortes. 

Luego que ella vio á don Rodrigo, con la mayor 
agitación le contó lo íjue pasaba, dicic^ndole la hora y 
modo como se salió, por lo que ('ste, teniendo en cuenta 
las costumbres de don Dionisio v las muchas ocasiones 
que hay en los juegos y en los bailes de que los hombres 
se desafíen, infirió que algún duelo lo habría llevado á tal 
hora solo y con armas; así lo dijo á su concuña, aña- 
diéndole que en tales casos los hombres solían dejar 
cartas para que sus familias y amigos se instruyeran, y 
que por lo mismo era bueno registrar su despacho, para 



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70i 



PENSADOR MEXICANO 



que si algo alusivo se hallaba, con esas noticias proceder 
á buscarlo con algún acierto. 

Aprobó doña Eul'rosina, é inmediatamente nos diri- 
gimos al despacho, en donde ésta suplicó al coronel bus- 
case porque ella no tenía aliento, y con las piernas tem- 
blorosas, no pudiendo mantenerse en pie, se sentó en un 
sola. Mientras yo alumbraba á mi tutor, 61 buscaba, y 
Pomposita seguía con sus ojos llorosos las manos del 
coronel, hasta (|ue encontró un ochavo de papel en que 
con mal Ibrmados caracteres, aunque de mano de don 
Dionisio, decía: 

«Adiós para siempre, familia idolatrada; en mi es- 
cribanía dejo escrita la resolución que he tomado y los 
motivos que me impulsai'on á ella. Adiós, adiós. 

Langaruto. >> 



No tuvo ánimo mi tutor para leerlo en alta voz, sino 
que tomándome la vela íuó á presentarlo á Eul'rosina. 
Como Pomposita corrió á ver (juó era, ambas se impu- 
sieron á un tiempo, y dando un terrible y doloroso grito 
cayeron desmayadas. Llamamos inmediatamente á los 
criados, se encargó á la ama de llaves que cuidara á sus 
amas, y nosotros luímos á la escribanía, que tenía la llave 
pegada, y se abrió á presencia de la beata doña María, 
que había hecho don Rodrigo quedase allí por precau- 



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OBRAS ESCOGIDAS 705 

clon, y muy encima de todos los papeles estaban dos 
cartas, con el sobre la una: A mi c.ytnsa Kuf't'<K<{na r hija 
PompoKitüy y \a. oivdi, A/ soíior corone/ dotí Jíodrif/o Li- 
narte. Mi tutor rompió la primera, rompiendo la suya, 
(jue decía así: 

«Mi estimadísimo hermano y el mejor de mis ami- 
gos: Una carta que dejo á lilufrosina encargándole la 
enseñe á V. le instruirá de mi determinación v las cau- 
sas poderosas que me la hacen tomar. Yo, que por una 
debilidad vergonzosa no tuve la firmeza necesaria para 
hacerme respetar y obedecer de mi familia, he oca- 
sionado mi ruina y la suya. ¡Ah! si yo hubiese se- 
guido el ejemplo de V. y sus lecciones, no me vería hoy 
perdido. No digo más, porque sé á quién dirijo la pala- 
bra, y sólo ruego á V., por la sangro preciosa de Jesu- 
cristo y por los dolores de ^^u Santísima Madre, á quien 
tanta devoción he tenido, cuide de mi familia. Ya Eufro- 
sina no tiene marido ni Pomposita tiene padre; V. sí, 
V., animado siempre de una caridad cristiana, cuidará 
de ellas y me las socorrerá cuando le sea posible. Si la 
Providencia divina me volviere algún día con mejor 
suerte al seno de mi familia, yo manifestaré un perpetuo 
agradecimiento; mas si así no fuere, ese Dios grande 
remunerador compensará á V. largamente sus buenas 
acciones. — Cuando V. y mi amable hermana dirijan sus 

LA gUIJOTITA. — 177. 



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706 PENSADOR MEXICANO 

preces al Eterno, no olviden á este infeliz, que »'> va á 
vivir en miserias á un país desconocido ó cuanto antes 
á descender al sepulcro. 

Dionisio Langaiilto.» 

Puede considerarse cómo quedaríamos al escuchar 
esta carta: yo no encontraba qur decir; la beata lloraba 
amargamente apretándose los dedos y clamando á toda 
la corte celestial, y mi tutor, después de un rato de 
silencio y diciendo: — Es preciso (jue ella la rompa; para 
ella es el sobre, — se dirigió para la recámara donde 
estaban madre ó hija, siguiéndolo yo y no la beata, que 
hicimos quedara allí para (|ue no fuera á aumentar la 
anicc¡<'>n de aquellas señoras. Las encontramos ya en sí 
y anegadas en llanto. 

Procuró mi tutor serenarlas, dicióndoles que todo 
mortal sabe, á no poder dudarlo, (jue ha ofendido á su 
Criador, por lo mismo que es merecedor de sufrir en 
castigo los contratiempos de esta vida miserable, y que 
muchas veces nos parecían éstos más crueles de lo que 
son en sí; que acaso no podría dificultarse que volvie- 
sen á ver á don Dionisio, de quien había encontrado en 
la escribanía dos cartas, una para él en que remitía á la 
otra que era para doña Eufrosina, la misma que aunque 
hubiera querido guardar por algún tiempo para dársela 
otra ocasión menos angustiada, el deseo de ver si ella 



OBRAS ESCOGIDAS 707 

alumbraba para hacer algunas pesquisas de los desig- 
nios y paradero de su autor, le estrochaban á ponerla 
como la ponía en sus manos para que la rompiera y 
leyera. 

Doña Euí'rosina no quiso tomarla, diciendo no tenía 
valor para abrirla y suplicando á don Rodrigo se la 
leyese. Todos nos quedamos como estatuas, y mi tutor, 
rompiendo la cubierta con mano trémula, leyó de la 
manera que sigue: 

«Mi muy amada esposa EuíVosina: mi idolatrada hija 
Pomposa: Yo he amado á Vds. con demasiada impru- 
dencia y satisfecho sus caprichos en tal manera, que ha 
llegado el caso, no sólo de agotar mis propios haberes, 
sino de contraer cuantiosas deudas que me es imposible 
pagar. 

»La hacienda está valuada en cuarenta v cinco mil 
pesos; reconoce veintiocho mil, y debiendo doce años de 
róditos, que ascienden á diez y seis mil ochocientos, sólo 
parecen míos allí doscientos pesos; mas como tengo 
tomados tres años adelantados de arrendamiento, nada 
es mío ya, y antes soy deudor del arrendatario. La 
tienda gira quince mil pesos, debe al comercio veinti- 
dós mil, y yo debo en lo particular de cinco á seis mil 
pesos; por todo lo que se ve, que debo una cantidad 
considerable que no tengo de dónde sacar, y. que ur- 



lá ^ j' &t.^ij¿^ 7 : ..« lA. J 



708 



PENSADOR MEXICANO 



giendo como me urgen ya bastante los acreedores, que 
están cansados de mis repetidos plazos con que he podido 
entretenerlos, van ciertamente á embargarme cuanto 
tengo, pues (|ue ni con muebles de casa, coche, etc., 
puedo cubrir mis responsabilidades. No queda á Vds. 
cosa libre, más que algunas alhajas que la consideración 
de los acreedores quieran dejarles. 

»Tlí, Eufrosina, tienes derecho á quedarte con el 
hilo de perlas y aretes de lo mismo, que trajiste tuyos 
cuando nos casamos, y á que te paguen de preferencia 
los cuatrocientos pesos de los nombramientos de huér- 
fana que cobre' tuyos en la Archicofradía del Rosario, y 
cantidad que hoy debes al consejo que con tiempo me 
dio nuestro hermano don Rodrigo de otorgarte la carta 
de dote (jue queda adjunta. 

» Hijas mías, yo no puedo sufrir el dolor y ver- 
güenza que esto me causa, ni podré soportar el desprecio 
del público; al ver mi suerte se reirá con razón de mi 
necedad (jue la ha causado; ni puedo ya ser útil á Vds. 
en tales circunstancias. Yo las dejo encomendadas á la 
Providencia divina y encargadas á nuestro honrado her- 
mano y único amigo don Rodrigo, á quien encargo den 
á leer ésta para que disponga lo que convenga. K\ las 
mirará y auxiliará como padre, siempre que Vds. no lo 
desmerezcan; yo se lo pido en la carta que queda con 
ésta y que se le mandará al momento; él cumplirá, lo 



OBRAS ESCOGIDAS 709 

conozco, no lo dudo un momento. Sujétense Vds. á sus 
consejos en todo y lograrán ser menos desgraciadas. 

»Yo me voy sin dirección alguna, puesto en manos 
de Dios, y no volvere á veros jamas si no pudiere algún 
día aliviar las necesidades á que quedan reducidas; mi 
ánimo es acabar mis días en algún país desconocido y 
muy remoto con otro nombre que no sea el mío. 

»Ya la hora de mi marcha se llega... el momento 
se precipita... la amargura y el dolor no me dejan alien- 
to... adiós, esposa mía, adorada... adiós, amadísima hija 
mía, adiós, adiós; ya no volveréis á ver á este infeliz, 
cuya conducta desarreglada ha sumido para siempre á 
él y á su familia, indiscreta también, en el abismo de la 
miseria... Adiós, adiós... 

El DESdiiAciADO Dionisio.» 

Tan luego como se acabó de leer la carta volvieron 
á sus desmayos madre é hija, y duró tanto el de la pri- 
mera, que fué necesario llamar al médico y que yo fuese 
en el coche á traer á doña Matilde, la que, impuesta del 
caso todo, se afligió mucho, pero sin desmayarse; porque 
prevenida ya por su marido á recibir esos golpes con 
resignación, no hizo más que dirigir á Dios su corazón, 
rogándole tuviese piedad de sus hermanos y sobrina. 

A los esfuerzos del facultativo volvió Eufrosina; pero 
ni ella ni su hija dejaban de llorar, casi nada cenaron, y 

LA QÜUOTITA. — 178. 



710 PENSADOR MEXICANO 

después de las cuatro de la mañana fué cuando se que- 
daron dormidas. 

Así continuaron hasta las siete, que despertó la 
madre llorando tan fuertemente que despertó á Pompo- 
sita; inmediatamente acudió mi tutor y doña Matilde, 
que prodigándoles caricias les decían que era necesario 
no alligirse tanto, porque el crítico estado de las cosas 
pedía mucha serenidad para meditar lo que se determi- 
naba respecto de intereses, pues por la persona de don 
Dionisio, el coronel había en la madrugada ido á la posta 
y despachado varios correos con señas de su persona, 
caballo y vestuario para que lo buscasen con toda dili- 
gencia, y cuando encontrado no pudieran reducirlo á 
que se volviera, se valiesen de una autoridad para que 
con pretexto honesto lo detuviesen, dando aviso en el 
momí^nto. 

Sacaron á las dos de la i-ecámara v llevadas al come- 
dor, se les hizo tomar chocolate, se les dieron algunas 
ligeras esperanzas, que las aquietaron hasta la hora de 
almorzar, y luego (jue pasó un rato después del almuerzo, 
tomó don Kodriíío de la mano á doña Mufrosina v echan- 
dola el otro brazo encima de los hombros con todo cari- 
ño, se la llevó á la sala, y haciéndola sentar le dijo con el 
mayor agrado: 

— Hermana mía, á la hora de esta andan por los 
caminos como quince hombres expertos en solicitud de 






í~r^ "^' 



OBRAS ESCOGIDAS 711 

mi hermano don Dionisio, por lo que no debemos des- 
esperar de que vuelva; mas aunque esto sea como digo, 
él mismo ha manifestado á usted en su carta el terrible 
estado de sus intereses, y que los acreedores están muy 
cerca de echarse sobre ellos, cuyo golpe acelerarán tan 
pronto como se evapore esta última ocurrencia, y este 
golpe, si le coge á usted en esta casa, les ha de ser muy 
sensible. 

Mi hermano, al dar su último paso, me ha hecho el 
favor de creerme digno de encargarme de la suerte de 
ustedes, y yo, agradeciéndoselo mucho, quiero tener el 
•placer de acreditar que he querido siempre serle útil. En 
tal virtud, hermana mía, vamos ahora mismo á que se 
lleven á casa las camas, ropa y aquellas cosas de ustedes 
que no puedan pertenecer á los acreedores, y dejemos 
esta habitación, supuesto que cuanto en ella hay es ajeno 
y que ya con buena conciencia nada puede cogerse de lo 
que en sí contiene. Vamos, hermanita; usted tiene luces 
bastantes para conocer estas cosas y no necesito decirle 
mucho. Vamos, no llore usted, pues esto no es más que 
mudarse usted á su otra casa, como que así ha debido 
considerar siempre la en que yo he vivido, como yo ha 
contado ésta por mía desde que usted la habita. 

— ¡Ay, hermano! contestó Eufrosina, y ¡cuánto me 
parte usted el corazón con lo que me está diciendo I Yo 
todo lo conozco, veo que ello es fuerza, pues que no hay 



-iiá.;iW" II." V? ' Jhr'Av.-llErÍJttr.-Íf'i*n 



712 PENSADOR MEXICANO 

remedio aunque vuelva Langaruto; pero no tengo espí- 
ritu para resolverme tan pronto: yo ruego á usted que 
me deje desahogar, que yo le prometo por lo que más 
estimo que no pasarán cuatro días sin que nos unamos. 

A este tiempo entró doña Matilde con Pomposa, é 
impuestas de lo que se trataba, instaron ambas á doña 
Eul'rosina para que fuera todo luego luego; pero ni lo 
que éstas le hicieron presente, ni otras reflexiones muy 
juiciosas y oportunas que le hizo mi tutor, la hicieron 
variar de resolución, y sólo se ofreció de nuevo que cum- 
pliría su primera ol'orta. 

A poco rato nos despedimos, repitiendo el coronel 
á las señoras Langaruto, que le avisaran de cualquiera 
novedad ó cosa que se les ofreciera, y de si había alguna 
noticia de don Dionisio, prometiendo hacer lo mismo 'por 
su parte. 

En la tarde y otros dos días siguientes á mañana y 
noche estuvimos vendo á visitarlas, consolarlas 6 ins- 
tarlas porque se fueran á casa de mi tutor; mas doña 
Eufrosina no salía de lo dicho, y la mañana del día 
cuarto, que por haber amanecido indispuesto el coronel 
no fuimos, se metieron á las ocho de la mañana un juez, 
un escribano, algunos acreedores y otro á quien habían 
nombrado depositario. Tomaron á doña Eufrosina y á 
algunos criados declaración jurada del día y modo como 
se había marchado don Dionisio, y en seguida fueron 



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OBRAS ESCOGIDAS 713 

entregando todo por inventario al depositario, diciendo 
en seguida á doña Eufrosina que en el momento debía 
salir de la casa con su niña llevándose sus camas, ropa 
de uso, cofres de ella y unas imágenes, que por favor le 
concedieron, manifestándole que lo hacían los acreedo- 
res por generosos, y no porque ella lo merecía, pues 
que había causado en parte la dilapidación de los 
bienes. 

La infeliz Eufrosina en situación tan triste tuvo que 
implorar el favor de Matilde y el coronel, que la admitie- 
ron en su casa como habían prometido, con bastante 
amor y caridad. Se entiende que ni á ella ni á Pomposita 
les faltaba que comer ni estimación; pero sí los chi- 
queos y contemplaciones á que estaban acostumbradas. 
La falta del coche atormentaba á doña Eufrosina más 
que la de su marido, y Pomposita extrañaba las tertulias 
y visitas de sus adoradores, aún más que sus antiguas 
comodidades. 

Apenas pasaron tres meses en que fué disminu- 
yendo el llanto y la tristeza, cuando las dos, diz que para 
disipar la melancolía, comenzaron á recorrer las casas 
de las amigas y trataron de establecer una tertulia para 
entretenerse por las noches. 

No le pareció bien al coronel semejante designio, y 
desde luego se opuso con firmeza. Doña Eufrosina, poco 
acostumbrada con su marido á semejantes oposiciones, 

LA QUIJOTITA. — 179. 



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714 



PENSADOR MEXICANO 



se incomodó altamente, y desde ese día se turbó la paz 
que debía haber sido perdurable. 

Msta acabó de romperse á causa de algunos seño- 
ritos que, perpetuos centinelas de Pomposa, todos los 
días, todas las noches y á todas horas rondaban la casa, 
acechando un descuido para entrar, seduciendo á los 
criados y haciendo las acostumbradas diligencias para 
hablarle dos palabras á la niña. 

Luego que el coronel fué advertido por su esposa 
de los desórdenes que había en el particular, llamó á 
solas á su sobrina y la reprendió seriamente por sus 
locuras. 

El resultado fué que Pomposa entró llorando al cuar- 
to de su madre, se quejó con ella del duro tratamiento de 
su tío, ponderando y mintiendo como le pareció, con lo 
que consiguió que Mut'rosina se irritara con su cuñado, á 
quien le dijo: 

— ¿Qik' piensa usted, hermano, que mi hija es huér- 
fana de padre y madre para que así me la maltrate? 
Si lo hace usted por el rincón y por el bocadito que nos 
da, por cierto de ello, para nada necesito pan con cordo- 
nazo, y con mudarnos noramala está todo compuesto, 
que á bien que cuando Dios amanece, amanece para 
todos. 

— Así es, mamá, prosiguió Pomposa; usted no des- 
confíe, que Dios tiene más que dar que nosotros que 



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OBRAS ESCOGIDAS 715 

pedir; su providencia vela sobre la conservación de sus 
criaturas, y no abandona ni á los pajarillos, ¿cómo nos 
ha de abandonar á nosotras, que somos mejores que los 
pájaros, según nos dice donde dice: multis passeribus 
meliores eslis eos/ 

— Vea usted, señora, decía el coronel; aquí era buen 
lugar para hacerle ver la mala educación que le ha dado 
á esta niña, y cuanto ella ha sabido imitar los ejemplos 
que ha visto, haciéndose una ignorante, presumida y 
malcriada. 

— Poco á poco, señor don Rodrigo; poco á poco, 
decía Eufrosina. Sírvase usted de no maltratar á mi 
hija, y mucho menos en mi presencia; pero ya usted 
y yo no hemos de hacer migas; lo mejor será quitar el 
banco. Vístete, niña. 

Ninguna persuasión del coronel ni de Matilde bas- 
taron á contener aquel genio intrépido y resuelto. En 
aquella misma hora se salieron las dos sin despe- 
dida, y á la tarde enviaron por sus camas y pocos 
trastes. 

El coronel tenía resolución; y así, aunque previo 
las consecuencias de la separación de su cuñada, no se 
opuso. Dejó sacar los muebles, y sólo se ocupó en tran- 
quilizar á su mujer y á su hija, que estaban muy apesa- 
dumbradas por el lance. 

Doña Euí'rosina no se fué á hospedar á parte alguna. 



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716 PENSADOR MEXICANO 

sino á visita á casa de Carlota, donde habló del coronel y 
su familia mil primores. I^n esta conversación salió á la 
plaza la economía del gasto, el mal genio del cuñado, 
lo chismoso de Matilde, las monerías de Pudenciana, lo 
ridículo de su marido, las groserías de los criados, y 
cuanto podía conducir á que Carlota, formando mal 
concepto de aquellas casas, se pusiera de parte de Eu- 
frosina. 

¡Qué buena recompensa dio ésta á unos deudos 
que siempre la habían estimado y que la estaban actual- 
mente favoreciendo I ¿Pero son otros los agradecimientos 
que dan las gentes, por lo ordinario, de los beneficios 
que reciben? Comen, beben, pasean, se divierten, y 
cuando salen de las casas, se hacen lenguas para 
desacreditar á los dueños en prueba de su noble gra- 
titud. 

No en balde se resisten muchos para admitir hués- 
pedes, que les aumenten gastos, que se informen de sus 
interioridades y que después salgan á pregonar por todas 
partes sus defectos y los de su familia. 

Carlota, que como se ha dicho era una dama muy 
juiciosa y amaba de preferencia á Matilde, procuró 
cortar tan odiosa conversación, preguntando á Eufro- 
sina cuál era su última resolución, y esta pregunta la 
hizo con harto miedo, pues temía que aquellas buenas 
señoras quisieran encajársele en su casa; pero Eufrosina 



.. .'. .^ ^^jj ,L - tí..^ L*.> ■.(!L-h*AAi ?!U 



. OBRAS ESCOGIDAS 717 : 

calmó su temor, dicióndole que le comprase ó le enviase 
á vender un hilo de perlas muy bueno que llevaba, mien- 
tras ella iba á buscar casa, porque á la tarde se había de 
mudar aunque se viniera. el cielo abajo. Carlota ofreció 
hacer la diligencia con todo empeño, y Eufrosina marchó 
para la calle. 

Cada una de las dos concluyó felizmente su nego- 
cio: Carlota vendió bien el hilo, y Eufrosina encontró, 
aunque no casa sola como quería, sí una buena vivien- 
da principal en una casa de poca vecindad, pues abajo 
sólo tenía dos cuartos y arriba dos viviendas, de las que 
una estaba ocupada. 

Con un cargador mandaron por comida á una fonda, 
é inmediatamente que comieron, envió Eufrosina por sus 
trastes, los puso en su casa, fué á una almoneda, compró 
otros varios muebles y se habilitó de la primera criada 
que encontró. 

Luego que estuvo todo corriente, volvió á casa de 
Carlota, que le dio trescientos cincuenta pesos que 
habían dado por el hilo, y despidiéndose Eufrosina le 
dio las gracias por su empeño. Carlota, que no creía 
su dicha de verse libre de semejantes huéspedes, se des- 
pidió también con el mayor cariño, dándoles mil abrazos 
apretados. 

No tuvo Eufrosina la atención de dar parte á su 
cuñado de la casa nueva; pero por Welster y Carlota 

LA QUIJOTITA. — 180. 



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718 



PENSADOR MEXICANO 



supimos SU método de vida y algunas aventuras de Pom- 
posa, dignas de que se lean en el capítulo que sigue, para 
ver el fruto de una mala educación y peor dirección de 
una madre sin juicio ni talento. 




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CAPITULO XXXIV 



En el que se da razón de una extraña aventura 
que le sucedió á Pomposita 



Nadie debe extrañar que en lo que sigue de esta ver- 
dadera historia falten algunos personajes conocidos y se 
presenten otros nuevos. Esto es general en el discurso 
de la vida; conocemos y tratamos á muchos sujetos en 
diversos tiempos y lugares; pero de éstos, unos se eno- 
jan, otros se van, otros se mueren, y de unos sabemos 



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720 PENSADOR MEXICANO 

SU paradero y de otros no, al tiempo que vamos adqui- 
riendo nuevos conocimientos de personas que sustitu- 
yen el lugar de los ausentes. Conque si esto es gene- 
ral, el lector, por cosquilloso que sea, nos permitirá que 
continuemos la relación de los sucesos de Pomposa y de 
su buena madre. 

l'lsta era alegre y la hija no era triste. Resucitaron 
sus antiguas amistades y adquirieron otras. Las diver- 
siones, tertulias, paseos y frascns eran continuas. Los 
trescientos cincuenta pesos que dieron por el hilo de 
perlas, y ellas creían serían eternos, porque nunca habían 
conocido la economía, se iban disminuyendo por la posta; 
pero los cortejos se aumentaban. Era preciso obsequiar- 
los con café, chocolate, aguardiente, pulque y envueltitos, 
según la hora y el gusto de los caballeros. Doña Eufro- 
sina siempre fué obsequiosa y liberal, y no quisiera pare- 
cer pobre ni por todo el oro del mundo. 

Con tal franqueza, no sólo se acabó el dinerito, sino 
que fueron á visitar el montepío y las tiendas varias alha- 
jitas, túnicos y tápalos del uso necesario. 

La necesidad con su cara de diablo ó de suegra, que 
todo es uno, se iba acercando mucho, y tanto que ya 
subía las escaleras de la casa. No es necesario ponderar 
la allicción de estas buenas señoras: ella crecía á pro- 
porción que las escaseces, y ya estaban para ahorcarse, 
cuando una niña, amiga íntima de Pomposa, que había 



>^!r^^_rüf5»'-- 



OBRAS ESCOGIDAS 721 

aprendido con escritura el arte de la coquetería, la salvó, 
aunque á caro precio, enseñándole unas máximas cierta- 
mente dignas de las señoronas de su clase. 

Quisiera omitir su relación; pero se me hace es- 
crúpulo, porque puede ser muy útil á los hombres su 
noticia. 

Reducíanse las dichas máximas á veinte, y eran 
éstas: 

1. Aprecia al que tenga dinero, sea quien fuere. 

2. Al que tenga más, hazle más aprecio, de modo 
que tu estimación se mida por el caudal de tu cortejo. 

3. Escasea tus favores y procura siempre vender- 
los caros. 

4. Fíngete celosa unas veces y otras simple, según 
te convenga. 

5. No desprecies ningún obsequio, sea el que 
fuere. 

6. A los mezquinos pídeles sin vergüenza. 

7. A los que no den nada échalos de tu casa, 
porque hacen mala obra sin provecho. 

8. Engaña al que sea bobo y se deje. 

9. Aprovéchate del primer ímpetu del que te 
quiera. 

10. No creas á ningún amante, aunque haga por 
tí los mayores sacrificios y finezas. 

11. No te apasiones ni pienses en casarte con 

LA gUIJOTITA. — 181. 



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"V,^>^ír r. ~ -;^*^_^-^-'-jr 



722 PENSADOR MEXICANO 

pobre; únete primero con un negro, un gálico ó un^ 
hereje, pues todos estos y mayores defectos son disimu- 
lables con la plata. 

12. Mírate al espejo cuando te compongas y ensá- 
yate á hablar, despreciar, l'avorecer y dar esperanzas coiv 
los ojos. 

13. Aprecia tu mrrito más que el de todo el mundo. 

14. S(' desdeñosa unas veces y otras franca, según, 
las ocasiones y los sujetos con quienes trates. 

15. Date á deseo y olerás á poleo, á torongil y 
á rosa. 

10. Recluta cuantos adoradores puedas y procura 
sacar ventaja de todos. 

17. Ofréceles á todos y no cumplas á ninguno. 

1(S. Desconfía de todos y guárdate, no por honor, 
sino por necesidad. 

19. Vístete con lujo aunque no comas. 

20. En todas tus correrías amorosas ten por 
último fin el interés. 

Tan bellas máximas no podían menos que agradar 
mucho á Pomposita. I^n electo, las aprendió de memo- 
ria y las practicaba al pie de la letra. Dentro de pocos 
días comenzó á percibir el fruto de su aplicación. 

Lo primero que hizo fué darles su retiro á los pobre- 
tes y mezquinos, como gente inútil y pesada. A todos 
los demás los pelaba con bastante sagacidad. 



7'¡ft^^i.->r-ir^} • - 



OBRAS ESCOGIDAS 723 

Cuando veía un cintillito, un pañuelo ú otra cosita 
que le agradaba, comenzaba á alabárselo á su dueño 
delante de otros con tanta repetición, que lo obligaba 
á decirla: — Sírrase usted de olio, soñoiñta ; — y entonces, 
después de una ligera resistencia, lo tomaba, y con un 
md gracias quedaba pagada la tal cosa. ■ 

Otras veces con un si yo tiaiera : así f/ue tenfja: días 
lid ([tic ostotj descando, y otras frasecillas semejantes, les 
arrancaba á los miseñores lo que podía. 

También había ensayado á su criada para que 
cuando fuesen ciertos y determinados señores entrase 
ella á vender lo que le diera. La criada hacía el papel 
muy bien, porque entraba con un tápalo de seda, por 
ejemplo, de los que no le habían visto aquellos sujetos 
á Pomposa, y decía: — Señorita, vea usted qué chulo 
tápalo vende doña Fulana, y tan barato. — A esto se 
seguía ver el tápalo, alabarlo mucho y preguntar por el 
precio; entonces respondía la criada que seis ú ocho 
pesos pedían por él. — Es dado, decía Pomposa; pero 
no tengo dinero por ahora; si lo tuviera, no me quedara 
sin él, pues lo menos que valen esos tápalos son vein- 
ticinco pesos. — Entonces no faltaba un garboso que 
metiera mano á la bolsa v diera el dinero de contado. 
De esta manera se vendía Pomposa sus friolerillas cuatro 
ó cinco veces. 

Así pasaron algunos meses muy alegres á costa de 



• " %•• /• ."■ V^^^-- ■ •• -■''tF?^ ?^'»T 



724 PENSADOR MEXICANO 

los bobones que se sacrificaban á competencia, deseando 
cada uno ser el poseedor de aquella belleza encan- 
tadora. 

Como el pleito que tuvieron no fué conmigo, jamás 
me negaron la entrada á su casa; antes les agradaba, 
porque juzgaban que yo daría noticia al coronel de sus 
bonanzas. Ello es que con este pasaporte yo tenía lugar 
para observar de cerca todas sus gracias. 

Pomposa y Euí'rosina, cada una por su parte, pro- 
curaban sostenerse. Aquélla con sus ardides y ésta con 
el disimulo. Yo no he visto prudencia igual á la de la 
buena Eufrosina. 

Por lo ordinario dejaba sola á su hija en el estrado 
charlando con sus enamorados, y ya se debe inferir que 
no hablarían de sermones ni jubileos. Otras veces los 
veía tan separados de su hija, que entre los cortejantes y 
ella no cabía un alfiler, y otras retozar con los jovenci- 
tos con tanta familiaridad como si fueran sus maridos. 
Á Eufrosina, sin embargo, nada le espantaba; de todo se 
reía, y cuando mucho, solía decir á su hija: 

— Sosiégate, niña; no seas tan juguetona; ¿qué 
dirán los señores? 

Á este tiempo todos la disculpaban con su corta 
edad, y la señora quedaba muy contenta y satisfecha. 
I Ah, qué madre I 

Yo me admiraba al ver cómo tan íntima familia- 



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OBRAS ESCOGIDAS 725 

ridad entre ellos y ella no producía algún desaguisado 
funesto para Pomposa; pero es cierto que unas pasiones 
destruyen ó enfrenan á las otras. Ella se defendía, no por 
virtud, sino por vanidad. 

No faltaban entre los visitantes algunos hombres de 
bien y acomodados que propusieron ventajosos casa- 
mientos á Pomposa; mas ella todo lo despreció, porque 
tenía firme vocación de ser marquesa, y por entonces 
no la pasaba mal con su modito; pero ¿qué cosa es per- 
manente en esta vida? 

Al cabo de cinco ó seis meses de esta buena vida, 
fueron todos los cortejantes desengañándose de que Pom- 
posa no pensaba sino en estafar ó ser marquesa; y en- 
fadados de su locura y mala fe, se fueron despidiendo 
poco á poco, hasta que no quedó en la casa más visita 
que un triste meritorio de oficina. 

Ya se deja entender que luego que tocó retirada 
aquella tropa auxiliar, el ejército enemigo, la cruel nece- 
sidad , se fué acercando á marchas forzadas á la casa de 
Pomposa, 

Se volvieron á empeñar las prenditas, á contraer 
drogas, á darle plazos y más plazos al casero y á expe- 
rimentarse las indigencias que al principio; y no hubiera 
sido esto tan fatal, si no hubiera sido más; pero, por 
desgracia, el maldito meritorio, el más zonzo, el más 
pobrete y despreciable, como se quedó solo en la casa, 

LA QUIJOTITA. —182. 



\ . 






726 PENSADOR MEXICANO 

se hizo el objeto de todas las atenciones y confianzas de 
Eufrosina y Pomposita. 

MI aparentaba un amor intenso y una compasión 
entrañable á una familia tan decente, honrada y digna 
de ser protegida por un príncipe. ¡Cuántas veces este 
picarón mezcló sus lágrimas con las de Pomposa al 
escuchar sus infortunios y desgracias 1 La simple mu- 
chacha creía sus fingimientos y le manifestaba su gra- 
titud con expresión ; él aprovechó estos funestos instan- 
tes y apretó el cerco hasta rendir aquella fortaleza. 

La madre, tan engañada como la hija, y por otra 
parte asegurada de su alto modo de pensar, jamás creyó 
lo que pudiera suceder, y así les permitía unas confian- 
zas desmedidas y les proporcionaba más lugar del que 
se había menester. 

Cuando el tunante conoció que la debilidad de Pom- 
posa no podía dejar de descubrirse, hizo lo que acos- 
tumbran sus semejantes, dio media vuelta y no le vol- 
vieron á ver la cara. 

Eufrosina no sabía ú qur atribuir aquel retiro que 
sentía verdaderamente, y más cuando se informó y supo 
que ya no estaba en la oficina en donde había comenzado 
su carrera. Pomposa bien presumía lo que podía ser; 
pero procuraba disimular su sentimiento lo posible. 

No tuvo igual prudencia la naturaleza. De día en 
día se explicaba con más claridad, causando ansias terri- 



■ .■>.'. 



OBRAS ESCOGIDAS 727 

bles á Pomposa. lOsta no pudo menos que descubrirse 
con una de sus buenas amigas, quien le dijo: 

— No te apures, niña, para todo hay remedio; yo 
te traeré una bebida con que te cures en un día esa obs- 
trucción. 

La oferta no pudo ser más criminal; pero Pomposa 
se amaba mucho; conoció cuánto valía el honor de una 
mujer, después de haberlo perdido; quiso á lo menos 
sustraerse de la pública nota, y ya que no tuvo ver- 
güenza para ser madre, la tuvo para mostrarse tal. 
Ahogó en su corazón los sentimientos de la naturaleza, 
se hizo desentendida al terrible grito de su conciencia, 
y acumulando un delito á otro, bebió el infernal licor con 
mucho gusto. Mas fuérase por la robustez de su salud ó 
por la ineficacia de la bebida, no correspondió el éxito 
á su deseo, sino que le hizo buen provecho. Entonces 
ella ocurrió á su caritativa amiga, quien prometió sacarla 
del cuidado. 

En efecto, á la mañana siguiente le llevó un fras- 
quito, y en él unas cuantas cucharadas no sé de qué 
brebaje condenado. Mandó que tomase dos á las diez del 
día, dos á las cuatro de la tarde y dos á las nueve de 
la noche, asegurándole que si al día siguiente no estaba 
buena y sana era su última voluntad que la ahorcaran. 
¡Tan cierta estaba esta maldita consejera de la eficacia 
de su licor! 



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728 PENSADOR MEXICANO 

La inconsiderada Poniposa, deseando desembara- 
zarse prontamente del mal que la afligía, se hizo cargo 
que si seis cucharadas repartidas habían de obrar en 
veinticuatro horas, tomadas juntas obrarían lo mismo en 
mucho menos tiempo; engañada con este falso argu- 
mento, se bebió casi todo el Frasquito de una vez. Igno- 
raba la ilustradísima Pomposa que una misma droga, 
ó llámese medicamento de la botica, puede ser remedio ó 
veneno, según fuere la dosis en que se tome; pero esta 
ocasión lo experimentó bien á su costa. 

A la media hora comenzó á sentir unos retortijones 
terribles que procuró disimular; pero como se aumenta- 
ban por instantes, no pudo disimularlos con igual ente- 
reza. Los dolores terribles, la hemorragia, las náuseas, 
la convulsión y síncopes fueron tales, que pusieron á 
su madre en el mayor cuidado. Se llamó al médico, y 
éste, que no era lerdo, conoció la causa, y así se lo dijo á 
Pomposita en un descuido de su madre. 

— Señorita, le decía, usted me asegura que es don- 
cella; pero los efectos que veo me aseguran que no lo es, 
y aun conozco la causa de su mal. 

— ¡Oh señor doctor! dijo Pomposa; usted es el 
hombre feliz del Padre Almeida, pues conoce la causa 
de mi mal. 

El médico se sorprendió con tan inesperada erudi- 
ción; pero deseando instruirse á fondo de todo cuanto 



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ii<^ 1 . 



OBRAS ESCOGIDAS 729 

le interesaba, trató de que doña Eul'rosina le diera lugar, 
y como no era tonto, lo supo hacer con disimulo. 

En estos intermedios le dijo á la enferma: 

— Usted ha querido sanar de una vez y ha tomado 
algún veneno activo; dígame cuál es, porque le importa. 

Entonces ella sacó de debajo de la almohada el tras- 
quito con lo poco que le había quedado y se lo dio al 
médico. Este lo olió, lo probó, y falló que tomado en 
semejantes dosis era un legítimo veneno que obraba como 
tal, aunque no con la prontitud del arsénico. 

En fin, á fuerza de leche, vomitivos, emolientes y 
confortativos, consiguió sacarla del peligro, sin poder 
impedir el efecto, y lo peor de todo fué que doña Eufro- 
sina lo advirtió; porque como no había muchas criadas, 
y Pomposa contaba ya cuatro meses de enferma, salió 
^l mal v lo vio su nombre. 

En aquel instante disimuló; pero apenas se alivió 
Pomposa, cuando se lo dijo, y la comenzó á tratar con la 
mayor dureza, negándole su mesa, su conversación y 
añadiendo á este trato los mayores denuestos é imprope- 
rios. De tal y cual no le bajaba un punto; y no satisfecha 
con aspereza semejante, dio en ponerle las manos con 
frecuencia. 

Pomposita no estaba acostumbrada á estos rega- 
los, y así, no teniendo más abrigo que sus tíos, se fué 
un día á su casa; contó cuanto le había pasado; el 

LA QUIJOTITA. — 183. - 



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730 



PENSADOR MEXICANO 



coronel la escuchó con caritativa compasión y la acogió 
con lástima. 

Kufrosina disimuló al principio la fuga de su hija, 
sabiendo dónde estaba; pero como le hacía falta, la extra- 
ñaba; porque hay muchas madres que se atienen á sus 
hijas para comer y tratan de recogerlas aunque les quiten 
el bien que logran, porque en no teniendo carne el anzue- 
lo no cae el pez. Ellas son los anzuelos, sus hijas la carne, 
y los peces los hombres que bobamente se dejan engañar. 

Ello es que la buena madre fué á casa del coronel 
para sacar á su hija. Ni ésta quería irse ni aquél dejarla; 
pero fueron tantos los retobos y necedades de Eufrosina, 
que don Rodrigo, no pudiéndolos sufrir, consintió en que 
se la llevara, diciéndole antes: 

— Que se vaya la muchacha enhorabuena; mas 
tenga usted entendido, que va á ser eternamente infeliz, 
y usted más bien que ella tiene la culpa. Ya la hizo des- 
graciada en lo privado con su mala educación, perverso 
ejemplo y criminal consentimiento, y ahora quiere ser- 
virse de ella como de un medio indigno y criminal para 
vivir... ¡Pobre muchacha I Ella va á prostituirse al lado 
de su madre, y á vivir como una mercenaria de su 
cuerpo. ¡Cuántas fueran menos infelices si no tuvieran 
semejantes madres! 

No quiso aguantar más doña Eufrosina; y así, 
haciendo un dengue colérico, le respondió: 



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OBRAS ESCOGIDAS 



731 



— Hermano, yo no vine á que me prediquen, sino á 
llevarme á mi hija. ¿Qué le importamos á usted ella ni 
yo? ¿ha de dar usted cuenta á Dios de nosotras? pues 
déjenos que nos lleve el diablo. Conque vístete, mucha- 
cha, y vamonos antes que me acabe de enfadar. 

El coronel, sin hablar otra palabra, la dejó char- 
lando: Pomposa se vistió, se entró á despedir de sus tíos 
y se fué con su buena madre. 







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CAPÍTULO XXXV 



Continúa la desarreglada conducta de Eufrosina y la Quijotita; 

desatinada inversión que le dieron al último dinero que esperaban tener y acabó 

en una noche en el juego. Discurso del coronel 

contra ese vicio detestable 



Mientras que mi tutor, doña Matilde y yo lamentá- 
bamos la suerte infeliz que iba á correr Pomposita, la 
madre de ella no pensaba más que en el modo de vivir 
sin volver á ver para nada la cara de su cuñado ni á 
nadie de su familia, excepto yo, que como sabía hacer mi 
papel por disposición de mi tutor, nunca tomé partido 

LA QUIJOTITA. — 184. 



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734 



PENSADOR MEXICANO 



descubierto contra ella ni su hija, con objeto de comuni- 
carlas y estar al alcance de todo lo que ocurría en su 
casa, por si se les ofreciere cosa en que servirlas, y 

porque cuando podía percibir que la necesidad las estre- 
chaba, avisaba á mi tutor, según me tenía encargado, y 

por su orden les dejaba con disimulo en las almohadillas 

ó canastas de costura algunos socorros que me daba para 

ese objeto y con encargo especial de que nunca dijese 

nada á nadie. 

Como desde los primeros días de la separación 
comenzaron á tener escasez, porque ciertamente nada 
tenían seguro, y los contertulios no concurrían, porque 
la casa de un pobre apesta á diablo revolcado en caño de 
bodegón, doña Eulrosina, echando cálculos, se acordó de 
la carta de dote que le dejó don Dionisio por la cantidad 
que había cogido de sus nombramientos de huérfana, 
y me encargó de su cobro, lo que con la dirección y 
resortes del coronel, que tomó empeño bajo de secreto, se 
logró que el juez del concurso, de consentimiento con los 
acreedores, mandase librar la cantidad que me exhibió el 
depositario y yo llevé á doña Kufrosina. 

No puede ponderarse el gusto con que doña Eufro- 
sina y su hija tomaron el dinero, del que empezaban 
á discurrir la más célebre distribución, en lo que les fuí 
á la mano, manifestándoles que nunca necesitaban de 
más juicio que esa vez, porque esa cantidad era la última 



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OBRAS ESCOGIDAS 735 

<jue pudieran haber y no quedaba ya esperanza alguna. 
Les aconsejé que buscasen con empeño una velería, cho- 
«olotería ó bizcochería que traspasar, que se metiesen 
allí á cuidar de su capitalito, y que mientras se adiestra- 
•ban en el giro yo les auxiliaría lo posible, principalmente 
para las compras de la calle. Hicieron buenos gestos 
cuando pensaban en esto de manejar el sebo, las pano- 
chitas, los cohetitos y demás menudencias que se expen- 
den en las velerías; mas por último, demostrándoles yo 
que peor que todo eso era el morirse de hambre, mendi- 
gar ó prostituirse, se determinaron á tomar mi consejo 
y quedaron resueltas á buscar desde el día siguiente una 
■casa que traspasar y me encargaron la solicitase. 

Me fui y conté á mi tutor la buena disposición que 
tenían, de lo que doña Matilde se alegró mucho; pero él 
■se sonrió, meneó la cabeza y dijo: 

. — La cosa es muv buena en las circunstancias de esas 
santas; mas dudo que lo hagan, porque allí no hay cabeza. 
Le repuse que yo creía que lo harían, porque ya 
!a fortuna les había dado buenos golpes; yo les había 
demostrado que no tenían ya otra esperanza, y ellas, con- 
vencidas de todo, se habían resuelto á tomar ese nuevo 
modo de vivir, para no exponerse á perecer otra vez, y el 
•coronel contestó: 

— Todo está muy bueno; quiera Dios que tenga 
■efecto tan laudable proyecto. 



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736 PENSADOR MEXICANO 

Al otro día salí empeñado á buscar casa de comercio 
á propósito para que la traspasaran, y tuve la chiripa 
de encontrar una bizcochería v chocolatería en la calle 
de la Merced, que tenía una habitación interior de dos 
piezas y su cocinita con uso del patio, que ganaba ocho 
pesos cada mes, vendía al día que menos doce pesos, 
querían cien pesos de traspaso y de existencia tendría 
trescientos. Creí no podía darse cosa más análoga, y que 
allí asegurarían su subsistencia viviendo frugalmente; y 
muy contento con tales ideas, me fui á avisarles á las 
cinco de la tarde; pero ¿cuál sería mi sorpresa y disgusto 
al ver que ya habían empleado mucha parte del dinero 
en cortes de túnicos, tápalos, medias, bretañas, canapés 
de moda, rinconeros, sillas, tocador, etc., etc. 

Les reclamó aquel despilfarro, y me contestaron que 
tenían necesidad de todo eso, porque no habiéndose 
criado en la miseria, no podían privarse de cosas tan 
precisas ni querían verse despreciadas de todos, pues 
que la gente pobre hiede á muía y zopilote muerto; y 
terminaron con decirme que no me apurara, porque aún 
les quedaban doscientos cincuenta pesos. Híceles pre- 
sente que habían cometido una gran locura, porque nada 
de aquello les urgía y debieron primero asegurarse de 
una casita que les diera el pan de cada día, y de la que 
después podrían ir sacando proporcionalmente para ropa 
y algunos muebles indispensables. 



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OBRAS ESCOGIDAS 737 I 

Oyéronlo todo con mucho disgusto, concluyendo con 
decir que el dinero que les quedaba ya no era bastante 
para tomar la casa que yo les proponía, y que por lo 
mismo se resolvían á buscar otra de menos precio. 

Acabamos nuestra contestación, cuando empezaron 
á entrar algunas de sus antiguas amistades, que habién- 
dolas visto casualmente por la mañana en la compra 
de la ropa y demás cosas, calcularon, y muy bien, que 
era tiempo de volver á divertirse algunos días á costa de 
aquellas celebérrimas tontas. Cada uno, á su vez, pregun- 
taba el origen de aquella bo lie ha Ja, decían que se alegra- 
ban de tan buena suerte, daban sus consejos para la 
mejor inversión que debía darse á aquel gran caudal 
que les quedaba, y remataron con que para celebrar tan 
buena ventura, era necesaria una diversioncita, aunque 
fuese casera, y quedó ésta concertada para la noche del 
domingo inmediato, encargándose cada uno de convidar 
á algunos conocidos y doña Eufrosina de prevenirles 
una merienda y buscar músicos que no fueran cham- 
bones. 

A las oraciones me despedí y retiré de aquella casa 
de locos, lleno de tristeza por contemplar que Eufrosina 
y su hija iban á dar al traste en pocos días con aquel 
dinero, que aunque poco, pudo darles qué comer por 
algún tiempo, si hubieran sido capaces de juicio. 

Luego que llegué á casa, conté á don Rodrigo y su 

LA QUIJOTITA. — 185. 



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738 PENSADOR MEXICANO 

esposa cuanto había pasado; se desazonaron bastante y el 
coronel dijo: 

— Pero ¿qué quieren ustedes que hagan dos personas 
que nunca han conocido la economía, que no han hecho 
más que gastar sin saber lo que gastaban y que jamás 
hubo quií'^n les dijera en el mejor tiempo el modo de 
manejarse, para no cometer tantos desatinos como han 
cometido y que han ocasionado su ruina? Es preciso 
decir y repetir muchas veces para gobierno y aprovecha- 
miento de las señoras mujeres, y particularmente las 
casadas, que sin virtudes domésticas, no podrán nunca 
ser felices ni hacer dichosos á sus maridos 6 hijos; pues 
las virtudes demésticas no son más que la práctica de las 
acciones útiles á la lamilla que vive reunida en una casa. 
Estas virtudes son la economía, el amor paterno, el amor 
conyugal, el amor fih'al, el amor fraternal y el cumpli- 
miento de los deberes de amo y criado. La economía es 
la buena administración de todo lo que concierne á la 
existencia de la familia ó de la casa; y como la subsis- 
tencia tiene en ella el primer lugar, se ha contraído 
especialmente la palabra economía al empleo del dinero 
en los objetos de las primeras necesidades de la vida. La 
economía es una virtud, porque el que no hace ningún 
gasto inútil se encuentra siempre con un sobrante, que 
es lo que constituye la verdadera riqueza, y por este 
medio se proporciona, y á su familia, todo lo que es verda- 



•..(^«v ',»? ; ". — ■'•i»j^Tg-'»-í-iiíri:— 1 ■■;-.' I--.V'*. 7r~T' 



OBRAS ESCOGIDAS 739 

ñeramente cómodo y útil, sin contar que por este medio 
se aseguran algunos recursos contra las pérdidas acci- 
dentales é imprevistas, de suerte que cuantos de 6\ se 
rodean viven en una dulce comodidad, que es la base de 
la felicidad humana. Por el contrario, la persona que cae 
en los vicios de disipación y prodigalidad viene á verse 
privada de lo necesario, cae en la pobreza, la miseria y 
el abatimiento, y sus amigos mismos temen verse obli- 
gados á restituirle lo que ha gastado con ellos ó por ellos, 
le huyen como el deudor huye de su acreedor y queda 
abominado de todo el mundo. El amor paterno se explica 
en el cuidado continuo que tienen los padres de hacer 
contraer á sus hijos el hábito de todas las acciones útiles 
á ellos y á la sociedad. Los hijos con tales hábitos se 
proporcionan durante su vida unos goces honestos y 
auxilios que se hacen sentir á cada instante y que 
aseguran á su vejez los apoyos y consuelos oportunos 
contra las necesidades y miserias de todo género que 
agobian esta edad. Pero por desgracia, muchos padres se 
extravían en esta parte: no aman á sus hijos, sino que 
los acarician, les satisfacen todos sus caprichos y los 
echan á perder. Esta fué la conducta de mi desgraciado 
hermano don Dionisio y éste el origen de que estas 
pobres mujeres no tengan hoy cabeza para nada útil y 
sólo piensen en despilfarros. 

Habiendo callado mi tutor, le dijo doña Matilde: 



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740 PENSADOR MEXICANO 

— Todo es una verdad muy sensible para mí, porque 
veo que ya no tiene remedio la última ruina de mi 
hermana y sobrina, pues sólo Dios, como se lo pido, 
puede hacerlas entrar en acuerdo y mantenerse honrada- 
mente y sin las congojas que consigo trae ese modo de 
vivir tan desarreglado. 

El domingo inmediato estuve á las oraciones de la 
noche en casa de doña Eufrosina, en donde ya encontré 
una concurrencia que no esperaba, con una música 
regular y (i las señoras de la casa con todos los atavíos 
del gran tono. Á poco comenzó el baile, que rompieron 
Pomposita y un oficial que estaba allí haciendo el primer 
papel, siendo acreedor también al primer puesto en los 
presidios de Islas Marianas por la notoriedad de sus 
depravadas costumbres, pues pertenecía á una pacotilla 
de /('/trros de casaquita y fraquesito, que llamaban el 
manojiU) y vivían d expensas de los tontos que los admi- 
tían en sus casas para sus diversiones, en las que por 
modo de broma y d si pega , se embolsaban las cucharas 
y tenedores, cambiaban su repelo de sombrero con los 
buenos que llevaban los hombres decentes, dejaban sus 
otates y se llevaban buenas cañas y paraguas, y á ese 
modo hacían otras travesuras de ingenio, con que se 
habilitaban para sus necesidades de burdel, etc., etc. De 
esa partidita había en la diversión de las Langaruto unos 
cinco ó seis, que todos á su vez bailaban, cantaban y 



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A poco comenzó el baile, que rompieron Pomposita y na oficial que estaba allí 



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OBRAS ESCOGIDAS 741 

brincaban, comían y bebían sin tino y sin tasa, antes de 
la merienda, en la merienda y después de la merienda. 
Esta fué muy buena, pues ni doña Eufrosina ni su hija 
querían hederá pobres, sino quedar bien en su fiesta, 
aunque el día siguiente fuera necesario empeñar algo 
para comer. Yo, aunque al principio me incomodé con 
todo aquel desbarato, convenciéndome de que no tenía 
remedio, me hice el ánimo de divertirme bailando mis 
contradanzas, que es lo que me agrada por lo que apro- 
vecha el ejercicio. 

Al concluir una de ellas fui á sentarme y observé 
entre la concurrencia una señora de ochenta años, otra 
de sesenta y otra de cuarenta con una sobrina de veinte á 
veintidós. Cierto instinto hizo que me arrimase á esta 
última, la cual me dijo al oído: 

— ¿Qué le parece á usted de mi tía, que con su edad 
quiere tener cortejos y hacer la niñita? 

— No tiene razón, le dije, que eso en quien cae bien 
es en usted. 

Poco después me puse junto á la tía, y me dijo 
ésta: 

— ¿No ve usted esa vieja, que cuando menos ha 
cumplido los sesenta, y ha gastado hoy más de una hora 
en el tocador? 

— Pues pierde su tiempo, le respondí; menester 
sería que tuviera el mérito que usted para pensar así. 

LA gUWOTITA. — 186. 



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742 PENSADOR MEXICANO 

Arrimóme á la desventurada sesentona doliéndome^ 
en el alma de su suerte, y me dice al oído: 

— ¿Hase visto cosa más risible? vea usted ese carca- 
mán, con más de ochenta años, poniéndose cintitas 
encarnadas y haciendo la criaturita, y se sale con ello, 
porque se ha vuelto á la edad de los niños. 

— ¡Ay Dios míol dije para mí; ¿no veremos nunca 
más extravagancias que las del prójimo? ¡Acaso es dicha 
que nos consolemos con las flaquezas ajenas I 

Gomo estaba de buen humor, dije para mi sayo: 

— Bastante hemos subido; bajemos ahora, y empe- 
cemos por la más vieja que está en el testero del estrado. 
— Señora, se parece usted tanto á esta otra dama con 
quien acabo de hablar, que yo me había figurado que era 
su hermana, y creo que son ustedes de una misma edad 
con corta diferencia. 

— Es cierto, caballero, me dijo, que cuando se muera 
una de las dos, mala se la mando á la otra, porque pre- 
sumo que no hay dos días de diferencia entre ambas. 

Oída esta decrépita, me llego á la de sesenta, y le digo: 

— Es menester, señora, que falle usted una apuesta 
que acabo de hacer, porque he apostado que usted y 
aquella señora (señalando la de los cuarenta años) tenían 
la misma edad. 

— A fe mía, me respondió, que creo que no hay 
medio año de diferencia. 



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OBRAS ESCOGIDAS 743 

¡Bien val continuemos. Fui más abajo, y acercán- 
dome á la de los cuarenta: 

— Hágame usted favor, señorita, de decirme si se 
chancea cuando llama sobrina á aquella otra señorita que 
está allí. Tan niña como ella es usted, y aun tiene ella en 
la cara un no sé qué aviejado que no hay en la de usted; 
luego esas mejillas de color de escarlata tan vivo, ese... 

— Oiga usted, me respondió; de veras que soy su 
tía; pero su madre tenía veinticinco años largos más que 
yo, porque no éramos de la misma edad, y he oído decir 
á mi hermana que había nacido su hija el mismo año 
que yo. - 

— Bien lo decía, señora, y no sin razón extrañaba 
tanto el parentesco. 

Esta ocurrencia me hizo entender que las mujeres 
que se ven morir poco á poco, perdiendo su hermosura, 
querrían retroceder hacia su juventud. ¡Ahí ¿pues cómo 
no han de anhelar por engañar á los otros, cuando se 
afanan por engañarse á sí propias y zafarse de la más 
triste de todas las ideas, que es para ellas la de afearse y 
enviejarse? . . 

En estas reflexiones estaba yo distraído, cuando me 
llamaron la atención infinidad de palmoteos que daban 
los del mano/ito, gritando desde la puerta que entraba á 
la pieza donde habíamos merendado: 

— Señores y señoritas, aquí hay otra diversión para 



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744 PENSADOR MEXICANO 

los aficionados: Morales ha puesto el montesito con cin- 
cuenta pesos. 

En el momento se metieron á dicha pieza y los 
siguieron algunos concurrentes picados de la araña, y á 
poco doña Euí'rosina fué también diciendo que iba á ver 
si sacaba los costos de la diversión. 

Lo que debía temerse de que jugara una se- 
ñora que no entendía mucho de eso, y que iba á po- 
nerse con los maestros de Briján ^ como tahúres y 
fulleros de profesión, me hizo seguirla y aconsejarla no 
hiciera tal disparate; mas nada fué bastante á contenerla, 
y fué el resultado que, aturdida con las primeras pérdidas, 
se cegó, y poniendo paradas de consideración, antes de 
hora y media no le quedó ni medio ni más recurso para 
pagar á los músicos, que empeñar al día siguiente alguna 
ropa, porque hasta las alhajitas habían ganado ó robado 
ya los picaros del manojito, que todos hacían pala á su 
compañero el montero, cometiendo cuantas faltas y grose- 
rías les eran pecuHares, negando á doña Eufrosina algunos 
pedidos que hacía para seguir jugando, y contestándole 
que sólo prestaban sobre Pomposita. 

Esto desazonó enteramente á madre é hija, y los 
concurrentes, que lo advertían, se fueron saliendo, así 
como los señores del manojito, que á más de su mala 



' Aal suele llamarse el Juego, aunque equivocándose el nombre de Bilkán, que pa- 
rece haber sido el inventor de los naipes, ó su primer fabricante. — E. 



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OBRAS ESCOGIDAS 



745 



ganancia se llevaban ya algunas servilletas y pañuelos en 
la bolsa, según lo tenían de costumbre; y yo, que vi en mi 
relox las once largas, afligido porque me había distraído 
tanto y porque se habría incomodado justamente mi 
tutor, me despedí y fui con violencia á casa, donde sólo 
me aguardaba el portero para abrir el zahuán, que 
cerrado á mi satisfacción, me fui á acostar, y dormí hasta 
las nueve del siguiente día, por no estar acostumbrado á 
desvelarme. 




LA yUUOTlTA. — 187. 



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^'*-». 



CAPITULO XXXVI 



Noticia de dónde estaba don Dionisio, 

su nueva fortuna, su llegada á México y conducta 

que entabló. Por su mujer é hija cae en una cama y muere. 

Ingratísimo modo de obrar de Eufrosina 

en este lance 



Como me levanté tarde, ni pude ni tuve ocasión de 
decir nada hasta el medio día en la mesa, á fjue casual- 
mente asistieron ese día Pudenciana y su marido, é im- 



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748 PENSADOR MEXICANO 

puestos todos de cuanto desorden habfa visto en casa de 
doña Kufrosina el día anterior, se lamentaron de las des- 
gracias que eran consiguientes á esa conducta, y mi 
tutor, tomando oportunamente la palabra, dijo: 

— La conducta de esas miserables me parte el alma, 
y más porque veo que no tienen remedio; pero va que 
me dan ocasión, diré á ustedes lo que he observado 
muchas veces con respecto á la odiosa y criminal pasión 
del juego. A instancias de algún concurrente se permite 
por una sola vez, y después de muchas instancias, un 
rato de monte. Mste rato se prolonga mucho más de lo 
que se creyó al principio, y ya está hecho el daño y 
abierto el camino á uno de los mayores azotes que 
pueden sobrevenir á una familia. Un solo hecho de 
esta especie basta para contraer una afición, que crece 
con los años, nunca se extingue y conduce al cri- 
men, á la ignorancia, á la pérdida del reposo y á 
un fin trágico y deplorable. Si se hubiera tratado de 
inventar el medio más eficaz de despojar á la mujer 
de sus gracias naturales, no hubiera podido hallarse 
uno más á propósito que el juego. La mujer que le 
cobra afición está en un frenesí habitual, en una ansiosa 
inquietud, en un anhelo continuo que la priva para 
siempre de la aptitud para las ocupaciones serias y útiles. 
Ni siquiera le queda el derecho de exigir las considera- 
ciones y preferencias que se tributan en toda sociedad 



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OBRAS ESCOGIDAS 749 

á las señoras, porque el juego requiere una perfecta 
igualdad, y los jugadores de profesión la miran como 
su víctima si pierde, como su enemiga si gana, y en todos 
casos como su cómplice. Cuando esta perversa propen- 
sión se ha hecho dominante, no sé cómo se pueda oponer 
á la inmoralidad y al desorden, ni creo que pueda haber 
sombra de estabilidad en las relaciones públicas y pri- 
vadas. Las inclinaciones más depravadas, el embrute- 
cimiento, la chocarrería, las libertades más groseras é 
indecentes, deben ser y siempre son las compañeras 
inseparables del juego. La degradación que imprime en 
el alma, aletarga las facultades, la condena á ejercitar 
su comprensión en la más despreciable de las futilidades, 
y dándole el convencimiento de su propia bajeza, le quita 
los medios y el deseo de ella y de emprender la menor 
reforma. Se me figura que este vicio es propio y el 
más eficaz instrumento para ejercer sobre el hombre 
el más absoluto despotismo, porque interesado éste en 
convertir el hombre en máquina, ¿puede inventarse un 
medio más seguro que el que lo reduce á fijar toda su 
atención en las vicisitudes del azar y en los movi- 
mientos de unos cartones pintados? Hablo sólo con mi 
familia, y creo que ninguno de ella es capaz de venderme 
por decir con franqueza mis sentimientos, y con tal 
seguro diré, que en mi juventud vi que el juego llegó 
á ser una de las horribles calamidades con que los 

LA QUIJOTITA. — 1?8. 



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750 PENSADOR MEXICANO 

agentes de la tiranía habían inficionado mi patria; pero 
ésta, si no en la presente lucha, aunque más tarde, 
ha de ser libre á costa de cualquiera sacrificio, y esta 
consideración sólo es bastante para imprimir el sello 

de la proscripción y de la ignominia á un pasatiempo 
más destructor que la guerra desoladora, y dejarnos el 
tiempo expedito para educar á nuestras familias y formar 
buenos ciudadanos, que ya serán nuestros hijos, y muy 
particularmente las mujeres, que son las encargadas de 
dar las primeras impresiones á la infancia. 

Así discurrió el coronel sobre el maldito juego, y 
seguimos hablando del estado de angustia en que esta- 
rían las señoras Langaruto, cuando al terminar la mesa 
metieron á don Rodrigo dos cartas que conducía el car- 
tero, y vio una grande que venía de Chihuahua y tan 
abultada, que su porte eran cinco reales, y la otra de 
Puebla por el porte de dos reales. Pagó ambos, y lla- 
mándole la atención la primera, por lo abultado y por ser 
de un punto en donde no tenía ninguna relación, la rom- 
pió, y con admiración dio un grito de sorpresa: ' 

— ¡Don Dionisio, don Dionisio I 

Todos nos sorprendimos é interesamos en saber cuál 
era la suerte de aquel hombre, y el coronel, apartando 
una carta que venía para doña Eufrosina, otra para Pom- 
posita y otra para un comerciante, leyó la que á él se 
dirigía, y decía así: 






OBRAS ESCOGIDAS 751 

«Señor coronel don Rodrigo Linarte. 
»Ch¡huahua, etc. 

»Mi muy amado hermano y mejor amigo: Cuando 
la triste situación á que me redujeron mis pasados des- 
órdenes me hicieron separar de mi casa y mi familia, el 
volver á ella era de lo que menos esperanza tenía. El 
despecho me conducía errante y sin destino, y era inevi- 
table perderme; pero la Providencia divina, que ha escu- 
chado seguramente las oraciones de V., mi hermana y 
sobrina, me preparó el remedio de mis males. Yo, con 
el carácter de soltero y con el nombre de Pedro Murguía, 
me destiné en Durango en una tienda por el mezquino 
sueldo de cien pesos anuales, con el que sufrí un año, y 
concluido me subió mi amo cincuenta pesos más; pero 
habiéndole escrito un comerciante de Chihuahua que un 
amigo suyo necesitaba un cajero de confianza y que daría 
doscientos cincuenta pesos, me lo propuso, y yo, que 
deseaba alejarme todo lo más posible, acepté y marché á 
los tres días. Llegué á mi destino, y me encontré con 
que mi nuevo amo era un español, solterón viejo de 
sesenta años, que tenía una tienda con cosa de ocho mil 
pesos, una casa propia y una haciendita que valía treinta 
y cinco mil; pero me enfrié cuando oí que se llamaba 
don Ambrosio Langaruto. Sin embargo, resuelto á ocul- 
tar mi nombre, comencé mis trabajos como hombre que 



752 PENSADOR MEXICANO 

no desconoce los negocios, de lo que resultó que á pocos 
meses me dijera mi amo: — Don Pedro, yo estoy viejo, 
no tengo aquí pariente alguno que vea por mí, y V. ha 
simpatizado conmigo, á más que le veo amor al trabajo; 
desde hoy se encarga V. del cuidado y administración de 
todos mis intereses; véame V. como un amigo, que yo 
quiero serlo de V. y no le ha de pesar. — Yo le ofrecí 
cuanto me exigía, y desde entonces comencé á manejarlo 
todo con la exactitud y fidelidad que debía. En las con- 
versaciones familiares que después tuvimos, descubrí que 
mi amo era hermano menor de mi padre, que vinieron 
juntos (Je España y que por una riña que tuvieron se 
separaron. Mi padre quedó en esa ciudad, y don Am- 
brosio se vino á ésta, sin que jamás volvieran á comu- 
nicarse de ningún modo. 

»Conciba V. cómo quedaría con tal noticia y la incer- 
tidumbre en que entré, de si me descubría ó no; pero me 
resolví á lo segundo, y así me mantuve hasta ahora hace 
dos meses que, viendo que mi amo se agravaba de sus 
achaques habituales y concibiendo alguna esperanza, me 
determiné á descubrirme, valiéndome de poner con disi- 
mulo mi partida de bautismo, que tuve cuidado de traer- 
me en mi fuga, para que en caso de morir ella dijese 
quién era yo y se avisara á mi familia. Tan pronto como 
la leyó comenzó á gritar: — {Dionisio, Dionisio! — y yo, 
temblando y anegado en llanto, acudí á verlo. Ya lo 



OBRAS ESCOGIDAS 753 

encontré que iba á buscarme; me eché á sus pies, se los 
besé, porque veía en él la imagen de mi padre, y me alzó; 
nos abrazamos, y cuando estuvimos desahogados le conté 
mi historia. Kl me previno dispusiera mandar por mi 
familia á toda costa, y así lo habría ya hecho si mi tío 
no cayera gravemente malo á los tres días; se fué po- 
niendo peor cada día, hizo su testamento, en el que me 
dejó de su único y universal heredero, y murió hace un 
mes y ocho días. 

»Hice sus funerales como correspondía, lo mismo 
que sus honras, y determinando luego volver al seno de 
mi familia he traspasado la tienda, de lo que mando 
á V. la adjunta libranza de tres mil pesos, que me hará 
favor de poner en manos de mi Eufrosina, para que ella 
y mi hija los reciban como una prueba de mi amor y de 
la mejora de nuestra suerte. 

»Sólo aguardo á que me den el valor de la casa y 
hacienda en el mes que he dado de plazo, é inmediata- 
mente salgo para esa, en donde tendré el gusto de acabar 
de pagar á mis acreedores y de abrazar á V., á mi her- 
mana y sobrina, y manifestarles de mil modos mi reco- 
nocimiento y cariño. Entretanto mande V. como guste 
á su apasionado y agradecido hermano, que ansia por 
verlo V atento b. s. m. 

tj 

Dionisio Langaruto.» 

LA QUIJOTITA. — 189. 



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754 PENSADOR MEXICANO 

Todos nos llenamos de alegría, y mi tutor me mandó 
que inmediatamente lo llevase á casa de doña Eufrosina 
y Pomposita, á quienes encontramos llorando porque no 
tenían ya esperanzas algunas para remediar sus necesi- 
dades. Luego (|ue vieron á don Rodrigo procuraron 
disimular su estado lo mejor posible, y después de salu- 
darle entre humillación y orgullo, que disimuló el coro- 
nel, les dijo que ya estaba instruido de la situación en 
que se hallaban, y que para ellas era conductor de un 
gran consuelo que les enviaba la Providencia, como lo 
verían por las cartas que les entregaba, así como les 
entregaría al día siguiente tres mil pesos que esperaba 
le darían de la libranza, porque era contra buena casa. 

En el momento que leyeron sus cartas comenzaron 
las alharacas y privaciones, etc., se les auxilió con lo 
necesario, y dejándoles mi tutor veinte pesos, nos retira- 
mos después de recibir muchos agradecimientos y abra- 
zos. Al día siguiente se cobró la libranza, y yo íuí el 
comisionado para entregarles el dinero, que recibieron 
con cuanto gusto se puede imaginar, é inmediatamente 
mandaron por un coche y me estrecharon á que las 
acompañase, metiendo al coche dos mil pesos. Yo les 
preguntaba qué iban á hacer, ad virtiéndolas de que era 
menester meditar cualquiera cosa, y de que se fueran 
con tiento en gastar, porque no sabíamos si la Providen- ' 
cia dispondría que l'uera el último socorro. A todo con- 



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OBRAS ESCOGIDAS 755 

testaron que siendo otra vez ricas, no les correspondía la 
casa que tenían, ni todo lo demás, y marchamos previ- 
niendo ellas al cochero fuera á andar por las calles princi- 
pales, y que donde viera cédulas de casa vacía allí parase. 
Por más que yo les decía en el camino, nada bastó á 
disuadirlas, antes me dijeron que era un necio, que había 
íbrmádome por las ranciedades de mi tutor, á quien le 
atribuían ser un miserable. Quise distinguirles la miseria 
y mezquindad de la economía que usaba mi tutor, que 
justamente huía de la prodigalidad y despiltarro. Todo 
lo escuchaban como quien oye llover y no tiene á qué 
salir; y en estas y las otras paró el coche en la calle de 
Vergara, y entramos á una casa que estaba de traspaso, 
porque la familia que la ocupaba se iba fuera, por cuya 
razón también vendían algunos muebles de lujo. En dos 
por tres, aquellas cabezas volcánicas ajustaron el tras- 
paso de la casa en cuatrocientos pesos, y en ochocientos 
los muebles, y me encargaron hiciese al cochero subir el 
dinero; de él se pagó lo tratado, se recogió recibo, se 
convinieron que al día siguiente recogían todo, y hasta 
el portero de la misma casa quedó ajustado de cuenta de 
las mismas Langaruto, y nos volvimos al coche con los 
ochocientos pesos restantes que se quedaron dentro de 
hora y media en distintos cajones de ropa, de que fué el 
coche bien habilitado. 

Tal principio tuvo la nueva fortuna de aquella fami- 



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756 PENSADOR MEXICANO 

Ha. Al otro día fueron á recibir la casa y se mudaron en 
el momento; mandaron imprimir papeletas, y las repar- 
tieron á todas las personas particulares de sus antiguas 
relaciones y amistades. De que resultó que el síndico del 
concurso de don Dionisio, tan luego como supo todo 
esto, solicitó se embargase lo que tenía la familia, y 
fueron al efecto á la calle de Vergara. Doña Eufrosina, 
queriendo ó no, mandó llamar á mi tutor, quien fué á 
ver al síndico, y manifestándole la carta del deudor le 
persuadió que dentro de poco estaría aquí y pagaría lo 
que restaba, pues que no lo había olvidado. Con esto se 
contuvo el embargo, y como este servicio del coronel 
obligaba las consideraciones de Eufrosina y Pomposita, 
esa tarde mandaron por un coche y fueron á visitarlos, lo 
mismo que á Pudenciana y su marido. En ambas casas 
recibieron los mejores consejos para su posterior con- 
ducta; mas era lo menos en que ellas fijaban la atención. 
Al siguiente día mi tutor, doña Matilde, don Modes- 
to y Pudenciana fueron á pagar la visita, aunque con 
repugnancia del primero; pero vencióse, porque don Dio- 
nisio no los encontrase desavenidos y entendiese todo lo 
ocurrido con su familia, pues que esto sería un gran 
pesar para un pobre hombre que venía de nuevo á 
comenzar su vida después de algunos padecimientos. Con 
aquella visita quedaron ya corrientes en su amistad. 

Al mes y medio llegó don Dionisio Langaruto, 



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OBRAS ESCOGIDAS 757 

parando en la casa de mi tutor, de donde pasó á la de 
Pudenciana y rogó que lo acompañásemos todos á la 
suya, y montando en el mismo coche de camino en que 
él había venido solo obsequiamos su voluntad. 

Pomposita, que estaba en el balcón, luego que vio 
parar el coche gritó á su mamá, y ambas bajaron hasta 
el patio, donde ya nos encontraron. Madre é hija sin 
hablar palabra y bañadas en llanto, se abrazaron de don 
Dionisio, que quedó hecho una estatua, y sus ojos rom- 
pieron en deliciosas lágrimas, gozando todos la más pla- 
centera felicidad en aquel momento, que creían el más 
dichoso de su vida. 

Mi tutor, su esposa, don Modesto y Pudenciana, con 
los ojos humedecidos y con la ternura que inspiraba la 
escena, los hicieron caminar y subir á la sala, donde 
poco á poco fueron respirando, y repitieron los abrazos y 
las mejores palabras de amor y sensibilidad. 

Los criados que traía don Dionisio, tan pronto como 
descargaron el coche, de cuya comisión me encargué, y 
que colocaron éste y las muías en su lugar, subieron á 
ofrecerse á sus amas, á quienes los recomendó Langa- 
ruto, diciendo que habían muchos años servido á su tío 
con fidelidad, y reconocido, se los había traído en su 
compañía. 

Comimos allí aquel día, y nos retiramos hasta las 
nueve de la noche con repeticiones de abrazos, lágrimas 

LA QUIJOTITA. — 190. 



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758 PENSADOR MEXICANO 

y ofertas. Al día siguiente, á la hora de almorzar, llegó 
don Dionisio, y á poco avisaron quo estaban allí sus 
criados con unos caballos, y al momento nos suplicó 
bajásemos á verlos. Ya en el patio dijo al coronel que 
no creería que lo amaba como hermano y amigo, si no 
recibía aquella pequeña demostración de su voluntad y 
reconocimiento; que un caballo retinto que allí estaba 
era para mi tutor, el tordillo para don Modesto, un rosi- 
llo para doña Matilde, un colorado saino para Pudencia- 
na, y un moro para mí. Todos resistimos lo posible este 
obsequio, aunque á mí se me iban los ojos tras el moro, 
que era de la mejor estampa, aunque parecía* inferior 
entre los cinco, y por último, á las instancias, los recibi- 
mos, dando muy expresivas gracias. 

Subimos á almorzar, para lo que se convidó á Pu- 
denciana y su marido, y en la mesa contó cuanto le 
había pasado desde que se separó de su casa, y concluyó 
dando gracias á Dios por todo, y diciendo: 

— La experiencia me ha dado á conocer cuanto mal 
me manejr en la primera (''poca de mi fortuna, y hoy 
estoy resuelto A llevar nueva conducta, según me lo acon- 
sejó y encargó en los últimos momentos de su vida mi 
tío y bienhechor; pero para celebrar mi nueva fortuna, 
quiero tengamos un día de campo, entre los de nuestra 
familia, y al que no concurrirán más extraños que dos 
amigos de toda confianza. Hoy mismo he pasado á ver 






OBRAS ESCOGIDAS 759 

al síndico del concurso de mis bienes, y mirando la 
cuenta que tiene bien formada, vi que entre lo que se 
adeudaba á los acreedores y lo que se ha pagado de 
costas, debía yo once mil y pico de pesos, que en el acto 
le pagué en buenas libranzas, que aceptó luego á presen- 
cia del escribano, que fué á dar cuenta de todo al juez, 
para que dé por concluido el concurso y se archive, según 
pedimos en un escrito el síndico y yo. 

Todos lo felicitamos por su ventura, y quedamos en 
asistir al día de campo, que tuvimos en una casa de la 
Orilla, con mucho placer, pues vimos que don Dionisio 
era completamente otro hombre. 

En la semana siguiente á su llegada traspasó don 
Dionisio una tienda de ropa en el Parián, cerca de otra 
que ya tenía don Modesto con buen capital, á que había 
subido por su continuo afán, cuidado y economía de 
Pudenciana, que no olvidando las lecciones de su padre 
y ejemplo de Matilde hacía la felicidad de su marido, al 
mismo tiempo que cuidaba atentamente de la educación 
de dos niños y una niña que ya tenían, y cuyas primeras 
impresiones estaba haciendo por sí, decidida á no man- 
darlos á las amigas, adonde más bien van á corromper- 
se los niños que á aprender, porque las maestras no 
son capaces de nada y todo se les va en regañar, 
gritar, remedar, coscorronear, azotar y nada de ense- 
ñar, porque ó á ellas no las enseñaron ó no tienen 



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760 PENSADOR MEXICANO 

genio, método ni empeño para el lleno de sus de- 
beres. 

Abierto el cajón de don Dionisio, que ya, si bien se 
trataba con amor á su Familia, no le permitía los ante- 
riores despi I farros, presentaba las mejores esperanzas; 
pero fué el caso que allí mismo no faltaron imprudentes 
que, so color de amistad, le fueron imponiendo de la 
conducta toda que durante su ausencia observaron su 
mujer ó hija, lo que no dejó de desazonarlo, é indispo- 
niéndose más por las impertinentes solicitudes de una 
y otra, que anhelaban por sus antiguas tertulias, tea- 
tros, etc., etc., á los tres meses de venido, por un baile 
que emprendieron ellas y á que no quiso acceder, riñe- 
ron marido y mujer de tal modo, y le dijo ella tantos 
insultos, que de resultas de tan grande cólera y derra- 
mamiento de bilis le di() una fiebre que se le agravó 
en momentos. 

Siete días estuvo en una terrible incertidumbre, asis- 
tido de doña Matilde y Pudenciana, qu6 acudieron á ese 
efecto, ayudándolas nuestra Quijotita como una hija que 
ya conocía cuánta falta le hacía su padre. No así Eufro- 
sina, que en los primeros días apenas entró alguna vez 
á la recámara, y no cuidó de verle más. Estaba sentada 
con una aparente melancolía; pero jamás le vieron echar 
una lágrima. Una vez se le dijo que su marido daba 
señales de conocimiento, y se determinó á verlo; le dijo 



OBRAS ESCOGIDAS 761 

dos palabras, salióse luego dando algunos suspiros, y 
nada más. El coronel, aprovechando los momentos, hizo 
llamar un escribano, y don Dionisio hizo su testamento 
en que nombraba de heredera á su hija; mandó que el 
quinto de sus bienes se emplease en misas por su alma 
y la de su tío y bienhechor don Ambrosio Langaruto, y 
aunque mi tutor lo resistió bastante, quedó nombrado 
albacea con el mayor sentimiento suyo, de su familia y 
mío, porque veíamos las incomodidades que esto le traería. 

Finalmente, don Dionisio volvió á agravarse, y des- 
pués de sacramentado, rodeado de sus amigos, parientes 
é hija, espiró. La ingrata Eufrosina no pasó de la pieza 
inmediata, y más fué engaño que verdadero dolor alguna 
lágrima que salió de sus ojos; asistió con entereza á 
todo cuanto pudo ocurrir para los funerales, y luego 
que estuvo enterrado el cadáver se dedicó con el mayor 
escrúpulo á cuanto podía constituir más culto y perfecto 
su duelo. 

Toda la conducta de esa vil mujer estaba de- 
mostrando que nunca tuvo á su marido más que un 
amor interesado; que el gusto de su regreso fué porque 
esperaba volver con desahogo á su antigua vida, y que, 
como esto se le alejó porque el colmo de la desgracia había 
hecho cuerdo á su marido, lo aborreció y acaso deseó su 
muerte para gozar á sus anchuras de aquel caudal. 

Concurrieron á dar el pésame los parientes y ami- 

LA QUIJOTITA.— 191. 



V -.' ' . í-^ ~' ■ 



762 PENSADOR MEXICANO 

gos, y á la verdad, que al principio cada uno procuraba 
expresarse con tiento para no renovar una herida tan 
dolorosa; pero quedaban sorprendidos al ver la indife- 
rencia do la viuda, y que ella misma suministraba argu- 
mentos consolatorios. 

— Me consuela, decía, que no soy una vieja. — (No 
tenía más que cincuenta y un años). De allí á poco decía: 

— Me consuela que quedo con alguna cosa en el mundo. 

— Después de algún momento añadía: — Me consuela 
con tener algunos parientes y amigos. — No mucho des- 
pués replicaba: — Me consuela que no tengo más de una 
hija ya grande y no fea ni sin gracias. — Luego sucesi- 
vamente: — Me consuela cjue no tengo que estar sujeta 
á voluntad ajena; soy libre y sin sujeción; podré hacer 
lo que quiera. 

En suma, ella por sí misma andaba buscando y 
eligiendo motivos de consuelo, sin que alguno se fati- 
gase en enjugar sus lágrimas,