(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Obras de Don Rafael Delgado [microform]"



/ 

% 



/ 




THE UNIVERSITY 
OF ILLINOIS 



LIBRARY 








'-& 



ST-V*^ '■■■/./■; Vi;- 



I 



tí 



^: 









RAFAEL DELGADO 



■A,:; 



' , >■■ . -■>. - 



.'■A 



mww 







^ ."Vi 



L-*^ 







S-'. 



•■" i. 



^'■■:.kí 






,.P 



... J^,^ 



> ; H a ^•> 



ir'! v''- /- "^ / H ^'< ?<i 




Queda aset^raán oonforine á la U|jt' 
la propiedad de enta obra. í. " 






^iV^ 



' >; 



£/ 














-■-^-'^if 



".f 

f 



'St9,\ 


• 


D^Ttr . 


- ■■ '^v ■ 


■ v.T, 


' .-'■ ''> '"'í^^sr 


^•■' • , 


Kfl^ i 




^ UrULhto 


_' . - . 





LOS PARIENTES RICOS. 



^»-,-.-.- .,. 









í 









}-': 



383468 



:<;M: 



■>{ ¿úi^l'diñA'^^:. 



O.v 






Al señor don 

FRANCISCO SOSA. 
Su amigo que mucho le quiere. 

; ' EL AUTOR, 






V 



>■ ■ '--i V ■■- 












PROLOGO. 



Aquí tienes, lector amable — para tu re- 
creo y solaz— este nuevo libro que de bue- 
na gana ofrezco á* tu benévola curiosidad, 
Goñ deseo vivísimo de conseguir que.sus de- 
saliñadas páginas' te den apacible entrete- 
nimiento y grata diversión. 

Juróte por quien eres, no por quien soy^ 
que desde ahora me someto á tu fallo> por 
adv<Brso que me sea; que desdé hoy agra- 
dezco tus ^dogios y me pago de tu aplau- 
so, @i aplauso y elogios tuvieres para mí; 
que respej^upsq y humilde acataré tus jui- 
cios, siempre muy atinados y 4iscretos, por 
contrarios que me fuereri, y te prometo 
para otra ocasióiii enmendarme y corregir- 
me, si en algo ó en niucho me corriges y 
enmiendas, _ pues no soy pecador empeder^ 






.áí 



, • ■ -^ •■>• ■^> ■ 



nido y contumaz, y, á fuer de buen cristia- 
no, sé dolerme de mis culpas y arrepentir- 
me de mis peca¡dos. 

En esta novela encontrarás descritas y 
pintadas varias cosas que he visto con es- 
tos mis ojos, y entre ellas muchas otras de 
las cuales me han dado conocimiento la 
sociedad en que vivo y los círculos que 
he frecuentado: todas conjunes y corrien- 
tes, llanas y vulgares, y tanto que, puedes 
creerlo, son como el pan de cada día. 

Mas como acontece á menudo que los 
lectores de este linaje de historias, — ^por 
buenos que parezcan y por excelentes que 
se muestren, — si conocen al auitor suelen 
atribuirle los hechos narrados en libro es- 
crito de su pluma, y si éste tiene forma au- 
tpbiográÍTca llegan hasta declararle prota- 
gonista de la obra, adviértote que ésta mía, 
verídica como la crónica más verdadera, no 
contiene retratos, (Dios y el Arte me han li- 
brado de hacerlos) y que nada de lo que voy 
á contarte nie ha pasado, ni me acaeció 
jamás cosa' alguna de todo cuanto ,vas á 
saber. Lúcidos y medrados andaríamos los 
novelistas. Viviendo tantas vidas, llorando 
tantas desventuras, y traídos y llevados de 
dolor en dolor. 

Cierto es,^y vaya en excusa de tales lec- 
tores, — que el autor está siempre en sus 
obras, y que "eso de la impersonalidad en 
la novela*' es empeño tan arduo y difícil 



■: '7??- -^ ■''■'■'- ■. 






que, á decirte verdad, le tengo por sobre- 
humano é imposible. 

Plázcate mi novela de "Los Parientes 
Ricos ;" que ellos te dejen convidado para 
leer otro librito que tengo en cañamazo, 
"La Apostasía del P. Arteaga ;" y que Dios 
te bendiga, y á mí me guarde de aquellos 
"sotiles y almidonados"' de quienes, con ser 
quien era y valiendo tanto como valia, se 
mostraba tan receloso mi señor y maestro 
don Miguel de Cervantes Saavedra. 

Pluviosilla á 29 de mayode 1901. 

RAFAEL DELGADO. 




./ • 



... .•Uf^■ 



;/: 



. i 






-w 







-'i ■/;-l .; .<J';;: 1^. 



0--; + ;^^ 



i'; bifí(fi;c .i-.j ■ 
• ' .¿./-íjüii.;- : * 



i ■. r í 






LOS PARIENTES RICOS. 



.■ri-g .^■>ífj/;: . i ' ;■. . :. , ■• V -■•. •■ ..-: •- 

\íín-j;... ^í /v:- ' .. ;: ■>•.:. ' '•■ ' '. / ." ." . . . :- 

...-í--; :. ■ ..I : ^^ ■'■'■■''■ 

;'-':i--Pues bien, esperaremos. . — ^dijo el clé- 
rigo, én tono decisivo, dirigiéndose resuel- 
tamente á la sala, seguido de do n C osme. 
' Uno y otro entraron en el saloncito, y 
áéspüés de dejar en una silla próxima á la 
püiéita capas y sombreros, se instalaron có- 
modamente en el estrado. 

L a criada, una muchaoha.de buen hablar, 
limpí^ fresca y sonrosada, un si es no es 
modosita, saludó con ademán modesto y 
cortés, y sé volvió al jardinito enflorecido 
con las mil rosas de una primavera fecunda 
y siempre pródiga. 

-^Dejemos en paz á los señores— -díjose 



v^-v- 



;:>:.: i-.i: 



Parientes Ricos.- 






Filomena — que, á juzgar' jpór s'ü Iláíiíézá> 
serán, acaso, amigos, si no es que parientes, 
de los amos. 

El_clérigo y su compañero, repantigados 
en las mecedoras, no decían palabra, y se 
entretenían silenciosamente en examinar el 
recinto. 

— ¡ Calor insufrible ! — dijo e] canónigo, 
secándose la frente y el cuello con amplio 
oañuelo de hierbas. — ¡ Calor — repitió — 
como no había vuelto á sentir desde que 
salí de Tixtla hace más de veinte años ! 

— j No sé — exclamó su amojamado inter- 
locutor — cómo pueden vivir las gentes en 
esta ciudad, donde cuando no llueve agua, 
llueve fuego ! . . . . 

— ¡ No se queje vd., amigo don Cos- 
me ! . . . . Temperatura más cálida tendrán 
á estas horas nuestros amigos. Hoy ha- 
brán llegado á Veracruz, y si hoy no desem- 
barcan, mañana saltarán á tierra ; recibirán 
el mensaje que pusimos esta mañana, Ija- 
blarán con el Cura, á quien el Sr. Arzobis- 
po los ha recomendado, y al día siguiente 
los tendremos aquí. Los muchachos que:: 
rrán llegar á Méjico horas después, pero 
mi compadre los obligará á detenerse aqui 
unos tres ó cuatro días. Diré la misa de 
réquiem en la capilla; comeremos acá 
con do ña D olores, con las niñas y con los 
muchachos T" visitaremos con mi compadre 
á una media docena de viejos amigos, y 



■■..A - ■-•■o.-\ 



yi" if^yfr.r'^W^f^'^^s' '-:>ír 



T" --'■ í^» ■' 



n 

en seguidita, al tren ! . . . Ocho horas ,d€ fe- 
rrocarril, y cátese vd., sejóo r don Co si;ne. en 
su casa, y en nuestra diario partida de tre- 
sillo. 

— ¡Dios lo haga, señor Doctor! — contes- 
tó don Cosme — ¡ Dios lo haga ! Ya no es- 
toy en edad para' estos viajes y para estos 

ajetreos Desde el año 56 no había yo 

vuelto á salir de la capital .... Y tenga vd. 
por cierto que de allí no volveré á salir, co- 
mo nó sea para ir al sepulcro, cuando me 
duerma yo en el Señor, y, como lo t«ngo 
pedido, y me lo tiene prometido Antonio 
Pedraza, me lleven á su hacienda de los 
Chopos para darme cristiano enterramiento. 

—El hombre pone y Dios dispone, 

don Cosme! Dice la Sagrada Escritura. . . 

— Y.... dígame vd. — interrumpió Linar 
res, variando de tema, fijos los vivarachos 
ojuelos en un retrato al óleo, obra de exce- 
lente artista y colocado arriba del sofá — ¿ es 
cierto que esta familia se encuentra en si- 
tuación precaria, á causa de no sé qué Hti- 
gio ganado hace poco por un extranjero, 
y á causa también de viejos y amargos 
rencores de familia? Parece, me han dicho, 
que la catástrofe vino á raíz de la muerte 
de dojiJ^ámón, y durante la ausencia lar- 
gtiísima de donjuán. 

— Ea vendad, amigo J^inares, es verdad; 
como es cierto que estal'~geñtes no han 
querido acudir á mi compadre en demanda 
de auxilio y de segura salvación!, 



4 






12 



— Por de contado que don Juan 

— Sin duda ; pero Lolita no echa en olvi- 
do ci%rtos disgustillos que por cuestiones é 
ideas políticas, separaron á su marido y á 
su cuñado. Ramón era testarudo como un 
aragonés ; Juan no desmiente su abolengo 

vizcaíno Pero mi compadre, (vd. le 

conoce) ha estado, y está dispuesto á prote- 
ger y otorgar favor y ayuda á sus parientes. 
Así me lo escribió desde Lourdes, ha menos 
de seis meses, y á eso viene, y por eso no 
fué á Sevilla á pasar la Semana Santa, y por 
eso, y con el objeto de allanar cualesquiera 
dificultades que* se presenten, he venido 
yo por encargo de nuestro amigo ; que pa- 
ra recibirle y verle diez ó veinte horas antes 
de su llegada á Méjico no era tiecesario el 
viaje que hem'os hecho, corriendo mil peli- 
gros en el tren, ni pasar por esos cerros de 
Maltrata y por esos puentes alzados hasta 
las nubes, ni faltar al Coro, ni tener que 
confiar á un compañero los sermones del 
Mes de María qué he debido predicar ayer 
y hoy, y el que debo predicar mañana en 
ia Profesa, en San Bernardo y en Jesús Ma- 
na. 

— I Sea para bien! 

■ — Lolita es persona de carácter, (ya la 
conocerá vd.,) es mujer expedita y de talen- 
to, y no me será fácil convencerla .... 

^-¡Con la elocuencia de vd.,^ señor Doc- 
tor .. . 



; A-; ■ 



•?;!'-í7«íT.r'í'¡''?|i Y» í^v-", •/;■»■. V 



13 



' — ¡ Nó habrá elocuencias que valgan ! No 
me será fácil convencerla de que debe, por 
ella y pqr sus hijos, solicitar de mi compa- 
dre que está muy rico, como quien dice na- 
dando en oro .... 

— Si, señor Doctor, podrido en pesos ! 

— que debe apelar á su cuñado, que 

es generoso, y hasta manirroto, si, manirro- 
to, en demanda de ayuda .... Ya sabe vd. 
que Juan no se tienta el corazón para gas- 
tar el dinero. . . . Díganlo si nó las obras 
dé caridad que sostiene; el auxilio que 
desde hace más .de veinte ó treinta años (y 
me quedo corto) viene prestando á las igle- 
sias pobres; digalo si nó el Seminario ese, 
levantado por él desde los cimientos. ... 

— i Don Juan, señor Doctor, — exclamó, 
iiícorporándose en su asiento el de Linares 
— don Juan es un modelo de buenos cristia- 
nos! ¡Mil veces lo he dicho! ¡Mil veces! 
No por él se diría aquello de que para los 
opulentos suele estar cerrada la puerta del 
Cielo. 

El Canónigo inclinó la cabeza en señal . 
de asentimiento, se arregló el solideo, se 
compuso solemnemente el alzacuello con el 
índice y el medio de la diestra, y prosiguió : 

— ¡ Al fin persona de buena cuna ! Hom- 
bre de sólidos principios y de sanas 
ideas 

E interrupiéndose un instante, y como 
atento á ruidos y voces que llegaban del co- 
rredor, dijo: 



. 'í ■ 



í'wr»»" 



H 



— Me parece que esas gentes llegaron ya. 
. Oíanse en el zaguán voces femeniles, 

El Canónigo y su compañero guarda- 
ron silencio. El clérigo se mecía dulcemen- 
te en su sillón ; don Cosme se preparaba á 
encender un puríllo recortado, cuya aspere- 
za y cuya palidez denunciaban la mala cla- 
se del artículo y lo burdo de la hechura. El 
viejo inclinado hacia el lado derecho, en 
busca de la luz que entraba por la venta- 
na, revolvía el cigarro entre los sarmento- 
sos dedos, sin dar con la espira que indicaba 
la torcedura de la hoja, sin acertar con la 
línea de la pecosa capa. 

Dos lindas jóvenes, una alta y rubia, la 
otra baja y morena, sencilla y elegantemen- 
te vestidas, pasaron por el corredor hacia 
las habitaciones iinteriores. La segunda se 
apoyaba en el brazo de su compañera. 

Tras ellas apareció doña Dolores, la 
cual entró en la sala. 




- .-.^ •¿iJ ^ : ^' 



. ,\ :,;-,.- 




1. . . 



II 



■^i Muy bien ! ¡ Lindísimo ! Ni un aviso 
con algún ami'go, ni cuatro letritas por el 
correo, ni un telegrama ! ¡ Muy bien, señoi 
Fernández ! 

Esto decía la dama, dirigiéndose hacia el 
estrado, á tiempo que el clérigo se adelan- 
taba tendiendo los brazos para abrazarla— 
en ademán litúrgico,— á la manera como 
el preste abraza al diácono en las misas 
cantadas. 

— ¡Dolores! ¡Dolores! — repetía el canó- 
nigo — i Siempre tan famosa y tan bien con- 
servada ! ¡ t'or vd. no pasan los años ! 

La señora ahogó un suspiro. 

— Pero vamos : — dijo el edesiástico, pre- 
sentando á su compañero — Amigo don 
Cosme : la señora de Cervantes El se- 






»<í'=^.- -■.->"■>; 



í^^ 









ñ<ir don Cósm« de Libare^ : exccleaitc cáb«i-|: 
Uero, el fundador de la hermandad 4eíaS. 
"Rosas Gvadalupanas," viejo amigo de 
Juan, persona de excelentes prendas .... 

Y cambiadas las frases de cortesía, sen- 
tóse la dama .en el sofá, y los visitantes vol- 
vieron á sus oillones. 

La señora repitió sus quejas : 

— ¿Por qué no avisar! ¡Los habríamos 

hospedado acá con tanto gusto ! La 

casa es chica, pero no tanto que ustedes 
hubieran estado mal instalados. Además: 
habríamos ido á recibirlos en la Estación. 
¡Vaya, señor Doctor! ¿Ya no somos ami- 
gos? Si Ramón viviera no quedaría con- 
tento de vd . . . . Pero ... si no le perdono 
á vd. esta manera de venir! Yo... siem- 
pre preguntando por vd. ; siempre infor- 
mándome de su salud, y de todo ! Y,; 

á propósito, á propósito : mis felicitaciones, 
sí, mis felicitaciones por la canongía. Leí- 
mos la noticia en "La Voz de México" y 
nos dio mucho gusto, y dije á las mucha- 
chas, (ya las verá vd., no tardarán en ve- 
nir) que era preciso mandar á vd. nues- 
tros parabienes Margarita era la en- 
cargada de escribir, porque con los mu- 
chachos no se cuenta, y Elena, la pobre Ele- 
na ¿ sabe vd. la desgracia ? . ' 

El canónigo hizo un ademán afirmativo. 

— Pero con tantas penas, con tantas 
amarguras, ¡ya sabrá vd! y luego la mu- 
danza ¡ Mudar una casa en la cual na- 



J.U:- 



-'y-^' ^*\-^ 



17 

da se había movido durante tantos años, más 
de ochenta, según me contaba Ramón; 
luego, el instalarse aquí ; después, la enfer- 
medad de Ramoncito, que el pobrecillo se 
vio á la muerte. ... Y así fué pasando el 
tiempo y no llegó el día en que Margari- 
ta escribiera. Pero yd. nos perdonará ¡ Bien 
sabe cómo le queremos! 

— ^Sí, Dolores, — respondió el canónigo — 
mucho les agradezco su cariño y sus re- 
cuerdos. El P. López, á quien vemos por 
allá frecuentemente, me ha llevado las me- 
morias y saludos de ustedes. No bien lle- 
ga, y le digo ¿ qué dice , Pluviosilla ? me 
habla de ustedes y de todos los amigos. Por 
él he sabido los cuidados y las amarguras 
de vd .De todo ello trataremos con la cal- 
ma debida. 

Y variando de conversación prosiguió : 

—Pero .... cómo he sentido el caíor. Só- 
lo en Guerrero le he sentido igual .Y 

sabe vd. que tienen una bonita casa. ... 
^ ; -—Muy chica. . . — replicó la señora. 
• —Ya la veo ; pero con un lindo jardín. Ya 
me fijé en él. Muchas flores ¿eh? 
p^ —Es el. tiempo de ellas. Ahora hay 
pocas..... Las muchachas, en este mes, 
cortan todas para mandarlas á Santa^Marta. 

-—Bien hecho: que engalanen los altares 
de la Madre de Dios! ..^- ,- ,', /• 

— ^^Si ustedes gustan iremos al patio.. .para 
que vean cuanto tenemos, antes que obs 

Parientes Ricos. — 3 



i8 



curezca. Probablemente al señor Linares 
le gustarán las flores. 

— Sí, señora ! — murmuró don Cosme 
con la frialdad de un sordo á quien le ala- 
ban una pieza de música. „ 

— Pues, vamos, Dolores. . .\'. . .Vamos á 
ver ese jardín famoso 

— ¿Tomarán ustedes chocolate? Mien- 
tras k) hacen veremos las flores . . . . .Tene- 
mos ahora magníficas rosas. 

— ¿Habrá dahalias? 

— En la otra casa llegamos á reunir una 
magnífica colección. Aquí se nos han per- 
dido muchas. Pero no son flores de estos 
meses. Ya en julio principian. ... 

Y todos se levantaron. En ese momento 
llegaban las señoritas. 

Una, la morena, de gran belleza, y en 
quien la juventud hacía alarde de todos 
sus dones y de su exuberante opulencia, era 
conducida por su hermana, ciega desde an- 
tes de cumplir quince años, á consecuen- 
cia de no sabemos qué enfermedad que la 
ciencia supo vencer en la niña, pero sin lo- 
grar que la luz volviera á las pupilas de 
ésta, inclinaba la frente al andar, y' Se en- 
corvaba un poco, habituada á ir y venir en 
el interior de la. casa, siempre á tientas ;v 
siempre apoyándose eti las paredes o:.en Ids 
muebles. Brillaba en aquellos ojos "fíjlgp" 
niortecino,. pero eran grandes, rasg'ados, 
límpidos ; negras las ptipilas ; los párpados 



Wr' 



19 

vivos y orlados de largas y levantadas pes- 
tañas. 

En su hermana, en la gentil Margarita, 
había la soberbia altivez de una estatua 
griega. Pálida, con palideces de lirio, de púr- 
pura los labios, de flor de lino las pupilas, 
había en ella cierta suprema majestad de 
prirucesa. Parecía urna piadosa Antígona que 
guiara no á un Edipo desventurado, sino 
á la más bella de las jóvenes tebanas ce- 
gada por la implacable crueldad de los dio- 
ses. En la rubia toda la dulce y regocijada 
hermosura de la azucena; en la morena la 
belleza ardiente de una centifolia abierta 
por el rocío, al despuntar los albores de 
una mañana de mayo. 

— ¡ Qué Viermosas ! — ^pensaba don Cos- 
me. 

— ¡ Qué lindas y qué grandes ! — repetía el 
clérigo — ¡ Con 1 azón nos hemos hecho vie- 
jos ! j Quién las vio, como tú, de chiquillas, 
picarillas y traviesas! 

— Margarita : chocolate para los . seño- 
res ! ... . 

Elena sonreía al oír las frases joviales 
del canónigo que hacían contraste con la 
sequedad y reserva de don Cosme. 

Todos se dirigieron hacia el patio. Ele- 
na apoyada en eí brazo de doña Dolores; 
el clérigo al lado de ésta; don Cosme en 
el opuesto, junto á la ceguezuela . 

¡ Cuan espléndido se ocultaba el sol tras 



V 



20 



la colina de la Sauceda ! ¡ Qué limpio y azul 
el cielo de Huviosil'la ! ¡ Qué ardiente el ce • 
laje! ¡Qué nubes aquellas que parecían in- 
móviles sobre la cima dorada del Citlalté- 
petl! ^ ., ^ .. ' . 




/ 




III. 



— j Qué grato frescor el de este patioT-^ 
dijo el sacerdote! 

— rj Como que Filomena acaba de regar- 
le! — respondió la dama— ¡Y vaya si le ha 
regado bien ! Vea vd . . . . ha inundado^ al- 
gunas callejas .... Pero no teman ustedes 
la humedad. ^ 

La señora y la señorita se detuvieron; , 
el clérigo y su amigo se adelantaron hacia 
el centro del patio. 

Ardía el Poniente. Sobre la hermosa 
colina que limita y da sombra á la Sauceda, ; 
el mejor paseo de la ciudad, declinaba el í- 
sol en una espléndida gloria dé púrpura; •• 
se hundía como en un piélago de doble mú- f^, 
rice, cuyo, oleaje carininado se extendía 
impetuoso hacia las regiones del _ Norte. 



■'^'■^vnTfT^:^' 



:|K?™-^ í-'^ - :.-■ • *■ T l'ví^^"'- Í;^\^KF f ^ 



"■. . 2,2 ..".,;■: , ■;. ■■. 

El canónigo contempló breve rato las 
magnificencias del flamígero crepúsculo, y 
llamando la atención de don Cosme hacia 
la suprema hermosura de aquella puesta de 
sol, díjole, haciendo un gesto: 

— Mañana tendremos sur ¡Buena 

música nos dará esta noche ! 

Sonrieron las señoras que se habían de- 
tenido, y avanzaron hasta la fuente, en la 
cual parloteaba el chorro, y en cuyas aguas 
agitadas se irevolvían asustados rojos y 
dorados ciprinos. La dama mostraba el 
simpático conjunto del jardinito. Elena mo- 
jaba sus dedos en el agua que había en el 
bordé de la fuente. 

— Esta azalea, — decía doña Dolores, se- 
ñalando una caja arborífera,— era la favo- 
rita de Ramón. Los jardineros llaman á 
esta planta "Perla de Alemania." No es 
rara ; pero aquí, en Pluviosilla, florece rica- 
mente, durante el invierno. Es un encanto 
verla . Se cubre de flores niveas .... Cada 
corola luce en el fondo suaves tintas ver- 
des. ... 

Y suspirando agregó : ' ' , 

— Cuando murió el pobre Ramón, la 
planta estaba enflorecida, como si se hubie- 
ra adornado para despedirse de su dueño, 
y las niíias cortaron todas las flores, todas, é 
hicieron una corona. ... 

Humedeciéronse los ojos de la dama. El 
clérigo se apresuró á interrumpirla: 



V ,X 



■^ ■ '^*:tsl^yi- ■ 



23 

—¿Y cuál es el nombre de esas hojas 
tan frescas y tan lindas, listadas de morado 
y también moradas por el revés ? . . . . 

^n aquel instante se acercó Margarita: 

— ¿Esas? ¡Ah! Son "calateas." Es una 
soberbia planta de sombra. Es el mejor 
adorno de nuestras casas; pero es delicadí- 
sima : el frío la mata ; los rayos de sol la que- 
man. Vean ustedes mis flores preferidas. Pa- 
ra papá las azaleas; para mamá las daha- 
lias. Blepa no gusta más que de las vio- 
letas ; á mí me encantan las rosas .... Aho- 
ra hay pocas. En este mes, todas las ma- 
ñanas, cortamos las flores abiertas en la 
noche, y la* mandamos á Santa Marta. 
Vea vd.j señor Doctor. . . . i, 

La blonda doncella, seguida del Canó- 
nigo y de don Cosme, fué deteniéndose 
f rente, á cada rosal. 

Habíalos de mil especies; á cual más be- 
llos; desde Iqs rastreros que se tienden co- 
mo alcatifas en la tierra, hasta los más al- 
tivos y osados que trepan á las tapias, 
queriendo escaparse por los techos. La ro- 
sa centifolia lucía su falda sérica, pródiga 
de su aroma deleitable y místico ; la blan-t 
ca alardeaba de su opacidad butírica, y se 
desmayaba rendida al peso de sus ramille- 
tes; la "reina," fina, aristocrática, sedien- 
ta de luz, ofrecía sus póculos incompara- 
bles; la "dorada" entreabría, sus capullos 
pujantes y lucía sus cráteras olímpicas; la 



24 

"cNapoleón" vivida y sangrienta era la no- .; 
ta aídiente de aquella sinfonía primaveral; 
la "té/' menuda y grácil, vibraba en hacéis ', 
sus botoncillos delicados r la musgosa i-as- ' 
gaba su envoltura J de felpa glauca, como , 
* ansiosa de desplegar su nítida veste ; la 
"Malmaisón,' sensual, voluptuosa, langüi- • ; 
decía de amor; la "Concha,"^ risueña y ama- '• 
ble, extendía -abre la. fuente sus ramos fio- '" 
ribundos; la "duquesita" se empinaba pa- ' 
ra que vieran su ingenua elegancia, y la"^ 
"triunfo de Méjico," láctea aquí, con bor- ' 
des carminados allá, flameante al morir, \ 
soltaba sus pétalos, orgullosa de sus mirífi- V 
cas arcanas apariencias. En un ángtilo, ' 
arrimada al muro, protegida d» las madt-e-" 
selvas embriagantes y de los jazmines de^ 
España, crecía la singular "jalapeñita,'" muy 
modesta con su túnica de gasa. . Cerca, cií-'' 
briendo la tapia, alargaba sus tallos flexi-'' 
bles la trepadora másenla, y la femínea en- 
trelazaba sus guías punzantes con las desu'- 
compañera jalde, y se deshacía en Uüviá!" 
de hojuelas inodoras y mustias sobre el fo- "^ 
llaje obscuro de la rosa-mosqueta, riza y ál- ' 
beante. í 

Don Cosme se mostró ,cortés> sigüieiíifio''' 
á la joven, pero insensible á tales beíle- ^ 
zas. No así el Canónigo que parecía ém- ' | 
belesado con la conversación de Margari-^'* | 
ta y con las pompas del jafdín. ' ■■ ' ' ' 

El chocolate estaba servido. Así lo anun- 



"m 



ww^w^-^ 



25 



ció Filomena, y en tanto que la rubia don- 
cella CQrt;aba rosas y hacía dos ramilletes 
para qbsequiar con ellos á las visitas, en 
el corredor y cerca de la puerta de la sala, 
el 'IXictor y su amigo gustaron del exce- 
lente refrigerio: del soconusco aromático, 
de los bollos incitantes y de los panecillos 
mantecados y suaves, todo servido en fina 
porcelana antigua, puestos los pocilios en 
virreinales mancerinas de plata. 

— ¡ Qué lujos los tuyos ! — exclamó el ca- 
iiónigo, metiendo en la jicara un bizcochue- 
lo. — ¡Mira qué ricos chirimbolos! 

— ¡ De los que ya son raros ! — añadió 
don "Cosme. 

-T—¿Aesto llama vd. lujo, señor Doctor? 
.)n— Sí, Dolores; lujo es éste, y lujo del 
bueno, del antiguo y serio ; de aquel de 
riuestros abuelos que no se pagaban de oro- 
peles y trampantojos. ¡ Ya de esto no hay ! 
¡Ya es raro ver una mancerina! Pero, en 
cambio» qué de cacharros vistosos sin valor 
ni mérito! 

El clérigo se deleitaba contemplando el 
rico plato, limpio y brijlante. 
f!«rrLas mancerinas esas eran de los abue- 
los, ó de los bisabuelos de Ramón, ¡qué 

sé, yo! Han pasado de padres á hijos 

y créame yd., señor Doctor, créame vd., 
la§ conservamos como un tesoro. Rara vez 
salen, como no sea en casos y circunstan- 
cias como estas Se trataba dje vd., y 

del señor. . . . , . 

- ■ ■ ■ » ; . „. •• ■'^^ 

. parientes Rico 4 • 



\ 



"X 






-■rm:- 



26 

/ ...... 

Don Cosme sonrió y dio las gracias con 
un ademán. El señor Fernández prorrum- 
pió : 

— i Mucho te lo agradezco, Dolores ! Ya 
verás, ó verá vd., que no nos portamos mal, 
y que hacemos á tu chocofate los honores 
debidos .... 

— ¿Y por qué, — repuso la dama, — por 
qué á veces me tutea vd. y en otras me da 
tan respetuoso tratamiento? ¡Bien! No 
escribir, no avisar de la llegada, no poner 
ni un mensaje para que le esperásemos, y 
ahora tratarme de vd., cuando siempre me 
tuteó ! 

— ^Tienes razón, hija, tienes razón. La 
falta de costumbre. ¿Desde cuándo no 
nos veíamos? Pues.... ¡friolera! ¡Desde ha- 
ce más de treinta años, desde que pasé por 
aquí con el Sr. Garza, desterrado como 
él ... . Cuando regresé vi t Ramón, sí, pe- 
ro á tí no. Estabas con tu padre en una 
hacienda. Así me lo dijeron las Arteagas. 
Y dime: ¿viven todavía esas buenas se- 
ñoras? . ■■■■■,•:■'.■ l'-l'l " T' 

— Sí, señor, viven; y muy fuertes y bien 
conservadas. 

— Si tenemos tiempo, ya las veremos. .' . r 

— No están aquí ahora. Están én Villa- 
verde. Año á año pasan allí una temporada. 

— Bien ; pues me "las saludarás cariñosa- 
mente, j Si supieras cuántos esfuerzos^ hice 
para que su hermano volviera al buen ca- 



... .//; ¿xm:. 



. ^7 

mino ! Pero todo fué inútil. ¡ Dios haya 
tenido piedad de su alma! 

Apuraba don Cosme el vaso de agua 
limpidísima, cuando Margarita llegó con 
. sus ramilletes. 

Dio á cada cual el suyo, y en seguida, 
mientras jugaba con una rosa pálida, apo- 
yóse en el respaldo del mecedor ocupado 
por Elena. Acaricióla dulcemente como á 
una chiquitína mimosa, y terminó por co- 
locar entre los negros cabellos de la cegue- 
zuela la hermosa y gallarda flor. 

— Volvamos á tus mancerinas, Dolores : 
—dijo solemnemente el canónigo — con- 
sérvalas cuidadosanlente ; mira que ya de 
eso no hay, y que son precioso recuerdo 
de familia ! 

— ¡ Bien que las cuido, señor Doctor ! — 
Y añadió entristecida: — Por cierto que en 
la enfermedad de Ramoncito estuve á pun- 
to de venderlas .... Pero las niñas se opu- 
sieron á ello, c 

— Sí, — exclamó Margarita — yo dije que 
nó ; que antes se vendieran otras cosas ! 

— Yo tampoco quise. . . . — murmuró plá- 
cidamente Elena. — Y tengan ustedes en 
cuenta que yo ... . ya no las veo, pero les 
tengo cariño. Me conformo con tocarlas. 
Yo las guardo, y yo las cuido. 

Llamaban á la puerta. Acudió Filome- 
na: un criado del Hotel venía en busca 
del señor Fernández, para quien traía un 
mensaje. 

>■■.'■. 



-'.-r '^'"•- «? ' ■;> *5!>f^^»7í ; 



28 



— Con permiso de ustedes. . , . — dijo el 
clérigo, rompió la envoltura, y leyó en al- 
ta voz : — "Viaje feliz. — Prevenga familia. — 
Mañana nos veremos. — iremos coche espe- 
cia!, en ordinario. — Juan." — Y agregó con 
acento afable y franco : — Ya lo saben us- 
tedes. 

La dama hizo un gesto de contrariedad; 
Margarita permaneció impasible; Elena 
sonrió, y se apresuró á decir : 

— Mamá: tú y Margarita irán á recibir 
á mi tío. Saludarán á todos de parte 
mía. ... 

— Y tú también, chiquilla, tú también ! — 
replicó el canónigo. 

— No ; me es penoso ir á sitios de gran 
concurrenci^a . . . . Vd. comprenderá. ... 

— Sí, tienies razóni, criatura; pero irás 
al Hotel, á visitar á tus tíos y' á tus pri- 
mos. Así lo desean. 

— Pero.... — dijo doña Dolores. 

— Mujer : ¡ no hay pero que valga ! Es 
necesario olvidar los viejos disgustos .... 
Ya hablaremos tú y yo, largamente, como 
lo requiere e^ caso. ¡ A q^ué temores ! ¡ A 
qué, siendo tan buena como eres, e&e ren- 
corcillo pertinaz ! ¡ Ea ! ¡ Como siempre ! 

— Vea vd,, señor Doctor : — replicó la se- 
ñora, — si no han anunciado su venida; si 
en tantos años, jamás, ni á Ramón ni á mí 
nos escribieron ; si cuando enviudé no se 
dignaron darnos el pésame, si ... . 






29 

— ¡ Eh, señor don Cosme ! ¡ Con el ten- 
teempié despachado no le faltarán las fuer- 
zas ! . . . . Vayase á ver al P. López, y vuel- 
van los dos por mí. En Santa Marta nos 
espera; no pierda vd. el tiempo, y de pa- 
sadita visite á, otros amigos : á Castro Pé- 
rez que aquí reside actualmente; á los hi- 
jos de su primo de vd., don Cosme II, co- 
mo le dice mi tocayo .... Yo me quedo á 
departir con Lolita. Tenemos que arreglar 
importantes negocios. 

— Lamento, señor, que no esté aquí al- 
guno de los muchachos, para, que le acom- 
pañara. ¿ Conoce vd. bien la ciudad ? 

— -Sí; — contestó don Cosme — en los 
treinta años que falto de aquí no estará Plu- 
viosilla tan mudada que en ella se extravíe 
quien en ella pasó la juventud. ¡ Felices 
tiempos aquellos, mi señora ! No me des- 
pido, y hasta luego.... Volveré por vd., señor 
Doctor! De paso visitaré al Santísimo, v 
rezaré el rosario .... 

Y se fué. La blonda doncella le acompa- 
ñó hasta la puerta, después de darle gra- 
ciosamente la capa y el sombrero. 



^f-ir ■■' y^v^T^^; • 



:íí¿■v/^...v,^^¿. 




. ■ ; . I ; / ■ 

} • J • • 

-;>■; .M ? 
i" . ^■. 



'.'í „ 



IV. 



—Sí, Lola: ya es tiempo de olvidar lo. 
<jue fué causa de tantos disgustos. ¿ Cuál 
fué el origen de ellos? La maldita y abo- 
rrecible política. Mi tocayo conservador, li- 
beral tu marido.... ¡qué había, áe suceder! 
Después vino lo dé la casa aquella. 

— Mi marido la salvó. El denunció el 
capital. Juan se oporía á ello, y si Ramón 
no lo hubiera hecho, qué habría sutedido ! 
>ío , sólo él, otros muchos como él, y de 
los que militaban en el partido conserva- 
dor, hicieron lo ínismo, y ninguna persona 

sensata lo tuvo á mal Mi esposo 

quería salivar lo suyo. No denunció, un só- 
lo capital impuesto, en linca ajena. De- > 
nuncio ése, quince mil pesos, y debe vd. .sa- 
ber qu^. después, cuando fué posible, arre- 



«•i 



gló el asunto con la Mitra de Puebla. .De . 
ese capital no tomó Ramón ni un peso! 
Créalo vd. : así fué ! 

— Lo sé, lo sé todo, hija mía ! En aque- 
llos tiempos los ánimos estaban exaltadísi- 
mos, mucho, mucho, y Juan era intransi- 
gente. El perdió más de ochenta mil du- 
ros. Después, ya lo sabes. Dios le ha ben- 
decido. Está muy rico. ¡Cuando Dios dice 
á dar no para . . . .\ 

— Sí, lo sé! ¿Pero, con toda franqueza, 
padre mío, era eso motivo fundado para 
que Juan riñera con Ramón, y para que 
dijera, porque lo dijo, sí que lo dijo, lo sé 
de buena tinta, cuando empezaron para Ra- 
món las dificultades, á poco de la quiebra 
de los Durand, que mi esposo se merecía 
eso y mucho más; que debía ver en los 
quebrantos de su fortuna: un castigo de 
Dios! Esto le dolió mucho á Ramón, ^y 
tanto que sólo yo sé los días y las noches 
tan amargas que pasamos. Mi esposo to- 
do lo perdonó; pero jamás consiguió ol- 
vidarlo! ■. 
— Como tú no lo conseguirás, hija mía,. 
Y ¿sabes por qué ¿Sabes por quié?,¡ Por- 
que no quieres echarlo en olvido !^^' l'^'^' ^ 

— Me duele aún el corazóii, señor T)bc- 

tor! - i El hermano más querido! Lle^ó 

el asunto á tal grado que no sólo éllOs no 

se veían ni se h^iblaban, sino que JÜán 

prohibió á los muchachos y á Carmen que 






33 

nos visitaran. Venían á Pluviosilla y no ; 
ponían un pie en esta casa. Nosotros nos 
vimos obligados á seguir su ejemplo,; y? 
fuimos á Méjico, cuando Elena se enfermó, 
fuimos para consultar con el Dr. Carmo- . 
na, y tampoco pusimos los pies en la casa :• 
de ellos. Una vez, en .el teatro, (me acuer- , 
do bien de que en esa noche, cantaba An- 
gela Peralta la Sonámbula) ocupamos una , 
platea cerca de la que ellos tenían. Noso- 
tros no esperábamos tener en la ópera ta- 
les vecinos. ... A la mitad del primer acto 
entraron ellos. Nos vieron, y no saludaron. ; 
Nosotros hicimos lo mismo. De buena 
gana rne habría yo ido con mis hijos, pero.' 
Ramón me dijo que nó, y sufrí resignada ^ 
aquel martirio. ¿ Quiere vd., señor Doctor, , 
que ahora, después de todo lo que pas.ó, - 
me presente yo á recibir á mi cuñado ? . . . . ^ . 
No me parece decoroso el hacerlo... . . ¿Lo - 
haría vd. en lugar mío? 

— Sí; porque, siguiendo el ejemplo de-, 
Jesucristo, perdonaría á quienes me han.: 
hecho mal. - • .. 

— ¡Si yo he perdonado!. ... 

— Sí, pero no olvidas. Mira, Lola, humí- ^ 
líate; humíllate, hija mía, en bien de tu^?/ 
hijos. Mi tocayo está dispuesto á favore- ♦ 
certe, á auxiliar á ustedes; á prestarte ay-u-;- 
da, y ayuda eficaz, para que la situación de, . 
ustedes varíe desde luego, y para que pue-y 
das atender á la educación de tus hijos; •{ 

'■ * ' ■ ' '• Pariente^ Ricos.— í • ^ 



> •/,"^v-fc 



•■>. w*^* 



34 




Puedes estar segura de ello: no tendrás 
•mucho que hablar. Apenas digas á mi com- 
padre media palabra, te concederá cuanto 
le pidas, cuanto le pidas! 

— Tal vez; pero yo no pediré nada. Se- 
ñor: si pienso que eso parecería como pe- 
dir limosna ! . . . . 

Doña Dolores decía esto acongojada, 
casi sollozante. 

— Pero, hija mía, — prosiguió el canóni- 
go, — ^en qué piensas ? Te has detenido, diez 
•minutos siquiera, á meditar en las tristes 
consecuencias de ese empeño tuyo en vivir 
alejada de tus parientes? Porque, digas 
lo que digas, mujer, parientes tuyos son. 
Tú ha^ás por lo que á ti toca, cuanto quie- 
res, sí, cuanto quieras, hasta perecer de 
miseria y de hambre; hasta verte obliga- 
da á pedir limosna; hasta morir en la ca- 
ma asquerosa de un hospít^. (Y supon- 
go que los hospitales de Pluviosilla no han 
de ser modelo de limpieza y aseo . . . . ) 
Sí, Lola, sí, tú estás en tu derecho para 
hacer lo que quieras Pero, dime, mu- 
jer, dime: ¿y tus hijos? ¿ y esas niñas? 
¿y esa infeliz cieguecita? Dios te tomará, 
un día, cuenta estrecha de esta tenacidad 
tuya, de ese orguflo, que puede ser causa 
de muy graves desgracias. ¿Sabes tú cuá- 
les soíi' los designios de la Providencia? 
Hoy el Cielo te depara en tu hermano po- 
lítico un protector, un benefactor, que 
con la mayor nobleza, con caritativo celo, 



■.t" 



■-^r-^ í'í.^f.r'^ ;^r.-' ;-,...> - - .■. ■•;;••: i^-^;f ¿wij^^J?^ 



3S 

desea favorecerte, y favorecer á tus hi- 
jos.. ¿Vas á cerrar la puerta al 

bien de Dios ? ¿ Vas á contestar con silen- 
cio de rencor, con odio de enemigo impla- 
cable, á la delicada bondad de tu hermano? 
No; no harás tal desatino, hija mía, porque 
yo, el viejo amigo de tu esposo, (á quien 
Dios tenga en gloria), no lo he de permitir. 
Dime que cedes; dime que aceptarás el fa- 
vor de Juan; dime que mañana, dando al 
olvido ese rencorcillo .... 

— Si no es rencor. ... 

— ¿Pues qué es? ¿Qué nombre mere- 
ce, señora mía, ese afán de no olvidar vie- 
jos disgustos? ¿Cómo deberá ser llama- 
do ? i Dímelo por Dios ! Eres buena cris- 
tiana Lo sé, lo sabemos todos 

Apelo á tu conciencia. 

—Bien. Haré lo que vd. desea, siem- 
pre que en ello no haya para mí ni para 
mis pobres hijos humillación alguna.... 

Pero no me obligue vd. á ir á recibir á 

Juan y á su familia 

— Irás, mujer, irás ! ¡ O hacer bien las 
cosas, ó no hacerlas! 

— j No ; eso sí nó ! 

Esta respuesta, enérgicamente expresa- 
da, salió de labios de la señora como en un 
soílozo. El canónigo dulcificó su lenguaje. 

-r-Mira, criatura mía: Juan recomienda 
«n su mensaje que te prevenga yo de su 
Uceada Sería penoso para mí, y para 



1 



•?•;:?' 



36 

él, que al saltar Juan del tren no encuentre 
tus brazos extendidos para recibirle. 

— Padre mió ¡ qué dirá la gente ! 

¡ Qué dirá Pluviosilla, informada como ha 
estado, y como estará, de todo lo pasado! 

— No te importe á tí lo que diga el mun- 
do. ¡ Bueno es el mundo para decir, cuan- ' 
do siempre dice cosas malas ! 

— Pero, señor. ... 

— ¡ Nada de peros ! Piensa en tus de- 
beres de madre. 

— Padre ; pienso y creo .... 

— Oigamos : ¿qué piensas y qué crees? 

— Que vd. es el autor de todo esto; que 
vd., amigo de Ramón, y amigo que nos 
quiere y estima, compadecido de nosotros, 
de nuestras penas, ha venido preparando 
sabedor de nuestras desgracias y condolido 
esta entrevista, de la cual espera vd. obte- 
ner para nosotros el favor y el auxilio de ' 
mi cuñado .... 

— ¡ Mucho te engañas, alma de Dios ! - 
¡ Mucho te engañas ! Yo deseo para ustedes . 
todo bien, y mucho me agradaría hacer ó 
haber hecho cuanto has pensado de mi an- 
tigua y sincera amistad ; pero, puedes estar 
segura de el'lo, no tienes en esto nada que 
agradecerme! Juan desea verte. . .... 

Ya me oíste leer el mensaje y ya sabes lo 
que dice en él ... . 

■7-Bien, padre mío! ¡ Ló que vd. guste; 
lo que vd. quiera!. . . . Iré con mis hijos y • 
con Margarita .... pero á condición de que 



,'*?Eí^r"?*-i ■■•'■"v;i:''jp7 , ■ ■'■ís ■■ 



37 

ellos vendrán á esta casa. L.amento no po- 
der recibirlos en ella como en mejores tiem- 
pos. 

— Vendrán, hija mía, vendrán .... Pa- 
sado mañana diré en Santa Marta una mi- 
sa de difuntos (así me lo ha encargado mi 
tocayo) por el descanso eterno de sus pa- 
dres, y por el reposo santo de tu marido. 
Esa misa será, á la vez, como una misa de 
perdón. ¡Ea! Olvidar.... perdonar, y 
que Dios bendiga á todos por los siglos de 
los siglos ! 

Obscurecía. ... La campana de la Pa* 
rroquia dio el toque de oración. Levantó- 
se el clérigo, levantóse la señora y rezaron 
devotamente. 

— Santas y buenas noches, Lolita! 

— i Buenas noches ! 

Entonces entró Filomena y puso en ti 
velador central una 'lámpara encendida. 

— Te ruego, — dijo el Doctor — que maña- 
na no falten tus hijos.... Bien harías en 
recomendarles que hoy mismo me busquen 
en el Hotel. Los espero á las nueve. Ya 
sabes : en el Hotel de Diligencias. 



■■i<--h 










V. 



.:.'! 



■i.»-; J* 



nu 



■ Después de la cenia, el canónigo y su. 
amigo tomaban fresco y departían sabrp-. 
sámente en el balcón dd Hotel. 

Desde allí se domina la parte meridio».. 
nal de PluviosiUa : tres barrios que en días 
serenos y límpidos ofrecen al espectador 
magnífico panorama. 

Esa noche no había nubes en el cielo, y 
el perfil de las montañas recortaba en 
graciosas ondulantes líneas la bóveda ce- 
teste. Centelleaban las estrellas con viveza 
y tililaciÓn singulares, y allá en el fondo, 
por sobre las cumbres de Xochiapan, palpi- 
taba en cambiantes multicolores el más 
bello de los astros del pdlo meridionai. 
Profunda calma señoreaba bosques y lin- 
fas, y la brisa perezosa y aletargada no 



■^^w- 



40 

■\ - 

\ ' i- " 

tiraía en sus alas rii ruido de frondas hi rü- 



;jít- "¿n.^-"-? ,^v¿---;;t:v:; j.-- -^ 



j» mores del inmediato río. 



^ Extasiábase el clérigo ante las pompas 
de aquella noche tropical, y fijos los ojos 
en el firmamento, dejaba que su espíritu 
vagara y se perdiera en las inmensidades 
del cielo. De pronto, como si falto 
de fuerzas hubiese caído £n tierra, exclamó 
con solemnidad beatífica : 

— "Coeli enarrant gloriam Dei!" 

Amigo mío : — agregó — y que haya hom- 
bres que sean osados á negar la existen- 
cia de Dios! 

Y prosiguió en tono elocuente, como si 
hablara desde lo alto del pulpito en *la so- 
berbia catedral metropolitana : 

— ¿Quién tendió por los espacios esa co- 
horte de luceros?» ¿Quién los distribuyó en 
£se piélago ? ¿ Quién los creó con peso y 
medida, y midió sus órbitas, les señado in- 
variable camino, regularizó su marcha, y 
encendió sus fuegos, y les dio brillos y colo- 
res ? ■ > ■ . , 

Llamaron en la puerta de la habitación, 
llamaron al principio tímidamente, y des- 
pués con dos toques más fuertes ¡ tan, tan ! 

— ¡Adentro! — dijo don Cosme — ¡Aden- 
tro! 

Abrióse la puerta, y bajo el dintel apa- 
recieron dos jóvenes. 

— ¡Adelante, caballeritos ! — dijo el clé- 
rigo. — ¡ Sean 'ustedes bien venidos ! 



>. /.:,-:.■ 



• ????|í*S í -fT. ,. - -^'^'■T'^' 



41 



Los jóvenes se acercaron, saludando cor- 
tesmente. * . 

— Aquí tiene vd., Linares, á los hijos de 
Lola.... Y volviéndose á éstos exclamó: 

— ¿ Quién es Ramoncillo ? ¡ Serás tú, que 
eres «1 menor ! No podrías negarlo porque 
eres vivo retrato de mi amigo .... ¡ Ea ! 
Sentaos, ó venid al balcón, á tomar fresco y 
á gozar de" los encantos de ese cielo y de 
esas estrdlas. 

Pronto los cuatro tejían plática inter- 
minable. 

Pabló trabajaba en éL escritorio de una 
fábrica cercana, donde ganaba poco, pero 
de donde esperaba salir apto para mejor 
y luc/ativo empleo; Ramón .estaba estu- 
diando : iba en .el segundo curso de estu- 
dios preparatorios, tenía amor á las le- 
tras, y pudo fácilmente traducir no sé qué 
latines clásicos, dichos por el clérigo. Don 
Cosme habló con Pablo de los rápidos pro- 
gresos de la ciudad, la cual, merced á su 
riqueza fluvial, había llegado á ser el prime- 
ro de los centros fabriles de la República, 
"la jVIánchester de Méjico," como los hi- 
jos de Pluviosilla no se cansan de rept;- 
tir. Don Cosme, cuya devoción y cuyo 
amor á las cosas de tejas arriba, no eran 
parte á distraerle de los asuntos terrenos y 
mundanos, lamentaba que al progreso in- 
dustrial no se uniera el agrícola que es fuen- 
te de constante y general bienestar. El re- 

yari entes laicos. — 6 



'^vrTTJ^í'^fw^P'^ 



42 

cordaba lo que fué Pluviosilla en los feli- 
ces años del estanco del tabaco, durante los 
cuales hasta las mujeres más modestas po- 
dían lucir sayas de seda y mantillas costo- 
sas; aquellas mantillas españolas que dan 
á las damas tanta distinción y señorío, no- 
ble donaire y ajxjstura de reinas, no como 
los sombrerillos en uso, todos florees chi- 
llonas y cintajos escandalosos ! . . . . Se do- 
lía de ello. Aunque por muchos años ausen- 
te de Pluviosüla, la amaba con todo el co- 
razón, como que en ella había pasado los 
mejores lustros de la vida; El había si- 
do, aunque joven, amigo de muy ilustres 
hijos ó vecinos de la ciudad : Elguero, Cou- 
to, Pesado, Tornel. ¡ Cómo hizo memoria 
de aquel Gura del Llano, de perenne re- 
cuerdo ! i Cómo alabó á los Mendozas, á 
los Ran^el, y á los Bustos, gloria de la sa- 
grada cátedra! El buen señ^r ponderaba 
los adelantos de la ciudad, sois casas nue- 
vas, cómodas, bien ventiladas, hasta ele- 
gantes ; censuraba los malos edificios públi- 
cos, lo mal cuidado del piso de las calles, 
y echaba de menos aquellas rejas de made- 
ra, desaparecidas ya, y que daban á las ha- 
bitaciones no sé qué aspecto piadoso y mo- 
nacal. Dijo, con aprobación del cañón! 
go, que había observado, durante las. po- 
cas horas que tenía de haber llegado, cier- 
ta corrupción de costumbres, delatada por 
las muchas cantinas que había visto, todas 
ellas llenas d^ mozos y de muchachos que 



43 

bien podrían estar ocupados en las fábricas, 
en los despachos ó en las aulas. "En mi 
tiempo, — decía — no veía vd. nada de es- 
to. Y si cosas así de graves saltan á la 
vista, ¿por qué caminos apartados y de se- 
gura perdición no andaría la inexperta y 
hólgadora juventud ?" 

Volvió á caer la plática sobre el hermo- 
so panorama que tenían delante. Por la 
calle, desde 'la distante iglesia de la Virgen 
de los Desamparados hasta el viejo y ma- 
jestuoso templo de San Francisco, ancha 
y larguísima calle, (mal alumbrada, en una 
extensión de cerca de dos mil metros, por 
cinco focos de luz eléctrica), iban y venían 
los paseantes : muchos obreros, buen nú- 
mero de menestrales, bastantes chicos, con- 
tadas familias, y algunas mozas del par- 
tido, como claramente lo decían á cual- 
quier viajero aquel desenfado y aquel des- 
coco de que hacían alarde. Algunos co- 
ches, pocos, estacionados cerca del puente, 
y que, encendidas las linternas, semejaban 
cocuyos refugiados en la penumbra. En 
frente una cantina, "El Siglo Eléctrico, ' 
lanzaba á torrentes luz y música, la clari- 
dad de muchas lágrimas de Edisson, y los 
compases de una habanera, de un danzón 
ardoroso, lleno de voluptuosidad, tocado 
con Ja mayor expresión requerida por el 
género, y cuyas notas llegaban hasta los 
oídos de don Cosme corho en alas de un 



■ -'fw'''' ■ .■■•■■,;'•■■:■■; ■n^'-^vv>í::s"'w^ 



44- 

huracán de fuego. De cuando en cuando, 
un tranvía que llegaba de los pueblos pró- 
ximos ó de alguna fábrica y del cual descen- 
dían obreros cansados, empleadílios de po- 
co sueldo que volvían á^sus hogares; mu- 
chos extranjeros flemáticos, . altivos, con 
aire de conquistadores silenciosos, :>- algu- 
nas humildes mujeres que se alejaban .car- 
gando su cría. 

Estas tomaban camino fK)r las calles in- 
mediatas: los otros entraban en la canti- 
na frontera, ó en otra su vecina, en. ''El 
Cometa de Plata," de la cual salían voces 
y carcajadas, y de tiempo en tiempo el rui- 
do que al chocar producían las .bolas del 
billar. X 

— Vea vd., señor Doctor ! — decía Ramón, 
señalando hacia el frente, mostrando el pai- 
saje velado por los crespones obscuros de 
la noche, — allá, tras aquellas rñontañas, es- 
tá la hacienda de Mata-Espésa, y más allá, 
quedan Vállavende y la hacienda que fué del 
hermano de vd. ; en el fondo, tras las últi- 
mas cumbres, está Xochiapan, un pueblo 
muy, bonito, del cual fué cura el P. Gon- 
zález, que ahora es nuestro párroco; allí 
queda la primera fábrica que tuvo Pluviosi- 
11a; más acá, al Este, la Estación del Me- 
xicano ¿Percibe vd. el humo, que tras 

la espesura de esos árboles, iliiminado por 
la luz eléctrica, parece una fosforescencia 
misteriosíi ? Oiga vd , . . , oiga vd. ese rui- 






:jvf"- 



45 ■ ' 

do, acaso es de un tren de carga Ya 

silba la locorrotora .... Vea vd. por allá, 
detrás de la capilla de la Virgen de los De- 
samparados, una columna de humo que se 
acerca .... Es el tren .... Silba primero al 
pasar por la Hacienda de Fuentelimpia, la 
que fué de nosotros, y ahora es de unos 
franceses; después, en el crucero, al pasar 
por el camino nacional. . . . Oye vd. el rui 
do ... . ¡ Con qué claridad llega ! Ahí va . . . 

Ya va á pasar el puente de hierro Ahí 

va.*. . . ¡Ya pasó! 

Un tren, como una serpiente negra coro- 
nada con penachos de humo y de chispas, 
pasó á lo lejos. . , . Silbó, volvió á silbar. . . 
y entró en la estación. 

— Señor don Ramoncito — dijo el canó- 
nigo en frase afable ... . Mañana he de 

decir misa en Santa Marta Allá te 

espero. . . . Después nos acompañarás á re- 
cibir á tus tíos y á tus primos. Pablo irá 
con tu mamá y con tu hermana. . . . 

— Yo no puedo ir., w. — observó Pablo. 

— ¿Por qué? — preguntó alarmado el 
clérigo. . 

— Porque .... no puedo faltar al escri- 
torio. Como no he dado aviso, sería yo 
merecedor de un réspice, y . . . . 

— Tienes razón, Ramón irá con noso- 
tros. Allá veremos á*Lola y á Margari- 
ta. Ya sé que Elena no podrá ir. 

Una bocanada de viento caliente -pasó por 



-•í;5^ 



.. y . . 



. 46 

el balcón é nizo vacilar en la estancia la 
flama de la bujía. Crugieron las vigas del 
techo; crugieron los maderos de las puer- 
tas, y don Cosme murmuró contrariado : 

— ¡ Mala, visita ! ¡ Con razón esta tarde, 
al ponerse el sol, estaba tan rojo el cielo! 
Sur tendremos .... 

— Sur tenemos .... — replicó Pablo. Vea 
vd. el cielo. 

¡ Cómo titilaban las estrellas ! j Qué bri- 
llo y qué luces ! 

En el reloj de la Parroquia dieron las 
diez. En la esquina de enfrente, un se- 
reno que dormitaba al lado de su linterna, 
marcó la hora, dando golpes con su baston- 
cillo sobre las losas de la acera. ... y de 
muy lejos, desde el fondo del valle, vino 

otra bocanada de viento abrasador 

Oíanse rumores distantes, rumores de ar- 
boledas y de bosques .... El río, al parecer 
adormecido, como que aespertó, y se re- 
movió en su lecho pedregoso, dejando es- 
cuchar el murmurio de su exhausta, límpida 
corriente 




I ' 




VI. 



Toda la noche sopló el Sur, y sopló 
terrible é impetuoso, de modo inesperado 
en días de mayo, y como sopla en noviem- 
bre, paísiadb el coirtionazo dte San Fran- 
cisco, Bufaba en las avenidas, ahullaba 
en los techos, gemía en los aleros y tejados, 
y parecía vocear allá á lo lejos en barran- 
cos y bosques, en los fresnos y en los ála- 
mos del río, y lanzaba agudos silbidos en 
los alambres del alumbrado y del telégrafo. 

Cuando el canónigo, gran madrugador, 
listo para ir á celebrar, abrió el balcón, con 
deseo de contemplar la hermosura del va- 
lle á la luz arrebolada del sol naciente, un 
torrente de polvo y de arena vino sobre él, 
y le obligó á cerrar la vidriera. A través 
de los cristales miró hacia la calle y ha- 



.•'-. •■/.;• ;• .■:<ir^:/r>',-:f^'^'^f':>{«,y'\*^^' 



48 



cia las inmensas montañas que limitan por 
el Sücl la vega del Albano. El cielo seme- 
jaba brillante turquesa ; la luz inundaba 
el caserío y los cuadros de caña zacari- 
na. El sol, esplendoroso y purpúreo, sur- 
gía inmenso, como un disco de rubí, cuya 
luz inundaba de sangre las cumbres de 
Mata-Espesa, los llanos de San Pablo del 
Río, y los cafetales de Fuentelimpia. El 
viento desatado alzaba nubes de polvo en 
las calles, levantaba faldas y arrebataba 
sombreros á los transeunter., y pasaba agi- 
tando y quebrantando ramas, esparciendo 
frondas, doblegando copas, y derraman- 
do por todas partes sequedad y fuego. Y 
seguía por el valle, rumbo al Poniente, y 
á las veces escalaba las montañas. En la 
colina del Recental revolvía, en oleadas, las 
mil espigas de salvajes gramíneas ; y por 
el selvoso San Cristóbal maltrataba rama- 
jes y deshojaba ramilletes. En un huerto 
cercano, entre los platanares hechos trizas, 
entre los sauces estropeados, sólo una arau- 
caria excelsa, gallarda y olímpica, resistía 
los embates del. huracán, siempre victorio- 
so, ilesa su pértiga esbeltísima, galanas é in- 
tactas sus plumas de esmeralda. 

Llamaban a misa en todos los templos. 
La devota Pluviosilla no desmentía su abo- 
lengo cristiano, y era maravillosa la sinfo- 
nía de todos los campanarios, traída en 
alas del caluroso viento. La campanita de 



J 



r'T'i^' .• í* ■'% ií^-"'-' ■ ■".,;^ ■ '^'^^ 'v>5*-r 



49 

Santa Marta, con voz atiplada y regular, 
gritaba urgentemente; la chiquitina de los 
Desamparados se quejaba selitaria y dolien- 
te; la del Carmen sonaba gravedosa; la de 
San Rafael nerviosilla é inquieta; la parro 
quial entonada y seria ; la del Calvario tor- 
pe y vacilante; la de los franciscos solem- 
ne y rotunda. Todas á la vez, se unían en 
cantos y clamores, en reclamos- y rezos, en 
quejas y notas, en harmonía placentera, 
matinal, regocijada y piadosa, en conjunto 
sinfónico, á la par lírico y dramático, en 
vibrante coro que el viento llevaba alígero 
por la ciudad y por los campos. 

Aun no cesaba la furia del Sur, cuan- 
do el clérigo y don Cosme, acompañados 
del mocito saliero i del Hotel para ir á la 
Estación. Al montar en el tranvía, casi 
frente á la iglesia de San Francisco, en- 
contráronse con doña Dolores y con Mar- 
garita. Iba lleno el carruaje ' yanquis bus- 
cadores de negocios ; mercaderes que prin- 
cipiaban sus labores diarias; viajeros fas- 
tidiados que se quejabar de los horrores 
del huracán; un oficial de policía; dos 
gendarmes ; dos pollos, en cuyo rostro se 
veían las huellas de la parranda y de la 
orgía; un agricultor vestido de blanco y os- 
tentando en la copa del jarano felposo ta- 
maños monogramas .... 

Al llegar á la Estación, cuando todos se 
apresuraban á salir del carruaje, Ramoncito 



^'iVí;.''*^5'''-r'.-- r -■" 



50 

hizo notar que Pablo, antes de irse á sus 
labores, había pedido un coche especial 
para que todoo regresaran al Hotel, y que 
el tranvía estaría allí á la hora oportu- 
na; que era conveniente permanecer allí, 
á fin de evitarse las molestias del incó- 
modo y descubierto andén. 

Don Cosme, retirado en un ángulo del 
vehículo, y mientras el doctor Fernández 
departía con doña Dolores y con Marga- 
rita, y en tanto que el muchacho se infor- 
maba en las oficinas de la Dirección de si 
el tren no venía retrasado, el bueho de 
don Cosme examinaba atentamente á las 
señoras. 

Cincuenta años tenía doña Dolores, pero 
estaba bien conservada y parecía de nie- 
nor edad. Había sido hermosísima, una 
dé las mujeres más guapas de Villaverde. 
Pálida, con cierto aire de elegancia y dis- 
tinción, con grandes ojos negros, con ges- 
to agraciado y abundosa cabellera, en la 
oual, sobre la frente, brillaban unas cuan^ 
tas hebras de plata, no había perdido mu- 
cho de su belleza juvenil; , .Gruesa, sin. obe- 
sidad, sana y robusta, doña Doíofei. niás 
que madre de Margarita parecía su her- 
mana mayor. 

La joven, desbordante de juventud y de 
gracia, alta, esbelta y graciosa, rubia la ca- 
bellera como haz de trigo maduro, azules 
los ojos, de carmín los labios, dulce la 



^fW-^* J^j^.l~^W 



SI - 

sonrisa, delgada la cintura, donairoso el 
andar, era, al decir de muchas gentes, ver- 
dadero retrato de su abuela materna, y 
más que de ésta, de una hermana de don 
Ramón, muerta en la flor de la vida. 

Efectivamente: en la blonda y simpáti- 
ca señorita perduraban, como una heren- 
cia de familia, la hermosura y rasgos 
típicos y fisonómicos comunes á todas las 
hembras de su linaje paterno. En Pluvio- 
silla y en Villaverde, desde antaño, es pro- 
verbial este dicho: "las Collantes: hermo- 
sas las de ahora é iguales á las de antes." 
Ni Dolores, ni ^íargarita. cuando acae- 
ció lo que vamos contando, iban ataviadas 
con los suntuosos adornos que da la opu- 
lencia, ó, por lo menos con las galas que 
proporciona amplio y seguro bienestar. La 
madre llevaba negra saya de gro ; la hija li- 
gero y sencillísimo vestido de muselina 
blanca, sembrada de florecillas azules, cor- 
tado á maravilla, que hacia lucir la grácil 
esbeltez de.su dueño. La señora: tocado 
de^ blondas y cintas del color de la saya; la 
joven: lindo sombrero de paja, decorado 
con cintas. ¿reh^a' y cOn una guía. dé rosas 
veraniegas. Uña con guantes obscuros ; 
la otra sin ellos. 

A la mirada pertinaz y escudriñadora de 
los ojuelos de don Cosme, no se escapó de- 
talle alguno. En esto, como en otras co- 



52 

sas, era como su primo y tocayo de Vi- 
llaverde, aquel otro don Cosme Linares 
á quien ya conocerán mis lectores, tertu- 
lio constante del licenciado Castro Pérez, 
y tan amigo de éste como de don Quin-' 
tín Porras, flor de los tabeliones villaver- 
dinos. "liien se ve, — decía para sus aden- 
tros el anciano — que en la casa de estas 
mujeres no es el dinero lo que abunda. Ese 
vestidillo galano ha costado poco ; ese som- 
brerillo ha sido hecho á domicilio; ese 
cuello de seda está marchito .... Cuanto á 
la señora, es patente que ese vestido tiene 
años de servirle ; esos guantes están di- 
ciendo á gritos cosas de mejores días. . . . 
Y, en fin, que, positivamente, .esa familia ha 
venido tan á menos, que pronto tendrán 
en casa mala huéspeda, la miseria, la horro- 
rosa miseria, flaca, hambrienta y exar:- 
giie. Pero, no han perdido aun estas po 
bres gentes la elegancia distinguida de las 
personas de buena cuna, nacidas y cria- 
das en la abundancia ! Y ése muchacho 
viste bien: . . . Sí, señor muy bien ; pero la 
tela de ese traje. .. . procede de algunía fá- 
l;}ricadel país. A todo tirar de la Ensenada 
de^itodps Sanios..../* 
; \ Entregado á estás obsefv'acionesyá estos 
juicios estaba nuestro hombre, cuándo Ra- 
moncito entró en el vagón precipitadamen- 
te, diciendo: ¡ 



■ -53 

—No tardará mucho en llegar el tren. , . .' 
Ya salió del. Saltadero. 
• Muchos pasajeros, apercibidos para ocu- 
par los vagones, recogían bultos y maleii- 
llas ; iban y venían empleados, y la multitud 
se separaba en grupos á lo largo de la vía,, 
al borde del andén y bajo los fresnos del 
jardinito, según la clase de cada uno, y se 
preparaba á mirar la llegada del tren. Cer- 
ca del Restaurant los que irían en tercera;, 
frente á la Administración los de segunda ; 
más arriba los de primera. El mocito con- 
dujo al clérigo y á sus acompañantes, has- 
ta lel extremo de la arboleda. 

El . viento languidecía, pero de tiempo 
en tiempo soplaba con ímpetu feroz, tra- 
yendo torrentes de arena y de carbón. Llo- 
vía fuego. Acababan de dar las diez de la 
mañana, y, sin embargo, la temperatura era 
como la de medio día. Los edificios fron- 
teros al andén, todos con techos de cinc, 
ennegridcs por el humo, y el suelo de la 
vía y del vastísimo patio cubiertos de me- 
nudos trozos de carbón y balastados con 
peladillas obscuras, recogían y almacena- 
ban el calor solar, y lanzaban sobre la con- 
currencia oleadas abrasadoras y sofocantes. 

Silbó la locomotora en cercana curva; 
aumentó el movimiento de los que espera- 
ban el tren ; volvió á silbar la máquina, una 
doble máquina majestuosa y soberbia, dan- 
do al aire dos inmensos penachos de humo 



^■■'^^■^'^^■^1l^f9«f 



54 



gris; sonó la campana de aviso, y el tren 
llegó, y se detuvo. . , .. 

Nuestros personajes se precipitaron ha- 
cia el último coche. En la puerta del va- 
gón venían dos criados franceses. Cada 
uno traía magníficos ramos de gardenias. 
Por el ventanillo inmediato á la extremi- 
dad posterior del coche, asomaba un ca- 
ballero delgado y canoso, cubierta la cabe- 
za con una gorra de seda; en Ips siguien- 
tes, dos jóvenes que llevaban sombreros de 
paja; en el otro una señora mayor y. una 
señorita 

— ¡ Ellos son ! — gritó uno de los jóvenes. 
— ¡ Papá I ¡ Aquí están ! • 

Los criados, muy ceremoniosos, abrieron 
la puerta del vagón y en él entraron las 
señoras y el canónigo, seguidos de Ramon^ 
cito y de don Cosme. 



?T35 




t I 




VII 



Don Juan se mostró muy cariñoso con la 
familia de su hermano, y muy contento de 
su regreso á la patria. Decíase aburrido y 
fastidiado de la vida europea, por mucho 
qué ésta fuese cómoda y agradable. El 
buen señor se complacía en visitar las ca- 
lles nuevas, los nuevos edificios, y se dete- 
nía como extático ante los montañosos pano- 
ramas de la ciudad nativa. No cesaba de ha- 
cer memoria de cosas de antaño, de su- 
cesos remotos y de personas muertas ó idas. 
¡ Y qué cariñoso y jovial se manifestaba con 
su cuñada y con Margarita ! j Cuan afectuo- 
so con el muchacho ! ¡ Qué gusto me cau- 
sa el v€r á ustedes—decía á cada rato — No 
cambiaría yo estas horas por las muchas 
pasadas en París y en Roma y én Madrid! 



jnfy -i: ..MiJy ;;-^y\ 



• •'■^ 'iifí^yx^^^^prí^y^-'7::-'^>^r^c^~'^ 



V,-- .*■**■ . 



Y mira tú, Lola: — agregaba — ya supon- 
* drás tú, cuan llena de interés para mí ha 
sido siempre la Ciudad Eterna .... Des- 
de niño soñaba yo con visitar las catacum- 
bas, con recorrer las basílicas, con pasear 
en el Pincio y con pasearme entre las rui- 
nas del Foro, Nunca, ni en los días más pe- 
nosos para mí, en épocas de la gran lucha 
para consolidar mi fortuna, perdí la espe- 
ranza de ir á Roma, y de postrarme á los 
pies del Vicario de Jesucristo. Dios realizó 
mis sueños, y no una vez, sino cien, he 
besado los pies del Soberano Pontífice. Pío 
IX me dio su bendición y tuvo para mí y 
para los míos palabras cariñosas y consola- 
doras. León XIII ha colmado de bendicio- 
nes á mi esposa y á mis hijos, y llevó su be- 
nevolencia paternal para conmigo hasta 
concederme dos señaladas muestras de su 
incomparable bondad. Se dignó darme con 
sus propias manos el Pan Eucarístico, y 

puso en mi pecho la Cruz de Jerusalem 

Créeme, Lola, créeme, sólo esto es para mi 
inferior al placer que en mi alma causan el 
aspecto de esta tierruca tan amada, la vista 
de estas montañas, la contemplación de ros- 
tros no vistos por mí en tantos y tantos 
años de ausencia ; el recuerdo de mi moce- 
dad bulliciosa ; la memoria de tantos y tan- 
tos seres amados perdidos para siempre, y 
cuyos ojos no pude cerrar, y cuyas últimas 
palabras no pude recc^ger..... 

El buen señor saltaba de gozo como un 



■™r./:f7/y-Y^f^~. 



57 

niño, y en la «fusión de su alegría acaricia- 
ba á Margarita por modo paternal, abraza- 
ba afectuosamente á doña Dolores y bro- 
meaba á más y mejor al mocito, quien esta- 
ba seducido por la dulce jovialidad de su 
tío. 

Doña Carmen parecía reservada y poco 
afable. No pasaba minuto en que no lanza- 
ra una queja acerca de las molestias de la 
navegación y del viaje. Ella, por su gusto, 
no habría venido. En Europa vivía muy 
contenta, muy contenta. Allí no sentía co- 
rrer los años ni los meses, ni los días. ¡ Era 
tan cómoda y tan grata la vida en París ! Pa- 
ra ella nada como París, nada ! ¡ Qué pa- 
seos ! ¡ Qué de teatros ! ¡ Qué teatro aquel'de 
la Grande Opera ! ¡ Qué tiendas y qué esta- 
blecimientos ! ¡ Qué comidas ! Le habían 
contado, y ella había sabido mucho, por les 
periódicos, acerca de los adelantos y del em- 
bellecimiento de Méjico ; pero. ... ¡ ay ! . . . 
i cuánto iba á padecer en la vetusta ciudad 
vjrreynalj ¡ Cómo iba á fastidiarse — mien- 
tras en Méjico viviera — sin más espectácu- 
los que una mala compañía de ópera, cada 
año; teniendo que subir y bajar todos los 
días, por las calles de San Francisco y de 
Plateros, é ir tarde con tarde á la Calzada 
de la Reforma, y cómo iba á echar de me- 
nos aquella misa de cada domingo en San 
Sulpicio. aquellas fiestas tan graves y solem- 
nes de Notre Dame, y aquel culto tan con- 

Parientes Ricos.— 8 



\. 



■"if^T- . ■• - :vv.--- ■■-■\t,.'a:^r^., 



58 

movedor y dulce de Nuestra Señora de las 
Victorias ! Y eti cttanto á la mesa .... ¡ni 
ostras de Ostende, ni espárragos de Liibec, 
ni fresas de Niza ! 

La señorita, en constante plática con su 
prima, no se cansaba de contarle cosas de 
l'Vancia. Larguísimo fué el primer capítulo 
de modas; la joven estaba enterada hasta 
del más insignificante pormenor de trajes y 
vestidos. Rsto ó aquello era lo que estaba 
en privanza; tales ó cuales cosas habían 
pasado, acaso para no volver nunca, y, se- 
gún los dichos de los sastres más famosos 
tn la estación próxima tendríamos muchas 
novedades. Lo correspondiente á espectácu- 
los tuvo también su capítulo, mejor dicho, 
sus capítulos, que la niña habló desde lo que 
á la Opera tocaba hasta de lo referente á las 
últimas carreras y al gran premio. 

Margarita la escuchaba atenta y jovial ; 
Elena la oía triste y silenciosa. Alfonso y 
Juan se fueron de paseo con Ramoncito, y 
se fueron resueltos á que Pablo dejara sus 
quehaceres y pidiera permiso á sus jefes 
para que todos subieran y bajaran por las 
calles de Pluviosilla que los recién llegados 
comparaban, — no sin gran desagrado de 
doña Dolores — con las calles de una pobla- 
cioncilla andaluza, donde los mancebos ha- 
bían pasado un verano, en compañía de 
ciertos amigos y condiscípulos, hijos de un 
cierto marqués, poseedor de una finca vi- 
nífera y famoso amigo de don Juan. 



■•f/^^'^.i^r, :■ ■ .?5'í^!> ';■■ 



59 

Este se ecfió á la calle solo ; no quiso 
compañero, pues deseaba ir por todas par- 
tes como desconocido viajero, á fin de ver 
si reconocía casas y sitios que antaño fue- 
ron familiares para él ; juzgar libremente de 
los avances ó retrocesos de la túrrida ciu- 
dad, y en suma para que en su ánimo rena- 
cieran ó se renovaran recuerdos é impresio- 
nes de su ya muy lejana mocedad. Dcl 
pues buscaría á los pocos amigos suyos que 
en Pltiviosilla le quedaban. Por lo pronto 
no pensaba más que en ir á visitar barrios v 
edificios, en conocer las fábricas de que tan- 
to le habían hablado y de las cuales tantos 
prodigios se decían .... Y se fué. el canóni- 
go y don Cosme se fueron también camino 
de Santa Marta. A pasear convidaba la 
tarde ,tibia y dorada. Las señoras y las se- 
ñoritas quedáronse en el Hotel, ocupadas 
en gravísimo asunto, en sacar trapos y pe- 
rendengues, traídos por don Juan para ob- 
sequiar á sus sobrinas : telas y joyas ; cin- 
tas y sombrerillos ; guarttes y naderías. 

Doña Carmen se mostraba jovial ; doña 
Dolores afable y agradecida; Margarita 
contenta ; Elena regocijada, por mucho que 
no le fuera dable admirar los ricos y ele- 
gantes obsequios de su tío. María ponde- 
raba la belleza de cada objeto y el gallar- 
do lujo de cada prenda, y de cada cosa de- 
cía, y repetía, que mejores no las había en 
París. 



. *'• ¡'S^Wv 



,'Á' • 



:^^ 



í \ 




VIII 



'O 



Tales fueron las súplicas de los primos, 
y; tales artes se dieron que, al fin, lograron 
vencer la justa resistencia de Pablo para so- 
licitar de sus jefes licencia por dos días pa- 
ra no concurrir en el escritorio. '^ * 
, . — Temo que el jefe tome á mal mi de- 
ipanda !— repetía el mancebo — Necesito del 
empleo. ... ^ 

— |-No temas. . . .- — replicaba Juan — no te-, 
mas. . . . Si al fin no has de quedarte aquí 
y te "irás á México con nosotros. ¡Ni que 
ganaras aquí los miles de. francos! P.ápá 
lo tiene resuelto. Todos se irán... . En Mé- 
xico, puedes estar seguro de ello, alia en 
casa, ó en cualquiera otra parte, tendrás co- 
locación. V la tendrás cómoda, buena y pro- 
ductiva 



^B¡M^'íy-jfT/jr. -^.f»"'' ■t'rtv^:*- ■''•.•?«-'vííf^ ■'.yv'r.T'.r 



^f 



62 

. Y Pablo no pudo resistir más á las tena- 
ces exigencias de sus primos, pidió el per- 
miso, y éste le fué concedido con la ma- 
yor buena voluntad. 

A Pablo no le placían los modos de Jua- 
nito (así le llamaba) y en ellos veía cierta 
repulsiva insolencia y una característica fri-. 
volidad. Desagradóle en él, desde luego 
cierta facundia irrestañable, que le llevaba 
de un asunto á otro, y de este sucesivamen- 
te á cien y cien más, deshojando los asun- 
tos, malogrando el teira de cualquiera con- 
versación, siempre con el anhelo de opacar 
y menospreciar cuanto tenía á la vista para 
exaltar y poner por las nubes las gentes v 
las cosas europeas. Viajes, libros, teatros, 
personas, eminencias políticas, celebridades 
literarias, poetas, sabios, artistas, modas y 
usos, costumbres y deportes, vicios aristo- 
cráticos, disipaciones y placeres, todo, todo 
pasaba en la vertiginosa, charla del mozo 
como en apariencia cronotrópica. Listo de 
lengua, vivaz de ingenio, pero superficial 
frivolo, inconstante y baltronero deshojaba 
\ todo y por todo jlíasaba, sin dar reposo m 
'tregua á quienes le oían' y sin pei-mítir s':- 
quiera que le escuchaseir. 

Charló á su sabor de los placeres con que 
París brinda afanosa á la mocedad, é hízolo 
de tal manera y por tales caminos que Pa- 
blo se vio obligado á detenerle. Hablaba de- 
lante de Ramón que era de lo más respetuo- 



•?^^^^^Y^y'V^i^-y.'^^-'^ -il^-^^^p 



so con su hermano, y el mancebo no cre- 
} ó conveniente que así y en semejantes .tér 
minos, y de modo tan crudo, levantara Jua- 
nito ante el muchacho velos tupidos que no 
era cuerdo levantar frente á un chiquillo 
que aun no cumplía los quince años de 
edad. 

— Yo de nada me espanto ; — dijo Pablo — 
pero piensa que no hay necesidad de que 
Ramón sepa esas cosas. 

Entonces su primo contestó levantando 
los hombros desdeñosamente y prosiguió en 
su charla, velando crudezas y carnalidades;, 
que hacían que el chicp s.e pusiera rojo co- 
mo una amapola, al serle revelados miste- 
rios y secretos Impropios de su edad, mas 
no por eso menos tentadores ni menos ca- 
paces de encender su fantasía. 

Pero, á decir lo cierto, qué bien que ác 
compadecían, por manera simpática^ los di- 
chos y juicios del mancebu son su aspecto 
e'egante, con el corte de sus vestidos, con 
su cuerpecillo pálido y exangüe, con sus 
glandes pupilas negras é intehsarñente lu- 
. miñosas, con sus ojeras violáceas, fon la pa- 
.hdez ebúrnea' de aquel rostro 'aristocrati- 
ce, con aquellos labios' carnosos y sensua- 
les, y con los bigotillos sedosos de agudas 
guías, vueltos hacia adelante con cierto do- 
naire y cierta gentileza de arresto y biza- 
rría. 

— ¡ Si tú fueras conmigo á París ! ¡ Si tú 
fueras — exclamaba Juanito á cada instante 



, • ^4 [_ 

Pablo sonreía, y sonreía Ramón, y Alfon- 
so, al parecer reflexivo, atendía más á las 
caritas de rosa con quienes topaba al paso 
que á la conversación de su hermano. 

Pálido como éste, como él distinguido, 
como él endeble y exangüe, con notable 
acento francés en el habla, Alfonso, igual- 
mente elegante, tenía en la mirada no se 
qué melancólica dulzura, cierta bondad 
compasiva, cierta expresión ensoñadora v 
lánguida, delatoras de misteriosas secretas 
añoranzas. Era aquella alma como añojal 
ansioso de cultivo, como puerto abandona- 
do que parece pedir á gritos hábiles mañas 
de jardinero experto ; avecilla que se ahog^ 
tn el suntuoso salón y eu la jaula de cristal 
y suspira por los campos y anhela horizon- 
tes inmensos, prados enflorecidos y aguas 
límpidas y gárrulas.... Traído y llevado 
de aquí para allá, á punto de abrirse en su 
corazón las flores de la vida ; arrastrada) in- 
conscientemente de salón en salón y por el 
asfalto de las aceras de París, sentía que su 
a!ma marchita podía recobrar aromas y colo- 
res en icil reitiro de los campos, entre aque- 
llas montañas del valle de PluviosiHa, so- 
bre las cuales principiaban á a.«íomar tem- 
blones y límpidos los espléndidos luceros 
del cielo tropical. 

Llegaban al Hotel. Se encendían las 
tiendas, lanzaba su claridad melancólica la 
juz eléctrica, él Círculo Mercainitil brilüa'ba. 



\ ■■■*■■.■;■ ■' -' ■ -»■>' ' ■» . ;-':s.- . 



■ ^5 

dejando ver sus salones desiertos, y al i^O 
lado de la calle, entre sus bordes de Si^iiceti 
y bananeros, protegido por sus álamos, can- 
taba el rio plácido idilio, y enviaba hacia 
io alto, hacia la. calle caldeada por los fue- 
gos dd día, fresco ambiente, rumores de 
linfa alegre. Un tranvía pasaba á la sazón 
lanzando al viento la queja prosaica y vul- 
gar de su cuerno de aviso 

— ^Alfonso — llamóle Juan — ¿Estás ido? 
Mira .... mira ! ¡ Ahí tienes el Sena ! 

Pablo y Ramón celebraron el dicho con 
una carcajada. Alfonso permaneció en si- 
lencio, contemplando el caserío, la cordille- 
ra, el cielo, el volcán cuyo ápice niveo iba 
perdiéndose enttVláií^lS^ibras de la noche 

— Es la hora verde í*^í^jo Juan — ¿ Dónde 
habrá una cantinao?;^!-^ ^ 

— ¡Allí! — respondió sj hermano, mos- 
tiándole la de "El Siglo Eléctrico!" 

— Pues vamos. 

Llegaron á la cantina y tomaron asiento. 

— ¿Qué toman? — ^preg^ntó el criado. 

— ¿ Qué quieren ?— dijo Juan. ' 

—Nada — contestó Ramoncillo. 

— Sí; algo! — replicó su primo. 

^-^Pues ... un refresco ! 

—¿Y tú, í>abio? " • , ;; 

—Cerveza. ♦ ^ 

—Y tú? 

— ^Una limonada. 

— Muchacho, ya lo oyes: — dijo Juan a^ 

Parientes Ricos. — 9 



•^SFr-' 



_-■••' •?;.. ' /•■v-^^^^TS^-^^g??^^ 



66 

crkdo-^un vaso de cerveza, cíoállríi'Q¿íá(Ji^' 
y'|)slra mí.... un ajenjo sin jarabe^ y '¿'6ñ 
un 'trozo de hielo! / 

' -^—i Bebes ajenjo F-'—prorrumpióPábio'.'"^ 
-'í^Siempre, antes de conier! "''^'■'' 

:;•• i; íitttH 



fK-.- 1 .(. ,1. 



.rp',, 






(,'"■ 



r.' •; f ' ; 



I'.' 



i;'/, ; : ivmi' - . . ' 'xh'. 
! ! i ;i:.-i I >l>-i (ii .;r!r,>l _^ - lUir.' i 
• ;■ ,•; ■■ •■ ."■[/. ':í.r!íV>!>.-) )A\U 
; .- : -. ! • • ■[iCf'' j'Ü'íli-í ') . >'^'HV)\ 

I': ■■ - > .' m;Í i /) ,í; t 

n -M!!/ : . 
:;■ . KÍ ■i'ol'ii.i.tí 

■<,: I •■- '\:\ií:j '<'..i. M', ni'.";.;>L i 

':i • ! .! '. .;-.| ¡t;(,i ')n(^_' ;. 




■ ' r-. 






I !('• 






i; 



I • ( > !• • 



! ,í;i 



■ •! i - 

'•Aih:'\ .V.' /;■- 



:.. , ,!■ 










.rr. 
1 






IX. 



!^í'' > /■> 



«.-í 



•'.•r,; 



Pablo dejó á sus primos en la cantina y 
fuese con Ramoncito a'l Hotel, donde se en- 
cQíjíró á sus hermanas y á doña Dolores . 
AHÍ estaban también don Cosme y el canó- 
nico, los cuales habían llegado con el ,ca- 
pita^ista.^ .^'..^ . , ,,;'/y • ' ,-i,'J. -"J'^, 

pon Juan haSía recorrido media ciudad. 
Veni^ el buen se£o^ muy satisfecho de los 
adelantos de PluyjíDsilla, y maravillado de 
sUv pr^osperidád. — "¡ Qué rápida extensión 
en Xzjo. pocos años ! — repetía. — No me lo es^ 
P^jóíí^a yó !" ■ Lamentaba, eso sí, que á ta- 
Ic^Jpfosperidades no fuesen unidas las Cíbras 
di^^mbeliecipiie^tQ que reclamaba la ciiid|^4t 
y. q,me í^^^^n ser como natural conseciiejíi-. 
cia jtjel aiiíñ^je^pto, 4e población y dd acreci- 
i^jevilp <¿^,.ÍjÚs fortunas.— "Ya es tíepipo,-f- 



7 




■^„ r': í-\ ■:'^,■• . ■^■^^•"^"ffi. ,. , 

s^tt6 cesaba de replicar,— ya 'es;- 
;. piensen en el embellecírnienjtp ^ 
* Pluviosiála ! ¡Con tarifa gente y tantas 
bricas deben estar repletas de oro las ar- 
cas municipales ! Así tiene que ser, pues de 
otra manera todos estos brillos que me han 
dejado absorto, no serían más que esplen- 
dores de oropel ! Así, tal como me la en- 
cuentro, paréceme Pluviosilla oina beldad 
agreste cuyos* encantos y cuya núbiil loza- 
nía piden galas y adornos para lucir y triun- 
far. Ciudad muy linda es ésta, muy favo- 
recida por el Cielo. . . . ¿Qué necesita? Có- 
modas calles, elegantes edificios, avenidas 
adoquinadas que hagan fácil el tránsito de 
los carruajes. ¿Por qué no hay aquí mu- 
chos cochí^? Porque con calles como és- 
tas, es imposible que los haya. El téaitírp 
aunque de traza regular, pide aseó y ele- 
-gancia en pasillos y escalerás ; pide un. "fo^ 
yer" suntuoso. ..." Y de todo hablaba, dé 
todo parecía instruido, en él libcó tiempo 
que había durado el paseó. El mozo 'fué 
recibido muy cariñosamente por'stó tíóá 
y por su prima. Se quejaban de no haberte 
visto en todo el día.... El mucii'áchb í-c 
disculpaba alegando deberes de su emjileb. 
Permanecía en la "Fábrica del ' Albáricí,'' 
dttrante todo el día, de seis á' selá^ . : .' Pé- 
rb, como era debido, en está ótíáátein Había 
p^ido licencia de dos día^' )[iiaírá''Tio ir [al 
Despachó. Le tenían á sus 6fdett¿/y "éúft 
loft reden llegados iría á todas partes. 



^f-^^^Jffca^K^^^rí^-f^: -y» ■ 



69 

-— Coitieréis acá , todo?, ¿no es eso? — di- 
JQ^ei capitalista.— No me-falta apetito; pe- 
ro jne. esperaréis un rato. Vosotros los mu- 
chachos charlad aquí, ó id en busca de Al- 
fonso y de Ji'in. Mientras yo arreglaré con 
Lola un asunto importante, y para ello ne- 
cesito de mi señor Doctor. El bueno de 
don Cosrne conversará con Carmen. 

JLas señoritas, inclusa Elena, se dispusíe- 
rqri'á saíir. Pablo y Ramón irían con ellas. 

"-^]Nb tarden !—recomen(dó doña Car- 
men. Vayan en busca de mis hijos .... 

£)I Doctor y su amigo decían á doña Do- 
lores que todo quedaba dispuesto en San-, 
ta Marta para la misa de réquiem, y dis- 
puesto con el decoro debido y con la cris- 
tiana 'elegancia que el caso requería. La 
mig^^eríá aplicada por el descanso eterno de 
todos los difuntos de la familia. El ser- 
vicio fúnebi''e no duraría mucho; princii- 
piaría á las nueve, á muy buena h6ra, según 
los deseos de don Juan, para evitar moles- 
tias á doña Carmen y á Maria, muiy necesi- 
tadas de descanso, /reacios estaban cansa- 
dos ; al cansancio dejé tca')í'égación se unían 
en ellos la mala nocíie pasada en Veracruz, 
y la madrugada consigiiiente para tomar el 
tren .... 

— i Charlen ustedes, charlen mientras 
vuelven los chicos ! — exclamó don Juan. — 
Señor Doctor, venga yd. conmigo. La con'- 
ferencia será breve. 



^í;^- 



^^^:-'''^m^i^^rWW^ 



7ü 



Y dándose aires d€ galante pisaverde, y 
haciendo reír á todos, tarareáh<lo con stí_ 
cascada voz un pasaje dte Fausto, ofreció 
el brazo á doña Dolores : * '"' 

' — "Ma bella damigella". ... 

Reían 'las señoritas, reía dos Cosni'e, y 
doña Carmen movía la cabeza como dicien- 
do: — "¡Qué cosas tiene mi marido! 

Ramón se puso serio, como si la galan- 
te humorada de su tío no le fuese ag^- 
dabk. 

Se levantó la señora, tomó el brazo de su 
cuñado, y uno y otra entraron en la inme- 
diata habitaición. Siguiólos el clénigo so- 
lemnemente, y. al llegar á la puerta, dijo» 
en tono oratorio, señalando á la pareja.^ . 

— ¡ Soberbio ! ¡ Fausto y Margarita ! 

— Y. . . . Mefistófeles! — murmuró 
al oído de su gallarda prima. 



:• I 




?;; 



¡1' !■•', 




.* I '■ I. ■• i'. i ' '. 
-í, • i i\^ ■■{■:■ i-'- 

-:> i VU\\V 
» I ■ . . . 



• . ■>. . -I 



rí.; 



I !: I 



' in 



■: r. ■ 

•J.'. -1 
r -i 






i- > 



X. 



• ! • 1 t 



,,-'— Vanaos, mi señora cuñada, tome v4.- . 
asiento, aquí cerca de mí!. . . ; Señor Doc^. 
tor^; ,^i? ftsa-ixaltrQna estará vd. con la maypr;- 
comic^idíi^l- lyamos al asunto..-:. r'rn :•:■• 

Y di^n J\ian se. ^cómodo en d scrfá, y en- 
cqpiiiendo -tm cigarrillo prosiguió .: (,;>;, 
^-prljío quiero ocuparme, Lola, en di»«rri.; 
tar,de,lQ pasado.^ J^e basta el presente. X*Qíi 
actual es 'o que me interesa, y de «lio trata- / 
r^qi,os ©i^ pocas palabras. ¿ No «s . verdad,.- • 
mi, s^ñor c.grnipadre? , Dime Lola, díipe, costr 
tojtjIa^Tfrfinque^a»,. . ¿cómo andas de din^Wí?»^!) 

pofj^, ¡Pf^lores cruíp sus manos sofera d.r 
regazo, y fijó tristemente la mirada en la.íü-'/ 

iop^hra^., ,.n} ■ ■ • -• ■ - - • 

0^í§RR9"S<^ que la abundaíicia no reii»;; 
^n?lw;cíi3íi>! y .flvie poco; casi nada, ó n^^/i 
te quedó á la muerte de Ramón SíV 



rt--... 



V '^a 



r "^x t}- ^:-_:f ■ ■■- .j^ .. A.v^-í-' ' .-r ." -■• *f Je 

' gún me han informado, sus negocios ibaxí 
de mal en peor. Me imagiiio que todos 
sus esfuerzos serían inétides, y que al mo* 
rir tendría la ruina muy cerca . . . No quiero, 
ya lo tengo dicho, hablar de cosas pasadas, 
tristes y enojosas ; pero. ... ¡Si Ramón hu- 
biera seguido mis consejos, otro habría si- 
do el resultado de sus negocios. ¡ Eh í Lo 
que no tiene remedio... dejarlo...! Pue- 
des creerme, Lola, puedes creerme; uste- 
des me han juzgado mal Confieso que 

fui severo, intransigente, hasta duro 

¡ Qué quieres ! ¡ Los años ! ¡ La edad ! ¡ El 
medio en que vivíamos ! Yo no había visto 
tierras, ni había viajado, ni me eran cono- 
cías muchas cosas .... Ahora, libre de 
prejuicios y de ciertas preocupaciones, a 
salvo de ciertos influjos, miro muchas cosas 
de muy distinta manera. ... Mas no pieH- 
se vd, Doctor, por esto que digo, que he 
mudado de opiniones, de prinicipios y de 
ideas, no señor. . . . Tan buen cristiano co- 
mo siempre ; católico como en mi juventud; 
y si vd. quiere .... conservador como an- 
tes, aunque en este punto he modificado 

nmeho mi ciherio Me estoy yendo por 

diónde no debo ir. . .. Vamos, Lolrlla, res-' 
póndeme.... cómo andas dé diírtefo. . .'. 
Mal, ¿ no es así ? '! ' 

La señora respondió afirmativamente cotí 
una inclinación de cabeza. El canónigo 
ju^tiba con la cinta de su reloj. Dori Juan 



■'itP:i^trJifi!^^:(^'S'£!h-'y:, . ■ .■'^"^:v,'''i7í: 



73 

fumaba dulcemente su cigarrillo Lan- 
zó una bocanada de humo y siguió dicien- 
do: 

— Vives d'iíicilmente, sin duda. A lo que 
pienso, no cuentas con más elementos ^ue 
con los que Pablo te proporciona. ¿Cuán- 
to gana ese chico ? 

— Sesenta duros! — respondió la dama 
tristemente . ., . . 

— Poco es, sin' duda alguna, muy poco! 
Te compadezco, sí, porque con esa siuima, 
ni hac'ienido milagros tendrás para los gas- 
tos indispensables, para vivir y atender á 
tus hijos 

-r-Cierto es que mientras Pablo trabaja, 
nosotras no estamos mano sobre mano. Al- 
go ganamos. Enriqueta y yo cosemos. . . . 
Esa pobre niña tiene muy buen gusto, y día 
es quiem viste á las principales señoritas de 
la ciudad. Perp esto, como supondrás, ao 
me agrada; me apena verla días entero» 
cortando, cosiendo y entregada á tan ruda 
y penosa labor. Ella fué siempre trabaja- 
dora. Jamás, ó en muy rara ocasión, tuyo 
modista, ni en vida de su padre,^ ni en épo- 
cas de abundancia Elena, la infeliz 

Elena no puede prestarnos ayuda y eso le 
entristece y le aflije. . . . Ramón estudia. Es 
mi g^an esperanza. ... El pobrecillo nada 
pidei antes por lo contrario, hasta se pri- 
va de .diversiones y espectáculos que, á »u 
edad, son para un muchacho diaria y cons* 

Pftrientes Ricos,— ;« 






CÍT; :• 






. .¿cj^iep p.i^n^ ^ . ^Uq í ;. A .mí >S¥>qo . nafi ¡ba^a, 

muy poco ; yo nada necesito ; con todo ,me 

..,í^lífo/nio,; ,^i qwalquier, . rCPíS* me. avengo. 

^jfecp^^a* niñas r. .,.]5sa pQbr« Elepa.^ Jpi 

La buena señora, ilenpfi 4^ iág^i^ias^ps 
i.iftií^' ^mula,y apenada, a^iogó un wUozo. 

— Serénate, hija raía, serénate l.„f,>; Seca 
.^^as lágrin^a?, .qve>,p<iuí me tienes á -mí, y 
•^f]j^^ te faltará., No hablemos de ^Uo. Com- 
¿rend¡p ^tq^^lo qix^ pa^a, ypa^a poflCTirie- 
^n^^lc}^,^ tus^jpeíi^.ihe y<^ido,,á -eSQ lí^da 

más. ¿ Ño es verdaxl. Doctor ? . , ¡ . ! ^n > 
^ .,.,^. jC^;]piiigQ,iw>v49;la;Cabe¿a peremonio 
•' I jan?ajíi?, ij^fiip .dÍQÍepdí);M'jEs, verdad j'.'.m 

— $í j-^pntinuQ.4a dama— ^ya; ,ipe. J|o . iía 
^á^chq, ,y te ^ agradezco infinito^, ppmQjRA- 
3^p|i^; 4^4se.^.;C¥elp|,. Poco ^s Ip q«U(ftj>ece- 
ü^'^^^^-»-'; "^^y poco!. .Ll^vat^,^, J'aWo; 
^,m^'9^el9-,^>paraf me fl^il ; p^roJ^ya^elQ».» • 
^^j^píofiajle,. aljlá e?í- uii huep emj)lep„;y. :<;on 
-afí?f?!,^?stá!:,;ÉS ?§ ipt€Hge^te, caballeroso, 
^.a'púl^í/e, si;;9Datíco,,.,.. Sus jfiíí^ se h^Q^n 
.Jf^u?s,paj-a alabarle; ^icen, que fivtiopiftá 
, í^af avilla . J9pn , sus obligaciones, y , que ; es 
.jiq^í^elp de i?itegri4a4 y de biAena^iCpsítírip- 
^-íjri^j., .., .yálg^nJe tu posición,' tu?, wl^ftip- 
j^.pej5 y tu.aywíía. j Búscale ¡all^pn bm^n pw 
.i\/ffo,. y t^ jp mian4ré- Con eso basta. :Np 
, ,90^x33, np$i quedareroos aquí, ,En |*luviosiÍUa 
MoW,.fV?,í;^qp,^eiK?ií^s,,.,.. .I^p ^i»- 



^. l .:.;- .. 



/ 






t; ; ■" ■■ ■■■.: : . -."...• . -*;■••" r ■. .• '--.;• :-*:/j.-, 

íi ■ '. , '■ ■ '■ •' ■•.-,- > '• ' •• •- • • '^'- .¿.í; 

A ' ■... . . ^' ' -■" ,- ' •' . -^ ■■ -^rT^i 

V. . .^ 75 • .-■ - ^•^^r, 

- ■ . .. ■ ;.^;.t:*; 

; ^ino.^nte^, pero cffti poco sft,x»vfi^--- Ni ^ 1 

. , Kai;gi|rita ni, yp' gusts^nos yíL d<p ^ xeJíiwo- ^■. í*- '" * 

nes,./, ¡hemos teni4p, tactos dpseñgaóijs! J ; .^ 

,l^u«^lf|:a casa es el mup^o para '.nosotros. ,, % 

^ ya.,tu .^Qinprenderás que vi^feniip .«^, .piKO ^/ % 

se gasta •! t .-., y. /puedes- creerlq) yeyunos / .^ 

' po;í decoro, pon vna cai\tidíif4 fu^fiieptc ' ii 

:'i Rif'^i.í^^P, "9^ maiM^e, quedará s^y^%.tl* ^^''''^■ 

' 6itua!dóri/ Ramón segiiirá éstq4i^nidOvt,' • • , ^ 

Si, como lo espero,, sigue por buep jcamino, :¿ 

aplicado al estudio, saldrá, persona de pro- . . /I 

yfcfiol Yo he querido, qoicPa^Jose co- ' ' 

loque en Méjico, en algun^ casa de^po- ' ■■<'■ 

rn^r^io, . . . ; hay alh tantas ! pero tpdos mis \'j^ 

esfuerzos ^^n sido inútiles > . Vi',y^ sa)[)ííf lo ; ,-^ 

^ qpe pasa á .quífn;.yiefle á mcpps^.y^ Mu- • ■ -^^ 

cíios. amigos;^ aí^unos (Je Jos /:uale$;.^gV?«- • '' % 

^.TQxi á.Kánión n}ji^|;hp;» favores,, nos \mi v^H^l- ^ r^¡ 

^.,f9' la espalda V,v^:,';Alguñp,;ant«st^,^^í^^a- ;. j^, 

^ me.^^iSolo pips sape lo que hejjnos siyfi- - "^ 

"doy lo que Wmós llpradc^r'gll,,' ^It^^,^ ;¿ñ 

. ,^ --Pues bien, s,9nora y .cpñ^Qií m^, todas ^ ; v, 

es^s peñas ^caharon' desde Jipy..^-,I^4|:|lf^^ \ '¡ ' ■? 

"irá á Méj^o, .,,',. Allá le cploqir;^paps^ ^, . . ^;'| 

mejpr dicTip, le; colocaré all^. ^9 jyii casa; . ^*^ 

'¿ú, por dé' pronto tendrás una n^j^^a, ; '^^ 

ir^ntras ¡ese chicp, , que está nauy^-^apo, '1 

' . íjue mje h^* ^aíÜO muy bien, y que. ^pa^^e ' , . 

■'mivy formal, g^íi,Ió qii^ debe ganai*,,y,.tú ,; <:^^ 

^ y tus, hijas se i¡^n i^piéri. ^ ,l|^n|ipncilIo ■■] y'Añ 

. . ■■•■ /'^"^ 



»^ -V, ., 



' t; 



■* .-., ■-■, -■■'"■ ' ::--.^^ ' {'■ 

—Yo preferiría quedarme aquí, .por mur 

chó que me duela la separación de mi'.bí/: 

' io.. .. ¡Es tan bueno y! tan cariñpsoí .;>,(, 

. — ^Np ; — replicó el capitalista— no I . TCfi' 
dos á Méjico. Mañana mismo principias ;á' 
quitar la casa. ... Tú sabrás lo que llevas 
y Ip que dejas. . . . ¿Qu^ haces aquí en'es-j 
ta dudad ? ¿ Piensas encontrar aquí vin bu«n, 
partido para tus hijas ? . , ^ f j ]]'? 

, -r-¡ La pobre no piensa eai casorios,! . . '\> 

, -r-Pero de pensar tiene .... 
.—No piensa en eso. Y en cuanto á pie-; 
' na..... lainfe^.... .ri\y^\t. \v\ }!.¡r<.; 

— ¿ Y si allá se consigue que una éminetlr: 
cía científica le devuelva la vist^i? :>- 

-*-I Ya perdí la esperanza! C;u^Qna,r 3^. 
Ramos, y Vélez, me han dicho qu^ no tí«'r; 
ne remedio! Esa desgracia h9,,$i4p^ paras, 
nosotros la peor de todas! I^ainón- decía' 
que con tal de que Elenita recobrase la vifirí 
ta.... aunque tuviera que ir, de p.Uíirta en; 
puerta, pidiendo limosna I ,:];;..>! ■ 

—i No hay que desconfiar de la .miseri- 
cc^dia de Dios, mi señora doña Dolores 1-r-.. 
exclamó el clérigo solemnemente. , ,' ,i 

—¿Aceptas lo qtte te. propongo ? dijo dom 
■ Juan.. ..■ : :i;¡ ..V ".-l •''' 

Doña Dolores parecía vacilar. , El DoCh 
tor se volvió hacia ella y la ix^iró coqk> rch 
cordándole su compromiso. 

:-7-¡ CoflQx> tú lo: di$ponga;s 1— comtestó .la 
dama, venciendo ed último escrútMalQ«-r*TFe'.> 
ro, . . . sabremos qué dice Pablo 






.^«pg.3*^"fír -S ■ ■" -«v ■ ■ :■ •'í?í T^^^^^?^ ■ • ■*>» 



^ ■ . 77 

— í'ablo hará lo que yo le diga y lo qití- 
tú le ordenes. ; Bueno sería que los mu* 
chachos mandaran á los viejos ! ¡ Lucido| 
que estaríamos ! Vaya, mujer, deja de llo- 
rar. ... i Cosa hecha! Y. . . . vamos á co- 
mer ! 

Don Juan se puso en pie, y lo mismo hi- 
cieron el clérigo y la dama. El capitalis- 
ta abrazó á ésta con-movido, y la acarició 
dulcemente, con paternal ternura. 

Oíanse voces en la habitación inmediata. 
Los jóvenes habían vuelto, y departían re- 
gocijados en el balcón. 

— ¡A comer se ha dicho! — prorrumpió 
don Juan en alta voz, entrando en el salon- 
cillo, á tienípo que un criado decía en fran- 
cés, desde una ie las puertas del fondo : 

— Los señores están «servidos. 




k 






•Olí "lí' r.r»!' .V'.'''!f' •<•'.!■• • ' í>"i¡ii '■'(tt'-"i /i.'i^ 

■00 ¿ -,t.:r'i:; /'. '■•.!'• .-^d í; " / ' ; 'iirí' 

/, . ! T>ríí 
-»rí tj;ff?.!.'rr o. ,■ , >r<.T rt-j .í-'í.r; -^^ rj-.rr] vf.-'']' 

''rAi¡:>r. ¡-A _ ■• ■^^■■mií^ü i = ■'>■■■ k ■- ¡.•fí-, rr 
-01 /!/■!:■.■;'>;> "• *,.-u-' irnidíjí' ^^üf»-/' •! ^üvl 

-■ _ .íf.'-/tf,tf r. fl'i rf>f'r.ÍlOO'3 



o'irTir/! !'. ■ í<; • -: 



f^. •t'JffíO') / 



/ ■ 



■nolnk !*> ff'j olv". !• r'> . >. v ¡.*fr. rií» rtm] rrob 

.'•'il.'OT Itb ,íJ,iT)!."( ?.fil ^* r.flíl ur-.oh ,«-> > 




«ni 



'i .A 

I - 
I 

■i . : 

Mi: 






^.??^-^í5fesi 






-£ií' í>fjp íio'j .ow-.-y í-njí I /([•-.>■,?!,.. .^.noinóJ 



»r 









•^'.víEl ¿Servicio fúnebre^ estaivo nuiysdevotaty 
(g^eiflhé. Satitá Marta es ua templo íjtind¿- 
iSíl^<^y'alIí tbdo se-hace coa^epiedadij^jco^ 
-M^^^s'debkloiEs la iglesia ihás anstócqiib- 
'tk d&!Jáfcfti^3d,'^**«i hay aíii^ciacia «émBh»- 
Vi<>^ilá,í^y:*n:tiin «untu6so>'t!é!mid6^ cooiltf- 
rren todos los días, no solamente lo&^festb- 
vés^ltís 'séñofíí^ niáá^«ñcopeta[(É^;i06 cába- 
li«T<k'%ás^Íádd96s y>laí3 niñas más bellac 
déMa^'élasé^ ^'údifentei-' 'ynr.ii ^-lux-j-n ••¡nn^ 
' xA-üí '^léíi 'asiento ¡viejas :ctífradikarry?fst> 
féé'tffs ■h'érriiaiidi¿d*s>,i»Tí&S'y<)tras capaoeaj^ 
écM- M>(i^^á'^^r'él balcérn el día de<lofe&«r 
{<íí^'^e^'W<^ifgeüi d' Áíiernegr^e . iiáaam 
y a'iáf^íáíttVtóad-'de 'íftteátf«ííSeper»idÉ 

I^dfii'te^ 6ieí^í5bfe^><íc':ií(ri)iócesiqdqo 
iíe^^l^ffl^ Í«H#&^^m«'«ra:6l) ne]»catía:'fles9m 
]lfit9á^/-¿ij€P^i^^; i^fifí^e' <ei isontiite» 



."'■'■/Í^ •:"'?«-' vi ■ - •'. * 



- - - kn 



^'^V"l^¿l^- -_. ...,. 

|6lil|iÍo ño k d«bió jamás ax&^^ ^f!^*^ 
como no fuese la de honriM'le coa sil faus- 
ta pastoral visita, una noche de Navidp^ 

No busquéis en ninguna de las tres na- 
vecillas de aquel templo, bellezas arquitec- 
tónicas, que sabe Dios cómo, con qué tra- 
bajo, con qué poquísimo dinero y en qué 
tiempos tan agitados y tormentosos fué le- 
vantada tal iglesia por el esfuerzo heroico 
de una asociación sin capitales, tan piadosa 
y constante como generosa y tenaz ; no bus- 
quéis allí primores de arquitectura ni céle- 
bres lienzos de afamados autores; pedidle 
decoro y aseo, elegancia cristiana y modes 
to esplendor, que todo esto puede daros 
merced á la piedad de ^quienes en tal sitio 
concurren, y gracias á la dulzura, ai talento 
y al buen g^sto y economía de los padres 
capellanes, todos ellos varones apostólicos, 
entre los cuales han contado "los hájos 4« 
Huviosilla, doctísimos y muy santos sacerr 
dotes. * 

En cualesquiera fiestas, muy partictáar- 
mente en los mencionados días, aquel sa- 
grado recinto parece una ascua de oro. 0;5- 
tentan los. altares vistosas galas, lucen co- 
lumnas y cornisas regios tapices cerúleo^, 
revístense los levitas con hermosos parti- 
mentos, miás artísticos que valicMSios, resuena 
lujo aquellas bóvedas exceluatemúsicsi, y 
ocupan el pulpito elocuentísimos pr^icado- 
Tes. Es de ver entonces en 9qVjQl templo la 
oobk concurrei[icia,que le llena. La espl^- 



Cí.'AiSíi 



J 



Si 

dida y no bien celebrada flora de Pluviosi- 
Ua hace' alarde en Santa Marta de todo^ 
sus prodigios, prodigando eñ aras y baldo- 
sas sus miríficas preseas. El mes de María 
lleva á temploi 'tan bello inusitadas pompas. 
Cualquiera diría .que con ellas van todas . 
las gardenias de Villaverde y todo® los lirio» , 
y azucenas de Pluviosilla. Pero Santa Mar- 
ta, tan risueña y lucida en tales fiestas, tór- 
nase adusta y severa en tiempos cuaresma- 
les, cuaüdo Ibrá penitente, y en noviembre 
cuando pide y ruega por los viajeros de ul- 
tratumba. Se enluta noblemente, sin modos 
ni remilgos de reciente caáqu{"/ana viuda, 
que á poco de verse sin maridj' principia 
á cansarse de su temprana soleáad. Allí en 
días de duelo todo es grave, serio é impo- 
nente. Imponente y grave y seria se mos- 
tró esa mañana en la misa de réquiem, cele- , 
brada por el señor Fernández, en sufragio: 
de todos los Collantesi, Aguayos y Burua- 
gas. El altar mayor — engalanado á la sazÓTi,^ 
con sus lujos florales y alegres, — quedó ve: 
lado por neg'-o cortinaje, delante del cual 
fué puesta una piadosa imagen de Jesu- 
cristo crucificado, y tibores y ramilletes y ' 
candelabros dé oro y de cristal deíaron sitio. 
?. pesados candekros de plata sustentadores 
de gruesos y altos cirios. Lujoso túmulo co • [ 
locado en el centro de la iglesia, baio la cú- 
pula esbelta y airosa, rico en terciopeloa y 
galones, quemaba cera virgen, cuyos ful- 

Pariente; Ricos. — ii 



'4» 



'•fT- 'i ■■>•■•■ "'■... : '. r^ • ■ r^- •' : '^■■;'>97fc-v.,»>""- ' ■ « 



goxes solemnes daban al recinto entenebre- 
cido aspecto de basidica en regio funeral. 

En Jo alto del túmulo y .en los costado!» 
de él, depositaron los Collantes magnífícas 
coronas traídas ex profeso de París. 

Mucho plació el servicio al capitalista. 
Doña Carmen, al salir, dijo á doña Dolo- 
res: 

— ¡ Cómo me he acordado de París ! Sólo 

una cosa eché de menos Aquel suizo 

d€ San Sulpício; un viejo de noble aspec- 
to, que era conmigo de lo más cortés ! \ Qué 
atento ! ¡ Qué ceremonioso ! Hija : á mí me 
era tan simpático que todos los domingos 
(ya lo sabía él) le daba yo cinco francos de 
propina! 

De la iglesia fueron todos í. casa de doña 
Dolores, la cual había invitado á todos para 
que allí se desayunaran. 

¡Buen trabajo tuvo la pobre Filomena"! 
Se pasó toda la tarde arreglando la vajilla, 
y, caed á medda noche dejó lijta la mesa. 

— Es preciso — decía — que esto quede 
bien. Los señores están acostumbrados á 
mucho lujo y á mucho, sí señor! Y luego, 
como han de venir los mozos franceses á 
servir la mesa ! . . . 

Y ".acó de los antiguos aparadores de 
caoba los restos de una vajilla inglesa; res- 
tos escasos, que, por suerte, bastaron para 
las doce personas que debían sentarse á la 
mesa. Puso en el centro ricaí» fuentes chi- 
nescas para contener bizcochos y pasteles. 



■fií^ 



*í^f^¿Tpi.' 



83 

'y lavó, y limpió, y pulió las tradicionales 
mancerinas de plata. Elena no quería que 
salieran á ludr. La po jre niña se decía pe- 
nosamente : 

— No; no es propio de nuestra situación 
tctfnaño alarde de riqueza! 

Y como Filomena le contesí-ara, tratando 
de persuadirla, exclamó, come asaltada por ' 
inesperado incidente: 

— ¡ Además . ya eso no se usa ! Las man- 
cerinas no son más que unos vejestorios que 

más estorban que sirven y que una 

guarda como cosas curiosas de la pelea pa- 
sada! 

Pero á las indicaciones de doña Dolores, 
hubo de ceder la ceguezuela, y los platos 
arcaicos salieron á lucir sus caprichosas 
abrazaderas. 

Con don Juan viruieron, como era natural, 
don Cosme y el Canónigo, y con éste, que 
era i>erisOna de lo más cortesana, y por de- 
seo de doña Dolores, francamente expresa- 
do, uno de los capellanes de Santa Marta. 

i Lista tuvo que andar Filomena para co- 
locar en la mesa un cubierto más ! ¡ Buena 
pena la suya cuando se vio obligada á poner 
una taza distinta de las demás ! ¿ Qué hago, 
niña Margarita! — repetía — ¿Qué hago? 

■ — i Por Dios, mujer, — contestó la blan- 
da señorita — por Dics! Te isacaré de apu- 
ros : si te empeñas diré qlfe yo no tomo ca- 
lé, y me traerás solamente un vaso de le- 
cher 






;'m^'-'.' 



;» 



-I 



■..j]i'j; 



;- '' 



r;...'. 



,.p-. 



I .. . • 
■■■- P^^- 



5>i 
-í" 



■•■5»l 



» y ■ 



'■■ ■ \ 

, . f^ « - - ■* 






rvf> . : 



>!-í" , .1 ; < .' . ; • • • ,'■ ^ . '"■: ■ : '•JkP'' 



K 



\n'f.' 



• • -^ 
i 



XII 



.'*. , . 



-^i Bonita casa tienes!... — dijo don Juan 
á su cuñada, al- entrar en la sala, volviendo 
el rostro y paseando sus miradas por el 
jardinito. 

— Chica para nosotros .... Pero, en fin, 
como Dios nos ayuda, cabemos en ella. ■ 

Los jóvenes se habían detenido en el co- 
rredor con doña Carmen mientras Mar- 
garita corrió hacia el interior de la casa, pa- 
ra dar las últimas órdenes, á pretexto de 
llevar los sombrerillos y los devocionarios 
de su tía y de su prima. 

Los cnfetdos franceses fueron al comedor 
con Ramoncito, quien, si era necesario, les 
serviría de intérprete. Pero no fueron ne- 
cesarios los servicdos del chico: uno de los 
moz«s mascullaba el caiatellano por haber 






'-',.. :i;^]r?«?v 



86 I 

estado algunos meses en la casa de un gfe- 
neral carlista desterrado de la Península y 
residente en París. Admiróse Filomena del 
buen jx)rte de los camareros, y pronto se 
sihtió tranqutt'la. 

— i Qué guajKxsi ! — pensaba — ¡ Y qué ex- 
peditos ! 

Don Juan, don Cosme, los clérigos y do- 
ña Dolores, conversaban en la sala. Los 
eclesiásti'cos y tion Cosme de la proyectada 
traslación de la Sede episcopal á Villaver- 
de,.y el capitalLsita y su cuñada de la ida de 
Pablo con sus tíos. Quedó resuelto que el 
mancebo permanecer} h en Pluviosilla hasta 
que la casa fuese quitada. 

— Me es necesario aquí, muy necesario, 
Juan . Pablo es todo en esta casa. Sin él 
no sé qué haríamos ! 

— Y sabes, Lola, — prorrumpió el capita- 
lista — que este retrato de Ramón es muy 
bueno? Ahora me gusta mas que antes. Me 
acuerdo que lo hizo un español, y que cuan- 
do nos lo trajo, á Ramón no le gustó. Yo 
le dije que era obra excelente, y hoy pienso 
lo mismo. 

E lintérruimpién'dose agregó : ,.< -ji:' 

— ^Vende estos muebles .... ■ • 

' — ^¿Venderlos? Son de madera muy fin^t. 

— Sí; pero. . . . pasados de moda. ... » 

— ^Les tengo cariño.... Son un recaer-;' 
do. ,■'•; V,;. yi / /T,r. >j>\ ^.óhRü^:» 

— Hñja : en las casas suelen ser un estor- - 



. 1 , 






r ' 



' 87 . ^ _ 

Tk) los recuerdos. Vende todo esto. . . ¿Vas 
á instalarte en Méjico con este ajuar pasado 
de moda? ¡Líbrenos Dios! Si tú hubieras, 
visto la casa que temamos en París! Hija, 
no hay que darle vueltas : para las cosas de 
gusto los franceses, y jiada más que los fran- 
ceses! 

-i I 

El criado anunció «que el desayuno esta- 
ba servido. Pronto estuvieron todos en el 
comedor. 

— ¡Vaya! ¡Vaya! Pero, Lola..,, ¿qué 
lujos son esos? — ^^exclamó don Juan al ver. 
las mancerinas, puestas delante del Canóni- 
go y del P. Anticelli con sendos pozuelos 
de chocolate — ¡Cómo me he acordado de 
estas mancerinas allá en París ! En España, 
en Sevilla, en la casa del señor Arzobispo, 
vi unas así ; otras en la casa del Marqués de_. 
Alcázar 

Elena y Margarita departían alegremen- 
te con sus primos, los criados servían, y F¡- , 
lomena desde la pieza inmediata se admi- 
raba de la habilidad de los franceses. 

— Sí; — prosá'guió don Juan, — estas man- 
ceranas, padre Anticelli, son viejas en la ca- 
sa. Son de nuestros abuelos .... 

Y el buen sacerdote, en buen castellano, 
pero con acento florentino, alabó los chirim- 
bolos y se soltó disertando acerca de la in- 
vención de los platos y del origen de su 
nombre. , ¡ 

— T-í Lolita ! I Lolita !-;-»i'guió diciendo dflírt 



•ÍV 



■!»«{<-í ;,<^-ír- wj.iT'*»;, M í-i»; .. • ,p* r^r ■t'-T-'^^ífi 



88 



-, Juan. — No quisiera decírtelo, no quiero de- 
círtelo, pero pero. ... i yo me llevo esas 

mancerinas. ¡ Si al tenerlas delante me pa- 
rece que veo á mis padres, cuando de maña- 
nita, al volver de misa, se desayunaban uno 
frente á otro! Mi papá afable y cariñoso; 
mamá siempre risueña ! Sí, me las llevo. Pí- 
deme lo que quieras ... Te las pagaré bien. 

— ¡ No es necesario eso, Juan ! — contestó 
penosamente la dama. — Tuyas son. t 

— Pues hija, puedes estar segfura de ello... 
Te lo agradezco de todo corazón. 

Algo de esto oyó Elena, pero era tan vi- 
va y animada su conversación con Juan, 
que no detuvo el pensamiento en lo que 
decían su tío y su mamá. Desde el día ante- 
rior estaba encantada del ingenio y de las 
geniialidades de su primo. Jamás había tra- 
tado á un hombre así. El joven la atendía 
cariñosamente, atento á todos sus deseos, 
adivinándole el pensamiento, derramando 
sobre ella algo como una luz misteriosa cu- 
yas ondas tibias la reanimaban en cualquier 
desmayo. 

— ¡Qué semejanza la nuesitra! — pensaba 
la niña! ¡ No parece sino que hace años gue 
le trato y me trata ! ; Y yo, tonta de mí, que 
me esperaba encontrar en él, un necio y un 
fatuo ! i Y qué bien que habla de todo ! ¡ Y 
qué voz la suya tan agradable ! ; Y qué suave 
el cutis de sus manos, y qué perfume el de 
sus vestidos, que me embriaga como el aro- 



ipf^j^«^|j7ip!í?S?-?p?^<i<Pí'=^!í^^ • 



89 



ma de orquídea ! ¡ Si habla bien de todo, de 
todo, con grada, con elegancia, con ternu- 
ra! ¡Qué bien míe ha descrito .el altar y el 

túmulo ! Cuando me habla de París, de 

los paseos, de los teatros, de las calles, dé 
las fiestas, de los espléndidos bailes, me 
parece que veo todo 

Y la ceguezuela se gozaba en respirar el 
perfume exótico de los vestidos de su pri- 
mo. 

Margarita departía con Alfonso. La her- 
mosura ingenua y blonda de la joven se 
compadecía maravillosamente con el carác- 
ter melancólico y ensoñador de su primo. 
Charlaban de naderías, pero de esas nade- 
rías serias que interesan y son fecundas en 
el mutuo cambio de ideas y sentimientos. 
Alfonso era un aburriidó, Margarita una en- 
isoñadora. El gustará de lamentarse de ia 
existencia. Ella se complacía en despertar 
en su primo anhelos de vida, ilusiones que 
el mozo creía muertas y que Margarita ase 
guraba que no habían muerto porque no 
habían inaoido aún. 

Terminaba el desayuno, mejor dicho, ha- 
bía concluido ya, cuando una involuntaria 
exclamadión de Juan impuso silencio á to- 
dos. 

— ¿Qué pasa? — preguntó doña Carmen 
en voz alta, con expresión temerosa. 

El joven contaba y volvía á contar el 
número de personas que estaban á la me«a. 



Parientes Ricos. — 12 



■ T'e'^«?T'^^v??6y ; 



90;: 

y drjo entre asustado y sonriente: 

—-Somos trece. ■' / 

Gallaron todos. El canónigo y don Cos- 
me se miraron como sorprendidos. El P, 
Atiticelli rompió el silendo diciendo con- 
trariado. 

— 'Ma. . . ¡ tonterías !... ¡ Lo mismo que si 
no fuésemos ni menos que las Gracias ni 
más que ^as Musas ! 




-./■•..*:! 



. t ,^.ív = 



■<f>WM . . 






i i • • 

.¡i r ' 



ri. 



i '',<'' 



XIII. 



A. d«cir verdad : don Juan, doña Carmen, 
María, Juanito y Alfonso, se levat^tai'on 
de la mesa pensativos y tristes. ¡ Trece en 
la mesa! ¡Y nadie lo había advertado! 
¿ Quién tuvo la peregrina ocurrencia de in- 
vitar al P. An ticelli? Unos decían que don 
Cosme; Jiroi'q'ue había sido el Dr. Fer- 
náridez ; aígimo llegó á in«inuar que el buen 
italiano halbía venido sin ser llamado. Es- 
to último desagradó á doña Carmen, la 
cual, contrariada y molesta, declaró termi- 
nantemísnite que ella había sido, y dijo rter 
viosa y mohína :. 

— ¡Yo! ¡Ye fui! Yo no creo en esas 
cosas, y mé río de esas supersticiones pro- 
piias de quiénes no creen en cuanto H^beh ' 
creer. ¡Mentira parece que péiwonas ilut- 



•■^■: 



"?<' 



t\ 



-"■■--■' -.■'>>5'" 



?f^^' 




92 

. .^ JifofiBincioh^ <^ cosa* ! " iíÉl íüar- 
J^I^T^ fe número 13I ¡El salero volcaido en 
iá mesa! ¡Las mariiposas negraisl! ¡Los es- 
pejos rotos! ¡Tonterías, tonterías! Hay 
gentes que no creen en Dios, que ni recono- 
cen su misericordia ni temen su juaticid, y 
se afligen, y «e acongc»jan porqiue han vol- 
cado un salero 

— ¡ ría ! — interumipíó Juanillo — ¡ Tía ! . 
Tiene vd. una elocuencia digna de mi padri- 
no el Sr. Fernández. 

— Calla, muchacho! — ^repl>icó%la daimal— 
Me apena ¡lo acaecido ; rae apena por tus pa- 
dres, y por ustedies, de quiénes no sabía que 
dierain importaaicia á tales patrañas. • • • P^- 
ró, hijo mío, piíensa, aunque te burléis de mi 
elocuencia, qiie son patrañas y nada más 
que patrañac. Como la cosa no tiene reme- 
dio, dejarla, muchacho, dejarla ! 

En la isiala se trataba del mismo asunto.* 
Bl Doctor calillaba prudentemente ; don Cos- 
me no ^despegaba los labios, pero en lo An^ 
terior luchaiba con sus dudas. Dadb á la 
contemplación de lo sobrenatural y mirífi- 
co se diecía: "¿Será cierto?" El P. Anticelli 
en frase vehemente, autoritatiíva, á las vi^oes 
burlona, que soJía rayar en severa, y hasta 
parecía regaño, se esforzaba inútilmente en 
convencer á dioña Carmen y á don Juan, 
de que tamaña supenstídón, muy común 
ein Francia en las clases ctátas, iío mismo 



■ r , 



■^«w^^.i?^.:^,:;?- 



93 



que en laia masas vttlgarfs. no se compade- 
cía con una £e ilustraidhi, ni con las creencias ' 
católitas. "Todas esa» patrañas — repetia^— 
procedien diél Protestantismo, son fruto lu- 
terano.... Mi señora doña Carmen: ¿qué di- 
ce vuestro buen Ripalda ? ¿ Qué dice ? "Qué 
peca contraía fe quiencree cosas BuperstSoio- 
sas, ignora, niega ó duda lo que debe creer." 

Pero los empeños dd sabio jeteluka eran^ 
inieific^íes . - 

Doña Carmen contestaba: '■<. 

— No, padre mío : no creo en eso, nó ; pe»-' 
ro he visto tantos casos. Que éste se lo 
cuente á vd. ^'^' 

Y don Juan, muy grav'gtíiolso y serio, 'se 
echó á contar noveias y avenituras fatídiicats. 
El, en París, en Viena, en Niza, en Trou- 
viÚe 

— Sí, — replitó el jesuíta — de Trouvidlc* 
pirocetíe, tal vez, aquello dd bufón d)e Euise- 
bio Blasco : "éramos trece á la niesa : doce" 

ostras, y yo!'' No, mi señor; el número 

trece sólo es fatal, como dice no sé quién; 
ctaando no hay comida más que para dóoe * ■ 
Serénese vd. ; aquí había deisayuno para' 
veinite. ■ 

Afuera, en el comedor, decía Juánito-; '-i 

—Yo Itoy un espíritu fue-te. . . .• O*} casi- 
no creo en nada. . . . pero -eísxo nie prebcsttiJa ' 

y entristece María apoyaba los dichos t 

de su hermano. Palblo y Margarita se reían, 
disimulaíiido su risa y tratando dle llevar la 



^^^^^^^''^rWsw!^-^- 



9Ü 



piéitícapor <J!Ístinto sendiero. Hena y Alfon- 
so charlaban en el isofá. . '!.:■•■■. ? c 

T-r-j Ya me explico todo ! — exclamó repCn- 
tüjamente Juanidlo. 

TokIos calUaron. El mozo prosiguió en 
voz baja, pero en tono de completta sinioe- 
ridad: 

— Hemos temido en la tnelsa al P. Antice- 
ili ¿Es itaHiano? 

— ¡Sí! — contestaron á una Pablo y Miar- 
garita, é!l con fría curiosidad, día abriendo 
h'^mosamente sus rasgados ojos aziulles. 

— :rPues bien : — prosá^uió eft x joven— los 

italianos son los primereo ''gettatori" 

deí mundo! ^ 

Margarita protestó vailerosamente : 

— ¿ Gettatore el P. Anticeáli ! Calla. Jtian, 
calila, p>or Dios. Es tan bondadoso, tan afa- 
We, tañii cariñoso ! Suele parecer áspero, eso 
si, nó lo niego, pero en el fondo ¡ qué diü- 
zura! ¡qué nobleza! ¡qué bondadi » '■ < ■ 

En el comedor, mientras 'levaTiitaban la 
niiesa, los fra-nceses. hablaban Kumbiién del 
accidente, amboisi pensativos, el menor tris- 
te y sombrío. [Sepa Dios qué temores le 
habíain asaltad'O! 

Filomena iba y venía recogiendo' lia váji- 
Ua y poiiiendb en lugar seguro- ÍOTaictigtíos 
ctíbiertos de plata y las vetustas maiKeri- 
nasL .... •'- •. -"'Vi 

El P. Anticelli, agotada la conversación, 
se puso en pie para despedirse. Algiuno le 



•=^i-' 



íyr^'^jTmsr^^r. W*'^ ^^ir í^í? ,-<í^ 



9S 

invitaba para ir á visitar la Fábrica del Al- 
bétíno, de lia cuall era don Juan uno de los 
máis importantes acciomii&ta'S. 

— No ; mil gracias ! — ^^respondlió — Me 
s guardan otros quehaceres. Divertios. 

, ¡ Ailegrarse ! Dejaos de agüero» y de co- 
sa»» tristes, que la vida es buena y -la vir- 
tud alegre . . . . ¡ Que todo sea para la ma- 
yor glor'a de Dios! 

Despiiüióse ell clérigo de la señora, oesipi- 
dióse de los demás, y como d capitalista 
ee dispusiera para acompañarle hasta el za- 
guán, el jesuíta te detuvo, y le hizo volver 
á su asiento. 

— i Ma .... ! — exclamó — No, señor 

Afuera están los herederos. BTlos cumpli- 
rán por vd. 

En el grupo juvenil se charlaba alegre- 
mente. Pablo y Ramoncito conversaban 
C3rca del zaguán ; María se entretenía en 
arreglar las flores de una jardinera; Elena 
departía con Juan, y Margarita con Al- 
fonso. 

El P. Anticelli se detuvo un irüstante á 
contemplar el grupo, y, mirando por sobre 
las gfafas, olavó en lais muchachas y éh los 
mancebos, viva y penetrante mirada. 

— Jóvei.es. . . . — murmuró cortesmente — 
que Dios os guarde ! 

Juan y Alfonso se miraron por manera 
significativa, sonrientes ambos. 

r--Supongo — continuó el jesuíta — 



t. -Tí."» : 



96 

que vosotros no estaréis tristes, ni creeréis 
en patrañas . . . . ¡ Bien ! ¡ bien ! 

Las señoritas y los jóvenes se levantaron. 

-^¡ Adiós, Blena ! — Y volviéndose á Juan : 
— Esta es la buena niña .... Queredla mu 
cho! — Y siguió, dirigiéndase á Margarita: 
— ^Dios te bendiga, muchacha, por tu exce- 
lente corazón 1 

Saludó con una liinclinación de cabeza, dio 
la mano á Pablo y á Ramoncito, é iba á sa- 
lir, -cuando se presentó doña Carmem. 

— ^¿Se va vd., P. Anticelli? 

— Sí, Dolores ! — y prosiguió en tono jo- 
vial.^ — -Mira cómo te -las com>pones con es- 
tos mancebos que están tristes .... Creen 
sdtn duda quie les amenaza una gran desgra- 
cia! 

— No, padre mío; no creen tal cosa. .... 
Eia de modia eso. ... y de ahí que se finjam 
superstictBOBOs. 

— ¡Bien! Bien! ¡Adió«! > * 

Y se fué.' '.--•;>■'. /w^ ■ :t-.rrii»h 

No biien hubo salido el P. AnticdM, 
cuando apareció don Juan en la puerta de la 
saíla:- 

— rEn marcha! — dijo— El tranvía rios-<á-.' 
tara esperando !'■'• f * ' ... -~f-- 

Todos dejarbíi sus asientos. Los mózds 
buscaban siüs sombreros ; las señoritas los 
suyos. Doña Carmen se dirigió al salón. 
Allí, en, voz baja, haWó con ella el capita- 
lista, y luego éste gritó en francés : Luis, 
y^ acá! 



y^'^y^r-.- '^ .'. 



97 

Pr^entóse él mozo. 

— Recoge, — díjole don Juan — recoge dos 
platos de plata que te dará la señora. . . . 
y llévalos al Hotel, y guárdalos en una de 
mis cajas ! 

— ¿ Qué ? — preguntó Elena, al oír eistto, en 
momentos en que pasaba junto á doña Car- 
men». — ¿ Qué dlice ? 

— i Calía, hija, calla — respondióle sigilo- 
samente la señora. ... Ya te diré. . . . 

Y dando d brazo á su hija, se dirigieron 
ambas á la piíeza inmediata. La pobre ce- 
gnezuela iba Morando. 

— ¡ Mamiá ! — ^repetía afligida — ¿ Por qué 
ha dicho eso mi tío ? ¿ Le has regalado !as 
mancerinas ? 

— 'Me las pidió. ¡ No pude negárselas ! 

— ¡ Pero, mamá ! 

— j Resignación, hija mía ! Ofrece á Dios 
este isacrificiio. 




faiicntct Rico».— ij 



. A. 






/'•' .''.'•t>' 



' fi..i:ÍJv 



^< ■ ' I I 



- ■ .,;. .- K- . ./■' frr 

.;. , ■■ ■< •■; ^ ;.:..!. '{ 

.; . ;. . ■ r;v •'< j • ' i^ í''^;t'!t*í: 
.m;.|'., :• '.'■ .,: •;:•' jl!Xl1;\; 
' ' .. ■) ! )q') I ' íini;! '. ; ^ ■ 

.i!fT)->ní;Mf 



•,M.., 



: 1, 



,' /■ 



•i ' ríT^^i^''- 'i ■ 

. •■:..ítr:-.r.-' >.. ■) 




~ii^-. . 










XIV 



Esa "noche, ail volver del Hotel, y ya re- 
cogidas en su a;lcoba, y mientras Paiblo y 
Ramón estaban en el teatro con sus prtimos, 
Margarita y Elena hablaban de loisi sucesos 
del día. 

. — Estoy muy cansada; — d€cía la cegiaie- 
zuela — ^pero no quiero acostarme sin pla- 
ticar antes contigo. ¡ Cómo me he reído de 
las isupersticiones de los muchachos y de 
mis tíos ! ¡ Si parece mentira, si no es posi- 
ble que personas ilustrada!» den (importan- 
cia á ciertas cosas! No sé si tú lo habrás 
observado .... A mí para comprenderlo, 
me bastó lo que oía yo. Todos han etsitado 
tristes. Poco hablaron durante la ida y la, 
vuelta. Mi tío estaba de mal humor, hasta 
brusco y áspero; á tía Carmen todo »e le 






■■ Vi. 



5;Ti'3K 



Ido 

volvía suspirar y temer, próximas desgrá- 
nelas; María.... ¡María es una boba, ima 
sandiiía, que, como no sea para decir frivo- 
li<ia'des, no despega los labios. Para ella no 
hay nada como ParíS'. . . . Yo pienso y sé 
cuánto vale París, pero no creo que carez- 
ca de defectos . . . ¿ Que es muy lindo ? Si 
qu€ lo será, convenido, pero ya me tiene can- 
sada esa criatura con su París. ¿ Sabes lo que 
me dijo? No puedes imaginártelo. PueiSi. . . 
me dijo, yo creí que intentaba burlarse de 
mí, me dijo que los alrededores de París 
son más fértiiles que la vega de Plliviosi- 
11a; que allí la vegetación es vigorosísima, 
que se dan las pinas tan hermosamente cor 
mo en . . . el Brasil ! 

— ¡ Ten paciencia, mujer, ten paciencia ! 

— Si no me impacienta, me caiusa risa y 
me divierte ! Y. . . . dime : ¿está bonita Ma- 
ría? 

— ¿ Bonita? Bonita. ... no ; pero sí agrá- 
calada y simpática. Cuerpo gracioso y es- 
belto ; cuello airoso, carita alegre ; ojitos vi- 
varachos .... La boca es mala .... pero la 
dentadura parece hecha con dos hilosi de 
peíalas. 

— ¿ Es elegante ? 

— j Oh ! Eso sí : muy elegante. Vüste con 
sencillez. Es cierto que mucho le ayuda el 
buen gusto y el corte isoberbio de los vesti- 
dos. Esta mañana para ir á la iglesia se 
puso un vestido negro, de seda opaca, que 






■jv-r^ •-,^^,r.i5l .^^, 



lOI 



era una maraviMa. Cuando paisamos al Ho- 
tel para irnos á la Fábrica, yo le dije que se 
mudara el traje y que llevara uno más lige- 
ro y vistoso, y entonces estuvimos buscan- 
do otro, tal como yo decí-a, por cierto que 
no le hallamos.. . . 

I — Y por cierto que mientras, en el tran- 
vía, ya nos cansábamos dé esperar á uste- 
des. 

— Por fin se decidió, ó mejor dicho, nos 
decidimoisi por uno de paño claro y ligero. 
Pero si tú hubieras podido ver qué lindos 
trajes ha traído! 
- — ¡ Y otros más que traerá ! 

— Como que ávce que viene bien provis- 
ta, muy bien provista, porque ya sabe que 
en Méjico no hay sastres de señoras, y 8Í 
los hay no serán como los de ... . París ; 
que^ya isa;be que aquí 'las telas son malas y 
carísimas .... no como las de. . . . París ; y 
que ya se imagina el mal gusto de las mo- 
distas, de las cuales la mejor no será — 

— ¡ Como la peor modista de París ! 

— El traje qiue lleva esta mañana, aunque 
de invierno, é impropio para este clima y 
para un día tan caluroso como el de hoy, 
es prüimorotso ; un traje de calle, caisí de via-. 
je, ceñido y airoso. Es de color claro, 
como de café crudo, sencillo, entallado de 
un modo elegantísimo, que deja lucir la es- 
beltez del cuerpo, la cintura delgadita, y el 
busto distinguido. Completan ese traje, cue- 




1» 



^-^^-- . • ■.*í!ir ■,■■ 



I02 



lio y puños á la inglesa con sendos botoncí- 
llos de nácar ; corbata de seda, crema, con 
jaspes de sepia esfumados en algunas vuel- 
tas ; guantes de Suecia más oscuros que el 
vestido, y un sombrerillo, ¡ qué sombrerillo^ 
Lena ! ¡ qué sombrerillo ! Chiquitín, de seda 
también, como la corbata, de color seme- 
jante, con unas cuantas cintas más obscuras, 
un haz de campánulas amartllas, de un ama- 
rillo muy suave, y un puñado de "edel- 
weiss !" 

— Dejemos á María.... Alfonso era el 
menos triste. . . . (como que tú lo traes en- 
tusiasmado) .... 

— ¡Jesús, criatura! No digas eso. 

— Juan hablaba poco. . . . 

— ¿Poco? i Pero, hija, isii no puede hablar 
más de lo que habla ! 

— No, realmente estaba triste .... Estoy 
segura de que no tuvieron sus labios la rilas 
breve sonrisa. . . . 

— No, no eistaba triste. No creas que le 
duró mucho el recuerdo del número tre- 
ce. Como que tú le traes loco. . . . 

— ¿ Loco ? ¡ Margot ! ¡ Por María Santí- 
sima ! i Qué cosas se te ocurren á tí ! 

— Díganlo si' no los requiebros y piropos 
que tiene para tí ... . las cosas que te dice, 
y el modo con que te mira .... 

— Pues ¿cómo me mira? 

— Pues cómo ha de iser, Elenita mía, có- 
mo ha de ser! 



^ 



•.•^■■- , ■ V. .'^•/■- ■': --: ''..^ 



T,'" f -t^ir^ifipe'. . 



W^ 



103 

— Sí, pero .... ¿ cómo ? 

— Ya comprenderás .... 

— No comprendo .... ¿ Cómo ? 

■'^-\ Jesúi», Lena, isi preguntas" más que el 
Ripalda! 

— Margot: dime có:no me m.ira Juan! 

— Pues, criatura; como un doncd ferido 
de aimores ! 

La ceguezuela soltó una carcajada, y al des 
bordarse la risa de sus labios, aqueUos ojos 
sin luz, intensamente negros, brillaron con 
extraordinaria belleza. 

Margarita prosiguió : . 

— De veras : qué traje tan bonfilto el de 
María ! ¡ Pocos había mm correcto!» y n^ás 
elegantes ! ' 

-^Y diime — preguntó Elena — y ' Alfonso 
es guapo? ' ^ 

— Yo no ttie detengo á observar eso. ' 

— Margot: no seas hipóCI^f tilla. '■[ 

— ¿ Hipócrita ? ¿ Por qué ? 

— Yo sé lo que las palabras quieren de- 
cir. ¿ Piensas q^ue yo no estuve atenta á lo 
qiue ustedes convensaban en la meisia, esta 
mañana? Si ya sabes que yo lo oigo todo, 

y á ipesar mío, todo lo escucho ¡Bien 

que me sé á qué huden las rosas ! 

— ^Aqüí ho hay tal olor ni tales flores. 

— ¿ Cómo es Alfonso, Margarita mía? 

— ^Como todos los hombres. • • 

— ¿És guapo? ' • 

— No e® feo. . ^ • '"■ 

— ¿Es inteligente? 1 • * '• ■ '] 



ík„. 



■'f^wir-.r' "sr^.^ v''ív^*?¡'?'W^5»lp*i5tF''^ 



t04 

— No €s tonto. ' . 

— ¿Se te inclina? 

^-j Sépalo Dios ! Y. . . . mira : sin querer 
estamos iparodiando á Santa Teresa. 

— Ahora dime .... 

—¿Otra preguntita? 

—Sí. 

■_—¿ Que te diga yo cómo es Juan ? 

. — ¡Cintura! 

— Sí, sí eso es lo que quieres saber ! Y no 
he de responderte. 

— Lo que qiiiero saber es otra cosa, 

: — ¿ Otra cosa ? ¡ A que nó ! 

—Sí- ^ :,' 

— Otra ccNsa miuy distinta. 

—No ; quieres saber si Juanito es guapo. 

— No ; porque eso ya me lo dijiste anoche. 
Me dijiste : lo és y mucho, y muy simpáti- 
co, y muy degante, y muy distinguido y.... 

— -j Y muy parlanchín ! 

— Margot, no seas así. Lo que quiero sa- 
ber es ... . quién de los dcKS es má» apuesto ? 
Tú dirás que Alfonso. - 

; — Pues te diré qiue Juan. 

—Dime la verdad, Margot; no te burles 
de mí . . . . ¡ No seas cruel ! 

— Pues. ... de los dos, el más guapo es.... 
¡ Los dos Jjgualmente ' 



— ^Eso ño pueide ser. 
— La verdad .... la verdad : Juati ! Alfon- 
so 

— «Alfonso.... qué? . 
— ^Alfonso e» bueno. 



J'^l'y^r?ift37 'IV'^-.i', 



... 'cr,'- 




XV 



Resolvióse todo de una manera defini- 
tiva. La familia se iría á Méjico tan luego 
como levantara la casa ; Pablo sería llama- 
do, si era preciso, oportunamente ; Ramon- 
cito debía continuar sus estudios en la Es- 
cuela Nacional Preparatoria, — lo cual no 
era muy del agrado de su mamá, siempre 
temerosa de riesgos y perdiciones para su 
hijo, — y doña Dolores recibiría cien pesos 
cadí^ mes para atender á las necesidades de 
su 'familia. 

Dióle don Juan quinientos pesos para 
a}uida de gastos, y tanto el capitalista como 
su esposa y sus hijos, manifestaron á todos 
surno. cariño y vivísimo deseo de tenerlos 
cerca. ¡ Cómo se felicitaban de lo acordado, 
cómo se mostraban alegres y contentos! 

Parientes Kicos. — 14 



io6 . ^^^ 

— j Ya lo ves, — repetía doña Crarnijen-^ 
rya lo ves! ¡Juan es así! Todos dicen que 
'tiene mal carácter, que es egoísta, y avaro y 
rencoroso. . . . Pero no es verdad, no es ver- 
dad ! Yo, que le conozco bien, sé cuánto va- 
le, i Vale mucho ! Es delicado y sensible, 
y aunque á veces parece duro de corazón, 
no hay en él nada de eso. El tiene sus 
ideas, es cierto; tiene sus ideas, acaso ra- 
-jBnS o]^ ¡ S9A oí ^.<. ! Á 'opBJOuiBsap Á. OUj 
J3S Bipod sapa^sn uod '. n; bjiJ/\[ -osojoDuaj 
so ou ojad •- • 'SBaBJ ínuí 'oSaru 0[ ou 's^j 
da rencor. Mucho hace por tí y por tus hi- 
jos. . . . Pues. . . . hará más, mucho más! 

Doña Dolores callaba entristecida. Sen- 
tíase humillada al recibir dinero de su cu- 
ñado, y pensaba que, en lo futuro, cada can- 
tidad recibida importaría para ella y para 
sus hijos nueva y dolorosa humillación. 

— ¡ Paciencia ! — decía para sí. — ¡ Pacien- 
cia ! Iremos, ¡ qué ,se ha de hacer ! Pablo ten- 
drá un buen empleo, y entonces, poco á po- 
co, devolveremos á Juan lo que ahora nos 
da ... . No aceptaremos ni un centavo más ; 
viviremos económicamente. Moncillo será 
abogado, volverá á Pluviosilla, abrirá bufe- 
te, tendrá clientela, y todos, todos, menos 
Pablo, tornaremos á nuestra amada ciudad 
á vivir tranquilos y dichosos. Pablo siubi- 
rá, sí, isubirá, porque no podrá menos de ser 
así ... . y hará fortuna, y no necesitaremos 
de nadie. ¿ Y si á Pablo se le mete en la ca- 






107 

beza casarse? Pues, bien, que se case, con 
tal que sea con persona que le convenga, 
con una> muchacha modesta y sencilla, sin 
vanas aspiraciones de lujo. . . . ¡ Con tal que 
sea buena, aunque sea pobre ! Y . . . . bien 
visto el caso : pudiera ser rica. María Du- 
rand es rica, riquíisiima, y sin embargo es 
una excelente esposa. Así quiero yo una 
joven para mii Pablo. Además, mi hijo no 
es un tonto, y aunque joven le sobran mun- 
do y experiencia, y á tiempo cuidará de 
traerse á su esposa, para sacarla de ese Mé- 
jico tan frivolo y vanidoso. ¡ Con razón le 
ha llamado alguno ''perpetua feria de vani- 
dades !" 

Margarita estaba tristondilla. Ella habría 
preferido no salir de Belchite. Quería mu- 
cho á Pablo, mucho, pero, si era necesario, 
que se fuera, que 'se fuera á Méjico, que allí 
se colocara ; que trabajara allí, que hiciern 
fortuna .... y mientras todos estarían con- 
tentos €n Pluviosilla, muy metiditos en su 
casa, sin exigencias, como siempre, tran- 
quilos y olvidados. Si Ramoncillo podía se- 
guir estudiando en el Preparatorio, y hasta 
estudiar allí cuanto se necesita para ser 
abogado, ¿para qué ir á Méjico, para qué? 
Pero cuando discurría para sus adentros, y 
, hablaba de todo esto, allá en el fondo de su 
pensamiento, entre no ;sé qué brumas, co- 
mo envuelta en velos vaporosos, surgía ri- 
sueña y simpática la silueta de uñ mozo, de 






"^■i^- 



io8 

un mozo delgado, pálido, nervioso, de pa- 
labra- expresiva, de mirada dulce y apasio- 
nada, de un joven ensoñador y blando, aba- 
tido siempre por misteriosas añoranzas ; Al- 
fonso, Alfonso, cuya figura distinguida no 
se apartaba ni un instante de la gallarda se- 
ñorita. 

Elena decía: 

— ¡ A*mí no me atraen ni el brillo ni loS 
esipkndores de una gran ciudad! Para mi 
todo es tinieblas y noche obscura. Iré á los 
teatros. . . . oiré comedias y dramas, escu- 
charé buena música, nueva, música clásica, 
que tanto me gusta .... y nada más ! 

Y luego, hablando consigo misma, ha- 
blando quedito, muy quedito, como te- 
miendo que alguien la oyera, allá en lo más 
hondo y silencioso de su alma, murmuraba : 
"Sólo una cosa me atraerá desde Méjico: 
Juan ! 

El Ra'moncillo se mostraba entusias- 
mado : 

— ¡ Cómo me voy á pasear allí ! Tenien- 
do bien repartido el tiempo, me alcanza- 
rá para todo. Y los domingos , . . En la tar- 
de : Á los toros. En ía noche : al teatro, ó al 
circo. A mí no sólo me tientan espectáculos 
^ y coliseos, no, también deseo estudiar en 
aquellas escuelas, oír profesores elocuentes 
y afamado», asistir á las Cámaras cuando 
se discutan graves y ruidosos asuntos, y 
cuando haya sesiones borrascosas. ¡Tengo 



^^ 



Á 



log 



unas ganas de oír á Mateos ! Sí, quiero ver- 
le con mis ojos, quiero desengañarme 

de *i es cierto que le aplauden, y si ese 
aplauso es sincero y no de burlas ó prodiga- 
do por aquellos cuyos sentimientos halaga 
^ enardece ! 

Quedó resuelto que Pablo sería llamado 
oportunamente ; que desde luego dejaría su 
empleo de la Fábrica, á fin de ayudar á su 
• mamá en cuanto fuera necesario para quitar 
la casa,' y que don Juan se encargaría áe 
buscar en Méjico un local cómodo y decen- 
te para la familia ; una casa en barrio «ano 
y alegre, ó en Tacubaya, ó en Coyoacán. 

El último día que pasó el capitalista en 
Pluviosilla, fué empleado en hacer visitas 
Ya habían estado á verle el administrado; 
de la Fábrica del Albano, el licenciado Cas 
tro Pérez, el notario don Quintín Porras 
(quien había sido en varios asuntos apode- 
rado de don Juan) y otras varias personas 
de viso con quienesi nuestro personaje lle- 
vaba de antaño buenas y cordiales relacio- 
nes. * 

Doña Carmen salió de paseo con doña 
Dolores ; el Canónigo y don Cosme comie- 
ron en Santa Marta, invitados por los cape- 
llanes ; y todos los primos se fueron áe gi- 
ra á la hacienda de Fuentelimpia con unos 
amigos de Pablo y de Ramón. 

Volvieron á las seis de la tarde. Ramonci^- 
11o y su hermano á caballo con los anfitrio- 



\ 



■i'':.". V, ." V -V.v.^- 



^v.-:.i>K- 






f^rT^T*B?^'e?^?f¡fr^?^ 



' ( 



no 



nes. Pablo y Alfonso, en un carruaje con las 
niñas. 

— j Magnífico día ! ¡ Espléndida tarde ! Al 
regresar de la hacienda, á la luz deslum- 
brante del sol po"niente, pudieron gozar de 
un soberbio celaje rojizo, que parecía en- 
volver en llamas las nieves del volcán. 

— Margot: — decía Alfonso al oído de su 
graciosa prima — ^no cambio este día por el 
mejor de cuantos he pasado en Europa. Tu 
afecto y tus palabras son para mi corazón 
como vientecillo primaveral embalsamado 
con aroma de lilas. 

Y Margarita no respondía, y bajaba los 
ojos, y se entretenía en ordenar las flores 
que traía en el regazo. 




: ;í!' : 



■'v'-V-i y.t'} ■ ■■ riri /•'■.'. w/tl^ • 




'U 






XVI 



A las nueve de la mañana doña Dolores, 
con todos sus hijos, estaba ya en el Hotel. 

Quedaban listos los equipajes. Los fran- 
ceses recogían bultos apresuradamente, pe- 
dían órdenes, y se disponían p*ara ir á la es- 
tación. 

Don Juan almorzaba con tranquilidad 
olímpica; doña Carmen le acompañaba; 
María, con sus primas, daba el último tp^ 
que á su traje; y los cuatro mozos charla- 
ban, á la puerta del establecimiento. 

— Procuraré — decía Juanito á Pablo,— 
procuraré que vayas pronto; ya verás qué 
buenos días no® pa'SamOs. Sin duda que tu 
vida no será allá tan fastidiosa como aquí. 
Méjico no -es París; pero. ya cuidaré yo de 
que sea alegre para mí. Ust^dies necesitan 
salir de la provincia. Tienen todos los jóve- 






•" I 



:'Ú 



112 



ncs de provincia~y lo mismo pasa en Fran- 
cia, — cierto aire de timidez que me da nsa. 
Parecen palomos asustados. No,no,niun^ía ' 
más. Te espero. Cuando llegues, porque tu 
mamá y las muchachas se irán después, te 
irás á vivir con nosotros. Quedaremos in- 
dependientes. En el primer piso tendremos 
Alfonfio y yo nuestras liabitaciones, y cam- 
paremosi por nuestra cuenta. A mí no me 
gusta la sujeción y la tiranía de la familia.... 
¡ Por fortuna papá no ha gustado nunca de 
tenernos sujeto^! Te espero: yo me daré 
trazas para que antes de un mes estés allá! / 
¿Tienes aquí novia? ¿No? ¡Mejor que me- 
jor! Si la tienes y me engañas, rompe esas 
relaciones. No te vuelvas copo Alfonso. 
¡El ideal! ¡ El casto! (Don Alfonso el Casto • 
le llamo yo) . . . Que por cierto desengaño 
que tuvo en Niza, hace un año, todavía no 
levanta cabeza. Sí, corta esas relaciones, con 
cualquier pretexto . . . . ¡ Ya verás ! [ Ya sé 
yo cómo voy á combatir en mí la nostalgia 
de Lutecia ! 

• Alfonso prometió á Ramón libros nue- 
vos. Traía muchos, de lo mejor ; todo lo pu- 
blicado en el último invierno : la última no- 
vela de Zola ; los últimos cuentos de Catulo 
Mendos. Traía también libros serios. 

— No nací, — agregaba — oo nací para ha- 
cer carrera .... pero me g^sta leer, me gusta 
saber de todo. ..." 

Llegó la hora de la partida. Un tranvía 
especial aguardaba frente al Hotel; un ca- 



:> •■» 









■v'jfs ' . . ' " ; -,' ^ " > -I ' .5.. >.^ WT- ,.-».-, -/*r»w 



, .. - ■ . . . • •■ •■■ ' ;.<'.. -(,'11 

rro .^legante, tirado por dos lindps ipqn^ys, ^ 

—todo ejlo cortés obsequio del áuef}Q¡á^j 

la. vía urbana, antigup amigo de don. Juan,^, 

El Canónigo y don Cosme no llegaban ..aú^V 

Ramoncillo fiié por ellos. No tardaron en. 

venir, y pronto estuvieran en la estaciónyí 

íjervía en el ^ndén la multitud. .Llegó él , 
tren, upiííron á éste elegantísimo coche, y ; 
los' "criados, con ayuda de unos mozpeí dC > 
cordel, metieron en un furgón todo el equi- 
paje d^ la, familia: setenta bultos, , ,-, r' 
• A despedir á la familia vinieron, m^cl^ / 
personas. .!• 

— j Cuántos de estos que ahora vienen a 
decirme adiós — pensaba don Juan-rr-no se 
dignaban saludarme cuando por prupc- '. 
ra vez me ausenté de esta tierra en busca 
de más amplios horizonte*, en busca dc 
fortuna, y en busca de dinero! Y ahora.. 

Pero se mostraba cortés con todos; paira,,, 
todos tenía «una palabra afectuosa, un re- 
cuerdo que llevaran á los suyos, una promc- .; 
sa, un ofrecimiento espontáneo. 

En el fondo del vagórf charlaban los mii- ' 
chachos. Juanito parloteaba de lo lindó ¿i . 
lado de Elena ; Alfonso conversaba 'Aúlccs ' 
mente y en voz baja con Margarita, y Pa- 
blo y «u hermano departían con María, á. 
quien, lo mismo que á doña Carmen, ha-'!' 
bían ofrecido frescos ramilletes de garde- .' 
nias. 

Los ociosos que pululaban en el andén. ', 

Parientes Rico».— 15 












114 



■v--:í>-:9 



miraban con impertinente tenaz curiosidad 
á los Collantes. Algunos amigos de Pa- 
blo y de Ramón loa saludaban con malicio- 
sa sonrisa, y alguTOs pollos ponían mirada 
interesante en la linda personita de Ma- 
ría. 

Sonó el toque de prevención. La señora 
y. las señoritas bajaron del vagón, despidié- 
ronse, y por el ventanillo se cambiaron las 
últimas -frases, los últimos encargos. 

Partid el tren. El Dr. Fernández abrió el 
breviario y se puso á rezar. Don Juan, qui- 
tándose el sombrero, saludó y dijo á gri- 
tos: 

— ¡ Adiós, Lola ! Antes de un mes tendrás 
puesta tu casa .... 

Juan. Alfonso y Maria saludaban á sus 
primas. Contestabai|»todos, y el tren se iba 
alejando, 

• Margot estaba tri'Ste y pensativa. Elena 
enjugaba sus ojos. 

Al salir de la estación y al subir al tran- 
vía, cuantas pasaron saludaron cariñosa- 
mente á doña Dolores y á sus hijos. 

— ¿Quién es ese señor? — preguntó un 
transeúnte. 

— ¡ Don Juan Collantes ! — respondióle 
uno que pasaba. — -; No le conoce vcj ? ¡ Es de 
aquí! i Es un millonario! Viene ahora de 
ParííS. ... Es tío de los muchachos esos, de 
la rubí-a esa, y de la ciega ! Ya todos estos 
salieron de apuros. ¡Y cómo se le» han su- 
bido los millones .... del tío ! 



\- 




XVII 



Fácilmente, y como era de esperarse, tía- 
dos aquel medio tan propicio y el carácter 
de los buenos y pacíficos habitantes de Plu- 
viosilla, donde á faifa de cosas importantes 
la más insignificante y baladí suele tomar,.-, - 
aspectos y proporciones colosales, con la ra- 
pidez del relámpago corrió la inesperada 
noticia de c[uc la famiilia Collantes levantaba 
tiendas para ir á radicarse en la capital de 
la República. o 

Desde las verdes faldas de la colina del 
Recental hasta el barrio de Santa Mónka. 
y desde el Molino de la Esperanza hasta 
la ermita de San Antón, no se hablaba de^;^^^/ 
otro asunto. En boticas y mentideros, — que i; . 
los hay á docenas y muy concurridos por.j , 
.ijentes piadosas v discretísimas,— se trataba .,. 



^ 



';/.,. 



ii6 



4<-] susadicho viaje y se le comentaba le 
mil modos diversos. Era para muchos moti ' 
vo de burlas y de sátiras, para otros de gra 
ves y profundas meditaciones, y para tocios 
cosquilleo de envidia y de celo, uno y otro 
velados, no podía menos de ser así, con dul- 
zuras de ooimpasión y de alegría devota, 
muy en caja con el buen carácter de los co- 
mentadores. 

Se recordó el pasado de los Collantes ; se 
*:rajeron á cuento los esplendores y el auge 
de aquella familia, la cual, en años remo- 
tísimos, fué La primera y la más conspicua 
entre muchas á cual más disting'u'ida y ame- 
ritada de la húmeda ciudad. Contaron los 
viejos, y de labios de éstos lo repitieron 
personas de mediana edad, y siguieron di- 
ciéndolo mozos, pojlas y niños, cómo la fa- 
milia esclarecida de los *Collantes vino a 
menos, muy á menos, allá por los años de 
45 y 46; cómo don Pablo, padre de don 
Ramóni y de don Juan, consiguió alzar un 
tantico su fortuna durante la invasión nor- 
tearriericana, gracias, según fundadísimas 
sospechas, á no sé qué negocios con el yan- 
qui, después del bombardeo de Veracruz y 
de la batalla de Cerro Gordo. Dijeron tam- 
bién, muy atrevidos y faltos de piedad, <\e 
los amores de Angustias Collantes, la her- 
mana mayor de don Juan, gallarda como 
una reina y linda como un sol de oro, con 
cierto Jefe del Cuerpo Expedicionario 



■fyr!:^.yx^_ ; -'>»:f-.^í • 



Francés, en los primeros meses del 62, amo- 
res que fueron para lá familia causa de dis- 
cordia y desnni(')n. 

De aípií ])rovini). repetían, la enemis- 
tad implacable (|ue separó á los dos hermo- 
nos, don Juan y don Ramón, y no mera- 
Miente de neg^ocios y oi>erac¡ones de las ma- 
nos mnertas, como todos creían ; de ahí tan 
g'raves disg'ustos : de ahí ([ue en caso aflicti- 
vo; y vaya si lo fué el verse al borde de la 
ruina, que don Ramón no hubiese podido 
ape'ar á isti hermano, en demanda de salva- 
ción: de ahí la g^ran fortuna de don Juan 
por el apoyo que le prestó' su cuñado, qmen 
le puso en relaciones con el Mariscal Bazai- 
ne, y en vía de hacer, como los hiizo. sober- 
bios negocios con el Tesoro Francés. 

Casóse Angustias, fuese á Francia con su 
miarido, y á principio?: del 67, á la caída del 
Imperio, fuese también á Francia nuicstro 
don Juan Collantes ; de aWí volvió en 70 con 
toda su familia, redondeó sus negocios, v 
regresó á París, donde siguió acrecentando 
su fortuna, la cual había subido extraordi- 
nariam.ente en los últimos años. El tenía 
en Ffamcia la mayor parte de su capital, y lo 
• tenía muy bien colocado v productivo, de 
manera que al bajar la plata y al subir el 
cambio, duplicó su?' riquezas. "Ahora,— 
decía, asimismo, en la sala de ju^ego del 
Círculo Mercantil, y en algún otro mentí- 
derOj entre una mano de "poker" y una 



ii8 



< amonína celebrada, — ahora, decía aígún 
hombre de negocios, viejo amigo de don 
Juan, á quien había comprado una pose- 
sión cafetera, allá por Omealca, ahora vie- 
ne á fincar todo el dinero que se tiene acho- 
cado. ... y ¡ahora es tiemipo de que veamos 
cómo parte de esas sumas, que no son gra- 
no de anís, se utilizan aquí en Pluviosilla. 
en alguna obra pública ; en la construcción 
de una Casa de Rastro ó en la introduccic'ín 
del agua potable....! En fin, es preciso 
que Juan, — ^así nombraba al capitalista, pa- 
ra' que todos supieran la confianza que uno 
y otro se tenían — es preciso que Juan haga, 
algo en bien de Pluviosilla ! ¡ Ya le bable 
del asunto ! ¡ Ya la hablé de eso ! ¡ Yo no 
me duermo en casos de estos ! Y Juan (que 
está admirado de los adelantos y de la ri- 
queza de Pluviosilla. y muy interesado en 
su prosperidad) me dijo ya que se propone 
estudiar el ipunto ; que el negocio le parece 
bueno y de fácil término ; que traerá inge- 
nieros francesas para que hagan planos me- 
diciones y cálculos.". . . . 

Pero los tertulianosi, y el mismo que ta- 
les cosas contaba, linclinados sobre el verde 
tapete — dejaban á un lado tan risueños pro- 
yectos de bienestar. . . ¡público, y se dejaban 
arrastrar por los azares de la baraja. 

En todas partes contaban las gentes .¡lie 
Gollantes volvería pronto á su tierra na- 
tal, á emplear sus dineros en bien de ella , 



^PS'^í^" 



1 1( 



pero que, hecho el contrato ¿el Rastró y de 
la introducción y entuljación del ag-ua, ei 
capitalista se volverla á París. Era ra/ón 
que así lo hiciera : su cuñado, el Cxeneral 
Survillc, sería, más tarde ó más temprano. 
Ministro de la (iuerra, y ent(<nces qué me 
jor oportunidad para mayores y productivos 



neg-ocios. 



En los círculos femeniles el chisme iba 
por otros senderos. Contábanse en ellos mil 
y mil anécdotas ; se encomiaban el desprendí 
miento y las excelencias de Collantes ; eran 
puestas muy en alto su caridad y su amor 
á la familia de su hermano, y se envidiaba 
á Marií^arita y á la infeliz Elena. { 

— ¡Oye tú! — ^charlaba una pollita, ner- 
viopia. fea. delgada como un mango de ei8- 
coba y vivaracha como ima lagartija, y muy 
relamiida. y muy suelta de palabra. — ^Mira 
tú : ¡quién podrá sufrir á las Collantes cuan- 
do vuelvan ide Méjico. Si pobres como han 
estado, i&e dan ese tono, y tienen más orgu- 
llo que don Rodrigo en la horca, qué será 
cuando ipitedan vestir mejor ; cuando en vez 
de hacer vestidos y sombreros para tí, para 
mí, y para todas las muchachas de Plu vio- 
silla, los 'lleven ellas flamantes y á la últi'ma ' 
Ellas, hija mía, ¡eso sí! tienen muy bu«n 
gusto, y siempre lo han tenido. Dice mi 
mamá que antes, cuando no estaban pobres, 
ellas ,eran quienes llevaban la moda en Plu- 
viosiilla, y que de ellas aprendían todas las 



k 



L- -*bLÁ-iá>i.*ft^^SÍm»si¿a¡¿,fAiíl¡'::¿. 



"'■■•••;'• :'• •.:■'■ ■■• v.:'%. '■ '" ■'.■:''■-■■'" : ' ■ -y: ñ 
-■-'"'•■':■.:■;>/■■ . ' '120 ■ ■'^:n-;vr;| 

". inüchach^. . , . Eso dice mamá, y yo <fon- ' í 
.5. ;i, fi'esó que tienen muy buen gusto no sóÍq pa- '■] 
•,. ., ' ra' lo que ellas se ponen, sino también para . 
Ir'- ló i}ue hacen. . . . Pero, (no sé qué pensará- 
' tá,''no'se lo qué dirás, ni si crees lo mismb.í 
r . v pero ¿no es cierto que pecan de sencilla?? 
¡Si á v€ces rayan en desairadas! No cabe 
duda que en la sencillez e&tá la elegancia, . 
pero hija, no tanto, no tanto! ¿Te acuerda.s 
'd^l último baile del Círculo Mercantil? ¿Te . 
'_"'■' acuerdas del vestido aquel que llevó esa 
, ' noche Carolina Andrade? ¿Te acuerdas 
' . bíeh? Era blanco, casi liso, sin adpmos'yis 

toso», con unos ramos de "no me olvides," 
■y nada más! Bien; pues todos, todois» 'o 
• ' mismo las mujeres que los hombres, todos 
• ■ alababan él vestido. Pues á mí, (acas<) ^r- 

'- que tengo mal gusto) no me agradó ; mejpa- 
- ;! ; recio sin gracia, «scueto, desairado. Pues 
; figiirate,' Elisa, figúrate! Si ahora lais Cq- 
llaptes son tan orgullosas, cómo estarán' al 
-:.,:' volver de Méjico, protegidas por él tío? 
Yo, á decirte verdad, me alegro d€ la tal 
/ protección, porque no soy envidiosa. ¡Dkjs 

'* ". me libre ée ser envidiosa. Dios me libne! y 
■ no m^ apena ni me causa tristeza el bien 
, ' * áj-tnó. ¡ Pobres muchachas ! De modistas 
. ; a míllonarias ! Porque si es cierto qué' los 
\ mállones no son suyos, cualquiera creerá 
qué. sí lo'gon, y como el tío es generoso, 
'[..:■ muy generoso, les dará todo lo que necesi 

ten, y se los dará con abundancia. Con sólo 



'''*-■ L- ■*IW-' ' '^jK'.V.. ' , #lA^._J.Kt 




el apellido les bastará para entrar en la me- 
jor sociedad. Margarita hará buen papel, 
porque no es fea, y aunque un poquito cur- , 

\ si, es elegante, tiene cierto atractivo, sabe 
lucir su cuerpo "esbelto" y "cimbrador,"» 
(como dijo Arturo Sánchez en aquellos ver- 

■ SOS) que salieron en "El Radácail,") y, yo te 
lo aseguro, Eliía, te lo aseguro, Margarita 

. hará buen papel . . . / 

— ¡ Y se casará ! — exclamó la joven, que 
pacientemente había escuchado la irrestaña- 
ble charla de- su amiga. 

— ¡ Puede ! Y yo creo que eso es lo que 
quiere doña Dolores, y por eso levanta el 
campo ; porque aquí, con lo que tiene y con 
lo q'ue le dará su cuñado, podía vivir me- 
jor. . . : Dice doña Lola (yo se lo he oído de- 
cir) qiie en Pluviosilla no hay con quien ca- 
sar á las muchachas; que aquí no hay jó- 
venes de provecho ; que acjui .... ¡ Pued'í 
que tenga razón ! Pero no debía decirlo ella ; 
ella, que si no es de aquí, (porque es de VÍ7 
llaverde) que si no es de aquí, como si lo 
•fuera! Aquí se casó, y aquí han nacido to- 

• dos sus hijos. Lo que quiere es ver si por 
allá se casa Margarita con algún ricacho.... 
Si se puede con algimo de los primos. Mira, 
Elisa: ya sabes que yo soy muy maliciosa 
muy maliciosa, y ¡ Dios me lo perdone ! se 
rae ha metido en la cabeza que Margarita» 
y. /. . uno. ... de sus .primos. ... se en- 
tienden! . ' 

Parientes Ricos. — 1< 



í i*. 



^^mm¿£ 



liiiiimMMiiiiilM 



• 






I 



■L '^:< 



. - : ■■~'^::::--^^?t(%'^J^r^: "^íT^í^^^ ' . *! 



122 

— i Por Dios, Lucía ! ¿ De dónde has sa- 
cado eso? 

— ¿ Sacado ? ¿ Sacado ? ¡ Alma de Dios 1 
i Alma de Dios ! ¡ l'ues qué no tengo ojos f 
Ayer estábamos en la Estación . . . Fuimos 
' á recibir á Pepilla Sánchez, la hermana de 
Arturo, y allí me encontré con las Castro 
Pérez. . . . Justábamos allí, cuando llegó to- 
da la familia Collantcs, que iba á despedir á 
sus parientes. La ciega iba muy del. brazo 
• de uno de sus primos ! . . . . 

— ¡ Es natural , Lucía ! La pobrecilla no 
ve ... . y entre tantas gentes, en medio de 
a/livel ir }■ venir, la j>obi'e Elena no podía ir 
sola. . . . 

— ¡ Bueno ! ¡ Conforme ! Y Margarita. .... 
iba también con su correspondiente pri- 
mo ! . . . . ¡ Los primos, hija, los primos ! 
¡ Los primos ! Por cierto que son guapos.... 
Un poquito enclenques. . . . paliduchos y... 
flaccidos .... 

— ¿Dónde aprendiste esa palabrita? 

— ¡ Ah ! ¡ No me acuerdo ! En algnina 
novela, en algún periódico, donde tú quie- 
ras .... ¡ Tú me entiendes ! g 

— Te la enseñaría Arturito Sánchez 

— i Déjate en paz á Arturo! No pierdes 
ocasión de burlarte de él ... . Y no tienes 
razón para ello. . . ¿No te simpatiza? ¡ Con- 
formes ! Pero confiesa que es un muchacho 
de mucho talento! Pues^ como iba diciéndo- 
te: son guapos, muy guapos, pero flaccido^ 



123 

Unos parisienses pintiparados. ¡ Ning-uno 
de ellos jx^dría llevar con éxito el traje dt 
charro, el gallardo traje nacional ! ¡ Ningu- 
no! ¡Y tú me entiendes! 

Elisa sonreía, y, al parecer distraída, ju- 
gaba con el abanico de su amiga, un abam- 
qiuito japonés, en cuyo paisaje, tras una 
guía de crisantemos, sobre un fondo limi- 
tado por un volcán borroso, descendía una 
bandada de grullas. 

— Pues, como iba yo diciéndote : Marga- 
rita iba con' su primo, el más joven, como 
de veinte años .... ¡ Y qué palique ! ¡ Amor 
naciente ! ¡ Escena primera : el teatro repre- 
senta una estación' del Ferrocarril Mejica- 
no! ¡Já. .. .jajá! 

— ¡Por Dio», Lucía! • • ■ 

— Y supongo que mi señora doña Dolo- 
res, viuda de Collantes. mi madrina, sí, mi 
liíadrina de bautismo, (juerrá también ver 
si coloca á la ciega, que la ceguera, como la 
pena, con pan es buena ! ! ! 

— ¡ Lucía' ! i Lucía ! ¡ Qué buena discípüla 
han sacado en tí las Castro Pérez! 

— ¡Déjame! ¿Dices que soy suelta de 
lengua ? ¡ Pues, déjame ! ¡ Yo soy así ! ... . 
¡Es mi modo, mi manera! Yo no pude oíi 
nadaí de lo que «iban conversando Marga- 
rita y el primito ; pero ... ¡ me lo imagino ! 
Los muchachos son guapos, degantes, dis- 
tinguidos .... Una ropa .... i por supuesto ! 
i Cómo hecha en Paris ! ¿ Y ki hermanita "'.... 



y ■-< 



"^^.^ 



124 

Ni fea ni hermosa. Pero, eso sí. . . .un figu- 
rín ! ¡ Qué corte y qué tela la de aquel ve,s- 
tido ! ¡ Qué sombrero ! ¡ Qué guantes ! 
¡ Guantes de Suecia ! 

En otras partes, entre las señoras mayo- 
res, se comentaba el caso por modo más 
serio. 

Envi'd:ial)an á la viuda de Collantes, nías 
no se manifestaba la .envidia de manera fran- 
ca. "Doñai Dolores del)ía considerarse fe- 
liz: ^;qué más deseaba? Tenia 'asegurad(3 
el porvenii' : casaría á Margarita; Pablo ha- 
ría fortuna: Ramoncillo lo mismo; Elena.... 
La' pobre ciega viviría tranquila '' 

Después se comentaba el término plausi- 
ble de a(|uella división de los Collantes, tan 
añeja y enojosa ; división sabida por todos 
los moradores de la túrrida ciudad. Se ha- 
blaba, como era obligatorio, de los amores 
de^Angustias Collantes con el oficial fran- 
cés, un hombre hermoso, de noble apostu- 
ra militar, y salían de boca de las damas nia- 
yores, recuerdos de felices años, merr.orias 
d.e la Intervenoión y dei Imperio ; y no f<iltG- 
ron brillantes descripciones dS fiestas, giras 
y saraos ofrecidos á las señoras de Phivio- 
s'illa por k oficialidad extranjera. Fiesta?, 
giras y saraos elegantes y deslumbradores... 
¡ De los aue ya no se ven en estos tiempos 
democráticos ! ¡ Y aquel baile magnífico, sin 
precedente ni semejante, con que las. damas 
de Pkiviosilla obsequiaron á la Emperatriz 



j.i'. 



^^4i-''^^^. .■.'■:: -, ' ■ _^ ■■' .".ySí-^'-^-i'' 



125 

Carlota ! ¿ Y aquel otro con que el Monar^M 
obsequió á la buena sociedad de Pluviosi 
lia? En ambos bailes hizo alarde de su be- 
lleza Angustias Collantes. ¡Qué lujo des- 
plegó en ellos ! ¡ Tal de bella y de elegante 
estaría, que la Emperatriz, al terminar la 
cuadrilla de honor, tuvo para la joven frases 
de elogio y de sincera admiración! 

En otros círculos, éntrelos monopolizado 
res de la propiedad urbana ; entre los ricos 
que no gustan de pagar impuestos, por mu- 
cho que éstos. s.ean para ellos motivo plau- 
sible de medros y lucros, y como si los gas 
tos públicos hubieran de ser hechos por ar 
iC de birlibirloque; entre los jiferos enrique 
cidos, y entre los comerciantes dados •») 
fraude, la llegada del milli&nario y los pr.i 
yectos que se le atribuíian, ha'bían puesto iti 
(¡uietud y alarma. Si era ciertO', como pare 
cía ser'o, al decir de los íntimos amigos y de 
los parientes de Collantes, éste quería en*, 
j.-lcar en Pluviosilla fuertes caudales, y cou 
tratar la obra de la Casa de Rastro, fque al- 
íennos novedosos decían ser muy necesarin 
i'or motivo de higiene y de salubridad pú 
¡■"licas. y para aunento del erario munici 
pal, bur.ado' diariamente,) si Collantes. ha 
cendo uso y pon'endo en jnc,«-o reco:'on 
t'-icionc« de '"arriha." contrataba tambiéi: 
la introducción y entubación de' auL'p. vo- 
table, sin duda alguna que el H. Ayun'a 
liiiento. para emprender tale? ol;)r^s. } cuík- 






126 ' 

' plir los compromisos que con el millonark) 
contrajera, tendría que subir el iimpuesto 
sobre !a propiedad urbana; y la organiz'i- 
ción del Matadero, y con ella la sujeción de 
ios jiferos á \\n reglamento' extricto, el cual, 
¡lecho bajo la influencia del natural entusias- 
mo que despertaría tan imix)rtante mejora, 
sería severísimo, las ganancias de algunos 
en lo futuro i'rían á menos. Y si, como era 
de esperarse y de temerse, las cosas no para- 
ban allí, y al opulento é inoportuno Collan- 
tes se le ocurría avenar la Ciudad, obra que 
costaría algunos cientos de miles de duros, 
tal vez más de un millón, v si se hacía el 
tal avenamiento, los impuestos serían au- 
mentados todavía más, ¿ qué sería entonces 
de Pluviosilla, la rica, la próspera, la Mán- 
chester de Méjico? 

Y tales temores, tales inquietudes, y tal y 
tan repentina alarma se traducía en rudo 
encono contra don Juan Collantes (quien 
pensaba en todo, menos en mataderos, 
aguas potables, entubaciones y avenamien- 
tos,) y de él se contaban tamaños horrores ; 
que era un aventurero, un arbitrista cínico 
que intentaba arruinar á sus paisanos y á 
quien querían .explotar los que se decían suá 
"amigos íntimos y hasta parientes suyos," 
parientes lejanos, sí, pero "parientes." Es- 
tos, como el millonario era listo, y no se de- 
jaría sacar los duros, por lo menos medra- 
rían á la sombra de él, y ya procurarían, — 






127 

contra su egoísmo genial — ir al Concejo el 
año venidero para hacer el chanchullo. De- 
cían pestes de Collantes. A uno se le ocu 
rrió que el millonario debía su fortuna á 
una casa de juego, que era en París centro 
de afamados tahúres y de griegos muy co- 
nocidos. Uno lo dijo y treinta mil personas 
!o repitieron, y. . . . lo creyeron! Y !a cosa. 
no paró allí, ni era posible que allí parase: 
"El Radical" anduvo de lo más discreto. 
Temeroso de que más tarde se le escapan 
alguna subvención, no dijo palabra del ne- 
gocio. "El Contemporizador," órgano de 
las clases populares, se limitó á consignar 
en su gacetilla, "'que se hablaba en la Ciu- 
dad de ciertos proyectos que reclamaban 
mucha atención del Cabildo." Pero "El Si- 
glo de León XTTT." periodiquito muy sala- 
do y valiente, muy erudito y devoto, en su 
"Florilegio semanal." hizo algunas insi- 
nuaciones maliciosas, por sugestión y consí-- 
jo de algunos propietarios asustadizos : 

"Las obras esias proyectadas — decía al pie 
de una coplilla de Triarte. — merecen madu- 
ro acuerdo del Honorable. Aunque no tan 
urgentes, como dicen por ahí algunas per- ■ 
senas más entusiíystas que reflexivas. -y -más 
impresionables y amigas de novedades que 
amantes del terruño, y acaso deseosas de fa- 
vorecer sus propios particulares intereses 
más que la conveniencia pública, se impo- 
jitn. iii, debemos jiegarlo. Lo (jue ,sí ne- 



^.«íft-s- 



íwr^^,'";;,7TTj^'^W-Tf':^,iV--r^^^í{!jW),- "■yff^í 



128 



gamos, á fuer de .imparciales periodistas, cu- 
yo lema íes -'no transigir jamás coni el error," 
es la urgencia que algunos individuos le;^ 
atribuyen, á titulo de que las consideran c > 
mo exigidas categóricamente por la higiene 
y la salubnidad públicas. Perdónenos él atil- 
dado escritor peninsular cjue recientemente, 
y en un diario de la caipital de la Repúbli- 
ca, ha tratado de este asunto en elegante; 
y castiza carta : no opinamos como él. ¿ Lo 
que en tantos años no se ha echado» de m^;- 
nois en Pluviosi'.la ni ha sido causa de epi- 
demias, por qué se ha de hacer ahora sin 
reflexión y mn reposo? Esperemos, y que el 
H. Ayuntamiento, que cuenta en su seno 
hacendistas, banqueros, jurig'consiTltos, doc- 
tores en Medicina é 'ingenieros, no se preci- 
pite y se eche encima deudas que le obliga- 
rán á aumentar su presupuesto de ingresos, 
con gravamen, muv oneroso oara provve- 
tarios y comerciantes. No son tan urgentes 
las obras en cuestión. Tiempo hay de cm- 
prende.'-ias con dinsro del erario municip?/, 
el cual no tiene ahora fondos de reserVA, 
pero los tendrá más tarde, los tendrá mañf! - 
na, cuando Pluviosilla, la Mánchester de 
Méjico, — como acertó á llamarla un men- 
tísimo vecino $uyo, probo industrial de t^rri- 
ta memoria, — mire desarrollados todos los 
elementos de rlíqueza con que la favoreci('> 
pródigamente el Cielo; cuando, pasada es- 
ta época de transición, aproveche Pluviosi- 



/fí" u. " --■ • ).- ■i-'-V'^ ™>. 



129 

lia, como ha debido y debe aprovecharlas, 
su opulencia fluvial y la? innumerables caí- 
das de sus ríos, tentadoras, y como un imán, 
para la industrlia fabril. Nuestro lema es: 
"no transigir jamás con el error." ¡ ¡ ¡ Aler- 
ta, Honorables Ediles ! ! ! ¡ No os dejéis 
sorprender !" 

El escritor peninsular no contestó, y co- 
mo el señor Collantes no se ocupaba en ta- 
les proyectos, el odio despertado por tales 
díceres fué á chocar contra doña Dolores 
y sus hijos». 

¡ Cómo los traían en lenguas ! ¡ Cómo su 
noble conducta y su limpia fama andu- 
vieron en labios de aquellos gratuitos mal- 
querientes, á quienes, como al bueno de 
don Alonso de Otrija'da, se les hacían gi- 
gantes los molinos de viento! 



W 



i 



■Parientes Ricos.— 17 



',-•-5 






■,i i. ■ ' 



' ' :;t;"! ; :'l ' 

■ I, i( ■■'(< M i '■ ' 

. . • . -■• i:-í 

• ■ ■ ■;• . r i - 





-■ í 1- - 






^km^ 




•- ,t;. •■■( .' 


!' 




• " -i" 


' ' , 


'y-O 


, 


.. •7 


• •,. :■',*. ^ 


rr,;b- 



XVIII 



Ai otro día de la partida de don Juan, 
cuando ni doña Dolores ni sus hlijas se da- 
ban aún cuenta de todo lo pasado y de lo 
que se había resuelto; cuando la buena se- 
ñora principiaba apenas á buscar en la caí- 
lina y en el reposo del hogar, sosiego para 
^u corazón y tranquilidad para su espíritu ; 
cuando poseída de profunda pena y presa 
de hondísima zozobra, pensaba con tristeza, 
y hasta tiemerosa, en su salida de Pluviosi- 
11a, la buena ciudad donde habían pasado 
varios años de su niñez y casi toda su ju- 
ventud; donde había conocido á don Ra- 
món, á quien había amado con toda el al 
ma, con ese amor que llena toda una exis- 
tencia y que no deja en el corazón lugar 
para otro afecto semejante ; donde se había 
casado; donde habían nacido todos sus hi- 
jo»; donde había sentido el maycM* de lot 



.1 rJ 




í^' 



-■t. 



132 "''■'^;^: 

dolores al perder á su primogénito; Übndt 
había vivido largos y felices años, rodeada 
de cuanto una noble mediocridad pudo pro- 
porcionarle, de todos estiimada y querida, 
objeto de sólido respeto y de merecidas 
consideraciones ; cuando la excelente viuda 
consideraba que, pronto, dentro de unas 
ocho ó diez semianas, que pasarían tan rápi- 
damente como unas cuantas horas, tendría 
que salir de aquella casita donde tanto ha- 
bí? padecido y donde tanto había llorado, 
vislitas y más visitas fueron á aumentar su 
dolor. 

Fueron las primeras en ir á verla, unas 
amigas de la juventud, .en todo tiempo fie- 
'les y cariñosas, siempre afectuosas con ella,' 
lo mismo en épocas d'e felicidad y de abun- 
dancia que en aquellos últimos años de po- 
breza y de amargura ; dos amügas, una^ 
buenas señoras, ambas solteras, y pobres 
desde que doña Dolores las conoció, que 
fueron para la familia -de don Ramón Co- 
llantes, durante la enfermedad de éste, y en 
los días en que Ramoncito se vio al bordo 
del sepulcro, como dos ángeles de incompa 
rabie caridad. Si buenas fueron siempre con 
Dolores en días prósperos y alegres, en los 
días aciagos y de aflicción dieron muchas 
y suprernas muestras de la alteza de su al- 
ma y de la bondad de su corazón. Instala- 
das en la oasa, tomaron desde el primer mo- 
mento la dirección de ella, para dejar á do- 



i 

' m 



i^33 

ña Dolores y á sus hijas cerca d€l enfermo. 
Y no se limitaban á esto: lo mismo se en- 
tendían con Filomena, con la desinteresa- 
da Filomena, prodigio de abnegación, de 
fidelidad y de cariño, y lo mismo atendian 
la obra de la Casa de Rastro, (que algunos 
á las pocas personas que acudían á condo- 
lerse de los infortunios de aquella casa, 
aue cuidaban al enfermo, le consolaban, le 
dabin ánimo y aliento, ó se pasaban las 
noches velándole el sueño y atentas á su 
llamado ó á sus quejas. 

Las buenas señoras Pradilla, que asi se 
llamaban, fueron las primeras en llegar. 

— ¿ Qué dicen ustedes ? — díjoles doña 
Dolores — Nos vamos. 

— Nosotras — respondió la mayor, de 
nombre Asunción — vamos á sentir á uste- 
des mucho! Ayer se lo dije á Teresa: ¡có- 
mo vamos á echar de menos á Lolita, v á 
las niñas ! Pero comprendemos que así con- 
vendrá ; que. sin duda' Dios lo tiene dis- 
puesto así! j 

— Yo lo agradezco mucho. ¡ Mucho les 
^agradezco todo ! . . . . Pero, díganme : 
¿ creen ustedes que hice bien en aceptar las 
propuestas de mi cuñado? 

— Mucho nos ha sorprendido la noticia.... 
— replicó Teresa — porque, como vd. sabe, 
estábamos en antecedentes. ... 

— Oigan ustedes . . . . ¡ No sé por qué rrie 
causa miedo el viaje que voy á hacer ! Pero 



í^.^ 



IF^ 



134 

ustedes no saben lo que ha pasado y -lo que 
se arregló con Juan .... Oigiarflo ustedes. 

Doña Dolores, con noble franqueza, con 
la mayor sinceridad, comunicó á sus ami- 
gas todo, y terminó manifestando sus te- 
mores para lo porvenir. 

— 'Me da miedo, mucho miedo, ir á \i- 
\ ir á esa ciudad, en ¿a cual no he estado 
más que de paseo .... y con mi pobre Ra- 
Dión ! • 

La infeliz señora, llenos de lágrimas los 
ojos, casi sollozante, se detuvo, secó su llan- 
to, y prosiguió : 

— Sí, Teresa: tengo máedo. . . . Me pare- 
ce que allí me esperan grandes desgracias... 
Cada vez qme pienso en quitar casa, me da 
un vuelco el corazón .... El bullicio de Mé- 
jico va á tener para mí ruidos y estruendo 
de tempestad. . . . Además, aunque estarán 
allí mis hijos, voy á sentirme como en un 
desierto. Me imagino que he de verme obli- 
gada á ir frecuentemente á casa de Juan, á 
suis comidas, á sus fiestas .... Figúrense us- 
tedes. . . . ¡fiestas, banquetes! ¡Todo eso ya 
pasó para mí ! Pero ¡ qué he de hacer ! Es- 
tas pobres niñas no se han de pasar la vida 
entre las cuatro paredes de su casa, conver- 
tidas en capuchinas ! Además .... 

La dama iba á manifestar otros temores 
que allá, en lo más profundo de su corazón, 
solían removerse ; pero su discreción la de- 
tuvo. Iba á decir que . . . acaso el afecto de 

• 



H 



:h^i^sj^j .^~ 



.135 

su cuñado no seria durable ; que se le acusa-, 
ba de tornadizo; que, tal vez, le habia pror 
iiietido demasiado. Alejó de si tales ideas 
V tamaños recelos, 3' agregó : 

— Ya se lo dije al señor Fernández, (el 
Sr. Fernández es, aunque él diga lo contra- 
rio, el que ha arreglado todo esto) que no 
me gusta, ni me ha gustado nunca vivir en 
grandes ciudades. Pero me hizo tales y tan 
juiciosas observaciones; me dio tan bue- 
nos consejos, y me hizo ver que esta ida á 
Méjico aseguraba el porvenir de mis hijos! 
Ustedes lo saben mejor que yo : en Pluvno- 
silla, con toda su grandeza fabril, con todi 
su prosperidad siempre creciente, no tiene 
porvenir la juventud, antes al contrario, con 
qué facilidad se pierden los jóvenes! Hay 
imicha libertad de costumbres : el vicio cun 
de corno mala hierba. . . . Pablo se pasaría 
años y años sin que le aumentaran él suel- 
do ; Ramón acabaría la carrera y se 

quedaría, aunque saliera un buen abogado, 
también años de años sin gran clientela. . . . 
¡ Cuántos hájos de Pluviosilla, y muy listos 
y muy honrados y muy inteligentes, han 
tenido que ir á^ buscarse la vida á tierras 
distantes ! En cuanto á las niñas .... La po- 
bre Elena no se casará ; pero mi Margarita, 
mi buena Margarita .... ¡ yo nó quiero ni 
deseo verla casada! Pero, si se ha de ca- 
sar, que haga tfna buena elección Aquí. 

i triste es decirlo ! no hay mucho donde una 



'■jfiW'S-'^r- %_'^^w^^í''T;^_'r^^_'-\;} 



13^ ' . 

joven como Margot pueda ekgir! Pues 
bien, con esto y todo. . . yo* preferiría no 
salir de aquí. . . . Que los muchachos se fue- 
ran. . . . Pero mi deber es estar con ellas. 
Pablo es un buen muchacho, trabajador, 
sin vicios ; Ramoncito es aplica'do, estudio- 
so, bueno ; jamás me exige nada ; con todo 
queda conforme ; ¡ siempre está contento ! 
Los dos, ¡ el Señor los bendiga ! son inuy 
buenos hijos. Yo debo estar siempre cerca 
de ellos. Una ciudad como Méjico ofrece 
mil encaintos, tiene miil peligros, y pone mu- 
chas tentaciones á la juventud ! , 

Las buenas amigas concedieron toda la 
razón á doña Dolores. También temían la 
volubilidad de don Juan, y tanibién recela- 
ban de su carácter tornadizo, pero no se 
atrevieron á manifestar sus temores y sus 
recelos, en vista de que la pobre y afligida 
s«ñora se hacía lenguas de su cuñado^ y no 
cesaba de alabar á doña Carmen y de poner 
por las nubes á sus sobrinos. - 

Teresa y Asunción, al despedirse, ofrecie- 
ron volver, y aunque tenían en su casa no 
pocos quehaceres (las jDobres vivían de co- 
ser) prometieron venir á ayudar á su ami- 
ga en la ruda faena de hacer bultos y eni- 
bala:r co&as. 

No todas las visitas trajeron el mismo in- 
terés que aquellas buenas mujeres, m acu- 
dieron á ofrecer desinteresadahiente isus ser^ ~ 
vicios, j Cuántas y cuántas gentes sólo fue- . 



•aai"..-'.'." 



íSfw^pjiTfTpr "TyJ^^?^^^ 



137 



ron á tomar noticias, á comentar chismes, 
y á adular á la faitiilia Collantes, á ja cual 
creían ya en el pináculo de la dicha ! Qué 
de personas que al ver arruinado á don 
Ramón le volvieron la espalda, y que des- 
pués, á la muerte de éste, no tuvieron para 
su viuda y para ¡sus hijas ni una buena pal-a - 
bfa consoladora ; fueron esta vez á la casa, 
llenas de curiosidad y de envidia, ansiosas 
de saberlo todo, para salir á contarlo, y pro- 
metiéndose explotar alguna vez, tarde ó 
temprano, á quienes, como saliidos de una 
tumba de miseria parecían surgir redivivos 
al esplendoroso ambiente de la riqueza. 
Concha Mijares fué una de ellas. ¡ Qué ca- 
riñosa con siu madrina ! ¡ Qué jovial y dulce 
con Elena y Margarita! Al despedirse esa 
tarde, dijo, entre mimos y zalamerías : 

— ^¡Madrina! ¡Madrinita! Estamos en ju- 
nio Ahora verá vd. ¿Cuándo se van 

ustedes? 

— No sabemos, hija. Acaso dentro de 
un mes. . . . 

La polla, precipitadamente, se acabó de 
calzar el guante de la mano derecha, y, sin 
abrochársele contó uno por uno los meses, 
diciendo : 

— Ustedes estarán allá á principios de 
Julio .... Pues bien : junio, julio, agostO; 
septiembre ¡ En septiembre me ten- 
drán ustedes allá ! en septiembre principia- 
rá la Opera .... Iré á las fiestas patriófi- 

Parientes Ricos. — 18 



■ V-", :,--••■ ^^-l,,.»- ■•^,> — -■^^'r-""'^ 



■:i-.yi" 



I - ~ 



cas .... El once ó el doce estaré allá. Y.... 
i desde hoy se los digo ! Me iré -á vivir con 
ustedes. Me ponen una cama en la alcoba 
de las niñas, y . . . . ¡ tan contenta ! Subire- 
mos, bajaremos, me llevarán á la Opera. . . . 
á oír á Tamagno. ¡Dicen que es divino! 
¡ Divino ! 

— Pero, hiija, — replicó la señora — ¿quién 
sabe si nosotras estaremos para Operas? 

— ¡ Cómo no ! ¡ Cómo no ! ¡ Allá voy ! Ya 
saben que yo, con este carácter tan alegry 
que Dios, me ha dado, soy capaz de alegrar 
un entierro ! 

Las señoritas acompañaron á Concha 
hasta la puerta. La polla siguió conversan- 
do allí, y por fin, terminó exclamando: 

— i Ah, hipocritillas ! ¡ Y cómo no dan 
parte ! ¡ Ya ¡sé, ya sé que .... No : ¡ mejor 
es callar ! 

— ¿ Qué ? — preguntó Elena. 

— ¿Qué cosa? — dijo Margarita. 

— ¡Ya sé! 

— Di, mujer! — prorrumpió impaciente la 
blonda niña. 

— ^Dí. . . . — suplicó la ceguezuela. 

— Pues diré.... ¿Me obligan á ello? 
i Pues diré ! . . . . Lo que dice U'na comedia 
qiu€ estamos ensayando en la oasa de Artu- 
ro Sánchez .... 

E interrumpiéndose divagada, contintuó: 

— j Ah ! ¿ No les había dicho nada ? Pues 
vamos á hacer comedias Yo tei\go pa- 



■^■'^- 



lii-. 



7-iV^J.''Xiffftf!r f-,ffy:?ISrr-: 



* 139 

peí en la obra principal, j Figúrense uste- 
des ! . . . . Un -papel de bachillera, yo, yo, 
yo que .soy de una maravillosa ignorancia ! 
Voy á hacer un monólogo de Blasco : "Día 
Completo." Tengo que salir en traje de bai- 
le. .. . 

— Pero, en suma, Concha — interrumpió 
Margarita — qué es lo que sabes, lo que nos 
ibas á decir, y lo que dice la comedia esa ? 

— ¡ Ah ! se me olvidaba .... 

Y abrazó, y besó á Margarita, y acarició 
y besó también á Elena .... 

— Que. . . primos que llegan y . . . ¡ amores 
que se enredan ! ¡ Adiós ! ¡ Adáós ! 

Y se fué. 







.1 



* 



,-%'.- ■•■.■■ 



■i ■ :. ' \ví-- 



■^*"-^- ■>"' 



,-T>; 



,1 '• 



^ < 



■\ 









XIX 



•••/•I" 



En toda la población no se hablaba más 
que de la próxima partida de la familia Co- 
llantes, y muchas personas s.e preparaban á 
comprarle, por una bicoca, útiles y mue- 
bles domésticos, que, en circunstancias ta- 
les, suelen ser vendidos á bajísimo preció. 

Doña Carmen no había puesto en venta 
'cosa alguna, ni había dicho que vend-ería 
nada ; pero, á pretexto de comprar algo, 
iban y venían gentes, y aquella casa, de or- 
dinario tranquila y silenciosa, y donde, des- 
de el fallecimiento de don Ramón, no sona- 
ba el piano, y cuenta que tanto Elena co- 
mo Margarita eran habilísimas tocadoras, 
parecía iglesia franciscana en día de Fo:- 
ciúncula. :: >,»!;r.-. '■■^■.^rg: 

Aquello era un suplicio diario para doria 
Dolores y para sus hijas. 

— ¡Ya me tienen cansada estas gentes! 
— deda Margarita, siempre que se veía obli- 



\ 






?í'^; 



gkda á recibir á alguna persona- — ¡Ya esto 
no se puede sufrir ! No parece sino que hé- i 
mos puesto papeles en cada esquina, y que 
hemos hecho saber al vecindario, por voz 
de pregonero, que nos vamos pronto; que 
vamos á sacar á pública subasta todo cuan- 
to tenemos, todo, hasta la dulce esperan- 
za de ganarnos el cielo ! 

Otros iban á tomar lenguas, fingiiendo 
que, necesitados de mudar de casa, y sabe- 
dores de que aquella seria desocupada en 
breve, iban á verla, por si acaso les conve- 
nía. 

De estas personas fueron las Castro Pé- 
rez, quienes llegaron acompañadas de don 
Quintín Porras, el cual había venido de Vi- ' 
llaverde con el único objeto de presentar 
sus respetos al señor don Juan, su buen ami- 
go y poderdante. 

, No eran las Castro Pérez muy de la de- 
voción de las Collantes. Recién llegadas h 
Pluviosiilla, y con motivo de un concierto ■ 
organizado por la Conferencia de la Parro- j 
qu?a, y en el cual tocó Margarita, y tocaron i 
el piano las Castro Pérez, las Collantes hi- ,| 
cieron amistad con ellas ; pero el carácter de i 
éstas, su frivplidad no amenguada con los 
años, su ligereza para hablar de todos, re- 
crudecida en ellas por desventuras domésti- 
cas, no placieron ni á doña Dolores ni á sus 
hijas. Una y otras resolvieron alejarse de 
sus nuevas amigas, se alejaron, y el falleci- 
miento de don Ramón vino á completar 



/ 



^j^l*«^? -:.; i^;.; ip:^''-^--: 



r.v'i'C-..-*™' " 



143 

el alejamiento de modo definitivo. Las Cas- 
tro Pérez no se dieron por entendidas de la 
conducta de las señoritas, pero en distintas 
partes, en casa de las López, en casa de 
Arturo Sánchez, en donde concurrían á dia- 
rio, y en la casa de Concha Mijares, la "mo- 
nologuista," dijeron, y decían horrores de 
las pobres muchachas. De orgfullosas, alti- 
vas, tontas y cursis no les bajaban un pun- 
to. 

Llegaron con Porras, quien, según su 
costumbre, se mostró fino, cortés, afable 
y discreto, y mientras sus amigas charlaban, 
preguntaban é inquirían cuanto les pareció 
conveniente acerca de la partida de la fa- 
milia, él veía, oía y callaba, s.e hacía la ga- 
tita mansa, y se imponía de todo. Llegó en 
su corrección hasta desaprobar con un ges- 
to ciertas indiscretas insinuaciones de las 
Castro Pérez, movió la cabeza como dicien- 
do : "¡ Qué criaturas ! ¡ No tienen reme 
dio!" y siguió en beatifica contemplación, 
atuzándose los bigotazos, como un fe'.ino 
que se liimpia la geta .amodorrado. 

Pero tanto doña I^olores como sus hijas 
hablaron poco respecto de su viaje. A todo 
respondían con monosílabos, procurando 
no aflojar el ovillo. Dijeron que, si acaso, 
el viaje sería hasta pasado el invierno ; que 
por ahora no pensaba en vender nada, y 
que, probablemente se llevarían todo. ■■:h 

Pero Margarita estaba impaciente, y al 



Hk. 



' .■^iK^fn'-'^'K'^rP^^^'^fv^^'p. 



5:'í^- 



144 

despedirse el tabelión y sus compañeras, 
apenas abrió los labios, como para hacer 
comprender que aquella visita no había sido 
de su agrado. 

Ya doña Dolores se había puesto á !? 
obra. Silenciosamente, poco á poco, y ayu- 
dada por Asunción y Teresa, principió á 
empacar cosas y muebles del comedor. 
"Más vale — decía — llevarse todo esto que 
nial baratarlo!" 

Algo debía la familia, dos ó tres meses 
de renta de casa, y nn pico de treinta ó 
cuarenta pesos en el comercio, en una tien- 
da de telas y «ledería donde las señoritas 
compraban cuanto necesitaban pana los ves- 
tidos que hacían. No parecía sino que las 
Collantes iban á desaparecer por ensalmo 
y que se irían sin liquidar sus deudaí. 

Doña Dolores pagó todo. Entonces el 
dueño de la casa, que no creía en el aplaza- 
miento del viaje, exigió la pronta de.-ic cu- 
pación de ella, por tener quien la qiiisieva 
con insistenciía, y le ofreciera el doble de 
lo que al presente rentaba cada mes, y, ade- 
más, se comprometía á tomarla en arrenda- 
miento por seis años, corriendo por cuen- 
ta del inquilino reposiciones y pago le im- 
puestos. 

Doña Dolores manifestó que á lo más 
permanecería en aquella casa dos mesesi. El 
dueño imsistió en la desocupación, y como 
ésta no era posible en tan corto tiempo, la 
dama se vio obligada á pagar cuanto le pe- 



•íT^-.VT^- 



:w^ 



. . 145 

dían, esto es, el doble de cuanto desde ha- 
cía tres laños había pagado, y sólo dos veces 
con algTÍn retardo. 

Las señoritaisi tuvieron que comprar te- 
las y cintas, fueron á la tienda, y volvieron 
á su casa de lo más contrariíadas : todo ha- 
bía subid(íf de precio. Lo que antes valía 
cinco duros, ahora, para ellas valía diez. 

El tendero y el propietario tenían razón : 
creían que á. la familia Colliantes le había 
caído el gran premio de la Lotería de Ma- . 
drid, ó, por lo menos el de la Lotería Na- 
cional, esto 'es, que, de un día para otro, ha- 
bía enriquecido hasta la opulencia. 

Pronto doña Dolores se dio cuenta de lo 
que pasaba; ordenó á Pablo q'ue renuncia- 
ra su empleo, aceleró el trabajo, á fin de es- 
tar lista para irse, y escribió á su cuñado la 
siguiente carta : 

"Querido Juan : 

"Me ¿ipresur.o á escribirte, á pesar de que 
no he reciibido carta tuya, para informarme,: 
de la salud de ustedes y saber si llegaron •; 
sin novedad, si están contentos y si algu- •< 
no no se ha enfermado en ese Méjico, don---= 
de hay tantos tifos y tantas pulmonías. Si 
alguno se enferma, por telégrafo me lo avi- \ 
■"'as para ver si en algo, puedo servirlies. Me •=. 
?stoy imaginando que ntr Carmen, ni Ma- 
lía, ni los muchachos estarán contentos cRm- 
t>M ciudad. 

■ • ■ Parientes Ricos. — 19 



y 






146 

"Para los que vamos de aquí es muy bo- 
nita ; pero pana los que vienen de París pa- 
recerá muy fea. 

"Conforme á lo que arreglamos, ya Pa- 
blo se separó de la Fábrica. Mucho lo han 
sentido los Jefes. Querían aumentarle el 
sueldo, con tal que se quedara, pero mi hi- 
jo no .quiso. 

"Como lo que ha de ser tarde que sea 
temprano, ya estoy quitando la casia. Creo 
que para fines de Junio, que ya está encima, 
pues mañana es día último (por cierto que 
la función del mes de María .va á estar muy 
solemne en Santa Marta) de manera que 
procura, si en ello no te soy molesta, hÑus- 
carme la casa. Recuerda cómo la quiero. 
Nada de lujos, hijo, que para lujos no esta- 
mos, y que sea limpia y sana. Que averigüen 
si en ella no se ha muerto alguno de tifo. 

"Lia mesada puedes mandármela por el 
Express Wells Fargo. Tal vez necesite más 
dinero para algunos gastos indispensables, 
porque con lo que me dejaste acaso no me 
alcance pana ciertos gastos. Si lo necesito 
te escribiré, aunque me dará pena moles- 
tarte. 

"Rl P. Anticelli me encarga que te salu- 
de. Dice que á tus oraciones se encomien- 
da. ' 

"Mil cossas de todos para tí, para Car- 
men, para María y para los muchacho.s. 

Nuestros recuerdos al Dr. Fernández, v 
al Sr. Linares^ díle que nos dijeron unas 



I 



147 ' 

amigas de Villaverde que sil pariente y to- 
cayo estuvo enfermo, pero que^ya está bien. 
"Sabes te quiere tu agradecida cuñada 

Dolores.'' 

f 

P. S. — A Carmen que me mande los ro- 
sarios de Lourdes que nois ofreció. 

Ya sabes la casa : Calle quinta de Santa 
Marta, núm. 12. ^ 




*••■?<,-,*. 









^ 1.. 



,'}- -i, /I,-, 



\ X , 







■■ n:> 



XX 






r,.:. 



Las campanais de Santa Marta repicaban 
alegremente. ¡ Y cómo no habían de repicar 
aiStt en vísperas de fiesta tan solemne ! Al día 
siguiente, el último de mayo, habíai de cele- 
brarse en el aristocrático templo de los je- 
suítas, la conclusión del mes de María, y- 
como de costumbre, si la función de la ma- 
ñana sería verdaderamente clásica, no me- 
nos había de serlo, en la tarde, la jdistríbu- 
ción final. • - .&;:. v? o^^ 

El capeWán de Santa Marta, lo mismo que 
su com¿)añero el P. Anticelli, eran pensionas 
, de esas que Saben hacer lias cosas, y las ha- 
cían por modo tan serio y tan grave y tan 
suntuoso-, que las funciones de su templo 
causaban celos á los clérigos de la túrrida 
ciudad, y ponían envidia en los capellanes 
de las demás iglesias de Huviosilla. 

—¡Ya se ve — solían decir los envidio- 
sos — como que para los padres de Santa 



Mí 



,«ji.!í3r''5 



.150 

Marta todos los rkos tiene la caja abierta! 
¡ Así nuestro garbo las pesca ! 

Lo cierto es que los excelentes ¡padres de la 
Comipañía nada pedíia'n para elvoiá; cjue todo 
era para su iglesia y que se gastaban el dine- 
ro con tino }' habilidad ; que sabían gtuiardaí 
y conservar cuanto les daban ó ¿iidquirían pa 
ra su templo, y que empleaban acertadamen 
te d dinero. Por ese motivo si.em|)re tenían 
con que adornar sus altares, y por eso eran 
tan espléndidas las funciones de Santo Mar- 
ta. Allí todo lo hacían los padres aiixi'iá- 
dos por los sacristanes;, y allí no ponían ni'i- 
Tio beatas caprichosas é intrusáis*. 

El culto en Santa Marta no tenía rival 
€Ti toda la ciudad . . . . ¡ Oué había de tener- 
le ! Sá de ordinario era decoroso y decente, 
en lias grandes solemnidades, en la fiesta de 
la Virgn de Lourdes, en los días princii")a- 
les de la Semana Santa, .en la festividad 
de los Dolores de Nuestra Señora, el Vier- 
ntíslde Lázaro y lia noche de Navidald. elteni 
pío aparecía magnífica y regiamente deco- 
rado ; los maitines v la misa revestían cier- 
ta severa solemnidad, cierta majestad in- 
comparable, que hacían por extremo sim- 
páticos los ejercicios piadosos v grande- 
mente amables las prácticas religiosas. : 

Dicho queda que en aquel templo concu- 
rrían las señoras más distinguidas, ''ai 'alie- 
ros muy principales, y las señoritas ir.'is her- 
mosas y elegantes. Únais y otros tenían en 



- '5' 

los capellanes de Santa Marta cliscretos 
amigos, prudentes virtuoso» consejeros, y 
sabios confesoresi. ¡ Qué mucho que fueran 
tan queridos y que para cualesc|uiera obras, 
para todas las fiestas y para todas las lier- 
niandadesi contaran con la cooperación y 
el auxilio de las personas' mási conspicuas 
de Pluviosilla, sin (jue por esto no fuesen 
respetados y queridos de las demás clases 
sociales, hasta las más humildesi, las cuales 
tenían en los excelentes jesuítas cariñosos 
y caritativos protectores. 

Muy diligente andaba Margarita ese día. 
Tempranito se fué á Samta Marta. Fuese 
con Elena, á eso de las sei» de la mañana, 
* para oír la misa del P. An.ticelh, buen ma- 
drugador, como buen jesuíta, y para recibir 
el Pan Eucarístíco. A^olvieron á las ocho, 
&e desayunaron, y. . . . otra vez á la iglesia! 

— Yo iré esta tarde-^decía doña Dolo- 
res. 

— Pues yo ahora y esta tarde . . . ! — repli- 
caba la blonda señorita — Acaso sea esta vez 
la u.tima que asista yo á en Santa María 
á la fiesta de este día. En Sainta Marta hice 
la primera tomunión, y allí f'ué diepositado 
el cadáver de papá. . . . Esa iglesia tBeine pa- 
ra mí tan dulces recuerdos ! 

Y s.e fué. Pero, eso sí, á las doce yai esta- 
ba de vuelta. Cuando llegó y^ la esperaban 
tres amigas : Lupe Castro, Marta Pérez y 
Clara Ferrer. Conchita Mijares le . había 



l¿3c * » 



152 

ofrecido ir, pero la esperaron inútilmente . 
el teatro casero de Arturo Sánchez la traía 
llena de quehaceres. 

Las tres amigas de Margarita, comipa- 
ñeras de Colegio, condiscípulas siuyas, y co- 
mo ella "hijas de María" y asociadas dili- 
gentísimas de la "Guardia de Honor" y del 
"Apostolado de la Oración," aguardábanla 
impacientes, entre muchos cestos de flores ; 
azucenas, solamente azucenas, azucenas 
blancas, acabaditas de cortar, y frescas, fra- 
gantes, embriagadoras, destinadas todas 
ellas á la distribución final del mes de Ma- 
ría. . 

Mudóse Margarita de vestido, y volvió* 
precipitadamente al corredor. 

r— ¡ El altar está lindísimo ! j Ya se lo dije 
al P. Anticelli! Entiendo que no le faltan 
floresi. . . . Pero mandaremos algunas más 
frescas para los tibores de la escalinata. Las 
que están puestas allí me parecen marchi- 
tas ó languidesicentes, como que anoche y 
esta mañana han estado entre más ¿e 
c'en bujías. Los candelabros esos q\.v:. 
rega'.ó el 'señor Fernández, ¡y qué can 
de.'abros ! tienen muchos arbotantes, co 
mo treinta, y cada arbotante sostiene ■ dos 
velas. ¡ Figúrense ustedes, muchacha», si 
habría calor bastante para que se marchi- 
taran las flores ! • 

— ¡ Margot ! — replicó Clarita Ferrer, una 
chiquitina vivaracha, lista, inquieta y mer- 



á 



^7 ■ 



•Tf-i 



viosa, en cuyos ojillos negros y luminosos 
centelleaba insaciable curiosidad, y en cuyas 
pupilas parecían asomar diablillos traviesos 
~¡ Margot, que te hablo ! Estás mal informa- 
da. Dices que eso*» candelabros de cristall los 
•regaló el Sr Fernández, el papá ide tu amiiga 
Gabriela, la sobrina de ese señor canónigo 
que dijo el otro día la misa de difuntos? 
Pues si td te ham dicho, te .engañaron. Esos 
candelabros 

— ¡ Esos candelabros, — interrumpió Lu- 
pita Castro, una morena altiva, de tez tosta- 
da, airosa de porte y de ardoroso mirar, — 
esos candelabros tienen origen novelesco.... 
¡Conozco esa historia! 

— Deja que yo la cuente, que la sé muy 
bien ! — saltó diciendo Martita Pérez, una 
rubia desteñida, de ojos garzos faltos de ex- 
presión y muy dada á los relatos sens^ible- 
ros. 

— No, replicó Clarita Ferrer, — que he 
de contarla yo ! ; Yo la he de contar ! 

— Si vas á leer páginas de ajena vida. 
y páginas que deben quedar ignoradas . . . 
no, por Dios ! 

— ¡ Nada de eso, Margot ! ¡ Nada de eso ! 
Ya sabes que no me gusta comer prójimo.... 
Muy al contrario de lo que te supones. Lo 
que voy á decir honra mucho á quien hizo 
el obsequio de esos candelabros. 

— Bien, — conttestó Margarita — di, pero 
sin mentar nombres .... 

?ar>entes RÍCO3.-20 



; .'.x.ivr-T.; 



"^ 



154 

— Entiendo : se dice el milagro i>ero no 
el :santo. Conformes, l'ues, en pocas pa!u- 
baias : unos novios . . . Ella de aquí, y linda 
como un sol; él extranjero y g-uaipo; él co- 
mo loco ; ella lo mismo. Las familias de am- 
bos muy contentas, como que él valía tanto 
como ella, y la pareja resultaba encaintado- 
ra!. . . . El, por deberes de su profesiión y 
por anteriores compromisos, (era franzés 
é ingeniero.) tuvo que irse á Europa. De 
allí pas(') á .\frica, á las obras del caiual de 
Suez... y no volvii') ! . . . En va<no,le esta 
vo esperando. . . . ella. (Ya se me iba á e.«- 
capar el nombre) Nadie dio aviso de qu'e el 
gal-liardo caballero babia muerto, como di- 
cen las novelas, en las arenas 'líbicas 

y.... 

— Bueno : ¿ y los candelabros ? — preguntó 
Margarita. 

— Los candelabros fueron comprados con 
uma jo}'a que la señorita liabía recibido en 
años felices, y regalados á la Virgen de los 
Dolores, en memoria del ausente. 

— ¡ Enteradas ! — exclanió Margarita . — 
Ahora, ¡ á trabajar ! 

Y las cuatro señoritas, con ayuda de un 
criado, principiaron á separar las flores. 
Apartercn primero las más hermosas va- 
ras, aquellas que tenían cuatro ó cinco azn 
cenas, cuyas copas alargadas y niveas acá 
bnban de abrirse; después !as que habían 
de ser colocadas en Ins tibores ; v al ú't 



. r»,pií-ri:.!-v 



155 

mo a(|iie!las qui; las chiquillas habían de 
llevar en la procesit'.'n. El resto sería ofre- 
cido ante el altar, en cada misterio del ro- 
sario, y á cada invocación de la letanía 
lauretana. 

Margarita y iSiU'S amigas clasificaron las 
flores, despojando de hojas los tallos y de- 
sechando las amarillentas ó marchitas, que 
eran pocas. To^do fué colocaido nuevamen- 
te en los cestos, rociado con agua fres'^a, 
y remitido á Santa Marta. 

Durante esta poética, aunque penosa fae- 
na, Margarita estuvo silenciosa. No sabía 
darse cuenta áe\ presentimiento que la te- 
nía sobresaltada, ni de la honda tristeza qué 
llenaba su corazón y que se iba señoreando 
de su alma. ¿Eran memorias infantiles, re- 
cuerdos de la niñez, traídos á su mente por 
la fiesta del día? ¿Se acordaba de los dííiis 
en que con otras chicüelas de su edad, ves- 
tida de blanco como las otras, y luciendo 
el velo de las vírgenes y el vestido blanco 
de lasi desposadas, concurría en Santa Mar- 
ta llevando haces de lirios ? Allá en el fon- 
do de su mente, entre sombras y nieblas, 
flotaba inidecisa, vaga y misterioisia clarildad, 
cierto albor de aurora que á las veces crecía 
y se hacía distinto, pero que de repente se 
perdía entre gasas obscuras para volver lue- 
go á aparecer y borrarse en seguida. ... Y 
el corazón le palpitaba agitado é inquieto, 
coino si estuviera sobrecogida de espalnto.... 
Así diurante la dilatadla la:bor. Al comdtiír 



;■(*> 



■■ ,' ■ .' -. * - .'" ■ . ■ «¿•- ••■\ ■'-■■ -'"■ ■ ' y -^ ^ 

■^ ■'■ !.■• i 

156 . Ú 

respiró ampliamente y se sentó á descan- 
sar, mientras sus compañeras hacían el en- 
vió. Entonces cerró los ojos, ansiosa de des- 
cubrir algo en aquella claridad miistteriosa 
de su pensamiento. ¿ Qué vio ? ¿ Qué miró ? 
Dulce sonrisa pasó como un relámpago por • 
los labios de la doincella .... 

— ¡Cosa más rara! — pensó — ¡Si me ha- 
bré embriagado con el aroma de las azuce- 
nas! Me parece que he visto dibujarse, á 
través de ese albor cambiante, la figura 
de Alfonso .... Pero .... ¿ por qué tanta 
tristeza? No parece sino que estoy deliran- 
te.... ¡Vaya! ¡Como si hubiera tomado 
opio! 

Y risueña, jovial, invitó á comer á sus 
amigas : 

— ¡ Sí, sí, y sí ! — afirmaba. — Comerám acá, 
nos harán compañía, y después' nos iremos 
á Santa Marta. Necesitamos llegar á buena 
hora para la colocación de las niñas!. 

Las señoritas accedieron aJ ruego de su 
amiga. Margarita seguía siendo presa de 
tristes presentimientos, y no quería quedar- 
se sola con su familia. Necesitaba á su laido 
personas bullicios'as que la distrajeran, y 
que apartaran de su mente aquellas fúne- 
bres ideas que la tenían sobresaltada. 
■ —Ven, Lupe ; — ^dijo caríiíñosamente, abra- 
zando á su amiga y llevándola hacia él co- 
medor, — ven ; ya me contarás ahora, du- 
rante la comida, y punto por punto "la no- 
vela de los candelabros !" 



■■^.v. "(v:. »"K"j 



i./''\^'{-!ii<-~ir-f:: ■ >!^.- "■■'^■' 




XXI 



Después de la comida se charló en la sala 
gratamente, y por primera vez, después de 
tres años d'e silencio el piano dejó oir su voz 

Martíta le abrió, y se dispuso á tocar. 

— ¿ Qué vaisi á hacer ? — gritóle Margarita 
desde el sofá. 

— i A tocar ! — ^^respondíó la joven con im- 
pasibiilidia-d estoica. 

— i No, por Dios, mujer ! No toques. . . . 

— ¿ Que no toque ? ¿ Por qué ? 

-^Porque .... * 

No dejó Marta que su amiga le contesta- 
ra, y tras rápido registro que acusó torpe-, 
zas del teclado, con heroico brío, con varo- 
nil pujanza, la parlanchína joven prínci'pió 
á tocar un vals alemiáin', estremecedor y bri-, 
liante, cuya primera parte se desairrollaba 
en frases apasionadas, profundamente me- 
lancólicas, que nacían lentas y poco á po- 
co se iban moviendo más y más, y crecien- 



■■s^&¿.;' j;^;<í.i¿"-;/;:Wa.i 






r \ •'■ ■■ ■■ ■ 158 ■ ■ ■•^.. ■ ■■■■^■-l 

do en majestuosa amplísima espiral, y para 
cuyo ritmo parecían estrechas las inmensi- 
daa€s del cielo. 

— ¡ No sigas ! ¡ No sigas ! — exclamó Mar- 
garita, levantándose del isiofá. — ¡ No sigas, 
por Dios, -que me estás haciendo moiicho mal! 

Y corrió á colocarse detrás de su amiga. 
Acaricióla, y mientras besaba en las mejillas 
á la tocadora y ésta apartaba las manos del 
teclado, la blonda señorita cerró lentamente 
el piano. 

^ — Me hace mal oír música . . . . Más de 
tres años hace que éste piano no sonaiba ! . . . 

Y como Marta insistiera en tocar, Mar- 
garita siguió suplicándole penosamente 
que no lo hiciera. 

Doña Dolores, sorprendida y contraria- 
da, apareció en la sala: 

— Sigan tocando. — ^daijo — ¡Siga vd , ?i! ar- 
ta, siga vd ! 

— ¡ Margot no quiere ! — murmuró la jo- 
ven. 

— Confieso que no esperaba oír música' 
en casa .... Pero alguna vez había de ser ! 
Siga vd. Oigamos ese vals . . . ,. 

Marta. consultó con una mirada la volun-- 
tad de su amiga, la cual contestó con leve 
movimiento dé cabeza, con um ademán ne- 
gativo, á la par que con la melancólica tris- 
teza de sus magníficos ojos azules. 

Las campanas de Santa Marta soltaron 
iwi repique. ♦ . 






i 






■1' 



159 

— Ya nos llaman! — murmuró Elena.— 
Es preciso irse .... 

— Vayanse ustedes — ^^contestóle doñía Do- . 
¡ores — que allá iré yo ! . . . Estoy en espera 
de Pablo, que ha debido comer con vanios 
amigos, y con quien necesito hablar. ¿No 
han visto ustedes si ha pasado el cartero? 

— ¡Aun es temprano, mamá! — respon- 
dió Margarita. 

— Las cuatro jóvenes se levantaron y se 
dirigieron á las habitaciones interiores. Ele- 
na, al sentir que se alejaban, dejó su asien- 
to, y apoyándose en \o^ muebles, Riese en 
pos de sus amigaií» y de su hermana. A poco 
iban ya caminito del templo. A la sazón que 
pasaron por la oficina de Correos, comen- 
zaban á salir los carteros para hacer el re- 
parto vespertino. 

— 'Preguntaremos — dijo Margarita, pa- 
rándose cerca de la esquina — preguritarc- 
mos si mamá tiene cartas. Aquel es el car- 
tero de nuestro barrio. ... 

El empleado postal, un joven páHdo á 
quien le caía muy bien ei uniforme azul, ve- 
nia por la acera opuesta, muy abrumado 
con su repleta bolsa, y trayendo en la mano 
muchos pliegos y algunas cartas. 

Las jóvenes le llamaron con una 'murada. 
El mozo atravesó la calle y se detuvo res-'" ■ 
petuosamente delante de las señorita». 

— ¿Tenemos a'lgo? — ^^le cSijo Margot. 

— Creo que si, — contestó el interpelado 



^w^ 



vr' " 



J 



I 60 

buscando en la bolsa . . . Una carta pana us- 
ted .... y otra para la iseñora .... 

— Pues venga la que es para mí!-^se 
apresuró á decir Margarita. — La otra lléve- 
la usted á mamá que está .en casa esperán- 
dola. Venga la mía. 

Pensó la joven que el cartero vacilaba 
en darle la carta, y dijo: 

— ¿Me conoce vd., no es verdad? 

— Sí, señorita! — murmuró entre dientes 
el empleado. — Tenga; vd. su carta. 

Recibióla Margot, leyó el sobrescrito, vió 
atentamente la nema en la cual aparecía 
realzado u;n monograma azul y oro, y se pu- 
so encendida como una amaipola. 

— ¿De quién es esa carta? — pregiintó 
Elena. — ¿ De Juan ó de AlforLSo ? 

Las amligas se miraron de modo malicio- 
so. 

— Ni de Alfonso ni de Juao. Es de Ma- 
ría, — respondió Margot con entere/a. sin- 
tiendo que el corazón le palpitaba ar^resu- 
radamente, y guardóse la carta en el libro 
de misa, en el cual venía enredado con dos 
ó tres vueltas un rosarfio de nácar. 

Soberbio aspecto el de aquel altar de 
Santa Marta. El templo estaba lleno } tra- 
bajo tuvieron las señoritas para encontrar 
asiento y hallar un síitio cómodo para Ele- 
na. 

Eil P. Anticelli estaba en el pulpito re- 
zando el rosario. Cesaron las preces del pe- 



i6i 

núltimo misterio, y el armonio llenó el 
recimto ccwi dulce devota melodía. Una voz 
infantil cantaba: 

"Tú, el ánfora áe mirra," 
Tú, cáliz de pureza. ..." , ; 

Resplandecía el altar con mil bujías de 
cera; ardían gruesos cirios en los blando- 
nes, y en el templete áureo del altar, de en 
aiedio de inmenso ramo de Uses blancas 
surgía la estatua de la Inmacula'da como lu- 
na llena en glorioso irisadb cedaje. 

Había azucenas! por todas partes : en el 
altar ; en grandes jarrones ; en guirnaldas 
soberbias' en ia cupuKi'Ua del templete; en 
ricos tibores colocados en las gradas y en 
la balaustrada del presbiterio, y hasta en 
las velas, en graciosos ramilletes atados 
con cintas de raso, lucían las «imbólicas 
flores sus alburas de nieve. 

Estaba expuesto el Sacrameinto en la 
mesa del altar, ddante del tabernáculo, en- 
tre candelabros de cristal, opuHentos de 
prismas, de luces y de cambiantes espectna- 
les: la custodia resipílandeciente irradiaba 
deslumbradora sobre los blancos lienzos 
que cubrían el ara. <> 

Hacia el centro de la áglesica, en dos bítín- 
cos paralelos, que dejaban libre el camino 
hasta él altar, extendíase algo como una le- 
gión de ángeles, algo que semejaba pra- 

' ' Parientes Ricos. — ai 



íiA^<^v' 






162 

dera de linios mecidos por el viento de urui 
mañana primaveral, centenares de niñas 
vestidas de blanco, ceñidas las sienes con 
flores blanquísimas y envueltasi en lar?j;os 
vaporosos velos. 

Tres notas fuertes hacían resaJtar la ce- 
leste blancura del conjunto, tres monagui- 
llos vestidos de rojo que estaban arrodilla- 
dos en la grada superior del presbiterio. 

Marganita pasaba las cuentas de su rosa- 
rio, ansiosa de acabar los cuatro misterios 
ya rezados por los fieles allí reunidos, para 
igualar sus preces con ías' éd. sacerdote. Re- 
zaba con devoción, pero su mente ño esta- 
ba en el templo, ni sus ojos podían fijarse 
eín el Samtísimo. SuiS labios repetían ia sa- 
lutación angélica, pero el pensamiento no 
vibraba al unísono con las palabras. Su al- 
ma cutliosa estaba muy distante. Marj^^arita 
hacía esfuerzos supremos para don'.eñar su 
fantasía rebelde y caprichosa, y ihasta se 
mordió los labios para castigarse .... pe 
ro todo fué en vano, todo era inútil .... 

Comenzó la letanía. Místicos acordes ba- 
jaban en torrente del coro, el pueblo contes- 
taba, y la fe desgranabüi una á una su guir- 
nalda de rosas lauretanas. . . . '"üomiis au- 

fréa. . . Foederis arca. . . janua coeli ." 

cantaban arriba; "ora pro nobis" repetía d 
pueblo; los turíbulos mecidos duleentente 
inundaban el recin'to de vagarosas nubes 
de incienso, y la. joven se desespera!) . afli- 



«^Bi^jBSí^í?*" •;■"?;'£' 



163 

gida por su falta de devoción y por las ari- 
deces repentinas de su alma. 
, — i Fantasía rebelde ! ¡ Fa'ntasía indómi- 
ta ! ¡ Con razón alguno te ha llamado la loca 
d€ id casa! — ^pensaba Margarita, al. consi- 
derar cómo su imaginación irreparable iba 
de aquí para allá. Se le escapaba del templo 
y huía á través de los valles.de Pluviosilla, 
y escalaba montañas y salvaba cordiWe- 
ras. . . . más rápida que el sonido y que la 
luz. Hacía un esfuerzo y conseguía traenla, 
y al parecer sojuzgada y vencida repoisaba 
un instante en las imágdnes, en el altar, en 
la custodia resplandeciente, en la hostia pu- 
rísima, prodigio inefable de poder y de 
amor. . . . Pero luego, á poco, se le huía, 
y, como pajarillo fugitivo, volaba por 
las cornisas colgadasi de terciopelo aziull ; iba 
á posarse en las arañas resplandecientes!, ó 
se escondía en las espesuras de los ramille- 
tes. Las luces le traían á la memoria bailes 
suntuosos y ricos banquetes ; las flores, días 
pniímaiverales, jardines en que abril prodi- 
gara sus maravilEías, giras alegres y jubilo- 
sas! á través de campos embalsamados por 
las rosas nueva»; la veste nivea y los velos 
víiporosos de las niñas, gráciles y felices 
desposadas. . . . No pudo más. Aquello, sin 
duda era una tentación .... Oró, oró ate- 
rrorizada, grato frescor inundó* su alma. . . 
y se sintió tranquila. 
— ¡ Y todo por esta oarta ! j Foresta car- 



164 

ta, — se dijo muy qtiedUto — que tengo aquí 
en mi devocionario, y que tal vez no con- 
tendrá más de seis líneas, que acaso no dirá 
más que unas cuantas tonterías .... ¡ Ea ! 
i Ya la veré ! 

Sacó la carta, estrujándola nerviosa- 
mente, aunque con temor de hacerla peda- 
zos, y se la guardó en d bolsillo de la fal- 
da. 

¡ Cuánto había durado aquella lucha te- 
naz con la imaginación indomeñable ! ¿ Ha- 
bría pasado ya el sermón ? Sí, y la procesión 
tamtwén. 

Obscurecía. Las últimas luces de la tarde 
ptenetiraban en él templo por laisl altas ven- 
tanas de la cúpula y del crucero ; las som- 
bras agrupadas atrás, á la entrada, en 
el extremo de las naves pi ocesionales, esipe- 
raban el imstante en que debían precipi- 
tarse para señorearse del templo ; humo fra- 
gante inundaba el sagrado recinto y subía 
pesadamente hacia las bóvedas ; prefludiába 
el coro himno sublime de libcomparable 
misterioso sentido; juntas las pértigas y 
plegada el velo era abatido el palio; y e' 
sacerdote se disponía á dar la bendiciór 
con el Santísimo. 

Margíirita indinó la frente. El órgano 
lanzó raudalles; de sacras harmonías; reso- 
naron címbalos solemnes ; estallaron en 
atronadora música las campanillas ; volvió- 
se al preste, en cuyos ríeos ornamentos 



-i/- xr: ... ■•. / ■f.^i*-^::,. ".'t'i 



i6s 

chispeaban brillos y luces, y entre relámpa- 
gos y harmonías, y entre aromas y nubes, 
'lentamente, lentamente, como un sol que 
se va, que se aleja y que se pierde en las 
inmensidiades del espacio, apareció un disco 
radioso, — en cuyo centro, y como nimbada 
de celestes claridades, era flor de plata «,1 
Pan Eucarístico, — un disco de oro que, sos- 
tenido por unas manos trémulas ascendió, 
bajó, volvió á subir, fué de un lado á otro, 
hasta trazar una cruz, y luego se ocultó, de 
jando centdlante refl.ejo, en medio de una 
gloria deslumbradora, entre una nube 
blanquísima y fragante. ^ 




i. 



: iSiÜtíVS-:» -¿'r» 










' 1 r ' -'I 
f"! . 



i - 



XXII 



Elena no quiso esperar á Margarita, y 
salió del templo luego que acabó la bendi- 
ción. 

— No espero á mi hermana. . ". . — decía la 
ceguezuela á sus amigas. — Ya estoy cansa- 
da; hace mucho calor aquí, y necesito des- 
canso y arie fresco. 

: — Pues ya le tendrás, — conteisitóle Mar- 
tita, dán^lóle el brazo. 

Síiguiérímlais Lupe Castro y Clara Fe- 
rrér. 

Todas con Tnil trabajos consiguieron sa- ' 
lir. A la puerta de la iglesia se agolpaban 
las gentes. Pugnando por salir, y a<nsiosar 
de versé eri la calle, se estorbaban el paso 
unas á las otráá, procurando dfejar libre e! • 
tráneitp á las niñas, que llorosas las unas, ' 



■ .-' í' - 



■í;'^\>"^ Tj-í ::":<■" \:-ii-:-s: 



] 



m§r' ":'•:: ^p^: ":^>'1ai|.'^:^;^^4% 



c ^: 



ras tnenores, m(|uktas las otras, se agíonie- 
rabíin ' en aquella® apreturas, 'desgarran<io 
en lá brega sus vestidos blancos y sus ve- 
los de tul. 

— Vamonos, vamonos! — repetía nervio- 
samente Marta Pérez, como nunca histéri- 
ca. — Viene un aguacero de los buenos . . . 
¡El primero de mayo! No quiero rejuvene- 
cerme .... Hay tempestad, lejana, sí, pero 
la hay. Estoy mirando en las vidrienaisi de 

la cúpula la luz de los relámpagos ¿ No 

has oído los truenos ? Oye . . . . ¿ Oíste ? ¡ Y 
no hemos traído paraguas 

Y las cuatro muchachas pugnaban P'>r 
salir 

Afllí se encontraron con la Conchita Mi- 
jares. 

— ¿No decías que no podías venir? — 'dí- 
jole Lupe Castro. 

— Caí en la tentación. — respondióle la ba- 
chillera. — Las Sánchez vinieron y me vi 
obligada á venir. Figúrate tú que son va 
las seis y media, y que á lais ocho se ha de 
levaintar el telón. Y á mí me toca principiar 
No sé cómo hacer para estar lista á esa ho- 
ra. Tengo que peinarme, y que mandar las 
cosas, el vestido de baile, y.... todo! 

Esto lo decía en voz alta, con horrorosa 
precipitación, olvidándose deil .sitio en que 
estaba, y causando escándalo en las devotas 
que la oían. 

— ¡ Por Dios, Concha ! ¡ Calla ! xlefiexio- 
na que estás en la iglesia. 






169 

-r— ¡Tienes razón! 

Calló Conchita, y todas, como pudieron, 
venciendo obstáculos y sufriendo empello- 
nes, fueron saliendo .... 

Llovía. Gruesa® gotas caían en el atrio. 
Allí, en ,Ia acera inmediata y en las fron- 
teras esperaban mozos y criadas con abri- 
gos y paraguas. 

■Nubes de tormenta cubrían el cielo, y 
allá por el sud y por el sudeste, por sobre 
las montañas de Villaverde, la tempestad 
lanzaba sus rayos, y rodaba sus trenes de 
guerra con el estruendo de poderoso ejér- 
cito. Cárdenas luces persistían en el hori- 
zQnite, dejando ver, á cada fulguración, re- 
motos términos y vagas lontananzas que 
iluminaban con reflejos sulfúreos redes y 
redes de hilo® de fuego. El calor era sofo- 
cante. Ni un Boplo de frescura que modi- 
ficara á SI» paso el ardor del crepúsculo. De- 
jaron de caer los goterones. La campana de 
la Parroquia dio la oración, y á su voz mar 
j estuosa y solemne contestaron piadosos 
los cien bronces de los campanaTiois de Plu- 
vioítíilla. 

La multitud, no bien ganaba el atrio se 
diisipersaba apresurada; Moraban la® chi- 
quillas llevadas á remolque ; regañaban las 
mamas ; reprendían entre enojadas y son- 
rientes las señoritas á sus hermanas meino- 
res, y los lechuguinos y lo» galanes de Plu- . 
viosilla, flor y nata de la andante pollería 

Parientes. Ricos,— «a 



de la tierra, gozaban del espectáculo aquel, 
todo sombras, gritos, exclamaciones y llo- 
riqueos. ' 

Los buenos mozos se preparaban á arros- 
trar la lluvia, el terrible chubasco, que ve- 
nía que volaba, y muy armados de para- 
guas, recogidos á la inglesa los pantalones 
sobre los charolados^ borceguíes, y estacio- 
nados frente á la iglesia, contra los muros . 
de lia casa frontera, atisbaban á las novias 
ó á laiS chicas que los tenían feridos de pun- 
ta de amor ó llagados de lais telas éel cora- 
zón. 

La tormenta se acercaba. Un rayo con- 
movió el templo, como si hubiera caído en 
la cúpula > se hubiera enroscado en la cruz. 
y al pasar el claror del relámpago la obscu- 
ridad se hizo más densa. El servicio del 
alumbrado público estaba de mala...... 

Alguna dinamo descompuesta, algún "da- 
ño" en los circuitos .... 

Entonces salió Margarita. No había sa- 
lido antes porque tenía horror á las apretu- 
ras, y tranquila había esperado que saliera 
la gente. ■ 

— ¿ Que va á llover? ; Pues que Hueva! — 
díjose, y con toda calma se dirigió al altar 
mayor y se arrodililó en un reclinatorio. 

Allí pidió perdón para sus tibiezas, y pa- 
ra aquella aridez de tsu espíritu tan inespe- 
rada y repentina. Pero no tuvo verdadera 
devoción. Rezó la estación mayor y alg^- 



I7V 

ñas otras preces que su acostumbrada pie- 
dad le pedía, pero su alma no estaba toda 
en el templo, ni la oración salía de sus la- 
bios vibrante, alada, luníinosa, álnfatigia- 
ble para subir al cido. Maquinalmente se 
llevaba la mano al bolsiiHo de la falda, co- 
mo si le sobrecogiera la idea horrible de 
haber perdido aquella carta cuyo aroma em- 
briagador ya presentía, cuyo® términos adi- 
vinaba, cuyas frases afectuosas parecían 
murmurar amores entre los pliegues át\ 
suntuoso y rico papel de hilo. 

Quedó el templo vacío. Los sacristanes 
habían apagado todas lais bujías. Aun que- 
daba en los aires remoto aroma de estora- 
que y de incienso, y penetrante olor de cera 
quemada llenaba el ambiente, mezclado coii 
la fragancia de las azucenas marchita. 

Parecióle que ati» flotaba en las bóvedas 
aligo de los cantos -^ítl&rgicos, algo, como 
voces infantiles en la tfave central, y ruidos 
de paisos, allá en el fondo, cerca de la en- 
trada. • 

Ardían serenáis, en sus fanales rojos y col- 
gadas de sus pescantes, las perennes lámpa- 
ras del Sagrario, y su luz apacáible se refle- 
jaba en el tabemáoulo, en las columnas dd 
altar, en los fnarcois' de los cuadros, y en- 
cendían una que otra chispa de color en los 
prismas de los candelabros. 

Margarita se santiguó de prisa, se levan- 
tó, tomó al pasar por la fuente agua bendi- 
ta, y salió. ¡ 






^^«v-«¿. r gk^^fírj/f-ri^r^w:^^ 



172 ! 

Llovía. Ráfagas de viento tibio le azota- 
ron el rostro. Recogióse la falda, y de pun- 
tfil'las, semiembozada en la mantilla, ganó 
á lo largo de la acera el camino de isu cas^, 
q'ue, por fortuna, no estaba distante. 

Allá ,por las montañas dd sud, en lo más 
alto de la cordillera la tempestad incendiaba 
las cimias. J 






• . ■ ■ V 



, .;. -•»»* . 



I 




i\ ■ ; ■■ 



XXIII 



La joven llegó á su casa en momentos en 
que la. lluvia, — el primer aguacero de ma- 
yo, que dizqiue alegra y rejuvenece — ^se de- 
sataiba torrencial. 

Allí estaban sus amigáis. Saludólas ai pa- 
so, diciéndole» : 

— Ya vengo. . . . He llegado empapada.... 
Si tardo un poco más, me luzco! 

Y volviéndose agregó en tono risueño y 
affable : 

— ^Marta: estarás satisfecha La fies- 
ta ha resultado magnífica. ¡Divina! ¡Di- 
vina! ¡Divina!. . . . Como dice Concha Mi- 
jares. ...; á quien esta noche aplaudirán á 
rabiar en loa brillantes salone» de Arturito 
Sánchez. 

Mientras sus amigas reían, Margot se 



Ml^ 



■•"■■. ,'-'■' ■ ' -r 

>• per^ó 4» Jas hahitaci^^ áííitgiiiorés^ entró 
if en ^alcoba, cerró las puertas,. quHóse !a 
mantilla, mudóse vestido, pensó mudarse 
calzado, pero no lo creyó necesario, y luego, 
inquieta, recelosa, como si temiera ser sor- 
prendida, se acercó á la me»a de noche, y 
á la luz de una lámpara, cuyo fulgor opali- 
no se difundía gratamente en la estancia, le- 
yó el sobrescrito de la carta de Alfonso, mi- 
ró atentamente el gallardo .monograma de 
la nema, y rompió el sobre, y cuidiadosa- 
mente desdobló la carta, y leyó. , • 

Decía así: ■ ■. ■ , , 

"Mi'buena Margot: ' 

Aquí me tienes en este Méjico de uste- 
des, muñéndome de fastidio, y cansado de 
recorrer todos los días las mismas calles, 
siempre desde Plateros hasta San Francis- 
co, y por las tardes dando vueltas en la Cal- 
zada de ta Reforma (donde hay unas esta- 
tuas abominables y unos indios feroces), 
y echando de menos aquellos campos de tu 
Pluviosilla, y aqudla tu conversación vi- 
va y llena de "esprít,'" y tan dulce y en- 
cantadora como las miradas de tus ojos azu- 
les, ojos de zafiro, como dijo Byron. Juan 
sube y baja. Dice que está desesperado v 
muerto de fastidio, pero ello es que apenas 
si le vemos en casa. Ya tiene muchos ami- 
gos, y con ellos se pasa el día. Envádio ese 
carácter suyo tan sociable. Así, ni. más ni 



175 

píenos, era en París. Es por eso que yo no 
congenio (¿así se dice?) con él. Somos de 
carácter enteramente opuesto. Creo que 
pronto estará contento, aunque difícilmente 
igie olvidará de su París. Aquí se ha en- 
contrado amigos que trató allá, y con dllos 
anda -de comidas y teatros. 

"Yo me aburro, puedes creerlo, prima 
mía. j Cuánto mejor estaría yo allá, en tu 
"pueblo," como te decía yo para verte eno- 
jada y ver más azules tus ojos, paseaníio 
contigo, viendo aquellos campos, contem- 
plando aquellos bosques y aquellas casca- 
das que viM'té contigo, y escuchando tu voz 
consoladora que ha derramado en mi alma 
frescuras que nunca esperé, algo así como 
un p»rrfume de violetas de Niza ó de lilas 
frescas. Mañana te mandaré el libro prome- 
tido ; pero lo has de leer como si estuviéra- 
mos juntos. Es de mi poeta favorito. Si tú 
vieras ! . . . . En un pitseo que hice á Bretaña 
fué mi único compañero. Le comeré en 
Saint-Maló, en la tierra de Chateaubriand, 
una noche, al volver de visitar el isepulcro 
del grande hombre, en una librería que es- 
taba frente por frente de la estatua del au- 
tor de Átala. 

No te olvido, prima mía, primita mía! 
¿ Cuándo vienen ? Si no vienes pronto, el 
mejor día te diirá un periódico que me eché 
de cabeza en uno de ios canales de esta fa- 
mosa Venecia americana. ¡Y qué canales! 



17^ 

"Dicen mamá y María que ya escribirán. 
Aun no están instaladas á su gustó. Papá 
dijo anoche qiue ya están arreglando en Ta- 
cubaya una casa para ustedes. 

"Te quiere mucho tu primo, tu me- 
lancólico primo. ' 

Alfonso.'' 

Margarita dobló la carta, la metió en la 
cubierta, abrip el ropero, y la guardó en 
éf. 



I - 1 




f^^/Vfi^.^'yY^t' ■.::■'. '■■■: 




r> 



: ! •:• 



XXIV 



Guardó la carta, y risueña y. jovial, cqu 
alegría de chicuela mimosa, volvió á la sa- , 
la. Elena y sys amigas charlaban en el es- 
trado. ' ' M * : 

El piano abierto sonreía, y dejaba ver, 
á la luz die dos bujías, cuyas flamas azota 
ba el viento, la lirreprochable dentadura de 
su tecladb, como la de una mujer admirada - 
y bulliciosa. ; - . .v,' 

Margarita acudió á una de las ventanas. 
Las dos estaban abiertas de par en par. El r 
chubasco había pasado, y la tempestad de- ^_ 
; enida en las cumbres de Mata-Espesa," no ; - 
se atrevía á invadir el valle. No languide- , ' 
cían los fuegos procelosos ni des'mayaban 
los estruendos. Oíase fijo, aunque lejano, "' 
el rumor de sus cohortes batalladoras, y á 

Parientes Ricos.— 33 



' 178 

cada instante, con rapidísimas ^terjuiten- 
cias, verdosa iuz de irradiaciones cáf^Ésnas 
inundaba los espacios y respíandiecía con 
luz siniestra en ilia desierta calle. Iluminá- 
banse las cimas del Recental, descubriendo 
las giibas de su perfil ondulado, dibujadas 
sobre un fondt> cerúleo, y sobre remotas le- 
janías é infinitas claridades lunares. 

Al esplender el relámpago palidecían los 
focos eléctricos, columpiados brus':aniente 
por el aliento de la borrasca. La tierra re- 
seoai, apenas humedecida por el chaparrón, 
olía á búcaro, y el viento pasaba en impe- 
tuosas ráfagas, vencedor del ambiente cal- 
deado por el día. 

-^¡ Marta '."—exclamó Miargarita desde la 
reja. — El piano te espera.... 

— Esta tarde — contestó la joven — no es- 
tabas para música.... Ahora quiíeres que 
toque . . . . ¿ Qué habrá en ese corazoncito ? 

— Toca, mujer! — suplicó Margot. 

Y Marta corrió hacia el piano, ocupó el 
taburete, y preludió con dulzura un capri- 
cho alemán. 

i Qué torpe está el teclado! — Muy torpe 
para cósás de éstas. Y "soítós-e toca-ndo un 
danzón veracruzano de rudo conitoneo, ca- 
prichoso, apasionado, caliente como el aire 
de la Costa en noche primaveral. 

Los truenos ahogaban la música- Un re- 
lámpago, otro, otro, y otro más, y el agua- 
cero se desató terrible, torrencial, casi pavo- 



,n Ui 



r 



tngSR— -^i-: ^ _ , - «fcjfT 



179 



loso. Resonaba en el techo; azotaba los ar- 
bolillos y las trepadoras del patio, y produ- 
cía ruido de pedrisco en las canaleras de los 
aleros. 

Margarita contemplaba embebecida las 
soledades de lia calle y los efectos de 'la luz 
en la lluv<ia. El arroyo crecía por momen- 
tos, y la corriente pasaba con rumores de 
riachuelo. El sereno de la calle, muyencapu- 
chonado y diligente, oculta su linterna entre 
los plieguies del raído y viejo capote, vino 
á buscar abrigo en el zaguán. Marta seguía 
tocando. El viento azotaba las fliamas de las 
bujías. 

— ¡No es .fKDsible! — murmuró la pianis- 
ta. — Ni me . oyen ni se oye. 

Y se retiró del piano y volvió al sofá. 

Margot seguía en la reja, embelesada an- 
te el aguacero, que bañaba con polvo finí- 
simo de agua tibia la frente de la joven. 

La tempestad iba en dispersión, rumbo 
al Sud. Ardían en llamaradas los picos de 
la Sierra, y en los cerros de Xocbiapan, á 
cada fulgor de la tormenta, el rayo trazaba 
caprichosos ramajes. 

"—•Así deben ser — -pensaba Margot — las 
tormentas del- alma. ¡ Gomo lucharán en ella 
fuegos de borrasca y tinieblas del abismo! 
Pero después qué aurora tan arrebatada y 
plácida; qué alborear tan apacible; qué 
fres<^ura la de los campos ; qué día tan her- 
moso ! 



'TT^r-zrrrr^s^Trr^ 



■'3^-'xr-^:'i,rj'y^^S!^^iry'^r^:^f^ ■ ' ■ ,p*f^?fF 



i8o 

De este modo poetizaba ensoñadora la 
gallarda doncella, conversando á solas con 
su pensamiento, y empeñada en no querer 
oír lo que ansiosamente le gritaba su cora • 
zón. No quería escuchiarle, p€ro le oía, le 
oía, á cada instante más desmayada para po- 
der resistir á lo que tan ingenuamente le de- 
cía. — "Estás enamorada de Alfonso; sí que 
lo estás. Y tienes razón, sí que la tienes; 
mucha razón ! Es guapo, es joven, y muy 
simpático y muy talentoso. Confiesa, dueño 
mío, que esa cartitai que trasciende á piel de 
RusiiBi y en la cual tu fimísímo y delicado 
olfato de mujer descubre fragancias viriles, 
te ha dejado muy contenta, muy satisfecha 
y muy alegre." Margarita se hacía la sor- 
da, y, para engafíarse á sí misma, se entre- 
tenía en contar los relámpagos que cente- 
lloaiban en las cumbres de la Sierra. 

El corazoncito aquel, caprichoso, indis- 
creto, tenaz, insistía y porfiaba. 

— "No me engañarás ; no me engañaiá 
esa tu imaginación locuela, que tanto que- 
hacer te ha dado esta tarde, que no te dejó 
rezar, y que robó á tu piedad la devoción 
que le exigías. Óyeme : quieres á Alfonso. 
Antes decías, (yo te lo oí decir muchas ve- 
ces, acuérdate de ello;) que no volverías a 
amar ; que el amor no renacería en mí ; que 
serías fiel á la memoria de aquel muchacho 
que nunca te dijo media palabra de lamor, 
pero que tú lo sabías por boca de ciertas 



ú 



^J^^?-}^:' " "■n^^^í^i^v^' 



i8i 

amigáis suyas, te amaba y vivía para tí. Sí, 
eras todo para él. ¿No haces memoria de 
eso? Pues, óyeme: ¿digo su nombre? Se 
llamaba. . . . ¡ Vaya ! ¡ Pues no lo diré! ¡ Y 
creías .engañarme! ¿A mí? ¿A mí? ¿A mí 
que lo sé todo? Eres una chiiquilla. . . Aque- 
llo fué amor ; sí, amor ; pasioncilla incipien- 
te', tentadora ; vamos : un sueño azul ! Pero.. 
¡ nada más ! Se fué, se fué á estudtiar. . . Y le 
has esperado en vano ; y te cansaste de es- 
perarle ; y no volvió, y no volverá. Bien sa- 
bes que no w>lv€rá, y, además, no ignoras 
que es indigno de tí. La vida escolar, en la 
cuaJ entró ímexperto y sin guía, le impul- 
só por senderos extraviados y obscuros, y 
ha ido rodando de abismo en abismo y de 
precipicio €sn precipicio. . . ¡ Para qu»é repe- 
tirte lo que ya sabes ! Lia embriaguez le ha 
perdido. Algo daríais por salvarle de las 
garras de esa harpía. ¡ Oh ! Darías todo, to- 
. do, hasta ese afecto que has encendido en 
mí, y en el ouail no quieres pensar, pero que 
va ardiendo á maravilla, como que el com- 
bustible está bien seco, ¡le has tenidb re- 
servado tanto tiempo! y arde muy bien, 
muy bien! Algo darías por regenerar al 
otro, pobre víctirria de esta triste vida de 
provtiincia sin anhelos generosos mi nobles 
ideales, perdido eni el es'truendiO' de una 
gian ciudad, en los años peligrosos en que 
el corazón prüncipia á abrirse á la vida ! Mu- 
cho harías por salvarle ; pero eso es impo- 






182 



1 

4 



sible ! . . . . Ahora quieres ser para Alfon- 
.so, para tu Alfonso ! . . . No te enojes por- 
que le llamó así i Así, le nombras 

allá en un rineoncito de tu cerebro ! ¿ No es 
cierto? Quieres ser para Alfonso lo que hu- 
bieras sido para el otro. ... su amiga, su 
confidente, su hermana .... Y algo más, 
algo más ! ¡ Vaya ! j Ya me estás escuchan- 
do ! ¡ Ya no cuentas los relámpagos ! Pien- 
sas que Alfonso es una alma entristecida, 
inmolada en 'los akares de la riqueza ; un 
espíritu enteniebrecido en Jos brillantes } 
magníficos salones de París ; traído y lle- 
vado por los asfatltos de la gran ciudad; 
de ese París, de quien alguno ha d'- 
cho que es la "Universidad de los Si? 
te Pecados Capitales," y te has dlicho : "Yo 
alegraré esa alma ; yo iluminaré ese espíri- 
tu coni claridades de fe ; yo le haré amar la 
vida sencilla y modesta, opulenta de horas 
serenas, rica en santas emociones, fecunda 
en inmortales esperanzas." ¡ Noble deseo el 
tuyo! ¡Eres buena, dueño mío, eres bue- 
na!" 

La lluvia había cesado; el cielo iba despo- 
jándose, y limpia la región del Poniente. 
la claridad lunar mostraba un piélago azul, 
espléndido celaje. 

De un salto volvió Margarita al salón, 
se diini'gió al piano, se acomodó en el ta- 
burete, y la "Invítacióin al Vals" inundó el 
recinto con sus magistrales acordes. 



''.;•!> i' '■ ■:..,../*._■ . .:.>:-,■' :'},. ÍA: 



í^a^f»^^;^^•J-f?>??■5r. -í- •■■^ít-.'-sr'/-^ 




XXV 



Acabada la cena se charló en la sala. Se 

habló mucho de las "fiestas dramáticas" de 

Arturito Sánchez, y de los talentos de Con- 

teha Mijares para los monólogs de suprema 

elegancia. 

Ramón, que siempre estaba de buen hu- 
mor, y que solía- tener chispa cuando criti- 
caba ciertas acosas, hizo alarde de su verba. 
Puso en caricatura á todo el grupo dramá- 
tico, y refirió, punto por punto, con' exacti- 
tud de cronista concienzudo, cómo eran 
aquellas fiestas y aquellos bailes, (que siem- 
pre en baile terminaba todo en aquel cen- 
tro de sabidillas y de gente cursi,) y, aoaiso 
poniendo algo de su cosecha, divirtió por 
más de una hora á sus hermanas y á sus 
amigas.i ^ 



.-'«.«•-j-if;» 



* 84 ,. - •. r/^í : %i«í¿i '■^^■. 



•*. v.V"- > '• •^'' 



I /'' Atturito era muy dado á la tragwira, \ 
* liábía llegado hasta la audacia piramida 
.- ' ' de poner en escena "El Gran Galeote*' ) 
"La Esposa del Vengador/' Si las obras dé 
insigne dramático español no impusieror 
respeto en aquel grupo de laficionados, me- 
nos le impusfieron la de nuestro Peón } 
Contreras, y "La Hija del Rey" y "Has:ii 
el Cielo,'' salieron hechas añicos de niarios 
de Arturo, que era el primer actor, y d< 
Concha, que era la priimera dama de aque- 
lla compañía "estudiosa y modesta." Con 
cha deseaba vivamente, pero no se le habís 
legrado el deseo, "trabajatr" alguna vez en 
el único teatro de la Ciudad, en el "Gran 
Teatro del Progreso," (el primero del Esta- 
do), en noche solemrtísiima, con oualquiei 
motivo, en alguna fiesta patriótica ó en al- 
guna función de beneficencia. Arturo no le 
iba COI zaga á su amiga y compañera, y ha- 
bía que verlos — ^dccía Ramón, remedando á 
una y á otro — cuaindo representaban el 
"Drama Nit"evo," -en aquella soberbia esce- 
na de Shakespeajpe con Alicia y Edmundo, 
, Hacía el Shakespeare un pobre muchacho, 
empleado de cierta imprenta, en quiien le 
innoble del aspecto corría parejas con !4 
áspero y herrumbroso de la voz ; Aíicia, es- 
to es, Conchita Mijares, lucía su rostro 
agraciado y su cuerpo> de ílagartiija ; Arturf 
'^' se había vestido fatalmente, y á las trusas 
acuchilladas juntó no sé qué prendas 



I 



■ «wt^^jKT^T- « ■ ' "^ v ; . • -' '' 



185 

chambergas para dar al traje "mayor visua- 
■■líásid." Bl célebre diálogo, — obra incompa- 
! rabie del arte escénico — ^resultó en labios de 
aquellos intérpretes vil saínete y desastrada 
loai. Y á todo esto agregaba Ramón largo 
trozo de la ^escena, recitado con la mayor 
seriedad, imátando ademanes y gesto de ca- 
ída actor, y, dizque, siendo eco fidelísimo 
de liaj voz de los tres. 

La plática era agradable, pero debía te- 
ner término, y se lo puso Marta, 

— ¡ Es preciso irse ! — exclamó. — Estos ca- 
balleros nos llevarán á casa, que salidas des- 
de muy temprano no sabrán en ella dónde 
• es'tamos. 

— No teman el réspice .... — respondió 
doña Dolores. — Yo vi á tu mamá, Marta.... 
y á la tuya, Lupe ... y á la tuya, Clara. Y 
. les dije.que Margot y los muchachos las lle- 
varían. . . después de la cena. Iré yo tam- 
bién. , 
I ¡ Hermosa noche ! El píelo parecía inmen- 
sa y límpida tUiPquesa; viento fresco v hú- 
medo corría por el valle, y nubes blanquí- 
í simas coronaban las cumbres del Sudest¿^ 
La luna creciente brillaba con dulce clari- 
dad, y calles y tejados se oreaban bañados 
- en apaicible luz de plata. Elena se quedó en 
. casa. Cuando salieron, Pablo dio el brazo 
á su mamá ; Ramón á Marta, y las tres se- 
ñoritas, enlazadas por los brazos, con Mar- 
got en medio, iban delante. 

Parientes Ricos. — 24 



1 



[S6 



Charlaban alegremente. El muchacho se- 
guía refiriendo cosas de las fiestas de Sán- 
chez, y 'doña Dolores conversaba grave- 
mente con su hijo. 

Marta dijo: 

— Lolita: pasemos por allá. . . . Como el 
teatro está en la sala podemos oír algo. 

— P^ro, criaturas.... — respondió la da- 
ma — eso no me parece bien!. . . . 

— i Sí ! ¡ Sí ! ¡ Sí ! — dijeron á una las mu- 
chachas, y la señora tuvo que ceder. 

— Si no vemos n)i oímos naida, haremos 
ejercicio. . . . 

Arturo vivía en la parte norte de la ciu- 
dad, no lejos del Mercado, en una casa ve- 
tusta, cuya fachada había sido mejorada 
recientemente, pero cuyo interior, amplio 
frío y lúgubre, acusaba el destino primerc 
de la finca, allá en los años dichosos del 
estanco del tabaco y de las revoluciones 
diarias, en. los viejos tiempos de Pluvio- 
silla. La puerta .estaba cerrada, y cerradas 
todas las ventanais. Al llegar el grupo reso- 
nó un aiplauso. Sin duda que en aquellos 
momentos algún actor se presentaba en es- 
cena, porque cesó la salva, y reinó profun- 
do silencio. 

Un transeúnte se detuvo á escuchar en 
una de ¡as ventanas : no oyó nada, y prosi- 
guió sai camino. ■ • \\ 

Marganita dijo : 

— i Aquí ! ¡ Aquí ! ¡ Aquí se oye miiv 



'■■fTsTyf.í *>■■'" .-.'-^ ' - ' ■ '■ V,.'. ^fíí'íi'r':':* • 



187 

bien!.... Está en escena Concha... Oig^ 
vd. mamá. 

Todos se detuvieron á escuchar. La voz 
de lia chica era agradable, simpática, auin- 
que á veces nasal. Algo decía de su mari- 
do que había estado en Filipinas, y de una 
berlinita que ella tenía. . . . 

Después, acaso porque la actniz cambió 
de sitio, nada oyeron con claridad. Era lá 
voz de Conchita, pero como lejana y borro- 
sa. 

— j Vamonos ! — ordenó la señora en tono 
resuelto. 

En aquel instainte estalló un aplauso. Se 
oyeron gritos : — ¡ Bien ! ¡ Muy bien ! ¡ Dia- 
na.! 

Y la música rompió tocando lo pedido. 

— ¡ Ya me imagino á Coincha ! — murmuró 
Marta. — Ya me la imagino con esta ova 
ción. Mañana temprano irá de casa en ca- 
sa á contar la fiesta y á que le celebren el 
buen éxito. 

— ¡ Por Dios, Marta ! Ya te vas parecien- 
do á esa pobre Concha. Déjenmela en paz, 
que la) infeliz, aunque lig-erita de cascos, no 
es mala. Le ha faltado dirección.... 

Nuevo aplauso resonó. Las muchachas 
regresaron, y otra vez se pusieron á escu- 
char. Estaba en escena Arturo Sánchez. Re- 
citaba versos de su lira, en obsequio de 
Conchita, y para ofrecerle un ratnillete en 
nombre de un grupo de amigos y admira - 



A-*- .-.:-: fv-v^;» 



■'^'P^ 



i83 

:; dores. El . escribíentillo, cuya voz «ra ro- 
busta y clara, reoitaba con acento vibran 
M ,te una composición que decía así en dos 
tude sus estrofas: f O' ;. .; k i •; : 

fiin" ' "Lívida y fresca y galana, ■ 
Luz de sol que nace apena, 

• ■'■ Eres un astro en la escena, 

• * : • De' la escena soberana; 

>•! ' Dio á tu acento la mañana 

El dulce rumor del río • i 

'• ' Que bajo el átbol sombrío 

Se aduerme manso y parlero, : • 
■' ' 'Y Jos trinos éel jilguero i ', 

'.' ' En el peñascal bravio. ■; ' 

' '..' ■» .' 
t- ! En tu vo¿, si dice amores, " 
•j • Amor placentero camta, 
= ' Y es el verso en tu gairganta 
i Copioso raiudad -de flores; 

'■•i r . Si lloras. .. Niña : no llores, r i 

No llores que el alma mía r ^ 
-ítm-v,. Busca en tíis ojos el día ' r 
■K" 'Para callmar sus -enojos, 
,^. .: -,Y busca en tus labios rojos : ' 'i' 
Cariñosa -melodía." .• 'í'" • 

» " - — -i Y que siga buscandio !--**-proprmnpi6 

''/fa señora, moiy temerosa desque las mu- 

''i' chachas soltaran ruidosa carcajada. ¡ Vámo- 

¡■'> nos ! ' i VánxMíos ! ■ '"}"' r:\<.:- i-^:'f'jt<" •• \- 

¥....,' — i:Pero, mamá . . . / ^^^-supíicó Margot. \ 



.'. ^tr"^ 



189 ^ 

— P^ro, Lolita... — rogó Marta. 

— No me place, me parece impropio, — 
contestó doña Dolores — escuchar así, por 
más qu€ se trate de tma com.edia, ó de cosa 
parecida. ¡Vamonos! 

Y fué preciso obedecer. 




/ ■ 



*•■. - ■ . 



(■../" 






■jfi' 



■r- 



■! ,■ •; 



%f 




".!' 



XXVI 



Don Juan, en su carta, recomendó á doña 
Dolores que cuanto antes estuviera lista 
para el vtiaje. 

[ "Todo queda arreglado; — ^le diecía— los 
operarios se dan prisa, y seg^n me ha co- 
municado hoy el encHTgaido de la finca, den- 
tro de veinte días, esto es, allá x)or el día de 
San Juan, podrá entregármela, y tú insta- 
larte en ella. Le he suplicado que active 

'las obras, en vista de que la familia que de- 
be ocupar 'la casa no tardará en llegar. Bue- 
no será que ustedes no pierdan tiempo. Nb 
hay necesidad de comenzar á pagar la renta 
inútilmente. Ya te dije que vendas cuanto 
tienes, y sólo traigas aquellas cosas de las 
cuales no debes deshacerte. ¡ A qué traer 
cachivaches ! Si no encuentras buenos com- 
pradores, deja todo guardado en una bode- 



:> 



1¿ 



Ifiib. 



; ¡t-.yj,y-,p»t.^-f:^jS¡fíi-7'.- ■■■■,,■_> . -'■..^^•tv? 



'9" ^ . i.-. -i 



ga. No te faltará en Pluviosilla. una perso 
na segura que se encargue ée ir vendien- y^ 
do todo poco á poco. No pienses que quiero J 
obligarte á venir pronto, pero, como allá 
me dijiste al despedirte de mí, lo que ha de 
ser tarde que sea temprano. 

"La casita que he tomado para tí, es 
muy bonita, y tiene un pedazo de jardín; En 
él tendrás tus flores. Me parece que no es 
cara: gana ochenta pesos. 

"Tacubaiya es triste, ciertamentej pero 
allí vivirás tranquila. Como hay servicio 
de tranvías cada veinte minutos, podrás 
venir fácilmente á Méjico, siempre que 
quieras, y con toda comodidad. 

"j Oja'lá que ya estén aquí para el día 
24! Me daría mucho gusto nos acompañaran i 
en la fiesta. 

"Tendremos sumo placer en hospedarlos 
acá. El entresuelo está para eso que ni man- . 
dado á hacer. Allí estarás, y con toda inde- 
pendencia, mientras te instalas en tu casa. 
"Conque ya lo sabes: no hay que perder 
tiempo. Date prisa, y si te falta dinero, aví-.^ 
sámelo. Ya sé yo cómo se va en casos como- 
este. 

'Tablo tendrá empleo en mi escritorio, 
desde el primer día de julio. Hoy dije al ca-p* 
jero que dentro de un. mes estará aquí la 
persona que debe de substituirle." 

Termiiina)ba don Juan enviando saludos 
para todos, y trasmitiendo recuerdos de do- 
ña Carmen y de María. - "i 



»93 

No tardó la dama en ponerse á la obra. 
Desde el siguiente día aceleró el empaque, 
y con ayuda de las Pradilla el trabajo iba 
avanzando que era una gloria. Las buenas 
mujeres, podemos decirlo así, se fueron á 
vivir en la casa de la faimilia Collantes : \ic- 
gabaiii tempranito, después de haber O'do la 
misa del P, Anticelli, y permanecían allí 
mañana y tarde. Ramoncito las llevaba á 
su casa después de la cena. 

¡Y qué listas y diCigentes eran las Pradi- 
lia ! Para ellas no había dificultades. ¡ Con 
qué habilidad encajonaron la incompleta 
vajilla ! ¡ Cómo supieron empacaí aiadros 
y chirimbolos de la sala ! 

Doña Carmen se consagró á le -ererente ' 
á las alcobas, y se pasaba ev día \ igilando 
á los carpinteros que desarmaban y arpi- 
llaban muebles. 

Margari'ta se ocupó en el jardincito. La 
blonda niña no puso mano en sus plantas 
¡)iedilectas sin que una lágrima le anubla- '' 
ra los ojos. RegaJó á sus amigas los me 
jores y más cutriosos rosales, y las más lo- 
zanas calateas. Marta, Lupe y Clara fueron 
preferidas, y al buen P. Anticelli le tocó un 
lote de soberbias begonias, las hilandera& 
más hábiles, y las tejedoras más artístácaí 
del mundo vegetal. Algo se llevó Conchita 
Mijares: una palmera elegantísima, un - 
ejemplar soberbio. ;: 

Vino la chica al otro día de la represen-^- 

Parientes Ricos.— ai 



194 

ladóti; ,vino, como ^o había anuncia'do, á 
contar sus emocsiones de la víspera, él éxiito 
(leí monólogo y los esplendores de la ova- 
ción x^we le habían hecho. No fué miuy lar- 
ga la visita de la casiquivana chicuela : tenía 
mucho qi3ie- hacen; necesitaba ir á otras par- 
te^, y Éulemás iba á comer con las hermanas 
deíATturo para-charlar de la representación^ 
y del baile, j Habían bailado hasta las seis d\¡ 
la mañana, y estaba rem-diida ! ¡ No había 
cerrado los ojos ! ¡No halbía podido dormir ! 
•¡ Las emociones de Is, víspera la tenían agi- 
tada y nerviosa!! 

Bamonoito quiso repetirle una de las dé- 
cimas en que la celebrara Arturo; pero 
Margot y doña Dolores no se lo' permitie- 
ron» Ya Conchita se sabía de memoria todas 
laiS" espinelas, y á la menor insinuación, se 
soltó recitándolas, emtre rubonzaaa y satis- 
fecha. 

Margot no pudo resjsüir á la tentación de 
decirle que obsequios tan galantes por par- 
te d^ Arturito era indicio de profundo y 
lírico amor. 

Quiso replicar la chiV'je^la ; quiso replicar 
con- referencia á los "p"rrios," y.princi-gió á 
hae^ló con gran rubor de Margarita. Pe- 
ro aun- no hablaba claro la Conchita, cuando 
RamáH> que por su verba cáustica linspiraba 
míiiw|o á- la monologuiista, saltó diciendo 
algo que ésta no quiso oír, ) entonces tx- 



■v¿^'^':a:-;: .. ^^M- 



195 

— ¿ Y qué vas á hacer con todas ¿stas 
plantas? ¿Vas á venderlas r ¿Las vendiste 
ya ? i A que vas á regalarlas ! 
. — Voy á regalar algunas. Otras, las que 
eian de papá, las dejaré á guardar. Mairta, 
que es muy eficaz para todo, me Jas cuidará 
al pensamiento .... Después .... yo pro- 
(.nraré que me las manden .... cuando es- 
temos instaladas, luego que pase di invier- 
no! 

— Pues yo, hijáta. ... no he de quedarme 
sin un recuerdo tuyo ! ¿ Qué tiesto vas á 
darme ? ¿ Escojo ? 

— Como no sea entre estas macetas qw. 
eran de papá, — replicó Margarita, señalan- 
do los diversos grupos — .m entre ^stas que 
están destinadas al P. Anticellli, elige. 

— Pues ¿ cuál escogeré ? 

Concha vacilaba entre un anturio flore- 
ciente, de hojas aviteladas y brillantes, ele- 
gantísimo con su espata purpúrea, y la grá- 
ciJ y cimbreante palmera. 

— ¿Una nada más? 

— ¡Solamente una!... — contestó Margot, 
dulcificandb con una sonrisa la franca nega- 
tiva. 

— Pues emtonces, ¡ mi linda Margot ! ¡ mi 
encantadora Margot ! entonces . . . esta pal- 
ma ! ¡Es tan aristocrática ! 

— Tuya és. ' . 

— Oye: y ¿cómo se Uama? 

— "Éuterpe edtdis." 



/ 



196 

— ¡ Pero, mujer ! ¡ Qué nombrecitx>s ! j Eso 
par€C€ latín de curas ! 

Chocó á todos la última exclamación. Ra- 
moncito se apresuró á decir : 

— ¡ Conchita, por Dios ! ¡ Cómo se ^ha 
de ver que vas en camino de ser .... la se- 
ñora Mijares .... de ... . Sánchez ! 

— ¿ Por qué ? 

— Porque te vas volviendo librepensado- 
ra conio tu ... . flamante novio. Como Ar- 
turo. 

— No es mi novio. 

— Pues quiere serlo. 

— No sé. ¡ Vaya usted á saber la^:, ínien- 
•oiones die las gentes ! 

— ¿ Librepensadora yo ? ¡ Por Dios, Ra- 
món, qué lengua la tuya ! 

Y en tono afaible, medio contrariada, nie- 
•dio risueña, dirigióse á Margarita : 

— De veras.... seriamente: ¿cómo se 
llama? 

— ¿ Quién? ¿Tu poeta? — interrumpió Ra- 
món. 

Conchita le miró disgustada ; pero pron- 
to k pasó el enojo, y se echó á reír. 

— ^Margot: ¿cómo se llama esa planta? 

■■ — "Euterpe edulis." Es brasileña. 

— ¿ Euterpe ? . . . . ¡ Eutenpe ! . . . . ¿ No ts 
el nombre de una diosa ? 

— ¡ De una de las musáis ! — dijo Marga 
rita. 

— ¡ Qué bonito nombre ! ¡ Me gusta ! ¡ Me 



íJ^^ríy'í '^j'-r.fl ¡i'y^'íT f ■ 



197 



'• rvTT ^s ■ 



— i Coi- razón ! — 'exclamó Ramón. — Eres 
novia de un poeta. . . y la planta tiene el 
nombre de una de ... . "las nueve herma- 
nas!" ¡Destino el tuyo más poético! 

Concha fingió que no oía las burlas del 
chico. 

— ¡ Pues niil gracias ! ¡ Mií gracias ! Y. . . 

me voy, qiiie estarán esperándome 

¡ Adiós ! i Adiós ! 

Y abrazó y besó precipitadamentie á Mar- 
garita. En seguida se despidió ée Ramón, 
dándole la mano con indolente y teatral ele- 
gancia. 

— ¡ Adiós ! i Ah, Ramón ! ¡ De pagármela 
tienes ! 

Iba á salir, y se detuvo : 

— ¿Y Elena? ¿Y tu mamá? No puedo 
detenerme .... Me despides de ellas. 

Salía ya, y volvióse : 

— ¿ MandiQi por el tiesto ó me le mandas 
tú? 

— Ya irá. 




Ik 




m" ■ . ■ 
*'. i'.i '"'■■.) 



rifíl 



k : 



i.í 



>,...' 



.-.. - 


•- ■'- 


1,'i.i 1 . 


'■■■_ .\ 




• tí- 


■ ' * ■**. 


': í 


':•'■ ' 


\ 


.' ■-. 


;■ •• 


: 1- 


')'"■. 


• ' * 




!.(.<, 


.. f 


;. 


. ' 



Mi> 



xxvn 



.., í 



.. '■\ 



-vi 



Ocho días después todo 'estaba emgaca<io, 
y Pablo había ■pridicipiado á remitir bultos 
y cajas, que, en espera de sus dueños, al Me- 
gar á México seríain almacenados en una 
bodega. Así lo halbía dispuesto don Juan, 
quien, ew carta reciente, se felicitaba dejla 
rapidez con que doña Dolores había pro- 
cedido. . , 

Poco oc haibían dejado : camas, tocado- 
res, unos cuantos muebles de la sailá, la me- 
sa del comedor y media docena de silla^,. 
-En jardín parecía talado. Escuetos Iqs 
cuadros principales, muy rados otros, vacio 
ét macetas el corredor, diíuba tristeza acpíel 
patio días antes enflorecido y engalainado 
con mil follajes. Resto de aiquelúa desaípare- 
cida hermosura, en la tapia frontera ai.co- 
fnedior, las trepadoras se inclinaban al. peso 
de sus copiosos ratnilletjes. A Ja- eptía^s^» ^ 
sus macetones y en sus cayas . arbpáíeras, 



-:• U, -. " '^í'*. ^«r?'='MTWp&Tflii^?;?J^^ • 



200 



'las azaleas, como que lamenítaban la próx. 
ma mudanza, y frente al comedor, en su 
jaula dorada u;n canario^ mimosín gorjeaba 
regocijado, ebrio de luz y de alegría. 

Filomena pensaiba coni terror en el mo- 
ttiento de la partida, como si fuera á dejar- 
se en Pluviosilla la mitad del corazón. La 
pobre muchacha, huérfana desde la infan- 
cia, encontró en don, Ramón y en doña Do- 
lores algo de los afectos que el Cielo le ha- 
bía quitado, y en Margarita y en Elena, asi 
como en Pablo y en Ramoncito, hermanos 
"ariñosos. Como hermana la veían y la ra 
taban : pero ella procuraba no salir del sitio 
en <jue la suerte la tenía colocada, y m 
era más que una criada afectuosa, obedien- 
te, fiel y siumiisa. Cuando la faanilia vino á 
menos, y fué preciso despedir uno por uno 
á los demás criados, Filomena no lanzó 
una queja, y en el momento más oportuno, 
dijo á doña Dolores: 

— Señora : escúcheme usted lo que tengo 
que decirle. Comprendo que estos tiempos 
no son como los de arítts: sé muy biem que 
ahora es preciso vivir de otra manera ..... 
Yo á vd., lo mistólo que al señor don Ra- 
món, que es^tará en el cielo, -les debo todo : 
uistedes me recogieron, me criaron y me 
educaron ; aquí aprendí todo lo que sé ; us- 
tedes han sido como mis padres; las niñas 
y tos niños han sádo como mis hermanos, 
y todos me han querido mucho, y yo lo 



■^.flr:, 



201 



¿gradezco mucho, mucho, como puedo, 
con todo mi corazón y con toda mi ailma. 
ustedes han sido tan buenos conmigo, 
que, no conformes con haber hecho por mí 
tantas cosas, me señalaron sueldo, y buen 
sueldo,, como si yo fuera una extraña de 
esas que sólo sirven por la paga, y que só- 
lo por interés del dinero atienden bien á 
sus amos Ahora son otros los tiem- 
pos: no quiero sueldo: ni usted me lo ha 
de dar, ni yo, si usted me lo diera, lo había 
Je recibir. Que se vaya la otra criada. Yo 
me quedaré sola, pero no imporita, mejor 
que mejor, y, como dicen, mientras me- 
nos bultos más claridad. Yo me basto y me 
sobro para el quehacer de la casa. ¿Qué 
necesidad hay de que criadas extrañas, de 
esas que no caben en ninguna parte, que 
hoy están aquí y mañana allá, que andan 
('.e casa en casa, que son, como decía en 
ocasiones el señor, enemigos domésticos, 
que ouenitian en todas partes lo que hacen 
y dicen en las familias donde están eWas sir- 
viendo! ¿Qué necesidad de que vean nues- 
tras f>obrezas y nuestros apuros? Me que- 
daré sola, sí, sólita. Y si cree usted que 
lio soy útil, me iré, no ha de faltarme aco- 
modo, que yo no soy ingrata, y no porque 
me vaya me he de olvidar de ustedes, y 
las he de qiuerer como siempre, y vendré á 
verlos seguido, siempre que pueda ; y has- 
ta podré auxiliar á usted con lo que yo g:2i- 

Parientes Ricos.— q6 



202 



ne ; que yo procuraré que me paguen bien 
rrni traba jo, pues para eso me mandó usted 
á la amiga, y me enseñaron acá á ser mu- 
jer de trabajo y para todo. Pero, — y la ex- 
celente muchacha, llenos de lágrimas ios 
ojos, trémuila y con la garganta anudada, 
no sabía cómo seguir hablando — pero .... 
oons'idere vd. : yo' no quiero separarme de 
esta casa, no quiero, no puedo, no puedo! 
¿Verdad, señora, que no me dejará vd. ir- 
me ? Si me voy ha de ser para auxiliar á us- 
tedes con lo que yo gane. ... Sí, no, no! 

La joven secó sus ojos con la punta de 
su limpio delantal, y sin mirar á su señora 
siguió diciendo: 

— Yo creo. . . . Hace muchas semanas 
que me paso las noches pensando en esto, 
sin poder dormir, asustada, como si me fue- 
ra á pasar una gran desgracia. . . . Yo creo 
que si me separo de ustedes me voy á mo- 
rir. 

Filomena no pudo más y se echó á llo- 
rar. 

Doña Dolores la abrazó dulcemente, la 
caltnó y le dijo: 

— No, Filomena: no te separarás nunca 
de nosotros. Te quedarás tú sola, porque, 
tienes razón, para qué se han de enterar 
extraños de nuestras pobrezas y de nuestra? 
amarguras. Margarita y yo te ayudaremos... 
Tú eres como cosa nuestra, como hija mía. 
Ya sabes que mi Ramón, antes de morir 
te dejó recomendada. 



m?: 



^^{Vr^).7^ '''^JT -'''i-i :'<'•''' K .l~^ ' ■%!, "^y^'' 



203 



— Y á mí también me encargó que cuida- 
ra á vd. mucho y sobre todo á la niña Ele- 
na. Y yo le prometí cuída'r á todos, v lo he 
de cumpHir! 

— Mucho te io agradezco yo, y mucho 
te lo agradecen mis hijos. No, mujer, nunca 
te separarás de nosotros. 

En los ojos de la criada, llenos aún d€ 
lágrimas, brilló dulce é incomparable ale- 
gría. 

Y desde entonces mostróse más calriñosa 
y servicial, y desde ese día todos la quisie- 
ron más, tanto como la muchacha se Jo me- 
recía. 

La idea de la próxima partida la tenía 
inquieta y en desazón. En nada encontraba 
consuelo. Parecíale que aquel viaje era ha- 
cia remotísima tierra, como á comarcas ex- 
tranjeras, donde todo era distinto, donde 
cosas y personas serían extraordinania- 
niente extrañas y raras ; donde hablaríaíii las 
gentes una lengua que ella no entendería; 
donde, á juzgar por lo que le habían con- 
tado, por lo que le habitan referido en pre- 
sencia suya otras criadas, que habían ido 
á Méjico llevadas por sus señores, todo 
era embuste y fraude, oropel y mentira. Mu- 
chos palacios, muchos paseos, muchos tea- 
tros, muchos coches de lujo, como nunca 
los habría en Píuviosílla; tiendas magnífi- 
cas, llenas de artículos de subidísimo pre- 
cio; dulcerías que parecían salones de bai- 



m 






204 . , ! 

le, lasí de lujosos é iluminados ; muchas g^en- 
tes, muchas, como €n Pl'uviosilla en días de 
grandes fiestas, como en ¡las que llamaron 
de Colón, las fiestas dd centenario del des- 
cubrimiento de Amériica. . . . Pero al lado 
de tanito lujo y de tanto diniero, una i>obre 
za como no la había en ninguna ciudad ve- 
racruzana ; almas perversas ; personas fal- 
sas ; gentes codiciosas ; rateros, timadores, 
mujerzíuelas .... Todo muy caro, de manera 
que allí se necesitaba de mucho dinero para 
vivir. . . i El recaudo carísimo ! ¡ Las casas, 
lo mismo! La ciudad inmensa, muy boni- 
ta, es d'erto, pero hedionda, pestífera. Allí 
había siempre tifo y pulmonías. . . . 

Filomena pensaba en todo esto, y se afli- 
jía y acongojaba, y en vano buscaba con- 
suelo en su natural deseo de conocer una 
gran ciudad, y ni la seguridad de que para 
la familia iban á principiar, ó habían princi- 
piado ya, tiempos bonancibles, era parte á 
sosegar su espíritu. ¿ No ena mejor vivir en 
Pluviosiilla ? Sí, sin duda que sería más acer- 
tado quedarse en aquella ciudad donde 
siempre habían vivido, la cuail, bien visto, 
no era tan fea, no señor, q'ué había de ser 
fea. ¿Habría en Méjico camix)s como lus 
de Pluviosilla. "oaillejones" como los del 
barrio de San Antón, iglesiias tan cuidaditas 
como Santa Marta, un reloj público como 
el de la Parroquia? Iglesias.. . sí, muy gran- 
des, la Cated'rail, y otras, pero no tan lindas 



*o5 

como Santa Marta. De lo demás 

nadla! 

La pobre Filomena, en su aflicción si- 
lenciosa, en su anhelo de alivio para aque- 
lla pena que le amargaba la comida y el sue- 
ño, llegó por fin á descubrir dos puntos 
luminosos, que, como dos estrellitas, l)rilla- 
ban allá muy lejos, muy lejos, en la obscu- 
ridad de lo futuro : la familia tranquila y 
sin escaseces, y la Vdrgen de' Guadalupe á 
quien, por fin, iba á conocer. 

Con este pensamiento sonreía y se ale- 
graba á ratos, mientras da señora y lis Pra- 
dilla bregabaní con carpinteros y caí gado- 
res ; mientras Elena y Margarita andaban 
en la calle despidiéndose de sus amigas, y la 
casia iba desbaratándose poco á poco .... 
¿ Qué ? ¡ Si ya estaba casi vacía ! 



Vr^ 




1 # 




XXVIII 



Quedó vacía la casa, la cual pudo ser en- 
tregadia, diesde luego, á su propietario, pero 
doña Dolores, según lo usado y tradicio- 
nal, en la famiilia no quiso hacerlo hasta 
qiuie todo quedase debidamente laseado 

Vino un carpintero, y se le ord€nó que 
revisara aldabas, pestillos y picaportes, y 
asimismo que pusiera dos cristales en la vi- 
driiena éel comedor, en lugar de los que ha- 
bían roto los mozos de cordel zi sacar los 
muebles para empacarlos. Mientras el car- 
pintero trabajaba, tres mujeres lavaban el 
suelo de las piezas interiores. La familia se 
había reducido á las habitaciones próximas 
á la sala, y las señoritas se veían eni grave 
trance cmando llegaban visitantes y éstos 
eran en miayor número que las sillas que te- 
nían, de modo que fué preciso pedir pres- 
tadas unas cuantas á la madre de Miartita. 

Los muchachos se andaban en la caüle 



¡i 



k 



208 1 

todo el día : Pablo ocupado €in remiür bul- 
tos ; Ranioncito en despedirse de sus ajiii- 
gos, con quienes subía y bajaba, dizque pa- 
ra decir adiós á Pluviosiila, á la cual no lia- 
bia de volver en muchos años, hasta que vi- 
niiera con un titulo bien adquirido y en 
condiciones de que le Uamaseni ed señoi li- 
cenciado don Hamón Collantes. 

En la ciudad no se hablaba más que de 
la partida de la familia, y ajunque todo el 
mundo, los unos con buena y los otros con 
mala intención, traían en lenguiais á doña 
Dolores, á las señoritas y á los muxhachos, 
los visitantes eran, cada día en mayor nú- 
mero. Todos deseaban comprar alguna co- 
ba,.... pero la señora no quiso vender nada. 
Alquiló una bodega en cd interior de la ca- 
sa en que vivían las PradíHa, y allí dejó 
almacenado cuanto creyó que le era inútil, 
y muchas cosas que á su tiempo le habrían 
de ser remitidas á Méjico. 

El dueño de la casa no volvió en muchos 
días á molestar á doña Dolores, ipero Guan- 
do tuvo noticia d^e la próxima partida de los 
CoHamites, una mañanita, y á pretexto de ver 
qué reposiciones y mejoras debía hacer 
en la finca, se llegó muy cortés y muy ape- 
nado, disculpándose de la inoportuna visita, 
así como de la hora en que el buien se- 
ñor se presentaba. Recorrió toda la casa, 
y hasta se atrevió, — en uso de sus dere- 
chos de propietario — á. pretender entrar en 
las alcobas, de donde Margarita y Elena 



^w-^w 



209 

acababan de salir. Pero l'ablo, que egtaJba 
pf^séíite, hizo un gesto de disgusta', y, en 
pocas p&labras, manifestó al impertin-ente 
que su deseo era poco "correccto ;" que «se 
mfismo día le entregarían la casa, y que bi«n 
podía esperar unas cuaniashora's para cüni- " 
plir con sus' altó^ deberes de dueño de la 
finca. El propietario se abochornó, presen- 
tó excusas, quiso dar explicaciones,- y ya 
se reti.'-aba, cuando, volviéndose, preguntó' 
á qué hora poda mandar el recibo. Doña 
Dolores llegó en ese instante, se enteró'de 
lo que pasaba, é iñdic' que á medio día es-' 
taría ella, en casa, y c|iu poco después le tra- 
jeran el recibo. Pab'o indicó que no se pa- ' 
garía rnás que el arrendamiento que corres- 
pondía lal "mes de jiinio. conforme á lo acos- • • 
tumbrado, }■ por mucho que apenas falta- 
ban dos días paa terminar la primera qüin- I 
cena. El propietario dijo que la señora te- 
nía compromiso di" pagar el arrendiamieiito' ^ 
die la casa hasta el último de julio. Pablo ■ 
quiso hacer óbserA-'aciohes. alegando que fie * 
cometía ti n abn.^o: pero doña Dolores in-'-'- 
terviró. rlicienr'O: ^ , _ 

— No, Pah'o: el señor tiene ra ron, Eíso' . 
conviine con él, .-^ medio día pagaré la ftfttzr 
delíq'casá hasta'''el 30 de julio. Hafé el pa.^ú^ ■ 
adelantado para ahorrarnos ^nolestias. '„''''• 

—Entonces.-. . l-^murmuró tímidaítvente 
el propietario— á lias .seis de la tarde veiMÍrá '■ 
por las ilaves un empleadb mío. . . 

■ - .;■■ •■f;.:i . -1) , •■ m 

Pnrientes Ricos.— j-r 



1 



«i 



.t 



::-^:f 



21Ó 

Indignóse el mancebo é iba á contestar 
con ruda y terminante franqueza; pero la 
diama se apresuró á responder : 

— Sí, señor; que venga norabuena ese 
empleado, pero no por las llaves . , . 

Él propietario miró sorprendido á la se- 
ñora, la cual terminó: 

. . .sino á saber de quién deberá recibir- 
las ... . el día 30 de julio á los seis de la 
tarde ! . . . . Hasta ese día tengo derecho de 
conservarlas. 

— Sí ! — respondió su interlocutor — pero 
.... me permito advertir á vd. que no está 

vd. autorizada para subarrendé lia casa 

y que si permanece ésta cerrada se humede- 
cerá .... y eso será en daño de «la finca. 

— Cuidaré de que no pase tal cosa .... 
pierda vd. temor ! 

El propietario, mohíno y contrariado, al- 
zo los hombros, se despidió y se fué. 

— ¡Ha hecho vd. muy mal, mamá! — ex- 
clamó Pablo — ¿Por qué no me dejó vd'. 
wrt^hr el asunto? 
.'^< ■"- ^!^pque eres de carácter muy ardiente... 
¿II4S femitido ya todos los bultos? 

— ^iies, entonces. . . jwisado mañana nos 
liemos .... 

— Pon á tu tío un mensaje díciéndok oue 
te mande dinero. . . Me apena tal demandaí, 
prro es ineludible el compromiso. . . Pides... 
i de una vez Jo necesario ! quinientos pesos... 



2TI 

Advierte que tú, de tu sueldo, los paga- 
rás. . . . Sup'ica que por telégrafo te los si- 
túen aquí, hoy imismo. ... Y avisa gue pa- 
sado mañana nos tendrán allá. Di que va 
una criada con nosotros. 
— Si, señora. 

— ^Iremos á tomar e! tren en Trigales 

¿No te parece? Así evitaremos que algu- 
nas, . . . amigas vayan á decirnos adiós. Las 
Praidiiilla sí nos acompañarán. Mañana pides 
un coche especial en la "Administración de 
los Tranvías." Podemos salir de aquí á las 
ocho. Antes será debido ir á masa. 
Y así se hizo. 

Esa misma tarde fueron devueltas sus si- 
llas á la señora de Pérez, y llevados los de- 
más muebles á la bodega. Doña Dolores 
pensó irse á un hotel, pero no se lo permi- 
tieron las PnaKÍiilla. 

— Vea vd., Lolita, — dijo Teresa — que Pai- 
blo y Ramoncito se vayan al Hotel. Uste- 
des no. En casa se instalarán las tres con 
Filomena, del modo mejor. ; Un dia como , 
quiera se pasa! En cuanto á lo demás de 
que hablaba vd. esta mañana, nosotras nos 
ericargiaremos de todo; cti [daremos todio lo . 
que se queda guardado: remitiremos lo 
que vd. nos pida, y abriremos la casa de 
cuando en cuando, pnra nne no se humedez- 
ca. Déjenos vd, la llave, que ríosotros la 
icntregairemos el clí?. nlti'mo de juüía. 
Sólo Dios sabe cómo se instalaron esa 



*vTTT7v< jí^'>V. ^*?>r^V' 



212 



noche en ía casa de las PradiiHa, porque 
éstas no tenían más que tres piezas : una 
que servía de sala ; otra, que era la alcoba, 
y otra el coimedor. 

Teresa y Asunción se redujeron á la úl- 
tima, que era muy chica, y dejaron la se- 
gunda á la. señora y á sus hijas. No era muy 
grande, que dC.sfamos, la tal habitación, pero 
la diligencia y el ingenio femeniles lo arre- 
glaron todo en un dos por tres. Para Fi- 
lomena hubo sitio cómodo en uní pasillo 
cerrado que po'á'm servi'r de comedicir. 

— Pudimos habernos quedado en la casa 
hoy y mañana. — decía doña Dolores — pe- 
ro. .. . ¡cómo deseaba yo salir de allí! Le 
tenía yo cariño á esa casa, qué digo le te- 
nía, se lo tengo, como que allí pasé tantas 
horas de amargura. ¡ Así es el corazón hu- 
mano! Con todo se encariña, á todo íe to- 
ma afecto. . . hasta con lo que le hizo pade- 
cer, hasta d? aquello de lo cual tiene mie- 
do y malas memorias .... 

Cenóse alegremente, si alegría cupo en 
torno de aquella mesa, y si podía haberlia 
esa noche, en aquella familia que, acaso. 
por muchos años, no volvería á pisar aque- 
lla tierra ni á ver á tan buenas amigas como 
las excelentes señoras Pradilla, las cu/ales 
haibían enseñado á leer á Pablo y á Ramón, 
y que fueron tan cariñosas con Elena y con 
Margarita, á quienes enseñaron mil cosas 
de lias muchas y muy lindas que sabían ha- 
cer. 




XXIX 



El día siguiente fué empleado en arre- 
glar mundos y baúles. A eso de las diez de 
la mañana todo estaba listo. La señora, y sus 
hijas salieron á despedirse de unos cuantos 
amigos. La primera visita fué para el P. 
Antácelli. 

— ¿Irse sin decir adiós al P. Anticelli? 
¡ Líbrenos de ello Dios ! — exclamó doña 
Dolores, prendiéndose el sombrero. — Va- 
ii'os, muchachas. A Sama Marta primero 
que á ninguna otra parte. . . , No estoy para 
visitas, pero será preciso hacer algunas 
¡ Cuidiado, cuídadito con decir que mañana 
es el viaje ! Digamos que será pasado ma- 
fvana. Así nos veremos libres de molestias, 
y si algunos viene á buscarnos mañana, Te- 
resitia se encargará de decir que un. telegra- 
ma de Méjico nos obligó á salir luai día an- 
tes. 

En la puerta se encontraron á Pablo y á 
Ramón. 






— ¿ A dónd'e van ? — dijo éste. •' ' "^ 

— A visitas de despedida! — respondió 
Margarita. 

— Vengan á comer, á la hora señalada.... 
Recuerden que estamos en casa ajena, y 
qiuie la pyobre Filomenia tiene todavía mucKo 
quehacer! — advirtió la señora. 

— ^Mamá, — murmuró Pablo al oído de su 
« mamá — acoibo de recibir el dinero ! Dice el 
tío, en este mensaje, que mañana nos es- 
peran en Buenavista. Toma. Me han em- 
tregiado ochociientos pesos. 

Y puso en' manos de la señora un men- 
saje y un rollo dte billetes. 
— ¡Tamto mejor! — contestó lia dama, re- 
chaziandc la hoja y los bil.!etes.-^Guárdalos, 
guárdalos ! . . Arregla cuantO' te quede p^r 
arreglar. . . No dejes nada para última ho- 
ra. 
i Los jóvenes se fueron, y doña Dolores 
y sus hijas se dirigieron á Santa Marta. 

Entraron en el templo, y rezaron allí unos 
cuantos minutos. 

Sin duda que el P. Anticelli estaría en su 
' casa. Alg^mas personáis le esj>eraban en el 
confesonario. . . . Había que aprovechiar el 
tiffmpo, y á toda prisa se dirigieron á la mo- 
rada del sacerdote la cual es'taba á dos pa- 
sos. . ' ! 

Introducidas por un sacristán, tomaron 
asiento en el recibidor, en espyera éé[ buen 
jesuíta, quien tenía visita en su celda, pero t 
<jue ho tardaría en venir. 



!;>. lii.iy',^ 



Á 



¡ Qué paz y qué silencio el de aquidla 
casa. ! ¡ Qué aseo, qué nioticstia y qué orden 
en ella! 

Siempre que Margarita haibia estado allí 
se complacía en saborear la dulzura de la 
tranquilidad piadosa que reinaba en todo, 
que parecáa. llenar el ambiente, emanar de 
los muebles, de los d|^iílÍN>s, de los libros, 
de las imágenes,^ hasta de las flores galanas 
del patio. . ^^ ' 

—Esto — pensaba la blonda señoriibar— es 
como luin oasis en el inmenso desierto <ic^ 
la vida, como puerto de paz y dte salva- '^^^■ 
ción donde el corazón y el alma encuentran 
abrigo contra las borrascas y las agitacio- < 

nes del niundo. 

Y la doncella respiraba feliz, y como que 
se armaba de consuelos para futuras penas 
y presentidos dolores. 

Un sofá, cuatro sillones, 'uma mesita, y un 
par de rinconeras eran todo el ajuar d« 
atquella sala. En las paretfes una hermosa 
imagen del Sagrado Corazón de Jesús, co- 
loca<ia en modesto marco dorado; frontero , 
á éste un retrato dial Vicario de Jesucristo, 
puesto en otro marco, también dorado, en 
medio del cual aparecía risueña, bondado- 
sa, paternal y dulcísima la -nivea é incom- 
pamable figura de León XIII, con los ojos 
fijos en lo alto, como si^ su ruego váese ve- 
nir de las inmensidades del firmamento in- 
finitos raudales de gracia, de perdón, de vir- 
tud y de amor. 






-^' 



216 

Cerca del balcón, en un marco de made- 
ra amarilla, cuidatlosamcnte barnizada, un 
guaibado holanidé^ de preciada labor artísti- 
cíl: San Ig^nacio y los cuatro primeros Gre- 
iwfíiles de la gloriosa Comi>añía. 

í>obre la mesita un li/bro elegantísimo, de 
soberbia pasta azul salpicada de estrellas: 
lia "Historia de Nuestra Señora de Lour- 
des, por Enrique Lasserre ;"" y un aJbum 
c¡ue contenia vistas de Lovola. 
• ;. Completaban el todo, un tapete empalide- 
cióo y una, lámpara grande, pero modlestísi- 
may Cubierta con una pantalla verde, de .pa- 
pel plegado. 

JDoña Dolores y sus hijas hablaban en 

yoz baja, temerosas, sin duda, de turbar 

aquel profundo y religioso silencio. Temía 

la dama que el buen P. Anticelli tardara 

en. sia.Ur, y, fija en Ja idea del viaje, laanenta- 

ba ya el separarse de Pkiviosilla. — "Cómo, 

las tres, iban á echar de menos Santa Matr 

ta!f¡Qué falta iba á hacerles .el buen P. 

Anticelli ! ! ¡ L« debían tanto, tanto, ta^nto ! 

.^,^. i Qué die buenos ■consejos ! ¡Qué d'e dulce y 

'-''' amablie consuelo en días de llanto y de do- 

loTíliü^^^té tino y qué acierto para dirigir á 

los, muchachos ! ¡ Sin el P. AntfcelU no seríjgu 

Pabilo. ten activo, tíih laborioso y de tan,bi^-( 

ñas <:o^tumbrbes ! ¡Sin el cariñoso, jesuíta,! 

Rajnojí no seria tan estudioso! .1' >/<: -un 

Oyéronse vocesi en el corredor, -y, poí! 

frente á la puerta de la sala pagó pocQ. á ? 



•'.fg™^ ■ . "»5?r?T:«' 



217 



pQco el r. Anticelli, seg'uidu de un caballe- 
ro de aspecto distiiiguidü y elegante, f(j- 
rastero, sin duda, pues ni doña Dolo'"es ni 
Margariita le conocían. 

No tardó en venir el sacerdote, el cual, 
con el bonete en la mano, se entró en la sala 
aiable y sonriente : 

— ¡ Ma ! . . . . ¡ Ea ! ¡ Bien venidas seáis ! 
¿Cómo va Dolores? ¿Cómo estáis hijas 
mías ? 

Y ail ver que las señoras se levantaban, 
el sacerdote les indicó con un. movimiento 
de sus manos nerviosas y exangües que 
volvieraii a sQntarse. 

— ¡ Sentaos ! ¿ Cuándo es la partida ? 

— Mañana. 

— Venís oportunamente. . . Deseaba yo 
veros y hablaros, como debo^ hacerlo, en 
vísperas de ese viaje que. . . . ¡no me gus- 
tííi! ¡Sí, mi señora; sí, hijas mías, no me 
gusta ! 

Y el P. Anticelli encogió la nariz, como 
si hasta ella le llegase algo mal oliente. 




Parientes Ricos.— a8 



t^fcí- -'., ■'iÍ'.A' */ '-"' 



i^^ 



-.t ■.^"«;^-> -H?, 



XXX 



, — ¡ Bien ! ¡ Bien, hijas mías ! ¿ Os vais ? 
j Sea por Dios ! ¿ Y cuándo será la partida? 
— dijo el jesuíta, acomodándose en el si- 
llón y poniendo su bonete en la silla inme- 
diata. 

— ^Mañana Si vd. no dispone otra co- 
sa ! — respondió la dama. 

— ¿ Pues no me habíais dicho que sería en 
. julio, ó, acaso, á principios de agosto? 

— Sí, padre mío; pero es el caso <iue mi 
cuñado desea que estemos allá e'l día 24. El 
24 cumiple años. 

— ¡ Ah ! Sí . . . ¡El Preciursor ! ¡ Ah ! Si tú 
vieras en Roma la fiesta del día de San 
Juan ! ¡ Aquellas son fiestas ! Cuando os 
miiipo tao' satisfechas con nuestras humildes 
fiestas de Santa Marta, me digo : qué dirían 
si vieran aqiieHas de la Ciudad Eterna. Y 
guarda, hijia mía, que desde que los "subu- 
rros" eyitraron en Roma como otros bár- 






I20 



baros, como flamantes hunos, las cosas al'.í 
son nmy distintas de lo que fueron allá en 
los primeros años de mi vida escolar, cuan- 
do estudiaba yo en el Colegio Romano. . . 
¡ Bien, bien, os vais, y dejais á este pobre 
viejo! Ya me imagino que el día de San 
Juan estaréis, como decís por acá en Améri- 
ca, die manteles largos . . . . ¡ Sea norabue- 
na ! Estas chiquillas estarán como unos cas- 
cabeles . . . . ¡ Sea por I>'os ! 

Y pasando rápidamente del tono jovial y 
afable ail de una severa expresión, prosi- 
guió tras levísima pausa : 

— ¿ Y qué vais á hacer en Méjico, en esa 
vuestra Biabilomia tan bulliciosa y tan .... 
mal oliente? ¿Serviréis allí á Dios, mejor 
que aquí en vuestra silenciosa y embalsama- 
da Kuviosi'lla ? En fin : conformémonos con 
los secretos designios de la Providencia, 
que no se mueve la hoja del árbol sin l;i 
vohmtad del Señor! No me gusta este via- 
je, hijas mías! El corazón tiene su voz 
i-n'steriosa. que suele decárnos : sí ó nó. 
; Qué os dice el vuestro ? ¿ Qué te dice el 
tuyo. Dolores ? ¿ Ya tí Margarita ? ¿ Y á tí 
Eíenia:? Decidme cada una lo que así, en 
voz tan baja y tan quedito, os está repitien- 
do e! corazón. 

— A mí, la verdad, padre mío. — contestó 
la señora — no me dice nada, ni bueno ni 
mailo. No voy contenta, porque preferiría 
yo permanecer en mi rincón, como he viví- 



■'•:'PWi!»7Tyfy?!.^^^^>-- 



221 

do tantos y tantos años. Trabajo, y muy 
grande, me ha costado decidirme. . . . Pero 
vd. sabe muy bien, señor, cuántos y qué 
poderosos motivos me han obligado á acep- 
tar la protección de Juan .... El porvenir 
de los miuchachos ; el estar cerca de ellos ; 
f] ino dejarlos, como abandonados, en un-i 
ciaida'd tan grande .... 

— Sí, hija mía ; el Sr. Fernández, (á quien 
saludarás d'e parte mía) me habló de ello. . .. 
Y mira tú : ¿ quién conoce los caminos se- 
cretos de 'la Providencia ? Nadie. Acaso to- 
do será para. lia. mayor gloria de Dios. Me 
ocurre decipte Pero .... 

El P. Antñcelli sacó la tabaquera, y previo 
el permiso del caso, pedido con um cortés 
movimiento de cabeza, agregó, dirigiéndose 
á 'las señoritas : 

— Haríais bierr, hijas mías, en seguir el 
consejo que voy á daros. Bajad á la iglesia, 
y, mientras yo hablo aquí con vuestra ma- 
dre de asuntos importantes, rezad vosotras 
el santo rosario. Que sea este el ramillete es- 
piritual con que os despedís de la Santa 
Virgen. Volved en seguida pana que os diga 
a.dfiós, y os dé algo que tengo para voso- 
tras, chicuelas, y que os llevéis como un 
recuerdo de este i>obre viejo. 

Las jóve'nes obedecieron sonrientes, se 
levantaipoin, é iban á salir cuando d jesuíta 
las dfetuvo: i 

— ¡ Ea ! j Pedid á Dios por mí ! 






• ^¿.■^;-*iZ^^.'yf^ ' fSp^^rmjT'V.'j^^rmr. -'. 



222 



No bkn s€ alejaron las muchiachas, el sa- 
cerdote iprosigfuió. 

Doña Dolores se disponía á escucharle 
con creciente curiosiidad. 

— ^Mira, hija mía: — dijo el P. Anticeillii — 
, bajo la desconfianza vive la seguridtad. Eres 
madre de familia y tendrás, un día, qiue dar 
á Dios cuenta estrecha de tus hijos. ¡ Esta 
es la ley ! . . . . ¿ Qué vida piensas hacer en 
Aléjico, ahora que cuentas con la protec- 
ción de tu cuñado? ¿Fías en éí? Dime la 
verdad. 

— ¿ La verdad ? No fío mucho. El pasado, 
sus disgustos con Ramón, mi esposo, no 
me dan la seguridad que yo deseara. Creo 
que el carácter de Juan ha variado mucho ; 
los tiempos son otros: está muy rico.... 
Ya sabe vd. que la riqueza suele sosegar 
ciertas pasiones .... 

— Y desipertar otras, hija mía; y no de 
las menos terribles : la vanidad, el orgullo, y 
aunque te parezca mentira, hasta la envidia, 
esa. envidia que el buen padre Ripalda suoo 
defkiir , co^' tanto aciierto, al decir de ella 
que es tristeza del bien ajeno. Pero, conti- 
núa, continúa. . . 

— Pues bien, padre, decía yo que acaso 
Tuan ha mudado de carácter. . . . La edad, 
los tiempos, tad vez el recuerdo de los an- 
tiguos odios políticos, que tanto, tanto nos 
hicieron padecer ! ■ . ' ; 

— ¡ Sí^a todo por Dios, hija mía! ¡ Olvido 
y perdón ! '_.'■'•; i 






— Cuanto á la vida que haremos en Mé- 
jico. . . . ¿cuál ha de ser, padre mío? ¿ Cuál 
sd 'no la de nuestra pobreza! Viviremos co- 
mo aquí. 

— ¿Y no te verás obligada, comprometi- 
da, á que esas niñas viaiyan de aquí para 
alllá de fiestais y espectáculos? 

— Yo me propongo, padre mío, que eso 
sea lo menos posible, sólo de cuanido en 
cuando. ... 

— Si puedes conseguirlo! 

— Lo procuraré á todo trance. 

— Bien, Dolores : ese es tu deber. A cada 
cual lo suyo, mas por modo discreto, como 
ia cane'la en la leche ! Manten en tus hijas la 
piedlad; modera en ellas la tendenda hacia 
el lujo, hacia lia ostentación y hiacia la vani- 
dad. Lais grandes ciudades, la alta sociedad 
no son más que feria de vanidad y de mise- 
rias deslumbrantes. Que vivan en decorosa 
modestia ; que en trajes y vestidos se guar- 
den de modas contrarias al pudor. Y en 
cuanto á amistades.... ¡Mucho cuidado. 
Dolores, mucho cuidado! ¿Pretendientes? 
Vengan noraibuena sii' son buenos cristia- 
nos. Que esas niñais no se paguen de rique- 
zas en dios .... Piensa que, aunque de oro, 
una jaula es siempre ima prisión. . . . "car- 
cere duíro," como decimos en Italia! 

— I Todo lo he pensado, padre mío ! Por 
Margarita temo, temo mucho .... Es her- 
mosa, por más que parezca feo que yo lo 



f^m^ 



224 

"diga, y no le failtarán pretendientes. Cierto 
es que somos pobres, y eso aparta á mu- 
chos. 

— ¡ Es verdad ! Fía en Margairita. Es bue- 
na, y tiene un profundo sentido moral. ■ 

— Respecto á Elena. . . La pobrecilla con 
S'u ceguera -no inspirará pasión alguna;- ' ' 

— Es de esperarse así. . . , Pero ten- en 
cuenta que el carácter de tu hija es muy di- 
verso del carácter de su hernTana. He obser- 
vado en Elena una cierta impetuosidad si-' 
ciüana Vaya, algo así apasiona- 
do y meridiona'l. Privada de la luz, todólo 
lleva dentro, tiene el nuindo en él alma, y así 
como ail quedarse ciega se desarrolló ert'eília 
el talento musiical, según tú me lo has di 
cho, acaso así sentimiento, se'n'sibilidad y 
pasiiones se habrán avivado en ella .... Mu- 
jeres así estáti' expuestas á mUy grav-(is 
peligros. Me parece que lo he dicho todo. 

Doña Dolores se sintió lastimada en lo 
más vivo. En su corazón de madre se clavó 
enherbolada saeta, y sintió impulsos pode- 
rosos que la empujaban á la réplica, pero el 
cariño y respeto que profesaba al P. Antice- 
Ih', y .la fe que en él tenía la contuvieron. ' 

— ¿Qué teme vd. de Elena?— dijo á pe- 
sar suyo la señora. 

— Nada, hija mía. La juventud tiene pa- 
siones de torrente, y éstas son terribles en 
quien como tu hija vive, en medio dé la 
obscuridad que la rodea, vidia meramente 



'^«x' 



^¿5 

áiibjetáva, como ahora se dice. Kr e! ciegíJ ' 
la imia:gin£ci6n es 'luz, si tovla ¡a .uz qnesus ■• 
ojos no ven ; en el ciego jas pasiones son •• 
ailudes, tempestades y borrascas durante los • 
años j'uveniles. La calma sólo viene con 
los cierzos helados del otoño. ¡ Cuídala ! ' 

— ¿Cuidarla, padre mic ? ¿De qué y de . 
quiién ? • 

— i De si m.'^ma' ; l^e su propia infelici-' ' 
dad! Aconséj-ale siiempir'e la reslgniacióni. . .,, 
; Qiuié ore y vivía 'en D\as ! 

— Sí, padre mío ! — repu.so la dama, más > 
tranquila, sintiendo que la heriiáa que ha- 
bla recibido era menos profun^da. Y pen- ■ 
só: "No había yo entendido lo qaie me qui- 
so decir.'' , , 

— ¿Y esos muchachos? 

— Pablo será empleado fn el despacho de 
Juan ; Ramón segaiirá estudiando. 

— ¡ Sea pana bien ! Pablo puede hacer 
fortuna. No es d^^ talento para las letras 
r.i para las cieno'ifi'S ; pero él con su tenedif- 
ría de 'libros se ga.nará el pan y se lo gana • 
rí en abundancia, con tal que el munatí en 
que va á vivir no le aparte del buen send<: 
ro. El tiene su sentido oráctico e irá recta 
menite. Cotí eil moinoT. ciOn el Raimcwiiciilílo, ,. 
hay que tener buen cuidado. Ese, Dolores, 
tien'e Italemto; vigílillti; :a|pártaile . de ma'los. : 
amigos ; que no se debiliten en él ías ideas ^ 
sanas, que no se pnende de novedades cien- .\ 
tíficas y de saberes al uso. Allá se lo Meva- 

Parientes Ricos. — 29 



y-'' 



'M- 



226 

ras (y mo sólo Raamón, ;dambién Palbto) 
al R Cangas. En Santa Brígida le tendrás á 
toíjiais 'hiciras. •coníílaisok ? á d. K\ P. Cain'gas 
es vtn buen confesor. Los llevará bien, muy 
bien. Para dirigir jóvenes, nad'iie como el 
P. Cangas. ¡ On buen castellano ! ¡ Franco 
y 'listo como pocos ! Con tu cuñado mucho 
tino, Dolicines,niuchoti:no! Con su-esiposay: 
su hija mucha amabilidad y mu "ha discre- 
ción. Con los jóvenes esos, poco, poco! Son 
unos pari'siienses de los que yo conozco mu- 
chos. Te he dicho todo. Recu-erda y medita 
cuanto aioaíbais de oir de mis labiics, y.... 
pon todo en manos del Sagrado Corazón 
de Jesús! 

•Doña Dd'.ores esliaba canímü>vida. Ren- 
díase á la sugestión del P. Anticelli, y sen 
tíase como aicametida de (profundo tenrioír, 
c^cmio sofbresia'.ltaida sin imotiwx 

El jesuíta siguió hablando de mil cosas 
diversas: del viaje; de la belleza del cami- 
no; de.íai vida en Méjico; de la función del 
mes de María, que había sido tan brillante 
en Santa Marta, y de otros asuntos, al pare- 
cer insií^nifícantes y ajenos á su interloduto- 
ra. Recomendó la lectura de un libro, muy 
imtenesamte, dle Miald. A'uigus-tus Cnaiven : 
"Róoit.d'iuaie Soleiur." 

— Tú no sabes francés, pero Mairgarita 
«í ; que' ella le>a, y uístedes, todos, todlois, la 
esCiUichlahK. Ya veréis cómo se tpU'cde vivir 
en efl miunld'o nnás brillainte v servir v aimar 



t'Á'tc 



.*■/' 



227 

a. Diiois iGomo 'boieniois cristianos! Ese li- 
blrio, Jo imülsmo quie "Mis iprísdonies," de 
Siil'vio Pel'liiico, ime .pareoan benefioos co- 
mo k luz ■del Siol! Lliagias á Méjico, biis- 
cais 'ese libro ... ¡ Y á ipas ar .al Qgrem emite lias 
véllaidas ! 

En aquel momento regresaron las sefio- 
ritais. 

— j Bien venidas ! — exclamó el jesoiíta. 

— ¿ Hemos venido oportunamente ? — 
pregiilntó Miargot, 

— Y muy á tiempo, hijas mías. Ya os es- 
peraba ipara deciros adiós porque el confe- 
sonario me espera. Aguardad un instante. 

Y el P. Anticelli salió de la sala. No tar- 
dó en volver. 

— Aquí tenéis, — dijo al entrar, — aquí te- 
neifS mi ireg'alo ! Para tí, Doloneis : este 11- 
brita, mejor qíue ése de que te halblé ha- 
ce ipoco 

Volvióse á las jóvenes y agregó : 

— Un libro que habéis de leer, y del cual 
ya os hablará vuestra mamá. Toma, Dolo- 
res : para tí esta "Imitación de Cristo;" pa- 
ra tí, Margarita, este nasairtib. Tiene gralni- 
des indulgencias concediidas por el Sun'.o 
Pontífice; tú, Elena, llevarás otra cosa: es- 
ta imieidlafc de la Inmlaculada. No l'a dejes. 
¡Qué te acompañe siempre! 

Las jóvenes y la señora se apresuraban 
á dar las gracias, pero el P. Artticelli las in- 
terrumpió. 






á¿8 

-—Es el humilde recuerdo de un pobre 
hijo de San Ignacio.... ¡Nada de agra- 
decimientos y pedid á Dios por mi. Qué 
El os bendiga y os tenga en su santa guar- 
da! 

Encaminóse el jesuíta hacia el cor-edor. 
La señora y las jóvenes le siguieron. Des- 
pidiólas en lia puerta, en frase brevísima y_ 
por modo rápido. 

El P. Anticelli permaneció en el portón 
de la escalera hasta que las vio salÍT*, púsose 
el bonete, y, paso á paso, se dirigió á su 
celda. 




j 




XXXI 



Al salir dt la casa del P. Anticelli, doña 
Dolores iba preocup>adia y triste. — "¿Po;- 
qué — se decía — por qué me ha dicho el pa- 
dre todas esas cosas? No parece simo que 
mis hijas son malas; no parece smo que 

. mis sobrinos son unos perdularios. Lo 
cierto es que ambos tienen sangre li- 
gera., E'l miayor es más simpático v 

- más parlanchín ; el otro es medio románti- 
co y melancólico ; l()>s dos son afables, co- 
rrectos y fi'nos, y no hay motivos para pen- 
sar mal de ellos. El P. Aniticelli no gvista 
ée la educación que se da en París, y, sin 
dudia, que por ese motivo no le han sido 
simpáticos esos pobres muchachos !" 
Mas la creencia firme que la da,ma teiiía 






230 

en la virtud, ©n el talento y en el mundo del 
P. Anticelli, lia obligaba á pensar muy se- 
riamente en cuanto acababa die decirle el 
excelente sacerdote. El amor úe la dami 
para su hija Elena era grandísimo, y la 
desgracia de Ja joven, .ciega desde hacía va- 
rios años, á consecuencia de una fiebre, 
de una enfermediad qaie, al decir de todo 
el mundo, no había sido conocida de los 
facultativos, duplicaljia en la madre la ter- 
njura con que amaba á su hija. Esta era bue- 
na, sí, muy buena, y nadie tenía motivo 
pana dudar de su buena índole y de siu in- 
clinación á la virtud. Elena era viva, cari- 
ñosa, afable, hasta dulce, y aunque apasio- 
nada é impetuosa en ocasiones, la menor 
advertencia era bastante para que la cegue- 
zuela entrara en razón. De niña, cuando la 
reprendían por alguna travesura, por su fal- 
ta de aplicación en la escuela ó por algún 
capricho suyo que no era conveniente sa- 
tisfacer, la chiquilla se rebelaba contra la 
autoridad maiterna, y rogaba, suplicaba, y 
volvía á rogar y volvía á suplicar, y á una 
nueva y terminante negativa, la muchacha 
exasperada lloraba, gritaba, se mezaba el ca- 
bello, y más de una vez arrojó lejos para 
hacerlo pedazos el primer objeto frági'l que 
itenía delante, um plato, una copa, un. va- 
so, ó cualesquiera juguetes de los qre 
había en la sia-la. Pero á los trece años mudó 
de carácter : se tomó bondadosa, dulce, dó- 



.:i.*!?. ;.ÍS- iV 



il:i:^-:- JM 



zr,.M-^'-- 



231 

cil y sumisa. Parecía m.elancólica y triste, 
y tanto que aquellas añonanzas, impropias 
en niña de tan corta edad, Ikgaron á ptreo- 
cupar, muy seriamente, á doña Dolotes, la 
cual pudo observar en su hija cierto 
, arnebatado entusiasmo para t¡odo aquello 
que emprendía la chica, siempre, que le 
era presentado como nuevo y flapia-nte. 
Una labor, una lección de música, un libro 
nuevo eran motivo en Elena para qu€ tra- 
bajara horiáis y horas ; para qué no, dejase el 
piano hasta después de media noche, ói pa- 
ra que leyendo el libro que la traía en vilo, 
no pensase ni en comer nv en dormir. El 
.estudio de -la musida le era difícil, y el ma-es- 
tro llegó á declarar que en Elena no había 
aptitudes positivas para el divino .a.rte. La 
cuidadosa nmdre supo aprovechar en bien 
de la niña tales y tan» repentinos entusias- 
mos y Elena progresó en la escuela y. ade- 
lantó en h música de tal modo que maes- 
tras y maestro se hacían lenguas djs la jo- 
ven, á qiuien pronto fué preciso yíjstir de 
largo. Como la familia habiía venido á me 
nos ya las muchachas no iban á bail^, y 
en el teatro no se las veía sino de tairde en 
tarde, cuando había ópera, allá por diciem- 
bre, y eso socamente en una funcióal Don 
Ramón lo dijo con toda claridad: "Nada 
die fiestas, ni de teatros, que no está la 
Magdailena para tafetanes!" Elena ^' oír 
.esto, exclamó: :: •. j-./.í' ;.• = 



232 

— i Sí, papá! No te apenes ni. te contra- 
ríes. ¡Tan contentas en casita como en fies 
tis y t(in.tios! No iremos más, y no porque 
til no pnedas ji^astar en diversiones, sino 
porcjuc nosotras no queremos ir. ¿Fiíestas? 

' ¿Qué mejores que las que nos proporciona 
til cariño ? ¿ Opera ? Ahí está el piano, y 
Mairgot V yo tocaremos hastia causar la de- 
sesperación en los vecinos ! 

S/\r\o la enfermedad. Elena estuvo entro 
la vida y la muerte. Salvó... pero quedó 
ciega. Don Ramón hizo los mayores siacrfi- 
cios para conseguir que su hijiai volviera S 
ver la luz del día. Fueron á Méjico, consul- 
taron allí á los más famosos especialistas, 
' pero todo fué inútil. 

Regresaron tristes, abatidos, y sin espe- 
ranza. Vino la ruina y vino la desgracia. 
Don Ramón principió á declinar visible-^ 
mente, y luna insuficiencia valvular se le lle- 
vó en tres meses. 

• -1 No bien Elena quedó ciega todos pudie- 
ron observar, incluso el maestro, que el ta- 
lento musical que en lai joven había pade- 
cido rudo y torpe se desarrolló en ella por 
modo prestigioso. Se afinó s'' oído, la me- 
moria fué en aumento, y era cosa que asom- 
braba ver cómo, apenas oía' una pieza, y no 

' juguetillos de baile despreciable., y vanos, 
sJno obras del repertorio clásico, ya la toca- 
i>a Elena. Margarita acudía en ayuda de su 
hermana y la obra quedaba puesta, y era 



233 ■ 

ejecutada magistralmente, con expresión y 
con un sentimiento incomparables. La jo- 
ven, que anties era imelancólica y tristonci- 
íla, se tornó jovial, bulliciosa y festiva. Pa- 
decía algunas veces desalientos y languide- 
ces, pero eran cortos, y á poco ya estaba 
cantando, como un pajarillo en día prima- 
vera!. Raro contraste el de aquella poética 
desgracia y el de aquella irreparable alegría. 
Ruiseñor ciego, Elena tenía en su constante 
noche arpegios y trinos en que vibraba y 
palpitaba toda la jubilosa exuberancia de 
los -quince años. 

Y así vivió, y así vivía hasta la llegada de 
sus primos. Durante los días en que doña 
Dolores se. ocupó, con sus buenas amigas 
las Pradilla, en quitar la casa, un observa- 
dor perspicaz habría podido notar en la ce- 
guezuela cierta intranquilidad ensoñadora, y 
una vaguedad de ideas que se manifestaban 
en la muy viva, clara y concisa conversa- 
ción de la joven como en inciertais clarida- 
des lunares, como en el riielar del astro pá- 
lido sobre tranquila y soñolienta laguna. 

Para Margarita no pasó inadvertido e) 
estado de ánimo de su hermana, desde 
aquel día en que Elena se empeñó en cjue 
le dijera cómo era su primo, y qué jui- 
cio se tenían formado de él, y la impre- 
sión que había causado. Margarita satisfizo,, 
á medias, la curiosidad de Elena, pero no 
llegó hasta donde la ceguezueLa quería que 

Parientes Ricos,— JQ 



■>«;,v» ;. •ÍT'iríPf?- í p^::'^í,^' ,:».-, '.•^.•'^^i?j'' 1 



234 

llégase. A su v.ez la blonda señorita ovie- 
daiba prendada de Alfonso, y pensó que, ))or 
mucho que en ello nada hubies'e de malo, 
no ena conveniente habkir así, de buenas á 
primeras, de afectos nacientes y ya vivísi- 
mos, que, acaso, tendrían menos vida que 
Ja flor de mayo, el soberbio cacto, maravilla 
y reina de la noche, cuya corola inmacula 
da,' rioa de encajes y de gaseas, urna de 
misteriosos perfumes, se abre al ponerse el 
solí y se cierra y muere antes de que la au- 
rora laparzcia en las vagas 'lejanías del orbe. 
•Calió Margot su secreto, y calló tam- 
bién el que había sorprendido en Elena. 

— ¡ Pobreci'lila ! — pertóó — Bella, amiaible, 
apiaisionada, privada de la luz del día, ¿'-a 
•de cerrar su alma á lia luz del amor? 

Doña Dolores no se había dado cuentíi 
de nada de esto. Las recomendaciones de! 
P. Anticellii lia habían liastimado en lo viiás 
íntimo, pero, aoinque injustas á juicio suyo 
las previsiones del jesuíta, se resolvió ella 
á t€inerlais pnesentes, para ■qive le siirviera-" 
de norma y de guía en la vidia nueva que 
para, todos iba á empezar. 



I 

,•- . ■'■'■;' ■'' ■■■; 

I « , 







XXXII 



Con una hora de atraso llegó el tren \ 
Trigales. Detúvose allí, conforme al itine- 
rario, unos cuantos minutos, y tan pocos 
qu€ apenas hubo tiempo para que doña j)o- 
lores, las señoritas, Ramoncillo y Filomena, 
pudieran subir al vagón. 

En éste venía Pablo, á cuyo cargo quedó 
el facturar equáipaies y el tomar los bille- 
tes en Pluviiosi.lla. 

En la plataforma venía el mancebo, quien 
se apresuró á colocar en el mejor sitio á to- 
dos los suyos, y entre ellos á Filomena, que 
venía muy triste y desmazalada. No menos 
lo estaban la señora y sus hijas. 

El viaje en tranvía, desde Pluviosflla á 
Trágales, fué silencioso como un^ entierro: 
callaba doña Dolores y callaban sus hijas. 
Ramón, muy campante en la plataforma 
posterior del vehículo, sonreía y tarareaba 
no sé qué airécillos de una zarzuela en vo- 



..;;. a-.; .: ,i¿i- 



>.>.-\ í-,.;-;' .• ■•^,Á?f^.*^^^~-:Wgr!¡.V--Tj'¡^^^'^-' 



ga, representada recientemente en el teatro 
Primcipal de Méjioo y tnaiida', pocos días 
anantes á la ciudad de "das aiguia® regadi- 
sas"' por una pésiiiiua compañía' de his- 
triones, portia/voces trasiliu mantés del gé- 
nero minúsculo. 

En vano las Pradilla, afables y cariñosas 
como siempre, intentaban, á cada momento, 
animar á sus amigas. La dama respDndía 
con monosílabos ; Margot permanecía me- 
ditafbundia, y Elena, en mu rincón, baja la 
frente y fija la mirada en el piso, como si 
quisiera descubrir, entre las sombrajSi de su 
ceguera, los 'edificios de la ciudiaid metro- 
politana, sólo desplegaba los labios para 
preguntar, de tiempo en tiempo, por qué 
puntos del camino iba el carruaje. 

Más de una hora tuvieron que esperar 
en la estación de Trigales. Cuando el tren 
se aproximaba, la señora y las señoritas se 
despidiieron de sus amigas, á las cuales pi- 
dieron órdenes. 

— ¿Qué desean de Méjdco? — decía doña 
Dolores, y repetía Margot — ¡ Ya saben us- 
tedes cuánto les agradecemos su cariño, ^ 
su bondad y su ayuda ¡ Dios las bendi- 
ga ! 

•Las excelentes mujeres se deshacían en 
excusas. Una de ellas, Teresa, encargó á 
Margarita que hiciesen, en nombre de am- 
bas hermanas, una visita á la Virgen de 
Gi^,¥ulalupe,enl^ igle&ia dcMid'Q á la sí^zqu 



F 



1^!^. 



■.^<:. 



^37 



estaiba la Santa Inuaigeini, en tainto gue se 
tierminabam las obras áe la Cateáiai, para 
quie en ell'a fuese coironada la bendita Pia»tro 
na de los mejicainios. 

—Ya mandaré por ustedes, amiguitas 
mías, — se apresuró á decir doña Dolores, — 
á fin -de, que vayan á Méjico, y asistan á las 
fiestas de la coronación, que serán sober- 
bias! 

Y, mientras esto decían, las señoras se 
abrazaban cariñosamente. La dama y sus hi - 
jas tenían húmedos los ojos. Las Pradilla 
no pudieron más, y se echaron á llorar. 

— Me parece — murmuró Asunción al oí- 
do de su hermana, — que se van para no vol- 
ver nunoai; que no las veremos rmás! 

— ¡A mí lo mismo! — respondióle Tere- 
sa, secando sus ojos llenos de lagrimáis. — 
¡Quiera Dios que todo sea para bien de 
ellas ! ; No sé qiué diesgraciías presien- 
to! 

El tren iba á partir, partía ya, cuando Pa- 
blo, asomándose por una ventanilla, gritó: 

— ¡ Chonita ! j Teresita ! ¡ Adiós ! Queda 
el tranvía á la disposición de ustedes, para 
que regresen .... 

Y agregó : 

— ¡ Pueden regresar á la hora que les 
plazca ! Si quieren, esta tarde. 

Ya no le oyietron. Saludaban las Pradilla. " 
y diesde el itiren que magestuoso se alejaba* ' 
íes decían ladiós, aigitando sendos pañue- > 
los, doña Dolores, Margarita y Ramón. 



/ 



vivir' 



^í> -rJ'í-f'írf'?-: 



\ 



238 . ! 

. El tren, arrastrado por su potente y doble 
máquina, envuelto en larguísimo penacho 
de buimo, que parecía caer pesado sobre los 
vagones, atravesaba larguísima llanura, una 
iiHmiensa y verde sabana, sembrada de rocas 
y esmaltada con las mil flores que el Estío 
riega por todos los vallles de Pluviosálla, 
tan luego como caen en ellots las primeras 
lluvias de m'aiyo : ramilletillos blancos; cam- 
pánulas de color de violeta; asclepiíadeas 
frondosas, en cuiyos tallos coritos y rígidos 
el viento arrasante de lia comarca mecía pe 
sadamente glaucas y rarísimas u'mlbelas. 

Hacia lia izquierda lucía sus veirdores y 
su rojo camino la cuesta de Necoxtla, donde 
á vueltas y trabajosamente se abría priso en- 
tre las rocas un sendero quebrado y expues- 
to á los rayos del sol. Cerca de la vía cen- 
tenares de obreros echaban los cinnentos 
de una grande y nueva fábrica, que vendría 
á ser como la última almena de la regia y 
mural corona de Pluviosilla ; "nuevo joyel," 
— tsegún dijeron en "El Siglo de León 
XIII*^ — de la "soberbia" corona de la "'so- 
berbia" Máncbester dte Méjico." A la de- 
recha quedaba Trigales con su blanco case- 
río, su torrecilla simpática, sus pintorescas 
colinas, y -más allá la vega de Pluviosrilih, 
con sus pingües heredades, sus montañas 
altísimas, semejantes á colosales bastiones 
ennegrecidos, é invadidos por un torrente 
d^e jaramagos. En el fondo, hacia el norte, 






rvA 



239 

t 

dilatadas dehesas ; una hacienda cercana, Ca- 
si á 'la viera del 'Caimino de hiierro, y en el 
último término las cumbres de la Mesa 
Central, las alturas de Maltrata, por las cua- 
les el tren, en avance fatigoso, asciende y 
parece trepar como un dragón ée las edades 
antediluvianas. 

Margarita y doña Dolores, en momentos 
en que el tren atravesaba el camino carre- 
tero, frente á la anitiguiai venta de ''Santa 
Cruz," volviéronse y miraron hacia l'lu- 
viosüla, como para enviarle el último adiós 
vieron mlás que la cumbre de la colina del 
vieron más que la cumbre de la colina del 
Recental, y en ella, apenas perceptiblie, la 
férreai cruz que colocada por piadoso triun- 
fador marca y protege con su respetable 
som'bra aquel sitie, de combate, doad'e co- 
rrió lia sangre de mil valientes. 

Al pie de aquel cerro quedaba la túrrí- 
da y devota ciudad, Pluviosiiila la hermo- 
sa, la budística Pluviosilla, donde habían 
sido feWces, donde ambas habían amado, 
donde habían padecido, en cuyo suelo tan 
fecundo en azucenas, dormían el sueño bien- 
hechor de la mu'eitc seres amados, viaijeros 
de las eternas lontananzas azules. 

El tren ascendía; escaló las primeras 
estribaciones de la cordillera, deslizándose 
por las fáciles y verdegueantes laderas: se 
aventuró atrevido por una garganta: pasó 
ligerai puente, por donde se veían innume- 



Éíitvéi'-i--'.-, í. - 



jw:'???*^^.,. ^1^^./ 



240 

rabies kgiones de pinos que, al uorde de ii)i 
rkiahuelo parecían saludarle conioá un ama- 
ble y conocido vencedor. 

Entraba ell tren en los valles de Maltrata. 
El pueblo blanqueaba a lo lejos, y el case- 
río asomiaba entre la? milpas resonajiiites y 
á la somibra de los chiriimoyois y de los ca 
pulines. 

Brevísimos instantes en la estación ; gii- 
íos atiplados, delatores de las ailiiuras y del 
clima; vendedoras rústicas que con recianio 
urgente pregonaban sus mercancías, y que 
iban y venían, á lo largo del andén, ofre- 
ciendo duirazmos, higos, aguacates, y or- 
quídeas en. flor. 

A poco el draigón formiidable prosiguió 
en su camino, lento aquí, rápido allá, ser- 
peando entre mil heredades incultas, que 
algún día se canv^ertiráin en productivos 
viñedos, y en constante ascenso subió hasia 
lo más elevado de aquellos montes. Túneles 
y puentes le daban paso franco por desfi- 
laderos y taludes, que brumas y nieblas • 
frías velan con gasas fugitivas y con cen- 
dales vaporosos r>urgian entre 'as nubes, a 
manera de espectros y como envueltos en 
flotantes sudarios, pmos y ocotes, éstos de 
copa esférica, aquellos, altos, esbeltísimos, 
lánguidas las ramc,s, enhiesta la aguja prin- 
cipal, en constante dirección hacia el cie- 
lo y anhelosa de llegar á las regiolnes ilími- 
tes del éter. 

Soplaba helado viento que penetraba en 



'"^^í^f^^^^ 'f^;«'í-*?f>^^^ .'?; 



2Í4I 

el Vagón y entumecía cruelmente. Ál pasai" 
los túneles el hiiimo inundaba el recinto. 

Envolvióse doña Dolores en anuplio 
manto de viaje, prenda rica, ya muy usada 
y marchita, resto de antiguas abundancias y 
de t>eregfino lujo, y recomendó á sus hija-s y 
á í^ablo, que estaba cerca de ella, que tam- 
biért se abrigaran. Filomena recogió sobrt; 
el pediio las puntas de su reboso, y se acu-, 
frucó en el asiienito, hecha un OviUd. Los 
silbidos de la locomotora resonaban en las 
baffiranoas, re^etidbs por los mil eoois, de, 
!a serranía. 

Los viajeros se agrupaban cerca de los 
ventanillos, del lado izquierdo, para gozar 
dd espléndido é incomparable panor;ama 
quijC l.es ofrecían aq'uelloí valles y aauellas 
hondonadlas, y que atraía lais miradas de . 
Margarita. Al aivanzar el tren por un via- 
ducto, el valle, taní hermosamenite Wu-mina; 
do 'por el sol, desapareció de repente. Un, 
mar de nubes le cubría: inmenso mar, cu vas 
olas, en rapidísima corriente, pasaban velo-, 
ees al costado del tren. Límite de aquel pié:, 
lago eran remotas cimas, por las cuales,; 
cohoii:e fatigada que tramontaba atrevidísi-^ 
ma cúspides y cúspides, carriino.de- las. altas 
planiicies, pinos añosos y diecadentes domi- 
naban los fugitivos irritados oleajes. Sobre' 
aquel mar de vapores niveos esplenidíai el so|,, 

Márgfarita se complacía en mirar las es- 
pesas tumbrías, rioas de colores y proiligio- 
sas en flores desconocidas ; doña Dolores di- ' 

Parientes Ricof .— Ji 



k 



>^...¿t , 



r- - .<- 



242 

rigía sus miradas tristes y dplorosas hacl-^ 
ios bosques obscurecidos por la bru- 
ma, y se gozaba en presentir profundos a)l?is- 
mos, tenebrosos repliegues, sitóos no pisa- 
dos nunca fKW ihunnama plamita, y tanniegro? 
como todo lo que el porvenir guardaba. 

Trepidaba el vagón, rcsopfcuba la máqui- 
na; crugían hierros bajo el piso : chirriaban 
ruedas ; el humo cegaba ; el vi^irttedillo desa • 
pacible haci<a tiritar á todos, y á los silbidos 
vibrantes y prolongados y luminosos <le la 
doble máquina, respondía la montaña hume-, 
da e imponente, con su voz solemne y Ca- 
vernosa. 

Rápüdanieníte huyeron las brumas conio 
deshechas por el viento ; tornó á brillar -por 
todas partes la claridad del sol, y á lá vista 
de los viajeros atónitos apareció MaJtrata, 
radiainte y tibia, espléndlida en colores, sobre 
afelpada alfom'bra, en que se uniían aquí ó 
más allá se separaban, matices amarillos 
y verdeis, desde el pajizo dle las mieses ma 
duras hasta el tono negruzco de los abe- 
tos perdurables, que em masa compacta é 
intensa espesura daban fondo alpino al po- 
blado, á los huertos y á la ciudad, la cual se 
extendía y diseminaba como sobre un in- 
menso tablero dle ajedrez, en cuadiros desi- 
jErnale? v ''aprichosos. 

Arreciaba el frío y el sol picaba en los 
ventanRllos del coche. Pablo vino y ofreció 
á dofía Dolores v á las jóvenes una copíta 
de .coñac. Sólo Elena aceptó. Estaban en la 



243 

Mesa Central. Habían salido del Estado de 
Veracruz y entraban) era el Estado de Pue- 
bla. Una zanja fangosa marcaba el límite 
de ilajs dos provincias. Cam'pos desiertos, lla- 
nuras arenos'as se ofrecían á cada lado. Le- 
janas tolvaneras, á la vera de los caminos 
y al borde de las heredades, rev'eilaibafcii len- 
to troptdl de caniiimiaintes. Lai sierra del Ci- 
tlaltépetl se erguía á la derecha, y en la fal- 
da die los cerros más próximos dos villorrios 
risueños se extemidían graciosos, uno en pos 
del otro, como si quisiera el segundo alcan- 
zar al primero que festivo y regocijado ha- 
bía llegaldo á la Haniira, prófuga de las cum- 
bres nivosas. Sobre las ailtas montañas, por 
sobrie las cimas- escuetas, centlellante y ar- 
géniteo, brillaba el vok'áin, ouyo ápice es 
pejeaiba con lampos de platino, semiveílado 
por una inubecilla horizontal, blanca como 
plumón de cisne. 



*. :.V-'' '*i-J 



'.'.*T- ■ * 7" ' ■■■ ^'" ¿■".■^'•^'^■■'^í^'Vw 



f t-' 



•SI--"!' 

i I 
, ■■ ir- 






iv-i 



I ■; H 



.- f : 



V T 



.i. ^1- -i 



',:' ^Á«;i-.*^! "?.'•■ .; -? 



■■%:: 




f.^ til >l i Vl^ 



XXXIII 



■ (■.--■ 



A las vividas y húmedas regiones mon- 
tañosas, cubiertas de rica aunque no exhu- 
heramte vegetación, sucediéronse vastas y 
arenosas llanuras, planicies escuetas y ári- 
das, grainri'es y ddlatadísimos vailles, engala- 
nados á la sazón, gracias á las lluvias de es- 
tío, con uina lozanía tan hermosa oomo efí 
mera. Verdegueaban esmaradignos colhras 
y collados, y en las semlentenas, el maíz, — 
jefe de la espigada tribu, como dijo bello— 
desplegaba la pompa incomparable de sus 
crugiietites hojas y de sus baiiiderinies tremu- 
lantes; fláanulas inquietas quefingíam mis- 
teriosos ruidos y frtifrú de faldas. En las 
mcMítañas grupos de abetos verdinegro», 
encinares espesos, mezquites sombroéós de 
uniforme pesado ramaje, Tompían la üni&o- 



. ; • \ . ■ . . ''-■''% 

• 246 

■i na coloración <ie los {oúdo^,'^tétmixu)' úeAxn 
> paisaje que, eoi gradación ñnisima, desleía 
f - siis tintes hasta confundirlos con el^ul va- 
go de los montes distantes, con el gris in- 
tenso de otros más remotos y con la curva 
zañrína de un firmamento libre de vapores 
acuosos. A un lado y al otro de la vía, ha- 
ciendiais que parectají íooitalezas, castillos 
desiertos lúgubres y sombríos, llenos de le- 
yemdias trágicas referentes á nuestras gue- 
rras civiles ; lóbregas casonas,coni su tem- 
plo inmediato, en cuya espadaña ruinosa ó 
en cuyo campana! esbelto y aibeante revo- 
iBiban tornasolados pichones y palomas ni- 
veas; caseríos parduscos diseminaidos en 
las heredades ó dispersos, al pie de los alvo- 
zimos intonsos, como bandadas de/. aves 
viajeras asustadlas de pronto por el. .Azor; 
. unos y otros esmaltado, en variedad poéií- 
\ ca y pictórica, praderas, lomas y colinas. 
\ Cerca de la vía, en siu"cos paralelos é ilí- 
\ niites, faíbáctoa plantiación, proraeíodíJsra tle 
.cosecha pingide, que en su frondosas ma- 
tas lucía ramilletes aperlados salpicados de 
mancháis negras. 

El aire frío y seco. El sol centedlcaba en • 
■ las mieses maduras como en chispas de fue- 
; go,y esplendía con neflejos de níquel en los 
cebadales ondulosos. ■ ; 

El tren se acercaba velozmente, con velo- 
cidad ntlnca sentida por viajeros de cum- 
bres abajo, y al paso de la imponente loco- 
nicitora, asustados por el vibrante silbido, 






247 

apartábanse reses ñacas y auguiosas, y al- 
■giino íjim; otro rebaño que mal conducido 
'■• por los zag'aues huía precipitándose hacia 
las zanjas colaterales en atropellado tropel. 
'•' Huían las gicyes, y e4 dragón impetuoso 
' 'píisalba imijjQnien te,. dando á los templados 
'ahsiOiS su eS(i)aso pfj^n-acho, ^1 cuiai' se desha- 
cía pi.onto en coipcs menudos ó én sindlísi 
'' ini niebla. ' ' " ' 
' Uno qué otro maguey en la linde de' las 
some'nteTas; magiieyes qu-- se pa^voneabaí: 
áe siV vigor perenne, y' qu/e, se alzaban, de 
' -entre la floración jalde de losnvxojos vera 
'' ni«gos, alargando las púas sanguinolent.aí, 
sobre un oleaje verde es^xilvoreaido de oro. 
ProntQ. aqueJlos paisajes rp tuvieron 
'atractivo para Margot, á quien las tierras 
fias eran bristes y monótonas, y jxara 'a cual 
sólo híibía encanto en la exhúbera magniti 
cencía de las comarcas tórridas. La joven se 
sintió abafiída. En vano dirÍLHa su mirada 
'ensofiadora y melancólica hacia los últimos 
' términos de la uniforme llanura, hacia la^ 
vagas empalvdefidas lontanamzas, Quiso 
leer, pero no traía libro alguno. En'todj 
'había pensa<k). menos en eso, y recordó que 
■ Alfonso le haibia ofredílo remitirle no sé 
' (l'Ué vérs.os de uno de sus poetas fav-oríto.-». 
Ramonctlíó le dio im peri('»<lico. un diario 
miad impresio, comprado en la estación aiite 
rior, donde eí tren se había detenido pan 
que almorzaran los -viajeros; Chismes de 
baja y fastidiosa política'; información es 



Jlct.¿¿¿^r¿¡;ji2mr, 



~-7>'.».!*'S "''ij^t"* r2'K™:T^~J??fr<S(- 



248 

tupida ; notícias europeas ffiltas de invporT 
tai^cia. é interés; crónica de escandajósos. 
déíitos ; avisos de teatros y d)e plazas de tor 
rós,. .. y nada más! Por fin,, tropezó coa 
u¡n largo artíctilp que para ella ¿abía pasado' 
ina'd'y'ertido. . ^ Ün artículo de sañuda d¡T 
f aleación jacobiaia, contra un clérigo culpa- 
ble ó inooerrte, sólo Dios lo sabrá, á quien 
se acusaba de horrendos delitos y d€ atroces 
infamias. ... La Mondia señorita hizo- pe- 
dazos el paipel y le arrojó por el ventanillo. 
Doña Dolores dormitaba; Pablo departía 
con uno die los compañeros de viaje. Ramóu 
charlaba con Elena. , , , 

\,^í, ■ en constante fastidio, pasaron . h<j- 
rás y lloráis.. En Apizaco la multitud agru- 
pada en €fl táindiétJ, 'cl ir y venir d)e los , ven : 
dedóres, nuevos viajeros que allí s^jbierQn 
al v;agÓTi, distrajeron un poqp á, Ma^igarijit^ ; 
pero el tren partió, y tornaroin el cansamcio 
y ^ aiburrimiejito. Al fin def día un^psipléíi- 
di^ crqpúfsiculo vAno á <Jást;raer á Marg^-. 

rita.' . ,,,-.,'■:'. .''. .. -M¡n-:-,i 

,,jEn la región del sur había Ikxyido acto-, 
rrenlres, y las nubes se d'esha<;ían en flecar 
dos cortiniaijes^ cruzados á cada instante pQf! 
el rayo; pero en e'l horizonte occidejitalcl 
celaje presentiaiba deleitoso aspiecto: u^a. 
cqidilUera de unlbes blancas y dorada ^t"! 
proliongab* gigantesca hacia el nort??>¡y l)ar! 
ci* el oe^te ,?e desvanecía, comoj ¡ ep, i det^Vx ■ 
ves O06ter<>s, y al fyi se abríft, pn,fipíírna dt-, 
aan|>U.simiQ(¡piélaigo, un goüfo cerúleo,, sppi-! 



249 

'brado áe islotes de gualda, en torno de los 
cua'les vagabaai cien celajes que á la rtubia 
seÍTorita se le antojaban fantásticas naveci- 
llas que con la vela desiplegiada iban rumbo 
á misteriosas encantadas tierras, impelidas 
por el soplo de una brisa suave y eimbalsa- 
mada.ElSolI iba desicendiendo detrás de las 
aéreas montaiias, y al caer maj estuoso en 
el inmenso desioonocido piélago, regaba 
oro y rubíes en las cimas fantásticas, imun- 
daiba en tintas viol'áceas el oriente, é in- 
cendiaba en purpúreos fuegos aquella in 
comipanaflble gloriía del ocaso. 

El cielo se fué poniendo más y más ro- 
jo, y las nubes se fueron ditsipando como 
imjpelidas por misterioso velo de múrice, 
al través del cual como un granate en fusión 
declinaba deslumbrante el rey del día. 

Obscurecióse la llanura: los fuegos ves- 
pertinos lanzaron sus últimas luces en las 
llanuras y regaron meniu'da pedrería ypoi- 
vo de luz en una laguna negra y desolada. 
Las sombras de la noche no venían de los 
montee, s'iino que parecían Levantarse del 
suelo, ó aparecer repentinamente entre las 
legiones de innúmeros magueyes ó detrás 
dé los altos y ennegrecidos almeares. 

Vino liai noche, fueron encendidas las lám- 
paras del tren, y Ta incansable locomotora 
lució en líis timieblas su penacho de fuego. 

--HMargot, — dijo Elena^ — ven acá! Sién- 
taibe á niti lado. ' 

Parientes Ricos. — 2£ 



,í - 



250 

i ■ ; i 
La obedeció la joven. 

— Dime:— dijo Ja ciiega — aá oído de su 
hermana, abrazándola cariñosamente . - - 
¿ Crees qixe Julan estará en la Estación ? 

— 'Asi lo creo; á menos que anide de fies- 
ta con algún amigo. 

— ¿ Por qué dices eso ? ¿ Sabes algo ? 

— No sé nada. 

— ¿Qué Alfonso no te ha dicho algo de 
eso? I I 

—¿A mí? 

—Sí. 

— Si no le he visto. ! 

— ¡ Ya lo sé ! Pero te ha escrito .... — 

— '¿A mí? 

—Sí. 

— ¿ A .... mí ? 

— ¡Atí! 

— No, Leniai ; qúiien me ^escribió fué Ma- 
ría. ■!•'■ '1 

En aquellos momentos el tren iba lle- 
gando á la gran capital. 

Doña Dolores, al pasar frente á Guadalu 
pe, se santiguó y se puso á rezar. Los via- 
jeros se apresuraban! á recoger bultos, y 
abrigos, y se sacudían diligentes, prepa- 
rándose para dejar el vagón, A través «Je 
los vidrios del cotíhe se percibía la blanca 
clariidad de la luz eléctrica. Se oían gritos 
de garroteros, voces de transeúntes, silbi- 
dos die grtamujas y avisos de tranvías, y el 
tren, al sonar pausado de s)\x campana, en- 
tró en el vasto hangar, y se detuvo, r 



•^Viv^ 



251 

— ¡Hemos iMegaido! — excllaimó la sefk>- 



ra. 



blo. 



-¡ Aquí está mi tío ! — gritó Ramón. 

-¡ Y aquí está Alfonso ! — agregó Pá- 




Jt , 






-*' 






^'^■' 




'Iva 




j : 


* *l 




;;-:&;; _ 


■M 






^í^ 






«>n-5r: i ■ =1 



,ivi ■■ 







"-''.'! ' . ' ' ' ■ * ■ í ) I í ' 'í'. 

'■'''■■ ■■ ■' ■', I -'.'■■ ,- ■ ■ 

r'-\- ' ■■■' <!<; 



■ü" 



XXXIV 



Tocios estaban allí, menos Juamito. 

j Y con qué afecto y qué entUsias'mo re- 
cíbiieroni á sus parientes ! 

Mientrais los lacayos y un criado de con- 
fianza recogían buítos pana llevarlos ad ca- 
rrito de equipajes, la señora y la •señorita 
no se cansaiban dte besar á doña Ddlores, á 
Elena y á MargQit. 

I>on Juan ú\ó el brazo á su cuñada ; Pa- 
bló á doííai Ganmien; Alfonso á Margarita, 
y Ra'moncilfro á Elena, con la cual iba Ma- 
ría. ''■'■ '"'" '" ■:— .-li : ;r>>;'riuT->-«; 

Volvióse <}oña Dolores á sú hijo, y d!Í jóle 
en tono de cariñosa recomendaicióii : 

— ^Ramo^rtcállo: cuóidia de Filomena! 

La humilde criada iba en pos de sus se- 
ñores, pensanld'o ein si la díejarían sola «lítre 
aqiudia 'moiltibud de viajeros y de aitiigos 
qüe^haibían ido á recibir á ésitos^ y en atfurf 
ir y venir dte mozos de cordel que ofrecíati 



^M 






.^^_. ,.,,., -/'/v«^>v:?'^"AVt. ■■■í-y-!^J^-yí^s>-r,'(a^,j^^ íj 



sus servicios con moliesta insistencia, y)%n 
medio die aquella turba die agentes de hotel 
que distnibuían tarjetas y recomendaban 
alojamientos á cuantos pasaban por aq'ue 
Ha puerta de entrada, dbnde fuera imjposi- 
ble aibrirse paso sin el auxilio de los gen- 
darmes. 

— j Pierda vd. ouiidado, mamá ! — resipon- 
dió el mocito. — Filomena ! no te separes de 
nosotros ! 

Un lacayo die ilujos-a librea indiicó á don 
Juan dónde estaban los carruajes. 

— Bn e'l liamd'ó lüremos nosotros ! — 'mur- 
muró don Juan. — Que Elena venga tam 
bien. . . En la berlina nVán los dfemás. La 
criada que se vaya oon Pancho. ¡ El la ílle- 
vará á oalsa! 

Subieron todos á los carruajes, y el laica- 
yo condujo á la pobre Filomena á un coche 
de siittio. 

AJquí espere vdi. — ^le dUjo. — 'Entré vd. 
Y abrió la pMDTttezuela. 
— Pase vd., señorita, pase vd! — se apre- 
suró á diecir el cochero cortesmente, sor- 
prendido de lia núbií belleza dte la muchacha. 
Filomena enitró en él carruaje, muy asus- 
tadla y tetmerosa. 

"¡Aquello «no le gustaba!; No legus-taba ! 
¿Por qué la habían dejado sola? ¿Por, qué 
la abandoniaban así, en un coche de sitio, 
con gientes detsconocidlas, con un mozo á 
quien no halbía visto, y con un auriga ma- 
lévdío, mal vestido y malí oHentCi y 'que ha- 



■^rwwrr 



bía lanzado sobre ella un aliento fétido, co- 
mo de bebedor de puilqiu'e ? ¿ Por qué la de- 
jaban así ? j EWa no merecía eso, que á la 
infeliz miuchachia le causaba una impresión 
como de menosprecio y desamor ! ¡ Y qué 
criadas tan elegantes tenían los parianites 
de sus amos ! ¡ Y qué guaíx>s ! ¡ Qué bien 
que se veían con aquellas lievítas y aquellos 
paintaflones blatneos y aquellos sonubreros 
altos y aquellas boitas die charol ! A juzgar 
por los cocheros, la caisa dle don Jiuan sería 
un palacio ! Mucho le habíian contado á Fi- 
lomena dle los lujos y esplendores de las ca- 
sáis girandes y de los palacios de los millo- 
narios ; pero no se los iiaiaginaba así. !Va- 
ya ! ¡ S3 ni el Gobernador d'ol Estado, cuando 
liba á Pluviosilla, tenía tanto lujo y tanto 
boiato !" 

Filomiena pensaba en todo esto que no le 
agradaba, pero que diespertaba vivamente 
sn curiosidad. ¡ Qué haría ella, humilde y 
pobre siervidora, acostui:ibrada á la vida 
modestia de Pluviosilla, tan conforme con la 
pobreza, entre aquellos criados de tanto 
nimbo? Como los criados serían las cria- 
das. Y si aíqullos vestían así, tan ricamente, 
; "ómo vestirían éstas? ! Linda iba á estar 
'■^'a con su enagua de percal y su rebozo 
barato ! 

Filomena pensaba en todo esto, y consl- 
derialba que lo natural era que sus aimos se 
fuieran con sus parientes en aquéllos co- 
ches tan hermosos .... Sí ; eso era Ib debí- 



k 



*j«í-?-'i.;^':'!-= ■ -y-íé^&^.r^ 



y;.»- 



;-■'. 256 j • 

do. Pero .... que no la hubieran dejado so- 
la. Ellía no era ingrata; se habioi poélado 
bien ; no merecía aquel trato. ¡ Y el hOtti- 
bre! aquel con quien debía ir, que no vé- 
nía! ¿Qué estaría haciendo? ¡Ya se ve, 
allí, eso de sacar equipajes no era cosa fá- 
cil ! Estarían descargando .... ¡ Cómo no 
se fuera á perder algo! 

La muchacha hundía sus miradlas curio- 
sas en la obscuridad del patio de la Esta- 
tión, malí aluimbrada por dos focos dé ar- 
co, y se complacía en ver partir tantos y tati- 
tos coches, unos eliegantes y suntüoéos; 
otros, los más feos y destartalados, que en 
las sombras de aquel patio, que á eMa le pa- 
reció inmenso, piareeíaní cocuyos, y que iban 
desfilando luno á uno, se detenían u^ rrío- 
mento en la gran puerta, donde los gen- 
darmes los ¡jarabaní un iinstante, y luego 
partían rápidamente, y se alejaban y so per- 
dían entre las tinieblas de una gran plaza. 

¿Aquel era Méjico? ¿Aquella era la ^rán 
capital? Pues qué mal iluminada í ¡ Y'aqijél 
hombre que -no venía! El cochero, mtiy Ren- 
tado en el pescante, fumaba y charlaba,' des- 
vergüenzas con un mozo de cordel amigo 
suyo. . . 

Por fin, aiguien dijo detrás del coche:- 
—¿128? ■"■''■ 

— Aquí estoy, jefe! — r espóndilo el coche- 
ro. — Aquí lo están aguardlaaido, ... - '• 
Esto fué dicho en tono tan malioiiosó qúij 



• ^;.4i^i 



'i')n>f'^r9;^j^'?íffm^:i:'r-i , .rr •'^wr 



la muchacha, más que temerosa, sintióle" 
indiginiaidla ! •'•' 

Un hombré vestido <ie negro sé sucéi^d 
ad coche : 

— ¿ Vd. es la iseñonai que va á la csaa dei 
señor Codlaintes ? 

— ^^¡Sí! — reapon-d'ió la muchacha. 

—¡Pues vamonos ! ■:'■'-. 

Y el homibne emtró, se sentó al lado de 
Filomena, se asomó ipor la .portezuela, y gri- 
tó: 

— ¡A da casEü! ¡Ya sabes! 

Fójomiena tem'bló. ¿A idónide la lleva - 
rían? 

El coche echó á anidar. . < 

En lia. puerta dte ila estación le d'etiuivie- 
ron los gendairmes. El cochero dijo el nom 
bre de luma calle, y siguieron adelante, á 
través die la pla^L 

A poco enitraroni en una caMe a¡mplísima. 
Voces dte vendledores, avisos de tranvías, 
gritos de granujas qire fpregxDnaiban p¡ériódí- 
eos, coches que iban y venían. La car.e 
interminable: mudios transeúntes eii lasf 
aceras ; casáis altas en cuyos salofties iJuaniná- 
dós -se veían) cortinajes magníficos ;' tien- 
das res{>landeclentes ; tenduchos misertt- 
bles ;carnicerías iluminadas y lujosas; bo- 
ticas soñolientas, que hacíami alarde npocttrr- 
no de sus aguas de colores ; un templó sóm- 
brío; un jardín tenebroso, bajo cü^Ás ar^ 
boledas se perdían los paseantes ; tmai ave- N 

nida majestuosa; la artería principal, ruido- 

P«riemt«i Ri c **.— 33 ' ' 






sa, esplendía, d-esluimlbraniti^, en UiCU^I,1qs 
carruajes, á cual más hermoso, apenas ipa,-¡ 
^j^í^m^ tiendas 'mí^níficas ; fopdiats aristocráti- 
cas; duilcerias soberbiáis que en si^s. apu- 
radores^ostemtaiban mi'l y m'\,\ popcjigios de 
azúcar de colores ; joyerías en q'uie Ja rjiqu¿- 
za competía con el aparata desiuimbrador, 
y, por fin, una calle silen<;iosa y, trist^, obs- 
cura y desierta. . / 
.; J^ t,anto el. compañero, de Filoííi'ena se 
mostró muy atento y cortés. 

— ¿Ya sabí<avdL á Méjico?— -di jóle. ,. 
¿ — ¡ No ! — respondió la miichac}ia. , { 

,f — ¿Le gusta á vd? ^i,,,; 

-rSi; es muy boíi.ito. . ,« ,. k-í.; 

.,;-7T3¿Vieae vd'. contenta? ,,, .; ,, ' 

T— Yo estoy ccOTteirvta.dpinscJ!?; 'fletan, fpi* 

amos. ■ .■ ■ ,■■■ V- .-)!.,- i.-:'-;. :,'■ 'vi<! 

— ¿ Cuánto tiempo va yd. á e^ar -aquit? 
} — r-No sé,. Venimos para qiiiedlairnos acá. 

— Sí; ya e§itá lista; la casa.. Hace quiiince 
días que heonos estado aieg-lii^fiola, .;. 

'-. r-T^: Ya está dista? :-:,u ••:!;>>.(! • • .;■ 

r i. ;— ;Sí . Eb^ fnioch^, »e ,4iFán ust^dies para lájllá. 
Altó está la cocilnjera. Luego que oen-en los 
Sfefiícwes se irán ustedies. ¿De veras le gus- 

t».-4yd.- Méjico? : > :Utvi;;-.ÍM'.-\; ,i ;,.i 

. -i— Sí. Pierp.;. . , yo.- . . . ij IVÍejor éstaiba en 

.,:vT7?r¿Por- qiié?; ' ,. ■.... .,r. ;.,..,..,; .. , ¡, . 
-•, ¿r-^MCj íTUSta rnás .la tranqfíiíiiáaq del , , . . 
rancha A«i dioen ustedes. , ' '^, i\ ■ 
-77-Sí ; igiqui ¿díben que fuera die Méjico to- 
do es . Cuaudútüán. 



259 ' 

— Pues, la verdad. . . A mí me gusta más 
mi tierra. 

— ¡ Eso va en gustas ! Ya irá vd. miiramido. 

— Sí .... Ya veré. 

— Vea vd. : esa es da Alamedla. ' 

— ¡ Qué grandte ! La de allá es más boni- 
ta ... . 

— ^Esa Iglesia es Corpus Christi. 

— j Qué fea ! 

— AHÍ eis el Puente de San Francásoo. 

— ¿Qué, hay un río? 

—No. 

— Pues entonces por qué le llaman "puen- 
te." 

— j Quién sabe ! 

El cortés acompañante calló. 

Filomena no volvió á a'brir los labios. Al 
fin diijo : 

— ¿ Todavía; osta nejos la casia ? 

— No ; ya llegamos. 

El coche se detuvo : bajó el criado, y ba- 
jó Filomena. Francisco pagó ai cochero, y 
amibos entraron. 

En efl patio estaban los carruajes de la oi- 
sa. Cocheros y lacayos conversaban con el 
portero. 

— Por aquí. . . . — dlíja Francisco á Filo- 
mena, y la condujo ai segundo patio, y la 
hizo subir por la e'scaflera de la servidum- 
bre. 



y 



y^íiA' 




XXXV 



CiicLndo MiegaixMi niuestros viajeros, ya es- 
tdbétlíi en la cajsa el Dr. Femamidiez y su 
amigo don Cosme, á quienes d)on Jiuan ha- 
bía convidado á cenar, ó mejor dicho, á 
"comer," como allí se -diecía. 

Muy grata fué paira todos la presencia 
<iel Canónigo y de su piadoso amigo. Ha- 
blóse de PluviosÜllíu, y se habló también! de 
los caipelüanes de Santa. Marta, de la fiesta 
djd mes de María, de Jas fatigas consdgtíiien- 
tes á un cambio de residencial, y die los in- 
cidentes del vtiaje. 

La señíira y las señoritas se entraron al 
tocador. PaJblo y Ramoncito bajaron á las 
haibitaciottieis de sus prámos para quütarse 
di polvo. , 

— ¿Y-JuaiiP-npregiuntó Rápión, •; 



V/;-:- ' S ~T'''^>'>"' '^Yv> 



262 ^ „..^. "'-^illESi* «:. 



^ — Hace tires . días que no k, vo»^^ 'íjaé 
dié caza xJcwi' unos amigos. Veiidirá nifiiiíi|i|a. 
'^. Edena tenia la €spenain2a óe'^^i3S0\e 
en la Estación. 

— Me encargó, al irse, que le excusara 
con ustedes. Tenía un compromiso muy 
aniterior. Pero mañana le tendremos aquí . . . 

Laváronse los jóvenes, se arreglairon v 
subieron aíl piso principal. 

No tardaron en volver las señoras. 

— Pues, como te decía yo, — decía doña 
Carmen,- —todo está arreglado. Nos d5ii- 
mos : eso es lo mejor ! Que lleguen y se en- 
cuentren casi arreglada la casa. Allá esta- 
rán más contentas, y, desde luego podirán 
ir steucandio sus cosas. De mamer? qui^ <Jes- 
puós de cenar se irán ustedes, y todo lo ha- 
llarán listo y en orden. ¿En orden? ¡quién 
sabe! Pero, en fin, tú arreglaras allá todo 
coímC> te agrade. Pancho se ha encargado 
de eso. Es muy listo, y muy cuidiadoso. ¿Es- 
tás tíansada? Me lo supongo, hija. Pronto 
descansarás. Mañana los esperamos á al- 
morzar. Ya sabes : á la una. Mandaré un 
coche. Muy temprano tenidréis aillá los equi - 
pajes. Y . . . . no te hemos dado una mala 
notScáa. ... 

— ¿MaJa noticiiai? — ^exclamó la señora. 

— Sí ; por un mensaje que recibimos an- 
teaiyer, sabemos que Eugenia está muv 
grao^. No esltaba de lo mejor cuando veni- 
mos. Al Uegar aquí nos encontramos car- 
ta suya. En ella me decía que iba á tomar 



203 

agiuia-s á Vichy, y que iba mejor. Pero una 
aimtjgia míaj y anuiga suya, me escribió, di- 
cróndoime' que los médiicos habían perdido 
toda es.ptera:nza. 

,, ^-^¿Y qué tien-e? * • '\ ■ ^^ 

■ ' — Los sesenta cercanos. Ya recordarás 
cjftte ¡no era un riiodielo de buena salud. 

■Pare Aiigiusto va á ser esto un pesar 
atroz. ¡La adora, hija, la adora! Y c-cxmo 
no-'hajh tenido familia, d amor es doble. El 
taimpooo aimdla de io mejor. La vida die Pa- 
rís, que toda se varen ftestas y comiidéte; y 
las agitaciones de lá política, acaban á las 
gientes. Desde la caída didl Emperador, Au- 
gusto S'e retiró ie la política, pero de po 
eos años á esta parte, por razones bonaf- 
-pa-rtdstas, volvió á la lucha. No lo dudes, 
si Eugeniia se mu ere, tras él sé irá sití ' ma- 
ridó ! " ' 

-i-^Miicboseiitiremos á Eugienáia. ¡ Ha si- 
do tain buiena con nosotros ! No escribía fre- 
cuentemenite, pero, eso sí cada aíío, allá por 
Nocdie Buena, ajhí estaban su carta y su re- 
galo. Ya tú saibes: que Ramón laíquería mu- 
cho* - - ^ 
l^^i Y ella á Raimón ! • i' ;í 

-í— Sí ; si mi marido en Dios creía y en Eu- 
genia adorabái. Por eso ile pudo taimto la bo- 
da. Pfero. . i ¡4 qué hablar de eso! 

■Mientras- tainto don Juiaim,. don Cosme 'y 
el Canónigo departían gratamente, en nn 
extremo dte la antesala. > . 

f ! -t-Ti Ca-rmeni ! — ex^aimó el . dapóteüislttEL — 



rTjprív!|pir«MN-?'»5og5PaT?ÍT?5!.. '^íffsWT^ 



264 

¿ Sabes 'lo que ■áíoe «1 Doctor ? Que esta se- 
niaina llegará Moiniseñor .... Parece que va 
á celebrarse un conciilio, y con tatl motivo, 
y para los preparativos, tiene que ve- 
nir, y que le tendremos por acá Unas 
C;UíWita'S semanas. Lola, ¿oonidces á Mon- 
señor Fuentes? ¿No? Pues ya le cxmo- 
oerás, y iLe traftarás .... Un poquito ctnto- 
ns^Kio. . . , ¡ Qué quieres ! La educación eu- 
ropea . . . Pero muy ama'bile . . . . ¡ Exceflente 
. persona ! A mí. me parece un obispo fran- 
cés, así como Dupanlouip ó Freptpel. ^Gran 
orador! Yo le oí en París, en San Suipkio, 
,en el triduo die ia colonia mexiíicana: ¿No 
cree vd.. Doctor, que es un orador elocuen- 
tísiimo Monseñor Fuentes? 
. . — 'A decir verdad, y á ser yo fraco, nó! 
¡ Cuánto más 'bella no es la antigua cílocuen- 
cia española, y aun ía mejicana, aquellia de 
hombres como Valentín, Pinzón, y Martí- 
nez. Como Munguía, ni se diga. La orato- 
ria d!e Monseñor Fuentes me parece un po- 
co mundlana. ... Un compañero me dice 
que es adgo teatraJ, y que Monseñor cuan- 
do predica, aquí por lo menos, más quiere 
ganar apilausos que almas para el Cielo. 
¿ No piensa vd. como yo, aniigo don Cos- 
me? Mucho de ostentactíón de la propia su- 
ficieracia, mucho saber, nadSe lo niega, pero 
poca unción .... ¡ Vaimos, vamos, que no 
mueve á piedlaíd ! ¿ No es verdad, seík>r don 
Cosme ? 
:.E1 vejete no suipo quié contestar, ó no qu i- 



T^rQiCTTí^¡'^t;y5'P.: . ^(7. .>-;'.'^ ■^--¡-:^--^7iT^^-»v^>r. 



> 



1 



265 

SO respondier, revolvió en el asiento su cuer- 
po amojamado, movió la cabeza, y no d/ijo 
nada. 

Siguieron habilando del piroyedtiado coíici- 
lio, en el cual serían resudltas mili cuestio- 
nes de grave impor.taincia para ia Igle- 
sia Mejicana. 

Cerca idél piano la gente joven charla- 
ba á siu' sabor. Eleniai se lamentaba de que 
Juan anduviera de caza; María bromeaba 
con Palblo y oon Ramóni, y Marg'arita, y Al- 
fonso buscaban entre mtill y mil papeles una 
pieza d^e Thomé. 

— Margot, — dlijo don Juan, acercándose 
á su sobrina, — vas á encontrar tu piano muy 
afinadt). . . . Hoy quedó listo. Dicen del Re- 
pertorio que aquí, /por el clima, mejorará 
mucho. Ya vendrás, algunas 'noches y "ha- 
remos"' música. A ver sfi (tú animáis á María 
y á Alfonso. Con Juan, que antes mo tocaba 
man el violín, nadíle puede contar. . . ¡Los 
amiilgois y siempre los amigos ! Ese mucha- 
cho es lun (tronera. Esta (¿ no la oíste en Plu- 
viosSlila?) no io hace mal. 

— Como que ha recibido lecciones de 
Marmotntel — interrumpió doña Car- 
men. 

— Pero es perdida cosa. Se pasan mieses 
y meses sáln poner las manos en éü piano. 
Anímaíla, mujer! Trajo de París un buien 
número 'de piezas. Ya veremos cómo se por- 
tan ustedes. Sábete que me place oír mú- 

parientes Ricos.— 3^ 



266 



siaía. <lespiiés de la comiidia. Ahora no, hija 
miai. Camprendo vuestro cansancio. Aliora 
á comier, y Juego á casita. No han de llegar 
á Taicuibayia después de media inoche ! 

Un criíadio aiparecáó en la puerta de la lan- 
tosaña, y dijo len francés. '- 

— Los señores están servidos. * 
— ¡ Sainlta poilaibra ! — excliamó d Doctor 
Fernández, levantándose. 










.■■ wf ■ 



'i ■ . '•' (' 




•TI "1i 



«. • 



XXXVI 



Después d« la comida, que fué muv agra- 
dable, doña Dolores dio la voz de partida : 

—Hijos míos : — díjoles — ^pensad en que 
tenemos que irnos á Tacubaya ; que son va 
las diez dte la noche: vamos, que ya chafa- 
reis nwñana ú otro dia.... Vamonos, que yo, 
lo mismo quie toidos, estoy muy necesitada 
de descanso, y yo, ya lo sabeie, conforme á 
.a víiieja cosbulmbre, haré lo que vi hacer á 
mis paldres deside que era yo nifía. Mañana... 
¡á la Villa de Guadalupe! ¡A visitar ti la 
Santísima Virgen 1 

— No.«!Otras aún no hemos ido! — inte- 
rrumpió María. 

— -í No hemos podido ! — exclamo doña ¿^ 

Carmen. — ¡ Buen quehacer iiec^os 'enido 
para instalarnos ! Y eso que al llegar noso- 
'ros la casa estaba lista. Ya ir'.mos el mejor 
ófa; Si tú quieres, Lola, deja esa visita para 
la próxima semana., . , é írem'^'S junUs! 



';.^^:U 



-^■- - ■ ' ' ■ j 

268 . . ^ 

Y^ " 

.-' — ¡ No, mujer ! Iré contigo cuando quie- 
ras, ya sabes que estoy á tus órdenes j pero 
yp no falto á la usanza de mis padres ^. . . -. 

— Mira, Lola : — dijo don Juan — para iros 
á Tacu'baya tendréis que esperar aún .... 
El Doctor quiere irse. ... y con él se irá 
el aimiígo don Cosme. Van á dejarlos (vi-ven 
cerca : uno en Donceles y ovro en el Factor) 
van á dejarlos en el lando, y luego éste y 
la berlina quedarán á la disposición de us- 
tedes. 

Y volviéndose á un criado que en aque- 
llos momentos retiraba de la mesa una fuen 
te de mermelada, díjole : 

— j El café en la antesala ! Avisa á Fran- 
cisco que esté listo para ir ¿on la familia. 

El criado se iniclinó respetuosaimeilte, 
y salió. 

Alfonso, Elena y Margarita, esitaban en 
la sala. Al abrir don Cosme la puerta del 
comedor, oyóse el vals de. Fausto, tocado 
briosa y magistralmente. 

— ¿Quién toca? — preguntó don Juan.^ — 
¿Alfonso? 

— N o ; es M argot — respondió doña Dolo- 
res.- 

— Pues, i ea! vamos á oírla. . . . ' 
r . Y don Cosme y el Canónigo se despidie- 
ron en el vestíbulo, donde urí lacayo muy 
estirado y correcto, les presentó los som- 
breros y las capas. 

— ( Muchach3!«i í — gritó doña Carmen.-^ 
j Alfonso! Y^ se van los señore?, i- ■ /' 



J 



■ T3«iít.''»i^7^- ' -■ ■*'"** 'i"'- #;'~'*:."*í ■ 



260 



Ceso la música, y los jóvenes aparecieron 
en^l fondo de la g-alería. Elena venía traída 
del brazo por su primo. 

— i Quedad con Dios ! — exclamó el Doc- 
tor, despidiéndose. 

. — Lolita : — dijo don Cosme en tono apa- 
cible—hoy «itró el circular en Santa Ana. 
Se lo aviso, para que si desea vd. visitar 
mañana al Santísimo, al ir ó al venir de la 
Villa Yo tenigo esa devoción Don- 
de está el jubileo allá estoy yo'. 

: — GraciaSj, don Cosme ! — contestó la se- 
ñora. 

Y los dos amiígfos se fueron. Despidióles 
don Juan desde la puierta del vestíbulo, 
mientras los tres jóvenes volvían al piano. 
La elegante música de Gounod volvió á 
llenar el recinto con las alegres notas de 
gallardo vals. 

María sirvió café y licores, en tanto que 
las dos señoras conversaban en el fondo de 
la antesala, al pie de un soberbio cuadro, 
de un hermoso retrjüto del capitalista, obra 
de Bonait. 

—Ya me dirás, — decía doña Carmen — ya 
me dirás si la casa es de tu agrado. Me pa- 
rece bonita. Fuimos á verla hace pocos días. 
Voívíamoe de ver á una amig^a, á quien co- 
nocimos en* París, cuando la Exposición, 
y Juiati me dfi^; **¿Quieipes v^ la casai que 
están apregiando par;i Lx>la?'' Y fuimos. 
Me parece bonita, aunque no es grande. 
Ya sabes, hija, que eso no abunda por aquit 



y':r.^yf^^^^'^'yis':f'^.h^7^¡i^s^'jf^ir'- 



^jo 



Don Juan, arrellanado en una poltrona, 
charlaba con Pablo, y saiboreáBa un*t.taza de 
café. María hablaba con Elena; Margarita 
tocaba, y Alfonso, cerca de ésta, escuchaba 
recostado en el piano, y removía el azúcar 
de su taza con cierto aire de natural el^ah- 
cJa^que no pasó inad^vertido para su blonda 
prima, Jamoncillo hojeaba un álbum de 
Italia. ' 

— ¡ Cómo lamento, — seguía diciendo d6ña 
Carmen — no poder acornpañarte mañana! 
i Tengo ansia de ver. á la Viré-en ! Ya sabes 
que para una mejicana, no hay imagen co- 
mo esa ! Pero si tú supieras .... (¡Lo que, es 
la costumbre !) en París me iba yo volvien- 
do gabacha, como me decía Eugenia, (que 
no ha perdido su buen humor) y mi devo- 
ción por Nuestra Señora de las Victorias iba 
siendo más grande cada día. ... " ." ' 

— Si tú supieras .... — interrumpió doña 
Dolores — que eso que me has dicho de la 
enfermedad de Eug«nia me tiene inquieta. 
■Me temo un desenlace fatal .... ' 

— Hiia: lo mismo telmb yo í Pero. • . .¡no 
hay mal que por bien no venga ! . . . . 

— ¿Por qué dices eso? 
' — Eugenia está rica, y es m'iv ^¿n-^-^ 

sá Nó tiene hijos. . . . SurviMe eStá rico 

tátnlbién, y, puedles estar segura de ello, en 
sw tesfametito no se habr^ olvidado ra de tí 

ni de tus hijos En Trotl-íífle me lo ái- 

jd arta vez ... ¡ Vas á heT€áát;TMlÍLt JJ^ -; 
" — ^l'Ay, Carmenl— promrtnpló la <ftukú. 



uí?* 



* • Wf^/fW^^^-liP"^ : 



— Ya me conoces; ya sabes cómo soy. . . « 
¡ Quiera Dios que Eugenia recobre su sa- 
lud! Mañana se lo pediré á la Virgen. 

— No te hagas ilusiones : por un lado la 
enfermedad esa, antigua y de suyo incura- 
ble; por el otro los calendarios, los "galva- 
nes," como decís vosotros aquí. 

María, diesde el 'Vis á vis" donde conver- 
saba con Elena, dijo en alta voz: 

— Tía, por fin, ¿le sirvo á vd. café? 

— No, Maruja, — respondióle doña Dolo- 
res — no tomo café, me causa insomnio! 

El criado deil vestíbulo, se llegó á la puer- 
ta, y avisó que el coche había vuelto ya. ' 

Doña Dolores se apresuró á decir: 

— i Que baje Filomena 5 Criaturas : vamo- 
nos ! 




^T'P 'i -.'-^SHff'WHf ., ' ' . 



1 



.1 



"■"i^í?. ítT^v j'ís.^vJt;/:^- 




•1'! 



XXXVII 



En la berlina iban Elena, Ramón y Mar- 
garita; en el lando doña Dolores, Pablo y 
Filomena. 

AI pasar frente al Hotel de Iturbide, la 
, buena señora preguntó á .sxt criada. 
• — ¿Cenaste? 

Filomena no contestó. 

— Cómo ¿pues qué no te di«rón de ce- 
nar? 

-^i No, señora! ' 

.-—I Pobre de -tí, criatura! 

— Pero, mujer, — prorrumpió Pabíoí-— por 
qué no hiciste una insin'uacióií ? 
'—Pero.... ¿cómo? ñ 

-T— Tienes razón, criatara ; i>ero ten pacieii- 
cia. . . . no tardaremos en llegar. AHá-nd 
faítará a%o -que puedas tomar., i : ►; 

Parientes Ricos. — 35 



r- 



.L<^^:'. 



IMfe. 



274 

. —y la verdad es — dijo dulcemente la sen 
cilla- muchacha — que tengo mij> buen ape- 
tito, más qu€ apetite. ... 
—Si, hambre! ¡Ya lo comprendo! 
— Y me está doliendo la cabeza. . . Figú- 
rese vd. que en Esperanza apenas pude to- 
mar unos cuantos bocados. Los mozos ser- 
vían mal ; no atendían bien á nadie. . . Era 
preciso llamarlos á cada momento, y cas.* 
casi arrebatar los platos á los otros pasa- 
jeros ... 

— ¿Y por qué no hiciste tú lo mismo? 

— Me daba pena 

— ¡ Pobre de tí, muchacha ! — exclamó la 
señora en torno compasivo. ¿Te va gustan- 
do Méjico? 

— ¡ Liai verdad, señora, nó ! me da miedo, 
no sé por qué, esta ciudad tan grainác. He 
pasado unos sustos. 
— ¿ Sustos ? ¿ Dónde, mujer ? 
— En el coche, en la Ejstación. Cuando 
ustedes se fueron, á mí me metieron en un 
codie de sitio, en un "simón" como dice 
Ramoncito, y allí me estuve y me estuve; 
y allí me tuvieron hasta que sacaron los 
equi'paj'es y los pusieron «n um; carro. Y. 
mientras, yo sola en aquel cocihe, y en lugar 
obscuro, y sola con el cochero, que á mi 
ver estaba borracho. . . . ¡ Cómo olía á ptil-' 
que ! ¡ Por fin quiso Dios que nos fuéramos ! 
Y ahí voy yo cOíi el mozo ese, que ee portó 
bifen, yo no tengo de qué quejarme, y que 
me fué platicando, y preguntán<fonie si mf 



. 



í;:jV.''T ■'**;-*«' tu. ■-^' ^' "r^'■3-^T.^.^"^'^^■*;ív'^^ 



275 



gustaba esto, y que me iba diciendo los 
nombres de las calles por donde íbamos pa- 
sando .... 

— ¿ Y qué te parece la servidumbre de la 
casa? 

— ¡ Cuánto lujo, señora ! Esos criados 
que sirvieron la mesa parecen unos seño- 
res ¡ Qué bien vestidos ! ¡ Vaya con los 

franceses ! Y qué, así, con guantes, hacen el 
servicio ? ¿ Así ? 

— i Así, Filomena ! 

— Eso no lo sabía yo. 

— ¡ Pues así ! 

— j Y qué tonos que se dan, si vd. viera ! 
Yo estuve platicando con una señora, que 
parece que cs ama de llaves; pero yo no 
perdía (irada, y á todo estaba a'tenliai. Los 
franceses, en su media lengua pedían como 
amos, y regañaban por todo. El conii-ro, 
poruue es cocinero y no cocinera, d un 
fraimcés, ^mtiy die gorra blanca, con .más hu- 
mos que un sultán ; estaba charla que charla 
cori el señor ese, con el mozo con quien 
yo \rne de la Estación, y charla que te char- 
la V bebe que bebe sus copas, y los cn'-í.dos 
á^i comedor trayendo al trote á la"? galo- 
pinas, i Es mucho lujo! ¡Cuántos pobres 
qtiisieran lo que se malgasta en esa z^^3.\ 
?vTe da risa, señora, recordarlo: pa-isban de- 
lante de nú los platones colmaditos ; f> c lle- 
gaba el olor de la comida; delante d« mí, 
uno de los franceses trinchó el pavo, y á ni 
me llegaba d olorcillo, y yo ¡muer- 



',^WW' 



276 ,j 

ta de hambre ! ¡ Porque, la verdad, acñorz, 
no lo digo por molestar á vd., pero ello es 
que tengo el estómago en un hilo ! 

Pablo reía de las aventuras y desgra.-ias 
do la excelente Filomena. Doña Dolores la- 
mentaba lo acaecido y se condolía de ello. 

Filomena seguía charlando muy anima- 
da, contenta de verse al lado de perdonas 
conocidas. 

— ¡Y qué comedor, señora! Yo, en un 
momento en que me dejó sola' la ama de 
llaves, me asomé por un ladito de un biom- 
bo que había y vi el comedor Y díga- 
me vd., señora, ¿ estaba buena la comida ? 

— ¡ Muy buena, hija ! 

— ¡ Qué cierto es aquello, — exclamó Pi- 
blO', de que quien tiene hambre de pan pla- 
tica ! 

Filomena se echó á reír, y prosiguió: 

— A mí se me antojaron los helados .... 
La fuente estuvo un rato cerca de mí. ¡ Qu? 
bi'ena cara tenía aquello! ¡Y ya sabe vd. 
Que no soy golosa ! 

— Pero, en suma, mujer, — dijo doña Do- 
Icrc>-, en tono afable, — ¿te gustan ó no le 
gustan todos esos lujos? 

— ¡ No. señora ! Prefiero mi cocina de Plu- 
viofeiria, y nirestras pobrezas de a^lá á t'^d*^ 
eso. . . . Aquí vi^ne bien decir lo que p«''=' 
d'ró una vez el P. Anticelli : "que no s:; wc- 
císita tanto para vivir!" Ve vd. : si bregar 
<:on una criada cualquiera es atroz, qué será' 
con esa legión de criados entonados, v c^i 






277 



el cocinero, y. con las galopinas, y, coa los 
cocheros, y con la ama de llaves. 

Pablo y su mamá reían de buena ^ana. 

— Y ai vd. supiera lo que estaban dicien- 
do ,. . 



■¿ Quiénes ? 



— lEl criatío que venía conmiígo, el mismo 
que va en el pescante del otro coche. . . 

— ¿ Qué decían ? 

— Mañana se lo diré á vd. 

— Dilo ahora, Filomena. 

— No . . . . ¿ Para qué ? 

— ¡ Para que lo sepamos ! — dijo Pablo con 
acento entre imperioso y jovial. 

--¡Yo se lo diré á la señora! , 

— ¡ Dílo ahora, Filomena ! 

— A mí no me agradó lo que oí. 

— Pues oigamos qué oíste! 

— El cocinero, que es francés, pero hibla . 
bieni en casteiHano, estaba platicand'p con el 
otro, con el que me llevó á mí en el "si 
"non," y mientras echaban el trago, el que , 
vino conmigo le contalba aJ cocinero quiénes 
eran ustedes, cuántos eran y el parentesco 
que había ; que una de las niñas era ciega ; 
qife todos eran pobres, aunque habían sido 
ricos, y que 

— Di, criatura, di ! 

— ^Q.ue 'd señor don Juan, un día, cuan- . 
■do fué á ver con la señora y con la señorita ,' 
María, cómo había quedado la casa donde 
vamos á vivir, había dicho: . / 



■«./ - ■• ?9*'' 



27S 

—¡Acaba, mujer! — dijo urgentértieilte 
doña Dolores 

^"¡ Vaya ! Ya está lista la casa Fal- 
ta una sola cosa. . . . Saber cómo pagaráü 
esQis gentes totí'o eso 

— ¿Eso oíste? 

— j Sí, señora ! 

— ¡ Cosas de criados ! — exclamó Pablo. 

— Oigamos — ^murmuró gravemente la da- 
ma: 

— Y quie doña Carmen contestó: "Me 
conformo con que lo sepan agradiecer y esti- 
mar." 

— ¿ Y sólo eso oíste ? — -dijo Pablo con pre- 
surosa curiosidad. 

— Nada más eso, porque en ese momen- 
to llegó la ama de llaves .... 

— ¡ Bueno ! — exclamó la señora, y se aso- 
mó por el ventanillo del coche. 

En el fondo, sobre la negra espesura del 
bosque, y como una floración luminosa, 
aparecía el alcázar de Chapultepec, alum- 
brado por sus cien focos. 

— Mira : — dijo la señora á Filomena — ^ese 
es el Palacio de Chapultepec! 

La muchacha se volvió á ver hacia el bos- 
que, pero distraída no miró nada, yguar- 
dó silencio. Paiblo hizo notar á su mamá 
que había luces en las habitaciones, lo cual 
indicaba que á la sazón resiclia allí el Pre- 
sidente de la Repúblicai. 

— Aquí — respondió la señora — aquí vino 
Surville con tu tía Eugenia para presentar- 



# 



'?:■-•'•: -f-.,!^í^í|f^^;: 



279 

la al Emperador y á la Emperatriz . . . ¡ Po- 
bre Eugenia! ¡Qué noble corazón! 

La berlina iba delante, á lo largo de una 
calzada protegida por dos espesas líneas 
de altos chopos, calzada obscura, mal alum- 
brada de trecho en trecho por dos ó tres fo- 
cos de arco, de luz rojiza é intermitente. 

Margarita decía que aquella calzada le 
parecía peligrosa en las altas horas de la 
noche ; Ramón replicó, diciendo que por 
aquella región no había gente mala. Elenu 
sintió frío, se quejó de ello, y agregó : 

— No hablen de eso. Yo no veo com j 
está el camino, pero me causa miedo. 

— ¡ No hay nada que temer, Elenita ! — 
contestó el muchacho cariñosamente. Den- 
tro de unos cuantos minutos habremos lle- 
gado á la casa .... ¡Ya estamos en Tacú - 
baya ! 

Á poco se detenía el carruaje en una casi- 
ta de buena apariencia. Llamó á la puerta 
Francisco, abrió una criada, y todos entra- 
ron. 
El criado despidió á los cocheros, dicién- 

doles : 

— Vayanse: volveré en el tranvía. 

¡ Qué' profunda impresión de tristeza cau- 
só á doña Dolores y á Margarita aquella 
casa chica, entxesolada, y al parecer lóbre- 
ga. La sala estaba iluminada. Las habita 
clones eran alegres y elegantes. 



fc- 






i. '■ 



t.t.A^ 



.,1), ■ t- 



i.lí 
I , • i •■ 



í . . l.! I 



'.í 



I > 



- . . -.1 






/ 



- >'-- 




XXXVIII 



: i 



A la' mañana siguiente muy temprano, 
ya doña Dolores estaba lista, y acompaña 
da de Ramoncillo se disponía á partir, como 
se lo tenía pensado, para ir á visitar á la 
Virgen de Guadalupe. 

— Llévese usted á Filomena. . . . — díjole 
Margot, en tono suplicante. — La, pobreci- 
11a no tiene más ilusión que esa ! 

--Hija mía, — respondió la dama, — yo 
quisiera que todos fuéramos ; pero en visti 
de que eso no es posible, porque Lena ama- 
neció con. jaqueca, y Pablo tiene que ir á 
ver á Juan, quien, según le dijo anoche, le j 
aeruardará hasta las diez, me iré con Filo- . 
mena y con Ramón. Este, (ya lo sabes) es- 
tá dispuesto á todo, en tratándose de pa- ' 
sear y en cuanto á Filomena, me pa^ 

Parientes Ricos. — 36 



:T. 



kL. 



,-r 1: ,;-.t 



* ;:.',-T--Ti y-*?»"!^'!-:^" í. sf'wrT' «T '^ 



282 



rece justo llevarla. A ia pobrecilla le fu-^ 

muy mal anoolfe Padece Carmen un^ts 

distracciones inexplicables ! Procura que tn 
hermano no duerma hasta las once. . . . Mi- 
ra que á las diez le esperará tu tío. Me ima- 
gino que se trata del empleo. ... Sí; que 
cuanto antes quede arreglado eso. Traerái. 
los equipajes.... Toma las llaves (no las 
vayain á perder), abres, y sacas la ropa. No 
será raro que Maruja mande por ustedes. 
Si Elena sigue mal, y no quiere ir, tú tam- 
poco irás. Yo, al volver de la Villa, pasa- 
ré á casa de Juan. Ordena á la criada lo 
que debe hacer. . . . Me parece que esa mu 
jer no sirve para el caso. Tú no tienes idea 
de lo que son aquí los criados. ¡ Si en Plu- 
viosilla anda la cosa mala en este punto, 
¿qué será por aquí ? ¡ Filomena !. . . .¡Va- 
monos que viene el tranvía! 

Y doña Dolores se fué á su piadosa vi- 
sita. 

¡ Buena era ella para no seguir la anti- 
gua y tradicional costumbre de, ir á visitar 
al día siguiente de la llegada á Méjico, á 
la Santísima Virgen ! ¡ Tenía tanto que pe- 
dirle ! El P. Anticelli le había dicho : "Do- 
lores : no dejes de ir, luego que (llegues, al 
siguiente día ; no dejes de ir á visitar á la 
Indita!" 

Mientras, Margot despertó á su herma- 
no, y se puso á arreglar la casa. 

¡ Qué mal colocado estaba todo ! ¡ Como 



á 



■'^r;-V-^iC;- 



por manos de hombre! Desde la víspera 
habían visto que muchos muebles estaban 

estropeados Pero, ¿quién á esas horas, 

á la media noche, había de ponerse á exa- 
minar mueible por mueble? 

Margot revisó todo. Uno de los apara- 
dores estaba roto, y la mesa del comedor 
no andaba muy sana. En una caja, allá en 
las piezas del segundo patio, había un mon- 
tón de tiestos. Por fortuna, la vajilla esta- 
ba completa, y el cristal lo mismo. 

El ajuar de la sala estaba empacado to- 
davía. Uno, muy elegante y vistoso, había 
sido colocado en substitución del otro, y 
todas las habitaciones estaban alfombradas. 
En un ángulo del saloncito, el piano, muy 
fresco y flaimante, esperaíba á sus dueños. 
Margarita no pudo resistir á la tentación ; 
abrióle, recorrió el teclado, y tocó un tro- 
zo de Chopin. 

Elena, traída por la criada, vino á inte- 
rrumpiría. 

— i Por Dios, Margot! — exclamó al en- 
trar. — Me dejaste en la alcoba. . . . «n una 
pieza que me es desconocida . . . Acaba . . . 
sigue tocando .... y después me llevarás 
por toda la casa; necesito orientarme en 
ella ; necesito conocerla ! 

La ceguezuela se sentó cerca del piano, 
en una duquesita. y Margarita siguió to 
cando. Al concluir ésta, Elena le dijo: 

— ¿Crees tú que Juam veng^ á vemos 
hoy? ; ■? : 



.M, '•-;,?■- 



— ;¡ Quién sabe! Entiendo, por lo que 
nos dijo Maria, que llegará esta noche. SI 
es así, acaso. . . . acaso le tendremos por 
acá mañana en la tarde. ... 

— i No esperaba yo eso del caballerito ! 

— Hija: ten en cuenta la manera de v'- 
vir de ese muchacho .... No está en su 
capa más que para dormir Tiene mu- 
chos amigos.... Siempre anda de coovi- 

LCo • • • • 

— Dime: ¿es bonita esta casa? .:. 1 

— No es fea; pero sí muy chica. Traba- 
jo se nos espera para arreglarla ! Ven ; voy 
á llevarte por todas partes. 

Y tomó del brazo á la joven, y después 
de darle idea de la sala, y de la coflocación 
de los muebles, la llevó á los bakones y á 
cada una de las puertas. 

Elena iba contando los pasos que había 
de un sitio á otro. i 

— i Espera ! — ^dijole. — Déjame sola. . . 
Voy á ver si sé ir á donde yo quiero. Voy 
al sofá. . . . ¡ Aquí está ! Uno, dos, tres. . . . 
cuatro sillones .... Por aquí está la puer- 
ta principal, la que da al corredor. Ahora 
iremos allá ! . . . . Voy á los balcones . . . . 
Este es el primero, es decir, el más inme- 
diato al estrado. ¿ Qué hay enfrente ? 

— La tapia de un jardín^ ! ' 

— ; Ks ancha la calle ? r 

—Sí. ^ ■ ^ ,.: ;•: 

— ^¿Pasa por aquí el tranvía? - 



f! 



t 



- 285 

;,., --Sí,. . . ¡Cuidadlo, Elena, que vas átio 
peziair con una mesa ! 

Ya había tropezado con una mesitá lle- 
na de chucherías. 

. ^ :^-A ]a derecha, Lena! Pasa entre la nie- 
sita y la consola En ésta hay un espe- 
jo y unos candelabros, 

— Llegué ya al otro balcón ¿ 'Ests 

qué es? 

— Una colgadura 

— ^¿Está elegante la sala? 

— ¡Así, así! 

Elena llegó hasta la puerta del gabine- 
te. Allí la tomó Margot para llevarla por 
toda la casa. 

Al volver á la sala, decía la ciega: 

— ^Dentro de pocos días andaré aquí co- 
mo en nuestra casa de Ruviosilla! 

— ¿Te sigue la jaqueca? 

— No; ya estoy bien. Sí. . . . más que la 
jaqueca, lo que tengo es disgusto ! . 

— ¿ Disgusto de qué, Lenita mía ? 

— Me ha contrariado el que Juan. , . . 

— 'Déjate de Juam, criatura! Si por cual- 
quiera cosa vas á estar contrariada .... 
¡nos hemos lucido! 

En aquellos momentos llamaron á la 
puerta. Eran los criados que traían los ^ui- 
pajes. Pablo acudió á recibirlos. Contó los 
bultos. ..;..< 

— i Falta uno ! — 

-=-JSí, señor ! — respondió Francisca. — 
Vendrá después. No quisimos cargar más 






¿86 

el carrito. Me encargaron los señores que 
dijera á la señora, que á las diez vendrá el 
coche por las niñas. 

Pablo dio aviso á su hermana. ' 

— Que allá iremos, Francisco, aunque 
sea tarde, porque necesitamos abrir los 
■equilpa jos ! 

Pablo se vistió, se desayunó, y se fué. 

Margarita abrió los baúles, y sacó rov)a 
para ella y para Elena; dio órdenes á los 
criados, y se dispoiso á vesiCirse y á vestir 
á la ceguezuela. 

— ^No sé, — ^decía ésta, mientras su her- 
mana la peinaba, — no sé en qué parte po- 
drás colocar á Concha Mijares . . ; . 

— No ha de venir. . . . ¡ Pierde el cuida- 
do! 

— ¿ Que no ha de venir ? ¡ Ya lo verás ! 
El aiez ó doce de septiembre la tendremos 
aquí. 

— No lo creo. Anda muy entretenida con 
Arturo Sánchez. Los monólogos la traen 
perdida, y Arturo la tiene mareada con tan- 
tos versos. Anoche, en la casa de los pr • 
mos, en un periódico que estaba en una 
de las mesas de la antesala, leí los versos 
aquellos que oímos aqiíella noche. ... El 
modesto .... poeta busca fama en los dia- 
rios metropolitanos. No le bastan los aplau- 
sos de don Juan Jurado. 
— Oye, Margot. Te voy á preguntar una 

cosa Pero. ... ¿me dirás la verdad? 

— ^¿Por qué no? 



>f'J •>•!?« *?»Tt'í"' ••'>"'?■" ^r»*'':"™ 



287 



— ¿De veras? 

— Sí ; y . . . . ¡ empiece el interrogatorio ! 

— Si Alfonso te hace una declaración for- 
mal, (como que tiene que hacértela) ¿qué 
le vas á responder? 

— Hija mía'. . . . ¡ qué cosas se te ocurr^nj 

— Mira que me ofreciste decir la verdad ! 

— Pues si á preguntas vamos, yo, . . . te 
haré otra ! 

— No; contesta tú primero. 

— No ; yo pregunto ahora .... Si Juan 
te declara su. . . . atrevido pensamiento. . . 
¿qué cDmtestarás? 

— ¿Qué le dirás tú á Alfonso? 

— Respóndeme tú. 

—No; tú! 

— ¿Yo? Ni que sí ni que nó. 

— Pues .... yo ... . ¡ responderé lo mis- 
mo! 

Margarita concluyó de peinar á su her- 
mana. 

— ¡ Qué linda es ! — pensó. — ¡ Pobre niña ! 
¡ No comprende su desgracia ! 



.■;:dtei... 



• .. T \:. 



f< 



: ' ' I . • > 1 ' 



f^'-'í* 







XXXIX. 



. i; i: ■ 



,í. 



Cuando la señora regresó de la Villa,. 
se encontró á sus hijas en casa ue don Juan, 
donde^á^ solicitud de su prima, debian pa- 
sar el Ndíá, 

— Bien, hijas, — díjoles d'^ña Dolores — 
quedios, que, 5jp me voy ! La casa reclama 
mi presencia, y no bien llegados, ya me 
a'nd9(.yQ suÍ?icndo y bajando. 

En ■ vano quisieron detenerla ; en vano 
le rogó María que los acompañara á co- 

— jQtro día) sobrina, otro día ír— resporí- 
dióle la^dama.-^Mi casa me espera. Pablo 
les h^ compañía;, y Ramón vendrá esta, 
tarde. P9F su« hermanas. 

— ¿No quiere vd. que Ramón se quede 
también? 



\f.- 



vy.- 



hi-'- 



' 'i. 
^■>\ 

.i-I! 

•ii'i 

. .1 

[.■.<f- 



r 



Parientes Kicos.— 37 



k 






í*<?'^»..^ 




290 

—Sí quiero; pero, com^ 
acaso- le necesitemos a{H4 Fl< 
ra, que aquella casa pai'e^tá 
Ramón vendrá esta t3iTáe-.V.'^^^7*f^^^^ 

— No, tía; que venga si quiere; pero no 
es preciso que haga el viaje sólo por llevar- 
se á Lena y á Margot. Después del paseo, 
las llevaremos Alfonso y yo. Vayase vd. 
tranquila. 

Doña Dolores se fué con Fi'lomena, la 
cual no quiso subir y se quedó en el depar- 
tamento de los porteros. 

En el camino le iba diciendo á doña Do- 
lores. / y 

— Si vd. viera, señora.... Mientras vd. 
estaba arriba, yo me puse á conversar con 
la portera. ¡ Es una buena señora ! Me con- 
tó muchas cosas: que el tliño Juanító 'no 
llega á casa hasta la madtttgáda; qué cp' 
ocasiones, como se acuesta á las cuatro Ó'"' 
á las cinco de la mañana, duerme todo jl ''-' 
día, y que á eso dial medio día va saliéíid'o 
muy malhumorado, regañando>tod©s y**-"'' i 
ciendo horrores á $i\i criado. Y si ^^€Ta■vd.': '■ 
esos lacayos y esos mozos taniphtikíhados; ''' 
que van en el coche tan elegantes,' táfrí' Ití-' 
josos, que á mí me parecéh más eíeg-áít- 
tes que los niños, andaban ahora en unas^' ^ 
trazas.... Descalzos, sucios. .. ir Y^arfó- 
che tan estirados! ¡Quien los yió tomóyü'^'''' 
los vi ayer, y los vio ahora! Eiuegó ique Cc*á?- 5^' 
barón de limpiar los cabállóá, sC-íaVafÉbftf^t^- 

allá en el otro patio, luego se fuérótt á i^éir- 

rt'>'>dt':4i<: 



291 ' 

tir, y á poco salieron hechos unos figuri- 
nes. 

— Hijá^ ¿pues qué quisieras tú, que has- 
ta para esos (juehaceres se pusieran la li-... 
brea? 

-^No .... pero, dígame vd. señora, di-, 
game: todo eso no es más que pura apa- 
riencia! 

A la sazón pasaba el tranvía. Detúvole 
doña Dolores, y almibas subjiíeroii al ,<:arru.a- 
je. /' ■ ' ,, ■ '/ , ■' . '_,_[, ". .":,, 

Eo tanto Maria enseñaba á sus primas 
el departamento de Juan y de Alfonso. 

— ¡ Qué voy á ver yo ! — exclamaba Ele- 
na, bajando íá escalera. — Sin embargo. . . .' 
sabré cómo viven esos caballeros. ,, \ 

Alfonso, que iba con ellas, les dio úfia 
llave, y las 'dejó para acudir al llamadlo de 
don Juan que, desde muy temprano esta- 
ba en su despacho. . , . ,. 

— Viieivo ! ^— dijo el manc'etx), y las 

dejó en el descanso de la lescalera. 

El departamento destinado á los dos her- 
manos era muy bonito: un salóncito y un 
gabinete con balcones á la calle, sencillo.s 
y elegantemente decorados, al estilo inglés ; 
dos alcobas ; un cuarto de vestir, y un ba- 
ño. 

Margarita quedó prendada del salón, que, 
efectivamente, era del mejor gusto, y ha- 
blaba muy bien &n elogio del sentido esté- 
tico de loe dueños. 



■♦.T, .'.••' I»:'"".-"»;*; fr- 'i -■ ¡Tí'" i' i 



•.Ja t í^ t /¡Vi' '-■»■'* 

í'.i \ :. i,!Í; !'I- . • •lij, 
i 



■v-V' -'í ^^ ".; ';3ir'^vT^*s^r?í w-'W^SÍf«-'^>rv'¿-í'T :»' V* 



292 

— ¡Qué lindo! — exclamó Margot,,mi- 
rando eil torno suyo, y admirada de la ele- 
gancia aristocrática de la pieza. 

— ¡ Si vieras. Cena, qué cosa tan linda! 
¡Esto parece, como suden decir, una taci- 
ta de plata ! A mí me parece más bien' co- 
mo un delicado cofre de marfil ! 

— ¡ Con tantos elogios, Margot, vas á 
conseguir qué Alfonso se envanezca de su 
obra.! Sí, porque todo esto es obra suya! 
El eligió el tapiz ; él escogió los muebles ; 
él cuidó hasta de los últimos pormenores . . . 

— Pues no cabe duda, — interrumpió la 
joven, — que tiene mi señor primo exquisi- 
to gusto para eáto ! 

— Dime cómo está esto, Margot! — dijo 
Elena. 

— ¡ Sentémonos ! — prorrumpió la rub!a 
señorita, impulsando á su hermana hacia 
un sofá, mientras María abría la vidriera 
de uno de los balcones. 

■ — ¡Dimel ¡Dime! 

— Siéntate aquí, Maruja! Y. . . . óyeme, 
y escucha mi elocuencia descriptiva. 

— ^Te oigo atentamente. 

Sonreía Margarita; sonreía Maruja en 
su frivola insipidez, y la ceguezuela abría 
sus rasgaidiOs y soberbiois ojos negros, ávi- 
dos de luz. 

— 'Mira, Lena: esto es un saloncito co- 
mo de siete varas de largo por cuatro ó 
cuatro y media de ancho. 

Descripción prosaica! — exclammó la 



293 

ckga. — ¡ Descripción de in^geniero de puen- 

;.tes y calzadas, que montado á la, antigua 

no se acuerda del sistema métrico-decimal ! 

— -¡Supongo que no querrás ahora que 
reduzca yo las val-as á metros !— replicó vi- 
vamente la Monda señorita. 

—¡Sigue, mujer, sigue! 

— 'Altura 

Y la joven miró hacia arriba, siguiendo 
con la mirada, de arriba abajo, una de las 
líneas angulares. 

—Altura ¡ Poco menos de cinco me- 
tros! 

María y Elena se echaron á reír. 

— Baste saber que tiene muy bue- 
na altura. ¡Que lo diga María! La alfQm 

bra es roja, gruesa, y afelpadita ¿ No ja 

sientes al pisarla? Los muros, hasta poco 
míenos de la altura de las puertas, están 
tapizados con papel realzado, de fondo cla- 
ro, muy claro, de color crema, que ento 
na dulcemente con el dibujo, que es de ho- 
jas grandes, hojas como de dragontea, tam 
bien muy claras. La parte superior tiene 
, tapiz amarillento, con un dibujito tan me- 
nudo que apenas se ve. Una cornisa muy 
delgada, que apenas sobresale, corre á lo 
largo de los muros, dividiéndolos en dos 
partes. La cornisa me, parece de boj ó de 
olivo blanco. El cido raso es de color de 
mantequilla, sin adornos ni pinturas, en- 
cuadrado, por otra comisa un poquito más 
ancha (jue la otra. En el centro del <?iclo 



T.K5y»^* '•■""'■•• - r •■"?; 



294 

raso hay una rosácea que semeja marfil. 
Nada en las paredes. Frente á los balcones 
una chimenea de piedra blanca, opaca; so- 
bre ella un espejo ovalado, de luna clarísi- 
ma, cortada en bisd. 

— ¿Y los muebles? — preguntó Elena. 

— Pocos, y ninguno igual á otro. Un so 
fá, éste en que estamos -stem'tadias tú y yo, 
tapizado como los otros sillones de rica te 
la de seda blanca, sembrada de crisante- 
mos de un suaa^í'simo y apacible color de 
rosa. Cinco sillones; un "pouf ;" un velador 
de roble con una caja de tabaco, una li- 
corera, y un cenicero. Entre los dos balco- 
nies,uii diván de lo más cómodo, con un par 
de almohadones de color de malva. Delan- 
te una piel de oso blanco. . . . Espera: en 
la chimenea^ dos ramilleteras cilindricas 
altas, de cristal verdoso, y en ellas, muy 
bien puestas, como por manos femeniles ó 
manos de artistas, espigas verdes, ligeras, 
esbeltísimas, cuyas hojas muy largas, rauv 
largas, tocan la pantalla dd hogar: una 
pantalla con un aguazo que representa una 
escena campestre.... ¿Qué representa, 
María? 

— Una escena del "Don Juan." 

— Me imag-ino todo, . . .— dijo tristemen- 
te la cegttezuela.' " , . 
' —Me falta algo. ... 

—A manera de araña; velada por una 
pantalla amarilla con guarnición de enca- 
jes, cinco focos eléctricos. ¡ Esto, de noche, 



a 



■ '■V''^!Rv!w;.í^.^ 



ni! f »í MU. s.. ;''■'-■ ' 
debe parecer de marfil ! ¡ Ah ! Me falta lo 

.nwUimo: las cortinas de los balcones 

ín) Qué sencillas! De una pieza.... Son de 

w'wrMí' tela pesada, semejante á esta de los 

i^K^aW(!ebles. y ¡está vd. servida, señorita mía! 
— Vamos á ver el gabinete — dijo 

*íMana, levantándose. 

El gabinete era de lo más senciUo. Unas 

».(«i'|in!tSÉts sillas; un escritorio, y un están - 

rfsei'ieihai; libros eiegantemiente em.pastados. 

tJn>escaiparate,con tres broces: una baca'ii- 

;te^- un» busto de mujer y otro de Alfredo de 
•rMttsset.' Entre ellos, elegamtes fotografías 
■dé-rN-aidlar : d^os retratos die am'iígos jóvenes 

■y elegantes, y otno de una imiujer beil'lí&ima. 

'hecho en Niza. Margarita no se atrevió á 
preguntar quién era aquella joven de tan 
xviR hermosura. Sintió la blonda señorita 
el aguijón de la curiosidad, pero la contu- 

í:?a cierto temor de que la joven no supo dar- 
se cuenta. Pero María se apresuró á decir : 
' -<-Mira, Margot : ¿ te gusta esta cara ? 

sJÍTl^..j<áver birD una señal de aprobación 
— ^Es de una novia de Alfonso, la cual se 
casó hace un año con el agregado de la Em- 
bajada inglesa. El gran amor de Alfonso. 
A estas fechas sufre todavía las consecuen- 
cias de ese desengaño. 

— I Vale más ! — exclamó Margarita. — Eso 
prueba que sabe amar. 

Elena, que estaba al lado de su herma- 
na, le oprimió dulcemente un brazo. La 
blonda señorita habló de otro asunto : 



~W^srr'^^ii'Kf^^!ry^W.r^ 'í^jfí^JT.-JjssJr^ 



296 

— j Y eso qué es ! — dijo, señalando un 
.cyacko* 

— ¡Ah! — respondió María.— Lee:; «$ un 

dipioma de Juan; su diploma ó títuk^^'dc 

,una sQciedad de astrónomos, , e&tableckla 

en París. Es presidente de ella Cactiflo 

Flammarion . . . . Esa es su ñrma. 

— Le guardaba yo á Juan el secreto de 
que fuese astrónomo. ... 

— ¡Qué astrónomo ha de ser! Miipapá 
dice que todo eso es pura farsa; habilida- 
des del astrónomo para sa<;ar dinero: Cual- 
quiera puede S'cr miembro de esa sociedaa. 
Tú, yo, cualquiera! Basta pagar anualmen- 
te treinta ó cuarenta francos, y subscribir- 
se á la revista qiuie sale cada mes. Mira tú 
qué hábiles son en Francia! Por eso dice 
paipá qye oon el dimero de los tontos se ex- 
ploran los eS(paciios celestes y se propaga «1 
e&piri'tisTno! 

rp.í Las muchachas soltaron una carcajada 
La ceguezuela contrariada, murmuró: 

— rSerá así. . . . pero Juan no es tonto! 

— Hija, — se apresuró" á decir: Margarita 
— ¡ son cosas de mi tío ! 



■■i*>.,. 



'^M^^^^W^-^'^^9^''^?^^^^^ 




XL. 



Cuando las jóvenes volvían del entresue- 
lo, cansadas de e^rperar á Alfonso, éste les 
dio alcance en la escalera. : , 

—¿Vino ya Pablo? — ^preguntóle Marga- 
rita. 

— ^Sí ; ya está trabajando. Papá no ha que- 
rido que pierda um solo día. 

, El . mancebo venía inquieto, y en su ros- 
tro, de ordiniatriiiQ sereno, h,albía ailgo revela- 
dor de pena ó de contrariedad. 

-T¿ Qué te pasa ? — díjole María, — Advier- 
to en tu rostío no sé qué 

— ¡Nada! 

-—¿Nada? ¿Le ha pasado algo á Juan'r 
¿Alg^n accidente en la cacería? , 

—No. -^•- - 

— jPor Dios, Alfonso! — exclamó Elena 



M 







,„,„ ^ i 

súbitamente acongojada. — ^¡ No ocwífesrma' 
,<ía !. DíiK» la verdad, te lo ruego. •. .'-.«.>*^e- 

— Sí, Alfonso; — suplicó Margarita — con 
ciertas cosas no se juega. . . . Mira que po- 
demos pensar muchas cosas.,.. ¿Le ha 
pasado algo á mamá, ó á Juan? Responde, 
por favor! 

— ¡Habla, por Dios, Alfonso! 

— Hablaré. . . . — respondió^ el joven sigi- 
losamente. — Una mala noticia. . . No se 
trata de Juan ni de mi tía Lola; no, se tra- 
ta. .. . de mi tía Eugenia. Mi papá acaba 
de recibir un mensaje en que tío Augusto 
le dice. . . . 

— ¿Que tía Eugenia está moribunda ?- - 
se apresuró á d,?cir María. 

— No; que murió anteayer. >, 

— ¿En París? ' 

— No; en Niza. 

— ¿ No hay más noticias ? 

— Y papá — prosiguió Alfonso — no quie- 
re que mamá sepa nada de esto ; ni qi^e lo 
sepa nadie, porque mañana es día de San 
Juan, y tiene invitados, y ya no hay tiem- 
po para comunicarles lo que ha sucedido. 
Dentro de tres ó cuatro días se sabrá.,.. 
y De manera que. . . . ¡ chitói^! 

Alfonso dio el brazo á sus primas, y, 
lentamente, precediidos de María, sul?iíerv).n 
la escalera. 

Se pasó el día en familia ; se comió ale- 
gremente, se tocó el piano, y Margarita y 



— . . > íTij'.yí-^j' •■•-..--, p;^;;i.Tfr::!-«*^.'' 7':fií 



299 

su primo estudiaron Varias piezas á cuatro 
manos. 

Aqiiella alegría y aquella música eran 
tormentosas para Elena y para la bIoú<ia 
señorita. Está iio fcomprendía cómo las 
exigencias sociales podían ahogar así una 
impresión dolorosa ; cómo un hermano, al 
saber el fallecimiento de una hermana que- 
rida, callaiba la rtoftiói, y se dáspoffiía ptóura 
una fiesta; no acertaba á explicarse aque- 
lla falta de sentiftíietitos, aquella entereza 
y aquella frialdad que oibservaba en su tío. 
"No era así mi padre;— pensaba — ^no era 
así él, que tanto quería á todos los suyos ; 
que el menor dolor en sus parientes le afli- 
gía y le angustiaba; él, en caso como éste, 
estaría bañado en lágrimas, y qué feste- 
j'ds ni qué alegría!" No me agrada ésto. 
¡Dios mío, qué falta de corazón ! ¡ Qué se- 
renidad esta que me aterroHza y me repug- 
na!" De doña Carmen nada podía decir, 
porque ésta lo ignoraba todo; pero sí de la 
,pliimii(ta, que estaba tan fresca como si nada 
supiera. ¿Y por qué era todo esto? ¡Por 
vanidad, por pura vanidad í ¿Invitados? 
¡Qué importaban los invitados ! ¡ Ah ! Pe- 
ro eran personas muy distinguidas: 
banqueros, amigoá opulentos, Secí*efátrios 
de Estado, el Ministro de Francia, el de 
Bélgica, y d de Inglaterra. rAl diablo con 
todos estos señorones ! i Qué cosa más' fá- 
cir(!jue darles' aviso! Cuando la pena es ver- 



.•"^T'^íT^r?T'^'f\-V**í^'' ^JP^^-t'^- P 



300 

dadera, no da lugar á cákulos. Si don Juan 

,. Jh^iera.qvterido ^iea á. su hermana^ |io le 

habría ocurrido callar la triste noticia. Y 

. , jg;uarda que al Geu^ral Survtlle le debía mu- 

. jCÍtlo don Juan; ci:>mo que merced á su fa- 
vor y á sufort^íia, había legado á :1a opu- 

, l^cia. ¿ No fué 4on Juan tan •^itidario 
suyo? ¿No :^probó la boda^ de su heripana 
Eugenia con el bizarro militar? ¿No esa 

. boda f«é jcíiusa de graves y duraderos dis- 
t.mrbios: do^iésticofl, quepor, años y años 
>s!^3raron anjargarQ«í»*e á , don Raifnón v 

,,á don, Juan? ¿ Pues -^^morahora se mostra- 
ban, tan indifereiites y ¡tan insensibles á ta- 
íp^ña desgracia? 

;í^ Preocupada y entristecida con tales pen- 
samientos, la blonda señorita no atendía 
en el piano á la ejjccución de aquella her- 

, ,i^osa sinfonía de Saint-Saens, que AÚonso 
tocaba magistralmonte. 
■ — ^Dejemos por aliora la música, Alfon- 
so. Estoy cansada. ¡ Llevo tanto tiempo de 

, no poner las manos en el tecbdo ! Pide el 

. coche ; demos una viielta por el paseo, y 
llévanos á casa. ,(; 

'Salieron en busca de María y de Elena. 
Estaban eQ.ci comedor con don Juan, y con 
doña Carmen, quienes daban órdenes aun 

, mayordomo y á uno de los criados frapce- 

-,:ses, respecto del almuerzo y de la cpmtda 
del día siguiente. El capitalista, fuerte gas- 
trónomo, tenía costumbre, en casos com'^ 
ítKjuiel, <íe Éurreg^Iair persosnKiimieivtie \^ ip^xx-- 



'Hii? -'-?■>: -.'■■ ■--::'■■':' ■ í; .:;;-:?lpfV5R^ !;í^ 



ta e Miidicíir los vinos que debían servirse 
eni sli( meáa: N<j ofljvidó el menor difetaUc. 
— Sirven borgoña. ¿Recuerdas cuál? Tú 
sí, Garlos, aqútí qtic rae regaló mi hertíia- 
na Eugenia;- 

Eíi*&epfükiá''preciáó tbdós los portíien^rfeá 
del'sdt^icio; dijo qué vajilla debía ser usa- 
da;' qué sonvóicic) dfe café dieíbían pnesenltiar, 
luego encargó qué todos los carruajes 
estuviesen listos. 

— ^Ahora, niñas, — dijo — idos á pasear! 
María: vas con Alfonso á dejar á tus pri- 
mas. Di á Lola que mañana Quiero 

que mañana almuercen todos conmigo. El 
almuerzo. . . , emi faimáJia! Pana la oonmida 
tendré en casa á los extraños. Si ustedes 

quieren, vengan más tarde Haremos 

música. ! 

— Tío. . . .. — murmiiró Margarita, con^i- 
midez. — Veremos qué dice mamá .... 
— Diga lo que diga .... Los espero. 
— Acaso tendrá vd. invitados, — observó 
Elena — y nosotras .... acabamos de lle- 
gar 

— ¿Y qué? 

— ^Nosotras,— replicó Margot, — tendre- 
mos mucho g^sto; pero aquí hay ciertas 

exigencias. . . . Como vd. comprenderá 

— ¡Entiendo! ¡Entiendo! De cualquiera 

manera ¿No he dicho que estaremos 

en familia? En la noche as cosa disti-nto. . . 
Y Pablo y Ramón ¿tienen traje de etique- 
ta? 



so¿ ■■■. 

— No, — respondió ingenuamente Marga- 

—i Ya lo ves J Pues lo, necesi^n,, Aqwí • > 
no estamos en provincia., , ; .,,, ,, 

Varió de tomo, yaig^egó oairiñtOisatn>enite : 
— Criaturitas . . . . vengan! Es.táreimos en j' 
familia. Nos acompañarán el Doctpr y, don 
Cosme. Ya síübeis que ellps no gustan, de 
ceremonias ni de comidas como las de ma- ' 
ñaña. ¡Ea! ¡Idos cpp Diosl.^^^ .■■¿">í!'. 

'•«1. «ti: ;. -.;(• • ■ í^^íU''^'/ <:(■ ■ ■"., ■ , i 










- ■ . f • 

/ ' '■■' 

■'•.'<■ ■ /!;ri i; :.; '^'-u ,*''^U'l' ■ ■<A':-''^^' '■ '■ 



I^^^^^^ÉBhh 


i 


S 


^ 


§ 


^ 


i»>-^ 
~*^.«< 








'■■ ■'.( 






•ít i/ 


, . 






" - •.,■■. 


!n! ■■' . 


; 1 1 ■ ' 






"¡1'. 


■ \ ■' 


' 






'■* \\ • : ■ 1 




' , , 


1 

XLI. 




, 1 





.'• y\r,; 



I : .]■■ 



María y Alfonso llevaron á sus primas 
á Tactibaya, después de dar unas cuantas 
vueltas- en la Calzada de la Reforma. 

Esa tarde no estaba muy concurrido el 
famoso paseo : treinta ó cuarenta coches de 
alquiler, quince ó veinte trenes lujosos,, al- 
gunos' jinetes, y nada más. Los concurren- 
tes se iban retirando, temerosos de la llu- 
via.-' !-<!' ■,./.■;■:■.. ^ 

Deíclinaba el sol, y al morir esplendía 
en ütia ,<3eslumbrante gloria de oro y de 
grarta; -Sobre el fondo áureo del Ocaso, tr 
giiidJo'enitre feüs ahíuehuietes y s-us eucalip- 
tos, '<Hbtijaiba el alcázar de Clíapniíltepec sus 
t€rraiaióls*,:'áüs-gáierí<as y su cálbalílero ailto, 
iíiajestuloso y itrtste. Lx>s últimos rayos dd 



•., r 
t 






';:ii:.:;i"i'-?í. 



Mí 'f Vr;-),^!l. 



i/, 



k 



Mí*!-. 



astro iMoTÍbundo oentellciabíin éti 'las v«kif- 
(ras die Job edificsios cotatenailes, «ai' los vi- 
drioB de ios coches y /en el charoil d)e illots ca 
innuajes, y ailgo coimo leve polvo d»e oro 'flo- 
talba en el amfoienite del paiseo. 

Allá'por el Sud, en las cumbres del Ajus- 
co, inmensa y negra nube corría á lo lar- 
go de las cimas, desgarrando su capuz en 
los picachos, más allá de los cuales cule- 
breaba el rayo, anunciando distante y fuer- 
te tempestad. 

Cuando llegaron las señoritas, doña Do 
lores estaba esperándolas en el balcón. Ba- 
jaron con ellas los dos hermanos, los cua- 
les permanecieron en la casa brevísimo ra- í 

tO. . .; i.i:..l j 

— ¿Cuándo vendrá Juanito? — pregtmio' ■;] 
la señora al despedirlos en el zaguán, y ií 
'á tiempo que un lacayo abría la portezue- 
la del lando. . . w; - .;- 

— Esta noche, tía, — resipondió Alfonso. — rj 
Mañana debemos estarv todos en casa. Allá— ¡ 
nos veremos .i 

— Sí, — interrumpió María^ — papá espera ; ; 
á toouá , . . . ¡ Hace tanto tiempo qwe^ no i 
pasa su día, en familia con todos los su-' r» 
yos, que será para el cosa muy desá^^- .;;:? 
dable si usffedes no le acompañaran. . . . En,;íní 
París.... mi tía Eug"enia y mi tío er?m, .>( 
los únicos que en ese día nos acompaña-' ,'>r 
baná almorzar. .. . Ahora..., ih 

Alfonso miró fijamente á sui hermana, 
como temeroso de una' indiscreción'. 



305 

^ — ....Ahora — concluyó la joven — esta- 
rán todos ustedes. Vamos á pasar un dia 
muy alegre. En la noche tiene papá visi- 
tas.... personas de etiqueta, el Ministro 
'i de Francia, el de Bélgica, y no sé quiénes 
más ! . . . . Y ¡ adiós, que se hace tarde ! 

Abrazó y besó á sus primas, abrazó tam- 
bién á la señora y precipitadamente se 
dirigió al carruaje, seguida de Alfonso. 

El lacayo se descubrió respetuoso, y pi- 
dió órdenes. 

— ¡ Ah ! — gritó. — ¿ A qué hora mandamos 
el coche? 

— No te molestes, hija mía, — respondió- 
le la dama — allá nos tendrás. 

Cruzáronse palabras de despedida, y par- 
tió el coche, 
i — ¡Mamá! ¡Venga usted acá! Tenemo.s 
mucho que hablar. . . .- — exclamó Margot 
inquieta y vehemente, tomando del brazo 
á la señora, y dirigiéndose al saloncito. 

— ¿Qué te pasa, hija mía? 

— i Ay, mamá ! . . . . 

Y al ver sobresaltada á la señora, agre- 
gó en tono cariñoso: 

— i Nada grave, señora mía ! Tranquilí- 
zate, tranquilízate! Espera. ■ , 

Y volvióse para servir de apoyo y de 
guía á la pobre ciega, qu€ á tentadillas y 
arnimada al muro de la derecha iba su- 
biendo los siete peldaños de la escalerilla 
del corredor. 

Parientes Ricos. —39 



%o6 

Sentadas todas en la sala, mientras doña 
Dolores se disponía á escuchar lo que su 
Ir'ja iba á decirle, la blonda señorita se qui- 
ró nerviosamente los guantes, se despren- 
dió el sombrerillo, le puso á un lado en una 
silla, y gritó, llamando á Filomena para 
que ésta le trajese un vaso de agua. 

— Vienes fatigada, criatura.... — advir- 
tió la dama. — Te puede hacer mal 

— No, mamacita ! . . . . Vengo contraria- 
dit, inquieta, nerviosa, lo que tá quieras, 
pero no fatigada. 

— ¿ Qué pasa hija mía ? ¡ Acaba, por 
Dios ! Mira que me tienes en angustia. 

— ¡ Cálmate, mamá ! — exclamó la cegue- 
zuela, serenando á doña Dolores. No es 
agradable lo que vas á oir, pero sábete que 
no es cosa de tanta importancia como tú 
piensas .... Es una desgracia, sin duda, pe • 
/o no tal y de tanto interés. . . . 

— Ustedes me ocultan algo muy grave, 
hijas mías. . . . 

— No, mamacita.... — interrumpió Mar- 
got dulcemente. 

— ^^Pues, vamos, ve diciendo, ¿qué ha su 
cedido? 

Doña Dolores miraba de hito en hito á 
las jóvenps, como ansiosa de leer en el ros- 
tro de ellas algo que le hiciera compren- 
der de qué Se trataba. 

— ¿ Le ha sucedido algo á Juanito? — ^pre- 
g^mtó al fin. 



íiK«rj?ivT^y,'ra»?«r''vt'-" - 'V ■ ''^ iv*^ 



— ¡ Dios nos libre de ello ! — exclamó Ele- 
na entre contrariada y afligida, 

— Alguna mala noticia de Eugenia 

Si; ya me imagino que han recibido otro 
mensaje de París. . . . 

— ¡Áh! Sí; dice mi tío qu« le diga yo á 
usted que mi tía sigue muy mal. ... Pero 
no se trata de eso 

— Pues de qué .... 

— Mi tía está gravísima, (así lo dice el 
mensaje). ... 

— '¡Me estás eing-añando, Miargott! 

— No, mamá. Está de suma gravedad. . . 
Créame usted, yo leí el mensaje, y en la 
casa de mi tío tendrán fiesta mañana, y es- 
tarán de fiesta mañana y noche. Para e! 
almuerzo estaremos en familia.... En la 
noche recibirán á no sé cuántos persona- 
jes : Secrietairios die Desipacho, Diipilomáti- 
cos, bianquieirois . . . . ¡ siepa Dios ! 

— i Y qué hija mía ! No es propio que 
tluis tíos (den colmii<lias en e sitos momentos 
en que Eugenia se encuentra tan enferma, 
pero p'iensa que la enfermedad de tu tía 
fcs ya crónica, y que la infeliz va en cami- 
no de vivir moribunda años y años. . . , 

— No, mamá ! Es que mi tía Eugenia . . . 

— Se murió ya, ¿no es eso? Bien decía 
yo que me estabas engañando.... 

— ^Pero .... mamá ! 

— ¡A qué negarlo! 

— No lo ocultes más, Margot! — dijo Ele- 



308 

na. — Mamacita : desgraciadamente. ... ya 
muirió ! 

La buena señora, que un momento an- 
tes fingía haber comprendido que se lo 
ocultaba la muerte de su cuñada, pregun- 
tó: 

— Pero.... ¿es cierto eso, ó se lo su- 
poTiien por la que dice el úMmo menisa.je? 

— Cierto es! — respomdió Mairgarita, ter- 
mi'niainttemenitie. 

Llenáronse de agua los ojos de doña Do- 
lores, la cual, durante unos cuantos mi- 
nutos, trató de dominar su dolor, y luego, 
sollozante y "bañado en lágrimas eí rostro, 
«e levantó para caer en brnzos de Marga- 
rita, que se apresuró á recibirla, y ¡a aca- 
rició amorosamente, sin decirle una sola 
palabra. 

Elena enjuíraba sus ojos echada hacia 
airas en el sillón, conmovida por aqu*»,l no- 
ble y sincero do!or fraternal .... Pero su 
pensamiento estaba muy distante de jiquei 
sitio: recorría llanuras v bosques, ansiosa 
<\e descubrir entre un grupo de cazadores, 
á un mancebo páli(»o y exangüe, jinete en 
un corcel de rapidísima carrera. Mas de 
pTonto su imafíinación condujo á Elena á 
una estación del Ferrocarril Central, en 
momentos en que illlegabs, airi tren, del ou^i'! 
salttaiba. con ailgu'nos amigos, miiv g(ua,po. 
imuy elegante v imuy eniíruaintado. el man 
cebo perseguido á través áe 5os canupo? 



^^' . ■■. .- :■■■■:• .. ■■■. 1.^'' 



309 

por el j>ensiaimien!to vivísimo de la enamo- 
racltai ciega. 

— i Ay, Margarita ! ¡ Ay, hijas mías ! No 
jx)día yo convencerme de esta desgracia. 
Mayor para mí que ruanto ustedes pueden 
suponer. Eugenia era mi única esperanza. 
De seguro que á ella que es. tan buena, que 
era tan buena, y más que á los empeños 
del Dr. Fernández, debemos las bondades 
de Juan. . . . Podéis estar seguros de ello... 
Al morir no se habrá olvidado de ustedes 
ni de mí ... . Algo me dijo Carmen respec- 
to de eso. Pui&s bien, ni la idea de heredar, 
y cuenta que una herencia es, en estos mo- 
Hientos, para nosotras, dicha y felicidad, 
me consuela de esta pérdida. Ya saben us- 
tedes como Raimóoi se opuso a'l casaimaiento 
de Eiigettiiiía; qiue esa 'boda fué causa de 
graives disgusitos de familia. ... y, son em- 
bargo, Eiugeníiai fué sieimipne .la mis mía pa 
ra conmigo. ¡Sii&mjpne buena, siieanipre ca 
riñosia, isiempre desiprendida ! Em cambio 

Juam y Carmen, y sus hijos ¡Qué di- 

fenenicia! Porquie no hay que haicierse ilu- 
silofmes, no dieibemos hacémioslas .... El ca- 
rácter de Juan es tornadizo y desigual ; 
Carímien, do diré, es vanidosa. ... Si á ve- 
ces me ha ipariecido que no ti eme corazón.... 

— Pues oiga usted, mamá.... ¡Y es- 
pántese usted! No se puede decir. Alfonso 
así nos !o ha recomendado. Mis tíos sa- 
ben ya el fallecimiento de tía Iffügenia, por 
lo menos, tío Juan, y se lo caíla, y lo ocul- 



' J'y "'■■ . "■■ ■• 



310 



ta, y quiíere tenerlo como un secreto- de 

estado ¿Sabe usted por qué? Pues 

¡porque mañana es su día y tiene invita- 
áos, y no quiere malograr una comida, en 
ia cual tendrá á la mesa á todos esos seño- 
rones .... 

— ¡ Pero es posible ! 

— ¡ Y vaya si lo es ! Como que delante 
de nosotras ha dado órdenes al mayordo- 
mo, á los criados y al cocinero! 

— Pero, Margot, ten, por Dios, en cuen- 
ta, que la invitación estaba' hecha..., 

— Lena, ¡ i>or la Virgen Santísima ! eso 
no es díscluilipa ! . . . Unas cuanitas lesqu^e- 
las.... ¡y todo estaba arreglado! Algún 
negocio querrá arreglar tío Juan en esa 
comida... . ¡Y eso es todo! Y, además, 
que luzca el comedor, que luzca el servicio 
de mesa . . . . ¿ No oiste decir que sacarán 
la vajilla de Sévres .... y un servicio de 
plata? No, no tiene disculpa.... que no 
se ha muerto un desconocido, sino persona 
de su sangre, y persona á quien deben tan- 
to, porque. ... ¿no es verdad, mamá, que 
a mi tía y á su esposo se lo deben todo? 
Y mañana .... ¡ á atracarse áe trufas y á 
beber vinos exquisitos, mientras mi tía es- 
tará de cuerpo presente ! 

—•Margot, no te conozco. . . . — dijo Ele- 
na. — No te gusta hablar de los demás. . . . 
y ahora estás haciendo lo que repruebas en 

Oíros, en Conoha Mijares por ejem 

pío! 



ymww^' 



3Ȓ 

■ — j Déjala ! — exclamó doña Dolores. 
— Y yo, mamá, no iré mañana á casa de 
nji tío. 
— Tienes razón, hija mía. 
— Pues debemos ir, — raplicó la ciega. 
— No; no debemos ir, Lena. 
— Sí ; porque mi tía no sabe nada ; sólv) 
saben esa desgracia Alfonso y María. Juan 
la sabrá esta noche, al llegar, si se la dir 
cen. 

— Para María, como si nada hubiera pa- 
sado! Alfonso sí ha dado muestras de pe- 
na, mamá — dijo Margarita» 
— -No muchas! 

— ¡Por Dios, Lena! Sí que las dio; co- 
mo que en la cara le leímos María y yy 
que algo muy grave le tenía afligido. 

— Tío quiere que vayamos mañana á co- 
mer con ellos.... Dice que todo será en 
amilia. Que de personas extrañas á ésta 
^lo irán dos : el Dr. Fernández y don Cos- 
me. En la noche sí estarán de manteles 
lardos; pero á la comida no estamos invi- 
tadas. 

— \ Tanto mejor ! — interrumpió la dama. 
— No estamos para esas fiestas.... Un^ 
M>midá d-e etiqueta exige. , . . 

— Ya lo creo, y me alegro de ello ; perf> 
eso no se dice ni se hace sentir así á qui.- 
nes, como nosotras, no es ello vergon/os' 
DO estamos en condiciones de,, gastar en 
lujos, y menos cuando apenas ayer hemot 



llegado ! Eso que ha dicho mi tío me pa- 
rece ofensivo .... 

— Pero.... ¿qué dijo? — ^preguntó Ele- 
ua interrumpiendo. 

— ¡ Nada ! Con toda claridad dijo qutt 
nc debíamos ir; mejor dicho: que no nos 
invitaba á la comida, porque era de etique- 
ta ... . ¿ No me preguntó si Pablo y Juan 
tenían frac ? 

— Y no le tienen, — dijo la señora — que 
ni están para eso, ni en ciudades chicas 
se tienen exigencias tales. 

— i Pues yo no iré mañana ! No iremos. 

— Irán, hijas mías, muy á mi pesar; irán, 
porque. ... ¡es preciso! Yo soy la que no 
ha de ir. Me ñngiré enferma. . . . Eso ayu- 
dará á ustedes para regresar temprano. . . . 

— Pero, iTiamá! — respondió Margot. 

— Irán. — -Contestó dofíai Doliores en tono 
decisivo. — Evitemos un disgusto. 

En aquellos momentos llamaron á la 
puerta. Filomena pasó po*- el corredor ai 
cir la campanilla. A poco apareció en h 
puerta de la sala, trayendo un ramillete, y 
un racimo de chochas : 

— Que el niño don Juan manda esto pa- 
ra la niña Elena. 

— ¿ Qué cosa es ? — exclamó regocijada la 
ceguezuela. 

— ^"Agachonas" — dijo Margarita en tono 
de mal disimulada contrariedad. 

Y la señora: 

— Que muchas gracias! 






■:// 




XLII. 



Doña Dolores, como lo había pensado, 
no fué á la casa de don Juan. Mandó á sus 
hijos, y ella se disculpó, en una cartita muy 
cariñosa, diciendo que estaba indispuesta; 
que acaso resentía el clima ; que no esta- 
ba bien, y que prudentemente se abstenía de 
salir á la calle. Todos aceptaron *a excusa 
y lamentaron la ausencia de la buena seño- 
ra, cuya viveza de ingenio y cuyo trato jo- 
vial y fino eran del agrado de cuan'tos la 
tt ataban. 

Muy temerosa estaba Margarita de que 
sus primos y sus tíos sospecharan que otro 
era el motivo por el cual su mamá no ha- 
bía concurrido con ellas en la casa del ca- 
pitalista. En ésta se encontraron á don 
Cosme, al Dr. Fernández, y un oiierto cié 

Parientes Ricos,— 



.;ti-;..;.i>^w-.í.' -■■.. '.. ._ 






^- :— ■ 314 



figo italiano, dulzarrón y meloso, capellán 
diligente y enriquecido en una capillita, 
ruinosa aún, de alguna de las foranías de¡ 
Distrito Federal. Labradito de cara — como 
dijo de él Filomena cuando le conoció — 
aseado y pu'lcro, era acreditadísimo padre 
de almas entre las señoras de la aristocra- 
cia, á cuya munificiente caridad debía bien- 
estar y prosperidades, y á quienes sería 
deudor en poco tiempo de las sumas ne- 
cesarias, no cotritas por cierto, con que ree- 
dificaría aquella modesta iglesia de San 
Francisco de Sales, confiada á su apostó- 
lico celo y á su letra menuda, por el Arzo- 
bisipo de Méjico. 

El P. Gioachino Grossi, comensal ei¡ 
muchas mesas de alto quirio, gozaba fu- 
ma de elocuente y deleitoso predicador. 
Listo, perspicaz, cauteloso é insinuante, er:i 
de trato dulcísimo, pero de pocas palabras 
cuando no hablaba desde la cátedra apos 
itólica, y era de verle y oírle chando en un 
■estrado se soltaba discurriendo de las más 
profundas cuestiones místicas : de la "dis- 
creción ;" de las sequedades y arideces dei 
espíritu próximo á gozar d;e la dulce visi- 
ta del Amado, y cuando describía, en cas- 
tellano correctísimo, la delicia inefable de 
las almas, repitiendo de la Abulense, maes- 
tra de maestras, y guía segura para lo> 
predilectos del Señor. 

Margarita, haciendo fuerza á su carácter 



■/^-"':^af:^:í 



■„ • T!»7?»>T-.<;_-r; 



- 315 

írünco y sincero, enemigo del disimulo y 
del embuste, mostrábase inquieta por la 
salud de doña Dolores, y conversando cotí 
Alfonso, cerca de doña Carmen y del P. 
Grossti, pudo enterarse de que el piadoso va- 
rón estaba enterado del falleciñiiento de 
Eugenia, y que él había aconsejado no co- 
municar á nadie la triste noticia, muy do- 
iorosa, según decía, pero que debía quedar 
secreta durante una semana al menos, con 
el fin de que don Juan, quien le había con- 
sultado acerca de lo que debería de hacer- 
se, no malograra la fiesta aquella, que trae- 
tía á sus salones á tantos banqueros, á tan- 
tos políticos y tan prominentes diplomáti- 
cos. 

— Esto es lo que aconseja la prudencia, 
señora, — decíale á doña Carmen — en ma- 
teria de negocios no hay que perder tiem- 
po; si eso del empréstito ha de hacerse, 
como el señor don Juan me ha dicho, no 
címvenía dejarlo para más tarde, y después 
las exigencias del duelo no permitirían una 
reunión como la de esta noche, tan propi- 
cia para que don Juan i-nicíe ese asunto. 
Ya le tengo dicho que Dios bendicirá esa 
operación, que será benéfica para el país, 
!e dará á mi amigo crédito y ganancias, 

y á este pobre pasionista algo para su 

iglesia de San Francisco de Sales. Ya sa- 
ben ustedes que Dios Nuestro Señor da 
ciento por uilo ! 



k 



3i6 

— Si, padre mío, — respondióle la señors 
— cuciiite usted ccjii ^ailgHD' qiuc k dimá Juan, 
y con otro algo que le daré yo, sí ese asun- 
to tiene el resultado que todos nos prome 
temos. El Ministro inglés nos prestará su 
apoyo; así se [o ha asegurado á Juan el 
Licenciado Montenegro.... Y... hablan- 
do de otro asunto : ya veremos T.e arreglar 
las honras fúnebres de Eugenia.... Vaya 
usted pensando en ellas. . . . Juan y yo d^*- 
sramos que el servicio sea solemne y sun- 
tuoso: en la Profesa, en Santa Brígida, v. 
SI fuere posible, en el templo del Sagrado 
Corazón. 

— Por razones de recogimiento y devo- 
ción, preferirla yo mis ruimas, mi humilde 
iglesia de San Francisco de Sales. . . . 

— Pero, — observó doña Carmen — como 
usted comprenderá, sería molestar dema- 
s ado á nuestros invitados. . . . 

— "Ecco signora!" Comprendo, coni- 
X-rendo .... Yo arreglaré todo. Por acá me 
tendrá usted uno de estos días, y hablare- 
mos del asunto. 

Y volviéndose á don Juan, díjole dulce- 
mente : 

— Vamos .... dígame usted : ¿ á como 
le han ofrecido á usted ayer las acciones de 
"Cinco Señoresj*" 

Siguieron hablando de negocios de mi- 
nas. Margarita no oyó más, distraída por 
su primo, que le elogiaba calurosamente 
una novela de Ferdinand Fabre. 



k'-[ 



Á 



■><^?F*i?r-- . ■ ■ - • m^fy^ 



■ V.- " ■ 



317 

Don Cosme y el Dr. Fernández exami- 
naban atentamente en un álbum de Roma, 
una vista de la Basílica Vaticana. El Canó- 
nigo s« complacía en describir el maravillo 
so templo cuyas proporciones tenían asom- 
brado á su discreto y piadoso amigo. 

Allá en el fondo de la antesala, Juan y 
Elena conversaban en voz baja. 

— ¿ Por qué no, Elenita ? — repetía el mo- 
zo con acento apasionado. — Óyeme; que 
me oigas te ruego ; ^: me incusas de que ha- 
go vida die disipación y de placer ? F.icn : 
confieso que no soy un santo. ¿Me acusas 
de que no gusto de la vicia del hügar? Com • 
prendo, niña mía, que el hogar, para que 
nos sea grato, debe arder en amor? 

— ¿ Qué mayores afectos que cuantos en 
el tuyo te briindan el amor de tus padres 
y el cariño de tus hermanos? 

— ^Ese amor y ese cariño, Lena, son 
míos... Estoy seguro de ellos... Me es 
grata la casa de mis padres, pero mi juven- 
tnd, ansiosa de agitación, de movimiento y 
de vida, no se avñene con la tranquilidad de 
ip familia. Déjame ser así, ó ámame, Eleni- 
ta, como yo te amo. ¡Eres adoraJble ! Lo 
que con otros fuera en ri moitivo pan des- 
pertar mieílancólica y dulcn amistnd, es para 
mi fuente de amor profundo, de pa.-; ón ín- 
irmensa ! . . . . Si pdidras verme, leerías en 
mi voz trémula : que te amo con to;la oí al- 
mai! * 






!*■ ■■'.■iií«-ú^ i-i ■;; ;V', .*'i >V"t ',!:: 



3i8 

Una lágrima dolorosa cayó sobre las ma 
nos de la ciega, lágrima que por un ins- 
tante tembló en las pestañas de aguellos 
soberbios ojos negros, limpios, hermosos 
y sedientos de luz. 

— ¿Quieres — prosiguió el pálido mance- 
bo, inclinándose hacia su prima, y bañán- 
dola en el aroma enervante del pañuelo que 
tenía en la mano — quieres que ame la tran- 
quilidad de la vida doméstica, que huya 
de amigo*?, fiestas y cacerías? ¿Quieres 

tenerme siempre á tu lado? Pues. di 

que me amas ! i . 

— Juan..., — murmuró la ceguezuelia. 

— Respóndeme.... — ^repitió el joven en 
tono suplicante y dolorido. 

— Si te dijera que te amo. . . . acaso no 
mentiría .... pero no me juzgarías bi^*" 

— i Elena! ¿Qué he de hacer? 

— Esperar. 

— ; Esperar? 

— La esperanza es hija del amor y de la 
tíusión.... ' 

— "Poética estás .... 

— Esperar. 

— Eleni<-a .... 

— Esperar. 

— Esperaré. 

En aquel momento llegaron Pablo y Ra 

moncíllo. ,^„^^ 




XLIIL ' 

í 

Esplendió estuvo el banquete, al decir 
de María. El capitalistla' obsequió cumpli- 
daimente á sus invitados, y desplegó en él 
inusitado lujo. 

De tan brillante fiesta hablaron los pe- 
riódicos, y hablaron! como el cas3 merecía, 
cerno que buen cuidado tuvo don Juan de 
mandbr á dos de los principales periódicos 
<ie información, y muy particularmente á 
"El Nacional," apuntes muy exactos: lista 
(le los comensales, descripción de los sa- 
lones, del comedor y de la mesa, el "me- 
nú," y rrónica del concierto, en el cual, se- 
gún costum'bre europea, candaron y toca- 



■.;>^¡iJ^^'\ ..}/': ",->i..t •:!*:.: ■ 



320 






ron artistas de los teatros, y varios profe 
sores del Conservatorio. . . '*'í^vi: 

Pero antes de que el concierto tcmina- 
13, don Juan y su esposa, en momentos 
en que varios concurrentes los felicitaban 
por el éxito y los esplendores de aciuella 
reunión, comunicaron á sus amigos que 
una mala noticia, recibida esa misma no 
che, los tenía tristes y apenados ; la r.oti- 
cia llegada por teléjírafo era de lo más do 
lorosa : Eugenia, la esposa del general 
Surville, estaba en poligro de muerte. 

Corrió por los salones la noticia, langui- 
deció el entusiasmo, los tertulianos se rpre- 
suraron á manifestar á los anfitriones su 
condolencia, los profesores del Conservato- 
rio tocaron un quinteto de Mozart, y aca- 
bó la fiesta. 

Don Juan, al despedir á sus invitados 
en la antesala, les decía: 

— Agradezco de todo corazón tantas 
finezas. ¡ Quiera Dios apartar de nosotros 
la desgracia que nos amenaza ! No sería ra 
ro que dentro de pocos días invite á us- 
tedes otra vez ; pero no para una fiesta 

sino á un servicio fúnebre. 

Doña Carmen rrpetía á sus amigas : 

— ¡ No hay oue desconfiar de la miserí 
cordia de Dios ! 

Cuando el capitalista se retinaba á des- 
cansar, dijo á su esposa : 

— El asunto va por muy buen camino. . . 



fi 



- \^^}.im'!(¡^e--:j'^-'-F^'r^''' 



5it 



;-??;.' 



El resultado será soberbio. Sabes que ese 
buen P. Grossi es muy listo Me hi- 
zo algunas indicaciones; las encontré acer- 
tadas ; seguíhas al pie de la letra, y el resul- 
tado ha sido excelente. Habrá que darle 
algo para su iglesia. 

— A mi lo que no me agriada del P. Gros- 
si, es su dulzarroneria . . . Me parece un hi- 
pócrita. ¿Has observado cómo exagera su 
piedad ? 
— ¡ Y cómo sabe sacar el dinero ! 
— ¡ Por Dios, Juan ! Ya te vas parecien- 
do á Juanito Ese muchacho es un des- 
lenguado. Le reprendí esta mañana. No 
le cae en guacia el P. Grossi, y dice de él 
que es un explotador de la piedad de los 
ricos .... Lo cierto es que su iglesia está 
muy bien atendida ... y que la obra que 
va á eimiprendifir saldrá maravillosa .... 

— El buen italiano es hombre de nego- 
cios. En una semana ha hecho, á mi som- 
bra (dirélo de paso) tres operaciones con 
papel de ''Cinco Señores,'' y ahora quiere 
lucrar con papel de "La Asunción'' y de 
"El Corazón de Jesús y Anexas.*' Téngo- 
!e dicho que espere; que no recibiré in- 
formes verídicos, y que no se fíe de lo que 
le cuenten los ingenieros esos que estu- 
vieron aquí ayer, ni tome por k) serio á 
los "coyotes,'' porqu-e unos y otros son 
más listos que él, y cualquier día, si cede, 
perderá algunos miles de frtincos. Dejemos 

Parientes Ricos,— 4I 



rM^^ •■;'"" -^ irr¿i':"'.'wrfri^:.-^i^^'sj''ygr^^ 



322 

en paz al P. Grossi. ¿Cuándo nos daremos 
por sabidos del fallecimiento de Eugenia? 
¿Qué cplnas tú? 

— Allá, á principios de julio.... ^ 

— Temo que .antes del quince de julio . 

, lleguen las esquelas de Surville , 

— Tienes razón No habia yo pensa- 
do en eso. Tampoco se le ocurrió esto a! 
P. Grossi. Por cierto que ya le hablé dei 
servicio fúnebre. El querría que fuese en su 
iglesia.... Convine con él que en San 
Francisco .... Es un templo céntrico y ele- 
gante. En San Francisco ó en Santa Brí- 
gida. ... 

— Donde tú quieras Pero me pare- 
ce que el P. Grossi no las tiene bien con 
los jesuítas.... Allá en Florencia, cuan- 
do publicó su librito acerca del Papa y Ib 

Unidiadi Italiana, ¡en 'la "Civiha" En 

fin, una polémica muy amarga .... Creo 

q,ue por eso emigró á Méjico el excelente 

P. Grossi. 

— Pero él es listo ... y arreglará todo. 

— ¿Y no invitamos al Dr. Fernández? 

Me parece Tienes razón. 

— >Mira: que el P. Grossi arregle el ser- 
vicio en la Profesa, y que el Dr. Fernández 

sea quien cante la misa 

— Está bien Pero.,., ¿cuándo? 

— El día dos daremos la noticia, y el ser- 
vicio será tres ó cuatro días después, ¿ no 
te parece ? . 



■'tyí'??Tr»7í?r7^l??55i ~ >^*r^ ■ W • ■'^- ' 



' — Mañana telegrafiaré á Surville. . . » 

— Di'le que te remita las esquelas, que. 
tú, aquí, cuidarás de que sean distribui- 
das .... Vienen, se hacen otras, y se muda 
la fecíha í 

— '"Conformes. . . . Tengo ansia de saber; í 
cómo testó Eugenia. ... 

— Pronto lo sabrás.... Ya conoces á 
Augusto 

— Me tiene triste la muerte de Eugenia. 
¡ Fué siempre tan buena y tan cariñosa con- 
migo! 

— A. mi lo mismo .... Pero j qué se ha 
de hacer! 

— ¿No temes que Dolores y las mucha- 
chas estén quejosas de nosotros, porque 
no vinieron á la fiesta? 

— ¡Ajdió's! ¿Por qué? 

— Yo no quise invitarlas . . . porque las 
pobres, lo mismo qv^ los chicos, no tie- 
nen trajes apropiados. Ya veremos cómo 
se enmienda esto. . . . Habrían sido una no- 
ta discordante. 

— Yo creo que no habrían venido. Tú es- 
tuviste imprudente. . . . Casi dijiste que no 
vinieran. ... 
— Y si aceptan y vienen 

— Es verdad. 

— Mañana irá á verlas Juan. Mandaré á 
Alfonso y á María .... Me interesan esas 
pobres muohiachas; particularmente Elena. 

— Ahora heredarán.*... 



'ff-'.'^'^^''' 



. — No será mucSio que digauícs, y c<ó 
si, Eu^eniai no varió d^ resolución'. . . . 

— Ya lo sabremos 

— Y j liasta mañana! MejorMicho, 

hasta luego! 

— ¿Oiste? Las dos de la mañana. 

Y don Juian se retiró á su alcoba. 




i 



á 




XLIV. 



En casa de don Juan hizo conocimien- 
to el P. Grossi con la familia de doña Do- 
lores y al otro día el diutlce italiano se pre- 
sentó de visita, á eso de lag once. 

— ¡ Ave María Purísima ! — exclamó bea- 
tíficamente al entrar. — Señora mía. ... se- 
ñoritas Aquí tienen ustedes á este po- 
bre clérigo, que viene humildemente á pre- 
senTtarks sus resptetots y á ofreceriles sus ser- 
vicios 

El P. Grossi fué oiiuy bien recibido. 

— j Vaya ! ¡ Vaya ! — exclamaba — ^Tené's 

casa. Bien se cono- 

ella anduvo cuidadoso el 
de mi amigo don Juan. 
Yo le vi, yo le vi muchas vtces, que 
vepííi á ver 9i la Qbra nivchaba, ansi<^Q 



una bonita 
ce que en 
celo amaible 



r. -:;,;•-,- 



P^v?^?^'- 



, -• ^ . :■ *i» ■ 

|^'^?;.'v?erta termiftacia, y mas ans^^ aún dt: 
flJ^jué llegaran ustedes, .i ;% Buena personj 
es mí señor don Juan! Es un hombre sni- 
gular. Yo le quiero y le estimo en cuant.j 
vale. ... Y. . . . j vale mucho, mucho! Ob- 
servo en él cierta dualidad de carácter, 
aquella de que hablan unos paisanos míos, 
no recuerdo si Machiavelo en su "Discur- 
so sobre Tito Livio" ó Ficino ; cierta dua 
lidad que me llena de admiración. En dr^: 
Juan hay dos hombres, ¿capite? El uno: 
el comerciante, el hombre de negocios, con 
algo, mucho, de anglo-sajón, ó de aquellos 
mercaderes del tiempo de Lorenzo el Mag- 
nífico. El otro : el cristiano el piadoso, el 
perfecto católico. En él superabundan des- 
prendimiento y liberalidad : de ello darán 
testimonio ustedes mismas, como lo dan 
tantas y tantas obras piadosas por él favo- 
recidas ; los jóvenes levitas que le deben 
carrera ; el Seminario ese que, en muy bue- 
na parte, está sostenido por él ; y como 
•hahíiá de seirfe mi pobre iglesia de San 
Francisco de JSales. 

iLas sieñoritas le escucihaban atentarfienlte. 
Doña Dolores murmuró una palabra en 
elogio de su cuñado. 

— Y, por Dios, hijas mías, — prosiguió, 
dirigiéndose á Margiarita — que venís á tiem- 
po, ' y que me prestaréis ayuda eficaz, en 
bien de mí ermita .... Nuestro Señor os 
Juagará con creces vuestros afanes. ¡Ya «'': 



'wmf^ 



3^1 

yo, ya sé yo! — dijo en tono insinuante v 
cariñoso — cómo allá en Pluviosilla erais 
colaboradoras muy eficaces de los capella- 
nes de una iglesia, y cómo los diligentes 

hijos de San Ignacio os deben mucho 

Hijas mías : mi orden es más modesta ; una 
congregación de humildes misioneros, 
destinados por la Divina Providencia á la 
salvación d'e los humildes y de los menes- 
terosos .... Nosotros no somos soldados, 
ni tenemos generales, ni acumulamos pabe- 
llones .... No somos más que las abeji- 
tas de las colmenas del Señor, consagra- 
dos también á meditar en su pasión cruen- 
ta. Vengo á pediros ayuda .... Ku de di- 
nero, que bien sé que sois pobres, por wáñ 
que el óbolo de ¡la viiuda valga itainto á los 
ojos del Salvador, • como las dracmas del 
potentado, el cual daba seis veces más quo 
la otra. No ; no me daréis dinero ; pero me 
ayudaréis á pedirle 

— Pero, señor. . . . — interrumpióle Mar- 
garita. 

— Hija : ¿ me contestas con "peros" . . . ? 
— respondió el P. Grossi afablemente. 

— Ño le gusta á mi mamá que pidamos . . . 
Ni aillá en Pluviosilla, donde éramos cono- 
cidas de todos. . . . No le gusta eso 

¿No es verdad, mamá? 

Doña Dolores contestó con un movi- 
miento de cabeza, afirmativamente. 

— ¿ Ya lo ve usted ? Aquí nadie nos cono- 
ce ... . Acabamos de llegar. 



m^mW' 



328 

— ¡ Sea por Dios ! Mira, hija : deseo or- 
ganizar una" junta áe señoritas piadosas, 
as: como vosotras ; de buenas y activas mu- 
chachas, que colecten donativos para mi 

obra Cuento ya con muchas y de 

•o mejor y de lo más distinguido de Tacu- 
baya .... De manera que iréis en buena 
compañía ¡Las buenas compañías, hi- 
jas! ¡ Las buenas compañías! ¡Si supierais 
cuan útiles suelen ser tanto para la salva- 
ción del alma, como para los intereses tem- 
porales! Más de una joven modesta y ol- 
vidaida de la Fortuna, siei ha col'^cado bri- 
llantemente merced á sus amigas de alta 
clase .... Se estrechan las relaciones, hay 
hermanos que son buenos partidos para 

una joven, y como Dios guía á los 

hombres por los caminos más ocultos 

el resultado ha sido la formación de nuevos 
y piadosos hogares. 

Doña Dolores permaneció seria y silen- 
ciosa; Margot hizo un gesto de disgusto. 
Elena fué la que, colérica é irreflexiva, con- 
tefgtó : 

— ^Será ¡pero si nosotras no estaimos 

deseando encontrar buenos partidos! 

Intervino la madre: 

— No, padre: no me gusta, ni á mi ma- 
rido le gustaba, qu€ estas niñas pidieran ... 

Ellas ayudarán á usted de otra manera 

y lo harán con sumo gusto. 

— Preocupaciones, hija ! Ya verás, cómo 
mi amigo don Juan las persuada, . , , Acle* 



329 

más, deseo organizar una hermandad de ni- 
ñas devotas, d€ la cual espero obtener frutos 
'•opiosos de vida eterna Y otra de mu- 
chachos, de jóvenes religiosos. Los jóve- 
nes religiosos han sido los mirlos blancos . . . 
Cuento con estas señoritas, y cuento con 
los jóvenes. Unas y otros tendrán en este 
pobre clérigo un cariñoso capellán, lo mis- 
mo que usted, mi excelente señora! 

— 'Con mucho gusto, padre, con mucho 
g^sto. . . . Tanto estas niñas como los mu- 
chachos tienen confesor... El P. Cangas... 
de Santa Brígida, á quien los recomendó 
desde Pluviosilla el P. Anticelli. . . . 

— ¡ Dos varones insignes ! — respondió el 
P. Grossi. El uno, buen director de almas ; 
el otro, un erudito. 

Y variando de asunto, siguió diciendo: 
— ^¿Estáis contentas aquí? Sí; la casa es 

bonita. . . . Me place 

Y sacó del bolsillo una cajita, dentro de 
la cual había á granel muchas medallas de 
cobre. 

— Tomad, — dijo, distribuyendo — para us- 
ted, señora; para vosotras; para esos mo- 
zos. 

En aquellos momentos se presentó Juan. 

Saludó con respeto á su tía y al clérigo, 
y cariñosamente á sus primas. 

— ^Aquí me tenéis vengo á pasar el 

día con vosotras. 

—Bien venido, muchacho. 

fsM'ientes Rico^, -^^ 



.?1»^^?jai^eBF^pef?'*ww^'. 



33^ 



— Gracias, tía. Alfonso vendrá más tar- 
de, con Pablo, cuando mi señor primo sal- 
ga del escritorio Y esta tarde nos ire- 
mos de paseo. Ordené que me mandaran 
el, coche. Mamá y María no saldrán. Quie- 
ren descansar. . . . Figúrense ustedes que 
aquello se acabó á las dos de la mañana. 
Mucho sentimos todos que no hubieran id?,; 
ustedes 

— ^Vienes cuando yo me voy — dijo el 

P. Grossí. — Es hora de refectorio 

— ^Comerá usted con nosotros, padre! — 
dijo la señora. 

— Gracias. ¡Adiós! Espero á estas niñas 
el domingo á las diez. . . . Tendremos la 
primera junta ese día. ¡Dios nijr, a>U'dará¡ 
Esos muchachos, que vayan cualquier día. 
El arreglo de da liermajmdiaid ^esa, itodaivía es- 
tá en proyecto.... Nadie se mueva,. . 
Yo conozco el camino. 
! , La señora acompañó al P. Grossi hasta 
el corredor. 






f 



p 




ít rt 



XLV. 



Desde esc día, á menos que las señori- 
tas estuvkran en Méjico, lo cual no era 
frecuente, Juan y Alfonso se pasaban las 
tardes en casa de sus primas. 

Mientras Juan y Elena conversaban en 
el balcón, Alfonso y Margarita charlaban 
en la sala. Doña Dolores iba y venía, ó ha- 
cia labor en la pieza inmediata. 

Solían ir de paseo : á la Alameda ó á Cha- 
pultepec, ya con la señora, ya acompañados 
de Ramoncillo. í • 

¡ Qué de veces la lluvia veraniega los 
obligó á salir del bosque para ir de carre- 
ra al coche, ó á tomar el tranvía! ¡Cuán- 
tas otras no regresaban hasta entrada la 
noche, á la hora en que ios guardas iban 
á cerrar las puertas del famoso parque ! 



• «'?^:■í^y:^7^ -íT-'>r5íf?^ r?^^vi^«^^ ss^j*- 



Alfonso no se había atreviái»?á"wcÍT 
¿•mores á Margarita; pero, sin duda algu- 
na, que en una y en otro estaixai encen- 
dida la. chispa. Margot distiiiguia y prefe- 
ría á su buen primo ; encantábale la elegan- 
cia del mozo, no menos que su melancó- 
lica displicencia, y le interesaba la triste- 
za de aquella alma que parecía como en- 
tenebrecida por un desengaño, cuando el 
corazón abre sus primeras rosas al viente- 
cilio plácido y embalsamado de más puras 
ilusiones. Era inteligente el mancebo, y no 
sólo inteligente, sino culto : hablaba inglés, 
francés é italiano; seguía con empeño el 
movimiento literario de Francia; se sabía 
de memoria versos de Lamartine, de Mu- 
set, .de Hugo, de Verlaine, de Baudelaire 
y de todos los poetas de la última genera- 
oió'n; salbíaseliOs muy bien, y ios recitaba 
con acento ntetaimenite francéjs, y ipK>r imodo 
muy elegante y artístico, como que había 
recibido lecciones de lectura de Coquelin, 
de quien había sido predilecto discípulo. 

Alfonso no tenía la verba aburidantísimH 
de su hermano, ni la audacia de éste para 
pensar y discurrir ; el fondo de su carácter 
era serio, y á pesar de haber sido en París, 
durante algunos años, verdadera flor de as- 
falto, conservaba cierta frescura de sentí- 
maentos, muy en armonía con su manara 
de vivir y de pensar. Traído y llevado por 
el tempestuoso mundo de los placeres pa- 



>w^m 



3á5 

lisienses, no había corrompMo su corazótl 
en el. No era un alma sana, pero, de fijo 
qiuíe no era un ser corrompido. 

En ideas y sentimientos convenían los 
primos, y ya en el piano, ya em eil ibosqiue, 
aquellos dos corazones palpitaban al uní- 
sono. 

Margarita amaba á Alfonso, pero cual- 
quier observador perspicaz habría compren- 
dido á poco, que en el afecto de la blonda 
señorita había algo de cariñosa compasión ; 
algo como el anhelo de hacer que aquella 
existencia entristecida recobrara la juve- 
i.il é ingenua que desengaños y desilusio- 
nes le habían arrebatado. Deseaba Mar- 
got que su primo fuera franco; que 
alguna vez le confiara aquélla historia 
que tan prematuramente le había quitado 
con la regocijada alegría de los veinte años, 
el anhelo de amar y ser amado. Pero Al- 
fonso no tocaba nunca ese punto, y vanos 
fueron los ardidtes d^ la irubiai señorilta para 
que su primo depositara en ella su con- 
tia^za. 

A su vez el mancebo estaba prendado de 
su prima. Cautivábanle la hermosura y el 
ingenio de Margarita; le seducían su talento 
y su natural y modesta expedición, y le te- 
nían rendido la gallardía y la singular be- 
lleza de la joven. Y se decía: ¿Amo á Mar- 
garita? Tal vez. Pero si yo le digo que en 
el fondo de mi corazón tengo para ella 



^*2w^~-T!>''fTr-':w^;^^^ 



.334 

un afecto, un cariño, que no es el de un pa- 
1 lente, no puede dar crédito á mis dichos 
porque sabe muy bien, ¡ vaya si se lo tiene 
bien sabido ! que tempranos y crueles desen- 
gaños me amargaron la vida. Ella es dis- 
creta, muy lista, muy lista, de sentimientos 
exquisitos, delicada como una sensitiva, y ni 
puede ni debe dar oído á mi amor . 

Y así pasaban los días, y de aquel amor 
eran intérpretes por ambos lados Chopin 
y Sajint Saens, M'etndielssoihn y Qoiuinioiud. A 
veces en labios diel mozo haiblaibam Coppée 
y Gauthier .... 

Cierta tarde, precisamente el día en que 
don Juan comunicó á sus amigos, en ele- 
gantísimas esquelas, redactadas en francés, 
el fallecimiento de Eugenia, iban Margarita 
y su primo en el bosque, á lo largo de una 
larga oalle de abetos. El sol se ponía dulce- 
mente, y al morir doraba el firmamento y 
las lomas, y las arboledas últimas del par- 
que se destacaban sobre un fondo gualda. 
Ni Margarita ni Alfonso hablaban, absortos 
ante la hermosura del paisaje. 

El mancebo romipió el silietmcio, diciendo, 
con cierta entonación melancólica, delaitora 
de secreta añoranza, los primeros versos 
del célebre é incomparable soneto de Ar- 
vers : . 

"Mon ame a son aeeret, ma vie son mystére: 
Un amour éteruel dans un moment conga" .... 



J 



fg^c'^^'w^w^cj :.. '-ifAf^y ■:'>■ , 



335 

— ¡ Lindos versos ! — exclamó Margarittí.. 
apoyándose dulcemente en el brazo de su 
primo. — ¿De quién son? ¿Tuyos? 

— j Ojalá ! De Arvers . . . Un poeta cuya 
gloria (pendura en este soneto, en catorce 
versDs de expresión apasionada y dulce. . . 
Dicen que fueron dedicados á la hija de 
Nodier ó á Mme. Víctor Hugo. . . Algiiiei 
na dicho que este soneto es una lágrima 
caída de los ojos de un poeta en momientos 

de inspiración y luego convertida 

en perla. 

—¿Lo sabes todo? 

—Sí. 

— ^Recítalo. I 

Detúvose Alfonso, y, con acento emamo- 
radiQ y triste, miirmuiró diulcemiente, casi al 
oido de su compañera, el inolvidable poe- 

— ^Vuielfve á declrk. 

El mozo repitió el soneto con voz trému- 
la y profundamente apasionada. 

A'l termiinar la recitación, AlfonsiO' miró 
fijamente á su prima .... Esta ¿ajó el ros- 
tro, y siguió andando. De pronto se detu- 
vo 

— ¿ Sabes ? 

-¿Qué? 

— Ese soneto. . . parece que, en cieno 
modo, es un eco de tu corazón .... 

Inmutóse Alfonso. 

— ¿ Por qué dices eso, Margot ? 



r 

lkí> 



33¿ 



■ — Porque sí. 

Y siguieron' avanzando sileiK^iosamért- 

IC • • • • 

Al fin habió Margarita. 

— 'Sí, ¿no es verdad que en tu corazón 
hay un secreto, y en tu alma un misterio,... 
que lentniístecen tu coraizóni ? . . , 

Alfonso no respondió. 

— Vamos, señor mío ¿No merece 

Margot el favor de esa confianza? Cuénta- 
me esa novela ¿Novela? No; ese poe- 
ma triste. 

— Pues oye, prima mía: . i 




¿w^ik.» 



.4 




XLVI. 



— Priimjita mía, escucha mii novela. 

— ¿Es muy interes'ante ? 

—Tú dirás. 

— ¿Es alegre? 

— Creo que no. 

— ¿Triste? ; ' 

— Parece serlo. 

— ¿ Realista ? 

— Sí ; y áe buena ceipa. . . . Más bien, ro- 
mántica. 

— ¿ Romántica y realista ? 

— No son 'térmános antitéticos. 

— Señoír mío : cuailquiera 'diría que, con 
vieirtiído en critico, .pontificas «n la más gra- 
ve de las revistas inglesas. ,,." 

— ¡Margot! 

— Sentémonos aiquí> en este tronco. 

Parientes Ricos.— 43 



\. ■■ . ..V -,.-.,. ^ 

•de cara al sdl que muere, bajo estos ár- 
i)oles vetustos; que bien merece la triste 

historia de ese aimor desdichado, el ser 

contada en este sitio melancólico, ante los 
esplendores del occiduo sol. 

— ¿Poeíti'zas, soñadora? 

— ¡A críit'ico profundo. . . altíisimo pioe- 
ta! 

Sonreía la blonda señorita, sonreía mali- 
ciioisamente, imiiemtnais su compañj^o caJila- 
ba entristecido. 

Sentóse la joven en un tronco cortado 
á cercén, y Allfonso en otro, cercano, ten- 
dido á la vera del camino. 

Esiperaba Margarita que su primo diera 
princiipio á la narración ; pero éste, echado 
cl sombrero hacia a'trás y apoyados los 
rodos sobre las rodillas, jugaba con los 
guantes, cabizbajo y mudo. ... 

— Habla, — dijo Margot. 

— Temo que te burles de mis tristezas 
y de mi. . . . novela. 

— ¡ Habla, Alfonso ! Yo te lo ruego . . . 

— 'Putesto que tú lo deseas, oye : era lin- 
dísima, encantadora. ... 

— Así lo creo. ... Vi sui retralto ell otro 
día. Me le enseñó María. 

— La conocí en Náza, durante una tem- 
porada que pasamos allí con mi tía Euge- 
nia. .. . La conocí en un combate de flo 
res .... Su coche fué el premiado. Me cau- 
tivó la soberbia hermosura de aquella mu- 
jer que atraía las miradas y la admiración 



. •'v:!:-.X;; 



j,^! 



■'^^■^'!WWf^''W 



339 



^e todos. Dos días después vino á la ca- 
sú de mis tíos, á una comida que ellos ofre- 
oíam á sus amigioía para celebrar no sé qué 

aniversario Fui presentado; la llevé 

á la mesa, y desde esa noche .... 

—Entiendo. Fueron amigos y te 

enamoraste locamente. 

— ^Ruth se llama .... Su padre es muy 

rico Es un banquero judío residente 

en Burdeos. 

— ¿Y pensaste en casarte con una judía? 
¡Por Dios, primo! Me alegro del fin de 
esos amor.es .... 

— No tendría eso nada de particular 

En) Francia, len todia Eurolpai, hay matrimio- 
nios de esos todos los días.... La más 
alta nobleza de Franda, la más antigua, 
no tiene escrúpulo para esos enlaces.... 

— Por el dinero. ... 

— Te encuentro antisemita 

— Y yo .te encuentro. . . . judaizante! 

Además, nosotros no somos noble» 

¿ Recuerdas aquello, precisamente del libro 
de Ruth.,., "tu Dios será mi Dios, tu 
pueblo será mi pueiblo?" La religión es to 
do para el cristiano. . . . 

— Para mí la religión No soy irre- 

l.'gioso .... No encuentro en la religión, 
como algunos, motivo para halagar mi va- 
nidad y dar suelta y empuje á mis altive- 
ces,... Odio á las gentes gazmoñas 

Creo porque amo. . . . Amo porque creo. 
No soy, como mii hertnano Juan, imdife- 



^^ífp^Wví^-í^^.'^W^^ 



340 



renite á cosas tan altas .... Juan, más quo 
indiferente, es descreído. ... Creo firmc- 
mernte «n la fe de mis padre ; soy católico ; 
lo soy por educación y por convicción; pe 
10 ciertas prácticas y ciertas preocupacio- 
nes no se avienen oon mi carácter ni con 
mi manera de ser y de sentir. Adivierto 
que aquí las prácticas religiosas tienen mu- 
cho die ihábito, de costum.bre ; me parece 
que falta en las personas más piadosas la 
verdadera ilustración católica. Dime: ¿qué 
motivo hay para reprobar un enlace por 
disiparidad de culto? 

— j Primo mío, primo mío ! Es necesario 
ilustrar á vd. Toda la ilustración católica 
está en el oa'tecismo .... Sí ; me íelioito de 
que esos amores se hayan malogrado .... 
Vamos á la novela. 

— A ella voy. 

— Ruth . . . . ¡ bonito nombre ! no te qui- 
so. ' 

— Era una náña frivola. . . . peno ¡ tan her- 
mosa ! 

— Te engañó. 

— Sí. Mis padres aprobaban mi elección. 

— Naturalmente. 

— ,:Por qué dices eso, Margarita? 
■ — Naturalmente: era joven, bella, ele- 
gianfe, distinguida, de exquisita educa 
ción.... míllonaria, ¿no es verdad? 

—-Sí; pero tú lo dices por lo último. . . . 

— ¡A qvé negarlo! 



t" (' .'^.r.'*^ .#■_ 



341 



— El padre de Ruth no se oponía á nues- 
tro enlace. 

— ¡ Tanto mejor ! Pero un día 

— Un día, sí, aquel idilio 

— Hebreo. ... ¿no es así? 



-í Margot I 



— ^Áquel idilio aristoorático, flor espíen- 
cjiida de la "higúi life'' francesa, se convir- 
tió en tragedia. 

— Un agregaido de embajada, un joven 
inglés de hermosa presencia, con riquezas 
en la India y casitillos en Escocia, vino y. . . 

— Y todo acabó, ¿ no es eso ? 

—Sí. 

— ^No sigas. Te ahorraré los comenta- 
rlos . . . . ¡ Váimonos ! 

Margarita se levantó, levantóse Alfon- 
so, y siguiieron hacia el fondo del bosque, 
poir. donde iban Juan, Elena y Ramón se- 
guidos del carruaje. 

— Pues ahora, primo mío, vas á escu-. 
charme . . . Celebro tu desgracia. ¿ Por qué ? 
Por lo que ya fie dicho, y porque tu al- 
ma dulce y bondadosa necesita de algo 
más que de una heredera judía, bella, ele- 
gante y opulenta. O mucho me engaño, 
ó para ser feliz lo que te conviene es una. . . 
crisitiana, sencilla, modesta, cariñosa, que 
'viviai para ti, ajenia á las vainlidades dé ih 
sociedad opulemita en que has vivido. ¡Si 
rreo que en ese mundo te han envenena- 
do el alma y te han marchitado el corazón ! 
Alfonso, a'lej.ai dte ti los recuerdos de esa 



i ■ 



■/p^'^:^jfK^'^'f.^ ^\;- '■•'W^WTJ^^f^'^^Wn ■*?!?■ 



342 í 

mujer. Ohrida esc desengaño ¿Quién 

no lleva en el fondo del corazón tristes 
niemiorias de una diciha malograda! Vive 
para ser dichoso. ¿Qué te falta para con- 
seguirlo ? ¡ Nada ! Quererlo. Tu corazón 
ahora mustio y sin aliento, volverá á 
amar Pero, óyelo bien, óyelo, Alfon- 
so: mira en quién pones tu amor y en 
quién fijas tus afectos. Eres demasiado 

roimlántico Primo: ni novelas lacnairti- 

ntanas, ni niov»liais de Zola. ... La vida no 
es perfectamente buena ni perfectamente 

mala Si crees porqoíe amas y si amas 

porque crees, ajusta "tu vida á lo que te 
ofrecen esos dos ideales. Dios mandará á 
tu alima benéfica lluvia de santos afectos, y 
tu corazón, aihora nnustio, volverá iá flore- 
cer, como esas iplaintais que tieinieis deilanlte, 
cuando pase el inAiiemo. ¡ No me gusta tu 
novela !....; No me gusta esa tu (literatura 
poética, no me ignastat! Procurie el novelista 
que en la segunda parte de su libro haya 
más s'etnciillez y. . . . más acierto. 

— i Eres cruel conimigo, Margarita ! 

— ^Acaso. ¿iSoibes por qué? 

— ^;Por qué? 

— Porque te qiuiero mucho, Alfonso! 






;?f5K^:^s3«?* vís' 




XLVII. 



Ese mismo día iprincipió el duelo en la 
casa de Collantes. Se distriibuyeron esque- 
las; fueron cerrados los balcones; queda- 
ron entornadas las puertas del despacho, 
y sobre la cliaíve del iportón colocaron los 
criados un gran moño negro. 

üesdie -ese día 'lucieron cocheros y la- 
cayios corpecta y leleganitísima librea de lu- 
to, y doña iCarmiein, en lat antesala, y don 
Juan en ésta y en el escritorio se mostra- 
ron de lo más tristes y apenados por la 
inesperada pendida de aquiella hermana tan 
querida. 

Acudieron á la casa Secretarios del Des- 
pacho, diplomáticos, banqueros, periodis- 
tas, y ciuarítos amigos temía nuestro don 
Jiuan, 



'?^TH^'"7^í*íVTy*'Tpw^'«T7^(í5!?f;:9íw^^ 



344 .. 

—¡Quién pensara, — decía el P. Grossij 
eñ medio de un gran círculo de personas, 
hablando dulcemente con uno de los pro- 
ceres más opulentos de la ciudad metro- 
ipolitana^ — ^qiuién creyera que á la ibriilanre 
tiesta del día 24, sucedieran es"tos penosos 
días de dolor y de duelo ! j La muerte, ami- 
go mío ! ¡ La muerte que acecha nuestros 
pasos, como ladrón furtivo! ¡Hay que es- 
tar alerta, porque no sabemos en qué día 
ni á qué hora llegará el Hijo del Hom- 
bre ! La idea de la muerte no debe apar- 
tarse nunca de nuestra mente, señor 
mió ! . . , . Pireciso es vivir prevenidos, dis- 
puestos á emprender ese largo viaje, del 
cual no regresan nunca los viajeros. Hay 
que sembrar, hay que sembrar virtudes y 
caridad para recoger opimos frutos de sal- 
vación! No conocí á la generala; pero me 
dicem todos que Mme. Surville era un án- 
gel de bondad y de dulzura, un tesoro de 
piedad ! . . . . ¡ Ya habrá recibido en el cie- 
lo la merecáda corona! 

Mlultiplicábanse los amigos en aquel pa- 
lacete, y en la portería llovían tarjetas y 
cartas ; los días aquellos fueron para Ma- 
ría por extremo fasitidiosos^ lo mismo que 
para Juan y para Alfonso; pero éstos, que 
no estaban obligados á permanecer én la 
casa, se pasaban las horas en su casa, de 
charla con sus primas. 

Doña Dolores y sus hijas vistieron lu- 
co, y se disiponían á encerrarse durante 



'■^^■■^:j*'r^-T- •■>* ' '-^^W^^ 



345 

nueve días, hasta que pasara el servicáo fú- 
rébre, que fué dispuesto y organizado en 
ia Profesa, como era del caso, por el exce- 
lente P. Grossi, quien .no sólo arregló k> 
referente al túmiuilo y á la misa, sino que 
se emtendió con el maestro Camipa para 
lo relativo á la parte mluisical. 

— "¡ Mío caro maestro ! — exclamaba el 
clérigo, ha¡blando con el tailentoso compo- 
sitor. — ;'Mio .caro artista! Música dolien- 
te, que arrainque lágrimas, que avive nues- 
tra fe, que encienda en caridad nuestros 
corazones y que nos hable de las eternas 
esperanzas ! 

El italiano ,ped¡ía música itailiaina, y ine- 
comendaba no sé qué autores, pero el dis- 
creto compositor suipo conseguir, no sin 
trabajo, que ise k dejara en absoluta liber- 
tad iriesipecto á tail puntO'. El respondería 
del éxito, acerca dd cuail las personas inte- 
ligentes qiuiedarían satisíechas. 

Arreglados estos asuntos, el P. Grosái. 
cuyas aptitudes decoradoras eran paten- 
tes, dedicóse á dirigir y vigilar la construc- 
ción de! túmulo, para lo cual solicitó la 
cooperación de Pina. Tuviéronse á la vista 
muohas fotografías de San Pedro de Ro- 
ma: el sepulcro de Cristina de Suecia dio 
'.'d idea principal, y el conjunto fué deco- 
rado con las armas de la familia Surville. 

Diariamente concurría el P. Grossi en 
tasa de don Juan para dar cuenta de' la 

Parientes Ricos.— 44 



í^ 



34^ 

comisión que se le había confiado, y cuéi.n- 
do el túmulo quiedó concluido, una sema- 
na antes d|e los funerales, don Juan y doña 
Carmen, con todos sus hijos, fueron á la 
iglesi'ta de San Francisco de Sales para 
ver la obra, la cual dejó á todos muy con 
lentos. 

'Maria indicó la conveniencia de que á 
ios blasones de los Surville se unieran en 
el túmoiilo los de ía familia Collan'tes, jn 
escudo cuartelado con castillos y estrellas. 
Era duidosia la procedencia de tales armas, 
no registradas acaso por la herálldica es- 
pañola, y las cuales se remontaban, al de- 
c.T de don Jiuan, que se decía poseedor de 
■^■jeja ejecutoria, á un buen caballero as- 
'íuriano y á las centurias de la reconquis- 
ta del suelo hispánico, bajo las banderas 
de San Femando. 

Dióse gusto á la niña, no sim Leal y di- 
simulada oposición de Jtranito, y el P. 
Grossd se apresuró á ordenar que los piti- 
tores copiaran el blasón, tomándole de un 
pliego de papel que proporcionó la s=;ño- 
rlta. 

— ¡Qué blasones ni qué nobleza! — repe- 
tía Elena cuando Juan le refirió 16 acaeci- 
do. — No hay más nobleza qtne la de la in- 
teligencia y la del corazón. Nosotros, por 
la raima paterna, descendemos de un hon- 
rado especiero que por muchos años ven- 
dáó en Veracruz aoeáte y almendras, y que 
jwocedía de muy sencillos labradores oriun- 
dos de Ramaks, allá por las momtañas 



í^'i\itljfliÍÍÉ 



. 7^" ■■?«?•■ •■■q^T!?^' 



r ' 347 

saaitanderinas ; por la línea materna descen- 
demos die unos andaluces cultivadores de 
tabaco en Vilía/verde, y establecidos en la 
Florilda después de la expulsión de los cs- 
{tóñoles. Un zurrón de almendras, una bo- 
tija de aceite y unas matas de tabaco ven- 
drían como de encargo para el túmulo. . . 
¡Qiué blasones ni qué castillos! Para bla- 
sones, don Cosme Linares, y el crtro don 
Cosme, qule se dicen descendiente de un 
virrey Come que por eso llevan el mis- 
mo nombre ¡ Ni los Médicis ! 

Y Juan y Alfonso, y Ramón y Pablo, 
y Margarita y "iíoña Dolores, reían á más 
no poder con las murmuraciones de la ce- 
guiezuela. 

— ¡ Por Dios, Lena ! — díjole la dama. — 
Calla, hija mía, que ya te vas pareciendo 
á Conchita Mijares! 

Los muchachos se fueron: Pablo al es- 
critorio, y RamonciMio con varios condiscí- 
pulos y paisanas suyos, qtuie á la sazón es- 
fcudiaban en. Méjico, unos én Jurispruden- 
cia y otros en Medicina. Juan y Alfonso 
propusieron ir á Chapailtepec. 

— ^Pero, muchachos — respondióles la 

señorai — «i esiamos de luto! 
^ — Sh^JÁK, es verdad — suplicó Al- 
íense — pero qué hay con eso. . . . Ad'emás, 
nadie conoce aquí á las muchachas! 

Y tanto rogtaron Juan y Alfonso, que 
doña Dolores hubo de cedier. 

í — ;Vais á pie? ' . ( 

— Iremos en el tranvía. 



(íi 



\ 



Sív 






p 



%: 




XLVIII. 



Los funerales de la señora de Surville 
úieron magníficos, y en ellos estuvieron 
reunidas las personas más distingiuidas de 
la sociedad miejicana. 

La decoración del soberbio templo era 
die lais más severas, y el túmulo ideado por 
el P. Grossi mereció elogios de todos los 
concurrentes. 

Por deseo de doña Carmen, las coronas 
fueron de violeitas, — I<a flor bonapartista — 
y guirnaldas violáceas circuían los blaso- 
nes de las faimilias Surville y Collantes. • 

Celebró la misa el Doctor Fernández; 
e) P. Grossi cantó el Evangelio, y un clé- 
ligo joven, protegido de don Juan, cantó. 
la epístola. 
(,: Al €S$>lenldo(r supremo dtel seirvicio con- 



t 






350 -. 

tribuyó oportunamente Monseñor Fuentes, 

quieiii, ilegiaJa la vísipetra para los pinepara- 
tivos del Concálio, no tardó en presentarse 
en el palacete de Collantes. 

— Asistiré á las honras, si ustedes lo per- 
mateo; — dijo — qiuie buenas memorias hago 
de Mme. Surváiík, la oual me hospedó en 
su casa cuando estuve en P>arís, al regre 
sar áe Roma 

iMuv agrakiecidois los señores, se apresu- 
raridn á dar aiviiso al P. Groisisi paira que 
crreglaf a lo neicesario 

E hízolo á maravilla, con el lujo que el 
caso requería; asistió el Prelado y dio la 
absolución, rodeado de clérigos y de mo- 
naguillos, y con toda la pom/pa de un oibis- 
po elegante, inteligente, educado á la som- 
bra del Vaticano, firme en su dignidad y 
convienciSdo del poder que tiene sobre la 
multitud el ceremonial g^ave y solemne 
de la liturgia católica. 

Ardían en el templo centenares de cÍTÍo5. 
y la orquiesta, dirigiida por batult'a 'tan se- 
gura como la del maestro Campa, llenaba 
e) sagrado recinto de mobles é inspiradas 
harmonías. 

Terminó el oficio á las once, y el Pre- 
lado, el celebrante y sus compañeros con 
algunos otros amigos de don Juan, fueron 
á la casa de éste para acoímipañarle á la 
m«sa. 

Fué aquel almuerzo un vel:^da'dlero ban- 
quete, en el cual alardeó el capitalista de 



j^^^,.,^.^. .-.^;,,,,_.. ., ,. ,., ,^.^,_ j^.;^^. ,.,; '^íí^'^f- 



SU riiqu'eza y del inusitado lujo de su co- 
medior. 

Lluego que se retiraron los invitados, ba- 
jó don Juan al escritorio para despachar 
su correspondencia, seguiido de Pablo, que 
le s'ervía de secretario, y ée cuya laborio- 
sidad y expedición estaba más contento ca- 
da día. 

— ^Estoy imíu)y cansado, sobrino! Abre 
ías cantas, y dame cuenta d'e alias .. . . Obe- 
decióle el mozo .... y leyóle dos ó tres re- 
ferentes á asuntos mercantiles, las cuales 
fueron reservadas para otro día. En segui- 
da se trató de diez ó doce cartas de pésa- 
me, procedentes de Francioi. . . . 

— ¿No viene alguna de Surville? 

— Sí ; éstia ! Y con ella una para mi mamá. 

— Dámelas .... 

Abrió don Juan la carta de su cuñado; 
leyóla atentamente; dejóla en la mesa, y 
luego, sin oduiltar su contrariedad, dio al 
mancebo una carta .... 

— Toma . T . . es para tu mamá ! 

Mal disimulaba el cap'italista la impre- 
sión desagradable que le había causado 
^.a carta de SurviHe; volvió a íeerla, y con- 
cluida la lectura, estrujó el papel, y levan- 
tándose, murmuró : 

— Despacharemos mañana! ¿No hay 
otra cosa? 

—No. r: . 

—Mañana. Nada urge. - • 

Y, 1 ■ . 1 \ 

agrego: 



' 



35» 

— Parece que Eugenia se acordó de r.s- 

ted^es al testar Míe dice Surville que 

hay un legado paira Lola. . . ¡ No será muv 
grande ! M^e hace algniinos eincairgos acer- 
ca de eso .... Ya hablaré con tu mamá. 
Llévale la carta. . . . Vete, y procura ve- 
nir mañana á "buena hora. 

— Siempre llego oportunamente, tío! 

— Sí ; pero mañana te necesito media ho- 
ra antes de la hora acostumbrada. 

— Estaré aquí 

— ^Di á tu maimá y á tus hermialnias que 
mañana las espero á almorzar. Si Ramón 
qudiere venir, que venga. ¿ Quieres tú acom- 
pañarnos ^también ? 

— 'Bien sí ... . 

— lEiti! la tarde trabajairemos mudho. 

Don Juan se guardó en el bolsillo la 
carta áe Surville, salió del escritorio, y 
paso á paso se dirágiió hacia la escalera. 

Pablo amegló sus papeles, guardó todos 
en un "chiffonáer," tomó el sombrero, dijo 
adiós á sus comlpañeros y se ?ué. 

Llegó Eablo y puso en manos de doña 
Dolores la carta de Surville. 

En ella el general, inconsolable de 1?. 
pérditía d-e su esposa, "ma brave et tres 
chére épouse ét compagne," — decía— le co- 
municaba tamaña desventura, que no . por 
haíber sidio espeirada era menos 'dblonosa. 
} k anunciaba qiue la excelente señora, 
cariñosa, como siempre, con los suyos, y 
teniendo en cuenta las circunstancias pe- 



r 



353 



tutiiiarías de h¡ familia, había hecho mo 
difícacion^s á su testamento, pocos días an- 
tes de morir, y dejaba para dotar á Mar- 
garita y á Elena, pero directamente á do- 
ña Dolores, cincuenta mil francos; que 
dentro d« pocas semanus se procedería al 
arregflo de todo, y -en su oportunidad, la 
mencionada cantidad quedaría á disposi- 
ción de quáen debiera recibirla. 



▼ 



<■''■<■ . ■ , - . I • • ■ 

1,1 \n'\:}-.-:i í,i«lí i! ,iiiii:fii;l d -Áy í!>íí|íí;uu: 

:M.<Í» f; •>ií'M(iiii''»^íii' 'itíH ..rwr'l'l /; 7 jüiÜí. 
(j.- ::•(:'•■■.•• M. f •* - - :i>;'JM'< . ' -rt; " 'í j 'if» <>1'tlf > 



18-: fj ,'^• 



H < > • 



i 'it ¡I ii-;" 



:, nt'i 




r 



->?!, 




■•.i^;¡>'l :;- .T' ,-:i! . .(h^it^svúy-ri -tul 



.,. . ^. 



|t' f"'>í!-' ■>i:'¡¡ '.■■ !^l:-\: ■ ;.;■ < A-A\\\{\-\ .^x.\\i\ 



>. • 



, ^ íffi tí!:., i .-.ñ,-. = . .^ M^.; Y :íri;]'rí;-- -ff 



k 






•>íKl .'.1/ (!>•.-• <jí:(( ;.,.(»,.■■• , . -,(;í'i • .<'-!1J ;*j y 

■-'b':'' -: ■ - :■■• '■ :mV, . ■:• -íc'/' ■:'•• ..;.^^! ^' 

Como lo deseaiba el capitalista, al siguien- 
te día doña DoQores y sais hijos cotmeiron 
:on él* . ... 

Después de la oomida se habló de Eugi> 
nia y dei Gemeral S;iirville. 

— irQúé te dice Augusto?-*— dijo don Juan 
á doña. Dolores. — ^Ayer te mainidié oon., Pa- 
blo vtcm canta ique vino pana tí ? 

— 'Me la entregó ayer tarde. Augusto nie 
da noticia de los úhitnos momentos de Eu- 
genia. E^e <|ue desde hace vados meses ' 
¡pei-diieroih los médicos toda esperanza ¡ qiie 
él se esperaba la' desgracia de>ufi mdmen-' 
to á otro, pero que «u deseó y su cariño le 
cn^ñaban, y se habia dado á pensar, que 
Eugenia viviría aún en octubre, ;«/íí;ti'i = üi 

-^-Lo múmo nois dice á ii060trQp....iú 



I 




-^55, ' •'rVf 



35^ 

ó t^l^sjí*^ dé láfe uílín 

aiil3f56?' con suma en'\:éréz9ty\ueéí).' tíáts 
rnomentoü' ddó rnuestiras de fe y de cristia- 
na iresig'niación y qiue en su testa 

mentó consignó ail'go respecto á estas cria- 
turas. Entienídio que s€ trata de unos enca- 
jes, de los cuajles me habló varias veces en 
sus, cartas. A principios de año recibí uma 
en que me decía : que las niñas se casarían 
pronto, y que se pfojponía hacerles muy bue- 
nos regaflos el día de. la boda ; que ella te- 
nía muy ricos encajes; algunos heredados 
por Augusto; otros que éste le había com- 
plradb en iMaJi'ras, cüajndo fueron á Bél'gica, 
y otixDs.DHás, eetre los cuales estaba mi velo 
de sombrilla, obra.marafvillosa, con la cual 
la había obseiquiado da Emperatriz ílugeniia. 
al volves-.die Suez. M 

— ¡ CorKocemos ése velo! ... . — exclamó. 
Mada, acairiciando un perrito de Ghihua 
huaque le había sido regalado por el S^re- 
íiario de Comuinicaciones. — jEs uíi ie«ícan- 
tol.. .., , 

—Es uma piíez^ valiosísiima . , — imste- 

rruoipió dkapa 'Caiimen — I-magínaite : una 
orl^ die hojitenisias, y en» cada gajo el .esoudí^ 
de la.Emtperatriz entre ramos de violeltas... 
Ese vielp. . . . vaJe, sin atend'er á su proce 
denciíai y á su vailor íhistórico, más de treinta 
mU francos. .... ¡Ya se ved Regalo die una 
reSna!^ ■. ü.: ■■■■. 






I 



■ r>^'ví?^^S^"-';-Tí>^^^^'-.:iV-^'^ 1 



357 

— Pities, hija, si ese veJo nos lía sido llega- 
do, nio sé qué haremos con él,^^-diijo "Marga- 
rita — mibisolras q.ue somos pobres. . . ¡Seria 
muy feo que usáliíaimos esa ipresieia ! 

■ -—Podían venderle En Fráaicia lo pa- 
garían á muy buen precio. .. .—murmilii\3 
dloffi Juamu — Pero no piensen en eso, Ldh;.. 
Eugenia hat>rá dispuesto de otros encaj.es, 
sí, pero mo de esa joya, que Survilíe, bóná- 
partiista de buena cepa, conservará como Un 
tesoro. \ 

Se habló de otros asuntoS^ : de los éspíeh- 
dores del servicio fúnebre ; del táíento de 
Monseñor Fuentes ; de la belleza de la es- 
posa del Ministro francés, y de la compa- 
ñía de ópera que estaba próxima á ílégár. 
L,a temporada principiaría á fines de ¿gósto 
ó en la prionera quincena dte septiembre. 
|. María y doña Carmen lamentaban) que 
el luto no les permitii la gozar <íe ese espec- 
táculo. 

' — ¿Por qué? — se 'apresuró á decir Juani- 
tp.^E^ no es más que una preocuj|a,ción. . . 
Por eso rne guista á mí vivir en París. . . . 
Allí se pierde unb, cuando quiere, y^ nó '^iá 
'jno obligado á respectar ciertas preocüpialicio- 
nes socialies .... 

— ^Ya hablaba yo de eso con el F, Grds- 
^,§í..,. — ^dijo doña Carmen. 

— ;. Y qué plpina, mamá ? . 

—Dice, y dice bien, que no por escutfliar 
á Toimagrio, iú por oír el ótelo de V'^rai, 
hornos de sentir m^mos á tu tía Eu|feñií^, ,'-. 



•>-y-- ■ «. ^'-•^"'^ • -tV7 * • 



■ "^ ■/■• *'■ 'i .^^ ; ;.,■■' 



358 

— 'Es cierto, mamá ; — replicó Alfonsoque, 
sentado cerca de Margarita, hojeaba un ál- 
bum de acuareíIais,^pero. . . me parece una 
incorrección que vean á ustedes en el tea- 
tro dos meses después de los tunerales de.m; 
tía , En mosotros los hombres nadiie re- 
para ..... pero en las sefkxras sí ! 

— ¡ Magnífico ! ¡ Magnífico '.--exclamó Ma- 
1 ia. — ¡ Lo de siempre ! Para las pobres mu- 
jeres la exigencia más dura, la tiranía, la 
censura cruel .... Para ustedes tolerancia. 

libertad, dásculpa ! 

I — tNo pierdan el tiem'po en esas discusio- 
nes, — dijo dlan Juami, imterviniíeindo — jqiue de 

aquí á septiembre nadie se acordará 

de que estamos de luto Ya ordené que 

nos tomen una platea. ... Se va, ó no se 
va. pero la platea estará á nuestra dis- 
posición. Si nosotros, al fin, no oímos á Ta- 

magno Loda, Margot y Elena iráni con 

ustedes ó con Pablo y Ramón. 

— r¡ Nosotras no ! — apresuróse la señora á 
deoir — ¡ Cómo ha de ser eso ! 

—No, no ; irán uistedes. Dile á Pablo ma- 
ñaina que me lo recuerde, y te mandaré di- 
nero para que estas niñas se hagan ailgunos 
vestidos, y para que los muchachos se pro- 
vean dle ropa de eftiiqíueta .... 

— ¡Gracias, Juan! Mudio té lo agradez- 
co; pero, á ser franca, debo decirte que no 
será piara ir á la ópera. ... Nó »me iparecír 
conveniente eso, cuando Eug-emia aicab^ de 



.1 ;.: 



■•^r ' • ■ ■ ■ . -•■_■•■■••- ..-■,>*-■;. ^K;?ír4?5|Kn^^,í 



359 

— Diois meses en la vida, social son dos 
años .... Pablo : mañana llevarás dinero a 
tu mamá.... Iremos á la óipera... Esas 
niñas no han de vivir como unas monjas, 
entre cuatro paredes . . . j A cada edad lo su 
yo ! 

— j Y vamonos ! . . . . dijo la sieñora, levan- 
tándose... ¿Dónde está Elena? 

— En el gabinete . . . con Juan .... Para 
allá se fueron hace un momento ! — cootestó 
María. 

Levantóse Margarita en busca de su her- 
mana. Al volver, trayendlo del brazo á la 
ciega, y mientras Juan soilía para hablar con 
mini cri'ado y ipedirle el coche, la blonda sc- 
ñoriTta dijo á la morena;, en tono se vemot : 

— ¡ Lena, por Dios ! ¡ No está bueno eso ! 
No es correcto que te separes de nosoitros 
para irte oon Juan .... 

— ¿Qué hay en ello de malo! — resipoii 
c'ióle la joven. 

— Nada, siio duda alguna; pero no me 
parece que haces bien Ya hablare- 
mos. 

— ¡Ya hablaremos! — contestó contraria- 
da la ceguezutíla. 



J, I ■ ■ -1 



í-\ .» ; ■ 






- n 



i-lr .., !■:.; •; ,., 



</í 



. ' .■ ' 1 , 



1- • 



. 'i^f; ) : . 



.ij i: • /I:j 



i), 



•Cí;' 



! i;- 



í . j/r 



^ "'\ 




■• ■"• I',' 1,': >'A i ■•n,.rrí 

■' '::-u/ i •; "i, .' 



• TI - ! 



•■ 't ¡ 



A pnnqipips qe septiembre, una mañani- 
ta, al .vp^lvor de la' Lgflesia, recibió Márgdt 
una carta ¿Jue decía así : 
,, í ' Mi bu^na y cariñosa amiga: ^ / _^ 

**Va me •imagino lo qué cíirás cíe rni, que 
no h* >ido na para escríbarte cuaítix> renglo- 
vies,. Tienies razan, mucha !ra'zón, €ti quejar- 
te de mí ; pero, hjja, pon¿íd]éráme : figúrate 
quie las fieetais ha-:» «qgyuWo én c^.dei.^rtú- 
ro; con. motivo del sainto icíe su i^iamá, ¡pri- 
meno, y luego para cel-etw'ár el cumpleaños 
cjel ^ñorít<;>^ 4e la cálsa'. TuyiniiQ^ vario;?. b^I- 
^^ que tqdiQs saliierocn dte lo, mas. 'bonitos. 
-liemos xíaKk)' tres drainas : ^T)esiDeilar en Ja 
Sombra, " i^iquel dlrama qjie habían, Jtejnijtajér- 
fiDos^memce Condiai Piad^lliai, y dbaii l^nicm^ 
G(iííasp;, me^tiímos ''JJn tír^aeim. ,Ñü«9,vp,V.y 
!Cgrm2^;fn<w,"Él Escil.ayo ■(í^^'^'\^ ói^~' - 
nEl Somitreí'Q' de Copa." Ahora é 



estemos 



Parientes Ricos,— 4Q 



■ '■V- 



f:-fy^^W!V!('ir^'<!W:p^ '*■• 



362 

onisayafiído "El Gran Gaáéotaf p«to '^ re 
presentacdón queda xksde kóy a^taaada 
para diciemibre, si es que no hacemos "po- 
sadas,'' como quieren las Aguilera, uinias 
miuchadhas mejicanas, muy simpáticas, y de 
lo más alegres, que están aquí, con su iher- 
mano Osear, que vino empleado iá la fábri 
ca del Albano. Yo prefiero que haya posa- 
das, ipor aquello de los bailecitos ; que para 
comedias tieim(po haibrá después. 

"Tengo mucho que contarte, mucho, mu- 
cho, y de oontáíltélo tengo siempre que me 
prometas no burlarte de mí y de lo qute tú 
llamas mis sensiblerías. Hija: ¡qué quie- 
res! ¡ Sin amor no sie piuéde vivir ! Ya 

te contaré: he pasado días muy trísites, y 
estoy padeciendo mucho. No por élj que 
es bueno, y me quiere con tidda Su alona, si- 
tio porque tanto mi maimá cdmo mi tía se 
oponen á esltos amores, de tal manera que 
ya no querían dejaimie ir á casa de Arturo. 
y de posadas no les hables 

"Pero coimo ya salbes que yo süétnpre me 
salgo con la niía, conjuré la tormenta, v 
ahora estáw más tdleraintes^ y por quitaiime 
de (la cabeza estofe "delirios,'' cpmo ellas di- 
cen, no me contrarían en nada, y al tratarse 
de ir á Méjico se han mostradb de lo más 
propicias. De modb que pronto nos ivere 
mos. Ya te hablairé die Osear. Es un mudlia- 
cho muy bieni parecido, finísáinio y cariñbsó 
CQxnp el que más. Ya leí en un periódiqo él 



f ■■5Sí■5■'•'■Ví^)^^«^í5•;■^»f•>»•^;-■ 



elenco de Ja ópera. ¡Tengo unas gaíias tíe 
(jír á Tlaniagfno! Osear que le oyó la otra 
vez, dice que es sublirae, partícuilairnienle 
eíi el Otdo de Veixii. Ya Je oimemos j<uinitas. 
Por acá chismieart que es una gloria oír á 
las gientes. No sé quién de aqttí, qiue estuvo 
allá, comtó aJ Volver que tú y Lena sie van á 
casar muy pronto con los primos que vinite- 
rion de Francia; que tú te casan-ás con Al- 
fonso y Elenittía oón Juan. Diilie 13 q-ue ha- 
ya de cieirtto etn- este asunto, que asi comies- 
porlderás á mis confidencias con otras con- 
fidencias. ¿ Verdad qt»é lo harás, ¡prinjor ? 

"Del diez al once me tendrás por allá. No 
sé con quién iré ; peno no faltará alguna fa- 
mSíia ' con quien püedá» hacef él viaje. Les 
avisaré por telégrafo. 

"Muchas cosas míais á tu maimá, á Lena, 
á Ramón y á Pablo. Para tí nmíchos besos, 
muchos, muchos, de esta tu itifeliz amiga 
que tíe ■quiíeiro coni «todo él corazón. 

Comohátta." 

"P. S. — 'Axiguno dijo en casa iáe Aaiburío 
(fue ustedes estalban de Iiuto.por una tía que 
viivía en París, y que faij-eció hace pocas se- 
monas. Yo he dicho que eiso no es cierto, 
porque de serlo ya haibría' yo redíbado la es- 
quela de rigor. Sin «¡m'bargo, me porfían que 
si, y dncen qiuie en "Bl Siglo de León XIII" 
salió la noticia. Si e¡s cierta tal desg^ac'a, 
íeciban todos nuiestPo más senitádo pésame," 

J;: ! <.■■■.;.' ^ I i!í;"!Í » i" ' !'| l^y. ;'Í 









364 



V*' ■ Como lo había dicho, 'la monologuista 

.'; *• , - _ vendría á pasar las fícsltas y a oír á Tamag- 
ií . > !-' no. Doña Dolores tenía resuelto qufi sus 
*: ;♦-'/ . hijas no fuieran ni á fiestas ni á espectáculos 
iñientras no pasara el luto. Además, no eii- 
;'■ t. í traba en 9ü& propósatos el méíterse en gas- 
V . '^ tos óe trajes y peréfidengTies, á pesar de los 
'deseos del caip¡<3Ílistaí. ' ' ' >. 

^ - '[ ':,'Ai oír die' labiosde Máifgoit*'la cairta'de 
V ConoMía 'MSjíiiTes, dijo tranquH^ipente : 

'"■.,:■'■ — ;Venga norabuena esa amig^ta; vpniga 
• cuando g^stelLó' que eís usltedes no irán 
* V j á la, (^)pera, qiue no se ha raoerto el falderi 
. lio de la casa-, y no somos nosotras gentes 

■ ;. 3ii^ corazón ni sentimientos. PabJo y Ramón 
í. ; ; .^ Ileyaráií á Ooodha a<l teatro; iiisk"edies la 

acom^añactán á subir y bajar caíles, á «visitar 

■ 4.3U grar«de y buena amfi'gá la espora del 

licenciado Ló^^ Villa y paren ustedes 

de contar. Biep rae sé yo con quién. liará 
excelentes migas la Conchita..!'. 

— ^¿Coin quién, mamá ?— ^preguntó Elena. 
— ¡Con qtuén ha de ser! — exclamó Mar- 

'^y^^'. -^;-Co<i Juan, <figo! — ^miuromiróla-idama. 
■'';. .:j r^^Y por qáé dicep cso?T-r¡e.^Iicó lia -cío- 

^'■'■, — Hermanita mía;: jporque.'. .' . , tai para 

•:^;; ^u^i; ■': ; '; '; 

t* ■ : , -—Eres ioijusta, Mairgot ; mamá también 
'^¿j-y >, 'Iq es. No sé yo por qiuié motivo no quieren 
i; á Ju^, Ju4o e§ Iww. Bajo ^«^ Kl^^erízg 









» « 



v^/O^.lí.iri '(tí» . 



■I 



\ 



3^5 

!. , ■ • ^ ii 'j: •..■ \ . :,.t.. ;/ - 

sUiy<i, Que flo es mas que aparente, se oculta 
uja corazón niruy nctblej un alma elevajda, He- 
na de cadño y 4e pasión. Ustedes le acusan 
de disipado. . . . porque es anúgo de d%v«r- 
tinse, y porque no puedie vivir sm fíesttas, ni 
teatros. , . . A<í«"iás : qué oulpa ti^ne él de 
haber vivado en París» die hitb^se haibituadc 
á la vida quae a^lí hacen todos? £q Méjñpp 
se f^tidia , (Nada má^ natuinll.quie pro- 
cure divertirse I ... . i,;. 

•^-5í, hija mía ; pero que no Jo hag^ ¡en 
compañía de P^l<;> . , . á qu^ trae y lleva 
de aquí para allá, que Rasta pretende que 
viva coTf él en Méjico, íp quaá no he d^ per- 
mitir yo, porque no hemos de vivir aquí sot, 
>as,., acompañadas únicaunente de Ramón, 
que: iio es más que un m/uchac^ito sin seso 
y sin re,spetabili<lad! Juan distrae .á PabU? 

. de sus. que/baceres Mi hijo no está afiP»; 

tumbrado á trasnoobar. ... El ínejor día le • 

terjidremos enfermo, y ¡ En fin, qpe esc 

no es d»e ini aígrado, j yo po lo. lue de ttc^e-, 
rar ! 

— Pero, fuamá . < ^ . -r-respcMiidió ^lena-r- . 
la culpa no es de Ju^p, sino de pii herma ; 
no, . . .. ¿ Por qué nio acusa ustejd á Pable ; 
y se tnue§tTa vid. ta(n severa cou' Juan ?. Piífn- . 
se vd. que qaida edad tiienie su^ placeré;»,,., . 
Sp«i jóvemes . . ! ,, , . f 

— ¿ Qué enjtiondes \y\ 4* «so, hija mía I De 
seguro que; los dos caballerítos. no se pce»n 
¿as noches rezando d rosario. . . , 



•.%".»'-«* 



m 



"<w 



366 

— MamaciU. . • -> }Si todas las noches van 
aJ Principal! , 

—Sí, ad Principal Ya ío sé. Como 

que se dice que Juan" esta ¡prendado de una 
ti(pile xrmy aplaudida en "La Verbena de. la 

Paloma " •,,!'•' '■'-:,''■.' 

, — Mamá : ¡ eso rio ha de ser cierto ! 

— Margoit, — oomtestó doña Dolores — ^lee 
en ese peiíódáoo la lista de los olbsequios 
que recibió esa ccptmica el día de su beneñ 

cao, anteayier ..»,,*,' '-'.i '•' ¡ . ■ '■-'■' 

Leyó Mar^gsajríta ¿1 artículo/ eió' el ciiad un 
g^aceti-Hero decadentista daba cuenta dd es- 
pectáculo. 
— ¡I|4ada dicen de Juan. . . .—observó Ele- 

— ^Espera. . . . — diijo Margarita, y sigfuió 
leyendo: — ^"La elegante é inspirada actriz 
recibió de sus amigos y admiradores, so- 
berbióte preeenltes. Del Sr. Armando Qiau- 
vitr doce botellas de Champagne "Ayála," 
oolocadais en graciosa cesita de .mimbre do- 
rado, decorada con cinltas de seda; deí Sr. 
Santiago Zavall una sombriíla con el puño 
de brillantes ; del Sr. t I^edro Ibarrena un 
rico estuche de tocador; del Sr. Carlos Ce- 
peda' una caja de' guaaites suecos; dielS.-. 
Pablo CoUanltes un biombo japonés; del. . . 
señor don Juan Collianltes y Aguayo. . , . un 
brazalate de .perlas y esmeraldas. ..." Y 
sigue la lifita! Nuestro hermanito. . . . hwi- 
ciendo regalos á las ''suripantas.'' 



w 



¿67 



— No veo en eso nada de mado ! — contcí»' 
tó la ceguezuela pálida y trémula. 

— ^¡Poú* Dios, Lena! — exclamó Mairga- 
rita. 

— Pues yo sí, hija mía. Ni me placc que 
Pablo aíide entre bastidores, ni está la Mag- 
dalena para tafetanes, ni para biombo® japo- 
neses ! Paiblo vino á Méjliico á trabajar, .:o 
á cortejlaír tiples 

— Yo me anefiero á Juan — advirtió 

Elena. 

— Tu priimo puede gasitarse lo que quie- 
ra. . . 5.pero no áehe arrastrar á tu hermano 
liada los caminos por donde él transita. . . 

— ¡ Mamá ! 

— Doblemos esa hoja! 







■ ■¡■yyi •;[ 






•) !' 







Siciv^ií^ 


'■ ;z:C'-'-v 


asMSSi^mm^ 


^>^>^t 



I. >(< i [iS ' 
' -tlfr-icrf ,N 

•li'-,-, rt; :•: .■■ 
\: :'./■. <;!:•• 

Vl¡, le..:. . ■•- 

• ) ' . , • ' , ; I 
'i(MM|if ■ . 



" I ' 



jm; i!-^ ■;■•• 






:,<;'■'!■ 



'h! 



;i -.( •■■■ 






. LI 



'^ 



tí^' 



•.-tí ■ 



fe-^' 



r 



"Mi señora," doña Carmen : 
•'"Ya mé teníais fenojadó. Hace más die dos 
mesfes qué os füí^eis á vuestfa Babilornia, 
y no habías sido para escribtf cuatro letri- 
tas á éste i>obre ancianJo. Pero te perdono el 
olvidó en qtiíie me haJbeis teniidb, por aqiíello 
de tltie^tró P; Rlpaltía, óe que no perdona 
DitUs al que á'dfcró' no perdona. 

"Te íi^adezbo que hayáS ido á visitar á 
ía Irtldita «eri noímbre mió, y harás bien en 
viéitárlá frecuentemeníte. 
' "Celebro qtíé estéis bien instaladas en Ta- 
cubáyá. Allí vivireias niás tranqtiiJamcnte, lo 
c«al os coríviene mucho á todos. 

"Nada me dióós de lióte mwdhslchos. Un 
pajarito .ei quien ,d<! ha constado 'qitoe Pablo 



I 



' ': - , " * ^ í" 't " ■" t ' • . .', ' , " ■" '■■ "'"■Vi".* 



.f 'i 






e4^ empleado en el deepacho de sti tío, y 
qci,e' Ramón se pasa los días subie^ndo y foa'^ 
jando. Santo'y bueno <|ue el nmciíacho sd 
c. vierta ; pero cuáda de que no se añckme á 
perder el tiempo. Pirocuna» qmc, mientras 
llega el nuevo aiio, se ocupe «en algo de pro- 
vedio. La ociosidad, y» lo sabes, es enemi- 
ga de todas Has viitudes, y una grart ciu- 
dad, como esa*, tiene irúl peligros :Qa-ra la 
inexperta mocelad, ¿ En quié sendas extra- 
viadas andlai Pablo ? Te dágo esto por algo 
que leí en un periódico. Ya sabes que yo 
ha^o diariamente el sacrifício de lew los 
periódicos.pai^a saber lo que pasa, y aunqtte 
ciertas cosas nnindainas no me limteresan. 
s)uek> leer !o quIe se refiere á teaibros y d': 
ítilís pompas de Satanás, y en «no sé qiué pa 
peí ileí que mi señorito dbn Pablo, en com- 
T>añia de su primo, se permite regQ»lar obje- 
tos die lujo á las "divos** de Ja zarzuela. 
Apártale dle esos caminos, y cuida de que 
no pierda sus buenas costunilbres. Recue^x'a 
"•o qué tenemos hablado acerca de ciertos 
iíndiViduos. ri'uida (tB«mlbién die que eso? 
miichachos freCT'i'Wten los Sacnamentos. 
Alia está el "bueaP. Ca-nipas á quien los ten- 
'*v^ reoomPTNdados. Dt á Ramón qíue vuelva 
á leer el "Pilatí-IIo'» del P. Coloma. Que Pa- 
Wo td' lea taimbiéar. Sería e-xcclmte el (pro- 
vecho que han de sacar de e«e librito. 
•' "Supe ipor lio poriiocKco francés el faH<»- 
cimiento de Mme. Survtíle (Q. S. G. H.) 



'j**r - ' a. c 



'*■■/. ■• ^ - ; ■* ■' , ■ • •"^/■^■^■i^ 

■ . ■ ■ ■ 37?-- ' ■ -' ■ ^>;->í^J* 

y no me he olvidado de ella en la nanita mi-f .; íC;1^ 

sa. Te doy el debido pésaane. Con el dinerp ; -'^l^ 

que ella os ha dejaido, podreiís^ ten^r más . v:^!" 

traiMíuilidad, y vivir, (¿ cómo idiiré ?) <ie ni;. V' 'Iv 

nrra más independiente, sin necesitar de na- J^ 

die. Con eso, y con Jo que Paiblo, (sieTiit)!^ " 'í 

quie siga por el camino recto, el que coiinesr:;' -Y 

ponde á un joven católico) pueda ganar, ta ' ': 

vida os "será más fácil. Produra arreglar esQ- .■ a'-^ 

de' legado de tu cuñada. El cambdo soibr'* .^ 

Europa esitá muy alto, y casi dfuplicaráá el ' . '■: 

capitaílito ese. ) • . » í : '^^ 

*'Dí á esas niñas que en sus oraciones ns) ■ 

oWiden á este pCbre viejo. i < .'•'.' 

"Saluda al Sr, Dr. Fernández, y que Dio»' . ' ' 

i.Viisericordioso os bendif'a v proteja. / m ,..- • ^ ■ 

P.AntiiceHi.S. L" .11. 



!.' 



En los momentos en que doña Dolores- 
acababa de leer la carta anterior, se presen-» 
taron Juan- y Alfonso. • .1 í .! 

— -¡ Buenas tardes, tía ! .i 

— ¡Tía, buenas tardes! Venimos por las» 
muchachas. . . . ¿Anidan de paseo? . -- 

— No, Juan ; — contesitó la dama-r^rortto 
estarán aquí. . ' 

— Quiere María. . . . — dijo Alfonso— que 
las llevemos.... Comerán en casa, y esta 
tarde, dtsipués del paseo, vendremos á dejar 
líis. ... i . . % ' • 

— Ya sabes, Alfonso, que me es grato el» 
qtie las niñas vayan á casa de ustedes.. :,j 






T'C^S^lZ- 



^■-íTf': 



■.' í^ 



372 



pero €s preciso qtpe sepan que esta ncxch» 
llegará de Pluviosilla una amiguita suya, 
á qusfen dteben esperar en Buenavista 

— 'Bueno, tía. . . . Eso no es 'um oibs'táoulo 
para qme inios acompañfen á comer .... Ma 
riai necesita hablar con Margot respecto de 

la 05)era — dSijo Alfon*> — paplá. insiste 

en que voyaimos todos: nosotno's y uste- 
des Hoy le llevaron ima platea, y 

asientos de orquesta porai nlosotros, para 
Pablb y paira Ramóin. 

— Hijos míols: á decir verdad, yo no quie- 
ro que ías muchiaichas vayan á la ópera. 
Piensen que estaimos de luto. U^des, los 
hombres, tienen potos escrúpulos. Si Car- 
men y María van, que vayan. . . . ipero nios- 
otras no ¡pondremos um pie en el teartro. 

— ¡ Tía ! ¡ Que cosas tiene vd ! ¡ Preocu/pa- 

ciones sociales ! Piense vd. que mii tía 

Eulg-emia murió en Paríís, esto es, á miles de 
leguas distante de nosotros. 

— 'Para eí corazón no hay distancias, Jua- 
nito! ¿No es cierto, Alfonso? 

— Sí, tía. ', 

En ese instante llegaron las señoritas. 

— i Venimos por ustedes ! — exclamó 
JuattT, adelautándbse á saludar á la ciega. 

Alfonso, sin decir palabra, dio la mano á 
Margarita. 

— Estois muchachos vienen por ustedes.... 
peno les he dicho que ¡ Lee ese mensa- 



•?:: -v.í. 



á 



•3p*f^' 'Ví^^ff- 



373 

Y alargó á la jcAnen una hoja de popel 
amarillo, doblaida en cuatro, '■ 

— ¡ Lena ! — dijo la blonda señorita. — Es- 
ta noche llegará Concliita Mijares. . .Pues, 
amiglois míos, queridísimos prinüos, . . . . . 
¡ No podemos ir ! Cuando regreseni tist^edies, 
me harán favor die decir á Pablo que venga 
por niosotrots para que vayamos á redlbir á 
esa señorito. . . . 

— No; — ^repli^có Jiuan en tono casfi impe- 
líoslo^ — no, señoiniíta, porque Pablo ooonera 
hoy conmigo. . . . Tú y Lena se inán con 
nosotros; comeremos juntos etn casa; iré 
mos todos esta 'tairde á diar una vueJita por 
la Calzada, y después irá vd., primia y sé- 
ñora, á recibir á su aimiguita. ¡Así se ha- 
rá', 

Margot consultó con la mirada la volun- 
tad de doña Dokures. 

— ¡ Así se hará ! — repitió Juan acarician- 
do á la cegnezuela. Y variand<> de asiuito, 
agregó: 

— Y esa amig^ita ¿es g^apá ? 

—No es fea. ; 

lE-si joven? - • i:* 

Diez y nueve ó veinlte abriles! 
¡Eleganite? . -^ 

As, así! ' ; ■ • ' 

.Inteligente? 
Una artista! * 

Me gtnstan las artástas ! 

— ¡Ya- lo sabemos! — exclamó Elena. — 



> ÍM 



374 

Copio qiie hasta \<&s> regalas soberbias alha- 
jas'.'. . . ■ ■"''{. . '» .,', 

rjj^^í, tu, f^rimitx>!; ¿ÍCuánto te oostó el 
trazaíete con que obsiaquiaste hace pocos 
días á ¡a tiple del Princiipall ? 

— ^¿ Quien les dijo eso? ¡ Oosais de Pa-* 

— No ; Pablo no ha dicho nada . . .^ ¡ Bü¿-^ 
lie; e^tá él para traer esae noticias ! Él tam 
bief}>estU!y»or obseKjuioso en ese beneficio- 
dijo í^argioit. . 

— -¡ No m¡rentas, Juan- ! — «prorrumpió la 
ciega — ¿Te olvidas de que hay periió(ücos 
en Mé|ico? 

El mancebo contestó con una carcajá-' 
da. 

,.-*Y:^Se;>ain ustddles el origen de éso. ,í^a 
ctra noche, en el teatro, iws dijo Penico 
Ibarr^na: "jQ/yiereín', qiuie^los preseníje á '.a 
tipi<^/"' Y dijiímps qtue sí, y suibimos al foro* 
y . . . de allí salió que fuésemos á cenar con 
la artista, l^n ji^ cena se habló d'el beneficio 
anuíiciadb, de los Obsequios que se hacen 
con tal mdtfiívo ¡Y eso es tod^! 

— ¡ Y. !tú', J-uan, — reipHcó ^lena^ — en vez 
de mandar, sencáiMa y imodestalmemite, un 
lamíWete, mandaste un brazalete die perlas y 
esmeraldas! hJ • 

Alfonso cortó lia conversación, aicien- 
do: .j ) 

-T-^i ¡ leemos jde ir . .. . . ; varaono? ! y I _ 



' j 



375 

• — ¡ Vayan ! — dijio doña Dolores. — Marga- 

1 ita : de la estación para acá Procuréis 

estar á tiampo en Buenav'ista, porqu-e esa 
crialtura cuenta con encontrarlas allí 1 







1. I 



, ! . !' • ! I • I ' 



if..'.i I 



. ■■} i. -i'- • • !■ . : 






■ ■»' 



• ■-v .-f 






r 






" Ai^v\' 



m 



b^ 






r -. ; 1 I i 



•í / .!« 



jM V'. 






:V\':'' 



■■•■ i 



I ■ -I . ' 



ni.).- 



LII 



. Al pasar frente á Ohaptil'tepec, Juan miró 
su reloj, y dijo en tono atfaJt^k: 

—Todavía ^s teniprano: Papá no sube 
óe su despaídio hasta después de la una y 
media. Propongo que vayamos ail Dosq-ué. 
Damos una vuelta para hacer apetito, que 
para eso no hay nada como el aire del caai- 
po, y Iviego á casai / 

-T-i No, Juan ! Va es muy tarde — - 

dijo Margot. 

rrrSoni las doce y treinta- mmuitos ... ¿Tú 
qué dices de lo que he pro(puesto, Lena? 

— Como quieran .... 

^— N)0, Juan; — insistió h. blonda señori- 
ta. 

-—No ; ,¡ vapios !— Tccwutestó el maaicdtK), 
mirando á su prima. . í.. 

Parientes Ricos.— 48 






SP^^f:^.^Viv>, • ,y:'V-)í^'-'i^-j^-^:^y.^--^ ;-^^rí^^-:? '■ 









^ ti 






3)g ■ 1 

í^ ^ll^uel^ ;iáá>jó al cochero que, tirante$ 
6jL'rktí<kf-y*f«¿og:ida la íusu^seJacUna* 
La para oír á su amo : 

— ¡ Al bosque ! , 

£1 'brj}ltaime auriga aflojó las riendas y 
agitó la fusta. Los caballos avanzaron, y el 
carruaje ctesiu-ibió j^na^ínirva y penetró en 
. el parque. 

Cerca del estanque una familia provin- 
ciana se extasiaba murando un cisne ne- 
gro. Más allá, al principio de la rampa, dos 
oficíale» de artillería corwersaban tranqui- 
lamente. Por allá, por el fondo del bosque 
iba muy despacio un coche de sitio. El 
viento. n^eridiaTio mecía ¡dulcemente las co- 
pas de los ahueihuetes, y al pasar susurraba 
íCQn idílica. placidez, 

. JíMaoitQcó, el sil^till9> y -fií/iCic^he ae de- 
tuvo..*! . . '•,,,:*■.:/ : y ■-■ ■■'•. .. :.■ >.: 

-,. T^Daremos na paseo á pie. 

TodiPs bajairon. Elena txDtnó el brazo de 
Juan, y Margarita el de Alíomso, y las dos 
parejas sigivieron hacia adelasUe, ipaso á pai- 
so, y muy cerca una de otra. Pero pronto 
ijwan y su prima se quedaron muy atris. 
Ojbservóüe Margot, y apoyámdto^e en el bra- 
zo del ■primo le detuvo. ,,. ,,;,; , 
. TTi Egpera ! — murmuró. 

— Vienen detrás de nosotros. Iremos más 
despacio. 4.. 

La joven siguió caminando^ atenita i ^o 
que su prinK> Xe decía. _ ^ 









%■■ 



fj 



\- 



m. 



— iMargot : . eres cnuel conmiígo. Encienr. : 
des en mi allma. amor vivisúno, y duondo te . 
lo confiesp y te lo declaro me oyes indiíe-:- 
rente y iría. ¿ Dices que no m* amas ? Mieit- ; 
tes, üiriraa/ mientes ! Yo, ¡ad nakar tus ojos . 
ieo en tu corazón ; leo en él que me amasir ' 
que me amas con ioda tu alma, y que diarias 
algo, más de lo que tú misma piensas, por 
\ ermie libre de tristezas, y por estar segura 
de que en mi no quedan recuerdos de otro 
amor. Óyeme: mis tristezas.... 

-T-Tos añoranzas, que asi las llamo yo. i.; 
— KTomiol tú quieras. 'Mis, añoramzas pro- . 
ceden, no de penas de amor malogrado ó 
perdida, sino de ciertos anhelos de mi aJma 
nunca «atisfeclios. Soy un aéi£ <aoc^^Aaáio 
de carífío, -sodiento d<e afectos delicados, 
paj-a quien la vida es ingrata, para quien ser 
ría bastante ua hogar modesto, lejos de las 
fnvolildades de una sociedad superñcial y: 
vana. A qué negarte, M argot, que una es- 
peranza malograda, «irvea^r muerta á 
poco de abrir su corola, ha entenebrecido 
m.!. espíritu y ha llenado mi alma de triste» 
za. Vine á Méjico deseoso de tranqmiidad. 
soñando con dar aquí á miu^úrazón cansa- 
do el reposo que en Europa no- encootra-, 
ría yo para él ; y mü veces, á bordo, bajo el . 
ospléndido cielo- de las Ant^las, cont?era- 
plaíido el mar sereno que me parecía como : 'J^- *;^ 
sembrado de estrellas, acariciaba yo el pen- ^^ ' l'^. 
Sarniento óe conseguir que papá, cediendo 'vj -v. 



v..-^ 






m 



■■^n-:^- ''J^?5 "i -"'r -■ <»*'''í^'^'«*^^^ 



380 

á mjís ruegos, adquiriese una ñnca cerca de 
PluviosHla, ó en alguna de las regiomies in- 
mediatas, y ^llí sepultanme en vida, y allí 
pas^y los años, entregado á rústicas labo- 
res, á la, caza, y 4 la lectura. Nunca creí 
que el amor. . . , Prima mía: tu belleza me 
dtrajo; tu bondad me tiene loco de amor.... 

Margarita avanzaba al lado de su compa- 
ñero mirandio el suelo. 

— ^¿Y quién me garantiiza que en ese co- 
razón dojorkio,, itan gastado por aonorcs 
tempestuosos, exista un afecto dulce, apa- 
cible, como le he soñado yo, como tiene que 
soñarle una mujer panai quien la vida oibs 
cura y silenciosa es la más bella, y que ni» 
ambiciona grandezas ni es tan loca que 
sueñe con esplender y deslumhrar ? ¿ Quién 
me asegura, Álíonso, que ese amor gue d'- 
ces sentir por mí es duíradlero y profundo ? 

— ¿Quién, Margot? Mi lead y honrada 
palabra. ,' 

— ¿Y quién me asegura tanjbién que en 
ese pobre corazón tuiya, tan lastimado y 
triste, no quede algio de los maüogiradios 
afectos? 

— ¡ ^y incapaz de engañarte, Margioit !— • 
exclamó Alfonso, en tono suplicante. 

— ¿Y si tu corazón te engaña? Para mi 
la felicidad suprema sería reinar sítwnpre 
en el corazón de aquel á quien <»4*tregara 
yo el mío. • • • 

—¿No hay, acaso, én el tuycv— r^lícó 



i 



■v3^'' -. -n^ -■^■p'. *■"'*■/" '■írf'!q?5'_»'; 



38t 



el mozo vivamente — algo tambié:* óe pasa- 
dos afectos? 

Margarita pailkkoió, presa de repentina 
emoción. . ^ 

— ¡Respon<íe, Margarita! 

— j Respóndeme, Alfonso ! 

¡Amibos callaban. Por la mente del joven 
pasó como una visrión 1^ imagen de arro- 
gante señbrita, en medio del bullicio y de 
la alegría de twila fiesta, como entre un olea- 
je multicolor, en lujoso carruaje, al finali- 
zar un combattie de flores. A su vez la blon- 
da señorita miraba con' los ojos del pensa- 
miento la figura de un mancebo pálido, de 
grandies ojos negrqs: la de un estudiante 
casi imberbe, con un libro bajo el brazo. 

— j Respóndeme, prima ! 

— ¡Resiponde tú! . . ' 

— Responde. '' ' 

— ^Al punto. De aquel amor no quedia na- 
da. 

— Poco dejó en el mío una ilusión de ni- 
ña, .. . 

Margarita se apoyó dulcemente en. el 
brazo de s*u primo, y ajtx>yóse trémula, tan 
trémula que éste advirtió la inesperada agí- 
ación de la joven. 

A la vera de la calzada y Sieguido de una 
muohiacha de mal aspecto, venía un mance- 
bo, un joven' delgrado, endeble. a&tro<?t:>, 
mal vestido, que al miraír á la blonda y ele- 
gante señorita se detuvo un instante, sor- 



'■J^Jk'^Jri^ 



■'•^^r . ./"■ ■ '''^■^'^f?^!7í^W^'^7r- 



3^2 

prendido de aquel encuenitro. El joven si- 
guió adelante, como si la mirada compasiva 
de Margx;>t le hubiese dausado espanto. , 

— Prima mía: ¿eso es lo único que tie- 
nes que decirtme? 

r—ÁüíonsoiJ^ qué ocultarte que te amo? 

Y Margarita, sonirojada é in<mieta, vol- 
vióse, y miró hapia atrás, como,,bu'sCf^ndo 
á Juan y á Eilena, pero en reaJidad par^.ver 
■j |a despr^^ciable pareja que acababa de pa- 
^ar; ^1 de^apieado, creído el cabello, con 
el ^ombperiUo de paja echado hac'a *a dc- 
recba, r^ído el pantalón;^ blancos de polvo 
'os zapatos; ella mal refajada, con una fal- 
da roja y una blusa aí^ul, envuelta. £.n un 
chai obsculro. . . . _. ;,.. ,, ' 's 

— ¿Me amas? — ^preguntó Alfonso, ra- 
diante de júbilo. 

— ¡Ya te lo dije! — ^respondió k joven 
muy quedito, apoyándose otra vez en cl 
brazo de su prjmo. r , j 

Oyóse lun grito : 

— ¡Alfoniso! ¡Vamonos! 

En la curva de la calzada, cerca del co- 
che, esperaban Juan y Elena. 

': — ¡Allá vamos! — contestó Alfonso 
. Y los dos jóvenes, como dos chiquillo? 
echaron á correr hacia el carruaje. 

El lacayo que venía en busca de ellos, 
se detuvo restpetuosamente y dijo: 

— Dice el señor que ya es hora de 

regresar 



■ ^ ?R?-^';«5^«i- j-rrfj:?'"^T¡r* -v«?'';.'?j' 







Lili t " 



Al entrar en el coche, Margarita observó 
que Elena había llorado. 

— ¿ Qué tienes ? — di jóle — ^Cualquiera di- 
TÍa que acabas de llorar 

juam caíló. 

— Hemos recomridio una calle falta de 
somibra y el sdl me ha hecho mal. 

El carruaije salió del pairque y entró en 
el primer tramo del paseo. Uno que. otro 
rránseunte en lais calles laterales ; más ade- 
Unte un coche de sitio que volvía á la.ciu- 
dr.d ; cerca de éste aiii' elegíinte cuipé que, 
tirado por un soberbio tranco, avanzaba rá- 
pido y majestuosio, y en cuya caja charo- 
lada centefleaiba el sol. Alié, á lo lejos, de- 
jando vier los gnamdes mpnumeiitos deJ 
^untuoso pa§eo, las arboled^is parecían es- 
tredharse como etnpujadas por los .p^ulace- 
tes colateraíes. . . . ^^ •,..<!'>.■:,,. ..j» 



■ " J -f :--' i ,*'.i^-¡^ 



< «-tfOT?.;:^ íT^í 7*-^*T^^ ^7#*i^v^?^^ 't 



-f^'=* 



384 i 

•Élé¿á vienía trtó rjSán teatie^Jlj^ jl^ro- 
pósito de una frase de Márgári^tálest^ son- 
reía, y con su risa delicadia disimulaba cier- 
ta penoisa curiosidad que en su mente ha- 
bían despeirtado los enrojecidos y húmedos 
ojos de Elena. Alfonso la miraba exta- 
siado, jugando con los guantes, entreteni- 
m-i'en'to quie era en él característico cuan- 
do no esitaba triste. 

— ¿Y quién es esa amiguita á quien es- 
peran ustedies? — ^preguntó Juan. 

Se habló de Conchita Mijares. Elena di- 
jo quién era, y con pocas palabras descri- 
bió á la joven, y en pocos rasgos la dio á 
conocer á sus pri'mos, losi cuales manifesta- 
ron gran deseo de conocer á líi 9iucha 
cha. 

lAl pasatr por el Hotel de Iturbit^, Juan 
dfeituvo idl oochei. . ■ } i 

-Las dejo aquí. Me esperan á comer uno? 
amiiígos Pablo será de los comensales. 

— ; Te vas ? — dijo Elena. 

— Hija 'mta: — respondió — las dejo muy á 
pesar mío pero un compromiso ante- 
rior me obliga á ello ¡Adiós! 

Sonó la portezuela al cerrarse, sionó con 
esc ruido seco, sordo y aristocrático, que 
en las altas boiras de la noche y en las ca- 
lles silenciosas suele delatar al carruaje ri- 
co V hermoso; subió el lacayo al pescante. 
y el soberbio tren avanzó lentamente entre 
otros muchos, por la estrecha y concérri- 
dla callé. Paróse á poco, para dar paso á 



'i^áí:. 



<íVS*r,;'i!^¿ Á 



•^^:- ^¡r'- 



un tranvía, cuyo silbato detenía á los Iraní' 
seuntes eav amibas aceiras. Un vendedor de 
tiores ofreció su mercancía. Tomó Alíóiiso 
varios raímos de violetas, dio una moneda al 
rapazuelo, y ofreció á sus primas los rami- 
iletes húmedos y fragantes cuyos aromas 
llenaron el interior del carruaje. 

— Dame unas. . . . — dijo el joven en tono 
de ruego á Margaráita. -i' u 

Esta separó algunas y las colocó gracio- 
samente eii' la solapa de su primo, murmu- 
rando al ponerlas : 

— ";Honni soit qui maí y pense!'' 

Y agregó con viveza : '■'■ ' ' 

— Que nadie, al verte, recuerde la frase 
de Alfonso Karr! 

Después de la comida se charló alegre- 
mente en la antesala, mientras se tomaba, 
el oaifé. 

— ¡ Toquen ! — dijo don Juan á María. 

— ¡Papá! ¿Te olvidas» de que estamos' 
de luto? ■'■'■■ 

— No; pero. ... ¿no ves que estamps tlí 
familia ? 

Y oyendo música se pasó casi to-da la 
tarde. ' :* • i 

Vino Ramón ; pero en vano fué esperado 
Pablo. Había solicitado permiso para nó 
ir al escritorio. 

• — Falta muióho tu hermano. . . .—advir- 
tió don Juan á Margarita. Su ausencia en- 
toirpece mis negociois. . . Hoy no he despa- 

K f; rientes Rico*. -4» ' 



•n--¡- '^J^ ■-. ■■ . ■ > >.■•■■• .-:;-'f>-*^íi.T■:^; -7^ :%^B7i 



386 

chaido mi correspondencia. Di i Lola que 
llame al orden á ese muchacho. 

La, joven se pulso roja como una amapo- 
la. 'Elena se lattrevió á cdntesitar : 

—Falta porque Juan no lo deja en paz.... 
Hoy, se lo llevó á oOmer con unos ami- 
gos .... 

-rr-Vaya con él, norabuiema, pero .después 
del trabajo. 

-^Ya se lo' hemos dicho, tío: Juaini es 
cauíftat, de, todo. 

— Déjate, mucfhacha, que bien me sé yo 
lo que es el tal Juanito. En Paris hacía lo 
mismo. Tenía yo un excelente secretario, y 
comQ Ju^ le traía de aquí para allá, tuve 
que despedirle y tomar un viejo, con qiuden 
mi sénior donjuán no pudiera hacer buenas 
míg^i^...; En fin,— agregó levantándose — 
¿ no vais á recibir á vuesifcra amiga ? Llevas 
el coche, é idos con Raimón, porque con 
PabJOi nio contareis hasta mañana í Alfonso : 
ven conmigo al despacho. . . Te dictaré al- 
guijiais cartas. 

Salió el capitaíista. Alfonso se despidió 
de gu«, primas, y se fué. 

Doña Carmen y María montaron' en un 
cuipéí. , Ramón y sus hermanas se fueron en 
uin lando.: Eran- las seis. A las seis y cuaren- 
ta llegaría el tren de Veracruz. 

Al despedirse de sus sobrinas, di joles do- 
ña 'Carmeii-:-.-, ,," .,:■...... i ' .. ,.,,í 

— «TrEaiedme 4 vuestra amigudta. Si que- 
réis el coche, pedídimelo! 




LIV 



Al llegar á la estación supieron que el 
tren Itegairía con media hora de retardo. 
Dejaron .el carruaje y fueiron á pasearse por 
el amdén, dionde muchas gientes iban y ve- 
nían, cansadas de esperar. 

Ramoncito se «encontró allí á varios ami- 
gos, paisanos suiyos, estudiantes todos, que 
habían ido á recibir á sus parientes, los cua- 
les venían á paisiar las fiestas de septiemibre. 

ÍOeltúvose á charlar el chico, y mientras, 
Elena y Margarita ílega/ron hasta el extre- 
imo del andén. 

El sol declinaba y por la región del Nor- 
te piersistía aún leve clarKiad violácea. Re- 
sonaibati á lo lejos sdilbatos de trenes y de 
niáquinafi, bodinaiS de tranvías, y de cuándo 



3^8 ; 

erttcuaníjio, á los rumores óe la ciudad oa«i- 
sada venían á juntarse ios ecos d« no «dis- 
tante ban'd'a mÚitar. Banidadas de gorriones 
cruzabam el espacio, y grato vientecillo re- 
f.rescaba el ambiente caldeado por el día. 

Detúvose Margarita á contemplar el pa- 
ooraima que tenía delante: el inmenso re- 
cj'nto de la estacfión ; algunos edificios tris- 
tes y sombríos; una casa, con aspecto de 
granja, sombreada por altos chopos, cuya** 
hojas principiaban á caer, anunciando el 
Otoño; los mtMTOs leprosos de los banrios 
mfimos ; arboledas dístantesi, colinas remo- 
tas ; el ocaso iginífaro ; una luz verde, la de 
!a faifola de un guardavía, que anunciaiba la 
llegada de un tren. Entre los pardos edifi- 
cios y sobre los follajes de un huerto cerca- 
no, brillaba aquella luz como una esmenal- 
da caída en el negro balasto. , . . Pero la 
atmósfera era limpiida, el cielo estaba des- 
pejado, y la última claridad solar inundaba 
apacible los espacios. 

Margarita respiró ampliamente, como 
aquel que deja estrecha habitación y sale á 
gozar de la frescura de un jardín. 

Miró la vía que como cinta férnf a se iba 
y se alejaba, y pensló en Pluviiosilla ; en 
las amigas que allí había dejaldo; en aque- 
llos campos siempre verdes ; en los años 
que allí había vivido; en su aílegre niñez; 
en su tranquila ju^/^ntud ; en su primera 
imipre&ión aimonosaj. Y se acoidó de Alfon- 



' ^1, 



g'.íj-j:-Y.'.'*' •*■--■", ;" -'"-"- V'-. ■i'.-'..-- 's'i^asssp'i»*. ■ '"■"■■' 35Pf'--. 



389 

so, y pensó entristmdia en aquel jovem á 
quiieni había tamado, en aquel estudiamte in- 
teligente y amable, que un dia dejó la tie- 
rra natal para venir en busca de ciencia y 
de líortuma, y que había naufragado, como 
tantos otros, en el pantanoso lago de la 
gran ciudad, ee' la charca infecta en que pe- 
recen tantas y tantas almas generosas, dig- 
nas de altos y felices desitinos ; ptensó en 
aquel mancebo infe'Liz, á qiuien había visito 
ese mismo día emivilecido, repugnante, de- 
gradladioi, en cíoimpañía de ^una mujer infa- 
me, .. , 

El pensamiento de la joven varió de ob- 
jeto refptentinaimtente : dejó las alegres me- 
nioráas de lo pasado y las tristezas de una 
iluiSÜón perdida, y volvió á lO' que más cer- 
ca tenía. 

— 'Dime, Lena: — dijo dulce y carifíiosa- 
mente Margarita — ¿por qiué lloraste esita 
mañana en ChalpuJtepec ? 

— Se te ha ocurrido eso, — replicó la ce- 
guezuela contraria'da por la pregunta — y 
nadie te Jo quitará de la cabeza ... 

— Habíais llorado, Lena .... Tus ojos es- 
tabajfl^ rojos y húmedos. . . . 

—No había llorado.... 

— No debes ocultarme nada ¿Qué 

mejor amiga que yo? ¿Nio te linspiro con- 
fianza? 

— ¡ Por Dios, Margarita ! ¡ Pitensa que 
me apenas y me acorugojas ! 



¿ 390 ! 

— ^Lena No puedo callarlo más — 

Tú has correspondi<io al amor <le Juan — 

/;. — ¿Quién te ha dicho eso? ¿Alfonso? 

— No. Lo he com^M-endiido yo. Esos amo- 
res, Elena, van* á ser tu desgracia. 

— ^¿Por qué? 
,.., — Porque sí. ' 

, • 1 — ¿Crees que Juan es malo? 

— No sé si es malo ó si es bueno; pero 
creo que en esos amores no está tu felici- 
dad ! 

— Pero, por Daos, Marg-ot, qué cosas se 
te ocurren. 

. — Habla de eso á matmá. 
•! — No l»e hablaré de ello. 
— Harás muy mal. Yo le diré todo. 
— Y yo le diré que Alfonso te enamo- 
ra. 

— Lo sabe ya. 

— ¿ Lo sabe ya ? ¿ Quién se lo dijo? 
^ —Yo. 
—¿Tú? 

— Sí. Y ahora le diré algo más. 
— ¿Qué cosa? ' 

— Que hoy he dado mi corazón á Al- 
fonso. I 

Sonó la ca^mpana amuncianido la llegada 
del tren, m]hó la locomotora, y la multitud 
corrió á coíocarse em el hangar. 

Ramón vino á ntunirse con sus hwma- 
nas. 



••il,-¿ :í ^ 



r 



39» 



r 



m 



.»;- 



— Quédense aquí. Y^ buscaré á Conchi- 
ta. .. . y la traeré. 

Llegó el tren, y á poco la señionita Mi-^ 
jares entraba en el lando con sus am; 
gas. 

— i Pero, muchachas, muchachas, — excla 
maba — <jiué iltuljos son éstos ! ¡ Si tetiéis un 
tren digno de un príncipe ! ¡ Como míe gus- 
tan á mí estas cosas! 




■^i'sgstrjTí? 



irf-Mt,, t 






».'/■'/ 

¡ i ; '•'■■: -; 
■■■¡I '. ■••f- ' lí- 






■^■'w-Jvij^i 



lint 




■) ir "i .• 

.■■ -('■■: 



. J i ( 

r 






^if! 



LV. 



■i.'ií' 



' — Hija mía Debes decij- la verdad. 

— Verdad te digo! — 'respondió la ciega. 
— Antes de que tu hermana me hablara 
de ello, pued'es creerme, ya estaba yo al ca- 
bo de todo 

_; —¿Al caibo de qué? 
'• -Tr-iC'rces tú, Elenita, que á mis años y 
con mi experiencia, no podía darme cuenta 
del interés que habías despertado en tu pri- 
mo? 

— ^En eso, tal vez tenga vd. razón 

Pero de eso. á que yo haya correspondido al 
amior de Jiuan, hiaiy muc'ha diferencia. 

— No tengo motivos para creer que seas 
capaz de engañanme .... Pero, si las apa- 
riencias no mienten, cualquiera creería. ... 

Parientes Ric»s,— jq 







t,*T^"^;\-: ' '.•■.T'i'-,'"'*TÍ* " .'?VJr,"j 



,4" frcx 



-i Me aanc^'Jbaui- no ime ..hS'áK^hq^'' ífna 
pa de; amof .^. . . , . . . Míe dt^ipgue, 
me obsequia, me prefiere á Margóte ... y 
¡ nada m-ás ! ¡ Acaso mi desventura le causa 
lástima ! 

— ¡ Bien, Lena! . . . ¡ No haMettnios más de 
esto ! ¡ Óyeme ! Te ruego que me escuches 
dócilmente, sin esa rebeldía que constituye 
el fondo de tu carácter; rebeldía que siem- 
pre ha sido para mí caiusa de inquietud, lo 
uT'smo que para tu padre 

— Siempre me acusa vd. de rebelde y de 
voluntariosa, como si constantemente me 
opusiera yo á obedecer á vd. y á seguir sus 

consejos No me han comprendido 

ugtedes. Yo soy buena, sumisa, j vaya! ¡(has 
ta dulce ¿^ carácter ! ¡ Todos lo dicen, todos 
lo cuentan, todos me lo repiten ! 

j — Nadie dice lo contrario, hija mía 

pero, ipmeiciso es decirlo, lá veces . . . . j 

— ¿ A veces qué ? 

— ^A vieces, ouainido en ti estlá contrariada 
alguna pasHoncilla . ... no ace(pitas consejo 

ni advertencia Mira : te voy á hacer 

lina pregunta, una sola, una y nada más . . . 
pcTQ á condición de que me respondas sin- 
ceramente. 

— Pregunte vid., mamá. ' 

— ¿Vas á contesitarme la verdad? 

— ^¿Na,da más que la verdad? 
— Nada más. 



i. . - . Tí..-. • .• '%.-V. 



" ~*rr^ jr "•%>-""*. ^ '■ ;.:*▼? c.^f7-^ 



395 



— ^¿Eres conmigo tan franca y sincera 
como tu hermana? 

—Sí. 
"' — ^¿Me confías cuanto piensas y sientes, 
como ella lo hace? " 
• — Ya van dos preguntas. 

— ¡ Y cien que fueran, hija mía ! ¿ Niegas 
á tu mamá el derecho ie hacértelas? 

— No;- pero 

— 'En mi dtebías de ver á tu níejor amiga. 

— 'Me dice vd. eso, porque yo no soy co- 
mo Margot, que tiene muchas amigas, á 
quienes dice todo; y á vd. le consulta cuan- 
to le ocurre y cuanto piensa hacer 

— Sí ; y así debías hacer tú, criatura. Una 
niadre nunca da un mal consejo 

—Pero, mamá ¡Si yo nada tengo 

que consultar! 

— ¡ Me ocuitas algo, Elena ! 

— Nada oculto. 

— Margarita! me ha ocwifiado la imclina- 
ciónj que le démostraiba Alfonso. 

— ¿Y nada más eso? ¿A que no le ha di- 
cho á vd. que ya son novios ? 

— Ya lo sé. 

— ^¿Y qiuién lo ha dicho? 

— 'Margarita. 

— ^¿Y aprueba vd. esos amores? 

— No los repruebo aunque prefe- 
riría que no existieran. 

— ^Es mucho decir.... cuando Alfonso 
es el preferida de todos en esta casa. 



^'i^^^^^^rf^r'^^^^W^^^^s^ ■'ff^*^' 



396 

— Alfonso no es un mal muchacha 

—¿Y Juan? 

— Juan, hija mía ¡ Te lo diré, porque 

es preciso, y porque tú no se lo dirás ! Juan 
no me gusta. . Su vida es muy ddsipiada. . . 

— ¡ Qué empreño en hacer de Juan un ca- 
lavera y un perdido ! 

— ¡Tanto así no he dicho, criatura! Ese 
muchacho, ¡ los mismos de su casa lo dicen ! 
está acostumbrado á la vida libre d^e Pa- 
rís! ^ .i,- ,: . . 

— Alfonso también. ;;, 

— 'Acaso Pero es lo ciertoi que nada 

tenemos que echarle en cara. .... ^ 

— ¿ Y á Juan ? 

— ^A Juan sí. 

— ¿ Qué cosa ? 

— Sus galanteos á la cómica esa .... 

— Nada tienen de particular esos obse- 
quios .... 

Doña Dolores observó en eJ semblante 
de la ciega una viva contrariedad; ui.a con- 
tnariediad penotsa que se ineveló y se hizo p"?. 
'tente en el gesto de la joven. , 

— Vamos, El'enita. Si tú fueras novia de 
Juam 

La ciega sonrió. dulcemente, Pona Dolo- 
res concluyó: ,(..... 
— ¿verías con indiferencia los obse- 
quios de Juan á esa mujer. ... i* Respón 
•dleme. • 

— iSi fuera novia dte Juan, no, ¡ Pero co- 
mo ino lo soy ! 



i 



?w^y^s?^-. '~'m'" 



397 



J?jnv^*.~"™ "B^ 



— ^Y si hoy, mañana, cuilquicr día 

Juan te dijera que te amaba ¿qué le reapon- 
'Jtrías? 

— No lo sé. 

— ^¿Te es agradable? 

— Sí, mamá.... ¡á qué negarlo! 

— ¿Llegarías á amarle? 

— Tal vezw : ^ 

— Pues, hija .... cierra tu corazón á ese 
alecto. Ese homlbre no es ipiara ti ... ¿ Has 
advertido la ligereza de su carácter? ¿Te 
has dado cuenta de que para él no hay na- 
da respetable? ¿Te has dado cuenta de sus 
ideas morales, de su falta de corazón, de 
sus ideas religiosas?.... 

— No, mamá. ¡ Pobre Juan ! No le con- 
ceden ni una sola cualidad. ... Ni Pablo «e 
la concede. ... 

— Por algo será. 

— Juan no es malo .... pero á fuerza de 
(leciir que lo es, han de conseguir gue no • 
sea bueno. 

— Nadie le dirá Q^a. 

— ¿Y por qué aprÍBJBbas,.ó, al menos, to- 
leras los amores de íidargarita con Alfon- 
so, y te repugna que Juan vamos, 

que Ju;^n fuese mi novio? ; 

— Por lo que tengo dicho. 

— ^Pero, mamá... ¿no me basta con la -f 

.desgracia de ser ciega? ¿Todavía se quie- ^: 

^ que cierre yo mi corazón á un noble i.' 

y sincero afecto? 

V ' .• . : : 



^ 



^¡P^^^I^TyWífv ^'Wr^'^fyf^i s*^.'j»f 



39*^ 

Los ojos de la ciega centellearon hume 
dos. Doña Dolores se acercó á ella, la abra- 
zó tiernamente, le dio un beso en la me- 
jilla y díjole con voz empapada en lágri- 
mas: 

— ^¡ Alma mía. ... no! ¡ Deseo tu dicha y 
tu felicidad! 

A la sazón llegaban Margarita y Ramón 
en compañía de Concha Mijares. 

— ■; Lolita ! — excLamó ésta al entrar. — 
Hemos hedho todas las comipras \ Venimos 
de la casa de don Juan. . . . ¡Qué amable 
es la señora ! ¡ Y María es muv amabl" ! 
j Y el señor miwy obsequioso ! 

Y agregó erttire seria y jovial, con ale- 
gría de niña mimada: 

— Y los primos . . . . ¡ qué guapos ! 




'a'r»^*'^' •■ '' 




LVI. 



No bien hubo partido el coche en que 
se fueron con Pablo las tres señoritas, do- 
ña Dolores se arrepintió de haber dado su 
consentimiento para que sus hijas asistie- 
ran á la Opera. Y pensaba: , . ; 

"Aquí nadie conoce á las much^chaB, 
como nO| sean unas cuantas personas, l^s 
cuales, die seguro, no estarán en el teatro. 
No temo la desaprobación de nadie, por- 
que nadie desaprobará que reciente como 
está el fallecimiento de Eugenia, las ni- 
ñas hayan dejado el luto, y anden ya en 
fiestas y espectáculos; pero lo cierto es 
que no estoy contenta de trJ ; he sido ,(Jé-, 
bJI en ceder á los deseos de mis parieu- 
tey y á las súplicas de Concha ! ¡ Pero qué 



>. 
1. 



'.i' ' "^ , ' '.*. Z»^" í 'T'.<-<t?>. 



A 



400 

íorA es esta cmtura! ApéMx íiyetpúéfy . 
ció á la familia de Juan y ya tiene en j«|ue | 
lia casa sunna confianza. } Ni mis hijos ni "-. 
yo nos atreveríamos á tanto como ella! 
Con Jiianito y con Alfonso trata como s- 
fuesen viejos amigos. Pero, en fin, ¡ no 
hay mal que por bien no venga ! . . . Juan 
galantea á Gonchita y ésta se deja galan- 
tear de mi sobrino ! ¡ Mejor que mejor 1 
Esto servirá muy oportunamente para 
que ese muchacho me deje en paz á Ele- 
♦^a . . . . La pobre niña se ha interesado 
por su primo. ... Y yo me lo explico muv 
bien. Su desgracia h- separa y aleja, en 
cierto modo, de la vida de su hermana. 
Nunca había escuchado una palabra amo- 
rosa, porque, como es natural, nadie, por 
lástima ó por respeto, ó f)orque hay cosas 
que son imposibles, ha puesto en ella es^ 
afecto que une dos corazones y enlaza dos 
almas y las obüga á dejar á padres y lio 
manos para enícrdtr un ni evo hogar y 
crear una familia. Lena no ha tenido má< 
que el cariño de la familia y de sus ami- 
bos, cariño profundo, á no dudarlo, pp- 
ro que lleva en el fondo algo ó mucho de 
penoso y compasivo interés. Juan es lis- 
to ... . En su trato y en su conversación 
con Elena huye hasta de la más leve idea 
que recuerde á la niña su infortunio y su 
d^'sgracia. ... A esto une cierta delioada 
predireccióii que ha cautivado á mi pobre 



-iS'íí'P^i'í'' 



42 

hija, y ésta le ama sí, k ama! Pero 

este amor será para la desdichada niña 
fuente de grandes dolores, de penosos días, 
de inagotables amarguras .... No hay en 
Juan la alteza de carácter y el profundo 
sentido moral que fueran deí caso ¡para que 
ese mozo uniera su destino al de unai jioven 
bella, bellísima, porque mi hija lo eis, pero 
incapaz ipor siu' ceguera de brillar y lucir. 
¡Cuánta abnegtación necesita umi hom'bre 
J)iara hacer la compañera de su vida, y lia 

madre de sus hijos á una ciega ! Además 

mi sobrino es vanidoso y ligero; es uo miu- 
chacho sin juicio, sin hábitos dotmiésticos, 
sin amor ál trabajo (que no por ser rico nio 
debe amarle,) y dado á la alta vida disipa- 
da, á las. fiestais., á los teatros. ... Es pre- 
ciso matar en Elena esa pasión naciente, 
ese aimor que me parece tremendo y fatal, 
y que crece y crece cada día en el silencio 
y en la obscuridlad. Elena ama á Juan. " 
Creo;, como lo a^T-miai imi hija, que Juan no 
le ha dicho: aún ni uniaj sola palabra amoro- 
sa. .. . (pero ío quie thasta hoy no ha dicho 
lo dir'á mañana, ó halbrá boda, y la niñ* llo- 
rará bien pnanto tristes dtesengañoá. 

Es preciso tomar consejo. Voy á escri- 
bir ál P. Anticelli." 
Y la buena señora se puso á escribir. 
Concluida la carta, la cuial no fué corta, 
doña Dolidres llamó á FiHomema, y le diijo : 

Parientes Ricos. — 51 



■rr.v .■cy'f . 






tJ<^' • . o-rnVtuv. mujer, Receinos el santo rosa; 

^^':v..,_._.; rMAji;..—;'i.ii *:l- . ., ..•;, . ,.; . .. .. • ,; 

- j' .e/Difspués( deja una.4e 1^ mañana ílegji-, 

. riuiiaa nJAas, acompañadia«> de llamones q. 

í ., •> rTr-Nci6| Uejó al ^lif del teatro, y se fu(i 
«en Juaw í— coiitestó J^íirgarita. 
.' ». -r--¡3»eín'pre ¡lio niiíipi.ol-r^respondi'ó la, 
": madirc trtítiemeiiiie. .¿Qs habéis divertido?! 
■j rri AIuQho ! ¡Myifiho ! j Qué encango ! Lo' 
Uía: quc/nos d^n.una, taza de té.... Losj 
muchachos querían llevarnos á la '.'Maison 

• ..-rr-Pero. yo.no q^iise porque era ya muy 
•arde, .;. .^— agregó Margarita. 
. FiloriKjna había, : servido t^.té, mientraif, 
. las. muchachas «UTáíailxrn por el tocadtc 
Pronto estaban en torno d^ la mesta-. . , 
.!rrr-¿Sab,e vd», . Lolita? — rpmpió á charlar, 
/ CVnchita. Mijares, r; „, , 

,' . .'-^¿'Qué, hija.nm? :. ^ 

..-— -jSahttvd. quién' •es>ta1>a en la Ojjora y 
nos fué á «alojdajT á la píatea? 

-r-r.< Quién? % I 

-.r---Mi c.x-pretendiente . 

Marirarita, Elena y Ramonciito reían. 
T-n¿ r>uié n . (1 Q tantos ?— respondió, dulce- 
nif-nfe la dama. 
• Concha hizo un gpestecillo malicioso' y 

i a.'TCíTÓ:,!. , 

.; .T»--Samuel. Trabanco. ,. 

— ¿Y '(^ué hace aquí ese loco? ' 



í, 

1 1 



■r.. 



r * . 



'X^f- 



'•-■ * 



■-./■fí 






» ^ ,:*■■' '•■.•■/■"' V»- ■ , .. »■■•'•, 

**í -rTrata de e^lg^r. monumentos a los hom , -- .' . - v ■ 
C bres celebres mejican9S A las celebrí-, ^ • ^^j 

t. dades^ vivas. ' , * •< s». ^ f^^/4 

-■Calh, mudifiLohlol; ¿á qué recordlíir esa* . ''*^'';^ 



tCJlUTÍ^ ? 



■íí' 






—También— -prosiguió el diioo — tra^ja, \'^ 
de medrar y prosperar á la BomtMKa! del 'epis- ■^'^' 



*-•; - 



f kí. 



■.i-,. 

¿* ■ -' 
*- "'■ * 



copado. ., . 

, — Iba/ Vte lo jrtíis g'uívpo Muy ataica- .'^-'f.^' .p. 

do con el frac. P^ro no ha variado. . ... 

¡Qué lia <Íe variar! ¡El mismo coramvóbi* 

y la mismia- prosopopeya! ¡El mismo tonp 

d^ misa isolemne, como si entonara el pre- " -* , ' 

fació! Y ese aspecto entr^ profano y leví- ,-■" 

í\cOf--' ,,, ..!•.,, .':■.' .,. i / ir' - ' \.. 
— Sí — intenrutiiipió Raimón ; — como algo 

que no es de carne ni pescado., , ,'/ \' * 

— ¡ El niismo de siempre !r-r«iguió d'- 

ciendo Concihita Mijares. . 

í —Ahora le ha dado por que está empa- 
rentado con la« más altas personalidades 7 . 
políticas, y r\Q se ^ansa de decjr que ¡^o/.u 
i-ie la confia (iza del , Delegado Apostólicí.*, :\' 
que Monseñor Fuentes tiene en él i*n firm,'^ 
y sabio consejero, y que el Sr-, Arzobispo... 
\' — ¡Calla, Ramón!,... — exclamó la se» 
ñora. ■ . , , ■ , 

T— ¿Por qué, mamá? La verdad debe de-- # '% 
cirse. ,4 >-'*rT!^. . 

r-No. ■■ , . • . :-•:—•■ ^^'-^f^-t: 

. — Vea usted, mamacita; yp no digo raeti-i: *,,'^ i'^' 






■a 






, .-. ■ «• ■■.':• : ■■' í • 
•-•«-v'f' ■■ ■■■ 



404 

tiras. ¿No es v^i^dad que Samuelito Tra- 
banco revolvió en Vi lia ver de todo^ todo, 
todo? Que semlbró cizaña en la cristiana y 
caltóüicaí grey ? ¿ Que imjpuilsó al Obisigo á 
hacer desatintots ? ¿ Que puso oklios enrtre los 
cíliérigiois, rencores lentre el Pastor y las ove- 
jas ? ¿ Qiue lluiego, con motivo 'die no sé qué 
negocios merca.nitil'es, hizo mil tonlterías .'' 

¿ Quié dies^pués ¡ Vaimos ! ¡ Con decir 

que ajousó al P. Doyagiie, s-u confesor, i un 
•sanito sacerdldte ! dle halber violaidb el sigi- 
lo sacramentall ! 

— j Silencio y no haibles más, Ramón ! 

— 'j Bien ! . . . . ¡ Pues calllairé ! 

— Sí ; y hablemos de otra cosa .... ¿ Y l-i 
ópera ? 

— j Muy buena, mamá ! 

— j Qué linkia es Aída ! — excílamó Hai mo- 
nologiiista. j Y qué bien que Samuel Tra 
banco imita á las cantantes ! Ahora en el 
antepalco nos hizo reír mucho. ¡Con qué 
facilidad imita y remeda á todo el mun- 
do! ¿Le oyeron ustedes remedar al Sr. Ar- 
zobis>po ? 

— iSegTJíni veo, signe ese muchacho sus 
inclinaciones de bufón . . . — dijo gravemen- 
te la señora — ^no hablemos más de él. Vaya, 
hijas míiais: ¡6 dormir, que á poco nos sor- 
prende aquí la luz del día! 

— Sí — exclamó levantándose Ríumon ci- 
lio; — pero conste que Samndito Trabando 



w 



405 



no ha variado de carácter, y, guarda, que 
estados mudan costumbres, y que sigue 
siendo bufón de ricachos y de obispos! 
¡Buenas noches 1 Digo ¡'buenos (üaat 




r- 



I. 



:i!.-:/) 



Kíí, ■■■<>. i'' i(> ; 







w 




LVII 



r' !• 



.1'.- y 



<-(-í'. 



'.■■-. i.i 
'i.'"' í;'' 



Terminat>a septiembre, y la familia díf- ' 
Conchita Mijares la llamó con insisten^ ' 
cia, indicándole que regresara con algu-nos' 
paisainos que de un día á otro debían volver 
á PluviotsiiHá I 'pero fiía morfóloguis tá íestal n 
muy bien hallada en Méjico, y ya no se* 
acordlaba de su Osear, de qmien la chicuf-'í 
'la sie d^iai iperdídlamertfte enamoradci. 
"i Este es mi último amor ! — repetía el dí.i 
de su llegalda, contando á Margarita los en- l 
cantos dte "ak^iuieí idíilic" — ^¡Mi úitinio'^ 
amor!" Pero ahora, v sobre todo si era cr- ' 
presencia de Juan ó de Alfonso, mostrabas:* 
contrarialda cuando le hablaban dé su no- • 
vio, quien disgristado de que la chica nt\ 
contestara, había terminado por no escr'-'* 
birle ya. ; .; ■ *'- /^' i ■ 

. Bieii co(}tietéabá Cóneha cóh eí Juá ri i to 



!'^ 



V ) 






ipn^ 



4«^> . -■ -....,;-,■ 

'.■■ -:- 

'tjüienno salía de la casa de sus prirnds, las 
acompañaba á todas partes, y tarde átiairde< 
,Us llevaba al bosque. -m 

Como la monologuista era simpática y 
muy zalamera, don Juan, doña Carmen \ 
María estaban encantados con el carácter 
ligero y bullicioso de la muchacha. Suple 
ron que era pobre, y la colmaron d-e aten- 
ciones y de obsequios. Tuvo vestidos, guan 
tes y sombrerillos que María y doña Car- 
mem le regalaron ; don Juan la obs'equió cor. 
unios i>enidienites óe iperLas ; Juan le manda 
ba duilceis y flores, y 'hastja' Alfonso se mos 
tro dladiivoso clon la joiven, á quien ofreció, 
ricamente lencuaidernaidos, labros de Ailfonac 
Daudbt y una o/bri.t3i de Gocquielin, acerca 
del arte dramático, libro que fué muy del 
agrado de la señorita. 

Margot y Elena se excusaban frecuen- 
temente de ir á la Opera, pero Conchita no 
faltó ni una sola nocTie, y cuando no iban 
sus amigas se quedaba en la casa de don 
Juan. Cenaba allí frecuenitemente, y des- 
'pués de la cena reciitahai en el sialón ¡poema': 
de Velande y de CamipoanmDir. Dejáiba»-e 
cortejar de Jiuian, lo cual, maiy a pesar de 
la aparenite y ca'kulad'a inídiferenciai de Ele- 
na, no era del agrado de ésta. La pobre 
ceguezuela no se daba cuenta de las coque 
terías de Conchita; pero Margot le habló 
de ellas y le dijo: 

— ¿ Ya lio sabes ? Esto te probará qiue no 



^KVTyfJr-^.'^ '^^^"^^S^p^" iC^T^^' ■■Jfr^^i^^ 



409 

debes dar oído á las palabras amorosas de 
Juan. 

— ¡Tú siiempre con el mismo tema! — 
respondióle la ciega. — 'Mi indiferencia .... 
te probará que no me intereso por Juan, 
como tú supones .... 

Doña Dolores se felicitaba de las coque- 
terías de Conchita Mijares, é insistía en de- 
tener á ésta, con objeto de que Elena se 
convenciera de la falsedad de los afectos 
de su primo. 

Conchita deseaba no volver tan pronco 
á Pluviosilla; doña Dolores la detenía, y 
la familia de la chica, á su vez, cedía, rego- 
cijada y sabedora del disgusto de Osear. 

Lai monolog^ista subía y bajaba con Ma- 
ría y con los hermanos de ella, y la insípida 
muchacha encontró en la Mijares una com- 
pañera muy agradable y complaciente, que 
ni era molesta como la ciega, á quien ha- 
bía que traer y llevar como á una chiqui- 
lla, ni tan gna/ve y discreta como Margot. 

El mayor placer de Conchita era presen- 
tarse en el palco con la familia de don Juan, 
é ir á la Reforma, tod'as las tardes, en lan- 
do abierto. 

La contrariaba, sí, el no poder presen- 
tarse en el teatro tan ricaimente ataviiada co- 
mo María; mas, por fortuna, l<ois olbsequios 
die sai amiga y de dioña Cairmen viniieron i 
sacaría de ipenas, y, en dos ó tres días, con 

Parientes Ricos.— js 



/. 



I 



.8 s«-5n()'^f 



410, 

ñyuéa. de Margot, los vestidos quedaron he- 
chos. 

María, por su parte, se mostró de lo más 
delicada, y ya por rasgo de pura bondad en 
favor de su amiga, ya porque 00 creía que 
la Opera tuvüera en MéjioQ'ílta.s miamas exi- 
gencias que en París, iba al teatro rhuy sen- 
cillamente ataviada. No llevaba ricas al- ? 
ha^as. ' »'• ' 

— ¿Para qué? — ^dijo' — ¡Ya sabe todo el 
numdo que las tengo! 

Y en, el paseo, en el paioo, en la tniesa. 
en toidfas pantés, seguía el flirteo con Juaii, 
y era constante el palique, con desaproba- 
ción de Linares, provocando gestos áe\ Ca- ' 
nónigo y haciendo reír duloemente al P. 
GíTOssi, qwe al ver aquelllo d'ecía para sus 
adentros: •'■ ' 

— ¡ La gioventú ! ¡ La gioventú ! > ¡v- •■ ' 

Y hasta Ikgó á indicar que invitaría á 
la Conchita para que recitara un monólogo • 
en luma fiesta que tenía proyectada, á l)e<n('- ' 
ficáo de la obra de su ermita de San Fran- 
c'sco de Sales, como el buen italiano de ' 
cía siempre. y 

Mientras tanto, Alfonso s^e mostraba de' 
lo más discreto en sus amores coít Margot. 
La seriedad de la joven, cuya dulzura y i 
c»>ya rubia belleza tenían loco al muchacho. ■ 
eran un poderoso estímulo á nobles ideales '' 
y á sencillas, pero gfaves aspiraciones. Na- 
da de apasionamientos líricos; nada de ga 



/ 



i 



■ 4it ,, 

ianteos frivolos; nada de miradillas mor- 
tecinas mi die romanticismos cursis. 

Margolt estaba en sii puesto; Alfonso en 
el suyo, y ni el más persipicaz se habría da- 
clo cuenta del amor die'l joven y de su blon- 
da prima. 

Juan, muy ocupado en atender á Conchi- 
ta, no era para su primo Pablo mefistofélico 
tentador, y el mancebo, con gran satisfac- 
ción de doña Dolores, volvió á su vida me- 
tódica, y á su laboriosidad gepial. 







• M 



■■ ■' : ^ 1 



-/I ,| M'i ,!¡ 
ri 1 










r 







'^-:\ 



LVIH. 



No tardó en ccmtestjar el P. Anticelli, 

^ Pluviosilla, selptii€mibr€ 30 dte 1894. 

Sra. Da. Dolores Buruaga de Collan- 
tes. — iMéjicia. . " , . 

Hija mía: ; ,. íi 

Hasta hoy puedo contestarte tu carta 
del día 21, porque he estado enfermo dicz^ 
ó doce días, y tan mail, que ni he dicho mi- 
sa. Ya esta máquina anda mal, cada día 
peor, y á mis setenta y tamtos años -todo 
se vuelve achaiqiues y dolamas. Pídele 3 
Dios por mí, para que me dé una buena 
-nuertie. 

Quedo enterado de lo que me dices- 
i Buen oCf ato tengo yo ! Plotn á esos afectos 
oportuno remedio. 

'Lo otro no me parece malo; j>^ 219 
hay qtie fiar. v- ^ > - v: 



■ --,' I ' sí tí t ?»:.■ 



•■r. 






.ty^ 















» y * , ■ 
¿ '.-Ti; 



414 

,R«pecto á.PaWo, lo. c^MJe.^^b^ hacer eg 
/liamai^Kí al cMxlen dülorann*^ .No le irrites, 
My oDarfút-en Nuestffo-S ef kxr / ^^ * -í^^- ' 4 

Todo esto, como recordarás» me lo ¡"ma- 
riné yo. E>e eílo te hablen Por cierto que, 
observé que te contrariaban mis dichos. 

Si ese mozo no entra por ed camino ret 
to, habrá que disponer las cosa» dé fnc 
do que vuelva á su amítiguo empleo. Te ha- 
blé de los peligros de las grandes ciudades. 
La vejez sabe ntuicho.,p, como ustedes di 
cen, más sabe el Diablo por viejo que jx)i 
diablo. 

¡ Q4e; pi)oe.f>^.,b9p4ig^^ .l^ij^, mia^ ! , . .- 

A tus oraciones se encomienda este po 
bre viejo, tu ^prvi'dQr y cap^lán.T^ANTI- 

CELLi. s: J. 



llblU.» > J: 



<\ fj 



1,'it.- 



■¿ 



^-- \ 



La carta diel jesuíta llegó en'inKime.ntoi 
en que doña DÓJores estaba*'niuiy tr¿n<jiii- 
fa? ■ La' cond^icta de Pablo' la 'tenía satisfe- 
Mía, y las ' coqueterías de Conchita con 
JuBinito, serían, á juicio de la bu«*ia seno 
fa, motiano suficiente para que Bletia,' que 
no ignoraba lo que pasaba," prescindiera de 
áu primo. * ^ ' _ 

í,'-^j Pobre "P.' Ainí'íelM.l^pcnsaba.-^Por 
fortima está conjurada la tormenta! ' 

-Al volver PaWó de? d<»9pa<pho trajo una 
Cttrtct del <íeneral Sitfville. • Las niñas es 
taban en Méjico con Ramón. Habían i di/ 
á"Ttr»ef ' 'á C<>rtibhí«á' -Mi jares,' á quien ■ Ma-^ 
jía había retenido el díai antei»»*". ' -i' 






■'■i 



fó^i-^^'^'íí' 



. •»• .'■ 



.Í"KÍ 



..>4i5 ' • 

if^Doña Dolores y su hi-jo -teyeroo ki'Car- 

i'En' ella decía el GeaieraJ Suividlic, que 
tn virtud de las facu^ltades: qui^ Eugenia 
fe ' había concedJdo -eiv el > testamiento, ha- 
bía puesto ya á ' disposición de don Juan 
la cantidad de 'veinticinco 'mil francos, umas 
«tros diez, (ju^ -ól, por &u g>arte, en memo- 
fia de- Sfi esfxosa, agregail>a<al legado ide és- 
ta; c|'iite Eugenia iiabía dispuesto qui; tal 
tantidod la recibiera doña Dolores, ccnnp 
la habría recibido don Rarmón, -con de^ti- 
no á toda la familia, y para que formara, 
por decirio así, parte de la íortuiia pater- 
na ;>que ig^iial di^tiAO dabaá los vteimbicin- 
m mili fraíleos del aium«nto; que el dine- 
!0 había sido entregado ya al cajero de don 
Juan en París, con carden de que el ca/pi- 
ta]ista>lo> entregase en Méjico á. doíía-'I>ó• 
^ores; que, adeniás,. Eugema había onde»- 
nodo ae remitieran: á siu6 sobrinas aig» 
nos encajes, cuarenta metros de ellos, los 
cuales habían sri<lo tnutrogados también ■■•] 
cajero, :i. ; Los encajes estaban valuados 
fH' dos mil francos. ' 

Doña Dolores, bañada en lágrimas d* 
ft-fraflecimiemo, acafcó la lectura de la car. 
ta, é inmediatamiente dictó á siu hijo la coii' 
testación. .' . 

*<-Gon. ' ese dinero — dijo al corKrluir. v 
iwentras el muchacho le presentaba la pin- 
ina para que firmara, — con ese dinero, que, 



1 . í 



i-: 



4i6 . ' 

i.. 

según me dices, casi qued)a«rá diiiplica'do por 
el caimibio, habrá para vivir modestamente; 
volfvereimos á Pluviosilla, volverás á tu em- 
pleo. ... y Dios dirá. ... 
' . — No me opondré á ello, mamá — dSjo el 
joven — si allá vive usted contenita, volive- 
remos á Belchite! 

— Sí ; y cuanito antes mejor .... Ya ha- 
blaré con Juan Le suplicarertios 

que 

— Sí ; negociaremos el giro. ... Y los en- 
cajes.... ya vendrán» i 

— O que iiios dé el damero. ... 
: ^— 'Sí ; pero con abono del camibio 

— Comipraremos casas en PluviosiilJa. . . 
Viviremos en una. ... y las otras nos da- 
rán una rentecita segiura. Tú trabajarás; 
Ramón acabará la carrtrai. . . Y conformé- 
n-onos con nuesitra suerte, que para vivir 
felices poco necesitamos! Mañana halblaré 
con Juan. Indícale esita tarde algo del asun- 
to ... . y recoge y entrega esa carta que 
está allí em el tarjetero y llévasela á Con- 
cha. Me temo que María la detenga. 

— No será María quien lo haga .... Juan 
«era quien obligará á María á detener á 
Concha .... ¡Ya deseo que se vaya ! ¡ No 
he visito criatura más coqueta! 

— i Es cosa die su carácter ! 

— ¿Carácter? Jiure usted que ya se mi- 
la casada con Juan. Yo quiero mucho a 
axí primo, mamá; pero le conozco muy 



á 



w 



417 



I bien No se casará Jitims, y menos con 

" una muchacha así como Ojindia. . . . Juan 
lio ha nacido más que para vivir de fiesta 
en fiesta, de placer en placer! Si algiín día 
se le ocurre casajrse, será con una rica. . . . 
Es ambicioso-, pero no trabajará nunca. 
Gastará lo que hereHe..., y entonces ya 
procurará casarse ooin» a'^un'a rioa herede-^ 
ra . , . . 
—Por Dios, Áljo mío .... que no oulti- 
1^ ves mucho la .amistad de lu primo! Tráta- 
le bien, pero sin. esa intimidad que veo en 
ii&tedes. ... 
El joven se sonrojó. 
— ¡ No, mamacita ! i No tema usted !— 
exclamó, abrazando á la señora. — ¡No!-- 
rcpiíió, y le ¡besó 3a frente! 



^ 




Pari.^n'et Ricos. — 5S 






^'• 



tv- 




LIX 



— Mamá, — decía sigilosamente Margari- 
ta, — esto ya no es tolerable! I^s coqiiete- 
lías de Conchai oon Juan, son insufr'.bles ! 
Cuándo se irá? 

— Pronto, hija mía. Lee esta car*a. 
Doña Dolores dio un papel á Margarita. 
Era la carta de la tía de Concha. Si.¡»'.ica 
ha que la joven regresara cuanto antes ál 
Pluviosilla. La madce de la monologuista 
estaba enferma, y era preciso que la niña 
volviese. 

— Ya encargué á Pablo, que la traiga es- 
ta tarde, y se irá mañana. Mañana parti- 
rán con tu tía las muchachas López, y no 
hay que perder la ocastión. Si has áe escri 
hit á las Pradillas, y á las Arteagas, no 
ierdas tiempo, y escríbeles. Yo tamfbién 
he de contestar al Padre Anticelli. 



'tM'. 



420 






'En seguida haibl'aTon jde la canta de Sur- 
viUe, de Ja cual nada había dicho la se 
ñora á su hija. Doña^ Dolores comiuiiicó' 
á Margot su proyecto de volver á Plu vio- 
silla. 

— ¡ Pero, mamá ! . . . . ¡ Qué dirán de no 
sotras ! Quitar casa y levantar e'l campo . . . 
y ¿para qué? Para vojver cuatro ó cinco 
meses después? Me parece que lo 'más con- 
veniente sería quedarse aquí. . . , 

— ¡ Ay, Margot ! ¿ No dices eso porque un 
afecto te retendría aquí? 

— No, mamá Pero ¿no es verdad 

que nuestro regireso dairía mucho qué ic- 
cir á nuestros paisanos? 

— Sí que lo daría .... Mas pienso en 
que lo conveniente, ya que la generosidad 
de Eugeníia ha venido en auxilio nuestro, 
es que volvamos á nuestra tierra. La vida de 
Méjico no es para nosotras.... Se gasta 
mucho. Aquí. . . . las exigencias son mayo- 
1 es. ¡ No estoy aquí contenta ! No sé (jué 
me dice el corazón, pero presiento alguna 
desgracia .... No sé por qué vivo sol^re- 
saltada. . . . 

— Está usted nerviosa, mamá. . . j Eso es 
todo! 

— Será lo que quieras, hija mía. .... 
Ello es que mañana hablaré con Juan, y 
antes de que llegue el invierno, estaremos 
de regreso V 

— 'Piénselo usted. 



írtí 



421 , ■■-■■ ,:^ 

— Lo pensaré y veremos. . . 

Llegó Ramón coii la monologuista. L,a 
muchacha venía disgustada. 

— ¡ Qué he de hacer ! Me iré : pero ya vo 
lán ustedes cómo la inquietud de mi tía no 
tiene motivo. ¡Si así es siempre!... ¡ M'ás 
asustadiza y más temerosa no he visto yo 
otra miuijer. 

Y Conchita, raibiandio, se quitó el som- 
brerillo, y se descalzó ios guantes, y en- 
Tiándose á las habitaciones interiores, di- 
jo volviéndose á doña Do'fóres. 
— Voy á hacer I'a maleta. . . Dejaré todo 
listo, y si es posible... ¿Hágame usted 
ose favor? 

— ¿Cuál, miuijer? 

— Que RaimÓCT y Margot me lleven á 
despedirnos de sus tíos. Ni ellos ni los 
muchachos estaban allá cuando Ramón ine 
dijo lo que Pablo lldvaba encargo de de- 
cirme.... No pude despedirme. Volví- 
remos con Lena, que no quiso venir. De 
tildas maneras ha de volver á Méjico Ra- 
món. 

— 'Sí, hija mía: irás á despedirte, y to- 
dos volverán coni Elena. 

— ¡ Sí, y mil gracias ! Figúrese usted 
f|ue sería muy feo que me fuera yo. como 
dicen, á lia francesa, sin decir adiós. Ya us- 
'led ha visto C|ué finos han sido todos con- 
migo, cómo me han distinguido, y cómo 
mt han obsequiadlo. .. . Voy á llegar á 



■iL -,'.~x iX. 



422 



trempo. La mamá <k Arturo cuimplirá años j 
dentro de cinco días, el nueve, y tendre- 
mos fies't'as. . . . 

— Allí te encontrarás oon Osear — 

interrumpió Margot. 

— Déjate á Osear en paz. Ya le arregla 
lé yo las cuentas . ¡Jesús! ¡Estoy ner- 
viosísima ! ¡ No me gustan fugas ni pri 
sas. 

— Pienso en una cosa. — 'murmuró doña 
Dolores. 

— ¿En qué, Lolita?... 

— ^En qoie sería bueno avisar á Elena. . . 
que las espere. 

— Pues nada más fácil — dijo Margot.— 
Avisar por teléfono. 

Y lia joven corrió al aparato. 
A poco volvió: 

— 'Hablé con el ama dfe llaves .... Va- 
mos, Concha, te voy á ayudar . . . Yo soy 
para esto muy expedita. 

Y las dos muchachas se entraron en las 
alcobas. 

Concha sacaba prendas del ropero, y la 
blonda señorita ¡las iba colocando en un 
mundo.... i 

— iMe voy, Margot. ... y no has querido 
confesarme tus amores con Alfonso. . . . 
¡ Vivir para aprender ! ¡ Aprender para sa- 
ber ! j Y yo que hago confianza ée tí ; que 
'e cuento todo ; que pana tí no tengo secre- 



423 . 

tos . . . Y tú," tan reservada, y tan . . . ¡Me- 
jor es callar! 

— N*o, Concha. ¿A qué confesarte.... 
lo que no es verdad? ¿Quieres que por 
¿arte gusto dé por cierto lo que cuentan 
en Pluvioisilk. 

— ¡ Bueno! Pero. . . . niiégiaimc quie no le 
desagradas á tu primo. 

—No. 

— Y niégame que á tí te simpatiza Al- 
fonso 

— No me desagrada Es guapo, y es 

bueno. . . . 

— No d'i'gias más. 

— No digo más. 

Y en tomo de cantaleta escoilar dijo Con- 
chita, sílaba por sílaba. 

— ¡ Pues . . . qué . . . quiere decir cris . . . 
tiano! 

A las siete y 'treinta y cinco tomaron el 
tranvía Margot y Concha, acompañadas 
vle Ramón. 

Al llegar á Méjico la señorita Mijares 
quiso hacer 'algunas compras ; en ellas an 
duviieron hasta muy cerca de las ocho. 

Después compraron dulces en "El Glo- 
bo,'' y á Concha <\e ocurrió despedirse de 
una ?,miga. 

Cuando llegaron aí palacettie die idcm Jttan 
aún estaban dIe soíbremesia'. 

— ¿Y Lena? — preguntó Margarita al 
entrar en el comcvlor. 






"íP^;v- 



424 



— Acaba de irse. ... La fué á dejar Jua- 
mto! — respondió doña Carmen. 

Y en seguida ordenó á los criados que 
areg.Iaran la mesa y sirvieran á las 'tres 
persoaias que acababan de llegar. 







'^' 



w 




LX 



Avanzaba! el carruaje por la calzada de 
;a Reforma, avanzaba lentamente el cupé 
y á cada lado del paseo, muy mal alumi- 
nado en Ja segunda mitad, los altos y des- 
aiVados eucaliptos de cada lt.Jo, parecían 
desfilar en fúnebre pompa, como revestidos 
de negros sudarios hechos girones. Era 
obscura la noche, y no había en la inmen- 
sa y solitaria avenida más claTÍdad que la 
de 'los titilantes y moritecinos focos eléc- 
■I ricos que en cada tramo esparcían insti- 
íidrente luz, b'uena parte de la cual se per- 
día entre el follaje, proyectando' negras y 
colosales sombras. > 

Por las calles laterales uno que otro tran- 
seúnte «medroso y asustadizo, que fatigado 
y urgido, iba^ó venía bajo la penumbra de 

Parientes Ricos.— 54 



■■T^:-mi^^w^.^fs^^- 



426 

las arboladlas, las cuaks, allá á lo lejos, en 
el distamte y obscurisiino fondo se estre- 
chaban y perdían en una noche impenetra- 
ble, que hacia 'lo alto estaba ro>ta por la 
silueta vaga del alcázar, cuyas vi'dri'eras ilu- 
minadas le daban aspecto de palacio en no- 
che de fiesta. Un simón desvencijaido, ó 
próximo á desvencijarse, ruidoso y de vi- 
anos retemblantes, apagada la linterna del 
lado izquierdo, estaba detenido poco más 
acá de la última rotonda, y otro, igualmen- 
te torpe, venía hacia la ciudad, como can- 
sado y falto de aliento. Al pasar frente 
al otro coche, el cochero lanzó agudo y 
vibrante silbido, que fué oontesitado por el 
auriga del carruaje parado, como si corres- 
.ponidiera lá la señal initeliígeaite de su com- 
pañero. I 

Lejana tormenta centelleaba en las ci- 
mas del Ajusco. Por él Oriente brillaban 
pálidas estrellas. Bl viento nocturno,- vien- 
to de lejana lluvia, zumbaba en los árbo- 
ks y en la hierba die lais acequias colatera 
les, y traía del cercano bosque, de la cal- 
zada de la Verónica y de las huertas de 
Popotla, misterioso rUmor. 

Emibriagábase Lena con la fragancia de 
los cojines y almohadillados del cupé, y 
embriagábase también con el aroma airis- 
toctático de que estaban (impregnados los 
vestidos 3e su primo, cuyo bigotillo perfu- 
madlo trascendía á violetas acabaditas de 
nyñsar. 



T-t.. 



'S^^\ 



427 

— ¡A qué tanto desdén! — decía Juan á 
su prima, en tono de ruego. — ¿Estás celo- 
silla? No tienes razón para ello. ¿No fué 
todo esto cosa conv€niida entre tú y yo ? 
¡ Buen resultado nos dio ese plan ! Tu ma- 
má no cree en nuestrois anuores. 

— ¿Y por qué raizón ocultarlos? — repli- 
co Elena. — No puedo darme explicación 

de ese capricho tuyo Si he cedido á 

lus deseos en eso, fué para probarte cuán- 
to ite quiero ! < 

— ¡ Gracias, Elenita, mil gracias ! 

— ¡ No he merecidió, mi merezco ese pa- 
go ! Estoy anrepentida de mi compromiso. 
¿Crees que me han sido indiferentes tus 
atenciones á Concha? Has abusado de mi 
desgracia.... Como no veo, y siempre 
procuras hablar con esa muchacha, lejos 
de mí, no podía yo saber hasta dónde lie 
gabas. 

— ¡ Puaiai ficción ! Pero, ya acabó todo, 
Lenita mía. ¡ Todo acaibó ! Mañana se irá 
(joncha 

— iSí; pero dimie: ¿por qué ese empeño 
tuyo €in' que mi mamá no sepa de nuestros 
amores? Margarita no le ha ocultado \\2i- 
da> y> ya lo sabes, no desaprueba sus rela- 
ciones con Alfonso .... 

— ^Temí que se opusiera á nuestro amor. 

— ¿Por qué? 

— Por esos malditos rencores de familia, 
que tú conoces, que itodos conocemos, y 






* 



428 

que ahora, feJizmente, gracias al buen tac- 
to de prpá, van desapareciendo. Y. , , des- 
aparecerán, no lo dudes, cuando seas ir 
esposa, cuando Alfonso sea esposo de Ma: - 
garita. . . . . Mira: ahora si que no hay poi- 
qué ocultarle nada. Me voy á los Estados 
Unidos. ... (el viaje durará un mes) le li.í 
blaré á tía Lola ; le hablairé á papá, y . . . . 
en pocos días, Linilla, serás mi esposa. 
¡Linda boda! Dos hermanas casadas oun 
dos hermanos.... Una pareja apadrinaí. 
do á la otra. ¡ Y qué bella estarás, alma 
mía ! Ya me parece que te veo vestida con 
el 'traje de boda. 

— [Con un traje que no veré!. . . . — 'dijo 
casi en un s'uspiro la oi'ega, llevándose el 
pañuelo á Jos ojos. 

En esos momentos Juan se asomó por 
la portezuela del cupé, y en inglés dijo a! 
cochero que retrocediera lentamente. 

— ¿Qué dijiste? — preguntó la doncella. 

— Que tome por la otra calzada, porque 
está en obra ésta, y no podríamos pasar. 

Habían llegado 4 la entrada del par- 
que. El carruaje (retrocedió. 

— ¿Por qué vamos tan despacio? 

— Porque la mitad de la vía está obstrui- 
da con piedras y árboles derribados. . . . . 

A la derecha, y no muy lejanas, oíanse 
las cornetas de los tranvías, que. á. lo lar- 
go del acued'ucto iban para Tacubaya y 
San Ángel. Etn el caserío cercano laceaban 



j 



yi'-.#wp^pv^;|.,/.-/«^-ií" -if: <.'^'T-fr^j^.' 



429 

unos perros, acaso alebrestados por el pa- 
so de un desconocido. 

Juaini estrecha'ba entre sus manos ardo- 
rosas las míanos frías y trémulas de su 
prima. 

— ¡Tengio miedo! — murmuró ésta. 

— ¿Mj^do de qué, yendo conmigo, con 
tu Juan? Y atrajo hacia su hombro la ca- 
beza de la joven. 

— ¿Me quieres mucho, Lena? 

— ¡Mucho! ¡Mucho! — respondió la jo- 
ven balbuciente. 

— ¿Me amas como yo te amo? 

—Más que tú. En mii desgracia, en mis 
infortunios, en las tinieblas en que vivo en 
vuelta, eres para mí felicidad y ventura, d: 
cha y amor; eres luz del cielo, luz incom- 
parable, soñada, pedida, anhelada, luz de 
sol .esplémdídb, el sol mismo! ¡Juan! Quié- 
reme tanto como yo te quiero ! 

— ¡ Quiéreme como te quiero yo ! 

Juan dijo á Jack otra frase en inglés, y 
el coche siguió á través de un camino que 
cruzaba hacia la derecha del Egido, cerca 
de 'la capilla de Chapultepec. 

Pasaban los tranvías. El cochero detuvo 
el cupé. Después, á paso muy lento, pro- 
siguió la marcha, y entró en la calzada de 
la Condesa 

Cuando el lacayo saltó á tierra y llamó 
á la puerta de la casa, mientras, abierta la 
portezuela del coche, bajaban de él Juan 



l^MT-í 






y Elena, doña Dolores mismia vino á 
abrir. 

— ¿y los demáj? — ^preguntó sobresailta- 
ca. 

— ¡ Vendrán más tarde, sin duda ! — ^res- 
pondió Juan. 

— iCuando salimos, no habian llegado 
aún —dijo Elena. 

— Lo siento — se apresuró á decir el 

mozo — porque no podré despedirme de 

Conchita ¡Tía! Favor de decirle que 

lamento no haiberla visto para decirle 
adiós; que si me despierto temprano, 

en la Estacióíi la veré P\ítx> 

• -agregó sóndente y afable, — ya us- 
ted «abe qiue madrugar es para mí 

uin suplicio ! i Adüós ! ¡ A'diiós, tía • 

¡Adiós, primita! 

Dio b mano á la señora, acarició á Ele- 
na, poniéndole una mano en el hombro, 
subió ail ooche, 'dlió 'la dArección, y saludó 
desde el cuipé. 

El lacayo saltó al ipescainite, el cooheio 
tiró de las riemd'as, hizo restallar h. fusta, 
y el s'untuoso tren partió al trote de los 
oaibal'los. y se ailejó, y se perdió bajo 'los 
chopos de la calzada de la Condesa. 




LXI 



Oioho días diesipaiiós, una mañana, á la 
hora diel dieisayomo, (recibiió Margot una car- 
ta alimÍ2x:l!atdla, escrita en 'dios ipJiegnitos de 
■papel ki'gfliés, timlbraidlQS coini una gonriita 
de jockey ibíanca y roja. Era ta caírta dle 
Conchita Mijaires, y así decía : 

'^Querid'tsima iMargarita: Aquí me tiiemes 
en tJu) amaib'k y simpáltica Blulviosilla, don- 
■die, según dices y repites, vive una Wan- 
quila y 'óomitenfta, 'pero donde, á decirte la 
verdiad, esta tui pobre é infeliz amiga se 
aburre, se fiaisitidlia, y se muere de tedio y 
de tmisiteza. 

"¡Cómo echo de menos el bullido y los 
encantos de esa brilknte capital, así como 
la gtnaita comipañía d'e ustedes y de tus bue- 
nas y simpátilcas priinnas. 



».--'.-T^-,.' ■■- .:.'. 



:\ í. --->■.. r.^:-J ' 



1. .- j'* '■■ ; -''í^, >. .*-T.7 . '' ?p:'.T'T-T^íiy?*:í^/^;T^^ ■■. 



"Figúrate: ¡<ie Méjico á Piuviosilla! ¡Co- 
mo qiui€n diioe del cáelo á,'la tienra! No se, 
nio m€ explico, cómo ttú, que eres de buen 
gius'to y tienes tanito 'iiatenito, tú que ercá 
.talen.tos'ai ooim/o 'dice Arturo, vives suspi- 
rando por esta tierra, por la ''tierruca," 
como aprendiste á decir en aquel libro de 
Pereda, 'tu niovelista prediilecto. Y, á pro- 
pósito de novelas : unías amig-uitas niu\ 
sirrupátiicas y miiuy literatillas ime han pres- 
tadlo uní libro de los Goncourt, que me 
dicen que es de lo más interesamte. Arturo 
lo alaba m'utho, y Osear afirma que es 
obra de mérito; pero yo creo que és'te no 
lo ha leido- ¡Bsite miuchacho es aisi! Ha- 
bla muicho de libros, pero yo, á la corla 
ó á la larga, des cubro que no los como ce 
lili por el forro. No lee niás que ¡periódicos. 
¿Conoces tú esa noivela? Esta que me pres- 
taron esltá en francés, y como yo^ en esa 
lengua ino soy, que digamos, una profeso- 
ra voy «nltendiendo el 'libro pocO' á poco 
y :on -mucho trabajo. 

"Dille á Juan, — á tu primito, — que ya u:' 
la-s, pagalrá todas ; que no fué ni para de- 
cirnos adiós ; quie jamás pude supOiner qne 
fuese tan desidOirtés con una amiga como 
yo, que tanix) Go aprecia ; sí, que ya m^ bs 
pagará y que, aunque diga que no sé cum- 
plir lo quie prometo, no le he de escribir. 
como le loifretí q'u<e había de hacerlo luego 
que 1'legara yo á Piuviosilla. 

"Ten la bomdad de sailiuidar, de parte 



-?í- 









fe 433 

mía, á tu niiainá, á Lena y á los muchach'os. 
Di'Ie á Raimón que anoche vi en el Parqme 
á un'ai pollita que yo sé que á él k giusta 
imicho, y á quien tu hermanito no le pa- 
rece lun saco de paja — Lu)piita Olvera, — 
quie está linda como luna palmiai de ;o:ro; 
que tmie acordé nruioho de ÓL y de lo que 
plaitic'á'bamos una nocbe al voilver de la 
opería». No olvides decarle esto, mi buena 
Margiot ! 

"Di á Cairnrelitia que le vivo y le viviré de 
lo rr-iis agiradecikiía, ío ¡mismo que á todos, 
prr todiais sus finezas para oonimigo; que 
mi mamá y imii tía, aunque no tienen el ho- 
nor de conocerlos, les mandan muy afec- 
tuosos saíiutíos y les diairu las gracáas por 
sus delicadas atenciones. Al señor don 
Juan otro tanto, Tn'uy especialmente. A 
María rnuchos besos, 31 que ya le escribiré, 
i Para ustedes, ni se dig-a! ¡Ya saben cómo 
y cuánto las quiero, y que soy muy reco- 
nocida! 
"Hnblemos de otra u.)sita. 
"Hija mía: ¡ qué cierto es aquello de que 
siitn amior no se puede vivir! Lleg-né. y co- 
mo me lo esperaba yo, ó mejor dicho, co- 
mo lo temía vo, me l^o' 'encontré áe lo más 
disgiustiado. En tres dias no le vi la cara. 
Pero al cuarto, el domingo (k>s dioimingos 
los tiene libres) vino á verme con su her- 
mana Teodbra. Sa'Hmios á pasear. ... y. . . 
•nii'é había de siiioeier! Nos arreg^lanios 
otra vez. Ya sabes tú cómo sé yo manejar 

Parientes Ricos. — 55 



^<*^\^:;r^-*y'^^!f^^l'\SS^?W ' 



434 



estos asuntos, y cómo no me faltan r^ur- 
sos para vencer. 

"¡Sepa Dios en qué ¡pararán es'^os ario- 
res, Margarita aiúa! En mi casa no k>s 
aiprueban, no quieren ni qu-e se haible de 
elíos, lo cuaí nue obliga á q^ue, para lo f!e 
adelante, estos amores no los huela nadie. 
' Digo á todlos qiue ya terminé con Osear, 
que hemos qaiedado como umios buerncs 
amigos, y que yo me diejé en Méjico un 
pedazo de mi corazón. Pero Osear no está 
conforme con esta coni'edia, y quiere, á to 
do linance, hiablaríe á mamá. Está empeña 
dísimo, hija mía, emjpeñaldíisimo, y yo nfi 
sé qué hacer. Tengo mnedo de que le ha- 
gan un desaire. 

"Ahora tilien ; aquí, en reserva te diré que 
ya voy compremdiendjo que, piobre y fra 
como Soy, puedo enconitraír ouiailiquier día 
mejor partidlo, uno lasí cíamio uno de tus 
primos. No siemipre Ito-s ricos se han de 
casar con ricas. Suponga, pkDrque te conoz 
co, que no me harás k ofensa die creerme 
interesada. Yo quiero que me am-én pri> 
funda y apasúonadiaimente : pero.... ¿por 
ntié no atender un poquitla !á lias comodi- 
dades de la vida? Juan y Alfonso son H.;s 
jóvenes mkty brillantes y de gtan mérito, 
i Ouandb comparo á Osear con ellos! ¡Qué 
tristeza, hija mía! ¡Dichosa de ti! Yo coím- 
p-rendo que Osear es digno de toda consi- 
deración, pert>..., pero.... ¡va me en- 
tiendes ! ¡ Yo me entiendb tamibién ! Con 



- ' \ 435 

toda franqueza te digo que no quieno que- 
darme, como dice Juan, "pour ooiffer sainle 
Catherine!" Además: ya te dije que acá, 
en casia, no pueden ver á Osear. Men- 
tarle es como men'tar al Diablo. Le reii- 
ben, hija, porque .... ¡ qué han de hacer, 
dado mi carácter impuJsiivo y resuelto! 

''Otro día te escribiré con mayor calma. 
Me voy á casa de Arturo. A las seis será 
e! primer ensiayo de ''Como empieza y co- 
mo acaba," Allá me encontraré á Osear 
Vino á no sé qué negocios de la Fábrira, 
y no regresará hasta mañana. Al pasar 
nue dijo que ¡nos veríamos en casa, de Ar- 
turo. No querían que trabajara yo en et;.- 
te drama, pero porfié, porfié, y, comió siem- 
pre, me sali con la mía. 

"¡Adiós, primor! Te manda un millón 
de besos tu 

CONCHITA." 

"P. S. — ¡ Ah ! Se me olvid'aiba ! ¿ Cómo van 
tus amiores con Alfonso.^ ¿Cuándo nos da 
ras los diuloes de la bodia? Cuéntame, 
cuénitaime, y saluda á Alfonso de parte 
mía. Se me olvidaba contarte algo intt 
resante. Aquí está Adolfo Ramírez. ¡ Po- 
bre muchacho! ¡Qué l-ástima me da! No 
tiene remedio. I^ de siempre, MaTgot, lo 
de siempre. Vino á visitarrne hace dos dia.<í..,,. 
No le conocía yo... ¡así está! ^:Te acuer- 
das qué guapo era en antes? ¡Pobre*,; 



:. ■'^■"■--'\y >: 






j Maldi'to vkics ése de lai bebida ! Acabará 
coii é'I. Me parece que el infeliz te quiere 
todavía. ¿ Y tú le aimas aún ? Drce Adolfo 
que una mañana te vio en Chajp'ultepec ; 
que ibas del 'brazlo de un íagíartijo; que 
tú no le viste, ó no le conociste, ó no te 
diste por entendida. ¿Con quién ibas? Me 
supoing'o que con Alíonso. 

*'¡ Adiós Margot ! Si no dejo la pluma, la 
postdate será más larga que la carta." 

Esa misma tarde contestó Margarita: 

"Mi que r ida Cooi'ch a : 

"Noi quiero dejar par mañana mi con- 
testacióni. Todos agradecemos mucho 
recuerdlos y ie saludamiots cariñosa.men'e. 
Daré tus memorias á mis tíos. Tú dirás 
lo que quiíeras, pero la verdiad es que yo 
vivo allá más contenta que laiquí. No na- 
cí para la vida de las grandes ciudades. Y 
ten presente que casi no pongo los pies 
fuera de casa. Se me pasan los días sin sa- 
lir. 

"Ya te he dicho, mi querida Concha, que 
una señorita no debe leer cualesquiera li- 
bros, aun:qiue 'una ú otriai persona se los 
'recomiende y eíogie. No solamente yfi 
pienso así. Alfonso, que es muy discrebf>. 
que ha leído tanto, y que, en puMo á no- 
velas y poesía, oonteice cuanto en Francia 
se ha publicado, es de la misima opinión 
y dice (me lo dijo esta mañana) que no 
debes leer ese libro de que me hablas, 
porque no está escrito para sefíiaritas. Pre- 



^Y^^i^'r"'^.:-;'- r-"^*^-' 



437 



gúntaíle al P. Anticelli. Ya me dirás lo 
que contesta. . 

*'Oye los consejos de tu mamá. ¿Puede 
lUina madire darlos m^ailos ? ¡ Por Dios, Con- 
chita, .qu€ no h>a,gas loc'Uiras rni .tonterías! 
No es malo reipnesentar ootmiedias, no se- 
ñor, n)o lo es ; pero ya tu vida es la de una 
verdiaideira laictriz. ¿ No crees que el tiempc 
que giaistos en estudiar dramas y comedias, 
po'dirí'ais empkarle en oosas de mayor pro- 
vaaho ? • 

"Piénsome que, al leer esta carta, dirás 
quedito (ó en voz altoi) qu:e soy beata y 
gazimiOíña, y sepa Dios qué más .... Di lo 
que quieras. Yo te digo lo que debo, y u 
que imd cariño y la razón imc aconsejan. 

"Saluda á tu mamá y á itu tía, de parte 
nuestra. 

"Un abrazo, un beso, y adiós. 
Tu amiga 

MARGARITA. 



Ddbló su carta la blonda niña, ajustó 
liois dobleces con un cuchillo de marfil, me- 
tióla en luna cubienta, y al humedecer rá- 
ipidamente con un pincelillo los bordes de- 
la nem'a', sinltióse sobresaítada. 

— ¿PoT iqué? — díjose — ¿Enojarán á esa 
loquilla los términos franocis y clarísiimos 
de mi carta ? ; Le causaré con ellos disgus- 
to y diesazón ? I 



V'»= V'. .. .'^- *f -:.'»«*■'. ."iia'í^-^'' 



Y ipensó : — "Esta criatura, ¡ Dios la ten- 
ga de su maSío! corre grian ipeligna. Es 
lisita, tien^ <,ierta cultura, es miuy superior 
á su familia, á totda la cual ise impone siem- 
pre, y lel mal es gravísimo iporque Concha 
no itieinie seso. Además, falta de padre, o 
comiio si tal fuera, b mimaron desde ohi 
quilla ; es por extremo voluntariosa, y 
cuando se ve contrariada, cuando cualquii- 
ra cosa le impide la realización de un de- 
seo ó de un capricho, oalla, sí, calla, mas 
persiste en su idea y en sus intenrtJQs, y 
por este ó por el ctiro motivo, Oümo ella 
suele decir, se sale siempre con la suya. 
El sentido moral es en Concha muy débil. 

.caedizo, instable ; en ella cualquier pro- 
pósito bueno es efímero. El sentimiento 
religioso es en ella limitado ; parece devo- 
ta, pero en ella l'a devoción es fuego fatuo ; 
la fe... algo así como vulgar costum- 
bre! El tra-to don ese Arturo Sánchez 

que la da de librepensaidor y jacobino, me 
tiene extraviada á Concha. ... y todo esto 
es malo, miaflísimo. . . . Me áa l'ástima, y 
por esio he tenido que decirle la verdad. 

Y una idea horrible, rápida como un re- 
lámpago, cruzó por la mente de Marga- 
rita. 

— ¡Dios le depare, — siguió pensando, — 
un miarido sn.iiperior, que k arme profunda- 
mente, y que sosiegue en esa linda cabe- ; 
cita tanitos diablillos aziulles como allí vi- 
ven, damzan y se revuelven en constamltc 
prestigioso movimiento! ] 



Á 



4J9 

Margarita dio dos ó tres vueltas á su 
carta, haciéndola girar eintre los dedos ; 
asentóia en seguida con la jplegadera, y 
luego con aquella letrilla suya, tan clari' 
tan elegante y tan aristocrática, escribii'. 
ncrviósamiente, pero con suma lentitud: 

Srita. Concepción Mijares. 
4a. calle de los Desamparados. 7. 

Pliuviosi'lla. — (Ver.) 

Secó el sobrescrito, pegó con rl mp^-r>r 
cuidadlo el sello postal, v ?Ti1->re todo, asen- 
tó ima hoja de ipapel secante. 




. ^'T^í^'^^r-- 



/^ 



■>.- ■• •■;,-'.^/ 




fe; 



LXII 



Terminaba la comida. , 

'Los criados reoogieron en graciosos ca- 
nastillos, engalanados con cintas de seda, 
casi todas las copas del servicio anterior, 
y pusieron frente á cada comensal, lindos 
platos de Sévres, en. los cuales habilísimo 
artista regó diversas flores campesinas, y 
junto á cada plato colocaron cubieptos oa- 
ra frutas y postres, y un bol con agua de 
violeta. 

Luego, mientras uno de los servidores 
pasaiba las fru'teras y otno retiraba los can- 
delabros de p^.aita, donde ardían sendos pa- 
res de bujías encaperuzadas con pantaíli- 
tas rojas, el tercero de los criados encen- 
dió á un tierrtípo los focos eléctricos del 
suntuoso comedor, los de la araña y los 
que oouiltos en corolas de cristal opaco He 

Parientes Ricos. —56 



^w^. 



naban los arbotantes repartidos en los mu- 
ros. 

Inmensa oleada d'e luz inundó el recin- 
to: centelleó la argentería; subió el manu'! 
en nitidez; brillaron con transparencia v.\- 
com.parabl-e vasos y garrafas ; duplicarvn 
los boles au glauco tinte, y aviváronse gr;!- 
nates y rubreis en los póculos de burdeos 
y de chabli, resertvados por don Cosme y 
el- clérigo. 

Lucieron las frutas su belleza rústica: 
las pomias califórnicas su carmín amorata- 
do; las imandarinas su ardiente juboncillo: 
las naranjas cordobesas su rc^pilla jalde: 
los racimos el ámbar róseo' de su orujo du- 
rado, y las ananas, aunque tardías esplén- 
didas, 'SUS penacihos esmaragdinos y sus 
regios ipiles recamados de oro. 

''i Prolbadme !" — decían en dulceras y 
tazones, pastelillos y tortas, comipo'tas y 
jaleas, y al lado' de una caprichosa fuen- 
tecilla curva, donde entre rajas de limúi 
y en lecho de caviar, brillaba la coraza de 
acero de dos pescaditos rusos, en crát.-r 
destvordante, una pirámide de fresas, coro- 
naki'a de azúcar, akirdeaba de su ápice ni- 
voso. 

El espejo circular del centro, refIejan;io 
la kiiz de muchas lágrimas de Edisson. 
irradiaba prestigioso en torno de una rn 
muletera Veneciana., donde se aglomerabar., 
entre mu&tios belecihos de plácida fragan- 
cia nemorosa, pálidos crisantemos, — ñM' 



' '•'•y.' ■ ■ 'íl 



;^¿V'rf.^' ^^^-RJ 



443 

ma flor del año. — Las palideces ebúrneas de 
las "musmés," ihacian resaltar la (púrpura 
¡miperial de cuatro rosas napoleónicas, cu- 
yo tono aterciopelado competía con la ho- 
pa de Monseñor Fuentes, quien, por caso 
rarísimo, estaiba gárrulo y afabk. Bromea- 
ba á Juan y á Alfonso, y— nota caracterís- 
tica del talentoso Prelado, en ratos de 
confianza y jovialidad expansivas, — lanza- 
ba los enmelados y agudos dardos de su 
ingenio contra el manso don Cosme y con- 
tra el discretísimo P. Grossi, a'l cual llamo 
carlista. A elloi dio imotiivo el italiano, en- 
careciendo la buena nuesa del Pretendien- 
te, y elogiando con elocuencia digna del 
Barón Brisse, el jerez y las tnuías del Bor- 
bón. 

— No soy académico, ni filólogo, P. 
Gro'ssi . . . — decía el Obispo, mondando 
lentamente una mandarina — pero. . . he 
leído, no sé en qué parte, — sin duda que 
no fué en San Isidoro el Hispalense — cier- 
ta hisitorieta etimológica, que haibná de in- 
teresar vivamente á «uestro don Cosme. 
quien allá én remotas mocedades fué muy 
dado lá las letras. . . 

— ¡Y ahora tanÁién, Monseñor! — ex- 
clamó dbn Cosme, removiéndos'e en su si- 
tial, en una contorsión de sienpe, y agitan- 
do la mojama de su cuerpecillo dentro de 
los pliegues de la estrecha y larga levita. 
— ¡Aihora ^todavía! Colaboiro de tiempo 
en 'tiém:po en "La Voz de México." ¡ Y 



.--:•.' ■■''t-;/s-^í5.;7>^ ■•>> ■■ 



4+4 



■1 



hasta versos hago! He p-uiesito en sonetos 
ia ktania lauretana. ... Ai presente, co- 
rrijo. . . . . . Voy ya de mi escrupulosa co- 
rrección, en el *'salus infirmorum.'' ¡Ya 
recibirá V. I. :má obrilla! Pero, oigamos 
la historieta ! 

— ¡ Bien ! — iprosiguió el Oibispo, sonrien- 
te y dirigiéndose al itáliaino: — Cuéntase 
que un buen señor, devoto y piadosísimo, 
afecto al buen yantar, comía, cierta ocasión, 
en el pailacete de cierto nuncio apK>stólico .. 
¡Cuidado, mis ibuenos amigos! ¡iCuidadi- 
to ootí pensar que mi cuenteoillo etimo- 
lógico lleva saeta! No salgia después el P, 
Gro&si, y mué diga dulcemient-e : "Monse- 
ñor : sois cáustico y satírico ! 

— 'Hable V. I. — murm'uró picado el clé- 
rigo. — ¡Pláceme ver á V. I. de itan buen 
humor ! 

Y damas y caiballeros pusieron aten 
ción. 

— Es el caso. . . — ^prosiguió el Prelado, 
separando hacia el 'borde de siu plato !a r 
teza de la mandarína — que el nuncio aquel 
se trataba á cu&rpo de príncipe, y exce- 
lente ainfitrión, cuidaba (como nuestros an- 
fitriones) de la diciha de los convidados. 
Sirvieron ese día u.n platillo de aves, truia- 
do .ricamente, y el devotísimo caballero. . . 

— Y parece q-ue las trufas son düs-pép:' 
cas.... — interrun>pió -el italiano. 

El Obispo siguió diciendo: 

— el devotísimo caballero, al ver el 



S^^ t'^r-^- •'>«>- *• .» >:;;\," , l'-'-'^','>fT^: 



445 

plato, y animado por el aromia del tubércu- 
lo, 'exclamó: "Tajitúfole, Signor Nunzio'" 
— ¿Y. . . . — iba á preguntar don Cosme. 
— De aquí — apresuróse á decir -el Prela- 
d(>— la palabra francesa "tartufe," (tartufo 
en castellaino) inmortalizada por Moliere 
en una comedia insuperable, ¡ P. Gross' ! 
¡P. Grossi! "Se non é vero é ben troiva- 
to." ' ^ 

Don ¡Cosme -entornó sus ojos humilde- 
mienite; e\ clérigo se puso rojo como una 
' cerezia, y imozos y mozas se miraron y son- 
rieron. 
I' ' iEl P. Grossi dijo al punto: 

— V. I. "debe saber que "i'l racconto é 
vecohio." Le oí en Roma, durante el Con- 
cilio Vaticano, de 'labios de sangriento pe- 
riodista^ de aqiuel que fué entonoes el miás 
terrible adversario de los Obísipos galica.- 
nos. A él a tribuyeron cierto epigrama 
tremendo contra Monseñor de Orleans. . . 
¿Se acuerda V. L? Llamóle: Monseñor 
Du Paon-iLoup. ¡Alh! ¡Para sátiras y epi- 
gramas ios romanos. ¡ Pasquino no ha 
muerto! 

Alegre risa circuló en la mesa. Palide- 
ció Monsieñor Fuentes, y sin hacer caso 
de lo que el clérisro había dicho, se puso 
á deshacer un r»acimo. 

Don Juan en alta voz y tono afable, 
ijo: í 

— i Ep ! Beberemos vino de Champagne. 
Como Federico el Noble, sólo en el cam'xi 



446 

gusto de tal vino. . . Pero como d niuncio 
del cuento, tengo á ani cuidado la dicha 
de mis comensales. Y volviéndose al crid 
do que dirigía el servicio, le hizo una señal. 
Charlaiba J.uan en voz 'baja con Elina, 
Alfon^so y Margarita depairtian regocija 
dos ; María y Paib'lo .hablaiban áe frivolos 
asuntos, y mientras doña Carmen trataba 
con el P. Grossi de lai obra que éste había 
emprendido en su capilla de San Francis- 
co, el Preliad'O' encomialba las naranjas 
sevillanas, y (hacía memorias de los jardi- 
nes de San Telnuo. Don Cosme, muy 
pensativo, saiboreaba lentamemte ciertos 
tuTroncillos de famosa proced'encia mon- 
jil. 

En soberbia bandeja de plata, que trajo 
á la mente de Margot el triste recuerdo 
de sus lloradas mancerinas, puso un cria 
do al lado de María las copas destinadas 
al espiUimoso y regocijante vino. Presentó 
luego á la joven, en un platito de cristal 
una -rosa desihojada. 

Tomó la niña unas tenacillas de oro, y, 
con gracia y elegancia supremas, puso en 
las cráteras sendos pétalos de la odoranti' 
flor. 

■El Obispo, mirando atentamente á la jo- 
ven, exclamó e^n itono afable y cariñoso : 

— i'Cuónta elegancia, Maríal — y diri- 
giéndose á don Cosme, aigregó : ¡ Eso es 
helénico! ¡Digno tema de anacreóntica I 
Amigo don Cosme : alhí tiene usted asunto 



'^fW^^^^y'^'^r^^^ 



447 



para ella, ó para un sonetillo renaciente, á 

la manera de B^emibo 

— ¡Pues á 'la'otbra, Monseñor! 
—¡No en mis días! No taño ni lira, ni 
caramillo ni ralbel. ¡ Quédese el tema jgara 
otros. Yo vivo jpiara la pedesitre prosa. 

El criado distribuyó las copas, y des- 
pués trajo: el vino en una ánfora áe cristal, 
en luna ánifora de suprema esibeltez, en tor- 
no de cuyo cuello se enredaba una guir- 
nalda de ¡rosas, y finamente, muy finamen- 
te, inclinando el magnifico vaso entre las 
dos manos, -sirvió á todos. 

— ¿Hay personas en el salón? — pregun- 
tó don Juan. 
— 'Sí, señor. 
Esperó á que fuese re'tirad'o el ser^vicio 
de postres, y después de consultar su re 
loj, prorrumipió, dirig-iéndoise al Obispo: 

— ¡ Salud, a'migos míos ! Y agregó : Nos 
a^uardaiti en el salón. Allá tomaremos el 
caifé. 

Mientras los criados abrían áe 'par en 
par la puerta principal, disponiéndose á 
roHT er sus guantes, don Juan se acercó á 
íuanito, que llevaba del brazo á la cegue- 
znela. v díijole en "vO'z baja: 

— Xo te vayas. N'ccesito hablar contigo. 
M'aña'Ha mhsmo saldrás ¡para Pl-uviosilli 
en un tren especial que ya esitá pedido. 
Partirás á las diez de la mañana. Allí es- 
oerarás mis órdenes, y te emibarcarás €n 
Veracruz del diez y ocho al veinte. . . 



^.■:.^y 



448 

Lena oyó «todo, se estremeció como si 
la conmoviera una corriente eléctrica, y 
estrechó el brazo de su prilmo hasta hacer- 
le mal. 

— ¿Te vas? — murmuró trisitemiente al 
salir, avanzando en el pasillo. ' 

— Ya lo has oído. Se trata de algama ju- 
gada de la Misa, y, sin duda, iré á Lon 
dres. Mi papá no fía en cualquiera. 

— ¿Y me idejas? 

— Volveré pronto . . . . ¡ Cuestión de f los 
meses ! Hecha la operación, nada me re- 
tendrá en Europa. ¿Qué quieres de Pa- 
rís? 

— Nada. 

— ^:Nada, Lena? 

— ¡No te separes de mí! — suplicó dolo- 
rosamente la señorita. — Necesito hablarte 
á solas.... Ahora misimo. .^. 

Y enttraron en el salón. 

Doria Carmen y María servían el café. 
Margarita y Alfonso tocaban á cuatro ma 
nos "La Invitación al Vals." 

— ^:A cuántos estamos hov? — preguntó 
Elegía á don Cosme, el cual le ofrecía una 
taza de café. 

— ¡A veinte, hija mía! — contestó el vie- 
jo amabl-errienite. 

Y la joven pensó: 

— Hay tÍ€mpo. { 

— Por fin, criatura: ; quiere usted café? í 
— ¡Gracias, don Cosme, m*l gracias! 



s^ 




LXIII 



Margarita y María tocaban á cuatro ma- 
nos algo de Saint-Saens. Alfonso, atento a 
la belleza y á las miradas de la blonda se- 
ñorita, volvía las hojas. Todos escucha- 
ban silenciosamente, mientras Juan y Ele- 
na conversaban en la antesala. El mozo, 
sentado en una duquecita, saboreaba el ca- 
fé y fumaba un cigarrillo habanero. La jo- 
ven se inclinaba hacia su amante, apoya- 
da en un cojín. 

— ^¿Te vas? — dijo, después de un rato 
de penoso silencio. 

— ¡ No\ por gusto mío ! . . . — respondió 
Juan. 

— ¿Cuándo regresarás? 

— ¡ No lo sé ! . . . ¡ Cuestión de tres ó cua- 
tro meses! 'vi ¡ ' J 

Parientes Ricos.-vS7 



.■'•-. ■ 45° 

— Que serán para mí como cuQ-tro si- 
glos. . .*. 

— ¿Por qué? — murmuró €l joven, si- 
guiendo -pcir el aire con mirada lemsoñadora 
ó distraída las espirales de humo de su fra- 
gante cigarrillo, las cuales, reprodtucidas en 
un espejo, ascendíiaíi lentas en la pesada 
atmósfera del salón cito. 

— Porque sin tí no podíé vivir .... No 
te veo, iTVo te he visto nunca, y sin embar- 
go, conozco tu iTOs/tTO. Por el timbre y por 
las inflexiones de tu voz adivino la expre- 
sión ée tu semblante, y cuando estrechas 
mi mano sé lo que vas á decirme. . . . 

Lena tendió el brazo so'bre el cojín en 
qu'e se apoy'aba, aibriendo la mano como 
esj>erandio encontrar la de su primo. 

— ¡Juan ! — exclamó en tono cariñoso — 
¡Me hace mal el aroma de tu cigarrillo! 

— Elenita ; — replicó el joven con acen- 
to suplicante, — ^pero si es-tá riquísimo í 

• — Me m.olesta No sé lo que tengo, 

paro desde hace vados días, me hacen mal 
los aromas. Si tlí supieras icuánito ne pade- 
cido durante la comida, con üa fragancia 
4t las fresas! 

— Dejaré mi cigarrillo.... 

— No, no! . ' '-■ 

— Si lo deseas .... - 

— ^Tie decra yo — prosiguió — qn^ al es 
trechaír tu» majicn ya sé lo que vas á decir- 
me ; tths pasos, antes que llegues, míe traen 
tu imagen, y al pensar en tí, cuando hago 



castillitos en el aire, siento que estás á mi 
lado, juníjo á mí, ceirquita de tu Lena, y 
me parece que te veo, que te veo y percibo 
el perfume de tus vestidios y de 'bub manos. 
Me dicen cómo eres, y ya lo sé ; pregunto 
acerca die tu persona, y cuanto imie d' zca ,0 
sé ya. ¡ Te conozco, te conozco como si te 
hubiera visto ! ¡ Si yo te viera, me moriría 
de felicidad, de alegría! 

Juan se había levantado para seguir fu- 
mando. En vano la ciega: buscaba tenaz- 
nuente la mano de su píá'mo, y con ansia 
febril se iindlinaba hacia el sitio que ocupa- 
ra su amante. 

Siguió diciendo con voz apasiomadia : 

— Te vas ... y imie quedo triste ; nio vie- 
nes y vino entre angustias y zozobras ; te 
siento al lado mío, y dicha y felicidad inun- 
dan mi ser; perol ¡ay! esa alegría dura un 
instante en mí, y tu palabra ligera y fes- 
tiva lastima cruelmente mi corazón. Yo 
quisiera que fueras conmigo más serio y 
reflexivo. Dicen que eres frivolo y tronera, 
y yo digo que nó ; pero tus conversacio- 
nes y tus dichos te hacen pareoeír ante imi 
como falte de amor, domo indiferenite v 
tomad'izc. ... 

Y agregó suplicante: 

— Juiaúii . . . ¿ qué no me quieres ? 

El mozo tiró por aito su ciganrillo en la 
«escupidera más cercana, y sentóse al lado^ 
de la ciega. 

— No ms quieres . . "^ -1^ -^ 



■w. 



452 ' I 

— ¿Por q.uié dices .esoí, alma imia? 

— No eres comanigo tan cariñoso como 
antes . , . 

— ¡Sí, prima! ¡Te anio más que nunca! 

— ¡ Nía me llames prima! Oámiam'e de 
oifcro modo, como saib'as llamarme cuando 
esibás cariñoso y apasionado .... 

— ¿CómiQ quieres qú^e 'te di'g«? ¿Alma 
mía, bien mío, dnilce amor mío? 

—No. 

— ¿Pules cómo? 

— De otra majicra sotlías llamarme. .... 
— murmuró tristemente la ciega, paseando 
su mirada limpia y viaga, sim lexpresión ni 
vida. 

— i Ah ! T<e Ikimiaba yo. . . . 

Y Juan se Lniclínió y dijo qued'ito, quedi- 
to, ©n d oído die Ja joven • 

— 'EsposLtia mía. . . 

'Un reilámpagio de felicidad iluminó el 
rostro de la ci^ega, y por isus labiois pasó 
con rapidez de colibrí ujna sonrisa de ven- 
tura. 

Juan tomó entre sus manos d'dgadas, 
distinguidas, pálidas y exaingiiies, la mór- 
'bida mano de su prima. Este se estrem.eció 
ció odmo luna amapola azotada por i&\ cier- 
zo, y dijo apasionadamente : 

— ¡Así! ¡Así! Cuando estás á mi lado; 
cuandio tienes mi mano enitlre tus maoos, 
"me ¡parece que te veo; como que se iluimi- 
íiB con íuz de aurora la noche que me en 
vuelve ; y te veo, sí que te veo ; y te miro 
de hito en hito, y miro centellear tu mirada 



453 . . 

apasionada y tristie comió adormecida en hs 
violadas ojeras. ¿Es >v»erdad que hay mu- 
cha tristeza en tus ojos y en itius 'máiradaó? 
Eso dicen las gentes. . . . 

— ¿Quién te ha dicho eso, prima mía? 
— repHcó Juan malhumorado. 

— ¿Te disgusta que te diga yo eso;? 

- — No ; pero . . . ¿ quién te lo dijo ? 

— Lo diaen todos : mamiá, Margot, mis 
hermanos, das señiori'tas que te conocen, y 
que me hablan de ti. Me dicen que tus 
ojos son negros, muy negrois ; que tus 
pestañas grandes y rizadas proylectan en 
tus mejiUas tintes de hiedra. Recuerdo có- 
mo son los ojos de Rabio... ¡Dicon que 
los tuyos se iles parecen! ¿Es eso verdad? 

— No lo sé, Lena. Nunca me miro en 
un espejo!. . . 

— ¿Te contraría que te hable yo osí? 
Si te disguMa. . . . No me agrada saber 
que estás disgustado. 

— No, Eleníta. 

— Sí ; te contraría' He sentido en tu 

imano un movimiento) que me :o dijo, un 
crispamiento de coinitrairiedad. Lo he senti- 
do, sí, !o he senibido. ¿Te desagradó lo que 
dije? Dímelo, y no volveré á decirlo. 

Juan no contestó. Elena inclinó abatida 
su cabecita ensoñadora. ; 

En el salón gemía di piano una melodía 
melancólicamente dolorosa. 

— ¡Juan I — ^rcrrum[)ió Lena en acento 
desolado. — Tú no me quieres.... :.. 

■ — ¿Por qué dices tal cosa, prima m'.a? 



454 ' 

—Porque tus propias palabras me lo d'- 
cen, Pero'. . . , dejemos esD. . . Si me quie- 
res tanto como me dices . . . ¿ por qué te 
vas? 
— ^Papá lo quiere . . 

— ¡No te vayas, Juan, rno te vayas! Ten- 
go mic'CÍo <ie que te vayas. Me parece que 
ya no volverás. París te ha robado el al- 
ma.... Méjicív te fastidia... ¿Qué haré 
sin ti ; qiué ihará tu Lena sin su Juan ? 

— Prima mía . . . pronto ,mie tendrás de 
regreso. 

La ceguezucla s-e estremeció de pies á ca- 
beza, asiendlo fuerte y apasioinadamenitie ia 
maiio 'de su primo. 

— Sil tú supieras. . . En mis natos de en- 
sueño ¡ qu-e son tantos!... cuando, como 
yo digo, míe pongo i hacer castilditos en el 
aire, sueño con... smcño. . . ¡No; mejor 
no :1o digo ! . . . . ¡ No quiero decírtelo ! 

— No ;míe ocultes nad'a, prima mía. . . — 
suíplicó Juan. 

— ¿ Prima mía ? ¡ Qué (bien digo ! Tú no 
me q»uieir€is ya. . . . Y yo sé por qué. Te 
amo, te he aima'do diemaisíado para que el 
amor no mitiiriera en ti. 

Juan, pensativo, clavó sus ojos en la al- 
fombra. 

— Lena, Lema mía. . . . Dim.e ^eso que no 
quieres decirmie . . . 

Elena no contesitló. Insistió el mozo, pe- 
ro la joven guardó silencio, y retiró su mia- 
ño de entre las manos de su amante. 

Entonces éste acarició dulcemente la ca- 



455 

beza die su prima, y díjole al oído, con aii 
guistioso iruego: 

— ¡ Esposka mía . . . dímelo ! 

Irguióse la ciega, y volviéndose á Juan, 
le dirigió una mirada de sus ojos sin luz, y 
díjole seriamente : 

— Lio diré : sueño q'ue soy tu esposa ; que 
vivo á tul lado; que ipor fin hay 'luz y ale- 
gría para nú.: da luz de tu presencia^ la 
claridad que á mi eterna noche habrá de 
darile la seguridiad de que eres míol ¡No 
te vayas ! . . . , Si te vas, no vendrás nun- 
ca ... , y es preciso que vuelvas .... y 
pronto, prontoi. Temo . . . 

— ¿QiUié temes? 

— Nada. 

— Algo te preocupa, y no es este viaje 
inesperado 

Otra vez se estremeció la ciega. 

—Di. 

— Debo decírtelo. 

— ¡Pues dilo! 

Enitiottices Elena, atrayendo al joven, dí- 
jole en voz baja algo quie le hizo palidecer 
y levaiiilarse cotno impulsado por un resu. • 
te. Después de ¡unos cuamtos minutos de 
STilencio, soltó una carcajada y exclamó : 

— ¡'No pienses en tonterías! ¡Se te ocu- 
rren unas cosas ! 

Cesó la ■música en aquel momento. Pa- 
blo y Miaría entraron en h aimtesala. 

La señorita dijo : 

— No tomaste café. ¿ Quieres una copita 
de aniseite? Voy á servírtela. -- .. 



■■^■1 



LXIV 



Juan partió al día siguiente para Pluvio- 
silla. Elena no puidlo disimuliar su pena ni 
su angustia. Lloró y lloró todü el día. 

Doña Dolores no pudo memos que de- 
cirle: :', 

— Hija: ¿qué tienes? Si yo ó alguno de 
tus hermanes esittuviésemos de muerte, ó 
ya emtre cuatro cirios, no llorarías así! 
¿ Por qué lloras ? ¿ Qué te apura .•" 

La ciega hizo un .esfuerzo y se echó á 
reir. Reía, pero sus ojos estaban llenos de 
lágrimas. 

— ¡Bendito sea Dios! — siguió diciendo 
la señora. — ¡Bendito sea el momento en 
que Juan se fué! ¿Se fué? ¡Pues que no 
vuelva nunca ! Te has enamorado de él, hi- 
ja mía; sí, esa» es la verdad... Tú lo nie 

',<_, -. ' ' . ' . ''~^i'¿Ü/j'-Vf:'pí Parientes Ricos, 58 



45» 

gas, pero nada bay más cierto. No me .'jaii^- 
só extrañeza que tu hermana se enamiJira- 
ra de Alfonso, porque Alfonso eí un n'U- 
chacho de mérito... Pero Juan, 'hija, 
Juan no vale nada, como no sea por su 
dinero, esitio es, por el dinero de su pa- 
dre. Tú, niña, no siabes ni lo qui es el mun- 
do, ni lo que son alg^mos hombres . 

¡Juan es 'un perdido, hija /mía! Líbreme 
Dios de que dieras oído á.ese muchacho. .. 

— Mamá : ¡ eres injusta con éi ' Es lige- 
ro de carácter, frivolo, parlachín, audaz, 
pero nadia más. Nadie le quiere... ¡sólo 
Pablo! 

— Ni Pablo. Ya sabes, porque la oíste 
de sus propiots labios, la oipinión en que le 
tiene 

— ¡Y antes tan amigos! 

— Sí; y mucho que. me alegro de que ta- 
niafíia amistad haya ido á menos. Ho^, 
Juan es otro con él, y me felicito de f'Ilo. 
Pablo con esa mala compañía, iba por pé- 
FÍno cnniino. 

Doña Dolores dio la vuelta y Elena se 
quedó hundida en su tristeza y en su do- 
lor. . 

A (poco volvió la señora en traje de ca- 
lle. 

— Me voy á Méjico... — dijo, calzánido- 
se los guantes, — Juan me citó para las cua- 
tro de la "tarde. 

— ¿Van á liquidar cuentas? — dijo Mai" 
goi. 



^ 

, ?;•- 



4S9 

—No sé cuáles serán esas cuentas.... 
Yo no supe jamás que tu padre le deb'e 
ra algo á tu tío... Per..:, «n fin, él di:-e 
que sí, y será. 

— ¡ Mamá ! — interrumpió Margarita con 
suma veíiemencia. — ¡Por Dios que no sea 
usted débil ! Procure usted que Pablo asis- 
ta á esa conferencia. A las mujeres nos en- 
gañan con facilidad. El legado de mi tís 
y el obsequio de mi tío, no son gran cosa 
pero esas cantidades nos darán indepen- 
dencia y tranquilidad, que ímuicho necesiía- 
■mos. 

— ^Tú, hija, si Dios quiere, te casarás 
con Alfonso... El muchadho es bueno y 
te liará feliz. . . Yo no me intereso en es- 
te asunto i>or mí, 'sino, por ustedes, princi- 
palmente por esta criatura, y después pir 
ustedes. Pablo se bastará á sí mismo; Ra- 
món mecesita hacer carrera . . . 

— ¿Y cuánito reclama mi tío? — preguntó 
Margarita. 

— No lo sé; ino 'nre lo ha dicho. Nunc;i 
me había hablado de eso, hasta el otro 
d'^a. A Pablo sí; le tenía dicho qftiie al reci- 
bir el dinero de sn legado liquidaría con- 
migo.... pero tampoco diio cuánto.... 
Veremos en qué para esto. Me voy. . . . 

Doña Dolores se compuso el sombrero 
ante el espeio; santiguóse, v salió. 

Momentos después llegaba Alfonso, 

Margarita salió á recibirlo muy afable y 
niuv cariñosa. 



i 



4^0 

—¡A buena hora viene el caballero 1 — di- 
jóle al lomarle el soimibrera — Quedó eu 
venir á comer cotn su novia, y le hemos 
esperado en vano ■ 

— Kl viaje de Juan fué causa de todo. 
No salió hasta medio dia, y ya á esa hor^i 
no era posible venir. Papá me detuvo ec. el 
despacho y míe hizo escribir cien mil car- 
tas. No hay en el des(pacho quien escriba 
en francés, y, además, él no fía de cual- 
quiera. Es listo mi paipá. . . ¡vaya si es lis- 
to ! Por fin logró lo que deseaba, y esa ope- 
ración le dejará muchos y muy buienos pe- 
sos. ¡Con tal quie Juan ande listo! ¡Sí qtn 
andará Jisto! 

— Bien; pero ¿qué va á hacer Juan en 
Pluviosilla de aquí á mediados del mes? 
A fastidiarse 

— Déjale, que él se buscará entreteni 
miento. Allí se encontrará á Conóhita Mi- 
jares. . . ¿qué más necesita para estar á sus 
anchas ? 

— ¿Y no le ¡parece á usted, mi seño'- 
don Alfonso, que no viene un caballero á 
visitar á sui novia para hablarle de com- 
binaciones mercantiles, y de Conchita Mi- 
jares, de esa pobre muchacha cuyo destino 
me tiene siempre iniqnieta y en zozobra.'' 

Alfonso se siento en el taiburete del pia- 
no, y girando con él, voUvióse al teclad'o y 
se puso á tocar una melodía españoilay dul- 
cemente apasionada... Margcit á su es 
palda le oía, puesta una mano en el hoav 



..-*•:; 



4^1 

bro izquierdo de su primo. Alfon&o n,o era 
un pianista; pero tocaba con delioaideza y 
expresión. 

Margcit le escuchaba estática, !sig»uiendo 
con la mente la encantadora serenata. Al 
terminar ésta, la blonda señoriita, inclinó- 
se, diciendo : 

— Alfonso . . . ¿ me quieres mucho ? 

El joven echó atrás la cabeza, descan- 
sándola en el brazo de Margarita, buscan- 
do la mirada de su prima, y murmuró que 
no dijo, con melodiosa y correcta pronun- 
ciación francesa : 

"Oiivre les yeux, diraí-je, 6 ma seule lumiere 
Laisse-moí, laisse-moi lire dans ta paupiere 
Ma vie et ton amour: 
Ton regard langnís ant est pins cher a mon ame 
Que le premier rayón de la celeste flamme 
Aux yeux prívers du jour." 





LXV 



Y 'la ceguezuela se alejó paso á paso, 
aipoyándose .en ios miuebks, mieiiDtras Al- 
fonso dejó d pianio, y asiendo la imiano de 
su iprimia, se idirigió ail balcón. 

Heirmosa Itardte de invierno', ne^plande- 
ciernte y líimipid!a, pero en ciento modo ewt- 
tristeciíía ipor el vienteci'llo helado que 
arrancaba de 'líos árboles deil jardín vecino, 
todo aridez y desolación, das pocas hojas 
muertas que, persistentes en las ramas, pa- 
ifiecían detenidas allí en espara del hincha- 
miento de las yemas, y de la pronta y exú- 
bera aparición de los renuevos. 

lEl viento kvamtaiba niubes de ipolvto; el 
tranviai somialba á lo lejos su bocina dtestem- 
plada, y escuchábase ¡lejana y alegre la imiú- 
sica die una banda militar que divertía el 
ocio dte los cadtetes en los -terradios de 
Chapulteípec. 



/ ■■ »'í ■ •_■ -^ vi ' ;»'>3;^^^l''r''■"/.■i;s,■-• ■.Tv-rtr^, 



464 

— Alfonso — dijo Margot, echándose 

de codos en la balaustrada del balconcillo, 
— Estoy muy Itrisrte .... 
¿Triste? ¿Por qué, bien míiQ? 

— ¡ No lo sé, señor mío, no ilo sé! 

— Oigamos, Margot, lo qoie ipiensa esa 
ruibia calbecita ensoñadcra y lánguida; eso 
que no isabes y que te poine trislte.... 
¿Cómo llamas tú, alma mía, á esa triste- 
za? 

— AñoTiainza. 

— ¡ Linda pailabra ! 

— ^Nueva en la lengua, según dicen. . . . 
Cierta duilce triisit'eza de cosas ipendidas, de 
sores aimados qwe se fueron; algo que na- 
die sabe ex'p'Iicar, y que á veces parece 
presentimiento atractivo de uinia pena ó d'C 
una desgracia, y en oitras próximo adlve- 
nimiento temeroso de algo que anhelamos 
y que habrá de disiparse como el humo, 
como el penacho de esa locomotora que se 
aleja á través de esa llanura amarillenta y 
dilatada. . . . 

El dolor tiene sus atractivos; ios tidne, 
y muy dulces, como que la vida no es más 
que idbCor.... Mira, no me creas pesi- 
mista. Así míe llamaste el oltro diat, y — 
si he de idecirlte la verdad — 'no me, agrada lo 

que me dijiste La vida no es absloilu- 

taimente buena, ni albsolultamente mala . . . 
En un libro leí el obro día estáis palabras, 
que copié en u^na tarjeta, pana que Ibú Cas 
ccinocieras, y para que en ellas aiprendie- 



i::. 



■ ■■'»f^-s¡^:'?i'^;^f^.'': 



465 



ñas algo qniie no "saben decir niuchos ile 
esos (poetas, y de esos noveüscas que tiV 
lees .... 

'MJairgairita liundió su mano entre los '.plie- 
gues de su falda, y de allí sacó uinia bille- 
tera de pieu de Rusia, y jugando ocm la 
arisitoorática y linda carteritai iaromaíiizada. 
siguió diciendo, fijos los ojos en .los de 
su priinio:: 

— Sí, señor mío. Oí de tus labios, la otr.i 
noche, algo que no me gustó ; algo que 
me hizio estremecer.... Te difwcvripé: la 
música dte Cbotpin tiene s-oplos imiortales 
ambientes de sepulcro .... Pensabas en la 
muieirite 

— ¿ Dices esto, alma mía, por aquello que 
'te dije al oído, mientras tú toca'bas el sio 
ñador Nocturno? 

— ¡ Si ; por eso ! . 

— 'Me sentía dichosísimo á tu lado. . . . 
¡Tan dichoso, que tuve deseos de rnorir!.... 

— Y murmuraste á mi oído versos de 
Leopardi. . . . No me gusta ese poeta. Era 
un hombre de alma enfermiza, sí, enferma 
de incurable dolencia.... Pero confieso 
confieso que la hermandad entre el amor, 
el dolor y la muerte es cierto . . . Oye . . . 

— ^Te ciigo, 'miña mía. 

Margot sacó de la billetera una tarjetita. 
Iba á leer y se detuvo. 

— ¿Guardarás len tu carterai -esca ta'rjvtíi? 
¿La guardarás como recuterdo 'inío? 

— Sí, Mtargot. 

Parientes Ricos.— 59 



.r-* ., \ 






406 



r-- V- 



«•.■■- 



;,. Y la joven kyó, itraducienidio éél francéb*! 
— "La vida no ¡puedie ser nunca entera- 
m^ente feliz, porqu-e no es el ci.;lo, nii ente- 
ramiente desgraciada, pOi-que no es más 
que d camino que ai cielo nos conduce..." 
i Verdad ' ¡ Veirdad ! Y ; verdad ! Aho- 
ra. . - Gtiate ■ae pesimi.unos y de leer á 
Leopardi, y quiéreme mucho, tanto, tanto, 
tanto, oomo te quiero yo! ^ 

Sonrió el mamceibo dulcemerDte, y tomó í 
la itarjeta. f^ 

— ¿De quién es esto? ¡Ah! De Mad J 
Graven. La conocí. Murió hace dos años, ^ 
Es die lia familia del Gomde de Mun, el j^raii 
orador, á quien he tratado muchas vt- 
ees. 
Alfotniso guairdó ila tarjetita, y siguió di- 
, ciendio : 

— ¡Tienes anazón, alma mía! La vida tie- 
ne mucho de Iboieno. ¿ Cómo no creerlo así. 
cómio nía creerlo, cuando te amo, cuando 
ttengio la dicha de amarte y la felicidad &u- 
Ipireimia die qiuie me ames ittú! Explícame 
ahora tu tristeza ... 

' -—No acierto á explicármela yo; no 
acierto á darme cuernta de este 'sobresalto. 
ni.de esta inquietud que, á veces, frecuente- 
mente, me acongoja. Paréceme que me 
amenazan grandes amarguras; me eslLre- 
■miezoo sin inDotilvo; me parece el cieCo obs- 

cuiro, y ihíe illegaid¡o á .pensar que 

— ¿Que TÍO te quiero, y que iiuo estinío 
tu corazón y tu alma en cuanto valen? 






'. ■'*.,?.. 



■ — ¡ No, ño, Alfionso ! M«e amas, .lo sé, me ' 
aruGiS. Estoy isiegiuna de tu cariñía Y estoy 
segiira de otra cosa, de que mi amor te 
hace feliz. . . . Desde que me aimas, ©res 
otro. Ño ihay en ti la tristeza que trajiste 
de Europa .... Suele velar tu rostro algo 
sGmJbrío, ipero unas cuantas palabras mías 
disiipan esa intube, y v.uelve á tui ix>sitro la 
sonrisa, y te veo plácida y niob/em'en-te so- 
ñadior. Y esa ailegría tuya me al'egra, y esa 
dicha tuya es mi dicha. ... y te iaimo,'y te 
adlciro, y^ite amo, y te amaré toidia mi vidla! 

— ¡Como te amo y cotmo he de amarte 
yo! 

— ¿Sabes? — agregó 'la blonda donceMa 
en torno regocijado, dejando ver todiai k .:. 
hermosura dte sus ojos azules. — Dios creó 
nitesitras aimas una ipaira la otra. . . ¡Dios 
eis mluiy 'buetnio! ¡ Camio que es Dios! - 

Alfottiiso toimó entre sus mamos las ima- _ 
nos <Je isu ¡prima, y las estrechó díulce y res- 
petuosamiejite. 

Obsourecía.. Eá vien:teciílo inlvernal ®e- - 
guía soplan-do, y itraía los últimos acordes 
de lai haibanera con que la 'banda militar se 
diesipedíí^. La música ardaroisa y laipa&ionia- ' 
da del baile tropical llegaba hasta los dos 
ainnamites como dos aooirdes de una imelodiía ->í. 
másteriosa, idieal, celeste.... /' 






V . 



^y- 



-. .* 



l>:'^- 



iSíírv ■ 



. / - 




■-.^1^- 



..'. '. ■-<•'^^ 



LXVI 



Volvió Lena á la sala. Alfonso se ade- 
lantó y le ofreció el brazo para llevarla al 
balcón. 
i —¿Estorbo? — preguntó, apoyándose en 
el brazo de su primo. 

— ¿Estorbar? Ven á charlar con noso- 
tros .... 
I — Me falta buen humor. 
I —Ven.. 

Colocóse al lado de Alfonso, y se recli- 
nó en el barandal. 
p^ — ¿De qué hablaban? ¿Se puede saber? , 
I — ^Sí, prima. 

— Contemplábamos el firmamento 

■ ¡ Qué hermosa noche ! La atmósfera lím- 
pida^ ni una nube en el cielo.... '^ 
1^ La noche había cerrado. Languidecían 
los ruidos de la ciudad, y el vientecillo 



,-■* . 



^ V 









470 

traía el misterioso rumor de las cercanas 
arboledas. Hacia la derecha, elr alcázar res- 
plandecía sobre la masa fuliginosa del bos- 
que, como un joyel de diamantes , . . 

Todos callaban. Alfonso, baja la mira- 
da, de codos en la baranda, entretenía su 
pensamiento haciéndole vagar por la red 
de sombra de un árbol escueto proyectada 
en el suelo por el foco eléctrico de la es- 
quina, foco titilante y mortecino. Marga- 
rita estaba abstraída en la contemplacióü 
de los esplendores de aquella noche divi- 
namente invernal . . . De pronto corrió ha- 
cia la puerta de la sala, buscó tras la col- 
gadura el conmutador, y encendió los fo- 
cos del centro. 

Volvió al balcón, y, silenciosa como an- 
tes, entregóse de nuevo á contemplar el 
cielo. . 

— ¿En qué piensas? — díjole Alfonso. 

— Propiamente hablando, en nada. Me 
place viajar con el pensamiento por los 
espacios luminosos del cielo... 

^Estás poetizando. . . — dijo Elena rien- 
do. 

— i Dios me guarde de ello, si poetizar 
es decir sensiblerías cursis ! 

— Estás soñadora, Margot... — murmu- 
ró el joven en el oíf'o de su amada. 

— Pienso . . . — continuó Margarita — en 
que la contemplación deí cielo en una no- 
che así, despierta en el alma infinitos an- 
helos. Siento que mi alma desea abismar- 



■i«. - "»«.>•-•» 



•RSF'x-'r"- --- " ■■ 



■ N^v -y 



471 

se en esa constelada inmensidad, coirio en 
un mar de luces desconocidas, en un piéla- 
go de amor purísimo .... 

— ¿No digo bien, Alfonso? — insi.^iió !a 
ceguezuela — ¿Miento al decir que Mar- 
garita se ha dado á poetizar? 

Nadie respondió. La blonda señorita si- ' 
guió diciendo: 

— Ante esa inmensidad misteriosa, se 
presiente una otra patria mejor, y dulce 
tristeza subyuga nuestro espíritu, y desea- 
mos morir. ... 

— Melancólica estás, Margot... 

— ¿No di (fe tu famoso Leopardi que el 
amor y la muerte son hermanos? Pero ya 
te lo he dicho, ya te lo he dicho, Alfonso, 
que no me gusta ese poeta. Me repugnan 
las almas enfermizas. Las compadezco, pe- 
ro me hacen daño sus tristezas... 

La ciega parecía abstraída por un pen- 
samiento dominante. 

— Sí, sí, aunque Lena se burle de mí, 
aunque tú, que eres más soñador que yo 
''sea dicho de paso), me censures... no 
he de negarlo, sin ser romántica ni sen- 
siblera, que me place la meditación so- 
litaria, lo mismo ante un soberbio panora- 
ma alpino, que anfe el espectáculo del cie- 
lo. . . Comprendo que nuestra alma no vi- 
ve á gusto en la tierra .... que su destino " 
es otro. • 

— Sí; — murmuró Alfonso con su tiulce v 
acento francés: 



I "i^' 



■'-^^tr^- . 'a- . 



:-V- 



■S -t^'-^ :'--. fy '■•*; "yi-' 



472 ■ " ' ' 



"L'homme est un dieit tombé qiii se son 

(nient des cieux." 

Margot rompió de pronto la conversa- 
ción, y exclamó: 

— Vamos á tocar. . . Deseo oír músicd 
Toca, Lena. 

— ¡No estoy para ello! — replicó la ce- 
giiezuela .... y menos para música clási- 
ca! 

— Toca de Chopin . . . — suplicó Marga 
rita. 

— De Chopin, no, Lena. Esa música, 
al decir de Margot, me vuelve pesimista. 
Como quien no dice nada : j un Schópen- 
hauer! 

— El "Nocturno," Lena... 

— No ; — se apresuró á decir Alfonso, — 
no, música alegare... un vals... 

— No; no tengo ganas de tocar... 

— Yo te lo ruego, Lena . . . 

Y tomó del brazo á la ciega, y la llevó 
al piano. 

— Un vals de Waldteufel. 

— Sí, pero á cuatro manos. Ven, Mar 
garita. 

Alfonso se volvió al balcón. 

Trns breve preludio que parecía el eco 
de lejana fiesta, un vals embriagador, cuyo 
tema parecía desenvolverse como xma on- 
da de humo perfumado, brotó del piano, 
en rítmica misteriosa y vaga idealidad su- 
gestivar. * 

Elena retiró las manos del teclado. . . 
Miróla Margarita, y le dijo: 



,--^.'. 



■> , -. . ■-. '.í- ' , ': . ■■Al 



/ ' ^ry^ '^Á-p^-^i 



I ^^í^M^";^; 



'-\--''M. 



A73 



— ¿Qué te i^isa? 

La cegucziicla no respondió, y aconicti»'» 
briosamente el tema . . . Mas á poco so 
echó á llorar. . . 

Acudió Alfonso. 

— ¿ Qué tienes, Elenita ? 

— Nada ; pero me he sentido muy mal. 
Llévenme al balcón. . . No es nada; no se 
inquieten. . . • 

Llegó un coche y se detuvo á la puerta 
de la casa. Era el cupé de Alfonso, en^el 
que habían .llegado doña Dolores y Pablo. 

La señora venía triste y abatida. 

— Hemos venido en tu coche, Alfonso. 
¡ Mil gracias ! — Díjole Pablo. 

Se habló del incidente breve rato. 

— ¡ Ya estoy bien ! . . . ¡ya estoy bien ! — 
repetía Elena. 

A poco se despidió Alfonso. 



.-^y 




rarientes RicoS). - 6o 



"<;*.■• ! 

-«:«,:-- 



'*:' 
e 



7- 



~'.v» ". ^¡í'-r'"' 



1 " -__ '■í:^-' 



^, 



■;■,.. S :■ 



■'F .XA*;.-».'?:..'- 



^:^r^¿r 







LXVII 



Doña Dolores no quiso cenar. A instan- 
cias de Filomena 'tomó un poco de dulce. 

Todos callaban: la'ciega, llorosa y aba- 
tida ; Margot pensativa y cabizbaja ; la «e- 
ñora muy apenada; Pablo, sombrío y co- 
lérico. Sólo Ramoncito intentaba desvane- 
cer con su charla la nube que pesaba so- 
bre aquella familia, de ordinario alegre y 
de. buen humor. 

Ramón se soltó diciendo: 

— ^A estas horas estarán de palique Juan 
y Conchita Mijares. Lo que ella se quería. 
¡Bien guillada que estaba aquí por Juan! 
Aseguro por quien soy, qtie en estos mo- 
mentos está en riña con el novio, porque 
mi queridísimo primo habrá llegado des- 
lumbrante, arrollador, invicto como Cé- 

Sílr • • • « ^ /-■vi.'. 









-^,'^>r:'' ■ '- *>^-'>';T^' •••X •■>: '-^^ 



476 



— ¡ Muchacho, calla ! — exclamó doña 
Dolores. — No estoy para charlas. 

— ¡ Perdón, mamá ! — respondió el mu- 
chacho, componiéndose el cuello altísimo 
de su camisa, y arreglándose la conruscan- 
te corbata. — ¡ Perdón, mamá ! No puedo 
resistir al deseo de seguir charlando. To- 
dos ustedes están tristes y mudos . . . ¡ Eso 
no está bueno ! ¡ Alegría ! ¡ Mucha alegría ! 
Dime, Margot ; dime : ¿no es verdad que 
tu queridísima y nunca bien alabada ami- 
guita Concha Mijares, se fué prendada de 
nuestro primito, del galante y aristocráti- 
co Juan ? ¿ No contestas ? Pues . , . quien 
calla, otorga ! 

— ¡ Calla, por Dios, Ramón ! — volvió á 
decir doña Dolores. 

El jovencito no la oyó, ó no quiso oírla, 
y prosiguió: 

— í^ntre el almacenista de "El Puerto 
de Veracruz," hoy escribiente en la fábrica 
del Albano, y el señorito Juan, soberbio 
tipo parisiense, pálida flor de asfalto fran- 
cés ... la elección no es dudosa . . . 

— No hables mal de las gentes... — in- 
terrumpió la ciega contrariada. 

— No; la elección no es dudosa... La 
ilustre monologuista. gloria del teatro 
casero de Arturito Sánchez, (covachuelis- 
ta clásico, poeta insigne y periodista per- 
ilustre), anhelaba juntar sus laureles ar- 
tísticos á los rancios blasones de la no- 
bilísima estirpe de los Collantes y de los 
Aguayos ! 



'\ »■"' C ■'.-'•;?';-->•- 'i^íi — •»•#.<»: 



.•1.1-^; 






Í77 . - K 

—\ Mamá ! — prorrumpió impaciente la 
ceguezuela — Oye á Ramón. Dile que ha- 
ble de otra cosa. . . ¡ Es tan fea la murmu- 
ración ! 

— ¡Calla, por Dios, muchacho! Si tu pa- 
dre viviera, ya te habría impuesto silen- 
cio, j Bueno era él para oir malas ausen- 
cias de las personas ! 

— ¡ Ja, ja, ja ! ¡ Vive Dios, mamacita, que 
nada malo digo ! Mi charla es inocente. 
Es pura historia ... 

— Será lo que tú quieras ; pero no todas 
las historias deben ser sabidas... — Y doña 
Dolores se puso en pie, y. seguida de Mar- 
got y de Pablo se dirigió á la sala. 

— Dígame usted, mamá: ¿qué pretende 
mi tío? Me muero de impaciencia. . . 

— Vas á saberlo... 

Tomaron asiento en el estrado. Doña 
Dolores y Margarita, en el sofá; Pablo en 
un sillón. Este se echó hacia atrás en la 
poltrona, y preocupado y pensativo cruzó " . 
la pierna, y siguió fumando, atento al hu- ■:■* 
mo de su tuxteco y á la conversación que 
iba á principiar. 

— ¡Esto no tiene nombre! — prorrumpió .;^ 
la señora. — Siempre desconfié de mi cuña- , '^. 
do y de la desigualdad de su carácter .... , •;. 

— ¿Qué liquidación es la que pide? ^^ 

— No la pide; la hizo ya!— dijo Pablo - • 
dejando caer sus palabras. . 

— Al decirle yo que deseaba recibir el 
dinero legado por Eugenia, y con éste el 



*-^..'-; 
.V^' 









■:»••-- 






-■'*-*■- '' '. . • ' , '' 



tfr^; 



478 



: obsequio de Surville, me contestó el otro 
dia, terminantemente, con toda claridad: 
"¡Después que liquidemos!" 

— ¿ Cuánto importa esa liquidación ? ¿ De 
qué procede? — preguntó Margot. 

— De alguna cantidad que suplió á tu 
padre ... 

— i Eso dice ! . . . — interrumpió Pablo 
desdeñosamente. 

—^Parece que sí . . . Nos ha mostradc 
cartas ... 

— ¿ Está probada la deuda ? Cartas ... 

— Probada, no ; — replicó Pablo — falta 
saber si papá no hizo el pago oportuna- 
mente... Papá era muy escrupuloso en 
todos sus asuntos . . . 

— ¿Y á cuánto, asciende la deuda?. . .— ^ 
volvió á preguntar la señorita. 

— A poco más de lo que debemos reci- 
.bir: Juan nos carga en cuenta el dinero 
facilitado para venir, y los gastos de ins- 
talación. 

— De manera que ... - ' 

. — De manera que aun quedaremos adeu- 
dando quinientos duros, ó como dice mi 
tío, quien no pierde la costumbre de con- 
tar á la francesa, dos mil quinientos fran- 
cos ... . _ 

— ¿Y el cambio? 

— Queda abonado el cambio. ' ' 

— ¡ Pero esto es atroz ! ^ 

— ^¿Qué piensas hacer? 

—¿Yo? — dijo la señora. — ¡Nada! Que 






'- i 



paguemos... ¿Se debe? Pues... ¡págáil - 

— Sí, pero. .. 

— í No hay pero que valga !. . Sobre que ' 
él tiene el dinero ! — observó Pablo des- 
alentado. 

^ — Si se debe. . . ¡pagar! Tiene usted ra- 
zón. . . Pero antes, dejar en claro. . .* si la 
deuda es cierta. 

— Eso pienso yo, hija mía. . . Pablo dice 
que disputar sería inútil. 

— Sí ; ¿ cómo probar nosotros que mi pa- 
dre no debía nada ? ¿ Tenemos compro- • 
bantes? ' ; 

— ¿Y el dinero facilitado para el viaje 
y los gastos de instalación? — observó la 
blonda señorita 

— Debemos pagarlo. Creímos que la 
bondad generosa de tu tío llegaba hasta 
■favorecernos, y nos engañamos. Sería in- 
digno alegar nuestro error 

— Tiene usted razón, mamá. ¿ No jo 
crees tú así, Pablo? * 

El mozo contestó afirmativamente, con 
un movimiento de cabeza. - .:-i 

— Quedaría el recurso de acudir á un 
tribunal . . . Un abogado hábil ... El Dere - 
cho tiene sus preceptos, según entiendo. '■' 

— i El Derecho ! ¿ Sabes, Margot, lo que 
es el Derecho, lo que ha sido siempre? — 
rompió á decir el joven, incorporándose 
en su asiento'' 

—No. ■ • •- - ,■'-;■• '^'r''''''' 

-^Pues voy á definírtelo: es la ciencia 
de conciliar los errores políticos, legisla- 



■-. ■*? 









• .'.■■ . '■ ' '•■, ■ ■ f •_- • 

' ;;-^"- ^ "'■ , 480 -V , I ;,. • 

tívos y económicos de los gobiernos con 
el mezquino interés de los particulares, . . 

: — ¡ Déjate de bromas, Pablo ! 

— No, hermanita : ¡ tal es mi convicclót; ! 

— Entonces no queda más recurso que 
callar, ¿no es asi, mamá? ¿Qué opinas tú. 
Pablo? 

Pablo no contestó ; sacudió la ceniza de 
su puro, y volvió á reclinarse en la poltro- 
na. • 

— ¡Y yo que soñaba que con ese dinero 
compraríamos unas casitas en Pluviosilla! 
i Yo que tenía la ilusión de regresar allá, 
V allí vivir Irarifiúilos, en paz y gr.icin do 
Dios, lejos de este bullicio, de este vci" i- 
go y de esta feria de vanidades! 

— Mamá: el hombre pone y Dios dis- 
pone. 

— íNo volveremos á Pluviosilla, — ^^mur- 
muró Pablo tristemente; y agregó con 
vehemencia, — me basto y me sobro pary 
que nada falte á ustedes. 

— ¡Así lo creo, hijo mío, así lo Creo ! 
Pero. . . . . ' 

— ;.Péro qué, marriá? 

— Voy á tentar un recurso que m\^ pa- 
rece salvador . . . 

— ¿Suplicar? — dijo Margarita. 

— ¿ Suplicar, mamá ? ¡ Nunca ! ¡ jamás ! — 
dijo entre dientes Pablo, levantándose.— 
¡ Éso sería indigno de nosotros ! . . . 

-T— Sin duda, muchacho. Déjame, que yo 
pondré á salvo nuestro decoro. . ;, 

. í'rótuíidó silenció téiíió en la sala. 











"* - . * 






^^ - 


' 






"'» • 


• ■*";^ 'y: ■ ' 




/>i.,"\',^ / 


■■ '■~-i: 


/. . 


'^'■h 


■ > . *'. 


■y/:^yh- 


,...v 


. 2. ■ 


■ .■% t ; 




■^, ' 




• . .■* 





W^:'^- 




LXVIII 



Muy temprano se fueron á misa Mar- 
got y doña Dolores. Pablo dormía y Ra- 
món con el libro de Física entre ambas 
manos, se paseaba en el corredor. 

Filomena, la excelente y dulce Filo- 
mena, acudió en ayuda de Elena, la cual, 
contra su costumbre, se había desperta- 
do á eso de las seis y media. 

— ¡ Ay, Filomena ! — exclamó Elena, sen- 
tándose al borde de la cama y disponién- 
dose á que la criada la vistiera. — No he 
dormido en toda la noche. 

— ¿Por qué, niña? — preguntó cariñosa- 
mente la criada. 

— ¡ Si tú supieras lo que me pasa,' lo 
que padezco y lo que sufro! 

— j Lo comprendo, niña, lo comprendo ! 
La desgracia de no ver es muy grande. . . 



l'a lentes Ricos. —61 



■482 ■ ■ L.- 

— ¡Si yo pudiera escribir! 

— Pero, niña ... su mamá de usted ó 
sus hermanos pueden hacerlo . . . Usted 
les dice lo que quiere decir. . . y ellos es 
cribirán. 

— Pero. . . 

— ¿Pero qué, niña? 

— Nada. 

— Niña. . . — murmuró la criada con ter 
nura suplicante, — diga usted lo que iba 
á decir. 

— ¿ Para qué ? 

— ¡ Dígalo usted ! 

— Lo qiie tengo que decir no debe sa- 
berlo nadie: solamente una persona.... 

— ¿Qué no tiene usted confianza en la 
niña Margarita? 

— Sí. ' 

— i Pues entonces . . . 

— Pero no quiero que ella sepa lo que 
yo quisiera escribir á esa persona... 

— Pues Pablo ó Ramoncito . . 

— Tampoco. 

— Pues la señora. 

— Menos. 

— ¿Qué... no tiene 'usted confianza f'n 
ella? 

— Sí; pero no me conviene que sepa es- 
to... Al menos, ahora. 

— Pues entonces, niña, si de esc modo 
piensn usted, no sé yo. . . 

— Mira : tú me quieres mucho .... ¿no 
es verdad? 



/V^^*^IW 



I ' 



483 



— Sí, Eleníta ; con todo mi corazón. 
— ^¿Me guardarás un secreto? 
—Si, niña. ' . 

— ¿De veras? 
— De veras. 
— ¿Me lo juras? " 
— ¡ Se lo juro á usted ! ' 
— ¿Sabes escribir? 
— ¿ Ya no se acuerda usted ? . . . 
Aunque mal. 
— ¿Quieres hacerme un favor? 
— El que usted quiera, si no es cosa que 
á la señora no le guste. 
— Gústele ó no le guste ... 
— Pero, niñ^ Elena... — suplicó dulce- 
mente la criada. 

— Hija : las cosas, ó hacerlas bien he- 
chas, ó no hacerlas . . . ¿ Escribirás lo que 
yo te diga? 

— Sí; puesto que usted lo quiere. 
— Pues bien . . . Mamá y Margarita se 
irán ahora á Méjico con los muchachos. 
Luego que estemos solas te dictaré la car- 
ta. .. y luego tú misma la llevarás al co- 
rreo... Es preciso que la carta que va- 
mos á escribir, llegue mañana á su des- 
tino. 

— ¿Pues de qué se trata, niña? , ' 

— Ya lo sabrás. 

Lá cieea saltó de la cama, y, apovándo- 
se en el brazo de Filomena, se dirigió ^l 
lavabo. 

En esos momentos llegaban doña Do- ■. 
lores y Margarita. 



■;'v fr 






í '■ 



484 



— Filomena : — dijo la dama, — queremos 
desayunarnos, porque tengo que ir á Mé- 
xico. Ve á servirnos . . . Margarita ayu- 
dará á Elena. 

Quince minutos después, todos esta- 
ban en el comedorcito. Elena, pálida ^v 
ojerosa, bella como siempre, pero abati- 
da y preocupada, se desayunaba lenca- 
mente 

— No me lo esperaba yo...— decía 'a 
señora contrariada y casi colérica. — Ter- 
minantemente me dijo que no. En bue- 
na forma, es cierto, pero se rehusó á ob- 
sequiar mis desee 

— ¿ De quién se trata ? — interrumpió Pa- 
blo. ' • 

— Del P. Grossi, hijo mío ; del P. Gros - 
si... Le rogué que, con modo, como él 
sabría hacerlo, como es capaz de hacer- 
lo ... . ¡ Vaya si lo es ! que le hablara á tu 
tío, y le hiciera ver que. . . . 

— Hizo usted mal, mamá! La dignidad 
ha debido impeírselo á usted. 

— El P. Grossi no nos quiere, — se apre- 
suró á decir la blonda señorita; — si fué- 
semos de su devoción, mejor dicho, s¡ 
contara con nosotros para la cuestión 
de su iglesia, otra cosa sería! 

— Ni aun así... — dijo Pablo, untando 
de mantequilla una rebanada de pan, — ni 
aun así . . . ¡ Por nada de esta vida, como 
no fuera por dinero, opondría el P. Gros- 
si su palabra evangélica á los deseos y opi- 



íí ^-c^^i.;:. 






485 

niones de mi tío ! ¡ Como que por mi tío 
y por mi tía avanza la obra de la capi- 
lla, y por mi tío tiene el buen señor cua- 
renta acciones de "Cinco Señores !" ¡ De 
"Cinco Señores," mamá, cuyos dividen- 
dos son al presente como los de ninguna 
otra negociación... ¡Qué sencilla y qué 
candida es usted, mamacita ! ¿ Cree us- 
ted posible que el dulcísimo P. Grossj^, esa 
alma de Dios, por servir á usted, por ha- 
cernos un favor, se quiera enajenar la 
voluntad del señor don Juan Collantes. 
flor de la Banca y faccdor de empréstitos? 
I Ni pensarlo, mamá ! 

— No hará lo mismo el señor Fernán- 
dez. . . 

— No. i Ya lo creo ! Pero hará usted mal 
en molestarle, porque todo será inútil, 
i No hay más que resignarse ! 

— ^Tú dirás lo que quieras . . . Yo debo 
cumplir con mi deber . . . Ahora le veré 
cuando salga del coro. IVf argot. . . ! ¡á ves- 
tirse ! ¡ Muchachos, listos, y en marcha ! 
Lena : ¿ quieres ir con nosotros ? 

— No, mamá... — respondió la cegue- 
zuela — Prefiero quedarme. ¿Qué voy á 
hacer ? 



■líW"'*^'-:' 'J'>rv.. ,»■- ■■..^,%fS,->:Zt'\iK'^^/-'-i 



* ,.,..'. V<A/- 



.-- r:^- 







LXIX 



En el comedor fué escrita la carta, 

Filomena escribía bien, con letra miíy 
clara y con pocas faltas úc ortografía , po- 
ro la poca práctica hacia que á cada ins- 
tante vacilara. ' , rf- 

Dictábale la ceguezuela, y la fiel y ca 
riñosa muchacha iba escribiendo sin larse 
cuenta de la gravedad del asunto. 

— Niña, — exclamó repentinamente, de- 
jando la pluma — ¿qué necesidad tenía us- 
ted de estos misterios, qué necesidad ha- 
bía de esto? ¿Por qué no decírselo á la 
señora, ó á la niña Margarita? Si don 
Juan quiere á Usted, si usted lo quiere,^ 
¿para <|ué ocultar estas relaciones? Su pa- 
pá de usted decía (muchas veces lo re- 
pitió delante de mí) que los matrimonios 
entre parientes no eran buenos. Puede ser 






■ /•' ... 



-"•^-¡ÍÍTf 



488 . 

que á la señora no le gusten' estos arrio- 
res de usted y de su primó ; pero . . ¡ Haj 
tantos matrimonios así ! 

— Sigue escribiendo... — dijo la joven. 

Filomena obedeció. 

— Decíamos. . . 

— Que. . . 

— Lee. 

— ..."quiero que vengas, necesito que 
vengas antes de salir para Europa. Lo 
que te dij^ es cierto, y el asunto debe sei 
resuelto muy pronto. Ven y arréglalo con 
mis tíos. . ." 

Elena dictó : 

— Punto y seguido. "Te entregué mi co- 
razón, mi amor, mi alma, mi vida"... 

"Dicen que no eres bueno, pero yo 
creo que no eres malo. Eres caballero, y, 
como tal, debes cumplir la palabra empe- 
ñada á esta pobre y desgraciada criatura 
que tanto te quiere, que te adora, y quf 
de ti, de tu lealtad, de la bondad de tu co- 
razón lo espera todo. Mi familia nada sa- 
be, ni siquiera Margot. Ven á arreglarlo 
todo, antes de que lo sepan. Temo que no 
vuelvas de Europa, y entonces ..." 

— Entonces .... 

— "Dime..." En dime pon dos puntos. 

— Sí ; ya los puse. Siga usted. 

— Y una interrogación después. 

—Ya está. 

— "...¿qué haré yo?" — Cierra lo interro- 
gación. 



^^Pí^^''':^^^'^^ 



489 



—¡Ya! 

— "Si no vienes, si no vuelves, si á tieiri- 
po no arreglas esto. . . ¿qué haré yo?"' 

— Ya está. 

— ".. .¿qué haré yo?" "Temo (|ue 

no vuelvas. Y ¿sabes lo que entonces pa- 
sará? ¿Te has detenido á considerarlo?" 

— ¿ Considerarlo ? — repitió Filomena. 

— "Hazlo por ti..." Espera, Filome- 
na — dijo Elena, interrumpiéndola y 

ahogando un sollozo. 

La criada tuvo que dejar la pluma, y, 
sobresaltada, fijó en Elena una mirada de 
sorpresa y espanto. La ciega hizo un es- 
fuerzo, y prosiguió, enmendando resuel- 
tamente la frase: 

— "No lo hagas por tí . . . ni por mí . . . 
hazlo por tu . " 

— ¿Por quién? — preguntó Filomena, en 
cuyo pensamiento estaba ya la terrible pa- 
labra. — ¿Por quién, niña? 

— "¡ Por tu hijo !" — respondió s'n vacila- 
ciones la ciega. 

— Pero .... 

— ¡Escribe lo que te digo! 

— Pero, Elenita . . . ¿ qué quiere decir 
eso ? , 

— Lo que dice. 

— ¡ Niña, por Dios ! — exclamó angustia- 
da la servidora. 

Elena no respondió. Después de un ra- 
to de silencio, con acento de mando, acen- 
to en el cual se revelaba cierto despecho 

Parientes Ricos. — 6a 



I, 



y^¿:-,i>:^S-:'-,. \jf-; y'^-A-^.. . 'f:' \J>'. 






4 9'^ 

doloroso, mal contenido y encubridor de 
una pena punzante y vergonzosa, dijo: 

—¿Ya lo entendiste? ¿Ya lo sabes iu- 
do? Pues no temas, y escribe. 

— i Niña Elena ! 

— Escribe... ¡Es preciso! ' 

— Yo no escribo eso. 

— ¡ Por Dios, Filomena ! 

Laexcelente servidora se echó á llorar. 
Elena, de codos en la mesa, el pañuelo en- 
tre las manos, al parecer impasible, pa- 
seaba en torno suyo la mirada inexpresi- 
va de sus ojos sin luz. 

^ — ¡ Cálmate ! — suplicó cariñosamente.- - 
Cálmate y escribe. 

^¡No puedo creer esto, Elenitn, no 
puedo creerlo! — replicó acongojada. — Ero 
no es verdad ... ¡ no es verdad ! 

— Sí lo es. 

— ¡Pero si no puede ser, si no puede 
ser! 

Filomena se desató en sollozos, d^nd<) 
rienda suelta al dolor que le torturaba ( ! 
corazón. 

¡Qué tormentosa pena la "de aquella al- 
ma cariñosa, tan amante de todos y (k' 
cada uno de los individuos de la familii 
Collantes ! La de don Juan le era pro- 
fundamente antipática. ¡ Más vanos y te- 
nistas ! ¡ Al diablo con ellos ! Pero la do 
don Ramón le era profundamente ou - 
rida, vaya, ¡ si eran sit propia familia ! Er.- 
tre todos prefería á Margarita y á Elena. 






i 






A ésta más que á la otra. Se habían cria 
do juntas... Eran como hermanas. ¡Có- 
mo había llorado ella la incurable ceguera 
de Élenita ! Mil ideas contrarias, mil sen- 
timientos encontrados le atenaceaban el ce- 
rebro; mil dardos se le clavaban en el pe- 
cho. ¡Qué cosas suceden ! ¡ Qué iba á pa- 
sar! Primeramente la vergüenza, la ama.- 
gura de la familia... ¡Qué no dirían de 
ella las gentes, qué no dirían de la fannlia 
de don Ramón, hasta entonces irrepro- 
chable! Después, el enojo de Pab'o que 
tenía tan mal genio. Y la pobre Filomena 
consideraba la desventura de Elenita, la 
cual, por su desgracia, parecía libre 'íe un 
mal matrimonio, y á salvo de una seduc- 
ción. ¡ Con razón ella no pasaba al Jaani- 
to, que era tan insolente y tan despótico, 
y tan burlón ! ¡ Cuánto no habría dado por 
ser ella la víctima! Ella, al fin, no tenia 
ni padres, ni hermanos, ni parientes .... 
Para ella la sociedad no signif caba na- 
da ¿ Qué era ella en el mundo ? \ Un 

cero, nada! Ella habría huido con su 
amante, habría escapado para ocultar muy 
lejos su vergüenza. ¡ Ella ! ] Ella ! ¿ Qué 
importaba ? A la desdicha suya, á su orfan- 
dad, bien podía unirse la deshonra. . . Así 
suele suceder con las huérfanas . . . ¿ Pero 
Elena? ¿Elenita? ¿La pobre cie«2^a? No, 
no, si aquello no era posible, no era ver- 
dad, ni podía serlo! 

Oculto el rostro entre las manos, la in- 



.VJ 



>•'• feliz Filomena se bebía sus lágrimas. Elc- 
|. na callaba. Afuera, los canarios trinaban 

5 regocijados en la pajarera, y el canto tes; 

tivo de 'los. pájaros aumentaba la -angus- 
tia de la pobre muchacha. Oíanse ruido de 
coches, silbidos de tranvías, los rumores 
diurnos de la polvorosa avenida . . . 

—Yo — seguía pensando Filomena — híi- 
ría por la señorita el sacrificio mayor^^ . 
i.- con tal de salvarla. . . Pero. . . ¿cuál, Vii' 

gen santa, cuál ? ¿ Por qué hay males en ol 
mundo que no tienen remedio? En su 
candida sencillez, en su limitación intelec- 
tual, le parecía que algo así como un pala- 
cio de cristal, un alcázar preciosísimo, líni- 
pido, luminoso, prodigio de hermosura, en 
:*• el cual se albergaban lo mejor de la belU- 

> : za y lo más selcto de la virtud, se había 
-. hecho pedazos ; que una mano impía, la ele 
¿ quien nada sabía estimar, como no fuese 

perdición y fango . . . Filomena habría de- 
seado volver á lo pasado, volver á Pluvio- 
silla, á tiempos mejores, antes de la llega- 
da de aquellas gentes, antes de la llegada 
de aquel infame, para decirle : "j Fuera de 
aquí! ¡Fuera de aquí, canalla! Y ocultar 
á Elena, y ponerla en cobro. ¡ Qué villa- 
no era aquel hombre que no se había dete- 
nido ante el infortunio de aquella iaielz 
criatura. ¡Ante la desdicha de aquella ni- 
ña, para la cual no había en el mundo ni 
alegría ni luz! 

¿Y si Juan no volvía? Y si aun vol- 






viendo se negaba á cumplir la palabra em- 
peñada? Y todo, todo quedaría arregla- 
do en unas cuantas horas. . . ¿Por qué no 
había de ser así? Con que Juan lo quisiera, 
bastaría. ¡ Qué infamias las- de estos seño- 
ritos decentes y ricos! Pero su corazón le 
q^ritaba : "\ No, no abrigues esperanzas ! . . . 
Juan se va y no volverá'en mucho tiem- 
po... No se casará con Elena, y..." 

Un rayo de luz cruzó por la meitte ile 
la criada. . . Pero al disiparse la repentina 
claridad, sólo quedó una obscuridad in- - 
mensa, profunda, de sombras más y más 
negras. 

— Si de mí se tratara. . . qué me iini.or- 
taría ser vista como la peor de las mu- 
jeres ! ¡ Qué me importaría que la señora 
y los muchachos, y la niña Margarita, v 1?. 
misma niña Elena, me despreciaran ! 

Entonces se revolvió como una víbora 
en el corazón de la honrada Filomena, un 
sentimiento impío, rebelde á la ra :ón, 
cruel, ponzoñoso . . . Sintió desprecio por 
Elena... un desprecio profundo, y se di- 
jo, temerosa de escuchar su propio peiisa- . 
miento, asustada de la dureza de su co- - 
razón: "¡Ella tiene la culpa! ¡Con su f?n 
se lo coma !" Luego sintió ira, algo como ,; 
impulso poderosísimo de castigar dura v :^ 
severamente, como la joven se lo mere- j 
cía. . . Pero la ceguera de la joven ablan- i' 
fió la dureza inesperada y rápida de aquel ^. . 
corazón recto y nobilísimo, que se alz;ba 



'"1 vv. '• '.■--. . ..> . .. ;: . • 



494 - 

altivo é indignado contra la maldad, c -n- 
tra la vil escoria humana, contra la in- 
mundana materia, contra la debilidad de lo 
que debía ser firmísimo é inconmovible co- 
mo gigantesca mole de granito ; ablandó- 
se compasivo aquel corazón conturbado 
por la ruina inesperada de aquello qué pa- 
ra él era ó había sido, hasta ese día, her- 
mosura y pureza, respeto y dolor, y nuevas 
lágrimas, lágrimas dulcísimas de compa- 
sión y de caridad, rodaron por el rostro 
de Filomena. 

— j Pobre niña ! — así lo pensó la fiel ser • 
vidora — Debo compadecerla. Así compa- 
dece el Señor á los pecadores. Dios abo- 
rrece el pecado, pero se apiada del cul- 
pable y le ama tiern?mente. . . 

Enjugó sus ojos, y volvió á tomar la 
pluma. 

— Elenita . . . seguiremos. Dícteme us- 
ted. 

— ¡ Pobre de tí ! ¡ Ya oí cómo llorabas . . 
¡ Dios te lo pague ! 

Filomena sonrió tristemente, é insistió : 
— Dícteme usted ; pero hable usted con 
franqueza, y dígale á ese señor. . . lo que 
debe decirle. Con energía .... 

Pronto quedó concluida la carta. Fito- 
mena la llevó al correo, y al volver, cuan 
do tenía ante su vista el cielo azul, el va- 
lle, el bosque, el alcázar, y lá avenida me- 
lancólica de Chapultepec orillada de sau- 
ces grises, por la cual venía, camino del 



^-:<'.-rZ. 



É ''.^ :. -y 495 

panteón cercano, un tren fúnebre, díjose 
desesperada : 

f — ¡Para qué vendríamos á esta tierra! 
¡Dicen que parientes y trastos viejos.., 
pocos y lejos. Y. . . . si los parientes son ri- 
cos . . . hechos añicos ! 

Lena esperaba, en el comedor. 

■:,: — Ya eché la carta, Elenita. Yo misma 
pegué el sello . . . Ahora cuénteme usted 
su desgracia. 

Y entre lágrimas y sollozos escuchó Fi- 
lomena la historia triste y lastimosa de 
aquellos amores. 







'?í'-;^:uV' 






•**'■ 




LXX 



Mientras tartto, en Pluviosilla, en la ciu- 
dad de las fértiles montañas y de las aguas 
parleras^ Conchita Mijares recibía gratísi- 
ma sorpresa^ " ' 

La monologuista estaba en la ventana ^ 
esperando á Óscar, á su Osear amadísi- 
mo, cuando el brillante lagartijo acertó á 
pasar en busca de su amig^ita. 

— ¿Quién será ése?— dijo Concha, al 
Verle venir. ¿Quién será? Yo conozco á 
lodos los jóvenes de Pluviosilla... ¡Ese 
no es de at^uí! ¿Qué andará buscando? - 

No tardó en reconocerle. 

— ¡Juan! — gritóle. — ¿Qtié busca usted? 

— ^¡A usted, Conchita í — ^respondió el 
'mancebo, atravesando la calle y dirigién- 
dose á la reja> ; 

Paricntei Riros 6^ 



■ *^ f:-m. 



¡Grata sorpresa para Conchita! La íma-' 
gen del mancebo no se apartaba de la 
mente de la joven. Las Coilantes eran el 
constante tema de su conversación, y Co- 
ilantes por aquí, gfrandezas por allá, de 
los Coilantes hablaba, y como no hay ser- 
món sin San Agustín, no había charla ni 
plática de Concha, en que Ibs Collanteá 
no aparecieran. ¡ Qué elegantes, qué finos, 
qué guapos í ¡ Qué palacete aquel, qué tre- 
nes, qué salones, qué comedor, qué depar- 
tamento aquel de los muchachos ! 

A Conchita se le pasaban las horas con- 
tando grandezas, lujos y refinamientos 
aristocráticos y parisienses. Ya tenía can- 
sadas á sus amigas, y tanto que cierta no- 
che, en casa de Arturo Sánchez, al acabar 
el ensayo, como se tratase de cierta esce- 
na que requería suma distinción de mo- 
dales, Concha tomó la palabra, y, después 
de charlar á su sabor, puso como ejem- 
plo de elegancia á los Coilantes, y tanto 
dijo de ellos, y los encumbró por tal ma- 
nera, que Osear, que oyó todo, se mostró 
enojadísimo, no pudo disimular Su contra- 
riedad, y exclamó : 

— Te han sorbido el seso ios tales Co- 
ilantes. I El caso oue te harán í 

Etitonces Paquita Rodríguez, ía actriz^ 
cómica de la compañía, que no miraba cott 
malos ojos á Osear, se atravesó, diciendo 1 

— Día llegará en que tú pongas blaso- 
nes en tus cartas, como esos caballeretes 



tus aniígos.». .Caballeros: — dijo en tono 
teatral — tengo el honor de presentaros á 
la futura Marquesa de Collantesl 

Y agregó con trágico acento : 

— ¡ Es ... » el destino manifiesto 1 

Picóse Conchita, y, roja como un aba- 
bol, disimulando su rabia, creyendo que 
un sentimiento de rivalidad había dictado 
tales palabras, respondió audazmente: 

— ¡Ojalá! Háganmelo bueno. 

Rieron todos á más y mejor, y Osear 
verdaderamente disgustado, tomó el por- 
tante. Desde ese día, á "sotto voce" todos 
íe decían la Marquesa de Collaiites. 

La monologuista hizo entrar á Juan, 11a- 
nió á su tía, y presentó al mancebo. 

Mientras éste platicaba con la buena se- 
ñora, una excelente mujer, tan conforme 
con su pobreza, como escasa de entendí - 
niiento, Conchita no apartaba sus ojos de 
los ojos del pisaverde, A poco se dio á 
comparar la modestia y sencillez de aque- 
lla casa tan humilde, con el palacete de 
don Juan, 

i Qué diferencia ! ] Qué diferencia ! i Có- 
nio se entristeció Conchita al contemplar 
su pobre sala! El suelo de ladrillo, muv 
limpio, es cierto, pero desolador y vulgar ; 
la media docena de sillas de pino, barniza- 
das y enteTas, pero delatoras de una gran 
pobreza ; cuatro sillones de rejilla, con ve- 
los tejidos de gancho y adornados con 
tífita^ de se<la, en las cuáles Concha puso 






500 |. 

toda su coquetería; una consola vetusta, 
y en ella dos jarrones de cristal azul, lle- 
nos de flores, obsequio de Arturo, un 
día de la Purísima; un espejito biselado, 
á cuyos lados lucían sus grullas y sus cri- 
santemos, — crisantemas decía la mono- 
loguista — sendos pares de abanicos japo- 
neses de muy dudosa procedencia; bajo la 
consola un lebrel de barro, como en atis- 
bo de un gazapo; en los muros, en distin- 
tos sitios, en ingenios de alambre, retra- 
tos de amigos y parientes. Allí estaba Ar- 
turo Sánchez en traje de carácter, muy 
orondo y leyendario, con ropilla y calzas, 
en no sé qué drama de Peón y Contreras, 
"La Hija del Rey" ó "El Sacrificio de la 
Vida ;" allí Paquita Rodríguez, envuelta en 
un mantón de Manila, prenda que para un 
saínete le prestó la gachupina de una es- 
peciería cercana; allí muchas amigas de 
Concha, en grupo desastrado y en traje 
de fantasía : una de Noche ; otra de Día : 
una de gitana; otra de manóla. En otro 
ingenio estaban las Collantes con sus hcr- 
nxanos Pablo y Ramoncito; en otro la 
viuda de un Magistrado, del Tribunal Su- 
perior de Justicia, fallecido en sazón á los 
setenta : una joven de linda cara, de ■ -jos 
soberbios, de cejas arqueadas é intensa- 
mente obscuras ; y allí en un marco de 
terciopelo, hecho por Conchita, una foto- 
grafía de Nadar: Juan, en traje de caza. 
En cr centro de la estancia, una mesa cít- 






50Í 

cular, llena de monitos de porcelana y de 
figuritas de barro, producto de la indus- 
tria de Puebla; y en medio un quinqué 
con una gran pantalla de papel encarru- 
jado. A la derecha, en las sillas próximas 
á la ventana, un par de bastidores oue 
delataban el trabajo largo y penoso de la 
bordadora. Las vigas pintadas de gris, 
las paredes desconchadas. Ea la ventana, 
en el desportillado pretil, dos lindos cara- 
coles, y un silloncito, trono vespertino y 
nocturno de la ventanera Conchita, 

Tritísima sala. ¡ Cuan diferente de aque- 
lla casa, de aquel palacio de los Collantes ! 

Tomó la palabra Conchita, y lista, viva- 
racha, zalamera como nunca, charló con 
su gracia de siempre, pensando en que 
Juan sólo por verla había venido. 

— ¡ No merece usted — repetía — que le 
reciba bien! Ni adiós me dijo. Por char- 
lar con Elena no me vio usted, y en vano 
le esperé en la Estación, donde según me 
dijeron debía usted estar para despedir- 
se de mí. ¿Cuánto tiempo va usted á per- 
manecer entre nosotros? 

— Probablemente un mes ; á menos que, 
como me lo temó, un día ú otro tenga 
que salir para Veracruz. He venido á mu- 
dar de aires, antes de partir para Euro- 
pa. 

— ^¿Se vuelve usted á París? 

— Voy á negocios de mi padre . . . Pe- 
ro de seguro que tardaré mucho en re- 
gresar-. 



Sií-i 3ií>.- 



"".'*'■ ■ ■ * i 

— íVaya! ¡Vaya con el francés! — se 
atrevió á decir la tia de Conchita. — ^¿No 
le gusta á usted su patria? 

— Sí, señorita ; pero . . . usted compren- 
derá. . . que entre México y París. . . hay 
gran diferencial Vine lleno de entusias- 
mo, con el mayor gusto, pero una vez 
aquí . . . 

— Y yo que me prometía que aquí, en 
Pluvíosilla ó en Méjico, doblara usted ?a 
cerviz, la cerviz rebelde, al florido yugo... 

— Es difícil, Conchita . . . aún no es 
tiempo. 

— Ahora . . . Como estará usted aquí un 
mes . . . — se apresuró á. decir Conchita- 
podrá usted conocer esta tierra... Me 
ofrezco á distraerle á usted, porque aquí 
va usted á morirse de tedio, me ofrezco a 
distraerle. . . Convidaré á algunas amigas, 
y saldremos de paseo .¡Aquí. . . el campo! 
Es lo único que merece ser visto ... y 
menos de quien viene de Méjico, y mu- 
cho menos de quien viene de París . . . De 
alguna manera he de corresponder á las 
atenciones de usted, y de su papá, y de to- 
dos! 

Aceptó Juan. Al día sígfuíente, estur 
vieron de paseo. Concha invitó á varias 
amigas : á las Sánchez, á Paquita Rodrí- 
guez y á las de Castro Pérez. Fueron 
á visitar una hacienda, y á la cascada de 
Agua Azul, uno de los sitios más bellos 
del valle de Pluvíosilla, en las fértiles ori- 
llas del Albano. 

^ -. .- ^ . \ 



" ■!-■ ' *" 



;• ' V ... 




LXXI 



Los carruajes de punto, pedidos por 
Juan, esperaban á la puerta del Hotel. 

El joven, frente al espejo, daba el úl- 
timo toque artístico á su elegante y dis- 
tinguida persona. Arreglóse por la déci- 
ma vez la corbata; se atusó el perfuma- 
do bigotillo; tomó los guantes y el bas- 
tón, y salió precipitadamente, maldiciendo 
del ruido del cercano río que, después de 
mover la turbina de un molino inmedia- 
to, se precipita en su propio lecho con es- 
truendo de cascada. . 

Atravesó el comedor, • donde unos ex- 
cursionistas yankees, jamoneros de Chi- 
cago, ó especieros de San Luis, prolonga- 
ban, charlando perezosos, una fastidiosa 
sobremesa, y, después de repetir órdenes 
al administrador, un francés amojamado, 






•• ' ' 504 i 

:í% ■ - -■ -■ . - . ■-.! . •- 

de patillas ralas, de perfil judaico, suelto 
de lengua y con aspecto de maestro de 
coros, se dirigió á la escalera... 

Al llegar al descanso le detuvo un 
criado. La caja con los emparedados, 
los pasteles y el vino de Champagne 
quedaba en un pescante. Los cocheros es- 
taban aguardando. 

— Vamos... — murmuró Juan. En ese 
momento vino un camarero á darle al- 
cance para entregarle una carta. 

— Acaban de traerla . . . 

¿De quién sería aquella carta? La le- 
tra del sobrescrito era desconocida ... El 
joven no pensó que fuese de Elena. 

— La leeré esta noche, — díjose resuel- 
tamente, y se la guardó en el bolsillo. 
Minutos después llegaba á la casa de 
Conchita Mijares. En espera de Juan es- 
taban allí las Castro Pérez, Paquita Ro- 
dríguez, Arturo Sánchez, las hermanas de 
éste, y un mozuelo barbilindo, empleado, 
á la sazón en la Tesorería Municipal, y 
parte integrante de la susodicha compa- 
ñía dramática; consueta de ordinario y á 
las veces actor muy aplaudido. ¡ Aun ha- 
cen memoria los del grupo, de aquel ne- 
gro de "Flor de un Día," papel en que el 
muchacho se conquistó grandes aplausos, 
fama perdurable en el mundo casero de 
las aficiones artísticas! 

Juan dio golpe entre aquellas buenas 
gentes, así por la corrección como por 



■ ■ ■ X' - . : ' -. ' 



. 505 

la elegancia. Y, á decir verdad, estaba gua- 
po el lagartijo : pantalón y americana de 
franela inglesa, de color alegre y apaci- 
ble; cinturón de cuero amarillo obscuro; 
camisa mahón, con cuello y puños niveos ; 
corbata ligera, larga, suelta, flotante, de 
suavísimo tinte plomizo; borceguíes de 
piel de Rusia aceitunados ; sombrerillo 
marineresco, y guantes suecos : traje de 
exquisito gusto, muy en armonía con la 
palidez y la demacración del mozo, dela- 
toras de su vida estragada. 

Los contornos de Pluviosilla son en- 
cantadores. Por los cuatro vientos tiene 
sitios admirables ; pero ningunos como 
aquellos que están al sud, en las márge- 
nes del Pedregoso, del Albano y del Azul. 

Por esa región la vega se extiende en 
amplísima curva, limitada por los cerros 
de Xochiapan, que no son más que estri- 
baciones y contrafuertes de la Sierra : 
montes cubiertos de verdor perenne, sobre 
los cuales se superponen montañas y 
cumbres. El Albano, túrbido, rugiente, to- 
rrencial, divide esa parte de la vega, co- 
rriendo en profundo lecho pedregoso, ca- 
vado por las agu'as de cien valles duran- 
te muchos siglos. Las riberas son tupido 
bosque : álamos de follaje instable, ar- 
génteo y ligerísimo ; ceibas de retorcido 
tronco, de ramas frondosas, de hojas avi- 
teladas y de frutos carminados ; senecios 
de áureas flores ; fresnos bravios, de bri- -: 

Parientes Ricos.— £4 






-.í*E^?:. 



506 



liante copa ; ahuehuetes altísimos, en cu- 
yos brazos de gigante cuelgan las tilancias 
cabelleras y flecos grises ; heliconias so- 
nantes, gala y primor de las umbrías; 
convólvulos muelles que constelan los 
cantiles con estrellas blancas, violadas y 
rojas ; trepadoras fortísimas que tienden 
en los alabes columpios enflorados ; alfom- 
bras de musgo, donde ostenta el verde 
sus múltiples tonos, desde el tierno de la 
naciente caña sacarina, hasta el obscuro 
y casi negro de los vetustos encinares de 
las cimas. Y en aquellas espesuras, . en 
aquellos bordes siempre húmedos y fres- 
cos, en aquellos árboles y en aquellas pe- 
ñas, qué de flores, qué de frutos extra- 
ños, qué de orquídeas de inebriante aro- 
ma jaquecoso! 

¡Y desde aquellos lugares, qué magní- 
fico panorama ! Pintorescos plantíos, pin- 
gües cafetales, blancas dehesas, vallados 
vivos que «imulan lindes de selva, y lue- 
go, más allá, más allá, Pluviosilla, la de- 
vota y túrrida Pluviosilla, hija de las flo- 
res y de las aguas límpidas, buscada por 
las nieblas y amada de los céfiros, albean- 
te al sol naciente, de gualda al sol occi- 
duo, en la noche refulgente y magnífica. 
Y más allá, mucho más allá, fondo del 
cuadro incomparable, inmenso anfiteatro 
de lomas, de coHnas, de montes, y sobre 
todo, sueño de los nautas y rey de las al- 
turas — la tienda nivea del Citlaltépetl, se- 



">' ( ■ . •■ ' - 



5^7 

mívelado por un girón de nuves alargado 
por los vientos vespertinos. 

Declinaba el sol en un cielo despejado, 
y al caer derramaba en el valle finísimo 
polvo de oro ... 

Por las calles fangosas y desempedra- 
das, iban los coches lentamente, muy len- 
tamente, como si los guíase un cochero 
taimado y medrador. 

Alegría cordial reinaba entre los pa- 
seantes. Se charlaba en cada grupo á más 
y mejor, y todo respiraba dicha y juvenil 
regocijo. Arturo departía con Paquita Ro- 
dríguez, y, admirado del espectáculo que 
el valle le ofrecía, sintióse poseído de la 
Musa, y se dio á improvisar sonoras es- 
pinelas, al modo de Peza, para las cuales 
se creía el poetilla hábil y heroico forja-, 
dor. El escribiente barbilindo cortejaba á 
las Castro Pérez, quienes, como de cos- 
tumbre, murmuraban y hacían trizas y ra- 
jas de Concha, por venir ésta con Juani- 
to Collantes, sin otra compañía . que un 
chiquitín, hermano de la Paca. 

Al dejar el carruaje, al fin del laño y 
en la linde del cafetal, para bajar hasta la 
ribera del Albano, nuestro lagartijo ofre- 
ció el brazo á su amiguita, la cual iba de 
lo más sencilla y elegante, con su vestidi- 
11o de percal y su gracioso sombrerillo co- 
ronado de flores montañesas. 

Bajaban penosamente la tortuosa v 
quebrada vereda, sembrada de hojas muer- 



^y' 



'ií'A!\'krfv>-..\T^rr'^-'--^t - ' ', -'fr^y 



^: 



508 

tas, tributo postrero del Invierno, cuida- 
dosos de caer por cualquier? de ambas 
orillas, entre las espinas amenazantes y 
los cardos ariscos, cuyas flores de jalde 
y de púrpura, semejaban dardos sangui- 
nosos clavados entre los ramajes. 

¡ Qué solemne el rumor del turbio Al- 
bano ! ¡ Qué majestuosa la voz del Azul, 
al precipitarse entre las rocas, bajo el tol- 
do tremulante de los álamos, á través de 
los carrizales tupidos y lánguidos, sobre 
un manto de heléchos, de begonias des- 
conocidas y de inextricables trepadoras ! 

Despéñase el Azul en el Albano, desde 
pocos metros de altura, pero cae borbo- 
llante, encrespado, como rebeUlc á la pen- 
diente que le arrastra, y al desbordarse 
se divide en seis chorros que se envuelven 
en bruma, que se deshacen en lluvia me- 
nudísima, en vagarosa y tenue niebla, que 
la luz del sol poniente, al pasar entre las 
frondas, esmalta con arabescos de iris... 

En la, opuesta margen, frente al sober- 
bio y espumante salto, un álamo potente, 
de copa magnífica, ornado de liqúenes, he- 
lechos y licopodios, protege á los visitan- 
tes contra la lluvia, y en su tronco pulido, 
terso y blanco, guarda infiel y olvidadizo, 
cifras y fechas, nombres an?ados y amo- 
rosas memorias. 

— i Que abran la caja! — dijo á los mo- 
zos Juanito. 

Apresuróse á obedecerle el criado parí- 






eíettse, y mientras todos admiraban el si- 
tio, quedó lista la improvisada mesa, deco^ 
rada con flores cogidas en el tránsito. El 
vino de Champagne se enfriaba en la cu^ 
ba, y el "garlón" disponía en platillos ele^ 
gantes pastas, emparedados y dulces . . . 

En tanto que los demás recorrían la rl" 
bcra en busca de flores, la pareja se -le- 
tuvQ al pie del árbol. Conchita quería gra- 
bar sus iniciales en aquel álbum rústico ; 
pero Juan la hizo desistir de la empresa, 
diciéndole que oportunamente lo haría su 
criado . . . 

— ¿Por qué nó? — suplicaba el joven con 
poderosa sugestiva insistencia. 

Conchita paseaba su picaresca mirada 
de diablillo alegre á lo largo del río, y 
deshojaba, maquinal y nerviosamente, un 
ramo de campánulas silvestres que Juan 
le había ofrecido. 

— ¿ Por qué nó ? — repetía el mancebo* 
con acento quejoso. 

—No. 

— ¿Por qué? 

— Porque nó. 

Entonces Juan se inclinó detrás dej^ 
monologuista, y suavemente, muy suave^ 
mente, acercó sus labios al cuello de la 
señorita, hasta tocarle los rizillos de la 
nuca. Se estremeció Conchita en un es- 
pasmo, como si un bicho le anduviera en 
el cabello. Dióse cuenta del atrevimeintd 
de Juan, y roja como una amapola vernal, 



7?T£:Í^-<ST^¿' 



Sio 



8é á^aftó de su caballero. Este dejó éiSCa- 
par cínica sonrisa, y, medio mohino y me- 
dio contrariado, dio unos cuantos pasos 
hacia atrás. 

— ¡Paca! — gritó Conchita. — jVen acá! 

No la oían. 

— ¡ Paca ! ¡ Paquita Rodríguez I j Ven, 
que te llamo ! — seguía clamando Conchi* 
ta, sin conseguir que la oyesen, pues el 
sordo rumor del río y el estruendo del 
salto ahogaban su vibrante y limpia voz. 

— Conchita . . . — volvió á decir Tuaft.— - 
¿Por qué no da usted oído a mis pala^ 
bras? 

— ¿Quién cree en las promesas de los 
hombres? ¿Sabe usted las quintillas de 
Plácido. . . las de "La flor del caíé?" 

— No .... ■ _ ; ■ 

— Pues oído atento . . . 

Y Concha, en tono escénico se soltó di* 
tiendo, esforzando la vo2 para ser escu* 
chada í 

"De un poeta. . . 

Usted no es poeta, pero... í vaya I 

"De un poeta el juramento 
"En mi vida creeré, . 
"Porque se va con el viento 
- "Como la flor del café... 

— ¡Ahí — exclamó Artul-ó qué escuchó» 
al acercarse, los versos deí poeta cuba' 
ho. Y siguió diciendo con maléfica (ó be» 
inéfica) intención: 



t 






• "Yo fepuse: tanta queja ''v 

, "Suspende, Flora, porque "^ 

"También la mujer se deja 
"Picar de cualquier abeja, 
"Como la flor del café I" . \ 

Una señal de Juan dirigida al "garcon,"' 
puso término á la plática, y al burguéá 
"oaristys." Sonó un taponazo, y pronto 
se congregaron todos en torno de la me-- 
sa. Juan hacía los honores discretamente, 
dirigiendo á todos sus invitados, mejor 
dicho, á los invitados de Conchita, ír.iseS 
galantes y afectuosas que dejaron encan- 
tadas á las Castro Pérez y á Paquita, y 
muy satisfechos al barbilindo y al poeta. 

Se bebió á la salud de Juan y por su 
"próspero y bonancible viaje á través tí^ 
las olas y los vientos." Así dijo Arturito 
en una elocuente reminiscencia clásica. 

Atardecía. Era hora de regresar. Cuan-- 
do llegaron á la dehesa, donde esperaban 
los carruajes, el sol se había puesto, y 
sobre los montes orientales persistía levé 
y plácida claridad, bien pronto disipada 
por la noche. 

Ni una nube en el cielo. El volcán dc-^ 
jaba perceptible Su nivea mole, y Sirio y 
Canopo, y Proción y Aldebarán, cente* 
lleaban espléndidos. Fresco víentecíllo su-- 
surraba en las arboledas, y el Albano de- 
jaba oír más intenso y solemne el fiunof 
de sus linfas torrenciales. 






5Ȓ 



i. 



Al etttraf en las calles de Pluviosiliá. 
nuestros paseantes pudieron admirar el 
orto de Selene. El satélite surgía rojizo 
por «obre las montañais de Mata-Espe- 
sa y de Villaverde» -w :, ■ j; 

Juan y Conchita venían en el último 'co>^ 
che. Kl chiquitín languidecía cansado. 

— ¿Por fin^ Cr»nchita, — decía insistente 
el terco lechuguino, — ¿corresponde usted 
á mi cariño? 

— Es de pensarse . . . —respondió la mo* 
nologuista, retirando su mano, de la cijial 
iba Juan á apoderarse» 












í^ Ai:j 


•i 


•vJ. '^ 


v^-i 


¿ > 




J.'_ 


■-'^ 


/-- 


^.■. 1 


K. 




£^í-.i 


•*>. 








i 


i 


dn3^ 


1 


i 


1 

1 


1 


d 


i 


j^ 


ñ 


iá 

































- y 



'^i 



■',>.' i) 



LXXII 



Para hablar con el Dr. I-ernández, do- 
ña Dolores acudió á busca"Ío á la Cate- 
dral. Allí le halló. El canónii^o estaba en 
el pulpito engolfado en unsernióii pom- 
poso. . Hablaba de la eficacia de la Cari- 
dad, y demostraba con frases enérgicas, y 
sugestivas cómo una buena palabra, un 
consuelo, y hasta una mirada compasiva 
bagtan para que sea nos abran las puertas 
de los cielos. 

Doña Dolores se resignó á esperrr, y sé. 
puso á rezar sus devociones (que no eran 
pocas) ; Margot rezó las suyas (qíje ijo 
eran rnuchas), y luego, mientra>s la dama 
des^ra,naba su rosa.FÍo, la . joyeh se e^tre- 1 
gó á la admiración que cansa en cuantos 
la visitan aquella majestuosa basílica, por 

Parientes Ricos.-«6g 



>f. ■,..•- i* - ..¿'■••y» ' ^ 

,;■■'. " ' . 5t4 ■ ' ■ ''■'■■ 

gracia y obra de S. M. el Rey D. Felipe 
II (Q. E. G. E.) la primera del mundo his- 
pano-americano. Lamentaba la blonda se- 
ñorita el desaseo de la Catedral, muy ne- 
cesitada de cuidado y aliño, tales como 
aquellos que tenían para su iglesia los di- 
ligentes capellanes de Santa María, el aris- 
tocrático templo de Pluviosilla; lamentaba 
el desaseo, pero se extasiaba contemplan- 
do las vastas proporciones del grandioso 
edificio. Concluida la misa, iban y venían 
las gentes á lo largo de las naves; cesan- 
tes, viajeros, ociosos, buenas personas que 
antes de emprender la diaria faena habían 
venido á implorar el auxilio divino. Ante 
la capilla de la Virgen Dolorosa oraban 
mujeres y hombres en cuyo semblante se 
retrataban la aflicción y la angustia de una 
pena latente y aguda; media docena de 
beatas y unos cuantos caballeros piado- 
sos, de rodillas á cada lado de la crujía, 
rezaban inmóviles. 

Mientras, en el artístico y sombrío co- 
ro, á la sombra de los altos órganos chu- 
rriguerescos, en la primorosa y tallada si- 
llería de cedro americano, protegidos p^r 
una Virgen de Murillo el Divino, canto- 
res y canónigos salmodiaban sexta, y los 
niños de coro, pilletines de carita rosada 
y copete grifo, dejaban oír su voz atiplada 
y nasal. 

Cuando la salmodia se tornaba en rezo, 
percibía la joven los mil ruidos y las mil 



■JO. 



Voces de las calles y de la plaza próxi 
mas : vocear de fruteros que pregonaban 
sus mercancías; rodar de carruajes; silbar 
de aurigas, pitazos de tranvía, clamoreo 
de granujas que ofrecían cuarenta pliegos 
de papel inglés por diez centavos; redo- 
ble de tambores y clarines en marcha ; la 
campanilla de un sacristán que anunciaba 
en la puerta mayor la misa de diez y me- 
dia, en el trascoro, ante la Virgen del Ju- 
dío, en el altar del Perdón. 

En lo alto de las naves y en la cúpula, 
velando las pinturas, flotaban nubes de in- 
cienso, bregando por escapar y en lucha 
aparente con las ráfagas solares, que, al 
penetrar en el sombrío recinto, hacían ver 
el polvo que flotaba en el ambiente. 

Margot, la ensoñadora Margot, dio suel- 
ta á su fantasía, complaciéndose en res- 
taurar la basílica, y en decorar ésta, no 
con el gusto en privanza, sino con aquéllo 
que le parecía más adecuado, con los pres- 
tigios y maravillas de un arte vetusto; de 
aquel arte plateresco que fué á su tiempo 
en arquitectura y en indumentaria, lo que 
á la poesía fueron el culteranismo y los 
alambicamientos de Góngora. 

Pero no quería la joven para la 
Metropolitana el plateresco extremo, pro- 
fuso hasta parecer maniroto, por la 
prodigalidad de adornos y de intrincadas 
caprichosas floraciones ; no, le quería so- 
brio, prudente, económico, discreto, con 



^. 



x:^;.o:;-->.--..i .-:_ v. :..-■:,: ^7^ 



*■"■" ¡^^IfT^'- '''^ ■ ', -..Í-- ■'-.•'.- .. .;-.'- ,--?»,,.^j;^a^'-^-;, --.7.: 1' -,»;.;;(• 



¿u variedad interminable, con su simbolis" 
mo diáfano, con su aparentemente rota ••!- 
metria ; no un arte enfermizo, delirante y 
decadente, que vive de lo abstracto y ape- 
la á lo extrambótico para realizar 1)e!lei'a;' 
sino ese otro plateresco, que fué como 
meta en el término de larguísimo estadí-» , 
columna militar que marcó el fin de una 
eSad gloriosa ; arte que sintetizó, por mo- 
do admirable, á la España aven^^urera y 
piadosa, galante y atrevida ; arte expresi- 
vo de cultura suprema, que estalló en 
opulencias desbordantes, en rica concep- 
• tilosa poesía, al tocar la cumbre, antes de 
precipitarse, decadente y fatigado, por la 
vertiente opuesta, para dar con sus esplen- 
dores mágicos en las glebas áridas del 
prosaísmo. 

¡ Sabe Dios en qué libro había apren- 
dido la joven tales cosas! Ello es que pa- 
ra Margarita, el arte plateresco habría si- 
do en la Catedral Metropolitana gráfico 
poderoso símbolo de la vida religiosa de 
México, durante la época colonial. Y se 
decía, discurriendo en aquellos caminos 
ppr donde la llevaba en vilo "la loca de. la 
casa :" en cada época de alteza ó de reba- 
jainiento moral, el arte refleja el estado de 
los espíritus, y las artes todas toman ca- 
rácter idéntico. . y^ 
/K los extravíos del culteranismo, el 'Jes - 
tífó plateresco; ^ losprbsaffetnos' sígui^n^ 
tes, la frialdad de esas iglesias con traza 



•■ ,^ T ■".■'''■■.- '-if --f. y ^'S'-iv.rij^' _ ,^s^f'*^_- 



y ornamentación de cuarteles ; á la poesía 
en uso, toda epilepsia y exotismo, el re- 
voltillo de nuestros salomes, donde se 
agrujpán y amontonan las! cosas más di- 
símbolas, . procedentes de cien puntos di- 
versos de la tierra, sin carácter el conjuii- 
to, siti unidad el todo. . . . ^ 

Había terminado el oficio matinal, y los 
canónigos, seguidos de salmistas y mona- 
cillos, salían del coro con dirección á la 
sacristía. V '; 

Doña Dolores y su hija, que estaban 
arrodilladas cerca de la tumba del Liber- 
tador, se levantaron, apartando á unas mu- 
jeres del pueblo, que á la sazón pasaban, 
y al atravesar la nave central, frente al 
altar de los Reyes, díjose Margot, viendo 
el estupendo retablo : 

— ^¡ Así ! j Una cosa como ésta, sin posti- 
zos ni aledaños mal traídos ! 

Entráronse en la sacristía, y detenida» 
ante la puerta del chocolatero, suplicaron 
á un coloradito que llamara al Dr. Fernán- 
dez. Pronto vino éste. 

— Ya te esperaba, Lola. — Dijo el Cañó 
nigo. 

Y tendió á la señora mano cariñosa, y 
acarició paternalmente á Margarita. 

— Ya te esperaba yo, hija mía; — siguió 
diciendo el Dr. Fernández— sé de qué se 
trata. ... Sé á lo que vienes. Estoy ente- 
rado de lo que hablaste ayer con tu cu- 
ñado. . . Cené allá, y me lo dijo todo. S<; 
muestra contrariado y quejoso. . r 



. — ^¿Quejoso? ¿De qué? 
:— He procurado con el mayor empeño, 
hija mía, — puedes creerlo,— convencer á 
Juan, mejor dicho, decidirle á proceder de 
otra manera. Pero ¡imposible, Lola! ¡im- 
posible! ¡Qué quieres! Los hombres de 
negocios, los del tanto por ciento, son así : 
muy capaces de tirar una fortuna, pero te- 
naces y crueles para cobrar un centavo. . • 
i así son ! ¡ así ! 

— Pero... señor... — dijo en tono afli- 
gido la señora . . . ¡ Eso no es justo ! . . , 

—Justo, sí, Lola. Di que no es caritar 
tivo .... — 

— Falta saber si esa deuda.... . 

— Esa deuda no ha sido saldada; lo sé 
muy bien, y no por Juan, sino por tu es- 
poso ; por Ramón, que mil y mil veces me 
habló de ella. Lamentaba día y noche no 
haber liquidado con su hermano . . . 

' — Si así es... pagaremos. . 

— Vosotros, hija mía, debéis pagar..; 
Juan debiera ser generoso, más generoso 
con los suyos ... 

— Lo ha sido, — interrumpió Margarita. 

— Sí... — respondió el Canónigo, dejan- 
do ver en sus labios una sonrisa de dolor, 
que contrajo levemente su rostro rozagan- 
te y gordinflón, — sí — repitió — pero ha de- 
bido serlo de mejor manera. 

— ¡A qué brindarnos favor y auxilio! 
i A qué traernos ! Señor : el carácter de 
Juan, bien me lo decía mi esposo, e§ muy 
desigual, 



Á¿1 



.'^Bsa-f^r 



519 

— Algo hay de ello, Lola. 

— ¿Qué me aconseja usted? 

— Nada, hija mía . . . como no sea que 
tengas mucha prudencia, mucha! Com- 
prendo tu pena, comprendo tu contrarié 
dad. . . pero. . . ¡ mucha prudencia ! ¡ Mu- 
cha, hijitas ! 

— ¡Y yo que me prometía regresar á 
Pluviosilla, para vivir allí tranquilamente! 

— i Espera ! . . . 

— ¿Para qué? 

— Pablo se abrirá paso aquí ... 

j Quiéralo Dios ! 

— Lo querrá, ¡ que no todo ha de ser pe- 
na en esta vida! 

— Me ocurre una cosa. . . 

— ¿Cuál es ella? 

— Que usted... usted que tiene tai •> 
ascendiente sobre mi cuñado, le hable, y le 
diga, (de modo que no comprenda que lo 
hace usted por indicación mía), le diga : 
¡ que sea generoso con nosotros ! Yo no 
tengo codicias ni ambiciones, — decía llo- 
rando la señora, — pero ¡hemos sufrido 
tanto ; hemos pasado tan amargos dí'-is : 
hemos padecido pobrezas tales, que «^eseo 
calma, sosiego, descanso, tranquilidad, , . 

— Lo haré con gusto, Lola, con mucho 
gusto, con la diligencia de que di mues- 
tras hace seis meses, en Pluviosilla, para 
poner paz entre Juan y vosotros. 

— ¡Gradas, señor, mil gracias! ¡Dios le 
pagará á usted esa buena obra ! 



.-^^•i-*-Ti- .¿i 



.'n- ■■.>'^- Sí •:' -T' 



■r>.- :,'."í'-'' 



520 

— Hablaré con Juan, y luego iré á verte. 
Tengo apuntada tu dirección. 

— ¡Adiós, señor.., — dijo Margarita, 

— ¡ Adiós ! 

■ — i El os acompañe, hijas mías ! 




X 



^¿ •.•■•. 




,£/; ■':£, B' 






LXXIII 



Juan no volvió á acordarse de la carta 
que tenía en el bolsillo. Al regresar d,el 
paseo, metióse en '"El Cometa dé Plá^ 
ta — una de las cantinas próximas al Hor" 
tel— y se bebió dos vasos de ajenjo. Co- 
mió precipitadamente, mas no sin büetr 
apetito, y después dé apurar á tragos 
gruesos 'unos cuantos sorbos de café^ pi^' 
dio un abrigo ligero, y salió en busca dí 
Conchita Mijares, á quien debía encon- 
trar con algunas amigas en e! Jardín dé 
la Plaza,' donde suelen congregarse, erí las 
noches calurosas, las pollas nias bohitáí^ 
de Plüviosilla. De allí, después de d^ 
unas vueltas, no bien sonara el toque cíe 
queda, se irían á la casa de Arturo . Sán- 
chez, quien, muy modestamente, y p;- 

-.'.•- •. ' ^•- 1-;,^ y»rf^o«*« Hitos.— ♦<» V' 



diendo á Juan mil perdones, había invita- 
do para pasar la velada y tomar una taci- 
ta de té. - 

En Pluviosilla, durante el invierno, á 
días espléndidos y límpidos, sucedeii otros 
de lluvia y chipichipi. A los esplendores 
de aquella tarde incomparable, á las mara- 
villas de aquel crepúsculo de oro y de 
púrpura, á la diafanidad de aquel cielo, y 
á los prestigios de aquel orto lunar, si- 
guióse, como Concha se lo estuvo temien- 
do, una noche húmeda y fría. Cuando 
Juan salió de la cantina, todavía estaba 
despejado el firmamento.... Unas cuan- 
tos nubes solamente flo^taban présagas do 
norte, allá sobre las cimas de los montes 
orientales, y la luna, triunfante, radiosa é 
inmensa, roja aún, ascendía en una glo- 
ria de vapores leves que iban agrupándose 
allá y más allá, en los picachos y en las 
cumbres, como la plumazón de un cisne 
recogida por manos invisibles. Densa nu- 
be negra subía presurosa de los valles de 
Mata-Espesa y de Villaverde. De pronto 
sopló vientecillo desapacible y húme- 
do, y el norte se apresuró á entenebrecer 
los horizontes, y á tender en la bóveda ce- 
rúlea sus luengos inconmensurables ca- 
puces. El rio, tan ruidoso y gárrulo en 
las noches anteriores, callaba lánguido y 
aterido; la niebla invadía las calles, y llu- -^ 
via finísima empapaba el suelo. Los focos 
eléctricos parecían velados en crespones. 



I 



l^ív 



5«3 

y la esíera iluminada del reloj de la Pla- 
za se iba extinguiendo entre la bruma. 

Sintió Juan ante aquel espectáculo la 
más honda tristeza; la tristeza desolad.-*- 
ra de una ciudad chica, de mal piso, fan- 
gosa, sin carruajes, sin casinos, sin tea- 
tros. . . . Levantóse el cuello del abrigo 
buscó' los guantes, y, calzándoselos, echó 
á andar, procurando seguir por el lado 
más defendido contra él viento. 

—¿A dónde iría? ¿Al Jardín? ¿Le 
aguardarían allí sus amiguitas? 

— ¡Iré allá! — pensó. 

A pocos pasos se encontró con Arturo. 

— En busca de usted iba yo. . . — díjole 
cortesmentf el covachuelista. — Las seño- 
ritas nos esperan en casa ! 

Y siguieron por una de las calles la 
teralés, cuyas malas acera-s y cuyo piso 
quebrado eran insufribles para quien co- 
mo Juanito, estaba habituado á ir y venir 
en carruaje, ó á subir y bajar por las có- 
modas avenidas de la deslumbrante Lu- 
tecia, la Universidad de los Siete Peca- 
dos Capitales, como dijo alguno muy co- 
nocedor de la materia, hasta perderse por 
las calles del norte de la ciudad, y pronto 
estuvieron en la casa de Arturo. 

Allí estaba toda la compañía, toda, sin 
que faltaran las partes de por medio. Se 
charló, se bailó; declamaron versos Con- 
chita y Arturo, y éstos, con un sobrino de 
don Juan Jurado, recitaron la escena m^v 



5^4 

hermosa de "El Drama Nuevo," la esce- 
na de Shakespeare con AH<;ia y ^Ednmn* 
do. , . .. 

Sirvieron el té. Las hermanas de Ar- 
turo hicieron los honores, y luego, al son 
de una música traída de una calleja inme- 
diata, á falta de la del Maestro Olesa, si- 
guieron bailando Jiasta las dp? de la. irija- 
ñana. .; - * - , - - ; 

Concha bailó con Juan casi todas las 
piezas, mereciendo las censuras do ^lodps 
los presentes, porque al ir y venir por la 
sala, ó de palique en un ángulo de- ésta, 
la pareja no hizo más que charlar en fran- 
cés, lengua que no entendía ningún otro 
de los presentes. _ 

¿De qué hablaban con tanto interés v 
con tal entusiasmo, que la mbnolpguista 
se decidió á parlar su pésimo francés? 
¡Ah, picaruelo Amor, qué pronto te des- 
(jybrieron aquellas chicuelas ! 
• Ello es que, cuando á las dos de la ma- 
ñana, Arturo y Juan, con Paquita y las 
Sánchez, fueron á dejar á Concha, ésta 
dio una cita al enamorado doncel. Juain 
ofreció que acudiría puntualmente á la 
hora señalada. ■ .v ., -, 

Despidiéronse allí, después que TjiKín 
invitó al poetilla para que almorzara con 
él al siguiente día. 

.r Al entrar en el Hotel, un criado ent e- 
góal mancebo un mensaje telegráfico y 
Vina carta c[ue desde media tarde habíap 



5*5 

llevado para él. La carta era de Elena. Él 
mensaje era de don Juan, quien le decía : 
"Sal mañana para Veracruz, á fin de 
embarcarte al día siguiente. En París re 
encontrarás cartas mías é instrucciones 
claras y precisas. — Avisa de tu partida, es- 
críbenos de esa ciudad, y recibe saludos 
de todos." 




■-■■VV) - 



.':>i J^ jí", 'l'^A'^' ; "^ . '':^f\'^. 









; '.::r>. 







LXXIV 






Así hablaba la ceguezuela; ü:íüL:7 .ü;í; 

"Esto es inexplicable. Te escribo y. no 
"me contestas, y he tenido que valermc de 
"unas personas amigas, para que esta 
"otra carta llegara á tus manos. No pUe- 
"do explicarme tu conducta. ¡ Por Dios 
"que vuelvas, siquiera por un día, nntes 
"de partir para Europa ! ¡ Por Dios que 
"regreses pronto! No sé qué cosa podré 
"decirte que á tí no se te haya pcuríido. 
"Juan, Juan de mi vida, ten compasión de 
"esta pobre mujer!" 

Al llegar al término de estiC' párrafo, se 
acordó el mancebo de tjué tenia en el bol- 
sillo otra carta, la cual debía ser de Elé> 
ná. Buscóla aquí y allá, hasta que al ún 
dio con ella. El criado, al lirapiai: la ropa» 
la l^bia; eaicontrado y la habia puesto ^eiii 
ls¿;"5apelenfe>T. c^loq^^ í>r3. ' - tS .ii>-> 



Tomó la cartita, abrióla nerviosaftiéiite 
y retirándola por breves instantes, dijg 
para sí: "¿Quién la escribiría? Esta letrj 
no es de Elena. . . Es letra de mujer, y de 
mujer poco práctica en escribir. . . ¿Quién 
se habrá enterado de esto? 

Y siguió leyendo . . . 

En el rostro de Juan se iba manifestan- 
do la impresión que aquella carta le cau 
saba . . . Primeramente, algo así como una 
ofensa que le irritaba por inoportuna y ti- 
ránica, provocadora de soberbio desdén ; 
despjués cierto remordimiento doloroso, 
muy doloroso, conmovió aquel corazór 
mal educado, peor dirigido, ajeno á nobles 
sentimientos, menospreciador de todc 
aquello que no fuese la satisfacción de ur 
capricho, el cobarde halago de una mise 
rabie vanidad. Juan no tenía idea del de» 
ber ; no acertaba á condolerse del dolor y 
de la desgracia de otros, y rebelde al me- 
nor pesar, irritado contra la menor dolen- 
cia, sabía buscar en la morfina, en el éter, 
en el cloroformo ó en el alcohol, alivio 
para una enfermedad, consuelo para cua- 
lesquiera penas por insignificantes que 
fuesen, y olvido para un desengaño. 
¿ D^eSéngaños ? ¡Cüán pocos, y eso en lus 
primeros años juveniles, en el Colegio, 
durante- los cuatro afiós que_pas6 en Sui- 
za!. .; Qurií'O n'o"blémeñfé"á uñ eOmp'áñeroV 
á'xin^olombíáW, dulce"^y sinéér'o al plare- 
cer. El muchacho se portó mal. AI cari- 



529 - 

ño de Juan correspondió el mejor díi 
con una vileza, que hirió al mozo en lo 
más vivo, y le decidió á cerrar su corazón 
á todo afecto y á todo sentimiento j<enc- 
roso. ¿Para qué? ¡Si él no necesitaba de 
nadie, sí, de nadie, porque era rico ! . . 
¡Tenía su padre tanto dinero! Desde en- 
tonces se buscó amigos en el grupo de 
los más listos, entre aquellos que más so 
le parecían. Los mimos de la familia, la 
mocedad parisiense, y la vida frivola y os- 
tentosa completaron la obra, y lo f oco 
bueno que en aquel corazón pudo \f'm- 
brar el buen abate Boncheur, aquel ancia- 
no tan cariñoso, tan discreto y tan sabio, 
desapareció en el período crítico de los 
veinte años, arrancado de cuajo por el 
yientecillo pestilente de los bi .levares <le 
París, y por los huracanes mansos -le 
Monte Cario. 

Sin embargo, algo quedaba de bueno en 
aquella alma "siempre deslumbrada por 
relámpagos de sombra," porque Juan, al 
llegar á cierto párrafo de la cirta de su 
prima, sintió que algo muy penoso v tris- 
te subía dificultosamente hacia sus oio«. 
Sintióse condolido, y por su monte de.*ff- 
larcm «u, rápida hilera, eomo una-bandada 
de palorBfts heneas, muchas iftfeliífs m"\- 
jeres... Quedóse inmóvil ante aquella- vi- 
sión importuna; ciuedóse con las- dos car- 
tas en la mano, afligido, trémulo^ casi an- 
gustiado ... 

Parientess Ricos.— 67 



■ ...H.^i^.i-' ." 



5í?^#í'^'í/?í77-~" ■ ■^P^-^^^t'*?? 






Una lágrima asomó en sus ojos, abra- 
sadora y fresca al par... Un nob^ sen- 
timiento conmovió aquel corazón duro . . . 
Una idea generosa aleteó en aquel cere- 
bro vacío de altos pensamientos, y una 
oleada de plácida alegría le baño benéfica, 
y le hizo sentir la delicia del deber cum- 
plido, la regocijada serenidad de la con- 
ciencia satisfecha, el aroma místico y ce- 
leste del arrepentimiento y del bien. 

Volvió á leer las cartas ; leyólas atento, 
y reflexionó ; y luego se levantó y se puso 
á escribir una larguísima. Al revisarla no 
le pareció buena, la hizo menudos pedazos, 
y escribió otra que corrió la misma suer- 
te.... De codos en el pupitre, ante el 
papel blasonado, con la cabeza entre las 
manos, resolvióse, después He algunos mi- 
nutos de meditación, á hablar poco, y á de- 
cir mucho : . 
Así escribió . 

"Mi querida prima : 

"Yo volveré prontamente, y tú te Ve- 
"rás satisfecha en tus deseos. Ten con- 
"fianza en mí. Yo arreglaré á París el 
"asunto de mi padre, y volveré hacia tí 
"á corazón hgero. Yo tengo una pena se- 
"creta. Espera. Te anunciaré de mi rcgre- 
"só y arribo. ' . ; 

"Todo de tí. 

"JUAN. 
"Pluviosilla, 25 de febrero de 1895." 



1 



531 

Dobló la carta, metióla en un sobre, 
puso el sobrescrito, según le indicaba Ele- 
na en sus dos cartas, y la colocó en el 
sitio donde el criado debía recogerla para 
llevarla al correo. 

— ¿Quién será esta Filomena? — díjose 
al asentar sobre la carta una hoja de pa- 
pel para fijar el timbre. 

Y procedió á la ''toilette" nocturna, lle- 
na el alma de nobles anhelos y palpitán- 
dole el corazón de sentimientos cariñosos 
y compasivos. 

Al meterse en la cama se acordó de que 
hacía muchos años que no oraba ni al 
acostarse ni al levantarse, y pasó ante su 
visita de la noble figura del abate Bonheur, 
Volvían de una excursión botánica. El ex- 
celente maestro á quien ni las ciencias na- 
turales, ni la Filosofía, ni la Filología, ha- 
bían conseguido apartar de las cosas 
de tejas arriba, venía cerca de él- ¡ Qué dul- 
ce su cariñosa voz ! ¡ Qué afecto ! ¡ Qué 
santos consejos ! "No olvides — -le repetía, 
agitando en la mano feinenil, pálida, exan- 
^TÜe, aristocrática y distinguida, un ramo 
de heléchos, — que en nuestra propia con- 
ciencia llevamos un acusador, un reo y 
v.n juez!" 

Juan quiso rezar, pero no pudo ha- 
cerlo. . . . Tenía en sus labios la dulce ora- 
ción enseñada por los labios maternales, 
pero le faltaron fuerzas para unir á las pa- 
labras una férvida efusión cordial. Le aco- 
metió invencible pereza. 



532 . I • 

De un soplo apagó la bujía, y se revol- 
vió friolento entre las ropas húmedas, pen- 
sando: 

— Habrá que recomendar al "garzón" 
que eche esa carta en el correo .... A las 
diez : pedir un tren especial ; á las once 
ver á Conchita Sería imposible par- 
tir en la tarde. Sí ; un tren espesial ! 

Sonó solemne y majestuosa la campa- 
na parroquial .... 

— ¿Toque de fuego? — pensó el mozo — 
¡ Ah ! Es el alba .... el día que viene . . . 
el sol. . . . luz. . . alegría. . . . 

Y se envolvió en las ropas, y se durmió, 
arrullada por el ruido del cerc.?.no rio. 





LXXV 

Á las ocho de la mañana sé fué Juan 
á una casa de baños no distante del Ho- 
tel. El norte había huido, y un sol niá¡|- 
nifico, anunciador de la próxima primave- 
ra, derramaba en la soberbia y rica vegia 
del Albano su incomparable luz. Los 
carnpos húmedos esplendían con sus rhit 
tonos diversos, y las nubes que durante la 
noche velaron el cielo huían hacia los 
montes de Ocaso, rasgando sus caudas 
vaporosas en los picos de la cordillera. En 
torno del Pico parecían enroscarse, ciñén- 
dptífe un turbante de blondas. Detiirose 
Juan un momento ante la balaustrada del 
puente, y se puso á contemplar la ribe- 
ra donde bananeros sonantes y sauces me- 
lancólicos se mecían al soplo del vienteci- 
11o. matinal. El >ío medio enturbiado co- 
rría murmurante. 






■ T?' *?^í5^'sap^^™f.''; 



-\ - ■ ; ■ 534 ■ •!■_ 

La triste iiiirada del mancebo seguía 
distraída el movimiento de las copas y 
el ondular de las hojas flabeliformes. Ha- 
cía memoria de su llegada á Pluviosilla 
diez meses antes; de la impresión que su 
prima le había causado, impresión penosa 
al principio, al considerar la desdicha de 
la ciega; grata después, cuando pudo es- 
timar la hermosura de ésta, y cuando lle- 
gó á estimar el ingenio vivo de la joven y 
su esquisita delicadeza nara interpretar en 
el piano á Chopin y Mendelssohn, y par- 
ticularmente para tocar apasionadamente, 
con gracia y expresión singulares, las dan- 
zas de Cuba y los danzones veracruzanos. 
Al pensar en Elena se la imaginaba llo- 
rosa, triste, abatida y acongojada. ¡Po- 
bre muchacha ! ¡ Era tan infeliz 1 Entonces 
pensó en que no había dicho al criado que 
llevara la carta al Correo. — "¡ Esta tarde ! 
— díjose — j Tiempo hay de sobra !" y se fué 
poco á poco á la casa de baños. Pronto 
regresó, y mientras le servían el desayu- 
no puso cuatro letras al Superintendente 
del Ferrocarril Mexicano, para pedirle un 
tren especial. Concluido el desayuno or- 
denó al criado que arreglara el equipaje, 
que llevara la carta al Correo, y que pidie- 
ra la cuenta del Hotel ; se mudó vestido, 
'^e acicaló y fuese en busca de Conchita Mi- 
jares. Debía encontrarla en la Sauceda. 
Allí estaría con alguna de ellas, con Pa- 
quita, ó con otra amiga más íntima. 



- *•' — ;■» >'t ; ! ' V ' • ..:..' 1 .iii'íítóí^ 



El paseo estaba desierto. Juan consultó 
el reloj y un tanto impaciente, echóse á 
vagar por las calles del centro, á la som- 
bra de los ocotes y los abetos. 

Los buenos propósitos que horas antes 
parecían señoreados de aquel espíritu, 
débil para todo lo serio y todo lo bueno, 
(laqueaban en él, y los esplendores de 
París, los placeres de la cosmopolita ca- 
pital francesa, tentadores más que nunca 
al compararlos el mancebo con el silen- 
cio y el aburrimiento de la fértil Pluviosi- 
Ua, le alejaban á cada instante de lo que 
él, sonriendo, llamaba su vuelta al buen 
camino. Mas á poco cierto misterioso sen- 
timiento (desconocido para Juan hasta 
el instante aquél) le hizo volver, no sin 
energía, á sus propósitos de la madruga- 
da. ¿Qué sentimiento era ese? Tardó el 
mancebo en darse cuenta de él. Nunca se ' 
le había imaginado así. Un sentimien- 
to satisfactorio, que más lo sería si hu- 
biera llegado por otros caminos : el sen- 
timiento de la paternidad, sentimiento na- 
ciente, muy leve, acaso vago, de suaves 
lincamientos. Y con él cierto noble orgu- 
llo de virilidad ; orgullo másenlo, que se 
complacía de su existencia, y parecía ir en 
aumento, duplicando su energía, para fi- 
jarse robusto, poderoso, firmísimo en un 
niño delicado, risueño, gracioso, de ho- 
yosas mejillas, de rostro como de rosas y 
de alabastro, con grandes ojos negros, en 
los cuales centelleaba doble luz; un niño 



;:í£Ha^^^,sj^:;T"í *^f /-i'-:- 7^i5?'s?t^5^'f»^«^> 



536 

en quien todos descubrían rasgos de la tíso- 
noniía paternal, en unión encantadora con 
la belleza materna; porque Elena era 
muy hermosa, hermosísima !..,... Pero 
¡ ay ! en aquel momento, como una racha 
de viento que apaga al paso una hogue- 
ra incipiente, mil pensamientos inespera- 
dos le acometieron irresistibles. ... El sa- 
crificio de una libertad que nunca tuviera 
freno .... la vida en Europa con tantos y 
tantos amigos ... la juventud prematu- 
ramente sacrificada en un hogar entriste- 
cido, sí, anegado en tristeza, porque no po- 
dría haber alegría ni recepciones, ni fies- 
tas en el hogar de un hombre cuya esposa 
fuera ciega. Hermosa, sin duda, pero cie- 
ga y sin fortuna . . . . ¿ Podía Elena ser en 
su casa lo que él había deseado siempre, 
cuando pensara en casarse, esto es, una 
nmjer "'comme il faut," brillante, sugesti- 
va, reina de sus salones, en torno de la 
cual se congregaran ó pudieran congre- 
garse caballeros distinguidísimos, políti- 
cos, diplomáticos, banqueros, literatos, ar- 
tistas ? . . . . ¿ Una ciega ? ¡ Imposible ! 

— ¡ Eh ! — exclamó acallando la voz que 
interiormente iba á defender á Elena. — 
¡ Eh ! ¡ No preocuparse ! ¡ A París ! ¡ Tiem- 
po había para decidirse y resolver la di- 
ficultad ! En i'iltimo caso .... el areglo se- 
rá fácil 

Y delante de Juan una mano invisible 
le mostró una cartera repleta de billetes 
de banco. 






537 



— j Ea ¡--repitióse impaciente., coasul- 
tando por segunda vez el reloj. — ¿Cuán- 
to tarda esa chica? 

Iba á regresarse, cuando la descubrió 
en el extremo de la calle. 

— ¡ Hela alli ! 

Adelantóse al encuentro de Conchita, 
la cual venía sola y avanzaba ligera y ale- 
gre como un pájaro. 

Pasaron largo rato en la calle de abe- 
tos. Juan se gozaba en la ligereza de la 
joven, la cual, viva y decidora, para todo 
dicho galante tenía oportuna respuesta ; 
para scada frase amorosa una contestación 
afable aunque oliente á comedia ; y en 
cada situación apasionada un sonroip que 
pasaba por aquella caruchita risueña, sim- 
pática, y expresiva, con la roja coloración 
(le un sol que se va y se pierde entre cú- 
mulos de fuego. 

— ¿ A París ? — dijo repentinamente la 
muchacha, después de un largo rato de si- 
lencio, durante el cual recorrieron por 
décima vez la calle sombría. 

— Sí .... j á París ! — respondióle 

su compañero en tono dulcemente suges- 
tivo. 

Conchita se detuvo, fijó la mirada en el 
suelo, y, al parecer distraída, pero en rea- 
lidad hondamente preocupada, principió 
á apartar con la punta de la sombrilla los 
despojos crinados de los ocotes. 

— Sí, á París ! — repitió Juan. 

Pariente Ricos.- 



■ — ,^ . ■ 



s j« ■■ ■ - 1 ■■ " ;j 

—¿Y después? — preguntó la joveil. 

— A Italia. 

— ¿ Y uespués ? — volvió á preguntar 
Conchita. 

— Regresaremos á París .... 

Entonces el mancebo trazo á grandes 
rasgos, con palabra viva, ardiente, rápi- 
da, insinuante, tentadora, mareante, em- 
briagadora como veneno somnífero, el 
deslumbrante cuadro de la vida de Pa- 
rís, de los encantos de una sociedad cul- 
ta y elegante, dueña de mil bellezas y de 
mil diversas elegancias La navega- 
ción feliz las noches á bordo, sobre 

cubierta, bajo el constelado cielo de los 
trópicos .... como dos recién casados 
que hacen viaje de novios, envidiados de 
todos aquéllos que los ven . . . Después . . . 
Europa .... El vértigo de los bulevares . . . 

fiestas, espectáculos Los domingos 

en el campo, á las orillas del Sena las 

barcas, el almuerzo bajo las parras, el vi- 
no de Champagne, centellante en las co- 
pas, el regreso al fin del día, en el tren 
repleto de burgueses que vuelven ahitos 
y regociados Lujo... elegancia, tra- 
jes suntuosos... la existencia cosmopo- 
lita de ia ciudad suprema .... el Arte ... 
la Gran Opera ... el Teatro Francés ... 
los grandes artistas... los dramáticos cé- i 
lebres. ... la cena íntima en el restaurant - 
de moda..... ¡los hermosos días!.... -^ 

Todo esto, dicho hábilmente, aunque '> 






suj iíTWijf Tí^ .s w:tsi^T 



5:50 



cotí íníl y mil giros y frases francesas . . . . 
desplegando ante la chica un programa 
I tentador de satánica urdimbre, (lue expo- 
I nía ante Conchita magias y prestigios, 
I siempre por ella presentidos, y millones 
^ de veces precisados por libros de viajes y 

i" novelas francesas 

t Vacilaba la joven. Tenía miedo ; pero no 
^ se daba cuenta de que estaba al borde de 
i; un abismo. Repentinamente la razón, en 
'.- un relámpago, la hizo ver claro. 

— Y — dijo, no atreviéndose á ex- 
presar su pensamiento, 

Juan la interrogó con un gesto. Con- 
cha no respondió, y pensativa se ocupó 
en plegar su sombrilla. 
— ¿Y qué? 
-^Y...¿el mundo?.... ¿la sociedad? 

¿mi familia?. . . ¿los padres de usted? 

— ¿De quién? — replicó Juan sonriendo. 
Concha le miró sin comprender lo que 
le decía su amante. 

— -Dices.... — contestóle Juan dulce- 
mente—dices. ... los "padres de usted." 

— ¡Ah! — exclamó Conchita riendo gra- 
ciosamente, aunque cejijunta y cabizba- 
ja — ¡ Ah ! — repitió — ¡ Tus padres ! — y agre^ 
gó: — ¡ La falta de costumbre. . . ! 

— Respóndeme; que no hay tiempo que 
perder. . . . . He perdido un tren para las 
siete de la noche .... ¡ Respóndeme ! 

— ¿Y después? — tornó á preguntar la 
joven. 



-^Bvt 



..f^ . 



540 ' 

■ — Después,... ¡Los padres ... todo lo 
perdonan ! . . y . • . llevarás mi nombre ... 
Sólo de esta manera podremos vencer las 
ideas de mi familia. ¡Es tan rara! ¡tan ca- 
prichosa!. . . Para ella no hay más que el 

dinero .... Y yo te quiero porque 

¡ precisamente porque no eres rica ! Res- 
póndeme. . . No hay tiempo que perder. . . 

Vaciló un momento Conchita, ó, mejor 
dicho, detuvo su respuesta, buscando en el 
fondo de su almadia audacia femenil que. 
una vez lanzada, es irreparable é irresis- 
tible. Por fin dijo con voz reconcentrada 
y resuelta: 

—Sí. : -. 

— j Gracias ! — murmuró Juan, y ponien- 
do una mano sobre el hombro de la jo- 
ven, y alargándole la mano, estrechó ar- 
dientemente la diestra de Conchita. 1 

Luego le dio el brazo, y hablando en 
voz baja, llegaron á la puerta principal de 
la ' Sauceda. 

Algunas personas conocidas entraban 
á la sazón en el paseo. Saludaron cortes- 
mente. Juan unió su saludo al de la mo- 
nologuista, la cual contestó sonrojada. 

— Bien— dijo Juan — ¡ á las siete ! . , . . No 
digas que hov debo partir ... ¡ No fal- 
tes! 1 

—¡Adiós! :- 

■ —¡Adiós! ■ ' 1 / 

La joven siguió calle abajo, mientras 
Tuan tomó hacia la derecha, camino del 
Hotel. 



-*-?: 4". 




LXX7E 



Arturito Sánchez acudió con puntuali- 
dad t)rítá;íiica á la cita de su .iristocrático y 
elegante compañero. 

Se almorzó ricamente, y, á la usanza 
rusa, (segvín dijo él refinado lagartijo ». se 
bebió en toda la comida vino de champá- 
gp'c. i- ■' ' :' '■ ■-■'■: ' .-■ ' ■ -" "-■"■• 

Trítaróij los mancebos de mil cosas di- 
versas, y, á la mitad del segundó servició, 
el Tg^fibiefltiílo-poéta, íijue nó estalla sati^- 
techó ^de los pócós medros qué lograba éft " 
PluviosíUá . apró viéchó líi ' ocasión " |<ará ' 
cófiqíítstarse>a protección de nuestro íái-- \^ 
hálleréte. Tímido ál" prinéipifí, fráTfcó" de^-1 
pnés. y siempre discreto, porqué el cantor 
ebene eñ tales cosas no era ratia. pidíóV - 
cohorte y favor para encontrar en Méjí- " 



co un buen empleo : un empleo lucrativo. 

— ¡ Aquí se muere uno de fastidio ! 

¡Aquí, mi excelente y fino amigo, no ha); 
porvenir ! . . . Aquí se atrasa uno, se em- 
i* polva... mejor dicho, no se adelanta, no 
puede uno adelantar ni prosperar... ¿Suel- 
dos? ¡Una bicoca! ¡Y démonos por felices 
con no perecer de inanición ! . . . ¿ Progre- 
so intelectual ? ¡ Ninguno ! Pluviosilla va 
en depresión. . . 

Díganlo si no los periódicos.... "¡El 

Contemporizador !" ¡ Escrito por creti- 
nos! "¿El siglo de León XIII? ¡Escrito 
por fanáticos y santurrones ! Jurado que 
. tiene talento y relevantes aptitudes perio- i 
dísticas no logra jamás que vivan sus pa- . i 
peles . . . ¿ Cultura literaria ? ¡ Pedir peras i 
al olmo ! ¡ Es imposible seguir viviendo 
aquí ! . . . Y óigame usted, mi buen amigo : 
(aunque parezca inmodestia mía...) me 
siento con alientos, con brío; mi pluma es j 
vigorosa... tengo fe en el porvenir!... j 
Lo que me hace falta es vivir en un centro ' ^ 
literario . . . ¡ En lo que se llama un centro . 
literario! ¡ Si yo me viese allá, allá, en ]^ié- 
^CO, en esa. ruidosa ciudad que no conoz- 
co,! y. que yo me imagino soberbia," des- 
lumbrante, foco de ciencia, de cultura, eni-- 
"í'^rio d? arte*;, nsí cqmó Madrid, como -. 
Vjcna, cómo París !.. ... . ■ _ 

Juan refrenó una sonrisa. Arturo prosi- 
guió : 

— Allá, en ese Méjico, al lado, ó cerca 



543 

de tantos periodistas, de tantos oradores. 
de tantos poetas, de tantos artistas, de ; 
tantos reyes del verbo humano, del verbo 
humano que irradia como el sol... . ! Si yo ■ 
me viese allí al lado de todos esos hom- 
bres á quienes admiro y venero. . mi suer- 
te... seria otra! 

Esto decía el escribientillo, acariciar ;lo 
con el índice y el medio el pie de su co- 
pa, complaciéndose en la limpidez del vi- > 
no, y gozándose en seguir con una sontisa 
y con ojos atentos las burbujillas que s i- 
bían del fondo. 

— -Usted tiene mucho talento. . . — se de 
jó decir Juan. — Tiene usted "esprit." . 
Arturp, alentado, siguió diciendo: 
— Usted está . . . ; vamos 1 usted está en 
rendiciones de hacerme bien, sirviéndome . 
fie valedor. . . (Emito esta palabra en su 
buen sentido. . .) Usted en la posición bri- 
llante con que la fortuna caprichosa le ha 
favorecido, con sus buenas y altas relacio- 
nes, puede valerme. .. , 
— i Con e^usto ¡--contestóle Juan con suma 
bondad, riendo internamente, al ver cómo 
su interlocutor pretendía cortar los espá 
rrarjos en trocitos.— ^A mi regreso de Eu- 
ropa, que será próximo, vendré á 'í'ltiviosi- 
Ha. . . Entonces me llevaré á usted á'Mé 
"ico, y entonces. ¡ ya veremos ! En casa, er 
las oficinas públicas, no faltará... algo! 
Será usted presentado á mis amigos, y 
quedará usted satisfecho de mí. ^ 



544 ^ 

— ¡Salud! — dijo entre dientes Arturo, 
alzando su copa. 

— ¡Sánté! — murmuró Juan, levantando 
la suya, y ahogó otra sonrisa, al ver el 
destrozo que de la elegante verdura hicie- 
ra su parlero comensal. 

A la hora de los postres hablóse de via 
jes. Juan contaba las maravillas de París, 
ponderaba su belleza ; charlóse de su in- 
telectualidad, de sus placeres, y.... ter- 
minó la comida. 

Arturo se despidió para ir á su oficina. 

— ¿Cuándo nos veremos? — preguntó al 
salir. 

— Mañana. . . — contestóle Juan. — Estoy 
mvitado á comer en la Fábrica del Albano 
El administrador es amigo de mi padre . . . 
"—^¿A qué hora saldrá usted para allá? 

— Pienso irme á las cinco ... . 

— Entonces. . . no podré verle hasta ma- 
franar . . • - . • 

-^Mañana, — murmuró Juan, impaciento 
y deseoso de aue Arturo sé fuera. 

No bien se fué el mancebo. Juan llamó 
al' "garlón" V díjole en francés: 
' '-¿¿Están listos los equtDájes? 

■~i Lisios !-^fespondió el cria<lo. 







LXXVII 



Obscura la noche; el patio de la entrada 
semralümbrado por un foco puesto en el 
extremo de un mástil ; la estación de- 
sierta; el andén tenebroso; luz insuficiente 
en la oficina del jefe, donde apenas era vi- 
sible la mesa de despacho esclarecida por 
una lámpara de petróleo; en los asientos 
del corredor de espera un mozo de cordel 
fastidiado y soñoliento; frente al restau- 
rant silencioso, un velador que iba y venía 
meciendo su linterna, la cual asomaba en- 
tre las puntas de un zarape rojo ; el tren 
listo : un vagón con dormitorio ; y un ca- 
rro de equipajes. La doble locomotora, 
próxima al carro y separada un tanto de 
éí^te, reíioplaba de tiempo en tiempo, inte- 



P-irieptes Kirrt<;,— 6q 



;- V' . ; ;^' v^?í »t_7T!^'pr j^-'-> >^-t-',' r^íKs^w^ 




¡,su caldera en alta presjyíLfíiEI hUía5'clc:la5 
xhimeneas, traído hacia el andén por ei 
húmedo vientecillo de la noche, hacia pa- 
voroso el aspecto de aquel sitio tan ani- 
mado durante el dia. 

El conjunto de edificios fronteros, ga- 
leras, talleres, cobertizos, acervos de leña 
y de carbón, tan obscuros como el piso cu- 
bierto de hulla y de balasto volcánico, era 
terrorífico. Detrás de las tapias que por 
el lado opuesto limitaban el recinto, en 
el espacio que dejaban libre las altas chi- 
meneas, las arboledas de un jardín colin- 
dante dibujaban sobre la. incierta irradia- 
ción de una cercana fábrica, quebrada si- 
lueta de ángulos agudos en la cual se adi- 
vinaban perfiles de abetos, y de fúnebres 
cipreses. Allá, por sobre la masa fuligino- 
sa de la cordillera, en un claro de cielo, 
pródiga en irisados cambiantes, fulgura- 
ba la más bella de las estrellas australes, 
el divino Canopo. 

El "^argón" esperaba en la entrada del 
andén, cerca de tres mundos y entre ma- 
letillas y sombrereras. 

— ¿Quién irá con el señor?... — "Cena- 
remos en el camino," dijo el amo , . . ¡ Va- 
ya ! Parece que el compañero es merece- 
dor de muchas atenciones . . . 

Pensando en esto alzó una cesta, en Ii 



547 

cual asomaban sus cabecitas típicas dos 
botellas de vino de Champagne. Después 
arregló la cubierta de otra cesta llena de 
comestibles, y, oliéndola, dijo para sí: 
— ¡ Qué bien huele ! 

En aquellos momentos se llegó el jefe 
de la Estación, 

— -i A qué hora vendrá ese caballero ? . . . 
Necesito combinar mis trenes . . . Faltan 
diez minutos par^ las siete. . . — dijo el em- 
pleado, y, con. las manos en los bolsillos, 
se echó á pasear delante de su oficina, por 
cuya ventana salía la luz de la lámpara á 
dibujar en las baldosas los cuadros de la 
vidriera. 

El criado, en su jerga hispano-gálica, 
contestó que su amo no debía tardar. 

Dos garroteros, alumbrados por un fa- 
rolillo, á gatas bajo los coches, revisaban 
el rodaje y lubricaban chumaceras. La 
gran farola de la máquina lanzaba á lo lar 
go de la vía su poderoso haz de rayos, ha- 
ciendo más densa la obscuridad de los cos- 
tados. Sobre la tórrida y pacífica Pluviosi- 
11a extendía el alumbrado público su vaga 
claridad lunar. 

Volvió el jefe: 

— Está listo el furgón. . . pueden llevar 
los bultos. 

El mozo de cordel vino con un camión 
v se llevó los baúles y los sacos. 

Oyóse á poco el ruido de un carruaje 



-^*^ ; ■ '^ ■^'•=. - 



, ' ' tt^v-T;- - J ~'^¡^'3N'T5gjiy?«F'?c?r!?!'' "Tsss^m 



48 



ó 



que venia á todo correr. Era un coche á^i 
sitio. ¡Bien se le conocía desde lejos por 
el estrépito de sus ruedas pesadas y por 
el retemblido de sus vidrios ! 

Entró en el patio rápidamente, y vino ;i 
detenerse delante de la escalinata. Saltó 
del pescante vmo de los aurigas y abri 
la portezuela. Salió Juan, puso en manos 
del cochero un puñado de monedas, y des- 
pués, volvióse para dar la mano á una mu- 
jer que se disponía á bajar del pesado si- 
món. La dama misteriosa traía velado el 
rostro por un mantón. Antes de bajai 
alargó á su acompañante uña caja. 

— ¡Es mi sombrerillo!... — dijole mu) 
quedo. 

Sonrió Juan, y lomó la caja. Dio en se- 
guida el brazo á la tapada, y paso á pasir 
dirigiéronse al andén. 
! — ¡ Sapristí ! — exclamó el criado, acer- 
cándose á recibir órdenes de Juan. Dió- 
selas éste en francés, y le entregó la caja. 

El "garcón" corrió al coche, y echó to- 
das las persianas ; colocó en sitio apro • 
piado bultos y maletillas, y salió á la plata ^ 
forma, mientras por el extremo opuesto 
entraba la pareja. 

Era preciso partir cuanto antes. El jo- 
vén, impaciente é inquieto, bajó en busca 
del jefe. 

— ¿A qué hora partirá el tren? — ^pre 
guntó. 



•?■<• 



549 

— Dentro de cinco minutos... — contes- 
tó el interpelado, después de consultar con 
una ojeada el regulador de la oficina. — 
Cruzarán en Atoyac con el número 7. . . — • 
y agregó :^-El criado tiene ya los billetes.. 

En ese momento llegó Arturito á la Es- 
tación. Había sa'bido en el Hotel que Juan 
partiría esa noche, y corrió á la Estación. 
Dirigióse al tren. En la puerta del coche • 
se encontró al criado, quien le dijo donde 
estaba Juan. Cuando por éste preguntó • 
Arturito, pudo observar el poetilla que 
una mujer, cuyo cuerpo no le era descono- 
cido, se entraba en el departamento extre- 
mo del vagón. 

— ¿Quién será ella? — pensó sonriendo, 
y con la curiosidad consiguiente á quien 
de pronto se encuentra en camino de des- 
cubrir una aventura galante ó pecaminosa, 
— ¿ quién será ella ? — repitióse. — ¡ Ese cuer- 
pecillo cimbrador lo conozco yo ! . . . 

A la sazón salía Juan de la oficina. Ar- 
turo se detuvo cerca de la ventana ilumi- 
nada, diciendo : 

— ¿Se nos marcha usted, amigo mío, sin 
decir ni adiós? . . 

—Pero con el propósito de escribir á us«: 
tedes tan luego como llegara á Veracruz... 
Un telegrama de mi padre me obliga á sa-' 
lir inopinadamente. Ruégole que me des- 
pida cariñosamente de todas nuestras 
amigas. Escribiré á usted de París, y le re- 



• ■; ■-':i>csj'.«^sr5^fl>f-- 



55° 



.75¿*Ti' 



mitiré libros nuevos que le serán á usted 
útiles; de los más remarcables. ■. '■ ■ ; 

Quedó enganchada la máquina,^ el con- 
ductor vino á presentarse; el jefe dio vía 
libre, se despidió de Juan, y anunció que 
el tren iba á ponerse en movimiento. 

— ¡Adiós, amigo mío! — exclamó Juan, 
abrazando al poetilla, mientras éste se 
deshacía en protestas de amistad. 

— i Dichoso usted! ¡Buen viaje, y proii- 
to regreso! '^ r :; -. * '•' 

Subió Juan á la plataforma, silbó la po 
tente locomotora, lanzó un par dé pena- 
chos de humo asñxiante, y partió el tren. 
Juan dijo el último adiós á su amigo, agi- 
tando los guantes, y entró en el vagóh. 

— ¡Tengo miedo!. . .^-díjole quedo Con- 
chita Mijares, llorosa y angustiada...—- 
i Si fuese pasible detener el tren! ' "' 

Serenóla el mancebo, levantó una corti- 
nilla, y sentóse al lado de la joven, llaman- 
do la atención de ésta acerca del aspecto 
de la dudad, que parecía envuelta en una 
poética claridad lunar. .. ¡r -n, .¡.í 

Concha miró hacia el caserío, sobre el 
cual resplandecían los focos eléctricos co- 
rno estrellas caídas en techos y arboledas, 
y lanzando penoso suspiro^ se echó á Ho- 
ra Tí - :.:J;:'i'' VI' \.-,tt'U: i;:; jí' hH(i, T^-^f • I t¡- 
•,i. -'ir ,,.: ,>>t >■,';>'! /i . nfl) : .>;; j',ilf(ft i!!^ 

> r."t i" ». ■ ' ■■ -' '"I " ' i 



' ■J.-w: rs?í^r: ™»::^¿t ■«:?■*«•; JÍÍ5!??¡ 



&^ 




úin-i "I 



' -u. 



-.i . - i 




■ - 1 


1.! . 

; t 
■ 1 


■ 
.'M / 


• ' '^ í 


■:/■:• ) 


'■ ■ 


it. 




LXXVIII 


i 


' + 


'i\- 


í * * 



La intranquilidad de la pobre ceguezue- 
la era de las máfe dolorosas. Pasaban las 
horas y la infeliz muchacha se vivía con- 
tando los minutos, y suplicando á Filome- 
na que fuese al correo para biiscar en la 
lista si había carta de Juan. 

Mas tanta inquietud y tanto afán eran 
inútiles, Elena, angustiada, presentía el 
desdén de su primo, y retirada en su al- 
coba, pretextando malestar, desazonada y 
abatida, se hundía en los obscuros abismos 
de su infortunio. 

Una mañana, el mismo día en que Juan 
salió de Pluviosilla, fué á la compra Filó- 
mena. Regresaba cotí el recado, y regte-' 
saba presurosa, tan de prisa, que por ^oco 
la atrepella un carruaje, el de un general 



■.'A. 



í'/ 



rfif. 



t ¡£f<. 






1 '■' 



1 



_ 55^ : 

tagena; LIe|¿fó Filóiiiá^avXn ;jn$?5Qif«^<^:«n: : 
que, calzándose lQs^^u%ñtes^^láBS!^^y^ft><»'^ ' 
.es y Margot se iban á Méjico, al llamado 
del Dr. Fernández. 

La criada eQtró contentísima en la alco- 
ba dé Elena. 

¡ Niña ! . . . ¡ Ahora si ! ¡ Aquí está ! — ex- 
clamaba, mostrando por alto la cartita 
aristocrática, como si la joven pudiese ver- 
la. 

— ¡ Aquí está !- repetía la criada. 

— ¡ Gracias á Dios ! ¡ Dámela 1 ¡ Dámela í 
¡ Me parece mentira lo que me estás di- 
ciendo! 

Elena, con ansia creciente, toínó la car-» 
ta, la besó, y aspiró largamente el perfu- v 
me de que venía impregnada. Ei^a, el mis- 
mo que Juan usaba, el que dejaban sus,, 
vestidos y sus manos ; fragancia elegante, 
aristocrática y embriagadora. . . 

Fílonif;n^ se complacía , en contemplar 
el regocijo pueril de la ceguezuela, y en 
pie, frente á ésta, suelto el rebozo, en el ; 
brazo la cesta llena de verduras, la fiel 
criada, .muda y absorta, lloraba de alegría. 

— Vamos, Filomena: léeme esta carta! . 

— ^Volveré, señorita, volveré — Voy n 
dejar todo esto !.. . :; ,;., 

Fuese , Filomena, y mientras la cegue- 
zuela, estrechando cariñosamente entre ,. 
arabas nianos la deseada misiva, anhelar 



.■,•..-:■•*'. iJ^< 



5W 

ba poder leerla como sa'ben leer papeles 
cerrados las sonámbulas y las pitonisas. 

— ¿Qué me dirá? ¿Me anunciará su ve- 
nida ? ¡ Sí ; Juan es bueno ! Digan lo que 
quieran, sí, Juan es bueno! Su mal está en 
que le han mimado y consentido. . . . Nun- í 
ca le contrariaron la voluntad . . . ¡ Por eso 
es tan imperioso y avasallador!. . . Pero... 
es bueno, sí que es bueno. . . y . . . ¡ me 
quiere mucho! :' r, r-''i 

Ante la pobre ciega, surgió entonces, de 
entre las tinieblas que la envolvían, la figu- 
ra imaginaria de Juan, tal como Elena la 
suponía, reuniendo en el conjunto rasgos 
característicos de, familia^ y pormenores 
fisÍ9nómicos dados por amigas y parientes : 
una figura apuesta y viril, en la que los 
ojos atávicos de los Collantes lucían sus 
negras y rizadas pestañas, y sus pupilas 
negras, brillantes y siempre húme<ÉLS. - :í;r • 

Volvió Filomena, y con el mayor cuida- 
do, sirviéndose de una horquilla que tomó 
del tocador de Margarita, abrió la carta. 

^1 contetiido de -ésta hizo irradiar dt 
alcgríti el rostro de la criada, pero anubló 
con negra tristeza el soniblante de Ríe - 
na. .'. . ''-'■ 

Juan. . . no volverá. . . — dijo aterroriza- 
da, i • - • ■ ^ -:•!;!> :- •;';t'^ " 

— ¿Por qué dice usted eso, niña Mle^-f 
nita? ' 

— Ppirquje así lo hace comprender esa 

Parientes K>cos,— yí? ,: *;! 






554 

carta . . . porque asi lo presiento, y así me 
lo repite este pobre corazón mió que nun- 
ca me engaña ... 

— ¡ No. . . niña! • 

— Si ; no hay que hacerse ilusiones .... 
Hace un momento, antes de que tú vinie- 
ras, antes de que me leyeras esa carta, 
pensaba yo de otro modo. . ¿Por qué no 
acude Juan á mi llamado ' ¿ Por qué se 
está en Pluviosilla ? ¿ Qué hace que no se 
escapa, y viene y habla conmigo?... 

— Pues á mi esa carta, niña Elena, me 
parece muy formal, muy seria, y. . . hasta 
muy cariñosa! " ' 

— ¿ Cariñosa ? ¿ Llamas cariñosa á esa 
carta? ¡Qué bien se conoce, muchacha, 
tqué bien se conoce que no has amado nun- 
ca, que no has amado jamás como yo amo 
á Juan! ¡No, no, eso no puede satisfacer 
á una mujer enamorada, enamorada como 
yo! 

Sollozaba Elena, ahogando, ó más bien, 
tratando de ahogar los sollozos. '•'' '^' _' 

Acaso tenga usted razón ... Lx) que á 
mi no me quita es que no veo franqueza én 
su primo de usted . Me parece que . . . J va- 
mos !, que no procede con sinceridad ! ¿ Du 
da usted de él? • '■ ■. 

— ¿ Que si dudo ? . . . ¡ Sí ! ¡ Sí ! Filomena, 
por desgracia mía! ^ ' ', 

. — ¿ Qué haremos ? '■ '■'-^ 

— ¿ Qué ? j Escribir otra carta ! Escribir 
la ahora mismo ! 



■^■iW'-'. ■'■-' ■■ -■.■ ^;-=- ■■'-; ■ - ■:-m':-- 



555 

Y se pusieron á la obra* ■ - 

Dictó la carta Elena, y dictóla enérgica, 
con brío varonil, diciendo al mozo cuáles 
eran sus deberes, apelando á su entereza 
y á su dignidad. "Dicen, — dictó Elena — 
que las mujeres somos débiles. Quienes 
dicen eso se engañan. Los hombres sue- 
len ser más débiles que nosotras. A veces, 
de puro egoístas tocan en cobardes. Y no 
creo que seas co^barde, ni que en este caso 
te portes como un mal caballero. Si tal hi 
cieras, llegaría yo á creer que no eres me- 
recedor del cariño y del amor supremo de 
una mujer que vale algo y que en algo 
se estima ; no, ni de una mujerzuela infa- 
me, de esasa que arrastran por las calles 
los últimos restos de una belleza consu- 
mida en el fango del vicio y en los mula- 
dares de la perdición. Tú harás lo que quie- 
ras ; te conducirás en este caso como mejor 
te plazca, pero yo, ahora y siempre, seré 
superior á tí. No me parecen francas tus 
palabras ; así lo atestigua tu carta, esa car- 
ta fría, helada, sin expresión ni cariño, y 
lo que es peor, sin amor. Sí ; sin amor, sin 
lo que espera una mujer del hombre á 
quien ha entregado su alma y su vida 
cuanto ella es, cuanto ella vale. No seré 
yo quien te haga ver que en este caso, 
más que en otro cualquiera, hay circuns- 
tancias especiales... nó seré yo quien t* 
recuerde mi desgracia, y que, para coUno 



..*».** ;-.:.»i-.*>.!l "■ •'•■ ; .•v^*v'P-ií^<:' 'rljí ■;-*-í^tV .7.'- >' 



-556 

[-■■■■ 

de ella, y esa será mi mayor desveiituí a, 
no ten^rié líi dicha de ver á mi hijo.... 
Espero tu respuesta^ tu respuesta á vuelta 
de correo. Si no vienes, si me contestas 
con una negativa, y huyes cohio un per- 
sonaje de novela cursis entoncesí . . yo sé 
lo que tengo que hacer I . 
— ¿y qué hará ustedj niña Elena? • —^ "* *• 
— 'j Nada!— respondió la ciega, con cier- ' 
ta expresión infinitamente dolorosa, alzan-"' 
do los hombros esn un arranque de des- 
dén y de hondo desprecio por la vida. 

-^¿.Qué hará usted?— insistió la criada; ' 

— ^¿Pecirle todo ala 'señora? í^ t ;;?irr ;¡,¡.i- 

— No<;' :!N-í '■';!■;' .-;: 'ip :• ■•,^ .■.::;;'- > ■>< 

—Al pai>á I áe don -íjuasiito,! ' á; ^ sa tíol de 

usted? ;^ "■■■'' y.íiii ' ■■.^)' r- -i-rfüjif; ■•;i>í 

— No. ■ r,-> / -if-)!/ !)íi o-jiuii 1j iv> ni'ir: 

— ^Pues qué? ;.n :.r ,' ,fi< .i jilriKj r.{ mI) >Vf!>!' 

,— ^Nada. ■ '■ -s -ivú-AihiV'-» ■■>'i : n-.\ 

—¡Eso no es posible! <" "" '<( .í-^^fl't •■ 

—Sí es posible. - -cf •'/ .n' /; -t» >•.(;>( ¡íJí' 

— -Dígame. usted lo que piensa hacer t-^'^'i 

volvió á insistir la muchacha en tono su- • 

plicante, " "-;;; ■-■ ■ ¡^'-m --■' '^'n' •'[ 

— ^ Sabes '(ij Ufe? '■>:■!"! nv^ ■r,'x')>i^.-> ■■■(■<■ mí 

—¿Qué? — preguntó con temerosa cu- • 

riosidpd Filo«aena. 'í otiu.. .< <';r.j ciít: • 

— ^Sabes qué? ■-■• • • ■ • u-' '• •""':' '" 

La criada contestó con un inovimiento fn 

de cabeza diciendo que no-vLa ceguezue- • 

la, volviendo. á todos lados susíojos dé ini^ «t 



;~v3,. 



'-H 



rada vaga é inexpresiva, dijo en voz baja, 
con miedo, como si temiera de si misma : 

— Me mataría. 

— ¿Y el niño? — se apresuró á e?íclamaf 
Filometia. 

— íNo! ¡No! — gritó Elena.— ¡Por él vi- 
viré ! ¡ Viviré para él, y sufriré todo, y pa-^ 
deceré cíen mil martirios! 

— Sí, niña Elena; si es usted buena, es 
Usted cristiana... ¿no es verdad que una 
mancha así no la borra más que el amor 
maternal ? 

Quedóse pensativa laceguezuela. Des- 
pués de un rato, dijo resueltamente í 

— Acabaremos. 

Y dictó el resto de la carta en tono ca- 
riñosísimo. 

—Ahora... — exclamó con acento re 
suelto — ciérrala y llévala al correo. ¡Y 
gerá la última ! 













;;■ r \n 



• / 



i.fll 

lili!. 



: , - 1 . . r- • J 



1 I, 



•,r'; 



i; ; 









**</í 



•i-- 






»»í- 




(fi., v..-,-,,i'r .,- , > /i;,.4!'; ■•''; >'.<>l ii liiííif.v i'.iíiifí 



\%'-M:.r: I .■; •'■ •-. -• '^ ) ■ 
.,lji '■ ■ - ■■■■•■■■ '■'• ■• 



■««•jli < 



A -^^ ■■ 






:■</ 






LXXIX 



.H\- IJv 



Repantigado pacíficamente en su poltrO' 
na* calados los anteojos, el Dr. Fernánde.; 
leía un periódico. En eso ocupaba el tiem 
po el buen canónigo desde su regreso del 
coro hasta las doce del día, hora en qu^, 
ni minuto más, ni minuto menos, se senta- 
ba á la mesa, á comer, con excelente y fide- 
lísimo apetito, los cinco platillos regla- 
mentarios; el ca.ldo tradicional, como el 
que los ilustres abuelos acostumbraban 
á tomar allá en los feHces tiempos del vr 
rrey Bucareli; sopa, de pan frecuentemen- 
te, de arroz á veces ; cocido de lo más pin- 
güe y variado ; pollitos en especia ; algo 
de verdura ; frijoles, sin los cuales no se h> 
pasaba el buen señor, y .. . postres: algu- 






f*<ífr^t^*í^^,f"^ 




MzcoChnelos, y dulces, y frutas, á la? 
cuales era muy dado, por motivos de ré- 
gimen interno. Pero si las gacetas, como 
solía llamar á los periódicos, (y pocos en- 
traban en aquélla casa), no traian nada in- 
teresante, ó habían salido sin nada digisO 
de atención, entonces el señor Fernández 
mataba las horas en despachar su corre5-' 
pondencia, que no era ni larga ni numero- 
sa, ó en continuar sus lecturas favoritas, 
(á las cuales consagraba las veladas) sus 
lecturas de Alamán, ó de García Icazl jal- 
ceta, el incomparat)le investigador de nues- 
tro siglo XVI. Tenía el Dr. Fernández ra- 
ra predilección por tal centuria de nuestra 
liistoria, y holgábase en discutir de ella y 
de las co^■as de Nueva España ett ta'. á 
tiempos, y de los hornbre y acaecimientos 
de esos años. ¡ Buenos ratos que se pasa- 
ba tratando de esos asuntos con Agreda y 
el P. Andrade ! ¡ Buenas corrían para el las 
horas verificando fechas, revolviendo ckV- 
ces y desembrollando mamotretos, cuando 
acometía la empresa de aclarar algún 
punto de la historia eclesiástica ! Teaía 
preparado un libro biográfico de los dea- 
nes de la Metropolitana, y una edición de 
las actas del Cabildo, ilustrada con no- 
tas eruditísimas, en las cuales, al decir de 
Galindo y Villa, á quien fueron coimini- 
cadas confidencialmente, se á\\vc. ! iban 
muy importantes cuestiones, y se aclara- 



ban muchos pasajes obscuros de \iotoli- 
nia y de Mendieta. Cuando sus mencio- 
nados amigos reclamaban la pul)iicaciün 
de esas obras, el Dr. l-ernández se soltaba 
lamentando la frivolidad de los espíritus 
en los tiempos actuales, aplazaba la salida 
de sus librejos, — como solía decir, — v re- 
petía tristemente estos versos de un céle- 
bre poeta italiano, aplicándolos á nuestro 
país: 

"Che ignora il tristo secólo 

"Gl'ingegni e le virtudi; 
J'Che manga ai degni studi 

"L'ignuda gloria ancor." 

i Dulce placidez la de aquella casa mon- 
tada á la antigua, ajuarada á la antigua, 
y mantenida sin variaciones ni mudanzas, 
como en los buenos viejos tiempos ! ¡ Gra- 
to silencio el de aquella morada ! ¡ Silencio 
serenador de toda inquietud del alma, só- 
lo turbado por. la campana con que el vie- 
jo portero anunciaba la llegada de alguna 
visita, ó por el canto de unos canarios muy 
lindos, idílicos habitantes de una hermosa 
pajarera, hecha con mucho arte y confor- 
me á la traza de la Colegiata de Guadalu- 
pe! 

Leía pacíficamente un periódico el Dr. 
Fernández, y leíale sonriendo, como quien 
muy en su interior se burla de la creduli- 
dad de un ingenio. Tratábase en aquel pa- 
pel, y en larguísimo artículo, de cosas de 
!a monarquía azteca, muy anteriores á la 

y Parientas Ric««,— 71 






562 



I ' 



jnquista de Cortés, y el canónigo, que 
no creía media palabra de cuanto á esos 
tiempos rezan los libros, reia compadeci- 
do. Sonó la campana del portero, y, á po- 
co, la campanilla del portón, y el criado 
que andaba por el comedor, arreglando la 
mesa, anunció á doña Dolores y á Mar- 
got. 

— ¡Bien venidas! ¡Que pasen! — dijo, y 
tiró el periódico sobre el velador próximo, 
y se quitó los anteojos. 

No tardaron en entrar las señoras. El 
Dr. Fernández se levantó y se adelantó á 
recibirlas. 

— ¡ Venís á buena hora, hijas mías ! — ex- 
clamó al verlas. — Podremos hablar tran- 
quilamente, pues tenemos buen rato para 
ello. . . Acaban de dar las once. . . Os es- 
peraba á la tardecita . . . ¡ Ea ! ¡ sentaos ! 
¿Cómo va? ¿Cómo está Elena? ¿Qué di- 
cen esos muchachos ? Ese Ramón . . . ¿ es- 
tudia ? Y Pablo . . . ¿ progresa ? 

La dama contestaba con el semblante :, 
tales preguntas. 

Margarita murmuró: 

— Todos bien. 

— Sentaos, — repitió el Canónigo. 

Momentos después agregó, ocupando su 
sillón favorito : 

— ¡Perdonadme, hijas mías, perdonad- 
me, que os haya hecho venir, en vez de 
ir á veros, como era del caso, y como debí 



5^3 ':^ 

hacer... pero... ¡ya lo sabéis! A mi 
edad anda uno achacoso ó desmazalado ... 
Desde los días de la Candelaria ando mal, 
y. . . . á mis años todo se vuelve dolamas. 

— ¿ Ha estado usted enfermo ? 

— Enfermo... no; pero á deciros ver- 
dad. . . no ando bien. Por eso no me vis- 
teis en la comida de Juan la noche que es- 
tuvo allá Monseñor Fuentes . . . 

— Echamos á usted de menos... — dijo 
Margarita . . . — pero mis tíos nada me di- 
jeron 

— Sabed que en esos días guardé cama... 
Un resfrío ... la "influenza," según el 
médico ... La tal "influenza" que, á lo 
que veo y todos miramos, saca fácilmente 
del paso á los señores facultativos . . ¡to- 
do es "influenza !" . . . ¡ todo se vuelve "in- 
fluenza !" Prediqué el día de la Candelaria, 
y á poco de bajar del pulpito me sentí 
mal ... Y no creáis que estuve en cama 
muchos días . . . Tres nada más. Al cuarto 
vine á esta sala ... El quinto fui al- come- 
dor .... El sesto me eché á la calle. . 

¡ Bueno soy para estar encerrado, y pro- 
ceder contra mis hábitos y costumbres! 
No, hijas mías, cuando se me llegue la ho- 
ra, y Dios me llame, lo cual no tardará en 
suceder, la muerte me ha de encontrar en 

pie. j Mientras, aquí vamos tirando ! 

Ya lo sabéis , . . Yo ... ¡ni cama, ni me- 
dicinas, ni médicos! ¡Y así he sido siem- 



■>: 






5^4 

prel Por eso el Deán y yo hemos visto al 
Cabildo renovarse dos veces. . . 

— Cierto eSj^contestó doña Dolores — 
que siempre tuvo usted excelente salud. 

— ¡ Es de familia ! Mi abuelo murió de 
noventa y cuatro años. . . Mi padre de no- 
venta ... Mi madre de ochenta y siete . . . 
Hemos sido de buena madera. . . ¡Ya me 
veis! Voy llegando á los setenta y ocho, 
y ni me canso ni me fatigo . . . Subo al pul- 
pito, hablo la media hora de rigor. ... y 
así hablara un hora. . . bajaría tan listo y 
tan campante ! . . . En quince años no he 
faltado al coro más que en dos ocasiones: 
el año pasado cuando nos vimos en Plu- 
viosilla y ahora en los días esos de que 
os tengo hablado. . . 

Hizo una pausa el Canónigo, sacó la ta- 
baquera, tomó un polvo, se limpió la nari^. 
con el amplio y bien doblado pañuelo de 
hierbas, se acomodó en el asiento, y cuan- 
do la señora iba á felicitarle por tan bue- 
na salud, prosiguió: 

— Es preciso que Ramoncillo, (¡que tie- 
ne, tiene su talento !) no desmaye ni pier- 
da el tiempo. Sí ; es preciso que cuanto 
antes haga la carrera ... ¿de abogado, no 
es eso ? ¡ Vaya en gracia ! Ño será santo . . . 
No sé quién dijo que en el cielo no hay 
más que un abogado, San Ivo, y eso . . . 
¿ sabéis por qué ? Porque no ha podido en- 
trar en la morada de los bienaventurados 






565 



un alguacil que le arroje de allí... ¿Es- 
tamos? ¡Bien! ¡Bien! i Que sea abogado 
el Ramoncillo, y que Dios le dé clientes 
que estén en lo justo, y pleitos producti- 
vos. ¡ Ya tendrá que subvenir á ustedes ! 
i Y Pablo otro tanto ! Pablo, — me parece 
un guapo chico ... Su tío dice que es inte- 
ligente y apto para todo . . . 

Margot, durante todo el tiempo que 
llevaba de hablar el Canónigo, estaba en- 
tretenida en mirar el tapete, un tapete más 
que marchito, vetusto, pero de muy ga- 
llardos dibujos : grecas ligerí simas y ra- 
mos de adormideras en que las flores se 
abrían magníficas y opulentas de loza- 
nía, y las hojas se encorvaban con prodi- 
giosa flexibilidad. Doria Dolores estaba 
pendiente de los ojos y de los labios del 
Canónigo. 

— Sí ; eso es lo prudente, Lola ! Así con- 
viene. No esperéis nada de Juan. La li- 
quidación queda hecha. .... Efectivamen- 
te Ramón debía eso. . .Adeudáis algo; pe- 
ro eso se arreglará fácilmente .... y algo 
alcanzaréis ! 

— ¿Pero cómo, — apresuróse á decir la 
dama, — cómo si adeudamos podremos al- 
canzar algo? 

— Muy sencillamente : se trata de unos 
encajes 

— ;Pero ésos no son de mis hijas? .' - 

— Como es legado de Eugenia y de 
Survijle , , , . ;- 






I .'^ 



:\ 






566 

1 

— Es cierto 

— Pero — interrumpió Margot, en 

quien, á pesar de su serenidad y de su 
discreción, se alzaron contrariados el bien 
parecer y el amor á las galas — pero eso 
no es posible. , . 

— Vamos, criatura, — replicó el Canóni- 
go antes de oir lo que la blonda señorita 
iba á decirle — ¿para qué quieres tú enca- 
jes de esos ? ¿ No te parece que en ustedes 
galas tan ricas, pues encajes de esos son 
joyas demillonarias y de reinas, resulta- 
rían un escándalo, ó eso que ahora se lla- 
ma una .... una .... 

— Cursilería, ¿no es eso? 

— ¡ Eso ! — contestó el Dr. Fernández, 
moviendo la cabeza. 

— Convenido .... pero mañana, cual- 
quier día. . . — murmuró Margot. 
. — Comprendo, criatura, comprendo.... 
Algo me sospecho de tus ilusiones y de 

tus esperanzas, buena niña ¡Dios te 

haga feliz, como lo mereces! 

— Cuanto á mí, — dijo vivamente Mar- 
garita, — puede estar segura mamá y usted 
también, señor, que no deseo ni joyas ni 

eijcajes Soy mujer, y soy joven, pero 

no me pago de galas ni menos de lujos . . . 
¡Va una tan guapa con un veslidito de 
lana, de muselina ó de percal! Mamá: por 

parte mía no vaciles, salgamos pronto 

de este asunto que va haciéndose enojoso. 



' H... 



'<•■■ , . - ... 
•.<■- - - ." .. 






5^7 

Cuentas claras, dicen, conservan amista- 
des .... Pues entre parientes 

— Pero usted, señor, ¿no le hizo ver á 
Juan ? 

— Más de lo que tú piensas y supones . . . 
Dejad esto en paz.... y confiemos en 
Dios! 

La dama y su hija quedaron silenciosas. 
La señora fijó la mirada en el suelo. La 
señorita jugaba con la punta de su pañue- 
lo y contemplaba el monograma en él 
bordado delicadamente. 

— Y yo que había soñado en regre- 
sar á Pluviosillaj y allí comprar unas casi- 
tas ; y que Ramón allí estudiara, y que 
Pablo volviese á su empleo en la fábrica 
del Albano, donde le recibirían gusto- 
sos ... y huir de aquí, de este bullicio, de 
este vértigo, de estas frivolidades, de es- 
ta vanidad, que en todo y por todo impe- 
ra ! ... . 

Doña Dolores decía esto en tono con- 
gojoso. El canónigo sintió en su alma toda 
la angustia de su amiga, y pensó: "Pron- 
to me moriré .... Mis parientes no son 
pobres .... Gabriela vive en la abundan- 
cia ... . El chico ese tiene lo bastante pa- 
ra arrastrar por el mundo su desgracia . .. . 
Al morir dejaré á Lola y á sus hijas .... 
algo de lo que tengo ..." Y agregó en to- 
no sentencioso: 

— Dí<">s te ayudará, Lola. El «^ue cuida 



.í'^. '•-'5, >,!•■•_*'--. V^ÍJÍ-'.U-- 



x3f^^*l'^Tai5-,^|jTy . . >^TÍ'?r>:'.- 



568 

de los lirios del campo y de lo» gorrioi.is, 
cuidará de tus hijas, que lirios son tam- 

Siguió hablando dulce y cariñosamen- 
te. 

— Bien, señor. . . . Pues. . . . ahora 

el último favor. 

— ¿Cuál, hija mía? 

— Decir á Juan, como usted lo crea más 
conveniente y oportuno, que no se hable 
más de esto, que se pague .... y me re- 
mita lo que reste á favor nuestro Yo 

no sé lo que valdrán los encajes.... 

— Adviértote que han sido puestos en el 
valor que Surville les atribuye .... Alcan- 
zaréis mil pesos. . . . 

— No hablemos más del asunto. 

Dolores y su hija se despidieron, el Ca- 
nónigo las acompañó hasta la escalera. Al 
Verlas irse, díjose : 

— ¡ Pobres gentes ! ¡ Qué poco le costaría 
á Juan ser generoso ! . . . . 

Y en seguida, al oir que el reloj de la 
sala daba las doce, dijo al criado que á 
la sazón salía del comedor : 

— La comida. 



- (ir"'**-;.*' 



. .f^K 




LXXX 



A las diez de la noche, tres horas des- 
pués de la partida de Juan, una de las 
tías de Conchita Mijares se presentó en 
la casa de Arturo Sánchez, en busca de 
su sobrina. 

— Salió á las cinco ... no ha vuelto aún, 
y no sabemos dónde estará. . . — decía. 

— ¡ No ha venido por aquí en todo el 
día! — contestó una de las muchachas. — 
Tal vez salió 'de allá con intención de ve- 
nir. .. . En la calle se encontraría á algu- 
nas amigas y se iría con ellas . . . Cuando 
usted llegue ya estará allá. ¡ Qué pasea- 
dora es Concha! 

— j Pero, Dios mío, qué muchacha ésa 
tan alocada y caprichosa! Siempre estoy 
yo con f jla : "(poncha : i por la Virgen San- 

Parientes Ricos.^73 



^tíJ 



,-HS .^ ■^fy¡-^zm^^Jií^:'!^¡.*.r'^:'rYvW^i 



570 



tísima! que tengas más juicio y más cor- 
dura!" Pero la niña no hace. caso... Es 
nuestra cruz. 

La buena señora se despidió desazonada 
y en sobresalto, como si presintiera una 
desgracia. . . . Las Sánchez, aunque no 
muy discretas de ordinario, se quedaron 
comentando el incidente, y de comento en 
comento, llegaron á las apostillas y á los 
escolios, y decían : 

— El viaje á Méjico, y la permanencia 
en casa de las Collantes ; el trato con los 
primos de éstas ; el ir y venir con ellos ; el 
andar en los salones de los ricachos, en 
una sociedad de la cual nada se imaginaba 
Concha, la traen perdida! Ha venido des- 
lumbrada y llena de ambiciones . . . Jura- 
ríamos que ha llegado á soñar con un ma- 
rido de la aristocracia, y que, enloquecida 
por tal sueño, á veces se cree en la opu- 
lencia, pisando alfombras y servida por 
lacayos vestidos con lujosísima librea!... 
¿No han observado todos, (no sólo nos- 
otras que la tratamos diariamente, sino 
hasta quienes apenas tratan con ella) que 
no habla más que de lujos y esplendores? 

— ¡ Ahora me explico — dijo una — el em- 
peño de Concha para que pusiéramos 
"Frú-Frú !" ¡ Si no charla más que de pa- 
lacetes y grandes comidas! 

— ¡ Pasemos todo eso ! — exclamó, inte- 
rrumpiendo, la mayor, — ¿Creen ustedes 



J 



■ '9i.~4'Í7Í*''*'W 



571 

que ha hecho bien Concha én subir y ba- 
jar con Juan Collantes? Yo creo que nó. 
Ni las de su casa hicieron bien en permi- 
tirle que fuese sola al paseo. Sola; si, por- 
que de su familia no iba nadie. . . . ¡ Cual- 
quiera diría que á ellas, á las de su casa, 
les gustaban los galanteos de ese mucha- 
cho, que es simpático, ni quien lo niegue, 
pero que en lo que menos ha de pensar 
es en casarse, y menos con nuestra ami- 
guita. Los ricos buscan ricas . . . (Eso lo 
sabe todo el mundo) ... Y más esos ricos 
que tienen las costumbres francesas.... 
¡ Quiá ! 

Así charlaron largamente. 
Al otro día, cuando Arturo volvió de 
la Oficina, llegó entre contrariado y bur- 
lón. 

— ¿ Saben ustedes la gran noticia ? — 
prorrumpió diciendo, al entrar. 

— ¡ No ! — respondieron las jóvenes, ya 
sentadas á la mesa y en espera de su her- 
mano. 

— Pues.... prepárense á escuchar.... 
i Un drama ! . . . Vamos ¡ una comedia ! . . 
Mejor dicho: un saínete .... más intere- 
sante que cuantas obras y piezas hemos 
representado acá! , 

— i Di, por Dios ! — exclamó la menor de 
las hermanitas de Arturo, una chica que 
cortaba un pelo en el aire, y, lo que es 
más difícil, á lo largo. 



-■..'■'• .,'-■ 



— Conchita Mijares. ... no parece. ¡Ni 
quien de razón de ella! Pero ya sé dónde 
para la prenda. , 

— ¿Qué estás diciendo? 

— Lo que oyen. La mamá de Concha, por 
medio del licenciado Castro Pérez, ha acu- 
dido á la autoridad para que se avengfiie 
el paradero de esa tonta . . . ¡ No sé yo á 
dónde se le fué la viveza á nuestra amiga ! 

— ¿Y han aclarado algo? — preguntó la 
madre de Arturo. 

— Nada; ¡pero se aclarará! ' 

—¿Y desde cuándo desapareció la palo- 
mita? — dijo una de las muchachas. 

— Desde anoche. Alguno la vio en la 
tarde, á eso de las cinco . . . Llevaba una 
caja .... Tal cuentan. 

Todas las hermanas de Arturo se mira- 
ron, como explicándose algo. 

— ¡ Ah ! Yo me lo explico .... Anoche 
vino á buscar á Concha una de sus tías 

— ¿A qué hora? : ' I 

— A las nueve. 

— No, mamá; — se apresuró á decir En- 
riqueta — después de las diez . . . Como 
anoche. ... ya no le vimos. . . no pudimos 
decirle nada If Arturo. 

— Bueno . . . pues ya sé dónde está Con- 
cha á esta hora. — respondió el poeta. 

— ¿ Dónde ? 

— En un vapor navegando en aguas 

c|el Golfo, en compañía de Juan CoUan- 






vg-;:-'- ' : 573 - .^.. :, 

tes con quien se largó anoche á Ve* 

racruz .... en tren especial ! . . . Yo fui 
á despedirme de Juan, porque supe casual- 
mente que se iba . t. y vi en el vagón á una 
mujer, cuyo aspecto y cuyo cuerpecito me 

eran conocidos ¡Y vaya si lo eran ! 

Entonces no acerté á decir quién era .... 
¡Hasta pensé que fuese alguna mujer que 
Juan habia traido de Méjico! Esta maña- 
na, al saber el rapto .... me di cuenta de 
todo. 

— ¿ Es rapto ? Nadie se roba "rap- 
ta," (como dice Jurado) á una mujer. Las 
mujeres se van con quien ellas quieren 
que se las lleve, y . . . ¡ esa es la verdad. . . ! 
¡Que no busquen disculpas! ¿Tengo ó no 
tengo razón? 

— Razón tienes i y de sobra ! — con- 
testó Arturo. — Después, ellas, las muy hi- 
pócritas, se quejan de su desgracia 

¡ Con su pan se lo coman ! Lo dice el re- 
frán : al que por su gusto muere 

¡hasta la muerte le sabe! 

— Cualquiera diría . . . que ... te duele . . . 
— dijo Leonor. 

— ^¿A mí? — replicó Arturito muy pica- 
do. 

— ¡A tí, hermanito mío, á tí, que bien 
sabemos que la marquesita de Collantes, 
desde antes de ser marquesa, no te pare- 
cía costal de paja ! ¡ No lo niegues, 

hermanito mío ! ¡ La verdad primero que 



n 






"■■^'A 



'.■'¿■,-r:- -'■f'-,->':-v-" '■'■;"^.»4^-- *'- 

■\ .•• ^•■•: V'Ih'V'''^--; ;•■|:^;- 
todo! Confiésalo; confiesa que el asunto 

te ha podido No en vano has sentido 

amor por Concha. Ella tendrá mil defec- 
tos, ni quien lo niegue .... pero hay 

que conceder que es muy simpática, y muy 
bonitilla ! Díganlo si nó las décimas que le 
hiciste, tan apasionadas y tórridas ; que lo 
,digan el interés y el cariño con que siem- 
pre representaste con ella. , En "La Hija 
del Rey" eras un torrente de amor.... 
caballeresco, ideal. . . . insuperable. . . su- 
blime ! Un volcán .... ¡en plena erupción ! 

Arturo, contrariado y puesto en berlina, 
sonreía, disimulando su desazón. Cierta- 
mente : Concha le tenía prendado por 
aquella viveza de ratoncillo y aquel inge- 
nio ligerísimo, con lo^ cuales se atraía la 
monologuista á cuantos mozos se le acer- 
caban, i 

— Ya .... veremos el fin de esta noveli- 
ta. . . — agregó Arturo, afectando indife- 
rencia .... Comprendo la exposición .... 
adivino la trama, .... me doy cuenta de 
los resortes dramáticos . . . presiento el 
nudo. . . y miro claramente el desenlace.... 
ó, mejor dicho, la catástrofe! Ultimo acto: 
En París . . . ¡ No lo sé, porque no conoz- 
co París! Pero.... me lo imagino: "Le 
Moulin Rouge." , 

Y de Concha y de su escapatoria con 
Juan se conversó (Turante la comida. 



.- ./-'■-:^\- 575 : ^ :;--.. 

Terminada la charla habló la madre de 
Arturo. 

— Concha no es mala ... Se reciente de 
mala educación , . . Tiene más talento que 
todos los de su casa ... Se impone á todos 
con su viveza y con su charla, y . . . de allí 
procede todo. 

— Cada cual enjsu fila. . . — agregó Ar- 
turo sentenciosamente — y pax Christi. 







:■ ■<} 









■í^íí^- 



■V '■■'(■ 




LXXXI 



Pronto corrió la noticia por toda la ciu- 
dad, y el nombre de Conchita iba y venía 
de lengua en lengua. 

Es Pluviosilla pacífica de suyo, muy pa- 
cífica, y tanto, tanto, que á veces parece 
á quien la observa discretamente como la- 
guna de aguas muertas. Sólo de tiempo en 
tiempo se anima y se divierte. Ni la Poli- 
tica, perra vieja que ladra en todas partes, 
que muerde en nuichas, y rabia en algu- 
'ns. es capaz de inquietar al vecindario v 
de perturbar la paz aufrusta y octavi?na de 
qne allí se disfruta. Necesítase de fiestas' 
colombinas ó dé festejos finiseculares, co- 
mo quien dice de algo merecedor de ut) 
carmen horaciano, para que se muevan y 

Parientes Ricos.— 73 



578 

Se entusiasmen aquellas gentes, y se reú- 
nan y se agrupen, y se asocien al amparo 
de nombres florales. . . (gravísimo escán- 
dalo para la Filología, nuestra señora), con 
el honesto propósito de echar la casa por 
la ventana. Sí; aquella paz y aquella tran- 
quilidad beatíficas — olímpicas que dijo el 
otro, — son deleitosas. Pero como en este- 
misérrimo planeta no hay nada completo, 
el "venticello" de la murmuración sopla 
suavísimo, al menor desequilibrio de la at- 
mósfera; sopla dulce y festivo al pricipio, 
luego destemplado, y por último penetran- 
te y pungente, lo mismo en casas y en ca- 
lles que en mentideros y cantinas. Viente- 
cilio suave, suavísimo, que no apagaría 
una cerilla, pero que aviva mil chispas 
ocultas en el rescoldo de las pasiones vilev 
y embozadas, esas que como los caracoles 
no sacan los cuernos sino en los momen- 
tos oportunos ; que se encastillan en el ca- 
racol del disimulo ó de la reserva marru 
llera. ¡Cosas de pueblo que no han podi 
do ser aniquilados ni por el aumento de 
habitantes, ni por la prosperidad siempr 
creciente de la feliz v opulenta ciudad. In 
MánchCvSter de Mélico. ^Cómo se hnbló 
de Concha ? ¿ Cómo fueron pasados i^or ta- 
miz los antecedentes, méritos, curdidad^*; 

V virtudes de todos los Collantes Imbíd-^í. 

V ñor haber? ; Cómo la eruaneza de Con- 
chita fué puesta en tela de juicio, y como 



579 

se la juzgó por la murmuración justiciera, 
la que no raja ni desuella, y se visro de 
Temis, y pronuncia sentencias y falla ex- 
cátedra? Piénselo el curioso lector discre- 
to, si sabe de lo que aqui se trata, y pun- 
tual y honradamente se refiere. ¡ Cómo la- 
mentaban muchos (piadosamente, por su- 
puesto), el extravío de la muchacha, sedu- 
cida por un chico sugestivo y por la ten-, 
tadora perspectiva de un viajecito arneno á 
la deslumbradora Lutecia ! ¡ La mala edu- 
cación, — decían otros — la mala educación 
que es la única que produce tales peras ! 
i La falta de religión! — repetían los de luás 
allá, i La educación jesuítica! — voceaban 
en el grupo jacobino, á la sazón muy ar- 
doroso, crudo y batallador. 

En las casas, entre señoras mayores. . . 
¡ni se diga! Ello es que Conchita andaba 
de boca en boca, y en ninguna parte se en- 
contraba un temeroso que no se atrcvitrñ 
á tirar la primera piedra. Hablóse del 
asunto en la botica más concurrida: char- 
lóse de ella en "El Sielo Eléctrico ' y en 
"El Cometa de Plata," y en juzga • >5 v 
covachuelas no se quedaron cortos. Los 
mozos mordían de pura envidia ; las nv.-< - 
chachas no callaban, pero se mostraban 
más discretas, y hasta piadosas. Las seño- 
ritas de Pluviosilla son más dulces que 
miel hiblea, y mansas y buenas como tór- 
tolas. Oían, y, ó callaban compasivas, ó fa- 



/< 






5& 






liaban con tino, dando muestras de altísi- 
ma rectitud moral. i 

Los periódicos . . . ¡ Ah ! ¿ Los periódi- 
cos? Esos, esos no tuvieron queda la plu- 
ma, ni trataba la lengua, y, á fuer de in- 
formadores, soltaTon la sin hueso. 'j:' 
"El Siglo de León XIII'" hablo poco, 
poquísimo, al fin de su florilegio semanal : 
"Cuéntase por ahí, — dijo textualmente — 
la fuga de una palomica, con un pichón de 
rico plumaje, con un palomo semipari- 
siense y semimejicano, en busca de los 
esplendores de las capitales europeas. l>a 
autoridad no ha conseguido dar con la pa- 
reja, la cual, acaso, á estas horas navega 
viento en popa en las aguas del Golfo. 
¿El? — vastago mayor de un banquero hijo 
de Pluviosilla, residente por muchos años 
en París, y al presente radicado la ciu- 
dad de Méjico. ¿Ella? — Una muchacha de 
no feo rostro, lista, con grandes dotes pa- 
ra -el teatro dramático, y muy aplaudida 
en un teatro casero." 

Y agregaba: . : j;/.!> 

"Y si, lector, dijeres ser comento 
Corno me lo contaron, te lo cuento." 
"El Contemporizador," no fué más dis- 
creto pero sí menos castizo : Decía : 

"RAPTO. — Tiene noticia» K atitoridar 
de que una joven llamada C. M., fué riso- 
tada hace dos díns por un joven acaudala- 
do, educado en París, y de nombre J. C. 



^ , 



. . í;-,'"\ /;►• -■,;.,■.; ■ ; • ;. 

miembro de una familia muy conocida en 
Pluviosilla. Motivos poderosos, al alcance 
de muchos abonados, nos obligan á dar 
sólo las iniciales de los prófugos. La po- 
licía anda sobre la. pista." 

Los sueltos anteriores fueron leídos en 
todas partes, y en todas partes comenta- 
dos. 

Una noticia publicada en "El Diario Co- 
mercial" de Veracruz, vino á aumentar el 
fuego de la chismografía: la lista de lo¿ 
pasajeros salidos en el trasatlántico "Júpi- 
ter." En ella había una línea que decid 
sencillamente : 

"Juan Collantes y esposa." 




A ■ . - . 




LXXXII 



Concha, antes de partir, escribió una 
carta que en estos términos decía : 

"Mi adorada mamá: 

"Debo explicarte mi conducta, antes de 
"embarcarme ; pero, primeramente, he df 
"implorar tu perdón ; tu perdón que no ha- 
"brás de negarme. Hay almas que nacie- 
"ron para vivir unidas. La mía y la de 
"Juan son de esas. Esto lo dice todo. He 
"dejado á ustedes, pero su recuerdo vive 
"en mi corazón é irá conmigo. Yo volveré. 
"w! Cuándo ? ¡ Cuando sea yo la esposa de 
"Juan ! Entonces, los que ahora me censu- 
"ran, (pues va me imagfino lo que de mí 
"dirán al saber mi salida inopinada,) me 



•:.'C": , . 

"disculparán y serán bondadosos. El dine- 
"ro es el Rey del mundo, y todo lo puede ! 
"La vida de Pluviosilla me era fastidiosa, 
"y justo es que^ ya que ahí no pude en- 
"contrar un buen partido, yo me lo haya 
"buscado hasta hallarlo. A las triste- 
"zas de aquí sucederán las alegrías de 
"París y de Europa. . . ¡ Viajes !. . . Viajes 
"en Italia... en España... Las corridas 
"de toros en Madrid y en Sevilla. . . La 
"Grande Opera, y sobre todo,... las re- 
"presentaciones del Teatro Francés, mi 
"sueño dorado ! ¡ Ya sé que diréis que Jívan 
"me abandonará cualquier día. . . ¿ Eso?. .. 
"¡ lo veremos ! porque yo tengo más talen- 
"to que él, ¡ vaya ! más de aquello con lo 
"cual se hacen los sermones ! Yo sabré 
"bien lo que debo hacer. El resultado será 
"el que yo quiero, el que } o me propongo 
"que sea ; y ese será, y uo otro. Esta es 
"la situación, y no hay que engañarse ; que 
"á la larga, "á la fin y á la postre," (como 
"sabe decir el P. Anticelli), yo he de triun- 
"far, porque pueden mucho los ojos de una 
"mujer! 

"Comprendo que al leer entre lágrimas 
"y sollozos esta carta, diréis que soy ligera 
"y vacía de cascos ; comprendo cómo me 
"acusaréis, cómo diréis perrerías de mí. 
"i Paciencia, mamá, paciencia, tías ! Todo 
"se arreglará, aunque para el arreglo ten- 
"ga que pasar algún tiempo. Entonces, ni 



^ 



-. g(í;-^'''?»^''W'5í?7'f,íí?< t?-*;! r^,*""^"'*Jí'> ■ 



*yo, ni ustedes, tendrán que lavar, quo 
"aplanchar ni que hacer la cocma; enion- 
'ces... ¡adiós bastidor! ¡No mas borda- 
'dos ! ¡No mas romperse los pulmones, 
'bordando ciiras para quienes van á ca- 
'sarse, ó para que las novias, á excusas de 
'sns padres, obsequien á sus pretendien- 
'tes! Entonces nos reuniremos... Y... 
'j qué de comodidades, qué descanso, qué 
'días tan alegres ! Nada de inquietarse, na- 
"da de afligirse, mamá ! Ahora no hay que 
'hacer caso de lo que digan. Y volvere á 
'Pluviosilla, y entonces daré recepciones y 
'fiestas, y los que ahora murmuran ae 
'mi se tendrán por dichosos si los invito 
'alguna vez. 

''A Osear, al pobre Osear, á quien uste- 
'des no quieren, pero que es un excelente 
'chico, mas no para mi ni para mis de- 
'seos y aspiraciones, que me perdone ; que 
'ya me olvidará y amará á otra. 

"Estoy contenta, muy contenta, jporque 
'soy dueño del porvenir. Pero, si he de de- 
'cir verdad, si he de decirla, en estos mo- 
'nlentos siento que mis ojos se llenan de 
'lágrimas, al pensar en ustedes, en- aquella 
'casita nuestra, donde hemos pasado tan- 
'tas dificultades, tantas pobrezas, oculta- 
'das noblemente; donde hasta miserias y 
'hambres hemos padecido; sí, se llenan 
'de lágrimas mis ojos, y siento que se me 
'anuda la garganta, y que la pluma se me 

Parientes Ricos,— 74 



■:^'^ 



s8¿ r 

"escapa de las manos. Me ocurre decirle 
**á Juan : "j Vete ; yo me vuelvo á mi casa ¡'' 

"Pero el paso está dado. ¡Valor! Y 

"¡ adiós ! ¡ Adiós, mamacita ! ¡ Adiós, mis 
"buenas tías ! ¡ Adiós ! A mi papá, si algún 
"dia va por allá, decidle que lo quiero, á 
"pesar de que él tiene la culpa de todo, 
"porque no me ha dado más que las siete 
"letras de mi apellido; sí, que lo quiero; 
"pero que no me acuse ni me acrimine, 
"porque, al hacerlo, él se acusaría y se 
"acriminaría! 

"¡Perdón, madre mía! Lo merezco por- 
"que este papel está bañado con mis lágri- 
"mas. Lo escribo mientras Juan ha ido L 
"la casa del consignatario. Mandaré esta 
"carta al correo, antes de que él venga, ó 
"la echaré en el buzón que hay á la puerta 
"del hotel. De París volveré á escribir v 
"les daré mi dirección para que me contes- 
"ten. Dentro de dos horas estaremos na- 
"vegando. Al ver perderse en la remota 
"lontananza el Gitlalpetl, les mandaré á 
"ustedes en un beso mi último adiós 
"i Un beso, mamá! ¡Otro para mis tías! 
"Perdónenme, perdonen á su 

CONCHITA." 

Al acabar de leer esta carta, aquellas 
buenas y Rencillas mujeres se echaron k 
llorar. Se miraban unas á las otras, y nin- 
guna se atrevía á desplegar los labios. 



-.tvílí-'? 



,t --/-'V 



M 


^¡ 


:^:^^.^aX^ 


^^^^^ 



'■ 5 ■ '.>'' ■ 



LXXXIII 



— No; — decía doña Dolores, — yo he de 
hablar con mi cuñado, para hacerle ver 
que si tiene derecho, acaso discutible, pa- 
ra cobrarnos esa suma, no lo tiene para 
que le paguemos lo que generosamente 
nos facilitó, halagándonos con promesas, 
á fin de que viniésemos á México . . . ?. 

— ¡ Mamá ! ¡ Mamá ! ¡ No te conozco ! — 
dijo Pablo, acercáfndose á la señora; la 
cual, contrariada y mohina, se quitaba los 
guantes presurosamente, sentada en el so- 
fá ! — ¡ No te conozco, Lolita mía ! — añadiíS 
en tono cariñoso, 

— ¡Pero, hijo! - -r 

— ¡No hay pero que valga! Piensa 
que 

— ¡En nada puedo pensar! ' ,\ 



■iííS-'. 



s8S ;. 

— ¡ M^má ! 

. ^¡ Hijo ifiío ! ' • - '-' 

' — Mira, mamá linda: la dignidad nos or- 
dena callar. ¿ Fué favor ? ¿ Si ? Pues reci- 
birle como tal. ¿Fué cálculo? Pues..... 
¡ darse por no entendidos ! Humilla horri- 
blemente la idea de reclamar la plena sa- 
tisfacción de una merced .... 

— ¡ Ni merced ni favor ! 

— Es cierto . . . ¿ Qué {íedimos nosotros ? 
¡Nada! Pues si nada pedimos, ¿á qué re- 
clamar?... ¡Callemos, y haremos santa- 
mente ! 

— Si ; pero . . . 

— ¿Pero qué? 

— Pues que. . . . 

— ¡Pues nada! Hoy, lo mismo que siem- 
pre. . . sin darnos por entendidos de lo que 
pasa. 

— ¿Y los encajes? 

— Como si fueran.... piercales . . . . 

— ¿Y las niñas? ¿Y tus hermanas?. . . 

— Mis hermanas, mientras yo viva, tie- 
nen estos brazos, y estas manos, y esta ca- 
beza. . . . que. . . ¡para algo sirve! 

— ¡Es cierto, hijo mío! ¡Eres muy no- 
blote.... ¡Como tu padre! 

— Vea usted, mamá : no pienso . . . • ni he 
pensado. . . Sí; lo he pensado. . . He pen- 
sado en casarme. . . Vea usted que allá en 
la tierruca, en el terruño, hav unos ojitos, 
ojazos, que. ... lo diré, lo diré. . . porque 



tengo que decirlo. . . unos ojos, mamita... 
que parecen dos soles ; una carita risueña, 
en la cual resplandecen en celestial consor- 
cio la pureza, la bondad, la dulzura y la 
alegría! Pues bien, pues bien, una niña de 
cuerpo esbelto, muy bien educadita, muy 
cariñosa con sus padres y con sus herma- 
nos, muy piadosa, (sin gazmoñerías), con 
un rostro rociado de lunares, y con una al- 
ma tari grande y tan tierna. . . me tiene 
cautivo. . . y. . . por usted, por mi Margot, 
por mi Elena, hasta por ese tarambana de 
mi hermanito Ramón, no pienso en casa- 
miento. Y. . . ¡vea usted !, ¡ sería yo tan fe- 
liz! ¡Tan feliz! 
— i Gracias, hijo mío! — exclamó, abrazán- 
dole la dama. — Estimo en cuanto vale tu 
abnegación. Nadie mejor que yo sabe cuan 
to merece esa niña ; nadie la quiere más 
que yo, y no sólo porque te ama, sino por- 
que. . , es una joyita, una perla. . . y ¡qué 
perla! 

— Pues. . . ¡óigame usted, mamá! Oiga 
me: no me casaré jamás... porque to- 
dos mis esfuerzos son p?ra usted : todo mi 
trabajo nara ustedes. ¿Qué he hecho lo- 
cura?'' ¡Poc^s! ; Que he mal enasta do dine- 
ro? ¡Poco! Y no se repetirá eso, no se re- 
petirá, se lo a?'"?niro á usted, mamá ! 

— i G*"'cias. Pablo ! Tu mamá te lo agra- 
dec^. ¡ Eres díp-no de tus padres ! 

El rostro del mancebo resplandeció de 



■ .590 -■ i- :■ 

júbilo y de honorífica satisfacción. En él 
nobles anhelos y espontáneo arrepenti- 
miento eran como dobles alas que le subli- 
maban y le remontaban al cielo. 

— Óigame usted, mamá. . i 

— Te escucho. 

— ¡ Ni una palabra ! Decir á todo que sí... 
y se acabó ! ¿ Necesitan dinero ? Pues .... 
¡ pedírmelo ! Aquí estoy yo para eso, que 
yo sabré ingeniarme. . . Antes todo y sa- 
bré todo, la dignidad y la justa estima- 
ción de sí mismo. 
— ¿Y el porvenir? 

— Como el presente. Como el porvenir 
será mejor . . . ¡ Aprobar todo ! 

— ¡Tienes razón, Pablo; tienes razón! 
Doña Dolores se rindió á la generosi- 
dad de su hijo. 

— Usted no conoce á mi tío. ¡ Yo, sí ! 
i Como que le trato diariamente, en su tro- 
no ; en su reino, en el reino del comercio, 
en el cual, como en el juego y en la mesa, 
se conoce á las personas ! Mi tío es de lo 
más raro ! . . . i Qué carácter tan desigual 
V caprichoso ! El otro día reclamó porque 
á un empleado le habían dado un duro pa- 
ra pagar un carruaje, y. . . poco después... 
i diez minutos después ! á solicitud de quien 
un rato antes no le era grato .... mandó 
que le entreijaran quinientos pesos. . . En 
cambio. . . duda y recela de mí. . . 

En esos momentos entró Filomena, lie- 



vando la correspondencia que el cartero, 
"el buen amigo, el cartero" acababa de 
darle : tres cartas, y dos periódicos mal 
enfajinados: "El Siglo de León XIIl' y 
"El Contemporizador." Dos cartas eran 
para doña Dolores, y la otra para Mar- 
garita. 

Distribuyólas Pablo, y mientras leían, 
la señora y la señorita, desplegó uno de 
los papeles para enterarse de lo que pasa- 
ba en Pluviosilla, aunque bien sabía él 
cuan pocas noticias locales traían los 
tales periódicos. De pronto exclamó la jo- 
ven. 

— i Jesús ! Me lo temía yo . . me lo te- 
mía yo! ¡Así tenía que pasar! ¡Mamá! 
Oye... Óyeme tú, Pablo! 

El joven dejó el periódico y se dispuso 
á escuchar. 

—Oigan lo. que me dice Marta .... 

Y la blonda señorita leyó : 

"Te vas á llenar de asombro al enterarte 
"de lo que voy á decirte. Tu grande ami- 
"guita Concha Mijares". ... 

A la sazón llegó Elena. 

Apoyándose en los muebles, iba en bus- 
ca.del sofá. Pablo le dio la mano v la llevó 
á un asiento que estaba cerca del suyo. 

— Siean levendo... Sabré qué noveda- 
dp«; hav en el terruño .... 

Margot prosiguió : 

"Concha Mijares ha dado la gran cam- 
"panada ... Es el platillo de todas las con- 



^ 



3?jP -" 



'7_\_rí::T;f»j5TJ«fy^^^;>''>.-a^- 



592 



'PS? '' 



"versaciones. Da pena oir lo que dicen de 
"ella. Yo no quiero ya oir lo que cuentan. .. 
'"Figúrate tú que de la noche á la mañana 
"desapareció de su, casa... La buscaron 
"por todas partes y no dieron con ella. 
"Decían que se había ido con el novio, un 
"tal Osear, que está empleado en la Fábri- 
**ca del Albano. No sé lo que el pobre dirá, 
"pero puedes estar segura de que no debe 
"saberle á rosas el incidente, tanto más, 
"cuanto que, creyendo la familia de Con- 
"cha, su mamá y sus tías, que con Osear se 
"haíbía ido la tortolita, acusaron á éste, y 
"estuvo preso tres ó cuatro horas, hasta 
"que se aclaró que el infeliz era inocente. 
"Eso me han contado. . ." 

— ¡ Vaya ! exclamó Pablo. — ¡ Esta sí fué 
comedia de veras ! . . . ¿ Qué dirá Arturo 
Sánchez que se bebía los vientos por su 
monologuista. 

— Sigue leyendo, criatura. . . — dijo doña . 
Dolores. 

"Eso me han contado. Np tardó en sa- 
"berse la verdad, porque Conchp le escri- 
"bió á su mnmá una carta en Veracruz, 
"antes de embarca rsí' cor su ele^^nte ca- 
"ballero, con tu primito Juan...." 

— ;Con quién? — preguntó la ceguezue- 
In. 

— ; C<"^n Juan ! — respondió Pablo, repi- 
tiendo las palabras de TNTartita. ' ; 

— ; Eso r>o p'^- nosiblí*!- "'^T-'lirA T.*^na. 
— ¡Historias y chismes de Pluviosilla! 



■"• ' '¿--i . ■■/ ■;■ *■-,?; _■ ■-'■^■\' ' 

593 ^ ' ' 

Margarita volvió los ojos hacia su her- 
mana, y tras una rápida v'acilacion, siguiu 
leyendo : 

— "Juan Collantes, quien, según dicen, 
"estuvo aquí pocos días, de paso para Eu- 
"ropa. Anduvieron en paseos, y alguno 
"vio á Concha, sola con él, una mañana en 
**la Sauceda, el mismo día en que la pareja 
"emprendió el vuelo. Salieron de aqui en 
"la noche, en tren especial. Arturo Sán- 
"chez le contó á mi hermano Pepe que 
"cuando él fué á despedirse de tu primo, 
"cuyo repentino viaje supo por casualidad j. 
"en el Hotel, vio en el vagón á una mujer, 
"cuyo aspecto no le pareció desconocido, 
"¡qué desconocido había de serle! y que A 

*'no era otra que nuestra amiga. . . 

Un grito de Elena interrumpió la lec- 
tura. La pobre ciega se había desmaya- , 
do ... . , . , 

Entre los tres la llevaron á la pieza in- ^ 

mediata, y la acostaron en la cama de do- 5' 

ña Dolores. * i 

Disponíase Pablo á ir en busca de un ^ 
médico cuando la joven volvió en sí. AI 
cuidado de ella se quedaron Margot y Fi- 
lomena. 

— ¿Pues qué ha sucedido, niña Margari- . ■" 
ta? — preguntó la fiel servidora. 

— Yo te contaré . . . — contestóle en voz 
baja la (blonda señorita. - ^ 

Parientes Ricos. — 'j ■« • ,. 






'-'^■'W-^ 



- - ■ <f 



/sai-..-»., '? 



X 



t. 



Ifr. 



m-.- 



^e- 



. '- vid 






: /" 



.••íf.t;;= 



, M r 



íT-i-c 



- n. ■ ^• } i.>:i; '_■ •, 

L \ •'■.::■[■■• f «<.';■:■'" 

■ , i.f'v ^¡djc' í. 

' •' ' i! •• . :■••;■'< «n cí" 

V,:; ' • ■ .i>nj;ii-»' 
, ■ • mN i;i-m '■ , ■ -vif." 
) '!■.■ iv^-: . ;•. (1-, • 
: ■ ' ■: . ■ .■>-i]..r . - /,' ■*■ 

"• '. ■ , > '^ '[■ <>:, I ' 

■ . ; i.!. 

: ' r; : •. ■.' .fifi.'! 

^■'■-.'-' ■■•.: (;! . íilnrl-iri: 

■' ■ • ' ■ ■' •■>:^\Tt:U'' 'I '■ i'-V,. 
.'■- • ■'■■.:'[• :f; ..l.iiliif; r 

'.'■>'!!•!"' r.ff v-;í> > .■"■' r ■ •' ' 

•■- f ■:■ í-i! - <íiíf!;j .'ii!- -"íj; / 



. .' V- - - íí ■•■■ 



■:. Si • . ' ^ 




-í[[0' ! ' ": ■'! 


B1:j 


■ «Tí :■■,.- . 


-•■>. ■. 


.., ■'jl •'■" ■ 


i: '■ ^'u;' 



: -•=? jUjí i.;-">h5<-'. 

•-■■--O-.. v.ví:/ ■ ^z- 
; j: ,'' ■iny.'fi'.-l -.'^ 

' '•..■'■ X A<i '^/^, 

■; ' ■ .'VÍ-. '' , " í' 

r I 



I '. 



íii 



LXXXIV 



'!.••;••>: ii' 



■'1:- 



Mientras, en la sala, Pablo y doña Do- 
lores hablaban del asunto. 

— En mala hora se ha enamorado Lena- 
de stt primo. 

-^¡Ya se le pasará, mamá! Esto qué 
hoy ha sabido servirá de muy eficaz reme- 
dio. Juan no volverá á Méjico en muchos 
años. No le gusta esto ; le fastidia, le exas- 
perai 

M41 veces le dijimos á Lena quién es 
Juan ; mil veces le hicimos observar el po- 
co^ valer de ese muchacho . . . pero ella ¡ en 
sus trece! . . , 

— Yo también, mamá, j-^o también le dije 






■'V- v^- 



^ m 



* i, • 



".■^r^-ff^^'^i^fx^^ ■ ■ _ -«r. 1 



V 




596 

lo mismo . . . ¿Y qué hi¿Q ? ¡ 

'•Buen rato me dio, porqué, y¡a^%^ 

ted el carácter de Lena! Dfalcé y> i 

al parecer, tiene momentos en que'enve^ 

nena sus palabras . . . 

-^¡Ten compasión de ella, Juan! Con- 
sidera que es muy desgraciada . . . No era 
asi de niña. ¡ Qué mucho que la ceguera 
le haya amargado el carácter ! 

— Algo conseguimos ... Si á tiempo no 
ie hablamos, á estas horas serian novios... 

— Asi lo creo, hijo mío. . . 

— Yo, hace más de un mes, le hablé á 
Juan del asunto, y le dije terminantem n- 
te, que dejara en paz á mi hermana.... 
Le hice ver que tales amores serían una 
locura. . . . Para casarse con una ciega, se 
necesita un heroísmo tal . . . ¡ Juan es in- 
capaz de una idea generosa ! . . . No hay 
en él nada noble ... Es un niño mimado, 
corrompido en París. Le conozco muy 
bien, i Vaya si le conozco ! tí 

*■ — Entiendo que ni Juan, ni Camjen, ni 
María, ni Alfonso, saben lo acaecido., Ca- 
llémonos, y... adelante! ; 

La señora volvió á sus cartas, y Pablo 
á sus periódicos. Cartas y periódicos ha- 
blaban del rapto. Las Pradilla referían ti 
caso más ó menos como á Margot '.se', lo 
contaba Marta. El P. Anticelli, decía ún i-, 
camente : '"Ya sabrás la burrada de Con- 
cepción Mijares.... ¡Era de esperarse! 



.s' 





\- 








"•'*'' - v'- 



.■i 



597 

¡ Dios ponga remedio ! Que lo que ha pa- 
sado sirva de ejemplo á muchas madres y 
á muchas hijas." 

Pablo leyó á doña Dolores los sueltos 
de los periódicos, y una y otro lamentiron 
el afán informador de la prensa, que no se 
detiene ni ante la vida privada con tal de 
dar noticias. 

Vuelta en sí la ceguezuela, se echó á llo- 
rar, pero luego se quedó aletargada ó doi - 
mida. Cubrióla Margot con una colcha, y 
se fué al comedor con Filomena, á la cual 
contó brevemente lo que habían sabido y 
lo que en concepto suyo había causado el 
desmayo de Elena. 

— Si yo le dijera á usted, niña Margari- 
ta. . . — se atrevió á decir la criada. 

—Si supiera yo . . . ¿ qué ? 

— No. ¡ Es mejor que no lo sepa us- 
ted ! . . . 

— Algo me ocultas que me, hará mal. . . 
Dilo, que á todo estoy dispuesta. . . 

— Y. . . bien visto, tiene usted razón. . . 
Si tarde ó temprano ha de saberlo usted... 
sépalo uste.d desde ahora ... 

— I Di, por Dios ! — exclamó Margot so- 
bresaltada. '^' ■ : 

— ¿Pero no se afligirá usted ni se ape- 
nará ? 

— Habla, ¡ por la Virgen Santísima ! 
' — Pues... lo diré... — respondió Fiío- 
^^eiia dolorosamente resucite^. ■] ■ - 









- 59» ¡ 

Elenita está enamorada de don Juani- 
to... . ' ■.- '.'l ■ 

— Ya lo he comprendido . . . ¡ No es nue- 
vo para mí ! . . . 

— Y son novios ... 

— ¿ Cómo lo sabes ? 

— Porque Elenita me lo ha dicho ... 

— i No, eso no es verdad ! Ni Juan le ha 
dicho nada, ni Elena le habría correspon- 
dido sin decírmelo antes ... 

— Pues son novios ... 

— Lamento el noviazgo. Con lo que ha 
pasado .... se acabarán esos amores . . . 
Juan no ha de regresar en muchos años. 

— ^No, pero. . . — y la infeliz criada vaci- 
laba. . . — pero. . . hay algo muy grave, ni- 
ña, muy grave. . . Ármese usted de valor.,, 
para oírlo ... 

— ¡ Me asustas, mujer ! — exclamó Mar- 
got, abriendo sus grandes y hermosos ojos, 
asaltada por una idea horrible. — ¡No me 
digas nada! 

— Niña . . . — respondió Filomena con 
acento suplicante y doliente, — pero ... ¡si 

es preciso que lo sepa usted. : 

Vaciló Margarita, y después de uno.s 
cuantos minutos de silencio, decidida á pir 
lo que iban á decirle, murmuró con dul- 
zura. 
— Dímelo ... , 

Y Filomena, en voz muy baja, casi en 
secreto, dijo al oído de la joven unas 
f tJantas palabras , . , , 









599 



Quedóse atónita Margot, como si le hu 
bieran anunciado que segundos después 
iba á ser precipitada en un abismo sin 
fondo . . . 

— ¡ Eso no puede ser ! ¡ Eso no es cier- 
to!.. . 

— Sí, niña ... ¡es cierto ! 

— Mujer. . . ¡tú te has vuelto loca! 

— ¡ Ojalá, niña Margarita ! 

— ¿Cómo lo sabes? — preguntó Margot, 
temblando de pies á cabeza, angustiada, 
próxima á sollozar, llenos de lágrimas \us 
ojos! 

— Lo sé. . . porque ella me lo dijo. 

—¿Ella? 

—Sí. ^ ' "' 

— ¿ Cuándo ? 

— La semana pasada ... ¡ Si yo le he es 
crito las cartas para ese señor, y yo mis- 
ma las he llevado al correo. 

Un relámpago de cólera cruzó por el 
rostro de la hermosa señorita, la cual dejó 
escapar con tono de severísima repren- - 
sión : 

— ¡Filomena! '^>^^¿; . 

— Niña... — murmuró dulcemente la 
criada. . . — ¿qué podía yo hacer? 

Bañada en llanto siguió diciendo : 

— I Cómo he padecido desde que lo su- 
pe ! Ese secreto me quema el alma, es co- 
mo una víbora que se me ha enroscado en 
el corazón • . • ¡ Cómo he Uor^^do \ Pesd^ 






..íC'X"^.' '■ ,,■ 



-'-■••' 



<:. 



•iv.;. 



600 ! ' 

ese día no puedo dormir. . . Me he pasa-, 
do las noches bañada en llanto. . . j Q«é 
desgracia ! 

— ¡ Pobre de tí, Filomena ! j Eres una 
santa ! No digas nada . Yo hablaré con 
Elena ... y después . . . ¡ Dios dirá ! 

Secóse los ojos, y se dirigió al teléfono. 
Llamó y pidió comunicación con la casa 
de su tío, y con el departamento de su 
primo. 

—Alfonso. . . ¿Alfonso? ¿Eres tú?. . . . 
Bien... ¡Cuánto me alegro!... Sí, par- 
que necesito hablar contigo ... ¿A quí* 
horas?. . . Antes. . . A las tres.. . . No. . . 
A las tres. . . ¿sin falta? Te lo ruego. . . . 
Me urp^e hablar contigo ... Te espero . . . 
¡ Adiós ! 




.;f -. 



>t*í^ ^' 



.. .^p^pf»ií^:; ■•-•?• :;:,"'; 




LXXXV 



— ¿Quién te ha dicho eso? — respondió 
la cegfuezuela, erguida y con suprema al- 
tivez irritada. 

— No hay para qué decirlo. Dime: ¿es 
verdad ? 

— ¿ Para qué deseas saberle ? . . . 

— Para acudir en tu auxilio, Lera ! — con- 
testó la joven dulcemente, oponiendo su 
ternura y bondad angelicales á la aspere- 
za de su hermana. ,. ■ ' *' .' 

— Nadie debía habértelo dicho. 

— Han hecho bien en decírmelo. . . . 

— Filomena me ha traicionado ... 

— ¡Filomena es un ángel, criatura! Eres 
injusta al hablar de ella así. '^- ^. 

Patentes Ricot.->7^ 



■^n- 



.-i-*v,'y'-j-,'*r-' 






602 



— No es tiempo ya de tratar de e&q^> 
Cuéntame todo .. . . -5^-,^^ /? > ¿isJíl^^ 

—Es duro, muy duro, el tener que cor' 
tártelo .... «, 10, 

— Piensa que me lo cuentas, á mí, á mí. 
á tu hermana, á tu buena Margot. , 

Elena relató la triste historia, y al ter- 
minar, dijo : 

— Lo demás . . . Que te lo diga una car- 
ta .. . Toma esta llave . . . Abre el ropero, 
y en una caja de guantes, en la caja que 
él me regaló, está la carta. 

Precipitóse la joven, y con interés tor- 
mentoso leyó la carta de Juan. Guardóla 
y volviendo á la cama donde permanecía 
la ceguezuela, díjole indignada: 

— ¡Juan es un canalla ! Debe volver. . . . 
Yo haré que vuelva .... y pronto ! 

— No volverá. . .—respondió la ciega. 

— Pero ... 

— í Que no vuelva jamás ! Yo viviré con 
mi deshonra . . . Viviré para el ser que late 
en mi seno, Margot. ¡Líbreme Dios de ser 
su esposa ! Ayer lo ansiaba, se lo pedía ur- 
gentemente. .• ¡ Ahora nó! ¡Es un villano, 
\\n canalla ! . . . Tienes razón : un canalla ! 

— ^Te engaña la cólera ... Le amas . . . 
Su destino es el tuyo. Yo haré que com- 
prenda . . . Tú, Lena mía, sé dócil . Acasc 
todo esto pase inadvertido para mamá } 
para nuestros hermanos.... 

1— Piensas que sería yo feliz, que puedsí 



:;x 






ser feliz al lado de Juan ? . . . . i^esgracia 
por desgf^acia. . . prefiere la vergüenza de 
mi deshonra, á vivir á su lado. Juan no me 
ama, y no volverá . . . Así lo pienso desde 
que Filomena me leyó la carta esa qu< 
acabas de ver ... Y yo . . . ¡lo adoro ! 

Oyóse la voz de Alfonso que llegaba. 

— ¡ Silencio, Lena ! — No fe levantes . . . 
Estás delicada... Lenita mía... — agregó 
acariciándola, — calma, calma, y mucha fe 
en Dios! 

La hermosa señorita enjugó sus ojos, 
se arregló el cabello, y mirándose en el es- 
pejo del tocador, se pasó rápidamente por 
el rostro la borla de pluma. 
- — Quietecita, Elena, ... y pide á Dios 
que me, ayude ! 

— ¿Qué vas á hacer? 

— ¡Quietecita!. . . muy quieta, muv quie- 
ta! 

Y salió precipitadamente al corredor. 




I» / 



>' < 









'"j :'.y. -: ' ^f':.i,/. ■ ^- _'■' 



/ . 



,■• ■•■K•=5*•.■ 
•.■■- :... ■««:»«.> 









: V •• • ■ 



•ít- -. 



•1í;;ííí^ .--^ 



. " cn.ír' •';■■• iiiyíJ •)n.-^i!'[' i"- 



íjk; :_■ :]-! ¡v- 

, . J - ■ -í . •- i • . r ■ I ••tí. 



% 

>,,- 



J / 



•>!,;•. ',1. 






■, '^<■^\- 



•IM ■■>!!• 



• 1,- , ; -. =1 

'■■•'■ . . ■ r 



j ' ■ 



■-t> . 




i.' .'• 
















> 'r.-:!S.^> );;í¿V ^'^*''' '^ "■'■■• 'ííá^-Á;^v. 







<J|3 .■■v. mi;:, (.H] y.y^:.^ ■ •■• 


-ío/.iti'ÍJ^. X:fí-/:íí;f 




i _ 

y 


.!)■ t/KÍ no<! ;:7Í,:¡:t;; ' . 


:'^ji;^t;':>tf'{rf ^iíí-j; 


* ' .;- 4 






-: * 

''. ; ;■ -i. 


i',. 


. . .. .'"•'<íii\ <.',¡ :': ii'K' ; :, • ' 






[f 


•iíjM ■ . ii-'s,.- ■. -i .■ 


' I, '. * ' " 


, 



:rf,, 



^ OiífKp-¡--'oín. LXXXVI '^ :¡;r,';.;;>. 
^'' . ■ s; . . :- . ■ 

\r i!'? '.■ trr nnri-i /-" .i ,-. '■•> ■ . ; .. 

^^' — Ven acá. . . — dijo Margarita á su pri- 
ntó, ♦ornándole una mano, y llevándole al 
sofá,— i ven 2ick\ ¡Estoy muy triste! ^Muy 
tri<^ ! i Muy afligida ! Necesito de tu ca- 
riño' V de tus consuelos. . . . 
: i-Alfonso la Contempló un instante, em- 
belesado ante la ideal belleza de la blonda 
señorita. vj;í-> . i\. 

' — ^¿ Tú has llorado, Margot ? *' '^- ^ 
L r»Íjj^No. .1^ — contestó ésta, sonriendo do- 
, Ibirósamente. ''>'f<}- f^ ' -^ >JfT'rj<jñrti: «ifríi^v; 
♦^^Sí; tú has llorado... Sabré la causa 

dé* ese lloro Nunca miré en \x\ ros-' 

ti*6' una expresión tan angustiosa 

¿Qué te apena? Estás acongojada, .ifi»- ^■' 
, >■■— No.... " . . ..'-:">,;; .v^:"'Vr 
' > —Sí, alma mía. ..ív.X>/ > 



■^ ■■'..-■ 



• -.i 










-^ ■ ■ ■* 



>,>/-„• ^^ií^' 



& «-Siéntate aqüi, á mi íál^,' y escúeha- 
me. Quiero que me escuches, pero con 
mucha atención, con mucho cariño, con 
toda tu bondad, con la infinita bondad de 
tu alma ! Alfonso : ¡ tú eres bueno ! 

— ¿ Bueno yo ? ¿ Antes ? ¡ Quién sabe I De 
lo.jque estoy cierto es de que voy siendo 
bueno, merced á tí, merced á tu amor .... 
Deseo ser bueno, y serlo más y más cada 
día.... porque tú eres buena.... Mar- 
got : ¡ eres un ángel ! 

— ¡ Galante está el señorito ! — repuso 
la joven, en cuyos labios se dibujó una 
sonrisa de alegría, rápida y efímera, y en 
cuyos soberbios ojos centelló un relámpa- 
go de satisfacción.-T-Eres buenp, — siguió 

diciendo — -y yo quiero que lo seas más 

y más ! No comprendo, que una mujer ^me 
á quien sea malo, i Imposible J El amor es 
verdad, bondad y belleza. ¡ Sólo Dios ama 
á quienes le ofenden ! ¡Dios, que murió 
en la cruz por todos los pecadores ! ¡ Dios, 
que se regocija más cuando -^ntra en el 
cielo un culpable arrepentido que cuando 
llega un inocente! No puedo compren<kr 
que haya amor para un canalla. No me- 
rece ser ama4o quien no es capaz , d^ 
amar. Un hombre malo nó puede sentifi 
el amor.... Sabes lo que dijo. Santa, Te- 
resa? ' . ..../. '*" 

— No .... 

— Pues la Santa dijo: que si Satanás 



>.. 



^^U'^'^-'v^í-' -^4>\- 



-.S:" . ■ :■' éo7 - . ., ■■•■ .-*, 

fuera capaz de amar, dejaría de ser quieií . '" 
es!.... Pero... — agregó nerviosamente 2 
— j hablemos de otra cosa ! 

—¿Qué te apena, alma mía? Nunca te 
he visto así. . . . Padeces. , . . Dícenmelo. " 
tus ojos. . . . me lo revela tu semblante. . . . 
Cuéntame tu pena. ;*vv -- wi,i ti ■ v •; ; ,t, ^ 

-r-rVoy á contártela .... porqué con tal 
objeto te llamé. 

— Cuando me hablaste esta mañana, me 

dije : 2 qué me querrá Margot ? Sí por- ^ 

que es la primera vez que me llamas por 
teléfono,...^ 

—Temía yo molestarte ' • ' . • _ 

íf-T-A tiempo me llamaste En ese v 

momento iba yo á salir 

•^—Bien, pues óyeme; pero, te lo pido 
con todas las fuerzas de mi alma, escú- ^ 
chame con mucho cariño, con suma pa- 
ciencia. ■ .1^,' .;•' •■. ■ ■' : !■■'. ;;í,> .o^fs"^ /'-;- 
r— ^on todo mi amor. 

— i^Es tan triste; tan doloroso, y tan 
átrpz' lo que vas á saber. . . . que. . . no Sé - 
cómo empezar! ' >-' r^:h<M'- ¡yj^n-r, 

— ^¿De que se trata, alma mía? Me has 
puesto en desazón ¿Se trata de la li- 
quidación esa de mi padre con tu mamá? ^ 

—i No! — replicó la joven con viveza. J 
— :¿ De dinero ? ¡ Quién piensa en eso ! La 
liquidación, está hecha y aceptada. ,^^^ 

— Pues... entonces.... ¿de qué? i'" % 

■ — De algo gravísimo. / - 



■- ;.^í^,-. 



6oí fv 

■ .' iS'. 



— ¿Qué será ello? 
— ^¿Tienes noticias de lo que Juan ha 
H hecho en Pluviosilla ? 

?I ' — No. • ''-íuv i.Ko. o!.> íom;>i(<«ír 4; 

■ . — Pues lee en esos papeles que están 

ahí, á tu lado, en ese sillón No; — di- 

■^^ jo interrumpiéndose, — ¿para qué? Yo voy 

á decirte en pocas palabras lo que cuentan 

* ;\^ esos periódicos, y.... lo que nos dicen 

: *. de Pluviosilla personas verídicas y bien 

^ ;' impuestas c 

,v '."'•' Alfonso interrogó á su prima con una 
.:[ '. mirada. -'•' •' •/■■>í/iaii í^\ f^; 

— Juan... se ha llevado á Concha Mi- 
jares. La fuga, el rapto, como dicen los 
periódicos, ha causado grandísimo escán- 
„ ^ dalo. .. . ;!h;:. .. gv .;<i: /.jfJoífrO; 

— "¡Juan es capaz de eso, y de mucho 
más ! - 1 '. ■ ■-.<,i - j.;m, ; ¡n 

— ¡Vaya si lo es! "' ' .t uo-i '¡r-rj^f 
/:<^- — ¿Y eso es lo que te apena? El es un 

".:- calavera incorregible. . . Ella. . . ¡tú la co- 

;* ' ñores mejor que yo! ¡ Peor para ellos!. . . 
: \ Mi padre nada sabe... No es ésta la pri- 
--, , mera locura de Juan... En Tíouyille y 
;^:_/ en Niza... v? •;>;'■! :,..k;^ r^^í.^up oCp ;, - 
,' — ¡No me cuentes asquerosidades,' Al- 

u ' fonso ! 

V' ' — :No, señorita mía no las contaré.... 

•]; ■ - — Yo soy quien las va á referir. ;<lv- 
^ .' " ' Cuando Margarita dijo esto tenía los 
ojos llenos de lágrimas, y trémula y afligi- 



v.^-.. >.^ 



■V. • 



da retorcía impaciente la borlilla de seda 
de un cojín. Alfonso, conmovido por el 
llanto de su prima, compadecido de la pe- 
na profunda que la atormentaba, sintió 
impulsos de acariciar aquella linda <:abe- 
za rubia, doblegada por el dolor, pero se 
contuvo, y limitóse á ofrecerle el pañuelo. 
— Sí,— dijo Margarita, como rompien- 
do interno diálogo, — ^yo las referiré 

las referiré haciendo un esfuerzo supremo, 
á la manera de quien se ve obligado á 
tocar un sapo repugnante, ó á tomar un 
lienzo inmundo. 

— ¡No puedo comprenderte, Margot! — 
contestó Alfonso, inquieto y agitado por 
la urgencia de su curiosidad. 
— ¡ Ojalá no <me comprendieras ! 
Alfonso palideció sobrecogido de sus« 
' to y asaltado por un presentimiento vago, 

pero atormentador. 
f — Habla . . , No acierto á adivinar lo que 
quieres que adivine. 

— ^¿Observaste alguna vez la inclinación 
de tu hermano hacia mi hermana? 
f —Sí. 

. — ; Observaste también la predilección 
de Elena para Juan? 
—¿ Sí ? Pues . . . bien ... ■ ; ' - 

— Te cohiprendo . . . que son novios y 
que las locuras de mi hermano han venido 

r 
Í-- ' ^" ■ ■ ■ - 

■»- ' . Parientes Ricos.— 77 



6io I 

á malograr las esperanzas y las ilusiones 
de esa pobre niña, no es eso? 

— Algo más. 

— ¿Algo más? No te entiendo. ¿Que 
más puede ser? No te comprendo 

— No quieres comprenderme, ó mejor 
dicho, no puedes comprenderme. 

— Margarita se detuvo un instante, 
ahogando un sollozo. Dominóse y dijo: 

— No me entiendes, y. . . . ¡y yo no se 
cómo decirte lo que á decirte voy! 

— Margarita mía... — dijo Alfonso su- 
plicante, tomando á la joven una mano — 
¡ Margarita mía .... habla sin temor ! 

— La creciente palidez de tu rostro, lo 
inquieto de tu mirada, lo trémulo de tu 
voz me indican . . . que ya, vas entendién- 
dome. 

Y la joven retiró su mano de entre las 
manos de su amante. 

— Me espanto de lo que estoy pensan- 
do. . . . 

— i Sin duda has acertado ya ! Y Juan 
se ha marchado, y al irse da un escánda- 
lo, contesta fríamente á los ruegos de Ele- 
na, le dice que volverá. . . y la infeliz cie- 
ga, mí pobre hermana .... cuyo infortu- 
nio no tiene nombre, reunirá una deshon- 
ra á su desdicha ¡La desventurada. . . 

no tendrá en sus dolores. . . ni el consue- 
lo de verse en los ojos de su hijo! 

Atónito el mancebo se puso en pie ; pe- 



■:■:'' ' , c. ■'''■:'.■' ..-•. :'•' ' ^'f-r-'-^r^'. 

Olí ■■-..,'■.-;- : '/, a- ■ ¡^ 

r6"á poco volvió á su asiento, se acomodó 
en él, se mesó el cabello, y abatido, som- 
brío, sin una palabra que acudiera á sus 
labios, fijó en el límpido cielo invernal, 
en el girón cerúleo que desde allí 
cubría, una mirada de horrorosa desespe- 
ración. Margot sollozaba convulsamente. 
Después de largo rato de silencio, Al- 
fonso prorrumpió : - 
— ¡ Eso no tiene nombre ! ' 
— No le tiene. . . . — repuso Mai garita, 
y continuó en tono más sereno : — Ni ma- 
má ni ñiis hermanos saben nada .... pero 
tendrán que saberlo . . Hoy lo supe \'o . . . 
La joven refirió entonces lo acaecido 
esa mañana, al tener noticia de la fuga de 
Concha Mijares, y cómo Filomena, en 
los últimos días piadosa depositaría de tal 
secreto, se le había descubierto algunas 
horas antes. 

— ¿Qué haremos? — preguntó Alfonso 
después de escuchar el triste relato. 

— ¡ Eso mismo me pregunto yo, Alfon- 
so! 
— La situación es atroz, Margarita mía! 
— Sí que lo es. 
— Si Juan estuviera aquí ... 
— i Si Juan estuviera aquí, — exclamó 
Margot en un arranque de cólera, — si 
Juan estuviera aquí .... Pablo se encar- 
garía de arreglarlo todo! J- 

Alfonso no contestó. La joven siguió 
diciendo : 



... • s^ ■■ ■ ■-'—... 



612 



— Ha" huido como un cobarde, como un 
ladrón nocturno ... ¡ Qué tiempos estos ! 
Es honrado, honradísimo, quien no se to- 
ma un centavo ajeno. .. . Merece cárcel 
quien se hurta unos cuantos duros, una 
cartera, un reloj ó una jaya. ... Y no hay 
presidios para quien roba el honor, para 
quien inunda alma y familia en océa- 
nos de hiél y de oprobio ! Da asco el ir por 
esas calles . . . . ¡ Con cuántos bandidos, ro- 
badores de honras, no nos encontramos 
diariamente, á cada paso, en esas calles 
ruidosas, en esa brillante ciudad, en ese 
cenagal pestífero ! ¡ Y tenemos que salu- 
darlos, que contestar á sus palabras, que 
darles la mano ! . . . . Y eso no es sólo aquí, 
¡ es en todas partes ! . . . . Dan asco la hu- 
manidad y la vida. No vale la pena la 
vida, si hemos de saber ó de sospechar ta- 
les cosas . . . Juan ha huido como un bri- 
bón . . . Un caballero debía .... 

— Seamos justos, Margot Ese 

viaje lo dispuso y lo ordenó mi padre... 
No disculpo á mi hermano, antes, por lo 

contrario, me cansa horror su proceder 

pero él no pensaba en hacer ese viaje, que 
obedece, tal creo, á una operación mer- 
cantil. 

— Acaso . . . Pero Juan no ha debido ir- 
se. Cuando se rueda así, tan misererable- 
mente, por los abismos de la maldad, has- 
ta caer en tamaños pudrideros, sólo un 






ét3 

canalla se queda y sigue revolcándose en 
los fangos del londo. ^1 homore de valer, 
el hombre de cori.zón hidalgo, el hombre 
bien nacido, el hombre de honor, se le- 
vanta y sube, sube, aunque al terminar el 
ascenso esté moribundo ! ¿ Tengo razón, 
ó no la tengo? Respóndeme. 

Alfonso contestó que si, moviendo la 
cabeza. 

— Y ahora, ¿qué nos falta ya? Nada. 
¿ Desgracias ? ¡ Hemos tenido tantas ! Por 
algo se llevó Dios á nuestro padre. ¿Po- 
breza ? La tenemos ; pero la hemos llevado 
noblemente, y la sufrimos con alto decoro. 
Bajamos, no de la opulencia, pero si de 
[• una buena posición, y, entonces, como an- 
í tes, supimos siempre conservar y seguir 
\ mereciendo la estimación y el respeto de 
■ todos. Ahora... ¿qué nos queda? El re- 
curso de ir á ocultar nuestra deshonra y 
nuestra vergüenza en el rincón de una 
aldea ... Y eso será lo único que, tal vez, 
nos haga dignos de una sombra de respe- 
to, de un sentimiento compasivo. Un re- 
tiro olvidado .... será para nosotros la 
única ambición. 

— ¿Y si Juan vuelve, y vuelve pronto, y 
se casa con Elena? 

— Entonces .... ¡ entonces dirían las 
gentes que mi hermana soportaba el en- 
redo ese el lío ... . ¿no dicen así ? ¿ el 

lío? El lío con nuestra amiga Conchita 






614 

Mijares! V dirán más: que aquí, en esta 
casa hcjuradísinia, tuv(í principio esa nove- 
lita naturalista ; que nosotros la vi- 
mos principiar, y hasta dirán que la favo- 
recimos ! 

— i Exageras, Margot ! 
— Me ocurre otra cosa : si tu hermano 
viniera, y como buen caballero se casara 
con Elena, ¿la haría feliz? Responde. 

— d Qnién penetra las sombras de lo por- 
venir? 

— ¡ No la haría feliz ! En Juan no hay al- 
teza de carácter, ni sentido moral. . . . ¡ No 
he podido encontrar en ese espíritu ni un 
sentimiento noble, ni una idea generosa!. . 

— Ya te lo tengo dicho. ... l 

— ¡ Infeliz Elena ! 

— Margarita mía : es preciso que Juan 
regrese .... y cumpla con su deber ..... 
Hoy mismo impondré de todo á mis pa- 
dres. 

— Quienes se opondrán á esa boda . . . 

— ¿Por qué dices eso? 

— Porque ese casamiento sería una lo- 
cura. ... 

— i Peor para mi hermano ! 

— ¡Tú puedes pensar así, pero yo no! 
No quiero ver triplicado el infortunio de 
Elena. Además... por otros motivos tU5? 
padres se opondrán á esa boda. 

— ¿Por cuáles? 

— Mis tíos tolerarán, en último caso, 



. ;..>a.rl-.-: 



'^J^'^TWT^ 



<>i5 



que alguno de ustedes se case con una pú-' 
bre .... pero después de la falta de Ele- 
na, sí, falta, (con dolor lo confieso) dirán, 
y con justicia, que mi hermana no merece 
á Juan .... 

— El caso es excepcional. 

— Si lo es. . . . 

—'Por lo mismo, hablaré con mis pa- 
dres. 

— Al venir á tu encuentro, al llamarte 
por teléfono esta mañana, para que supie- 
ras de este dramita íntimo, pensaba yo ro- 
garte que me acompañaras á ver á mis 
tíos, para pedirles solemnemente, de rodi- 
llas si era preciso, que hicieran regresar 
á Juan y le obligaran á reparar su falta. 
Ahora pienso de otro modo. Lena sería 

muy desdichada al lado de Juan ¡ Eso 

es patente ! ¿ Un matrimonio ? ¡ Desgracia 
sobre desgracia! Además, Elena no lo pi- 
de, ni lo desea. 

— ^:Por qué? , 

&, — No le ama .... — y Margarita se apre- 
suró á enmendar su respuesta — Sí, sí le 
. ama ! ¡ Esa es su única disculpa ! ¡ Le ama, 
pero .... no le estima ! . . . 
!■- — Hablaré con mis padres. 
I — Yo no haría tal. 

— Es mi deber. ... 

— Ciertamente. 

• — Ellos estarán de la parte nuestra. 

— Acaso... pero ¿qué se conseguiría? 



"S ti ,■'•'..'■ ■7/'' J*'-*?^ ---S?»*', 



6i6 



• — Que obliguen á Juan á reparar sU 
falta. 
— Es decir . . . á aumentar la infelicidad 

de mi hermana ¿Qué mujer podrá ser 

feliz al lado de Juan ? ¡ Ni Concha Mijares ! 
Pues imagínate á una ciega al lado de ese 
hombre. . . . 

— ¡ Por la Virgen Santisima, Margot ! 
La blonda señorita quedó en silencio, 
doblando y desdoblando el pañuelo que 
Alfonso le había dado. El joven, cazisbajo 
y mudo, contaba las flores del tapete, 
mientras en su cabeza se revolvían pensa- 
mientos encontrados. Al cabo de un lar- 
go rato de cavilación, dijo incorporán- 
dose en el asiento: 

— Margarita mía: te amo cojí toda mi 
alma. En tí he encontrado un ángel reden- 
tor. De mí, del indiferenfe, del maleado 
por cien filosofías perversas y ponzoñosas ; 
del entenebrecido por la flamante literatu- 
ra, has hecho un hombre religioso, un cre- 
yente; de quien arrastró sus primeros 
años juveniles por los bulevares de París 
y de Viena, has hecho un hombre de altas 
y serenas aspiraciones ; del cansado de la 
vida, del pesimista incipiente, hiciste un 
satisfecho de la existencia; de quien llo- 
raba desengaños, hiciste un enamorado, di- 
choso y feliz, porque es dueño de tu cora- 
zón, de tu alma, de tu destino y de tu feli- 
cidad ; del que desfallecía desencantado hi- 






617 



Ciste un mozo que sueña azules sueños . . 
Te amo y me amas . . . Pues bien . . . pediré 
tu mano, y serás mi esposa!... Esto, en 
lo cual pienso desde hace muchos días, 
vendrá á tiempo, y resolverá en parte la 

tremenda dificultad en que estamos 

Nos casaremos, se casará Juan con Elena, 
y la tempestad habrá pasado ! Mañana pe- 
diré tu mano. 

— ¡ Jamás ! — exclamó la blonda niña, ir- 
guiéndose con dignidad regia. — ¡ Jamás ! 
Juan ha abierto entre nosotros dos un 
abismo. Te amo, sí, te amo ! No porque 
eres guapo é inteligente y rico.... ¡Te 
amaría aunque fueses un mendigo ! ¡ Te 
amo porque eres bueno ! ¡ Te amo, te ama- 
ré siempre .... hasta la hora de mi muer- 
te.... y después, más allá, en el cielo! 
Pero no puedo ser tu esposa. El decoro 
me lo impide . . . Me lo veda la dignidad. 
La vida que te había consagrado tiene ya 
otro destino. Hace un momento, mientras 
tu callabas, y yo jugaba con este pañuelo, 
lo he resuelto. 

— ¿Un convento? 

— ¡ No he nacido para monja ! . . . . 

— ¿Qué destino es ese? 

— ¡Ser para ese niño infeliz una madre 
abnegada y cariñosa ! 

— ¡ Por Dios, Margarita ! ¿ No me amas ? 

— ¡ Con toda mi alma, con todas las 
energías de mi ser! , 

Parientes Ricos,— 78. 






- 6iá 

— ¿ Pues .... entonces ? 

— ¡No insistas! Esta noche (Dios me 
dará fortaleza) sabrán mi madre y mis 
hermanos lo que pasa. Me escucharán, 
(siempre me escuchan y siguen mis conse- 
jos,) y nos iremos de aqui, muy lejos de 
aquí, á ocultar nuestra desgracia y nues- 
tra vergüenza ! 

— i Margarita ! . . . . Me amas y no po- 
drás olvidarme. . . . 

— No quiero olvidarte . . . Vivirás en 
mi corazón. 

— Una súplica . . . No digas nada á los 
tuyos, mientras yo no hable con mis pa- 
dres. Hoy no podré hacerlo, sino muy 
tarde .... Papá está citado por el Secre- 
tario de Hacienda ... El empréstito ha si- 
do cubierto en Londres . . . Tal vez Juan 
llegue tarde. 

— j Haz lo que quieras !. . . . 

Quedóse pensativa Margot. A poco di- 
jo: 

— Alfonso : Dios sabe cuánto te he que- 
rido y cómo te amo ; El sabe que te ama- 
ré siempre .... Digámonos adiós. 

— Margot .... — suplicó el mancebo. 
- -7-Dicho y resuelto está. Mi digpidad 
de hermana y mi decoro de mujer que se 
complace en vivir por sobre los fangos de 
este mísero mundo, me apartan de tí. 
¡ Guárdeme Dios de que diera yo motivo 
para que alguien tuviera derecho á decir 












éi<^ 



que yo tolero ó disimulo lo que la socie- 
dad ignora aún, y que tal vez no quede 
oculto ! ¡ Guárdeme el cielo de parecer que 
transijo con ciertas cosas ! 

— ¡ Margot ! . . . — murmuró tímidamente 
Alfonso, rendido á la enérgica resolución 
de la joven. 

— ¡ Digámonos adiós ! Tu presencia en 
esta casa será mal vista en lo futuro .... 
y nosotros no podremos evitarlo. Será mal 
vista .... No por causa tuya, que eres 
acreedor á la mayor estimación. . . . ¡ Por 
causa de Juan ! Se diría que el interés. . . . 
se diría que nuestro rebajamietno moral. .. 
¡ En fin, no quiero hablar de eso ! ¡ Adiós, 
Alfonso ! ¡ Sé. digno de tu alma nobilísima ! 
Acaso te olvides de esta pobre mujer que 
tanto te quiere ... ¡Se olvida con tanta 
facilidad en esta vida ! Si algún día quieres 
casarte .... busca para compañera de tu 
vida una joven que te quiera tanto como 
yo; que te quiera mucho, porque como te. 
amo 'yo, nadie te amará! ¡Elige una espo- 
sa merecedora de tu amor! 

— ¡ Ten piedad de mí, Margarita ! 

Entonces la rubia doncella se levantó, 
asió las manos de su primo, se las estre- 
chó apasionadamente, y le bañó con una 
inmensa mirada de amor v de ternura. 
Después, bajos los ojos, el acento trémulo, 
di jóle: —"¡Adiós!" . . - ~ , 

Lágrimas de fuego cayeron en las ma- 
nos de Alfonso. 






V ^'^yír^ 






. é 



20 



Salió éste con el corazón hecho pedazos, 
pero iluminada el alma con la rernota cla- 
ridad de una dulce esperanza. Al salir de 
aquella casa, tal vez para siempre, pudo 
oir el desgarrador y congojoso llanto de 
Margarita. 

En ese momento entró Elena en la sa- 
la. Margarita corrió á su encuentro, y las 
hermanas se abrazaron. 

' — i Todo lo he oído ! — exclamó la ciega. 
— Has hecho muy bien : lo que tu pien- 
sas .... pienso yo ! . . . . Comprendo tu sa- 
crificio.... ¡Perdóname, Margarita, per- 
dóname ! 

La joven apartó los brazos que la su- 
jetaban, y secándose los ojos, se dirigió 
al escritorio, y muy de prisa, con ansia fe- 
bril, pero con el pulso firme y resuelto, es- 
cribió larguísima carta, en cuya cubierta 
puso : 

Al R. P. - : - 

■y P. Anticelli, S. J. í .. 

• ', ■■_ i 

. - Iglesia de Santa Marta, '¡^ . 

' • Pluviosilla." i :' 



t/! 



r-. 



;' i 



-1» 




m-- -.^ 



LXXXVII 



La escena fué larga y enojosa. Oyó don 
Juan á Alfonso, y dijo con ruda franqueza : 

— Siempre creí que esa familia'. . . fuera 
para nosotros causa de muy graves dis- 
gustos. Yo, Alfonso, entiéndelo, ni quito 
ni pongo rey . . . ¡ Allá se las avengan ! Al- 
go así me esperaba yo, aunque no creí 
nunca que las cosas llegasen á tal punto 
¡ Parece que la familia de mi hermano Ra- 
món está destinada á ser nuestra mala 
sombra ! 

— i Preocupación tuya, papá! : -' •*■ 

— No, Alfonso : no es preocupación mía. 

— Tiene razón tu padre, Alfonso. ¡Bue- 
nos ratos le dio tu tío! Y cufnta que Ju^n 
hizo por él cuanto pudo . . . Prueba de ello 



tf ' * 




^, 


'N' ' , 







622 

es la liquidación que acaba de hacer con 
Lola. . . . ¡ Y qué trabajo no ha costado el 
arreglo de la tal liquidación! 

— Bien, mamá; — replicó el joven, — pero 
ahora no se trata de eso... se trata de 
que mi hermano se ha conducido mal; de 
que ha abusado de la confianza nuestra, y 
de la confianza de mi tía y de mis primos ; 
de que ha robado el honor á una pobre 
muchacha, prima suya, buena y digna de 
mejor suerte! 

— ¿ Buena, dices ? ¡ Los resultados lo 
comprueban ! 

— De cualquiera manera, mamá. . .^—re- 
puso Alfonso respetuosamente, — Juan no 
es inocente. ¿Quién tuvo razón, antes de 
ahora, para hablar mal de Elena? ¡ Bastan- 
te tenía la infeliz con su ceguera ! 

El banquero, repantigado en su asiento, 
fumando' un habano, seguía atentamente 
la conversación. 

— Confieso que Juan ha debido portar- 
se de otro modo. ¿Pero quién nos asegu- 
ra que el muchacho, cuya cabeza de chor- 
lito es mi eterna pesadilla, no haya sido 
víctima de un plan bien fraguado, y que 
no hava caído en un lazo? 

— Mamá... ¡por Dios! 

— Desengáñate : el P. Grossi. que no só- 
lo es un sabio y un santo, sino también 
nn hombre de mundo.. . . 

— Y cuyo influjo puede ser fatal en es- 



,*=.;\ 



N • - 

r 623 

ta casa. . . — interrumpió diciendo Alfonso. 

— ¡ Por lo contrario, Alfonso ! Me parece 
benéfico, iliuy benéfico, muy benéfico ! , . . 
Ustedes, tú, y tu hermano, no lo quieren, 
porque no les gusta nada que huela á igle- 
sia . ¡ Consecuencia de las ideas que tra- 
jeron de Suiza! ¡No sé yo cómo educa:; 
en esos colegios tan afamados ! El P. Gros- 
si me lo anunció im día. Ale dijo que es- 
tuviese yo alerta. Me parece que estoy 
oyendo sus palabras. . . "Mi señora; cuide 
usted de esos muchachos . . . porque me 
parece que las primitas los quieren atra- 
par!... Y después me dijo, lo que ya sa- 
bía yo, que los enlaces entre parientes no 
son buenos; que traen mil. . . (no recuer- 
do qué palabra usó) mil . . . perturbaciones, 
físicas y morales ; que por eso han degene- 
rado muchas dinastías ; y me dijo que si 
yo no creía en eso, que lo consultara yo 
con el Dr. Mendizábal, ó con el Dr. La 
vista; que por ese motivo la Iglesia, en sti 
portentosa sabiduría, es tan discreta en 
ese punto ; que la Ciencia ha venido á dar- 
le la razón á la Iglesia. Sí, sí, ; quién es 
responsable de que Juan no haya caído en 
un lazo, hábilmente tendido? 
■ — ¿Oué motivos tiene usted parn pen- 
sar así? — preguntó Alfonso contrariado, 
y mns que contrariado, afligido, 

— No los tengo. . . pero, ya me conoces, 
peco de maliciosa. 






■■-i^-^/-'' ■^':^.'!yr-y^:j!íi:9^^w^- - ¡vim. 



624 

— Lo cual puede extraviar á cada rato 
el recto criterio de usted ! 

— Di lo que gustes. . . pero yo no olvido 
nunca aquello de... piensa mal y aceita- 
rás . . . ¿ No eres novio de Margarita ? 

— Sí .... 

— ¡ Pues ya lo ves ! . . . ¡ Qué casualidad 
que las dos hermanas se hayan enamorado 
de los dos hermanos ! 
. — j Mamá ! 

— Cuando el dinero no abunda, hijo 
mío. . . 

— ¡ Maldito dinero ! 

— Que sirve para todo ... 

— Hasta para que Juan cometa infa- 
mias ... y llegue á París ... no con una 
princesa rusa, sino con una princesa az- 
teca. 

— ¡ Ello es que sirve ! 

— i Hasta para darlo á puñados al P. 
Grossi ! ■ 

Y volviéndose á don Juan, díjole : 

— Papá: ¿cree usted que mi hermano ha 
procedido bien? 

—No. 

— ¿ Cree usted que debe volver, y vo!'-e" 
pronto, á reparar esa falta?... 

— Sí : pero. . . sí conviene!. . . 

— ¡Pues no ha de convenir!" 

— ;Ya has oído á tu mamá! 

— Sí ; tensfo In creencia df que. de^do 
que llegaron á "Méjico, se dí.i'^ron : ¡'A 



i-Vv-L -í**S¿*,>^í>¿-Vj,». 



''■'--. ■ ' ■" • '^ ■ ""■-■- •^í, - ,'-;• 

,•-'■• .' A,». ■;■;.*£• ■'■.•- ^ -- •■: 

.- . ■• - , 025 ' -- ^ -^^'vN^f ■:, -..■-.::; 

casar á Margarita y á Elena coviiAlkiii^so 
y con Juan!" 

— Mamá . . . j Margarita vale mucho ! 

— No lo dudo 

— ¡Es un ángel! .. ■ X, - .jhn^ii'í^ ^ .~ ;;; 

— Que se quiere casar contigo. 

— jAhl Mamá... jsi usted supiera! 

— Cuéntame eso que quieres que yo se- 
pa. - ■ - ..- - ^ 

— Que Margarita con una energía y con 
una dignidad sublimes . . . hoy, hace unas 
cuántas horas, ha rehusado mi mano. 

— Procedió cuerdamente . . . porque ni 
tu padre ni yo aprobaríamos tal casamien- 
to. . . ¿ no es cierto, Juan ? 

El banquero alzó los hombros desdeño-t 
sámente. 

— Sepa usted, mamá, que si Margarita 
aceptara mi maño, nada me detendría. . . . 
¡ nada ! 

: — j Eres dueño de hacer lo^ que te plaz • 
ca . . . ! Pero no contarías con tu padre, ni 
conmigo. ... Ya lo he dicho: no aprobaré 
jamás enlaces entre parientes!... Tú, Al->v 
fo^iso mío. . . tienes mejor de&tino !. . , 

Alfonso volvió los ojos hacia; §1; .padrea 
que permanecía inmóvil. : -^,y.í.i,}.^:_-^\,^i^^^, 
. -i-¡ Bien ! . . . No insisto.. Mar^ríta rerr^ 
husa mi mano con motivíau (Je Winía.miá 
de Juan ... Si éste cumpliera como caba- 
llero. . . acaso Margarita se rendiría á mis 
suplicas.,', ¡Papá! — dijo el joven en to- 

: . ratientas Ricos,— 79 



'•A" ' 






^y-]/-;* no toleinfic. — ^¿No se cree usted obligaUo, 
^^^ \i' ^^ conciencia, á llamar á Juan para que 

se case con Elena?' 
"Tardó en responder. ... Lanzó por fin 

una bocanada de humo, y dijo secamente: 

¿S¿:>^/'— No, • ' ■ 

'• ¿>V^ — ^** familia tiene razón; esa familia.... 
^ _^'* Dígame usted: si Pablo hubiese seducido 
;*^?Xl- á mi hermana María. . . (el ejemplo es Jho- 
fir- ■ -f ríble, no es verdad?) qué harían ustedes? 
:'.^*'-, *. " Ninguno contestó. 
t'í-'-'v^ . — i Favor de responder, papá!... 
■;r^>^ ;• *r — ¡Mamá... responda usted! 
ryv*-^;> Alfonso, abatido, sentóse impaciente en 
un sillón. Estaba pálido, y sus ojos brilla- 



■ "i '>*. han como los de un loco 






— ¡ No sé lo que haría ? — respondió fría- 
, mente el capitalista, — ¡No me había ocit- 
J.^S rrído semejante cosa! Un matrimonio du- 
^C'* ' ra toda la vida .. . 
"^V :'.'-}. - Entonces habló doña Carmen : 

': ' — ¡Por María! ¡Por ella me opongo y. 
me opondré siempre á ese casamiento. No 
^;;'.r* quiero que esa niña inocente sepa lo í^ue 
^;*C/, no debe saber... Nuestra tolerancia in»- 
'"' portaría un mal ejemplo que mi conciencia 

me impide dar. Juan No permitas oue 

' mi hijo regrese ¡ Qué se quede en Eu- 

■^ ropa! Me es penoso vivir lejos de él.... 









'f. 



pero estoy dispuesta á ese sacrificio ! 
" — No volverá, — dijo secamente él bni»- 
quero: — ¡ Cómo que para salvarle k hicu' 
marchar á Francia! 



E -"•'■■ : •'. • * ■ • " .- ' > 

ütóyf'A-íí«-«\ \. -..,; ,_,;; :.;■., \' _. . ..-- ■ - ;'-^ 









di 



^i^. 






. Quedóse Alfonso atónito: no sé que 
muy negro, algo muy tenebroso, bajó de 
su cabeza hasta su corazón, haciéndosele:-' 
pedazos ; algo que lastimaba en aquella al- ', 
ma sensible y delicada los más puros afee?'' ¿ 
tos: cierto desprecio por sus padres. . " /'^-íl 

—Te autorizo... para que digas á tu t\fl^.'-t*'^^*j^ 
— terminó diciendo el banquero, tras breve - ? -. - 
pausa, — que lo sé todo: que no soy, como •" ,: 
pudiera suponerlo, un descastado; que se- - 
ñalo á Elena una pensión vitalicia... > f." 

Sintióse Alfonso abochornado, y pensó : '. "'. 
**¿Y por qué no señalar otra pensión á "^ ^ 
Conchita Mijares?" Iba á decirlo, pero el 
respeto filial le hizo callar humildemente. 
Levantóse, se despidió, besó en la frente 
á sus padres, y bajó á su departamento. 






"H 



>y t^. 







w 


















.^n ■.'*■■■ 'y ^?.^.í-, . 





















i' 



■:>• 
■•.-•íf.' 












^■■'-'■■■'■yf?' \ 






_ 't 



- , ...,■■ .-'ay,?v, 

... ... v ., ..• ^>.;< ■ p.^.^ 



■-, .,, íi, 









^-'-^, 



H ■■,-/'f' 






Í4 -Sa.;.»-- 



■s?..'^ 



' ' ' :-v. ■-'•■--■ í ■■ • ■■ - /,v/ '"í^''^'; «T;";' »¿í 5H' '■ 

'5 , .'' ' r- í ■ • --i infc 






LXXXVIII 



i*. -- .- 



'A-yfe 



■■».-1'jI.íí: ,-»>;'V»-.i 



Cuando Alfonso subía la escaleríi, si 
camarero que le esperaba allí se apresuró 
ri encender los focos de la habitación. En- 
tró el mancebo, y el criado se acercó pa- 
< *r3. ayudarle á desvestirse. k« 

,,^ —¿Qué hora es? — preguntó el joven. 
■^: ~^Las doce, — le contestó el mozo. 
^; — Toma...^ — dijo en voz baja Alfonso, 
>^ntre^ándole sombrero, guantes y sobre- 
todo.— Y.-. . vete 1 /ííi, .r 

El criado defó á un lado, en el dívancí- , 
lio, cuanto había recibido; encenc'ió la bu- 
jia de la mesa de noche; mulló los almo- 
- hadpnes ; arregló el edredón, sobre el. cual 
se desbordaba el embozo de una sál»ana ri- 
cjuísima ; puso en la cama la camisa, d<? dor- 
mir, é iba ¿*-r(^tirárse, cuando le ocurrió, 

;«■-■-;" :^¥^ 
. :r-y-J-: '-■■>■ 
■ ■ . ■.■y^!:*iíry :¿^ 







débíia insista (^^•^^^'é$te aceptara su auxi- 
lio para desvestirse. Acercóse el camarero^ 
pero Alfonso, al verle cerca, ríespidióle 
bruscamente, repitiendo : 

— I Vete í í Vete I... Despiértame á las 
nueve. 

Inclinóse respetuoso el cantarero, y se 
fué. 

— jNo apagues! — gritóle el joven, á 
tiempo que se extinguían los focos eléctri- 
cos, dejando ver, por un instante, el rojo 
efímero de su alambre incandescente. 

Regresó el criado, 

— Decía usted .... 

— íQue no apagaras í 

Salió el camarero, y los íocos volvieron 
á encenderse. - 

Quitóse Juan la americarta. el chaleco, la 
corbata y los puños, púsose ('1 batín, y 
echóse á pasear á lo largo de las habitacio- 
nes, desde las alcobas hasta el saloncito. 
Ardíale la cabeza, y en su cerebro mil y 
mil pensamientos se agitaban y revolvían 
en formidables luchas. No/se diba cuenta 
k de ío que pensaba, ni de lo que deseaba 
pensar. La voluntad parecía como aniqui- 
lada en él. Nervioso, inquieto, febril, iba 
y venía, sin detenerse para nada, sin que 
pudiera serenarse, sin consegi'ír calma pa- 
ra su espíritu conturbado y dolorido. De- 
seaba silencio, y el ruido de "lo»- carruaje* 






V,'' ■ 









^que pasaban le causaba impaciencia. A ve- 
c<;s era el de un coche de sitio cuyos vi- 
drios retemblaban horrorosamente; otras 
el solemne, uniforme y sordo de un tren 
rico, tirado por soberbio tronco, cuyas 
fuertes, poderosas pisadas, resonaban ?i 
compás en la calle solitaria. El reloj do 
"La Esmeralda" dio las doce. . . Otros re- 
lojes públicos las dieron también. Por fin 
hubo silencio... que pronto fué turbado 
por el vocear de un vendedor qu€ prego- 
naba las últimas castañas. . . Impaciente y 
contrariado, detúvose Alfonso en el salon- 
cito, encendió un cigarrillo, y se sentó en 
el sofá, j Cómo le entristeció el suntuoso 
aspecto de aquella estancia, que iluminada 
por varios focos, velados por una pantalla 
de seda parecía de marfil ! ¡ Cómo «e le vi 
no á la memoria la esbelta y procer figura 
de Margot, aquella mañana en que vino 
con Elena á visitar aquel departamento! 
"Aquí estuvo sentada, — se decía Alfonso, 
— aquí posó sus plantas • encantada del gus- 
to y de la elegante disposición del salonci- 
11o y del gabinete!" Entonces todo sonreía, ' 
todo era amable, como el cielo de Niza en 
una mañana de primavera. . . ¡ Cuan pron- 
to se mudan las cosas ! ¡ Qué rápidamente 
se van los buenos y hermosos días, y qué 
pronto llegan las horas tristes y las tardes 
nubladas ! Pero él . . . nunca había sufrido 
tanto, ni se había sentido atormentado por 









t w^m^r<'^'\- ■• ■"" *^»íy<K'--7^ '<^>?i^^ly^ 






63-' 






nna pena; tan hondal Bien recordaba él 
aquella tarde, cuando en Niza, viniendo en 
un faetón, de vuelta del Paseo. de los In- 
gleses, supo de labios del Barón de Ka- 
mienski (aquel pianista polonés, tan hábil 
y tan listo, y que tocaba tan lindas ma- 
zurcas), el casamiento de Ruth con el in- 

glesito Y i ciertamente que s¡ntit> 

como si le hubieran clavado un dardo et» 
mitad del pecho ! ; pero aquello . . , era otra 

cosa muy distinta de ésta Aquellos 

amores fueron un delirio ... una copa de- 
vino de Champagne después de una batallrí 
de flores.... y nada más!... Pero aho^ 
ra. . . ¡perder á Margarita ! fA Margari- 
ta, tan bella, tan dulce, tan inteligente, tan 
buena I. . . ¿ Y por qué, por qué? ¡ Por caii- 
sa de Juan ! ¿ Por qué había de pagar él 
faltas de otro? Y quería encontrar en la 
conducta de Margarita algo digno de cen- 
sura ¿Era orgullosa, con ese orgullo 

que suelen tener los débiles, los pobres v 
ios humildes, y que á las veces raya en te 
rrible insolencia ; orgullo que los hace er- 
guirse cuando se sienten heridos ó lasti- 
mados por la superioridad social de la ri- 
queza? No. ¿Era una comedíanta que por 
primera vez representaba dramas tirante.^ 
y patéticos? No. ¿Seria cierto lo que mi 
madre piensa ; — se decía receloso^ — que es- 
tos amores, los de Margot conmigo, y los 
íle Juan con Elena, obedecen á uti calca- 



/^^ J*'*^/- A ^ ií 



'■?^T'W'i:-^v*:-^ífy' *''>i^ Tt., 'T ■ 



■i^^4 



g:r 



633 ' 

lado plan? ¡No!. . . y apartó de sí, enérgi- 
camente, aquella idea satánica, y al apar- 
tarla, le pareció ver la dulce y angelical 
figura de su blonda prima ! ¡ No ! ¡No !. . . 

Y levantóse, arrojó el cigarrUo en una 
escupidera cercana y volvió á pasearse 
por las habitaciones, como abrumado por 
un pensamiento que le oprimía el espíri- 
tu y le envenenaba el corazón. 

— Mis padres, — pensaba,— no están en 
lo justo .... i Qué idea tienen de la hon- 
radez!... ¡Y ese P. Grossi que aconseja 
cosas tales ! ¿ Qué le diré yo mañana á 
Margarita ? { Eso de confesar que mis pa- 
dres miran este asunto... como le mi- 
ran .... es atroz ! Y sí me dice. . . ¡no me 
lo dirá, no, pero tiene que pensarlo!, que 
mis padres. . . .valen muy poco. . . . ¿qué 
haré yo? ¡No! ¡Jamás!... Escribiré. 

Fuese al gabinete, y escribió esta carta : 
"Margarita: 

"No me esperes, porque no iré. Me fal- 
"ta valor para ello, y bien sabes cómo y 
"cuánto te amo. Respeto tu resolución ; pe- 
"ro en mí no muere ía esperanza. Me 
"amas, lo sé ; me amas, y yo he puesto á 
"tus plantas mi vida y mi alma. Día lle- 
"gará en que, pasadas estas borrascas que 
"así azotan mí dicha y entenebrecen mis 
'sueños más hermosos, más puros y nía? 
"nobles, serena tu alma- y resignado tu co- 
"razón, vuelvas á aceptar un afecto que 

Filiantes Klco?,— 80 









634 " . 

"hoy se ve inmolado en aras de tu decoro 
"y de tus sentimientos, cruda é infame- 
"mente heridos. ¡Tienes razón, mucha ra- 
'zón ! Pero yo la tengo también para que- 
"jarme de mi fatal destino. Margarita rhía: 
"en mi no morirán ni el amor ni la espe 
"ranza. Tú me enseñaste á levantar mi 
"espíritu á muy altas regiones, á esas re- 
nglones por las cuales me has llevado en 
"alas de tu fe. Resignado pero triste, con- 
"fiaré en Dios. Para estas luchas ; para es- 
"tos combates de la vida, tú me has dado 
"fuerzas ; tú has robustecido mi corazón. 
"¡ Qué triste y dura es la vida ! Pero yo me 
"acuerdo de aquellas palabras de Mad. 
"Graven, escritas de tu mano en una tar- 
"jetilla que llevo en mi cartera : 

"La vida no puede ser nunca enteramen- 
"te feliz, porque no es el cielo ; ni ente- 
"ramente desgraciada, porque no es más 
"que el camino que al cielo nos conduce.'' 
"¡Gracias, Margarita mía! 

"Pasarán años y años, y viviré para 
"amarte, y procuraré siempre ser digno 
"de ti. 

ALFONSO." i 

En otro pliego escribió lo que sigue: 
"Hablé con mis padres. Larga y penosa 
fué la conferencia. ¡ A qué contarte porme- 
nores ! i Gomo he padecido ! Mi padre me 
autoriza para decir á ustedes que Elena 
¿jozará, desde hoy, de una pensión vitali- 



- k 



^ -^v^. .. ■,■■':■.'< ^:\if>^^>'*-.: 'í./vf i. 






h 



¥ 



cía. Yo he sido el primero en desaprobar 
este ofrecimiento!'' 

Al pie trazó una rúbrica. 

Luego dobló la carta, plieguito á plie- 
guito, la metió én un sobre, le pegó, pú- 
sole el sobrescrito, y tiró la pluma. 

Falto de sueño, se tendió en el sofá, y 
allí, luchando inútilmente, sin lograr unos 
cuantos minutos de reposo, revolviéndose 
á cada rato sobre los cojines, ansiando que 
amaneciera, pasó largas horas de insom- 
nio penosísimo. Sintió frío, se levantó ci? 
busca de abrigo, trajo una manta zamo- 
rana, se envolvió en ella, y se acurrucó en 
una poltrona. 

Rayaba la aurora. La campana de la 
Profesa llamaba á misa, y á misa llamaban 
las cien iglesias de la populosa ciudad, 
que, despierta ya, dejaba oír, desperezán- 
(lose, sus mil ruidos y voces matinales : 
paso de coches, clamor de tranvías, el ro- 
dar pesado y torpe de las carretas traji- 
nantes, silbidos de locomtoras . . . . v 

— ¡ Ya es de día ! — exclamó Alfonso, ' ' 

pensando que no había oído el toque de ; 

alba, tan solemne y majestuoso, en la so- 
berbia catedral. Dejó la poltrona, y abrió > 
el balcón, por el cual entraron en la están- 'sj 
cía, oleadas de aire fresco, y las claridades ¿*^ 
purpúreas de un espléndido crepúsculo. 
En ese instante se apagó la luz eléctrica. 
La bujía de la mesa de noche flameaba 
mortecina. 



i'- 




■ >-'■':■ ".-■■= -^t;-: V--;- -^::^■r' 



' i ;; -' ■ > 1- í * • ■. j 
. *'j;V. 1' / -" "i-i 






;.ir.>.. 



■*'«•• 



•.■4- 



^. 








'■■'■ ■ 




>'*: • 




r¿ ,* 




-'■'• ':- 


■^yyy 




"*'.■>■' 


^íf' 


< 


;?* :;■" 


■M'^. 






^'. 




'■%,'., ' " 


'■■■> \ ■ 






-••.,',< 



f ' . 

.■(■** i t. •■; ■ 

-Sí 

' ■ - . ?^-? 



.-^•;/:t 










,-•;:'»».• 



í ■ 



LXXXIX 



A las seis de la tarde recibió Margarita 
la carta de su primo. Contestóla inmedia- 
tamente, y así decía: " ' j ^íií-^^t^ ; • = 

"Te repito lo que ayer oíste de mis la- 
"bios : te amo con toda mi alma ; pero 
"nuestra felicidad es un imposible ! 

"Bien sabe Dios que era tu cariño la 
"realización de mis sueños. Estimo tu afec- 
"to y agradezco , los propósitos nobilísi- 
"mos de tu amor. Seré fiel á tu afecto y 
"á tu memoria. Ellos serán para mí alivio 
"y 'consuelo, el úíiico rayo de alegría en • 
"mis horas de tristeza. 

"¿Me dices que en tí no ha muerto ni" 
"morirá ía esperanza? ¿Quién penetra los 
"arcanos de lo porvenir? ¿Quién adivina ' 

-■.-*>' - , > : • ■ ■ , ■/•, .^^•.<<^'&<-e> . ■-■•■-■,i 



;_* ,■■.,< '••■'■'■^■JSj&- 



é^ 



• *^ • jHts«iñ'- ' - '^t': 



^?W>K*?^*^W^'ÍM' 






y%'^- . ■■ ■ '.■■■•. 

■^^':- . 638 ■'- _ r-'-xÉi 

siis Vhiátend's? ¿Quién pudó peítóari^ nitótí 
"pocos meses, cuando , la dicha nos stvé*-, 
"rcia, que la maldad y la itlfamia. vifit^i^«i<# 
"entenebrecer el cielo límpido de nuestro 
"amor? ¿Te acuerdas de lo que conversa- 
"mos aquella tarde, en el balcón, cuando 
"te di la tarjetita con las palabras de Mid. 
"Graven ? ¡ Qué de cosas me decía mi co* 
"razón, présago de infortunios! 

"i Dichosa de mí si he conseguido que 
"ames la vida! ¡Dichosa mil veces, si he 
"sabido despertar en tu alma tan nobleá 
"anhelos ! Confiar y esperar, ¡ Es tan breve 
"la vida!" 

Dos días después, á eso de las nueve, 
trajo el cartero varías cartas : dos para Pa- 
blo, en las cuales varios amigos de Plu- 
viosilla le hablaban de la fuga de Concha \ 
otra de las Pradilla para doña Dolores, 
quienes le hacían varios encargos ; telas, 
cintas, y una roedicina; otra del P. Anti- 
celH, para Margot. 

Tomó ésta su carta, y se fué al jardín* 
cito. Allí, cerca de una tapia, bajo las enre- 
daderas polvorosas, sentada jen el banco 
í'ústico, se impuso la joven de la letra del 

jesuíta. ■■ .., .; ...r ■■ ^ .-T -r'-.Jir- •,- 
"Apresuróme, conforme a tus deseos^ a 
"contestar tu carta. ¡ Sea todo por Dios, 
"hijita mía! Te compadezco cow toda mi 
"alma, y te he encomendado vivamente al 
"Sagrado Corazón de Jesvís.*' .nie es fuente 



> t*.^t- 



639 



•^'inexhausta de fortaleza y de consuelo. 
"Dios, en sus altos designios, acaso •.•it su 
"infinita y misteriosa misericordia, prueba 
'"así á sus elegidos, y depura v acrisola las 
"almas al fuego del dolor,. Sepamos dar-- 
"nos cuenta de que no se mueve la hoja 
"del árbol sin la divina voluntad." 

iodo esto que me cuentas me lo temia 
"yo, y recuerda las insinuaciones que yo 
"hice á Dolores el día que virtieron usté- 
"des á decirme adiós. No sólo msinuacio' 
"nes, sino recomendaciones tarrbiért. En 
"alguna de mis cartas volví á tratar del 
"asunto. 

"A tu consulta debo contestar: que el 
"caso es gravísimo, y que Elena es quien 
"debe resolverle atenta á laS círcunstan-- 
"cias, y de acuerdo con los preceptos di^'i-' 
"nos. Ella, ella, es quien debe decidir. Cier'- 
"tamente que la felicidad de ese matrimo-* 
"nio no es probable. Oigan humildemente 
"la opinión de Dolores, y después deci- 
"dan, pero sin vacilaciones ni debilidades, 
"con brío y fortaleza de buenos católicos. 
"Es cosa imposible, asi me lo parece (y 
"tú palparás las dificultades) ocultar á Do- 
"lores tamaña desgracia. OpírtO que, con 
"prudencia y tino, cosas que á tí nó te fal- 
"tan, debes enterarla de todo. Cuida de qu€ 
"Pablo, que es algo belicoso, tío haga ton- 
"terías. 

"Pon el asunto en maños de Nuestro Se* 



;,5.,-:-y* • 






640 






^^.U<' 



-»<íV 



"ñor, é implora la intercesión de la Santi- 
"sima Virgen. Ellos acudirán en auxilio ; 
"vuestro si los invocáis con un corazón 
"sincero, libre de odio y de rencores. Per- 
"dónanos nuestras deudas, así como nos- 
"otros perdonamos á nuestros deudores. 

"Sea cual fuere el resultado, no de>éis 
"de ser dignos, y compasivos, y piadosos, 
"con la cieguita, á quien saludarás de par- 
"te mía muy cariñosamente. 

"Saluda también á Dolores y á j:us her- 
"manos. 

"A tus oraciones se encomienda este 
"pobre anciano que pronto comparecerá 
"ante el supremo tribunal de Dios." 

. P. ANTICELLI. S. J. 







■■:■■-.■ J >¡. 






,_v:.: JiÍ'^:^-.-y^.\ 



i 



.^^^^^áíki^A^^^^ P.^ 



xc 



Margarita se pasó la noche meditando 
en lo que debía hacer al siguiente día. 

¿Cómo preparar el ánimo de doña Do- 
lores? ¿Qué haría para serenar el de Pa- 
blo, que era de tan irascible carácter? La 
señora recibiría la tremenda noticia con 
entereza, como que le sobraban en casos 
supremos aplomo y energía . . . ¡ Pero . . . 
después! ¡Aquella desgracia iba á que- 
brantar su salud, hasta entonces comple- 
ta, y pena tan honda, más tarde ó más 
temprano le costaría la vida. Pablo, de or- 
dinario blando y sereno, tenía en ciertos 
momentos unos arranques de cólera que 
causaban miedo. Por eso Margarita no le 
contrariaba nunca, ni le exasperaba, lo 

Parientes Ricos.- 8i ■■''': 



.tí'. 




* * * - ' 

; _ , 642 

,-y-,^ - C^ ■, ■ V - ". _ ■ •' "í 

lagnificos resultados. 3 
tes, pira separarle de - 

lílBKililMl^íiii^^^i'^l^^^^ I^ iba«^ 

siendo nociva, más que nociva, perniciosa. 
Ella, con dulzura y cariño, conseguía todo 
de sus hermanos. Ramón era caprichoso, 
pero no persistía en sus caprichos. Pablo 
era arrebatado, pero no contrariándole, á 
poco, tan luego como reflexionaba un 
punto, parecía de miel. Y aquello no po- 
día ser diferido, ni era conveniente dejar- 
lo para más tarde. ¿Qué se conseguiría 
con ello? j Nada ! Días más, días menos. . . 
llegaría el momento de decirlo todo, pues, 
como decía el cariñoso P. Anticelli, no 
sería posible ocultarlo á doña Dolores. 

Además : Elena necesitaba de cuidados 

¿Dejarlo para más tarde? Había en ha- 
cerlo mil peligros . . . "Y yo necesito del 
.auxilio de Pablo, — pensaba Margarita,— - 
porque sin él no podría yo hacer nada. . ." 

La blonda señorita daba vueltas en s'i 
lecho presa del insomnio, oyendo la res- 
piración tranquila é igual de Elena, que 
dormía en el otro lado de la alcoba..,. ;> 

Margot suspiraba por el nuevo día .... 
i Cuántas veces no volvió sus ojos hac'a 
la cerrada ventana para descubrir las > 
vislumbres de la claridad matutina en las 
hendeduras de Ja puerta, ansiando por los 
rumpres matutinos y por la luz del sol. tan ■ 
gratos y consoladores á quienes sufren ó 



«>43 

padecen. ¡ Qué lento iba el tiempo ! La- 
mentaba la joven la pereza de las horas. . . 
más no tardaba en desear que aquella no- 
che fuese eterna; como si por ello cesaran 
ó desaparecieran la aflicción y el pesar. La 
mente fatigada de Margarita, aquel pen- 
samiento suyo tan agitado desde hacia va- 
rios dias, huía de las causas que le tenían 
en brega, é iba refugiarse en dulces me- 
pidas y gárrulas de los felices días .... 
morías, en los prados serenos de los re- 
cuerdos gratos, al borde de las aguas lím- 
Margarita, volviendo hacia otros tiempos, 
repasaba cosas y escenas de su niñez. . . . 
y la imagen de don Ramón se le apare- 
cía risueña y afable, cariñosa y compa- 
ciente, obsequiosa y tierna. ¡ Era tan bue- 
no aquel padre ! ¡ Amaba tanto á los su- 
yos ! ¡ La vida habría dado él por evitar- 
les el menor disgusto ! ; Quería tanto á 
Elena, tanto, particularmente desde que 
cegó la pobre niña! ¡Qué dolor tan gran- 
de para él, si viviera y llegara á enterarse 
de aquel infortunio, de aquella deshon-<=-' 
ra ; si supiese ' dé aquella mancha caidaV 
en un nombre tan limpio I 

Ardíanle las sienes á Margarita, y á ca^* 
da rato volvía las almohadas, en busca 
de la frescura que se prometía hallar' 
en los lienzos.... Hallaba consuelo, y 
entonces pensaba en Alfonso, en el inteli- 
gente y buen muchacho que tanto la que- 



'-•v-vr:. 



644 

ría, á cuyo lado habría sido ella tan feliz! 
Sí, sí, porque eran dos almas gemelas, 
idénticas, criadas la una para la otra. 

Por fin sueño piadoso vino á adorme- 
cerla .... 

Muy tempranito estaba en pie Se vis- 
tió y se dispuso para ir á misa. Antes de 
salir, sin acabar de componerse el man- 
to, entró en la alcoba de sus hermanos 7 
llamó á Pablo. El mozo se despertó impa- 
ciente y contrariado. 

— ¿Qué quieres? — contestó desperez-ín- 
dose y revolviéndose entre las ropas. 

— Me voy á misa ... 

— ¡ Óyela por mí ! 

— Me voy á misa Levántate y ve á 

buscarme á la Parroquia. . . Necesito ha- 
blar contigo largamente. . . pero no aquí... 
Donde estemos solos, donde nadie pueda 
escucharnos. 

— ¿De qué se trata? - 

— ¡ Ya lo sabrás ! 

Y mientras la joven salía, Pablo se in • 
corporó sobre las almohadas, hizo un es- 
fuerzo y se sentó al borde la cama. 

Cuando terminó la misa, ya estaba Pa- 
blo en espera de su hermana. 

— ^Vamos, — dijo ésta, apoyándose en el 
brazo de Pablo, — vamos á la Alameda..- 

Allí hablaremos Es muy grave lo que 

vas á oír. . . 

Margarita se mostraba serena, tran- 



\i\ '645 '-^ .■••í^:"-- 

quila, en cierto modo indiferente al asun- 
to, como alardeando de entereza. 

Fresco vientecillo movía las copas de 
los fresnos, y en toda la arboleda los go- 
rriones regocijados cantaban la plácida 
sinfonía primaveral. El aire olía á rosas. 

Quien hubiera seguido de cerca á los 
hermanos, habría podido darse cuenta, por 
los movimientos del mancebo de la impre- 
sión que le causaban las palabras de Alar-, 
got. Primero de curiosidad vivamente azu- 
zada; luego de sorpresa cuando levantó 
las manos, abiertas las palmas; en segui- 
da de espanto cuando las dejó caer; d*; 
cólera cuando se echó el sombrero haoííi 
arriba ; de rabia, al dar un paso atrás, ce- 
rrando los puños, como si tuviera sendos 
revólveres ; de impotencia cuando crispan- 
do los dedos torció los brazos ; . . . . y, por 
último, de preocupación, de pena, de pro- 
fundo y cruel dolor, ó de impotencia des- 
esperante, cuando buscó un asiento á la 
vera de la calle menos transitada. 

Margarita se mostraba impasible, es- 
toica, minuciosa, al referir el drama. ¡ Qué 
dulzura, qué cariño ! ¡ Cuántas veces posó 
su manecita enguantada en el hombro de 
Pablo ! ¡ Cuántas veces le acarició el ros- 
tro con cariño de madre mimosilla! 

Hablaron allí durante dos horas. Algo 
preguntó la joven con insistencia definiti- 
va, porque Pablo se levantó, haciendo 






v; ■'^=?^v;, '.: 646 ■- *■ ' _ • ;1 ::f 

. una señal de asentimiento, y ambos to-' 
marón el camino de su casa. . . . 

Los esperaban para desayunarse. Ra- 
- moncillo, listo para irse á la Ermita había 
dejado encima de una silla el libro y el 
sombrero; doña Dolores, sentada á la 
mesa, charlaba con el chico risueña y afa-, 
ble ; Elena permanecía en su alcoba. Ha- 
. bía pretextado tener sueño. 

— ¡ Déjenla dormir ! ¡ Pobrecill^ ! — dijo la 
madre. 
'^V El desayuno fué triste. Nadie hablaba. 

Margarita procuraba animar á todos, pero 
le era imposible tejer conversación. Pablo 
á duras penas pasaba bocado. 

Cuando doña Dolores acabó ^de desayu- 
narse, Pablo consultó su muestra, y diri- 
giéndose á su hermano, díjole, dando un 
castañetazo : 

— Te quedan tres minutos para tomar 
el tranvía ! . . . ¡ Largo ! i A la escuela ! ^ '• 

El mocito se levantó, respetuoso como 
siempre á las órdenes de su hermano, se 
despidió de Margarita y de Pablo, besó á 
doña Dolores en la frente, y se fué. 
- . — Mamá: — dijo Pablo, en tono zala- 
mero y acariciador — vamos á la sala. Mar- 
garita y yo tenemos que decirte unas co- 
sitas .... . 

Y acariciando á la dama, llevóla por el 
corredor. Desde allí gritó con acento afec- 
tuoso : 



— Margot ... ¡te esperamos ! 

— ¡ Voy allá I — respondió la blonda seño- 
rita. . 

— Filomena — dijo ésta á la criada, en to- 
no urgente. — ¡ Llegó el momento temido ! 
Vete al lado de Lena . . . No te separes 
de allí, y no la dejes ir á la sala! 



f' 



ym 



V 



.. !<• •" >,-K - 






■•♦ ■ 






1 



r-;.!. . v_ 



'■,:>;i^;iiiV'iíi*jV';' -Jfi 






,..,>^,,?(Í í.r '^ *Kí<rr.<{h^^;l--»?í.^«^ t 



•**„».;; ' 



7^ ,- 



•.. K' 









,>^% M.V.ÍÍ: Í).U%- 






-•T-:í-r -i-í^r 












:;?" 



■t: 









•>:}--;i^f .■■ 



. '-fí'fiú. 




--•r»'-"T-í5f 


^ f 


■>V-> 


-'', 


í'n- 


*?rn* f^í.'*' 


,.. 


■ - - » r *»**: 


• 






y 


■■■■^ 






■■■■.. '^-- 
.;■.,"> " 



XCI 



';jí 



— Y bien,— exclamó la señora, trémula, 
y bañada en llanto, mirando angustiada á 
sus hijos. ..^esto acabará con mi vida. 
por mucha que sea la fortaleza que Dios 
me dé para sobrellevar este infortunio. 

Tras de la pobreza (acaso la miseria), 

vino .... la deshonra ! 

— ¡ Calma, madre mía ! ¡ Esto no tiene 
remedio ! Si la voluntad de Elena es esa . . . 
callemos! Callemos nuestra des^acia. 
¿Aceptar dinero? ¡Jamás! ¡Antes me vo- 
laba yo el cráneo! Hoy mismo recogeré 
en el despacho papeles y documentos que 
allí tengo, escribiré á mi tío, dándole... 
las gracias... Cuanto á Juan... ¡algún 
día volverá ! ¡ Si me fuera posible ir á bus- 



Parientas Ricos. 8». 



. üi 



650 

carie! Nos iremos de adüí; á aóridfe bbfi- 
vettj^; y fcUáhdtí áeá btiórttifab. Las ¿feüteé 
hóhinEtdás y iábtíBbsáis tío sé hiüéreh de 
hatnbrie... Ños irfettips dé áqtií, {Jarájgiié 
nadie sospeche lo que ha pasado, y seremos 
con Elena dulces, compasivos y piadosos. 
Que ni una paUbra, ni una queja de nos- 
otros le recuer-ie su falta, y la deshonra de 
su nombre. 1 

— ¿ Y con pse niño, ó niña. ío <|ue sea ? — 
preguntó doña Dolores, ahogando un so- 
llozo. 

— ^¿Separarle de Elena? ¿Separarle de 
nosotros? ¡Jamás! — exclamó Margarita, 
presa de convulsa agitación. 

— ¡ Nunca ! — ^añadió Pablo imperiosa- 
mente. 

— ¡ Pobre criatura ! — sollozó la dama. — 
i No en mis días ! Será la única alegría de 
mi vejez. Pero . . . ¿ qué diremos, cuando 
alguieii pregunte de quién es ese niño? 

Nadie respondió. Margarita y Pablo se 
vieron atónitos, sin saber ni <lué decir ni 
qué pensar. 

En ese instante se abrió la .puerta de la 
pieza contigua, y apareció Filomena. 

Todos levantaron la cabeza, y la mira- 
ron como para decirle, severamente, que 
su presencia era inoportuna en tal sitio y 
en aquel momento. 

La criada se acercó tímida y sonrojada: 
se adelantó hacia el joven, y con repenti- 
na resolución, dijo: 



^* j y.«'g c'^|-?~ T^yT???"?'' ■ 



651 

—I Perdónenme el atrevimiento ! . . ¡ Dis- 
pénseme usted, niño Pablo! Si preguntan 
de quién es el niño ! . . . Pues . . . digan que 
es de usted ... y mío ! 

Jalapa, noviembre de 1902. 



FIN, 



niel' 



;i i'i; 









( . 



• '.^ 



.}•'" 


-■-''t 






'*:"■ 




- 


V rt 



|||^Í>^'DE ERRATAS. 

Paj. Un«»'"^ >'"■' Dice Debe dedt 

7 12 Pluviosilla Pluviosilla, 

11 3 diario .^. . . diaria 

15 17 Cervantes.. ... ColUmtes.... 

46 2 onigieron crujieron ' 

46 3 . erngíeron : . . ernjíeron 

48 4y5 zaeari-na sáeari-na 

61 11 Métleo^ Méjico 

62 ^5 ' cr^úotiópioa oromútrópica 

72 21 pmi^ipios principios 

82 25 '6i seSor nsefior 

88 S^ éd¿ioelaro- . . . . eottió aro- 

112 22 nostalgia. . . . .... nostalgia 

120 32 los....... ...... lo 

126 20 tiiadDcía ......... traáttcían 

162 28 7 29 áu-nba ... ... áu-rea 

193 20 jatdinoito....... jardiikito 

194 23 elfa eran 

199 4 Méifoo. Méjjioo 

204 12 recaudo. recado 

'209 4 "atírreccto i *'coÍTecto** 

225 2 si toda ; jbI, toda . 

226 3 confíaselos . . . . . . J Cóiitfaselós 

236 3 y 4 regadi-sas. ... re^ádi-zas 

237 31 m^stnoso miÍjéBtaoso 

239 JÍH^trimase la linea iS. 



':'■>■'■> 



1 


■:^r- 


n»/. 


Linea 


239 


14 


243 


14 


245 


12 


246 


19 


246 


22 


2;7 


7 


256 


3y4 


257 


5 


314 


8 


316 


2 


317 


14 y 15 


317 


30 


317 


31 


332 


11 


333 


14 


373 


28 


403 


11 


409 


17 


419 


14 


421 


11 


423 


30 


428 


9 


429 


24 


430 


1 


436 


14 


472 


2 


494 


2y3 


502 


5 


50B 


21 


507 


1 


507 


1 


516 


8 


516 


24 


53"? 


8 


536 


30 


539 


30 


541 


6y7 


547 


24 


554 


25 



654 



1. '■ " 


-.' Z " * 


Debe decir 




^_ 





Dice 

vieron 110 vieron 

prófuga prófugo 

crugientes crujientes 

esmaltado esmaltando 

prometodora proraetedora 

ahsios alisios 

hom-brel hombre 

csaa , casa 

munifioiente munificente 

dirá dará 

Com- prendo, jCom-prendes, 

pdieras pudieras 

voz trémula faz pálida 

más las más 

ingenua ingenua alegría 

¡As i Así, 

coramvóbis coranvobis 

ella ■ • • ésta 

tu tía su tía 

á las en las 

aún ^. . aun 

Linilla ?í^. . Lenilla 

Egido ejido 

Elena Elena, 

mocho mucho tas 

BOU- (nient sou- (vient 

in-mundana in-munda 

México Méjico 

blancas anchas 

mivelado mivelada 

nuves. . nubes 

militar miliar '"■ 

México Méjico : 

espesial,.., especial 

areglo arreglo. 

perdido pedido. 

champagne Champagne 

tórrida túrrida 

quita gusta 



i! 



':r,l. 






■"f?.':.'' 4.''' ir' 
'- -i' -V ■. ■ ■ 

-j;»r' ,"; -^^\ 1.'/ 



Víg, IJiiea Dice Debedecir , ."' ^'*'' -i-,- 

16 edasa esas ' i- í ' 

1 hacer hacerlo ; /^; i:^r 

24 sesto sexto / ■ í 

5 trataba trabada" .;'. 

7 hablo habló 

27 Contemporizador. Contemporizedc>r" ./V-^*"' 

28 castizo: castizo. * ■ I'* 

12 Y Yo 

23 Citlalpetl Citlaltépetl _: 

8 México Méjico 

10 sef5ora ; sefSora, ■ ~ ;• 

16 Pablo; Pablo, 

8 y mientras leían . . y, mientras leían - 

33 — ¡Historias ¡Historias ' ;, J' 

19 muy quieta ¡Muy quieta - -' •>' 

18 No comprendo, . . Ño comprendo 

22 ¡Es tan triste; .. i Es tan triste, 

8 —Margarita Margarita f¿: 

5 desde alM desde allí se des- -^ • C 

6 jaya joya.... -^ ,. \4 

8 oeed- océa- .^ • i--, 

2 del iondo del fondo. 

11 cazisbajo cabizbajo ' v - 

4 tú, y tu tú y tu /, , V 

31 No volverá, No volveiá. ■ > - - ^ -V 

3 faetón faetón -^. ; > ' 

5 cigarrilo cigarrillo '; -^- ^4 

11 Para estas Inehas; Para estas lucha, 

23 y 24 jardin-cito jardinito _.j^ 

4 eterna; como . . . eterna. Como t^^r 

9 refugiarpe á refugiarse ^ ..^^: 

La línea 11 debe ser 10; la 12, 11 y <!í 

la 10 la 12. /•; 

644 26 mira, miFa -í-i^í : ^^ 

645 8 hermanos, hermos '^ víí: 

646 4 Ermita Escuela - 

646 21 escuela Escuela! 

En lapég. 106 fCap. XV) las lineas 10, 11 y li If 
están invertidas. Los lectores sabrán seguirlas en elor- -•:?'''' 
den debido. r - 






»•- i 









5Í 



>s'í^: 



■^ie'- 



•.. I.. 



■"S^J»,?.'-.- .- . 7_ , ■ , ■ ■■ \V -ífí;-- -V Pi*-?-^:-^'.*'?'». 



Acabóse de imprimir este libro el día 3 1 de 

Enero de 1903, 

en la Imprenta del Sr. Lie. D. Victoriano Agüeros, 

situada en la Cerca de Santo Domingo 

número 4. 









OBRAS DEL MISMO AUTOR. 



NOVELAS 



La Calandria. — Angelina. 



Cuentos y Notas 

EN PREPARACIÓN: - 

La Apostasía del P» Arteaga. 



ALMAS TRISTES. 









.1 



BIBLIOTECA PARA LaS FAMILIAS. 



Está ya terminado, y de renta, el primer tomo 
de esta Biblioteca. Se intitula: Leyendas 4e la 
Santísima Virgen. Seg-uirán: Vidas de Madres 
de Santos, Eugenia de Guérin, Diario de una 
joven, etc. ^ . 

Albuu D8 la Coronación ' '' " ' 

DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DE GUADALUPE. 
Primera y segunda parte. _ ■ 

dos tomos folio, pbofusaubntb ilustrados. 

Todo católico amante de Nuestra Sefiora de Gua> 
dalupe, debe tener este libro j conservarlo como 
una prueba de su amor y devoción á la Excelsa 
Patrona de los mexicanos y como un recuerdo de 
{as fiestas de su Coronación. - ; : - 

En la 1* parte está la Historia de la Aparición 
y del culto de Nuestra Señora en su advocación 
de Guadalupe, la historia detallada de su Colegia- 
ta, hasta las últimas obras ejecutadas, con mil no- 
ticias curiosas é interesantes. ,* . 

La' 2* parte contiene la ¿roñica extensa, deta- 
llada y documentada de las fiestas de la Corona- 
ción de la Santísima Virgen, con la serie de los 
sermones predicados en el mes de Octubre de 1895 

Los dos tomos están impresos con todo lujo y 
contienen más de 3Ó0 ilustraciones. Entre ellas 

FIGURA LA DBL MOMBNTO PRBCISO DB LA CORONACIÓN 



De venta en la Administración y Librería de 
EL TIEMPO, Cerca de Santo Domingo núm. 4, y 
en las demás Librerías de la Capital. 

En los Estados, en las casas de los Agentes y 
corresponsalea de EL TIEMPO. 



.'^ 



^^IPT 






V 






aflad» IV Fr» 

. ¿rt» C9ÍtSÍí^^T»«io« I j It, féatttk'' 

^Itr Vii.u¿i^oB y Vñtassfios.-ToBal. Bsttt#es 

rarfals de. D. ÜffCreiUAHO AcMbos.— Toibo I. 

_ #4* DEJÓSE Ifirwit^MUfUU^ .TlloíA».— Tomo I.~ 
£«lJiV^«k( novóla 1n|d$|á.«^rniio4& mvgl^im Cirtás. 

jObráodc^p. T. PnH*RA^iu¡=^T(ÍBSot^^<mi^^ 

]'^ómóin,ÁiHtümt94 tífWmót/eea de 




romo IH. Ádtciofut á 

r<MS de D, jkte t>B Jnite ■C&k^m^ ^<^ I* 

iiVáe D. iOMACxa MANoite, ALlAinñiáiiníh^ ToiM Iv 
íiji; Pocsbs'y^Mscarot titO'arlos. ' ~ _ >" ' <^ 
Obj^iOe'O^ICANUEi, B. DB GowivmK.—t^tto concite' 
to«-^l7«Btoinos. .-.'-..- ,. / ^•, -/"^-.i-r 

Obri»deO^|,^cAaAtcAwAN.— Tomos I,t|^ nir^E>l«<'>'ta> 

sfdn«»ftObrelaH{sb>iiadeMaEtó».^ \." " ^ :. 
«-Obras UteraHas d« O. JoA«ii«l9ii^AjtíSA.->U|lt4gífr 

7brt» d«-D. IUFABI..Air6BL OBLBJPBt4-'~TdÉiiri^^4 

w nt«iAHas del Sr. Me. P-^EiriBttre M^«Mk^ -/ ^ 
KtAs. CoBTAS^Je Antof es jfKxkaim^iBnorlm 
k|ó XTX (Rodf&ÉB> CaWin,^ Pe¿Í4tf. I^idtieo» 

«»»^»»r«,^t«.i«omol. ■ • :: ...- r 

- pbt«tífe& iSKoattl PRyíio.'^Totno 1 o> No^»^^ e<sta« 
. NoVtí«B^(«j^'doAut%l>^|Cei^k^os:1?^ 




cf»É««i!ir.