(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "El Periquillo Sarniento [microform]"

I 









.or 




icario 







/ 






»^'?*'i: 



%.^ ^. 







1 %■ - 



^¿ i. ;.<**#- 



>3HCXI^ ft «W i tHI.I»H il l >-/l»ra ■» 




"L I B R.AR.Y 

OF THL 

UN1VLR5ITY 
Of 1LLINOI5 



F39p 
v.l 






Retum this book on or before the 
Latest Date stamped below. A 
charge is made on all overdue 
books. 

University of Illinois Library 



":; 30 •J-'^ 






,>-:. í •- ;"'_■' 






>^' ;^ii r-i:j 


» 




AUG 5 198 


i 




,6itc. //, m 


¿^ 




OCT 01» 


m 




*f 


-■' ' 


L161— H41 



• .t* : .",.-v' ■-■ 



Hr 



EL 



PERIQUILLO SARNIENTO 



r > -'..:■.(.• . "í-^ _¡ -:. ■ < íH» t-^ ■ 




ES PROPIEDAD 



EL PENSADOR MEXICANO 

(J. JOAQUÍN FERNÁNDEZ DE LIZARDI) 



EL 

'liRIOilllO S.\RXIFJTO 

LA QUiaOTlTA 

DON catrín de la FACH EN DA. — NOCHES TRISTES 

DÍA ALEQRE. — FÁBULAS 

PRÓLOGO DE 

n. KIIANOISCO SOSA 

EUICIÓN DE LUJO 

ADOKNAUA CON LÁMINAS CROMOLITOGRAK/ADAS, Y ENRIQUECIDAS SUS PÁGINAS 

CON NUMEROSO!» GRABADOS 



DIBUJOS DE 



D. ANTONIO UTIULLO 



TONIO I 



MÉXICO 

J. Ballescá y Cumpañía. Sucesor 



W, SANTA ISABEL, 8 



SANTA TERESA, 8, BARCELONA-GRACIA 
1897 



'r.^.'-^. ... ■• . ..-■".; -.Tlt ■ V. •''''■':■■::'. r*^:^ 



;,,.^ ,,,:,.;:, 



Nadie crea que es suyo el retrato, sino que hay 

muchos diablos que se parecen unos á otros. El que se 
hallare tiznado, procure lavarse, que esto le importa más 
que hacer crítica y examen de mi pensamiento, de mi 
locución, de mi idea, ó de los demás defectos de la 
obra. 

TORRES viLLARROKL en SU prólogo de la 
Barca de Aqueronte 






^^íTftSf 



^ 









# 




PRÓLOGO 



^ 



CM 



I- 

1:1 
O 



a 



Para aquilatar los merecimientos que tiene á la fama 
po'stuma el Pensador Mexicano, hay necesidad de estudiar 
más bien el fondo que la forma de sus numerosas produc- 
ciones. En el momento actual de la literatura en México, 
y, sobre todo, dadas las cultas aficiones que privan en el 
público lector, parecen demasiado toscos los moldes en que 
vaciara sus pensamientos el popular escritor en el primer 
tercio del siglo á cuyas postrimerías nos ha tocado asistir. 

Hay, además, que tener presente que Fernández Li- 
zardi perseguía en sus obras, ante todo 3' sobre todo, fines 
más trascendentales y gloria más duradera que la que alcan- 
zan los que deleitan á sus contemporáneos con la diccio'n ele- 
gante, con el brillo de las imágenes y con la pulcritud de 
la frase por medio de la atinada seleccio'n de los vocablos. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — *. 

3i)4:72(y 



V •^■. .--.■■'vr 'wwt-iv ^.. •' ^--'V 






II PROLOGO 

No; Fernández Lizardi no era cincelador de frases: era lo 
que en nuestros días llamamos periodista de combate; era 
un apo'stol, mejor diremos, un precursor. Día á día, sin los 
atildamientos académicos, sin más preocupacio'n, sin otro 
deseo que el de inculcar en el pueblo el amor á la libertad: 
luchando con las innúmeras dificultades que para imprimir 
siquiera fuese un folleto se necesitaba vencer en aquella 
época . hablaba él al pueblo en el lenguaje en que creía 
ser mejor comprendido, y le despertaba de su letargo para 
señalarle el camino que tenía que seguir si anhelaba tener 
vida propia y regirse por sí mismo. Por eso en nuestra 
historia literaria el primer nombre de un escritor verdade- 
ramente popular, el autor que hoy mismo goza de la predi- 
leccio'n de las masas, es Fernández Lizardi. Y reconocerlo 
así, no trae aparejado el afirmar que á micdida que la ilus- 
tración derrama su luz en las superiores capas sociales, va 
siendo para éstas menos digno de estima el regocijado autor 
del Perkjuillo y de la Oiiijotttd. Lejos de eso, mientras más 
años pasan y mientras más se depuran por los que viven las 
glorias de los que A'a murieron, los pensadores 3^ los erudi- 
tos profundizan la alteza de miras, el acendrado patrio- 
tismo, la fe inquebrantable ^con que Fernández Lizardi, 
hombre superior en su época, inicio', no solamente la crea- 
ción de la novela mexicana, sino también la crítica de los 
actos gubernativos. Para quienes en tal punto de vista se 
colocan, los opúsculos políticos y los estudios sociales del 
Pensador, no solo comenzaron á demoler el edificio del anti- 
guo régimen, sino que fueron los primeros vagidos del 
periodismo mexicano, pues hasta entonces era desconocida 
en nuestro suelo la discusio'n de los problemas sociales. 



PROLOGO III 

Cualesquiera que sean los defectos que hoy encuentren 
en las novelas, en los folletos, en las fábulas y en los demás 
escritos de Fernández Lizardi, los que no encomian sino los 
refinamientos y exquisiteces del estilo, es indiscutible para 
quienes buscan la nobleza y la altitud de los propo'sito?, 
que en la obra del Pensador habrá de verse siempre la pro - 
clamacio'n de nuevos ideales. Y no'tese bien: hoy que la 
tendencia dominante conduce á autores y lectores al natura- 
lismo, las páginas del Perkjuillo, de la Ouijotita y de Don 
Catrín de la fachenda, encierran muchas de las minucias y 
crudeces que si entonces caracterizaban la novela picaresca, 
en nuestros días constitu3^en el arsenal de los mismos nove- 
ladores psicólogos y tendenciosos, debiendo, sin embargo, 
observarse que las novelas del Pensador no pueden con jus- 
ticia ser tachadas de pornográficas. Como documento^ su 
valor es inestimable, porque, ;en do'nde, si no es en ellas, 
podríamos recoger datos para trazarnos el cuadro de la 
sociedad mexicana de principios del siglo? ¿En do'nde po- 
dríamos encontrar noticias sobre la antigua indumentaria? 
Resurgen ante nuestros ojos las pasadas generaciones, con 
todos sus defectos 3^ también con todas sus buenas cuali- 
dades; oímos sus propias palabras, vemos co'mo se vestían, 
sabemos cuáles eran sus entretenimientos, cuáles sus alegrías 
y cuáles sus dolores, 3^^ todo esto de la manera más natural 
y sencilla, sin pretensiones, y mucho menos sin dejar de 
fustigar las malas costumbres, antes bien enderezándose los 
propósitos del narrador á reformar, á perfeccionar, á seña- 
lar nuevos horizontes y nuevas y nobilísimas aspiraciones. 
¡Cuan atinada es, por lo mismo, la observacio'n de Pimen- 
tel al señalar al Pensador como uno de los primeros refor- 



N>" 



' '3? '.í«-íci,-i-^ -r ,v ■ O «f , -^^^a^Tr^fíf^f '^V^-fr^ 



y%.' 



IV PROLOGO 

madores mexicanos! ¿Qué otra cosa fué sino procurar la 
reforma de la literatura en México, escribir libros en los 
que nada hay que no sea genuinamente mexicano, y escri- 
birlos en una época en que todo era un fiel trasunto de lo 
español? 

Comprueba cuanto así en rasgos generales, en síntesis, 
acabamos de exponer, lo que de Fernández Lizardi y de 
sus escritos han dicho verdaderas autoridades en crítica 
literaria. 

Vcámoslo, sino: 

Altamirano opina que la más famosa, entre las obras del 
Pensador, es el Perioiillo, de la cual, dice, es inútil hacer 
un análisis, porque puede asegurarse sin exageracio'n que no 
hay mexicano que no la conozca, aunque no sea más que por 
las alusiones que hace frecuentemente á ella nuestra gente 
del pueblo por los apodos que hizo célebres y las narra- 
ciones que andan en boca de todo el mundo. «Lo que dire- 
mos sí, — agrega Altamirano, — es que el Pensador se anti- 
cipo' á Sué en el estudio de los misterios sociales, y que, 
profundo y sagaz observador, aunque no dotado de una 
instrucción adelantada, penetro con su héroe á todas partes 
para examinar las virtudes y los vicios de la sociedad mexi- 
cana , y para pintarla como era ella á principios de este 
siglo, en un cuadro palpitante, lleno de verdad y completo, 
al grado de tener pocos que le igualen. » 

El mismo Altamirano, refiriéndose á las Fábulas de 
Fernández Lizardi, hace constar que los asuntos de estas 
fábulas son casi siempre nuevos: señala los defectos de que 
adolecen, }' dice que, á pesar de semejantes lunares, son apre- 
ciabilísimas por la tendencia rigorosamente moral, y porque 



PROLOGO V 

evidentemente son el primer esfuerzo del talento mexicano para 
cultivar un género de literatura útil y benéfico. 

Pimentel , hablando de las mismas Fábulas, las califica 
de apreciables , porque aunque tienen defectos de forma y 
resabios de la escuela prosaica, en lo general cumplen con 
los preceptos del arte, y porque, además, algunas de ellas 
se recomiendan por la circunstancia de ser de un gusto 
nacional, pues figuran allí animales de nuestro suelo y 
reprenden vicios y defectos propios del país. 

Menéndez Pela3^o llama á Fernández Lizardi periodista 
revolucionario, hombre de ideas radicales y heterodoxas 
cuando todavía eran rarísimas en México, y extraordina- 
riamente tenaz en divulgarlas. Todo esto es cierto y cons- 
tituye un título de gloria para el Pensador, y no importa, 
por lo mismo, que el autor que acabamos de citar añada 
en una nota, que Fernández Lizardi fue un ingenioso 
aunque chabacano escritor, cuya importancia es más bien 
histórica y social que propiamente literaria. Ya hemos 
dicho que reconocemos los defectos de forma que tanto se 
ha censurado en los escritos del Pensador, defectos que él 
fué el primero en confesar, como se ve en las siguientes 
líneas que tomamos del capítulo penúltimo del Periquillo. 
«Yo mismo, dice, me avergüenzo de ver impresos errores 
que no advertí al tiempo de escribirlos. La facilidad con 
que escribo no prueba acierto. Escribo mil veces en medio 
de la distraccio'n de mi familia y de mis amigos : pero esto 
no justifica mis errores, pues debía escribir con sosiego y su- 
jetar mis escritos á la lima, o' no escribir, siguiendo el ejem- 
plo de Virgilio o' el consejo de Horacio; pero después que he 
escrito de este modo, y después de que conozco por mi natu- 

PERIOUILLO SARNIENTO. — T. I, .\.— •*. 



. l^' 



j- -"■;••'*- ■■ ■ •..■•',■:. •'■..« -.^.-"T-r»' ;. •., .• 



VI l'RÜLOGO 



ral inclinación que no tengo paciencia para leer mucho, para 
escribir, borrar, enmendar, ni consultar despacio mis es- 
critos, conñeso que no hago como debo, y creo firmemente 
que me disculparíín los sabios , atribu3'endo á calor de mi 
íantasía la precipitacio'n siempre culpable de mi pluma. 
Me acuerdo del juicio de los sabios, porque del de los 
necios no hago caso.» 

No le disculparán los sabios únicamente, sino cual- 
quiera que recuerde que el Pensador fué, como dice el más 
joven y también el más diligente de sus bio'grafos, González 
Obrcgdn, apo'stol de nuevas ideas en una sociedad en que 
predominaban el fanatismo y la ignorancia; censor cons- 
tante de costumbres profundamente arraigadas durante una 
existencia secular: partidario acérrimo de la libertad de su 
patria : propagador incansable de la instruccio'n popular por 
medio de escritos y de proyectos: iniciador de la Reforma 
en una época en que el clero gozaba de todas sus riquezas, 
de todos sus fueros y de todo su poder, y autor de libros 
que abrieron una nueva senda para formar una literatura 
nacional. 

Si en un trabajo de la índole de la presente introduc- 
cio'n cupiera analizar minuciosamente las producciones del 
Pcnsüdor, sin dificultad pondríamos de resalto la clarivi- 
dencia de ese espíritu superior, que anticipándose á las gene- 
raciones que más tarde le han sucedido, preconizaba las 
teorías pedago'gicas que hoy privan, merced á que han 
llegado de allende el Océano: se vería como iniciaba que la 
instrucción debía ser gratuita y obligatoria; que con ahinco 
pedía la higiene en las escuelas, y que recomendó' la ense- 
ñanza objetiva. V si la tarea no hubiese sido desempeñada 



PROLOGO Vil 

con acierto por el ya citado joven González Obregdn, con 
cuánto placer haríamos hoy. — trazando la biografía de Fer- 
nández Lizardi, — que los lectores de sus Obras Escogidas, 
siguieran paso á paso, día á día, los sucesos de esa vida 
gloriosa de reformador político y literario, de apo'stol y de 
mártir! Porque el mérito del Pensador, como ya lo dejo' 
dicho Altamirano, es tal en todas sus obras, que aunque las 
preocupaciones de la escuela literaria pasada lo hayan depri- 
mido y anatematizado, la opinio'n del pueblo mexicano agra- 
decido se ha apresurado á concederle el puesto de honor, v 
la escuela contemporánea, para la que son todavía menos 
disculpables los defectos de los literatos que siguieron al 
Pensador y que tuvieron más elementos para ilustrarse, 
venera el nombre de este escritor modesto, virtuoso 3" 
dotado de un ingenio nada común, como el nombre del 
patriarca de nuestra literatura popular. 

Lo que hasta aquí hemos expuesto con la concisio'n que 
es indispensable emplear cuando no se trata de escribir una 
verdadera monografía, sino de hacer ciertas advertencias 
útiles al común de los lectores 3^ de prevenir las objeciones 
que los puristas intolerantes pudieran presentar al ver una 
nueva y lujosa reproduccio'n de obras en las que persisten 
muchos en encontrar solo defectos, basta para justificar el 
entusiasmo con que hemos recibido la noticia de que la bien 
reputada casa editorial de Ballescá 3^ C.'^ va á levantar este 
monumento, — que no es en verdad el primero que México 
debe á los nobles esfuerzos de los mismos editores, — al 
patriarca de la novela, de la fábula y del periodismo en 
nuestro suelo. 

Y pues la gratitud pública, y pues los literatos mismos, 



■ h:''% 



VIII 



PRÓLOGO 



no han cuidado de perpetuar en mármoles y bronces la no- 
bilísima figura del Pensador, queden al menos reimpresas sus 
obras más aplaudidas, con todos los recursos de que la tipo- 
grafía dispone en nuestros días. Así, ya no en una plaza 
o' en un paseo, sino en mil y mil hogares: en las bibliotecas 
de los ricos y de los sabios, como en los humildes anaqueles 
del pueblo trabajador, estas Obras Escogidas recordarán á 
nuestros po'steros que nunca es estéril la tarea de aquel que, 
como Fernández Lizardi, consagra su existencia al mejora- 
miento de la sociedad de que es hijo: que hay algo que no 
muere, sino que perdura en el tiempo y en el espacio: el 
espíritu, la inteligencia de los hombres superiores. 



Francisco Sosa. 



México, 1896. 




:.'«?'^^**í*ÍVv-^i; .■ 




VIDA Y HECHOS 

SíiiTI) 



ESCRITA POR EL 



para sus hijos 



CAPÍTULO PRIMERO 



Comienza Periquillo escribiendo el motivo que tuvo para dejar á sus hijos 
estos cuadernos, y da razón de sus padres, patria, nacimiento y demás ocurrencias 

de su infancia 

Postrado en una cama muchos meses hace, bata- 
llando con los médicos y enfermedades, y esperando 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A.— 1. 






Z PENSADOR MEXICANO 

con resignación el día en que, cumplido el orden de la 
divina Providencia, hayáis de cerrar mis ^jos, queridos 
hijos míos, he pensado dejaros escritos los nada raros 
sucesos de mi vida, para que os sepáis guardar y pre- 
caver de muchos de los peligros que amenazan y aun 
lastiman al hombre en el discurso de sus días. 

Deseo que en esta lectura aprendáis á desechar 
muchos errores que notaréis admitidos por mí y por 
otros, y que, prevenidos con mis lecciones, no os expon- 
gáis á sufrir los malos tratamientos que yo he sufrido 
por mi culpa; satisfechos de que mejor es aprovechar 
el desengaño en las cabezas ajenas que en la propia. 

Os suplico encarecidamente que no os escandalicéis 
con los extravíos de mi mocedad, que os contaré sin 
rebozo, y con bastante confusión, pues mi deseo es ins- 
truiros y alejaros de los escollos donde tantas veces se 
estrelló mi juventud, y á cuyo mismo peligro quedáis 
expuestos. ' 

No creáis que la lectura de mi vida os será dema- 
siado fastidiosa, pues como yo sé bien que la variedad 
deleita el entendimiento, procuraré evitar aquella mo- 
notonía ó igualdad de estilo, que regularmente enfada 
á los lectores. Así es, que unas veces me advertiréis 
tan serio y sentencioso como un Catón, y otras tan 
trivial y bufón como un Bertoldo. Ya leeréis en mis 
discursos retazos de erudición y rasgos de elocuencia; 






OBRAS ESCOGIDAS Ó 

y ya veréis seguido un estilo popular mezclado con los 
vefr3ines Y paparruchadas del vulgo. 

También os prometo que todo esto será sin afec- 
tación ni pedantismo; sino según me ocurra á la memo- 
ria, de donde pasará luego al papel, cuyo método me 
parece el más análogo con nuestra natural veleidad. 

r 

Últimamente, os mando y encargo, que estos cua- 
dernos no salgan do vuestras manos, porque no se 
hagan el objeto de la maledicencia de los necios ó de 
los inmorales; pero si tenéis la debilidad de prestarlos 
alguna vez , os suplico no los prestéis á esos señores, 
ni á las viejas hipócritas, ni á los curas^ interesables, 
y que saben hacer negocio con sus feligreses vivos y 
muertos, ni á los médico%^y abogados chapuceros, ni 
á los escribanos, agentes, relatores y procuradores ladro- 
nes, ni á los comerciantes usureros, ni á los albaceas 
herederos, ni á los padres y madres indolentes en la 
educación de su familia, ni á las beatas necias y supers- 
ticiosas, ni á los jueces venales, ni á los corchetes pica- 
ros, ni á los alcaides tiranos, ni á los poetas y escritores 
remendones como yo, ni á los oficiales de la guerra y 
soldados fanfarrones v hazañeros, ni á los ricos avaros, 
necios, soberbios y tiranos de los hombres, ni á los 
pobres que lo son por flojera, inutilidad ó mala con- 
ducta, ni á los mendigos fingidos; ni los prestéis tam- 
poco á las muchachas que se alquilan, ni á las mozas 



■.t¿áaK£¿i:-, 



«y 



; • ,: •':.^'\ 



4 ' PENSADOR MEXICANO 



que se corren, ni á las viejas que se afeitan, ni... pero 
va larga esta lista. Basta deciros que no los prestéis ni 
por un minuto á ninguno de cuantos advirtiereis que les 
tocan las generales en lo que leyeren; pues al momento 
que vean sus interiores retratados por mi pluma, y al 
punto que lean alguna opinión, que para ellos sea nueva 
ó no conforme con sus extraviadas ó depravadas ideas, 
á ese mismo instante me calificarán de un necio, harán 
que se escandalizan de mis discursos, y aun habrá quién 
pretenda, quizá, que soy hereje, y tratará de delatarme 
por tal, aunque ya esté convertido en polvo. ¡Tanta es 
la fuerza de la malicia, de la preocupación ó la igno- 
rancia! 

Por tanto, ó lood para vosotros solos mis cuadernos, 
ó en caso de prestarlos sea únicamente á los verdade- 
ros hombres de bien, pues éstos, aunque como frágiles 
yerren ó hayan errado, conocerán el peso de la verdad 
sin darse por agraviados, advirtiendo que no hablo con 
ninguno determinadamente, sino con todos los que tras- 
pasan los límites de la justicia; mas á los primeros (si 
al ñn leyeren mi obra) cuando se incomoden ó se burlen 
de ella, podréis decirles, con satisfacción de que que- 
darán corridos: «^Dq qué te alteras? ¿qué mofas, si con 
distinto nombre de tí habla la vida de este hombre des- 
reglado?» ^ 

« . . . ¿Quid rideb? mutato nomine, de te fabella narratur. 



■^: 



OBRAS ESCOGIDAS O 

Hijos míos: después de mi muerte leeréis por pri- 
mera vez estos escritos. Dirigid entonces vuestros votos 
por mí al trono de las misericordias; escarmentad en 
mis locuras; no os dejéis seducir por las falsedades de 
los hombres; aprended las máximas que os enseño, 
acordándoos que las aprendí á costa de muy dolorosas 
experiencias: jamás alabéis mi obra, pues ha tenido 
más parte en ella el deseo de aprovecharos; y empapa- 
dos en estas consideraciones, comenzad á leer. 

MI PATRIA, PADRES, NACIMIENTO 
Y PRIMERA EDUCACIÓN 

Nací en México, capital de la América Septentrio- 
nal, en la Nueva-España. Ningunos elogios serían bas- 
tantes en mi boca para dedicarlos á mi cara patria; pero, 
por serlo, ningunos más sospechosos. Los que la habitan 
y los extranjeros que la han visto pueden hacer su pane- 
gírico más creíble, pues no tienen el estorbo de la par- 
cialidad, cuyo lente de aumento puede á veces disfrazar 
los defectos, ó poner en grande las ventajas de la patria 
aun á los mismos naturales; y así, dejando la descrip- 
ción de México para los curiosos imparciales, digo: que 
nací en esta rica y populosa ciudad por los años de 
1771 á 73, de unos padres no opulentos, pero no cons- 
tituidos en la miseria: al mismo tiempo que eran de una 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 2. 



,-* -..'^ 



;Jt^-^-At-, - ■■ J£ 



6 PENSADOR MEXICANO 

limpia sangre, la hacían lucir y conocer por su virtud. 
I Oh, si siempre los hijos siguieran, constantemente ^los 
buenos ejemplos de sus padres! 

Luego que nací, después de las lavadas y demás 
diligencias de aquella hora, mis tías, mis abuelas y otras 
viejas del antiguo cuño, querían amarrarme las manos, 
y fajarme ó liarme como un cohete, alegando que si 
me las dejaban sueltas, estaba yo propenso á espan- 
tarme, á ser muy manilargo ^ de grande, y por último, 
y como la razón de más peso y el argumento más incon- 
trastable, decían, que éste era el modo con que á ellas 
las habían criado, y que por tanto, era el mejor y el que 
se debía seguir como más seguro, sin meterse á disputar 
para nada del asunto; porque los viejos eran en todo 
más sabios que los del día, y pues ellos amarraban las 
manos á sus hijos, se debía seguir su ejemplo á ojos 
cerrados. 

A seguida sacaron de un canastito una cincha de 
listón que llamaban faja de dijes, guarnecida con mani- 
tas de a::abacJie, el ojo del venado, colmillo de caimán y 
otras baratijas de esta clase, diz que para engalanarme con 
estas reliquias del supersticioso paganismo el mismo día 
que se había señalado para que en boca de mis padrinos 
fuera yo á profesar la fe y santa religión de Jesucristo. 



* Suele darse á entender con esta palabra, un atrevido y dispuesto á dar golpes por 
motivos ligeros. E. 



OBRAS ESCOGIDAS 7 

¡Válgame Dios, cuánto tuvo mi padre que batallar 
con las preocupaciones de las benditas viejas! ¡Cuánta 
saliva no gastó para hacerles ver que era una quimera y 
un absurdo pernicioso el Jiar y atar las manos á las cria- 
turas! ¡Y qué trabajo no le costó persuadir á estas ancia- 
nas inocentes á que el azabache, el hueso, la piedra, ni 
otros amuletos de esta ni ninguna clase, no tienen virtud 
alguna contra el aire, rabia, mal de ojo y semejantes 
faramallas! 

Así me lo contó su merced muchas veces, como 
también el triunfo que logró de todas ellas, que á fuerza 
ó de grado accedieron á no aprisionarme, á no ador- 
narme sino con un rosario, la santa cruz, un relica- 
rio y los cuatro evangelios, y luego se trató de bauti- 
zarme. 

Mis padres ya habían citado los padrinos, y no 
pobres, sencillamente persuadidos á que en el caso de 
orfandad me servirían de apoyo. 

Tenían los pobres viejos menos conocimiento de 
mundo que el que yo he adquirido, pues tengo muy 
profunda experiencia de que los más de los padrinos 
no saben las obligaciones que contraen respecto de los 
ahijados, y así creen que hacen mucho con darles medio 
real cuando los ven, y si sus padres mueren, se acuer- 
dan de ellos como si nunca los hubieran visto. Bien 
es verdad que hay algunos padrinos que cumplen con 



8 PENSADOR MEXICANO 

SU obligación exactamente, y aun se anticipan á sus 
propios padres en proteger y educar á sus ahijados. 
¡Gloria eterna á semejantes padrinos I 

En efecto, los míos ricos me sirvieron tanto como 
si jamás me hubieran visto; bastante motivo para que 
no me vuelva á acordar de ellos. Ciertamente que fueron 
tan mezquinos, indolentes y mentecatos, que por lo que 
toca á lo poco ó nada que les debí ni de chico ni de 
grande, parece que mis padres los fueron á escoger de 
los mas miserables del hospicio de pobres. Reniego de 
semejantes padrinos, y más reniego de los padres que, 
haciendo co/nc/'a'o del sacramento del Bautismo, no soli- 
citan padrinos virtuosos y honrados, sino que posponen 
éstos á los compadres ricos ó de rango, ó ya por el 
rastrero interés de que les den alguna friolera á la hora 
del bautismo, ó ya neciamente confiados en que quizá, 
pues, por una contingencia ó extravagancia del orden 
ó desorden común, serán útiles á sus hijos después de 
sus días. Perdonad, pedazos míos, estas digresiones 
que rebozan naturalmente de mi pluma, y no serán 
muy de tarde en tarde en él discurso de mi obra. 

Bautizáronme, por fin, y pusiéronme por nombre 
Pedro, llevando después, como es uso, el apeUido de 
mi padre, que era Sarmiento. 

Mi madre era bonita, y mi padre la amaba con 
extremo: con esto, y con la persuasión de mis discretas 



I • 



OBRAS ESCOGIDAS 9 

tías, se determinó nemine discrepante, ^ á darme nodriza 
ó chichigua, como acá decimos. 

I Ay, hijos! Si os casareis algún día y tuviereis suce- 
sión, no la encomendéis á los cuidados mercenarios de 
esta clase de gentes; lo uno, porque regularmente son 
abandonadas, y al menor descuido son causa de que 
se enfermen los niños; pues como no los aman, y sólo 
los alimentan por su mercenario interés, no se guardan 
de hacer cóleras, de comer mil cosas que dañan su 
salud, y de consiguiente la de las criaturas que se les 
confían, ni de cometer otros excesos perjudiciales, que 
no digo por no ofender vuestra modestia; y lo otro, 
porque es una cosa que escandaliza á la naturaleza que 
una madre racional haga lo que no hace una burra, 
una gata, una perra, ni ninguna hembra puramente 
animal y destituida de razón. 

¿Cuál de éstas fía el cuidado de sus hijos á otro 
bruto, ni aun al hpmbre mismo? ¿Y el hombre dotado de 
razón ha de atrepellar las leyes de la naturaleza, y aban- 
donar á sus hijos en los brazos alquilados de cualquiera 
india, negra ó blanca, sana ó enferma, de buenas ó depra- 
vadas costumbres, puesto que en teniendo leche de nada 
más se informan los padres, con escándalo de la perra, 
de la gata, de la burra y de todas las madres irracionales? 



' Esta fórmula, usada en la Universidad, quiere decir en castellano: lin opotición, 
unánimemente. E. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 3. 



4 



^¿.íIk .ii..— il:' xj'-i-'.if'-^í^v-íí**..' 



10 PENSADOR MEXICANO 

¡Ah! Si estas pobres criaturas de quienes hablo 
tuvieran sindéresis, al instante que se vieran las ino- 
centes abandonadas de sus madres, cómo dirían llenas 
de dolor y entusiasmo: mujeres crueles, ¿por qué tenéis 
el descaro y la insolencia de llamaros madres? ¿conocéis 
acaso la alta dignidad de una madre? ¿sabéis las señales 
que la caracterizan? ¿habéis atendido alguna vez á los 
afanes que le cuesta á una gallina la conservación de 
sus pollitos? ¡Ahí No. Vosotras nos concebisteis por 
apetito, nos paristeis por necesidad, nos llamáis hijos 
por costumbre, nos acariciáis tal cual vez por cumpli- 
miento, y nos abandonáis por un demasiado amor pro- 
pio ó por una execrable lujuria. Sí, nos avergonzamos 
de decirlo; pero señalad con verdad, si os atrevéis, la 
causa porque os somos fastidiosos. A excepción de un 
caso gravísimo en que se interese vuestra salud, y cuya 
certidumbre es preciso que la autorice un médico sabio, 
virtuoso y no forjado á vuestro gusto, decidnos: ¿os 
mueven á este abandono otros motivos más paliados 
que el de no enfermaros y aniquilar vuestra hermosura? 

Ciertamente no son otros vuestros criminales pre- 
textos, madres crueles, indignas de tan amable nombre; 
ya conocemos el amor que nos tenéis, ya sabemos que 
nos sufristeis en vuestro vientre por la fuerza, y ya nos 
juzgamos desobligados del precepto de la gratitud; pues 
apenas podéis, nos arrojáis en los brazos de una extra- 



,j^,. ■ <K.-.^..-¿.'-^fu: />.^-- 



OBRAS ESCOGIDAS 11 

ña, cosa que no hace el bruto más atroz. Así se pro- 
dujeran estos pobrecillos si tuvieran expeditos los usos 
de la razón y de la lengua. 

Qaedé, pues, encomendado al cuidado ó descuido 
de mi chichigua, quien, seguramente, carecía de buen 
natural, esto es, de un espíritu bien formado; porque 
si es cierto que los primeros alimentos que nos nutren 
nos hacen adquirir alguna propiedad de quien nos los mi- 
nistra, de suerte que el niño á quien ha criado una cabra 
no será mucho que salga demasiado travieso y saltador, 
como se ha visto; si es cierto esto, digo: que mi primera* 
nodriza era de un genio maldito, según que yo salí de mal 
intencionado, y mucho más cuando no fué una sola la 
que me dio sus pechos, sino hoy una, mañana otra, 
pasado mañana otra, y todas, ó las más, á cual peores; 
porque la que no era borracha, era golosa; la que no 
era golosa, estaba gálica; la que no tenía este mal, tenía 
otro; y la que estaba sana, de repente resultaba en cinta, 
y esto era por lo que toca á las enfermedades del cuerpo, 
que por lo que toca á las del espíritu, rara sería la que 
estaría aliviada. Si las madres advirtieran, á lo menos, 
estas resultas de su abandono, quizá no fueran tan indo- 
lentes con sus hijos. 

No sólo consiguieron mis padres hacerme un mal 
genio con su abandono, sino también enfermizo con su 
cuidado. Mis nodrizas comenzaron á debilitar mi salud, 



c: 



12 PENSADOR MEXICANO 

y hacerme resabido, soberbio é impertinente con sus des- 
arreglos y descuidos, y mis padres la acabaron de des- 
truir con su prolijo y mal entendido cuidado y cariño; 
porque luego que me quitaron el pecho, que no costó 
poco trabajo, se trató de criarme demasiado regalón y 
delicado; pero siempre sin dirección ni tino. 

Es menester que sepáis, hijos míos, por si no os 
lo he dicho, que mi padre era de mucho juicio, nada 
vulgar, y por lo mismo se oponía á todas las candideces 
de mi madre; pero algunas veces, por no decir las más, 
flaqueaba en cuanto la veía afligirse ó incomodarse de- 
masiado, y ésta fué la causa porque yo me crié entre 
bien y mal, no sólo con perjuicio de mi educación moral, 
sino también de mi constitución física. 

Bastaba que yo manifestara deseo de alguna cosa, 
para que mi madre hiciera por ponérmela en las manos, 
aunque fuera injustamente. Supongamos: quería yo su 
rosario, el dedal con que cosía, un dulcecito que otro niño 
de casa tuviera en la mano, ó cosa semejante, se me 
había de dar en el instante, y cuenta como se me negaba, 
porque aturdía yo el barrio á gritos; y como me ense- 
ñaron á darme cuanto gusto quería, porque no llorara, 
yo lloraba por cuanto se me antojaba para que se me 
diera pronto. 

Si alguna criada me incomodaba, hacía mi ma- 
dre que la castigaba, como para satisfacerme, y esto 



k-ak. j_k.-tft;.L <^ULX.«. 



'¿•^ •' t'Sfii^ a 'iri ■ -fc ■ ■ ■MMi Tiifc?il' -''- * ->■ -•■-A,*A«A[:Jr>' • ..\ 



yip^''yy -^ C'p?g''\-i'':'r-^-ti'-f?r^y~'vjr!9f^t¡^ ■,..*;.{■•',-• ■- -¡y"' V^J^^TiA'* ■ '.■"; "■■'.■■ 



OBRAS ESCOGIDAS 13 

no era otra cosa que enseñarme á ser soberbio y ven- 
gativo. 

Me daban de comer cuanto quería, indistintamente 
á todas horas, sin orden ni regla en la cantidad y cali- 
dad de los alimentos, y con tan bonito método lograron 
verme, dentro de pocos meses, cursiento, barrigón y des- 
colorido. 

Yo, á más de esto, dormía hasta las quinientas, y 
cuando me despertaban, me vestían y envolvían como 
un tamal de pies á cabeza; de manera que, según me 
contaron, yo jamás me levantaba de la cama sin zapa- 
tos, ni salía áe\ jonuco sin la cabeza entrapajada. A más 
de esto, aunque mis padres eran pobres, no tanto que 
carecieran de proporciones para no tener sus vidrieri- 
tas: teníanlas, en efecto, y yo no era dueño de salir 
al corredor ó al balcón sino por un raro accidente, y eso 
ya entrado el día. Me economizaban los baños terrible- 
mente, y cuando me bañaban por campanada de vacante, 
era en la recámara muy abrigada y con un agua bien 
caliente. 

De esta suerte fué mi primera educación física; ¿y 
qué podía resultar de la observancia de tantas preocu- 
paciones juntas, sino el criarme demasiado débil y enfer- 
mizo? Como jamás, ó pocas veces, me franqueaban el 
aire, ni mi cuerpo estaba acostumbrado á recibir sus 
saludables impresiones, al menor descuido las extrañaba 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 4. 



■ X 



■iíi.. J. ■ 



14 PENSADOR MEXICANO 

mi naturaleza, y ya á los dos y tres años padecía cata- 
rros y constipados con frecuencia, lo que me hizo medio 
raquítico. ¡Ah! no saben las madres el daño que hacen 
á sus hijos con semejante método de vida. Se debe acos- 
tumbrar á los niños á comer lo menos que puedan, y 
alimentos de fácil digestión proporcionados á la tierna 
elasticidad de sus estómagos: deben familiarizarlos con 
el aire y demás intemperies, hacerlos levantar á una 
hora regular, andar descalzos, con la cabeza sin pañue- 
los ni atorros, vestir sin ligaduras para que sus fluidos 
corran sin embarazo, dejarlos travesear cuanto quieran, 
y siempre que se pueda al aire fresco, para que se agili- 
ten y robustezcan sus nerviecillos, y por fin, hacerlos 
bañar con frecuencia, y si es posible en agua fría, ó 
cuando no, tibia ó quebrantada, como dicen. Es increíble 
el beneficio que resultaría á los niños con este plan de 
vida. Todos los módicos sabios lo encargan, y en México 
ya lo vemos observado por muchos señores de propor- 
ciones y despreocupados, y ya notamos en las calles 
multitud de niños de ambos sexos vestidos muy senci- 
llamente, con sus cabecitas al aire, y sin más abrigo 
en las piernas que el túnico ó pantaloncito flojo. ¡Quiera 
Dios que se haga general esta moda para que las cria- 
turas logren ser hombres robustos y útiles por esta parte 
á la sociedad ! 

Otra candidez tuvo la pobrecita de mi madre, y 



^.^. '-*•-•"•- 



•.;^;; ; ■■í'-iF" 



- OBRAS ESCOGIDAS ' 15 

fué llenarme la fantasía de cocos, dejos y macacos, con 
cuyos extravagantes nombres me intimidaba cuando 
estaba enojada y yo no quería callar, dormir ó cosa 
semejante. Esta corruptela me formó un espíritu cobar- 
de y afeminado, de manera que. aún ya de ocho ó diez 
anos, yo no podía oir un ruidito á media noche sin 
espantarme, ni ver un bulto que no distinguiera, ni un 
entierro, ni entrar en un cuarto oscuro, porque todo 
me llenaba de pavor; y aunque no creía entonces en el 
coco, pero sí estaba persuadido de que los muertos se 
aparecían á los vivos cada rato, que los diablos salían 
á rasguñarnos y apretarnos el pescuezo con la cola cada 
vez que estaban para ello, que había bultos que se nos 
echaban encima, que andaban las ánimas en penas men- 
digando nuestros sufragios, y creía otras majaderías de 
esta clase, más que los artículos de la fe. ¡Gracias á 
un puñado de viejas necias que, ó ya en clase de criadas 
ó de visitas, procuraban entretener al niño con cuentos 
de sus espantos, visiones y apariciones intolerablesl ;Ah! 
¡qué daño me hicieron estas viejas! ¡de cuántas supers- 
ticiones llenaron mi cabeza! ¡Qué concepto tan injurioso 
formé entonces de la Divinidad, y cuan ventajoso y res- 
petable hacia los diablos y los muertos! Si os casareis, .f' 
hijos míos, no permitáis á los vuestros que se fami- 
liaricen con estas viejas supersticiosas, á quienes yo vea 
quemadas con todas sus fábulas y embelecos en mis 



c 



16 PENSADOR MEXICANO 

días; ni les permitáis tampoco las pláticas y sociedades 
con gente idiota, pues lejos de enseñarles alguna cosa 
de provecho, los imbuirán en mil errores y necedades 
que se pegan á nuestra imaginación más que unas garra- 
patas, pues en la edad pueril aprenden los niños lo bueno 
y lo malo con la mayor tenacidad, y en la adulta, tal vez 
no bastan ni los libros ni los sabios para desimpresio- 
narlos de aquellos primeros errores con que se nutrió su 
espíritu. 

De aquí proviene que todos los días vemos hombres 
en quienes respetamos alguna autoridad ó carácter, y en 
quienes reconocemos bastante talento y estudio; y sin 
embargo, los notamos caprichosamente adheridos á cier- 
tas vulgaridades ridiculas, y lo peor es que están más 
aferrados á ellas que el codicioso Creso á sus tesoros; 
y así suelen morir abrazados con sus envejecidas igno- 
rancias; siendo esto como natural, pues, como dijo Hora- 
cio: ía vasija f/uarda por muvJio tiempo oí olor del primer 
aroma en que se infurtió cuando nuecft . 

Mi padre era, como he dicho, un hombre muy 
juicioso y muy prudente: siempre se incomodaba con 
estas boberías : era demasiadamente opuesto á ellas; 
pero amaba á mi madre con extremo, y este excesivo 
amor era causa de que, por no darle pesadumbre, su- 
friera y tolerara, á su pesar, casi todas sus extrava- 
gantes ideas, y permitiera, sin mala intención, que mi 



•y.i'rtiítJnV^ «•■<• i/idftl "flilillilt^ 



"■4 



OBRAS ESCOGIDAS 17 

madre y mis tías se conjuraran en mi daño. ¡Válgame 
Dios, y qué consentido y mal criado me educaron! ¿A mí i 

negarme lo que pedía, aunque fuera una cosa ilícita en 
mi edad ó perniciosa á mi salud? Era imposible; ¿reñir- i 

me por mis primeras groserías? De ningún modo; ¿refre- 
nar los ímpetus primeros de mis pasiones? Nunca. Todo 
lo contrario. Mis venganzas, mis glotonerías, mis nece- 
dades y todas mis boberas pasaban por gracias propias 
de la edad, como si la edad primera no fuera la más 
propia para imprimirnos las ideas de la virtud y del 
honor. 

Todos disculpaban mis extravíos y canonizaban mis 
toscos errores con la antigua y mal repetida cantinela 
de déjelo usted: es niño: es propio de sti edad: no sabe 
lo que hace: ;cón\o ha de eomen::av por donde nosotros 
acabamos:" y otras tonteras de este jaez, con cuyas indul- . I 

gencias se pervertía más mi madre, y mi padre tenía 
que ceder á su impertinente cariño. ¡Qué mal hacen 
los hombres que se dejan dominar de sus mujeres, f 

especialmente acerca de la crianza ó educación de sus <. 

K hijos 1 

Finalmente, así viví en mi casa los seis años pri- 
meros que vi el mundo. Es decir: viví como un mero 
animal, sin saber lo que me importaba saber y no igno- -ij| 

rando mucho de lo que me convenía ignorar. 

Llegó, por fin, el plazo de separarme de casa por 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 5. 



'■V-' 



.^S2^<^ ■':1^^'-ÍKv}-.-.dí^JLi'fK. =l/^'lA£¡¿. 



i SÍÁwS .*-:'^'^ ^ - 



18 



PENSADOR MEXICANO 



algunos ratos, quiero decir; me pusieron en la escuela, 
y en ella ni logré saber lo que debía, y supe, como 
siempre, lo que nunca había de haber sabido, y todo 
esto por la irreflexiva disposición de mi querida madre; 
pero los acontecimientos de esta época, os los escribiré 
en el capítulo siguiente. 




■ t,.^- , «üriiiiíáii ir'— ' ■ ' 



^-■^V.- V.^ -.:.--,■•,„ n,,-.:'^'--..'../ ^^. .^ «.-_ ^-^'^i^^f-M 



...» .-.,:■*.. . . 



-? Y^ .'"■ i*^ ir^Z^e^'r i i'^^^-'-e'fr^-^ •>" 



mr 




CAPITULO II 



En el que Periquillo da razón de su ingreso á la escuela, 
los progresos que hizo en ella, y otras particularidades que sabrá el que las leyere, 

las oyere leer, ó las preguntare 



Hizo sus mohínas mi padre, sus pucheritos mi 
madre, y yo un montón de alharacas, y berrinches 
revueltos con mil lágrimas y gritos; pero nada valió 
para que mi padre revocara su decreto. Me encajaron 
en la escuela mal de mi grado. 



«5//'r 



20 PENSADOR MEXICANO 

El maestro era muy hombre de bien; pero no tenía 
los requisitos necesarios para el caso. En primer lugar 
era un pobre, y emprendió este ejercicio por mera nece- 
sidad, y sin consultar su inclinación y habilidad; no era 
mucho que estuviera disgustado como estaba, y aun 
avergonzado en el destino. 

Los hombres creen (no sé por qué) que los mucha- 
chos, por serlo, no so entretienen en escuchar sus con- 
versaciones ni las comprenden; y fiados en este error, 
no se cuidan de hablar, delante de ellos, muchas cosas 
que alguna vez les salen á la cara, y entonces conocen 
que los niños son muy curiosos y observativos. 

Yo era uno de tantos, y cumplía con mis deberes 
exactamente. Me sentaba mi maestro junto á sí, ya por 
especial recomendación de mi padre, ó ya porque era 
yo el más bien tratadito de ropa que había entre sus 
alumnos. 

No sé qué tiene un buen exterior que se respeta 
hasta en los muchachos. 

Con esta inmediación á su persona no perdía yo 
palabra de cuantas profería con sus amigos. Una vez 
le oí decir platicando con uno de ellos: — Sólo la maldita 
pobreza me puede haber metido á escuelero; ya no tengo 
vida con tanto muchacho condenado; ¡qué traviesos que 
son y qué tontos I por más que hago no puedo ver uno 
aprovechado. ¡Ah, jucha en el oficio tan maldito! ¡Sobre 



'- kÍ j.' III i1 ViMÍiial lÉÉlUii l"i '■ÍmÍÍ lif «fWiiiliítil ■ mi V 



OBRAS ESCOGIDAS 21 

que ser maestro de escuela es la última droga que nos 
puede hacer el diablo I... — Así se producía mi buen 
maestro, y por sus palabras conoceréis el candor de su 
corazón, su poco talento y el concepto tan vil que tenía 
formado de un ejercicio tan noble y recomendable por 
sí mismo, pues el enseñar y dirigir la juventud es un 
cargo de muy alta dignidad , y por eso los reyes y los 
gobiernos han colmado de honores y privilegios á los 
sabios profesores; pero mi pobre maestro ignoraba todo 
esto, y así no era mucho que formara tan vil concepto 
de una tan honrada profesión. . 

En segundo lugar carecía, como dije, de disposición 
para ella, ó de lo que se dice genio. Tenía un corazón 
muy sensible, le era repugnante el afligir á nadie, y este 
suave carácter lo hacía ser demasiado indulgente con 
sus discípulos. Rara vez les reñía con aspereza, y más 
rara los castigaba. La palmeta y disciplina tenían poco 
que hacer por su dictamen; con esto los muchachos esta- 
ban en sus glorias, y yo entre ellos, porque hacíamos 
lo que se nos antojaba impunemente. 

Ya ustedes verán, hijos míos, que este hombre, 
aunque bueno de por sí, era malísimo para maestro y 
padre de familias; pues así como no se debe andar todo 
el día sobre los niños con el azote en la mano como 
cómitre de presidio, así tampoco se les debe levantar 
del todo. Bueno es que el castigo sea de tarde en tarde, 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T, I, A. — 6. . 



•'■.t.-^ií- .i'ív' ''•ir:.*? '.- ',' _ '■ ■" *:- •, :^/r-,(, 



22 PENSADOR MEXICANO 

que sea moderado, que no tenga visos de venganza, que 
sea proporcionado al delito, y siempre después de haber 
probado todos los medios de la suavidad y la dulzura 
para la enmienda; pero si éstos no valen, es muy bueno 
usar del rigor según la edad , la malicia y condición del 
niño. Xo digo que los padres y maestros sean unos tira- 
nos, pero tampoco unos apoyos ó consentidores de sus 
hijos ó encargados. Platón decía, (¡uo no siempre se Jian 
de refrenar las ¡tosiones de los niños eon la seceridad, 
ni siemjtre se lian de acostumbrar d los mimos ij cari- 
cias. ^ 

La prudencia consiste en poner medio entre los 
extremos. 

Por otra parte, mi maestro carecía de toda la habi- 
lidad que se requiere para desempeñar este título. Sabía 
leer y escribir, cuando más, para entender y darse á 
entender; pero no para enseñar. No todos los que leen 
saben leer. Hay muchos modos de leer, según los estilos 
de las escrituras. No se han de leer las oraciones de 
Cicerón como los anales de Tácito, ni el panegírico de 
Plinio com.o las comedias de Moreto. Quiero decir, que 
el que lee debe saber distinguir los estilos en que se 
escribe, para animar con su tono la lectura, y entonces 
manifestará que entiende lo que lee, y que sabe leer. 
A Muchos creen que leer bien consiste en leer aprisa, 

• Lib. \'¡I de Legthus. 



- ■'■ ■■'--' y rtiiltliii' r- —■— ^-^ -'iniMIH >t'i íélfV^^dtlilfl'Él 



T»í^-,r '■T^T'-r 



OBRAS ESCOGIDAS 23 

y con tal método hablan mil disparates. Otros piensan 
(y son los más) que en leyendo conforme á la ortografía 
con que se escribe, quedan perfectamente. Otros leen 
así, pero escuchándose y con tal pausa, que molestan á 
los que los atienden. Otros, por fin, leen todo género de 
escritos con mucha afectación, pero con cierta monoto- 
nía ó igualdad de tono que fastidia. Estos son los modos 
más comunes de leer, y vosotros iréis experimentando 
mi verdad, y veréis que no son los buenos lectores tan 
comunes como parece. 

Cuando oyereis á uno que lee un sermón como 
quien predica, una historia como quien refiere, una 
comedia como quien representa, etc., de suerte que si 
cerráis los ojos os parece que estáis oyendo á un orador 
en el pulpito, á un individuo en un estrado, á un cómico 
en un teatro, etc., decid: éste sí lee bien; mas si escu- 
cháis á uno que lee con sonsonete, ó mascando las pala- 
bras, ó atrepellando los renglones, ó con una misma 
modulación de voz, de manera que lo mismo lea Las 
noches de Young que el Todo fiel cristiano del catecismo, 
decid sin el menor escrúpulo: Fulano no sabe leer, como 
lo digo ahora de mi primer maestro. Ya se ve, era de 
los que deletreaban c, a, ca: c, e, que: c, i, qui, etc.; 
¿qué se podía esperar? 

Y si esto era por lo tocante á leer, por lo que res- 
pecta á escribir, ¿qué tal sería? tantito peor, y no podía 



.s. '::.' -Vi»- i;!ii!Ait^-,--cv;iL.jüs^.viJ!^'.'.i^ 






24 PENSADOR MEXICANO 

ser de otra suerte; porque sobre cimientos falsos no se 
levantan jamás fábricas firmes. 

Es verdad que tenía su tintura en aquella parte de 
la escritura que se llama calografía; porque sabía lo 
que eran trazos, finales, perfiles, distancias, proporcio- 
nes, etc., en una palabra, pintaba muy bonitas letras; 
pero en esto de ortogrofía no había nada. El adornaba 
sus escritos con puntos, comas, interrogaciones y demás 
señales de éstas; mas sin orden, método ni instrucción; 
con esto salían algunas cosas suyas tan ridiculas, que 
mejor le hubiera sido no haberlas puesto ni una coma. 
El que se mete á hacer lo que no entiende, acertará una 
vez, como el burro que tocó la flauta por casualidad; 
pero las más ocasiones echará á perder todo lo que haga, 
como le sucedía á mi maestro en ese particular, que 
donde había de poner dos puntos ponía coma; en donde 
ésta tenía lugar, la omitía; y donde debía poner dos 
puntos, solía poner punto final: razón clara para cono- 
cer desde luego que erraba cuanto escribía; y no hubiera 
sido lo peor que sólo hubieran resultado disparates ri- 
dículos de su maldita puntuación; pero algunas veces 
salían unas blasfemias escandalosas. 

Tenía una hermosa imagen de la Concepción, y 
le puso al pie una redondilla que desde luego debía 
decir así: 



OBRAS ESCOGIDAS 25 



Pues del Padre celestial 
fué María la Hija querida, 
^no había de ser concebida 
sin pecado original í' 



Pero el infeliz hombre erró de medio á medio la 
colocación de los caracteres ortográficos, según que lo 
tenía de costumbre, y escribió un desatino endemoniado 
V digno de una mordaza, si lo hubiera hecho con la más 
leve advertencia, porque puso: 

jPues del Padre celestial 
fué María la Hija querida? 
No, había de ser concebida 
sin pecado original. 

Ya ven ustedes qué expuesto está á escribir mil 
"satinos el que carece de instrucción en la ortografía, 
cuan necesario es que en este punto no os descuidéis 
•n vuestros hijos. 

Es una lástima la poca aplicación que se nota sobre 

>'e ramo en nuestro reino. No se ven sino mil groseros 

•ni'barismos todos los días escritos públicamente en las 

vt ! Tías, chocolaterías, estanquillos, papeles de las esqui- 

iKí-, y aun en el cartel del coliseo. Es corriente ver 

ina mayúscula entremetida en la mitad de un nombre 

' v(irbo, unas letras por otras, etc. Como, v. gr., Cho" 

inTeria famosa. Rt'al estanqidyo de puros // ciíjaros, 

/' ' Barbero de Cehdla. La Horgullosa. El Sebero Dic- 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 7, 



-* 



.i'-fe- '^.É^: .Tt.!.' 



r •;.''^^jfc,''«r-<i' 1 "■.,.".it^"-4i£l¿lt's£3Í(5^'ii££i"A^"i¿../i4*^- 



26 PENSADOR MEXICANO 

tadoi', y otras impropiedades de este tamaño, que no sólo 
maniñeslan de á legua la ignorancia de los escribientes, 
sino lo abandonado do la policía de la capital en esta 
parte. 

¿Qué juicio tan mezquino formará un extranjero 
de nuestra ilustración cuando vea semejantes despilta- 
rros escritos y consentidos públicamente, no ya en un 
pueblo, sino nada menos que en México, en la capital 
de las Indias Septentrionales, y á vista y paciencia de 
tanta respetable autoridad, y de un número de sabios 
tan acreditados en todas facultades? ¿Qué ha de decir, 
ni qué concepto ha de formar, sino de que el común 
del pueblo (y eso si piensa con equidad) es de lo más 
vulgar é ignorante, y que está enteramente desatendido 
el cuidado de su ilustración por aquellos á quienes está 
confiada? 

Sería de desear que no se permitiera escribir estos 
públicos barbarismos que contribuyen no poco á des- 
acreditarnos. ^ 

Pues aún no es esto todo lo malo que hay en el 
particular, porque es una lástima ver que este defecto 
de ortografía se extiende á muchas personas de fina 

• En todas partes se ha quejado el buen gusto de los insultos que le ha hecho la 
barbarie. Hablando sobre esto mismo D. Antonio Ponz, en sus viajes fuera de España, 
con relación á iguales barbarismos que notó públicamente escritos en su patria, celebra 
la policía de muchas ciudades de Europa, en las que vio escritos los rótulos públicos con 
la mayor exactitud ortográñca y curiosidad calográQca ; proponiendo á sus paisanos 
estos modelos de ilustración , con el deseo de que los imitaran , que es el mismo que nos 
anima á la presente. 



.r^lL^-l-. ' - ;'■ \-ht¡ iMf'tH'^M'nr >■ ■.If IWÉ'ñÉiViTrTl'^áii i.¿«k.i-¿^..-.-,. ,- 



OBRAS ESCOGIDAS 27 

educación, de talentos no vulgares, y que tal vez han 
pasado su juventud en los colegios y universidades, de 
manera que no es muy raro oir un bello discurso á 
un orador, y notar en este mismo discurso escrito por 
su mano, sesenta mil defectos ortográficos; y á mí me 
parece que esta falta se debe atribuir á los maestros de 
primeras letras que, ó miran esté punto tan principal 
de la escritura como mera curiosidad, ó como requisito 
no necesario, y por eso se descuidan de enseñarlo á sus 
discípulos, ó enteramente lo ignoran, como mi maestro, 
y así no lo pueden enseñar. 

Ya ustedes verán, ¿qué aprendería yo con un maes- 
tro tan hábil? Nada seguramente. Un año estuve en su 
compañía, y en él supe leer de corrido, según decía mi 
candido preceptor, aunque yo leía hasta galopado; por- 
que como él no reparaba en niñerías de enseñarnos á 
leer con puntuación, saltábamos nosotros los puntos, 
paréntesis, admiraciones y demás cositas de estas con 
más ligereza que un gato; y esto nos celebraban mi 
maestro y otros sus iguales. 

También olvidé en pocos días aquellas tales cuales 
máximas de buena crianza que mi padre me había ense- 
ñado en medio del consentimiento de mi madre; pero 
en cambio de lo poco que olvidé, aprendí otras cosillas 
de gusto, como, v. gr., ser desvergonzado, mal criado, 
pleitista, tracalero, hablador y jugadorcillo. 



> 



!■ 



28 PENSADOR MEXICANO 

La tal escuela era, á más de pobre, mal dirigida: 
con esto sólo la cursaban los muchachos ordinarios, con 
cuya compañía y ejemplo, ayudado del abandono de mi 
maestro y de mi buena disposición para lo malo, salí 
aprovechadísimo en las gracias que os he dicho. Una de 
V ellas fué el acostumbrarme á poner malos nombres, no 
sólo á los muchachos mis condiscípulos, sino á cuantos 
conocidos tenía por mi barrio, sin exceptuar á los viejos 
más respetables. ¡Costumbre ó corruptela indigna de 
toda gente bien nacida! pero vicio casi generalmente 
introducido en las más escuelas, en los colegios, cuar- 
teles y otras casas de comunidad; y vicio tan común en 
los pueblos, que nadie se libra de llevar su mal nombre 
á retaguardia. En mi escuela se nos olvidaban nuestros 
nombres propios por llamarnos con los injuriosos que 
nos poníamos. Uno se conocía por el tuerto, otro por el 
corcobado, éste por el lagañoso, aquél por el roto. Quién 
había que entendía muy bien por loco, quién por burro, 
quién por guajolote, y así todos. 

Entre tantos padrinos no me podía yo quedar sin mi 
pronombre. Tenía cuando fui á la escuela una chupita 
verde y calzón amarillo. Estos colores, y el llamarme 
mi maestro algunas veces por cariño Pcdrillo, facili- 
taron á mis amigos mi mal nombre, que fué Periquillo; 
pero me faltaba un adjetivo que me distinguiera de 
otro Perico que había entre nosotros, y este adjetivo 






OBRAS ESCOGIDAS 29 

Ó apellido no tardé en lograrlo. Contraje una enferme- 
dad de sarna, y apenas lo advirtieron, cuando acordán- 
dose de mi legítimo apellido me encajaron el retumbante 
título de Sarniento, y heme aquí ya conocido no sólo en 
la escuela ni de muchacho, sino ya hombre y en todas 
p?íries, por Periquillo Sarniento. 

Entonces no se me dio cuidado, contentándome con 
corresponder á mis nombradores con cuantos apodos 
podía; pero cuando en el discurso de mi vida eché de 
ver qué cosa tan odiosa y tan mal vista es tener un 
mal nombre; me daba á Barrabás, reprochaba este vicio 
y llenaba de maldiciones á los muchachos; mas ya era 
tarde. 

Sin embargo, no dejarán de aprovecharos estas lec- 
ciones para que á vuestros hijos jamás les permitáis 
poner nombres; ad virtiéndoles, que esta burda manía, 
cuando menos, arguye un nacimiento ordinario y una > 
educación muy grosera; y digo cuando menos, porque si 
no se hace por mera corruptela y chanzoneta, sino que 
estos nombres son injuriosos de por sí, ó se dicen con 
ánimo de injuriar, entonces prueban en el que los pone 
ó los dice una alma baja ó corrompida, y será pecami- 
nosa la tal corruptela, de más ó menos gravedad, según ^^ 
el espíritu con que se use. 

Entre los romanos fué costumbre conocerse con 
sobrenombres que denotaban los defectos corporales de ' -v: 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 8. , 



'.; ■-" '•"••.- r . *-^ ^ : '■ • ' ; ' ■■'•' ■ 



30 PENSADOR MEXICANO 

quien los tenía: así se distinguieron los Cocles, los 
Manos la /'gas, los Cicerones, los N^asones y otros; pero 
lo que entonces fué costumbre adoptada para inmorta- 
lizar la memoria de un héroe, hoy es grosería entre 
nosotros. Las leyes de Castilla imponen graves penas á 
los que injurian á otros de palabra, y el mismo Cristo 
dice que será reo del fuego eterno el que le dijere á su 
lierniano tonto ó fatuo. 

Y si aun con los iguales debemos abstenernos de 
este vicio, ¿qué será respecto á nuestros mayores en 
edad, saber y gobierno? y á pesar de esto, ¿cuál es el 
superior, sea de la clase ó carácter que sea, que no tenga 
su mal nombre en la comunidad ó en el pueblo que 
gobierna? Pues éste es un osado atrevimiento, porque 
debemos respetarlos en lo público y en lo privado. 

Sólo el ser viejo ya es un motivo que debe ejercitar 
nuestro respeto. Las canas revisten á sus dueños de 
cierta autoridad sobre los mozos. Tan conocida ha sido 
esta verdad y tan antigua, que ya en el Levítico se lee: 
recerencla la persona del anciano, y lecdntate d la pre- 
senda de los que tienen canas. Aun á los mismos paga- 
nos no se ocultó la justicia de este respeto. Ju venal nos 
dice que hubo tiempo en que se tenia por un crimen digno 
de muerte, que no se levantara un j'ocen d la presencia de 
un cié jo, ó un niño d la de un hombre barbado. ^ Entre 

1 Sát. XIII. 



^^ ¿-i,-,----.t>JV^-^-i<¿^t;¡i ititi';-.. -'.-: - ■-•- !'■--• l--¡-^^-.^~-.-.-^-<-...' ^-TTii 



OBRAS ESCOGIDAS 31 

los lacedemonios se mandaba que los niños reveren- 
ciaran públicamente ú los ancianos, ij les cedieran el 
lugar en todas ocasiones. 

¿Qué dijeran estos antiguos si vieran hoy á los 
muchachos burlarse de los pobres viejos á merced de su 
cansada edad? Cuarenta y dos muchachos perecieron en 
los brazos y dientes de dos osos; ¿y por que? porque 
se burlaron del profeta Elíseo gritándole calco. ¡Oh, qué 
bueno fuera que siempre hubiera un par de osos á la 
mano para que castigaran la insolencia de tanto mucha- 
cho atrevido y mal criado que crece entre nosotros 1 

No digo á los viejos, pero ni á los asimplados ó 
dementes se debe burlar por ningún caso. El defecto 
espiritual de estos infelices debe servir para dar gracias 
al Criador de que nos ha librado de igual fatalidad; debe 
contener nuestra soberbia, haciéndonos reflexionar que 
mañana ú otro día podemos padecer igual trastorno, 
como que somos de la misma masa, y por último, debe 
excitar nuestra compasión hacia ellos, porque el mi- 
serable trae en su misma miseria una carta de reco- 
mendación de Dios para sus semejantes. Ved, pues, 
qué crueldad no será el burlarse de cualquiera de 
estos pobrecillos, en vez de compadecerlos y socorrerlos 
como debía ser. Aprended todo esto para inspirarlo á 
vuestros hijos, y no tengáis por importunas mis digre- 
siones. 



'^.4 



32 PENSADOR MEXICANO 

5 Volviendo á mis adelantamientos en la escuela, digo 
que fueron ningunos, y así hubieran sido siempre, si un 

impensado accidente no me hubiera librado de mi maes- 
tro. Fué el caso, que un día entró un padre clérigo con 
un niño á encomendarlo á su dirección: después que 
hubo contestado con él, al despedirse observó el versito 
que os he dicho, lo miró atentamente, sacó un anteojito, 
lo volvió á leer con él, procuró limpiar las interrogacio- 
nes y la coma que tenía el no, creyendo fuesen sucieda- 
des de moscas; y cuando se hubo satisfecho de que eran 
caracteres muy bien pintados, preguntó: — ¿Quién escri- 
bió esto? — A lo que mi buen maestro respondió diciendo 
que él mismo lo había escrito y que aquella era su letra. 
Indignóse el eclesiástico, y le dijo: — Y usted ¿qué quiso 
decir en esto que ha escrito? — Yo, padre, respondió mi 
maestro tartamudeando, lo que quise decir, es: que 
María Santísima fué concebida en gracia original, porque 
fué la hija querida de Dios Padre. Pues, amigo, repuso el 
clérigo, usted eso querría decir; mas aquí lo que se lee 
es un disparate escandaloso; pero pues sólo es efecto de 
su mala ortografía , tome usted el palo del tintero ó todos 
sus algodones juntos, y borre ahora mismo y antes que 
me vaya este verso perversamente escrito, y si no sabe 
usar de los caracteres ortográficos, no los pinte jamás; 
pues menos malo será que sus cartas y todo lo que 
escriba lo fíe á la discreción de los lectores, sin gota de 



r'.V- '-i4^'«¿ .< 



■•;wv:jr.^^:.j¿U'w «ji¿-^>^..^ :■ • -. *: .^¿¿Jlk«- 



C,»', »• wr 



• 



OBRAS ESCOGIDAS 33 

puntuación, que no que por hacer lo que no sabe, escriba 
injurias ó blasfemias como la presente. 

El pobre de mi maestro, todo corrido y lleno de ver- 
güenza, borró el verso fatal, delante del padre y de nos- 
otros. Luego que concluyó su tácita retractación, prosi- 
guió el eclesiástico: — Me llevo á mi sobrino, porque él es 
un ciego por su edad, y usted otro ciego por su ignorancia: 
y sí un ciego es el lazarillo de otro ciego, ya usted habrá 
oído decir que los dos van á dar al precipicio. Usted tiene 
buen corazón v buena conducta; mas estas cualidades de 
por sí no bastan para ser buenos padres, buenos ayos ni 
buenos maestros de la juventud. Son necesarios requisi- 
tos para desempeñar estos títulos, ciencia, prudencia, 
virtud y disposición. Usted no tiene más que virtud, y 
esta sola lo hará bueno para mandadero de monjas ó 
sacristán, no para director de niños. Conque procure 
usted solicitar otro destino, pues si vuelvo á ver esta 
escuela abierta, avisaré al maestro mayor para que le 
recoja á usted las licencias, si las tiene. Adiós. — Consi- 
deren ustedes, ¿cómo quedaría mi maestro con semejante 
panegírico? Luego que se fué el padre clérigo, se sentó y 
reclinó la cabeza sobre sus brazos, lleno de confusión 
y guardando un profundo silencio. 

Ese día no hubo planas, ni lección, ni rezo, ni doc- 
trina, ni cosa que lo valiera. Nosotros participamos de su 
pesadumbre é hicimos el duelo á su tristeza en el modo 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 9. 

"f ■ ■■;■■■. ,; ■•" 



"^ .-■ ,- ■.Oíí. e'^-. ,>%JI- ^ %¿: •^^.■ .••..>^ .:i.i'*,ri: 



34 PENSADOR MEXICANO 

que pudimos, pues arrinconamos las planas y los libros, 
y no osamos levantar la voz para nada. Bien es, que 
por no perder la costumbre, retozamos y charlamos en 
secreto hasta que dieron las doce, á cuya primera cam- 
panada volvió mi maestro en sí: rezó con nosotros, y 
luego que nos echó su bendición, nos dijo con un tono 
bastante tierno: — ^^ Hijos míos: yo no trato de proseguir 
en un destino que lejos de darme que comer, me da 
disgusto. Ya habéis visto el lance que me acaba de pasar 
con ese padre: Dios le perdone el mal rato que me ha 
dado; pero yo no me expondré á otro igual, y así no 
vengáis á la tarde: avisad á vuestros padres que estoy 
enfermo y ya no abro la escuela. Conque hijos, vayan 
norabuena y encomiéndenme á Dios.^> 

No dejamos de alligirnos algún tanto, ni dejaron 
nuestros ojos de manifestar nuestro pesar, porque en 
efecto, sentíamos á mi maestro como que magí"ier tontos, 
conocíamos que no podíamos encontrar maestro más 
suave si lo mandábamos hacer de mantequilla ó maza- 
pán; pero en ñn, nos fuimos. 

Cada muchacho haría en su casa lo que yo en la 
mía, que fué contar al pie de la letra todo el pasaje, y la 
resolución de mi maestro de no volver á abrir la escuela. 

Con esta noticia tuvo mi padre que solicitarme 
nuevo maestro, y lo halló al cabo de cinco días. Llevóme 
á su escuela y entregóme bajo su terrible férula. 



>»..u'.^ :-.;-' -»^^..-.-.-i. L:, .. . .jíimiiífiíitiiU'i.^.;^ -■■'-■i- ■ c-^ -.■^- 1 iB-ifrijtiriii^ I •v"i7rf«-r"->Mi ii¿T'i<k^"-''' *-'-*' ^ -•■••-■^■'«.'iltS ''.ivn ÁTT 



i^. 






OBRAS ESCOGIDAS 35 

¡Qué instable es la fortuna en esta vida! Apenas nos 
muestra un día su rostro favorable para mirarnos con 
ceño muchos meses. ¡Válgame Dios, y cómo conocí esta 
verdad en la mudanza de mi escuela! En un instante 
me vi pasar de un paraíso á un infierno, y del poder de 
un ángel al de un diablo atormentador. El mundo se me 
volvió de arriba abajo. 

Este mi nuevo maestro era alto, seco, entrecano, 
bastante bilioso é hipocondríaco, hombro de bien á toda 
prueba, arrogante lector, famoso pendolista, aritmético 
diestro y muy regular estudiante; pero todas estas pren- 
das las deslucía su genio tétrico y duro. 

Era demasiado eficaz v escrupuloso. Tenía muv 
pocos discípulos, y á cada uno consideraba como el único 
objeto de su instituto. ¡Bello pensamiento si lo hubiera 
sabido dirigir con prudencia! pero unos pecan por uno 
y otros por otro extremo donde falta aquella virtud. 
Mi primer maestro era nimiamente compasivo y condes- 
cendiente, y el segundo era nimiamente severo y escru- 
puloso. El uno nos consentía mucho, y el otro no nos 
disimulaba lo más mínimo. Aquél nos acariciaba sin 
recato, y éste nos martirizaba sin caridad. 

Tal era mi nuevo preceptor, de cuya boca se había 
desterrado la risa para siempre, y en cuyo cetrino sem- 
blante se leía toda la gravedad de un Areopagita. Era de 
aquellos que llevan como infalible el cruel y vulgar 



■'•JtSi.^^ÍP.„. .V >■_;.',■ '■*-^"l: Hift^'.- tlÍ¿i ■W¿.±\i ''^■^■^^}.:*-A' 



-^, ' »<».•- 



36 PENSADOR MEXICANO 

/axioma de que la Iciva con sangre entra, y bajo este 
sistema era muy raro el día que no nos atormentaba. 
La disciplina, la palmeta, las orejas de burro y todos 
los instrumentos punitorios, estaban en continuo movi- 
miento sobre nosotros; y yo, que iba Heno de vicios, 
sufría más que ninguno de mis condiscípulos los rigores 
del castigo. 

Si mi primer maestro no era para el caso por indul- 
gente, éste lo era menos por tirano; si aquél era bueno 
para mandadero de monjas, éste era mejor para cochero 
ó mandarín de obrajes. 

Es un error muy grosero pensar que el temor puede 
hacernos adelantar en la niñez si es excesivo. Con razón 
decía Plinio que el miedo es un maestro muy infiel. Por 
milagro acertará en alguna cosa el que la emprenda 
prevenido del miedo y del terror; el ánimo conturbado, 
decía Cicerón, no es á propósito para desempeñar sus 
funciones. Así me sucedía, que cuando iba ó me lleva- 
ban á la escuela, ya entraba ocupado de un temor 
imponderable; con esto mi mano trémula y mi lengua 
balbuciente ni podían formar un renglón bueno ni articu- 
lar una palabra en su lugar. Todo lo erraba, no por falta 
de aplicación, sino por sobra de miedo. A mis yerros 
seguían los azotes, á los azotes más miedo, y á más 
miedo más torpeza en mi mano y en mi lengua, la que 
me granjeaba más castigo. 



-■■^ -'.. . — 4,v:.>/-..':-.. -■■-'■. t-^i mJlÉfctfn n I í ' f I J.^iiii -■-v~-^.--^^.^-^— •-■'•^- -'-^ iTi lliiiliü 'rt till 



■??^SS«^í^ ■•-'■■.= . .;■-. 7'i^- -'-:'■'■ ■ .•■/--/";•. ■■v^'^- 



OBRAS ESCOGIDAS 37 

En este círculo horroroso de yerros y castigo viví 
dos meses bajo la dominación de aquel sátrapa infer- 
nal. En este tiempo ¡qué diligencias no hizo mi madre, 
obligada de mis quejas, para que mi padre me mudara 
de escuela I ¡qué disgustos no tuvo! ¡y qué lágrimas no 
le costó I pero mi padre estaba inexorable, persuadido á 
que todo era efecto de su consentimiento, y no quería en 
esto condescender con ella, hasta que por fortuna fué 
un día á casa de visita un religioso que ya tenía noticia 
del pan que amasaba el señor maestro susodicho, y ofre- 
ciéndose hablar de sus crueldades, peroró mi madre con 
tanto ahinco, y atestiguó el religioso con tanta solidez á 
mi favor que, convencido mi padre, se resolvió á ponerme 
en otra parte, como veréis en el capítulo que sigue. 



PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A.— 10, 



:-i .-• y--» ^.I. ¿.% -»^xih.^. ;. SitVje>,r¿;'.^jfc>- ■■•'¿íji.-jgs '-j: ■¿^<. •> ' >r:íki' ». . 



.;~^;:''^i ;-:'^íl'!?JIP^?^ 




CAPITULO III 



En el que Periquillo describe su tercera escuela, y la disputa 
de sus padres sobre ponerlo á oñcio 



Llegó el aplazado día en que mi padre acompa- 
ñado del buen religioso determinó ponerme en la ter- 
cera escuela. Iba yo cabizbajo, lloroso y lleno de temor, 
creyendo encontrarme con el segundo tomo del viejo 
cruel, de cuyo poder me acababan de sacar, sin em- 
bargo, de que mi padre y el reverendo me ensancha- 
ban el ánimo á cada paso. 



40 PENSADOR MEXICANO 

Entramos por fin á la nueva escuela; pero ¡cuál 
fué mi sorpresa cuando vi lo que no esperaba ni estaba 
acostumbrado á ver! Era una sala muy espaciosa y 
aseada, llena de luz y ventilación, que no embarazaban 
sus hermosas vidrieras: las pautas y muestras colocadas 
á trechos, eran sostenidas por unos genios muy gracio- 
sos, que en la siniestra mano tenían un festón de rosas 
de la más halagüeña y exquisita pintura. No parece sino 
que mi maestro había leído al sabio Blanchard en su 
escuela de las costumbres, y que pretendió realizar los 
proyectos que apunta dicho sabio en esta parte, porque 
la sala de la enseñanza rebosaba luz, limpieza, curiosi- 
dad y alegría. 

Al primer golpe de vista que recibí con el agra- 
dable exterior de la escuela, se rebajó notablemente 
el pavor con que había entrado, y me serené del todo 
cuando vi pintada la alegría en los semblantes de los 
otros niños, de quienes iba á ser compañero. 

Mi nuevo maestro no era un viejo adusto y satur- 
nino, según yo me lo había figurado; todo lo contrario, 
ora un semijoven como de treinta y dos á treinta y tres 
años, de un cuerpo delgado y de regular estatura; vestía 
decente, al uso del día y con mucha limpieza; su cara 
manifestaba la dulzura de su corazón; su boca era el 
depósito de una prudente sonrisa; sus ojos vivos y pene- 
trantes inspiraban la confianza y el respeto; en una pala- 



iiitiir I ¿~i-.r^-'^ ■-■ -i.!* -■ ■• . -aia^i»ij.^ T. ■ ,.-- „ ,. ^ ■i_.^_.t ■ ■ ■ ;..i.. ^ -•■ ^■=^-»-~-^' ■'^*-^« ^ "■•v-ji' \,<^a-i> fiffi, ii''' - f J.I ,^n.fiit^ 



^■^•■^■«r-ir'iftM}.ihri*lWil''*iií^-li itfl 'ill'" ■• i' 



•;-iv'íi'-.r:''^~:':' «■^ívW-í; 



.; m^ 




— ¿Ves, hijo, qué primores encierra la naturaleza, aun en cuatro hierbecitas 
y unos animalitos que aquí tenemos? 



.i,¿\ 



ífZ^i*^ .^^^ 



m'^'.v,^ — '■'-->'■'-■•■-- ■iit'ií'i ainjigr m'\ínk r---^---**^^***^^^''-^''*-^-^ --*-^- — ::¿''j^'^».:^-^-^v. ^^ 



':■ •■■■•' ^ ^, .^ .■ " ~ "■ . ; ■ '.' '■ ■ ■' .'-■_ ■';' ■',;.:' '■ .>i\-' :■ •-.:■'.. ■■ ■ ' ... ■ r^^' ■■ • ■ ■ ',--¡ __. * 

OBRAS ESCOGIDAS .41 

bra, este hombre amable parece que había nacido para 
dirigir la juventud en sus primeros años. 

Luego que mi padre y el religioso se retiraron, me 
llevó mi maestro al corredor; comenzó á enseñarme las 
macetas; á preguntarme por las flores que conocía; á 
hacerme reflexionar sobre la varia hermosura de sus 
colores, la suavidad de sus aromas y el artificioso 
mecanismo con que la naturaleza repartía los jugos de 
la tierra por las ramificaciones de las plantas. 

Después me hizo escuchar el dulce canto de varios 
pintados pajarillos que estaban pendientes en sus jauli- 
tas, como los de la sala, y me decía: — ¿Ves, hijo, qué pri- 
mores encierra la naturaleza, aun en cuatro hierbecitas 
y unos animalitos que aquí tenemos? Pues esta natu- 
raleza es la ministra del Dios que creemos y adoramos. 
La mayor maravilla de la naturaleza que te sorprenda, 
la hizo el Criador con un acto simple de su suprema 
voluntad. Ese globo de luego que está sobre nuestras 
cabezas, que arde sin consumirse muchos miles de años 
hace, que mantiene sus llamas sin saberse con qué 
pábulo, que no sólo alegra, sino que da vida al hombre, 
al bruto, á la planta y á la piedra; ese sol, hijo mío, esa 
antorcha del día, ese ojo del cielo, esa alma de la natu- 
raleza que con sus benéficos resplandores ha deslum- 
hrado á muchos pueblos, granjeándose adoraciones de 
deidad, no es otra cosa, para que me entiendas, que un 

PERIQUILLO SARNIENTO —T. I, A. — 11. 



^J^' 



42 PENSADOR MEXICANO 

juguete de la soberana Omnipotencia. Considera, ahora, 
cuál será el poder, la sabiduría y el amor de este tu 
gran Dios, pues ese sol que te admira, esos cielos que 
te alegran, estos pajarillos que te divierten, estas flores 
que t(3 halagan, este hombre que te enseña, y todo 
cuanto te rodea en la naturaleza, salió de sus divinas 
manos sin el menor trabajo, con toda perfección y 
destinado á tu servicio. Y quó, ¿tú serás tan para poco 
que no lo conozcas? O ya que lo conozcas, ¿serás tan 
indigno que no agradezcas tantos favores al Dios que 
te los ha hecho sin merecerlos? Yo no lo puedo creer 
de tí. Pues mira, el mejor modo de mostrarse agrade- 
cida una persona á su bienhechor, es servirlo en cuanto 
pueda, no darle ningún disgusto y hacer cuanto le 
mande. Esto debes practicar con tu Dios, pues es tan 
bueno. El te manda que lo ames y que observes sus 
mandamientos. En el cuarto de ellos te ordena que obe- 
dezcas y respetes á tus padres, y después de ellos á tus 
superiores, entre los que tienen un lugar muy distin- 
guido tus maestros. Ahora me toca serlo tuyo, y á tí te 
toca obedecerme como buen discípulo. Yo te debo amar 
como hijo y enseñarte con dulzura, y tú debes amarme, 
respetarme y obedecerme lo mismo que á tu padre. 

No me tengas miedo, que no soy tu verdugo: trá- 
tame con miramiento; pero al mismo tiempo con con- 
fianza, considerándome como padre y como amigo. 









OBRAS ESCOGIDAS 



43 



Acá hay disciplinas, y de alambre, que arrancan los 
pedazos; hay palmetas, orejas de burro, cormas, grillos 
y mil cosas feas; pero no las verás muy fácilmente, por- 
que están encerradas en una covacha. Esos instrumen- 
tos horrorosos que anuncian el dolor y la infamia, no 
se hicieron para tí ni para esos niños que has visto, 
pues estáis criados en cunas no ordinarias, tenéis 
buenos padres, que os han dado muy bella educación, 
y os han inspirado los mejores sentimientos de virtud, 
honor y vergüenza, y no creo ni espero que jam.ás me 
pongáis en el duro caso de usar de tan repugnantes cas- 
tigos. 

El azote, hijo mío, se inventó para castigar afren- 
tando al racional, y para avivar la pereza del bruto que 
carece de razón; pero no para el niño decente y de ver- 
güenza que sabe lo que le importa hacer y lo que nunca 
debe ejecutar, no amedrentado por el rigor del castigo, 
sino obligado por la persuasión de la doctrina y el con- 
vencimiento de su propio interés. 

Aun los irracionales se docilitan y aprenden con 
sólo la continuación de la enseñanza, sin necesidad de 
castigo. ¿Cuántos azotes te parece que les habré dado 
a estos mocentes pajaritos para hacerlos trinar como los 
oyes? Ya supondrás que ni uno; porque ni soy capaz de 
usar tal tiranía ni los animalitos son bastantes á resis- 
tirla. Mi empeño en enseñarlos y su aplicación en 



< 



*-. 






44 PENSADOR MEXICANO 

aprender los han acostumbrado á gorjear en el orden 
que los oyes. 

Conque si unas avecita.s no necesitan azote para 
aprender, un niño como tú, ¿cómo lo habrá menester?... 
¡Jesús!... ni pensarlo. ¿Qué dices? ¿me engaña? ¿me 
amarás? ¿harás lo que te mande? — Sí, señor, le dije, 
todo enternecido, y le besé la mano, enamorado de su 
dulce genio. El entonces me abrazó, me llevó á su recá- 
mara, me dio unos bizcochitos, me sentó en su cama y 
me dijo que me estuviera allí. 

Es increíble lo que domina el corazón humano un 
carácter dulce y afable, y más en un superior. El de 
mi maestro me docilitó tanto con su primera lección, 
que siempre le quise y veneré entrañablemente, y por lo 
mismo le obedecía con gusto. 

Dieron las doce, me llamó mi maestro á la escuela 
para que las rezara con los niños. Acabamos, y luego nos 
permitió estar saltando y enredando todos en buena com- 
pañía; pero á su vista, con cuyo respeto eran nuestros 
juegos inocentes. Entretanto fueron llegando los criados 
y criadas por sus respectivos niños, hasta que llegó la 
de mi casa y me llevó; frero advertí que mi maestro le 
volvió el libro que yo tenía para leer, y le dio una esque- 
lita para mi padre, la que se reducía á decirle que 
llevara yo primeramente los compendios de Fleury ó 
Pintón, y cuando ya estuviera bien instruido en aquellos 



— í^*-.-- " ,»í.' -^— í 



• ^;'-i:'^'^'~ i, s-^c^*::>ír.-rí'*J"--*i>;^ , 



OBRAS ESCOGIDAS 45 

principios, sería útil ponerme en las manos El Hombre 
feli:;, Los Niños célebres, Las Recreaciones del hombre 
sensible, ú otras obritas semejantes; pero que nunca con- 
venía que yo leyera Soledades de la cid a, Las nótelas de 
Sayas. j Guerras ciciles de Granada, La historia de Cario 
Magno y doce pares, ni otras boberas de éstas, que lejos 
de formar, cooperan á corromper el espíritu de los niños 
ó disponiendo su corazón á la lubricidad, ó llenando su 
cabeza de fábulas, valentías y patrañas ridiculas. 

Mi padre lo hizo según quería mi maestro, y con 
tanto más gusto cuanto que conocía que no era nada 
vulgar. 

Dos años estuve en compañía de este hombre ama- 
ble, y al cabo de ellos salí medianamente aprovechado en 
los rudimentos de leer, escribir y contar. Mi padre me 
hizo un vestidito decente el día que tuve mi examen 
público. Se esforzó para darle una buena gala á mi 
maestro, y en efecto, la merecía demasiado. Le dio las 
debidas gracias, y yo también con muchos abrazos, y 
nos despedimos. 

Acaso os habrá hecho tuerza, hijos míos, que 
habiendo yo sido do tan mal natural por mi educación 
física y moral sin culpa, sino por un excesivo amor de 
mi madre, y habiéndome corrompido más con el per- 
verso ejemplo de los muchachos de mi primera escuela, 
hubiera transformádome en un instante de malo en regu- 

PERIQUILLO SARNIENTO. -T. I, A.— 12. 



i''>iliiitii}iffllS¿'iMÉini'in V ¿~. C^J: ^-'V2t>.^'^^jl' 



<^-.. ' .¿'jkSC 



46 PENSADOR MEXICANO 

lar (porque bueno jamás lo he sido) bajo la dirección 
de mi verdadero maestro; pero no lo extrañéis, porque 
tanto así puedo la buena educación reglada por un 
talento superior y una prudencia vigilante, y lo que es 
más, por el buen ejemplo, que es la pauta sobre que 
los niños dirigen sus acciones casi siempre. 

Así que, cuando tengáis hijos, cuidad no sólo de 
instruirlos con buenos consejos, sino de animarlos con 
buenos ejemplos. Los niños son los monos de los viejos; 
pero unos monos muy vivos: cuanto ven hacer á sus 
mayores, lo imitan al momento, y por desgracia imitan 
mejor y más pronto lo malo que lo bueno. Si el niño os 
ve rezar, él también rezará; pero las más veces con tedio 
y durmiéndos(\ No así si os oye hablar palabras torpes 
é injuriosas; si os advierte iracundos, vengativos, las- 
civos, ebrios ó jugadores; porque esto lo aprenderá 
vivamente, advertirá en ello cierta complacencia, y el 
deseo de satisfacer enteramente sus pasiones le hará 
imitar con la mayor prolijidad vuestros desarreglos; v 
entonces vosotros no tendréis cara para reprenderlos; 
pues ellos os podrán decir: esto nos habéis enseñado, 
vosotros habéis sido nuestros maestros, y nada hacemos 
que no hayamos aprendido de vosotros mismos. 

Los cangrejos son unos animalitos que andan de 
lado; pues como advirtiesen esta deformidad algunos 
cangrejos civilizados, trataron de que se corrigiera este 



:JW»^-ii>; 



'W:'i^ 



OBRAS ESCOGIDAS 



47 



defecto; pero un cangrejo machucho dijo: — ^^Señores, es 
una torpeza pretender que en nosotros se corrija un vicio 
que ha crecido con la edad. Lo seguro es instruir á 
nuestra juventud en el modo de andar derechos, para 
que, enmendando ellos este despilfarro, enseñen después 
á sus hijos y se logre desterrar para siempre de nuestra 
posteridad este maldito modo de andar. — Todos los can- 
grejos nomine disci'opantc ^ celebraron el arbitrio. Encar- 
góse su ejecución á los cangrejos padres, y éstos con 
muy buenas razones persuadían á sus hijos á andar 
derechos; pero los cangrejitos decían: — ;A ver como, 
/taclres/ — Aquí era ello. Se ponían á andar los cangrejos 
y andaban de lado, contra todos los preceptos que les 
acababan de dar con la boca. Los cangrejillos, como que 
es natural, hacían lo que veían y no lo que oían, y de 
este modo se quedaron andando como siempre. Esta es 
una fábula respecto á los cangrejos, mas respecto á los 
hombres es una verdad evidente; porque, como dice 
Séneca, se hace largo y dificU el camino que conduce ñ la 
virtud ]tor los preceptos: breve y eficaz por el ejemplo. 

Así, hijos míos, debéis manejaros delante de los 
vuestros con la mayor circunspección, de modo que 
jamás vean el mal, aunque lo cometáis alguna vez por 
vuestra miseria. Yo, á la verdad, si habéis de ser malos 
(lo que Dios no permita) más os quisiera hipócritas que 

* De común acuerdo. 



48 PENSADOR MEXICANO 

escandalosos delante de mis nietos, pues menos daño 
recibirán de ver virtudes fingidas que de aprender 
vicios descarados. No digo que la hipocresía sea buena 
ni perdonable, pero del mal el menos. 

No sólo los ci'istianos sabemos que nos obliga este 
buen ejemplo que se debe dar á los hijos. Los mismos 
paganos conocieron esta verdad. Entre otros es digno de 
notarse Juvenal, cuando dice en la Sátira XIV lo que 
os traduciré al castellano de este modo: 

Nada indigno del oído ó de la vista 
El niño observe en vuestra propia casa. 
De la doncella tierna esté muy lejos 
La seducción que la haga no ser casta, 

Y no escuche jamás la voz melosa 

De aquel que se desvela en arruinarla. 
Gran reverencia al niño se le debe, 

Y si á hacer un delito te preparas. 
No desprecies sus años por ser pocos, 
Que la malicia en muchos se adelanta; 
Antes si quieres delinquir, tu niño 

Te debe contener aun cuando no habla, 

Pues tú eres su censor, y tus enojos, 

Por tus ejemplos moverá mañana. 

( Y has de advertir que tu hijo en las costumbres 

Se te ha de parecer como en la cara) 

Cuando él cometa crímenes horribles 

No perdiendo de vista tus pisadas. 

Tú querrás corregirlo y castigarlo, 

Y llenarás el barrio de alharacas. 
Aún más harás, si tienes facultades, 
Lo desheredarás lleno de saña ; 
¿Pero con qué justicia en ese caso 
La libertad de padre le alegaras 
Cuando tú, que eres viejo, á su presencia 
Tus mayores maldades no recatas? 



OBRAS ESCOGIDAS 



49 



Después que pasaron unos cuantos días que me 
dieron en mi casa de asueto y como de gala, se trató de 
darme destino. 

Mi padre, que como os he dicho, era un hombre 
prudente y miraba las cosas más allá de la cascara, con- 
siderando que ya era viejo y pobre, quería ponerme á 
oficio; porque decía que en todo caso más valía que fuera 
yo mal oficial que buen vagabundo; mas apenas comu- 
nicó su intención con mi madre, cuando... ¡Jesús de mi 
alma! ¡qué aspavientos y qué extremos no hizo la santa 
señora! Me quería mucho, es verdad; pero su amor 
estaba mal ordenado. Era muy buena y arreglada; mas 
estaba llena de vulgaridades. Decía á mi padre: — ¿Mi 
hijo á oficio? no lo permita Dios. ¿Qué dijera la gente al 
ver al hijo de don Manuel Sarmiento, aprendiendo á 
sastre, pintor, platero ú otra cosa? — ¡Qué ha de decir! 
respondía mi padre; que don Manuel Sarmiento es un 
hombre decente, pero pobre, y muy hombre de bien, 
y no teniendo caudal que dejarle á su hijo, quiere pro- 
porcionarle algún arbitrio útil y honesto para que solicite 
su subsistencia sin sobrecargar á la república de un 
ocioso más, y este arbitrio no es otro que un oficio. 
Esto pueden decir y no otra cosa. — No, señor, replicaba 
mi madre toda electrizada: si usted quiere dar á Pedro 
algún oficio mecánico, atropellando con su nacimiento, 
yo no; pues aunque pobre, me acuerdo que por mis 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 13. 



50 PENSADOR MEXICANO 

venas y por las de mi hijo corre la ilustre sangre de 
los Ponces, Tagles, Pintos, Vélaseos, Zumalacárreguis 
y Bundiburis. — Pero, hija, decía mi padre, ¿qué tiene 
que ver la sangre ilustre de los Ponces, Tagles, Pintos, 
ni de cuantos colores y alcurnias hay en el mundo, con 
que tu hijo aprenda un oficio para que se mantenga 
honradamente, puesto que no tiene ningún vínculo que 
afiance su subsistencia? — ¿Pues qué, instaba mi madre, 
le parece á usted bueno que un niño noble sea sastre, 
pintor, platero, tejedor ó cosa semejante? — Sí, mi alma, 
respondía mi padre con mucha fiema: me parece bueno 
y muy bueno que el niño noble, si es pobre y no tiene 
protección, aprenda cualquier oficio, por mecánico que 
sea, para que no ande mendigando su alimento. Lo que 
me parece malo es que el niño noble ande sin blanca, 
roto ó muerto de hambre por no tener oficio ni beneficio. 
Me parece malo que para buscar que comer ande de 
juego en juego, mirando donde se arrastra un muerto, ^ 
donde dibuja una apuesta, ó logra por favor una guru- 
piada. ^ Me parece más malo que el niño noble ande al 
medio día espiando dónde van á comer para echarse, 
como dicen, de apóstol, y yo digo de gorrón ó sinver- 
güenza, porque los apóstoles solían ir á comer á las 



' Asi se llama en los juegos hurtarse una parada á sombra del descuido de su 
•egitimo dueño. 

» Llaman los jugadores gurupíé al que ayuda al banquero, montero, etc., á bara- 
jar, pagar las apuestas que ganan, recoger las que pierden, etc. E. 



, -í"* -.<-;- 1 



OBRAS ESCOGIDAS 



51 



casas ajenas después de convidados y rogados, y estos 
tunos van sin que los conviden ni les rueguen; antes, 
á trueque de llenar el estómago, son el hazmerreir de 
todos, sufren mil desaires, y después de tanto, perm.a- 
necen más pegados que unas sanguijuelas, de suerte que 
á veces es necesario echarlos noramala con toda clari- 
dad. Esto sí me parece malo en un noble, y me parece 
peor que todo lo dicho y malísimo en extremo de la 
maldad imaginable que el joven ocioso, vicioso y pobre 
ande estafando á éste, petardeando á aquél y haciendo á 
todos las trácalas que puede, hasta quitarse la máscara, 
dar en ladrón público y parar en un suplicio ignomi- 
nioso ó en un presidio. Tú has oído decir varias de estas 
pillerías, y aun has visto algunos cadáveres de estos 
nobles, muertos á manos de verdugos en esta plaza 
de México. Tú conociste á otro caballerito noble y 
muy noble, hijo de una casa solariega, sobrino nada 
menos que de un primer ministro y secretario de Estado; 
pero era un hombre vicioso, abandonado y sin destino: 
(por calavera) consumó sus iniquidades matando á un 
pobre maromero en la cuesta del Platanillo, camino de 
Acapulco, por robarle una friolera que había adqui- 
rido á costa de mil trabajos. Cayó en manos de la 
Acordada, se sentenció á muerte, estuvo en la capilla, 
lo sacó de ella un virrey por respeto del tío, y per- 
manece preso en aquella cárcel ya hace una porción de 



..tM- ^íiid&yíéáL.^ iio2kl '¿¿rjíifí'i^-í 



:.^M¿íy 



52 PENSADOR MEXICANO 

años. ^ He aquí el triste cuadro que presenta un hombre 
noble, vicioso y sin destino. Nada perdió el lustre de 
su casa por el villano proceder de un deudo picaro. 
Si lo hubieran ahorcado, el tío hubiera quedado, como 
quodó, en el candelero; porque así como nadie es sabio 
por lo que supo su padre, ni valiente por las hazañas 
que hizo, así tampoco nadie se infama ni se envilece 
por los pésimos procederes de sus hijos. 

He traído á la mí^moria este caso horrendo, y ¡ojalá 
no sucedieran otros semejantes 1 para que veas á lo que 
está expuesto el noble que, fiado en su nobleza, no quiere 
trabajar, aunque sea pobre. 

— Pero ¿luego ha de dar en un ojo? decía mi madre, 
¿luego ha de ser Pedrito tan atroz y malvado como 
D. N. li.f — Sí, hijita, respondía mi padre; estando en el 
mismo predicamento, lo propio tiene Juan que Pedro; es 
una cosa muy natural, y el milagro fuera que no suce- 
diera del mismo modo, mediando las propias circunstan- 
cias. ¿Qué privilegio goza Pedro para que, supuesta 
su pobreza é inutilidad, no sea también un vicioso y un 
ladrón, como Juan, y como tantos Juanes que hay en el 
mundo? ¿Ni qué firma tenemos del Padre Eterno, que 
nos asegure que nuestro hijo ni se empapará en los 
vicios, ni correrá la desgraciada suerte de otros sus 
iguales, mayormente mirándose oprimido de la necesi- 

* Siendo virrey el conde de Revilla, lo desterró para siempre á las islas Marianas. 



'WW^TtY?^ y V . ••^■■:-r^-V ■.•.■■•■■■•-■,;"■ >'••v•^.~ ^ 



OBRAS ESCOGIDAS 53 

dad, que casi siempre ciega á los hombres y los hace 
prostituirse á los crímenes más vergonzosos? 

— Todo esto está muy bueno, decía mi madre; 
¿pero qué dirán sus parientes al verlo con oficio? — 
Nada, ¿qué han decir? respondía mi padre; lo más que 
dirán es; mi primo el sastre, mi sobrino el platero ó 
lo que sea; ó tal vez dirán: no tenemos parientes 
sastres, etc., y acaso no le volverán á hablar; pero 
ahora, díme tú: ¿qué le darán sus parientes el día que 
lo vean sin oficio, muerto de hambre y hecho pedazos? 
Vamos, ya yo te dije lo que dirían en un caso, díme tú 
lo que le dirán en el contrario. — Puede, decía mi buena 
madre, puede que lo socorran siquiera porque no los 
desdore. — Ríete de eso, hija, respondía mi padre; como 
él no los desplatee, poca fuerza les hará que los des- 
dore. Los parientes ricos, por lo común, tienen un 
expediente muy ensayado para librarse de un golpe 
de la vergüencilla que les causan los andrajos de sus 
parientes pobres, y éste es negarlos por tales redon- 
damente. Desengáñate; si Pedro tuviere alguna buena 
suerte ó hiciere algún viso en el mundo, no sólo lo 
reconocerán sus verdaderos parientes, sino que se le 
aparecerán otros mil nuevos, que lo serán lo mismo 
que el Gran Turco, y tendrá continuamente á su lado 
un enjambre de amigos que no lo dejarán mover; pero 
si fuere un pobre, como es regular, no contará más que 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A . — 14. 



í^ 



I> 



- ->¿'ií*«í..i t:''^i^. 






54 PENSADOR MEXICANO 

con el peso que adquiera. Esta es una verdad, pero muy 
antigua y muy experimentada en el mundo; por eso 
nuestros viejos dijeron sabiamente, que no haij más 
amigo quo Dios, ni más pai'ientc que na poso. ¿Tú ves 
ahora que nos visitan y nos hacen mil expresiones tu 
tío el capitán, mi sobrino el cura, las primas Delga- 
dos, la tía Rivera, mamá Manuela y otros? Pues es 
porque ven que, aunque pobres, á Dios gracias no nos 
falta que comer y les sirvo en lo que puedo. Por eso 
nos visitan, por eso y nada más, créelo. Unos vienen 
á pedirme prestado, otros á que les saque de este ó 
aquel empeño, quién á pasar el rato, quién á inquirir 
los centros de mi casa y quién á almorzar ó tomar cho- 
colate; pero si yo me muero, como que quedas pobre, 
verás, verás cómo se disipan los amigos y los deudos, 
lo mismo que los mosquitos con la incomodidad del 
humo. Por estos conocimientos deseara que mi Pedro 
aprendiera oficio, ya que es pobre, para que no hubiera 
menester á los suyos ni á los extraños después de mis 
días. Y te advierto, que muchas veces suelen los hom- 
bres hallar más abrigo entre los segundos que entre los 
primeros; mas con todo eso, bueno es atenerse cada uno 
á su trabajo y á sus arbitrios y no ser gravoso á nadie. 

— Tú medio me aturdes con tantas cosas, decía mi 
madre; pero lo que veo es que un hidalgo sin oficio es 
mejor recibido y tratado con más distinción en cual- 



™py- .."'-■' 






OBRAS ESCOGIDAS 



OO 



quiera parte decente que otro hidalgo sastre, batihoja, 
pintor, etc. — Ahí está la preocupación y la vulgari- 
dad, respondía mi padre. Sin oficio puede ser; pero no 
sin destino ú arbitrio honesto. A un empleado en una 
oficina, á un mihtar ó cosa semejante, le harán mejor 
tratamiento que á un sastre ó á cualquiera otro oficial 
mecánico, y muy bien hecho: razón es que las gentes se 
distingan; pero al sastre y aun al zapatero lo estimarán 
más en todas partes que no al hidalgo tuno, ocioso, tra- 
piento y petardista, que es lo que quiero que no sea mi 
hijo. A más de esto, ¿quién te ha dicho que los oficios 
envilecen á nadie? Lo que envilece son las malas accio- 
nes, la mala conducta y la mala educación. ¿Se dará des- 
tino más vil que guardar puercos? pues esto no embarazó 
para que un Sixto V fuera pontífice de la Iglesia católica... 
Pero esta disputa paró en lo que leeréis en el capí- 
tulo cuarto. 



■ I"- 

I 



■4 
.1 




É 



r 



:?.V^.:.t'^H^^.»«i.- .-■.j.»-¿— -A-- 



'iil'-'i I ¿Wiáti 



■■i>'X*-"- : \-'^^V'-Ki!^': • ■..:- ..V/v, ?*;■ .--■ ■.'?■.*-'-. y'/^^l • ' s ■f<\'^ ■ -r-^'-'-^ ""^ :^'B»?^^!^^^^ ■. '■ 



^Y^"- 



CAPITULO IV 




En el que Periquillo da razón 
■ en qué paró la conversa- 
ción de sus padres, y del 
resultado que tuvo, y 
fué que lo pusieron á 
estudiar, y los pro- 
gresos que hizo. 



madre , sin 
embargo de 
lo dicho , se 
opuso de pie firme á 
que se me diera oficio, 
insistiendo en que me pu- 
siera mi padre en el colegio. Su merced le decía: 

— No seas candida; y si á Pedro no le inclinan los 
estudios ó no tiene disposición para ellos, ¿no será una 
barbaridad dirigirlo por donde no le gusta? Es la mayor 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 15. 






y>r¿^ j-rr *- » « 



1 






^ .-l:. .'^.''.íJ'.*rL.'^,J^''."Í^-:.^'JLÍ,;rr-'l 



58 PENSADOR MEXICANO 

simpleza de muchos padres pretender tener á pura fuerza 
un hijo letrado ó eclesiástico, aun cuando no sea de su 
vocación tal carrera ni tenga talento á propósito para las 
letras; causa funesta, cuyos perniciosos efectos se lloran 
diariamente en tantos abogados firmones, ^ médicos ase- 
sinos y eclesiásticos ignorantes y relajados, como adver- 
timos. 

Todavía para dar oficio á los niños es menester 
consultar su genio y constitución física, porque el que 
es bueno para sastre ó pintor, no lo será para herrero 
ó carpintero, oficios que piden, á más de inclinación, 
disposición de cuerpo y unas robustas fuerzas. 

No todos los hombres han nacido útiles para todo. 
Unos son buenos para las letras, y no generalmente, 
pues el que es bueno para teólogo, no lo será para 
médico; y el que será un excelente físico, acaso será 
un abogado de á docena, si no se le examina el genio; 
y así de todos los letrados. Otros son buenos para las 
armas é ineptos para el comercio; otros excelentes para 
el comercio y topos para las letras; otros, por último, 
aptísimos para las artes liberales y negados para las 
mecánicas, y así de cuantos hombres hay. 

En efecto, hombres generales y á propósito para 



• Se llama así á los abogados que , teniendo pocos negocios en sus bufetes, ocurren 
á los Oficios de los escribanos, y antiguamente á los Bancos de los procuradores, á 
poner su firma por cuatro reales ó un peso, en los escritos que, según las leyes, no 
podían correr sin este requisito. K. 



--> liiitlliifcil' 11 I T-li rif ■ ¡m É * irürti* ■— " - .:■»—«»■■■.■» ¿^-^L.:.:-^. ¿^^ ; --, 




.]írf'^^*?T*nl?ff^^^s«* ■ '■'*^í^: ■T^-'7«E»5Sf^ 



OBRAS ESCOGIDAS 59 

todas las ciencias y artes se consideran ó como fenóme- 
nos de la naturaleza, ó como testimonios de la Omni- 
potencia Divina, que puede hacer cuanto quiera. 

Sin embargo, yo creo firmemente que estos omnis- . i 

cíos, que una que otra vez ha celebrado el mundo, han 1 

sido sólo unos monstruos (si puede decirse así) de enten- 
dimiento, de aplicación y de memoria, y han admirado á 
las generaciones por cuanto han adquirido el conoci- * 

miento de muchas más ciencias que el común de los 
sabios sus coetáneos, y las han poseído tal vez en un 
grado más superior; pero, en mi concepto, no han pasado 
de unos fenómenos de talento, rarísimos en verdad; mas 
limitados todavía infinitamente, y no han merecido ni i 

merecerán jamás el sagrado renombre de omniscios, 
pues si omniscio quiere decir el que todo lo sabe, digo 
que no hay más que un omniscio dentro y fuera de la 
naturaleza, que es Dios. Este Ente Supremo es sí, el 
único y verdadero omniscio, porque es el que única 
y verdaderamente sabe todo cuanto se puede saber; y 
en este sentido, conceder un hombre omniscio, fuera 
conceder otro Dios, de cuyo absurdo están muy lejos 
aun los que honraron al profundo Leibniz con tan pom^ 
poso título. 

Acaso este grande hombre no sería capaz de ensue- 
lar un zapato, de bordar una sardineta, ni de hacer otras 
mil cosas que todos vemos como meras frioleras y efectos 



í'St.- ,«..' *,*- 



60 PENSADOR MEXICANO 

de un puro mecanismo; y sin acaso, este ingenio céle- 
bre, si resucitara, tendría que abjurar muchos de sus 
preceptos y axiomas, desengañado con los nuevos des- 
cubrimientos que se han hecho. 

Todo esto te digo, hija mía, para que reflexiones 
que todos los hombres somos finitos y limitados, que 
apenas podemos acertar en una ú otra cosa; que los 
ingenios más célebres no han pasado de grandes; pero 
ni remotamente han sido universales, pues ésta es pre- 
rrogativa del Criador, y que, según esto, debemos exami- 
nar la inclinación y talento de nuestros hijos para diri- 
girlos. 

No me acuerdo dónde he leído que los lacedemo- 
nios, para destinar á los suyos con acierto, se valían de 
esta estratagema. Prevenían en una gran sala diferentes 
instrumentos pertenecientes á las ciencias y artes que 
conocían. Supon tú que en aquella sala ponían instru- 
mentos de música, de pintura, de escultura, de arqui- 
tectura, de astronomía, de geograíía, etc., sin I altar 
tampoco armas y libros: hecho esto disponían con disi- 
mulo que varios niños se juntasen allí solos, y que juga- 
sen á su arbitrio con los instrumentos que quisiesen, y 
entretanto, sus padres estaban ocultos y en observación 
de las acciones de sus hijos, y notando á qué cosa se 
inclinaba cada uno de por sí; y cuando advertían que 
un niño se inclinaba con constancia á las armas, á los 



,. •■^.-' :.■•- r >>.^---».'-- •. ^Á.aHHl^H&<4ÉJLÁl2- .* •■ .» - ". >.: — . : .^.^ j.^-.'» ^ t,,- , -tA 



*;<•.«-: . - - •■,' -''^■r ..'. ^.yj* ^•*4 .- !.'• 



^;r7».'»^Fí*t^*yT-V -^ "■ ■^?P**I'''-'-^\ \? "•-: -^r^í^^iT^ 



i 



OBRAS ESCOGIDAS 61 . 

libros, ó á cualquiera ciencia ó arte de aquellas cuyos 

instrumentos tenían á la vista, no dudaban aplicarlos á ,^ 

ellos, y casi siempre correspondía el éxito á su prudente 

examen. 

Siempre me ha gustado esta bella industria para 
rastrear la inclinación de los niños; así como he repro- 
bado la general corruptela de muchos padres que á 
tontas y á locas encajan á los muchachos en los colegios, 
sin indagar ni aun ligeramente si tienen disposición para 
las letras. 

Hija mía, este es un error tan arraigado como gro- 
sero. El niño que tenga un entendimiento somero y 
tardo jamás hará progresos en ciencia alguna, por más 
que curse las aulas y manosee los libros. Ni t'stos ni los 
colegios dan talento á quien nació sin él. Los burritos 
entran todos los días en los colegios y universidades car- 
gados de carbón ó de piedra, y vuelven á salir tan burros 
como entraron; porque así como las ciencias no están 
aisladas en los recintos de las universidades ó gimnasios, 
así tampoco éstos son capaces de comunicar un adarme 1 

de ciencia al que carezca de talento para aprenderla. 

Fuera de esto, hay otra razón harto poderosa para 
que yo no me resuelva á poner á mi hijo en el colegio, 
aun cuando supiera que tenía una bella disposición para 
estudiante, y esta es mi pobreza. Apenas alcanzo para 
comer con mi corto destino, ¿de dónde voy á coger diez 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. I, A. — 16. 



1" 



62 PENSADOR MEXICANO 

pesos para la pensión mensual y toda aquella ropa 
decente que necesita un colegial? y ya ves tú aquí un 
embarazo insuperable. 

— No, dijo mi madre, que hasta entonces sólo había 
escuchado sin despegar sus labios para nada; no, esa 
no es razón ni menos embarazo; porque con ponerlo de 
capense ya se remedió todo. 

— Muy bien, dijo mi padre, me has quinado; pero 
vamos á ver qué salida me das á esta otra dificultad. Yo 
ya estoy viejo, soy pobre, no tengo qué dejarte: mañana 
me muero, te hallas viuda, sola, sin abrigo ni qué 
comer, con un mocetón á tu lado que cuando mucho 
sabrá hablar tal cual latinajo y aturdir al mundo entero 
con cuatro ^vy/os y pedanterías que el mismo que las dice 
no las entiende; pero que en realidad de nada vale todo 
eso, porque el muchacho como no tiene quién lo siga 
fomentando, se queda varado on la mitad de la carrera 
sin poder ser ni clérigo, ni abogado, ni médico, ni cosa 
alguna que le facilite su subsistencia ni tus socorros por 
las letras; siendo lo peor que en ese caso tampoco es útil 
ya para las artes; pues no se dedicará á aprender un 
oficio por tres fortísimas razones. La primera, por cier- 
tos humorcillos de vanidad que se pegan en el colegio á 
los muchachos, de molo que cualquiera de ellos sólo con 
haber entrado al colegio (y más si vistió la beca) y saber 
mascar el Cicerón ó el Breviario, ya cree que se envile- 



--■= • «¿J^. - --^¿^^tMfa¿-'..» - - '-■ .-jj ---- — .. .■^.-;*--.^' — — . — í n'¿ ni iiilT «¿1 liajTfcT • 



.;:-^OÍ>^:-^-sy^vr^^y-:^v«|J;.v:^^.^■V:^•■:^: :í:í:;- ;• V 'V-^^W;*^^^;:." 



"."«Tif» 



OBRAS ESCOGIDAS 63 

cería si se colocara tras de un mostrador, ó si se pusiera 
á aprender un oficio en un taller. Esto es aún siendo un 
triste gramatiquillo, ¿qué será si ha logrado el altiso- 
nante V colorado título de bachiller? ¡Oh! entonces se 
persuade que la tierra no lo merece. ¡Pobres mucha- 
chos ! 

Esta es la primera razón que lo inutiliza para las 
artes. La segunda es, que como ya son grandes, se les 
hace pesado el trabajo material, al paso que vergonzoso 
el ponerse de aprendices en una edad en que los demás 
son oficiales, y aún se dificultaría bastante que hubiera 
maestro que quisiera encargarse de la enseñanza y man- 
tención de tales jayanes. 

La tercera razón es, que como en tal caso ya los 
muchachos tienen el colmillo duro, esto es, ya han pro- 
bado á lo que sabe la libertad, de manera ninguna se 
quieren sujetar á lo que tan fácilmente se hubieran suje- 
tado de más niños; y cátate ahí el estado de tu Pedro si 
lo ponemos á estudiar y muero dejándolo, como es facti- 
ble, en la mitad de la carrera, pues se queda en el aire 
sin poder seguir adelante ni volver atrás. Y cuando tú 
veas que en vez de contar con un báculo en que apoyarte 
en la vejez, sólo tienes á tu lado un haragán inútil que 
de nada te sirve (pues en las tiendas no fían sobre silo- 
gismos ni latines) entonces darás á Judas los estudios y 
las bachillerías de tu hijo. Conque, hija mía, hagamos 



=í 



vi 



4 



lo A >¿%_-í¿ÍK.«k;e:k b^¿MtffJ¿J^'^j¿JMA^át^i£ÉtrrSf¿:Mti:¿iiÍÁ' f. \-ií,^.' 



04 PENSADOR MEXICANO 

ahora lo que quisieras haber hecho después de mis días. 
Pongamos á oficio á Pedro. ¿Qué dices? 

— ¿Qué he de decir? respondió mi madre; sino que 
tú te empeñas en mortificarme y en hacer iníeHz á esa 
pobre criatura, tratando de ordinariarlo poniéndolo de 
artesano, y por eso hablas y ponderas tanto. Pues qué, 
¿ya sabes que es un tonto? ¿ya sabes que te vas á morir 
en la mitad de sus estudios? ¿y ya sabes, por fin, que 
porque tú te mueras se cierran todos los recursos? Dios 
no S(^ muere: parientes tiene y padrinos que lo socorran: 
ricos hay en México harto piadosos que lo protejan, y 
yo, que soy su madre, pediré limosna para mantenerlo 
liasta que se logre. No, sino que tú no quieres al pobre 
muchacho; pero ni á mí tampoco, y por eso tratas de 
darme esta pesadumbre. ¿Qué he de hacer? soy iníeliz y 
también mi hijo... 

Aquí comenzó á llorar la alma mía de mi madre, 
y con sus cuatro lágrimas dio en tierra con toda la 
constancia y solidez de mi buen padre, pues éste, luego 
que la vio llorar la abrazó como que la amaba tierna- 
mente, y la dijo: 

— No llores, hijita, no es para tanto. Yo lo que te he 
dicho es lo que me enseña la razón y la experiencia; poro 
si es de tu gusto que estudie Pedro, que estudie nora- 
buena; ya no me opongo: quizá querrá Dios prestarme 
vida para verlo logrado, ó cuando no, Su Majestad te 



-••'-■'■■ ■ *'-'i,i '^ñi rfiiM-'-^'-' — ■'■-•-«- ■■■^1-- -li" íi r *r'i-'i iiÉ «■"'' ^rtñ'MWIÍii-íliift'i'^riM-itifri>iMiMiii'ÍÍ¿BÍÍir ' ■^~^v----*^¿^ ■'■ 



-.■■•: \ -'.s-"-*!. - T_ --'?-■■!■, 



OBRAS ESCOGIDAS 65 

abrirá camino, como que conoce tus buenas inten- 
ciones. 

Consolóse mi madre con esta receta, y desde enton- 
ces sólo se trató de ponerme á estudiar, y me empezaron 
á habilitar de ropa negra, arte de la lengua latina y 
demás necesarias menudencias. 

No parece sino que hablaba mi padre en profecía, 
según que todo sucedió como lo dijo. En efecto, tenía 
mucho conocimiento de mundo y un juicio i)erspicaz; 
pero estas cualidades se perdían, las más veces, por 
condescender nimiamente con los caprichos de mi 
madr(\ 

Muy bueno y muy justo es que los hombres amen á 
sus mujeres y que les den gusto en todo cuanto no se 
oponga á la razón; pero no que las contemplen tanto que 
por no disgustarlas, atropellen con la justicia, expo- 
niéndose ellos y exponiendo á sus hijos á recoger los 
frutos de su imprudente cariño, como me sucedió á mí. 
Por eso os prevengo para que viváis sobre aviso, de 
manera que améis á vuestras esposas tiernamente según 
Dios os lo manda y la naturaleza arreglada os lo inspira; 
mas no os afeminéis como aquel valientísimo Hércules, 
que después que venció leones, jabalíes, hidras y cuanto 
se le puso por delante, se dejó avasallar tanto del amor 
de Omfale que ésta lo desnudó de la piel del león Ñemeo, 
lo vistió de mujer, lo puso á hilar, y aún le reñía y casti- 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A.— 17. 



'../liIi,,*Ii'"^-.t^-^-'ft - j-.-'l-'.--/ *:»"iCw''.o6*^.i?..:<-,'r 






66 PENSADOR MEXICANO 

gaba cuando quebraba algún huso ó no cumplía la tarea 
que le daba. ¡Qué vergonzosa es semejante afeminación, 
aun en la fábula I 

Las mujeres saben muy bien aprovecharse de esta 
loca pasión, y tratan de dominar á semejantes maridos 
de mantequilla. 

Cólera da ver á muchos de éstos que no conociendo 
ni sabiendo sostener su carácter y superioridad, se aba- 
ten hasta ser los criados de sus mujeres. No tienen 
secreto, por importante que sea, que no les revelen; no 
hacen cosa sin tomarles parecer, ni dan un paso sin 
su permiso. Las mujeres no han menester tanto para 
querer salirse de su esfera, y si conocen que este rendi- 
miento del hombre se lo han granjeado con su hermo- 
sura, entonces desenrollan de una vez todo su espíritu 
dominante, y ya tenéis en cada una de estas una Omfale, 
y en cada hombre abatido un Hércules marica y sinver- 
güenza. En este caso, cuando las mujeres hacen lo que 
se les antoja á su arbitrio, cuando tienen á los hombres 
en nada, cuando los encuernan, cuando los mandan, los 
injurian y aún les ponen las manos, como lo he visto 
muchas veces, no hacen más sino cumplir con su in- 
clinación natural y castigar la vileza de sus maridos ó 
amantes sin prevenirlo. 

Dios nos libre de un hombre que tiene miedo á su 
mujer, que es preciso que le tome su parecer para ir 



'* '—■ ^*-*^ --^-•^-^ ^■■>^. ■.. hii II I» É.tir'a¿áaai*Mi*M '■^..t— ^■.■■. v,^. .-_...,, 



.?>.-•■•«*. ■^. .^-.'.^^^ ■ "••V -■■ . ; ;; . . :,*^ i•»^"'"^>lí-Í^S^í■S=^?Víí^í^^^^ ■. ■ ■ ■ ,■■■ ,'=¡1^ ■; .' 



OBRAS ESCOGIDAS 67 

á hacer esto ó aquello, que sabe que le ha de dar razón 
de adonde fué y de dónde viene, y que si su mujer grita 
y se altera, él no tiene más recurso que apelar á los 
mimos y caricias para contentarla. Estos hombres, in- 
dignos de nombre tan superior, están siempre dispuestos 
á ser unos descendientes del cabrío y unos padres de 
familia ineptísimos; porque ellos no dirigen á sus hijos, 
sino ellas. Los mismos muchachos advierten temprano 
la superioridad de las madres, y no tienen á sus padres 
el menor miramiento; y más cuando notan que si come- 
ten alguna picardía por la que el padre los quiere casti- 
gar, con acogerse á la madre, ésta los defiende, y si se 
oh'cce, arma una pendencia al padre y se queda come- 
tida la culpa y eludida la pena. 

No sin razón dijo Terencio que las madres ayudan á 
sus hijos en las iniquidades y estorban el que sus padres 
los corrijan. Lo que os pondré en una estrofita para que 
la tengáis en la memoria. 

* Suelen ayudar las madres 

A la maldad de sus hijos, 
Impidiendo que los padres 
Les den el justo castigo. 

Es verdad que ni mi padre ni mi madre eran de los 
hombres afeminados, ni de las mujeres altivas que he 
dicho. Mi padre algunas veces se sostenía, y mi madre 
jamás se alteraba ni se alzaba, como dicen, con el santo 



i 



'■A*/ 



68 TENSADOa MEXICANO 

y la limosna; lo que sucedía era que cuando no le valían 
sus insinuaciones y sus ruegos para hacer á mi padre 
desistir de su intento, apelaba á las lágrimas, y entonces 
era como milagro que no se saliera con la suya, porque 
las lágrimas de una mujer hermosa y amada son armas 
eficacísimas para vencer al hombre más circunspecto. 

Sin embargo, algunas ocasiones se sostenía con el 
mayor vigor. Era bueno que siempre hubiera conservado 
igual carácter; mas los hombres no somos dueños de 
nuestro corazón á todas horas, aunque siempre debié- 
ramos serlo. 

Finalmente: llegó el día en que me pusieron al estu- 
dio, y éste fué el de don Manuel Enríquez, sujeto bien 
conocido en México, así por su buena conducta, como 
por su genial disposición y asentada habilidad para la 
enseñanza de la gramática latina, pues en su tiempo 
nadie le disputó la primacía entre cuantos preceptores 
particulares había en esta ciudad; mas por una tenaz 
y general preocupación que hasta ahora domina, nos 
enseñaba mucha gramática y poca latinidad. Ordinaria- 
mente se contentan los maestros con enseñar á sus discí- 
pulos una multitud de reglas que llaman ¡talitos, con que 
hagan unas cuantas oracioncillas, y con que traduzcan el 
Breviario, el Concilio de Trento, el catecismo de San 
Pío V. y por fortuna algunos pedacillos de la Eneida y 
Cicerón. Con scn\cjante mctodo scilen los mucJiacJios 



, -■-'...•i.'. ■i.iiriTar -- ^-'-■'■'- '>.¡-^^'¡-^'>-- —^ 



i'W"=^5Jr: 



OBRAS ESCOGIDAS 



69 



habladores y no latinos, como dice el padre Calasanz 
en su Discernimiento de Ingenios, Tal salí yo, y no podía 
salir mejor. Saqué la cabeza llena de reglitas, adivinan- 
zas, frases y equivoquillos latinos; pero en esto de inteli- 
gencia en la pureza y propiedad del idioma, ni palabra. 
Traducía no muy mal y con alguna facilidad las homilías 
del Breviario, y los párrafos del Catecismo de los curas; 
pero Virgilio, Horacio, Juvenal, Persio, Lucano, Tácito 
y otros semejantes hubieran salido vírgenes de mi inte- 
ligencia si hubiera tenido la fortuna de conocerlos, á 
excepción del primer poeta que he nombrado, pues de 
éste sabía alguna cosita que le había oído traducir á mi 
sabio maestro. También supe medir mis versos, y lo que 
era exámetro, pentámetro, etc.; pero jamás supe hacer 
un dístico. 

A pesar de esto, y al cabo de tres años, acabé mis 
primeros estudios á satisfacción, pues me aseguraban 
que era yo un buen gramático, y yo lo creía más que 
si lo viese. ¡Válgate Dios por amor propio y cómo nos 
engañas á ojos vistas! Ello es que yo hice mi oposición á 
toda gramática, y quedé sobre las espumas; mi maestro 
y convidados muy contentos, y mis amados padres más 
huecos que si me hubiera opuesto á la magistral de 
México y la hubiera obtenido. 

Siguiéronse á esta función las galas, los abrazos, 
los agradecimientos á mi maestro, y mi salida del estu- 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 18. 






i 

4- 



- c 

i 



í 



, .V. * 



/p.a¿¿£ik 



70 PENSADOR MEXICANO 

dio; aunque yo no debo salirme sin deciros otras cositas 
que aprendí y repasé en aquellos tres años. Gomo allí no 
había un corto número de niños, como en mi buena 
escuela, sino que había infinidad de muchachos entre 
pupilos y capenses, todos hijos de sus madres, y de tan 
diferentes genios y educaciones, y yo siempre luí un 
maleta de primera, tuve la maldita atingencia de escoger 
para mis amigos á los peores, y me correspondieron 
fielmente y con la mayor facilidad; ya se ve, que cada 
oveja ama su pareja, y esto es corriente; el asno no se 
asocia con el lobo ni la paloma con el cuervo: cada uno 
ama su semejante. Así yo no me juntaba con los niños 
sensatos, pundonorosos y de juicio, sino con los malicio- 
sos y extraviados, con cuyas amistades y compañías cada 
día me remataba más, como os sucederá á vosotros y 
á vuestros hijos, si despreciando mis lecciones no procu- 
ráis ó hacerlos que tengan buenos amigos ó que no 
tengan ninguno, pues es infalible el axioma divino que 
nos dice: con el iranio serás santo, ¡j te percertirds con el 
¡¡errerso. Así me sucedió puntualmente; bien que yo ya 
estaba pervertido, pero con la compañía de los malos 
estudiantes me acabé de perder enteramente. 

Paréceme que al leer estos renglones exclamáis: 
¿cómo se mudó tan presto nuestro padre? pues en la últi- 
ma escuela en que estuvo ¿no había olvidado las malas 
propiedades que había adquirido en la primera? ¿cómo 



sy^ 



•«; fililí ■ -iBi^iáartl''-*'''^" ji^iáiiíi H'iinti -Jifi^H-T 



OBRAS ESCOGIDAS 



71 



fué esta metamorfosis tan violenta? Hijos míos: las 
buenas ó malas costumbres que se imprimen en la niñez 
echan muy profundas raíces; por eso importa tanto el 
dirigir bien á las criaturas en sus primeros años. Los 
vicios que yo adquirí en los míos, ya por el chiqueo 
de mi madre, las adulaciones de las viejas mis parientas, 
el indolente método de mi maestro, el pésimo ejemplo y 
compañía de tanto muchacho desreglado, y sobre todo 
esto, por mi natural perverso y mal inclinado, profundi- 
zaron mucho en mi espíritu, me costó demasiado trabajo 
irme deshaciendo de ellos á costa de no pocas reprensio- 
nes y caricias de mi buen maestro, y del continuo buen 
ejemplo que me daban los otros niños. Me parece que si 
nunca me hubieran faltado semejantes preceptos y con- 
discípulos no me hubiera vuelto á extraviar, sino que 
hubiera asentado una conducta acendrada y religiosa; 
pero ¡ah! que no hay que fiar en enmiendas forzadas 
ó pasajeras, porque en faltando el respeto ó el fervor, 
se lleva el diablo esta clase de enmiendas, y quedamos 
con nuestro vestido antiguo ó tal vez peores. 

Así lo experimenté yo, bien á mi costa. Estaban mis 
pasiones sofocadas, no muertas; mi perversa inclinación 
estaba como retirada, pero aún permanecía en mi cora- 
zón como siempre; mi mal genio no se había extinguido, 
estaba oculto solamente como las brasas debajo de la 
ceniza que las cubre; en una palabra, yo no obraba tan 









■i 



■i 



* 



4 
1J 



-I 

* ■ 



-"-*>^' - ÍlÍjl.,4K. . .: 



P'.Iw. ú«'^;i-iaúv'''kíf=. 



72 l'ENSADOR MEXICANO 

mal y con el descaro que antes, por el amor y respeto 
que tenía á mi prudente maestro y por la vergüencilla 
que me imponían los demás niños con sus buenas accio- 
nes; pero no porque me faltaran ganas ni disposición. 

En efecto, luego que me separé de estos testigos, á 
quienes respetaba, y me uní otra vez á otros compañeros 
tan disipados como yo, volví á soltar la rienda á mis 
pasiones; corrieron éstas con el desenfreno propio de 
la edad, v se salieron del círculo de la razón, así como 
un río se sale de madre cuando le faltan los diques que lo 
contienen. 

Sin duda era el muchacho más maldito entre los 
más relajados estudiantes; porque yo era el Non plus 
ultra ^ de los bufones v chocarreros. Esta sola cualidad 
prueba que no era mi carácter de los buenos, pues en 
sentir del sabio Pascal, hombre c/tistoso, ruin carácter. 
Ya sabéis que en los colegios estas frases, parar la bola, 
pandorrjuear, cantaletear, y otras, quieren decir: mofar, 
insultar, provocar, .<((¡terir, inj'uriai; incomodar ij agra- 
viar por todos los modos posibles á otro pobre; y lo más 
injusto y opuesto á las leyes de la virtud, buena crianza 
y hospitalidad es, que estos graciosos hacen lucir su 
habilidad infame sobre los pobres niños nuevos que 
entran al colegio. He aquí cuan recomendables son estos 

* Alusión á la inscripción de las columnas de Hércules en Cádiz, que después del 
descubrimiento de América enmendó España, poniendo Plu,t ultra en dos columnas, 
entre las que colocó su escudo de armas. E. 







■9»»"g;^»fJ?Wrfí®»'->jri^^ ■tS"'*"'- ■, T.<?N7'- ^-SinkfS ' ** víTÍ í^^r" " 



OBRAS ESCOGIDAS 73 

truhanes majaderos para que atados á un pilar del colegio 
sufrieran cien azotes por cads, pandorga de éstas; pero lo 
sensible es, que los catedráticos, /¡asantes, sotamtnistros 
y demás personas de autoridad en tales comunidades, se 
desentienden del todo de esta clase de delito, que lo es 
sin duda grave, y pasa por m ((chachada, aun cuando se 
quejan los agraviados, sin advertir que esta su condes- 
cendencia autoriza esta depravada corruptela, y ella 
ayuda á acabar de formar los espíritus crueles de los 
estragadores como yo, que veía llorar á un niño de estos 
desgraciados, á quienes afligía sumamente con las inju- 
rias y befa que les hacía, y su llanto, que me debía 
enternecer y refrenar, como que era el fruto del senti- 
miento de unas criaturas inocentes, me servía de entre- 
més y motivo de risa, y de redoblar mis befas con más 
empeño. 

Considerad por aquí cuál sería mi bella índole, 
cuando tenía la fama de ser el mejor j)andorg dista de 
todo el colegio, y decían mis compañeros que yo le 
paraba la bola á cualquiera, que era lo mismo que decir 
que yo era el más indigno de todos ellos, y que ninguno, 
bueno ó malo, dejaría de incomodarse si escuchaba en su 
contra mi maldita lengua. ¿Os parece, hijos míos, esta 
circunstancia algo favorable? ¿Con ella sola no advertís 
mi depravado espíritu y condición? porque el hombre 
que se complace en afligir á otro su semejante, no puede 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 19. 



*■,■ 



■i 



" -«>:¡»i/<*J.-^fa'->J ¿^{Ück y. 



^^•^ -«..t.x. : 



•^■trí^!^: 



74 



PENSADOR MEXICANO 



menos que tener un alma ruin y un corazón protervo. 
Ni valga decir que lo hacen unos muchachos, pues esto 
lo que prueba es, que si aún desde muchachos son 
malos, de grandes serán peores, si Dios y la razón no 
los modera, lo que no es muy común. Yo tuve una 
multitud de condiscípulos, y por observación he visto 
que es raro el que ha salido bueno de entre estos genios 
burlones con exceso, y lo peor es que hay mucho de esto 
en nuestros colegios. 

Por estos principios conoceréis que era perverso en 
todo. En fin, entré á estudiar filosofía. 




'TT^^l^'fT?:¡^^r^f%i'!yS;^^'i^^¿-^-p^!!?f^ .; 




CAPITULO V 



Escribe Periquillo su entrada al curso de artes, 
lo que aprendió, su acto general, su grado, y otras curiosidades 
que sabrá el que las quisiere saber 



Acabé mi gramática, como os dije, y entré al 
máximo y más antiguo colegio de San Ildefonso á estu- 
diar filosoíía, bajo la dirección del doctor don Manuel 
Sánchez y Gómez, que hoy vive para ejemplar de sus 
discípulos. Aún no se acostumbraba en aquel ilustre 
colegio, seminario de doctos y ornamento en ciencias 
de su metrópoli, aún no se acostumbraba, digo, enseñar 
la filosoíía moderna en todas sus partes; todavía reso- 
naban en sus aulas los ergos de Aristóteles. Aún se oía 



t. 



]^- 






4 



.4. 



■i 



fc-rt. .1/'^ -u.^jf*^' M ■ *.-.;.> í^,'' 



¿^^-i^tf.VíÁf ¿\A¿(''i^ 'U. 



76 PENSADOR MEXICANO 

discutir sobro el onic do r((znn , las vudlidades ocalias y la 
ma/cn'a p/'ima, y esta misma se definía con la explica- 
ción de la nada, nec esí quid, ote. Aún la física experi- 
mental no se mentaba en aquellos recintos, y los grandes 
nombres de Cariosio, Xoiríon. Mttsc/tomb/'ock v otros 
eran poco conocidos en aquellas paredes que han depo- 
sitado tantos ingenios célebres y únicos, como el de un 
Portillo. En ñn, aún no se abandonaba enteramente el 
sistema peripatético que por tantos siglos enseñoreó los 
entendimientos más sublimes de la Europa, cuando mi 
sabio maestro se atrevió el primero á manifestarnos 
el camino de la verdad sin querer parecer singular, 
pues escogió lo mejor de la lógica de Aristóteles y lo 
que le pareció mas probable de los autores modernos 
en los rudimentos de física que nos enseñó; y de este 
modo fuimos unos verdaderos eclécticos, sin adherir 
caprichosamente á ninguna opinión, ni deferir sistema 
alguno, sólo por inclinación al autor. 

A pesar de este prudente método, todavía aprendi- 
mos bastantes despropósitos de aquellos que se han ense- 
ñado por costumbre, y los que convenía quitar, según la 
razón y hace ver el ilustrísimo Feijoo, en los discur- 
sos X, XI y XII, del tomo VII de su Teatro crítico. 

Así como en el estudio de la gramática aprendí 

yvarios equivoquillos impertinentes, según os dije, como 

Caracolos comes: ¡¡astorcito come adores: non est peca- 



1 1 •* '^niÜtoiHiáimáiÉáiai^iMiiiáimigÉi 



-rj'-^'^:«*';st«^^5p>5Si"|;p*7'K>^ Spiy^W^:- ■^rWT'^':' 



jf*. -.,.--%» 



OBRAS ESCOGIDAS . 77 

ium mortcde occidcre pairom sum, y otras simplezas de 
éstas, así también en el estudio de las súmulas aprendí 
luego luego mil sofismas ridículos, de los que hacía 
mucho alarde con los condiscípulos más candidos, como 
por ejemplo: besar ¡a tierra es acto de lnnnildad; la 
miíjer es tierra, luego, etc. Los apóstoles son doce, san 
Pedro e.^ apóstol, ergo etc.; y cuidado, que echaba yo 
un ergo con más garbo que el mejor doctor de la acade- 
mia de París, y le empataba una negada á la verdad más 
evidente. Ello es que yo argüía y disputaba sin €esar, 
aun lo que no podía comprender; pero sabía fiar mi razón 
de mis pulmones, en í'rase del padre Isla. De suerte que 
por más quinadas que me dieran mis compañeros, yo no 
cedía. Podía haberles dicho: á entendimiento me gana- 
rán, pero á gritón no; cumpliéndose en mí, cada rato, 
el común refrán de que quien mal pleito tiene, ú coces 
lo mete. 

¿Pues qué tal sería yo de tenaz y tonto después que 
aprendí las reducciones, reduplicaciones, equipolen- 
cias y otras baratijas, especialmente ciertos desatinados 
versos, que os he de escribir solamente porque veáis 
á lo que llegan los hombres por las letras. Leed y 
admirad: 

Bárbara, Celarent, Darii, Ferio, Baralipton 
Celantes, Dabitis, Fapesmo, Frisesómorum 
Cesare, Camestres, Festino, Baroco, Darapti 
Felapton, Dísamis, Datisi, Bocardo, Ferison. 

PERIQUILLO SARNIENTO — T. I, A. — 20. 






.^¿v,.: 



78 



PENSADOR MEXICANO 



¡Qué tal! ¿No son estos versos estupendos? ¿no 
están más propios para adornar redomas de botica que 
para enseñar reglas sólidas y provechosas? Pues, hijos 
míos, yo percibí inmediatamente el Iruto de su inven- 
ción; porque desatinaba con igual libertad por Bárbara 
que por Iwrlson, pues no producía más que barbari- 
dades á cada palabra. Primero aprendí á hacer sofismas 
que á conocerlos y desvanecerlos; antes supe oscure- 
cer la verdad que indagarla; electo natural de las pre- 
ocupaciones de las escuelas y de la pedantería de los 
muchachos. 

En medio de tanta barabúnda de voces y termina- 
jos exóticos, supe qué cosa 'eran silogismo, entimema 
sorites y dilemma. Este último es argumento terrible 
para muchos señores casados, porque lastima con dos 
cuernos, y por eso se llama bicornuto. 

Para no cansaros, yo pasé mi curso de lógica con 
la misma velocidad que pasa un rayo por la atmósfera 
sin dejarnos señal de su carrera, y así después de dis- 
putar harto y seguido sobre las operaciones del entendi- 
miento, sobre la lógica natural, artificial y utente; sobre 
su objeto formal y material; sobre los modos de saber; 
sobre si Adán perdió ó no la ciencia por el pecado (cosa 
que no se le ha disputado al demonio); sobre si la lógica 
es ciencia ó arte, y sobre treinta mil cosicosas de éstas, 
yo quedé tan lógico como sastre; pero eso sí, muy con- 



^^ ' 'i' ..1^.^ ^ ' --■'í^tn' n-ilfi'^MiSti^-'íy'í Viiii li^ "i I tiir : 



U. i^.^^r ^Á..%^\)^^ 



■•v49^^»^^r.~".^''-7^''^^^?^ 



..fT^:' 



OBRAS ESCOGIDAS 



79 



tentó V satisfecho de que sería capaz de concluir con el 
cn/ü al mismo Estagirita. Ignoraba yo que por los frutos 
se conoce el árbol, y que según esto, lo mismo sería 
meterme á disputar en cualquiera materia que dar á 
conocer á todo el mundo mi insuficiencia. Con todo esto, 
vo estaba más hueco que un calabazo, y decía á boca 
llena que era lógico como casi todos mis condiscípulos. 

No corrí mejor suerte en la física. Poco me entre- 
tuve en distinguir la particular de la universal; en saber 
si ésta trataba de todas las propiedades de los cuerpos, y 
si aquélla se contraía á ciertas especies determinadas. 
Tampoco averigüé qué cosa era física experimental ó 
teórica; ni en distinguir el experimento constante del 
l'enómeno raro, cuya causa es incógnita; ni me detuve 
en saber qué cosa era niccúnica; cuáles las leyes del 
movimiento y la quietud; qué significaban las voces 
fuoi-zd. drlHcl, y cómo se componían ó descomponían 
estas cosas. Menos supe qué era jucr-a cvnin'pciü, con- 
irijíKjd, iancjoniv, cdt'cicción, gravcdcul, peso, ¡)otcncm. 
rcsi)<(<'nri((, y otras friolerillas de esta ciase. Y ya se debe 
suponer que si esto ignoré, mucho menos supe qué cosa 
era esídfica. JddrosüUica, Jiidt'fiidica, cwrometi'ía , óplicci 
y trescientos palitroques de estos; pero en cambio, dis- 
puté fervorosamente sobre si la esencia de la materia 
estaba conocida ó no; sobre si la trina dimensión deter- 
mmada era su esencia ó el agua; sobre si repugnaba el 



'á 



,AS!ii. :.>^...<. 



80 PENSADOR MEXICANO 

vacío en la naturaleza; sobre la divisibilidad en infinito, 
y sobre otras alharacas de este tamaño, de cuya ciencia ó 
ignorancia maldito el daño ó provecho que nos resulta. 
Es cierto que mi buen preceptor nos enseñó algunos 
principios de geometría, de cálculo y de física moderna; 
mas Inórase por la cortedad del tiempo, por la superficia- 
lidad de las pocas reglas que en él cabían, ó por mi poca 
aplicación, que sería lo más cierto, yo no entendí palabra 
de esto; y sin embargo, decía al concluir este curso, que 
era lf^i<-n, y no era más que un ignorante patarato; pues 
después que sustenté un actillo de h'sica, de memoria, 
y después que hablaba de esta enorme ciencia con 
tanta satisfacción en cualquiera concurrencia, tomo que 
me mochen si hubiera sabido explicar en qué consiste 
que el chocolate dé espuma, mediante el movimiento 
del molinillo; por qué la llama hace figura cónica, 
y no de otro modo; por qué se ení'ría una taza de 
caldo ú otro licor soplándola, ni otras cosillas de estas 
que traemos todos los días entre manos. 

Lo mismo, y no de mejor modo, decía yo que sabía 
metalísica y ética, y por poco aseguraba que era un 
nuevo Salomón después que concluí, ó concluyó con- 
migo, el curso de artes. 

En esto se pasaron dos años y medio; tiempo que 
se aprovechara mejor con menos reglitas de súmulas, 
algún ejercicio en cuestiones útiles de lógica, en la 



-j-^' ■■■.. ..ji.,-^,-:».,---.- . <.t ■^. /.. „r. ' ■ -i- -•-,■, jiwg) II iiáj krtili'^'lii'AiiaÉÉiilniliiii i 



tinw^:^- 



^ ■^p'^T'^rS^S'^^-?- -y ^'-i' •'T^'^ 



r^V^ 



OBRAS ESCOGIDAS 



81 



enseñanza de lo muy principal de metafísica, y cuanto 
se pudiera de física teórica y experimental. 

Mi maestro creo que así lo hubiera hecho si no 
hubiera temido singularizarse y tal vez hacerse objeto 
de la crítica de algunos zoilos, si se apartaba de la 
rutina antigua enteramente. 

Es verdad, y esto ceda siempre en honor de mi 
maestro, es verdad que, como dejo dicho, ya nosotros 
no disputábamos sobre el ente de ra^ón, eualidades 
ocfdtas, lormalidade,^. Jiecceidades, (¡uididades, inten- 
cionéis, y todo aquel enjambre de voces insignificantes 
con que los aristotélicos pretendían explicar todo aquello 
que se escapaba á su penetración. «Es verdad (dire- 
mos con Juan Buchardo Mecknio) que no se oyen ya 
en nuestras escuelas estas cuestiones con la frecuencia 
que en los tiempos pasados; pero ¿se han aniquilado del 
todo? ¿Están enteramente limpias las universidades de 
las heces de la barbarie? Me temo que dura todavía 
en algunas la tenacidad de las antiguas preocupacio- 
nes, si no del todo, quizá arraigada en cosas que bastan 
para detener los progresos de la verdadera sabiduría.» 
Ciertamente que la declamación de este crítico tiene 
mucho lugar en nuestra México. 

Llegó, por fin , el día de recibir el grado^dejbachiller 
en artes. Sostuve mi acto á satisfacción, y quedé gran- 
demente, así como en mi oposición a toda gramática; 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 21. . 



í 



. .. A. ¿>.h.U^ . .V. 



82 PENSADOR MEXICANO 

porque como los réplicas no pretendían lucir, sino hacer 
lucir á los muchachos, no se empeñaban en sus argu- 
mentos, sino que á dos por tres se daban por muy satis- 
fechos con la solución menos nerviosa, y nosotros quedá- 
bamos más anchos que verdolaga en huerta de indio, 
creyendo que no tenían instancia que oponernos. ¡Qué 
ciego es el amor propio! 

Ello es que así que asado, yo quedé perfectamente, 
ó á lo menos así me lo persuadí, y me dieron el grande, 
el sonoroso y retumbante título de haaxdcmreo, y quedé 
aprobado ad onuu'a. ^ ¡Santo Dios! ¡Qué día fué aquel 
para mí tan plausible, y qué hora la de la ceremonia 
tan dichosa! Cuando yo hice el juramento de instituto, 
cuando colocado frente de la cátedra, en medio de dos 
señores bedeles con mazas al hombro, me oí llamar 
bachiller en concurso pleno, dentro de aquel soberbio 
general, y nada menos que por un señor doctor, con 
su capelo y borla de limpia y vistosa seda en la cabeza, 
pensé morirme, ó á lo menos volverme loco de gusto. 
Tan alto concepto tenía entonces formado de la bachi- 
llería, que aseguro á ustedes que en aquel momento 
no hubiera trocado mi título por el de un brigadier ó 
mariscal de campo. Y no creáis que es hiperbólica 



■ Para todo: Con esta frase se designan en el Título los que pueden á virtud de él 
seguir cursando cualquiera de las facultades mayores, á distinción de cuando no es la 
aprobación general, pues entonces no se pueden cursar sino las facultades expresadas 
en el Titulo. E. 



^^'- •-'■'^ VffUiASj lá^a 1^ iiiTii ' * I i' íkirü - if — ■-' i « >^¿.«irt*.*it I rtf ¿i '^irh'irn i 'Wfjíifgiii?ii^B rir tñiit^^^'^^^"^^*^ -^ ^-^ -- '■*— '"■'^'^'■>l~g-ija^--a-- 



-"- '-'*— j^^ifj ■■"— j-^'^-' 



.:r •. ;^^^¡.-j^.,r^'»^- '-^- ■:- .:..-■' ^ ■"'•*■; »V.. -•-:*< 7 ' ir •" ■'■^7"* 'T«^f^í^."» -t 



TWfif"! 



OBRAS ESCOGIDAS 83 

esta proposición, pues cuando me dieron mi título en 
latín y autorizado formalmente, creció mi entusiasmo 
de manera, que si no hubiera sido por el respeto de 
mi padre y convidados que me contenía, corro las calles, 
como las corrió el Ariosto cuando lo coronó por poeta 
Maximiliano I. ¡Tanto puede en nosotros la violenta y 
excesiva excitación de las pasiones, sean las que fueren, 
que nos engaña y nos saca fuera de nosotros mismos 
como febricitantes ó dementes I 

Llegamos á mi casa, la que estaba llena de viejas y mo- 
zas, parientas y dependientes de los convidados, los cua- 
les luego que entré me hicieron mil zalemas y cumplidos. 
Yo correspondí más esponjado que un guajolote; ya se 
ve, tal era mi vanidad. La inocente de mi madre estaba 
demasiado placentera: el regocijo le brotaba por los ojos. 

Desnúdeme de rnis hábitos clericales y nos entra- 
mos á la sala donde se había de servir el almuerzo, que 
era el centro á que se dirigían los parabienes y ceremo- 
nias de aquellos comedidísimos comedores. Creedme, 
hijos míos, los casamientos, los bautismos, las canta- 
misas y toda fiesta en que veáis concurrencia, no tienen 
otro mayor atractivo que la mamuncia. Sí, la coca, la 
coca es la campana que convoca tantas visitas, y la ban- 
dera que recluta tantos amigos en momentos. Si estas 
fiestas fueran á secas, seguramente no se vieran tan 
acompañadas. 



84 PENSADOR MEXICANO 

Y no penséis que sólo en México es esta pública 
gorronería. En todas partes se cuecen habas, y en 
prueba de ello, en España es tan corriente, que allá 
saben un versito que alude á esto. Así dice: 

A la raspa venimos , 
Virgen de Illescas , 
A la raspa venimos ; 
Que no á la fiesta. 

Así es, hijos, á la raspa va todo el mundo y por la 
raspa, que no por dar días ni parabienes. Pero ¿qué 
más? Si yo he visto que aun en los pésames no falta 
la raspa, antes suelen comenzar con suspiros y lamen- 
tos y concluir con bizcochos, queso, aguardiente, choco- 
late ó almuerzo, según la hora; ya se ve que habrán 
oído decir que los duelos con pan son menos, y que á 
barriga llena, corazón contento. 

No os disgustéis con estas digresiones, pues á más 
de que os pueden ser útiles, si os sabéis aprovechar de 
su doctrina, os tengo dicho desde el principio que serán 
muy frecuentes en el discurso de mi obra, y que ésta es 
(ruto de la inacción en que estoy en esta cama, y no de 
un estudio serio y meditado; y así es que voy escribiendo 
mi vida según me acuerdo, y adornándola con los con- 
sejos, crítica y erudición que puedo en este triste estado, 
asegurándoos sinceramente que estoy muy lejos de pre- 
tender ostentarme sabio, así como deseo seros útil como 



tr^t.^. '■ I I'i'Í'mÍÍh'IÍ' '■^'^^ -■-—'-«■-' ->'-~-^- «.-■«.-•- , ■:..j.-/-¿i¿jta^.j. i¿f¡¿/¿l 



OBRAS ESCOGIDAS 85 

padre, y quisiera que la lectura de mi vida os fuera pro- 
vechosa y entretenida, y bebierais el saludable amargo 
de la verdad en la dorada copa del chiste y de la erudi- 
ción. Entonces sí estaría contento y habría cumplido 
cabalmente con los deberes de un sólido escritor, según 
Horacio, v conforme mi libre traducción: 

De escritor el oficio desempeña, 

Quien divierte al lector y quien lo enseña. 

Mas en fin, yo hago lo que puedo; aunque no com.o 
lo deseo. . 

Sentémonos á la mesa, comenzamos á almorzar 
alegremente, y como yo era el santo de la fiesta, todos 
dirigían hacia mí su conversación. No se hablaba sino 
del niño bachiller, y conociendo cuan contentos esta- 
ban mis padres, y yo cuan envanecido con el tal título, 
todos nos daban, no por donde nos dolía, sino por 
donde nos agradaba. Con esto no se oía sino: tenga 
usted bachiller; beba usted bachiller; mire usted bachi- 
ller; y torna bachiller, y vuelve bachiller á cada ins- 
tante. 

Se acabó el almuerzo; después siguió la comida y á 
la noche el bailecito, y todo ese tiempo fué un continuo 
bachUlevainiento. ¡Válgame Dios y lo que me bachillerea- 
ron ese día! Hasta las viejas y las criadas de casa me 
daban mis bachillereadas de cuando en cuando. Final- 

PERIQÜILLO SARNIENTO.— T. I, A. — 22. 



-:í^ 



.^i 






:JLiU-'': •--;-■:■•.■■• ':\^i-, ; ■■'■■■.■ «■■*:jJ^¿i;»fc^.:-..:^; ••iyfiüí,.jí:^*i*r 



8G PENSADOR MEXICANO N 

mente, quiso la Majestad Divina que concluyera la frasca, 
V con ella tanta bachillería. Fuéronse todos á sus casas. 
Mi padre quedó con sesenta ó setenta pesos menos que 
le costó la función; yo con una presunción más, y nos 
retiramos á dormir, que era lo que faltaba. 

A otro día nos levantamos á buena hora, y yo, que 
pocas antes había estado tan ufano con mi título y tan 
satisfecho con que me estuvieran regalando las orejas 
con su repetición, ya entonces no le percibía ningún 
gusto. ¡Qui' cierto es que el corazón del hombre es 
infinito en sus deseos, y que únicamente la sólida virtud 
puede llenarlo! 

No entendáis que ahora me hago el santucho y os 
escribo estas cosas por haceros creer que he sido bueno. 
No, lejos de mí la vil hipocresía. Siempre he sido per- 
verso, ya os lo he dicho, y aun postrado en esta cama 
no soy lo que debía; mas esta con lesión os ha de asegu- 
rar mejor mi verdad, porque no sale empujada por la 
virtud que hay en mí, sino por el conocimiento que 
tengo de ella, conocimiento que no puede esconder 
el mismo vicio. De suerte que si yo me levanto de esta 
cníermedad y vuelvo á mis antiguos extravíos (lo que 
Dios no permita) no me desdeciré de lo que ahora os 
escribo, antes os confesaré que hago mal; pero conozco 
el bien, según se expresaba Ovidio. 

Volviendo á mí, digo, que á los dos ó tres días de 



jn^^-.^'i-^ .^^í. 1 • ' ■■ ■ ■ ' — '- - ■ 



I 



p<; -. I-, y^ '- 



?.-Ȓ'---:V^* 



OBRAS ESCOGIDAS 



87 



mi grado, determinaron mis padres enviarme á divertir 
á unos herraderos que se hacían en una hacienda de un 
su amigo, que estaba inmediata a esta ciudad. Fuíme en 
efecto... 







\ T ■ *j ■ '- .■-. .,'z^ *v :..'. ..-.Vifc_...;i^>— f;a¿: 



-^ .. iCa¿XA ^. 



Í..X.. 



■ ■''^5?^w7^íPT?^5^ 



•1í^.-rr:T.¡!t '; ,'.^ V"^.^ •"-**«• 




CAPITULO VI 



En el que nuestro bachiller da razón de lo que le pasó en la hacienda, 
que es algo curioso y entretenido 



Llegué á la hacienda en compañía del amigo de 
mi padre, que era no menos que el amo ó dueño de ella. 
Apeámonos, y todos me hicieron una acogida favorable. 

Con ocasión del divertimiento que había de los 
herraderos, estaba la casa llena de gente lucida, así de 
México como de los demás pueblos vecinos. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 23. 



■ ■l'.Jtr..^-'':\-J-.)i^Áit^J^'.^\,r. ,íÍ£Í^,^^¿:L,imí¿i^I>il£ÍmilÍ:íuffM^>^ 



90 



PENSADOR MEXICANO 



r I 



Entramos á Ja sala, me senté en buen lugar en el 
estrado, porque jamás me gustó retirarme á largo trecho 
de las faldas, y después que hablaron de varias cosas de 
campo, que yo no entendía, la señora grande, que era 
esposa del dueño de la dicha hacienda, trabó conversa- 
ción conmigo y me dijo: — Conque, señorito, ¿qué le han 
parecido á usted esos campos por donde ha pasado? 
Le habrán causado su novedad, porque es la primera 
vez que sale de México, según noticias. — Así es, señora, 
la dije, y los campos me gustan demasiado. — Pero no 
como la ciudad, ¿es verdad? me dijo. — Yo por política le 
respondí: — Sí, señora, me han gustado, aunque cierta- 
mente no me desagrada la ciudad. Todo me parece 
bueno en su línea; y así estoy contento en el campo 
como en el campo, y divertido en la ciudad como en la 
ciudad. — Celebraron bastante mi respuesta, como si 
hubiera dicho alguna sentencia catoniana, y la señora 
prosiguió el elogio diciendo; — Sí, sí; el colegial tiene 
talento, aunque luciera mejor si no fuera tan travieso, 
según nos ha dicho Januario. 

Este Januario era un joven de diez y ocho á diez 
y nueve años, sobrino de la señora, condiscípulo siempre 
y grande amigo mío. Tal salí yo, porque era demasiado 
burlón y gran bellaco, y no le perdí pisada ni dejé de 
aprovecharme de sus lecciones. El se hizo mi íntimo 
amigo desde aquella primera escuela en que estuve, y 



^n■ ■nin-'-"-J"''- ¿-"-^^-*-^^^>--"-— ^- 



'•Í^^T? 



;• -'>*'.'» 'se 



vi: •^^■.■fV "^^ ■;-■.'" •.-*..?<? 



■•'■: I :^???S: 



OBRAS ESCOGIDAS 



91 



fué mi eterno ahuizote ^ y mi sombra inseparable en 
todas partes, porque fué á la segunda y tercera escuela 
en que me pusieron mis padres; salió conmigo, y con- 
migo entró y estudió gramática en la casa de mi maestro 
Enríquez; salí de allí, salió él; entré á San Ildefonso, 
entró él también; me gradué, y se graduó en el mismo 
día. 

Era de un cuerpo gallardo, alto y bien íormado; pero 
como en mi consabida escuela era constitución que nadie 
se quedara sin su mal nombre, se lo cascábamos á cual- 
quiera, aunque fuera un Narciso ó un Adonis; y según 
esta regla le pusimos á don Januario Juan Largo, com- 
binando de este modo el sonido de su nombre y la perfec- 
ción que más se distinguía en su cuerpo. Pero después 
de todo, él fué mi maestro y mi más constante amigo, y 
cumpliendo con estos deberes tan sagrados, no se olvidó 
de dos cosas que me interesaron demasiado y me hicie- 

' Parece que esta frase tuvo origen desde el tiempo de la gentilidad entre los indí- 
genas, á los que gobernó desde el año de 1482 hasta el de 1502 el emperador Ahuítzotl, 
cuya palabra mexicana quiere decir agüero. Este hombre cruel y sanguinario hizo 
morir en la dedicación del templo principal de México, más de G4,000 victimas humanas, 
según dicen varios autores ; pero el padre Torquemada asegura que en los cuatro días 
que duró la fiesta fueron sacrificados 72,344 prisioneros. Esta matanza causó tan horro- 
rosa impresión en los mexicanos sus subditos, que desde aquel tiempo llamaron ahuUzotl 
al perseguidor, ó al que causa daño de cualquier género. 

Para consuelo de la humanidad, la sana critica no carece de razones para persuadir 
que 8i este hecho (que no tiene semejante en los anales de la barbaridad) no es fabuloso, 
es á lo menos muy exagerado, debiendo sospecharse que se ha cometido algún error ó 
en la numeración de los MS. que tuvieron presentes los AA., ó en la interpretación de 
las cifras y jeroglíficos de los mexicanos, ó en la signiñeación de las voces de su idioma. 
Pero este asunto no es de este lugar, y siempre es cierto que el espantoso número de 
victimas que sacrificó Ahuitzotl en esta ocasión debió de escandalizar á sus vasallos, 
dando origen á la frase. 



r^''!'! iVa'tf ÉÉTi- 



92 



PENSADOR MEXICANO 



ron muy buen provecho en el discurso de mi vida, 
y fueron: inspirarme sus malas mañas y publicar mis 
prendas y mi sobrenombre de Periquillo Sarniento por 
todas partes; de manera que por su amorosa y activa 
diligencia lo conservé en gramática, en filosofía y en el 
público cuando se pudo. Ved, hijos míos, si no sería yo 
un ingrato si dejara de nombrar en la historia de mi 
vida con la mayor efusión de gratitud á un amigo tan 
útil, á un maestro tan eficaz y al pregonero de mis 
glorias, pues todos estos títulos desempeñó á satisfac- 
ción el grande y benemérito Juan Largo. 

No sabía, con todo eso, si aquellas señoras tenían 
tan larga relación de mí, ni si sabían mi retumbante 
nombrecillo. Estaba muy ufano en el estrado dando taba, 
como dicen, con la señora y una porción de niñas, entre 
las cuales no era la menos viva y platiconcilla la hija de 
la señora mi panegirista, que no me pareció tercio de 
paja, porque sobre no haber quince años leos y estar ella 
en sus quince, era demasiado bonita é interesante su 
figura; motivo poderoso para que yo procurara mane- 
jarme con cierta afabilidad y circunspección lo mejor que 
podía para agradarla; y ya había notado que cuando 
decía yo alguna facetada colegialuna, ella se reía la 
primera y celebraba mi genialidad de buena gana. 

Estaba yo, pues, quedando bien y en lo mejor de mi 
gusto, cuando en esto escuché ruido de caballos en el 



■ ;......^-. ■.^.^..^^■¿.■wv ■^■^. - ■-■■,. ^ 



!^^-:^^., yy^-^^s<^''^i;;^m?^^';^^f^^s^ 



-(> ^«le'i- 



OBRAS ESCOGIDAS 



93 



patio de la hacienda, y antes de preguntar quién era, 
se fué presentando en medio de la sala, con su buena 
manga, paño de sol, botas de campana y demás adere- 
zos de un campista decente... ¿quién piensan ustedes 
que sería? ¡Quién había de ser, por mis negros pecados, 
sino el demonio de Juan Largo, mi caro amigo y íavore- 
cedorl Al instante que entró, me vio, y saludando á. todos 
los concurrentes en común y sobre la marcha, se dirigió 
á mí con los brazos abiertos y me halagó las orejas 
de esta suerte: — ¡Oh, mi querido Periquillo Sarniento! 
¿tanto bueno por acá? ¿cómo te va, hermano? ¿qué 
haces? siéntate... 

No puedo ponderar la enojada que me di al ver 
como aquel maldito en un instante había descubierto mi 
sarna y mi periquería delante de tantos señores decentes, 
y lo que yo más sentía, delante de tantas viejas y mucha- 
chas burlonas, las que luego que oyeron mis dictados 
comenzaron á reirse á carcajadas con la mayor impuden- 
cia y sin el menor miramiento de mi personita. Yo no sé 
si me puse amarillo, verde, azul ó colorado; lo que sí me 
acuerdo es, que la sala se me oscureció de la cólera, y 
los carrillos y orejas me ardían más que si los hubiese 
estregado con chile. Miré al condenado Juan Largo, y le 
respondí no sé qué, con mucho desdén y gravedad, cre- 
yendo con este entono corregir la burla de las muchachas 
y la insolencia de mi amigo; pero nada menos que eso 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A.— 24. 



^i'-_^'> •^'^'^'■^'^- ^■'"¿"-¿"*-''^ kii^iJ: 



94 



PENSADOR MEXICANO 



conseguí, pues mientras yo me ponía más serio, las 
muchachas reían de mejor gana, de modo que parecía 
que les hacían cosquillas á las muy puercas, y el picaro 
de Juan Largo añadía nuevas facetadas con que redobla- 
ban sus caquinos. Viéndome yo en tal apuro, hube de 
ceder á la violencia de mi estrella y disimular la bola que 
tenía, riéndome con todos; aunque si va á decir verdad, 
mi risa no era muy natural, sino algo más que forzada. 

En fin, después que me periquearon bastante y dise- 
caron el hediondo cadáver de su sarnosa etimología, ya 
que no tenían base para reir, ni aquel bribón bufonada 
con que insultarme, cesó la escena, y calmó, gracias á 
Dios, la tempestad. 

Entonces fué la primera vez que conocí cuan odioso 
era tener un mal nombro, y qué carácter tan vil es el 
de los truhanes y graciosos, que no tienen lealtad ni con 
su camisa; porque son capaces de perder al mejor amigo 
por no perder la facetada que les viene á la boca en la 
mejor ocasión; pues tienen el arte de herir y avergonzar 
á cualquiera con sus chocarrerías, y tan á mala hora 
para el agraviado, que parece que les pagan, como me 
sucedió á mí con mi buen condiscípulo, que me fué á 
hacer quedar mal, justamente cuando estaba yo que- 
riendo quedar bien con su prima. Detestad, hijos míos, 
las amistades de semejante clase de sujetos. 

Llegó la hora de comer, pusieron la mesa, y nos 



...JiiÉÉlBAÚikJiUE^yfiikAaí. 



:' ly l.-i^ 



•F'..-- 



^''. 7" í:j^- 






. ■^>r:^V^■v^^í^^'f^:Y^ 



7; rr . ^ ■ ■ :-'^'- ^^^J*-:^vv:- -^ Vfff"■•■^"í>:^ 



i 



OBRAS ESCOGIDAS 



95 



sentamos todos según la clase y carácter de cada uno. 
A mí me tocó sentarme frente á un sacerdote vicario de 
Tlalnepantla, á cuyo lado estaba el cura de Cuautitlán 
(lugar á siete leguas de México), que era un viejo gordo 
V harto serio. 

Comieron todos alegremente, y yó también, que 
como muchacho al fin, no era rencoroso, y más cuando 
trataban de complacerme con abundancia de guisados 
exquisitos y sabrosos dulces; porque don Martín, que así 
se llamaba el amo, era bastante liberal y rico. 

Durante la comida hablaron de muchas cosas que 
yo no entendí; pero después que alzaron los manteles, 
preguntó una señora si habíamos visto la cometa. — El 
cometa dirá usted, señorita, dijo el padre vicario. — Eso 
es, respondió la madama. — Sí, lo hemos visto estas 
noches en la azotea del curato y nos hemos divertido 
bastante. — ¡Ay! qué diversión tan tea, dijo la madama. 

— ¿Por qué, señorita? — ¿Por qué? porque ese cometa es 
señal de algún daño grande que quiere suceder aquí. 

— Ríase usted de eso, decía el cleriguito: los cometas 
son unos astros como todos; lo que sucede es, que se ven 
de cuando en cuando porque tienen mucho que andar, y 
así son tardones, pero no maliciosos. Si no, ahí está 
nuestro amigo don Januario, que sabe bien qué cosa son 
los cometas, y por qué se dan tanto á desear de nuestros 
ojos, y él nos hará favor de explicarlo con claridad para 



■1i-;gMlmliii"- 



:»?: 



96 



PENSADOR MEXICANO 



¡■•* 

h 



que ustedes se satisfagan. — Sí, Januarito, anda, dinos 
cómo está eso, dijo la prima. — Mas el demonio de Juan 
Largo sabía tanto do cometas como de pirotecnia, pero 
no era muy tonto, y así sin cortarse respondió: — Prima, 
ese encargo se lo puedes hacer á mi amigo Perico por 
dos razones: la una, porque es muchacho muy hábil, y la 
dos, porque siendo esta súplica tuya, propia para hacer 
lucir una buena explicación cometal, por regla de política 
debemos obsequiar con estos lucimientos á los huéspe- 
des. Conque vamos, suplícale al Sanileniilo que te lo 
explique: verán ustedes qué pico de muchacho. Así que 
él no esté con nosotros yo te explicaré, no digo qué cosa 
son cometas, y por dónde caminan, que es lo que ha 
apuntado el padrecito, sino que te diré cuántos son 
todos los luceros, cómo se llama cada uno, por dónde 
andan, qué hacen, en qué se entretienen, con todas 
las menudencias que tú quieras saber, satisfecho que 
tengo de contentar tu curiosidad por prolija que sea, sin 
que haya miedo que no me creas, pues como dijo tío 
Quevedo: 



El mentir de las estrellas 
Es un seguro mentir, 
Porque ninguno ha de ir 
A preguntárselo á ellas. 



Conque ya quedamos, Poncianita, que te explicará 
el cometa al derecho y al revés mi amigo Perucho, 



■5!*-- 



OBRAS ESCOGIDAS 



97 



é 



mientras yo, con licencia de estos señores, voy á ensi- 
llar mi caballo. — Y diciendo y haciendo se disparó 
fuera de la sala sin atender á que yo decía, que estando 
allí los señores padres, ellos satisfarían el gusto , de la 
señorita mejor que yo. No valió la excusa: el vicario 
de Tlalnepantla me había conocido el juego, y por- 
fiaba en que íuera yo el explicador. Yo, decía: — No, 
señores; fuera una grosería que yo quisiera lucir donde 
están mis mayores. — El cura, que era tan socarrón 
como serio, al oir esta mi urbanidad, se sonrió al 
modo de conejo y dijo: — Sabrán ustedes, para bien 
saber, que en tiempo de marras, había en mi parroquia 
un cura muy tonto y vano, entre los que eran más 
tontos; él, pues, un día estaba predicando lleno de satis- 
iacción cuantas majaderías se le venían á la cabeza á 
unos pobres indios que eran los que únicamente podían 
tener paciencia de escucharlo. Estaba en lo más fervo- 
roso del sermón, cuando fué entrando en la iglesia el 
arzobispo mi señor, que iba á la santa visita. Al instante 
(|ue entró alborotóse el auditorio y turbóse el predicador, 
siendo su sorpresa mayor que si hubiese visto al diablo. 
Callóse la boca, quitóse el bonete, y diciendo su ilustrí- 
sima que continuara, exclamó: — ¡Cómo era capaz, señor 
ilustrísimo, que estando presente mi prelado, fuera yo 
tan grosero que me atreviera á seguir mi sermón! Eso 
no; suba usía ilustrísima, y acábelo, mientras acabo yo 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 25. 



i 



-V- 



-¿iil - t»,^.x.^..¿' -ií. ■■■^ i" 



98 PENSADOR MEXICANO 

la misa pro populo. — El arzobispo no pudo contener la 
risa de ver la grande urbanidad de este cura ignorante, y 
lo bajó del pulpito y del curato. Apliquen ustedes. — 
Calló el padre gordo diciendo esto. Sonrióse el vicario y 
las mujeres, y yo no dejé de correrme, aunque me cabía 
cierta duda en si lo diría por mi política ó por la de Juan 
Largo; mas no duró mucho en esta suspensión, porque 
el zaragate del padre vicario probó de una vez todo su ar- 
bitrio, diciendo á la Poncianita: — Usted, niña, elija quién 
ha de explicar lo que es cometa, el colegial ó yo; y si la 
elección recae en mí, lo haré con mucho gusto, porque 
no me agrada que me rueguen, ni sé hacer desaire á las 
señoras. — Sin duda la guiñó del ojo; porque al instante 
me dijo la prima de Largo: — Usted, señor, quisiera me 
hiciera ese favor. — No me pude escapar: me determiné 
á darle gusto; mas no sabía ni por dónde comenzar, 
porque maldito si yo sabía palabra de cometas, ni come- 
tos: sin embargo, con algún orgullo (prenda esencialí- 
sima de todo ignorante) dije: — Pues, señores, los come- 
tas, ó las cometas, como otros dicen, son unas estrellas 
más grandes que todas las demás; y después que son tan 
grandes, tienen una cola muy larguísima... — ¿Muy lar- 
guísima? dijo el vicario. — Y yo, que no conocía que se 
admiraba de que ni castellano sabía hablar, le respondí 
lleno de vanidad: — Sí, padre, muy larguísima; ¿pues 
qué, no la ha visto usted? — Vaya, sea por Dios, me 



"■■■■''*"^""'- - ■'•*fcri ir'm' i T láaJB^Éfcifrfi "^ ■ i" i i i 'n ii in^aJh ■''■ié#ii.* ' ' -' -** **'-'ftÉMir ¿*'r 



.V^ -. -■•■■-. r:- r.-.-rv;^.,., • 



^■''f^-^^ :; '•-?;■•:■. --■ 



OBRAS ESCOGIDAS 



99 



contestó. — Yo proseguí: — Estas colas son de dos colo- 
res, ó blancas ó encarnadas; si son blancas, anuncian 
paz ó alguna felicidad al pueblo, y si son coloradas, como 
teñidas de sangre, anuncian guerras ó desastres; por eso 
la cometa que vieron los reyes magos tenía su cola 
blanca, porque anunció el nacimiento del Señor y la paz 
general del mundo, que hizo por esta razón el rey Octa- 
viano, y esto no se puede negar, pues no hay nacimiento 
alguno en la Nochebuena que no tenga su cometita con 
la cola blanca. El que no los veamos muy seguido es 
porque Dios los tiene allá retirados, y sólo los deja acer- 
carse á nuestra vista cuando han de anunciar la muerte 
de algún rey, el nacimiento de algún santo, ó la paz ó la 
guerra en alguna ciudad, y por eso no los vemos todos 
los días, porque Dios no hace milagros sin necesidad. 
El cometa de este tiempo tiene la cola blanca, y segura- 
mente anuncia la paz. Esto es, dije yo muy satisfecho, 
esto es lo que hay acerca de los cometas. Está usted 
servida, señorita. — Muchas gracias, dijo ella. — No, no 
muchas, dijo el vicario; porque el señorito, aunque me 
dispense, no lía dicho palabra en su lugar, sino un atajo 
de disparates endiablados. Se conoce que no ha estudiado 
palabra de astronomía, y por lo propio ignora qué cosas 
son estrellas fijas, qué son planetas, cometas, constela- 
ciones, dígitos, eclipses, etc., etc. Yo tampoco soy astró- 
nomo, amiguito; pero tengo alguna tintura de una que 



-r 



■i 



. --- ^-■.-v----'^t«.'«- ■'■■ Tj-.í^íS'- '¡¿^ 



..Aí=. 



^ 



100 PENSADOR MEXICANO 

otra cosilla de éstas; y aunque es muy superficial, me 
basta para conocer que usted tiene menos, y así habla 
tantas barbaridades; y lo peor es que las habla con vani- 
dad, y creyendo que entiende lo que dice y que es como 
lo entiende; pero para otra vez no sea usted candido. 
Sepa usted que los cometas no son estrellas, ni se ven 
por milagro, ni anuncian guerras, ni paces, ni la estrella 
que vieron los reyes de Oriente cuando nació el Salvador 
era cometa, ni Octaviano i\iv rey, sino cesar ó emperador 
de Roma, ni éste hizo la paz general con el mundo por 
aquel divino natalicio, sino que el príncipe de la paz, 
Jesucristo, quiso nacer cuando reinaba en el universo 
una paz general, que lué en tiempo de Augusto César 
Octaviano, ni crea usted, finalmente, ninguna de las 
demás vulgaridades que se dicen de los cometas; y 
porque no piense usted que esto lo digo á tintín de boca, 
le explicaré en breve lo que es cometa. Oiga usted: 
los cometas son planetas como todos los demás; esto es, 
lo mismo que la Luna, Mercurio, Venas, la Tierra, 
Mar/e, Júpiter, Saí/trno y Ilerscliel, los cuales son unos 
cuerpos esféricos, (esto es, perfectamente redondos, ó 
como vulgarmente decimos, unas bolas); son opacos, 
no tienen ninguna luz de por sí, así como no la tiene la 
tierra, pues la que reflectan ó nos envían se la comunica 
,/el sol. La causa de que los veamos de tarde en tarde, es 
' porque su curso es irregular respecto á los demás plañe- 



.--..^.^ :■■■■ ..:■■ < J.-.' .^1»-'^ i'>-^>;'.¿.-.a.^.^..-'. . ^.-.^Jy.. '¿¿I 



2'^'=f< •■ ■ ,- »i?-r * *-- :" '• • \- ^> ,¿--'?^-/'/.'-¿i\.**^r:^'' * 



Hi)r ■ ■ - 4 í-í--'^ 



OBRAS ESCOGIDAS 



101 



tas, quiero decir: aquéllos hacen sus giros sobre el sol 
esférica, y éstos elípticamente; pues unos dan su vuelta 
redonda y otros (los cometas) larga; y esta es la causa 
porque teniendo más camino que andar, nos tardamos 
nosotros más en verlos; así como más pronto verá usted 
al que haya de ir y venir de aquí á México que al que 
haya de ir y venir de aquí á Guatemala; porque el pri- 
mero tiene menos que andar que el segundo. Esas colas 
que se les advierten, no son, según los que entienden, 
otra cosa más que unos vapores que el sol les extrae 
é ilumina, así como ilumina la ráfaga de átomos cuando 
entra por una ventana; y este mismo sol, conforme la 
disposición en que comunica su luz á este vapor, hace 
que estas colas de los cometas nos presten un color 
blanco ó rojo, para cuya persuasión no necesitamos 
atormentar el entendimiento, pues todos los días adverti- 
mos las nubes iluminadas con una luz blanca ó roja, 
según su posición respecto al sol. * En virtud de esto, 
nada tenemos que esperar favorable del color blanco de 
las colas de los cometas, ni que temer adverso por su 
color rojo. Esto es lo más fundado y probable por los 
físicos en esta materia; lo demás son vulgaridades que ya 
todo el mundo desprecia. Si usted quisiere imponerse 
á fondo de estas cosas, lea al padre Almeida, al Brisson, 



Estas explicaciones del padre vicario indican que tampoco él estaba muy instrui- 
do en el asunto. E. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 26. 



*1 



102 PENSADOR MEXICANO 

y á otros autores traducidos al castellano que tratan de la 
materia /)/'o famotiori; esto es, con extensión. La que yo 
he tenido para explicar este asunto, ha sido demasiada, 
y verdaderamente tiene visos de pedantería, pues estas 
materias son ajenas y tal vez ininteligibles á las perso- 
nas que nos escuchan, exceptuando al señor cura; pero 
la ignorancia y vanidad de usted me han comprometido á 
tocar una materia singular entre semejantes sujetos, y 
que por lo mismo conozco habré quebrantado las leyes 
de la buena crianza; mas la prudencia de estos señores 
me dispensará, y usted me agradecerá ó no mis buenas 
intenciones, que se reducen á hacerle ver que no se meta 
jamás á hablar en cosas que no entiende. 

¡Contemplen ustedes cómo quedaría yo con seme- 
jante responsoriol Al instante conocí que aquel padre 
decía muy bien, por más que yo sintiera su claridad; 
pues aunque he sido ignorante, no he sido tonto, ni he 
tenido cabeza de tepeguaje. Fácilmente me he docilitado 
á la razón, porque en la realidad hay verdades tan 
demostradas y penetrantes que se nos meten por los ojos 
á pesar de nuestro amor propio. ¡Infelices de aquellos 
cuyos entendimientos son tan obtusos que no les entran 
las verdades más evidentes, y más iníelices aquellos cuya 
obstinación es tal que les hace cerrar los ojos para no 
ver la luz I ¡Qué pocas esperanzas dan unos y otros de 
prestarse dóciles á la razón en ningún tiempo! Quédeme 



-^^-•^■^ifcliilñiila-ii'riJiSMiiii' ■ MI r' fi V" ,*^:.'..^*. ^..^ ■ ' ^,\^^±tjJ.: a\ .■-.:■■» -^. 



t. y; "i"-- ,' -^..ií-»--;.-:^ . ,.-■/• V-S • ,• V>--'?,J«:"'?'-- *• !-• ■ 



OBRAS ESCOGIDAS 103 

confuso, como iba diciendo, y creo que mi vergüenza se 
conocía por sobre de mi ropa, porque no me atreví á 
hablar una palabra, ni tenía qué. Las señoras, el cura y 
demás sujetos de la mesa, sólo se miraban y me miraban 
de hito en hito, y esto me corría más y más. 

Pero el mismo padre vicario, que era un hombre 
muy prudente, me quitó de aquella media naranja con el 
mejor disimulo, diciendo:— Señores, hemos parlado bas- 
tante: yo voy á rezar vísperas, y es regular que las seño- 
ritas quieran reposar un poco para divertirnos esta tarde 
con los toritos. 

Levantóse luego de la mesa, y todos hicieron lo 
mismo. Las señoras se retiraron á lo interior de la casa, 
y los hombres, unos se tiraron sobre los canapés, otros 
cogieron un libro, otros se pusieron á divertir á juegos 
de naipes, y otros, por fin, tomaron sus escopetas y se 
í'ueron á pasar el rato á la huerta. 

Sólo yo me quedé de non, aunque muchos señores 
me brindaron con su compañía; pero yo les di las 
gracias, y me excusé con el pretexto de que estaba can- 
sado del camino, y que acostumbraba dormir un rato 
de siesta. 

Guando vi que todos estaban ó procurando dormir, ó 
divertidos, me salí al corredor, me recosté en una banca, 
y comencé á hacer las más serias reflexiones entre mí 
acerca del chasco que me acababa de pasar. 



t 



i-- 



i 



^tjtÜÜiíÁi.^-.Aí: .>\t^ ^■:Á.^-^.iJ¿Ji. V.-iJÍLT^Vvtájáí 



104 PENSADOR MEXICANO 

— Ciertamente, decía yo, ciertamente que este padre 
me ha avergonzado; pero después de todo, yo he tenido 
la culpa en meterme á dar voto en lo que no entiendo. 
No hay duda, yo soy un necio, un bárbaro y un presu- 
mido. ¿Qué he leído yo de planetas, de astros, cometas, 
eclipses ni nada de cuanto el padre me dijo? ¿Cuándo he 
visto ni por el forro los autores que me nombró ni he 
oído siquiera hablar de esto antes que ahora? ¿Pues 
quién diablos me metió en la cabeza ser explicador de 
cosa que no entiendo, y luego explicador tan sandio y 
orgulloso? ¿En qué estaría yo pensando? Ya se ve, soy 
bachiller en filosofía, soy físico. Reniego de mi física y 
de cuantos físicos hay en el mundo si todos son tan pelo- 
tas como yo. ¡Voto á mis pecados! ¿Qué dirá este padre? 
¿Qué dirá el señor cura? ¿Y qué dirán todos? Pero ¿qué 
han de decir sino que soy un burro? Para más fué que 
yo, el tuno de Juan Largo, que no se atrevió á manifes- 
tar su ignorancia. No hay remedio; saber callar es un 
principio de aprender, y el silencio es una buena tapade- 
ra de la poca instrucción. Juan Largo, no hablando, dejó 
á todos en duda de si sabe ó no sabe lo que son cometas; 
y yo, con hablar tanto, no conseguí sino manifestar mi 
necedad y ponerme á una vergüenza pública. Pero ya 
sucedió, ya no hay remedio. Ahora, para que no se 
pierda todo, es preciso satisfacer al mismo padre, que es 
quien entiende mi tontera mejor que los demás, y supli- 



'Éiif li if'-'-*- " -■•■-■ --^o^t^ittLi^t...-- ..; ^ - •^"'•- - •' '''--iit'iá» ifiñ*iT"iiii V r'iViia'i li'iriiilfriTiiii láifiüfilii i ^2-. 






% 



OBRAS ESCOGIDAS 105 

carie me dé un apunte de los autores físicos que yo v | 

líueda estudiar; porque ciertamente la física no puede 
menos que ser una ciencia, á más de útilísima, entrete- 
nida, y yo deseo saber algo de ella. 

Con esta resolución me levanté de la banca y me fui 
á buscar al vicario que ya había acabado de rezar, y 
redondamente le canté la palinodia. 

— Padrecito, le dije; ¿qué habrá usted dicho de 
Ja nueva explicación del cometa que me ha oído? 
Vamos, que usted no se esperaba tan repentino entre- 
més sobre mesa; pero la verdad, yo soy un majadero 
y lo conozco. Como cuando aprendí en el colegio unos 
cuantos preliminares de física y algunas propiedades 
de los cuerpos en general, me acostumbré á decir 
que era físico, lo creí firmísimamente, y pensé que no 
había ya más que saber en esa facultad. A esta pre- 
ocupación se siguió el ver que había quedado bien en 
mis actillos, que me alabaron los convidados y que me 
dieron mis galas; y después de esto, no habrá ocho 
días que me he graduado de bachiller en filosofía, y me 
dijeron que estaba yo aprobado para todo. Pensé que á 

era yo filósofo de verdad, que el tal título probaba mi ' 

sabiduría, y que aquel pasaporte que me dieron para 
iodo, me facultaba para disputar de todo cuanto hay, 
aunque fuera con el mismo Salomón; pero usted me ha 
dado ahora una lección de que deseo aprovecharme; ' 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 27, 



i 



x-.l.-Kc.'^v' ■'- '---'^^-ra*-'— -J^^*-^:--r:— .■'. -r .z^'.TÍ'.^.^a^-A^-^'m.i' . 



106 PENSADOR MEXICANO 

porque me gusta la lísica, y quisiera saber los libros 
donde pueda aprender algo de ella; pero que la enseñen 
con la claridad que usted. 

— Esa es una buena señal de que usted tiene un 
talento no vulgar, me dijo el padre; porque cuando un 
hombre conoce su error, lo confiesa y desea salir de 
ól , da las mejores esperanzas, pues esto no es pro- 
pio de entendimientos arrastrados que yerran y lo 
conocen, pero su soberbia no les permite confesarlos; 
y así ellos mismos se privan de la luz de la enseñanza, 
semejantes al enfermo imprudente que por no descu- 
brir su llaga al médico se priva de la medicina y se em- 
peora. Pero ¿dónde aprendió usted ese montón de vul- 
garidades que nos contó de los cometas? Porque en el 
colegio seguramente no se las enseñaron. 

— Ya se ve que no, le respondí. Esa copia de luci- 
dísima erudición que he vaciado se la debo á las viejas 
y cocineras de mi casa. 

— No es usted el primero, dijo el padre, que mama 
con la primera leche semejantes absurdos. Verdadera- 
mente que todas esas son patrañas y cuentos de viejas. 
Usted lo que debe hacer es aplicarse, que aún es mu- 
chacho y puede aprovechar. Yo le daré el apuntito que 
me pide de los autores en que puede leer á gusto estas 
materias, y le daré también algunas leccioncitas mien- 
tras estemos aquí. 



iT.iii<in»- ■'■ '-^^^ - •■ -ii-asi^^fc^^i.. ■ ; »- ' i.-^-- ..rt^..,^^ ' '»n' i'iii I iMMif'*'^'-*^'" '' - ' r. 



OBRAS ESCOGIDAS 



107 



Le di las gracias, quedando prendado de su bello 
carácter. Iba á pedirle un favor de muchacho, cuando 
nos llamaron para que nos fuéramos á divertir al corral 
del herradero. 



■Jt-'T-i ■ . - ' ■ .* 



i 



*iíj 




.1 



í 



^ 



t 



•^:ii3i£e64> 



' 7 i^i^iTiiiT US I ¿II > in '-**- ^-*" -' - •'' ' tl'Ji^Y.^. '.' - -.¿A '. ' -¿.k..-- 



.■ssri'-^^^inf^W^íjJ^^.^W.t: 



jf^sr^r^j 



.,"-???r 




CAPITULO VII 



Prosigue nuestro autor contando los sucesos 
que le pasaron en la hacienda 



Sin embargo de que nos 
llamaron, el padre vicario con- 
tinuó diciéndome: 
— Por lo que toca á lo que usted me pide, acerca 
de que le instruya de los mejores autores físicos, le 
digo, que no es menester apuntito, porque son muy 
pocos los que he de aconsejar á usted que lea, y fácil- 
mente los puede encomendar a la memoria. Procure 
usted leer la Física experimental de los abates Para y 
Nollet, las Recreaciones filosóficas del padre don Teodoro 
de Almeida, el Diccionario de física, y el Tratado de 
física de Brisson. Con esto que usted lea con cuidado, 

PERIQUILLO SARNIENTO, — T. I, A. — 28. 



f 'J 



h 



í 



Tff'Aílñíiyi ^til 'i' '-" {LttiinL-tL 



lio 



PENSADOR MEXICANO 



tendrá bastante para hablar con acierto de esta ciencia 
en donde se le ofrezca, y si á este estudio quisiere añadir 
el de la historia natural, como que es tan análogo al ante- 
rior, podrá leer con utilidad El Espectáculo de la Natu- 
raleza por Pluche, y con más gusto y fruto la Historia 
natural del célebre conde de Buñbn, llamado por anto- 
nomasia el PUnio de Francia. 

Estos estudios, amiguito, son útiles, amenos y 
divertidos; porque el entendimiento no encuentra en 
ellos lo abstracto de la teología, la incertidumbre de la 
medicina , lo intrincado de las leyes ni lo escabroso 
de las matemáticas. Todo llena, todo deleita, todo embe- 
lesa y todo enseña, así en la física como en la historia 
natural. Es estudio que no fatiga y ocupación que no 
cansa. La doctrina que ministra es dulce y el vaso en 
que se brinda es de oro. 

Los que miran el Universo por la parte de afuera, 
se sorprenden con su primorosa perspectiva; pero no 
hacen más que sorprenderse como los niños cuando ven 
la primera vez una cosa bonita que les divierte. El filó- 
sofo, como ve el Universo con otros ojos, pasa más allá 
de la simple sorpresa: conoce, observa, escudriña y 
admira cuanto hay en la naturaleza. 

Si eleva su entendimiento á los cielos, se pierde en 
la inmensidad de esos espacios llenos de la Majestad más 
soberana; si detiene su consideración en el sol, mira 



i i -A .'^«Aj-^- ■ ¡JL\. ^■.....^.. 



• íTU ^¿Mirj.\L.'.jTlla..- i. li 



;-*\r»!?'?™.'.'5?-"' , -. A--- ¡-PíwíP'"- -i'-'^'. 



OBRAS ESCOGIDAS 111 

una mole crecidísima de un fuego vivísimo, penetrante 
é inextinguible, al paso que benéfico é interesante á 
toda la naturaleza; si observa la luna, sabe que es un 
globo que tiene montes, mares, valles, ríos, como el 
globo que pisa; y que es un espejo que refleja la brillante 
luz del sol para comunicárnosla con sus influencias: si 
atiende á los planetas como Venus, Mercurio, Marte y 
la restante multitud de astros, ya fijos, ya errantes, 
no contempla sino una prodigiosa infinidad de mundos 
ya luminosos, ya iluminados, ya soles, ya lunas que 
observan constantemente los movimientos y giros que la 
sabia Omnipotencia les prescribió desde el principio: si 
su consideración desciende á este planeta que habitamos, 
admira la economía de su hechura; mira el agua pen- 
diente sobre la tierra, contenida sólo con un débil pol- 
villo de arena; los montes elevados; las cascadas estre- 
pitosas; las risueñas fuentes; los arroyos mansos; los 
caudalosos ríos; los árboles, las plañías, las flores, las 
frutas, las selvas, los valles, los collados, las aves, 
las fieras, los peces, el hombre, y hasta los desprecia- 
bles insectillos que se arrastran; y todo, todo le franquea 
teatro á su curiosidad é investigación. La atmósfera, las 
nubes, las lluvias, el rocío, el granizo, los fuegos fatuos, 
las auroras boreales, los truenos, los relámpagos, los 
rayos y cuantos meteoros tiene la naturaleza, presentan 
un vastísimo campo á su prolijo y estudioso examen. 



-^.t^ .^^t^r^ftw'-/;:. , w>'l^:r<" M.j£^-if íf-fkJ^yiLiil'.ííáli^itL^'itt^Z/ 



112 PENSADOR MEXICANO 

y después que admira, contempla, examina, discurre, 
pondera y acicala su entendimiento sobre un caos tan 
prodigioso de entes heterogéneos, tan admirables como 
incomprensibles, reflexiona que el conocimiento ó igno- 
rancia que tiene de estos mismos seres lo llevan como 
por la mano hasta la peana del trono del Criador. Enton- 
ces el filósofo verdadero no puede menos que anonadarse 
y postrarse ante el solio de la Deidad Suprema, confesar 
su poder, alabar su providencia, reconocer en silencio lo 
sublime de su sabiduría y darle infinitas gracias por el 
diluvio de beneficios que ha derramado sobre sus cria- 
turas, siendo entre las terrestres la más noble, la más 
excelsa, la más privilegiada y la más ingrata el hom- 
bre, «bajo cuyos pies (nos dice la voz de la verdad) que 
sujetó todo lo criado:» Omnia suh/ecfsíi sdb pcclihas 
€Jus: y lo mismo ser-á llegar el filósofo á estos subli- 
mes y necesarios conocimientos, que comenzar á ser 
teólogo contemplativo; pues así como todos los rayos 
de la rueda de un coche descansan sobre la maza que 
es su centro, así las criaturas reconocen su punto cén- 
trico en el Criador; por manera, que los impíos ateís- 
tas que niegan la existencia de un Dios criador y con- 
servador del Universo , proceden contra el testimonio 
común de las naciones, pues las más bárbaras y sal- 
vajes han reconocido este soberano principio; porque 
los mismos cielos proclaman la gloria de Dios; el fir- 



^^^.- ...- — :■->■•—■ .^--^ '-■•.(> :,tji¿fitmáí tí* íÉÍ ii----'^- "*-^ ■■■■J'^'^*^--'-----^ --'^ '--•-'•■^■^fT-iniáitiiii 






^Jit^i^g'.'Trw^.,^ 



OBRAS ESCOGIDAS 



113 



mamento anuncia sus obras maravillosas, y las criatu- 
ras todas que se nos manifiestan á la vista, son las 
conductoras que nos llevan á adorar las maravillas que 
no vemos. Pero, ya se ve, los ateístas son unos brutos 
que parecen hombres, ó unos hombres que voluntaria- 
mente quieren ser menos que los brutos. Ello es evi- 
dente... 

En esto, viendo que nos tardábamos, salieron á 
llamarnos otra vez las niñas y señores de la hacienda, 
para que fuéramos á ver las travesuras de los payos y 
caporales, y tuvimos que suspender, ó por mejor decir, 
cortar enteramente una conversación tan dulce para mí, 
porque en la realidad me entretenía más que todos los 
herraderos. 

Admiráronse de vernos tan unidos al padre y á mí, 
creyendo que yo conservara algún resentimiento por el 
sonrojillo que me había hecho pasar sobre mesa, y aun 
entre chanzas nos descubrieron su pensamiento; pero 
yo, en medio de mis desbaratos, he debido á Dios dos 
prendas que no merezco. La una, un entendimiento dócil 
á la razón, y la otra, un corazón noble y sensible, que 
no me ha dejado prostituir fácilmente á mis pasiones. 
Lo digo así porque cuando he cometido algunos ex- 
cesos, me ha costado dificultad sujetar el espíritu á 
la carne. Esto es, he cometido el mal conociéndolo y 
atrepellando los gritos de mi conciencia y con plena 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. I, A. — 29. 



114 PENSADOR MEXICANO 

advertencia de la justicia, lo que acaece á todo hom- 
bre cuando se desliza al crimen. Por estas buenas 
cualidades que digo he visto brillar en mi alma, jamás 
he sido rencoroso ni aun con mis enemigos; mucho 
menos con quien he conocido que me ha aconsejado 
bien tal vez con alguna aspereza, lo que no es común, 
porque nuestro amor propio se resiente de ordinario 
de la más cariñosa corrección, siempre que tiene visos 
de regaño; y por eso los de la hacienda se admiraban 
de la amistosa armonía que observaban entre mí y el 
padre. 

Fuímonos por fin al circo de la diversión, que era 
un gran corral, en el que estaban formados unos có- 
modos tabladitos. Sentámonos el padre vicario y yo 
juntos , y entretuvimos la tarde mirando herrar los 
becerros y ganado caballar y mular que había. Mas 
advertí que los espectadores no manifestaban tanta com- 
placencia cuando señalaban á los animales con el fuego 
como cuando se toreaban los becerrillos ó se jine- 
teaban los potros , y mucho mas cuando un torete 
tiraba á un muchacho de aquellos, ó un muleto des- 
prendía á otro de sobre sí; porque entonces eran des- 
medidas las risadas, por más que el golpeado inspirara 
la compasión con la aflicción que se pintaba en su sem- 
blante. 

Yo, como hasta entonces no había presenciado se- 



■ .-■.■ „:.-...-i.u^t . — .;. .y ..-/.ti..,ji.jftiÉBMúLn.. :■■■-..■■. rLr^.j.' ^. ,.... -L. .■. — -t .-K ■.--/ ■- ■- ...■■' i. 'Lf :>«>-? .»■■■ >. ^:.^/^kíÍ^ x-.^'i^, ■-.^■.i.: •: 



• •■■ ■'^:7■^^"yy^y,'■^-z^:■■:■•^:■ ,*"•.,-;- ■■. ■ ■ '■ ■• ;^r^ : '■«^■"íf-'S^J'**' .^ • • VV "^^vi?|•?T.■>■■.T- v-T- *? v.:- .~i\' 



OBRAS ESCOGIDAS 115 

mejante escena, no podía menos que conmoverme al ver 
á un pobre que se levantaba renqueando de entre las 
patas de una muía ó las astas de un novillo. En aquel 
momento sólo consideraba el dolor que sentiría aquel 
infeliz, y esta genial compasión no me permitía reir 
cuando todos reventaban á caquinos. El juicioso vicario, 
que ¡ojalá hubiera sido mi mentor toda la vidal advirtió 
mi seriedad y silencio, y leyéndome el corazón me dijo: 
— ¿Usted ha visto toros en México alguna vez?— No, 
señor, le contesté; ahora es la primera ocasión que 
veo esta clase de diversiones, que consisten en hacer 
daño á los pobres animales, y exponerse los hombres 
á recibir los golpes de la venganza de aquéllos, la que 
juzgo se merecen bien por su maldita inclinación y bar- 
barie. — Así es, amiguitó, me dijo el vicario; y se conoce 
que usted no ha visto cosas peores. ¿Qué dijera usted 
si viera las corridas de toros que se hacen en las capi- 
tales, especialmente en las fiestas que llaman Reales.^ 
Todo lo que usted ve en éstas son trutas y pan pintado: 
lo más que aquí sucede es que los toretes suelen dar sus 
revolcadillas á estos muchachos, y los potros y muías 
sus caídas, en las que ordinariamente quedan molidos y 
estropeados los jinetes; mas no heridos ó muertos como 
sucede en aquellas fiestas públicas de las ciudades que 
dije; porque allí, como se torean toros escogidos por fero- 
ces, y están puntales, es muy frecuente ver los intestinos 



Ii6 



PENSADOR MEXICANO 



I . 



de los caballos enredados en sus astas, hombres gra- 
vemente lastimados y algunos muertos. — Padre, le dije 
yo, ¿y así exponen los racionales sus vidas para sacri- 
ficarlas en las armas enojadas de una fiera? ¿y así con- 
curren todos de tropel á divertirse con ver derramar la 
sangre de los brutos y tal vez de sus semejantes? — Así 
sucede, me contestó el vicario, y sucederá siempre en 
los dominios de España, hasta que no se olvide esta cos- 
tumbre tan repugnante a la naturaleza como á la ilus- 
tración del siglo en que vivimos. 

Conversamos largo rato sobre esto, como que es 
maleria muy íértil, y cuando mi amigo el vicario hubo 
concluido, le dije: 

— Padre, estoy pensando que ese demontir de Ja- 
nuario ó Juan Largo, mi condiscípulo, luego que sepa 
los disparates que yo dije del cometa, y la justa repre- 
hensión de usted, me ha de burlar altamente y en la 
mesa delante de todos, porque es muy pamlorriuisUf, y 
tiene su gusto en pararle la bola, como dicen, á cual- 
quiera en la mejor concurrencia; y yo ciertamente no 
quisiera pasar otro bochorno como el de á medio 
día, ó ya que él sea tan mal amigo y tan impru- 
dente, que padeciera el mismo tártago que yo, hacién- 
dolo usted quedar mal con alguna preguntita de física, 
pues estoy seguro que entiende tanto de esto como de 
hacer un par de zapatos; y así le encargo á usted que 






j-^W^"'..; 



OBRAS ESCOGIDAS 



117 



me haga este favor y le saque los colores á la cara por 
faceto. 

— Mire usted, me dijo el padre; á mí me es fácil 
desempeñar á usted, pero ésa es una venganza, cuya vil 
pasión debe usted refrenar toda la vida: la venganza 
denota una alma baja que no sabe ni es capaz de disi- 
mular el más mínimo agravio. El perdonar las injurias 
no sólo es señal característica de un buen cristiano, sino 
también de una alma noble y grande. Cualquiera, por 
pobre, por débil y cobarde que sea, es capaz de vengar 
una ofensa: para esto no se necesita religión, ni talento, 
ni prudencia, ni nobleza, cuna, educación, ni nada 
bueno; sobra con tener una alma vil, y dejar que la 
ira corra por donde se le antoje para suscribir fácil- 
mente á los sanguinarios sentimientos que inspira. Pero 
para olvidar un agravio, para perdonar al que nos lo 
infiere, y para remunerar la maldad con acciones bené- 
ficas, es menester no solamente saber el evangelio, 
aunque esto debía ser suficiente, sino tener una alma 
heroica, un corazón sensible, y esto no es común: tam- 
poco lo es ver unos héroes como Trajano, de quien se 
cuenta que dando audiencia pública llegó al trono un 
zapatero fingiendo iba á pedir justicia; acercóse al empe- 
rador, y aprovechando un descuido, le dio una bofetada. 
Alborotóse el pueblo, y los centinelas querían matarlo en 
el acto; pero Trajano lo impidió para castigarlo por sí 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 30. 



118 PENSADOR MEXICANO 

mismo. Ya asegurado el alevoso, le preguntó: — ¿Qué 
injuria te he hecho, ó qué motivo has tenido para insul- 
tarme? — El zapatero, tan necio como vano, le contestó: 
— Señor, el pueblo bendice vuestro amable carácter: 
nada tengo que sentir de vos; mas he cometido este 
sacrilego delito sabiendo que he de morir, sólo porque 
las generaciones futuras digan que un zapatero tuvo 
valor para dar una bofetada al emperador Trajano. — 
Pues bien, dijo éste; si ése ha sido el motivo, tú no 
me has de exceder en valor. Yo también quiero que 
diga la posteridad, que si un zapatero se atrevió á dar 
una bofetada al emperador Trajano, Trajano tuvo valor 
para perdonar al zapatero. Anda libre. 

Esta acción no necesita ponderarse; ella sola se 
recomienda, y usted puede deducir de ella y de miles 
de iguales que hay en su línea, que para vengarse es 
menester ser vil y cobarde, y para no vengarse es 
preciso ser noble y valiente; porque el saber vencerse 
á sí mismo y sujetar las pasiones es el más difícil 
vencimiento, y por eso es la victoria más recomenda- 
ble y la prueba más inequívoca de un corazón magná- 
nimo y generoso. Por todo esto, me parece que será 
bueno que usted olvide y desprecie la injuria del señor 
Januario. 

— Pues, padrecito, le dije, si más valor se necesita 
para perdonar una injuria que para hacerla, yo desde 



■• ^-^ -^*-' ■■-»-..«- 1.^-» «rniffiífi |-iiaÉÍ 



:^-- ■?•;.>';■::•'■/ Tf- vV^-- /. ■- • -^\ ... - v,,. .^v- •-JOs}í>■V:'^^ ■ :'' .:'':^^^T'7^l'^-':'^ 



OBRAS ESCOGIDAS 119 

ahora protesto no vengarme ni de Juan Largo, ni de 
cuantos me agravien en esta vida. 

— ¡Oh, don Pedrito, me contestó el vicario, cuan 
apreciable fuera esta clase de protestas en el mundo 
si todas se llevasen al cabo I Pero no hay que protestar 
en esta vida con tanta arrogancia; porque somos muy 
débiles y frágiles, y no podemos confiar en nuestra 
propia virtud, ni asegurarnos en nuestra sola palabra. 
A la hora de la tempestad hacen los marineros mil 
promesas, pero llegando al puerto se olvidan como si 
no se hubieran hecho. Cuando la tierra tiembla no se 
oyen sino plegarias, actos de contrición y propósitos 
de enmienda; mas luego que se aquieta, el ebrio se 
dirige al vaso, el lascivo á la dama, el tahúr á la baraja, 
el usurero á sus lucros y todos á sus antiguos vicios. 
Una de las cosas que más perjudican al hombre es la 
confianza que tiene de sí mismo. Ésta pone en ocasión 
do prostituirse á los jóvenes, de extraviar á las almas 
timoratas, de abandonarse á los que ministran la justi- 
cia y de ser delincuentes á los más sabios y santos. 
Salomón prevaricó, y san Pedro, que se tenía por el más 
valiente de los apóstoles, fué el primero y aun el único 
que negó á su divino Maestro. Conque no hay que fiar 
mucho en nuestras fuerzas, ni que charlar sobre nues- 
tra palabra, porque mientras no llega la ocasión todos 
somos rocas; pero puestos en ella somos unas pajitas 



120 PENSADOR MEXICANO 

miserables que nos inclinamos al primer vientecillo que 
nos impele. 

Poco más duró nuestra conversación, cuando se 
acabó la tardo y con ella aquella diversión, siéndonos 
preciso trasladarnos á la sala de la hacienda. 

Como en aquella época no se trataba sino de pasar 
el ratOj todos fueron entreteniéndose con lo que más les 
gustaba, y así fueron tomando sus naipes y bandolones, 
y comenzaron á divertirse unos con otros. Yo enton- 
ces ni sabía jugar (ó no tenía qué, que es lo más 
cierto), ni tocar, y así me luí por una cabecera del 
estrado para oir cantar á las muchachas, las que me 
molieron la paciencia á su gusto; porque se acercaban 
hacia mí dos ó tres, y una decía: — Niña, cuéntame 
un cuento, pero que no sea el de Periquillo Sarnien- 
to. — Otra me decía: — Señor, usted ha estudiado, 
díganos, ¿por qué hablan los pericos como la gente? 
— Otra decía: — ¡Ay, niña, qué comezón tengo en el 
brazo! ¿si tendré sarna? — Así me estuvieron chuleando 
estas madamas toda la noche hasta que fué hora de 
cenar. 

Púsose la mesa: sentámonos todos y con todos mi 
amiguísimo Juan Largo, que hasta entonces se había 
estado jugando malilla ó no sé qué. 

Mientras duró la cena se trataron diversos asuntos. 
Yo en uno que otro metía mi cucharada; pero después 



■k .—..'^ .1 .vj-.^j»t ... ■ :. .'M^ 



■'. »5r-'.;p": .fjTtv-Tr., ,?■!:,■ /^^ :V. :. ■ •". '. T • .. • •*«^-: ■ 






^ «» » ■ » i H üf I^ 



:- .'f'-ív^^ 






■* 







, •-\'; \Ví^':^*'^í'- 



i ■ ^ 






■ -. • i, - ■■■ 










S 



i 



í:i ;:3i- 






i- ? 



.i«- 



-.'« 












■^ 




i 




•V- 












••4 









■« 
s 









* '^F# 






, ' -fe-, : :¿í 



'M»- 



';!f^;:.^^. 










í".. 



■ .«! 



'^.. 



í» ;; 



M>A 




'.:(. 



^. ■ I ', I > 



lío 



uT-. 



II »■ 



^ji '. 



11,-; . , 



\-^ 



Vi». 



% 



■i..^ 







— Señor, usted ha estudiado, díganos; ¿por qué hablan los pericos como la gente? 



' . ' _^S»!lj 



■/U.*J'-¿fct^' . 



!■-, iVirf-, k r^~ . *. íl,/ 



.•kjíí;^ ■ '--J 



-f?."- >'s*^?F»T-''^"^='^ "''■ "^'^^ '">• ■'-•-•■■i^~ > ■'■ít'-^ ■ '■:''■ '■^'?'Jí^f^''--'' -X '■' 



■V- 



OBRAS ESCOGIDAS 121 

de provocado, y siempre con las salvas de: según me 
jiarece; ijo no tengo inteligencia; dicen; he oído a sega- ; 

rnr, etc.; pero ya no hablé con arrogancia como al medio 
día: ya se ve, tal me tenía de acobardado el sermón que 
me espetó el vicario en mis bigotes. ¡Oh, cuánto aprove- 
cha una lección á tiempo! 

Se alzó la mesa, y mi buen amigo Juan Largo, diri- ; - 

giendo á mí la palabra, comenzó á desahogar su genio 
bufón, lo mismo que yo me había pensado. — ¿Conque, 
Periquillo, me dijo, las cometas son una cosa á modo de 
trompetas? ¡Vamos, que tú has quedado lucido en el acto 
del medio día! ¡Sí, ya sé tus gracias: no sabía yo que -f 

tenía por condiscípulo un tan buen físico como tú y á .i 

más de físico, astrónomo. Seguramente que con el 
tiempo serás el mejor almanaquero del reino. A hombre 
que sabe tanto de cometas ¿qué cosa se le podrá ocultar 
do todos los astros habidos y por haber? — ^ Las mujeres, 
como casi siempre obran según lo que primero advier- 
ten, y en esta rechifla no veían otra cosa que una bur- 
leta, comenzaron á reir y á verme más de lo que yo 
quería; pero el padre vicario, que ya me amaba y cono- 
cía mi vergüenza, procuró libertarme de aquel chasco, y 
dijo á don Martín (que ya dije era dueño de la hacienda): | 

— ¿Conque pasado mañana tiene usted eclipse de sol? — I 

Sí, señor, dijo don Martín, y estoy tamañito. — ¿Por qué? ' . í 

preguntó el vicario. — ¿Cómo por qué? dijo el amo; 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. I, A. — 31. /; ^ 



!f I 



122 PENSADOR MEXICANO 

porque los eclises son el diablo. Ahora dos años, me 
acordaré que estaba ya viniéndose mi trigo, y por el 
maldito ecUs nació todo chupado y ruincísimo, y no sólo, 
sino que toda la cría del ganado que nació en aquellos 
días se maleó y se murió la mayor parte. Vea usted si 
con razón les tengo tanto miedo á los eclises. — Amigo 
don Martín, dijo el vicario, yo creo que no es tan bravo 
el león como lo pintan; quiero decir, que no son los 
pobres eclipses tan perversos como usted los supone. — 
¿Cómo no, padre? dijo don Martín. Usted sabrá mucho, 
pero tengo mucha esperencia, y ya ve que la esperencia 
es madre de la cencía. No hav duda, los eclises son muv 
dañinos á las sementeras, á los ganados, á la sala y 
hasta á las mujeres preñadas. Ora cinco años me acordaré 
que estaba en cinta mi mujer, y no lo ha de creer, pues 
hubo eclis y nació mi hijo Polinario tencuiias. — ¿Pero 
por qué fué esa desgracia? preguntó el cura. — ¿Cómo 
por qué, señor? dijo don Martín; porque se lo comió 
el eclis. — No se engañe usted, dijo el vicario; el eclip- 
se es muy hombre de bien, á nadie se come ni perju- 
dica , y si no , que lo diga don Januario. ¿Qué dice 
usted, señor bachiller? — No hay remedio, contestó lleno 
de satisfacción, porque le habían tomado su parecer: 
no, no hay remedió, decía: el eclipse no puede comer 
la carne de las criaturas encerradas en el vientre de sus 
madres; pero sí puede dañarlas por su maligna influen- 



rinn^iÉiiiiiiiii I m" .' '"■'■' '■\mt ¡ II I i'i»-'-»'--^' -«.«- 



'■"'::'■ ■:'..' íj' '•'.'' "■ ■■'■'■" .' ■^■- ■■■■■/■ ,:—.'^- ■;■-. i^ :..■-- ' • . '' ,:'~\ '"■-■• 



OBRAS ESCOGIDAS 



123 



cia, y hacer que nazcan tencuas 6 corcovadas, y mucho 
mejor puede con la misma malignidad matar las crías 
y chuparse el trigo, según ha dicho mi tío, atestiguan- 
do con la experiencia, y ya ve usted, padre mío, que 
fjiiod ab experientia paiet non incUget probatione. Esto 
es; no necesita de prueba lo que ya ha manifestado la 
experiencia. 

— No me admiro, dijo el padre, que su tío de usted 
piense de esa manera, porque no tiene motivo para otra 
cosa; pero me hace mucha fuerza oir producirse de igual 
modo á un señor colegial. Según eso, dígame usted, ¿qué 
son los eclipses? — Yo creo, dijo Januario, que son 
aquellos choques que tiene el sol y luna, en los que uno 
ú otro salen perdiendo siempre conforme es la fuerza del 
que vence: si vence el sol, el eclipse es de la luna, y 
si vence ésta, se eclipsa el sol. Hasta aquí no tiene 
duda; porque mirando el eclipse en una bandeja de 
agua, materialmente se ve cómo pelea el sol con la luna; 
y se advierte lo que uno ú otro se comen en la lucha; 
y si tienen virtud estos dos cuerpos para hacerse tanto 
daño, siendo solidísimos, ¿cómo no podrán dañar á las 
tiernas semillas y á las débiles criaturas del mundo?— 
Eso es lo que yo digo, repuso el bueno de don Martín: 
vea usted, padre, si digo bien ó mal. No hay que hacer, 
mi sobrino es muy sabido: ansí mesmo según y cómo 
él explica el eclis, lo explicaba su padre, mi difunto 



124 PENSADOR MEXICANO 

hermano, que era hombre de muchas letras, y allá en la 
Huasteca, nuestra tierra, decían todos que era un pozo 
de cencia. ¡Ah, mi hermano 1 si él viviera ¡qué gusto 
tuviera de ver á su hijo Januarito tan adelantado 1 — No 
mucho, aunque me perdone, dijo el vicario; porque 
el señor no entiende palabra de cuanto ha dicho; antes 
es un blasfemo filosófico. ¿Qué pleitos, qué choques, 
influencias fatales ni malditas quiere usted que produz- 
can los '^CiToses? Sepa usted, señor don Martín, que el 
mayor eclipse no le puede hacer á usted ni á sus siem- 
bras, ni ganado, más daño que quitarles una poca de luz 
por un rato. No hay tal pleito del sol y la luna, ni tales 
faramallas. ;,Se pudiera usted pelear de manos desde 
aquí con uno que estuviera en México? — Ya se ve que 
no, dijo don Martín. — Pues lo propio sucede al sol 
respecto de la luna, prosiguió el vicario; porque dista 

'\\ un astro de otro muchísimas leguas. — Pues en resumi- 

das cuentas, preguntó don Martín, ¿qué es ecUs.^ — No 
es otra cosa, respondió el padre vicario, que la intcr- 

- • posición de la luna entre nuestra vista y el sol, y en- 

tonces se llama eclipse de sol, ó la interposición de la 
tierra entre la luna y el sol, y entonces se dice eclipse 
de luna. 

— ¿Ya ve usted todo eso? dijo el payo, pues no lo 

entiendo. — Pues yo haré que lo perciba usted clarísima- 

[ mente, dijo el padre: Sepa usted que siempre que un 



^.:l■ 



-■■^' - - ' - - - ■ -Tr~'i' if 1» 'K'i' til ttdí^llrii'flÍÉrhí 



Í^Stífür??: 



■ ^..'^•»?«?^ tí^^ejí»- 



;^-,*':'_rV5^rí^:~ 



;;*B-rVi?i- 



OBRAS ESCOGIDAS 



125 



cuerpo opaco se opone entre nuestra vista y un cuerpo 
luminoso, el opaco nos embaraza ver aquella porción de 
luz que cubre con su disco. — Agora lo entiendo menos, 
decía don Martín. — Pues me ha de entender usted, 
replicó el padre. Si usted pone su mano enfrente de 
sus ojos y la luz de la vela, claro es que no verá la 
llama. — Eso sí entiendo. — Pues ya entendió usted 
el eclipse. — ¿Es posible, padre, decía don M^i-tí'. muy 
admirado, es posible que tan poco tienen que entender 
los eclisesf — Sí, amigo mío, decía el vicario. Lo que 
sucede es, que como su mano de usted es mayor que la 
llama de la vela, siempre que la ponga frente de ella 
la tapará toda y hará un eclipse total; pero si la pone 
frente de una luminaria de leña, seguramente no la 
tapará toda sino un pedazo; porque la luminaria es más 
grande que la mano de usted, y entonces puede usted 
decir que hizo un eclipse* parcial, esto es, que tapó una 
parte de la llama de la luminaria. ¿Lo entiende usted? 
— Y muy bien, respondió el payo. Pero ¿qué tan fácil- 
mente ansí se entienden los eclises del sol y de la luna? 
— Sí, señor, dijo el padre. Ya dije á usted que el sol 
está muchas leguas distante de la luna; es mucho mayor 
que ella, lo mismo que la luminaria es mucho más 
grande que su mano de usted, y así cuando la luna 
pasa por entre el sol y nuestros ojos, tapa un pedazo 
de éste, que es lo que no vemos; y lo que al señor 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 32. 



% 



126 PENSADOR MEXICANO 

Januario, á usted y á otros les parece comido, no es 
otra cosa que la mano que pasa frente de la luminaria. 
¿Lo entiende usted? — Completamente, dijo don Martín, 
y según eso nunca habrá eclises totales de sol, porque es 
la luna mucho más chica, y no lo puede tapar todo. — 
Así debía ser, dijo el vicario, si siempre la luna pasara 
á una misma distancia respecto del sol y nuestra vista; 
pero como algunas veces pasa quedando muy cerca de 
nosotros, ^ nos lo cubre totalmente, así como siempre 
que usted se ponga la mano junto de los ojos no verá 
nada de la luminaria, sin embargo de que su mano de 
usted es mucho más chica que la luminaria; y ahora sí 
creo que me ha entendido usted. — ¿Y los de la luna, 
cómo son? preguntó el payo. — Ddl mismo modo, dijo 
el padre; así como la luna tapa ú obscurece un pedazo 
del sol '^ cuando se pone entre él y nosotros, así la tierra 
lapa ú obscurece un pedazo de luna ó toda cuando se 
pone entre ella y el sol. 

— Ansí áehQ ser, dijo don Martín, y ora reflejo que 
he visto algunos eclises del sol y luna totales, como usted 
les llama, ó que se ha tapado toda, de modo que hemos 
estado osearas totalísimamente. Sobre que no le hace 
que la luminaria sea más grande que la mano. ¿Y es 

' No es la distancia de la luna respecto de nosotros lo que hace que sean totales los 
eclipses, sino su completa interposición. E. 

* Bien sabia el vicario que lo que se obscurece no es el sol, sino la tierra que recibe 
la sombra ; pero se explicó asi porque lo entendiera don Martin. 



•-J -.■■•■.:^.. ...C.-,.. .,.., .J^ ■ ;^,^,,^^¿¡^^^^¿¡^íg^¡A,j^ám^^ 



. >'>í-í5?75«&^*f^s*^-- '■. .■^' .7^-T^*?^T^^t ■ ^' ' "^^ ■ ^ 



*i s:- j^wTib 



OBRAS ESCOGIDAS 127 



,\ 



posible que no son otra cosa los ec/íses.^ — Sí, señor, dijo 
el padre, no son otra cosa, y teniendo el año trescientos 
sesenta y cinco ó sesenta y seis días, si es bisiesto, tene- 
mos nosotros otros tantos eclipses del sol, y totales, que 
es más gracia. — ¡Cómo, padrel decía don Martín. — 
Ya se ve que sí, dijo el vicario: ¿ve usted de noche el 
sol? — No, señor, ni una pizca, respondió don Martín. — 
Pues ahí tiene usted que se le eclipsa el sol todo entero, 
y para que usted no me vea, tanto tiene que yo me 
meta á la recámara como que usted cierre los ojos. — ; 
Es verdad, decía don Martín; pero según que usted me i 

ha dicho, y según lo que agora me dice, creo que el 
mundo es mucho más grandísimo que el sol, que no 
puédemenos, sobre que lo estamos mirando. — Pues sí 
puede menos, amigo, dijo el vicario; y en efecto, es tan 
pequeño respecto al sol, como lo es una avellana res- 
pecto á un coco. — Pues entonces, replicó don Martín, 
salimos con lo que usted me dijo; pues aunque mi mano 
sea más chica que la luminaria, me la puede tapar toda 
en estando muy cerca de mis ojos. — Así es, dijo el vica- 
rio, puede ó no puede taparla toda, según la distancia en • 
que usted la pusiere respecto á sus ojos. Si la pone lejos 
de ellos, no tapará toda la luminaria, algo verá usted de J^ 
ella; pero si se la pone en las narices, no verá nada. 
— Ya se ve que así ha de ser, decía don Martín, y no 
solamente no veré la luminaria, pero ni la puerta de la 



'i^aL.f^,^rS&-. •>zÁf£^- -w-í 



128 PENSADOR MEXICANO 

hacienda que es más grande, ni cosa alguna, y eso será 
porque casi me tapo los ojos con la mano poniéndola tan 
cerca. — Pues vea usted la razón, dijo el padre, porque 

se suelen ver algunos eclipses totales de sol causados 
por la luna, porque ésta, aunque mucho más pequeña 
que él, si se pasa muy cerca de nosotros, como en rea- 
lidad pasa algunas veces, hace el efecto de la mano 
trente de la luminaria, y lo mismo hace la tierra, sin 
embargo de su pequenez, eclipsándonos el sol todas las 
noches por estar pegada á nosotros. * 

— Perfectamente entendí todo el asunto de los ccli- 
seSy padre vicario, dijo don Martín, y creo que cual- 
quiera lo entenderá, por negado que sea. ¿Lo entiendes, 
hija? ¿lo han entendido, muchachas? — Todas á una voz 
respondieron que sí, y que muy bien: que ya sabían que 
podían hacer eclipses de sol, de luna, ó de luminarias, 
cada vez que se les antojara; pero el buen don Martín 
volvió á preguntar: — Dígame usted, padre; ya que los 
ecUses no son más que eso, ¿por qué son tan dañinos 
que nos pierden las siembras, los ganados, y hasta nos 
enferman y sacan imperfectos los muchachos? — Esa es 
la vulgaridad, respondió el vicario. Los eclipses en nada 
se meten, ni tienen la culpa de esas desgracias. Las 
siembras se pierden ó porque les ha faltado cultivo á 
su tiempo, ó han escaseado las aguas, ó la semilla estaba 

* Esto coincide con la explicación anteriormente anotada, que no es exacta. E. 



^¿t^. 3. i.\>v.j;':^'^-¿...t,-:'c, i '■"-- •^ ■•'-'■ 'irtiiA' ir 'üiáVaí lii 



■*•'.-.■ y^^^i^-^TKr^-^-f, T,'. '7?- ;•'.-;. -•- t 



OBRAS ESCOGIDAS 129 

dañada, ó era ruin, ó la tierra carece de jugos, ó está 
cansada, etc. Los ganados malparen, ó las crías nacen 
enfermas, ya porque se lastiman las hembras, ó padecen 
alguna enfermedad particular que no conocemos, ó han 
comido alguna hierba que las perjudica, etc.; úUima- 
mente, nosotros nos enfermamos ó por el excesivo tra- 
bajo, ó por algún desorden en la comida ó bebida, ó por 
exponernos al aire sin recato estando el cuerpo muy 
caliente, ó por otros mil achaques que no faltan; y 
las criaturas nacen tencuas, raquíticas, defectuosas ó 
muertas por la imprudencia de sus madres en comer 
cosas nocivas, por travesear, corretear, alzar cosas pesa- 
das, trabajar mucho, tener cóleras vehementes ó recibir 
golpes en el vientre. Conque vea usted cómo no tienen 
los pobres eclipses la culpa de nada de esto. — Bien, dijo 
don Martín; pero ¿cómo suceden estas desgracias pun- 
tualmente cuando hay eclis.^ — La desgracia de los eclip- 
ses, dijo el vicario, consiste en que suceda algo de esto 
en su tiempo; porque los pobres que no entienden de 
nada, luego luego echan la culpa á los eclipses de cuan- 
tas averías hay en el mundo. Así como cuando uno se 
enferma, lo primero que hace es buscar achaque á su 
enfermedad, y tal vez cree que se la ocasionó lo más 
mócente. Conque, amigo, no hay que ser vulgares, ni 
que quitar el crédito á los pobrecitos eclipses, que es 
pecado de restitución. 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. I, A. — 33. 



Á:'i±.>.^,^£^Í.-<''iaLinM¡ .,:i¿Jt -.a^.\J^-ÁÍ^u . 



130 



PENSADOR MEXICANO 



Celebraron todos al padre vicario, y le pegaron un 
buen tabardillo al amigo Juan Largo, de modo que 
se levantó de allí chillándole las orejas. A poco rato 
nos fuimos á acostar. 




t 



■ -.,■■— r..-. - ■^■■-■Ál^^^--^.. 



L.jB.^\A^_ -t^t: 



-'^-^— *-■'■ ^ - T 



'^■r'"-^K-~ ^^7r:t^^™i^ • ■ < \ 



•:..-7'c»c 



;-■' -yf^*^:^' : : ■' 




^¡vi^*-^y «^ 



CAPITULO VIII 



En el que escribe Periquillo algunas aventuras que le pasaron en la hacienda 

y la vuelta á su casa 



A otro día nos levantamos muy contentos: el señor 
cura hizo poner su coche y el padre vicario mandó en- 
sillar su caballo para irse á sus respectivos destinos. 
El padre vicario se despidió de mí con mucho cariño, 
y yo le correspondí con el mismo, porque era un hombre 
amable, benéfico, y no soberbio ni necio. 

Fuéronse, por fin, y yo quedé sin tan útil compañía. 
El hermano Juan Largo, tan tonto y sinvergüenza como 
siempre (porque es propiedad del necio no dársele nada 



S^^ ^.^L ^^S.m^ . ' JtA». 



.:'^.'^j¿»-:A1-¡ÍJ 



;':i-fe 



^\-j^2í ;, 



132 



PENSADOR MEXICANO 



de cosa alguna de esta vida), á Ja hora del almuerzo me 
comenzó á burlar con la cometa; pero yo le rebatí defen- 
diéndome con los disparates que él había hablado acerca 
del eclipse, con cuya diligencia lo dejé corrido, y él debía 
de haber advertido que es una majadería ponerse á ape- 
drear el tejado del vecino el que tiene -el suyo de vidrio. 

Fuérase porque yo era nuevo en la casa, ó porque 
tenía un genio más prudente y jovial, las señoras, las 
muchachas y todos me querían más que á Juan Largo, 
que era naturalmente tosco y engreído. Con esto, cuando 
yo decía alguna facetada, la celebraban infinito, y de 
esto mondaba mi rival Januario, y trataba de vengarse 
siempre que hallaba ocasión, sin poder yo librarme de 
sus maldades, porque las tramaba con la capa de la 
amistad. ¡Abominable carácter de almas viles, que fa- 
brican la traición á la sombra de la misma virtud 1 

Como yo por una parte lo amaba, y él por otra tenía 
un genio intrigante, me disimulaba sus malas intencio- 
nes, y yo me entregaba sin recelo á sus dictámenes. 

Todas las tardes salíamos á pasear á caballo. Ya se 
deja entender qué buen jinete sería yo, que no había 
montado sino los caballos de alquiler barato de México, 
animales tlaco?, trabajados, y do una zoncería y manse- 
dumbre imponderables. No eran así los de la hacienda, 
porque casi todos estaban lozanos y eran briosos, motivo 
bastante para que yo les tuviera harto miedo; por esto 



•il •^■ii«-'-' •-'- ^-'■^- ■ -•---.-^*---^- -•->• ■•-■■■ 



►■-- ■■• 



;-»'T?- ^xti'-r-^TSr; \*','.'"T-~ •■i»':r«f- -r ■;..'.;■ f-ví:.!.^ ■;•-.■■ '.V-^' - — »>^»r¡^-,--- - •--. ■"íwptt" •'.■;. " 'V- -.■■•'^7 •;. .- '.J^ 



OBRAS ESCOGIDAS 133 

me ensillaban los de la señora y de La niña, su hija, y 
todas las tardes, como dije, salíamos á pasear Januario, 
yo y dos hijos del administrador, que eran muy buenas 
maulas. 

De todos los cuatro yo era el menos jinete, ó como 
dicen, el más colegial; con esto, me hacían mil trave- 
suras en el campo, como colearme los caballos, maneár- 
melos, espantármelos y cuanto podían para que, á pesar 
de ser mansos, se alborotasen y me echaran al suelo, 
como lo hacían sin mucha dificultad á cada instante; de 
suerte que, aunque los golpes que yo llevaba eran ligeros 
y de poco riesgo por ser en las hierbas ó en la arena, 
sin embargo, fueron tantos que no sé cómo no bastaron 
á acobardarme. Bien que mis buenos amigos, después 
que reían á mi costa cuanto querían, me consolaban 
contándome las caídas que habían llevado para aprender, 
y añadían: — Note apures, hombre, esto no es nada; 
pero aunque en cada caída te quebraras una pierna ó 
se te sumiera una costilla, lo debías tener á mucha 
dicha, cuando vieras lo que aprovechan efetas leccio- 
nes de los caballos para tenerse bien en .ellos; porque, 
amigo, no hay remedio, los golpes hacen jinete, y 
tú mismo advertirás que ya no estás tan lerdo como 
antes: no, ya te tienes más y te sientas mejor, y si 
duras otro poco en la hacienda nos has de dar á todos 
ancas vueltas. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 34. 



134 



PENSADOR MEXICANO 



¿Quién creerá que estas frivolas lisonjas eran las 
vilmas medicinales que aquellos tunantes aplicaban á 
mis golpes y magullones? ¿y quién creerá que yo me 
daba por muy bien servido con ellas, y se me olvidaba la 
jácara que me hacían al caer y los pugidos que me cos- 
taba levantarme algunas veces? Mas ¿quién lo ha de 
creer, sino aquel que sepa que la adulación se hace tanto 
lugar en el corazón humano, que nos agrada aun cuando 
viene dirigida por nuestros propios enemigos? 

El picarón de Januario no se saciaba de hacerme 
mal por cuantos medios podía, y siempre fingiéndome 
una amistad sincera. Una tarde de un día domingo en 
que se toreaban unos becerros, me metió en la cabeza 
que entrara yo á torear con él al corral; que eran los 
becerros chicos; que estaban despuntados; que él me 
enseñaría; que era una cosa muy divertida; que los 
hombres debían saber de todo, especialmente de cosas de 
campo; que el tener miedo se quedaba para las mujeres, 
y qué sé yo qué otros desatinos, con los que echó por 
tierra todo aquel escándalo que yo manifesté al vicario la 
vez primera que vi la tal zambra de hombres y brutos. 
Se me disipó el horror que me inspiraron al principio 
estos juegos, falté á mi antigua circunspección en este 
punto, y atropellando con todo, me entré al corral á pie, 
porque me juzgué más seguro. 

A los principios llamaba al becerro á distancia de 



^ ._;<._^ji . 



'Ah^Jí: 



■ t^ÍAj^ítí .i.Jt ' •«■»- 






OBRAS ESCOGIDAS 135 

diez ó doce varas, con cuya ventaja me escapaba fácil- 
mente de su enojo subiéndome á las trancas del corral- 
mas como en esta vida no hay cosa á que no se le pierda 
el miedo con la repetición de actos, poco á poco se lo fui 
perdiendo á los becerros, viendo que me libraba de ellos 
sin dificultad, y ayudado con los estímulos de mis buenos 
amigos y camaradas, que á cada m.omento me gritaban: 
^¡Arrímese, colegial! ¡arrímate, hombre, no seas collón! 
¡anda, Coquita! ^ — y otras incitaciones de esta clase, me 
fui acercando más y más á sus testas respetables, hasta 
que en una de ésas se me puso por detrás de puntillas el 
señor Juan Largo, y cuando yo quise huir, no pude, 
porque él me embarazó la carrera haciendo que trope- 
zaba conmigo, con cuyo auxilio tan á tiempo me alcanzó 
el becerro, v levantándome en el aire con su mollera, me 
hizo caer en tierra como un zapote mal de mi grado, y á 
la distancia de cuatro á cinco varas. Yo quedé todo des- 
guarnido del susto y del porrazo; pero con todo esto, 
como el miedo es ligerísimo, y yo temía la repetición del 
lance, pues el becerro aún esperaba concluir su triunfo, 
me levanté al momento sin advertir que al golpe se me 
habían reventado los botones v las cintas de los calzones, 
y así, habiéndoseme bajado á los talones, quedé engri- 
llado, sin poder dar un paso y en la más vergonzosa 
figura; pero el maldito novillo, aprovechando mi inepti- 

* Lo mismo que Marica ó Mariquita. E. 






.',:^.£.<^. 



I- 



I 



136 PENSADOR MEXICANO 

tud para correrj repitió sobre mí un segundo golpe; mas 
con tal furia que á mí me pareció que me habían quebra- 
do las costillas con una de las torres de catedral, y que 
había volado más allá de la órbita de la luna; pero al dar 
en el suelo tan furioso costalazo como el que di no volví 
á saber de cosa alguna de esta vida. 

Quedé privado: subiéronme cubierto con unas man- 
gas, y se acabó la diversión con el susto, creyendo todas 
las señoras que me había dado algún golpe mortal en el 
cerebro. 

Quiso Dios que no pasó de una ligera suspensión del 
uso de los sentidos; pues con los auxilios de la lana 
prieta, ^ el álcali, ligaduras y otras cosas, volví en mí al 
cabo de media hora, sin más novedad que un dolorcillo 
en el hueso cocíj- que no dejaba de molestarme más de lo 
que yo quería. 

Pero cuando estuve en mi entero acuerdo y me vi 
rodeado de todos los señores que estaban en la hacienda, 
tendido en una cama, muy abrigado, y llenos todos de 
sobresalto, preguntándome unos: «¿cómo se siente 
usted?» otros: «¿qué tiene usted?» y todos: «¿qué le due- 
le?» y en medio de esta concurrencia advertí mis cal- 
zones sueltos, por haberse reventado la pretina, y me 
acordé de las faldas de mi camisa y del lance que 



* La gente vulgar cree que esta lana y no la blanca es la que tiene virtud de hacer 
volver en si al que está privado de sentidos, y á esta vulgaridad alude el autor. E. 



iii' rir¿MiiMiiiÉ Éiiii ' ár ^■■■ui^ S^j^t 



,*;*¿'.fV»'..T-j 



- s^*^f^?'W!!B^^ ■ • ?^? 



^ i.v>^- >.-.7";i*; 



/ >.-.7w.;i^^-"|í 



■Sf^ 



'-fvl , .•' ' 



'í'^^^^'^pr-r- 



OBRAS ESCOGIDAS 



137 



me acababa de pasar, me lleoé de vergüenza (pasión 
que no me ha faltado del todo), y hubiera querido ha- 
ber caído honestamente como César cuando lo asesinó 
Bruto. 

Les di gracias por su cuidado, contestándoles que no 
me había hecho mayor mal; mas con todo eso, la señora 
de la hacienda me hizo tomar un vaso de vinagre 
aguado, y á poco rato una porción de calahuala, con lo 
que á otro día estaba enteramente restablecido. 

Mi buen amigo Januario en aquel primer rato de mi 
mal, y cuando todos estaban temiendo no fuera cosa 
grave, se manifestó bien apesadumbrado con toda aquella 
hipocresía que sabía usar; mas al siguiente día que me 
vio fuera de riesgo, me cogió á cargo y comenzó á 
desahogar todas sus bufonadas, haciéndome poner colo- 
rado á cada momento delante de las muchachas con el 
vergonzoso recuerdo de mi pasada aventura, insistiendo 
en mi desnudez, en la posición de mi camisa y en el 
indecente modo de mi caída. 

Gomo él con sus truhanadas excitaba la risa de las 
niñas y yo no podía negarlo, me avergonzaba terrible- 
mente, y no hallaba más recurso que suplicarle no 
mo sonrojara en aquellos términos; pero mi súplica sólo 
servía de espuelas á su maldita verbosidad, y esto me 
añadía más vergüenza y más enojo. 

Para serenarme me decía:— No seas tonto, her- 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 35. 



f 



V v ■ -."- 



138 PENSADOR MEXICANO 

mano, si esto es chanza. Esta tarde nos iremos á pasear 
á Cuamatla; verás qué hacienda tan bonita. ¿Qué caballo 
quieres que te ensillen? ¿el almendrillo ó el grullo de tía? 
— Yo le contesté la primera vez que me lo dijo: — Amigo, 
yo te agradezco tu cariño; pero excúsate de que me 
ensillen ningún caballo, porque yo no pienso volver á 
montar en mi vida grullos ni grullas, ni pararme delante 
de una vaca, cuanto menos delante de los toros ó bece- 
rros. — Anda, hombre, decía él, no seas tan cobarde; 
no es jinete el que no cae, y el buen toreador muere en 
las astas del toro. — Pues muere tú norabuena, le res- 
pondía yo, y cae cuantas veces quisieres, que yo no he 
reñido con mi vida. ¿Qué necesidad tengo de volver á mi 
casa con una costilla menos ó una pierna rota? No, Juan 
Largo, yo no he nacido para caporal ni vaquero. — En 
dos palabras; yo no volví á montar á caballo en su 
compañía, ni á ver torear siquiera, y desde aquel día 
comencé á desconfiar un poco de mi amigo. ¡Feliz quien 
escarmienta en los primeros peligros! pero fnás «feliz el 
que escarmienta en los peligros ajenos,» como dijo un 
antiguo: Félix qucni faciunt aliona pcricala cautum. 
Esto se llama saber sacar fruto de las mismas adversi- 
dades. 

A los tres días de este suceso se acabaron las diver- 
siones, y cada huésped se fué para su casa. El malvado 
Januario había advertido que yo veía con cariño á su 



■ '■^--» n I- - ■ I II i'^ I i^rf '-11 I ijt ■'«"•' lí- 'f r'-'-fli ■ . _<¿iiSs^;<uuvlüj& 



■'*^'vrv*jrs>',í^'^^ rT-- ■ -■■í»; -^.- • ' ■ '"~'-'T«™5T;«r =^*W-'"' -'.T "«'■•-■■■ 



>-;^;--T:}Ní>;':vj- 



OBRAS ESCOGIDAS 139 

prima y que ella no se incomodaba por esto, y trató 
de pegarme otro chasco que estuvo peor que el del 
becerro. 

Un día que no estaba en casa don Martín, porque se 
había ido á otra hacienda inmediata, me dijo Januario: 
— Yo he notado que te gusta Ponciana y que ella te 
quiere á tí. Vamos, dime la verdad; ya sabes que soy tu 
amigo y que jamás me has reservado secreto. Ella es 
bonita; tú tienes buen gusto, y yo te lo pregunto, porque 
sé que puedo servir á tus deseos. La muchacha es mi 
prima y no me puedo yo casar con ella, y así me alegra- 
ra que disfrutara de su amor un amigo á quien yo 
quisiera tanto como á tí. — ¿Quién había de pensar que 
esta era la red que me tendía este maldito para burlarse 
de mí á costa de mi honor? Pues así fué, porque yo, tan 
fácil como siempre, lo creí, y le dije: — Que tu prima es 
de mérito, es evidente; que yo la quiero, no te lo puedo 
negar; pero tampoco puedo saber si ella me quiere ó no, 
pues no tengo por dónde saberlo. —¿Cómo no? dijo 
Januario, ¿pues qué, nunca le has dicho tu sentimiento? 
—Jamás la he hablado de eso, le respondí.— Y ¿por qué? 
instó él.— ¡Cómo por qué! le dije yo; porque le tengo 
vergüenza: dirá que soy un atrevido; lo avisará á su 
madre, ó me echará noramala. A más de eso, tu tía es 
muy celosa; jamás nos da lugar de hablar, ni la deja sola 
un momento; ¿conque cómo quieres que yo tenga lugar 



140 PENSADOR íMEXICANO 

para tratar con esa niña unas conversaciones de esta 
clase? — Rióse Januario grandemente, burlóse de mi 
temor y recato, y me dijo: — Eres un pazguato; no te 
juzgaba yo tan zonzo y para nada: ¡miren qué dificulta- 
des tan grandes tienes que vencer! Quita allá, collón. 
Todas las mujeres se pagan de que las quieran, y aun- 
que no correspondan, agradecen el que se lo digan. 
Ahora, ¿no has oído decir que al que no habla nadie le 
oye? Pues habla, salvaje, y verás cómo alcanzas. Si 
temes á la vieja de mi tía, yo te haré juego; yo te pro- 
porcionaré que le hables á solas, espacio y á tu satisfac- 
ción. ¿Qué dices? ¿quieres? habla: verás que yo solo soy 
tu verdadero amigo. 

Con semejantes consejos, viendo que la ocasión me 
brindaba con lo mismo que yo apetecía, no tardé mucho 
en admitir su obsequiosa oferta, y le di más agradeci- 
mientos que si me hubiera hecho un verdadero favor. 

El bribón se apartó de mí por un corto rato, al cabo 
del cual volvió muy contento y me dijo: — Todo está 
hecho. He dado un vomitorio á Poncianita, y me ha 
desembuchado todo; ha cantado redondamente y me 
ha confesado que te quiere bien. Yo le dije que tú 
mueres por ella y que deseas hablarla á solas. Ella 
quisiera lo mismo; pero me puso el embarazo de su 
madre que la trae todo el día como un llavero. La di- 
ficultad al parecer es grande; mas yo he discurrido el 



. au^£.jiLdv 



.,-J 



^.-í^-T* ::7.::. '-■>'■■■' >:v I'" :/-;.■;;■ .^;;V: '■ ; ■ ' 'W^ní!^' ' vr7f»:SS!q>;?T-: 



OBRAS ESCOGIDAS 141 

arbitrio mejor para que ustedes logren sus deseos sin 
zozobra, y es éste: el tío no ha de venir hasta mañana; 
ya tú sabes la recámara donde ella duerme con su 
madre; ya sabes que su cama está á la derecha luego 
que se entra; y así esta misma noche puedes entre las 
once y doce ir á hablarla todo cuanto quieras, en la 
inteligencia de que la vieja á esa hora está en lo más 
pesado de sú sueño. Poncianita está corriente; sólo me 
encargó que entraras con cuidado y sin hacer ruido, y 
que si no está despierta, le toques la almohada, que 
ella tiene un sueño muy ligero. Conque mire usted, 
señor Periquillo, y qué pronto se han vencido todas las 
dificultades que te acobardan; y así no hay que ser 
zonzo; logra la ocasión antes que se pase, ya yo hice 
por tí cuanto he podido. 

Repetí las gracias á mi grande amigo por sus 
buenos oficios, y me quedé haciendo mi composición de 
lugar, pensando qué le diría yo á esa niña (pues á la 
verdad mi malicia no se extendía á más que á hablar), 
y deseando que corrieran las horas para hacer mi visita 
de lechuza. 

Entretanto el traidor Juan Largo, que ni palabra 
había hablado á su prima acerca de mis amorcillos, fué 
á ver á su tía, y le dijo: que tuviera cuidado con su hija, 
porque yo era un completo zaragate; que él ya había 
notado que yo le hacía mil señas en la mesa, y que ella 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. I, A. — 36. 



142 PENSADOR MEXICANO 

me las correspondía; que algunas noches me había bus- 
cado en mi cama y no estaba yo en ella; y así que 
mudara á Poncianita á otra recámara con una criada, 
y que ella se acostara en la misma cama que su prima 
aquella noche y estuviera con cuidado á ver si él se 
engañaba. Todo le pareció muy bien á la señora; lo 
creyó como si lo viera; agradeció á Januario el celo 
que manifestaba por el honor de su casa; prometió 
tomar el consejo que le acababa de dar, y sin más 
averiguación , se encerró en un cuarto con la inocente 
muchacha y le dio una vuelta del demonio, según me 
contó á los dos meses una criada suya que se fué á aco- 
modar á mi casa, y oyó el chisme del picaro primo y 
advirtió el injusto castigo de Ponciana. 

Dos lecciones os da este suceso, hijos míos, de que 
os deberéis aprovechar en el discurso de vuestra vida. 
La primera es para no ser fáciles en descubrir vuestros 
secretos á cualquiera que se os venda por amigo; lo uno, 
porque puede no serlo, sino un traidor, como Januario, 
que trate de valerse de vuestra simplicidad para per- 
deros; y lo otro, porque, aun cuando sea un amigo, 
quizá llegará el caso de no serlo, y entonces, si es un 
vil como muchos, descubrirá vuestros defectos que le 
hayáis comunicado en secreto, para vengarse. En todo 
caso, mejor es no manifestar el secreto que aventurarlo: 
s¿ quieres que tu secreto esté oculto, decía Séneca, no 



■Aj a*^ « .,M- - - É Y I*-! ja 1^ .-^--iiT 



'" -^-^ -^-*- '■ * . -« ,aÁ¿-*ikJL¿- "fi 'ili'liri I iii-fi é'éi^é'''i !■ -|ll ■ ^^.'-AkÁl^Ar^. 



[.:, 



*>A-4 



OBRAS ESCOGIDAS 143 

lo digas á nadie; pues si íü mismo no lo callas, ¿cómo 
quieres que los demás lo tengan en silencio? 

La otra lección que os proporciona este pasaje es, 
que no os llevéis de las primeras ideas que os inspire 
cualquiera. El creer lo primero que nos cuentan sin 
examinar su posibilidad, ni si es veraz ó no el mensa- 
jero que nos trae la noticia, arguye una ligereza imper- 
donable, que debe graduarse de necedad, y necedad que 
puede ser y ha sido muchas veces causa de unos daños 
irreparables. Por un chisme del perverso Aman iban á 
perecer todos los judíos en poder del engañado Asnero; 
y por otro chisme y calumnia del maldito Juan Largo 
sufrió la niña su prima un castigo y un descrédito 
injusto. 

En el discurso de aquel día la señora me mostró 
bastante ceño ó mal modo; pero como muchacho, no 
presumí que yo era la causa de él, atribuyéndolo á 
alguna enfermedad ó indisposición con la familia sir- 
viente. Sí extrañé que la niña no asistió á la mesa; 
poro no pasó de echarla menos. 

Llegó la noche; cenamos, me acosté, y me quedé 
dormido sin acordarme de la consabida cita; cuando á 
las horas prevenidas, el perro de Januario, que se des- 
velaba por mi daño, viendo que yo roncaba alegremente, 
se levantó y fué á despertarme diciéndome: — Flojo, con- 
denado, ¿qué haces? anda, que son las once, y te estará 



' ■*.í».-¿.j«tU.^1S 



A'U^'L^'^'WkSi'' tCj^J.J'i'. tu^A V 



144 PENSADOR MEXICANO 

esperando Poncianita. — Era mi sueño mayor que mi 
malicia, y así más de fuerza que de gana me levanté 
en paños menores; descalzo y temblando de írío 'y de 
miedo me íuí para la recámara de mi amada, ignorante 
de la trama que me tenía urdida mi grande y generoso 
amigo. Entré muy quedito; me acerqué á la cama, 
donde yo pensaba que dormía la inocente niña; toqué 
la almohada, y cuando menos lo pensé, me plantó la 
vieja madre tan furioso zapatazo en la cara, que me hizo 
ver el sol á media noche. El susto de no saber quién me 
había dado, me decía que callara; pero el dolor del golpe 
me hizo dar un grito más recio que el mismo zapatazo. 
Entonces la buena vieja me afianzó de la camisa, y sen- 
tándome junto á sí me dijo: — Gállese usted, mocoso 
atrevido, ¿qué venía á buscar aquí? ya sé sus gracias. 
¿Así se honra á sus padres? ¿Así se pagan los favores 
que le hemos hecho? ¿Este es el modo de portarse un 
niño bien nacido y bien criado? ¿Qué deja usted para 
los payos ordinarios y sin educación? Picaro, indecente, 
osado, que se atreve á arrojarse á la cama de una niña 
doncella, hija de unos señores que lo han favorecido. 
Agradezca que por respeto de sus buenos padres, no 
hago que lo majen á palos mis criados; pero mañana 
vendrá mi marido, y en el día haré que se lleve á usted 
á México, que yo no quiero picaros en mi casa. 

Yo, lleno de temor y confusión, me le hinqué, lloré y 



^é,K .. .ta'wÍH¿¿'^iC^^> k- .^^ai--'. ■ c i \ .\ ^¿ . «M -. --'■■- -^ ■ '" ^' -*■ - "--- - *'-* • ' -'-'^*'- ^'-^-^- --*-»-:*r -^-J • * ■.--.■ ' .^.^.-'V. _^ • (^l<j,s^k 



* ■ ^^^ . 



-|¡h"^vi;«" . . ■■ ■, ♦■ * 



OBRAS ESCOGIDAS 



145 



supliqué tanto que no le avisara á don Martín, que al fin 
me lo prometió. Fuíme á mi cama, y observé que reía 
bastante el indigno Januario debajo de la sábana; pero 
no me di por entendido. 

Al día siguiente vino don Martín, y la señora pre- 
textando no sé qué diligencia precisa en la capital, hizo 
poner el coche, y sin volver á ver á la pobre muchacha, 
me condujeron á la casa de mis padres, sin darse la 
señora por entendida con su marido, según me lo pro- 
metió. 




PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A, — 37. 



Lv- *-. .^. « •..-;".:« r.^t:.jF> ,á.¿<^-:. v*..' a- .^''-jc ;.^r.; . •;' 



i 



i 



■._, ■■ ■ ,;.i.A.w>— ^-^0>-v-. :. ¡ :í:J.:t ':. . 



»f'^*t---*--^-^-^^" 



^í'^c^sr.'T^^sSsí*.":^ i- i-i'irir;^ 



■■?• i.r'. ->rv 




CAPITULO IX 



i. lega Periquillo á su casa y tiene una larga conversación con su padre sobre materia» 

curiosas é interesantes 



Llegamos á mi casa, donde fui muy bien recibido 
de mis padres, especialmente de mi madre, que no se 
hartaba de abrazarme, como si acabara de llegar de 
luengas tierras y de alguna expedición muy arriesgada. 



_ -'^-"■-^"^ ^^ 'ilili'á rifcii^r¿liÉhTI"i' '•"' i' 



-ÍUb'.. 



148 PENSADOR MEXICANO 

El señor don Martín estuvo en casa dos ó tres días 
mientras concluyó su negocio, al cabo de los cuales se 
retiró á su hacienda, dejándome muy contento porque 
se había quedado en silencio mi desorden. 

El señor mi padre un día me llamó á solas y me 
dijo: 

— Pedro, ya has entrado en la juventud sin saber 
en dónde dejaste la niñez, y mañana te hallarás en la 
virilidad ó en la edad consistente sin saber cómo se 
te acabó la juventud. Esto quiere decir, que hoy eres 
muchacho y mañana serás un hombre: tienes en tu 
padre quién te dirija, quién te aconseje y cuide de 
tu subsistencia; pero mañana, muerto yo, tú habrás 
de dirigirte y mantenerte á costa de tu sudor ó tus 
arbitrios, so pena de perecer, si no lo haces así; porque 
ya ves que yo soy un pobre y no tengo más herencia que 
dejarte que la buena educación que te he dado, aunque 
tú no la has aprovechado como yo quisiera. 

En virtud de esto, pensemos hoy lo que ha de ser 
mañana. Ya has estudiado gramática y filosofía, estás 
en disposición de continuar la carrera de las letras, ya 
sea estudiando teología ó cánones, ya leyes ó medicina. 
Las dos primeras facultades dan honor y aseguran la 
subsistencia á los que se dedican á ellas con talento y 
aplicación; mas es como preciso que sean eclesiásticos 
para que logren el fruto de su trabajo y sean útiles en. 



.í^. .M 'i i -riM-ü -| • "i tf Mrtá ¡"Stf^ H '- -fM' '■' 



',-^.r¥-i.*S5^:»>/5yí ,'; 



':?!^^v7'r--'^^V 



OBRAS ESCOGIDAS 



149 



SU carrera; pues un secular, por buen teólogo ó cano- 
nista que sea, ni podrá orar en un pulpito, ni resolver 
un caso de conciencia en un confesonario; y así es que 
estas facultades son estériles para los seculares, y sólo se 
pueden estudiar por ilustrarse, en caso de no necesitar 
los libros para comer. 

La medicina y la abogacía son facultades útiles para 
los seculares. Todas son buenas en sí y provechosas, 
como el que las profese sea bueno en ellas; esto es, como 
salga aprovechado en su estudio; y así sería una necedad 
muy torpe que el teólogo adocenado, el médico igno- 
rante, el leguleyo ó rábula acusaran á estas ciencias del 
poco crédito que ellos tienen ó les echaran la culpa de 
que nadie los ocupe; porque nadie los juzga útiles, ni 
quieren fiar su alma, su salud ni sus haberes en unas 
manos trémulas é insuficientes. 

Esto es decirte, hijo mío, que tienes cuatro caminos 
que te ofrecen la entrada á las ciencias más oportunas 
para subsistir en nuestra patria; pues aunque hay otras, 
no te las aconsejo, porque son estériles en este reino, y 
cuando te sirvan de ilustración, quizá no te aprovecha- 
rán como arbitrio. Tales son la física, la astronomía, la 
química, la botánica, etc., que son parte de la primera 
ciencia que te dije. 

Tampoco te persuado que te dediques á otros estu- 
dios que se llaman bellas letras, porque son más delei- 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 38. 



..- ' 'iVf i >Wt 1- VKÍm, vi. if -.tJñáíJállt'iAk^.af'. 



150 PENSADOR MEXICANO 

tables al entendimiento que útiles á la bolsa. Suponga- 
mos que eres un gran retórico y más elocuente que 
Demóstenes: ¿de qué te servirá si no puedes lucir tu 
oratoria en una cátedra ó en unos estrados? que es como 
decirte, si no eres sacerdote ó abogado. Supon también 
que te dedicas al estudio de las lenguas, ya vivas, ya 
muertas, y que sabes con primor el idioma griego, el 
hebreo, el francés, el inglés, el italiano y otros, esto solo 
no te proporcionará subsistir. 

Pero con más eficacia te apartara yo de la poesía, 
si la quisieras emprender como arbitrio; porque el trato 
con las musas es tan encantador como infructuoso. 
Comunmente cuando alguno está muy pobre dice que 
está haciendo cersos. Parece que estas voces poeta y 
pobre son sinónimas, ó que el tener la habilidad de 
poetizar es un anatema para perecer. Algunos fami- 
liares del Pindó han logrado labrar su fortuna por su 
numen; pero han sido pocos en realidad. Virgilio fué 
uno de ellos, que fué protegido de Augusto; pero no se 
hallan fácilmente Augustos ni Mecenas que patrocinen 
Virgilios; antes muchos otros que han tenido las dos cir- 
cunstancias que Horacio requiere para la poesía, que son 
numen y arte, han pedido limosna cuando se han atenido 
á esta habilidad, y otros más prudentes se han apartado 
de ella, mirándola como un comercio pernicioso á su 
mejor colocación; tal fué don Esteban Manuel Villegas, 



-*- " '- '^- -- ■ * - — ■" - — -•- — 



>■*••' .". 



% 



OBRAS ESCOGIDAS 151 

cuyas Eróticas tenemos. Por esto te aconsejo en esta 
parte con las mismas palabras de Bocangel: 

Si hicieras versos, haz pocos, 
Por más que te asista el genio, 
Que aunque te lo aplauda el gusto, 
Ha de reñirlo el talento. 

Que es como decirte: aunque tengas gusto de hacer 
versos, aunque éstos sean buenos y te los celebren, haz 
pocos, no te embeleses ni te distraigas en este ejercicio, 
de suerte que no hagas otra cosa, porque entonces si no 
eres rico, ha de reñirlo el talento, pues la bolsa lo ha de 
sentir, y la moneda andará reñida contigo como con casi 
todos los poetas. El padre del gran Ovidio le decía que 
no se dedicara á las Musas, poniéndole por causal la 
pobreza que se podía esperar de ellas, pues le acordaba 
que Homero, siendo tan celebrado poeta, murió pobre. 
X lillas reliquit opes. 

No es esto decirte que son inútiles la poesía y las 
demás ciencias que te he dicho; antes muchas de ellas 
son no sólo útiles, sino necesarias á ciertos profesores. 
Por ejemplo, la dialéctica, la retórica y la historia ecle- 
siástica son necesarísimas al teólogo; la química, bota-, 
nica y toda la física es también precisa para el médico; la 
lógica, la oratoria y la erudición en la historia profana 
son también, no sólo adornos, sino báculos forzosos para 
el que quiera ser buen abogado. Últimamente, el estudio 



■^ >. V.4: .--.tÁL^-ix. ¿i^'¿- . ii4:¿t>. L.V. ,;- 



152 PENSADOR MEXICANO 

de las lenguas ministra á los literatos una exquisita y 
copiosa erudición en sus respectivas facultades, que no 
se logra sino bebiéndose en las fuentes originales, y la 
dulce poesía les sirve como de saínete ó refrigerio que les 
endulza y alegra el espíritu fatigado con la prolija aten- 
ción con que se dedican á los asuntos serios y fastidio- 
sos; pero estos estudios considerados con separación de 
las principales facultades (si se deben separar), sólo 
serán un mero adorno, podrán dar de comer alguna vez, 
pero no siempre, á lo menos en América, donde faltan 
proporción, estímulos y premios para dedicarse á las 
ciencias. 

Conque de todo esto sacamos en conclusión, que un 
pobre como tú que sigue la carrera de las letras para 
tener con qué subsistir, so ve en necesidad de ser ó 
sacerdote teólogo ó canonista; ó siendo secular, médico ó 
abogado; y así, ya puedes elegir el género de estudio que 
te agrade, advirtiendo antes, que en el acierto de la 
elección consistirá la buena fortuna que te hará feliz en 
el discurso de tu vida. 

Yo no exijo de tí una resolución violenta ni despre- 
meditada. No, hijo mío, ésta no es puñalada de cobarde. 
Ocho días te doy de plazo para que lo pienses bien. 
Si tienes algunos amigos sabios y virtuosos, comu- 
nícales las dudas que te ocurran, aconséjate con ellos, 
aprovéchate de sus lecciones, y sobre todo, cónsul- 



tfjtr 1^*^110^ JÍF«r.li^ \:'J -^ . . i. . -1. .^..'n . ■'.— X-^^A^^i^^^^^-t.^Á^ M.'Bi^lbiI.ir >^¿. Mllíl/tt^^ V'^^-.'-t. ' 



-_- «•■^V ,?■•>■. " ••■^ "■ ■-, ..■•■_-•■• .■"..;■ >^-r •'•■_-. '-T^H"":í^.-'V.. 



OBRAS ESCOGIDAS 153 

tate á tí mismo; examina tu talento é inclinación, y 
después que hagas estas diligencias, resolverás con pru- 
dencia la carrera literaria que pienses abrazar. En inteli- 
gencia, que si de tus consultas y examen deduces que 
-no serás buen letrado, ni sacerdote, ni secular, no te 
apures ni te avergüences de decírmelo, que por la gracia 
de Dios, yo no soy un padre ridículo, que he de incomo- 
darme porque me participes el desengaño que saques por 
fruto de tus reñexiones. No, Pedro mío; dime, dime con 
toda franqueza tu nuevo modo de pensar; yo te puse el 
arte de Nebrija en la mano, por contemporizar con tu 
madre; mas ahora que ya eres grande, quiero contempo- 
rizar contigo, porque tú eres el héroe de esta escena; tú 
eres el más interesado en tu logro, y así tu inclinación y 
tu aptitud para esto ó para aquello se debe consultar, 
y no la de tu madre ni la mía. 

No soy yo de los padres que quieren que sus hijos 
sean clérigos, frailes, doctores ó licenciados, aun cuando 
son ineptos para ello ó les repugna tal profesión. No; yo 
bien sé que lo que importa es que los hijos no se queden 
flojos y haraganes, que se dediquen á ser útiles á sí y al 
Estado, sin sobrecargar la sociedad contándose entre los 
vagos, y que esto, no solamente las ciencias lo facilitan, 
también hay artes liberales y ejercicios mecánicos con 
que adquirir el pan honradamente. 

Y así, hijo mío, si no te agradan las letras, si te 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 39, 



\ 






154 PENSADOR MEXICANO 

parece muy escabroso el camino para llegar á ellas, ó si 
penetras que por más que te apliques has de avanzar 
muy poco, viniendo á serte infructuoso el trabajo que 
impondas en instruirte, no te aflijas, te repito. En ese 
caso tiende la vista por la pintura, ó por la música, ó 
bien por el oficio que te acomode. Sobran en el mundo 
sastres, plateros, tejedores, herreros, carpinteros, bati- 
hojas, carroceros, canteros y aun zurradores y zapateros 
que se mantienen con el trabajo de sus manos. Dime, 
pues, qué cosa quieres ser, á qué oficio tienes inclina- 
ción y en qué giro te parece que lograrás una honrada 
subsistencia; y créeme que con mucho gusto haré 
porque lo aprendas y te fomentaré mientras Dios me 
diere vida; entendido que no hay oficio vil en las manos 
de un hombre de bien, ni arte más ruin, oficio ú ejerci- 
cio más abominable que no tener arte, oficio ni ejercicio 
alguno en el mundo. Sí, Pedro; el ser ocioso é inútil es 
el peor destino que puede tener el hombre; porque la 
necesidad de subsistir y el no saber cómo ni de qué, lo 
ponen como con la mano en la puerta de los vicios más 
vergonzosos, y por eso vemos tantos drogueros, tantos 
rufianes de sus mismas hijas y mujeres, y tantos ladro- 
nes, y por esta causa también se han visto y se ven tan 
pobladas las cárceles, los presidios, las galeras y las 
horcas. 

Así, pues, hijo mío, consulta tu genio é inclinación 



*^-^-'-'^-^-^'"^'— -^ - - T '1 lililí . ■ - .. .' ■■ -'-^ .; .; .,>■ . .'(■. ... - ■',.!... i. i¿ ■ ¿.>¿^',.^^../^j¿-."-;..-j ■■_ —h. .. : i' ■ '," i .^.v •--¿Li.: 



•í- l^'y^l! 



OBRAS ESCOGIDAS 155 

con espacio, para abrazar éste ó el otro modo con que 
juzgues prudentemente que subsistirás los días que el 
cielo te conceda, sin hacerte odioso ni gravoso á los 
demás hombres, tus hermanos, á quienes debes ser bené- 
fico en cuanto puedas, que esto exige la legítima socie- 
dad en que vivimos. 

Pero también debes advertir, que aunque tú has de 
ser el juez que te examine, por la misma razón has 
de ser muy recto sin dejarte gobernar por la lisonja, 
pues entonces perderás el tiempo. Tus especulaciones 
serán vanas, y te engañarás á tí mismo si no pruebas tu 
capacidad y analizas tu genio como si fuera el de un 
extraño, y sin hacerte el más mínimo favor. El gran 
Horacio aconseja en su Arfe Poética á los escritores, que 
para escribir elijan aquella materia que sea más confor- 
me á sus fuerzas, ¡j vean el peso que puedan tolerar sus 
Jiombros, y el que resistan. 

Pues es cierto que si las fuerzas exceden á la carga, 
ésta se sobrellevará; mas si la carga es mayor que las 
fuerzas, rendirá al hombre, quien vergonzosamente 
caerá bajo su peso. 

Es una verdad que se introduce sin violencia dentro 
de nuestros corazones, que no todos lo podemos'^ todo; 
pero la lástima es que, aunque conocemos su evidencia, 
la conocemos respecto de los demás, mas no respecto de 
nosotros mismos. Cuando alguno emprende hacer esto ó 



í&!lUi.-«v.í ;_-••••<.■ -¡Vi i-a!n'i-.i.i.<'L-Zii»j.-— • .A V- „ 



156 PENSADOR MEXICANO 

aquello y le sale mal, luego decimos: ¡Oh I pues si se 
mete á lo que no entiende, ¿no es preciso que yerre? 
Pero cuando nosotros emprendemos, creemos que somos 
capaces de salimos con la nuestra; ¿y si erramos? ¡Ohl 
entonces nos sobran mil disculpas á nuestro favor para 
cubrirnos de las notas de imperitos ó atolondrados. 

Por esto no me cansaré de repetirte, hijo mío, que 
antes de abrazar esta ó la otra facultad literaria, esta 
ó aquella profesión mecánica, etc., lo pienses bien; veas 
si eres ó no á propósito para ello; pues aun cuando te 
sobre inclinación, si te falta talento errarás lo que em- 
prendas sin ambas cosas, y te expondrás á ser objeto de 
la más severa crítica. 

Cicerón fué el depósito de la elocuencia romana; 
tenía inclinación á la poesía, pero no aquel talento 
propio para ella que llaman estro, lo que fué causa 
de que cometiese una ridicula cacofonía, ó mal sonido 
de palabras en aquel verso que censuró con otros 
Quintiliano: 

o fortunatam natatn me consule Romam. 

Y Juvenal dijo, que si las Filípicas con que irritó el 
ánimo de Antonio las hubiera dicho con tan mala poesía, 
nunca hubiera muerto degollado. 

El célebre Cervantes fué un grande ingenio, pero 
desgraciado poeta; sus escritos en prosa le granjearon 



,. ^ ■ . ^ -.i.^..- .. _.-».r¿--."-;f..j.fc.l.^^jj«.'^.-. . j •. t yt'.. 






OBRAS ESCOGIDAS 157 

una lama inmortal (aunque en esto de pesetas, murió 
pidiendo limosna; al fin fué de nuestros escritores); pero 
de sus versos, especialmente de sus comedias, no hay 
quién se acuerde. Su grande obra del Quijote no le sirvió 
de parco para que no lo acribillaran por mal poeta; á lo 
menos Villegas en su séptima elegía dice, hablando con 
su amigo: 

Irás del Helicón á la conquista 
Mejor que el mal poeta de Cervantes, 
Donde no le valdrá ser quijotista. 

Este par de ejemplitos te asegurará de las verdades 
que te he dicho. Conque, anda, hijo, piénsalas bien, y 
resuelve qué es lo que has de ser en el mundo; porque 
el fin es que no te quedes vago y sin arbitrio. 

Fuese mi padre, y yo me quedé como tonto en víspe- 
ras, porque no percibía entonces toda la solidez de su 
doctrina. Sin embargo, conocí bien que su merced quería 
que yo eligiera un oficio ó profesión que me diera de 
comer toda la vida; mas no me aproveché de este cono- 
cimiento. 

En los siete días de los ocho concedidos de plazo 
para que resolviera, no me acordé sino de visitar á los 
amigos y pasear, como lo tenía de costumbre, apadri- 
nado del consentimiento de mi candida madre; pero en el 
octavo me dio mi padre un recordoncito, diciéndome: 
^Pedrillo; ¿ya sabrás bien lo que has de decir esta noche 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 40. 



' Ñ- .\^-^^-<--\K: 



158 PENSADOR MEXICANO 

acerca de lo que te pregunté hoy hace ocho díasV — 
Al momento me acordé de la cita, y fui á buscar un 
amigo con quien consultar mi negocio. 

En efecto, lo hallé; pero ¡qué amigo 1 como todos los 
que yo tenía, y los que regularmente tienen los mucha- 
chos desbaratados, como yo era entonces. Llamábase 
este amigo Martín Pelayo, y era un bicho punto menos 
maleta que Juan Largo. Su edad sería de diez y nueve á 
veinte años; jiigadorcillo más que Briján; enamorado 
más que Cupido; más bailador que Batilo; más tonto que 
yo, y más zángano que el mayor de la mejor colmena. 
A pesar de estas nulidades, estaba estudiando para 
padre, según decía, con tanta vocación en aquel tiempo 
para ser sacerdote como la que yo tenía para verdugo; 
sin embargo, ya estaba tonsurado y vestía los hábitos 
clericales, porque sus padres lo habían encajado al estado 
eclesiástico á fuerza, lo mismo que se encaja un clavo en 
la pared á martillazos, y esto lo hicieron por no perder el 
rédito de un par de capellanías gruesas que había here- 
dado. ¡Qué mal estoy y estaré toda mi vida con los ma- 
yorazgos y las capellanías heredadas I 

Pero de cualquier modo, este fué el eximio doctor, 
el hombre provecto y el sabio virtuoso que yo elegí para 
consultar mi negocio, y ya ustedes verán qué bien cum- 
pliría con las buenas intenciones de mi padre. Así salió 
ello. 



. m. . 1, Jd , l.k ' ll ,».»»» ,.ñ'.. ._, -1 1-1. r. J í - f^''..L.r^>, • --r-' 1 ríiPtt': »'i*' ,»?1 ,, 



■i^v-^^ ■ ■-. ■ ■ '■■ .■ r^-f- -: 



OBRAS ESCOGIDAS 159 

Luego que yo le informé de mis dudas y le dije algo 
de lo que mi padre me predicó, se echó á reir y me dijo: 

— Eso no se pregunta. Estudia para clérigo como 
yo, que es la mejor carrera, y cierra los ojos. Mira, un 
clérigo es bien visto en todas partes; todos lo veneran y 
respetan aunque sea un tonto, y le disimulan sus defec- 
tos; nadie se atreve á motejarlos ni contradecirlos en 
nada; tiene lugar en el mejor baile, en el mejor juego, 
y hasta en los estrados de las señoras no parece despre- 
ciable, y por último, jamás le falta un peso, aunque sea 
de una misa mal dicha en una carrera. Conque así estu- 
dia para clérigo y no seas bobo. Mira tú; el otro día en 
cierta casa de juego se me antojó no perder un albur, 
á pesar de que vino el as contrario delante de mi carta, y 
me afiancé con la apuesta, esto es, con el dinero mío y 
con el ajeno. El dueño reclamaba y porfiaba con razón 
que era suyo; pero yo grité, me encolericé, juré, me cogí 
el dinero y me salí á la calle, sin que hubiera uno que 
me dijeia esta boca es mía, porque el que menos me juz- 
gaba diácono; y ya tú ves que si este lance me hubiera 
sucedido siendo médico ó abogado secular, ó me salgo 
sin blanca ó se arma una campaña de que tal vez no 
hubiera sacado las costillas en su lugar. Conque otra 
vez te digo, que estudies para clérigo y no pienses en 
otra cosa. 

Yo le respondí: — Todo eso me gusta y me convence 



, Jr-.fjir :^.- -i-'^rl M •*.-, r.„ 



ÍíéL¿,1ví»-i^^"; ¿i"'- • ■ "' ■'.^-vtüfcik JL 



100 PENSADOR MEXICANO 

demasiado; pero mi padre me ha dicho que es preciso 
que estudie teología, cánones, leyes ó medicina; y yo, la 
verdad, no me juzgo con talentos suficientes para eso. — 
No seas majadero, me respondió Pelayo. No es menes- 
ter tanto estudio ni tanto trabajo para ser clérigo; ¿tienes 
capellanía? — No tengo, le respondí. — Pues no le hace, 
prosiguió él: ordénate á título de idioma; ello es malo, 
porque los pobres vicarios son unos criados de los curas, 
y tales hay que les hacen hasta la cama; pero esto es 
poco, respecto á las ventajas que se logran; y por lo que 
toca á lo que dice tu padre de que es necesario que estu- 
dies teología ó cánones para ser clérigo, no lo creas. 
Con que estudies unas cuantas definiciones del Ferrer 
ó de Lárraga, te sobra; y si estudiares algo de Cliquet, 
ó del curso Salmaticense, ¡oh! entonces ya serás un teó- 
logo moralista consumado, y serás un Séneca para el 
confesonario, y un Cicerón para el pulpito, pues podrás 
resolver los casos de conciencia más arduos que hayan 
ocurrido y puedan ocurrir, y predicarás con más séquito 
que los Masillones y Burdalúes, que fueron unos grandes 
oradores, según me dice mi catedrático, que yo no los 
conozco ni por el forro. 

— Pero, hombre, la verdad, le dije; yo creo que no 
soy bueno para sacerdote, porque me gustan mucho las 
mujeres, y según eso, pienso que soy mejor para casado. 
— Perico, ¡qué tonto eresl me contestó Pelayo. ¿No ves 



., ■■■. ■-■■,,„>ju^: l:^%^-...^^ «.w.-:;.í.¿.ví.,¿.l:. 



OBRAS ESCOGIDAS 161 

que esas son tentaciones del demonio para apartarte de 
un estado tan santo? ¿Tú crees que sólo siendo eclesiás- 
tico podrás pecar por este rumbo? No, amigo; también 
los seculares y aun los casados pecan por el mismo. 
A más de que ¿qué cosa?... pero no quiero abrirte los 
ojos en esta materia. Ordénate, hombre, ordénate, y 
quítate de ruidos, que después tú me darás las gracias 
por el buen consejo. 

Despedíme de mi amigo, y me fui para casa, 
resuelto á ser clérigo, topara en lo que topara; porque 
me hallaba muy bien con la lisonjera pintura que me 
había hecho Martín del estado. 

Llegó la noche, y mi buen padre, que no se des- 
cuidaba en mi provecho, me llamó á su gabinete y me 
dijo: 

— Hoy se cumple el plazo, hijo mío, que te di para 
que consultaras y resolvieras sobre la carrera de las 
ciencias ó de las artes que te acomode, para dedicarte 
á ellas desde luego; porque no quiero que estés per- 
diendo tanto tiempo. Dime, pues, ¿qué has pensado y 
qué has resuelto? — Yo, señor, le respondí, he pensado 
ser clérigo. — Muy bien me parece, me dijo mi padre; 
pero no tienes capellanía, y en este caso es menester 
que estudies algún idioma de los indios, como mexicano, 
otomí, tarasco, matzagua ú otro, para que te destines de 
vicario y administres á aquellos pobres los santos sacra- 

PERIQÜILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 41, 



.' -^h* ^JKíáuJPJ»' 



'¿¿¿•Mk' 



162 PENSADOR MEXICANO 

mentos en los pueblos. ¿Estás entendido en esto? — Sí, 
señor, le respondí, porque me costaba poco trabajo decir 
que sí; no porque sabía yo cuáles eran las obligaciones 
de un vicario. 

— Pues ahora es menester que también sepas, 
añadió mi padre, que debes ir sin réplica á donde te 
mandare tu prelado, aunque sea al peor pueblo de tierra 
caliente, aunque no te guste ó sea perjudicial á tu salud; 
pues mientras más trabajos pases en la carrera de vica- 
rio, tantos mayores méritos contraerás para ser cura 
algún día. 

En los pueblos que te digo, hay mucho calor y poca 
ó ninguna sociedad, si no es con indios mazorrales. Allí 
tendrás que sulrir á caballo y á todas horas en las confe- 
siones, soles ardientes, Fuertes aguaceros y continuas 
desveladas ó vigilias. Batallarás sin cesar con los ala- 
cranes, turicatas, tlalages, pinolillo, garrapatas, gege- 
nes, zancudos v otros insectos venenosos de esta clase, 
que te beberán la sangre en poco tiempo. Será un 
milagro que no pases tu trinquetada de tercianas, que 
llaman fríos, á los que sigue después ordinariamente 
una tiricia consumidora; y en medio de estos trabajos, 
si encuentras con un cura tétrico, necio y regañón, 
tendrás un vasto campo donde ejercitar la paciencia; y 
si topas con un flojo y regalón, cargará sobre tí todo 
el trabajo, siendo para él lo pingüe de los emolumentos. 



^j.. .^l^i¿w¿..^^tf-j-..K.. yjLl - 



OBRAS ESCOGIDAS 163 

Conque esto es ser sacerdote y ordenarse á título de 
idioma ó administración. ¿Te gusta? — Sí, señor, le res- 
pondí de cumplimiento, pues á ]a verdad no dejó de 
resfriar mi ánimo el detalkque me había hecho de los 
trabajos y mala vida que suelen pasar los vicarios. Pero 
yo decía entre mí: — ¿Qué, luego ha de dar en un ojo? 
¿Luego he de ir á tener á tierra caliente, á un pueblo 
ruin? ¿luego ha de haber alacranes, moscos ni esos 
otros salvajes que me dice mi padre? ¿Luego me han 
de dar los fríos, ó los curas á quienes sirva han de ser 
todos flojos y regañones? Quizá no será así, sino que 
hallaré un buen pueblo y cura, y entonces paseare bien, 
tendré dinero, y dentro de un par de años lograré un 
curato riquillo, y descansando yo en mis vicarios, ya 
me podré tender boca arriba y raparme una videta de 
ángeles. 

Estas cuentas estuve yo haciendo á mis solas, 
mientras mi padre fué á la puerta para enviar una 
criada á traer tabaco. Volvió su merced, se sentó v 
continuó su conversación de este modo: 

— Conque, Pedrillo, supuesta la resolución que 
tienes de ordenarte, ¿qué quieres estudiar? ¿cánones ó 
teología? — Yo me sorprendí, porque cuanto me agra- 
daba tener dinero rascándome la barriga hecho un flojo, 
tanto así me repugnaba el estudio y todo género de 
trabajo. 



M-íí, ífc-'fciÉ.rfi.'iL, í- '-. *ta*V ". i .*.■.'•■- ^i-'ú" - i*'i^_J.''^ iífcii..^-. 



164 PENSADOR MEXICANO 

Quédeme callado un corto rato, y mi padre, advir- 
tiendo mi turbación, me dijo: — Cuando resolviste dedi- 
carte á la Iglesia , ya preveniste la clase de estudios que 
habías de abrazar, y así no debes detener la respuesta. 
¿Que, pues, estudias? ^cánones ó teología? — Yo muy 
fruncido le respondí: — Señor, la verdad; ninguna de 
esas dos facultades me gusta, porque yo creo que no 
las he de poder aprender, porque son muy difíciles. Lo 
que quiero estudiar es moral, pues me dicen que para 
ser vicario, ó cuando más un triste cura, con eso sobra. 

Levantóse mi padre al oir esto, algo amohinado, y 
paseándose en la sala decía: — ¡Vea usted! estas opinio- 
nes erróneas son las que pervierten á los muchachos. 
Así pierden el amor á las ciencias; así se extravían y 
se abandonan; así se empapan en unas ideas las más 
mezquinas y abrazan la carrera eclesiástica, porque les 
parece la más fácil de aprender, la más socorrida y la 
que necesita menos ciencia. De facto, estudian cuatro 

i 

definiciones y cuatro casos los más comunes del moral, 
se encajan á un sínodo, y si en él aciertan por casuali- 
dad, se hacen presbíteros en un instante y aumentan el 
número de los idiotas con descrédito de todo Estado. — 
Y encarándose á mí, me dijo: — En efecto, hijo, yo co- 
nozco varios vicarios imbuidos en la detestable máxima 
que te han inspirado de que no es menester saber mucho 
para ser sacerdote, y he visto, por desgracia, que algu- 



jci MliiiÉUji^^iii-iMini I II- ••fiíÉ"*'^--^'-^'- ■ ■ ■ *■" iiitiiY iir M-iiitMi-^"--'-'-^'-^-^' .\-.^x^..f.^<:.i..-- ift,M?iii'áatñS\ ii' ■-•■ f-¿T«»¿:^a:..Lnv. 



■.- .-^¿-V" '? - * 



•Í^ÍC- 



i-.;T 'ir,; - 



OBRAS ESCOGIDAS 



165 



nos han soltado el acocote para tomar el cáliz, ó se han 
desnudado la pechera de arrieros para vestirse la casulla, 
se han echado con las petacas y se han metido á lo que 
no eran llamados; pero no creas tú, Pedro, que una 
mal mascada gramática y un mal digerido moral bastan , 
como piensas, para ser buenos sacerdotes y ejercer dig- 
namente el terrible cargo de cura de almas. 

Muy bien sé que hubo tiempos en que (como nos 
refiere el abate Andrés en su historia de la literatura) 
decayeron las ciencias en la Europa, en tanto grado, que 
el que sabía leer y escribir tenía cuanto necesitaba para 
ser sacerdote, y si por fortuna sabía algo del canto llano, 
entonces pasaba plaza de doctor; pero ¿quién duda que 
la santa Iglesia no se afligiría por esta tan general igno- 
rancia, y que condescendería con la ineptitud de estos 
ministros, por la oscuridad del siglo, por la inopia de 
sujetos idóneos y porque el pueblo no careciera del 
pasto espiritual; y así, á trueque de que sus hijos no 
perecieran de hambre, teniendo por la gracia de Jesu- 
cristo, el pan tan abundante, tenía que fiar con dolor su 
repartimiento á unas manos groseras y que encomen- 
dar, á más no poder, la administración de la viña del 
Señor á unos operarios imperitos? 

Pero así como en aquel tiempo hubiera sido un 
error grosero decir que sobra con saber leer para 
hacerse alguno digno de los sagrados órdenes, por más 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 42. 



'J!..V-S-Jti.:t^. 'ri¿!Úv«Jsv~rí^^-.'^ .ÍÍ:^¿!á2£i'j 



1G6 PENSADOR MEXICANO 

que así sucediera, de la misma manera lo es hoy asegu- 
rar que para obtener tan alta dignidad sobra con una 
poca de gramática y otro poco de moral, por más 
que muchos no tengan más ciencias cuando se ordenan; 
pues tenemos evidentes testimonios de que la Iglesia lo 
tolera, mas no lo quiere. 

Todo lo contrario; siempre ha deseado que los 
ministros del altar estén plenamente dotados de ciencia 
y virtud. El sagrado Concilio de Trento manda: «que 
los ordenados sepan la lengua latina; que estén ins- 
truidos en las letras; desea que crezca en ellos con la 
edad el mérito y la mayor instrucción; manda que sean 
idóneos para administrar los sacramentos y enseñar al 
pueblo, y por último, manda establecer los seminarios, 
donde siempre haya un número de jóvenes que se ins- 
truyan en la disciplina eclesiástica, los que quiere que 
aprendan gramática, canto, cómputo eclesiástico y otras 
facultades útiles y honestas; que tomen de memoria la 
Sagrada Escritura, los libros eclesiásticos, homilías de 
los santos y las fórmulas de administrar los sacramen- 
tos, en especial lo que conduce á oir las confesiones, y 
las de los demás ritos y ceremonias. De suerte, que 
estos colegios sean unos perennes planteles de ministros 
de Dios.» Ses. 23, cap. xi, xiii, xiv y xviii. 

Conque ya ves, hijo mío, cómo la santa Iglesia 
quiere, y siempre ha querido, que sus ministros estén 



.. ■u.^-',.n. .-^w u-i - ^..^ J»--i...-i,tf.y.vt .',, 



-■^ -.V- 



OBRAS ESCOGIDAS 167 

dotados de la mayor sabiduría, y justamente; porque ¿tú 
sabes qué cosa es y debe ser un sacerdote? Seguramente 
que no. Pues oye: un sacerdote es un sabio de la ley, 
un doctor de la le, la sal de la tierra y la luz del mundo. 
Mira ahora si desempeñará estos títulos, ó los merecerá 
siquiera el que se contenta con saber gramática y la 
moral á medias, y mira si para obtener dignamente 
una dignidad que pide tanta ciencia, bastará ó sobrará 
con tan poco, y esto suponiendo que se sepa bien. ¿Qué 
será ordenándose con una gramática mal mascada y una 
moral mal aprendida? 

Por otra parte, cuando vemos tantos sacerdotes 
sabios y virtuosos que, ya viejos, enfermos y cansados, 
con las cabezas trémulas y blancas, en l'uerza de la edad 
y del estudio, aún no dejan los libros de las manos; aún 
no comprenden bastante los arcanos de la teología; aún 
se oscurecen á su penetración muchos lugares de la 
Sagrada Biblia; aún se confiesan siempre discípulos de 
los Santos Padres y Doctores de la Iglesia, y se cono- 
cen indignos del sagrado carácter que los condecora, 
¿qué juicio haremos de la alta dignidad del sacerdocio? 
¿Y cómo no nos convenceremos del gran fondo de santi- 
dad y sabiduría que requiere un estado tan sublime en 
ios que sean sus individuos? 

Y si después de estas serias consideraciones, tende- 
mos la vista por el oriente opuesto, y vemos cuan tran- 



rA.-^**. ^ ■V'-: .'T- i .''-r£.-^\-s.lkJr^Á^'^^L'l^iiJ¿L:^^ 



168 PENSADOR MEXICANO 

quilos y satisfechos se introducen al Sancia Sanctoruin 
muchos jovencitos con cuatro manotadas que le han 
dado a Nebrija y otras tantas al Padre Lárraga. Si vemos 
que algunos, apenas se ordenan de presbíteros, cuando 
se despiden, no sólo de estos dos pobres libros, sino 
quizá, y sin quizá, hasta del breviario. Y por último, si 
damos un paso fuera de la capital, y ciudades donde 
residen los diocesanos y cabildos, y vemos por esos 
pueblos de Dios lances de ignorancia escandalosos y aun 
increíbles, ^ y si escuchamos en esos pulpitos sande- 
ces y majaderías que no están escritas, ¿qué juicios nos 
hemos de formar de estos ministros? ¿Cuál de su virtud? 
¿Y cuál de lo recto de la administración espiritual de los 
infelices pueblos encargados á su custodia? ¡Ohl que 
para referir los daños de que son causa, sería preciso 
decir lo que Eneas á Dido al contarle las desgracias de 
Troya. ¿Quién reprimirá las lágrimas al referir tales 
cosas? 

* Tal es el (jue sigue. Reconcilióse en un lugar de España el eximio doctor Suárez 
para celebrar, y el miserable vicario que lo oyó de penitencia era tan ignorante, que no 
sabia la forma de la absolución. Fué necesario que el mismo penitente se la fuera apun- 
tando así como se hace con el que ha de recitar una relación que no sabe; pero por fin, 
con este auxilio, absolvió nuestro vicario al dicho sacerdote, quien luego que acabó su 
misa, fué á ver al cura lleno de escándalo, y con razón, y le dio parte de lo que le habla 
acontecido; pero ¿cuál sería la sorpresa de este teólogo cuando oyó al cura que muy 
mesurado le dijo; — Padre, ese vicario es muy tonto; ya yo le tengo dicho varias veces 
que no se meta en absolver, sino que oiga las confesiones y me remita á los penitentes, 
que yo los absolveré^ 

Conozco que este caso se hará increíble; pero se hará tal á los que no hayan salido 
de México ó de otras ciudades, pues los que hemos andado por los pueblecillos distantes 
de las mitras, lo creemos como si lo hubiéramos visto, porque hemos presenciado otros 
más lastimosos en su línea, y yo pudiera citar algunos sí no fueran tan modernos. 



iit'aii'a'Éii'ifc'll'»! 'I "> I •■rfiiia«'t i l¡ III» iii*--J'~^--< -- J-..«~.jiKt .y-j 



;.-*r :»■? ■ 



OBRAS ESCOGIDAS 



169 



Aquí sacó mi padre su relox y me dijo: — Ha sido 
larga la conferencia de esta noche; mas aún no te he 
dicho todo cuanto necesitas sobre un asunto tan intere- 
sante; sin embargo, lo dejaremos pendiente para maña- 
na, porque ya son las diez, y tu madre nos espera para 
cenar. Vamonos. 




PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I. A. — 43. 



7-B^'.^' *•'- -^ -J'^..f>j *-- ii** l'^^l-É-.-Jf ír^miíA^ 



r 



\ 



■kr^^'« . ,.41«. I. 



"' - -'■:■ '•■ -qjiíV^'-- 




CAPITULO X 



Concluye el padre de Periquillo su ¡nsirucción 

Resuelve éste estudiar teología. La abandona. Quiere su padre ponerlo á oficio, 

él se resiste, y se refieren otras cosillas 



Cenamos muy contentos como siempre, y nos 
fuimos á acostar como todas las noches. Yo no pude 
menos que estar rumiando lo que acababa de decir mi 
padre, y no dejaba de conocer que me decía el credo; 



' v_^ * : *Í. T* ^- ' -ii. , i. 4 : * i . _ 1." - ; ^-^J^-í- 



;)Hit^. 



172 PENSADOR MEXICANO 

porque hay verdades que se meten por los ojos, aunque 
uno no quiera; pero por má.s que me convencían las 
razones que había oído, no me podía resolver á estudiar 
cánones ó teología, que era el intento de mi buen padre; 
pues así como me agradaba la vida libre y holgazana, 
así me fastidiaba el trabajo. Finalmente, yo me quedé 
dormido, haciendo mis cuentas de como conseguiría ser 
clérigo para tener dinero sin trabajar y de cómo eludiría 
las buenas intenciones de mi padre. En esto se desvelan 
muchos niños sin advertir que se desvelan en su ruina. 

Al otro día, después que vino mi padre de misa, mo 
llomó á su cuarto y me dijo: 

— Xo quiero que se nos vaya á olvidar la contes- 
tación de anoche. Te decía, Pedro, que los pueblos 
padecen mucho cuando sus curas y vicarios son igno- 
rantes ó inmorales, porque jamás las ovejas estarán 
seguras ni bien cuidadas en poder de unos pastores 
necios ó desidiosos; y todo esto te lo he dicho para 
probarte que la sabiduría nunca sobra en un sacerdote, 
y más si está encargado del cuidado de los pueblos; 
y para mayor confirmación de mi doctrina, oye. 

En los pueblos puede haber, y en efecto habrá en 
muchos, algunas almas místicas que aspiren á la per- 
fección por el camino ordinario, que es el de la oración ^ 
mental. ¿Y qué dirección podrá dar un padre vicario 
semilego á una de estas almas, cuando por desidia ó 



-.V- .J'" ^ '-V. • 



OBRAS ESCOGIDAS 173 

ineptitud no sólo no ha estudiado la respectiva teología, 
pero ni siquiera ha visto por el Torro las obras de Santa 
Teresa, la Lucerna mística del padre Esquerra, los 
desengaños místicos del padre Arbiol, y quizá ni aun el 
Kempis ni el Villacastín? ¿Cómo podrá dirigir á una 
alma virtuosa y abstracta el que ignora los caminos? 
¿Cómo podrá sondear su espíritu ni distinguir si es una 
alma ilusa ó verdaderamente favorecida, cuando no sabe 
que cosa son las vías purgativa, iluminativa, contempla- 
tiva y unitiva? ¿Cuando ignora qué cosa son revelacio- 
nes, éxtasis, raptos y deliquios? ¿Cuando le coge de 
nuevo lo que son consolaciones y sequedades? ¿Cuando 
se sorprende al oir las voces de ósculo santo, abrazo 
divino y desposorio espiritual? ¿Y cuando (por no can- 
sarte con lo que no entiendes) ignora del todo los primo- 
res con que obra la divina gracia en las almas espiritua- 
les y devotas? ¿No es verdad? ¿No conoces tú que si te 
pusieras á llevar un navio á Cádiz, á Cavite ó á otro 
puerto, con las luces que tienes de pilotaje (que son nin- 
gunas), seguramente darías con la embarcación iníeliz 
que se te confiara en un banco, en un arrecile ó en un 
golfo, sin llegar jamás por jamás al puerto de su destino? 
Esto lo debes comprender, porque la comparación es 
muy sencilla. Pues lo mismo sucede á estos infelices 
vicarios Lárrar/os á secas, que apenas saben absolver á 
un pecador común, (como los indios que no saben más 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 44. 



ii 



;* 



liiflfí >.."-^ii" ^^ ?í-ri¿V'.. 1 £^. 



■±^ií^ííJ^-^¿.\!^\í'jl^X.Í¡^k^'.¿u!^^'^C:l:'^i.lj^.<.,Ít¡tÚ^^ 



174 PENSADOR MEXICANO 

que llevar una canoa á Ixtacalco). Ellos, los pobres, son 
ciegos, y las almas que aspiran á entrar por la vía de la 
perfección también son ciegas, y necesitan una buena 
guía que las dirija. No la hallan en los directores modo- 
rros, y sucede que (á no ser por un favor especial de 
la gracia) ellas ó se entibian ó se pierden , y las guías ó 
se conlunden ó se precipitan en los errores de la ilusión 
que ellas les comunican. 

Esta es una verdad terrible, pero es una verdad que 
no negará ningún sacerdote sabio. Yo lo que veo (y que 
confirma mi opinión en el particular) es que los sacer- 
dotes virtuosos, santos y doctos son muy escrupulosos 
para confesar y dirigir monjas y otras almas espirituales, 
y cuando las dirigen son muy eficaces para no dejar de 
la mano la sonda de la doctrina y la prudencia. A más de 
esto, consultan con el teólogo por esencia, con Dios digo, 
en los ratos de oración que tienen, y como saben que 
deben hacer cuantas diligencias humanas estén en su 
arbitrio para conseguir el acierto, consultan las dudas 
que tienen con otros varones sabios y espirituales. Esto 
veo, y esto me hace creer lo contingente que será el 
acierto de la dirección espiritual de unas almas místicas 
fiado á unos pobres clérigos casi legos, que apenas saben 
lo muy preciso para decir misa y absolver al penitente en 
virtud de la promesa de Jesucristo. 

De manera, hijo mío, que estoy firmemente persua- 



T f 4< rfi f * I I icT^*^w^'r.':>.lMLL>iLu.£.A:c 



•'*- ---'«-■-•■••'■' *: ^ ^ 



OBRAS ESCOGIDAS 175 

dido que si la Iglesia santa pudiera hacer que todos sus 
ministros fueran teólogos y santos, no omitiría sacrificio 
alguno para conseguirlo; pero la escasez de varones y 
talentos tales como los necesarios, hace que provea á los 
fieles de aquellos que se encuentran tal cual útiles para 
la simple administración de los Sacramentos. 

Aún hay más. Ya te dije que los sacerdotes son los 
maestros de la ley. A ellos toca privativamente la expli- 
cación del Dogma y la interpretación de las Sagradas 
Escrituras. Ellos deben estar muy bien instruidos en la 
revelación y tradición en que se funda nuestra fe, y ellos, . 
en íin, deben saber sostener a la faz del mundo lo sólido 
ó incontrastable de nuestra santa religión y creencia. 

Pues ahora, supongamos un caso remoto, pero no 
imposible. Supongamos, digo, que un pobrecito vicario 
de estos de que hablamos, ó un religioso hebdomadario, 
ó que llaman de misa ij olla, tiene con un hereje una 
disputa acerca de la certeza de nuestra religión, de la jus- 
ticia de su dogma, de lo divino de sus misterios, de la 
realidad del cumplimiento de las profecías, de lo evidente 
de la venida del Mesías, del cómputo de las semanas de 
Daniel ó cosa semejante (advirtiendo que los herejes que 
promueven ó entran en estas disputas, aunque son cie- 
gos para la fe, no lo son para las ciencias. He vivido en 
puerto de mar y he conocido y tratado algunos). ¿Cómo • í 

conocerán sus sofismas? ¿Cómo eludirán sus argumen- 



,...rJ'4:o i,^*il.->jXiWjiÍtf^A.-««,V-ij¿-;¡>¿ , -M.. 



176 PENSADOR MEXICANO 

tos? ¿Cómo distinguirán su malicia de la tuerza intrín- 
seca de la razón? ¿Y cómo podrá salir de sus labios la 
verdad triunfante y con el brillo que le es tan natural? 
Ello es cierto que si sólo el Fcri'cr, el Cli(jiicl, el Lái'ra- 
(/a ú otro sumista de moral semejante fueran bastantes 
para contrarrestar á los herejes, no sé cómo hubiera 
salido san Agustín con los maniqueos, san Jerónimo 
con los donatistas, ni otros Santos Padres con otras 
chusmas de herejes y heresiarcas á quienes combatieron 
y confundieron con brillantez y solidez de argumentos. 

De todo lo dicho debes concluir, Pedro mío, que 
para ser un digno sacerdote no sobra con saber lo muy 
preciso; es necesario imbuirse y empaparse en la sólida 
teología y en las reglas ó leyes eclesiásticas, que son los 
cánones de la Iglesia. 

Agrega á esto, que es tan peculiar al sacerdote la 
literatura, que á mediados del siglo xiii no eran promo- 
vidos al clericato sino los literatos, según la novela de 
Justiniano 6, cap. 4 y 123, cap. 12. De modo que 
Juliano el antecesor escribía: El (jkc no <?.s Utct'aío no 
jjuede ser cicrñjo. Sucedió que para significar un hombre 
docto y literato, empezó á usarse el nombre de clrn'go, 
y el de lego para denotar un ignorante ó que no sabía 
las letras, de donde provino también que á los legos 
doctos se les daba el título de clérigos; y por el contra- 
rio, los eclesiásticos no literatos eran llamados también 



. \..*^n^M^ i^k..i 



.^^Li^jí. «^^ .¿L2aaalÉMÁáfc'.^.^^;v^ . *.^>. .. ^■■,v,. . ^.•_-A_>'^..«'.a.,..^-.i..¿.\^^.'S^-^Jw>.:i..^¿:w-Lp|||f|,-¿^^^ •ir-ink 



7^-:r^^^>'^-^*'pi-. .- .•-.^pgi^?;;-?--;^"^;;^!.';^ 



OBRAS ESCOGIDAS 177 

legos. Se le llama clérigo (son palabras de Oderico Vital 
en el lib. 3) porque está imbuido en el conocimiento ele las 
letras y de las demás artes. En la Crónica A mírense 
leemos también las siguientes palabras: Con la anuencia 
do algunos ro/nanos, ¡li^o que se le subordinase cierto 
español muy clérigo llamado Durdino. Y en la historia 
de los obispos de Eistet: Este obispo Juan fué gran clé- 
rigo en el Derecho Canónico; esto es, gran letrado. 
El mismo significado se observa que tuvo antiguamente 
en la lengua francesa, pues clei'c quería decir lo mismo 
que docto, como también clergie lo mismo que ciencia y 
doctrina. 

Toda esta erudición y alguna más la recogió el 
señor Muratori en su opúsculo titulado: Reflexiones 
sobre el buen gusto, cap. 7, tbl. 70, 71 y 72, donde lo 
podrás ver, confirmando que para merecer el nombre de 
clérigo es menester ser literato; y de lo contrario, el que 
no lo sea, no será un padre clérigo, sino un padre lego. 

Harto te he dicho, y así, si quieres ser eclesiástico, 
dime: ¿qué te resuelves á estudiar? 

Viéndome yo tan atacado, no hubo remedio; res- 
pondí á mi padre que estudiaría teología; y á los dos días 
ya era yo cursante teólogo y vestía los hábitos cleri- 
cales. 

No tardé mucho en ver en la Universidad á mi 
amigo Pelayo, á quien di parte de todo lo que me había 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A.— 45. 



.Ia'i>¿'<ak.li^l:a\ita¿L¿'U£2ir— Í':.¿J;'.. ■ ■ '■. - ijfjagy -^^ ■ 



178 PENSADOR MEXICANO 

ocurrido con mi padre, y cómo yo, no pudiendo esca- 
parme de sus insinuaciones, elegí estudiar teología. 

— Ello será un perdedero de tiempo, supuesto que 
no te gusta el estudio, me dijo mi amigo; pero si no hay 
otro remedio, ¿qué se ha de hacer? A veces es preciso 
contemporizar con los viejos ideáticos, aunque uno no 
quiera, aunque sea para engañarlos, mientras se reali- 
zan nuestros proyectos. Mi padre también es del tenor 
siguiente: ha dado en que estudie cánones a fortlori; esto 
es, quieras que no quieras; y aún me habla de licencia- 
turas y borlas; pero yo, que no soy vanidoso, no pienso 
en oso; lo que quiero es acabar mis cánones bien ó mal; 
alcanzar el gradillo; ordenarme y quitarme de libros 
ni quebraderos de cabeza. Tú puedes hacer lo mismo: 
aguanta tus cursos de Universidad con la paciencia que 
un purgado, y cuando menos lo pienses te hallarás 
hecho un bachiller teólogo, que para el caso de que digan 
que lo eres, con esto basta. 

Ni es menester que te des mala vida ni te derritas 
los sesos sobre los libros. Estudia de carrera lo que 
te señale tu catedrático, enséñate á manejar el ergo por 
imitación, y frecuenta la Universidad, porque los cursos ^ 
importan, hijo; los cursos son más precisos que la 
ciencia misma, para lograr el grado. 

Bien saben y sabemos que á lo que vamos los más 
estudiantes á la Universidad no es á aprender nada, sino 



,:l.u.'^ ■.,-», i- .-■ — ■-..- S 



■ ' ^¡rt^ -"í^ r. 



-w^:-- 



OBRAS ESCOGIDAS 179 

á cuajar un rato unos con otros; pero lo cierto es que el 
que no tiene su certificación de haber cursado el tiempo 
prefinido por estatuto, no se graduará, aunque sea más 
teólogo que Santo Tomás; y si la tiene, él será bachiller, 
aunque no sepa quién es Dios por el padre Ripalda; pero 
ello es que así la vamos pasando, y así la pasaremos tú y 
yo con más descanso. 

Yo apenas falto de la Universidad tal cual vez; pero 
del colegio sí me deserto con frecuencia. Los domingos, 
jueves y fiestas de guardar no tenemos clase por el cole- 
g'0> y yo ^(^^o * uno ó dos días á la semana; ya verás qué 
poco me mortifico. 

Esto es lo que harás tú, si quieres que no se te haga 
pesado el estudio de la teología. Acompáñate conmigo; 
arráncale á tu padre los realitos que puedas, y confía de 
mí en que no sólo te pasarás buena vida, sino que te 
civilizarás, porque advierto que eres un mexicano payo, 
y yo te quiero sacar de barreras. Sí, yo te llevaré á varias 
casas de señoritas finas, que tengo de tertulias; aprende- 
rás á danzar, á bailar, á contestar con las gentes decen- 
tes. Fuera de esto, te sentaré en los estrados y haré que 
te comuniques con las damas; porque el trato con las 
señoras ilustra demasiado. I Itimamente te enseñaré á 



* Los estudiantes entienden por «aíar faltar á la cátedra, no asistir á ella, y por 
cuajar (de cuya voz usó el autor poco antes), ocuparse de cosas ajenas del estudio, char- 
lando y pasando el rato, lo mismo que se entiende entre los artesanos y otros trabaja- 
dores por matar el zapo. E. 



> 



••iii^^J^^^ •'•<-' --'-*> «-t'-tl.-ia^ f...-:<ai.:^'- .'r4CÍ.-' 



180 PENSADOR MEXICANO 

jugar al billar, malilla do campo, tresillo, básiga y albu- 
res, que todas estas habilidades son partes de un mozo 
fino é ilustrado, y de esto modo nos la pasaremos buena. 
Al cabo de un año tú no te conocerás, y me darás las 
gracias por los buenos oficios de mi amistad. 

El cielo vi abierto con el plan de vida que me pro- 
puso Pelayo; porque yo no aspiraba á otra cosa que 
á holgar y divertirme, y así le di las gracias por el 
interés que tomaba en mis adelantos, y desde aquel día 
me puse bajo su dirección y tutela. 

VÁ inmediatamente trató de cumplir con sus debe- 
res, llevándome á varias tertulias que frecuentaba en 
algunas casas medianamente decentes y en las que 
vivían señoritas de título, como h/ Cucaracha, la Pisa- 
bonito, la Qiiehi'antaJiucsos y otras de igual calaña. 

Ya se deja entender que los tertulios y tertulias 
debajo de capas, casacas y enaguas, eran muchachas y 
jóvenes de primera tijera; esto es, mozos y mozas estra- 
gados, libertinos y tunos de profesión. 

Con tan buenas compañías y la dirección de mi 
sapientísimo mentor, dentro de pocos meses salí un 
buen bandolonista, bailador incansable, saltador eterno, 
decidor, refranero, atrevido y lépero ^ á toda prueba. 

Como mi maestro se había propuesto civilizarme 



• Pillo, zaragate. De esta voz se derivan las de que también usa el autor en dis- 
tintas partes como leperaje, leperuzca, etc. E. 



irr«iifaiir<i'i<rfliti^ii II I' II i' ■■> iii ■■' ' lii üJ-IMi ■ ^•-^-'^''^ **■--•* -'" 



4 ?'>T-' 



'^'wr^'v.^- ':_,. ^••>ír>:'í¿-7'^ 




... llevándome á Varías tertulias que frecuentaba en algunas casas 

medianamente decentes 



-'?^.'-'r.Vs.,li- 



■ Jíí.'.l-aK-.'.v^- 



.. . .^.¿AS&i . 



■^ i.- ^\* .::^e¿Jb^' ^. 



M 



OBRAS ESCOGIDAS 181 

6 ilustrarme en todos los ramos de la caballería de la 
moda, me ensenó á jugar al billar, tresillo, tute y juegos 
carteados; no se olvidó de instruirme en las cábulas del 
bisbís, ^ ni en los ardides para jugar albures según arte, 
y no así, así, á la buena de Dios, ni á lo que la suerte 
diera; pues me decía, rjuc c¡ que limpio jiigaha, limpio se 
iba n su casa, sino siempre con su pedazo de diligencia. 

Un año gasté en aprender todas estas maturrangas; 
pero eso sí, salí maestro y capaz de poner cátedra de 
fullería y leperaje á lo decente; porque hay dos clases 
do tunantismo: una soez y arrastrada como la de los 
enlrazadados y borrachos que juegan á la rayuela ó á la 
taba en una esquina; que se trompean en las calles; que 
profieren unas obscenidades escandalosas; que llevan á 
otras leperuzcas descalzas y hechas pedazos, y se embo- 
rrachan públicamente en las pulquerías y tabernas, y 
éstos se llaman pillos y léperos ordinarios. 

La otra clase de tunantismo decente, es aquella que 
se compone de mozos decentes y extraviados que con 
sus capas, casaquitas y aun perfumes, son unos ociosos 
de por vida, cofrades perpetuos de todas las tertulias, 
cortejos de cuanta coqueta se presenta, seductores de 
cuanta casada se proporciona, jugadores, tramposos y 
fulleros siempre que pueden; cócoras ^ de los bailes, 

* Con algunas alteraciones se llama hoy Imperial. E. 

» Los que con groserías incomodan impudentemente á los que asisten á una diver- 
sión, ó á cualquiera otra concuríencia pública ó privada. E. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 46. 



.»■_■■.. A.- .'i- -■ " r- :-.. .•_ _ - - 1 ■ -. .'_*.-. - - _ -v' 2.:L.'tSltlK¿¿n.J^--»jií-^^.'£.' 



'\Ét- '' 



182 PENSADOR MEXICANO 

sustos de los convites, gorrones intrusos, sinvergüenzas, 
descarados, necios á nativitate, taravillas perdurables y 
máquinas vestidas, escandalosas y perjudiciales á la des- 
dichada sociedad en que viven; y estos tales son pillos 
y h'jtci-os decentes, y de esta clase de pillería digo, que 
pude haber puesto cátedra púbHca, según lo que apro- 
veché con las lecciones de mi maestro y el ejemplo de 
mis concursantes en el corto espacio de un año. 

El pobre de mi padre estaba muy ajeno de mis 
indignos adelantamientos, y muy pagado de Martín Pe- 
layo, que visitaba mi casa con frecuencia; porque ya os 
he dicho que vuestro abuelo era de tan buen entendi- 
miento como corazón. En efecto, era hombre de bien y 
virtuoso, y como tales personas son fáciles de engañarse 
por las astucias de los malvados, entre yo y mi amigo 
teníamos alucinado á mi buen padre; porque yo era un 
gran picaro, y Pelayo era otro picaro más que yo; y así 
entre los dos hacíamos cera y pábilo de las creederas 
de mi padre, que tenía por un mozo muy fino, arreglado 
y buen estudiante al tuno de Martín, y éste á mis excusas 
hacía delante de mis padres unos elogios encarecidísimos 
de mi talento y aplicación, con lo que les clavaba más 
la espina; esto es, á mi padre, que á mi madre no era 
menester nada de eso; porque como me amaba sin pru- 
dencia, mis mayores maldades las disculpaba con la edad 
y mis menores me las pasaba por gracias y travesuras. 



'^j^h¿ .• '. 



E-V 



OBRAS ESCOGIDAS 183 

Pero así como la moneda falsa no puede correr 
mucho tiempo sin descubrir ó su mal trojel ó su liga, 
así la maldad no puede pasar muchos días con la capa 
de la hipocresía sin manifestar su sordidez. Puntual- 
mente sucedió lo mismo conmigo; pues mi padre un día 
que yo no lo pensaba, me preguntó que cuándo era mi 
acto, ó que si estaba en disposición de tenerlo. Cierta- 
mente que si como me preguntó eso, me hubiera pre- 
guntado que si estaba apto para bailar una contradanza, 
para pervertir una joven, ó para amarrar un alburito, 
no me tardo mucho en responder afirmativamente; pero 
me hizo una pregunta difícil, porque yo con mis queha- 
ceres no pude dedicarme á otro estudio, de suerte que 
mi Biluart estaba limpio y casi intacto. 

Sin embargo, era preciso responder alguna cosa, y 
l'ué que mi catedrático no me había dicho nada, que se 
lo preguntaría. — No, me dijo mi padre, no le preguntes 
nada, que yo lo haré. — En mala hora se encargó mi 
padre de semejante comisión; porque fué al segundo día 
al colegio, y le preguntó á mi maestro que en qué 
estado estaba yo de estudio, y que si estaba capaz de 
sustentar un acto le hiciese favor de avisárselo para 
hacer sus diligencias para los gastos. 

Mi maestro, tan veraz como serio, le contestó : 

— Amigo, yo deseaba que usted me viera para de- 
cirle que su niño no promete las más leves esperanzas 



-r^M-A^- t. e. 



A5^:!>*:í-A'¿v. 



A, 
a' 



184 



PENSADOR MEXICANO 



de aprovechar, no porque carezca de talento, sino por 
falta de aplicación. Es muy abandonado; rara semana 
deja de faltar uno ó dos días á la clase, y cuando viene, 
es á enredar y á hacer que pierdan el tiempo los otros 
colegiales. En virtud de esto, ya usted verá cuál será su 
aptitud y cuáles sus adelantos. A más de esto, yo le 
he advertido ciertas amistades y malas inclinaciones que 
me hacen temer la ruina próxima de este mozo, y así 
usted, como buen padre, vele sobre su conducta y vea en 
qué lo ocupa con sujeción; porque si no, el muchacho 
se le pierde, y usted ha de dar á Dios cuenta de el. 

Mi padre se despidió de mi maestro bastante aver- 
gonzado (según después me dijo) y lleno de una justa 
cólera contra mí. ¡Pobres padres 1 ¡y qué ratos tan pesa- 
dos les dan los malos hijos! Fué á casa al medio día; me 
saludó con mucha desazón; se entró á la recámara con 
mi madre, y ésta, como á las dos horas, salió con los ojos 
llorosos á mandar poner la mesa. 

Mi padre apenas comió; mi madre tampoco; yo, 
como sinvergüenza, y que ignoraba que era el eje sobre 
que se movía aquel disgusto, no dejé de hacer cuanto 
pude por agotar los platos; porque al fin no hay sinver- 
güenza que no sea glotón. Durante la comida no habló 
mi padre una palabra, y así que se concluyó se levan- 
taron los manteles y se dieron gracias á Dios; se retiró 
mi padre á dormir siesta y me dijo con mucha seriedad: 



JJ.-Éa^t^^-.**JÍ': 2rl 



JJt.n.M «^^ a. ^ .im 



»^ ... .r 



OBRAS ESCOGIDAS 185 

— Esta tarde no vaya usted al colegio, que lo he me- 
nester. 

Como la culpa siempre acusa, yo me quedé con bas- 
tante miedo, temiendo no hubiera sabido mi padre algu- 
nas de mis gracias extraordinarias, y me quisiese dar 
con un garrote el premio que merecían. 

Luego concebí que yo había sido la causa de la 
cólera, de la parsimonia de la mesa y de las lágrimas 
de mi madre; pero como estaba satisfecho en que ésta 
no me quería, sino me adoraba, no tuve empacho para 
decirla: — Señora, ¿qué novedad será ésta de mi padre? — 
A lo que la pobrecita me contestó con sus lágrimas, y 
me refirió todo lo que había acaecido á mi padre con mi 
maestro, y cómo estaba resuelto á ponerme á oficio... — 
¿A oficio, dije yo, á oficio? No lo permita Dios, señora. 
¿Qué pareciera un bachiller en artes, y un cursante teó- 
logo convertido de la noche á la mañana en sastre ó 
carpintero? ¿Qué burla me hicieran mis condiscípulos? 
¿Qué dijeran .mis parientes? ¿Qué se hablará? — Pues 
hijo, me contestó mi madre, ¿qué quieres que haga? 
Ya yo he rogado á tu padre bastante; ya se lo he dicho; 
ya le he llorado; pero está renuente, no hay forma de 
convencerle: dice que no quiere que se lo lleve el diablo 
juntamente contigo por darme gusto. Yo no sé qué 
hacer... — No llore usted, señora, la dije: yo sí sé lo 
que se ha de hacer. Seguro está que mi padre tenga el 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. I, A. — 47. 






.«.<L .^ .V-2< 



•¿*i*-'l*iyfiiafc:A 



186 PENSADOR MEXICANO 

gusto de verme de hojalatero ni de sastre. Pues qué, 
¿ya se cerraron los cuarteles? ¿Ya se acabaron las casá- 
is cas y el pan de munición? — ¿Qué quieres decir con eso, 

Pedrito? me decía mi madre. — Nada, señora, le con- 
testé; sino que antes que aprender oficio, me meteré á 
soldado, á bien que tengo buen cuerpo, y me recibirán 
en cualquier parte con mil manos. 

Aquí redobló mi madre su llanto, y me dijo: — ¡Ay, 
hijo de mi alma! ¿qué es lo que dices? ¿soldado? ¿sol- 
dado? ¡no lo permita Dios! No te precipites ni te deses- 
peres; yo volveré á rogarle á tu padre esta tarde, y ya 
que dice que no eres para los estudios, y que es fuerza 

darte destino, veremos si te coloca en una tienda... — 
i,-. ■ ■ 

Calle usted, madre, le dije. Eso es peor. ¿Qué bien 

pareciera un bachiller, tiznado y lleno de manteca, y un 

teólogo despachando tlaco de chilitos en vinagre? No, 

no; soldado y nada más; pues una vez que á mi padre 

ya se le hace pesado el mantenerme, el rey es padre de 

t todos, y tiene muchos miles para vestirme y darme de 

. . comer. Esta tarde me voy á vender en la bandera 

de China, y mañana vengo á ver á usted vestido de 

recluta. 

Cada vez que yo me acuerdo de éste y otros malos 

ratos que di á la pobre de mi madre, y de las lágrimas 

que derramó por mí, quisiera sacarme el corazón á peda- 

zos de dolor; pero ya es tarde el arrepentimiento, y sólo 



-~'-"' '"•'•-Él liti I i-'i tin ■ . . iTwf.-»^?-.. ■ |V> iffi'<'',hiii'i ¿Tit-iViiiMiiitiii» «TI» TihA fa<w.^i"ii"lrilÍÉÍftTili' 



OBRAS ESCOGIDAS 187 

sirven estas lecciones, hijos míos, para encargaros que 
miréis á vuestra madre siempre con amor y respeto ver- 
dadero, sin imitar á los malos hijos como yo fui; antes 
rogad á Dios no castigue los extravíos de mi juventud 
como merecen, y acordaos que por boca del Sabio os 
dice: Honra d tu padre, ij no ole ¡des los fj émidos de tu 
madre. Acuérdate que d ellos les debes la vida, y pdgales 
lo que te Jian dado. 

Finalmente, esta escena paró en que mi madre me 
rogó, me instó, me lloró porque no fuera soldado, jurán- 
dome que se volvería á empeñar con mi padre para que 
desistiera de su intento y no me pusiera á oficio, con 
cuya promesa me serené, como que eso era lo que yo 
deseaba, y por lo que afligí tanto á su merced, no porque 
á mí me agradara la carrera militar, y más en clase 
de soldado, como que veía con horror todo género de 
trabajo. 

¡Qué bueno hubiera sido que mi madre me hubiera 
quebrado en la cabeza cuanta silla había en la sala, y 
bien amarrado me hubiera despachado al primer cuartel, 
y allí me hubiesen encajado luego luego la gala de re- 
cluta; con eso se hubieran acabado mis bachillerías y sus 
cuidados; pero no lo hizo así, y tuvo después que sufrir 
lo que Dios sabe. 

Al cabo de un rato salió mi padre ya con sombrero 
y bastón, y me dijo: — Tome usted la capa y vamos. — 



^ 



.(■-.LCv., i'-l'^Ki V--X v_.Kj-- :jiii«-jl¡ 



188 PENSADOR MEXICANO 

Yo la tomé y salí con su merced con temor, y mi madre 
se quedó con cuidado. 

A poco haber andado, se paró mi padre en un 
zaguán, y me dijo: 

— Amigo, ya estoy desengañado de que es usted un 
gran perdido, y yo no quiero que se acabe de perder. 
Su maestro me ha dicho que es un flojo, vago y vicioso, 
y que no es para los estudios. En virtud de esto, yo 
tampoco quiero que sea para la ganzúa ni para la horca. 
Ahora mismo elige usted oficio que aprender, ó de aquí 
llevo á usted á presentarlo al rey en la bandera de China. 

Todos los retobos que usé con mi madre, con mi 
padre se volvieron sumisiones, como que sabía yo que 
no acostumbraba mentir y era resuelto; y así no pude 
hacer más que humillarme y pedirle por favor que me 
diese un plazo para informarme del oficio que me pare- 
ciera mejor. Concedióme mi padre tres días á modo de 
ahorcado, y volvimos para casa, donde hallamos á mi 
pobre madre enferma de un gran flujo de sangre que le 
había venido por la pesadumbre que le di, y el susto 
con que se quedó. 

Ya se ha dicho que mi padre la amaba con extremo, 
y así lleno de sentimiento acudió á que la medicina la 
auxiliara. En efecto, al segundo día ya estuvo mejor; 
pero sin dejar de llorar de cuando en cuando, porque ya 
yo le había dicho la resolución de mi padre, y ella en 



.a.j. .i.. »• *■-,. 






OBRAS ESCOGIDAS 189 

medio de su dolencia no se había descuidado en supli- 
carle no me. pusiera á oficio, á lo que mi padre le con- 
testó que se restableciera de su achaque, y que ahí se 
vería lo que por fin se había de hacer. 

Esta respuesta desconsoló á mi madre, y fué causa 
de que yo no las tuviera todas conmigo, porque no 
habiendo visto jamás á mi padre tan tenaz en su propó- 
sito y tan esquivo con mi madre al parecer, me hizo 
entender que de aquella vez no me escaparía yo de cual- 
quier aprendizaje. 

No sabiendo qué hacer para librarme de la férula de 
los maestros mecánicos, que me amenazaba por momen- 
tos, discurrí la traza más diabólica que podía en lance 
tan apurado, y fué, ir á ver á mi caritativo preceptor 
y sabio amigo, el ínclito Martín Pelayo. Con la confianza 
que tenía, me entré de rondón hasta su cuarto, donde lo 
hallé columpiándose de un lazo que pendía del techo, 
tarareando unas boleras v dando saltos en el suelo. 

Tan embebecido estaba en su escoleta, que no sintió 
cuando yo entré, y prosiguió brincando como un gamo, 
hasta que yo le dije: — ¿Qué es esto, Martín? ¿Te has 
vuelto loco, ó estás aprendiendo á maromero? — Entonces 
él me vio y me contestó: — Ni estoy loco, ni quiero ser 
volatín; sino que estoy trabajando por aprender á hacer 
la octava que piden estas boleras. Y diciendo esto, conti- 
nuó sus cabriolas. 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. I, A. — 48. 



I 



s 



;»"' 



■Ü^. 



I I 



190 PENSADOR MEXICANO 

Yo, mirando lo espacio que estaba, le dije: — Sus- 
pende un poco tus lecciones, que traigo un asunto de 
mucha importancia que comunicarte y del que sólo tu 
amistad puede sacarme con bien. — El entonces muy 
cortés se quitó del lazo, se sentó conmigo en su cama, y 
me dijo: — No sabía yo que traías asunto, pero di lo que 
se ofrezca, que ya sabes cuánto te estimo. 

Le contó punto por punto todas mis cuitas, rema- 
tando con decirle que para libertarme del deshonor 
que me esperaba en el aprendizaje, había pensado me- 
terme á fraile. El me oyó con bastante gravedad, y me 
dijo: 

— Perico, yo siento los infortunios que te amenazan 
por el genio ridículo y escrupuloso de tu padre; pero su- 
puesto que no hay medio entre ser oficial mecánico ó sol- 
dado, y que el único arbitrio de evadirte de ambas cosas 
de esas, es meterte á fraile, yo soy de tu mismo pare- 
cer; porque más vale tuerta que ciega; peor es ser el 
sastre Perico, ó el soldado Perico, que no el padre fray 
Pedro. Ello es verdadero, que la vida de fraile trae sus 
incomodidades inaguantables, como el estudio, la asis- 
tencia de comunidad, la observancia de las reglas, la 
subordinación á los prelados y la sujeción ó privación 
de la libertad que tanto te acomoda á tí y á mí; 
pero todo es hacerse. A más de que, en cambio de 
esas molestias, tiene el estado sus ventajas considera- 



.^i 4 .'il.. «.i»' «y.A.-i-i£B. . 



■> V ••' '. •■^•'"^ ■ ■ ■ 



OBRAS ESCOGIDAS 191 

bles, como el honor de la religión que se extiende por 
todos sus individuos, aunque sean legos; el respeto 
que infunde el santo hábito, y sobre todo, hijo, el 
afianzar la torta para siempre. Ya verás tú que estas 
conveniencias no las encuentra un artesano ni un sol- 
dado, y así me parece que lleves adelante tu pensa- 
miento. 

— Pues yo he venido, le dije, á consultarte mis 
designios y á suplicarte te empeñes con tu padre para 
que me dé una esquela de recomendación para que me 
admita tu tío el provincial de San Diego; porque esto 
urge, y en la tardanza está el peligro; pues como yo 
consiga la patente de admitido, ya á mi padre se le 
quitará el enojo y me verá de distinto modo. 

— Pues eso es lo de menos, me dijo Pelayo; ven 
mañana temprano, que yo haré que mi padre ponga la 
esquela esta noche. — Con este consuelo me despedí de 
Martín muy contento, y me volví á mi casa. 

Entré en ella, y encontré de visitas á don Martín, 
el de la hacienda, á la señora su esposa, la que me cascó 
el zapatazo, á su niña y al famoso Juan Largo ó Janua- 
rio, que toda la familia había venido á México á pasear; 
porque como todo fastidia en este mundo, los que viven 
en las ciudades buscan su diversión en el campo, y los 
que viven en el campo anhelan por la ciudad para diver- 
tirse, y ni unos ni otros logran por largo tiempo satis- 



r:¿''^^:...\L]^í'^¡íbiÍjLSk¿-i-.c : .:j:í]^:' 



192 PENSADOR MEXICANO 

facer sus deseos; porque como la tristeza no está en ei 
campo ni en la ciudad sino en el corazón, nos siguen los 
fastidios y cuidados donde quiera que llevamos nuestro 
corazón. 

Luego que hube saludado á las visitas y que cesaron 
los cumplimientos de moda, me aparté al corredor con 
Januario y hablamos largo sobre diversos asuntos, 
ocupando el mejor lugar de la conversación los míos, 
entre los que le conté mis aventuras, y la última resolu- 
ción que tenía de volverme fraile; á lo que Juan Largo 
me contestó muy aprisa: 

— Sí, sí, Periquillo; vuélvete fraile, hijo, vuél- 
vete fraile; no harás cosa mejor. No todos los hom- 
bres hacen lo que deben sino lo que les está más á 
cuento para sus fines particulares: quién hay que se 
ordena porque es inútil para otra cosa, ó por no 
perder una capellanía; quién que se casa con la pri- 
mera que encuentra, más que no le tenga amor, ni con 
qué mantenerla, sólo por escaparse de una leva; quién 
que se mete á soldado porque no lo persiga la justicia 
ordinaria, por tramposo ó por alguna fechoría que ha 
cometido; y quién, en fin, que hace mil cosas contra 
su gusto, sólo por evitar este ó el otro lance que con- 
sidera serle peor; conque ¿qué nuevo ni raro será que 
tú te metas á fraile por no aprender oficio ni ser solda- 
do? Sí, Perico, haces bien, alabo tu determinación; 



E t*-^ K^a: J V: ^ '. • i M .1 x'. Mk^A^il^'^i&u*' '«'.-. r A'?¿->^'\tí. -..^'■'.t«'«-Aft«.. A» -."<-. :-4tr.jL^)aíl^* iutt^'-iOimifr. .. 



OBRAS ESCOGIDAS 193 

pero hermano, aviva, aviva el negocio; porque al mal 
paso darle prisa. 

Así concluyó su arenga este grande hombre. Él, es 
claro que me dijo muchas verdades, pero truncas. Si me 
hubiera dicho después de ellas, que aunque así lo hacen, 
en ello nada justo hacen ni digno de un hombre de 
bien, y que por lo común estas trampas y artificios de 
que se valen para eludir el castigo, excusar el trabajo, 
engañar al superior ó evitar por el camino más breve 
la desgracia inminente ó que parece tal, no son sino 
unos remedios paliativos ó aparentes, que después de 
tomados se convierten en unos venenos terribles, cu vas 
funestas resultas se lloran toda la vida. Si me hubiera 
dicho esto, repito, quizá quizá me hubiera hecho abrir 
los ojos y cejar de mi intento de ser religioso, para el 
que no tenía ni natural ni vocación; pero por mi des- 
gracia los primeros amigos que tuve fueron malos, y de 
consiguiente pésimos sus consejos. 

A otro día marché para la casa de Pelayo, quien 
puso en mis manos la esquela de su padre, el que no 
contento con darla, pensando que yo era un joven muy 
virtuoso, prometió ir á hablar por mí á su hermano el 
provincial, para que me dispensara todas aquellas prue- 
bas y dilaciones que sufren los que pretenden el hábito 
en semejantes religiones austeras. 

No parece sino que me ayudaba en todo aquella 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 49. 



t 






í •,. 



i' 



194 



PENSADOR MEXICANO 



fortuna que llaman de picaro, porque todo se facilitaba á 
medida de mi deseo. 

Yo recibí mi esquela con mucho gusto, di las 
gracias á mi amigo por su empeño, y me volví para 
casa. 



í 




^.-:--, ■■-»■■.■ ».t-^c».»;.,-..w< 



.'■ ,^^^.-3-J^¿;-.tM-- «> — 



> J 



"vi, .". ,' •• V.1 • •.' 



'ifV.s 




CAPITULO XI 



Toma Periquillo el hábito de religioso, y se arrepiente en el mismo día 
Cuéntanse algunos intermedios relativos á esto 



Todo aquel día lo pasé contentísimo esperando que 
llegara el siguiente para ir á ver al provincial. No quise 



ii 



L.fc-'\í. ^.■-'i»ít^i'<^É¿*\jé^. i-.'C*^/.tv .■■:;■-.« ji" J 'síf.-:,.:y:'j.',''Sr. .■* ■/ 



-'-'•i.,».^ r^ 



• ^-^■.iMb'V. 



196 PENSADOR MEXICANO 

ir en esa tarde, por dar lugar á que el padre de Pelayo 
hiciese para mí el empeño que había ol'recido. 

Nada ocurrió particular en este día, y al siguien- 
te á buena hora me luí para el convento de San Diego, y 
al pasar por la alameda, que estaba sola, me puse frente 
á un árbol, haciéndolo pasar en mi imaginación la plaza 
de provincial, y allí me comencé á ensayar en el modo 
de hablarle en voz sumisa, con la cabeza inclinada, los 
ojos bajos y las dos manos metidas dentro de la copa 
del sombrero. 

Con estas v cuantas exterioridades de humildad me 
sugirió mi hipocresía, marché para el convento. 

Llegué á él, anduve por los claustros preguntando 
por la celda del prelado; me la enseñaron, toqué, entré y 
hallé al padre provincial sentado junto á su mesa, y en 
olla estaba un libro abierto, en el que sin duda leía á mi 
llegada. 

Luego que lo saludé, le besé la mano con todas 
aquellas ceremonias en que poco antes me había ensa- 
yado, y le entregué la carta de recomendación de su 
hermano. La leyó, y mirándome de arriba abajo, me 
preguntó que si quería ser religioso de aquel convento. 
— Sí, padre nuestro, respondí. — ¿Y usted sabe, prosi- 
guió, qué cosa es ser religioso, y de la estrecha obser- 
vancia de nuestro padre San Francisco? ¿Lo ha pensado 
usted bien? — Sí, padre, respondí. — ¿Y qué le mueve á 



z^ '^■^^¿-.^k^LirJef :jt. i.r.'.: ,^:J/H* :w^ 



■■■ •^r--_- .-.{ 



OBRAS ESCOGIDAS 197 

usted el venir á encerrarse en estos claustros y á pri- 
varse del mundo, estando como está en la flor de su 
edad? — Padre, dije yo, el deseo de servir á Dios. — Muy 
bien me parece ese deseo, dijo el provincial; pero qué 
¿no se puede servir á Su Majestad en el mundo? No 
todos los justos ni todos los santos lo han servido en 
los monasterios. Las mansiones del Padre celestial son 
muchas y muchos los caminos por donde llama á 
sus escogidos. En correspondiendo á los auxilios de la 
gracia, todos los estados y todos los lugares de la tierra 
son á propósito para servir á Dios. Santos ha habido 
casados, santos célibes, santos viudos, santos anacoretas, 
santos palaciegos, santos idiotas, santos letrados, santos 
médicos, abogados, artesanos, mendigos, soldados, ricos, 
y en una palabra, santos en todas clases del Estado. 
Conque, de aquí se sigue que para servir á Dios, no 
es condición precisa el ser fraile, sino el guardar su 
santa ley, y ésta se puede guardar en los palacios, en las 
oficinas, en las calles, en los talleres, en las tiendas, 
en los campos, en las ciudades, en los cuarteles, en los 
navios, y aun en medio de las sinagogas de los judíos 
y de las mezquitas de los moros. 

La profesión de la vida religiosa es la más perfecta; 
pero si no se abraza con verdadera vocación, no es la 
más segura. Muchos se han condenado en los claustros 
que quizá se hubieran salvado en el siglo. No está el 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I , A. — 50. 



Ijt^^^^t. -:— i-is* '-ítljií^'tiJáAlai^--' , ^i— '...-,. f> 



'->c; 



*, 



198 PENSADOR MEXICANO 

caso en empezar bien, es menester la constancia. Nadie 
logra la corona del triunfo, sino el que pelea varonil- 
mente hasta el fin. En la edad de usted es preciso des- 
confiar mucho de esos ímpetus ó fervores espirituales, 
que ordinariamente no pasan de unas llamaradas de 
sacate, que tan pronto se levantan como se apagan; y 
así sucede que muchos ó no profesan, ó si profesan es 
por la vergüenza que les causa el qué dirán; y estos tales 
profesos, como que lo son sin su voluntad, son unos 
malos religiosos, desobedientes y libertinos, que con sus 
vicios y apostasías dan que hacer á los superiores, escan- 
dalizan á los seculares, y de camino quitan el crédito 
á las religiones; porque, como dice Santa Teresa, y es 
constante, el mundo quiere que los que siguen la virtud 
sean muy perfectos; nada les dispensa, todo les nota, 
les advierte y moteja con el mayor escrúpulo, y de 
aquí es que los mundanos fácilmente disculpan los vicios 
más groseros de los otros mundanos; pero se escan- 
dalizan grandemente si advierten algunos en este ó el 
otro religioso ó alma dedicada á la virtud. Levantan el 
grito hasta el cielo, y hablan, no sólo contra aquel fraile 
que los escandaliza, sino contra el honor de toda la reli- 
gión, sin pesar en la balanza de la justicia los muchos 
varones justos y arreglados que ven en la misma reli- 
gión, y aun en el mismo convento. 

Para evitar que los jóvenes se pierdan abrazando 



_<>:>. LV. • -''" '---^v---^.: 



OBRAS ESCOGIDAS 199 

sin vocación un estado que ciertamente no debe ser de 
holgura, sino de un trabajo continuo, para cumplir los 
prelados con nuestra obligación, y no dar lugar á que las 
religiones se desacrediten por sus malos hijos, debemos 
examinar con mucha prudencia y eficacia el espíritu de 
los pretendientes, aun antes de que entren de novicios, 
pues el noviciado es para que ellos experimenten la 
religión; pero el prelado debe examinarles el espíritu 
aún antes de ser novicios. 

En virtud de esto, usted, que desea servir á Dios 
en la religión, ¿ya sabe que aquí de lo primero que 
ha de renunciar es de la voluntad, porque no ha de 
tener más voluntad que la de los superiores, á quienes 
ha de obedecer ciegamente? — Sí, padre, dije yo. — ¿Sabe 
que ha de renunciar para siempre al mundo, sus 
pompas y vanidades, así como lo prometió en el bau- 
tismo? — Sí, padre. — ¿Sabe que aquí no ha de venir 
á holgar ni á divertirse, sino á trabajar y á estar ocupado 
todo el día? — Sí, padre; y sí, padre, y sí, padre, res- 
pondí á setenta sabes que me preguntó, que ya pensaba 
yo que era llegada mi hora y me estaban sacramen- 
tando; y todo este examen paró en que me dio mi 
patente allí mismo, ad virtiéndome que fuera mi padre 
á verse con su reverencia. 

Tales fueron mis palabras estudiadas y mis hipocre- 
sías, que la llevó entre oreja y oreja aquel buen prelado. 



200 PENSADOR MEXICANO 

y formó de mí un concepto ventajoso. Ya se ve, él era 
bueno, yo era un picaro, y ya se ha dicho lo fácil que es 
que los picaros engañen á los hombres de bien, y más si 
los cogen desprevenidos. 

El bendito provincial, al despedirme, me abrazó y 
me dijo: — Pues, hijo mío, vaya con Dios, y pídale á 
Su Majestad que le conserve en sus buenos propósitos, 
si así conviene á su mayor gloria y bien de su alma. 
Dígale todos los días con el mayor fervor: confirinn hoc 
Deas, (¡aod operatus es in nobis, ^ y disponga su corazón 
cada día más y más para que fecundice en él la gracia 
del Espíritu Santo, y produzca frutos opimos de virtud. — 
Con esto le besé la mano, y me retiré para casa. 

¿Quién creerá que cuando salí del convento sentí no 
sé qué de bueno en mí, que me parecía que de veras 
tenía yo vocación de ser religioso? No se me olvidaba 
aquel aspecto venerable del anciano prelado, aquellas 
palabras tan llenas de unción y penetrantes que tanto eco 
hicieron en mi corazón, aquella su prudencia, aquel su 
carácter amable y aquel todo hechicero de la verdadera 
virtud, capaz de enamorar al mismo vicio. 

— En efecto, yo decía entre mí; ¿qué mano que 
hubiera nacido para fraile, que no lo hubiera advertido, 
y Dios quisiera haberse valido de este accidente para 
reducirme y meterme en el camino que me conviene? No 

• ¡Oh Dio»', confírmalo que ha» obrado en mi. E. 



^ I ^^j^iv ., . . ' 



OBRAS ESCOGIDAS 201 

hay duda : así debe ser. Yo me acuerdo haber oído decir 
que Dios hace renglones derechos con pautas torcidas, y 
éste ha de ser uno de ellos, sin remedio. Estos y seme- 
jantes discursos ocupaban mi imaginación en el camino 
del convento á mi casa. 

Luego que llegué á ella, me entré á ver á mi madre, 
y le conté cuánto me había pasado, manifestándole la 
patente de admitido en el convento de San Diego. De que 
mi madre la vio, no sé cómo no se volvió loca de gusto, 
creyendo que yo era un joven muy bueno, y que cuando 
menos sería yo otro San Felipe de Jesús. 

No hay que dudar ni que admirarse de esta sorpresa 
de mi madre, pues si mis maldades le parecían gracias, 
mi virtud tan al vivo ¿qué le parecería? 

Vino mi padre de la calle, y mi madre llena de 
júbilo le impuso de todas mis intenciones, enseñándole 
al propio tiempo la patente del padre provincial. 

— ¿Ves, hijo, le decía; vos cómo no es tan bravo el 
león como lo pintan? ¿Ves cómo Pedrito no era tan malo 
como tú decías? El como muchacho ha sido traviesillo; 
¿pero qué muchacho no lo es? Tú querías que fuera un 
santo desde criatura, querías bien; pero, hijo, es una 
imprudencia. ¿Cómo han de comenzar los niños por 
donde nosotros acabamos? Es necesario dar tiempo al 
tiempo. Ya ves qué mutación tan repentina. ¿Cuándo 
la esperabas? Ayer decías que Pedro era un picaro, y 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 51. 



/■vJv->',1j*~ "i.':'--. —■'■■.«¿^-,..i.,-.i.'rl-», ■, , ■ ¡L-.'íIíjtS 



202 PENSADOR MEXICANO 

hoy ya lo ves hecho un santo; ayer pensabas que había 
de ser el lunar de su linaje, y hoy ya ves que él será el 
lustre de su familia, porque familia que cuenta un deudo 
fraile, no puede ser de oscuro principio; yo á lo menos 
así lo entiendo, v en esta fe v creencia he de vivir, 
aunque me digan, como ya me lo han dicho, que esto 
es una preocupación de las que han echado más raíces 
en América que en otras partes del mundo; pero yo no 
lo creo, sino que en teniendo una familia un pariente 
fraile, ya puede apostárselas en nobleza con el Preste 
Juan de las Indias sin haber menester ejecutorias, genea- 
logías, ni esotras zarandajas de que tanto blasonamos los 
nobles, porque esas cosas sólo las saben los parientes 
y amigos de las casas; pero los extraños, que no las ven, 
no pueden saber si son nobles ó no. Lo que no sucede 
teniendo un deudo fraile; porque todo el mundo lo ve, y 
nadie puede dudar de que es noble él, sus padres, sus 
abuelos, sus bisabuelos y sus tatarabuelos; y si el dicho 
fraile se casara, fueran nobles y muy nobles sus hijos, 
nietos, biznietos, tataranietos y choznos; porque un 
fraile es una ejecutoria andando. Conque, mira si tengo 
razón de estar contenta, v si tú también debes estarlo 
con la nueva resolución de Pedrito. 

Yo por un agujerito de la puerta había estado 
oyendo y fisgando toda esta escena, y vi que mi padre 
leyó, releyó, y remiró una, dos y tres veces la patente; 



*,.y. 



OBRAS ESCOGIDAS 203 

y aun advertí que más de una vez estuvo por limpiarse 
los ojos, á pesar de que no tenía lagañas. ¡Tal era la 
duda que tenía de mi verdad que apenas creía lo que 
estaba leyendo 1 

Sin embargo de esta su sorpresa, oyó muy bien toda 
la arenga de mi madre, á la que luego que concluyó, le 
dijo: 

— ¡Válgate Dios, hija, qué candida cresl ¡cuántas 
boberías me has dicho en un instante! Si alguno nos 
hubiera escuchado, yo me avergonzara ; pues las fami- 
lias que en realidad son nobles como la tuya, no aspiran 
á parecerlo con el empeño de tener un hijo religioso, ni 
hacen vanidad de ello cuando lo tienen; antes ese em- 
peño y esa vanidad es una prueba clara de una no 
conocida nobleza, ó que á lo menos no puede manifes- 
tarse de otro modo; modo ciertamente muv aventurado, 
y que puede estar sujeto á mil trácalas; pero esto no es 
lo que importa por ahora, á más que la nobleza verda- 
dera consiste en la virtud. Esta es su piedra de toque 
y su prueba legítima, y no los puestos brillantes, ecle- 
siásticos ó seculares, pues éstos muchas veces se pueden 
hallar en personas indignas de tenerlos por su mala 
moral, etc. Lo que importa por ahora es esta patente. 
Yo me hago cruces y no acabo de entender cómo es 
esto. Ayer era Pedro tan libertino y descarriado, que 
hacía continuas faltas en el colegio por irse á tunantear 



» .:¿iú»í;..j--'''' j»j¿.:,- .'-;í,'-A.»/ís>ííií«k'; 



204 PENSADOR MEXICANO 

con SUS amigos, ¿y hoy tan sujeto y virtuoso que pre- 
tende ser religioso, y de una religión estrecha y obser- 
vante? Ayer tan ñojo, que aun para estudiar teología, 
ponía mil cortapisas, ¿y hoy tan decidido por el trabajo 
de una comunidad? Ayer tan disipado, ¿hoy tan reco- 
leto? Ayer tan uno, ¿y hoy tan otro? No sé cómo será 
esto. 

Yo no ignoro que Dios es poderoso y puede hacer 
cuanto quiera: sé muy bien que de una Magdalena hizo 
una santa, de un Dimas un confesor, de un Saulo un 
Pablo, de un Aurelio un Agustino, y de otros pecadores 
otros tantos siervos suyos que han edificado su Iglesia; 
pero estos casos no son comunes; porque no es común 
que el pecador corresponda á los auxilios de la gracia; 
lo corriente es despreciarlos cada instante, y por eso está 
el mundo tan perdido. No sé por qué me parece que 
éstas son picardías de Pedro... — Cállate, dijo mi madre, 
como tú no quieres al pobre muchacho, aunque haga 
milagros te han de parecer mal. Sus defectos sí, los 
crees, aunque no los veas; pero de su virtud dudas, aun 
mirándola con los ojos. Bien dicen, en dando en que un 
perro tiene rabia hasta que lo matan. 

— ¿Qué estás hablando, hija? decía mi padre; ¿qué 
virtud estoy mirando yo, ni jamás he visto en Pedro? — 
¿Qué más prueba de virtud que esa patente? decía mi 
madre. — No, esta patente no prueba virtud, replicaba 



Aüíatff-fwiúti . ■« rimítt irjiV -mW ^ •->.»»^-^<--~---^-a-..;-¿.j; aZ....->^V. .■■ii-.». ;..^'.íí.i1-. 






OBRAS ESCOGIDAS 205 

mi padre; lo que prueba es que tuvo habilidad para 
engañar al provincial hasta arrancársela por sus fines 
particulares. — Tú harás y dirás todo eso por no gastar 
en el hábito y en la profesión; pero para eso no es 
menester que quites de las piedras para poner en mi 
hijo. Aún tiene tíos, y cuando no, yo pediré los gastos 
de limosna. — Así se explicó mi madre, á quien mi 
padre, con mucha prudencia contestó: — No seas tonta, 
mujer. No son los gastos, sino la experiencia que tengo 
la que me hace desconfiar de Pedro. Conozco su genio 
y tengo examinado su carácter; por eso dudo que sea 

r 

cierta su vocación. El es mi hijo, lo amo, y lo amo 
mucho; pero este amor no m.e quita el conocimiento 
que tengo de él. Sé que no le gusta el trabajo, que le 
agrada la libertad, los amigos y el lujo demasiado, y 
que es muy variable en su modo de pensar. A más de 
esto, es muy joven, le falta mucho para saber distinguir 
bien las cosas, y todo ello me hace creer que apenas 
estará en el convento dos ó tres meses, verá el trabajo 
de la religión y se saldrá. Esto es lo que deseo excu- 
sar, no los gastos, pues siempre he erogado gustoso 
cuantos he considerado concernientes á su bien. No obs- 
tante, yo de buena gana y con la misma voluntad que 
otras veces gastaré en esta ocasión cuanto sea nece- 
sario, y me daré los plácemes de que sea con provecho 
suyo. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 52. 



.*.'i»iic.'»f;^''.- -=-.. i >i'i.v -:*is. j.t' .t'Ü/j 



200 PENSADOR MEXICANO 

Aquí paró la sesión, y salieron los dos buenos viejos 
á comer. 

A la noche me llamó mi padre á solas, me hizo mil 
preguntas, á las que yo contesté funrn, amen, con la 
misma hipocresía que al provincial. Me echó su merced 
mi buen sermón, explicándome qué cosa era la vida de 
un religioso; cuál la perfección de su estado; cuáles sus 
cargos; cuan temibles son las resultas que se debe pro- 
meter el que abraza sin vocación un estado semejante, 
y qué sé yo qué otras cosas, todas ciertas, justas, muy 
bien dichas y para mi bien; pero esto es lo que los 
muchachos oven con menos atención, v así no es mucho 
se les olvide pronto. Ello es que yo estuve en el sermón 
con los ojos bajos y con una modestia tal que ya parecía 
un novicio. Tan bien hice el papel, que mi padre creyó 
que era la pura verdad, y me ofreció ir por la mañana á 
ver al padre provincial; me dio su bendición, le besé la 
mano v nos fuimos á acostar. 

Yo dormí muy contento y satisfecho, porque los 
había engañado á todos, y me había esca))ado de ser 
aprendiz ó soldado. 

A otro día, cuando me levanté, ya mi padre había 
salido de casa, v cuando volvió á ella al medio día, me 
dijo delante de mi madre: — Señor Pedi'ito, ya vi al pro- 
vincial; ya está todo en corriente, y de aquí á ocho días, 
dándonos Dios vida, tomarás el íiábito. 



.4j^^->-. '.V- ..- i... ^'fc ..r-.-. «V »* ...v- ^- i^ . j^.ia.1 ifiSikf ,.- «.j. 



■;'■,. TfZ'^.-:- -<^-T;:- -. ■ • .■ —za^tt : - ■ v^v;;!,-^-?.!»; . Jí j(^- 



OBRAS ESCOGIDAS 207 

Mi madre se alegró, y yo fingí alegrarme más con la 
noticia. 

Comimos, y á la tarde fui á ver á Pelayo y le di 
cuenta del buen estado de mi negocio. Él me dio los 
plácemes de este modo: 

— Me alegro, hermano, de que todo se haya faci- 
litado. El caso es que aguantes las singularidades de 
los frailes, y más en el año del noviciado; porque te 
aseguro que las tienen y de marca; pues esto de levan- 
tarse á media noche, rezar todo el día, andar con los 
ojos bajos, hablar poco, ayunar mucho, pelarse á azo- 
tes, barrer los claustros, estudiar y sufrir por toda la 
vida á tanto fraile grave, es una tarea inacabable, un 
subsidio eterno, una esclavitud constante v una serie no 
interrumpida de trabajos, de que sólo la muerte podrá 
librarte; pero en fin, ya lo hiciste, y es menester mor- 
derte un brazo; porque si no, ¿qué dii*á tu padre? ¿Qué 
dirá tu madre? ;.Qué dirán tus parientes? ¿Qué dirá el 
provincial? ¿Qué dirán los conocidos de tu casa? ¿Qué 
dirá mi padre? ¿Y qué dirán todos? Si ahora te arrepin- 
tieras, fuera un escándalo para el público, un deshonor 
para tí y una vergüenza terrible para tus pobres padres; 
y así no hay remedio, hermano, á lo hecho pecho, dice 
el refrán; ahora es fuerza que seas fraile quieras ó no 
quieras. 

Hay hombres cuyo carácter es tan venenoso que 



-^i.:,'*- JL. - 



208 PENSADOR MEXICANO 

hacen mal, aun cuando ellos piensan que hacen bien. 
Son como el gato que lastima al tiempo de hacer cari- 
ños. Así era el de Pelayo, que después que decía que 
me estimaba, parece que se empeñaba en enredarme ó 
afligirme; pues primero me pintó que la religión era una 
Jauja; y ya que estuve comprometido, me la representó 
como una mazmorra, desacreditándola por ambos lados. 

Yo me despedí de él bien contristado, y casi casi 
ya estaba por retractarme de mis propósitos; pero la 
vergüencilla y este que dirán, este (jué dirán del mundo, 
que es causa de que atropellemos casi siempre con las 
leyes divinas, me hizo forzar mi inclinación, hacer á 
un lado mis temores y llevar adelante mi falsa inten- 
tona. 

En aquellos ocho días se prepararon todas las cosas 
necesarias para mi ingreso; se dio parte de él á todos 
mis amigos, parientes, conocidos, bien y malhechores, 
y de todos ellos recibió mi padre mil parabienes y mi 
madre mil enhorabuenas, que hacían por junto dos mil 
faramallas, que llaman políticas, ceremonias y cumpli- 
mientos, pero que no dejan todas ellas una onza de uti- 
lidad, por más que se multipliquen en número. 

Mis padres se ocupaban en estos ocho días en reci- 
bir visitas y en disponer lo necesario para la entrada, y 
yo me ocupaba en andar con Pelayo despidiéndome de 
mis tertulias, no con poco dolor de mi corazón, pues 



ÉSOl^ ^I r 'i ríii'*! rfi tfrVí 'i f i Vní fir'iflJmifiilir'iál í< Hilii ' lll^ri^llimii Hil I '■■ --21 ■■-'i.^«-^ . , :iáibi.Z 



--. '-TJf A 



OBRAS ESCOGIDAS 209 

sentía demasiada violencia en la separación de mis peca- 
minosas distracciones. 

Mi gran Pelayo se había propuesto avisar en cuantas 
partes íbamos de mis nuevos intentos y lo pronto que 
estaba mi noviciado. Yo le rogaba que los callara; mas 
á él se le hacía escrúpulo y cargo de conciencia el reser- 
varlos, y como todas las casas que visitábamos eran de 
aquellos y aquellas que llaman de la Jioja, me daban mis 
estregadas terribles, especialmente las mujeres. Una me 
decía: — ¡Ay! ¡qué lástima! tan niño y encerrarse. — 
Otra: — ¡Qué gracia! y tan muchacho. — Otra: — ¿Qué 
no se acordará usted de mí? — Otra: — ¿A qué no pro- 
lesa usted? — Esta: — Yo no creo que usted sea bueno 
para fraile siendo tan muchacho, no feo y con tantas 
gracias. — Aquella: — ¿Bailador y fraile? vamos, yo no 
lo creo. — Y así todas, y cuando se ofrecía proferir algu- 
nos cuentecillos y palabritas obscenas (que se ofrecían 
á cada paso), saltaba alguna muchacha burlona con la 
frialdad de: — ¡Ay, niña! f^quicn dice eso/ Cállate, na 
perturbes al siervo de Dios. 

Sin embargo de todas estas bufonadas, yo me diver- 
tía todo lo posible por despedida. Hacía orejas de mer- 
cader y bailaba, tocaba el bandolón, platicaba, seducía y 
hacía cosas que son mejores para calladas. Tales fueron 
los ejercicios preparatorios en que me entretuve en los 
ocho días precedentes á mi frailazgo. Así salió ello. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 53. 



.¿3¿'^-^,^v,~&&^. ■ Jfe.lÁ. \ j !V lM¿g> :'*i^-.^.«da> 



210 PENSADOR MEXICANO 

No contento con la libertad que tenía en la calle 
hasta las ocho de la noche (que hasta esa hora se 
le extendió la licencia al religioso in fh>ri, 6 por ser), 
ni satisfecho por las holguras que me proporcionaba mi 
maestro Pelayo, mi genio lestivo y la lacilidad de las 
damas que visitábamos, todavía aspiraba á seducir á 
Poncianita, la hija de don Martín, el de la hacienda, que 
l'recuentaba mi casa diariamente; mas la muchacha era 
virtuosa, discreta y juguetona. Conocía bien mi carác- 
ter, y me tenía por lo que era; esto es, por un joven 
calavera y malicioso, pero tonto en la realidad; y así á 
todos los mimos y sorroclocos que yo le hacía, me con- 
testaba con mucho agrado, pero también con mucha 
variedad, y siempre haciéndome ver que me quería. Con 
esto yo, más bobo y malicioso que ella, pensaba lograr 
alguna vez la conquista; pero ella, más honrada y viva 
que yo, pensaba que esta vez jamás llegaría, como en 
electo jamás llegó. 

Ln día le di yo mismo una esquelita que decía una 
sarta de tonteras y requiebros, y remataba asegurán- 
dole de mi buena voluntad, y que si yo no hubiera de 
entrarme religioso, con nadie me casaría sino con ella. 
Por aquí se puede conocer muy bien lo que yo era, 
Y cómo es compatible la ignorancia suma con la suma 
malicia: pero lo más digno de celebrarse es la chusca 
contestación de ella á mi papel, que decía: «Señoriío: 



:" *;**■■. j -■ , ■ • . •*'-■- -. . • ', : . " \v • -■;^^'*'. - "^ r^*^^ •--. - :- ■•^7^,T'■- ...■ ■ "- ■:>■"■.* >r- 



OBRAS ESCOGIDAS 211 

agradezco la buena voluniad de usted, y si pudiera la 
correspondería, pero estoy queriendo lien á otro caha- 
llerito, que si esto no fuera, con nadie me casaría yo 
mejor que con usted, aunque sacara dispensa. Dios le 
/taya buen reliyioso, y le de ventura en lides. — La que 
usted sabe.» 

No puedo ponderar bien las agitaciones que sentí 
con esta receta. Ella me enceló, me enamoró y me enfu- 
reció en términos que esa noche, que fué la víspera de 
mi entrada, apenas pude dormir. ¿Qué tal sería el albo- 
roto de mis pasiones? Pero por fin, amaneció, y con 
la vista de otros objetos fué calmando un poco aquel 
tumulto. 

Llegó la tarde; me despedí de mi madre, tías y 
conocidas, á quienes abracé muy compungido, sin des- 
cuidarme de hacer la misma ceremonia con la domina 
Poncianita, la que correspondió mi abrazo con bastante 
desdén, como que estaba presente su madre, y no me 
quería como me significaba. 

Acabada la tanda de abrazos, lágrimas y monerías, 
nos fuimos para el convento, mi padre, yo, mis tíos y 
una porción de convidados que iban á ser testigos de mi 
hipocresía. 

Luego la suerte (adversa para mí) presagió mi des- 
ventura, en mi concepto; porque el silencio con que 
íbamos y la larga serie de coches que seguía el nuestro, 









212 PENSADOR MEXICANO 



representaba bien un duelo, y cuantos nos miraban 
en la calle no pensaban otra cosa. En efecto, á mí 
y á mis padres se nos podía haber dado el pésame 
con justicia. 

Llegamos á San Diego; se avisó al padre provincial, 
quien nos recibió con su acostumbrado buen carácter, y 
montando en el coche en que yo iba con mi padre, nos 
dirigimos á Tacubaya, donde está el noviciado de San 
Diego. 

Luego que nos apeamos á la puerta del convento, 
se dispusieron todas las cosas, y luímos al coro, donde se 
celebró la función. Tomé el hábito, pero no me desnudé 
de mis malas cualidades; yo me vi vestido de religioso 
y mezclado con ellos, pero no sentí en mi interior la más 
mínima mutación; me quedé tan malo como siempre, y 
entonces experimenté por mí mismo que el Jiáhlio no 
hace (il inonjo. 

Despidióse mi padre de mí y de aquella venerable 
comunidad, hicieron lo mismo los demás, y Juan Largo 
me dio un grande abrazo, á cuyo tiempo le dije: — No 
dejes de- venir á verme. — El me lo prometió; se fueron 
todos, y me quedé yo solo y curtido entre los frailes, y 
como suele decirse, rabo entre piernas y como perro en 
barrio ajeno. 

Inmediatamente comencé á extrañar lo áspero del 
sayal. Llegó la hora del refectorio, y me disgustó bas- 



.t.'i.!.l ^í^í-jiLfc^t. ¿ .k. Lí; .'Vi ,»]-*. ^'.Wi. '.*--■• W li ■ j!^ Ai*- 



OBRAS ESCOGIDAS 213 

tante lo parco de la cena. Fuíme á acostar, y no hallaba 
lugar que me acomodara; por todas partes me lastimaba 
la cama de tablas, y como nunca me había dado una 
ensavadita en estas mortificaciones, ni de chanza, se me 
asentaban demasiado. 

Daba vueltas y más vueltas, y no podía dormir pen- 
sando en Poncianita, en la Zoi-i-a, en la Cucaracha v en 

ti 

otras iguales sabandijas, y me arrepentía sinceramente 
de mi determinación; renegaba del apoyo que hallé en 
Pelayo, y me daba al diablo juntamente con la esquela 
de recomendación que tan breve me había facilitado mi 
presidio, que así nombraba yo mi nuevo estado; pero él 
no tenía la culpa, sino yo, que no era para él. 

— ¿No soy buen salvaje y majadero, me decía yo 
mismo, en haberme condenado por mi propia voluntad 
á esta cárcel tan espantosa y á esta vida tan miserable? 
¿Qué caudales me he robado? ¿Qué moneda falsa he 
fabricado? ¿Qué herejías he dicho? ¿Qué casa he incen- 
diado? ¿Ni qué crimen atroz he cometido para padecer 
lo que padezco? ¿Quién diablos me metió en la cabeza 
ser fraile, sólo por librarme de ser aprendiz ó soldado? 
En cualquiera de estos dos ejercicios me la pasara yo 
mejor seguramente, porque comiera cuanto pudiera 
hasta hartarme, y lo que se me diera la gana; me 
pusiera camisa más que fuera de manta; durmiera en 
colchón, si lo tenía, y hasta que se me antojara el día que 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 54. 



214 PENSADOR MEXICANO 

estuviera franco, y por último, gozaría de mi libertad 
andando entre mis amigos y conocidas en los bailes y 
jaranitas, y no aquí con esta jerga pegada al pellejo, des- 
calzo, comiendo mal, durmiendo peor y sobre unas duras 
tablas, encerrado, trabajando, y sin ver una muchacha 
ni cosa que lo parezca por todo esto. ¡Ahí reniego de 
mí, y ¡maldita sea la hora en que yo pensé ser fraile! 

Así hablaba yo conmigo mismo, y así hablan todos 
aquellos jóvenes de ambos sexos, y en especial las niñas 
miserables, que sin una inspiración de Dios y sin una 
vocación perfecta abrazan el estado religioso; estado 
santo, estado quieto, dulce y celestial para los que son 
llamados á él por la gracia; pero estado duro, difícil é 
infernal para los que se introducen á él sin vocación. 
¡Cuántos, cuántos lo experimentan en sí mismos á la 
hora de ésta, tal vez, y sin remedio 1 Cuidado, hijos 
míos, cuidado con errar la vocación, sea cual l'uere; 
cuidado con entrar en un estado sin consultar más que 
con vuestro amor propio, y cuidado, por fin, con echaros 
cargas encima que no podáis tolerar, porque pereceréis 
debajo de ellas. 

Maldiciendo y renegando, como os digo, me quedé 
dormido cerca de las once y media de la noche, y apenas 
había pegado mis párpados, cuando entra en mi celda un 
novicio despertador, y me dice: — Hermano, hermano, 
levántese su caridad, vamos á maitines. — Abrí los ojos, 



OBIIAS ESCOGIDAS 215 

advertí que era fuerza obedecer, y me levanté echando 
sapos y culebras en mi interior. 

Fui á coro, y medio durmiendo y rezongando lo que 
entendía del oficio, concluí mi tarea y volví á mi celda 
apeteciendo un pocilio de chocolate siquiera á aquella 
hora, porque ciertamente tenía hambre; pero no había 
ni á quién pedírselo. 

Reinaba un profundo silencio en aquel dormitorio, y 
en medio del pavor que me causaba, para entretener mi 
hambre, mi vigilia y mi desesperación, me volví á entre- 
gar á mis ideas libertinas y melancólicas, y tanto me 
abstraje en ellas, que derramé hartas lágrimas de cólera 
y de arrepentimiento; pero me venció el sueño al cabo 
de las cuatro de la mañana y me quedé dormido; 
mas ¡oh desgracia de flojos! no bien había comenzado á 
roncar, cuando he aquí al hermano novicio que me vino 
á despertar para ir á prima. 

Me levanté otra vez lleno de rabia, maldiciéndome á 
guisa de condenado; pero allá en mi corazón y sin 
hablar una palabra, diciendo entre mí: — ¿Pues no es 
<ista una vida pesadísima? ¡Habráse visto empeño como 

el que ha tomado este frailecillo en no dejarme dormir! 

' . . . 

El es mi ahuúote sin duda, es otro doctor Pedro Recio, 

pues si el del Quijote quitaba á Sancho Panza los platos 
de delante luego que empezaba á comer, éste me quita á 
mí el sueño luego que comienzo á dormir. 



21G PENSADOR MEXICANO 

Pensando estos despropósitos me í'uí a coro, recé 
más que un ciego, y al cantar abría tanta boca, pero de 
hambre, porque como la cena de la noche anterior no 
me gustó mucho, apenas la probó; y así tenía el estó- 
mago en un hilo, deseando se acabara la prima para ir á 
desquitarme con el chocolate, que me lo prometía de lo 
mucho y bueno, pues había oído decir en el siglo que 
los frailes tomaban muy buen caracas, y cuando en casa 
había algún pocilio muy grande, decían: — Este pozuelón 
es frailero. — Con esto vo decía entre mí: — A lo menos si 
la cena Tur mala, el desayuno será lamoso. Sí, no hay 
duda; ahora me soplaré un tazón de buen chocolate con 
sus correspondientes bizcochos, ó cuando no, con cuar- 
tilla de pan enmantecado por lo menos. 

En esta santa contemplación se acabó el rezo y 
salimos de coro; ¡pero cuál lué mi tristeza y enojo 
cuando dieron las seis, las seis v media, las siete, v 
no parecía tal chocolate ni pareció en toda la mañana, 
porque me dijeron que era día de ayuno! Entonces me 
acabé de dar á Barrabás, renegando más y con doble 
fervor de mi maldito pensamiento de ser fraile, y más 
cuando fueron otros dos novicios, y presentándome dos 
cubetas de cuero, me dijeron: — Hermano, venga su 
caridad; tome esas cubetas, y vamos á barrer el con- 
vento mientras es hora de ir á coro. 

— Esta está peor, me decía yo; ¡conque no dormir. 



f'-\^!rS^!-'-- -:'- 



■ ■• ■ .T^-; 



OBRAS ESCOGIDAS 217 

no comer y trabajar como un macho de norial ¿Esto es 
ser novicio? ¿Esto es ser fraile? ¡Ah, pese á mi maldita 
ligereza, y á los infames consejos de Pelayo y de Juan 
Largo! No hay remedio, yo no soy fraile, yo me salgo; 
porque si duro aquí ocho días me acaba de llevar el 
diablo de sueño, de hambre y de cansancio. Yo me 
salgo, sí; yo me salgo... pero ¿tan breve? ¿Aún no 
caliento el lugar y ya quiero marcharme? No puede ser. 
¿Qué dirán? Es fuerza aguantar dos ó tres meses, como 
quien bebe agua de tabaco, y entonces disimularé mi 
salida fingiéndome enfermo; aunque no habrá para qué 
afanarme en fingir, pues mi enfermedad será real y ver- 
dadera con semejante vida, y plegué á Dios que de aquí 
allá no haya yo estacado la zalea ^ en estos santos pare- 
dones. ¡Qué hemos de hacer! 

Así discurría yo mientras subía agua y regaba los 
tránsitos con la picJiandia, siempre triste y cabizbajo; 
pero admirándome de ver lo alegres que barrían los 
otros dos frailecitos, mis compañeros, que eran tanto ó 
más jóvenes que yo. Ya se ve, eran unos virtuosos, y 
habían entrado allí con verdadera vocación, y no por 
excusarse de trabajar, para holgarse como yo. 

El uno de ellos, que era el más muchacho, era muy 

• Estacar la zalea: (frase familiar). Morir, con alusión á los borregos, que después 
de muertos son desollados y sus zaleas clavadas con estacas en el suelo ó en las paredes 
para secarse antes de curtirlas. Lo mismo signiñca la otra frase vulgar: Pelar su indig- 
na rata. E. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 55 . 



.'<: ^.,J:\\r-\-M:y 



218 PENSADOR MEXICANO 

alegre, su color era blanco, su pelo bermejo, sus ojillos 
azules y muy vivos, su boca llena de una modesta son- 
risa, y como estaba fatigado con el trabajo, estaba colo- 
radito y bonito que parecía un san Antonio. Advirtió mi 
semblante sombrío y triste, y creyendo el inocente que 
era efecto de una suma austeridad y de los escrúpulos 
que me agitaban, se llegó á mí y me dijo con mucho 
agrado: — Hermanito. ¿qué tiene? ¿por qué está tan 
triste? Alégrese; la alegría no se opone al servicio de 
Dios. Este Señor es todo bondad. Somos sus hijos, no 
sus esclavos; quiere que lo amemos como á padre, y que 
lo adoremos como al Señor Supremo; no que lo temamos 
con un miedo servil, no; ¡si no es nuestro tirano! Es un 
Dios lleno de dulzura, no un Dios parricida como el 
Saturno de los paganos. Su vista sólo alegra á los santos 
y hace toda la felicidad del cielo. Su servicio debe inspi- 
rar á los suyos la mayor confianza y alegría. 

El santo rey David nos dice expresamente: servid al 
Señor con ale(/."ía, y el Eclesiástico: ^< arroja lejos de tí 
la tristeza, porque es pasión que á muchos quita la vida, 
y en ella no hay utilidad.» Pero ¿qué más? el mismo 
Jesucristo nos manda «que no queramos hacernos tristes 
como los hipócritas.» Conque, hermanito, alegrarse, ale- 
grarse y desechar escrúpulos é ideas funestas, que ni 
hacen honor á la Deidad ni traen provecho á las almas. 

Yo agradecí sus consejos al buen religiosito, y le 



j;:!&£^' 



OBRAS ESCOGIDAS 



219 



envidié su virtud, su serenidad y alegría; porque no sé 
qué tiene la sólida virtud que se hace amable de los 
mismos malos. 

Llegó la hora de la misa conventual, y fuimos á 
coro. Entonces advertí que no asistían algunos padres 
que había visto por el convento. Pregunté el motivo, y 
me dijeron que eran padres graves y jubilados ó exentos 
de las asistencias de comunidad. Con esto me consolé un 
poco, porque decía: — En caso de profesar, que lo dudo, 
como yo sea padre grave, ya estoy libre de estas cosas. — 
Fuimos á coro. 




t-A^T - . .^ -Jr*.. ¿..J 




■- • j;s-.--^'^,j- _' j ^T-*^.-*-'^,, 



•.t»^>* . tyií: 



- '"Tí^ 



. «íi--.- í. T, 




CAPITULO XII 



Trátase sobre los malos y los buenos consejos; muerte del padre de Periquillo, 

y salida de éste del convento 



Estuve en el coro durante la tercia y la misa; pero 
con la misma atención que el facistol. Todo se me 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. I, A. — 56. 



■ V_. T^J - '^ 



.'^1.:^: ^■>^>.j9ini¿a¿4 



222 PENSADOR MEXICANO 

fué en cabecear, estirar los párpados y bostezar, como 
quien no había cenado ni dormido. 

El que presidía lo notó, y luego que salimos me 
dijo: — Hermano, parece que su caridad es harto flojillo; 
enmendarse, que aquí no es lugar de dormir. 

Yo no dejé de incomodarme, como que no estaba 
acostumbrado á que me regañaran mucho; pero no osé 
replicar una palabra. Me calé la capilla, y marché á 
continuar la limpieza de mi santo cuartel. 

Llegó la hora bendita del refectorio, y aunque la 
comida era de comunidad, á mí me pareció bajada del 
cielo, como que á buena hambre no hay mal pan. 

En fin, me luí acostumbrando poco á poco á sufrir 
los trabajos de fraile y el encierro de novicio, mante- 
niendo el estómago debilitado, consolando á mis ojos 
soñolientos, animando mis miembros fatigados con d 
trabajo y tolerando las demás penalidades de la reli- 
gión, con la esperanza de que. en cumpliendo seis mesoí^, 
fingiría una enfermedad, y me volvería á mis ajos y 
coles, que había dejado en la calle. 

Esta esperanza se avaloraba con la vista de mi 
padre de cuando en cuando, pero más y más con los 
siempre cristianos, prudentes y caritativos consejos de 
mis dos mentores Januario y*Pelayo, que solían vi:?i- 
tarme con licencia del padre maestro de novicios, á 
quien mi padre los había recomendado. 



-fc. f.A* lifi A/A--AÍ.Í J -W^ 



-í. : ..: 'm^ ■■ ,'^.-. •- .-«t>W ■•i.r.. ■..'gw¿ ;^— -' , ■■• ; > -'. 'J.-ti.-^' .víLJt 



j'.t..; t":.! ;■ JAti?*'_.iJLJt 



OBRAS ESCOGIDAS 223 

Uno me decía: — Sí, Perico; no harás otra cosa 
mejor que mudarte de aquí: mírate ahí como te has 
puesto en dos días; flaco, triste, amarillo, que ya con 
la mortaja encima no falta más sino que te entierren, 
lo que no tardarán mucho en hacer estos benditos 
frailes, pues con toda su santidad son bien pesados é 
imprudentes. Luego luego quisieran que un pobre 
novicio fuera canonizable ; todo le notan, todo le cas- 
tigan; nada le disimulan ni perdonan: ya se ve, ningún 
padre maestro se acuerda que fué novicio. — Esto me 
decía el menos malo de mis amigos, que era Pelayo; 
que el Juan Largo maldito, ése era peor; blasfemaba 
de cuantos frailes y religiosos había en el mundo; y 
¿en qué términos lo haría, pues siendo yo algo peor 
que Barrabás, me escandalizaba? 

Ciertamente que no son para escritas las cosas que 
me decía de todas, y en especial de aquella venerable 
religión, que no tenía la culpa de que un picaro como 
yo se acogiera á ella sin vocación y sin virtud, sólo 
para eludir los muy justos designios de su padre; pero 
por sus consejos inferiréis el fondo de maldad que abri- 
gaba su corazón. 

— No seas tonto, me decía: salte, salte á la calle; 
no te vayas á engreír aquí y profeses, que será ente- 
rrarte en vida: Eres muchacho, salvaje, goza del 
mundo. Las muchachas tus conocidas siempre me pre- 



:tói.,. 



224 PENSADOR MEXICANO 

guntan por tí: mi prima ha llorado mucho, te extra- 
ña, y dice que ojalá no fueras fraile, que ella se 
casara contigo. Conque salte, Periquillo, hijo, salte, 
y cásate con Poncianita, que es la única hija de don 
Martín y tiene sus buenos pesos. Ahora, ahora que- 
te quiere has de lograr la ocasión ; pues si ella pierde 
la esperanza de tu salida y se enamora de otro, lo 
pierdes todo. ¡Ojalá y yo no fuera su primo 1 á buen 
seguro que te diera estos consejos, pues yo los tomara 
para mí; pero no puedo casarme con ella, al fin se 
ha de casar con cualquiera, y ese cualquiera no ha de 
ser otro más que tú, que eres mi amigo; pues lo que 
se ha de llevar el moro, mejor será que se lo lleve el 
cristiano. ¿Qué dices? ¿Qué le digo? ¿Cuándo te sales? 
Yo era maleta, y luego con las visitas y persua- 
siones de este tuno me pervertía más y más, y llegué 
á tanto grado de desidia que no hacía cosa á derechas 
de cuantas me mandaba la obediencia. Si salía á acoli- 
tar, estaba en el altar inquietísimo; mi cabeza parecía 
molinillo, y no paraban mis ojos de revisar á cuanta 
mujer había en la iglesia; si barría el convento lo 
hacía muy mal; si servía el refectorio, quebraba los 
platos y escudillas; si me tocaba algún oñcio en el coro, 
me dormía; finalmente, todo lo hacía mal, porque todo 
lo hacía de mala gana; con esto, raro era el día en 
<jue no entraba al refectorio con la almohada, la escoba 



,.-^-,.-^.vr 



OBRAS ESCOGIDAS 225 

Ó los tepalcates colgados, con un tapaojos ó con otra 
señal de mis malas mañas v de las ridiculeces de los 
frailes, como yo decía. 

Los primeros días se me asentaba la silla un poco, ' 
esto es, se me hacían pesadas semejantes burlas y mo- 
jigangas, como yo las llamaba, siendo su propio nombre 
¡renitencias; pero después me fui connaturalizando con 
ellas de modo que se me daba tanto de entrar al coro 
ó refectorio con una sarta de guijarros, pendiente del 
cuello, como si llevara un rosario de Jerusalén. 

Así cayendo y levantando, y haciendo desesperar 
á los benditos religiosos, llegué á cumplir seis meses 
de novicio, tiempo que desde el primer día me había 
prefijado para salirme á la calle y volverme á mis 
andanzas en el siglo. Ya estaba yo pensando de qué 
mal sería bueno enfermarme, ó fingir que me enfer- 
maba, para cohonestar mi veleidad, y habiendo, por 
último, elegido la epilepsia, ya iba á descargar sobre 
el corazón sensible de mi padre el golpe fatal, escri- 
biéndole mi resolución de sah'rme, cuando llegó Januario 
y me dio la triste noticia de hallarse mi dicho padre 
gravemente enfermo y desahuciado de los médicos. 

Afligióme semejante nueva, y trataba de acelerar 
mi salida; pero Januario me contuvo diciéndome que 

i Esta comparación con los caballos apenas se puede pasar á Periquillo, si no es 
hablando de sí mismo. E. . 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. I, A. — 57. 



226 



PENSADOR MEXICANO 



tiempo había para ella; que por entonces suspendiera 
mi resolución, pues nada iba á medrar, y antes podría 
suceder que mi padre con la pesadumbre se agravara 
y se abreviaran sus días por mi precipitación; y así, 
que me sosegara, que por muerte ó por vida de mi 
padre se haría la cosa después con más acierto y menos 
inconvenientes. 

Hícelo así, y confieso que me convenció, porque, 
á pesar de ser tan malo, esta vez me aconsejó como 
hombre de bien. 

Los hombres,, hijos míos, son como los libros. Ya 
Silbéis que no hay libro tan malo que no tenga algo 
bueno; así los hombres, no hay uno tan perverso, que 
tal cual vez no tenga algunos buenos sentimientos; y 
en esta inteligencia, el mayor pecador, el más relajado 
y libertino, puede darnos un consejo sano y edificante. 

Cinco días pasaron después del que me habló Janua- 
rio, cuando vino á verme don Martín, y previniéndome 
el ánimo con los consuelos que le dictó su caridad, 
me dio una carta cerrada de mi padre, y con ella la 
noticia de su fallecimiento. 

La naturaleza apretó mi corazón, y mis lágrimas 
manifestaron en abundancia mis sentimientos. Don Mar- 
tín repitió sus consuelos, y se fué á dar algunas limos- 
nas al padre provincial para sufragios por el alma del 
difunto. El padre vicario, los coristas y mis connovicios, 



IÍ-«£Ai«.'j>. :'di 



.< A. . t I . . e 



^ .'.*<« ^.^4 



OBRAS ESCOGIDAS 227 

entraron á mi celda y me daban todos aquellos consuelos 
que se apoyan en la religión, y luego que calmó un 
poco mi dolor, me dejaron solo y se retiraron á 
sus destinos. Dos días pasaron sin que yo me atre- 
viese á abrir la carta, pues cada vez que la quería 
abrir, leía el sobrescrito que decía: A mi qíioi'ido hijo 
Pedro Sarmicjito. Dios lo (/üífrdc en su sanUí (¡vacia 
muchos años. Entonces se estremecía mi corazón sobre- 
manera, y no hacía más que besarla y humedecerla 
con mis lágrimas, pues aquellos pocos caracteres me 
acordaban el amor que siempre me había tenido, y su 
constante virtud que me había inspirado. 

¡Ay, hijos! ¡Qué cierto es que el buen padre, la 
buena esposa y el buen amigo, s<')lo se conocen cuando 
la muerte cierra sus ojos! Yo sabía que mi padre era 
bueno; pero no lo conocí bien hasta que tuve la noti- 
cia de su fallecimiento. Entonces á un golpe de vista 
vi su prudencia, su amor, su juicio, su afabilidad y 
todas sus virtudes, y al mismo tiempo eché de ver el 
maestro, el hermano, el amigo y el padre que había 
perdido. 

Al cabo de tres días abrí la carta, cuyo contenido leí 
tantas veces que se me qued(^ en la memoria, y por ser 
sus documentos digna herencia de vuestro abuelo, os 
la quiero dejar aquí escrita. 



228 PENSADOR MEXICANO 

«Amado hijo: al borde del sepulcro te escribo ésta, 
que según mi orden, te entregarán luego que esté mi 
cadáver sepultado. ^ 

»No tengo más bienes que dejar á tu pobre madre, 
que cuatro reales y los pocos muebles de casa para que 
pase sin ansias algunos días de su triste viudedad; y á tí, 
hijo mío, ¿qué te podré dejar, sino escritas por mi mano 
trémula y moribunda, aquellas mismas máximas que he 
procurado inspirarte toda mi vida? Hazles lugar en tu 
corazón y procura traerlas á la memoria con frecuencia. 
Obsérvalas, que jamás te arrepentirás de su observancia. 

»Ama á Dios, témelo y reconócelo por tu padre, 
tu señor y tu benefactor. 

>;Sé fiel á tu patria y respeta á las autoridades esta- 
blecidas. 

» Pórtate con todos como quisieras se portaran con- 
tigo. 

»A nadie hagas daño, y jamás omitas el bien que 
puedas hacer. 

»No aflijas á tu madre, ni excites su llanto; porque 
las lágrimas que derraman las madres por los malos 
hijos, claman ante Dios contra éstos por la venganza. 

» Jamás desprecies los clamores del pobre, y hallen 
sus miserias un abrigo en tu corazón. 

»No juzgues del mérito de los hombres por su exte- 
rior, (jue éste es engañoso las más veces. 



SHJÍ&.: 



^ ■w^x.-'^ ■■■'■■■ ■*:' -rr^r ■■ ■■;, ■.-. , . -^ .- \ ■' : -*'■- s^^: '', • .-■■- ■ - , ■^.f-' . *■ -■,,■:■ -. ..'-*'=.- ;.'í.v.>. 



OBRAS ESCOGIDAS 229 

»No te empeñes nunca en singularizarte en nada. 

»Si profesares en esa santa religión, no olvides en 
ningún tiempo los votos con que te has consagrado á 
Dios. 

»No te afanes por alcanzar los puestos honoríficos 
de la religión, ni te entristezcas si no los alcanzares, que 
esto no es propio del verdadero religioso que ha abando- 
nado el mundo y sus pompas. 

»Si fueres padre maestro ó prelado, no olvides la 
observancia de tu regla; antes entonces debes ser más 
modesto en el húbito, más puntual en el coro y más 
edificante en todo; pues no es razón que exijas de tus 
subditos el estrecho cumplimiento de su obligación, si tú 
les enseñas otra cosa con el ejemplo. 

»No te mezcles en los negocios y asambleas de los 
seglares, porque no los escandalice tu relajación; pues 
tan bien parece un religioso en el coro, en el claustro, en 
el altar, pulpito ó confesonario, como mal en el paseo, 
tertulia, juego, baile, coliseo y estrados de visitas. 

;>No uses copetes en el cerquillo á modo de faisán ó 
pavo, que esta sola divisa manifiesta el poco espíritu 
religioso, y declara bien lo apegado que está el que lo 
usa al mundo y á sus modas. 

V Final niente, si no profesas, guarda los preceptos 
del Decálogo en cualquiera que sea el estado de tu vida. 
Ellos son pocos, fáciles, útiles, necesarios y provecho - 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. I, A. — 58. 



■Ic.L.r — -^' .t. -jál. - 



230 PENSADOR MEXICANO 

SOS. Están fundados en el derecho natural y divino. 
Lo (jue nos mandan es justo: lo que nos prohiben es 
en beneficio nuestro y de nuestros semejantes; nada 
tienen de violento sino para los abandonados y libertinos; 
y por último, sin su observancia es imposible lograr ni la 
paz interior en esta vida, ni la felicidad eterna en la otra. 
» Acuérdate, pues, de esto, y de que dentro de pocos 
días seguirás el camino en que va á entrar tu padre, 
cuya bendición con la de Dios te alcance por siempre. 
Adiós, hijo amado. A las orillas de la eternidad, tu 
amante padre — Manuel.» 

Esta carta no hizo más efecto que entristecerme 
algunos ratos, pero sin profundizar sus verdades en mi 
corazón, porque á éste le faltaba disposición para recibir 
tan saludable semilla. 

Pasaron quince días, en cuyo corto tiempo se me 
olvidaron en gran parte los sentimientos de la muerte de 
mi padre, los avisos de su carta, esto es, el primer 
espíritu de compunción con (jue la leí, y sólo me acor- 
daba de mi apetecida libertad. 

Al cabo de estos días vino Januario y me trajo un 
recado de mi madre, diciéndome que estaba muy apesa- 
rada y triste en su soledad, y que ya era tiempo para que 
yo realizara mis proyectos, pues habiendo muerto mi 
padre, ya no había cosa que embarazara mi salida; antes 



rypV -■'''"!/'::■ ^ v: ".. v , . •■ ■;■•■ ---'¿/^ :- r > r,-f?v..:"-v--c.^,^;. - z';»^?^:- 



- •- jV;\-«> *ír>^-- 



OBRAS ESCOGIDAS 231 

ésta podría servir á mi madre de consuelo, y otras cosas 
á este modo con que acabé yo de resolverme. 

Le manifesté ;i Januario la carta de mi padre, y él 
luego que la leyó se echó á reir, y me dijo: — Está bueno 
el sermón, no hay que hacer. Tu padre, hermano, erró 
la vocación de medio á medio. Era mejor para misionero 
que para casado; pero consejos y bigotes, dicen que ya 
no se usan. La herencia está muy buena, aunque yo 
no daría por ella una peseta. Si como tu padre te dejó 
advertencias, te hubiera dejado monedas, se las deberías 
agradecer más; porque, amigo, un peso duro vale más 
que diez gruesas de consejos. Guarda esta carta, y salte 
á ver qué haces con lo que ha dejado tu padre, porque tu 
madre ¿(jué ha de hacer? En cuatro días lo gasta y se 
acaba, v ni tú ni ella lo disfrutáis. 

Yo le agradecí aquellos que me parecían buenos 
consejos, y le dije que le propusiera á mi madre mi 
salida, pretextándole mi enfermedad y lo útil que yo le 
podía ser á su lado. Januario me ofreció desempeñar 
el asunto v volver al otro día con la razón. 

« 

Incjuietísimo me (juedé yo esperando la resolución de 
mi madre, no porque yo (juería captar su venia, pues 
no la juzgaba necesaria, sino para con esta hipocresía 
atarle la voluntad de modo que me franqueara sin reser- 
va todos los mediecillos que mi padre había dejado, y se 
fiara de mí, como si yo fuera un buen hijo. 



r.;- ;-rM-»-.'' ■^.-'- ■-■- TT..-.. / ; -V - .*" í,-v^*i.jt t¿*--ik-. ■"-'i.-.' :i ai.jV'C. 



232 PENSADOR MEXICANO 

Todo me sali<'> según me lo propuse, pues al día 
siguiente volvió Januario. y me dijo (jue todo estaba 
corriente; (jue él había ponderado mucho mi falsa enfer- 
medad í\ mi madre, y díchole <jue yo lloraba mucho por 
ella, í|ue tanto por mi salud, como por servirla y acom- 
pañarla, deseaba salirme; pero (|ue esperaba su parecer, 
porcjue era tan bueno su hijo, (jue sin su licencia no 
daría un paso. A lo (|ue mi madre le contestó: que 
saliera enhorabuena, pues mi salud valía más (jue todo, 
y en todas partes se podía servir á Dios. 

— Oídos (¡uc tales orejas, ' dije yo al escuchar estas 
razones. Mañana comemos juntos, Januario... — Y al 
instante vamos á visitar á Poncianita , m(^ dijo él, 
que cada día está más chula el diantre de la mu- 
chacha. 

En conversaciones tan edificantes como óstas pasa- 
mos el rato que me piM-mitió la campana, á cuyo toque 
se despidió Januario, quedándome yo deseando llegara la 
noche para avisarle mi deí (nominación al padre maestro 
de novicios. 

Llegó en efecto, y á mi parecer más tarde que otras 
veces. Luego que tuve lugar me entré en su celda, y le 
dije que estaba enfermo, y á más de eso, que mi madre 
había quedado viuda, pobre y sin más hijo que yo, y que 



1 Oidos qua tal oyen dice la expresión familiar castellana; pero por el disparate de 
un estudiante se ha hecho común decirse como en este lugar. E. 



' '■ '^V \ - ■ ■•".«trf^i'J.-ls.^.-A 






OBRAS ESCOGIDAS 233 

así pensaba volverme al siglo; que me hiciera favor de 
facilitarme mi ropa. 

El buen religioso me escuchó con santa paciencia, y 
me dijo: que viera lo que hacía; que ésas eran tenta- 
ciones del demonio; si estaba enfermo, médicos y botica 
tenía el convento, y que allí me curarían con el mismo 
cuidado que en mi casa; que si mi madre había quedado 
viuda y pobre, no había quedado sin Dios, que es padre 
universal y no desampara á sus criaturas; y por último, 
que lo pensara bien. — Ya lo tengo bien pensado, padre 
maestro, le dije, y no hay remedio, yo me salgo, porque 
ni la religión es para mí, ni yo para la religión. 

Enfadóse su paternidad con estas razones, y me dijo: 
— La religión es para todos los que son para ella; mas 
su caridad dice bien, que no es para la religión, y así me 
lo ha parecido algunas veces. Vaya con Dios. Mañana 
temprano mandaré avisar á nuestro padre provincial, y 
se irá á su casa ó á donde le parezca. 

Me retiré de su vista, y esa noche ya no quise ir á 
coro ni á refectorio (ni me hicieron instancia tampoco), 
y á otro día entre nueve y diez de la mañana me llamó 
el padre maestro de novicios, me despojó solemnemente 
de los hábitos, me dio mi ropa, y me marché para la 
calle, dirigiéndome inmediatamente para México. 

- Después que descansé un rato en un asiento de la 
alameda, y me sacudí el polvo del camino, que había 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T, I, A. — 59. 



•^ 



234 PENSADOR MEXICANO 

hecho desde Tacubaya, me dirigía á mi casa, é iba yo 
envuelto en mi capa, con mi pañuelo amarrado en la 
cabeza y lleno de confusión, pensando que estaba como 
excomulgado y separado de aquellos siervos de Dios. 
No sé qué pavor se apoderaba de mi corazón cada vez 
que volvía Ja cara y veía las sagradas paredes de San 
Diego, depósitos do la virtud y quietud, de donde yo me 
retiraba. 

— No hay duda, decía vo entre mí, vo acabo de 
dejar el asilo de la inocencia; yo he dejado la única tabla 
á que podía asirme en el naufragio de esta vida mortal. 
Dios me verá como un ingrato, y los hombres me des- 
preciarán como un inconstante... |Ah, si pudiera yo vol- 
verme I 

En estas serias meditaciones iba yo embebecido, 
cuando me tiró de la capa uno de mis antiguos con- 
tertulianos que me conoció y acompañaba á una de 
las coquetillas más desenvueltas que yo había chuleado 
antes de entrar en el convento. 

Luego ([ue nos saludamos y reconocimos los tres, 
me pregunt(') él, cuándo me había salido y por qué. 
Le respondí que a(juel mismo día, y por la muerte de 
mi padre y mi enfermedad. Me lo tuvieron á bien, y me 
llevaron á almorzar á un figón, donde comí á lo loco 
y bebí punto menos, con cuyos socorros se disiparon mis 
tristezas. 



t' 



■-'■, -^ * ■> •**->-^«'r X ■ ■ r-'f T'*.- - >. -■ 



OBRAS ESCOGIDAS 



235 



Despidiéronse de mí, y me fuf para mi casa. Luego 
que mi madre me vio, comenzó á abrazarme y á llorar 
amargamente; pero me manifestó su contento por te- 
nerme otra vez en su compañía. ¿Quién le había de 
decir que sus trabajos comenzaban desde aquel día, y 
(jue mi persona, lejos de proporcionarle los consue- 
los y alivios que se prometía, le había de ser funesta- 
mente gravosa? Pero así fué, como veréis en el capítulo 
siguiente. 




■ J:'. ■JÉílt^Lf'íá.:-*^^^!^ . 



-— g? - ■ 



-J-^',. .»'iM« - • - ■' •^— *-' 



i^T'y;..' \ . '/;>'^ 



""j.-" 




CAPITULO XIII 



Trata Periquillo de quitarse el luto, y se discute sobre los abusos de los funerales, 

pésames, entierros, lutos, etc. 



Entramos on la época más desarreglada de mi vida. 
Todos mis extravíos referidos hasta aíjuí son frutas y 
pan pintado respecto á los delitos que se siguen. Cierta- 
mente me horrorizo yo mismo, y la pluma se me cae de 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A.— 60. 



238 PENSADOR MEXICANO 

la mano al escribir mis escandalosos procederes, y al 
acordarme de los riesgos y lances terribles que á cada 
momento amenazaban mi honra, mi vida y mi alma; 
por(|ue es evidente que el hombre mientras es más 
vicioso está más expuesto á mayores peligros. Ya se 
sabe (|ue nuestra vida es un tejido continuo de sustos, 
miserias, riesgos y zozobras (jue por todas partes nos 
amagan; pero el hombre de bien con su conducta arre- 
glada se libra de muchos de ellos y se hace feliz en 
cuanto cabe en esta vida miserable; cuando por el con- 
trario, el hombre vicioso y abandonado, no sólo no se 
libra de los males (jue naturalmente nos acometen, sino 
(jue con su misma relajación se mete en nuevos empe- 
ños y llama sobre sí una espantosa multitud de peli- 
gros y lacerías, (jue ni remotamente los experimentara 
si viviera como debía vivir, y de este fácil principio se 
comprende por (juó los mñs viciosos son los más llenos 
de aventuras y acaso los que lo pasan peor aún en esta 
vida. Yo fui uno de ellos. 

Seis meses estuve en mi casa haciendo una vida 
bien hipócrita; ponjue rezaba el rosario todas las noches, 
según la costumbre de mi difunto padre, salía muy poco 
á la calle, no asistía á ninguna diversi(')n . hablaba de la 
virtud y de cosas de Dios con frecuencia, y en una pala- 
bra, hice tan bien el papel de hombre de bien, que la 
pobre de mi madre lo creyó y estaba conmigo loca de 



^-■' : ■■Z;<r!^:'< ■■■.■:■ - . y- . . . . '• . r '■„ ■ -^ .-■".- ■; ' cv-rí' ;^ ■ ^ ;-^ ■ 'y¿ 



OBRAS ESCOGIDAS 239 

contenta. ¡Qué mucho! si la tragó Januario siendo tan 
veterano en picardías, y tanto lo creyó, que un día me 
dijo: — Periquillo, me has admirado: ciertamente que tú 
naciste para fraile, pues cuando yo esperaba que salieras 
á coger las primicias de tu libertad absoluta y que nos 
daríamos los dos nuestros verdes muy razonables, te veo 
encerrado y hecho un anacoreta en tu casa. — ¡Pobre de 
Januario! ¡Pobre de mi madre! ¡Y pobres de cuantos 
se persuadieron ñ que era virtud lo que sólo era en mí 
una malicia muy refinada! 

Trataba yo de conceptuarme bien con mi madre 
para que confiando en mí totalmente no me escaseara 
los mediecillos que mi padre le hubiera dejado, lo que 
no me fué difícil conseguir con mis estratagemas mali- 
ciosas. 

De facto, mi madre me descubrió y aun me hizo 
administrador de los bienecillqs que habían quedado, y 
consistían en mil y seiscientos pesos en reales; como 
quinientos en deudas cobrables, y cerca de otros mil 
en alhajitas y muebles de casa. Cortos haberes para un 
rico; mas un capitalito muy razonable para sostenerse 
cualquier pobre trabajador y hombre de bien; pero sólo 
eso era lo que me faltaba, y así di al traste con todo 
dentro de poco tiempo, como lo veréis. 

Cualquier capitalito razonable ñorece en las manos 
de un hombre de conducta y aplicado al trabajo; pero 



V 



V 



240 PENSADOR MEXICANO 

ninguno es suficiente para medrar en las de un joven 
como yo, que no sólo era disipado, sino disipador. 

El dinero en poder de un mozo inmoral y relajado 
es una espada en las manos de un loco furioso. Como 
no sabe hacer de él el uso debido, constantemente sólo 
le sirve de perjudicarse á sí mismo y perjudicar á otros, 
abriendo sin reserva la puerta á todas las pasiones, facili- 
tando la ejecución de todos los vicios y acarreándose por 
consecuencia necesaria un sinnúmero de enfermedades, 
miserias, peligros y desgracias. 

Para precavci' así la dilapidación de los mayorazgos, 
como la total ruina de estos pr(')digos viciosos, meten la 
mano los gobiernos, y (juitándoles la administración y 
manejo del capital, les señalan tutores que los cuiden 
y adieten como á unos muchachos ó dementes; porque 
si nó, en dos por tres tirarían los bancos de Londres si 
los hubieran á las manos. 

¡Es una vergüenza que á unos hombres regular- 
mente bien nacidos, y sin la desgracia de la demencia, 
sea menester que las leyes los sujeten á la tutela y los 
reduzcan al estado de pupilos, como si fueran locos ó 
muchachos! Pero así sucede, y yo he conocido algunos 
de estos mayorazgos sin cabeza. 

Si yo hubiera sido mayorazgo no me hubiera (jue- 
dado por corto para tirar todo el caudal en dqs semanas, 
pues era flojo, vicioso y desperdiciado: tres requisitos que 






'-(iS:- 



OBRAS ESCOGIDAS 241 

con sólo ellos sobra para no quedar caudal á vida por 
opulento y pingüe que sea. 

Atando el hilo de mi historia digo: que ya me can- 
saba yo de disimular la virtud que no tenía, y deseando 
romper el nombre y quitarme la máscara de una vez, le 
dije un día á mi madre: — Señora, ya no tarda nada el 
día de san Pedro. — ¿Y ({ué me quieres decir con eso? 
preguntó su merced. — Lo (jue quiero decir, le respondí, 
es que ese día es de mi santo, y muy propio para qui- 
tarnos el luto. — ¡Ayl no lo permita Dios, decía mi 
madre. ¿Yo quitarme el luto tan breve? ni por un 
pienso. Amé mucho á tu padre y agraviaría su memo- 
ria si me quitara el luto tan presto. 

— ¿Cómo tan presto, señora? decía yo; ¿pues ya no 
han pasado seis meses? — ¿Y qué, decía ella toda escan- 
dalizada, seis meses de luto te parecen mucho para 
sentir á un padre y á un esposo? No, hijo, un año 
se debe guardar el luto riguroso por semejantes per- 
sonas. 

Ya ustedes verán que mi madre era de aquellas 
señoras antiguas que se persuaden á que el luto prueba 
el sentimiento por el difunto, y gradúan éste por la dura- 
ción de aquél; pero ésta es una de las innumerables vul- 
garidades que mamamos con la primera leche de nues- 
tras madres. 

Es cierto que se debe sentir á los difuntos que ama- 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 61. 



^¿.•lh■J. k.'i;_';,s.í-. ■■i.Üi'. 



242 PENSADOR MEXICANO 

mos, y tanto más cuanto más estrechas sean las rela- 
ciones de amistad ó parentesco que nos unían con ellos. 
Este sentimiento es natural, y tan antiguo, que sabe- 
mos que las repúblicas más civilizadas que ha habido 
en el mundo, Grecia y Roma, no sólo usaban luto, 
sino que hacían aún demostraciones más tiernas que 
nosotros por sus muertos. Tal vez no os disgustará sa- 
berlas. 

En Grecia, á la hora de expirar un enfermo, sus 
deudos y amigos que asistían, se cubrían la cabeza en 
señal de su dolor para no verlo. Le cortaban la extre- 
midad de los cabellos y le daban la mano en señal de la 
pena que les causaba su separación. 

Después de muerto cercaban el cadáver con velas, * 
lo ponían en la puerta de la callo, y cerca de 6\ ponían 
un vaso con agua lustral, con la que rociaban á los que 
asistían á los funerales. Los que concurrían al entierro 
y los deudos llevaban luto. 

Los funerales duraban nueve días. Siete se conser- 
vaba el cadáver en la casa, el octavo se quemaba, y el 
noveno se enterraban sus cenizas. Con poca diferencia 
hacían lo mismo los romanos. 

Luego que expiraba el enfermo daban tres ó cuatro 
alaridos para manifestar su sentimiento. Ponían el cadá- 

• En los primeros días del cristianismo se usaban ya los cirios ó hachas de cera; 
pero anteriormente no se conocían, pues que ni en pinturas ni en grabados ó medallas 
se ve algo que se les parezca, y candela propiamente quiere decir lu2. E. 



.■•IimJtiiCWIHlfrli- 



; ■ ■ — '.v.j ,^: -.T-..» j„-^^..-_v v:.,.-.. 



OBRAS ESCOGIDAS 243 

ver en el suelo, lo lavaban con agua caliente y lo ungían 
con aceite. Después lo vestían y le ponían las insignias 
del mayor empleo que había tenido. 

Como aíjuellos gentiles creían que todas las almas 
debían pasar un río del infierno que llamaban Aque- 
rontc, para llegar á los Elíseos, y en este río había S(')lo 
una barca, cuyo amo era un tal Carón, barquero intere- 
sable que á nadie pasaba si no le pagaban el Hete, le 
ponían los romanos í\ sus muertos una moneda en la 
boca para el efecto. 

A seguida de esto, exponían el cadáver al público 
entre hachas y velas encendidas, sobre una cama en la 
puerta de la casa. 

Guando se había de hacer el entierro, se llevaba el 
cadáver al sepulcro <') en hombros de gente <') en literas, 
(como nosotros antes de hoy los llevábamos en coches). 
Acompañaba al cadáver la música lúgubre, y unas muje- 
res lloronas al((uiladas, que llamaban por esta razón 
Prcüficw, y en castellano se llaman plañideras. (|ue 
con sus llantos forzados reglaban el tono de la música 
y el punto que había de seguir en el suyo el acompa- 
ñamiento. 

Los esclavos á (juienes el difunto había dado libertad 
en su testamento iban con sombreros puestos y hachas 
encendidas. Los hijos y parientes con los rostros cubier- 
tos y tendido el cabello. Las hijas con las cabezas descu- 



. ..L:Í::Í^ L:.-.=Í- )SdSS¿'Ji%.^ ■:«.■*■ ■'■ :-■ '■■ '^'^ 



244 PENSADOR MEXICANO 

biertas, y todos los demás amigos con el pelo suelto 
y vestidos de luto. 

Si el difunto era ilustre, se conducía primero el 
cad.'iver á la plaza, y desde una columna que llamaban 
de ¡a,< a/'cngas, un hijo ó pariente pronunciaba una 
oraci<'>n fúnebre en elogio de sus virtudes. Tan antiguos 
así son los sermones de honras. 

Después do esto, se conducía el cadáver al sepulcro, 
sobre cuyo lugar hubo variación. Algún tiempo se con- 
servaban los cadáveres en las casas de los hijos. Después, 
viendo lo perjudicial de este uso, se estableció por buen 
gobierno (jue se sepultasen en despoblado, y ya desde 
entonces procuraba cada uno labrar sepulcros de piedra 
para sí y su lamilia. ' Lo mismo observaron los griegos, 
con excepci(3n de los lacedemonios. Los pobres (|ue no 
podían costear este lujo, se enterraban como en todas 
partes, en la tierra pelada. 

Después se acostumbró quemar á los héroes di- 
funtos. Para esto ponían el cadáver sobre la pira^ que 
era un montón bien elevado de leña seca , la que 
rociaban con licores y aromas olorosos, y los parien- 
tes le pegaban faego con las hachas que llevaban en- 

* ¡Bella providencia! que hemos visto imitada en México desde la peste de 1813, 
aboliéndose el envejecido abuso de sepultarse los cadáveres en las iglesias, y dándoles 
sepulcros en los campos cantos suburbios, conforme á las determinaciones de los Conci- 
lios. ¡Ojalá no se olvide, ni haya sus infracciones toleradas ó impunes! 

• Esta costumbre remedan nuestras piras. Por esto se hacen elevadas, se colman 
de luces, se adornan con jarras que despiden aromas olorosos, se colocan los bustos de 
los difuntos en sus cúpulas, y se ponen con las insignias de sus empleos. 



-'- w- 



OBRAS ESCOGIDAS 245 

cendidas, volviendo en aquel acto las caras á la parte 
opuesta. 

Mientras ardía el cadáver, los parientes echaban al 
fuego los adornos y armas del difunto, y algunos sus 
cabellos en prueba de su dolor. 

Consumido el cadáver , se apagaba el fuego con 
agua y vino, y los parientes recogían las cenizas y las 
colocaban en una urna entre flores y aromas. Des- 
pués el sacerdote rociaba á todos con agua para pu- 
rificarlos , y al retirarse, decían todos en alta voz: 
y^ terna ni vale, ó que te raya bien eternamente, cuyo 
buen deseo explica mejor nuestro requiescat in pace, 
en pa^ descanse. Hecho esto, se colocaba la urna en 
el sepulcro, y grababan en él el epitafio, y estas cua- 
tro letras S. T. T. L., que querían decir: Sit tibí térra 
lecís, séate la tierra lece, para que los pasajeros de- 
seasen su descanso. Entre nosotros se ve una cruz en 
un camino, ó un retablito de algún matado en una 
calle , á fin de que se haga algún sufragio por su 
alma. 

Concluida la función, se cerraba la casa del difunto, 
y no se abría en nueve días, al fin de los cuales se hacía 
una conmemoración. 

Los griegos cerca de la hoguera ó pira ponían ñores/ 
miel, pan, armas y viandas... ;Ayl ofrendas, ofrendas 
de los indios, ¡qué antiguo y supersticioso es vuestro 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 62. 



:. i*i— ¿.-íf. •-¿ \L».Í«>-<;"iit,*tÍ-.'.; • _.ifj 



i 






246 PENSADOR MEXICANO 

origen! ^ Toda la función se concluía con una comida que 
se daba en casa de algún pariente. Hasta esto imitamos, 
acordándonos que los duelos con pan son menos. 

¿Y acaso sólo los griegos y romanos hacían estos 
extremos de sentimiento en la muerte de sus deudos y 
amigos? No, hijos míos. Todas las naciones y en todos 
tiempos han expresado su dolor por esta causa. Los 
hebreos, los sirios, los caldeos y los hombres más 
remotos de la antigüedad, manifestaban su sensibilidad 
con sus finados, ya de uno, ya de otro modo. Las nacio- 
nes bárbaras sienten y expresan su sentimiento como las 
civilizadas. 

Justo es sentir á los difuntos, y en los libros sagra- 
dos leemos estas palabras: <^Llora por el difunto, porque 
ha faltado su luz ó su vida.;; Supra moriain plora, defecit 
cniín, Itij' c/((s, (Eccl., cap. 22, v. 10). Jesucristo^ lloró 
la muerte de su querido Lázaro, y así sería un absurdo 
horroroso el llevar á mal unos sentimientos que inspira 
la misma naturaleza y blasfemar contra las demostra- 
ciones exteriores que los expresan. 

Así es que yo estoy muy lejos de criticar ni el sen- 
timiento ni sus señales; pero en la misma distancia me 
hallo para calificar por justos los abusos que notamos en 



' Todavía hay pueblos donde los indios ponen á sus muertos un itacate, que es un 
envoltorio con cosas de comer, y algunos realillos. En otros, á más de esto, les esconden 
un papel lleno de disparates para el Eterno Padre, y sus ofrendas son con igual supers- 
tición. En otro lugar diremos quiénes sostienen estos abusos. 



- «T" .■ -V"™ j.^mg.^.i^^'^^^^^^^''- 



OBRAS ESCOGIDAS 247 

éstas, y creo que todo hombre sensato pensará de la 
misma manera; porque ¿quién ha de juzgar por razona- 
bles las lloronas alquiladas de los romanos, ni los fletes 
que ponían á sus muertos en la boca? ¿Quién no reirá la 
tontería de los coptos, que en los entierros corren por 
las calles dando alaridos en compañía de las plaíiidevas, 
echándose lodo en la cara, dándose golpes, arañándose, 
con los cabellos sueltos y representando todo el exceso 
de unos furiosos dementes? ¿Quién no se horrorizará de 
aquella crueldad con que en otras tierras bárbaras se 
entierran vivas las viudas principales de los reyes ó 
mandarines, etc.? 

Todos, ala verdad, criticamos, aleamos y ridiculi- 
zamos los abusos de las naciones extranjeras, al mismo 
tiempo que, ó no conocemos los nuestros, ó si los co- 
nocemos no nos atrevemos á desprendernos de ellos, 
venerándolos y conservándolos por respeto á nuestros 
mayores, que así los dejaron establecidos. 

Tales son los abusos que hasta hoy se notan en 
orden á los pésames, funerales y lutos. Luego que 
muere el enfermo entre nosotros se dan sus alaridos, 
regularmente para manifestar el sentimiento. Si la casa 
es rica, es lo más usado despachar al muerto al depósito; 
pero si es pobre, no se escapa el zelorio. Este se reduce á 
tender en el suelo el cadáver, ya amortajado en medio de 
cuatro velas, á rezar algunas estaciones y rosarios, á 



■.1. '•.-i" •-<»-• ■:V.^?ÍÍ- 



248 PENSADOR MEXICANO 

beber dos chocolates, y, para no dormirse, á contar 
cuentos, y á entretener el sueño con boberías, y quizá 
con criminalidades. Yo mismo he visto quitar créditos y 
enamorar á la presencia de los difuntos. ¿Si serán estas 
cosas por vía de sufragios? 

Algún tanto calman los gritos, llantos y suspiros 
en el intermedio que hay desde la muerte del deudo 
hasta el acto de sacarlo para la sepultura. Entonces, 
como si un cadáver nos sirviera de algún provecho, como 
si no nos hicieran un gran favor con sacarnos de casa 
aquella inmundicia, y como si al mismo muerto lo 
fueran á descuartizar vivo, se redobla el dolor de sus 
deudos, se esfuerzan los gritos, se levantan hasta el cielo 
los ayes, se dejan correr con ímpetu las lágrimas, y 
algunas veces son indispensables las pataletas y desma- 
yos, especialmente entre las dolientes bonitas; ^ unas 
veces originados de su sensibilidad, y otras de sus mone- 
rías. Y cuidado que hay muchachas tan diestras en 
fingir un acceso epiléptico que parece la mera verdad. 
Por lo común son unos remedios eficaces para hacer 
volver á algunas los consuelos y los chiqueos de las 
personas que ellas quieren. 

Dejaremos á los dolientes en su zambra de gritos y 
desmayos, mientras observamos el entierro. 

' Yo he observado que estos males casi nunca acometen á las viejas ni á las feas. 
Los médicos acaso sabrán la causa de este fenómeno, y sabrán por qué á una mucha- 
cha que conoci no le daba su mal cuando tenía las medias sucias. 



'3-- .« t-j -.#■- - :■ „ 



OBRAS ESCOGIDAS 249 

Si el muerto es rico, ya se sabe que el fausto y la 
vanidad lo acompañan hasta el sepulcro. Se convida 
para el entierro á los pobres del Hospicio, los que con 
hachas en las manos acompañan ¡cuántas veces! los 
cadáveres de aquellos que cuando vivos aborrecieron su 
compañía. 

No me parece mal que los pobres acompañen á los 
ricos cuando muertos; pero sería mejor, sin duda, que 
los ricos acompañasen á los pobres cuando vivos, esto 
es, en las cárceles, en los hospitales y en sus chozas 
miserables; y ya que por sus ocupaciones no pudieran 
acompañarlos ni consolarlos personalmente, siquiera que 
los acompañara su dinero aliviándoles sus miserias. 
Aquel dinero, digo, que mil veces se disipa en el lujo 
y en la inmoderación. Entonces sí asistirían á sus fune- 
rales, no los pobres alquilados, sino los socorridos. Estos 
irían sin ser llamados, llorando tras el cadáver de su 
bienhechor. Ellos, en medio de su aflicción, dirían: — 
Ha muerto nuestro padre, nuestro hermano, nuestro 
amigo, nuestro tutor y nuestro todo. ¿Quién nos con- 
solará? ¿Y quién sustituirá el lugar de este genio be- 
néñco? 

iLsta sí fuera asistencia honrosa, y los mayores 
elogios que pudieran lisonjear el corazón de sus parien- 
tes; porque las lágrimas de los pobres en la muerte de 
los ricos, honran sus cenizas, perpetúan la memoria 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A.— 63, 



'i.^"'.. r-V "^ A-VJfr- r.*Í¿»' ■ . . •■ \3.k.^ié£Á^ 



250 PENSADOR MEXICANO 

de sus nombres, acreditan su caridad y beneficencia v 
aseguran con mucho fundamento la felicidad de su suer- 
te futura con más solidez, verdad y energía que toda la 
pompa, vanidad y lucimiento del entierro. ¡Infelices de 
los ricos cuya muerte ni es precedida ni seguida de las 
lágrimas de los pobres I 

Volvamos al entierro. Siguen metidos dentro de 
unos sacos colorados, unos cuantos viejos que llaman 
trinitarios; después van algunos eclesiásticos, y con ellos 
otros muchos monigotes al modo de clérigos; á esta 
comitiva sigue el cadáver y tras él una porción de 
coches. 

La iglesia donde se hacen las exequias está llena 
de blandones con cirios, y la tumba magnífica y ga- 
lana. La música es igualmente solemne aunque fú- 
nebre. 

Durante la vigilia y la misa, que para algunos here- 
deros no es de roquieni sino de gracias, no cesan las 
campanas de aturdimos con su cansado clamoreo, repi- 
tiéndonos 

Qi:e ese doble de campana 
No es por aquel que murió, 
Sino porque sepa yo 
Que me he de morir mañana. 

Bien que de esta clase de recuerdos deben aprove- 
charse especialmente los ricos, pues estos dobles sólo 



¿^>^ >-.■.•»£ ^ ' Cl ' . •■ A..1 ^jlh^ááaBm.^ ^'¿ f « ..»> ^ .^i'mM.. éi-'.^^t .^^. -■ ^í^^mL^ .^.-Uf* ^^ .L^^^A^ 



- w- .»,^ H^-vy^ .- •..- . «y-,-. •,■,,■.. ' • . '- -^ :• ' ■. .,'VT'*>:- 



OBRAS ESCOGIDAS 251 

por ellos se echan y les acuerdan que también son 
mortales como los pobres, por los que no se doblan 
campanas, ó si acaso es poco y de mala gana; y así 
los pobres son en la realidad los muertos que no hacen 
ruido, * 

Se concluye el entierro con todo el fausto que se 
puede, ó que se quiere, cuidándose de que el cadáver 
se guarde en un cajón bien claveteado, forrado y aun 
dorado (como lo he visto), y tal vez que se deposite en 
una bóveda particular, ya que los mausoleos son privati- 
vos á los príncipes, como si la muerte no nos hiciera á 
todos iguales, verdad que atestigua Séneca diciendo en 
la ep. 102, que la cenüa iguala d todos. ¿Quién distin- 
guirá las cenizas de César ó Pompeyo de las de los 
pobres villanos de su tiempo? 

Toda esta bambolla cuesta un dineral , y á veces en 
estos gastos, tan vanos como inútiles, se han notado 
abusos tan reprensibles que obligaron á los gobernantes 
á contenerlos por medio de las leyes, mandando éstas 
que siendo los gastos de los funerales excesivos, atendi- 
dos los haberes y calidad del difunto, los modifique el 
juez del respectivo domicilio. 

Entra aquí la grave dificultad para saber cuándo no 
hay exceso en estos gastos. Confieso que será muy rara 
la vez que el juez pueda decidir en este caso, porque 
casi siempre le faltarán los conocimientos interiores del 



^•i*Ii: 



252 PENSADOR MEXICANO 

estado de las cosas del finado, y así sólo podrá deter- 
minar el exceso con atención á su calidad. Supongamos; 
cuando un plebeyo conocido quiera sepultarse con la 
pompa de un conde, y aun entonces si tiene dinero con 
que pagarla, no sé si se burlará de las leyes; pero Hora- 
cio sí lo sabía cuando dijo: que todo, la virtud... entién- 
dase, los elogios que á ella son debidos, la fama y el 
esplendor obedecen á las hermosas riquezas, y el que las 
sepa acopiar será ilustre, valiente, justo, sabio y lo que 
quiera. 

Mas hablando á lo cristiano, vo no me detendré en 
fijar la regla por dónde se deba conocer cuándo hay 
exceso en los funerales. 

Ya sé que parecerá nimiamente escrupulosa, pero 
aseguro que es infahble y muy sencilla. Se reduce á que 
lo que se gaste de lujo en los funerales no haga falta 
á los acreedores ni á los pobres. 

Y si los acreedores están pagados y á los pobres se 
les han dado algunas limosnas, ¿no podrá el finado dispo- 
ner á su voluntad del quinto de sus bienes? Sí podrá, se 
responde; pero luego luego pregunto: lo que se gasta 
en lujo, ¿no estuviera mejor empleado en los pobres que 
siempre sobran? Es inconcuso. Pues en este caso, ¿cuál 
es el lujo que se deberá usar lícitamente entre cristianos? 
Ninguno á la verdad. Digo esto si hablo con cristianos, 
que si hablara con paganos que afectaran profesar el 



?'Si\,^.*^ui->»¿. _"■ *.*-«M--.*.'fc»-. »" T-iyi.^ '_ 



OBRAS ESCOGIDAS 253 

cristianismo, sería menos escrupuloso en mis opiniones. 
Vamos á otra cosa. 

A proporción de los abusos que se notan en los 
entierros de los ricos, se advierten casi los mismos en 
los de los pobres; porque como éstos tienen vanidad, 
quieren remedar en cuanto pueden á los ricos. No convi- 
dan á los del Hospicio, ni á los trinitarios, ni á muchos 
monigotes, ni se entierran en conventos, ni en cajón 
compuesto, ni hacen todo lo que aquéllos, no porque les 
falten ganas, sino reales. Sin embargo, hacen de su 
parte lo que pueden. Se llama á otros viejos contra- 
hechos y despilfarrados que se dicen licrmanos del San- 
tísimo; pagan sus siete acompañados. la cruz alta, su 
cajoncito ordinario, etc., y esto á costa del dinero, que 
antes de los nueve días del funeral suele hacer falta para 
pan á los dolientes. 

Es costumbre amortajar á los difuntos con el humil- 
de sayal de san Francisco; pero si en su origen fué 
piadosa, en el día ha venido á degenerar en corrup- 
tela. 

Estoy muy lejos de murmurar la verdadera piedad y 
devoción, y el objeto do mi presente crítica recae única- 
mente sobre el simoniaco comercio ^ que se hace con 
las mortajas, y los perjuicios que resienten las gentes 

• Si hubiese exactitud en esta expresión, podría decirse muy bien que las mortajas 
son bienes espirituales. Pero no es así, y es otro el nombre con que debe designarse lo 
que hay de abusivo en esta práctica. E. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 64. 



\ 



.*;íí^:--.í..,. ví^:- V .-^ 



254 PENSADOR MEXICANO 

vulgares por vestir á sus muertos de azul y á tanta 
costa. 

Las mortajas se venden á un precio excesivamente 
caro, cual es el de doce pesos y medio, si es para hom- 
bre, y seis pesos dos reales para mujer. Los pobres, 
apenas muere el eniormo, tratan de solicitarle la mor- 
taja, ¿y si no tienen dinero? Se empeñan, se endrogan, 
y aun piden limosna para ello, haciendo i'alta para pan á 
las criaturas lo que gastan en un trapo inútil y asque- 
roso, pues no pasa de ahí la mejor mortaja, cuando se 
pone á un muerto, quien está en el caso de no poder 
ganar ninguna indulgencia; y como para gozar estas 
gracias espirituales se necesita estar en el estado de 
merecer, se sigue que en no vistiendo al enfermo la mor- 
taja en vida, después de muerto le valdrá tanto como el 
capisayo del gran Chino. 

Vosotros, si tenéis en el discurso de vuestra vida 
algunos deudos, y sus fallecimientos acaecen en medio 
de vuestra indigencia, no os alujáis por el entierro ni 
por la mortaja. El entierro se facilita con tres pesos 
cuatro reales, que distribuiréis en esta forma. Doce 
reales de un cajón, un peso para los cargadores y otro 
para el sepulturero que les labre la casa en el campo 
santo. 

La mortaja será más barata si os conformáis con 
vuestra pobreza. Los judíos acostumbraban liar á sus 



\JIL¿. V «--■••• .-V^J ^*:-- •-«»■! .^at.1-..' v.<--¿ -^ Vi.-;^;..r-v , . 



• T- T. -•- .. '^ ^ ;t^ ' 



> ' -."-^ffí^ ., >•-: VV:^T ; . -fn 



OBRAS ESCOGIDAS 255 



muertos con unas vendas que llamaban sudarios, y 
después los envolvían en una sábana limpia. Así podéis 
hacerlo, y quedarán los vuestros tan amortajados como 
el mejor. Por cierto que no fué otra la mortaja de Jesu- 
cristo. 

Acabados los entierros,, siguen los pésames. Para 
recibir éstos se cierran las puertas, se colocan las seño- 
ras mujeres en los estrados y los señores hombres 
en las sillas, todos enlutados y guardando un pro- 
fundo silencio durante esta ceremonia, ó cuando más 
hablando en voz baja , porque no les dé allerecía á 
los dolientes, cuya moderación y respeto acaso no se 
observó tan escrupulosamente en la enfermedad del 
finado. 

También he notado, como abuso en estos lances, que 
las conversaciones que se tienen con los dolientes se 
dirigen á celebrar y ponderar las virtudes del difunto, á 
traer á la memoria las causas que produjeron su enfer- 
medad, lo que padeció en ella, los remedios (jue le 
ministraron, lo que tardó en la agonía y otras imperti- 
nencias semejantes, con cuya relación atormentan más 
los afligidos espíritus de sus parientes. 

Esta costumbre de dar pésames se contrae á dos 
cosas. La primera, á manifestar que tomamos parte 
en el sentimiento de aquellas personas á quienes los 
damos, ya por razón de parentesco ó ya por la amistad 






, %y:\.«n.'V^, 



256 PENSADOR MEXICANO 

que teníamos con el difunto. La segunda, para conso- 
lar en lo posible á sus dolientes, ofreciéndoles nues- 
tros arbitrios temporales, y asegurándoles que con los 
suyos uniremos nuestros votos para que se aumenten 
los sufragios de que consideramos á su alma nece- 
sitada. 

Ya se ve que todo este ceremonial es casi siempre 
Un embuste solemne, un cumplimiento de rutina y una 
de las costumbres más bien recibidas. 

No parecerá muy avanzada esta proposición ;'i quien 
advierta que, no digo los parientes remotos y los ami- 
gos, pero los más inmediatos y aun los más favore- 
cidos del difunto, pasado poco tiempo no se vuelven n 
acordar de él; porque con el discurso de los días el 
corazón se serena, las Ingrimas se enjugan, la falta 
se suple, los beneficios se olvidan y todo se borra, á 
pesar de cuantos gritos, alharacas, lágrimas, pataletas 
y faramallas se prodigaron en la escena triste de su 
muerte. 

Y si este olvido se nota en el hijo, en la esposa y 
en el hermano, ¿qué esperanza podrán tener los pobres 
muertos en los sufragios tan prometidos por los que sólo 
van al velorio por beber el chocolate, y á dar el pésame 
porque les llevaron el convite, por más que al despe- 
dirse digan que no los olcidarún en sus oraciones, aunque 
mal os. '^ 



::ÍíSÍÜ^^> 



V --'í,v*'^'íoíe;*f»¡»''?,-7^' ■■ ,-:.'.:•■ .'r.-Ti'-*: v-; •■-- /ri.?>'''':í7'">'..; -*'-. ' ^^-jr' . •- --.-.- -' ••- . o't^v!-. 



- ';í, v*'^'ío«H«>»¡»''?,-7^» 



OBRAS ESCOGIDAS 257 

Este asunto es muy serio. Lo suspenderemos, mien- 
tras acabamos de refutar el abuso de hablar de los difun- 
tos al tiempo de dar los pésames, porque si como hemos 
dicho, uno de los objetos de estos pesamenteros es aliviar 
el sentimiento de los dolientes, parece que es un error 
que puede calificarse de impolítico el renovar los motivos 
de dolor á los deudos al tiempo mismo que pretendemos 
consolarlos. 

No puede menos que atormentarse el corazón de 
la mujer ó hijo del difunto al oir decir: ¡Qué bueno era 
don Fulano! ¡Qué atento! ¡Qué afable! ¡Aij, mi alma! 
dice otra: tiene usted mil razones de llorarlo; no hallará 
otro marido como el (¡ue perdió: y otras sandeces de 
estas, que son otros tantos tornillos con que están apre- 
tando el corazón que quieren consolar. De modo que 
estas políticas lisonjas son unos indiscretos torcedores 
de los espíritus afligidos. 

¿Cuánto mejor no fuera sustituir esta fórmula im- 
prudente de dar pésames con otra opuesta, en la que, ó 
se trataran asuntos festivos é indiferentes, ó más bien 
se redujera sólo esta etiqueta á ofrecer con sinceri- 
dad sus haberes y proporciones á la voluntad de los 
dolientes, en caso de haberlos menester? Pues, pero 
con verdad, no con faramalla, y cuando los dichos 
dolientes estuvieran satisfechos de esta verdad, segura- 
mente quedarían más bien consolados que con todos los 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A.— 65. 



258 PENSADOR MEXICANO 

panegíricos que hoy dedican los pesamenteros á sus 
muertos. 

Pero volviendo á éstos, digo: que pobre del que se 
muere si no ha procurado en vida facilitarse el camino 
de su salvación, ateniéndose á los hijos, á los amigos 
y albaceas. 

Vemos, y muy frecuentemente, que muchos que 
tal vez tienen proporciones, mientras viven, ni dan 
limosna, ni se hacen decir una misa, ni pagan sus 
deudas, ni restituyen lo mal habido, ni practican ningu- 
na obligación de aquellas que nos impone la religión y 
nuestro mismo interés; pero llega la hora en que nues- 
tros oídos no pueden menos que escuchar la verdad. 
Les intima el médico la sentencia de su muerte; conocen 
ellos que puede no errar el pronóstico, porque su natu- 
raleza se debilita por instantes más y más; se apodera de 
sus corazones el temor de la eternidad que los espera; 
se llama al confesor y al escribano; vienen los dos casi 
juntos; se hace la confesión de prisa y Dios sabe cómo; 
se sigue el testamento; se dispone todo; se declaran las 
deudas; se m.anda pagar; se nombran albaceas para el 
efecto; se ordena hacer las limosnas que llaman mandas 
forzosas, algunas á los pobres; decir algunas misas por 
su alma, y hecho todo esto se recibe el sagrado Viático, 
los santos Óleos, y muere el enfermo muy consolado; 
pero ¡ahí... ¡cuánto hay que desconfiar de estas buenas 



J4.VJL.^-*- í;%¿^Jío,Wj«a1k 



..i.. Jk .* ^"í . •>... ^.^ .: >.a£.t.y^'«^-i' ^' Lá ^-.«^.-^.'^ 'u- júai^b^ 



f¡^:~ ■•:.:■■',:.' ■"- S ■■ ■ \ •■ ]\- :■.]■'' -Y- '■'■■'■ .V"7'^'".r y^-í 



OBRAS ESCOGIDAS 259 

disposiciones, cuando se hacen á la orilla misma del 
sepulcro I 

Se dan limosnas y se mandan hacer restituciones (si 
se mandan hacer) en aquella hora, porque no se pueden 
llevar los caudales á la sepultura. Se mueren muy con- 
fiados en que los albaceas cumplirán el testamento ¿y 
cuántas veces se engañan los testadores? ¿Cuántas veces 
se transforman los albaceas en herederos, v los curado- 
ves ad bona en tenedores de bienes? Innumerables. No, 
no son raras las quejas que se oyen todos los días á 
los pobres menores a quienes ha dejado por puertas ó la 
mala le ó la mala administración de aquéllos. 

Todo lo dicho os enseña á no esperar, como dicen, 
á la hora de los gestos para disponer de vuestras cosas; 
porque entonces el susto y la precipitación rebajan 
mucha parte del acierto. 

Llegamos á los lutos en los que, como visteis con mi 
madre, caben también los abusos. El luto no es más que 
una costumbre de vestirse de negro para manifestar 
nuestro sentimiento en la muerte de los deudos ó ami- 
gos; pero este color, á merced de la dicha costumbre, 
es sólo señal, mas no prueba del sentimiento. ¿Cuántos 
infelices no se visten luto en la muerte de las personas 
que más aman, porque no lo tienen? Y su dolor es inne- 
gable. Al contrario, ¿cuántas viuditas jóvenes, cuántos 
hijos y sobrinos malos é interesables, que desearon la 



--■•;:•. ,1 Jt, ,/¿'lt¿-¡í.i: J-. 1 . jri-Ktílí:a^t¿:i/j^-^i.:'¡^J^ÍtÍlmL- 



260 PENSADOR MEXICANO 

muerte del difunto por entrar en la posesión de sus 
bienes, no se vestirán unos lutos muy rigurosos, así por 
seguir la costumbre como por persuadirnos que están 
penetrados del sentimiento que no conocen? 

El color, dicen los físicos, que es un accidente 
que no altera la substancia de las cosas; y así, el buen 
hijo sentirá á su padre, la buena esposa á su marido" 
y los buenos amigos á sus amigos, ora se vistan de 
negro, ora de azul, ora de verde, encarnado ó cual- 
quier color. Y al contrario: el deudo que no amaba á su 
pariente, ó que quizá deseaba que espirara por here- 
darlo, no lo sentirá más que se eche encima cuantas 
bayetas negras hay en todas las luterías del mundo. 

En algunas provincias del Asia, el color blanco es el 
que han adaptado para luto; y entre nosotros que se 
acostumbra vestirse de negro el viernes Santo y el día 
de Finados, se observa que no es por sentimiento sino 
poi' lujo. 

Después de todo, no tengo por abuso el traje negro 
en semejantes casos; pero sí califico por tal aquel deter- 
minado número de días que se traen los lutos para 
denotar nuestro mayor ó menor sentimiento, según las 
graduaciones de parentesco que se tiene con los di- 
funtos. 

Ya habéis visto que en el tiempo de mi madre, un 
año era el prefijado para llevar el luto por los padres. 



. ■.^.^■« - ..^Ét-» 



.■^jr^í .^.^V' ?,- í^ff."":. =t' '■ . "; •':,!:---•■>••.-■■ J . ^- <-. ■■ 



OBRAS ESCOGIDAS 261 

hijos y consortes, ^ seis meses por los hermanos, tres por 
los sobrinos, etc. Esta no puede menos que ser una 
bobera; porque si se amaba á los difuntos verdadera- 
mente y el luto es la prueba del sentimiento, en ningún 
tiempo se debía quitar porque en ningún tiempo debía 
cesar el motivo; y si no se amaban, era indiferente el 
llevarlo pocos ó muchos meses, pues que no prueba 
sentimiento el traje negro. 

Algunas de estas reflexiones hice á mi madre, hasta 
que la desentusiasmé de su capricho, y me ofreció que 
nos quitaríamos el luto para el día de san Pedro, que era 
cuanto yo deseaba para quitarme también la máscara de 
la virtud que había fingido y correr á rienda suelta por 
toda la carrera de los vicios, disfrutando de mi libertad 
enteramente y tirando con mis amigos los pocos medie- 
cilios que mi padre había economizado para la subsisten- 
cia de mi pobre madre. 

Según esta determinación, se me hizo un vestido de 
petimetre para ese día, y se dispuso su almuerzo, comida 
y bailecito para la noche. 

Llegó el tan deseado para mí 29 de Junio; me quité 
los trapos negros, que hasta entonces habían sido escola- 
res, y me planté de gala á lo secular. Parece que con 
campana llamaron á todos los parientes y conocidos ese 



• En la capital de México ya no se ve tanto de esto; pero en los pueblos, villas y 
otras ciudades del reino, aún observan religiosamente estos abusos. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 66. 



262 PENSADOR MEXICANO 

día; muchos que no habían vuelto á casa desde el entie- 
rro de mi padre, y otros que ni aun el pésame habían 
ido á dar á mi madre se encajaron entonces con la 
mayor confianza y poca vergüenza. 

Ya se deja entender que en primer lugar fueron mis 
íntimos amigos Januario, Pelayo, y otros como ellos, 
que también llevaron al baile á sus madamas tituladas 
que lo eran también mías. En una palabra, el olor del 
guajolote y del pulque de pina acarreó ese día á mi casa 
una porción de amigos míos, parientes y conocidos de 
mi madre que fueron á cumplimentarme. Dios se los 
pague. 

Se lamieron el almuerzo, consumieron la comida, y 
á su tiempo alegraron el baile grandemente; porque can- 
taron, bailaron, retozaron, so embriagaron, ensuciaron 
toda la casa, y al fin salieron unos murmurando el al- 
muerzo, otros la comida, otros el bail-e. y todos alguna 
cosa de lo mismo que habían disfrutado. 

¡ Qué necedad es tener una diversión públical 
So gasta el dinero, se sufren mil incomodidades, se 
pierden algunas cosas, y siempre se queda mal con los 
mismos á quienes se pretende obsequiar, y se recibe en 
murmuración y habladurías lo que se pretende recibir 
en agradecimiento. 

Sin embargo de todo esto, como entonces yo no pen- 
saba así, nada me daba cuidado, ni en nada pensé sino 



liÜÉU^riiMibÉltfÉÉAiiÜMiíAMtiaáÉ^ 



..,.í-^T-j,-.i,._i»,..»^-.:p^.--,-:.,:r«.»»-.--«. .-••.■ />". ^*. H; •\^- ^- '^■•■f •. -¡.Í^V _._, ■i.'Sggfí'-ÍJ^^JJ.'^i- . ; ^J-:yi^^F' 7.^',-;. ,*íW£v, 



OBRAS ESCOGIDAS 



263 



en divertirme y holgarme á costa del dinero; aunque es 
verdad que en aquella hora me adularon bastante, espe- 
cialmente las coquetas, con cuyos elogios di por bien 
empleado el dinero que se gastó y las incomodidades 
que sufrió mi madre. 




■.? .y 



.4Bt¡¿£'C-¿iiK^^ñ 






^.^.jpr --JJI-. 



•í-^SIf?: 








CAPITULO XIV 



Critica Periquillo los bailes, y hace una larga y útil digresión 
hablando de la mala educación que dan muchos padres á 
sus hijos, y de los malos hijos que apesadumbran á sus 
padres. 



Cansados de bailar y de beber, se 
acabó el baile como todos se acaban. 
A las doce poco más de la noche se fueron yendo los 
más prudentes, ó los menos tontos que no trataban de 
desvelarse. Los demás que se quedaron, iuérase por- 
que extrañaban el bullicio de los que se habían ido ó 
porque se habían cansado ya. apenas se levantaban á 
bailar. Las velas estaban muy bajas y pidiendo su relevo, 
y los músicos, que no descuidan en empinar la copa en 
tales ocasiones, ya no atinaban á tocar bien el son que 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 67. 






266 PENSADOR MEXICANO 

les pedían, y aun había alguno de ellos que rascaba su 
bandolón abajo de la puente. 

Januario, como tan diestro en estas escuelas, me 
dijo: — Hombre, ¡qué entristecida se ha dado el baile y 
tan temprano! — ¿Y qué hemos de hacer? le dije yo. — 
¿Cómo qué? Alegrarlo, me respondió. — ¿Y con qué se 
alegra? le pregunté. — Con una friolera. ¿Hay aguar- 
diente? — Sí, le dije. — ¿Y azúcar y limones? — También. 
— Pues manda que lo pongan todo en la recámara. — 
Hice lo que me dijo Januario, quien en un momento 
hizo una mezcla de aguardiente, azúcar y limón, que 
llaman ponche; mandó poner nuevas luces en las pan- 
tallas, y comenzó á dar á los músicos y á los asistentes 
de aquel brebaje condenado á pasto y sin medida, con 
cuya diligencia se puso aquello de los demonios. 

Al principio bailaban con algún orden y sabían 
algunos lo que tocaban y otros lo que saltaban; pero 
en cuanto el aguardiente endulzado comenzó á hacer su 
operación, se acabaron dé trastornar las cabezas; se hizo 
á un lado el tal cual respetillo y moderación que había 
habido; las mujeres escondieron la vergüenza y los hom- 
bres el miramiento. 

Entró segunda y tercera tanda de ponche, y ya no 
había gente con gente; porque ya aquello no era baile, 
sino retozo y escándalo criminal. 

Los que hacen bailes, y más si son de la clase de 



\j 



-•'—>--^'i 



víf^'í'V^i^T'i- , - ^^*y . ■-% ^ / r^i •*: - ^v -?í^'í "" ■: ■ • ''s^-^- ' ■: . " .. -v'*- ' ;t' 



OBRAS ESCOGIDAS 267 

éste (que pocos hay que no lo sean), son unos alcahuetes* 
y solapadores de mil indecencias escandalosas. Tal vez 
no lo presumirán, no lo querrán y aun se disgustarán 
con ellas; pero todo esto no salva el que sean los consen- 
tidores y los motores principales de estas lúbricas desen- 
volturas; pues en buena filosofía se sabe, que lo que es 
causa de la causa, es causa de lo causado; y así los ({ue 
hacen un baile deben tener consideración de muchas 
cosas para evitar estos desenfrenos escandalosos; porque 
si no, pasarán la plaza de alcahuetes declarados á los 
ojos del mundo, y á los de Dios serán reos de cuantos 
pecados se cometan en sus casas. 

Las principales consideraciones que debe tener pre- 
sentes el que hace un baile, me parece <]ue se pueden 
reducir a las siguientes: 

1.* Que las mujeres concurrentes sean honestas, 
de buena vida, y nunca solteras ó mujeres libres, sino 
hijas de familia ó casadas, y (|ue vayan con sus padres ó 
maridos, para que el respeto de éstos las contenga y 
contenga á los jóvenes libertinos. 

2.* Que con conocimiento, jamás se convide á nin- 
guno de éstos, por exquisita que sea su habilidad; pues 
menos malo será que se baile mal que no que se 
seduzca bien. Ordinariamente estos mozos bailadores, 
ó como les dicen, úitles, son unos picaros de buen tama- 
ño; no llevan á un baile más que dos objetos: divertirse y 



i.'V-s'.'.lííliJA 



268 PENSADOR MEXICANO 

choriQucar (es su voz). Este cJiongueo no es más que sus 
seducciones ó llanezas. Si pueden, pervierten á la don- 
cella y hacen prevaricar á la casada, y todo esto sin 
amor, sino por un mero vicio ó pasatiempo. 

Algunas ocasiones (¡ojalá no fueran tantas 1) logran 
sus intentos, y apenas satisfacen su lujuria cuando 
abandonan por nuevo objeto ;'i aquellas infelices locas 
que prostituyeron su honor y su virtud á la verbosidad y 
arterías de un mozo inmoral, lascivo, necio y sólo buen 
bailarín. 

Pero aun cuando encuentren con pedernal, quiero 
decir, cuando por fortuna las muchachas todas de un 
baile son juiciosas, honestas y recatadas, que saben bur- 
lar sus intentonas y conservar su honor ileso en medio 
de las llamas, como la zarza que vio arder Moisés sin 
quemarse, lo que ciertamente es un milagro, aun en 
este caso tan remoto hacen estos útiles su negocio. 

Ellos, á más no poder, y cuando se les cierran 
los oídos de las jóvenes, no se dan por vencidos ni se 
entristecen. Como sus adulaciones y diligencias en cual- 
quier seducción no son por amor sino por vicio, no se 
les da cuidado de los desaires, ni se entibian por no 
hallar correspondencia. Nada menos. Siguen brincando 
y saltando muy serenos, contentándose con lo que ellos 
llaman caldo. j 

Este caldo... alerta, casados y padres de familia que 



j OBRAS ESCOGIDAS 269 

sabéis lo que es el honor y lo queréis conservar como es ^ > 

debido; este caldo es el manoseo que tienen con vuestras 

hijas y mujeres, ^ las licencias pasan mil veces de las 

manos á las bocas, convirtiéndose los manoseos claros 

en ósculos furtivos, que las menos escrupulosas no 

llevan á mal, y las que se llaman prudentes y honradas 

disimulan y sufren por evitar pendencias. 

De suerte, que el marido ó padre pundonoroso que 
en su casa se espantaría de que su mujer ó hija le diese 
la mano'á un hombre, en un baile de estos tolera á su 
vista que se las abracen, tienten, estrujen y manoseen 
más que las ancas de un caballo gordo. 

Lo peor es, que estos manoseos y tentadas acompa- 
ñadas de las risas y dichitos que se acostumbran, son, / 
para muchas mujeres, como el pecado venial para las 
almas, con la diferencia que el pecado venial entibia y 
dispone á las almas para el pecado mortal, y los mano- 
seos ó caldos de que hablamos encienden y disponen 
á algunas jóvenes para dar al traste con su honor, el 
de sus padres y maridos. Ningún escrúpulo está por 
demás para evitar estos excesos. 

La tercera consideración que podían tener los que T 

hacen ó dan un baile, era que no hubiera en ellos licor 

* Estose facilita masen las contradanzas y loalset, que no son otra cosa que lo ... «f 

que antes se llamaba a¿eman(¿a. La diferencia está en que aquélla se bailaba espacio, y - , C 

ésta retozando de prisa, y entre la mucha polvareda se esconden ó disimulan mejorías 
palabras, las citas, los pellizcos, los abrazos, los besos, y algo peor que callo para no 
ofender la modestia. ' » 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T, I, A.— 68. íf 

■"■4 



•'¿■^H*-:lj!(-tíi:iíf..-'t--^:j\¿- .. »~j-i— S.-¿i' 



-t'-; 



270 PENSADG'R MEXICANO 

espirituoso. En caso de ser preciso, por costumbre 6 
carino, obsequiar á los concurrentes, sería menos malo 
hacerlo con soletas v nieve de leche, limón, tamarin- 
do, etc., de esta clase, que no con merendatas y vino^ 
aguardiente, ponche y otros licores semejantes, que ofus- 
cando el cerebro facilitan el trastorno de la razón v 
alteran la constitución física de ambos sexos, cuyas 
resultas, cuando menos, no escapan de ser deseos, pen- 
samientos consentidos y delectaciones amorosas, y en tal 
y tal persona algo más y mas pecaminoso. 

Mucho de esto se evitaría con la reglita que os dejo 
señalada; pues es cierto el dicho antiguo de que sine 
Cerero et BaccJio frigei Yenus . que equivale á esta 
coplita: 

Poco manjar y ninguna 
Espirituosa bebida, 
Si la lujuria no apagan, 
A lo menos la mitigan. 

La cuarta y última consideración que se debía tener, 
era que los bailes durasen cuando más hasta las doce de 
la noche. Esta es una hora más que regular para irse 
á recoger cada uno á su casa bastante divertido, si es 
racional; porque lo que pasa de esa hora ya no debe 
llamarse diversión, sino vicio, incomodidad v tontería. 

A solas estas cuatro reglillas quisiera yo que se 
sujetaran los que dan un baile, y me parece (bien que 
no lo aseguro) que no se arrepentirían de su observancia. 



7'''>*5'í™T»..'._T,lf;;' -.;,,.; , .•..■.•,-:■ ■_-./,.■,:■ - ■—;Ví.»W-VjTt.«,^,-.:.-.- 



OBRAS ESCOGIDAS 271 

Últimamente, yo no declamo contra los bailes, sino 
contra los escándalos de los bailes. Quítese de ellos todo 
lo que los hace pecaminosos y peligrosos, y dejándolos 
en una clase de diversión indiferente, ellos serán malos 
para quien quiera ser malo en ellos, y serán honestos 
para el honesto; pero mientras así no se haga, el baile, 
sea por sus abusos, sea por su ocasión, no podrá librarse 
de la definición de un Padre de la Iglesia, que dice, que 
el baile es un círculo, cuyo centro es el demonio. 

Bailar no es malo; lo malo es el modo con que se 
baila y el objeto por que se baila. David bailó delante del 
Arca del Señor, y los israelitas delante del becerro de 
Belial. Todos bailaron; pero ¡con qué diverso modo y 
con qué diverso objetol Por eso también fueron diversas 
las retribuciones. . -'^ 

Hay moralistas tan austeros que no consideran baile 
sin ocasión próxima voluntaria, y según esto, no juzgan 
lícito ninguno. Yo, después de respetar su opinión, no 
me conformo con ella. Soy más indulgente y digo, que 
puede haber y de hecho habrá, no siendo como los que 
se usan, algunos bailes donde falten estas ocasiones, 
estos escándalos, cantares lascivos, manoseos, embria- 
gueces y demás abusos que se notan en los más de i 
ellos. ¿Y cuáles serán éstos? Los que se debieran usar 
entre gentes de buena conciencia. ' 
Si todos los concurrentes lo son, el baile será una ; 






272 



PENSADOR MEXICANO 



diversión honesta. La dificultad estriba en que se dé un 
baile con tanto arreglo. 

Dejando á todos que hagan lo que quieran en sus 
casas, volviendo á la mía, digo: que ya fatigados de 
saltar, beber y charlar, se fueron poniendo en quietud á 
más no poder, porque los más no se podían tener en pie. 

Los músicos arrumbaron sus instrumentos junto á 
las sillas, y ellos se acostaron en ellas lo mejor que 
pudieron; las mujeres se amontonaron en el estrado, y 
los hombres se pusieron á contar cuentos y á hablar 
ociosidades para no dormirse, pues no tardaba en ama- 
necer, como deseaban, para irse á tomar café. 

Las disposiciones no eran muy malas; pero ellos 
ni ellas eran dueños de sí, sino el aguardiente que los 
narcotizaba más y más á cada minuto. 

Con esto, unos hablando y otros oyendo simplezas, 
se fueron quedando dormidos unos por un lado y otros 
por otro, siendo de los primeros Januario. 

La señora mi madre ya se había recogido bien 
temprano, encargándome que cuidara la casa, como lo 
hice, pues aunque tenía sueño como el mejor, no me 
atreví á dormir, temeroso de que no se fuera alguno á 
llevar alguna cosa. Es un demonio el interés. En el 
estado de la salud pocas cosas desvelan á los hombres 
más que él. 

Alerta estaba yo velando á todos y oyéndolos roncar 



_íir;v "v>"-^v- /'l?'-^'? 



OBRAS ESCOGIDAS 



273 



í 



y vaciar el estómago cual más cual menos. No me era 
muy grata esta música ni estos olores; y á más de eso, 
ya no podía sufrir el sueño. 

Es verdad que el zaguán estaba cerrado y yo tenía la 
llave, por lo que bien me podía haber acostado; pero me 
detenía el considerar que en casa no había más que mi 
madre, yo y una criada buena, pero vieja y dormilona, 
que no madrugaba si el mundo se volcara de arriba 
abajo. Mi madre no era justo que se levantara á abrir 
á aquellos bribones á la hora que á cada uno se le 
quitara la borrachera y quisiera marcharse para la calle, 
y así no había otro centinela más que yo, que para no 
dormirme me puse á divertir con los dormidos á mi 
entera satisfacción, como que sabía que dormían, los 
más. con dos sueños, el natural y el del aguardiente. 

Uno de los perjuicios que la embriaguez acarrea al 
que la tiene, es exponerlo á la irrisión de cualquiera, 
como les sucedió á éstos conmigo; pues á unos les tizné 
las caras, á otros les escondí varias cosas, á otros les 
cosí unos con otros, v á todos les hice mil maldades. 

Amaneció el día, corrió el ambiente fresco, abrí el 
balcón, y á vista de la luz y al sonido de las campanas y 
del ruido de la gente que andaba por las calles, fueron 
despertando; y mirándose unos á otros las caras llenas 
de jaspes y labores, no podían contener la risa, especial- 
mente las mujeres, las que lo mismo fué levantarse que 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A.— 69. 



274 PENSADOR MEXICANO 

oir, con dolor de su corazón, tronar sus vestidos v aun 
verlos hechos pedazos. 

Unas disimulaban su pesar, mas otras renegaban 
del picaro ocioso que las había inferido tal daño, que 
ciertamente lo era; pero los tunantes como yo no repa- 
ran en eso; el caso es divertirse á costa ajena, y como 
esto se logre, nada les importa hacer una maldad que 
perjudique el interés y aun la salud de los demás. 

Pasado el primer fervor del enojo, limpias unas, 
remendadas otras, v todos más serenos, se marcharon 
para el café ó á sus casas, menos Januario y tres ó cuatro 
amigos suyos y míos, que como más gorrones y sinver- 
güenzas se quedaron hasta apurar en el almuerzo las 
reliquias del día anterior; pero por fin, almorzaron, y 
viendo que ya no quedaba niás que repelar de la fiesta, 

se fueron á la calle v vo á mi cama. 

«i II 

Dormí como un podenco hasta las doce del día, á 
cuya hora me levanté y hallé á la pobre vieja cocinera 
hecha un Bernardo contra los bailadores. 

— Señora, decía á mi madre, ¿no es brava sin- 
razón la de estos perdularios, que después de haber 
tragado y divertídose todo el día, pusieran la casa 
como la han puesto? Mire usted, señora, todo el 
día se me ha ido en limpiar sus porquerías; porque 
¡Jesús! ¡Cómo estaba todol era un asco. Un vómito 
por el corredor, una suciedad por la escalera, otra 



ÉÉMÍiMlMát;úu¿MUkM£Bá^<i ^•.■^..-.^ y ut.-, .^^.-J^ , .^? w-^j. ' --itf-- j^i^g^t.- j^^-.ifc.r..:^.l'.'^r«r - ** <¿T^;l'-.'J^-;<-'V.kJ^ 



■ Vf'-üf:-, 




M 

O 

a 

•o 



M - 
O 
M 
U 
V 

o 

Ti 
V 

> 

9 



s 






I 



1 

i 

I 



-■•1 



■■t^:.ii. ■"•; 



OBRAS ESCOGIDAS 275 

por otro lado; hasta la sala, señora, hasta la sala 
estaba hecha una zahúrda. ¡Ah tú! ¡qué gente tan sucia 
y tan grosera! Pero lo que yo más he sentido, señora, 
han sido las macetas. Mire su merced cómo las han 
puesto. Todas están destrozadas. ¡ Ay, qué gentes van á 
los bailes de tan mal natural, que no contentas con 
tragar, divertirse, emborracharse y emporcar la casa, 
todavía hacen mil maldades como esta I 

Mi madre consoló á la viejecita diciéndole: 

— Dice usted bien, nana Felipa; son unos picaros, 
indecentes, groseros y malcriados los que hacen tanto 
mal en las mismas casas en que se divierten; pero ya, 
por ahora, no hay remedio. Ya usted sabe que mi mari- 
do no era amigo de estas jaranas, y así yo no tenía 
experiencia de semejantes groserías; pero le empeño 
á usted mi palabra, en que será la primera y la última. 

No me gustó mucho esta sentencia, porque como ni 
yo gastaba el dinero, ni trabajaba en nada de la función, 
hubiera querido que siguieran los bailecitos en mi casa, 
á lo menos tres veces á la semana. 

Sin embargo, no me metí por entonces en otra cosa 
más que en reirme de la vieja, y á la tarde á buena hora 
tomé mi sombrero y me salí para la calle. 

Volví por la primera á las nueve de la noche, y hallé 
á mi madre algo seria, pues me dijo: ¿que dónde había 
estado? Que extrañaba en mí tanta licencia; que yo era 






r: 



276 PENSADOR MEXICANO 



SU hijo, y que no pensara que porque había muerto mi 
padre ya era yo dueño absoluto de mi Hbertad, y otras 
cosas á este modo, á las que respondí que ya ese tiempo 
se había acabado, que ya yo no era muchacho, que ya 
me rasuraba, y que si salía y me detenía en la calle, era 
para ver de qué cosa nos habíamos de mantener. 

Semejantes respostadas entristecieron á mi madre 
bastante, y desde luego conoció lo que iba á suceder, que 
l'ué quitarme la máscara y perderla el respeto entera- 
mente como sucedió. 

Quisiera pasar este poco tiempo de maldades en 
silencio, y que siempre ignorarais, hijos míos, hasta 
dónde puede llegar la procacidad de un hijo insolente 
y malcriado; pero como trato de presentaros un espejo 
fiel en que veáis la virtud y el vicio según es, no debo 
disimularos cosa alguna. 

Hoy sois mis hijos, y no pasáis de unos muchachos 
juguetones; pero mañana seréis hombres y padres de 
l'amilias, y entonces la lectura de mi vida os enseñará 
cómo os debéis manejar con vuestros hijos, para no 
tener que sufrirles lo que mi pobre madre tuvo que 
sufrirme á mí. 

Dos años sobrevivió mi madre á la muerte de mi 
amado padre, y fué mucho, según las pesadumbres que 
le di en ese tiempo, y de que me arrepiento cada vez que 
me acuerdo. 






OBRAS ESCOGIDAS 277 






Constantemente disipado, vago y mal entretenido, 
no pensaba sino en el baile, en el juego, en las mujeres, ' , \-^ 
y en todo cuanto directamente propendía á viciar mis 
costumbres más y más. 

El dinerito que había en casa no bastaba á cumplir 
mis deseos. Pronto concluyó. Nos vimos reducidos á . 
mudarnos á una viviendita de casa de vecindad: pero 
como ni aun ésta se pudo pagar, á pocos días puse á 
mi madre en un cuarto bajo é indecente, lo que sintió 
sobremanera, como que no estaba acostumbrada á seme- 
jante trato. 

La pobre de su merced me reprendía mis extravíos; 
me hacía ver que ellos eran la causa del triste estado á 
que nos veíamos reducidos; me daba mil consejos per- 
suadiéndome á que me dedicara á alguna cosa útil, que 
me confesara, y que abandonara aquellos amigos que me 
habían sido tan perjudiciales, y que quizá me pondrían 
en los umbrales de mi última perdición. En fin, la infeliz 
señora hacía todo lo que podía para que yo reflexionara 
sobre mí; pero ya era tarde. 

El vicio había hecho callos en mi corazón; sus 
raíces estaban muy profundas y no hacían mella en él 
ni los consejos sólidos, ni las reprensiones suaves ni las 
ásperas. Todo lo escuchaba violento y lo despreciaba 
pertinaz. Si me exhortaba á la virtud, me reía; y si 
me afeaba mis vicios, me exasperaba; y no sólo, sino 

PERIQUILLO SARNIENTO. —T. I, A . — 70. 



íw..- ." >. y—. 



-■JLS.séd^L 



278 PENSADOR MEXICANO 

que entonces le faltaba al respeto con unas respuestas 
indignas de un hijo cristiano y bien nacido, haciendo 
llorar sin consuelo á mi pobre madre en estas oca- 
siones. 

|Ah, lágrimas de mi madre, vertidas por su culpa y 
por la mía! Si a los principios, si en mi infancia, si 
cuando yo no era dueño absoluto de los resabios de 
mis pasiones, me hubiera corregido los primeros ímpetus 
de ellas y no me hubiera lisonjeado con sus mimos, 
consentimientos y cariños, seguramente yo me hubiera 
acostumbrado á obedecerla y respetarla; pero fué todo lo 
contrario: ella celebraba mis primeros deslices y aun los 
disculpaba con la edad, sin acordarse que el vicio tam- 
bién tieno su infancia en lo moral, su consistencia v 
su senectud, lo mismo que el hombre en lo físico. VX 
comienza siendo niño ó trivial, crece con la costumbre y 
fenece con el hombre, ó llega á su decrepitud cuando 
al mismo hombre en fuerza de los años se le amortiguan 
las pasiones. 

¿Qué provecho no hubiera resultado á mi madre y á 
mí, si no se hubiera opuesto tantas veces á los designios 
de mi padre, si no le hubiera embarazado castigarme, y 
si no me hubiera chiqueado tanto con su imprudente 
amor? ¡Ah! yo me habría acostumbrado á respetarla, me 
hubiera criado timorato y arreglado, y bajo este sistema 
no hubiera yo padecido tantos trabajos en el mundo, 



MJh r 3" ' ' ' T ■ ' iC\\ i\ a ■ h^'Á i^'r i'-'i'">¿"'l« .JSr*.Édd>!&Jlá&<£ 



OBRAS ESCOGIDAS 279 

ni mi madre hubiera sido víctima de mis desobediencias 
y vilipendios. 

Lo más sensible es que este funesto caso no carece 
de ejemplares. Hijos de viudas consentidoras, casi siem- 
pre son hijos perdidos y malcriados, y madres de seme- 
jantes hijos ¿qué han de ser sino unas mujeres desgra- 
ciadas? 

Sucede por lo común que el padre es un hombre 
regular que procura inspirar al niño unos sentimientos 
cristianos, morales y políticos, y según ellos desviarlo de 
todas aquellas bajezas á que el hombre se inclina natu- 
ralmente. Esto hace llorar al niño, y la madre se aflige y 
lo embaraza. Hace alguna travesura, se le celebra; usa 
alguna malacrianza, se le disculpa; produce algunas pala- 
bras indecentes, ó porque las oyó á los criados, ó en la 
calle, y se festejan; el padre se tuesta de estas cosas, y 
teme empeñarse en reprenderlas y castigarlas al hijo, 
porque cuando lo hace, sabe que salta la madre como 
una leona; y ya sea porque la ama demasiado, ya porque 
no se vuelva aquel matrimonio un infierno, condesciende 
con ella, no se castiga el delito del muchacho, éste se 
queda riendo y satisfecho en la impunidad que le asegu- 
ra su mamá, da rienda á sus vicios, que entonces, como 
dijimos, son vicios niños, puerilidades, frioleras; pero 
en la edad adulta son crímenes y delitos escandalosos. 

Sin embargo, rara vez deja de servir de cierto freno 



\.-^,:ii'r^\^< 



_-^ ■■¿.•V.-. ;■.•'.. ;---,%-t{ 



\" 



\ 



280 PENSADOR MEXICANO 

la presencia del padre; pero si éste muere, todo se acaba 
de perder. Roto el único dique que había, aunque débil, 
se sale de caja el río de las pasiones, atropellando con 
cuanto se pone por delante. 

Entonces la viuda reconoce lo feroz de un corazón 
entregado á la libertad, quiere oponerse por la primera 
vez, pero es tarde; el torrente es impetuoso, y sus 
fuerzas incapaces de contenerlo. Prueba los consejos, 
emplea las caricias, compila las reprensiones, tienta 
las amenazas, agota las lágrimas, solicita castigos, y 
acaso, desesperada, prorrumpe en maldiciones coptra su 
hijo; ^ mas nada basta. El joven endurecido, obstinado y 
acostumbrado á no obedecer ni respetar á su madre, 
desprecia los consejos, se mofa de las caricias, burla 
las reprensiones, se ríe de las amenazas, se divierte con 
las lágrimas, elude los castigos y retorna las impre- 
caciones con otras tales, si no se desacata, como se 
ha visto, á poner sus viles manos en la persona de su 
madre. '^ 

Toda esta lastimosa catástrofe se excusaría con 
educar bien y escrupulosamente á los niños. ¿Y á cuán- 
tos puntos se pueden reducir las principales obligaciones 
de los padres acerca de la buena educación de sus hijos? 
A tres, en sentir de un varón apostólico que floreció 

* Muchas veces se han visto cumplidas estas maldiciones. Los hijos deben guardar- 
se de merecerlas, y los padres de proferirlas. Todo es malo. 

• Crimen atroz, pero que no carece de ejemplares. 



■ .¿.>;Á>'«.-;^l-J- ■ .J»* ¿.."-1^.11' -■¿-,•■■1. ■ ■■ 



:^>-\ v^ ■" ' : . "^^ % 'Y ' . '■:-'■"/*■. ^'■■^:. -^.^ ^vj T^^ir^^™-^' . ■/" íP^v 



' .í"- .* .' 



'\ 



OBRAS ESCOGIDAS .281 

en México. ^ A saber: á enseñarles lo que deben saber, á 
corregirles lo mal que hacen y á darles buen ejemplo. 
Tres cosas muy fáciles al decirse, pero muy difíciles 
al practicarse, atendiendo la multitud de hijos mal cria- 
dos y llenos de vicios que notamos; mas no porque sean 
difíciles de observarse, porque el yugo del Señor es 
suave, sino porque los tales padres y madres ni remota- 
mente se aplican á practicar los tres preceptos insinua- 
dos; antes parece que al propósito se desvían de ellos 
cuanto pueden. 

Si es en la instrucción, se contentan con darles la 
muy superficial por medio de unos maestros ó ayos 
mercenarios, ^ que acaso, viendo el chiqueo de los padres, 
no tratan más que lisonjear al pupilo con harto daño 
de él y de sus conciencias. 



' El padre Juan Martínez de la Parra, de la Compañía de Jesús. 

* Hablamos aquí de los padres decentes y bien nacidos, que obran de este modo; 
no de la gente vulgar que no abriga ningunos sentimientos regulares; pues á éstos no 
los corrige la critica ni la persuasión. Estos bárbaros que llevan al hijo á que los cuide 
cuando el aguardiente los arroja 'por las calles; otros que los llevan al juego, y aun 
juegan con ellos; otros en cuyas pocilgas jamás se oyen sino maldiciones, juramentos, 
riñas y obscenidades, etc.; éstos no sólo no pueden dar á sus hijos buena educación ni 
buen ejemplo, porque son unos brutos racionales, sino que por esta misma razón 
siempre los imbuyen en sus errores y preocupaciones, y con sus perversos ejemplos les 
forman un corazón de demonios. Esta es una triste verdad, pero verdad que si se qui- 
siera desmentir hablaran en su favor las pulquerías, tabernas, villarcitos, cárceles y 
calles de esta ciudad, que no están llenas de otra polilla que de estos haraganes y vicio- 
sos. ¡Qué cosa tan grande fuera el hacerlos útiles al Estado y á sí mismos! ¿Qué provi- 
dencias más conducentes para el caso, que encargarse de sus hijos, proporcionándoles 
por amor y por fuerza la buena educación ? ¿Y qué arbitrio, á mi parecer, más fácil para / 
ello que el proyecto de las escuelas gratuitas, que propuse en el tomo tercero de mi 
Pentador mexicano, números 7, 8 y 9f Yo aseguro que, practicado en todeis sus partes, 
dentro de diez años nuestra plebe no fuera tan necia, viciosa é inútil como hoy. Esto 
seria hacer de las piedras hijos de Abrahán. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A. — 71. 



282 PENSADOR MEXICANO 

Si es en la corrección, ya hemos dicho el abandono 
de estos padres, y especialmente de las madres. 

Últimamente, si es en el ejemplo, ¿cuál es el ordina- v 
rio que ven los hijos en sus casas? Lujo en las personas, 
excesos en la mesa, orgullo con los criados, altanería 
y desprecio con los pobres. 

Esto es cuando menos, que cuando más ya se sabe 
lo que ven y oyen los niños en muchas casas. Y siendo 
el ejemplo el aliciente más poderoso para formar bien ó 
mal el corazón del niño en aquella edad, ¿cómo será éste 
con tales ejemplos? Los resultados nos lo dicen: niño en- 
greído, grande soberbio; niño consentido, grande necio; 
niño abandonado, grande perdido; y así de lo demás. 

Todo esto se remediaba con la buena educación, 
y ésta desde temprano. El consejo es del Espíritu Santo, 
que dice: Si (icncs ¡ti/os, instruyelos desde su niñez. (EccL., 
cap. VII). El árbol se ha de enderezar cuando es vara, no 
cuando se robustece y es tronco. Los médicos dicen que 
los remedios se deben aplicar al principio de las enferme- 
dades, antes que tomen cuerpo, antes que se vicie toda la 
sangre y corrompa los humores. Los diestros cirujanos 
componen el hueso luego que se disloca, y lo entablan 
luego que advierten la fractura; porque si no, cría 
bahilla y se imposibilita la cura. 

Así, ni más ni menos, debe ser la educación de 
los niños; desde pequeños, antes que sean troncos. Se 



'-^ — U..V. •■ • .--r' '■ ■ ^.-_' riüÉJÉ'- n*-*' -----••-•— ■•■'■■!'>^->-- ■ -^ ' . ] • lá 



OBRAS ESCOGIDAS 283 

han de corregir sus deslices luego que se les noten, 
porque si no, crían babilla. 

Estas verdades son más claras que el agua, más 
repetidas que los días; no hay quién. diga que las ignora, 
y con todo eso no se ven sino muchachos mal criados y 
necios, que después son unos hombres vagos, viciosos 
y perdidos. 

Esto no puede estar en otra cosa sino en que 
obramos contra lo mismo que sabemos. Consentimos á 
los muchachos, por serlo, y por tenerles demasiado 
amor; ellos, cuando jóvenes, nos llenan de pesadumbres 
y disgustos, y entonces son los ojalas y los malhayas, 
pero sin fruto. 

¿Cuánto mejor y más fácil no es domar al caballo 
de potro que de viejo? Tienen los padres un freno y un 
acicate muy oportuno para el caso, y que, sabiéndolos 
manejar con prudencia, es casi imposible que deje de 
producir buenos efectos. El freno es la ley evangélica 
bien inspirada y el acicate el buen ejemplo practicado 
constantemente. 

Los campistas de nuestra tierra dicen que el mejor 
caballo necesita las espuelas; así podemos decir, que el 
niño más dócil y el de mejor natural ha menester obser- 
var buenos ejemplos para formar su corazón en la sana 
moral y no corromperse. Esta es la espuela más eficaz 
para que los niños no se extravíen. 



284 PENSADOR MEXICANO 

El buen ejemplo mueve más que los consejos, las 
insinuaciones, los sermones y los libros. Todo esto es 
bueno; pero por fin son palabras que casi siempre 
se las lleva el viento. La doctrina que entra por los ojos, 
se imprime mejor que la que entra por los oídos. Los 
brutos no hablan, y sin embargo, enseñan á sus hijos, y 
aun á los racionales con su ejemplo. Tanta es su fuerza. 

No hay que admirarse de que el hijo del borracho 
sea borracho; el del jugador, tahúr; el del altivo, alti- 
vo, etc., etc.; porque si eso aprendió de sus padres, no 
es maravilla que haga lo que vio hacer. El hijo del 
gato caza ratón, dice el reirán. 

Lo que sí es maravilla, ó por mejor decir, cosa de 
risa, es que, como apunté poco há, cuando el hijo ó hija 
son grandes, y grandes picaros, cuando cometen grandes 
delitos y dan grandes disgustos, entonces los padres y 
las madres se hacen de las nuevas y exclaman: <<¡ Quién 
lo pensara de mi hijo I ¡Quién lo creyera de fulanal» 
¡Tontos! ¿Quién lo ha de creer, quién lo ha de pensar? 
Todo el mundo; porque todo el mundo ha visto cuál ha 
sido vuestro modo de criarlos. El milagro fuera que, edu- 
cándolos bien y dándolos buenos ejemplos, ellos salieran 
indóciles y perversos; pero que salgan malos cuando la 
doctrina que han mamado ha sido ninguna, y los ejem- 
plos que han visto han sido pésimos, es una cosa muy 
natural; porque todos los efectos corresponden á sus 



.k«^. i-'^.^ft^^^.. I 



>-..^í^-í^, 



OBRAS ESCOGIDAS 285 

causas. ¿Quién se ha admirado hasta hoy de que un 
poco de algodón arda si se aplica al í'uego, ni que se 
manche un pliego de papel si se mete en una olla de 
tinta? Nadie, porque todos saben que es propio del fuego 
quemar lo combustible, y de la tinta teñir lo susceptible 
de su color. Pues tan natural así es que los niños ardan 
con la mala educación y se contaminen con los malos 
ejemplos. Lo que importa es no darles una ni otros. 

Por esto entre los laccdemonios se acostumbraba 
castigar en los padres los delitos de los hijos, discul- 
pando en éstos la falta de advertencia v acriminando en 
aquéllos la malicia ó la indolencia. 

Wenceslao y Bolcslao, príncipes de Bohemia, 
fueron hermanos, hijos de una madre: el primero fué 
un santo, á quien veneramos en los altares, y el segundo 
un tirano cruel que quitó la vida á su mismo hermano. 
Distintos naturales, distintas suertes; pero ¿á qué se 
atribuirán sino á las distintas educaciones? Al primero 
lo educó su abuela Ludmila, mujer piadosísima y santa, 
y al segundo, su madre Draomira, mujer loca, infame 
y torpísima. ¡ Tal es la fuerza de la buena ó mala educa- 
ción en los primeros años! 

Cuando ponderamos lo mal que hacen los padres 
cuando faltan á las obligaciones que tienen contraídas 
respecto de los hijos, no disculpamos á éstos de sus 
desacatos é inobediencias. Unos y otros hacen mal, y 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T, I, A. — 72. 



.t."i'> '.'^"i l^'-^xa,'. vfrfi^ntiíi-Lis.a 



->-v I 



286 PENSADOR MEXICANO 

unos y otros trastornan el orden natural, infringen la 
ley y perjudican las sociedades en que viven, y no 
enmendándose, unos y otros se condenan; pues, como 
se lee en los sagrados libros: ^ los hijos recogen la lena 
y los padres encienden el luego. 

Es verdad que Dios dice que el hijo malcriado será 
el oprobio tj la confusión de sus padres; pero también 
están llenas de anatemas las divinas letras contra tales 
hijeas. Oid algunas que constan en los Proverbios y el 
Eclesiástico: Se extinf/uird la vida del rjue maldice d 
su padre, y pronto quedará entre las tinieblas del sepul- 
cro. Mala será la fama, ú se lei'á desJionrado el c¡ue 
menosprecia d su madre. El (¡ue aflige d. su padre ó 
huye de su madre, será ignominioso ó infeliz. La mal- 
dición de ésta destruye Jiasta los cimientos de la casa 
de los malos Iii/Os. y por último: Decoren los cuervos 
carnicecos el cadáver, y sárjuenle los ojos al que se cdrece 
d burlarse de su padre. 

Horrorizan estas maldiciones; pero y qué, ¿habrá 
hijos tan inicuos, ingratos y desalmados que las merez- 
can? Esto mismo dudó Solón, y por eso cuando dio 
leyes á los atenienses y les señaló castigo á todos los 
delitos, no lo señaló al hijo ingrato y parricida, '■^ diciendo 
que no se persuadía pudiera haber tales hijos. ¡Ah! 

• Jerem., 7, V. 18. 

^ Para el caso lo mismo es matarlos á pesadumbres que con veneno ó puñal. 
Todo es quitarles la vida. 



^ .;t\ --' ^^.íAl' '.i . . >í-.' ■- .. ■ í'u.'.J. -■ j'i...-: .Le- ■.".■.-■£., ..-Vi.. 



• -r=-!>. .; i -. .' ,'»5-í: ;^ .'>: --^^ir ",• 



OBRAS ESCOGIDAS 287 

Nosotros no podemos fingirnos esta duda, porque vemos 
mil hijos que ni merecen este nombre, según son de 
perversos é ingratos con sus padres. 

Por el contrario, prodiga Dios las bendiciones de 
los hijos buenos, amantes y obedientes á sus genera- 
dores. Dice (jue vivirán ¡arijo tiempo sobre la tierra, 
que la bendición del padre afirma las casas de los hijos, 
esto es, su felicidad temporal. Que de la honra que 
tributaren al padre, resultará la gloria del Jiijo ó su 
buen nombre. Que el Señor se acordará del buen hijo 
en el día de su tribulación; que atenderá sus oraciones; 
<¡ue les perdonará sus pecados, y en fin. que les acom- 
pañará la bendición de Dios eternamente . 

Es tan justo, debido y natural el amor, respeto y 
gratitud que los hijos deben á los padres, que los mismos 
paganos que no conocieron al verdadero Dios, ni se 
impusieron en sus bendiciones y amenazas, nos lo deja- 
ron recomendado no sólo con sus plumas sino con sus 
obras. 

¡Qué amor el de aquella joven romana, que estando 
su padre preso y sentenciado á morir de hambre, se di<'> 
arbitrio para alimentarlo por una rendija de la puerta 
de la cárcel! Y ¿con qué? Con la leche de sus pechos. 
Acción tan tierna (jue, sabida por los jueces, le granjeó 
el indulto al infeliz anciano. 

¡ Qué respeto el de aquellos dos nobles hijos Cleoves 



^'^'Air V'-*-l4>^><^'W' '^k/r 



,^ 



288 PENSADOR MEXICANO 

y Vit(')n. que laltando los caballos, ellos tiraron la carroza 
y condujeron hasta las puertas del templo á su madre la 
sacerdotisa! Acción que elogió Cicerón y la aplaudieron 
tanto los romanos, (jue veneraron como á dioses á aque- 
llos dos tan reverentes hijos. 

¡Qué piedad la de Eneas, que ardiendo la ciudad de 
Troya en la noche fatal de su exterminio, cuando todo 
era espanto, terror y confusión, y no tratando todos sino 
de librarse de la muerte, él corre donde estaba su viejo 
padre Anchises, lo pone sobre sus hombros, vuela con él 
por entre las llamas, y le asegura la vida diciéndole: 

Ea, vén á mi cerviz, que yo en mis hombros 
Te tengo de librar, ¡oh padre amado I 
Sin que tan dulce carga en ningún tiempo 
Me agrave ni la estime por trabajo: 
Sea después lo que fuere, que hora el riesgo 
O la dicha será comün á entrambos! • 

Estos heroicos ejemplos ¿no embelesan, no encan- 
tan, no enternecen á los buenos hijos? Y á los malos 
¿no los avergüenzan y confunden? Estas brillantes accio- 
nes no fueron hechas por unos santos cristianos, ni por 
unos anacoretas del yermo, sino por unos gentiles, por 
unos paganos que no gozaron la luz del Evangelio, ni 
tuvieron noticia de sus infalibles promesas, y sin em- 
bargo, amaban, veneraban y socorrían á sus padres hasta 
el extremo que habéis visto, sin más guía que la natura- 

' ViKOiLio. Eneida, 2. 



/ 



• -^r??*^??? ^?&'*l'^*'^u*^^^^^^ 



OBRAS ESCOGIDAS 



289 



leza y sin más interés que la complacencia interior que 
es uno de los frutos de la virtud. 

Pero los malos hijos no s<')lo no veneran á sus 
padres, sino (jue los insultan, y lejos de socorrerlos y 
alimentarlos, les disipan cuanto tienen, los abandonan 
y los dejan perecer en la miseria. ¡Ay de tales hijos! y 
¡ay de mil que í'uí uno de ellos, y á tuerza de disgustos 
y sinsabores di con mi pobre madre en la sepultura, 
como lo veréis en el capítulo primero del tomo que sigue. 




:--^ 



m 

^ 



-i- < 



PERIQUILLO SARNIENTO. —T. I, A. — 73. 



"vt 



^-TÜ^Tv.. -.A. • •.^- 



I 



-ír-v"' 



.,,•.•••■ .■.•'■,- -í";."/. -^ K:^y^ 's. " p' ■• ■ :':'i^^''-'-^, y.. ■;í^7-í*' 



Índice 



i 



■ ■■.■■■- ■>j»-,,»j:_ .<.„^i .^t— ,• ;-Tr^-J .^■^. _V.-<^ ^.ut 



■í 



r'- 



¿mili iflft'i^ '---•- ■'^ •"-^"^"•' 



W' 



■■yi^ 



""T^ 



ÍNDICE 



DEÍI^ TOMO I^RIMBRO, A. 



Prólogo I 

Capítulo í. — Comienza Periquillo escribiendo el motivo que 
tuvo para dejar á sus hijos estos cuadernos, y da 
razón de sus padres, patria, nacimiento y demás 
ocurrencias de su infancia i 

» II. — En el que Periquillo da razón de su ingreso á 
la escuela, los progresos que hizo en ella, y otras 
particularidades que sabrá el que las leyere, las 
oyere leer, ó las preguntare 19 

» III. — En el que Periquillo describe su tercera escue- 
la, y la disputa de sus padres sobre ponerlo á 
oficio. . . 39 

» IV. — En el que Periquillo da razón en que paró la 
conversación de sus padres, y del resultado que 
tuvo, y fué que lo pusieron á estudiar, y los 
progresos que hizo 57 

» V. — Escribe Periquillo su entrada al curso de artes, 
lo que aprendió, su acto general, su grado, y 
otras curiosidades que sabrá el que las quisiere 
saber 75 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, A.— 74. 



294 ÍNDICE 

Capítulo VI. — En el que nuestro bachiller da razón de lo que 
le pasó en la hacienda, que es algo curioso y 
entretenido 89 

» VII. — Prosigue nuestro autor contando los sucesos 

que le pasaron en la hacienda 109 

» VIII. — En el íjue escribe Periquillo algunas aventuras 
que le pasaron en la hacienda y la vuelta á su 
casa 131 

» IX. — Llega Periquillo á su casa y tiene una larga 
conversación con su padre sobre materias curio- 
sas é interesantes 147 

» X. — Concluye el padre de Periquillo su instrucción. 
Resuelve este estudiar teología. La abandona. 
Quiere su padre ponerlo á oficio, él se resiste, y 
se refieren otras cosillas 171 

» XI. — Toma Periquillo el hábito de religioso, y se 
arrepiente en el mismo día. Cuéntanse algunos 
intermedios relativos á esto 195 

» XII. — Trátase sobre los malos y los buenos consejos; 
muerte del padre de Periquillo, y salida de éste 
del convento - . 221 

» XIII. — Trata Periquillo de quitarse el luto, y se dis- 
cute sobre los abusos de los funerales, pésames, 
entierros, lutos, etc 237 

V XI\'. — Critica Periquillo los bailes, y hace una larga y 
útil digresión hablando de la mala educación que 
dan muchos padres á sus hijos, y de los malos 
hijos que apesadumbran á sus padres. . . . 265 



■j: W^i ■■<' --r Tf ■ 



1 

•1 



PAUTA 



para la colocación de las láminas 



J. Joaquín Fernández de Lizardi. . . ... . . . I 

— ¿Ves, hijo, qué primores encierra la naturaleza, aun en cuatro 

hierbecitas y unos animalitos que aquí tenemos? . . . 41 

— Señor, usted ha estudiado, díganos; ;por qué hablan los 

pericos como la gente? . .120 

... llevándome á varias tertulias que frecuentaba en algunas casas 

medianamente decentes 180 

... lo mismo fué levantarse que oir, con dolor de su corazón, tro- 
nar sus vestidos y aun verlos hechos pedazos. . . . . 274 



ESTE TOMO SE 

ACABÓ DE IMPRIMIR EN BARCELONA, 

EN EL ESTABLECIMIENTO TIPO-LITOGRÁFICO 

DE ESPASA Y COMPAÑÍA, 

EN AGOSTO DE 

1897 



..;r2l53.' 



EL 



PERIQUILLO SARNIENTO 



" 



ES PROPIEDAD 



'.^\r^í "i: T • • ,.5 r"^ >";. '.. ^ 



ir;>'; '£-«:«':' 



EL PENSADOR MEXICANO 

(J. JOAQUÍN FERNÁNDEZ DE LIZARDI) 



EL 



n:i.) 



h:kl()[llJX)SARMBNT() 



LA QUIJOTITA 

nON CATRÍN DE LA FACHENDA. — NOCHES TRISTES 

DÍA ALEGRE. — FÁBULAS 

PRÓLOGO DE 

n. FRANí^SCO SOSA 

EDICIÓN DE LUJO 

ADORNADA CON LÁMINAS CROMOLITOGRAI- lADAS, Y ENRIQUECIDAS SUS PÁGINAS 

CON NUMEROSOS GRABADOS 

DIBUJOS DE 

D. ANTONIO UTEILLO 



TOMO I 



MÉXICO 

J. Baliéscá \ Conjpañía. Sucesor 



8, SANTA ISABEL, 8 



SANTA TERESA, 8, BARCELONA-GRACIA 
1897 



^■>^ _ ■■ ^ . 



^Vl:'. tÍi.^''-V-/.j.4J' 



■^kxUuiÉIÉiH^b . 



■-■■ -^ -^"- - -— ■¡--...i^iíLüíL.AA^-á 




VIDA Y HECHOS 



TO 



ESCRITA POR ÉL 

para sus hijos 



CAPÍTULO PRIMERO 

Escribe Periquillo la muerte de su madre, con otras cosillas no del todo 

desagradables 

I Con qué constancia no está la gallina lastimándose 
el pecho veinte días sobre los huevos I Cuando los siente 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T, I, B, — l. • 



2 PENSADOR MEXICANO 

animados, ¡con qué prolijidad rompe los cascarones para 
ayudar á salir á los pollitos 1 Salidos éstos, ¡con qué 
eficacia los cuida; con qué amor los alimenta; con qué 
ahinco los defiende; con qué cachaza los tolera, y con 
qué cuidado los abriga! 

Pues á proporción hacen esto mismo con sus hijos 
la gata, la perra, la yegua, la vaca, la leona y todas las 
demás madres brutas. Pero cuando ya sus hijos han 
crecido, cuando ya han salido, digámoslo así, de la edad 
pueril . y pueden ellos buscar el alimento por sí mismos, 
al momento se acaba el amor y el chiqueo, y con el 
pico, dientes y testas, los arrojan de sí para siempre. 

No así las madres racionales. ¡Qué enfermedades 
no sufren en la preñez 1 ¡Qué dolores y á qué riesgos 
no se exponen en el parto! ¡Qué achaques, qué cuida- 
dos y desvelos no toleran en la crianza! Y después de 
criados, esto es. cuando ya el niño deja de serlo, cuando 
es joven y cuando puede subsistir por sí solo, jamás 
cesan en la madre los afanes, ni se amortigua su amor, 
ni fenecen sus cuidados. Siempre es madre, y siempre 
ama á sus hijos con la misma constancia y entusiasmo. 

Si obraran con nosotros como las gallinas, y su 
amor S('»lo durara á medida de nuestra infancia, todavía no 
podríamos pagarlas el bien (jue nos hicieron, ni agradecer- 
las las fatigas (|ue les costamos, pues no es poco el de- 
berlas la existencia física v el cuidado de su conservación. 



iL^^MÍiZí-^-^-^i^.'^ .:^ V-.. ■> 'Mt^]^~^^.^j^iw,3^.^^éáé^r ' ^¿^^^'^í L4-.^'^'«JlI>.v. 



.r«..fL.' >:« 



OBRAS ESCOGIDAS Ó 

No son ciertamente otras las causales, porque nos 
persuade el Eclesidsiico nuestro respeto y gratitud hacia 
los padres. Honra d tu padre, dice en el cap. VII, honra 
á tu padre, y no olvides los gemidos de tu madre. Acuér- 
date que si no fuera por ellos no existieras, y pórtate 
con ellos con el amor que ellos se portaron contigo. Y el 
santo Tobías, el Viejo, le dice á su hijo: Honraras á tu 
madre todos los días de tu vida, debiéndote acordar de los 
peligros y trabajos que padeció por tí cuando te tuco en 
su vientre. (Tobías, cap. IV). 

En vista de esto, ¿quién dudará que por la natu- 
raleza y por la religión estamos obligados, no sólo á 
honrar en todos tiempos, sino á socorrer á nuestros 
padres en sus necesidades y bajo culpa grave? 

Digo en todos tiempos, porque hay un abuso entre 
algunas personas, que piensan que en casándose se 
exoneran de las obligaciones de hijos, y que ni se 
hallan estrechadas á obedecer ni respetar á sus padres 
como antes, ni tienen el más mínimo cargo de soco- 
rrerlos. 

Yo mismo he visto á muchos de éstos y éstas que 
después de haber contraído matrimonio, ya tratan á sus 
padres con cierta indiferencia y despego que enfada. — 
No, dicen , ya estoy emancipado, ya salí de la patria po- 
testad, ya es otro tiempo. — Y la primera acción con que 
toman posesión de esta libertad es con chupar ó fumar 



4 PENSADOR MEXICANO 

tabaco delante de sus padres. ^ A seguida de esto, les 
hablan con cierto entono, y por último, aunque estén 
necesitados, no los socorren. 

Cuanto á lo primero, esto es, cuanto al respeto y la 
veneración, nunca quedan los hijos eximidos de ella, sea 
cual fuere el estado en que se hallen colocados, ó la 
dignidad en que estén puestos. Siempre los padres son 
padres, y los hijos son hijos, y en éstos, lejos de vitupe- 
rarse, se alaba el respeto que manifiestan á aquéllos. 
Casado y rey era Salomón, y bajó del trono para recibir 
con la mayor sumisión á su madre Betsabé; lo mismo 
hizo Bonifacio VIII con la suya, y hace todo buen hijo, 
sin que estas humillaciones les hayan acarreado otra 
cosa que gloria, bendiciones y alabanzas. 

Por lo que toca al socorro que deben impartirles en 
sus necesidades, aún es más estrecha la obligación. No 
se excusa la mujer, teniéndolo, con decir: «Mi marido 
no me lo da:» pedírselo, que si él fué buen hijo, él lo 
dará; y si no lo diere, economizarlo del gasto y del lujo; 
pero que haya para galas, bailes y otras extravagancias 
y no haya para socorrer á la madre, es cosa que escan- 

' El fumar no es malo, es un vicio de los tolerables, y aunque él por sí es muchas 
veces pernicioso á la salud y gravoso á la bolsa, ya la costumbre lo tiene favorecido; 
pero ¿el chupar delante de los padres? Tampoco es malo; es tan licito como delante de 
los que no lo son. Ningún padre se escandalizará si ve que su hijo toma polvos en su 
presencia; mas con todo eso, la misma costumbre que sufre que se tome tabaco aun 
en la iglesia, por las narices, no lo tolera por la boca, ni delante de los padres y supe- 
riores. Ello es una preocupación, pero pasadera, y con la que probamos nuestro respeto 
á algunas personas y lugares. 



^ > -.-.>^..- -j-j... ■ ^^AtitÜ^^t^mm^aítligík^ .jua^^la¿^t^ 



OBRAS ESCOGIDAS 5 

daliza; bien que apenas cabe en el juicio que haya tales 
hijas. 

Más frecuentemente se ve esto en los hombres, que 
luego dicen : — ¡Oh I yo socorriera á mis padres; pero soy 
un pobre, tengo mujer é hijos á quienes mantener, y no 
me alcanza. — ¡Holal Pues tampoco esa es disculpa justa. 
Consulten á los teólogos, y verán cómo están en obliga- 
ción de partir el pan que tengan con sus padres; y aún 
hay quien diga ^ que en caso de igual necesidad, bajo de 
culpa grave, primero se ha de socorrer á los padres que 
á los hijos. 

No favorecer á los padres en un caso extremo, es 
como matarlos. Delito tan cruel, que asombrados de su 
enormidad los antiguos, señalaron por pena condigna 
á quien lo cometiera, el que lo encerraran dentro de 
un cuero de toro, para que muriera sofocado, y que 
de este modo lo arrojaran á la mar, para que su cadá- 
ver ni aun hallara descanso en el sepulcro. 

¿Pues cuántos cueros se necesitarán para enfardelar 
á tantos hijos ingratos como escandalizan al mundo con 
sus vilezas y ruindades? En aquel tiempo yo no me 
hubiera quedado sin el mío; porque, no sólo no socorrí 
á mi madre, sino que le disipé lo poco que mi padre 
le dejó para su socorro. 

¡Qué caso! De las cinco reglas que me enseñaron 

* Santo Tomás. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 2. . 






b PENSADOR MEXICANO 

en la escuela, unas se me olvidaron enteramente con la 
muerte de mi padre, y en otras me ejercité completa- 
mente. Luego que se acabaron los mediecillos y se ven- 
dieron las alhajitas de mi madre, se me olvidó el sumar, 
poríjue no tenía (jué: multipUcar nunca supe; pero medio 
jKirtir y partir por entero, entre mis amigos, y las 
amigas mías y de ellos, todo lo que llegaba A mis 
manos, lo aprendí perfectamente; por eso se acabó tan 
pronto el principalito; y no bastó, sino que siempre que- 
daba re.<ían(lu á mis acreedores, y sacaba esta cuenta de 
memoria: (juien debe á uno cuatro, á otro seis y á otro 
tres, etc., y no les paga, les debe. Eso sabía yo bien: 
deber, destruir, aniquilar, endrogar y no pagar á nadie 
de esta vida; y éstas son las cuentas que saben los per- 
didos de pe á />«. Sumar no saben, porque no tienen qué; 
multiplicar tampoco, porque todo lo disipan; pero restar 
á quien se descuida y partir lo poco que adquieren con 
otros haraganes petardistas que llaman sus amigos, eso 
sí saben como el mejor, sin necesitar las reglas de arit- 
mética para nada. Así lo hice yo. 

En estas y las otras, no quedó en casa un peso 
ni cosa que lo valiera. Hoy se vendía un cubierto; 
mañana otro; pasado mañana un nicho; otro día un 
i'opero; hasta que se concluyó con todos los muebles 
y menaje. Después se siguió con toda la ropita de mi 
madre, de la que en breve dieron cuenta en el Montepío 



..^j^ai^Ú^aUt 



\ . . ,»,^r "^■■iffv' •"•^'^^^Ví* .- '" • '---'■ ■.•«>*,% ■■,,-" -t-^ -:^ •.-»•-" ';'»J,- 



OBRAS ESCOGIDAS 7 

y en las tiendas, pues como no liabía para sacarla, todas 
las prendas se perdieron en una bicoca. 

Es verdad que no todo lo gasté yo; algo se consumió 
£ntre mi madre y nana Felipa, Eramos como aquel loco 
de quien refiere el padre Almeida ^ que había dado en 
la tontera de que era la Santísima Trinidad, y un día le 
preguntó uno ¿que cómo podía ser eso andando tan des- 
pilfarrado y lleno de andrajos? A lo que el loco contestó: 
^•qué quiere iisted/' si somos tres al romper. Así sucedía 
en casa, que éramos tres al comer y ninguno al buscar. 
Bien, que cuando hubo, yo gastaba y tiraba por treinta; 
y así á mí sólo se me debe echar la culpa del total des- 
barato de mi casa. 

La pobre de mi madre se cansaba en persuadirme 
solicitara yo algún destino para ayudarnos; pero yo en 
nada menos pensaba. Lo uno, porque me agradaba 
más la libertad que el trabajo, como buen perdido, si 
acaso hay perdidos que sean buenos; y lo otro, porque 
¿qué destino había de liallar que fuera compatible con 
mi inutilidad y vanidad que fundaba en mi nobleza y 
en mi retumbante título hueco de bachiller en artes, 
que para mí montaba tanto como el de conde ó mar- 
qués? 

Al pie de la letra se cumplió la predicción de mi 
padre; y mi madre, entonces, á pesar de su cariño, que 

• Recreac. filos., tom. IV, .tarde 19. 



— .><•., j-!á..'.:..-,.iJ'.v : '. ;*' ,C' .■¿.•.'.:í...-£i<,';iX'-i5i*«,.. 



8 PENSADOR MEXICANO 

nunca le faltó hacia mí, conoció cuánto había errado 
en oponerse á que yo aprendiese algún oficio. 

El saber hacer alguna cosa útil con las manos, 
quiero decir, el saber algún arte ya mecánico, ya liberal, 
jamás es vituperable, ni se opone «i los principios nobles, 
ni á los estudios ni carreras ilustres que éstos propor- 
cionan; antes suele haber ocasiones donde no vale al 
hombre ni la nobleza más ilustre, ni el haber tenido 
muchas riquezas, y entonces le aprovechan infinito las 
habilidades que sabe ejercitar por sí mismo. 

La deshonra, dice un autor que escribió casi á fines 
del siglo pasado, ^ la deshonra ha de nacer de la ocio- 
sidad ó de los delitos; no de las profesiones. Todos 
los individuos del cuerpo político deben reputarse en 
esta parte hijos de una familia. 

¿Qué hubiera sido de Dionisio, rey de Sicilia, 
cuando habiendo perdido el reino y andando prófugo é 
incógnito por sus tiranías, no hubiera tenido alguna 
habilidad para mantenerse? Hubiera perecido segura- 
mente en las garras de la mendicidad, ya que no en 
las manos de sus enemigos; pero sabía leer y escribir, 
bien sin duda, pues emprendió ser maestro de escuela, 
y con este ejercicio se mantuvo algún tiempo. 

¿Qué suerte hubiera corrido Arístipo, si cuando 



* El Licenciado don Francisco Xavier Peñaranda en su Sittema económico y 
político más conoeniente d Etpaña. 



.. w -« -.-^-- .ii-k.- ^„,,;-ygg^,¿y^^^^i|^ 






OBRAS ESCOGIDAS 9 

aportó á la isla de Rodas, habiendo perdido en un 
naufragio todas sus riquezas, no hubiera tenido otro 
arbitrio con qué sostenerse por sí mismo? Hubiera pere- 
cido: pero era un excelente geómetra, y conocida su 
habilidad, le hicieron tan buen acogimiento los isleños, 
que no extrañó ni su patria ni sus rifjuezas; y en prueba 
de esto les escribió á sus paisanos estas memorables 
razones: Dad á luesti'os ¡ti/os tales riquezas (jue no las 
pierdan, aun cuando salf/an desnudos de un naufragio. 
¡Qué bien tocaba este consejo á muchas madres y á 
muchos nobleci tosí 

Si uno de nuestros abogados, teólogos y canonistas, 
arribara náufrago á Pekín ó Constantinopla. ¿hallara qué 
comer con su profesión? No; porque en esas capitales 
ni reina nuestra religión, ni rigen nuestras leyes; y así, 
si no sabía coser una camisa, tejer un jubón, hacer unos 
zapatos ó cosa semejante con sus manos, sus conclu- 
siones, argumentos, sistemas y erudición le servirían 
tanto para subsistir, como á un médico sus aforismos 
en una isla desierta é inhabitable. 

Esta es una verdad; pero por desgracia el abuso 
que contra ella se comete es casi general en los ricos 
y en los que se tienen por de la sangre azul. 

Dije casi, y dije una bobera: sin casi. Es abuso 
generalísimo, y tanto, que está apadrinado por la vieja 
y grosera preocupación de que los o /icios envilecen al 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, H — 3. 



10 PENSADOR MEXICANO 

que los ejei'cita, y de este error se sigue otro más mal- 
dito, y es aquel desprecio con que se ve y se trata á 
los pobres oficiales mecánicos. Fulano es hombre de 
bien, pero es sastre; citano es de buena cuna, pero 
es barbero; mengano es virtuoso, pero es zapatero. ¡Oh I 
¿Quién le ha de dar el lado? ¿Quién lo ha de sentar á su 
mesa? ¿Ni quién lo ha de tratar con distinción ni apre- 
cio? Sus cualidades personales lo recomiendan, pero su 
oficio lo abate. 

Así se explican muchos á quienes yo diría: señores, 
¿si no tuvierais riquezas ni otro modo de subsistir sino 
de hacer zapatos, coser chaquetas, aparejar sombre- 
ros, etc., no es verdad que entonces renegaríais de los 
ricos que os trataran con la necia vanidad con que ahora 
tratáis vosotros á los menestrales y artesanos? Eslo sin 
duda. 

Y si por un caso imposible, aun siendo ricos, si 
un día se conjuraran contra vosotros todos éstos, y no 
os (juisieran servir á pesar de vuestro dinero, ¿no anda- 
ríais descalzos? Sí, porque no sabéis hacer zapatos. ¿No 
andaríais desnudos y muertos de hambre? Sí, porque no 
sabéis hacer nada para vestiros, ni cultivar la tierra 
para alimentaros con sus frutos. 

Conque si en la realidad sois unos inútiles, por 
más que desempeñéis en el mundo el papel de los actores 
de aquella comedia titulada Los hijos de la foriunaf 



lÉtÉfnir i -II I • . ^^,i|^^^^,_^ 



•• -'Vf. 



OBRAS ESCOGIDAS 11 

¿por qué son esas altiveces, esos dengues y esos des- 
precios con aquellos mismos que habéis menester y 
de quienes depende vuestra brillante suerte? ^ Si lo 
hacéis porque son pobres los que se ejercitan en estos 
oficios para subsistir, sois unos tiranos, pues sólo por 
ser pobres miráis con altivez a los que os sirven, y 
quizá á los que os dan de comer; '^ y si solamente lo 
hacéis así ó los tratáis con este modo orgulloso, porque 
viven de su trabajo, á más de tiranos, sois unos necios; 
y si no, pregunto: vosotros ¿de qué vivís? Tú, minero; 
tú, hacendero; tú, comerciante; te murieras de hambre 
y perecieras entre la indigencia si Juan no trabajara tu 
mina, si Pedro no cultivara tus campos y si Antonio 
no consumiera tus géneros, todos á costa del sudor de 
sus rostros, mientras tú, hecho un holgazán, acaso, 
acaso no sirves sino de escándalo y peso á la república. 

Así hablara yo á los ricos soberbios y tontos, ^ al 
mismo tiempo que á vosotros, oh pobres honrados, ^ os 
alentara á sufrir sus improperios y baldones, á resigna- 
ros en la Divina Providencia y á continuar en vuestros 
afanes honradamente, satisfechos de que no hay oñcio 

^ Es constante que los pobres son feudatarios de los ricos y los que aumentan sus 
riquezas. 

* Los miserables jornaleros que cultivan las haciendas, los operarios que trabajan 
las minas y los artiñces que labran los tejidos, etc., dan de comer y sostienen el lujo de 
los ricos. 

' Con ésos se habla. 

^ A ésos se dirige el apostrofe, no á los pobres viciosos, pues á éstos, si los ultrajan 
por su mala conducta, bien se lo merecen. Ser picaro á más de pobre es gran desgracia. 



.-•W.^ -•-_ ,.: 



I. . 



12 PENSADOR MEXICANO 

vil como el hombro no lo sea, ni hay riqueza ni distin- 
ción alguna que descargue de las notas de necio ó vicioso 
á quien las tiene. 

¿Cuántas veces irá un hombre lleno de ignorancia ó 
de delitos dentro del dorado coche que hace estremecer 
vuestros humildes talleres? ¿Y cuántas la salsa que sazo- 
na los pichones y perdices de su mesa será la intriga, 
el crimen y la usura, mientras que vosotros coméis con 
vuestros hijos y con una dulce tranquilidad tal vez una 
tortilla humedecida con el sudor de vuestra frente? 

No son. hijos míos, los oficios los que envilecen 
al hombre (no me cansaré de repetir esta verdad), el 
hombre es el que se envilece con sus malos procederes; 
ni menos es estorbo la pobre cuna, ni las artes mecáni- 
cas para lograr entre los apreciadores del mérito el 
lugar que uno se sepa merecer con su virtud, habilidad y 
ciencia. Buenos testigos de esta verdad son tantos inge- 
niosos poetas, diestros pintores, excelentes músicos, es- 
cultores insignes y otros habilísimos profesores de las 
artes ya liberales, ya mixtas, á (juienes el mundo ha 
visto visitados, enriquecidos y honrados por los pontí- 
fices, emperadores y reyes de la Europa. Prueba clara 
de que el mérito distinguido y la sobresaliente habilidad, 
no sólo no es barrera que imposibilita los honores, sino 
(jue muchas veces es el imán que los atrae hacia sus 
profesores. Ya se ha dicho en esta misma obrita (jue 




^■■^«■. i:^-^, .^.í .-.,1 ''-•-^■^'-■-'' ■■'-«^*» 






OBRAS ESCOGIDAS 13 

Sixto V, antes de gobernar la Iglesia católica como pon- 
tífice, fué porquerizo. ^ Ejemplar que vale por otros 
muchos que recuerdan las historias eclesiástica y pro- 
fana. Bien que la vanidad ha hecho que en nuestros días 
no sean estos ejemplos muy comunes. 

Pero es menester decirlo todo. No sé si es más 
admirable ver á un hombre elevarse desde la basura á 
un puesto alto, n ver á otros que, colocados en 61, no 
olviden la humildad de sus principios. Yo creo que esto, 
así como es lo más justo, así es lo más difícil, atendida la 
soberbia humana, y siendo lo más difícil de suceder, 
debe ser lo más admirable. 

Que un hombre pase del estado de pobre al de rico, 
del de plebeyo al de noble y del de pastor al de rey, 



' Este pontiñce nació en un pueblo en la marca de Ancona á 13 de Diciembre de 
1521. Fué su padre un pobre labrador, como dice Moreri, ó viñadero, como dice el autor 
del Diccionario de hombres iluatres , llamado Peretti y su madre Mariana. Cuidaba puer- 
cos ó lechones, y pasando un religioso 'franciscano por donde él estaba, ignorando el 
camino, lo llevó de guía, y enamorado de la agudeza de sus respuestas lo condujo á su 
convento. A poco tiempo tomó el hábito de la orden seranea, y correspondiendo sus as- 
censos á su aplicación y talento, logró sentarse en la silla de San Pedro. Restableció á 
la pureza de su origen la edición de la Vulgata (Biblia); canonizó á San Diego, religioso 
franciscano español; agregó á los doctores de la Iglesia á San Buenaventura; mandó cele- 
brar la ñesta de la presentación de la Santísima Virgen é hizo muchas otras cosas exce- 
lentes. En tiempo de una grande hambre que padeció Roma, por cuya causa hubo una 
sublevación, construyó varios edificios, abrió algunos caminos, y promovió el famoso 
templo ó cúpula de San Pedro, que se creíi inacabable, en la que mantuvo diariamente 
á 600 operarios. Últimamente, erigió un obelisco en la plaza de San Pedro de 72 pies de 
altura. No sólo este Pontiñce fué de humilde y pobre ascendencia. Sin nombrar á 
San Pedro, San Dionisio, Juan XVIII, Dámaso 11, Nicolás I, y otros se cuentan de oscu- 
ro linaje, Adriano IV y Alejandro V, de niños se alimentaron de limosna; Urbano IV fué 
hijo de otro porquerizo; Benedicto XI fué hijo de una lavandera de paños; Benedicto^XII 
hijo de un molinero, etc. (véase la historia de los Pontífices). Lo que prueba bien que ni 
lo oscuro del nacimiento ni la última miseria obstan para lograr los empleos más .hono- 
ríficos, cuando la ciencia y la virtud hacen á los hombres dignos de ellos. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 4. 



KÍ.-V.t.á.^'^'' Z^:. 



14 PENSADOR MEXICANO 

como se ha visto, puede ser efecto de la casualidad en la 
que el mismo hombre no tiene parte: pero que viéndose 
encumbrado sobre los demás, lejos de ensoberbecerse ni 
endiosarse, se manifieste humano, afable y cortés con 
sus inferiores, acordándose de lo que fué, esto sí es 
admirable, porque prueba una grande alma capaz de 
tener á raya sus pasiones en cualquier estado de vida; 
lo que no hace el hombre muy fácilmente. 

Lo común es (|ue vemos infinitos que nacieron ricos 
y grandes, y éstos son orgullosos y altivos por natura- 
leza; esto es, así vieron el manejo de sus casas desde sus 
primeros días; la lisonja les meció la cuna y respira- 
ron la vanidad con el primer ambiente. Heredaron, por 
decirlo de una vez, la nobleza, el dinero, los títulos, v 
con esto la altivez y la dominación que ejercitan con los 
que están debajo de ellos. 

Esto es malo, malísimo; porque ningún rico debe 
olvidarse de que es hombre, ni de que es semejante al 
pobre y al plebeyo; sin embargo, si se pueden disculpar 
los vicios, parece que la soberbia del rico merece alguna 
indulgencia, si se considera que jamás ha visto la cara 
á la miseria, ni le han faltado lisonjeros que lo anden 
incensando á todas horas de rodillas. Es menester ser 
un Alejandro para no caer en la tentaci<')n de dejarse 
adorar como Nabuco. 

Pero los pobres que nacieron entre los terrones de 



i^iaiUiáká 



OBRAS ESCOGIDAS 15 

una aldea ó mísero pueblecico; que sus padres fueron 
unos infelices y sus primeros refajos unas mantas; que 
así se criaron y así crecieron luchando con la desdicha y 
la indigencia, no sólo ignorando los ecos de la adulación, 
sino familiarizándose con los desprecios; éstos, digo, 
¿por qué si á la Providencia le place elevarlos á un 
puesto brillante, al momento se desvanecen y se des- 
conocen hasta el punto, no sólo de menospreciar á los 
pobres, no sólo de no socorrer á sus parientes, sino ¡lo 
más execrable! de negar su estirpe enteramente? Esta 
es una soberbia imperdonable. 

No son éstas ficciones de mi pluma; el mundo es tes- 
tigo de estas verdades. ¿Cuántos, al tiempo de leer estos 
renglones, dirán: «Mi hermano, el doctor, no me habla.» 
Otros: «Mi hermana, la casada, no me saluda.» Otros: 
« Mi tío, el prebendado, no me conoce.» y así muchos? 

No quisiera decirlo; pero quizá por este vicio é 
ingratitud se inventó aquel trillado refrán que dice: 
quieren cer d un ruin, denle un cargo. Ello es una 
vileza de espíritu ^ degenerar de su sangre y dejar pere- 
cer en la miseria á los deudos, sólo por pobres, al tiempo 
que se podían favorecer con facilidad á merced del puesto 
encumbrado que se ocupa. * 

* Asi como puede haber una alma noble en un plebeyo, así puede haber una alma 
ruin dentro de un noble, y á ésta llamamos alma vil ó vileza de espíritu. 

* Se entiende, sin perjuicio de la justicia, pues entonces no resultará del beneficio 
virtud sino agravio. 



:as-.v 






16 PENSADOR MEXICANO 

Pero auníjue sea soberbia, villanía ó lo que se le 
(juiera llamar, así lo vemos practicar. Y si estas clases 
de personas son tan altivas con su sangre, ¿<iué no serán 
con sus dependientes, subditos y otros pobres, á quienes 
consideran muy indignos de su afabilidad y cortesía? 

Se ve. y no con rareza, (jue muchos de éstos que 
eran atentos, cariñosos y bien criados con todo el mundo 
en la esfera de pobres, luego que cambia su suerte y se 
levantan de entre la ceniza se hacen soberbios, hincha - 
dos, fastidiosos y detestables. 

El célebre padre Murillo, en su catecismo, citando á 
Plinio y Estrab<')n, dice (jue el Bucéfalo <') caballo de 
Alejandro cuando estaba en polo se dejaba manosear 
y tratar de cual(juiera; pero en cuanto lo ensillaban y 
enjaezaban ricamente se volvía indomable y no se suje- 
taba sino al joven Maced<'»n. El dicho padre hace sobre 
este cuentecillo una reflexión muy oportuna que la he 
de poner al pie de la letra. //«// alíjanos, dice, (jue son 
irritahlcs ciunvlo csU'in en polo: pei'o viéndose adornados 
ron una fjai'nacha, una borla, una dif/nidad, // aun iba 
('( decir, con una mortaja de religioso, no liciij quién se 
ace¡'if)üe con ellos. 

No, hijos, por Dios, no aumentéis el número de 
estos ingratos soberbios. Si mañana la suerte os colo- 
care en algún puesto brillante, que es lo que se dice 
estar en candelero, ó si tenéis riquezas y valimientos, 



í>»; r ■y:^-''^.e'-.;-f^^^3^ir'':^-^,!^'f^^r4S^ftEr - •%; . :- :^'.-- /^BW» -*7-.W5r^' »*- 



OBRAS ESCOGIDAS 17 

dispensad vuestros favores á cuantos podáis sin agravio 
de la justicia, que eso es ser verdaderamente grandes. 
Mientras mayor sea vuestra elevación, tanto mayor sea 
vuestra beneficencia. Cicerón en la defensa de Q. Liga- 
rio, dice: Qae con niju/ujia cosa se parecen los ¡lonibres 
más d Dios que con esta rii'índ. Siempre respetará el 
mundo los augustos nombres de Tito y Marco Aurelio. 
Este llenó de glorias y felicidades á Roma, y aquél fué 
tan inclinado á hacer bien, que el día que no hacía uno, 
decía que lo había perdido, dieni percUdinius. 

Por otra parte, jamás os desvanezcáis con las ricjue- 
zas ni con los empleos de distinción, ponjue ésta será la 
prueba más segura de que no los merecéis, ni habéis 
jamás disfrutado de aquéllas. Si vemos que uno al 
entrar en un coche ó subir á un barco se desvanece y 
le acometen vértigos frecuentes, fácilmente conocemos, 
aunque él no lo diga, que aquella es la primera vez 
que pisa semejantes muebles. No sin razón dice nuestro 
vulgar adagio, (jue ú herradura que chapalea ciato le 
falta, y es por esto. 

¡Qué diferente juicio no hace el mundo de aquellos 
que habiendo nacido pobres ú oscuros, y hallándose de 
repente con riíjuezas ó empleos sobresalientes, ni se des- 
vanecen con la altura de éstos, ni se deslumhran con 
el brillo de aquéllas, sino que, inalterables en el mismo 
grado de sencillez y bella índole ({ue antes tenían, con- 

PERIQUILLO SARNIENTO. —T. I, B. — 5. 



18 PENSADOR MEXICANO 

quistan cuantos corazones tratan! ¿No es preciso confe- 
sar (jue el corazón de estos hombres es magnánimo: que 
no se aturde ni se inflama con el oro, y que si nació sin 
empleos y sin honores, á lo menos fué siempre digno de 
ellos? 

Y si estos mismos hombres, en vez de abusar de su 
poder ó su dinero para oprimir al desvalido ó atropellar 
al pobre, en cada uno de estos desgraciados reconocen 
un semejante suyo, lo halagan con su dulce trato, lo 
alientan con sus esperanzas y lo favorecen cuando 
pueden, ¿no es verdad que en vez de murmuradores, 
envidiosos v maldicientes, tendrían un sinnúmero de 
amigos y devotos que los llenaran de bendiciones, les 
desearan sus aumentos y glorificaran su memoria aun 
más allá del término de sus días? ¿Quién lo duda? 

Ni es prenda menos recomendable, en un rico de 
los que hablo, una ingenuidad sincera y sin afectación. 
El saber confesar nuestros defectos nosotros mismos es 
una virtud que trae luego la ventaja de ahorrarnos el 
bochorno de (jue otros nos los refrieguen en la cara; 
y si el nacer pobres ó sin ejecutorias es defecto, ^ 
confesándolo nosotros les damos un fuerte tapaboca á 
nuestros enemigos y envidiosos. 



» No son defectos. El mundo mira con desprecio á los pobres y á los que no brillan 
con la nobleza; pero ésta es una de las locuras de que está el mundo lleno. Los defectos 
que no penden del arbitrio del hombre, no son vituperables ni se deben echar en cara. 
Hacerlo es necedad. 



... , .A.Vfl- .:.- ..■L-- lAt.,^. A-'..-.JtV- \ 



■^ ■-•Ví^rJ^'/ ^' >■'■.<*': ^■■' ;■■■■'" '.- " . --T' ..• ■■':.^V^ '•■■ '^' ^' ■ -J^-v-- . 



OBRAS ESCOGIDAS 19 

El no negar el hombre lo humilde de sus princi- 
pios cuando se halla en la mayor elevación, no sólo no 
lo demerita, sino que lo ensalza en el concepto de los 
virtuosos y sabios, que son entre quienes se ha de aspi- 
rar á tener buen concepto, que entre los necios y viciosos 
poco importa no tenerlo. 

Bien conoció esta verdad un tal Wigiliso, que 
habiendo sido hijo de un pobre carretero, por su vir- 
tud y letras llegó á ser arzobispo de Maguncia , en 
Alejandría, y ya para no engreirse con su alta dig- 
nidad, ó como dijimos, para no dar que hacer á sus 
émulos, tomó por armas y puso en su escudo una 
rueda de un carro con este mote: Memineri< quid sis 
ct quid fueris: Acuérdate de lo (|ue eres y de lo que 
fuiste. 

Tan lejos estuvo esta humildad de disminuirle su 
buen nombre, que antes ella misma lo ensalz(') en tanto 
grado, que después de su muerte mandó el emperador 
Enrico II que aquella rueda se perpetuase por armas del 
arzobispado de Maguncia. 

Agatocles, como rey y rey rico, tenía oro y plata con 
que servirse á la mesa, y sin embargo, comía en barro 
para acordarse que fué hijo de un alfarero. 

Y por último, Bonifacio VIII fué hijo de padres 
muy pobres; ya siendo pontífice romano, fué á verlo 
su madre; entró muy aderezada, y el santo Papa no 



'. r. ■.•'tilJ^.V..í«t 



20 PENSADOR MEXICANO 

la habló siquiera, antes preguntó: — ^'Quién es esta 
señora.'' — Es la madre de Vuestra Santidad. — A^o puede 
ser eso, dijo, si mi madre es muy pobre. — Entonces la 
señora tuvo que desnudarse las galas, y volvió á verlo 
en un traje humilde, en cuya ocasión el Papa la salió á 
recibir y la hizo todos los honores de madre como tan 
buen hijo. ^ 

Ya veis, pues, queridos míos, como ni los oficios 
ni la pobreza envilecen al hombre, ni le son estorbo 
para obtener los más brillantes puestos y dignidades, 
cuando él sabe merecerlos con su virtud ó sus letras. 
En estas verdades os habéis de empapar, y éstos son los 
ejemplos que debéis seguir constantemente, y no los 
de vuestro mal padre, que habiéndose connaturalizado 
con la holgazanería y la libertad, no se quería dedicar 
á aprender un oficio ni á solicitar un amo á quien servir, 
ponjue era noble; como si la nobleza fuera el apoyo de 
la ociosidad y del libertinaje. 

La pobre de mi madre se cansaba en aconsejarme, 
pero en vano. Yo me empeoraba cada día, y cada ins- 
tante le daba nuevas pesadumbres y disgustos, hasta que, 



• De Benedicto XI se sabe, que siendo un pobre hijo de una lavandera de paños, 
exaltado al pontificado, fingió también no conocerla', porque iba vestida de seda, y asi 
que fué á visitarlo con su humilde traje de lana la conoció y obsequió. 

De Benedicto XII, dice la historia, que habiendo sido hijo de un molinero, no quiso 
jamás reconocerlo sino en su propio traje de molinero. Estos heroicos ejemplos de hu- 
mildad han quedado escritos para realzar más el mérito y la virtud de tales personajes. 
Véase el Onomátticon de Guillermo Burio, secc. X ., fol. 358. 



.1 

■■■■■, ■ " ' 



OBRAS ESCOGIDAS 21 

acosada de la miseria y oprimida con el peso de mis 
maldades, cayó la infeliz en cama de la enfermedad de 
que murió. 

En este tiempo ¡qué trabajos para el módico I ¡qué 
ansias para la botica! ¡qué congojas para el alimen- 
to no costó, no á mí, sino á la buena de tía Felipa! 
Porque yo, picaro como siempre, apenas iba á casa al 
medio día y á la noche á engullir lo (jue podía, y á 
preguntar, como por cumplimiento, cómo se sentía mi 
madre. 

Ya han pasado muchos años, ya he llorado mu- 
chas lágrimas y mandado decir muchas misas por su 
alma, y aún no puedo acallar los terribles gritos de mi 
conciencia, que incesantemente me dicen: «Tú matas- 
te á tu madre á pesadumbres; tú no la socorriste en 
su vida, después de sumergirla en la miseria, y tú, 
en fin, no le cerraste los ojos en su muerte.» ¡Ay, 
hijos míos, no quiera Dios que experimentéis estos 
remordimientos! Amad, respetad y socorred siempre á 
vuestra madre, (|ue esto os manda el Criador y la 
naturaleza. 

Por fortuna la fiebre que le acometió fué tan violen- 
ta que en el mismo día la hizo disponer el médico, y al - 
siguiente perdió el conocimiento del todo. 

Dije que esto fué por fortuna, porque si hubiera 
estado sin este achaque, habría padecido doble con sus 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 6. 



22 PENSADOR MEXICANO 

dolencias, y con la pena (jue le debería haber causado 
el vil proceder de un hijo tan ingrato y para nada. 

En los seis días que vivió, todo su delirio se redujo 
á darme consejos y á preguntar por mí. según me dije- 
ron las vecinas, y yo cuando estaba en casa no le oía 
decir sino: — ¿Ya vino Pedro? ¿Ya está ahí? Déle usted 
de cenar, tía Felipa; hijo, no salgas, que ya es tarde, 
no te suceda una desgracia en la calle: — y otras cosas á 
este tenor con las que probaba el amor que me tenía. 
¡Ay, madre mía! ¡Cuánto me amaste, y (ju6 mal corres- 
pondí á tus caricias I 

Finalmente, su merced espiró cuando yo no estaba 
en casa. Súpelo en la calle, y no volví á aquélla ni puse 
un pie por sus contornos, sino hasta los tres días, por 
no entender en los gastos del entierro y todos sus 
anexos, por<jue estaba sin blanca, como siempre, y el 
cura de mi parroquia no era muy amigo de fiar los 
derechos. 

A los tres días me luí apareciendo y haciéndo- 
me de las nuevas, contando cómo había estado preso 
por un pleito, y con el credo en la boca por saber 
de mi madre, y qué sé yo cuántas más mentiras, con 
las que. y cuatro lagrimillas, les quité el escándalo á 
las vecinas y el enojo á nana Felipa, de (|uien supe 
que, viendo que yo no parecía y que el cadáver ya no 
aguantaba, barri<') con cuanto encontró, hasta con el 



ir.- 



OBRAS ESCOGIDAS 23 

colchón y con mis pocos trapos, y los dio en lo que 
primero le ofrecieron en el baratillo, y así salió de su 
cuidado. 

No dejó de afligirme la noticia, por lo que tocaba 
á mi persona, pues con el rebato que tocó me dejó con 
lo encapillado y sin una camisa que mudarme, porque 
cuantas yo tenía se encerraban en dos. 

A seguida me contó que debía al médico no sé 
cuántas visitas y al boticario qué sé yo qué recetas, que 
como nunca tuve intención de pagarlas no me impuse de 
las cantidades. 

Después de todo, yo no puedo acordarme sin ter- 
nura de la buena vieja de tía Felipa. Ella fué criada, 
hermana, amiga, hija y njadre de la mía en esta oca- 
sión. Fuérase de droga, de limosna ó como se fuese, 
ella la alimentó, la medicinó, la sirvió, la veló y la 
enterró con el mayor empeño, amor y caridad, y ella 
desempeñó mi lugar para mi confusión , y para que 
vosotros sepáis de paso que hay criados fieles, aman- 
tes y agradecidos á sus amos, muchas veces más 
que los mismos hijos; y es de advertir que luego que 
mi madre llegó al último estado de pobreza, le dijo 
que buscara destino, porque ya no podía pagarle su 
salario; á lo que la viejecita, llorando, le respondió 
que no la dejaría hasta la muerte, y que hasta enton- 
ces la serviría sin interés, y así lo hizo, que en todas 



24 PENSADOR MEXICANO 

. partes hay criados héroes como el calderero de San 
Germán. 

Pero yo no me tenía tan bien granjeado el amor 
de nana Felipa, á pesar de (|ue me crió, como dicen. 
Aguantó como las buenas mujeres los nueve días de luto 
en casa, y no fué lo más el aguantarlos, sino el dar- 
me de comer en todos ellos á costa de mil drogas y 
mil bochornos, pues ya no había quedado ni estaca en 
pared. 

Pero viendo mi sinvergüencería, me dijo: — Pedri- 
to, ya ves que yo no tengo de dónde me venga ni 
un medio: yo estoy en cueros y he estado sin con- 
veniencia por servir y acompañar al alma mía de 
mi señora, que de Dios goce; pero ahora, hijito, ya se 
murió, y es tuerza que vaya á buscar mi vida; porque 
tú no lo tienes ni de dónde te venga, ni yo tampoco; y 
asina ¿qué hemo.s de hacer? — Y diciendo esto, lloran- 
do como una niña y mudándose para la calle fué todo 
uno, sin poderla yo persuadir á que se quedara por 
ningún caso. Ella hizo muy bien. Sabía el pan que yo 
amasaba, y la vida que le había dado á mi pobre madre, 
¿(jué esperanzas le podían quedar con semejante vaga- 
bundo? 

Cátenme ustedes solo en mi cuarto mortuorio, que 
ganaba veinte reales cada mes, y no se pagaba la renta 
siete; sin más cama, sábanas ni ropa que la que tenía 



:v-. v->.^.-v.¿:»;..... 1. . --■■ -' - ' :--.«-: ■-i-:^.-f--.^ — ^:.^.... 



,-ií;^,y,-';>a^í^i«-:-n--).-._r. V'. .; • '. •,-■ .■ .-■■-■■,■-,. ./ .■"'♦^'r- T^> V^ • ' ; . ■; - . -^TT ; '- 



OBRAS ESCOGIDAS 25 

encima; sin tener qué comer ni quién me lo diera, y 

en medio de estas cuitas va entrando el maldito casero 

apurándome con que le pagara; haciéndome la cuenta 

de veinte por siete son ciento cuarenta, que montan diez Í 

y siete pesos cuatro reales, y que si no le pagaba, ó le 

daba prenda ó fiador, vería á un juez y me pondría en la 

cárcel. . 

Yo, temeroso de esta nueva desgracia, ofrecí pagarle 
i\ otro día, suplicándole se esperara mientras cobraba 
cierto comunicado de mi madre. 

El pobre lo creyó y me dejó. Yo no perdí tiempo; 
le escribí un papel en que le decía, que al buen paga- 
dor no le dolían prendas, y que en virtud de eso le hacía 
cesión de bienes de todos los trastos de mi casa, cuya 
lista quedaba sobre la mesa. 

Hecha la carta, cerrada con oblea y entregada con la 
llave á la casera, me salí á probar nuevas aventuras y 
á andar mis estaciones, como veréis en el capítulo que 
sigue. 

Pero antes de cerrar éste, sabréis como á otro día 
fué el casero á cobrar; preguntó por mí, diéronle el 
papel, lo leyó, pidió la llave, abrió el cuarto para ver 
los trastos y se fué hallando con el papel prometido que 
decía: 



PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 7. 



.^ j. jük:»!. ' 



í 



26 PENSADOR MEXICANO 

LISTA (le los muebles y alhff/as de que hago cesión d 
(Ion Panfilo Pantoja, pov el arrendamiento de siete 
meses que debo de este cuarto. A saber: 

Dos canapés y cuatro sillitas de paja, destripados y 
llenos de chinches. 

Una cama vieja que en un tiempo fué verde, 
también con chinches. 

Una mesita de rincón, quebrada. 

Una id. grande ordinaria, sin un pie. 

Un estantito sin llave v con dos tablas menos. 

Un petate de á cinco varas, y en cada vara cinco 
millones de chinches. 

Un nichito de madera ordinaria con un pedazo de 
vidrio, y dentro un santo de cera, que ya no se conoce 
quién es por las injurias del tiempo. 

Dos lienzos grandes, que por la misma causa no 
descubren ya sus pinturas; pero sí el cotense en que 
las pusieron. 

Dos pantallitas de palo viejas, doradas, una con su 
luna quebrada, y otra sin nada. 

Una papelera apolillada. 

Una caja grande sin í'ondo ni llave. 

Un baúl tinoso de pelo y muy anciano. 

Una silla poltrona coja. 



■ ni'««¿fali['^--^"^-'' . '■ .^^«J■•-^-.^'Val ..iL; ^.>:.i^ri>..^-::-^-. .', _;^':>. ' 



■ ♦y;_v-'«»r^ .'•;/'.«. ■. -;v?-'rr<-* .■ ' ,^'í'^! • ''-^ 's--':- ■¡^r },-,■■,><- -r^ 



i 



OBRAS ESCOGIDAS 27 

Una guitarra de tejamanil sorda. 

Unas despabiladeras tuertas. 

Una pileta de agua bendita de Puebla, despostillada. 

Un rosario de Jerusalén con su cruz embutida en 
concha, sin más defecto que tres ó cuatro cuentas menos 
en cada diez. 

Un tomo trunco del Quijote sin estampas. 

Un Lavalle viejito y sin forro. 

Un promontorio de novenas viejas. 

Un candelero de cobre. 

Una palmatoria sin cañón. 

Dos cucharas de peltre y un tenedor con un diente. 

Dos pocilios de Puebla, sin asa. 

Dos escudillas de id. y cuatro platos quebrados. 

Una baraja embijada. 

Como veinte relaciones y romances, y otros impre- 
sos sueltos. % 

Entre ollitas y cazuelas buenas y quebradas, doce 
piezas. 

Un cacito agujereado. 

Un pedazo de metate. 

Un molcajete sin mano. 

La escobita del bacín. 

La olla del agua. 

El cántaro del pozo. "^ j 

El palito de la lumbre. | 






28 



PENSADOR MEXICANO 



La tranca de la puerta. 

Una borcelana cascada. 

Dos servicios útiles, poco vacíos. 

Todo esto para el señor casero, encargándole que si 
sobrare algún dinero, despucs de pagada su deuda, lo 
invierta por bien de la difunta. — México, 15 de Noviem- 
bre de 1789. — Pnlro Sarmienío. 

Se daba al diablo el triste casero con semejante lista, 
mientras yo. según os dije, me ocupaba en otras atencio- 
nes más precisas. 




/ 



'/..^•rSíi^'wVi^-^^ "^ VV"- 



: .f^"*-^'- ■ 




CAPÍTULO II 



Solo, pobre y desamparado Periquillo de sus parientes, se 
encuentra con Juan Largo, y por su persuasión abraza 
la carrera de los pillos en clase de cócora de los juegos. 



Viéndome solo, huérfano y pobre, sin casa, hogar 
ni domiciUo, corno los maldecidos judíos, pues no reco- 
nocía feligresía ni vecindad alguna, traté de buscar, como 
dicen, madre que me envolviera; y medio roto, cabiz- 
bajo y pensativo, salí para la calle luego que entregué 
á la casera la lista de mis exquisitos muebles. 

El primer paso que di fué ir á tentar de paciencia 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. I, B — 8. 



I 



^mJ^' . t^'rt.>-;7-..i!^^b'*L.Ó, 



30 PENSADOR MEXICANO 

á mis parientes paternos y maternos, creyendo hallar 
entre ellos algún consuelo en mis desgracias; pero me 
engañé de medio á medio. Yo les contaba la muerte de 
mi madre y mi orfandad y desamparo, rematando el 
cuento con implorar su protecci<')n ; y unos me decían 
que no habían sabido la muerte de su hermana; otros 
se hacían de las nuevas; todos fingían condolerse de mi 
suerte, pero ninguno me facilitó el más mínimo socorro. 

Despechado salía yo de cada casa de las de ellos, 
considerando que no había tenido ningún pariente que 
tomara interés en mi situación, sino mi difunta madre, 
á quien comencé á sentir con más viveza, al mismo 
tiempo que concebí un odio mortal contra toda la caterva 
de mis desapiadados tíos. 

— ¿Es posible, decía yo, (jue éstos son los parientes 
en el mundo? ¿Tan poco se les da de ver perecer á un 
deudo suyo y tan cercano? ¿Estas son las leyes que se 
guardan de la naturaleza? ¿Así respeta el hombre los 
derechos de la sangre? ¿Y así hay locos que se fíen en 
sus parientes? 

Cuando vivía mi padre, cuando tuvo alguna propor- 
ción é iban á casa á que los sirviera, estos mismos me 
hacían mil fiestas, y aun me daban mis mediecillos 
para fruta, y si había alguna diversioncita ó era, como 
dicen, día de manteles largos, todos iban de montón, y 
muchos sin esperar el convite; pero cuando estas cocas 



• Tí'»^' i^"f^-^'- • ■" ' . V. ;• '. tT'~. ■ ■! ''^■'■^•íí'v-i^ :-í''^ • ;=í.Tiir?(p 



:>^-- 



OBRAS ESCOGIDAS 31 

se acabaron, cuando la pobreza se apoderó de mi casa 
y ya no hubo qué raspar, se retiraron de ella, y ni á 
mí ni á mi madre nos volvieron A ver para nada. No es 
mucho, pues, que ahora salga yo con tan mal expediente 
de sus casas. Todavía me debo dar las albricias de que 
no me han negado, ni me han echado á rodar las esca- 
leras. 

Si algún día tengo hijos, les he de aconsejar que 
jamás se atengan á sus parientes, sino al peso que sepan 
adquirir. Este sí es el pariente más cercano, el más libe- 
ral, el más pronto y el más útil en todas ocasiones. Que 
esotros parientes al fin son de carne y hueso como cual- 
quier animal, ingratos, vanos, interesables 6 inservi- 
bles. Cuando su deudo tiene para servirlos, lo visitan y 
lo adulan sin cesar; pero si es pobre como yo, no sólo 
no lo socorren, sino que hasta se avergüenzan del paren- 
tesco. 

Embebecido iba yo en estas consideraciones y tem- 
blando de cólera contra mis indignos deudos, cuando al 
volver una esquina vi venir á lo lejos á mi amigo Juan 
Largo. Un vuelco me dio el corazón de gusto, creyendo 
que tal encuentro no podía menos que serme feliz. 

Luego que nos vimos cerca me dijo él: — ¡Oh, Peri- 
quillo, amigo I ¿qué haces? ¿cómo estás? ¿qué es de tu 
vida? — Yo le conté mis cuitas en un instante, conclu- 
yendo con hartar de maldiciones á mis tíos. — ¿Pues y 



■i' 



32 PENSADOR MEXICANO 

qué te lian hecho esos señores, me dijo, que estás con 
ellos de tan mal talante? — ¿Qué me han de hacer, con- 
testa yo. sino despreciarme y no favorecerme ninguno, 
olvidando que tengo sangre suya, y que á mi padre 
debieron mil favores? 

— Tienes raz»'»n. dijo Juan Largo; los parientes del 
día son unos malditos y ruines. A mí me acaba de suce- 
der un poco peor con el perro viejo de mi tío don Martín. 
Has de saber que desde que falto de esta ciudad, que ya 
es cerca de un año, me he estado con él en la hacienda; 
pues un vaquero condenado me levantó el falso testimo- 
nio, habrn (juince días, de que yo había vendido diez 
novillos, y te puedo jurar, hermano, que sólo fueron 
siete; pero hay gentes que se saldrán de misa por decir 
una mentira y quitar un crédito. 

Ello es que el tío lo creyó de buenas á primeras, y 
me achacó todo lo que se había perdido en la hacienda 
desde que yo estaba allá; me conjuró y me amenazó 
para que lo confesara; pero yo jamás he sido más pru- 
dente, ni he tenido más cuenta con mi lengua. Gallé y 
callara por toda la eternidad, si por toda ella me exi- 
gieran estas confesiones; por lo cual, enfadado el don 
Martín, me encerró en un cuarto, y con un bejuco de 
esos de los cabos de regimiento me dio una tarea de 
palos que hasta hoy no puedo volver en mí; y no paró 
en esto, sino que, quitándome todos los trapillos regu- 



-' '-■■■"^ 



Y^'í':^ ':^ ^^i^:^ ■' ■ . •-. ■ :-■■ ■■■•-•-. ■ .-.•. •■:;TK7;'vr^í.r-V" ' • - ' ■ •• v*-^'^ •/..;: "^. -wy^-**:^^-. 



OBRAS ESCOGIDAS 33 

lares que tenía yo y mis dos caballitos, me echó á la 
calle, quiero decir, al camino, que era la calle más inme- 
diata á su casa, jurándome por toda la corte del cielo, 
que si me volvía á ver por todos aquellos contornos, me 
volaría de un balazo; añadiendo que era yo un picaro, 
vagabundo, ladrón y mal agradecido, que lo estaba sa- 
queando, después de comerle medio lado. — Y así, nora- 
mala, picaro, me decía, noramala, que tú no eres mi 
sobrino como has pensado, sino un arrimado miserable 
y vicioso; por eso eres tan indigno, que yo no tengo 
sobrinos ladrones. 

Hasta este punto llegó el enojo de mi tío, y vién- 
dome abandonado, pobre, apaleado y en la mitad del 
camino, resolví venirme á esta capital como lo verifiqué. 
Habrá ocho días ó diez que llegué; luego luego fui á 
buscarte á tu casa; no te hallé en ella ni quién me diera 
razón dónde vivías. He encontrado á Pelavo, á Sebas- 

ni 

tián, á Casiodoro, al mayorazgo y á otros amigos, y todos 
me han dicho que cuánto há (¡ue no te ven. He pregun- 
tado por tí á Chepa la Guaja, á la Pisaflores, á Pancha la 
Larga, á la Escobilla y á otras, y todas me han contes- 
tado diciéndome que no saben dónde vives. En fin, en 
este corto tiempo no he perdido momento por saber de 
tí, y todo ha sido en vano. Díme. pues, ¿por qué les has 
excusado tu casa? 

Yo le respondí, que lo uno porque no me fueran á 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 9. 



•y^:-i.^'' '^: íZj^Ji^ 



34 PENSADOR MEXICANO 

cobrar algunos picos que debía, y lo otro porque mi casa 
era un cuartito miserable y tan indecente que me daba 
vergüenza que me visitaran en él. 

Aprobó mi arbitrio Januario, á quien le dije: — Y tú 
ahora ¿en qué piensas? ¿de qué te mantienes? — De 
cócora en los juegos, me respondi»'), y si tú no tienes des- 
tino, y quieres pasarlo de lo mismo, puedes acompa- 
ñarme, que espero en Dios ^ que no nos moriremos de 
hambre, pues más ven cuatro ojos que dos. El oficio es 
fácil, de poco trabajo, divertido y de utilidad. ¿Conque 
quieres? 

— Tres más, dije. Pero dime: ¿qué cosa es ser 
cócora de los juegos, ó á quiénes les llaman así? — 
A los que van .'i ellos, me dijo Januario, sin blanca, 
sino sólo á iníjeniarse, y son personas á quienes los 
jugadores les tienen algún miedo, ponjue no tienen que 
perder, y con una ingeniada, muchas veces les hacen 
un agujero. 

— Cada vez. le dije, me agrada más tu proyecto; 
pero dime: ¿qué es eso de iiKjcniarse.^ "^ — Ingeniarse, me 
contestó Januario, es hacerse de dinero sin arriesgar 
un ochavo en el juego. — Eso debe ser muy difícil, dije 

* Desatino craso, aunque no nuevo en algunas bocas. Nunca se debe esperaren 
Dios para tomar una venganza ni satisfacer ninguna pasión pecaminosa, porque esto 
fuera ultrajar su bondad y su justicia creyéndole capaz de coincidir con nuestros vicios. 
Dios permite el pecado, pero no lo quiere. 

• Aunque, como se ha dicho, Perico era un perdido, todavía ignoraba muchas 
cosas y términos de la escuela de los tunos. Januario fué el que lo acabó de adiestrar. 



■aHnÉihiiit^ááfc^ÉÉfchJiáiMí li ■ .,(-*•-.-.---'• >^-.^- 



hT^', rf^-i^.rk'i. *•.' 



*?^?T<^V: .. ''-:.- ■"l'^^^^*-- 



OBRAS ESCOGIDAS 35 

yo, porque, según he oído decir, todo se puede hacer sin 
dinero, menos jugar. 

— No lo creas, Perico. Los cócoras tenemos esa 
ventaja, que nos ingeniamos sin blanca, pues para tener 
dinero llevando resto al juego, no es menester habilidad 
sino dicha y adivinar la que viene por delante. La gracia 
es tenerlo sin puntero. 

— Pues siendo así, cócora me llamo desde este 
punto; pero dime, Juan, ¿cómo se ingenia uno? 

— Mira, me respondió: se procura tomar un buen 
lugar (pues vale más un asiento delantero en una mesa 
de juego que en una plaza de toros), y ya sentado uno 
allí, está mcjiando al montero ^ para cogerle un zapote ' ó 
verle uudi puerta, '^ y entonces se da un codazo, ^ que algo 
le toca al denunciante en estas topadas. O bien procura 
uno dibajar las paradas, ^ marcar un naipe, ^ arrastrar 
un muerto, " ó cuando no se pueda nada de esto, armarse 
con una apuesta^ al tiempo que la paguen, y entonces 
se dice: «Yo soy hombre de bien; á nadie vengo á estafar 
nada; y voto á este santo, y juro al otro, y los diablos 

* Espiando sus manejos. E. 

* Advertirle alguna trampa. E. 

* Observar cuál es la carta primera. E. 

* Se avisa á los concurrentes. E. 

'^ Dividir las apuestas de modo que no les toque por completo la rebaja de lo que el 
montero quita por estar la carta que gana á la puerta. E. 

' Doblarla punta ó hacer alguna otra señal á una carta para ver dónde queda 
después que se baraje. E. 

^ Cobrar la parada ó apuesta del que se descuida. E. 

* Cobrarla y porfiar que es cosa suya. E. 



36 PENSADOR MEXICANO 

me lleven si esta apuesta no es mía;» y se acalora la cosa 
mas, añadiendo: «¿Es verdad, don Fulano? Dígalo usted, 
don Citano;» de suerte que al fin se queda en duda de 
quién es el dinero, y el que tiene la apuesta gana. Esta 
ingeniada es la más arriesgada; porque puede uno topar 
con un atravesado que se la saque á palos; pero esto no 
es lo corriente, y así en las apuradas es menester arries- 
garse. Ello es, que yo nunca me quedo sin comer ni sin 
cenar, pues como no hayan pegado las otras diligencias 
y el juego esté para acabarse, me llevara yo seis ú ocho 
reales en la bolsa cogiéndome una parada, más que fuera 
de mi madre. Pero has de advertir, desde ahora para 
entonces, que nunca te atrevas á arrastrar muertos, ni te 
armes con paradas que pasen ni aun lleguen á un peso; 
sino siempre con muertos chiquillos y paraditas de tres 
á cuatro reales, que pagados siempre son dobles, y como 
el interés es corto, se pasan, no se advierte en cuál de 
los dos que disputan está el dolo y uno sale ganancioso; 
lo que no tiene con las paradas grandes, porque como 
que interesan, no se descuidan con ellas, sino que están 
sus amos pelando tantos ojos sobre su dinero, y ahí 
va uno muy expuesto. 

— Yo te agradezco, amigo Januario, tus deseos de 
que yo tenga algún modito con qué comer, que cierto 
que lo necesito bien; asimismo te agradezco, le dije, tus 
consejos y tus advertencias; pero tengo algún temorcillo 



-■■ >..V^.^-...t..^.^.-y -^ . ■,..■.:... t ■■■>;■,■.■ -.? 



'■?<.íf'^^?¡!:íi!B-f;f/íV^.r:r'.í .''T". >-^;.?r -:. ■^■-"ijü .-^o'v-r^Y^-Ti- -. . yií, i?:*-'- ; - .- -■ ■ .^ '•^JWS^f*^ '-.■? ' rf^'SíXr'^ . 



OBRAS ESCOGIDAS 37 

de que no me vaya á tocar una paliza ó cosa peor en una 
de éstas; porque, la verdad, soy muy tonto y no veterano 
como tú, y pienso que al primer tapón he de salir, tal 
vez, con las zurrapas que me cuesten caro, y cuando 
piense que voy á traer lana, salga trasquilado hasta el 
cogote. 

Se medio enfadó Januario con este miedo mío, y me 
dijo: 

— Anda, bestia, eres un para nada. ¡Qué paliza ni 
qué bromal ¿pues qué, luego luego te han de coger la 
mácula? Yo no me espantaré de que al principio te tem- 
blará la mano para cogerte medio real; pero todo es 
hacerse, y después te soplarás hasta los quince y veinte 
pesos, quedándote muy fresco, * y yo te diré cómo. Ya 
sabes que los principios son dificultosos; vencidos éstos, 
todo se hace llevadero. Entra con valor á la carrera de 
los cócoras, que en verdad que es demasiado socorrida, 
sin temer palizas, ni trompadas de ninguno, pues ya has 
oído decir que á los atrevidos favorece la fortuna y á 
los cobardes los repele. Tú ya estás, no sólo abandonado 
de ella, sino bien repelado; ¿quieres verte peor? Fuera 
de que, supon que á tí ó á mí nos arman una campaña 



# 






i 



' Estos eran los amigos de Perico, y sus consejos. Cierto que el demonio no podía 
aconsejarle peor. Por esto dijo muy bien el padre Jerónimo Dutari, que los malos 
amigos son los diablos que no espantan. 

Ese modo con que aqui lo induce al robo y la fullería es el que se usa prácticamente, 
y en la realidad es así; al principio se comienza con miedo, pero después se hace el vicio 
familiar. Por eso es lo mejor no comenzar, ■ -S- ^ 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 10. 



» - 



38 PENSADOR MEXICANO 

al cabo de tres ó cuatro meses que hayamos comido, 
bebido y gastado n costa de los tahúres; ¿luego nos han 
de dar? ¿No pueden recibir también de nuestras manos? 
Y por último, pon que salimos rotos de cabeza ó con 
una costilla desencajada; con algún riesgo se alquila la 
casa, no todo ha de ser vida y dulzura, y en ese caso 
quedan los recursos de los médicos y de los hospitales. 
Conque, Perico, manos á la obra: sal de miserias y de 
hambre, que el que no se arriesga no pasa la mar. 
A más de que en la clase de ingeniadas hay otros arbi- 
trios más provechosos y quizá con menos peligros. 

— Dímelos por tu vida, le dije, que ya reviento por 
saberlos. 

— Uno de ellos, me dijo Januario, es comedirse 
á tallar ó ayudar á barajar á otros, y este arbitrio suelo 
proporcionar una buena gratificación ó (j limpiada, ^ si 
el amo es liberal y gana; y aunque no sea franco ni 
gane, el f/iirujuY' no puede perder nunca su trabajo, 
como no sea tonto, pues en sabiendo irse n profundis 
seguido, sale la cuenta y muy bien: pero es menester 
hacerlo con salero, pues si no, va uno muy expuesto. 

— ¿Cómo es eso, le pregunté, de //>e d profundis, 
que no entiendo muy bien los términos facultativos de la 
profesión? 

— Irse á profundis, dijo mi maestro, es escon- 

i Véase la nota del primer tomo sobre esta palabra. E. 



'^^Jf7^m¡^>'7^r^^:^;rsrfjvr'7^^ ■í.:--"y^;y-^ 



OBRAS ESCOGIDAS 39 

derse el dinero del monte que se pueda, poco á poco, 
mientras baraja el compañero, fingiendo que se rasca, 
que se saca el polvero, que se saca un cigarro, que se 
compone el pañuelo y haciendo todas las diligencias que 
se juzguen oportunas para el caso; pero esto, ya dije, 
es menester hacerlo con mucho disimulo, v haciéndolo 
así, la menor gurupiada te valdrá ocho ó diez pesos. 

También es otro arbitrio que tengas en el juego un 
amigo de confianza, como yo, y sentándose éste junto 
á tí, á cada vez que se descuide el dueño del dinero, le 
das cuatro pesetas fingiendo (jue le cambias un peso. 
Este dinero lo juega el compañero con valor; si se le 
arranca, lo vuelves á habilitar con nuevas pesetas; 
cuando le pagues, le das siempre dinero de más para 
engordar la polla, sin miedo ninguno, pues como el 
dueño del monte te tenga por hombre de bien, harás 
de él cera y pábilo. Si está ganando, el dinero lo deslum- 
hrará, y si está perdiendo, la misma pérdida lo cegará; 
de manera que jamás reflexionará en tu diligencia, que 
mil veces es excelente, pues yo he visto otras tantas 
desmontar entre el gurupié y el palero (que así se 
llaman estos compañeros) con el mismo dinero del 
monte. En este caso no salen los dos juntos, sino sepa- 
rados, para no despertar la malicia, y en cierto lugar 
se unen, se parten la ganancia, y aleluya. 

El tercero, más liberal y pronto arbitrio, es entregar 



Í-. . 



h 






40 PENSADOR MEXICANO 

todo el monte en un albur, si el compañero tiene plata 
para pagarlo; y si no la tiene, en distintos albures, que^ 
al fin resulta el mismo efecto que es desmontar. Pero 
para esto es preciso que, así el gurupié como el palero, 
sean muy diestros; y todo consiste en la friolera de 
amarrar los albures, poner la baraja al mismo en dispo- 
sición de que, conociendo por dónde está el mollete, alce 
por él, y salgan los albures puestos, teniendo entre los 
dos, compactado con anticipación, si se ha de apostar á la 
judía, ó á la contrajudía, á la de fuera ó á la de adentro, 
ó á la una y una, para no equivocarse y perder el dinero 
tontamente, que eso se llama hacer burro con bola 
en ni/tno. 

Para entrar en esta carrera y poder hacer progresos 
en ella, es indispensable que sepas a/ncirrar, :^apotecu\ 
ciar J)oca de lobo, dar rci8Írilla,^o, hacer la /tueca, dar la 
enipcdniada, colearte, csjtejearie y otras cositas tan finas 
y curiosas como éstas, que aunque por ahora no las 
entiendas, poco importa; ^ yo te las enseñaré' dentro de 
quince ó veinte días, que como tú te apliques y no seas 
tonto, con ese tiempo basta para que salgas maestro con 
mis lecciones. 

Mas es de advertir que para salir con aire en las 



' Bien pudo Periquillo haber explicado aquí el mecanismo de estas fullerías; pero 
sin duda las calló con estudio deseando prevenir á los lectores incautos en los peligros 
del juego sin enseñarlos á maliciosos. Es bueno saber que hay drogas, pero no saber 
hacerlas. 



OBRAS ESCOGIDAS 41 

más ocasiones es necesario que trabajes con tus armas; 
y así es indispensable que sepas hacer las barajas. 

— Esa es otra, dije yo muy admirado; pues ¿no ves 
que eso es un imposible respecto á que me falta lo mejor 
que es el dinero? — ¿Pero para qué quieres dinero para 
eso? me preguntó Januario. — ¿Cómo para qué? le dije; 
para moldes, papel, pinturas, engrudo, prensas, oficiales 
y todo lo {{ue es menester para hacer barajas; y fuera de 
esto, aunque lo tuviera, no me arriesgaría á hacerlas, 
¿no ves que donde nos cogieran nos despacharían á un 
presidio por contrabandistas? 

Rióse á carcajada suelta Juan Largo de mi simpli- 
cidad, y me dijo: — Se echa de ver que eres un pobre 
muchacho inocente, y que todavía tienes la leche en los 
labios. Camote, para hacer las barajas como yo te digo, 
no son menester tantas cosas ni dinero como tú has pen- 
sado. Mira, en la bolsa tengo todos los instrumentos del 
arte. 

Y diciendo esto me manifestó unos cuadrilonguitos 
de hoja de lata, unas tijeritas finas, una poquita de cola 
de boca y un panecito de tinta de China. 

Quédeme yo azorado al ver tan poca herramienta, y 
no acababa de creer que con sólo aquello se hiciera una 
baraja , pero mi maestro me saco de la suspensión dicién- 
dome: 

— Tonto, no te admires; el hacer las barajas en el 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 11. 






42 PENSADOR MEXICANO 

modo que te digo no consiste en pegar el papel, abrir los 
moldes, imprimirlas y demás que hacen los naiperos; ese 
es oficio aparte. Hacerlas al modo de los jugadores, 
quiero decir hacerlas floreadas ; esto se hace sin más 
que estos pocos instrumentitos que has visto, y con sólo 
ellos se recortan ya anchas, ya angostas, ya con esquinas 
que se llaman orejas: ó bien se pintan ó se raspan ((jue 
dicen vaciar) ó se trabajan de pcf/iics, ó se hacen cuantas 
habilidades uno sabe ó quiere; todo con el honesto fin de 
dejar sin camisa al que se descuide. 

— La verdad, hermano, dije yo, todos tus arbitrios 
están muy buenos; pero son unos robos y declara- 
dos latrocinios, y creo «jue no habrá confesor que los 
absuelva. 

— ¡Vaya, vaya, dijo Januario meneando la ca- 
beza, pues estás fresco 1 ¿Conque ahora que andas ahí 
todo descarriado, sin casa, sin ropa, sin qué comer, y 
sin almena de qué colgarte, vas dando en escrupuloso? 
¡Majadero! pues si eres tan virtuoso, ¿para qué te saliste 
del convento? ¿No fuera mejor que te estuvieras allí 
comiendo de coca y con seguridad , y no andar ahora 
de atjuí para allí y muñéndote de hambre? 

Vamos, <|ue ciertamente he sentido la saliva que he 
gastado contigo, y las luces que te he dado por tu bien, 
y por no verte perecer. Bestia, si todos pensaran en 
eso, si reflexionaran en (jue el dinero que así ganan es 



1^. 



-"" "• ' ■ •'• 



y^'ft^eí^^*^---.^'*' ■ ■•/-''^ >-^ -- í .c B ig^y ■ i-^,':-y>íy^'!^ 



^ 



OBRAS ESCOGIDAS 43 

robado, que debe restituirse, y que si no lo hicieren así 
se los llevará el diablo, ¿crees tú que hubiera tanto hara- 
gán que se mantuviera del juego como se mantiene? 
¿te parece que éstos juegan suerte y verdad, y así se 
mantienen? No, Perico; éstos juegan con la larga, ^ y 
siempre con su pedazo de diligencia, si no ¿cómo se 
habían de sostener? Ganarían un día del mes y perde- 
rían veintinueve, pues ya has oído decir que el juego 
más quita que da, y esto es muy cierto en queriendo 
ser muy escrupuloso; porque el que limpio juega limpio 
se va á su casa; pero por esta razón estos señoritos, 
mis camaradas y compañeros, antes de entrar en el giro 
de la fullería, lo primero que hacen es esconder la con- 
ciencia debajo de la almohada, echarse con las petacas 
y volverse corrientes. Bien que no he conocido uno que 
no tenga su devoción. Unos rezan á las Animas, otros 
á la Santísima Virgen, éste á san Cristóbal, aquél á 
santa Gertrudis, y finalmente esperamos en el Señor 
(jue nos ha de dar buena muerte. ^ Conque no seas 
tonto, Periquillo, elige tu devoción particular, y anda, 
hombre, anda, no tengas miedo; peor será que pegues 
la boca á una pared; ^ porque donde tú no lo busques, 

' Alusión al juego del billar, ó al del truco, pues que el primero no estaba en 
aquella época muy generalizado. E. 

* Esperanza pésima. No se debe esperar en Dios para ofenderlo; ni valen para 
esto las devociones de los santos, antes es una injuria el invocarlos creyendo que inter- 
cederán con Dios por los que lo ofenden en esa confianza. 

' No 68 peor estar pobre que ser ladrón; pero en la práctica se ve que muchos, por 
no ser pobres, son ladrones, y cuanto malo hay. 



44 PENSADOR MEXICANO 

estás seguro que haya quién te dé ni un lazo para que 
te ahorques. Ya has visto lo que te acaba de pasar con 
tus tíos. Conque si entre los tuyos no hallas un pedazo 
de pan, ¿qué esperanzas te (juedan en adelante? Ahora 
estoy yo en México, que soy tu amigo y te puedo ense- 
ñar y adiestrar; si dejas pasar esta ocasión, mañana me 
voy. y te quedas á pedir limosna; porque no á todos los 
Jiáhiles les gusta enseñar sus habilidades, temerosos de 
no criar cuervos que á ellos mismos tal vez mañana 
ú otro día les saquen los ojos. En fin . Perico, harto te 
te he dicho. Tú sabrás lo que harás, que yo lo hago no 
más de pura caridad. ^ 

Gomo por una parte yo me veía estrechado de la 
necesidad \ sin ser útil para nada, y por otra, los pro- 
yectos de Januario eran demasiado lisonjeros, pues me 
facilitaba nada menos (jue el tener dinero sin trabajar, 
que era á lo que yo siempre había aspirado, no me fué 
difícil resolverme: y así le di las gracias á mi maestro, 
reconociéndolo desde aquel instante por mi protector, y 
prometiéndole no salir un punto de la observancia de sus 
preceptos, arrepentido de mis escrúpulos y advertencias, 
como si debiera el hombre arrepentirse jamás de no 
seguir el partido de la iniquidad; pero lo cierto es que 
así lo hacemos muchas veces. 

Durante esta conversación advirtió Januario que yo 

* 1 Buena caridad ! Asi son muchas caridades que se ven en el mundo. 



■'^-'^ ..- 1 i-ii^"-' ■ ..^ . 






OBRAS ESCOGIDAS 45 

tenía los labios blancos, y me dijo: — Tú, según me 
parece, no has almorzado. — Ni tampoco me he desayu- 
nado, le respondí; y cierto que ya serán las dos y media 
de la tarde. — Ni la una ha dado, dijo Januario; pero el 
reloj de los estómagos hambrientos siempre anda adelan- 
tado, así como se atrasa el de los satisfechos. Por ahora 
no te aflijas; vamonos á comer. 

— ¡Santa palabra! dije yo entre mí', y nos mar- 
chamos. 

Aquel era el primer día que yo experimentaba todo 
el terrible poder de la hambre, y quizá por eso luego que 
puse el pie en el umbral de la fonda, y me dio on las 
narices el olor de los guisados, se me alegró el corazón 
de manera (jue pensé que entraba, por lo menos, en el 
paraíso terrenal. 

Sentémonos á la mesa, y Januario pidi<'> con mucho 
garbo dos comidas de á cuatro reales y un cuartillo de 
vino. Yo me admiré de la generosidad de mi amigo, 
y temeroso no fuera á salir con alguna de las suyas 
después de haber comido, le pregunté si tenía con qué 
pagar, por(|ue lo (jue había pedido valía siquiera un par 
de pesos. El se sonrió y me dijo (jue sí, y para que 
comiese yo sin cuidado, me mostró como seis pesos en 
dinero doble V sencillo. 

En esto fueron trayendo un par de tortas de pan con 
sus cubiertos, dos escudillas de caldo, dos sopas, una de 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, ü. — 12. 



46 PENSADOR MEXICANO 

fideos y otra de arroz, el puchero, dos guisados, el vino, 
el dulce y el agua; comida ciertamente frugal para un 
rico, pero á mí me pareció de un rey, ó por lo menos de 
un embajador, pues si á buena hambre no hay mal pan, 
aunque sea malo, cuando el pan es de por sí bueno, debe , 
parecer inmejorable por la misma regla. Ello es que yo 
no comía, sino que engullía, y tan aprisa, que Januario 
me dijo: — Espacio, hombre, espacio, que no nos han de 
arrebatar los platos de delante. 

Entre la comida menudeamos los dos el vino, lo que 
nos puso bastante alegres; pero se concluyó, y para repo- 
sarla sacamos tabaco y seguimos platicando de nuestro 
asunto. 

Yo, con más curiosidad que amistad, le pregunté á 
mi mentor que dónde vivía. A lo que él me respondió 
que no tenía casa ni la había menester, porque todo el 
mundo era su casa. 

— ¿Pues dónde duermes? le dije. — Donde me coge - 
la noche, me respondió; de manera que tú y yo estamos 
iguales en esto, y en ajuar y ropa; porque yo no tengo 
más que lo encapillado. 

Entonces, asombrado, le dije: — ¿Pues cómo has 
gastado con tanta liberalidad? — Eso, respondió, no lo 
extrañes; así lo hacemos todos los cócoras y jugadores 
cuando estamos de vuelta; quiero decir, cuando estamos 
gananciosos, como yo, que anoche con una parada con 






OBRAS ESCOGIDAS 47 

que me armé, y la fleché con valor, hice doce pesos; 
porque yo soy trepador cuando me toca, esto es, apuesto 
sin miedo, como que nada pierdo aunque se me arranque, 
y tengo la puerta abierta para otra ingeniada. 

— Quizá por eso, dije yo, he oído decir á los monte- 
ros que más miedo tienen á un real dado ó arrastrado 
en mano de los cócoras como tú, que á cien pesos de un 
jugador. — Por eso es, dijo Juan Largo; porque nosotros, 
como siempre vamos en la verde, esto es, no arriesgamos 
nada, poco cuidado se nos da que después de acertar 
ocho albures con cuatro reales á la dobla, en el noveno 
nos ganen ciento veinte pesos; porque si lo ganamos, 
hacemos doscientos cincuenta y seis, y si lo perdemos, 
nada perdemos nuestro, y en este caso ya sabemos el 
camino para hacer nuevas diligencias. 

No así los que van al juego á flec/tar ^ el dinero que 
les ha costado su sudor y su trabajo; pues como saben 
lo que cuesta adquirirlo, le tienen amor, lo juegan con 
conducta, y estos siempre son cobardes para apostar cien 
pesos, aun cuando ganan, y por eso les llaman pijoteros. 

Esta misma es la causa de que nosotros, cuando es- 
tamos de vuelta, somos liberales, y gastamos y triunfa- 
mos francamente, porque nada nos cuesta, ni aquel dine- 
ro que tiramos es el último que esperamos tener por ese 
camino. 

* Arriesgar. E. 



sOglÉÉrL:'^.-.' 



48 PENSADOR MEXICANO 

Tú desengáñate: no hay gente más liberal que los 
mineros, los dependientes que manejan abiertamente el 
dinero de sus amos, los hijos de familia, los tahúres 
como nosotros, y todos ^ los que tienen dinero sin tra- 
bajar ó manejan el ajeno, cuando es dificultoso hacerles 
un cargo exacto. 

— Pero, hombre, le dije; yo no dudo de cuanto dices; 
pero ¿has comprado siquiera una sábana ó frazada para 
dormir? — Ni por un pienso me meteré yo en eso por 
ahora, me respondió Januario; no seas tonto, si no tengo 
casa, ¿para qué quiero sábana? ¿dónde la he de poner? 
¿la he de traer ,'i cuestas? Tú te espantas de poco. Mira, 
los jugadores como yo, hacemos el papel de cómicos; 
unas veces andamos muy decentes, y otras muy trapien- 
tos; unas veces somos casados y otras viudos; unas 
veces comemos como marqueses y otras como mendigos, 
ó quizá no comemos; unas veces andamos en la calle y 
otras estamos presos; en una palabra, unas veces la 
pasamos bien y otras mal; pero ya estamos hechos á esta 
vida; tanto se nos da por lo que va como por lo que 
viene. En esta profesión lo que importa es hacer á 
un lado el alma y la vergüenza, y créeme que hacién- 
dolo así se pasa una vida de ángeles. 

Algo me mosqueé yo con una confesión tan ingenua 
de la vida arrastrada que iba á abrazar, y más conside- 

• No todos, sino todos los que proceden mal. 



■■t j'. .j. -. 



^?^ - .. .'-'^TaJ^^ ---n;^ 



OBRAS ESCOGIDAS 49 

rando que debía ser verdadera en todas sus partes, como 
que Januario hablaba inspirado del vino, que rara vez 
es oráculo mentiroso, antes casi siempre, entre mil cua- 
lidades malas, tiene la buena de no ser lisonjero ni falso; 
pero aunque, según el inspirante, debía variar de con- 
cepto, como varié, no me di por entendido, ya por no 
disgustar á mi bienhechor, ó ya por experimentar por mí , 
mismo si me tenía cuenta aquel género de vida; y así 
sólo me contenté con volverle á preguntar que dónde 
dormía. A lo que él, sin turbarse, me dijo redonda- 
mente : 

— Mira, yo unas veces me quedo de postema en los 
bailes, y paso el resto de las noches en los canapés; otras 
me voy á una fonda, y allí me hago piedra, y otras, que 
son las más, las paso en los arrastradci'itos. Así me he 
manejado en los pocos días que llevo en México, y así 
espero manejarme hasta que no me junte con quinientos 
ó mil pesos del juego, que entonces será preciso pensar 
de otra manera. 

— ¿Y cuáles son los arrastraderitos, le pregunté, 
y con qué te tapas en ellos? — A lo que él me contestó: 
— Los arrastraderitos son esos truquitos indecentes é 
inservibles ^ que habrás visto en algunas accesorias. 
Estos no son para jugar, porque de puro malos no se 



* De muchos años á esta parte los han sustituido unos billarcitos de la misma 
clase. E. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 13. 



\ 



50 PENSADOR MEXICANO 

puede jugar en ellos ni un real; pero son unos pretextos 
ó alcahueterías para que se jueguen en ellos sus albures 
y se pongan unos montecitos miserables. 

En estos socuchos juegan los pillos, cuchareros y 
demás gente de la última broza. Aquí se juega casi 
siempre con droga; y luego que se mete allí algún ino- 
centón, le mondan la picha ^ y hasta los calzones si los 
tiene. A estos jugadores bisónos, y (jue no saben la mali- 
cia de la carrera, les llaman ¡)icJiones, y como á tales los 
descañonan en dos por tres. En fin, en estos dichos 
arrastraderos, como que todos los concurrentes son 
gente perdida, sin gota de educación ni crianza, y aun 
si tienen religión, sábelo Dios; se roba, se bebe, se 
juega, se jura, se maldice, se reniega, etc., sin el más 
mínimo respeto, porque no tienen ninguno que los con- 
tenga, como en los juegos más decentes. 

En uno de éstos me quedo las más noches, á costa 
de un realito que le doy al coime, y si tengo, dos; me 
presta la carpeta ñ un capotito ó frazada llena de piojos 
de las que hay empeñadas, y así la paso. Conque ya 
te respondí, y mira si tienes otra cosa que saber, porque 
preguntas más que un catecismo. 

Si antes estaba yo cuidadoso con la pintura que me 
hizo de la videta cocorina, después que le dio los claros y 
las sombras que le l'altaban con lo de los arrastraderos, 

' Frazada ó sábana vieja y ralJa para cubrirse. E. 






--->; '?^.^'=^**^^T *^ -. : J^Wf'-TTiyo' •^."'F». 



OBRAS ESCOGIDAS 51 



me quedé írío; pero con todo, no le manifesté mal modo, 
y me hice el ánimo de acompañarlo hasta ver en qué 
paraba la comedia de que iba yo tan pronto á ser 
actor. 

Salimos de la fonda, y nos anduvimos azotando las 
calles ^ toda la tarde. A la noche á buena hora nos 
fuimos al juego. Januario comenzó á jugar sus medie- 
cilios que le habían sobrado, y se le arrancaron en un 
abrir y cerrar de ojos; pero á él no se le dio nada. Cada 
rato lo veía yo con dinero, y ya suyo, ya ajeno, él no 
dejaba de manejar monedas; ello, á cada instante tam- 
bién tenía disputas, reconvenciones y reclamos, mas él 
sabía sacudirse y quedarse con bola en mano. 

Se acabó el juego como á las once de la noche, y 
nos fuimos para la calle. Yo iba pensando que leíamos 
el Concilio Niceno por entonces; pero salí de mi equivo- 
cación cuando Juan Largo tocó una accesoria, y después 
que hizo no sé qué contraseña, nos abrieron: entramos y 
cenamos, no con la decencia que habíamos comido, pero 
lo bastante á no quedarnos con hambre. 

Acabada la cena, pagó Januario y nos salimos á la 
calle. Entonces le dije: ^-Hombre, estoy admirado, por- 
que vi que se te arrancó^ luego que entramos al juego, y 
aunque estuviste manejando dinero, jurara yo que habías 



* Paseando por ellas sin objeto y por sólo andar ó pasar el tiempo. E. 

* Arrancársele, quiere decir entre jugadores, quedarse sin blanca. E. 



52 PENSADOR MEXICANO 

salido sin blanca, y ahora veo que has pagado la cena; 
no hay remedio, tú eres brujo. 

— No hay más brujería que lo que te tengo dicho. 
Yo lo primero que hago es rehundir y esconder seis ú 
ocho realillos para la amanezca, ^ de la primera inge- 
niada que tengo. Asegurado esto, las demás ingenia- 
das se juegan con valor á si trepan. Si trepa alguna, 
bien; y si no, ya se pasó el día, que es lo que im- 
porta. 

En estas pláticas llegamos á otra accesoria más inde- 
cente que aquella donde cenamos. Tocó mi Mentor, hizo 
su contraseña, le abrieron, y á la luz de un cabito que 
estaba espirando en un rincón de la pared vi que aquél 
era el (irrasírddcriío de que ya tenía noticia. 

Habló Januario en voz baja con el dueño de aquel 
infernal garito, que era un mulato envuelto en una 
manga azul, y ya se había encuerado para acostarse, y 
éste nos sacó dos frazadas muv sucias v rotas v nos las 

«i «I tj 

dio diciendo: — Sólo por ser usted mi amigo, me he 
levantado á abrir, que estoy con un dolor de cabeza que 
el mundo se me anda. — Y sería cierto, según la borra- 
chera que tenía. 

No éramos nosotros los únicos que hospedaba aquella 
noche el tuno empelotado. Otros cuatro ó cinco pela- 
gatos, todos encuerados, y á mi parecer medio borra- 

' Para tener con que amanecer. E. 



./- ■- — i^L.-i^ 



M" .- . 7^ í af > '5 ■-•i^;iE_«^j?'->í v-r^f • í <f^ ' iii ■ "^vx '"-r ^ ^i^'' • \í. •-;"■" Vi ?,-7^- ?^s?? ■;■■ 



OBRAS ESCOGIDAS 53 

chos, estaban tirados como cochinos por la banca, mesa 
y suelo del truquito. 

Como el cuarto era pequeño, y los compañeros gente 
que cena sucio y frío, y bebe pulque y chinguirito, ^ esta- 
ban haciendo una salva de los demonios, cuyos pesti- 
lentes ecos, sin tener por dónde salir, remataban en mis 
pobres narices, y en un instante estaba yo con una 
jaqueca que no la aguantaba: de modo que no pudiendo ; 

mi estómago sufrir tales incensarios, arrojó todo cuanto 
había cenado pocas horas antes. 

Januario advirtió mi enfermedad, y percibiendo la 
causa me dijo: — Pues, amigo, estás mal; eres muy deli- 
cado para pobre. — No está en mi mano, le respondí. — 
Y él me dijo: — Ya lo veo; pero no te haga fuerza, todo ^ 

es hacerse, y esto es á los principios, como te dije esta 
mañana; pero vamonos á acostar á ver si te alivias. 

A la ruidera de la evacuación de mi estómago des- 
pertó uno de aquellos léperos, y así como nos vio comen - 

4 

zó á echar sapos y culebras por aquella boca de demonio. 
— ¡Qué rotos tales de m....! decía; ¿por qué no irán á 
vomitarse sobre la tal que los parió, ya que vienen borra- 
chos, y no venir á quitarle á uno el sueño á estas horas? 

Januario me hizo seña que me callara la boca y nos 
acostamos los dos sobre la mesita del billar, cuyas duras 
tablas, la jaqueca que yo tenía, el miedo que me in- ]^ 



' Aguardiente de caña. E. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 14. 



'¿ir w ='.» , ^.,\. «í-Jíí.'-.i;: *''!- 



54 



PENSADOR MEXICANO 



fundieron aquellos encuerados á quienes piadosamente 
juzgur ladrones, los innumerables piojos de la frazada, 
las ratas que se paseaban sobre mí, un gallo (jue de 
cuando en cuando aleteaba, los ronquidos de los que 
dormían, los estornudos traseros que disparaban y el 
pestífero sahumerio que resultaba de ellos, me hicieron 
pasar una noche de los perros. 




^*» >.»*-' 



:". t: 



-■•.?- 



^■^RFW •.*:.:■.' 



iéHÍ^ 



mhUiiM 




CAPÍTULO líl 



Prosigue Periquillo contando sus trabajos y sus bonanzas de jugador 
Hace una seria crítica del juego, y le sucede una aventura peligrosa que por poco 

no la cuenta 



Contando las horas y los cantos del gallo estuve toda 
la noche sin poder dormir un rato, y deseando la venida 
de la aurora para salir de aquella mazmorra, hasta que 
quiso Dios que amaneció, y fueron levantándose aquellos 
bribones encuerados. 



56 PENSADOR MEXICANO 

Sus primeras palabras fueron desvergüenzas, y sus 
primeras solicitudes se dirigieron á hacer la mañana. 
Luego que los oí, los tuve por locos, y le dije á Januario: 
— Estos hombres no pueden menos que estar sin gota 
de juicio, porque todos ellos quieren hacer la mañana. 
¡Qué locura tan graciosa 1 ¿Pues qué, piensan que no 
está hecha, ó se creen ellos capaces de una cosa que 
es privativa de Dios? 

Se rió Januario de gana, y me dijo: — Se conoce 
que hasta hoy fuiste tunante á medias, pillo decente y 
zángano vergonzante. En efecto, ignoras todavía muchos 
de los términos más comunes y trillados de la dialéctica 
leperuna; pero por fortuna me tienes á tu lado, que no 
perderé ningunas ocasiones que juzgue propias para 
instruirte en cuanto pueda conducir á sacarte un diestro 
veterano, ya sea entre los pillos decentes, ya sea entre 
los de la chic/ti pelada, ^ como son éstos. 

Por ahora sábete que hacer la mañana entre esta 
gente quiere decir desayunarse con aguardiente, pues 
están reñidos con el chocolate y el café, y más bien 
gastan un real ó dos á estas horas en cJiincjuirilo malo 
que en un pocilio del más rico chocolate. 

Apenas salí de esa duda, cuando me puso en otras 



• Echada la sábana ó frazada sobre el hombro izquierdo y terciada bajo el brazo 
derecho como acostumbran esas gentes, queda descubierta la teta derecha cuando no 
hay camisa ú otra ropa; y como chichi en mexicano quiere decir teta ó pecho, la frase 
se aplica á los que tienen el pecho de fuera ó andan sin camisa por no usarla. E. 



OBRAS ESCOGIDAS 57 

nuevas uno de aquellos zaragates que, según supe, era 
oficial de zapatero; pues le dijo á otro compañero suyo: 

— Chepe, ^ vamos á hacer la mañana y vamonos á traba- 
jar, que el sábado quedamos con el maestro en que hoy 
habíamos de ir, y nos estará esperando. — A lo que 
el Chepe respondió: — Vaya el maestro al tal, que yo 
no tengo ni tantitas ganas de trabajar hoy por dos moti- 
vos: el uno porque es san Lunes, y el otro porque ayer 
me emborraché y es fuerza curarme hoy. 

Suspenso estaba yo escuchando aquellas cosas, que 
para mí eran enigmas, cuando mi maestro me dijo: 

— Has de saber que es un abuso muy viejo, y casi 
irremediable entre los más de los oficiales mecánicos, no 
trabajar los lunes, por razón de lo estragados que quedan 
con la embriagada que se dan el domingo, y por eso 
lo llaman san Lunes, no porque los lunes sean días de 
guarda por ser lunes, como tú lo sabes, sino porque los 
oficiales abandonados se abstienen de trabajar en ellos 
por curarse la borrachera, como éste dice. 

— ¿Y cómo se cura la embriaguez? pregunté. — Con 
otra nueva, me respondió Januario. — Pues entonces, 
dije yo, debiendo el exceso del aguardiente hacer el > 
mismo efecto el domingo que el lunes, se sigue que, f 

si una emborrachada del domingo ha de menester para 
curarse otra del lunes, la del lunes necesitará la del 

' Lo mismo que Pepe ó José. E. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 15. 






íy.iV-;ul.í:^.^^i. 



58 



PENSADOR MEXICANO 



martes, la del martes, la del miércoles, y así venimos á 
sacar por consecuencia que se alcanzarán las embriague- 
ces unas á otras, sin que en realidad se verifique la 
curación de la primera con tan descabellado remedio. 
La verdad, ésa me parece peor locura en esta gente que 
la de hacer la mañana; porque pensar que una tranca^ 
se cura con otra, es como creer que una quemada se 
cura con otra quemada, una herida con otra, etc., lo que 
ciertamente es un delirio. 

— Tú dices muy bien, contestó Januario, pero esta 
gente no entiende de argumentos. Son muy viciosos y 
ílojos; trabajan por no morirse de hambre, y acaso por 
tener con qué mantener su vicio dominante, que casi 
generalmente, entre ellos, es el de la embriaguez, de 
manera que en teniendo que beber, poco se les da de no 
comer ó de comer cualquiera porquería; y ésta es la 
razón de que por buenos artesanos que sean, y por más 
que trabajen, jamás medran, nada les luce, porque todo 
lo disipan , y así los ves desnudos como á estos dos, que 
quizá serán los mejores oficiales que tendrá el maestro 
en su taller. 

— ¡Qué lástima de hombres! exclamé; y si son 
casados, ¡qué vida les darán á sus pobres mujeres, y qué 
mal ejemplo á sus hijos I — Considéralo, me dijo Janua- 
rio. A sus mujeres las traen desnudas, hambrientas y 

* Estar con la tranca quiere decir estar borracho. E. 



•^'-"*— -"^''■^•— ■ -"•—■ *""*-^^" ■"' 



"^Mii 



OBRAS ESCOGIDAS 59 

golpeadas, y á los hijos en cueros, sin comer y mal- 
criados. 

En esto nos salimos de aquella pocilga, y fuimos 
á tomar café. Lo restante del día, que lo pasamos en 
visitas y andar calles hasta las doce, me anduve yo 
cusqueando ^ y rascando. Tal* era la multitud de piojos 
que se me pegaron de la maldita j'ruza. ^ Y no fué eso lo 
peor, sino que tuve (|ue sufrir algunas chanzonetas 
pesadas que me dijeron los amigos; porque los anima- 
litos me andaban por encima, y eran tan gordos y tan 
blancos que se veían de á legua, y cada vez que alguno 
se ponía donde lo vieran, decía uno: — Eso no, á mi 
amigo Perico no, que aquí estoy yo. — Otros decían: 
Hombre, eso tiene buscar novias de á medio. — Otros: 
¡Qur buenas fuerzas tienes, pues cargas un animal 
tan grande I — Y así me chuleaban todos á su gusto, sin 
quedarse por cortos con mi compañero que también 
estaba nadando. 

Por fin dieron las doce, y me dijo éste: — Vamonos 
al juego; porque yo no tengo blanca para comer, y no 
seas tonto, vete aplicando. Donde tú puedas, afianza una 
apuesta y di que es tuya . que yo juraré por cuantos 
santos hay que te la vi poner; pero ya te he advertido 
que sea apuesta corta, que no pase de dos ó tres reales; 

* Satisfaciendo la curiosidad, ó mirando todo lo que ocurre. E. 

* Frazada. E. 






k" 



■^áfi,kí--v . ■- ' ..-■ ,-« .*'*-^» a'.-' , ■.-<-■■'.' "*.'■ í,'. ;:■ -. ¿*^^yj^^^ i#i'r'A.: 



60 PENSADOR MEXICANO 

porque si vas á hacer una tontera, nos exponemos á un 
codillo. 

En electo, entramos al juego, tomamos buenos luga- 
res, se calentó aquello, como dicen, y yo ya le echaba 
el ojo á una apuesta, ya á otra, ya á otra; y no me deter- 
minaba á tomarme ninguna de puro miedo. Quería 
extender la mano, y parece que me la contenían y me 
decían en secreto: ^'Qaé ras ('i haccv;' Deja eso a/tí que 
no es fui/o... La conciencia ciertamente nos avisa y nos 
reprende secreta, pero eficazmente, cuando tratamos de 
hacer el mal; lo que sucede es que no queremos atender 
á sus gritos. 

Januario no más me veía, y yo conocía que me 
quería comer de cólera con los ojos. A lo menos si ha 
tenido ponzoña en la vista, como cuentan los mentirosos 
que la tiene el basilisco, no me levanto vivo de la mesa; 
tal era su Feroz mirar. Hay gentes que parece que toman 
empeño en hacer que otros salgan tan perversos como 
ellos, y este condenado era uno de tantos. 

Por último, yo más temeroso de su enojo que de 
Dios, y más bien por contemporizar con su gusto que 
con el mío, (jue es lo (jue sucede en el mundo diaria- 
mente, resolví á armarme con una peseta al tiempo que 
la pagaron. Cuando el pobre dueño del dinero iba á 
estirar la mano para coger sus cuatro reales, ya yo los 
tenía en la mía. Allí fué lo de: ese dinero es mío; no. 



jtJk„iam¿MÍ^ 



■'. S'7" 3'^/ y*'?""* . : • ' ■ •. .: ■ • ",'' • -- '. ■-.■■■" .-; ■,-rx<í-'' 



OBRAS ESCOGIDAS 61 

sino mío: r¡o digo verdad, ¡j yo también; con su poco 
(jue mucho de: está muij bien; ahí lo réremos; donde 
usted quiera, y todas las bravatas corrientes en seme- 
jantes lances, hasta (|ue Januario, con un tono de hombre 
de bien, dijo al perdidoso: — Amigo, usted no se caliente. 
Yo vi poner á usted su peseta: pero la (|ue el señor ha 
tomado, no le quede á usted duda, es suya, (jue yo se la 
acabo de prestar. 

Con esto se serenó la riña, (juedándose a(|uel infeliz 
sin sus mediecillos y yo habilitado con ellos. 

Ya se me derretían en la mano sin acabar de poner- 
los á un albur; no ponjue me faltara valor para apostar 
cuatro reales, pues ya sabéis (¡ue yo, aun<juc sin habi- 
lidad, sabía jugar y había jugado cuanto tenía mi madre, 
sino porque temía perderlos y (juedarme sin comer. ¡Tal 
era el miedo que la hambre me había infundido el día 
anterior! 

Januario me lo conoció, y me hizo señas para que 
los jugara con francjueza, pues ya él tenía segura la 
mamuncia. 

Con esta satisfacción los jugué en cinco albures á la 
dobla, y cuando me vi con diez y seis pesos, creí tener 
un mayorazgo; ya se ve, como aquel que en muchos días 
no había tenido un real. 

Mi compañero me hizo seña que los rehundiera, 
como lo verifi(jué, pensando que nos íbamos á comer; 

PERIQUILLO SARNIENTO-— T, I, B. — 16. 



62 PENSADOR MEXICANO 

mas Januario en nada menos pensaba, antes se quedó 
allí hecho un postema, hasta (jue se acabó la partida 
grande, á cuyo instante me pidió el dinero, sacó él cuatro 
pesos y una de sus barajas, y se puso á tallar ^ diciendo: 
— Tírenle á este bui-lotiio. 

Los tahúres fuertes, así que vieron el poco fon- 
do, se fueron yendo; pero los pobretes se apuntaron 
luego luego, (jue es lo (|ue se llama entra/' ¡)or la 
punta. 

El montecillo lué engrosando poco á poco, de modo 
(|ue á las dos do la tarde ya tenía aíjuella ^anganrtda 
como setenta pesos. 

A esa hora fueron entrando dos pavitos muv decen- 
tes y bien rellenos de pesos. Comenzaron á apuntarse de 
gordo; de á veinte y veinticinco pesos, y comenzaron á 
perder del mismo modo. En cada albur (jue yo los veía 
poner los chorizos de pesos se me bajaba la sangre á los 
talones, creyendo (jue en dos albures que acertaran se 
perdía todo nuestro trabajo, y nos salíamos sin blanca 
soñando (jue habíamos tenido, lo (jue á mí se me hacía 
intolerable, según el axioma de los tahúres, de que más 
,<c siente lo (jue se cría (jue lo (jue se jtare. 

Pero a(juello3 hombres estaban, según entendí en- 
tonces, erradísimos, ponjue el albur en cjue ponían diez ó 
doce pesos lo ganaban; pero a(juel en donde apostaban 

' Barajar. E. 



li— ja'itAi 'nn\ 'i —''■'•- ■■■'-'-«■ •^'- .-« ^- ''—'^'tu,V,iiii i'tt"--^- -■ ^ •■-■-■■^--^ 



■■■"■, ■■■..-. v- 



# 



OBRAS ESCOGIDAS 63 

entre los dos cuarenta ó cincuenta lo perdían, así podían 
jugarlo con mil precauciones. 

De este modo se les arrancó á los dos casi á un 
tiempo, y uno de ellos, al perder el último albur que 
iba interesado, y siendo de un caballo contra un as, vino 
el as; sacó los cuatro caballos, v mientras estuvo rom- 

ti 

piendo los demás naipes, se los comió, como quien se 
come cuatro soletas, y hecha esta importante diligencia, 
se salió con su compañero, ambos encendidos como una 
grana, y sudando la gota tan gorda. ¡Tales eran los 
vapores que habían recibido I 

Januario, con mucha socarra, contó trescientos y 
pico de pesos; le dio una gratificación al dueño de la 
casa, y lo demás lo amarró en su pañuelo. 

Ya se lo comían los otros tahúres pidiéndole barato; 
pero á nadie le dio medio, diciendo: — Guando á mí se me 
arranca, ninguno me da nada, y así cuando gane, tam- 
poco he de dar yo un cuarto. 

No me pareció bien esta dureza, porque, aunque tan 
malo, he tenido un corazón sensible. 

Nos salimos á la calle y nos luímos á la fonda, 
que estaba cerca; comimos á lo grande, y concluida la 
comida, me dijo mi protector : — ¿Qué tal, señor Perico, 
le gusta á usted la carrera? Si no se hubiera determi- 
nado á armarse con a({uella apuesta ¿contara con ciento 
y más pesos suyos? Vaya, toma tu plata y gástala en lo 



.•¡^*:i»« L,Sía»«ür 



é 



64 PENSADOR MEXICANO 

que quieras, que es muy tuya y puedes disponer de ella 
á tu gusto con la bendición de Dios; ^ auncjue pienso que 
lo que conviene es que apartemos cincuenta pesos por 
ambos para puntero, y vayamos ahora mismo al Parián, 
ó más bien al Baratillo, á comprar una ropilla decente, 
con cuyo auxilio la pasaremos mejor, nos darán mejor 
trato en todas partes, y se nos lacilitarán más bien las 
ocasiones de tener: porcjue te aseguro, hermano, que 
aunijue dicen (jue el hábito no hace al monje, yo no sé 
qué tiene en el mundo esto de andar uno decente, (jue en 
las calles, en los paseos, en las visitas, en los juegos, 
en los bailes y hasta en los templos mismos se dis- 
fruta de ciertas atenciones y respetos. De suerte que 
más vale ser un picaro bien vestido, (jue un hombre de 
bien trapiento, '^ y así vamos. 

No lo dijo á sordo; me levanté al momento, cogí mi 
dinero, (jue era menos del que le tocó á Januario; pero 
yo lo disimulé, satisfecho de (|ue en asunto de intereses 
el mejor amigo (juiere llevar su ventajita. 

Fuimos al Baratillo, compramos camisas, calzones, 
chalecos, casacas, capas, sombreros, pañuelos, zapa- 
tos, y hasta unas cascaritas de reloj ó relojes cascaras ó 
maulas, pero (jue parecían algo. 

' Sólo eso le faltaba, porque no puede ser bendito de Dios lo que se adquiere nnala- 
mente. 

* No hay tal. Es verdad que el mundo abunda de gentes necias que califican á la 
persona por su exterior, y asi tal vez honran al picaro decente; pero al primer chasco 
que llevan se desengañan. " 



#¡. ^j«,»"iur¡(^? 





•i/ -"OS ca; ;••}*. eaiíones, chalecos, casacas. 



/ 



y 



\ 



I 



{ 



■f- 



^ 



) 

I 

\ 

I 





■' », 




A-r 








- -.-V 


. ¿! 


64 






r* 


/as, . 


' í ! ' ''^ 



•X~vr>t- 



PFNS; 



H' 



r<>l! 



\ 



.1' 




mií-:t^.'.\ ■ 



1.1 1 ■ ■ '■. j 



■ ; 'iU< .;. 



M- . , 



II--. 



/• .i 



■' - ■ ( 



. • ■ ♦ .J » ; I ■ 






.^^.-W'.^. .I^.., .^*.. ..J^^- Í>- lA. 





4 



Fuimos al Baratillo, compramos camisas, calzones, chalecos, casacas.. 



, :y¿.-- 



OBRAS ESCOGIDAS 65 

o/' . ■ .; ' . 

Ya habilitados, fuimos á tomar un cuarto en un 

mesón, mientras hallábamos una vivienda proporcio- 
nada. En esto de camas no había nada, y aunque se 
lo hice advertir á Januario, éste me dijo: — Ten pacien- 
cia, que después habrá para todo. Por ahora lo que 
importa es presentarnos bien en la calle, y más (|ue 
comamos mal y durmamos en las tablas, eso nadie lo ve. 
¿Qué. te parece (|ue todos los guapos ó currutacos que 
ves en el público tienen cama ó comen bien? No, hijo; 
muchos andan como nosotros; todo se vuelve apariencia, 
y en lo interior pasan sus miserias bien crueles. A éstos 
llaman rotos. 

Yo me conformé con todo, contentísimo con mis 
trapillos, y con (jue ya no volvía á pasar otra noche en 
el arrustradcriio condenado. 

Llegamos al mesón, tomamos nuestro cuarto, y nos 
encajamos en él locos de contento. Aquella noche no 
quiso Januario que fuéramos á jugar, ponjue, según él 
decía, se debía reposar la ganancia Nos fuimos á la 
comedia, y cuando volvimos, cenamos muy bien y nos 
acostamos en las tablas duras, que algo se ablandaron 
con los capotes viejos y nuevos. 

Dormí como un niño, (jue es la mejor comparación. 
y á otro día hicimos llamar al barbero, y después de ali- 
ñados nos vestimos y salimos muy planchados á la calle. 

Como nuestro principal objeto era que nos vieran 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 17. 



66 PENSADOR MEXICANO 

los conocidos, la primera visita lué la casa del bachiller 
Martín Pelayo: pero ¿cuál fué nuestra sorpresa, cuando 
creyendo encontrar al Martín antiguo, encontramos un 
Martín nuevo, y en todo diferente del que conocíamos; 
pues acjuél era un joven tan perdulario como nosotros, 
y éste era un cleriguito ya muy formal, virtuoso y 
asentado. 

Luego que entramos á su cuarto se levantó y nos 
hizo sentar con mucha urbanidad; nos contó cómo era 
diácono, y estaba para ordenarse de presbítero en las 
próximas témporas. Nosotros le dimos los parabienes; 
pero Januario trató de mezclar sus acostumbradas cho- 
carrerías y facetadas, á las que Pelayo en un tono 
bien serio contestó: — ¡Válgame Dios, señor Januariol 
¿Siempre hemos de ser muchachos? ¿No se ha de 
acabar algún día ese humor pueril? Es menester dife- 
renciar los tiempos; en unos agradan las travesuras de 
niños, en otros la alegría de jóvenes, y ya en el nuestro 
es menester que apunte la seriedad y macicez de hom- 
bres, poríjuc ya nos hacen gasto los barberos. 

Yo no soy viejo, ni aunque lo luera me opondría á 
un genio festivo. Me gustan, en efecto, los hombres ale- 
gres y joviales, de (juienes se dice: donde el está no Itaij 
tristeza. Sí, amigos; para mí hay no cosa más fastidiosa 
que un genio regañón, tétrico y melancólico; huyo de 
ellos como de unos misántropos abominables; los juzgo 



.■ L;— .--■■■• , .>-^¿¿V. 



OBRAS ESCOGIDAS 67 

soberbios, descontentos, murmuradores, insociables y 
dignos de acompañar á los osos y á los tigres. 

Al contrario, ya dije, estoy en mis glorias con un 
hombre atento, atable, instruido y alegre. La compañía 
de uno de ellos me deleita, me engolosina, me amarra, 
y seré capaz de estarme con él los días y las semanas; 
pues... pero ha de ser de este estambre, porque en siendo 
un necio, hablador, arrogante y faceto, ¿quién lo ha de 
sufrir? 

Estos genios no son festivos, sino juglares; su ca- 
rácter es ruin y sus costumbres groseras. Cuando pla- 
tican, golpean; cuando quieren divertir, fastidian con sus 
frialdades: porque, hombres sin talento ni educación, no 
pueden parir buenos, alegres ni razonados conceptos; 
antes las chanzas de éstos ofenden las honras y las per- 
sonas, y sus agudezas punzan la fama ó el corazón del 
prójimo. 

Esto digo, amigos, deseando que eviten ese genio 
chocarrero á todas horas. Todo tiene su tiempo. Las 
matracas de Semana Santa parecerán mal á los mucha- 
chos en la pascua de Navidad, y la lama de Nochebuena 
no la pondrán en sus monumentitos. 

Así me lo ha hecho creer la experiencia, y algunos 
desaires que les he visto correr á muchos facetos. 

A poco rato de decir esto el padre Pelayo, mudó de 
conversación con disimulo; pero mi compañero, que lo 



Á-£Íff-.-.. . .-:' ».V; .f.:^. *</'-L\, ■:'<:£,.* ''.^ -^',:f::lú.-.*\:A':^''.'-,2f'J>'.>^'X " Lv"' iíj¿^ -i.. ' 



68 PENSADOR MEXICANO 

había entendido, y estaba como agua para chocolate, 
no aguantó mucho. Se despidió á poco rato y nos fui- 
mos. 

En la calle me dijo: — ¿Qué te parece de este mono? 
¡Quién no lo hubiera conocido! Ahora, porque está orde- 
nado de Evangelio, quiere hacer del formal y arreglado; 
poro á otro perro con ese hueso, que ya sabemos que 
todas esas son hipocresías. 

Yo le corté la conversación; porque me repugnaba 
murmurar al^irunas veces, v nos fuimos á otras visi- 
tas donde nos recibieron mejor y aun nos dieron de 
almorzar. 

Así se pas('> la mañana hasta (|ue dieron las doce, 
á cuva hora nos fuimos ai mesón; sacamos veinticinco 
pesos del puntero, y nos fuimos al juego. 

En el camino dije A Januario: — Hombre, si van los 
payos, donde nos acierten un albur, nos lleva Judas. — 
No nos llevará, me dijo, ¡ojalá vayan! ¿Pues tú piensas 
que está en ellos el errar ó acertar? No, hijo, está en 
mis manos. Yo los conozco y sé que juegan la apretada 
figura, y así les amarro los albures de manera que si 
ponen poco, dejo (jue venga la figura, y si ponen harto, 
se las subo al lomo del naipe. Eso malo tiene el jugar 
cartas de afición ó una regla fija. 

— ¿Pues qué. tiene reglas el juego? le pregunté, y 
me dijo: — Lo que los tahúres llaman reglas no es sino 



V •"'»r -'V.^* 



• 1 .-. ' ;■ '. ^. ^''■^.*r- '»; .^'-^ 



.}^c':.' .•.'■• .:. - ■¡i'- ''^ ,1. 



OBRAS ESCOGIDAS 



69 



un accidente continuado, en barajando bien, porque que 
venga el cuatro contra la sota, es un accidente; que 
venga después el siete contra el rey, es otro accidente; 
que venga el cinco contra el caballo, es otro, y así 
aunque se hagan diez ó veinte contrajudíos, no son más 
que diez ó veinte accidentes ó un accidente continuado. 
No hay mejor regla ni más segura que los capotes, des- 
lomadas, rasirilla:^os y otras diligencias de las que yo 
hago, y aun éstas tienen su excepción, (jue es cuando se 
la advierten á uno y le ganan con su juego; por eso dice 
uno de nuestros relranes que contra vigiata no harj 
regla. Lo demás de judía, contrajudía, pares y nones, 
lugar, y todas esas que llaman reglas, son entusiasmos, 
preocupaciones y vulgaridades en que vemos que incu- 
rren todos los días hombres, por otra parte nada vul- 
gares; pero parece que en el juego nadie es dueño de su 
juicio. Ten, pues, entendido que no hay más (|ue dos 
reglas: La suerte ij la droga. Aquélla es más lícita, pero 
ésta es más segura. - 

En esto llegamos al juego, y Januario se sentó como 
siempre; pero no jugó más (jue un peso; porque iba con 
intención de poner el monte, pues, según él decía, así 
llevaba nuestro dinero más defensa; porque de Enero 
d Enero, el dinero es del montero. 

Así que se acabó la partida pusimos nuestro burlo- 
tillo, y ganamos diez ó doce pesos, porque no fueron los 

PKRIQUILLO SARNIENTO. — T. I , B. — 18. 



■'' V ,'iu>f v'ii^ -ÍLv^cXu V^:,;.^¡.ie*-^'f^*M'-'^14-u:j*' 



'i 'j^.j^'JLtíí.'^ti 



70 PENSADOR MEXICANO 

pollos gordos que esperaba; sin embargo, nos dimos por 
contentos y nos fuimos. 

Así pasamos con esta vuelta como seis meses ganan- 
do casi todos los días, aun(jue fuera poco. En este tiempo 
aprendí cuantas fullerías me quiso enseñar Januario. 
Compramos camas, alguna ropa más y la pasamos como 
unos marqueses. 

Nada me quedó que observar en dicho tiempo en 
asunto do juego. Conocí que es una verdad que es el 
crisol de los liomhres, porque allí descubren sus pasiones 
sin rebozo, ó á lo menos es menester estar muy sobre sí 
para no descubrirlas, lo que es muy raro, pues el interés 
ciega y en el juego no se piensa más que en ganar. 

Allí se observa el que es malcriado, ya porque se 
echa en la mesa, se pone el sombrero, no cede el asiento 
ni al que mejor lo merece, le echa el humo del cigarro 
on la cara á cualquiera que está á su lado, por más que 
sea persona de respeto ó de carácter, y hace cuantas 
groserías quiere sin el menor miramiento. Lo peor es 
que hay un axioma tan vulgar como falso que dice que 
en el juerjo todos son ir/ nales, y con este parco ni los 
malcriados se abstienen de sus groserías, ni muchas 
personas decentes y de honor se atreven á hacerse res- 
petar como debieran. 

De la misma manera que el grosero descubre en el 
juego su falta de educación con sus majaderías y ordina- 



>m«iÍMt^J*&t^^l¿: 



' 'y -^ yy^, -.^fA^l. . .. "'ar .:, '.. - . .. 7 '. ,• ■-. • . ''ip-- 



OBRAS ESCOGIDAS 71 

rieces, descubre el inmoral su mala conducta con sus 
votos y disparates; el embustero su carácter con sus 
juramentos; el fullero su mala íe con sus drogas; el 
ambicioso su codicia con la voracidad que juega; el mez- 
quino su miseria coíi sus poquedades y cicaterías; el 
desperdiciado su abandono con sus garbos imprudentes; 
el sinvergüenza su descoco con el arrojo con que pide 
a su sombra; el vago... pero ¿qué me canso? Si allí 
se conocen todos los vicios, porque se manifiestan sin 
disfraz. El provocativo, el truhán, el soberbio, el lison- 
jero, el irreligioso, el padre consentidor, el marido lenón, 
el abandonado, la buscona, la mala casada, y todos, 
todos confiesan sin tormento el pie de qué cojean; y por 
hip(')critas que sean en la calle, pierden los estribos en 
el juego y suspenden toda la apariencia de virtud, dán- 
dose á conocer tales como son. 

Malditas son las nulidades del juego. Una de ellas 
es la torpe decisión que reina en él. Al que lleva dinero 
liasta le proporcionan el asiento, y cuando acierta, lo 
alaban por un buen punto y diestro jugador: pero al que 
no lo lleva, ó se le arranca, ó no le dan lugar, ó se lo 
quitan, y de más á más dicen que es un crestón, término 
con que algunos significan que es un tonto. 

En fin , yo aprendí y observé cuanto había que 
aprender y que observar en la carrera. Entonces me 
sirvió de perjuicio, y ahora me sirve de haceros ad- 



..* . 



m 



.•i¿líL.l..',x:xS^.^-^,<¿^jakSt^í't,'\'ií.i. '..:_'. - ^ ■'^^'x&S'i 



72 PENSADOR MEXICANO 

vertir todos sus funestos resultados para apartaros de 
ella. 

No os quisiera jugadores, hijos míos; pero en caso 
de que juguéis alguna vez, sea poco, sea lo vuestro, sea 
sin droga; pues menos malo será que os tengan por 
tontos, que no que paséis plaza de ladrones, que no son 
otra cosa los fulleros. 

Muchos dicen que juegan por socorrer su necesidad. 
Este es un error. De mil que van al juego con el mismo 
objeto, los novecientos noventa y nueve vuelven á su 
casa con la misma necesidad, ó acaso peores, pues dejan 
lo poco que llevan, acaso se comprometen con nuevas 
drogas, y sus familias perecen más aprisa. 

Habréis oído decir, ó lo oiréis cuando seáis grandes, 
que muchos se sostienen del juego. Yo apenas puedo 
creer (jue éstos sean otros que los que juegan con la 
larga, como dicen, esto es, los tramposos y ladrones, 
que merecían los presidios y las horcas mejor que los 
pillos Maderas y Paredes; ^ porque de un ladrón cono- 
cido por tal pueden los hombres precaverse; pero de 
éstos no. 

Semejantes sujetos sí creo que se sostengan del 
juego alguna vez; pero los hombres de bien, los que 
trabajan y los (jue juegan como dicen, d la buena de 
Dios, lo tengo por un imposible físico, porque el juego 

* Dos famosos ladrones que hubo en México. 



.. v*** ;,-r j^-'» *■■,'-•'>. ' ' . ■- ■.■-'.. ■ '. T, -,- ■- .'■-;*.;..*•?'>?• 



OBRAS ESCOGIDAS 73 

hoy da diez y mañana quita veinte. Yo sé de todo y 
03 hablo con experiencia. 

Otra clase de personas se sostienen del juego, espe- 
cialmente en México... ¿Nos oye alguno?... Pues sabed 
que éstos son ciertos señores que teniendo dinero con 
que buscar la vida en cosas más honestas y no que- 
riendo trabajar, hacen comercio y granjeria del juego, 
poniendo su dinero en distintas casas para que en ellas 
se pongan montes, que llaman partidas. 

Como este modo de jugar es tan ventajoso para el 
(jue tiene fondo, ordinariamente ganan, y á veces ganan 
tanto, (jue algunos conozco que ruedan coche y hacen 
caudales. ¿Qué tal será la cosa, pues para acomodarse de 
talladores ó gura pies con sus mercedes, se hacen más 
empeños que para entrar de oficial en la mejor oficina? 
Y con razón: porque el lujo que éstos ostentan y la fran- 
queza con que tiran un peso, no lo puede imitar un 
empleado ni un coronel. Ya se ve, como que hay seño- 
rito de estos que tienen de sueldo diariamente seis, ocho 
y diez pesos, amén de sus buscas, (jue ésas serán las que 
quisieren. 

También menudean los empeños y las súplicas para 
(|ue los señores monteros envíen dinero á las casas para 
jugar, por interés de las gratificaciones que les dan á los 
dueños de ellas, que cierto que son tales, que bastan á 
sostener regularmente á una familia pobre y decente. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 19. 



V' .-^E^.^i^. 



/4 PENSADOR MEXICANO 

ICstas son las personas que yo no negaré (jue se 
mantienen del juego; pero ¡qué pocas son! y si desme- 
nuzamos el cómo, es menester considerarlas criminales 
aun íi estas pocas, y después de ci'oer de buena í'e que 
juegan con la mayor limpieza. Y si no, pregunto: ¿se 
debe reputar el juego como ramo de comercio y como 
arbitrio honesto para subsistir de él? ¿Sí ó no? Si sí, 
¿por qué lo prohiben las leyes tan rigorosamente? Y si 
no, ¿cómo tiene tantos patronos <|ue lo defienden por 
lícito con todas sus fuerzas? Yo lo diré. 

Si los hombres no pervirtieran el orden de las cosas, 
el juego, lejos de ser prohibido por malo, fuera tan lícito 
que entrara á la parte de aíjuella virtud moral que se 
llama eutrapelia; pero como su codicia traspasa los lími- 
tes de la diversión, y en estos juegos de que hablamos se 
arruinan unos á otros sin la más mínima consideración 
ni fraternidad, ha sido necesario que los gobiernos ilus- 
trados metan la mano, procurando contener este abuso 
tan pernicioso, bajo las severas penas que tienen prescri- 
tas las leves contra los infractores. 

El que tenga patronos que lo defiendan y prosélitos 
que los sigan no es del caso. Todo vicio los tiene, sin que 
por eso pueda calificarse de virtud, y tanto menos vigor 
tienen sus apologías cuanto que no las dicta la razón, 
sino su sórdido interés y declarado egoísmo. 

¿Quiénes son las gentes que apoyan el juego y lo 



BÉÉt 'aiiiníiiiiiMi iMii 1 



iiTii ir -I I „tÉÍÉiÍÍM- II -i^riÉiÉMlÉli 



'i^T'Tr^V. *'''::■,■-;" ■" -;■•■■; ...• ;-! ' - . V ' . í^^ T ■ ' '' --^fí? ^- ^^^ -■■-•:■■■-.._ J^5F»^<.:-- 



^ 
4 

/ 



OBRAS ESCOGIDAS 75 

defienden con tanto ahinco? Examínese, y se verá que 
son los fulleros, los inútiles y los holgazanes, ora consi- 
dérense pobres, ora ricos; y de semejante clase de 
abogados es menester que se tenga por sospechosa la 
defensa, siquiera porque son las partes interesadas. 

Decir que el juego es lícito porque es útil á algunos 
individuos, es un desatino. Para que una cosa sea lícita 
no basta que sea útil, es menester que sea honesta y no 
prohibida. En el caso contrario, podría decirse que eran 
lícitos el robo, la usura y la prostitución, porque le traen 
utilidad al ladrón, al usurero y á la ramera. Esto fuera 
un error; luego defender el juego por lícito con la misma 
razón es también el mismo error. 

Pero sin ahondar mucho se viene á los ojos que esta 
decantada utilidad que perciben algunos, no equivale á 
los perjuicios que causa á otros muchos. ¡Qué digo no 
equivale! Es enormemente perjudicialísima á la sociedad. 

Contemos los tunos, fulleros y ladrones que se sos- 
tienen del juego; agreguemos á éstos, aquellos que sin 
ser ladrones hacen caudal del juego; añadamos sus 
dependientes; numeremos las familias que se socorren 
con las gratificaciones que les dan por razón de casa; no 
olvidemos lo (jue se gasta en criados y armadores; ^ 
advirtamos lo que unos entalegan, lo que otros tiran, 



* Este nombre damos á aquellos que andan reclutando tahúres para los juegos. 
A éstos también se les paga su diligencia. -^8 






76 PENSADOR MEXICANO 

lo íjue éstos comen y lo que gastan todos; sin pasar en 
blanco el lujo con que gasta, viste, come y pasea cada 
uno á proporción de sus arbitrios. Después de hecha esta 
cuenta, calculemos el numerario cotidiano que chuparán 
estas sanguijuelas del Estado para sostenerse á costa de 
él, y con la franqueza (jue se sostienen, y entonces se 
verá cuántas familias es menester que se arruinen para 
que se sostengan estos ociosos. 

Para conocer esta verdad no es necesario ser mate- 
mático: basta irse un día á informar de juego en juego, 
y se verá que los más que ganan son los monteros. ^ 
Pregúntese á cada uno de los tahúres ó puntos qué tal 
le fué, y por cuatro ó seis que digan que han ganado, 
responderán cuarenta que perdieron hasta el último 
medio que llevaban. 

» De suerte (jue esta proposición es evidente: tantos 
cuantos se sostienen del /tief/o, son otras tantas espon- 
jas (le la jiohiacinn (¿w chupan la sustancia de los 
pobres. 

Todas estas reflexiones, hijos míos, os deben servir 
para no enredaros en el laberinto del juego, en el que, 
una vez metidos, os tendréis que arrepentir quizá toda la 
vida; porcjue á carrera larga, rara vez deja de dar tama- 

* Y los banqueros (le los /mpertaic». Este es otro jueguito peor que el monte, por- 
que incita más la codicia con ei exceso del premio que ofrece. He visto á los hombres 
andar como locos, con el lápiz y el papel haciendo cábulas y cálculos imaginarios. 
¡Caramba en el juego que después de dejar á uno sin blanca, puede despacharlo impe- 
rialmente á buscar un número á San Hipólito ! 



iurTfiTiiiiaiÉ 'ÁjJI 



'';■<-;.-''■*<,«'''••)'; ■■■'> ' ' 



OBRAS ESCOGIDAS 



77 



ñas pesadumbres; y aun los gustos (jue da se pagan con 
un crecido rédito de sinsabores y disgustos, como son las 
desveladas, las estragadas del estómago, los pleitos, las 
enemistades, los compromisos, los temores de la justicia, 
las multas, las cárceles, las vergüenzas y otros á este 
modo. 

De todas estas cosas supe yo en compañía de Ja- 
nuario y de algo más; porque por fin se nos arrancó. 
Comenzamos á vender la ropita y todo cuanto teníamos; 
íí estar de malas, como dicen los hijos de Briján: á mal 
comer, á desvelarnos sin fruto, á pagar multas, etc., 
hasta que nos quedamos como antes, y peores, porque 
ya nos conocían por fulleros, y nos miraban á las manos 
con más atención que á la cara. 

En medio de esta triste situación y para coronar la 
obra, el picaro Januario enredó á un payo para que 
pusiera un montecito, diciéndole que tenía un amigo 
muy hábil hombre de bien para que le tallara su dinero. 
El pobre payo entró por el aro y quedó en ponerlo al día 
siguiente. Januario me avisó lo que había pasado, dicién- 
dome que yo había de ser el tallador. 

Convenimos en que había de amarrar los albures de 
afuera para que él alzara, y otro amigo suyo, que había 
vendido un caballo para apuntarse, pusiera y desmon- 
tara, y que concluida la diligencia nos partiríamos el 
dinero como hermanos. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 20. 



í.-;^.'h_1'1í.»..,«»:i V .filHIIÍ-Ú 



78 PENSADOR MEXICANO 

No me costó trabajo decir que sí, como que ya era 
tan ladrón como él. 

Llegó el día siguiente: fué Juan Largo por el payo, 
me dio éste cien pesos y me dijo: — Amito, cúidelos, 
que yo le daré una buena gala si ganamos. — Que- 
damos en eso, le respondí, y me puse á tallar á mi 
modo y según y como los consejos de mi endemonia- 
dísimo maestro. 

En dos por tres se acab(') el monte, porque el dinero 
del caballo vendido eran diez pesos, y así en cuatro albu- 
res que amarré y alzó Januario, se llev<') el dinero el 
tercero en discordia. 

Mste se salió primero para disimular, y ;'i poco rato 
Januario, haciéndome señas que me (quedara. El pobre 
payo estaba lelo, considerando que ni visto ni oído fué su 
dinero: sólo decía de cuando en cuando: — ¡Mire, señor, 
qué desgracia I ni me divertí. — Pero no faltó un mirón 
que nos conocía bien á mí y á Januario: advirtió los za- 
potes que yo había hecho, y le dijo al payo con disimulo, 
y ;'i mis excusas, que yo había entregado su dinero. 

Entonces el barbaján, con más viveza para vengarse 
que para jugar, me llevó á su mesón con pretexto de 
darme de comer. Yo me resistía no temiendo lo que 
me iba á suceder, sino deseando ir á cobrar el premio 
de mis gracias: pero no pude escaparme; me llevó el 
payo al mesón, se encerró conmigo en el cuarto y me 



T^raf-j» •;-**.. ^.♦r. T**':-*- i 



-V:-:' i!.--'3wV7r5^í^i?¿í 



■W^- 



•;•'••. .^T!>- 



OBRAS ESCOGIDAS 



79 



dio tan soberbia tarea de trancazos que me dislocó un 
brazo, me rompió la cabeza por tres partes, me sumió 
unas cuantas costillas, y á no ser porque al ruido for- 
zaron los demás huéspedes la puerta y me quitaron de 
sus manos, seguramente yo no escribo mi vida; porque 
allí llega su último fin. Ello es que quedé á sus pies pri- 
vado de sentido, y luí á despertar en donde veréis en el 
capítulo que sigue. 



i 



á 




'^' lÍr'..'.<«. '.«' ./^.f..!'; -.1 ^..^>.¿..LÍJ:>4lAC> 



. — -^^—J ..-^.^^ 



?v: v- - 




CAPITULO IV 



Vuelve en si Perico y se encuentra en el hospital. 

Critica los abusos de muchos de ellos. Visítalo Januario. Convalece. Sale á la calle. 

Refiere sus trabajos. Indúcelo su maestro á ladrón , él se resiste 

y discuten los dos sobre el robo 



Yo aseguro que si el payo me hubiera matado se 
hubiera visto en trapos pardos, pues la ley lo habría acu- 
sado de alevoso, como que pensó y premeditó el hecho, y 
me puso verde á palos sin defensa, cuya venganza, por 



PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 21. 






•W; ' L:X--¿'rS¿. ^Htjii-'iy^ 



;»;J^-Ji 



82 PENSADOR MEXICANO 

SU crueldad y circunstancias, fué una vileza abominable; 
pero no se quedó atrás la mía de haberle entregado á 
otros su dinero en cuatro albures. 

Alevosía y traición indigna fué la suya, y la mía fué 
traición y vileza endiablada: mas con esta diferencia: que 
él cometió la suya irritado y provocado por la mía, y la 
(|ue yo hice, no sólo fué sin agravio, sino después de 
ofrecida por él una buena gala. 

De modo que, vista sin pasión, la vileza que yo 
cometí fué peor y más vergonzosa que la de él; y así 
si me matara en aquel día, muerto me habría quedado 
y con razón; porque si no debemos dañar ni defraudar 
á nadie, mucho menos á aquel (|ue hace confianza de 
nosotros. 

Casi de esta misma manera discurría yo conmigo 
dos horas después que volví en mí, y me hallé en una 
cama del hospital de San Jácome, ^ adonde me conduje- 
ron de orden de la justicia. 

A poco rato llog(') un escribano con sus correspon- 
dientes satélites á tomarme declaraci('>n del hecho. Ya se 
deja entender que yo estaba rabiando y en un puro grito^ 
así por los dolores agudísimos que me causaban la dislo- 
cación y fracturas, como por los que sufrí en la curación^ 
que fué un poco tosca y to/na/ona, como de hospital al fin. 

' No hay hospital de este título en México. Este disimulo es para que la critica no 
recaiga sobre ningún hospital determinado. Los abusos que se critican son ciertos. 
¡Ojalá se remedien! 



iamu^ji^taihlim^iu. 



:._,^> .-V Í-. ■:.r , - -. ., -..y,,-^-._ --,,-. ^ ^•-. ^-- ,:.Tjffl,^5,;j^,,,^j¡i^^ ,.^ .... _^ ,- .|fri7i; 



OBRAS ESCOGIDAS 83 

Estar yo de esta manera, y entrar el escribano con- 
jurándome y amenazándome para que confesará con 61 
mis pecados y delante de tanta gente que allí había, fué 
un nuevo martirio que me atormentó el espíritu, que era 
lo que me faltaba que doler. 

Por último, yo juré cuanto él quiso; pero dije lo 
que convenía, ó á lo menos lo que no me perjudicaba. 
Referí el hecho, omitiendo la circunstancia del entrego, 
y dije con verdad que yo no conocía á mi enemigo, ni lo 
había visto otra vez en toda mi vida. De este modo se 
concluyó aquel acto, firmé la declaración con mil traba- 
jos, y se marchó el señor escribano con su comitiva. 

Como las heridas de la cabeza eran muchas v bien 
dadas, no se podía restañar la sangre fácilmente; cada 
rato se me soltaba, y con tanta pérdida me debilité, 
en términos que me acometían frecuentes desmayos, y 
tantos, que se creyó que eran síntomas mortales, ó (jue 
bajo alguna contusión hubiese rota alguna entraña. 

Con estos temores trataron de que viniese el ca- 
pellán, como sucedió en efecto. Me confesé con harto 
miedo, porque al ver tanto preparativo, yo también 
tragué que me moría; pero mi miedo no hizo mejor mi 
confesión. Ya se ve: ella fué de prisa, sin ninguna dis- 
posición y entre mil dolores; ¿qué tal saldría ella? Mala 
de fuerza. Confesión de apaga y vamonos. Apenas se 
acabó, trajeron el Viático, y yo cometí otro nuevo sacri- 



-rü_>;- '■■,'yjr.i:-- á'V-r,..!:. .. I- '<iA'-. .r,. - ..t^'JW'i'J'.f-^J^.Ü^tl-Á'.'Á ■' 



84 PENSADOR MEXICANO 

legio, y conocí cuan contingentes son las últimas disposi- 
ciones cristianas cuando se hacen en un lance tan apu- 
rado como el mío. 

En estas cosas serían ya las once de la noche. 
Yo no había querido tomar nada de alimento, porque 
no lo apetecía, ni menos podía conciliar el sueño por los 
agudos dolores que padecía, pues no tenía, como dicen, 
huoso sano; pero, sin embargo, la sangre se detuvo, y 
un practicante me tomó el pulso, me hizo morder una 
cuchara y hacer no sé qué otras faramallas, y decretó 
(jue no moría en la noche. 

Con esta noticia se fueron ú acostar los enfermeros, 
dejándome junto á la cama una escudilla con atole y 
un jarrito con bebida, para que yo la tomara cuando 
quisiera. 

No dej(') de consolarme algún tanto el pronóstico 
favorable del mediquín, y yo mismo me tomaba el pulso 
de cuando en cuando por ver si estaba muy débil, y 
hallándolo así y más de lo que yo (juería, me resolví 
á la una de la mañana á tomar mi atole y mi trusco 
de pan, aunque con repugnancia, por fortalecerme un 
poco más. 

Con mil trabajos tomé la taza, y rempujando los 
tragos con la cuchara, embaulé el atolillo en el es- 
tómago. 

Muchas consideraciones hice sobre la causa de mi 



ias.^-fc ■ ' '^''' ''-*■ — -'- ^ r . ■ •,. ^L' • ^ ~ ■: ..j^^'- .r^'li.iki 'ti*- I n« á' ** i '-'y ' ■« '■ i i1 ^ "'- ' ■trlfA -'ii' i'r i '■> i" ' tii 



OBRAS ESCOGIDAS .85 

mal, y siempre concedía la razón al payo. — No hay duda, 
decía yo, él me ha puesto á la muerte; pero yo tuve la 
culpa, picaro, por traidor. ¡Cuántos merecen iguales cas- 
tigos por iguales crímenes! 

Cansado de filosofar funestamente v á mala hora, 
pues ya no había remedio, me iba quedando dormido, 
cuando los aves de un moribundo que estaba junto á mí 
interrumpieron mi sueño y pude percibir que con una 
lánguida voz, que apenas se oía, se auxiliaba solo, ol 
miserable, diciendo: — ¡Jesús, Jesús, ten misericordia 
de mí! 

El temor y la lástima que me causó aquel triste 
espectáculo me hicieron esforzar la voz cuanto pude, y 
les grité á ios enfermeros: — ¡ Hola ! amigos, levántense 
que se muere un pobre. — Cuatro ó cinco veces grité, y. 
ó no me oían aíjuellos picaros, ó se hacían dormidos, 
que fué lo que tuve yo por más cierto; y así, enfadado 
de su flojera, á pesar de mis dolores, les tiré con el 
jarro de la bebida con tan buen tino, que los bañé mal 
de su grado. 

No pudieron disimular, y se levantaron hechos unos 
tigres contra mí, hartándome á desvergüenzas; pero yo, 
valiéndome del sagrado de mi enfermedad, los enfrené 
diciéndoles con el garbo que no esperaban : — Picaros, 
indolentes, faltos de caridad, que os acostáis á roncar, 
debiendo alguno quedar en vela para avisar al padre 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. I, B. — 22. 



^ 



^mbÉJ^-: 



86 PENSADOR MEXICANO 

capellán de guardia si se muere algún enfermo, como 
ese pobrecito que está espirando. Yo mañana avisaré 
al señor mayordomo, y si no os castiga, vendrá el escri- 
bano y le encargaré avise estos abusos al excelentísimo 
señor Virrey y le diga de mi parte que estabais bo- 
rrachos. 

Se espantaron a(juellos llojos con mis amenazas y 
cavilosidades, y me suplicaron que no avisara al supe- 
rior. Yo se los ol'recí con tal que tuviesen cuidado de los 
pobres enfermos. 

Entretanto teníamos este colo(|uio, murió el infeliz 
por quien me incomodé, de suerte que cuando fueron á 
verlo, va era ánima. 

En cuanto aquellos enfermadores ó enfermeros 
vieron que ya no lespiraba, lo echaron fuera de la 
cama calentito como un tamal, lo llevaron al dep(')SÍto 
casi en cueros, y volvieron al momento á rastrear los 
trebejos que el pobre difunto dejó, y se reducían á un 
coti')n y unos calzones blancos viejos, sucios y de manta; 
un eslaboncito, su rosario y una cajilla de cigarros que 
no creo (jue la probó el infeliz. 

En tanto que el aire, se hizo la hijuela y partición 
de bienes, tocándole á uno, de los dos que eran, los cal- 
zones y el rosario, y al otro el cot<'»n y el eslaboncito; y 
sobre á quién le había de tocar la cajilla de cigarros tra- 
baron una disputa tan altercada, que por poco rematan 



OBRAS ESCOGIDAS 



87 



á porrazos, hasta que otro enfermo les aconsejó que se 
partieran los cigarros y tiraran el papel de la cubierta. 

Aprobaron el consejo, lo hicieron así; se fueron á 
acostar, y yo me quedó murmurando la cicatería é inte- 
rés de semejantes machíes; pero como á las tres de la 
mañana me dormí, y tan bien, que fué señal evidente de 
que habían calmado mis dolores. 

A otro día me despertaron los enfermeros con mi 
atole que no dejé de tomar con más apetencia que el 
anterior. A poco rato entró el médico á hacer la visita 
acompañado de .sus aprendices. Habíamos en la sala 
como setenta enfermos, v con todo eso no dun'» la visita 
quince minutos. Pasaba toda la cuadrilla por cada cama, 
y apenas tocaba el médico el pulso al enfermo, como si 
fuera ascua ardiendo, lo soltaba al instante, y seguía 
á hacer la misma diligencia con los demás, ordenando 
los medicamentos según era el número de la cama, 
verbigracia decía: número 1, sangría; número 2, id.; 
número 3, régimen ordinario; número 4, lavativas emo- 
lientes: número 5. bebida diaforética; número G, cata- 
plasma anodina, y así no era mucho que durara la visita 
tan poco. 

Por un yerro de cuenta me pusieron A mí en la sala 
de medicina, debiéndome haber zampado en la de ciru- 
gía, y esta casualidad me hizo advertir los abusos que 
voy contando. Sin duda en mi cama, que era la 60, había 



. ifífHfc^' 



88 PENSADOR MEXICANO ! 

muerto el día antes algún pobre de ñebre, y el médico, 
sin verme ni examinarme, sólo vio el recetario, y el 
número de la cama, y creyendo que yo era el febrici- 
tante, dijo: — Número 60, cáusticos y líquidos. — ¡Gáus- 
licos y líquidos I exclamé yo. ¡Por María Santísima, que 
no me martiricen ni me lastimen más de lo que estoy! 
Ya que ayer no me mató el payo á palos, no quieran 
ustedes, sefiores, matarme hoy de hambre ni á que- 
madas. 

A mis lamentos hicieron advertir al doctor que yo 
no era el íebricitante, sino un herido. Entonces, cargán- 
dose de razón para encubrir su atolondramiento, pre- 
guntó: — ¿Pues qué hac(' aquí? A su sala, á su sala. 

Así se concluyó la visita, y quedamos los enfermos 
entregados al brazo secular de los practicantes y curan- 
deros. De que yo vi que á las once fueron entrando dos 
con un cántaro de una misma bebida, y les fueron dando 
su jarro á todos los enfermos, me quedé frío. — ¿Cómo es 
posible, decía yo, que una misma bebida sea á propósito 
para todas las enfermedades? Sea por Dios. 

Después entró el cirujano y sus oficiales, y me cura- 
ron en un credo; pero con tales estrujones y tan poca 
caridad, que á la verdad ni se los agradecí; porque me 
lastimaron más de lo que era menester. 

Llegó la hora de comer, y comí lo que me dieron, 
que era... ya se puede considerar. A la noche siguió la 



te*^.'*K.AÁ_£m^'k LkW'^flr'^..* l' ^. r¿,¿JiAHfii^i^-V.^'..-.i... .*- - . 1^ .Aj¿,.¿I¿¿ '■■! i tí mA !!■■ "^A^ 



-ii"iÉ^i ■•^éái^iiiiriri '\'\' lU il III 'i 



r'~- 



OBRAS ESCOGIDAS 



89 



cena de atole, y á otro pobre del número 36, que estaba 
casi agonizando, le pusieron frente de la cama un cruci- 
fijo con una vela á los pies, ^ y se fueron á dormir los 
enfermeros dejando á su cuidado que se muriera cuando 
se le diera la gana. 

Dos meses estuve yo mirando cosas que apenas se 
pueden creer y que sería de desear se remediaran. 

Ya estaba convaleciendo cuando un día entró á 
verme Januario envuelto en un zarape roto, con un 
sombrero de mala muerte, en pechos de camisa '^ con un 
calzoncillo roto y mugriento, y unos zapatos de vaqueta 
abotinados y más viejos que el sombrero. 

Como yo no lo dejé tan mal parado, ni lo había 
conocido tan trapiento, me asusté pensando que había 
alguna gran novedad, y que por eso venía disfrazado mi 
amigo; pero él me sacó del temor que me había infun- 
dido, diciéndome que aquel traje era el propio y el único 
que tenía, porque los cuidados le habían seguido como á 
los perros los palos; que desde el día de mi desgracia 
no había pedido alzar cabeza; que todo el asunto se 
puso entre los jugadores, y que ya no le daban lugar 
en ningún juego, porque todos lo trataban de entregador; 
que el mismo día, luego que me echó menos y supo que 

• A esta ceremonia de indolencia y poca caridad llaman en los más hospitales poner 
el Tecolote. 

» Este modo de hablar es vulgar. Ya se sabe que quiere decir que no tenía ni 

chupa, ni chaleco. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 23. 



-.s 



t- 






90 PENSADOR MEXICANO 

había ido con el payo, temió lo que pasó, y á la noche 
fué á informarse al mesón, donde le dijeron que mi 
heridor así como se recobró de la cólera y advirtió el 
desaguisado que había hecho, temeroso de la justicia, 
ensilló su caballo y tomó las de Villadiego, con tal lige- 
reza, que cuando los alguaciles fueron á buscarlo, ya 
ól estaba lejos de México; i[ue el picaro del compañero 
que apostó los albures se marchó también con el dinero 
sin saberse á dónde, de suerte que no le tocó al dicho 
Januario un real de su diligencia: ^ que á pie y andando 
fué éste en su busca hasta Chilapa, donde le dijeron que 
se había ido; (|ue hizo su viaje en vano; que se juntó con 
otros hábiles y se l'ué de misión ^ á Tixtla, pensando 
hacer algo, porque había fiesta; pero (|ue el subdelegado 
era opuestísimo á los juegos, y no pudo hacer nada; que 
de limosna se mantuvo y se volvió á México; que dos 
días antes había llegado, y luego (|ue se informó (|ue 
todavía estaba yo en el hospital me vino á ver; que estaba 
pereciendo, y últimamente, que deseaba (jue yo saliera 
para que entre los dos viéramos lo (jue hacíamos. 

Toda esta larga relación me hizo Januario, y no en 



* Muchas veces sucede esto mismo á algunos, que se exponen y previenen un robo 
y otros son los aprovechados. 

* Los tunos llaman ir á mi$ióii ó ir de misión á ciertas viajatas que hacen fuera de 
las ciudades á robar con la baraja á los infelices que se descuidan y caen en sus manos. 
En rara entrada de cura ó subdelegado, ó ñestecita, no hay de estos misioneros maldi- 
tos. Son la polilla de los pueblos. Suelen mil veces ir sin un real, desnudos y á pata, y 
volver á caballo, vestidos y con muchos pesos que han robado. Sería bueno que toilos 
los jueces hiciesen lo que el de Tixtla; esto es, no consentirlos en sus territorios. 



'iVim a/.''-j^-- - - -". ^*''- • si^J i r-..- . r.'.y^jtr. .?<».'-... .^«^a.r<^'fi^i^Z»-»^..á;^'^iV-^ r'<'-^..^f4r^b^>. 



^' 



iiv^^ ^;-,^^í ■:■ 



OBRAS ESCOGIDAS 



91 



compendio. Yo le conté el pormenor de mis desgracias, 
y él me contestó: — Hermano, ¡qué se ha de hacer! el 
que está dispuesto á las maduras, ha de estarlo también 
n las duras. Así como estuviste conforme y gustoso con 
los pesos (jue ganaste, así lo debes estar con los palos 
que has llevado. Eso tiene nuestra carrera, que tan 
pronto logramos buenas aventuras, como tenemos que 
sufrir otras malas. Lo mismo dijera si hubiera suce- 
dido conmigo; pero no te desconsueles; acaba de sanar 
(jue no siempre ha de estar la mar en calma. Si salieres 
cuando yo no lo sepa, búscame en el arrastradcrito 
de aíjuella noche, porcjuc no tengo otra casa por ahora; 
pero ni tú tampoco. Ya sabes que somos amigos viejos. 
— Con esto se despidió Januario dejándome en el hos- 
pital, en donde me dieron de alta á los tres días como 
á los soldados. 

Salí sano, según el médico; pero según lo que 
renqueaba, todavía necesitaba más agua de calahuala y 
más parchazos; mas ¿qué había de hacer? El facultativo 
decía que ya estaba bueno, y era menester creerlo, á 
pesar de que mi naturaleza decía que no. 

Salí por fin todo entelerido y entrapajado; pero ¿á 
dónde salí? A la calle, porque casa no la conocía, y salí 
peor de lo que entré, porque mis trapillos estaban malos 
á la entrada, pero salieron desahuciados. No sé en qué 
estuvo. 



.■ 1 ;i„-3-'i.., 



92 PENSADOR MEXICANO 

Pobre y trapiento, solo, enfermo, y con harta 
hambre, me anduve asoleando todo el día en pos de mi 
protector Januario, á cuyas migajas estaba atenido, sin 
embargo de que lo consideraba punto menos miserable 
que yo. 

Mis diligencias fueron vanas, y era la una del día 
y yo no tenía en el estómago sino el poquito de atole 
(jue bebí en el hospital por la mañana, por señas de que 
al tomarlo me acordé de aquel versito que dice: 

Este es el postrer atole 
Que en tu casa he de beber. 

Ello es (|ue \a no veía de hambre, pues así por la 
pérdida de sangre que había sufrido, como por el mal 
pasaje del hospital, estaba débilísimo. 

No hubo remedio; á las tres de la tarde me quité 
la chupa en un zaguán y la fui á empeñar. ¡Qué trabajo 
me costó (jue me fiaran sobre ella cuatro reales! Pues no 
pasaron de ahí, ponjue decían (jue ya no valía nada; pero 
por fin los prestaron, me habilité de cigarros y me fui 
á comer á un bodegón. 

Algo se content»') mi corazón luego que se satisfizo 
mi estómago. Anduve toda la tarde en la misma dili- 
gencia que por la mañana, y saqué de mis pasos el 
mismo fruto, que fué no hallar á mi compañero; pero 
después que anocheció y dieron las ocho, me entró 



.A-jáüf-^^ÉiCi ■*^-- -' • ■'***--' ■•■ 



OBRAS ESCOGIDAS 93 | 

mucho miedo pensando (|ue si me quedaba en la calle 
estaba tan de vuelta, que podría ser que me encontrara 
una ronda ó una patrulla y fuera á amanecer á la 
cárcel. 

Por estos temores me resolví á irme al arras/ra- : 

dcrlto, que se me hacía tan duro como el hospital mismo; 
pero la necesidad atropella por todo. '* 

Llegué á la maldita zahúrda con real y medio, pues 
antes me cené medio de fríjoles en el camino. Entré 
sin que nadie me reconviniera y vi que estaba la mesita 
del juego como cuadro de ánimas, pero de condenados. 

Como catorce ó diez y seis gentes había allí, y entre 
todos, no se veía una cara blanca ni uno medio vestido. 
Todos eran lobos y mulatos encuerados, que jugaban 
sus medios con una barajita que sólo ellos la conocían 
según estaba de mugrienta. 

Allí SG pelaban unos á otros sus pocos trapos, ya 
empeñándolos, y ya jugándolos al remate, quedándose 
algunos como sus madres los parieron, sin más que un 
mcijtle, como le llaman, que es un trapo con que cubren 
sus vergüenzas, y habiendo picaro de estos que se enre- 
daba con una frazada en compañía de otro á (juien le 
llamaba su valedor. 

Abundaban en aquel infierno abreviado los jura- 
mentos, obscenidades y blasfemias. El juego, la con- ; 
currencia, la estrechez del lugar y el chinguirito tenían _' . ' 

PERIQUILLO SARNIENTO, — T. I, B. — 24. ' 



'*». ' e^í. J -■ !'^:t m ^.:^'^- ■ .. .i.-. 



94 . PENSADOR MEXICANO 

aquello ardiendo en calor, apestando á sudor, y hecho... 
ya lo comparé bien, un infierno. 

Luego que vieron (jue me arrimé á la mesa á ver 
jugar, pensando que tenía dinero, me proporcionaron 
por asiento la esquina de un banco que tenía una estaca 
salida y se me encajaba por mala parte, dejándome 
hecho monito de vidrio. 

Sin embargo de mi incomodidad, no me levanté, 
considerando que entre aquella gente era demasiada 
cortesía. Saqur mediecillo y comencé á jugar como 
todos. 

No tardó mucho en perderlo, y seguí con otro que 
corri»*) la misma suerte en menos minutos, y no quise 
jugar el tercero por reservarlo para pagar la posada. 

Ya me iba á levantar, cuando el coime me conoció 
y me dijo: — Usted ¿á quién venía á buscar? Yo le dije 
que á don Januario Carpeña (que así se apellidaba mi 
compañero). Rieron todos alegremente luego que res- 
pondí, y viendo que yo me había ciscado con su risa, 
me dijo el coime: —^ ¿Acaso usted buscará á Juan Largo 
el entregador, aquel con quien vino la otra noche? — No 
lo pude negar; dije que al mismo, y me contestó: — 
Amigo, pues ése no es don ni doña, cuando más y 
mucho, será don Petate, y don Encuerado como nos- 
otros... 

A este tiempo íué entrando el susodicho, y luego 






/Í^'.JÍ.AlíU^tJ¡ÍA^Í~^iL^-:'. ''. '■^\. 



1^-.;- 



.^ív* ..-.■ 



OBRAS ESCOGIDAS 



95 



que lo vieron, comenzaron todos á darle broma, dicién- 
dole: — ¡Oh, don Januariol ¡Oh, señor don Juan Largo I 
Pase su merced. ¿Dónde ha estado? — y otras sandeces, 
que todas se reducían á mofarlo por su tratamiento que 
yo le había dado. 

El no me había visto, y como lo ignoraba todo, 
estaba como tonto en vísperas, hasta que uno de los 
encuerados, para sacarlo de la duda, le dijo: — Aquí ha 
venido preguntando por el caballero don Januario Garra- 
piña ó Garrapeña el señor, — y diciendo esto me señaló. 

No bien me vio Januario, cuando exaltado de gusto 
no tuvo su amistad expresiones más finas con que salu- 
darme que echarse á mis brazos y decirme: — ;Es posible, 
Periquillo Sarniento, </ue nos coleemos d cer juntos.^ — 
En cuanto aquellos hermanos oyeron mi sobrenombre, 
renovaron los caquinos, y comenzaron á indagar su 
etimología, cuya explicación no les negó Januario. 

Aquí fué el mofarme y el periquearme todos á cual 
más, como que al fin eran gente soez y grosera; yo, 
por más que me incomodé con la burla, no pude menos 
sino disimular v hacerme á las armas, como dicen vul- 
garmente; porque si hubiera querido ser tratado de 
aquella canalla según merecían mis principios, les 
hubiera dado mavor motivo de burlarme. Estos son los 

ti 

chascos á que se expone el hombre flojo, perdido y sin- 
vergüenza. 



.*) 



M ?A ¿ ^J". 



.. ^' iL.-^IXs^K'ÉJISJiiíU-iú* 



96 PENSADOR MEXICANO 

Guando me vieron tan jovial y que, lejos de amohi- 
narme les llevaba el barreno, se hicieron todos mis 
amigos y camaradas, marcándome por suyo, pues según 
decían, era yo un muchacho corriente, y con esta con- 
fianza nos comenzamos todos á tutear alegremente. Cos- 
tumbre ordinaria de personas malcriadas, que comienza 
en son de cariño y las más veces acaba con desprecios, 
aun entre sujetos decentes. ^ 

Cátenme ustedes ya cofrade de semejante comu- 
nidad, miembro de una academia de pillos y socio de 
un complot de borrachos, tahúres y cuchareros. ¡Vamos, 
que en aquella noche quedé yo aventajadísimo y acabé 
de honrar la memoria de mi buen padre! 

¿Qué hubiera dicho mi madre si hubiera visto me- 
tido en aquella indecentísima chusma al descendiente de 
los Ponces, Tagles, Pintos, Vélaseos, Zumalacárreguis y 
Bundiburis? Se hubiera muerto mil veces, y otras tantas 
habría resuelto ponerme al peor oficio, antes que dejar- 
me vagabundo; pero las madres no creen lo que sucede, 
y aun les parece que estos ejemplos, se quedan en meros 
cuentos, y que aun cuando sean ciertos no hablan con 
sus hijos. En fin , nos acostamos como pudimos los que 
nos (juedamos allí, y yo pasé la noche como Dios quiso. 



• El tratamiento de tú,, lejos de aumentar la amistad, como se creen algunos vulga- 
res, la disminuye; porque á la demasiada conTianza ordinariamente sigue el menospre- 
cio, á éste el sentimiento, al sentimiento el enojo, y... ¡adiós amistad! Un tratamiento 
político y cariñoso conserva los buenos amigos. 



Irtf iinÉti>iiMriií»ii iil ni- ' i-'i . •t^aiít^.^ji^^^.JíM^Tí.iím-iiíjuíj 



-TÍIÍ" ■ » ■• 



OBRAS ESCOGIDAS 



97 



Seis ú ocho días estuve entre aquella familia, y en 
ellos me dejó Januario sin capote, pues un día m.e lo 
pidió prestado para hacer no sé qué diligencia; se lo llevó 
y me dejó su zarape. A las cuatro de la tarde vino sin él, 
quedándome yo muerto de susto cuando me contó mil 
mentiras, y remató con que el capote estaba empeñado 
en cinco pesos. — ¡ En cinco pesos, hombre de Dios! — dije 
yo. ¿Cómo puede ser eso, si está tan roto y remendado 
que no vale veinte reales? — ¡Oh, qué tonto eres! me con- 
testó; si vieras los lances que hice con los cinco pesos, 
te hubieras azorado: ya sabes que soy trepador. Me 
llegué á ver como con... yo te diré. Quince y siete son 
veintidós, y... ¿nueve? treinta y uno... ¿y doce? en fin, 
como con cincuenta pesos, por ahí. — ¿Y qué es de ellos? 
pregunté. — ¿Qué ha de ser? dijo Januario: que estaba yo 
jugando la contrajudia cerrada; le puse todo el dinero 
á un tres contra una sota, y... — Acaba de reventar, le 
dije; vino la sota y se llevó el diablo el dinero ¿no es 
eso? — Sí, hermano, eso es; ¡pero si vieras qué tres tan 
chulo I cIu(juHo, contrajadío^ nones, hajar do afuera...^ 



* ■ 



i 



1 Llaman regla, los jugadores, á cualquier orden de cartas ó combinaciones que 
eligen para jugar. Asi es que grande y chica es una regla, y ésta no tiene que explicar, 
pues que dos cartas que se echan sobre la mesa, una tiene tantos superiores, y ésa es 
grande; asi como la que tiene tantos menores es chica. Si una, por ejemplo, es 4 y la 
otra 3, la primera será grande y la segunda chica. Judia, quiere decir la más grande en 
las figuras y la más chica en las cartas blancas. — Contrajudia, viceversa. Pares y 
nones, los números pares ó impares; pero la gracia está en saber distinguirlos cuando 
las dos cartas son de una misma clase, v. gr. salieron 2 y 4, ambos son pares; ;^cuál 
será el par y cuál el non ? Salieron 7 y 5, ¿cuál de los dos es el par? Esto lo explican con 
alguna confusión; pero sabiéndose que la mayor conteroa su oalor se aclara todo. Así es 

PRRIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 25. 



n i^^^'L.^^I&Me- 



98 PENSADOR MEXICANO 

¡vamos, si todas las llevaba el maldito tres I — ¡Maldito 
seas tú, y el tres, y el cuatro, y el cinco, y el seis, y 
toda la baraja, (jue ya me dejaste sin capote! ¡Voto á 
los diablos! ser la única alhaja (jue yo tenía, mi col- 
chón, mi cama y todo, ¿y dejarme tú ahora hecho un 
pilíiuancjo? — No te apures, me dijo Januario, yo tengo 
un proyecto muy bien pensado (jue nos ha de dar á los 
dos mucho dinero, y puede sea esta noche; pero has 
de guardar el secreto. Por ahora ahí tenemos el zarape 
(jue bien puede servirnos á ambos. 

Yo le pregunté qué cosa era. Y él, llevándome 
(\ un rincón del cuartito, me dijo: — Mira, es menes- 
ter que cuando uno está como nosotros se arroje y se 
determine á todo; porque peor es morirse de hambre. 
Sábete, pues, (|ue cerca de aquí vive una viuda rica, sin 
otra compañía que una criada, no de malos bigotes, á 
la que yo lo he echado mis polvos, aunque nada he 
logrado. Esta viuda ha de ser la (jue esta noche nos 
socorra, auncjue no (|u¡era. — ¿Y cómo? le pregunté. — 
A lo que Januario me dijo: — Aquí en la pandilla hay 



que, en el primer caso, el 4 es par y el 2 non. En el segundo caso, 7 es non y 5 par. En 
las figuras hoy la sota representa 8, el caballo 9 y el rey 10 ; pero en la época de que se 
habla en la obra, como las barajas tenían ochos y nueves, la sota representaba 10, el 
caballo 11 y el rey 12. Así es que siempre, para los pares y nones, quedan sujetos á la 
regla general de \a mayor, etc. — Lugar de dentro y de afuera. El primero es en el que 
se echa la primera carta que sale ó el que en las carpetas ó cueros está marcado con el 
núm. 1, y el segundo con el núm. 2. 

Hay otras muchísimas reglas que se inventan, según el capricho de cada jugador; 
pero esta nota debe reducirse á aquellos de que hace mención la obra en este lugar. E. 



ÍÍ^ÍÍáAmJL..^!-! 



■r'í:imt^^¿CtX 






OBRAS ESCOGIDAS 99 

un compañero que le dicen Calas el Pipilo, <jue es un 
mulatillo muy vivo, de bastante espíritu y grande amigo 
mío. l']ste me ha proporcionado el que esta misma noche 
entre diez y once vayamos á la casa, sorprendamos á las 
dos mujeres, y nos habilitemos de reales y de alhajas, 
que de uno y otro tiene mucho la viuda. 

Todo está listo; ya estamos convenidos, y tenemos 
una ganzúa que hace á la puerta perfectamente. Sólo nos 
falta un compañero que se quede en el zaguán, mientras 
que nosotros avanzamos. Ninguno mejor que tú para el 
efecto. Conque aliéntate, que por una chispa de capote 
que te perdí te voy á facilitar una porción considerable 
de dinero. 

Asombrado me quedé yo con la determinación de 
Januario, no pudiendo persuadirme que fuera capaz 
de prostituirse hasta el extremo de declararse ladrón; y 
así, lejos de determinarme á acompañarlo, le procuré 
disuadir de su intento, ponderándole lo injusto del hecho, 
los peligros á que se exponía y el vergonzoso paradero 
que le esperaba si por una desgracia lo pillaban. 

Me oyó Januario con mucha atención, y cuando hice 
punto, me dijo: — No pensaba que eras tan hipócrita ni 
tan necio, que te atrevieras á fingir virtud y á darle 
consejos á tu maestro. Mira, mulo; ya yo sé que es . 
injusto el robo y que tiene riesgos el oficio; pero dime: 
¿qué cosa no los tiene? Si un hombre gira por el comer- 



100 



PENSADOR MEXICANO 



cío, puede perderse; si por la labor del campo, un mal 
temporal puede desgraciar la más sazonada cosecha; si 
estudia, puede ser un tonto, ó no tener créditos; si 
aprende un oficio mecánico, puede echar á perder las 
obras, pueden hacerle drogas ó salir un chambón; si 
gira por oficinista, puede no hallar protección, y no 
lograr un ascenso en toda su vida; si emprende ser mili- 
tar, pueden matarlo en la primera campaña, y así todos. 
Coníjue si todos tuvieran miedo de lo que puede 
suceder nadie tendría un peso, porque nadie se arries- 
gara á buscarlo. Si me dices que solicitarlo de los modos 
que he pintado es justo, tanto como es inicuo el que yo 
te propongo, te diré (jue robar no es otra cosa que (jui- 
tarle á otro lo suyo sin su voluntad; y según esta verdad 
el mundo está lleno de ladrones. Lo que tiene es que 
unos roban con apariencias de justicia y otros sin ellas; 
unos pública, otros privadamente; unos á la sombra de 
las leyes y otros declarándose contra ellas; unos expo- 
niéndose á los balazos y á los verdugos, y otros pasean- 
do y muy seguros en su.s casas. En fin, hermano, unos 
roban á lo divino y otros á lo humano; pero todos 
roban. ' Coníjue así, esto no será motivo poderoso que 



1 Sólo Januario podia hablar con tanta generalidail, porque era un perdido. Déla 
abundancia del corazón se vienen á la boca las palabras. No todos roban; pero son 
tantos los ladrones y puede tanto el interés, que apenas hay de quién fiar. Se pierden 
los hombres de bien entre los que no lo son, y en asunto de intereses no son comunps 
los que hacen mucho escrúpulo, ya de defraudar ó ya de quedarse con lo ajeno. Esta es 
una verdad amarga, pero es una verdad. Examinémosla sin pasión. 



ÍJL. .^^m. ^^!S¿£:^Jt.^iÁLl^\ 



.•._..». ,>,.;*-'>- 



ijr^'it^íf-: y ' . ,-.. :. . :,\;^^.. , 



OBRAS ESCOGIDAS 101 

me aparte de la intención que tengo hecha; porque mal 
de muchos..., etc. 

¿Qué más tiene robar con plumas, con varas de 
medir, con romanas, con recetas, con aceites, con pape- 
les, etc., etc., etc., que robar con ganzúas, cordeles y 
llaves maestras? Robar por robar, todo sale allá, y 
ladrón por ladrón, lo mismo es el que roba en coche que 
el que roba á pie: y tan dañoso á la sociedad ó más es el 
asaltador en las ciudades que el salteador de caminos. 

No me arrugues las cejas ni comiences á escanda- 
lizarte con tus mocherías. Esto que te digo, no es sólo 
porque quiero ser ladrón; otros lo han dicho primero 
que yo, y no s<'>lo lo han dicho, sino que lo han impreso, 
y hombres de virtud y de sabiduría, tales como el padre 
jesuíta Pedro Murillo Velarde, en su Catecismo. Oye lo 
que se lee en el lib. II, cap. XII, íbi. 177: 

«Son innumerables los modos, géneros, especies 
y maneras que hay de hurtar (dice este padre). Hurta 
el chico, hurta el grande, hurta el oficial, el soldado, el 
mercader, el sastre, el escribano, el juez, el abogado; y 
aunque no todos hurtan, todo género de gente hurta. 
Y el verbo rapio se conjuga por todos modos y tiem- 
pos. ^ Húrtase por activa y por pasiva, por circunlo- 

* Como decir de presente: yo hurto, tú hurtas, aquél hurta; nosotros hurtamos, 
vosotros hurtáis, aquéllos hurtan. De pretérito: yo hurté, tú hurtaste, aquél hurtó, etc. 
De futuro: yo hurtaré, tú liurtarás, y asi todos los demás tiempos y personas. ¡Qué 
desgracia ! muchos no saben ni leer y conjugan este verbo sin turbarse. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 26. 



, ♦(■■, 



102 PENSADOR MEXICANO 

quio y por participio de futuro en ras.y> Hasta aquí dicho 
autor. 

¿Qué te parece, pues? Y donde hay tanto ladrón, 
¿(jué bulto haré yo? Ninguno ciertamente; porque un 
garbanzo más no revienta una olla. ¿Tú sabes los que 
se escandalizan de los ladrones y de sus robos? Los 
de su oficio, tonto. Esos son sus peores enemigos; 
por eso dice el refrán, que siente un (jato que otro 
arañe. 

Xo me acuerdo si en un libro viejo titulado De- 
leite de la discreción, n en otro llamado Floresta es- 
pañola, pero seguramente en uno de los dos, he 
leído aquel cuento gracioso de un loco muy agudo 
que había en Sevilla , llamado Juan García, el cual, 
viendo cierta ocasión que llevaban un ladrón al supli- 
cio, comenzó á reir á carcajada tendida, y pregunta- 
do que de qué se reía en un espectáculo tan funesto, 
respondió; — Me rio de ver que los ladrones gran- 
des llevan (i aliorcar cd chico. — Aplique usted, señor 
Perico. 

— Todo lo que saco por conclusión, le respondí, es 
que cuando un hombre está resuelto, como tú, á cual- 
quiera cosa, por mala que sea, interpreta á su favor los 
mismos argumentos que son en contra. Todo eso que 
dices tiene bastante de verdad. Que hay muchos ladrones, 
¿quién lo ha de negar, si lo vemos? Que el hurto se palia 



-5fíP8«írj^(^Jw!i.-5»-,'V«f';.-T,_.pi^^^^ ~.> . ?■ í^T-, •. 



OBRAS ESCOGIDAS 103 

con diferentes nombres, es evidente, y que las más veces 
se roba con apariencias de justicia, es más claro que la 
luz; pero todo esto no prueba que sea lícito el hurtar. 
¿Acaso por qué en las guerras, justas ó injustas, se 
matan los hombres á millares, se probará jamás que 
es lícito el homicidio? La repetición de actos engendra 
costumbre, pero no la justifica, si ella no es buena de 
por sí. 

Tampoco prueba nada lo que dice el padre Murillo, 
porque lo dijo satirizando y no aplaudiendo el robo. Pero 
por no deberte nada, te he de pagar tu cuentecito con 
otro, que también he leído en un libro de jesuíta, y tiene 
la recomendación de probar lo que tú dices, y lo (jue yo 
digo, esto es, que muchos roban, pero no por eso es 
lícito el robar. Atiéndeme: 

«Pintó uno en medio de un lienzo un príncipe, y 
á su lado un ministro que decía: Sirco d éste solo, 
1/ de L'sie me sirco. Después un soldado que decía: 
Mientras ijo robo, me roban éstos. A seguida un la- 
brador diciendo : Yo sustento, y me sustento de estos 
tres. A su lado un oficial que confesaba: Yo engaíio, 
ij me engañan estos cuatro. Luego un mercader que 
decía : Yo desnudo cuando cisto d estos cinco. Des- 
pués un letrado: Yo destruyo cuando amparo d estos 
seis. A poco trecho un médico: Yo mato cuando curo 
d estos siete. Luego un confesor: Yo condeno cuando 



,,>*- 



■<''^r«5-' - ■ j ■-■-■/•'-'• ;''^T-"_í^ ;'¡5»irr«-^"ír^'''v-'»¡ -i-?wí»* l 



104 PENSADOR MEXICANO 

absuelco d estos ocho. Y á lo último un demonio 
extendiendo la garra, y diciendo: Pues yo me llevo 
d todos estos nueve. Así, unos por otros encadena- 
dos, los hombres van estudiando los fraudes contra el 
séptimo precepto , y bajando encadenados al infier- 
no.» Hasta aquí el cristiano, celoso y erudito padre 
Juan Martínez de la Parra, en su plática moral 45, 
folio 239 de la edición 24/, hecha en Madrid el 
año 1788. 

Conque ya ves cómo, aunque todos roban, según 
dices, todos hacen mal, y á todos se los llevará el diablo, 
y yo no tengo ganas de entrar en esa cuenta. 

— Estás muy mocho, me dijo Januario, y á la 
verdad esa no es virtud sino miedo. ¿Cómo no escru- 
pulizas tanto para hacer una droga, para arrastrar un 
muerto, ni armarte con una parada, que ya lo haces 
mejor que yo? ¿Y cómo no escrupulizaste para entregar 
los cien pesos del payo? Pues bien sabes que todos esos 
son hurtos con distintos nombres. 

— Es verdad, le respondí; pero si lo hice fué 
instigado de tí, que yo por mí solo no tongo valor 
para tanto. Conozco que es robo y (jue hice mal; y 
también conozco que de estas estafas, trampas y dro- 
gas se va para allá; esto es, para ladrones declarados. 
Yo, amigo, no quiero que me tengas por virtuoso. 
Sup<')n que me recelo de puro miedo; mas cree infali- 



■~-W^^-r? ■' •'■'' ■• Ap'?^- 



OBRAS ESCOGIDAS 



105 



blemente que no tengo ni tantitas apetencias de morir 
ahorcado. 

Así estuvimos departiendo un gran rato, hasta que 
nos resolvimos á lo que sabréis, si leéis el capítulo que 
viene detrás de éste. 




PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, H. — 27. 



l^i-',.,**f-.i.-'^ t^V'i-- 



,r¿SfeJíí.->- ^ ■ 



?' . • •■ 



.^V^í'^ *T-^~- ^- 



'^Wífi^ 



' ■''T- y' 




CAPITULO V 



En el que nuestro autor refiere su prisión, el buen encuentro de un amigo 
que tuvo en ella y la historia de éste 



Después de muchos debates que tuvimos sobre la 
materia antecedente, le dije á Januario: — l'ltimamente, 
hermano, yo te acompañaré á cuanto tú quieras como 
no sea á robar; porque á la verdad no me estira ese 
oficio, y antes quisiera (juitarte de la cabeza tal tontera. 

Januario me agradeció mi cariño; pero me dijo que 
si yo no quería acompañarlo, que me quedara; pero que 
le guardara el secreto, porque él estaba resuelto á salir 
de miserias aquella noche, topara en lo que topara: que 



J 



.'i?.-.« .-■ >:^ j::. 



" ^.V L -'■■'>--'.^ • i.^-.i- 2-ri.-. - , :u¿j¿ 



108 PENSADOR MEXICANO 

si la cosa se hacía sin escándalo, según tenían pensado 
él y el Pipilo, á otro día me traería un capote mejor ({ue 
el (|ue me había jugado, y no tendríamos necesidades. 

Yo le prometí guardarle el más riguroso silencio, 
dándole las gracias por su oferta y repitiéndole mis con- 
sejos con mis súplicas; pero nada basí(3 á detenerlo. 
Al irse me abrazó, y me puso al cuello un rosario dicién- 
dome: — Por si tai vez por un accidente no nos viéremos, 
ponte este rosarito para (jue te acuerdes de mí. — Con esto 
se marchó, y yo me (juedé llorando: por(|ue le quería, 
á pesar de conocer (|ue era un picaro. No sé qué tiene 
la comunicación contraída y mantenida desde muchachos 
que engendra un cariño de hermanos. 

Fuese mi amigo, y yo pasé tristísimo lo restante de 
la tarde, sintiendo su abandono y temiendo una funesta 
desgracia. A las nueve de la noche no cabía yo en mí, 
extrañando al compañero: y al modo de los enamorados, 
me salí á rondarlo por acjuella calle donde me dijo que 
vivía la viuda. 

Embutido en una puerta y oculto á la merced del 
poco alumbrado de la calle, observé que como á las diez 
y media llegaron á la casa destinada al robo dos bultos, 
que al momento conocí eran Januario y el Pipilo: abrie- 
ron con mucho silencio; emparejaron la puerta, y yo me 
íuí con disimulo á encender un cigarro en la vela del 
farol del sereno que estaba sentado en la esquina. 



OBRAS ESCOGIDAS 109 

Luego que llegué lo saludé con mucha cortesía; él 
me correspondió con la misma, le di cigarro, encendí 
el mío, y apenas empezaba yo á enredar conversación 
con él, esperando el resultado de mi amigo, cuando 
oimos abrir un balcón y dar unos gritos terribles á una 
muchacha, que sin duda fué la criada de la viuda: 
— ¡Señor sereno, señor guarda, ladrones! ¡corra usted 
por Dios f fjue nos matan! 

Así gritaba la muchacha, pero muy seguido y muy 
recio. El guarda, luego luego se levantó; chifló lo mejor 
que pudo, y echó unas cuantas bendiciones con su farol 
en medio de las bocacalles para llamar á sus compa- 
ñeros, y me dijo: — Amigo, déme usted auxilio; tome mí 
farol V vamos. 

Cogí el farol, y él se terció su capotito y enarboló 
su chuzo; pero mientras hizo estas diligencias se esca- 
paron los ladrones. El Pipilo, á quien conocí por su 
sombrero blanco, paso casi junto á mí, y por más que 
corrió el sereno y yo (que también hice que corría), fué 
incapaz darle alcance, porque le nacieron alas en los pies. 
No le valió al sereno gritar: — ¡Atájenlo, atájenlo! pues 
aquellas calles son poco acompañadas de noche y no 
había muchos atajadores. 

Ello es que el Pipilo se escapó, y con menos susto 
Januario, que tomó por la otra bocacalle, por donde no 
hubo sereno ni quien lo molestara para nada. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 28. 



lio PENSADOR MEXICANO 

Entretanto, llegaron otros dos guardas, y casi tras 
ellos una patrulla. La muchacha todavía no cesaba de 
dar gritos en el balcón, pidiendo un padre, asegurando 
que habían matado á su ama. A sus voces acudieron 
todos V entramos en la casa. 

Lo primero (jue encontramos fué á la dicha mu- 
chacha llorando en el corredor, diciéndonos: — ¡Ay, seño- 
res! un padre y un médico, que ya mataron á mi ama 
esos indignos. 

El sargento de la patrulla con dos soldados, los se- 
renos y yo, que no dejaba el í'arol de la mano, entramos 
en la recámara donde había la señora tirada en su 
cama, la cual estaba llena de sangre, y ella sin dar 
muestras de vida. 

La vista horrorosa de a(|uel espectáculo sorprendió 
á todos, V á mí me llenó de susto v de lástima: de 
susto, por el riesgo (jue corría Januario si lo llegaban 
á descubrir, y de lástima, considerando la injusticia 
con (|ue habían sacrificado atjuella víctima inocente á su 
codicia. 

A poco rato llegaron casi juntos el módico y el con- 
fesor, (\ (|uienes fué á llamar un soldado por orden del 
sargento, luego que éste desde la calle oyó los gritos de 
la muchacha. 

En cuanto llegaron, se acercó el sacerdote á la 
cama, y viendo que ni por moverla ni por hablarla se 



.7.0"/ 



:'-^::;^^.:'^-^:^^v 



♦ 



OBRAS ESCOGIDAS 111 

movía, la absolvió bajo de condición, y se retiró á un 
lado. 

Entonces se acercó el médico, y como más práctico, 
advirtió (jue estaba privada, y que aquella sangre era un \ * 

achaíjue mujeril. Salímonos á la sala, ya consolados de 
(jue no era la desgracia (|ue se pensaba, mientras entre 
el médico y la moza curaron caseramente á la enferma. 

Concluida esta diligencia y vuelta en sí del desmayo, 
llamó el sargento á la criada para (jue viera lo <jue fal- 
taba en la casa. Ella la registró toda, y dijo (|ue no 
faltaba más (jue el cubierto con (|ue estaba cenando su 
ama, y el hilito de perlas que tenía en el cuello: ponjue 
luego (jue uno de los ladrones cargó con ella para la 
cama, el otro se embolsó el cubierto; y sin ser bastante 
ó sin advertir á detener á la que daba esta razón, salió 
al balcón y comenzó á gritar al sereno, á cuyos gritos no 
hicieron los ladrones más que salirse á la calle corriendo. i 

Yo estaba con el farol en la mano, desembozado el 
zarape y con aquella serenidad que infunde la inocencia; 
pero la malvada moza, mientras estaba dando esta razón, 
no me quitaba un instante la vista, repasándome de 
arriba abajo. Yo lo advertí: pero no se me daba nada, I 

atribuyéndolo á que no le parecía muy malote. . , I 

Preguntóle el sargento si conocía á alguno de los 
ladrones, y ella respondió: — Sí, señor, conozco á uno ^ ¿ 

que se llama señor Januario, y le dicen por mal nombre . * 



4 



. ■, ,-. Sü" .. ..V -:. •«' . .. .-. ■ . > » .:r 



112 PENSADOR MEXICANO 

Juan Largo, y no sale de este truquito de aquí á la 
vuelta, y este señor lo ha de conocer mejor que yo. — 
A ese tiempo me señaló, y yo me quedé mortal, como 
suelen decir. El sargento advirtió mi turbación y me 
dijo: — Sí, amigo, la muchacha tiene razón sin duda. 
Usted se ha inmutado demasiado, y la misma culpa lo 
está acusando. ¿Usted será (juizá el sereno de esta calle? 

— No, señor, le dije yo; antes cuando la señora salió 
al balcón á gritar, estaba yo chupando un cigarro con el 
sereno, y nosotros luímos los primeros que venimos á 
dar el auxilio. Que lo diga el señor. 

Entonces el sereno confirmó mi verdad; pero el 
sargento, en vez de convencerse, prosiguió: — Sí, sí; tan 
buena maula será usted como el sereno. ¿Serenos? jah! 
ahorcados los vea yo á todos por alcahuetes de los 
ladrones; si éstos no tuvieran las espaldas seguras con 
ustedes, si ustedes no se emborracharan, ó se durmie- 
ran, ó se alejaran de sus puestos, era imposible que 
hubiera tantos robos. 

El sereno se apuraba y juraba atestiguando conmigo 
que no estaba retirado ni durmiendo; pero el sargento 
no le hizo caso, sino que preguntó á la muchacha: 

— ¿Y tú, hija, en qué te fundas para asegurar que éste 
conoce al ladrón? — ¡Ay, señor! dijo la muchacha; en 
mucho, en mucho. Mire su mercó, ese zarape que tiene 
el señor, es el mismo del señor Juan Largo, que yo lo 



.Jwr^r 



•^ 



^ 



OBRAS ESCOGIDAS 113 

conozco bien, como que cuando salía á la tienda ó á la - 

plaza no más me andaba atajando, por señas que ese 

rosario que tiene el señor es mío, que ayer me agarró 

ese picaro del descote de la camisa y del rosario, y me • • 

quería meter en un zaguán, y yo estire y me zafé, y i 

hasta se rompió la camisa; mire su merca, y mi rosario J 

se le quedó en la mano y se reventó; por señas que 

ha de estar añidido, y le han de faltar cuentas, y U 

es el cordón nuevecito; es de cuatro y de seda rosada 

y verde, y en esa bolsita que tiene ha de tener dos 

estampitas; una de mi amo señor san Andrés Avelino y 

otra de santa Rosalía. 

Frío me quedé yo con tanta seña de la maldita 
moza, considerando que nada podía ser mentira, como 
(|ue el rosario había venido por mano de Januario, y ya 
él me había contado la afición que le tenía. 

El sargento me lo hizo quitar; descosió la bolsita, 
y dicho y hecho; al pie de la letra estaba todo, conforme 
había declarado la muchacha. No fué menester más 
averiguación. Al instante me trincaron codo con codo 
con un portafusil, sin valer mis juramentos ni alegatos, 
pues á todos ellos contestó el sargento: — Bien, mañana 
se sabrá cómo está eso. 

Con esto me bajaron la escalera, y la moza bajó 
también á cerrar la puerta, y viendo que no podía meter 
la llave, advirtió que el embarazo era la ganzúa que 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 29. 



114 PENSADOR xMEXICANO 

habían dejado en la chapa. La quitó y se la entregó al 
sargento. Cerró su puerta y á mí me llevaron al vivac 
principal. 

Luego (jue me entregaron á aquella guardia, pre- 
guntaron sus soldados á mis conductores que por 
qué me llevaban. Y ellos respondieron que por cucha- 
ra, esto es, por ladn^n. Los preguntones me echa- 
ron mil tales, y como que se alegraron de (|ue hubiera 
yo caído, á modo que fueran ellos muy hombres de 
bien. Escribieron no só qué cosa, y se marcharon; 
pero al despedirse, dijo el sargento á su compañero: 
— Tenga usted cuidado con ése, que es reo de conse- 
cuencia. 

No bien oyó el sargento de la guardia tal recomen- 
dación, cuando me mand<'> poner en el cepo de las dos 
patas. 

La patrulla se fué; los soldados se volvieron á enco- 
ger en su tarima; el centinela se quedó dando el quién 
vive á cuantos pasaban, y yo me (juedé batallando con 
el dolor del cepo, el molimiento del envigado, una mul- 
titud de chinches y pulgas que me cercaron, y, lo peor 
de todo, un conl'iiso tropel de pensamientos tristes que 
me acometieron de repente. 

Ya se deja entender qué noche pasaría yo. No pude 
pegar los ojos en toda ella, considerando el terrible y 
vergonzoso estado á que me veía reducido sin comerlo 



.... :^ ±1.^ 



5 «> .• 



OBRAS ESCOGIDAS 115 l" 

ni beberlo, sólo por haber conservado la amistad de un 

picaro. ^ ,. 

Amaneció por fin; se tocó la diana, se levantaron . 

los soldados echando votos, como acostumbran, v cuan- 
do llegó la hora de dar el parte, lo despacharon al 
mayor de plaza, y á mí amarrado como un cohete entre 
los soldados para la cárcel de corte. 

Luego que entré del boíjuete al patio tocaron una 
campana, que según me dijeron después era diligencia 
que se hacía con todos los presos, para que el alcaide 
y los guardianes de arriba estuviesen sobre aviso de que ^ 

había preso nuevo. 

En efecto, á poco rato oí que comenzó uno á gritar: 
— ¡Ese nueco, ese nueat pava uvviha! Advirtiéronme los 
compañeros que á mí me llamaban, y el presidente, (jue 
era un hombretón gordo, con un chirrión amarrado en 
la cintura, me llevó arriba y me metió en una sala 
larga, donde en una mesita estaba el alcaide, quien j 

me preguntó cómo me llamaba, de dónde era y quién 
me había traído preso. Yo, por no manchar mi gene- 
ración, dije que me llamaba Suncho Pére^, que era 
natural de Ixtlahuaca y (jue me habían traído unos 
soldados del Principal. 

Apuntaron todo esto en un libro y me despacharon. 



• A muchos les sucede lo mismo, y no enmiendan á los jóvenes estos ejemplos. El 
amigo bueno se debe conservar á toda costa, y del malo se debe huir luego que se cono- 
ce ; porque más vale andar solo, etc. 



^ 



.^ 



116 PENSADOR MEXICANO 

Luego que bajé me cobró el presidente dos y medio, y 
no sé cuánto de patente. Yo, que ignoraba aquel idioma, 
le dije que no quería asentarme en ninguna cofradía 
en aquella casa, y así, que no necesitaba de patente. 
El cómitre maldito, (jue pensó que me burlaba de él, 
me dio un bofetón que me hizo escupir sangre, dicién- 
dome: — ¡So tal (y me lo encajó), nadie se mofa de mí, 
ni los hombres, condmds un mocoso! La patente se le 
pide, y si no quieres pagarla, harás la limpieza, so 
cucharero. — Diciendo esto se fué, y me dejó, pero me 
dejó en un mar de atlicciones. 

Había en aquel patio un millón de presos. Unos 
blancos, otros prietos; unos medio vestidos, otros de- 
centes; unos empelotados, otros enredados en sus 
pichas; pero todos pálidos, y pintada su tristeza y su 
desesperación en los macilentos colores de sus caras. 

Sin embargo, parece que nada se les daba de aquella 
vida; porque unos jugaban albures, otros saltaban con 
los grillos, otros cantaban, otros tejían medias y puntas, 
otros platicaban, y cada cual procuraba divertirse, menos 
unos cuantos más ñsgones que se rodearon de mí á 
indagar cuál era el motivo de mi prisión. 

Yo les contesté ingenuamente, y así que me oyeron 
se separaron riendo, y en un momento ya me conocían 
entre todos por eucluira. 

Nadie me consolaba, y todo el interés que mani- 



_^»- 






OBRAS ESCOGIDAS 117 

Testaron por saber la causa de mi arresto lué una simple ' 

curiosidad. Pero para que se vea que en el peor lugar 

del mundo hay hombres buenos, atended. ^ií 

Entre los que escucharon el examen que me hacían í 

los presos fisgones estaba un hombre como de cuarenta ' 

años, blanco y no de mala presencia, vestido con sólo 
su camisa, unos calzones de pana azul, una manga 
morada, botas de campo, ó campaneras, como llamamos, 
zapatos abotinados y sombrero blanco tendido. Mste, 
luego que me dejaron solo, se acercó á mí, y con una 
afabilidad nueva para mí en aquellos lugares, me dijo: — 
Amiguito, ¿gusta usted de un cigarro? — Y me lo dio, 
sentándose junto á mí. Yo lo tomé agradeciéndole su 
comedimiento, y él me instó para que fuera á su cala- 
bozo á almorzar de lo que tenía. Torné á manifestarle 
mi gratitud y me fui con él. 

Luego que llegamos á su departamento, descolgó un . :jú 

tompeate que tenía en la pared, sacó un ir asco ^ de 
queso y una torta de pan, y lo puso en mis manos dicién- 
dome: — La posada no puede ser peor, ni hay cosa mejor 
que ofrecerle á usted; pero ¿qué hemos de hacer? Coma- 
mos esto poco que Dios nos da, estimando usted mi 
afecto y no el agasajo; porque éste es bastante corto y 
grosero. • 

' Troteo ó troteo. Voz corrompida que usa la gente vulgar en vez de trozo, si no 
€s sincopada de trocisco. E. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 30. ! < 



., :. . ■ ■ . . j<¿¿ 



.Jr-\, V .^T-'g»- 






, < 



118 PENSADOR MEXICANO 

Yo me admiraba de escuchar unos comedimientos 
semejantes á un hombre al parecer tan ordinario, y 
entre asombrado y enternecido le dije: — Le doy á usted 
infinitas gracias, señor, no tanto por el agasajo que me 
hace, cuanto por el interés que manifiesta en mi desgra- 
ciada suerte. A la verdad que estov atónito, v no acabo 
de persuadirme cómo puede hallarse un hombre de bien, 
como debe ser usted, en estos horrorosos lugares, depó- 
sitos de la iniquidad y de lá malicia. 

El buen amigo me contestó: — Es cierto que las cár- 
celes son destinadas para asegurar en ella á los picaros 
y delincuentes; pero algunas veces otros más picaros y 
más poderosos se valen de ellas para oprimir á los ino- 
centes, imputándoles delitos que no han cometido, y 
regularmente lo consiguen á costa de sus cabalas y arti- 
ficios, engañando la integridad de los jueces más vigilan- 
tes; pero, según el dictamen de usted, sin duda yo me he 
engañado en el mío. 

— ¿Pues cuál es el de usted? le dije. — El mío, me 
contestó, es el que acabo de decir, esto es, que aunque 
el instituto de las cárceles sea asegurar delincuentes, la 
malicia de los hombres sabe torcer este fin y hacer que 
sirvan para privar de su libertad á los hombres de bien 
en muchos casos, de lo que tenemos abundancia de 
ejemplares que nos eximen de más pruebas. 

Conforme á este mi parecer, y no sé por qué par- 



.'. v¡n:--'- .•;-■• •.!.,••--.--.■..-.-...■.,•_ •^i-x.-v.. ■■ivii¡^r^-':--íSf'-fif_ 



OBRAS ESCOGIDAS 119 

ticular simpatía, me compadeció usted luego que vi el 
mal tratamiento que le hizo el presidente, y formé idea 
de que era usted un hombre de bien, y que tal vez lo 
había sepultado en estas mazmorras algún enemigo pode- "^ 

roso como á mí; mas ya usted me ha hecho variar de -I 

pensamiento, pues cree que en las cárceles no puede 
haber sino reos criminales, y así me persuado ahora que 
usted, como joven sin experiencia, habrá delinquido, más 
por miseria humana que por malicia: pero cuando así 
sea, hijo mío, no crea usted que me escandalizo, ni 
menos (|ue lo dejo de amar y de compadecer; porque en 
el hombre se debe aborrecer el vicio, pero nunca la per- 
sona. Por tanto, pídale usted licencia al presidente para 
venirse á ese calabozo, y si le tiene miedo, yo se la 
pediré, y pondrá usted su cama, cuando se la traigan, 
junto a la mía, así para servirse de mí en lo poco que 
sea útil, como para que se libre de las mofas de los 
demás presos, (jue como gente muy vulgar, sin princi- 
pios ni educación alguna, se entretienen siempre burlán- 
dose con los pobres nuevos que vienen á ser inquilinos 
de estas cuadras. 

Yo le retorné mis agradecimientos, añadiendo: — 
No puedo menos que considerar en usted un hombre 
muy sensible y muy de bien, ó más propiamente, un 
genio bienhechor que se digna dedicarse á ser mi ángel 
tutelar en el desamparo en que me hallo, y me he aver- 



7^/-,-;> .'7^ *^;' '•■•••';■■• ^- ^:-r--- - Tv- r ■. •■ iC^:vy^J^ '^!^''T*^^^^^i^^rv*^,r'J9V-.¿v^_ f^ 



120 PENSADOR MEXICANO 

gonzado de haberme explicado con tanta necedad, que 
pude persuadir á usted que creía que cuantos están en 
las cárceles son picaros , pues ciertamente cuando usted 
no l'uera una de las excepciones de esta regla, yo mismo 
soy una prueba contraria al mal juicio que había for- 
mado de las cárceles... 

— Según eso. interrumpió el amigo, ¿usted no ha 
venido aquí por ningún delito? — Ya se ve que no, 
dije. 

Y en seguida le contó punto por punto mi vida y 
milagros hasta la época infeliz de mi prisión. 

El compañero me atendió con mucha cortesía, y 
luego que hube concluido, me dijo: — Amigo, la sen- 
cillez con que usted me ha referido sus aventuras, me 
confirma en el primer concepto que hice luego (jue lo vi; 
esto es, que usted era un mozo bien nacido y que había 
venido por una desgracia imprevista, aunque es cons- 
tante que no padece sin delito. No robó ni cooperó al 
robo; pero ¡ay, amigo! tiene usted sobre sí las lágrimas 
que ai'rancó á su madre y tal vez la muerte, que proba- 
blemente le anticipó con sus extravíos, y los delitos que 
se cometen contra los padres claman al cielo por la 
venganza. Por ahora no hay más que conocer esta 
verdad, arrepentirse y confiar en la divina Providencia, 
cjue, aun cuando castiga, siempre dirige sus decretos á 
nuestro bien. Por lo que toca á mí, ya le dije, cuente con 



■^^■w' ^ -^T^?^--- fyi-S^ 



OBRAS ESCOGIDAS 121 



un amigo y con mis infelices arbitrios, que los emplearé 
gustosísimo en servirlo. 

Por tercera vez le di las gracias, conociendo que su 
oferta no era de boca, como las que se usan comun- 
mente; y picándome la curiosidad de saber quién sería 
aquel hombre amable, no pude contenerme, sino que 
con pocos circunloquios le supliqué me hiciera el favor 
de imponerme de sus infortunios. A lo que él me 
contestó con mucho agrado diciéndome: 

— Don Pedro, cuando no fuera por corresponder á la 
confianza que usted ha usado conmigo, contándome sus 
tragedias, haría de buena gana lo que me suplica, porque 
es sabido y cierto que las penas comunicadas cuando no 
sanan se alivian. En esta inteligencia, ha de saber usted 
que yo me llamo Antonio Sánchez; mis padres fueron de 
buena cuna y arreglada conducta, y ambos tuvieron un 
llorido capital, del que yo habría disfrutado si la Provi- 
dencia no me hubiera destinado á padecer desde que vi la 
luz primera; bien que no me quejo de mi suerte cuando 
recuerdo mis desgracias, pues sería un blasfemo si 
hablara con resentimiento de un Dios que me ama infini- 
tamente más que yo mismo, y quien infaliblemente todo 
lo dispone para mi beneficio; pero sólo en tono de la 
relación de mi vida digo: que desde ({ue nací fui desgra- 
ciado, por(|ue mi madre murió en el momento que salí 
de sus entrañas, y ya se sabe que esta orfandad desde 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 31. 



-■y 



'f^iL^\^^'.^,ML .«-'<ifttuV£k.¿¿.;vt..^~.jJ[ *s:^' •.-?::i2i&^. 



;V"^! i- 






122 PENSADOR MEXICANO 

el nacimiento acarrea una larga serie de fatalidades á los 
que hemos tenido esta desventura. 

Mi buen padre no perdonó fatiga, gasto ni cuidado 
para suplir esta falta; y así entre nodrizas, ayas y criadas 
pasé mi puerilidad con aquella alegría propia de la edad, 
sin dejar de aprender aquellos principios de religión, 
urbanidad y primeras letras, en que no se descuidó de 
instruirme mi amante padre, con aíjuel esmero y cariño 
con que se tratan por los buenos padres los primeros 
y únicos hijos. 

Quince años contaba yo cuando el mío me puso en 
el colegio, donde permanecí tres muy contento y lleno de 
inocentes satisfacciones, que sr me acabaron con el falle- 
cimiento de su merced, quedando bajo la tutela del 
albacea, cuyo nombre dejo en silencio por no descubrir 
enteramente al autor de mis desgracias. Ya usted cono- 
cerá por esta expresión que mi albacea en poco tiempo 
concluyó con mis bienes, dejándome en las garras de la 
indigencia, y cuando ya no tuvo que hacer, se fugó de 
Orizaba. de donde soy natural, sin dejarme siquiera 
recomendado á su corresponsal (jue tenía en México. 

Mste, luego que supo su ausencia y el funesto motivo 
que la había ocasionado, fué al colegio, borró colegia- 
tura, me llevó á su casa, me impuso de mi triste situa- 
ción, concluyendo con decirme, (jue él era un pobre 
cargado de familia, que se compadecía de mi desgracia; 



OBRAS ESCOGIDAS 123 

pero que no podía hacerse cargo de mí, y así que solici- 
tara la protección de mis parientes y viera lo que hacía. 

Considere usted qué tal me quedaría con semejante 
noticia. Tenía entonces diez y ocho años y ninguna expe- 
riencia; pero por especial lavor de Dios ni había con- 
traído ningún vicio vergonzoso ni pensaba á lo mucha- 
cho; y así le dije, que dentro de ocho días resolvería 
lo que había de hacer y le avisaría. - 

En el momento fui á ver á un estudiante pobre y 
hombre de bien, A quien, después de Xíontarle mis des- 
gracias, le encargué que me vendiese mi cama, libros, 
manto, turca, reloj y cuanto consideró (jue podía valer 
algo. 

En efecto, mi amigo hizo la diligencia con eficacia y 
prontitud, y al segundo día me trajo ciento y pico de 
pesos. Le di su gratificación, y cambié la mayor parte en 
oro, comprando con el resto una manga y unas botas 
semiviejas. 

Hecha esta diligencia, fui á los mesones á buscar un 
pasajero que estuviera de viaje para mi tierra. Por for- 
tuna no fué vana mi solicitud; hallé un arriero que iba á j4v 
llevar cigarros y traer tabaco, y por diez pesos ajusté 
con él mi marcha. Entonces aA^isé mi determinación al • 
corresponsal de mi albacea, quien me la aprobó, y despi- 
diéndome de él y de su familia, me fui al mesón y á los 
dos días partimos para Orizaba. 



r 






'«I;.^ .' t^^.^j 



124 PENSADOR MEXICANO 

No me pareció este viaje como los anteriores que 
había hecho por el mismo camino, cuando iba á vacacio- 
nes, especialmente en vida del señor mi padre; mas era 
otro tiempo y era forzoso acomodarme á las circuns- 
tancias. 

Llegué por fin á la expresada villa sin novedad, y 
recelando algún despego en uno que otro pariente (|ue 
tenía acomodado, determinó ir á apearme en casa de 
unas tías viejas que conocía me amaban y no se desde- 
ñarían de hospedarme. 

No salió falso mi modo de pensar; porque luego que 
me vieron las pobrecillas comenzaron á llorar, como que 
sabían primero que yo mis infortunios, me abrazaron y 
me internaron á la casita, asegurándome que la mirara 
como mía. 

Les manifesté mi gratitud lo mejor que pude, di- 
ciéndoles pensaba en acomodarme en alguna tienda, 
hacienda n cosa semejante para comenzar á aprender 
á ganar el pan con el sudor de mi frente, (jue erqi ya lo 
único á que podía aspirar. 

Las benditas viejas se enternecían con estas cosas, y 
yo redoblaba mis agradecimientos á sus sentimientos 
expresivos. 

Seis días contaba yo de hospedaje en su casa, 
cuando una tarde entró en ella un señor muv decente, á 
quien yo no conocía y mis tías trataban con confianza. 



:*¥-<-> .Ú.^ > ,é. Jlálh.:Tlf^*i¡K'.'.. *V;^J«AtAcJ^l.VjjL_<* ..*. '^'.'-.jL^¿dk.t'.- ^AHk^áÁ-ü ^ ^ 



*"*-V-/^** VI' 'ifr- 



É 



OBRAS ESCOGIDAS 125 

porque le lavaban y cosían su ropa cuando transitaba por 
allí, y valiéndose de su comunicación le dijeron: — Señor 
don Francisco, ¿conoce usted á este niño? — Señalán- 
dome. El caballero dijo que no, y ellas añadieron: — 
Es nuestro sobrino Antoñito, el hijo de su amigo de 
usted, nuestro difunto don Lorenzo Sánchez, que en paz 
descanse. 

— ¿Es posible, dijo el caballero, que este joven des- . 
graciado es el hijo de mi amigo? ¿Y qué hace aquí, en 
este traje tan indecente? ¿No estaba en el colegio? — Sí, 
señor, respondieron mis tías; pero como su albacea 
echó por ahí todo su patrimonio, se halla el pobrecillo 
reducido á buscar en qué ganar la vida con su trabajo, y 
mientras, se ha venido con nosotras. 

— Ya tenía vo noticia de la fechoría de ese bribón, 
dijo el caballero, pero no lo quería creer. ¿Y qué, ami- 
guito, nada le dejó á usted? — Nada, señor, le contesté; 
de suerte que para poder trasladarme ;'i esta villa tuve 
que vender manto, cama, libros y otras frioleras. ' 

— ¡Válgame Dios! ¡pobre joven! prosiguió el don 
Francisco. ¡Ah picaros, picaros albaceas, que tan mal 
desempeñáis los encargos de los testadores, enriquecién- 
doos con lo ajeno y dejando por puertas á los misera- 
bles pupilos! 

Amiguito, no se desanime usted; sea hombre de . f 

bien, que no todos los que tienen qué comer han here- ' * 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 32. 



I 



i...; '-'.1 .V. 



126 PENSADOR MEXICANO 

dado, así como las horcas no suspenden á cuantos ladro- 
nes hay, (jue si así lo hicieran, no se pasearan riendo 
tantos albaceas ladrones que hay como el de su padre 
de usted. ¿Sabe usted escribir razonablemente? — Señor, 
le dije, verá usted mi letra. — Y en seguida escribí en un 
papel no sé qué. 

Le gustó mucho mi letra, y me examinó en cuentas, 
y viendo que sabía alguna cosa, me propuso que si quería 
irme con él á tierra adentro, donde tenía una hacienda y 
tienda, que me daría (juince pesos cada mes el primer 
año. mientras me adiestraba, á más de plato y ropa 
limpia. 

Yo vi el cielo abierto con semejante destino, que 
entonces me pareció inmejorable, como que no tenía 
ninguno, ni esperanza de lograrlo; y así admití al ins- 
tante, dándole yo y mis tías muchas gracias. 

El caballero debía partir al día siguiente á su des- 
tino, y así me dijo que desde aquella hora corría yo por 
su cuenta, (jue me despidiera de mis tías y me fuera 
con él á su posada. 

Resolví hacerlo así, y sacjué de la faltriquera cuatro 
onzas de oro que me habían (juedado de la realización 
de mis haberes, dándole tres de ellas á mis tías, que no 
querían admitir, por más (jue yo porfiaba en que las 
recibieran, asegurándolas que no las había reservado 
con otro objeto que el dárselas luego que me acomo- 



.^';, /^■.v-...-!-. ■ -.'- .v»^ 



•-*faf- 



OBRAS ESCOGIDAS 127 

dará, que ya había llegado ese caso, y de consiguiente el 
de que yo les manifestara mi gratitud. 

Con todo esto rehusaban mis tías el admitirlas, hasta 
que mi amo (que ya es menester nombrarlo así) les dijo 
que las recibieran, pues yo á su lado nada necesitaría. 

Tomáronlas por fin, y despedímonos entre lágri- 
mas, abrazos y propósito de escribirnos. A otro día sali- 
mos de Orizaba, y al mes y días llegamos á Zacatecas, 
donde estaba la ubicación de mi amo. 

Antes de ponerme en su tienda hizo llamar al sastre 
y á la costurera, y con la mayor presteza se me hizo ropa 
blanca y de color, ordinaria y de gala, comprándoseme 
cama, baúl y todo lo necesario. 

Yo estaba contento, pero azorado al ver su muni- 
ficencia, considerando que, según lo que había gastado 
en mí y mi ruin sueldo de quince pesos, ya estaba yo 
vendido por cuatro ó cinco años cuando menos. 

Ya habilitado de esta suerte y recomendándome con 
el título de su ahijado, me entregó en la tienda á dispo- 
sición del cajero mayor. 

No acabaría si circunstanciadamente quisiera contar 
á usted los favores que le debí á este mi nuevo padre, 
pues así lo amaba, y él me quiso como á hijo, porque 
era viudo y no tuvo sucesión. Baste decir á usted que 
en doce años que viví con él me apliqué tanto, trabajé 
con tal tesón y fidelidad y le gané de tal modo la vo- 



*• 



3 






>Jlni^.:. a''¿Lil,.jt. 



128 PENSADOR MEXICANO 

luntad, que yo fui, no sólo el cajero mayor y el arbitro 
de sus confianzas, sino que llenaba la boca llamándome 
hijo, y yo le correspondía tratándole de padre. 

Pero como los bienes de esta vida no permanecen, 
llegó el tiempo de que se me acabara el poco <jue había 
logrado de descanso. 

Un sujeto á quien había fiado en la administración 
de la Real Hacienda, quebró y cubrió mi amo esta falta 
con la mayor parte de sus intereses, y á seguida le aco- 
metió una terrible fiebre de la que talleció al cabo de 
quince días, dejándome lleno de dolor, que procuraba 
desahogar en vano con mis lágrimas, las que no enjugué 
en mucho tiempo, sin embargo de verme heredero de 
todo cuanto le había quedado, que después de realizado 
se redujo á ocho mil pesos. 

Traté de separarme de aquella tierra, así para no 
tener á la vista objetos (jue me renovasen cada día el 
sentimiento de su falta, como para atender y recoger 
á una de mis pobres tías que había quedado. 

Con esta determinación me hice de una libranza 
para Veracruz, y marché con dos mozos y mi eijui- 
paje para mi tierra. Llegué en pocos días, tomé una 
casa, la e(|uipé, y á la primera visita (jue hice á mi 
bienhechora tía, me la llevé á ella. 

Fui después á Veracruz, empleé mis mediecillos y 
me dediqué á la viandancia, en la que no me fué mal. 



.•\.^ . A. "C^ . 



"■ -TBE^': 



OBRAS ESCOGIDAS 



129 



•'•' ''4 



pues en seis años ya mi capitalito ascendía á veinte mil 
pesos. 

La que llaman fortuna parece que se cansaba pronto 
de serme íavorable. Contraje amistad estrecha con dos 
comerciantes ricos de Veracruz, y éstos me propusieron 
que si quería entrar á la parte con ellos en cierta nego- 
ciación de un contrabando interesante que estaba á bordo 
de la fragata Anfiirite. Para esto me mostraron las fac- 
turas originales de Cádiz, sobre cuyos precios designaba 
el dueño para sí una muy corta utilidad; pues siendo 
todos los efectos ingleses, escogidos y comprados también 
por alto, el interesado se contentaba con un quince por 
ciento; pero con la condición de que antes de desembar- 
carlos, se debía poner el dinero en su poder, siendo 
el desembarque de cuenta y riesgo de los compra- 
dores. 

Yo me mosqueé un poco con tal condición, pero los 
compañeros me animaron, asegurándome que eso era lo 
de menos, pues ya estaban comprados los guardas; que 
una noche se verificaría el desembarco por la costa en 
dos botes ó lanchas del mismo puerto. 

Como la codicia agitada por el interés atropella por 
todo, fácilmente convine con mis camaradas, creyendo 
hacerme de un principal respetable en dos meses. 

Con esta resolución procuré reahzar cuanto tenía, y 
puse mi plata en poder de mis amigos, quienes celebra- 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I , B. — 33. 



130 PENSADOR MEXICANO 

ron el trato con el marino, poniendo todo el importe de 
la memoria á su disposic¡('>n. 

Todo estaba facilitado para desembarcar segura- 
mente el contrabando, v so hubiera verificado, si uno 
de los mismos guardas comprados no hubiera hecho 
una de las suyas, dando al virreinato la más cabal y 
circunstanciada noticia del desembarque clandestino, con 
cuya diligencia se tomaron contra nosotros las precau- 
ciones y providencias que exigía el caso, de modo que 
cuando lo supimos l'uó cuando el cargamento estaba en 
tierra y decomisado. 

No nos valió diligencia para rescatarlo, y tomamos 
escapar las personas. Yo era de los tres el más pobre. 
y sin duda el mns codicioso; porque invertí todo mi capi- 
tal en la negociaci<'»n . por cuya razón lo perdí todo. 

Cáteme usted de la noche á la mañana sin blanca, y 
perdido en una hora todo lo que había adquirido en diez 
y ocho años de trabajo. 

Poco í'altó para desesperarme, y más cuando murió 
la pobre de mi tía. que no pudo resistir este golpe; 
pero en fin, procuró hacer como dicen, de tripas cora- 
zón, y vendiendo lo poco que me quedó, y cobrando algu- 
nos picos ({uo me debían, me junté con cerca de dos mil 
pesos, y con ellos comencé de nuevo á trabajar; pero ya 
con tan poco puntero lo más que hacía era mantenerme. 

En este tiempo ¡locuras de los hombres I en este 



■AV^ 



^, . ■', ¡ 



. '.-■■?!?. 



OBRAS ESCOGIDAS 



131 



tiempo se me antojó casarme, y de hecho lo verifiqué con 
una niña de la villa de Jalapa, quien ;'i una cara pere- 
grina reunía una bella índole y un corazón sencillo; en 
fin, era una de aquellas muchachas que ustedes los 
mexicanos llaman payas. 

Las muchas prendas que poseía y el conocimiento 
que yo tenía de ellas, me la hacían cada día más amable, 
y por tanto, le procuraba dar gusto en cuanto ella quería. 

Entre lo que quiso, fué venir á México para ver lo 
que le habían contado de esta ciudad, á donde jamás 
había venido. No necesitó más que insinuármelo para 
que yo dispusiera el traerla... ¡Ojalá y nunca lo hubiera 
pensado 1 

Serían como dos mil y trescientos pesos con los que 
emprendí mi marcha para esta capital, á donde llegué 
con mi esposa muy contento, pensando gastar los tres- 
cientos pesos en pasearla, y emplear los dos mil en algu- 
nas maritatas, volviéndome á mi tierra dentro de un 
mes, satisfecho de haber dado gusto á mi mujer y con 
mi capitalito en ser; ¡pero qué errados son les juicios de 
los hombres! Diversos planes tenía trazados la Provi- 
dencia para castigar mis excesos y acrisolar el honor de 
mi consorte. 

Posamos en el mesón del Ángel, y luego luego 
mandé llamar al sastre para que le hiciese trajes del día, 
en cuya operación, como bien pagado, no se tardó mucho 



íf.V.l-,» 



--.-llU ÍMtrAi' 



■■'^^;-:/~. 



132 PENSADOR MEXICANO 

tiempo; porque las manos de los artesanos se mueven á 
proporción de la paga que han de recibir. 

A los dos días trajo el sastre los vestidos, que le 
venían á mi mujer como pintados, pues era tan hermosa 
de cara como gallarda de cuerpo. Fuera de que, aunque 
era payita, no era de aquellas payas silvestres y criadas 
entre las vacas v cerdos de los ranchos; era una de las 
jalapeñas finas y bien educadas, hija de un caballero que 
fué capitán de una de las compañías del regimiento de 
Tres Villas; y por aquí conocerá usted cuan poco tendría 
que aprender de aquel garbo, ó lo que llaman cure de 
taco las cortesanas. 

Electivamente, luego que comencé á presentarla en 
los paseos, bailes, coliseo y tertulias, advertí con una 
necia complacencia que todos celebraban su mérito, y 
muchos con demasiada expresión. ¿Quién creerá que 
era yo tan abobado que pensaba que no había ningún 
riesgo en las adulaciones y lisonjas que la prodigaban? 
Así era, y yo las correspondía con gratitud ; y aun hacía 
más en mi daño, que era franquearla en cuantos lugares 
públicos podía, congratulándome de que festejaran su 
mérito y envidiaran mi dicha. ¡Necio! Yo ignoraba que 
la mujer hermosa es una alhaja que excita muy viva- 
mente la codicia del hombre, y que el honor en estos 
casos se aventura con exponerla con frecuencia á la 
curiosidad común; mas... 



v - >v.T,^i^/- .^r^rr. ■ :~ • ,:r :"* '^Y*~ ' *- . i ■^-■r<7.V»N 



OBRAS ESCOGIDAS 



133 



Aquí llegaba la conversación de mi amigo, cuando 
la interrumpieron unos gritos que decían: — Ese nueco; 
ancla, Sancho Pérez, anda, cucharero; anda, Jiijo de p... 
— Mi amigo me advirtió que sin duda á mí me llamaban. 
Era así, y yo tuve que dejar pendiente su conversación. 




PeRIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B —34. 



■ •i%~- -"^^^-r J -«'--^'^"^s'HfTigir'^ t;«< 




Wf^iifi^: 



CAPÍTULO VI 



Cuenta Periquillo lo que le pasó con el escribano, y don Antonio continúa contándole 

su historia 



Suspendí la conversación de mi amigo, según dije, 
para ir á ver qué me querían. Subí lleno de cólera al ver 
el tratamiento tan soez que me daba aquel meco, mulato 
6 demonio de gritón (que era un preso destinado al efecto 
de llamar á los demás), que fué el que me condujo á la 
misma sala ó cuadra donde me asentó el alcaide; pero 
no me llevó á su mesa, sino á otra, donde estaba un 



4 



JuW>>^i:&: 



:.- ^ --AÍ .-^-t 



V ■- .-•^'f), .- • • : •-• . / -^ . •:o"/;c-> -;•», ''^,. »;■'-■' .V :•' o'-^iii,-^>Ií¡PK. 



136 PENSADOR MEXICANO 

figurón prietusco y regordete, que por los ojos cente- 
lleaba el fuego que abrigaba su corazón. 

Luego que llegamos allí me dijo el picarón: — Este 
es el señor secretario (jue llama á usted. — El tal escri- 
bano entonces volvió la cara, y echándome una mirada 
infernal, me dijo: — Espérate ahí. — El gritón se fué, y 
yo me quedé un poco retirado de la mesa, y muy frun- 
cido, esperando que acabara de moler á un pobre indio 
que tenía delante. 

Luego que despachó á éste, me llamó, y haciéndome 
poner la señal de la cruz, me dijo: — ¿Que si sabía lo que 
era jurar? Que por ningún caso debía mentir ni que- 
brantar el juramento: sino decir la verdad en lo que 
supiere y fuere preguntado, aunque me ahorcaran. ¿Que 
si juraba hacerlo así? — Yo respondí afirmativamente, y 
él añadió con una gravedad de un varón apostólico: — Si 
así lo hicieres. Dios te ayude; y si no, te lo demande. 

Concluida esta formalidad, comenzó á preguntarme: 
¿Quién era yo? ¿Cómo me llamaba? ¿Qué calidad, cuántos 
años, qué oficio y estado tenía? ¿De dónde era? De ma- 
nera que ya estaba yo desesperado con tantas preguntas, 
creyendo que llevaba traza de preguntarme de qué color 
eran las primeras mantillas que me pusieron. 

Tantas preguntas y repreguntas pararon en que me 
hizo contarle cuanto quiso acerca del modo con que 
había adquirido el rosario de la moza, de la amistad que 



•ír.55?v??S'?i- ^* .-^-^ ■'.•■■ :~-H.'^. V- s3Ti'jr-^^'= '•?"^-. -ti^v 



OBRAS ESCOGIDAS 137 

llevaba con Januario, de los conocidos del truquito, y de 
otras cosillas de estas, que á mí entonces me parecieron 
menudencias. 

Así que escribió como dos pliegos de papel, me 
hizo que los firmara, después de lo cual me envió á mi 
destino. 

Bájeme muy contento, deseando acabar de oir la 
tragedia de mi amigo, á quien hallé recostado en su 
cama, divertido con la lectura de un libro. 

Luego que me vio, cerrólo, y sentándose en la cama 
me preguntó que cómo me había ido. Yo le respon- 
dí que ni bien ni mal, pues la llamada se redujo á 
hacerme mil preguntas el escribano y á escribir dos 
pliegos de papel, los que firmé, y quedé expedito para 
volver á gustar de su amable conversación. 

VA me contestó con urbanidad, y me dijo: — Esas 
preguntas que han hecho á usted se llama tomar la 
declaración preparatoria. Es menester que tenga usted 
muy presente lo que ha respuesto para que no se en- 
rede ó se contradiga cuando le tomen la confesión con 
cargos, que es el paso más serio de la causa, y del que 
depende, las más veces, el buen ó mal éxito de los 
reos. 

— ¡Virgen Santísima! eso sí está malo, dije, porque 
hoy me hicieron una infinidad de preguntas y de cosas 
que muchas me parecieron frioleras. ¿Quién se acordará 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 35. 






138 PENSADOR MEXICANO 

después de todo lo que yo contesté á ellas? ¿Y de aquí á 
cuándo será la confesión con cargos? 

— Eso va largo, dijo don Antonio; porque como el 
robo no fué cuantioso, es regular que no haya parte que 
agite, y en esto caso la causa se seguirá de oficio; y 
como estas causas no producen, por lo regular, costas á 
los escribanos, porque los delincuentes no tienen tras 
que caer, las dejan dormir cuanto quieren, y vea usted 
cómo su confesión con cargos la puede esperar de aíjuí á 
tres meses, por ahí por ahí. 

— Mucho me desconsuela esa noticia, le dije, por 
dos razones: la primera, por la dilación que me espera 
en esta infame casa; y la segunda, porque en tanto 
tiempo es muy fácil que me olvide de lo que ahora 
respondí. 

— Por lo (jue toca á la dilación, me contestó mi 
amigo, no es mucha. Los tres meses que he dicho son el 
plazo que prudentemente considero que pasará para dar 
el segundo paso en su causa de usted, pero... — Dispense 
usted, le interrumpí: ¿cómo es eso del segundo paso? 
¿Pues qué no es el último, y con el que. justificada mi 
inocencia, me echarán á la calle? 

Rióse mi amigo de mi simpleza, diciéndome: — ¡Qué 
bien se conoce que en su vida de usted las ha visto más 
gordas! Sí; se echa de ver que usted, no sólo no ha 
estado preso jamás, pero ni se ha juntado con (|uien lo 



i>< 



OBRAS ESCOGIDAS 139 

haya estado. — Así es, le dije, y me he acompañado con 
buenos pillos; mas de nadie he sabido que haya estado 
preso, y por lo mismo me cogen estas cosas de nuevo. 
Pero qué, ¿todavía de aquí á tres meses estará mi nego- 
cio muy espacio V 

— Sí, querido, me respondió mi amigo. Las causas, 
no siendo muy ruidosas, ejecutivas ó agitadas por 
partes, andan con pies de plomo. ¿No ha oído usted por 
ahí un axioma muy viejo que dice, que en entrando á la 
cárcel se detienen los reos en si es ó no es, un mes; 
si es algo, un año; y si es cosa grave, sólo Dios sabe? 
Pues de esto conocerá usted que aquí se eternizan los 
hombres. 

— ¿Pero en siendo inocentes? pregunté. — No im- 
porta nada, respondió el amigo. Aunque usted esté 
inocente, como no tiene dinero para agitar su causa ni 
probar su inocencia, mientras (|ue ello no se manifiesta 
de por sí, y á pasos tan lentos, pasa una multitud de 
tiempo. 

— Esa es una injusticia declarada, exclamé, y los 
jueces que tal consienten son unos tiranos disimulados 
de la humanidad ; pues que las cárceles, que no se han 
hecho para oprimir, sino para asegurar á los delincuen- 
tes, mucho menos son para martirizar á los inocentes 
privándolos de su libertad. , 

— Usted dice muy bien, dijo mi amigo. La privación 



■ ^ 7 



■i,,;;:- :.*>, '- vi^^^-.j ■-<j!'uF-íiii.i.'í.;.-.r^fi-Ij* ':aá,; 



• •j?7«- . 'ífa^^í'v^-^-'F-, ---«i. 7;i^"--.'T ^;- r» " ■»■_•-» j^^ . . «f ••" f*^*^* .'■'Ti*^ * 



140 PENSADOR MEXICANO 

de la libertad es un gran mal, y si á esta privación se 
agrega la infamia de la cárcel, es un mal. no sólo grande, 
sino terrible; y tanto, que tenemos leyes que (juieren 
que en ciertos casos y á tales personas se les admitan 
fianzas de estar á derecho, pagar, etc., y no se sepul- 
ten en estos horrorosos lugares; pero sepa usted que 
los jueces no tienen la culpa de las morosidades de 
las causas, ni de los perjuicios (jue por ellas sufren los 
miserables reos. En los escribanos consiste este y otros 
daños (jue se experimentan en las cárceles; ponjue en 
ellos está el agitar ó echar á dormir los negocios de los 
reos, y ya le dije á usted (jue las causas de oficio andan 
espacio poHjue no ofrecen mucho lugar á las tenidas. 

— Eso es decir, repuse yo, que los más escribanos 
son venales y (jue sólo se afanan, trabajan y dan curso 
á cualquier negocio por interés; pero si éste falta no 
hay que contar con ellos para maldita la cosa de pro- 
vecho. 

— A lo menos, respondió mi amigo, yo no daría 
tanta extensión á la proposición, si no oyera lamentarse 
de sus morosidades á tantos infelices que hay en nuestra 
compañía; pero, don Pedro, es mucho el influjo que 
tienen los escribanos sobre la suerte de los reos. De ma- 
nera, que si ellos quieren endulzan, y si no agrian las 
causas; siendo ésta una verdad tan triste como sabida. 
Hasta los niños dicen (|ue en el escribano está todo, y 



''<*!V?'«-**^'?''*^Y^'^'^?^ 



OBRAS ESCOGIDAS 141 

los no niños se consuelan cuando tienen al escribano > 

de su parte, especialmente en las causas criminales. \ ^ 

— ¿Según eso, dije yo, los escribanos tienen facili- \ 

dad de engañar á los jueces cuando quieren? vi; 

— Y ya se ve que la tienen, me respondió mi amigo, 
y que toda la responsabilidad ({ue cargaría sobre los 
magistrados ó jueces, carga sobre ellos por el abuso que 
hacen de la confianza que los dichos jueces depositan en 
ellos. 

No piense usted que es avanzada la proposición. 
Si me fuera lícito, contaría á usted casos modernos v 
originales, de que soy buen testigo, y en algunos tam- 
bién parte; pero ahí se irá usted comunicando con otros 
presos, que son menos escrupulosos que yo, y ellos infor- 
marán á usted pormenor de cuanto le digo. 

La lástima es que los malos escribanos, los más 
venales y corrompidos, son los más hipócritas y los que 
se saben captar más que otro la confianza y benevolencia 
de los jueces, y á vueltas de ésta, cometen sus intrigas y 
sus picardías con tanta mayor satisfacción cuanto que 
están seguros de que se crea su mala fe. 

Vuelvo á decir que éstas son verdades duras para 
los malos; pero para éstos, ¿qué verdades hay suaves? 
Los jueces más íntegros y timoratos, si están dominados 
del escribano, ¿cómo sabrán el estado de malicia ó de 
inocencia que presenta la causa de un reo, cuando el 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. I, B. — 36. 



142 PENSADOR MEXICANO 

escribano sólo ha tomado la declaración? ¿Y cuándo, al 
darle cuenta con ella, añade criminalidades ó suprime 
defensas, según le conviene? En tal caso, y descansando 
su conciencia en la del escribano, claro es que senten- 
ciará según el aspecto con que éste le manifieste el delito 
del reo. 

De esto se ve con mucha frecuencia en los pueblos, 
y también en las ciudades, especialmente sobre delitos co- 
munes y (|ue no llevan un agregado horroroso. Supon- 
gamos, en los delitos de juego, hurtos rateros, embria- 
guez, incontinencia y otros así, que en los crímenes de 
Estado, asesinatos, robos cuantiosos, sacrilegos, etc., ya 
sabemos que no se fían los jueces de los escribanos, sino 
que asisten a las declaraciones, confesiones, careos y 
demás diligencias que exigen tales causas. 

— Confieso á usted, señor, le dije, que estas noticias 
me desconsuelan demasiado, ya porque el delito (jue se 
me supone es cabalmente de aquellos cuya averiguación 
se sujeta á la férula de los escribanos, ya porque yo no 
tengo plata con que agitar, y ya, en fin, porque no me 
atrevo á poner la menor duda en lo que usted me dice. 

— Ni la debe usted poner, me contestó: porque 
cuando no hubiera aquí dentro tantos testigos de mi 
verdad, yo mismo soy una prueba de ella. Sí, amigo; 
dos años cuento de prisión por una injusta calumnia, y 
mi enemigo no hubiera hallado tanta facilidad para per- 



_ii ,-::,.-<A^-^'ii 



■r\-,<,-- 



OBRAS ESCOGIDAS 



143 



derme si no hubiera contado con un escribano venal y 
tracalero. 

— Pues ya que ha tocado usted ese punto, le dije, 
sírvase continuar la conversación de sus desgracias, que 
si mal no me acuerdo, quedamos en que tenía usted 
mucha complacencia en lucir á su madama en las mejo- 
res concurrencias de México. 

— Es verdad, dijo don Antonio, y esa necia compla- 
cencia la he pagado con una serie no interrumpida de 
trabajos. Mi esposa sabía bailar diestramente, y aun 
danzar; pero no por arte, sino como se suele decir, de 
afición. Yo, deseando que sobresaliera su mérito en todo, 
y que no la notasen en los bailes de mera aficionada, la 
solicité un buen maestro, cuyas lecciones aprovechó ella 
muy bien, y en poco tiempo salió tan adelantada, que 
podía competir con las mejores bailarinas del teatro, y 
como su garbo y su hermosura natural la favorecían, se 
llevaba las atenciones en todas partes y recogía en víto- 
res, lisonjas y palmoteos el íVuto de su habilidad. 

Encantado estaba yo con mi apreciable compañera, 
creyendo que aunque todos me la envidiaran, ninguno se 
atrevería á seducírmela, y aun en este caso, su constante 
honor v virtud burlaría las solicitudes inicuas de mis 
rivales. 

Con esta confianza me Tranqueaba con ella á cual- 
quiera parte donde me convidaban, que era casi á los 






aV-í.*»,' 'ii-c.-^i -.." '-v.«--. 



144 PENSADOR MEXICANO 

mejores bailes de México. En estas concurrencias, ¡qué 
cumplimientos y obsequios nos dispensaban! ¡Qué desti- 
nos y acomodos lucrosos no me brindaban! ¡Qué protec- 
ciones no se me facilitaron, y qué de regalitos y visitas 
no me hacían! ¿Y que fuera yo de tan poco mundo, y 
tan majadero ((ue pensara que todas aquellas adoraciones 
eran á mí? ¡Ah, bien podía haber cargado la albarda, 
mejor que el jumento de la imagen! 

Cierta noche, una señora de respeto, con motivo de 
ser día de su santo, convidó á mi mujer al baile de su 
casa. Yo la llevé muy contento, según tenía de cos- 
tumbre. Fué mi esposa de las primeras que danzaron, 
sacándola un sujeto de distinción, porque era rico y noble 
(si es que se da verdadera nobleza donde falta la virtud), 
á quien conoceremos con el título del marqués de T. 
Este caballero se enloqueció desde aquel momento por 
mi esposa; pero supo disimular su loca pasión. 

Acabó de danzar, y como ya mi esposa y yo éramos 
conocidos de la casa, le fué fácil informarse de quiénes 
éramos, de qué tierra, del estado de nuestra suerte y de 
cuanto quiso y pudo saber; y ya con estas noticias se 
sentó juntó á mí, y con la mayor cortesía comenzó á 
enredar conversación conmigo, y de unas en otras mate- 
rias vino á caer la plática sobre el comercio y las grandes 
ventajas que ofrecía. 

Con este motivo le conté el atraso que había pade- 



^••>, ;' -- r.- .. ■ . -■., :'^Tt 



OBRAS ESCOGIDAS 145 

cido por el contrabando que me decomisaron. Mostró él 
afligirse mucho y condolerse de mi desgracia, y más 
cuando supo lo poco que me había quedado de principal. 
Pero por fin me preguntó: — ¿Usted qué giro piensa 
tomar con tan escaso dinero? — Yo le respondí: — Pienso 
volverme á Jalapa dentro de quince días, llevar emplea- 
dos en algunas maritatas los pocos medios que han que- 
dado, dejar á mi mujer en casa de su madre y continuar 
en la viandancia. — Amigo, esa es una bobera, dijo el 
marqués: creo que por mucho que usted trabaje, nada 
medrará; porque un puntero tan miserable ha de dejar 
más miserables utilidades, las que usted ha de con- 
sumir precisamente en gastos de camino y en subsistir, 
y jamás se juntará con diez mil pesos suyos, ni se podrá 
prometer ningún descanso. • 

— Ya lo veo así, le dije; mas es forzoso trabajar 
para comer, y cuando sólo esto consiga no haré poco. — 
Bien, dijo el marqués; pero cuando al hombre de bien 
se le facilita una proporción ventajosa no debe ser omiso 
ni despreciarla. — Esa es la que á mí no se me facili- 
ta, le contosté. — ¿Luego si á usted se le facilitara, 
dijo el marqués, admitiría? — Precisamente, señor, le 
respondí; no había de ser tan necio. — Pues amigo, 
añadió, alegrarse, que la situación de usted y los infor- 
tunios que ha sufrido me compadecen demasiado. Usted 
nació para rico: pero la suerte siempre es cruel con 

PERIQUILLO SARNIENTO — T I, B. — 37. 



146 PENSADOR MEXICANO 

los buenos. No obstante, mi compasi(')n no se queda 
en palabras; amo á usted por una oculta simpatía; soy 
rico... últimamente, cjuiero hacerle hombre. ¿Dónde 
vive usted? — Le contesté que en el mesón. — Pues 
bien, añadi*') , mañana espéreme usted entre once y 
doce, y crea que no le pesará la visita. ¿Ya me co- 
noce usted? — No, señor, le dije, S(')lo para servirle. — 
Pues soy, prosiguió, su amigo el marqués de T., que 
tengo proporciones y deseo emplearlas en favorecer á 
usted. 

Le di las debidas gracias, añadiendo: — Que si su 
señoría no gustaba incomodarse en pasar á mi casa, 
yo pasaría á la suya á la hora que mandase. — No, no, 
me contest('>; si yo gusto mucho de visitar á los pobres, 
y á más de que estos pasos los doy también en obsequio 
de mi salud, porque me conviene hacer algún ejercicio 
á pie. 

Diciendo esto, se comenzaron á levantar algunos 
para bailar contradanza, y llegando á convidar al mar- 
qués, se levantó éste y fué á sacar á rrii mujer, á tiempo 
que otro capitán estaba en la misma solicitud. Cate 
usted que sobre quién de los dos había de bailar, se 
trabó una disputa reñidísima, alegando cada uno las 
excepciones que le parecían; pero como á ninguno de 
los dos satisfacían los alegatos del contrario, pues cada 
uno decía que no podía quedar desairado, ni permitir 






OBRAS ESCOGIDAS 147 

que su honor se atropellase en público, ^ se fueron exce- 
diendo de unas palabras en otras, hasta decírselas tan 
injuriosas, que á no alborotarse las mujeres y mediar 
varios sujetos de respeto, se afianzan á bofetadas; pero 
las señoras les tenían bien guardados los espadines. 

En fin ellos, quisieron que no quisieron, se sose- 
garon, concluyéndose la cuestión con que mi mujer no 
bailara con ninguno, como debía ser, y de este modo 
quedaron algo satisfechos, aunque toda la gente se dis- 
gustó, y yo más que nadie, al ver la ridiculez de los 
contendientes, que no parecía sino que disputaban una 
cosa suva. 

El marqués con algún entono de voz me dijo: — 
Vamonos, don Antonio. — Y yo, no atreviéndome á opo- 
nerme á mi presunto protector, le obedecí, y me salí con 
él y mi esposa, dejando sin duda harta materia para que 
se ejercitara la crítica maliciosa de los que se quedaron. 

Salimos para la calle; el marqués nos hizo lugar en 
su coche, y mandó (|ue parase en una fonda. 

* Rigurosamente hablando no es otra cosa el honor sino el conato de conservar la 
virtud; esto es, que cualquier hombre puede decir con razón que le ofenden su honor 
cuando le calumnian de ladrón, le seducen á su mujer ó le imputan algún vicio, y en este 
caso, esto es, estando inocente, le es muy lícito el defenderse y vindicar su honor según 
el orden de la justicia; pero por desgracia esta palabra honor se ha corrompido y se ha 
hecho sinónima de la venganza, vanidad y demás caprichos de los hombres. Muchos 
hacen consistir su honor en el lujo, aunque para sostenerlo se valgan de unos medios 
indecorosos y prohibidos; otros en vengar la más mínima ofensa, y los fueros siempre 
fueron canonizados por el honor; otros quieren que su honor consista en salirse con 
cuanto quieren, como el marqués; otros exigen con puntualidad la más minuciosa vene- 
ración de sus subditos, y otros en tales cosas como éstas; pero á la verdad, nada de esto 
es honor. 



■/ 



148 PENSADOR MEXICANO 

Yo y mi esposa lo resistíamos; pero el insistió en 
que cenara mi esposa alguna cosita, y que si quería 
divertirse aquella noche, que se buscaría otro baile, y 
caso de no hallarse, lo haría en su misma casa. Nosotros 
agradecimos su favor, suplicándole no se empeñara en 
eso, pues ya era tarde. 

l^n esto llegamos á la tonda, donde el marqués 
hizo poner una mesa espléndida, al modo de fonda, 
(|uiero decir, más abundante (|ue limpia ni curiosa; pero 
así, y siendo sólo tres los cenadores, tuvo (jue pagar dos 
onzas de oro, (jue tanto le cobró el marmitón. 

Así (jue salimos de la fonda, traté yo de despedirme; 
pero el marqués no lo consintió, sino ({ue nos llevó al 
mesón en su coche, y se volvió á su casa. 

Yo tenía un criado muy fiel llamado Domingo, (jue 
hace papel en esta historia, y éste tenía cuidado de abrir- 
nos á la hora que veníamos, como lo hizo esa noche. 

Nosotros, (jue ya habíamos cenado, no tuvimos más 
que hacer que acostarnos, aunque yo no cabía en mí de 
gusto, considerando la fortuna que me aguardaba con la 
protección de aquel caballero. Mi esposa advirtió mi 
desasosiego, me pregunt*'» la causa, y la referí cuanto 
me había pasado con el marqués, de lo que la pobrecilla 
se alegró mucho, no creyendo, como ni yo tampoco, que 
los fines de tal protección eran contra su honestidad y 
mi honor. 



I ^:^'^.M .»£'«i^...k. 



;'■ .«^^^-'-rj' • 



=íi5PJ^cr?r 



OBRAS ESCOGIDAS 



149 



Hay en el mundo muchos protectores como éste, 
que no saben dar un medio real de limosna y sacrifican 
sus respetos y su dinero para satisfacer su pasión. Nos 
recogimos y dormimos el resto de la noche tranquila- 
mente. 

Al día siguiente, á la hora prefijada por el marqués, 
estaba éste en casa. Justamente era día de años del rey, 
ó no sé qué; ello es que mi gran protector fué en un 
famoso coche y vestido de gala. 

Nos saludó con mucho cariño y cortesía, y después 
de haber hecho una ligera crítica del pasaje de la noche 
anterior, me dijo: — Amigo, he venido á cumplir mi 
palabra, ó más bien á asegurar á usted en mi palabra; 
porque el marqués de T., lo (jue una vez dice, lo cumple 
como si lo prometiera con escritura. Diez mil pesos 
tengo destinados para habilitar á usted con una memoria 
bien surtida para (|ue vaya con ella á la feria de San 
Juan de los Lagos, con el bien entendido, de <jue todas 
las utilidades serán para usted. Conque manos á la 
obra. ¿Qué determina usted? — Yo le di las gracias por 
su generosidad, ofreciéndole que dentro de doce ó catorce 
días recibiría la memoria y marcharía para San Juan. 

— ¿Pero por qué hasta entonces? preguntó el mar- 
qués. — Y yo le dije, que porque quería ir á llevar á 
mi esposa con su madre, pues en México no tenía 
casa de confianza dónde dejarla, ni me parecía bien 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I , B. — 38. 



'-.•:. Xí'.^ít.: 



• -ít.i 






150 PENSADOR MEXICANO 

se quedara sola, fiada únicamente al cuidado de una 
criada. 

— Muy bien pensado está lo segundo, dijo el mar- 
qués; pero tampoco puede ser lo primero, porque yo 
trato de favorecer á usted, mas no de perder mi dinero, 
como sucedería seguramente si difiriera mandar mis 
efectos hasta cuando usted quiere; porque vea usted, se 
necesitan lo menos seis días para buscar muías y arrie- 
ros para recibir la memoria y acondicionarla. A más de 
esto, son menester siquiera doce días para que llegue 
usted á su destino; la feria no tarda en hacerse, y yo 
quiero que el sujeto que vaya, si usted no se determina, 
no pierda tiempo, sino que aligere, para que logre las 
mejores ventajas siendo de los primeros. Esta es mi 
resolución; mas no es puñalada de cobarde que no da 
tiempo. Voy al besamanos, y de aquí á una hora daré 
la vuelta por ac;'i. Entretanto usted vea lo que determina 
con espacio y me avisará para mi gobierno. — Diciendo 
esto se fué, 

¿Quién había de pensar que cuando el marqués mos- 
traba más indiferencia en que me fuera ó no me fuera 
pronto de México, era cuando puntualmente apuraba 
todos sus arbitrios para violentar mi salida? ¡Ah, pobreza 
tirana, y cómo estrechas á los hombres de bien á aventu- 
rar su honor por sacudirte! 

En un mar de dudas nos quedamos yo y mi esposa, 



■ V*'',!?',*-'? >• " ?>. 



OBRAS ESCOGIDAS 151 

pensando en el partido que deberíamos tomar. Por una ^ 

parte yo advertía que si dejaba pasar aquella ocasión . ^ 

favorable no era tan fácil esperar otra semejante, y "---^ 

más en mi edad; y por otra, no sabía qué hacer con mi 
esposa, ni dónde dejarla, porque no tenía casa de mi ' f 

satisfacción en México para el efecto. 

Mil cálculos estuvimos haciendo sin acabar de de- 
terminarnos, y en esta ansiedad y vacilación nos halló el 
marqués cuando volvió de su cumplido. Entró, se sentó - 

y me dijo: — Por fin, ¿qué han resuelto ustedes? — Yo le 
respondí de un modo que conoció el deseo que tenía de 
aprovecharme de su favor, y el embarazo que pulsaba 
para admitirlo, y consistía en no tener dónde dejar á mi 
esposa. A lo que él con mucho disimulo me contestó: 
— Es verdad. Ese es un motivo tan poderoso como justo 
para que un hombre del honor de usted prescinda de las 
mayores conveniencias; porque en efecto, para ausentar- 
se de una señora del mérito de la de usted es menester 
pensarlo muy espacio, y en caso de decidirse á ello, es 
necesario dejarla en una casa de mucha honra y de no 
menos seguridad ; pues no porque la señorita no se sepa 
guardar en cualquiera parte, sino por la ligereza con que 
piensa el vulgo malicioso de una mujer sola y hermosa, 
y también por las seducciones á que queda expuesta; 
porque no nos cansemos, y usted dispense, señorita, el 
corazón de una dama no es invencible; nadie puede 



=$ 



•■" , A r *^- 3^'/Tl?¿^"!P'^Hr?' •' 7' 



152 PENSADOR MEXICANO 

asegurarse de no caer en un mundo sembrado de lazos, 
y el mejor jardín necesita de cerca y de custodia; y luego 
en esta México... en esta México, donde sobran tantos 
picaros y tantas ocasiones. Así (jue, yo le alabo á usted 
su muy justo reparo, y desde luego soy el primero que 
le quitaré de la cabeza todo contrario pensamiento. Este 
era el camino único (jue yo tenía de favorecer á usted, 
pero Dios me libre de ser una causa ni remota de su 
desasosiego, ó tal vez... No, amigo, no; piérdase todo, 
que el honor es lo primero. 

A(juí hizo punto el marques en su conversación, y 
yo y mi esposa nos (juedamos sin poder disimular el 
sentimiento (|ue nos causó ver frustradas en un momen- 
to las esperanzas que habíamos concebido de mudar de 
fortuna en poco tiempo. ¡Ah, maldito interés, á qué no 
expones á los miserables mortales! 

Mi piadoso protector era muy astuto, y así fácil- 
mente conoció en nuestros semblantes el buen efecto 
de su depravada maquinación, la que tuvo lugar de 
llevar al cabo merced á la sencillez de mi esposa. 

Fué el caso, que adolorida de ver que, aunque sin 
culpa, ella era el obstáculo de mi ventura, me dijo: 
— Pero mira, Antonio, si lo que te detiene para recibir 
el favor del señor, es no tener dónde dejarme, es fácil el 
remedio. Me iré contigo, (jue á bien que sé andar á 
caballo... — No, no, dijo el marqués, eso menos que nada. 



OBRAS ESCOGIDAS 153 

¡Qué disparate! ¿Cómo había yo de querer que usted se 
expusiera á una enfermedad en una caminata tan larga? 
Ni era honor del señor don Antonio el permitirlo. ¿No 
ve usted que los hombres de bien si trabajan es porque 
sus mujeres disfruten algunas comodidades? ¿Cómo 
había de entregar á usted á los soles, desveladas, malas 
comidas y demás penurias de un camino largo? No, 
señorita, ni pensarlo. Mejor es el medio que voy á pro- 
poner, y siempre que ustedes se conformen con él, me 
parece que no tendrán por qué arrepentirse. 

Con tanta ansia como bobería le rogamos nos lo 
declarara, y el marqués, sin hacerse de rogar, dijo: 

— Pues, señores, yo tengo una tía, que no sólo es 
honrada, sino santa, si puedo decirlo. Ella es una pobre 
vieja, beata de San Francisco, doncella que se quedó 
para vestir santos y regañar muchachos; es muy reza- 
dora y escrupulosa, de las que frecuentan el confesonario 
cada dos días. Su casa es un convento; pero ¿qué digo? 
es un poco peor. AUí apenas va una ú otra visita, y eso 
de viejas, como dice ella; porque calzonudos, según dice, 
no pisarán su estrado por cuanto el mundo tiene. A las 
oraciones de la noche ya está cerrada la casa, y la llave 
bajo la almohada. Sus mayores paseos son á la iglesia y 
á los hospitales el domingo, á consolar á las enfermas. 
En una palabra, su vida es de lo más arreglado y su 
casa puede servir de modelo al más estrecho monasterio. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 39. 



154 PENSADOR MEXICANO 

Pero no piense usted, señorita, por esto, que es una 
vieja tétrica y ridicula. Nada de eso: es do lo más apa- 
cible y cariñosa, y tiene una conversación tan suave y 
tan divertida, que con sola ella entretiene á cuantas la 
visitan. En fin, si usted es capaz de sujetarse á una vida 
tan recóndita, por dos ó tres meses que podrá dilatarse 
su esposo de usted, cuando más, me parece que no hay 
cosa más á propósito. 

Mi esposa, á quien en realidad yo había sacado de 
sus casillas, como dicen, por(jue ella estaba criada 
en igual recogimiento que el (jue acababa de pintar el 
marqués, no dudó un instante en responder: que ella 
iba á los bailes y á los paseos porque yo la llevaba; pero 
que siempre (jue (juisiera dejarla en esa casa, se quedaría 
muv contenta v no extrañaría otra cosa más (lue mi 
ausencia. Yo me alegré mucho de su docilidad, y 
acepté el nuevo favor del marqués, dándole las gracias 
y quedando contentísimo de ver resucitadas mis espe- 
ranzas y tan asegurada mi mujer. 

El marqués manifestó igual contento, según decía, 
por haberme servido, y se despidió, quedando en volver 
al otro día, así para darme á conocer en el almacén 
donde me habían de surtir y entregar la memoria, 
como para llevarnos á la casa de la buena señora 
su tía. 

El resto de aquel día lo pasamos yo y mi esposa 



..r^^^BnCíí^srj??* • c •- 



OBRAS ESCOGIDAS 155 

muy alegres, haciendo mil cuentas ventajosas, paseán- 
donos en el jardín de los bobos. 

Al siguiente ya el marqués estaba en el mesón muy 
temprano. Me hizo entrar en su coche y me llevó al 
almacén, donde dijo se me surtiera la memoria de que 
había hablado el día anterior, y se me entregase según 
los ajustes que yo hiciera y como quisiera, y que él no 
era más que un comisionado para responder por mí y 
darme aquel conocimiento. 

El comerciante, al oir esto, creyendo que era verdad 
lo que decía el marqués, me hizo mil zalemas y se des- 
pidió de mí con más cariño y cortesía que la que usó 
cuando entré en su casa. Ya se ve, no era por mí, sino 
por los pesos que pensaba desembolsarme. 

Corrido este paso, volvimos al mesón, y el marqués 
hizo vestir á mi esposa y nos fuimos á Chapultepec, ^ 
donde tenía dispuesto un famoso almuerzo y comida. 

Pasamos allí una mañana de campo bien alegre en 
aquel bosque, que es hermoso por su misma naturaleza. 
A la tarde, como á las cuatro, nos volvimos á la ciudad, 
y fuimos á parar á la casa de la señora tía. 

Apeámonos; entró el marqués, tocó la campanilla 
del zaguán, bajó una criada vieja preguntando quién 
era. Respondió el marqués que él. — Pues voy á avisar 

* Ua hermoso bosque extramuros de México, aunque sin cosa más notable que el 
palacio que fabricó en él el señor don Bernardo de Gálvez, virrey que fué de Nueva 
España; sin embargo, suele servir de paseo. 



AV:, _'. .J^<^íSl• ..iíiíí-s 



156 PENSADOR MEXICANO 

á la señora, dijo la criada, que aquí no se le abre á 
ningún señor, si mi ama no lo ve por el escotillón de la 
sala. Espérese usted. 

En efecto, nos estuvimos esperando ó desesperando 
como un cuarto de hora, hasta que oímos sonar una 
ventanita en el techo del mismo zaguán. Alzamos la 
vista, y vimos entre tocas á la venerable vieja con sus 
anteojos, mirándonos muy espacio, y volviendo á pre- 
guntar que quién era. El marqués, como enfadado, le 
dijo: — Yo, tía, yo, Miguel. ^^Abren ó no? — A lo que 
la vieja respondió: — ¡Ah! sí, Miguelito; ya te conozco, 
mi alma; ya te van á abrir; pero y ese otro señor, ¿viene 
contigo, hijo? — ¡Oh, porral dijo el marqués, ¿pues con 
quién ha de venir? — Pues no te enojes, dijo la vieja, van. 

Con esto cerró el escotilioncito, y el marqués nos 
dijo: — ¿Qué les parece á ustedes? ¿Han visto clausura 
más estrecha? Pero no se aturda usted, niña, que no es 
tan bravo el león como se pinta. 

A este tiempo llegó la vieja criada y abrió el postigo. 
Entramos, subimos las escaleras, y ya estaba esperán- 
donos en el portón la señora tía, vestida con su hábito 
azul y sus tocas reverendas, con sus anteojos puestos, un 
paño de rebozo fino de algodón y su rosario gordo en la 
mano. Como le debí tantos favores á esta buena señora, 
conservo su imagen muy viva en la memoria. 

Nos recibió con mucho cariño, especialmente á mi 



;fc.->> -...■,• .^.- •■ r ■ ;■• ..:.-'. ;., v. :;. '■^j." ' ^■.;;í- --.■;■ >-r^jE5P*ff^--^ 



OBRAS ESCOGIDAS 157 

esposa, á quien abrazó con demasiada expresión, llenán- 
dola de mi almas // mi vidas, como si de años atrás la 
hubiera conocido. Entramos á dentro, y á poco nos sa- 
caron muy buen chocolate. 

El marqués la dijo el fin de su visita, que era ver si 
quería que aquella niña se quedara unos días en su casa. 
Ella mostró que en eso tendría el mayor gusto; pero que 
no tenía más defecto que no ser amiga de paseos ni visi- 
tas, porque en eso peligraban las almas, y en seguida 
nos habló como media hora de virtud, escándalo, reatos, 
muerte, eternidad, etc., amenizando su plática con mil 
ejemplos, con los que tenía á mi inocente mujer enamo- 
rada y divertida, como que era de buen corazón. 

Aplazado el día de su entrada en aquel pequeño 
monasterio, nos dijo: — Sobrino, señores; vengan uste- 
des á ver mi casita, y que venga mi novicia á ver si le 
gusta el convento. 

Condescendimos con la reverenda, y á mi esposa le 
agradó mucho la limpieza y curiosidad de la casa, par- 
ticularmente los cristales, pajaritos y macetas. 

En esto se pas(') la tarde, y nos despedimos, saliendo 
mi mujer prendadísima de la señora. 

Nosotros nos quedamos en el mesón y el marqués 
se fué á su casa. En los seis días siguientes recibí la 
memoria, solicité muías, y dejé listo mi viaje; pero en 
todo este tiempo no se descuidó mi protector en obse- 

PRRIQUILLO SARNIENTO. — T. I , B. — 40 



■'.. r'^^í^-' ': ;p^"^??5ví.'^. • T^ 



158 PENSADOR MEXICANO 

quiar y pasear á mi esposa, porque decía que era menes- 
ter divertir á la nueva monja. 

Es verdad que yo, mirando el extremo del marqués 
con ella, no dejaba de mosquearme un poco; pero como 
tenía tanta satisfacción en el amor y buena conducta de 
mi esposa, no tuve embarazo para comunicarla mis te- 
mores; á lo que ella me contestó, que los depusiera; 
lo uno, por<jue me amaba mucho y no sería capaz de 
ofenderme por todo el oro del mundo, y lo otro, porque 
el marqués era el hombre más caballero que había cono- 
cido, pues aun cuando salía con mi permiso con él y 
una criada en su coche, jamás se había tomado la más 
mínima licencia, sino que siempre la trataba con decoro. 
Con esta seguridad me tranquilicé, y ya traté de salir de 
esta capital á mi destino. 

Díjele un día al marqués como todo estaba corriente, 
y él, que no deseaba otra cosa que verse libre de mí, me 
dijo que á la tarde vendría para llevarme á casa de su 
deuda, y yo podría salir la mañana siguiente. 

Mi esposa me suplicó le dejase al mozo Domingo 
para tener un criado de confianza á quien mandar si se 
le ofrecía alguna cosa. Yo accedí á su gusto sin demora, 
y el marqués no puso embarazo en ello; antes dijo: — 
Mejor, se le dará un cuarto abajo á Domingo, y les podrá 
servir de portero y compañía. 

Mientras que el marqués se fué á comer, compuse 



'-..■.•.> "^^ - ." ^ ^•^sT^.-Vc! ■Sr*y^i'*i 



OBRAS ESCOGIDAS 



159 



el baúl de mi esposa, dejándola mil pesos en oro y plata, 
por si se le ofreciera algo. 

Cuando el marqués vino no había más que hacer 
que la llevada de mi esposa, cuya separación le costó, 
como era regular, muchas lágrimas; pero al fin se 
quedó, y yo marché en la misma tarde á dormir fuera 
de garita. 

Aquí llegaba don Antonio, cuando uno de los re- 
glamentos de la cárcel volvió á interrumpir su conver- 
sación. 







1: 



..lí''ií-i'<ia!<«fi"..-:'£K'-..¿L'.i-/ . "■-.''l.íí.- 



Ji 



'•i^*-v:*-ff^yT?^^¡r!r^<i~^:''' • f ■' ■"'^ • (¡7' 




CAPÍTULO VII 



Cuenta Periquillo la pesada burla que le hicieron los presos en el calabozo; 
y don Antonio con3luye su historia 



El motivo por qué se volvió á interrumpir la con- 
versación de don Antonio, fué porque serían como las 
cinco de la tarde cuando bajó el alcaide á encerrar á 
los presos en su respectivo calabozo, acompañado de 
otros dos que traían un manojo de llaves. 

Luego que encerró á los del primer patio, pasó al 
segundo, y el feroz presidente, aún amostazado contra 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. I, B. — 41. 



ÍSí£:. 



'wjV.'t^ ^flt<f«J - 



162 PENSADOR MEXICANO 

mí, sin razón, me separó de la compañía de don 
Antonio y me llevó al calabozo más pequeño, sucio y 
lleno de gente. Entré el último, y cerrando con los can- 
dados, quedamos allí como moscas en cárcel de mu- 
chachos. 

Por mi desgracia, entre tanto hijo de su madre 
como estaba encerrado en aquel sótano, no había otro 
blanco más que yo, pues todos eran indios, negros, 
lobos, mulatos y castas, motivo suficiente para ser 
en la realidad, como fui, el blanco de sus pesadas 
burlas. 

Como á las seis de la tarde encendieron una velita, 
á cuya triste luz se juntaron en rueda todos aquellos 
mis señores, y sacando uno de ellos sus asquerosos 
naipes comenzaron á jugar lo (jue tenían. 

Me llamaron á acompañarlos; pero como yo no 
tenía ni un ochavo, me excusé, confesando lisa y llana- 
mente la debilidad de mi bolsa; mas ellos no lo qui- 
sieron creer, antes se persuadieron á que ó era una 
ruindad mía «'» vanidad. 

Jugaron como hasta las nueve, hora en que ya 
apenas tenía la vela cuatro dedos, y no había otra; y 
así determinaron cenar v acostarse. 

Se deshizo la rueda y comenzaron á calentar sus 
ollitas de alverjones en un pequeño brasero que ardía 
con cisco de carbón. 



m: 



OBRAS ESCOGIDAS 163 

Yo esperaba algún piadoso que me convidara á 
cenar, así como me convidó don Antonio á comer; pero 
fué vana mi esperanza, porque aquellos pobres todos 
parecían de buen diente y mal comidos, según que se 
engullían sus alverjones casi fríos. 

Durante el juego, yo me había estado en un rincón, 
envuelto en mi zarape, y rezando el rosario con una 
devoción que tiempo había que no lo rezaba; ya se ve, 
¿qué navegante no hace votos al tiempo de la borrasca? 

Las maldiciones, juramentos y palabrotas indecen- 
tes que aquella familia mezclaba con las disputas de 
juego, eran innumerables y horrorosas, y tanto, que 
aunque para mis oídos no eran nuevas, no dejaban de 
escandalizarme demasiado. Yo estaba prostituido, pero 
sentía una genial repugnancia y hastío en estas cosas. 
No sé qué tiene la buena educación en la niñez, que 
en la más desbocada carrera de los vicios suele servir 
de un freno poderoso que nos contiene, y ¡desdichado 
de aquel que en todas ocasiones se acostumbra á pres- 
cindir de sus principios 1 

Así que cenaron, cada uno fué haciendo su cama 
como pudo, y yo, que no tenía petate ni cosa que lo 
valiera, viendo la irremediable, doblé mi zarape, haciendo 
de él colchón y cubierta, y de mi sombrero almohada. 

Habiéndose acostado mis concubicularios, comenza- 
ron á burlarse de mí con espacio, diciéndome : — Con- 



. — ■j^'i'^v.:^ -*'-v I ■■■ ' — e .- -li- -L-_íiA 



164 PENSADOR MEXICANO 

que, amigo, ¿también usted ha caído en esta ratonera 
por cucharero í^ ¡Buena cosa! ¿Conque también los seño- 
res españoles son ladrones? Y luego dicen que eso de 
robar se queda para la gente ruin. 

— No te canses, Ghepe, decía otro; para eso todos 
son unos, los blancos y los prietos; cada uno mete la 
uña muy bien cuando puede. Lo que tiene es que yo 
y tú robaremos un rebozo, un capote, ó alguna cosa 
ansí; pero éstos, cuando roban, roban de á gordo. 

— Y como que es ansina, decía otro; yo apuesto 
á que mi camarada lo menos (jue se jurtú jueron dos- 
cientos ó quinientos: y ¿á (jué compone, eh? ¿á qué 
compone? 

Así y á cual peor se fueron produciendo todos 
contra mí, que al principio procuraba disculparme; mas 
mirando que ellos se burlaban más de mis disculpas, 
hube de callar, y encogiéndome en mi zarape al tiempo 
que se acabó la velita, hice que me dormí, con cuya 
diligencia se sosegó por un buen rato el habladero, de 
suerte que yo pensé que se habían dormido. 

Pero cuando estaba en lo mejor de mi engaño, he 
aquí que comienzan á disparar sobre mí unos jarritos 
con orines; pero tantos, tan llenos y con tan buen tino, 
<iue en menos que lo cuento ya estaba yo hecho una 
sopa de meados descalabrado y dado á Judas. 

Entonces sí perdí la paciencia, y comencé á hartar- 



t ^lM.r:^-<f.- r- 



■ Tt'T •".■■' ; .^ ;■;'?•>__••.., . ■ . ■ ■- " . - ^ "• ■. ^-*":-'T*»rí7'''-<i',^",-\ -- : ■ . > • ..J»'- J- ,■ ■■-...-.-;■ ^ 



OBRAS ESCOGIDAS 165 

los á desvergüenzas; mas ellos, en vez de contenerse ni 
enojarse, empezaron de nuevo su diversión, hartándome 
á cuartazos con no sé qué, porcjue yo, que sentí los 
azotes, no vi á otro día las disciplinas. 

Finalmente, hartos de reirse v maltratarme, se 
acostaron, y yo me quedé en cuclillas junto á la puerta, 
desnudo y sin poderme acostar, porque mi zarape estaba 
empapado y mi camisa también. 

¡Válgame Dios! ¡y qué acongojado no sentí mi 
espíritu aquella noche al advertirme en una cárcel, 
enjuiciado por ladrón, pobre, sin ningún valimiento, 
entre aquella canalla, y sin esperanza de descansar 
siquiera con dormir, por las razones que he referido I 
Mas al fin, como el sueño es valiente, hubo de ren- 
dirme, y poco á poco me quedé dormido, aunque con 
sobresalto, junto á la puerta, y apenas había comen- 
zado á dormir, cuando saltó una rata sobre mí, pero 
tan grande, que en su peso ú mí se me representó 
gato de tienda; ello es que i'ué bastante para desper- 
tarme, llenarme de temor y quitarme el sueño, pues 
aún creía que los diablos y los muertos no tenían más 
que hacer de noche que andar espantando á los dor- 
midos. Lo cierto del caso fué que ya no pude dormir 
en toda la noche, acosado del miedo, de la calor, de 
las chinches que me cercaban en ejércitos, de los des- 
aforados ronquidos de aquellos picaros y de los maldi- 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I , B. — 42. 



1G6 PENSADOR MEXICANO 

tos efluvios que exhalaban sus groseros cuerpos, junto 
con otras cosas (\ue no son para tomadas en boca, 
pues aquel sótano era sala, recámara, asistencia, cocina, 
comunes, comedor y todo junto. ¡Cuántas veces no me 
acordé de las ingratas noches que pasé en el arras- 
iradcriU) de Januario! 

Al fin quiso Dios echar su luz al mundo, y yo, 
(|ue luí el primero que la vi, comencé á reconocer mis 
bienes, que estaban todavía medio mojados, por más 
que los había exprimido; ya se ve, tal fué el aguacero 
de orines que sufrieron; pero por último, me vestí la 
camisa y calzoncillos, y trabajo me costó para ponerme 
los calzones, porque mis amados compañeros, creyendo 
que los botones eran de plata, no se descuidaron en 
quitárselos. 

A las seis de la mañana vinieron á abrir la puerta, 
y yo fui el primero que, muerto de hambre y desvelado, 
me salí para fuera, tanto por quejarme con mi amigo 
don Antonio, cuanto por esperar al sol que secara mis 
trapos. 

En efecto, el buen don Antonio se condolió de mi 
mala suerte, y me consoló lo mejor que pudo, prome- 
tiéndome (jue no volvería á pasar otra noche semejante 
entre acjuellos picaros, pues él le suplicaría al presidente 
(jue me dejara en su calabozo. 

— ¡Ay, amigo 1 le dije, que me parece que se aver- 



■íi^i' .' ',-■'. '«j.'.i .... ' . -.-.•■ ," -. j ;v.^ i-.r. 



.AxLÍ 



¥.-■■ 



^vprr •' 



OBRAS ESCOGIDAS 



167 



gonzará usted en vano; porque ese cómitre es muy duro 
ó incapaz de suavizarse con ningunos ruegos del mundo. 

— No se aflija usted, me contestó, porque yo sé la 
lengua con que se le habla á esta gente, (|ue es con el 
dinero; y así, con cuatro ó seis reales que le demos, verá 
usted como todo se consigue. 

Aún no acababa yo de darle las gracias á mi amigo, 
cuando me gritaron, y yo, pensando que era para otra 
declaración, salí corriendo, y vi (jue no era la llamada 
sino para ayudar n la limpieza del calabozo, en donde 
me hicieron tantos daños la noche anterior; ésta se redu- 
cía á sacar el barril de las inmundicias, vaciarlo en los 
comunes y limpiarlo. 

No sé C(')mo no volqué las tripas en tal operación. 
Allí no me valieron ruegos ni promesas; porque el mal- 
dito vejancón que lo mandaba, viendo mi resistencia, ya 
comenzaba á desatarse el látigo (jue tenía en la cintura; 
y así yo, por excusarme mayor pesadumbre, quise que 
no quise, desempeñé aquel asqueroso oficio, concluido 
el cual me í'uí otra vez al calabozo de mi buen amigo, 
que era mi paño de lágrimas. 

Luego que lo vi me salieron éstas á los ojos, y le 
volví á referir mi nuevo castigo. MI no se hartaba de 
consolarme y procurarme mi alivio de cuantas mane- 
ras podía. 

Lo primero que hizo fué hacerme acostar en su 



■.■»i ■ ií,-=^,%-. 



168 PENSADOR MEXICANO 

pobre cama, me dio un pocilio de chocolate, cigarros, 
y después salió á buscar al feroz presidente, de quien 
consiguió cuanto quiso, pagando por mí los injustos 
derechos que estos bribones llaman patente, ^ y dán- 
dole no s6 qué otra gratificación, con lo ([ue, gracias 
á Dios, me dejaron en paz. 

Yo no tenía palabras con (jue significar mi gratitud 
á don Antonio, después que entendí, porque me lo dijo 
otro preso, todo lo (jue había hecho por mí; pues él 
apenas me aseguró que no me mortificarían más. Este 
es el verdadero carácter de un buen amigo, y de un 
caritativo; no jactarse del beneficio que hace, hacerlo 
sin mérito y tratar aún de que no lo sepa el agra- 
ciado para que no le cueste el trabajo de agradecerlo. 
Pero ¡qué pocos amigos hay de éstos I y ¡qué pocas 
caridades se hacen con tanta perfección! Ordinaria- 
mente las más caridades ó favores que llevan este nom- 
bre suelen hacerse más bien por pasar plaza de ge- 
nerosos y buenos cristianos, lo que á la verdad es 
hipocresía, que por hacer un beneficio, y esto es pun- 
tualmente contra el orden mismo de la caridad, pues 

• Parece que la tal gabela, impuesta por la codicia, fuera razonable en el reino para 
eximirse con una corta cantidad del pesado oficio de hacer la limpieza; pero esto debería 
ser en el caso de que no hubiese reos destinados por castigo al servicio de la cárcel; mas 
habiéndolos, claro es que ébtos lo hacen, y asi jamás deberían obligar á esto á los infe- 
lices que no tienen para pagar esta contribución injusta, que siempre para en la bolsa 
de los más criminales, como por lo ordinario son los presidentes que la cobran. Aún se 
le verá peor cara á este abuso si se considera que cobrar tales pechos á los presos está 
prohibido por las leyes. 



.'■'i. ..V •¿s.^^j^ -. j^ -^ r- - ^ .^^^jdrij*»..^..bj 



T~^-:.- 



OBRAS ESCOGIDAS 169 

Jesucristo dijo que lo que dó la mano derecha no lo 
sepa la izquierda. Es decir, que todo bien que haga el 
hombre, lo haga por Dios, sin esperar premio del hom- 
bre; porque si éste lo paga, ya Dios no debe nada, 
para que nos entendamos; y es bastante premio del 
beneficio publicarlo en nuestro obsequio ó compulsar 
tácitamente al beneficiado á que nos viva reconocido con 
su agradecimiento. 

Krsi don Antonio muy prudente, y como sabía que 
no había yo dormido en toda la pasada noche, me hizo 
acostar, y no me despertó hasta la una del día para que 
lo acompañara á comer. 

Me levanté harto de sueño, pero necesitado del es- 
tómago, cuya necesidad satisfice á expensas del piadoso 
preso, quien luego que se concluyó nuestra mesa frugal, 
me dijo : — Amigo , creeré que á pesar de los trabajos 
que ha sufrido usted, aún le habrá quedado gana de 
acabar de saber el origen de los míos. — Yo le dije que 
sí, porque á la verdad, su plática era un suave bálsamo 
que curaba mi espíritu añigido, y don Antonio continuó 
el hilo de su historia de esta suerte: 

— Me acuerdo, dijo, que quedamos en que salí de 
esta ciudad con mis muías y arrieros, quedándose en 
ella mi esposa en casa de la tía vieja, sin más compañía 
de su parte que el mozo Domingo. 

Quisiera no acordarme de lo que sigue, porque, sin 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 43. 



170 PENSADOR MEXICANO 

embargo del tiempo que ha pasado, aún sienten dolor 
al tocarlas las llagas de mis agravios, que ya se van 
cicatrizando; mas es preciso no dejar á usted en duda 
del fin de mi historia, tanto porque se consuele al ver 
que yo sin culpa he pasado mayores trabajos, cuanto 
porque aprenda á conocer el mundo y sus ardides. 

Nada particular ocurre (jue decirle á usted tocante 
á mí; porque nada tiene de particular el viaje de un 
viandante, ni su residencia en el paraje de su destino; 
á lo menos yo caminé y llegué al mío sin novedad, 
mientras que á mi honrada esposa se le preparaba la 
más terrible tempestad. 

Luego que el picaro del marqués (perdóneme este 
epíteto indecoroso, ya que yo le perdono los agravios 
que me ha hecho), luego, pues, que conoció que ya 
yo me había alejado de México, trató de descubrir sus 
pérfidas intenciones. 

Comenzó á frecuentar á todas horas la casa de la 
vieja, que no tenía ni la virtud que aparentaba, ni el 
parentesco que decía, y no era otra cosa que una alca- 
hueta refinada, y con semejante auxilio, considere usted 
lo fácil que le parecería la conquista del corazón de 
mi mujer; pero se engañó de medio á medio, porque 
cuando las mujeres son honradas, cuando aman ver- 
daderamente á sus maridos y están penetradas de la 
sólida virtud, son más inexpugnables que una roca. 



-•M'u^K.lihodPtf ^'ai-^íl r -■ • -g-j" * -:.'«^-' - . •-' -' ■■-. -'-^ • t*.>^Ji. A^'i^r .— . .j. ■'■■■;•> ,.. 



f^y. :^^^*^■:í "-;-v>; 



■ ^ ■? T':^w^'>^^i: ■ 



'W^ 



OBRAS ESCOGIDAS 



171 



Tal fué esta heroína de la fidelidad conyugal. Las 
astucias del marqués, sus dádivas, sus halagos, sus 
respetos, sus seducciones, sus promesas y aun sus ame- 
nazas, juntas con las repetidas y vehementes diligencias 
de la maldita vieja, fueron inútiles. Con todas ellas no 
sacaba el marqués más jugo de mi esposa que el que 
puede dar un pedernal; y ya desesperado, ad virtiendo 
por tan repetidas experiencias que aquel corazón no 
era de los que él estaba hecho á conquistar, sino que 
necesitaba de armas más ventajosas, se determinó á usar 
de ellas y á satisfacer su apetito á pura fuerza. 

Con esta resolución , una noche determinó quedarse 
en casa para poner en práctica sus inicuos proyectos; 
pero apenas lo advirtió mi ñel esposa, cuando con el 
mayor disimulo, aprovechando un descuido, bajó al patio 
al cuarto de Domingo, y le dijo: 

— El marqués días há que me enamora; esta noche 
parece que se quiere quedar acá, sin duda con malas 
intenciones; la puerta del zaguán está cerrada; no 
puedo salirme, aunque quisiera; mi honor y el de tu 
amo están en peligro; no tengo de quién valerme ni 
quién me libre del riesgo que me amenaza más que 
tú. En tí confío, Domingo. Si eres hombre de bien 
y estimas á tus amos, hoy es el tiempo en que lo 
acredites. 

El pobre Domingo, todo turbado, la dijo: — Y bien, 



'. . y '=J l-tx. 



172 PENSADOR MEXICANO 

señora: dígame su merced, qué quiere que haga, que 
yo le prometo el hacer cuanto me mande. 

— Pues, hijo, le dijo mi esposa, yo lo que quiero 
es que te ocultes en mi recámara, y que si el marqués 
se desmandare, como lo temo, me defiendas, suceda lo 
que sucediere. 

— Pues no tenga su merced cuidado. Vayase, no 
la echen de menos y lo malicien, que yo le juro que 
sólo que me mate el marqués, conseguirá sus malos 
pensamientos. — Con esta sencilla promesa se subió mi 
mujer muy contenta, y tuvo la fortuna de que no la 
habían extrañado. 

Llegó la hora de cenar, y entró Domingo á servir 
la mesa como siempre. El marqués procuraba que mi 
esposa se cargara el estómago de vino; pero ella, sin 
faltar á la urbanidad, se excusó lo más que pudo. 

Acabada la cena, mi rival por sobremesa apuró toda 
la elocuencia del amor para que mi esposa condescen- 
diera con sus torpes deseos; pero ésta, acostumbrada 
á resistir tales asaltos, no hizo más que reproducir los 
desengaños que mil veces le había dado, aunque en 
vano, pues el marqués estaba ciego y cada desengaño 
lo obstinaba. 

Esta contienda duraría como una hora, tiempo bas- 
tante para que la criada se durmiera, y Domingo, sin 
ser sentido, se hubiera ocultado bajo la misma cama de 



.h^'.\''.a£'%'l%mÁ'».^' -*■■*-*<- ti», '"g .-^.:-^"«t-*'tf«.ÍK.^-'j-' -^•.* «. :.•'.-• .1 •. .¿KUL. 



"f ^^- ^..-TF-rf- ,.fi^^j^"' ' *■ ■ ^- - .■"=«a^p•/ 



OBRAS ESCOGIDAS 173 

SU ama, la que, viendo que su apasionado la llevaba 
larga, se levantó de la mesa, diciéndole: — Señor mar- 
qués, yo estoy un poco indispuesta; permítame usted 
que me vaya á recoger, que es bien tarde. — Con esto 
se despidió y se fué á su recámara, cuidadosa de si 
Domingo se habría olvidado de su encargo: pero luego 
que entró, el criado fiel le avisó dónde estaba, dicién- 
dole que estuviera sin miedo. 

Sin embargo de esta compañía, mi esposa no quiso 
desnudarse ni apagar la vela, según lo tenía de cos- 
tumbre, recelosa de lo que podía suceder, como sucedió 
en efecto. 

Serían las doce de la noche cuando el marqués 
abrió la puerta y fué entrando de puntillas, creyendo 
que mi esposa dormía: pero ésta, luego que lo sintió, 
se levantó y se puso en pie. 

Un poco se sobresaltó el caballero con tan ines- 
perada prevención; pero recobrado de la primera tur- 
bación, le preguntó: — Señorita, ¿pues qué novedad es 
ésta que tiene á usted en pie y vestida á tales horas 
de la noche? — A lo que mi esposa con gran socarra 
le respondió: — Señor marqués, luego que advertí que 
usted se quedaba en casa de esta santa señora, presumí 
que no dejaría de querer honrar este cuarto á deshora 
de la noche, á pesar de que yo no me he granjeado 
tales favores, y por eso determiné no desnudarme ni 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 44. 



vr*i "%.-•' - -•: *.' .* . '■ .'" .,-:' ' ■ _j ' , i-^.- - ,• _ ít*>'-fc. .'■*">* •■1 1 - i, i'.'íft 



174 PENSADOR MEXICANO 

dormirme, porque no era decente esperar de esa ma- 
nera una visita semejante. 

Parece que era regular que el marqués hubiera 
desistido de su intento, al verlo prevenido y reprochado 
tan á tiempo; mas estaba ciego, era marqués, estaba 
en su casa, y según á él le pareció no había ni testi- 
gos ni quien embarazara su vileza; y así, después de 
probar por última vez los ruegos, las promesas y las 
caricias, viendo (jue todo era inútil, abrazó á mi mujer, 
que se paseaba por la recámara, y dio con ella de 
espaldas en la cama; pero aún no había acabado ella 
de caer en el colchón, cuando ya el marqués estaba 
tendido en el suelo, porque Domingo, luego que cono- 
ció el punto crítico en que era necesario, salió por 
debajo de la cama, y abrazando al marqués por las 
piernas, lo hizo medir el estrado de ella con las cos- 
tillas. 

Mi esposa me ha escrito (jue á no haber sido el 
motivo tan serio, le hubiera costado trabajo el moderar 
la risa, pues no fué el paso para menos. Ella se sentó 
inmediatamente en el borde de su cama, y vio tendido 
á sus pies al enemigo de mi honor, que no osaba levan- 
tarse ni hablar palabra, porque el jayán de Domingo 
estaba hincado sobre sus piernas, sujetándolo del pañue- 
lo contra la tierra, y amenazando su vida con un puñal, 
y diciéndole á mi esposa, lleno de cólera: — ¿Lo mato. 







m 

O 

"O 

a 
a 

S 

a 



S 

a 

8 



•S § 

«^ 

I § 

1 § 



3 

I 

'S, 

3 






i 



L k .->n¿íJte«.....&j,...<2LV.. S .--.-. 



•^- .'.'* ■ '•,-'.■ 



OBRAS ESCOGIDAS 175 

señora? ¿Lo mato? ¿Qué dice? Si mi amo estuviera 
aquí, ya lo hubiera hecho; conque ansina nada se 
puede perder por orrarle ese trabajo; antes cuando lo 
sepa, me lo agradecerá mucho. 

Mi esposa no dio lugar á que acabara Domingo 
de hablar, sino que, temerosa no fuera á smceder una 
desgracia, se echó sobre el brazo del puñal, y con 
ruegos y mandatos de ama, á costa de mil sustos y 
porfías, logró arrancárselo de la mano y hacer que 
dejara al marqués en libertad. 

Este pobre se levantó lleno de enojo, vergüenza y 
temor, que tanto le impuso la bárbara resolución del 
mozo. Mi esposa no tuvo más satisfacción que darle, 
sino mandar á Domingo que se retirara á la segunda 
pieza, y no se quitara de allí, y luego que éste la 
obedeció, le dijo al marqués: 

— ¿Ve usted, señor, al riesgo á que lo ha expuesto 
su inconsideración? Yo presumí, según le insinué poco 
hace, que se había de determinar á mancillar mi honor 
y el de mi esposo por la fuerza, y para impedirlo, hice 
que este criado se ocultara en mi recámara. Llegó el 
caso temido, y á este pobre payo, que no entiende de 
muchos cumplimientos, le pareció que el único modo 
de embarazar el designio de usted era tirarlo al suelo y 
asesinarlo, como lo hubiera verificado á no haber yo 
tomado el justo empeño que tomé en impedirlo. Yo 



■.-.^riXÍ 



^f- 



176 PENSADOR MEXICANO 

conozco que rl se excedió bárbaramente, y suplico á 
usted que lo disculpe; pero también es forzoso que usted 
conozca y confiese que lia tenido la culpa. Ya le he dicho 
á usted mil veces que le agradezco muy mucho y le viviré 
reconocida por los favores que tanto á mí como á mi 
marido nos ha dispensado, mucho más, cuando advierto 
que ni el uno ni la otra los merecemos; pero, señor, no 
puedo pagarlos en la moneda que usted quiere. Soy 
casada, amo á mi marido más que á mí, y sobre todo, 
tengo honor, y éste, si una vez se pierde, no se restaura 
jamás. Usted es discreto; conozca la justicia que me 
asiste: trate de desechar ese pensamiento que tanto lo 
molesta y me incomoda, y como no sea en eso, yo me 
ol'rezco á servirle como la última criada de su casa. 

El mar(jU('s guardó un profundo silencio mientras 
(jue habló mi esposa; pero luego que concluyó, se levan- 
tó, diciendo: 

— Señorita, ya (juedo impuesto en el motivo que 
ocasionó á usted pretender quitarme la vida alevosa- 
mente, y quedo medio persuadido á que si no tuviera 
esposo me amaría, pues yo no soy tan despreciable. 
Yo trataré de quitar este embarazo, y si usted no me 
correspondiere, se acordará de mí, se lo juro. 

Diciendo esto, sin esperar respuesta, se salió de la 
recámara, y mirando á Domingo en la puerta, le dijo: 
— Has procedido como un villano vil, de guien no me 



■.^m^áá^íéítM^j ■-* -^ - -'■^' ■^-i' riiÉ'ai'i ,. . ■.- .■ .^.. . • 






OBRAS ESCOGIDAS 177 

es decente tomar una satisfacción cuerpo á cuerpo; mas 
ya sabrás quién es el marqués de T. 

Mi esposa, que me escribió estas cosas tan por- 
menor como las estoy contando á usted, no entendió 
que aquellas amenazas se dirigieran contra mí y la exis- 
tencia de mi criado. 

Ella esperaba la aurora para tratar de librarse de 
los riesgos á que su honor se hallaba expuesto en aquella 
casa prostituida, y mucho más cuando el criado la contó 
lo que le había dicho el marqués, añadiendo que él 
pensaba partir á otro día de la ciudad, porque temía 
que lo hiciera asesinar. 

Mi esposa aprobó su determinación : pero le rogó 
que la dejara en salvo y fuera de aquella casa, y mi 
mozo se lo prometió solemnemente; para que se vea 
que entre esta gente, que llamamos ordinaria sin razón, 
se hallan también almas nobles y generosas. ^ 

Rasgó el sol los velos de la aurora y manifestó su 
resplandeciente cara á los mortales, y mi esposa al ins- 
tante trató de mudarse de la casa; ¿pero á dónde, si 
carecía absolutamente de conocimiento en México? Mas 
¡oh lealtad de Domingo! El le facilitó todo, y le dijo: — 

• Verdad es que á los criados se les llama enemigos domésticos; que por lo regular, 
ni tienen buena cuna ni educación, y que casi siempre más sirven por el salario que por 
amor; pero no es menos cierto que ésta no es regla general. Hay de todo; así como hay 
amos altaneros y soberbios cuyo trato duro no merece el amor de sus domésticos. Trá- 
tense los criados con cariño y humanidad, y rara vez dejarán de corresponder á sus 
señores con amor, gratitud y respeto. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 45. 



-L,';iíJS¿:J^„¿í-:\^a¿ÍsíÁ^.HÍ..aiL... 



178 PENSADOR MEXICANO 

Lo que importa es que su merced no esté aquí, y más 
que esté en medio de la plaza. Voy á llamar los car- 
gadores. 

Diciendo esto, se fué á la calle, y á poco rato volvió 
con un par de indios á quienes imperiosamente mandó 
cargar la cama y baúl de mi esposa, que ya estaba 
vestida para salir; y aunque la vieja hipócrita procuró 
estorbarlo, diciendo que era menester esperar al señor 
marqués, el mozo, lleno de cólera, le dijo; — ¡Qué mar- 
qués ni qué talega! VX es un picaro y usted una alca- 
hueta, de quien ahora mismo iré á dar cuenta á un 
alcalde de corte. 

No fué menester más para que la vieja desistiera 
de su intento, y á los (juince minutos ya mi esposa 
estaba en la calle con Domingo y los dos cargadores; 
pero cuando vencían una dificultad hallaban otras de 
nuevo que vencer. 

Se hallaba mi esposa fatigada en medio de la calle, 
con los cargadores ocupados y sin saber á dónde irse, 
cuando el fiel Domingo se acordó de una nana Casilda 
que nos había lavado la ropa cuando estábamos en el 
mosón, y sin pensar en otra cosa, hizo dirigir allá á los 
cargadores. 

En efecto, llegaron, y descargados los muebles, le 
comunicó á la lavandera cuánto pasaba, añadiéndole 
(jue él dejaba á mi esposa á su cuidado, porque su vida 



.^^^.Vi^«?f ^.. --^ tu A* ..,^' . .,.r>¿i. .i:m^^Ut.>^ .Íl: .'iil.&;jn^..*¿Lli.j^.;ai*ri.M!iL!^^ 



if^'-'- \-'-. • . r^. ^ ■ ' . •; ■■• ;••■:..•■— ^':r%!^f::-^rr,y,:j-T:- , ■■,■"■■ ,Jf^;•^^; . r 



OBRAS ESCOGIDAS 179 

corría riesgo en esta capital; que la señorita su ama 
tenía dinero; que de nada necesitaba, sino de quien la 
librara del marqués; y que su amo era muy honrado 
y muy hombre de bien, que no se olvidaría de pagar 
el favor que se hiciera por su esposa. La buena vieja 
ofreció hacer cuanto estuviera de su parte en nuestro 
obsequio; mi fiel consorte le dio cien pesos á Domingo 
para que se fuera á su tierra, y nos esperara en ella, 
con lo cual él, llenos los ojos de lágrimas, marchó 
para Jalapa, advertido de no darse por entendido con 
la madre de mi esposa. 

Luego que el mozo se ausentó, la viejita fué en 
el momento á comunicar el asunto con un eclesiás- f 

tico sabio y virtuoso á quien lavaba la ropa, y éste, 
después de haber hablado con mi esposa, dispuso 
las cosas de tal manera, que á la noche durmió mi 
mujer en un convento, desde donde me escribió toda la 
tragedia. 

Dejemos á esta noble mujer quieta y segura en el 
claustro, y veamos los lazos que el marqués me dis- 
puso, mucho más vengativo cuando no halló á mi esposa 
en la casa de la vieja, ni aún pudo presumir en dónde 
se ocultaba de su vista. 

Lo primero que hizo fué ponerme un propio avi- 
sándome estar enfermo, y que luego, leída la suya, 
enfardelara las existencias y me pusiera en camino á 



*. ■ 



180 PENSADOR MEXICANO 

la ligera para México, porque así convenía á sus inte- 
reses. 

Yo inmediatamente obedecí las órdenes de mi amo, 
y traté de ponerme en camino: pero no sabía la red que 
me tenía prevenida. 

Esta fué la siguiente. En una de las ventas donde 
yo debía parar, tenía mi amo apostados dos ó tres bri- 
bones malintencionados, (que todo se compra con el oro), 
los cuales, sin poder yo prevenirlo, se me dieron por 
amigos, diciéndome iban á cumplimentarme de parte del 
marqués. 

Yo los creí sincerísimamente, porque el hombre, 
mientras menos malicioso, es más fácil de ser enga- 
ñado, y así me comuniqué con ellos sin reserva. En 
la noche cenamos juntos y brindamos amigablemente, 
y ellos, no perdiendo tiempo para su intriga, embriaga- 
ron á mis mozos, y á buena hora mezclaron entre los 
tercios de ropa una considerable porción de tabaco, y 
se acostaron á dormir. 

A otro día madrugamos todos para venirnos á la 
capital, á la (jue llegamos en el preciso día á marchas 
forzadas. Pasaron mis cargas de la garita sin novedad 
y sin registro; bien es verdad que no sé qué diligencia 
hicieron con los guardas, porque como no todos los 
guardas son íntegros, se compran muchos de ellos á 
bajo precio. 



ikti if-i-¿"--«*g:.;^»iv>.. 



''ry','^' 



OBRAS ESCOGIDAS 



181 



Yo no hice alto en esto, pensando que mis cama- 
radas iban á platicar con ellos, porque tal vez serían 
conocidos; y así con esta confianza llegamos á México 
y á la misma casa del marqués. 

Luego que me apeé, mandó éste desaparejar las 
muías y embodegar las cargas, haciéndome al mismo 
tiempo mil expresiones. 

En vista de ellas, aunque ya tenía en el cuerpo las 
malas noticias de mi esposa, que había recibido en el 
camino, no pude excusarme de admitir sus obsequios, 
y aunque deseaba ir á verla al convento, me fué for- 
zoso disimular v condescender con las instancias del 
marqués. 

A pesar de la molestia y cansancio que me causó 
el camino, no pude dormir aquella noche, pensando 
en mi adorada Matilde, que este es el nombre de mi 
esposa; pero por fin amaneció y me vestí, esperando 
que despertara el marqués para salir de casa. 

No tardó mucho en despertar; pero me dijo que 
en la misma mañana quería que concluyéramos las 
cuentas, porque tenía un crédito pendiente y deseaba 
saber con (jué contaba de pronto para cubrirlo. 

Como yo, aunque lo veía con tedio, no presumía 
que trataba de aprovechar aquellos momentos para per- 
derme, y á más de esto, anhelaba también por entre- 
garle su ancheta, y romper de una vez todas las cone- 

PRRIQUILLO SARNIENTO. — T. I , B, ^ 46 






^. l.k'I^P' ift -fl. _*v.-l. 



L.'r-^W¿^«it.Á;>;A?ti<v.Vj. 



182 PENSADOR MEXICANO 

xiones que me había acarreado su amistad, no me costó 
mucho trabajo darle gusto. 

En efecto, comencó á manifestarle las cuentas, y 
á ese tiempo entraron en el gabinete dos ó tres amigos 
suyos, cuyas visitas suspendieron nuestra ocupación, 
bien á mi pesar, que estaba demasiado violento por 
quitarme de la presencia de aquel pérfido; pero no fué 
dable, porque el picaro, pretextando urbanidad y cariño, 
sacó al comedor á sus amigos sin dejarme separar de 
ellos; antes tratándome con demasiada familiaridad y 
expresión, y de esta suerte nos sentamos juntos á al- 
morzar. 

Aún no bien habíamos acabado, cuando entró un 
lacayo con un recado del cabo del resguardo (jue espe- 
raba en el patio con cuatro soldados. 

— ¿Soldados en mi casa? preguntó el marqués fin- 
giendo sorprenderse. — Sí, señor, respondió el lacayo, 
soldados y guardas de la Aduana. — ¡Válgate Dios I ¿Qué 
novedad será ésta? Vamos á salir del cuidado. 

Diciendo esto, bajamos todos al patio, donde esta- 
ban los guardas y soldados. Saludaron á mi amo cor- 
tesmente, y el cabo ó superior de la comparsa le pre- 
guntó ¿quién de nosotros era su dependiente que acababa 
de llegar de tierra adentro? El marqués contestó que 
yo, é inmediatamente me intimaron que me diese por 
preso, rodeándose de mí al mismo tiempo los soldados. 



r 



"..->TP''¿^-^'?'.;- 



- WV: 



OBRAS ESCOGIDAS 



183 



Considere usted el sobresalto que me ocuparía al 
verme preso, y sin saber el motivo de mi prisión; pero 
mucho más sofocado quedé cuando, preguntándolo el 
marqués, le dijeron que por contrabandista, y que, en 
achaque de géneros suyos, había pasado la noche ante- 
cedente una buena porción de tabaco entre los tercios, 
que aún debían estar en su bodega; que la denuncia era 
muy derecha, pues no menos venía que por el mismo 
arriero que enfardeló el tabaco; por señas que los tercios 
más cargados eran los de la marca T., y por último, 
que de orden del señor director prevenían al señor mar- 
qués contestase sobre el particular y entregase el comiso. 

El marqués, con la más pérfida simulación, decía: 
— Si no puede ser eso; sobre que este sujeto es dema- 
siado hombre de bien, v en esta confianza le fío mis 
intereses sin más seguridad que su palabra, ¿cómo era 
posible que procediera con tanta bastardía que tratase 
de abochornarme y de perderse? ¡Vamos, que no me 
cabe en el juicio 1 

— Pues, señor, decían los guardas, aquí está el 
escribano que dará fe de lo que se halle en los tercios; 
registrémoslos y saldremos de la duda. 

— Así será, dijo el marqués, y como lleno de cólera 
mandó pedir las llaves. Trajéronlas, abrieron la bodega, 
desliaron los tercios, y fueron encontrándolos casi relie 
nos de tabaco. 



j«u£L''. .e.i»4kL»> < 



L^iCíir *iL "tV*- ■ 



184 PENSADOR MEXICANO 

Entonces el marqués, revistiendo su cara de indig- 
nación, y echándome una mirada de rico enojado, me 
dijo: 

— ¡So bribón, trapacero, villano y mal agradecido! 
¿Este es el pago que ha dado á mis favores? ¿Así se me 
corresponde la ciega é imprudente confianza que hice 
de él? ¿Así se recompensan mis servicios que en nada 
me los tenía merecidos? Y por fin, ¿así se retorna aque- 
lla generosidad con que le di mi dinero para que él solo 
se aprovechara de sus utilidades, sin que conmigo par- 
tiera ni un ochavo, cosa que tiene pocos ejemplares? 
¿No le bastaba al muy picaro robarme y defraudarme, 
sino que trató de comprometer á un hombre de mi honor 
y de mi clase? Muy bien está que él pague el fraude 
hecho contra la Real Hacienda, bogando en una galera 
ó arrastrando una cadena en un presidio por diez años; 
pero á mí ¿quién me limpiará de la nota en que me ha 
hecho incurrir, á lo menos entre los (jue no saben la 
verdad del caso? Y ¿quién restaurará mis intereses, pues 
es claro que cuanto tienen de tabaco los tercios, tanto 
les falta de géneros y existencias? Mi honor yo lo vin- 
dicaré y lo aquilataré hasta lo último; pero ¿cómo resar- 
ciré mis intereses? Vamos, no calle, ni quiera hacerse 
ahora mosca muerta. Diga la verdad delante del escri- 
bano: ¿Yo lo mandé á comerciar en tabaco? ¿O tengo 
interés en este contrabando? 



^>it.L^^ '>jr>-.'.<i.v.:. -" 1 . ^ .. ... í^'y^., .:: TI ái» il- ¡tr'iát iiS' ^t f* - ' ... 'b^ fJ'izAi 



■'>;;,■ 



OBRAS ESCOGIDAS 



185 



Yo me había estado callado á semejante inicua 
reprensión, aturdido, no por mi culpa, que ninguna 
tenía, ^ sino por la sorpresa que me causó aquel hallaz- 
go y por las injurias que escuchaba de la boca del 
marqués, no pude menos que romper el silencio á sus 
preguntas y confesar que él no tenía la más míni- 
ma parte en aquello, pero (jue ni yo tampoco; pues 
Dios sabía que ni pensamiento había tenido de em- 
plear un real en tabaco. A esto se rieron todos, y 
después de emplazar al manjués para que contestara, 
cargaron con los tercios para la Aduana, y conmigo 
para esta prisión, sin tener el ligero gusto de ver á 
mi querida esposa, causa inocente de todas mis des- 
gracias. 

Dos años hace que habito las mansiones del cri- 
men reputado por uno de tantos delincuentes: dos años 
hace que sin recurso lidio con las perfidias del manjués 
empeñado en sepultarme en un presidio, que hasta allá 
no ha parado su vengativa pasión; porque después que 
con infinito trabajo he probado con las declaraciones 
de los arrieros (|ue no tuve ninguna noticia del tabaco, 
él me ha tirado á perder demandándome el resto que 
dice falta á su principal: dos años hace que mi esposa 



* No siempre la turbación prueba delito. Esta es una prueba muy equivoca; antes 
el hombre de bien se aturdirá más presto que el picaro procaz cuando se vea acusado de 
un delito que no ha cometido. El inmutarse, desfigurarse el semblante y balbucir las 
palabras, probará terror ó vergü3nza, pero no siempre la realidad del delito. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 47. 



186 PENSADOR MEXICANO 

sufre una horrorosa prisión, y dos años hace que yo 
tolero con resignación su ausencia y los muchos trabajos 
que no digo; pero Dios, que nunca falta al inocente que 
de veras confía en su alta Providencia, ha querido darse 
por satisfecho y enviarme los consuelos á buen tiempo; 
pues cuando ya los jueces, engañados con la malicia de 
mi poderoso enemigo y con los enredos del venal escri- 
bano de la causa, que lo tenía comprado con doblones, 
trataban de confinarme á un presidio, asaltó al marqués 
la enfermedad de la muerte, en cuya hora, convencido 
de su iniquidad, y temiendo el terrible salto que iba á 
dar al otro mundo, entregó á su confesor una carta 
escrita y firmada de su puño, en la que. después de 
pedirme un sincero perdón, confiesa mi buena con- 
ducta, y que todo cuanto se me había imputado había 
sido calumnia y efecto de una desordenada y vengativa 
pasión. 

De esta carta tengo copia, y se les ha dado á los 
jueces privadamente, para que no pare en perjuicio del 
honor del marqués; de manera que de un día á otro 
espero mi libertad y el resarcimiento de mis intereses 
perdidos. 

Msta, amigo, es mi trágica aventura. Se la he con- 
tado á usted para que no se desconsuele, sino que 
aprenda á resignarse en los trabajos, seguro de que si 
está inocente. Dios volverá por su causa. 



• 'i-MNtr ... . , .1 . \ . A.-.~ .,.^.'i•,^.^^^«^■/^.^.í'^L.i^,t.eL 



OBRAS ESCOGIDAS 



187 



Aquí llegaba don Antonio, cuando fué preciso se- 
pararnos para rezar el rosario y recogernos. Sin em- 
bargo, después de cenar y cuando estuvimos más solos 
le dije lo siguiente: 





^ í:.*¿¿a 



í.^iit^'kStkÜM. .¿-«J .-. 



É 



.'V. 







Sale don Antonio de la cárcel; 
entrégase Periquillo á la amistad de los tunos sus 
compañeros, y lance que le pasó con el 
Aguilucho 



Guando estuvimos acostados 

I 

le dije á don Antonio: — Cierta- '-^-^ 

mente, querido amigo, que en 

este instante he tenido un gusto 

y un pesar. El gusto ha sido ' 

saber que su honor de usted quedó ileso, tanto de parte 

de su fidelísima consorte cuanto de parte del marqués, 

en virtud de la tan pública y solemne retractación que 

PERIQUILLO SARNIENTO. —T. I, B. — 48, 









M- 



190 PENSADOR MEXICANO 

ha hecho, según la cual usted será restituido breve- 
mente á su libertad y disfrutará la amable compañía 
de una esposa tan fiel y digna de ser amada; y el 
pesar ha sido por advertir el poco tiempo (|ue gozaré 
la amigable compañía de un hombre generoso, benéfico 
V desinteresado. 

— Reserve usted esos elogios, me dijo don Antonio, 
para quien los sepa merecer. Yo no he hecho con 
usted más que lo que quisiera hicieran conmigo, si 
me hallara en su situación: y así, sólo he cumplido en 
esta parte con las obligaciones (jue me imponen la reli- 
gión y la naturaleza; y ya ve usted que el que hace lo 
(|ue debe no es acreedor ni á elogios ni á reconoci- 
miento. 

— ¡Oh, señor! le dije, si todos hicieran lo que 
deben, el mundo sería feliz: pero hay pocos que cum- 
plan con sus deberes, y esta escasez de justos hace 
demasiado apreciables á los (|ue lo son. y usted no lo 
dejará de ser para mí en cuanto me dure la vida. Ape- 
tecería que mi suerte l'uera otra, para que mi gratitud 
no se quedara en palabras, pues si, según usted, el que 
hace lo que debe no merece elogios, el que se mani- 
fiesta agradecido á un favor que recibe, hace lo que debe 
justamente: porque ¿quién será aquel indigno que reci- 
biendo un favor, como yo, no lo confiese, publique y 
agradezca, á pesar de la modestia de su benefactor? Mi 



■ A¿iát.^.i^>aJii's.t^lÍt.'LJ^M '^«.'.^ «>kv. .'j^MááaÍliá¡mÉ¿i.ji^-.:\. - .Wn.. ^ ^-■~. 'i-^- <: .^^^'■.>-^?i—" tf --'-■^-^'- 



\tfsii.4^L, 



«:!&■- 



OBRAS ESCOGIDAS - 191 

padre, señor, era muy honrado y dado á los libros, y yo 
me acuerdo haberle oído decir, que el que inventó las 
prisiones fué el que hizo los primeros beneficios; ya se 
ve que esto se entiende respecto de los hombres agra- 
decidos; pero ¿(|uién será el infame que recibiendo un 
beneficio no lo agradezca? En efecto, el ingrato es más 
terrible que las fieras. Usted ha visto la gratitud de los 
perros, y se acordará de aquel león á quien, habiéndole 
sacado un caminante una espina que tenía clavada en 
la mano, siendo éste después preso y sentenciado á ser 
víctima de las fieras en el circo de Roma, por suerte, 
ó para lección de los ingratos, le toc(') que saliese á 
devorarlo a(|uel mismo león á quien había curado de 
la mano, y éste, con admiración de los espectadores, 
luego que por el olfato conoció á su benefactor, en vez 
de arremeterle y despedazarlo, como era natural, se le 
acerca, ^ lo lame, y con la cola, boca y cuerpo, todo 
lo agasaja y halaga, respetando á su favorecedor. 
¿Quién, pues, será el hombre (jue no sea reconocido? 
Con razón las antiguas leyes no prescribieron pena á 
los ingratos, pensando el legislador que no podía darse 
tal crimen; y con igual razón dijo Ausonio, que no 
producía la natuvalc:^a cosa peor que un ingrato. Con- 
que vea usted, amigo don Antonio, si podré yo excu- 

* Es de advertir que cuando los romanos echaban fieras á los delincuentes les 
cercenaban el alimento para hacerlas más feroces con el hambre. 



/*..■ 'a- L-"'5S¿ --iVí:".- r.i;.rl¿!££ÓJ¿., 



192 



PENSADOR MEXICANO 



sarme de agradecer á usted los favores que me ha dis- 
pensado. 

— Yo jamás hablo contra lo que me dicta la razón, 
me respondió; conozco que es preciso y justo agradecer 
un beneficio; yo así lo hago, y aun lo publico, pues á 
más no poder, es una media paga el publicar el bien 
recibido, ya que no se pueda compensar de otra manera; 
pero con todo eso, desearía que no lo hicieran conmigo, 
porque no apetezco la recompensa de tal cual beneficio 
que hago del (jue lo recibe, sino de Dios y del testi- 
monio de mi conciencia; porque yo también he leído 
en el autor que usted me citó, que el que hace un bene- 
ficio no debe acordarse de que lo húo. 

Coníjue así, dejando esta materia, lo que importa 
es que usted no desmaye en los trabajos, ni se abata 
cuando yo le falte, pues le queda la Providencia, que 
acudirá á sostenerlo en ese caso, así como lo hace ahora 
por mi medio, pues yo no soy más que un instrumento 
de quien á la presente se vale.. 

En estas amistosas conversaciones nos quedamos 
dormidos, y á otro día, sin esperarlo yo, me llamaron 
para arriba. Subí sobresaltado, ignorando para qué me 
necesitaban; pero pronto salí de la duda, haciéndome 
entender el escribano que me iba á tomar la confesión 
con cargos. 

Me hicieron poner la cruz y me conjuraron cuanto 



f^- ^ = .:/A, 



. K;..,í.^t-— ^ -■ 



OBRAS ESCOGIDAS 193 

pudieron para que confesara la verdad, so cargo del 
juramento que había prestado. 

Yo en nada menos pensaba que en confesar ni una 
palabra que me perjudicara, pues ya había oído decir á 
los léperos, que en estos casos primero es ser mártir 
que confesor; pero sin embargo, yo juré decir verdad, . : 

porque decir que sí no me perjudicaba. 

Comenzaron á preguntarme mucho de lo que ya se 
me había preguntado en la declaración preparatoria, y 
yo repetí las mismas mentiras á muchas de las mismas 
preguntas que sospechaba no me eran favorables, y así 
negué mi nombre, mi patria, mi estado, etc., añadiendo 
acerca del oficio, que era labrador en mi tierra; confesé, - 
porque no lo podía negar, que era verdad (jue Januario '=l| 

era mi amigo, y que el zarape y rosario eran suyos; pero 
no dije cómo habían venido á mi poder, sino que me los 
había empeñado. 

A seguida se me hicieron varios cargos, pero nada 
valió para que yo declarara lo que se quería, y en vista 
de mi resistencia se concluyó aquella formalidad, hacién- 
dome firmar la declaración y despachándome al patio. 

Yo obedecí prontamente, como que deseaba qui- 
tarme de su presencia. Bájeme á mi calabozo, y no ( 
hallando en él á don Antonio, salí para el f)atio á 
tomar sol. 

Estando en esta diligencia, se juntaron cerca de mí j 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 49. . >'i3j 



•t'-fi^r \i.", -- : -.t_* *»(.í»iv 



194 PENSADOR MEXICANO 

unos cuantos cofrades de Briján, y tendiendo una fraza- 
dita en el suelo, se sentaron á jugar á la redonda en 
buena paz y compañía, la que por poco les deshace el 
presidente si no le hubieran pagado dos ó cuatro reales 
de licencia, que tanto llevaba de pitanza, con nombre de 
licencia, por cada rueda de juego que se ponía, y tal vez 
más. según era la cantidad que se jugaba. 

Yo me admiraba al ver que en la cárcel se jugaba 
con más libertad y á menos costo que en la calle, envi- 
diando de paso las buscas de los presidentes, pues á más 
de las generales, éste de quien hablo tenía otras que no 
le dejaban poco provecho, porque por tercera persona 
metía aguardiente y lo vendía como se le antojaba; pres- 
taba sobre prendas con dos reales de logro por peso, y 
hacía otras diligencias tan lícitas y honestas como las 
dichas. 

Deseaba yo mezclarme con los tahúres á ver si me 
ingeniaba con alguna de las gracias que me había 
enseñado Juan Largo; pero no me determiné por en- 
tonces, porque era nuevo y veía la clase de gente que 
jugaba, que cada uno podía darme lecciones en el arte 
do la fullería , y así me contenté con divertirme mirán- 
dolos. 

Pasado un largo rato de ociosidad, como todos los 
que se pasan en nuestras cárceles, repetí mi viaje al 
calabozo, y ya estaba don Antonio esperándome. Le 



. "---*'*^- .. . .,-• -^; .;..,..,.;.; -s.:'...-v..;^ ] l:.^ .^.L^'.':^^;J.íi¿íííí 



ri«. 



OBRAS ESCOGIDAS 



195 



conté todo mi acaecimiento con el escribano, y él mostró 
admirarse diciéndome: 

— Me hace fuerza que tan presto se haya evacuado 
la confesión con cargos, pues ayer le dije á usted que 
podía esperar este paso de aquí á tres meses, y en 
efecto, puedo citarle muchos ejemplares de estas dila- 
ciones. Bien es verdad que cuando los jueces son acti- 
vos, y no hay embarazo que lo impida, ó urge mucho la 
conclusión del negocio, se determina pronto esta diligen- 
cia. Pero vamos á esto: ¿ha hecho usted muchas citas? 
Porque siendo así, se enreda ó se demora más la causa. 

— No sé lo que son citas, le respondí; á lo que 
don Antonio me dijo: 

— Citas son las referencias que el reo hace á otros 
sujetos, poniéndolos por testigos, ó citándolos con cual- 
quiera ingerencia en la causa, y entonces es necesario 
tomarles á todos declaración , para examinar por ésta la 
verdad ó falsedad de lo que ha dicho; y esto se llama 
evacuar citas. Ya usted verá que naturalmente estas 
diligencias demandan tiempo. 

— Pues, amigo, le dije, mal estamos; porque yo, 
para probar que no salí con Januario la noche del robo, 
atestigüé que me había estado en el truquito con todos 
los inquilinos de él, y éstos son muchos. 

— En verdad que hizo usted mal, dijo don Antonio, 
pero si no había prueba más favorable, usted no podía 



■l-.,»,!-- •^'í,'.»^^^ rj_ti.t,?>-il. 



196 PENSADOR MEXICANO 

omitirla. En fin, si con la prisa que ha comenzado el 
negocio, continúa, puede usted tener esperanza de salir 
pronto. 

En estas y otras conversaciones entretuvimos el 
resto de aquel día, en el que mi caritativo amigo me 
dio de comer, y en los quince ó veinte más que duró en 
mi compañía, no sólo me socorrió en cuanto pudo, sino 
que me doctrinó con sus consejos. ¡Ah, si yo los hubiera 
tomado I 

Guando me veía adunarme con algunos presos, cuya 
amistad no le parecía bien,, me decía: — Mire usted, don 
Pedrito, dice el refrán (jue cada oveja con su pareja. 
Podía usted no familiarizarse tanto con esa clase de 
gente como N. y Z., pues, no porque son pobres ni 
morenos; estos son accidentes por los que solamente 
no debe despreciarse al hombre, ni desecharse su com- 
pañía, en especial si aquel color y aquellos trapos rotos 
cubren, como suele suceder, un fondo de virtud, sino 
porque esto no es lo más frecuente; antes la ordinariez 
del nacimiento y el despilfarro de la persona suelen ser 
los más seguros testimonios de su ninguna educación 

4 

ni conducta; y ya ve usted (jue la amistad de unas 
gentes de esta clase no puede traerle ni honra ni 
provecho; y ya se acuerda de que, según me ha con- 
tado, los extravíos que ha padecido y los riesgos en 
que se ha visto no los debe á otros que á sus malos 



.t;""»?".-^'".^: .-. . . : -;tbhi»»^:--.- ^*<^."r» 



OBRAS ESCOGIDAS 197 

amigos, aun en la clase de bien nacidos, como el señor 
Januario. 

A este tenor eran todos los consejos que me daba 
aquel buen hombre, y así con sus beneficios como con la 
suavidad de su carácter se hizo dueño de mi voluntad, 

en términos que yo lo amaba y lo respetaba como á mi 
padre. 

Esto me acuerda que yo debí á Dios un corazón 
noble, piadoso y dócil á la razón. La virtud me pren- 
daba, vista en otros; los delitos atroces me liorrorizaban, 
y no me determinaba á cometerlos, y la sensibilidad se 
excitaba en mis entrañas a la presencia de cualquiera 
escena lastimosa. 

Pero ¿qué tenemos con estas buenas cualidades si 
no se cultivan? ¿Qué, con que la tierra sea fértil, si la 
semilla que en ella se siembra es de cizaña? Eso era 
cabalmente lo que me sucedía. Mi docilidad me servía 
para seguir el ímpetu de mis pasiones y el ejemplo de 
mis malos amigos; pero cuando lo veía bueno, pocas 
veces dejaba de enamorarme la virtud, y si no me deter- 
minaba á seguirla constantemente, n lo menos me sentía 
inclinado á ello v me refrenaba mientras tenía el estí- 
mulo á la vista. 

Así me sucedió mientras tuve la compañía de don 
Antonio, pues lejos de envilecerme ó contaminarme más 
con el perverso ejemplo de aquellos presos ordinarios, 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B.— 50. 



&. 

*■ 



t\ -...iüliaitt.fci,. . ■ ,. -j-' j-w."i..r' ... ."ií.-iilt .'J.-i. i,;¿.«.-."'»i-li_«t.v i-i'ii^i.:;' 



198 PENSADOR MEXICANO 

(|ue conocemos con el nombre de (jcntcdla, según me 
acontoci"'» en el truquito, lejos de esto, digo, iba yo adqui- 
riendo no sé que modo de pensar con honor, y no me 
atrevía á asociarme con aquella broza por vergüenza de 
mi amigo, y por la fuerza que me hacían sus suaves y 
eficaces persuasiones. ¡Qué cierto es que el ejemplo de 
un amigo honrado contiene, á veces, más que el pre- 
cepto de un superior, y más si éste sólo da preceptos y 
no ejemplos I 

Pero como yo apenas comenzaba á ser aprendiz de 
hombre de bien con los de mi buen compañero, luego 
que me faltaron rodó por tierra toda mi conducta y 
señorío, á la manera que un cojo irá á dar al suelo 
luego que le falte la muleta. 

Fué el caso que una mañana que estaba yo solo en 
mi calabozo levendo en uno de los libros de don Antonio, 
bajó éste de arriba, y dándome un abrazo, me dijo muy 
alborozado : 

— Querido don Pedro, ya quiso Dios, por fin, 
que triunfara la inocencia de la calumnia, y que yo 
logre el fruto de aquélla en el goce completo de mi 
libertad. Acaba el alcaide de darme el correspondiente 
boleto. Yo trato de no perder momentos en esta prisión 
para que mi buena esposa tenga cuanto antes la compla- 
cencia de verme libre y á su lado, y por este motivo 
resuelvo marcharme ahora mismo. Dejo á usted mi 



••• • V . 



r 



i 



. OBRAS ESCOGIDAS 199 

cama y esa caja con lo que tiene dentro para que se . 

í" 

sirva de ella entretanto la mando sacar de aquí, pero j 

le encargo me la cuide mucho. 

Yo prometí hacer cuanto él me mandara, dándole 
los plácemes por su libertad y las debidas gracias por ' 

los beneficios que me había hecho, suplicándole que 
mientras estuviera en México se acordara de su pobre 
amigo Perico, y no dejara de visitarlo de cuando en 
cuando. El me lo ofreció así, poniéndome dos pesos en 
la mano, y estrechándome otra vez en sus brazos, me 
dijo: — Sí, mi amigo... mi amigo... j pobre muchacho! 
bien nacido y mal logrado... Adiós... — No pudo conte- 
ner este hombre sensible y generoso su ternura: las 
lágrimas interrumpieron sus palabras, y sin dar lugar á 
que yo hablara otra, marchó dejándome sumergido en 
un mar de aflicción y sentimiento, no tanto por la falta 
que me hacía don Antonio, cuanto por lo que extrañaba 
su compañía; pues en efecto, ya lo dije y no me cansaré :^ 

de repetirlo, era muy amable y generoso. 

Aquel día no comí, y á la noche cené muy parca- 
mente; mas como el tiempo es el paño que mejor enjuga 
las lágrimas que se vierten por los muertos y los ausen- 
tes, al segundo día ya me fui serenando poco á poco. 
Bien es verdad que lo que calmó fué el exceso de mi 
dolor, mas no mi amor ni mi agradecimiento. 

Apenas los pillos mis compañeros me vieron sin el 



200 PENSADOR MEXICANO 

respeto de don Antonio y advirtieron que quedó de depo- 
sitario de sus bienecillos. cuando procuraron granjearse 
mi amistad, y para esto se me acercaban con írecuencia, 
me daban cigarros cada rato, me convidaban á aguar- 
diente, me preguntaban por el estado de mi causa, me 
consolaban y hacían cuanto les sugería su habilidad por 
apoderarse de mi confianza. 

No les costó mucho trabajo, porque yo, como buen 
bobo, decía: — No, pues estos pobres no son tan malos 
como me parecieron al principio. El color bajo y los ves- 
tidos destrozados no siempre califican á los hombres de 
perversos, antes a veces pueden esconder algunas almas 
tan honradas y sensibles como la de don Antonio; y 
¿qut' sé yo si entre estos infelices me encontraré con 
alguno que supla la falta de mi amigo? 

Engañado con estos hipócritas sentimientos, resolví 
hacerme camarada de aquella gentuza, olvidándome de 
los consejos de mi ausente amigo, y lo que es más, del 
testimonio de mi conciencia que me decía que, cuando no 
en lo general, á lo menos en lo común, raro hombre 
sin principios ni educación deja de ser vicioso y rela- 
jado. 

A los tres días de la partida de don Antonio, ya era 
yo consocio de aquellos tunos, llevando con ellos una 
familiaridad tan estrecha, como si de años atrás nos 
hubiéramos conocido; porcjue no sólo comíamos, bebía- 



',jj-<: -'^•^^"'^ i k-vr-. -^'^;a<^.-. ^. vV.'.w^^a^'-. 



■'■*7..'^ 



?V ■ ■ f'- 



'A.y 



OBRAS ESCOGIDAS 



201 



mos y jugábamos juntos, sino que nos tuteábamos y 
retozábamos de manos como unos niños. 

Pero con quien más me intime fué con un mulatillo 
gordo, aplastado, chato, cabezón, encuerado y demasia- 
damente vivo y atrevido, que le llamaban la Afjuilifa, y 
yo jamás le supe otro nombre, que verdaderamente le 
convenía así por la rapidez de su genio como por lo 
afilado de su garra. Era un ladrón astuto y ligerísimo; 
pero de aquellos ladrones rateros, incapaces de hacer un 
robo de provecho, pero capaces de sufrir veinticinco 
azotes en la picota por un vidrio de á dos reales ó un 
pañito de á real y medio. Era, en fin, uno de estos 
macutenos ó cortabolsas, pero delicado en la facultad. 
No se escapaba de sus uñas el pañuelo más escondido, 
ni el trapo más bien asegurado en el tendedero. ¡Qué 
tal sería, pues los otros presos, que eran también profe- 
sores de su arte, le rendían el pórrigo, ^ le confesaban 
la primacía y se guardaban de él como si fueran los 
más lerdos en el oficio I 

El mismo, haciendo alarde de sus delitos, me los 
contó con la mayor franqueza, y yo le referí mis aven- 
turas punto por punto en buena correspondencia, sin 
ocultarle que así como á él por mal nombre le 11a- 

' Plinio y otros autores usan la frase Herbam porrigere en boca del que confiesa 
haber sido vencido. Por esto antiguamente en las escuelas y cátedras de gramática se 
usó que los que habían dicho algún disparate, se hincasen ante el que se los corrigió, 
diciéndole pórrigo Ubi, y á esto alude la frase poco usada hoy de rendir el pórrigo, que 
para su inteligencia pareció necesario explicar en esta nota. E. 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. I, B. — 51. 






202 PENSADOR MEXICANO 

maban Afjuiltki, así á mí me decían Periquillo Sar- 
niento. 

No fué menester más que revelarle este secreto para 
que todos lo supieran, y desde aquel día ya no me cono- 
cían con otro nombre en la cárcel. 

l'^ste fué, según dije, el gran sujeto con quien yo 
trabé la más estrecha amistad. Ya se deja entender qué 
ejemplos, qué consejos y qué beneficios recibiría de mi 
nuevo amigo y de todos sus camaradas. Como de ellos. 

Al plazo que dije ya habían concluido los dos pesos 
que me dejó don Antonio, y yo no tenía ni qué comer 
ni qué jugar. Es cierto que el amigo Aguilucho partía 
conmigo de su plato, pero éste era tal que yo lo pasaba 
con la mayor repugnancia, pues se reducía á un poco 
de atole aguado por la mañana, un trozo de toro mal 
cocido en caldo de chile al medio día y algunos alver- 
jones ó habas por la noche, (juc ellos engullían muy 
bien, tanto por no estar acostumbrados á mejores vian- 
das como por ser éstas de las (jue les daba la caridad; 
pero yo apenas las probaba. De manera que si no hubiera 
sido por un bienhechor que se dignó favorecerme, perez- 
co en la cárcel de enfermedad ó de hambre, pues era 
seguro que si comía las municiones alverjonescas y el 
toro medio vivo me enfermaría gravemente, y si no 
comía eso, no habiendo otros alimentos, la debilidad 
hubiera dado conmigo en el sepulcro. 



•■JK- 1 " -i- 



OBRAS ESCOGIDAS 203 

Pero nada de esto sucedió; porque desde el cuarto 
día de la ausencia de don Antonio me llevaron de la 
calle un canastito con suficiente y regular comida, sin 
poder yo averiguar de dónde, pues siempre que lo 
preguntaba al mandadero sólo sacaba de éste que me 
la daba un amigo, quien mandaba decir que no nece- 
sitaba saber quién era, 

Ea esta inteligencia, yo recibía el canastillo, daba 
las gracias á mi desconocido benefactor y comía con 
mejores apetencias y casi siempre en compañía del 
Aguilucho ó de alguno de sus cofrades. 

Mas como la amistad de éstos no era verdadera, 
ni se dirigía á mi bien sino al provecho que esperaban 
sacar de mí, no cesaban de instarme á jugar, y esto 
lo hacían por medio de Aguilita, quien me decía á cada 
cuarto de hora: — Amigo Perico, vamos á jugar, hombre; 
¿qué haces tan triste y arrinconado con el libro en la 
mano hecho santo de colateral? Mira, en la cárcel sólo 
bebiendo ó jugando se puede pasar el rato, pues no hay 
nada que hacer ni en qué ocuparse. Aquí el herrero, 
el sastre, el tejedor, el pintor, el arcabucero, el batihoja, 
el hojalatero, el carrocero y otros muchos artesanos, 
luego que se ven privados de su libertad se ven tam- 
bién privados de su oficio, y de consiguiente constituidos 
en la última miseria ellos y sus familias en fuerza 
de la holgazanería á que se ven reducidos, y los que 



1 



204 PENSADOR MEXICANO 

no tienen oficio perecen de la misma manera; y así, 
camarada, ya que no hay más que hacer, pasemos el 
rato jugando y bebiendo mientras que nos ahorcan ó 
nos envían á comer pescado fresco á San Juan de 
Ulúa, ponjuc lo demás será quitarnos la vida antes 
que el verdugo ó los trabajos nos la (juiten. 

Acabó mi amigo su persuasiva conversación, y le 
dije: — No pensé jamás que un hombre de tu pelaje 
hablara tan razonablemente; porque la verdad, y sin 
que sirva de enojo, los de tu clase no se explican en ma- 
teria ninguna de ese modo. — Auntjue no es esa regla tan 
general como la supones, me contestó, sin embargo, 
es menester concederte que es así, por la mayor parte; 
mas esa dureza é idiotismo (jue adviertes en los indios, 
mulatos y demás castas, no es por defecto de su enten- 
dimiento, sino por su ninguna cultura ni educación. 
Ya habrás visto (jue muchos de esos mismos que no 
saben hablar, hacen mil curiosidades con las manos, 
como son cajitas, escribanías, monitos, matraquitas, 
y tanto cachivache que atrae la afición de los muchachos 
y aun de los que no lo son; pues lo más especial que 
hay en el caso es el precio en que los venden» y la herra- 
mienta con que los trabajan. El precio es poco menos 
que medio real ó cuartilla, y la herramienta se reduce 
á un pedazo de cuchillo, una tira de hoja de lata, y casi 
siempre nada más. 



■iv4;w¿- : 



■. 1- . .: 



OBRAS ESCOGIDAS 205 

Esto prueba bien que tienen más talento del que 
tú les concedes; porque si no siendo escultores, car- 
pinteros, carroceros, etc., ni teniendo conocimiento en 
las reglas de las artes que te he nombrado, hacen una 
figura de un hombre ó de un animal, una mesa, un 
ropero, un cochecito y cuanto quieren, tan bonitos y 
agradables á la vista, si hubieran aprendido esos oficios, 
claro es (jue harían obras perfectas en su línea. 

Pues de la misma manera debes considerar que 
si los dedicaran á los estudios, v su trato ordinario fuera 
con gente civilizada, sabrían muchos de ellos tanto como 
el (|ue más y serían capaces de lucir entre los doctos, 
no obstante la opacidad de su color. ^ Yo, por ejemplo, 
hablo regularmente el castellano, porque me crié al lado 
de un fraile sabio, quien me enseñó á leer, escribir y 
hablar. Si me hubiera criado en casa de mi tía, la tri- 
pera, seguramente i\ la hora de ésta no tuvieras nada 
que admirar en mí. , 

Pero dejemos estas filosofías para los estudiantes. 
Aquí nada vale hablar bien ni mal, ser blancos ni prie- 

1 Aún se acuerdan en esta ciudad de aquel negrito lego, pero poeta improvisador 
y agudísimo, de quien entre muchas de sus repentinas agudezas, se celebra la que 
dijo al sabio padre Samudio, jesuíta, con ocasión de preguntar éste al compañero si 
nuestro negro, que iba cerca, era el mismo de quien tanto se hablaba; lo oyó éste y 
respondió: 

Yo soy el negrito poeta 
Aunque sin ningún estudio, 
Si no tuviera esta jeta 
Fuera otro padre Samudio. . 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 52. 



■I 



í 



^ w.:jfHA.Tiá»i' « 



206 PENSADOR MEXICANO 

tos, trapientos ó decentes: lo que importa es ver cómo 
se pasa el rato y cómo se les pelan los medios á 
nuestros compañeros; y así vamos á jugar, Periquillo, 
vamos á jugar, no tengas miedo; á mí no me la dan 
de malas en el naipe; de eso entiendo más que de cas- 
trar monas, y en fin, amarro un albur á veinte cartas. 
Conque vamos, hombre. 

Yo le dije que iría de buena gana si tuviera dinero, 
pero que estaba sin blanca. — ¡Sin blanca! exclamó 
el Gerifalte. No puede ser. ¿Pues para qué quieres 
esas sábanas ni esa colcha (jue tienes en la cama, ni 
los demás trebejos que guardas en la cajita? A({uí el 
presidente y otros de tan arreglada conciencia como él, 
prestan ocho con dos sobre prendas, ó al valer, ó á 
si chilla. 

— El logro de recibir dos reales por premio de ocho 
que se presten, lo dije, ya lo entiendo, y sé que eso se 
llama prestar ocho con dos; pero en esto de la valedura 
y del chillido no tengo inteligencia. Explícame qué cosas 
son. 

— Prestar al valer, me respondió, es prestar con la 
obligación de dar el agraciado al prestador medio ó un 
real de cada albur que gane, y prestar á si chifla, es 
prestar con un plazo señalado, sin usura, pero con 
la condición de que pasado éste, y no sacando la prenda, 
se pierde ésta sin remedio, en el dinero que se prestó 



OBRAS ESCOGIDAS 207 

sobre ella, sin tener el dueño acción para reclamar las 
demasías. 

— Muy bien, dije yo; he quedado bien enterado en 
el asunto, y saco por buena cuenta que, ya de uno, ya de 
otro modo, está el empeñador muy expuesto á quedarse 
sin su alhaja, y los tales logreros en ocasión próxima de 
que se los lleve el diablo. 

— Eso no te apure, dijo el Aguilucho, que se los 
lleve ó no. ¿qué cuidado se te da? ¿Acaso tú los pariste? 
El caso es que nos habiliten con monedas para jugar, y 
por lo demás allá se las avenga. 

— Todo está bueno, hermano, pero si esas prendas 
no son mías, ¿cómo las puedo empeñar? — Con las 
manos, decía mi gran amigo, y si no quieres hacerlo 
tú yo lo haré, que sé muy bien quién presta y quién 
no en nuestra casa. Lo que te puede detener es lo 
que responderás á don Antonio cuando venga por ellas, 
¿no es eso? Pues mira; la respuesta es facilísima, natu- 
ral y que debe pasar á la fuerza, y es decir que te roba- 
ron. No pienses que don Antonio lo ha de dudar, porque 
á él mismo le hemos robado yo y otros no tan asim- 
plados como tú; y así es preciso que él se acuerde y 
diga: si á mí, que era dueño de lo mío, me robaban, 
¿cómo no han de robar á este tonto, nuevo y que no 
ha de cuidar lo mío tanto como yo propio? 

Fuera de que, aun cuando no discurriera de este 



i .i^^'K^jJL- ■«-.X.*- 



' -^uyuu 'jr.-sj- 



208 PENSADOR MEXICANO 

modo, sino que pensara que era trácala tuya, ¿qué te 
había de hacer? Ya estás en la cárcel, hijo; ni más 
adentro, ni más afuera. 

Pero no tengas cuidado de que lo sepa, aunque 
vendas hasta los bancos públicamente, pues a(juí todos 
nos tapamos con una frazada, ^ y no te descubriéramos, 
si el diablo nos llevara. 

— Yo creo cuanto me dices, le contesté; pero mira, 
ese sujeto es un buen hombre; ha hecho confianza de 
mí; se ha dado por mi amigo y lo ha manifestado 
llenándome de favores. ¿Cómo, pues, es posible que yo 
proceda con él de esa manera? 

— ¡Qué animal eres! decía el Gavilán; lo primero, 
que esa amistad de don Antonio era por su convenien- 
cia, por tenei- con quién platicar, y porque con nos- 
otros no tenía partido por mono, ridículo y misterioso: 
lo segundo, que ya embriagado con su libertad, no se 
acordará en la vida de estos (ilichcs, ' así como no se ha 
acordado en cuatro días que há que salió: lo tercero, 
(jue en caso (jue se acuerde es fuerza que crea la dis- 
culpa sin hacerte cargo del robo: y lo cuarto y último, 
que eso no se llama agraviar á los amigos, pues tú no le 
haces ningún agravio, ni le (juitas su mujer, ni su cré- 
dito, ni sus intereses, ni le das una puñalada, ni le 

' l-'rase familiar con la que se da á entender que dos ó más se disculpan mutua- 
mente, encubriendo asi sus picardías ó manejos comunes. E. 
* Trapos viejos y hechos pedazos. E. 



i 



OBRAS ESCOGIDAS 209 

haces ninguna injuria á sus sabiendas. Le vendes una 
que otra friolerilla por pura necesidad y sin que lo sepa; 
lo que es señal de grande amistad. Si le hicieras algún 
daño cierto de que lo había de saber, era señal de que le 
querías agraviar: pero venderle cuatro trapos, seguro 
de que no lo sabrá, es la prueba más incontestable de 
que le quieres bien, lo que puede aquietar tu interior. f 

Finalmente, tanto hizo y dijo el picaro mulatillo, 4 

que yo, que poco había menester, me convencí y empeñé 
en cinco pesos unos calzones de paño azul muy buenos, 
con botones de plata, que había en la caja, y nos fuimos 
á poner el montecito sin perder tiempo. 

Como moscas á la miel, acudieron todos los pillos 
enírazadados á jugar. Se sentaron á la redonda, y co- \i 

menzó mi amigo á barajar, y yo á pagar alegremente. 

En verdad que era fullero el Aguilucho, pero no tan 
diestro como decía; porque en un albur que iba intere- 
sado con cosa de doce reales, hizo una deslomada tan 
tosca y á las claras, que todos se la conocieron, y comen- 
zando por el dueño de la apuesta, amparándolo sus 
amigos, y al montero los suyos, se encendió la cosa de 
tal modo que en un instante llegamos á las manos, y 
hechos un nudo unos sobre otros, caímos sobre la car- 
peta del juego, dándonos terribles puñetes, y algunos de 
amigo, pues como estábamos tan juntos y ciegos de 
la cólera, los repartíamos sin la mejor puntería, y solía- 

PERigUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 53. 



1 



■^ 



•^St^ aii.iS^\¡-r^isiatí¡ií¿r^jL¿i-^Í 



..•i: 



210 PENSADOR MEXICANO 

mos dar el mejor mojicón al mayor amigo. A mí, por 
cierto, me dio uno tan feroz el Aguilucho, que me bañó 
en sangre, y l'ué tal el dolor que sentí, (jue pensé que 
había escupido los sesos por las narices. 

El alboroto del patio fué tan grande, que ni el presi- 
dente podía contenerlo con su látigo, hasta que llegó el 
alcaide, y como no era de los peores, nos sosegamos por 
su respeto. 

Luego que nos serenamos, y estando yo en mi 
departamento, me fué á buscar mi compañero el Agui- 
lucho, quien, como acostumbrado á estas pendencias en 
la cárcel v fuera de ella, estaba más fresco que vo, v así 
con mucha sorna me preguntó cómo me había ido de 
campaña. — De los diablos, le respondí; todos los dientes 
tengo llojos y las narices quebradas, siendo lo más sen- 
sible para mí que tú fuiste quien me hizo tan gran favor. 

— Yo no lo sé, dijo el mulatillo: pero no lo niego, 
que cuando me enojo no atiendo cómo ni á quién repar- 
to mis cariños. Ya viste que aquellos malditos casi 
me tenían con la cara cosida contra el suelo, y así yo no 
veía á d('»nde dirigía la mano. Sin embargo, perdóname, 
hermano, que no lo hice á mal hacer. ¿Y es mucha la 
sangre que has echado? — No había de haber sido tanta, 
le respondí, sobre que hasta desvanecido estoy. — No le 
hace, añadió él. Sábete que no hay mal que por bien no 
venga., y regularmente un trompón de estos bien dado, 



. rXv-.^'^'-rssír •" - ■ ' r - ■ i.wwut-T?. '* ■'í.^jk^- 



OBRAS ESCOGIDAS 211 

de cuando en cuando, es demasiado provechoso á la 
salud; porque son unas sangrías copiosas y baratas que 
nos desahogan las cabezas y nos precaven de una fiebre. 

— Maldito seas tú y tu remedio condenado, le dije; y 
será mejor que en la vida no me apliques otra semejante 
sangría. Pero dime: ¿cómo salimos de monedas? Porque 
será la del diablo que después de sangrados y magullados 
hayamos salido sin blanca. 

— Eso sí que no, me respondió mi camarada, las 
tripas hubiera dejado en manos de mis enemigos primero 
que un real. Luego que vi que nos comenzamos á enojar, 
procuré afianzar la plata, de suerte que cuando el general 
tocó á embestir, ya los medios estaban bien asegurados. 

— ¿Y dimde? le pregunté; porque tú no tienes 
chupa, ni camisa, ni calzones, ni cosa (jue lo valga, 
¿conque dónde los escondiste tan presto? — En la pretina 
de los calzones blancos, me contestó, y entre el ceñidor, 
y por acabar esa maniobra, me pusieron como viste, que 
si desde el principio del pleito me cogen con ambas 
manos trancas, otro gallo les cantara á esos tales; pero 
no somos viejos y sobran días en el año. 

— Vaya, deja esos rencores, le dije; á ver lo que me 
toca, porque ya me muero de hambre y quisiera mandar 
traer de almorzar. — Ya está corrida esa diligencia, me 
contestó el Aguilucho, y por señas que ahí viene tío 
Chepito, el mandadero, con el almuerzo. 



^:i¡¿iiii: 



1- - í^ - : •*™r.^^.'':7'»«°^ 



212 PENSADOR MEXICANO 

En efecto, llegó el viejecito con una canasta bien 
habilitada de manitas en adobo, cecina en tlemole, pan, 
tortillas, fríjoles y otras viandas semejantes. Llamó el 
Aguilón á sus camaradas, y nos pusimos todos en rueda 
á almorzar en buena paz y compañía; pero en medio de 
nuestro gusto nos acordábamos del pulquillo, y su falta 
nos entristecía demasiado: mas al fin se suplió con 
aguardiente de caña , y fueron tan repetidos los brindis, 
que yo, como poco <'» nada acostumbrado á beber, me 
trastorné de modo que no supe lo que sucedi(') después, 
ni cómo me levanté de allí. Lo cierto es que á la noche, 
cuando volví en mí, me hallé en mi cama, no muy 
limpio y con un fuerte dolor de cabeza; y de esta manera 
me desnudé y procuré volver á dormir, lo que no me 
costó poco trabajo. 




virr, -•; ;. •::"»f^c'%. ' v'iíE.í^; '.''.*^ v'rrw^í'T^í**^ 




CAPITULO IX 



En el que Periquillo da razón del reboque 

le hicieron en la cárcel ; de la despedida de don Antonio; 

de los trabajos que posó, y de otras cosas que tal 

vez no desagradarán á los lectores 



Luego que amaneció se levanta- 
ron los presos de mi calabozo, y yo 
el último de todos, aunque con bastante hambre, como 
que no había cenado en la noche anterior. Mi primera 
diligencia l'ué ir á sacar una tablilla de chocolate para 
desayunarme; pero ¡cuál fué mi sorpresa, cuando bus- 
cando en mi bolsa la llave de la cajita, no la hallé 
en ella, ni debajo de la almohada, ni en parte alguna, 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 54. 



-JTfXfl-" ■• ■ - , . • . .- • --y.y T ;7.-».-*--N- 



214 PENSADOR MEXICANO 

y hostigado de mi apetencia, rompí la expresada caja y 
la encontré limpia de todo el ajuar de don Antonio, 
al que yo miraba con demasiado cariño! Confieso que 
estuve á pique de partirme la cabeza contra la pared 
de rabia y desesperación, considerando la realidad del 
suceso, esto es, (jne los mismos compañeros, luego que 
me vieron borracho, me sacaron la llavecita de la bolsa 
y despabilaron cuanto la infeliz depositaba. 

Yo acertaba en el juicio, pero no podía atinar con el 
ladr(')n. ni recabar el robo, v esto me llenaba de más 
cólera: por manera que no me detenía en advertir los 
funestos resultados que trae consigo la embriaguez, pues 
adormeciendo las potencias y embargando los sentidos, 
constituye al ebrio en una clase de insensibilidad, (jue lo 
hace casi semejante á un leño; y en este miserable estado, 
no sólo está propenso á que lo roben . sino á (jue lo 
insulten y aun lo asesinen, como se ha visto por repe- 
tidos ejemplares. 

En nada menos pensaba yo (jue en esto, lo que me 
•hubiera importado bastante pai-a no haber contraído este 
horroroso vicio, como lo contraje, auuíjue no con mucha 
frecuencia. 

Suspenso, triste, cabizbajo y melancólico estaba yo 
sentado en la cama rovéndome las uñas, mirando de 
liito en hito la pobre caja limpia de polvo y paja, maldi- 
ciendo á los ladrones, echando la culpa á éste y al otro, y 



■.rv;:.>7íí^v '•-'': f',.'^;^TCT,>.->»'v»'v' 



OBRAS ESCOGIDAS 215 

sin acordarme ya del chocolate para nada; bien que, 
aunque me acordara en aquel acto, ¿de qué me habría 
servido, si no había quedado ni señal de que había 
habido tablillas en la caja? 

Estando en esta contemplación llegó mi camarada 
el Aguilucho, quien con una cara muy placentera me 
saludó y preguntó que cómo había pasado la noche. 
A lo (jue yo le dije: — La noche no ha estado de lo 
peor; pero la mañana ha sido de los perros. — ¿Y por 
qué, Periquillo? — ¿Cómo por qué? le dije, porque me 
han robado. Mira cómo han dejado la caja de don An- 
tonio. 

Asomóse el Aguilucho á verla y exclamó como las- 
timado de mi desgracia: — En verdad, hombre, que está 
la caja más vacía (|ue la que llamaba don Quijote yelmo 
de Mambrino. ¡Qué diablura! ¡Qué picardía! ¡Qué infa- 
mia ! A mí no me espanta que roben, vamos, si yo soy 
del arte ¿cómo me he de escandalizar por eso? Lo que 
me irrita es que roben á los amigos, porque, no lo 
dudes, Periquillo, en el monte está quien el monte 
quema. Sí, seguramente que los ladrones son de casa, y 
yo jurara que fueron algunos de los mismos picaros que 
almorzaron ayer con nosotros. Si yo hubiera olido sus 
intenciones, no sucede nada de esto; porque no me 
hubiera apartado de tí, y no que. deseoso de desquitarme 
de lo que gasté, fui á jugar con el resto que nos quedó, y 






216 PENSADOR MEXICANO 

se nos arrancó de cuajo; pero no te apures, que otro día 
será mañana. 

— Conque según eso, le dije, ¿ni para el desayuno te 
ha (luedado? — ¡Qué desayuno ni qué talega, me con- 
testó, si anoche me acosté sin un cigarro I Pero díme: 
¿(jiié fué lo que se llevaron de la caja? — Una friolera, le 
dije: dos camisas, un par de calzoncillos, unas botas, 
unos zapatos buenos, unos calzones de tripe, dos pañue- 
los, unos libros, mi chocolate... últimamente, todo. — 
¡Qué bribonada 1 decía el mulatillo; yo lo siento, her- 
mano, y andaré listo por todos los calabozos y entresue- 
los, á ver si rastreo algo de eso que has dicho, que con 
una hilacha que encontremos, pierde cuidado, todo pare- 
cerá; pero por ahora no te achucharres, enderézate, 
levanta la cabeza, párate, ^ vamos, sal acá luera y seré- 
nate, que no estamos hechos de trapos; más se perdió 
en el diluvio y todo fué ajeno, como lo (|ue tú has 
perdido. Conijue anda, Periquillo, vén, no seas tonto, te 
desayunarás. 

Queriendo que no queriendo, me levanté deseoso del 
desayuno prometido. Fuimos al calabozo del presidente, 
con quien habló el Aguilucho como en secreto. Abrió el 
c<')mitre una caja, y cuando yo pensé que iba á sacar una 
tablilla ó dos, y alguna torta de pan, vi que sacó una 



' Esto es, ponte en pie, levántate. Es comunísimo este provincialismo entre nos- 
otros, aunque el verbo pararse no tiene tal acepción ó significación en castellano. E. 






OBRAS ESCOGIDAS 217 

botella y un vaso y le echó como medio cuartillo de 
aguardiente, el que tomó mi camarada y lo pasó de su 
mano á la mía diciéndome: — Toma, Periquillo, haz la 
mañana. — Hombre, le dije, yo no sé desayunarme si no 
es con chocolate. — Pues éste es chocolate, me contestó; 
lo que sucede es que el que tú has bebido otras veces es 
de metate y éste es de clavija; pero, hijo, cree que éste es 
mejor, porque fortalece el estómago y anima la cabeza... 
anda, pues, bebe, que el señor presidente está esperando 
el vaso. 

Con ésta y semejantes persuasiones me convenció, y 
entre los dos dimos vuelta al medio cuartillo, subiéndo- 
seme la parte que me tocó, más presto de lo que era 
menester; pero por fin, con tan ligero auxilio, á las dos 
horas ya estaba yo muy contento y no me acordaba de 
mi robo. 

Así pasamos como quince días dándole yo al Agui- 
lucho qué comer, y él dándome que beber en mutua 
y recíproca correspondencia; bien es verdad que cada 
instante me decía que vendiéramos ó empeñáramos las 
sábanas y colcha de la cama; pero no lo pudo conseguir 
de mí por entonces, porque le juré y rejuré que no las 
vendería por cuanto había en este mundo, y para mejor 
cumplirlo se las llevé al presidente rogándole que me las 
guardara para cuando su dueño las mandara llevar á 
su casa. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B —55. 



-■ i^'-r »-v; 



-.^: 



218 PENSADOR MEXICANO 

El dicho presidente me hizo el favor de guardarlas, 
y yo me quede sin más abrigo que mi zarapillo, con 
lo que perdió el taimado de mi buen amigo las espe- 
ranzas de tener parte en ellas; mas no por eso se dio por 
sentido conmigo, ya porque era de los (jue no tienen 
vergüenza, y ya porque no le tenía cuenta ser delicado y 
perder la coca de mi convite al medio día, á cuya hora 
jamás faltó de mi lado, pues la comida que mi incógnito 
bienhechor me enviaba provocaba á cortejarla, así por su 
sazón como por su abundancia, no digo al tosco paladar 
del Aguilucho, sino á otros más exquisitos. 

Yo conceptué que el tal picaro había sido el princi- 
pal agente de mi robo, como fué en efecto, pero no me 
di por entendido, porque consideré que me daba á odiar 
demasiado entre aquella gente, y al fin más fácil sería 
sacar un judío de la Inquisición que un real de lo que 
ellos tendrían ya hasta digerido. 

Con este disimulo fuimos pasando, recibiendo yo de 
tragos de aguardiente los bocados que le daba al Gavilán. 

Un día que estaba yo espulgando mi sucia y andra- 
josa camisa me llamaron para arriba. Subí corriendo, 
creyendo que fuera para alguna diligencia judicial; pero 
no fué el escribano quien me llamó, sino mi buen amigo 
don Antonio y su esposa, que tuvieron la bondad de 
visitarme. 

Luego que me vio, me abrazó con demasiado cariño, 






OBRAS ESCOGIDAS 



219 



y su esposa me saludó con mucho agrado. Yo, en medio 
del gusto que tenía de ver á aquel verdadero y generoso 
amigo, no dejé de asustarme bastante considerando que 
iba por sus trastos y yo había de darle las cuentas del 
gran capitán; pero don Antonio me sacó pronto del 
cuidado, pues á pocas palabras me dijo que ¿por qué 
estaba tan sucio y despilfarrado? — Porque ya sabe usted, 
le contesté, que no tengo otra cosa que ponerme. — 
¿Cómo no? dijo mi amigo, ¿pues qué se ha hecho la 
ropita que dejé en la caja? — Túrbeme al oir esta pre- 
gunta, y no pude menos que mentir con disimulo, pues 
sin responder derechamente á la pregunta, le signifiqué 
que no la usaba por no ser mía, diciéndole con miedo, 
que él supuso efecto de vergüenza: — Como esa ropa no 
es mía, sino de usted... — No. señor, interrumpió don 
Antonio; es de usted y por eso la dejé en su poder. 
Úsela norabuena. Le encargue que me la guardara por 
experimentarlo; pero pues la ha sabido conservar hasta 
hoy, úsela. 

La alma me volvió al cuerpo con esta donación, 
aunque en mi interior me daba á Barrabás reflexio- 
nando que si él me exoneraba de la responsabilidad de 
la ropa, ya los malditos ladrones me habían embarazado 
el uso. Pregúntele si había de llevar su cama, para 
ir á disponerla; y me dijo que no, que todo me lo daba. 
Agradecíle como era justo su afecto y caridad, con- 



■5- 



■A(Á'J. .-'.. 



r'-J^:,.yj^'Uv%J^iir^\^:. 



220 PENSADOR MEXICANO 

tándole á la señorita los favores que debía á su marido 
y desatándome en sus elogios: pero él embarazó mi 
panegírico refiriéndome como luego (|ue salió de la 
cárcel fué á ver á su esposa, quien ya le tenía una 
carta cerrada que le había llevado un caballero, encar- 
gándole que luego que la viera fuera á su casa, pues 
le importaba demasiado; que habiéndolo hecho así, supo 
por boca del mismo individuo, (jue era el primer albacea 
del marquc's, quien le suplic*') encarecidamente no cesase 
hasta sacar á don Antonio de la prisión; que le pidiese 
perdón otra vez en su nombre, y á su esposa, de todos 
sus atentados, y que se le diesen do contado ocho mil 
pesos, tanto para compensarle su trabajo, cuanto para 
resarcirle de algún modo los perjuicios que le había infe- 
rido, y que á su esposa se le diese un brillante cercado 
de rubíes, que lo tenía destinado para precio de su lubri- 
cidad, en caso de haber accedido á sus ilícitas seduc- 
ciones; pero que habiendo experimentado su fidelidad 
conyugal se lo donaba de toda voluntad como corto 
obsequio á su virtud, suplicando á ambos lo perdonasen 
y encomendasen á Dios. 

Don Antonio y su esposa me mostraron el cintillo, 
que era alhaja digna d(^ un marques rico; pero los dos 
se enternecieron al acabar de contarme lo (jue he escrito, 
añadiendo la virtuosa joven: — Cuando advertí las malas 
intenciones de ese caballero, y vi cuánto tuvo que pade- 



— •^'--•É''^lliÉi«naiini 'r''it' ii " ' ^ál¿¿ ^^.«-a,^ i.\L:t¿.-j^ -<■.-&» i^'>«.i.«-j»->t> 






.. -• : ■«B^'"";.'' 



OBRAS ESCOGIDAS 



221 



cer Antonio por su causa, lo aborrecí y pensé que m¡ 
odio sería eterno; pero cuando he visto su arrepenti- 
miento y el empeño con (jue murió por satisfacernos, 
conozco que tenía una grande alma, lo perdono y siento 
su temprana muerte. 

— Haces muy bien, hija, en pensar de esa manera, 
dijo don Antonio, y lo debemos perdonar aun cuando no 
nos hubiera satisfecho. El marqués era un buen hombre; 
¿pero qué hombre, por bueno que sea, deja de tener 
pasiones? Si nos acordáramos de nuestra miseria sería- 
mos más indulgentes con nuestros enemigos, y remiti- 
ríamos los agravios que recibimos con más facilidad; 
pero por desgracia somos unos jueces muy severos para 
con los demás; nada les disculpamos, ni una inadver- 
tencia, ni una equivocación, ni un descuido, al paso que 
quisiéramos que á nosotros nos disculparan en todas 
ocasiones. 

En estas pláticas pasamos gran rato de la mañana, 
preguntándome sobre el estado de mi causa, y que si 
tenía qué comer. Díjele que sí, que todos los días me 
llevaban una canasta con comida, cena, dos tortas de 
pan y una cajilla de cigarros, que yo lo recibía y lo 
agradecía; pero que tenía el sentimiento de no saber 
á quién, pues el mozo no había querido decirme quién 
era mi bienhechor. 

— Eso es lo de menos, dijo don Antonio, lo que 

/ PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 56. 



:Í 



^ 



.'L-' :■'■■.. «'^' , '<^.,i." :j;-^'.f-r,'itó*^*La.>.'*#?!.=&t 






222 PENSADOR MEXICANO 

importa es que continúe en su comenzada caridad, que 
espero en Dios que sí continuará. 

Diciendo esto, se levantaron despidiéndose de mi% 
y añadiendo don Antonio, que al día siguiente saldrían 
de esta capital para Jalapa, á donde podría yo escri- 
birles mis ocurrencias, pues tendrían mucho gusto en 
saber de mí, y que si salía de la prisión y quería ir por 
allá, supuesto que era soltero, no me faltaría en qué 
buscar la vida honradamente por su medio. 

No era don Antonio, como habéis visto, de los 
amigos (jue toda su amistad la tienen en el pico: él 
siempre confirmaba con las obras cuanto decía con las 
palabras, y así, luego que concluyó lo que os dije, me 
dio diez pesos, y la señorita su esposa otros tantos, y 
repitiendo sus abrazos y finas expresiones se despi- 
dieron de mí con harto sentimiento, dejándome más 
triste que la primera vez, porque me consideraba ya 
absolutamente sin su amparo. 

No dejó el Aguilucho de estar en observación de 
lo que pasaba con la visita, y ni pestañeaba cuando se 
despidieron de mí mis bienhechores, y así vio muy bien 
el agasajo que me hicieron, y se debió de darlas albri- 
cias como que se juzgaba coheredero conmigo de don 
Antonio. 

Luego que éste se fué, me bajé para mi calabozo 
bastante confundido; pero ya me esperaba en él mi 



' ■ , ■ ■-"■■.■■.■'■'' . '■ " 

OBRAS ESCOGIDAS 223 

amigo carísimo el Aguilucho, con un vaso de aguar- 
diente y un par de chorizones, que no sé de dónde los 
mandó traer tan pronto, y sin darse por entendido de 
que había estado alerta sobre mis movimientos, me 
dijo: — ¡Vamos, Periquillo, hijo! ¿Que me hayas tenido 
sin almorzar hasta ahora por esperarte? ¡Caramba, y 
qué visita tan larga! Si á mano viene sería don Antonio 
que te vendría á cobrar sus cosas. ¿Qué tal? ¿Cómo 
saliste? ¿Creyó el robo? — Yo salí bien y mal, le res- 
pondí. — Bien, porque mi buen amigo, no sólo no me 
cobró nada de lo que dejó á mi cuidado, sino que me 
lo dio todo, y unos cuantos duros de socorro; y me fué 
mal, porque pienso que éste será el último auxilio que 
tendré, pues él mañana sale para su tierra con su 
familia, y á más de que siento su ausencia como amigo, 
lo he de extrañar como bienhechor. 

— Dices muy bien, y harás muy bien de sentirlo, 
dijo el Gavilán al pollo tonto, porque de esos amigos 
no, no se hallan todos los días; pero ¡cómo ha de ser! 
Dios es grande y á nadie crió para que se muera de 
hambre. Que mal que bien, tú verás cómo no te falta 
nada conmigo. Soy un pobre moreno; mas, hermano, 
aunque yo lo diga, el color me agravia; pero soy buen 
amigo, y arañaré la tierra porque no te falte nada. No 
sé si me verías allá arriba cuando estabas con tu visita. 
No te lo quería decir, por eso me hice disimulado 






,t" íi-¿. ; - ^\- 



' ."siía-f':* -■" V-^s:i '.*'%V» 



224 PENSADOR MEXICANO 

ahora que bajaste: pero subí luego que supe que quien 
te llamaba era don Antonio, por prevenir los testigos 
en caso (jue te cobrara y tú te acortaras; mas así que 
al despedirse te abrazó, perdí el cuidado con que me 
tenías y bajó á prevenirte este bocadito, y si no te gusta, 
te mandaré traer otra cosita, que todavía tengo aquí 
cuatro reales que acabo de ganar al rentoy. ¿Los has 
menester? Tómalos. — No, hermano, le dije, Dios te lo 
pague; por ahora estoy habilitado. 

— No te pregunto cuántos años tienes, decía el 
negrillo, sino (jue .si los has menester gástalos, y si 
no tíralos; pero sábete que yo siento más un desprecio 
de un amigo que una puñalada. Si no fueras mi amigo 
ni yo te estimara tanto como te estimo, seguro está que 
no te ofreciera nada. 

— Te lo agradezco, Aguilita, le respondí; pero 
no es desprecio, sino que por ahora estoy bastantemente 
socorrido. — Pues me alegro infinito de tus ventajas 
como si yo las disfrutara, me respondió. ¡Pero mira 
qué chorizoncitos tan sabrosos I Come... 

Es la lisonja astuta, y como tal se introduce al 
corazón por los oídos más prevenidos y circunspectos, 
¿cómo no se introduciría por los míos incautos y no 
acostumbrados á sus malicias? En efecto, yo quedé 
prendadísimo del negrito, y mucho más cuando después 
de repetir los brindis á menudo, me dijo con la mayor 



«í • -tr^' ■ 



OBRAS ESCOGIDAS 225 

seriedad: — Amigo Periquillo, yo soy amigo de los 
amigos y no de su dinero. Acaso tú lo dudarás de mí 
porque me ves enredado en esta picha y sin camisa; 
pero te voy á dar una prueba que debe dejarte satis- 
fecho de mi verdad. 

Ya hemos tomado más de lo regular, especialmente 
tú que no estás acostumbrado al aguardiente. No digo 
que estás borracho, pero sí sara^oncito. Temo no te 
cargues más y te vaya á suceder lo que el otro día, esto 
es, que te acabes de privar y te roben esc dinero de 
la bolsa; porque aquí, hijo, en tocando al pillaje, el 
que menos corre vuela, y en son de una Águila hay 
un sinnúmero de gavilanes, gerifaltes, halcones y otras 
aves de rapiña; y así me parece muy puesto en razón 
que vayamos á dar á guardar esos medios que tienes al 
presidente, pues dándole una corta galita, porque no 
da paso sin linterna, te los asegurará en su baúl y 
tendrás un peso ó dos cuando los hayas menester, y 
no que disfruten de tu dinero otros picaros que, no sólo 
no te lo agradecerán, sino que te tendrán por un sal- 
vaje, pues no escarmentaste con la espumada que te 
dieron no mucho hace. 

Agradecíle su consejo, no previniendo la finura de 
su interés, y fui con él á buscar al presidente, á quien 
entregué peso sobre peso los veinte que acababa de 
recibir. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I , B. — 57. 



■L 'i. ■■■.'' 



•^C ,- ' . ■ ■ . • ' -■■'-», _; -u*, : --r;-- J^ 



226 PENSADOR MEXICANO 

Concluida esta diligencia, me dijo mi grande amigo 
que fuera á esperarlo al calabozo, que no tardaba. 

Yo lo obedecí puntualmente, y sentándome en la 
cama, decía entre mí: — \o hay remedio, este es un negro 
fino; su color le agravia, como él dice; hasta hoy no 
he conocido lo que me ama; á la verdad, es mi amigo 
y digno de tal nombre. Sí, yo lo amaré, y después de 
don Antonio, lo preferiré á cualesquiera otros, pues 
tiene la cualidad más recomendable que se debe apetecer 
en los que se eligen para amigos, que es el desinterés. 

En estos equivocados soliloquios estaba yo, cuando 
entró mi camarad?. con cigarros, chorizones y aguar- 
diente, y me dijo: — Ahora sí. hermano Perico, podemos 
chupar, comer y beber alegres con la confianza de que 
tus realillos están seguros. 

Así lo hice sin haber menesteT muchos ruegos, 
hasta que en fuerza de la repetición de tragos me quedé 
dormido. Entonces mi tierno amigo me puso en la cama, 
teniendo cuidado de soplarse la comida que me tra- 
jeron. 

Á la tarde desperté más fresco, como que ya se 
habían disipado los vapores del aguardiente, y el Agui- 
lucho, comenzando á realizar sus proyectos, me hizo 
sacar los calzones empeñados, diciéndome era lástima se 
perdieran en tan poco dinero. Su fin era aprovecharse 
de mis mediecillos poco á poco, valiéndose para esto 



'SS^.-.y ::. ^. ■■- ■ :■■ - . ^ -■,;-.--.-■;.._- , , ._.'•--'■■,■. . w^«. 



OBRAS ESCOGIDAS 227 

de las repetidas lisonjas que me vendía, y con las que 
me aseguraba que todo cuanto me aconsejaba era para 
mi bien; y así por mi bien me aconsejó que sacara 
los calzones, que pidiera la ropa de la cama que había 
dado á guardar y los mediecillos que tenía depositados; 
y por mi bien, pues, deseando mis adelantos, 'según 
decía, me provocó á jugar, se compactó con otro y me 
dejaron sin blanca dentro de dos días, y dentro de ocho 
sin colcha ni colchón, sábanas, caja ni zarape. 

Ya que me vio reducido á la última miseria, fingió 
no sé qué pretexto para reñir conmigo y abandonar 
mi amistad enteramente. Concluido este negocio, sólo 
trató de burlarse de mí siempre que podía. Efecto propio 
de su mala condición, y justo castigo de mi imprudente 
confianza. 

Es verdad que el frío que se me introducía por los 
agujeros de mis trapos, los piojillos que anidaban en 
las hilachas, la tal cual vergüenza que me causaba mi -^ 

indecencia, la ingratitud dé los amigos, en especial del 
Aguilucho, y la dureza con que el suelo me recibía Vi 

por la noche, eran suficientes motivos para que yo . í 

estuviese lleno de confusión y tristeza; sin embargo, . 
algo calmaba esta pasión al medio día cuando me llegaba 
el canastito y satisfacía mi hambre con algún bocadito 
sazonado; pero después que hasta esto me faltó, porque 
dejó de venir el cuervo al medio día sin saber la causa, 



« 



■ • '.-j./íjinfr' ' -•..'.;:, -*■• ' ' " .• ■■■■ ;, -.'^■T'-,^>'^'í«^'^ís»<5r- 



228 PENSADOR MEXICANO 

me daba á Barrabás y á todo el infierno junto, maldi- 
ciendo mi imprudencia y falta de conducta, mas á mala 
hora. 

Desnudo y muerto de hambre sufrí algunos cuantos 
meses más de prisión, en los cuales me puse en la espina 
como suele decirse; porque mi salud se estragó en tér- 
minos que estaba demasiado pálido y flaco, y con sobrada 
causa, porque yo comía mal y poco, y los piojos bien y 
bastante, como que eran infinitos. 

Después de estas penalidades y miserias que tenía 
que tolerar por el día, seguía, como acabé de apuntar, el 
terrible tormento que me esperaba por la noche con mi 
asperísima cama, pues ésta se reducía á un petate viejo 
harto surtido de chinches y nada más, porque nada más 
había que supliera por almohada, sábanas y colcha que 
mis antecedentes aram.beles, los que sensible y pronta- 
mente se iban disminjuyendo á mi vista, como que traba- 
jaban sin intermisión de tiempo. 

Considerad, hijos míos, á vuestro padre qué noches 
y qué días tan amargos viviría en tan infeliz situación; 
pero considerad también que á estos y á peores abati- 
mientos se ven los hombres expuestos por picaros y des- 
cabezados. Ya en otra parte os he dicho que el joven 
cuanto es más desarreglado, tanto más propenso está á 
ser víctima de la indigencia y de todas las desgracias de 
la vida; al paso que el hombre de bien, esto es, el de una 



BOlTíir*?- ^íTrT* 



OBRAS ESCOGIDAS 229 

conducta moral y religiosa ^ tiene un escudo poderoso 
para guarecerse de muchas de ellas. Tal es la que os 
acabo de repetir. Pero dejemos á los demás que hagan 
lo que quieran de su conducta y volvamos á atar el hilo 
de mis trabajos. 

De día^ me era insoportable la hambre y la desnu- 
dez, y de noche la cama y falta de abrigo, sin el que me 
hubiera quedado todo el tiempo que duré en la cárcel, 
si no hubiera sido por una graciosa contingencia, y fué 
ésta. 

Un pobre payo que estaba también preso, se llegó 
á mí una mañana que estaba yo en el patio esperando á 
que llegara el sol á vengarme de las injurias de la fría 
noche, y me dijo: — Mire, señ'or, yo quero decirle un 
asunto, para que me saque de un empeño, pagando lo 
que /wcrc. Pues... pero mire que no «/í^íto que lo sepa 
ninguno de los compañeros, porque son muy burlistas. 
— Está muy bien, le respondí; diga usted lo que quiera, 

' i Oportuna reflexión de Periquillo ! Algunos equivocan las ¡deas de la hombría de 
bien con las del lujo y del dinero, y en su concepto esta palabra hombre de bien, equi- 
vale á rico ó semirrico; asi como la de pobre la juzgan limosna de picaro, de manera 
que, según estos falsos principios, no es mucho que deduzcan unos disparates como 
estos: Pedro es rico, tiene dinero, anda decente; luego es hombre de bien. Juan es . 
pobre, no tiene destino, anda trapiento; luego es un picaro. ¡Consecuencias absurdas é 
ideas torpísimas que no debían tener lugar en el entendimiento de los hombres! Si una 
conducta arreglada á la sana moral es el testimonio más seguro que califica la verda- 
dera hombría de bien, ¿quién duda que ésta muchas veces se observa en los pobres, asi 
como suele faltar en los que no lo son? Evidente prueba de que el brillo ó la opacidad 
de la persona no son termómetros seguros para graduar el carácter de los hombres. 
Es verdad que el relumbrón ó la miseria son muchas veces el premio ó castigo de 
nuestro buen ó mal proceder; pero esta observación padece tantas excepciones, que 
no se puede adoptar como regla infalible. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 58. 



(^ ■--í,>>4l-'í«' %:r_ .;" ,,...•...•, 'i-i, •.-¥:^\¿r^ 



230 PENSADOR MEXICANO 

que yo le serviré de buena gana y con todo secreto. — 
Pues ha de saber usted que me llamo Cemeterio Cosco- 
jales... — Eleuterio dirá usted, le interrumpí, ó Emeterio, 
porque Cemeterio no es nombre de santo. 

— Axcan, dijo el payo, una cosa ansí me Hamo, sino 
(jue con mis cuidados ni atino á veces con mi nombre; 
pero en fin, ya, señor, lo sabe, vamos al cuento. Yo soy 
de San Pedro Kzcapozaltongo, (|ue estará de esta ciudá 
como diez y ocho leguas. Pues señor, allí vive una mu- 
chacha (jue se llama Lorenza, la hija del tío Diego Terro- 
nes, ¡errador y curador de caballos de lo que hay poco. 
Yo, andando días y viniendo días, como su casa estaba 
barda con barda de la mía, y el diablo (jue no duerme, 
hizo que yo me enamorara de recio de la Lorenza sin 
poderlo remediar; porque ¡ah, señor! qué diache de 
muchacha tan bonita, pues mírela que es alta, gorda y 
derecha como una poroto , ó á lo menos como un encino; 
carirredonda, muy colorada, con sus ojos pardos y sus 
narices grandes y buenas; no tiene más defeuto sino 
que es media bizca y le faltan dos dientes delanteros, y 
eso porijue se los tiró un macho de una coz, porque ella 
se descuido y no le tuvo bien la pata un día que estaba 
ayudando á su señor padre ájerrorlo; pero por lo demás 
la muchacha hace raya de bonita por todo aquello. Pues 
sí señor, yo la enamoré, la regalé y la rogué, y tanto 
anduve en estas cosas, que por fin, ella quijo que no 



•if r I ii «i¥<A-»' -Vit Mfltt'-íft I ii¿i»2 ¿-JÓJit 



-,?' --■■ • '-' '■'■'-■■■'.i:'t¡K^-^%'i'--p^/ ^z^- 



OBRAS ESCOGIDAS 231 

quijo se ablandó, y me dijo que sí se casaría conmigo; 
pero ¿que cuándo? porque no juera el diablo que yo la 
engañara y se le fuera a hacer malobra. Yo le dije 
que qué capaz que yo la engañara, pues me moría por 
ella; pero que el casamiento no se podía efetuar muy 
presto, porque yo estaba />/'o6e más que Aman, y el señor 
cura era muy tieso, que no fiara un casamiento si el 
diablo se llevara á los novios, ni un entierro aunque 
el muerto se gediera ocho días en su casa, y ansina que 
si me quería, me esperara tres ó cuatro meses mientras 
que levantaba mi cosecha de maíz, que pintaba muy bien 
y tenía cuatro fanegas tiradas en el campo. 

Ella se avino á cuanto yo qut'fe, y ya dende ese día 
nos üiamos como marido y mujer según lo que nos que- 
ríamos. Pues una noche, señor, que venía yo de mi 
milpa y le iba á hablar por la barda, como siempre, 
divisé un bulto platicando con ella, y luego luego me 
puse hecho un bacinUo de coraje... A 

— Un basilisco (juerrá usted decir, le repliqué, 
porque los bacinitos no se enojan. 

— Eso será, señor, sino que yo concibo, pero no 
puedo parir, prosiguió el payo; mas ello es que yo me 
juí para donde estaba el bulto, hecho un Santiago, 
y luego que llegué, conocí que era Culás el guitarristo, 
porque tocaba un jarabe y una justicia en la guitarra á 
lo rasgado que la hacía hablar. 



.í,-;.:. 



232 PENSADOR MEXICANO 

En cuanto llegué, le dije que ¿qué buscaba en 
aquella casa y con Lorenza? El muy cnr/ringo/odo me 
dijo que lo (|ue (¡uijicra, que yo no era su padre para 
que le tomara cuentas. Entonces yo, como que era 
dueño de la aición, no aguanté mucho, sino que alzando 
una coa que me ffii/'e de un /)fon, le asenté tan buen 
trancazo en el rjor/otc, que cayó redondo pidiendo con- 
fesión. 

A esta misma hora iba pasando el fiñente por allí 
que iba de ronda con los toptlos: oyó los gritos de 
Culás. y por más que yo corrí, me alcanzaron y me 
trajicron liado como un cuete á su prcswncirt. 

Luego luego di mi declaraci(')n, y el cerjuano dijo, 
que no fiaba al enfermo ponjue estaba muy mal gerido 
y echaba mucha sangre. Con esto en aquella (jora se 
llevaron á la probo Lorenza depositada an casa el señor 
cura, y á mí á la cárcel, donde me pusieron en el cepo. 

A otro día me inrí(') la Lorenza un recaudo con la 
vieja cocinera del cura, diciéndome que ella no tenía la 
culpa, y que Gulas la había llamado á la barda y le estaba 
dando un recaudo fingido de mi parte, diciéndole que yo 
decía que saliera un ratito á la tienda con él, y otras 
cosas que ya se me han olvidado; pero la vieja me contó 
que la /íroí^í' lloraba por mí sin consuelo. 

Al otro día el fiñente me inviú aquí á esta cárcel en 
una muía con un par de grillos y un envoltorio de pape- 



«^^■¿flrV I : .'' . '.„;••. É. \ '_/-n,: aÍí ■^- : \.Zíím íii;.-'. ■«í|L¿l.1-_í¿V-^ 



:^.- 



^^^■-.lítr.-. 



OBRAS ESCOGIDAS 233 

les que le dio á los indios que me tragieron para que los 
entregaran al señor juez de acá. 

Ya llevo tres meses de prisión y no sé qué harán 
conmigo, aunque Lorenza me ha escribido (jue ya Gulas 
está bueno y sano, y anda tocando la guitarra. Pues yo, 
señor, quero que me haga el favor, pagando lo que 
juere, por el santo de su nombre y por los (jiicsitos de su 
madre, de escrebirme dos cartas; una para mi padrino, 
que es el señor barbero de mi tierra, á ver si viene á 
componer por mí estas cosas, y otra para la alma mía de 
Lorenza, diciéndole como ya sé que salió del depósito, y 
que todavía Gulas la persigue; que cuidado cómo va á 
hacer una tontera; que no sea ansina, y todas las cosas 
que sepa, señor, que se deben poner; pero como de su 
mano, (jue yo lo pago. 

Acabó mi cliente su cansado informe y petición, y 
le pregunté para cuándo quería las cartas. — Para oriía, 
señor, me dijo, para agora, porque mañana sale el 
correo. — Pues, amigo, le dije, déme usted dos reales á 
cuenta para papel. — Al instante me los dio, y yo mandé 
traer el papel y me puse á escribir los dos mamarrachos, 
que salieron como Dios quiso; pero ello es que al payo le 
gustaron tanto que, no sólo me dio por ellos doce reales 
que le pedí, sino lo que más agradecí, un pedazo de 
trapo que algún día fué capote; ello hecho mil pedazos, 
con medio cuello menos y tan corto que apenas me 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 59. 



I- 



-n 



234 PENSADOR MEXICANO 

llegaba á las rodillas. ¿Que tal estaría, pues su dueño lo 
perdió ;'i un albur en cuatro reales? 

Malo, malísimo estaba el dicho trapo, pero yo vi con 
él el cielo abierto. Con los doce realillos comí, chupé, 
tomé chocolate, cené y me sobró algo; y con el capisayo 
dormí como un tudesco. 

Pensaba yo (jue iba variando mi fortuna; pero el 
picaro del Aguilucho me sacó de este error con una bien 
pesada burla (jue me hizo, y fué la (jue sigue. 

Al otro día de mi buena aventura del capotillo entró 
bien temprano á mi calabozo, y sentándose junto á mí 
muy serio y triste, me dijo: — Mucho descuido es ese, 
señor Perico, y la verdad (|ue los instantes del tiempo 
son preciosos y no .se dejan pasar tan fríamente, y más 
cuando el peligro que amenaza á usted es muy horrible y 
está muy próximo. Yo he sido amigo de usted y quiero 
(jue lo conozca, aun cuando no me puede servir de nada; 
pero en fin, siquiera por caridad es menester agitarlo 
poHjue no sea tan perezoso. 

Yo, lleno de susto y turbación, le pregunté: — ¿Qué 
había habido? — ¿Cómo qué? me dijo él: ¿pues qué no 
sabe usted como lia salido la sentencia de la Sala desde 
ayer para que, pa.sados estos días de fiesta que vienen, 
le den los doscientos azotes en forma de justicia por las 
calles acostumbradas con la ganzúa colgando del pes- 
cuezo? 



'^r.'."»«-v*i s 



í-:-, ^.r^ ■ V^ ^^ 



OBRAS ESCOGIDAS 



235 



— ¡Santa Bárbara! exclamé yo penetrado del más 
vivo sentimiento, ¿qué es lo que me ha sucedido? ¿Dos- 
cientos azotes le han de dar á don Pedro Sarmiento? 
¡A un hidalgo por todos cuatro costados 1 ¡A un descen- 
diente de los Tagles, Ponces. Pintos, Vélaseos, Zumala- 
cárreguis y Bundiburisl Y lo que es más. |á un señor 
bachiller en artes graduado en esta real y pontificia 
Universidad, cuyos graduados gozan tantos privilegios 
como los de Salamanca! — Vamos, dijo el negrito; no es 
tiempo ahora de esas exclamaciones. ¿Tiene usted algún 
pariente de proporciones? — Sí tengo, le respondí. — 
Pues andar, decía el Aguilucho; escríbale usted que 
agite por fuera con los señores de la Sala sobre el asunto, 
y que le envíe á usted dos ó tres onzas para contener al 
escribano. También puede comprar un pliego de papel de 
parte, y presentar un escrito á la Sala del crimen alegan- 
do sus excepciones y suplicando de la sentencia m.ientras 
califica su nobleza. Pero eso pronto, amigo, porque en 
la tardanza está el peligro. Diciendo esto se levantó para 
irse, y yo le di las gracias más expresivas. 

Tratando de poner en obra su consejo, registré mi 
bolsa para ver con cuánto contaba para papel, la presen- 
tación del escrito y la carta á mi tío el licenciado Maceta; 
pero ¡ay de mí, cuál fué mi conflicto cuando vi que 
apenas tenía tres y medio reales, faltándome cinco apre- 
tadamente! 



- -i.í-»',. él-A-m..\ .-*ri/X.' 



' < 



236 PENSADOR MEXICANO 

En circunstancias tan apuradas luí á ver á mi buen 
payo; le conté mis trabajos y le pedí un socorro por toda 
la corte celestial. El pobrecillo se condolió de mí, y con 
la mayoi' generosidad me dio cuatro reales y me dijo: 
— Siento, señor, su cuidado; no tengo más que esto, 
téngalo que ya un real cualquier compañero se lo em- 
prestará ó se lo dará de caridd. 

Tomé mis cuati'o reales v casi llorando le di las 
gracias; pero no pude encontrar otro corazón tan sen- 
sible como el suyo entre cerca de trescientos presos que 
habitaban a(|uellos recintos. 

Compré, pues, el papel sellado, y medio real del 
común para la carta, reservando tres reales y faltándome 
aún real y medio pai'a completar la presentación y pagar 
al mandadero. 

En el día hice mi memorial como pude y escribí la 
carta á mi tío, en la (jue le daba cuenta de mi desgracia; 
de la inocencia que me lavorecía, á lo menos en lo sus- 
tancial; del estado en (|ue me hallaba, y de la afrenta que 
amenazaba á toda la familia, concluyendo con decirle, 
que aunque yo había ocultado mi nombre poniéndome el 
de Sancho Pérez, de nada serviría esto si me sacaban á 
la calle, pues todos me conocerían y se haría manifiesta 
nuestra infamia; y así que en obsequio del honor de su 
pariente, el señor mi padre, y de sus mismos hijos y 
descendencia, cuando no por mí, hiciera por redimirme 



'■%/■■' t.^^-(.'w.'^ i .•.\'^^^3^ : ^ . 'i.,..^. ^^^»Á^J^^»1£^jílA.-l:M'J'^i.^..^^'-'^t. 






W. 



ívt r ■.-»■., -.'■^f?'»-^ 



OBRAS ESCOGIDAS 



237 



de tal afrenta, mandándome en el pronto alguna cosa 
para granjear al escribano. 

Cerré la carta, y de fiado se la encomendé á tío 
Chepito, el mandadero, para que se la llevara á mi parien- 
te. Esto fué á las oraciones de la noche; mas siempre 
me faltaba un real para completar los cuatro que debía 
dar al portero por la presentación del escrito. 

En toda la noche no pude dormir, así con el sobre- 
salto de los temidos azotes, como con echar cálculos para 
ver de dónde sacaba aquel real tan necesario. 

En estos tristes pensamientos me halló el día. 
Púseme ú hacer un escrutinio riguroso de mi haber 
y á examinar mi ropa, pieza por pieza, á ver si tenía 
alguna que valiera real y medio; pero ¡qué había de 
valer! si mi camisa era menester llamarla por números 
para acomodármela en el cuerpo; mis calzones apenas se 
podían tener de las pretinas; las medias no estaban útiles 
ni para tapar un caño; los zapatos parecían dos conchas 
de tortuga, sólo se detenían en mis pies por el respeto de 
un par de lacitos de cohetero; rosario no lo conocía, y el 
triste retazo de capote me hacía más falta que todo mi 
ajuar entero y verdadero. 

Ya desesperaba de presentar el escrito esa mañana, 
porque no tenía cosa que valiera un real, cuando por 
fortuna alcé la cara y vi colgado en un clavito mi som- 
brero, y considerándolo pieza inútil en aquella mazmorra 

PRRIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 60. : 



■j^- j- .Í--1& 



238 PENSADOR MEXICANO 

y la mejor (jue me acompañaba, exclamó lleno de gusto: 
— ¡Gracias á Dios que á lo menos tengo sombrero que 
me valga vn esta vez I Diciendo esto, lo descolgué, y al 
primero que se me presentó se lo vendí en una peseta, 
con la que salí de mi cuidado y me desayunó de pilón. 

Serían las diez de la mañana cuando Fuó entrando 
tata Chepito con la respuesta de mi tío, que os quiero 
poner á la letra para que aprendáis, hijos míos, á no 
fiaros jamás en los amigos y parientes, y sí únicamente 
en vuestra buena conducta y en lo poco ó mucho que 
adquiriereis con vuestros honestos arbitrios y trabajo. 
Decía así la respuesta: 

«Señor Sancho Pérez: Guando usted en la realidad 
sea quien dice y lo sac^uen afrentado públicamente por 
ladr(')n. crea que no se me dará cuidado, pues el picaro 
es bien que sufra la pena de su delito. — La conminación 
que usted me hace de que se deshonrará mi familia, es 
muy frivola, pues debe saber que la afrenta sólo recae en 
el delincuente, (juedando ilesos de ella sus demás deudos. 
— Gonque si usted lo ha sido, súfralo por su causa; y si 
está inocente, como me asegura, súfralo por Dios, que 
más padeció Gristo por nosotros. 

»Su Majestad socorra á usted, como se lo pide — e/ 
Lie. Maceta.» 



p i 



OBRAS ESCOGIDAS 239 

La sensible impresión que me causaría esta agria 
respuesta, no es menester ponderarla á quien se consi- 
dere en mi lugar. Baste decir que fué tal. que dio con- 
migo en tierra postrado de una violenta fiebre. 

Luego que se me advirtió, me subieron á la enfer- 
mería y me asistió la caridad prontamente. 

Cuando me hallaron con 1a cabeza despejada, el 
médico, que por fortuna era hábil, había advertido mi 
delirio y se había informado de mi causa, hizo que me 
desengañara el mismo escribano, junto con el alcaide, 
de que no había tal sentencia ni tenía que temer los 
prometidos azotes. 

Entonces, como si me sacaran de un sepulcro, volví 
en mí perfectamente; me serené, y se comenzó á resta- 
blecer mi salud de día en día. 

Cuando estuve ya convaleciente bajo el escribano á 
informarse de mí. de parte de los señores de la Sala, para 
que le dijera (juién me había metido semejante ficción en 
la cabeza; porque fueron sabedores de toda mi tragedia, 
así porque yo se los dije en el escrito, como porque 
leyeron la carta del tío que os he dicho, y formaron el 
concepto de que yo sin duda era bien nacido, y por 
lo mismo se debieron de incomodar con la pesadez de 
la burla v deseaban casticrar al autor. 

ti o 

Con esto el escribano y el alcaide se esforzaban 
cuanto podían para que lo descubriera; pero yo conside- 



240 PENSADOR MEXICANO 

rando su designio, las resultas que de mi denuncia 
podían sobrevenir al Aguilucho, y que no me resultaba 
ningún bien con perjudicar á este infeliz necio, que 
bastantemente agravado estaba con sus crímenes, no 
quise descubrirlo, y sólo decía que como eran tantos no 
me acordaba á punto fijo de quién era. 

No me sacaron otra cosa los comisionados de los 
ministros por más que hicieron; y así formando de mí el 
concepto de (jue era un mentecato, se marcharon. 

Quedóme en la enfermería más contento que en el 
calabozo, ya porque estaba mejor asistido, y ya, en fin, 
porque entre los que allí estaban había algunos de regu- 
lares principios, y cuya conversación rñe divertía más 
que la de los pillos del patio. 

Como el escribano vio mi letra en el escrito, se 
prendó de ella, y fué cabalmente á tiempo que se le 
despidió el amanuense, y valiéndose de la amistad del 
alcaide, me propuso que si quería escribirle á la mano 
que me daría cuatro reales diarios. Yo admití en el ins- 
tante; pero le advertí que estaba muy indecente para 
subir arriba. 1^1 escribano me dijo que no me apurara 
por eso, y en efecto, al día siguiente me habilitó de 
camisa, chaleco, chupa, calzones, medias y zapatos; 
todo usado, pero limpio y no muy viejo. 

Me planté de punta en blanco, de suerte que todos 
ios presos extrañaban mi figura renovada; ¿mas qué 



^ .1^ r - . «- .' -i.' ' > — ^ - - -'' -^-..i.. ^ '^^A *■- •*^- í'iS^m'J^^Aae^A 



OBRAS ESCOGIDAS 



241 



mucho si yo mismo no me conocía al verme tan otro 
de la noche á la mañana? 

Comencé á servir á éste m.i primer amo con tanta 
puntualidad, tesón y eficacia, que dentro de pocos días 
me hice dueño de su voluntad, v me cobró tal cariño, 
que no sólo me socorrió en la cárcel, sino que me sac<') 
de ella y me llevó á su casa con destino, como veréis en 
el capítulo siguiente. 




PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 61. 



'-J¿-J:.. /■^i^. 






i.:üüi 



<,. 






-%¿''^0~"'- :-■'''■■ 



..É.,^1 




'">■*■ 



CAPITULO X 



En el que escribe Periquillo su salida de la cárcel; 

hace una crítica contra los malos escribanos, y refiere, por último, el motivo 

por qué salió de la casa de Chanfaina y su desgraciado modo 



Hay ocasiones de tal abatimiento y estrechez para 
los hombres, que los más picaros no hallan otro recurso 
que aparentar la virtud que no tienen para granjearse 



\ 



'z r »;<s»r'^T"'"r!7'"' -~'jr^^.'^»7P»?)SpíW6'-^'«:?7^ f, 



244 PENSADOR MEXICANO 

la voluntad de aquellos (jue necesitan. Esto hice yo pun- "^ 
tualmente con el escribano, pues auncjue era enemigo 
irreconciliable del trabajo, me veía confinado en una 
cárcel, pobre, desnudo, muerto de hambre, sin arbitrio 
para adíjuirir un real, y temiendo por horas un fatal 
resultado por las sospechas que se, tenían contra mí. 
Con esto le complacía cuanto me era dable, y él cada 
vez me manifestaba más cariño, y tatito (jue en quince 
ó veinte días concluyó mi negocio; liizo ver que no 
Imbía testigos ni parte que pidiera contra mí, que la 
sospecha era leve, y quién sabe qué más. Ello es (jue 
yo salí en libertad sin pagar costas, y me fui á servirlo 
á su casa. 

Llamábase este mi primer amo don Cosme Casalla, 
y los presos le llamaban el escribano Chanfaina, ya por 
la asonancia de esta palabra con su apellido, ó ya por 
lo que sabía revolver. 

Era tal el atrevimiento de este hombre que una 
ocasión le vi hacer una cosa que me dejó espantado, 
y hoy me escandalizo al escribirla. 

Fué el caso que una noche cayó un ladrón cono- 
cido V harto criminal en manos de la justicia. Tocóle 
la formación de su causa á otro escribano y no á mi 
amo. Convencióse y confesó el reo llanamente todos 
sus delitos, porque eran innegables. En este tiempo una 
hermana que éste tenía, no mal parecida, fué á ver 



.V-' ■íi -^ ■ ''.7'-í' ' "-■'^íS^r^^- C?^. íSk^ ■' ■ ■■' '.tf'^s^w'; 



OBRAS ESCOGIDAS 245 

á mi amo, empeñándose por su hermano y llevándole 
no sé qué regalito; pero mi dicho amo se excusó di- 
ciéndole que él no era el escribano de la causa, que 
viera al que lo era. La muchacha le dijo que ya lo 
había visto, mas que fué en vano, porque aquel escri- 
bano era muy escrupuloso, y le había dicho que él no 
podía proceder contra la justicia, ni tenía arbitrio para 
mover á su favor el corazón de los jueces; (|ue él debía 
dar cuenta con lo (jue resultase de la causa, y los jueces 
sentenciarían conforme lo que hallaran por conveniente, 
y así que él no tenía (jue hacer en eso; que ella, desespe- 
rada con tan mal despacho, había ido á ver á mi amo, 
sabiendo lo piadoso que era y el mucho vaHmiento que 
tenía en la Sala, suplicándole la viese con caridad, que, 
aunque era una pobre, le agradecería este favor toda su 
vida, y se lo correspondería de la manera que pudiese. 
Mi amo, que no tenía por donde el diablo lo des- 
echara, al oir esta proposición, vio con más cuidado 
los ojillos llorosos de la suplicante, y no pareciéndole 
indignos de su protección, se la ofreció diciéndole: 
— Vamos, chata, no llores; aquí me tienes, pierde cui- 
dado (|ue no correrá sangre la causa de tu hermano; 
pero... — Al decir este pero, se levantó y no pude escu- 
char lo que le dijo en voz baja. Lo cierto es que la 
muchacha por dos ó tres veces le dijo, «sí, señor,» 
y se fué muy contenta. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 62. 



..../^^ 



-•• ,' ■--:- Xi^T:: j ■ " -•■:';?! 



246 PENSADOR MEXICANO 

Al cabo de algunos días, una tarde que estaba yo 
escribiendo con mi amo, fué entrando la misma joven 
toda despavorida, y entre llorosa y regañona, le dijo: 
— No esperaba yo esto, señor don Cosme, de la formali- 
dad de usted, ni pensaba que así se había de burlar de 
una infeliz mujer. Si yo hice lo (|ue hice, fué por librar 
á mi hermano, según usted me prometió, no porque 
me faltara quién me dijera por ahí te pudras, pues 
pobre como usted me ve, no me he querido echar 
por la calle de enmedio, (jue si eso fuera así, así me 
sobra (juién me saque de miserias, pues no falta una 
media rota para una pierna llagada; pero maldita sea 
yo y la hora en que vine á ver á usted, pensando que 
era hombre de bien y que cumpliría su palabra, y... 
— Cállate, mujer, le dijo mi amo, (jue has ensartado 
más desatinos que palabras. ¿Qué ha habido? ¿qué 
tienes? ¿qué te han contado? — Una friolera, dijo ella, 
que está mi hermano sentenciado por ocho años al 
Morro de la Habana. — ¿Qué dices, mujer? preguntó mi 
amo todo azorado; si eso no puede ser; eso es mentira. 
— ¡Qué mentira ni qué diablos! decía la adolorida; acabo 
de despedirme de él y mañana sale. ¡Ay, alma mía de 
mi hermano! ¡Quién te lo había de decir, después que 
yo he hecho por tí cuanto he podido!... — ¿Cómo maña- 
na, mujer? ¿(jué estás hablando? — Sí, mañana, mañana, 
que ya lo desposaron esta tarde, y está entregado en 



rasrjs* 



OBRAS ESCOGIDAS 247 

lista para que lo lleven. — Pues no te apures, dijo mi 
amo, que primero me llevarán los diablos que á tu 
hermano lo lleven á presidio. Anda, vete sin cuidado, 
que á la noche ya estará tu hermano en libertad. 

Diciendo esto, la muchacha se fué para la calle y 
mi amo para la cárcel, donde halló al dicho reo espo- 
sado con otro para salir en la cuerda al día siguiente, 
según había dicho su parienta. 

Turbóse el escribano al ver esto, mas no desmayó, 
sino que, haciendo una de las suyas, desunció al reo 
condenado de su compañero, y unció con éste á un 
pobre indio que había caído allí por borracho y apo- 
rreador de su mujer. 

Este infeliz fué á suplir ocho años al Morro de la 
Habana por el ladrón hermano de la bonita, el que, á 
las oraciones de la noche, salió á la calle por arriba 
libre y sin costas, apercibido de no andar en México 
de día; aunque él no anduvo ni de noche, porque, 
temiendo no se descubriera la trúcala del escriba, se 
marchó de la ciudad lo más presto que pudo, quedando 
de este modo más solapada la iniquidad. 

Si tanta determinación tenía el amigo Chanfaina 
para cometer un atentado semejante, ¿cuánta no tendría 
para otorgar una escritura sin instrumentales; para 
recibir unos testigos falsos á sabiendas; para dar una 
certificación de lo que no había visto; para ser escri- 



-T \-- ».-^ r-^- ., r 7J>3í»V^!í'y»'"" T^'HfWfT*' ^f^' 



248 PENSADOR MEXICANO 

baño y abogado de una misma parte; para comisionarme 
á tomar una declaración; para omitir poner su signo 
donde se le antojaba, y para otras ilegalidades seme- 
jantes? Todo lo hacía con la mayor frescura, y atro- 
pellaba con cuantas leyes, cédulas y reales órdenes se 
le ponían por delante, siempre que entre ellas y sus 
trapazas mediaba algún ratero interés: y digo ratero, 
porque era un hombre tan venal que por una ó dos 
onzas, y á veces por menos, hacía las mayores picardías. 

A más de esto, era de un corazón harto cruel y 
sanguinario. El infeliz que caía en sus manos por causa 
criminal, bien se podía componer si era pobre, por(|ue 
no escapaba de un presidio cuando menos; y se vana- 
gloriaba de esto altamente, teniéndose por un hombre 
íntegro y justificado, jactándose de que por su medio 
se había cortado un miembro podrido á la república. 
En una palabra, era el hombre perverso á toda prueba. 

Parece que en mí es una reprensible ingratitud el 
descubrimiento de los malos procederes de un hombre 
á quien debí mi libertad y subsistencia por algún tiempo; 
pero como mi intención no es zaherir su memoria ni 
murmurar su conducta, sino sólo representar en ella 
la de algunos de sus compañeros, y esto á tiempo que 
el original dejó de existir entre los vivos, con la for- 
tuna de no dejar un pariente que se agravie, es regu- 
lar que los hombres que piensan me excusen de aquella 



:.■; :^>:i^WV-r)ji' ■ ■ , ■:, ■ ,iK:y^ 



OBRAS ESCOGIDAS 249 

nota, y más cuando sepan que el favor que me hizo 
no fué por hacerme bien, sino por servirse de mí á 
poca costa; pues en cerca de un año que le serví, á 
excepción de cuatro trapos viejos y un real ó dos para 
cigarros que me daba, podía yo asegurar que estaba 
como los presidiarios, sirviendo á ración y sin sueldo; 
porque aunque me ofreci<'> cuatro reales diarios, éstos 
se quedaron en ofrecimientos. 

Sin embargo, no debo pasar en silencio que le me- 
recí haber aprendido á su lado todas sus malas mañas 
pro famotiori, como dicen los escolares, quiero decir 
que las aprendí bien y salí aprovechadísimo en el arte 
de la cabala con la pluma. 

En el corto término que os he dicho, supe otorgar 
un poder, extender una escritura, chancelarla, acrimi- 
nar á un reo ó defenderlo, formar una sumaria, concluir 
un proceso y hacer todo cuanto puede hacer un escri- 
bano; pero todo así así, y como lo hacen los más, es 
decir, por rutina, por formularios y por costumbre ó 
imitación; mas casi nada porque yo entendiera perfec- 
tamente lo que hacía, si no era cuando obraba con 
malicia particular, que entonces sí sabía el mal que 
hacía y el bien que dejaba de hacer; pero por lo demás 
no pasaba de un papelista intruso, semicurial ignorante 
y cagatinta perverso. 

Con todas estas recomendables circunstancias, se 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 63. 



250 PENSADOR MEXICANO 

fiaba mi maestro de mí sin el menor escrúpulo. Ya se 
ve, ¿de quién mejor se había de fiar sino de un su discí- 
pulo que le había bebido los alientos? 

Un día que él no estaba en casa, me entretenía en 
extender una escritura de venta de cierta finca que una 
señora iba á enajenar. Ya casi la estaba yo concluyendo 
cuando entró en busca de mi amo Chanfaina, el licen- 
ciado don Severo, hombre sabio, íntegro, é hipocon- 
dríaco. Luego (juc se sentó me preguntó por mi maes- 
tro, y á seguida me dijo: — ¿Qué está usted haciendo? 
Yo, que no conocía su carácter, ni su profesión, ni 
luces, le contosté (|ue una' escritura. — ¿Pues (jué, repitió 
él, la está pasando á testimonio ó extendiéndola origi- 
nal? — Sí, señor, le dije, esto último estoy haciendo, 
extendiéndola original. — Bueno, bueno, dijo, ¿y de qué 
es la escritura? — Señor, respondí, es de la venta de una 
finca. — ¿Y quién otorga la escritura? — La señora doña 
Damiana Acevedo. — ¡Ahí sí, dijo el abogado; la co- 
nozco mucho, es mi deuda política; está para casar- 
se tiempo hace con mi primo don Baltasar Orihuela; 
por cierto (jue es la moza harto modista y disipadora. 
¿Qué, ya estará en el estado de vender las fincas (jue 
podía llevar en dote? Aunque en ese caso no sé cómo 
habrá de otorgar la escritura. A ver, sírvase usted 
leerla. 

Yo, hecho un salvaje y sin saber con quién estaba 






OBRAS ESCOGIDAS 251 

hablando, leí la escritura, que decía así, ni más ni 
menos: 

«]^n la ciudad de México, á 20 de Julio de 1780, 
ante mí, el escribano y testigos, doña Damiana Ace- 
vedo, vecina de ella, otorga: que por sí y en nombre 
de sus herederos, sucesores ó hijos, si algún día los 
tuviere, vende para siempre á don Hilario Rocha, natu- 
ral de la Villa del Carbón y vecino de esta capital, y 
á los suyos, una casa, sita en la calle del Arco de la 
misma, que en posesión y propiedad le pertenece por 
herencia de su difunto padre, el señor don José María 
Acevedo, y se compone de cuatro piezas altas que son: 
sala, recámara, asistencia y cocina; un cuarto bajo, un 
pajar y una caballeriza; tiene quince pies de fachada 
y treinta y ocho de fondo, todo lo que consta en la res- 
pectiva cláusula del testamento de su expresado difunto 
padre, por cuyo título le corresponde á la otorgante, 
la cual declara y asegura no tenerla vendida, enajenada 
ni empeñada, y que está libre de tributo, memoria, 
capellanía, vínculo, patronato, fianza, censo, hipoteca 
y de cualquiera otra especie de gravamen: la cual le 
dona con toda su fábrica, entradas, salidas, usos, cos- 
tumbres y servidumbres en forma de derecho, en cuatro 
mil pesos en moneda corriente y sellada con el cuño 
mexicano, que ha recibido á su satisfacción. Y desde 
hoy en adelante para siempre jamás se abdica, des- 



252 PENSADOR MEXICANO 

prende, desapodera, desiste, quita y aparta, y á sus 
herederos y sucesores, de la propiedad, dominio, título, 
voz, recurso y otro cualquier derecho que á la citada 
casa le corresponde, y lo cede, renuncia y traspasa 
plenamente con las acciones reales, personales, útiles, 
mixtas, directas, ejecutivas y demás que le competen, 
en el mencionado don Hilario Rocha, á quien confiere 
poder irrevocable con libre, franca y general adminis- 
tración, y constituye procurador actor en su propio 
negocio, para (jue la goce, y sin dependencia ni inter- 
vención de la otorgante la cambie, enajene, use y dis- 
ponga de olla como de cosa suya adquirida con justo 
legítimo título, y tome y aprenda de su autoridad ó 
judicialmente la real tenencia y posesión que en virtud 
de este instrumento le pertenece: y para que no nece- 
site tomarla, y antes bien conste en todo tiempo ser 
suya, formaliza á su favor esta escritura de que le daré 
copia autorizada. Asimismo declara (jue el justiprecio 
y valor de la tal finca son los dichos cuatro mil pesos, 
y que no vale más, ni ha hallado quién le dé más por 
ella; y si más vale ó valer pudiere, hace del exceso 
grata donación pura, mera, perfecta é irrevocable que 
el derecho llama intcr cieos, al expresado Rocha y sus 
herederos, renunciando para esto la ley I, tít. XI, lib. 5 
de la Recopilación, y la que de esto trata fecha en Cor- 
tes de Alcalá de Henares, como también la de non 






OBRAS ESCOGIDAS 253 

numerata pecunia, la del senadoconsulto Veleyano, y 
se somete á la. jurisdicción de los señores jueces y jus- 
ticias de S. M., renunciando las leyes si (¡ua mulier; la 
de si conceneril de jurisdictione oniniuní judicuní, y 
cuantas puedan hallarse á su favor por sí y sus here- 
deros, obHgándose además á (jue nadie le inquietará ni 
moverá pleito sobre la propiedad, posesión ó disfrute 
de dicha casa, y si se le inquietare, moviere ó apare- 
ciere algún gravamen, luego <jue la otorgante y sus 
herederos y sucesores sean requeridos conforme á dere- 
cho, saldrán á su defensa y seguirán el pleito á sus 
expensas en todas instancias y tribunales hasta ejecuto- 
riarse, y dejar al comprador en su libre uso y pacífica 
posesión; y no pudiendo conseguirlo le darán otra igual 
en valor, fábrica, sitio, renta y comodidades, ó en su 
defecto le restituirán la cantidad que ha desembolsado, 
las mejoras útiles, precisas y voluntarias (|ue tenga á la 
sazón, el mayor valor que adquiera con el tiempo, y 
todas las costas, gastos y menoscabos que se le siguie- 
ren , con sus intereses, por todo lo cual se les ha de 
poder ejecutar sólo en virtud de esta escritura, y jura- 
mento del que la posea ó lo represente en quien difiere 
su importe relevándole de otra prueba. Así, pues, y á la 
observancia de todo lo referido, obliga su persona y bie- 
nes habidos y por haber, y con ellos se somete á los 
jueces y justicias de S. M. para que á ello la compelen 

PRRIQUIM-O SARNIENTO. — T. I, B. — 64. 



'- i- -^ ^1 •fcf<..i A;;i !i;.'. : . i. i^aein» 



^ltíML¿•\J^^^:¡JÁílketÁ ^ 



254 PENSADOR MEXICANO 

como por sentencia pasada, consentida y no apelada en 
autoridad de cosa juzgada, renunciando su propio fuero, 
domicilio y vecindad con la general del derecho, y así lo 
otorgó. Y presente don Hilario Rocha, á quien doy fe 
conozco, impuesto en el contenido de este instrumento, 
sus localidades y condiciones, dijo: que aceptaba y 
aceptó la compra de la expresada casa como en ello se 
contiene, y se obliga... 

— Basta, dijo el licenciado Severo, que es menester 
gran vaso para escuchar un instrumento tan cansado, 
y á más de cansado tan ridículo y mal hecho. ¿Usted, 
amiguito, entiende algo de lo que ha puesto? ¿Conoce á 
esa señora? ¿Sabe cuáles son las leyes que renuncia? y... 
— A este tiempo entró mi amo Chanfaina, é impuesto 
de las preguntas (jue me estaba haciendo el licenciado, 
le dijo: — Este muchacho poco ha de responder á usted 
de cuanto le pregunte, porque no pasa de un escribien- 
tillo aplicado. Esta escritura que usted ha escuchado la 
hizo por el machote que le dejé y por los que me ha visto 
hacer, y como tiene una feliz memoria se le queda todo 
fácilmente. — Hemos de advertir que hasta aquí ni yo ni 
mi patrón sabíamos si era licenciado el tal don Severo, 
y sólo pensábamos que era algún pobre (|ue iba á ocu- 
parnos. 

Con este error, mi amo, que como gran ignorante 
era gran soberbio, creyó aturdir á la visita y acreditarse 






OBRAS ESCOGIDAS 255 

á costa de desatinar con arrogancia, según que lo tenía 
de costumbre, y así añadió: — Lo que usted dude, caba- 
llero, á mí, á mí me lo ha de preguntar, que lo satisfaré 
completamente. Ya usted tendrá noticia de quien soy, 
pues me viene á buscar; pero si no la tiene, sépase que 
soy don Cosme Apolinario Casalla y Torrejalva, escri- 
bano real y receptor de esta Real Audiencia, para que 
mande. 

— Ya, ya tengo noticia de la habilidad y talento de 
usted, señor mío, dijo el abogado, y yo mismo felicito 
mi ventura que me condujo ú la casa de un hombre 
lleno, y tanto más cuanto que soy muy amigo de saber 
lo que ignoro, y me acomodo siempre á preguntar á 
quien más sabe para salir de mi ignorancia. En esta vir- 
tud y antes de entrar en el negocio á que vengo, quisiera 
preguntar á usted algunas cosillas que hace días que 
las oigo y no las entiendo. 

— Ya he dicho á usted, amigo, contestó Chanfaina 
con su acostumbrada arrogancia, que pregunte lo que 
guste, que yo le sacaré de sus dudas de buena gana. 

— Pues señor, continuó el letrado, sírvase usted 
decirme ¿qué significan esas renuncias que se hacen en 
las escrituras? ¿Qué quiere decir la ley si qua mtiUer.^ 
¿Cuál es la de sive á meJ ¿Qué significa aquella de si 
convencrit de jurisdictione omnium judicuni.^ ¿Cuál es el 
beneficio del senaius-consulto Veletjano que renuncian las 



256 



PENSADOR MEXICANO 



mujeres? ¿Qué significa la non nunicraíu ¡jccunia/ ¿Qué 
quiere decir renuncio mi propio fuero, do/nicilio y cecin- 
(lad/ ¿Cuál es la ley I, tít. XI, del lib. 5 de la Recopi- 
lación? Y por fin, ¿quiénes pueden 6 no otorgar escri- 
turas? ¿cuáles leyes pueden renunciarse y cuáles no? 
y ¿qué cosa son ó para qué sirven los testigos que llaman 
instrumentales? 

— Ha preguntado usted tantas cosas, dijo mi amo, 

que no es muy fácil el responderle á todas con proli- 
jidad; pero para que usted se sosiegue, sepa que todas 
esas leyes que se renuncian son antiguallas que de nada 
sirven, v así no nos calentamos los escribanos la cabeza 
en saberlas, pues eso de saber leyes les toca á los abo- 
gados, no á nosotros. Lo que sucede es que como ya 
es estilo el poner esas cosas en las escrituras y otros 
instrumentos públicos, las ponemos los escribanos que 
vivimos hoy y las pondrán los que vivirán de aquí á un 
siglo con la misma ciencia de ellos que los primeros 
escribanos del mundo: pero ya digo, el saber ó ignorar 
estas niaUírranfjas nada importa. ¿Está usted? 

Por lo que hace á lo que usted pregunta de que qué 
personas pueden otorgar escrituras, debo decirle (jue 
menos los locos, todos. A lo menos yo las extenderé 
en favor del que me pague su dinero, sea quien fuere, 
y si tuviere algún impedimento, veré como se lo aparto 
y lo habilito. ¿Está usted? 



^.l.-.'-^i-;;.! .,j -i. 



'.':t;..^-. 






OBRAS ESCOGIDAS 257 

Últimamente: los testigos instrumentales son unas 
testas de hierro, ó más bien unos nombres supuestos; 
pues en queriendo Juan vender y Pedro comprar, ¿qué 
cuenta tienen con que haya ó no testigos de su contrato? 
De modo que verá usted que yo, muchos de mis com- 
pañeros, y casi todos los alcaldes mayores, tenientes y 
justicias de pueblos, extendemos estos instrumentos en 
nuestras casas y juzgados solos, y cuando llegamos á 
los testigos, ponemos que lo fueron don Pascasio, don 
Nicasio y don i^pitacio, aunque no haya tales hombres 
en veinte leguas en contorno, y lo cierto es (jue las escri- 
turas se quedaron otorgadas, las fincas vendidas, nues- 
tros derechos en la bolsa, y nadie, aunque sepa esta 
friolera, se mete á reconvenirnos para nada. 

Esto es lo que hay, amigo, en el particular. Vea 
usted si tiene algo más que preguntar, que se le respon- 
derá in tcnninis, camarada, in icrininis, terminante- 
mente. 

Levantóse de la silla el licenciado medio balbuciente 
de la cólera, y con un mirar de perro con rabia le dijo 
á mi preclarísimo maestro: — Pues, señor don Cosme 
Casalla, ó Chanfaina, ó calabaza, ó como le llamen, sepa 
usted que quien le habla es el licenciado don Severo 
Justiniano, abogado también de esta Real Audiencia en 
la que pronto me verá usted colocado, y sabrá, si no J 

quiere saberlo antes, que soy doctor en ambos derechos, 



PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 65. 



(.; 



K 



■c-i,^ 



.1. 



■ ' * V'jp^. '-^ L«-Vi: -■^iSkltJV 



258 PENSADOR MEXICANO 

y que no le he hablado con mera fanfarronada como 
usted, á quien en esta virtud le digo y le repito que es 
un hombre lleno, pero no de sabiduría, sino lleno de 
malicia y de ignorancia. ¡Bárbaro! ¿Quién le metió á 
escribano? ¿quién le examin(')? ¿cómo supo engañar á 
los señores sinodales respondiendo quizás preguntas 
estudiadas, comunes ó prevenidas, ó satisfaciendo hipó- 
critamente los casos arduos que le propusieron? 

Usted y otros escribanos ó receptores tan pelotas y 
malicosos como usted, tienen la culpa de que el vulgo, 
poco recto en sus juicios, mire con desafecto, y aun diré 
con odio, una profesión tan noble, confundiendo á los 
escribanos instruidos v timoratos con los criminalistas 
trapaceros, satisfechos de que abundan más éstos que 
aquéllos. 

Sí, señor: el oficio de escribano es honorífico, noble 
y decente. Las leyes lo llaman público ij honrado: 
prescriben (¡ue c/ qno Iiruja de ejercerlo sea siijelo de 
htiena jama, hombre libre // cristicino: aseguran que 
el jtoner escribanos es cosa que pertenece ('i los rei/es. 
Ca en ellos es puerta la (¡uarda é lealtad de las cartas 
que facen en la corte del rei¡, é en las ciudades é en 
las cillas. K son como testif/os ¡túblicos en los pleitos, 
é en las posturas (pactos) que los Jiomes facen entre sí, 
y mandan (¡ue para ser admitidos á ejercer dicho cargo 
justijiquen con citación del procurculor síndico ante las 



i' •■ Hiaf-' -^>" -v*»-»- 



ií^*^: • -■'. . <. . ■ ■-' '".;..:_ 'V, '•;/•;-■• • .■-. :-.\ /•■■•^•; <?{* - • - ■ ■■ -"S*^'- •«.:,■' >;5-v:" 



OBRAS ESCOGIDAS 259 

justicias de sus domicilios, limpie:^a de sangre, legitimi- 
dad, fidelidad, habilidad, buena vida ij costumbres. ^ 

Sí, amigo; es un oficio honroso, y tanto que no 
obsta, como han pensado algunos, para ser caballeros 
y adornarse el pecho con la cruz de un hábito, siempre 
que no falten los demás requisitos necesarios para el 
caso, de lo que tenemos ejemplar. No siendo esto nada 
particular ni violento, si se considera que un escribano 
es una persona depositarla , con autoridad del soberano 
de la confianza pública, d quien, así en juicio como fuera 
de él, se debe dar entera fe y crédito en cuanto actúe 
conio tcd escribano. - 

¿No es, pues, una lástima que cuatro zaragates 
desluzcan con sus embrollos, necedades v raterías una 
profesión tan recomendable en la sociedad? Á lo menos 
en el concepto de los muchos: que los pocos bien saben 
que en expresión de cierto autor moderno, el abuso de 
tan decoroso ministerio no debe degrcalarle, como ni á 
los demás de la república, de la estimación g aprecio que 
le son debidos. 

Esa escritura que usted ha puesto ó mandado poner, 
es un fárrago de simplezas que no merece criticarse, 
y ella misma publica la ignorancia de usted, cuando no 
la hubiera confesado. ¿Conque usted se persuade que 
el escribano no necesita saber leyes, y que esto sólo 

* En el prólogo del Febrero ilustrado se hallan citadas las respectivas leyes. 



.^í : ' .íS¡.'.fói.á.:í-iJít-^tM^::&i\i 



260 PENSADOR MEXICANO 

compete á los abogados? Pues no, señor, los escribanos 
deben también estudiarlas para desempeñar su oficio 
en conciencia. ^ 

Msta es una aserción muy evidente, y si no, vea 
usted en cuántos despilfarros y nulidades ha incurrido 
en ese mamarracho (jue ha forjado. Usted cita y renun- 
cia leyes que para nada vienen al caso, manifestando en 
esto su ignorancia, al mismo tiempo (jUc omite poner la 
edad de esa señora, circunstancia esencialísima para (jue 
sea válida la escritura, pues es mayor de veinticinco 
años; no es casada ni hija de familia; tiene la libre 
administración de sus bienes, y puede otorgar por sí 
lo mismo (jue cualquier hombre libre, y de consiguiente 
es un absurdo la renuncia que hace en su nombre del 
í^cna(as-consul(() Vc/oi/(fno, pues no tiene aquí lugar ni 
le favorece. Sepa usted que esta ley se instituyó en Roma 
siendo cónsul Veleyo en favor de las mujeres, para que 
no puedan obligarse ni salir por fiadoras por persona 
alguna, y ya que puedan serlo en ciertos casos, es 
menester <jue renuncien esta ley romana, ó más bien 
las patrias que les favorecen , y entonces será válido el 
contrato y estarán obligadas á cumplirlo; pero cuando 
estando habilitadas por derecho se obligan por sí y por 



' "Ka imposible ejercer los escribanos su oficio, dice don Marco» Gutiérrez en el 
lugar citado, sin saber mucho de jurisprudencia; pues de lo contrario forzosamente han 
de cometer infinitos absurdos que originen costosos é interminables litigios, y de que 
sean victimas innumerables ciudadanos en sus bienes y derechos.» 



. ! , 



■yu^'^T?'''-':- : . .-.'■•^^J 






OBRAS ESCOGIDAS 261 

SU mismo interés, es excusada tal cláusula, porque 
entonces ninguna ley las exime de la obligación que 
han otorgado. 

Lo mismo se puede decir de las demás renuncias 
disparatadas que usted ha puesto como las de si (¡ua 
tnulier, sice a me, etc., pues éstas se contraen á asegurar " 

los bienes do las mujeres casadas ó por razón de bienes 
dótales; v así sólo á éstas favorecen v ellas únicamente 
pueden renunciar su beneficio, y no las doncellas ó sol- ' 

teras como es doña Damiana Acevedo. - f 

Mas para que usted acabe de conocer hasta dónde 
llega su ignorancia y la de todos sus compañeros que 
extienden instrumentos y ponen en ellos latinajos, leyes 
y renuncias de éstas sin entender lo que hablan, sino 
porque así lo han visto en los protocolos de donde saca- 
ron su formulario, atienda: Dice usted que vendió la 
casa en cuatro mil pesos, que el comprador recibió á su 
satisfacción, y á poco dice que renuncia la ley de la 
non niinici'fita pecunia. Si usted supiera (jue esta ley 
habla del dinero no contado, y no del contado y recibido, 
no incurriría en tal error. : 

Últimamente: el poner por testigos instrumentales : 

los nombres (jue usted quiere, al hacer el instrumento 
usted solo, como ha dicho, y el no explicarle á las partes 
la cláusula de él y las leyes que renuncian, puede anular 
la escritura y cuanto haga con esta torpeza; porque es 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, lí.— OG. 



' «■• ^W,* 1.^ 



'•-■^Xl4^. 



262 PENSADOR MEXICANO 

obligación precisa de los escribanos el imponer á las 
partes perfectamente en éstas (jue usted llama anü'r/iia- 
/!((.<: pero como «regularmente los escribanos ^ poco 
menos ignoran el contenido de las leyes renunciadas 
que las mismas partes, ¿cómo deberemos persuadirnos 
que cerciorarán aquello que creemos ignoran? ¿Llamare- 
mos acaso á juicio al escribano para que, examinado del 
contenido de dichas leyes, si rectamente responde, crea- 
mos que cercion') bien a las partes, y si no da razón de 
su persona hagamos el contrario concepto? Mejor sería.» 

Con(jue, señor Casalla, aplicarse, aplicarse y ser 
hombre de bien ; pues es un dolor que por las faltas de 
usted y otros como usted sufran los buenos escribanos 
el vejamen de los necios. VA negocio á que yo venía pide 
un escribano de más capacidad y conducta que usted, y 
así no me determino á fiárselo, l^studie más y sea más 
arreglado, y no le faltará qué comer con más descanso 
y tranquilidad de espíritu. Y usted, amiguito, me dijo 
á mí, estudie también si quiere seguir esta carrera, y 
no se ensene á robar con la pluma, pues entonces no 
pasará de ave de rapiña. Adiós, señores. 

Ni visto ni oído fué el licenciado luego que acabó de 
regañar á mi amo, quien se quedó tan aturdido que no 
sabía si estaba en cielo ó en tierra, según después me 
dijo. 

' Aliaga, en su Kspejo de Eicrihanot, t. II, cap. I, claus. 13. fol. 02. 



~,!f\^^y-'~J..-- . -• • .-35^ ;C^--' V ,. 'I ^ .«^ 



OBRAS ESCOGIDAS 263 

Yo me acordé bastante de mi primer maestro de 
escuela, cuando le pasó igual bochorno con el clérigo; 
pero mi amo no era de los que se ahogan en poca agua, 
sino muy procaz ó sinvergüenza; y así disimuló su 
incomodidad con mucho garbo, y luego que se recobró 
un poco, me dijo: — ¿Sabes, Pericjuillo, por qué ha sido 
esta faramalla del abogado? Pues sábete que no por otra 
causa, sino porque siente un gato que otro lo arañe. 
Estos letradillos son muy envidiosos; no pueden ver ojos 
en otra cara, y quisieran ser ellos solos abogados, jueces, 
agentes, relatores, procuradores, escribanos y hasta 
corchetes y verdugos, para soplarse á los litigantes en 
cuerpo y alma. 

Vea usted al bribón del Severillo, y (jué charla nos 
ha encajado haciéndose del hipócrita y del instruido, 
como si lucra lo mismo surcir un escrito acuñándole 
cuarenta textos, que extender un instrumento público. 
Aquí no más has de conocer lo que va del trabajo de 
un abogado al de un escribano: el escrito de aquél 
se tira, si se olrece, por inútil, y el instrumento que 
nosotros autorizamos se guarda y se protocola eterna- 
mente. 

El Ictradillo se escandaliza de lo que no entiende, 
pero no se asustará de dejar un litigante sin camisa. 
Sí, ya lo conozco; ¡bonito yo para que me diera atole 
con el dedo! No digo él, ni los de toga. ¿Sabes por qué 



"V". ("v-s ■.;"'-«• ixtií-i: . ■■Vl.V ■-tWif Wfrt.' -"-^'J. ' -' Jt- " ^— '•>•• ■-• ' V --»J- 



^.» ■ i-i,r.. • ..\-'>v- ■-=- ■♦j'.i--';. . i"»' 



264 PENSADOR MEXICANO 

tomé el partido de callarme? Pues fué porque es muy 
caviloso, y á más de eso tengo malicias de que es asesor 
de S. E. Está para ser oidor y no quiero exponerme 
á un trabajo, poríjue estos picaros por tal de vengarse 
no dejarán libro que no hojeen, ni estante que no 
revuelvan: (jue si eso no hubiera sido, yo lo hubiera 
enseñado á mal criado. Con todo, que vuelva otro día 
á mi casa á quebrarme la cabeza, quizás no estaró para 
aguantar, y saldrá por ahí como rata por tirante. 

Así que mi amo se desahogó conmigo, abrió su 
estantito, se refrescó con un buen trago del refino de 
Castilla, y se marchó á jugar sus alburitos mientras se 
hacía hora de comer. 

Aunque me hicieron mucha Fuerza las razones del 
licenciado, algo me desvanecieron la socarra y mentiras 
de Chanlaina. Ello es que yo propuse no dejar su com- 
pañía hasta no salir un mediano oficial de escribano; 
mas no se puede todo lo que se quiere. 

Á las dos de la tarde volvió mi maestro contento 
poríjue no había perdido en el juego; puse la mesa, 
comió v se fué á dormir siesta. Yo t'uí á hacer la misma 
diligencia á la cocina donde me despachó muy bien nana 
Clara. (|ue era la cocinera. Después me bajé á la esquina 
á pasar el rato con el tendero mientras despertaba mi 
patrón. 

Este, luego que despertó, me dejó mi tarea de 



OBRAS ESCOGIDAS 265 

escribir, como siempre, y se marchó para la calle, de 
donde volvió á las siete de la noche con una nueva 
huéspeda que venía á ser nuestra compañera. 

Luego que la vi la conocí. Se llamaba Luisa, y era 
la hermana del ladrón que mi amo soltó de la cuerda 
con más facilidad que don Quijote á Ginés de Pasamonte. 
Ya he dicho que la tal moza no era fea y que pareció 
muy bien á mi amo. ¡Ojalá y á mí no me hubiera pare- 
cido lo mismo 1 

En cuanto entró le dijo mi amo: — Anda, hija, des- 
núdate ^ y vete con nana Clara, que ella te impondrá 
de lo que has de hacer. — Fuese ella muy humilde, y 
cuando estuvimos solos me dijo Chanfaina: — Periquillo, 
me debes dar las albricias por esta nueva criada que 
he traído: ella viene de recamarera, v te vas á ahorrar 
de algún quehacer; porque ya no barrerás, ni harás 
la cama, ni servirás la mesa, ni limpiarás los candeleros, 
ni harás otras cosas que son de su obligación, sino 
solamente los mandados. Lo único que te encargo es 
que tengas cuidado con ella, avisándome si se asoma 
al balcón muy seguido, ó si sale ó viene alguno á verla 
cuando no estuviere yo en casa. En fin, tú cúidala y 
avísame de cuanto notares. Pues, porque al fin es mi 
criada, está á mi cargo, tengo que dar cuenta á Dios 

' En aquella época sólo la gente muy infeliz carecía de ropa más decente, ó aseada 
para salir á la calle, y así es que por deéiiudarse se entendía quitarse esa ropa y quedar- 
se con la de dentro de casa. E. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I , B. — 67. 



--•t, ■;;;■; ^/ 



266 . PENSADOR MEXICANO 

de ella y no soy muy ancho de conciencia, ni quiero 
condenarme por pecados ajenos. ¿Entiendes? — Sí, 
señor, le contesté, riéndome interiormente de la necedad 
con (|ue pensaba que era yo capaz de tragar su hipocre- 
sía. Ya se ve, el muy camote me tenía por un buen mu- 
chacho ó por un mentecato. Como en cerca de dos meses 
que yo vivía con él había hecho tan al vivo el papel de 
hombre de bien, pues ni salía á pasear, aun dándome 
licencia él mismo, ni me deslicé en lo más mínimo con 
la vieja cocinera, me creyó el amigo Chanfaina muy 
inocente, ó (juién sabe qué, y me confió á su Luisa, (|ue 
fué fiarle un mamón ;'i un perro hambriento. Así salió 
ello. 

Esa noche cenamos y me luí á acostar sin meterme 
en más dibujos. Al día siguiente nos dio chocolate la 
recamarerita, hizo la cama, barrió, atizó el cobre, porque 
plata no la había, y pu§o la casa albeando, como dicen 
las mujeres. 

Seis ú ocho días hizo la Luisa el papel de criada 
sirviendo la mesa v tratando á Chanfaina como amo, 
delante de mí y de la vieja; pero no pudo éste sufrir 
mucho tiempo el disimulo. Pasado este plazo, la fué 
haciendo comer de su plato auncjue en pie; después la 
liacía sentar algunas veces, hasta (jue se desnudó del 
fingimiento y la coloc(') á su lado señorilmente. 

Los tres comíamos y cenábamos juntos en buena 



■*'^*- ^-jf .É-t>i...l . .*L '* , * Ly^ y-L-.-.-1-S»- ■ ../^ .^-*w^-,.^"^ *íg[?r¿'A''iin riiiiü i ' " 



■W-,>:'"^K-- 



OBRAS ESCOGIDAS 267 

paz y compañía. La muchacha era bonita, alegre, viva 
y decidora; yo era joven, no muy malote y sabía tocar 
el bandoloncito y cantar no muy ronco, al paso que mi 
amo era casi viejo, no poseía las gracias que yo; sacán- 
dolo de sus trapacerías con la pluma, era en lo demás 
muy tonto; hablaba gangoso y rociaba de babas al que 
lo atendía, á causa de (|ue el gálico y el mercurio lo 
habían dejado sin campanilla ni dientes; no era nada 
liberal, y sobre tantas prendas tenía la recomendable de 
ser celosísimo en extremo. 

Ya se deja entender que no me costaría mucho tra- 
bajo la conquista de Luisa teniendo un rival tan despre- 
ciable. Así fué en efecto. Breve nos conchábamos, y 
quedamos de acuerdo correspondiéndonos nuestros afec- 
tos amigablemente. 

El pobre de mi amo estaba encantado con su reca- 
marera y plenamente satisfecho de su escribiente, quien 
no osaba alzar los ojos á verla delante de él. 

Mas ella, que era picara y burlona, abusaba del 
candor de mi amo y me ponía en unos aprietos terribles 
en su presencia; de suerte que á veces me hacía reir y 
á veces incomodar con sus chocarrerías. 

Algunas ocasiones me decía: — Señor Pedrito, ¡qué 
mustio es usted 1 parece usted novicio ó fraile recién pro- 
feso; ni alza los ojos para verme; ¿qué, soy tan fea que 
espanto? ¡ Zonzo 1 Dios me libre de usted. Será usted más 



268 PENSADOR MEXICANO 

tunante que el que más. Sí, de éstos que no comen miel 
libre Dios nuestros panales, don Cosme. 

Otras veces me preguntaba si estaba yo enamorado 
de alguna muchacha ó si me quería casar, y treinta mil 
simplezas de éstas, con las que me exponía á descubrir 
nuestros maliciosos tratos; pero el bueno de mi maestro 
estaba lelo y en nada menos pensaba que en ellos, antes 
solía preguntarme á excusas de ella si le observaba yo 
alguna in(juietud. Y yo le decía: — No, señor, ni yo lo 
permitiera, pues los intereses de usted los miro como 
míos, y más en esta parte. — Con esto quedaba el pobre 
enteramente satisfecho de la fidelidad de los dos. 

Pero como nada hay oculto que no se revele, al fin 
se descubrió nuestro mal procedimiento de un modo que 
pudo haberme costado bien caro. 

Estaba una mañana Luisa en el balcón y yo escri- 
biendo en la sala. Antojóseme chupar un cigarro y íuí 
á encenderlo á la cocina. Por desgracia estaba soplando 
la lumbre una muchacha do no malos bigotes llamada 
Lorenza, que era sobrina de nana Clara, y la iba á visitar 
de cuando en cuando por interés de los percances que le 
daba la buena vieja, la (jue á la sazón no estaba en casa, 
porque había ido á la plaza á comprar cebollas y otras 
menestras para guisar. Me hallé, pues, solo con la mu- 
chacha, y como era de corazón alegre comenzamos á 
chacotear familiarmente. 



L."jiií'ijfc-*J -i..-'-*r, ■.--^■.- j .• ■ - ^ .-"v V.aJ *.if:^'''ii--.^ •-!* .\*--J%«L"'« :'.--^i- 



: ■..'V?^-"™>^:-^ -' '" • < -'■■ J^? • ■ • • ■ - 



OBRAS ESCOGIDAS 269 

En este rato me echó de menos Luisa; fué á buscar- 
me, y hallándome enajenado, se enceló furiosamente y 
me reconvino con bastante aspereza, pues me dijo: — Muy 
bien, señor Perico. En eso se le va á usted el tiempo, en 
retozar con esa grandísima tal... — No: eso de tal, dijo 
Lorenza toda encolerizada, eso de tal lo será ella y su 
madre y toda su casta. — Y sin más cumplimientos se 
arremetieron v afianzaron de las trenzas dándose muchos 
araños y diciéndose primores: pero esto con tal escán- 
dalo y alharaca, que se podía haber oído el pleito y sa- 
bido el motivo ú dos leguas en contorno de la casa. 

Hacía yo cuanto estaba de mi parte por desapar- 
tarlas; mas era imposible según estaban empeñadas en 
no soltarse. 

A este tiempo entró nana Clara, y mirando á su 
sobrina bañada en sangre, no se metió en averiguacio- 
nes, sino que tirando el canasto de verdura, arremetió 
contra la pobre de Luisa, (jue no estaba muy sana, dicién- 
dole: — Eso no, grandísima cochina, lambe-platos, piojo 
resucitado; á mi sobrina no, tal. Agora verás quién es 
cada cual. Y en medio de esas jaculatorias le menudeaba 
muy fuertes palos con una cuchara. 

Yo no pude sufrir que con tal ventaja estropearan 
dos á mi pobre Luisa, y así, viendo que no valían mis 
ruegos para que la dejaran, apelé á la fuerza y di sobre la 
vieja á pescozones. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 68. 



/ 



270 PENSADOR MEXICANO 

Una zambra era aquella cocina, ni pienso (|ue sería 
más terrible la batalla de César en Farsalia. Como no 
estábamos quietos en un punto, sino que cayendo y 
levantando andábamos por todas partes y la cocina era 
estrecha, en un instante se quebraron las ollas, se de- 
rramó la comida, se apagó la lumbre, y la ceniza nos 
emblanqueció las cabezas y ensució las caras. 

Todo era desvergüenzas, gritos, porrazos y desor- 
den. No había una de las contendientes (jue no estuviera 
sangrada según el método del Aguilucho, y á más de 
esto, desgreñada y toda hecha pedazos, sin quedarme 
yo limpio en la lunción. El campo de batalla ó la cocina 
estaba sembrada do despojos. Por un rincón se veía una 
olla hecha pedazos, por otra la tinaja del agua, por aquí 
una sai'tén, por allí un manojo de cebollas, por esotro 
lado la mano del metate, y por todas partes las reliíjuias 
de nuestra ropa. El perrillo alternaba sus ladridos con 
nuestros gritos, y el gato todo espeluzado no se atrevía á 
bajar del brasero. 

En medio de esta función llegó Chanfaina ves- 
tido ^en su propio traje, y viendo que su Luisa estaba 
desangrada, hecha pedazos, bañada en sangre y en- 
vuelta entre la cocinera y su sobrina, no esperó razo- 
nes, sino que haciéndose de un garrote di(') sobre las 
dos últimas; pero con tal gana y coraje, que á pocos 
trancazos cesó el pleito dejando á la infeliz recama- 




A.\irr;IIo. 



En medio de esta función llegó Chanfaina, vestido en su propio traje 



OBRAS ESCOGIDAS 271 

rera, que ciertamente era la que había llevado la peor 
parte. 

Cuando volvimos todos en nuestro acuerdo, no tanto 
por el respeto del amo, cuanto por el miedo del garrote, 
comenzó el escribano á tomarnos declaración sobre el 
asunto ó motivo de tan desaforada riña. La vieja nana 
Clara nada decía, porque nada sabía en realidad. Luisa 
tampoco, porque no le tenía cuenta; yo menos, porque 
era el actor principal de aquella escena; pero la maldita 
Lorenza, como que era la más instruida é inocente, en 
un instante impuso á mi amo del contenido de la causa, 
diciéndole que todo aquello no había sido más que una 
violencia y provocación de aquella tal celosa que estaba 
en su casa, que quizá era mi amiga, pues por celos de 
mí y de ella había armado a(|uel escándalo... 

Hasta a(|uí oí yo á Lorenza; porque en cuanto ad- 
vertí que ésta había descorrido el velo de nuestros indig- 
nos tratos más de lo que era necesario, y que mi amo 
me miraba con ojos de loco furioso, temí como hombre, 
y eché á correr como una liebre por la escalera abajo, 
con lo que confirmé en el momento cuanto dijo Loren- 
za, acabando de irritar á mi patrón, quien no queriendo 
que me fuera de su casa sin despedida, bajó tras de mí 
como un rayo y con tal precipitación, que no advirtió 
que iba sin sombrero ni capa y con la golilla por un 
lado. 



..k\.r.¿:í¿ 






272 



PENSADOR MEXICANO 



Como dos cuadras corrió Chanfaina tras de mí gri- 
tándome sin cesar: — ¡Párate, bribón; párate, picaro! — 
pero yo me volví sordo y no paré hasta que lo perdí de 
vista y me halló bien lejos y seguro del garrote. 

Este fué el honroso y lucidísimo modo con que salí 
de la casa del escribano, peor de lo que había entrado y 
sin el más mínimo escarmiento; pues en cada una de 
éstas comenzaba de nuevo la serie de mis aventuras, 
como lo veréis en el capítulo siguiente. 




''•'¿^i.-U. í^. J:-i Vi0'lLi^-l'..iLi."iÉ 



. %.r^i-wÁX^Ü\ '.'«itfS 



:í^v 













CAPITULO XI 



En el que Periquillo cuenta la acogida 

que le hizo un barbero; el motivo porque se salió de su 

casa; su acomodo en una botica y su salida de 

ésta , con otras aventuras curiosas 



Es increíble el terreno que avanza un cobarde en la 
carrera. Cuando sucedió el lance que acabo de referir 
eran las doce en punto, y mi amo vivía en la calle de 
las Ratas; pues corrí tan de buena gana que fui á esperar 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 69. 



"i. t-j .-'j.-.'- 1- *r '«^-jk *»Á.i- , 



. ;« 



274 PENSADOR MEXICANO 

el cuarto de hora á la Alameda; eso sí, yo llegué lleno 
de sudor y de susto; mas lo di de barato así como el 
, verme sin sombrero, roto de cabeza, hecho pedazos y 
muerto de hambre, al considerarme seguro de Chanfaina, 
á quien no tanto temía por su garrote como por su 
pluma cavilosa; pues si me hubiera habido á las manos 
seguramente me da de palos, me urde una calumnia y 
me hace ir á sacar piedra mucar á San Juan de Ulúa. 

Así es que yo hube de tener por bien el mismo 
mal, ó elegí cuerdamente del mal el menos; pero esto 
está muy bien para la hora ejecutiva, porque pasada 
ésta, se reconoce cualquier mal según es, y entonces 
nos incomoda amargamente. 

Tal me sucedió, cuando sentado á la orilla de una 
zanja, apoyado mi brazo izquierdo sobre una rodilla, 
teniéndome con la misma mano la cabeza, y con la 
derecha rascando la tierra con un palito, consideraba 
mi triste situación. — ¿Qué haré yo ahora? me preguntaba 
á mí mismo. Es harto infeliz el estado presente en que 
me hallo. Solo, casi desnudo, roto de cabeza, muerto 
de hambre, sin abrigo ni conocimiento, y después de 
todo, con un enemigo poderoso como Chanfaina, que 
se desvelará por saber de mí para tomar venganza de 
mi infidelidad y de la de Luisa, ¿á dónde iré? ¿dónde 
me (juedaré esta noche? ¿quién se ha de doler de mí, 
ni quién me hospedará si mi pelaje es demasiado sos- 



-■■■ÁNV.^-^U.:.t.jN; J -. .i^s-.' v..^.^:.. ■•-.--:> '■^:>-j.t^o^»^.t.-^¿»....: 



J 






■'^^-■:^->"^ 



OBRAS ESCOGIDAS 



275 



pechoso? Quedarme aquí, no puede ser, porque me 
echarán los guardas de la Alameda; andar toda la noche 
en la calle, es arrojo, porque me expongo á que me 
encuentre una ronda y me despache más presto á poder 
de Chanfaina; irme á dormir á un cementerio retirado 
como el de San Cosme, será lo más seguro... pero ¿y los 
muertos y las fantasmas son acaso poco respetables y 
temibles? Ni por un pienso. ¿Qué haré, pues, y qué 
comeré en esta noche? 

Embebecido estaba en tan melancólicos pensamien- 
tos sin poder dar con el hilo que me sacara de tan 
confuso laberinto, cuando Dios, que no desampara á 
los mismos que le ofenden, hizo que pasara junto á mí 
un venerable viejo, que con un muchacho se entretenía 
en sacar sanguijuelas con un clñquiJiuiíe en aquellas 
zanjitas; y estando en esta diligencia me saludó y yo 
le respondí cortesmente. 

El viejo, al oir mi voz, me miró con atención, y 
después de haberse detenido un momento, salta la zanja, 
me echa los brazos al cuello con la mayor expresión, 
y me dice: — ¡Pedrito de mi alma! ¿Es posible que te 
vuelva á ver? ¿Qué es esto? ¿Qué traje, qué sangre es 
ésa? ¿Cómo está tu madre? ¿Dónde vives? 

Á tantas preguntas, yo no respondía palabra, sor- 
prendido al ver á un hombre á quien no conocía que 
me hablaba por mi nombre y con una confianza no 



-lU-iv -' í-n: 



*>.jj*'-' :.i.^^íJ: ^'r:^'. ':tt¿hiL^U-iM'L,LÁ'-¥aLk¿¿^J>lkfi''iAL:t^ 



276 PENSADOR MEXICANO 

esperada; mas él, advirtiendo la causa de mi turbación, 
me dijo: — ¿Qué, no me conoces? — No, señor; la verdad, 
le respondí, si no es para servirle. — Pues yo sí te 
conozco, y conocí á tus padres y les debí mil favores. 
Yo me llamo Agustín Rapamentas: afeité al difunto 
señor don Manuel Sarmiento, tu padrecito, muchos años; 
sí, muchos, sobre que te conocí tamañito, hijo, tama- 
ñito; puedo decir que te vi nacer; y no pienses que no; 
te quería mucho y jugaba contigo mientras que tu señor 
padre salía á afeitarse. 

— Pues, señor don Agustín, le dije, ahora voy 
recordando especies, y en efecto, es así como usted lo 
dice. — ¿Pues qué haces aquí, hijo, y en este estado? 
me preguntó. 

— ¡Ay, señorl le respondí remedando el llanto de 
las viudas; mi suerte es la más desgraciada; mi madre 
murió dos años hace; los acreedores de mi padre me 
echaron á la calle y embargaron cuanto había en mi 
casa; yo me he mantenido sirviendo á este y al otro, y 
hoy el amo (jue tenía, porque la cocinera echó el caldo 
frío y yo lo llevé así á la mesa, me tiró con él y con el 
plato me rompió la cabeza, y no parando en esto su 
cólera, agarró el cuchillo y corrió tras de mí, que á no 
tomarle vo la delantera, no le cuento á usted mi des- 
gracia. 

— ¡Mire qué picardía! decía el candido barbero; 



» - : V f -i^ . 



::^~^-f: ••.;.. ,■,' ■■■■ \-- - -; r-^- -4'^. ".- ■ ■■ r"^^ 



.,T ;\rv-^-,p- 



ODRAS ESCOGIDAS 277 

¿y quién es ese amo tan cruel y vengativo? — ¿Quién 
ha de ser, señor? le dije; el mariscal de Birón. — ¡Cómo! 
¿Qué estás hablando? dijo el rapador; no puede ser eso; 
si no hay tal nombre en el mundo. Será otro. — ¡ Ah! sí, 
señor, es verdad, dije yo; me turbé: pero es el conde... 
el conde... el conde... ¡válgate Dios por memorial el 
conde de... de... de Saldaña. — Peor está ésa, decía don 
Agustín; ¿qué, te has vuelto loco? ¿Qué estás hablando, 
hijo? ¿No ves que esos títulos que dices son de comedia? 
— Es verdad, señor; á mí se me ha olvidado el título de 
mi amo, porque apenas hace dos días que estaba en su 
casa; pero para el caso no importa acordarse de su título, 
ó aplicarle uno de comedia, porque si lo vemos con serie- 
dad, ¿qué título hay en el mundo que no sea de comedia? 
El mariscal de Birón, el conde de Saldaña, el barón de 
Trenk y otros mil fueron títulos reales, desempeñaron 
su papel, murieron, y sus nombres quedaron para servir 
de títulos de comedias. Lo mismo sucederá al conde del 
Campo azul, al marqués de Casa nueva, al duque de 
Ricabella v á cuantos títulos viven hov con nosotros: 
mañana morirán y Laas Deo: quedarán sus nombres y 
sus títulos para acordarnos s<Mo algunos días de que han 
existido entre los vivos, lo mismo que el mariscal de 
Birón y el gran conde de Saldaña. Conque nada importa, 
según esto, que yo me acuerde ó me olvide del título del 
amo que me golpeó. De lo que no me olvidaré será de 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 70, 



278 PENSADOR MEXICANO 

SU maldita acción, que éstas son las que se quedan en la 
memoria de los hombres ó para vituperarlas y sentirlas, 
ó para ensalzarlas y aplaudirlas, que no los títulos y 
dictados que mueren con el tiempo, y se confunden con 
el polvo de los sepulcros. 

Atónito me escuchaba el inocente barbero tenién- 
dome por un sabio y un virtuoso. Tal era mi malicia 
á veces, y ú veces mi ignorancia. Yo mismo ahora no 
soy capaz de definir mi carácter en aquellos tiempos, ni 
creo que nadie lo hubiera podido comprender; porque 
unas ocasiones decía lo que sentía, otras obraba contra 
lo mismo que decía; unas veces me hacía un hipócrita, 
y otras hablaba para el convencimiento de mi conciencia; 
mas lo peor era (jue cuando fingía virtud lo hacía con 
advertencia, y cuando iiablaba enamorado de ella hacía 
mil propósitos interiores de enmendarme, pero no me 
determinaba á cumplirlos. 

Esta vez me tocó hablar lo que tenía en mi corazón; 
pero no me aproveché de tales verdades; sin embargo, 
me surtió un buen efecto temporal, y fué que el barbero, 
condolido de mí, me llevó á su casa, y su familia, que 
se componía de una buena vieja llamada tía Casilda y del 
muchacho aprendiz, me recibió con el extremo más 
dulce de hospitalidad. 

Cené aquella noche mejor de lo que pensaba, y al 
día siguiente me dijo el maestro: — Hijo, aunque ya eres 



.iJ^„.:.li .,^^'-;'^ ^.. ^tt,'..L:. im.^. * --k>l't^.Í¿^l^'>^- }^iff¿tÁSÁ'v:h' 



Lufe-: .'í.^\j^ ' 



•r-'Si-'^'t' 



OBRAS ESCOGIDAS 279 

grande para aprendiz (tendría yo diez y nueve o veinte 
años: decía bien), si quieres, puedes aprender mi oficio, 
que si no es de los muy aventajados, á lo menos da qué 
comer; y así aplícate que yo te daré la casa y el bocadito, 
que es lo que puedo. 

Yo le dije que sí, porque por entonces me pareció 
conveniente; y según esto, me comedía ^ á limpiar los 
paños, á tener la vacía y á hacer algo de lo que veía 
hacer al aprendiz. 

Una ocasión que el maestro no estaba en casa, por 
ver si estaba algo adelantado, cogí un perro, á cuya 
fajina me ayudó el aprendiz, y atándole los pies, las 
manos y el hocico, lo sentamos en la silla amarrado en 
ella, le pusimos un trapito para limpiar las navajas, y 
comencé la operación de la rasura. El miserable perro 
ponía sus gemidos ^ en el cielo. ¡Tales eran las cuchi- 
lladas que solía llevar de cuando en cuando! 

Por fin, se acabó la operación y quedó el pobre 
animal retratable, y luego que se vio libre, salió para la 
calle como alma que se llevan los demonios, y yo, en- 
greído con esta primera prueba, me determiné á hacer otra 
con un pobre indio que se fué á rasurar de á medio. Con 
mucho garbo le puse los paños; hice al aprendiz trajera 



• Por comedirse y con más frecuencia acomedirse, se entiende vulgarmente pres- 
tarse con voluntad y gusto á ayudar á otros en sus trabajos y quehaceres, ó desempe- 
ñarlos por ellos. E. 

* No podía ladrar y así sólo gemía. ^ 



í'3s¿i£.tL]mL'.1^l&.. 



280 PENSADOR MEXICANO 

la vacía con la agua caliente; asenté las navajas y le di 
una zurra de raspadas y tajos que el infeliz, no pudiendo 
sufrir mi áspera mano, se levantó diciendo: — Amoquale 
(¡uisíiano, amoquale: — que fué como decirme en caste- 
llano: «no me cuadra tu modo, señor, no me cuadra.» 
Ello es que él dio el medio real y se fué también medio 
rapado. 

Todavía no contento con estas tan malas pruebas, 
me atreví á sacarle una muela .'i una vieja que entró ú la 
tienda rabiando de un fuerte dolor v en solicitud de mi 
maestro; pero como era resuelto, la hice sentar y que 
entregara la cabeza al aprendiz para que se la tuviera. 

Hizo éste muy bien su oficio: abrió la cuitada vieja 
su desierta boca después de haberme mostrado la muela 
que le dolía; tomé el descarnador y comencé á cortarla 
trozos de encía alegremente. 

La miserable, al verse tasajear tan seguido y con 
una porcelana de sangre delante, me decía: — Maestrito, 
por Dios, ¿hasta cuándo acaba usted de descarnar? — No 
tenga usted cuidado, señora, le decía yo; haga una poca 
de paciencia, ya le falta poco de la quijada. 

En fin, así que le corté tanta carne cuanta bastó 
para que almorzara el gato de casa, le afiancé el hueso 
con el respectivo instrumento, y le di un estirón tan 
luerte y mal dado, que le quebré la muela lastimándole 
terriblemente la quijada. 



*í«rt' ■ ^- 



f^^.:-- ; ■- -. , ;- -..■ .-. ... .., !".•■.:_•■ •'sv'-'^r "•*??- '?;;y> 



OBRAS ESCOGIDAS 281 

— ¡Ay, Jesús! exclamó la triste vieja, ya me arrancó 
usted las quijadas, maestro del diablo. — No hable usted, 
señora, le dije, que se le meterá el aire y le corromperá 
la mandíbula. — ¡Qué malíbula ni qué demonios I decía 
la pobre.... jAy, Jesús! ¡ay! ¡ay! ¡ay!... — Ya está, 
señora, decía yo, abra usted la boca, acabaremos de 
sacar el raigón, ¿no ve que es ftiuela matriculada? — 
Matriculado esté usted en el infierno, chambón, indigno, 
condenado, decía la pobre. 

Yo, sin hacer caso de sus injurias, le decía: — Ande, 
nanita, siéntese y abra la boca, acabaremos de sacar ese 
hueso maldito: vea usted que un dolor quita muchos. 
Ande usted aunque no me pague. — Vaya usted mucho 
noramala, dijo la anciana, y sáquele otra muela ó cuan- 
tas tenga á la grandísima borracha (jue lo parió. No 
tienen la culpa estos raspadores cochinos, sino quien se 
pone en sus manos. — Prosiguiendo en estos elogios 
se salió para la calle sin querer ni volver á ver el lugar 
del sacrificio. 

Yo algo me compadecí de su dolor, y el muchacho 
no dejó de reprenderme mi determinación atolondrada; 
porque cada rato decía: — ¡Pobre señora! ¡qué dolor ten- 
dría! y lo peor que si se lo dice al maestro ¿qué dirá? — 
Diga lo que dijere, le respondí; yo lo hago por ayudarle 
á buscar el pan; fuera de que así se aprende, haciendo 
pruebas y ensayándose. — A la maestra le dije que 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 71. 



282 PENSADOR MEXICANO 

habían sido monadas de la vieja; que tenía la muela 
matriculada y no se la pude arrancar al primer tirón, 
cosa que al mejor le sucede. 

Con esto se dieron todos por satisfechos y yo seguí 
haciendo mis diabluras, las que me pagaban ó con dinero 
ó con desvergüenzas. 

Cuatro meses y medio permanecí con don Agustín, 
y luó mucho, según lo variable de mi genio. Es verdad 
que en esta d¡laci<')n tuvo parte el miedo que tenía á 
Chanfaina, y el no encontrar mejor asilo, pues en aquella 
casa comía, bebía y era tratado con una estimación res- 
petuosa de parte del maestro. De suerte que yo ni 
hacía mandados ni cosa mas útil que estar cuidando la 
barbería y liaciendo mis fechorías cada vez que tenía 
proporción; por(|ue yo era un aprendiz de honor, y tan 
consentido y hobachón, que aunque sin camisa, no me 
laltaba quien envidiara mi fortuna. Mste era Andrés, el 
aprendiz, quien un día que estábamos los dos conver- 
sando en espera de marchante que quisiera ensayarse 
á mártir, me dijo: — Señor, ¡quión fuera como usted! — 
¿Por qué, Andrés? le pregunté. — Porque ya usted es 
hombre grande, duefio de su voluntad y no tiene quién 
lo mande; y no yo, que tengo tantos que me regañen, y 
no sé lo que es tener medio en la bolsa. — Pero así que 
acabes de aprender el oficio, le dije, tendrás dinero y 
serás dueño de tu voluntad. 



-^Li.'^J^im^Il. . 



■ .i^-V^' J-HJ-- .rn.' . .^.^wAAk.^ .-^.'.3^^ 



■'l^^- 



•■^ /».:'í-<« 



OBRAS ESCOGIDAS 283 

— ¡Qué verde está eso! decía Andrés: ya llevo aijuí 
dos años de aprendiz y no sé nada. — ¿Cómo nada, hom- 
bre? le pregunté muy admirado. — Así, nada, me con- 
testó. Ahora que está usted en casa he aprendido algo. 
— ¿Y qué has aprendido? le pregunté. — He aprendido, 
respondió el gran bellaco, á afeitar perros, desollar 
indios y desquijarar viejas, que no es poco. Dios se 
lo pague á usted que me lo ha enseñado. — ¿Pues 
y qué, tu maestro no te ha enseñado nada en dos 
años? 

— ¡Qué me ha de enseñar! decía Andrés. Todo el 
día se me va en hacer mandados aquí y en casa de doña 
Tulitas, la hija de mi maestro; y allí pior, porque me 
hacen cargar el niño, lavar los pañales, ir á la pulque- 
ría, fregar toditos los trastes y aguantar cuantas calillas 
(juicren, y con esto ¿qué he de aprender del oficio? 
Apenas sé llevar la vacía y el escall'ador cuando me lleva 
consigo mi amo, digo, mi maestro; me turbé. A fe que 
don Plácido, el hojalatero que vive junto á la casa de 
mi madre grande, ese sí que es maestro de cajeta; porque 
afuera de que no es muy demasiado regañón, ni les pega 
á sus aprendices, los enseña con mucho cariño y les da 
sus medios muy buenos así que hacen una cosa en su 
lugar; pero eso de mandados ¡cuándo, ni por un pienso! 
Sobre que apenas los envía á traer medio de cigarros, 
coniimds manteca, ni chiles, ni pulque, ni carbón, ni 



284 PENSADOR MEXICANO 

nada como acá. Con esto orita oriia aprenden los mu- 
chachos el oficio. 

— Tú hablas mal, le dije, pero dices bien. No deben 
ser los maestros amos, sino enseñadores de los mucha- 
chos; ni éstos deben ser criados ó plhjuanejos de ellos, 
sino legítimos aprendices; aunque así por la enseñanza 
como por los alimentos que les dan, pueden mandarlos 
y servirse de ellos en aquellas horas en que estén fuera 
de la oficina y en a((uellas cosas proporcionadas á las 
fuerzas, educación y principios de cada uno. Así lo oía 
yo decir varias veces á mi difunto padre, que en paz 
descanse. Pero díme: ¿qué. estás aquí con escritura? 

— Sí, señor, me respondió Andrés, y ya cuento dos 
años de aprendiz, y vamos corriendo para tres, y no 
se da modo ni manera el maestro de enseñarme nada. — 
Pues entonces, le dije, si la escritura es por cuatro años, 
¿cómo aprenderás en el último, si se pasa como se han 
pasado los tres (|ue llevas? — Eso mesmo digo yo, decía 
Andrés; me sucederá lo (jue sucedió á mi hermano Poli- 
carpo con el maestro Marianito, el sastre. — ¿Pues qué 
le sucedió? — ¿Qué? que se llevó los tres años de apren- 
diz en hacer mandados como oi'ci yo, y en el cuarto ¿^(/ae 
quería el maestro enseñarle todo el oficio de á tiro, y mi 
hermano no lo podía aprender, y el maestro se lo llevaba 
el diablo de coraje, y le echaba cuarta al jtrobe de mi 
hermano á manta de Dios, hasta que el pi'obo se aburrió 



■ -«>,■.. -.-..í..- -^-<-~^ itiiÉiniiTrr 






OBRAS ESCOGIDAS 285 

y se ¡uijó, y ésta es la ora que no hemos vuelto á saber 
del: y tan bueno que era el probé, pero, ¿cómo había de 
salir sastre en un año, v eso haciendo mandados v con 
tantísimo día de fiesta, señor, como tiene el año? Y asina 
yo pienso que el maestro de acá tiene trazas de hacer lo 
mesmo conmigo. * 

— ¿Pero por qué no aprendiste tú á sastre? pre- 
gunté á Andrés. Y éste me dijo: — ¡Ay, señor! ¿sastre? 
se enferman del pulmón. — ¿Y á hojalatero? — No, señor; 
por no ver que se corta uno con la hoja de lata y se 
quema con los fierros. — ¿Y á carpintero, por qué no? — 
¡Ayl no; porque se lastima mucho el pecho. — ¿Y á 
carrocero ó herrero? — No lo permita Dios, si parecen 
diablos cuando están junto á la fragua aporreando el 
fierro. — Pues, hijo de mi alma; Pedro Sarmiento: her- 
mano de mi corazón, le dije á Andrés levantándome 
del asiento; tú eres mi hermano, tatita, sí, tú eres mi 
hermano; somos mellizos ó cuates: dame un abrazo. 



K * En el día con gran dolor vemos lo poco usado de esta loable práctica de recibir 
aprendices con escritura; pero cuando estaba en uso se recibían los aprendices bajo las 
obligaciones y condiciones siguientes : el maestro se obligaba á enseñar al aprendiz su 
oñcio sin ocultarle nada, dentro de un tiempo determinado, que regularmente eran 
cuatro años, pudiendo á este efecto castigarle con prudencia y moderación sin herirlo ni 
lastimarlo gravemente; á darle alimentos, ropa limpia y cama; á que si no estuvo hábil 
en el dicho tiempo, pagar á otro maestro de la misma profesión ó arte el trabajo de 
enseñarlo; y si esto no quería, á tener en su casa al aprendiz en clase de oñcial pagándole 
salario de tal todos los días. El otorgante padre, pariente, etc., del aprendiz, se obligaba á 
que éste había de servir dicho tiempo, no sólo en lo concerniente al oQcio, sino en lo que 
se le ofreciera á su maestro, siendo cosa decente y no impidiéndole el tiempo de aprender. 
Estas y otras condiciones igualmente justas, pueden verse en el Febrero ilustrado, por 
don Marcos Gutiérrez, part. I, t. II, cap. 26. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I , B. — 72 



-v/"^, . ■ 43/ JJE'iÉ r'¿ JftV 



286 PENSADOR MEXICANO 

Desde hoy te debo amar y te amo más que antes, porque 
miro en tí el retrato de mi m.odo de pensar; pero tan 
parecido que se equivoca con el prototipo, si ya no es 
que nos identificamos tú y yo. 

— ¿Por qué son tantos abrazos, señor Pedrito? — 
preguntaba Andrés muy azorado; ¿por qué me dice 
tantas cosas que yo no entiendo? — Hermano Andrés, 
lo respondí, porque tú piensas lo mismo que yo, y eres 
tan ílojo como el hijo de mi madre. Á tí no te acomodan 
los oficios por las penalidades que traen anexas, ni te 
gusta servir porque regañan los amos; pero sí te gusta 
comer, beber, pasear y tener dinero con poco ó ningún 
trabajo. Pues, tatita, ^ lo mismo pasa por mí; de modo 
que, como dice el refrán, Dios los cría y ellos se juntan. 
Ya verás si tengo razón demasiada para quererte. 

— Eso es decir, repuso Andrés, que usted es un 
ílojo y yo también. — Adivinaste, muchacho, le contesté, 
adivinaste. ¿Ves cómo en todo mereces que yo te quiera 
y te reconozca por mi hermano? — Pues si sólo por eso 
lo hace, dijo Andresilío, muchos hermanos debe usted 
tener en el mundo, porque hay muchos flojos de nuestro 
mismo gusto; pero sepa usted (jue á mí lo que me hace 
no es el oficio, sino dos cosas: la una, que no me lo 
enseñan, y la otra, el genio que tiene la maldita vieja 

• Tatita, diminutivo de Tata, que entre la gente vulgar se sustituye al nombre de 
padre, como el de nana al de madre; así como entre la gente decente se dice: Papá, 
Mamá. E. 



I 



( 



L^.^i^-:^ÍLt..lN.'¿á^ '■' -t>^--'--fc^'^Vi:^'.'l* 



' "ij *«*■;'■' - "■ - ; .1 ' -■. -: . .-•.-.•"■-:,' .-f!3:-v,-._ ^^jíi: ;■. .' ■.~%^im\ 



. OBRAS ESCOGIDAS 287 

de la maestra; que si eso no fuera, yo estuviera contento 
en la casa, porque el maestro no puede ser mejor. 

— Así es, dije yo. Es la vieja el mismo diablo, y 
su genio es enteramente opuesto al de don Agustín; 
pues éste es prudente, liberal y atento; y la vieja con- 
denada es majadera, regañona y mezquina como Judas. 
Ya se ve, ¿qué cosa buena ha de hacer con su cara de 
sábana encarrujada y su boca de chancleta? ^ 

Hemos de advertir que la casa era una accesoria 
con un altito, de éstas que llaman de taza y plato, ^ y 
nosotros no habíamos atendido á que la dicha maestra 
nos escuchaba, como nos escuchó toda la conversación, 
hasta que yo comencé á loarla en los términos que van 
referidos, é irritada justamente contra mí, cogió con 
todo silencio una olla de agua hirviendo que tenía en 
el brasero, y me la volcó á plomo en la cabeza, dicién- 
dome: — ¡Pues maldito, mal agradecido, fuera de mi casa, 
que yo no quiero en ella arrimados que vengan á hablar 
de mí! 

No sé si habló algo más porque quedé sordo y ciego 
del dolor y de la cólera. Andrés, temiendo otro baño 



> Esta voz es en castellano sinónima de chinela, pero entre nosotros significa el 
zapato que por viejo ó de intento tiene doblado para adentro el talón, con cuyo motivo 
hace un ruido desagradable al andar con él. E. 

' Esta locución tuvo origen de que pidiéndose una poca de agua en el cuarto ó acce- 
soria de la gente muy pobre, se daba en un jarro de barro común; pero los que siendo 
algo más acomodados vivían en estas accesorias con su altito, presentaban el agua en 
una taza poblana sobre un plato, porque el precio alto de los vasos de cristal en aquella 
época remota no estaba al alcance sino de los ricos y gente bien acomodada. E. 



288 PENSADOR MEXICANO 

peor y escarmentado en mi cabeza, huyó para la calle. 
Yo rabiando y todo pelado subí la escalenta de palo con 
ánimo de desmechar á la vieja, topara en lo que topara, 
y después marcharme como Andrés; pero esta conde- 
nada ora varonil y resuelta, y así luego que me vio 
arriba, tomó el cuchillo del brasero y se fué sobre mí 
con el mayor denuedo, y hablando medias palabras de 
cólera, me decía: — ¡Ah, grandísimo bellaco atrevidol 
ahora te enseñaré... — Yo no pude oir qué me quería 
enseñar ni me quise quedar á aprender la lección, sino 
que volví la grupa con la mayor ligereza, y fué con tal 
desgracia, que tropezando con un perrillo bajé la esca- 
lora más presto que la había subido y del más extraño 
modo, porque la bajé de cabeza magullándome las cos- 
tillas. 

La vieja estaba hecha un chile contra mí. No se 
compadeció ni se detuvo por mi desgracia, sino que 
baj(') detrás de mí como un rayo con el cuchillo en la 
mano y tan determinada, que hasta ahora pienso que 
si me hubiera cogido, me mata sin duda alguna; pero 
quiso Dios darme valor para correr, y en cuatro brincos 
me puse cuatro cuadras lejos de su furor. Porque eso 
sí tenía yo alas en los pies, cuando me amenazaba algún 
peligro, y me daban lugar para la fuga. 

En lo intempestivo se pareció ésta mi salida á la de 
la casa de Chanfaina; pero en lo demás fué peor, porque 



■,vx. . ■ ■ . ..••-. , -. :-.,.; •'.-•.. . -• -^ r" ,'^':-*-.' 



V^'i 



OBRAS ESCOGIDAS 289 

de aquí salí á la carrera, sin sombrero, bañado y cha- 
muscado. 

Así me hallé como á las once de la mañana por el 
paseo que llaman de la Tlaxpana. Estúveme en el sol 
esperando se me secara mi pobre ropa, que cada día 
iba de mal en peor, como que no tenía relevo. 

Á las tres de la tarde ya estaba enteramente seca, 
enjuta, y yo malacondicionado, porque me afligía el 
hambre con todas sus fuerzas; algunas ampollas se me 
habían levantado por la travesura de la vieja; los zapatos, 
como que estaban tan mal tratados con el tiempo que 
se tenían en mis pies por mero cumplimiento, me aban- 
donaron en la carrera; yo que vi la diabólica figura que 
hacía sin ellos á causa de que las medias descubrieron 
toda la suciedad y flecos de las soletas, me las quité, 
y no teniendo dónde guardarlas las tiré, quedándome 
descalzo de pie y pierna; y para colmo de mi desgracia 
me urgía demasiado el miedo al pensar en dónde pasaría 
la noche sin atreverme á decidir entre si me quedaría 
en el campo ó me volvería á la ciudad, pues por todas 
partes hallaba insuperables embarazos. En el campo 
temía el hambre, las inclemencias del tiempo y la lobre- 
guez de la noche; y en la ciudad temía la cárcel y un 
mal encuentro con Chanfaina ó el maestro barbero; 
pero por fin , á las oraciones de la noche, venció el miedo 
de esta parte, y me volví á la ciudad. 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T, I, B. — 73. 



ft^^M . - 'Sbrí!L. 



290 PENSADOR MEXICANO 

Á las ocho estaba yo en el portal de las Flores, 
muerto de hambre, la que se aumentaba con el ejercicio 
que hacía con tanto andar. No tenía en el cuerpo cosa 
que valiera más que una medallita de plata que había 
comprado en cinco reales cuando estaba en la barbería; 
me costó mucho trabajo venderla á esas horas; pero 
por último, liallé quién me diera por ella dos y me- 
dio, de los que gasté un real en cenar y medio en 
cigarros. 

Alentado mi estómago, sólo restaba determinar 
dónde quedarme. Andaba yo calles y más calles sin 
saber en dónde recogerme, hasta (jue pasando por el 
mesón del Ángel oí sonar las bolas del truco, y acor- 
dándome del an-astraderito de Juan Largo, dije entre 
mí: — No hay remedio, un realillo tengo en la bolsa 
para el coime; a(|uí me quedo esta noche. — Y diciendo 
V haciendo me metí en el truco. 

Todos me miraban con la mayor atención, no por lo 
trapiento, que otros había allí peores que yo, sino por 
lo ridículo, pues estaba descalzo enteramente; calzones 
blancos no los conocía: los de encima eran negros de 
terna, parchados y agujereados; mi camisa después de 
rota estaba casi negra de mugre, mi chupa era de anga- 
ripola rota y con tamaños llorones colorados; el som- 
brero se (juedó en casa, y después de tantas guapezas 
tenía la cara algo extravagante, pues la tenía ampollada 



_«í,li..^i.t.jii.U. '. i... • ..í^ li. ■-. •: •-. ..».:_i- ,^ » -1 .-■ .¿-¿. .: .. .i ..i** ■r.iSS.J, 



rív' »■'.>-: i''"- •* ' r - 'T^mI*? '" 



OBRAS ESCOGIDAS 291 

y los ojos medio escondidos dentro de las vejigas que me 
hizo el agua hirviendo. 

No era mucho que todos notaran tan extraña figura; 
mas á mí no se me dio nada de su atención, y hubiera 
sufrido algún vejamen á trueque de no quedarme en 
la calle. 

Dieron las nueve, acabaron de jugar y se fueron 
saliendo todos menos yo, que luego luego me comedí á 
apagar las velas, lo que no le disgustó al coime, quien 
me dijo: — Amiguito, Dios se lo pague; pero ya es tarde 
y voy á cerrar. — Vayase usted, señor, le dije; no tengo 
dónde quedarme, hágame usted favor de que pase la 
noche aquí en un banco, le daré un real que tengo, y si 
más tuviera más le diera. ^ 

Ya hemos dicho que en todas partes, en todos ejer- 
cicios y destinos se ven hombres buenos y malos, y así 
no se hará novedad de que en un truco y en clase de 
coime, fuera éste de quien hablo un hombre de bien y 
sensible. Así lo experimenté, pues me dijo: — Guarde 
usted su real , amigo, y quédese norabuena. ¿Ya cenó? — 
Sí, señor, le respondí. — Pues yo también. Vamonos á 
acostar. — Sacó un zarape, me lo prestó, y mientras nos 
desnudamos quiso informarse de quién era yo y del 
motivo de haber ido allí tan derrotado. Yo le conté mil 
lástimas con tres mil mentiras en un instante, de modo 
que se compadeció de mí, y me prometió que hablaría á 



' -^ <t'-i^BW¿-^>.'-^M>k. 



.i-- Ai. 



292 PENSADOR MEXICANO 

un amigo boticario que no tenía mozo, á ver si me aco- 
modaba en su casa. Yo acepté el favor, le di las gracias 
por él y nos dormimos. 

A la siguiente mañana, á pesar de mi flojera, me 
levanté primero que el coime; barrí, sacudí é hice cuanto 
pude por granjearlo. El se pagó de esto, y me dijo: — 
Voy á ver al «boticario; pero ¿qué haremos de sombrero? 
Pues en esas trazas (|ue usted tiene está muy sospe- 
choso. — Yo no sé qué haré, le dije, porque no tengo 
más que un real y con tan poco no se ha de hallar; pero 
mientras que usted me hace favor de ver á ese señor 
boticario, va vuelvo. 

Dicho esto me fui, me desayuné y en un zaguán me 
quité la chupa y la lerié en el baratillo por el primer 
sombrero que me dieron, quedándome el escrúpulo de 
haber engañado á su dueño. Es verdad que el dicho 
sombrero no pasaba de un cliilaquil aderezado; y donde 
á mí me pareció (|ue había salido ventajoso ¿qué tal 
estaría la chupa? Ello es que al tiempo del trueque me 
acordé de aquel versito viejo de 

Casó Montalvo en Segovia 
Siendo cojo, tuerto y calvo, 
Y engañaron á Montalvo: 
Pues ¿qué tal sería la novia? 

Contentísimo con mi sombrero y de verme disfra- 
zado con mis propios tilicJics, convertido del hijo de don 






. ■ .;^- J.^ . '.«^ : 1 - A -— •¿l^j^r 



-W;«^ 



OBRAS ESCOGIDAS 293 

Pedro Sarmiento en mozo alquilón, partí á buscar al 
coime mi protector, quien me dijo que todo estaba listo: 
pero que aquella camisa parecía sudadero, que fuera á 
lavarla á la acequia y á las doce me llevaría al acomodo, 
porque la pobreza era una cosa y la porquería otra; que 
aquélla provocaba á lástima y ésta á desprecio y asco de la 
persona; y por fin, que me acordara del refrán que dice: 
como te veo te juzgo. 

No me pareció iñalo el consejo, y así lo puse en 
práctica al momento. Compré cuartilla de jabón y cuar- 
tilla de tortillas con chile que me almorcé para tener 
fuerzas para lavar; me fui al Pipis, ^ me pelé mi camisa 
y la lavé. 

No tardó nada en secarse, porque estaba muy del- 
gada y el sol era como lo apetecen las lavanderas los 
sábados. En cuanto la vi seca la espulgué y me la puse, 
volviéndome con toda presteza al mesón, pues ya no veía 
la hora de acomodarme; no porque me gustaba trabajar, 
sino porque la necesidad tiene cara de hereje, dice el 
refrán, y yo digo de pobre, que suele parecer peor que 
de hereje. 

Así que el coime me vio limpio se alegró y me dijo: 
— Vea usted como ahora parece otra cosa. Vamos. 

Llegamos á la botica, que estaba cerca, me presentó 

1 Un recodo que al lado de un puente hace la acequia principal por el barrio de 
San Pablo, donde sin pagar se lavan los muy pobres. E. 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. I, B. — 74. 



-Vr;-: 



.r. •;•. 



294 PENSADOR MEXICANO 

al amo, quien me hizo veinte preguntas, á las que con- 
testé á su satisfacción, y me quedé en la casa con salario 
asignado de cuatro pesos mensuales y plato. 

Permanecí dos meses en clase de mozo, moliendo 
palos, desollando culebras, atizando el fuego, haciendo 
mandados y ayudando en cuanto se ofrecía y me manda- 
ban, á satisfacción del amo y del oficial. 

Luego que tuve juntos ocho pesos, compré medias, 
zapatos, chaleco, chupa y pañuelo; todo del baratillo, 
pero servible. Lo traje á la casa ocultamente , y á 
otro día, que fué domingo, me puse hecho un veinti- 
cuatro. 

No me conocía el amo, y alegrándose de mi meta- 
morfosis, decía al oficial: — Vea usted, se conoce que 
este pobre muchacho es hijo de buenos padres y que no 
se crió de mozo de botica. Así se hace, hijo, manifestar 
uno siempre sus buenos principios, aunque sea pobre, y 
una de las cosas en que se conoce el hombre que los ha 
tenido buenos, es que no le gusta andar roto ni sucio. 
¿Sabes escribir? — Sí, señor, le respondí. — A ver tu 
letra, dijo; escribe a(|uí. 

Yo, por pedantear un poco y confirmar al amo en 
el buen concepto que había formado de mí, escribí lo 
siguiente: 

Qui scribere nesciunt nullum putant es se labor em. 
Tres digiti scribunt , cestera meinbra dolent. 



• »:;_• ^ - 



OBRAS ESCOGIDAS 295 

— ^¡ Hola I dijo mi amo todo admirado: escribe bien 
el muchacho y en latín. ¿Pues qué, entiendes tú lo que 
has escrito? — Sí, señor, le dije; eso dice «que los que 
no saben escribir, piensan que no es trabajo; pero que 
mientras tres dedos escriben se incomoda todo el cuer- 
po.» — Muy bien, dijo el amo; según eso, sabrás qué 
significa el rótulo de esa redoma. Dímelo. — Yo leí 
Olciun vitellorum ocorum, y dije: — Aceite de yema de 
huevos. — Así es, dijo don Nicolás, y poniéndome botes, 
frascos, redomas y cajones, me siguió preguntando: 
¿y aquí qué dice? — Yo, según él me preguntaba, res- 
pondía: Oleum escorpionam. Aceite de alacranes... Aqua 
menthae. Agua de hierba buena... Aqua peírocelini. 
Agua de perejil... Sirupus pomovum. Jarabe de manza- 
nas... Unguendi/n cucurhiiae. Ungüento de calabaza... 
Elíxir... — Basta, dijo el amo, y volviéndose al oficial, le 
decía: — Qué dice usted, don José, ¿no es lástima que 
este pobre muchacho esté de mozo pudiendo estar de 
aprendiz con tanto como tiene adelantado? — Sí, señor, 
respondió el oficial, y continuó el amo hablando con- 
migo. — Pues bien, hijo, ya desde hoy eres aprendiz; 
aquí te estarás con don José y entrarás con él al labo- 
ratorio para que aprendas á trabajar, aunque ya algo 
sabes por lo que has visto. Aquí está la Farmacopea 
de Palacios, la de Fuller v la Matritense: está también 
el Curso de Botánica de Linneo y ese otro de Quími- 



-.•¿Í»í i-Stó;; l'.;"Í5!ÍrÍ; Jauja .: 



■t 



296 PENSADOR MEXICANO 

ca. I^studia todo esto y aplícate, que en tu salud lo 
hallarás. 

Yo le agradecí el ascenso que me había dado subién- 
dome de mozo de servicio á aprendiz de botica, y el 
diferente trato que me daba el oficial, pues desde ese 
momento ya no me decía Pedro á secas, sino don Pedro; 
mas entonces yo no paró la consideración en lo que 
puede un exterior decente en este mundo borracho, pero 
ahora sí. Cuando estaba vestido de mozo ó criado ordi- 
nario nadie se metió á indagar mi nacimiento, ni mi 
habilidad; pero en cuanto estuve medio aderezado, se 
me examinó de todo y se me distinguió en el trato. ¡Ah 
vanidad, y cómo haces prevaricar á los mortales I Unas 
aventuras me sucedían bien v otras mal, siendo el mismo 
individuo, sólo por la diferencia del traje. ¿A cuántos 
pasa lo mismo en este mundo? Si están decentes, si 
tienen brillo, si gozan proporciones, los juzgan, ó á lo 
menos los lisonjean por sabios, nobles y honrados, aun 
cuando todo les falte ; pero si están de capa caída, si son 
pobres y á más de pobres trapientos, los reputan y des- 
precian como plebeyos, picaros é ignorantes, aun cuando 
aquella miseria sea efecto tal vez de la misma nobleza, 
sabiduría y bondad de aquellas gentes. ¿Qué hiciéramos 
para que los hombres no fijaran su opinión en lo exte- 
rior ni graduaran el mérito del hombre por su fortuna? 

Mas estas serias reñexioncs las hago ahora; enton- 



,. -^. ■ i, . ■ -.^ .%. -^...t ■» :■ -..^-..in.,». ■■"»>— k. —^■^i . ;iw'.^aü. 



OBRAS ESCOGIDAS 297 

ees me vanaglorié de la mudanza de mi suerte, y me 
contentó demasiado con el rumboso título de aprendiz 
de botica sin saber el común refrancillo que dice: Estu- 
diante perdulario, sacristán 6 boticario. 

Sin embargo, en nada menos pensé que en apli- 
carme al estudio de química y botánica. Mi estudio se 
redujo á hacer algunos menjurjes, á aprender algunos 
términos técnicos, y ;'i agilitarme en el despacho; pero 
como era tan buen hipócrita, me granjeé la confianza 
y cariño del oficial (pues mi amo no estaba mucho en la 
botica), y tanto que á los seis meses ya yo le ayudaba 
también á don José que tenía lugar de pasear y aun de 
irse á dormir á la calle. 

Desde entonces ó tres meses antes se me asignaron 
ocho pesos cada mes, y yo hubiera salido oficial como 
muchos si un accidente no me hubiera sacado de la 
casa. Pero antes de referir esta aventura es menester 
imponeros en algunas circunstancias. 

Había en aquella época en esta capital un médico 
viejo á quien llamaban por mal nombre doctor Purgante, 
porque á todos los enfermos decía que facilitaba la. cura- 
ción con un purgante. 

Era este pobre viejo buen cristiano, pero mal médico 
y sistemático, y no adherido á Hipócrates, Avicena, 
Galeno y Averroes, sino á su capricho. Creía que toda 
enfermedad no podía provenir sino de abundancia de 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B.— 75. 



• j>.«4;,- 



298 PENSADOR MEXICANO 

humor pecante, y así pensaba que con evacuar este 
humor se quitaba la causa de la enfermedad. Pudiera 
haberse desengañado á costa de algunas víctimas que 
sacrificó en las aras de su ignorancia; pero jamás pensó 
que era hombre; se creyó incapaz de engañarse, y así 
obraba mal: mas obraba con conciencia errónea. Sobre 
si este error era ó no vencible, dejémoslo á los mora- 
listas; aunque yo para mí tengo que el médico que yerra 
por no preguntar ó consultar con los médicos sabios por 
vanidad ñ capricho peca mortalmente, pues sin esa vani- 
dad ó ese capricho pudiera salir de mil errores, y de 
consiguiente ahorrarse de un millón de responsabilida- 
des, pues un error puede causar mil desaciertos. 

Sea en esto lo que deba ser en conciencia, este 
médico estaba igualado con mi maestro. Esto es; mi 
maestro don Nicolás enviaba cuantos enfermos pedía al 
doctor Purgante y éste dirigía todos sus enfermos á nues- 
tra botica. El primero decía que no había mejor médico 
que el dicho viejo, y el segundo decía que no había mejor 
botica que la nuestra, y así unos y otros hacíamos muy 
bien nuestro negocio. La lástima es que este caso no 
sea fingido, sino que tenga un sin fin de originales. 

El dicho médico me conocía muy bien, como que 
todas las noches iba á la botica, se había enamorado de 
mi letra y genio (porque cuando yo quería era capaz 
de engañar al demonio), y no faltó ocasión en que me 



líí^^i \X^i.-^C%Á. .\ «n.-^/ Jh''.& A '¿ ... -.Al ' ■ '- _ ''■-It^-j^ t' t .'^ '.t.^^ÉiA'kxiK.-^ .; A-. M ^ . 'I. l/'L*. 



OBRAS ESCOGIDAS 299 

dijera: — Hijo, cuando te salgas de aquí avísame, que en 
casa no te faltará qué comer ni qué vestir. — Quería el 
viejo poner botica y pensaba tener en mí un oficial ins- 
truido V barato. 

Yo le di las gracias por su favor, prometiéndole 
admitirlo siempre que me descompusiera con el amo, 
pues por entonces no tenía motivo de dejarlo. 

En efecto, yo me pasaba una vida famosa y tal cual 
la puede apetecer un flojo. Mi obligación era mandar 
por la mañana al mozo que barriera la botica, llenar las 
redomas de las aguas que faltaran, y tener cuidado de 
que hubiera provisión de éstas destiladas ó por infusión; 
pero de esto no se me daba un pito, porque el pozo me 
sacaba del cuidado, de suerte que yo decía: — En distin- 
guiéndose los letreros, aunque el agua sea la misma, 
poco importa, ¿quién lo ha de echar de ver? El médico 
que las receta quizá no las conoce sino por el nombre, 
y el enfermo que las toma las conoce menos y casi siem- 
pre tiene perdido el sabor; conque esta droga va segura. 
A más de que ¿quién quita que ó por la ignorancia del 
médico ó por la mala calidad de las hierbas, sea nociva 
una bebida, más que si fuera con agua natural? Conque 
poco importa que todas las bebidas se hagan con ésta: 
antes el refrán nos dice: que al que es de vida, el agua 
le es medicina. 

No dejaba de hacer lo mismo con los aceites, espe- 



300 PENSADOR MEXICANO 

cialmente cuando eran de un color así, como los jarabes. 
Ello es que el quid pro qao, ó despachar una cosa por 
otra juzgándola igual ó equivalente, tenía mucho lugar 
en mi conciencia y en mi práctica. 

Estos eran mis muchos quehaceres y confeccionar 
ungüentos, polvos y demás drogas según las órdenes de 
don José, quien me quería mucho por mi eficacia. 

No tardé en instruirme medianamente en el des- 
pacho, pues entendía las recetas, sabía dónde estaban 
los géneros y el arancel lo tenía en la boca como todos 
los boticarios. Si ellos dicen, esta receta vale tanto, 
¿quién les va á averiguar el costo que tiene, ni si piden 
ó no contra justicia? No queda más recurso á los pobres 
que suplicarles hagan alguna baja: si no quieren van 
á otra botica, y á otra, y á otra, y si en todas les piden 
lo mismo, no hay más que endrogarse y sacrificarse, 
porque su enfermo les interesa, y están persuadidos á 
que con aquel remedio sanará. Los malos boticarios 
conocen esto y se hacen de rogar grandemente, esto 
es, cuando no se mantienen inexorables. 

Otro abuso perniciosísimo había en la botica en que 
yo estaba, y es comunísimo en todas las demás. lOste 
es que así que se sabía que se escaseaba alguna droga 
en otras partes , la encarecía don José hasta el extremo 
de no dar medios de ella, sino de reales arriba; siguién- 
dose de este abuso (que podemos llamar codicia sin el 



y\\ - -,;-•, 



■^•s ^., 



OBRAS ESCOGIDAS 301 

menor respeto) que el miserable que no tenía más que 
medio real y necesitaba para curarse un pedacito de 
aquella droga, supongamos alcanfor, no lo conseguía con 
don José ni por Dios ni por sus Santos, como si no se 
pudiera dar por medio ó cuartilla la mitad ó cuarta parte 
de lo que se da por un real por pequeña que fuera. Lo 
peor es que hay muchos boticarios del modo de pensar 
de don José. ¡Gracias á la indolencia del protomedicato ' 
que los tolera! 

En fin, éste era mi quehacer de día. De noche tenía 
mayor desahogo; porque el amo iba un rato por las 
mañanas, recogía la venta del día anterior, y ya no 
volvía para nada. El oficial, en esta confianza, luego que 
me vio apto para el despacho, á las siete de la noche 
tomaba su capa y se iba á cumplimentar á su madama; 
aunque tenía cuidado de estar muy temprano en la botica. 

Con esta libertad estaba yo en mis glorias; pues 
solían ir á visitarme algunos amigos ({ue de repente 
se hicieron míos, y merendábamos alegres, y á veces 
jugábamos nuestros alburitos de á dos, tres y cuatro 
reales, todo á costa del cajón de las monedas, contra 
quien tenía libranza abierta. 

Así pasé algunos meses, y al cabo de ellos se le 
puso al amo hacer balance, y halló que, aunque no había 

• Así se llamaba un tribunal especial compuesto de doctores en medicina que co- 
nocía en los negocios de su facultad. E. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 76. 



302 PENSADOR MEXICANO 



« 



\ 



pérdida de consideración, ponjue pocos boticarios se 
pierden, sin embargo, la utilidad apenas era perceptible. 

No dejó de asustarse don Nicolás al advertir el de- 
mérito, y reconviniendo á don José por él, satisfizo éste 
diciendo, que el año había sido muy sano, y que años 
semejantes eran funestos ó á lo menos de poco provecho 
para médicos, boticarios y curas. 

No se dio por contonto el amo con esta respuesta, 
y con un semblante bien serio le dijo: — En otra cosa 
debe consistir el demérito de mi casa, que no en las 
templadas estaciones del año; porque en el mejor no 
faltan enfermedades ni muertos. 

Desde atjuel día comenz(') á vernos con desconfianza 
y á no faltar de su casa muchas horas, y dentro de poco 
tiempo volvió á recobrar el crédito la botica, como que 
había más eficacia en el despacho, el cajón padecía menos 
evacuaciones y él no se iba hasta la noche (juc se llevaba 
la venta. Cuando algún amigo lo convidaba á algún pa- 
seo, se excusaba diciéndole que agradecía su favor; pero 
que no podía abandonar las atenciones do su casa, y que 
quien tiene tienda es fuerza que la atienda. Con este mé- 
todo nos aburrió breve, porque el oficial no podía pasear 
ni el aprendiz merendar, jugar ni holgarse de noche. 

En este tiempo, por no sé qué trabacuentas, se dis- 
gustó mi amo con el médico y deshizo la iguala y la 
amistad enteramente. ¡Qué verdad es que las más amis- 



OBRAS ESCOGIDAS 303 

tades se enlazan con los intereses I Por eso son tan pocas 
las que hay ciertas. 

Ya pensaba en salirme de la casa, porque ya me 
enfadaba la sujeción y el poco manejo que tenía en el 
cajón, pues á la vista del amo no lo podía tratar con 
la confianza que antes; pero me detenía el no tener 
dónde establecerme ni qué comer saliéndome de ella. 

En uno de los días de mi indeterminación sucedió 
que me metí á despachar una receta, que pedía una 
pequeña dosis de magnesia. Eché el agua en la botella. 
y el jarabe, y por coger el bote donde estaba la magnesia 
cogí el en donde estaba el arsénico, y le mezclé su dosis 
competente. El triste enfermo, según supe después, se 
la echó á pechos con la mayor confianza, y las mujeres 
de su casa le revolvían los asientos del vaso con el cabo 
de la cuchara, diciéndole que los tomara, que los pol- 
vitos eran lo más saludable. 

Comenzaron los tales polvos á hacer su operación, 

V el infeliz enfermo á rabiar acosado de unos dolores 

•I 

infernales que le despedazaban las entrañas. Alborotóse 
la casa, llamaron al médico, que no era lerdo, dijéronle 
que al punto que tomó la bebida que había ordenado 
había empezado con aquellas ansias y dolores. Entonces 
pide el médico la receta, la guarda, hace traer la botella 
y el vaso que aún tenía polvos asentados; los ve, los 
prueba y grita lleno de susto: — Al eníermo lo han en ve- 



-■i- . ■■ 



304 PENSADOR MEXICANO 

nenado; ésta no es magnesia sino arsénico; que traigan 
aceite y leche tibia, pero mucha y pronto. 

Se trajo todo al instante, y con estos y otros auxilios 
di-quc se alivió el enfermo. Así que lo vio fuera de 
peligro, preguntó de qué botica se había traído la bebida. 
Se lo dijeron, y dio parte al protomedicato, manifestando 
su receta, el mozo que fué á la botica y la botella y vaso 
como testigos fidedignos de mi atolondramiento. 

Los jueces comisionaron á otro médico, y acompa- 
ñado del escribano fué á casa de mi amo. quien se sor- 
prendió con semejantes visitas. 

El comisionado y el escribano breve y sumariamente 
substanciaron el proceso, como (|ue yo estaba confeso y 
convicto. Querían llevarme á la cárcel, pero informados de 
que no era oficial, sino un aprendiz bisoño, me dejaron 
en paz, cargando á mi amo toda la culpa, de la que sufrió 
por pena la exhibición de doscientos pesos de multa en 
el acto, con apercibimiento de embargo caso de dilación; 
notificándole el comisionado de parte del tribunal, y bajo 
pena de cerrarle la botica, que no tuviera otra vez apren- 
dices en el despacho, pues lo (|ue acababa de suceder no 
era la primera ni sería la última desgracia que se llorara 
por los aturdimientos de semejantes despachadores. 

No hubo remedio; el pobre de mi amo subió en el 
coche con aquellos señores, poniéndome una cara de 
herrero mal pagwik), y mirándome c(wi bastante indig- 



-* : - ■.•■■•'íi. ■ Ti fy^- -.n ■ if-' 



OBRAS ESCOGIDAS 305 

nación, dijo al cochero que fuera para su casa, donde 
debía entregar la multa. 

Yo, apenas se alejó el coche un poco, entré á la 
trasbotica, saqué un capotillo que ya tenía y mi som- 
brero, y le dije al oficial: — Don José, yo me voy, porque 
si el amo me halla aquí me mata. Déle usted las gracias 
por el bien que me ha hecho, y dígale que perdone esta 
diablura que fué un mero accidente. 

Ninguna persuasión del oficial fué bastante á dete- 
nerme. Me fui acelerando el paso, sintiendo mi desgracia 
y consolándome con que á lo menos había salido mejor 
que de casa de Chanfaina y de don Agustín. 

En fin, quedándome hoy en este truco y mañana 
en el otro, pasé veinte días, hasta que me quedé sin 
capote ni chaqueta; y por no volverme á ver descalzo 
y en peor estado, determiné ir á servir de cualquier 
cosa al doctor Purgante, quien me recibió muy bien, 
como se dirá en el capítulo primero del siguiente tomo. 



PERIQUILLO SARNIENTO.— T. I, B.— 77. 




-r.V^.'vi^^ílp^'K!':--- 



«-►--fí ■;>.»■« 




Índice 



;.>>^ .■■•.J!j:¿»-ÍJAvíS« . 



':,-^:' 



K 



ÍNDICE 



DEL TOMO PRIMERO, B 



Capítulo I. — Escribe Periquillo la muerte de su madre, con 

otras cosillas no del todo desagradables. . . I 

» II. — Solo, pobre y desamparado Periquillo de sus 
parientes, se encuentra con Juan Largo, y por 
su persuasión abraza la carrera de los pillos en 
clase de cócora de los juegos 29 

•i III. — Prosigue Periquillo contando sus trabajos y sus 
bonanzas de jugador. Hace una seria crítica del 
juego, y le sucede una aventura peligrosa que 
por poco no la cuenta 55 

8 IV. — Vuelve en sí Perico y se encuentra en el hos- 

pital. Critica los abusos de muchos de ellos. 
Visítalo Januario. Convalece. Sale á la calle. Re- 
fiere sus trabajos. Indúcelo su maestro á ladrón, 
él se resiste y discuten los dos sobre el robo. . 81 

» V. — En el que nuestro autor refiere su prisión, el " 
buen encuentro de un amigo que tuvo en ella y 
la historia de éste 107 

•>, VI. — Cuenta Periquillo lo que le pasó con el escriba- 

no, y don Antonio continúa contándole su historia. 135 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. I, B. — 78. 



.t-.;* i. ■'•■»- .i.-;. ■' • i.íaÉtS."'. 



310 



ÍNDICE 



Capítulo VIL — Cuenta Periquillo la pesada burla que le hicie- 
ron los presos en el calabozo; y don Antonio 
concluye su historia l6l 

» VIH. — Sale don Antonio de la cárcel; entrégase Pe- 
riquillo á la amistad de los tunos sus compañeros, 
y lance que le pasó con el Aguilucho. . . . 189 

» IX. — En el que Periquillo da razón del robo que le 
hicieron en la cárcel; de la despedida de don 
Antonio; de los trabajos que pasó, y de otras 
cosas que tal vez no desagradarán á los lectores. 213 
X. — En el que escribe Periquillo su salida de la 
cárcel; hace una crítica contra los malos escriba- 
nos, y refiere, por último, el motivo por qué salió 
de la casa de Chanfaina y su desgraciado modo. . 243 
XI. — En el que Periquillo cuenta la acogida que le 
hizo un barbero; el motivo porqué se salió de su 
casa; su acomodo en una botica y su salida de 
ésta, con otras aventuras curiosas 273 



Ar-í '.-.I ■ 



iÁ;&"AÍrÁAít&a 



káSU 



L. 






PAUTA 



para la colocación de las láminas 



Fuimos al Baratillo, compramos camisas, calzones, chalecos, ca- 
sacas 64 

Domingo estaba hincado sobre sus piernas, sujetándolo del pa- 
ñuelo contra la tierra, y amenazando su vida con un puñal. 174 

En medio de esta función llegó Chanfaina, vestido en su propio 

traje 270 



i\i'.4--:'v-:-l\^L- : ■ ^^i:y.'- 



¡^ 



ESTE TOMO SE 

ACABÓ DE IMPRIMIR EN BARCELONA, 

EM EL ESTABLECIMIENTO TIPO-LITOGRÁFICO 

DE ESPASA Y COMPAÑÍA, 

EN AGOSTO DE 

1897 









í* ::^ 



cSÍEeñsaQÓ^wSflS 



M^'^'^^ 



m 



'-^A. 





\ ^ i 






• > * 









;VlV:f' 






^.^'^•^v-^ 



^t: 









•> i^:-í'% =t;^:..'^ -M^-^^tf^t^^f ^v,^i■ 
■:, -■*.»,■ f:. • -.. V- y < „v' : i^•■<l • - .-^'r . ■■ .rl' 



'>•?=■ 



'.>."' 



-;«^S'. 






. V .;.'- • ■■■. ,*;,■ ., *• \- -^*v -«y 















;*».•!; 



•i-'*" 
















*3t ,■■'♦,.■" í ■■■■*■ ■'■<«,.•>,• , 









T■^i ■'Ai:-' 









■^.-r.^ t.,r'*r>-,'.. ■ ♦>. . 







•^e.ií iipt^jf-. 





íSít^^-'-ríl^^^' 



!.i?í^m,¿'^-.-.;!|'" 






■'- f. i 



,:*, :; .: .>^?i.; 






'■■'j-k" 



■ti,- v^ :■■•*•• 
^v . ■■.' , ■ 






--. '-e'ííí 







-,:^^^' ■■■• • •■ ^^ -' .;|;^^^'- 












Lo*.-' t Dni*' 

'M> •• n,. ti' ,1 .)'• 'I' 
(:.r ■_{. : r^ ■•<■■■ .■ l 
•II. Üi ( . • 



o n '1 



■•■u 



■S'_ •, - 40C 









se' 






■•f'.-'-l. 




J -■' 




y 


■->/■- . 


• • ■ iú ■■ 




'*^^.. 




'■■ ••í •■ V 




'' '"^¿'i'^y 








M&r 




:ry:m 




■: '-^fl .■■"' 




■■ v^>i<v,.-. ; 



:V-'.'y 



. ':. . " «v» ■'. ' 

. - ,* ■ ■ -IB ' 

. .. ■■, >..■'- 

■ ' .■■■ i' ': .'■ 



•■■;'■ <ít> ;^ 



V* 

-ii-i 

-'■'»*■ 
. ' ' -I ■ 






EL 



PERIQUILLO SARMENTÓ 



ES PROPIEDAD 






EL PENSADOR MEXICANO 

(J. JOAQUÍN FERNANDEZ DE LIZARDI) 



J 5 



EL 



)l iiJ/) SARXIHNTO 



LA QUUOTITA 

DON CATRÍN DE LA FACHENDA. — NOCHES TRISTES 

DÍA ALEGRE. — FÁBULAS 

PRÓLOGO DB 



\'l' \ Ní'lSi; (J: >\ )^A 



EDICIÓN DE LUJO 

ADORNADA CON LÁMINAS CROMOLITOGRAFIADAS, Y ENRIQUECIDAS SUS PÁGINAS 

CON NUMEROSOS GRABADOS 

DIBUJOS DB 

D. ANTONIO UTKILLO 



TOMO II 

c 



MÉXICO 

;a.l ■; r.. ; \ Conijoa Cric-. 

8, SANTA ISABEL, 8 



ü' t sor 



SANTA TERESA, 8, BARCELONA-GRACIA 
1897 



s ■■ 



i'^-J.- 







VIDA Y HECHOS 

DE 



LO SAKlim 

ESCRITA POR ÉL 

para sus hijos 



CAPÍTULO PRIMERO 

En el que reñere Periquillo cómo se acomodó con el doctor Purgante; lo que aprendió 
á su lado; el robo que le hizo; su fuga, y las aventuras que le pasaron 
en T ula, donde se fi ngió médico 

Ninguno diga quién es, que sus obras lo dirán. 
Este proloquio es tan antiguo como cierto; todo el 
mundo está convencido de su infalibilidad; y así ¿qué 

PBRIQUILLO SARNIENTO.— T. II, C.— l. 



■■.*'^ 



é 



yo 7 



Z PENSADOR MEXICANO 

tengo yo que ponderar mis malos procederes cuando 
jc'con referirlos se ponderan? Lo que apeteciera, hijos 
^ míos, sería que no leyerais mi vida como quien lee una 
:^ novela, sino que pararais la consideración más allá de 
la cascara de los hechos, advirtiendo los tristes resul- 
tados de la holgazanería, inutilidad, inconstancia y 
demás vicios que me afectaron; haciendo análisis de 
los extraviados sucesos de mi vida, indagando sus cau- 
sas, temiendo sus consecuencias y desechando los erro- 
res vulgares que veis adoptados por mí y por otros; 
empapándoos en las sólidas máximas de la sana y cris- 
tiana moral que os presentan á la vista mis reflexiones, 
y en una palabra, desearía que penetrarais en todas 
sus partes la substancia de la obra; que os divirtierais 
con lo ridículo; que conocierais el error y el abuso para 
no imitar el uno ni abrazar el otro, y que donde hallarais 
algún hecho virtuoso os enamorarais de su dulce fuerza 
y procurarais imitarlo. Esto es deciros, hijos míos, 
que deseara que de la lectura de mi vida sacarais tres 
' frutos, dos principales y uno accesorio. Amor á la 
^ virtud, aborrecimiento al vicio y diversión. Este es mi 
' deseo, y por esto, más que por otra cosa, me tomo la 
molestia de escribiros mis más escondidos crímenes v 

« 

defectos; si no lo consiguiere, moriré al menos con el 
consuelo de que mis intenciones son laudables. Basta 
de digresiones que está el papel caro. 



^í.v^ii'-- ?S:;-! 



OBRAS ESCOGIDAS 



Quedamos en que fui á ver al doctor Purgante, y en 
efecto, lo hallé una tarde después de siesta en su estudio, 
sentado en una silla poltrona, con un libro delante y 
la caja de polvos á un lado. Era este sujeto alto, flaco 
de cara y piernas, y abultado de panza, trigueño y muy 
cejudo, ojos verdes, nariz de caballete, boca grande y 
despoblada de dientes, calvo, por cuya razón usaba en 
la calle peluquín con bucles. Su vestido, cuando lo fui 
á ver, era una bata hasta los pies, de aquellas que llama- 
ban de quimones, llena de flores y ramaje, y un gran 
birrete muy tieso de almidón y relumbroso de la plancha. 

Luego que entré me conoció y me dijo: — jOh, 
Periíjuillo, hijol ¿por qué extraños horizontes has veni- 
do á visitar este tugurio? — No me hizo fuerza su estilo, 
porque ya sabía yo que era muy pedante, y así le iba á 
relatar mi aventura con intención de mentir en lo que 
me pareciera; pero el doctor me interrumpió diciéndome; 
— Ya, ya sé la turbulenta catástrofe que te pasó con tu 
amo, el farmacéutico. En efecto, Perico, tú ibas á des- 
pachar en un instante al pacato paciente del lecho al 
féretro improvisamente, con el trueque del arsénico por 
la magnesia. Es cierto que tu mano trémula y atolondra- 
da tuvo mucha parte de la culpa, mas no la tiene menos 
tu preceptor, el fármaco, y todo fué por seguir su ca- 
pricho. Yo le documenté que todas estas drogas nocivas 
y cenendticas las encubriera bajo una llave bien segura 



M 



4 PENSADOR MEXICANO 

<jue sólo tuviera el oficial más diestro, y con esta asidua 
diligencia se evitarían estos equívocos mortales; pero á 
pesar de mis insinuaciones, no me respondía más sino 
que eso era particularizarse ó ir contra la secuela de 
los fni-nmcos, sin advertir ' que es propio del sabio 
mudar de parecer, sajñcnlis cst mutai'c consilinm, y que 
la costumbre es otra naturaleza, consuetado cst altera 
natura. Allá se lo haya. Pero dime, ¿qué te has hecho 
tanto tiempo? Porque si no han fallado las noticias que 
en alas de la lama han penetrado, mis aarículas, ya días 
hace que te lanzaste á la calle de la oficina de Esculapio. 
— Es verdad, señor, le dije; pero no había venido 
de vergüenza, y me ha pesado porque en estos días he 
vendido para comer mi capote, chupa y pañuelo. — ¡Qué 
osUiIdcia! exclamó el doctor; la ccrecundia es muy 
buena, optimv hona, cuando la origina crimen de cogí- 
tato; mas no cuando se comete incolunrir, pues si en 
aquel Jñc ct nunv. esto es, en aquel acto, supiera el 
individuo que hacía mal, ((ljs(/ac dubio, sin duda, se 
abstendría de cometerlo. En fin, hijo carísimo, ¿tú 
quieres quedarte en mi servicio y ser mi consodal in 
pcrpctuüín, para siempre? — Sí, señor, le respondí. — Pues 

* Para inteligencia de algunos lectores pareció conveniente poner en castellano los 
latinajos que ensarta el doctor, como otros que se hallan esparcidos en toda la obra; y se 
han intercalado en ella las traducciones, evitando la fastidiosa aglomeración de notas y 
llamadas que interrumpirían su lectura. Esta advertencia es aquí necesaria para que 
no se extrañe en la página siguiente que diga Periquillo que no entendió muchos de estos 
terminotes. E. 



:x. ; :■•.:■■" /%.s;-\r'- ■ ..r ■■■-■'-■■■■;/';■,;:;: ■^■/■<.v ^V'Sí?^^^■"^'■ ^; ■ :■:■'.' ''vl^is^.i 



OBRAS ESCOGIDAS O 

bien. En esta domo, casa, tendrás desde luego, ó en 
primer lugar, ¿n prlmis, el panem nostrum quoüdianam,' 
el pan de cada día; á más de esto, altundo, lo potable 
necesario; teriio, la cama sic reí sic, según se propor- 
cione; quartn, los tegumentos exteriores heterogéneos 
de tu materia física; quintó, asegurada la parte de la 
higiene que apetecer puedes, pues aquí se tiene mucho 
cuidado con la dieta y con la observancia de las seis 
cosas naturales, y de las seis no naturales prescritas por 
los hombres más luminosos de la facultad médica; sexto, 
beberás la ciencia de Apolo e.r ore meo, ex cisa tuo y eu 
bibliot/ieca riostra, de mi boca, de tu vista y de esta libre- 
ría; por último, postremo, contarás cada mes para tus 
sur rapios ó para quodcumque cellis, esto es, para tus 
cigarros ó lo que se te antoje, quinientos cuarenta y 
cuatro maravedís limpios de polvo y paja, siendo tu 
obligación solamente hacer los mandamientos de la 
señora mi hermana; observar modo naiuralisiarum, 
al modo de los naturalistas, cuándo estén las aves galli- 
náceas para ociparar y recoger los albos huevos, ó por 
mejor decir, los pollos por ser, ó in fleri; servir las 
viandas á la mesa, y finalmente, y lo que más te en- 
cargo, cuidar de la refacción ordinaria y puridad de 
mi muía, á quien deberás atender y servir con más pro- 
lijidad que á mi persona. 

He aquí ¡oh caro Perico 1 todas tus obligaciones y 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T II, C — 2. 



o PENSADOR MEXICANO 

comodidades en sino/)S(/u, ó compendio. Yo, cuando te 
invité con mi pobre íikj tirio y consorcio, tenía el deli- 
berado ánimo de poner un laboratorio de química y botá- 
nica; pero los continuos desembolsos que he sufrido 
me lian reducido á la pobreza ad inojiiam. y me han 
frustrado mis primordiales designios; sin embargo, te 
cumplo la palabra do admisión, y tus servicios los retri- 
buiré justamente, porque (/ir/nas csf oj)cr((rif(s mencdc 
síia, el que trabaja es digno de la paga. 

Yo, auníjue muchos terminotes no entendí, conocí 
que me quería para criado entre de escalera abajo y de 
arriba; advertí que mi trabajo no era demasiado; que 
la conveniencia no podía ser mejor, y que yo estaba en el 
caso de admitir cosa menos; pero no podía comprender 
á cuánto llegaba mi salario; por lo que le pregunté, 
que por fin cuánto ganaba cada mes. A lo que el doc- 
toróte, como enfadándose me respondió: — ¿Ya no te dije 
claris rcrhis, con claridad, que disfrutarías quinientos 
cuarenta y cuatro maravedís? — Pero, señor, insté yo, 
¿cuánto montan en dinero efectivo <|UÍnientos cuarenta 
y cuatro maravedís? Poríjue á mí me parece que no 
merece mi trabajo tanto dinero. — Sí merece, stulfisime 
fatnulc, mozo atontadísimo, pues no importan esos cen- 
tenares más que dos pesos. 

— Pues bien, señor doctor, le dije, no es menester 
incomodarse; ya sé que tengo dos pesos de salario, y 



OBRAS ESCOGIDAS 7 

me doy por muy contento, sólo por estar en compañía 
de un caballero tan sapiente como usted, de quien sacaré 
más provecho con sus lecciones que no con los polvos y 
mantecas de don Nicolás. 

— Y como que sí, dijo el señor Purgante, pues yo 
te abriré, como te apliques, los palacios de Minerva, y 
será esto premio superabundante á tus servicios, pues 
sólo con mi doctrina conservarás tu sftlud luengos años, 
y acaso, acaso te contraerás algunos interese» y «^tj- 
maciones. 

Quedamos corrientes desde ese instante, y comen- 
cé á cuidar de lisonjearlo, igualmente (jue á su señora 
hermana, que era una vieja, beata Rosa, tan ridicula 
como mi amo, y aunque yo quisiera lisonjear á Ma- 
nuelita, que era una muchachilla de catorce años, sobrina 
de los dos y bonita como una plata, no podía, porque 
la vieja condenada la cuidaba más que si fuera de oro, 
y muy bien hecho. 

Siete ú ocho meses permanecí con mi viejo, cum- 
pliendo con mis obligaciones perfectamente; esto es, 
sirviendo la mesa, mirando cuándo ponían las gallinas, 
cuidando la muía y haciendo los mandados. La vieja y 
el hermano me tenían por un santo, porque en las horas 
que no tenía que hacer me estaba en el estudio, según 
las sólitas concedidas, mirando las estampas anatómicas 
del Porras, del Willis y otras, y entreteniéndome de 



:• .4 



8 PENSADOR MEXICANO 

cuando en cuando con leer los aforismos de Hipócrates, 
algo de Boherave y de van S^vieten : el Etmulero, el 
Tissot, el Buchan, el Tratado de tabardillos, por Amar, 
el Compendio anatómico de Juan de Dios López, la 
Cirugía de La Faye, el Lázaro Riverio y otros libros 
antiguos y modernos, según me venía lagaña de sacarlos 
de los estantes. 

Esto, las observaciones (lue yo hacía de los remedios 
fjue mi amo recetaba á los enfermos pobres que iban á 
verlo á su casa, que siempre eran á poco más á menos, 
pues llevaba como regla el trillado refrán de «cómo 
te pagan vas,» y las lecciones verbales que me daba, 
me hicieron creer que yo ya sabía medicina, y un día 
que me riñó ásperamente, y aun me quiso dar de palos 
porque se me olvidó darle de cenar á la muía, prometí 
vengarme de él y mudar de fortuna de una vez. 

Con esta resolución esa misma noche le di á doña 
muía ración doble de maíz y cebada, y cuando estaba 
toda la casa en lo más pesado de su sueño, la ensillé 
con todos sus arneses. sin olvidarme de la gualdrapa; 
hice un lío en el que escondí catorce libros, unos truncos, 
otros en latín y otros en castellano; ponjue yo pensaba 
que á los médicos y á los abogados los suelen acreditar 
los muchos libros, aunque no sirvan ó no los entiendan; 
guardé en el dicho maletón la capa de golilla y la golilla 
misma de mi amo, juntamente con una peluca vieja 



OBRAS ESCOGIDAS 9 

de pita, un formulario de recetas, y lo más importante, 
sus títulos de bachiller en medicina y la carta de examen, 
cuyos documentos los hice míos á favor de una navajita 
y un poquito de limón, con lo (\ue raspé y borré lo bas- 
tante para mudar los nombres y las fechas. 

No se me olvid<'> habilitarme de monedas, pues aun- 
(jue en todo el tiempo que estuve en la casa no me 
habían pagado nada de salario, yo sabía en dónde tenía 
la señora hermana una alcancía en la que rehundía lo 
que cercenaba del gasto, y acordándome de aquello de 
que quien roba al ladrón, etc., le robé la alcancía dies- 
tramente; la abrí y vi con la mayor complacencia que 
tenía muy cerca de cuarenta duros, aunque para hacerlos 
caber por la estrecha rendija de la alcancía los puso 
blandos. 

Con este viático tan competente emprendí mi salida 
de la casa á las cuatro y media de la mañana, cerrando 
el zaguán y dejándoles la llave por debajo de la puerta. 

Á las cinco ó seis del día me entré en un mesón, 
diciendo que en el que estaba había tenido una mohína 
la noche anterior y quería mudar de posada. 

Como pagaba bien, se me atendía puntualmente. 
Hice traer café, y que se pusiera la muía en caballeriza 
para que almorzara harto. 

En todo el día no salí del cuarto, pensando á qué 
pueblo dirigiría mi marcha y con quién, pues ni yo 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. II, C. — 3. 



"S 



i 



10 PENSADOR MEXICANO 

sabía caminos ni pueblos, ni era decente aparecerse un 
médico sin equipaje ni mozo. 

Mn estas dudas dio la una del día, hora en (jue me 
subieron de comer, y en esta diligencia estaba, cuando 
se acercó á la puerta un muchacho á pedir por Dios un 
bocadito. 

Al punto que lo vi y lo oí, conocí (jue era Andrés, 
el aprendiz de casa de don Agustín, muchacho, no sé si 
lo he dicho, como de catorce arlos, pero de estatura de 
diez y ocho. Luego luego lo hice entrar, y á pocas 
vueltas de la conversación me conoció, y le conté cómo 
era médico y trataba de irme a algún pueblccillo á 
buscar fortuna, porque en México había más médicos 
que enlermos; pero (jue me detenía carecer de un mozo 
fiel que me acompañara y que supiera de algún pueblo 
dónde no hubiera médico. 

MI pobre muchacho se me ofreció \ aun me rogó 
(jue lo llevara en mi compañía, (jue él había ido á 
Tcpeji del Río en donde no había médico y no era pueblo 
corto, y que si nos iba mal allí, nos iríamos á Tula que 
era pueblo más grande. 

Me agradó mucho el desembarazo de Andrés, y 
habiéndole mandado subir (jUe comer, comió el pobre 
con bastante apetencia, y me contó cómo se estuvo 
escondido en un zaguán, y me vio salir corriendo de la 
barbería, y á la vieja tras de mí con el cuchillo; (jue yo 



OBRAS ESCOGIDAS 11 

pasé por el mismo zaguán donde estaba, y á poco de que 
la vieja se metió á su casa, corrió á alcanzarme, pero 
que no le fué posible; y no lo dudo, ¡tal corría yo cuando 
me espoleaba el miedo! 

Díjome también Andrés que él se l'ué á su casa 
y contó todo el pasaje; que su padrastro lo regañó y lo 
golpeó mucho, y después lo llevó con una corma á casa 
de don Agustín; que la maldita vieja, cuando vio que yo 
no parecía, se vengó con él levantándole tantos testimo- 
nios que se irritó el maestro demasiado, y dispuso darle 
un novenario de azotes, como lo verificó, poniéndolo 
en los nueve días hecho una lástima, así por los muchos 
y crueles azotes (jue le dio, como por los ayunos que 
le hicieron sufrir al traspaso; que así que se vengó á su 
satisfacción la inicua vieja, lo puso en libertad quitándole 
la corma, echándole su buen sermón, y concluyendo con 
aquello de cuidado con otrcí; pero que él, luego que tuvo 
ocasión, sé huyó de la casa con ánimo de salirse de 
México, y para esto se andaba en los mesones pidiendo 
un bocadito y esperando coyuntura de marcharse con el 
primero que encontrase. 

Acabó Andrés de contarme todo esto mientras co- 
mió, y yo le disfracé mis aventuras haciéndole creer que 
me había acabado de examinar en medicina; que ya le 
había insinuado que quería salir de esta ciudad, y así 
que me lo llevaría de buena gana, dándole de comer 



4 



12 PENSADOR MEXICANO 

y haciéndolo pasar por barbero en caso de (|ue no lo 
hubiera en el pueblo de nuestra ubicación. 

— Pero, señor, decía Andrés, todo está muy bien; 
pero si yo apenas sé afeitar un perro, ¿cómo me arries- 
garé á meterme á lo que no entiendo? — Cállate, le dije, 
no seas cobarde: sábete (|ue audaces foi'tuna jucat, 
tinu'í/os</ffc repcllit... — ¿Qué dice usted, señor, que no lo 
entiendo? — Que á los atrevidos, le respondí, favorece 
la fortuna, v á los cobardes los desecha; v í^sí no hav 
(]ue desmayar; tú serás tan barbero en un mes que 
estés en mi compañía, como yo luí médico en el poco 
tiempo que estuve con mi maestro, á quien no sé bien 
cuánto le debo á esta hora. 

Admirado me escuchaba Andrés, y más lo estaba 
al oírme disparar mis latinajos con frecuencia, pues 
no sabía que lo mejor que yo aprendí del doctor Pur- 
gante fué su pedantismo y su modo de curar, methodas 
medcndi. 

En fin. dieron las tres de la tarde v me salí con 
Andrés al Baratillo, en donde compré un colchón, una 
cubierta de baqueta para envolverlo, un baúl, una chupa 
negra y unos calzones verdes con sus correspondientes 
medias negras, zapatos, sombrero, chaleco encarnado, 
corbatín y un capotito para mi fámulo y barbero que iba 
á ser, á (|uien también le compré seis navajas, una 
bacía, un espejo, cuatro ventosas, dos lancetas, un trapo 



OBRAS ESCOGIDAS 13 

para paños, unas tijeras, una jeringa grande y no sé 
qué otras baratijas; siendo lo más raro que en todo este 
ajuar apenas gasté veintisiete ó veintiocho pesos. Ya se 
deja entender que todo ello estaba como del Baratillo; 
pero con todo eso, Andrés volvió al mesón conten- 
tísimo. 

Luego que llegamos pagué al cargador y acomoda- 
mos en el baúl nuestras alhajas. En esta operación vio 
Andrés que mi haber en plata efectiva apenas llegaba 
á ocho ó diez pesos. Entonces, muy espantado, me dijo: 
— ¡Ay, señor I ¿Y qué, con ese dinero no más nos hemos 
de ir? — Sí, Andrés, le dije; ¿pues y qué, no alcanza? — 
¿Cómo ha de alcanzar, señor? ¿Pues y quién carga el 
baúl y el colchón de aquí á Tepeji ó á Tula? ¿qué 
comemos en el camino? ¿y por fin, con qué nos man- 
tenemos allí mientras que tomamos crédito? Ese dinero 
orita orita se acaba, yo no veo que usted tenga ni ropa 
ni alhajas, ni cosa que lo valga, que empeñar. 

No dejaron de ponerme en cuidado las reflexiones 
de Andrés; pero ya para no acobardarlo más, y ya 
porque me iba mucho en salir de México, pues yo tenía 
bien tragado que el médico me andaría buscando como 
á una aguja (por señas que cuando fui al Baratillo, en 
un zaguán compré la mayor parte de los tiliches que 
dije) y temía que si me hallaba, iba yo á dar á la cárcel, 
y de consiguiente á poder de Chanfaina. Por esto, con 

PERIQUILLO SARNIENTO; — T. II, C — 4. 



.^ 



14 PENSADOR MEXICANO 

todo disimulo y pedantería, le dije á Andrés: — No te 
apures, hijo: Deas prociclehit.^ — No sé lo que usted me 
dice, contestó Andrés; lo que sé es que con ese dinero no 
hay ni para empezar. 

En estas pláticas estábamos, cuando á cosa de las 
siete de la noche, en el cuarto inmediato oí ruido de 
voces y pesos. Mandé á Andrés que fuera á espiar qué 
cosa era. 1^1 fué corriendo y volvió muy contento dicién- 
dome- — Señor, señor, ¡qué bueno está el juego! — ¿Pues 
qué, están jugando? — Sí, señor; dijo Andrés, están en 
el cuarto diez ó doce payos jugando albures, pero ponen 
los chorizos de pesos. 

Picóme la culebra, abrí el baúl, cogí seis pesos de 
los diez que tenía y le di la llave á Andrés diciéndole 
que la guardara, y que aunque so la pidiera y me matara 
no me la diera, pues iba á arriesgar aquellos seis pesos 
solamente, y si se perdían los cuatro que quedaban, 
no teníamos ni con qué comer, ni con qué pagar el 
pesebre de la muía á otro día. Andrés, un poco triste 
y desconfiado, tom('> la llave, y yo me fui á entrometer en 
la rueda de los tahúres. 

No eran éstos tan pavos como vo los había menes- 
ter; estaban más que medianamente instruidos en el 
arte de la baraja, y así fué preciso irme con tiento. Sin 
embargo, tuve la fortuna de ganarles cosa de veinticinco 

* Dios nos remediará. 



OBRAS ESCOGIDAS 15 

pesos, con los que me salí muy contento, y hallé á 
Andrés durmiéndose sentado. 

Lo desperté y le mostré la ganancia, la que guardó 
muy placentero contándome como ya tenía el viaje dis- 
puesto y todo corriente; porque abajo estaban unos 
mozos de Tula que habían traído un colegial y se iban 
de vacío; que con ellos había propalado el viaje, y aun 
se había determinado á ajustarlo en cuatro pesos, y que 
sólo esperaban los mozos que yo confirmara el ajuste. 
— ¿Pues no lo be de confirmar, hijo? le dije á Andrés; 
anda y llama á esos mozos ahora mismo. 

Bajó Andrés como un rayo y subió luego luego con 
los mozos, con quienes quedé en (|ue me habían de dar 
muía para mi avío y una bestia de silla para Andrés; 
todo lo que me ofrecieron, como también que habían de 
madrugar antes del alba, y se fueron á recoger. 

A seguida mandé á mi criado que fuera á comprar 
una botella de aguardiente, queso, bizcochos y chori- 
zones para otro día, y mientras que él volvía, hice subir 
la cena. 

No me cansaba yo de complacerme en mi determi- 
nación de hacerme médico, viendo cuan bien se facilita- 
ban todas las cosas, y al mismo tiempo daba gracias á 
Dios que me había proporcionado un criado tan fiel, 
vivo y servicial como Andresillo, quien en medio de estas 
contemplaciones fué entrando cargado con el repuesto. 



16 PENSADOR MEXICANO 

Cenamos los dos amigablemente, echamos un buen 
trago y nos fuimos á acostar temprano, para madrugar, 
despertando á buena hora. 

A las cuatro de la mañana va estaban los mozos 

•I 

tocándonos la puerta. Nos levantamos y desayunamos 
mientras que los arrieros cargaban. 

Luego que se concluyó esta diligencia, pagué el 
gasto que habíamos hecho yo y mi muía, y nos pusimos 
en camino. 

Yo no estaba acostumbrado á caminar, con esto 
me cansé pronto y no quise pasar de Guautitlan, por 
más que los mozos me porfiaban que fuéramos á dormir 
á Tula. 

Al segundo día llegamos al dicho pueblo, y yo posé 
ó me hospedé en la casa de uno de los arrieros, que 
era un pobre viejo, sencillote y hombre de bien, á quien 
llamaban tío Bernabé, con el que me convine en pagar 
mi plato, el de Andrés y el de la muía, sirviéndole, por 
vía de gratificación , de médico de cámara para toda su 
familia, que eran dos viejas: una su mujer y otra su 
hermana; dos hijos grandes y una hija pequeña como de 
doce años. 

El pobre admitió muy contento, y cátenme ustedes 
ya radicado en Tula y teniendo que mantener al maestro 
barbero, que así llamaremos á Andrés, á mí y á mi 
macha; que aunque no era mía, yo la nombraba por tal; 



OBRAS ESCOGIDAS 17 

bien que siempre (jue la miraba me parecía ver delante 
de mí al doctor Purgante con su gran bata y birrete 
parado, que lanzando luego por los ojos me decía: — 
Picaro, vuélveme mi muía, mi gualdrapa, mi golilla, mi 
peluca, mis libros, mi capa y mi dinero, que nada es 
tuyo. — Tan cierto es, hijos míos, aquel principio de 
derecho natural que nos dice, que en donde quiera que 
está la cosa clama por su dueño, rinctimr/t/e res est, 
jj/v domino sao clamat. ¿Qué importa que el albacea se 
quede con la herencia de los menores porque éstos no 
son capaces de reclamarla? ¿qué con que el usurero 
retenga los lucros? ¿qué con que el comerciante se 
engrandezca con las ganancias ilícitas? ¿ni qué con que 
otros muchos, valiéndose de su poder ó de la ignorancia 
de los demás, disfruten procazmente los bienes que les 
usurpan? Jamás los gozarán sin zozobras, ni por más 
que disimulen podrán acallar su conciencia, que incesan- 
temente les gritará: — Esto no es tuyo, esto es mal habi- 
do; restituyelo^ perecerás eternamente. 

Así me sucedía con lo que le hurté á mi pobre amo; 
pero como los remordimientos interiores rara vez se 
conocen en la cara, procuré asentar mi conducta de buen 
médico en aquel pueblo, prometiendo interiormente 
restituirle al doctor todos sus muebles en cuanto tuviera 
proporción. Bien que en esto no hacía yo más que ir con 
la corriente. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. II, C — 5. 



18 PENSADOR MEXICANO 

Como no se me habían olvidado aquellos principios 
de urbanidad que me enseñaron mis padres, á los dos 
días, luego que descansó, me informé de quiénes eran 
los sujetos principales del pueblo, tales como el cura y 
sus vicarios; el subdelegado y su director, el alcabalero, 
el administrador de correos, tal cual tendero \ otros 
señores decentes; v á todos ellos envié recado con el 
bueno de mi patr(')n y Andrés, ofreciéndoles mi persona 
é inutilidad. 

Con la mayor satisfacción recibieron todos la noticia, 
correspondiendo corteses á mi cumplimiento, y hacién- 
dome mis visitas de estilo, las que yo también les hice 
de noche vestido de ceremonia, quiero decir, con mi 
capa de golilla, la golilla misma y mi peluca encasque- 
tada, porque no tenía traje mejor ni peor; siendo lo más 
ridículo que mis medias eran blancas, todo el vestido 
de color y los zapatos abotinados, con lo que parecía más 
bien alguacil que médico; y para realzar mejor el cuadro 
de mi ridiculez, hice andar conmigo á Andrés con el 
traje que le compré, que os acordaréis que era chupa 
y medias negras, calzones verdes, chaleco encarnado, 
sombrero blanco y su capotillo azul rabón y remendado. 

Ya los señores principales me habían visitado, 
según dije, y habían formado de mí el concepto que 
quisieron; pero no me había visto el común del pueblo 
vestido de punta en blanco ni acompañado de mi escu- 



OBRAS ESCOGIDAS 19 

dero; mas el domingo que me presenté en la iglesia 
vestido á mi modo entre médico v corchete, v Andrés 
entre tordo y perico, fué increíble la distracción del 
pueblo, y creo que nadie oyó misa por mirarnos: unos 
burlándose de nuestras extravagantes figuras, y otros 
admirándose de semejantes trajes. Lo cierto es que 
cuando volví á mi posada fué acompañado de una multi- 
tud de muchachos, mujeres, indios, indias y pobres 
rancheros que no cesaban de preguntar á Andrés quiénes 
éramos. Y él muy mesurado les decía: — Este señor es mi 
amo, se llama el señor doctor don Pedro Sarmiento, y mé- 
dico como él, no lo ha parido el reino de Nueva España; 
V vo sov su mozo: me llamo Andrés Cascajo v sov 
maestro barbero, y muy capaz de afeitar á un capón, 
de sacarle sangre á un muerto y desquijarar á un león 
si trata de sacarse alguna muela. 

Estas conversaciones eran á mis espaldas; porque 
yo, á fuer de amo, no iba lado á lado con Andrés, sino 
por delante y muy gravedoso y presumido escuchando 
mis elogios; pero por poco me echo á reir á dos carri- 
llos cuando oí los despropósitos de Andrés y advertí 
la seriedad con (lue los decía, v la sencillez de los mu- 
chachos y gente pobre que nos seguía colgados de la 
lengua de mi lacayo. 

Llegamos á la casa entre la admiración de nuestra 
comitiva, á la que despidió el tío Bernabé con buen 



20 PENSADOR MEXICANO 

modo, diciéndoles que ya sabían dónde vivía el señor 
doctor para cuando se les ofreciera. Con esto se fueron 
retirando todos á sus casas y nos dejaron en paz. 

De los mediecillos que me sobraron compré, por 
medio del patrón, unas cuantas varas de pontiví y me 
hice una camisa y otra á Andrés, dándole á la vieja casi 
ol resto para que nos dieran de comer algunos días, sin 
embargo del primer ajuste. 

Como en los pueblos son muy noveleros, lo mismo 
(jue en las ciudades, al momento corrió por toda acjuella 
comarca la noticia de que había médico y barbero en la 
cabecera, y de todas partes iban á consultarme sobre sus 
enfermedades. 

Por fortuna los primeros que me consultaron fueron 
de a(juellos (jue sanan auncjue no se curen, pues les 
bastan los auxilios de la sabia naturaleza, y otros pade- 
cían porque (') no querían ó no sabían sujetarse á la dieta 
que les interesaba. Sea como fuere, ellos sanaron con lo 
que les ordené, y en cada uno labré un clarín á mi fama. 

Á los (juince ó veinte días ya yo no me entendía 
de enfermos, especialmente indios, los que nunca venían 
con las manos vacías, sino cargando gallinas, frutas, 
huevos, verduras, (juesos y cuanto los pobres encon- 
traban. De suerte que el tío Bernabé y sus viejas estaban 
contentísimos con su huésped. Yo y Andrés no estába- 
mos tristes, pero más quisiéramos monedas; sin em- 



OBRAS ESCOGIDAS 



21 



bargo de que Andrés estaba mejor que yo, pues los 
domingos desollaba indios á medio real que era una 
gloria, llegando á tal grado su atrevimiento, que una vez 
se arriesgó á sangrar á uno y por accidente quedó bien. 
Ello es que con lo poco que había visto y el ejercicio que 
tuvo se le agilitó la mano, en términos que un día me 
dijo: — Ora sí, señor, ya no tengo miedo, y soy capaz 
de afeitar al Suvsum corda. 

Volaba mi fama de día en día, pero lo que me en- 
cumbró á los cuernos de la luna fué una curación que 
hice (también de accidente como Andrés) con el alca- 
balero, para quien una noche me llamaron á toda prisa. 

Fui corriendo, y encomendándome á Dios para que 
me sacara con bien de aquel trance, del que no sin 
razón pensaba (jue pendía mi felicidad. 

Llevé conmigo á Andrés con todos sus instru- 
mentos, encargándole en voz baja, porque no lo oyera 
el mozo, que no tuviera miedo como yo no lo tenía; 
que para el caso de matar á un enfermo, lo mismo tenía 
que fuera indio que español, y que nadie llevaba su 
pelea más segura que nosotros; pues si el alcabalero 
sanaba, nos pagarían bien y se aseguraría nuestra fama; 
y si se moría, como de nuestra habilidad se podía espe- 
rar, con decir que ya estaba de Dios y que se le había 
llegado su hora, estábamos del otro lado, sin que hubiera 
quién nos acusara del homicidio. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. II, C — 6. 



' -e- -«t-.i^^ 



22 PENSADOR MEXICANO 

En estas pláticas llegamos á la casa, que la hallamos 
hecha una Babilonia; porque unos entraban, otros sa- 
h'an, otros lloraban y todos estaban aturdidos. 

A este tiempo lleg<') el señor cura y el padre vicario 
con los santos óleos. — Malo, dije á Andrés: esta es enfer- 
medad ejecutiva. Aquí no hay medio; ó quedamos bien 
ó quedamos mal. Vamos á ver cómo nos sale este albur. 

Entramos todos juntos á la recámara y vimos al 
enfermo tirado boca arriba en la cama, privado de sen- 
tidos, cerrados los ojos, la boca abierta, el semblante 
denegrido y con todos los síntomas de un apoplético. 

Luego que me vieron junto á la cama la señora 
su esposa y sus niñas, se rodearon de mí y me pre- 
guntaron, hechas un mar de lágrimas: — ¡ Ay, señorl 
¿qué dice usted, se muere mi padre? — Yo, afectando 
mucha serenidad de espíritu y con una confianza de un 
profeta, les respondí: — Callen ustedes, niñas, ¡(jué se ha 
de morir! estas son efervescencias del humor sanguíneo, 
que oprimiendo los ventrículos del corazón embargan 
el cerebro, porque cargan con el pondas de la sangre 
sobre la espina medular y la traquearteria; pero todo 
esto se quitará en un instante, pues si cccujuatio fit, 
reccdci plétora, con la evacuación nos libraremos de la 
plétora. 

Las señoras me escuchaban atónitas, y el cura no 
se cansaba de mirarme de hito en hito, sin duda mofan- 



!•■-■ 



.•: -t? 



OBRAS ESCOGIDAS 23 

dose de mis desatinos, los que interrumpió diciendo: 

— Señoras, los remedios espirituales nunca dañan ni se 
oponen á los temporales. Bueno será absolver á mi 
amigo por la bula y olearlo, y obre Dios. 

— Señor cura, dije yo con toda la pedantería que 
acostumbraba, que era tal que no parecía sino que la 
había aprendido con escritura; señor cura, usted dice 
bien, y yo no soy capaz de introducir mi hoz en mies 
ajena; pero cenia ianti, digo (jue esos remedios espiri- 
tuales, no sólo son buenos, sino necesarios, necesítate 
niedií y necesítate prwce/)tí ín artículo mortís: ' sed síc 
est, que no estamos en ese caso; ergo, etc. 

El cura, que era harto prudente é instruido, no quiso 
hacer alto en mis charlatanerías, y así me contestó: 

— Señor doctor, el caso en que estamos no da lugar á 
argumentos, porque el tiempo urge: yo s6 mi obligación ; 
y esto importa. t 

Decir esto y comenzar á absolver al enfermo y el 
vicario á aplicarle el santo sacramento de la Unción, : 

todo fué uno. Los dolientes, como si aquellos socorros 
espirituales fueran el fallo cierto de la muerte de su ' 

deudo, comenzaron á aturdir la casa á gritos. Luego que I 

los señores eclesiásticos concluyeron sus funciones, se 
retiraron á otra pieza cediéndome el campo y el enfermo. 

• Como medio necesario para la salvación y por la obligación de cumplir el pre- ; 

cepto en artículo de muerte. Pero es así que, etc. E. 



24 PENSADOR MEXICANO 

Inmediatamente me acerqué á la cama, le tomé el 
pulso, miré á las vigas del techo por largo rato; después 
le tomé el otro pulso haciendo mil monerías, como eran 
arquear las cejas, arrugar la nariz, mirar al suelo, mor- 
derme los labios, mover la cabeza á uno y á otro lado 
y hacer cuantas mudanzas pantomímicas me parecie- 
ron oportunas para aturdir á aquellas pobres gentes 
que, puestos los ojos en mí, guardaban un profundo si- 
lencio, teniéndome sin duda por un segundo Hipócrates: 
á lo menos esa fué mi intención, como también ponde- 
rar el gravísimo riesgo del enfermo y lo difícil de la cu- 
ración, arrepentido de haberles dicho que no era cosa 
de cuidado. 

Acabada la tocada del pulso, le miré el semblante 
atentamente, le hice abrir la boca con una cuchara para 
verle la lengua, lo alcé los párpados, le toqué el vien- 
tre y los pies, é hice dos mil preguntas á los asis- 
tentes sin acabar de ordenar ninguna cosa, hasta que 
la señora, que ya no podía sufrir mi cachaza, me dijo: 
— Por fin, señor, ¿qué dice usted de mi marido? ¿es de 
vida ó de muerte? 

— Señora, le dije, no sé de lo que será: sólo Dios 
puede decir (|ue es de vida y resurrección, como lo fué 
Lcharuní qucm rcsuciíacU ó monumento fa'fichim. ^ y 
si lo dice, vivirá aunque esté muerto. Ego siim rosa- 

• Resucitó á Lázaro ya corrompido del sepulcro. E. 



OBRAS ESCOGIDAS ^ 25 

r recito ef tita, qui credidii in me, etiam si moríuus fuerit, 
tivet. ^ — ¡ Ay, Jesús! gritó una de las niñas, ya se murió 
mi padrecito. 

Como ella estaba junto del enfermo, su grito fué 
tan extraño y doloroso y cayó privada de la silla, pen- 
samos todos que en realidad había espirado, y nos ro- 
deamos de la cama. 

El señor cura v el vicario, al oir la bulla, entraron 
corriendo, y no sabían á quién atender, si al apoplético ó 
á la histérica, pues ambos estaban privados. La señora, 
ya medio colérica, me dijo: — Déjese usted de latines, 
y vea si cura ó no cura á mi marido. ¿Para qué me 
dijo, cuando entró, que no era cosa de cuidado y me 
aseguró que no se moría? — Yo lo hice, señora, por 
no afligir á usted, le dije; pero no había examinado al 
enfermo mctltodicc vel jiiria artis noMrce pra'ccpia, 
esto es, con método ó según las reglas del arte; pero 
encomiéndese usted á Dios y vamos á ver. 

Primeramente que se ponga una olla grande de 
agua á calentar. — Eso sobra, dijo la cocinera. — Pues 
bien, maestro Andrés, continué yo: usted, como buen 
flebotomiano, déle luego luego un par de sangrías de 
la vena cava. 

Andrés, aunque con miedo y sabiendo tanto como 



* Yo soy la resurrección y la vida, y el que cree en mi vivirá, aunque ya esté 
muerto. E. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. H, C. — 7. 



26 PENSADOR MEXICANO 

yo de venas cavas, le ligó los brazos y le dio dos piquetes 
que parecían puñaladas, con cuyo auxilio, al cabo de 
haberse llenado dos porcelanas de sangre, cuya prolusión 
escandalizaba a los espectadores, abrió los ojos el en- 
fermo. V comenzó á conocer a los circunstantes v á 
hablarles. 

Inmediatamente hice (jue Andrés allojara las vendas 
y cerrara las cisuras, lo (jue no costó poco trabajo, ¡tales 
fueron de prolongadas! 

Después hice que se le untase vino blanco en el 
cerebro y pulsos, (|ue se le confortara el estómago por 
dentro con atole de huevos y por fuera con una tortilla 
de los mismos, condimentada con aceite rosado, vino, 
culantro y cuantas porquerías se me antojaron: encar- 
gando mucho que no lo resupinaran. 

— ¿Qué es eso de resupinar, señor doctor? pre- 
guntó la señora. Y el cura sonriéndose le dijo: — Que 
no lo tengan boca arriba. — Pues tatita, por Dios, siguió 
la matrona, hablemos en lengua que nos entendamos 
como la gente. 

A ese tiempo ya la niña había vuelto de su des- 
mayo y estaba en la conversación; y luego que oyó á 
su madre, dijo: — Sí, señor, mi madre dice muy bien; 
sepa usted que por eso me privé endenantes, porque 
como empez(') á rezar aquello que los padres les cantan 
á los muertos cuando los entierran, pensé que ya se 



OBRAS ESCOGIDAS 



27 



liabía muerto mi padrecito y que usted le cantaba la 
vigilia. 

Rióse el cura de gana por la sencillez de la niña 
y los demás lo acompañaron; pues ya todos estaban 
contentos al ver al señor alcabalero l'uera de riesgo, 
tomando su atole y platicando muy sereno como uno de 
tantos. 

Le prescribí su régimen para los días sucesivos, 
olrcciéndome á continuar su curación hasta que estu- 
viera enteramente bueno. 

Me dieron todos las gracias, y al despedirme, la 
señora me puso en la mano una onza de oro, que yo la 
juzgué peso en aquel acto, y me daba al diablo de ver 
mi acierto tan mal pagado; y así se lo iba diciendo á 
Andrés, el que me dijo: — No, señor; no puede ser plata, 
sobre que á mí me dieron cuatro pesos. — En efecto, 
dices bien, le contesté. Y acelerando el paso llegamos 
á la casa, donde vi que era una onza de oro amarilla 
como un azafrán refino. "\ 

No es creíble el gusto que yo tenía con mi onza, no 
tanto por lo ({ue ella valía, cuanto porque había sido 
el primer premio considerable de mi habilidad médica, 
y el acierto pasado me proporcionaba muchos créditos 
luturos, como sucedió. Andrés también estaba muy 
placentero con sus cuatro duros, aun más que con su 
destreza; pero yo, más hueco que un calabazo, le dije: — 



28 PENSADOR MEXICANO 

¿Qué te parece, Andresillo? ¿Hay facultad más fácil de 
ejercitar (jue la medicina? No en balde dice el refrán que 
de médico, poeta y loco todos tenemos un poco; pues 
si á este poco se junta un si es no es de estudio y aplica- 
ción, va tenemos un médico consumado. Así lo has visto 
en la famosa curación (jue hice en el alcabalero, quien 
si por mí no fuera, á la hora de esta ya habría estacado 
la zalea. En efecto, yo soy capaz de dar lecciones de 
medicina al mismo Galeno amasado con Hipócrates y 
Avicena, y tú también las puedes dar en tu facultad al 
protosangrador del universo. 

Andrés me escuchaba con atenci<'>n, y luego que 
hice punto, me dijo: — Señor, como no sea todo en su 
merced y en mí c/d/'i/ia,^ no estamos muy mal. — ¿A qué 
llamas c/d/'i/m/ le pregunté. Y él muy socarrón me 
res})ondiü: — Pues (•/< //•//>« llamo yo una cosa así como 
que no vuelva usted a hacer otra cura ni yo á dar otra 
sangría mejor. A lo menos yo, por lo que hace á mí, 
estoy seguro de que quedé bien de cJiiripa, que por 
lo que mira á su merced no será así, sino que sabrá su 
obligación. 

— Y como que la sé, le dije. ¿Pues y qué, te parece 
que esta es la primera zorra que desuello? Que me echen 
apopléticos á miles, á ver si no los levanto en el mo- 



• Voz de que se usaba en los trucos y después en el juego del billar, para dar á en- 
tender que un lance salió bien por casualidad y no por destreza del jugador. E. 



OBRAS ESCOGIDAS 29 

monto, ipso fado, y no digo apopléticos, sino lazarinos, 
tinosos, gálicos, gotosos, parturientas, tabardillentos, 
rabiosos y cuantos enfermos hay en el mundo. Tú 
también lo haces con primor; pero es menester que 
no corras tanto los dedos ni profundices la lanceta, 
no sea (jue vayas á trasvcnar á alguno, y por lo demás 
no tengas cuidado que tú saldrás á mi lado, no digo 
barbero, sino médico, cirujano, químico, botánico, alqui- 
mista, y si me das gusto y sirves bien, saldrás hasta 
a.«ítrólogo y nigromántico. 

— Dios lo haga así, dijo Andrés, para (|ue tenga 
qué comer toda mi vida y para mantener mi familia, 
que ya estoy rabiando por casarme. 

En estas pláticas nos quedamos dormidos, y al día 
siguiente fui á visitar á mi enlermo, que ya estaba tan 
aliviado que me pagó un peso y me dijo que ya no me 
molestara, que si se ofrecía algo, me mandarían llamar; 
porque éste es el modito de despedir á los médicos 
pegostes ó pegados en las casas por las pesetas. 

Como lo pensé sucedió. Luego que se supo entre 
los pobres el feliz éxito del alcabalero en mis manos, 
comenzó el vulgo á celebrarme y recomendarme á boca 
llena, porque decían: — Pues los señores principales lo 
llaman, sin duda es un médico de lo que no hay. — Lo 
mejor era que también los sujetos distinguidos se cla- 
varon y no me escaseaban sus elogios. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. H , C. — S. 



30 PENSADOR MEXICANO 

S(')lo el cura no me tragaba; antes decía al subdele- 
gado, al administrador de correos y á otros, (jue yo 
sería buehí médico; })cro que él no lo creía, porque era 
muy pedante y charlatán, y quien tenía estas circuns- 
tancias, ó era muy necio ó muy picaro, y de ninguna 
manera había que fiar de él; fuera médico, teólogo, 
abogado ó cualquier cosa. 

El subdelegado se empeñaba en defenderme, diciendo 
que era natural á cada uno explicarse con los tér- 
minos de su facultad, y esto no debía llamarse pedan- 
tismo. 

— Yo convengo en eso, decía el cura; pero haciendo 
distinción de los lugares y personas con quienes se 
habla; porque si yo. predicando sobre la observancia del 
séptimo precepto, por ejemplo, repito, sin explicación 
las voces de eníiteusis, hipotecas, constitutos, precarios, 
usuras paliadas, pactos, retrovendiciones y demás, segu- 
ramente que seré un pedante, pues debo conocer que 
en este pueblo apenas habrá dos que me entiendan, y 
así debo explicarme, como lo hago, en unos términos 
claros que todos los comprendan; y sobre todo, señor 
subdelegado, si usted quiere ver cómo ese médico es 
un ignorante, disponga que nos juntemos una noche 
acá con pretexto de una tertulia, y le prometo que lo 
oirá disparar alegremente. 

— Así lo haremos, dijo el subdelegado; pero ¿y qué 



I 



i 



ODRAS ESCOGIDAS 31 

diremos de la curación que hizo la otra noche? — Yo diré 
sin escrúpulo, respondió el cura, que ésa fué casualidad 
y el huevo juanelo. — ¿Es posible? — Sí, señor subde- 
legado; ¿no ve usted que la gordura y robustez del 
enfermo, la dureza de su pulso, lo denegrido de su 
semblante, el adormecimiento de sus sentidos, la respi- 
ración agitada y todos los síntomas que se le advertían 
indicaban la sangría? Pues esc remedio lo hubiera dictado 
la vieja más idiota de mi feligresía. 

— Pues bien, dijo el subdelegado, yo deseo oir una 
conversación sobre la medicina entre usted y él. La 
aplazaremos para el 25 de éste. 

— Está muy bien, contestó el cura. Y hablaron de 
otra cosa. 

Esta conversación, ó á lo menos su substancia, me 
la refirió un mozo que tenía el dicho subdelegado, á 
quien había yo curado de una indigestión sin llevarle 
nada; porque el pobre me granjeaba contándome lo que 
oía hablar de mí en la casa de su amo. 

Yo le di las gracias, y me dediqué á estudiar en 
mis librejos para que no me cogiera el acto despre- 
venido. 

En este intermedio me llamaron una noche para 
la casa de don Giriaco Redondo, el tendero más rico 
que había en el pueblo, quien estaba acabando de 
cólico. 



32 PENSADOR MEXICANO 

— Coge la jeringa, le dije á Andrés, por lo (jue suce- 
diere, que ésta os otra aventura como la de la otra 
noche. Dioí^ nos saque con bien. 

Tomó Andrés su jeringa y nos fuimos para la casa, 
que la hallamos como la del alcabalero de revuelta: pero 
había la ventaja de que el enfermo hablaba. 

Le hice mil preguntas pedantescas, porque yo las 
hacía á miles, y por ellas me informé de que era muy 
goloso y se había dado una atracada del demonio. 

Mandé cocer malvas con jabón y miel, y ya (jUe 
estuvo esta diligencia practicada le hice tomar una buena 
porci<')n por la boca, .'i lo que el miserable se resistía 
y sus deudos, diciéndome que eso no era vomitorio sino 
ayuda. — T(jmela usted, .señor, le decía yo muy enfa- 
dado; ¿no ve que si es ayuda, como dice, ayuda es 
tomada por la boca y por todas partes? Así, pues, señor 
mío, ó tomar el remedio ó morirse. 

l]\ triste enfermo bebió la asquerosa poción con 
tanto asco, (jue con él tuvo para volver la mitad de las 
entrañas; pero se fatigó demasiado, y como el infarto 
estaba en los intestinos, no se le aliviaba el dolor. 

Entonces hice que Andrés llenara la jeringa y le 
mandé franquear el trasero. — En mi vida, dijo el enfer- 
mo, en mi vida me han andado por ahí. — Pues, amigo, 
le respondí, en su vida se habrá visto tan apurado, ni yo 
en la mía ni en los años que tengo de médico he visto 



OBRAS ESCOGIDAS 33 

cólico más renuente; porque sin duda el humor es muy 
denso y glutinoso; pero, hermano mío, el clister importa, 
el clister, no menos que como la salud única á los ven- 
cidos, y si no, no hay que esperar más; porque una salas 
viciis nullan spcrare saluicm; y así, si con el medica- 
mento que prescribo no sana, ocurriremos á la lanceta 
abriendo los intestinos, y después cauterizándolos con 
una plancha ardiendo, y si estas diligencias no valen, 
no queda más que hacer que pagar al cura los derechos 
del entierro, porque la enfermedad es incurable: según 
Hipócrates, uhl nwdicamontiim non S((n((t, fcrnini sanai: 

;^ tihi jerniin non sanaf, if/nis snnai: ubi irjnis non sanai, 

J incíirahUc nwi'hus. 

— Pues señor, dijo el paciente, haciéndole bajo sus 

% parientes; (jue se eche la lavativa si en eso consiste mi 

I ' 

^ salud. — Amen, dico cohts, contesté, é inmediatamente 

t mandé que se salieran todos de la recámara por la hones- 

tidad, menos la esposa del enfermo. 

Llenó Andrés su jeringa y se puso á la opera- 
ción; pero ¡qué Andrés tan tonto para esto de echar 
ayudas! Imposible fué que hiciera nada bueno. Toda 
la derramaba en la cama, lastimaba al enfermo y 
nada se hacía de provecho, hasta que yo, enfadado de 
su torpeza, me determiné á aplicar el remedio por mi 
mano, aunque jamás me había visto en semejante ope- 
ración . 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. II, C — 9. 



34 PENSADOR MEXICANO 

Sin embargo, olvidándome de mi ineptitud, cogí 
la jeringa, la llené del cocimiento, y con la mayor 
decencia le introduje el cañoncillo por el ano; pero fué- 
rase por algún mas talento que yo tenía que Andrés, 
n por la aprehensión del enfermo (|ue obraba á mi 
l'avor. iba recibiendo más cocimiento, y yo lo animaba 
diciéndole : — Apriete usted el resuello, hermano, y 
recíbala cuan caliente pueda, que en esto consiste su 
salud. 

El alligido enfermo hizo de su parte lo que pudo 
(que en esto consiste las más veces el acierto de los 
mejores médicos), y al cuarto de hora 6 menos hizo una 
evacuación copiosísima, como quien no había desaho- 
gado el vientre en tres días. 

Inmediatamente se alivi('). como dijo; pero no fué 
sino que sanó perfectamente, pues (juitada la causa cesa 
el efecto. 

Me colmaron de gracias, me dieron doce pesos, 
y yo me fui á mi posada con Andrés, á quien en el 
camino le dije: — Mira que me han dado doce pesos en 
la casa del más rico del pueblo, y en la casa del alca- 
balero me dieron una onza; ¿qué, será más rico ó más 
liberal el alcabalero? 

Andrés, que era socarrón, me respondió: — En lo 
rico no me meto, pero en lo liberal, sin duda que lo es 
más que don Ciríaco Redondo. 



OBRAS ESCOGIDAS 35 

— ¿Y en cjué estará eso, Andrés? le pregunté, 
porque el más rico debe ser más liberal. — Yo no lo sé, 
dijo Andrés, á no ser que sea porque los alcabaleros, 
cuando quieren, son más ricos que nadie de los pue- 
blos, porque ellos manejan los caudales del rey, y las 
cuentas las hacen como (juieren. ¿No ve usted que la 
alcabala que llaman del viento, proporciona una cuenta 
inaveriguable? Suponga usted del real ó dos (|ue 
cobran por cada una d(í las cabezas (¡ue se matan 
en el pueblo, ya sea de toros ó vacas, ya de carneros 
ó cerdos, ¿quién les va á hacer cuenta de esto? 
Suponga usted las introducciones de cosas que no 
traen guías sino un simple pase por razón de su poco 
S importe, como también los contrabaiiditos que se 

.j ofrecen, en los que se entra en composición con el 

i 

>> arriero, y por último, aquellos picos de los granos 

I 

que en un alcabalatorio suben mucho al fin del ano, 

pues si un real tiene doce granos y el arriero debe 

por la factura siete granos, se le cobra un real, y 

si entran mil arrieros se les cobra mil reales. Esto 

me contaba mi tío, que fué alcabalero muchos años, y 

^ decía que las alcabalas del viento valían más que los 

ajustes. 

En esto llegamos á la posada; Andrés y yo cenamos 

^ muy contentos gratificando á los dueños de la casa, y 

nos acostamos á dormir. 






~>1 

■.1 



36 



PENSADOR MEXICANO 



Continuamos en bonanza como un mes, y en este 
tiempo proporcionó el subdelegado la sesión que quería 
el cura que tuviera yo con 61; pero si queréis saber cuál 
fué, leed el capítulo que sigue. 





Cuenta Periquillo 
varios acaecimientos que tuvo en Tula, y lo que hubo 
de sufrir al señor cura 



Crecía mi lama de día en día con estas 

dos estupendas curaciones , granjeándome 

^.^ buen concepto hasta con los (]ue no se 

tenían por vulgares. Tiempo me faltaba para 

ordenar medicamentos en mi casa, y ya era cosa que 

me chiqueaba mucho para salir á hacer una visita fuera 

del pueblo, y eso cuando me la pagaban bien. 

Aumentó mis créditos un boticoncillo y una herra- 
mienta de barbero que envié á comprar á México, que 
junto con un exterior más decente, que tenía algo de 

PERIgUILLO SARNIENTO. — T. II, C. — 10. 



38 



l'ENSADOU MEXICANO 



lujo, pues tomé casa aparte y recibí una cocinera y otro 
criado, me hacían parecer un hombre muy circunspecto y 
estudioso. 

Al mismo tiempo yo visitaba pocas casas, y en nin- 
í^una me estrechaba demasiado, pues había oído decir 
á mi maestro, el doctor Purgante, que al médico no le 
estaba bien sei' muy comadrero, |)or(jue en son de la 
amistad querían (|ue curara de balde. 

C.on esta y otras i'eglitas semejantes concernientes 
á los tomines, los busqué muy buenos, pues en el poco 
tiempo que os he dicho, comimos yo,, Andrés \ la macha 
muy bien: nos remendamos, y llegué á tener juntos 
como doscientos pesos libres de polvo y paja. 

La gravedad y entono con que yo me manifestaba 
al público, los términos ex<')ticos y pedantes de (jue usaba, 
lo caro que vendía mis drogas, el misterio con que ocul- 
taba sus nombres, ¡o mucho que adulaba á los (|ue 
tenían proporciones, lo caro que vendía mis respuestas á 
los pobres y las buenas ausencias que me hacía Andrés, 
conti-ibuveron .'i dilatar la fama de mi buen nombre entre 
los mas. ' 

A medida de lo que crecía mi crédito, se aumenta- 
ban mis monedas, y á proporción de lo que éstas se 
aumentaban crecía mi orgullo, mi interés y mi soberbia. 
A los pobres que, ponpae no tenían con qué pagarme, 
iban á mi casa, los trataba ásperamente, los regañaba 



.¿i 



ñ 



OBRAS ESCOGIDAS 



39 






y los despachaba desconsolados. A los que me pagaban 
dos reales por una visita, los trataba casi del mismo 
modo, por<|ue más duraría un cohete ardiendo que lo 
que yo duraba en sus casas. Es verdad que aunque me 
hubiera dilatado una hora no por eso quedarían mejor 
curados, puesto que yo no era sino un charlatán con 
apariencias de médico; pero como el infeliz paciente no 
sabe cuánta es la suficiencia del médico ó del que juzga 
})or tal. se consuela cuando observa (|ue se dilata en 
preguntar la causa de su mal y en indagar así por sus 
oídos como por sus ojos, su edad, su estado, su ejer- 
cicio, su constituci(')n y otras cosas (|ue á los médicos 
como vo parecen menudencias, v no son sino noticias 
mu\ interesantes para los verdaderos facultativos. 

No lo hacía yo así con los ricos y sujetos distin- 
guidos, pues hasta se enfadaban con mis dilaciones y 
con las monerías que usaba, por afectar (jue me intere- 
saba demasiado en su salud : pero ¿qué otra cosa había 
de hacer cuando no había aprendido más de mi famoso 
maestro el doctor Purgante? 

Sin embargo de mi ignorancia, algunos enfermos 
sanaban por accidente, aunque eran más, sin compa- 
ración, los que morían por mis mortales remedios. Con 
todo esto, no se minoraba mi crédito por tn^s razones: 
la primera, ponjue los más que morían eran pobres, 
y en éstos no es notable ni la vida ni la muerte; la 



I 



40 PENSADOR MEXICANO 

segunda, porque ya había yo criado fama, y así me 
ochaba á dormir sin cuidado, auncjue matara más tulte- 
cos que sarracenos el Cid. y la tercera, y que más favo- 
rece á los médicos, era ponjue los (|ue sanaban pon- 
deraban mi habihdad y los que se morían no podían 
(juejarse de mi ignorancia; con lo que yo lograba que 
mis aciertos fueran públicos y mis erradas las cubriera 
la tierra; bien que si me sucede lo cjue á Andrés, segu- 
ramente se acaba mi bonanza antes de tiempo. 

Fué el caso, que desde antes (|ue llegáramos á Tula, 
ya el cura, el subdelegado y demás personas de la plana 
mayor habían encargado á sus amigos (jue les enviaran 
un barbero de México. Luego que experimentaron la 
áspera mano de Andrés, insistieron en su encargo con 
tanto empeño, que no tardó mucho en llegar el maestro 
Apolinario, que en efecto estaba examinado y era ins- 
truido en su facultad. 

Andrés, luego que lo conoció y lo vio trabajar, le 
tuvo miedo, y con más juicio y viveza (jue yo, un día 
lo fué á ver y le contó su aventura lisa y llanamente, 
diciéndole que él no era sino aprendiz de barbero; (jue 
no sabía nada; que lo que hacía en a(|uel pueblo era 
por necesidad; que él deseaba aprender bien el oficio, 
y que si se lo quería enseñar, se lo agradecería y le ser- 
viría en lo que pudiera. 

Esta súplica la acompañó con el estuche que le 



•J 



OBRAS ESCOGIDAS ^1 

había yo comprado, con el que se dio por muy gran- 
jeado el maestro Apolinario, y desde luego le ofreció á 
Andrés tenerlo en su casa, mantenerlo y enseñarle el 
oficio con eficacia y lo más presto que pudiera. 

A seguida le preguntó qué tal médico era yo. A lo 
que Andrés le respondió que á él le parecía muy bueno, 
y que había visto hacer unas curaciones prodigiosas. 

Con esto se despidió del barbero para ir á hacer 
la misma diligencia conmigo, pues me dijo todo lo que 
había pasado y su resolución de aprender bien el oficio. 
— Porque al cabo, señor, yo conozco que soy un bruto; 
este otro es maestro de veras, y así, ó la gente me (|uita 
de barbero no ocupándome, ó me quita él pidiéndome 
la carta de examen, y de cualquier manera yo me quedo 
sin crédito, sin oficio y sin qué comer; así he pensado 
irme con él , á bien que ya su merced tiene mozo. 

Algo extrañaba yo á Andrés, pero no (juise quitarle 
de la cabeza su buen propósito, y así, pagándole su sala- 
rio y gratificándole con seis pesos, lo dejé ir. 

En esos días me llamaron de casa de un viejo reu- 
mático, á quien le di, según mi sistema, seis ó siete pur- 
gas, le estafé veinticinco pesos y le dejé peor de lo 
que estaba. 

Lo mismo hice con otra vieja hidrópica, á la que 
abrevié sus días con seis onzas de ruibarbo y maná y 
dos libras de cebolla albarrana. 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. II, C — 11. 



42 PENSADOR MEXICANO 

De estas gracias liacía muy á menudo, 'pero el vulgo 
ciego había dado en que yo era buen médico, y por más 
gritos que les daban las campanas, no despertaban de 
su adormecimiento. 

Lleg<'» por fin el día aplazado por el subdelegado para 
oirme disputar con el cura, y i'ur el 25 de Agosto, pues 
con ocasión de haber ido yo á darle los días por ser el 
de su santo, me detuvo á comer con mil instancias, las 
que no pude desairar. 

Bien advertí que toda la corte estaba en su casa, 
sin faltar el padre cura; pero no me di por entendido 
de (|iio sabía lo (jue hablaba de mí, satisfecho en que, 
por mucho (jue r\ supiera, no había de tener de medicina 
las noticias que yo. 

Con este necio orgullo me senté á la mesa luego que 
lué hora, v comí y brindé á la salud del caballero sub- 
delegado, en compañía de aquellos señores, repetidas 
veces, haciendo rcir á todos con mis pedanterías, menos 
al cura (¡ue se tostaba de estas cosas. 

El subdelegado estaba bienquisto; con esto la mesa 
estaba lluna de los principales sujetos del pueblo con sus 
señoras. La prevención era franca, los platos muchos 
y bien sazonados. Se menudeaban los brindis y los vivas; 
los vasos no estaban muy seguros por los frecuentes 
coscorrones que llevaban con los tenedores y cuchillos. 
V las cabezas se iban llenando del tufo de las uvas. 



OBRAS ESCOGIDAS 



43 









■4S 






A este tiempo fué entrando el gobernador de indios 
con sus ofitíiales de república, prevenidos de tambor, 
chirimías y de dos indios cargados con gallinas, cerdos 
V dos carneritos. 

Luego que entraron, hicieron sus acostumbradas 
reverencias, besando á todos las manos, y el gobernador 
le dijo al subdelegado: — Señor mayor, que los pase su 
mercé muy felices, en compañía de estos señores, para 
amparo de este pueblo. 

Inmediatamente le dio el Xóchil, que es un ramillete 
de llores, en señal de su respeto, y un papel mal picado 
y pintado, con un al parecer verso. 

Todo el congreso se alborotó, y se trató de que se 
leyera públicamente. Uno de los padres vicarios se 
prestó á ello, y guardando todos un perfecto silencio, 
comenzó á leer el siguiente 



SU NETO 



Los probes hijos del pueblo 
Con prósperas alegrías. 
Te lo venimos á dar los días, 
Con carneros y cochinos. 

Kecibalosté placenteros 
Con interés to mercé 
Como señor josticiero, 
Perdonando nuestro afeuto 
Las faltas de este suñeto 
Pori|ue los vivas mil años 
Y después su gloria eternamente. 



44 PENSADOR MEXICANO 



Todos celebraron el ,^añoto, repitiendo los vivas al 
subdelegado, y los repiques en los platos y*vasos, mez- 
clados con empinar la copa, unos más, otros menos, 
según jíu inclinación. 

El señor cura llenó un vasito y se lo dio al gober- 
nador dicit'ndole: — Toma, hijo, á la salud del señor 
subdelegado; — quien mandó que en la pieza inmediata 
se diese de comer al señor gobernador y á la república. 

Tomó óste su vasito de vino; se repitió el brindis 
y algazara en la mesa, aumentando el alboroto el des- 
agradable ruido del tambor y chirimías, (jue ya nos 
quebraba las cabezas, hasta que quiso Dios que llamaran 
á comer á aijuella familia. 

Luego que se retiraron los indios, comenzaron todos 
á celebrar el ¿iiñcto. que andaba de mano en mano, pero 
con disimulo, porque no lo advirtieran los interesados. 

Con este motivo fué rodando la conversación de dis- 
curso en discurso, hasta tocarse sobre el origen de la 
poesía, asunto que una señorita nada lerda pidió á un 
vicario, que tenía i'ama de poeta, que lo explicara, y éste, 
sin hacerse del rogar, dijo: — Señorita, lo que yo sé en el 
particular es, que la poesía es antiquísima en el mundo. 
Algunos fijan su origen en Adán, añadiendo que Jubdl, 
hijo de Lamech, fué el padre de los poetas, fundando su 
opinión en un texto de la Escritura que dice: que Jubcll 
/lie el jtadrc de los (¡iic cantaban con el únjano (j la 



.ii,. 









OBRAS ESCOGIDAS 45 



■f¿£á 



citara, porque los antiguos bien conocieron que eran 
hermanas la música y la poesía; y tanto, que hubo quién 
escribiera que Osiris, rey de Egipto, era tan aficionado 
á la música que llevaba en su ejército muchas cantoras, 
entre las que sobresalieron nueve, á quienes los griegos 
llamaron /^Hísofíí por antonomasia. 

Lo cierto es, que por la historia más antigua del 
mundo, que es la de Moisés, sabemos que los hebreos 
poseyeron este arte divino antes que ninguna nación. 
Después del diluvio renació entre los egipcios, caldeos 
y griegos. De éstos, los últimos la cultivaron con mucho 
empeño, y fué propagándose por todas las naciones 
según su genio, clima ó aplicaci(')n. De manera que no 
tenemos noticia que haya habido en el mundo ninguna, 
por bárbara que haya sido, que no haya tenido, no sólo 
conocimiento del arte poética, sino á veces poetas exce- 
lentes. En tiempo del paganismo de esta América, cono- 
cieron los indios este arte sublime v el de la música: 
tenían sus danzas ó mitotes, en las que cantaban sus 
poemas á sus dioses, y aun hubo entre ellos tan elegan- 
tes poetas, que uno, sentenciado á muerte, compuso la 
víspera del sacrificio un poema tan tierno y tan patético, 
que cantado por él mismo fué bastante á enternecer al 
juez que lo escuchaba y á obligarlo á revocar la senten- 
cia; que vale tanto como decir que era tan buen poeta, 
que con sus versos se redimió de la muerte y se prolongó 

PERIQUILLO SARNIENTO. —T. II , C. — 12. 



46 PENSADOR MEXICANO 

la vida. Este caso nos lo refiere el caballero Boturini 
en su Idea de ¡(/ luf^íoria de /as Indias. 

Es cierto que aunque no hasta el punto de enter- 
necer á un tirano, lo que es mucho; pero es cosa muy 
antigua y sabida lo (|ue inlluye la poesía en el corazón 
humano, y más acompafiada de la miisicn. Por eso, para 
confirmaci<')n de esta verdad, se cuenta en la fábula que 
Orleo venció y amansó leones, tigres y otras fieras, y 
que Amfi('>n reedificó los muros de Tebas, ambos con 
el canto, la cítara y la lira, para significar que era tan 
soberano el poder de la música y la poesía, (jue ellas 
solas bastaron para reducir á la vida civil hombres sal- 
vajes, feroces y casi brutos. 

— Á fe que no hará otro tanto, dijo el subdelegado, 
el autor de nuestro suñeío, auníjue se acompañara para 
cantarlo con la dulce música del tambor <'» chirimía. 
— Ivióse la facetada del subdelegado, y éste, queriendo 
oírme disparar por vei* (mojado al cura, me dijo: — ¿Qué 
dice usted, señoi' doctor, de estas cosas? 

Yo quería quedar bien \ dar mi voto en todo, aun 
en lo (jue no entendía, habiéndoseme olvidado las leccio- 
nes que el otro buen vicario me dio en la hacienda; 
pero no sabía palabra de cuanto se acababa de hablar. 
Sin embargo, vencié) mi vanidad á mi propio conoci- 
miento, y con mi acostumbrado orgullo y pedantería 
dije: — Xo hay duda en que se ha hablado muy bien; 



' ■* ■ 



OBRAS ESCOGIDAS 



47 



.1 






pero la poesía es más antigua de lo (jue el señor vicario 
ha dicho, pues á lo más que la ha hecho subir es hasta 
Adán, y yo creo que antes que hubiera Adán ya había 

poetas. 

Escandalizáronse todos con este desatino y más (jue 
todos el cura, (jue me dijo: — ¿('ómo podía haber poetas 
sin haber hombres? — Sí, señor, le respondí muy sereno; 
pues antes que hubiera hombres hubo ángeles, y éstos, 
luego que fueron criados, entonaron himnos de alabanzas 
al Criador, y claro está que si cantaron fué en verso; 
porque en prosa no es común cantar; y si cantaron 
versos, ellos los compusieron, y si los compusieron los 
sabían componer, y si los sabían componer eran poetas. 
Conijue vean ustedes si la poesía es más antigua que 
Adán. 

El cura, al oir esto, no más meneó la cabeza y no 
me replicó una palabra; de los demás, unos se sonrieron 
y otros admiraron mi argumento, y más cuando el sub- 
delegado prosiguió diciendo: — No hay duda, no hay 
duda; el doctorcito nos ha convencido v nos ha ense- 
ñadd un retazo de erudición admirable y jamás oído. 
¡Vean ustedes cuánto se han calentado la cabeza los anti- 
cuarios por indagar el origen de la poesía, fijándolo unos 
en Jubál, otros en Débora, otros en Moisés, otros en los 
caldeos, otros en los egipcios, en los griegos otros, y 
todos permaneciendo tenaces en sus sistemas sin poder 



48 PENSADOR MEXICANO 

convenirse en una cosa, y el doctor don Pedro nos ha 
sacado de esta confusa Babilonia tirando la barra cien 
varas más allá de los mejores anticuarios é historiadores, 
y ensalzándola sobre las nubes, pues la hace ascender 
hasta los ángeles I Vaya, señores, brindemos esta vez 
á la salud de nuestro doctorcito. — Diciendo esto tomó 
la copa y todos hicieron lo mismo, repitiendo á su 
imitación; — ¡Viva el médico erudito! a 

Ya se deja entender que en este brindis no faltó j 

el palmoteo ni el acostumbrado repiíjue de los vasos, v> 

platos y tenedores. Mas ¿quién creerá, hijos míos, que 
fuera yo tan necio y tan bárbaro que no advirtiera que 
toda aquella bulla no era sino el eco adulador de la 
irónica mofa del subdelegado? Pues así fué. Yo bebí mi 
copa de vino muy satisfecho... ¿qué digo? Muy hueco, 
pensando que aquello era, no una solemne burla de mi 
ignorancia, sino un elogio digno de mi mérito. 

¿Y(|ué, pensáis, hijos míos, que sólo vuestro padre, 
en una edad que aún frisaba con la de muchacho, se 
pagaba de su opinión tan caprichosamente? ¿Creéis que 
sólo yo y sólo entonces perdonaba la mofa de los sabios 
suponiéndola alabanza á m.erced de la propia ignorancia 
y fanatismo? Pues no, pedazos míos, en todos tiempos 
y en todas edades ha habido hombres tan necios y pre- 
sumidos como yo, que pagados de sí mismos han pen- 
sado que S(>lo ellos saben, que sólo ellos aciertan, y 



OBRAS ESCOGIDAS 49 

que los arcanos de la sabiduría solamente á ellos se les 
descubren. ¡Ayl No sé si cuando leáis mi vida con 
reflexión se habrá acabado esta plaga de tontos en el 
mundo; pero si por desgracia durare, os advierto que 
observéis con cuidado estas lecciones: hombre cnpri- 
clioso, ni sabio ni bíicno; hombre dócH, pronto á ser 
bueno 7 á ser sabio: hombre hablador y üano, nunca 
sabio; ¡lombre callado ij humilde que sujete su opinión 
á la de los (¡ue saben más, es bueno de positivo, estoes, 
es hombre de buen corazón , // está con bella disposición 
para ser sabio alr/ún día. Cuidado con mis digresiones, 
que quizá son las que más os importan. 

El subdelegado, viendo mi serenidad, prosiguió 
diciendo: — Doctorcito, según la opinión de usted y la 
del padre vicario, la poesía es una ciencia ó arte divino; 
pues habiendo sido infusa á los ángeles ó á los hombres, 
porque los primeros ni los segundos no tuvieron de 
quién imitarla, claro es que sólo el Autor de lo criado 
pudo infundirla; y en este caso díganos usted ¿por qué 
en unas naciones son más comunes los poetas que en 
otras, siendo todas hijas de Adán? Porque no hay 
remedio, entre los italianos, si no abundan los mejores 
poetas, á lo menos abundan los más fáciles, como son 
los improvisadores; gente prontísima que versifica de 
repente y acaso multitud de versos. 

Vime atacado con esta pregunta, pues yo no sabía 

PERIQUILLO SARNIENTO. -T. II, C— 13. 



50 PENSADOR MEXICANO 

disolver la dificultad, y así, huyóndole el cuerpo, res- 
pondí: — Señor subdelegado, no entro en el argumento, 
porcjue la verdad, no creo que haya habido ni pueda 
h;iber semejantes poetas repentinos ó improvisadores 
como usted les llama. Por tanto, sería menester con- 
vencerme de su realidad para que entráramos en disputa, 
pues ¡ir¡w< ('SÍ í's>7' (jiinni ialiter rs<c, primero es que 
exista la cosa, y después que exista de este ó del otro 
modo. 

— Pues en que ha habido poetas improvisadores, 
especialmente en Italia, no cabe duda, dijo el cura; y 
aun yo me admiro como una cosa tan sabida pudo 
haberse escondido á la erudici(')n del señor doctor. Esta 
facilidad de versificar de repente es bien antigua. Ovidio 
la confiesa de sí mismo, pues llega á decir que cuahjuier 
cosa que hablaba la decía en verso; esto al mismo tiempo 
que procuraba no hacerlos.^ Yo he leído lo que dice 
Paulo Jovio del poeta Camilo Cuerno, célebre improvi- 
sador que disfrut»') por esta habilidad bastantes satisfac- 
ciones con el papa León X. Este poeta estaba en pie 
junto á una ventana diciendo versos repentinos mientras 
comía el Pontífice, y era tanto lo que éste se agradaba 
de la prontitud de su vena, que él mismo le alargaba 
los platos de que comía, haciéndole beber de su mismo 

• Scribere conabar cerca so^u'a inoJis, 
aponte sua carmen números ccnicbat ad apto^. 



4 



^i 









OBRAS ESCOGIDAS 51 

vino, sólo con la condición de que había de decir dos 
versos, lo menos, sobre cada asunto que se le propusiera. 
De un niño que apenas sabía escribir nos refiere el 
padre Calasanz en su Disccrnitniento de inf/cnios, que 
trovaba cualquier pie que le daban de repente, y á veces 
con tal agudeza (jue pasmaba á los adultos sabios. 

De estos ejemplares de poetas improvisadores pu- 
dieran citarse varios; pero ¿para qué nos hemos de 
cansar, cuando todo el mundo sabe que en este mismo 
reino floreció uno á quien se conoció por el negrito 
poeta, y de quien los viejos nos refieren prontitudes 
admirables? 

— Cuéntenos usted, señor cura, dijo una niña, algu- 
nos versos del negrito poeta. — Se le atribuyen muchos, 
dijo el cura; en iodo tiene lugar la ficción; pero por 
darle á usted gusto releriré dos ó tres de los que sé que 
son ciertamente suyos, según me ha contado un viejo 
de México. Oigan ustedes: 

Entró una vez nuestro negro en una botica donde 
estaba un boticario ó médico hablando con un cura 
acerca de los cabellos, y á tiempo que entró el negro 
le decía: — Los cabellos penden de... — El cura, (|ue cono- 
cía al poeta, por excitar su habilidad le dijo: — Negrito, 
tienes un peso como troves esto que acaba de decir el 
señor, á saber: ¡os cabellos penden de. — El negrito, con 
su acostumbrada prontitud, dijo: 



i 



52 PENSADOR MEXICANO 

Ya ese peso lo gané 
Si mi saber no se esconde: 
Quítese usted ; no sea que 
Una viga caiga , y donde 
Los cabellos penden dé. 

Esto fué muy público en México. Se le dio el mismo 
pie para que lo trovara á la madre Sor Juana Inés de la 
Cruz, religiosa jorónima. célebre ingenio, y poetisa 
famosa en su tiempo, que mereció el epíteto de la décima 
Mk.^ü de Apolo: pero la dicha religiosa no pudo trovarlo 
y se disculpó muy bien en unas redondillas, y elogió la 
facilidad de nuestro poeta. ^ 

En otra ocasión, pasando cerca de él un escribano 
con un alguacil, se le cayó al primero un papel; lo alzó 

• Por no ser muy comunes ¡as obras de Sor Juana, se pone aquí su contestación, 
que está en el tomo II de sus obras. E. 

Señora, aquel primer pie 
Es nota de posesivo, 

Y es inglosable; porque 
Al caso de genitivo 
Nunca se pospone el de. 

y asi el que aquesta Quinti- 
lla hiío y quedó tan ufa- 
no, ptít's tiene buena ma- 
no, glose esta redondi- 
Lla-no el sentido no topo, 

Y no hay falta en el primor; 
Porque es pedir aun pintor 
Que copie con un hisopo. 

Cualquier facultad enseña, 

Si es el medio desconforme; 

Pues no hay músico que forme 

Armonía en una peña. 
Perdonad , si fuera del 

Asunto ya desvarío 

Porque no quede vacío 

Este campo de papel. 






OBRAS ESCOGIDAS 53 

el segundo, y le preguntó el escribano ¿qué era? El 
alguacil respondió, que un testimonio, y el negro pron- 
tamente dijo: 

¿No son artes del demonio 
I^evantar cosa tan vil? 
¿Pero cuándo un alguacil 
No levanta un testimonio? 

Otra ocasión entró á una casa donde estaba so- 
bre una mesa una imagen de la Concepción... Vayan 
ustedes teniendo cuidado qué cosas tan disímbolas había. 
Una imagen de la Concepción, un cuadro de la San- 
tísima Trinidad, otro de Moisés mirando arder la zarza, 
unos zapatos y unas cucharas de plata. Pues, seño- 
res, el dueño de la casa, dudando de la facilidad 
del negro, le dijo que como todas aquellas cosas las 
acomodara en una estrofa de cuatro pies le daría 
las cucharas. No fué menester más para que el negro 
dijera: 

Moisés para ver á Dios 
Se quitó las antiparras; 
Virgen de la Concepción, 
Que rae den estas cucharas. 

Ningún concepto ni agudeza se advierte en este 
verso; pero la facilidad de acomodar en él tantas cosas 
inconexas entre sí y con algún sentido, no es indigna 
de alabanza. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. II, C. — 14. 



...iÉsíJt»^. Tjlir . 



^ 



54 PENSADOR MEXICANO 

Por último, la hora de la muerte sabemos (jue no es 
hora de chanzas, pues en la de nuestro poeta manifestó 
éste lo genial que le era hacer versos, porque estando 
auxiliándolo un religioso agustino, le dijo: 

Ahora sí tengo por cierto, 
Que la muerte viene al trote: 
Pues siempre va el zopilote 
En pos del caballo muerto. 

Hemos de advertir que este pobre negro era un 
vulgarísimo sin gota de estudios ni erudición. He 
oído asegurar que ni leer sabía. Conque si en medio 
de las tinieblas de tanta ignorancia prorrumpía en se- 
mejantes y prontas agudezas en verso, ¿qué hubiera 
hecho si hubiera logrado la instrucción de los sabios, 
como por ejemplo, la del señor doctor que está pre- 
sente? 

— Buena sea la vida de usted, señor cura, le res- 
pondí. En esto se acab<'> la comida y se levantaron los 
manteles, quedándonos todos platicando sobremesa, sin 
dar gracias á Dios, ponjue ya en aquella época comen- 
zaba á no usarse; pero el subdelegado, á (juien se le 
quemaban las habas por vernos enredar á mí y al cura 
en la cuestión de medicina, me dijo: — Ciertamente que 
yo deseaba oír hablar á usted y al señor cura sobre la 
facultad médica: porque la verdad, nuestro párroco es 
opucstísimo á los médicos. 






■li 



OBRAS ESCOGIDAS 55 

— No debe serlo, dije yo medio alterado; porque el 
señor cura debe saber que Dios dice: que 1^1 crió la me- 
dicina de la tierra, y que el varón prudente no debe 
aborrecerla, Dominr/s creacil de ierra mecUcinam, et 
lir /)r(((lens non ahorrebii ecun. Dice también: que se 
honre al médico por la necesidad, Jtonora medicum 
¡jro¡)ter necesdaieni. Dice... — Basta, dijo el cura: no 
nos amontone usted textos (jue yo entiendo. Catorce 
versículos trae el capítulo 38 del Eclesiástico en favor 
de los médicos; pero el decimoquinto dice: que el 
(jiie delinquiere en la preseneia del Dios que lo erió, 
eaerd en las manos del nK-dico. Esta maldición no hace 
mucho honor á los médicos, ó á lo menos á los médicos 
malos. 

Muy bien sé que la medicina es un arte muy difícil; 
sé que el aprenderla es muy largo: que la vida del hombre 
aún no basta; que sus juicios son muy falibles y dificul- 
tosos; que sus experimentos se ejercitan en la respetable 
vida de un hombre; que no basta que el médico haga 
lo que está de su parte, si no ayudan las circunstancias, 
los asistentes y el enfermo mismo en cuanto les toca; 
sé (|ue esto no lo digo yo sino el príncipe de la medicina, 
aquel sabio de la isla de Gos, aquel griego Hipócrates, 
aquel hombre grande y sensible cuya memoria no pere- 
cerá hasta que no haya hombres sobre la tierra, aquel 
filántropo que vivió cerca de cien años y casi todos ellos 



56 PENSADOR MEXICANO 

los empleó en asistir á los míseros mortales; en indagar 
los vicios de la naturaleza enlerma; en solicitar las cau- 
sas de las enl'ermedades y la eficacia y elección de los 
remedios, y en aplicar su especulación \ su práctica 
al objeto que se propuso, que fué procurar el alivio de 
sus semejantes. Sé todo esto, y sé que antes de él los 
míseros pacientes, destituidos de todo auxilio, se expo- 
nían á las puertas del templo de Diana en Ml'eso y allí 
iban todos, los veían, se compadecían do ellos y les man- 
daban lo que se les ponía en la cabeza. Sé que los reme- 
dios que probaban para tal ó tal enfermedad se escribían 
en unas tablas que se llamaban do /((s Dicdicinas: sé que 
el citado Hipócrates, después de haber cursado las es- 
cuelas de Atenas treinta y cinco años, desde la edad 
de catorce, y después de haber aprendido lo que sus 
médicos enseñaban, no se contentó, sino que anduvo 
peregrinando do reino en reino, de provincia en pro- 
vincia, de ciudad en ciudad, hasta que encontró estas 
tablas, y con ellas y con sus repetidas observaciones 
iiizo sus célebres aforismos; sé que después de estos 
descubrimientos se hizo de la medicina un estudio de 
interés y de venalidad . y no como antes que se hacía 
por amistad del género humano. 

Todo esto sé y mucho más que no refiero por no 
cansar á los que me oyen; pero también sé (jue ya en 
el día no se escudriña el talento necesario que se re- 



■■h 



-kí 



'>' 



OBRAS ESCOGIDAS 57 

quiere para ser médico, sino que el que quiere se mete 
á serlo aunque no tenga las circunstancias precisas; sé 
que en cumpliendo los cursos prescritos por la Univer- 
sidad, aunque no hayan aprovechado las lecciones de 
los catedráticos^ y en cumpliendo el tiempo de la prác- 
tica, ganando tal vez una certificación injusta del maes- 
tro, se reciben á examen, y como tengan los exami- 
nadores á su favor ó la fortuna de responder con tino 
á las preguntas que les hagan, aun en el caso de 
procederse con toda legalidad, como lo debemos su- 
poner en tales actos, se les da su carta de examen, 
y con ella la licencia de matar á todo el mundo impune- 
mente. 

Esto sé, y sé también que muchos médicos no son 
como deben ser, esto es, no estudian con tesón, no 
practican con eficacia, no observan con escrupulosidad, 
como debieran, la naturaleza; se olvidan de que la 
academia del médico y su mejor biblioteca está en la 
cama del enfermo más bien que en los dorados estantes, 
en los muchos libros y en el demasiado lujo; y mucho 
menos en la ridicula pedantería con que ensartan tex- 
tos, autoridades y latines delante de los que no los en- 
tienden. 

Sé que el buen médico debe ser buen físico, buen 
químico, buen botánico y anatómico; y no que yo veo 
que hay infinidad de médicos en el mundo que igno- 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. II, C — 15. 



58 PENSADOR MEXICANO 

ran cómo se hace y qué cosa es, por ejemplo, el sul- 
fato de sosa, y lo ordenan como específico en algu- 
nas enfermedades en (|ue precisamente es pernicioso; 
que ignoran cuáles son y cómo las partes del cuerpo 
humano, la virtud ó veneno de muchos simples, y el 
modo con que se descomponen ó simplifican muchas 
cosas. 

Sé también (|uc no puede ser buen médico el que 
no sea hombre de bien, quiero decir, el (jue no esté 
penetrado de los más vivos sentimientos de humanidad 
ó de amor á sus semejantes; ponjue un médico que 
vaya á curar únicamente por interés del peso ó la peseta, 
y no con amor y caridad del pobre enfermo, segura- 
mente éste debe tener poca confianza, y lo cierto es 
íjue por lo común así sucede. 

Los médicos cuando se examinan juran asistir 
por caridad , de balde y con eficacia a los pobres; 
¿y (jué vemos? Que cuando éstos van á sus casas á 
consultarles sobre sus enfermedades sin darles nada, 
son tratados á poco más ó menos ; pero si son los 
enfermos ricos v mandan llamar á su casa á los mé- 
dicos, entonces éstos van á visitarlos con prontitud, 
los curan con cuidado, y á veces este cuidado suele 
ser con tal atropellamiento (si no hay implicación en 
estas palabras), que con el mismo matan á los en- 
fermos. 



- 1 



OBRAS ESCOGIDAS 



59 



A(juí hizo el señor cura una breve pausa, sacando 
la caja de polvos, y luego que se hubo habilitado las 
nances de rapé, continuó diciendo lo que veréis en el 
capítulo siguiente. 




n 



r 

T 



di li> inuicr .'/// /a ti?// 
sJin ocr oite jcti n\ cCAHí^n 
*z)c /o iniMno Oftc ¿itñjcuA 



I 

-4 







CAPITULO III 



En el que nuestro Perico cuenta cómo 

concluyó el cura su sermón; la mala mano que tuvo 

en una peste y el endiablado modo con que salió del pueblo, 

tratándose en dicho capítulo, por vía de intermedio, 

algunas materias curiosas 



— No se crea, señores, continuó e! 
cura, que yo trato de poner á los módicos en mal. La 
medicina es un arte celestial de que Dios proveyó al 
hombre: sus dignos profesores son acreedores á nues- 
tras honras y alabanzas; pero cuando éstos no son tales 
como deben ser, los vituperios cargan sobre su ineptitud 
y su interés, no sobre la utilidad y necesidad de la me- 
dicina y sus sabios profesores. 1^1 médico docto, aplicado 
y caritativo es recomendable; pero el necio, el venal y 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. 11, C. — 16. 



62 PENSADOR MEXICANO 

que se acogió á esta facultad para buscar la vida, por no 
tener fuerzas para dedicarse al mecapal, es un hombre 
odioso y digno de reputarse por un asesino del género 
humano con licencia, aunque involuntaria, del Proto- 
medicato. 

A médicos como estos desterraron de muchas pro- 
vincias de Roma y otras partes, como si fueran pestes, y 
en efecto, no hay en un pueblo peste peor que un mal 
módico. Mejor sería muchas veces dejar al enfermo en 
las sabias manos de la naturaleza que encomendarlo á 
las de un médico tonto é interesable. 

— Pero yo no soy de esos, dije yo algo avergonzado, 
porque todos me miraban y se sonrieron. — Ni yo lo 
digo por usted, respondió el cura, ni por Sancho, Pedro 
ni Martín; mi crítica no determina persona, ni jamás 
acostumbro tirar á ventana señalada. Hablo en común y 
sólo contra los malos médicos, empíricos y charlatanes, 
que abusan de un arte tan precioso y necesario de que 
nos proveyó el Autor de la naturaleza para el socorro de 
nuestras dolencias. Si usted ó alguno otro (jue oiga 
hablar de esta manera se persuade á que se dice por él, 
será señal de (|ue su conciencia lo acusa, y [entonces, 
amigo, al que le venga el saco que se lo ponga en hora 
buena. Bien es verdad que eso mismo que usted dice, de 
que no es de esos, lo dicen todos los chambones de todas 
las facultades, y no por eso dejan de serlo. 



áS 



*• •<■,. ■■ .\.'^S'*TT 









OBRAS ESCOGIDAS 63 

— Pues, no señor, le interrumpí, yo no soy de esos; 
yo só mi obligación y estoy examinado y aprobado nemi- 
ne discrepante, con todos los votos, por el real Proto- 
medicato de México; no ignoro que las partes de la 
medicina son: Fisiología, Patología, Semeiótica y Tera- 
péutica; sé la estructura del cuerpo humano; cuáles se 
llaman fluidos, cuáles sólidos; sé lo que son huesos y 
cartílagos; cuál es el cráneo, y que se compone de ocho 
partes; sé cuál es el hueso occipital, la duramáter y el 
frontis; sé el número de las costillas, cuál es el esternón, 
los omoplatos; el cócix, las tibias; sé qué cosa son los 
intestinos, las venas, los nervios, los músculos, las arte- 
rias, el tejido celular y el epidermis; sé cuántos y cuáles 
son los humores del hombre, como la sangre, la bilis, la 
llema, el chilo y el gástrico; sé lo que es la linfa y los 
espíritus animales y cómo obran en el cuerpo sano y 
cómo en el enfermo; conozco las enfermedades con sus 
propios y legítimos nombres griegos, como la ascitis, 
la anasarca. la hidrofobia, el saratán, la pleuresía, el 
mal venéreo, la clorosis, la caquexia, la podagra, el para- 
frenitis, el priapismo, el paroxismo, y otras mil enferme- 
dades que el necio vulgo llama hidropesía, rabia, gálico, 
dolor de costado, gota y demás simplezas que acostum- 
bra; conozco la virtud de los remedios sin necesitar 
saber cómo los hacen los boticarios y los químicos; los 
simples de que se componen y el modo cómo obran 



64 PENSADOR MEXICANO 

en el cuerpo humano, y así só los que son febrífugos, 
astringentes, antiespasm(')d¡cos, aromáticos, diuréticos, 
errinos, narcóticos, pectorales, purgantes, diaforéticos, 
vulnerarios, antivenéreos, emotoicos, estimulantes, ver- 
mífugos, laxantes, cáusticos y anticólicos; sé... — Ya 
está, señor doctor, decía el cura muy apurado, ya está, 
por amor de Dios, que eso es mucho saber, y yo maldito 
lo que entiendo de cuanto ha dicho. Me parece ((ue he 
estado oyendo hablar á Hipócrates en su idioma; pero lo 
cierto es (jue con tanto saber despachó en cuatro días 
á la pobre vieja hidrópica tía Petronila, que algunos años 
hace vivía con su ¡mj! jaij! antes que usted viniera, y 
después que usted vino le aligeró el paso á fuerza de 
purgantes muchos, muy acres, y en excesivas dosis, lo 
que me pareció una herejía médica, pues la debilidad 
en un viejo es cabalmente un contraindicante de pur- 
gas y sangrías. Motivo fué éste para que el otro pobre 
gotoso ó reumático no quisiera (jue usted acabara de 
matarlo. 

Con tanto saber, amigo, usted me va despoblando la 
feligresía sin sentir, pues desde que está aquí he adver- 
tido que las cuentas de mi parroíjuia han subido un cin- 
cuenta por ciento: y aunque otro cura más interesable 
que yo daría á usted las gracias por la multitud de 
muertos que despacha, yo no, amigo; porque amo 
mucho á mis feligreses, y conozco que á dura tiempo, 






OBRAS ESCOGIDAS 65 

usted me quita de cura, pues acabada (jue sea la gente 
del pueblo y sus visitas yo seré cura de casas vacías y 
campos incultos. Coníjue vea usted cuánto sabe, pues 
aun resultándome interés, me pesa de su saber. 

Riéronse todos á carcajadas con la ironía del cura, 
y yo, incómodo de esto, le dije ardiéndome las orejas: 
— Señor cura, para hablar es menester pensar y tener 
instrucci<'»n en lo que se habla. Los casos que usted me 
ha recordado por burla son comunes: á cada paso acaece 
que el más ruin enfermo se le muere al mejor médico. 
¿Pues (|ué, piensa usted (|ue los médicos son dioses que 
han de llevar la vida á los enlermosf Ovidio en el libro 
primero del Ponto dice: «que no siempre está en las 
manos del médico (|ue el enfermo sane, y que muchas 
veces el mal vence á la medicina. >> 

Non est in medico semper relevetur ut cBger; 
Interdíim docta plus valet arte malum. 

\ ■ 

% El mismo dice que «hav enfermedades incurables 

I 

'^ <1UG no sanarán si el propio Esculapio les aplica la medi- 

•ir ciña,» y harán resistencia á las aguas termales más 

; específicas, tales como aquí las aguas del Peñón ó Atoto- 

nilco, y una de estas enfermedades es la epilepsia. Oigan 

I ustedes sus palabras: 

Afferat ipse liclt sacras Epidaurius herbas, 
Sanavit nulla vulnera cordis ope. 

t . PERIQUILLO SARNIENTO. — T. II, C — 17. 

i 






>--s 



66 PENSADOR MEXICANO 

En vista de esto, admírese usted, señor cura, de que 
se me mueran algunos enfermos, cuando á los mejores 
médicos se les mueren. No Faltaba más sino que los 
hombres quisieran ser inmortales sólo con llamar al 
médico. 

Que el viejo gotoso no quisiera continuar conmigo, 
nada prueba sino que conoció que su enfermedad es 
incurable, pues, como dijo Ovidio, loco cilato , la gota 
no la cura la medicina, 

Tullere nodosam nescit medicina podagram. 

— Yo soy el loco, dijo el cura, y el majadero, y el 
mentecato en (juerer conferenciar con usted de estas 
cosas. .'M 

— Usted dice muy bien, señor licenciado, dije yo. 
si lo dice con sinceridad. En efecto, no hay mayor locura 
que disputar sobre lo que no se entiende. Quod medico- 
rum esl promiíiini inedu'i, íractfnií fffhrdia /abri, decía 
Horacio en la epístola I, del libro I. Señor cura, dispute 
cada uno de lo que sepa, hable de su profesión y no se 
meta en lo que no entiende, acordándose de (jue el teó- 
logo hablará bien de teología, el canonista de cánones, el 
médico de medicina, los artesanos de lo tocante á su 
oficio, el piloto de los vientos, el labrador de los bueyes, 
y así todos. 

Navita de ventis, de bobus narret arator. 



'i^^% 



■ -■ -.-^f^* 



•>:. •;' •,. 



;•?!». 



■ 

■ 



OBRAS ESCOGIDAS 67 

Se acabó de incomodar el cura con esta impolítica 
reprensión, y parándose del asiento, alzándose el birrete 
y dando una palmada en la mesa, me dijo: — Poco á 
poco, señor doctor, ó señor charlatán; advierta usted con 
quién habla, en qué parte, cómo y delante de qué perso- 
nas. ¿Ha pensado usted que soy algún (opile, 6 algún 
barbaján para que se altere conmigo de ese modo, y 
quiera regañarme como á un muchacho? ¿O cree usted 
que poHjue lo he llevado con prudencia me falta razón 
para tratarlo como quien es, esto es, como á un loco, 
vano, pedante y sin educación? Sí, señor, no pasa usted 
de ahí ni pasará en el concepto de los juiciosos, por más 
latines y más despropósitos que diga... 

El subdelegado y todos, cuando vieron al cura enoja- 
do, trataron de serenarlo, y yo, no teniéndolas todas con- 
migo, porque á las voces salieron todos los indios que ya 
habían acabado do comer, lo dije muy fruncido: — Señor 
cura, usted dispense, que si erré fué por inadvertencia y 
no por impolítica, pues debía saber que ustedes, los se- 
ñores curas y sacerdotes, siempre tienen razón en lo que 
dicen y no se les puede disputar; y así lo mejor es callar 
y «no ponerse con Sansón á las patadas.» Nc eontendas 
cuní potentioribus, dijo quien siempre ha hablado y 
hablará verdad. 

— Vean ustedes, decía el cura; sí yo no estuviera 
satisfecho de que el señor doctor habla sin reflexión 



r 



68 PENSADOR MEXICANO 



lo primero (juc so le viene .'i la boca, esta era mano 
de irritarse más; pues lo que da á entender es que los 
sacerdotes y curas á título de tales, se quieren siempre 
salii' con cuanto hay, lo que ciertamente es un agravio 
no sólo á mí, sino á todo el respetable clero; pero repito 
quL' estoy convencido de su modo de producir, y así es 
preciso disculparlo y desengañarlo de camino. — Y vol- 
vií'ndose á mí. me dijo: — Amigo, no niego que hay algu- 
nos eclesiásticos que á título de tales quieren salirse con 
cuanto hay, como usted ha dicho; pero es menester con- 
siderar (jue éstos no son todos, sino uno ú otro impru- 
dente que en esto ó en cosas peores manifiestan su poco 
talento, y acaso vilipendian su carácter; mas este caso, 
fuera de que no es extraño, pues en cualquiera cor- 
poración, por pequeña y lucida que sea, no l'alta un 
díscolo, no debe servir de regla para hablar atroj)L'llada- 
mente de todo el cuerpo. 

Que hay algunos individuos en el mío como los | 

que usted dice, he confesado que es verdad, y añado que f 

■í 

si sostienen ó pretenden sostener un error conociéndolo, I 

sólo porque son padres, hacen mal, y si ultrajan á algún ^ 

i' 

secular, no por un acto primo ni acalorados por alguna | 

grosería que se use con ellos, sino sólo engreídos en (jue 
el secular es cristiano y ha de respetar su carácter á lo 
último, hacen muy mal y son muy reprensibles, pues 
deben retlexionar que el carácter no los excusa de la 



OBRAS ESCOGIDAS 



69 



.-/i 



observancia de las leyes que el orden social prescribe á 

todos. 

Usted y los señores que me oyen conocerán por 
esto que yo no me atengo á mi estado para faltar al 
respeto á ninguna persona, como bien lo saben los que 
me han tratado y me conocen. Si me he excedido en 
algo con usted dispénseme, pues lo que dije fué pro- 
vocado por su inadvertida reprensión, y reprensión que 
no cae sobre yerro alguno; porque yo, cuando hablo 
alguna cosa, procuro que me quede retaguardia para 
probar lo que digo; y si no, manos á la obra. Entre 
varias cosas dije á usted, me acuerdo, que hablaba cosas 
que no entendía lo (jue eran (esto se llama pedantismo). 
F.s mi gusto (jue me haga usted (juedar mal delante de 
estos señores, haciéndome favor de explicarnos qué parte 
de la medicina es la somevUica; cuál es el humor (jásirico 
ó el ¡Kincrcático: qué enfermedad es el pn'ajji'snio: cuáles 
son las ff lamíalas del mcseníerio: qué especies hay de 
rci'alalfjias, y qué clase de remedios son los emotoicos: 
pero con la advertencia de que yo lo sé bien, y entre 
mis libros tengo autores (|ue lo explican bellamente, y 
puedo enseñárselos á estos señores en un minuto; y así 
usted no se exponga á decir una cosa por otra, fiado en 
que no lo entiendo, pues aunque no soy médico, he sido 
muy curioso y me ha gustado leer de todo; en una pala- 
bra, he sido aprendiz de todo y oficial de nada. Conque 

PERIQUILLO SARNIENTO. —T. n, C — 18. 



■*T^sáBS^st 



msí-b 



70 PENSADOR MEXICANO 

así, vamos á ver: si me responde usted con tino á lo que 
le pregunto, le doy esta onza de oro para polvos; y si no, 
me contentaré con que usted confiese que no soy de 
los clérigos que sostengo una disputa por clérigo, sino 
porque sé lo que hablo y lo que disputo. 

La sangre se me bajó á los talones con la proposi- 
ción del cura, ponjue yo maldito lo que entendía de 
cuanto había dicho, pues solamente aprendí esos nom- 
bres bárbaros en casa de mi maestro, fiado en que con 
saberlos de memoria y decirlos con garbo, tenía cuanto 
había menester para ser mrdico, ó á lo menos para pare- 
cerlo; y así no tuve mns escape que decirle: — Señor 
cura, usted me dispense; pero yo no trato de sujetarme 
á semejante examen; ya el Protomedicato me examinó 
y me aprob<'), como consta de mis certificaciones y docu - 
mentes. 

— Está muy bien, dijo el cura; sólo con que usted 
se niegue á una cosa tan fácil me doy por satisfecho; 
pero yo también protesto no sujetarme á los médicos 
inhábiles ó que siquiera me lo parezcan. Sí, señor; yo 
seré mi médico, como lo he sido hasta aquí; á lo menos 
tendré menos embarazos para perdonarme las erradas; y 
en aquella parte de la medicina que trata de conservar 
la salud y los facultativos llaman higiene, me con- 
tentaré con observar las reglas que la Escuela Saler- 
nitana prescribió á un rey de la Gran Bretaña, á saber: 



OBRAS ESCOGIDAS 71 

poco vino, cena poca, ejercicio, ningún sueño meri- 
diano, ó lo que llamamos siesta, vientre libre, fuga de 
cuidados y pesadumbres, menos cóleras; á lo que yo 
añado algunos baños y medicinas las más simples, 
^ cuando son precisas, y cáteme usted sano y gordo como 
me ve: porque no hay remedio, amigo, yo fuera el pri- 
mero que me entregara á discreción de cualquier médico, 
si todos los médicos fueran como debían ser; pero por 
desgracia apenas se puede distinguir el buen médico del 
necio empírico y del curandero charlatán. 

Todas las ciencias abundan en charlatanes; pero 
más que ninguna la medicina. Un lego no se atreverá 
á predicar en un pulpito, á resolver un caso de con- 
ciencia en un confesonario, á defender un pleito en una 
audiencia; pero ¡qué digol ¿Quién se atreverá sin ser 
sastre á cortar una casaca, ni sin ser zapatero á trazar 
unos zapatos? Nadie seguramente; pero para ordenar 
un medicamento ¿quién se detiene? Nadie tampoco. . 
El teólogo, el canonista, el legista, el astrónomo, el 
sastre, el zapatero y todos somos médicos la vez que 
nos toca. Sí, amigo; todos mandamos nuestros remedios 
á Dios te la depare buena, sin saber lo que mandamos, 
sólo porque los hemos visto mandar, ó porque nos hemos 
aliviado con ellos, sin advertir cuánto dista la naturaleza 
de unos á la de otros; sin saber los contraindicantes, 
y sin conocer que el remedio que lo fué para Juan, es 



72 PENSADOR MEXICANO 

veneno para Pedro. Supongamos: en algunos géneros 
de apoplejías es necesaria y provechosa la sangría; pero 
en otros no se puede aplicar sin riesgo, verbigracia, en 
una apoplética embarazada, pues es casi necesario el 
aborto. 

El que no es médico no percibe estos inconvenien- 
tes; obra atolondrado y mata con buena intención. No en 
balde las leyes de Indias prohiben con tanto empeño el 
ejercicio del empirismo. Lea usted, si gusta, las 4 y 5 
del libro 5 título 6 de la Recopilación, que también 
hablan de lo mismo; y aun médicos sabios, tales como 
Mr. Ti.ssot en su A riso (ti pueblo, declaman altamente 
contra los charlatanes. 

Yo deseara que a(juí se observara el método que se >. 

observa en muchas provincias del Asia con los médicos, | 

I 
y es, que éstos han de visitar á los enfermos, han de ^ 

hacer y costear las medicinas y las han de aplicar. Si ^ 

éste sana, le pagan al médico su trabajo, según el ajuste; ■; 

pero si se muere, se va el médico á buscar perros que | 

espulgar. 

Esta bella providencia produce los buenos electos 
que le son consiguientes, como es que los médicos se 
apliquen y estudien, y que sean á un tiempo médicos, 
cirujanos, químicos, botánicos y enfermeros. 

Y no me arrugue usted las cejas, me decía el cura 
sonriéndose; algo ha habido en nuestra España que se 



«■ 



.^eL-. -1^. . : -.-* --•' ■• 



OBRAS ESCOGIDAS 73 

parezca á esto. En el título de los físicos y los enfermos, 
entre las leyes del Fuero Juzgo, se lee una en el libro II, 
que dice: que el físico, esto es, el médico, capitule con 
los enfermos lo que le han de dar por la cura, y que si 
los cura le paguen, y si en vez de curar los empeora con 
sangrías (se debe entender que con otro cualquier error), 
que él pague los daños que causó. Y si se muere el en- 
fermo, siendo libre, quede el médico á discreción de los 
herederos del difunto; v si éste era esclavo, le dé á su 
señor otro de igual valor que el muerto. 

Yo conozco que esta ley tiene algo de violenta, 
porque ¿quién puede probar en regla el error de un mé- 
dico, sino otro médico? ¿Y qué médico no haría por su 
compañero? Fuera de que, el hombre alguna vez ha de- 
morir, y en este caso no era difícil que se le imputara 
al médico el efecto preciso do la naturaleza, y más si el 
enfermo era esclavo, pues su amo querría resarcirse de 
la pérdida á costa del pobre médico; mas estas leyes 
no están en uso, y sí me parece que lo está la práctica de 
los asiáticos que me gusta demasiado. 

Ya el subdelegado y toda la comitiva estaban incó- 
modos con tanta conversación del cura, y así procuraron 
cortarla poniendo un monte de dos mil pesos, en el que 
(para no cansar á ustedes) se me arrancó lo que había 
achocado, quedándome á un pan pedir. ' 

A la noche estuvieron el baile y el refresco lucidos 

PERIQUILLO SARNIENTO,— T. II, C — 19. 



74 



PENSADOR MEXICANO 



y espléndidos, según lo permitía el lugar. Yo perma- 
necí allí más de fuerza que de gana, después que se me 
aclaró, y á las dos de la mañana me luí á casa, en 
la que regañé á la cocinera y le di de pescozones á mi 
mozo, imitando en esto á muchos amos necios é im- 
prudentes que cuando tienen una cólera ó una pesa- 
dumbre en la calle la van á desquitar á sus casas con 
los pobres criados, y quizá con las mujeres y con las 
hijas. 

Así así. y entre mal y bien, la continué pasando 
algunos meses más, y una ocasión que me llamaron á 
visitar á una vieja rica, mujer de un hacendero, que 
estaba enferma de fiebre, encontré aUí al cura, á quien 
temía como al diablo; pero yo, sin olvidar mi charlata- 
nería, dije que aquello no era cosa de cuidado, y que no 
estaba en necesidad de disponerse; mas el cura, que ya 
la había visto y era más médico que yo, me dijo: — Vea 
usted, la enferma es vieja; padece la fiebre ya hace cinco 
días; está muy gruesa y á veces soporosa; ya delira de 
cuando en cuando; tiene manchas amoratadas, que uste- 
des llaman ¡jctcfjnias: parece que es una fiebre pútrida ó 
mahgna; no hemos de esperar á que cace moscas ó esté 
m agonc, agonizando, para sacramentarla. A más de 
que, amigo, ¿cómo podrá el médico descuidarse en este 
punto tan principal, ni hacer confiar al enfermo en una 
esperanza fugaz y en una seguridad de que el mismo 



'.'Ai 



1 






■1 



OBRAS ESCOGIDAS 75 



m 



í médico carece? Sépase usted que el Concilio de París 

del año de 1429, ordena á los médicos que exhorten á 
los enfermos que están de peligro á que se confiesen 
antes de darles los remedios corporales, y negarles su 
I asistencia si no se sujetan á su consejo. El de Tortosa 
I del mismo año prohibe á los médicos hacer tres visitas 
J seguidas á los enfermos que no se hayan confesado. 

El Concilio II de Letrán de 1215, en el canon 24, dice: 
que cuando sean llamados los médicos para los en- 
fermos, deben aquéllos, ciníe todas cosas, advertirles se 
provean de médicos espirituales, para que habiendo 
tomado las precauciones necesarias para la salud de 
su alma les sean más provechosos los remedios en la 
curación de su cuerpo. 

Esto, amigo, me decía el cura, dice la Iglesia por 
sus santos concilios. Conque vea usted qué se puede 
perder en que se confiese y sacramente nuestra enferma, 
y más hallándose en el estado en que se halla. 

Azorado con tantas noticias del cura, le dije: — 
Señor, usted dice muy bien, que se haga todo lo que 
usted mande. 

En efecto, el sabio párroco aprovechó los preciosos 
instantes, la confesó y sacramentó, y luego yo entré con 
mi oficio y le mandé cáusticos, friegas, sinapismos, refri- 
gerantes y matantes, porque á los dos días ya estaba con 
Jesucristo. 



j*í 






76 PENSADOR MEXICANO 

Sin embargo, esta muerte, como las demás, se atri- 
buyó á que era mortal, que estaba de Dios, á la raya, á 
que le llegó su hora y á otras mentecaterías semejantes, 
pues ni está de Dios (|ue el médico sea atronado, ni es 
decreto absoluto, como dicen los teólogos, que el enfermo 
muera cuando su naturaleza puede resistir al mal con 
el auxilio de los remedios oportunos; pero yo entonces 
ni sabía estas teologías ni me tenía cuenta saberlas. 
Después he sabido que si le hubiera ministrado á la 
enferma muchas lavativas emolientes y hubiera cuidado 
de su dieta y su libre transpiraci(')n, acaso ó probable- 
mente no se hubiera muerto; pero entonces no estu- 
diaba nada, observaba menos la naturaleza v sólo tiraba 
á estirar el peso, el tostón ó la peseta, según caía el peni- 
tente. 

Así pasé otros pocos meses más (que por todos 
sería quince ó diez y seis los que estuve en Tula) hasta 
que acaeció en aquel pueblo, por mal de mis pecados, 
una peste del diablo, que jamás supe comprender; por- 
que les acometía á los enfermos una fiebre repentina, 
acompañada de basca y delirio, y en cuatro ó cinco días 
tronaban. 

Yo leía el Tissot, á madama Fouquet, á Gregorio 
López, al Duchan, el Vanegas y cuantos compendistas 
tenía á la mano; pero nada me valía, los enfermos 
morían á millaradas. 



I 



■>>$ 



■■;■::> 






I OBRAS ESCOGIDAS 77 

■;* . • ■ 

; í Por fin. y para colmo de mis desgracias, según el 

sistema del doctor Purgante, di en hacer evacuar á 
los enfermos el humor pecante, y para esto me valí de 
los purgantes mas feroces, y viendo que con ellos 
sólo morían los pobres extenuados, quise matarlos con 
cólicos (jue llaman //¡iscre/'es, 6 de una vez envene- 
nados. 

Para esto les daba más que regulares dosis de tárta- 
i'o emético, hasta en cantidad de doce granos, con lo 
que espiraban los enfermos con terribles ansias. 

Por mis pecados, me tocó hacer esta suerte con la 
señora gobernadora de los indios. Le di el tártaro, 
espiró, \ á otro día que iba yo á ver c<')mo se sentía, 
halle' la casa inundada de indios, indias ó inditos, que 
todos lloraban á la par. 

Fui entrando tan tonto como sinvergüenza. Es de 
advertir que por obra de Dios iba en mi muía; pues, no 
en la mía, sino en la del doctor Purgante; pero ello es 
que apenas me vieron los dolientes cuando, comenzando 
por un murmullo de voces, se levantó contra mí tan 
lurioso torbellino de gritos, llamándome ladrón y mata- 
dor, que ya no me la podía acabar, y más cuando el 
pueblo todo, (jue allí estaba junto, rompiendo los diques 
de la moderación y dejándose de lágrimas y vituperios, 
comenzó á levantar piedras y á disparármelas infinita- 
mente y con gran tino y vocería, dicióndome en su len- 

PERIQUILLO SARNIENTO.— T. II, C — 20. 



78 PENSADOR MEXICANO 

gua: — ¡Maldito seas, medico del diablo, que llevas trazas 
de acabar con todo el pueblo! 

Yo entonces apretó los talones á la macha y corrí lo 
mejor que pude, armado de peluca y de golilla, que 
nunca me (altaban, por hacerme respetable en todas oca- 
siones. 

Los malvados indios no se olvidaron de mi casa, á ; 
la (jue no le valió el sagrado de estar junto á la del cura, 
pues después de (|ue aporrearon á la cocinera y á mi 
mozo, tratándolos de solapadores de mis asesinatos, la 
maltrataron toda, haciendo pedazos mis pocos muebles y 
tirando mis libros y mis botes por el balcón. 

El alboroto del pueblo fué tan grande \ temible, (jue 
el subdcílegado se fué á refugiar á las casas cúrales, 
desde donde veía la h'asca con el cura en el balcón, y el 
párroco le decía: — No tenga usted miedo, todo el encono 
es conti'a el médico. Si estas honras se hicieran con más 
írecuencia á t(^dos los charlatanes, no habría tantos ma- ' 
tásanos en el mundo. 

Este fué el fin glorioso que tuvieron mis aventuras .: 
de médico. Corrí como una liebre, y con tanta carrera y ¿ 
el mal pasaje que tuvo la muía, en el pueblo de Tlalne- • j 

pantla se me cayó muerta á los dos días. Era fuerza que :j. 

•- 1- 

lo mal habido tuviera un fin siniestro. . 3 



Finalmente, yo vendí allí la silla y la gualdrapa en |; 
lo primero que me dieron; tiré la peluca y la golilla en 



■:-;í 




^ 



ii 

ó' 



^m 



^ 



^-«55-. 




Yo entonces apreté los talones á la macha y corrí lo mejor que pude 



■i> 



OBRAS ESCOGIDAS 



79 



una zanja para no parecer tan ridículo; y á pie \ andan- 
do con mi capa al hombro y un palo en la mano, llegué 
á México, donde me pasó lo que leeréis en el capítulo IV 
de esta verdadera O imponderable historia. 



é 



-"^^^ 



.*^ 




--^_, 






',>■ 



- ,,y 



. 5> 



-^ 




íV 






■■> 






CAPITULO IV 



En el que se cuenta 

la espantosa aventura del locero y la 

historia del trapiento 



Ninguna fantasma ni espectro espanta al 
hombre más cierta y constantemente (jue la conciencia 
criminal. En todas partes lo acosa y amedrenta, y siem- 
pre á proporción de la gravedad del delito, por oculto que 
éste se halle. De suerte que, aunque nadie persiga al 
delincuente y tenga la fortuna de que no se haya revelado 
su iniquidad, no importa; él se halla lleno de susto y 
desasosegado en todas partes. Cualquiera casualidad, un 
ligero ruido, la misma sombra de su cuerpo, agita su 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. II, C — 21. 



82 PENSADOR MEXICANO 

espíritu, hace estremecer su corazón y le persuade que 
ha caído ó está ya para caer en manos de la justicia ven- 
gadora. El desgraciado no vive sin fatiga, no come sin 
amargura, no pasea sin recelo y hasta su mismo sueño es 
interrumpido del susto y del sobresalto. Tal era mi esta- 
do interior cuando entré en esta capital. A cada paso me 
parecía que me daban una paliza ó que me conducían á 
la cárcel. Cualquiera (jue encontraba vestido de negro 
me parecía que era Chanfaina; cúahjuiera vieja me asus- 
taba, figurándome en ella á la mujer del barbero; cual- 
(|uicr botica, cualquier médico... ¡qué digo! hasta las 
muías me llenaban de pavor, pues todo me recordaba 
• mis maldades. 

Algunas veces se me paseaba por la imaginación la 
tranquilidad interior (juc disfruta el hombre de buena 
conciencia, y me acordaba de aquello de Horacio cuando 
dice á Fusco Aristio: ^ 

El hombre de buen vivir 
Y ati'jel que á ninguno daña, 
No lia menester el escudo 
Ni flechas emponzoñadas. 
Por cualesquiera peligros 
Pasa y no se sobresalta, 
Seguro en que su defensa 
Es una conciencia sana. 

Pero estas serias reflexiones sólo se quedaban ón 

• No es traducción literal, sino alusión á la oda 22 de Horacio, que comienza: Iixte- 
ger eiíce scelerisque puras, etc. 



'.••'V* 



. ... f.. .' ^m^^—j7 rrr^.- • ■ ._ r'-jppjijr ;-• 



% 









OBRAS ESCOGIDAS 83 

paseos y no se radicaban en mi corazón; con esto las 
desechaba de mi imaginación como malos pensamientos 
I sin aprovecharme de ellas, y sólo trataba de escaparme 

de mis agraviados, por cuya razón lo primero que hice 
fué procurar salir de la capa de golilla, así por quitarme 
de aquel mueble ridículo, como por no tener conmigo un 
innegable testigo de mi infidelidad. Para esto, luego que 
llegué á México y en la misma tarde, fui á venderla al 
Baratillo que llaman del piojo, porque en él trata la 
gente más pobre y allí se venden las piezas más sucias, 
asíjuerosas, despreciables y aun las robadas. 

Doblé, pues, la tal capa en un zaguán, y con sólo 
sombrero y vestido de negro, que parecía de á legua 
colegial huido, fui al puesto del baratillero de más crédito 
que allí había. 

Por mi desgracia estaba éste encargado por el doc- 
tor Purgante (que en realidad se llamaba don Celidonio 
Matamoros, aunque con más verdad podía haberse 
llamado Matacristianos); estaba, digo, el baratillero 
encargado de recogerle su capa, si se la fueran á vender, 
habiéndole dejado las señas más particulares para el 
caso. 

Una de ellas era un pedazo de la vuelta, cosido con 
seda verde, y un agujerito debajo del cuello, remendado 
con paño azul. Yo en mi vida había reparado en seme- 
jantes menudencias; con esto fui á venderla muy fresca- 



M 



1 

á 



84 PENSADOR MEXICANO 

mente, y por desgracia se acordó del encargo el barati- 
llero, Y lo primero con que tropezaron sus ojos, antes de 
desdoblarla, l'ué el pedazo de la vuelta cosido con seda 
verde. 

Luego que yo le dije (jue era capa y de golilla, y vio 
la diferencia de la seda en la costura, me dijo: — Amigo, 
esta capa puede ser de mi compadre don Celidonio, á 
quien por mal nombre llaman el doctor Purgante. A lo 
menos, si debajo del cuello tiene un remiendito azul, 
ciertos son los toros. — La desdobló, registró y halló el 
tal remiendito. Entonces me preguntó si aquella capa 
era mía. si la había comprado ñ me la habían dado á 
vender. 

Yo, embarazado con estas preguntas y no sabiendo 
qué decir, respondí que podía jurar que la capa ni era 
mía ni la había adquirido por compra, sino que me la 
habían dado á vender. 

— ¿Pues quién se la dio á vender á usted; cómo se 
llama y dónde vive ó dónde está? me preguntó el bara- 
tillero. — Yo le dije que un hombre (jue apenas lo cono- 
cía; que él sí me conocía á mí; que yo era muy hombre 
de bien, aun(jue la capa andaba en opiniones, pero que 
por allí inmediato se había quedado. 

El baratillero entonces le dijo á un amigo suyo, que 
estaba en su tienda, (jue fuera conmigo y no me dejara 
hasta que yo entregara al que me había dado á vender 




';- 'í T*-' 'í"* '#'í'; srT''^-^^''ii;v''^ ■rtr:i>i\ ^^"^ «fi^ieí^sr^^^. . 



..'S'T^.WV 



OBRAS ESCOGIDAS 85 

la capa; que se conocía que yo era un buen verónico, 
pero que aquella capa la había robado á don Celidonio un 
mozo que tenía, conocido por Periquillo Sarniento, jun- 
tamente con una muía ensillada y enfrenada, una gual- 
drapa, una peluca, una golilla, unos libros, algún dinero 
y quién sabe qué más; y así que, ó me llevara á la 
cárcel, ó entregara yo al ladrón, y entregándolo que me 
dejase libre. 

Con esta sentencia partí acompañado de mi alguacil, 
á quien anduve trayendo ya por esta calle, ya por la otra 
sin acabar de encontrar al ladrón con ir tan cerca de 
mí, hasta que la adversa suerte me deparó sentado en un 
zaguán á un pobre embozado en un capote viejo. 

Luego que lo vi tan trapiento lo marqué por ladrón, 
como si todos los trapientos fueran ladrones, y le dije á 
mi corchete honorario que aquel era quien me había 
dado la capa á vender. 

El muy salvaje lo creyó de buenas á primeras, y 
volvió conmigo á pedir auxilio á la guardia inmediata, la 
que no se negó, y así, prevenido de cuatro hombres y un 
cabo, volvimos á prender al trapiento. 

El desdichado, luego que se vio sorprendido con la 
voz de date, se levantó y dijo: —Señores, yo estoy dado 
á la justicia; ¿pero qué he hecho ó por qué causa me he 
de dar? — Por ladrón, dijo el corchete. —¿Por ladrón? 
replicaba el pobrete, seguramente ustedes se han equi- 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. II, C — 22. 



SQ 



PENSADOR MEXICANO 



vocado. — No nos hornos equivocado, decía el encargado 
del baratillero; hay testigos do tu robo, y tu mismo 
pelaje demuestra quién eres y los de tu librea. Amá- 
rrenlo. 

— Señores, decía el pobre: vean ustedes que hay un 
diablo (jue se parezca á otro; quizá no seré yo el que 
buscan: que haya testigos que depongan contra mí, no 
es prueba bastante para esta tropelía, cuando sabemos 
que hay mil infames que por dos reales se hacen testigos 
para calumniar á un hombre de bien; y por fin, el que 
sea un pobre y esté nial vestido no prueba que sea un 
picaro; el hábito no hace al monje. 

Conque, señores; hacerme este daño solo por mi 
indecente traje ó por la dcposiciém de uno ó dos picaros 
comprados á vil precio, sin más averiguación ni más 
informe, me parece que es un atropellamiento que no 
cabe en los prescritos términos de la justicia. 

Yo soy un hombre á quienes ustedes no conocen y 
sólo juzgan por la apariencia del traje; pero quizá bajo 
de una mala capa habrá un buen bebedor: esto es, quizá 
bajo de este i'uin exterior habrá un hombre noble, un 
infeliz y un honrado á toda prueba. 

— Todo está muy bien, decía el encargado de cor- 
chete; pero usted le dio á este mozo (señalándome á mí), 
una capa de golilla para (¡ue la vendiera, con la que 
juntamente se robaron una muía con su gualdrapa, unr 



■..•<■* 






■i 




rs57c'T>'^5*-^^t~^^'?!T^TV^T*^ ■■^-' -■-"'^-' T--!¥s[r'?'^'5^'' 






OBRAS ESCOGIDAS 87 

golilla, una peluca y otras maritatas; y este mismo mozo 
ha descubierto á usted, quien ha de dar razón de todo lo 
que se ha perdido. 

— ¡Qur capa, ni qué muía, ni qué peluca, golilla 
ni gualdrapa, ni qué nada sé yo de cuanto usted ha 
dicho! 

— Sí, señor, decía el alguacil; usted le dio al señor 
I á vender la capa de golilla; el señor conoce á usted y 
i quien le dio la capa ha de saber de todo. 

— Amigo, me decía el pobre muy apurado, ¿usted 
me conoce? ^,Yo le he dado á vender alguna capa, ni me 
lia visto en su vida? 

— Sí. señor, replicaba yo entre el temor y la osadía; 
usted me dio á vender esa capa, y usted fué criado de mi 
padre. 

— ; Hombre del diablo! decía el pobre, ¿qué capa le 
lie vendido á usted, ni qué conocimiento tengo de usted 
ni de su padre? 

— Sí, señor, decía yo; el señor lo quiere negar; pero 
el señor me dio á vender la capa. 

— Pues no es menester más, dijo el corchete; ama- 
rren al señor, ahí veremos. 

Con esto amarraron al miserable los soldados, se lo 
llevaron á la cárcel y á mí me despacharon en libertad. 
Tal suele ser la tropelía de los que se meten á auxiliar á 
la justicia sin saber lo que es justicia. 






88 PENSADOR MEXICANO 

Yo me fui en cuerpo gentil, pero muy contento al 
ver la facilidad con que había burlado al baratillero, 
aunque por otra parte sentía el verme despojado de la 
capa y de su valor. 

En estas y semejantes boberías maliciosas iba yo 
entretenido, cuando oí (jue á mis espaldas gritaban: ¡aia- 
jcp, aiajon! Pensé en aquel instante que seguramente 
so había indemnizado el pobre á quien acababa de calum- 
niar, y venían en mi alcance los soldados para que se 
averiguara la verdad, y apenas volví la cara y vi la 
gente que venía corriendo por detrás, cuando, sin espe- 
rar mejor desengaño, eché á correr por la calle del 
Coliseo como una liebre. 

Ya he dicho que en semejantes lances era yo una V 

pluma para ponerme en salvo; pero esa tarde iba tan 
ligero y aturdido, que al doblar una esquina no vi á un 
indio locero que iba cargado con su loza, y atropellán- 
dolo bonitamente lo tiré en el suelo boca abajo, y yo caí V- 

sobre las ollas y cazuelas, estrellándome algunas de ellas '? 

en las narices, á cuyo tiempo pasó casi sobre de mí y del 
locero un caballo desbocado, que era por el (jue gritaban 
que atajasen. ] 

Luego que lo vi me serené de mi susto, advirtiendo ': 

que no era yo el objeto que pretendían alcanzar; pero 
este consuelo me lo turbó el demonio del indio que en [ 
un momento y arrastrándose como lagartija salió de : 1 



™¿^^T35'fT;fr^^'l?.■^=^^^'■wí^T»f-'^Jw . 'T-í-^í - ■<w^''-'»f¥^.. 



■jfe 



í-«í. 



OBRAS ESCOGIDAS 89 

debajo de su tapp.rtle ^ de loza, y afianzándome del 
pañuelo me decía con el mayor coraje: — Agora lo vere- 
mos si me lo pagas mi loza,, y paguemelosté de prestito; 
ponjue si no el diablo nos ha de llevar orita on'fa. — 
Anda noramala, indio macuache, le dije, ¿qué pagar, 
ni no pagar? Y ¿quién me paga á mí las cortadas y el 
porrazo (jue he llevado? 

— ¿Yo te lo mandé osté que los fueras atarantado y 
no lo vías por donde corres como macho azorado? — El 
macho serás tú y la gran cochina que te parió, le dije; 
indigno, maldito, cuatro orejas, ^ — acompañando estos 
re(|UÍebros con un buen puñete que le planté en las 
narices con tales ganas, que le hice escupir por ellas 
harta sangre. 

Dicen que los indios, luego que se ven manchados 
con su sangre, se acobardan; mas éste no era de esos. 
Un diablo se volvió luego que se sintió lastimado de mi 
mano, y entre mexicano y castellano me dijo: — Tlaca- 
tocoltl, mal diablo, ¡a(/t'on, jijo de un dimoño: agora lo 
veremos quién es cada cual. — Y diciendo y haciendo, me 
comenzó á retorcer el pañuelo con tantas fuerzas, que 
ya me ahogaba, y con la otra mano cogía oUitas y cazue- 
^ las muy aprisa y me las quebraba en la cabeza; pero me 

I ' Aunque vulgarmente llaman así á las escalerillas de tablas para cargar algo á 

"■, cuestas, es con equivocación , pues su nombre en idioma mexicano es cacaxüi. E. 

i * En el modo común como los indios se cortan el pelo, les queda un trozo de éste 

-K delante de cada oreja que llaman barcarrota , y aludiendo á esto se les dice por apodo 

cuatro orejas. E. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. II, C — 23. 



•4 



■ ;2 

.4 



90 



PENSADOR MEXICANO 



las estrellaba tan pronto y con tal C(')lera. (|ue si como 
eran ollitas vidriadas, esto es, de barro muy delgado, 
hubieran sido tinajas de Cuautitlán, allí quedo en estado 
de no volver á resollar. 

Yo, casi sofocado con los retortijones del pañuelo, 
abriendo tanta boca y sin arbitrio de escaparme, procuré 
hacer de tripas coi'azón, y como los dos estábamos cerca 
do las ollas, que eran nuestras armas, cuando el indio 
se agachaba á coger la suya, cogía yo también la mía, 
V ambos á dos nos las quebrábamos en las cabezas. 

En un instante nos cercó una turba de bobos, no 
para defendernos ni apaciguarnos, sino para divertirse 
con nosotros. 

La multitud de los necios espectadores llamó la 
atención de una patrulla (|ue casualmente pasaba por 
allí, la que, haciéndose lugar con la culata de los fusi- 
les, lleg<') á donde estábamos los dos invictos y temibles 
contendientes. 

A la voz de un par de cañonazos, (jue sentimos cada 
uno en el lomo, nos apartamos y sosegamos, y el sar- 
gento, informado por el indio de la mala obra que le 
había hecho y de que lo había provocado dándole una 
trompada tan furiosa y sin necesidad, me calificó reo 
en aquel acto, y requiriéndome sobre que pagara cuatro 
pesos que decía el locero que valía su mercancía, dije 
que yo no tenía un real, y era así; porque lo poco que 



,jr*rí 



OBRAS ESCOGIDAS 



91 



me dieron por las frioleras que vendí, ya lo había gas- 
tado en el camino.— Pues no le hace, replicó el sargento, 
pagúele usted con la chupa, que bien vale la mitad; ó 
si no, de aquí va á la cárcel. ¿Conque tras de hacerle 
este daño á este pobre y darle de mojicones, no querer 
pagarle? Eso no puede ser; ó le da usted la chupa ó va 

á la cárcel. 

Yo. que por no ir á semejante lugar le hubiera dado 
los calzones, me quité la chupa, que estaba buena, y 
se la di. El indio la recibió no muy á gusto, porque no 
sabía lo que valía: juntó los pocos tcpalcates (\\iq halló 
buenos, y se fué. 

Yo, para hacer lo mismo por mi lado, busqué mi 
sombrero, que se me había caído en la relriega: pero 
no lo hallé ni lo hallara hasta el día del juicio, si lo 
buscara, pues alguno de los malditos mirones, viéndolo 
tirado, y á mí tan empeñado en la acción, lo recogió, 
sin duda, con ánimo de restituírmelo en tres plazos. ^ 

Mientras que me ocupé en buscar mi dicho som- 
brero, en preguntar por él y disimular la risa del con- 
curso, se alejó el indio mucho trecho; la patrulla se 
retiró, la gente se fué desparramando por su lado, y 
yo me íuí por el mío sin chupa ni sombrero, y con 
algunos araños en la cara, muchos chinchones, y dos 
ó tres ligeras roturas de cabeza. 

• Se entienden los del tramposo: íardc, mai ó nuftca. E. 



; í-» ■ -F . T^ itf«^ 1* X— ,„.-(;.-,, •íi.fr-í.v.;".^"* 



92 PENSADOR MEXICANO 

De esta suerte se concluyó la espantosa aventura 
del locero, y yo iba lleno de melancólicas ideas, algo 
adolorido de los golpes que sufrí en la pendencia, pen- 
sando en dónde pasaría la noche, aunque no era la 
primera vez que pensaba en semejante negocio. 

Comparando mi estado pasado con el presente, acor- 
dándome que quince días antes era yo un señor doctor 
con criados, casa, ropa y estimaciones en Tula, y en 
aquella hora era un infeliz, solo, abatido, sin capa ni 
sombrero, golpeado, y sin tener un mal techo (jue me 
alojara en México, mi patria, me acordaba de aquel viejí- 
simo verso que dice: 

Aprended flores de mí 
Lo qne va de ayer á hoy, 
(^ue ayer maravilla fui 
Y hoy sombra de mí no soy. 

Pero lo que más me confundía era considerar que 
por los indios me habían venido mis dos últimos daños, 
y decía entre mí: — Si es cierto que hay aves de mal 
agüero, para mí las aves más funestas y de peor pres- 
tigio son los indios: porque por ellos me han suce- 
dido tantos males. 

Con la barba cosida con el pecho y cerca de las 
oraciones de la noche, iba yo totalmente enajenado 
sin pensar en otra cosa que en lo dicho, cuando me 
hizo despertar de mi abstracción un hombre que estaba 



^y:,'» i ? y| ttj;; » :yy?i»ga^y 4 p iif j.vvv ñy . *»' "t u ■ 



OBRAS ESCOGIDAS 



93 



.■.*• 



parado en una accesoria, y al pasar yo por ella, me 
afianzó del pañuelo, y al primer tirón que me dio, me 
hizo entrar en ella, mal de mi grado, y cerró la puerta, 
quedando la habitación casi obscura, pues la poca luz 
que á aquella hora entraba por una pequeña ventana 
apenas nos permitía vernos las caras. 

El hombre, muy encolerizado, me decía: — Bribo- 
nazo, ¿no me conoce usted?— Yo, lleno de miedo, prenda 
inseparable del malvado, le decía: — No, señor, sino para 
servirlo. — ¿Conque no me conoce? repetía él enojado; 
¿jamás me ha visto? ¿no se acuerda de mí? — Xo, señor, 
decía yo muy apurado; por Dios se lo juro que no lo 
conozco. 

Estas preguntas y respuestas eran sin soltarme del 
pañuelo y dándome cada rato tan furiosos estrujones, 
(jue me obligaba con ellos á hacerle frecuentes reve- 
rencias. 

En esto salió una viejecita con una vela, y asustada 
con aquella escena, le decía al hombre: — ¡Ay, hijol 
¿Qué es esto? ¿quien es éste? ¿qué te hace? ¿es algún 
ladrón? 

— Yo no sé lo qué será, señora, decía él; pero es un 
picaro, y ahora que hay luz quiero que me vea bien la 
cara y diga si me conoce. Vaya, picaro; ¿me conoces? 
Habla, ¿qué enmudeces? No há muchas horas que me 
viste y aseguraste que fui criado de tu padre y te di á 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. II, C — 24, 



94 PENSADOR MEXICANO 

vender una capa. Yo no te he desconocido, á pesar de 
estar algo diferente de lo que te vi; conque tú ¿por 
(|ué no me lias de conocer no habiendo yo mudado de 
traje? 

Estas palabras, acompañadas de la claridad de la 
vela, me hicieron conocer perfectamente al (jue había 
acabado de calumniar. No pude dejar de confesar mi 
maldad, y atrojado con el temor del agraviado á quien 
alzaba pelo, me le arrodille suplicándole que me perdo- 
nara por toda la corte del cielo, añadiendo á estas rogati- 
vas y plegarias algunas disculpas Irívolas en la realidad, 
pero que me valieron bastante, pues le dije que la capa 
era robada; pero que quien me la dio á vender fué un so- 
brino del médico, que era mi amigo y colegial, y (jue yo, 
por no perderlo, me valí de aijuella mentira que había 
echado contra él. 

— Todo puede ser, decía el calumniado; ¿pero qué 
motivo tuvo para levantarme este testimonio y no á otro 
alguno? — Señor, le respondí, la verdad que no tuve más 
motivo que ser usted el ])rimer hombre que vi solo y de 
pobre ropa. 

— Está muy bien, dijo el trapiento; levántese usted, 
que no soy santo para que me adore: pero pues usted se 
ha figurado (jue todos los que tienen un traje indecente 
son picaros, no le debe hacer luerza que sean de mal 
corazón; y así, ya que por trapiento me juzgó propio 



X 



^i?íWr?^3S^í7??^pps^!5^^ ■ -■;'*'^ 



OBRAS ESCOGIDAS 95 

para ser sospechoso de ladrón, por la misma razón no le 
debe hacer fuerza que sea vengativo. 

Fuera de que la venganza que pienso tomar de usted 
es justa, porque aunque pudiera darle ahora una feroz 
tarea de trancazos, que bien la merece, no quiero sino 
que la satisfacción venga de parte de la justicia, tanto 
para volver por mi honor, cuanto para la corrección y 
enmienda de usted, pues es una lástima que un mozo 
blanco, y al parecer bien nacido, se pierda tan temprano 
por un camino tan odioso y pernicioso á la sociedad. 
Sit'ntese usted allí, y usted, madre, vaya á traer á mis 
hijos. 

Diciendo esto, se puso á hablar con la viejecita en 
secreto; despuós de lo cual ésta entró en la cocina, sacó 
un canastito y se fué para la calle, cerrando el trapiento 
la puerta con llave. 

Frío me quedé cuando me vi solo con él y encerra- 
v; do; y así volví á arrodillarme con todo acatamiento, 
diciéndole: — Señor, perdóneme usted, soy un necio; no 
supe lo que hice; pero, señor, lo pasado, pasado; tenga 
usted lástima de mí y de mi pobre madre y dos herma- 
nas doncellas que tengo, que se morirán de pesar si 
usted hace conmigo alguna fechoría; y así, por Dios, por 
^1 María Santísima, por los huesitos de su madre, que me 
r perdone usted ésta y no me mate sin confesión, pues 
le puedo jurar que estoy empecatado como un diablo. 



1^ ^ 



96 



PENSADOR MEXICANO 



— Ya está, amigo, me decía el trapiento; levántese 
usted, ¿para qué son tantas plegarias? Yo no trato de 
matar á usted, ni soy asesino ni alquilador de ellos. 
Siéntese usted, (jue le quiero dar alguna idea de la ven- 
ganza que quiero tomar del agravio que usted me ha 
hecho. 

Me senté algo tran(|UÍHzado con estas palabras, y el 
dicho trapiento se sent(') junto á mí. y me rogó que le 
contara mi vida v la causa de hallarme en el estado en 
que me veía. Yo le conté dos mil mentiras, que él creyó 
de buena té. manifestando en esto la bondad de su carác- 
ter, y cuando yo lo advertí compadecido de mis infortu- 
nios, le supliqué, después de pedirle otra vez mil perdo- 
nes, que me refiriera quién era y cuál el estado de su 
suerte; y c\ pobre hombre, sin hacerse de rogar, me 
cont(') la historia de su vida de esta manera. 

— Para que otra vez, me decía, no se aventure usted 
á juzgar de los hombres por s<')lo su exterior y sin inda- 
gar el fondo de su carácter y conducta, atiéndame. Si la 
nobleza heredada es un bien natural de que los hombres 
puedan justamente vanagloriarse, yo nací noble, y de 
esto hay muchos testigos en México, y no sólo testigos, 
sino aun p<arientes que viven en el día. 

Este favor le debí á la naturaleza, v á la fortuna le 
hubiera debido el ser rico, si hubiera nacido primero 
que mi hermano Damián; mas éste, sin mérito ni elección 



-i- . 






..-^ 



OBRAS ESCOGIDAS 97 

suya, nació primero que yo y fué constituido mayorazgo, 
quedándonos yo y mis demás hermanos atenidos á lo 
poco que nuestro padre nos dejó de su quinto cuando 
murió. De manera... - 

— Perdone usted, señor, le interrumpí; ¿pues qué, 
es posible que su padre de usted lo quiso dejar pobre con 
sus hermanos, y quizá expuesto á la indigencia, sólo por 
instituir al primogénito mayorazgo? 

— Sí, amigo, me contestó el trapiento, así sucedió y 
así sucede á cada instante, y esta corruptela no tiene más 
apoyo ni más justicia que la imitación de las preocupa- 
ciones antiguas. 

Usted se admira, y se admira con razón, de ver 
practicado y tolerado este abuso en las naciones más ci- 
^ ilizadas de la Europa, y acaso le parece que, no sólo es 
injusticia, sino tiranía el (jue los padres prefieran el pri- 
mogénito á sus otros hermanos, siendo todos hijos suyos 
igualmente; pero más se admirara si supiera que esta 
corruptela (pues creo que no merece el nombre de cos- 
tumbre legítimamente introducida) ha sido mal vista 
entre los hombres sensatos y hostigada por los monar- 
cas con muchas y duras restricciones, con el loable fin 
de exterminarla.^ 



Son dignas de notarse las palabras de don Marcos Gutiérrez en su ilustración al 
Febrero, part. 1, tom. I, cap. VII. «La ignorancia, dice, que ha adoptado tantas veces 
como verdades inconcusas los errores más funestos para la humanidad, ha permitido y 
aun fomentado los vínculos y mayorazgos creyéndolo» útiles al Estado, sin embargo de 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T II, C — 25. 



5- 



98 PENSADOR MEXICANO 

En efecto, d marjoirt^r/o (¡icen que es un dcrccJio 
que done c¡ jiri/nof/cniío nids prójcimo de succeder en los 
hícnes dejados, con la condición de que se conserven inte- 
(jros jx'i'jícdiaineníe en su faniilia; mas si me fuera lícito 
definirlo, diría: el n\ai¡oraz<jo es una ¡tvejerencia injusla- 
inente concedida al pritnofiénito, para que él solo herede 
los bienes (¡ue j)or i(/uales jKiríes pertenecen d sus Jier ma- 
nos, como (¡ue tienen ir/ual derecho. 

Si á alguno le pareciera dura esta definición, yo lo 
convencería de su arreglo, siempre (jue no fuera mayo- 
razgo, pues siéndolo, claro es que, por más convencido 
íjue se hallara su entendimiento, jamás arrancaría de su 
boca la confesión de la verdad. 

Yo, amigo, si hablo contra los mayorazgos, hablo 
con justicia y experiencia. Mi padre, cuando instituyó el 
mayorazgo en favor de su hijo primogénito, acaso no 

ser muy contrarios á la población. Esta es en toda sociedad proporcionada á su subsis- 
tencia, la cual disminuyen sobremanera las vinculaciones, por destinar á uno solo lo 
que corresponde y debe distribuirse entre muchos. Caúsame admiración ver propagada 
por casi toda la Europa una tan fatal institución como los mayorazgos, cuando á prime- 
ra vista choca y ofende á todo cora/ón humano y sensible, (|ue muchos hijos menores 
hayan de ser sacrificados á un hijo mayor, y (|ue aquéllos hayan de pasar su vida en la j 

miseria é indigencia para que éste pueda hacer ostentación de su lujo, de sus facultades \ 

y aun tal vez de sus vicios. No es lo que importa al Estado el que unas pocas familias ' 

conserven su lustre y esplendor á costa de infinitas sumergidas en la desdicha y obscu- 
ridad, sino el que, por medio de la mejor distribución de las r¡(]uezas, puedan todos los 
ciudadanos vivir con desahogo y comodidad. Estas verdades, que los escritores económi- 
cos nos han demostrado con la mayor evidencia y que debieran ser más conocidas del i 
vulgo, no se han escapado á los ojos perspicaces de nuestro ilustrado gobierno, quien > 
al mismo tiempo ha conocido otros perjuicios considerables que han hecho y hacen al ] 
Estado las vinculaciones. Prueba manifiesta de todo esto son las varias reales órdenes ^ 
que, oponiendo diferentes obstáculos á la institución de mayorazgos y vínculos, y conce- ,í 
diendo ciertas facultades para la enajenación de sus bienes, conspiran sabiamente á im- 
pedir su aumento y aun á disminuir el número de los ya establecidos.» 






OBRAS ESCOGIDAS 99 

pensó en otra cosa que en perpetuar el lustre de su casa, 
sin prevenir los daños que por esto habían de sobreve- 
nir á sus demás hijos; porque antes de que yo llegara 
al infeliz estado en que usted me ve, ¡cuánto he tenido 
(jue h"diar con mi hermano para que me diese siquiera 
los alimentos mandados por mi padre en una cláu- 
sula de la institución! ¿Y de qué me sirvió esto? De 
nada, porque como él tenía el dinero y la razón, fácil 
es concebir que él se salía con la suya en todas oca- 
siones. ^ 

Hablando como buen hijo, quisiera disculpar á mi 
padre de los perjuicios que nos «irrogó con esta su injusta 
preferencia; pero como hombre de bien no puedo dejar 
de confesar que hizo mal. ¡Ojalá que, como yo le per- 
dono, Dios le haya perdonado los males de que fué 
causa! Tal vez á mí, que hoy no hallo qué comer, me 

^^ ha tocado la menor parte. 

I Cuatro hermanos fuimos: Damián, el mayorazgo, 

Antonio, Isabel v vo. Damián, ensoberbecido con el 
dinero y lisonjeado por los malos amigos, se prostituyó 
á todos los vicios, siendo sus favoritos, por desgracia, el 
juego y la embriaguez, y hoy anda honrando los huesos 
de mi padre de juego en juego y de taberna en taberna, 

I ' El autor citado dice irónicamente: «Que es cosa de la mayor importancia para el 

I Estado y para los mismos fundadores de mayorazgos, que se conserve su memoria hasta 

,| la más remota posteridad, por la grande hazaña y heroica acción de haber vinculado 

sus riquezas y motivado, como regularmente sucede, muchos y dilatados pleitos tan 
., conducentes para el bienestar y tranquilidad de las familias. -. 



100 PENSADOR MEXICANO 

sucio, desaliñado y medio loco, atenido á una muy corta 

dieta que le sirve para contentar sus vicios. -^' 

Mi hermano Antonio, como que entró en la Iglesia 
sin vocación, sino en fuerza de los empujones de mi 
padre, ha salido un clérigo tonto, relajado y escandaloso, 
que ha dado harto (juehacer á su prelado. Por accidente 
está en libertad ; el Carmen y San Fernando, la cárcel y 
Tepozotlán son sus casas y reclusiones ordinarias. 

Mi hermana Isabel... ¡pobre muchacha! ¡Qué lás- 
tima me da acordarme de su desdichada suerte! Esta 
infeliz fué también víctima del mayorazgo. Mi padre la 
hizo entrar en religión contra su voluntad, para mejor 
asegurar el vínculo en mi hermano Damián, sin acordar- 
se quizá de las terribles censuras y excomuniones que el - 

santo Concilio de Trento fulmina contra los padres que 
violentan á sus hijas á entrar en religión sin su volun- 
tad; ^ y lo peor es (jue no pudo alegar ignorancia, pues ^ 
mi hermana, viendo su resolución, hubo de confesarle % 

* Ses. 25, cap. 18. Excomulga el Santo Concilio en este lugar á todas y cuales- 
quiera personas, de cualquiera calidad que sean, tanto clérigo como legos, seculares ó 
regulares, gocen de la dignidad que gozaren, si de cualquiera manera obligaren a 
alguna doncella, viuda ú otra mujer... á entrarse en monasterio, á recibir el hábito 
de cualquiera religión ó á profesar en ella. Excomulga también á todo el que para ello 
diere consejo, aux'lio ó favor, y lo que es más, á cuantos sabiendo que el ingreso al mo- 
nasterio, la toma de hábito ó la profesión, es á fuerza, interpusieren para el acto su 
autoridad ó su presencia. Dj suerte que, como dice el doctor Boneta, en sentir d»i 
eximio Suárez, los agresores de esta violencia incurren en tres excomuniones: en Li 
primera, por el ingreso al monasterio; en la segunda, por la recepción del hábito; y en ' 
la tercera, por el acto de la profesión. Hay casos, dice este autor, en que se justifica 
el tomar lo ajeno ó el matar á otro; pero el violentar á una lija á que sea monja, no 
hay caso que lo justifique ni lo pueda justificar. (En su libro Gritos del Injierno, p&gi- 
nas211y212). 



^ "^^^^íjSff 7S!«^-51?TS?»j- 



'.-•'■iv '^- -•^'-'■^ lí. 



OBRAS ESCOGIDAS 101 

llanamente como estaba inclinada á casarse con un joven 
vecino nuestro, que era igual á ella en cuna, en educa- 
ción y en edad; muchacho muy honrado, empleado en 
rentas reales, de una gallarda presencia, y sobre todo, 
que la amaba demasiado; y con esta confesión le suplicó 
que no la obligase á abrazar un estado para el que no 
se sentía á propósito; sino que le permitiera unirse con 
aquel joven amable, con cuya compañía se contemplaría 
feliz toda su vida. 

Mi padre, lejos de docilitarse á la razón, luego que 
supo con quién quería casarse mi hermana, se exaltó en 
c«')lora y la riñó con la mayor aspereza, diciéndole que 

■'; esas eran locuras y picardías; que era muy muchacha 
para pensar en eso; que ese mozo á quien quería era un 
picaro, tunante, (jue sabría tirarle cuanto llevara á su 
lado: que por bueno que á ella le pareciera no pasaba 
de un pobre, con cuya nota deslucía todas las buenas 

'; cualidades que ella le suponía: y por fin, que él era su 
padre y sabía lo (jue le estaba bien y á ella sólo le tocaba 

^ obedecer y callar, so pena de que si se oponía á su volun- 
tad ó le replicaba una palabra le daría un balazo ó la 
pondría en las Recogidas. ^ 

Con este propósito y decreto irrevocable, quedó mi 

"i 

v> 

• Hasta hoy conserva este nombre el edificio destinado anteriormente á la correc- 
2 Clon de mujeres malas; pero ya hace mucho tiempo que por falta de fondos no ha ser- 
í vido á los objetos de su institución, sino muchas veces de cuartel, y ahora últimamente 
I se ha establecido en él la fábrica de puros y cigarros. E. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. II, C — 26. 



n 



102 PENSADOR MEXICANO 

pobre hermana desesperada de remedio y sin más re- 
curso que el del llanto, que de nada le valió. 

Mi padre desde ese instante agitó las cosas de modo 
que á los tres días ya Isabel estaba en el convento. 

El joven, su querido, luego que lo supo, quiso escri- 
birla y acusarla de veleidosa é inconstante; pero mi 
padre, que le tenía tomadas todas las brechas, hubo do 
recoger la carta antes que llegara á manos de la novicia, 
y con ella, el dinero y un abogado caviloso, le armó al 
pobre tal laberinto de calumnias, que á buen componer 
tuvo que ausentarse de México y perder su destino, por 
no exponerse á peores resultados. 

Todo este enjuague se hizo, no sólo sin noticia do 
mi hermana, sino antes tratando de desvanecer su pasión 
por medio de la artería más vil, y fué fingir una carta y 
enviársela de parte do su amante, en la que le decía mil - 

improperios, tratándola de loca, lea y despreciable, y | 

concluía asegurándola de su olvido para siempre y afir- f 

mandola (jue estaba casado con una joven muy hermosa. | 

Esta carta se supuso escrita fuera de esta capital, y 
obró, no el efecto que mi padre (juería, sino el que debía 
obrar en un corazón sensible, inocente y enamorado, que 
fué llenarlo de congoja, exasperarlo con los celos, agi- 
tarlo con la desesperación y confundirlo en el último 
abatimiento. ■ , 

A pocos meses de esta pesadumbre se cumplió el 



.■■ " ... ,t:":r^;nY. -"■■;■' '■.■,.■• .'.' ^ "í'y-/ . - \ • r. ^T^v,;';;--^.v7^''w;2p-a*^?j;^^ . -.; • ■ :--, Y mffí.i.^J^^.rr' "iT"'7??!;WJJ-" 



'i 



J 



OBRAS ESCOGIDAS 103 

plazo del noviciado y profesó mi hermana, sacrificando 
su libertad, no á Dios gustosamente, como el orador decía 
en el pulpito, sino al capricho y sórdido interés de mi 

padre. 

Las muchas lágrimas que vertió la víctima infeliz 
al tiempo de pronunciar la fórmula de los votos, per- 
suadieron á los circunstantes á que salían de un cora- 
zón devoto y compungido; pero mis padres y yo bien 
sabíamos la causa que las originaba. Mi padre las vio 
derramar con la mayor frialdad y dureza, y aun me 
parece (perdóneme su respetable memoria) tjue se com- 
placía en oir los ayes de esta mártir de la obediencia y 
del temor, como se complacía el tirano Falaris al escu- 
char los gritos y gemidos de los miserables que ence- 
rraba en su toro atormentador; ^ pero mi madre y yo 
llorábamos á su igual, y aunque nuestras lágrimas las 
producía el conocimiento de la pena de la desgraciada 
Isabel, pasaron en el concepto de los más por efecto de 
una ternura religiosa. 

Se concluyó la función con las solemnidades y cere- 
monias acostumbradas; nos retiramos á casa v mi her- 
mana á su cárcel, que así llamaba á la celda cuando se 
explayaba conmigo en confianza. 

' Hien conocido es de los eruditos el toro de Falaris. Este era un buey grande y 
liueco, hecho de bronce, dentro del cual dicho tirano hacia meter á los que quería ator- 
mentar extrañamente, y estando encerrados hacía poner fuego alrededor del toro, el 
que, penetrando á los infelices, los hacía morir entre las más terribles ansias, crujiendo 
el aire sus ayes que parecían bramidos de la infernal máquina. 



104 



PENSADOR MEXICANO 



El tumulto de las pasiones agitadas (jue se habían 
conjurado contra ella, pasando del espíritu al cuerpo, le 
causó una fiebn^ tan maligna y violenta, que en siete 
días la separó del número de los vivientes... ¡Ay, amada 
Isabel I ¡Querida hermana I ¡Víctima inocente sacrificada 
en las inmundas aras do la vanidad, á sombra de la fun- 
dación de un mayorazgo! Perdone tu triste sombra la 
imprudencia de mi padre, y reciba mis tiernos y amo- 
rosos recuerdos en señal del amor con que te quise y del 
interés que siempre tomé en tu desdichada suerte; y 
usted, amigo, disculpe estas naturales digresiones. 

Cuando mi padre supo su fallecimiento, recibió por 
mano de su confesor una carta cerrada que decía así: 



«Padre y señor: La muerte va á cerrar mis ojos. 
A usted debo el morir en lo más llorido de mis años. 
Por obediencia... No. por miedo de las amenazas de 
usted, abracé un estado para el que no era llamada de 
Dios. Forzadamente sacrilega, ofrecí á Su Majestad mi 
corazón á los pies de los altaros; pero mi corazón estaba 
ofrecido y consagrado de antemano con mi entera volun- 
tad al caballero Jacobo. Cuando me prometí por suya 
puse á Dios por testigo de mi verdad, y este juramento lo 
habría cumplido siempre y lo cumpliera en el instante 
de espirar, á ser posible; mas ya son infructuosos estos 
deseos. Yo muero atormentada, no de fiebre, sino del 



.-.v .„^ 



OBRAS ESCOGIDAS 



105 



sentimiento de no haberme unido con el objeto que más 
amé en este mundo; pero á lo menos entre el exceso 
de mi dolor tengo el consuelo de que, muriendo, cesará 
la penosa esclavitud á que mi padre... ¡(jué dolor I mi 
mismo padre me condenó sin delito. Espero que Dios 
se apiadará de mí, y le pide use con usted de su infinita 
misericordia su desgraciada hija, la joven más infeliz. — 

ISAHl'í,. V ' ~ 

Esta carta cubrió de horror v de tristeza el corazón 
de mi padre, así como la noche cubre de luto las bellezas 
de la tierra. Desde aquel día se encerró en su recámara, 
donde estaba el retrato de mi hermana vestida de monja; 
lloraba sin consuelo, besaba el lienzo y lo abrazaba á 
cada instante; se negó á la conversación de sus más 
gratos amigos; abandonó sus atenciones domésticas; 
aborreció las viandas más sazonadas de su mesa, el 



' Nada tiene de violento ni fabuloso este pasaje; mil han sucedido por su tenor. 
F,l doctor Boneta, en su librito ya citado Gritos del Infierno, en la pág. 210, refiere: «que 
una de estas forzadas, estando para morir, preguntó al confesor: — Padre, si me muero 
¿dejare de ser monja? — \ respondiéndola que sí, empezó ella misma á cerrarse los ojos 
y á hacer los esfuerzos más rabiosos para adelantarse la muerte.) Hasta aquí el autor 
citado. ^ qué, ^será esto lo más ni lo único que se ha visto con estas pobres que han sido 
monjas contra su voluntad? ¡quiéralo Dios! pero México mismo ha visto casos funes- 
tísimos tejidos de la propia tela, que no referimos porque algunos son muy recientes y 
privados para muchos. ¡ De cuántos crímenes son reos ante el cielo los que violentan 
á sus hijas á ser monjas, y de cuántos modos puede hacerse esta violencia! Lo conciso 
de una nota no permite hacer una completa explicación; pero los padres timoratos y 
amantes de sus hijas ya se guardarán de forzarles su inclinación ni con amenazas, ni 
con ruegos, ni con promesas, ni con halagos, ni con persuasiones, ni con nada que 
huela á fuerza física ó virtual, si no quieren comparecer reos de la más rigorosa respon- 
sabilidad ante el más justo de los jueces. 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. H , C. — 27. 



106 



PENSADOR MEXICANO 



sueño liuyó de sus ojos; toda diversi()n le repugnaba; 
huía los consuelos como si lucran agravios; separó hasta 
la cama y habitación de mi madre, y para decirlo de una 
vez, la negra melancolía llenó de opacidad su corazón, 
hurtó el color de sus mejillas y dentro de tres meses 
lo condujo al sepulcro, después de haber arrastrado no- 
venta días una vida tristemente fatigada. Feliz será mi 
padre si compurgó con estas penas el sacrificio que hizo 
de mi hermana. 

Muerto él, entró en absoluta posesión del mayorazgo 
mi hermano Damián, ya casado; mi madre y yo, que era 
el menor, nos luímos á su casa, donde nos trató bien 
algunos días, al cabo de los cuales se mudó, por los con- 
sejos de su mujer, que no nos quería, y comenzaron los 
litigios. 

Yo no pude sufrir que vejaran á mi madre, y así 
traté de separarla de una casa donde éramos aborrecidos. 
Como, por razón de ser hijo de rico, mi padre no me 
dedicó á ningún oficio ni ejercicio con ([ue pudiera adqui- 
rir mi subsistencia, me hallé en una triste viviendita con 
madre á quien mantener y sin tener para ello otro arbi- 
trio que los cortos y dilatados socorros del mayorazgo. 

En tan infeliz situación me enamoré de una mucha- 
cha que tenía quinientos pesos, y más bien por los qui- 
nientos pesos que por ella, ó séame lícito decir, que más 
por recibir aquel dinero para socorrer á mi pobre y 




» 



OBRAS ESCOGIDAS 107 



amada madre que por otra cosa, me casé con la dicha 
joven; recibí la dote, que concluyó en cuatro días, que- 
dándome peor que antes y cada día peor, pues de repente 
me hallé con madre, mujer y tres criaturas. 

Mis desdichas crecían al par de los días; me fué 
^ preciso reducir mi familia á esta triste accesoria, porque 

> mi hermano probó en juicio que ya no tenía obligación 

de darme nada. Mi mujer, que tenía una alma noble y 
sensible, no pudiendo sufrir mis infortunios, rindió la 
vida á los rigores de una extenuación mortal, ó por 
decirlo sin disfraz, murió acosada del hambre, desnudez 
y trabajos. 

Yoj á pesar de esto, jamás he podido prostituirme al 
juego, embriaguez, estafa ó ladronicio. Mis desdichas me 
persiguen; pero mi buena educación me sostiene para no 
precipitarme en los vicios. Soy un inútil, no por culpa 
mía, sino por la vanidad de mi padre; pero al mismo 
tiempo tongo honor, y no soy capaz de abandonarme á lo 
mayorazgo (dígolo por mi hermano). 

Cate usted aquí en resumen toda mi vida y calí- 
fique en la balanza de la justicia si seré picaro, como 
me juzgó, ú hombre de bien como le significo; y cuando, 
:> conforme á la razón, crea que soy hombre de bien, 
¿í advierta que no son los hombres lo que parecen por 
-; su exterior. Hombres verá usted en el mundo vestidos 
de sabios y son unos ignorantes; hombres vestidos de 



108 



PENSADOR MEXICANO 



caballeros y, á lo menos en sus acciones, son unos ple- 
beyos ordinarios; hombres vestidos de virtuosos ó que 
aparentan virtud, y son unos criminales encubiertos; 
hombres... ¿pero para qué me canso? Verá usted en el 
mundo hombres á cada instante indignos del hábito que 
traen, ó acreedores á un sobrenombre honroso (jue no 
tienen, aunque no se recomienden por el traje, y enton- 
ces conocerá que á nadie se debe calificar por su exterior 
sino por sus acciones. 

A este tiempo tocó la puerta la viejecita madre del 
trapiento; le abrió éste, y entró con tres niñitos de la 
mano, que luego fueron á pedirle la bendición á su papá, 
quien los recibió con la ternura de padre, y después de 
acariciarlos un rato me dijo: — Vea usted el fruto de mi 
amor conyugal y los únicos consuelos que gozo en 
medio de esta vida miserable. 

Á pocos momentos de esta conversación, se entró 
para adentro y salió la vieja con un pocilio de aguar- 
diente y unos trapos, y me curó las ligeras roturas de 
la cabeza. Después vino la cena y cenamos todos con la 
mayor confianza; acabada me dieron una pobre colcha, 
que conocí hacía falta á la familia, y me acosté durmien- 
do con la mayor tranquilidad. 

Á otro día muy temprano me despertaron con el 
chocolate, y después que lo tomé, me dijo el trapiento: 
— Amiguito, ya usted ha visto la venganza que he querido 



I 



-1 

■i 



■ ^:: ■.<!r' "V 



OBRAS ESCOGIDAS 



109 



tomar del agravio que me hizo ayer; no tengo otra cosa 
ni otro modo con que manifestarle que lo perdono; pero 
usted reciba mi voluntad y no mi trivial agasajo. I'nica- 
mente le ruego que no pase por esta calle, pues los que 
han sabido que usted me calumnió de ladrón, si lo ven 
pasar por aquí creerán, no que el juez me conoció y fió 
por hombre de bien, sino que nos hemos convenido y 
confabulado, y esto no le está bien á mi honor. Sólo esto 
le pido á usted y Dios lo ayude. 

No es menester ponderar mucho lo que me conmo- 
vería una acción tan heroica y generosa. Yo le di las 
más expresivas gracias, lo abracé con todas mis fuerzas 
para significárselas y le supliqué me dijera su nombre 
para saber siquiera á quién era deudor de tan caritativas 
acciones; pero no lo pude conseguir, pues él me decía: 
— ¿Para qué tiene usted que meterse en esas averigua- 
ciones? Yo no trato de lisonjear mi corazón cuando 
hago alguna cosa buena, sino de cumplir con mis debe- 
res. Xi quiero conocer á mis enemigos, para vengarme 
de ellos, ni deseo que me conozcan los que tal vez reci- 
ben por mi medio un beneficio; porque no exijo el tribu- 
to de su gratitud, pues la beneficencia en sí misma trae 
el premio con la dulce interior satisfacción que deja en 
el espíritu del hombre: y si esto no fuera, no hubiera 
habido en el mundo idólatras paganos que nos han 
dejado los mejores ejemplos de amor hacia sus seme- 

PERIQUILLO SARNIENTO. — T. II, C. — 28. 



lio 



PENSADOR MEXICANO 



jantes. Conque excúsese usted de esta curiosidad , y 
adiós. 

Viendo que me era imposible saber quién era por su 
boca, me despedí de él con la mayor ternura, acordán- 
dome de don Antonio, el (|ue me favoreció en mi prisión, 
y me salí para la calle. 




m 



TrTr> - ->:■ '■■^r-yTti 



[^'"^'W^' 



f •:^^ 




^ 



CAPÍTULO V 



En el que cuenta Periquillo la bonanza que tuvo; 
el paradero del escribano Chanfaina ; su reincidencia con Luisa, y otras cosillas nada 

ingratas á la curiosidad de los lectores 



Salí, pues, de la casa del trapiento medio confuso y 
avergonzado, sin acabar de persuadirme cómo podía 
caber un alma tan grande debajo de un exterior tan 
indecente; pero lo había visto por mis ojos, y por más 
que repugnara ;i mi ninguna filosofía, no podía negar su 
posibilidad. 



112 



PENSADOR MEXICANO 



Así, pues, acordándome del trapiento y de mi ami- 
go don Antonio, me anduve de calle en calle sin som- 
brero, sin chupa y sin blanca, que era lo peor de 
todo. 

Ya á las once del día no veía yo de hambre, y para 
más atormentar mi necesidad tuve que pasar por la 
Alcaicería, donde saben ustedes que hay tantas almuer- 
cerías, y como los bocaditos están en las puertas provo- 
cando con sus olores el apetito, mi ansioso estómago 
piaba por soplarse un par de platos de tlemolillo con 
su pilón de tostaditas fritas; y así, hambriento, goloso 
y desesperado, me entré en un truquito indecente que 
estaba en la misma calle, en el que había juego de 
pillaje. Hablaré claro, era un ari'dstradci'iío como aquel 
donde me metió Januario. 

Éntreme, como digo, y después de colocado en la 
rueda, me quité el chalc^co y comencé á tratar de vender- 
lo, lo que no me costó mucho ti'abajo, en virtud de que 
estaba bueno, v lo di en la friolera de seis reales. 

De ellos rehundí dos en un zapato para ahnorzar: y 
me puse á jugar los otros cuatro; pero con tal cuidado, 
conducta v fortuna, nue dentro de dos horas va tenía de 
ganancia seis pesos, que en a(juellas circunstancias y en 
aquel juegihto me parecieron seiscientos. No nguardé 
más, sino que, ungiendo (|ue salía á desaguar, tomé el 
camino del bodegón más (jue de paso. 



'■■^: .¿.tr^:-:^,.--^ 



T^SfWT'^:' '?r, •'T'^'^r'^rvf. 



OBRAS ESCOGIDAS 



113 



Me metí en él oliendo y atisbando las cazuelas con 
más diligencia que un perro. Pedí de almorzar, y me 
embauló cinco ó seis platitos con su correspondiente pul- 
que y frijolillos; y ya satisfecho mi apetito, me marché 
otra vez para el truco con designio de comprar un som- 
brero, que lo conseguí fácilmente y á poco precio; por 
señas de que no logré de esta aventura otra cosa que 
almorzar y tener sombrero, pues todo cuanto los había 
ganado lo perdí con la misma facilidad que lo había 
adquirido. De suerte que no tuve más gusto que calentar 
el dinero, porque bien hecha la cuenta y á buen compo- 
ner salí á mano; pues el sombrero me costó dos reales, y 
cuatro (jue gastaría en almuerzo y cigarros, fueron los 
seis reales en que vendí mi chaleco. Esto es lo que regu- 
larmente sucede á los jugadores: sueñan que ganan v al 
fin de cuentas no son sino unos depositarios del dinero 
de los otros, y esto es cuando salen bien, que las más 
veces vuelven la ganancia con rédito. 

A consecuencia de haberme quedado sin medio real, 
me quedé también sin cenar, y por mucho lavor del 
coime, pasé la noche en un banco del truco, donde no 
extrañé los saltos de las pulgas y ratas, las chinches, la 
música de los desentonados ronquidos de los compa- 
ñeros, el pestífero sahumerio de sus mal digeridos ali- 
mentos, el porfiado canto y aleteo de un maldito gallo 
que estaba á mi cabecera, lo mullido del colchón de 

PEKIQUILO SARNIENTO. — T. II, C.— 29. 



114 



PENSADOR MEXICANO 



tablas, ni ninguna de cuantas incomodidades proporcio- 
nan semejantes posadas provisionales. 

En fin, amaneció el día, se levantaron todos tra- 
tando de desayunarse con aguardiente, según costum- 
bre, y yo, adivinando qué haría para meter algo debajo 
de las narices, porque por desgracia estaba con un estó- 
mago robusto que deseaba digerir piedras y no tenía con 
qué consolarlo. 

ICn tan tristes circunstancias me acordé que aún 
tenía rosario con su buena medalla de plata y unos cal- 
zoncillos blancos de bramante casi nuevos. Me despojé de 
todo en un rincón, v como cuando tenía hambre vendía 
barato, al primero (jue me ofreció un peso por ambas 
cosas se las solté prontamente antes que se arrepintiera. 

Me luí á un cale, donde me hice servir una taza del 
tal licor con su correspondiente mollete, y á la vuelta 
dejé en el bodeg<')n dos reales y medio depositados para 
que me diesen de comer al medio día; compré medio de 
cigarros y me volví al truquito con cuatro reales de prin- 
cipal, pero aliviado del estómago y contento, porque tenía 
segura la comida y los cigarros para a(juel día. 

Fueron juntándose los cofrades de Briján en la 
escuela, y cuando hubo una porción considerable, se 
pusieron á jugar alegremente. Yo me acomodé en el 
mejor lugar con todos mis cuatro reales y comenzaron 
á correrse los albures. 



•«;-,,■■ ... . ...-.■."■ . , " ■,. . ,^ --- -. ..-^^. , _ ^^_j^....^_._, ^^,,_^^ 



OBRAS ESCOGIDAS 115 

Empecé á apostar de á medio y de á real, según 
mi caudal, y conforme iba acertando, iba subiendo el 
punto con tan buena suerte, que no tardé mucho en 
verme con cuatro pesos de ganancia y mi medalla, que 
rescaté. 

No quise exponerme á que se me arrancara tan 
presto como el día anterior, y así, sin decir ahí quedan 
las llaves, me salí para la calle y me luí á almorzar. 

Después de esta diligencia, comencé á vagar de una 
parte á otra sin destino, casa, ni conocimiento, pensando 
qué haría ó dónde me acomodaría, siquiera para asegurar 
el plato y el techo. 

Así me anduve toda la mañana, hasta cosa de las 
dos de la tarde, hora en que el estómago me avisó que ya 
había cocido el almuerzo y necesitaba de refuerzo; y 
así, por no desatender sus insinuaciones, me entré á la 
fonda de un mesón donde pedí de comer de á cuatro 
reales, y comí con desconfianza, por si no cenara á la 
noche. . 

Luego (jue acabé me entré al truco para descansar 
de tanto como había andado infructuosamente, y para 
divertirme con los buenos tacos y carambolistas; pero 
no jugaban á los trucos, sino á los albures en un rincón 
de la sala. 

Como yo no tenía mejor rato que el que jugaba á 
las adivinanzas, me arrimé á la rueda con alguna cisca. 



116 



PENSADOR MEXICANO 



porque los que jugaban eran payos con dinero y ninguno 
tan mugriento y desarrapado como yo. 

Sin embargo, así que vieron que el primer albur que 
aposté fué de á peso, y que lo gané, me hicieron lugar y 
yo me determiné á jugar con valor. 

No me salió malo el pensamiento, pues gané como 
cincuenta pesos, una mascada, una manga y un billete 
entero de Nuestra Señora de Guadalupe. ' 

Cuando m(' vi tan habilitado, quise levantarme y 
salirme, y aún hice el hincapié por más de dos ocasiones; 
pero como me veía acertado y había tanto dinero, me 
picó la codicia y me clavé de firme en mi lugar, hasta 
(jue, cansada la suiM'te de serme Favorable, volvió contra 
mí el naip