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Full text of "La ruina de la casona [microform] : novela de la revolución mexicana"

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DE LA 



CASONA 



NOVELA DÉLA REVOLUCIÓN MEXICANA 



POR 



E. MAQUEO CASTELLANOS 




MÉXICO 

Eusebio Gómez de la Puente, Editor, 

Apartado Postal, núm. 59, bis 



1921 






PARTE PRIMERA 



LA COMEDIA 
DE LA HIPOTECA AL TEMBLOR 



CAPITULO I -;i: :' 

ün Inventario difuso pero necesario 

La casa número 277 de la segunda calle de «Las 
Moras» en esta adobada, presuntuosa y polifásica 
Capital, es propiedad de la señora dofia Anastasia 
Mirón de Barbedillo, feliz consorte del señor don. 
Eustaquio Barbedillo, ex-corredor desafortunado 
y sin título; ex-inventor de aparatos para la indus- 
tria, sin más fortuna, pues jamás una <patente> le 
había llegado a producir tres míseras pesetas; ex- 
jefe político de un lejano Cantón del Estado de Ve- 
racruz, todavía con peor fortuna, ya que hasta aquel 
rincón había perseguido a Barbedillo la mala suer- 
te, porque, si no pudo hacer <negocitos> ni tener 
.. «buscas, > sí pudo ser buscado y encontrado por 
unas fiebres palúdicas que lo dejaron más amarillo 
¿^ue la yema de un huevo para todos los días de su 
^' vida; y finalmente, ex-hombre de trabajo porque, 



4 E. MAQUEO CASTELLANOS 

..: [ ■ 

gracias a su matrimonio con la señora Mirón, ex- 
viuda apócrifa de un sefior Martínez, Barbedillo es 
rentista, y vive desahogadamente del producto de 
las viviendas de la casona, por lo que hace a la ma- 
terial necesidad; y por lo que hace a la espiritual, 
del chisme aparejado a toda bullanguera mansión 
constante de ocho viviendas grandes y otras tantas 
chicas en las que, en asombrosa promiscuidad, con- 
viven profesionales y modistas; estudiantejos d^^ci- 
dores y circunspectas beatas; emplead illos de nómi- 
na comercial y militares retirados. | 

Si de diseñar a nuestro hombre se tratara, diría- 
mos que es gordo, bajo de cuerpo, bonachón de ca- 
rácter, amigo de adjetivos detonantes y de trajes de 
casimir gris claro, usando gruesa cadena de oro, 
con dije de onza americana. 

Presentado al lector el sefior Barbedillo, a quien 
los inquilinos no tenían qué hacer otra cosa sino lla- 
marle «de Barbedillo,» a fin de obtener una corta 
prórroga en el pago de la renta, y el que, en el seno 
de la intimidad y en la casa, era conocido con el eu- . 
fónico apelativo de «don Taco,» derivado de Eusta- 
quio, nada más indicado que hacer la presentación 
de su dignísima consorte. 

Doña Anastasia Mirón, «Tacha» para las amista- 
des de confianza, «Tachita» para las de más cariñosa 
confianza, y la señora de Barbedillo, para todos los 
demás mortales, dicen q ue dicen que fué en un tiem- 
po loque se llama una «real hembra.» Debe haberlo 
sido por el año de 1884 del Señor, cuando, contando 
quince abriles justos, dio aquel mal paso que dicen 
que dio con un extranjero, mismo que la engatuzó 
contándola que era noble, que tenía dos 6 tres cas- 
tillos en Europa, a los que se la llevaría para que en 
ellos viviera como una princesa, etc., y de resultados 
de cuyo paso paró en los amantes brazos de Martí- 



V:w^:.;4v- 



LA RUINA DE LA CASONA 6 

nez, casado; agricultor; vecino de Lerma, Estado de 
México; bastante mayor de edad, y que la quiso, la 
mimó, y la compró finalmente, para que pudiera sos- 
tenerse caso de que él la llegara a faltar, aq uella ca- 
sona de la calle de «Las Moras,> sin imaginarse que 
al que sostendría, corriendo el tiempo, sería al ilus- 
tre Barbedillo, ya que en realidad Tachita trabajaba, 
tenía que trabajar para atender a los inquilinosde 
de la casona, que no comían por su cuenta, sino que 
lo hacían en la mesa redonda de la casa, y a las ca- 
mas de aquellos, a las cuales tenía que surtir de 
ropa limpia en cada cambio de Estación. Alta, no 
escasa de carnes, bastante bien conservada, activa, 
enérgica y de un genio de pocas pulgas, la señora 
de Barbedillo tenía, como seña particular, un her- 
moso lunar en la barbilla que, si no la deterioraba 
mucho el físico cuando ella, cuidadosa, se acordaba 
de asearlo, sí se ponía fatal cuando por causa de ol- 
vido no podaba el pelotón de recios pelos entrecanos 
que se daban en aquel lunar con la abundancia de la 
verdolaga en corral de indio. El grifo aquel de recios 
pelos hacía de Tachita, según frase del estudiante 
Tafolla, un iguanodón con chiva. 

Presentada la señora de Barbedillo, nada más ex- 
plicable que presentar la casa número 277 de la se- 
gunda calle de «Las Moras.» Comenzó por ser de 
dos pisos, con amplia fachada de ese «tezontle» rojo, 
de origen volcánico, abundante en las construccio- 
nes coloniales de la buena Capital, y que a la fecha, 
en aquélla, sólo se dejaba ver en los entrepaños de 
los muros con un color de solución de permangana- 
to que el tiempo le había dado como pátina, pues el 
resto de la fachada se hallaba cubierto por la grue- 
sa capa de enjabelgado que Barbedillo había manda- 
do poner, cuando había echado a la casona aquel ter- 
cer piso que hoy tenía, y que aquel endemoniado 



6 E. MAQUEO CASTELLANOS 

I 

estudiantejo de TafoUa había bautizado cou el apodo 
de «El Copete,» tal vez por lo inarmónico que en sus 
lineamientos resultaba con el resto de la construc- 
ción. Por cierto que aquel piso, construido con el 
afán de ensanchar la casona y hacerla de mayores 
productos, por una nada es causa del divorcio más 
completo entre Tachita y don Taco, debido a que, no 
habiéndose contado con fondos para la obra, había 
tenido que contratarse una hipoteca aun no redimi- 
da, pero que daba lugar a una que otra gira campes- 
tre a Xochimilco cada vez que se podían pagar los 
réditos vencidos. I 

Comenzaremos por decir que, como el lector ha- 
brá de verlo, si es paciente y continúa en esta lectu- 
ra, aquella casa era una jaula grande; una jaula para 
humanos, por su forma y aun por su contenido, pues 
que no había pared sin boquete, ni boquete que no 
fuera balcón o ventana, ni existía en ella un solo ha- 
bitante del género «homo» que hubiera resultado 
inmune al diminutivo en ico, ito, illo, etc., o en acha, 
eche, icha u ocha, según se tratara de masculino o 
femenino; ni faltaban allí animales de toda especie, 
desde la portera, ejemplar del cuadrumano de la 
época cuaternaria, cuarto período, edad del sílex, 
(clasificación Tafolla) por físico y costumbres, 
(oriunda de Tepozotlán, Estado de Morelos; cutis 
broncíneo, cabello de contextura de clin, maxilares 
de antropomorfo y genio de hiena cautiva) hasta el 
gracioso perrito de lanas, los periquitos australia- 
nos, los gorgeadores zenzontles que sabían silbar 
la diana, y uno que otro gato maullador y enamora- 
do que había tomado querencia a la casona, infrin- 
giendo todos el conminativo letrero que en la esca- 
lera había puesto, por orden de Barbedillo, y que 
rezaba en caracteres góticos a mano: «Se prohibe a 
los inquilinos tener toda clase de animales;» y abajo 



LA RUINA DE LA CASONA 7 

del cual, con tosco lápiz, había escrit» Tafolla: «En 
la casa no hay ningún Noé. Que se registre sin em- 
bargo a Paulinita: tiene sarcoptes; y a Pilo la porte- 
ra: tiene pedículos homo,» o sea en buen español y 
respectivamente: sarna y piojos. 

Fachada de la casa, yadescrita queda; sólo hay que 
agregar alguna jaula con canarios, pendientedel gar- 
fio de algún balcón; dos o tres macetas con mustios 
geranios, que ñorecen furtivamente en cada lustro y 
en otro balcón que corresponde a la vivienda de las 
señoritas Menchaca, y una que otra toalla amarillen - 
ta y algunos calcetines erectos por el almidón o por 
el uso, que sacaba a asolear a hurtadillas Gordillo, 
en uno de los balcones del <copete,> después de su 
lexiviación a domicilio; aquel económico Gordillo 
que, por no gastar en comer, sólo se alimentaba de 
las uñas que se comía! (Calumnia de Tafolla.) 

Piso bajo de la casa; amplio zaguán; colgante avi- 
so pintado con letras blancas sobre fondo negro en 
una hoja de palastro, vulgo hoja de lata, y que reza: 
«Se alquilan viviendas,» pues que por mucho que 
fuera el prestigio de la casa Barbedillo, no dejaba 
de haber algún «vacío.» 

A mano derecha de la entrada, con frente a la ca- 
lle, el despacho del señor licenciado don Tobías On- 
tiveros y Malabehar, obligado consejero gratuito de 
todos los inquilinos, en holocausto a la comunidad. 
Los cristales de las ventanas de la calle, opacados, 
decían en letras grabadas en la pintura quién era el 
ocupante y cuáles sus ocupaciones: — Lie, Tobías On- 
tiveros y Malabehar. — «Abogado.» — Horas de des- 
pacho, de 8 a 11 a. m. y de 4 a 6 p. m. (el resto del 
tiempo útil, el señor licenciado tenía ocupaciones en 
los Palacios de Justicia.) — Asuntos Judiciales y Ad- 
ministrativos. — «Juicios de Amparo. — Honorarios 
módicos.» 



8 E. MAQUEO CASTELLANOS ;- 

A izquierda mano, el taller y obrador de modas 
de las señoritas Otamendi — «Au Grand Chic de Pa- 
rís.» — «Robes et Manteaux» según lo indicaba el 
jactancioso rótulo en azul y oro que existía sobre 
las puertas. Nota bene: las señoritas Otamendi ni 
hablaban francés ni habían estado nunca en París, 
ni aun en la Habana, ni eran modistas profesiona- 
les, sino aficionadas. Escaparate a la calle, con plu- 
mas para sombreros, aigrettes, listones de chillan- 
tes colores, una blusa de estilo «Otamendi» y dos o 
tres formas de femenil sombrero que yacían allí 
cabalgando sobre toscos sostenes, como aburridas 
de esperar una vana cabeza en la que encasque- 
tarse. 

En el interior, los indispensables manequíes: el 
uno sin cabeza y con muestras de enaguas blancas 
(refajo) con entredoses; y el otro con muestras de 
cabeza, pero sin enaguas blancas, enseñando inde- 
corosamente un par de piernas negras, rígidas y 
deformes: alguno más con traje «para probar,» úl- 
tima creación Otamendi, y todavía uno último, que 
cargaba, a guisa de terciada capa valona, un gasta- 
do abrigo, con el cual la mayor de las Otamendi so- 
lía calentar sus escasas carnes en las mañanas en 
que el frío así lo requería. Espejos con los marcos 
remozados con oro japonés; cuatro sillas de lujo pa- 
ra la clientela; una que otra columnilla de madera, 
y sobre ellas las respectivas macetas de porcelana, 
con inverosímiles flores y hojas de felpa ajada y de 
marchitos colores. Dos o tres máquinas de coser. 
Canastos con ropa en confección, y tres «aprendizas» 
éticas, descoloridas, mudas, no se sabía si porque 
Cuca Otamendi las tenía a ración ($0.37 centavos 
diarios, diez horas de trabajo y faena los domingos) 
o porque la sabia Naturaleza no quisiera, compade- 
cida, crear las exigencias de cai-nes, ya que el decir 



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LA RUINA DE LA CASONA 9 

tener carnes, tanto quiere decir como tener qué co- 
mer. 

Piso bajo interior: Vivienda número 1. — Inquili- 
na. Paulinita Ventoquipa, viuda de Zarco. Viuda 
auténtica y no al estilo Martínez. Eldad, cincuenta 
Qtofios corridos. Profesión, prestamista y compra 
pelo: es decir, comercia en el ramo, confeccionando 
postizos. Físico: bajita de cuerpo; enclenque; con 
vivarachos ojillos; tez blanca con la consiguiente in- 
juria de los afios; semi calva (en la casa del herre- 
ro ) Por eso el malcriado de Tafolla decía que 

abrigaba inquilinos en la cabellera. Tarareando 
siempre canciones del afio del caldo, vivía en grata 
compañía de «Tulipán,> falderillo de lanas, tuerto 
del derecho, friolento y rezongón. Paulinita, por 
economía, se nutre en figón inmediato, que es una 
ganga:— «Al Antojito Tapatío.» — Desayuno, comida 
y cena con dulce y café, $0.50. Desde que Paulinita 
es Paulinita, no se le ha conocido más de una in- 
dumentaria: falda negra, blusa blanca y abrigo de 
estambre rojo; por eso Tafolla la llama: «El pabellón 
alemán.» 

Vivienda número 2. — Orbezo y familia. Militar re- 
tirado él, con paga íntegra y humanidad no tan ín- 
tegra, porque le falta la pierna izquierda, perdida 
en campafia, y suplida con otra de madera, con goz- 
nes, por lo que Orbezo es generalmente conocido 
por «pata de fresno:» señora y dos niños, que son 
dos energúmenos por la barabúnda que arman en 
el patio de la casona, con sus juegos y sus gritos. 
Fueron ellos los que de un pelotazo le apagaron un 
ojo a «Tulipán.» Los domingos celebran «matchs» 
de «base-ball,» por lo que en esos días es preciso 
llegar a la casona en aeroplano, si no se quiere que- 
dar en las condiciones de «Tulipán.» 

Otras dos viviendas sin huéspedes calificables ni 



10 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



importantes, y en el cubo de la escalera la sala de 
recibir, alcoba, cocina y demás de Filomena la por- 
tera (a) «Pilo.» Algo que parece la cueva de un tro- 
glodita, por lo obscura y ahumada. Pilo tiene un 
vastago, al que adora: Permín, que es el mandadero 
universal de la colonia. Nació en la cuadra de up. 
cuartel, en donde su progenitora pasaba las noches 
subrepticiamente, y por sus fueros de haber sido 
esposa morganática de un cabo, y sucesivamente 
de algunos soldados. Permín no va a la escuela; pe- 
ro sí sabe, en cambio, jugar al base-ball con toda la 
terminología del juego y con los Orbecitos, lo mis- 
mo que sabe traer y llevar recados no siempre de 
buena ley. El nombre de Permín es el eco constan- 
te de la casona, y por eso que el perico de las seño- 
ritas Menchaca lo repita a toda hora en todos los 

falsetes imaginables: «Permín Permiiiiin > 

y que éste haya jurado «in pectore> la muerte ale- 
vosa para el loro, por los chascos que le propor- 
ciona. 

Primer piso o entresuelo. Vivienda número uno. 
Señoritas Otamendi. Sala, dos recamaras, come- 
dor, cocina y baño. $40.00 mensuales, renta adelan- 
tada. 

Las señoritas Otamendi, originarias de Orizaba y 
domiciliadas en México desde el 1906, son cuatro 
«huérfanas de padre y madre,> según dice el bár- 
baro de Chaneque. Al morir la madre, asumió la 
jefatura de la casa la mayorcita, llamada «Cuca» 
(léase Refugio) cuando apenas contaba veinticuatro 
años sin trampa, haciendo veces de madre para las 
tres hermanas que la seguían y eran por su orden: 
Paca, de veinte abriles; Chayo, de diecisiete, y Me- 
ches, de quince. Adivinará el lector que sus cristia- 
nos nombres eran: Prancisca, Rosario y Mercedes. 
Cuca y Chayo están encargadas del «Au Grand 



LA RUINA DE LA CASONA 11 

Chic de París. > Paca es estudiante de obstetricia 
con pretensiones de llegar a ser comadrona, y 
Mercedes es «alumna normalista,» pretendiente a 
profesora de instrucción. A Cuca el «maloreador» 
de Tafolla, la llama «la jicama,» porque dice que 
tiene una cara más desabrida que aquella fruta, y 
a Paca «Pantaleona,» por la historieta aquella de 
que de tres hermanas la mejor espanta, en virtud 
de que la naturaleza había sido empeñosa en hacer- 
la fea. Chayo, en cambio, con sus diecisiete abriles, 
crecía linda como una rosa, y Meches no apuntaba 
del todo mal. ^ '^ ; 

La tribu Otamendi es atendida, para el gobierno 
interior de la casa, por una fámula que hace de to- 
do; de doncella, de cocinera, y hasta de manequí, 
cuando hay que «moldear» en ánima vili el traje de 
alguna cliente que a su vez no está moldeada cual 
corresponde a una persona decente. 

Vivienda número dos. Familia Garaicochea. (Se 
ignora si tiene afinidades con el inventor de los pol- 
vos para la tos, del mismo nombre.) Jefe de la tribu: 
aunque debiera serlo don Narciso Garaicochea, por 
cuanto que es el que subviene a las necesidades del 
«pipirín,» vestido, etc., como el aludido es un infe- 
liz de tomo y lomo, «de facto» el gobierno lo ejerce 
su consorte Conchita. Don Narciso es tenedor de 
libros, aunque no de libras porque su volumen es 
escaso, en la casa de comercio de X y Z, desde el 
afio del cometa, o séase el 82. La dictadora Conchi- 
ta (a) Chita, cuenta treinta y tres de edad y otros 
tantos de murmuradora; físico deleznable; voz ti- 
pluda; ojos de persona adormilada y lengua de tal 
ligereza y penetración, que un proyectil de a seten- 
ta y cinco se queda atrás. Estaba autenticado que 
Chita tenía dentadura postiza, la que ponía en las 
noches en un vaso con agua; y afirmaba Tafolla que 



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12 E. MAQUEO CASTELLANOS 

^ I 

en una ocasión en que se había sacado la lengua al 
par de la dentadura y las había puesto en el vaso, 
la lengua no se había estado quieta en toda la no- 
che. El matrimonio Garaicochea tenía tres vasta- 
gos: Pita (Guadalupe en nombre cabal) esmirriadi- 
ta ella, melancólica ella, algo soñadora, pero de un 
corazón de oro, según popular conseja. Pita era, de 
consiguiente, afecta al arte de Chopín y de Lerdito 
y se pirraba por- los versos. Seguíala Ñachi, una 
infeliz de tomo y lomo, que no trabajaba en nada 
ni se dedicaba a nada, pero que representaba muy 
bien lo que comía, pues en sus catorce mayos pesa- 
ba otras tantas arrobas probablemente; y cerraba 
el trío Toncho (Antonio) el consentido que integra- 
ba los domingos en el base-ball de los Orbezo, en 
calidad de «pitcher.> 

Vivienda número tres. Ocupada por los esposos 
Barbedillo. En ausencia de prole, los Barbedillo 
habían recogido a una huérfana, que bufaba contra 
el destino porque había dado a sus nobles protec- 
tores aquella oportunidad de amargarle la vida con 
pretexto de ver por ella. . . . 

Vivienda número cuatro. Señoritas Menchaca y 
sobrino. Edad de aquéllas, indefinible. Proceden- 
cia, ídem. Medios de vida, ídem, ídem. Cada una de 
ellas, Lucha y Liocha (Luz y Dolores) era una «mi- 
tad» porque tan sólo entre las dos podían comple- 
tarse formando unidad, ya que cada una tenía, al 
parecer, doble perfil, gastándose de esas caras 
que tienen dos aspectos, según sea el lado por el 
que se las mire. Además, las Menchaca no ix>dían 
jamás andar separadas, y hablaban siempre las dos 
al mismo tiempo y con el mismo tono de voz. En el 
arte de <rajar> o sea comer prójimo, eran maestras 
y se sabían al dedillo la vida y milagros del mundo 
entero. Tafolla las llamaba «las de la reservada,» 



LA RUINA DE LA CASONA 



13 



aludiendo a la institución de la policía secreta, o 
bien «Menchaca sisters» en su afán de sajonizar. 

En cuanto al sobrino Menchaca, Rodolfo, y más 
conocido por <Pito,> de veintitrés afios y telegrafis- 
ta en oficina gubernamental, era el orgullo de la ca 
sona y la admiración del vecindario, porque para 
vestir, Menchaquita; para recitar, Menchaquita; pa- 
ra organizar bodorrios, Menchaquita, y para hacer- 
se el aristócrata, Menchaquita ¡Qué ñuxes los 

que se gastaba el hombre y qué corbatas y qué cal- 
zado y qué fieltro blando caído sobre un lado! Como 
que, según se decía, tenía en perspectiva atrapar a 
una heredera con muchos «tecolines!» 

Viviendas interiores del primero y segundo piso, 
no hacen al caso. Los que las habitaban eran los del 
«perico,* según decía TafoUa, aludiendo a los tran- 
vías de segunda clase pintados de verde. 

Habitantes de «El Copete.» — Vivienda número 
uno. Familia Mandujano, compuesta de Manolo 
Mandujano, su cónyuge y el fruto primero de sus 
amores. Dado el carácter de Manolo, nadie se gas- 
taba intimidades con él; era profesor de box y cam- 
peón de «peso ligero» por campeonato ganado en 
una excursión a Nicaragua, sin saberse cómo ha- 
bría podido adquirir allá tal título, pues lo averi- 
guado era que había ido en calidad de partiquino en 
una mala Compañía de opereta, una vez que había 
destripado como estudiante. 

Vivienda dos. Vacía. 

Vivienda número tres. Raúl Gordillo, ente extra- 
ordinario en la casa, por ser el único que carecía de 
diminutivo o de alias. Tafolla solía llamarle «el re- 
trato» por su inveterada costumbre de no gastarse 
más que un traje negro cada año. Subidito de color 
él, cortés él, de buenas costumbres, trabajador in- 
fatigable, discreto y no mal amigo, se sabía que era 






14 E. MAQUEO CASTELLANOS 

de Otumba, célibe, sin pretensiones y duefio de un 
taller de herrería. El hombre estaba siempre en su 
negocio: era una máquina; y una fábrica de «proto- 
tronuro de patasio» en calamitosa expresión de Ta- 
folla que decía que, Gordillo, en fuerza de andar en 
el taller, padecía algo de los pies. Gordillo vivía so- 
litario y su alma. Olvidábaseme apuntar que estaba 
algo averiado por la viruela. |. - 

Vivienda cuatro. La República, según general de- 
nominación. En «La República> (dos habitaciones, 
«cartucheras» llamadas por Tafolla, por sus esca- 
sas dimensiones, baño y W. C), vivían hasta cuatro 
estudiantes pobretones y padres del buen humor, 
que eran, con las Otamendi, las joyas de la ca- 
sona; 

Por orden de categorías, posibles y edades, se ca- 
talogaban como sigue: Federico Andrade, Quico; 
veinte años; natural de Zacatecas y vecino de Méxi- 
co desde hacía tres años: primero de Derecho, en la 
de Jurisprudencia (suple inquit, Escuela de) Es- 
tudios subvencionados por un hermano cura de la 
ciudad de las minas. Huérfano de padre; carácter 
reposado; idólatra de la justicia; magnífico talento; 
buen físico y mejor corazón. 

Melchor Tenorio. Veinte años; de Pachuca; ter- 
cero de Comercio (carrera de estudios subvencio- 
nados por su señor padre, que se ganaba la vida co- 
mo administrador en una hacienda). Valentón de 
apariencia, atrabancado de modos, y amigo del «tu- 
le> (juego) y las mujeres. Su diminutivo, <Bito;> 
decírselo, era aplicarle un cáustico. Su sobrenom- 
bre, «Truenos,» por su vozarrón y por sus intempe- 
rancias. 

José Tafolla: Diecinueve. De Indé, Durango. Ul- 
timo de Preparatoria. Recibía «platas» de su fami- 
lia, que tenía un ranchejo. Tafolla, a pesar de se^ 












^u^ 






LA RUINA DE LA CASONA 15 

algo tartamudo y faltarle el meñique de la mano iz- 
quierda, perdido en una corrida de toros por aficio- 
nados, en la que había fungido de charro lazador (el 
dedo se quedó en la reata a la primera «mangana»), 
era la sal y pimienta de aquella casa y de la escue- 
la. ¡Qué <chispa> de hombre! Mote en la escuela y 
en la casa, «Demóstenes,> por su torpeza de len- 
gua. 

Agustín Chaneque (a) «El Capulín.» De la Mix- 
teca, Oaxaca. Dieciocho años. Indio de raza pura; 
muy «machetero» (estudioso), pero muy «tabla» § 

(tonto). ¡Pues no decían que todos los oaxaqueños fj: 

eran muy inteligentes! Segundo de la carrera pe- 
dagógica. Beca o pensión del Gobierno de su Esta- 
do, para costearle sus estudios. — ¡Qué suerte! — de- 
cía Tafolla, mientras Andrade, sin decirlo, pensaba 
que el «Capulín» estaba estafando a otro ídem que, 
sin estar tan helado como él, bien podría aprove- 
char mejor los cuarenta duros de la beca. «Cómo 
estaban los gobiernos! Tirar de ese modo el dine- 
ro!» .... Lo que demostraba que Quico, como buen 
estudiante y de leyes, estaba ya algo «picado» por 
la mosca de la murmuración política. 

¿Cómo se había amadrigado aquella camada de 
estudiantes en «el copete» de la casona de las Mo- 
ras? Pues a la manera que lo hacen las parvadas de 
gorriones en la alegre Primavera bajo las ramas del 
mismo árbol: al azar; por la casualidad y ufanadas 
porque, siendo de la misma estirpe, están bajo una 
misma sombra En la «República» todo era co- 
mún: todo de todos y de nadie: ropas, libros, platas, 
deudas, alegrías y pesares Todo, menos las no- 
vias, ¡qué caray! como decía Tenorio, porque en es- 
te particular, sí, la delicadeza se imponía. 

¿Se ha olvidado algo en el inventario provisional 
de la casa Barbedillo? ¡Ah, sí! La Profesora Polan- 



sí* 



16 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



co, media hermana de Garaicochea, y su hija Tu- 
les. De cuarenta y cinco la primera; nativa de Polo- 
titlán; berrenda en negro, ojo de perdiz, pelo crespo 
y genio ídem: sub-directora de la Primaria Noctur- 
na número 523 (Callejón de «Salsipuedes,» cada 
alumna tiene la obligación de llevar su «vela» por- 
que no se ha podido instalar aún, desde el afio de 
1903 en que se inauguró la Escuela, hasta el de 1910 
en que estamos, el alumbrado incandescente). Tu- 
les ¡Tules es un ángel de candor y de inocencia, 

que habla con monosílabos, se mortifica de todo, só- 
lo lee los textos de clase, se le suben los colores a la 
cara con sólo que alguien la vea, y si un hombre osa 
hablarla, acaba de un envite con el delantal a puros 
retorzones! I 

Y ahora, entremos en materia. ¡Ya era tiempo! 
¿Verdad? 



S?A? 



CAPITULO II 
Vientos de fronda 



La Casona era grande; amplia; recibía luz a to- 
rrentes durante todo el día y, como buena construc- 
ción antigua, estaba firme sobre sus cimientos y re- 
cia sobre sus paredes. La casona era buena: bajo 
sus techos sabía cobijar, piadosa y con cariño, co- 
mo una madre, lo mismo a juveniles almas en las 
que la vida no ha prendido todavía zarzas ni clavado 
espinas, que a otras almas en las cuales había deja- 
do ya la hiél destilada por los desengaños, los su- 
frimientos y las codicias no ahitas. Lo mismo a co- 
razones sanos y generosos, que a otros ruines, acaso 
pérfidos y capaces del mal. El enjambre que la mo- 
raba, vivía: parte de él feliz y despreocupado, alen- 
tando ilusiones y acariciando esperanzas: otra parte 
cargando sobre los hombros, sin por ello lamen- 
tarse, la monotonía de la vida que, rehuyendo la lu- 
cha, nada pide sino es paz y tranquilidad : y una 
parte más, en la rebeldía recóndita que no se avie- 
ne, que no transí je con tener que sacar diurnamente 
la misma tarea sin lograr descanso ni lubricar el 
espíritu con el bien conquistado desahogo La 

casona era buena. . . .Tenía mucha luz Bajo sus 

_ ;:: 2 . 






18 E. MAQUEO CASTELLANOS 

techos todos cabían, y del mismo modo sabía cobi- 
jar a los que sufrían que a los que gozaban .... Pa- 
recía tener el alma de una madre generosa y san- 
ta . • . . 

Estamos en fines del mes de septiembre de 1910 
(domingo 24) feneciendo ya el mes de las fiestas del 
Centenario de la Independencia, y son los ocho y 
media de la mañana; de una mañana radiosa, como 
si el cielo quisiera festejar también con sus oros y 
sus añiles a la Patria. 

Todos los animales de pelo y pluma de la casona 
de las «Moras» estaban ya servidos: los canarios de 
las Otamendi con su alpiste y sus hojas de lechuga: 
el perico de las Menchaca, con sus sopas de choco- 
late; «Tulipán» con su pocilio de ídem, y hasta «la 
niña,» gata de la propiedad de la profesora Polanco 
(edad tres años y estado célibe a pesar de vagabun- 
dear por las azoteas) había engullido ya sus dos cen- 
tavos de «retazos.» Tocaba ahora a los de la clasifi- 
cación Tafolla «homo sapiens,» y así, cada quisque 
de los que no se alimentan en sus propios domici- 
lios, se va para el efecto apareciendo por el come- 
dor de Barbedillo, a fin de no perder el desayuno, 
puesto que el consabido carteloncito reza: — «Des- 
ayunos, de 7 a 9 a. m.» | 

Porque hay sucesos qué comentar han llegado 
ya, en calidad de visitantes, Cuca, Chayo y Meches 
Otamendi, y llegarán con seguridad las Menchaca 
una vez que se concluya la misa de ocho en Santo 
Domingo, a la que van en los días festivos. También 
habrán de concurrir Chita la profesora y Garaico- 
chea; que se acabe, nada más, de polvear la prime- 
ra, que «impende mucho tiempo en el estuco» según 
dice Tafolla. En el comedor están ya Andrade y 
«Truenos» saboreando unos «huevos rancheros;» 
Barbedillo, que ha comenzado a hojear la prensa 



.-i*- 



LA RUINA DE LA CASONA 19 

diaria, y Tachita que ha concluido de ordenar a la 
maritornes «el menú> de medio día, con la expresa 
recomendación de que no vayan a olvidar «el guaca- 
mole» para el señor. . 

Con la servilleta encajada entre cuello y camisa y 
masticando una sopa de chocolate, Tenorio se levan- 
ta, se asoma al corredor, y con la voz más estentó- 
rea de su repertorio, grita: 

— ¡Chaneque! .... ¡Capulín! .... Pero, está sordo 
este «nito>? .... ¡Chaneque! .... —Chaneque se aso- 
ma al barandal del tercer piso, con una toalla de 
dudosa reputación (léase blancura) en las manos; 
chorreando agua del macizo rostro indígena, y en 
camiseta de reputación más dudosa que la de la toa- 
lla; se enjuga y responde: - 

— ¿Qué diablos quieres? 

— ¿No se ha levantado todavía ese condenado de 
Tafolla? 

— Todavía no; está roncando a dos fuelles .... 

— Pues ábrele las puertas; échale agua fría en la 
cara; quítale el cobertor; dile algo fuerte para que 
se despierte y baje ¡qué caray! que aquí lo necesita- 
mos mucho. ... 

— ¿Y si me da un «recado?» 

— Le contestas con otro de mi parte .... Ándale, 
que urge! .... 

El urgente llamado de Tafolla obedecía a la cir- 
cunstancia de que Barbedillo, en la lectura del pe- 
riódico, había llegado a la reseña del baile monu- 
mental que, en la noche del día anterior, había tenido 
lugar en el patio central del Palacio Nacional, y el 
cual era uno de los grandes números de las fiestas 
del Centenario. Y como Tafolla había sido el único 
mortal afortunado de la casa que había podido con- 
currir, mediante una invitación que le había facili- 
tado un tío segundo suyo, oficial mayor de algún 



->.>'■ 



20 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



gobierno (¡Como siempre! ¡Qué suerte la de Tafo- 
Ha!) su presencia era necesaria para «cotejar» lo 
que el periódico decía, pues por lo regular la pren- 
sa es mentirosa y necesita de testigos de confronta. 

— ¡Qué «plancha» la del pobre Menchaquita! — de- 
cía Chayo Otamendi. 

— ¡Pobre! Estaba que «se las pelaba» por ir al 
baile — repuso Andrade. 

— Y lo tenía casi seguro — añadió Tachita. 

— Él tuvo la culpa por «pazguato» — dijo Tenorio 
— por andarse confiando de uno de esos de la aris- 
tocracia, que no saben hacer más que canalladas. 
Yo se lo dije: «Mire Menchaca, que le van a hacer 
una «tanteada». . . No me quiso hacer caso; aprontó 
los cuarenta «fierros» que le pedían por la invitación; 

mandó planchar el frac, y ¡plancha! después de 

haberse hecho la ilusión y de haberse gastado quin- 
ce duros en unos zapatos de baile 

— Eso fué una indecencia! argüyó airada Cha- 
yito. 

— El niño bonito ese — prosiguió Tenorio — se le 
«rajó» como un santo de «oyamel,» y anoche estaba 
Menchaquita que ehaba chispas, y con razón 

— La inconsecuencia no pudo ser mayor 

— Por eso yo no puedo ver ni en pintura a esos 
«chinches» de Plateros. (Tenorio los llamaba así por 
la facultad que t^ienen los gomosos de nuestra gran 
Avenida, de vivir adheridos a las paredes de aquélla. ) 

— ¿Se puede? 

Conchita Garaicochea y consorte, con la profeso- 
ra. Tules y la Garaicocheita mayor, Pita, a la que 
Tafolla había bautizado con el musical apelativo de 
«la corchea,» tanto por su afición a la música, cuan- 
to porque a la hermana menor la conocían por la 
«semi-corchea» y a la señora de Garaicochea, por 
la «corchea madre.» 



LA RUINA DE LA CASONA 21 

— Pasen ustedes pase Chita adentro, se- 
ñor Garaicochea .... 

— ¿Qué dice la prensa, don Taco, hay novedades? 

— Chismes, hija mía puros chismes. Ahora 

leíamos precisamente eso del gran baile de Pa- 
lacio. 

— ¡Un bailezote! ¡Vaya usted a ver qué revoltu- 
ras no habrá habido allí! Por eso yo le dije a mi ma- 
rido que estaba empeñado en llevarme: «Ni te apu- 
res, hijo, por la invitación, que ni falta hace .... No 
tengo deseos de ir, porque no quiero confundirme 
y alternar con esa gente, que es una por fuera y 
otra por dentro.» ¿No les parece a ustedes? ¡Ya lle- 
gará la nuestra! .' 

— Es una «carambada,» (Tenorio) que el gobierno 
se haya gastado en ese «bodorrio,» medio miUóade 
pesos para darles una noche de danzón a los ricos, 
que no lo necesitan. 

—Sobre todo, (Andrade) cuando ese dinero se po- 
día haber empleado mejor en otras cosas Por 

ejemplo, en aumentar las dotaciones de los hospita- 
les o de las escuelas .... 

— ¡Hum! (la profesora.) Si de una ni quien se 
acuerde! ¿Pagué? El apostolado de la enseñanza 
nada merece de esas gentes! Eche usted los «bofes» 
con los muchachos enseñándoles la arismética y la 
gramática y todo eso, por miserables sesenta pesos 
mensuales, y sin esperanzas de mejorar. 

— (Tenorio.) Todo eso no es más que «charranada» 
de Limantour .... 

— (Barbedillo.) Bueno bueno Es que hay 

que darle gusto a todos, y nadie se puede quejar, 
porque para todos ha habido fiestas. 

— Eso lo dice usted (Chayo) porque ya a usted le 
tocó su «chambita,» que buen dinero se ganó con los 



f't} 






22 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



contratos que hizo para instalar el alumbrado incan- 
descente de adorno, en los edificios del Gobierno. 

—Fué una «lucha» legal Un negocio como otro 

cualquiera.... 

— Sí .... pero conseguido por inñuencias, porque 
si no lo ayuda su amigóte el diputado, no saca usted 
nada. (Observación de la «corchea madre.») 

— Cabal! ¡Si ahora todo se consigue por influen- 
cias y nada más! 

— (Barbedillo.) Pues están ustedes muy equivo- 
cados El diputado me ayudó únicamente para 

abonarme como persona formal .... 

— Sí ¡Ya fuera! ¡Al saber cuánto le dio usted! 

Ahí tienen ustedes a «pata de fresno,» que se ganó 
muy buenos «tecolines» contratando el follaje que 
necesitaron para el adorno en el baile. Hasta viaje 
hizo a Orizaba para traer heléchos y palmas! (La 
que así asenderaba a Orbezo, era la pequeña Ota- 
mendi.) I 

— Pues también hizo su «lucha» . . . ¡qué caray! . . . 
que al que no se mueve, Dios no lo oye 

— Es decir, no lo oye don Porfirio, porque eso lo 
tuvo porque es porfirista y muy «rapón.» 

— No se queje, Chayito, no se queje, que también 
ustedes buenas platas se ganaron con los «vestidos» 
y las salidas de baile que tuvieron que hacer .... Ya 
ve que para todos hay con tal de que no arrebaten. 

— Sí; pero a nosotros nuestro trabajo nos costó. 

— Lio mismo que a todos Chayito. Antes que nada 
hay que saber ser justos. I 

— Este Andrade siempre está defendiendo a esas 
gentes .... Ha de querer ser justo aunque no se 
deba. ... I 

— Es que siempre se debe ser justo. 

Entrada solemne de las Menchaca, con rosario y 






' LA RUINA DE LA CASONA 23 ' 

\ libro de misa en una mano; andar de «paso a dos> 
^ y saludo a dúo en tono de lá sobreagudo: 

— Muy buenos días 

— Buenos, Lochita Buenos, Lucbita.... Pa- /% 

sen, pasen ustedes .... ¿Qué tal? y* 

Alusiones a la salud, la temperatura, las misas de 
ocho, etc., y salida de tono de Tenorio, regocijado V 

en lo íntimo por la plancha que se tirara Mencha- 
quita al no haber podido asistir al baile, porque Men- ■ . 

chaquita «le cae en pandorga> o sea mal, por sus , ¿; 

atildamientos y correcciones. 

— ¿Conque el pobre Menchaquita se tiró su plan- 'i¿^ 
cha y no pudo ir al baile ese? ¡Ha de estar furioso! Jr 

— Tanto como furioso no lo está; pero sí desagra- 
1 dado con la burla que le hicieron 

1 — Él se tiene la culpa por andarse metiendo con >> 

■ esa clase de gente. No hay entre ellos uno solo de- :•• " 

cente, por más que son de la «high life> .... %■ 

— Nada. . . . nada. . . . pero esto parece imposible! 

Exclamación de Cuca Otamendi que ha estado .-■■__ 

abstraída revisando el periódico de arriba a abajo 
en la crónica del baile, y que lo tira descorazonada, > 

después de convencerse de que en la lista de los asis- 
tentes no están inventariadas sus clientes las Aleo- ;y 
medo y las Rocamonda, para las que confeccionaron /: 
trajes y salidas dé baile. La curiosidad no era por y' 
ellas, sino para ver qué se decía de los trajes; pero : 
en la larga lista no había Rocamondas ni Alcomedos . /:; 

— ¡Y que fueron, fueron! — decía Chayito. — Nos- 
otras las hemos visto salir de la casa. . . . Como que 
fuimos a darles la última mano a los trajes! 

— Que venga ese «petate> de Tafolla para que in- 
forme Habráse visto «rogón» ¿Por qué ^ . - 

no baja? : 

— Es que no deja todavía la cama. Vaya usted a 
saber a qué horas regresó .- . 



24 E. MAQUEO CASTELLANOS 

— A las cinco de la mañana— observación de Men- 
chaca «sisters,» que a esas horas estaban en pie ya, 
averiguando la vida y milagros de los vecinos. 

— ¡Chaneque ¡Capuliiiiiiiín ! ¿Qué sucede 

con el tartamudo? Baja o no? 

— Allá va ... . Ya se bañó y se está vistiendo .... 
— ¡Qué baje como esté! ¡Qué caray! ¡Qué lo esta- 
mos aguardando! 

— Sí, apúrele .... que baje .... 

A los pocos instantes, Tafolla, seguido del «Capu- 
lín,» hace su entrada triunfal en toilette de mañana. 
Pantalón de deshecho, alpargatas, y un saco color 
de aceituna, con el cuello levantado. I 

— ¡Hombre, Demóstenes! «¡Deatiro te pelas!> Lle- 
vamos dos horas esperando para que nos cuentes 
cómo estuvo el baile ese .... 

— ¡Caaaramba, her hermano! ¡Que hua 

hua. . . . hua. ... , . 

— ¿Te vas a poner a ladrar ahora? 

— ¡No .... Si diiigo que qué «hua pango!» ¡Co- 
mo troooompada! ¡En mucho tiempo no volveremos 
a ver o o . . . . otro igual! 

— Pero es verdad lo que dice el «informativo?» 

Y leyeron el periódico a Tafolla, y llovieron sobre 
él las preguntas, y ante aquel aguacero de interro- 
gaciones, Demóstenes sólo sabía contestar: 

— ¡Como troooompada! ¡Como troooompada! 
—¿Usted también Tafolla? Pero hombre, parece 

increíble que usted también nos quiera tomar el pe- 
lo, contándonos «grillas» de ese tamaño. . . . 

— Pues si así fué Y aun f a fa . . . . falta! 

Qué bu.... bu.... bu 

— Buuuu ¿qué? ' 

-¡BuuufPet! ¡Saaandwichs y pasteles y chaaam- 

pagne a pasto! ¡Dos botellas me sooopleeé yo solo! 

— ¡Con razón roncaba a las ocho de la mañana! 



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LA RUINA DE LA CASONA 



25 



- ¡El festín de los burócratas! (Tenorio.) 

— ¡Las orgías de Sardanápalo! (Chita.) 

— ¡Qué sarda. . . . sarda ñápalo ni qué nada! 

Si yo no soy buuuurócrata, ni lo son Gaaaalíndez y 
Tovaaarcito y allí estaban! Con unos gua . . . . gua. . . 

— ¿Pero no acabarás nunca de ladrar? 

- ¡Guantes perla despaaampanantes! Y la viuda 
deRa.... ra Ramirítoz! 

— ¿No lo decía yo bien? ¡Vaya una revoltura! ¡Qué 
cursis! 

- Pero ¿no estaba la señora de Alcomedo? ¿Y las 
Rocamonda? 

— Sí; allí estaban entre el mooonton 

- ¿Es decir que no se distinguían por sus trajes? 
¿No se detenían los concurrentes para vérselos? 

— No No «pintaban> .... 

— No canse usted Cuquita (la profesora a Cuca 
Otamendi.) ¡Como usted no es modista «científica!> 
— (Chayito.) ¡Seguro¡ ¡Sólo esas imperan! 

— ¡Pero es que los trajes eran de lo mejor! ¡Mo- 
delos de París! Pocas veces habremos hecho algo 
igual!.. .. 

- ¡Pues no le quepa duda! (Tenorio.) Én eso de 
que sus clientes no hayan llamado la atención ni ha- 
yan salido en la lista del periódico, hay una «intriga 
de los científicos» 

- ¡Vaya usted allá, Tenorio! (Barbedillo.) ¿Cómo 
1 se han de andar metiendo hasta en eso? 

- En todo, don Taco, en todo (la corchea ma- 
dre.) ' 

- ¿Usted qué ha de decir? Como es usted de los 
I de esa carnada .... 

— ¿Yo? Pero ¿por qué hombre de Dios? 
— Pues y los adornitos eléctricos y su amistad 

I con el diputado ese? ¿Y no tiene usted casa propia? 
El palique continuó, metiendo cada cual su basa, 









E. MAQUEO CASTELLANOS 



excepto el alma de Dios de Garaicochea, que no sa- 
bía sino asentir a lo que su consorte dijera, hasta 
que las Menchacase acordaron que tenían que dar- 
le su desayuno al sobrino Pito, y la Garaicochea que 
rizar a la «corcheita» para que se fuera al Paseo, y 
Barbedillo q ue razurarse de a tostón, por ser domin- 
go, en cuya virtud el cónclave se fué deshaciendo 
poco a poco. I 

Barbedillo, Andrade y Tenorio, bajaron juntos 
rumbo a la calle. En el patio los Orbecito se apres- 
taban a jugar el primer «match» del día, en unión 
de Fermín, vestido de limpio por estar, seguramen- 
te, en el mes del Centenario, y Paulinita, siempre tra- 
bajadora, peinaba un tupé rubio como una madeja 
de rayos de sol, sobre la monda cabeza del manequí 
que para el caso la servía. Quiso la mala suerte de 
Orbezo hacerle salir de su «cantón» (denominación 
de Tafolla para las viviendas) en momento en que 
don Taco y sus acompañantes pasaban, y Tenorio, 
que le tenían inexplicable «tirria» a Orbezo, aprove- 
chó la ocasión para lanzarle una puya. 

— Adiós, mi teniente coronel; ya sé que con el ne- 
gocito del follaje se puso usted «las botas» 

— ¿Sí, eh? ¿Y a usted qué le importa? 

— ¡Nada. . . . nada. . . . ! ¡Qué bueno es ser «achi- 
chintle»de don Porfirio! Pero ya se ha de cargar Pa- 
tetas al viejo ese por mal distribuidor de la riqueza 
pública, y por «compadrero» y explotador de las 
masas I 

— Oiga, señor Tenorio. Conmigo lo que quiera; pe- 
ro con el señor Presidente general, no se meta us- 1 
ted, porque no lo consiento. 

-¡Adiós! ¿Y por qué no? Es un viejo «chembo> | 
que no sabe más que tiranizar al pueblo y darles be- 
neficios a sus amigos como usted. 

— ¡No sea usted imbécil! Él ni me conoce siquiera, I 



LA RUINA DE LA CASONA 27 

ni fué él quien me dio lo del follaje; y si yo lo respe- 
to y quiero, es porque se lo merece Y usted ha- 
bla sólo de despecho Porque no le dieron eso 

que quería ser, de ayudante de gimnasia en la Nor- 
mal, pues usted no sabe ni gimnasia ni nada! 

Pequeño altercado sin consecuencia; mediación 
de Barbedillo; parada de orejas de la viuda de Zar- 
zo, para informarse de qué se trata; en la puerta de 
calle, despedida general. Barbedillo se va a la pe- 
luquería; Tenorio al «ruso» a darse un remojón, y 
Andrade, sin programa definido, se encamina a la 
Alameda para oir un poco de música a la banda mi- 
litar que ahí toca en esa mañana, y para esperar a 
Meches y Chayito, que deben ir a dar «su vuelta.» Ya 
la segunda está al caer; ya «mero» da aAndrade el co- 
diciado «sí» y él se desvive porque sea antes de lapre- 
paración de los exámenes, que ya está encima, a fin 
de poder tener cabeza en calma y estudiar. La «pela- 
da» es que aquella morena esbelta, airosa, con sus 
ojazos negros y su boca chirriquitína, de labios car- 
nosos y rojos, y sus pies, unos piecesitos, menudos, 
siempre muy bien calzados con bota alta que deja 
ver una caña llena y redonda, le gusta que es una 
barbaridad .... La quiere formalmente; se le ha me- 
tido por la mitad del corazón, y si ella le correspon- 
de y lo espera a que acabe la carrera, se casa con 
ella ¡qué caray! 

¿Casarse? ¿Pero cómo? ¿Cómo, siendo tan pobre? 
Bueno; pero cuando sea abogado tendrá sus nego- 
citos y podrá ganar algo. . . . Algo solamente, para 
empezar, porque los negocios grandes los tienen 
otros abogados; otra clase de abogados, que no sa- 
brán la profesión y podrán ser unas «muías,» pero 
que están muy bien con los gobernadores y los mi- 
nistros y los magistrados .... 

Y Andrade veía planteado el problema de su fu- 



.«»•., 



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28 E. MAQUEO CASTELLANOS 

turo en una lucha empedernida, para la que se re- 
quería mucha fe. El quería abrirse paso, en buena 
lid; a ley y trabajo; y hacerse conocer así, y adqui- 
rir reputación, y subir y tener de ese modo repre- 
sentación y dinero Siempre por su propio es- 
fuerzo, sin tener que pedirle favor ft nadie! No lo 
pediría .... y lo atajarían a la mitad del camino; le 
cerrarían el paso, como había visto que les había 
sucedido a otros. Ya él lo había podido palpar en la 
misma escuela; no lo distinguían lo bastante, a pe- 
sar de que tenía la conciencia de que estudiaba y 
sabía y se portaba como el mejor; apenas si uno que 
otro maestro le daba su lugar. Allí mismo había 
diferencias, desigualdades y castas de privilegio. 
Y si, concluida la carrera, optaba por ser empleado 
judicial, le sucedería idéntica cosa: comenzaría por 
ser un emplead illo infeliz, «choteado» por todo el 
mundo; para ascender, tendría que esperar mucho 
si no contaba con buenos «resortes» y «agarrade- 
ras.» Y aun ascendiendo pronto, no pasaría de pe- 
rico perro, y se haría luego viejo, y se moriría po- 
bre .... a no ser que dejara de ser honrado, y él lo 
habría de ser toda la vida ! ¿Para qué diablos habría 
escogido aquella profesión? Era que le seducían la 

ley y la justicia y la equidad, que por entonces 

no andaban muy bien paradas ! ¿Tendría la culpa de 
ello don Porfirio también? . . . . ¡ No, pobre viejo! .... 
Él no; pero sí de muchas cosas malas tenían la cul- 
pa los que lo rodeaban, lo mismo que aquella forma 
singular de gobierno. Él, Andrade, que estudiaba 
entonces Derecho Público en la de Jurisprudencia, 
y que leía a Donoso Cortés y a Montesquieu y a 
Lastarria, amaba a la Libertad y creía fanáticamen- 
te en la Democracia. Y México, dijérase lo que se 
dijera, no era una Democracia. . . . ! ¡Qué va! Era un 
Imperio y don Porfirio el César Augusto; bueno, 



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■r-.': ,. LA RUINA DE LA CASONA 29 3H 

porque no era entera ni voluntariamente malo; ma- -I 
lo, porque no era enteramente bueno. Sin duda que 
era una imbecilidad y una injusticia muy grande 
achacarle a él ni a nadie que los trajes de la confec- 1 
ción Otamendi no hubieran sacado ni accésit en el 
concurso del baile o creer que él hubiera interve- 
nido en que Orbezo se ganara unos duros vendien- 
do ramas y heno; pero no era moral, sin duda, que 
BarbediUo se hubiera «embuchado» desde su casa, ^ 
quitado de la pena y sin hacer nada, muy buenos 
cientos de duros en aquello de las instalaciones eléc- 
tricas, en lo que seguramente había mediado algu- 
na influencia oficial; el dinero del pueblo se debe cui- 
dar con celo y no darlo así Tenía razón la Po- 

lanco en querer que a las profesoras de escuela se 
las pagara mejor; pero antes que 'liada deberían 
cuidarse de quiénes eran las profesoras, para evi- 
tarse «timos» como el de ella misma, que enseñaba 
arism^ííca y grrawMÍíica, cuando estaba para apren- 
derlas. Érala rabia de la impotencia envidiosa la ' 
que aconsejaba a Tenorio «Truenos» para tronar 
contra el Gobierno, despechado porque no le habían 
dado aquella ayudantía de gimnasia sueca, por el 
solo hecho de tener tantas fuerzas como un buey; 
pero había algo de justo en el tronar de la «corchea >:; 
madre» que quería que los de balcón bajaran a en- >'V^ 
trésnelo, para que los de éste subieran a balcón, ya \ 
que aquel infeliz de Garaicochea, que con todo y ser 
un infeliz de carácter era un buen señor tenedor 
de libros, había echado los pulmones veinte años 
sobre los libros de contabilidad, viendo desfilar mi- y 
llones que se iban al extranjero, y no teniendo él 
más que el mismo sueldo mezquino con el que tra- 
bajosamente podía subvenir a las necesidades de su 
tribu. Y así había muchas cosas: si se interioriza- 
ban, se veía que aquello andaba mal; las reparticio- 



30 E. MAQUEO CASTELLANOS 

nes no eran equitativas; no se abría paso el mérito 
sino el favor; en todo lo que algo se rozaba con los 
dineros del Gobierno, había intrigas para poder al- 
canzarlos; y por eso que hubiera sus tormentas po- 
pulares, su mar de fondo, y que el cielo político no 
•f apareciera despejado. Don Porfirio había hecho 

mucho por la Patria ¡qué caray! ¡El que lo negara 
era un bárbaro, mendaz, y nada justo! La Patria 
estaba allí, celebrando el primer Centenario de su 
' V ; Independencia, y demostrando que era autónoma, 

:•;- grande, rica, próspera y respetada por todas las 

■ r naciones como entidad política. Pero eso era 

" ■' de la apariencia exterior del organismo; en lo inte- 

rior había mucho podrido y mucho malo; y sobre 
•^ todo, la renovación se imponía: había anhelos no- 

bles de libertad; aspiraciones múltiples, que no ha- 
llaban cabida, buenas y malas; deseos sanos e im- 
puros; ambiciones legítimas y otras reprobables, y 
' : . las de buena cepa no podían saciarse; y Augusto 

acaso nada sabía de aquello, o no quería oir el apa- 
■: • gado murmullo que venía de abajo y que bien po- 

dría convertirse en grito estentóreo y demanda 

; formidable 

: - v Había hecho mal en reelegirse por la cincuenta- 

' ¿ va vez. Sise hubiera retirado, habría descendido 

cubierto de gloria inmarcesible y envuelto en la 
piárpura imperial; pero mal aconsejado, no lo había 
• i. *i hecho, dizque porque así se lo habían exigido «los 

V; intereses cread os»y la verdad era que la «había tron- 

/, chado verde.» Si la elección se hubiera hecho le- 

gal, lo cierto era que habría triunfado Madero. Y 
si Madero era un loco y no daba la talla, como 
muchos decían, al que la plebe había seguido sólo 
<' •> - por impresionamiento y por novelería, allá la culpa 

• de esa plebe que lo elegía, que él recordaba haber 

. leído en alguna de las cartas de Simón Bolívar, 



LA RUINA DE LA CASONA 31 

«que los gobernantes, en las democracias, no deben 
adueñarse del poder indefinidamente, a riesgo de 
que llegue un loco y se los arrebate y haga de él 
una tea incendiaria,> 

No; resueltamente no tenía razón aquel vividor de 
Barbedillo que le decía «Desengáñese, amigo An- 
drade Todo eso es música celestial. ... lo úni- 
co que cada cual busca es el quítate tú para que me 
ponga yo, y más vale pan malo conocido que bueno 
por conocer, > ni aquel Gordillo que, con su cara de 
idiota, no tenía pelo de tonto y decía: «Revuelvan, 
revuelvan antes de haber hecho ciudadanos, y ya ve- 
rán lo que pasa Después no podrá arreglar 

esto ni el Sursum; tendremos mucha Democracia 
y Patria en cueros !> 

Y así, monologando para su coleto, Andrade ha- 
bía llegado a la Alameda y había buscado asiento 
en una banca, y allí aspiraba el fresco ambiente de 
las frondas; volandero el pensamiento; perdida la 
vista en el pedazo de cielo recortado por el follaje, 
y descubierta al aire la cabeza, una cabeza de En- 
jolrás, de fino perfil y ancha frente, recortada por 
los rizos de una cabellera de «Apolo adolescente....» 



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CAPITULO III 



Dos episodios 






Había transcurrido un mes justo y los ecos de 
las últimas fiestas del Centenario se habían extin- 
guido. La capital estaba como cansada, como ahita 
de tanto «panem et circensis> según clásica expre- 
sión de «Demóstenes.» Todo iba retornando a la vida 
habitual. Ya las últimas Embajadas extranjeras se 
habían marchado: los barcos de guerra de las na- 
ciones amigas, que habían venido hasta nuestros 
puertos a darnos los parabienes, habían levado an- 
clas después de la salva de despedida Apenas 

si aquí y allá quedaban restos de las ornamentacio- 
nes: banderas y gallardetes, desgarrados y desco- 
loridos por el sol y la intemperie; bastidores y bam- 
balinas toscamente pintados y rotos, arrinconados 
en las calles; tablazones de estrados y yeso de estu- 
cos que se caían a pedazos «StaflE,» apariencias, 

decoraciones de farsa y de escenografía ridiculas, 
que Andrade pensaba que eran algo así, como la re- 
velación de lo que el país era. 

En la casona de <Las Moras» y en aquel crepúscu- 
lo vespertino, con las languideces de nuestros atar- 
deceres otofiales, la decoración no había cambiado 

3 






34 E. MAQUEO CASTELLANOS 

..'''■■' . • ■ 

.; gran cosa. Paquita Otamendi recorría el corredor 

de su vivienda repasando por quinta vez el Trata- 
do de Anatomía. Paulinita en su «cantón» peinaba 
ahora un par de trenzas negras como el ala de un 
cuervo; la «Corchea,» que tenía que presentar exa- 
men de agilidad y de fuerza en el piano, destrozaba 
el «Motu perpetuo» de Rafif, alternándolo con la «Ta- 
rantella» de Listz (y de aquello llevaba mortales 

. . .; . cuatro semanas sin descanso suyo ni de los vecinos) 

y en la «República» todo mundo estaba puntual al 
estudio y se había hecho abundante provisión de ca- 
fé, conviniéndose en que, por economía y a suges- 
'. tión de Tachita, sólo un foquillo incandescente po- 

dría arder hasta las doce de la noche; hasta esa hpra 
se estudiaría, y «en rueda.» Ya estaban ahí los exá- 
menes de fin de curso .... 
En aquella tarde, Andrade, de bruces en el ba- 

': .; raudal de uno de los corredores del «copete,» echa- 

ba un ojo al texto del Derecho Civil y el otro a Cha- 

.: f yo que cosía una blusa en la entrada de la salita de 

;?■" su vivienda, aprovechando las últimas luces de la 

tarde. «Truenos,» en mangas de camisa, a horca ja- 

V das sobre una tosca silla de tule, con el libro en la 
diestra, echaba pestes contra Paca porque le quita- 

V ' ba la atención, y contra la «Corchea> porque no se 

la devolvía, y el «Capulín,» boca abajo en la cama, 
se «metía a lo hombre» en el obscuro cerebro, cómo 
se hacen las cuentas a interés compuesto, por día. 
Sólo Tafolla brillaba por su ausencia; de seguro es- 
taba de «comadreo» en la casa de las Labariega, 
pues a él maldito el miedo que le infundían los exá- 

V menes; si pasaba con lo que sabía, bueno; y si lo 
.' ,í- «tronaban,» bueno también, que todo se reducía en- 
; tonces a urdir una mentira que contar a los que de 
'. . Indé le mandaban para seguir los estudios. 

i >< — ¡Ya me revienta ese ídolo de tu cuñada, Andra- 



LA RUINA DE LA CASONA 35 

de! En cuanto llega de la escuela, no para la maldita 
con el «gran macetero» y el «pequeño macetero,» y 

el hioides y el esfenoides! Ya verás qué curso 

de Anatomía y Osteología nos va a dar el perico de 
las Menchaca, de puro oiría! 

A lo que respondía la voz monótona y gangosa de 
Paca.— El tendón de Aquiles está constituido por 
un haz músculo-fibroso que se inserta en forma 
de. . . . 

— ¡En ninguna forma se puede estudiar oyendo a 
esa arrastrada! 

Y de golpe y porrazo cTruenos» cerró el libro. 

— ¡Métete allá dentro, hombre, y déjala a ella que 
estudie como se le dé la gana! .... ¡Ya quisiéramos 
nosotros ser tan macheteros! 

— Ni envidia. Aprender así, no es aprender. Es 
incrustarse el texto en la mollera! ¡Pero a ella no le 
entra ni a diablazos! 

Tenorio, para tener algo qué hacer, se puso a ta- 
rarear «La Viuda Alegre.» 

— ¿Pues y la otra? ¿Qué me dices de la otra con 
su «Tarantella?» ¡Para atarantar a los monolitos 

del Museo! Ta, ra, ra, ra, ra, tá tá, ra, ra, ra, 

ra, ra, tá . . . . Esto no parece una casa sino una es- 
coleta de cuartel! 

A esas alturas las imprecaciones de «Truenos,» 
se dejó oir, para más, y en el patio, un silbido con 
agudos y bajos, y luego otro y otro más. 

— Ese es Demóstenes . ¿Qué milagro que llega tan 
temprano? 

— Es que ya le está entrando «la del indio» y sabe 
bien que si no le «machuca* muy recio a los libros, 
se lo Iteva la tristeza .... 

—¿Qué hay tü? (Andrade, respondiendo a los sil- 
bidos, desde el barandal del «copete. » ) 

— (TafoUa, desde el patio.) O o oyes, An- 






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36 ' E. MAQUEO CASTELLANOS 

dradito, heeeermano Échame desde ahí mi abri- 
go que está en la cabeeeecera de mi caaama 

Por favor 

— ¿Pero no vienes a estudiar? 

—Me voy un ratito al Cine con las Labariegas, y 
luego vengo a darle. Anda, échame el abrigo 

—¿No te lo dije? (Tenorio a Andrade). Este bu- 
rro de Demóstenes le está atorando muy recio a 
Charo Labariega, y esto, a estas horas, equivale 

a perder el año ¡Está camoteando que es una 

barbaridad! 

—¡Allá él! Como dice que su tema es «Malgré 
tout!> 

Instantes daspués el abrigo de Tafolla descendía 
desde el tercer piso, haciendo contorsiones como de 
un pelele arrojado al vacío, hasta llegar a las amo- 
rosas manos de su dueño en el patio. 

— ¡Gracias, cvale» Hasta luego Hasta 

lu . . . . lúe luego, Paquita. No estudie tanto por- 
que se le va a secar la «pensadora» (la cabeza). 

Ya no se veía; la noche iba cerrando; la troglodi- 
ta Filo había encendido el único foquillo de la esca- 
lera, y la «Corchea» había dejado en paz a Listz y 
Raff, porque la luz se economizaba mucho en el can- 
tón Garaicochea. Paca también ya no gangeaba la 
anatomía, pero en cambio la semi-corchea había co- 
menzado a toda voz aquello de «Marieta .... no seas 

coqueta» y ya se sabía que la canción duraba 

noventa minutos invariables; de 6 a 7.30 minutos 
p. m., «sin aflojar.» ' 

Tenorio se puso a escribir en la destartalada me- 
sa única que en la «República» existía, y que lo mis- 
mo servía de pupitre que de mesa de juego, o de 
blando lecho en ocasión en que algún amigo, hués- 
ped trasnochador, llegaba hasta «el copete» pidien- 



LA RUINA DE LA CASONA 37 

do asilo. Andrade se tiró a la bartola en. su cama, y 
se puso a pensar 

Andrade tenía dos debilidades literarias: Víctor 
Hugo y Vargas Vila. Se sabía de memoria cLes 
Lions» y cLes Djins> y capítulos enteros del «Hom- 
bre que ríe» y del «Año Terrible.» Y muchos de Var- 
gas Vila, incluso la tremenda cochinada de «Los 
Tres Lirios,» y antes que nada, del «Verbo de Ad- 
monición y de Combate.» ¡Qué bien escribía el hom- 
bre! ¡Qué fibra en aquella prosa de renglones cor- 
tes y duros como saetas! 

Pero entre todos los personajes novelescos, pre- 
dilectos para Andrade, ninguno como aquel Enjol- 
rás de Víctor Hugo en «Los Miserables.» Ese era 
su más acabado tipo; y cuando lo estudiaba y lo me- 
ditaba, llegaba a sentirse algo Enjolrás. Tener, con 
la facilidad de la palabra y la enhiesta apostura del 
gladiador tribunicio, el culto a la libertad y al amor 
ardiente a la idea redentora, la seducción de las 
multitudes y la gratitud admirativa de los oprimi- 
dos, era su más adorado ideal. Y se imaginaba lo 
que él sería en la ocasión propicia, haciendo tribuna 
heroica de cualquier guardacantón de esquina; ani- 
mando y entusiasmando a las masas con su verbo 
todo fuego; electrizándolas hasta hacerlas prorrum- 
pir en las sonoras estrofas del Himno Nacional 

y él llevado en hombros, aclamado hasta el delirio, 
sobre el pavés, no como el vulgar torero triunfador 
en la odisea de sangre, sino como el hombre supe- 
rior y predestinado, capaz de llevar hasta el alma 
popular el pan eucarístico de la verdad, de la justi- 
cia, del derecho siempre augusto, y haciendo de los 
irredentos y miserables hombres que adquirieran 
el soberbio gesto del «Cives romanus suum!» 

Y así meditaba, con los ojos clavados en el des- 
tefiido cielo raso; las manos enclavijadas en el occi- 



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38 E. MAQUEO CASTELLANOS 

pucio, sirviéndole de almohada; tumbado sobre la 
cama y divagando deliciosamente sobre aquellas 
perspectivas que le atraían y le atraían irresistible- 
mente, cuando se acordó de que en aquella noche 
tenía una cita con la Chayito, a las diez pasadas, una 
vez que Pilo hubiera dado vuelta a la llave de la luz 
de la escalera, para apagarla í 

Adoraba a la tal Chayo. Se le había colado de 
rondón en el alma, y en sus noches de vigilia la veía 
cada vez más radiosa, más seductora, más esplén- 
didamente atrayente, con sus cabellos negros como 
la endrina; sus ojazos de emperatriz indiana; su 
busto erguido y lleno y su cuerpo airoso, que se iba 
moldeando y moldeando cada vez con más perfec- 
ción, por obra de sus diecisiete abriles 

Ya casi le había correspondido; en aquella noche 
se finiquitarían las cosas y se plantearía tal vez un 
compromiso que dejaba dibujar en la lontananza 
del porvenir un altar engalanado, una boda de amor 

y un hogar esplendente de felicidad Cierto 

que Chayo tenía sus relices de carácter y sus fla- 
queos de imaginación. Quería, por lo que enten- 
derse podía, ir muy arriba: llegar pronto a «figura;» 
tener dinero para gastar lujo; no dejar en la penum- 
bra su belleza; y todo eso, cuanto antes mejor 

Se sentía bonita y era mujer y ¡qué caray ! pensaba 
lo que cualquiera otra hubiera pensado y quería lo 
que otra cualquiera en su lugar hubiera querido 
también. Por fortuna él se sentía hombre para 
conquistar para aquella mujercita querida, todo 
cuanto pudiera exigir, una vez que él fuera seftor 
abogadazo, como lo sería, y para pagar de algún 
modo la conquista misma de ella para él ... . Chayo 
era toda una mujer. A diferencia de aquella pali- 
ducha de la «Corchea,» por ejemplo, esmirriada y 
rumbo a la tisis, que, cuando le daba la mano, no 



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LA RUINA DE LA CASONA 39 >^^ 

dejaba de estrechársela con cierta efusión. La , ■ 

«Corchea» podría tener todo el buen talento que se "| 

quisiera; saber mucho y ser toda una mujercita de 
Sí casa .... pero ¡qué diferencia! Chayo .... Chayo ' .'.¿ 

se llebava de calle la ventaja. ; J¿1 

—Bueno, compadre ¿qué dices? ¿Estudia- y., 

mos,onos vamos un rato al Club después de cenar? ' á¿ ■ 

La proposición era de Tenorio, y Quico contestó: s :fv 

— ¡ Maldito el chiste que tiene ir al Club ! La ver- 
dad es que no me divierte la cosa. Ninguno de los 
oradores que hay allí son «medallas» (alusión a que 
no eran dignos de premio). ' - á"; 

: — Sí los que has oído. Pero hoy en la noche >• 

van a hablar Brizuela y el negro Echeverría, el de : - 

«Ingenieros» y ese que escribe en la prensa de opo- {r 

sición ¿Cómo diablos se llama? Ro .... Ro ; 

¡Ah, sí! Rovirosa eso es, Rovirosa. Y dicen 

que es flor y nata, y que tiene unos arranques 

— Bueno. . . . bueno. Veremos. La verdad es que 
yo no tengo ganas de estudiar no sé que ten- 
go, pero mi cabeza no está para «embutirme» los 
artículos del Código. , ^v 

Lo que Andrade tenía era la imagen de Chayito 
clavada en la mitad de las retinas, adelantando en 
su imaginación la escena de las diez de la noche. 

—Pues entonces— agregó Tenorio — no hay que 
discutirlo; iremos un rato al Club y llevaremos a 
Demóstenes para que aprenda oratoria, y a Chane- 
quito, aunque sea a remolque, para que aprenda a 
ser hombre y oiga las honras de su paisano Don :^ 

Porfirio. ' íS>. 

Y todavía se pasaron una hora en grata indolen- .;¿ 

cia Andrade y «Truenos,» mientras el «Capulín» V 

daba por fin pie con bola en aquella endemoniada 
cuenta de interés compuesto, que le había costado ^ > 

un bloque de papel y todo un lápiz. :,-5- 



.^■' 



40 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



Cuando bajaron a cenar, Chayo estaba esperando 
a Andrade en el pasillo de la escalera, y entre los 
dos se cruzó este rápido diálogo: 

— A las diez, ¿eh? pero en punto .... 

— En punto de las diez ¿aquí? '■ f 

— Sí .... aquí ...... 

— ¿No me va usted a hacer una «tanteada,» Cha- 
yito? 

— iJesús! ¡Qué hombre tan desconfiado! 

Andrade sintió que el corazón le daba media do- 
cena de saltos mortales, pensando que a las diez en 
punto le daría por fin el codiciado sí aquella mujer- 
cita de sus desvelos. Ya lo creo que estaría puntual 
a las diez, así lloviera, tronara y relampagueara! 

No llovió precisamente, pero sí tronó y aun re- 
lampagueó, como vamos a verlo. 

En grata compañía de los esposos Barbedillo, de 
Garaicochea, que iba casi a diario a la tertulia de la 
hora de cenar; de su siempre descontenta consorte 
y de aquel inconmovible Gordillo, el hombre enig- 
ma, y en aquella vez de la profesora que, como «go- 
rrona» (epíteto de Tafolla) aprovechaba bien cuanta 
oportunidad se le presentaba para echar un «taco» 
de algún «antojito,» Andrade, Tenorio y Chaneque 
cenaron. Tafolla aun no se «aparecía» para el «ran- 
cho,» entretenido con la Labariega. 

Por supuesto que durante la cena la «Corchea ma- 
dre» no dejó, como lo acostumbraba, de echarle sus 
«breas» (críticas) al Gobierno y a los ricos, sin que 
la mansedumbre de Garaicochea pudiera evitarlo. 
Ella, la «Corchea,» no se «descosía» hablando del 
Gobierno todas las pestes que dentro llevaba con- 
tra aquél; pero en cambio sí lo hacía al referirse a 
los ricos, contra los que trinaba, sin importarle si 
la riqueza era bien o mal habida ni hacer distingos, 
y todo por el capítulo de que, si mañana o pasado 



,■■■.' ' • "^ ' ■ ' í ' 

LA RUINA DE LA CASONA ; 41 ":• 

se moría Garay, ella y los Garaycitos se quedaban ^-'^l 

a la luna de Valencia, lo mismo que si mañana o pa- 
sado, los patrones lo despedían por viejo e inútil. 

— Por eso es buena la previsión Hay que 3.- 

hacer ahorros, economías. , f' 

— Sí, don Taco Eso lo dice usted que puede S 

hacerlo; pero uno que tiene forzosamente que ir al . "J 

día C- 

Y Garaicochea pensaba que aquello de ir al día . ¿ 

se debía en buena parte al imprudente deseo de su 
consorte, de querer alternar con los de más alta ca- 
tegoría, y de no «ser menos> que nadie, así fuera el ^^ 
mismo Creso. . >,: .;; 

Al oir aquello Gordillo, se sonreía enigmática- í¿: 

mente Ese sí que tenía su psicología muy 

especial: para nadie era un misterio que Gordillo 
estaba «amarrando> dinero; parecía increíble que ,J, 

aquel tío, con su indumentaria prehistórica, su fa- 
cha de idiotón, que se hacía él mismo la comida y 
lexiviaba su ropa según decía Tafolla, y que siendo 
solo podía gozar de la vida, no saliera para nada de o 

su paso, majando el plomo todo el día; quemándose 
las manos con el soldador y el soplete; sudando la 
gota gorda, inerte a todo, al parecer, y dando por 
toda respuesta, cuando alguien le echaba en cara 
su tacañería, que lo mejor en la vida es tener un 
pentagrama y saber no salirse de él. 

— Gordillo; ya vio usted la zarzuelita esa nueva 
que estrenaron en tal teatro? 

— No, señora. 

—¿Y por qué? Dicen que es un primor 

— Porque como fui al teatro el mes pasado, aho- 
ra no puedo volver a ir hasta el mes que entra .... 
No hay partida en el presupuesto de este mes 

Ya al concluir la cena. Tenorio insistió con An- 
drade para que fueran un rato al Club; hasta el 






X 



^ E. MAQUEO CASTELLANOS 

propio «Capulín» no mostraba ya resistencia en 
asistir en calidad de curioso. ¿En qué cosa iban a 
matar el tiempo desde las ocho y media hasta las 
diez si no tenían ganas de estudiar? Además, era 
necesario oir a Brizuela y al compañero Echeverría, 
y sobre todo a aquel Rovirosa, que era un «pico de 
oro» según se decía. ¿Quién iba a poder estudiar 
con esa «balumba» que armaban en el patio los Or- 
becito y Fermín? Andrade tuvo un momento de de- 
bilidad y accedió. Así se daría tiempo para aquella 
cita que lo tenía nervioso. Que iba a poder estudiar 
si estaba que «se le quemaba la calabaza» porque 
dieran las diez! Total, al Club. | 

Todavía en el camino, Chaneque, como buen in- 
dio, iba receloso y desconfiado, preguntándole a 
«Truenos:» 

- Pero, oyes, Tenorio, ¿de veras no hay peligro? 
No sea que vaya uno a comprometerse, porque no 
tendría ningún chiste que «se lo apergollaran» a uno 
en Belén por revolucionario, y en tiempo de exáme- 
nes, y se perdiera la beca! I 

— ¡No, hombre .... No seas gallina! No pasa nada. 
Y sobre todo, es necesario que vayas aprendiendo 
a ser ciudadano ... . j 

Los recelos de Chaneque obedecían a que aquel 
famoso Club no era de billar ni de ajedrez, pues que 
era nada menos que el Club «Amigos de la Democra- 
cia,» con su respectivo lema de «Voto, Igualdad y 
Trabajo;» es decir un Club de neto color político, na- 
cido al calor de la elección Presidencial de 1910, por 
la perseverante campaña política de don Francisco 
I. Madero, y que sobrevivía a la ya consumada elec- 
ción presidencial. Por cierto que el Club no era ni 
había sido maderista, y no habiendo ya campaña 
electoral, si se reunía aún, era para seguir propug- 
nando, según expresión de Tenorio, por los sacro- 



LA RUINA DE LA CASONA 43 

santos derechos de la libertad y a fin de hacer obra 
de democratización. 

Ni Andrade, ni Tenorio eran tampoco socios. Co- 
nocían el Club por haber concurrido en algunas oca- 
siones a él, a fin de oir a sus oradores y entre ellos 
precisamente a Madero, ocasión en la que cada uno 
había salido con un concepto bien distinto del hom- 
bre. SegúnTenorio, en Madero «nohabía toda la fibra 
necesaria;» no tenía «bastante ley,» lo que significa- 
ba que no había en el sujeto toda la vehemencia y el 
ardor oratorios que Tenorio quería, dado su carác- 
ter. No podía negarse que «el chaparrito> como lla- 
maban a Madero, era «muy hombre,» ya que ataca- 
ba al Gobierno a cara descubierta; pero le faltaban 
empaque, arrogancia, tono de desafío. El propagan- 
dista causó muy distinta impresión en Andrade: lo 
vio enérgico sin propasarse; bien intencionado; un 
positivo amante de la democracia y de la libertad; 
un convencido, un sincero apóstol que, sino seducía 
con galas de lenguaje ni con exquisiteces de estilo, 
sí conquistaba con su apariencia afable, y con su 
misma llaneza de palabra. Sinceramente se había 
hecho su admirador, mientras que «Truenos» sólo 
muy tibiamente y con repulgos. 

Cuando llegaron al Club, hablaba Brizuela a la luz 
de seis foquillos eléctricos de gastadas energías, 
amarillentos y caducos, encaramado en una tribuna 
improvisada con un gran cajón recubierto de lienzo 
tricolor, y cuatro barrotes forrados de idéntica ma- 
nera. Por auditorio, una cincuentena de concurren- 
tes; híbrido auditorio en que había estudiantes y 
obreros y algún farmacéutico y algún abogadete no- 
vel y hasta un trío de señoritas cubiertas con negros 
chales. En la pared de fondo del salón, pendía el es- 
tandarte del Club, que así parecía querer cobijar a 
la «Directiva,» compuesta de Presidente, Secreta- 



44 E. MAQUEO CASTELLANOS 

rio, Tesorero sin tesoro, y media docena de Voca- 
les, todos ellos serios, circunspectos, como posesio- 
nados de sus altas funciones. Aunque a Andrade 
todo aquello le parecía algo ridículo, aprímafade, 
luego reaccionaba impugnándose a sí mismo tal idea; 
no había que ver la cosa por ese lado, que al fin y al 
cabo, así nacen, así se incuban y así se organizan las 
democracias; humildemente y sin aparatosidad; en 
la atmósfera sencilla respirada por los que en ella 
esperan. 

Brizuela. ¡Bah! Si a Brizuela lo conocían hasta 
en «estofado.> Era uno de la de Agricultura, muy 
«parrandero» y «entrón.» Mediano estudiante pero 
gran amigo, y muy simpático sobre todo. Bien es 
que, como orador no valía, la verdad, gran cosa; to- 
do se le volvía lugares comunes. No salía de aquello 
de «las ignominiosas cadenas que había que romper» 
y de la «odiosa tiranía» y de la «emancipación de 
las masas» y otras cosas por el estilo. No lo ayuda- 
ba la voz y no sabía accionar; parecía una «chicha- 
rra» en la tribuna; no convencía. Y así fué como, en 
efecto, al bajar del mueble aquel, sólo oyó una me- 
dia docena de aplausos. 

— Se va a dar, por disposición del señor Presiden- 
te, lectura a algunas nuevas cartas de adhesión — di- 
jo el Secretario. 

— Por supuesto que tenían que ser nuevas, pensó 
para su coleto Andrade, pues no habían de volver a 
leer las viejas. ^ - p 

Y el C. Secretario, con voz atiplada y de carreri- 
ta, leyólas cartas en cuestión, en mitad de un sepul- 
cral silencio del auditorio. j 

— Tiene la palabra el C. Echeverría. 

Echeverría resultó la segunda edición de Brizue- 
la; no «cuajó» como orador en la media hora de pe- 
rorata. 



■j^^.-j ' . 



"V LA RUINA DE L.A CASONA . 45 

— ^Así la echan a perder — decía Tenorio — ¿Cómo 
quieren, después, tener gente? Mejor lo haría yo, y 
no me atrevo 

Razón había, pues, para que el «Capulín» se hu- 
biera dormido. El muy tarugo roncaba como un 
gato! 

Y Andrade pensaba: ¿De dónde sacan valor estos 
gaznápiros para improvisarse oradores? ¿Cómo se 
atreven? ¡Qué audacia y qué descaro! ¡Como si el ser 
orador fuera como ponerse a comer cacahuates! 

Cuando Echeverría bajó de la tribuna, sólo obtuvo 
el aplauso del trío de damiselas de chai, lo que hizo 
que «Truenos» fijara en ellas su atención, hasta lle- 
garlas a identificar. 

- ¡Con razón aplauden! 

— ¿Por qué dices eso? . - 

— Son las dos hermanas y la novia del interfecto 
— murmuró. 

— ¿Por qué no nos vamos? preguntó Chaneque des- 
pertándose. — Esto, la verdad, aburre más que las 
cuentas de interés. 

— Espérate, hombre, que ahora viene lo bueno 

Rovirosa! ¡Este sí que es «sefior cartucho!» 

— Tiene la palabra el C. Rovirosa, — dijo el Presi- 
dente. ; ■ :" 

Y al levantarse el aludido de su asiento, una sono- 
ra salva de aplausos acogió sv presencia. 

Rovirosa, sonriendo amablemente, se adelantó 
hasta la mitad del estrado; hizo una solemne reve- 
rencia, y con paso majestuoso se encaminó a la tri- 
buna, estirándose los puños que por nada de estas 
nueva cosas querían siquiera asomarse por entre las 
mangas del jaquet. Al «abordar» la tribuna, nueva 
estruendosa ovación y nueva zalema; una tos para 
aflojar las vocales cuerdas, y el orador «se arrancó.» 



46 E. MAQUEO CASTELLANOS 

— Señores, vengo a deciros que la Humanidad 
existe \ I ' ' 

Con aquella frase sola, Andrade sintió en la mé- 
dula un frío extraño. . . . Era de su repertorio! Del 
protagonista del «Hombre que ríe»! ¡de Víctor Hu- 
go ! No, y la verdad era que Rovirosa sabía pe- 
rorar. Aire, modales, voz, manera de accionar, todo 
lo ayudaba; y más que nada, conocía la psicología de 
su auditorio y por eso que regalara sus oídos con 
frases retumbantes y adjetivos como luces de Benga- 
la. Se lucía el hombre; pero sin querer o de adrede, 
fuese exaltando, creciéndose, culminando .... Las 
imprecaciones pasaron rápidamente del rojo simple 
al rojo blanco, hasta hacer extremecerse al auditorio; 
los cargos formidables no eran de una catilinaria si- 
no de una maratina audaz: aquello ya no era un dis- 
curso: era una serie de disparos con catapulta, que 
arrancaba ya no aplausos, sino positivos bramidos 
del auditorio entusiasmado! 

— ¡Qué bárbaro! ¡Qué bárbaro! ¡Eso es di- 
namita pura! — decía Andrade, medio sobresaltado 
por tanto valor civil. i • ;■ 

— ¡Magnífico! ¡Soberbio!— gritaba «Truenos. > — A 
este le dan la oreja y vuelta al ruedo! | 

— Oyes «Truenitos,» francamente yo creo que me 
voy .... Esto está muy fuerte — decía Chaneque, po- 
sitivamente sobrecogido por el espanto. 

— ¡Espérate, hombre! No seas ¡Que acabe y 

nos vamos! 

Y aquella esperada fué la que perdió al pobre 
«Capulín,» como veremos. 

Por aquellas alturas, Andrade consultó su reloj; 
diez para las diez. Y de estampida, sin decir adiós 
ni explicar el por qué de su conducta, abandonó al 
salón y a sus cofrades. i 

A las diez en punto estaba en el pasillo de la esca- 



'■• i: 



LA RUINA DE LA CASONA 47 

lera de la casona, en momentos casi en los que Filo 
sumía en la obscuridad a la dicha escalera, dándole 

una media vuelta a la llave de la luz Un minuto 

de espera y una fantástica forma de mujer, aproxi- 
mándose medrosa. Otro minuto más y una de las 
tibias y carnosas manos de Chayito entre las inquie- 
tas y nerviosas de Andrade. Luego, el dulce colo- 
quio en voz baja, tan baja que apenas si se podía per- 
cibir algo. 

— ¿Pero me querrás toda la vida? 

— ITe adoro . . . . ! 

— Cuidado con.que más tarde te arrepientas . 

— Apúrate mucho, mucho, para que pronto te ti- 
tules y nos casemos. 
— ¡Vida mía, mi Chayito!.. .. 

— ¿Cada cuándo hablaremos? 
— Hay que tener mucho cuidado; ya ves que Cu- ; 
ca es muy cresabiosa > . . . . 

— ¡No no ni me lo digas! ¡Eso es imposi- 
ble! 

— ¿Por qué eres tan cruel? 

— Ya te digo que no; confórmate por ahora, con 
que te haya correspondido 

Un murmullo cada vez más apagado de voces que 
disputaban dulcemente, implorando la una con fer- 
vor, y negando la otra con desgano; y por final he- 
roico, otro murmullo más leve aún, inmortalizado 
por la rima de Bócquer y cantado por Rostand en el 
Cirano. Un dulce beso que se produjo en plena som- 
bra como un destello rápido, fugaz y divino! 

Chayo, toda compungida, buscó asilo en su vivien- 
da, mientras Andrade subió de cuatro en cuatro las 






m-- 



48 E. MAQUEO CASTELLANOS 

escaleras, rumbo al «copete,» con una temperatura 
de tifus exantemático. 

En la €República,^ estaba el ínclito TafoUa. ¿Es- 
tudiando? No señor. Jugando un csolitario> de ba- 
raja. ' 

Larga media hora transcurrió aún.para que reso- 
naran en la puerta de la calle los inconfundibles 
(por tremendos) aldabonazos con los que llamaba 
Tenorio a la portera, y dos minutos después, entra- 
ba él mismo en la vivienda como un ciclón, pálido, 
agitado y crispados los cabellos, ya de espanto o ya 
de indignación. 

— ¡Ya fastidiaron al «Capulín!» 

— ¿Cómo? ¿Qué le pasó? 

— ¡Que se lo arrearon para la «tlapilolla!» (cár- 
cel). 

— ¡Cómo! ¿Pero cómo fué eso? ¿Chaneque 

preso? ' I 

Entonces «Truenos,» con voz entrecortada, que 
así era lo que había corrido, y mezclando con la na- 
rración cada adjetivo detonante que apagaba el fo- 
quillo de luz, refirió cómo, a poco de salirse Andra- 
de y cuando Rovirosa llegaba a la cúspide de su 
peroración, una voz grave y recia había resonado fa- 
tídicamente a las puertas del salón del Club, di- 
ciendo: 

— ¡Nadie se mueva, señores! 

Era la de un comandante de gendarmes que, con 
varios de éstos, había invadido, sin que se le sintie- 
ra, el salón, para arrearse a los concurrentes a la 
sesión. ¡Y ahí había sido Troya! Si unos se habían 
quedado de a «ocho» esperando que les echaran el 
guante, como pajarillos dados, otros se habían aga- 
zapado debajo de las bancas y otros más habían pre- 
tendido saltar por los balcones. El Presidente, tré- 
mulo, giraba como una peonza; uno de los vpcales 



LA RUINA DE LA CASONA ' 49 

tartamudeaba excusas, y Rovirosa, impávido, con 
los brazos cruzados sobre el pecho y en dramática 
actitud, permanecía en la tribuna, en tanto que él. 
Tenorio, pensando ca mí no me empantanan> había 
buscado la salida, remolcando a cCapulín;» les in- 
terceptó aquélla un gendarme y ipaf ! de un «mam- 
porro» lo tendió; pero ya en la puerta, otro más les 
salió al paso y los detuvo; él pugnó, se desasió y 
echó a correr; pero el pobre de Chaneque se había 
quedado «atorado» entre las férreas manos del «cuí- 
co » ... . 

— ¡Y de seguro, se lo «bombearon!» — concluyó 
«Truenos.» 

— ¡Caray! ¡Qué barbaridad! ¡Pobre Chaneque!..».. 

— Yo, si no ha sido por el «guamazo» que le ases- 
té al «tecolote» aquel, y por mi fuerza de piernas, 
no regreso al domicilio. 

— Peeeero hombre ¿Para qué se a a. . . . . 

andan metiendo entre las paaaaatas de los caaaaaba- 
líos? 

— ¡Con un ! ¿Pues qué, nunca hemos de tener 

democracia? ¡Esto es un solemne atropello! ¡Una 
violación de las garantías individuales! ¡Vivimos en- 
tre esbirros y sayones ! ¡Eln la dictadura! Por 

eso decía muy bien Rovirosa. Hay que acabar de 
una buena vez; contra la opresión, la fuerza y con- 
tra las iniquidades, tiros! ¡Abajo la tiranía! ¡Abajo 
la dictadura! ¡Muera Díaz! 

— ¿Naaaada más eeeeso decía eeeeese amigo? 

— ¡Sí, señor, y muy bien dichq! 

— Eeeeentonces, con razón se los fu fu fu- 
maron! 

—¿Y la libertad de reunión? ¿Y los derechos del 
hombre? 

— Sí, Tenorio, sí pero la verdad es que Rovi- 
rosa se excedió. Ya eso es francamente sedicioso, 



48 E. MAQUEO CASTELLANOS 

escaleras, rumbo al «copete,» con una temperatura 
de tifus exantemático. I 

En la €República,> estaba el ínclito TafoUa. ¿Es- 
tudiando? No señor. Jugando un «solitario» de ba- 
raja. 

Larga media hora transcurrió aún.para que reso- 
naran en la puerta de la calle los inconfundibles 
(por tremendos) aldabonazos con los que llamaba 
Tenorio a la portera, y dos minutos después, entra- 
ba él mismo en la vivienda como un ciclón, pálido, 
agitado y crispados los cabellos, ya de espanto o ya 
de indignación. 

— ¡Ya fastidiaron al «Capulín!» 

— ¿Cómo? ¿Qué le pasó? 

— ¡Que se lo arrearon para la «tlapilolla!» (cár- 
cel). 

— ¡Cómo! ¿Pero cómo fué eso? ¿Chaneque 

preso? 

Entonces «Truenos,» con voz entrecortada, que 
así era lo que había corrido, y mezclando con la na- 
rración cada adjetivo detonante que apagaba el fo- 
quillo de luz, refirió cómo, a poco de salirse Andra- 
de y cuando Rovirosa llegaba a la cúspide de su 
peroración, una voz grave y recia había resonado fa- 
tídicamente a las puertas del salón del Club, di- 
ciendo: I 

— ¡Nadie se mueva, señores! 

Era la de un comandante de gendarmes que, con 
varios de éstos, había invadido, sin que se le sintie- 
ra, el salón, para arrearse a los concurrentes a la 
sesión. ¡Y ahí había sido Troya! Si unos se habían 
quedado de a «ocho» esperando que les echaran el 
guante, como pajarillos dados, otros se habían aga- 
zapado debajo de las bancas y otros más habían pre- 
tendido saltar por los balcones. El Presidente, tré- 
mulo, giraba como una peonza; uno de los vocales 



LA RUINA DE LA CASONA ' 49 

tartamudeaba excusas, y Rovirosa, impávido, con 
los brazos cruzados sobre el pecho y en dramática 
actitud, permanecía en la tribuna, en tanto que él, 
Tenorio, pensando ca mí no me empantanan» había 
buscado la salida, remolcando a «Capulín;» les in- 
terceptó aquélla un gendarme y ipaf ! de un «mam- 
porro» lo tendió; pero ya en la puerta, otro más les 
salió al paso y los detuvo; él pugnó, se desasió y 
echó a correr; pero el pobre de Chaneque se había 
quedado «atorado» entre las férreas manos del «cuí- 
co » ... . 

— ¡Y de seguro, se lo «bombearon!» — concluyó 
«Truenos.» 

— ¡Caray! ¡Qué barbaridad! ¡Pobre Chaneque!.... 

— Yo, si no ha sido por el «guamazo» que le ases- 
té al «tecolote» aquel, y por mi fuerza de piernas, 
no regreso al domicilio. 

— Peeeero hombre ¿Para qué se a a 

andan metiendo entre las paaaaatas de los caaaaaba- 
líos? 

— ¡Con un .... ! ¿Pues qué, nunca hemos de tener 
democracia? ¡Esto es un solemne atropello! ¡Una 
violación de las garantías individuales! ¡Vivimos en- 
tre esbirros y sayones ! ¡En la dictadura! Por 

eso decía muy bien Rovirosa. BUiy que acabar de 
una buena vez; contra la opresión, la fuerza y con- 
tra las iniquidades, tiros! ¡Abajo la tiranía! ¡Abajo 
la dictadura! ¡Muera Díaz! 

— ¿Naaaada más eeeeso decía eeeeese amigo? 

— ¡Sí, señor, y muy bien dicho! 

— Eeeeentonces, con razón se los fu ... . fu fu- 
maron! 

— ¿Y la libertad de reunión? ¿Y los derechos del 
hombre? 

— Sí, Tenorio, sí pero la verdad es que Rovi- 
rosa se excedió. Ya eso es francamente sedicioso, 






■■-"•:!. 



60 E. MAQUEO CASTELLANOS 

revolucionario, alterador del orden No es jui- 
cioso. ' 

— ¿Y nos vamos a dejar toda la vida como unos bo- 
rregos? I 

— No, pero los medios son otros, a lo menos por 
ahora. Más tarde, ¡quién sabe! Acaso haya que lle- 
gar hasta las barricadas y el motín, agotados los re- 
cursos lícitos .... 

Y Andrade, que era el que tal observaba, se veía 
ya sobre la barricada, bandera en mano, arengando 
a las multitudes y con Gavroche al lado, en su papel 
de Enjolrás. 

— Lo maaalo es que en eeeesto coooomo en todo, 
se rerererevienta el hilo por lo más deeeelgado! 
Porque el pobre «Caaaapulín» no la debe! ¡qué ca- 
ray! I 
— Y ahora, ¿qué vamos a hacer por él? Hay que 

hacer algo 

— Pues ver mañana al licenciado Trujeque. Ese 
es de pelo en pecho, y o lo saca en libertad, o le echa 
encima toda la estudiantada al Inspector de Poli- 
cía.... ¡Qué canallas! ¡Esbirros! ¡Atropellar así a 
la libertad! 

Aquella noche no hubo estudio en la «República,» 
pues los ánimos no estaban para pajarillas. Cada 
cual, en consecuencia, se fué a su cama, quedándose 
vacía la del pobre indito Chaneque. Qué noche y 
qué noches, acaso, habría de pasar el infeliz» sumi- 
do en un calabozo, en una mazmorra infecta, vícti- 
ma de la tiranía o de su curiosidad! Eso sí, que- 
daría ungido; catalogado como defensor del pueblo; 
así lo merecía. 

Y en la semivigilia de la tal noche, por el calentu- 
riento cerebro de Andrade, pasaron en sueños mil 
visiones. Los jurados en su examen de Derecho Ci- 
vil. Los artículos del Código bailando una zaraban- 



LA RUINA DE LA CASONA 51 

da de locos; Rovirosa portentosamente airado, en 

la tribuna del Club, perorando a voz en cuello 

La policía esgrimiendo sendos garrotes . . . cTrue- 

nos» tronando y corriendo Y el «Capulín» el 

pobre «Capulín,» en un calabozo obscuro y húmedo, 
sentado en el suelo y reprochándoles tristemente: — 
«Por ustedes estoy sumido aquí, y voy a perder el 
año > Y en medio de toda aquella barabúnda, cir- 
cuida de luz auroral, soberbia de belleza, magnífi- 
camente hermosa, incitadora y provocativa con su 
juventud, Chayo, Chayito, murmurando apasionada 
en los oídos de Andrade: — ¡Sí. . . . te quiero. ... te 
quiero mucho! y dejando en sus labios el primer be- 
so de su vida de mujer, la primera ofrenda de su al- 
ma desflorada por el amor, en un espasmo arroba- 
dor e inolvidable! 



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CAPITULO IV 
En marcha 



Había pasado otro mes, escaso este último, y en 
la casona de «Las Moras» no había ocurrido nada 
extraordinario ni visible, a no ser la llegada de un 
nuevo huésped que había venido a ocupar el «vacío> 
que había en el pi^o del «copete;» el capitán Tajonar 
con su señora y una nifia, al igual de Mandujano, 
que era su vecino del frente. También había que las 
Menchaca se las habían «espantado» ya en lo del 
noviazgo de Andrade y Chayo (todo lo habían de 
averiguar aquellas malditas viejas! — TafoUa); que la 
«Corchea madre» estaba cada vez más picada de 
la arafia política, y que Chaneque había retorna- 
do al nido después de veinte días de prisión y ba- 
jo fianza, por «suspensión del acto reclamado» en el 
juicio de amparo que piadosamente había interpues- 
to a su favor el licenciado Malabehar, porque el otro, 
el famoso Tru jeque, con todo y su gran amor a los 
«oprimidos» y su entusiasmo por defender las «cau- 
sas de los redentores» no había querido dar paso si 
no se le adelantaba algo de «mosca» vulgo horarios, 
y esto había sido imposible, porque en la casa de 



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54 E. MAQUEO CASTELLANOS 

«Las Moras,» con todo y haber muchos de «ideas 
avanzadas,» no se habían reunido ni tres duros en 
la cuestación hecha al efecto. ] 

Tajonar era un tipo simpático y atrayente; apues- 
to, fornido, con su rostro de bien delineadas faccio- 
nes y con su negro bigote de levantadas guías, 
había caído bien a todos, excepción hecha, por su- 
puesto, de «Truenos» que tenía una inexplicable 
repugnancia para con los federales. Con el que 
mejor había confrontado Tajonar, era con Gordillo 
y gracias a esto se sabía algo de su historia. Había 
sido del Colegio Militar, al que había tenido que 
abandonar después de dos afios, por «falta de com- 
bustible,» o sea, por falta de medios para seguir la 
carrera, pasando en calidad de subteniente a un ba- 
tallón de infantería. De humilde origen, era, sin 
embargo, de cultivadas maneras; siempre hablando 
con carino de sus «Juanes» sus soldados y su cuar- 
tel, se lamentaba únicamente de contar catorce 
aflos de servicio activo, con dos campailas, la del 
Yaqui y la de Yucatán, sin haber logrado pasar de 
capitán primero, cuando otros «destripados» de su 
tiempo ya eran mayores y hasta tenientecoroneles. 

— La de malas, señor Gordillo, ¡pero ya será, que 
lo que es por cosa mía no ha de quedar! 

La señora de Tajonar era una «fifirichita» chiqui- 
tina, muy amable también y muy agradable, que 
había hecho muy buenas migas con la de Mandu ja- 
no, no tan sólo por vivir inmediatas, sino por. aquel 
par de querubines, casi de la misma edad, como 
eran sus hijitas, las que, haciendo pininos, corre- 
teaban alegremente por los pasillos. ' ^ 

No están de acuerdo los cronistas para consignar 
cómo fué que las Menchaca se habían informado de 
las relaciones de Chayo y Andrade, ya que estos to- 
maban toda clase de precauciones para echar sus 



LA RUINA DE LA CASONA 55 

párrafos amorosos; pero lo cierto era que el par de 
momias aquellas, se las habían «espantado> desde 
la primera semana. No podría decirse que la «re- 
servada> no funcionaba admirablemente. 

El incremento de rabia oposicionista de Chita 
provenía de una «pesadez» que les habían hecho las 
Labariega, a las que les daba por ser de la «high 
life.> Era el caso que habían convidado a las Garai- 
cochea para un «five o'clok tea danzante.» (¿Usted 
sabe lo que es eso, mi alma?— decía Chita a Cuca 
Otamendi.— pues darle a uno té con pasteles y bai- 
le!) Que una vez en el «tea» famoso, no habían dejado 
de hacerle puches y dengues al traje de la «semi- 
corchea» porque estada algo largo y a la legua se 
conocía que era herencia forzosa de la «Corchea,» 
de la que invariablemente la hermana menor resul- 
taba heredera en primer grado. 

— Bueno, ¿y qué? Creerán las rotas esas qué 
ellas me enseñan de modas y de eso, cuando a uste- 
des les consta que aquí recibimos (las que lo reci- 
bían eran las Otamendi) «La Moda Elegante» y «El 
Miroir de la Mode» (así como escrito, pronunciado) 
y todo lo que enseña cómo debe uno vestirse? ¡Ellas 
sí que estaban ridiculas de veras! 

Que, sobre eso, habían criticado a la «Corchea» en 
la magistral ejecución que, en su obsequio, había 
hecho del «Mottu perpetuo» de Raff, cuando era 
nada menos que su pieza de fuerza, lá que le había 
valido accésit en el Conservatorio de Música, críti- 
ca que era una falta de educación imperdonable, aun- 
que si bien se veía, no habían sido precisamente las 
Labariega las del «choteo» sino otras cursis de 
las concurrentes. Y que, finalmente, al marcharse 
aquélla, en vez de haberle ofrecido el automóvil a 
Chita y su prole, se lo habían ofrecido a la señora 






56 E. MAQUEO CASTELLANOS 

de Cantalapiedra, nada más que porque era espo- 
sa de uno del Gobierno 

— ¿Ha visto usted? Creerán que están facultadas 
para todo por la copada champaña que dieron, cosa 
que es un disparate, pues lo que deberían haber 
dado eran unos sángüiches! ¡Me van a enseñar a mí! 
¡Pero ya será, Cuquita! En cuanto los tiempos cam- 
bien, y tengamos otro «orden de cosas,» que ya Ga- 
ray se está moviendo para cuando eso suceda! ¡Ya 
verá usted entonces! I 

La libertad del «Capulín» puso en positiva conmo- 
ción a toda la casa. El día en que obtuvo aquélla, 
mediante las gestiones y hasta la fianza del buen 
licenciado Malabehar, «Truenos,» Demóstenes y 
Andrade, con media docena más de estudiantes, 
fueron por él al Juzgado, y lo llevaron en triunfo a 
la casa. La misma Paulinita Ventoquipa, envuelta 
como siempre en su abrigo de estambre, le dio un 
abrazo. Para celebrar el fausto acontecimiento, las 
Otamendi se «abrieron» con una botella de jerez, (Pá- 
lido Superiror. — Importación directa para el «León 
de Oro.» — Jacinto Zumalcárregui y Andueza. — Im- 
portador.) Barbedillo, con los pasteles, y la «Repú- 
blica» con dos paquetes de triquis que se encargó 
de quemar Fermín. — Todo hecho a puerta cerrada, 
por supuesto, para no comprometerse, porque aque- 
llo no dejaba de tener su color político. 

El pobre «Capulín» sudaba lo que un calamar, he; 
cho un héroe por fuerza, y ante aquellas demostra- 
ciones de no buscada popularidad. Ya le parecía 
sentir, de nueva cuenta, la manaza del gendarme en 
el cogote, y el enérgico «párese ahí» que lo había 
hecho descomponerse del estómago, y se veía de 
nueva cuenta en Belem, sumergido en su bartolina 
con aquel olor peculiar, mezcla extraña de olor a 
creolina, grasa en fermentación y detritus huma- 



V--;. 



V LA RUINA DE LA CASONA 57 a^; 

nos, embartolinado otra vez por mor de aquel ines- .^Ir- 
perado prestigio político. Y entonces, aquel cabello # 
corto y recio de su cabeza de indio y que tenía siem- 
pre la dirección de la vertical, adquiría en cada pe- 
lo la rigidez de un pararrayo ¡ Se le podía en- 
sartar chaquira! 

—Oigan ustedes Yo les agradezco mucho to- 
do esto, pero me parece que ya es muy tar- 
de ¿Qué no sería mejor que «se disolviera la ;■ 

reunión?» Ya ven ustedes con estos tiempos 

que corren 

— Luego, Chaneque, luego Con que dice 

usted que los encerraron y que 

No hubo remedio: Chaneque tuvo que referir una 
vez más la epopeya del caso; y a instancias de Te- 
norio refirió quiénes eran los que se habían «soste- 
nido» y quiénes los que se habían «rajado.» De es- 
tos últimos, el primero había sido Rovirosa («¡Qué 
puerco! ¡Quién lo creyera!» observación de la Cor- 
chea madre.) Rovirosa les había hecho miles de ca- 
briolas desde al gendarme aprehensor hasta el juez 
de la causa, y había salido libre de la «chinche» y 
con una «chambita» de inspector de cinemat<^ra- 
fos, para tenerle así quieta la lengua. 

— ¡Qué indecente! — exclamó Andrade, mientras 
Tenorio recapacitaba en la conveniencia de largar 
a la primera de cambio, un speech como aquel de Ro- 
virosa, para poder pescar su «chamba.» 

El segundo «rajón,» el presidente del Club, que 
había protestado en acta en forma «su adhesión al 
régimen actual;» y los «sostenidos,» parecía increí- 
ble, Elcheverría y sus hermanas, que por haberle 
«refregado al juez que Díaz era un tirano, estaban 
todavía pudriéndose en «Belem House» (léase cár- 
cel). 

— Pues amigo Chaneque, la verdad es que estuvo ^ 



58 E. MAQUEO CASTELLANOS 

usted de buenas, lo mismo que todos los demás, 
que si yo fuera Gobierno — dijo Barbedillo— a todos 
esos oradores de oratoria «subversiva» y de las pré- 
dicas sediciosas, los colgaba, y de los pies 

— ¡Claro! — argüyó Tenorio — Como también usted 
ba sido de los déspotas, al haber sido jefe político... . 

— ¿Qué quería usted que yo hiciera con los indios 
aquellos? ¿Que yo me los conquistara, regalándoles 
confites y haciéndoles arrumacos? Al día siguiente 
me «tlachan» y se me trepan encima! 

—Yo creo que el pueblo es bueno y dócil, y que 
todo lo que requiere son buenos modos y una poca 

de equidad y de justicia Con eso se hace de él 

lo que se quiere — dijo Andrade. 

— El pueblo es noble; el pueblo es agradecido y 
no es malo. Los malos son los que, de una parte 
porque tienen el mando, lo estrujan y lo sangran; y 
de otra,' los que, por querer encaramarse y «fungir» 
lo insolentan y lo seducen, metiéndole en la cabeza 

una porción de tonterías Y después, cuando 

ya están a su vez arriba, «si te he visto no me acuer- 
do» — comentó Gordillo. , 

— ¡Seguro! ¡Como hizo don Porfirio! 

— ¿Y cómo harán ustedes mañana si es que tre- 
pan ! 

Y la conversación siguió sobre el tema: quién de- 
fendiendo al viejo gobernante, porque no podía ser 
él el responsable de las «sinvergüenzadas» que hi- 
ciera el jefe político de un rincón cualquiera; y 
quién echándoselas, porque no se movía una hoja 
en el árbol de la nación sin la voluntad de aquél. Y 
de aquello resultaba que, mientras Barbedillo era 
un conservador acomodaticio, Tenorio un anarquis- 
ta casi; Andrade un filósofo revolucionario, que 
quería el imperio de la verdad, de la justicia y de la 
honradez; la «Corchea» madre una revoltosa de 



1, : í 
I 



LA RUINA DE LA CASONA v 59 

convenieücia; Gordillo un calculador que buscaba 
siempre el no salirse del pentagrama; el «Capulín» 
una esperanza en ciernes para la Patria, aunque él 
quería mejor serlo para una negociación mercantil; 
Tafolla, un «Juilón» de marca mayor, y de las muje- 
res había dos bandos de distintas tendencias; las 
ultra conservadoras como Paulinita y las Menchaca 
y las renovadoras, como las Otamendi. Los demás 
permanecían simplemente «neutrales.» 

— Chaneque, tú lo que debes hacer, es seguir la 
«carrera».... ^ . 

— Si yo bien hubiera querido seguirte cuando co- 
rriste; pero no pude. 

— No, hombre yo me refiero a la carrera polí- 
tica. Ya estás iniciado y en buen camino Con 

esa cárcel que sufriste 

— Ni a bala; no me vuelven a «empinar» ni lo 

crean No me vuelvo a meter Ya ven que, 

sin comerla ni bebería, me «fruncieron» con veinte 
días de encierro! •" •' 

— Lio de todos ¡Te falta valor civil! Por eso 

se ha entronizado la tiranía 

— ¡Tiene ra razón, qué caaarayl ¡Un carcelazo 

esuncaaarceeelazo! Lo mejor es no meterse. El Go- 
bierno tiene la f uf uf uerza 

— ¡Pero nosotros tenemos el derecho! 

— ¡Pues quédate con él, que yo no vuelvo al Club, 
ni a tiros! 

— ¡Ni manera! Si ya se disolvió Bastó con un 

susto. ¡No hay hombres resueltamente! ¡No hay ver- 
güenza política! . .; 

— ¡Pero tú si tuviste piernas! 

A poco más, cada mochuelo se fué a su olivo, y re- 
sonaron las cromáticas de la «Corchea» y se escu- 
chó el gangueo de Paca Otamendi, hablando de la 
aorta, la clavia y la subclavia; y Barbedillo se lar- 






if i 



60 E. MAQUEO CASTELLANOS 

gó a la calle con Demóstenes, mientras Andrade, 
Chaneque y «Truenos, > se encaramaron al «copete» 
para estudiar un rato. 

En la noche, después de que Andrade había echa- 
do su diurno párrafo con Chayo, y cuando sentados 
frente a frente él y Tenorio, con los libros abiertos 
sobre la mesa y las tazas de café al lado, se hizo una 
pausa en el estudio, Tenorio, haciendo oficios de 
serpiente del Paraíso, dijo a Quico: [ 

— Oyes tú: ¿sabes que se me ha ocurrido una 
idea? 

— ¿A tí? ¡Eso es extraordinario! Veamos cuál 
es ... . 

— Pues fundar un Club político ahora que se di- 
solvió ese. 

— Ya lo había yo pensado también. 

— Pues entonces, manos a la obra. 

— Quién sabe si sea la ocasión .... 

— Ninguna mejor. Fíjate en que es golpe sabién- 
dolo «pendolear.» Ya ves qué carmada» se pegó Ro- 
virosa 

— ¡Vamos! ¡Ya saliste por tu lado! ¡Tú siempre el 
mismo! No piensas más que en la manera de me- 
drar y sacar «raja.» De fundar el Club sería para 
defender las doctrinas libertarias, hacer una buena 
propaganda democrática y educar al pueblo. Obra 
de civismo y no de especulación i 

— Conformes. Pero no me negarás que si se pue- 
de, a la vez, colocarse en batería para que más tar- 
de hayan de contar con uno, mejor que mejor. 

— Allá tú. Yo no pretendo eso. Nada de egoísmos 
y de conveniencias, porque así se prostituyen los 
principios y se pudren las conciencias! ¡Yo lo único 
que quiero es la regeneración popular, la supervi- 
vencia de las ideas democráticas, la conquista sana 
de las libertades! 






LA RUINA DE LA CASONA C 61 

—Bueno pues vamos a formar el Club. 

- —Mucho lo he pensado, porque esta fundación 
tiene sus peligros en esta atmósfera asfixiante en la 
que, no por don Porfirio, que acaso si lo quiere, que 
debe quererlo, ya que tanto luchó por las liberta- 
des, sino por los «intereses creados» que esos sí no 
lo quieren, todo aliento libertario perece. Pero hay 
que hacerlo, sí ... . Con fe, con valor, pero con con- 
ciencia pura y con miras altas, y listos para sopor- 
tar las consecuencias que los hechos impongan 

Esto es una necesidad, no cabe duda. La nación me 
da idea de esta casona, hipotecada a la codicia de 
los acreedores de don Taco, como aquella lo está a 
la codicia de los que la succionan su evolución. . . . 
Y así como don Taco Vive ajeno a inquietudes por- 
que sabe que en pagando los réditos nada tiene que 
temer, así nosotros los mexicanos vivimos conten- 
tos y satisfechos, pagando nuestros réditos y sin 
preocuparnos del mañana 

— Andradito, hermano, hazme caso Tú debe- 
rías escribir en la prensa! ¡Hablas como el oráculo! 

— Somos unos atónitos, que no queremos salir de 
la condición de manumitidos que tenemos, para 
llegar a la de ciudadanos. Y el tiempo pasa, y la ac- 
ción se va imponiendo y la educación política hacién- 
dose indispensable, porque muerto este don Porfi- 
rio, probablemente insubstituible, quién sabe qué 

será delaPatria Yaquella tarea nos corresponde 

a nosotros; a los jóvenes; a los hombres del porve- 
nir; a los que habremos de tener las ineludibles res- 
ponsabilidades del mafiana! 

—«Chócala,» hermano! ¡Hablas divinamente! Pues 
a fundar el Club sin más demora ¿Cómo lo lla- 
maremos? 

— ¡No te adelantes! Eso allá los fundadores. Ha- 



,Xi..' 



'. -"'•'* 



, V.. 



62 E. MAQUEO CASTELLANOS 

brá que citar para una «reunión preliminar» de los 
que quieran pertenecer a él. 

— Pero bueno es adelantar todo lo que se pueda, 
discutiendo de una vez el nombre .... Yo lo llamaría 
«Club Patriotas Inmaculados.» 

— Eso es demasiado presuntuoso. Digamos «Club 
Propugnadores de la Libertad.» 

— ¡Muy bonito! Me parece.. .. Ahora, digamos 
Presidente, tú. Por sabido* te corresponde como 
iniciador. Vice, yo 1 

— ¿Pero quieres propugnar por la libertad y te 
estás erigiendo ya en dictador? 

— No, viejo: pero es que si nos dejan de acólitos 
nada más, no tiene chiste fundar el Club. Y sobre 
todo, para que los nombren en la junta, allá les de- 
jaremos Secretario y Tesorero y Vocales .... hartos 
vocales! 

— A ver: veamos con quienes podemos contar. 

— De la casa, tú, yo, Demóstenes y el «Capulín.» 
Este se resistirá algo por lo «escamado» que quedó 
con el carcelazo; pero yo lo haré entrar! Con Garai- 
cochea contaremos si Conchita lo permite; acaso 
con Mandujano, que me parece que está algo picado 
de la política. Y para de contar. Lx)s demás son, o 
miedosos, o paniaguados de la dictadura. Tenemos 
a Bojórquez el de la hojalatería; es muy «reata.» Y a 
mi compadre Nicho, el de la casilla de pulque. Ese 
hace lo que yo le diga. Toscano, el escribiente del 
licenciado Malabehar. Navarrete y Jacinto Mada- 
riaga, de allá de mi escuela, y los más que se «arre- 
biaten» 1 

— Bueno. . . . bueno La cuestión es disponer 

de local para celebrar la primera junta; aquí, ni pen- 
sarlo. No nos daría permiso don Taco. 

— ¿En donde?. . . Déjame discurrir. . . . ¡Ya! En 
la casa de mi compadre Nicho. Tiene muy buena 



-.*;•• 






LA RUINA DE LA CASONA 63 



(*) Histórico. 



m 



sala. Y en un descuido se «abre» hasta con los pon- 
ches, en cada noche de sesión ^ 

— ¡Muy bien. . . . Pueshecho! Encárgate decitara ^í¿ 

los que puedas, que yo citaré a los que vea Y 

a hacer propaganda. 

Fué así como nació el club aquel, a la amarillenta vi: 

luz del gastado foquillo del «copete» y entre sorbo -'* 

y sorbo de café, una noche a las once y media, y en ' i> 

la casa número 277 de la segunda calle de «Las -^^ 

Moras.» v . 

— ¡Hombre! .... Se me olvidaba decirte. . . . pero 
esto sí con mucha reserva. A mí me lo dijo un «co- J4 

rreligionario» que está en el «tinglado.» Te aviso "^ 

que siempre va a haber «bola» .... . £ 

— ¿Cómo es eso? "í; 

— Sí ya sabes que Madero se les «peló» de la ■ 

Penitenciaría de San Luis Potosí: que lanzó un Plan 
revolucionario invitando a todos los mexicanos, para ^^i' 

que el 20 de éste se levanten en armas los que quie- \: 

ran seguirle bajo aquel Plan, y que ahora está en .;. 

los Estados Unidos preparando «el cohete» .... . • 

— ¡Pero eso no es posible! ' 

— Sí, viejo .... sí .... Yo sé lo que te digo! Ya se .1 

cuenta hasta con armas que han metido aUá por el 
Norte, creo que por la Aduana de la Vaquita o de J 

San Carlos, dizque manifestándolas como cajas con 
maquinaria para la agricultura y el parque como 
cajas de jabón ... (*) 

— ¿Y cómo es que el Gobierno no se ha dado 
cuenta? 

— ¡Ba! Ya sabes que estos casos el último que lo 
sabe es el chivo de la casa 

— ¿Cuánto apostamos a que les están poniendo 
una trampa? 



\V: 



64 E. MAQUEO CASTELLANOS 

— No van a ser tan bobos de dejarse ¡Ya ve- 
rás! En Jalisco se levantan y en Puebla también y 
quién sabe en cuantas partes más. 

— Muy malo «Truenos» pero que muy ma- 
lo ... . 

— ¿Por qué? Después de todo lo pasado y de lo 
que estamos viendo, hay que convencerse de que a 
este «régimen» no lo tira sino la revolución! 

— Lo concibo. Llego a convenir en que es el cami- 
no más eficaz; pero me espanta, francamente .... Yo 
quisiera la revolución dentro del orden .... algo que 
nos llevara al cambio sin agitar tan hondamente a 
las masas, ni lanzarlas a la lucha armada .... 

—¿Porqué? 

—Porque desgraciadamente, con los atavismos 
de este pueblo y con sus condiciones, en México po- 
demos saber cuándo empieza una revolución; pero 
no cuándo acaba Sabemos cómo empieza: pe- 
ro no sabemos cómo acabará .... ¡Tal vez con la na- 
cionalidad misma! 



.--■Ivi.' 



* „ ^ 



CAPITULO V '■■■^-W-:' 

Llama que se hace hoguera 

El sol se había levantado en el horizonte en aqué- 
lla mañana, como más alegre, como más radioso; un 
sol de fiesta sobre un cielo de turquesa en el que no 
había una nube; las soleras de las azoteas de la ca- 
sona de «Las Moras,» parecían estar fileteadas de 
oro, y la luz había bajado ya, en un torrente esplén- 
dido, hasta el mismo corredor de la «República.» 

Orbezo, en mangas de camisa y en el patio, esta- 
ba empeñado en arreglar las ramas a una enteca 
enredadera que trepaba penosamente por las pa- 
redes exteriores de su vivienda. Fermín corría 
presuroso a la calle y volvía a poco con los «canas- 
tos» de los «mandados» y Pilo «trapeaba» la escale- 
ra, mientras las señoritas Menchaca salían con su 
eterno paso a dos, rumbo a la misa de ocho de San- 
to Domingo. 

En el interior de la «República,» casi todos los 
huéspedes dormían, desquitando las desveladas su- 
fridas en los días anteriores para preparar los exá- 
menes. Tafolla «azorrillado» en su cama, no sentía 
que un travieso rayo de sol le estaba dando en ple- 
no rostro; y Chaneque, friolento, apenas si asomaba 

,5 



66 E. MAQUEO CASTELLANOS 

fuera de las mantas la punta de las narices. En cam- 
bio, Tenorio estaba ya levantado cuando Fermín 
aventó, por debajo de la puerta, el periódico del día 
que «Truenos» recogió con avidez, desdoblándolo y 
poniéndose a leer. 

Una bomba de a placa que hubiera caído a sus 
pies, no le habría hecho más efecto que el que la lec- 
tura le hizo a poco de devorar algunos renglones, 
haciéndole exclamar con espantado acento: 

—¡Ya sucedió! I ^ 

Y rápidamente, absorto en la lectura, devoró ma- 
terialmente la noticia más visible del diario. . . . ¡Ca- 
nastos! La cosa había estado «fuerte» 

Al terminar no pudo contenerse y se fué a sacu- 
dir en su cama a Andrade, que aprovechaba divina- 
mente aquella última hora de sueño, en un cómodo 
decúbito dorsal. 

— ¡Andrade! ¡Viejo! ¡Andrade! ¡Despiér- 
tate y mira! .... ¡Ya reventó la bomba! 

Andrade, adormilado, abrió con azoro los ojos, 
ante las tenaces sacudidas de Tenorio, preguntando: 

— ¿Qué es? ¿Qué pasa? I 

— Mira leee. . . . ¡Lo que nos esperábamos! 

Ya prendió la «mecha» .... Ya empezó la «bola» en 
en Puebla! 

— ¿De veras? ¡A ver A ver! 

Y enderezándose a medias sobre la cama, arreba- 
tó el periódico de las manos de Tenorio, y leyó a su 
turno con avidez. 

El diario daba la sensacional noticia de la tragedia 
de los hermanos Serdán en Puebla. Parapetados en 
su casa de la calle de la Portería de Santa Clara, ha- 
bían resistido, con media docena de hombres, pri- 
mero a la policía y luego a los soldados. Había mxierto 
el Jefe de la Policía y uno de los cabecillas rebeldes, 
y habían menudeado los balazos y hasta la dinami- 



I 






LA RUINA DE LA CASONA 67 

ta. Bastantes soldados habían caído acribillados por 
las balas de los sediciosos, y la casa estaba siendo 
objeto de un verdadero sitio: y todo esto en el cora- 
zón de la ciudad Angelopolitana, que era la segunda 
de la República 

— ¡Prende, viejo! Ya verás que prende. . . . 
Andrade sintió que un calosfrío recorríale todo el 

cuerpo. 

¿Luego era cierto que la «revolución» estallaba? 
¿Luego era irremisible que la lucha armada se en- 
cendía con todas las consecuencias? Porque aquello 
de Puebla era no era más que un pródromo, segu- 
ramente; el inicio fatal o venturoso de una brega pa- 
ra arrancar por la fuerza lo que inútilmente se había 
demandado por otros medios. 

Lo que era para él incomprensible, confuso por lo 
menos, era que aquella revolución no se hubiera ini- 
ciado como algo que debe desde luego formidar. ¿Pe- 
recería al nacer, aplastada por los inmensos recur- 
sos del Gobierno, o se desarrollaría incontrastable? 
¿Quiénes eran los Serdán para ir a esa lucha? ¿Se- 
rían dignos de la epopeya? ¿Qué antecedentes tenían 
para dar prestigio a la revolución? 

¡En fin! ¡El cristianismo había nacido en un míse- 
ro pesebre de Galilea, y la Revolución francesa, aque- 
lla grandiosa conflagración que, según él, había cam- 
biado las orientaciones humanas, había germinado 
en un motín de panaderos! 

Y sin embargo, ni en la plática a la hora del desa- 
yuno, en el comedor de Barbedillo, se hicieron los 
apasionados comentarios que él esperaba, ni en las 
calles los escucharon Andrade y Tenorio, cuando 
salieron a dar la cotidiana vuelta. Por todo comen- 
tario, Barbedillo había dicho: 

— ¡Eso es una locura! .... Los agarran y los fusi- 
lan. ¡Como si lo viera! 






v.f 



68 E. MAQUEO CASTELXANOS 

En las calles nada de anormal: nadie daba a aque- 
llo una trascendencia seria; era, para todos, una aso- 
nada y nada más. Y cuando al siguiente día los pe- 
riódicos dieron cuenta de que el sangriento episodio 
había terminado con la ocupación de la casa de la 
Portería de Santa Clara, y la muerte de Aquiles 
Ser dan, que ahora resultaba ser un alcohólico bien 
identificado, a todos pareció que, racionalmente, la 
<cosa> había concluido hasta allí. 

Pero al otro día se consignaba en los mismos pe- 
riódicos, una noticia más elocuente, aunque menos 
escandalosa. En el Distrito de Guerrero, del Estado 
de Chihuahua, se había levantado en armas en de- 
fensa del Plan de San Luis, a favor de Madero y 
contra el Gobierno, un tal Pascual Orozco, ranchero 
de aquellos lugares, al que seguían un grupo de hom- 
bres que se habían apoderado, por la fuerza, de la 
Cabecera del lejano Distrito. | 

— ¿Qué tal? ¿Ya lo ves? ¿No decías tú que todo se 
había acabado? ¡Retofia, viejo, retoña! .... 

— ¡Y esa gente fronteriza es endemoniada! Los de 
allá no son los indios de aquí, torpes y domeñados, 
sino mestizos que saben bien a lo que se meten. Tie- 
nen fama de bravos y de decididos .... 

Por supuesto que, a partir de aquel día, los co- 
mentarios no faltaron ya a la hora de informarse el 
grupo, por la prensa, de los diversos aspectos que 
la «bola» iba tomando, exaltándose y dividiéndose el 
corrillo, en pro los unos, en contra los otros, con se- 
ria alarma de don Taco que, o consentía aquello co- 
rriendo a su entender sus riesgos, porque la policía 
estaba atenta a todo, y podía llegar a enterarse, o 
no lo consentía, en cuyo caso tenía que quedarse sin 
la mitad de los huéspedes. 

Los bandos habían llegado a definirse en pocos 
días más: las Menchaca y su sobrino, habían resul- 



í* I 



LA RUINA DE LA CASONA 69 

tado, como era natural, ultragobiernistas: para ellas 
era sencillamente criminal atacar a un cabello de 
don Porfirio, el hombre que había dado paz y pros- 
peridad al país. Barbedillo era gobiernista por es- 
píritu prudente y conservador, al igual de Paulini- 
ta. Tajonar lo era por deber, a secas y sin discutir, ni 
siquiera averiguar. Gordillo veía, oía y callaba. Ta- 
foUa no se decidía ni de uno ni de otro lado. Mandu- 
jano se sonreía socarronamente cuando se hablaba 
de la «bola.> Chaneque, que debería haber demos- 
trado cierto entusiasmo, era reticente, aunque no 
dejaba de significarse revolucionario, por virtud de 
los fueros adquiridos y las perspectivas que le da- 
ban; sin comprometerse demasiado, para no perder 
la beca, no sería malo aprovecharse de haber sido 
víctima de los <sicarios> y los «cosacos» (gendar- 
me número 756 que había sido su aprehensor). La 
«Corchea» madre se despertaba hablando en favor 
«de la causa» con cierto disgusto del pobre de su 
marido que no las tenía todas en su mansedumbre. 
Las Otamendi querían la revolución, sí, la revolución 
que diera a cada cual su lugar, y por consecuencia 
a ellas el lugar de modistas de la nueva Corte, que 
en ley y méritos les correspondía; Andrade se sos- 
tenía como buen revolucionario «de ideas» y «True- 
nos» se desvivía, sin resolverse, a serlo de hechos; 
quería «andar en los cocolazos» porque ¡qué caray, 
el que no arriesga no pasa la mar! 

¿Y Orbezo? Orbezo, cuando le hablaban de la revo- 
lución, gruñía como el perro que defiende su hue- 
so de la tentativa del que viene a disputárselo. 

Lo que impacientaba a Quico era la atonía de la 
Ciudad de los Palacios, que no se preocupaba todo 
lo que era debido de la «bola,» o que por lo menos, 
parecía no preocuparse. Ningún asomo, ninguna 
demostración de que se seguía con todo el interés 



■ir"»- 






70 E. MAQUEO CASTELLANOS 

del caso, el desenvolvimiento de aquello; la gente 
hablaba de la revolución sin darle importancia, y a 
la ligera; como quien no quiere que lo saquen del 
cartabón ordinario de la vida, consagrada a las fae- 
nas remuneradoras y hasta hosca frente a la posi- 
bilidad de que, creciendo la alteración del orden, 
se redujeran las probabilidades de las ganancias. 
La inmensa mayoría tenia una credulidad ciega en 
que el Gobierno sofocaría muy pronto la «rebamba- 
ramba.» Y así era como había sobrevenido la Navi- 
dad y el Afio Nuevo, con sus fiestas y sus jolgorios, 
y allá mismo, en la casona de «Las Moras,» ajenos los 
inquilinos de todo peligro, y sin más preocupaciones 
que las superficiales y pasajeras que dejaban los 
comentarios de los sucesos, se hubieran colebrado 
tales fechas rompiendo las tradicionales «piñatas» 
en grata unión y compafiía, al son de una orquesti- 
ta modesta, contratada a escote, misma que servía 
para un par de horas de baile, en el que Mencha- 
quita se daba sus vueltas con alguna de las Ota- 
mendi, pues todavía la división de pareceres polí- 
ticos no había llevado las cosas al extremo de no 
poder ligarse en un danzón. 

El Club «Propugnadores de la Libertad» seguía 
funcionando; pero en vista de las circunstancias, se 
había disfrazado prudentemente; ahora parecía ser 
más literario que político, y procuraba no dar gran- 
des sefiales de vida. Los tiempos eran peligrosísi- 
mos para cualquiera otra cosa, y aun entre los mis- 
mos asociados había ciertas desconfianzas, que la 
lealtad no es virtud de todo mundo. i 

Aquel Club se parecía en algo a las amorosas re- 
laciones de Andrade: disimuladas, con los fuegos 
apagados estratégicamente, para no tener que fa- 
llecer por una agresión prematura y violenta. 

Y a propósito: hora es ya de referir una transac- 



LA RUINA DE LA CASONA 71 

ción celebrada entre la Chayito y Andrade, una no- 
che, en la penumbra de la escalera, y con ocasión 
de aquellos coloquios que tenían lugar como las co- 
rridas de toros — «Si el tiempo lo permite» o lo que 
es lo mismo, si las circunstancias de una distrac- 
ción o de un suefio tempranero de Cuca, lo consen- 
tían. 

— Bueno, Andrade; con que quedamos en que en 
este afio, mil novecientos once, a segundo de leyes; 
y te faltarán entonces para concluir la carrera 

^Otros cuatro, Chayito mía. 

— ¡Dios me asista! Entonces para cuando nos po- 
damos casar, voy a ser ya una vieja! Tendré veinti- 
dós afios y tú veinticinco 

— ¿Y a ese le llamas vejez? La edad mejor para el 
matrimonio. ¡Fuera de eso, se pasa el tiempo tan 
pronto! 

— Pues eso es lo que me aflije. Que pasándose 
así, cuando uno vuelve la cara, ya está «jamona*. . . 

—¡Ni lo creas! Y sobre todo, ¿qué remedio? 

— Eso es laque yo digo: ¿qué remedio? No habrá 

más que resignarse ¡Qué «aburrición!» Sólo 

que nos casemos antes ■ " v 

— ¿Pero cómo? ¿Con qué vamos a vivir? Tú sabes 
que en mi carrera está mi porvenir. 

— Bueno Pues que no fueras abogado 

Que fueras cualquiera otra cosa que trabaja- 
ras de cualquier otro modo para ganarte la vida y 
tener dinero 

— Y tendría que perder todo lo ganado. ¡Un tiem- 
IK) precioso! Y fuera de eso, ¿en qué podría ganar- 
me la vida? 

— ¿Y si te fueras a la revolución? Ya ves lo que 
cuentan. Que algunos se están largando a ella para 
hacer fortuna. Regresarías hecho un personaje, 
acaso, y con mucho dinero 



72 E. MAQUEO CASTELLANOS 

— O no regresaría, Chayito. Suponte que me die- 
ran un balazo Y además, que no me gustaría 

ganar así el dinero ¡Eso no es honrado! 

— ¡Ay, Andrade! ¡Con esos escrúpulos no has de 
hacer nunca nada! 

— Bueno suponte que la revolución no 

triunfa I 

— Entonces regresarías a proseguir tus estudios 

y santas pascuas. Pero suponte que triunfa 

Vendrías ya con facilidades para casarnos, y nos 
casaríamos luego ¡Qué gusto! 

Lo que a Chayo le producía ilusión y gusto, a An- 
drade le produjo una gran decepción. Sintió algo 
como una oleada de tristeza, inundándole el alma. 
Tal parecía que su novia tenía premura, más que 
amor, para llegar al matrimonio, y que lo que que- 
ría era «amarrar> pronto, fuera como fuese. Y era 
su novia, su misma novia, una nifia adorada y al pa- 
recer sencilla e ingenua, la misma que no quería 
ver en aquella revolución un movimiento fecundo y 
redentor en conquista de grandes y altos ideales, 
sino un camino inmoral para obtener ganancias, 
para medrar, para hacer «negocio» y tener dinero, 
que él pretendía tener sólo por el esfuerzo Umpio y 
honrado! 

— Mira, Chayito transaremos. Te voy a pro- 
meter una cosa y juro cumplírtela. Voy a estudiar 
mucho, a «meterme muy recio> y a «doblar» años, 
para acabar así muy pronto la carrera .... | 

— ¿De veras? 

— Como lo oyes. Y así muy pronto, dentro de tres 
anos a lo sumo, podremos ser maridito y mujer- 
cita ¿Qué opinas? • 

— Júramelo, pues! 

Y Andrade, con toda solemnidad y con mayor 
buena fe aún, como cabe a un enamorado hasta, los 



LA RUINA DE LA CASONA 73 

tuétanos, hizo el prometido juramento, recibiendo 
en pago uno de aquellos besos de Chayito, que to- 
mándole la cabeza con ambas manos, juntaba sus 
labios con los suyos y apretaba en un ósculo pro- 
longado, efusivo, que abría un surco de fuego y de 
luz en el corazón del estudiante! 

También en aquellos días tocó a Andrade ir en 
compañía de Tenorio, por la calle y presenciar un 
desfile en el que figuraba el general Díaz; acaso el 
último del caudillo. Por lo menos, el último en que 
Andrade así lo vio. El anciano Presidedte pasaba 
en su landeau oficial, vistiende el traje militar de 
gala, con el pecho constelado de condecoraciones, 
alba la testa de cortos cabellos blancos, que hacían 
resaltar aquel rostro fuertemente enérgico, a pesar 
de los ochenta años: rostro de mentón saliente, de 
pronunciados pómulos y de nariz de anchas alas.... 

A la zaga del carruaje presidencial, trotaban los 
caoallos de la Guardia del Presidente, con sus jine- 
tes de blancos uniformes, franjeados de azul y oro, 
colores por los que las gentes los había apodado 
«los hijos de María, > ya que son aquellos los mis- 
mos que gastan los bebés que en el mes de Mayo 
van al templo a ofrecer flores a la Virgen. 

En aquellas comitivas había trasunto de regias 
aparatosidades. Chocaban y seducían. Desagrada- 
ban a los que, intransigentes hasta el detalle, hu- 
bieran querido ver al Presidente atravesar por las 
calles a pie y andando; despojado de toda pompa; 
humilde y sencillo: y seducían a los que deseaban 
que el Primer Magistrado de la Nación apareciera 
siempre con la pompa que impresiona y hace incon- 
fundible el rango. 

Don Porfirio pasaba ceremonioso y solemne, im- 
poniendo verdaderamente, y el mismo Andrade no 
podía menos de confesar que en Augusto había al- 



■ipí- 



,-, > 






'S- 



•i';' 



74 E. MAQUEO CASTELLANOS 

go augusto. La edad, acaso, que siempre es respe- 
table; acaso el recuerdo de que aquel hombre había 
sido un heroico soldado de la República, que había 
luchado por las propias libertades que ahora aho- 
gaba, y por la Patria, a la que hoy tenía entumeci- 
da; la constelación de cruces y medallas sobre aquel 
pecho, muchas de ellas extranjeras condecoracio- 
nes de alta valía, atestiguaban, al fin y al cabo, que 
aquel hombre no era un vulgar. 

— <¡Ave, César!» — dijo Tenorio, imitando a los 
romanos gladiadores; y glosándolos, agregó: — «Mo- 
rituri te maledicent!» — Ya verás, ya verás cómo no 
atajas la pelota! ¡Lo que es en esta, pierdes el re- 
suello! ^ 

— ¡No es él, «Truenos» el responsable! Son los 

otros ¡Los que le rodean, los que le atosigan 

con la adulación y lo marean con el elogio, y lo zahu- 
man con la rastrera zalema, a fin de que no lleguen 
hasta el solio las voces, las imprecaciones, las de- 
mandas de los de abajo! 

Pudo, sin embargo, darse cuenta de que los aplau- 
sos que a su paso se tributaban al viejo Caudillo, 
tenían más de piadosos que de sinceros. Que eran 
más bien para el emblema de lo que había sido, que 
para lo que ahora era, y que tal vez pronto iba a su- 
cumbir. Para el pasado, para un mito. ... El Gene- 
ral Díaz se había fosilizado en la opinión pública, 
presta a desviarse y a abandonarlo, ante la seducción 
de la novedad que la arrastrara, cualquiera que 
fuese! 

Por eso era pK)r lo que la revolución iba ganando 
terreno. Si sus conquistas en el campo de acción 
no eran importantes, las que hacía en el campo de 
la opinión, sí eran evidentes. Ya ahora sí, el pasto 
de las conversaciones era el sedicioso movimiento, 
del que unos conjeturaban toda clase de fructíferas 



LA RUINA DE LA CASONA 75 

esperanzas, mientras los otros hacían las más pesi- 
mistas profecías. 

Era inequívoco que los periódicos no tenían liber- 
tad para decir todo lo que pasaba, y el misterio, in- 
trigando, aumentaba con el combustible de la curio- 
sidad los comentarios. Se sabía que al grito rebelde 
de Pascual Orozco, habían respondido otros allá en 
Chihuahua, en Durango, en Coahuila, y aun en el 
mismo Sur: en Hidalgo había núcleos rebeldes; en 
Guerrero, tierra de guerrilleros, también; y en Mo- 
relos, donde la montana es baluarte natural, en que 
ahora la horda se erguía transformándose en las 
legiones de Spartaco, encarnado en Emiliano Za- 
pata. 

Sobre todo, la revolución, repetimos, se iba abrien- 
do rápido paso en los espíritus; estaba ya en los ce- 
rebros; conquistaba fatal o venturosamente, que no 
se podía definir aún, a las masas, y su vehículo era el 
centavo, el vil centavo que servía para comprar el pe- 
riódico que, aunque ocultando mucho, siempre de- 
jaba entrever que el que había sido igniscente pun- 
to, era llamarada y podía transformarse en incendio! 

— Yo creo que siempre «me lanzo» — decía «True- 
nos» a Andrade.— ¡A ver que hago, qué caray! Me 

parece que estoy perdiendo el tiempo ¡Figúrate 

que regrese yo de coronel! 

-EUiz lo que gustes Yo no puedo seguirte en 

ese terreno. Para mí, entiendo que mi función es 
otra y otro mi sitio de combate. Debemos algunos 
consagrarnos a ser los incubadores, los propagan- 
distas, los encauzadores. Nuestras trincheras son 
la prensa y la tribuna. Allí hacemos falta. Yo pien- 
so escribir, escribir y convencer Artículos de 

ataque, bien fundados y mejor escritos 

— ¡Hum! ¡Lo que sucede es que tú tienes miedo 
«mano» de los «cocolazos» y bueno ¡qué ca- 






76 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



ray ! yo también y por eso no me he lanzado aún .... 
pero se me hace que el día menos pensado no me 
encuentras ya lo verás! 

- ¿Miedo? ¡Puede ser! ¡Tal vez no falte oca- 
sión de demostrarte qué distinto es el valor de cada 
uno de nosotros! I \ 

El pobre Andrade no sabía qué inmensa profecía 
encerraban sus palabras. , ., | . : 

¿Y Madero? ¿Qué era de Madero entretanto? Ca- 
si una incógnita. Se decía que estaba en San Anto- 
nio Texas, y que iba rumbo a Europa, convencido 
por su familia de lo fatal de su aventura. Otros de- 
cían que ya iba a entrar a México al frente de sus 
tropas, y quién sabe cuántas consejas más. Lo cier- 
to era que habían habido ya acciones de guerra im- 
portantes, y que Madero no había estado en ellas, 
tales como «Cuchillo Parado,» «Pedernales» y otras 
en las que los rebeldes no sólo habían hecho frente 
a los federales, sino que los habían derrotado, ma- 
tándoles a jefes de graduación y aniquilando a ba- 
tallones enteros. La revolución cundía y no era un 
juguete. 

Una noche, mientras Andrade y socios echaban 
un «tute,» que al fin y al cabo eran principios de 
afio escolar y no había para qué quemarse las pesta- 
ñas estudiando, llegó Tajonar a la «República,» cosa 
rara, pues que casi nunca se paraba por allí, dada 
la divergencia de opiniones políticas, aunque Teno- 
rio había acabado por tener simpatías por el capi- 
tancito aquel, dada su corrección y su trato, y toda- 
vía más, por haber «tlachado» (presumido) que no 
dejaba de tener sus simpatías por «la causa.» 

— Señores, vengo a despedirme de ustedes. 

— ¿Cómo es eso, capitán? ¿Se va usted? 

— Sí, señor Andrade. Ya saben ustedes que los 
militares somos esclavos de la «orden» y ya la teñe- 



LA RUINA DE LA. CASONA 77 

mos para marchar. Las fuerzas están ya acuar- 
teladas, y mafiana temprano emprenderemos la 
marcha. 

— ¿Y para dónde, se puede saber? 

— Entiendo que es para el Norte; parece que la 
cosa anda mal por allá y que la <revolufía> sigue 
creciendo. 

— ¿Y es mucha la gente que marcha? 

— Bastante; pero sobretodo, llevamos mucho par- 
que, y algunos cañones y «bailarinas» (ametralla- 
doras) .... Ahora es cuando van a saber los <la- 
trofacciosos> lo que son las ametralladoras y los 
Saint-Chaumond! 

— ¡Hombre! ¡Latrofacciosos los hombres que se 
juegan la vida iK)r defender principios e ideales po- 
líticos! No sea usted injusto, amigo Tajonar, en lla- 
marlos así .... 

— Es la prensa la que los llama de ese modo 

Vaya usted a saber si es verdad o no que roban y 
que hacen todo lo que de ellos se dice. 
' —¡La prensa! Todos los periódicos están ven- 
didos al Gobierno. La prensa es venal y asala- 
riada 

—Pues allá ella, amigo Tenorio. 

— La «pelada,» Tajonar, es que ustedes no se de- 
berían batir con los revolucionarios, y sí todo lo 
contrario, unirse a ellos .... 

— No me vuelva a decir eso, que yo no puedo oir 
tales consejos, ni menos agradecerlos. Soy militar 
de carrera y no mancho mi hoja de servicios con 
traiciones. Para hacer eso necesitaría antes darme 
de baja.... 

—Pero es que el Gobierno éste no es legítimo. 
En las elecciones no hubo legalidad y sí fraude 

— Buena o malamente el Congreso declaró electo 
al señor General Díaz; y mientras esa declaración 



>■'■. ^ 



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78 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



subsista, para nosotros los militares y dentro del 
criterio de nuestras leyes, él es el Presidente legí- 
timo .... 

— Las opiniones de usted son dignas de respe- 
to, porque son las de un hombre honrado ¿Y qué 

piensa usted hacer con su familia? I ' 

— La dejo aquí. Allá vamos a andar de ceca en 
meca, y va a haber muchos balazo^ .... 

— Pues que la suerte lo ayude y que pronto re- 
grese con una espiguilla más. Y ya sabe que si algo 
se le ofrece, puede mandar con entera libertad. 

— Gracias .... gracias .... 

—Y procure no apuntar a matar, de todos modos, 
mi querido capitán .... 

Un estrecho abrazo puso fin a la conversación. 

¿Luego era cierto que la revolución tomaba incre- 
mento? ¿Luego se confirmaba que la cosa estaba que 
«ardía» por allá por la frontera del Norte, y que, 
por fin, el Gobierno concedía seriedad a aquellos 
movimientos que en un principio se habían estima- 
do como insignificantes y carentes de empuje para 
poner en peligro a aquel potente organismo que, en 
la apariencia, contaba con granítica solidez, con una 
contextura a prueba de todo y con $80.000,000 en 
las reservas del Tesoro? 

Aquel gigante que se llama pueblo, dejaba, pues, 
su temperatura normal, entraba en calor; de éste 
pasaría a la calentura, y en un descuido, llegaría a 
pleno período de f ebricitantel 



.-.■■•ij,'- 



CAPITULO VI 
En plena ebullición 

Con la llegada de marzo y el anuncio de la Prima- 
vera, la naturaleza toda parecía despertar, despe- 
rezándose del sueño invernal, como la púber divina 
que hace surgir sus brazos de los mullidos edredo- 
nes y por entre las blancas sábanas, orladas de finos 
encajes, lleva las delicadas manos a los párpados 
para evitar el indiscreto rayo de luz que le lastima 
los ojos, y concluye por abrir éstos con la fruición 
del dulce despertar, luchando por conservar la ima- 
gen de un seductor sueño de amores, mientras las 
blondas crenchas de los cabellos se esparcen al ca- 
pricho sobre la blancura del lecho. 

En la casona de «Las Moras» reinaba una plácida 
tranquilidad aparente. Las costumbres invariables 
de los vecinos daban en cada mañana lugar al mis- 
mo cuadro de las señoritas Menchaca, saliendo 
rumbo a la cercana iglesia para oir su misa; de Or- 
bezo, arreglando su anémica enredadera; de la par- 
vada estudiantil armando alharaca en el <copete> y 
de Menchaquita saliendo rumbo a su oficina, atilda- 
do, con sus inmaculados cuellos, sus corbatas der- 
nier cri y su pantalón claro, de irreprochable plan- 



■• -v 



80 E. MAQUEO CASTELLANOS 

chado, a fin de que se señalara perfectamente cada 
línea. 

Aparente tranquilidad aquella, porque, en obse- 
quio de la verdad, las banderías políticas tenían ya 
a aquellas alturas, más que dividida y revuelta a la 
antes pacífica vecindad, al grado de que ya las Men- 
chaca y la Garaicochea no se visitaban; las Otamen- 
di tenían frecuentes altercados con Paulinita; ésta 
había estrechado sus afectos para los Orbezo, y Bar- 
bedillo y consorte habían tenido que sostener un 
statu quo delicadísimo, a fin de no desagradar a nin- 
guno de sus buenos clientes. 

Las «nuevas» (mentiras) que confeccionaba Teno- 
rio, a propósito de la revolución, eran el obligado 
platillo, inconforme la general curiosidad con sa- 
ciarse únicamente de las noticias del periódico. Si 
al pasar, por ejemplo. Tenorio por el patio, se en- 
contraba con Orbezo, el tiroteo era seguro. I 

— Oiga, mi teniente coronel, ¿ya sabe lo que hay? 

— ¿Qué es ello? I 

— Pues que ya los correligionarios tomaron Sal- 
tillo. 

— Y no lo que van a tomar es el salto «ma- 
dre» para los Estados Unidos, en cuanto las ame- 
tralladoras «les enciendan» por la retaguardia. 

Y al día siguiente: 

— ¡Seflor Orbezo, ahora sí fué de veras! Ya «to- 
maron» Durango I 

— ¿Sí, eh? Usted lo que tomó fué un tequila de 
más y por eso habla I 

Las conversaciones clásicas eran las que en reu- 
niones ad hoc tenían las Menchaca, Paulinita, Orbe- 
zo, y en ocasiones Gordillo, por una parte, y las 
Otamendi, las Garaicochea, la profesora Tinoco y 
los de la «República» por otra, pues ya el comedor 
de Barbedillo había sido «neutralizado» t'erminan- 



LA RUINA DE LA CASONA 81 ^^*' 



temente, mediante un letrero que en gruesos ca- 
racteres decía: — «Se prohibe hablar de política» — 
y debajo del cual el incansable Tafolla había agre- 
gado: «pero se permite hablar del prójimo.» Bar- 
bedillo, buen pez para las cosas de la política, no 
quería comprometerse «hasta tanto que no se viera 
claro.> ■ - 

— Yo no sé, mi alma, — decía Locha Menchaca a la 
señora de Orbezo — a dónde pretenden esos hom- 
bres que vayamos a parar. ¿Qué mal les ha hecho 
don Porfirio? Tener en cintura a los revoltosos . . . ^ 
conservar el orden .... cuidar de la paz. . . . 

— Sin duda; pero como así no pueden medrar los 
malos 

— Y lo que es peor. Dicen que con tal de «tirar» 

a don Porfirio, aunque suba «cualquiera» De 

donde resulta que esos no son más que «cualquie- 
ristas,» agregaba sentenciosamente Orbezo. 

— Ya llorarán por don Porfirio si lo llegan a des- 
hancar — suspiraba Lucha Menchaca. 

— Y lo peor de todo es que los «negocios» se des- 
componen con esas cosas! — proseguía la viuda de 
Zarzo. — Como no hay seguridades 

Ella, en efecto, para sus «negocitos» había subi- 
do el tipo del interés del tres al cinco por ciento 
mensual, en pagaré con tres firmas, de las que al- 
guna debería ser la del director del Banco Nacional 
por lo menos. Y en falta de tal «garantía» se le fir- 
maban contratos de compra-venta, con pacto de re- 
tracto, y se disculpaba con que todo había subido 
que era una barbaridad: la leche, el arroz, el petró- 
leo, y hasta el chocolate para el «Tulipán.» Y si no, 
que se les preguntara a los del «Antojito Tapatío» 
por qué cobraban más y servían menos en las co- 
midas. ¡Por la revolución! 

Por el día 8 de marzo, los periódicos dieron la no- 

6 






ííi-- 






'•> 



82 £. MAQUEO CASTELLANOS 

%:'■■ I ■: 

v^¿ tícia de la batalla de «Casas Grandes.» L<as fuerzas 

II federales, en regular número, habían atacado el nú- 

v$ cleo revolucionario a cuyo frente estaba el jefe de 

los rebeldes don Francisco I. Madero, infligiéndole 
¿; una seria derrota y quitándole gran cantidad de 

-').. pertrechos de guerra, salvándose de caer prisione- 

g" • ro el caudillo, en un veloz «buggy.> Lo grave en el 

íi caso había sido que, entre los prisioneros hechos 

estaban algunos americanos, y que entre las armas 
recogidas las había con marca del ejército america- 
^; no. Esta circunstancia y la apariencia de que el 

'^1 golpe era mortal y decisivo, hicieron que los co- 

mentarios aquella noche, en la salita de las Otamen- 
di, fueran más que nunca, acalorados. 

— Yo no creo en eso ¡Es grilla de los perió- 
dicos! ¿No ven ustedes que todos, absolutamente 
todos, están vendidos al Gobierno? — decía Tenorio. 

— ¡Júralo, Truenos júralo! — agregaba De- 

móstenes — ¡La «suaca» (léase felpa) que les pega- 
ron, fué de ordago! ¿No ves que llevaban artillería? 
; — Pues con todo y eso no los derrotan! Son muy 

hombres los fronterizos .| 

— ¿Y las ar mitas americanas? ¿Y los boeros y los 
■ gringos peleando con Madero contra mexicanos? 

• —¡Esas son cosas de toda revolución! No se va a 

V hacer con angelitos 

— La verdad es que, al hablarse de una batalla en 
forma, eso indica que la revolución está ya organi- 
zada; y al haberse hallado en ella el señor Madero 
(ya se le iba anteponiendo respetuosamente el don) 

que se trató de una cosa formal (observación 

de Andrade). 

— TafoUa, como es «agua tibia,» bien quisiera que 
fueran los «pelones» (soldados federales) los que 
hubieran pegado — argüía Cuca Otamendi. 












w^ 



LA RUINA DE LA CASONA 88 

— No es eso Es que la verdad Si la 

lumbre ha de llegar a Indé 

— ¡Eeeeso sí que seria de los diablos, porque me 
lelelevantan la caaanasta! ■ 

— Ganará Madero— concluía sentenciosamente 
Chayito, restregándose con el extremo de una toa- 
lla que llevaba atada al cuello, la negra cabellera, 
pues se había bailado en la tarde. 

— ¡Sí que gane! — afiadía entusiasmada la 

«Corchea» madre — para que les apague los humos 
a todos los aristócratas empingorotados y exalte a 

los humildes, que ya es hora ¡Mire usted que ■% 

llevar Garay veinte afios de tenedor de libros sin 
poder hacer fortuna! • " 

—Y que se lleve la trampa a los «científicos,» ya 
que, por intrigas suyas, no me nombraron ayudan- 
te de gimnasia en la Normal. 

— Bububueno y la verdad es que ya hay las 

piulas de reeebeldes En Sonora, en Sinaloa. ... 

en San Luis Potosí y hasta en Pupupuebla y Me- 
récelos 

Andrade, juzgando propicia la ocasión, tomaba la 
palabra, queriendo hacer propaganda buena, afín 
de que se comprendiera la revolución tal como él se 
imaginaba que debía ser. Le escocía, le repugnaba 
que los contertulios quisieran la ruina del Gobier- 
no para saciar venganzas, por imaginarios ultrajes, 
o para sacar la tripa de mal afio, porque no lo habían 
logrado en una lucha legítima con el trabajo. No 
aprobaba que la Garaicochea o Tenorio, sin haber 
aportado ningún contingente a «la causa» sino era 
el de la lengua murmuradora, con mordacidades 
propias de almas envenenadas por tontos despechos, 
se creyeran, por esa sola circunstancia, acreedores 
para que, de triunfar la revolución, se les hiciera 
«justicia» colmándolos de riquezas o de honores. . 



84 E. MAQUEO CASTELLANOS 

Mas a sus argumentos salía siempre al paso la «Cor- 
chea» madre, que, en una contumaz rebeldía, había 
acabado hasta por vencer los escrúpulos de su mari- 
do que, tímido e irresoluto, se asustaba con verla in- 
trincarse en aquellas polémicas, en un principio; pe- 
ro que ahora la dejaba hacer, con lo que ella procla- 
maba que, tan era buena la revolución, que por lo 
menos ella ya había recobrado su libertad de pensa- 
miento. I 

Diariamente daba la prensa un abundante com- 
bustible para los comentarios y las versiones. Si en 
un principio con un diario había bastante para toda 
la vecindad, que lo circulaba de mano en mano, des- 
de el primero hasta el tercer piso, ahora se compra- 
ban todos los periódicos que veían la luz en la Capi- 
tal, ya que para los de un bando era verídico lo que 
decían los que para el bando contrario sólo sabían 
decir mentiras, y así el espíritu revolucionario ha- 
bía cundido, encontrado admirable el terreno de la 
casona, feudo del señor de Barbedillo. i 

Y sucedió entonces lo que tenía que suceder. En 
más de una ocasión hubo pendencia del patio al pri- 
mer piso entre Paulinita y las Otamendi, porque al 
regar las macetas habían bañado en agua sucia algu- 
na blonda cabellera, mientras se asoleaba en el patio 
para «afirmar el color» del tinte, o bien porque ha- 
bían dejado caer de intento un pedazo de vasija rota 
sobre el pobre «Tulipán» mientras dormía plácida- 
mente en dicho patio. Más de una vez las chillonas 
voces de las Menchaca había acribillado a invectivas 
a la prole Garay y a sus patriarcas, con pretexto de 
que Garaycito, probablemente mal aconsejado por 
aquéllos y en desquite, provisto de una cerbatana 
de hoja de lata, enviaba certeros proyectiles de chí- 
charos al consentido perico que, al recibirlos, se in- 
quietaba en su jaula contestando con un «Santo Dios, 



>>i V 



- ¿^¡; 



LA RUINA DE LA CASONA 85 

Santo Fuerte > cantando con la voz más estrepi- 
tosa que encontraba. 

Y por eso que Barbedillo hubiera tenido que de- 
dicarse a la diplomacia emulando a Talleyrand, para 
IK)ner de acuerdo al cotarroy que no se le «desgrana- 
ra la mazorca» de los inquilinos, dejándole vacías las 
viviendas. Concillaba, argüía, interponía buenos ofi- 
cios y hasta se había vuelto considerado en los co- 
bros. Lo malo era que aquella «República» del 
«copete» daba siempre al traste con su obra, siendo, 
según las Menchaca, «un positivo foco revoluciona- 
rio.» > ' ; .i 

Y lo era: con motivo de la apertura de las Cáma- 
ras el día primero de abril, había habido cónclave y 
gordo en el «copete.» Algunos clubistas se habían 
reunido para comentar el discurso pronunciado por 
el Presidente Díaz, conviniendo en que en él, el vie- 
jo dictador se confesaba vencido, ya que pretendía 
hacerse revolucionario, enarbolando la bandera del 
«Plan de San Luis» con lo del «Sufragio Elfectivo y 
no Reelección,» prometiendo la reforma de la Ley 
Electoral y de la Constitución sobre el particular, y 
todo ello con un Ministerio nuevo, flamantito,en don- 
de figuraban efebos de la política, que habían ido a 
tomar la cartera, pálidos de emoción, como los es- 
colapios cuando reciben en la reparticiónde premios 
la medalla de buena conducta. No sabían los agra- 
ciados que con ellos se iniciaría el período de los 
Ministros, Subsecretarios y Oficiales Mayores, cu- 
ya existencia pK>lítica habría de durar lo que un dó 
de pecho, según la mordaz frase de un viejo tribuno. 

— ¡Para quien crea al viejo marrullero! — comen- 
taba Tenorio — Eso es un timo 

— Peeero ¿por qué no ha de ser siiinceeero? 

— (Porque nunca lo ha sido, caramba! Desde Tuz- 



1 



86 E. MAQUEO CASTELLANOS i 

tepec pero ya ahora no nos la da ni «con 

chía».. .. ■■ ■'. ' "•]■'.• -'■ '-■ 

— Transigir con la revolución, es capitalar con 
ella — afiadió Andrade en tono doctoral. — El que en 
política transige, se derrota. Don Porfirio, con 099 
discurso, le ha cantado el «De prof undis> a su Go- 
bierno! 

— ¡Viva Mttdero! 

— ¡Eso es! A rey muerto, príncipe coronado. . . . 

— ¡No seas imprudente, Tenorio! Ya ves que en 
la propia casa hay enemigos nuestros. «Capulín» 
cierra la puerta ' ^ , I ^ ' 

Obedeció el «Capulín» y la puerta vidriera de la 
«República» que comunicaba la pieza con el pasillo 
del patio, fué herméticamente cerrada. Andrade 
siguió entonces comentando: 

— Lo cierto es que la revolución triunfa, y más 
que por la fuerza de las armas, por una fuerza mo- 
ral incontrastable. No importa que ésta sea, como 
dice Orbezo, el «cualquierismo.» Por ñn la opinión 
se ha hecho, y si los que se sublevan no tienen 
maüssers, ni cafiones ni dinero, tienen la fe en el 
triunfo, que es arma invencible. Madero, pues, lle- 
gará al poder y para eso no ha de pasar mucho. Y 
sea lo que sea, resulte lo que resulte, de todas ma- 
neras y a pesar de todo, que no sabemos lo que trae- 
rá el mañana, Madero habrá hecho por lo menos una 
buena obra: remover hasta en sus cimientos a esta 
nacionalidad atónita, que padece de catalepsia y que 
tiene la médula podrida, para obligarla a despertar 
y regenerarse, si es que no quiere perecer 

—Muy bien dicho ¡qué caray! 

— Veo el i>orvenir. Lo presumo en mi anhelo de 
patriota y de amante de mi nación, Madero no será 
el hombre, acaso. ¡Mejor! Si queremos curarnos, lo 
primero es no depender de un hombre, de una vo- 



- r- :n'f • 



LA RUINA DE LA CASONA 87 



-^-f-'r-. 



í¿"í 



luntad, de un arbitro. E^o es incompatible con la 
democracia y de lo que se trata es de hacer demo- 
cracia. Necesitamos ideas, choque de ellas, confla- 
gración de pensamientos, batalla de opiniones, y de 
todo esto surgirán necesariamente las estructuras 4 

del porvenir. ^^ 

— ¡Eso es saber hablar! 

— Sí — pero yo tengo infinitos temores. EU pue- i 

blo no está preparado. Sus atavismos son fatales y 

lo condenan a ser anárquico Podremos llegar # 

más lejos de lo debido. Acaso llegaremos a la des- 
integración política y a la desorganización social vt; 

— ¿Y qué remedio? 

— Tener fe en que al final habrá de encontrarse 
el rumbo, pues ni las sociedades perecen por suici- 
dio, ni el derecho ni la justicia dejan jamás de impo- 
nerse! 

— Bueno. ... La cuestión es que si gana Madero, 
saquemos nosotros alguna «raja>; porque si nó, no 
tiene chiste la cosa. 

— No seas ruin para pensar. Tenorio. No seas n»- 
gociante con las luchas de la Patria. Deja tu prove- 
cho y mira más alto. No formes en las filas de los 
que invocando la política, quieren el medro 

— Lo curioso es — observó Chaneque — que el Go- 
bierno no resista como debiera: elementos le sobran; 
podría hacer una gran resistencia, y todo lo contra- 
rio; cede, y parece abandonar el campo, cuando po- 
dría aplastar a la revolución 

— Esas son «tigüilas» de don Porfirio 

— ¿Y si es que que que lo que no quiere ¡caaaray! 
es darle oportunidades a los griiiingos? 

— ¡Bah! Lo que sucede es que ya está muy viejo 
y no puede.. .. 

— Los acontecimientos se precipitan. ¡Pronto he- 
mos de ver cosas muy serias! 



88 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



y 






— Entonces sería bueno activar los trabajos del 
Club.... 

— Sí: debemos reunimos con más frecuencia. 

— ^Lio malo es que ya nos «tlacharon» (sorprendie- 
ron) a lo que parece. Al compadre Nicho lo vigilan, 
y lo mismo a Bojórquez; y anda tú a saber si a nos- 
otros también 

— Yo no he notado nada 

— Pues yo sí he visto por aquí cerca a los de la se- 
creta . "; ; :■[-;, 

— ¡Adiós! ¿Y en qué los has conocido? : ;^ 

—¿Y quién no conoce a los de la «Secreta»? 

— Pues ahora es cuando se necesita valor. Nada 
de timideces; si nos jugamos la libertad, bueno; y 
si la vida, mejor. O servimos o no servimos. 

— Eso. Lo q ue es por mí, a la orden — prorru pipió 

Tenorio. — Y el que tenga miedo que se «chispe» 

¡Viva Madero! :. ; r l:: 

—¡Otra vez! No seas imprudente, hombre -; 

En aquel preciso momento, una serie de golpeci- 
tos en la puerta vidriera derramó una ducha de agua 
helada sobre los ímpetus de Tenorio, e hizo que un 
molesto calosfrío recorriera los espinazos de todos 
los cuerpos, con especialidad el de Chaneque que 
llegó casi al colapso. 

— ¡La re re reservada! - balbutió Demós- 

tenes. 

— ¡Nos caímos! — agregó Tenorio. ■ - 1 - - 

— Mira quién es — indicó serenamente Andrade al 
«Indio.» í > / . 

— Yo no, qué caramba! ¿Siempre me ha de tocar 
a mí? 

— Entonces tú, Tafolla por el ojo de la cerra- 
dura 

— ¡No .... yo no qué caaaray! No me gusta 

coooomprometeerme .... 






LA RUINA DE LA CASONA 89 

— ¡Anda, hombre! No seas cobarde 

Demóstenes, haciendo de tripas corazón, se puso 
a espiar por el ojo de la cerradura, y concluyó por 
retroceder, entre la expectación de los demás, de 
puntillas y haciendo señal de guardar silencio. 

— ¿Quiénes? 

— ¡El chino de la ropa! 

— ¡Se le deben cinco semanas! ¡Chitón, y aunque 
eche la puerta abajo! 

No fué así. El pobre chino lavandero, cansado de 
tocar la puerta, se aburrió y se fué cariacontecido 
como en otras semejantes ocasiones. 



« « 



El 7 de mayo de 1911, la Capital de la República 
amaneció conmovida y llena de interrogaciones en 
el ánimo público. Ciudad Juárez, teatro de una lu- 
cha entre federales y revolucionarios que la asedia- 
ban, comandados por el propio Madero, y población 
limítrofe con los Estados Unidos, había sido tomada 
por asalto, quedando en poder de los generales de 
Madero, Pascual Orozco y Francisco Villa, nombres 
que entonces por primera vez sonaron en la etapa 
revolucionaria. 

La toma de tal ciudad era de trascendencia, por- 
que significaba el que la revolución pudiera proveer- 
se de abundantes recursos de toda índole, al pose- 
sionarse de la mejor aduana fronteriza. Y más aún, 
porque decía bien la protección que tenía de las 
autoridades americanas, siendo seguro, por lo tan- 
to, que los Estados Unidos reconocerían la belige- 
rancia de los revolucionarios. El golpe resultaba, 
así, mortal. :, 

No habían pasado muchos días, cuando llegó la 
noticia de la ocupación de la ciudad de Torreón, 11a- 



>».y 



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■■,?-:■:''■. 



■M- 



90 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



ve al Sur de los Estados de Durango, Chihuahua y 
Coahuila. Las fuerzas federales habían abandonado 
la plaza que, al ser ocupada por los rebeldes, había 
dado lugar a la matanza de más de trescientos chi- 
nos allí avecindados. 

Frente a aquellos decisivos acontecimientos, el 
Gobierno había entrado en francas pláticas con la 
revolución, buscando solucionar el conflicto del me- 
jor modo. Se ofrecieron varias carteras en el Gabi- 
nete para jefes revolucionarios, anunciando el Pre- 
sidente Díaz que se retiraría del poder una vez 
paciñcado el país; la revolución se mostró intransi- 
gente, exigiendo la inmediata entrega del poder, y 
comenzaron entonces, en Ciudad Juárez, las confe- 
rencias bien conocidas que, sin dar el triunfo com- 
pleto a la causa maderista, dieron sí al traste con el 
Gobierno de Díaz. 

Con motivo de tan trascendentales sucesos, la 
temperatura de la casona de «Las Moras» guarda- 
ba un estado de casi incandescencia. Las relaciones 
internacionales entre las diversas viviendas estaban 
en suspenso o rotas; y las comunicaciones entre 

<Menchaca sisters> y «Otamendi company,» por 
ejemplo, se hacían únicamente «adreferendum. > 
Don Taco sudaba tinta para apaciguar a los belige- 
rantes, y así como los canarios de Cuca y Chayo ya 
no salían al sol porque uno de ellos había fallecido 
de modo repentino y sospechoso, el pobre «Tuli- 
pán» había tenido que prescindir de destroncar 
en el patio sus siestecitas, para no recibir las ca- 
taratas de agua jabonosa que el Garaicito desplo- 
maba sobre él. • ?. - I 

Una de las más conspicuas víctimas era Orbezo, 
porque verlo Tenorio y ponerse €i<».ntarle «El Aban- 
donado» todo era uno, sin que bastaran las pruden- 
tes observaciones de Quico Andrade. 



■.V. 



"y-K:. LA RUINA DE LA CASONA 91 

— ¡Hombre Tenorio! íEso no es justo! ¡Pobre vie- W 

jo! ¿Qué te hace? Cumple con tener gratitud y -.■■ ¿t 

lealtad para aquél que le ha dado de comer por trein- >|-. 

ta afios. Don Porfirio es para «pata de fresno> la |; 

encarnación de toda una época, de todo un pasado ^H 

glorioso 

— Es la encarnación del pambazo! ¡Que se frunza! ,3^; 

¡Bastante mamó el cojo ese! 

— Yo, por el que más me alegro de esta catástro- 
fe, es por Menchaquita- decía Chaneque, que no 
dejaba de tener sus puntas de envidioso, por más 
que en lo íntimo deploraba aquélla caída de su pai- 
sano, como buen oaxaquefio provincialista. — Se aca- 
baron las corbatas de seda y los fieltros de «quesa- 
dilla» y los «american shoes» de charol, porque de 
esta hecha se le «arranca» 

— ¡No le hace! ¡Se le llegó la hora y basta! 

— Pues a tí también se te acabarán los humos esos 
que te gastabas, creyendo que Oazaca había de gi- 
netear a la Nación por una eternidad 

Andrade, con todo y su fervor revolucionario, no 
veía bien nada de aquello. Le entusiasmaba la toma 
de Ciudad Juárez; había sido, al parecer, una lucha 
limpia, en buen terreno, de buena ley, como debe« 
rían ser todas aquellas cosas de la revolución, se- 
gún su criterio puritano. Madero, Orozco y Villa 
venciendo allí a la «federacha,» habían estado en su 
lugar. Así debía ser la revolución. Pero repugna- 
ba aquello de las crueles matanzas de chinos en To- 
rreón; ¿a qué conducían hechos semejantes? ¿Qué 
lustre daban a la causa? Sólo le acarreaban despres- 
tigio, porque chinos o polacos aquellos hombres, no 
eran enemigos y sí extranjeros que debían ser res- 
petados porque vivían en el país, en el concepto de 
que a éste lo regían leyes humanitarias. Y le esco- 
cía la burla para Orbezo y la inquina contra Men- 



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92 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



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chaquita que no era responsable de que el pueblo 
no tuviera libertades y la democracia fuera un mi- 
to. ¿Por qué, Sefior, — pensaba — por qué Uevar la pa- 
sión a esos extremos? ¿Por qué no puede ser una 
revolución pura, inmaculada, generosa, justiciera j 
llena de ideales? 

Y Truenos le respondía — ¡Barajo! ¡Porque la re- 
volución es la revolución! 

El bueno de Andrade, en su lirismo revoluciona- 
rio, se olvidaba de que una revolución civil jamás 
puede ser metódica ni obrar sólo en razón, por la 
misma causa que el agua del torrente no corre con 
la mansedumbre y la serenidad del agua fecunda 
que corre encauzada por el canal de riego! 



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CAPITULO VII 
La renuncia 

Sigilosamente, como positivos conspiradores de 
alto coturno, la mayoría de los asociados del Club 
«Propugnadores de la Democracia» y que, para 
mejor operar, dado como se estaban poniendo las 
cosas, se había encubierto con el anodino nombre 
de «Club Cívico Rayón, > se fueron deslizando al in- 
terior de la casa del compadre Nicho, dando santo 
y seña al entrar, y hasta que la concurrencia sumó 
diecinueve afiliados. Por fortuna, aunque el núme- 
ro era escaso, la Directiva estaba completa, presi- 
diendo Andrade, lleyando la Secretaría Bojórquez, 
y notándose la ausencia del primer secretario Cha- 
neque, que prudentemente había menudeado esas 
ausencias. 

— Figúrese yo soy menor de edad — había 

dicho a don Taco— y no puedo legítimamente con- 
traer compremisos políticos. Fuera de que, la ver- 
dad, no me parece limpio eso de mamar y beber le- 
che. (Se refería a que no podía estar conjurando 
cuando tenía la bequita aquella del Gobierno de su 
tierra.) ^ ; 






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94 



E. MAQUEO CASTELLANOS 






La sesión del Club, en aquella noche, era muy im- 
portante. Los acontecimientos políticos se habían 
precipitado: se estaba en vísperas de la renuncia 
del Presidente Díaz. «Ya era preciso — según ex- 
posición al efecto hecha por el Secretario en fun- 
ciones, Bojórquez — tomar una actitud resuelta y 
definida, dejando la condición pasiva, para acudir 
con todo el contingente del Club, sacudiendo el ma- 
rasmo consuetudinario, y contribuir con todos los 
esfuerzos de los afiliados, para ayudar eficazmente 
a la causa y hacerla triunfar, aun con el sacrificio 
de la vida si necesario fuere.» 

Andrade como que se mortificaba de aquello, por- 
que francamente la actitud se tomaba bien tarde; 
cuando «la causa» en momentos de triunfar en to- 
da la línea por los esfuerzos de otros, maldito si ne- 
cesitaba de contingentes y sacrificios. 

Los discursos abundaron: el patriotismo los in- 
flamaba, y en aquellos momentos, de los diecisiete 
oradores que entre los diecinueve concurrentes to- 
maron la palabra, quince" por lo menos fueron sin- 
ceros. Tenorio se sobrepasó: lleno de un bélico ar- 
dor y de un entusiasmo furibundo, excitó a los 
«hermanos en ideas» para que al siguiente día se 
reunieran todos en la Cámara de Diputados; y si en 
la sesión de ese día no se presentaba la renuncia 
del Presidente, fueran con él a arrancársela, a la 
buena o a la mala, y donde aquél se hallara, pues él 
estaba dispuesto «a derramar hasta la última gota 
de su sangre en la defensa de los ideales revolucio- 
narios.» (Aplausos). I 

Se abstuvieron de hablar el compadre Nicho, 
porque él no sabía de «literaturas ni de liturgias, 
pues que no había estudiado;» pero manifestó su 
ctmformidad; porque él sí sabía «darse de cocola- 
zos» y era «muy hombre para rifarse con cualquie- 












> LA EÜINA DE LA CASONA 95 

ra> y cno se pandeaba» en ocasiones como aquella; ¿;^ 

y Demóstenes, un poco i)or prudencia y otro poco %; 

más por aquel endiablado defecto de su rebelde fe- 

lengua, que tanto lo per judicaba para perorar, ya |V 

que, incorregible, le proporcionaba rechiflas y no ■"^:::¿ 

aplausos. ■ -í-^ 

Antes de levantar la sesión, Andrade requirió de 
todos los concurrentes un solemne juramento, bajo 
palabra de honor, de que estarían juntos y unidos 
en las horas del peligro, frente al común enemigo; 
y todos a una voz, extendidas las diestras y puestos "f^^ 

de pie, juraron. Por los ojos de Andrade pasó la vi- 
sión del juramento del «Juego de Pelota> de la Re- 
volución Francesa, y aun le pareció ver en cada uno 
de los clubistas un futuro Sieyés. 

Las vacilaciones de Tafolla se aclararon un poco 
al siguiente día en el que recibió carta de Indé, avi- 
sándole que, si no le mandaban el dinerito que ha- 
bía pedido para cubrir algún ligero déficit, era en 
virtud de que desgraciadamente da lumbre» había 
llegado ya por aquellos rumbos, y a unos cuantos 
federales se les había ocurrido defenderse heroica- 
mente en la iglesia parroquial, lo que había dado 
por resultado que los rebeldes, en represalias, se 
llevaran una «punta» de ganadito que estaba aco- 
rralada en el pueblo para su venta. 

— ¿Ya lo ves? Son unos latrof aaaciosos unos 

lalalad roñes! — había dicho a Tenorio. 

— ¡Contingencias de las luchas libertarias, viejo! 
¡Vaya! Eso es cosa de poca monta 

— ¿De pooooca y no voy a poder papapagarle al 
saaastre por ellos? 

Con motivo de aquello, sus ardores revoluciona- 
rios se le apagaron bastante, aunque no del todo, 
tal vez más por curiosidad que por otra cosa, nece- 









96 



E. MAQUEO CASTELLANOS 






sitando And rade un gran acopio de elocuencia para 
volverlo a diapasón. 

En aquella mañana del 24 de mayo, bien cerca de 
medio día, y a puerta cerrada, Andrade y Tenorio 
estaban en la «República» ocupados en una labor 
terrible, que hubiera hecho enfermar de miedo a 
Barbedillo. Sobre la única y consabida mesa, había 
una aceitera de máquina de coser, préstamo de las 
Otamendi; media docena de trapos sucios; un des- 
tornillador y otros útiles semejantes, y nuestros dos 
sujetos revisaban y apuntaban y relujaban los caño- 
nes de dos sendas pistolas «Colts» de calibre 44, ha- 
ciendo jugar los engrasados cilindros y funcionar 
«a pelo» a los gatillos. 

— ¡Lo que es «mi frijolera» está quedando fla- 
mante! 

— ¿Cuántos cartuchos tenemos? 

— Pocos; sólo una caja .... 

— Es lo bastante; a veinticinco por barba. 

Un toque convencional en la puerta. Abre Teno- 
rio y aparece Demóstenes con rara apariencia, pues 
todo el cuerpo se le volvía chichones y abultamien- 
tos. 

— ¡Aquí traaaigo paaarque! 

— De eso tratamos. ¿Es calibre 44? 

— No Es ciiiinco ceeeeros. ¡Un derroche! 

¡Seeeeis peeeesos botella! 

Y sacó una tremenda botella de cognac de la bol- 
sa de la faltriquera. ' I-.. ? 

— ¡Y por si acaso, caaaray! Es bueno preeevenir- 
se y aquí traaaigo eeeesto 

Y fué exhumando de las profundidades de los bol- 
sillos un paquete de algodón absorbente, vendas sa- 
nitarias, un frasco de árnica y otro de agua oxige- 
nada. 

Una carcajada homérica saludó al botiquín. 



LA RUINA DE LA CASONA 97 

— ¿Vas a ser de la «Cruz Roja?» 
— Ustedes se rerereirán, quécaaaray! pero pupu- 
puede servir . . . . ! Y como yo he cambiado de opi- 
niones y no he de ir a esa rererebambaramba, pues 
aaayudo con lo que puedo! 

La comida se hizo de carrera, y al terminar, en 
un descuido, Andrade aprovechó para despedirse 
de Chayito; una rápida y patética despedida; algu- 
na que otra furtiva lágrima; y un ¡adiós! que bien 
podía ser «hasta luGgo> o «hasta nunca> .... Chayo 
corrió desolada a encenderle una lamparita al Santo 
Niño de Atocha, y Andrade bajó resuelto la escalera, 
mientras por un visillo medio levantado espiaba Lu- 
cha Menchaca, diciéndole a su hermana Locha: 

— ¡Y llevan pistola los muy canallas! ¿A quien se 
la robarían? 

Ya en el patio, Tenorio no pudo contenerse en de- 
cir a Or bezo: 

— ¿No gusta, Orbecito? (como estaba de capa caí- 
da el diminutivo se imponía) Lo invitamos , . 

— ¿A donde van? 

— A la Cámara. A los funerales de su viejo pelón, 
don Porfirio. . .. 

— ¡Pues aquí los espero en camilla! Al viejo ese, 
ustedes no le hacen «ni aire con la colaI> ¡Si yo fue- 
ra él, ya los recibiría a tiros ! ¡gandules! 

— De esta hecha se cae y no de gusto ¡Nos- 
otros vamos desde ahora a escoger nuestras enru- 
les! Quien quita pase y se ensarte. .. . 

Paulinita se persignó devotamente al verlos par- 
tir. ¡Qué imbecilidad! ¡Contribuir para derrocar a 
don Porfirio! ¡Complacerse en que cayera! ¡Ya lo 
habían de padecer más tarde, cuando todo estuvie- 
ra perdido y vinieran «los gringos> a meter en cin- 
tura a los revoltosos! ¿Por qué no mejor seguir 
viviendo en santa paz y cobrando los interesitos re- 



5^V 98 E. MAQUEO CASTELLANOS 

V t guiar mente? Para la falta que hacían aquellas fa- 

■ ranéulerias de democracia y sufragio! |. 

t Alguien más, palideciendo hasta la blancura ca- 

davérica y sintiendo que el corazón le estallaba en 
el pecho, había visto salir, también, a Andrade. La 
'.p- «Corchea» que, temblorosa y con entrecortado acen- 

'^ to, fué a decirle a la mamá, que en aquellos días de 

efervescencia política había llegado a la hipereste- 
sia ídem: 

— ¡Mamá, mamasita! Ahí se va el seflor An- 
drade I : - 

V . — ¡Muy bien hecho! Eso se llama tener pantalo- 

nes y virtudes cívicas, y no ser como el gallina de 
V tu padre! ¡Si yo fuera hombre ya los estaría si- 

guiendo! I 

—¿Y si lo matan? 
y —¿Y qué? ¡Será un héroe más, lo mismo que ese 

león de Tenorio! 

' • Tal razón no convenció a la incógnita enamorada, 

y una lamparita más se encendió por Andrade a la 
Virgen de las Angustias, y también la «Corcheita> 

lloró y rezó I 

La Cámara de Diputados estaba en aquella memo- 
rable tarde, pletórica de concurrentes; los curiosos 
■'■■ :/ y los simpatizadores de la revolución, congestiona- 

ban galerías y pasillos. En la amplia escalinata que 
sirve de acceso al edificio, la policía podía contener, 
^ a duras penas, al público impaciente que intentaba 

penetrar por asalto, atrepellándose, empujándose, 
y incrédulo aún de que la noticia fuera cierta. ¿Don 

Porfirio iba a renunciar? ¡No era posible! Dizque lo 
había prometido, pero de seguro que engañaría una 
vez más a la demanda popular. Por treinta afios se- 
guidos había dominado al país, adueñándose de la 
silla presidencial, ¡La vida de un hombre! Y por 
eso parecía increíble que abandonara el poder vin- 



* '.■ 



LA RUINA DE LA CASONA 99 

culado en él por tanto tiempo y para el que había na- 
cido y en el que parecía querer morir. 

En las calles adyacentes a la Cámara, el pueblo se 
apelotonaba arrollando a «los de la montada» (poli- 
cía de a caballo) que sufrían estoicamente dicterios 
e insultos — ¡Esbirros! ¡Cosacos! ¡Sayones! ¡Tecolo- 
tes! era lo menos que les decían. Los gritos de ¡Vi- 
va Madere! ¡La renuncia! ¡Abajo el Dictador! ¡Viva 
la Democracia! surgían estentóreos de aquel oleaje 
humano que formaba remolinos, en su constante 
vaivén. ^ : ^ : 

, A duras penas, Andrade, seguido de los suyos 
(la mayor parte de los del Club se le habían ido in- 
corporando en el camino de la casa a la Cámara) 
pudo abrirse paso hasta la escalinata, no sin que 
Tenorio, por diez veces, hubiera querido trabar pen- 
dencia, porque, lo que parecía increíble, revueltos 
y confundidos en aquel mar humano, había adora- 
dores del dios que se encumbraba, y partidarios fie- 
les del anciano Presidente que caía. Con algunos de 
estos, la cosa se puso seria, porque el «Truenos> le 
oyó decir: ^ ■ 

— ¡Brutos! Están creyendo que bautizan a la li- 
bertad, y lo que hacen es llevar a la pila a la anar- 
quía y cavar el sepulcro de la nacionalidad! 

— ¡Cállese! Usted dice eso porque debe ser un 
«mantenido» del Gobierno. ¡Un pancista! ¡Un pa- 
niaguado de Díaz! 

— Yo lo que soy es hombre, para tener las ideas 
que me «cuadren» 

— Y para sostenerlas ¿qué es? 

— Hombre también, como lo soy para «agrietarle 
a usted la fachada» (romperle la cara). 

— ^Tenorio, viejo, no nos comprometas tan inútil- 
mente — le dijo por lo bajo Andrade, llamándole la 
atención sobre que no eran sacrificios de aquella 



-i- 



100 E. MAQUEO CASTELLANOS 

clase lo que de ellos reclamaba la Patria. Y en com- 
pacto grupo siguieron adelante, y lograron entrar 
y hallaron aún sitio en un rincón de las galerías de 
la Cámara, viendo cómo iban llegando los diputados; 
acalorados ydiscutidores, los unos; cabizbajos y co- 
mo compungidos, los otros; y los más, con caras de 
sabuesos, olfateadores de los tiempos futuros. La 
atmósfera de la Cámara se caldeaba por momentos, 
y prometía ponerse al rojo cuando se diera cuenta 
con la «renuncia» que, en un destemplado y creciente 
grito, se pedía desde las afueras por la multitud que, 
irritaday sin freno, en un momentode impulsivismo, 
se jugaba el porvenir de la Patria toda, ávida de 
cambiar, de substituir, de voltear la espalda a lo co- 
nocido para enfrentarse resueltamente con lo des- 
conocido ¡fuera lo que fuese! 

Y la sesión del Congreso no se abría; tal parecía 
que los diputados estaban «haciendo yerba» y que 
la Mesa de la Cámara estaba «camoteando» (per- 
diendo el tiempo). Corrillos y grupos en los que se 
hablaba con acaloramiento; pero nada de que sona- 
ra la campanilla para «pasar lista.» Y con esto, el 
termómetro de la calentura popular subía y subía. 
Lo cierto, lo que en el fondo había era que, en efec- 
to, se estaba en espera de «la renuncia» que, según 
se decía, el Presidente había convenido en enviar, 

pero que no llegaba detenida por una patriótica 

circunstancia, acaso de muchos ignorada. 

Ciertamente, el presidente había consultado con 
su Gabinete el enviar su renuncia en aquella tarde; 
pero, imprudentemente, el Embajador americano 
Henry Lañe Wilson, el hombre nefasto para Méxi- 
co, que había soplado subrepticiamente sobre la ho- 
guera revolucionaria; que llamaría más tarde «loco» 
a Madero, al que entonces parecía apoyar decidida- 
mente; el que a su vez se enloquecía con w^hiskey y 



' LA RUINA DE LA CASONA 101 

que había de tomar champagne en noche trágica y 
en la misma copa del traidor entre los traidores, 
había ido a ver a Díaz para cerciorarse de que pre- 
sentaría su renuncia. Y el viejo dictador, enfermo 
y agobiado de dolor por la apostasía de su pueblo, 
tuvo un gesto hermoso, y preguntó dignamente al 
Embajador: 

— ¿Quién me pide la renuncia, usted o el pueblo? 

— El gobierno americano la desearía por el bien 
de México — respondió hipócritamente aquél. 

— Entonces no la presentaré, porque el Gobierno 
americano no puede ni siquiera expresar deseos 
en cosas del orden político interior de México, y 
menos cuando no los tiene por el bien, sino para el 
mal de aquél. 

¡Qué habría dicho si hubiera sabido lo que el por- 
venir reservaba sobre tan grave materia! 

Y i)or eso, la renuncia no se presentó en aquella 
tarde, quedando en cartera hasta el siguiente día en 
que nuevas presiones, entre ellas la de una gran 
mayoría de la Cámara misma, decidieron al Presi- 
dente a enviarla. 

Por ün, allá pasadas las cinco de la tarde y cuan- 
do se supo por los diputados que la renuncia no iría 
a la Cámara, el Secretario de ésta pasó lista entre 
la general espectación, que subió de punto cuando 
el Presidente de la Cámara pronunció la frase sa- 
cramental: -«Se abre la sesión .> 

El público esperaba que se leería incontinenti el 
oficio de la renuncia; no fué así; asuntos someros, 
de puro trámite, llenaron la sesión que terminó in- 
tempestiva, casi furtivamente, con un corto repi- 
queteo de la campanilla y la sacramental frase: — <Se 
cierra la sesión.» l 

El público tuvo un corto momento de estupefac- 
ción y desconcierto, como el de aquél que no ha en- 



102 E. MAQUEO CASTELLANOS 

tendido bien. ¿Y «la renuncia»? ¿Qué era de ella? 
¿Por qué no se había dado cuenta con ella? Cuando 
comprendió que no había sido presentada, se des- 
bordó en indignación, como la concurrencia de un 
circo a laque se ha prometido una lucha de fieras y 
se la sirve una pantomima imbécil. Se llamó a en- 
gañada y prorrumpió en denuestos; y abandonando 
rápidamente las galerías, se lanzó a la calle en nu- 
merosos y compactos grupos. 

Cuando los que en la calle esperaban se enteraron 
del desenlace desabrido de aquella escena, forma- 
ron algo como un monstruo cuyo acento fué prime- 
ro rugido de rabia y después alarido de fiera azu- 
zada. 

— «¡Lg, renuncia!» — gritaban unos. — ¡A palacio a 
exigirla! 

— ¡Vamos por ella a «Cadena! — vociferaron los 
otros, refiriéndose a que en la calle de Cadena, que- 
daba la casa del Presidente. 

— ¡Armas! ¿Dónde hay armas? 

— ¡Abajo el tirano! ¡Mueran los sicarios! 

Y la multitud aquella se fragmentó, formando di- 
versos grupos que ocupaban a su paso calles ente- 
ras de la Ciudad, para marchar, los unos, rumbo a 
la Plaza de Armas; rumbo a Cadena los otros; y 
otros más rumbo a los lejanos barrios para llevar 
hasta ellos la palpitación de su furia. Pronto cada 
grupo tuvo su vanguardia formada por la andante 
gaminería de la urbe; por los «papeleros» los chi- 
quillos y vendedores de periódicos, y los estudian- 
tes que improvisaron militares parches con botijas 
y tubos de hoja de lata, y trompetas con periódicos 
enrollados. Con pedazos de lienzo tricolor adquiri- 
dos al azar , y atados a sendos palos, se confecciona- 
ron banderas. Y la muchedumbre erguida, de pid 



- LA RUINA DE LA CASONA 103 

después de muchos afios de estar de hinojos, se hizo 
imponente, avasalladora, incontrastable! 

Andrade seguido por los del Club y por un grupo 
de manifestantes, se dirigió rumbo a la Alameda, 
con su respectiva vanguardia y la consabida bande- 
ra. Se sentía como un poseído, desbordante de san- 
ta indignación. Palpitaba en él algo del alma po- 
pular, pletórica de entusiasmo, patrióticamente 
iracunda, presta a la muerte en la barricada, en- 
frentada resueltamente con el Poder, y así, él se 
figuraba que en tan solemnes momentos era uno de 
los llamados a ser de los directores de las masas, 
tal como su arquetipo, Enjolrás, lo había sido .... 

— ¿A dónde vamos? le preguntó tímidamente Ta- 
folla. 

— Pero ¿tú estás aquí? 

— ¡Siempre me resolví a venir! ¡Qué caray! La cu- 
riosidad 

— Vamos a la Alameda; al monumento de Juárez, 
símbolo de la República, a arengar a las masas, pa- 
ra que aprendan la lección sacrosanta de sus dere- 
chos; y después ¡a Cadena! 

Cuando llegaron al hemiciclo que corona la figura 
en mármol del Benemérito de las Américas, cobija- 
do por las alas de la Gloria y amparado por la His- 
toria severa, Andrade preguntó a Demóstenes: 

— ¿Dónde está tu parque? 

— Aquí está. . . . ¿Quieres un «fajo?» 

— Sí .... ¡para entonarme! 

Y a boca de botella, Andrade sorbió y sorbió, sin- 
tiendo que, con el con el calor de la excitación del 
momento, se derramaba por toda su sangre el arti- 
ficial calor del licor, al que no estaba acostumbra- 
do. Después, buscando una eminencia, se irguió, 
libre su griega testa al viento de la fronda, que ju- 
gueteaba con sus ensortijados cabellos; arrogante 



104 E. MAQUEO CASTELLANOS ! 

el ademán; fiera la actitud y firme el acento; recor- 
tándose enérgica su silueta a la luz de los cercanos 
focos eléctricos sobre el fondo blanco del hemici- 
clo. ... Y lanzó sobre la heterogénea multitud, un 
estentóreo «¡Pueblo soberano!» 

Y habló, sintiéndose positivamente inspirado. Pe- 
roró sobre la Democracia y sobre las virtudes cívi- 
cas. Acerca del Derecho y la ley. Sobre las prerro- 
gativas del ciudadano y sus deberes para con la 
Patria. Saturado de republicana elocuencia, exaltó 
las virtudes ciudadanas de Juárez y de los grandes 
patricios libertadores; y conforme más avanzaba en 
su discurso, se sentía más lleno, más compenetra- 
do de su misión, de su apostolado, de su cátedra; y 
rotundo, soberbio, magnífico, trató de despertar 
aquellas conciencias irredentas y aquellos cerebros 
adormilados, golpeando en ellos con la razón y la 
verdad, en una suprema floración del verbo, a fin de 
(yie en ellos se hiciera radiosa la luz para la convic- 
ción revolucionaria, en cuanto la revolución tenía de 

grandioso y dignificante Pero cuando terminó 

de hablar, apenas si resonaron algunos escasos 

aplausos de los del Club, desmedrados y secos 

La gran multitud había permanecido indiferente! 

— Pero ¿has visto? ¿Qué es loque les pasa?— pre- 
guntó a Demóstenes. 

— ¡Es que que que te fuiste muy aaalto! No te en 
en entendieron 1 . 

En esos momentos, ya otro orador se había enca- 
ramado en hombros de los manifestantes, y con el 
sombrero en la siniestra y la diestra en apretado 
puño, peroraba y accionaba como un energúmeno, 
con voz descompuesta y provocador ademán. Y a 
cada período, una cerrada salva de aplausos reso- 
naba, y la ovación subía en un alarido. Gritos, ron- 
cas voces de aprobación, silbidos de entusiasmo, 



W: 



LA RUINA DE LA CASONA 105 

toda la gama del delirio provocado por la palabra... . 
¿Quién era, pues, el que hablaba? ¡Rovirosa! Rovi- 
rosa, que dejando a un lado aquellas zarandajas de 
la Patria y las virtudes cívicas, anatematizaba al 
Dictador, excecraba al gendarme, insultaba a todo 
y a todos, excepto al «soberano pueblo,» en cuyo 
loor rebuscaba adjetivos estimulantes de la pasión, 
poniendo en su verbo el vitriolo que quema, y ha- 
ciendo restallar el látigo del epíteto que azuza. Y 
al concluir, rompiendo con el programa acordado, 
ordenó estentóreamente «¡A Palacio!> a la multi- 
tud aquella que, seducida, sugestionada, dócil, 
arrastrando a Andrade y a los suyos en su resaca, 
marchó rumbo al Palacio Nacional, por la avenida 
de San Francisco. 

—¿Pe pe pero qué diaaablos vaaamos a 

hacer a Palacio? 

— No k) sé ... . — decía Andrade. — Es Rovirosa 
quien nos lleva ' 

—¿Y si nos re re reciben a tiros? 

. — Contestaremos con tiros. 

— ¡Eso es dar daaado! Nooos achichiiiinan de 

seeeguro! ¡Y para curiosidad, ya baaasta — decía 
Demóstenes, que en aquellos momentos sentía su 
lengua en una rebeldía inusitada, por mor del 
susto. 

— Tenemos que cumplir con nuestro deber hasta 
lo último. 

—¡Qué deeeber ni qué alboooóndigas! ¡Vamos 
chiiispándonos, caaaray! 

— ¡Eso es, cobarde! ¿Dónde está Tenorio? 

— ¡Para mí que ya se peeeló de caaasquete! (ex- 
presión equivalente a ya se fué o se marchó). 

Por la larga y estrecha avenida, la multitud se 
apretujaba y los de atrás empujaban irremisible- 
mente a los de adelante, hasta tanto que otra maní- 



o». . 



• •■'*-v, 



■■ ■i.íw^ 



106 E. MAQUEO CASTELLANOS 

festación, viniendo en sentido contrario, no detenía 
momentáneamente a la avalancha. Mientras cami- 
naban rumbo a Palacio, Andrade apuraba por vez 
primera el cáliz de la amargura de su vida políti- 
ca El triunfo oratorio de Rovirosa y su derro- 
ta, bien entendida ya, le causaban una impresión 
de dolorosa desilusión. ¿Luego, para hacerse en- 
tender de las masas populares y subyugarlas y 
arrastrarlas donde se quiera, como lo hacia Rovi- 
rosa, lo mejor que se podía hacer era darlas, el ha- 
lago insubstancial, el elogio sin tasa y la admación 
sin límite? ¿Luego el mejor resorte para moverlas 
era azuzarlas, no habiéndoles a la razón para con- 
vencerlas y estimularlas, sino a la pasión, para 
excitarlas y encenderlas? ¿Luego en ellas el impul- 
sivismo lo es todo, y obran por una emotividad in- 
consciente, y nada significan ni valen el acento de 
la sinceridad y la voz de la verdad? ¡Y al pensar así 
sentía el pavor que inspira el poner en las manos 
de un nifio el cartucho de dinamita, o la palanca de 
una locomotora en las de un epiléptico! | 

Entretanto, la compacta muchedumbre avanzaba 
y avanzaba hacia el Palacio Nacional, como en una 
gigante y trabajosa reptación, ondeando al aire las 
banderas, atronando la avenida con los ¡vivas! y los 
¡mueras! y con el ruido destemplado de las hojas de 
lata y de las improvisadas trompetas. Al verla, 
nuestro hombre pensaba que, cualquiera que fue- 
ra el espíritu que animara a aquel populacho, había 
en él algo de solemne, de majestuoso, de omnipo- 
tente, de magnífico ¡Reclamaba lo suyo! Lo 

que por su naturaleza le era inalienable. Derechos, 
justicia, reivindicaciones, emancipaciones, viejos 
ultrajes y dolorosos agravios, y se parecía en aquel 
momento al potro de sangre ardiente que, arrojan- 
do el pretal que lo ha oprimido y escupiendo el fre- 



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■"m^.. 



LA RUINA DE LA CASONA 107 

no que ha mascado por mucho tiempo, se encabrita 
y relincha en libertad, en mitad de la llanura que 
ensordece con sus relinchos! ¡Era la revolución, la 
magna revolución la que se abría paso! 

«¡Van a disparar sobre el pueblo!» se oía decir. 
«La policía va a hacer fuego, de un momento a otro, 
para disolver las manifestaciones» 

¿Sería posible? ¿Se llegaría hasta el asesinato de 
los ciudadanos? ¿Se encharcaría con sangre del 
pueblo el asfalto de las calles, para que un hombre 
devolviera el poder que el pueblo le había confiado? 
Y con un convulsivo movimiento, Andrade apreta- 
ba el pufio de su revólver 

— No tenga cuidado, señor Andrade. Aquí voy 
junto a usted, y si hay «catorrazos» (golpes) mori- 
remos juntos 

El que así hablaba era Nicho, el compadre de Te- 
norio, un hombrazo de dos metros, que se había 
metido en aquellas danzas, tanto «por seguirle la 
tonada» a su compadrito, cuanto porque su psicolo- 
gía ciudadana se reducía a demostrar que él «era 
muy hombre;» pero que, por lo demás, tenía noblo- 
ta el alma y un concepto del ejercicio del valor c«- 
mo lo tiene gran parte de nuestro pueblo, al que la 
felonía irrita y la ventaja para pelear subleva. 

Conforme la compacta caravana se acercaba a 
Palacio, se acentuaba el rumor de que sería recibi- 
da a tiros y acribillada. Frente a aquel edificio ha- 
bía una línea de soldados tendidos en tiradores, y 
en las azoteas, según se decía, habían colocado ame- 
tralladoras. Y lo mismo se aseguraba que habían 
hecho en el Palacio Municipal y en la Catedral, que 
cerraban con el Palacio, tres lados del perímetro 
de la gran Plaza. Y sin embargo, despreciando te- 
mores, la multitud avanzaba ciegamente, confiada 



108 ^ E. MAQUEO CASTELLANOS 

en que cada mano iba provista de una piedra o de 
una «charrasca» (daga). 

Al desembocar en la amplia Plaza de Armas, los 
unos avanzaron resueltamente, mientras los otros 
retrocedieron por un natural instinto de previsión. 
Junto a Andrade caminaba un pilluelín, locuaz y 
fanfarrón, que a todos los gendarmes que se halla- 
ba al paso les lanzaba un estruendoso ¡viva Madero! 
en sus propias narices, y que alentaba a Andrade, 
diciéndole: 

— ¡Sígale, jefecito! ¡Si al fin no nos hacen 

nada! ¡Nos tienen miedo! 

Ya en la amplia Plaza, la multitud se arremolinó, 
concluyendo por adoptar una actitud francamente 
agresiva, contra «los de la montada.» Alevosas ma- 
nos picaban cruelmente los ijares de los caballos, 
divirtiéndose con los apuros de los jinetes que su- 
frían desprevenidos los reparos de aquéllos. Más 
de alguna piedra, certeramente lanzada, rebotaba 
sobre los recios dorsos de aquellos pobres policías 
a quienes la consigna impedía defenderse o acaso 
aliarse. Varias veces la avalancha humana los obli- 
gó a replegarse hacia el frente del Palacio Munici- 
pal, hasta que, ante la osadía creciente del mons- 
truo, una voz de mando, seca y vibrante, ordenó: 
¡Mano al sable! ¡Carguen! 

Aquel era el momento decisivo, al entender de 
Andrade: el instante de jugarse la vida; y así, sere- 
namente, sin aspavientos, empuñó su pistola, imi- 
tándolo el compadre Nicho, mientras el pilluelo 
aquel silbaba rabiosamente. i 

— ¿Dónde están los compafleros?— preguntó An- 
drade. I 

— ¡Quién sabe! No hay ninguno 

Antes de que pudiera hacer uso de su arma, se 
sintió envuelto por la multitud, que, arrastrándolo 



•>W'-- 



LA RUINA DE LA CASONA 109 

en su desbandada, frente al peligro de la carga de 
los gendarmes, huyó hasta venir a rebotar contra 
las verjas del atrio de la Catedral; mas apenas vol- 
vían a replegarse los policías, cuando, reponiéndose 
aquélla, hizo caer sobre ellos una nutrida lluvia de 
piedras 

Entonces, sin que se supiera de dónde se había 
hecho ni por quién, en la sombra, a lo lejos, rom- 
piendo la tiniebla, brillaron los fogonazos de una 
descarga que resonó cerrada y seca, y a la que tan 
sólo respondieron Nicho y Andrade, erguidos, de- 
safiadores, valientes hasta la temeridad, oyendo có- 
mo los balazos aquellos, pegando en el enverjado de 
hierro de la Catedral, habían arrancado de él extra- 
ños sonidos; algo como las notas rispidas de un con-, 
junto de tensas cuerdas 

Bastó aquella descarga para que la gran Plaza 
quedara desierta, muda, solitaria. ... 

— ¡Cobardes! — rugió Andrade — ¡Nos han abando- 
nado! • -^ ' 

— ¡No hay hombres! — fué la exclamación de Ni- 
cho. 

Y el primero, que pensó por un momento que iba 
a tener allí su barricada como Enjolrás, sintió agu- 
damente el segundo despecho de la noche; más que 
despecho, ira profunda; ira contra los que no que- 
rían dar la cara a las balas en la conquista de sus 
libertades! 

Cuando, colérico y nervioso, daba los primeros 
pasos para alejarse del lugar, convencido por Nicho 
de que era inútilmente temerario permanecer allí, 
si ya nada podían hacer, sus pies tropezaron con al- 
go tibio y blandujo. Era el cuerpo inanimado del pi- 
lluelín aquel, único que había recibido una bala de 
la descarga, en pleno corazón. Estaba muerto; bien 
muerto en mitad del charco de su sangre que el ba- 






lio 



E. MAQUEO CASTELLANOS 






- ,-..■ 1 • 



rrodel piso se bebía. Pálido el cobrizo rostro de 
infantiles lineamientos en el que parecía dibujarse 
la última sonrisa de sarcasmo para el peligro; asida 
fuertemente por la diestra convulsa, la miserable 
gorra, vieja y agujereada, y recogidas las extre- 
midades inferiores en el tenesmo del salto postri- 
mero con el que la vida, defendiéndose, quiso es- 
quivar a la muerte cuando ésta hacía presa . 

Andrade, devotamente, sintiendo que una calien- 
te lágrima se le escapaba, se acordó de Gavroche; 
y arrancando un pufiado de flores del cercano prado 
del jardín de la Catedral, lo depositó con unción so- 
bre el pecho del muertecito, a la par que, puesto de 
rodillas, dejaba un beso en su frente .... 

A lo lejos oíase el murmullo sedicioso de la gran 
Ciudad en plena rebeldía y el grito formidable de 
¡La renuncia! ¡La renuncia! 



m 



CAPITULO VIII 
Ocaso y levante 

En aquella noche histórica, el primero de los del 
Club que llegó a la Casona (fuera de Chaneque que 
se había quedado en ella por tener una intempesti- 
va jaqueca) fué Tenorio que, echando abajo la puerta 
a aldabonazos, ya que aquella se había cerrado a las 
oraciones por orden de Barbedillo, atento que podía 
haber «bola,» se puso de un salto desde el zaguán 
hasta el «copete.» 

Atisbado por Chayo, tuvo que mantener con ella 
una conferencia de piso a piso. 

— ¿Cómo Tenorio? ¿Ya regresó usted? 

— Sí La cosa está que arde Hay bala- 
zos 

— Dicen que hay tumultos ¿es verdad? 

^ — Y piedrazos y cargas de la policía ¡El dis- 

loquel , * : 

— ¿Y ... . Andrade? ¿Qué es de él? 

— Se me perdió en las trifulcas. Por más que lo 
busqué no pude dar con él 

— ¡Ay, Dios mío! ¡Si le habrá pasado algo! Silo 
habrán matado! ¿Por qué se separó usted de él? 
Eso no es de amigos 



112 E. MAQUEO CASTELLANOS 

— Diré a usted ...... Yo esperaba que de un mo- 
mento a otro nos «encendieran» (dispararan) ¿sabe 

usted? Y la verdad es que ¡bueno! morir a 

lo hombre, combatiendo y matando, está bueno; pe- 
ro morir de «tarugo» ¿no es verdad? Yo no me quie- 
ro «petatear» (morir) así " ' 

Y sin más explicación, «Truenos» se introdujo en 
su cuarto, mientras la Chayito se fué a despabilar 
la lamparita encendida al Santo Nifio. 

No fueron toquidos, fueron golpes de catapulta 
los que a su vez dio Demóstenes en la puerta de la 
calle a fin de que se la abrieran y, una vez dentro, 
con estentórea pero balbuciente voz, ordenó a la 
azorada Pilo: 

— Ci ci. . . . cierra, y no aaabras ni a tu tu tu 

maaadre! 

— ¿Pero qué hay? preguntó la cancerbera. 

— ¡Qué.... qué.... qué te iiiimporta! ¡Echa la 
llave, traaanca y retraaanca¡ ¡Pronto!.... t 

— ¿Qué sucede? ¿Qué pasa? — preguntóle tímida- 
mente Paulinita. 

— ¿Quéeee? ¡Qué ya ememempezó el zafaaarran- 
cho! ¡Todos los baaatallones están baaarriendo las 
caaalles! ¡Llueven balas! 

-¡Eso! ¡Eso! ¡Así me gusta! ¡Si desde un prin- 
cipio lo hubieran hecho, no habrían quedado valien- 
tes! 

La observación era de «pata de fresno,» que, al 
ruido, se había plantado en el patio con todo y prole. 

— ¡No sea usted brubrubruto, hombre! ¿Bububue- 
no que le abran a uno un ooojal? ¿Que ametrallen al 
pupupueblo? .... 

— ¡Qué pueblo ni qué cuernos! Ametrallaran a 
ustedes que lo están queriendo «empinar» para ha- 
cerse héroes! .... 

A la curiosidad fueron bajando al patio o asoman- 



LA RUINA DE LA CASONA 



113 






dose a sus respectivas puertas de «cantón,» Barbe- 
dillo y Garay, con sus consortes; las Otamendi en 
pelotón, las Menchaca, Gordillo y hasta la esposa de 
Tajonar. Demóstenes, trabándosele la lengua más 
que de costumbre, narraba, provocando explosiones 
ya de indignación, ya de incredulidad. Un siete que 
traía en el saco desde hacía tiempo, resultaba ahora 
perforación de bala; había podido contar más de 
doscientos muertos; había visto funcionar las ame- 
tralladoras como jeringas de regar jardín, y había 
visto lo que los ojos de Argos en aviso no hubieran 
podido vislumbrar. El pueblo se batía en masa; los 
soldados lo diezmaban 

— Lo raro es que nosotros no hayamos oído ni un 
tiro, estando tan inmediatos al teatro de los sucesos 
— observó Gordillo. 

Ante tan certera observación, TafoUa no se des- 
concertó, y repuso: 

— Le diré eso está pasando por allá por 

Cadena por la Reforma y Chapultepec .... 

Y aun le pareció que andaba cerca, para que se 
pudieran oir los tiros .... 

En cambio, para hacerlo quedar mal, en esos mo- 
mentos pudieron oírse bien distintamente las deto- 
naciones de la única descarga de aquella noche; la 
que habían soportado Andrade y el compadre Nicho, 
y que había hecho su víctima al pobre papelero. 

— i Ahora si es de veras! — dijo Orbezo. 

—¡Santa Virgen de los Remedios! — musitó Cha- 
yito, corriendo a arrodillarse ante el Santo Nifio. 

Y en la puerta de su «cantón,» las Menchaca que, 
mientras observaban y oían, corrían las cuentas del 
rosario que rezaban, sintieron que un frío mortal 
pasaba sobre ellas Menchaquita, el sobrino ido- 
latrado andaba en la calle! 

A los pocos momentos llegó Andrade, y el conci- 

8 



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---V;,' 



Vi:-' 



114 E. MAQUEO CASTELLANOS 



liábalo volvió con tal motivo a reanudarse. Andrade 
había llegado pálido, demudado, nervioso, trayendo 
todavía entera en sus retinas, la imagen de aquel po- 
bre nifio, primeía víctima de la revolución en la Ca- 
pital, y símbolo de la inocencia de tantos como así 
perecerían, y refirió lo que había visto, desahogando 
sus iras sobre el mentiroso de Tafolla, que como 
Tenorio, había corrido ignominiosamente y los ha- 
bía abandonado. 

— ¡Gallina! ¡Ni «Truenos» ni tú sirven para esto! 
¡Has visto moros con tranchete! 

— Te te ... . te diré, vieeejo Eso de que le 

pe pe. . . . perforen a uno la epidermis así, a la 

boooba, no tiene chiiiste! | 

A Chayo le volvió el alma al cuerpo con la vuelta 
de Andrade. Lo miraba y lo volvía a mirar, exta- 
siándose en ello y como quien ve a un ser sobrehu- 
mano. ¡Ahora sí que ya era un héroe! ¡Él sí que era 
un valiente! Y tras los visillos de la vivienda Garay, 
la «Corchea» que veía aquello sin sentir celos, se en- 
jugaba una lágrima, y dejaba escapar un íntimo sus- 
piro de satisfacción y de gratitud para la Virgen 
que lo había salvado ... . I 

Sólo Menchaquita faltaba. No había llegado aún. 
¿Qué sería de él? Ya eran las nueve de la noche y 
no parecía. Tal vez se habría refugiado en alguna 
casa, huyendo de la quema, y no iría al domicilio por 
esa noche, rompiendo con toda la tradición, ya que, 
con todos sus veinticuatro afios, no acababa de salir 
de las faldas de las tías. ¿Se habría quedado en la 
oficina, retenido por quehaceres del ramo? Tal vez.... 
Lo cierto era que «Menchaca sisters» llevaban re- 
pasadas tres veces las cuentas del Rosario, y el so- 
brino no daba señales de vida, haciendo cundir la 
alarma en la vecindad. I 

Por fin, a eso de las diez, llegó a su morada. ¿Có- 



LA RUINA DE LA CASONA 115 

mo? Tocando la puerta discretamente, silbando un 
aire del «Encanto de un wals> j arreglándose los 
-pliegues de aquella impecable corbata de plastrón. 
Ni había perdido la color ni traía el paso alterado. 
Y resultaba así que él, el dandy de la casa, el nifio 
de los afeites, era el más hombre de las filas. 

Sin decir oste ni moste, al siguiente día Tenorio 
hizo mutis de la «República,> dejando a Andrade un 
lacónico papel en el que le decía que, juzgando nece- 
sario reemplazar la acción a la palabra, se lanzaba 
por fin y decididamente al campo de la lucha, em- 
puñando las armas para «operar» en Tlazcala 

Andrade se sonrió tristemente ante aqfiella deci- 
sión heroica de «Truenos.» Era que lo conocía bien 
y sabía lo que era capaz de dar de sí 

En ese mismo día se presentó, por fin, la ansiada 
renuncia del Presidente de la República. En la se- 
sión de la tarde de ese día, en la Cámara, se dio 
cuenta con ella, en mitad de un espectante silencio, 
siendo aprobada casi con regocijo por todos aque- 
llos que él había llevado a los escaños, y reprobada 
por el voto de tres o cuatro significados enemigos. 
El viejo Caudillo se despedía del Poder, con mucho 
de sincera amargura por la apostasía de su pueblo; 
con mucho de triste desconfianza por el porvenir de 
la Patria, a la que había dado sus mejores años y su 
sangre, en luchas por su Constitución y contra el 
invasor extranjero. Se quejaba, dolorido, del aban- 
dono del pueblo, inconsciente acaso en sus procede- 
res; de aquel pueblo trasmutado por espejismos; de 
la generación que bajo su imperio había nacido, que 
bajo su paz se había formado y trabajado, que bajo 
su férula, calificada atinadamente del «máximum 
del poder y el mínimum del terror,» era algo suyo, 
falange hija de los que en el 67 lo habían aplaudido 
delirantemente, cuando el dos de Abril y frente a 



-V. ,1;.- 






116 E. MAQUEO CASTELLANOS 

los muros de Puebla, él había asestado el golpe de 

gracia al efímero Imperio de Maximiliano 

Tan importante documento, bien merece conocer- 
se; dice así: 

<A la Honorable Cámara de Diputados: 

Señor: 

El pueblo mexicano, ese pueblo que tan genero- 
samente me ha colmado de honores, que me procla- 
mó su caudillo durante la guerra internacional, que 
me secundó patrióticamente en todas las obras em- 
prendidas para robustecer la industria y el comer- 
cio de la República, fundar su crédito, rodearla de 
respeto internacional y darle puesto decoroso ante 
las naciones amigas; ese pueblo, sefiores diputados, 
se ha insurreccionado en bandas milenarias, arma- 
das, manifestando que mi presencia en el Supremo 
Poder Ejecutivo, es la causa de la insurrección. 

No conozco hecho alguno imputable a mí, que mo- 
tivara ese fenómeno social; pero, permitiendo sin 
conceder, que puedo ser culpable inconsciente, esa 
posibilidad hace de mí la persona menos a pro- 
pósito para raciocinar y decidir sobre mi propia 
culpabilidad. En tal concepto, respetando como 
siempre he respetado la voluntad del pueblo, y de 
conformidad con el artículo 82 de la Constitución 
Federal, vengo ante la Suprema Representación de 
la Nación a dimitir el cargo de Presidente Consti- 
tucional con que me honró el voto nacional; y lo ha- 
go con tanta más razón, cuanto que para retenerlo 
sería necesario seguir derramando sangre mexica- 
na, abatiendo el crédito de la Nación, derrochando 
su riqueza, cegando sus fuentes y exponiendo su 
política a conflictos internacionales. 

Espero, sefiores Diputados, que calmadas las pa- 
siones que acompañan a toda revolución, un estudio 



LA RUINA DE LA CASONA 117 í 

más concienzudo y comprobado, hará surgir a la J 
conciencia nacional un juicio correcto que me per- ■':^,:i 
mita morir, llevando en el fondo de mi alma una jus- 
ta correspondencia de la estimación que en toda mi v 
vida he consagrado y consagraré a mis compa- % 
triotas. ■ :•> 
México, mayo 25 de 1911.- Poíyírio JD/az.» ifi' 



■S'' 



Por un terrible sarcasmo de la suerte, el hombre % 

que por más de un cuarto de siglo había sido el amo 
y señor de la Nación, caía desabridamente, sin que % 

su caída produjera el fragor de la montafla que se . vj^; 

derrumba, ni tuviera en realidad la majestad de un # 

sol occiduo que se hunde en el horizonte entre arre- ~Jí 

boles de gloria, vistiendo al cielo del Poniente con -J 

fulgencias de oro diluidas en una pantalla de afiil. 
Caía, más que por la fuerza de las armas, por el es- 
truendo de la opinión que le había vuelto voluble- 
mente la- espalda; entre el prosaico ruido de pitos y 
hojas de lata de los pilluelos, .él que había visto en 
fuga a los soldados de Magenta y Solferino; victima 
de la versatilidad del periódico «centavero» que ha- . 
bía sido ariete en su derrumbamiento; padeciendo 
de una neuralgia facial que había yugulado en él las 
energías no gastadas en la Carbonera, Miahuatlán ^ 
y Puebla. Espiado por la sonrisa mefistofélica de 
un Shylok insaciable, que había de procurar seguir 
armando a hermanos contra hermanos para vender 
parque caro, comprar guayule barato, procrear . ^^ 

traidores en el futuro, y hacer de buitre cuando 
México, devorado por la intestina lucha, se hubiera 
convertido en carrofia pululante de gusanos .... 

Cuando la noticia de su renuncia se esparció por 
las calles, el júbilo se apoderó de mucha parte de la 
urbe capitalina, cuyos nervios habían estado en ten- 
sión por semanas enteras desde la caída de Ciudad 






'»T>«:- 






118 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



Juárez. En apariencia, la revolución triunfaba en 
toda la línea. Díaz emigraría al extranjero: un Pre- 
ridente interino convocaría a elecciones, y Madero 
sería el Presidente Constitucional de México por el 
resto del período. 

El sempiterno filósofo de Andrade, en su revolu- 
cionarismo de buena cepa y de absoluta buena fe, 
de gran convencido pero de gran inmaculado de 
ideas, analizaba. Veía en aquel júbilo loco, infantil, 
desbordante e irreflexivo, de parte de la mayoría, 
el fenómeno de la psicología de las multitudes tan 
sabiamente estudiada por Gustavo Lebón. Esa par- 
te de mayoría se lanzaba confiada y entusiasta al ar- 
cano del porvenir, ávida del cambio, de la transfor- 
mación, de la novedad, acaso por simple cansancio 
de un pasado carente de emociones y matices; de un 
estado de cosas que no ofrecía el atractivo de la va- 
riedad; ahita del Gobierno del César, no preci- 
samente porque el César fuera inaceptable, sino 
porque no la proporcionaba emociones fuertes, ni 
sorpresas, ni la agit&ba, ni la conmovía con el sacu- 
dimiento espasmódico que todo organismo quiere 
sentir para hacer cambiar de lugar, siquiera, a las 
células nerviosas. Esa mayoría estaba alegre con 
la renuncia del Presidente «porque sí;> sin temores 
ni repulgos aceptaba el ir a un porvenir incierto, 
con tal de que fuera distinto del pasado, semejante 
al nifio que, cansado de un juguete, lo rompe para 
que, privándose de él, se le compre otro nuevo .... 

La otra parte, demostraba un júbilo menos efusi- 
vo, pero más calculado; una satisfacción lograda 
por la apreciación de que, lo hecho, estaba bien he- 
cho. Era la que consideraba que, con aquel derrum- 
bamiento, desaparecía un pasado que ya no tenía 
razón de ser, y se iniciaba un futuro indispensable 
en la inexorable y rígida ley de las transformado- 



V LA RUINA DE LA CASONA :■ 119 \^ 

nes. El pueblo iba a dejar de ser la cariátide sobre "^■:; 

cuyos hombros pesaba abrumadoramente la estruc- 
tura nacional, para convertirse en el franco aspi- 
rante a ciudadano, capaz de realizar la función de 
una vida política orgánica. Sin duda que los ensa- / * 

yos, las experiencias y los tanteos serían penosos 
y difíciles; pero se harían del mejor modo para He- • _ v; 
gar al resultado apetecido. Según la frase de este- 
reotipia, «se romperían los viejos moldes,» se aban- "kJ: 
donarían las viejas prácticas, y en el crisol inmenso :^'¡ 
del deseo nacional, se fundirían las nuevas y bellas ^ ■ "- 
cosas del porvenir que engrandecerían más aún 
materialmente a la Patria y la renovarían en su de- ^^^r 
crepito ser moral .... Esa, por lo menos, debería ^ 
ser la «próxima etapa.» La pasada, atrás quedaba; 
con sus grandezas y sus miserias; con sus métodos 
inadecuados y sus experiencias fecundísimas; con v 
aquellos sus hombres fosilizados en el poder, posi- W 
tivos vestiglos que eran a manera de compuertas j, 
que detenían todas las energías y estancaban todas *4X^ 
las corrientes; con su gran orden y su innegable :|S: 
olor a viejo; con sus mecanismos (ahora por lo me- r?; 
nos desequilibrados) funcionando admirablemente, 3? 
y sus anhelos de un progreso moral, hechos esta- 
lactitas. Con sus podredumbres y sus esplendores. 

Con sus herrumbres y sus brillanteces Con 

todo lo malo y todo lo bueno que habían tenido! 

De seguro, que al redactar su renuncia el viejo 
Presidente, había tenido una tristísima visión, no 
ya de Bolívar emigrado y negado por los suyos, ni 
de Guzmán Blanco, desterrado para vivir en la opu- 
lencia, ni de Carrera, empujado justamente al abis- 
mo, sino de Guerrero y Arista, y tantos otros pre- 
sidentes caídos al influjo revolucionario; y debió 
tener la visión de la atildada figura de don Sebas- 
tián Lerdo, su antecesor, por él derrocado; el de los 



"f- 



120 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



■•'»■• 



rasurados belfos y la faz de palidez de cera; el del 
irreprochable frac y las finas manos de duque, son- 
riéndole, con una irónica sonrisa, refugiado en el 
tercer piso de una humilde boarding house de New 
York, y diciéndole: «¡Sic transit Gloriae mundi!> 

En la casa de la calle de las Moras, en la casona 
hermosa, alegre, sana y radiante en los días de sol 
(la casona era buena, fuerte, higiénica y nido de 
amores viejos y de nidos en perspectiva), Paulinita 
Ventoquipa, viuda de Zarzo, entró en una muda 
completa, tanto como las Menchaca, Orbezo y la se- 
ñora de Tajonar. No hablaban ni a tiros. Eran los 
vencidos, los caídos, los abrumados por la catás- 
trofe. 

— ¡Están de du du duelo! — decía Demós- 

tenes. 

En cambio, en la misma noche del 27 de mayo, 
Barbedillo había invitado para una «reunioncita de 
confianza;» a fin de celebrar el triunfo del sefior 
Madero, y lo que es más, él, tan tacafio, se había 
abierto con una cenita, con sus extras suculentos e 
incitantes, y su par de botellas de vino. Y en ella 
había abierto el pico para tronar locuazmente con- 
tra don Porfirio. Nadie en la casona había dicho 
del dictador tantos horrores, ni se había atrevido a 
tratarle tan despiadadamente y de un modo tan 
mordaz. La concurrencia estaba estupefacta. 

— ¡Madero! ¡Ese es el hombre! ¡Qué valor! 

¡Qué agallas! Él fué quien puso el cascabel al gato, 
y por quien «saldremos» de la tiranía La Re- 
pública le debe su salvación. ¡Ya podemos respirar! 
¡Tendremos patria! 

—Y sin embargo, todavía anoche no se hubiera 
usted atrevido a decir tales cosas, don Taquito 

— Vivíamos aún bajo el imperio asfixiante de la 



LA RUINA DE LA CASONA 121 

odiosa tiranía Ahora, no. Somos ya otros 

Ya somos libres! Estamos manumitidos! 

— Ca caaaray! ¡Incríeble papaparece que 

un reeepresentante de la plutocraaacia hable así!.... 
¡El capitalismo está convertido! ¡Ha apostatado! 

— ¡No diga usted majaderías, Tafolla! Esto que 
estoy diciendo, lo he pensado siempre, porque a mí 
me gusta, como elemento de dinero, ser honrado y 
leal en mis convicciones. No necesito decirlas para 
tenerlas. Y si no las había expresado, era porque 
no era llegado el caso 

¡Buenas estaban las convicciones y la honradez 
y la lealtad de Barbedillo, que había sido parásito 
de la dictadura! Y desde aquella fecha, el buen don 
Taco se levantaba y se acostaba santificando el 
nombre de Madero, y echando pestes contra el del 
antiguo dictador, que «nunca había hecho todo lo 
debido por el fomento del capital y las industrias.» 
El muy tunante preparaba su terreno para más 
tarde, y aun había planeado ya hasta dónde iría, 
mediante la estrategia de sus golpes políticos. 

La «Corchea> madre había adoptado en veinticua- 
tro horas todo el cachet y la circunspección de una 
persona que tiene que demostrar cuánto vale, cuán- 
to puede y cuánto pesa; se presumía ya poseedora 
de una gran inñuencia. ¿No había sido una gran 
simpatizadora de la causa, toda una «correhgiona- 
ria>? Y para estar en tono, naturalmente que no 
sabía hablar sino en plural: 

— Cuando el señor Presidente tome posesión (se 
refería a Madero) tevdreTooa que hacer que cambien 
muchas cosas! 

— Una vez que estemos en el poder Cuando 

7íai/amo8 ocupado, etc., etc. 

Y en ocasiones, a ciertas interpelaciones candi- 






■■■i^M;.- 

122 E. MAQUEO CASTELLANOS 

das o bromistas de los vecinos, ella contestaba dis- 
.; cretamente: 

— Ya lo resolveremos en su oportunidad Se 

pensará 

Era que, en su íntima persuación, dadas las ideas 
. V de ella y las capacidades numerísticas de Garaico- 
chea, y el haber sido éste una víctima del salario 
mezquino, combatido por la revolución, que tantas 
grandezas prometía sobre el particular, «nada más 
■■i • justo> que a Garay se le llevara a la Tesorería Ge- 
. V/ neral de la Nación, en calidad de jefe, porque si no 
r' había empuñado las armas por la causa, sí había 
empuñado por veintitantos años la pluma, en los li- 
bros de contabilidad de las casas X y Z. 
— Ya ahora, por fortuna, los tiempos han cam- 
; * biado, y se lo tengo dicho a Garay. Ha llegado la 
hora de las «reivindicaciones» Tiene que ha- 
cerse justicia en tí. Y en consecuencia, y mientras 
se te premia por el Gobierno como lo mereces, al 
/ ■ primer mal modo que te hagan tus patrones, a los 
que les has «regalado» tu trabajo por tanto tiempo, 
/ los despachas al demonio! • r .; I ^. 

Chayito había tenido por aquellos días una serie 
de efusiones para Andrade. Su amor era admira- 
tivo, pero previsor a la vez. Veía en Andrade al 
;.' valiente paladín de la causa triunfante, todo abne- 

■ gación y celo por ella; pero veía también la pers- 

pectiva, no remota para aquél, de llegar a los más 
altos puestos. Era de los que, según su criterio, 
tenía pleno derecho para participar del triunfo. Sus 
; ' discursos, el haber sido y ser Presidente del Club 

aquel, y sobre todo, el haber hecho fuego sobre los 
': gendarmes, en la noche de la «renuncia» ¿no eran 

méritos más q ue bastantes? En consecuencia, con 
J > Quico, el porvenir sonreía: tenía que ser de satis- 

facciones y grandezas. 



' LA RUINA DE LA CASONA 123 

— Vamos a ver si ahora que te vas a encumbrar 
tanto no te olvidas de mí — le decía en una de aque- 
llas noches, en la penumbra de la escalera y en el 
diálogo cuotidiano. 

— ¡Tú estás sofiando, Chayito mía! ¡Yo sigo sien- 
do el mismo estudiante de siempre el mismo 

apasionado tuyo! 

— ¡Qué va! Pronto te veremos muy arriba, muy 
alto, y me olvidarás y me cambiarás por otra 

— ¡Ni lo digas! no estaré más alto que el común 
de los mortales; pero si así no fuera, no por eso te 
olvidaría, que no lo haré jamás! Tú sí que lo harás 
acaso , » . 

— ¡Nunca! ¡Te lo juro que nunca! ¡Tuya o de na- 
die! ¿Lo oyes? ¡Te lo juro! Y selló su juramento con 
un beso de aquellos que volvían el seso al enamora- 
do Quico. 

— ¡Ojalá que jamás olvides este momento! 
. — ¡No lo olvidaré! 

En dos días más, el ex-Presidente de la Repú- 
blica había abandonado la capital, sede de su impe- 
rio por tantos afios, teniendo que hacerlo casi su- 
brepticiamente, por temor a los desahogos del 
populacho y a las humillaciones y peligros consi- 
guientes, y se hallaba en Veracruz, en espera de un 
barco que lo condujera al extranjero; al ostracismo 
obligatorio de todo Presidente de República latino- 
americana, que logra descender con vida del solio. 
Había bastado una quincena para que aquel dispen- 
sador de honores y riquezas, ya sin mando, sin 
poder, sin nada, tuviera que abandonar no sólo el 
Capitolio, sino también las mexicanas playas, per- 
diendo puesto y Patria! Y había bastado igual- 
mente para que el hombre fuerte, el ochentón er- 
guido, el viejo de enhiesta figura, no fuera ya, en 
las playas de la ciudad portefia, más que un com- , 



-ir 






'■y 



124 E. MAQUEO CASTELLANOS 

pleto valetudinario, agobiado por las tristezas, más 
que por los años; por la nostalgia del poder y la in- 
gratitud inmediata de muchos, a quienes levantan- 
do del polvo, había colmado de favores 

Al irse a embarcar, los soldados que le habían 
escoltado hasta el puerto, le presentaron armas y 
batieron «marcha de honor,» mandados por un mi- 
litar, obscuro entonces, de gran historia al siguien- 
te día, y que en su vida sólo había de tener, acaso, 
ese rasgo de nobleza y de justificación, ya que todo 
lo demás, en ella, sólo había de ser penumbra o cri- 
men! Ese militar se llamaba Victoriano Huerta. 

Cuando el «Ipiranga» zarpó, lo hizo llevándose a 
su bordo treinta y cinco afios de vida de un pueblo, 
encarnados en un hombre! 

Esa vida ya no podía volver; era algo muerto; bien 
muerto, porque los mismos desinteresados partida- 
rios del Presidente, los que a su lado no buscaban 
el lucro y, pesando las fallas del gobierno del Dicta- 
dor, le hacían justicia porque más aún pesaban sus 
méritos para gobernar aun pueblo de tan especial 
sindéresis, convenían en que la Patria tenía derecho 
para buscar nuevas orientaciones, y era la hora de 
llamar en su servicio nuevas energías siempre que 
sanas fueran. A diferencia de los que, habiendo ex- 
plotado ruinmente la amistad del caudillo caído, te- 
nían la idea de que la Patria se encerraba en las 
arcas del Tesoro, estando dispuestos a cambiar de 
César si el nuevo había de soportarlos, y así en el 
cambio, se diera a Carlos V por Carlos II! 

Andrade sintió algo como un sentimiento de in- 
mensa y justiciera piedad para el anciano expatria- 
do, cuando todo aquello sucedía. Acaso él no había 
sido el malo; otros, los que le habían rodeado y le 
impedían el contacto con el pueblo, eran los malos 
y los responsables, haciéndole que ignorara los cla- 



n^- 



m 






LA RUINA DE LA CASONA 125 

mores de aquél, para poder ellos seguir medrando 
con la cosa pública. Y entonces pensaba que don 
Porfirio podría bien decir con Pablo de Tarso, el 
Apóstol: — <He combatido por el bien; he custodiado 
la fe; he cumplido con mi deber, yno me queda ya 
sino esperar justicia de las edades.* — (Epis. a Tim. — 
IV — 78.) Sólo las edades, sólo el futuro y no el pre- 
sente, preñado de pasión y de simulado odio secta- 
rista, encubridor de codicias insanas, podría juzgar 
al hombre! ¡De él podía decirse como de Napoleón 
dijo el poeta: — Áiposteri V ardua sentenzaJ 



* 
« « 



El día siete del siguiente junio, la gran ciudad se 
despertó azorada y llena de terror. Un formidable 
temblor de tierra la había sacudidohasta el último ci- 
miento, causando derrumbes numerosos y víctimas 
como no otro. Por una curiosa coincidencia, tal co- 
sa pasaba en el preciso día en el que debería hacer 
su triunfal entrada don Francisco I. Madero, el cau- 
dillo de la Revolución y futuro Presidente. Y por 
unextrafio simbolismo, las víctimas se contaban pre- 
cisamente entre los soldados de un cuartel desplo- 
mado por el sismo ... . 

En la Casona dormían todos, excepto la diligente 
Filo, que ya a aquellas tempranas horas aseaba el 
patio. Pero a la conmoción, no hubo uno solo de los 
vecinos que se quedara en el lecho, registrándose 
más de alguna chusca escena, como la salida hasta 
lamitad del patio,de la canija Paulinita en camisón de 
dormir, y la de Chaneque, rodando las escaleras to- 
das de un solo tirón La Casona, que parecía cons- 
truida como una fortaleza, cuyas gruesas paredes 
semejaban hechas para resistir fuego y temblores, 
cañonazos y rayos, cuya estructura parecía poder 






126 E. MAQUEO CASTELLANOS 

desafiar victoriosamente cataclismos formidables y 
siniestros espantosos, resintióse sin embargo seria- 
mente con aquel bamboleo de la tierra. Más de una 
grieta quedó abierta en sus paredes, semejante a 
fatídica raya trazada por invisible y gigantesca ma- 
no. Y en donde más estragos causó el sismo, fué en 
aquella jaula bullanguera, en aquel rincón simpáti- 
co de la «República» Crujieron en aquélla los 

techos, retorciéronse en terrible contracción las vi- 
gas, abrióse más de alguna rajadura en el piso, y 
no faltó pared que quedara fuera de la vertical. El 
infeliz Demóstenes, sacudiéndose aún nerviosamen- 
te por el azoro, decía, más que nunca tartamudean- 
do al hablar: 

— iCaaanaaastooos! ¡Qué léeepero ha esesestado! 
¡A poooco más y nos hace saaandwichs! 

El despecho de las Menchaca, despecho político, 
vio en aquello un castigo del cielo y un triste presa- 
gio, un funesto augurio para el porvenir, pues que 
sucedía cuando se iba don Porfirio y llegaba Madero. 

En cambio, Barbedillo, que se había tornado has- 
ta fanfarrón, había dicho con tal motivo: 

— ¡Bahl ¡Cualquier cosa! ¡Tres o cuatro «caliches» 
caídos, y eso es todo La tierra se ha sacudi- 
do para que no quede ni el polvo del pasado! 

Repuesta la ciudad del magno susto y sin dejar 
por eso de hacer el comentario de ocasión, se había 
aprestado a engalanarse para recibir al nuevo Me- 
sías; y, saturada de una desbordante y franca ale- 
gría, abría de par en par sus puertas al hombre que, 
insignificante y desconocido basta ayer, omnipotente 
hoy, impregnado de una convicción infinita y since- 
ra, lleno de una fe estupenda, había emprendido, sin 
más armas que su palabra, la increíble cruzada cu- 
yo resultado había sido el demoler la vieja estructu- 
ra política y social, para tratar de substituirla con 



••.., ■ ■ ■ ■ ■:.,/■: "C-^' 

LA RUINA DE LA CASONA , 127 

otra propia de los tiempos, ya que en el reloj de la ¿^ 

vida nacional parecía haber sonado la hora para ello. 

Al poseído de una misión que, con un valor que na- ^^1 

die podría negarle, ni amigos ni adversarios, se ha- ^, 

bían enfrentado con decisión increíble con un poder 

que, según toda apariencia, era incontrastable; ca- „ 

paz de aplastar todo y de sobreponerse a todo. v \i 

Antes de que el movimiento revolucionario esta- 
llara, la propaganda política de don Francisco I. Ma- 
dero había sido considerada por la mayoría, como 
la obra de un desequilibrado, de un loco, de un vul- ^ 

gar codicioso, que aspiraba a algo superior a sus í^ 

fuerzas, y que pretendía que su acento tuviera la 
maravillosa virtud de aquellas tirompetas a cuyos • 

sonidos las recias murallas de Jericó habían venido 
al suelo hechas polvo. Muchos no habían ni si- 
quiera parado mientes en ella; pocos, realmente, ha- 
bían sido los que la habían seguido como verbo de 
redención, como clarinada que iniciara un combate ^; 

en el que la posibilidad del triunfo era quimérica. 1^ \ 

Más tarde, cuando él movimiento armado estalló, se ' *v- 

consideró como una aventura desatinada. Todo acu- 
saba que concluiría rápida y funestamente; pero 
cuando no sucedió así, cuando al grito de los com- ^-s 

batientes de Chihuahua, respondió el de los lucha- 
dores de Puebla, de Morelos, de San Luis Potosí y *; 
de Durango, se pudo apreciar bien cuan hondo sur- 
co había abierto en el alma popular aquella palabra ^^l ; 
que se había derramado de un ámbito a otro de la 'I 
República, en una peregrinación incansable, perti- vj 
naz, constante Palabra que no tendría cierta- 
mente galanura ni excelsitudes; hasta rispida aca- 
so, acaso torpe y dislocada; pero que había tenido .'v 
la rara facultad de llegar en la oportunidad propicia, ';■ 
hasta el corazón de las multitudes, con la sutilidad >; 
del rayo luminoso que horada el vacío en la tiniebla! -^ 



128 E. MAQUEO CASTELLANOS 

Y el éxito había sido formidable y sin preceden- 
tes. Hasta entonces, el Poder Supremo había sido 
patrimonio de caudillos militares a los que la multi- 
tud había levantado sobre el pavés, deslumbrada por 
las victorias de aquéllos, o bien herencia recogida 
por civiles como consecuencia de sediciosos movi- 
mientos. Ahora lo conquistaba un hombre, un civil, 
por una revolución en la que la sangre había sido lo 
de menos y la opinión lo de más; revolución engen- 
drada por la fuerza del verbo, más que por la fuerza 
de las bayonetas. Verbo de promesa y esperanza; 
sedativo de las angustias populares; verbo de reden- 
ción y de libertad, que había comenzado humilde, 
desacreditado, satirizado; se había extendido sin eco 
aparente, como perdido en la glacial indiferencia de 
los espíritus escépticos y en el vacío egoísta de las 
conveniencias, y había concluido por sacudir en to- 
dos sus ámbitos a la Nación que, al regocijarse con 
la perspectiva de la vida nueva, no podía tener la 
previsión del mañana terrible, sangrante y martiri- 
zador, por obra de los malos hijos, de las insanas 
pasiones, de la perversión de la doctrina, del rela- 
jamiento del ideal, de la abdicación del honor y de 
la idea matriz de que la traición magna entre las trai- 
ciones, es la que a la Patria se hace! 

Cuando Andrade vio pasar a don Francisco I. Ma- 
dero, aclamado frenéticamente por las multitudes, 
ovacionado hasta el delirio, en su automóvil, lleno del 
polvo del camino hecho desde las estepas de Chihua- 
hua hasta el Palacio Nacional, lo encontró afable, 
modesto, ingenuamente risueño, con su infantil son- 
risa de hombre de alma buena. . . . Pequeñito, lleno 
de un republicanismo sin afectación, demócrata de 
espíritu, y demócrata de apariencias, sintió para 
sí una íntima e inefable satisfacción .... ¡Así lo que- 
ría! ¡Sencillo, republicano, revelando nobleza de 






LA RUINA DE LA CASONA 129 

ánimo! ¡Así debía ser el elegido del pueblo, co- 
mo él lo era! ¡La encarnación de una vida nacional 
futura! ¡Y sintió de buena fe, de infinita buena fe, 
la necesidad de estar, en su insignificancia, del lado 
de aquel hombre cuando llegara al Poder, aunando 
su esfuerzo de hormiga al suyo; sometiéndosele; si- 
guiéndole y respetándole como buen ciudadano, ya 
que entonces Madero sería el Supremo Mandatario, 

ungido positivamente por la voluntad popular 

Ya que en él estarían como símbolos, la ley y la li- 
bertad! 

Andrade se olvidaba de que el poder deslumhra, 
marea y hace a los hombres amnésicos para sus pro- 
mesas. ... 

¡Andrade se olvidaba de que a todo Domingo de 
Ramos, sigue un Viernes de Pasión! 

México, octubre de 1914. ^ 



FIN DE LA PRIMERA PARTE 



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-V. . 



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PARTE SEGUNDA 



DEL TEMBLOR AL DERRUMBE 



CAPITULO I 
«El Inte8:érrimo> 



AHÍ no había pasado nada. Una poca de «boruca, > 
media docena de tiros: cuatro muertos; un Presi- 
dente viejo caído, y uno nuevo levantado sobre el 
pavés, con su cortejo necesario. E^o era todo, si 
bien se veía. 

— ¿Todo, amigo And rade? 

— Todo. En la eterna ley de las renovaciones, las 
energías gastadas ceden para que las aún intactas 
se abran paso, y la evolución sobrevenga. 

— ¡Hum! Aguí donde usted me ve, artesano y 
tonto, también en mis horas muertas he leído a 
Eliseo Beclus, en eso de la «Evolución y Revolu- 
ción» y a Kropotkine, y a otros Muy bueno 

todo lo que dicen, inclusive lo de las energías gas- 
tadas, etc., para cuando hay válvulas y compuertas 
y manera de encauzar Pero aquí! Yo le digo 












v4 






182 E. MAQUEO CASTELLANOS 

que ya empezamos, pero que no acabaremos, y que 
«la cosa» irá lejos 

— Porque usted es un eterno pesimista, Gordi- 
Ilo. Todo lo ve usted fúnebre. Yo insisto en que la 
obra es buena ... I 

— Y yo no lo niego, pero desconfío de los 

obreros. Y sobre todo, falta averiguar cuál pueda 
ser el resultado. ; 

—¿Cuál ha de ser? ¡La conquista de las liberta- 
des! 

— Puede pero también puede que sólo haya- 
mos descubierto los flancos! 

— ¿Cuáles flancos? No lo entiendo 

— Porque no quiere Acuérdese, sefior An- 

drade, de que nosotros somos muy buen combusti- 
ble: con cualquier cosa ardemos, pero no tan fácil- 
mente nos apagamos Que haya quien sople nada 

más, y ya verá usted ¡ya verá! 

— Bueno pero ¿quién quiere usted que so- 
ple? I 

— Ese no ha de faltar. 

—Usted piensa así, porque gusta de «ver moros 
con tranchete.» 

— Y usted piensa como piensa, sefior Andrade, 
porque es un hombre de buena fe, acostumbrado a 
vivir en cierta atmósfera, y desconocedor, por lo 

tanto, de los aires que se respiran en otras Si 

usted abriera un poco los ojos y viera lo que hay en 
otras partes 

Tal fué el fragmento de diálogo que en la casa de 
las Moras hubiera podido escuchar el lector, en un 
medio día, allá por fines del mes de octubre de 
1911, entre el estudiante de tercer afio de Derecho, 
Andrade, y el patrón de taller, Gordillo. ¿Pero 
Gordillo hablaba ya? ¿Se había hecho comunicati- 
vo? Algo; vaya usted a averiguar si por mor de la 



4f.. 



LA RUINA DE LA CASONA ': 138 

revolución o por qué, el caso era que el hombre, 

abandonando un poco sus reservas, se permitía ya 

el lujo de tener «sus conversas,» como él decía, 

unas veces con el licenciado Malabehar, de quien 

era grande y buen amigo; otras, con Barbedillo, 

por ser el propietario, y otras con Andrade, para 

el que tenía ciertas inclinaciones, no obstante que 

bien pudiera haber sentido lo contrario, dadas las / 

que la «Corchea» tenía para aquél. Era, con Mala- .^^ 

behar, el único que acaso no había cambiado en _ 

gran cosa en la casona aquella, en la que habían 

sobrevenido cambios que no podían ocultarse. 

Paulinita, por ejemplo, había cambiado mucho de 
genio, volviéndose iracunda, en virtud de que, por 
«divergencias políticas,» ya que ella se mantenía 
«conservadora» y las Otamendi eran liberales rojas, f| 

éstas no desperdiciaban la oportunidad de salpicar 
con agua sucia los postizos que aquélla seguía po- 
niendo al sol «para que el color se afirmara» y diz- 
que al estar regando las macetas, y aun habían da- 
do más de un bafio al «Tulipán» a riesgo de que 
tomara un constipado. Y, naturalmente, al cambio 
del humor había respondido un cambio de tipo en 
las operaciones de préstamo, con perjuicio de los 
clientes, para los que aquello se explicaba por la 
banquera, diciendo «que no había s^uridad en 
la situación» (sin definir »i ésta era la política o la - 
de la vecindad). 

OrbezQ se había tornado de buldog en borrego, 
quedando poco de aquella antigua prevención para 
los «facciosos,» en virtud de que había tenido que 
pedir «las de arriba» a fin de que no se le privara 
de su pensioncita, sin que, en obsequio de la ver- 
dad, hubiera tenido necesidad de ello, pues más 
tarde confesaba que «el nuevo Gobierno» «proce- 
diendo justificadamente, lo había considerado,» mo- 



r ^ 



W 134 E. MAQUEO CASTEI.LANOS 















tivo por el cual, el pobre inválido se sentía agrade- 
cido, y hablaba con todo respeto del nuevo «sefior 
Presidente,» temeroso de que cualquier mal gesto 
le quitara el único pan para llevarse a la boca; pero 
eso sí, en sus recónditos interiores, seguía conser- 
vando su religiosa admiración para el pasado, al 
que creía pertenecer. 

La «prudencia» de las sefioritas Menchaca se ha- 
bía tornado extraordinaria; para sacarles una pala- 
bra, así fuera sobre el triduo que se estaba cele- 
brando en Santo Domingo, costaba más trabajo que 
para bombear el agua de las albercas de Chapulte- 
pec, según expresión de Tafolla. ¿Razón? Pues que 
Menchaquita no había x>erdido el empleo, como se 
v esperaba, en virtud de haber sido asalariado del 

■^ «antiguo régimen» y hasta lo habían ascendido con 

enojo de las Garay y de Chayo Otamendi, incapaz 

% de perdonar que Menchaquita no la hubiera dicho 

nunca un piropo, lo que ella estimaba como un de- 
sacato a su belleza. En cambio, allá, también en sus 
interiores, las Menchaca tenían un culto por el «se- 

V > fior Presidente blanco» De la Barra, que había sido 

el autor del ascenso. ¡Era tan limpio, tan pulcro y 
de tan buenas maneras! 

>^ Los Garay habían tenido un cambio tan radical, 

^' . que hasta el mobiliario de la casa había cambiado. 

Ahora era nuevecito; estilo Pompadeurt (así como 
suena escrito) según decía Chita. Cierto es que se 

'/i había comprado en abonos y con gran congoja del 

'i infeliz Garay, que sentía con aquello desnivelar el 

\. "■ presupuesto. ~ •' 

— Sí, chula seiscientos pesos. El brocatel 

• - es finísimo igual a este hay uno en Chapulte- 

'.f- pee (la residencia presidencial). Y como, aunque 

no hemos obtenido todavía los provechos del triun- 

.¿ . fo, estos tienen que venir, bueno es estar prepara- 



l«f.. 



'^- 



LA RUINA DE LA CASONA 135 

do para cuando tengamos que recibir a gente de 
categoría ¿sabe usted? 

Nadie se explicaba satisfactoriamente la meta- 
morfosis de Chita. Ella, hasta ayer enemiga del 
capitalismo, resultaba ahora con ribetes de aristó- 
crata; bastaba para ello 1^ esperanza de una pre- 
sunción: la del encumbramiento rápido de Garay, 
misma por la que no paraba pintas en echarse com- 
promisos. Ya ahora las Otamendi le resultaban 
unas vulgares que no merecían la pena; Barbedillo 
y consorte unos pobres diablos y el resto del vecin- 
dario poco menos que gentuza. 

— ¿Me das pretenciosa mayor? — decía Cuca Ota- 
mendi a Chayo, charlando en el obrador, y mien- 
tras le corregía «sus vuelos» a las mangas de una 
blusa. •-■.-■¿' 

— Déjala, que el desengafio va a ser terrible 

Ya me parece que el idiota de su marido va a llegar 
a tesorero nada más que por la linda cara de ella.... 
respondía Chayo, mientras le metía tijera sobre el 
molde a unos metros de velours. 

— Ya tuvo que pedir otra licencia en su oficina, # 

por quince días, para poder asistir a las audiencias 
del sefior Madero. 

— Y en tres meses no ha conseguido hablarle! 

—Hasta a la tísica esa (alusión a la «Corchea») se 
lehasubido v 

— ¡Por supuesto! Como que ya se cree hija de Mi- 
nistro.. .. . 

Y todo aquello era cierto. Garay, con una cons- 
tancia ejemplar y acicalado y aleccionado por Chita, 
que lo tenía cada vez más en cintura, se pasaba las 
horas muertas en las antesalas del Presidente elec- 
to, Madero, regresando al domicilio cada vez con un 
gesto más compungido, a la perspectiva del regaño 
de Chita. 



«• 









136 E. MAQUEO CASTELLANOS 

— Tampoco hoy me recibió Volveré mafiana 

8i te parece. 

— ¿Cómo es eso? ¿No te ha recibido? Es que tú no 
te das trazas .... Contigo no iremos a ninguna par- 
te Pues ya lo creo que volverás mañana y pasado, 

hasta que le hables Para eso somos «correl^o- 

narios.» 

Hasta en la misma República habían ocurrido 
cambios. Demóstenes, acaso sólo por llevarles la 
contraria a todos o por estar dolorido del ganad i- 
to robado en Indé, era cada vez más oposicionis- 
ta. En cambio Chaneque, sin importársele un co- 
mino el regionalismo y favorecido por la fortuna en 
la racha revolucionaria, era un completo maderista. 
Como que, debido a aquel accidental carcelazo, ha- 
bía resultado nada menos que redactor de «El Nue- 
vo Credo» que, si no era el apostólico, sí tenía la 
ventaja de pagar a sus redactores, como Chaneque, 
setenta duros mensuales, sin más obligación que 
poner una firma donde se les decía, y con dineros 
del Gobierno. i 

— Oooooyes Caaaapulín! Lo que es a mí no me 
taaaanteas. Ese artiiiículo que salió ayer con tu fir- 
ma no es tuuuuyo . 

— ¿Y por qué no ha de ser mío? 

— Porque tú sólo sabes reeeebuznar ¡qué caaa- 
ray! 

— ¡Bah! si eres tú quien califica 

— Ese es tiiiimo! 

A lo que Chaneque contestaba sentenciosamente: 

— De timos se teje la política 

Lo que sí resultaba comprobado, era que todos, 
quien bien, quien mal, se habían ido acomodando 
con la «nueva situación.» Pero entre todas las ban- 
deras, ninguna más pirata que la del Excmo. sefior 
don Eustaquio Barbedillo. ¡Este sí que sabía la agu- 



á 



LA RUINA DE LA CASONA 137 

ja de marear! Él, el ex-Jefe Político, el ex-rápsoda 
de la Dictadura y de sus métodos, a los que ahora ca- 
lificaba de brutales, había andado tan bien su cami- 
no que, sobre haber conseguido dos o tres «con- x- 
tratitas» del Gobierno, no tenía que hacer antesalas f^ 
en las casas de los más altos proceres, y a seguir .J 
como iba, «se colgaría» sin duda su credencial de * 
diputado en las próximas elecciones, que era su v^ 
«goli)e;> golpe en el que parecía no errar lapun- 5 
tería, ¿5r 

— Este don Taco sí que no tiene pierde!— decía 
Chaneque. Y Taf olla le respondía: 

— ¡Lioque no tieeene es veeeergüenza! *> 

Para el criterio todavía puritano de Enjolrás ( An- ' ' 

drade), aquel impudor político, rayano en cinismo, V 

era intolerable, y sufría positivamente cuando Bar- 
bedillo, con aires de consejero protector, le decía: 

— Andradito (golpeándole cariñosamente en el 
hombro). No hay que darle al asunto muchas vuel- ' 

tas! Si usted quiere «llegar> como debe ser, tiene 
que tomar las cosas tales como son. Menos ideali- 
dad y más práctica; créame; flexibilícese un poco; 
flexibilícese Hay que ser político 

— Es que voy tras los principios, don Taco .... 

— Y yo también «propugno» por ellos, i)ero no ex- 
cluyo las conveniencias 

— La buena conciencia ciudadana no mira más que 
a la sinceridad y la virtud 

— Como la mía lo hace en el fondo; pero las formas 

requieren algún sacrificio No hay que olvidarse 

de la «sindéresis de las multitudes» ¿eh? como de- 
cía Castelar. 

— Don Taco, por piedad! Castelar no dijo nunca 
esa barbaridad! 

— Bueno, hombre, bueno! No discutamos por 

tan poca cosa. 



■X- 






138 E. MAQUEO CASTELLANOS 

Allá, en el piso superior, seguían viviendo las 
esi)osas de Tajonar y Mandujano, recreándose en 
aquel par de chiquillas, querubines que, cada vez 
más traviesos y encantadores, alegraban toda la 
casa, y esperando el advenimiento de otros vastagos 
que ya estaban por llegar. 

De Tajonar se habían tenido noticias frecuentes. 
Escribía a menudo a su consorte (de lo que estaban 
informadas las Menchaca, amigas de aquélla, por 
afinidad de ideas) y por esas cartas se habían teni- 
do informes auténticos de lo que había sido la corta 
lucha entre los federales y los revolucionarios en 
el Norte. Una campaña terminada sin gloria, sin 
luchas, cuando el ejército no había sufrido una de- 
rrota seria, aunque sí una serie de descalabros; 
concluida más por el miedo a la complicación inter- 
nacional, que por obra de las balas. Hecha la paz, Ta- 
jonar había tenido que ir «de guarnición> a cualquier 
punto de por allí, y ahora estaba próximo a «incor- 
porarse» a la matriz de su batallón en México, sin 
poderse quejar del todo, puesto que en la aventura 
se había ganado las espiguillas de mayor (¡ya era 
tiempo! ). 

En cuanto a Mandujano, seguía siendo un enig- 
ma. Se aparecía de improviso en la casona por dos, 
tres o cuatro días, en los que permanecía encerrado 
en su «cantón,» saliendo a la calle al pardear la tar- 
de, siempre uniformado de charro, negra la vesti- 
menta y del mismo color hasta el sombrero de an- 
chas alas. 

Aquellos detaUes no habían dejado de intrigar a 
las «hermanas siamesas» (nueva denominación de 
Tafolla para las Menchaca) capaces de fiscalizar la 
vida de un gorrión tempranero, con la misma faci- 
lidad que la de cualquier vecino. 






LA RUINA DE LA CASONA 139 

— ¿Por qué será que Mandujano no le habla a 
nadie? 

— Pues ella no peca por tener suelta la lengua. 

— Y los dos visten de negro. ¿Por quién llevarán 
luto? 

— No ha de ser por un pariente lejano .... 

— ¿A que les mataron algún deudo en la revolu- 
ción y no por cierto defendiendo al Gobierno? 

— Cuando él no está aquí, a ella la visitan indi- 
tos de «cotona» y sombrero de petate como los de 
Cuajimalpa.. . . 

— Que parecen zapatistas 

— ^Ella dice que son peones de su papá, que le 
traen verduras de regalo. 

— ¡Hum! ¿Cómo es que cuando él está aquí 

ellos no vienen? 

— ¿Por qué él sólo sale de noche? 

— ¿Por qué ha dado en vestir de charro? 

— ¿Por qué no habla con nadie? 

— Luego 

— se puede creer que es «zapatista» .... 

Y Lucha y Locha se santiguaban devotamente. 
Era que la palabra «zapatista,» usada para designar 
a los partidarios de Emiliano Zapata, comenzaba a 
tener una triste sinonimia con las de matón y ami- 
go de lo ajeno. ■ í 

Las huestes de aquel hombre levantado de impro- 
viso sobre el pavés, y que con apariencia de un Spar- 
taco tenía la fama de un Atila, pululantes en las 
inaccesibles regiones de Morelos y Guerrero, te- 
nían más de horda que de ejército. Persiguiendo 
ideales justificables, empleaban procedimientos fu- 
nestos, y el incendio, el rapto, el saqueo les eran atri- 
buidos, por más que en muchas ocasiones el fiel de 
la balanza se volviera loco, averiguando quiénes eran 



'.<*í- 



'-ífí-" 



140 E. MAQUEO CASTELLANOS 

los verdaderos autores de tales atentados; si los per- 
seguidos o los perseguidores. 

Acaso la nota de raptores era la que más hacia es- 
tremecer de terror a aquel par de sacerdotisas de 
Tanit, que se encubrían bajóla modernista aparien- 
cia de las «hermanas siamesas.» 

Pero ¿cómo era posible que Zapata, levantado en 

armas contra la dictadura porfiriana, aun siguiera 

con ellas en la mano, contra los mismos que había 

servido en calidad de correligionario? ¿Cómo era 

■ que el secuaz de Madero contra don Porfirio, y una 

yü . vez triunfante aquél, se transformara en el rebelde 

"^ en su contra? 

— ¡Bah, señor Andrade! ¡No se haga esas pre- 
guntas tan inocentes Eso es cosa de la «incu- 
badora» de la revolución. Todavía hemos de ver 
muchas empolladuras como ésta! ' 

Bien se lo presumía Andrade; pero le daba pena 
confesarlo, y quería, en su buena fe revolucionaria, 
defender el punto, sosteniendo que aquello era «un 

accidente» y que Zapata era un «extraviado» 

por más que en sus adentros conviniera que aque- 
llo bien podía ser, más que un síntoma, el positivo 
pródromo de una enfermedad de fácil contagio. 

— EiS que también se exagera mucho. 

— Y sin embargo, no me negará usted que el se- 
fior Madero ha dado abrazos a Zapata» 

— Eso es lo que dice la prensa. Vaya usted a sa- 
ber si es verdad. V ^ 

— Y que lo ha llamado integérrimo. 

— Pues acaso no lo haya calificado mal. Nadie po- 
> drá probar que Zapata no es probo. Lucha por la 
redención de los suyos: por la reivindicación de sus 
derechos Y eso es propio de integérrimos. 

— Y con su integerrimidad trae de cabeza al Go- 
' - bierno Tope en que él sea bien intencionado; 



M 



LA RUINA DE LAXASONA 141 

pero lo que hacen los satélites suyos sí que lleva 
siempre las más «prietas» intenciones Dí- 
ganlo Ticumán y la Cima. 

— Usted siempre pesimista, Gordillo. 

— EiS que no quisiera ser profeta diciéndole que 
cualquier día se halla usted frente a un integérri- 
mo que le manda formar cuadro y lo fusila. 

—¿A mí? ¿Porqué? 

— Porque usted no tiene integerrimidad! 

Lo cierto era que, triunfante Madero por una 
aplastante mayoría, casi unanimidad, en las elec- 
ciones presidenciales, candidato adorado del pue- 
blo, y en vísperas de asumir la Presidencia de la 
República, sin saberse por qué ni debido a qué, ha- 
bía algo en la atmósfera política que la hacía caligi- 
nosa y pesada. Pasada la tormenta revolucionaria, 
no renacía la confianza. La gestión política ante- 
presidencial de Madero, había producido serias 
incertidumbres; se comenzaba a dudar de que fue- 
ra el hombre capaz de la pesada carga echada so- 
bre sus hombros en un momento de alucinación. 

Inútil había sido que el Ministro de la Guerra, 
en un pedantesco vaticinio, hubiera asegurado que 
«a los tres días de ser Presidente Madero, Zapata 
depondría las armas.> Nadie lo creyó. Y era que, 
en la general duda que aquellos sucesos engendra- 
ban y en la que engendra todo lo nuevo, un paquete 
de triqui8 quemados en la calle, producía la alarma 
en toda ella, con su respectivo cierre escandaloso 
de puertas y los gritos de «¡Atila ad portam!> o 
séase «¡Ahí están los zapatistas!> 

Lo que no había sido óbice (según hubiera escrito 
el atildado Chaneque en «EU Nuevo Credo») para 
que el ilustre Barbedillo hubiera proyectado feste- 
jar la Navidad con unas posadas caseritas. Serían 
de efecto, según su íntimo pensar, porque a ellas 



,í*:--.- 









142 E. MAQUEO CASTELLANOS 

asistirían el general Orosio Belco, nno del nueTO 
cufio, algo patarato, que había operado en Morelos, 
con un batallón de boleros, y dos o tres personajes 
que se las traían en la nueva Administración «tan 
felizmente inaugurada» (frase de Chaneque en «El 
Credo»). En aquellos sujetos tenía puestas sus es- 
peranzas Barbedillo, para que le dieran «su empu- 
joncito,» a fin de encaramarse a la sofiada curul. 
Demóstenes aprobó desde luego la idea, porque 
¡qué caaaray! no había que tomar tan a lo serio que 
el Ministro de la Guerra hubiera resultado un mal 
rñtoniao. , :. Ir 

Y al efecto, para ensanchar la modesta sala de 
Barbedillo y transformarla en salón de baile, don 
Taco mandó echar abajo un tabique de viejas tablas 
que dividía la sala de la alcoba matrimonial, lo que 
se hizo con serio agravio de una nutrida colonia de 
cucarachas; remozar los cielos rasos; afirmar unos 
ladrillos de la entrada, que bailaban sin necesidad 
de música, y pintar el pasamanos de la escalera. 
Con aquello le pareció bastante. 

— E^as son locuras. Barbe! — decíale la aflicta 
Tachita — estás echando la casa por la ventana 

— No lo creas, pongo el dinero a rédito! Cobraré 
con la curulita .... Ya verás .... ya verás 

Sin embargo, a ñn de que aquello resultara lo 
económico posible, Barbe planteó un sistema coope- 
rativo, por medio del que cada quiste ayudaría «pa- 
ra el envigado;» y así fué cómo se convino que las 
Otamendi se harían cargo del adorno de la sala, di- 
go salón (era deprimente llamarlo de otro modo) y 
de vestir a los peregrinos, pues por oficio les corres- 
pondía. (¡Qué mono se veía San José con su mi- 
núscula capita amarilla y el ángel con su juboncito 
de caminante, las dos prendas de seda hechas de 
unos retazos!!) Las «Corcheas» se acomedirían pa- 



LA RUINA DE LA CASONA 143 

ra hacer los ponckecitoa de té con cátala a y sus ra- 
jitas de limón y canela, receta de Barbedillo. 

— Baaaratón, peeero tres pieedras! — (seg^n más 
tarde exclamó Tafolla al probarlos). 

Paulinita «vestiría las piñatas.» Era su especia- 
lidad; vestir cabezas calvas (que tales parecen las 
ollas); y Menchaquita y las «siamesas» confeccio- 
narían los sandwichs para el buffet. Al fin que aquel 
Menchaquita era un primor para todo: lo mismo 
para darle a la magneta, que para sacar de una lata 
de jamón endiablado y de tres aguacates y un pan, 
material para cien sandwichs, parodiando al Hijo 
de Dios en el milagro de los peces. 

Y así se improvisaron y se fueron consumando 
aquellas posadas. 

Salían los peregrinos de la vivienda deOrbezo; su- 
bían la escalera del primer piso; le daban su vuel- 
tecita al pasillo y entraban a pernoctar en el cant4in 
Barbedillo. Fermín y los Orbezitos quemaban los 
reglamentarios triquis, previo aviso a la policía, in- 
formándola que no eran balazos. (Estaban tan preo- 
cupadas las gentes!) Se rompía la piñata, que, por 
guardar la neutralidad correspondiente, no había 
de representar ni a un zapatista, ni a un irregular, 
ni a un federal, y sí a una damisela Luis XV, o bien 
a un cisne, en el que no habría cabalgado Lohen- 
grin, de puro miedo ante su forma apocalíptica, 
fantasía de Paulinita. Se atiborraban los mucha- 
chos de cacahuates y tejocotes; se apuraba un anís 
para «abrir boca» y rompía el baile con un two step 
aquel cuarteto que dirigía un primo segundo del 
«esposo» que había sido de la Polanco, y el que se 
domiciliaba en el callejón de San Camilito 23. Pelu- 
quera de a quince cobres (centavos); rótulo en la 
puerta, en el que podía leerse: — «Secundino Alba- 
rrán. — Música para bailes.» 






.^^y. 









144 E. MAQUEO CASTELLANOS 

¿Quién creerán ustedes >3[ue había «refonado» el 
cuarteto aquel? Pues nada menos que Orbezo, que 
al no haber podido contribuir en otra forma para 
las i;)osadas, lo había hecho en aquélla, rascándole 
ma^istralmente a una monumental guitarra. 

— ¿Sabe usted Andradito, lo que más me agorada de 
todo esto? Pues los acercamientos, el olvido de ren- 
cillas la armonía en todo Mire usted a las 

Otamendi departiendo con las Garaicochea, y a Pau- 
linita con Chaneque. . . . ¡Me da idea de que así va a 
estar dentro de poco la República! 

— Ganas de gastar saliva, don Taaaco! Esto dura- 
rá mientras haya saaandwichs y pooonchecitos de 
gooorra! 

— ¡Qué mal pensado es usted, Demóstenes! ¡Mire 
a Ohayito bailar con Menchaquita! 

— Diiiígame don Taaaco. Y el generalooote ese 
¿cuoucuando viene? 

— Una de estas noches. Ahora estaba muy ocu- 
pado. En cambio, ahí tiene usted ya a las Saraci- 
bar - ■'■-■' :'• ■•=■ • ■•- - :-.; '--•■,. ■' -^ -i '^, 

— Bububueno ¿y qué? 

— ¿Cómo qué? ¿Entonces usted no está al corrien- 
te de las cosas? Son, nada menos que las hijas de 
un medio hermano del primo de don Atenógenes 
Viruegas. ^ 

— ¿Y ese Vivirueeegas? ■ 

— ¿Pero no lo sabe, hombre? Viruegas és nada 
menos que el sastre del ministro H. ¡Como quien 
dice, el que le toma las medidas! Lo bromea mien- 
tras le prueba la ropa. ',' > ?^ 7 :• -. ;~%;tí 

— ¡Aaaah! -":v. ■'■'■ >,;-:-v.v v:m^ 

— Y ahí tiene usted también a Melgar. 

—¿Quién, Meeelgarciiito? 

— Melgarcito hasta ayer; pero ahora el sefior Mel- 
gar. Ahora ya es figura. 



LA RUINA DE LA CASONA 145 

— ¿Deeecoratiiiiva? 

— ¡Política! ¡Imagínese que es el peluquero del 
camarista del Presidente! 

—¡Qué me cucucueeenta usted! 

—Y por los humildes se llega a los poderosos, jo- 
ven inexperto. 

En aquella noche de posada, a las nueve y treinta, 
para no malgastarse, se tomó el primer ponche y se 
repartieron los primeros sandwíchs, preludiándo- 
se un «bostón.» A las diez hubo su alarma en el pa- 
tio a obscuras, con interjecciones en idioma náhuatl, 
por Filo la portera; furiosos ladridos del Tulipán; 
carreras de Paulinita, afectada en su casi maternal 
afecto al perro, etc., etc., todo debido a que los Or- 
becitos y Fermín se habían encontrado un tablón 
que, callandito, se habían subido hasta el tercer pi- 
so y desde allí lo habían precipitado al patio, para 
darle su susto a la concurrencia, que lo había sufri- 
do y padre. 

— No hay que asustarse Han sido esos endia- 
blados muchachos! 

— ¡Qué bruuuutos! A mí me han hecho teeeem- 
blar . ... A ver ¡un ponche! 

Y se apuró el ponche, y la orquesta, para animar 
a los tímidos, rompió con un «danzón» morrocotudo, 
que hizo que nadie se quedara sin bailar. ¡Ck>n de- 
cir que Barbedillo lo hizo con su propia consorte! 

Y a medio danzón, resonaron en la puerta de la^ 
calle unos aldabonazos como disparos de artillería, 
y tupidos como si aquélla hiciera «fuego de ráfaga.> 

— ¡Jesús nos valga! ¡Ese es Zapata! 

— ¡No asustarse No asustarse! ¡Que siga el 

danzón! Yo voy a ver quién es. 

— ¡Sí Menchaquita, por favor! Usted siempre el 
mismo Tan sereno! ¡Tan valiente! 

Y el danzón siguió; y los aldabonazos también, 

, 10 



146 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



:•>- ■ 



por cuanto que Filo, dormida con suefio de tronco, 
no abría. Y bajó Menchaquita. Y al minuto escaso 
de haber bajado, resonó en el patio «una retahila de 
balazos» Sí señor; de balazos, en tupida descar- 
ga, que si dejaron estáticos a los músicos, con los 
dedos agarrotados sobre las cuerdas, pusieron alas 
en los pies de la mitad de la concurrencia que se 
desperdigó a la desbandada, buscando refugio tras 
de cómodas, roperos, y hasta en algún sitio de bien 
reservados usos, mientras la otra mitad, de golpe y 
porrazo, había optado por el síncope fulgurante, ya 
auténtico, o simulado a la perfección. 

— ¡Jesús! i Ya mataron a «Pito!» 

—¡A Fito! — exclamaron a dúo las Menchaca. 

— ¡Válgame la Guadalupana! ¡Ahora sí que son 
ellos!.... 

— «¡El integéeeeerrimo!» suspiró Chaneque. 

Y en aquel momento, como para ratificar la espe- 
cie, hizo irrupción en la sala y entre las sillas caídas 
y los bailadores «azorrillados,» el más extraño per- 
sonaje que verse pueda, seguido de otros dos simi- 
lares, y del imperturbable Fito que sano y salvo, se 
arreglaba un pliegue del pantalón. - I 

Gastábase el hombre aquel hirsuta cabellera; ce- 
rrada barba; rojo «paliacate» arrollado al cuello; ca- 
misa de kaki, y blusa que pudo ser de dril blanco; 
pantalón «cachir uleado» de gamu za, y toscas polainas 
que caían sobre un par de zapatones formidables. 
Pistolón al cinto, canana repleta de tiros y gestos 
de dragón chino. Y él mismo rompió el general azo- 
ro diciendo con estentórea voz: 

— Con un ¿Pero qué, no me reconocen? 

¿Por qué se asustan? ¡Yo soy Tenorio! .... 

— Te Te ... Te norio! «Tru Tru 

Truenos» ¿Tú? 

— ¡Yo, hombre, yo! Épale, maestro! ¡Sígale al 



"•V.1V • 



LA RUINA DE LA CASONA 



147 



danzón ese! ¡A ver unas copas! ¡Y lo que sea del 
gasto todo, yo lo pago! ¡Y <a darle que es mole de 
olla!» 

— Hombre, Tenorio .... La verdad es que ha teni- 
do usted unos modos que ya. . . . ya 

— ¡Déjese de eso, don Taco! ¡A bailar! 

Y sin pedir permiso, al sonar los primeros acor- 
des del danzón, <Truenos» se apoderó de Chayito; 
estrechó fuertemente su cintura, y «se arrancó> 
con ella, siguiendo el voluptuoso giro de la música. 
Entre tanto, las almas iban volviendo poco a poco a 
aquellos cuerpos que habían adquirido contexturas 
de madejas Y Chayito se dejó conducir dócil- 
mente por aquel bárbaro, sintiendo como que la ma- 
reaba con un extrafio y penetrante olor, tufo de 
macho embravecido; y que casi la levantaba en vilo 
entre sus manazas groseras, con sus brazos de atle- 
ta, ensenándole en una sonrisa de gafián satisfecho, 
la doble fila de dientes blancos y recios, como de 
quijadas de cuadrumano goloso! 






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CAPITULO II :;^ 

" Un acridio desconocido ';:? 

Tenorio había regresado de ]a campaña. Era él, 
no cabía duda; y si dudar se podía, para autenticar 
su aparición, bastaba teaer en cuenta la forma en 
que la había hecho. ^ 

Como buen camarada, no tuvo empacho en acep- 
tar por aquella noche (madrugada más bien) la hos- 
pitalidad de la «República,» compartiendo el lecho 
con el buen Demóstenes, siempre listo para hacer 
un servicio si la molestia consiguiente era sopor- 
table. 

Al día siguiente, alto ya el sol, se despertó la par- 
vada de la alegre jaula; y como Chaneque se queja- 
ra de que tenía su «goma» (molestia consiguiente al 
abuso de los ponches). Tenorio ofreció «curársela» 
a todos, y en calzoncillos y camiseta entreabrió la 
puerta y llamó al consabido mandadero, con un es- 
tentóreo grito de«¡Permiín!»en cuyo acento Demós- 
tenes comprobó que Tenorio había adquirido en la 
voz, por lo menos, la marcialidad propia de un ge- 
neral. 

— Vete corriendo a la tienda de la esquina, por 









150 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



m^ 



unas cervezas y algo de «refino,» y dile a la autora 
de tus días que nos prepare un jarro de «hojas. > 

— Una olla sería mejor — indicó Chaneque. 

— ¡Bueno! pues una olla Y no te tardes! 

«Truenos,» para el mandado, puso en manos de 
de Fermín dos o tres arrugados billetes de Banco, 
que extrajo de una bolsa del pantalón, en donde 
otros más se asomaron en tupido montón. 

— tOaaaaray «mano!» iQuó «armado» vienes! 

— iPsehé! Mis economías de campaña. ... 

— Oye «Truenos» ¿pero es verdad que has estado 
en campaña? I 

— Sigues siendo el mismo imbécil de siempre, 
Chanequito! 

— A veeeer, Trueeeenitos Cuéntanos cómo te 

fufufué.. .. 

Tenorio no se hizo de rogar. Instalado, en paños 
menores, en la orilla de la cama de TafoUa, y mien- 
tras éste, Andrade y el «Capulín,» lo oían tumbados 
a la bartola y sorbiendo con fruición el caliente co- 
cimiento de hojas de naranjo con su «piquete» (por- 
ción) de refino, que calmaba las congojas de aquellos 
estómagos resecos, comenzó la bélica página de sus 
hazañas revolucionarias. . I 

Refirió cómo, resuelto a lanzarse a la «redento- 
ra,» se había puesto de acuerdo con unos revolucio- 
narios que tenían su cuartel general de ocultis, por 
la Plazuela de Tepito, y a los que sólo faltaba un je- 
fe de condiciones, que había resultado ser él. Cómo 
se habían lanzado a la brega y desde el primer día 
habían tenido un encuentro que les había sido favo- 
rable. Cómo después, y ya engrosadas las filas, 
habíanse apoderado de la «plaza» de San Juan TU- 
comatepec, y en la Hacienda del Rincón habían de- 
rrotado a un regimiento entero; cómo él sólo había 
ganado audazmente la batalla de «Palma Sola,» y a 






lí-^?^- 



LA RUINA DE LA CASONA 151 






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renglón seguido la de la «Conejera;» y cómo al cabo 
de los cuatro meses de andar en «la bola> había pues- 
to asedio y sitio en forma, a la cabeza de mil hombres, 

a la importantísima plaza de en el Estado de f ^ ; 

Hidalgo, concluyendo por tomarla, para venir a re- 
concentrarse en seguida, en la Hacienda de «Pie- 
dras Blancas,» en esi)era de órdenes superiores 
que, al no llegar, lo habían decidido a emprender el 
viaje a México, para recabarlas. Ni un sólo día de 
descanso; fatigas continuas; peligros inminentes; 
heroicidades clásicas; dos o tres «raspones» de bala 
y nada de conocer el miedo 

— ¡Caaaray! ¡Papaparece meeentira! ¡Y aho- 
ra, coronelaaazo! 

— Sí, sefior; quiera o no quiera «el chaparrito» 
(Madero) que bien ganado me lo tengo. 

— Bueno, Tenorio - preguntóle Andrade. — Yo lo 
que quisiera que me explicaras, es contra quiénes 
te has batido, ya que, cuando tú te fuiste la cosa ha- 
bía acabado con la renuncia de don Porfirio. 

— ¡Acabado! Si era entonces cuando empezaba, 
viejo! Había que destruir a los enemigos de la revo- 
lución. A los peores, a los más empedernidos .... 

— ¿Y quiénes eran ellos? 

— ¡Friolera! Los caciques y los científicos de los 
ranchos, y los militares que no se rendían 

— ¿Y piensas seguir ahora la «gloriosa?» (por la 
carrera de las armas) preguntóle Chaneque. 

— ¡Seguro! Si a los veintidós soy coronel, tengo 
derecho para esperar ser general a los veintitrés.... 

— ¿Qué dejas entonces para los treinta? 
; — Mi retiro con paga íntegra y veteranizado. 
♦ — ¡Caaaray! ¡Como coheeete! 

— Y ¿quién te dio el grado? 

— No te digo, «Capulín,» que sigues siendo un la- 
drillo mal cocido! ¿Quién quieres tú que en las revo- 



''í\- 



152 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



luciones dé los grados? ¡Pues la revolución! Y yo, 
soy uno de los suyos, me di el mío y santas Pas- 
cuas 

— ¡Ah! No estaba al tanto de eso 

— Y por eso vengo ahora, repito, a que me lo re- 
frende el chaparrito. 

— ¿Y si no se le diera la gana? I 

— íBarajo! ¿Y quién es él para oponerse? 

Tal brutal observación sublevó a Andrade en su 
manera de ser. 

— ¿Cómo quién? ¡El único facultado por la ley pa- 
ra discernir cargos tales, pues la revolución no es 
más que una abstracción incapaz de ello! 

— ¿Sí? ¿Y quién le dio la Presidencia a Madero? 
Nosotros, y por lo tanto, que tenga cuidado, porque 
si se nos «cuartea» no estamos dispuestos a de- 
jarnos! 

— ¡La Presidencia se la dio el pueblo, el voto! 

— ¡Barajo! ¡El pueblo! ¡Bueno está él! Ese 

hace lo que el chafarote quiere. ... ¡El voto! ¡Y sa- 
lió Vicepresidente Pino Suárez! 

— ¿Y eres tú, Tenorio, tú, el antiguo revolucio- 
nario, el que dices esas herejías? 

—¿Y eres tú, Andrade, el talentoso, el que quiere 
que yo comulgue con ruedas de molino? ¡Yo no me 
fui a la «bola» para que me creciera el pelo, qué 
caray! 

—Bu .... bu ... . bueno, pero supooonte que no te 
lo hacen efectivo 

—¿Cuál? 

— El graaado .... 

— Entonces me lo hago bueno yo, que para eso 
tengo esta «chata» (golpeando la pistola puesta en 
la cabecera del lecho). 

— Me estás dando i)ena y asco. Tenorio 

— ¡Y tú me causas compasión, Quico! 



'■■x"r- 



■vV. 



,\ : LA RUINA DE LA CASONA 153 

— ¡TÚ serás todo, menos revolucionario! 

— ¡Y tú- todo, menos hombre práctico! 

A tales Sjlturas se presentaron en la puerta de la 
vivienda dos sujetos, mismos que en la noche ante- 
rior hicieron irrupción en la sala de Barbedillo a la 
par de Tenorio, retirándose más tarde a pernoctar 
a su hotel, y que ahora estaban inconocibles, por 
cuanto que el jabón, el agua y las navajas de afeitar 
habían hecho sus nobles oficios. 
.: — A la orden mi coronel .... 

— ¡Hola, muchachos! Los presentaré, ya que 

anoche no hubo oportunidad. El señor mayor don 
José Blas Bonaparte. El sefior capitán don Sa- 
bás Iñiguez. Mis amigos y ex-camaradas de estu- 
dios .... 

Era el José Blas un indio de raza pura, fornido 
y «cuatezón,» de salientes pómulos y gruesos bel- 
fos, de los que el superior estaba exhornado por 
«cuatro soldados y un cabo,» (vulgo pelos de bigote) 
y que, por el andar, demostraba bien que hasta las 
vísperas, no había sufrido la odiosa servidumbre 
del calzado. Y era el capitán Iñiguez un delgadu- 
cho, descolorido, pecoso y pelirrubio, de inocente 
mirada y modales un sí no es pulcros, al que la in- 
dumentaria guerrera y especialmente aquel pisto- 
lón de calibre 44 caían como a un Cristo un par de 
revolverá. 

■ — Nos citó usted para las once de la mañana a fin 
de presentarnos en la Comandancia Militar, y aquí 
estamos. 

— Muy bien .... Espérenme allá abajo .... «No 
más» me visto y los alcanzo. 
• — Como usted lo ordene, jefe 

Y los dos seides aquellos, después de cuadrarse 
militarmente, se marcharon haciendo retemblar el 
piso, bajo las suelas de sus ferrados zapatones. 






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V^: 154 E. MAQUEO CASTELLANOS 



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—¿De tu Estado Mayor, Tenorio? ' 

— Sí. . . . ¡buenos muchachos! 

— iOaaaray! ¡Peeero qué feo es Booonaparte! 

— Tan feo como valiente. Un león. Fué de los que 
inició conmigo la campafia. 

— El otro es simpático. 

— Iñiguito? Ese es muy «águila» (por lo vivara- 
cho e inteligente). I 

— ¡Reeeefajos! ¡Por lo visto andas entre puros 
leoooones y aaaaáguilas! ¡Como Juuuuüpiter Olím- 
pico! I 

Vistióse ceremoniosamente «Truenos;» se caló el 
trabuco naranjero que a guisa de pistola usaba, y 
con un « 

—¡Bueno, compadres ya nos estamos viendo! 

se despidió de sus antiguos cofrades, no sin tomar 
muy a mal que Chaneque le dijera ingenuamente: 

— Si en algo te puedo servir para eso del grado 

Ya sabes puedes mandar ! Tengo «buenos 

amigos.» • ' I 

Con lo que quería dar a entender que él, sin ser 
coronel, también tenía su valer político, y sus «aga- 
rraderas,» cosa muy natural, perteneciendo a la fa- 
lanje de los «luchadores» con la pluma. 

Pasaron los días y las visitas de aquel terceto de 
libertadores no escasearon para la casona de las Mo- 
ras, aunque no lo fueron precisamente para la «Re- 
pública,» pues por lo regular, Tenorio, después de un 

— Adiós Mayorcito 

dicho con cierta songa y al encontrarse en el patio 
con Orbezo, que por atención tenía que contestar 
con un humilde 

— Adiós, señor Tenorio 

más bien refunfuñado que dicho, se encaminaba pa- 
ra la vivienda de las Otamendi, en tanto que José 
Blas Bonaparte se colaba en la de la profesora Po- 



LA RUINA DE LA CASONA 155 









lanco, por la que parecía tener grandes simpatías, 
siendo Ifiiguez el más asiduo en la «República,» en .:|| 

pos de Andrade, por el que había cobrado estima- 
ción y aun cierto respeto al ver que era el único q ue 
no se «achicaba» ante el furibundazo coronel. 

Y fué así como un día, aprovechando la oportuni- 
dad de encontrar a Andrade solo, le «partió» en la 
siguiente forma: 

— Usted me perdonará, sefior Andrade pero 

es el caso que yo necesito hacer a usted una consul- 
ta muy seria 

— Lo que usted guste, capitán. 

— Dígame mejor Ifiiguez. Pues bueno Pero 

es el caso que yo desearía que esto fuera muy re- 
servado 

— ¡Por supuesto, hombre! Pierda cuidado 

— Ea que como se trata del sefior Tenorio 

—¿Del coronel? > 

— Diga usted del sefior Tenorio, porque la verdad 
es que eso de coronel y mayor y capitán, nos está 
«fastidiando» 

— ¡Hombre! ¡Hombre ! Está usted picando mi 

curiosidad 

— Sefior Andrade, usted me ha parecido un hom- 
bre sensato y honrado, y por eso mi consulta. La 
verdad «pelada» es que yo tengo miedo de que por 
andar jugando esta farsa paremos en la cárcel 

— ¿Cómo es eso? ¿A qué farsa se refiere usted? 

—Usted me entiende ni el sefior Tenorio es 

coronel, ni José Blas, mayor de verdad, ni yo quie- _-M^ 

ro seguir empinado por más tiempo en esta tremo- 
lina.... * 

— Pero entonces las campafias de usted, sus com- ¡.^ 

bates, sus servicios a la «causa» .... ^-^ 

— Pero ¿usted ha creído formalmente esas pa- 
trafias? 



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156 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



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— No mucho que digamos El mayor Bonapar- 

te me ha asegurado, sin emhargo, que 

— Comience usted, sefior Andrade, porque ese no 
tiene suyo ni el apellido, del que se «ha hecho» como 
de muchas otras cosas .... 

—¿Pero no se llama José Blas Bonaparte? 

— José Blas, a secas. Es un pobre indio de Tepéx- 
pam, que venía todos los días, con un hermano su- 
yo, en sus caballejos «matalotes» a vender un poco 
de «tlachique» en la plazuela de Tepito. Eli sefior 
Tenorio, para que «sonara» el nombre, fué el que 
agregó lo de Bonaparte. Los conoció en el mesón 
donde se hospedaban, al huir él de México, y se los 
conquistó para que se lo llevaran en uno de los ca- 
ballejos. En el camino los engatuzó con que él era 
revolucionario, gran amigo del sefior Madero, con- 
venciéndolos de que era la hora de «irse a la carga- 
da» entrando en la «bola» ya sin peligo 

— ¿Pero ¿está usted seguro de eso, amigo 

Ifiiguez? ! 

— Se lo refiero a usted tal como a mí me lo ha re- 
ferido Che Blas. 

— ¿Cuántbs Che Blases no habrá a estas horas? 

— ¡Muchos, sefior Andrade. . . . muchos! 

— Siga su historia, es divertida. 

— Sigo; en el camino de Tepéxpam .... 

— tuvo Tenorio el primer encuentro favora- 
ble, según nos ha contado, y en el primer día de 
campafia. 

— Sí; el que lo tuvo desfavorable fué un pobre 
arriero al que desbalijaron. En la noche, en Tepéx- 
pam, se «levantaron» con dos caballos más y una 
carabina que le pidió prestada Che Blas a un pa- 
riente suyo. A los quince días, Tenorio llevaba con 
él más de veinte hombres, e iba sembrando el te- 



LA RUINA DE LA CASONA 167 

rror a su paso, porque ¡ríase usted de la lan- 
gosta! 

— ¿Y como no lo perseguían las autoridades? 

— Porque se hacían «de la vista gorda,» por si aca- 
so se trataba de un revolucionario de verdad, para 
así quedar bien con el nuevo Gobierno. 

— ¿Y eso de San Juan Tilcomatepec? ^ 

— ¡Allí empezaron mis penas, sefior Andrade! 
¡Miserere meil ¡Miserere mei, quia pecavit! 

— ¡Hombre, Ifiiguez! ¿Habla usted latín? 

— Algo ¿Usted me ve capitán revolucionario 

por obra del sefior Tenorio? Pues sépase que lo que 
auténticamente soy, es un «seminarista» fugado!.... 
Comience usted porque soy espafiol. 

— Se le conoce por el acento 

— Aunque mucho lo he perdido. Yo estaba en 
Puebla desde hace diez afios que }legué de mi tierra, 
de donde me trajo un tío mío, que estaba empeñado 

en que yo fuese cura Para esto me zampó en el 

Seminario, en donde me aburría, porque el sacer- 
docio no me seduce. Por eso que, cada vez que te- 
nía ocasión, me fugaba del colegio. Mi tío me man- 4f^; 

daba buscar, me echaban garra, y vuelta a los 
latines! 

— ¿Y en esta última qué pasó? 

— ¡En esta última, en que hubiera querido que me 
la echaran para quitarme de este compromiso, mi 
tío, a lo que parece, no ha querido acordarse de 

mí ! Fugado y a la ventura fui a dar por San Juan 

Tilcomatepec, a tiempo que la «columna» del sefior 
Tenorio «operaba» por allí. Al «toparme» con ella 
me «marcaron» el alto; me examinaron para ver si 
era espía, aunque cualquiera hubiera creído que pa- 
ra ver si llevaba dinero. El sefior Tenorio me vio 
«facha» no vulgar: me habló, le contesté; parece que 
le caí bien; me ordenó incorporarme, y en la noche, 



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158 £. MAQUEO CASTELLANOS 

mientras cenábamos en Tilcomatepec a costillas del 
municipio, me extendió despacho de subteniente en 
su «Estado Mayor» que se componía de Chó Blas, 
únicamente. 

— ¿Pero y esa «acción» tan refiida de San Juan? 

— ¡Quiá! Allí loque hicimos fué cenar, beber, bai- 
lar, todo a costillas de los indios, y al siguiente día 
apoderarnos de los fondos del Ayuntamiento para 
«socorro» de la fuerza, engrosando las filas con quin- 
ce «badulaques» más, y saliendo de allí después de 
haber dejado sembrada la buepa semilla de la revo- 
lución. ... I 

—¡Y tan buena! Sobre todo, que rinde ciento por 
ciento. 

— ¿No le ha referido el señor Tenorio la batalla de 
la Hacienda del Rincón? 

— Sí en la qye derrotaron ustedes a todo un 

Regimiento federal .... 

— ¡De la que escapamos allí! Si le digo a usted que 
hay una suerte decidida para los picaros! Figúrese 
que supimos que, para proteger la Hacienda esa de 
las incursiones de otros «correligionarios» había un 
destamento de diez y ocho dragones mandados por 
un pobre alférez. Mi coronel tuvo un chispazo de 
tantos, porque no hay que negarlo, es hombre de in- 
genio Cortamos por su orden el hilo del teléfono 

y, hecho, le intimamos rendición a la guarnición, ha- 
ciéndole creer que éramos cien, cuando escasos lle- 
gábamos a cincuenta mal armados. El pobre alférez 
pr^untaba todo «atolondrado» que por qué quería- 
mos que se rindiera cuando ya la revolución se ha- 
bía acabado 

— ¿Y qué argüyó Tenorio? 

— Que era de «orden superior» y que, o se ren- 
dían o atacábamos y los pasaríamos a cuchillo. Se 
rindió aquella pequefia fuerza, y ahí tiene usted có- 



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LA RUINA DE LA CASONA 159 ■ "M^ 

mo nos hicimos de dieciocho maussers del Gobier- 
no; de flamantes caballos para casi toda la fuerza, y . ^ '^ 
de algunos miles de duros que se le exigieron a la 
hacienda para socorro de aquélla 

— ¡Parece increíble! 

— Por eso yo pienso «quién con estos ruidos duer- 
me» Aquello no pudo ya pasar desapercibido. 

El administrador de la hacienda se quejó: el alférez 

quiso vengarse, y vino la batalla de «La CJone- 

jera» Nos echaron encima un buen destacamen- 
to de «rurales» y ahí nos tiene usted corriendo más 

que conejos por espacio de ocho días Aquello 

fué ignominioso! Al grado de que, para moralizar a 
la «fuerza» y que no se nos desperdigara, tuvimos, 
el señor Tenorio y yo, que dar la batalla de la «Pal- 
ma Sola.» 

— Pero ¿Ustedes dos nada más? 

— Sí señor, los dos nada más. 

— ¿Y contra cuántos? 

—Contra nuestros dos zarapes, colgados de una 

solitaria palma que había en una barranca Les 

hicimos fuego a discreción, y quedaron clareados 

como pic?iancha8 Y los camaradas creyeron o 

fingieron creer que habíamos derrotado al enemi- 
go. Y como consecuencia de tan notable encuentro 
el señor Tenorio se ascendió a coronel y a mí me 

ascendió a teniente Guárdeme el secreto, señor 

Andrade, porque si mi coronel sabe estas indiscre- 
siones mías, me levanta un falso y me pudro en la 
prisión 

— Pierda cuidado y siga adelante con su relación. 

—¿Después? ¡La mar! ¡Figúrese usted lo que ha- 
ríamos ya en «alta fuerza» ochenta hombres mon- 
tados, es decir, capaces de «sacarle la vuelta» a 
cualquier peligro! ¡Cuando le digo a usted que ni la 
langosta! 



>;^|r 160 E. MAQUEO CASTELLANOS 

— En efecto, deben haber sido ustedes un acridio 
mejor! 

— Y no éramos los únicos por cierto. Hade saber 

usted que, cuando pasamos por el pueblo de Cinco 

Ciénegas, el sefior Tenorio, que gustaba siempre 

de hacer reclame a la causa utilizando para ello mis 

dotes oratorias de seminarista, me recomendó que 

; ';. yo les echara un spichito a los indios del lugar; y 

, . . como yo les perorara sobre que «ya no había más 

tiranías ni más yugos, porque nosotros los había- 

? mos hecho desaparecer,» no faltó un indio atrevido 

■ de aquellos, que me contestara: «Lios yugos ahí es- 

7 ■: táu, sifior jefe Lo que nos quitaron jueron loa 

güeyes » Y era verdad , porque otros camaradas 

que habían pasado antes que nosotros por el pue- 
blo, se habían arreado todas las yuntas. 

— ¡Qué vergüenza! En fin, alguien dijo que los 
pueblos se corrigen en fuerza de devorar sus afren- 
tas y sentir sus vergüenzas! * . I 

— Rodando rodando llegamos a Eramos ya 

como ciento cincuenta La mayor parte a caba- 

' ;' lio, que caballo que veíamos nos lo avaruáhamoa. Ya 

en aquel punto recibió el señor Tenorio orden de 
. ; licenciar a su fuerza. No hacerlo, era declararse 

■ ;; ',. rebelde; pero hacerlo, era perder la chamba. El co- 
ronel, después de consultar con el Estado Mayor, 
aceptó; pero con la condición de que se le entrega- 
rían veinticinco mil machaxxintes (vulgo pesos) para 
<los muchachos. > Hubo sus contestas entre él y el 
Ministro de la Guerra telegráficamente, hasta que 
por fin se conformó con diez mil duros, de los 
que nos repartió el coronel dos mil y se sumió con 
'\í el resto. v | ; 

—No lo tenía mal ganado 

— Lo malo fué que había feria en el pueblo, y en 
ella un peladeritoáe albures al que se fué a jugar el 



, LA RUINA DE LA CASONA 161 

coronel; en la primera noche salió tablas; en la se- 
gunda ganó algo; pero en la tercera lo pelaron^ por 
lo que llevó una escolta, cerró «la partida,» obligó a 
los banqueros a que le devolvieran lo que había per- 
dido, y le entregaran lo más que tenían, llamándo- 
los ladrones y pretendiendo fusilarlos por desobe- 
diencia a una autoridad, por cuanto aquellos se 
resistían a dejarse desplumar, y así se emparejó 
con creces de la pérdida que había sufrido. 

—Entonces a esa hazafla se redujo el asedio 

y toma de la plaza de. . ? 

— ¡Cabal! ¡Pero por su mamacíta, sefior Andrade, 
que no le diga usted nada de esto al coronel, porque 
capaz es de achichinarme a tiros! 

— Pierda cuidado. 

— Nos salimos de. licenciados ya «los mu- 
chachos. > Che Blas, yo y algunos otros oficiales 
que acompañamos más de fuerza que de voluntad 
al sefior Tenorio, y nos fuimos, dizque a descansar 
de la campafia, a una hacienda, de la que es admi- 
nistrador el padre de mi coronel, viejo chapado a la 
antigua, y que ix)r una nada «lo pudre a patadas,» 
indignado de nuestras cosas. Y estando allí, ya 
muy quitados de la pena, recibió el sefior Tenorio 
la orden conminativa de pasar inmediatamente a 
esta capital ' '. 

— ¿Pero no han venido ustedes espontáneamente 
a reclamar el reconocimiento de sus grados? 

— ¡Qué va! ¡Por eso que me esté oliendo la cosa a 
cárcel! ¡Para mí que «nos enfundan!» (por nos guar- 
dan). De ahí el que yo reclame su consejo, sefior 

Andrade Dígame, ¿qué hago para salir de este 

atascadero? 

— ¿Pero para qué demonios se metió usted en él? 

— ¡Eso mismo es lo que yo me digo! Para qué de- 
monios 

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162 E. MAQUEO CASTELLANOS 

» — En fin para fortuna de ustedes, y quién 

sabe cuántos futuros males de la Patria, que tiene 
que ser la padecedoray como puede usted tener la 
s^uridad de que no son ustedes los únicos reden- 
tores suyos de tal cuño, y a ponerse el Gobierno a 
perseguir a todos ya se vería en compromiso, la 

indulgencia tiene que imponerse Vendrá el re- 

gafio y la baja. 

— ¡Pues por mí, que venga cuanto antes! 

A estas alturas de tan larga plática, Tenorio, se- 
guido de Che Blas (a) Bonaparte, llegó a la «Repú- 
blica» echando más chispas que una locomotora en 
noche lóbrega; más temos que un chalán de arra- 
bal, y aventando airado el sombrero teocano, en la 
primera cama que para el caso encontró. | 

— Pero .... ¿qué te pasa? ¿Qué furias son esas? 

— ¿Qué me pasa? ¡Que son unos canallas! ¡Que 
no me quieren reconocer mi grado, y me echan la 
viga dizque por abusador, y me rebajan a capitán! 

— Pues de los males el menor, chico. 

— ¿Sí, eh? Pues se equivocan el chaparrito y su 
Ministro de la Guerra y todos ¡caramba! ¡Ya verán 
si nos dejamos los compañeros y yo! Somos muy 
hombres para no consentir esas injusticias .... 

— ¡Pero Tenorio, por Dios! Si cuando tú te lan- 
zaste ya Madero había subido [ 

— Y sin embargo, algo ayudé 

— Es que no quieren bajar por esa misma esca- 
lera 

— ¡Pues que se cuiden! ¡Yo no me dejo! ¡qué ca- 
ray! Antes me voy con Zapata o con Pascual Oroz- 
co a seguir «la bola> 

— ¡Hombre! ¡Sólo eso te faltaba! ' 

— ¡Pues claro! ¡Contra injusticias, rebeliones! 
¡Contra ingratitudes, balazos! ¡Contra tiranías, le- 
vantamientos! 



- LA RUINA DE LA CASONA 163 

— No hables así ten vergüenza. . . . 

— Lo que tengo son «pantalones.» iO mi grado o 
me pronuncio! 

— ¿Y el patriotismo? <iY los ideales? 

— A mí me sirven para. . . . Ya que estos bandidos 
no aprecian mis méritos, otros los apreciarán 

Andrade se quedó viendo con ojos de profunda 
tristeza, a la par que de mal contenida iracundia, a 
su camarada de ayer, hoy desnaturalizado; a aquel 
producto acabado de dar a luz por la oleada revolu- 
cionaria, que, como el oleaje del mar, deposita en la 
playa a la par del bivalvo nacarino el carapacho va- 
cío, que de ninguna utilidad puede ser. 

¿A dónde iría Tenorio? ¿En qué pararía? ¿Era 
realmente el ejemplar de un nuevo acridio, formi- 
dable en sus mandíbulas, incansable en su devorar, 
insaciable en su estómago, que iba a devastar la na- 
ción? ¿Por qué la idea revolucionaria, sana en sí, 
podía haber servido de levadura para tales fermen- 
tos? ¡Llamarle injusticia a no tolerar la inmorali- 
dad, servicioá a los saqueos, patriotismo al espíritu 
cínico del medro, méritos a los actos vandálicos y 
papel sanitario al patriotismo y los ideales! 

Entretanto Tenorio, bufando como un energúme- 
no y midiendo el cuarto a zancajos de extremo a 
extremo, entre las sonrisas de aprobación del ma- 
yor Che Blas y el azoro del capitán Iñiguez, res- 
pondía a las mentales interrogaciones de Andrade, 
diciendo: 

— ¡Quieran o no quieran, o me dan mi grado, o 
me pronuncio! 









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CAPITULO III 



El insisrne Pinsrarrón 






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Fué un profundo misterio, por algún tiempo, si 
el ameritadísimo coronel Tenorio había conseguido 
que le reconocieran el grado, o si, desahuciado y 
mohino por no haberlo conseguido, se había lanza- 
do de nueva cuenta a la aventura revolucionaria, 
allá en el Sur, con el generalísimo Zapata, o en el 
Norte, con el recién levantado en armas Pascual 
Orozco, pues lo único por de pronto confirmado fué 
que, con la misma rapidez y aun con el mismo im- 
pensado modo con los que había hecho su aparición 
en la casona, por la Noche Buena, había hecho mu- 
tis por los idus de marzo, sin decir adiós a nadie, y 
aun quedando a deber algún piquillo al sefior don 
Eustaquio, por cuenta de inquilinato. 

En cambio, cuando el nuevo Presidente Madero 
tenía ya cuatro meses largos en ejercicio de sus 
funciones, sin que hasta esas fechas se habiera dig- 
nado recibir al tenaz Garaicochea, que por mor de 
perder el tiempo en las presidenciales antesalas, 
había acabado por perder el empleo que por veinte 
años regenteaba en la casa de comercio de X y Z; 



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166 E. MAQUEO CSASTELLANOS 

por aquel entonces, en que el general «irregular» 
don Pascual Orozco, brazo derecho de la revolución 
maderista, se había rebelado contra su antiguo je- 
fe, por cuanto que se había sentido defraudado en 
sus justas codicias de guerrillero, hizo su entrada 
en la casona un nuevo personaje de no insignifican- 
te y sí trascendental papel en esta truculenta nove- 
la con visos de historia. 

El recién llegado lo era el señor don Austreberto 
Pingarrón, según rezaba la cartulina, vulgo tarjeta, 
con la que se anunció al dueño de la casa — «Austre- 
berto Pingarrón.» (Tarjetas al minuto. -$1.00 el 
ciento con sobres. — Malaquías Gamboa. — Portal de 
Mercaderes.) 

¿Que quién era Pigarrón? 

¡Oooohhh! ¡El insigne Pigarrón! 

Moreno, algo pasado de «tueste;» fortachón; de 
cara no muy redonda ni muy larga, pero sí muy 
mal tratada por forúnculos de sospechosa proce- 
dencia; de belfos leporinos; corta cabellera crespa 
y recia; maxilar inferior terminado en aguda punta, 
desenvuelto ademán y voz de barítono comprimario 
que quiere sobresalir en el coro, tenía en su tipo la 
vulgaridad de tantos que, diferentes acaso en el fí- 
sico, son enteramente iguales en el ser moral. 

¡Oh! El insigne Pingarrón! 

Se coló en la casa, solicitando de Barbedillo una 
vivienda «baratoncita.» Y mediante quince dure jos 
la encontró, incrustándose como cuña entre las del 
apreciable Gordillo y la señora de Mandujano. 

Y hasta ella llegaron una cama no tan cualquier 
cosa; un ropero de luna, que gritaba su escapatoria 
del Montepío; dos estantes con libros y papeles; si- 
llas, mecedoras, una «chaise longue» etc., etc. 

— ¡Caaaray! ¡Se las gasta! — Comentó Demóste- 
nes. 






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• LA RUINA DE LA CASONA - 167 

— ¿Quién será?.— Se preguntaron intrigadas las 
siamesas Menchaca. 

¿Quién había de ser sino el insigne Pingarrón? 

— Perdone usted sefior Pingarrón, y no me ta- 
che de curioso, pero es costumbre de la casa el tomar 
ciertos informes .... ¿Quisiera usted darme a co- 
nocer su empleo, profesión o modo honesto de vi- 
vir? ¿Es usted por un si acaso, comerciante? 3; 

— No, sefior; soy filósofo. -■* 

— ¡Ah vamos! Estonces vive usted de sus ren- 
tas.. .. '-^ ". . 

—No, señor; de las ajenas. , vV 

— ¡Ah que usté tan bromista! Pero ¿no tiene 

usted algo propio? V 

— ¡Y tan propio! Eso precisamente ^^ 

— Bueno.. .. pues ya lo sabe usted. Un mes de '> . 

renta en depósito y otro adelantado. ... - 

— Tan lo sé, que he cumplido el requisito. 

— Nó, si no lo decía por eso Se lo recordaba, 

porque como ustedes los filósofos son tan distrai- " 

dos.'' 'Vi',,; 

— Yo filosofo enteramente a la inversa; es decir, * 

sin distracciones. ^:> 

¡Oh! ¡El insigne Pingarrón! 

A la semana escasa era amigo de todos los inqui- 
linos. , ' 

— Si usted viera sefior de Malabehar (al que se 
había encontrado en el zaguán). Si usted viera có- 
mo admiro yo y venero a los abogados! ¡Oh! La jus- , v 
ticia, la ley, el «suum cuique tribuere,> la toga ; 
viril, el hombre que es todo de la verdad, de la razón 

y del derecho! ." 

— Gracias, sefior Pingarrón.. .. pero es que ha- - - 

bemos abogados y abogados Vv . 

— Yo sé bien que usted detesta el «aura sacri fa- 

mini8> ' . ■-■>',:- 



^? ■- 



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168 



E. MAQUEO CASTELLANOS 






— Pames dirá usted 

— Es que yo lo ponía en <genitivo> .... 

— ¡Ah! Vaya 

—¡El abogado! ¡El buen abogado! EJl defensor 
de oprimidos y despojados! «Jus est ars boni et 
equo» I . : 

— <Equi> . . salvo que lo ponga usted en geni- 
tivo. 

— Eso es.... equi, como dijo el otro. Yo aquí, 
donde me ve usted, soy un amigo de la ley, un «le- 
galista» hasta en política. ¡Sí, señor! ¡La ley 

antes que nada! Y así, sin quererlo, somos correli- 
gionarios usted y yo 

¡Oh! ¡El insigne Pingarrón! I 

A los pocos minusos departía amigablemente con 
Paulinita Ventoquipa, a la que, por un estupendo 
milagro, tenía cortada la voluntad al grado que, no 
obstante lo malo de los tiempos, si Pingarrón hu- 
biera querido (es un suponer) echarle un «tope» 
vulgo préstamo de veinte duros, lo habría obtenido 
sin más firma que la propia, y al tipo más bajo de 
interés; tres por ciento mensual. 

— Es usted el modelo de laboriosidad, del arte y de 
la limpieza. ¡Mire usted que crepé! ¡Clásico, verda- 
deramente clásico! Así los he visto en París. ¿Por 
qué envidiar a la industria extranjera si nosotros 
los mexicanos somos tan aptos o más que los ex- 
tranjeros para las artes? 

Paulinita tocada en la fibra más sensible (sólo 
la de su carino a «Tulipán» superaba) y casi a punto 
de estallar al oir alabanzas tantas a sus confeccio- 
nes pilosas, se inflaba de satisfacción dentro del 
prehistórico chai de estambre rojo y toda confusa 
y pubidunda contestaba: 

— Pavor de usted, seflor Pingarrón ' 

— Justicia y nada más. Admiro en usted latradi- 






*^''::.-':-. 



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~ LA RUINA DE LA CASONA 169 

cióa La tradición en estx> de saber arreglar cren- 
chas y guedejas, pues ha de saber usted que yo soy 

un «tradicionalista» ¡Sí, señora! ¡Un tradicio- 

nalista! 

— íQué gusto! ¡Así prueba usted que es un hom- 
bre decente y de valer! 

— Y Paulinita pensaba. — Se los presto, sí que se 
los presto, al tres i)or ciento y con su sola firma! 

En el patio arreglaba Orbezo «las cafias> a unas 
botas de su apreciable consorte, mismas que, en 
fuerza de ser remozadas, ya de cafias, ya de taco- . 
nes, ya de suelas, no tenían de las primitivas nada. 
Y el saludo, con aquella voz de barítono comprima- 
mario, no se hizo esperar. 

— ¡Hola, invicto hijo de Marte! 

Orbezo sentía con aquel saludo, algo como una ;^;:Jv 

clarinada de combate, o hasta como que oteaba el fS v 

olor de la pólvora. v^ 

— Señor Pingarrón .... muy buenos días 

— Bien haya usted que, después de las fatigas de [^ 

.— - , ■-" V:." . 

Belona, se dedica usted, nuevo Mercurio, a dejar > te 

expeditos los coturnos de su consorte 

— Son botas 

—O alígeras sandalias, que todo es lo mismo, v' 

bravo militar que en las luchas por la defensa de la M 

Patria quedó, como el dios Vulcano, inválido. 

— Oh, señor Pingarrón Usted es muy ama- 
ble. ... í ' 

— Admiro a los militares. Amo la gloriosa carre- 
ra ¡Morir por la Patria! ¡Perder por lo menos 

una pierna por ella! ¡Qué gloria! «¡Cedant armes 
togue!» Como dijo el otro. Yo soy de los suyos, se- 
ñor Orbezo ¡Yo soy todo un militarista! So- 
mos pues, «correligionarios» 

¡Oh! ¡El insigne Pingarrón! 

Con las señoritas Menchaca (que no lo pasaban 



■3-r 



170 E. MAQUEO CASTELLANOS 

aún por diferencias de identificación), era realista, 
añorando por Maximiliano; con las Otamendi, casi 
un anarquista; con Chita Garaicochea, burócrata 
furibundo, que echaba pestes contra la gentuza mal 
oliente; con Barbedillo era gobiernista, admirador 
del redentor Madero, apóstol de la Democracia; con 
Gordillo, socialista moderado. Y finalmente, con las 
señoras de Tajonar y Mandujano, por ser algo, era 
«atento.» Aun más, con Chanequito era «misterioso 
conjurado» puesto que allá, en el rincón más estra- 
tégico de la escalera, el empleado por Chayo y An- 
drade para sus coloquios amorosos, le insinuaba en 
voz baja, y preñada de enigmático acento: 

— Ustedes, los luchadores de la prensa, los alti- 
vos gladiadores de la arena periodística, los icono- 
clastas del vestiglo . . . ¡Alerta! ¡Caveant cónsules! 
¡Muy alerta siempre, que el enemigo acecha! .... 

Yo soy de ustedes .... formo en sus filas .... es- 
toy en sus pelotones I 

Chaneque, abrumado al oirse llamar luchador, ar- 
tífice, gladiador, iconoclasta (esto no estaba seguro 
de si era verso o verdad) se sentía compelido a con- 
testar con un aire también de misterio y vaguedad, 
para no dejar traslucir su ignorancia. 

— Gracias .... estoy en ello. . . . Usted es elemen- 
to 

¡Oh, el insigne Pingarrón! I 

Con Andrade, la cosa sucedió a la inversa. A An- 
drade le cayó mal aquel tipo, y por ello que, a las 
primeras de cambio, quisiera saber quién era suje- 
to tal, que con el mismo desparpajo hablaba de la hi- 
potenusa y del misterio de la Santísima Trinidad, 
que de la palomilla de la ropa y de la^ proposiciones 
de Euclides, y le largara por ende, así, a quemarro- 
pa, esta categórica interragación: 



LA RUINA DE LA CASONA 171 

— En resumidas cuentas, sefior Pingarrón, usted 
¿qué es? 

— ¿Yo? ¿Yo? ¡Qué he de ser, hombre! ¡Mexi- 
cano! 

¡Oh, el insigne Pinrarrón! ^ ;í 



* 
* » 



Pingarrón era filósofo, él lo había dicho. No sabía 
'■\ quiénes habían sido sus padres, pero tampoco que- 
ría saber quiénes eran sus hijos, si es que los tenía, 
con lo que quedaba a mano. No sabía a punto fijo dón- 
= de había nacido, pero sí barruntaba en dónde podría 

- morir; supongamos en una asonada o en un asunto 
de intríngulis, con lo que quedaba también a mano. 
Y si el mundo todo no había acabado de fijarse en 
él, culpa era de que el mundo estaba «estupid izado> 
sin culpa suya, ya que por su parte había puesto 
cuanto medio había tenido a mano para distinguir- 

l se. Pingarrón, a diferencia de su colega aquel que 
«sólo sabía que no sabía nada,» sabía bien que él «sa- 
bía mucho pero mucho!> 

De muchacho y en la escuela había intervenido en 

- cierta «pelotera» feroz de un bando contra el otro, 
de los dos en que se dividían los escolapios. Los su- 
yos estaban ya casi derrotados; él los alentó, los 

^ reorganizó, y los condujo a la victoria. Y fué, natu- 
ralmente, el héroe de la jornada; sus cofrades ala- 
baron sus aptitudes estratégicas, y encomiaron sus 
facultades de valor, elogiando su porte marcial, por 
lo que al siguiente día la obsesión de Pingarrón era 
ésta: «No cabe duda de que yo nací para soldado; 
dentro de mi debe haber un héroe.» Razón por la 
que sentó plaza como cadete en la Escuela Militar. 
Y al mes escaso de serlo, se le antojaba ya que 






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172 E. MAQUEO CASTELLANOS 

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• ,H Aníbal, César, Alejandro, Vendóme, Napoleón y Lord 
Wellington le venían «huangos;» es decir inferiores. 
¿Quiénes habían sido ellos? Unos «peleles» pre- 
tenciosos y nada más. Él sí que sería algo muy su- 
prior en la materia 

Y queriendo andarla pronto, de la Academia Mi 
litar pasó al Ejército cuando era aún un imberbe. 
Lo destinaron, a su solicitud, para la campaña del 
Yaqui; tuvo que dormir a campo raso; que mal co- 
mer; que estropearse, y sobre todo, que entendér- 
selas en algún tete a tete desagradable con los in- 
dios, en el que menudearon los balazos .... Y al día 
siguiente concluyó. 

— ¡Con generales como el mío no se puede ir a nin- 
guna parte! ¡Qué falta de táctica y de experiencial 
Aquí no hay modo de hacer nada 

Y se dio de baja. 
A poco andar y de vuelta en México, invitado a 

unas «posadas» caseritas, hubo de cantar la letanía 
y no faltó guasón que le dijera: I 

— Hombre, Pingarroncito . . . . ¡qué bonita voz se 
trae usted! Presea, afinada, extensa. ... I 

— Psché No vale la pena «Dicen» que algo 

canto .... I 

— Tan es así que usted no se nos va sin cantar 
algo 

Pingarrón se «arrancó» con el ineludible «Vorrel 
Moriré» de Tosti, en el que fué aplaud idísimo. Por 
k) que al siguiente día, con azoro de la vecindad en 
que moraba, le amaneció «vocalizando» y le anoche- 
ció ídem. , > 1 

— Y qué opina usted Pingarrón, dadas sus aficio- 
nes - le preguntó algún conocido — ¿Quién es mejor, 
Caruso o Bonci? * I 

Pingarrón se quedó viendo estupefacto a su inter- 
locutor. ¿Aqwel pelma no lo había oído cantar, acaso? 



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LA RUINA DE LA CASONA 173 



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— ¿Caruso? Sí Voz pastosa, pero algo can- "J<¡: 

sada ¿sabe usted? En cuanto a Bonci no lo hace tan : ' 

mal. . , . sostiene bastante pero tiene unos re- f ; 

gistros medios detestables! Yo debuto la semana 

entrante. ':'y^> 

Y en el debut de la entrante semana, el público le -Sis 
dio «entrada> tan morrocotuda al arrancarse con 

aquello de «CJostas las de Levante> que Pinga- 

rrón, «azorrillado» entre bastidores, murmuraba: 

— ¡Estúpidos! ¡Imbéciles! ¡No saben de artel 

Y abandonó el teatro. 
Púsole la necesidad cara de hereje, y entonces, ^ 

para salir del paso, se dedicó al comercio; a la corre- 
duría; es decir al oficio de «coyote» según la gráfica 
designación. «Me parece que ahora sí voy bien» — se 
pensaba -y como de costumbre, no faltó un ocioso 
que le dijera. 

— ¡No cabe duda! Usted tiene facultades 

¿Necker? ¿Morgan? ¿Carnegie? ¿Limantour? ¡Bah! 
Niños de teta. Usaban procedimientos anticuados. 
Eran tardos para el cálculo 

Más el caso fué que, por algún endiablado triquis, , 
si no corre tanto el Corredor, para en la Cárcel. 

— ¡Son esos idiotas envidiosos! No pueden ver a 
uno que les haga sombra .... 

Y a fin de matar el tedio se hizo concurrente a un 
salón de billares. 

Y cogió un taco, y tiró una carambola, y la hizo. 
— ¡Rediósh! ¡Qué carambolaza!-díjole admirado 

el gallego de un tendajón vecino, que estaba de es- 
pectador. 

— No salió mal No salió mal .... 

Pingarrón, convencido incontinenti de que en su 
interior alentaba el mejor billarista del Universo, se 
estuvo toda una semana haciéndole al paño de la me- 






174 E. MAQUEO CASTEULANOS 

sa de billar más sietes que los que puede tener la 
baraja, sin volver a acertar con otra carambola. 

— ¡Qué mesas más infames! ¡Qué «ruedos» más 
malos! ¡Qué tacos tan pésimos! 

Y abandonó el billar. 

Algún amigo que, meses después, se lo encontró 
sentado en una banca de la Alameda, hecho un pa- 
panatas mirando al cielo, no pudo menos de pregun- 
tarle: 

— ¡Ehé, tú, Pingarrón! ¿Qué haces ahí con la 

visual perdida en el espacio? 

— Me lamento de no ser dueño de un aeroplano. 
¡Qué gran aviador sería yo! I 

— ¡Quiá hombre! Ya es hora de que veas para qué 
sirves «Zapatero a tus zapatos» y déjate de be- 
berías. 

Zapatero a tus zapatos! ¡Qué frase más imbécil y 
menos honrada! — se pensó Pingarrón. Por eso, por 
eso es que estamos los mexicanos como estamos! 
Porque no tenemos ni aspiraciones ni la conciencia de 
nuestro valer .... Porque nos conformamos con eso 
de zapaterito a tus zapatos, con raras excepciones, 
como por ejemplo yo, que he sido bueno como mili- 
tar; mejor como tenor; poco mejor como banquero; 
mucho mejor como billarista, e incomparable como 
aviador! I > 

Mas llegaron para Pingarrón los treinta afios sin 
que hubiera hallado su centro de gravedad, y el 
hombre se sintió súbitamente acongojado de no sa- 
ber a ciencia cierta, cuáles eran los zapatos de los 
que debería ser zapatero Quiso su buena estre- 
lla que, cuando aquellas reflexiones lo abrumaban, 
un amigo lo invitara para algún «banquetito»que se 
le daba en el Tívoli a un industrial que había des- 
cubierto un betún nuevo para el calzado; y que al 
dar cuenta el repórter de un diario, con las perso- 



LA RUINA DE LA CASONA 175 

ñas que asistieran a tal ágape, por choteo o con in- 
tención, mencionara entre nombres de acaudala- 
dos y de gentes oficiales al «insigne Pingarrón.» 

Asistió al banquete, y ahí fué donde se reveló. No 
faltaron quienes, sin conocerlo a fondo ni por enci- 
ma, preguntaran a otros tan bien o mejor infor- . 
mados: 

— ¿Usted sabe quién es aquel joven? El <prietito> 
ese que está de jaquet .... 

— ¡Cómo! ¿Pero no lo conoce usted? Es el «insig- 
ne» Pingarrón! 

— i Ah! Con que ese es Pingarrón? 

¡Y ninguno de los dos lo conocía! Pero en tratán- 
dose de alguien calificado de insigne por la prensa, 
era estulticia el ignorar. 

Llegada la hora de los brindis, no faltó quien pro- 
pusiera: «Que hable el señor Pingarrón; que lo sa- 
be hacer tan bien.» (Jamás lo había oído.) Y el co- 
ro respondió: -¡Sí, sí, que hable! 

Pingarrón vio la suya y no se achicó. Estiró bien 
el físico; recorrió con una sonrisa y una protectora 
mirada al auditorio; echó hacia atrás la macaca tes- 
ta; ahuecó la voz de barítono y habló Habló so- 
bre las excelencias del betún como conservador del 
calzado, y especialmente de aquel betún, glorioso 
invento, prodigioso invento, y más que nada, pa- 
triótico invento del señor X. ¡Así se laboraba por el 
país! ¡Así se le engrandecía y se le daba lustre! '^" 
¡Así se hacía Patria, por uno de sus humildes hijos 
que pasaría ala inmortalidad! Y parangonó atina- 
damente las virtudes conservadoras del betún para 
el calzado con las funciones conservadoras de cier- 
tos políticos, echándole una tierna mirada a algún 

Subsecretario conservador que allí estaba Al ^^ : 

día siguiente:. «El Clarín de la Victoria,» órgano se- ¿* 

mi-oficioso, dijo que el insigne Pingarrón se había i^^. 

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176 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



<excedido> en su perorata, al grado que debía cata- 
logársele entre los primeros de los oradores de en- 
jundia. I 

Pingarrón suspiró a pulmón lleno al leer el pe- 
riódico, y se dijo: «¡Por fin, Pingarrón! ¡Ya tienes 
una reputación hecha!» 

¿Demóstenes? ¿Cicerón? ¿Mirabeau? ¿Gambetta? 
Cierto: no habían sido malos oradores; pero no eran 
cosa del otro mundo; ahora ¡ya estaba él en es- 
cena! Y aquella literatura de brindis, insubstan- 
cial, ausente de médula, rispida por venir del órga- 
no vocal de un barítono que lo tenía agarrotado en 
fuerza, acaso, de los tequilas; eructada, más bien 
que dicha, en ampulosos períodos que parecían es- 
tallidos de cohete, fué la palanca empinadora de 
Pingarrón. I 

En aquella misma semana, el industrial betunero 
lo favoreció con un chequecito de a trescientos du- 
ros, que sirvieron a Pingarrón para instalarse en 
la" casa de Barbedillo, y con una carta para el Mi- 
nistro, que le había de servir para su abordaje po- 
lítico. ¡Pingarrón estaba en camino! 

Por eso en aquella noche del día en que incivil- 
mente Andrade le hiciera a boca de jarro la pre- 
gunta aquella de «Y usted, señor Pingarrón, ¿qué 
es?» — Pingarrón, fijado el rumbo, orientada la vo- 
luntad y estudiado y solucionado el problema, se 
contestaba satisfecho al reclinar «la pensadora» en 
la blanda almohada: 

— ¿Qué soy? ¡Yo me lo sé bianl .... ¡Yo nací para 
«político!» 



CAPITULO IV 

Desengaños y dudas v^- 

Por aquel entonces, había llegado a la casona el 
mayor Tajonar, que venía en el uso de una limitadí- 
sima licencia, pues como quiera que la revolución 
del Norte, acaudillada por Pascual Orozco, hubiera 
adquirido muchos elementos, al haberse apoderado 
de Chihuahua, el Gobierno tenía prisa en mandar 
rumbo allá, un grueso contingente de selectas fuer- 
zas, con lujo de artillería, y a las que se había bau- 
tizado con el pomposo nombre de «División del 
Norte.» 

Al llegar Tajonar a su modesta vivienda, se en- 
contró en ella un nuevo huésped; un rollizo «chama- 
co» de casi dos meses de venido al mundo, y que, 
esperando el arribo del padre, se conservaba judío. 
Una vez aquél en México, ya dejaría de serlo, me- 
diante el reglamentario bateo. 

La entrada de aquel rayito de sol en el hogar de 
Tajonar, había sido casi paralela con la de otro, en 
el del enigmático Mandujano, favorecido también 
por la suerte con un Mandujanito, rozagante y dor- 
milón. 

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178 E. MAQUEO CASTELLANOS 

Tal circunstancia había acabado por provocar un 
simpático acercamiento entre las dos madres, que 
se sentían como ligadas por el paralelismo de sus 
vidas. Jóvenes las dos; casadas con aquellos hom- 
bres, a los que imprescindibles deberes hacían de- 
jarlas solas con frecuencia; madres de aquel par 
de pizpiretas rapazuelas, que con sus risas y sus lo- 
cas carreras y sus juegos y sus gracias enjoyaban 
el piso aquel de la casona, y madres ahora de aque- 
llos bebés que parecían mellizos, habían llegado a 
una confusión tal de afectos, que, en muchas oca- 
siones, con las manos enlazadas, silenciosas y ab- 
sortas, se pasaban las horas muertas frente a las 
cunitas, velando el sueño fraternal en que los dos 
bebés dormían a pierna suelta sonriendo con la 
fresca visión de ángeles, a los que, por venirse ellos 
al mundo, acababan de abandonar allá en el cielo.... 

Por eso que, cuando conocedores de tales deta- 
lles Tajonar y Mandujano, los comentaban, casi de 
ambos partiera la idea de encompadrar. 

— Bs lo indicado las circunstancias todas lo 

aconsejan ¿Qué dice usted, amigo Mandujano? 

— Que por mi parte, acepto con todo gusto. 

— Pues por la mía, cerrado el trato, I . - - 

— No se vaya de ligero, que si yo sé bien quién es 
usted, usted acaso no sepa bien quién soy yo, y no 
sea que se arrepienta tarde. 

— Creo que es usted un hombre honrado, y con 
eso tengo lo bastante. 

— Pues como a mí también me parece todo 

un hombre, óigame antes y decida. 

Entonces, el enigmático Mandujano, descorrió de 
un modo brusco para Tajonar todo el misterio 
de los últimos tiempos de su vida ¡Sí, era ver- 
dad! Él era un zapatista, como se lo habían presu- 
mido las Menchaca. A ello, y a un odio africano 



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LA RUINA DE LA CASONA 179 



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contra el Gobierno, lo habían empujado hechos ^^': 

crueles, en los que había sido víctima. Su padre, ::í 

hombre ya de edad, tenía su Zaborciía allá por Jo- . yí 

nacatepec, en Morelos, en la cual trabajaba con un 
hermano de Mandujano, siendo atendidos ambos -Mi 

por una hija del primero, moza que tenía, en sus 
quince años, todo el atractivo de esas flores llenas :^; 

de pompa, que se dan en la tierra caliente. Durante ^^ 

el tiempo de la «dictadura,> mal que bien se había :í¿': 

podido trabajar y aun prosperar. Más tarde ha- 
bía sobrevenido la revolución, y el zapatismo había 
levantado bandera en Morelos. Su padre se ha- 
bía conservado ajeno a todo aquello. Los federales, 
en los primeros tiempos, lo habían respetado; pero ^ 

hasta el risueño bohío habían llegado en infausto ;Í; 

día los <irregulares> de Madero, persiguiendo al v^; 

rebelde Zapata. Exigieron dinero, que se les pudo iS 

dar en la primera vez; que escasamente se les com- í:,- 

pletó en la segunda y que no se pudo entregar en 2, 

la tercera -í^' 

Entonces y en revancha, habían sacrificado des- . 
piadadamente al hermano, so pretexto de que era 
zapatista. Por muchos días su cadáver osciló col- 
gado de la rama de un erMawtícAií, sin que valieran 
ruegos del anciano, que quería darle cristiana se- 
pultura 

Más tarde, el jefe de los «irregulares,* un coro- 
nel, que si no sabía batirse, sí sabía vejar a los in- 
defensos, y que había llegado hasta allá, al frente 
de una chusma, había querido mancillar a la hija, 
en la misma presencia del padre; pero el viejo, ir- 
guiéndose en un gesto épico, había echado mano al 
escondido rifle y había malherido de un balazo al que 
había intentado mancillar su honra en la de aquella 
nubil; justicia heroica que le había valido el haber 
sido a su vez inmolado, y sin que tanto sacrificio 



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180 



E. MAQUEO CASTELLANOS 






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hubiera servido para librar la honra de aquella her- ■ 
manita querida, flor de mon tafia, que había sucum- 
bido al fin, y que, en su desesperación, y no encon- 
trando mejor partido para vengarse y vengar a los \ 
suyos, había sentado plaza de capitana zapatista, ; 
empuñando el 30-30, fajándose en la cintura la ca- 
nana repleta de tiros y cabalgando, más que como 
una amazona o una walkyria, como una cimarrona, 
para dar caza en emboscadas a los odiados irregu- 
lares 

¡Y ahí]había quedado el «bohío> hecho cenizas! ¡Y 
allá las laborcitas abandonadas! ¡Y allá los cadáve- 
ras insepultos de los deudos! ¡Y allá la fortunita 
amasada con tanto ahinco, en tantos años, por el 
pobre viejo! 

— Ahora, señor Tajonar, diga usted si tengo o no 
razón para ser zapatista. ¡Y eran ellos, los maderis- 
tas, los que nos venían''a salvar de la tiranía! ¡Y pa- , 
ra esto tiraron al «viejo» don Porfirio! i 

Tajonar miraba silenciosamente al pobre Mandu- i 
jano, frenético de justa indignación! I 

— ¡Ahora ya lo sabe usted! Usted que es fe- 
deral defensor del Gobierno y que por lo 

tanto puede que sea enemigo mío. Si me denun- 
ciara, mañana estaría yo colgado. ... 

— Yo no delataré nunca a un hombre que se ha ; 
confiado a mí en tales circunstancias .... Por lo de- 
más, Mandujano, yo soy federal, usted lo ha dicho; 

soldado de carrera Y yo defiendo al Gobierno ; 

que el pueblo se ha dado, porque esa es mi jurada 
obligación, y no a los hombres! I 

— Sí también lo sé sé que ustedes son 

distintos. Yo no le diré que santos, porque por allá i 

algunas fechorías han hecho En fin, a mí los ; 

que me la pagarán son los que me la deben! 



LA RUINA DE LA CASONA T : 181 ' ■■ ^^^. 



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Pausa significativa de los dos: reñezión de am- 
bos, y después brusca interpelación de Tajonar: 

— Bueno, compadre; [¿cuándo quiere que sea el 
bautizo? -^ •' : Wí 

Mandujano, mirándolo con admiración preñada 
de gratitud: v. . ; . ^ . 

— Cuando usted lo disponga, compadre 

— ¡Después Dios dirá! Cada uno por su lado, 

y a cumplir cada uno con su deber! ¿No es eso? 

— ¡Cabal! Haga la suerte que no nos topemos por % 
las laderas de Morelos .... 

í Cuando Tajonar se alejó, Mandujano se quedó 
pensando: «¡Si así fueran todos los federales!» — 
Mientras Tajonar se decía:— «¡Tiene razón ese hom- 
bre!» 

A los pocos días tuvo verificativo el doble bateo. 
Aunque en un principio Mandujano se había opues- 
to a que hubiera «bodorrio» sin dar de ello expli- 
cación satisfactoria, que no a todos les había de con- 
fesar sus duelos, tuvo que ceder a los ruegos de 
Tai olla y demás gente alegre del vecindario que en- 
contraron de molde la oportunidad para echar una 
cana al aire. Una vez aquiescente Mandujano, como 
quiera que el salón de baile ya existía, s^ún ha 
quedado visto, y la previsión de Barbedillo había 
hecho que se conservara, en perspectiva de futuras 
fiestas, para dejar listo al tal salón no hubo más 
que desarmar la cama matrimonial de los Tacos, lle- 
vándola con colchón, ropero, chiffonier y sillas a la 
pieza inmediata; correr el cortinón que, derrumba- 
da la antigua mampara de madera hacía oficios de 
ésta, y asear la alfombra. 

Cuando en la noche del caso, ahijados y padrinos 
regresaban de la Iglesia, hubo su respectivo «re- 
bumbio» en el patio de la casona, pues se les recibió 
con gritos y triquis dados y quemados por los Or- 



-^ 












182 



E. MAQUEO CASTELLANOS 






becito, Fermín, Garaicocheíta y sus adláteres de 
otras vecindades, que habían ocurrido atentos, a 
reclamar el «bolo,» que cayó sobre ellos en lluvia de 
centavos. Las personas mayores, con la compostu- 
ra del caso, esperaron aquél reunidas en la sala de 
Barbedillo; por cierto que la avara de la Ventoqui- 
pa, puso mala cara cuando vio que las tarjetas bau- 
tismales, en vez de llevar adherido el tradicional 
décimo de plata, no tenían nada 

— ¡Habrase visto tacaños! — murmuró — no les han 
pegado ni un «quinto» I 

Comenzó el bailoteo y se habría deslizado sin ac- 
cidente, a no haber mediado un «pique» que de días 
atrás venía opacando el cielo de color de afiil de 
aquellos férvidos amores de Chayo Otamedi con Qui- 
ce Andrade. 

Fué el caso que, según Cuca Otamendí, que bien 
que alcahueteaba a Chayo en el fondo, aunque en la 
apariencia y como hermana mayor parecía ignorar- 
lo todo, había observado y hecho observar a la inte- 
resada, que aquella mosca muerta de la «Corchea» 
tocaba a los límites del descoco en sus amatorias 
pretensiones sobre Andrade. La flacucha aquella 
no dejaba nunca de estar pendiente a las horas en 
que llegaba Andrade a la casona, atisbándolo desde 
el corredor a fin de recoger un saludo, al que ella 
contestaba con la más dulce de sus sonrisas. 

— Y eso lo hace la muy sinvergüenza en tus pro- 
pias narices 

— Ya estoy al tanto y voy a poner el remedio .... 
Ya verás! 

— No, y lo peor es que él no lo toma a mal, a lo que 
parece.. .. I í-- * 

— ¿Sí, eh? ¡Pues si cree que va a jugar conmigo, 

se equivoca! ¡Ya me estaba yo dejando «plantar 

ueí* nos!» . 






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LA RUINA DE LA CASONA -v 183 

Y Chayito se miraba de soslayo en el espejo, co- 
mo para asegurarse de que ella era insubstituible, 
mientras Cuca seguía atizando la llama, con la deli- í^ 
berada intención de que Chayo amarrara pronto 
con Andrade, ya que éste, al parecer, estaba en ca- 
mino de llegar a ser algo 

Para no ser menos, en la vivienda Garay se suce- 
día semejante escena entre la anémica intérprete 
de Listz y dé Raff, y la broncínea y pizpireta Tules, 
que sin saberse por qué, y de poco tiempo a aquella 
parte, después de haberse desmejorado algo por 
«tragona,» según el maternal diagnóstico, estaba 
poniéndose ahora rechoncha como una remolacha. 

— Pero si no me quiere, tú Si a la que quiere 

es a Chayo! — decía melancólicamente la pianista a 
Tules. 

— Es que tú eres una «zanguanga» que no le me- 
tes duro para quitárselo. Si a tí te gusta, hazle ga- 
nas recio, y ya verás .... 

— Pero ¿y cómo? - decía la sencillísima «Corchea.» ■ ^ 

— ¿Cómo? ¡Pus como venga! Ingeníate 

— No, eso no es ix)sible .... Ella es muy bonita, y .'^. 

yo soy una flaca descolorida Ella sabe coque- .g^ 

tear, y yo por más que hago no puedo .... -^ 

— ¡Hum ! No te apoques, que si tú llegas a curarte ^^ 

bien, serás mucho más bonita que ella. 

— ¡Y quererlo tanto, Tules! Me gusta tanto con 
su pelo rizado y su bigote rubio y sus ojos garzos .... 
Y además, habla tan bonito! 

¡Y el espontáneo suspiro kilométrico brotaba 
con ímpetus de escape de una locomotora a sobre- 
presión! ' - 

Sucedió en la noche del bateo. Cuando Andrade 
hizo su presentación en el salón, la «Corchea» lo si- ^^: 

guió largo rato con una mirada lánguidamente apa- iS 

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184 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



sionada; por supuesto que el codazo de Cuca Ota- 
mendi a Chayo fué inmediato. 

— ¿Te fijaste, tú? La «canija» esa se lo ha comido 
con los ojos! 

—La muy 

Quiso la desgracia, para más, que a Demóstenes 
se le ocurriera que el baile se mezclara con algo de 
concierto, en cuya iniciativa fué apoyado por Bar- 
bedilloque, como buen aspirante a diputado, (yaca- 
si cuajaba) era adicto a las iniciativas. | 

— ¡Sí, sí! Menchaquita cantará algo, y usted nos 
hará el favor de deleitarnos con unas melodías .... 

Menchaca, siempre consecuente, ya había con- 
sentido en atreverse con algo de «Cavallería Rusti- 
cana;» pero la «Corchea» se resistía como nunca. En- 
tonces Demóstenes, conocedor de su lado flaco, atacó 
estratégicamente : 

— Daría usted un gran placer a Andrade, que es 
tan afecto a la buena música 

— No lo crea usted. No le agradaría la intér- 
prete. 

— ¿Quiere usted ver que sí? Oyes, Quico, ven acá. 
Tú vas a hacer el favor de acompañar a la señorita 
al piano 

— Con positivo gusto. 

Y después del canto de Menchaquita, Andrade 
acompañó hasta el piano a la «Corchea» que, al sen- 
tirse dé bracero con aquél, ya le parecía que esta- 
ba caminando rumbo del altar de nupcias. I 

El incidente puso más de punto a Chayito, que 
llegó al de caramelo cuando Andrade, en justa re- 
compensa a la deferencia de la presunta tísica, se 
lanzó con ella en brazos, en el vértigo del vals. 

Chayo, llevada por Pingarrón, echaba chispas por 
sus ojazos negros de virgen indiana; chispas ante 
las que la «Corchea» bajaba tímidamente los ojos. 



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LA RUINA DE LA CASONA 185 . ^^^ 

tanto por prudencia como para no encontrarse con 
aquellos de Andrade, que ejercían sobre ella la dul- 
ce fascinación de la imposible felicidad. Y él que, 
hombre al fin de carne y hueso, le gustaba el saber- 
se amado inéditamente, no dejaba de flirtear susu- 
rrando al oído de ella alguna que otra descolorida 
galantería, que a ella le parecía frase encantada de 
algún divino poema de enamorados, por lo que se 
sentía a punto de desfallecer entre los brazos del 
amado! 

. Otros ojos había que seguían la escena; los de la 
atrabancada Tules que, a fuerza de miradas quería 
animar a su prima para que pasara el Rubicón aquel. 
Y aun otros más que, con un dejo de indiferente 
tristeza, veían a la «Corchea» en los raudos giros 
del vals, conducida por Andrade: los del imperté- 
rrito Gordillo. 

Casi a boca de jarro, en una de las vueltas que 
daban las parejas, se encontraron las de Enjolrás 
y la «Corchea» con las de Chayo y Pingarrón, y ésta 
última aprovechó para decirle a su compañero. 

— ¿No conoce usted a Rovirosa? Hace versos y me 
enamora 

— ¿Y quién no se ha de sentir enamorado de us- 
ted, criatura, si es usted un ángel? Andrade sintió 
el aletazo; pero disimuló. Mas a poco rato, nuevo 
encuentro y nuevo disparo. 

— ¡Lástima que no conozca usted a Tenorio! ¡Else 
sí es todo un hombre! Me escribió y casi se me 
declara. ..... 

Aquello pasó de la categoría de aletazo a la de es- 
polonazo para Andrade. Más, pensando que el des- 
quite lo tenía a mano, es decir, entre los brazos, 
concluido el vals, siguió de pareja para la siguiente 
pieza con la misma «Corchea,» lo que causó grave 
exasperación en Chayito. 



186 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



Complicaron la cuestión aquellos famosos pon- 
checitos, especialidad de don Taco, que mareaban 
al pinto de la paloma. Como resultado de ellos, allá 
a las doce de la noche, cuando las lenguas estaban 
bastante sueltas y briosos los ánimos, Andrade y 
Chayo se <abordaron> en un danzón. 

— Con que Rovirosa te enamora ¿eh? 

Era aquel Rovirosa funesto, que en la memorable 
noche del 25 de mayo, cuando lo de la renuncia^ lo 
había derrotado en la campaña oratoria callejera. 

—Sí cada vez que puede me manda versos y 

me echa mis flores .... 

— ¿Vas a vivir de versos? 

— Lo mismo que se puede vivir de litigios 

Andrade sintió la puya. A ese tiempo pasaba la 
«Corchea> enlazada a Mandujano, y Chayo no perdió 
la oportunidad. 

— Hay algunas que. . . . ¡caramba! Se pasan de la 
raya 

— ¿LíO dices por esa pobre niña? ¿Estás celosa de 
ella? iNo seas tonta! Yo no te cambiaría por la rei- 
na del mundo I . 

— Es que se carga mucho la ñaca esa. ... 

— ¿Conque también Tenorio te escribió declarán- 
dose? 

— Sí. . . . bueno; tanto como eso, no; pero sí insi- 
nuándose , 

— ¿Y de dónde te escribe ese canalla? 

— ¿Canalla? ¡No lo creas! Ahora sí ya es de veras 
coronel? 

— ¿Quién le dio el grado? 

— Pascual Orozco 

— Es decir que ahora es orozquista. . . . 

— ¡Natural! ¿Qué tiene eso de particular? 

— ¡Y tan natural! ¡Está en carácter! 



LA RUINA DE LA CASONA 187 






Nuevo encuentro entre la «Corcheíta» y nuevo dis- 
paro de Chayo. 

— Se necesita tener muy poca vergüenza para V' 

— iVamos, Chayo! Deja a esa pobre ñifla en paz 

— ¿La vas a defender tú ahora? 

— No; pero me da pena, lástima, no sé qué Se- 
ría feliz con que yo la amara, como yo lo sería con 
que tú me amaras! > jy, 

— Yo no he dejado de quererte ... . 

— Pero te gustan los versos de Rovirosa y los ga- 
lones falsos de Tenorio r 

— Te diré Rovirosa ya gana el dinero bien, co- -;" 

mo empleado de un Banco, y Tenorio debe estarlo t¿i 

ganando todavía más ;^ 

— Pero ¿sabes lo que me estás diciendo, Chayito? ; 

— Eso de ser novia de estudiante toda la vida • '^'■ 

—Chayo, Chayito, por lo que más quieras, no me 
vuelvas a decir tales cosas! . ; tf 

Por fortuna ocurrió un nuevo pase de la desdicha- 
da «Corchea,> en aquel psicológico momento, y el ^ ^ 
tiro no se hizo esperar. 'S¿ 

— ¡Y se hace la sorda la coqueta esa robanovios! 

La «Corcheíta> no quiso seguir apareciendo tími- - 

da; habría querido hablar, decir que ella sí amaba 
de verdad, mientras que Chayo sólo lo hacía de apa- 
riencia y por interés: que ella sí sabía sentir, mien- 
tras que la otra sólo sabía calcular: quién sabe cuán- 
tas cosas habría dicho al haber podido hablar: pero 
no lo pudo hacer y para desahogar su corajina, en -■ 

un mohín de nifia malcriada, sacó la lengua a Cha- ' ,:: 

yo. Ante tamafla osadía, ésta, rápida, tuvo una fra- 
se y una acción. 
. — ¡La muy lépera! 

Y retorció en el flacucho brazo de la «Corchea,* 
un pellizco soberano, que puso fin al sainete, pues 
la obligó a buscar refugio, derrotada, en el materno 



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188 E. MAQUEO CASTELLANOS 

lado, preñados los ojos de lágrimas, y tratando de 
j-^^v; formular una amarga queja: ^ / lo-^ 

|C , — Mamá mamacita .... vamonos, que esa 

— Quita ñifla, que me estás distrayendo To- 
davía es muy temprano para irnos! Conque me de- 
cía usted Pingarrón 

Y Pingarrón siguió su plática, que interrumpía 
con frecuencia la casquivana «Corchea» madre, di- 
ciéndole: ¡Pero qué ocurrencias las de usted. ¡Qué 
simpático se hace usted con esas cosas! .... 

Concluido el danzón aquél, sintió Andrade la ne- 
cesidad de refrescar las fauces secas, acaso porque 
el alma le estaba ardiendo con las ocurrencias de la 
Chayito. Y para hacerlo fuese al comedor, en donde 
se dio de manos a boca con Malabehar, don Taco y 
Chaneque, que malgastaban el tiempo hablando de 
política. 

'\?^\ — Al viejo Díaz lo derrocaron las victoriosas ar- 

; ?/ mas revolucionarias! — decía Barbedillo, que en la 

'j í 7 espectativa de pescar la curul, no dejaba ocasión 

>^^V para alabar a los revolucionarios. 

M>' — Y la opinión que es fuerza invencible que 

se exterioriza en la prensa — agregaba senten- 
ciosamente Chaneque. 'I 

— ¡Ojalá y así hubiera sido! — respondía calmosa- 
mente el letrado. Pero en verdad, no fué así. Habla 
usted, Barbedillo, de armas revolucionarias victo- 
sas, y no hubo una sola batalla formal en que aqué- 
llas vencieran. Y usted habla de opinión, Chaneque, 
que tanto quiere decir como criterio, y esa se encau- 
zó en favor de Madero por obra de pasión, que es 
4^^ algo antagónico. Habla usted de régimen de fuerza, 
|Í y resultó que, a la ^ora de la hora, no había de los 
f^r' treinta mil soldados nominales que constituían el 
;; Eljército, ni veinte mil, con los que dominar a quin- 
¿^ - ce millones de habitantes Y usted de despotis. 



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-V- V 






. J-A RUINA DE LA CASONA 189 

mo, Cuando el déspota, sólo podía haberlo sido 
porque la colectividad lo consentía! ¡Seamos justos, 
antes que nada y siempre justos! .... 

Mediten ustedes si la determinante del triunfo no 
fué alguna fuerza extraña, a la que la revolución sir- 
vió inconscientemente como tal vez sigamos sirvien- 
do los mexicanos todos, si nos empeñamos en no 
abrir los ojos para ver quién es el positivo ene- 
migo. ■ ,v ;< ;,:;-_ 

— ¿Usted que opina de eso, Andrade? 

— ¿Yo? Que el porvenir dirá loque sea cierto 

— Pues espere usted que se confirme lo que di- 
go De aquel son y serán responsables ustedes ¿; 

los jóvenes. Y ¡ay de la Patria si se empeñan en con- . '^t ■ 

fundir la satisfacción personal con el patriotismo! . '_W 

— íNada. . . . que ya apareció el coco de siempre! . ' : 
Con no tenerle miedo ... . 

— Se equivoca usted. Chaneque, que costará siem- - 

pre menos trabajo ser honrados y formales, que ser 
valentones y andar a las vueltas con los más fuertes. -¿¿ 

— ¡Enigmático está usted, mi licenciadito! . í|" 

— ¡Ay amigo Barbedillo! Es que, como dijo el pa- 
dre Hidalgo la lengua guarda el pescuezo. ... 

Parecióle poco un ponche a Andrade, y le atoró a 
dos, ^efilo. Más al minuto de ingerir el líquido su- 
frió una alza tal de temperatura que hubo de salir 
al corredor en busca de fresco. Allí estaban Man- 
dujano, Pingarrón, Menchaquita, Demóstenes y el , 
propio Gordillo, fumando y charlando. ¿Del baile? 
¡Quía! Del tema favorito de todos los mexicanos 
desde el año de 1910, una vez que se reúnen siquie- 
ra tres: de política. 

— ¡Pu .... pues a mí no me la dan ni con chíiiia! 
¡El mangoneo (por el robo) está ahora pepeor que 
aaantes! ¡Qué caray! 

— No, Tafollita, no ... . ¿Que el Gobierno se ha gas- 



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190 



E. MAQUEO CASTELXANOS 



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tado los setenta y dos millones que dejó en las Cajas 
públicas don Porfirio? ¿Y qué, vamos ver? ¿Qué 
hacía, ni para qué servía ese dinero inmovilizado 
criminalmente? ¿Qué se están pidiendo veinte millo- 
nes de pesos más, prestados? ¿Y qué? 

— ¿Cóooomo y qué? Que a ese paso nos arruiiii- 
nan ¡caray! 

—Está usted equivocado. ¡Hay necesidad de mo- 
ver la riqueza pública! ¿Usted qué cree Menchaca? 

—Que yo sólo sé mover la magneta. . . . 

—Pues a ver, Gordillo; él, que tiene que ser eco 
del sentir obrero I 

— ¡Pues yo lo que digo es que todos son lo 

mismo! . I . ' 

— ¡Beeeso! ¡Lo miiiismo de sinveeeergüenzas! 

— ¡Y de canallas! 

— Hombre, señor Mandujano, eso es muy fuer- 
te 

— ¡Tiiiiene razón! ¡caaaaray! ¡Lo único que impe- 
ra hoy es el neeepotismo! 

— La revolución ha sido y es reivindicadora. Lo 
que pasa es que no ha tenido aún tiempo para des- 
arrollar su obra y completarla 

— La revolución ha sido un fraude! - -. . 

— ¡Caaaaray! ¡Pues si completa la obra nos deja 
en cucucueros! . 

— ¡Nada que cada cabeza es un mundo! -Con- 
cluyó sentenciosamente Menchaquita; y como la or- 
questa preludiara un two-step, agregó:— voyme a 
dar unas vueltas con Cuca; la tengo comprometida 
con ella .... 

Chayo continuaba resistiendo para hacer las pa- 
ces con Quico, del que se empeñaba en vengarse 
dándole «picones> que, a su vez, daban por resulta- 
do el que Andrade menudeara los ponches. Y así 
siguió la cosa hasta la madrugada casi, en la que, 



LA RUINA DE LA CASONA 191 

ya en puntos de disolverse la reunión, Mandujano, 
Tajonar y Andrade, «maduros» más que «zazones,» >^ 

habían concluido por romper el «turrón> y confiarse í_ 

sus más recónditas actividades. ' * 

—Pues yo no me «divulgo» pero a mí el que 

me la debe, tiene que pagármela ¿ 

— Te comprendo y te justifico compadre. Pero ' "5: 

¡qué quieres! Para mí, no hay más que el deber . . . . ^ 

— ¡Tú eres una víctima también! Los «irregula- 
res» «rajan» del ejército El Gobierno los alien- 
ta, puesto que los prefiere. Les paga mejor 

— Y por eso está resentido el ejército, que no se f::; 

merece tal trato ¿Tú qué opinas Andrade? 

Andrade ya no opinaba; los ponches se lo impe- *; 

dían, pues le habían hecho un efecto atroz. Veía tres 
Chayos en vez de una; sentía que el cerebro se le 

abría en pedazos que la invencible náusea lo '; 

acorralaba, y que en vez de estómago tenía un hor- 'V 

no de fundición. Y así siguióla cosa cuando, ya • 

tumbado en su cama, quiso conciliar el sueño. ¡Im- 
posible! La irritación, el dolor de cabeza, la sed -W 
inextinguible y las visiones más absurdas no lo de- y, 
jaban dormir. 

Veía a Rovirosa .... ¿Quién era Rovirosa? Un cí- 
nico, un audaz únicamente! Y sin embargo iba ' : 

viento en popa, y después de haberlo derrotado 
ayer en la oratoria, pretendía birlarle hoy a la no- 
via 

Veía a Tenorio Estudiante destripado, falto 

de vergüenza, medrador, embustero, disfrazado 
ahora de revolucionario en aquel carnaval político 
en el que, en diez meses había sido porfirista, ma- 
derista de última hora, como muchos, orozquista 
ahora, y mañana sepa Dios qué cosa! ¡Y ese, su 
amigo, su camarada, su protegido en las estudian- 
tiles arranqueras, se permitía ponerse unos galones 






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Vt^ ; 192 E. MAQUEO CASTELLANOS , . 

''^*\í:- :. ■ . I . ' 

1'.; ;: que no había ganado, y más aún, se permitía tam- 

?» * , bien insinuarse con Chayo! ,: . y. | 

. ; )^ ¿Pues y ésta? Si lo martirizaba sabiendo lo en- 

trañable de su amor; si coqueteaba con aquéllos, 
. • :v ; pues sólo así podían explicarse las libertades de los 

o "' dos; si lo hacía porque Rovirosa ya ganaba dinero y 

hacía versos y porque Tenorio debía estar ya rico 
: •; y era coronel, aunque fuera «de dedo,» y él era sólo 

^i;-: un pobre estudiantejo a la escasa mitad del camino, 

,íí ; ¿6n dónde estaban la sinceridad y la inmensidad de 

su amor? No existían, y éste era una fábula! Cuando 
Chayo pensaba como pensaba y se lo había indica- 
do, a buen seguro que, llegada la ocasión, lo dejaría 
«plantado.» 

Entonces, ¿de qué servía el mérito positivo, el de- 
purado, si iba siempre a la derrota contra el méri- 
to de relumbrón? ¿Qué resultaba de la amistad, ni 
aun la misma fraternal, sino una convencional apa- 
riencia, capaz de ir hasta la traición? ¿Qué del amor 
de las mujeres que en vez de ostentar las azules 
alas de la ilusión, tenía las alas torpes del cálculo? 
En la vigilia desastrosa de la ebriedad que se ale- 
ja para dejar lugar a la mortificación post-alcohóli- 
ca, por el intermedio de un sollozo mal contenido, 
hijo de sus dudas y sus desengaños, la imaginación 
calenturienta de Andrade, en un brinco clownesco, 
pasó a otras bien distintas ideas .... 

Era verdad lo que decía Malabehar. Don Porfi- 
rio, fantasmón de fuerza, dizque apoyado en treinta 
mil ballonetas, había resultado a última hora sin 
ejército con qué sostenerse. El César de ahora iba 
resultando otra desilusión. ¿Sería verdad lo que la 
opinión le achacaba, de que sólo había sido un títere, 
a fin de encender la inacabable guerra civil en Mé- 
xico y sacar así las castañas con la mano del gato? 
¿Cómo podía haberse prestado a tamaña maniobra? 



LA RUINA DE LA CASONA 198 . J^; • 

Í-" '•■ . , ; ---íví:;' " "... 

¿Por qué había triunfado la revolución, si el mi- í^ v ; I 

núsculo ejército de Díaz no había sido realmente :í^ ; 

vwicido? ¿Tan sólo por la opinión? ¡Esa es una fuer- £ 

za tornadiza, que befa hoy lo que mañana admira! ;>:^ {;^| 

Por sí sola no podía haber hecho el derrumbamien- • ^ 

to ¿Sería entonces verdad que había sido el ?^¿ -^ 

«conservantismo,» los «intereses creados» los queha- f^; ; > s 

bían precipitado la abdicación con el espantajo de la ti?' 

intervención americana, amedrentando al viejo cau- ^ ¡>^ 

dillo el San Juan de su apostolado, el millonario Li- ^ ;^ 

mantour? El régimen era despótico, si se quiere; y W i- í" 

sin embargo, aquel despotismo de entonces, jamás 3 ^ 

había armado greyes para lanzarlas contra sus ayer 
partidarios, como hacía el de ahora! 

Hablaba Demóstenes de «mangoneo» y también 
éste era cierto; más que mangoneo, desbarajuste. 
Antes, en los tiempos de Díaz, los «científicos» que % 

eran una docena escasa, tenían acaparados los ne- 
gocios y succionaban por todos sus poros a la pú- 
blica riqueza; pero en cambio, había mucha forma- 
lidad, orden, cuidado en el manejo de los caudales 
oficiales. Ahora el cientificismo era otro; se había 
reducido todavía más, y los caudales se habían eva- 
vorado en una loca danza de millones. Y lo que tan- 
to se había criticado a Díaz, los empréstitos, se 
multiplicaban ahora, no por obra de la necesidad 
como entonces, sino de la malversación. El pudri- 
dero sólo se había removido y cebado, y criaba nue- 
vas moscas de todos colores y tamafios; pero todas 
voraces y contaminadoras, como aquel Barbedillo, 
Tenorio, Pingarrón, y hasta Chaneque! ^* 

El país se transformaba en feudo. Madero había 
predicado la división de los latifundios para crear- ■ 
la pequefia propiedad, y él y los suyos, latifundistas 
de primera categoría, no habían fraccionado ni una 






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pulgada de sus tierras. Había prometido el libre ■ :^ 



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194 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



sufragio, y había impuesto al impopular Pino Suá* 
rez, y ahora mismo ya imponía diputados y sena- 
dores .... Luego tenía razón Mandujano! La revo- 
lución, la magna revolución no había sabido cumplir 

sus promesas al pueblo! Mandujano «zapatista» 

¿Por qué? Porque para él y los suyos, que antes vi- 
vían en paz, allá en sus «laborcitas,» en vez de las 
prometidas reivindicaciones habían habido luto y 
sangre y atropello! Hasta Tajonar, aquel tipo de 
militar limpio y sincero, hecho de una pieza, resul- 
taba agraviado, y al parecer con razón — 

Y en aquella vigilia penosa de Andrade, se bara- 
jaban todos esos personajes y todas esas ideas, co- 
mo en una huracanada racha se entretejen todas 
las nubes que encapotan el cielo ¡Mentira! ¡To- 
do mentira y pura mentira! ¡Farsa, comedia ini- 
cua, ruindad, prostitución, podredumbre! Todo olía 

mal Amor, lealtad, justicia, honradez, verdad, 

patriotismo, honor, vergüenza, todo lo alto y todo 
lo blanco, todo lo santo y todo lo augusto no eran 
más que palabras, palabras y palabras .... Y An- 
drade sentía que, al ir avanzando en el camino de la 
vida, el cieno envolvía ya sus plantas y subía en as- 
cendente marea paulatina. Y pensaba: 

— Dios fué un sabio al crear la criatura humana 
con la forma que le dio. . . . ¡Así siquiera, el cieno a 
lo último q ue llega es a la cabeza! ' 

¿En qué pararía todo aquello? ¿En qué su amor a 
la pérñda Chayito, cada vez más atrayente y seduc- 
tora? ¿En qué sus ideas de revolucionario de inma- 
culada cepa, adorador ferviente de la Patria? Y el 
f u^o del licor evaporado ya, que le quemaba las 
entrafias y subía en llamaradas a su cerebro, le ha- 
cía ver perspectivas de incendio pavoroso en el que 
sucumbían Chayo y la Patria, como si fueran una.... 

— ¡Al que me robe a mi Chayo, lo mato! 



LA RUINA DE IJl CASONA 19& 

Y adormilándose lentamente pensaba: 

—¡No matar por una mujer! ¡No! ¡Matar por 

la Patria. . . . por esa sí! Y todavía mejor ¡mo- 
rir por la Patria! 

Y se veía en las trincheras, luchando, muriendo 
gloriosamente en la brega contra los enemigos de 
la santa nacionalidad, y a su lado Tenorio, redimi- 
do, y como él, sacrificado por la inmensamente jus- 
ta causa ^ 

Vencióle por fin el suefio y fueron de plomo sus 
párpados; y en el suefio pesado del beodo, halló des- 
canso para su trajinado espíritu. 

Al despertar al siguiente día, borradas las visio- 
nes de la víspera, sintió la suprema necesidad de 
ingurgitar líquidos a dosis inauditas, para apagar 
el volcán de su estómago. Y en los horrores de la 
cruda juró y perjuró que jamás volvería a tomar 
una copa de alcohol .... El destino en sus sarcasmos 
le reservaba un siniestro quebrantar de tal jura- 
mento! * 



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CAPITULO V 






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"Tu Quoque Dixiste" 



Por fin, el horizonte parecía irse despejando; la 
incipiente revolucito orosquista, para combatir a 
la cual se había organizado una flamante división, 
había sido fulminantemente yugulada en las bata- 
llas de Rellano, Conejos y Bachimba, sin que por 
un momento el dios Elzito i>areciera haber sonreído 
a las armas del Pascual Oroico, que en un empuje 
brioso habían logrado vencer a las huestes del Gro- 
bierno en el primer Rellano. 

Confiada en un principio la Divisián, a un militar 
pundonoroso pero inexperto, el general Gonzáles 
Salas, la había conducido al desastre, tanto, que di- 
cho jefe, en un bello gesto de samurai jai>onés, se 
había pegado un tiro suicida. ¡Cuántos tiros seme- 
jantes se han cebado después! 

En la segunda ocasión, todo preparativo fué ni- 
mio: se envió prepotente artillería; caballería fo- f^^ 
gueada y no poca infantería. Y al frente de la Di- 
visión, Madero puso al que más tarde habría de ser 
el hombre de sus destinos; a Victoriano Huerta, el 
indio Huerta^ militar obscuro hasta entonces, y al m^^ 



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198 E. MAQUEO CASTELLANOS 



que ]a perspicacia de Díaz nunca quiso hacer so- 
bresalir a más nivel del común. 1 

!v\ Orozco, carente de artillería, escaso de municio- 

nes, que le fueron negadas por la parcialidad del 
Gobierno americano, y falto de buenos tácticos, 
fué barrido por la metralla en un furioso «fuego de 
ráfaga,» y obligado por tres veces consecutivas a 
retroceder, hasta tener, al final, que ir a refugiarse 

$.... detrás de la frontera. 

i^ — A Orozco no lo veeenció Huhuhuerta, sino los 

griiingos, que le quitaron muuuniciones — decía De- 
móstenes, siempre amigo de ir contra el poder. 
— ¡Bah! ¡Esas son consejas! — respondía el «Capu- 

>tl lín» cada vez más gobiernista. Lo que sucede es 

que ahora sí hay Ejército. I 

— Ya, ya veeeerás con el tiiiiempo. Cucucuando 
ellos quiquiquieran que haya reeevolución la habrá. 
Y cucucuando no, no. tCk)n no dejar pasar paaar- 
que! 

En el Sur, Zapata, medio vencido, se defendía 
tenazmente, levantando el lábaro de una nueva re- 
volución, con el «Plan de Ayala,» mal pergefiado en 
su redacción, pero eminentemente libertario en el 
fondo; más concreto y más político que el «Plan de 
San Luis.> Los zapatistas, agarrados a los pefLas- 
cos de las sierras de Morolos, y agazapados entre 
.cañaverales y maniguas, hacían una guerra sin 
cuartel a los federales, que, exacerbados, iban 
usando cada vez de peores represalias. Mandujano 
estaba allá, con los suyos. 

Jn diebus illia, en aquellos días, como dicen los 
Evangelios y los estudiantes versadorea traducen 
por ¡08 indios aquellost traducción que en el caso 
venía de molde por tratarse de la profesora Polan- 
co y de su única reproducción, vulgo hija, la mafio- 
sa Tules, las mismas habían dado tal campanada 



LA RUINA DE LA CASONA 199 

en la casona de la calle de las Moras, que el bronce 
había repercutido en Cantón, siendo las hermanas 
siamesas las más escamadas por el suceso, porque 
señoritas con todo y sus cincuenta y pico, aquello 
no había dejado de causarles rubores, dada su cas- 
tidad y morigeradas costumbres. Narremos el su- 
cedido. :^ 

«Como ya el nuevo Gobierno, al serenarse la at- 
mósfera política, se preocupa honradamente por el 
exacto cumplimiento de las promesas de la Revolu- 
ción redentora, > (texto del editorial de El Nuevo 
OredOy que sino firmaba Chaneque, no tenía empa- 
cho en atribuírselo) en demostración de tal cum- 
plimiento había dispuesto aquél que las escuelas 
oficiales de las Municipalidades como Tacuba, Atz- 
capotzalco, Coyoacán, etc., fueran objeto de una re- 
mozadiUiy a cuyo efecto se habían substituido los 
pisos de ladrillo y madera por otros de cemento; se 
había rasgado alguna que otra ventana y se les ha- 
bía dado su mano de cal a las paredes, con lo que 
sobraba para poder anunciar pomposamente en los 
oficiosos voceros — «Inauguración de una nueva es- 
cuela en Santa Anita.> (Como si lo viejo pudiera 
inaugurarse) copiándose así servilmente la manio- 
bra de los directores de teatro por tandas, que, 
cambiando los títulos de las piezas, dan el timo del 
estreno. :■ ^•■-■•.•■'¿^' ^^ '■■";■■ -■:- 

La escuela que regenteaba la sefiora Polanco ha- 
bía sido de las favorecidas. Se iba <a inaugurar de 
nuevo,» según frase del zumbón Demóstenes. 

Pero ¿acaso había ascendido la Polanco? ¡Paes 
sí sefior! Ya era directora de escuela de «segunda 
clase, foránea,» lo que a ella no le preocupaba gran 
cosa, porque lo perseguido era el sueldo, y no la ca- 
tegoría. 

—¡Y lululuego me dirás que no hay faaavoritismo! 



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200 E. MAQUEO CASTELLANOS 

— decía Demósteiiea a Andrade— Hacer a esta eees- 
túpida india direeectora! 

— Ten en cuenta sus veinte aflos de servicios. 

— Otros taaantos de timo al presupuuuuesto! ¡Y 
si a esa vaaamos, que me hagan director de Ins- 
trucción Púuuublica al Popocateeeepetl! 

Realmente, aquello no era acertado, pensaba An- 
drade. Pero ¡en fin! peccatta minttto; aunque eran 
tantos los peccatta de esa índole que se estaban co- 
metiendo, que ya se necesitaba penitencia para 
ellos. I 

La Polanco estaba tan satisfecha, tan orguUosa 
con aquel brinco, que hasta se había desatendido 
de la pudibunda Tules que, por tra,g<yna^ había esta- 
do tan mala del estómago que lo volvía a cada mo- 



:it^ mentó 



R — Lo que han hecho conmigo es un ato de justicia 
— decía. — No de en balde echa usted los pulmones 
en este Magisterio, de ir regando por doquiera la 
simiente de la palabra, que redime de la iznoran- 

da ¡Tanto tiempo que hemos estado tan mal 

comprendidos nosotros los máiatros, que somos los 
preparadores del p>orvenir! 

— ¡Braaavo por la oradooora del ato/— exclamó 

Demóstenes. 

% Lo que no refería la muy ladina, era cómo se ha- 

■}■ , bía podido hacer de una esquelita, en la que un yu- 

cateco compadecido, casi coterráneo del Ministro, 

'■'■-_ la había recomendado con éste, para el que había 

dado lo mismo hacerla directora de escuela que 

^ darla el premio Nobel! . ,. ííí;^^- , , i ?v^ I; ) - 

Y con motivo de la inauguración de la Escuela, y 
de que se hacía cargo de la Dirección, tal vez con 
asistencia del sefior Ministro, al acto; por lo menos 
con la del Subsecretario, y en último extremo con 
la del Director General de Instrucción Pública, la 



LA RUINA DE LA CASONA 201 

Polanco había puesto en conmoción a toda la caso- 
na, tanto como en angustia a sus bolsillos. Nadie 
había dejado de comentar el ato de justicia, y todos 
sabían que si ella se había comprado un traje y un 
sombrero, a la sencilla y ruborosa Tules le había 
comprado desde corset y medias, hasta guantes, y 
una boa de a cuatro pesos. Pero con lo que traía 
loca a la casona, era con su obsesión de hallar un 
tema para el discurso inaugural que había de pro- 
nunciar en presencia del funcionario oficial que 
presidiera, y con el que esperaba acabar de gran- 
gearse la buena voluntad del Ministerio. 

— Dispense usted, sefior Andrade usted, que 

es tan inteligente y tan amable ¿por qué no me 

da un temita para mi discurso? 

— No lo hallaría a satisfacción, No es mi cuerda 
la PedagogÍA. . . . * ^ - ^^v^ ■ . : 

— Se lo daré yo ¡qué caaaray! 

— Usted todo lo toma a broma, y va usted a salir 
con alguna pe9adez ¡Gomo si lo viera! 

— íNada de eeeso! Formal Le doy un teeema 

seeeno . • . • .-•■'■■.'= i. ■•" - 

— A ver cuál. 

— liiiinfluencia del cacahuaaate en la educaciiión 
nacionaaal ¿Qué le parece? 

— ¡Que es usted un malcriado! 

— Debido a la iiiinñuencia del cacahuaaate en la 
educaciiión. . . . tcaaaray! 

La Polanco ocurrió a Barbedillo, que le dio un 
tema que no fué de su agrado: «Necesidad de la 
ñexibilización de los espíritus, ante el deber de ser- 
vir a la Patria.» ,:; «. 

Ocurrió a Pingarrón, que le recomendó hojeara, 
como él lo hacía para inspirarse, a Tito Livio, cosa 
que la ílamante directora estimó como una tomadu^ 



^m-: 



-m-' 202 



E. MAQUEO CASTEX^LANOS 






'^^^ 






■-V.-. 



ra de pelo; y así, buscando, llegó hasta Malabehar, 
que se excusó atentamente. 

Mas quiso su fortuna que, mientras Garay, que 
cada día estaba más atribulado por mor de la pér- 
dida del empleo y de los regafios de la «C!orchea> 
madre — («¿Ya lo ves? ¡Tú eres un papanatas! ¡Para 
más ha sido tu hermana!») hojeaba el periódico es- 
perando el chocolate matutino, los ojos de la Polan- 
co cayeron sobre un rubro del rotativo, lo que hizo 
que el grito del griego Arquímedes se escapara del 
M^ pecho de la profesora, estentóreo y sobre todo, in- 

^fy tempestivo. ? ^ . I 

ll; — üEurekaü 

^. —¿Qué? .... ¿Qué te pasa? ¿Estás mala?— díjola 

;:^ solícito el extenedor de libros. 

— ¡No. ... no. ... es que por fin lo he encontrado! 

— ¿Pero a quién, mujer? 

— ¿A quién ha de ser? ¡Al tema! > - 

¡Allí estaba, sí! Sugestivo, novedoso, bonito, ma- 

, ' teria para derrochar elocuencia pedag<^ica. «Las 

:y profesoras no deben saber tan sólo preparar a las 

:,%■ educandas para el Magisterio, si que también para 

los deberes de la maternidad» ^ • | - , ^ 

Y la Polanco se encerró incontinenti a escribir 
febrilmente sobre tan fecundo argumento y borro- 
neó cuartillas y apuró el ingenio, y con grave agra- 
; vio de la gramática dio a luz aquel discurso que con- 

ceptuó piramidal. 

Comenzó después la tarea de aprendérselo de me- 
moria. Ella no era una adocenada que fuera a la tri- 
buna con su papelito No, señor, de memoria y 

de cuerito a cuerito como ella sabía ensefiar a las ni- 
' ñas de la escuela su ciencia! ^ ^' I 

Para tal fin leía en alta voz, encerrada en su habi- 
tación en la compafiía de Tules, como sagaz audito- 
rio, para que la hiciera observaciones. La mirada. 



•^^r 



LA RUINA DE LA CASONA 208 

boba al parecer, de la tal Tules con sus ojos de bovino 
manso, seguía atentamente la recitación; pero en 
sus labios parecía retozar una risita mal contenida. 
Lo que ella se pensaba, sólo la muy bribona se lo 
sabía .... 

Llegó por fin el tan ansiado como temido día para 
la profesora, a laque encontró de pie, y dándole una 
última repasada a la magna pieza oratoria mientras 
Tules dormía a pierna suelta. Sonaron las seis de 
la mafiana en el yecino reloj público, y la Polanco, a la 
que parecía que iban a lleg^ar tarde a la ceremonia, 
sacudió enérgicamente en su lecho a la dormilona 
Tules, diciéndole: 

—¡Ándale, hija, que ya son las seis! 

¡Qué si quieres! Tules rezongó; se volvió del otro 
lado, y siguió durmiendo. A las seis y cuarto, nue- 
vo meneo y nueva maniobra de Tules que por fin, a 
eso de las seis y media, con toda parsimonia, sacó 
un pie de debajo de las sábanas, y luego el otro, tras 
de estirarse y bostezar, comenzando a ix>nerse las 
medias nuevas, color de cafia y caladas por más 

sefias. '^ ' T'c ::. "'-^v"' ' - ■;' .'^'t/^i^í-Ei 

A las siete había tomado el chocolate en el lecho, 
y comenzaba a quitarse los cohetes para peinarse. Y 
a las siete y cuarto no concluía aún de hacerlo; por 
lo que la Polanco, nerviosa y excitada, hubo de in- 
tervenir. 

— ¡Pero cuatezona de mis pecados! ¿Acabas o no 
de peinarte? ¿A qué horas vas a vestirte? ¡Mira que 
vamos a llegar retrasadas! 

— ¡Si ya voy mamá! 4;v> 

Resueltamente aquella nifia se había vuelto pesa- 
da y molona. ¡Quién sabe qué le sucedía! 

Las siete y veinte serían cuando Tules, puestas 
ya las botas nuevas de doce botones y toda ella «n- 
óhmada^ remedando su testa una cabeza de bisonte 



204 E. MAQUEO CASTELLANOS 

j^. montaraz, entró a vestirse cerrando herméticamen- 

i^ te la puerta. 

A las siete y media, llamada de la Polanco, que 
. ; „ r llegaba ya a la hiperestesia nerviosa por la impa- 

"ííj^ ' ciencia. 

:/ —¿Qué te sucede, endemontrada? ¿Acabase no? 

v^ ¡Vamos a llegar después del sefior Ministro! 

'^1 — Si ya voy, mamá . . . . 

riv Las siete y cuarenta, y Tules no daba séllales de 

-;^;5 vida. La Polanco, furiosa, se puso a golpear la 

Z\:' puerta. * .■>.»../ • .:^,; ' . ;. I ■ - .•.^" 

— ¡Pero Judas de mis pecados! ¿Qué sucede con- 
tigo? ¡Mira que por ti me van a destituir! 

" ;í — Si ya voy mamá 

r y1: —¡Ya voy, mamá! ¡Ya voy, mamá! ¡Hace una 

•i^, hora que estás con la misma ca7»to2eto y nada! ¿A 

„ A I qué hora piensas salir? 

Un ji ji ji del Uanto ahogado de Tules, respondió 
desde adentro a la profesora. 
* :- — Pero ¡con un demonche! ¿Ahora te pones a Uo^ 

rar? ¿Qué te pasa? Abre ,. . J. vs\ 

■ ;>.: — Si es el corset que no me quiere cerrar .... 

tí' — ¿Cómo que no te quiere cerrar? Es de tu medí- 

,,; > ■ da A ver, abre Te ayudaré | ,. 

— ¡No, no, no, si ya voy ! 

^"^^ Un envite de hombros de la fornida profesora, 

contra la puerta, y el débil pestillo cedió. Y a la vis- 

V-' ta de aquella quedó Tules en pafios mínimos hacien- 

:t do desesperados esfuerzos para que el corset le 

cerrara ¡Y el corset que no cerraba! ¡Y todo 

esto a los quince minutos para las ocho! r 

V v^' — A ver, trae (apretando con ganas el corset 

contra las rollizas carnes de Tules.) | 

— ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay¡ ¡Qué me lastimas! 

- v)-; — Pero y ahora que caigo .... ¿por qué no te 

't* cierra el corset? 



- LA RUINA DE LA CASONA 206 

—Pues eso es lo que yo digo. .. . 

Entonces fué cuando la profesora se dio cabal 
cuenta de aquella artificial gordura de Tules. 

— ¿Qué es esto, arraatradUima? ¿Me quieres de- 
cir qué es esto? 

Y rechinando los dientes, le largó el primer pe- 
llizco de la serie. 

— ¡Luego te lo diré, mamacita! ¡Lu^o! ¡Mira 

que van a dar las ocho! Me pondré el corset vie- 
jo.... -■ : - ^/- ■--• ■ - ■ ■ - ■■*"■-„ 

— ¡Resinvergüenza!.... ¡Póngase lo que quiera!.... 

En dos minutos más y merced al corset viejo, Tuj 
les estuvo lista; y secándose los ojos y polveándose 
los párpados, salió con la autora de sus días, que 
echaba chispas, rumbo a la Plaza de Armas, para to- 
mar el tranvía. ¡Faltaban cinco minutos para las 
ocho! 

Ein el trayecto de la casona al tranvía, no hubo 
novedad; había que disimular; pero una vez instala- 
das en aquél y en marcha el mismo, un nuevo y for- 
midable pellizco hizo garra en uno de los brazos de 
la desdichada Tules que, confiaba en que la manio- 
bra le había salido divinamente y había asido la oca- 
sión por el único cabello, para librarse de una paliaa 
monumental, esperando que en el propio tranvía se- 
ría intocable. 

— / Oandulal — ^le dijo la frenética profesora al dár- 
selo y no encontrando otro adjetivo más detonante. 

— ¡ Ay mamá! Mira que nos ven .... 

— ¿Y qué me importa? ¡Cínica, descarada! 

Y nuevo pellizco al canto, mientras el tranvía se 
deslizaba veloz por las calles de la Metrópoli. Pau- 
sa; meditación; pago del pasaje al conductor, y lue- 
go vuelta a la carga. 

— ¡Ya nos arreglaremos! ¡Si crees que esto se va 
a quedar así, te equivocas, grandísima sinvergüenza! 






206 



E. MAQUEO CASTBLXANOS 






— ^Pero mamá 

— ¡Ya, ya verás! ¡Buena ocasión has escogrido! Me 
has estropeado el discurso ! 

Nuevo pellíECo agarrado a las carnes de Tules, 
por más que ésta, en actitud defensiva, se replega- 
ba en el asiento. 

— ¡Ay, mamá! Qué me vas a hacer gritar 

Pausa, reflexión; el inspector recoge los boletos 
y el tranvía corre rápido por la calzada, rumbo a su 
final destino. 

— ^Y ¿Se puede saber quién es él? 

— Pero mamacita 

— ¡Algún pilguanejo! i Algún desarrapado asque- 
roso! Sí ¡si ya me lo figuro! ¡Manchar así mi fa- 
milia y mi nombre! 

¡Zas! Pellizco mayúsculo, con rechinar de dientes, 
que le dolió doblemente a Tules por aquello de la 
mancha, ya que bien sabía ella que su progenitora 
apenas si llegaba a media hermana de Garaicochea 
y que ella misma, Gertrudis Polanco, era Polanco a 
secas y no seguramente porque el autor de sus días 
no hubiera tenido apellido. 

— ¡Pícara descastada! Dímelo ¿Quién fué ese 

«badulaque?» 

¡Descastada ella, cuando lo que hacía era recono- 
cer la casta! 

—¿Quién fué, dímelo? ¿Quién fué? ' 

Pellizco vigésimo en el acalenturado brazo de 
Tules. 

— ¡Ay! Pues fué 

—¡A ver! ¿quién? ¿quién? 

— ¡El sefior Bonaparte! 

— ¿Qué cosa? ¿Else <indiote> tan puerco y tan 
feo? 

Asentimiento de Tules con un movimiento de ca- 
beza, y coraje mayúsculo de la profesora, a la que le 



Uk RüIKA DB Ul CASONA 207 

parecía inaudito que uno de su propia rasa hubiera 

sido el autor de aquel desaguisado, ¡ün' indio! 

Bien es cierto que ella lo había calificado de «hé- 
roe> y aun le había dicho que sería un honor con- 
, cebir de héroes .... legítimamente, se entiende. 
^ Como en esos momentos el tranvía llegara al pa- 
radero, la profesora no tuyo tiempo más que para 
lanzar a la faz de la atribulada Tules, omitiendo el 
- pellizco, este sonoro adjetivo: 
— ¡Marrana! 

Y en el camino a la escuela decirle en tono de 8u< 
> premo reproche: t 

t — ¡Nada, que me has estropeado el discurso! 

tC En el patio de la blanqueada escuela, la subdirec- 
¡ tora, con las educandas correctamente formadas en 
^ alas, todas con sus albeantes vestidos blancos y 
cruzada en el pecho la indispensable cinta tricolor 
de usanza en tales solemnidades. Y todas tan lle- 
nas de «chinos» y «tirabuzones,» que ahora la cabe- 
za de Tules resultaba modesta en ellos. Allí espe- 
raban a la nueva directora en cuyo honor dieron un 
estruendoso ¡viva! con palmoteos, que afectaron 
aún más a la ya conmovida Polanco que ll^ó casi a 
lágrima furtiva. 

E2n el salón principal de la escuela, sencillo estra- 
do; mesa de la presidencia con su tapete y su tim- 
bre. Los consabidos retratos en cromo litografía 
barata, del padre Hidalgo, de Juárez, y ahora de 
Madero en substitución de Díaz. Sendos haces 
de banderas tricolores, algo desteñidas en las pare- 
des, y enlazados en ellos festones de fresca encina; 
sillas correctamente alineadas; la reglamentaria tri- 
buna y el novel piso de cemento, rezumando aún el 
agua del fraguado y prometiendo reumatismos sur- 
tidos para las surtidas piernas de las escolares. 
A las nueve, tímido telefonazo al Ministerio, inqui- 



■\ r < 



c -r- 



208 G. MAQUEO CASTELLANOS 

riendo «si el sefior Ministro» se dignaría asistir a 
la inauguración, y respuesta altanera del ujier di- 
ciendo que iba a consultar al alto funcionario. 

Y en el ínterin, la Polanco x>ensando en la estro- 
peadura del discurso. ¿Qué hacer? ¿Improvisar 
cambiando el tema? ¡Imposible! Si improvisaba, 
la destitución era enteramente segura, por lo mal 
que lo haría. ¿Largar el discurso aquel? Se la co- 
merían viva, a poco andar, cuando cayeran en la 

cuenta del estado de Tules ¿Qué hacer, Señor, 

quehacer? ' 

Telefonazo del ujier; «que el sefior Ministro ni 
^; * noticias tenía de la tal inauguración y que no asis- 

tiría.» . '•" :• .-.V ._ i . '. ^ .^ 

Desconsuelo inñnito de la Polanco que, de todos 
modos, hubiera querido estar otra vez «a tiro> del 
Ministro. Consulta con la subdirectora; delibera- 
ción rápida, y acuerdo de preguntar, por teléfono 
siempre, «si no concurriría el sefior Subsecretario 
del ramo.» Respuesta al canto, algo descortés: «que 
el sefior subsecretario tiene otras ocupaciones más 
importantes.» 

¿Qué remedio? Pues preguntarle por teléfono al 
Sefior Director General de Instrucción Pública, ha- 
ciéndose las suecas, «si no honraría con su presen- 
cia la inauguración.» — Respuesta atenta (el compa- 
fierismo obliga). — «Que sentía infinito no concurrir, 
por otras atenciones, pero que ya suplicaba al sefior 
;¿.^ Prefecto de la localidad, que lo representara.» 
Jv Y a poco, pregunta del Prefecto, sobre que «a qué 
horas era la inauguración.» Respuesta: «que sólo a 
él se le esperaba.» 
' Y en el ínterin, la Polanco deglutiendo el escabro- 
so problema El ¿qué hago? ¿Improviso o largo 

.': el discurso? ¿Qué cosa escoger entre la silba y el 



- 1 



LA RUINA DE LA CASONA 209 

ridículo? ¡Liástima! ¡Estaba tan novedoso y tan bien 
perf?efiado el speech aquel! 

A los diez minutos, anuncio de que el sefior Pre- 
fecto llega. La modesta orquesta que «ameniza el 
HCto> acaba de afinar a toda prisa y se arranca con 
el Himno Nacional. El sefior Prefecto de «gualdra- 
pa y almartigón,» que hubiera dicho Demóstenes, 
o sea, de levita pasada y sombrero alto, hace su ce- 
remoniosa aparición, acompañado del secretario de 
la Prefectura y del sefior Juez de Letras del lugar. 

Saludo archi-político. Instalación en el estrado; 
mutuas cortesías del Prefecto y de la Directora; vi- 
suales oblicuas de aquél a la Polanco. ' 

«¡Qué mala suerte! ¡Me tocó fea dé remate!» 

Las nifias alineaditas y atentas, esperan la sefial; 
suena el timbre y el acto comienza con un «coro es- 
colar,» que parece coro de ranas croando. 

Entre tanto, Tules, haciéndose la gata mansa, se 
ha acomodado en un rincón del estrado, frente a la 
tribuna. v. .-' 

Concluye el coro: «recitación por la aventajada 
alumna M. M.>, según rezaba el programa. Y lani- 
fia aquella, pizpireta y con ademanes de pugilista, 
se echa de un empujón al coleto la «Oda al Niágara» 
de Heredia, que viene tan a caso como un capítulo 
del «Kempis.» Y luego, otro corito. 

«Discurso oficial por la Directora del plantel» (?) 
sefiora Polanco. Y el asesino timbre suena; y la Po- 
lanco se levanta del asiento; y por lo que oscila, 
cualquiera creería que se consagraba a Baco; es 
que a la infeliz le da vueltas el salón, con todo y 

contenido; las sienes le punzan la sangre se le 

agolpa al corazón .... ¿Qué hará? ¿Improvisará o 
leerá el discurso? Y la marrullera Tules, desde su 
rincón, vulgo burladero, piensa también: «¿Qué va 
a hacer?» 



210 



E. MAQUEO CASTELLANOS 




Entre tanto, la Directora avanza hacia el potro del 
tormento, la tribuna, a la que ve del tamafio de un 
dreadnaugth y luego del de un dedal; y ya allí, toma 
una resolución heroica. «¡Pecho al agua!» desen- 
vaina el sable, o lo que es lo mismo, despliega el pa- 
pel del discurso (para hacer memoria nada más en 
dado caso) y se dice «iTodo, menos la desti- 
tución!» >, ,.' .., , . I 

Y echándose hacia atrás, como si fuera a embes- 
tir, comienza el discurso aquel ¡Maldito te- 
ma! .... «Las profesoras no deben saber tan sólo 
preparar a las educandas para el magisterio, si que 
también para los deberes de la maternidad.» 

En primera ocasión, furtiva e iracunda mirada a 
Tules que, al sentir chocar con la suya la de la au- 
tora de sus noches, baja los ojos como fingiendo 

contrición Primera ausencia de memoria de la 

oradora; apela al papel; pero los renglones le bailan 
una zarabanda feroz, y la Polanco, recordando a Tu- 
les, se dice mentalmente: | 

— ¡La muy bribona! ¡pero que me las paga, 

me las paga! ¡Buena «plancha» me estoy tirando 
por ella! .... 

Tules levanta los ojos de bovino manso hacia la 
oradora, como preguntándole: — «¿De qué me recri- 
minas?» Yo sólo he puesto en práctica el temita .... 

¡Maldito tema! ¿Para qué lo escogería? Y el dis- 
curso interrumpido sigue y la Polanco cree oir algo 
como sardónicas risas y punzantes epigramas .... 
Y a su vez, en cada ocasión que puede, sigue inter- 
calando mentalmente en el texto de aquél: 

—«¡Y con Bonaparte! ¡Con ese indio cuatezón! 
¡Qué «indina!» ¿Bonapartitos a mí? ¡Buena es 
esa!» .... 

Y las furtivas miradas vuelven a cruzarse; nada 
más que ahora la de Tules, envaletonada, se sostie- 



LA RUINA DE LA CASONA 211 

ne audazmente y se queda viendo a la ilustre discu- 
rridora, y como que en sus labios se perfilara una 
sardónica sonrisa 

¡Por fin y casi desfallecida, la Polanco concluye 
la peroración: extenuada como una res capoteada: 
sudando como si estuviera a la pampa en Siria! Re- 
suena la nutrida salva de aplausos (¿se habrán per- 
catado las aventajadas alumnas del temita?) Y el 
señor Prefecto, de pie, felicita calurosamente a la 
oradora. 

— ¡Magnífico! ¡Soberbio el tema! ¡Eso se lla- 
ma modernizar la escuela! ¡Usted sí que ha sabido 
penetrarse de las ideas revolucionarias! 

— Gracias, señor Prefecto Ya la Revolu- 
ción ¿sabe usted? — ¡y la voz se le apaga en la 

garganta, por el nudo aquel que siente! 

Fulgurante y victoriosa mirada de Tules, en cu- 
yos anchos belfos carnosos se dibuja perfectamen- 
te bien una sonrisa preñada de ironía, como en su 
mente, traducida a vulgar romance, repercute la 
frase inmortal del romano: 

— *¡Tu quoque diañste!» 

— ¡Tú lo has dicho! ¡Y no me repeles más, caram- 
ba, que yo lo único que he hecho ha sido ser una 
«alumna aprovechada.» 






A los dos o tres días, alboroto y «tinga> fenomena- 
les en la vivienda de Garaicochea: gritos destem- 
plados de la «Corchea» madre; grave sermoneo de 
Garay; huida momentánea de las cocheítas a la vi- 
vienda de Barbedillo, buscando refugio contra la 
tempestad: interjecciones y epítetos nitrogliceri- 
nados de la profesora, que ha permutado momen- 
táneamente el léxico escolar por el de gachupín de 









m' 









212 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



bodegón; ecos y ruidos de pescozones y ayes y la- 
mentos de Tules .... A poco rato, desaloje rápido: 
las camas y los baúles y los «tiliches» de la Polanco 
y su cría, en impensada emigración rumbo a la ca- 
lle Pregunta indiscreta de Demóstenes, siem- 
pre curioso, formulada desde las alturas de la Re- 
pública: ! 

— ¿Qué suuuucede? ¿Pupupues qué ¿se muuuu- 
dan? .- I ■ 

— Sí Como la directora tiene que vivir en la 

misma escuela. ., . I 

— ¡Ah! .... Vaaaya! .... 

Y detrás de un visillo discreto, las Menchaca 
sister atisbando, y Locha diciéndole a Lucha: 

— ¿Pues no quería que hubiera «hijos de héroe?» 
¡Ahora, que no se queje! 






,J''>^'^- 



V CAPITULO VI 

Las sorpresas de la política 

Las grietas que a la casona había abierto el tem- 
blor de «cuando entró Madero,» apenas si habían 
sido mal encubiertas, quedando señaladas en las 
paredes, con largas lacras decaí recién puesta. En 
más de un «cielo raso> había sendas desgarradu- 
ras, y en la República, o sea en el departamento 
que ocupaban Andrade y socios, había habido que 
poner «puntales,» porque el techo amenazaba con 
desplomarse, siendo aquello «para mientras,» según 
decía don Taco, dando a entender que pronto se le 
harían a la casona reparaciones en toda forma, 
aunque aquel mientras llevaba ya un año y días. 

— iCaaaray! Yo creo que en estas aaaguas se nos 
viene aaabajo y vamos a morir como raaatas. 

¿Orden? ¿Moralidad? Ni por asomo en la casona. 
La gente aquella parecía haberse «chiflado.» El que 
más y el que menos, todos se habían vuelto gasta- 
dores, manirrotos, desvelados, a excepción de aquel 
inimitable Gordillo, que no obstante haber ido para 
arriba en su negocio, seguía colgando de los fierros 
del balcón sus calcetines lexi viados, y comiéndose las 
uñas, por «economía de fiambre,» según nueva frase 



214 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



. ■•'-■ísí.-- 



r^r. 



de Demóstenes. Con decir que hasta las mismas 
Menchaca ya no iban a la misa de ocho, sino a la de 
diez y que Paulinita había doblado la ración de cho- 
colate a «Tulipán,» comprándose un nuevo abrigo 
de estambre rojo, todo queda dicho. | 

Las Otamendi tenían el obrador sin clientela al 
parecer. ¿Era acaso que ya nadie estrenaba? ¿Ha- 
bía muerto la moda? No, sefior, nada de eso; ellas 
lo sabían bien; pero se lo comulgaban, porque les 
gustaba ser «sostenidas» y no dar su brazo o torcer. 
Habían dicho ser revolucionarias y tales seguirían, 
aunque se las cargara Patetas; mas por dentro bufa- 
ban contra la «nueva situación» que las había puesto 
a ellas en una situación peor que nuevas, y así, no 
era raro que a solas sostuvieran diálogos como el 
siguiente: 1 

-(Chayo a Cuca). Lo que priva es el espíritu de 
imitación y nada más .... 

— ¡Claro! ¡Palurdas y «rancheronas» tenían que 
ser estas «empingorotadas» de ahora! 

— No tienen gusto no saben lo que son con- 
fecciones de estilo ¿Dónde se vestía antes la 

Presidenta? ¿Dónde las señoras X y Z? Pues allá 
van ellas, por imitar, para que les tomen el pelo 

— Y entretanto «una,» que debería ser la preferi- 
da por ser «correligionaria,» amolada por falta de 
trabajo! 

Las «amoladas» deveras, eran las pobres oficialas y 
las costureras, que cuando por la «gloriosa» creían 
que iban a tener alza de jornales, lo que habían te- 
nido era rebaja, y seria. ¡Bien que cumplía Madero 
sus promesas! 

Paulinita Ventoquipa, no estaba del todo descon- 
tenta; las «operaciones» habían aumentado, resis- 
tiendo el mismo tipo de interés, levantado desde la 
revolución. Quién sabe por qué, pero como que 



LA RUINA DE LA CASONA . 215 

la gente gastara ahora más que antes, necesitando, 
en consecuencia, del préstamo; y aunque ella, como 
perteneciente a la alta fínanza, sabía bien que mien- 
tras menos reparo pone el cliente en aceptar el alto 
tipo, es más segura señal de falta de pago, se aven- 
turaba y prestaba, con beneplácito del «Tulipán,» 
que por cuanto la duefia estimaba que había pers- 
pectivas de ganancias, le tenía doblada la ración de 
chocolate. 

Orbezo había zampado al mayor de los Orbezito 
en la «Escuela Industrial Militar,» con lo que había 
reducido el gasto del «pipirín;» seguía recibiendo su 
pensioncita, y había conseguido una «chamba;»el po- 
der poner un«changarrito» en el interior de un cuar- 
tel de irregulares, consintiendo, ya sin reparos, en 
que los jefes le llamaran «compañero;» y aunque 
en el negocio iba a medias con el coronel, lo cierto 
era que bien que «le jalaba los pies al muerto.» Como 
consecuencia, Orbezo ya no remendaba los tacones 
de los zapatos de la prole, y aun se daba el lujo de 
ochar sus canas al aire con tal frecuencia, que, en 
más d^ una ocasión, recibió los apercibimientos de 
la señora, ya en forma de regaño, ya en la de ma- 
nazo limpio. 

Pero en donde el disloque había llegado al colmo 
era en los «cantones» Barbedillo y Garaicochea. Don 
Taco, empeñado en ser padre de la Patria, y no 
precisamente por ser padre de algo, ya que Tachita 
no lo había obsequiado hasta entonces con un Bar- 
bedillín, sino por la «posición» y la «influencia,» y los 
negocios que con ellas podría hacer, ni reparaba 
en gastos ni paraba gran cosa el pie en la casa, ni 
dejaba descansar mucho al salón, en fuerza de jol- 
gorios, todo en las agencias de aquella bendita di- 
putación. 
— Tachi (afectuoso, íntimo y conyugal diminutivo 



216 



E. MAQUEO CASTELLANOS 









■ -/:»:■•■ 



que don Taco daba a su consorte), Tachi, ¿pagó ya 
la Mandujano? ..< , > ^j •'■ ; ; 

— Sí, ayer; ya sabes que es muy cumplida. 

— Pues dame ese piquillo: necesito obsequiarle 
un «poncho> baratón, a don Calixto, y un par de are- 
tes de doublé a su hija. 

— Pero, es que con ese dinero iba a pagar la obri- 
ta que se necesita hacer en la República posi- 
tivamente se les está viniendo abajo el techo a los 
muchachos. . .. 

— ¡Que se aguanten un poco! ¡Tú sabes lo que sig- 
nifica don Calixto para mi elección! Necesito tener- 
lo grato 

— Pero es que.. . t 

— Nada, «linda>.... exigencias de la política. ¡Qué 

quieres! No tengas cuidado, que ya cobraremos 

con rédito ¡Qué tal cuando seas ya la señora 

diputada! Ándale, dame ese dinerito ... . I 

Y el dinerito aquel tomaba camino por donde tan- 
tas otras rentas anteriores se habían evaporado. 

— Tachi linda. . . . ¿Ajustaste ya el dinero para la 
contribución de la casa? ■ 

— A duras penas ... 

— ¡Qué diablo! Y el caso es que no puedo de- 
sairar a Herrera Capistrán, que me pidió presta- 
dos cuarenta pesos ¡Imposible! Me lo echaría 

de enemigo 

— No, pues lo que es ese dinero sí que no te lo 

doy No quiero que nos rematen la casa por la 

falta de pago de contribuciones .... | 

— ¡Quiá! ¡Qué nos van a rematar nada con las in- 
fluencias que ahora tengo! Figúrate ¡Se trata 

de Herrera Capistrán, nada menos! Escribiente 
meritorio de la Secretaría particular del Minis- 
tro Me ha ofrecido que él me empuja, y lo ha- 



LA RUINA DE LA CASONA 217 

rá Hay que amarrar la elección, hija Exi- 
gencias de la política ¡qué quieres! 

Y lo de las contribuciones, se lo llevaba Herrera 
Capistrán. 

Eso, fuera de que Barbedillo tenía que gastarse 
un dineral en copas, sandwichs y cuotas para ban- 
queteos y con los amigos de influencias, a los que 
había que cultivar. Pero eso sí; la tenía segura: era 
«negra en tompeate,» es decir, cosa que está hecha. 
¡La propaganda que se estaba haciendo! 

El infeliz Garaicochea, descuajado de sus libros 
.de contabilidad, odiosos pero inolvidables, sobre los 
que había vejetado veinte afios y que en su nostalgia 
veía ahora con sus elegantes y limpios «asientos» es- 
critos con fácil cursiva inglesa y sus apretadas co- 
lumnas de números, todos simétricos, alineaditos, 
parejos, como si fueran pelotones de soldados en 
correcto desfile, estaba cada vez más inconsolable, a 
la inversa de lo que pasaba a su consorte que parecía 
haberse dicho: «a mal tiempo, buena cara.» 

En efecto: mientras él, sin empleo, con cara de 
sordo y en el abatimiento mayor, tenía que vivir del 
Monte Pío y del sablazo, habiendo desfilado ya rum- 
bo al empeño reloj, cadena, fistoles de corbata y aun 
alguna que otra alhajita de la «Corchea» madre, y 
habiendo «macheteado» desde al amigo de cincuenta 
duros, hasta el de veinte reales, ella, la «Corchea,» 
que en unión de Pingarrón estaba empeñada en tra- 
bar relaciones con «les del poder,» a fin dedominar la 
doméstica crisis, admirando y aprovechando el fino 
talento diplomático y las dotes políticas de aquél, ya 
entraba y ya salía y ya volvía a entrar y salir, visi- 
tando quién sabe a cuántos personajes y personajas 
para el logro de sus pretensiones. 

— ¡Ay! ¡Si en vez de ser un pamema como eres y 
de dormirte en la suerte, fueras como Pingarrón! 



y* 



218 E. MAQUEO CASTELLANOS 

Resignado y confuso Garaicochea, callaba pruden- 
temente. 

Mas «las siamesas,» cuando oían aquello, no deja- 
ban de sonreirse, pensando para sus adentros (aun- 
que sin mala intención, que era pecado). 

— Lo peor es que, teniendo ya tres hijos «logradi- 
tos,» aun se conserva la muy «indina,» frescachona 
y guapa! 

¡Para remate de penas, el pobre de Garay a últi- 
mas fechas, tenía una sorda congoja que lo minaba. 
En un colmo de la «bruja» había empeñado el piano de 
su hija....yel plazo estaba corriendo implacablemen- 
te! ¡Y aquella inocente «Corchea,» que no acertaba 
con saber qué era lo que más quería si a Andrade 
que era su vida, o a su piano, que era su alma, se 
quedaría muerta en el propio sitio el día que viera 
al impío usurero venir a llevarse el piano! 

— Para qué diablos — se decía Garaicochea — di oí- 
dos a mi mujer, que hizo que me mordiera el cora- 
zón la víbora de la ambición, y pensara en ser hom- 
bre público, cuando «tan bonito» que me la iba yo 
pasando con mis libros ¡ay! tan limpios, tan elegan- 
tes, tan bien llevados! I 

¿Para qué diablos? Pues porque había nacido, co- 
mo tantos, para obedecer, y muy especialmente pa- 
ra obedecer al eterno femenino, abdicando de todo 
gobierno de sí mismo, desde el día en que llevara al 
altar a aquella su mujercita en la que adoraba con 
culto ciego e irresistible! 

Hasta el mismo Menchaquita lo había tentado el 
demonio del despilfarro, con serio desagrado de sus 
rígidas tías. Como lo habían ascendido y ya ganaba 
más, se gastaba ahora el hombre corbatas de Mar- 
nat, de a tres duros, y zapatos bajos para dejar ver 
unos calcetines de seda que daban el opio; y averi- 
guado estaba que tenía una novia allá, por la Colonia 






. -íí r-. 



v>- • • 



LA RUINA DE LA CASONA 219 

Juárez, «fina lana> y con SUS «fierros» (duros) a la que 
cada domingo enviaba un fresco ramo de flores y 
una caja de bombones finos, en todo lo que, según If 

cálculos de Tafolla, no podía gastarse menos de cin- 
co «trompudos» (duros). 

Nada se diga de la «República,* reducida, desde 
que Tenorio había levantado el vuelo de nueva cuen- 
ta, a tres inquilinos: Andrade, Tafolla y Chaneque. 

Aunque de los tres el más humilde tenía que ser 
Quico atenido para sus gastos a las modestas remi- 
siones que desde Zacatecas le hacía el curita su her- 
mano, como sus exigencias habían ido creciendo con 
el tiempo y la condición, para «emparejarse» en los 
gastos él tenía sus «buscas,» entre ellas el traba- 
jar en calidad de barrilete en el bufete del propio Mala- 
behar. Aquella Chayo, que le tenía cortada la volun- 
tad, no lo habría de ver nunca sucio ni derrotado ni 
faltándole los domingos tostones para llevarla al Ci- 
ne. Por fortuna las cosas iban cambiando favora- 
blemente para él; ya ahora no era en la de Jurispru- 
dencia un desconocido ni un vulgar, porque en los 
últimos exámenes se había «colgado» sus tres M. B. 
en t>bdas las asignaturas, y los elogios a su inteligen- 
cia, ya su maneradeser,menudeabanyconcluíanpor 
llegar hasta la Chayito, revelándole que él no era un 
cualquiera. 

«¿Andrade? ¡Oh! ¡Sería un abogadazol* Si al- 
go llegaba a ser, lo sería por su amor y para su amor, 
porque era ella su ninfa Egeria. Más tarde, cuando 
la atmósfera política se serenara, cuando los ánimos 
volvieran al equilibrio, consumadas las conquistas 
de las libertades, y la Patria tuviera que ser servi- 
da por hombres de conciencia honrada, de acrisola- 
da buena fe, de intrínseco valer, allá iría él a la con- 
quista de los más altos puestos, para venir después 



' i .. 



220 E. MAQUEO CASTELLANOS 

a depositar el botín de esa conquista a los pies de 
elia, como su más rendido esclavo 

Lo malo era que, mientras él soñaba así, ella, cada 
vez más egoísta en sus criterios, se decía: — «Sí . . . . 
sí..., muy inteligente, muy ilustrado y muy to- 
do pero muy pobre! ¿Llegará a ser rico? ¿Cuán- 
do? ¡Cuando San Juan baje el dedol» 

Lo curioso era ver cómo el«revo!ucionarismo>de 
Andrade se había ido depurando e intensificando. 
Confesándoselo, en su fuero íntimo, para no sufrir 
la vergüenza de que se le echara en cara, que la re 
volución no había sido más que una tosca maniobra 
de «quítate tú para que me ponga yo,» en vez de sen- 
tirse desalentado se enardecía tesonero, pensando 
que, puesto que ahora habían falseado los principios 
y esterilizado la obra aquellos que debían haberlos 
sacado avante, otros entre los que acaso él contaría, 
salvarían aquéllos y consumarían ésta; y con fe de 
vidente y alta siempre el alma en su amor para la 
Patria y su culto por la razón y su idolatría para 
la justicia, se decía: ' I 

— «¡Los verdaderos redentores vendrán! .... ¡Tie- 
nen que venir! .... ¡Han de venir!» 

Chaneque, con los dineros de la «beca» y su sueldo 
del periódico, completaba cada mes sus ciento vein- 
te «águilas,» con las que se daba vida de príncipe; y a 
no haberlo ligado afectos y más que ellos, miedo de 
navegar por sí sólo en aquel mar revuelto de la vida 
He entonces, posible es que hubiera abandonado la 
casona, en busca de mejor nido; al no haberlo hecho, 
sí se gastaba en cambio muy buenos «níqueles» en 
chocolates, en los cafés de moda, y hasta en opíparas 
cenas, los sábados, en el mejor restaurant, después 
de haber asistido a la tanda de estreno del Princi- 
pal. Y no se cuente lo que se gastaba en trajes: ca- 
da mes uno nuevo. 



-•■s 



LA RUINA DE LA CASONA 221 






— Coooomo es tan f eeeo, — decía el envidioso de Ta- 
folla — a fuerza de traaapos nuevos quiere disimu- 
larlo. "•;^ 

También Tafolla, por espíritu acaso de imitación, :<: 

se había vuelto un sí es no es manirroto. Cuando la /^ 

«fuácata,» vulgo arranquera, lo apuraba, allá iban las 
suplicatorias cartitas y aun telegramas a Indé, pi- 
diendo platas; y de allá venía siempre un oportuno ^{ 
gi rito postal, con la paterna recomendación de que 
íuera económico, porque «las cosas andaban mal:> 
había mucho robo de ganado, los campos no se ha- 
bían podido sembrar todos por falta de seguridades, 
y más que nada, las contribuciones habían subido 
mucho. 

— ¡Miiiiratú, para lo que ha servido tu revoluuuu- 
ción! argumentaba a Andrade, enseñándole la carta. 

Lo más invariable de la casona eran las consortes 
Mandujano y Tajonar. Siempre encerradas en sus 
«cantones,» siempre tristes, devorando en el aisla- .3 

miento algo como una viudez postiza, con la audacia 
de sus respectivos maridos. De guarnición el uno ^ 

en el Norte, en donde el fuego de la revolución oroz- 
quistaera un rescoldo; y el otro ¡vayan uste- 
des a saber dónde andaría el otro! Sólo se sabía de 
él que estaba vivo. Aquel par de mujeres parecía 
simbolizar, representar mejor dicho, los dos ele- • 

mentos antagónicos, únicos que, en la gran comedia 
nacional, entre el falaz regocijo y la fingida satis- 
facción que el que quiere ocultar penas o las prevé, 
busca vivir, jugaban a conciencia sus papeles, co- 
mo lo hacían «ellos,» los maridos, luchando el uno y 
por el afianzamiento del orden y el poder; bregando 
el otro i)or la reivindicación de la tierra y el derro- ' 
camiento de un poder que lo había defraudado en 
sus más legítimas esperanzas! 

Así las cosas y cuando la atmósfera de la casona > 






t\f 



222 E. MAQUEO CASTELLANOS | 

estaba a la vez prefiada de dudas por el porvenir y 
de recelos por el presente mismo, el tiempo para 
las elecciones de diputados se había ido acercando, 
y con esta cercanía, la nerviosidad de Barbedijlo 
había llegado casi a baile de San Vito. f 

— ¡La campaña democrática va a ser refiidísima, 
amigo TafoUa! ¡Por primera vez vamos a tener su- 
fragio libre! 

— ¡Suuuufragio! ¡Pero usted que como ex-Jeee- 
fe Político, sabe bien eso, está usted creeeeyendo 
que la Virgeeeen le habla cucucuando ni le par- 
padea? 

— ¿Sí, eh? Según eso, usted cree que yo no me 
adjudico mi curulita I • ■ 

— ¡Se la adjuuuudicará el que el Goooobierno 
quiera! , I 

— Jé la verdad es que tiene razón el sefior 

Tafolla. Dicen que el Gobieno está metiendo mano 
— observó Garay que a fuerza de aspirar sin conse- 
guir, estaba volviéndose escéptico en política. 

— ¡Y eso es lo natural! Ustedes lo comprende- 
rán .... El Gobierno necesita allí adictos, amigos, 
servidores .... ¡Exigencias de la política! Y por eso 
que indirectamente influya en las elecciones ¿saben 
ustedes? pero dejando un «amplio margen» de li- 
bertad. Por eso yo, que soy conocedor, me he pues- 
to a las incondicionales órdenes del Ministro X y 
del Ministro Z, y de los demás Ministros. ¡Qué 
quieren ustedes! Exigencias de la política .... La 
disciplina antes que nada; eso es virtud cívica y 
lealtad para con la Patria! 

— ¿Peeero y entonces el suuuufragio libre? 

— Bueno, Demostenitos .... Usted es aún muy jo- 
ven e inexperto por lo tanto, y no puede darse cuen- 
ta de que la política es así. ' I 

— Lo que es desagradable es que el clero se <in- 



'tj 



LA RUINA DE LA CASONA 223 

." \ ' 

miscuya>. . . . —observó Pingarrón terciando en la 
plática. 

— ¡Naturalmente! Yo no lo dejaría tomar parte 
en eso. ... i . . - 

— ¿Pupupues y la libertad del vooooto? 

— Es que eso no es conveniente, TafoUita. 

— ¡Seguro! ¿Acaso para eso luchamos en el 57? 

— ¡Caaaray! Entooonces la democracia no es para 
tooodos 

— Es que ustad se está volviendo reaccionario. 

— ¡Casi monárquico! 

— ¡Naaatural, caaaray! ¡Siquiera ellos le llaman 
al pan paaan y al vino viiiino! ¡No dan gaaato por 
lieeebre! 

— Y si la pregunta no es indiscreta; ¿Se pue- 
de saber por qué Distrito se postula usted, señor 
BarbedUlo? ;, 

— ¿Pero no lo sabe usted? ¿No ha visto mis actas 
de postulación, subscritas por los Clubes «Sufra- 
gio Verdad,* «Ponciano Arriaga,» «Tomás Mejía,> ' . 
«Melchor Ocampo,> «Teodosio Lares» y otros, pu- 
blicadas en «El Nuevo Credo» y otros diarios? 

— No. . . . Leo poco la prensa. 

— Pues por el Distrito de G. 

— ¡Ah, vaya! — Y en los labios de Pingarrón dibu- 
jóse una mefistofélica sonrisa. • ■> -;»'; 

— Ooooiga don Taco: es una hereeejía eso de re- ¿y 

vooolver confites con cooolación en los Clubes .... 
Poner juntos a Arriaga y a Ocaaampo, a Lares y 
a Meeeejía, no tiene «cuaaate.» ¡Liberales y Mooo- 
chos!.. .. 

— ¡Bah, Demostenitos! Usted es un joven aún 
inexperto en política, y no sabe por eso que en esta 
hay que cohonestar . . .. Cohoneste usted, cohones- 
te siempre, y el resultado será seguro *^ 

El día anterior al de las elecciones, Barbedillo ya 



¥K.- 



m. 



:'■%' 



224 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



no pudo más, y como lo había hecho en los días de 
la propaganda electoral, lió la maleta y tomó el por- 
tante o séase el tren rumbo a su Distrito electoral, 
no sin decirle antes a su aflicta consorte. (Aflicta 
por aquello de los gastos.) ' ' • v 

— ¡Ahora sí va de veras! Mañana recibirás un te- 
legramita, dándote cuenta de mi triunfo, con las 
palabras que dijo Napoleón en las Pirámides: «Fine 
vidy vince. — ^Vi Barbe.> Y si cuando regrese ves 
que vuelvo en carretela abierta ¡No vaciles y ti- 
ra por el balcón, pero tíralos de veras, todos los tili- 
ches que tengas, que ya habrá para comprar nue- 
vos! ¡La posición que voy a ocupar lo exige así! ; 

En cambio, Pingarrón se quedó en casa, hojean- 
do probablemente a Tito Livio. I 

¡Las sorpresas que en «materias» políticas hubo 
en los dos siguientes días para la casona! | 

En el de las elecciones, al buen temprano se en- 
contraron Garay, Andrade y Orbezo en el patio de 
la casa, siendo notorio el contraste de las actitudes, 
pues mientras el primero estaba contento como 
unas Pascuas y enfundado en la antigualla levita 
pasada que tenía, •oliente a creolina para evitar la 
palomilla, el segundo estaba taciturno, y el tercero 
como siempre, «listo para todo servicio.» 

— ¿Dónde tan de mañana y de tiros largos, señor 
Garay? I,: ^ 

— ¡Nada, viejecitos! ¡Que parece que ahora sí 
cuajó! 

— ¿Cómo es eso? — ¿Pues de qué se trata? 

— Mire (enseñando una carta) ¡Del Ministro! 

¡Me llama y con urgencia! 

— ¡Hombre! Que sea para bien ' 

— Gracias, coronel digo, mayorcito. ¿Y usted 

dónde va? 



ii*i. 



LA RUINA DE LA CASONA 225 

— ¿Yo? A cumplir con el deber. A votar en la« 
elecciones. '■'■■ 

— Así se hace, señor Orbezo — díjole Andrade. 

— ¡Es que no voy yo sino me llevan La consig- 
na! Todos los «retirados» y de clases pasivas tene- 
mos que presentarnos a votar; y topara con que fue- 
ra a una sola casilla. . . . ¡Pero ha de ser en las más 
que podamos! 

— ¡Bah! ¡Los mismos «enjuagues» de antes! 

— ¿Y usted dónde va, señor Andrade? 

— ¡Pues .... a eso también! Soy escrutador 

en un colegio electoral. 

— Ujum Ya está usted entonces entrando en 

funciones.... ,■;;•:: 

— ¡Y mejor quisiera salir! •.. 

— ¿Por qué? Así es que como se empieza " 

— Es que, hay funciones de funciones, y esta no 
es de mi agrado . ... . 



» 
* * 



¿.Hubo desórdenes, tiros, estacazos, verba cálida 
siquiera en las susodichas elecciones? Pues no, se- 
ñor, no los hubo. El sufragio efectivo brilló por su 
ausencia: el Gobierno trampeó de lo lindo en algu- 
nas partes, las más, y en otras lo trampearon. Y 
tutu contenti. 

A medio día cabal, Tachi, que había estado toda 
la mañana más inquieta que hormiga antes de agua- 
cero, dio el primer grito del día a Filo: 

— ¡Filooo! ¿No han traído un telegrama pa- 
ra mí? 

— No s inora v 

— Pues está pendiente, porque debe venir. ;„ 
A las dos de la tarde llegó Garay cabizbajo, cari- : 

1^ . 



224 £. MAQUEO CASTELLANOS 

no pudo más, y como lo había hecho en los días de 
la propaganda electoral, lió la maleta y tomó el por- 
tante o séase el tren rumbo a su Distrito electoral, 
no sin decirle antes a su aflicta consorte. (Aflicta 
por aquello de los gastos.) 

— ¡Ahora sí va de veras! Mafiana recibirás un te- 
legramita, dándote cuenta de mi triunfo, con las 
palabras que dijo Napoleón en las Pirámides: « Vine 
vidy vince.—Tu Barbe.> Y si cuando regrese ves 
que vuelvo en carretela abierta ¡No vaciles y ti- 
ra por el balcón, x>ero tíralos de veras, todos los tili- 
ches que tengas, qué ya habrá para comprar nue- 
vos! ¡La posición que voy a ocupar lo exige así! 

En cambio, Pingarrón se quedó en casa, hojean- 
do probablemente a Tito Livio. 

¡Las sorpresas que en «materias» políticas hubo 
en los dos siguientes días para la casona! 

En el de las elecciones, al buen temprano se en- 
contraron Garay, Andrade y Orbezo en el patio de 
la casa, siendo notorio el contraste de las actitudes, 
pues mientras el primero estaba contento como 
unas Pascuas y enfundado en la antigualla levita 
pasada que tenía, oliente a creolina para evitar la 
palomilla, el segundo estaba taciturno, y el tercero 
como siempre, «listo para todo servicio.» 

— ¿Dónde tan de mafiana y de tiros largos, sefior 
Garay? 

— ¡Nada, viejecitos! ¡Que parece que ahora sí 
cuajó! 

— ¿Cómo es eso? — ¿Pues de qué se trata? 

— Mire (ensefiando una carta) ¡Del Ministro! 

¡Me llama y con urgencia! 

— ¡Hombre! Que sea para bien 

— Gracias, coronel digo, mayorcito. ¿Y usted 

dónde va? 



•;«••■. 



LA RUINA DE LA CASONA U 225 

— ¿Yo? A cumplir con el deber. A votar en las 
elecciones. 

— Así se hace, señor Orbezo — díjole Andrade. 

— ¡Es que no voy yo sino me llevan La. consig- 
na! Todos los «retirados» y de clases pasivas tene- 
mos que presentarnos a votar; y topara con que fue- 
ra a una sola casilla ¡Pero ha de ser en las más 

que podamos! 

— ¡Bah! ¡Los mismos «enjuagues» de antes! 

— ¿Y usted dónde va, señor Andrade? 

— ¡Pues .... a eso también! Soy escrutador 

en un colegio electoral. 

— üjum Ya está usted entonces entrando en 

funciones.... - ;. 

— ¡Y mejor quisiera salir! 

— ¿Por qué? Así es que como se empieza 

— Es que, hay funciones de funciones, y esta no 
es de mi agrado. . .. 



* 
* * 



¿Hubo desórdenes, tiros, estacazos, verba cálida 
siquiera en las susodichas elecciones? Pues no, se- 
llor, no los hubo. El sufragio efectivo brilló por su 
ausencia: el Gobierno trampeó de lo lindo en algu- 
nas partes, las más, y en otras lo trampearon. Y 
tutu contenti. 

A medio día cabal, Tachi, que había estado toda 
la mañana más inquieta que hormiga antes de agua- 
cero, dio el primer grito del día a Filo: 

— ¡Filooo! ¿No han traído un telegrama pa- 
ra mí? > ; 

— No siñora - 

— Pues está pendiente, porque debe venir. 

A las dos de la tarde llegó Garay cabizbajo, cari- 

15 









§ 226 E. MAQUEO CASTELLANOS 

..- ^. acontecido y encorvado bajo la levita cruzada que 

5j parecía pesarle más que una dalmática! Mal comió 

e incontinenti, se encerró con la Corchea madre en 
un largo conciliábulo. - I : • • 

A las dos y media llegó Menchaquita, cuando Ta- 
chi llevaba ya la media docena de gritos a Pilo, con 
la consabida pregunta del telegrama, obteniendo la 
perenne respuesta negativa. 

Menchaquita venía con retraso de la Central de 
Telégrafos, en busca del bodrio. ¡Habían tenido 
que dar y recibir tantos telegramas, como día de 
elecciones! Eso no obstante, y a pesar de que debía 
estar allá de regreso a las tres de la tarde, en vez 
de dirigirse a su «cantón» se encaminó para el de 
Pingarrón, a cuya puerta llamó discretamente: 

—Usted me perdonará si importuno, señor Pin- : 
garrón. ... I 

— De nada, sefior Menchaca adelante, y díga- 
me en qué puedo servirle. 

— Gracias muchas gracias .... es que quería 

darle una buena noticia Yo creo que en el caso 

no se viola el secreto de la oficina 

— ¿Qué es ello? Usted dirá. 

— Pues que he «oído pasar» su nombre entre los 
de los nuevos diputados, y he querido avisarle, dán- 
dole mis cordiales felicitaciones .... i 

— Pero ¿qué dice usted? (fingiendo extrañeza). 
¿Yo electo diputado? 

— ¡Sí, señor! No me cabe duda. Oí el nombre per- 
fectamente. I 

— Eso es una broma de usted 

— No me creería autorizado para gastar con usted 
bromas, ni menos de esas. 

— Pues .... no puedo atinar Gracias mil por 

el aviso, pero desconfío de la veracidad Yo no 

me he postulado ni soy conocido por allá, ni tengo 



■ - : .-- ■ ^ ■ ' -r ^^■ 

LA RUINA DE LA CASONA 227 

grandes influencias ¡En ñn! Vaya usted a sa- 
ber si el Gobierno necesita de uno 

Bajaba Menchaquita la escalera del tercero, rum- 
bo a su vivienda, cuando le salió al paso Tachi, pre- 
guntándole: 

— Oiga, Menchaca ¿No sabe usted si llegó a ■ 

la oficina algún telegrama para mí? 



¡Imposible saberlo, Tachita! ¡Llegan tantos!. 



— Es que era de Barbedillo .... Quedó en que me 
avisaría su triunfo electoral, y nada todavía. . . . 

— Acaso más tarde venga .... pero usted esté sin 
cuidado, que esa, como dice él, es «negra en tom- 
peate.» 

— Así lo creo, porque cuidado si se ha gastado el 

hombre un dineral Sería una inconsecuencia 

que después de tanto regalo a todos no lo eligie- 

A las seis de la tarde llegó Quico, agobiado, ren- 
dido, y de un humor de los demonios; y como en 
ocasiones semejantes lo hacía, se tumbó en la cama 
y clavó la «visual> en las apuntaladas vigas de la. 
República. Chaneque y Démostenos ya lo espera- 
ban para cenar. 

— ¿Qué hubo, viejo? ¿Qué tal estuvo la lucha elec- 
toral? 

— Psché.... 

— ¿No hubo boooleas siquiera? (puñetazos). 

— Psché 

— Muchos votantes ¿eh? Mucho entusiasmo 

iOh! ¡Esto marcha la democracia se abre paso . 

y el pueblo elige! 

— Psché 

— Se me haaace que todo fué cooomedia como cu- 
cucuando la Dictadura 

Andrade callaba. Aquello había sido, en efecto, 
un vil remedo de otros tiempos. Habían votado una 



■í.' 



228 



E. MAQUE» CASTELLANOS 



V ' 



docena de gendarmes y otra de soldados, todos ellos 
vestidos de paisanos. ¡Democracia! ¡Pueblo eligien- 
do! .... ¡Buenos estaban ellos! | 

— Vamonos a cenar Es lo mejor que podemos 

hacer. 

Cuando se encaminaban al comedor, Tachi daba 
a Filo el quincuagésimo grito del día: 

— ¡Pilooo! ¿No ha venido el telegrama? 

— No, siñora 

— ¿Has estado pendiente? 

— Sí, siñora. . . . 

— Bueno; pues que me compre Fermín el perió- 
dico de la noche. . . . 

¡Qué raro estaba aquello! Porque la verdad, ya 
era tiempo de que el telegrama hubiera llegado. 
Pronto se desengañaría, porque en el periódico de 
la noche tenía que venir la lista de los nuevos dipu- 
tados. I 

Ya en el comedor había mitin. Allí estaban las 
Otamendi, Paulinita, Gordillo y Locha Menchaca. 
Pronto llegó Fermín con el periódico, y como era 
natural, lo primero que se buscó fué la famosa lis- 
ta; pero ¡oh desilusión! Venía muy incompleta. 
Faltaban las tres quintas partes y no había noticia 
del Estado al que pertenecía el distrito de Barbedi- 
11o. Menos malo: Tachi entró en relativa calma. Por 
lo demás ¡qué de nombres desconocidos! Y ¡qué ca- 
prichos de la popularidad! Entre los nuevos padres 
de la Patria había quienes de «rayadores» de billar 
y de picapleitos fracasados, habían pasado a la cu- 
rul, sin más ni más! 

Gordillo era quien leía; los demás comentaban. 
Concluyóse la lista y el lector hizo pausa. 

— ¿Por qué la «corta?» Sígale, a ver qué noveda- 
des hay. 



LA RUINA DE LA CASONA 229 

— ¡Hombre, hombre ! (Gordillo continuando 

en la lectura para sí.) 

— ¿Qué es ello? Diga usted 

; — ¡No lo van ustedes a creer! Oigan llover. 
' «El veterano revolucionario, de inquebrantables 
ideas, el que en los campos de batalla ha derrama- 
do su generosa sangre por las conquistas revolu- 
cionarias, azote de la vieja Dictadura, de Zapata en 
Morelos y deOrozco en el Norte, ha sido dignamen- 
te premiado por el señor Presidente de la Repúbli- 
ca, que, en alta obra de justicia, le ha conferido el 
grado de coronel efectivo en las milicias auxiliares 
del Ejército, destinándolo a la importante plaza de. . . . 

«Nuestros lectores habrán entendido que nos re- 
ferimos al bravo coronel Melchor Tenorio.» 

— ¿Qué cosa? ¿Tenorio coronel de verdad? 

— ¿Tenorio paladín y revolucionario leal? 

— ¿Tenorio de ideas inquebrantables? ¡Elso es 
choteo! ¡Si estaba con Orozco! 

— ¿Y qué? Cuestión de un «cambiazo* a tiempo. 
X — ¡Pues va en el tercero! 
' — ¡Qué poca vergüenza! 

Ante tal diluvio de dicterios, Paca Otamendi cre- 
yó oportuno salir a la defensa del «ausente amigo.» 

—La verdad es que no hay por qué admirarse 

tanto El sefior Tenorio (ya le daba el sefiorío) 

anduvo con Orozco por «puro plan» y a la hora de la 
hora, se presentó al Gobierno, con su gente y sus 
armas! 

--¡Por supuesto! ¡A la hora de la «cargada!» 

— Por lo demás, el sefior Presidente no hace sino 
recompensar méritos. 

Andrade no había desclavado los ojos de Chayito 
durante todo aquello; pero la muy ladina se había 
conservado impertérrita, haciendo pelotitas de mi- 
gajón. 



230 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



— ¡Otra noticia de interés! Quién sabe si será 

buena o mala.. .. j 

— ¿De qu^ se trata? A ver Gordillo, lea usted . 

«Poi^ el Ministerio de Hacienda se le ha extendi- 
do nombramiento de pagador de segunda, habili- 
tado de la Flotilla del Sudeste, al probo señor Nar- 
ciso Garaicochea.> 

—¿De la flotilla del Sudeste? ¿Y dónde queda 
eso? 

— Será en Tabasco, Campeche o Quintana Roo — 

— iCaaaray! ¡Lo paaartieron! 

— (Chaneque observador.) ¿Todavía repelará de 
que le den hueso? 

— Peeero que huhuhueeeso ¡caaaray! 

— Y lo llaman probo .... 

— Eso debe ser error de imprenta; ha de haber 
querido decir «pobre.» (Observación de Cuca Ota- 
mendi.) - I - 

Amaneció el siguiente día y el primer grito que 
resonó en la casona fué, no por cierto, como era cos- 
tumbre, el del lechero, sino el de Tachita, que en 
neto «deshabillé» con la cabellera alborotada y en- 
treabriendo una de las puertas vidrieras de su alco- 
ba, preguntó ala portera: 

—¡Pilo! ¡Piloooo! ¿No han traído el tele- 
grama? 

— No, siñora ' 

¡Eso sí ya pasaba de castafio a obscuro! ¿Qué le 
pasaba a Barbe? ¡De seguro habían interceptado el 
telegrama! ¿O habría perdido la elección? 

— «Ay, Santo Nifio de Atocha! ¡Que haya ganado 
para que yo te cumpla la «promesa de tu vestid ito 
nuevo!> (Así es como se visten en México todos los 
santos; o hacen «la paloma» (servicio solicitado) o se 
les eae la ropa a girones de puro vieja.) 



LA RUINA DE LA CASONA 231 

—¡Filo! ¡Filoooo! ¿Pero estás sorda? ¡Que me su- 
ban el periódico de la mafiana! 

— ¡Sí, señora ahí va! 

Y el diligente Fermín aportó el periódico. Ta- 
chita lo desdobló ávidamente y se puso a leer la lis- 
ta, que en el caso era como la de la lotería Nada! 

¡No estaba Barbedillo! En cambio por allí andaba 
el nombre de Pingarrón en letras de molde y como 
uno de los noveles diputados, sin especificación de 
Distrito, pero sí por el mismo Estado en el que se 
había postulado don Taco. ¿Pingarrón, padre de la 
Patria? ¿Diputado aquel truchimán del tercero? No 
es posible — se pensó Tachita. — Este es otro error 
de prensa como en el caso Garay; debe ser otro 
nombre .... 

A las ocho de la mañana, impaciente y curiosa, se 
instaló en uno de los balcones a la calle. Barbedi- 
llo regresaría de un momento a otro, si había toma- 
do el tren nocturno. Y si ella lo veía regresar en 
carretela abierta, palabra que cumpliría al pie déla 
letra sus instrucciones de echar por el balcón cuan- 
ta vejestoria hubiera en el menaje de la casa. 

A las nueve, nada de Barbedillo. Y Tachita firme 
en su observatorio. 

A las diez aun no parecía; pero Tachi continuaba 
firme. Eso sí; para esa hora había completado ya 
el inventario de las cosas que irían a parar en la ca- 
lle Por fin, a las once y minutos, una carretela 

abierta desembocó por la esquina! ¡En ella venía 

Barbedillo era él que no cabía duda! A su lado 

venía otro individuo; alguno que ya le estaba hacien- 
do la «barba> seguramente al señor Diputado. Y en 
el pescante, junto al auriga, un gendarme. ¡Natu- 
ralmente! El señor Diputado tenía que andar es- 
coltado 

Tachi no esperó a más. Ver aquello, pegar un ala- 



232 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



rido de júbilo y comenzar a arrojar para la calle, por 
el balcón, los floreros desportillados, la escupidera 
«non,» una maceta con una planta seca, la sobreca- 
ma con «fallas» en el tejido, una terracota remen- 
dada y la jofaina rajada, todo fué uno, a tiempo de 
que el ilustre Barbedillo llegaba a la puerta de ca- 
lle recibiendo casi sobre sus espaldas aquel diluvio 
de cachivaches. 1 

— ¡Para de tirar, bárbara! ¡No tires más, que 
si vengo en carretela es porque traigo rota una 
pierna! I 

Cesó el diluvio. Con trabajo, entre el acompañan- 
te de Barbedillo (escribiente de tercera de la sépti- 
ma Demarcación de Policía) y el gendarme, subie- 
res hasta sus habitaciones al frustrado padre de la 
Patria. Ya instalado en un sillón y hecha la inqui- 
sitiva del caso (la pierna luxada por un paso en fal- 
so al bajar el tren). Tachi se atrevió a preguntarle 
tímidamente: 

— Y de .... eso ¿qué hay? 

—¿Deque? 

— ¿Ya eres Diputado? 

— ¡Lo que soy es un cabestro por haber crido en 
lo del sufragio libre! ¡El que salió fué Pingarrón 
que ni lo conocen por allá, ni se gastó una misera- 
ble peseta! 

— ¿Pingarrón? .... ¿Pero es verdad? 

— Pelada 

— Y ahora. ... ¿qué hacemos? 

— ¡Buñuelos, recorcho, buñuelos! 



* 

« « 



Cuando Pingarrón después de felicitado entusias- 
tamente por todo el vecindario que veía en él una 
«esperanza,» no para la Patria, sino para las ambi- 



LA RUINA DE LA CASONA 233 

ciones de cada quisque, se metía en el blanco y 
blando lecho en aquella noche, acomodándose para 
dormir feliz como nunca, tuvo a bien hacerse para su 
coleto esta interesante reflexión: 

— Bueno, Pingarroncito Ya la «trepaste» i)or 

obra de la candidez de un Ministro que te juzga su 
«amigo de confianza.» Ahora, dentro de dos meses, 

protestas; y dentro de cuatro ¡Debes estar en la 

oposición! 

Y dio media vuelta a la llave de la luz, 









■ ■i- 



CAPITULO Vil 



'Reminsrton and Sons" 



fíV 



— Oiga, Gordillo. Esta madrugada, cuando regre- 
saba a la casa después de una cena que dimos al se- 
fior Pingarrón, para celebrar sus triunfos en el 
Parlamento, pasamos por el taller de usted y ob- 
servé que todavía estaban trabajando .... 

— Muy cierto, señor Chaneque. Tenía que entre- 
gar una obrita de extraordinario. 

— Sí, pero eso es una esclavitud para los infelices 
obreros; un positivo vasallaje inaguantable. La ex- 
plotación desenfrenada del infeliz operario 

— No lo crea. Son «compañeros» que trabajan por 
su gusto y recibiendo jornal extra. . . . 

—¡Eso es lo que nos pierde! ¡El afán inmoderado 
de ustedes, los patrones, para enriquecerse con el 
sudor del pobre! 

—¿Lo dice usted de veras? 

— Y tan de veras, que próximamente <vamos> a 
someter una iniciativa a las Cámaras para refrenar 
esos abusos! 

— ¡Pues se van ustedes muy recio! Cualquie- 
ra creería que hay que empezar por enseñarles a 
nuestros obreros las ventajas de la economía, del 



•i 



Vh. 



236 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



mutualismo bien entendido y de la formalidad en 
el trabajo. 

—Loque les hemos de ensenar es la defensa con- 
tra la voracidad del capitalismo. El socialismo obre- 
ro el pobre, el asalariado, el oprimido del taller, 

uniéndose para combatir al rico. . . . 

—No estará mal Son cosas que ustedes leen 

en los periódicos y en alguno que otro libro y que co- 
nocen tan bien que, poniéndolas en juego lograrán 
sacar la tripa de mal afio, dejando más esquilmados 
a los obreros. 

—¡La gran escuela! Reclus,Kropotkine, Perrer.... 
¿Usted los ha leído? 

— Algo ¿Y usted? 

— ¿Yo? No ¡pero los conozco! 

— Mire, sefior Chaneque. Yo antes de ser patrón, 
he sido obrero y no me engatuzan. «Ético» de esos 
conozco yo que, siendo pintor de oUita y asalariado 
del Gobierno, se hace pasar ahora por apóstol de los 
irredentos! No tienen «gatos» para ganarse el pan 
con el trabajo, y se lo ganan con la lengua; y que- 
riendo la igualdad social, gastan automóvil y viven 
en casa que es palacio! A otro perro con ese hueso! 
Y de una vez por todas, sépase que a mí no me asus- 
tan, porque ni nada tienen que enseñarme, ni nada 
tengo que temer de mis obreros. Lo que ellos pre- 
tenden saber, lo aprendí yo de operario; y lo que 
ellos quieren quitarle a mis operarios, yo se los he 
de defender a éstos ^ ' 

— Sí usted es un reaccionario que quisiera 

vernos colgados de cualquier árbol y 

—A usted no, porque no valdría ni la rama; ni a 
ellos tampoco; pero sí en la Escuela Correccional, 
aprendiendo a ser honrados | 

— Es que usted odia al socialismo 

— No lo puedo odiar, que obrero fui y obrero soy. 



LA RUINA DE LA CASONA 237 

Lo que repugno es la mentira y la explotación de la 
ignorancia con supercherías. Quiero antes a los 
obreros instruidos, ligados por afectos del oficio, 
por un común altruismo, para que puedan después, 
lógicamente, adquirir la solidaridad que requiere 
la defensa mutua sin necesidad de «andadera s> ni 
de mentores. Lo primero es lo primero. Y si eso no 
se tiene, los que quieren llevar a nuestros obreros 
a lo segundo, de lo único que tratan es de vivir a sus 
expensas explotando sus credulidades 

—¡Caray, hombre! ¡Está usted inconocible! Ya 
casi es usted un orador .... 

— Hasta las piedras hablarían echando chispas de 
indignación, cuando se quiere evitar que se toque a 
lo más noble del organismo social por embaucado- 

—Se pone usted hecho un energúmeno 

— ¡Y no lo bastante! Yo no me meto en las cosas 
de ustedes, en sus «enjuagues> de política, aunque 
derecho nos sobraría a los obreros, que ustedes son 
los que rompen los platos y nosotros los que los pa- 
gamos; pero cuando se me «rasca» sobre determi- 
nadas cuestiones, sí que he de hablar y «golpeado» 
para atajar el mal ..... 

Chaneque optóprudentemente por la retirada. Era 
que estaba equivocado creyendo que bajo la tosca ca- 
beza cuadrada de Gordillo no había más que un cere- 
bro de ostión, propio de hombre nacido para trabajar 
como bestia y «amarrar» dinero. No sabía que aquel 
hombre, en su modesta apariencia, en su hosquedad, 
era todo un carácter formado en el troquel de la vo- 
luntad, y limado ocultamente en el deseo de la honra- 
dez que hace de indestructible timón. Ignoraba que 
aquel «artesano» se encerraba en las noches, en su 
humilde habitación, a descansar de las fatigas ma- 
teriales del día, con la lectura de algo que lo ense- 



~c,' 






238 E. MAQUEO CASTELLANOS 

fiara para defenderse en la dura breg^a de la exis- 
tencia. 

Más aún; ignoraba, como lo ignoraba toda la caso- 
na, que en aquel busto recio, caja toráxica ensan- 
chada a fuerza de levantar el «marro> pesado y ma- 
jar el fierro en la fragua, que en el pecho de aquel 
Gordillo mal oliente, grasoso, pringado el traje con 
la mugre del taller, se guardaba un corazón capaz 
de anhelos y ternuras; grande para las grandes 
abnegaciones; ñrme sin exteríorizaciones inútiles, 
y entero como el de un héroe para poder resistir al 
dolor sin acelerar el paso 

¡Cuántas ideas y cuántos sentimientos, embrio- 
narios algunos, hechos los otros, pero todos genero- 
sos, altos, blancos, palpitaban en aquellos dos órga- 
nos del incivil y rudo Gordillo! Y entre ellos, oculto 
celosamente por su autor, uno en que se mezclaba 
tenazmente la visión de una niña pálida, anémica, 
enfermiza, que carecía de grandes atractivos perso- 
nales, pero que Gordillo presumía que los tenía ex- 
celsos en el orden moral; pobre nifia ilusionada por 
una apariencia, y que locamente enamorada de aqué- 
lla, no habría vacilado en sacrificar la existencia 
misma! 

Por eso era que, en muchas noches, el boycoteado 
aquel de todos los frivolos de la casona, seguía an- 
helante, detrás de la puerta vidriera de su habita- 
ción, las melancólicas notas que vibraba un piano 
de la misma casa, arrancadas por manos queque- 
rían traducir hondas ternuras: 

—¿Cómo se llamará eso tan bonito que está to- 
cando? — se decía, mientras la artista al tocar y que- 
riendo infundir su alma toda en cada nota, con el 
recuerdo en otro, pensaba a su vez: 

— ¿Me estará oyendo? ¿Se fijará en lo que toco y 
en que lo toco para él? 



?CV LA RUINA DE LA CASONA 239 , 0^> 

Gordillo sabía bien que ese otro era Andrade; mas 
en vez de sentir celos, sentía infinita piedad para _. -m^ 

aquella nifia, la «Corchea,» y conmiseración para su 
propio amor que tan alto había puesto los ojos. ¿Qué ' ;p 

amaba ella en Andrade? Lo frivolo, lo casquivano, i?;^ 

la apariencia; al mozalbete bien parecido, de seduc- 
tora apostura; al galán de fácil palabra y de suges- í^^; 
tivas maneras; y había que concederle la razón, por- 
que era lo indicado que amara una nifia como ella y 
no al rudo obrero de manazas recias, de modales bas- - í.:> 
tos, de pocas palabras y sin aderezo, de apariencia 
tosca como él era ; ^vi 

— Me han dicho, señor Garay, que siempre acep- 
tó usted el empleo ese ¿Se va usted entonces 

para aquellos rumbos lejanos? 

— ¿Y qué he de hacer, sefior Gordillo, si ya el 
hambre me llegó a los «aparejos?» i Ya no tengo qué 

empeñar! ¡Ya no tengo qué vender! iCapitulo y 

me marcho! ¡Ay! ¡Cómo fui a dejar mis libros! ¡Tan 
bonitos, tan limpios. . . . tan bien llevados! 

— Y ¿se lleva usted a la familia? 

— ¡Imposible! Mi mujer es incapaz de ir se conmi- 
go a pasar fatigas. Mi hija mayor se me moriría en - 
tierra caliente; la otra está muy chica. Y el «cha- 
maco,» en vez de ayudarme, me serviría de es- 
torbo 

— ¿Y cómo los deja usted? >: 

— ¡A la buena de Dios! 

— No, que tiene usted un amigo Ya sabe que 

si en algo puedo serle útil 

— ¡Gracias, muchas gracias! Sé que no me lo di- 
ce de cumplimiento Usted me hará favor de 

ver por ellas en lo que pueda ¡Yo le escribiré 

de allá! Para' algo es usted el hombre más serio y 
correcto de la casa 

— No lo crea pero en ñn, cuando quiero ser- 






240 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



•.-'■1 



vir, me gusta hacerlo de veras, y con usted quiero 
hacerlo. 

Y el pobre viejo Garaicochea, estrechó conmovi- 
do la mano de Gordillo, recordando aquella formal 
promesa, cuando se despidió de él para marchar a 
su remoto destino, alicaídas todas las ilusiones que 
en mala hora acariciara ante las instigaciones de 
su consorte, que no fué para verter sino lágrimas 
nones al verlo partir, y sin llegar a tres, mientras 
que las Ck>rcheitas, anegadas en llanto, le decían: 

— iAy, papacito! INos parece que te mueres y 
que ya no te volveremos a ver! 

Comentando el desengañado Barbedillo aquel 
viaje, con Gordillo, le decía: 

— ¡Pobre Garaicochea! ¡Qué iniquidad! ¡Es un 

derrotado de la suerte! ¡Qué iniquidades las 

que se cometen, Gordillo! * . I 

— Rectifique usted, don Taco. No es un derrota- 
do. Es una de tantas víctimas, como muchas que 
hemos de ver, de estos espejismos y de estas alu- 
cinaciones producto de la «bola,> que hace a mu- 
chos echarse a la aventura cuando no nacieron para 

ella, precisamente porque son honrados Si Ga- 

ray fuera un derrotado, habría que convenir en que 
Tenorio es un triunfador, cuando lo único que es 
un sinvergüenza de ordago! 

— Puede que tenga usted razón 

Para «derrotados» él, Barbedillo, que lo había si- 
do, e ignominiosamente, teniendo, para más, que 
aceptar la odjosa presencia de su contrincante en 
la misma casona, y que verlo distribuyendo pro- 
tectoras sonrisas, que él debió ser quien distribu- 
yera a todos aquellos aduladores que ahora lo sa- 
ludaban respetuosamente, cuando él, con aire 
mayestático, bajaba la escalera rumbo a la calle. 
(«El Sol que nace,> lo había bautizado Tafolla.) 









LA RDINA DE LA CASONA 241 

— ¿Tan temprano a la calle, sefior diputado?— le 
preguntaba Chaneque. 

— Sí, tengo que ir al Ministerio antes de que en- p 

tre Pino Suárez al acuerdo. (Pingarrón estaba, 
pues, al tú por tú con el Presidente del Senado, Mi- 
nistro de Instrucción y Vicepresidente de la Repú- 
blica, nada menos.) . '¿ 

— ¡Aaaah! 

Otras veces era Orbezo el interlocutor: 

— ¡Cuánto gusto de ver a su señoría! Hoy se ha 
retrasado ' :■• 

— Sí. . . me ha quitado mucho tiempo eso de las 
credenciales de los «colegas» que estoy arreglando 
con Gustavo. (Gustavo era el hermano del Presi- 
dente y el factótum de la situación, según pública 
creencia que aseguraba que era él quien positiva- ; 
mente y dentro de bastidores «ponía y quitaba.») 

En cambio, Démostenos, instigado por Barbedi- 
11o, se había propuesto hacer la «mosca» con el fla- 
mante diputado, poniéndole trampas. 

— Pooor supuuuesto que ya tendrá usted paaar- 
tido a qué peeertenecer en la Caaámara 

— Es prematuro todavía. > v,tr 

— Sí, y al ñu y al caaabo, como allá va a habeeer 
de tooodo, como en bootica, ya se podrá esc(^er. 
¿Será usted caaatólico? 

— ¡Bah! No me inclino mucho a ese lado Son 

pocos y tímidos. No contarán gran cosa. 

— Eleeentonces será usted «reeenovador».... Elsos 
van a ser los meceros «peeetateros» 

— ¡Quién sabe! No dejo de tener simpatías por 
ellos 

— ¡Seeeguro! Es el lado de la caaargada 

— ^A mí me tiene sin cuidado eso! ¡No sea usted 

nifio! Yo estaré con el Gobierno, siempre que no 

vaya contra los intereses del pueblo. 

16 



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242 E. MAQUEO CASTELLANOS 



% 



— ¡Peeero no estará usted con el pupupueblo, 
cuando haya que ir contra los intereses del Gro- 
bierno! 

—¿Y por qué no? Todo depende de circunstan- 
cias ...... 

Y de aquellas ambigüedades nadie sacaba al ilus- 
tre Pingarrón. I 

«¡Punta de beocios!> iCómo pierden el tiempo 
creyendo en tonterías tales como problemas agra- 
rios y obreros, legislaciones protectoras del traba- 
jo, amor por el bien público y honradez administra- 
tiva! — se decía. Para él la política sólo era una 
palanca, uno de cuyos extremos tenía que descan- 
sar en la Tesorería de la Nación. A la espalda es- 
crúpulos, y nada de divagaciones si se quería llegar 
a una meta como la que él pretendía. 

Ya en la curul, no era él quien necesitaba del Mi- 
nistro que lo había hecho diputado, sino aquél de 
él; y si lo necesitaba, nada más justo que cobrar, y 
bien, hasta el más insignificante servicio. La vida 
tiene pocas oportunidades, y puesto que a él se le 
había presentado una, lo indicado era sacarle todo 
el jugo posible a la «ancheta. > Y el que viniera atrás 
que arreara.... Honradez, verdad, justicia, disci- 
ciplina política, y demás zarandajas, sólo eran hipo- 
cresías, con las que había de revestir las finalida- 
des perseguidas. Y si el pueblo era el padecedor 

con tales cosas que se fastidiara! Lo urgente 

era tener plumas propias en alas propias, y buscar 
el ir para arriba sin pararse en obstáculos, que el 
fin justifica los medios. , • j ... ; 

¿Qué se necesitaba para ello? Audacia, mucha 
audacia, y siempre audacia. Adquirir, en una pira- 
tería valiente, reputación de saber y de habilidad; 
tener el cinismo bastante para engañar a multitu- 
des e imponerse a espíritus apocados, haciéndose 



LA RUINA DE LA CASONA 243 ;^. 

pasar como una inteligencia superior y una ilustra- - . : 

ción formidable Y en ocasiones, cuando fuera • í^^-: 

menester, saber «flexibilízarse» como decía Barbe- > 

dillo; tener la agilidad ecuestre del buen político; ' 

saber usar de la lisonja; hacer de la abyección, mé- :»:=>■ 

rito Cuestión todo de espinazo y de lengua. Y ^^ ■ 

él sentía que espinazo y lengua suyos, responde- 

rían dócilmente! ^^v 

¿Todo para qué? Por el poder, para la riqueza.... - 

La Patria era una señora digna de atenciones, sin -r ;. 

duda; pero que debería quedar un poco atrás en el v :? "• , 

programa. . S; 

Para entrar al Congreso, dado como estaban las . ■ ; 

cosas, había que ser gobiernista; para no salir de él '¿ . 

si no era para ir hacia arriba, había que ser oposi- - y - 

cionista. En aquel Gobierno de novatos faltaban Jí; 

«hombres. > Y, o Madero lo llamaba pronto a una -:' 

cartera ministerial, o él se haría de la cartera aun 
contra Madero. Táctica, formar por de pronto en 
las filas de los «renovadores. > . . 

— Pingarrón — (así, con toda familiaridad) el día 
anterior a la «protesta» me mandará usted su frac 
para planchárselo. Quiero tener ese gusto .... 

— Gracias, Conchita ¡Es usted muy amablel 

Pero es el caso que vendrá planchado de la sastre- 
ría donde me lo están haciendo. ... 

Y en efecto, no había faltado ya crédito, dada la 
credencial aprobada, para un nuevo y flamante tra- ^^'^ 

je de ceremonia. Pingarrón se había impuesto en 
toda la casona; pero en ningún «cantón» más que ^^ 

en. el del ausente Garay, del que había hecho reino. > • í|- 

En fuerza de verlo siempre agasajado por la «Cor- .^• 

chea» madre, las mismas Corcheítas habían con- ... ' v'";; 

cluído por tener para él una especie de veneración ^r 

inexplicable; sobre todo la Corchea, que, sin med i- "V 

lar el por qué de sus recelos, creía ver en Pinga- ;v 






244 E. MAQUEO CASTELLANOS 

rrón un super-hombre sólo en parte emulado por 
el propio Andrade. ' í- 

No hubo pues, en la casona, ojos que no se abrie- 
ran con admiración para ver marcharse al seflor don 
Austreberto, rumbo al Congreso, en la tarde del 
día dé «la protesta.» Pingarrón descendió de su cu- 
bículo hasta la calle, soberbio, arrogante; penetra- 
do ya bien de la alteza de sus funciones; vistiendo 
el impecable frac; calando un sombrero blando que 
hubiera dado envida a Menchaquita, y llevando al 
brazo el lujoso Macferlan, para subir en el expléndi- 
do automóvil alquilón (seis pesos la hora. — Parade- 
ro de la Alameda), que lo esi>eraba ya en la puerta 
de la calle. El ruido de la máquina al comenzar a 
moverse no fué bastante para ahogar el que produ- 
jera el hondo y sincero suspiro lanzado por el de-^ 
r rotado Barbedillo.. .. Él debió haber sido el de 
aquella muda ovación al haberse cumplido fiel y 
debidamente la sacramental promesa revoluciona- 
ria del Plan de San Luis, de «Sufragio efectivo y 
No reelección!» • I 

Pocos días más y el imperio de Pingarrón se afir- 
mó de tal modo que se hizo incontrastable, y su 
figura se agigantó hasta lo infinito. Y cómo no, si 
diariamente y en todos los rotativos el nombre del 
diputado no dejaba de figurar? No había comisión, 
debate, y demás relacionados con el Poder Legisla- 
tivo, en los que el activo diputado no tuviera algo 
que ver. Y fué así como una simple recomenda- 
ción suya bastó para incrustar en la casona un nue- 
vo x)ersonaje con el que, de consuno y más tarde, 
había de proyectar la más seria amenaza contra 
aquélla. I - 

Fué el caso que por entonces holgó una de las me- 
jores viviendas del interior en el piso bajo, dando 
lugar para que Pilo, la portera, ejerciera una de sus 






LA RUINA DE LA CASONA 245 ; ''í; / 



más interesantes funciones: la de colgar en la puer- ,^r 

ta de la calle la hojadelata aquella con la inscripción: :f 

«Vivienda vacía.> f 

Y en una de las próximas tardes en laque Barbe- ro- 

dillo y Orbézo departían acaloradamente en el pa- ^f 

tío, divergiendo ahora de opiniones, pues mientras Ci 

el muy truhán del Mayor se convertía a la nueva sec- ;^^^ 

ta, por mor de la pensioncita asegurada y de la con- . W 

cesión aquella del «changarrito» en el cuartel, don "* 

Taco apostaba paulatinamente por mor de laderro- \ ; ; 

ta electoral, se presentó el futuro ocupante de la 
vivienda, estrafalario tipo por cierto. 

Era él todo un Hércules en la apariencia: ancho 
de hombros; corto de testuí; pelirrojo, dejando aso- 
mar las crenchas del cabello por debajo de las alas 
del sombrero de amplia falda; cejijunto; malencara- 
do y de voz imperativa y nasal acento. 

— ¿Quién es el encargado de la casa? — preguntó 
sin más miramientos. ; 

Atufóse don Taco con aquella súbita pregunta q ue 
estimó descortés, y respondió en mal tono: 

— Yo soy el dueño. ¿Qué quiere? 

— Ver la vivienda desocupada. 

Midiólo Barbedillo de pies a cabeza, desconfiada- 
mente, y al ver sus trazas poco católicas le dijo: 

— Gana veinticinco pesos, renta adelantada. 

— Si los vale, los pago; por eso quiero verla. 

— iPilo, ensénale a este sefior el número cua- 
tro ¡Pase a verla! 

Alejóse el hombre y Orbezo comentó: 

— ¡Oiga! ¡Qué maneras se gasta el sujeto ese! ¡Pa- 
rece repartidor de pulques! 

— Yes, de seguro, un ordinario. . .... 

— Se me hace que sería mal inquUino 

— No me gusta tampoco. . . . Por eso le he pedido 



.Sw^'.-'. 



246 



E. MAQUEO CASTEIXANOS 



lo qoe ]e he pedido de renta ¡Qué va a tener pa- 
ra pagarla! 

Poco, de seguro, tuvo que husmearle a la vivien- 
da el aludido, porque casi en esos momentos re- 
gresó. 

— Me conviene la vivienda; me quedo con ella. 

— Pero ¿oyó usted que vale veinticinco pesos, ren- 
ta adelantada y mes en depósito? 

—Aquí están; déme el contrato y las llaves. 

Y el mastín aquel sacó de las profundidades de 
una cartera, extraída a su vez de las profundidades 
de una bolsa de pecho, un sucio billete de banco de 
a cincuenta duros que alargó a Barbedillo, el que lo 
recibió no sin cierta desconfianza. 

— Antes de cerrar trato, necesito saber algunas 
cosas. ¿Es usted casado por un casual? 

— Ni por un casual, ni por el cura, ni por el juez, 
porque yo no transijo con el matrimonio. I 

— ¡Ah, vaya! Entonces carece usted de familia? 

— ^Tengo por familia a la humanidad. |. 

Asombro de Orbezo, que comenzó a creer que se 
las habían con un prójimo que no andaba bien de la 
sesera. 

— ¿No será usted entonces mexicano? 

— Yo tengo por patria el universo 

— Hombre, hombre ¡Es curioso! ¿Qué gobier- 
no es el de usted entonces? 

—¿El mío? ¡Pues el mío! Y basta ya, porque no 
tengo por qué estar satisfaciendo impertinencias 
paraalquilar una vivienda. . .. I ^-» 

—No son impertinencias. Son requisitos, porque 
yo no alquilo a familias que no sean de estricta 
moralidad . 

— Pues aprenderán sus inquilinos algo de mí, 
porque yo soy todo humanidad, concordia y amor a 
la justicia 



LA RUINA DE LA CASONA 247 

— i Vaya! Ya eso es algo ffReiie usted nifios? 

->Tengo dos hijos adoptivos. «Progreso» y «De- 
mocracia.» 

Bstnpefacción de Orbeso. > 

•—Pero ¡Esos no son nombres de cristianos! 

— ¡Ni falta que hace! Los he bautizado yo, simbó- 
licamente. ,- 

— Pero ¿no es usted católico? 

— El aviso de la puerta no dice que la vivienda se 
alquile sólo a católicos. 

— Bueno no se impaciente usted. ¿A nombre 

de quién extiendo el recibo? 

— A nombre de Jim Rémington. 

— ¡Cáspita! ¡Vaya un nombre! 

— ¿También es preciso apellidarse López o Pérez 
para ser inquilino de esta casa? 

— Seguramente que no Ahora, sólo desearía, 

porque esto lo exigen los reglamentos de policía, 
que me dijera usted a qué se dedica, o en qué se 
ocupa. 

— Siembro. 

— ¡Ah, vamos! Es usted un agricultor ... . 

— Como usted quiera; yo siembro. ... 

Aquello acabó de desconcertar a Barbedillo que, 
como Orbezo, se creyó frente a un escapado de la 
casa de orates, por lo que trató de no tener en la ca- 
sa tal huésped. 

—Pues amigo, lo siento, pero debo decirle, aho- 
ra que recuerdo, que la vivienda estaba ya compro- 
metida 

— No puede ser exacto, porque a mí no me enga- 
ña el sefior diputado Pingarrón, que me dio para 
usted esta tarjeta. 

Y alargó a Barbedillo una aristocrática cartulina, 
muy distinta de las de a peso el ciento, con la leyen- 
da:-«Austreberto Pingarrón, Diputado a la XX VI 






■'v^:^^ 



248 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



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Legislatura» — y la cual surtió un efecto maravilloso, 
pues el vividor de Barbedillo, aunque derrotado 
contrincante de Pingarrón, no se daba con una pie- 
dra en los dientes y pensó desde luego que, aten- 
diendo a la recomendación del diputado, ya podría 
tratar de obtener alguna para él. 

— ¡Ah! ¿Con que es usted un recomendado del 
amigo Pingarrón? Haberlo dicho antes, hombre de 
Dios! Queda por usted la vivienda, amigo Washing- 
ton, digo Rémington, y toda la casa a su disposi- 
ción I . 

— Gracias. ¿Cuándo me dará las llaves? 

— Incontinenti, ¡Piloooo! Entrégale las llaves de 
la cuatro al sefior, que es el nuevo inquilino; dale 
llave del zaguán; asea bien la vivienda, y ya lo sabes; 
me lo tratas como si fuera yo mismo . \ 

Filo, midiendo de pies a cabeza al recién llegado, 
no lo encontró por cierto de su agrado. Sintió por 
él instintiva repugnancia. 

Y fué así cómo el señor Rémington, acarreando 
con él más que mubles, misteriosos cajones, cacha- 
rros, botijos, frascos y hornillos, a la par de sus dos 
crías adoptivas, que eran por cierto dos escuetos 
desmedrados y tristones muchachos, se instaló en 
la casona de la calle de las Moras. 

Cuando el vecindario se percató de aquel utilerío 
de Rémington, se dio con fervor a la sabrosa conje- 
tura. I ■ •:,..-. 

— Para mí que es un químico industrial — decía 
Barbedillo. 

— Yo creo que es un astrólogo alquimista — obser- 
vó la sandia Paca Otamendi. 

— Yo creo que es metalurgista ensayador— dijo la 
«Corchea» madre. 

— Pupupues paaara mí que es el cooompadre del 



LA RUINA DE LA CASONA 



249 



ti 



«Baateo,» concluyó Demóstenes aludiendo al bien 
conocido personaje de la zarzuelilla así llamada. 

— Por prooontas diligencias queeeda cataloooga- 
do como «Rémington and Sons> — agregó en su eter- 
na manía de dar nombres ingleses a todas las cosas 
y por loque llamaba a las Menchaca «Menchaca sis-'- 
ters.» 

Estas, que habían observado atentamente al nue- 
vo inquilino, no habían podido, a pesar de tocia su 
suspicacia, identificarlo, ni saber quién era, ni de 
dónde venía; pero con su instinto aquél, fino como 
el del sabueso que en el aire percibe la huella de la 
pieza, concluyeron sentenciosamente: 

— Si no se sabe quién es, debe concluirse que es 
mala gente hasta tanto que no demuestre lo contra- 
rio ¿no te parece Locha? 

— Sí es «chocante» el nombre que tiene 



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-\ V 






V ■ 






CAPITULO VIII 
Las ifrietas de la casona 

— Quiiiico, hermano— decíale TafoUa a Andrade 
en una de las veladas consagradas al estudio, allá en 
la «República,» en vista de la proximidad de los exá- 
menes. — Si no le «atooooras» recio a los teeeextos, 
te «truenan» en los exámenes 

— Me «pa> - agregaba sentenciosamente el «Ca- 
pulín» que, dándole una tregua a sus funciones pe- 
riodísticas, se había consagrado a los libros de nue- 
va cuenta, con el tesón con que él sabía hacerlo, y 
en vista de la inminencia de perder la beca por un 
fracaso. No por algo corría el mes de octubre de 

Mas Andrade, sordo a tales advertencias y aban- 
donando sin voluntad, pero sin resistencias, sus an- 
tiguas buenas costumbres estudiantiles, displicen- 
te, taciturno y perdido el humor de antes, sentía 
«murria» para tomar un libro, prefiriendo tumbar- 
se a la bartola en su cama, en aquella su postura fa- 
vorita; con las manos enclavijadas en la nuca y los 
ojos fijos en el techo, y soñar, soñar así empederni- 
damente. Nada más que ahora, más que sueños, 



tíí^.^ 






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252 E. MAQUEO CASTELLANOS 

eran visiones y presagios los que le asaltaban el ce- 
rebro, aun cuando tuviera bien abiertas las pupilas. 

Su taciturnidad tenía más de un por qué. A su 
entender sobrábale razón para estar en aquella fla- 
cidezde espíritu; para sufrir aquellos momentos de 
soporoso tedio, de aburrimiento, de abulia, y dejar 
que el alma se perdiera en la vaguedad de una pe- 
numbra consoladora en la que pensando en todo no 
pensaba en nada. I ., \ 

En primer lugar, lo de siempre: aquella Chayo 
adorada que lo traía loco; en cuyos ojos negros ha- 
bía creído ver llamear el amor prendido por él; en 
cuya boca de jugosos y rojos labios que había opri- 
mido con la suya; en cuyas abundantes y nudosas 
crenchas había deslizado sus dedos con rara frui- 
ción y en cuyas carnes mórbidas, de dulce elastici- 
dad a la presión de sus manos y sus abrazos había 
gozado sintiendo cómo se transmitían a la suya su 
calor y su perfume todo aquel conjunto hermo- 
so, codiciado, locamente engendrador de cálidos de- 
seos y de briosas ilusiones; aquella novia que des- 
pertaba en todos admiración y en él el orgullo de ser 
el preferido; aquella belleza que él había imaginado 
sólo suya, porque él la había animado, nueva Gala- 
tea, con su verbo lleno de seducciones y sus caricias 
llenas de efusión, sentía que se le escapaba, que se 
alejaba cada vez de él, que la perdía! Y no se resig- 
naba a tal desventura, no: la defendería bravamente, 
aun a costa de su sangre, con el mismo fiero brío 
con que el hombre de las cavernas, allá en las eda- 
des primitivas, defendía a su hembra contra todo y 
contra todos! I 

Después, lo abrumaba aquel deseng^ó prematu- 
ro, aquella decepción amarga experimentados en 
sus ensuefios revolucionarios. Él no era un despe- 
chado por el vil interés como Barbedilto. No lo ha- 



.'■' \ f"' 



LA RUINA DE LA CASONA ■ 253 

bía guiado jamás el afán de medro; no quería otra 
cosa que la legítima conquista de la notoriedad bien 
ganada, al poner al servicio de lo que reputaba lá 
buena causa, intelecto y corazón. Mas, en su humil- 
dad de átomo que por afinidades se une acierto cuer- 
po; en su insignificancia de infusorio coralígeno que 
añade en la colonia un pobre grano a la estructura, 
sabía sentir profundamente, como no podrían sen- 
tirlas los otros, los que laboraban por interés bas- 
tardo, aquellas amarguras y decepciones. 

Llegaba, ah recapacitar sobre aquello, a la conclu- 
sión de que, en más de un año de gobierno, pues 
realmente Madero había comenzado a gobernar des- 
de la caída de Díaz, no había hecho nada para cum- 
plir el programa revolucionario y sí había hecho 
mucho en contra del afianzamiento de la paz, del cré- 
dito y de la evolución progresiva de México. 

Políticamente había cometido un error al no ha- 
ber gobernado con los suyos, con los de las ideas de 
la revolución (porque con los suyos, de su familia sí 
que había gobernado) ya fueran los civiles o los mi- 
litares. Y era así como se había captado la enemis- 
tad de los «renovadores» que en el fondo lo tachaban 
de desleal, así fuera porque no habían podido «reno- 
var» los exiguos capitalitos ni logrado atrapar una 
sola cartera ministerial. 

En la imposición de Pino Suárez para la Vicepre- 
sidenciade la República, había revelado su poco res- 
peto para el sufragio, lábaro del que había usado en 
la revolución: y lo había confirmado en las maniobras 
electorales y postelectorales de diputados y senado- 
res, que en una gran mayoría habían sido electos 
por consigna. 

Económicamente, sobre haberse despilfarrado los 
setenta y dos millones de pesos dejados en las arcas 
del Tesoro nacional por Díaz, se habían contraído 



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254 



E. MAQUEO CASTELUiNOS 



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empréstitos por otros ochenta millones de pesos — 
que ya estaban casi agotados, — y aun se hablaba 
de uno nuevo por cien millones más. Se murmu- 
raba de cheques de más de medio millón, pagados 
sin comprobante alguno. 

En otro orden de cosas, el desartillamiento del 
puerto de Salina Cruz, atalaya del Istmo, había sido 
desfavorablemente interpretado y se atribuía a una 
casi traición para la Patria, en el «parti pris» que 
la mayoría de la opinión tenía ya de que Madero era 
un ciego instrumento de los americaoos. El Ejérci- 
to estaba resentido: las preferencias a los «irregu- 
lares» eran cada vez más notorias. 

Y en cambio de todo aquello ¿se había formaliza- 
do siquiera el problema agrario? ¿Se habían extir- 
pado los abusos del poder subalterno y modificado 
siquiera, ya que no extinguido las odiosas Jefaturas 
Políticas? ¿Se había moralizado la administración 
de Justicia? ¿^e había respetado la soberanía de los 
Estados, dejándolos elegir a sus Gobernadores sin 
trabas, y no invadiéndoles sus fueros? ¿Se habían 
modificado los planes de la Instrucción para hacer- 
la más extensa? ¿Se habían devuelto a los pueblos, 
aun de los propios contornos de México, sus terre- 
nos? ¿Se había legislado en favor del obrero? ¿Se 
habían hecho independientes, política y económica- 
mente a los Municipios? ¿Qué se había hecho? 
¡Nada! * • ■■••- -I/.:- •:/-:.•• 

¿Cómo se había cumplido el decantado «Plan de 
San Luis? En ninguna forma. . . ¿Qué había gana- 
do, pues, la nación con la revuelta? Nada, salvo vi- 
vir desconfiada de la paz y remover los rescoldos 
de malos instintos que parecían extinguidos, de ha- 
cer de las revoluciones medios de lucro. ¿En dónde 
estaba el «apostolado» de Madero? ¡En una patente 
apostasía! 



LA BUINA DE L.A CASONA ,''■'■>■ 255 '% 






¿Cómo había aprovechado aquel hombre las ex- 
cepcionales sonrisas que la fortuna política le pro- 
digara con una inmensa popularidad, con partida- 
rios fervientes, con la buena voluntad de la inmensa 
mayoría, con todo cuanto podía hacerle fácil la ' 

pesada tarea? Disgregando, dividiendo, maripo- 
seando, despilfarrando, obsesionado con el espejis-^ 
mo de una inagotable popularidad, que haría sopor- ¡ á 

table todo cuanto de él viniera, así fuera la misma 
dictadura, ejercida despreocupadamente! Alejando :^. 

de su lado a los buenos elementos; exhaustando el :v| 

Tesoro; coqueteando con Zapata en Morelos y alar- :^: 

deando de tener esclavizada a la suerte servilmen- \ -:/■ 

te! Tal parecía que tratara de ser el más infatiga- ^^ 

ble artífice de su ruina, que era acaso la ruina 
nacional! ... 

Argüir que no había habido tiempo para refor- 
mas, era pobre argumento; por lo menos, para algo > 
lo había habido. Loque pasaba, era que Madero, 
hábil y tesonero como revolucionario teórico, había ' i; 
resultado un gobernante mediocre, ya por falta de 
intelecto cultivado para la función, ya por carencia .í^ 
de carácter y de visualidad clara, ya por volubili- ■ 
dad de principios, por indolencia, por impresionis- . tü^; 
mo, por lo que fuera, que para el caso todo era lo :^ 
mismo: camino para ir hacia el fracaso. . íí 

Pensar en aquello desesperaba a Andrade. Ma- 
taba lentamente en flor sus ilusiones de revolucio- 
nario de principios. La santa revolución, la granv 
revolución sólo había servido para la substitu- 
ción de una docena, de tres docenas de hombres, 
por otros acaso peores; pero no para la substitución 
de los métodos. Y el fruto estaba allí, en derredor .. .. 
En Mandujano, zapatista por inmerecidos agra- 
vios. En Tajonar, lastimado injustamente por su fue- 
ro. En Tenorio, exaltado y ungido, cuando sólo era 



^^-'^ 



^'í*! 






256 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



un «pinacate.» En Chaneque, mareado con una falsa 
posición y una auréola inmerecidas, siendo sólo un 
«firmón.» En Pingarrón, aquel «vividor» elevado a 
una curul, desde la que, en vez de agradecer, cons- 
piraría. En el infeliz Garay, desterrado. En Barbe- 
dillo, «zarapeado» en las elecciones. En Orbezo, 
prostituido en sus antiguos cultos. ¡En todo! Como 
en el conjunto mismo estaba en tanta esperanza de- 
fraudada, en tanta idea noble marchita, en tanta 
mentira vestida oropelescamente de verdad, y en 
tanta verdad catalogada ya repugnantemente como 
mentira! 

¿Había entonces que concederle la razón a la opi- 
nión, que comenzaba ya a divorciarse tornadiza- 
mente de Madero, murmurando y maldiciendo de 
él? ¿Había que dársela al pueblo, que rápidamente 
se resfriaba en sus entusiasmos nada más de ayer? 
¿Al capital, que se retraía desconfiado y suspicaz, 
asegurando que «aquello» no había acabado? ¿A los 
laborautistas políticos, que sin misterios ni repa- 
ros presagiaban ya la caída ruidosa de aquel régi- 
men y del ídolo de ayer, por las congénitas incapa- 
cidades de ambos? 

— ¡Bah! Pe, mucha fe en el porvenir! — decíase 
Quico. — El hombre no es nada. Los principios lo 
son todo! 

Lo que equivalía a adelantar por dos o tres siglos 
el reloj de la sindéresis humana, porque hoy, como 
ayer, cuando los hombres que saben mandar lo 
quieren, los principios les caben en el hueco de una 
carie molar. I 

Lo cierto, al final de cuentas, era que, así como 
Barbedillo no quería darse cuenta de que las sola- 
padas grietas que abriera el temblor en la casona, 
y mal encubiertas por el superficial enjabelgado, 
tornábanse a abrir más anchas y más profundas, el 



LA RUINA DE LA CASONA 



257 



Gobierno tampoco se la daba que las abiertas por 
la revolución en la estructura nacional se ensancha- 
ban más y más amenazadoras y más serias 

Las codicias, las innobles codicias, sobre todo, 
eran las peores. Cada ambición no saciada, cada 
deseo no satisfecho, cada pretensión no ahita hasta 
el regüeldo, eran incentivo y lastre, combustible y 
fermento para urdir el ataque contra el orden es- 
tablecido. Tenorio, anónimo hasta ayer, repudia- 
ba el ser capitán, y tal vez ahora mismo ya no se 
sentiría satisfecho con ser coronel. El insigne Pin- 
garrón, inédito hasta el día anterior, no se confor- 
maba ya con la curul y aspiraba al Ministerio. Chi- 
ta Garay, quería una corona de princesa! Chayo, 
los millones de un nabab. Chaneque, el Gobierno 
de su EiStado natal. Hasta Rémington, aquel veci- 
no de la planta baja, había insinuado a Barbedillo 
su deseo de U^ar a ser él el duefio de la casona, si 
le «cuajaba> algún negocio que entre manos se 

traía Eso sí, tendría que vendérsela barata, 

bien barata, porque él no compraba nunca caro. 

— ¿Han visto ustedes un pelagatos más preten- 
cioso? — decía Barbedillo en la diurna plática. — 
¡Qué se la he de vender barata! En primer lugar, 
que no pienso en venderla. Y en segundo, que, por 
muy malos que estén los tiempos, no por eso me ha 
de coger ahorcado 

— Usted habla de lo malo de los tiempos por sport, 
don Taco — decíale Chaneque. Malos, malos y tiene 
usted la casa llena y las rentas en la bolsa. 

-^¡Y pare usted de contar! ¿Usted cree que yo 
debo conformarme con eso? 

— ¡Pues ingeníese y búsquese algo más! 

— Es que yo no les caigo bien y no me aceptan.... 
¡Como yo no sé flexibilizarme! 

—Pues búsquelo fuera de la política. . . . 



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258 



E. MAQUEO CASTEI.LANOS 



— No me agrada. Yo necesito algo en ella, que 
rinda bien con poco trabajo. 

— ¡Ahf es nada! Entonces, ya puede esperar sen- 
tado 

— Se equivoca usted. Una poca de paciencia 7 na- 
da más, porque lo que es esto se derrumba sin re- 
medio! 

— ¡Adiós! ¿Y cómo lo sabe usted? . I . 

— No averigüe. Cuca Otamendi es de mí opinión. 

— ¿Pero en qué se fundan? I ' 

— ¡Pues en eso, hombre, en eso! Ya Madero per- 
dió su popularidad (Madero a secas, sin el pa- 
tronímico respetuoso.) Y en que hay rebeldes en 
Chihuahua y en Morelos y en Oaxaca 

— ¡Usted suefla, don Taco! El Gobierno está fuer- 
te. Somos bastante potentes para no consentir aso- 
nadas! ¡Todo está en calma! Tan es así, que 

mafiana salgo con otros compañeros para una jira 
de propaganda ► I 

El que así hablaba era Chaneque, gobiernista en- 
ragé. I '••.-. 

— Pues apúntese en su librito que el «chaparro> 
se cae .... Se cae del mecate sin remedio. ... 



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Las que pasó el pobre «Capulín» en aquella 
ra> de propaganda! 

Porque, en efecto, salió de México en unión de 
dos compañeros de prensa, al día siguiente y rum- 
bo a lejanos distritos del Estado de *** Y ahí fué el 
correr aventuras (en la lata acepción del verbo co- 
rrer) y el hacer «aguas fuertes» y bocetos de pin- 
turas, que cou el tiempo se mejorarían y que hubo 
de ver, fuera de otra clase de aguas que, si no vio, 



Uk RUINA DE LA CASONA 259 

SÍ sintió en los pantalones, en los tenesmos del te- 
rror. 

Hechos unas pascuas y bien provistos de fondos 
ministrados por una caja misteriosa que acudía a 
todos los gastos de índole semejante, salieron él y 
sus cofrades, rumbo a la histórica Morelia, muelle- 
mente arrastrados en el carro Pullman del ferro- 
carril, en el que hicieron sus cuentos con «punta,» 
libaron sus cognaquitos y echaron algunas manos 
de poker, hasta que el sueño los rindió, amanecien- 
do al otro día en la ciudad de los «ates> y de los 
buenos repollos. 

Cuidóse bien el ladino Gobernador del Ejstado, a 
quien por ceremonia hubieron de visitar, de manifes- 
tarles los peligros de la excursión aquella. ¿Cómo 
hacerlo si el Estado todo gozaba de la más absoluta 
calma, en los diarios partes oficiales que comunica- 
ban al Centro, que reinaba la paz? Allá los excur- 
sionistas que se las compusieran como Dios les 
diera a entender! Y por eso que confiados y bullan- 
gueros, siguieron aquéllos adelante. 

Comenzaron los recelos y zozobras cuando, a bor- 
do del tren del ramal de Maravatío oyeron hablar a 
los demás pasajeros de las veces en las que los «al- 
zados» habían «parado» el tren y lo habían «balacea- 
do» ¿Sería posible tal cosa? 

— Perdone usted — preguntó Chaneque a uno de 
los pasajeros — ¿es exacto que hay rebeldes por es- 
tos rumbos y que paran el tren? 

— ¡A veces pero no siempre! 

— ¿Y qué lo «balacean?» 

— Sucede. . . . pero no siempre. 

— Dicen que lo dejan a uno con cueros vivos o frío 
de cinco balazos 

—En ocasiones, pero no siempre. ... 

—Pues ¡he salido de dudas! Bueno, y ¿cree 









j^ 






260 E. MAQUEO CASTELLANOS 

usted que ahora nos toque la de «a veces» o la de 
«siempre?> I 

— Pues ¡quién sabe! Por ahí «anda» la partida de 
<Rnajero» I 

Chaneque atribuyó el retortijón que súbitamente 
sintió, a aquel endiablado «escabeche» de lata que 
había comido en el hotel. Y como resultado de aque- 
lla inquisitiva, cesaron los cuentecitos de puata, se 
guardó la baraja, apuróse un cognac «doble» y los 
de la jira entraron en muda. 

Sin embargo, el tren seguía caminando velozmen- 
te, dejando a sus flancos risueñas haciendas, verdes 
sementeras y alguno que otro arbolado, con lo que 
nuestros peregrinos iban recobrando poco a poco 
el ánimo; mas ocurriósele al «ciceronne» aquel, ad- 
vertirles ondosamente: «¡Ya mero llegamos a los 
lugares malos!» con lo que bastó para que el re- 
tortijón de Chaneque se contagiara a sus compa- 
ñeros. 

— Oiga, Alfarito (Chaneque a un compañero), ahí 
le devuelvo la pistola que me prestó 

— (Alfarito rehusándola) ¿Pistola? ¡Si yo no le he 
prestado nada! I 

—Y. . . . dispense usted, señor. Si se llega uno a 
encontrar con esos sujetos ¿qué hay qué hacer? 

— Pus por prontas diligencias aaorrillarae^ porque 
«avientan» sus plomazos, y a luego, pos darles el di- 
nero que se pueda 

— (Alfarito a Chaneque) Oiga Chaneque, favor de 
guardarme estos «mugrosos» (billetes de banco). 

— Lo siento, pero no tengo dónde .... 

Automáticamente los billetes, los pesos fuertes, 
los tostones y demás objetos de valor, desaparecie- 
ron en el fondo de los zapatos, en las pretinas de los 
pantalones y en toda resquicio a propósito de la in- 
dumentaria de Chaneque y socios, que por pruden- 



LA RUINA DB LA CASONA 261 

cía se quedaron con «algo aaelto> para satisfacer las \S<i; 

exigencias, en dado caso, de aquellos tímidos re- ?: 

beldes. 

—¡Malditos latrofacciosos! ¡Se llaman rebeldes Í! 

j no son más que bandidos! Jv 

— ¡Igual que los de ayer y los de mañana, colega! 
Frutas del mismo árbol 

— ¡Hombre, no diga usted esa herejía! Nosotros 
éramos honrados v 

Eln estos dimes y diretes estaban los excursionis- 
tas, cuando el tren se puso a traquetear violentamen- . » 
te como si en vez de correr sobre rieles, caminara ^ 
sobre piedras, hasta que concluyó por pararse. r-- 
bruscamente, a tiempo que se escuchaban inter- 
mitentes disparos de fusil, seguidos de un esten- 
tóreo: , ?^ 

— ¡Aaorríllense jijos de la que aquí están los ^5 

de Tinajero! - Mezclado todo con el estrépito del 

cristal de alguna ventanilla rota por un balazo, 

los gritos de las mujeres asustadas, las invocacio- 5: 

nes a los más notables abogados de la Corte celes- \<;^: 

tial, etc. 

— ¡Mi última hora! — se dijo el «Capulín» tirando- f 

se de barriga entre dos de los asientos del coche. 'f 

¿Cuánto duró en la incómoda posición de un ado- 
rador de Budha? Para él, siglos; para el reloj, me- %' 
dio minuto que transcurrió hasta que, a la más no- .;>-■: 
ble parte de su cuerpo, bien colocada para el caso, 
arrimara un soberbio puntapié uno de los de \ /- 
Tinajero diciéndole: 

— iAlevánteae roto! 7*. 

Chaneque se hubiera hecho de buena gana el 
muerto; pero temió serlo efectivamente si no se in- 
corporaba y lo hizo. '' 

—¡A ver! ¡Conteste! ¿Usted qué ee? \t. 

: —¿Yo? Oaxaquefio ^ tJ 



262 



E. MAQUEO CASTELXANOS 



■Jí 



— iNo le preguntamos eso! ¿Sirve al mal Gobier- 
no o no? (por el de Madero). . . 

— ¡Qué esperanzas! ¡Ni lo pienso! 

¿Acaso todo un Pedro no había negado al Divino 
Maestro en menos apurado trance? 

— Pues entonces grite: ¡Muera Madero! 

— Hombre la verdad es que a mi no me gasta 

meterme en política I 

—¡Grite o lo «tiendo!» (apuntándole al pecho el 
fusU). t 

— ¡Muera Madero! — gritó el «Capulín» con la voz 
más estentórea que pudo. 

— Bueno Y ahora, déme los «níkeles» que 

traiga 

— ¡Ck>n mucho gusto pero tenga la bondad 

de apuntar para otro lado! 

Y hurgándose los bolsillos, alumbró hasta cinco 
pesos setenta y cinco centavos, que entregó al tru- 
hán aquel con temblorosa mano. I 

La escena del desbalijamiento obligatorio fué tan 
rápida como eficaz, por lo que a poco el tren pudo 
de nuevo iwnerse en marcha, cuando los de la «jira,> 
turnándose en el uso de reservado sitio, se decían 
para sus adentros: 

— ¡Caramba! ¡pero qué dafio me hizo el «escabe- 
che!» 



* 
« * 



— ¿Es decir que ya de aquí para adelante no se 
puede ir en ferrocarril? 1 ¿ 

— No, sefior - contestóle el hostelero a Alf arito. - 
Tienen ustedes que alquilar automóvil o caba- 
llos. ... ^ I • 

— ¿Qué prefiere usted Hernández? —preguntó 
Chaneque al otro colega. 



LA RUINA DE LA CASONA 268 

— ¡Regresarme a México! 

— Ojalá, pero ¡ni modo! ¡figúrese qué ridícu- 
lo! ¡Qué dirían de nosotros! Cortábamos la carrera 
con seguridad .... 

y— ¡Pues prefiero cortar aquélla a que nos corten 
ésta c«n las existencias! 

— Bueno diga usted (al hostelero): Y 

¿también por ahí por donde vamos, hay alzados? 

— ¡Como niguas! La partida de Rubalcabas, la del 
tuerto Matías, la del «Tigrillo» y otras 

— ¿En manos de cuál quedaremos? fué la general 
interrogación «in-pectore.» 

— Y ¿qué hacen? ¿Qué hacen con uno? 

— Pus .... hay que darles plata para salir bien 

de sus manos La del tuerto es la peor Las 

otras más que nada vuelan trenes; pero no matan 
gentes ^ 

— ¿Y las gentes que van en los trenes? 

— ¡Esos se mueren en la < volada» que es otra 
cosa! 

Los calosfríos del «escabeche,» recorrían los cuer- 
pos de los espantados excursionistas. 

— Pondremos un telegrama a México explicando 
la situación — propuso Alf aro. 

— ¡Excelente idea! ' 

Y el telegrama se puso acentuando todavía más 
los peligros corridos y los en perspectiva, en calidad 
de «urgente.» Mas la desconsoladora respuesta no 
se hizo esperar. «No era cierto que hubiera tales 
rebeldes; aquel mismo día, el periódico publicaba 
un extenso telegrama del Gobernador del Estado, 
asegurando que la paz reinaba en aquél; y el «Dia- 
rio» oficial de la Federación, aseguraba lo mismo; 
tales fuentes de información no podían mentir; todo 
era cuestión de cobardía inexplicable en unos redac- 
tores de «El Nuevo Credo,» etc. 



264 



E. MAQUEO CASTEI«LANOS 



— Pues ¡ni remedio! Adelante ¿Qué escoge- 
mos entóneos, auto o caballo? 

— EJl auto, que corre más — ^Y la prorisión de 

cof^ac se substituyó por otra abundante de «coci- 
miento blanco.» ¡Les había hecho un dafio feros el 
escabeche aquel! 

Salvando baches y brincando piedras, avanzaba a 
poco el automóvil por plena campiña, exornada de 
cactus y «pirús» cuando, ya bien lejos de poblado, 
divisaron sus tripulantes un par de ginetes en es- 
cuetos «pencos matalotes» o sean huesudos caballos 
trotadores. 

— Esos deben ser dos desperdigados de la partida 
de Matías — observó el chauffeur, buen conocedor, a 
fuerza de duras prácticas, de los colores y divisas 
de las abundantes ganaderías revolucionarias. 

— ¡Partida al canto! Oiga chauffeur: ¿qué no pu- 
diéramos evitar tan poco agradables encuentros? 

— No tengan cuidado Esos son desperdiga- 
dos y no hacen nada. I 

Llegaron a estar a la misma altura ginetes y au- 
tomóvil, y Chaneque y sus acompafiantes fueron 
desagradablemente sorprendidos por un formida- 
ble grito de: 

— ¡Alto ahí! ¿Quién vive? A tiempo en que los su- 
jetos aquellos «arrancando» los caballos hasta venir 
a «rayarlos» en las portezuelas mismas del coche, 
apuntaban a los indefensos pechos de los excursio- 
nistas dos sendos cañones de riñe. Pero lo que más 
les sorprendió, fué el estrafalario aspectode los nue- 
vos asaltantes. ' J 

Cada sujeto de aquellos calaba un inconmensura- 
ble sombrero de palma, de descomunales alas; sucia 
«capulina» de gamuza; reseco pantalón de casimir 
«cachiruleado;» toscos zapatones de los que pendían 
unas espuelas de ñerro de inverosímil longitud, y 



LA RUIKA DE LA CASONA 266 

en los pechos cruzadas las respectivas cananas re- 
pletas de parque libertador y democrático ; x)ero 

lo más curioso, lo sorprendente eran las cargas que 
llevaban, producto de los recientes «avances,» léase 
rapifias, legítimo botín rebañado en el ejercicio de 
sus sacrosantas funciones.... Cargaba el uno, de uno 
de los arzones de la montura, un pavo real, cuidado- 
samente envuelto en un tapete, y del otro un cana- 
rio en su jaula, un envoltorio de finas cortinas de 
punto y como media docena de zapatos de todas 
clases. Su adlátere llevaba, colgados de un arzón, 
una naveta para incienso, una mandolina con las 
cuerdas saltadas, unos libros dentro de una red, y 
del otro arzón, un gallo fino de pelea, que se daba 
de testerazos con un busto en yeso de don Benito 
Juárez! 

— ¿Pa onde van? ' 

— A visitar a un enfermo — acertó a decir tímida- 
mente Alfarito. 

— ¡Como que lo creiba! (por creía). ¿On tan las me- 
lecinaa? (medicinas). 

¡Salvadora resultó la boteUa de cocimiento blan- 
co! Chaneque la esgrimió como convincente argu- 
mento. 

— Bueno. Pus «caíganse» (entreguen) con unos 
«fierros» (duros). 

Precipitado registro de bolsillos: reunión acelera- 
da de fondos y entrega de lo reunido a aquel par de 
«libertadores» de nuevo cufio, con lo que Chaneque 
y socios quedaron libres, pero ala vez casi sin blanca. 

—Y ora griten ¡Viva Orozco! 

No hubo más remedio que dar el sacrilego grito, 
tras el cual la marcha se continuó, rebajando los 
«propagandistas» de la desafortunada jira, casi a 
la mitad, el contenido de la botella salvadora. 

— Vamos a ver si tenemos la buena suerte de no 






266 E. MAQUEO CASTELLANOS 

«toparnos» con la partida del «Tuerto» que esos sí 
son «bragados» —advirtió el buen chauffeur. 

— ¡Otra partida más! -dijo Chaneque casi desfa- 
llecido. 

— Sí esos andan de este lado de las lomas. Los 

otros ya están del otro lado 

— ¡Buen consuelo! ¡Nada, que estamos perdidos! 

— ¡Partidos por el eje! — dijo Hernández. 

Y en efecto, jkkío menos que partidos por el tal 
quedaron al darse de manos a boca con la «partida» 
del Tuerto, que sesteaba desprevenida tras unos 
matorrales, y que al hacer su brusca aparición el 
auto, abrió sobre él jaraneado fuego del que salieron 
ilesos los tripulantes por milagro; pero no la máqui- 
na que recibió alguna bala en pleno corazón, por lo 
que allí quedó inutilizada. I 

— Jijos de la gran ¡«saqúense» de ahí! (bájen- 
se del coche). I 

Los tan amablemente recibidos, no tuvieron más 
remedio que abandonar el coche que hubieran que- 
rido ver convertido en aeroplano. 

— Y ora «párense» no más dijo el feroz «Tuer- 
to» echando lumbre como un cíclope por aquel ojo 
único, que se revolvía airado dentro de la roja órbi- 
ta. — A ver Uniente: coja quince números (soldados)' 
y «afusíleme» éstos! 

El pavor, el pánico quintescenciado puso en los 
labios trémulos de Chaneque una tímida reclama- 
ción, que era más de una súplica medrosa: 

— Pero ¿por qué nos van a fusilar? ¿Qué, nos 

van a fusilar de veras? 

— ¡Ora lo verán «escuintles» (perros flacos). 

— Pero ¿por qué, hombre, si nosotros nada 

debemos? Somos unos infelices caminantes que na- 
da hemos hecho 



LA RDINA DÉ UL CASONA ' 267 

— íE^so lo averiguarán después! Ahora los afusi- 
lan «provisionalmente» 

— Jefe - observó el«tiniente> mientras los del pelo- 
tón de ejecución se alistaban para el acto y Chaneque 
y socios castañeteaban los dientes con más celeridad 
que auténticas castañuelas en una jota andaluza, - si 
los «balaceamos» vestidos, se echan a perder los 
«fluxes» y es lástima 

— ¡Tienes razón! ¡A ver, desnúdense! 

Negáronse a ello no las voluntades, pero sí los 
agarrotados miembros de las víctimas, en vista de 
lo cual, los ejecutores los dejaron rápidamente en 
condición de Adanes en el Paraíso. 

— Pero Oiga usted, Jefe mire, Jefecito- . . . 

¿para qué matarnos? ¿Qué gana? 

— ¡No oaerve/ ¡Obedezca! 

Chaneque, sintiendo que ya las balas le perfora- 
ban el cuerpo, haciendo tronar a su morena piel al 
rasgarla inclementes, tuvo una frase única: 

—¡Si no valemos ni el parque que van a gastar! 

Tal frase lo salvó. 

— ¡Oiga! ¡Pues es verdá! Son unos «jotos» in- 
felices! ¡Métanles mejor cuatro «planazos» y que 

cojan su camino! ; .'^. 

Ejecutóse la orden y sobre las desnudas espaldas 
del «Capulín,» de Alfarito y de Hernández, cayeron 
los machetes impíos de aquellos hombres, levantan- 
do en sus carnes gruesos cardenales. 

— Y ora largúense no más Y si se «aploman» 

los cazamos desde lejos 

— ¡Sí, sí si ya nos vamos! Pero fuera us- 
ted tan amable que nos permitiera tomar unos cuan- 
tos periódicos de esos? De los que están en el auto- 
móvil .... para taparnos sabe usted? 

— ¡Cójalos! No nos sirven .... (Nadie de la par* 



•i.» 



268 



E. MAQUEO GASTSIJLAN06 



■_-*■'■*.• , 



tida sabia leer, inclusive el «Taerto,» no obstante su 
grado de coronel.) 

Eran aquellos ejemplares de «EU Nuevo Credo» en 
el que los excursionistas escribían. Con ellos des- 
doblados cubrieron sus desnudeces, mientras a pa- 
so veloa se alejaban en triste caravana, diciendo Cha- 
neque amargamente: 

— ¡Para lo que nos está sirviendo «nuestro Credo!» 

Y el periódico desdoblado, en un colmo de sarcas- 
mo, dejaba ver en su primera plana y en gruesos ca- 
racteres: «El Gobierno ha concluido con el bandidaje 
en Michoacán!» 

Pardeaba la tarde; habíase puesto el sol tras los 
cercanos cerros y la doliente caravana apresuraba 
el paso para llegar a poblado antes de que anoche- 
ciera, no obtante que los pies sangrantes y doloridos 
con los guijos del camino, apenas si osaban tocar el 

suelo Había que aprovechar los últimos claros 

para rendir la terrible jornada! Cabisbajos, silencio- 
sos, tiritando de frío y tratando de protegerse de la 
intemperie con los periódicos iban nuestros hom- 
bres, cuando de pronto, para digno remate de tan 
funesta jornada, un fatídico graznar de aves sor- 
prendidas y un batir de recias alas pesadas y nume- 
rosas los sacaron de su abstracción, haciéndoles le- 
vantar los ojos del suelo. 

El espanto heló la sangre en las venas, y aun al- 
guno de los caminantes tambaleó y cayó — 

Una parvada de siniestras «auras» acababa de le- 
vantar el vuelo de sobre un montón informe, negruz- 
co, hediondo, en cuyo torno revoloteaba un mundo de 
moscas, y en el que se confundían, pudiendo apenas 
distinguirse, girones de ropa empapada en un líqui- 
do nauseabundo y piltrafas de carrofia no engullida 

aún por los cuervos en su opíparo festín Y allá 

arriba, recortando fatídicamente sus siluetas ne- 



''■V^ 



Uk RUINA DE LA CASONA ; : 269 

gras sobre el diáfano y sereno lila del cielo crepus- 
cular, en actitudes grotescas de monigotes de «pifia- 
ta,> negros los rostros y las vestes por obra de la 
putrefacción creciente, untados los cabellos sobre 
los cráneos picoteados por las aves de rapifia, col- 
gantes las lenguas como en un gesto estúpido, sal- 
tones los ojos cuyas córneas blanquecinas los hacían 
aparecer espantosamente grandes, y oscilando rít- 
micamente al viento de la tarde, colgaban de la «cru- 
ceta» de un poste telegráfico, los cadáveres de dos 
ahorcados, mientras el tercero, corroídas ya en de- 
masía las carnes, se había desplomado para estre- 
llarse en el duro suelo y convertirse en aquel montón 
informe que brindaba rica vianda a los «zopilotes» 
en tanto que en la cruceta había quedado, como una 
siniestra omega, el dogal del que había pendido! 

Cadáveres de transgresores de la ley, por la ley 
ajusticiados en bárbara forma, o cadáveres délos 
defensores de la ley, ajusticiados por sus transgre- 
sores, pronto se desplomarían también caerían 

en un montón negruzco, serían pasto de las innobles 
aves, se blanquearían al sol sus osamentas y el vien- 
to concluiría por rodarlas desmenuzándolas, sin que 
hubieran podido tener cristiana sepultura ni respe- 
tos de deudos! . i .■ j| 

¡La guerra civil, la terrible guerra, iba ya abonan- 
do los campos que más tarde transformaría en Ha- 

celdama! •; v- ; ^"^ 

Chaneque, con los ojos fuera de las órbitas, encla- 
vado en el suelo como si lo dominara una magnética 

atracción y en nerviosa excitación, creía ver que uno V; : 

de aquellos cuerpos oscilantes, descendía poco a po- vrí 

co hasta él; lo envolvía en la asfixiante atmósfera de ¡0:^ 

la carne podrida; lo hipnotizaba con sus fijas e in- "í^ 

mensas pupilas; le hacía una espantosa mueca con >, 
Su lengua hinchada hasta la deformidad, y abrién. 



Sí 












270 



E. MAQUEO CASTEIXANOS 



f\v 



dole los brazos en un homicida abrazo, lo estrechaba 
y lo aplastaba con el peso de sa podredumbre! Sa- 
lió de su espanto cuando oyó a alguno de sus com- 
pafieros exclamar: 

— ¡Jesús me valga! ¡Lo que estamos haciendo! 
¡Racimos de horca! - ^ I 

Entonces, dando un estridente grito, más bien un 
alarido, y pintado en el rostro el terror, partió co- 
rriendo como un loco en dirección al lejano caserío 
que apenas si se dibujaba ya en las sombras del atar- 
decer tranquilo, por entre las verdinegras y remo- 
tas frondas .... 

Tres días después, la «curandera» de la hacienda 
de * * * reconociéndolo cariñosamente en su lecho de 
enfermo, mientras él desvariaba presa de altísima 
fiebre, con visiones macabras de trenes «volados,» 
de fusiles apuntados a su pecho, y de ahorcados que 
se balanceaban horrorosamente en interminable fila 
de crucetas telegráficas, decía: 

— ¡Probé nifio! ¡Lo que tiene es un «tabardillo pin- 
to» de primera ccUidál 



* « 



El 10 de octubre de 1912, cundió por la capital de 
la República, una noticia con la velocidad de un re- 
guero de pólvora. Don Félix Díaz, sobrino de don 
Porfirio, y el general José María Díaz Ordaz, Jefe 
del 21 batallón de infantería, de guarnición en Ve- 
racruz, se habían apoderado por sorpresa de tan 
importante plaza, levantándose en armas contra el 
Gobierno. 

Aunque la pública sospecha presagiaba un movi- 
miento revolucionario de «cualquiera» contra el Go- 
bierno constituido, como había pasado en tiempos 
del Dictador, en que el «cualquierismo» había sido 



■m 






LA RUINA DE LA CASONA 271 

la primitiva bandera, nadie se esperaba que el mo- 
vimiento estallaría en punto tan importante como el 
primer puerto del país, y por lo tanto, la impresión 
fué la de que el Gobierno estaba perdido, y de ahí 
que desde luego la intentona contara con las simpa- 
tías de todos aquellos para quienes lo que importa- 
ba era una rebelión, un Jefe y algunos elementos 
para derrocar al Poder. Ya se había visto que con 
eso bastaba. 

Y que la misma no fraguaba en el vacío, lo de- 
mostraron la sensación que por su audacia causó y 
el eco que produjo, sin ezteriorización patente, 
frustrada en el ejército, lastimado y deprimido por 
el Presidente Madero, que no había querido ver en 
él un sostén de la paz, procurando captarse sus 
simpatías, por el prurito pecaminoso de que ese 
ejército no hubiera defeccionado, faltando a su 
más elemental deber, para unírsele en la revolu- 
ción contra don Porfirio; y en el elemento civil, del 
que una buena parte quería la caída de Madero 
porque sí, en un veleidoso cambio de amo, y la otra 
lo deseaba, por lo 'menos, comprobado como estaba, 
que el Presidente no daba la talla para conducir a 
la nación por los caminos del orden. 

-¿Qué hubo, Andrade? ¿No se lo decía yo a us- 
ted? No dirá que he sido mal profeta ¡EiSto te- 
nía que suceder de un momento a otro! ¿Qué hacer 
con un Gobierno de incapaces? 

- ¡No diga usted eso, don Taco! Diga mejor: ¿qué 
hacer con una nación de irrequietos? 

-Féeeelix Díaz tiene razón ¡qué caaaray! Está 
en su dereeecho 

- ¡Natural! ¡En el mismo que estuvo Madero pa- 
ra pronunciarse contra don Porfirio! 

- ¡Don Porfirio había sido electo por el fraude! 
¡No era un Presidente legítimo! 



'■■is, 



272 E. MAQÜBO CASTELLANOS 

— ¡Si a esas vamos, Madero fué electo por el 
error! 

— ¡Los militares >jamás deben ir a la rebelión! 6i 
quieren hacerlo, que se quiten las insig^nias! 

— ¡Más criminales son los civiles que hacen^revo- 
luciones con elementos extranjeros! 

— No se cansen ustedes, sefiores Cuando al- 
guno, en un momento de ligereza, abrió la llave de 
la caldera, inconsciente de la fuerza del vapor, tc- 

dos aplaudimos Ahora no tiene capacidad para 

cerrarla, y todos criticamos! Lo de ayer es lo de 
hoy y será lo de mafiana, mientras no nos conven- 
zamos de que «unos son los que fuman y otros los 
que escupen». . . . Los mexicanos somos de los últi- 
mos, para que otros fumen 

La juiciosa observación deGordillo fué interrum- 
pida por la llegada del insigne Pingarrón, que ve- 
nia de prisa y al parecer hondamente preocupado. 
Por supuesto que, puesto a tiro, la lluvia de pre- 
guntas no se hizo esperar, que no podía ser menos, 
tratándose de un personaje tan alto en política, y 
que, por lo tanto, debía estar bien informado. 

— ¿Qué hay, sefior Pingarrón? ¿Qué nos cuenta? 
Pingarrón se conformó con contestar: 

— Pues ya saben ustedes lo que dicen 

los periódicos I 

— Bueno, pero ¿triunfará o no la revolución? 

— Pues .... la situación es delicada Sin em- 
bargo, los elementos ¿saben ustedes? En caso 

de complicaciones, habrá que trabajar inteligente- 
mente 

— Bububueno ¿pero quién gaaana? ' ' 

— ¿Quién ha de ser, Tafollita? ¡Poco habrá de vi- 
vir quien no lo vea! I 

Y el interesante personaje hizo rápido mutis, de- 



LA RUINA DE LA CASONA . 273 7%?? 



^ 






K,i'.-^ 



y . ^ 



jando enfrascados a sus interrogantes con los logo- 
grifos que les había planteado. 

— ¿Qué tal, eh? La situación es delicada. . . . Cla- 
ro! Eso quiere decir que el ejército está con Díaz y 
que se le unirá 

— iNo, hombre, ni lo diga usted! ¿No se ha fijado 
en que Pingarrón ha dicho que «hay elementos?» 

— Eeeeso de las cocompiicaciones, quiere decir 
que van a venir los gringos ¡seguro! 

— ¡Y no! ¿Pues qué no te fijaste en que dijo que 
se trabajaría intelectualmente? -P 

Sí: el ejército, en sus clases bajas, simpatizaba 
todo con el movimiento sedicioso, por su poca sim- 
patía, no contra Madero, sino contra los «irregula- 
res» que, para los «Juanes,» no eran soldados de 
verdad. Inconscientemente, el novel Presidente, 
que creía tener esclavizado al éxito, crédulo de que V 
contando con la emotividad popular no tenía que te- 
mer nada ni a nadie, había descuidado, o por mejor 
decirlo, cuidado de que aquella rivalidad latente se 
mantuviera, sin darse cuenta de que así, lo que ha- 
cía era fomentar dos fuerzas antagónicas, alguna 
de las cuales bien podría estar alguna vez en su 
contra. El antiguo ejército, que hasta la hora de la 
caída de Díaz sólo había sabido ser un organismo, 
una institución dócil a la disciplina y ajeno a la po- . < *' 

lítica, había concluido por darse cuenta de que de- ^ 

bía contar como un factor para el hombre que qui- ^ 

siera tener el i)oder, en fuerza de que así se le había '.;: 

predicado, y el nuevo contingente armado, el crea- -f^ 

do por la revolución, aun no hecho a la disciplina, y V 

en cambio halagado en sus pasiones, despertadas 
en la avalancha revolucionaria, mal podía obrar en 
otra forma que pasionalmente. EH choque era pre- 
visible para cualquiera menos obsesionado que el 

Presidente. 

18 



m 



•*■'.» 



\^í 274 E. MAQUEO CASTELLANOS 









En cambio, la oficialidad, los jefes federales más 
conscientes de su ministerio, más penetrados de su 
misión, sentían viva repugnancia aún para' cometer 
una infidelidad; la lealtad era en ellos religión aun 
5 ■ no contaminada del cisma, en la gran mayoría. Y 

■ V*. pesando y conociendo las lacras de aquel Gobierno, 

jj*" estaban con él, porque con él estaba la bandera por 

:f, la que habían jurado morir. 

''?% Por eso es rigurosamente exacto que, mientras 

las fuerzas regulares enviadas a sofocar el cuarte- 
lazo de Veracruz iban vitoreando a bordo de los tre- 
-^ nes que los conducían, al caudillo de aquél, los Je- 

-:\: fes se conformaban con dejar hacer, impotentes 

7^ para contener tal explosión, y reservándose el 

ejemplo de disciplina y lealtad para el momento 
oportuno. La credulidad en que el total obraba ba- 
. . jo un solo impulso, fué la que perdió a los rebeldes, 

que creyeron que los que iban en su contra acaba- 
rían por fraternizar con ellos. 

Y así fué cómo en una semana la sedición fué 
aplastada, muriendo por inercia en su cuna, y en la 
misma ciudad de Veracruz, en un asalto en que 
la resistencia fué casi nula, y que terminó con la 
captura de los iniciadores, inclusive don Félix Díaz. 

— ¡Tenía que suceder! ¡Mire usted que es 

táctica esa de meterse en el fondo de un embudo 
para resistir allí! —decía el tornadizo Barbedillo. 

— ¿Ya lo ve usted? Convénzase don Taquito, de 
' • que «la era de las revoluciones ha pasado» desde el 

momento en que tenemos un Gobierno popular y 
democrático — observaba Chaneque satisfecho. 

— Yo se los indiqué a ustedes -decía Pingarrón, 
que «post nubilia Phebus,» no consideraba ya com- 
prometido el hablar según las circunstancias lo 
indicaban. — La situación era muy delicada, sí, para 
los pronunciados! El Gobierno tiene elementos de 



LA RUINA DE LA CASONA 275 #; ^ 

sobra No hay rebelión posible! Podría haber -^^ 

complicaciones si fallaban los planes estratégicos 
que teníamos acordados; pero trabajamos intelec- }^' 

tualmente y todo no pasó de un «albazo» que fué íV-.;; 

una tempestad en un vaso de agua. . . . ••í 

— Lo que queda por hacer, es que los fusilen en 
masa a todos y «en caliente» 

— No— dijo Andrade-Ique obre laley! Sólo ella 
es la dueña de esas vidas, si es que tenemos real- 
mente derecho al título de nación civilizada. Si es 
ella la que los condena, que los fusilen 

— Es que en recto criterio político, la ejecución 
se impone para ejemplo. 

— En recto criterio jurídico, la pena de muerte 
está abolida para los delitos políticos, y éste lo es, 
y las garantías constitucionales no están suspendi- 
das, y vivimos bajo el imperio de un orden consti- 
tucional! 

Por fortuna para Díaz y sus compañeros de aven- 
tura, no hubo ni habilidad, ni serenidad bastantes . 
de parte de sus jueces que, mal instruidos por tor- 
pes indicaciones gubernativas, quisieron torcer la 
ley, torturaron el procedimiento, y concluyeron por 
(lar así tiempo y materia para la secuela del «juicio > 
(le amparo de garantías. > Y sí hubo, en cambio, un • 
formidable, un inequívoco movimiento de opinión, , 
que reclamó que fuera la ley la que obrara, y un 
bello gesto de independencia y decoro de parte del 
Poder Judicial Federal, al que, digámoslo para su i .¿^ ; 

honor, respetó y acató el Presidente Madero, sal- ^^1> 

vándose los presos del patíbulo, para ir a la fortale- Bv 

za de Ulúa, cuyas puertas volvieron a abrirse para 'Mi\ 

«reos políticos» a poco de haber prometido el Pre- . '^: 

sidente solemnemente, que aquéllas se clausuraban :5-« 

])ara siempre. . .. >:^;, 



;'- -ría»»';' 



276 



E. MAQUEO CASTELLANOS 






Y de la frustrada intentona sólo quedó el primer 
capítulo escrito, semejante a una grieta más, abier- 
ta profunda y elocuentemente en el edificio de la es- 
tructura nacional, como aquellas que en la casona 
de las Moras abriera el histórico temblor de junio de 
1911! 



iíí9: 



«I 



CAPITULO IX 



Porra," porrazo y Porrítas 



No obstante lo efímero del fracasado movimiento 
de Veracruz y las críticas a las que el mismo se ha- 
bía prestado, y que se podían descomponer entre 
las tibias de los que impugnaban la intentona por 
haberse enderezado contra un Gobierno que era un 
Gobierno legítimo, y las de los que lo censuraban 
por haber abortado, más que por otra cosa, por 
poca diligencia de los directores, era inconcuso que 
aquél había abierto hondo surco en el público espí- 
ritu. 

EIn esa agitación había Ago que no era la simple 
animadversión para los gobernantes de aquel en- 
tonces, ni el que la opinión hubiera reaccionado 
desengañada de Madero, sino algo más: repugnan- 
cia, enfado por algún elemento puesto en juego tor- 
pemente para demostrar un artificial odio popular 
contralos rebeldes de Veracruz, cuyas cabezas se ha- 
bían pedido con desaforados gritos y en subversivas 
manifestaciones en las calles de la Metrópoli, a tiem- 
po mismo en que un elocuente movimiento impo- 






278 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



nía al Presidente de la República el deber de respe- 
tar la ley, dejando a la misma, serenamente, el hacer 
sentir su peso sóbrelos presupuestos delincuentes.; 

Se quería que, por una excepcional vez en la his-' 
toria política de México, no fuera el Poder, abusi-; 
vamente obrando, el que cegara aquellas vidas; quei 
no fuera la «matona» la que se descargara rápida y i 
efectiva, probablemente con beneficio de la saluda 
pública y de la paz, pero con notorio agravio de las 
instituciones de justicia, imponiendo el castigo; si; 
era México un país culto, y en él había arraigado! 
realmente el hábito del respeto a las instituciones, 
el castigo no debería tener colorido de venganza y; 
sí todo el lustre de una satisfacción a la vindicta' 
legal. 

Mas con la revolución maderista, y como produc- 
to genuino suyo en las jornadas de los últimos días 
de la dictadura porfiriana, se había tratado de acli- 
matar en la Capital una planta exótica de cuya se-; 
milla se desprendía morboso polen, y se regaba a; 
los cuatro vientos para un proselitismo venal, abo-' 
nándose, para hacerla fértil, con el vil tostón que 
hacía de vagos y rufianes de plazuela, políticos de- 
mitin popular; gritones asalariados, simulando ser 
los portavoces del sentimiento popular y no siendo, ; 
en resumen, más que el fétido desagüe de pasiones 
tras las que se escondían innobles demandas. 

— Eeeeso es indigno de un pupupueblo civiliiiiza- i 
do! — decía Demóstenes poseído de una sincera in- 
dignación. — Escenas de caaaf rería! Pedir la cabeza 
de unos hombres a griiito tendido como si se trata- 
ra de «caaalientes de borno!> 

— ¿Y de qué otro modo quiere usted que las muí- ; 
titudes demuestren sus cóleras? Las masas son 
siempre impulsivas y obran apasionadas 

— iNo me venga usted con la Reeeevolucioncita i 



LA RUINA DE LA CASONA 



279 



fraaancesa! ¡caaaray! Allá no fungía el tooostón 

No se alquilaban gritooones. El pueblo mexicano 
es basante noble para querer el asesinato en tal 
forma.. .. -' 

— Nunca los grandes grupos se han animado en 
ninguna parte, si no es que pasa sobre ellos el so- 
plo de un verbo iracundo que los excita. 

— En eso es en lo que no estoy conforme — obser- 
va Barbedillo que, al darle la razón a TafoUa contra 
Pingarrón, demostraba bien que había recobrado 
ciertos alientos para estar en desacuerdo con el po- 
deroso. - Yo estoy de acuerdo con Tafollita y diré a 
usted por qué Porque de ese modo se mal edu- 
ca a las multitudes, por los que Andrade llama 
muy acertadamente ¿cómo Andradito? 

— «Meneurs.» 

— Eso es ... . meneres de la política! Rasque us- 
ted en el caso y verá quiénes son los que han orga- 
nizado esas manifestaciones. , . 

— Claro! La pooorra! '-X- 

— Y qué tiene eso? 

— ¿Qué? que los de la «porra> son del Gobierno, 
paniaguados suyos que hacen lo que hacen por pa- 
^a y no por convicción. 

— Mire usted, señor Pingarrón — díjole Andrade. 
— Yo, que soy casi un desencantado de la revolu- 
ción, porque veo que todo lo grande, sano y bueno 
que traía en sus banderas se va esfumando, digo a 
usted imparcialmente que hace más daño al Gobier- 
no la tal «porra> que toda esa prensa que, ya sin 
ambajes, no sólo practica la oposición, sino que pre- 
dica la insurrección. 

— ¡Qué quiere usted! Yo se lo he dicho a Gusta- 
vo; pero aunque él conviene conmigo, no puede qui- 
tarse a ciertos elementos que se dicen amigos y que 
son los que organizan esas manifestaciones. 



■i.V". 



280 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



..■'"¿v . 



Ai- 



•r?í 



—¡Pues yo sostengo el «derecho inalienable» que 
hay en ellos para hacer despertar a las multitudes 
frente a los peligros! 

— Porque tú eres un Maratito baaarato, qut estás 
a paaaga para eso! 

— Y tú un reaccionario infeliz al que hay qne dar 
e) pésame, porque lo que es por ahora, ya tiene tu 
caudillo para pudrirse por tiempo en una mazmorra 
de San Juan de Ulúa! .. \- .' H ■*■ ■ 

— Nosotras somos de la opinión de Chaneqae. . . . 

— Cómo, Cuquita! ¿Ustedes porristas? 

— No, pero sí revolucionarias activas .... 

— Fíjese nada más, Cuuuca, en que ahora la «po- 
rra» es la que está llamaaando a la revolución 

— Pues que venga, hombre, que venga, que ya vis- 
te que pronto dimos cuenta de ella en Veracruz! 

— No lo quieras, que te vas a enfermar otra vez 
del suuusto, como te pasó en la jiiira esa • - 

Chaneque enmudeció, que aun pasaba po? bus 
ojos la tremenda visión de los ahorcados, y le pare- 
cía ver apuntado a su pecho el fusil de alguno de los 
de «Tinajero.» Ante aquellos recuerdos se calos- 
friaba sin querer, no obstante que tales aventuras 
le habían valido un aumento de sueldo y un párrafo 
laudatorio en el periódico, y aun que comenzara a 
sonar su nombre como el de un posible candidato, 
con méritos bastantes, para Gobernador de su Es- 
tado, allá para cuando tuviera la edad de ley ¡De 

menos habían salido otros que ahora estaban fun- 
giendo, sin aludir a Pingarrón! ■ t * I 

Lo que era notable, la hipocresía del último cuan- 
do de la «porra» se trataba; tal parecía que hasta 
ignorara su existencia, cuando él había sido preci- 
samente uno de sus más adictos, listos para apro- 
visionarla de partidarios por interpósita persona; 
para subvencionar oradorcillos de guardacantón y 






:.v 4 LA RUINA DE LA CASONA 281 

hasta para sefialaF puntos de provisión de piedras 
para los manifestantes, indicando aviesamente qué 
casas deberían sufrir la pedrea; y si él no sacaba la 
cara porque el oficio no era para dar lustre, no te- 
nía reparo en hacerlo su excelente secretario parti- 
cular, que ya lo gastaba, y a quien pronto habre- 
mos de conocer. , ^ 

¿Obraba Pingarrón en todo aquello por propia 
cuenta? La solución la habría dado cualquiera. No, 
El «alma mater» de la «porra> para la pública opi- 
nión lo era don Gustavo Madero, el hermano del 
Presidente; él, por lo menos, había prohijado el na- 
cimiento de aquélla en las agonías del Gobierno 
porfirista, y había alentado sus procedimientos en 
la lucha electoral por la Presidencia de la Repúbli- 
ca, atacando a piedrazo limpio al general Bernardo 
Reyes y a sus partidarios. "* ; < ^ 

Por eso, por cuanto la generalid'ad creía a don 
Gustavo Madero el «pater patronum» de los <po- 
rristas» él mismo no gozaba de simpatías, achacán- 
dosele, acaso con sobra de inquina, que no había 
negocio en el que no tuviera parte, ni asunto oficial 
en el que no tratara de hacer sentir su influencia. 
Y lo peor del caso era que, a la postre, había resul- 
tado mal querido de tirios y troyanos. Los pseudo 
amigos del Presidente, que no lo eran sino para 
tratar de medrar en la política, hacían cargos a don 
Gustavo de que los obstruccionaba en sus labores: 
los enemigos lo acribillaban a sátiras y versiones: 
y ante el popular desvío, no era don Francisco I. 
Madero el inepto o el veleidoso; era don Gustavo el 
pérfido y el malvado. ¿Quién tenía la razón? Averi- 
güelo Vargas. Lo cierto era que, con una poca más 
de experiencia política, don Gustavo Madero habría 
sido el genio salvador de su hermano. En la incons- 
tancia de aquellos tiempos, en la escena de desba- 



282 



E. MAQUEO CASTELLANOS • 



v> ^-^ 






rajuste que se iba acentuando y que culminaría en 
desdichado drama, para don Gustavo eran todos los 
odios, y para don Francisco todas las disculpas. 
Así en los días que habían precedido a la caída de 
Díaz, los odios habían sido para el viejo caudillo, 
ajeno de desear el mal de nadie, y las disculpas pa- 
ra los que a su sombra traficaban con el bien públi- 
co. Y por eso que don Gustavo Madero fuera la 
víctima primera inmolada en la hecatombe que ya 
se preparaba 

Sin embargo de ia gruesa mar de fondo, la vida 
oficial se deslizaba sin aparentes convulsiones, y 
Madero había podido celebrar el primer aniversa- 
rio de su encumbramiento al Poder, sin que en él 
hubieran habido ya aquellas explosiones de férvido 
entusiasmo que todavía en el año anterior se habían 
tributado al popular Presidente de entonces. La 
vida toda tampoco parecía darse cuenta de que el 
cielo se entenebrecía, como pasara eu los meses 
precursores a la caída de don Porfirio. Tan sólo la 
gente de negocios y los profesionales de la oposi- 
ción eran los que recelaban de una situación que, 
con todas las apariencias de la normalidad, acusaba 
síntomas inequívocos de profundo malestar. Con- 
tra el Presidente estaban aun sus propios amigos, 
la nube de codiciosos para los que se hacía tarde 
para llegar, y entre ellos naturalmente y cumplien- 
do su trazado programa, el insigne Pingarrón. 

El invierno había sentado sus reales en el incom- 
parable Valle de México, y a las tardes serenas y 
tibias del otoño habían sucedido las desteñidas tar- 
des invernales con sus polvosas y frías rachas. En 
la casona, y una vez más, se hablaba ya de los pre- 
parativos de las «Posadas.» Nada más que en esta 
ocasión no había sido tan fácil el acuerdo como en 
las anteriores, sobre quién correría con vestir las 



'■'ft' 



« LA RUINA DE LA CASONA 283 ■ v 

«piñatas,» ni quién con el traje nuevo de los «Pere- 

grinos,> ni quién con la «típica» de guitarra, violín, 

flauta y salterio. Más aún, al hacerse los proyectos '■;;.; 

del caso, habían establecido divisiones que presa- v 

giaban un fracaso. ; v -' 

Razón sobraba para ello a poco que se ahondara, ^ "^ 

y se sabían las causas, que el editor ialista Chane- 
que habría llamado «eficientes» y que el mordaz De- 
móstenes calificaba de «tracamandangas caseras.» 

A Quico Andrade, por ejemplo, se lo habían «vol- . r.^f 

teado» en Procedimientos Penales, en los últimos 
exámenes: tal como TafoUa se lo pronosticara. Cul- 
pa: sus desavenencias, cada vez más crecientes, con 
la Chayito, que, ahora, con aquel tropiezo, había 
acabado de resfriarse ante la perspectiva de tener 
que esperar «todavía un año más» para ser la esposa 
del licenciado Andrade. Y culpa también de aque- 
lla «morriña» que a Andrade le entraba al ver cómo 
se precipitaba el derrumbe de una situación a la 
que quería como a algo propio, en su tesón revolu- 
cionario. Bien es cierto que, si en justicia se hubie- 
ra procedido al reprobarlo, debería haber sido 
igualmente reprobado el «Capulín,» menos estudio- 
so que él, y que había resultado aprobado, porque 
los serviles sinodales habían tenido miedo al parra- 
fejo que, en dado caso, habría salido contra ellos en 
«El Nuevo Credo.» 

Démostenos, que era el entusiasta para la pro- 
yectada novena de jolgorios, estaba ahora «rebruja» 
y le era punto menos que imposible hacerse cargo 
de nada en las Posadas. ¡Cómo hacer malos papeles 
ante Trini Labariega, su reciente conquista del ci- 
ne! Los giros de Indé estaban escaseando cada vez 
más, y en cambio, en cada carta se le recomendaba 
nimia economía, porque «las cosas seguían muy 



^. . 



\ 



284 



E. MAQUEO CASTELLANOS 






mal por allá; había muchos abigeos, y las contribu- 
ciones todas habían sido dobladas. > 

— ¡A mí sí que me doooblan! ¡Para qué quiero la 
democraaacia sin un déeeecimo en la booolsa! 

Con la Mandujano y la Tajonar, no se podía con- 
tar. Aunque Mandujano hacía de vez en cuando sus 
apariciones por la casona, rápidas y sospechosas, lo 
más del tiempo estaba ausente y por lo tanto su 
cónyuge encerrada en su «cantón,» lo mismo que 
la Tajonar, que no quería tomar parte en diversio- 
nes, ya que su marido andaba todavía por el Norte 
a caza de Pascual Orozco, que de nueva cuenta, ha- 
bía levantado cabeza. 

Las Otamendi se habían vuelto díscolas hasta lo 
insufrible. La tenían casada con Chita, por sus hu- 
mos de aristocracia; con Paulinita, por «reacciona- 
ria;» con las Menchaca, por «barberas» y «adulo- 
nas.» Y tronaban contra todo y contra todos; más 

que revolucionarias, anarquistas ¡Ya vendría 

la de ellas! ¡Cuando de veras triunfara la revolu- 
ción! I 

Paulinita y las Menchaca se mostraban tibias pa- 
ra contribuir a la fandanga; la primera se quejaba 
amargamente de que sentía los «efectos del dese- 
quilibrio económico» reinante en el país, pues que 
habiendo prestado con sobra de confianza, crédula 
de que todo iría bien, ahora nadie la quería pagar, 
razón por la cual se había vuelto a quedar el «Tuli- 
pán» a ración sencilla. En cuanto a las Menchaca 
se traían sus razones íntimas: Fito, el sobrino, ha- 
bía logrado el dulce sí de aquella niña de la colonia 
Juárez, guapa ella, y sobre todo, muy «acomodada» 
y de muy buena familia Era, por lo tanto, ri- 
dículo que Fito alternara en aquellas posaditas ca- 
seras; si lo sabía la novia, lo tomaría a mal: y no era 
negocio perder tan brillante oportunidad de re- 






LA RUINA DE LA CASONA 285 

munerador casorio, por darle gusto a los cuatro 
gatos de la casona. 

¿Fracasaron entonces las Posadas? ¡Quiá! Hubo 
quienes metieran «duro el pecho> para que siempre 
hubiera por lo menos, cuatro. La primera, que era, 
por razón natural la más modesta, la tomó el matri- 
monio Barbedillo; la segunda Chaneque asesorado 
por Demóstenes, o Demóstenes subvencionado por 
Chaneque; la tercera, con no poco asombro del ve- 
cindario, Rémington, el poco comunicativo y hasta 
huraño «alquimista,» que era la clasificación en que 
finalmente había quedado, haciéndolo en unión de 
la familia Orbezo; por de contado que «pata de palo> 
sólo contribuía con la orquestita, siendo de cuenta 
de Rémington todo lo demás. Y finalmente, la última 
posada, la de rumbo, había correspondido, más que 
con extrañeza de los vecinos con quehacer para las 
murmuradoras lenguas, a la señora de Garaicochea, 
en sociedad con el señor diputado Pingarrón. 

—¡Y mientras el pobrecito Garay echando los pul- 
mones en el barco! — decía compasivamente Locha 
Menchaca. 

— lAl cabo de la vejez, viruelas, hija! - coreaba Lu- 
cha—Quien de su casa se aleja 

Y pasó sin novedad la posada de Barbedillo, con 
concurrencia escasa; sin animación, y como recelán- 
dose mutuamente todos. Y siguió la de Tafolla y 
Chaneque, algo más animada, pero a la cual ya faltó 
más de un vecino ¡Se había hecho tan antipáti- 
co Chaneque desde que se creía personaje! Hasta 
entonces los únicos jubilosos y satisfechos eran los 
Orbezito, el Garaycito y Fermín, con los demás ca- 
maradas de las vecinas casas, debido a que no falta- 
ba la repleta «pifiata> y se quemaban bastantes tri- 
quis, con los que los muchachos fingían batallas 
entre maderistas y felicistas, con la respectiva ca- 



286 E. MAQUEO CASTELLANOS 

pitulación de Veracruz; la prisión del supuesto Fé- 
lix Díaz; alguno que otro mojicón por no «jugar lim- 
pio,» etc., etc. 

Más llegó el día de la posada de Rémington y la 
curiosidad hizo que no faltara nadie, por más que, 
más de alguno le tenía toda mala voluntad al alqui 
mista. . . . Rémington tenía intrigada a la vecindad 
yaque nadie sabía a derechas quién era, ni quéhacía, 
ni en qué se ocupaba. Y la posada hizo subir de punto 
la curiosidad cuando creyéndose todos que sería una 

posadita «rascuache» resultó un posadón Pero 

es que Rémington no era entonces un pobrete? 

¡Qué «piñata» más historiada la de aquella noche! 
De las de a cinco pesos «sin rellenar» que se ven- 
dían en la Alameda. ¡Y qué dulces y qué «bolos» y 
qué cognac tan finos los que repartió el hombre! Se 
había «despercudido,» según Démostenos, con al- 
gunos cientos de pesos probablemente Por su- 
puesto que Orbezo no se quedó atrás, y para no ser 
menos en la colaboración, «reforzó» la orquesta a tal 
grado, que aquello parecía posada de «científicos,» 
según Cuca Otamendi. i 

— Pero ¿ha visto usted esto? ¿Cómo es que se pue- 
de gastar este hombre este dineral? — preguntaba 
Paulinita a Locha Menchaca. 

— Y que él ha sido el de todo el gasto, porque Or- 
bezo no tiene ni sobre qué caerse muerto 

— Loque yo quiero, — se aventuraba a decir Ré- 
mington — es tener contenta a la vecindad 

Y entre tanto «Progreso» y «Reforma» repartien- 
do a diestra y siniestra pastelillos y «souvenirs» de 
la posada, pero siempre esmirriados ellos, palidu- 
chos, con caras de mal comer, como si Rémington 
no tratara muy bien que dijéramos a sus adoptivos 
hijos. 

— El señor Rémington ha sido el del gasto todo.... 



LA RUINA DE LA CASONA 287 

— decía humildemente Orbezo. — Yo lo único que ha- 

f^o es ayudarlo de toda buena voluntad ¡En todo 

lo que yo pueda! .... El hombre no es tan malo co- 
mo parece Y ya ven ustedes, es espléndido: pa- 
ga bien.... ■ V 1-^'; .. . i 

Chita Garay, entre atufada y sarcástica, celebró 
que la «posadita» de Rémington no hubiera salido 
del todo mal, aunque había tenido mucho de vul- 
gar. . . . Y lo celebraba — decía — porque ella se pro- 
metía cerrar la temporada con broche de oro, por 
cuanto que ella y Pingarrón echarían la casa por la 

ventana La suya sí que sería posada del «gran 

mundo!» Sobre poco más o menos iguales se esta- 
ban celebrando por la familia del Presidente 

—Y no dude usted <mialma>— decíale Locha Men- 
chaca a Paulinita — que echan la casa por la venta- 
na..,. Pingarrón pondrá la casa y ella el empujón... . 

En efecto; para tal posada todo se hizo regiamen- 
te; se alquiló una alfombra de «alta lana.» Se la ta- 
pizó de manta; sobre ésta se regó con profusión 
confetti y lentejuela de ojo; se pusieron artísticos 
adornos de «bricho» en espejos y consolas cuya do 
tación se aumentó; se duplicó la luz; se alquiló loza 
tina, cristalería extra, y mantelería superior para el 
«buffet.» Y lo más importante y expresivo: desde 
por la mañana hasta el atardecer, fué un acarreo 
constante de cajas de licor y de cajones de sand- 
wichs, jaletinas, pastelillos, frutas «cubiertas,» et- 
cétera, etc. 

—¡Qué forraaada, hermano! — decíale TafoUa a 
Andrade. — Lo que es yo reeeeviento esta noooo- 
che 

— ¿Quién es el pagano?— argüía maliciosamente 
Chaneque. 

—A pooooco dirás que Pingarrón 

— ¡Natus! : :^;' :■• - . "■■'■/ x->. ■:^;.í>- . 



288 E. MAQUEO CASTELLANOS 

— Pues no es verdad: la que paaaga es la Naaa- 
ción icaaaray! 

Chita Garay había estado incansable dando sus 
órdenes y dirigiendo todo sin parar en tres días: 

— Oiga, Porritas Aquí falta un poco de «pax- 

tle> — ' .. ...;. >v • /. I ■ :;í '•.*.■ ^'z 

— Paxtle, no, sefiora, que eso es muy vulgar. . . . 
Pondremos más «bricho» 

Y Porritas, en mangas de camisa, con el pantalón 
arremangado hasta el tobillo, y echándose para 
atrás, en un rápido movimiento de cabeza, aquella 
profusa mata de lacios cabellos que le caía rebelde 
sobre la frente, acarreaba el <bricho> y lo acomoda- 
ba artísticamente. 1 

— Porritas .... ¿Sabe usted si ya trajeron del 
«Globo» el «jamón geleé» que encargamos? . .>^ ■ 

— ^Es temprano; y si lo traen antes de tiempo, se 
reviene y se echa a perder. 

— Porritas .... ¿Aceptaron por fin la invitación las 
niñas de Mangoverde? 

— ¡Pues no! y las de Hormiguero, y la sefiora 

del general Calamina, y la familia del senador Men- 
diberri ¡Ya verá qué concurrencia vamos a te- 
ner! ¡Cualquiera desaira al sefiorPingarrón! Como 
está en camino de ser Ministro .... I 

Un suspiro ahogado respondió a tal observación 
de Porritas: suspiro nacido de lo íntimo del pecho de 
Barbedillo que pensaba que, quién debería estar en 
aquel camino era él y nadie más que él, a haber pes- 
cado la curul! 

¿Qué quién era Porritas? Pues el secretario par- 
ticular de Pingarr^. EU indispensable Porritas: un 
hombre del gran mundo, venido a un mundo menor, 
que hablaba muy bien francés, chapurreaba el in- 
glés, leía el italiano, sabía escribir en máquina, co- 
nocía cómo se maneja un automóvil, se tuteaba con 






LA RUINA DE LA CASONA , 289 

todas las tiples del género chico, tenía dos smokings, 
uno propio y otro de un amigo olvidadizo, aprove- 
chándolo en usufructo; tenía cubierto de gorra en 
«Silvayn,» y con que se le diera una idea él la des- 
arrollaba; y con que se le diera un duro ¡pues 

también lo desarrollaba! 

Pingarrón, que tenía «ojo clínico según decir de 
su secretario, lo había exhumado de entre el mon- 
tón sempiterno de solicitantes de empleo, en un Mi- 
nisterio, y áe servía de él, como Porritas lo hacía 
con el smoking de su amigo. Porritas era un teso- 
ro: servía a maravilla a Pingarrón, lo mismo para 
ponerle en limpio (que tanto quería decir como es- 
cribirlo él) un discurso parlamentario, como para 
combinarle un «negocito,» concesión, privilegio, o 
sinecura del Gobierno, como para organizarle aque- 
lla posada en unión de Chita (a la que Porritas veía 
con el rabo del ojo diciéndose «¡pero qué gusto más 
rancio ha tenido el Jefe!>) como para reclutarle pe- 
lados para un mitin útil a la «porra.» 

Junto a Porritas resultaban niños de teta Men- 
chaquita con sus habilidades y Demóstenes con las 
suyas. Sabía lo mismo qué se había de escanciar 
con los «hors de ouvre,» que dónde se podía ver a 
la media noche al Ministro X; qué cosa era un «pu- 
ré de ecrevises» con indigestión, y qué «levantarse 
un muerto» en una partida de monte .... 

Por eso que, para la posada aquella que Pinga- 
rrón le había encargado, no faltara nimio detalle, 
ya que aquél le había dicho que no omitiera gas- 
tos .... 

Y no los había omitido, como no había omitido 
tampoco quebrarse la cabeza reflexionando: — «¡Pe- 
ro que para la conquista de este jamón serrano (por 
Chita) se gaste el jefe tantos «tecolines!» 

Sin embargo de tanto preparativo, la posada «Ga- 

19 



#' 290 E. MAQUEO CASTELLANOS 

":m . ■ .. .^ -I 

^'iMf raicochea-Pingarrón,» resultó un desastre. En pri- 

■''&$■'''' mer lugar no concurrieron ni las de Mangoverde, 

-'^v' ni las de Hormiguero, aunque sí la sefiora de Cala- 

mina, que resultó «irregular» en cuanto a milicia 
de su sefior esposo; «irregular» en cuanto a sus 
ui^'é!' ' conyugales relaciones, y más «irregular» en lo de 

;"fe^ engullir, pues lohizopor todo el regimiento de aquél. 

rív Por fortuna se descolgaron por el fandango, fuera 

>¡^/ de los otros invitados, la numerosa familia Capis- 

trán, cuya concurrencia no hizo muy feliz que diga- 
mos a Barbedillo, por cuanto que se consideraba 
.^^.!r- ' defraudado en las promesas de ayuda que aquél le 

había hecho cuando lo de la diputación, y afloraba 
con tristeza el bien frustrado; las Labariega, las fa- 
milias de Viruegas, Melgarcito y otras. Las Ota- 
mendi fueron un momento nada más, por curiosidad 
y para «comer prójimo.» Las Menchaca no se para- 
ron por allí, porque «francamente, ellas eran conse- 
cuentes con el seflor Garay, ausente. ¡Pobre! iTan 

digno de mejor suerte!» Ni tampoco Paulinita, 

porque aunque deseaba conservar sus buenas rela- 
ciones con Pingarrón, no quería sufrir las «pesade- 
ces» de la presumida de Chita, «chinche resucitada» 
que se había hecho insoportable con sus humos de 
gran seflora, y que no consentía la concurrencia del 
«Tulipán» en el salón, aunque el perrillo era más 
decente que muchos de los que en aquél podían 
estar. 

— Porritas — decíale a media noche el diputado a 
su acólito. — Esto está muy frío, y hay que animar- 
lo. Usted me entiende. A ver qué hace .... 

— ¡Ni una palabra más, jefe! ¡Voy a preparar una 
de mis especialidades! 

Y Porritas preparó un bebistrajo endemoniado, 
un positivo «caballo» al que bautizó con el pompo- 
so nombre de «Punch canadien» diciendo que era 






LA RUINA DE LA CASONA 291 

la bebida con la que los canadenses se quitaban 
el frío invernal, y al cual' no hubo cabeza que re- 
sistiera. Pingarrón caló el ponchecito, le pareció 
excelente, y se empeñó en que Chayo Otamendi, 
en puntos de ausentarse del salón, se tomara dos 
«al hilo.» 

— ¡Aja — se malició el servicial Porritas. — creo que 

por ahí es el «golpe» y si así es, no está mal Es 

una morena despampanante! 

Mas Chayo ni tomó más de un ponche, y sí, sin 
hacer otro caso al diputado, se fué para su domici- 
lio, entretanto aquél acababa de romper el «turrón» 
con Chita, y aun con los Garaycitos, lo que hizo 
pensar a nuestro hombre: — «iPero si eso no puede 
ser! Si es una fanné que no vale ni una copa! En 
fin ¡éstos hombres se gastan unos caprichos!» 

Creyó, por último, haber caído en lacuentacuando, 
dadas ya las tres de la madrugada, y en ocasión en 
que ni la misma orquesta atinaba ya con el compás, 
por obra de los «ponches canadenses,» vio Porritas 
a Pingarrón muy arrepantingado junto a la embo- 
bada «Corcheíta» que, un poco a fuerza de los re- 
constituyentes que tomaba, con infatigable tesón, 
otro poco a fuerza de esperanzas que la hacían con- 
cebir el mal estado de las relaciones de Chayo con 
Quico, y otro poco más todavía, por los consabidos 
ponchecitos, estaba aquella ocasión y en aquellas 
alturas, hecha una rosita de Alejandría; luciendo 
una carita de ángel, ostentando sus carrillos el pro- 
digio de un rocicler suave y auténtico, y en fin, a tal 
extremo regenerada, que, de la «Corcheíta» de ha- 
cía dos afios, anémica y siempre tosiendo, a la de 
ahora, capullito delicado, había una distancia como 
del cielo a la tierra. Y Pingarrón la devoraba con 
los ojos ¡Si era un dulce! Y la inocente Pita, pa- 
ra la que el diputado era y seguía siendo un hombre 



W-- 



292 E. MAQUEO CASTELLANOS 

extraordinario, lo dejaba hacer y recibía los piropos 
de aquél sátiro como inofensivas flores, sin darse 
cuenta, crédula en su infantil candorosidad, que si 
la buscaba y la requebraba era por su buena amis- 
tad con la madre, que lo autorizaba para ello, y no 
por oculta y vergonzante concupiscencia, | 

— ¡Acabáramos! ¡El muy! .... Lo de siempre: 

a gato viejo ratón tierno — exclamó Porritas. — ¡No, 
y lo que es la niña promete! Para dentro de poco 

^^ va a ser un primor .... 

.; Por fortuna para la inocente «Corchea,» masque el 

propio materno celo la cuidaba una providencia que 
en su camino había puesto un ángel tutelar, bajo la 
tosca figura de un rudo obrero: Gordillo estaba allí, 
atento y listo para intervenir en el momento opor- 
tuno si necesario era .... 

EU resultado obtenido en aquel año con las Posa- 
das de la casona, era un reflejo fiel del estado todo 
del país, y especialmente de la gran urbe. Lo que 
en las caseras posaditas aquellas había sucedido en 
pequefio, sucedía en grande. Las caseras rencillas 
eran agrios debates políticos; las discolerías de ve- 
cindad, pugna abierta de los diversos elementas 
propulsores de la máquina gubernativa. Los celos 
y las desconfianzas, las rivalidades y los resquemo- 
res de zaguán adentro en el feudo Barbedillo, se 
reproducían aumentados en el feudo nacional bajo 
la férula de Madero. La curva del descenso se hacía 

cada vez más rápida y pronunciada ¿A dónde 

vamos a parar? era la general pregunta. I 

Finalizaba el afio de 1912 cuando, en alguna tarde 
en que el genial Porritas, lápiz y cuaderno en mano 
se disponía a tomar taquigráficamente los dictados 
de su jefe, éste que al parecer no tenía prisa en dár- 
selos y sí alguna preocupación que, de devorarla 



' ' ' - -' ■ -v 

LA RUINA DE LA CASONA 293 

solo no habría sentido agrado, parándose en firme 
frente a su secretario, le dijo: 

— ¿Está usted enterado ya de que siempre se va 
Gustavo? 

— ¿AlJapón siempre? 

—¡Al Japón! De Embajador Extraordinario 

— ¡Pues no ha estado corto el empellón! ¡Qué cla- 
rividencia la de usted, jefe! ¡Qué ñnura de percep- 
ción la suya! ¡Cada vez estoy más admirado de sus 
facultades! 

— ¿Por qué me dice usted eso? Qué tiene que ver 
con el viaje ese? 

— Es que en su modestia no quiere usted recordar 
que desde hace más de tres meses usted me pro- 
nosticó ese viaje. ¿No lo recuerda usted? 

— Puede ser Era lo indicado. . . . Una poca de 

perspicacia 

Al hablar así Pingarrón se «hacía de papeles,» 
pues la verdad es que ni por las mientes le había 
pasado aquella profecía, no obstante lo cual aceptó 
de muy buen grado los elogios ditirámbicos de su 
amanuense. 

— Según eso — añadió éste misteriosamente — ^he- 
mos ganado la partida El campo queda por us- 
ted y los suyos Y por lo tanto «las probabilida- 

des> aumentan-. ... - 

— ¡Psché! — todavía no se puede decir nada en fir- 
me. Con ese carácter tan irresoluto y tan quebra- 
dizo de don Pancho (Este don Pancho era el 

Presidente.) 

— ¡Qué sagacidad la de usted jefe! En ese viaje 
estoy viendo en mucho la obra de usted — 

— No tanto, no tanto .... Lia verdad es que «el po- 
bre» de Gustavo estaba siendo un estorbo El via- 
je resulta político. Don Pancho necesita rodearse 



294 E. MAQUEO CASTELLANOS 

de otros elementos .... de elementos nuevos ¿sabe 
usted? que no estén gastados ante la opinión. . . . 

— Y los hay indicados Se necesita de hom- 
bres de fibra, de vigor, de resolución. De usted, 
pongo por caso. 

— ¡Ni pensarlo, Porritas! 

— Pues usted no debe achicarse, que la Patria es 
la que lo sufriría. Tenga usted presente que los 
hombres de su talla no se deben a sí mismos sino a 
su grupo y a los destinos nacionales | ¿ 

— Se hará lo que se pueda, Porritas. Comprendo 
bien que se debe uno a esos «destinos» que usted 
dice, y yo no seré nunca egoísta para dar de mí, en 
el servicio público, todo lo que yo pueda. 

— Para convencerse de que en usted hay fibra, 
y de que es usted un elemento, no hay más que cir- 
io ¡caramba! Todas las cosas las ve con tal rapidez y 
un tino tan exacto, quase queda uno sorprendido.... 

Y el adulador Porritas seguía escanciando todo 
el óleo perfumado de sus más escogidos elogios so- 
bre el insigne Pingarrón, que los recibía de buen 
grado, creyendo que en su secretario tenía un ad- 
mirador, identificado con su manera de ser; un 
hombre de confianza (no precisamente de aquella 
confianza de que él había dado tantas pruebas a su 
amigo el Ministro) y un colaborador insubstituible 
para muchas cosas. Por algo con «ojo clínico» lo 
había escogido de entre la turbamulta de solicitan- 
tes de antesala ministerial! •' 1 

— Ese «porrazo» de don Gustavo es trascenden- 
tal. La ocasión se viene ahora rodada, jefe 

— Porritas, no por mucho madrugar amanece 
más temprano Paciencia, que todo se andará. 

— ¿Y ahora qué hacemos con la «porra?» 

— Aprovecharla nosotros. Al fin y al cabo, con la 
odiosidad por ella seguirá cargando el ausente 



LA RUINA DE LA CASONA 295 

— Pondremos a la «porra» en receso 

— Es lo indicado. 

— Hasta que se vaya don Gustavo, y lo despida- 
mos con ella 

— Usted me adivina. 

— ¡Qué quiere usted, jefe! De andar entre la 
miel Ya voy aprendiendo el arte de «brujulear.» 

Y tan sabía este arte Porritas, que, cuando el in- 
signe Pingarrón creía tener en él un discípulo com- 
placiente, éste podía haber dado al maestro «trein- 
ta y raya,* pues en el «brujuleo» llegaba ya hasta 
conocer con toda aproximación, cuál era el estado 
de ánimo del «jefe,» y cómo éste, a las primeras de 
cambio, sería muy capaz de dar la «machincuepa 
madre» si preciso era, con tal de no cortar su ca- 
rrera política tan brillantemente iniciada. 

Por eso que, concluido el dictado y mientras le 
tecleaba a la máquina de escribir, descifrando ter- 
minaciones y gramálogos, Porritas deglutía y ru- 
miaba y tornaba a deglutir y rumiar estas ideas: 

— Las cosas están madurando Una de dos: o 

el jefe pesca una cartera con Madero, o tiene que 
pasarse a la oposición, en cuyo caso el hombre que- 
da en «batería» para cuando el desastre venga. Si 
pesca la cartera, el gozo tiene que durar poco. 
Si queda en calidad de «aplazado,» sepa Dios lo que 
venga atrás .... Tú, Porras, ponte «avispa» para no 
llevar «porrazo,» que no estás en estas cosas «para 
que te crezca el pelo.» Por prontas diligencias, qué- 
date «al pairo» y nada más Entre la cartera, 

que está verde, y la revolución, que en un descuido 

no lo está, hay que llevar un ten con ten El jefe 

cree que yo ni me las espanto. El que no se las es- 
panta es él A poco, y hasta está en el com- 
plot 

Y todavía al atardecer, cuando salía rumbo a la 



■ .'"•■ .'' .%'.»• . , r.- , .N 









296 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



calle, iba rumiando, rumiando siempre aquello, a 
tiempo que Chaneque entraba ufano con una herra- 
dura vieja recogida en la calle. 

— ¡Mire, Porras! Me encontré esta herradura.... 
¡Buena suerte! 

— Sí que lo es, porque ya ahora no le faltan más 
que tres 



TÍ' ' 



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, ^ • CAPITULO X • 

El Desplome 

'■■■■■■ ' , . " •*■**. ^- 

Tenemos los mexicanos, desde que la «chiripa» 
nos emancipó de la española tutela con el «cambia- 
zo> de Iturbide, que abrió la serie de los inconta- 
bles posteriores, una especie de «ama de casa» a la 
que, según es el hombre que está en el poder, tra- 
tamos como a legítima esposa, siendo esto lo excep- 
cional, o como a vulgar y plebeya concubina. Desde 
que la metimos en casa, lo mismo la hacemos «apa- 
pachos» que tiras, y la vestimos de carnaval que de 
luto. La hospedamos por vez primera en 1824; la 
desfiguramos en 1836, la vestimos de nuevo en 1857 
y a lo que parece, estamos en vísperas de ponerla 
de cabeza Se llama «Dofia Constitución.» 

Cada amo de la República, llamado Presidente, 
cuando no la ha repudiado por completo, la ha pues- 
to más de un pegote que la ha dejado inconocible. 
Y así será per sécula seculorum^ mientras tengamos 
Constitución sin pueblo, y no pueblo para una Cons- 
titución. 

Eso sí; periódicamente nos damos los mexicanos 
sendos mojicones por la aludida señora; y cada 
quisque que al ocupar el solio «protesta guardarla» 



...^: 



298 E. MAQUEO CASTELLANOS 

lo hace tan bien, que no se acuerda después dónde 
la ha puesto, hasta que llega otro patriota que, ju- 
rando defenderla, se empella en exhumarla 

Guay que lo sea del calibre patriótico del que acau- 
dilló el «constitucionalismo!> 

Viene la digresión a cuento, porque costumbre 
era el celebrar cada 5 de febrero el natalicio de la 
Constitución; y por eso que en tal día del de 1913 y 
al buen temprano, según ritual de costumbre, tro- 
nara el cañón en salva de veintiún disparos, «al 
izarse el Pabellón Nacional» en los edificios públi- 
cos, y fueran saliendo de cada cuartel, en traje de 
gala, batallones y regimientos al marcial toque 
de clarines y tambores, para ir a reunirse en punto 
determinado, en el que se organizaría la «columna 
militar» indispensable en todo festejo oficial, no co- 
mo homenaje a la fecha, sino como demostración 
de que el Pisistrato en el poder tiene armadas le- 
giones defensoras. I 

Y como de costumbre también en casos tales, 
poco después se echaron a las calles, en domingue- 
ros trajes, chiquillos y niñeras; escolares rapazue- 
los en holganza al ser «día de fiesta nacional,» y se- 
ñoritas cursis y adolescentes pazguatos para ver.... 
¿de solemnizar la fecha? No, señor; para ver el bri- 
llante desfile militar; la artillería rodando por el 
asfalto de las calles al son de militares fanfarrias, 
y a los generales y coroneles tiesos en sus caballos 
de gran alzada, como monigotes de cromo barato, 
y sobre todo, a los «rurales,» los clásicos, los típi- 
cos rurales, que eran los que más entraban en el 
alma popular como algo muy suyo, genuinamente 
mexicano, con sus anchos sombreros, sus rabonas 
chaquetas de cuero, las rojas corbatas, las tinti- 
neantes espuelas, las monturas «vaqueras» de lar- 
gos y rizados «vaquerillos;» al costado la reata, y 



L.A. RUINA DE LA CASONA 299 

nerviosos y bien empelados los caballos, en los que 
los ginetes cabalgaban haciendo gala de sus habili- 
dades en la equitación, en un raudo galope que 
arrancaba chispas de las piedras del pavimento, y 
un entusiasta grito de los corazones de las multitu- 
des, que prorrumpían en un estentóreo «¡Viva Mé- 
xico!» í 

¡Esa era la flor y nata de nuestro ejército! El que 
sabía rasguear en una guitarra para entonar una 
«valona» del Bajío; rendir una res de una «manga- 
na» y alcanzar a un bandolero huyendo, mejor con 
la reata que con la bala .... Ese era nuestro ejérci- 
to, netamente nacional, y no el que hubo de impor- 
tar el sombrero «texano» (¡oh 47!) avergonzándose 
del jarano tapatío ' 

Ya era la hora. Habían sonado las diez de la ma- 
ñana. Pronto pasaría el Presidente con su brillan- 
te séquito y la comitiva oficial en los lujosos lan- 
deaux del Palacio, rumbo al monumento de Juárez 
en la Alameda. 

Apretujados en el balcón de un despacho comer- 
cial, facilitado para el caso por un amigo consecuen- 
te, en la Avenida de San Francisco, Tachita, las 
Otamendi, don Taco, Andrade, Démostenos y algu- 
nos más de la casona, se empinaban sobre los talo- 
nes y estiraban los pescuezos para dominar la pers- 
pectiva de la Avenida, de cabo a rabo. Por las 
banquetas de aquella, la multitud pululante se ha- 
bía ido acomodando en interminable fila, y semeja- 
ba ahora, vista desde las alturas, como una gigante 
almáciga de hongos, por los inumerables quitasoles 
abiertos para protejerse de la intemperie. 

Ahora pasaban los bomberos; los primeros siem- 
pre en el desfile. 

Unos minutos más, y a lo lejos resonó el agudo 
clarín de infantería, dando el toque de «atención,» 



300 



E. MAQUEO CASTELIANOS 



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al que fueron respondiendo, como un eco, los de to- 
dos los batallones que formaban la inmensa valla 
de soldados tendida a lo largo de la Avenida. C!on 
estentórea voz, los jefes militares gritaron: «A ali- 
nearse!» siendo obedecidos por los soldados, que 
tal parecían autómatas. A poco, un segundo toque 
más sonoro y una nueva voz de mando: «Presen- 
ten armas!» y los soldados presentaron los fu- 
siles, cuyo metal cabrilleaba al sol, y las bandas 
rompieron en la marcial «marcha de honor» y al 
trote largo de los f risones comenzaron a desfilar los 
lujosos carruajes con sus contenidos: regidores, 
magistrados, diputados, senadores La multi- 
tud los veía pasar atónita. ¿Sabía ella por acaso 
quiénes eran? 

— ¡Ahí va Pingarrón! ¡Míralo! Parece 

mozo de funeraria! 1 • 

(Alusión al traje negro y sombrero alto del per- 
sonaje, y comentario, en el balcón susodicho.) 

— Como que es de la «Permanente.» (La Comi- 
sión Permanente de la Cámara de Diputados.) 

Ruidoso trotar de caballos, todos alazanes, y vis- 
toso lucir de uniformes blancos y azules. La Guar- 
dia Presidencial, en compacto grupo aparatoso y 
brillante, precediendo al presidencial carruaje. La 
misma de don Porfirio, del dictador un día odiado 
y ya ahora aflorado; custodia antes de aquél y aho- 
ra del Presidente Madero Todo era lo mismo! 

Todo! El aparato, la escena y hasta el argumento! 
Sólo los personajes habían cambiado. 

Y pasó el Presidente Madero por entre la doble 
valla de soldados; Madero, el ídolo popular que en 
7 de junio de 1911 entrara a México en una apoteo- 
sis estruendosa, trayendo sobre sus ropas el polvo 
de la revolución, y siendo aclamado hasta el delirio 
por la multitud que lo adoraba, y a la que él repar- 



,^ LA. RUINA DE LA CASONA ■ 301 

tía benévolas soürisas infantiles, y saludos con la 
cabeza descubierta; modesto, sencillo, candoroso 

casi EU mismo que más tarde y ya en el Poder, 

había cosechado en los primeros desfiles oficiales 
en los que había figurado, calurosas ovaciones, re- 
veladoras de que contaba con el amor de las masas 
a las que respondía siempre con benévolas e infan- 
tiles sonrisas, descubierta la cabeza y saludando 
modesto, sencillo, casi candoroso, y que ahora, a 
los catorce meses de su exaltación al Poder, pasa- 
ba entre la misma apelotonada multitud, prodi- 
gándola sonrisas benévolas, infantiles, sencillo y 
modesto, sin recibir de aquélla ni un vítor ni un 
aplauso, pues que la voluble e ingrata permanecía 
indiferente y muda, más bien hosca, y prodigándo- 
le la elocuente ovación del silencio, decepcionada 
de que en aquel hombre no hubiera habido más de 
gestos de nifio y modestias de burgués, cuando ella 
había esperado algo más útil y profundo para ali- 
vio de sus dolores 

Al lado deLPresidente, en el presidencial landeau, 
el Vicepresidente Pino Suárez, causa la primera 
acaso de aquella creciente impopularidad, al haber- 
lo impuesto Madero contra el deseo popular bien 
significado en los gritos de «¡Pino nó!> «¡Pino nó!> 
estaba pálido, con cadavérica palidez denotadora de 
su desagrado o de un recóndito temor ante el gesto 
del monstruo, ayer dócil y domado; arisco ahora de 
nueva cuenta. 

Al ver aquello, Andrade-Enjolrás se quedó triste- 
mente pensativo, acabando por murmurar: 

— ¡Qué tornadizas son las multitudes! ¿Dónde se 
fueron los apoteosis? 

— ¡Caaaaray! ¡Si esto más bien parece fuuuu- 
neral! 

— Qué voluble es el pueblo! .... 



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302 E. MAQUEO CASTELLANOS 

— ¡Esto me huhuhuele a entieeerro! 

Demóstenes tenia razón; funeral y entierro esta- 
ban decretados ya por el destino para aquellos hom- 
bres, y el tartamudo, sin quererlo, resultaba pro- 
feta! 

El pueblo abandonaba definitiva y francamente al 
apóstol, convencido de que su apostolado era una 
invención; y ante tal abandono, ya podía sobreve- 
nir la tragedia .... Se dejaría impávidamente pere- 
cer al semidiós de ayer; el ídolo estaba ya bambo- 
leante sobre el pedestal. Caería y aquel quedaría 
vacío hasta tanto que el azoro, el engaño o el afecto 
impresionista colocaran sobre él un nuevo ídolo de 
barro como todos los habidos! 

Para todos aquellos cuyas lujurias políticas no ha- 
bía querido o no había sabido complacer Madero; 
para el ejército al que no había sabido cultivar; pa- 
ra los medradores en las revueltas intestinas, ca- 
terva revivida después de treinta y cinco afios de 
> paz; para los fríos calculadores que maniobran en 
la industria de las conjuras; para los oprimidos 
que quieren que el proceso de redención no sea co- 
sa de tiempo y meditación sino de milagro rápido y 
contundente; para los contrarios en ideas, jwr con- 
vicción o por conveniencia; para aquellos mismos 
que, detrás del biombo de la política, de lejos y sin 
dar la cara habían ayudado a Madero para derrocar 
a Díaz y a los que Madero no había querido a no ha- 
bía podido saldar la deuda de reclamada gratitud 
con moneda de impudores y dilapidaciones y que le 
habían dado la elemental enseñanza de cuan fácil 
podía ser el derrocar presidentes mexicanos prohi- 
jando revoluciones allende el Bravo Para todos 

|i^í ya era la hora! ¡Ya podía caeR Madero! ¿Por qué 

v^ crimen o falta? Por cualquiera, que eso era lo de 

f¿^ menos. Por nex>otismo, por ineptitud, por versati- 



^m 






.-; :j-' 



-. f ■ 



LA RUINA DE LA CASONA 808 

lidad de carácter; por ausencia de cordura; por ma- 'M 

ni-roto; porque comprometía la tranquilidad públi- 
ca; por contemporizador con Villa; por impotente 
contra Zapata; por espiritista; por vegetariano; por "^ . 
cualquier cosa! La causa era lo de menos 

— El «fou-chocholat» se cae, hermano — decíale 
por lo bajo Demóstenes a Andrade, como si se rego- 
cijara, sin saber por qué, de aquello. 

Y Quico, en su eterna condición de hombre justo, 
de ciudadano de honrado pensamiento y de ciego 
adorador de su Patria, sentía una angustia infinita 
por el futuro, entendiendo lo probable de aquella 
profecía del tartamudo. . . . ¿Por qué, por qué una 
nueva revolución capaz de llevar aquella Patria a la 
ruina? ¿No eran posibles otros medios? En buena 
hora que cayera el «fou-chocolate» como llamaba 
Demóstenes a Madero, aludiendo al alias con el que 
lo conocieran sus compañeros de colegio en Francia, . 
cuando allá estudiaba; en buena hora: un hombre es 
sólo un hombre; pero ¿quién garantizaba que aque- . 
Ha caída no sería el principio del desastre general, 
en el que, perdidas todas las distancias, sueltos to- 
dos los ímpetus, desatadas todas las concupiscen- , 
cias, rotos todos los diques, una avalancha de lodo 
y vergüenza sepultaría para siempre a la naciona- 
lidad? 

Cuando en la noche del ocho de febrero TafoUa v^: 

regresó de su «tandita de moda» en el Teatro Prin- , y/^:: 

cipal, al «copete,» se encontró con que Andrade es- f 

taba dictando a Chaneque, sin repulgos de parte del #^^- 
pseudo editorialista, un furibundo artículo para «El 

Nuevo Credo.» ^?; 

— ¿Qué taaal? ¿No lo decía yo bieeen? ¡Cucucuán- í" *i 



304 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



V'. 



?J.--- 



,ií ' 



do ibas tú, con esa cabeza de «chiluca,» a escribir 
naaada para un peeeriódico! 

— Andrade me estaba dando simplemente algu- 
nas ideas .... 

— Pues yo les daré un nonoticioooón! 

— A ver, suéltalo; ¿qué es ello? 

— Que mafiaaana revienta otra vez la «booola!> 

— ¡Tú sí que estás buena bola! . | 

— ¡Palaaabra! Se lo oí decir en la caaantina 

del Principal a uno que le estaba «jalando» con un 
mimilitar. 

— Tú eres un candido TafoUa, que le das crédito 
a todo. 

— Puede ser que no tanto — replicó Quico. — Desde 
hace días hay versiones sobre eso. Hasta se dice 
que el golpe estaba tramado para el día cinco de fe- 
brero y que si falló, fué porque a última hora hubo 
cambio de jefes en las columnas que formaron. 

— ¡Bah! ¿Y el Gobierno no lo había de saber y 
evitar? j 

— El maaarido es el último que lo saaabe siem- 
pre .... 

Silencio y meditación interrumpidos por el tra- 
quido de alguna viga del apuntalado techo de la 
«República.» 

— ¡Paaatetas! ¡Cómo trueeena esto! 

— Cuando yo les digo que un día de estos vamos 
a quedarnos estampados en el piso y con el techo 



encima 



!■ 



—Yo se lo advertí a don Taco varias veces; pero 
no sé en qué piensa que no quiere componer este 
techo. 

— A que no sabes, Quico, quién me dijeron que 
está escondido aquí en Meeeéxico? 

—¿Quién? 

— Teeenorio .... «Trueeenos» .... 



' LA HUINA DE LA CASONA 305 

— ¡No puede ser! Ya hubiera venido a vernos 

Aunque quien sabe. .. . 

Y por la mente de Andrade pasó rápida la idea de 
que Chayito podría saberlo y se lo ocultaba. 

— ¡Hum! ¿Cuánto apostamos a que ese está me- 
tido en la conjura si es que la hay? — añadió el 
indio. • ; : " 

— Capaz es. 

Mediaba la noche; Andrade y Chaneque dormían 
en sus respectivas camas, como un bienaventurado 
el primero; asaltado por terribles pesadillas el se- 
gundo. Tafolla se revolvía en el lecho como un azo- 
gado, en plena vigilia. El miedo al techo, por una 
parte, y a la asonada por otra, lo tenían así. El «Ca- 
pulín> soñaba en la revolución Se la represen- 
taba como una infernal tarasca que tenía la cara, la 
inevitable y feroz cara de aquel maldito tuerto Ma- 
tías, en desgraciada hora conocido. Se sentía asido 
por sus gelatinosos tentáculos, que de pronto ad- 
quirían la rigidez de ballonetas que lo pinchaba en 
todo el cuerpo, y le parecía percibir el zumbido de 
las balas, de tal modo formidable, que más que zum- 
bido, era eco de tremenda granizada Y después 

se veía chorreando sangre; empapada la ropa en 
sangre que hacía que aquélla se le adhiriera a la 
epidermis, tibia y pegajosa; y sentía cómo la vida 
se le escapaba en la incontenible y agotadora san- 
gría, por más que él luchara desesperadamente por 
contenerla; y después, que se hallaba más que en 
el interior de una infecta mazmorra, en algo todavía 
más reducido, algo como un nicho, un ataúd, negro, 
mudo, estrecho, infinitamente peor que aquella bar- 
tolina que había ocupado en Belem .... Y como era 
consecuente, al estar en aquel reducido espacio, la 
asfixia comenzaba a apodeaarse de él y lo mata- 
ba! .... ¿Quién le había mandado meterse a político 

20 



-■ \ ■'■•■..- 



306 E. MAQUEO CASTELLANOS 

ya «hombre público?» Él, que tan tranquilamente 
disfrutaba de su bequita aquella, empantanado con 
las cuentas de interés compuesto que, si le rompían 
.metafóricamente la cabeza, clásica por lo dura, no 
',- lo hacían al grado de dejársela hecha una criba co- 

mo aquellas balas que, en el sueño, sentía incrus- 
társele en pleno cráneo! Y entonces, en mitad del 
mismo, algo como un estertor, como un ahogado 
grito salió de su pecho, a tiempo que el atribulado 
? ;. «indio» repartía puñetazos en el aire y puntapiés 

sobre el colchón ... . I 

— «¡Capulín» hombre! ¡Chaneque! ¿Qué 

te pasa? ¡Despierta que estás soñando hasta dar 
miedo! 

Y Demóstenes sacudió a Chaneque hasta hacerlo 
despertar. 

— ¿Qué es? ¿Qué pasa? — balbuceó azorado el in- 
dio. 
¿V.' — ¡Nada, caaaray! ¡Que debes estar indigeeesto y 
'í estás soñando muy feo ! i 

— ¡Como que estaba soñando que me mataban en 
la revolución! I 

— Yo tampoco he podido dormir de puro miedo; 

caaaray! ¡No teeenemos maaaadre! ¡Yanosupupu- 

. •' pueeede vivir aquí! Tooodos los días revolución y 

revolución! ¡Y el techo este trooonando que da 

gusto! 

'-i ■ *** 



Demóstenes tuvo razón para sus alarmas. 

El nueve de febrero, la revolución estalló en plena 
capital de la República. 

En la madrugada de ese día, ciertos regimientos 
de artillería de guarnición en la capital y en la veci- 






-^^ 



LA RUINA DE LA CASONA 307 

na ciudad de Tacubaya, de concierto con los alum'- 
nos de la Escuela Militar de Tlálpam, y algunas 
fuerzas de policía y de infantería, obedeciendo a un 
plan de antemano combinado, se sublevaron contra 
el Gobierno del Presidente Madero, audazmente; y 
a fin de contar con Jefes para el movimiento, liber- 
taron de la prisión de Santiago, en laque se hallaba 
procesado al haber fracasado la intentona revolucio- 
naria que había encabezado el afio anterior, al gene- 
ral Bernardo Reyes; y de la Penitenciaría del Distri- 
to Federal en la que se hallaba igualmente preso, al 
haber sido trasladado pocos días antes del Castillo 
de Ulúa en Veracruz, a Félix Díaz, iniciándose con 
aquellos hechos lo que, en un grafísmo elocuente, se 
denominó «la decena trágica.» 

Por las calzadas de Tacubaya y Tlálpam, desier- 
tas en aquellas horas de la friolenta y húmeda ma- 
ñana, bajo el cárdeno cielo de un amenecer invernal, 
en una comitiva de perfiles y colores fantásticos y 
fúnebres, rodarcm rumbo a la capital, dormida aún e 
ignorante de la terrible añagaza, cañones y ametra- 
lladoras a cuya zaga, en procesión de sombras chi- 
nescas, caminaba una silenciosa comitiva que com- 
pletaba el cuadro, digno de una «agua f uerte> de 
Alberto Durero. Era la conjuración en marcha. . . . 

La nutría la juventud que inexpertamente, aven- 
tureramente abandonaba el aula militar en la que 
sólo había oído prédicas de lealtad para la bandera 
y los supremos gerarcas del Ejército, a fin de ir en 
pos del triunfo y de la rápida exaltación, si en el ca- 
mino no hallaba la muerte, o de la deshonra si pia- 
dosa la muerte no enmendaba los resultados de una 
derrota. El primer asalto dado por aquella juventud 
en sugerida rebeldía, lo fué a los tranvías eléctricos 
que, al deslizarse en aquella hora matutina y veloz- 
mente sobre el lomo de la calzada, simulaban düi- 



-i 






>.0' 



.:-*ft" 308 E. MAQUEO CASTELLANOS 

gentes gusanos de luz, corriendo en pos de un es- 
■ i ' condite. , '■'' - • I 

: >'. . Cuando el sol comenzaba a calentar el aire de aque- 

lla mañana, la ciudad alegre y confiada despertó es- 
:• tremecida por el rumor de la revuelta en su seno. / 

El trío de la «República» fué brusca e intempes- 
, tivamente despertado por don Taco que, buen ma- 

drugador, haliía sabido lo que acontecía cuando los 
" sublevados apenas si habían logrado apoderarse por 

sorpresa del Palacio Nacional, el que habían toma- 
do sin disparar un tiro. 

— ¡Levántense pronto que hay «bola>! Ya los pro- 
nunciados tomaron Santiago y están ahora en Pa- 
í lacio ... I '■ u 

De un brinco nuestros tres sujetos se echaron 
fuera de las camas, y en un abrir y cerrar de ojos es- 
tuvieron vestidos y en la calle, para poder ser testi- 
- gos de cuanto en ellas ocurriera. 

— ¡Esto es criminal! ¡Esto es criminal! .... —decía 
,■ Chaneque, sin acertar con más comentario mientras 

se dirigían rumbo al Palacio. 
, ■ —Conque aaaahora reeeesulta criiiimen lo que 

ayer fué deeeerecho? — argüía el tartamudo. 

Y Andrade, cabizbajo, pensaba; «la insurrección 
¿es un crimen o un derecho? Madero revolucionario 
• contra el mal Gobierno de Díaz ¿fué un criminal o 

cumplió con un deber? Bien es cierto que el suble- 
vado ayer lo fué el pueblo, mientras que hoy lo es 
■^i el Ejército; pero ¿no es el Ejército una parte inte- 

grante del organismo social con derechos y deberes 
V ciudadanos como otra cualquiera? ¿Cuándo ha he- 

cho pacto de sostener a un Gobierno impopular o 
tiránico? ¿Y no ayer mismo lo convidaban a la infi- 
dencia los mismos a los que ahora ataca? I 
>^ Sin gran dificultad pudieron los tres estudiantes 

llegar hasta la contraesquina del Palacio Nacional, 



LA Ruina DE LA CASONA 309 

frente a uno de los ángulos de la Catedral, detenién- 
dose intimidados allí ante el espectáculo que ofrecía 
una doble fila de soldados en cadena de tiradores, 
apostados en las aceras de dicho Palacio; pecho a 
tierra los unos; de pie contra el muro los otros. Y 
entonces supieron, por esa información misteriosa 
que en ocasiones corre rápida esparciendo las noti- 
cias con más velocidad que la chispa eléctrica, que 
los pronunciados se habían apoderado efectivamen- 
te del Palacio; pero que, instantes después, la pre- 
sencia de ánimo y el valor temerario de un solo hom- 
bre, el Comandante Militar de la Plaza, viejo león 
de la guardia vieja que, sin tener simpatías por el 
Gobierno, cumplía con sus deberes militares defen- 
diéndolo, había bastado para yugular allí la rebelión, 
volviendo al orden a la escasa guarnición y haciendo 
prisioneros a un compañero de armas y a un grupo 
de «aspirantes» rebeldes. (*) 

La Plaza de Armas, siempre bulliciosa con vende- 
dores y papeleros en aquellas tempranas horas de 
la mañana, aparecía ahora punto menos que desier- 
ta por el temor a los cañones de los rifles y de las 
ametralladoras a ella apuntados, pero enjoyada con 
sus verdes arriates florecidos con tempraneras ro- 
sas y sus pomposos árboles vestidos de nuevos fo- . 



(*) El g-eneral de división Lauro Villar, en 1876, servía 
al Presidente Lerdo; pronunciado el general Fidencio Her- 
nández, contra aquél en la Sierra de Oaxaca, y tomada esta 
ciudad por la infidencia de la mayoría del 59 batallón al que 
pertenecía Villar, éste fué hecho prisionero, prefiriendo esto 
a pasarse al enemigo. Canjeado más tarde, tuvo la con- 
fianza de Díaz, que lo consideraba pundonoroso justamente. 
Combatió a la revolución maderista en Chihuahua en 1911, 
y esto no obstante. Madero le otorgó su confianza y a ella 
respondió, defendiéndolo. En cambio el carrancismo, no lo 
ha tenido en cuenta sino para humillarlo. 






■ J.- 



310 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



•f:-t 



!,- •,-. 



llajes, en un conjunto de vida exuberante y como 
queriendo formar contraste para el símbolo del fu- 
turo nacional que de aquel momento iba a arran- 
car balas y pólvora y sangre, arrasando, tron- 
chando, agotando y maculando ramazones, erguidos 
troncos y lindas flores en la tierra mexicana, hasta 
tornarla infértil! 

— ¡Caaaray! ¡Esos bruuutos van a tirar sin dis- 
tiiinguir, y nos harán ceeedazo! Yo me «chis- 
po» 

Y uniendo la acción a la palabra, Demos tenes hi- 
zo prudente mutis. I 

Andrade, pálido, extático, descubierta la cabeza 
como si t[uisiera saludar a la muerte que llegaba 
(en aquel mismo sitio, había visto caer al infeliz pa- 
pelerito en la noche trágica del 25 de mayo de 1911) 
vio alejarse a Tafolla sin tener para él ni un repro- 
che por su cobardía. 

— ¡Esto es criminal! ¡Esto es criminal! — seguía 

balbuceando Chaneque, cuyos ojos parecían querer 
salir de las órbitas, ante el terror que la escena le 
producía, rememorándole peligros pasados que aho- 
ra venían en imagen tenaz a sus retinas. I ' 

— Supongo que tú no te marcharás sin ver el des- 
enlace I 

— Te diré Yo creo que el deber me llama en 

otra parte. , 

—¿Dónde? 

— En la redacción del periódico para informar 

Y a su vez. Chaneque dio la media vuelta dejando 
solo a Enjolrás. 

En aquellos momentos desembocaban en nutrido 
pelotón, de la calle cerrada de Santa Teresa, los pro- 
nunciados que, confiados en que el Palacio estaba 
por ellos y en poder de camaradas, se dirigían a él 
para consumar la fácil victoria. Ginetes y soldados 



LA RUINA DE LA CASONA 311 

de inf aijftería, paisanos y chiquillos que nunca faltan 

'i- ■ 

en semejantes casos, venían revueltos, encabezados 
por el general Reyes, envuelto en su ancha capa gris 
df campafia. En la montura de su caballo había flo- 
re» prendidas al azar, de las que femeniles manos le 
arn)jaran de balcones y azoteas en el trayecto. Los 
primeros audaces éxitos tenían ya tributos y home- 
najes Mas pronto se había de ornar con flora- . 

ción áe sangre la militar montura. 

Destacóse del grupo principal un núcleo, a cuyo 
frente iba el mismo hombre; el que hasta 1910 ha- 
bía tenido en su abono el haber sido el soldado más 
honrado de la Patria, por cuanto que, a haberlo 
querido, dada su popularidad y sus empujes, podía 
haber sido quien la lanzara a la revuelta, en causa 
propia y a cualquiera hora. El que después de 
aquella fecha, celado, perseguido, burlado en sus 
legítimas aspiraciones, apedreado por sicarios go- 
biernistas, se creyó en ejercicio de un derecho, 
lanzándose a la revolución Blanca la aguda pio- 
cha canosa; blanco el ya ralo cabello que la matuti- 
na brisa revolvía; pero conservando aún roja la 
sangre con el calor de otros tiempos, en los que, 
soldado de mejor causa, había sabido arrancar el 
triunfo a mil con cien! ■ ' 

Tranquilo y aclamado avanzó; mas al llegar fren- 
tre a la puerta central del Palacio, una fulgurante 
descarga, hecha acaso a la voz de mando de un ami- 
go, de un viejo camarada de armas, de un hermano 
de victorias, le cortó el paso; y del noble caballo 
encalabrinado por el estruendo, vióse desprender 
pesadamente un cuerpo que cayó a plomo sobre el 
pavimento mismo por el que, tiempos antes, hubie- 
ra rodado la ministerial carroza que lo conducía, y 
en el que ahora su sangre semejaba escribir el 



■\r.'.-. 



í-^- 312 E. MAQUEO CASTELLANOS 

:^^í". '. I • ^; 

Mane, Thacel Pitares de su destino injusto y del in- 
justo destino de la Patria en el porvenir! 

Con aquella muerte, la incipiente revolución que- 
daba punto menos que huérfana. . | i/ 
• • Tras la cerrada descarga, las ametralladoras que 
habían de sembrar el espanto en la capitalina urbe, 
dejaron oir por vez primera su craquetear monorít- 
mico de huesos que se entrechocan, y f unciotaron 
i, ; a su tiempo despiadada y certeramente; en un ins- 
tante, sobre los verdes prados de la Plaza de Armas 
y en las callejas de sus jardines, poco hacía desier- 
tos y momentáneamente poblados por curiosos y 
secuaces^ segaron vidas en manojo, con la trucu- 
lencia de la hoz en nutrido trigal, y las balas tron- 

/ charon ciegas y a la par, flores en los tallos, ramas 
nuevas en los árboles y vidas inocentes en la exten- 
sión que quedó materialmente punteada de cadáve- 
res en trágicos escorzos, en convulsivas apostu- 
ras ' I 

•' El telón se había corrido, y el pavoroso drama co- 

menzaba. 

Andrade se sintió poseído de un extraño impul- 
so. Hubiera querido, en un salto prodigioso, colo- 
carse en el puesto más visible; agigantarse allí, y 
tener en vez de la pobre humana voz, el acento del 
volcán, para gritar estentóreamente a los unos y a 
,, ,• los otros: — ¡Por la Patria y en su nombre! Abajo 

esas armas con las que la asesináis!— Y en ese pre- 

■ • ciso momento, como para responder a su deseo, 

oyó nueva y nutrida descarga, y sintió rebotar un 
rocío de balas en su derredor. Un instinto legítimo 
de conservación, lo hizo volver a la realidad y aga- 
zaparse tras un taxímetro abandonado, en cuya ca- 
ja vinieron a incrustarse algunos de los perdidos 
:;.^ proyectiles; de tan incómoda posición lo sacó una 



LA RUINA DE LA CASONA 313 



* 
« « 



Abandonemos por poco tiempo la narración de la 
revuelta para trasladarnos a la casona, en la que 
todo inquilino había buscado refugio: desde el es- 
pantado Chaneque, que tal podía creerse había 
trasladado a ella la Redacción, hasta el callejero 
Fermín, que ahora resistíase a salir a los «man- 
dados» así fuera de lo más tentadora la perspectiva 
de propina. 

Hasta allá llegaron Menchaca y Quico, y en ella 
encontraron al buen Tafolla, cuya lengua se había 
curado intempestivamente, ante la necesidad de 
hacer comentos de la situación. '-:i 






mano, que en aquellos instantes tuvo la fuerza de 

una garra, y una voz de mortificante serenidad. -^ 

— Venga usted, señor Andrade Vamonos! 

¿No ve usted que están haciendo chuza? 

El que así hablaba, era Menchaquita. 

— Y usted ¿qué hacía aquí? , Z' ^ 
—Pues lo mismo que usted curioseando 

¿qué le parece esto? 

Y tranquilamente, con su cara de siempre, aquel , 
dandy almibarado se llevó a Andrade rumbo a la 
casona. 

— Ya propósito — decíale en el trayecto. — ¿No 
vio usted entre los pronunciados al amigo Tenorio? 
Allí iba . ^ ♦ 

— ¿Tenorio? iNo es posible! Si ayer nada más era 
gobiernista " : 

— ¡Bah! Eso no empece, como decía el otro. Ya 
antes había sido zapatista y orozquista: hoy es feli- 
cista; y mañana será otro «ista> cualquiera 

— ¡Qué canalla! 

— ¡O qué héroe, dado como están los tiempos! 



'»■•, 



314 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



Los corrillos y cónclaves se reunían lo mismo en 
el patio que en el «cantón> de cualquiera, siendo de 
notar la clasificación de grupos quej sin gran difi- 
cultad, podía hacerse, según las simpatías de cada 
uno, ya por los noveles revolucionarios, ya por el 
Gobierno constituido, y aun por Zapata o la inter- 
vención americana. 

— Madero debe renunciar incontinenti No 

hay derecho para sostenerse contra la pública opi- 
nión 

— ¿Pero usted cree que usted es toda la opinión? 
El pueblo no lo aborrece 

— Al que le van a hacer la olla gorda es a Zapata. 
Mientras éstos se aniquilan, él espera, y ya caerá 
sobre nosotros a la hora de la hora. 

— íMejor! Es el único revolucionario puro. .... 

— Loque se está buscando con todo esto es que 
nos vengan a meter en orden los «primos.» Ya mu- 
cho se le han buscado tres pies al gato 

— iQué trastorno para las «transacciones!» — de- 
cía afligida la viuda de Zarzo. 

— ¿Alguno de ustedes ha visto a Pingarrón? Ese 
debe estar bien informado. 

— ¡Échele un galgo! No le volveremos a ver entre 
tanto no aclare la cosa. 

Cada quisque almorzó lo más de prisa que pudo 
para no perder detalle de las noticias que, por el 
entreabierto zaguán, podían obtenerse de vecinos y 
transeúntes; cada oreja quería ser un micrófono, 
para percibir hasta el menor ruido y deducir por 
él qué sucedía; y precavidos y prudentes, ni el mis- 
mo Orbezo ni don Taco se aventuraban a avanzar 
más allá de la próxima esquina, trayendo sus res- 
pectivas informaciones. 

— Ya está Madero en Palacio 



'v^á 



LA RUINA DE LA CASONA 315 

— £x>s rebeldes andan ahora sitiando la Ciuda- 
Q6ia • 

— Allí hay mucho parque y cañones y ametralla- 
doras. 81 la toman ¡adiós el Gobierno! 

Elncerrados ahora en la «República» Andrade, al 
que súplicas de Chayo y la «Corchea» habían evita- 
do la salida, Chaneque, qué por tener (?) jaqueca 
no salía, y TafoUa, que ingenuamente declaraba no 
hacerlo de «puritito miedo,» cada uno comentaba a 
su sabor y con ánimo acalorado, las peripecias po- 
sibles de aquella lucha en inicio. Sólo en un punto 
habían logrado ponerse de acuerdo completo: en el 
de calificar a Tenorio como un desvergonzado, que, 
a estilo de los antiguos «bravi» de Italia, subastaba 
su sucio chafarote en cada ocasión en que la «bola» 
le prometía un botín posible de obtener sin gran- 
des riesgos. 

Ya había mediado el día, y las noticias últimas 
llegadas a la casona y trasmitidas hasta «el copete» 
presagiaban que la tormenta que de estallar venía, 
tendría que recrudecerse de un momento a otro; 
los rebeldes habían intimado rendición a la Ciuda- 
dela; el Gobierno no contaba con elementos para 
batirlos victoriosamente; la plebe, en lugar dé ayu- 
dar a Madero, permanecía indiferente y «azorrilla- 
da.» ¿Qué iba a suceder? Y a esta interrogación 
angustiosa, respondía el silencio de los tres estu- 
diantes, ensimismados en hallar la solución, y que 
turbó apenas, en dado instante, el crujir de aquella 
viga que en la noche anterior causara sus zozobras, 

— ¡Diaaablo! Cucucuando yo les digo a ustedes 
que esta viiiguita nos va a dar un susto 

— No será mayor que el que nos pueda dar la re- 
volufia 

Nueva pausa; una calma incomprensible reinaba 
en la casona. Cada cual cansado de los comentos se 



316 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



había retirado a su «cantón.» El silencio era casi 
absoluto; pero de pronto fué roto por un estampido 
que con ecos de trueno atravesó la ciudad toda y lle- 
gando a la casona la hizo retemblar hasta en sus ci- 
mientos, sacudiendo cristales y canceles. 

— ¡Esos son caaañonazos! — dijo casi en epiléptico 
ataque, Demóstenes. 

— Sí .... el cañón comienza su obra 

Del techo conmovido por la onda trepidante de la 
explosión, cayeron en menuda lluvia «caliches» 
abundantes. A la queja última de la resentida viga 
aquella, respondió el traquido todo del vigambre en- 
tero. Tras la continuada advertencia de que ya no 
podía resistir el peso que cargaba, y de que eran 
insuficientes los provisionales «puntales» con los 
que se había tratado de evitar la catástrofe, ahora, 
sin poder más, cedía, astillándose y viniendo al sue- 
lo en desplome instantáneo, ruidoso y completo. El 
techo, privado del sostén, se hundió en avalancha, 
inundando con una densa nube de polvo la casona 
toda, que se estremeció hasta el más apartado rin- 
cón, obligando a todos los inquilinos a abandonar 
sus viviendas, presas del pánico, para precipitarse 
al patio en busca de salvación. . . . 

— ¿Qué es esto, por Dios santo? ¿Qué está pasan- 
do?— decía la atribulada Paulinita, en pleno patio, y 
en ridículo «deshabillé» ya que la catástrofe la ha- 
bía pillado en horas de siesta, mientras a su lado 
el «Tulipán» ladraba furiosamente al invisible pe- 
ligro. I , 

— Es que la «cosa» ha empezado de nuevo y que 
en la azotea ha debido caer una bomba «de a placa» 
— decía sentenciosamente Orbezo. 

— ¡Dios mío! ¡Mis hijitos I — sollozaba la señora 
de Mandujano, llevando a sus dos retoños en los 
brazos. 



: LA RUINA DE LA CASONA 317 

— Chayo, Paca, ¿dónde están? ¿Y tú, Meches? 
¡Vengan vamonos para la calle! 

— ¡Baja, Pita, al patio! ¿Qué vas a hacer rumbo 
a la azotea?— decía Chita a la mayor de las «Cor- 
cheas. > '/ -' 

Pero Pita, con esa intuición instantánea que sólo 
un intenso amor es capaz de engendrar, se había 
dado cuenta exacta de cuál era el peligro, y, para 
para compartirlo con el amado, se había puesto en 
un par de saltos al lado de Andrade, todo él lleno 
de polvo y tierra, y al que se puso a palpar, hablán- 
dole con la desesperada confianza que el momento 
la imponía: 

—Federico Pedenico ¿qué le ha pasado? 

¿No está usted herido? 

— Nada, Pita. ... ya ve usted .... nada fuera del 
susto. . . . 

— ¡Cooolosal, caaaray! ¡Le hemos hecho un quiii- 
te a la mumumuerte, que ni los de Gaooona! 

Y mientras el tartamudo haciendo de tripas cora- 
zón se bromeaba, el ínclito Chaneque, cuyos ner- 
vios estaban más que los de ninguno predispuestos 
al histérico ataque, por mor de las experiencias te- 
nidas, aturdido ahora y con cara de idiota, en pleno 
colapso nervioso, reía un poco.y otro poco derrama- 
ba lágrimas, sin que lo que quería balbucear pudie- 
ra salir de su agarrotada garganta! 

Don Taco, que había ocurrido al sitio del hecho, 
veía contristado el montón de ruinas y apretándose 
ambas sienes, sólo alcanzaba a murmurar: 

— ¡Lo que nos va a costar todo esto! Loque nos 
va a costar .... 

— ¡Diga usted lo que nos ha costado ya a nosotros! 
— añadió melancólicamente Andrade. — A nosotros 
que nada tenemos fuera de nuestro porvenir .; 






;í*í..; 



,.".): 



318 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



Ahí, bajo esas ruinas, quedan ropas y libros, y to- 
do, todo lo que teníamos! 

El techo de la «República» simulaba ahora un an- 
cho boquete abierto a todas las intemperies, y del 
que prendían restos de astilladas vijúas, ladrillos 
próximos a caer y sostenidos en equilibrio imposi- 
ble, mientras el piso estaba inundado de cascotes y 
tierra, bajo los que asomaban sepultados los ense- 
res y las ropas y los papeles de los arruinados es- 

tudiantejos ¡Qué vano empefio el de tratar de 

reconquistarlos! El desplome hería a Andrade y so- 
cios como a nadie en la casona. Dónde irían ahora 
con su bagaje de inopia y de fallidas ilusiones? ¿Có- 
mo rehacerse de todo aquello que era capital moral 
y efectivo? Lo más que por de pronto consiguieron, 
fué que don Taco les ofreciera asilarlos sin estipen- 
dio en alguna de las viviendas vacías .... 

Entre tantp, cada vez más nutrido y grave, el es- 
tampido del cafión se reproducía en el lejano rumbo 
de la ciudad .... El drama iba adquiriendo intensi- 
dad Antes y hasta entonces, el cafión había tro- 
nado en salvas de regocijo. Ahora lo hacía vomitan- 
do metralla Y ésta desgarraba la entrafia de 

una urbe, capital de una nación que figuraba en el 
catálogo de las civilizadas .... 



FIN DE LA SEGUNDA PARTE 



' •<: 



PARTE TERCERA 



LA TRAGEDIA 
DEL DESPLOME AL INCENDIO 



CAPITULO I 
Cortando nudos irordianos 



i.V">.. 



Dejamos los hechos de esta mal pergeñada rela- 
ción, con ínfulas de novela, y al cerrar el capítulo 
anterior, en punto que la revuelta había estallado ;||? 

en plena capital de México, causando con el primer ,^ü 

disparo del cafión el desplome del techo de la «Re- 
pública> en la casona de la calle de las Moras. 9;.: 

¿Qué había pasado entretanto con el Presidente -; 

Madero? ¿Qué había hecho al tener noticias de la J 

rebelión? \^ 

Advertido por sus íntimos, en el Alcázar de Cha- - ■ 

pultepec, donde moraba, tuvo la temeridad, ya que 
no carecía de valor personal, de lanzarse a la calle, 
con la idea de sofocar aquélla, sin saber siquiera 
cuál era a punto cierto su magnitud, ni contar con 
más apoyo que el que podían darle su presencia en 
el pueblo y un puñado de cadetes del Colegio Mi- 



320 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



litar, hermoso brote de abnegada juventud, que 
empuñando las armas sin vacilaciones, formaron 
cuadro al Primer Magistrado de la Nación, en cum- 
plimiento de un deber, y no obstante que, en su 
Instituto y por tradición, era más querido el cau- 
dillo de la revuelta, como ya estaba demostrado 
cuando esos mismos cadetes habían ovacionado a 
las damas que hasta allí habían llegado a pedir 
a Madero que fuera la ley y no el arbitrio político 
el que juzgara a aquél, al caer prisionero en Vera- 
cruz. 

En mitad de ese pelotón de efebos fieles y rodea- 
do de algunos de sus Ministros y amigos, y de mi- 
núsculo grupo de pueblo, Madero atravesó la larga 
calzada de la Reforma y parte de la Avenida Juárez 
hasta que una descarga que se le hizo por embos- 
cados enemigos, lo obligó a refugiarse en el mismo 
taller de fotografía donde el populacho, instigado 
por seides suyos, hiciera refugiarse poco tiempo 
antes, mediante vulgar pedrea, a su contrincante 
político, el General Bernardo Keyes. La suerte co- 
menzaba, al parecer, su obra de ironía. . . . 

Y allí, continuándose esa obra, hizo acto de pre- 
sencia, con protesta de lealtad de felino, el hombre 
que lo había de perder; el mismo que, pretendiendo 
ser portavoz del Ejército, había pedido en un entu- 
siasta brindis a Madero, plena confianza para ese 
abnegado organismo, al que llevaría al prostíbulo; 
el que, vencedor en Bachimba, Rellano y Conejos, 
sería incapaz de vencerse a sí mismo, y que, al 
acercarse a su víctima en aquellos álgidos momen- 
tos, lo hacía con la coquetería propia de la boa cons- 
trictor. 

— ¿Quién manda a los leales, señor Presidente? 
-preguntó -deseo saberlo para ponerme a sus ór- 
denes. 






*' 



LA RUINA DE LA CASONA 321 

— Eil Ministro de la Guerra pero ya ye us- 
ted. . . . está herido 

— Pues si usted me lo permite, yo lo llevaré a us- 
ted a Palacio, donde está su puesto. 

Y tras ese breve diálogo. Madero se entregó in- #f 

conscientemente a Huerta, con la misma ligereza 
con la que había reintegrado a la nación a la endé- 
mica revuelta. 

Media hora más tarde, el Presidente se dirigía 
al Palacio Nacional, ginete en hermoso y manso 
caballo tordillo, y rodeado de su corto séquito de 
fieles. El pueblo, su adorador de ayer, no lo acom- 
pañaba ahora, abandonándolo a su suerte, por per- 
juro a sus promesas, o por miedo de las balas 

A su vez, los sediciosos, por distinto rumbo, y al 
haber sido rechazados del Palacio Nacional, se diri- 
gían a la Ciudadela, vasto almacén de municiones y 
armas. Así, mientras Madero buscaba por asilo el 
vetusto edificio, morada de la ley, los rebeldes bus- 
caban el arsenal de guerra, símbolo de la fuerza; de 
tal modo quedaba casada la lucha y lanzado el alea 
jacta est en el palenque de la histórica ciudad de los 
Moctezumas! . . 

Expectantes y angustiosas transcurrieron las 
horas de la mañana, hasta que, al mediar el día, el 
vivo fuego de los fusiles y el craquetear de las ame- 
tralladoras, pregonaron que la brega se reanudaba. 
La Ciudadela estaba siendo asaltada; ella daría ' 
nombre a la revolución. Mal defendida, tras corto 
combate hubo de rendirse, y en sus vastas azoteas 
fueron alineados los cadáveres de asaltantes y asal- 
tados, en una macabra conjunción; al cielo los rene- 
gridos rostros, muchos de ellos destrozados por el 
certero proyectil del mausser, y en los que parecía ^ 
estereotiparse, en los unos, un gesto de iracundia, 

dibujado tal vez contra los que a la muerte los ha- 

21 






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322 £. MAQUEO CASTELLANOS 

bían llevado; acaso contra los que la muerte les 
habían dado; de suprema piedad en otros, con el 
que tal vez disculpaban el sangriento episodio, pre- 
cursor de incruenta lucha fratricida. 

Desde aquel momento, el reto estaba formulado 
por las dos fuerzas contendientes, teniendo como 
campo una ciudad de mansedumbre y molicie; se- 
guiriase el duelo que, al ser tenaz, formidable, ago- 
tador, podría bien culminar no tan sólo en el sacri- 
ficio de un pufiado de hombres, que nada son, que 
nada vale si se quiere y en relación, sino en el ho- 
locausto de algo de inestimable valor: la salud y el 
decoro de la Patria. | 

El manto de la noche descendió piadoso para ve- 
lar la hecatombe del primer día de combate. En la 
Plaza Mayor, los cuajarones de sangre, apenas 
oreados por el sol de aquel día, señalaban los luga- 
res en los que habían caído las primeras víctimas. 
Los hospitales de sangre estaban henchidos por los 
lesionados. La ciudad, alegre y bulliciosa la víspe- 
ra, era ahora un desierto campo de Haceldama, so- 
bre el que se cernía una pesada atmósfera de zozo- 
bra; parte iluminado y parte a obscuras, porque 
por estrategia, se había ordenado suspender el 
alumbrado en ciertos sectores. Ni un tranvía, ni 
un automóvil, ni un coche rodando por las calles 
solitarias; alguno que otro azorado peatón deslizán- 
dose al abrigo de las paredes, como noctámbula 
sombra errante de un espíritu en pena; y por las 
amplias avenidas y los paseos, discurriendo silen- 
ciosas las «patrullas» como fúnebres comitivas 

La ciudad empavorecida, se daba bien cuenta del 
drama, aun cuando apenas había comenzado. Lios 
teatros, los cafés y los cinematógrafos estaban 
clausurados. Un soplo de muerte y de espanto se 



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LA RUINA DE LA CASONA 323 

infiltraba por doquiera, y cada casa se había trans- ^: 

formado en un cementerio por lo silenciosa, y a la . s?> 

vez en una fortaleza, en la que sus vecinos estaban 
dispuestos a hacerla inexpugnable. En la de las 
Moras apenas si Fermín se aventuraba a salir a la 
calle en busca de provisiones. Desprevenidos sus ' 

moradores, carecían de todo y era necesario adqui- 
rirlo de donde lo hubiera. 

En los principios, habían comentado los sucesos 
con calor; ahora ya ni siquiera se atrevían a hablar 
alto de ellos; era que todos comenzaban a deseen- ^ 
¿ar de todos; todos solapaban sus simpatías y na- 
die se atrevía a externar su opinión, inseguro de 
si aquel que pudiera ser favorecido con ella no se- 
ría el vencido del día siguiente. 

Amaneció el diez de febrero; y conforme las ho- 
ras fueron transcurriendo, una interrogación in- 
mensa, mejor dicho una serie de interrogaciones 
se fueron propagando de mente en mente, en una 
ansiosa curiosidad. — «¿Qué sucedía?> — <¿A qué 
obedecía la calma aparente que reinaba?» — «¿Por 
qué no tronaban las armas?» — «¿Por qué el Gobier- 
no no atacaba a la Cindadela?» — «¿Por qué la Cinda- 
dela no tomaba el Palacio?» — «¿Qué significaba 
aquella tregua?» 

— «Se están preparando» — decían los unos. — «En 
la Cindadela se parapetan» — decían los otros.» — 
«El Gobierno no tiene fuerzas ni parque y está tra- 
tando de reconcentrar elementos.» — «Madero ha 
ido a pedir su ayuda a Zapata.» -«Madero ha huí- 
do » — Lo cierto era, que cada versión tenía algo ^ 

de fundado, y la que sí era enteramente verídica 
la de que Madero, en un rasgo de temeraria lo- 
cura, había salido de la capital a bordo de un auto- 
móvil, con dos ayudantes por toda escolta, rumbo 
a Cuemavaca, para ir a traer las fuerzas que allá 



'■^•-i: 






324 E. MAQUEO CASTELLANOS 

operaban contra los zapatistas, al mando del gene- 
ral Angeles. 

Fundada o infundada corrió igualmente la versión 
de conciliábulos celebrados entre amigos de los re- 
beldes y el divisionario al que Madero había confía- 
do sofocar la revolución, con el intento de llegar a 
un acuerdo, al que no fué posible llegar por falta de 
dinero. 

Acaso tal versión obedecía, más que a verdad, a 
un instinto que sugería el que una traición fuera 
posible. ¿Por qué el ojo del buitre no podría haber 
columbrado, desde la altura, que allá abajo había un 
duelo entre dos, de los que vencido el uno el otro re- 
sultaría fácil presa? 

Para hacer más difícil la situación y hasta para 
demostrar que el temor indicado existía, el mando 
supremo no estaba real sino nominalmente deposi- 
tado en unas manos: las de Huerta, ya que otros je- 
fes tenían facultades bastantes para obrar por su 
propio arbitrio, como acontecía con el general fede- 
ral Delgado — fuera de cuadro en el Ejército por una 
condena — y con el general Romero — igualmente fue- 
ra de cuadro por otra, — y a los que el Presidente 
Madero, con falta de tacto, había reintegrado en sus 
grados. De cualquier manera, lo perceptible era que 
había desconcierto, incertidumbre, vacilación, rece- 
lo, en las entrañas mismas de aquella noble insti- 
tución que, hasta un pasado inmediato, había sido 
la mejor y más eficaz salvaguardia del orden. 

Entretanto, en el Palacio Nacional el rencor más 
que la serena justicia, había comenzado a dar su fru- 
to hediondo; y un viejo soldado, que gozaba de fuero 
constitucional, y con él algún alumno de la Escue- 
la de Aspirantes, habían caído inicuamente fusila- 
dos Eran sediciosos, sí; desleales, infidentes; 

pero de todos modos hombres a los que una «ley> 



(*) Aunque por trama novelesca se dijo que el cafión ha- 
bía sonado por primera vez, en esos días de lucha, en la 
mañana del nueve de febrero, lo cierto fué que no sucedió 
tal sino hasta la del once sigruiente. <i ::>>(< 



-'■i^ 



LA RUINA DE LA CASONA 825 

preexistente y no una volantad singular, era la sola 
autorizada para segarles la vida. Así, pues, el Gro- 
bierno, en una ciega epilepsia de rabia, se deshon- 
raba a su vez 

Guando alboreó la mañana del once, la urbe tuvo 
un despertar de pánico. Una ronca voz, que le era 
familiarmente conocida en las fiestas de la Patria, 
en las que tronaba por homenaje y con entusiasmo, 
hacía retemblar ahora las casas y ulular al aire, re- ,^}. 
sonando colérica y f ormidante. £1 cafión comenzaba 
a vomitar metralla, y de las cornisas de los edificios 
y las cúpulas de los templos arrancaba nubes de ca- 
liza pulverizada y cascotes que convertía en proyec- 
tiles. Pronto las lacras de sus disparos quedaron 
señaladas en los puntos salientes. Y la ametrallado- 
ra, con su fatídico craquetear, parecía aplaudir al 
cañón, haciéndole coro el fusil, cuyas balas rasga- 
ban el aire produciendo un silbido fino, agudo, pa- 
recido al de un cristal en vibración (*) 

La Cindadela, acometida en aquella mañana, de- 
volvía el ataque; y la ciudad se sentía cogida entre 
dos fuegos. Muchos de sus habitantes, que movidos , 
por la curiosidad o espoleados por la necesidad se 
atrevían a transitar por las calles, caían en mitad de 
ellas, para no levantarse más, o iban a engrosar el nú- 
mero de los heridos en los improvisados hospitales, 
repletos de ellos! Algo como una horripilante man- '^ 

cha roja se iba extendiendo y extendiendo sobre la 
urbe El hermano mataba al hermano, con los fu- 
siles que la Nación había puesto en sus manos pB.r& 
que la defendieran, y mismos con los que ahora la 






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326 E. MAQUEO CASTELLANOS 

torturaban y la laceraban; y la muerte odiosa de 
la guerra civil encendía su antorcha funeraria que, 
encendida aún, acaso se habrá de apagar tras de los 
funerales de la Nación misma .... 

Ante la intensidad del conflicto, la diplomacia qui- 
so mediar, buscando solución a lo que sólo podía 
tenerla por el triunfo de uno de los combatientes, 
sobre el otro, si se quería un resultado definitivo. 
Formuláronse arbitrios; imagináronse transaccio- 
nes, y toda oferta bulló en vano ante la desconfianza 
y la obcecación del hombre del Ejecutivo. 

Fracasados los «pourparleurs» diplomáticos en 
vi.sta de que si el Gobierno pretendía la sumisión 
incondicional de los rebeldes, éstos, a su vez, que- 
rían la abdicación sin excepciones de los hombres 
de aquél, el combate se reanudó con más fuerza y 
saña que el día anterior. Madero había recibido re- 
fuerzo de hombres y municiones y no era avariento 
en gastarlos; y por la otra parte se hacía lujo y de- 
rroche de las existencias del inmenso material del 
que se habían apoderado. | 

Fronteriza a la Cindadela estaba la Cárcel Gene- 
ral: por ella podía venir bien el ataque para aquélla, 
y a fin de evitarlo se la cañoneó; la hampa del presi- 
dio se revolvió dentro de las salas de la prisión como 
fiera que se siente enardecida por el peligro dentro 
de la propia jaula; y entonces, rompiendo aquélla, 
los reclusos fueron a incorporarse los unos a los su- 
blevados, mientras los otros que, lo menos que po- 
dían haber pensado era en recobrar la libertad en 
aquella forma, lo hicieron a la camaradería derra- 
mada por el poblado, jubilosos de su manumisión, 
para ir de nuevo a gravitar hacia el crimen, a excep- 
ción de los pocos que fueron recapturados. Tal 
parecía que, en un augurio más, la nueva revolución 
como lo había hecho la pasada maderista, abría las 



LA RUINA DE LA CASONA 



827 



puertas de las cárceles para que quedara abrogado 
el derecho de castigar la delincuencia. ..... 

Lo imaginable, lo lógico, lo que la más inexperta 
inteligencia en achaque de guerra inducía a esperar, 
era el sitio metódico de laCiudadela, que estaba muy 
lejos de ser una fortificación: la aproximación pau- 
latina a sus muros, con las precauciones del caso, 
por medio de obras de zapa; de paralelas cubiertas 
y de aproche, medio por el que todo el mundo con- 
sideraba perdida a la reductible posición en dos, tres 
o cuatro días. Mas, con general estupefacción, el 
jefe militar que dirigía el ataque, lo entendía en otra 
forma; y, con novísima táctica, lanzaba sobre el re- 
cinto de la Ciudadela columnas de asalto por las ca- 
lles, que la metralla se encargaba de barrer con la 
facilidad con la que el río crecido barre los obstácu- 
los que se levantan en su cauce. 

Fué así como calles enteras de las que circunvalan 
a la Ciudadela quedaron alfombradas de cadáveres 
de combatientes, defensores del Gobierno; unos caí- 
dos cara al sol y en mitad del arroyo: acribillados 
otros en los vanos de las puertas de calle: otros más, 
desmenuzados por el torbellino de proyectiles de 
artillería que sobre ellos descargaban los rebeldes. 

Las escenas espantosas y macabras se sucedían 
sin interrupción. Cada vez que alguna columna asal- 
tante desembocaba por alguna de aquellas calles, el 
resultado era idéntico. Veíanse hombres para los 
que había bastado una certera bala a fin de inmovi- 
lizarlos con la muerte, tras rápida convulsión: heri- 
dos que se arrastraban penosamente, buscando un 
lugar de asilo, un rincón salvador que no i)odían ha- 
llar, y que se desangraban sin auxilio y perecían 
sin socorro empurpurando el suelo con su sangre; 
o que, ululantes de dolor, imprecaban y se arrastra- 
ban reptando como bestias lastimadas, hasta que. 












■^ 



328 



E. MAQUEO CASTELLANOS 






misericordiosa, una nueva descarga ponía fin al dan- 
tesco sufrimiento. Cadáveres de caballos caídos en 
mitad de la calle, y de los que la descomposición se 
apoderaba velozmente, transformando los abdóme- 
nes en monstruosos receptáculos de gases pestilen* 
tes, e infelices jamelgos despanzurrados por la me- 
tralla y que, espantados, azorados, enloquecidos por 
el dolor o ante la insólita crueldad del hombre, de la 
que acaso se daban cuenta, partían corriendo, dejan- 
do regados por el asfaltado pavimento las humean- 
tes visceras y los detritus de una digestión apenas 
comenzada I 

Y el cafión entretanto, retumbando, intermiten- 
te a veces; en otras sin interrupción, y enviando en 
todas direcciones, lo mismo de parte de unos que 
de los otros combatientes, los rechonchos proyecti- 
les, repletos de balines que se derramarían despa- 
rramando a diestra y siniestra la muerte, en la ce- 
guera de la bala cuyo oficio es matar sin saber por 

qué; sin saber a quién Al cañonazo respondía 

siempre, invariablemente, el craquetear de la ame- 
tralladora simulando el rabioso aplauso hecho por 
manos de esqueleto, en un rítmico sonar de huesos; 
y coreaba a la metralladora el fusil, cuyas balas ras- 
gaban el aire con un silbido fino, agudo, penetrante, 
como de cristal en vibración I 

La ciudad, espantada hasta el erizamiento, sentía 
que la muerte vagaba suelta, haciendo portentosa 
cosecha. Percibía, comenzaba a percibir en el aire, 
el olor de la carroña, y se extremecía de horror con 
los relatos de los temerarios que, por darse el es- 
pectáculo de saber cómo se mata y se muere en la 
guerra, salían a la aventura callejera, para ir a ser 
carne de mesa de hospital, o ir a engrosar el montón 
de los muertos anónimos que habían de arder des- 



liA RUINA DB LA CASONA , 329 

paés, como tétrica luminaria neroniana, en los lla- 
nos de «Valbuena!» 

En esa angustia transcurría el tiempo: las noches 
se sucedían lóbregas y fúnebres, mas con algo de 
piadoso; en ellas la lucha cesaba; los combatientes 
esperaban, arma al brazo, el nuevo día para reanu- 
dar el duelo, como si no quisieran hacer de la tinie- 
bla nueva arma, pactando el armisticio con la som- 
bra. ... 

Tal parecía que el espanto, el terror, el pánico 
quintescenciado, hubieran paralizado las energías 
todas de aquella populosa urbe de medio millón de 
habitantes, que se dejaba cañonear, ametrallar, 
acribillar, sin levantar airada una protesta colecti- 
va, y sí buscando el sótano para hacer en él vida de 
alimaña. 

—¡No se puede guisar! Tendremos que comer 
crudo y lo que haya —decía Chita en gemebun- 
do tono. — Ni por un ojo de la cara se consigue una 
migaja de carbón!j 

— Tiene usted razón mialma; hoy, por primera 
vez en su vida, ha tomado frío su chocolate mi «Tu- 
lipán.» 

— ¡Lochita sí que ha sido previsora! Compró quién 
sabe dónde y antes de que se iniciara la «frasca> 
todo lo necesario ^ 

— Eso es que debe haber estado advertida a tiem- 
po por el «sobrinito,* que a poco y está en el 
«ajo» íf 

Calumniosa versión: el sobrino llegaba de prisa 
y silencioso, como preocupado; tomaba en volandas 
su colación, y se volvía a la oficina. 

—Pero oiga, Menchaca. ¿No se le escarapela el 
cuerpo pensando que se puede encontrar perdi- 
do un albondigón de esos de a setenta y cinco? 

— ¿Y qué quiere usted que haga, mi apreciable 



« 



j •■ 



330 E. MAQUEO CASTELLANOS 

Chaneque? El deber es el deber, y hay que cumplir 
con él, y más ahora que hay mucho quehacer en la 
oficina. Por lo demás, bala que se oye no pega; 
y muerto más o muerto menos no hace montón .... 

— ¡Jesús me valga! Sólo de oírlo ya tengo calos- 
fríos .... — coreaba Paulinita. 

Orbezo no acababa de deglutir su problema. Sen- 
tíase compelido por algo que le decía que su puesto 
estaba al lado de los defensores del 'Gobierno, ya 
que éste le daba sueldo; pero, por otra parte, allá, 
en la «Cindadela,» estaban los camaradas; los que 
perseguían la reivindicación de afrentas de las 
qué él se consideraba copartícipe; combatían a 
los que habían echado de la silla presidencial al se- 
fior don Porfirio, y con él a toda una tradición, a to- 
da una época, que eraa las suyas; y así mientras 
lograba aclarar la incógnita, se conformaba con dar 
sus lecciones de estrategia y de conocimientos ba- 
lísticos al vecindario, ilustrándolo sobre ciertos de- 
talles. , I 

— Ahora tiran de la «Ciudadela.» Esos son dispa- 
ros de «Schneider-Canet* los conozco muy bien. 

¡Si los cañones hablan! 

Y a poco: 

—Ahora disparan del otro lado. Esas ametralla- 
doras deben estar funcionando por la Calzada de 
Dolores 1 

— Adiós viejo! .... ¡Usted nos quiere «tantear!» 
¿Cómo va usted a saber eso? I 

— Por la dirección del viento. ¿No ve usted que 
los disparos se oyen muy lejos? [ -, 

Cuca Otamendi, que en los principios estaba fu- 
riosa contra los «pronunciados» había apagado el 
fuego de sus baterías; por lo menos, las de grueso 
calibre. En sus interiores sentía aversión por aque- 
llos «peleles» que querían derrumbar al «apóstol,» 



LA RUINA DE LA CASONA ; 881 

de quien todavía podía esperarse mucho, y que ha- 
bía venido a devolver al pueblo sus libertades y a 
las modistas ramplonas una poca de clientela; pero 
al propio tiempo, pensaba que podía suceder bien 
que los facciosos dieran al traste con ax>óstol y 
apostolado, en cuyo caso meditaba sobre la oportu- 
nidad de aquellas flores arrojadas por Tenorio a los 
pies de Chayito, y en la significativa sonrisa con la 
q ue la tal había pagado la ofrenda. Qué lástima, des- 
pués de todo, que sólo hubiera dos velas encendi- 
das, y que Paca o Meches, por ejemplo, no tuvieran 
un pretendiente en las filas de zapata! 

Eln el concurso aquél, alguien había que, callado, 
apenas si sonreía mefistofélicamente, cuando ciertas 
«grillas» llegadas de la calle le daban el tono de có- 
mo andaban las cosas, Rémington. Su íntimo Pin- 
garrón había hecho un eclipse total, un mutis rápi- 
do desde las primeras de cambio; nadie sabía de él; 
ni aun el mismo Porritas que apenas si se había 
dejado ver por lo casona, más amarillo que un cirio 
viejo. ¿Por miedo? ¡Cá! Era que él padecía sus 
ataquitos del hígado, y ahora andaba con uno de 
ellos. 

Chaneque, como ardilla enjaulada, ya bajaba, ya 
subía desde la «República» al patio y del patio al 
«copete;* sus nervios estaban como cables de acero, 
ante lo que pudiera encerrar el porvenir, al que veía 
color de hormiga. Sufría sobresaltos incontables. 
Los fusiles, aquellos fusiles de Tinajero, que un 

día viera apuntados a su pecho! Y el ojo, el ojo 

aquel del tuerto Matías que parecía el de un cíclo- 
pe! — Y aquellos dos ahorcados balanceándose en 
la cruceta del telégrafo .... ¡Vaya usted a saber si 
Tinajero o Matías no resultaban ahora «libertado- 
res» en el «nuevo orden de cosas,» con los que él tu- 
viera que ajustar cuentas debido a sus ideas en 



■-^■^. 









882 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



política! ¡Y él que los había calificado de «latro-fac<| 
ciosos!» 

— ¡Esto es un crimen! ¡Esto es un crimen!— se 
conformaba con decir. 

— Y tú que eeeres aaacredor al cadaaalso por ha-; 
ber escriiiito en un perioooódico maaaderista. ... 

— Psché yo sé ser firme en mis ideas. i 

— Pupupues te paaarticipo que ya están daaando 
luuumbre a los rotatiiiivos gobiernistas. Ya ardió; 
la «Huhuhuevera» (Por la «Nueva Era.») 

— ¡Qué salvajada! ¡Quemar las prensas propaga- 
doras del pensamiento libre! ,., j 

— Del pensamiento coooómplice, dirás 

Barbedillo atento, analizador, avizorando siempre, 
no perdía detalle y era, al parecer, quien mejor He- ' 
vaba el pulso de los acontecimientos, por más que; 
en sus labios resultara un pulso loco, y una vez; 
que adquiría sus informes en la peluquería de la : 
misma calle. Quería saber, como era lo indicado, en , 
qué momento se iniciaba «la cargada» para enton- 
ces adoptar partido. Y de ahí que su brújula es- 
tuviera con la aguja borracha, porque, si en un día ! 
se le oía decir, seguiendo los informes adquiridos:; 

— Al Gobierno se le ha acabado el parque, y aun- i 
que tenga un militarazo como Huerta, no le doy mu- i 
cha vida 

Al siguiente decía: ' 

— ¿Pero cuándo han sido buenos artilleros Mon- 
dragón y Félix Días? Los van a coger en la rato- i 



ñera 



• . • . 






Para enmendar en la tarde: 

—¡Caramba! Qué disparitos los que hacen los de , 
allá, eh? En donde ponen el ojo ponen el obús. 
Y los de este lado empeñados en hacer dispara- 1 
tes!.... 

Y en la noche anunciar : 



LA RUINA DE LA CASONA 



388 



— Zapata es el que va a levantar el monte. Los 
otros le están haciendo la olla gorda. Para él será 
la situación .... 

Andrade no se resignaba a la inactividad. Creía 
que era un crimen inmenso, inaudito, sin preceden- 
tes en la Historia nacional aquél, por ambos ban- 
dos, sin querer acordarse de las experiencias de 
esa Historia; y que era, por lo tanto, odiosa compli- 
cidad el permanecer cruzado de brazos. Sin dejar 
de desconocer que podía haber mucho de justo en 
la revuelta, pero que también lo había en la obsti- 
nación del Gobierno para no ceder, condenaba re- 
sueltamente la apatía del pueblo frente a la catás- 
trofe, ya que ni se ponía del lado de su apóstol, para 
defenderlo, ni frente a él, para desautorizarlo. Pen- 
saba que la multitud debía erguirse, ponerse de pie 
y no estar «azorrillada» en sus tabucos; levantarse 
colérica, indignada y reclamar, en una enérgica ad- 
monición, el que afrenta tal contra los destinos de la 
Patria se estuviera cometiendo en la misma entra- 
ña de la nación, sin tomarlo a él, el pueblo, para na- 
da en cuenta, cuando era el único que tenía derecho 
para determinar de sus destinos que ahora se dis- 
putaban a cañonazo limpio un poder sin simpatías, 
pretendiendo sostenerse por la fuerza, y una f uersa 
que, con bastardo origen, quería apoderarse del 
Poder.. .. 

Por eso que saliera a peregrinar por los arraba- 
les de la urbe, en algo que a su romanticismo polí- 
tico parecía santa cruzada, de la que volvía siempre 
más decepcionado, más convencido de que en la 
gran masa no hay voluntad; desilusionado de que 
aquélla pudiera moverse por voliciones inteligentes 
y no por pasionales impulsos y por subjetivismos 
tontos. - ■ 

— ¡Este es un pueblo de cobardes! — decía al re- 












-A'. 



334 E. MAQUEO CASTELLANOS 

presar — Con la misma pasividad con la que ayer ¡ 
soportaba sobre sus espaldas el látigo de sus afren- 
tas, soporta hoy la fusta de las balas 

Las escapatorias de Andrade hacían temblar de 
terror a la cada vez más enamorada «Corchea,» que 
al verlo deslizarse furtivamente rumbo a la calle, se 
presumía que era la última vez que lo veía vivó, 
siendo lo posible que se lo devolvieran en una cami- : 
Ha, muerto o mal herido. Y ella, que hasta entonces i 
había sido incapaz de formularle una súplica, de in- 
sinuarle en lo más mínimo su amor, cobraba ímpe- 
tus para decirle en efusivo ruego: ' 

—¡Por el amor de Dios, Federico! — iNo salga us- : 
ted! ¿Por qué le gusta tanto exponerse, dejándonos, i 
angustiados por usted aquí? ¿Qué va a buscar? i 
¡Qué cruel sería que lo mataran, y uno ni lo supie- 
ra para volar a su lado! I 

— No tenga cuidado, Pita; tomo mis precauciones 
y no me pasará nada. ¡Qué quiere usted! Busco el 
ayudar a que esto se solucione .... 

— ¡Déjelos usted! Allá que gane el que ha de ga- ; 
nar 

—¿Y eso dice usted? No. . . . Es preciso orientar í 
a la opinión; conducirla; enseñar al pueblo 

— La opinión la opinión Yo he oído decir \ 

a usted mismo que esa es «una eterna enamorada ^ 
de un resplandor que se llama éxito>! .... ¿Verdad 
que me va a hacer caso y que no saldrá? : 

Mas Quico no la hacía caso y se marchaba; y en- 
tonces ella, como en alguna otra semejante ocasión, '. 
acudía a su remedio heroico: encender su lampari- 
ta al Santo Niño de Praga 

En cambio, la lámpara de Chayo no se encendía 
ya con el mismo objeto a la Virgen de las Angus- 
tias. Chayo, la divina Chayo, tenía sus dudas y va- 



■ ■^; • //■' 



LA RUINA DE LA CASONA 



335 



cilaciones sobre encender aquella lámpara por An- 
drade o por otro. 

La seductora morena había sufrido una extraíLa 
e insensible deformación en carácter y tendencias: 
la bella púber de ayer, dominadora de belleza, pero 
recatada y, en parte, sencilla, iba convergiendo, ca- 
da vez con más fuerza, acaso por verse cada vez con 
más fuerza elogiada, en casquivana, desenvuelta y 
poco escrupulosa: si conservaba ciertos afectos pa- 
ra Andrade, en una fidelidad impuesta acaso por- 
que no se la tachara de frivola y coqueta, llevaba 
codiciosamente su pensamiento también por otros 
rumbos de amor o de ilusión; si todavía la seducía 
la arrogante figura de aquél y la cautivaba su fácil 
verba, no era aventurado asegurar que en sus inti- 
midades poníale más de un pero: conservábalo co- 
mo al dueño de sus primitivas ilusiones; pero es- 
quivaba darle las que iban naciendo nuevamente en 
su cerebro más que en su corazón; pasado el perío- 
do del romanticismo, la Chayito iba ahora apren- 
diendo a ser un poco práctica: hacía como más elás- 
tica su alma, y por ello admitía, siempre en lo 
íntimo, por supuesto, que bien podría no ser An- 
drade el único hombre digno de que ella fuera su 
esposa. Andrade no era capaz de colmar ya todas 
sus codicias. 

Precisamente en aquellos días Chayo había teni- 
do una debilidad y cometido cierta ligereza que la 
traía algo medrosica, no fuera a ser que los celos 
de Quico, que los tenía y grandes, la dieran un do- 
lor de cabeza anticipadamente. 

Erase el caso que, subrepticiamente, la Chayito 
había recibido pocos días antes, una esquela de al- 
guien que la avisaba estar en México y arder en de- 
seos de verla, los que no podía realizar desde luego 
por tener que estar de incógnito en la capital, y 









886 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



v* 



porque no quería procurarle «dificultades,» dados 
los «compromisos» que ella tenía con Andrade; pe- 
ro prometiéndola que, en la primera oportunidad 
propicia, trataría de satisfacer aquella más que 
pueril satisfacción, imperativo deseo de «verse en 
el cielo de sus ojos» y «oir su voz, eco divino.» El 
anónimo galán la encarecía la reserva; y ella, que 
bien había podido identificarlo, si no por la vulga- 
ridad de sus frases sí por el carácter de letra de la 
misiva, había guardado el secreto obedientemente: 
un poco por dar gusto a quien se lo pedía; otro po- 
co por hacer así más interesante el homenaje; y 
aun otro poco porque si aquello lo sabía Andrade, 
era seguro que la armaba un tiberio. 

Mas la casualidad, que es madre de muchas co- 
sas buenas y malas, puso frente a frente, por un 
momento y en las horas iniciales de la perturba- 
ción política, a la inconstante coqueta que, a seme- 
janza de la revolución, gustaba de ir acrecentando 
el número de sus adoradores, y al audaz galantea- 
dor que ahora la pretendiera. Sucedió el hecho 
cuando el núcleo de los sublevados del 9 de febrero 
al ser rechazados del Palacio y dar la media vuelta 
por las calles del Reloj, pasaron por algún crucero 
en momentos en los que Cuca y Chayo regresaban 
del baño, deslumbradora de belleza la segunda, con 
la opulenta cabellera suelta; radiante de juventud y 
pictórica de vida; fresca y lozana. 

Sorprendidas por la columna revolucionaria y an- 
te la imposibilidad de hallar refugio en algún za- 
guán, ya que todos estaban cerrados, o de correr, 
lo que era punto menos que inútil, tuvieron que re- 
plegarse contra los muros de una casa, en tanto que 
pasaban los rebeldes. Y fué así como vieron desfi- 
lar a aquéllos, encabezados por Díaz y Mondragón, 
en trajes de paisanos, y jinetes en briosos caballos 



■^' 



LA RUINA DE LA CASONA 



337 



cuyas monturas, como la del caballo del infortunado 
Reyes, estaban engalanadas por las flores prendi- 
das al azar de las que femeninas manos les hubieran 
arrojado al paso desde los balcones y azoteas. Y 
a la zaga de aquellos pudieron reconocer, estupe- 
factas, a alguien que, enhiesto, provocador, orgu- 
lloso de su nueva hazaña y a caballo también, les 
envió con la mano un afectuoso saludo, después de 
haber hecho caer a los pies de Chayito un fresco 
ramo de claveles y violetas, que aquella se apresu- 
ró a levantar, pagando el homenaje con una delicio- 
sa sonrisa. 

— Pero ese hombre no tiene «cuate> — dijo in- 
dignada Cuca — Si parece mentira ! 

—¿Por qué? Preguntó Chayo con fingida cando- 
rosidad. ;v- " " 

— ¡Cómo ! Pues si él era maderista .... 

— Y ya ahora no lo es ¿qué tiene eso de raro? 

— ¡Eso es unadeslealtad! 

— No, hija .... es un derecho .... 

— ¿Y para qué recoges esas flores? ¿Las vas a 
guardar acaso? 

— Naturalmente. . . . . ¿Por qué no? Como un re- 
cuerdo Quién quita que Tenorio llegue a «fi- 
gura» y entonces 

— Bueno. . . . bueno. . . . vamonos. ... 

— Por vida tuyita no le vayas a decir nada a Qui- 
ce. Me costaría un disgusto ya ves tú que es 

tan celoso 

Afortunadamente, cuando ellas regresaron a la 
casona, en la que tuvieron que hacer el obligado re- 
lato de su encuentro con los rebeldes, ni Andrade 
ni Tafolla ni Chaneque estaban aún allí, de vuelta 
de su curiosa excursión a la Plaza de Armas. Por 

lo que el contrabando de aquellas flores pudo ir a 

22 



V 






338 E. MAQUEO CASTELLANOS ' 

aumentar, sin peligros, el arsenal de baratijas que 
de sus adoradores conservaba Chayo. i v> 

Y si acaso, el estar frente a frente en posteriores 
horas ella y And rade, él se preguntaba para sus in- 
teriores: — «¿Sabe ella que Tenorio está en México 
y me lo oculta?* — ella se decía: «¿Sabe él que Te- 
norio está en México y que se lo oculto?» 

— Pero es increíble que al cabo de seis días, ni los 
de la «Cindadela» hayan podido «tumbar» al Gobier- 
no, ni éste haya acabado con aquéllos. ¡Ya esto es 
insoportable! ¡Ya no se puede vivir! No se encuen- 
tra qué comer .... —decía enfurruñada Tachita, que 
era la esencia de la calma. | 

Eran ya, en efecto, inútiles los continuados viajes 
de Fermín, que pasadas las primeras horas de estu- 
por, había acabado por ser el más decidido de la ca- 
sa en lo de callejear, y en pos de carbón, velas, carne, 
pan, chocolate, azúcar y demás artículos de primera 
necesidad. El diligente mandadero regresaba di- 
ciendo invariablemente: 

—INuayl 

—¿Cómo que no hay? 

— ¡Pus nuay! Dice don Candelario (el bodegonero 
de la esquina) que ya siacabó. ... 

— Pues anda y corre a la otra esquina. . . . 

— Siyajiííy dice Dimetrio (el bodegonero de la 
otra esquina) que ya siacabó. . . . 

— ¡Virgen Santa! ¿Y qué vamos a comer ahora? 

— ¡Democracia! .... —contestaba Gordillo. 

—Y deje usted eso, Tachita Que ya está ahí 

la peste, según dicen, y verá usted cómo va a cun- 
dir. Tanto hombre y tanto caballo muerto! Ti- 
rados en las calles y pudriéndose al sol! 

— Verdad ¿No notan ustedes que ya hiede? 

— Guerra, hambre, peste! El fin del mundo, mial- 
mas Si yo me lo figuré desde que apareció la co- 



LA RUINA DE LA CASONA 



339 



meta esa del Centenario y leí las profecías de la ma- 
dre Matiana 

Por otro lado, Barbedillo, Orbezo y demás com- 
pinches discutían soto-voce los últimos aconteci- 
mientos: 

— El 79 de infantería fué acribillado ayer, al pre- 
tender acercarse a la Cindadela .... 

—Natural. ¡Mientras se empeñen en tomarla de 
ese modo, haciendo avanzar a las tropas asaltantes 
al descubierto y por en medio de la calle! .... 

— Dicen que los de la Ciudadela están tan «amola- 
dos» que están comiendo carne de caballo 

— No lo crea. Yo sé, «de buena fuente,» que están 
como en su casa: tienen mucho «laterío,» conservas, 
carne fresca y demás, y hasta toman leche a diario 
de un establo cuyas vacas «se avanzaron.» 

— ¿Cómo va a, acabar esto? Ni los unos se rinden 
ni los otros les pueden. Y nada se logra con que re- 
caditos vayan y recaditos vengan .... 

— ¿Cómo quieren ustedes que acabe? Con la inter- 
vención americana! Yo sé «de muy buena tinta,» que 
ya están desembarcando los gringos en Veracruz 

— Mire usted que es capricho de Madero el de no 
renunciar. ¡Tenernos aquí como en un sitio y expo- 
ner a la Nación a ser invadida nada más que por no 
dejar «la papa» . . . . ! 

— ¿Y por qué ha de renunciar? para darles gusto 
a los de «la bola»? Hace bien, qué caramba! Qué se 
muera en su lugar! 

— Dicen que ya los Ministros extranjeros le han 
suplicado que renuncie, y que él se resiste. 

— ¡Muy bien hecho! ¿Qué tienen que meterse esos 
señores en nuestras rencillas domésticas? 

— Es que, al despedazarnos nosotros, nos llevamos 
de encuentro a sus nacionales 






340 E. MAQUEO CASTELLANOS 

— ¡Que se «frunzan>! El que está a las maduras, 
debe estar a las duras . ^ 

—Yo he sabido, «de buena fuente,» que también 
algunos senadores le pidieron la renuncia. 

— ¡Que los despache al.. .. limbo! Esos son del 
«antiguo régimen.» Madero no debe hacer otra co- 
sa que fajarse bien los pantalones y acabar a lo hom- 
bre con la revuelta, porque de otro modo, mañana o 
pasado retoñará ... 

Este último comentario era del interesado Chane- 
que, como es de suponer. 

— Pues yo sé, «de buena tinta,» que ya se va a 
dar el asalto final, porque asi se lo ha prometido 
Huerta a Madero, y el indio ese es muy hombre pa- 
ra cumplir lo que promete! 

— El prometer no empobrece; el dar es el que ani- 
quila.. .. 

— No se cansen ustedes. Sostengo que, como lo 
están haciendo, no toman la Cindadela en años. 
Cuando el sitio de Puebla, en el 63, para tomar cada 
«manzana» teníamos que hacer minas y contrami- 
nas Allí sí que se batió duro el cobre! Pero 

asaltar así, a cara descubierta, cuando el enemigo 
tiene artillería, es ocioso, porque al que se acerca lo 
dejan tieso! . | 

— ¡Ya está! ¿Pues qué los otros son mancos? ¿Y 
qué no tienen también artillería? 

— Sí, Chanequito, sí Nada más que nada pue- 
de: tira y no pega, hombre! 

— Que tiren por elevación. Para eso están ahí An- 
geles y Rubio Navarrete. 

— ¡Ah qué ustedes! Lx)S cañones no son morteros. 
Su tiro es directo y por eso no pueden hacer blanco 
en la Ciudadela rodeada de edificios más altos 

Lo cierto era que en todo aquello algo había de 
verdad. La ciudad comenzaba a padecer por ham- 



L.A RUINA DE LA CASONA 



341 



bre: los mercados vacíos, no podían abastecerla por- 
que no había introductores de víveres en ellos. Lia 
mayor parte de los almacenes de abarrotes habían 
dado fin a sus existencias. La clase menesterosa era 
Jaque más sufría por ello, y sin embargo, al cabo de 
siete días de asedio que la hacía estar encerrada en 
sus domicilios, ni trataba de apoderarse por el sa- 
queo de lo que necesitaba, ni siquiera daba muestras 
de impaciencia. Debíase esto a un alto sentido mo- 
ral o al miedo a las balas, o bien al temor de «la le- 
va» que dizque echaba el Gobierno para reforzar sus 
diezmadas tropas? 

En las cercanías de la zona de fuego, en un bien 
delineado cuadrilátero, el cañón y la ametralladora 
habían dejado cicatrices de variolosos y mutilados en 
torres y edificios. Presea sangre se oreaba en cada 
día al^ol, y sangre seca se levantaba én costras de 
los pavimentos, para ser barrida por el viento. In- 
suficientes los hospitales para contener el gran nú- 
mero de heridos, éstos habían sido acondicionados 
en colegios y casas particulares donde, con una ab- 
negación ejemplar, damas y estudiantes de medici- 
na se pasaban la vida en la tarea de disputar a la 
muerte sus presas. Y esto no obstante, allá, en los 
mustios atardeceres de la ciudad en azoro, los ca- 
rretones empleados antes por la limpieza pública 
para recoger las basuras de la urbe, recogían ahora 
su diurna carga de carne humana, que era traspor- 
tada, en brutal hacinamiento, hasta los lejanos llanos 
de «Valbuena,» donde se amontonaba en espera de 
otrasy otras remesas, hastaformar pira digna deque 
©n ella se gastara el petróleo, ya que aquellos des- 
pojos no podían ser llevados a los cementerios por 
falta de elementos ni en ellos podían ser sepultados 
por falta de enterradores. 

Y allá, en esos llanos y después de ser regados 






342 



E. MAQUEO CiASTEJLLANOS 



■v,,v -^ 



por el combustible, ardían los cadáveres en hornada 
espantosa de la que se levantaban, en gruesas espi- 
rales, columnas de humo denso, acre y nauseabun- 
do ... . Fuliginosas volutas alimentadas por la grasa 
humana, que se retorcían lamiendo el suelo en ra- 
bioso lengüetazo, como de almas condenadas de 
muertos no arrepentidos, o se erguían rectas, airo- 
sas, fáciles, para ir a desvanecerse en la altura, co- 
mo si fueran de espíritus que iban en busca de un 
Dios de los cielos para clamar misericordia por los 
crímenes de los de abajo i 

En las tranquilas noches invernales de aquel mes 
de febrero, el espectáculo era de un colorido tal que 
ante él los nervios más bien forjados sufrían una 
torturante yugulación. La hoguera ardía con cárde- 
na luz, consumiendo lentamente los despojos, co- 
rriendo las llamas en violadas guedejas por los in- 
formes miembros que crepitaban y se carbonizaban, 
haciendo que el hórrido montón experimentara 
hundimientos espeluznantes, pavorosos, pues que 
en esos momentos borbotaba la pira regueros de 
chispas que sembraban el aire con lumíneos puntos, 
fuegos de artificio que la muerte ofrecía a la tinie- 
bla, antes de desperdigar al viento las cenizas, en 
un último saldo con el que la humanidad devolvía a 
la madre tierra el substancioso abono! 

La peste, por todos temida, había sido hasta en- 
tonces piadosa: como que se resistiera a sentar sus 
reales en la invitación que le hacían el plomo homi- 
cida y el hambre torturadora. ' 

Y la obra criminal proseguía lentamente fer- 
mentando en la penumbra de los sucesos. Los 
contingentes del Gobierno se iban agotando uno a 
uno diabólicamente; ya era un batallón aniquilado 
en un esfuerzo inútil para dar el asalto; ya era un 
cuerpo de caballería, que, mal instruido sobre el 






LA RUINA DE LA CASONA ' 343 



punto en el que tenía que alojarse a su llegada a la .^ 
capital, equivocaba el rumbo e iba a estrellarse an- '4 
te la boca de los cafiones revolucionarios. En el ver- >^ 
tigo de hacer estremecer de espanto constante a la A 
ciudad ayer alegre y confiada, el cañón no cesaba ; « 
de retumbar, enviando al espacio sus ñores de bron- 
ce, que en asesino estallido regaban el polen de sus ^^■ 
shrapnels y de sus fragmentos de acero .... 

Era positivo que los Ministros extranjeros, estu- ;.;, 
pefactos en un principio, habían acabado por reac- 
cionar, pidiendo a los beligerantes el término de la if 
lucha, no por el deseo egoísta de proteger intereses p 
de sus nacionales, y sí movidos por un alto deber de Jf; 
humanidad ante el sacrilegio cometido al ametrallar '• 
la bella ciudad; pero cada combatiente imponía con- 
diciones de tal modo inaceptables que, al ser recha- ^.■;■ 
z:idas por el otro, forzaban la reanudación de la lu- i; 
cha con más encarnizamiento. •■:. 

Igualmente cierto era que un grupK) de senado- .,;■ 
res de la República, en último extremo llenos de un 

alto valor civil, habíanse acercado al Presidente pi- ;>t: 

diéndole la cesación de esa lucha, aun a costa de su {; 

renuncia si necesario era, y ante la inminencia de :.Jv; 

una intervención extranjera, sin obtener en un prin- .^f- 

cipio más de un desdeñoso gesto, y posteriormente Vv 

una rotunda negativa. jj 

¿De parte de quién estaba la razón? ¿De quienes j* 
pretendían hundir un Gobierno, por incapaz malo, , 
por impopular insostenible, por provocador de la :• 
ruina nacional indefendible; o de parte del que, con- 
siderándose legítimamente ungido por el voto popu- 
lar, defendía su investidura como algo perfecta- :' 
mente propio y aunque en esa defensa se sintiera V- 
aislado y abandonado del pueblo y para ella tuvie- 
ra que estar cañoneando la capital? ;;^ 

En la disyuntiva, cada cual opinaba según sus r> 



S44 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



personales simpatías. Lo cierto, en resumen, era 
que, por principio, el uno debía agotar el último re- 
curso, y gastar el último peso y el último hombre, 
no en una defensa personal y por lo tanto egoísta, 
sino en la de los fundamentos del orden; y los otros, 
alentados por la pasividad popular, que significaba 
aprobación y por un principio de justicia en su re- 
vuelta, debían coronar con el éxito la misma o pere- 
cer en la demanda. 

Desgraciadamente el bello gesto del Presidente 
Madero, defendiendo su investidura, estaba contra- 
dicho por dos errores monumentales; el uno, el ha- 
berse cegado a tal extremo que no se percataba que 
su defensa estaba con&ada a malas manos, en sa 
prurito de considerarse superior al error; el otro, 
haber dirigido al presidente Taft, de los Estados 
Unidos del Norte, un humillante mensaje cablegrá- 
fico «rogándole» que no desembarcaran fuerzas 
americanas en Veracruz, con la promesa de que la 
rebelión quedaría muy pronto subyugada. Con este 
cable, y el acto de debilidad de su renuncia, y en 
plena justicia histórica, el Presidente Madero se 
cerró por propia mano las puertas de la inmortali- 
dad y borró su nombre del catálogo de los gober- 
nantes heroicos para el sacrificio. 

El domingo 16 de febrero la metrópoli tuvo unas 
horas de respiro en las que, a la par que pudo sa- 
ciar su curiosidad, contemplando los estragos de la 
lucha, se aprovisionó de lo que más necesitaba. Un 
armisticio había sido pactado por los beligerantes, 
que otro nombre no podía dárseles, con el objeto de 
sepultar los cadáveres que no había sido posible re- 
coger de las zonas de activo fuego, y dar libertad a 
los vecinos de la urbe para buscar alimentos. En 
una oleada repentina la gente abandonó las casas y 
se echó a las calles, quien en requisa de esos ali- 









LA RUINA. DE LA CASONA 845 

mentos; quien para saciar su avidez de curioso. Ca- 
da elocuente cicatriz de cañonazo provocaba los más 
variados comentarios; y cada casa incendiada de 
adrede o por accidente (entre ellas la del padre del 
Presidente) los hacía crecer. Corto espacio pudo 
durar la disímbola peregrinación porque, intempes- 
tivamente y a poco de mediar el día, la lucha se tra- 
bó de nuevo, haciendo desbandarse en loca carre- 
ra a los que audaces se habían aventurado en las 
calles. 

Y en mitad de eda lucha llegó el lunes diez y ocho 
de febrero. En ese día, y en una nueva entrevista 
que el grupo de Senadores, que pretendían con la 
renuncia del Presidente y la abdicación de codicias 
al Poder por parte de los de la «Ciudadela,> poner 
fin a la fratricida contienda, y que celebraron con el 
hombre-hiena al que el Poder había encargado tor- 
pemente su defensa, Huerta tuvo una frase que la 
Historia ha recogido para estereotiparla. 

Después de haber tratado de sugerir mañosamen- 
te a los senadores que destituyeran a Madero (a fin 
de poder él asumir el mando militar completo) y de 
ser informado por aquéllos que Madero no se ple- 
gaba a renunciar, no obstante que el Ministro de 
Relaciones, Lascuráin, pintaba la situaciói; como 
gravísima por la inminencia de la intervención ame- 
ricana, el traidor se dejó perfilar bien y con él su 
maquiavélico intento, diciendo a aquéllos, como si 
kasta ese momento hubiera percibido con lucidez 
la solución salvadora: *Muy bien señores; ya ahora sé 
lo que tengo qué hacer. > 

¡Y lo que tuvo que hacer fué relativamente fácil y 
trascendentalmente incalculable! ¡Echarse sobre el 
uniforme de general del ejército, que portaba por 
honor y para honor de la República y de su corpo- 
ración, la abominable túnica de Iscariote; armarse 






346 



E. MAQUEO CASTEIXANOS 



del acero de Bertrand Dugesclin, que no del hierro 
de Brutus, y caer sobre su presa para anonadarla, 
en un salto panter uno! 

Las sombras augustas de Morelos, aquel bravo In* 
surgente todo honor y todo gloria; de los Bravo, de 
Amaya en el 47 contestando al jefe invasor americano 
en «Churubusco» cuando le preguntaba dónde esta- 
ba el parque: «Si lo hubiera no estaría usted aquí;>de 
Xicotencatl y del abnegado Antonio de León sucum- 
biendo en desigual lucha; de aquellos cadetes inmo- 
lados en el pefión que les servía de nido y templo, su 
Escuela Militar; de Zaragoza, Negrete y Berriozá- 
bal, viéndole la espalda al francés invencible, cuan- 
do el glorioso cinco de mayo de 62; las de tanto y 
tanto héroe de ese abnegado ejército nacional, de- 
ben haberse conmovido indignadas ante la proyec- 
tada felonía, ante la traición en marcha, ante el des- 
honor del águila que abre sus alas de oro en las 
hombreras del uniforme para bañarlas en sol de 
victoria y no en noche de infidencia! 

Rápidamente, funambulescamente, en un abrir y 
cerrar de ojos, el hombre que bien o mal poseía la 
investidura del Poder Supremo de la República, fué 
precipitado desde la cima al abismo, y pasó en el 
lapso de un minuto desde la condición de mandata- 
rio único a la de vulgar prisionero. Un grupo de sol- 
dados, que acaso no supieron lo que hicieron, cayó 
sobre él en su propio despacho presidencial, que 
quedó desde entonces maculado con sangre en la 
corta lucha allí sostenida: lo hizo descender, en pre- 
tendida fuga, hasta los patios del Palacio, y caer 
finalmente, desde los artesonados salones, hasta un 
mísero garitón de guardia en calidad de detenido, 
para ser llevado después a las habitaciones de la in- 
tendencia del palacio, de las que saldría para un su- 
plicio imbécil .... 



LA RUINA DE LA CASONA , 347 

Por los salones de ese Palacio habían transcurri- 
do virreyes, caudillos insurgentes, emperadores, 
dictadores, déspotas y presidentes, y ninguno, en 
tres siglos, había tenido que abandonar el Poder 
en aquella forma violenta e intempestiva; ni el pusi- 
lánime Iturrigaray, en los tiempos virreinales, ni 
el presidente Zuloaga cuando fuera derrocado por 
Miramón. Nadie, hasta entonces, había sido allí víc- 
tima de semejante burda asonada! 

En sus osarios, los inmolados de todas nuestras 
revueltas políticas, de todas nuestras contiendas 
civiles. Guerrero y Robles Pezuela, Arista y Ama- 
ya, Maximiliano de Austria y Lerdo de Tejada, de- 
ben haberse removido de consternación. Pudieron 
precipitarlos a ellos, desde las alturas del poder, 
triunfos de enemigos o añagazas de contrarios; pe- 
ro jamás a nadie, al abandonar el solio, le había 
salido al paso, para cerrárselo, una turba de preto- 
rianos para arrastrarlos hasta el patíbulo. Tal pa- 
recía que en aquellos momentos el hálito de Maxtla, 
el tirano aborígena, pasara sobre el terreno que un 
día ocupara el imperial palacio de Axayacatl! 

La noticia cundió veloz por la urbe. El Presiden- 
te está preso. Sus Ministros lo están también en el 
Palacio. Y si verdad se ha de decir, el primer mo- 
mento fué de satisfacción; de ruin satisfacción 
egoísta. Con aquella prisión, la contienda tenía que 
cesar. Ya no tronaría más el cafión ni lo aplaudiría 
la ametralladora, ni los corearía el fusil. Ya se po- 
dría buscar el pan en la calle sin temor a la bala 
perdida — Ya se podría, en fin, vivir! Después.... 
¿Por qué preocuparse de lo que podía sobrevenir 
después? X - 

¿Qué hacía entretanto el pueblo, el verdadero 
pueblo? Conservábase en un expectante azoro. Co- 
mo que no se hubiera dado cuenta de lo que había 






- ' r 1» 



i.' ■ 



348 B. MAQUEO CASTELLANOS 

pasado, de lo que pasando estaba .... ¿Defender al 
ídolo de ayer? ¿Para qué? ¿Valía acaso la pena? Él 
le había dado su cariño inmenso, su fe ilimitada, su 
simpatía sin tasa; y el ídolo, una Tez en el altar, lo 
había defraudado como tantos otros, y no había 
respondido para curar ninguna de sus llagas ni se- 
dar ninguna de sus amarguras! I 

En su absorta tristeza, tal parecía que la masa 
ignara era la única bien posesionada, aunque no lo 
revelara, del porvenir sombrío. Ella, carne siempre 
para la iniquidad, sangre para la inmolación, espí- 
ritu por siglos sacrificado a la avaricia y la sed de 
mando de otros, cargaría con el resultado del deli- 
to, si delito había, y sufriría nuevo castigo, como 
muchos otros sufridos ya! ¿Qué garantía tenía de 
beneficiarse, si el éxito, agua lustral, borraba aquél 
y convertíalo en heroicidad? Seguiría siendo el 
mismo; el paria, el manoseado, el pretexto cínico 
con el que, cada vez que la ocasión se presentara, 
se erigiera un nuevo «libertador.» Por eso que no 
participara en la embriaguez del triunfo, con unos, 
ni de la tristeza de la derrota con otros. Sentía, co- 
mo la irreductible raza judía, que para él el verda- 
dero Redentor político no había bajado aún, no 
había llegado, y que acaso no bajaría nunca! 

Como en cinematográfica pantalla se desarrolla- 
ron los acontecimientos subsecuentes. El Presi- 
dente prisionero mismo, se auto condenaba, dicién- 
dole a un confidente, — el Ministro de Cuba en 
México: «Un Presidente electo por cinco afios, de- 
rrocado a los quince meses, sólo debe quejarse a si 
mismo. La Historia, si es justa, lo dirá: No supo sos- 
tenerse.* Frases en las que Madero se hacía res- 
ponsable de no haber sabido ser un Jefe de Estado, 
por más que hubiera podido ser un excelente agi- 
tador político, condenando a la par a su reTolución 



í-v- 



LA RUINA DE LA CASONA " 349 

que, en vez de crear un estado de cosas sostenible 
por la opinión, requería el sostenimiento por la 
fuerza.... Y agregaba: «Ministro: Si vuelvo a go- 
bernar a mi Patria, me rodearé de hombres resuel- 
tos, que no sean medias tintas. He cometido grandes 
errores. ...» Tal decía el hombre que predicaba la 
democracia y la obra de libertad! Aun en ese ins- 
tante pensaba en tornar a ser el revolucionario in- 
consciente, que no había tenido mano para el ti- 
món de la nave! 

Y pensar que, poco tiempo después, cuando aun 
no se apagaba el eco de estas palabras de apostasía, 
otros «apostoloides» incidicían en la cínica mentira 
de hacerse pasar por inmaculados demócratas, to- 
mando el nombre de Madero como lábaro, así fue- 
ra circunstancial! Huerta, vistiendo ovejuna piel, 
trató con los rebeldes de la Cindadela, que cando- 
rosamente creyeron en su buena fe, cuando venía 
de cometer la felonía más grande registrada en los 
anales de la nacional Historia. Y el pacto se hizo y 
rubricó; pacto de montes felino y de aguiluchos 
implumes, que confían en que aquél ha de consen- 
tirles fortificar la garra y educar las alas para la 
hora de la inevitable reyerta! 

A fin de legalizar el hecho, la astucia jugó carre- 
ras con el pánico; y hablaron a los oídos del pri- 
sionero Presidente que, en un último rasgo de 
infantibilidad, creyó salvarse extendiendo su re- 
nuncia, a la que acompañó la suya el Vicepresidente, 
también preso, crédulos de que se les proporciona- 
ría la manera de abandonar el país, brindándoles 
la oportunidad para la reconquista del Poder, que 
sin duda hubieran intentado, mediante una nueva 
revolución, cuando habría sido su resistencia tenaz 
su rotunda negativa a renunciar, lo único que, de 
no salvarlos en persona física, los habría salvado. 






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350 E. MAQUEO CASTELLANOS 

V vr' ■'■■ ' - * ' 

por lo menos, en personalidad moral, salyando 
igualmente a la causa que en un día encabezaran. 
Tal debería haber hecho, sin temblar ante la muer^ 

'4 te y el sacrificio; sin llegar a poner jamás en ua 

documento la firma delatora de un momento de de- 
bilidad, que, no por humana, dejaba de ser lacra ea 
quien no se debía a sí ni a sus deudos, sino a la Pa- 
t;-- tria y a sus correligionarios. 1 . 

Arrancada la renuncia y trasmitida a las Cáma- 
ras por los Ministros de Madero, que ocurrieron a 

• , ellas guiados acaso por el raciocinio de que, me- 

diante esas renuncias había alguna probabilidad de 
'■'■\'.^ salvar aquellas vidas, mientras quede otro modo 

no había ninguna, fueron sometidas a la delibera- 
ción de esas Cámaras, cuyos miembros, salvo muy 
contadas y honrosas excepciones, formadas de 

' ■ '" hombres viriles que tuvieron el valor de enfrentar- 

se con el peligro, cual correspondía a sus altas in- 
vestiduras, sufrieron el espasmo del terror, arre-; 
jando sus votos aprobatorios a las urnas, para dar; 
así barniz de legalidad a lo que no era sino obra de; 
coacción, y adolecía, por lo tanto, del pecado origi- 
nal más grave: el no ser producto de libre y depu-; 
rado convencimiento. Y así fué como por el es-j 
cenario augusto de la Representación Nacional: 
/ convertida en aquellos instantes en foro de teatroi 

para función de trasformista, pasaron, en mediai 
hora escasa, un Presidente legítimo, dimitente i)ori 
obra de emboscada; otro Presidente circunstancial' 
que duró en el cargo treinta minutos, y un Minis- 
tro de Gobernación, de la única hornada que el 
Presidente circunstancial había hecho, y que se; 

' trasformaba en Presidente constitucional de Mé- 
r xico! 

''■■■'■.. Jamás podría habérsele dado mayor tortura al 

Código Fundamental de la Nación, que la que se le 

'. ■' ' . ■ 

;íI: • •■ r^m 



LA RUINA DE LA CASONA 



351 



diera en aquella noche, a fin de legalizar un acto 
que, en último extremo, bajo cualquier cristal lim- 
pio que se le viera, a la luz de todo honrado criterio, 
no era otra cosa más que un crimen político. 

Madero se iba acercando al martirio, que lo 
transfiguraría de gobernante de pobre espíritu en 
dios de huestes vengadoras. Huerta había llegado 
ya al Poder, por camino tal, que resultaba pináculo 
de abominación 

Encaramados allá, en las galerías de la Cámara, 
como en noche de imperecedero recuerdo lo habían 
estado antes, se hallaban nuestros dos estudiante- 
jos, Andrade y TafoUa, ya que Chaneque había juz- 
gado prudente no exhibirse en aquellos momentos 
de crisis, seguro de que sería perseguido por su 
«filiación política» y convencido de que el partida- 
rismo no obliga al sacrificio personal, pues de ello 
venía de dar prueba el propio Madero. 

- Quiiiico, hermano, tú que sabes de leeeyes ¿es 
legal esto? ¿Es leeegítimo? 

-Para que fuera legal, se necesitaría que no in- 
terviniera la coacción: que Madero estuviera libre 
y no preso y amenazado de muerte al renunciar: 
que el Ministro que tendría que sucederle hubiera ' 
obrado por convicción y no intimidado al nombrar 
a Huerta su Secretario de Gobernación, y que esta 
Cámara, que se dice de representantes del pueblo, 
lo fuera realmente en estos momentos, en que no 
representa sino al miedo. En los sótanos del Con- 
greso está oculto el 29 batallón, y en el recinto de 
la Ley maniobra la policía 

— ¿Y qué creeees tú que harán ahora con Maaa- 
dero? 

—Hace un par de horas era el Presidente de la 
República; preso, pero el Presidente. Asesinarlo 
entonces, habría sido algo inexcusable, que cons- 






352 



E. MAQUEO CASTELLAlf OS 



tituiría un delito gravísimo y que frustraría el poder 

para este hombre que lo asalta Ahora ahora 

ya no es más que un «simple ciudadano» según él 
mismo se llamaba antes de su exaltación; y a un sim- 
ple ciudadano, en circunstancias como las actuales, 
se le suprime en un instante por «trastornador de la 
paz pública!» ¡Qué ironías del destino! 

— Bububueno ¿y noooosotros qué debemos 

hacer? ¿Tú qué opinas? 

— No es hora de decidirlo. Esperar para ver si 
surge del fondo de esta iniciada tragedia, el hombre 
fuerte, el patriota honrado y ciudadano sincero que 
levante de los suelos el estandarte vilipendiado por 
este hombre, la ley ultrajada, y los retorne, de bue- 
na fe, a sus altares para su culto. 



« « 



La ajetreada urbe presentía que faltaba el acto 
final de aquella trágica decena. Presumía el desen- 
lace, pero no se imaginaba la trama 

Esta resultó cínica y brutal: odioso el contubernio 
de las sombras y del revólver, como nunca: inaudito 
el hecho en el que, cretina imbecilidad se puso al 
servicio de inoportuna condena. Unos automóviles 
que parten del Palacio Nacional conduciendo dos 
presos, Madero y Pino Suárez, rumbo a la Peniten- 
ciaría del Distrito Federal; un fingido asalto en una 
de las calles de Lecumberri; unos disparos para evi- 
tar la supuesta intentada liberación, y dos cadáve- 
res acribillados de dos exmandatarios de la Nación, 
tendidos al siguiente día sobre las planchas del «in 
pace» de la Penitenciaría, poniendo punto final a la 
etapa maderista .... 

El responsable, cualquiera que lo haya sido, no lo 
fué de la muerte de aquellos dos hombres, simple- 



LA RDINA DE LA CASONA 



853 



mente: de la supresión de dos vidas, vulgares o ejem- 
plares; de humildes o de proceres; dignas de la epo- 
peya, o acreedoras del ridículo o merecedoras de 
infinita misericordia por haber reanudado para Mé- 
xico, con supina inconsciencia, la endemia revolucio- 
naria Lo fué de algo más. De cientos de miles 

de vidas segadas impíamente en fratricida lucha; de 
una indeleble mancha en la historia nacional; de la 
retrogradación de un país que perseguía una evolu- 
ción progresista; de incontables vergüenzas y crí- 
menes subs^uentes cometidos a pretexto de vindic- 
ta; de todas las innumerables desgracias que pueden 
azotar aun país en la epilepsia de la venganza, de la 
pasión política, del impudor revolucionario; de que 
hayan de escribirse páginas posteriores a esa fecha» 
llenas de prostitución insólita de las conciencias 
ciudadanas; de que, de un extremo al otro de la Re- 
pública, el humo de la pólvora haya ensombrecido 
al aire, y los gases de la dinamita lo hayan envene- 
nado; de que el crimen poliforme haya quedado im- 
pune abanderándose en facción política, y de que 
el sol de glorias de la Patria, ayer brillante y lim- 
pio, se haya velado con vergüenzas; y esa Patria, 
ayer digna del respeto de propios y extrafios, sea 
hoy pobre entidad a la que niegan el saludo las na- 
ciones que van al frente del mundo civilizado 



'■", M'^'^.y-t'-'-h 



^.ív';S.;-A>"'' 



CAPITULO II 

**Polvos de aquellos lodos" 

-Tachitaaaá . . 

-¿Qué quiere usted, Tafolla? 

— ¿Está listo mi «theobroma aromática? 

- ¡Para bromas estoy yo! 

— Le pregunto si está liiiisto mi chochochocola- 

te ■'■■ ':_.,' 

—Ese sí . . . . Cuando usted quiera bajar a tomar- 
lo. Yo había oído algo de «broma» y éstas no se las 
aguantaré ya a nadie! 

- iCaaaray! Qué gegegeniecito se le está ponien- 
do a la patrona .... 

- ¡El que me da la regalada gana! 

— Pupupues por mí no hay inconveniente. . . . 

Y el estudiante fué a ponerse el saco y a avisar a 
Andrade y al «Capulín» que los «theobromas» esta- 
ban servidos. 

El genio que se le estaba poniendo a Tachita era 
el que, sobre poco más o menos, se gastaban de po- 
co tiempo a la fecha todos o casi todos los inquilinos 
de la casona. En cuanto había reunión, así fuera de 
tres, ya había «tiberio» o el «rajar» unos de otros a 
más no poder. Y como siempre, el redondel más 



■■^r, : 



^f-: 



■;,i*t 









356 E. MAQUEO CASTELLANOS 



'-:rfi . 






acondicionado para la corrida, o el sitio mejor para 
que hubiera «películas,» resultaba el comedor de 
Barbedillo, donde, sin previa cita, se reunían todos 
los que querían saber qué había de novedades, de 
boca de los que siempre se decían bien informados. 
Por supuesto que las novedades no podían ser otras 
que las de la política y sus acontecimientos, que, 
por aquellos días, se desarrollaban en variedad ka- 
leidoscópica, prestando abundante material para 
las diarias conversaciones, ya que en aquella casa 
f:):. ' ^ no había, según frase del tartamudo, quien no <es- 

Jv tuviera picado de la tarántula.» | 

Vi Disgustábale a Barbe tal cosa, en primer lugar 

^^K porque «los tiempos estaban muy delicados» y él 

l^- era amigo de llevar siemore la fiesta en paz con los 

f^^ hombres en el poder. En segundo, porque no logra- 

^|5 ba la uniformidad en las demás opiniones, con la su- 

!¿tV ya, lo que «le podía» porque era tanto como no apre- 

X ciar las ideas de un «político práctico» como él: y en 

—i ■ último lugar porque, i)or más que él daba todo su 

'0; peso a las observaciones justas de Tachita que le 

.^1 predicaba a diario — «No te metas Sé neutral 

Este es el mejor partido » — no podía domeñar 

vC:,~ sus ímpetus y de cuando en cuando se daba sus 

' «descosidas» como estaba pasando, por ejemplo, en 

>;;' aquella mañana en la que a fuerza de indirectas y 

:.? de puyas Pingarrón y Rémington lo habían «calen- 

;^¿ tado.» 

Barbedillo aseguraba que Huerta «se consolida- 
ba» en el poder, personalizando el caso seguramen- 
:^?- te por cuanto que, por inveterada costumbre, los 

^X/: mexicanos estamos hechos a que sea un hombre y 

1f' no un Gobierno el de la consolidación. 

0^ — Pues yo dudo mucho de eso — decíale Pinga- 

)■•; rrón — ¿Cómo quiere usted que se consolide con ese 

{§: gabinete híbrido y desconcertado que tiene? Por- 






LA RUINA DE LA CASONA 357 






que vamos a ver ¿Quién es el Ministro ? Un ti 

pobre diablo que en su casa lo conocen. Y el Minis- \^ 

tro ? Un negociante y nada más! Pues y Z? . ;5 

Un petulante y pretencioso ' ;"? 

— Es que usted ha hecho falta allí 

— Esté seguro que lo haría mejor que cualquiera 
de esos señores ... . v 

— Pues así y todo, Huerta se consolida! No le que- ¿f 

pa a usted duda, Pingar ron. (Ahora le había supri- l:^' 

mido ya el tratamiento de «diputado,» seguro como 
estaba, de sólo figurárselo, que Huerta «correría» a 

los diputados maderistas.) Huerta es el hombre ' ■ ; 

Mano de hierro .... Soldado viejo Zorro apo- 
yado por el Ejército y por la Banca! dígame si 

así no se «consolidará!» y".: 

— Pudiera ser No digo que no Pero ya, 

por de pronto, tiene sarna que rascar. Zapata no se : ;t 

le somete. 

— ¡Se le someterá a balazos! 

— Y Carranza, allá en el Norte, ha levantado el es- 
tandarte de la rebelión, proclamando el Plan de 
Guadalupe. 

— ¡Bah! ¿Carranza? Ese no es más que un despe- 
chado que, porque no fué Gobernador de Coahuila H.. 
en tiempos de Díaz, se pronunció contra Díaz y a 
favor de Madero, contra el que ya se iba también 
a pronunciar por no haberlo hecho Ministro; no se --i-^ 
pronunció porque «le madrugaron» los de laCiu- /; 
dadela. Ese se ha alzado para ver «si pasa y se en- í • 
sarta,» diciendo que va a restaurar el orden cons- 7f^ 
titucional, y prometiendo el oro y el moro para no ;: 
cumplir, como todos, y usando el nombre de Made- 
ro, al que odiaba, como estandarte ¡Hasta el '3 

nombre no lo favorece! Mire usted que llamarse iv; 

Te-nus-tia-no .... :i& 

— Bueno ¿Y si los americanos no reconocen "$.-■ 



858 



E. MAQUEO CASTELLANOS 









•I . * 



a Huerta? - preguntó Rémington con cierta ma- 
licia. 

— ^Y qué, al reconocimiento del gobierno ameri- 
cano tiene que deberle la existencia el nuestro? 

— ^Bs que eso influye mucho 

— ¡Hombre! ¡Lindos estaríamos! E^o allá para 
los que quieran vivir debiendo la vida al gringo .... 
Y no lo digo por usted, eh? . I 

Tal plática tenía efecto en el comedor de Barde- 
dillo, para el que se dirigían en pos del theobroma 
los estudiantes a tiempo en que la gentil Chayo sa- 
lía de su matutino baño hecha una rosa fresca y lo- 
zana. 

— ¡Caramba, tú! — díjole Chaneque a Quico- ¡Qué 
guapa se está poniendo cada día más tu «cabos 
prietos!» 

— Tanto como esquiva e ingrata ¡Ni nos ha sa- 
ludado! I 

— Es que tú te le haces pesado con tus celos. 

— No son celos .... Me disgusta sí, que acepte 
así, de primas a primeras, los requiebros de cual- 
quiera. 

— ¿Lo dices por los piropos que le echa Tenorio? 

— Y por los versitos que Rovirosa le endilga en 
cada número de su periodiquín ¡Míralos! 

— Hombre, no seas tan delicado Esas son ga- 
lanterías de Rovira. Y en cuanto a Tenorio, por 
prontas diligencias, mientras sea «f elixista> no hay 
cuidado, porque las Otamendi sí que son sostenidas 
y de las nuestras .... | 

— Pues ni así 

— ¡Bien es cierto que vé tú a saber loque tarde el 
«Truenos» en cambiar de chaqueta! 

Cuando Chaneque y Andrade entraron al come- 
dor, Barbedillo hacía a quemarropa y a Demóste- 
nes, esta interpelación que lo dejó desconcertado: 



LA RUINA DE LA CASONA 



359 



'■?>;■ 



— Oiga, Demostenitos: Quién demonios le ha da- 
do vela para meterse en mis negocios ni en mi ma- 
nera de pensar? ^ - 

— Qaó qué qué? Bububueno ¿Yaque 

viene eso? ^ ^ 

— Pues a que no me cabe duda de que usted es el 
autor de un letrero que he leído, usted podrá ima- 
ginarse dónde, y que es costumbre de soldadones 
escribir en sitios tales, y en el que se me llama ma- 
chincuepero. , 

— Mi .... mi mire usted don Taaaco. Yo no 

tengo esas malas costumbres; y puesto que dice us- 
ted que son de soooldadooones, ya sé quién fué el 
autor. 

— Quién, a ver, ¿quién? 

— Orbezo. 

— iNo sea usted ostión! Orbezo está también que 
echa lumbre contra usted o contra el que le haya 
pegado, con cola y bien pegado, en la puerta de su 
habitación, el «Plan de Guadalupe» con la anotación 
de que Orbezo, como militar, debe desconocer a 
Huerta si no quiere que al triunfo de la revolución 
le den su liquidacioncita 

— Pupupues yo no he sido ¡caaaray! Ya me va 
«cargando» que todo me lo «cuelguen» a mí 

—La verdad es que la costumbrita es mala 

— A Paulinita, que con nadie se mete, le han 
puesto un anónimo diciéndole que es una «momia 
conservadora» que tiene vendida el alma al diablo 
al prestar con interés subido. Y eso, por el tinte, 
parece auténtico de usted. 

—Y a Menchaquita le hablaron por teléfono el 
otro día, dándole recuerdos para su progenitora, 
por el hecho de estar sirviendo al «usurpador.» 

— Y ya están conconcon vencidos de que yo no fui 












^V<. 



':'■'■ y 



^■X^; 



360 



E. MAQUEO CASTEIXANOS 



el autor — ¿De qué me habría de serfír ocharme 
encima la enemiga de todos los de la caaasa? 

— Es que lo hace usted de puro ocioso 

— Paaalabra que no, don Taaaco! Eso lo hace algu- 
no que está ememempefiado en que todos los dees^ 
ta casa estemos como peeerros y gaaatos! 

— ¿Y quién puede ser? | 

—¡Vaya usted a averiguarlo! 

. — Pues sí que lo averiguaré y a ese lo pongo de 
patitas en la calle. ¡Mire usted que con lo delicados 
que están los tiempos! «¡Machincuepero» a mí, a un 
hombre que, si de algo puede preciarse, es de la fir- 
meza de sus convicciones! ¡A mí me gusta siempre 
estar del lado del orden, de la paz y de quien nos dé 
garantías y proteja al capital! ... 

— Así se llame Díaz, Madero o Huerta.... — obser- 
vó socarronamente Pingarrón. I - '« 

— ¡Así se llame Gestas, caramba! con tal de que 
no atente a los «intereses creados.» 

Aquello daba el «pulso> de la casona. Los partidos 
o bandos de antes, se habían subdividido ahora en 
facciones, y había más «istas> allí que bichos en la 
cabeza de Pilo la portera, según frase de Tafolla. 

Las Otamendi, por ejemplo, aunque en los prime- 
ros días del cuartelazo se habían manifestado reti- 
centes por aquello de que la prudencia nunca estor- 
ba, y quien sabe qué traerían los tiempos, ahora, por 
mor de estar siempre pronunciadas, se habían pro- 
nunciado a favor de Carranza. I 

Bastaba para ello que don Venus, como en choteo 
se le llamaba, hubiera levantado bandera de rebe- 
lión, sin impértanseles un ardite de quién fuera el 
hombre, ni lo que quisiera, una vez que lo que ellas 
tenían bien establecido era que sólo en una «pronun- 
cia,» en una «bolichada» revolucionaria dejarían de 
andar entre las agujas y los carretes de hilo del 40; 






LA RUINA DE LA CASONA 861 

con los «de antes> no podían estar, porque con ellos 
ao había perspectiva. Esto no obstaba para que 
Ohayo coqueteara con Tenorio, diplomáticamente, 
por razones que verá el curioso lector. 

Dada su «filiación,» se habían distanciado de cier- 
tos elementos de la casona y se habían aproximado 
a otros. Ahora eran buenas amigas de Pingarrón, 
de Chaneque y hasta de Chita, en la que suponían 
que tenía que haber tendencias como las suyas, 
ya que si Garay había logrado sacar la tripa del 
mal año (aunque para meterla en peor) se lo de- 
bía al señor Madero, al que ahora se denominaba el 
«apóstol nlártir,> no parando mientes en que el pro- 
pio apóstol estaría acaso, en el otro mundo, rene- 
gando del apostolado, que tan malos discípulos o 
prosélitos creaba. Y sin embargo, Chita no se acla- 
raba; no podía hacerlo por de pronto, ante el temor 
de que Garay perdiera la «chamba» y faltaran los 
doscientos «gruyes» vulgo pesos, puntualmente en 
cada mes, para las atenciones de la casa. Y en se- 
gundo, porque Chita había elegido como acertada 
brújula para navegar por el mar de la política a Pin- 
garrón, y éste mismo no acababa de dar color. Sólo 
con mucha maña y tiento debía maniobrar si quería 
llegar pronto a automóvil propio y casa en la Colo- 
nia Juárez, pu¿s de otro modo y con el mísero suel- 
do de Gara^yno había ni para departamento decen- 
te, ni para «azul» de a peso la hora. 

Orbezo, obediente a la disciplina militar, según él 
decía, y una vez que las Cámaras habían hecho bueno 
el golpe de Estado, proclamando a Huerta como Pre- 
sidente de la República, había acabado por aceptar 
sin repulgos la nueva situación, no obstante sentir- 
se perjudicado en «sus intereses» por obra de que,' 
diezmado en la decena trágica el cuerpecito aquél 
de rurales en el que se había agenciado la «chambi- 






■ ->4"-— - 



362 



E. MAQUEO CASTELLANOS 












ta> que ya conocimos, aquélla se había acabado, 
aunque no la esperanza de Orbezo para pescar 
otra, si se ofrecía, mejor. 

Tal conducta le había valido la más franca y cor- 
dial enemistad de Chaneque, que era ahora un furi- 
bundo «constitucionalista,» remoquete, alias, pseu- 
dónimo, mote o como quiera llamársele, que habían 
adoptado los incipientes partidarios del «Plan de 
Guadalupe,» con el que Chaneque simpatizaba por 
prometedor y reivindicador. Él necesitaba reivin- 
dicar las «sinecuras» que tenía y que había perdi- 
do por mor del cuartelazo. 

— Lo que tú quieres es eso Reiviiiindicar las 

sinecuras de «El Nuevo Creeedo» con todos sus 

anexos, como buen fooooliculaaario — decíale 

Tafolla, poniendo fuera de sí al «Indio> con aquello 
de foliculario, por cuanto que no constaba en su 
léxico y no sabía lo que quería decirle con ello. 

— Yo, lo que quiero, es que este crimen de lesa 
Patria, perpetrado en el «apóstol,» no quede impu- 
ne. Abomino de las usurpaciones! Soy liberal, y 
quiero el gobierno del pueblo por el pueblo 

— Forma entonces un partido que postule a 
Gaona j ■ 

— Eres un «reaccionario» imbécil! 

— Y tú un «conlasufiaslistas» acomodaticio! 

— Digo y sostengo que Orbezo, como todos los de- 
más militares, son los responsables de este «estado 
de cosas.» 

— Pero hombre, Chaneque — objetaba el 

siempre amigo de la justicia, Andrade — ¿qué culpa 
tiene el pobre cojo en el pecado de los demás? Él 
no tomó parte I 

— Pues que deje de pertenecer a la orden de los 
«preteríanos.» 
— Pero si él, en todo caso, es ex-pretoriano 






'J¡Í\ 









LA RUINA DE LA CASONA 863 

— Que se vaya con los otros y que se «reivindi- 
que.» 

— ¿Un cojo inútil en campafia? 

—Pues que proteste siquiera contra el atentado! 

—Y le «levantan la canasta» y se queda sin pan ; ^ 

para sus hijos! ; rí '^ 

Lo que era positivamente delicioso, el escuchar 
los diálogos mafianeros o de sobretarde, de patio a 
barandal del primer piso, o de un lado al otro en 
ios pisos, entre las sectarias del sexo llamado débil 
por antonomasia. Para largarse puyas y decirse 
claridades aprovechaban el menor pretexto. 

— Paulinita — decíale, por ejemplo, la mayor de 
las Otamendi a la viuda de Zarzo — esa tintura que 
le pone usted ahora a los postizos, no es tan buena 
como «la de antes» .... Se destiñe .... ' ' 

Entendiendo la Ventoquipa, modulaba una espe- 
cie de sordo gruñido y contestaba incontinenti: 

—¿Eso cree usted, mialma? Pues es que le están 
saliendo nubes en los ojos y ya no puede «ver de le- 
jos» Esta tintura de ahora es tan firme como 

las opiniones de la que la usa! 

— Puede que tenga usted razón Ya no vemos 

de lejos, lo que no «empece,» como dice Tafolla, pa- 
ra que veamos muchas caras pálidas del susto 

— Esa va con nosotros, se decían las «herbó anas 
siamesas;» y por si así era, devolvían el disparo con 
más eficacia que la Cindadela los que la habían he- 
cho en la trifulca. 

— Oiga, Cuquita. . . . ¿Dónde compra su «colorín» 
que le da tan buen color? 

— ¿El color? Es como el de ustedes ¡natural! 

— Lo de «natural» va con mi marido — pensaba la 

Mandujano— como el pobre es «indiadito» Y 

aunque gata mansa, respondía — Cuquita, ¿es que se 
mordió usted la lengua y se la lastimó? 



364 E. MAQUEO CASTELLANOS 

La racha aquella no perdonaba ni a la misma Ta- 
chita, que se quejaba amargamente con Barbedillo. . 

—No se puede evitar — decíale Barbe — ¡qué quie- 
res! Consecuencias del estado político. Esto es ló- 
gico; que toda esta pobre gente esté desorientada 
y nerviosa. Yo mismo, que soy «político práctico» 
(suspiro de Tachi, acordándose de los dineritos gas- 
tados tan inútilmente cuando la elección de diputa^ ; 
dos) yo, que sé la aguja de marear, con todo es- i 
to, no me siento tranquilo. Y vaya usted a tomar 
partido teniendo intereses que defender! Si a Pin. 
garrón y a Rémington les sostengo que Huerta se ; 
consolida, es porque para mí, con la práctica que 
tengo, estoy cierto que, aunque aparenten lo con- 
trario, son buertistas Y sin embargo, no creo ' 

eso de que ya Huerta le comió el mandado a Félix.... 

(por Félix Díaz) Hum! Félix no se deja Qué se : 

va a dejar! I ' ■ ^i - ^ 

Pocas eran las discusiones «ecuánimes» ya que 
para ello precisaba que no hubiera de por medio ; 
feminismo. Y en ellas permanecían, mudos siem- 
pre, Menchaquita, que para hacerse el sueco, se : 
conformaba con silbar «pianísimo» el vals en boga, ; 
y Gordillo, que no le gustaba dar el bulto así como ; 
quiera, ni menos delante del maligno Rémington, : 
que siempre que de ello se trataba, aludía a la ne- 
cesidad de tener en consideración a los «elementos 
inconformes.» 1 

Y a propósito de Rémington, su vida seguía sien- ; 
do un misterio que intrigaba a la casona, salvo acá- ; 
so a Pingarrón, que, por la estrecha amistad que 
llevaba con el mal encarado Rémington, debía estar 
en el ajo. 

Rémington trabajaba; pero ¿en qué? Era lo que 
nadie sabía. Tratar de averiguarlo por sus dos en- 
clenques hijos, habría sido perder el tiempo, por- 



>•;•» 



LA RUINA DE LA CASONA 



365 



que aquel par de «éticos,» según los llamaba Tafo- 
lia, no parecían tener lengua. La tenaz investigación 
de las mismas Menchaca había fracasado. Y aque- 
lla curiosidad se exacerbaba cuando allá, de vez en 
cuando, aunque no muy de tarde en tarde, Réming- 
ton, en vez de extraer de su «cantón,» en el supues- 
to de que fuera químico, alquimista o falsificador 
de moneda, que hasta tal conjetura habían llegado 
las malas lenguas, y rumbo a la calle un solo bulto, 
hacía todo lo contrario; llevar a la casona latas y 
paquetes de sospechosa apariencia. 

— Oiga, amigo Rémington — le había llegado a de- 
cir Barbedillo — cuidado con las manipulaciones de 
sus «productos,» pues se me hace que está usted 
trasformando la vivienda en laboratorio de explosi- 
vos. No sea que el día menos pensado nos mande al 
éter. 

— Pierda cuidado. Yo soy incapaz de provocarle 
dificultades a nadie, ni menos en mi calidad de ex- 
tranjero 

El «contubernio» (frase de TafoUa) entre el su- 
puesto alquimista y Pingarrón, sí no había podido 
pasar desapercibido. Y había sido por Pingarrón, 
por el que, lo más que se había podido averiguar, 
era la condición de extranjero en Rémington, pues 
ni Porritas, con todo y ser tan chisgarabís, parecía 
más enterado que ninguno otro. 

Por cierto que Porritas había pasado las de Caín 
cuando el cuartelazo. Cuando creía estar en víspe- 
ras de que su jefe atrapara una cartera ministerial 
había estallado aquél. Cuando esperaba la grande, 
se había hecho «la chica,» y todas las previsiones 
del jefe para caer bien parado de un lado o de 
otro en el resultado final, habían fracasado al haber 
sido un tercero quien había resuelto en su favor la 
brega Madero-Díaz. En muchos de aquéllos (los 



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366 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



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días) no lé había salido el susto del cuerpo, porque, 
siguiendo instrucciones de su jefe, lo mismo había 
acolitado de incendiario, quemando «La Tribuna» 
órgano de la oposición, que había dado candela des- 
pués al «Nuevo Credo,» órgano del caído Grobierno. 
La instrucción más precisa que de Pingarrón 
(escondido) había recibido en aquellos días, había 
sido esta: «Procure estar al tanto de qué lado ya la 
«cargada» 1 

Y por no haberse dado cuenta anticipada de cuál 
iba a ser la solución, por un tris y pierde la «con- 
fianza» de su ilustre jefe, que cuando Porras le llevó 
la noticia de lo que había hecho Huerta, pegó un 
salto dé kanguro, comentando: 

— Y nosotros que no habíamos pensado en eso! 
Qué oportunidad más brillante se ha perdido ! 

— ¿Y ahora qué piensa usted hacer? I ' 

—¿Qué? por prontas diligencias, ponerme el frac; 
ir a la Cámara a recibir la protesta a Huerta; felici- 
tarlo efusivamente y 

— ¿Después? 

— ¿Después? Ya las veremos venir Lo im- 
portante es estar con las «situaciones creadas.» 

Y Pingarrón estuvo en la Cámara; aceptó las re- 
nuncias de Madero y Pino Suárez; felicitó a Huerta 
y pidió audiencia de Félix Díaz, para «asunto ur- 
gente reservado.» 

Al mes siguiente, la cara de Porritas, compungi- 
da a raíz del Cuartelazo, se había compuesto. Era 
otra. Hasta la adornaba ahora una sonrisita maquia- 
vélica que tal parecía querer decir: — «Lo que yo me 
sé!» ítem, se dio el lujo de comprarles un décimo 
de caramelos a los nifios «Progreso» y «Reforma» 
-en ocasiones. 

— Yo no sé por qué, sefior Andrade, ya que a mí 
ningún mal me hacen ni se meten conmigo para na- 



LA RUINA DE LA CASONA 



887 



da; pero la verdad es que ese trio me cae «muy den- 
so.» ¡Mejor dicho, los dos principales, pues ese mu- 
griento del Giro Porritas me tiene sin cuidado. 

—Usted siempre con sus prejuicios, Gordillo. Pin- 
garrón es un vulgar busca la vida. Y el otro un ma- 
niático y nada más. 

— Será lo que usted quiera: pero a mí se me ha 
puesto entre ceja y ceja que se traen sus «garam- 
bullos.» 

— Naturales repulsiones instintivas. 

—Pues yo tengo buen olfato Ya usted lo vio 

cuando le pronosticaba, al empezar la revolufia de 
Madero, que apenas si habíamos comenzado, y que 
todavía nos faltaban muchos platos que romper pa- 
ra darle gusto a los que quieren que ya no haya en 
México Gobiernos propios. . . . ^ 

— ¡Ya pareció el peine! Usted con su eterna preo- 
cupación esa .... 

— ¡Que nadie me quitará de la cabeza! 

— Ck>nvénzase de que todo esto que sucede es cosa 
muy nuestra: de nuestra mala preparación; de 
nuestra pésima educación para la democracia; 
de nuestros vicios atávicos; de nuestras ambiciones 
mezquinas 

— Convenido. Así, nosotros resultamos títeres y 
esas las pitas de las que tiran para hacernos bailar 
según les conviene. Y nosotros nos prestamos a la 
maniobra, los unos de buena fe como usted; los otros 
por ind if erencia, como yo; y los otros más, por aque- 
llo de que a río revuelto, ganancia de reden- 
tores! 

— ^Hay que creer en la necesidad de la revolución, 
amigo Gordillo 

— Pues otros en lo que creen es en la «utilidad» 

Ahí tiene usted a Tenorio. 

—Esees un sucio y nada más! > / 



^V-: 






368 E. MAQUEO CASTELLANOS 

—Pues no ya a alcanzar el jabón, sefior Andrade, 
para tanto sucio. Por lo demás, yo tendré ocasión 
de demostrarle si son ciertas mis sospechas de esos 
sujetos o de confesar mi error respecto de ellos. 
Ahora voyme a cobrar este girito postal del pobre 
Garay El «pipirín» de la familia. . .-. 

— ^Adiós, y déjese de prejuicios. 

— Y usted de candideces que todavía le han de cos- 
tar caro 

- Andrade estaba en acecho de una oportunidad pa- 
ra hablar con Chayo. Lios últimos versos de Roviro- 
sa («Cómo palpita mi corazón . . . . > Para la sefiorita 
R. O.) publicados en «La Aurora Literaria,» habían 
arreciado sus desconfianzas, sus impaciencias, sus 
intranquilidades, ya que el hombre no quería confe- 
sarse celoso. Ejo «volaban» aquellas veleidades de 
Chayito, que, tornadiza y voluble, si tenía días en 
los que aparentaba estar más que nunca enamorada, 
tenía otros de profundos desvíos. A veces era la ñi- 
fla espontánea, efusiva, deliciosa, a la que él rindie- 
ra corazón y porvenir: mas, en ocasiones, incidía en 
ser la fría calculadora, la solapada ambiciosilla que 
lo que parecía querer era un pronto futuro de boato 
y de encumbramientos. No podía darse cuenta An- 
drade que, detrás de Chayo, había alguien que diri- 
gía el biombo y era nada menos que Cuca, para la que 
la belleza de Chayo debía ser garantía de la realiza- 
ción de aquellos suefios suyos, mediante los que se 
veía lejos muylejos de aquel taller de«Robes et Man- 
teaux» que había acabado por hacérsele imposible, 
para habitar en palacio de dorados artesones. Por 
eso que hubiera acabado por tenerle «ojeriza» al es- 
tudiante, al que antes aceptara tan de buen grado 
que hasta se hiciera de la «vista gorda» en sus amo- 
ríos con la deliciosa morena. 

Cuca reprochaba a Andrade falta de decisión y de 



,:■■■ S".- 



LA RUINA DE LA CASONA 



369 



acción. Era un lírico que estaba perdiendo el tiem- 
po. No «llegaría a figura» nunca. Los tiempos no 
estaban para ser idealista. Había que aprovechar las 
oportunidades. 

Como las sabían aprovechar, por ejemplo, Teno- 
rio y Rovirosa que estaban resultando mejores par- 
tidos para Chayito. Estos sí que no se mamaban ei 
dedo! " 

Tenorio la admiraba. iCómo sabía «meter se> el 
hombre! Cierto que ahora andaba liado con el «feli- 
xismo>porel que Cuca sentía invencible repugnan- 
cia, considerándolo como sinónimo de «reacción» y 
a ésta como de retroceso a tiempos fatales en los que 
sólo las modistas de los «científicos» podían prospe- 
rar. Pero si Tenorio en tal terreno se iba para arri- 
ba, bien valía la pena de apostatar ellas. Y si no, ya 
se encargaría ella de que las dotes y facultades de 
aquel hombre fueran conducidas a buen terreno en 
qué operar. Resumen: consejo a Chayito para que 
no fuera esquiva con Tenorio. 

En cuanto a Rovirosa, bueno era tenerlo en lista. 
Metido en cuerpo y alma con los huertistas, podía 
también ser un porvenir. Por prontas diligencias 
había pegado el hombre un salto colosal desde el hu- 
milde escritorio del Banco, hasta el de contratista 
de vestuario y equipo para el Gobierno. Estaba ga- 
nando un dineral! Nada menos en una factura de 
«huaraches» para los soldados, se había ganado 
quién sabe cuántos miles de pesos. Había, pues, que 
cultivarlo. Lo malo era que el cultivo se dificultaba, 
porque Rovirosa, si le hacía versos a Chayo, de tanto 
fuego que en ellos podía encenderse un cigarro, no 
formalizaba nada No se comprometía a nada 

Chayo, que sujeta a la fraterna férula y teniendo 
forzosamente que oir los sanos consejos de la her- 
mana mientras plisaban un género o pegaban unas 

24 









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I 






370 E. MAQUEO CASTELX.ANOS 



mangas a una blusa, no sabía pensar sino con la ca- 
beza de Cuca, concluía siempre por convenir con ella 
en que no había que cortar los vuelos a Tenorio ni a 
Rovirosa, ni a otros que en sus condiciones pudie- 
ran presentarse; pero teniendo siempre en la reser- 
va a Andrade, tanto porque así lo aconsejaba la pru- 
dencia, cuanto porque, al fin y al cabo había sido su 
primer novio. 

Y aquel día, en tanto que Andrade espiaba la opor- 
tunidad para hablar a Chayo, la de los divinos ojos, 
otros ojos, tras aquel visillo consabido, le acechaban 
a su vez. No podía remediarlo la «Corcheíta!» Ca- 
da vez estaba más enamorada del estudiante a quien 
ofrendaba los nocturnos de Chopin y las melan- 
cólicas sonatas de Beethoven que ahora ejecutaba. 
Lo quería, lo quería con toda su alma, por más que 
supiera que aquel corazón nunca había de ser suyo! 
Nunca. . . .? Por qué no acariciar la dulce esperanza 
de que, un rompimiento inesperado, debido a las co- 
queterías de la Chayito, la desembarazara de la ri- 
val odiada, y a él lo arrojara entre sus brazitos fla- 
cuchos de mística enamorada? I : v . • 

La pobre, al verse en el espejo convenía en que so- 
braba razón a Andrade para no fijarse en ella y sí 
sentirse loco por la otra. Ella estaba cada vez más 
pálida, más ñaca, más enfermiza. ... La tosecilla de 
antes, era ahora más pertinaz. Las calenturitas no 
la dejaban. Color? Apenas si sus labios y sus carri- 
llos se coloreaban cuando pescaba una sonrisa de 
Andrade para ella o lograba darle la mano. 

Quico se condolía de aquella infeliz chiquilla; pero, 
qué hacer? No era decente ni aun darla esperanzas. 
Y habría sido imbécil cambiar por la otra toda loza- 
nía, toda salud, vida y atracción, a aquella enclenque 
en los dinteles de la tuberculosis. | 

Chayo había visto a Andrade y había entendido, 



LA RUINA DE LA CASONA 



371 



con la rápida intuición de toda mujer, que quería 
hablarle; pero, al parecer, ella no estaba para amo- 
rosos paliques en aquella tarde. No hubo remedio, 
sin embargo; vióse abordada por Andrade. 

—Óyeme nena Quieres que hablemos un rati- 

to? Nada más que un ratito? 

— No .... ahora no No puedo .... Tengo que- 
hacer allá abajo. Me están esperando las «oficialas .» 

— Dos minutos nada más ... . 

— Ahorita no, ni menos aquí en el pasillo. No quie- 
ro que se divierta de mí esa flaca de mis pecados 

que siempre está espiando Sube dentro de un 

rato a la azotea, y allá iré yo 

Y escurrió el bulto. 

No tuvo más remedio el estudiante que hacer de 
gato e ir a esperarla en la azotea, en donde ya ha- 
bían echado algunos párrafos. Cogió, pues, el texto 
de «Internacional> y fuese a esperar a la niña de 
sus amores allá arriba, cuando aun el rayo del Sol 
no oblicuaba lo bastante para dejar de hacerse sen- 
tir. 

Y allá estaba haciendo que estudiaba la rama más 
elástica del Derecho, pero en realidad pensando en 
mil cosas bien distintas, cuando escuchó a lo lejos 
el resonar de militares parches y los ecos apagados 
de la faníarria, que parecían acercarse poco a poco. 
Guiado por la ociosa curiosidad, acercóse a la cita- 
i'illa de la azotea, frontera a la calle, y pudo ver que 
en efecto, a pocas calles de distancia, se acercaba 
rumbo a la de las Moras una columna militar. 

A los acordes de la banda y al redoble de los tam- 
bores, balcones y puertas de casas y almacenes se 
cuajaron de curiosos. 

Pronto la columna comenzó a desfilar por frente 
de la casona. A la cabeza, la ruidosa gaminería, in- 
dispensable «descubierta» en casos tales, admirada 



•, > t 



372 E. MAQUEO CASTELLANOS , 

de ver cómo resoplan los cornetas, y cómo redoblan 
los tambores. Detrás, los jefes de la columna en 
trajes de campaña, ginetes en escuálidos jamelgos, 
distintos de los otros de días de formación, y que 
ahora parecían hasta como cabizbajos, malhumora- 
dos, encaminándose de mala gana a una expedición 
en la que pararían en los picos de los buitres, por 
ingrato destino. 

Después venía la tropa. Los «Juanes, > los de la 
«recluta,> el hampa, fruto de la «leva.> Los forza- 
dos hijos de Marte, arrebatados del pobre «jacal,» 
oratorio del trabajo, o de la infecta cárcel de pobla- 
cho, antro de vicios; del surco generoso, o del es- 
condite siniestro; de brazos de la familia, que allá 
quedaba sin amparo, o de brazos de la haraganería, 
para ir, en abigarrado conjunto, en híbrido pelotón, 
buenos y malos, sanos y perversos, bravos y cobar- 
des, abnegados y rebeldes, todos juntos, a enfren- 
tarse con la muerte, no en la campal batalla que el 
valor y la pericia deciden, sino en la emboscada trai- 
dora y en el acecho doloso, en los que el hermano 
habrá de cazar al hermano como a fiera! 

Seguía, luego, la «impedimenta.» Los «bagajes.» 
Los cañones enfundados; las acémilas cargando las 
repletas cajas de parque y de «repuestos» y las que 
cargaban las tiendas de campaña y los «peroles» 
para «el rancho;» todo en confusión; todo polvoso 
ya; todo como entristecido por una anticipada de- 
rrota; cual si, en la primera jornada, ya el cansan- 
cio hubiera gastado las energías 

Y junto a los «Juanes» y revueltas con las acémi- 
las, las «soldaderas» cargando a la morena cría, hi- 
ja del cuartel; fruto del vicio o primicia del amor, y 
a la par cargando los «menesteres» para la larga e 
ignorada caminata. I ^ 

Andrade vio todo aquello con una profunda tris- 



^ LA RUINA DE LA CASONA 373 



t 



teza. ¿A dónde iban aquellos hombres? Ahora, 
rumbo a la estación del ferrocarril. Después, pie a 
tierra, en busca del enemigo. ¿De qué enemigo? 
Pues de ese, del que decían que era el enemigo, pe- 
ro que a ellos ni los buscaba ni les había hecho 

nada 

- . ¿A qué ib^-n? A matar o a que los mataran. A 
morir o a hacer morir. En todo caso, a vender cara 
la vida frente a un peligro ni querido ni provocado. 

¿Qué voluntad entonces los guiaba? La propia no 
era. Los guiaba la voluntad de la racha azotando el 
árbol para desnudarlo de sus hojas y aventar éstas, 
marchitas, en turbonada loca, ya a la altura, o ya a la 

sima Era la voluntad que forma muralla con los 

pechos de los hombres para que las balas no alcan- 
cen al pecho de un hombre! La propia voluntad te- 
nía que quedar abolida: tenerla habría sido mo- 
rirse , 

Mas ¿por qué iban entonces a luchar? No lo ha- 
brían podido definir! Casi casi lo ignoraban 

¿Acaso era por ideales, por principios, por leyes 
por ellos reconocidos y profesados? No. Iban a lu- 
char por defender al «Gobierno.» Y ¿quién era el 

Gobierno? Huerta Era a éste, pues, al que iban 

a defender contra Carranza, contra Zapata, contra 
el que no lo quisiera como «Gobierno.» Así, pues, 
iban porque lo quería un hombre, a morir o a ma- 
tar por ese hombre, guiados por la voluntad suya, 
que era la suprema ley! 

¡Qué iniquidad! 

Sus «enemigos» eran como ellos, mexicanos. Hi- 
jos de la misma Madre-Patria. Los héroes del pa- 
sado, de los unos, lo eran de los otros también. Co- 
munes les eran las glorias, las tradiciones, las 
épicas leyendas una sola era su tricolor ban- 
dera Hasta ayer se habían podido llamar «her 



■ '• ) 



374 E. MAQUEO CASTELLANOS 

manos» Y ahora tenían los unos que ser los 

asesinos de los otros! Al enfrentarse, tendrían que 
exterminarse con instintos de chacales y con rabia 
de tigres! I 

Esperándolos, allá, estaban los otros 

Ejos otros, a los que se les había infundido que 
era preciso derrocar, derrumbar, desquiciar, no 
sentir piedades ni saber de fraternidades .... 

A quienes se les había dicho: «Este es el Plan y 
aquí está el arma> lanzándolos a la revuelta bajo el 
miraje de mentidos ofrecimientos; en prédica de 
venganzas; con las perspectivas de inauditos lucros; 
instigándoles contra el derecho todo, contra la ley 
suprema que grita al hombre: «No matarás, no ro- 
barás, no violarás, no incendiarás > e inculcan- 
do en sus rudas mentalidades que la fuerza consa- 
gra en propiedad el botín; hace de la tea incendiaria 
purificadera antorcha, y del cartucho de dinamita 
proyectil noble y generoso que emplea la vindicta 
política! 

Los otros que, a su vez, y en estrabismo funesto, 
hacían, de leso pecado, ideal de democracia, y que 
se sentían enloquecidos, poseídos, frenéticos ante 
el grito ululante que les decía: «Mata, mata para 
que yo triunfe, para que yo domine, para que yo 
impere sobre todos, aun sobre tí mismo cuando de 
ello sea hora!> 

Al paso de los unos y de los otros, las escuelas se 
cerraban; pero se ensanchaban los cementerios; la 
locomotora acallaba su bufido; pero se oía el bronco 
acento del cañón; el canto del taller, el hossana del 
trabajo, la oración suprema del campesino en los 
crepúsculos, cabe la parcela amada en la que el 
fruto de la mies se dora, se extinguían ahora en re- 
medo de un ahogado «miserere» pero desga- 
rraban el aire, en infernal sinfonía, ayes de muerte. 






LA RUINA DE LlA. CASONA 875. 

imprecaciones de odio, maldiciones de condena- ., 
dos 

Maldita, maldita la guerra civil ! 

En los campos, la metralla haría ahora oficios de 
hoz, y a la espiga la substituiría el hombre. Y el 
taller cerrado y el bohio en lumbre, darían mudo, 
pero elocuente testimonio de una crueldad inconce- 
bible . 

— *¡ Hic fuit México!> 

«Defensores» se titulaban los unos. «Vengado- 
res» los otros. Los unos pretendían la «Paz» costa- 
ra lo que costara .... Y los otros querían' la «Demo- ; 
Gracia» aunque costara el aherrojar a la Patria a 
extraña voluntad. 

Y los unos y los otros sabían que lo hueco de esas 
palabras tenían que llenarlo con sangre; con mon- 
tones de cadáveres; con cenizas de incendio pavoro- . 
roso y despojos de asoladas campiñas 

Ahora, el redoble de los tambores y la aguda ale- 
gre nota de los clarines, tornaba a oirse otra vez /, 
lejana. . . . La columna había pasado: estaba ya le- 
jos .... mañana, pasado mañana, dentro de una se- 
mana, otra más la seguiría. Y luego otra y otra 

Y allá irían, a buscar la muerte, no en la campal 
batalla, sino en el doloso acecho, por manos que 
unidas debieron estar siempre para levantar muy 
alto el tricolor pabellón, que, siendo uno para to- 
dos, uno de todos, ahora parecía plegarse salpicado 
por la sangre de hermanos derramada por herma- 
nos; plegarse tristemente, como se iban plegando 
y recogiendo en el cielo crepuscular del orto de 
aquella tarde, los últimos oros del astro rey ante 
los ojos de Andrade atónitamente perdidos en la 
inmensidad, en una contemplación de cerebro 
atáxico! • : 

— ¿Pero qué haces y en qué piensas que no me 






S J" -V*-; 



■•'■' 



376 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



has sentido llegar? ¡Estás hecho un bobo! Hace cm- 
co minutos que estoy junto a tí ... . 

— ¡Chayito! ¿Eres tú? ¡Bien venid^i! Ven, siénta- 
te aquí, junto a mí muy cerquita. . . . 

— ¿Qué tienes? 

—¡Nada habíame disipa, por piedad, es- 
tas tristezas que me agobian! 

Sentóse la gentil morena a la vera del estudiante, 
y la conversación giró sobre lo que tenía que girar. 
El reproche amoroso de él, por las veleidades de 
ella 

— ¡Bah! ¡No seas tonto! ¡Si yo no puedo querer a 
Tenorio! .... ¡Es tan burdo, tan procaz, tan ordina- 
rio! Y sobre todo, que no es un hombre con el 

que yo pudiera ser feliz .... 

— ¿YRovirosa? " ' 

— ¡Ese menos! Lo que hago con él es por pura di- 
versión Para que me haga versos .... No hay 

que tomarlo en serio. Ya ves tú, un hombre que lo 
mismo hace un soneto que un contrato para «hua- 
raches.» 

— Chayo ... Chayito .... ¿no me engañas? 

— No seas tontito. . . . ¡Si tú eres el único a quien 
yo puedo querer! ¡El único que me satisface! El úni- 
co capaz de comprenderme y hacerme feliz. ... Si 
yo nací para tí como tú para mí 

Y el divino diálogo se deslizó dulcemente, y el idi- 
lio desplegó sus blancas alas, ya que el enamorado 
estudiante era incapaz de macular su excelso amor 
para aquella nifia. Y tuvo, como mudos testigos, a 
las estrellas misteriosas que comenzaban a pren- 
derse en el manto del cielo 



:K.- 



CAPITULO III 
*'Copas son triunfos" 

Entre zozobras e incertidumbres iba corriendo el 
afio para la ciudad antes tranquila y confiada, la ca- 
pital de la República, y ahora, para substituir al 
insócrono ruido de trabajadora colmena, de otros 
pasados tiempos, un ruido sordo e inexpresivo, co- 
mo de abejonero en vías de alboroto, era el que se 
dejaba escuchar, formado por la voz de la murmu- 
ración que, como recelando y temiendo, hilvanaba 
quedo las intriguillas de la política menuda; comen- 
taba socarrona y taimadamente los cómicos inci- 
dentes a que aquélla daba lugar; abultaba, con da- 
ñada intención, las malas noticias; restaba interés 
a las buenas, y gustaba de deglutir, en plática de 
cantinas, los sabrosos chismecitos a que la poca se- 
riedad de la dirección política daba origen. 

En cambio, en el resto del país, parte ya franca- 
mente convulsionado, parte en vísperas de serlo, el 
horizonte se iba ensombreciendo o bien se tefiía ya 
con los rojos reñejos del incendio; la guerra civil ha- 
bía erguido su cabeza de hidra repugnante, con di- 
versos pretextos; su múltiple cabeza capaz de re- 
producirse sin medida; ya con motivo de vengar la 



378 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



muerte torpe del <apóstol> de la que había sido 
la primera en roer las carnes; ya con el pretexto de 
«restaurar» en la nación el interrumpido orden 
constitucional, arguyendo que la designación presi- 
dencial hecha en favor de Huerta, no ¿ra válida por 
haber sido obra de coacción; ya con el de quebrantar 
la naciente dictadura huertiana, y en puridad de ra- 
zón, con una única y exclusiva finalidad: la de dis- 
putar y adquirir el Poder Supremo. I 

Y era ahora el atardecer de uno de los postrime- 
ros días del mes de junio de 1913. 

La escena en «La Llanisca,> tienda mixta de por 
el rumbo de Manzanares, propiedad del seflor don 
Rafael Menendezorra y Rendueles, natural de Lla- 
nes, Santander, Espafia, de donde el nombre de la 
negociación. 

Tan mixta era la tal tienda que, si en el mostra- 
dor se expendían los «décimos» de petróleo con más 
agua que aceite; los «quintos de jabón con más cal 
que lejía; los medios kilos de arroz con más palay que 
grano; de lenteja más averiada que faz de varioloso, 
y de garbanza dizque española, aunque en Sonora 
se había cosechado, y en comparsa tal expendio con 
el de las velas de parafina de a centavo vil, y la caji- 
lla de fósforos de «80 luces» por un ídem centavo, 
todo para suplicio y tormento del sufrido vecinda- 
rio y acrecentamiento muy legítimo de la fortunilla 
de Menendezorra, en la misma trastienda de la su- 
sodicha se elaboraban la rica «Flor de Espafia» de 
la que hacían abundante consumo los «paidzanos;» 
el «Itamo real» que paladeaban las comadres del 
barrio, necesitadas de expeler nocivos aires; los 
«amargos de naranja» deleite de aurigas alquinones 
y «mecapaleros» sedientos, y el legítimo «Anís Es- 
carchado» que, con fraudulenta etiqueta, se hacía 
aparecer como de la madre Patria, cuando el tal no 



LA RUINA DE LA CASONA 379 

tenía ni madre, y el padre, el anís, era de teutona 
procedencia. 

Y todavía la sub-trastienda, llamémosla así, ser- 
vía lo mismo para alcoba de Menendezorra, que de 
oficina para aju star ventajosas operaciones de prés- 
tamo con garantía, junto a las que las de la viuda de 
Zarzo eran inocentes favores, y de templo eventual 
en el que oficiaba la Venus vagabunda, y de lugar 
de cita para completes de toda índole. Menende- 
zorra era «liebre» y no había venido a México para 
que le creciera el pelo. 

Reunidos allí, en aquella tarde, estaban Andrade, 
Chaneque, «Truenos,» el compadre Nicho, que se- 
guía siendo el «aparcero valedor» de aquél; Sabás 
Pantoja, ex-redactor de «La Voz del Noreste,» a la 
que el cambiazo político había dejado áfona, y Po- 
rritas que, fungiendo de anfitrión, había invitado in- 
sistentemente a todos para «empujarse» unas «To- 
lucas,» vulgo cervezas, en «La Llanisca,» con unos 
«molotes de flor de calabaza» y unas «chalupas de 
menudencias,» que eran la gloriosa especialidad 
de la fritanguera que, a la puerta de la mixta y en 
actitud de deidad azteca, cocinaba al aire libre 
en anafe chisporroteador. 

—Los guisa tan bien — decía Menendezorra — que 
hasta Huerta se da sus pasaditas por aquí para co- 
merlos! ¡Como es tan campechanote y tan republi- 
cano! 

Era «Truenos» el que tenía la palabra .... y el bo- 
cado, porque, al mismo tiempo que hablaba, engu- 
llía a dos carrillos, «atorándole» de firme a los de 
flor de calabaza. ¡Qué rebuenos estaban los malditos 
con su «hepazote» y sus puntas de chile jalapeño! 

— ¡Piiican! — decía Demóstenes, babeando en fuer- 
za del cáustico q ue a su paladar daba. — Daaame otro 
cacho de ceeer veza! 



íf. 



I 



380 E. MAQUEO CASTELLANOS 

— Se van sin sentirlo -decía Tenorio. - Pásame 
otros La verdad es que están de chuparse el de- 
do! ¡Y la verdad es que yo no estoy conforme 

con la «actual situación política» y que no creo po- 
der estarlo nunca! •* 

— ¡Tú sisisiempre diiiíscolo! 

— ¡Yo siempre en mi lugar, caramba! 

— ^Te comprendo y te justifico — apoyó Chaneque, 
queriendo adelantarse al pensamiento de Tenorio. - 
Tú, como yo, repugnas ciertas cosas y estás en lo 
justo. Los hombres honrados y de convicciones no 
podemos transigir con lo del cuartelazo. La sedi- 
ción y la traición dándose el brazo para victimar a 
un hombre de las excelsas virtudes de Madero! .... 

— No, hombre, si no lo digo por eso 

— Pues es curioso que tú estés inconforme, dada 
tu filiación f elixista - interrumpió Andrade. 

— ¿Mi filiación? | 

— Seguramente, ¿no fuiste tú de los de la Cinda- 
dela? I 

—Según y conforme. 

— ¡Cómo según y conforme! Pues que, ¿no estu- 
viste allí? 

— Estuve y no, según se considere 

— Es que el caso no admite equívoco. O estuviste 
o no estuviste. En los primeros días lo afirmabas 
con todo énfasis. I 

— Porque se le va a uno la lengua sin querer .... 

— ¿Niegas ahora que estuviste? 

— Yo no niego haber contribuido a la caída de Ma- 
dero; mejor dicho, a que no se sostuviera. Yo fui 
maderista, con las armas en la mano, como a us- 
tedes les consta, y buenos peligros corrí en las 
campañas que sostuve; pero era imposible seguir 
apoyando aquel nepotismo encabezado por un inca- 



LA RUINA DE LA CASONA 381 

paz, inconsecuente con los que lo habíamos llevado 
al poder. 

— ^Y cambiaste chaqueta 

— No me engendró mi padre para que me murie- 
ra con las ideas con las que nací. Y si no estuve en 
la Ciudad ela, sí ayudé a ésa causa .... 

— Bueno; entonces serás huertista, ya que apos- 
tatas del felixismo. 

— Tampoco; yo lo que soy es un inconforme con la 
actual situación; ya lo he dicho. 

— Tenorio — terció Pantoja — lo que quiere signifi- 
car es que Huerta, siguiendo por el camino que va, 
se está suicidando políticamente a fuerza de des- 
prestigio. No hay en su gobierno «ecuanimidad» 
(era el terminajo en boga). Ya ven ustedes, quiere 
posponer las elecciones para <madrugarle> a Díaz 
y quedarse él con la Presidencia. 

— Y hace bien, porque en Díaz no hay sujeto 

— No hay que divagar. La revolución reivindica- 
dora es indomefiable y pondrá a cada uno en su lu- 
gar! - concluyó Chaneque. 

— ¡Eso me importa un bledo! ¡Yo estoy «requema- 
do» porque llevo tres meses de estar solicitando 
que se me dé mando de fuerzas para ir a campaña 
y no se me hace caso! ¡No se le da a uno su lugar, 
caramba! ¡Los hombres de mérito estamos siendo 
postergados, para que suban los militarejos arrivis- 
tas! ¡El compadrazgo impera! 

— Tiene usted razón, mi coronel; pero «así están 
las cosas y basta,» como dicen en la «Viuda Alegre» 
-indicó Porras. 

— ¡Pues no basta! ¡Y si así están, habrá qué arre- 
glarlas! 

— La «mera pelada» - agregó el compadre Nicho 
-es que el indio Huerta ya le «comió el mandado» 
a Félix Díaz. -^ 



382 E. MAQUEO CASTELLANOS 

— Caaamaron que se slipi se lo catche la corriente 
— comentó TafoUa. 

— Y que ahora falta saber si a Huerta lo tumba 
don Venus, ayudado por los gringos 

— Por eso, por eso que me urja el iñando de fuer- 
zas! - I 

—Y si las <pepena,> compadre, no hay que vol- 
ver a «jerrarla,» como le ha pasado 

— iPobre Patria! — murmuró Andrade — Ella es lo 
que menos importa! Lo importante en el caso es 
«madrugar,» «comer mandados,» favorecer ahija- 
dos y pelear por la silla! ¡Cuándo veremos imperar 
la buena fe, la honradez de principios, la virtud po- 
lítica y no a los hombres ambiciosos! 

—Es que tú quieres que uno com^ «principios» 
y viva de aire, y te olvidas de que estamos en el 
mundo, Andrade I . 

— El caso es que, si Huerta quisiera, podría ha 
cer la paz 

— Y no! Tendría que soltar el hueso y se le aca- 
barían las chambas. Para él mejor que siga la 
«bola.» 

—Y les cognacs a toda hora 

— Esas son habladurías. Apenas si toma una co- 
pa que otra! .1 

— Pues si Carranza quiere, él sí que puede hacer 
la democracia. I : 

— Con sus «chorreados» analfabetas 

— Desgraciadamente, ni el uno querrá, ni el otro 
podrá! ¡Qué obscuro el porvenir! ¿A dónde, sefior, 
a dónde nos llevarán estas políticas personalistas, 
en las que las tendencias son unas, raquíticas, in- 
solentes y de utilidad sólo para la procaz cámara- . 
dería? 

— Es que, si cada uno no se apoya en sus propios 
elementos, se lo «almuerzan» los otros. Por eso que 



- «afí- 



LA RUINA DE I^A CASONA .; 383 

Huerta proteja a sus militares camaradas y Carran- 
za deje hacer a sus huestes de desalmados. 

— ^Huerta es el vicio y el despotismo y el poder 
debido al crimen! 

—Y Carranza es la anarquía y el desorden! 

— ^Repito que a mí todo eso me importa tres se- 
renados cacahuates! Lo que quiero es que me den 
mi lugar, que reconozcan mis servicios, y que me 
den mando de fuerzas. ¿Cómo van a arreglar la si- 
tuación si nos hacen a un lado? Y han llamado a 
esos títeres de Pascual Orozco, Argumedo y otros. 
¿Qué más han hecho ellos que uno no pudiera ha- 
cer? 

— Vuelvo a decirle que tiene usted mucha razón, 
mi coronel. Pero no se haga ilusiones. Por menos 
ha «tumbado la burra» al Ministro de la Guerra! 

— Mondragón estorbaba a Huerta en sus proyec- 
tos. Quería saber más que él 

— A Mondragón lo tiraron los negocitos del Mi- 
nisterio 

— Eso es mentira! Tenía que salir para que en- 
trara un compadre 

— Total. Cuestión todo de mangoneos y compa- 
drazgos 

— «Todo por la Patria» ¡mi coronel! — dijo 

Panto ja, parafraseando a Huerta al despedir, rum- 
bo al extranjero, a su ex-ministro de Guerra, y le- 
vantando su vaso de cerveza. 

—Y conste que somos muchos los inconformes. 
Y ya se sabrá de nosotros! 

— Te veo. Repetirás el caso de cuando Madero. 
¿No es eso? 

— Haré lo que me convenga, caray! ¿Me voy a de- 
jar así como así? 

— Te irás con Carranza o con Zapata 



384 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



— ¡O con el demonio! Con tal de que me haga jus- 
ticia 

Relámpago de satisfacción en los ojos de Porri- 
tas y mirada de honda pesadumbre en los de An- 
drade. 

— Y hará bien, compadre. Lo que usted piense 
yo lo refrendo! - coreó Nicho.- Y a ver tú, hijo de 
Pelayo (demostrando que sabía bien las ascenden- 
cias del gachupincillo de la mixta) repítelas por mi 
cuenta. 

— ¿Qué van a ser, cervezas? ' 

— Yo estoy hidrópico ya por tanta agua. Traeme 
mejor un tequila. I 

— Eso es. Yo también opto por el «tequilazo.> 

Y copas de tequila fueron las siguientes. 

— Pues sí señor. Ya se comenzó a desgranar la 
mazorca del «pacto» con la caída del Ministro ese. 
Ya lo seguirán los otros. | 

— Y después ¡ándese usted con «pactos!» 

— Por haber pactado sobre el cadáver de Ma- 
dero 

— Y por haberlo hecho con un indio huichol. 

— Dicen que en el ejército ha caído mal la salida 
de Mondragón. 

— Papas! Hay muchos que no lo quieren. ... 

— Los que no estuvieron en el cuartelazo. 

— Y los que están con Huerta nada más. 

— El ejército! Cuánto bien haría alejándose de la 
política! 

— Niego («Truenos»). ¿Pues qué, el hecho de ser 
militar priva al hombre de sus derechos como ciu- 
dadano y de la manera de defenderlos? 

— No; pero lo cohibe por juramento de honor, 
para volver las armas contra quien se las puso en 
la mano. 



LA RUINA DE LA CASONA . , 385 

— Eso es metafísica! ¿Es decir que estaba obliga- 
do a defender a Madero, a pesar de su ineptitud? 

— ¡Pues sí que lo estaba! 

— Y allá Madero, que fué el primero que lo endil- 
gó a la «pronuncia» contra don Porfirio 

— Pobre organismo, cuya característica debía ser 
la pureza y la lealtad! Ayer sano; adolescente, pero 
honrado; pequeño de talla, pero grande de alma, y 
hoy inficionado por el virus de la sedición; corroído 
por el favor y el oro que prostituyen; por el honor 
inmerecido que lastima al digno, y por tantas otras 
mortales vacunas! 

— En eso tiene su apoyo Huerta ...../ 

— No señor: en los millones del empréstito nuevo. 

— IjO tiene en sus calzones y nada más! 

— Pues con todo y todo, lo tumba la revolufia! 
Cuenta ésta con la simpatía de los americanos 

— Qué espectáculos! El uno, apoyado por algo 
que se pudre, que se desmorona por la rencilla y 
por la envidia, y el otro por una fuerza extraña, 
enemiga del nacionalismo! . . 

— Y la cosa va larga 

— Y yo perdiendo el tiempo sin obtener que me 
den ese mando! 

— Resumen de las sindéresis — sentenció Enjol- 
rás — y de los tiempos. Cada cual a «ginetear lama- 
cha» como se pueda y lo más que se pueda, y el que 
venga atrás que arree! .".'•' 

Aun siguió la plática por largo rato, sobre los 
mismos temas. Quién sosteniendo que era Huerta 
el hombre, el único capaz, por ser el fuerte y el ha- 
bituado al mando militar, para dominar la situación 
sin detenerse en escrúpulos monjiles; quién ata- 
cándolo rudamente como a prototipo de infidencia, 
y por sus compadrazgos impúdicos, sus rigores 

exagerados y su falta de seriedad para el cargo, 

25 






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386 E. MAQUEO CASTELLANOS 

que, como a un vulgar, lo llevaba de café ea café y 
aun de figón en figón de extramuros, en busca de 
la copa de cognac y del platillo de chiles rellenos. 

No faltaba quien tomara partido por Díaz, aun- 
que medrosamente, como descontando su derrota, 
aunque abonándolo por su discreción y su honra 
dez, que lo hacían granjearse las simpatías de los 
grupos selectos; pero no faltaba tampoco quien lo 
atacara, atribuyéndole indecisión, condición de es- 
finge, poca diligencia, etc., y porque se había echa- 
do en brazos de un grupo de noveles, no todos ellos 
escrupulosos, y a los que se refería de molde la 
frase aquella de «los amigos de Cardoso.» 

También don Veaustiano contaba, por supuesto, 
con simpatizadores, más que de convicción, por esa 
atracción que tiene todo sol naciente, y los que lo 
preconizaban como una especie de Mesías que sal- 
varía al país del caos y concluiría con la incipiente 
dictadura; como el que abriría nuevos y dorados 
horizontes para la democracia, y el que, en fin, ha- 
ría que resplandeciera de nuevo, con todos sus 
fulgores, el libro magno de la Constitución del 57, 
villanamente hollado, estrujado, y que él había le- 
vantado del suelo como lábaro invencible. ¿Que se 
refería en periódicos gobiernistas y por los que 
llegaban de las regiones infestadas por la revolu- 
ción, horrores de los que cometían los nuevos re 
volucionarios? ¡Bah! Eso era laborantismo puro! 
Invenciones de los huertistas. ¿Que la serie de 
atrocidades que se decía cometían aquellos vánda- 
los no tenía paralelo en la historia de las guerras 
civiles de México? Psché! Las revoluciones no pue- 
den hacerse con angelitos! No se pueden nunca 
evitar ciertos excesos. ¿Que del carrancismo a la 
anarquía podía bien haber un solo paso? Bah! Cosas 
del proselitismo de los hombres que querían a toda 



LA RUINA DE LA CASONA 387 

costa conservar los puestos y con ellos la tripa lle- 
na, a pesar de la frase aquella de «la paz se hará 
cueste lo que cueste» pronunciada por Huerta en 
pantagruélico festín, de los que a diario había. Don 
Venustiano era un Cincinnato. Pancho Villa un 
Scipión, y Emiliano Zapata seguía siendo el Espar- 
taco libertador de los suyos. Y sobre todo, cualquie- 
ra cosa sería mejor que aquella situación huer- 
tista! 

Por fin, allá a las diez de la noche y previa la cor- 
tés notificación de Menendezorra, de que tenía que 
cerrar y ya no podría servir más tequilas, por ha- 
ber sido notificado a su vez por el gendarme del 
<punto,> que desgraciadamente, en aquella noche, 
no era el «acuache» de costumbre, y por cuanto, por 
otra parte estaban agotadas las provisiones de la f ri- 
tanguera de la ñor de calabaza que había levantado 
el vuelo, tras de arrinconar en unos cajones de la 
mixta, anafe y sartén, la reunión tocó a su fin, una 
vez que los concurrentes apuraron la «del estribo» y 
emprendiendo el rumbo a la «domus tepetaete» que 
dijera Tafolla, refiriéndose a las casas. 

De los últimos del grupo y de bracero, caminaban 
Tenorio y Porras en animada conversa, siendo se- 
guidos de Quico y Sabás Pantoja que proponía a 
aquél la fundación de un periódico «moderado» en- 
tre tanto las cosas acababan de dar color, y que bien 
podría llamarse «La Voz del Centro,» a la que cuida- 
rían acuciosamente a fin de que no muriera de un 
ataque de bronquitis aguda, como, aquella del Nor- 
este. 

Pocas calles habían avanzado, algo encandilados 
los ojos y más aún los espíritus por la frecuencia 
de los tequilas en judía mezcla con la cerveza, cuan- 
do Porritas se desprendió intempestivamente del 
grupo y con un cortés «ustedes dispensen Has- 






?;;-■.. 



388 E. MAQUEO CASTELLANOS 

ta aquí los dejo,» se encaminó a mal alumbrado ca- 
llejón cercano. 

Reparó Andrade en que no dejaba de ser extraño 
que el anfitrión se alejara de tal guisa, no acompa- 
ñándolos hasta el riñon de la ciudad, como de ordina- 
rio lo hacía en las tardes de concurrencia a «La Lla- 
nisca,> y más para tomar rumbo que no era el de su 
«domus;> pero sin dar mayor importancia al acci- 
dente. Sin embargo, Tafolla, que tenía gatuna la 
mirada y al que los tequilas no se la habían entur- 
biado por entero, pudo percibir bien que,, en la pro- 
funda penumbra de la callejuela aquella. Porras se 
había reunido con otro sujeto que tal parecía que lo 
esperaba allí. Y aun la silueta del tal no le pareció 
del todo desconocida. De quién era? Quién podría 
ser? Podría jurarse que aquella era la de Manduja- 
no, con su eterno traje negro de montar y su jarano 
de fieltro de igual color. Mandujano en México? Y 
en citas con Porras en aquellos apartados rincones? 

La cosa olía a leguas a conjura Y el tartamudo 

se apuntó en la memoria, para cuando pudiera serle 
útil, el dato siguiente: «Porras cultiva amistad con 
Mandujano, pasadas las diez de la noche, y en el ca- 
llejón de * * *> 

Una semana después de aquella furibunda acome- 
tida a los de «menudencias,» Tafolla podía haber adi- 
cionado la nota con esta otra: «Tenorio está de ínti- 
mo con Porritas, y lo ha tomado como asesor.» 

Porque, en efecto, así era. El levantisco coronel 
se pasaba el día y la parte útil de la noche con el se- 
cretario del insigne Pingarrón, y tal parecía que 
ahora para él la situación no era tan deplorable, ya 
que, sin dejar de negar a grito pelado el haber es- 
tado en la Ciudad ela, no escaseaba sus elogios y di- 
tirambos para Huerta, al que cahficaba de «zorrillo,» 



L.A RUINA DE LA CASONA 389 

de la <colmilluda» y de otros epítetos callejeros 
demostrativos de la astucia y de la vivacidad. 

Sus intimidades con Porras eran a la vista de to- 
do mundo. Y después de sus continuas y largas con- 
ferencias con el secretario, en cada ocasión que a 
pelo venía no dejaba de ensalzarlo ante los de la «Re- 
pública» con lo que dejaba patidifuso a Tafolla y en 
parte celoso al indio Chaneque. El primero no po- 
día explicarse bien aún, cómo Tenorio, hombre tan 
práctico, perdía su tiempo con aquel comediante de 
Porritas; y el segundo, menos práctico pero más 
taimado, sospechaba que, de no andar listo, Tenorio 
le sacarla ventaja en la utilización del influente en- 
garzador de garabatos taquigráficos. 

— La verdad es que este Porras se pierde de vista. 
Qué ojo político tiene el endiablado! 

— Pupupues no le sueeeltes la cooola, a ver si con 
él la pegas! 

— Tú no lo creerás; parece «chato pero las huele.» 

— Caaaray! pupupues yo tengo caaatarro! 

Siendo, como lo era Porras, un títere movido por 
Pingarrón, claro estaba, para cualquier analizador, 
que si Tenorio buscaba la amistad de Porritas, era 
porque quería la protección, para algo, del conspi- 
cuo padre de la Patria: y que si Porras soportaba 
«la lata» de Tenorio, era porque instruido estaba 
para el caso. El señor Pingarrón, casi ministro en 
vísperas de la Cindadela, con Madero, había podido 
lograr felizmente un nuevo equilibrio, y a pesar de 
su filiación «renovadora» no estaba mermada su po- 
tencialidad política, según saber se podía, disfrutan- 
do hoy de amplia confianza del «nuevo régimen,» con 
lo que justificaba bien que, en materia de «renovar,» 
nadie le ganaba. 

Y tal aspecto de cosas descorazanaba e intrigaba 
a Barbedillo, que si era afecto a «cohonestar» y 



390 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



«flexibilizarse» procurando la armonía de elemen- 
tos, no lo eran tanto que no viera con prevención 
tranta transigencia, a su entender: no acababa de 
comprender cómo Huerta, con todo y su marrulle- 
ría, no mandaba a su casa a todos aquellos politicas- 
tros que habían pertenecido a la hornada maderista. 
El pasaporte se imponía: eran hombres peligrosos; 
sabían bailar en la punta de una aguja: sobre todo 
aquellos <renovadores» camada de intrigantes que, 
levantados con el remolino revolucionario, habían 
sido los primeros en insubordinarse contra Made- 
ro, demostrando la debilidad y la falta de consisten- 
cia de aquel Gobierno que había nacido con orgáni- 
ca insuficiencia. 

Barbedillo,que por cuanto que tenía intereses que 
defender, necesitaba andar en el trasiego político, 
se desconcertaba con aquello, y no las tenía todas 
consigo; no sabía por qué, pero se sentía intranquilo. 
Y esto, cuando la conveniencia estaba en ir del lado 
del «orden de cosas constituido,» aunque él se guar- 
daba de explicar si constituido por un zorro maestro 
y docena y media de candidos. Y el tiempo pasaba y 
él no podía aclarar «paradas,» ni menos conforme a 
sus deseos, cosa grave para quien tenía «intereses 
creados» que defender, para lo que necesitaba de 
algún puestecito oficial que le diera realce y lo acre- 
ditara de influyente. Brujuleando insistentemente, 
vivía siempre alerta. 

Fué Orbezo, por ejemplo, quien le dio la noticia del 
derrumbe del primer Ministro del «pacto;» puesto 
en guardia, inmediatamente comentó: 

— Eso es natural, Orbecito! Yo sabía ya algo 

Es lo indicado. Huerta no puede gobernar con ele- 
mentos así; tiene necesidad de los suyos; de los pro- 
pios. A quién se le ocurre que haya que respetar 
los «pactos» cuando está de por medio la salud pú- 



LA RUINA DE LA CASONA . 391 , [S.: 

blica? Unidad de acción, de elementos, de conforma- ^^ 

c\(m eso, eso es lo que se requiere! Sólo asi |^^ 

pueden asumirse responsabilidades. Y así, bien he- -^l, 

cholo hecho. - f? 

—Yo creí que lo lamentaría usted. Como en un 
principióse inclinaba usted a Félix Díaz y ese mi- -Cí 

nistro era felixista ií-> 

— No, hombre! Félix es un buen muchacho. Yo lo 3^ 

estimo mucho personalmente. Está lleno de buenas 
intenciones y es patriota; pero no es el hombre para 
la situación. Que deje a Huerta pacificar el país; que 
no le estorbe. Ya después veremos ti' 

Cuando cayó el segundo o el tercero de aquellos , ^ 

Ministros, su frase fué la misma: í; 

— EiS natural! Huerta tiene que gobernar con los 
(le su partido; con sus hombres; con sus amigos. De 
la Barrita (por el Ministro saliente) es un excelente ví¡^ • 

sujeto; muy fino, muy ilustrado, muy culto pero -y- 

no es eso lo que ahora necesitamos. Los tiempos 
requieren hombres de acero, amigo Orbezo; cere- 
bros fuertes. v 

—Que sepan tomarse cuatro al hilo sin que se les 
aflojen las piernas? 

— Bah! Esos son cuentos! Ya ve usted que reem- 
plaza ventajosamente a los salientes. ¿?í . 

Y cuando cayó el siguiente la misma historia: y;' 

— Yo ya lo sabía! Vera Estañol es de muchos ímpe- 5- 

tus. Quiere volar muy alto .... tiene demasiada san- K 

íire. Y Esquivel nos está comprometiendo al poner 
trabas para que el dinero del empréstito se invierta 

como debe invertirse No son los hombres para ' - ' 

el caso; Huerta necesita de los suyos 

Lo que no aclaraba nunca el muy ladino, era si él -^ 

se consideraba uno de los que necesitaba Huerta. Y 
sí que se consideraba. No, por supuesto, con pre- 
tensiones a Ministro, no; pero sí creía poder hacer 



392 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



un regular Subsecretario, como los que la ocasión 
estaba moldeando. E indudablemente, en la Cáma- 
ra podían ser de mucha entidad sus servicios, si, 
como era de esperarse. Huerta se decidía, por fin, a 
echar a los que allí estaban y que cada vez se inso- 
lentaban más. Aun se correría a gastarse todavía 
algunos dineros para refrendar su candidatura por 
aquel distrito electoral en el que lo había derrotado 
Pingarrón. ¡Qué revancha más sabrosa! 

Lo malo era que, al perseguir aquellas codicias y 
al tener que barajarse con los «hombres de Huerta,» 
el buenazo de don Taco no dejaba de empinar algo el 
codo y de menudear los cognaquitos, llegando a la 
casona con el tufo del licor en los labios, cuando 
no con alguna ambarina gota del mismo temblándo- 
le en los bigotes. I : 

— Barbe, hijo Estás dando mucho en aficio- 
narte al cognac. - 1 

— No es por gusto, créeme, que ya sabes que nun- 
ca he sido tomador; pero qué quieres ¡cosas de la 
política, raujerl La necesidad obliga. Exigencias 
de la época. Y los que tenemos el deber de estar en 
contacto con ciertos círculos, tenemos que dejar los 
escrúpulos algo a un lado. 

—No veo el por qué de ello. - ! 

— Es que tú no «g¡ras> en las esferas en que hay 
que estar. Mira, por ejemplo, ahora tuve que bus- 
car a Huerta para comunicarle algo importante. 

— Bueno, ¿y qué? I 

— Pues que lo busqué en el Café Colón, donde a 
veces va a desayunar; no estaba allí, pero en cam- 
bio estaban algunos amigos suyos, correligionarios 
que lo esperaban también, y con los que me tomé 
un cognaquito . . . 

— ¡Y en ayunas! ! 

— Eso no hace mal. Y como no llegó, pues tuve 



LA RUINA DE LA CASONA 393 

que ir a buscarlo en el restaurant de Chapultepec, 
¿onde también suele ir ... . 

— ¡Y te tomaste otro cognaquito! 

— Sí, pero con un sandwich. Fué que allí me en- 
contré con otros amigos suyos que también preten- 
dían hablarle. Y como tampoco llegó, pues nos fui- 
mos al «Globo,» donde también va. . , 

— Y otro cognaquito ¿no es eso? 

— El último; el de la despedida, y eso de compro- 
miso. ¡Qué quieres mujer! ¡Cosas de la política! 
Bien sabes que a mí no me gusta; pero el que en la 
miel anda .... Y como están las cosas tan delicadas 
no es bueno aparecer como díscolo. 

Al ver Gordillo, en más de una ocasión, al amigo 
don Taco que llegaba a la casona más alegre que 
unas Pascuas, ya fuera por la esperanza de haber 
atrapado algún negocio, ya porque había «hablado» 
con el marrajo Presidente, o que por los cognacs 
llegaba con la cara más encendida que un cangre- 
jo moro y los pasos vacilantes, se decía, para su 
coleto: 

— ¡Sigue la corriente! .... ¿Qué ha de hacer? «Co- 
pas son triunfos!» Si este indio huichol, en vez de 
andarse en «pránganas» quisiera meterse a la revo- 
lución en un puño, a fuerza de moralidad, de serie- 
dad y de honradez, que lo prestigiarían inmensa- 
mente, lo conseguiría a pesar de los gringos y 
contra ellos! Pero la está echando a perder .... 

— ¿Qué opina Gordillo? ¿Ya ve que ya están en- 
trando de Ministros los del «cuadrilátero»? 

— Sí, Chanequito .... 

— No le parece que son unos tales, que entran por 
la gatera? 

— ¿Gíiaatera? ¡Entran por sus meeeéritos caaa- 
ray! . ' , 

— ¿Y qué méritos tienen, vamos a ver? 



-•>..: 



394 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



/ 



— ¿Te paaarecen poooocos? ¿Quiénes si no ellos 
fueron los que empinaron al chapaaarrito? Negarás 
que son bububuenos oradooores? 

— iPsché! ¡Es que se han autobombeado mucho! 
De sólido nada han hecho. 

— ¡Pero harán, ahora que van a ser los del paaan- 
dero! 

— ¡Ojalá! — comentó Andrade — ¡ojalá! Pero no se- 
rá así. Lástima de jóvenes energías, destinadas al 
fracaso! El aceite y el vinagre no se casan. 

— Huerta los atrapa para que no le enturbien 
el agua; los coge en sus redes y los nulificará. 

— ¿Por qué, entonces, se prestan a la farsa conde- 
nándose a muerte? 

— Porque equivocan la ocasión y el hombre; por- 
que creen lograr lo que no lograrán; hacer cambiar 
de rumbo a quien los engrana en su rodaje. Por eso 
que no alabe su proceder y sí deplore su error. 

— ¡Bah! ¡El «cuadrilátero» no ha sido más que un 
manojo de cohetes y de luces de bengala! I 

— ¡Eeeso lo dices tú, porque no has pasado de viiil 
triiiqui! 

Por lo pronto, aquel continuo cambio de minis- 
tros y subsecretarios; aquel improvisar de hombres 
y producir temblor tras de temblor, y conmoción 
tras conmoción en Ministerios, departamentos y 
ejército, desconcertaba a la opinión pública que 
afloraba por tranquilos tiempos en los que la serie- 
dad gubernamental se preocupaba de hacer selec- 
ciones cuidadosas, ya que, dentro del sistema, el 
buen andar del mecanismo era lo que constituía 
el todo, bastando que la máquina administrativa ca- 
minara, y dejando aherrumbrarse la política, en la- 
mentable olvido de lo que al adelanto de la época 
correspondía. 

¿Qué iba a hacer el «cuadrilátero»? ¿Enfrenaría 






LA RUINA DE LA CASONA 395 ípí 

. > .- 

a Huerta, encauzando las dispersas energías a canal 
fecundo, o tendría que abdicar pronto, enfrentado \ 
con aquel hombre que parecía empeñado en restar- . 
se prestigios y en divorciarse de la pública opinión? 
¿Podría lograr lo primero aquel minúsculo bloque 
de hombres, acaso bien intencionado, pero despro- 
• visto de la fuerza material y moral necesaria, o pe- 
recería arrollado, arrastrado por la creciente ola in- 
vasora de fango? Iba el elemento bueno, i>or joven 
inexperto, pero por nuevo fuerte para la lucha, a 
conseguir detener el derrumbe, a enderezar los an- 
damiajes, y a reivindicar los prestigios en fuerza de 
inteligencia, de valientes actitudes y de conspicua 
labor, solucionando el haz de graves problemas sus- 
citados por la guerra civil, o bien se contaminaría a 
su vez, para concluir identificado en la condenación 
pública de aquél hombre que consideraba el perso- 
nal decoro como cosa de poco valor? ¿O finalmente 
e incapaz para controlarlo, se sometería a acomoda- 
ticia pasividad? 

A la larga, el «cuadrilátero» fué una víctima más 
de Huerta, que lo envolvió en su ruina; que ahogó 
sus esfuerzos y sus entusiasmos, y que hizo opacar- 
se, dentro de la penumbra suya, a las personalida- 
des que lo integraban. 

Pasaba y pasaba el tiempo y la situación, en vez 
de aclararse, se complicaba cada vez más. El reco- 
nocimiento del gobierno americano, que podía ha- 
ber vigorizado como galvánica corriente, el cadáver 
político nacido del «pacto de la Cindadela» no sólo 
no venía, sino que ya parecía estar terminantemen- 
te rehusado. El embajador americano Lañe Wilson, 
el gran amigo de Huerta, había sido llamado por su 
Gobierno, teniendo que abandonar la Embajada en 
segundas manos, para que aquélla no volviera a te- 
ner el carácter tal sino hasta pasados luctuosos 



396 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



./: 



acontecimientos, y para un gobierno acaso más in- 
digno y repudiado por la nación que el del propio 
Huerta. 

La revolución, trabajosamente sofocada en un 
punto, encontraba terreno favorable en otros en 
que crecía con más vigor. Y conforme el tiempo 
iba transcurriendo, el Gobierno iba perdiendo ele- 
mentos; restándose fuerzas; eliminándose simpa- 
tías. I 

Y no decir que ya, para el desarrollo de su labor, 
era un obstáculo el «felixismo> astutamente ahoga- 
do, desde embrión, por la felonía huertista. Ni 
menos los diminutos y mal acondicionados grupos 
políticos que ocasionalmente se habían formado, 
encabezados por hombres que, por error, habían 
puesto los ojos en la silla presidencial, alentados 
por el propio Huerta, sin entender que de ella no se 
había de levantar el poseedor, no sólo por su propia 
decidida voluntad de no hacerlo sino llegado el últi- 
mo extremo, sino también por el continuo croar, 
pertinaz, mareante, adulador e interesado de parti- 
darios de cierta casta, que, a semejanza de las bru- 
jas del coro de <Macbeth,> cantaban a su oído en 
ritornello inacabale el «tú serás rey.» 

— Le doy mi más sentido pésame, señor Barbe- 
dillo. 

— ¿Por qué, señor Porras? ' 

— Porque ya a su caudillejo le extendieron su pa- 
saporte para el Japón. Ya se va don Félix! Le han 
apagado a usted el farol de sus esperanzas! 

-Está usted en un equívoco. Yo voy con la «si- 
tuación creada;» mientras menos bultos más clari- 
dad. 

Porras subió de dos en dos los escalones desde 
el patio hasta el tercer piso, en busca de Pingarrón 
que lo había citado para asunto grave y de interés. 



LA RUINA DE LA CASONA 397 

Encontró en su «cantón» malhumorado y displi- 
cente, al diputado, que de algunos días para esas 
fechas estaba como cariacontecido por algún fraca- 
so. Atribuía Porritas tal cosa a planes personales 
que su digno protector acariciaba, y que parecían 
cada vez menos posibles de realización. Y así fué 
como, ignorante de lo que aquél trajinaba en tal 
ocasión, llegara hasta allí festivo y dispuesto a 
combatir con su buen humor el de su jefe. Mas 
hubo de suceder a la inversa: que a él se le pegara 
el spleen de Pingarrón, sin que en éste se disipara 
por completo, pues que, tras breve departir sobre 
triviales asuntos, aquél lo abordó en «consulta» so- 
bre algún plan que él no había podido resolver. 
Frunció de pronto Porritas el entrecejo, meditó 
cortos momentos, y no sin cierto escrúpulo, se 
atrevió a decir a Pingarrón: 

— Lia verdad es que mucho me temo que, por esos 
medios, en vez de llegar usted a donde quiere, lle- 
guemos cualquiera noche a ser carga del «automó- 
vil gris» y al día siguiente inquilinos de sepultura 
anónima 

— Puede ser. . . . aunque también puede ser que 
por tal camino lleguemos a donde mis justas aspi- 
raciones me llaman! El éxito es de los arrojados. Y 
sobre todo, yo no puedo ya «safarme.» ¿Cuento con 
usted? 

Breve vacilación de Porras, y después dramática 
frase de adhesión: 

— Hasta la sepultura anónima! 

— Muy bien. Pues ahora dígame cómo podré 
conseguir eso que necesitamos. Es de urgencia. Me 
importa demostrar que algo valgo. Y el caso es que 
hasta ahora, he fracasado. 

— ¿Ya pulsó usted a fulano? 

— Ya; nada se consigue con él; no puede! 



398 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



— ¿Y a zutano? 

— También. Y el caso es el mismo. 

— ¿Y a perengano? 

— Menos. Ese es comparsa, y nada más que com- 
parsa. ' 1 

— Caramba! Pues el asunto no es entonces tan 
fácil! 

Nueva reflexión de Porritas. Y a renglón se- 
guido: 

—¿Qué tal la lleva usted con el general XX? 

— No mal; nos conocemos lo bastante. 

— Entonces he dado con el clavo. Le va usted a 
ofrecer un pic-nic en San Ángel. Que abunden los 
buenos caldos y los platillos finos! 

— Hombre! Usted todo trata de arreglarlo con 
banquetitos y copas! I . 

— Cuestión de la psicología de la época, jefe! Si 
usted no se ha detenido a considerar que estos me- 
dios surten, es porque tiene más altas cosas en qué 
ocuparse ,¡ 

— Bueno; con que pic-nic y copas. 

— En San Ángel; en honor del general; convida- 
remos a W; es muy del general, y a Z; ese «empu- 
ja> también; y a los demás amigos que a usted le 
parezca. Y por de contado a Tenorio. 

— ¿Hombres nada más? 

— No, que va! Necesitamos convidar a las Ota- 
mendi. i 

— ¿A las modistas? ¿Para qué? j 

— Yo me lo sé: Chayo es el mejor gancho para lo 

que usted quiere Y se invitará a otras amigas 

y correligionarias. 

— Perfectamente; nada más que eso cuesta el di- 
nero y que yo no aflojo ni un tostón para todo eso! 

— Naturalmente! Nada más eso faltaba! Ya yo lo 
sabia 



I*A RUINA DE LA CASONA 399 

— Y entonces ¿quién pagará las copas? 

—El que quiere azul celeste Ya me entiende 

usted quién debe pagar. 

—Tiene usted razón! El plan no me parece malo. 

— Surtirá, yo respondo. Y pues que a ^ le va en 
el «volado,» nada más justo qué contribuya con lo 
que él debe para el «envigado» este, que no vamos 
a hacer nosotros de sastre Camilo, que hacía el tra- 
je y ponía el hilo. 

—Encargúese entonces de organizar todo lo rela- 
tivo, inclusive las invitaciones a las hembras. Y 
a propósito invíteme a la de Garay y a Pita. 

-Pues que todavía no se le apagan a usted 

sus entusiasmos, jefe, por esa respetable matrona? 

-¿Pero qué está usted diciendo? ¿Usted cree 
yo me intereso por ella? 

— ¿Entonces para qué convidarlas? Hasta pudie- : 
ran estorbar 

—La Garaicochea cree, como usted, que es de ella 

de quien me ocupo, y se necesitaría estar loco 

Yo voy tras de Pita ¿me entiende usted? 

— También me lo había imaginado ¿Y qué le 

ha visto usted a esa niña romántica, que parece ci- 
rio en funda? 

— ¡Qué quiere usted! Caprichos! Cosas de los 
hombres! Y ello es que tengo positiva codicia por 
esa niña. Me gusta, me gusta y me he de salir con 

la mía! Me he de quedar con ella Y a propósito 

¿sabe usted una cosa? 

-¿Cuál? 

-Que usted me puede ayudar mucho en ese 

— Hem! Pues usted dirá la manera. 

-Es muy fácil y va usted a seguir mis instruc- 
ciones. 
■ —Vengan ellas. / • 

—Le va usted a hacer el amor a la madre. 



400 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



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— Qué? Entonces me cala usted de loco? 

— Y si es preciso, cargará usted con ella 

Asombro hasta la fulminación de Porritas, que, 

al no haber estado sentado en un firme sillón, ha- 
bría rodado al suelo, y ataque repentino de un hipo 
pertinaz y molesto, por el susto de verse ya con el 
endoso de Chita. 

— Yo? Yo cargar con esa señora? 

— Sí, hombre .... usted .... usted. 

— Pero señor Pingarrón! Reflexione usted que 
yo resulto un menor de edad para ella! 

— Pues en dado caso no habrá más remedio. Y 
esté cierto de que ella lo aceptará 

— Eso precisamente es lo que me compunge! 

— Ella lo que busca es la aventura picante; el lan- 
ce amatorio; echar su cana al aire en ausencia de 
Garay 

— Si la conozco bien como «entrona. > I 

— Pues ya está dicho todo. De ese modo se me 
facilita a mí el camino inmensamente. Y yo creo 
que por un amigo como yo, bien vale hacer el sa- 
crificio .... ¿no le parece? 

Hondo suspiro de Porritas, que, ante la conclu- 
yente última razón aducida por Pingarrón, no tuvo 
más que aceptar el «sacrificio,» que le parecía te- 
ner el peso de las tres pirámides de Egipto reuni- 
das. 

— Pues si usted se empeña 

— Y arregle pronto ese pic-nic. 
Arreglóse el pic-nic. Se hizo la invitación y se 

fijó el día. Por de contado, que las Otamendi acep- 
taron regocijadas con la idea de que iban a prestar 
un servicio para «la causa,» tanto como Chita, cuyo 
regocijo fué de distinta índole, pensando que Pin- 
garrón se le acercaba cada vez más y más. 

— No prescinde para nada de mí, decíale a Pita — 



L.A RUINA DE LA CASONA 401 

y no te quepa duda de que será él quien logre sa- 
carnos de esta mediocridad en que nos tiene tu pa- 
dre 

— Ay, mamá! No diga usted eso! Cualquiera 
creería otra cosa 

Y como quiera que, para la asistencia al pic-nic 
aquél, necesitara ella de un par de botas «bayas> y 
la «Corchea» de un rebozo de bolita, que no tenían, 
como tampoco el dinero para ellos, el «préstamo» en 
calidad de pronto reintegro a Gordillo, se impuso. 
Se reembolsaría del primer giro postal que Garai- 
cochea enviara. 

-Con mucho gusto, Conchita. Aquí están los 

veinte pesos; pero ¿no le parece que el sefior 

Garay puede tomar a mal que se diviertan de ese 
modo en su ausencia? 

- ¡Adiós! Y qué, porque el viejo de mi marido no 
ha sido capaz de buscarse algo aquí, vamos nosotras 
a prescindir de divertirnos? Y sobre todo, que yo 
soy esposa y no esclava 

A hurtadillas de Chita pretendió Gordillo que la 
«Corchea» no fuera a la fiesta, temeroso de algo, ya 
que en más de alguna ocasión había sorprendido las 
libidinosas miradas de Pingarrón para la inocente 
nifia; pero ni eso consiguió. La «Corchea» no veía 
inconveniente en ir; el señor Pingarrón era bueno 
y atento con ellas; no debía tener cuidado 

Y el pic-nic se realizó, en cualquiera huerta de 
San Ángel, teniendo de maestro «al cémbalo» a Po- 
rritas. Concurrentes? Ya están indicados, habiendo 
tan sólo que agregar la asistencia de algún afamado 
«maitre de hotel» y dos o tres damiselas, comulgan- 
tes en ideas con Pingarrón; aunque no estaba defi- 
nido si en ideas políticas, o en ideas sobre la libertad 
de que debe disfrutar en todo democrático país la 
mujer. 



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402 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



Con los sabrosos sandwichs menudearon los 
«cooktails» para hacer boca. Y más tarde con los 
«huevos rancheros» y los <chicharroncitos» a que 
tan afecto era su señoría el Presidente, los «cura- 
dos» que alternábanse con los cognacs «nueve ceros» 
($20.00 botella), todo lo que condujo a que pronto rei- 
nara una gran cordialidad, y una sincera aproxima- 
ción entre todos los comensales, al grado que, a poco 
andar, entre el general XX y Pingarrón, se había 
roto «el turrón» y a punto estaba de acontecer igual 
cosa entre Por ritas y la ideal Chita. Y nada digamos 
de las insinuaciones mediantes entre el diputado y 
el general, apoyadas en buena parte por aquellos 
otros dos personajes concurrentes. 

Aunque en un principio la «Corchea» madre no 
pudo darse cabal cuenta de la asiduidad y del inte- 
rés de Porritas para con ella, y sólo de sobremesa 
se lo dio del de Pingarrón para con su insípida hija, 
y aun habiendo tomado a mal el que Porritas se per- 
mitiera aquellas libertades que atentaban contra el 
sagrado de su jefe, que, en vez de darse por ofendi- 
do tal parecía estar satisfecho, sí acabó por enten- 
der la táctica aquella, al ver cada vez más acorra- 
lada por el diputado a la inocente Pita, que no sabía 
qué partido tomar. Y entonces, en rápida evolución, 
como debe todo buen estratega, procedió como 
correspondía. Bien visto, Porras era un muchacho 
simpático; un joven de garantía; y si a la par, Pinga- 
rrón no salía de la órbita de atracción de la familia, 
que era lo importante, en vez de uno se tenían ase- 
gurados a los dos. Y así fué como Chita, cediendo a 
las instancias de Porras que se sentía cada vez con 
más acometividad, como deseoso de dar ejemplo a 
su jefe, hubo de iniciar la capitulación con un «bue- 
no Simbolizaremos Eres irresistible. Po- 
rras!» dejando entrecerrar los ojos con cierto dejo 



LA RUINA DE LA CASONA 403 



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apasionado, y dando origen, con aquel inmenso ade- 
lanto, q ue Porritas no creía fácil de conseguir, a que ; :■§: 
éste se sintiera una vez más atacado de improviso 
por aquel hipo molesto de otra ocasión. Pero seftor, 
¿qué iba él a hacer con aquel jamón formidable? 

Por otro lado habría podido ver el curioso lector 
a Cuca Otamendi que, teniendo a la vera a Chayo, 
atacaba decidamente a Tenorio en algún reducto úl- 
timo en el que aquél parecía defenderse, haciéndose 
del rogar, para vender caro el favor. 

— Nada, Tenorio. Es necesario que se decida us- 
ted Está usted perdiendo lastimosamente el 

tiempo. No ve que de ese lado está el porvenir? La 
Patria reclama de nuevo sus abnegados servicios y 
usted debe dárselos. Y no se quejará .... Aporte su 
valioso contingente. 

— Es que .... tengo mis escrúpulos .... Yo com- 
prendo bien que de ese lado, como usted dice, están 
la razón y la justicia; pero me detiene la considera- 
ción para mis amigos; los hombres tenemos nues- 
tros compromisos en política; hay que ser firme en 
las convicciones .... 

— Qué compromisos ni qué ojo de hacha! Déjese 
de esos escrúpulos, que tanto lo perjudican en su 
carrera. Es bueno ser consecuente, pero no tanto. 
Ya no tienen razón de ser esos compromisos. No ve 
usted que ya se rompió el «pacto» de la Ciudadela? 

— Es verdad. Tiene usted razón. Eso era lo único 
que podía realmente detenerme 

— Bueno; pues entonces, quedamos en lo dicho. 
Palabra es palabra, y el trato está hecho. 

—Que resuelva Chayo 

Chayo sonrió al pundonoroso militar como ella sa- 
bía hacerlo cuando quería encender el volcán de una 
pasión, y después de aquella divina sonrisa, pregun- 
tándole: 



■/, 



404 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



— Pero. . . . todavía está usted dudando? 

—No. ¡Ya no dudo! Usted ha echado la suerte! 
Conste, para que no se me regatee, a la hora de la 
hora, el pago 

— ¿Qué pago?— preguntóle candidamente ella. 

— Con permiso, creo que me llama Chita — dijo Cu- 
ca, y se alejó discretamente. 

No narran las crónicas cuál fué el pago regateado, 
ni si se concedió o no, aunque sí cuentan que al vol- 
ver del pic-nic, Tenorio estaba bastante «chispo» de 
puro contento. Así como refieren que, en peores 
condiciones que Tenorio, hubo de remolcarse al ob- 
sequiado, en unión de sus adláteres, y por Pinga- 
rrón y Porras, que pasado aquello se frotaban las 
manos de entusiasmo al comentar los éxitos obte- 
nidos. 

— Ya lo ve usted? Todo ha salido a pedir de boca, 
y creo que no se quejará Yo tengo mis sindére- 
sis y conozco bien la psicología de los tiempos! Aho- 
ra la política es de cognac. «Copas son triunfos.» 

—Ya usted con Chita, qué tal le ha ido? 

—Más que viento, huracán en popa! Se me hace 
que me voy muy de prisa. . . . | 

— Pues en cambio a mí la niña esa parece que no 
me ha entendido. Es una mosca muerta o una can- 
dida! 

— Es que la infeliz tiene aún cerrados los ojos 

—Sí? Pues yo se los abriré. 



* 
« « 



En la noche de aquel mismo día, Gordillo, golpean- 
do con los nudillos, discretamente a la puerta de la 
«República,» solicitaba a Andrade que, desde el in- 
terior, contestó: 

—Qué hay? Quiénes? 



LA RUINA DE LA CASONA 405 

— Yo, sefior Andrade: Gordillo. Quiere oirme dos 
palabritas? 

— Con mucho gusto. Voy allá. 

Corto cuchicheo de ambos en el corredor, y como 
resultando el dirigirse, de puntillas, rumbo a la habi- 
tación de Gordillo. Parar de orejas y atisbar de Ta- 
folla, que en aquellos precisos momentos recosía 
modestamente el substituto par de calcetines de los 
que tenía puestos, ya que cada vez iban escaseando 
más y más y siendo más reducidos los giritos pos- 
tales de Indé, por mor de la revolución: reflexión 
rápida: «Qué diablos se traen Gordillo y Andrade?» 
Vehemente deseo de averiguarlo, y, como conse- 
cuencia, salida en pos de Andrade y el artesano a los 
que alcanzó en la puerta de la vivienda del segundo. 
Movimiento de desagrado de Quico al verlo, y al en- 
trar los tres en el cuarto a obscuras de Gordillo, ad- 
vertencia de Andrade al tartamudo — Chus! «Tarta- 
mudo intruso! No hagas ruido Y cuidado con ir 

a contar algo después . . . . > 

Cierra Gordillo cautelosamente la puerta de en- 
trada, procurando no ser sentido, y nuestros tres 
personajes quedan en la obscuridad. En la habita- 
ción inmediata, la de Pingarrón, se escuchan voces 
apagadas que el muro divisorio no deja oir, y por 
bajo la puerta de aquella vivienda se recorta un file- 
te luminoso que deja entender bien que en la habi- 
tación hay alguien. 

A tientas y con todo cuidado descuelga Gordillo, 
de la pared de su cuarto, frontera con el de Pinga- 
rrón, un grabado a colores que, visto a la luz de día, 
representa el paso del Puente de Areola por Napo- 
león. 

Descolgado el cuadro, un pequefio hacecillo lumi- 
noso se cuela en la habitación de Gordillo, proceden- 



> ■■,;.• 
• ■■■•- 



406 E. MAQUEO CASTELLANOS 

te de la de Pingarrón, pues que un minúsculo agu- 
jero, pacientemente abierto en el muro, le da paso. 

— Aplique el ojo, señor Andrade con cuidado, 

no se tropiece con algo y haga ruido, porque echa- 
mos a perder la cosa. 

Andrade enfoca por el pequefio agujero y puede 
ver a Pingarrón, sentado, mustio y como cabizbajo, 
en un sillón: a Por ritas, listo en la mano el cuaderno 
taquigráfico para tomar el dictado, y a Rémington 
paseándose a lo largo del cuarto, en actitud de hom- 
bre que discurre y pesa lo que hay que hacer. 

— A veeer! Déjame espiiiar a mí tarobiiién 

Y a su vez, Demóstenes sorprende al grupo 
aquel. 

— Ahora no hay más que aguzar un poco el oído. 
Quitado el cuadro, las voces llegan bien y se puede 
oir lo que hablan en la otra pieza 

Y hé aquí el diálogo que los tres espías aquellos 
sorprendieron. I 

— Está bien está bien. Estoy satisfecho — de- 
cía Rémington — ahora, lo importante es contar con 
la fidelidad de ese sujeto, que no es un modelo res- 
pecto a eso. No nos vaya a jugar una mala pasada. 

— No hay que desconfiarle por ahora. Ha queda- 
do bien comprometido. Ha cerrado un pacto en 
forma 

— ¿No será como el de la Cindadela? 

— No; aquí, o cumple o pierde todo. 

— Muy bien. Con cuántos hombres dijo el militar 
ese al que le dimos la comidita, que podría organi- 
zar su brigada aquél? i 

— Se le darán, por lo pronto, trescientos reempla- 
zos, y armas y parque suficientes y dinero el que 
pida para su marcha. 

— Perfectamente. No se podrá quejar. Nosotros 
le hemos conseguido lo que los mismos suyos no 



LA RUINA DE LA CASONA ; 407 

querían darle. Ya puede irse a campaña. Ya tiene 
mando de fuerzas! Sabe ya por dónde tiene que 
empezar? 

— No se me ha informado por usted. 

— Pues que lo haga por cerca de Tampico. Con- 
viene quitarle a Huerta la región del petróleo. 

— Perfectamente. 

— Y el militar ese no se ha dado cuenta de la 
trama? 

— Ea un inocente! Y los <aguardientes> lo pusie- 
ron fuera de combate. Nos ofreció todo lo que le 
pedimps, y lo cumplirá. Tiene «vara alta,» es de los 
consentidos, y además «le va en el gallo,» porque 
sólo que Tenorio marche, queda obligado a pasarle 
la cantidad acordada 

— Muy bien, Y el otro? Se cuenta con él? 

— Incondicionalmente. Cuando se le necesite, 
marchará. 

— No importa por ahora. Ya vendrá tiempo. No 
será un elemento inútil, que los que manejan la plu- 
ma también tienen su función que llenar en todo 
esto. Ya seguirá allá con otro «Nuevo Credo.» 

— Creo que estará usted satisfecho 

— No esperaba menos. Ahora no nos queda más 
que redactar esas cartitas. 

— ^Oiga usted, Rémington la verdad es que 

eso me «escama» mucho! Yo no considero indis- 
pensables esas cartas. 

— Pero yo, sí. 

— Fíjese bien en la situación en que me está co- 
locando! Si mafiana o pasado tira el diablo de la 
manta, me pegan cinco tiros! 

— Con algún riesgo se alquila la casa. Sirve usted 
a una buena causa y eso es motivo de satisfacción. 

— Pero el papelito es peligrosísimo 

— Cuestión de un «teje maneje» hábil y nada más. 



408 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



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Suponga usted, lo que no es de conceder, por lo 
que usted sabe, que Huerta domina la situación. 
Usted queda en magnífica posición con él. Supon- 
ga, lo que es de afirmar, que Carranza se ya para 
arriba. Usted será todo un personaje en la nueya 
administración. Y sobre todo, no eche en saco roto 
que yo sé ser buen amigo de mis amigos 

Porritas se regocijó internamente. Su jefe le pa- 
gaba lo de la «Corchea» madre: con las mismas pa- 
labras con las que lo había comprometido, lo com- 
prometían ahora! , v 

— Sí. . . . pero es que. . . . 

— Tome su wiskey.... Y usted, Porras, el suyo.... 
(levantando la copa de licor). Buena salud, y por el 
éxito de nuestros trabajos! Y ahora, tome usted las 
cartas. Porras. 

Y enfáticamente, el enigmático Rémington se 
puso a redactar él las cartas que dirigía Pingarrón 
a Huerta y a Carranza; contando al primero una 
larga serie de embustes y de falsedades; dándole 
datos y noticias inexactos; protestándole una amis- 
tad abyecta y aduladora, que hubiera provocado el 
sonrojo de otro que no él, y concluyendo por solici- 
tarle encarecidamente una audiencia para comuni- 
carle asuntos de alto interés y ponerlo al tanto de 
ciertas cosas de Carranza, que era indispensable 
que supiera. Y en la dirigida a este último, refi- 
riéndole cómo iban avanzando ciertos trabajos de 
zapa políticos; cómo se iban conquistando elemen- 
tos que traicionarían a la causa huertista; y có- 
mo él, Pingarrón, seguía en un todo fiel al servicio 
de la «causa redentora» que acaudillaba el señor de 
Cuatro Ciénegas. 

— Muy bien — dijo Rémington cuando Porrfiís aca- 
bó de tomar el dictado — mañana, al buen tempra- 
no, me pone usted en limpio esas cartas, y usted 



LA RUINA DE LA CASONA 



409 



me las firma Que vayan en papel con el mem- 
brete de la Cámara; no se le olvide Y como na- 
da más tenemos por ahora, me despido. Hasta ma- 
ñana 

Cuando Rémington se marchó, Porritas se que- 
dó viendo a Pingarrón, y éste a aquél, y el embara- 
zoso silencio duró un buen espacio, hasta que Pin- 
garrón puso término con esta filosófica conclusión: 

-No hay remedio! Ya estamos en «el enjua- 
gue» y ahora no se puede echar pie atrás! 

Marchóse Porras; y no habiendo más espionaje 
que hacer, después de prudente rato de espera, 
marcháronse igualmente Andrade y Tafolla rumbo 
a su «cantón,» no sin que Gordillo hiciera a Andra- 
de esta piadosa reflexión: 

— No le decía que este terceto, sin saber yo por 
qué, me caía «de la patada?» Cuando yo le digo a 
usted que van a faltar árboles en que ahorcar trai- 
dores! 

Cuando Andrade y Demóstenes estuvieron de re- 
greso en la «República,» aun no llegaba a ella Chane- 
que. Púsose el presunto jurisconsulto a medir fu- 
riosamente la pieza a zancajos, vociferando y detur- 
pando la conducta de ciertos hombres; en tanto 
que Demóstenes, pacientemente, reanudó la inte- 
rrumpida tarea de recoser su par de calcetines; y 
mientras éste daba puntadas, el otro hilvanaba re- 
proches y acusaciones, lleno de indignación, hasta 
que rendido de ello, se resolvió a meterse en la 
cama. 

—No hay remedio! Todo está perdido Todo 

se está pudriendo, inficionando, prostituyendo! Las 
copas pueden más que todo! 

— Es veeerdad, caaaray! 

— No tenemos vergüenza! 

— Ni caaalcetines taaampoco! 



A^i:. 



M-:^ 






CAPITULO IV 
Als:o de toreo alegre 

Ya el Tajonarcito, después de haber gateado por 
buenos meses, comenzaba a hacer sus pininos en 
dos pies, llevado en andaderas por los maternales 
cuidados, y algo semejante sucedía con el crío de 
Mandujano. Ahí era de verlos, al aire las gordas 
piernecillas de cascorvos, como en todo muchacho, 
ensayando el vacilante paso y dando tumbos de bo- 
rrachos. 

De blanca tez el uno, con sus ojos algo claros y sus 
guedejitas medio rubias, musculado como un hér- 
cules y risueño como un querub; moreno rosado el 
otro, con sus ojazos negros y expresivos, con cir- 
cunspección de persona mayor y más negros que 
los ojos los cabellos, eran los dos mejores amigos 
que en la casona había; mejor dicho, los únicos bue- 
nos amigos; los únicos que fácilmente confrontaban; 
que sólo de accidente pasajero solían reñir, a dife- 
rencia del resto de los inquilinos que, cual más cual 
menos, estaban distanciados, hoscos entre sí, divi- 
didos en convicciones y apartados por las divergen- 
cias políticas y lo disímbolo de opiniones. 

Tendíanles a aquel par de rozagantes y carnosos 






•líj 



' -I 



412 E. MAQUEO CASTELLANOS 

bebés su «petate» en uno de los ángulos del corre- 
dor del tercer piso; poníanles sus toscos juguetes a 
mano, y allí los dejaban las mamas para que jugaran, 
durmieran, disputaran, y aun hicieran alguna cosa 
impropia de hacer en las camas. Y allí solían embu- 
char sus sendas botellas de leche, quedándose dor- 
midos a pierna suelta después, para despertar apoco 
y andar a la grefia en la disputa de algún mufieco de 
trapo o de algún caballejo de madera, tal vez por el 
prurito de no ser menos en el concierto, (o desconcier- 
to) de la casona. Y allí era de ver que, si el Mandu- 
janito se agarraba de las crenchas del Tajonar, éste 
se prendía de alguna oreja de aquél; llantos, gritos, 
rodar hechos una pelota por el petate, y, al final de 
cuentas, nuevo sueño el uno al lado del otro, pláci- 
damente. I 

— ¡Caaaray, tú! -decíale el tartamudo a Andrade 
— no parece sino que ya se dieeeran cucucuenta de 
que miliiitan en distiiintos baaandos! Federal el uno 
y zapaaatista el otro 

— Así es; nada más que ojalá y nuestras disputas 
pudieran terminar como las de ellos. 

A Mandujano casi no era posible verlo nunca por 
la casona; si llegaba, era de improviso y de ocultis, 
en alguna noche, franqueándole la entrada sigilosa 
mente aquella greñuda Pilo, que tal parecía te- 
ner por él sus simpatías; en buen terreno, se en- 
tiende. Y una vez dentro, se encerraba a piedra y 
lodo en su habitación, pasándose uno o dos días, 
para volver a marcharse como había venido. 

— ¡Qué osadía Lochita! — decíale Lucha la siamesa 
a su hermana. 

— ¡Qué osadía Luchita! — repetía aquélla — si lo 
atrapan ...... 

— .... si lo atrapan, lo cuelgan! 

Más afortunado, Tajonar xK>día llegar a la casona, 



LA RUINA DE LA CASONA 



413 



sin tapujos y a cara descubierta, y así lo había he- 
cho en más de alguna ocasión, desde la última en 
que lo dejamos; por aquél entonces había venido 
precisamente, en desempeño de alguna comisión, 
debiendo regresar a su destino una vez que fuera 
despachado. . 

Por supuesto que nadie desaprovechaba tan bri- 
llante ocasión de informarse <a cómo corría el maíz> 
por allá, por los «comederos> de Francisco Villa, 
que era donde Tajonar operaba; seguramente que 
tenía buenos informes que dar; pero la general cu- 
riosidad se estrellaba ante la discreción del militar 
que esquivaba las preguntas y no se confiaba de na- 
die, excepto de aquellos a los que conocía como ami- 
gos de verdad. 

—Ya sabe, amigo Tajonar, lo que se le ofrezca. Yo 

estoy al tanto de muchas cosas Conozco bien 

muchos intrígulis. Sé los secretos. ¡Como tengo 
tantas «conexiones !> 

— Gracias, sefior don Eustaquio. Muchas gracias. 
Pues nada más que no me deje morir de tristeza a 
mi «vieja» (por esposa) mientras yo estoy fuera. 

— De eso no tenga cuidado Y . . . . ¿qué tal? 

¿cómo anda la cosa por allá? ¿vamos ganando? 

— Sí — algo se hace. 

— Pronto limpiaremos aquello de revolucionarios; 
ya están estudiados los planes Yo conozco al- 
go. Y ¿qué tal? ¿Por dónde anda ahora Ca- 
rranza? 

— No lo sé a punto fijo. 

— ¡Buen pinacate está el! ¿Y Villa? ¿Es cierto que 
trae mucha gente? 

— Bien de salud a lo que parece. A la gente no la 
he visto. 

— ¡Vaya, hombre, vaya! ¡Buenas noticias después 
de todo! Yo sé entender las cosas. Pues ya sabe, si 



,V.:' 



414 



£. MAQUEO CASTEIJLANOS 



algo se 1& ofrece, le repito Ya sabe que estoy a 

sus órdenes. - 

Conocedor del pie de que cojeaba Andrade, y por 
más que tuviera sus simpatías por él, sabiendo que, 
en su idiosincracia no podría ser nunca un traidor, 
Tajonar no dejaba de recatarse de él, y más cuando 
a la «República» solía llegar, aunque no con mucha 
frecuencia, el militaroide Tenorio, al que bastaba 
tal condición para que Tajonar no lo pasara. 

De ahí, pues, que sus confianzas fueran ahora, es- 
pecialmente, con el viejo Orbezo, que al fin y al cabo 
«era del arma,» y con Menchaquita que, no obstan- 
te su manera de «matar pulgas,» que lo hacía no 
externarse jamás con nadie sobre su modo de pen- 
sar en política, había acabado, como tantos otros y 
seguramente porque nada hay más pegajoso que la 
tal política, por echar también sus «cuartos a espa- 
das» sobre la materia; pero eso sí, sin propasarse 
nunca. 

— ¡Adiós, señor compañero! - era el saludo siem- 
pre afectuoso de Tajonar para «pata de fresno» que, 
al oirse llamar de tal por un joven militar, de «ar- 
ma facultativa» sentíase halagado en sus instintos 
guerreros. 

— ¡Adiós, compañero! ¿Por qué no pasa a fumar- 
se un cigarrito? 

— Con mucho gusto 

Y como quiera que aquello fuera de sobretarde, 
cuando Menchaquita, concluido el turno en la ofici- 
na, podía vacar en la casa, aprovechaba la oca- 
sión para el palique y entraba de buena gana al 
ruedo. i .'^ 

— Bueno, compañero ¿y qué nos cuenta? ¿Cómo 
arda la cosa? 

— No del todo bien ¿Ya ven ustedes tantos bé- 
licos arrestos y tanta pataratada? Pues lo cierto es 



:^^-- 



LA RUINA DE LA CASONA 415 



M'- 



que nada más estamos «rompiendo plaza,» haciendo m- 

paseítos militares, y en el paseo de las cuadrillas. V ; ; 

— ¿Cómo es eso? ¿Qué quiere usted dar a en- '■: 

tender? - ; v ^ z^-- • 

— Miren ustedes: yo hace ya veinte días que es- i 
toy en México, evacuando alguna comisión de im- /¿I 
portancia y en espera de recibir elementos que vine 
a regentear. Las órdenes de «arriba» ya están da- 
das; pero todavía no las «corren» abajo Lo de 

siempre; las segundas manos 1 

— ¡Natural! Para ellas todo esto es cuestión de %. 

toreo alegre. Mucho revuelo de percal, mucho apa- ^:^ 

rato, y nada de efectividad. El «biombo» se duerme :;> ■ 

en las suertes ... . v 

—¡Y mientras a nosotros nos «comen» el terreno 
los enemigos! 

— Ahora estuvieron pasando muchos mensajes 
de por allá, de por sus rumbos, y algo pude oir. 

—¿No es impertinente el querer saber? .... 

— Pues por lo que oí, la cosa debe estar ardiendo. 
Parece que Villa tomó Chihuahua y que ya va per- 
siguiendo a las fuerzas rumbo a Ojinaga. En Sono- 
ra han logrado hacer retroceder a los federales 
hasta encerrarlos en Guaymas. Y en Mazatlán se 
espera un sitio 

— Tiene que suceder. Mire señor Menchaca: ma- 
la la comparación, no hay orden, no hay concierto, 
no hay buenos contingentes; no nos están dando 
más que «reclutada» para hacer la campaña. Y así 
aquello se está volviendo un «herradero» en el que 
uno tira el capotazo cuando no debe, y otro escurre 
bonitamente el bulto cuando el toro se le viene en- 
cima. Cualquiera creería que Huerta mismo no tie- 
ne intenciones de acabar con la revolución, y sí, to- 
do lo contrario, que aumente. 



' -.■ "1 









416 E. MAQUEO CASTELLANOS 

—Es que ahora está intrigado con las cuestiones 
con los gringos. 

— Pierde el tiempo. No lo han de reconocer. 
Shylock se ha metido de diablo predicador .... No 
se reconocerá a ningún Gobierno emanado de la 
fuerza y producto de revoluciones .... I '■'■'■' 

— Lo que sería muy bueno si se aplicara por pa- 
rejo y no sólo para México y para Huerta. Ya lo ve- 
rán ustedes. Y Huerta, con eso, anda destanteado. 

— Seguro! No hay toro a dos garrochas! Y si ma- 
ñana o pasado llega a triunfar don Venus, resultará 
que él no emanó de la fuerza ni de la sangre! .... 

— Para los americanos, lo mismo que para mu- 
chos, los huertistas, en un cincuenta por ciento, no 
son más que carrancistas de saco y de levita. 

— Y los carrancistas son el gobierno del pueblo 
para el pueblo: manos libres, y viva la democracia! 
La cosa está de color de hormiga! Mientras de este 
lado todo son obstáculos y malas voluntades, del otro 
son todo facilidades y contubernios. Y el metal y el 
guayule y el ganado «avanzado» se cambian por par- 
que y armas. 

— Yo le estoy temiendo mucho a la intervención.... 

— Ese toro es de petate! Que vengan y nos encon- 
trarán a todos unidos como un solo hombre para 
combatir al invasor! Hasta yo, que soy un inválido, 
iré a las filas! I 

— Lo harán los que entonces vivan, señor Orbezo, 
porque yo, vaya usted a saber si cualquier día me 
doblan de un plomazo! 

— No hay que ser tan pesimista. 

— Es que aquellos no tiran con confites Y lo 

duro es tener que morirse peleando hermanos con- 
tra hermanos, y todo por defender a hombres! 

Llegó p)or fin el día, aunque al cabo del tiempo, en 
que Tajonar, ya despachado del todo, estuvo listo 



JLA RUINA DE LA CASONA 417 

para emprender la marcha de regreso; y por espíri- 
tu de cortesía, creyó debido ir a despedirse de los 
amigos de la «República.» En tal estaba cuando, de 
inopinado modo, hizo irrupción el ruidoso «Truenos» 
al igual de torete de pocas yerbas en plaza regada. 

— Ahora sí, camaradasl La pegué! .... Ya tengo 
una brigadita a mis órdenes, y debo marchar maña- 
na. .. . Hola compañero, qué hay? (por Tajonar). 

—Ya lo ve usted; nada de particular 

—Cómo es eso? Te vas y nada nos habías dicho; 
— objetó Chaneque. 

— Sí, viejo; es que estas cosas deben conservarse 
en reserva, sabes? Como se trata de movilizaciones 
estratégicas! 

— Y tan estratégicas! — coreó Andrade. 

— Vaaaya, hombre! Siiiquiera estás apreeendien- 
do a discreeeto! 

— Pues sí señor. Mañana me marcho; llevo tres? 
cientos hombres; harto parque; mis ametralladoras - 
y sobre todo, pagaduría con todo lo necesario; ha- 
beres para dos meses. 

— «LaGrande Aaarmeeé!» — objetó socarronamen- 
te Demóstenes. 

— Y usted «compañero,» cuando marcha? 

— Probablemente mañana también, señor Tenorio. 

— Y lleva fuerzas? Le dieron cañones? Lo aprovi- 
sionaron de parque? - . 

— Todavía no sé a punto fijo, porque nada se me 
ha dicho. 

— Entonces «compañero,» quien quita y nos vea- 
mos por allá. 

— Es posible, señor Tenorio. 

— ^Y dígame, «compañero,» hay manera de 

hacer algo por aquellos rumbos? 

— :Sí, señor Tenorio; enemigo no falta. 

27 



418 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



— No, «compañero,» yo no me refería a eso. Le 
preguntaba si puede uno tener sus <caiditos.> 

— Eso podrá averiguarlo con los «irregulares.» 

— Vaya un «compañero» .... tan especial! 

Fosca mirada del federal para Tenorio, al q ue caló 
con aquella en brava actitud de embestir. 

— En efecto especial; porque de «compañe- 
ros» solo podemos tener el serlo de viaje; no le pa- 
rece? 

Bufido de «Truenos;» Andrade al quite, y Demós- 
tenes buscando la protectora valla, crédulo de que 
iban a relucir las pistolas; pero no fué así: tras el 
achuchón aquel. Tenorio se quedó haciendo el don 
Tancredo, y a poco más, Tajonar se despidió: eso sí, 
cuando lo hubo hecho y estaba ya fuera, «Truenos» 
tuvo su bello gesto: I 

— Cuidado que son presumidos estos federaletes 
de escuela! A no ser por ustedes y por estar aquí, 
ya le hubiera enseñado cuántas son cuatro! 

Que es lo mismo que, cuando un «maleta» al que 
de choteo le gritan desde el tendido: «¡Ahí va!» pe- 
ga el bote de estampida y creyendo que es el toro le 
saca después la vuelta a un mono sabio de la plaza. 

Cuando ya se habían quedado de nuevo solos los 
de la «República» Andrade, haciéndose fundada su- 
posición, decíale a Tafolla: I 

— Antes de un mes, el valiente coronel Tenorio 
habrá defeccionado! [ 

—No te hagas malas suposiciones. Ya vez que 
abrazo tan efusivo te dio llamándote «heeermano» y 
asegurándote que, cuando vuelva te demostrará que 

lo es 

— Por eso me temo que, al volver triunfante, me 
demuestre su fraternidad a tiros; y si lo hace derro- 
tado, me la demuestra a puñaladas. 



LA RUINA DE LA CASONA 419 

— Bah! tú le tienes tiiiirria porque crees que se 
apuuuunta con Chayo. 

— Bien sabido lo tengo; loque falta que averiguar 
es si ella es capaz de pegármela con él 

—Ni lo diiigas, hombre! 

— La mujer es veleidosa como lo está siendo la re- 
volución 

Pudiera ser que Gordillo participara de las mis- 
mas ideas de Quico, con respecto a lalnujer, pues 
lo cierto era que la seriedad de su carácter y la com- 
postura habitual de sus procederes, se iban tornan- 
do, de algún tiempo a aquellas fechas, en fosquedad 
y en agrios modos. Gordillo iba dejando de ser el 
«ecuánime» y bien equilibrado Gordillo. Cuando don 
Taco, Menchaquita u Orbezo, que eran ahora con los 
que solía alternar, le echaban en cara su retraimien- 
to y sus malos humores, él se disculpaba diciendo: 

— Qué quiere usted! No se puede estar hecho unas 
Pascuas cuando los tiempos nada tienen de prome- 
tedores. • / 

— Sí, es verdad; las cosas no están del todo bien: 
pero una poca de paciencia, Gordillo, y todo se an- 
dará; todo se compondrá a maravilla; se lo garanti- 
zo yo que estoy al corriente de los asuntos «del tin- 
glado.» 

—Es que ya nos va llegando la lumbre a los apa- 
rejos! Ya no tenemos obras ni materiales para tra- 
bajar, ni nada! 

— Paciencia paciencia ya vendrán otros 

tiempos! ■ - ; v V: 

— Cuando venga Carranza? 

— No diga usted esa herejía! 

— Pues ya ve usted que al «zorrillo» éste (por 
Huerta) nadie lo quiere ayudar, y con razón. Ni los 
del A. B. C. que en vez de estar, como debieran ha- 
cerlo, oportunamente al quite, pendientes de la 






420 E. MAQUEO CASTELLANOS 

suerte, yaque también les va a ellos en el gallo, por- 
que lo que hoy hacen con nosotros, mafiana lo harán 
con ellos, se quedan tranquilamente viendo los toros 
desde la barrera! 

— Paciencia, hombre, paciencia! Ya ve que tan 
hay buena disposición de entenderse, que hasta han 
mandado a Lind para eso 

—Bueno está el manco ese. ¡Toro de onza! 

— No diga usted eso; un diplomático 

— Uno de avanzada, que trae pretensiones impo- 
sibles de aceptar cuando se tiene minúscula idea del 
decoro. Pues no está pidiendo que Huerta salga de 
la Presidencia y que no le haga el amor a la Silla? 
Bueno que así sea; pero que tampoco tenga preten- 
siones ninguno de los otros. Que se hagan eleccio- 
nes como Dios manda, y al que Dios se la dio, San 
Pedro se la bendiga. 

Si no era, sin embargo, cosa de política la que cau- 
saba los agrios de Gordillo, qué podía ser entonces? 

Pues si saberlo quiere el curioso lector, no tiene 
más que fijarse en las asiduidades de Pingarrón 
para con la «Corchea,» y en el lujo y el amor a las di- 
versiones que se gasta de algún tiempo a la parte 
la muy interesante señora de Garay. . | 

A las cada vez más repetidas insinuaciones del 
diputado, la «Corchea» se quedaba como quien ve 
visiones, no acabando de entender o no queriendo 
hacelo. Tal parecía que la niña boba soportaba de 
buen grado aquello, como por una especie de con- 
signa que la dijera: «No hagas menosprecios al se- 
ñor Pingarrón; mira que él puede mucho, y si quie- 
re, nos exalta, y si no, nos apabulla;» y ella, si no 
veía malo aquello de la exaltación, sí veía pésimo lo 
de la apabullada, que bien podía llegar hasta An- 
drade, al que seguía adorando en una especie de 
místico culto apenas externado. Y para más alicien- 






LA RUINA DE LA CASONA 421 

te de las groseras pretensiones de Pingarrón, tal 
parecía que la enfermedad que aquejaba a Pita, ce- 
día ahora, dejando tomar ímpetus al juvenil des- 
arrollo: la moza crecía espigándose, esbelta ahora 
más que flaca; algo llenos ya los carrillos de sedosa 
tez, y animados de cierto brillo sus ojos de mirar 
languideíscente. 

Ya ahora, de nueva cuenta, tenía arrestos para 
acometer con Debussy, la Chaminnade, Raff y 
Listz. Aun tenía sus dejos de alegría como pájaro 
que, en su malestar, tiene momentos en que se 
acuerda de los gorjeos. Eso sí, junto a la robusta 
Ñachi, aparecía esquelética, ya que Ñachi crecía y 
crecía sana, fresca, retozona y sin abandonar nun- 
ca el tarareo de la canción en boga: por eso que al 
«Marieta, no seas coqueta» que tanto enfado pro- 
ducía a Tenorio, lo hubiera substituido ahora con 

el garrotín aquel de «Cuánto quieres apostar 

cuánto quieres apostar > 

— Lo que yo apostaría es que Garay no está su- 
fragando sólo todo el gasto de su casa — decía Cha- 
neque. 

— No seas hablador, hombre! Quién ha de ser? 

— Pues que lo averigüe Vargas! Pero son mu- 
chos lujos, francamente, los que se gasta la buena 
señora esa. Todas las noches cine, tanda de moda 
y chocolatito en «La Opera.» 

— Eso cuesta poco 

— Pero muchos pocos hacen un mucho. Y acom- 
pañadas siempre de Porritas, que no suelta a la ve- 
terana. Y como Porritas no puede ser el del gasto.... 

— Bah! Vas a presumir que es Pingarrón el que 
se gasta un par de duros en ella? 

— En ella no; pero sí por la «Corchea;» y pierde su 
tiempo, porque esa niña candida sigue cada vez más 
enamorada de tí 



422 



E. MAQUEO CASTELX.ANOS 



,^^ 



—Cómo te gusta inventar! 

— De todo lo que resulta, que el tiro es doble, y 
que hay cornúpeta en plaza.... no te quepa duda. . . 

Las «siamesas,» gente de mucho escrúpulo, como 
es sabido, estaban escandalizadas con «aquello.» 
No había semana en que Chita no estrenara un tra- 
je, sin encargar nunca sus confecciones a las Ota- 
mendi, porque éstas eran modistas de segunda, con 
lo que traía voladas a las del «Au Chic Parisién.» 
Ya hasta habían deliberado Menchaca sisters, si no 
era llegado el caso de advertir a Barbedillo, en pro 
de la moralidad de la casa. 

—Se ha fijado usted, Paulinita? Anoche llevaba 

un traje nuevecito de taffeta Treinta pesos por 

lo menos! 

—Y eso sin justipreciar los encajes catalanes, 
que están carísimos! 

— De dónde, Paulinita? 

— Paulinita, ¿de dónde? decían ambas en su 

eterna manía de ser la una el eco de la otra. 

— Pues a la vista está, mialmas, y eso sin ser 

mal pensada! 

— Pobre Garay! 

—Pobre Garay! 

Gordillo observaba todo, y naturalmente, se que- 
maba con ello: era imposible que de los doscientos 
del águila que Garaicochea remitía cada mes, que- 
dándose el infeliz con sólo cincuenta duros para 
sus gastos personales, saliera toda aquella opulen- 
cia. Y el cálculo escamaba a Gordillo. Por supues- 
to que, para él, el dinero para tanto despilfarro no 
podía proceder de nadie más que de Pingarrón; pe- 
ro aquí entraba la interrogación dolorosa: ¿lo 

daba porque sí? En qué especie pretendería co- 
brarlo? ¿Lo estaba cobrando ya, o lo tenía puesto 
pacientemente a rédito? 



:M^ 



LA RUINA DE LA CASONA 423 

Y el caso era tanto más intrigador para él, cuan- 
to que de la «Corchea> madre nada podía sacar en 
limpio; la buena señora se reía placenteramente, y 
explicaba el caso diciendo que era porque había 
adoptado un «nuevo sistema de finanzas,» introdu- 
ciendo economías en muchos ramos del doméstico 
manejo. Y si el artesano trataba de averiguar algo 
con la «Corchea, > ésta, haciéndose la ignorante, tan 
sólo contestaba: , 

— Pues yo no sé ... . allá mi mamá .... 
— Es que Pingarrón la pretende a usted .... 
— Ah, qué usted, señor Gordillo! Cómo es de mal 
pensado! Y que, porque el señor Pingarrón diga 
que me quiere, ya voy a creerlo y a quererlo? 

— Pita, el que porfía mata venado 

— O se queda en el monte 

Aquel Pingarrón, aquel Pingarrón odioso! Y va- 
ya usted a saber de dónde, pero el caso era que, 
por todo lo que se veía, se podía asegurar que el 
hombre nadaba en dinero: ahora su habitación te- 
nía el aspecto de coqueto cuarto de solterón acau- 
dalado, con muebles de lo mejor, regia cama, y por- 
ción de valiosas chucherías. Él se gastaba un 
solitario de a tres quilates, según afirmación de Po- 
rras, el que a su vez lucía reloj extraplano, de a ca- 
torce quilates, con iniciales, adelanto notabilísimo 
sobre aquella «molleja» de níkel de antes, a la que 
tenía que estar «poniendo» constantemente, al pa- 
sar frente al Palacio, o frente al templo, almacén o 
relojería en los que poder pescar la hora. 

Pingarrón iba siempre para arriba; para arriba 
f^iempre, con seria molestia y celo de Barbedillo, 
que, a la inversa y apesar de todas sus artimañas 
y su «práctica» política, iba para abajo. Barbedillo 
lio podía explicarse cómo un «renovador» del cali- 
bre de aquél, de sus pocos escrúpulos, que debería 



•■ .. i*' 



424 E. MAQUEO CASTELLANOS 

estar en plena derrota con la nueva política, y por 
lo pronto en magna derrota económica, en vez de 
estarlo tenía no sólo pujanza en las esferas oficiales, 
sino floreciente condición pecuniaria. No era posi- 
ble, según sus cálculos, que Pingarrón obtuviera 
todo aquel dineral de «anchetas» y de buscas obte- 
nidas por la posición oficial simplemente, ni aun 
por sus «agarraderas.» ya que, dados los tiempos 
y según él mismo podía atestiguarlo, las tales, en 
vez de producir, muchas veces quitaban. De dónde, 
pues, aquellos ingresos? Solamente en Chita se 
gastaba el hombre un pico muy respetable. Y el 
problema se hacía imposible de deglutir para Bar- 
bedillo, intrigándolo más que a las siamesas el de 
la propia Chita. 

Él, en cambio, en vez de prosperar como el di- 
putado, retrocedía a paso veloz; vanos habían resul- 
tado sus esfuerzos para poder atrapar algo que 
mereciera la pena: había gastado la pólvora, inútil- 
mente en salvas, no sacando más ventaja que apren- 
der a tomar cognac a pasto. 

De nada le había servido, hasta entonces, estar 
«identificado,» según su palabra usual, con muchos 
de los prohombres de la situación; de nada el gas- 
tarse muy buenos duros en francachelas y comilo- 
nas. Todo lo que obtenía eran promesas, buenos 
modos, y pare usted de contar. Y aun aquella di- 
putación tan soñada, la veía cada vez más lejana, 
porque el Gobierno seguía con su melindre para 
mandar a su casa a los diputados de la hornada ma- 
derista. Pero eso sí, tozudo y penetrado bien de 
que, para defender «los intereses creados» era pre- 
ciso no perder los contactos con ciertas gentes y 
cultivar amistades de determinada índole, ni cejaba 
ni le dolía aflojar la bolsa. ' 

Y fué así cómo, sin darse cuenta exacta de ello, 



LA RUINA DE LA CASONA 



425 



el hombre se fué echando compromiso tras de com- 
promiso, a espaldas de la candida Tachita, que, de 
haberlo sabido a tiempo, ya hubiera puesto el re- 
medio. La vorágine de los dispendios era insonda- 
ble; los gastos tan continuos como imperiosos y 
poco fructíferos: ya hoy, la contribución para el 
banquete a tal o cual personaje de segunda fila, pe- 
ro muy de la «confia» de Huerta: ya mañana, el re- 
galo hecho a tal o cual otro personaje, que, con gra- 
ciosa indirecta, lo había provocado, a cambio de 
alhagadora promesa; ya, después, la parranda co- 
rrida con algún grupo de amigos «políticos» que 
instruían que, para obtener, es preciso no regatear. 
Y por contra, ya era hoy el pagaré vergonzante de 
doscientos cincuenta duros, otorgado a algún des- 
almado matatías, de los que se gastan una concien- 
cia con el peso de una leve pluma; ya maflana la le 
tra de cambio, aceptada a pronto vencimiento, que, 
llegado, había motivado la prórroga bajo fatales 
auspicios; y después, el documento bancario lleno d e 
sellos, timbres y firmas; en resumen, la usura con 
todos sus matices, succionando al infeliz Barbedillo. 

Con el aturdimiento propio del que sabe que el 
hacer balance es encontrarse con que el saldo deu- 
dor aterra por su cuantía imaginada, pero no fijada 
inequívocamente, y que es mejor ir teniendo en la 
memoria el ajuste de cuentas a ojo de buen cubero. 
Barbe no quería pasar al papel el estado de las su- 
yas, que consideraba deplorable, e iba capeando el 
temporal de la mejor manera posible. Para ello lo 
mejor era acariciar la ilusión, dúctil también para 
asumir los matices más variados. 

-Cuando yo sea diputado al venir la disolución 
de las Cámaras! 

— Cuando atrape yo la contratita esa de provee- 
dor de la división de Occidente! 






426 E. MAQUEO CASTELLANOS 

— Cuando haga esa combinación que traemos 
entre manos X y yo para «rematar el juego,> enton- 
des, entonces sí que me voy a dar la gran empare- 
jada! ¡Me sobrará para salir de todos los compro- 
misos! 

Pero ni la diputación venía, ni atrapaba el sumi- 
nistro de la división aquella, ni se resolvía lo del 
remate del juego a favor del sindicato Barbedillo; y 
en cambio, sí, cada vez los cobros se le hacían con 
más apremio. Hubo, por lo tanto, momento en el 
que, quieras que no quieras. Barbe se vio obligado 
a hacer balance, para lo que tuvo que hacer el supi- 
no gesto del torero maleta que, después de haber 
estado fanfarroneando en cafés cantinas, ponderan- 
do su arte, se encuentra de accidente contratado 
para una corrida formal; y al ponerse el traje de lu- 
ces, siente que le quema más que la túnica a Neso; 
y al oir el toque del agudo clarín para el cambio de 
la suerte, el toque se le hace más pesado que la espa- 
da de Roldan el de Roncesvalles. Y empujado al 
sacrificio, héroe por fuerza, hace el reglamentario 
saludo a la presidencia, no con el arrogante «Ave 
César, morituri te salutant,» sino clamando al regi- 
dor de la corrida «¡no me vaya usted a mandar a la 
cárcel por mi audacia!* Y al dar la media vuelta, 
trapo en mano, dejando asomar el estoque para di- 
rigirse hacia el cornúpeto adversario, siente calam- 
bres, porque si fuera del ruedo los toros se le hacen 
chivas flacas, ahora que en aquél está, los ve con 
apariencias de mamouhths antediluvianos To- 
do para haber de cumplir con la definición del toreo 
que se atribuye dada por el Guerra a algún atrasa- 
do discípulo que le preguntaba; «Maestro, ¿y en 
qué consiste el arte de la tauromaquia?» 

-Coza fasi, chiquillo: tú te pones de frrrente ar 
toro, que tié cuernos para ensártate: el toro se te 



':^J 



LA RUINA DE LA CASONA 



427 



viene ensima; y o te quita tú ar toro, o er toro te qui- 
ta a tí.» 
Así estaba la psicología de Barbe en sus íntimos 

asuntos rentísticos; tenía que apechugar con el to- 
ro, y el toro no era otro que, la mansa de apariencia, 
Tachita, única capacitada para resolver el proble- 
ma, mediante el permiso para alguna «operación de 
conversión de créditos» salvadora, y muy explica- 
ble en hombre que estaba en las cosas del busilis 
político. 

Resolvióse un buen día, por prontas diligencias, 
a recapitular sobre el monto de su «deuda flotante,» 
que al que hacía notar en la congoja era a él; tomó un 
lápiz; meditó cortos momentos, y comenzó el apun- 
te, sacándole de las nebulosidades de su memoria. 

A Perezlíndez, su pagaré al 2% mep.- 
sual, vencido, y por el que ya me ha ame- 
nazado con el reconocimiento judicial. . . $ 640.00 

A Moyano. La letra que le desconté 
con tres meses plazo, y que ya venció, es- 
tando en el mismo caso de reconoci- 
miento que el anterior 598.00 

Al «Banco de Industriales y Obreros,» 
el pagaré con la firma del amigo XX 1,250.00 

A la «Compañía Bancaria de Fomento 
Agrícola y minero,» mi pagaré ídem .... 1,000.00 

A Muñoz el de «La Bilbaína» 200.00 

A Torrescanelas, el de la zapatería del 
«Zapato Económico,» su letrita 250.00 

A Marianita, la prima de Malabehar, 
por conducto de éste, en pronto rein- 
tegro 150.00 

A Madariaga, el de la cantina, en c. co- 
rriente 80.00 

A Jesús, el del restaurant, en c. co- 
rriente, valor de cenas y comidas con 
amigos 120.00 

Al sastre, valor del frac nuevo y leva 
ídem 130.00 

Tiró garbosa raya y sacó: Total $ 4,368.00 



''$'. 



428 E. MAQUEO CASTELLANOS 

Un vuelco gigante del corazón ¡Cuatro mil 

trescientos sesenta y ocho pesos! ¡Qué barbaridad! 
Lo único que lo consolaba era que, en aquellas can- 
tidades, ya estaban incluidos intereses. 

Eso sí, no se podría decir que Barbe no tenía eré 
dito con Perezlíndez, que era el matatías más indig 
no de comer pan; con Moyano, que era peor que 
Perezlíndez, aunque no comparable con Paulinita 
Ventoquipa; con el banco aquél de industriales y 
obreros, a pesar de que él no era obrero ni indus- 
trial, y con el de fomento agrícola y minero, no obs- 
tante que estaba en el mismo caso. En cuanto a su 
crédito en restauran ts y cantinas, aunque reciente, 
probaba ser sólido. 

Liquidar aquellos cuatro mil y pico de pesos 

¡ecco il problema! Si todo se redujera, en cuanto a 
ciertas dificultades, a unos cuantos araños, pellizcos 
y mojicones de Tachi, la cosa hubiera sido obvia. Pe- 
ro teniendo que ser, como era, tan serio el envite, la 
res iba a sacar el bulto, seguramente resentida, como 
lo estaba ya, por alguna que otra puya ocasional, 
junto a las que aquél resultaba refilonazo atravesan- 
do. Y como había que quedar en suerte, la opera- 
cioncita debería cerrarse por cinco mil pesos, cuan- 
do menos, para poder disponer de algunos centavos 
para el futuro. 

Barbe brindó el toro. Es decir, en elegante y 
afectada posse, y adornándose como correspondía, 
al apersonarse con algún acaudalado que prestaba 
con hipoteca, estuvo elocuente y convencedor; la 
operación era de toda garantía; la casona respondía 
por aquello y mucho más, no obstante la primera 
hipoteca que tenía ya, de cuando se le había «echa 
do el copete,» etc., etc. 

Su brindis solicitud fué bien recibido; podría ha- 
cerse la operación, a cuatro o seis años; intereses 



LA RUINA DE LA CASONA 



429 



al 8%; pago en bimestres adelantados y, como in- 
dispensable la firma de Tachita, por supuesto, al 

ser ella la propietaria. La firma de Tachita 

[Cualquier cosa! ¡Como si se tratara de la firma con 
visto bueno de Wilson en un úkase de Huerta, o de 
éste en uno de los de Carranza! Y sin embargo, si 
se quería la «consolidación,» era necesario obtener 
la tal firmita. 

Por lo que Barbe, como todo buen lidiador, se 
propuso arreglar a la fiera hasta ponerla en suerte, 
trasteándola como correspondía; parándole los pies; 
buscándole la cuadratura; viendo para que lado acu- 
naba, etc., y hasta llegar al momento de citar, y 
dejar ir el estoque, o bien de aguantar recibiendo.... 
cualquier caricia de las que podía provocar el lance. 
Y para el intento, comenzó por hacerse de almíbar 
para su costilla, por aquellos días. 

—Tachi — acariciándole cariñosamente el lunarci- 
llo aquél por el que Tafolla la llamara «iguanodón 
con pelos» — Tachi linda; ¿no quisieras ir hoy en la 
noche a una tandita? Es estreno 

Desconfiada admiración de Tachita, que no estaba 
acostumbrada a arrumacos con obsequio; la fiera 
se fijaba en el trapo, o séase, tomaba el engaño. 

— ¿A una tandita dices? Bueno, iremos 

La fiera se iba tras el engaño. 

Y concluida la tanda, y aun duplicada para mayor 
efecto: 

— Táchi, ¿vamos tomando un chocolatito en «El 
Globo?» 

— No, hijo, no; ya eso es mucho gasto y no esta- 
mos para tales cosas. 

— Quien quita y encontremos allí a Huerta. . . . 

— Eso no me seduce. . . . no. . . . Vamonos para la 
casa. 



'>"; ■'• 



■'■'">-'. 



430 



K. MAQUEO CASTELLANOS 



—Bueno como Cjuieras, aunque bien visto, 

cuesta eso tan poco .... 

Salida en falso; la res se apartaba del trapo. 

—Mira Tachi, qué buen queso fresco de la Barca 
te traigo. ¡Exquisitol Y estos mameyes .... pare 
cen de carne No dirás que qo me acuerdo de 

vi ... . 

— Gracias, hijo, gracias .... 
La res volvía al engafto. 

— Si vieras 

— Qué cosa? 

— Que no sería malo estar prevenidos para cual- 
quiera emergencia. 

— Qué quieres decir con eso? 

— Que acaso sería bueno estar provisto de algunos 
fonditos. Ve a saber tú cómo se han de poner las 
cosas. ... ■ I ■ 

— No hay necesidad de eso ni pensarlo si- 
quiera! . I ■ 

La res se escupía al engaño, de nueva cuenta. 

— Pero es que. . . . hay algunas cositas que liqui- 
dar ... . Yo tengo ciertos compromisos que 

— Lio de siempre! Eres un despilfarrado! A que 
ya gastaste los veinte pesos que tomaste de la renta 

de las Menchaca? Con tanto cognac que bebes! 

Me vas a aruinar! Eso es inicuo! 

Pinchazo en hueso: la fiera se revolvía y buscaba 
el bulto. > 1 . ' 

— Mira Tachita que nansuk tan bonito te encon- 
tré: muy barato. Cuatro metros cinco pesos; para 
que te hagas una bata como la de Chita .... 

Mirada desconfiada de Tachita e interrogación 
con intención de toro puntal. 

— Sabes que te estás volviendo muy obsequioso? 
Y eso me da mala espina. . . . Tú quieres granjear- 
me para algo! 



L,A RUINA DE LA CASONA "481 

- No mujer no seas mal pensada! Lo hago por 

cariño y nada más .... 

La fiera huía y se desparramaba; era preciso au- 
mentar el «castigo.» / .; 

Y al que en efecto se lo aumentaban era a Barbe, 
tanto Perezlíndez como Moyano, que ya lo acosaban 
con el reconocimiento de firma ante el juez, por lo 
que hubo de resolverse a hacer el primer «cite» a su 
vez en firme, armándose de todo el valor correspon- 
diente y para saber si ya la res tomaba o no el hie- 
rro, tras la correspondiente cuadratura de pies. 

— Tachi linda no lo tomes a mal pero es 

que tenemos que hablar de un asunto, muy seria- 
mente. 

Tachi recelosa, consintió la cita. Y en ella Barbe, 
como pudo, le expuso lo apurado de su situación, 
aunque dejándose mucho en el coleto, para cuando 
llegara la horade hacer la «reunión» en definitiva: 
es decir, de enterrar el acero hasta los propios ga- 
vilanes. Grito de Tachi en el cielo: ¿cómo era posible 
que Barbedillo hubiera podido contraer tantos com- 
promisos? Y al saber si obedecían a las causas que 
le contaba o provenían de otras bien distintas? Va- 
ya usted a saber si aquella fidelidad jurada no esta- 
ba siendo quebrantada y el dinero de ella estaba sir- 
viendo para que él anduviera por ahí en perrerías! 

Escena violenta: la fiera se revuelve y acomete, y 
come los terrenos y persigue al bulto, y el lidiador, 
acosado, acude a quite tras quite con la franela de 
la lengua; telonazos, molinetes, al revuelo, y de pitón 
a pitón 

- Pues ni te lo imagines! Yo no pago nada de eso! 
No me dejó a mí mi primer marido lo que dejó, para 
que tú me lo dilapides! Ni en jamás de los jamases! 
No faltaba más! Primero el divorcio! 

Había que consentir y aguantar, para llegar al ci- 



432 E. MAQUEO CASTELLANOS 

te mortal. Y así fué como Barbe, tras tanteos infi 
nitos, para corregir los terrenos y ahormarle a Ja 
fiera la cabeza, que la tenía en las nubes, se arrancó 
por fin a herir, planteando la cuestión de la segun- 
da hipoteca. Qué elocuencia la suya! Qué manera 
de convencer! Si así pudiera hablar en la Cámara a 
la hora estar allá! Su firma estaba comprometida; 
y con su firma su honor, su destino, su futuro y to- 
do; ella no lo dejaría perecer; no por algo habían vi- 
vido tantos años juntos, sin disturbios, amándose 
como dos pichones: bien sabía ella que él era es- 
pejo de maridos leales, fieles y consecuentes 

Indignación de ella. Apapuchos continuados de él: 
iracundias de ella: mansedumbres infinitas de él: re- 
sistencias intransigentes de ella: ruegos empeder- 
nidos de él: a cada negativa, vuelta al ataque: y la 
res bravia, negándose a todo, hecha un tigre, hosca, 
tirando cada tarascada que temblaba el mundo! Por 
fin, la crisis: lloriqueos, reproches, etc. La res cua- 
draba; era necesario «tirarse> aprovechando. 

— No tengas cuidado, vida mía. . . . Yo te prometo 
que no volverá a suceder! Sí tienes razón! Si he si- 
do un imbécil! Si no tengo perdón . . . . ! Pero tú eres 
muy buena y me comprendes muy bien. Qué quie- 
res! Cosas de la política! todo se debe precisamente 
a mi afán de querer defender los «intereses crea- 
dos» .... Cosas de la época! Tiene uno que seguir la 
corriente .... 

— Pues si no hay otro remedio qué le vamos 

a hacer pero tenlo en cuenta, siquiera, para que 

no me «faltes* mañana o pasado con otra .... 

— En jamás de los jamases! Quién como tú, de ab- 
negada y de buena y de cariñosa? Ni por pienso el 
engañarte! .... Y yo te garantizo que podremos re- 
cuperarnos pronto de esto, porque tengo la seguri- 



LA RUINA DE LA CASONA 433 

dad de que de atrapar alguna de las cosas que tanto 
he pretendido 

- Ay! (suspiro entrecortado y faz de viuda incon- 
solable). Me voy a quedar en las cuatro esquinas 

- Pues qué, no estoy yo aquí para trabajar por tí, 
echando los pulmones si necesario es para ganarse 
la vida? 

- Sí Sí ya lo veo! 

-Confía tenemos «margen> para hacer la 

operación y quedar bien. La casa aguanta perfecta- 
mente esa nueva hipotequita. . . . 

-Bueno pues que haga la escritura el nota- 
rio 

Como ve el lector paciente, la res llegó a la cua- 
dratura, previa heroica citación, en la que mucho 
ayudó el capote de Perezlíndez que, precisamente 
aquel día, había dejado, por intermedio del notifíca- 
dor judicial, el primer citatorio para el reconoci- 
miento de firma. A la embestida de Tachi, se llamó 
al notario: hizo éste la minuta; se firmó; hizo en se- 
guida la escritura, y se firmó; la suerte estaba con- 
sumada con toda felicidad; si era bajonazo vil o es- 
tocada por todo lo alto, el tiempo lo diría! 

La pobre Tachi tuvo, como consecuencia, que to- 
mar su magnesia con ruibarbo por una quincena, y 
en ayunas: y el mismo Barbe, al ver lo que líquido 
le había quedado después de hechos todos los pagos, 
comenzó a ponerse triste e inquieto y meditabundo: 
su buen apetito se fué perdiendo; ciertos desarre- 
glos que parecían ser nerviosos, le producían vér- 
tigos frecuentes Qué era aquello? Acaso lo 

amedrementaba, finalmente, el porvenir? Acaso se 
iba dando cuenta de que los intereses se habían me- 
noscabado poco a poco desde que la política se había 
hecho algo que embargaba todos los ánimos en la 
patria de Moctzuma. 

• 28 






434 E. MAQUEO CASTELLANOS 

r 

Qué sería de esos intereses si la revolución triun- 
faba? Ahora habían sido las exigencias tontas las 
que habían engendrado la merma; mañana podrían 
ser las exigencias para escapar la prQpia vida; el 
porvenir para el capital, era aterrador; si se quería 
defender a fuerzo, de dádivas, malo; si quería apar- 
tarse de todo influjo político, peor. 

¿Cómo era que él, hombre práctico, político pre- 
visor, que sabía estar siempre alerta y tener segura 
la visual para navegar en aquel revuelto mar se sen- 
tía ahora desconcertado y temeroso? ¿Por qué no 
acababa de encontrar el rumbo? ¿Por quédejabay de- 
jaba hacer y que de ese modo se fueran los dineritos, 
abandonándose, conformándose con flotar, y sin ha- 
ber sabido desplegar otros medios de defensa que 
ilusiones? 

En ese estado de ánimo, fué «bisma» que no co- 
raje el que le pegó aquella estúpida de Pilo la porte- 
ra, cuando un día, atajándolo en mitad del patio, al 
salir él rumbo a la calle, le dijo con sin igual des- 
plante: I ■ 

— Usté perdonará sifior don Ustaquio pero yo 

quería disirle una cosa. , 

— Qué es ello? Qué se te ofrece? 

— Pos oiga usté disen que ya va a ganar la re- 
volución y que, cuando gane, pos los probes va- 
mos a recoger lo que nos pertenece usté mi in- 

tiende?.... lo que es de nosotros los probes inditos.... 

-Sí? Y qué? i . 

—Pos que yo pensaba a ver si no era mejor que 
de una güeña vez me juera usté entriegando los «pa- 
peles» de la casa 

— De cuál casa? 
-Pos de cuál ha de ser? De ésta 

— Imbécil! Vaya usted allá Quién te ha di- 
cho semejantes mentiras? 



LA RUINA DE LA CASONA 



435 



- Pos si lo train los «papeles» de don Venostia- 

no y los del sifior Zapata y como Pir- 

mín sabe leer, pos me los lee 

-Cuídate de que yo te los vea o de que te los vea 
la policía! Habrase visto india cuatezona más idiota! 

-Pos no se enoje su mercé. ..... yo nada más di- 

sia 

Pues sí que se enojó Barbedillo: ¿no estaban to- 
mando a lo serio aquellos infundios tantos que co- 
mo Filo pensaban? 

Pararon hasta allí sus desventuras? No tal, que 
cuando parecía que la perspectiva iba por fín a cam- 
biar para él, aún se empeñó el destino en burlarlo, 
como verá adelante el paciente lector. 



'■•¿■lí,-. 



CAPITULO V 



Oros son triunfos 



La larga serie dé revoluciones sufridas por Méxi- 
co desde que se hizo independiente, se ha caracte- 
terizado por una bella apariencia de quijotismo 
presto a deshacer agravios y enderezar entuertos, 
jugando alternativamente el papel de agraviados, 
ya el pueblo soberano, ya los políticos derrotados 
o los funcionarios caídos; pero ninguna ocasión más 
de aprovechar para levantar pendones y lanzarse 
al campo del combate en vengadora empresa, que 
la proporcionada por el cuartelazo de Victoriano 
Huerta y la aleve, absurda y subsecuente muerte de 
don Francisco I. Madero. 

Si Huerta no contaba con ningún prestigio políti- 
co hasta ese momento, porque sólo tenía anteceden- 
tes militares: si éstos mismos no le habían granjea- 
do popular auréola porque se la restaban, por un 
lado, sus personales idiosincracias y por otro el ce- 
lo que había despertado entre les militares de es- 
calafón; y si Madero, por un conjunto de circuns- 
tancias, obra de su inexperiencia y de su ciega 
confianza en su hado, estaba casi nulificado en la 
simpatía popular y abandonado de los mismos su- 



438 E. MAQUEO CASTELLANOS 

yos por no haber cumplido con sus evangelios re- 
volucionarios, Huerta, autor de una conjura militar, 
fuera ya del temperamento de la época, y autor, 
cómplice o encubridor del asesinato proditorio de 
los dos primeros ex-f uncionarios públicos, en una 
burda y canibalesca trama, resultaba tipo admira- 
ble para desenvainar contra él la espada caballe- 
resca de Alonso Quijano y castigar en él a un felón 
- ya que en la patria historia ninguno de los habi- 
dos era de su calibre — y Madero una admirable fi- 
gura para lábaro de vindictas. | 

Seguramente que hubo más de alguno que pen- 
sara en tremolar tal lábaro para ir a la «onquista 
de la herencia del poder; nadie dejó también, entre 
ellos, de tener sus dudas y vacilaciones; y el deci- 
dido fué el «varón fuerte, serio y robusto» — según 
lo apodara un poeta — don Venustiano Carranza; y 
no por obra de mayor y propia resolución, sino 
obligado por otros que lo empujaron a la aventura 
en la disyuntiva de «pronunciarse» o ser sacrifi- 
cado. I 

Don Venustiano, hijo de «ranchero» trabajador y 
honesto, fué seleccionado entre sus hermanos para 
ser el de carrera literaria; y así, terminados los ru- 
dimentarios estudios escolares, fué enviado a los 
Estados Unidos para que cursara allá estudios su- 
periores: no logró aprender ni el inglés. 

Retornado a la patria, fué enviado a México; y 
tras trabajoso bachillerato se inscribió en cátedras 
para carrera profesional; no pudo tampoco con 
ellas, y tornó a la heredad dispuesto a ser algo, ya 
que no había podido ser un profesional. Y fué po- 
lítico a poco, iniciándose como presidente munici- 
pal de su nativo villorrio: Cuatro Ciénegas. 

Ni en tal puesto ni en otro semejante en Monclo- 
va, dio a conocer interés por el mejoramiento de los 



LA RUINA DE LA CASONA 439 3 

proletarios: latifundista y cacique en el poblado, 
mataba sus ocios leyendo sin asimilar y gustando 
de la conjura política, que lo llevó a militar en las 
lilas de Garza Galán. Mal acabó esa primera aven- f 
tura para don Venustiano y algún consanguíneo ; 
suyo, que hubieron de sufrir rigores de política 
venganza, incomparables a los que él había de des- ; 
plegar más tarde. 

Cuando el general Bernardo Reyes se hizo cargo . 
del Gobierno de Nuevo León y controló el de Coa- 
huila, natal Estado de Carranza, éste se procuró su 
amistad y la del Gobernador Cárdenas, que, al igual 
de Reyes, fuera calificado más tarde de sátrapa, co- 
mo sus gobiernos de Vileyatos, por los libertadores 
capitaneados por Carranza; y tan bien la obtuvo, 
que, por la protección de Reyes y la buena volun- 
tad de Cárdenas, llegó de un salto a ocupar una cu- 
rul en el Senado de la República. ¡Dieciocho años 
sirvió en tal sitio a la «odiosa dictadura> del «tira- 
no> Porfirio Díaz, que le proporcionó así un ingre- 
so líquido de cincuenta y cuatro mil pesos, que re- 
sarció con dicterios a la hora en que ningún peligro 
se corría en verterlos! 

Con Reyes fué servil; con Cárdenas desleal. Con 
el primero, hasta vistió el traje de <reservista;> al 
segando intentó derrocarlo de la gubernatura del 
Estado. El astuto dictador de la nación quiso pre- 
cisar hasta dónde iría Carranza, y lo dejó aspirar; 
y cuando lo avaloró en su lealtad, nula, mató en él 
la posible candidatura. Cíirranza comenzó a odiar 
entonces al dictador. 

En tales circunstancias, y siendo «reyista» de 
cuerpo entero, lo sorprendió la revolución iniciada 
por Madero, al que llamaba «Panchito> como cote- 
rráneo, y criticaba como a inepto y «títere movido 
por la locura.> Reyes no tuvo el valor de insurrec- 



^í^ 



440 E. MAQUEO CASTELLANOS 

cionarse contra Díaz, porque en su lealtad para la 
Patria temía las consecuencias de la revolución. 
Madero tuvo el arrojo que faltó a Reyos. Carranza, 
«reyista» en noviembre de 1910, abandonó a su ído- 
lo; volteó espaldas a su grupo, y se hizo <maderista> 
cuando en marzo de 1911 la revolución ganaba te- 
rreno. 1 v^ 

Emigró a los Estados Unidos para conspirar des- 
de allí .... pero siguió cobrando las dietas de sena- 
dor porfirista. 

Cuando los revolucionarios maderistas ocuparon 
Ciudad Juárez, en mayo de 1911, don Francisco I. 
Madero nombró a Carranza Secretario de Guerra 
y Marina; pero sólo sirvió el cargo una semana, 
porque la energía de don Francisco Vázquez Gómez 
que salió siempre al paso de más de un desacierto 
de Madero y la misma rebeldía de los principales 
jefes de la revuelta, dieron al traste con el flamante 
Ministerio. I 

Entonces Carranza comenzó a odiar recóndita- 
mente a Madero, como lo había hecho con Díaz, y 
juró «impectore» venganza; juramento que debe ha- 
ber refrendado al no haberle acordado Madero car- 
tera ministerial alguna ni durante el Gobierno in- 
terino de de la Barra, ni al encargarse él de la 
Presidencia de la nación. 

Esto no fué obstáculo para que se apoyara en 
Madero y en la revolución triunfante para alcanzar 
el Gobierno de Coahuila, que había sido el sueño 
dorado de su insignificancia. Desde tal posición 
podría tramar mejor la consumación de sus desig- 
nios. 

El novel Gobierno nacional, confiado e inexperto, 
subvencionó explénd idamente el sostenimiento de 
algunos cuerpos militares al servicio de Carranza; 
entre ellos, el llamado «Carabineros de Coahuila,» 



■y? 



LA RUINA DE LJl CASONA 441 



mandado por Guajardo. Según versiones, los dine- 
ros de la nación, para tal cosa destinados, servían 
para enjugar deudas de otra índole; lo cierto fué 
que, receloso el Gobierno Federal de la actitud de 
Carranza, o desconfiado del destino que se daba a 
la subvención de $200,000.00 mensuales, acordó re- 
tirar ésta. 

Carranza vino entonces a México intentando que 
se le devolviera aquella subvención; fracasó en el 
intento, y desde ese instante no ocultó ya su aver- 
sión contra Madero, arguyendo que «era un in- 
capaz que había hecho desvirtuarse a la revolución;» 
contra los maderistas, a los que calificaba de tor- 
pes medradores con la cosa pública, y preconizando 
sotto voce, que precisaba una nueva revolución para 
poner las cosas en su lugar. 

En fines de febrero de 1913 debería haber esta- 
llado esa revolución; acaso no eran ajenos a ella 
ciertos elementos científicos que se agitaban en tor- 
no de Carranza y que no acababan de convencer el 
honrado patriota general Jerónimo Treviño; pero 
el golpe de armas del 9 de febrero llamado «de la 
Ciud adela, > se adelantó a los designios de Carran- 
za y dio al traste con ellos. 

Consumado el cuartelazo de Victoriano Huerta, 
con el asesinato de Madero, fué éste el que enarde- 
ció muchos ánimos. Carranza, vacilante en el par- 
tido que debería adoptar frente a circunstancias 
que no había previsto, fué compelido por el escaso 
grupo militar que lo rodeaba, para que definiera su 
actitud; y obligado, más que decidido, hubo de su- 
gerir a la Legislatura coahuilense un decreto des- 
conociendo al Gobierno huertista y que lanzar el 
«Plan de Guadalupe,» el más incoloro y anodino de 
toda la serie profusa de nuestros planes de intesti- 
nas revueltas -ya que se concretaba a desconocer 



442 E. MAQUEO CASTELLANOS 

como Gobierno al de Huerta, e incitaba a que otro 
tanto hicieran los poderes públicos y el ejército; pe- 
ro se abstenía de fijar lincamientos de futura con- 
ducta ni de trazar programa para la nueva revolu- 
ción que nacía, así, sin credo, orientaciones ni 
normas políticas. I - ' 

Mas, al propio tiempo que tal hacía, sostenía plá- 
ticas, por interpósitas personas, con el Ministro de 
Gobernación de Huerta, García Granados, y con en- 
viados de una comisión de Paz, no rehuyendo inte- 
ligencias a base de propósitos interesados. 

Impulsado por el propio Huerta, cuyo íntimo de- 
signio no era otro que el país se convulsionara para 
poder él prorrogar al arbitrio su usurpación, y en 
dado caso, mediante la reprodución de Bachimba, 
Reyano y Conejos, adquirir una preponderancia y 
un prestigio militar incontrastables, Carranza hubo 
de encabezar la nueva revolución. El impulso lo re- 
cibió en las negativas de Huerta para sus preten- 
siones. I 

Fué entonces cuando, como primera medida ha- 
cendaría de la revolución, se apoderó de cincuenta 
mil pesos del Banco Nacional en Saltillo y ordenó 
la emisión de dos millones de pesos en papel de cir- 
culación forzosa y obligatoria, manu-militari y con 
conminación de pena de muerte, para gastos de la 
revolución. 

Entendió bien, desde un principio, que «oros eran 
triunfos.» I • 

Secundado en su movimiento por otros caudillos 
revolucionarios, los autorizó para emitir ampliamen- 
te y cada uno por su cuenta el papel que fuera ne- 
cesario para los gastos de la revolución; y así fué 
como se multiplicaron las emisiones de los billetes 
verdes de Sonora; de los llamados «dos caritas» por 
contener las efigies de Mañero y don Abraham Gon- 



LA RUINA DE LA CASONA 443 

zález; de los llamados «sábanas> de Pancho Villa, 
por su descomunal tamaño y su color blanco, y de 
los «vales> de Emiliano Zapata en el Sur. 

La revolución de Madero en el Plan de San Luis, 
preconizaba «que se tomara el dinero para la revo- 
lución de donde lo hubiera;» pero no autorizaba ni 
aprovechaba el robo, el saqueo, ni el plagio; el régi- 
men huertista, en su lata corrupción, abusó del cré- 
dito de los bancos, pero fué respetuoso de la pro- 
piedad individual; don Venustiano Carranza no tuvo 
reparo en consentir y solapar, sobre las emisiones 
inmoderadas del papel moneda, la exacción, en to- 
das sus formas, por muchos de sus secuaces revo- 
lucionarios; para hacerla arrolladora, pensó que no 
cabía mejor plan que prescindir de la moralidad; o 
débil para hacer imperar ésta, maculó su causa con 
los innúmeros abusos de muchos de sus seides. 

«Oros eran triunfos.» 

Bajo tal «modus operandi» nada más lógico que 
el que las fílas carrancistas se acrescentaran día a 
día; por un corto porcentaje de luchadores honra- 
dos, había una inmensa cauda de medradores; por 
puñados de bravos que iban a la lucha con la idea 
de reivindicación y de aplastar al gobierno usurpa*^ 
dor, había legiones que portaban el fusil como gan- 
zúa y no como arma; Carranza dejaba hacer; la mo- 
ralidad no era cosa que lo afectara; quería triunfar 
y para ello hacía escalones lo mismo de los revolucio- 
narios honrados que de los positivos latro-facciosos; 
más tarde volvería las espaldas a los primeros para 
apoyarse mejor en los segundos. 

«Oros eran triunfos.» 

En su idiosincracia, en su mentalidad revoluciona- . 
ria, en su obsesión para llegar al fin, la pureza era 
lo de menos; mientras más libertad para «avanzar» 
tuvieran sus «muchachos,» más se nutrirían sus 






444 E. MAQUEO CASTELLANOS 

filas y más pronto se llegaría a ese fin. Para su con- 
secucióa nunca se le importó el respeto a la vida; 
pero menos todavía el respeto a la propiedad. 

El papel substituía a la moneda metal y substi- 
tuía a todo; los granos de la cosecha; la mercancía, 
el mineral, todo, todo era trocado por montafias de 
papel donde quiera que Carranza ensanchaba sus 
dominios. No importaba aniquilar la riqueza públi- 
ca; matar al crédito; crear la miseria; crucificar la 
propiedad .... Para triunfar, había que enriquecer. 
¿Que se asesinaba a la honradez y se prostituían 
las conciencias ciudadanas, y se erigía el delito en 
l6y« y se maleducaba a ciertas castas que ya en lo 
futuro no verían en el ejercicio del poder más de 
fuentes de botín, y se legaba a los futuros manda 
tarios cohorte insaciable de rapaces, que verían en 
la paz nacional a una enemiga? ¿Y qué? Para llegar | 
al solio, ese era el camino; y Carranza fué pródigo j 
en crear zapadores para que se lo abrieran ... 

Por el inñujo del cuartelazo de Huerta; por el im- 
pío asesinato de Madero; por el ultraje a la Consti- 
tución, se levantaron en armas revolucionarios pa- 
ladines; por obra de Carranza, por su lenidad para i 
con los malos; por su idea de llegar al fin sin cuidar ¡ 
de los medios, se levantaron medradores y se pro- {^ 
pagaron bandoleros. 

La justicia, la nobleza, la razón de la revolución 
constítucionalista, las amengua la condición del 
«Primer Jefe» cuya figura patriarcal tiene en oca- 
siones perfiles de viejo y barbado corso o de bedui- 
no, porque en vez de atar desata, azuza, pero no di- 
rige; rompe y desborda, pero no sostiene ni traba, 
y no le importa que la ola vengadora se pueda 
transformar en turbión funesto, ni que el incendio 
iracundo tenga espasmos de volcán destructor, con 
tal de que el turbión lo lleve en su cresta, y el vol- 



I 



i 



.; . ' , : ■;, • ;■ ...V 

LA RUINA DE LA CASONA 445 

can lo ostente en su yórtioe con la denominación de 

«Primer Jefe,> - 

Despechado por no alcanzar la gubernatura de , '^-l^ 

Coahuila, odia a Díaz que no lo «impone» Goberna- 
dor de tal Estado; pero cobra el sueldo de senador; 
cuando Madero agita al país, Carranza, que preten- j, 

día la «imposición» antidemocrática, ama la demo- 
cracia; despechado de Madero, que no le confía una > 
cartera ministerial, ya que ha sido maderista de * 

cuño utilitario, trama una revuelta contra Madero, 
la que fracasa, porque otra se le adelanta; y asesi- 
nado Madero, hace de su cadáver bandera de com- r' 
bate, para venir al fin a llorar «lágrimas de bronce» fr' 
sobre la tumba de aquél, según en ramplona frase ,/^ 
dijera un panegirista pagado. -v . 

Hombre de actitud y verba de esfinge asirla, sólo . / 

tiene en su revolución una compenetración lúcida: 
«Al triunfo por el oro.» Y un gesto heroico: cerrar •:•; 

los ojos a las consecuencias. s.. 

Si es preciso, emulando a Alcibiades, no reparará -p 

en buscar entre los persas, enemigos de Esparta, t 

ayuda contra Elsparta que no quiere a Alcibiades. 

No gusta de que la revolución se llame Legalidad, 
porque él quiere ser la «legalidad;» que ésta en- 
carne en él; que se concentre en él; que él sea el 
símbolo. Su legalidad debe ser «única» e inconfun- 
dible. Él debe ser el único que represente los dere- 
chos del pueblo, la Constitución, la nacionalidad y ' 
todo! . , 

Su fe púnica quiere la apariencia de la fe de 
Juárez ' > • 

Es redentor del pueblo y constitucionalista. Y a 
poco andar ametralla al pueblo y rompe la Consti- ^;- 

tución. " ;^/ 

Legalidad tanto quiere decir como todo por y pa- ;S 

ra la ley, con rigidez de rey sajón escribiendo en su 



446 E. MAQUEO CASTELLANOS 

escudo: «Fiat justicia dunt pereant mundos.» Ya 
poco andar, la mano que firmó el «Plan de Guada- 
lupe,» la mano de la «legalidad,» desgarra ese Plan 
y firma el úkase en el que se erige supremo dicta- 
dor; suprime el Código fundamental de los dere 
chos del mexicano; proclama el estado «pre-cons- 
titucional;» borra del catálogo de las leyes la de la 
garantía de la vida, y estruja la bandera que empu- 
ñara para guiar a los sinceros en la lucha por una 

nacional vindicta Mano que firma al igual las 

nóminas porñristas, que los manifiestos reyistas;* 
que las proclamas maderistas; que el despacho de 
divisionario para Francisco Villa; que el Decreto en 
que lo pone fuera de la ley por asesinoy traidor a 
la causa; que la carta autógrafa para el Presidente 
Wilson, en la que lo llama «mi grande y buen ami- 
go» y que la nota en la que lo befa .1 

¡Oh dioses penates! ¡Y pudo soportarlo el timón 
de la nave patria! ■ .■ | ., 

Mucio Scévola, errando el golpe al tratar de he- 
rir a Porsena, hace que su diestra se consuma a 
fuego lento .... 

La diestra de Carranza es de piel de salamandra; 
inatacable para el fuego. 

No la quema ni el pufiado de oro con el que com- 
pra la vida de Emiliano Zapata. 

Llegará a la meta. Y aun allí, pensando siempre 
que «oros son triunfos,» procurará tener compra- 
do a Judas, para que Judas no se venda a otros, 
sin pensar que de él se han apartado, que con él 
no pueden estar los que piensan que hay algo que 
no se vende al bilimbique, ni se cambia por mona 
da troquelada: la independencia del carácter; la vo 
1 untad parala acción! 

El Destino, entre tanto, había concluido de mol 
dear los rígidos patrones de una Justicia impensa 



LA RUINA DE L.A CASONA 



447 



da. La neblina de desencantos provocados; de injus- 
ticias cometidas; de felonías empleadas; de enojos 
atraídos; de rencores despertados, al flotar en torno, 
se irá condensando y condensando en nube tormen- 
tosa, de cuyo seno saldrán lo mismo voces de serena 

condenación que maldiciones crepitantes y el 

rayo, feto hasta entonces en su seno, estallará para 
aniquilar en la lúgubre noche de Tlaxcalantongo, 
allá, en el rincón de la sierra bravia, en la soledad y 
el abandono 

Decía Periclesen su lecho de muerte y a sus ami- 
gos que lloraban su cercano tránsito: — «Olvidáis lo 
único notable de mi vida, y es que jamás, por culpa 
mía, ha vestido luto un ciudadano.> 

Carranza agonizante, no podría haber dicho igual. 



•V.' 



» ♦ 



Las noticias del terreno que iba ganando la revuel- 
ta eran causa de más de un diario altercado en la 
casona. Los que bebían y se inspiraban en las fuen- 
tes de información de la prensa, sostenían que don 
Venustiano y los suyos fracasaban y fracasarían 
porque no eran más que «latrofacciosos» «robava 
cas,» etc., etc. 

— ¿PeronovePaulinitaque los periódicos no pue- 
den decir más que lo que Huerta quiere? Al perio- 
dista que diera noticias verdaderas se lo levantaría 
el «automóvil gris» y ojos que te vieron ir 

—No hay que darle muchas vueltas Estamos 

en vísperas de triunfo! concluía Chaneque. 

Tafolla, siempre con tendencias «reaccionarias,» 
se enfurruñaba porque, para que le llegara una car- 
ta de Indé con el consabido girito postal, se pasaban 
años y felices días, y pensaba con angustia qué sería 
de él el día — no muy remoto según iban las cosas— 



:^ 



448 E. MAQUEO CASTELLANOS /J 

en que «las comunicaciones quedaran cortadas.» ; 
Hasta el mismo Andrade se descorazonaba y entrisj 
tecía por las nuevas que de la revuelta le daba el : 
hermano Cura desde su parroquia en el poblacho de 

Zacatecas. «Aquello estaba que ardía los revo 

lucionarios no daban cuartel. > «Sobre todo, no deja- ] 

ban en su lugar nada que algo valiera Hasta era 

posible que él, el Cura tuviera que emigrar abando- 
nando su rebaño de almas.» Quico sentíase contris- 
tado ante aquello. Pues qué, ¿no era posible que las 
buenas causas, las causas libertarias, dejaran de 
arrastrar aquel lastre de podredumbre y delito que \ 
las restaban prestigio? I • •^. 

Barbedillo mismo, comenzaba a desorientarse. 
Paladín de los «intereses creados,» no sabía hacia 
qué lado habría que «flexibilizarse:» si hacia Huerta, 
en quien aún no perdía la fe, o si hacia Carranza en 
quien tal vez se debería poner la esperanza: con quien 
«cohonestar;» si con el usurpador, todavía fuerte, o 
con el «Primer Jefe» que podría estarlo más de un 
día para otro? Turulato, cabizbajo, preocupado, no 
sabía cómo se debería defender al capital; veía en 

todas partes amenazas y peligros.... Sospechaba 

Por eso que no dejara de echar sus visuales de reo-: 
jo, al pasar frente a la vivienda de Rémington; agu- 
zar el oído y ensanchar las ventanas de la nariz, como 
el que quiere ver, oir y olfatear por todos los poros. 
Sólo lograba lo último, pareciéndole que toda aque- 
lla utilería del enigmático personaje tenía un tufillo 
¿a qué? a c reclina, a benzina, tal vez a gasolina 

— Han de ser cosas para desmanchar — se pensa- 
ba. — De seguro que este amigo, que parece un «pri- 
mo,» está probando algún invento para quitar man-i 
chas. I " •■ -í'v 

Entre él y su inquilino mediaba poca amistad. Ré-i 
mington no se prestaba mucho, por su carácter, a 



'la ruina de la casona 449 

intimar con nadie, no siendo amigo de cucamonas ni .fe' 

cortesías, por lo que Barbe tenía que llevarla con él %í 

con mesura, discretamente, y guardando las dis- W- 

tancias. Hasta parecía sentir cierto temor misterio- i*^- 

so e inexplicable por aquel hombre. :^; v 

Fué Rémington quien, de brusco modo y sin pre- >^. 

vención anterior, le partió con aquello de la peregri- !*#'• 

na pretensión y en la forma siguiente: :'W^ 

— Dispénseme una palabra, seflor Barbedillo— dí- 

jole un día en que aquel pasaba por el patio rumbo I-: 

a la calle. - - n -^r 

— Con mucho gusto, señor Rémington (era un in- 'fp 

quilino de lo más exacto en el pago de la reata) ¿qué '.<\\ 

se le ofrece? ¿lí^ 

— Una cosa que va en serio. ^^-^ It. 

— Será acaso que Filomena la portera no ha barri- ■ ' 

do hoy bien el patio? O ha faltado a usted agua en ; % 

la pileta? * - ' ^ rf' 

—No. No es nada de eso. Lo que le voy a propo- ¿ '= 

ner le va a parecer algo extraño. .''^i 

— Pues de qué se trata? 'ft, 

— De que me venda usted la casa ésta. . 

— Cómo? Qué dice usted? Venderle esta casa? ,;' 

— Sí señor. 

— Pues no puede ser. No tengo la idea de ello. Y si 

alguien le ha informado que trato de venderla, está .$^^ 

equivocado. vfi^ 

—Nadie me ha informado. He sido y soy yo el que '- 
tengo la intención de comprar la casa. 

— Y comprarla para usted? ^ 

—Naturalmente: para mí. - ^^V 

-Es que |J 

— Se supone usted que yo no tengo el dinero has- %*,; 

tante para llevar a cabo la operación, ¿no es eso? :j¿ 

— Francamente Aunque usted es hombre muy ; ;^^ 

trabajador, por lo que se ve, no ostenta recursos pa- 






450 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



-í 



ra tanto, y no concibo que sus «industrias» le hayan 
producido lo bastante para tal compra. 

— ^Tenía el dinero desde antes : ahora que he vivido 
en la casa, sé qué puede valer y por eso ahora haga 
la proposición. 

— Que encuentro peregrina .... 

— ^Todo es cuestión de precio. Por eso que tal vez 
encuentre más peregrino el saber que quiero que 
usted me la venda barata: ¿está usted? Lo más ba- 
rata i)osible. 

— Pues ya está dicho que no haremos negocio. En 
primer lugar, yo no la vendo; y en segundo, en dado 
caso de venderla, sería bien vendida. 

— Lo siento. Repito que yo quiero la casa; pero 
barata; muy barata. Me gusta y abrigo la preten- 
sión de quedarme con ella. I . 

— Esa es inofensiva y puede usted seguirla abri- 
gando; no me perjudica con ella! 

— Muy bien. Ya más tarde hemos de volver a ha- 
blar de este negocio. ' , 

— Será perder el tiempo. 

— No lo creo yo así. Tal vez más tarde, y por cir- 
cunstancias que nadie puede prever, se resuelva 
usted a darla barata; casi regalada .... 

— No me explico qué quiere usted darme a enten- 
der con eso. Qué circunstancias pueden ser esas? 

— Psché! Muchas .... vaya usted a saber! Pueden 
suceder tantas cosas! | 

Barbe no dejó de sentirse inquieto con aquello. 
Conocía Rémington sus deudas? Estaba al tanto de 
las hipotecas? Sabía sus apuros y sus despiltarros? 

— Pues sí. ... pudiera ser. .. . 

— Por eso digo que esperavé 

Y el caviloso personaje dio la media vuelta y se 
metió a su vivienda, mientras Barbe, turulato, con- 
tinuaba su interrumpido camino. 



* 
« « 



Atardecer monótono y silencioso de campo, en el 
que los últimos fuegos del sol hacen cambiantes de 
sucio ópalo en la bruma del horizonte levantada en 
día canicular. ' ^ : 

Perdidas ráfagas de viento levantan aquí y allá, 
en la escueta llanura desprovista de mieses y ape- 
nas punteada de árboles que trabajosamente están 
reverdeciendo después del invierno, polvaredas, 
«remolinos» que, girando rápidamente, se yerguen 
hacia la altura; avanzan en oblicua, retorcida colum- 
na, y se deshacen aplanándose de pronto sobre el 
suelo. 

En la lejanía, el enano caserío del «agostadero» o 
«estancia» de ganado, que alza pesadamente sus 
perfiles, con sus ocres paredes de adobe requema- 
do por el sol y carcomido por las lluvias, y sus teja- 
dos aplastados, de tejas leprosas, y sus ventanas 
cuadradas abiertas en la mitad de los muros y pro- 
tegidas por gruesas verjas de madera o hierro. 

El ancho portalón de entrada cerrado: los canes 
trasijados correteando en juego para distraer el 






LA RUINA DE LA CASONA 451 

Comprarle Rémington la casa? Vaya una idea pe- 
regrina! No se la vendería! Ni aunque estuviera en 
la peor chilla! Y para qué quería aquel hombre la 
casona? Qué intentaba hacer con ella? jp 

Bah! De seguro que todo aquello no era más que j*J 

una «tanteada» para sacarle si tenía o no compromi- ^^? 

sos : a poco Rémington no era más que un testaferro i 

de Moyano, supongamos, o de alguno de sus exacree- J i? 

dores Y el aplomo con el que lo emplazaba para - ■ ^ 

más tarde! Pues no ofrecía esperar todo el tiempo 
que fuera posible para comprarla? Y eso sí, para 
comprarla barata, muy barata casi regalada! 









:*'■•■•■ 









452 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



hambre; un cerdo de recia pelambre hozando en fé- 
tido charco, y vacíos los corrales adyacentes, por- 
que aun no retorna del campo el ganado que ha sa- 
lido a «pastear.» 

Por el recto camino polvoriento, un «caporal,» ji- 
nete en zaino trotador, aparece arreando a una re- 
cua de potrancas de «año arriba,» entre las que 
relinchan, con paternal orgullo, tres o cuatro «en- 
teros,» padres de la crinada prole. Las yeguas ba- 
rrigonas obedecen con desgano a la premura con 
la que el caporal quiere hacer avanzar a la recua 
hacia los corrales, como medroso deque la noche lo 
sorprenda antes de hacerlo. 

A los silbidos prolongados y agudos del jayán, al 
ruido del galopar del ganado y al aviso que da el 
polvo por la recua levantado, se entreabre el porta- 
lón y asoma a él un ventrudo labriego que calza 
pantalón cachiruleado; que deja asomar la poco lim- 
pia camisa por entre el desabrochado chaleco, y 
que, con el ancho sombrero echado hacia atrás, ojea 
a la recua que se acerca veloz. 

— Es Lino (Marcelino) dícele a un peoncillo que 
con él ha salido y a su lado está. Anda y alevanta 
las trancas del corral pa que entre la yeguada. 

Obedece el peoncillo, y el ganado, que ha recono- 
cido la «querencia» del corral, salta alborozado las 
últimas trancas que ya no hubo tiempo de quitar, 
para ir a holgar sobre la seca majada que le servirá 
de mullido lecho. < I - 

Desmonta Lino de su penco; viene azorado; y así 
es cómo, sin dar siquiera las buenas tardes al pa- 
trón, ni informarle, como es uso, de las novedades 
del día en la yeguada, le dice: 

— Mal incuentro tuve mala se nos prepara, 

don Práxedes 

— Fo8 quiubo? 



LA RUINA DE LA CASONA 453 

* 

-Por ai me topé con unos de una partida, que 
venían de avanzada 

- Han de ser los de Calixto. No Hace que vengan. 

Son amigos La semana pasada, nada más, le 

mandé los doscientos pesos que me saca pa «darme 
garantías.» 

-No son los de Calixto, patrón: son otros que 
vienen de por rumbo de la Laguna, según me dije- 
ron 

- Mal rayol Y no averiguaste de quién 

eran? 

- Pos no quise entretenerme pa arriar el ganado 
y encerrarlo temprano. Ya sabe su mercé que les 
gustan mucho los «enteros.» 

- Mal rayo! Seguro que se nos descuelgan 

por aquí! Maldita revolución! (un silbido de con- 
traseña, y el peoncillo, que nunca se separa del 
amo, ocurre atento a su llamado). 

- No ha llegado entodavia Carnación con la va- 
cada?. 

-No siñor 

- Mal rayo! Coje un penco y métele recio, y anda 
alcánzalo y dile que se quede con los animales en el 
monte, que si llegan estos arrastraos y los incuen- 
tran en el corral, me «avanzan» (roban) veinte va- 
cas de seguro! 

Hízolo así el peoncillo; y tan diligente debe haber 
estado, que la vacada no llegó por aquella noche a 
los corrales . 

Pero sí llegaron a la casa de la «estancia» los de 
por la Laguna. Sobre unos sesenta hombres a ca- 
ballo, regularmente armados y al mando del coro- 
nel (?) Medardo (el apellido era desconocido) uno de 
tantos de la carranclana empolladura. Desmontó el 
susodicho; desmontaron sus hombres; se apodera- 
^ ron como de cosa propia de corrales y de casa; to- 



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454 



E. MAQUEO CASTELLANOS 






marón maíz y zacate para las bestias; enfrentóse el 
coronel (?) con don Práxedes, y sin tapujos fuésele 
al bulto: 

— Pos oiga, viejo barrigón sé que por aquí 

han andado los «pelones> y que usté los ha ayuda- 
do, dándoles alojamiento y pasturas, y comida y di- 
nero I 

—Hace mucho que no pasan por aquí. 

— Pos cuando pasaron la última vez 

— Y qué quierefque jaera/' Cómo me voy a oponer? 
También vienen ustedes y se apean y cojen lo que 

quieren, y hay que dárselos a la. juerza Ellos 

son como ustedes; dicen que vienen «a dar garan- 
tías » 

-Pos por haberlos ayudado, estando prohibido, 
ora mesmo lo cuelgo. I 

— Pa luego es tarde .... yo no me achico! Me está 
amenazando y no sabe que yo, por ayudar a la cau- 
sa, sí les doy con voluntad a los de Calixto 

— Con que les da, eh? Pos sepa que también esos 
son enemigos . . . . ! Son villistas! 

— Adiós, naranjo! Pos quen los acaba de enten- 
der? Ora están juntos, ora no! Yo creiba que eran 
de los de ustedes 

-Ahí tiene nomás; de modo que usté protege a 
los «pelones» y a los de Villa? Pos le toca la ley 
Juárez del primer jefe ...... i 

— Jaigún y conforme vamos a ver qué quere. 

Media hora de conciliábulo: otra de regateo, y al 

final de cuentas don Práxedes tuvo que aflojar me- 
dia talega de pesos fuertes; una «vaquillona» para 
que cenaran los «muchachos» del coronel Medardo 
y regalar a éste, porque le había gustado mucho, 
el mejor de sus «garañones,» con duelo intenso de 
Lino. 

— Y además me llevo esos dos potrillos .... 






LA RUINA DE LA CASONA 465 

-Hombre no se cargue! - ■ 

- Se necesita «remonta para la causa> 

-Mal rayo! 

-Y si quiere que vengamos a correrle a esos de 

Calixto o a los Juanes, «nada más me manda un re- 
cado.» Yo ando en rodeo siempre por aquí cerca, 
para «dar garantías > 

«iBuenas están las garantías!» se quedó pensan- 
do don Práxedes cuando vio perderse a lo lejos, en- 
tre la polvareda a los jinetes aquellos, tomando rum- 
bo para ir seguramente adarlas en otra «estancia.» 

No pasó una semana sin que el asendereado ran- s 

chero recibiera la visita de Calixto que, al saber que 
los de Carranza habían estado en el «agostadero,» 
pero también que se habían ido, cayó como rayo en 
busca de ellos, y más, en la de don Práxedes. 

-Oiga, amigo a mí no me hace traiciones! 

Ya sé que recibió a esos del tal Medardo, y que les 
hizo su «tatema» y les dio dinero y les regaló unos 

caballos y los tuvo aquí quién sabe cuántos días 

Así es que ora se las arregla con migo pa que no an- 
de protegiendo al enemigo! 

- Mal rayo! vienen ellos y le echan a uno la 

«viga» porque estuvieron aquí los federales y le 
quitaron algo. Vienes tú y haces lo mesmo! Y vienen 

los federales y repiten. Mal rayo! ansí onde 

vamos a parar? Ya me carga el diablo! Quédense 
mejor con el rancho, que siquiera les costará tra- 
bajo cuidarlo! Mal rayo! 

- Eso ya lo veremos a su tiempo. Por ora, si no 
quiere perder la zalea, se me cae con mil fierros y 
unas vacas que necesito pa mandar pa el Norte a 
cambio de parque 

Y no hubo remedio! Don Práxedes tuvo que agen- 
ciarse los mil pesos aquellos, usando hasta de su , 
crédito con otros rancheros vecinos, y que consen- 



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tir, reí unfutLando, que se fueran sus mejores «reje- 
gas» en el avance! 

- Y no se deje! no se me ande aflojando de 

corvas, porque en otra que consienta a esos por 

aquí, vengo y lo fusilo En lugar de recibirlos y 

«brindarles» (regalarlos) mándeme nada más un 
aviso y les caigo; y si son los carranclanes, los cuel- 
go de los mezquites. Y si son los federales, se 

mueren con mi ametralladora Ya sabe que yo 

ando por aquí pa «dar garantías.» 

— Mal rayo! 

Y llegaron los federales. Y más ejecutivos que 
Calixto y Medardo, al saber, por algún oficioso, 
que allí comían, dormían y sacaban dinero y gana- 
do los de ambos bandos, formaron cuadro a don 
Práxedes, que hubiera terminado allí sus tristes 
días, a no haber llegado en punto una orden del 
Cuartel General, previniendo al oficial expediciona- 
rio que remitiera al presunto «reo» bajo segura 
custodia, para «el esclarecimiento de los hechos» y 
a fin de hacer «un serio ejemplar» en su caso. 

Pie a tierra y entre centinelas caminó don Práxe- 
des, echando los hígados, sus veinte leguas. Y por 
si habían sido galgos o podencos, se sopló un mes 
en la cárcel, salvando la vida mediante las desespe. 
radas gestiones de un abogado, al que tuvo que gra- 
tificar con la esplendidez que el caso requería. Com- 
probada su inocencia, el jefe de la Zona lo llamó a 
su presencia, le echó una filípica por no oponerse 
a aquellas visitas de los «latro-facciosos» y, como 
el asendereado estanciero le manifestara que él no 
tenía elementos para impedir aquéllas que su for- 
tuna le mermaban, el militar le dijo: 

-Pues allá le mando un destacamento para que 
le «dé garantías.» ! 

Y el afligido don Práxedes le objetó: 



M 



: , LA RUINA DE LA CASONA 457 

- Por el amor de Dios que no, sifior ! 

- Cómo? No quiere que lo defiendan? 

- Mejor no que de ai, a la mejor se van por- r 

que los mandan llamar, y en llegando los otros, en- 
tonces sí que me hacen cisco, como le pasó a Edo- 
viges (Eduwigis) mi primo 

Regresó don Práxedes a su rancho. ¿Para qué? 
Para encontrarse que en su ausencia, lo mismo los >ií 

de Medardo que los de Calixto habían entrado, y & 

dizque por cuanto el tal don Práxedes se había ido . #^ 

a «llamar» (quejar) con el jefe de ía Zona, le dejaron ; : 
el rancho o estancia más limpio que una patena, j:;/ 

pues a tanto llegó el <avance,» que por no dejarle ■ ^=J 

nada, se habían llevado hasta la vieja «molendera,» 
que, a la vez de tal, era la barragana del patrón. Ni ' <¿* 

un becerro «mamón» ni un mal caballo, ni nada, •/>, 

habían dejado aquellos hombres! 

Encendióse en ira el labriego; echó más pestes 
que las que de ordinario acostumbraba; Uenáronse- 
le los ojos de lágrimas cuajadas por el coraje, al ver- 
se arruinado, privado de lo que había sido el pan de 
su vida, el producto de luengos años de fatiga, y 
ensimismado ante tanta desgracia, cayó sentado en 
la tosca piedra que servía de retén al portalón, 
con la cabeza entre las manos. 

- Mal rayo! Mal rayo! Yo tengo la cul- 
pa. .. . yo! A puro darme «garantías» me han 

dejado en cueros! Ni una vaca, ni una peseta, ni mi 
vieja, ni nada! ¿qué me queda? Nada! Mal rayo! 

Testigos de su desesperación eran Lino, Carna- 
ción y el peoncillo, que fieles como perros, no lo ha- 
bían abandonado, por más que ahora estuvieran 
con los bnazos cruzados al no tener quehacer al- 
guno. V N 

Súbita idea sacudió el tardo cerebro de don 
Práxedes, sacándolo del ensimismamiento en que 






458 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



la contemplación de su ruina lo había sumido. Ha- 
bló a Lino y lo instruyó para que fuera a llamar a 
Nicanor y a Tacho y a Matías y a Remigio y a otros 
antiguos vaqueros. Y otro tanto hizo con Carna- 
ción. Una vez que aquéllos hubieron partido para 
tales comisiones, él, ayudado del peoncito, se deci- 
dió a cavar afanosamente en el rincón de un cuar- 
tucho de la «estancia» y de allí exhumó hasta cuatro 
rifles, seis cananas repletas de tiros, y otros tantos 
machetes. 

A los tres días de aquello, don Práxedes, al fren- 
te de veinte hombres, jinetes en caballos que ha- 
bía recogido al paso de su mesnada por la desola- 
da campifia, llevando a la zaga a Carnación y Liao 
como a oficiales de su Estado Mayor (?) y al peonci- 
11o como clarín de órdenes, provisto al efecto con 
vieja y abollada trompeta de caballería, se «top6> 
por una vereda, a diez leguas de su «estancia,» con 
un compadre llamado Licho, que le vio, azorado, en 
aquellas trazas. 

— Pos qué es eso? Onde va, compadre Práxedes? 

— Onde? A dar garantias^ carancho! Como a mí 
me las han dao! Mal rayo! A dárselas o todo aquel 
que se deje! Igualito que a mí me las dieron! Mal 
rayo! 

— Pero es que ya se volvió usté carrancista o vi- 
llista o qué? 1 ' 

— Pos yo no sé, compadre! Pero la plata que 

a mí me quitaron yo la rescato! Donde la haya! 

Voy «a dar garantías» y a hacer pesos! Oros son 
triunfos, compadre! 



■■.»^_ 



CAPITULO VI 
Películas sencionales 

Andrade no estudiaba ya. 

No porque hubiera abandonado los libros deser- 
tando de la carrera; ahora más que nunca, tenía ilu- 
sión, furor por ser abogado y pronto; como se pu- 
diera, sin pretender ser ya un Veleyano o un 
Gregorio López, pues se conformaba con ser un mo- 
desto profesional. 

No estudiaba porque, por más que abría los li- 
bros y se proponía entregarse con todo el espíritu 
a ellos, artículos del Código, citas de comentadores 
y doctrinas de maestros, se le hacían imposible ma- 
deja en el cerebro, caldeado por otras ideas antagó- 
nicas de la calma que requiere el estudio. 

Andrade había perdido la brújula. Hasta había 
enflaquecido y estaba ojeroso, trasijado, como si 
frecuentara la parranda, cuando, en obsequio de la 
verdad y por lo que hace a este capítulo, seguía 
siendo el estudiante ejemplar. 

Ya no se cuidaba aquella ensortijada cabellera, 
deleite de Chayo, que gustaba de hundir en ella 
sus rosados deditos para deshacer los naturales ri- 
zos: ya no se preocupaba porque el chino le entre- 



■4. i, ' 



■;.*'?;. 






460 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



gara albeantes las camisas, ni por atuzarse el rubio 
bigote, Y sus ojos, rodeados por morado círculo, 
parecían más ojos de tuberculoso que los de la mis- 
ma «Corcheíta» que, todo lo que él perdía en liumor 
y salud, parecía ganarlo ella. 

¿Qué le pasaba pues, al buen Quico? 

¡Le pasaba tanto! 

En primer lugar, el buen hermano, el curita ejem- 
plar de poblacho, que lo subvencionaba en sus estu- 
dios, había tenido que ir a reconcentrarse en Zaca- 
tecas, abandonando su amada parroquia, porque la 
«quema* había llegado hasta aquélla, de la que se 
habían apoderado los carrancistas, haciendo diablu- 
ra y media, si de tales podían apodarse los incali- 
ficables atropellos cometidos a la vanagloria del 
principio aquél de que «la revolución es la revo- 
lución.» M '= 

El pobre sacerdote, para salvar la pelleja, había 
tenido que salir de estampida, llevándose a la ancia- 
na madre acosada por los años y por las dolamas 
propias de los viejos, y había recalado en Zacatecas, 
donde ahora estaba; con lo que, naturalmente, sus 
ingresos se habían reducido de tal modo que, muy 
a su pesar, había tenido que escribir al hermanito 
estudiante, para el que hacía de padre, recomen- 
dándole toda economía; pero instándole para que de 
ningún modo fuera a abandonar la carrera, en la 
que tan avanzado iba, pues sería una positiva des- 
gracia perder todo lo aprendido y todo lo invertido. 
El vería allá, en Zacatecas, cómo se las «pendolea- 
ba» para que la pensioncita no faltara; pero nada 
más que la pensión. 

Y Andrade, figurándose bien las penurias y pri- 
vaciones que tendrían que pasar la anciana madre y 
el cura en exilio para mandarle lo de la pensión, 
cavilaba, haciéndosele cargo de conciencia el admi- 



LA RUINA DE LA CASONA : " . 461 

tirla, cuando ól bien se podría ganar la vida en cual- 
quier cosa: escribiendo; dando clases; llevando las 
cuentas de cualquier tendajón, para no ser gravoso 

a los suyos; pero ¿se podían truncar así como 

así, sus acariciadas ilusiones de llegar a ser pronto 
un profesional, y de ir muy alto, muy alto en la ca- 
rrera hasta alcanzar el ser, con el tiempo, todo un 
jurisconsulto que ganara con mucho dinero más ho- 
nores? 

Por otra parte, prescindir de la carrera tanto de- 
cía como tener que prescindir de Chayo; la con- 
dición, cuando se habían consagrado el uno para 
el otro, había sido esa. Que él estudiaría mucho, 
mucho, para ser pronto abogado; y que ella lo 
esperaría el tiempo necesario. Y aunque ahora las 
cosas habían cambiado bastante y él sentía que 
aquella adorada Chayito ya no era la de antes, 
él no podía remediarlo y la seguía queriendo con 
toda el alma. Como que cada día estaba ella más 
linda; radiante de hermosura; hecha ya toda una 
mujer; exuberante, pictórica de belleza y capaz 
de enloquecer con sus atractivos a cualquier hom- 
bre. 

Cuando él se ponía a recapacitar sobre aquellos 
amores, sentía que, mientras en él el incendio to- 
maba creces siempre, en ella el fuego del amor 
languidecía. ¡Ya no era la de antes! Había algo que 
la había cambiado, robándole a él su amor; aquel 
primer amor de su vida; el único, mejor dicho, que 
es el que deja de la mujer amada y para siempre en 
el hombre, la imagen en la retina; el eco de la voz 
en los oídos; el calor de las caricias en las manos y 
el sabor del beso en los labios! 

¡Ella se alejaba de él, y él, en cambio, no podía 
arrancársela del corazón! ¡Ante los frecuentes des- 
víos de ella, él, en vez de sentirse menos fervoroso, 



, /■ .V 



462 * E. MAQUEO CASTELLANOS 

sentíase más atraído! ¡Era ella la que quería salir 
sele del alma, en la que él trataba vanamente de re- 
tenerla! ¿Por qué, por qué hacía tal? 

¿Era acaso que amaba a otro hombre? No, que él 
lo supiera. Flirteos, coqueterías propias de mujer 
hermosa, con Tenorio, aquel «bausán» odioso que 
tan poco la merecía, o con Rovirosa, o con algún in- 
flado «lagartijo» de esos que tanto abundan en nues- 
tras avenidas principales; pero nada en serio. ¿Qué 
era, pues, lo que la alejaba de él? ¿Que fuera él un 
pobre estudiante? Sí, por ahora; pero bien sabía 
ella que en él había capacidades y vuelos para po- 
der llegar a ser algo; tal vez mucho .... Bien es cier- 
to que para eso se requería tiempo, y que ella esta- 
ba impaciente por disfrutar de los mejores años de 
la vida en pleno apogeo. I 

Cuando así discurría Quico, hallando a la Chayo 
voluble, tornadiza, casi insincera, se preguntaba si 
no sería mejor concluir de una buena vez. 

¿Podría hacer una buena esposa mujer de seme- 
jantes condiciones? ¿No resultaría una especie de 
Chita Garaicochea? ¿Era aquella mujer la que con- 
venía a su carácter y a su modo de pensar? Acaso 
no. Luego entonces, lo juicioso era reemplazarla 
por otra, matando aquel amor insano. 

¿Reemplazarla? ¿Imposible! ¿Quién como aquella 
virgen morena, llena de gracias, seductora, incitan- 
te, suefio de voluptuosidad, locura de amor, vértigo 
de infinito placer? ¡Nadie, nadie como ella! Y en 
esos momentos, él se sentía poseído de la codicia 
indomeñable de hacerla suya, suya, aunque por ella 
se perdiera; aunque le costara la carrera, la honra, 
la vida, todo! ¿Qué era lo que ella quería? ¿Dinero, 
riquezas, grandezas, opulencias, boato y rango? 
¡Pues los tendría! ¡Aunque para obtenerlos fuera 



LA RUINA DE LA CASONA 463 

necesario irse a la revolución y matar y asesinar y 
robar; y convertirse en un malvado! 

Se decidiría; haría lo que Tenorio. 

Mas cuando ya no se sentía irresoluto, aparecía- 
sele, como algo salvador, la imagen de aquella vie- 
jecita de cabellos blancos que a él y al hermano sa- 
cerdote les había predicado siempre la horadez y el 
amor al prójimo. Y la del propio hermano que, 
evangélicamente, se consumía en su poblacho parro- 
quial, en tarea de caridad que se extendía hasta él, 
y que, a cambio de los sacrificios por él hechos, le 
pedía sólo que se ganara la vida en legítima lucha, 
sin agraviar jamás el nombre que llevaba, con un 
mal acto. 

Hasta entonces él había podido cumplir. ¿Iba 
ahora a romper con toda esa tradición por aquella 
mujer? 

Porque, por lo demás y bien visto, en nada había 
ofendido la memoria del padre muerto, ni había fal- 
tado a los consejos y prédicas de la santa madre y 
del buen hermano. Sus «cosas» aquellas, su mane- 
ra de pensar, el ser un liberal de cepa* amigo de la 
democracia y de las libertades, no podían ofender- 
les en nada; ni siquiera sus mismas ya exterioriza- 
das o ya solapadas actuaciones en los movimientos 
que habían sacudido a la nación y con los que había 
simpatizado y simpatizaba porque quería la eman- 
cipación popular; la posible igualdad social; el im- 
perio de la ley; la substitución de los gobiernos 
personalistas por gobiernos emanados de la volun- 
tad del pueblo y con base en principios. 

Así había sido cómo, en los tiempos de Madero, 
había militado como entusiasta simpatizador, po- 
niendo cuanto había podido de su parte para secun- 
dar al «apóstol,» crédulo de que su triunfo signifi- 
caba el de la democracia en México. 






m. 






■ X - 



3.. 



464 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



"(<> 






Si el fracaso y el desengaño habían sobrevenido, 
por culpa de la incapacidad de Madero, no lo había 
sido por la suya, como tampoco por la de tantos 
otros que habían procedido de buena fe y llenos de 
patriótico celo. <! ■•* 

A la muerte de Madero no había podido estar con 
Huerta, porque, en su criterio, siempre honrado y 
quijotesco, Huerta era un usurpador. Lo veía con el 
pecado original de un poder alcanzado por un golpe 
de fuerza; mediante un «albazo» indigno; y macula- 
do, más tarde, por aquella su personal idiosincracia 
que lo hacía odioso para quienes querían todo pres- 
tigio en los hombres al frente de los mandos. 

No se sentía tampoco atraído por Félix Díaz por- 
que si era bueno como parecía serlo; si estaba bien 
inspirado; si era un honrado a carta cabal, no podía 
negarse que había tratadode ir al Poder por caminos 
extraviados y de violencia; y además, había tenido 
tangibles debilidades y desaciertos rodeándose de 
elementos no bien quistos por la opinión. La heren- 
cia del apellido lo perjudicaba, por otra parte, por 
más que él no hubiera tratado de seguir nunca la po- 
líticadel «tío,>y aun cuandoAndrade convenía siem- 
pre en que el «tío» lo único malo que había tenido era 
el haberse retardado en cuanto a los francos movi- 
mientos de evolución que la época imponía; el haber 
permanecido en el poder más de los afios soporta- 
bles, y el haberse dejado dominar, en las últimas 
horas, por hombres que, justa o injustamente, se 
habían granjeado la enemiga del pueblo, dizque por 
explotadores de la riqueza pública. 

Por eso, pues, que sus simpatías hubieran de con- 
vergir aCarranzay que se sintiera revolucionario con 
la nueva revolución. En un principio, había estima- 
do a ésta bien intencionada y puros a sus hombres; 
y aunque había presumido que, como en toda revo- 



. "" L.A RUINA DE LA CASONA 465 

lución, tendrían que registrarse sus excesos, jamás 
había pensado que éstos rebasarían los límites, y 
menos aún, que fueran autorizados y casi predica- 
dos y practicados por los mismos que cuidar debían 
del prestigio de la revolución. 

En su medida, dentro de su humilde órbita, en 
cuanto estaba al alcance de sus circunstancias, él hav 
bía ayudado tenazmente. Ya escribiendo en cierta 
prensa; ya alentando a los que se lanzaban a la lucha 
armada, siempre que no lo hicieran con las perver- 
sas ideas de Tenorio; ya comunicando informes y 
transmitiendo datos a los «correligionarios» del Nor- 
te, de Morolos, de Veracruz y Puebla, comprome- 
tiéndose a tal extremo que bien sabía él que, de 
conocerse sus maniobras, su vida no valdría un co- 
mino. Por eso que se cuidara tanto de todos y muy 
especialmente de aquel Pingar ron en el que veía no 
a un camarada en ideas, sino a un mal sujeto, capaz 
de traicionar a su padre i)or un vil puñado de pesos. 

Incansable, infatigable, dedicaba mucha parte de 
su tiempo a aquella correspondencia clandestina y 
a aquellas maniobras, crédulo de que ayudaba a una 
buena causa. 

Por eso que se sintiera conturbado ahora con todo 
aquello que estaba pasando. Descartada la exage- 
ración con la que los periódicos gobiernistas daban 
cuenta de los excesos de los revolucionarios, era in- 
cuestionable que éstos los cometían monstruosos y 
a granel. Así lo sabía él de fuentes inequívocas! Se 
mataba; se robaba; se incendiaba y se ultrajaba sin 
necesidad. La revolución se desprestigiaba inmen- 
samente a sus ojos con todo aquello. Ahora mismo, 
¿no estaban allí, ante sus ojos, los datos que su her- 
mano le daba en sendas cartas en las que le detallaba 
todas las atrocidades que aquéllos habían cometido 
en Nieves, en Mazapil, en Sombrerete, en Zacatecas 

30 



466 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



todo? Y quien decía Zacatecas, decía el Norte. Villa 
infundíale terror. Zapata resultaba un niño de teta 
junto a aquél .... Y como Villa procedían Jesús Ca- 
rranza, Urbina, Fierros y otros. ¿Y eran aquellos los 
«correligionario» de los que él era partidario? 

Mas, repugnando a su buen natural, Andrade te- 
nía que transigir con todo aquello. Noque lo discul- 
para; eso no. Desmanes eran y como a tales debería 
llamárseles; pero no pudiendo evitarlos, conformá- 
base con disculparlos, deplorándolos en su interno 
fuero y confiando en que, a la hora del triunfo, 
ellos, los intelectuales de la revolución, los de las 
ideas, sabrían purificar aquel ambiente tornándolo 
en respirable. 

Ajetreado con todos estos contrarios pensamien- 
tos, Andrade, si no sentía horror por los libros, sí 
sentía desgano para ellos, puesto que, por más es- 
fuerzos que hacía, no lograba asimilar lo que estu- 
diaba. Había perdido resueltamente la brújula! En 
su cerebro se revolvían, en confusión, materias de 
estudio; cavilaciones sobre la revuelta; ansias por 
aquel pobre hermano ya víctima de ella; ansias infi- 
nitas por aquella Chayo ingrata que, cuando más 
debía fortalecer su espíritu, más se empeñaba en 
hacer lo contrario 

En aquel día (y esto pasaba en fines de 1913) y 
mientras estaba de codos sobre la balaustrada de 
uno de los corredores de la de Jurisprudencia, con 
el libro entreabierto, pero sin estudiar, hizo un mo- 
hín de desencanto y cerrando el libro, se dijo: 

— Imposible! No puedo no puedo estudiar! 

Me voy mejor a ver al amigo Gordillo. ' 

Gustábale echar sus diálogos con el artesano: le 
parecía que, platicando con él, auscultaba el alma 
popular; sedaba cuenta de sus pulsaciones y medía 
al grado de calórico de ella. 



LA RUINA DE LA CASONA : . ' 467 

Como lo dijo lo hizo, encaminándose hacia el taller 
del artesano al que se encontró con las mangas de 
la camisa arrolladas; desnudos los musculosos bra- 
zos, y empuñando la herramienta propia del oficio. 

— Qué hay, Gordillo? Cómo anda eso? 

—Pues ya lo ve usted Como todos los días! 

Majándole de duro! : ' 

— Sí, ya lo veo. Usted como siempre, infatigable. 

—Hay que ganarse la tortilla . . . . — y mientras de- 
cía, el artesano seguía en su labor de golpear y mol- 
dear hierro y plomo. 

— Bueno: y lo otro? Cómo anda? Qué noticias? 

—Lo otro? Ah, sí! Pues de eso no me ocupo. 

No me interesa, ni tengo tiempo .... 

— Bah! Eso dice usted; pero bien que le interesa, 
no sólo porque es usted mexicano y le importa como 
a todos, sino porque a ustedes, los de la clase traba- 
jadora, es a los que más incumbe. 

— Mire, señor Andrade — dijo Gordillo remangán- 
dose la camisa que se empeñaba en caer sobre los 
recios brazos; dejando a un lado la herramienta; 
secándose con el dorso de la diestra el sudor que 
por la frente le corría, y parándose en firme frente 
a Andrade que se había acomodado a horcajadas so- 
bre la primera cercana silla, — ya es horade que us- 
ted y yo echemos una «parrafada» como Dios man- 
da; como dos buenos amigos; y ahora me encuentro 
de humor para ello. 

—Lo celebro en el alma y estoy por mi parte en 
igual disposición. 

Sacó Gordillo de uno de los bolsos de su ancho 
pantalón de obrero una cajilla de cigarros; ofreció 
uno a Andrade; tomó él otro que encendió en las bra- 
sas de la cercana fragua, y arrimando un banco jun- 
to al estudiante, para que le sirviera de asiento, dijo 
a aquél: 



■'■:> ■* . '■ 



/ >^ 



468 E. MAQUEO CASTELLANOS 

—Quiero hablarle todo loque siento, porque de 
seo que sepa todo lo que pienso. Aquí, donde me ve, 
no soy tan de «a tiro» que no sepa dónde me aprieta 
C el zapato. Nada más que no me gusta hablar de es- 

tas cosas con todos y menos ahora que hay tanto 
«cuíco.» 

— Pues eso es lo que yo quiero; que me hable con 
el corazón. Usted sabe que yo soy un gran sincero, 
■": como usted es un digno hijo del pueblo. 

— Más todavía, señor Andrade .... Yo soy el pue- 

■ ' blo! A mí me juzgan por las apariencias y por éstas 

soy uno; pero en el fondo soy otro. Me ven mal tra- 

; V jeado; feo; sin saber hablar bien y oliendo mal, y por 

* eso me creen un ignorante Y sin embargo, no 

crea que yo, que nací humilde y desde que nací tu- 
ve necesidad de ganarme la vida y en el trabajo me 
he hecho, me he dejado y no he procurado por mí, 
Ha de saber que en las noches, después de que aca- 
bo en el taller, me encierro en mi cuarto y leo: estu- 
dio, sí señor, estudio para desasnarme, y así, algo 
he aprendido y ya no soy el tonto de antes 

— Lo sé, y aplaudo con entusiasmo esas energías 
y ese modo de ser. Si lo mismo fueran todos los de 
su clase! . . I . < 

— Somos pocos, verdad; pero ya somos algunos. 
Hemos comprendido la necesidad que hay de pre 
pararse, porque la vida no siempre es igual; va cam- 
biando, y bueno es entonces estar listo para que no 
lo coja a uno desprevenido. Y aquí entra lo que 
tengo que decirle. 

— Me dará con ello un placer. ' 

— No lo crea! Comience porque usted y yo 

deberíamos ser enemigos. Yo debería aborrecerlo, 
y sin embargo, lo estimo 

— Aborrecerme usted? Y por qué? 

— Déjeme decirle por dos motivos: el prime- 



'^m^ 



LA RUINA DE LA CASONA . 469 

ro, que si quiero ser justo, debo ponerlos en ese 
orden, es por ella. Sabe usted? Siempre hay al- 
guna mujer que es la que provoca el disgusto entre 
dos hombres. 

— Pues no acierto quién pueda ser en el caso. Ri- 
validades amorosas entre usted y yo? No lo en- 
tiendo 

— Óigame. Ella lo quiere a usted, y usted no la 

quiere a ella La pobrecita sería feliz con que 

usted la quisiera, y usted ni la quiere ni puede 
quererla, porque no es tan bonita ni tan «arrempu- 
jada,» como la otra como la Chayito! Y yo, que 

a mi vez la quiero a ella con todas mis fuerzas, sería 
feliz también con que usted la quisiera, porque así 
ella lo sería, que es lo más que puedo pretender 

—Perdóneme, Gordillo, pero no acierto con el lo- 
gogrifo 

— Ya entenderá A usted, que más que otra 

cosa es un soñador, se le ha agarrado del corazón 
la morena esa, que es «entrona» y retrechera, y 
por ella sería usted capaz de jugarse la vida, sin fi- 
jarse en la otra: una enferma, medio tuberculosa, y 
que parece que no tiene sangre en el cuerpo, por 
más que sí tiene una alma y muy grande! La infeliz, 
como no ha habido quien la eduque ni le forme el 
corazón, es buena porque sí; de natural; y se está 
muriendo de celos, de abandono, de desgano por 
una vida que, sin amor, considera inútil. Usted se 
va tras de la otra y ésta se va tras de usted 

— Ah, vamos! Se refiere usted a Pita, no es eso? 

— Cabal. 

— Pero .... usted la quiere? 

—Se le hace raro, verdad? Si a mí mismo me pa- 
rece absurdo! Cómo fui yo a poner los ojos en 
esa nifia, que es toda delicadeza, finura, fragilidad, 
yo, que soy un «barbaján» toscote, sucio y sin ilus- 



470 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



tración? Pues qué quiere usted! Al igual que us- 
ted, que es hombre de versos y de libros, en vez de 
fijarse en una mujer de ideales, se ha enamorado 
de la Chayito, q ue será todo lo linda que usted quie- 
ra, pero que es capaz de darle un dolor de cabeza.... 
Y perdóneme que le diga la verdad como la siento. 

— Es amarga; pero es verdad, Gordillo. . . . 

— Pues eso nos ha pasado a usted y a mí, como 
suceden muchas cosas en la vida. Por un equívoco. 
Ellas se han equivocado y nosotros también. En las 
mujeres, y más en cuestión de sentimientos y de 
dejarse llevar por apariencias, el error se disculpa; 
mientras que, en nosotros los hombres, no. Nos ha 
pasado en esto, señor Andrade, como a la revolu- 
ción y a los buenos revolucionarios, y a la opinión 
y a los pocos buenos ciudadanos. Que la revolución 
va resultando una coqueta de marca, que si aparen- 
ta querer a uno nadie sabe en manos de quién que- 
dará; tal vez ni ella misma. Que los buenos revolu- 
cionarios, pongo por caso usted, como la quieren 
ciegamente, la aguantan todas sus cosas, sin com- 
prender que así corre el riesgo de prostituirse. Que 
la opinión, que gusta de apariencias, busca a los 
buenos revolucionarios que la desdeñan y se aparta 
de los que la quisiéramos tener con nosotros, por- 
que resultamos muy poco para ella Dígame 

si no. 

— Tiene usted razón. Su comparación es feliz 

— Y así ya ve usted que, aunque yo debiera abo- 
rrecerlo como a un rival, no lo puedo hacer, porque 
usted no tiene la culpa de lo que nos pasa. De que 
Chayo sea veleidosa; de que Pita sea impresionista; 
de que si la una no lo quiere como debiera, la otra 
lo quiera sin que usted la busque y se aleje de mí.... 
No hay rivalidad posible! La verdad es que usted 
erece a Pita más que yo, y que de usted debería 



LA RUINA DE LA CASONA 471 

ser; que yo no debo sentir celos porque ella lo quie- 
ra, alucinada con que usted la haría dichosa, cuan- 
do la haría infeliz, porque usted no es más quenin 
soñador, mientras que yo soy un hombre de traba- 
jo, que si no puede ofrecer cosas seductoras, sí 
puede asegurar un porvenir firme y sincero 

— No hable de celos, Gordillo, que puede usted 
estar tranquilo! Yo jamás podré querer a esa nifia. 
Será muy buena y de alma muy grande; pero no 
me seduce. Es tan raquítica la pobrecita! 

-Losé, y por eso vivo relativamente tranquilo. 
Y viene ahora lo segundo. Yo debería también abo- 
rrecerlo, porque usted es de los que está dando 
cuerda para romper platos, que, al final de cuentas, 
hemos de pagar nosotros, los del pueblo 

—Ahora sí que menos lo entiendo! 

— Óigame, y me entenderá Con esto que en 

la política está sucediendo, a México ya se lo cargó 
el diablo! Y ustedes, los que han encendido la «re- 
volufia,» cuando llegue la hora de arreglar cuentas, 
nada habrán perdido, porque nada tienen que per- 
der, estamos? Puede que muchos hayan ganado, y 
entonces, poco les puede importar que les toque 
algo en el pago de los platos rotos, ya que lo que les 
toque se lo habrán quitado a otros. Ni a los ricos 
tampoco, por aquello de que más tiene el rico cuan- 
do empobrece que el pobre cuando enriquece 

Pero a nosotros sí que caramba! Resultamos siem- 
pre la parte doliente: los «paganos,» los que, o pa- 
gan o no comen; y los que lo hacemos para no 
quedarnos, ya no digo sin Patria, que somos los 
que mejor la queremos, sino hasta sin un petate 

en qué dormir ay, señor Andrade! Ustedes no 

saben toda la carga que están echando sobre nos- 
otros! ^ ' 



472 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



— Su reproche para mí es injusto usted sabe 

que yo procedo de buena fe. | 

— Pues por eso que no pueda aborrecerlo tampo- 
co, por ese lado! Lo conozco bien: conozco el fondo 
de sus sentimientos y sé que son altruistas; pero 
es el caso que ustedes los de «buena fe» son los que 
sirven para que surjan los de mala fe, que de otro 
modo no podrían existir, porque nadie los seguiría 
ni ellos se atreverían a nada, a pretexto de ir a dar 
a la cárcel derechito, y no a los mandos y los pala- 
cios .... ustedes son los que dan cuerda, los que en- 
dilgan, los que cargan la escopeta, los que impri- 
men el movimiento; y ellos los que pegan y hacen. 
Y al final de cuentas, repito, y al haber platos rotos 
que pagar, somos nosotros los que lo hacemos, 
porque ustedes no tienen con qué; y ellos, si tienen 
y si llegan a pagar, no pagan con lo suyo, repito, 

sino con lo que se «avanzaron» dígame si todo 

esto no es verdad. 

— De a folio; pero qué quiere usted! Ese es el 

doloroso proceso de todas las revoluciones. 

— Que no supongo que usted alabe. Qué bonito! 
Unos la hacen y otros la pagan! Y dé donde diere, 

que la revolución es la revolución! Y usted lo 

ha dicho. Yo soy el pueblo! Pues oiga cómo habla 
el pueblo! . . . 

— Eso es lo que quiero 

— Yo no soy el populacho candoroso que se deja 
arrebatar por las prédicas subversivas de los ora- 
dores interesados, ni por falsas promesas, ni por 
defender ideales que no entiende. Ni mucho menos 
el procaz que, como una mala levadura, espera sólo 
el fermento pútrido para entrar en actividad y 
echar fuera todos los malos instintos; todos los 
odios ingénitos; todas las ambiciones perversas; 
todas las codicias abominables, de los que no se ha 



LA RUINA DE I.A CASONA 473 

querido curar en fuerza de escuela, de ejemplo y de 
paz, y que roba y asalta y quema y mata, disfrazado 
de pueblo, que se defiende con una revolución y 
ataca un poder tiránico. No señor! Yo soy otra cas- 
ta de pueblo! 

— No puedo darme cuenta de cómo pueda ser eso. 

— Es fácil: mire Yo soy el descendiente de 

aquel puñado de héroes, de aquella minoría que, 
cuando todos se habían cansado y acobardado, y 
sometido, siguió al caudillo Guerrero a las monta- 
ñas surianas; se encastilló con él allí; con él padeció 
hambre, miseria y fatigas, y con él vino triunfante 
hasta la capital del Virreinato, cuando la nación 
consumó su independencia Yo soy el descen- 
diente de aquel puñado que en el 47 estuvo siempre 
en su lugar, y cuando, traicionado ya por la disco- 
lería de sus jefes y entregado por su ineptitud, 
quemó el último cartucho, no se rindió! Se desban- 
dó, sí, y en la encrucijada y en la emboscada, como 
pudo, que así se lo dictaba el deber, asesinaba al 
invasor, porque quería a México para los mexica- 
nos, como lo hemos de querer nosotros siempre, 
aunque vaya usted a saber si mañana o pasado, por 
obra de estas «bolas,» tengamos que andar a los 
«cocolazos» para salvarlo otra vez! 

— Ni lo diga No hay que ser fatalista 

— Yo soy el nieto de los que, durante siete años, 
fueron minoría incansable que, sin paga, sin ropas, 
sin parque, sin que comer siquiera, pero sin sa- 
quear, sin robar, sin matar ni quemar por gusto, 
siempre honrados y siempre fieles, anduvieron de 
un lado al otro de la Nación, derrotados y maltre- 
chos, hasta ir a recalar en Paso del Norte; comenzar 
desde allí la reconquista, y volver a México triun- 
fantes a fu&ilar al pobre de Maximiliano, no por lo 
que era ni por lo que nos había hecho, sino porque 



■'.:.'!■>.- 



474 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



ya no nos mandaran de Europa más Maximilianos! 
México para los mexicanos .... | ,. í ,- 

— Muy bien dicho! Muy bien lo reconozco a 

usted. 

— Yo soy el pueblo que quiso, que idolatró, mal que 
nos pese el decirlo, que no nos pesa, a Porfirio Díaz 
el año de 88. Él nos daba paz y con esa teníamos 
trabajo y con éste pan. Yo soy el que lo aclamó y lo 
ovacionó frenéticamente por espacio de veinte años, 
porque durante ellos trabajó como bueno en la re- 
construcción de la Patria minada por las revueltas, 
y, rescatándonos de la inopia, nos llevó por donde pri- 
mero había que ir: por la vía del progreso material, 
base del moral: pero que comencé a recelar de él 
cuando lo vi pegado al Poder como a cosa propia; y 
al comenzar a derivarse mis simpatías para otros 
lados, lo vi retardatario, como ustedes: yo me había 
instruido ya algo, ya no era el de antes, y esto por 
obra misma de Díaz, que no quería entenderlo así, y 
se empeñaba en tratarme como el de siempre; podía- 
mos haberle empeñado nuestras voluntades: pero 
no se las habíamos vendido de por vida! Y sin em- 
bargo, ¡cuánto no tendremos que llorar a ese hom- 
bre! Otro vendrá que bueno te hará! Por eso 

algún día nosotros, el pueblo, y no los mandarines 
de comedia, lo habremos de traer de allá, de Euro- 
pa, para enterrarlo en el último pedazo de tierra me- 
xicana que nos quede, así sea una peña en el Golfo, 
para hacerle una inmensa justicia. . . . Fué tal vez el 
último Presidente de México autónomo! Cuando él 
se fué, tal parece que tras él se hubiera ido nuestra 
nacionalidad! Y ojalá que lo que digo no resulte 
cierto I 

— Ojalá Sería un final desastroso de estas con- 
vulsiones! 

— Yo soy el pueblo, que veleidoso o atinado; seré- 



LA RUINA DE LA CASONA 475 

!» 

no o irritado, le volví las espaldas a Díaz en 1910. Yo 
había evolucionado, repito, y Díaz no quería evolu- 
cionar conmigo. Dejé de ser porfirista y fui «cual- 
quierista» sin meditar en las consecuencias. Por 
qué? Culpe a lo que llevo dicho. Culpe a los malos 
consejos que se me dieron por ustedes; culpe hasta 
a los científicos, si quiere, que si entonces eran do- 
cena y media, ahora son turbamulta. Culpe a aque- 
lla aristocracia tonta que hoy llora perdidos rique- 
zas, títulos y todo, y que entonces nos hostigaba, nos 
deprimía, nos menospreciaba, revelándonos un mal 
estado social. Eran un centenar y pesaban como un 
mundo! .... 

— Eran los del Olimpo, para los que no regían las 
leyes .... 

— Y nosotros los de la gleba, para los'que sí! No 
era su dinero lo que nos torturaba: era su desdén, 
su soberbia, su fatuidad, que los hacía creerse amos 
ellos y nosotros sus lacayos! El escándalo de algún 
magnatillo de esos o de sus hijos haraganes, eran 
pecados veniales; nuestros pecados veniales eran 
crímenes! De esta condición y de esta transforma- 
ción mía hago responsables, no a Porfirio Díaz, ig- 
norante de tales cosas, sino a los que, cercándolo, no 
lo dejaban saber cómo pensaba el pueblo. Y por to- 
do eso fui «maderista> como podía haber sido otro 
«ista> cualquiera. Lo que yo quería era el cambio; 
me parecía que con él lograría mejor acondiciona- 
miento. Y si no entendí a Madero, sí lo quise: lo creí 

mi paladín Si lo hubiera analizado, no lo habría 

llevado seguramente al poder por aquella aplastante 
votación .... 

— El pueblo es emotivo, impresionista, apasionado 
y obra por afecto más que por convicción .... 

— El pueblo es generoso y eso lo pierde, porque 
así se le engaña fácilmente. No sabe reñexionar 



476 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



bien. Pero sin embargo, llega a hacerlo. Por eso 
mismo que muy pronto me desencantara de mi 
«apóstol» cuando, ya en el Poder, lo vi frivolo; olvi 
dadizo de sus promesas; superfluo en sus finalida- 

dades; amigo de nepotismos Cuando, analizando 

la sorprendente facilidad de su triunfo de armas 
sobre aquella máquina tan bien ajustada de Díaz 
me convencí de que no había sido la lírica de Made- 
ro, ni la fuerza de la opinión ni los pocos fusiles 
maderistas los que habían dado al traste con la má- 
quina, sino una maniobra interesada de tercero ene- 
migo de ]a nacionalidad. 

—Ya sale usted con sus prejuicios! Usted es el 
mismo de siempre en eso. 

— ¡Ojalá no tenga que darme pronto la razón! 
Cuando sentí que las riendas del poder estaban en 
manos inadecuadas, ya que a Madero faltaba toda 
preparación para sostenerlas; cuando entendí que a 
éste le gustaba mejor proceder como un iluminado 
que como un consciente; como un predestinado y un 
escogido, mejor que como a un ser de la vida real; 
cuando presencié el desbarajuste y el derroche y su- 
pe que Madero consultaba con una mesita los espí- 
ritus para resolver sobre problemas graves de orden 
público, y jugaba, esta es la palabra, jugaba al go- 
biernito, me desencanté de él; por eso que durante 
la «decena trágica» permenecí indiferente; aparta 
do del conflicto. Yo había tenido, hasta cierto pun 
to, la culpa de lo que pasaba y ahora dejaba hacer.... 
Y dejé hacer, por un error, en vez de reaccionar enér 
gicamente como debería haberlo hecho! Y al dejar 
correr las cosas .... así han resultado ellas para mí, 

— Tiene usted razón. Esa inercia popular frente 
a los sucesos todos que incumben al pueblo, es el 
origen de muchas de nuestras desgracias. 

— Pero cuando Madero fué asesinado como lo fué, 



LA RUINA DE LA CASONA 477 

mi natural noble se indignó. Yo tengo para esto mi 
sindéresis muy mía. Yo, con todo y ser un analfabeto 
y cochambroso, no transijo con el que mata «a la ma- 
la.» El asesinato felón me subleva! Y bastó ese ca- 
rácter en el de Madero para que yo no fuera ya ni 
pudiera ser nunca huertista: de otro modo tal vez lo 
habría sido, ya que me seducen, sin poder resistir- 
lo, la audacia y el valor y no se los niego a Huerta. 
Hubiera perdonado hasta que le hubiera dado «co- 
dillo» al chaparrito para echarlo del Poder; lo que 
no le perdono es que haya solapado esa muerte! Y 
ahora, menos, el que trate de burlarme con tufos de 
patriotismo y buena fe, cuando, si patriota fuera, ya 
habría tratado de arreglar las cosas en su forma, 
mediante las elecciones. He visto claro su juego: por 
codicia y por medro para sus paniaguados, lo que 

quiere es «ginetearla» lo más que se pueda, y el 

que venga atrás que arree. . . . 

— Por fortuna la revolución triunfa y ella se en- 
cargará de curar todas esas lacras. 

— Qué inocente es usted! No ve usted que, con 
cada nuevo caudillete, lo que estamos haciendo es 
conceder más y resistir menos, aprendiendo a so- 
portar mayores desmanes, haciéndonos más pasi- 
vos, más dóciles, más cobardes, para que el que hace 
aquélla logre mejor salirse con la suya? Que esta- 
mos facilitando que holgazanes pasen a la catego- 
ría de personajes? Y deje usted que fuera eso sólo! 
Con ella le hacemos el juego a los que quieren, a los 
que tienen que querer que aquí, en México, se acabe 
todo lo mexicano, y si es posible, los mexicanos 
mismos, para que entonces, cuando nada nuestro 
quede, todo venga de allá 

Este es el crimen inaudito que no se puede perdo- 
nar ni a Huerta ni a la nueva revolución ni a nadie! 
Estamos metiendo al enemigo en casa, como Barbe- 



478 E. MAQUEO CASTELLANOS ' ^^ ; 

dillo ha metido a ese señor Rémington que ya hasta 
quiere comprarle la suya, y que, puede estar segu- 
ro de que, si no se la vende, será capaz de quemár- 
sela para quedarse con el terreno y hacer otra. . . . 

— Es usted demasiado pesimista, Gordillo; pero 
aun suponiendo que sucediera cuanto usted imagi- 
na, qué remedio contra «el destino manifiesto?» 

— Qué destino manifiesto ni qué tripa! Para que 
no lo haya, aquí estamos los hombres que habremos 
de pagar los platos rotos, y que los pagaremos, con 
nuestro trabajo o con nuestra sangre: pero eso sí; 
para que ya nunca se nos vuelva a empinar en estas 
aventuras revolucionario-democráticas La ca- 
sona para nosotros! Fuera los agitadores, los reden- 
tores, los «apóstoles» y los Rémington que tan ca- 
ro nos cuestan! I : V 

— Los siete trabajos de Hércules .... —comentó 
Andrade sonriendo. 

— ¡Pues los haremos, carepe! Yo he leído algo y 
le digo que, si aquel tuvo que matar al león de Ne- 
mea, nosotros mataremos a este león que se llama 
caudillaje! Que si tuvo que cortar las siete cabezas 
a la hidra de Lerna, nosotros le cortaremos todas 
las que tenga a esta hidra que se llama revoluciona- 
rismo.. .. Que si tuvo que ahuyentar del lago de 
Stinfalo a las aves de rapiña, nosotros no dejaremos 
ninguna de éstas que se llaman pomposamente ciu- 
dadanos armados y héroes! Que si tuvo que lim- 
piar los establos del rey Augias, torciendo para ello 
la corriente de Alfeo, nosotros, para limpiar este 
establo en que se ha convertido nuestra política, 
cambiaremos las corrientes de la opinión. Que si 
tuvo que matar al gigante Gerion, que alimentaba i 
con carne de sus subditos a sus bueyes y robar las 
yeguas de Diomedes, que este cruel tirano nutría 
también con la carte de vasallos y que Hércules 



LA RUINA DE LA CASONA 479 

alimentó con la carne del propio Diomedes, nos- 
otros descuartizaremos a los Gerion y a los Diome- 
des que nos agobian, y echaremos a sus seides las 
piltrafas de su carne, para que con ellas se alimen- 
ten ! Muchos trabajos fueron, pero Hércules 

los realizó! Muchos serán los que tengamos que 
hacer nosotros si queremos seguir teniendo Patria; 
pero los haremos, que sólo el pueblo, el verdadero 
pueblo ha heredado las fuerzas de Hércules! 

— ¡Sí sí así debe ser!. . . . —coreaba entu- 
siasmado Andrade. 

—El pueblo, ¿está usted? y no los «politicastros» 
que, de buena o de mala fe, predican el trastorno y 
fomentan el disturbio, ni menos los que fusil en 
mano no buscan al enemigo de las instituciones y 
de la nación, sino al que algo tiene y lo defiende. Y 
usted me perdonará la lata señor Andrade, protes- 
tándole que no reincidiré .... 

Andrade absorto, contemplando a aquel artesano, 
al que hasta entonces había juzgado ignaro y hue- 
co, y al que ahora veía como la encarnación del alma 
de una nueva gran fracción socia), que se erguía an- 
te él, agigantándose rebelde ante la ignominia, desa- 
íiador ante el crimen, quedó abismado ante aque- 
lla novedosa actitud de Gordillo. ¿Quién era éste 
para hablar de modo tan altivo? ¿Qué fuerza lo res- 
paldaba si, según su propia confesión, era sólo una 
minoría? 

— Sus palabras causan en mí profunda sorpresa, 
amigo mío .... Si así habla el pueblo realmente, en- 
tonces .... ¡debemos confiar en que no todo está 
perdido! El resurgimiento es posible ¡Nos sal- 
varemos! 

— Así lo creo. Pocos seremos los que hablar se- 
pamos; muchos los que, al no poderlo hacer, pensa- 
ran igual. Así los que majamos el fierro y derretí- 



480 E. MAQUEO CASTELLANOS 

>: .1 
mos el plomo en el caldero, como los que manejan la 
sierra o el escoplo, o los que, trepados en el anda- 
mio, se juegan la vida levantando la pared, o los que 
se la juegan con la mano en la palanca de la locomo- 
tora o el freno del furgón, o en la entraña de la roca 
buscando el mineral, o tuestan al sol sus músculos 
hincando el arado en la tierra, o duermen al raso, 

cuidando con amor de la vacada Nosotros, la 

masa anómima, que está a punto de ser fuerza vi- 
va ... La no comprendida; la nunca consultada, la 
que pagará los platos rotos, ya que estamos cansa- 
dos, cada vez más cansados de nutrir zánganos que 
se bautizan de revolucionarios, y Diomedes que ha- 
cen de nuestros cadáveres escalera para subir, y 
del sudor de nuestras frentes oro para sus rapi- 
ñas ¡Señor Andrade, es preciso saber que nos 

podemos poner en pie! 

Abismado por aquelfe, conversación, despidióse 
Andrade del artesano, que se quedó en su taller, 
donde pasó el resto del día sin ir a la casona, ocupa- 
do en algún trabajo urgente. 

Y cuando en la noche volvía a su cuartucho, can- 
sado de la labor, para refugiarse allí -de los trabajos 
del día, no fué menuda sorpresa la que recibió. 

Tenía por costumbre, antes de hacer otra cosa y 
en llegando a aquélla, el visitar a la familia de su 
amigo Garaicochea, no sólo para echar su amoroso 
cuanto inútil vistazo a la «Corcheíta,> como para 
preguntar si en algo era útil o se ofrecía. 

Al ocurrir a hacerlo, en la noche de tal día, se en- 
contró a Pita y a Ñachi anegadas en lágrimas, 
mientras el Garaicito, hecho un energúmeno, bufa- 
ba, a pesar de no darse bien cuenta de lo que había 
pasado. 

Alarmóse Gordillo; y como preguntara el porqué 
de tan amargo llanto, la «Corcheita,» dando rienda 






LA RUINA DE LA CASONA 481 

suelta a su dolor y sin poder contenerse más, dí- 

jole: 

— ¡Ay, señor Gordillo! Lo que nos pasa es algo 
tan espantoso, que usted no puede medir bien nues- 
tro dolor sin saberlo .... 

— Pero qué es ello sepamos. . . . ¿Han refiido 

ustedes con su mamá? 

— ¡Ojalá fuera eso! ^ - 

— ¿Está ella enferma acaso? 

— Más valiera 

Y si Pita lloraba, Ñachi la seguía en agudo dúo. 
— Pero qué es ello, por Dios santo? ¿Qué 

es ello? 

— Imagínese lo peor ... . 

—¿Han recibido ustedes malas noticias de su pa* 
pá, que yo aun no sepa? 

— No es eso Es que mamá nos ha abando- 
nado! 

— ¿Cómo? ¿Qué está usted diciendo? Eso no 

es posible! ... . 

—Pues sí que lo es, y usted el único que debe sa- 
berlo! 

Y con entrecortada voz refirió la «Corcheíta» a su 
buen amigo todo lo sucedido. Cómo, desde hacía 
tres días, Chita la asediaba, la asaltaba continua- 
mente, con la demanda de que correspondiera a las 
pretensiones amatorias de Pingarrón. Cómo ella 
no había consentido, porque nunca había sentido 
por él amor, y sí, a lo sumo, una especie de vago 
respeto, de temor, por cuanto que se decía podero- 
so, y capaz por lo tanto, lo mismo de exaltarlas, que 
de hundirlas. Cómo ella, desde hacía tiempo, venía 
sorprendiendo, azorada y avergonzada, las intimida- 
des de la madre con Porras. Cómo había tenido no 
sólo que soportar, sino que aun solapar aquello, 
no comunicándolo ni aun al mismo GordillOj porque 

,31 



482 E. MAQUEO CASTELLANOS 

se sentía morir de vergüenza y pena, viendo el ho- 
nor del padre maculado. Cómo, en fin, de un modo 
exabrupto, la madre la había propuesto, en buenos 
términos, consentir en las ruines e indecorosas de- 
mandas del politicastro, y ante la resistencia de 
ella, la había amenazado con que, si no por amor, 
por fuerza, habría de caer en los brazos de aquel 
hombre, al que ahora odiaba cordialmente. 

Para concluir y con la voz entrecortada por los 
sollozos, refirió a Gordillo que, desde la noche ente- 
rior, Chita faltaba a la casa después de una escena 
violenta en la que ella y los hermanitos se habían 
interpuesto en su camino, rogándole que no saliera 
a la calle, donde la estaba aguardando Porras, según 
el Garaicito había podido ver. 

— Pero .... ¿es verdad todo eso que me está usted 
diciendo? ¿Está usted segura de que a su mamá no 
la ha sucedido algo, y que, por su voluntad, ha he- 
cho lo que dice usted que ha hecho? 

— ¿Cómo habría de fraguar una calumnia seme- 
jante? ¡Qué vergüenza, señor Gordillo! ¡Qué igno- 
minia! ¡Solas! ¡Nos hemos quedado solas, por- 
que cuando mi papacito sepa esto, se morirá de 
pena! 

-;-¡Es inconcebible que Chita haya hecho eso! 

— Y sin embargo, si ella se arrepiente, si quiere 
volver .... 

— ¿Ustedes saben donde está? 

— No No lo sabemos 

— Yo lo averiguaré. Y una vez que lo sepa, irán 
ustedes y harán todo el esfuerzo posible para con- 
vencerla del error que sufre y del mal que hace, a 
fin de que vuelva al buen camino y quede todo en el 
misterio. [ 

— Nosotros haremos cuanto usted nos indique, 
que en ausencia de mi papá usted hace sus veces. 



LJ^ RUINA DE LA CASONA 483 

¡Ay! Yo le juro a usted que, si para que ella volvie- 
ra y mi papá no tuviera que pasar por esta afrenta 
y mis hermanitos rescataran a la madre, tuviera yo 
que sacrificarme a los deseos de ese hombre, no va- 
cilaría en hacerlo! 

— ¡Ni lo diga, ni lo piense siquiera! ¡Qué par de 
canallas! Es inconcebible inconcebible! 

Poco trabajo costó a Gordillo averiguar dónde ha- 
bían colgado el nido los fugitivos tórtolos, pues tal 
parecía que la misma Chita hubiera tenido interés 
en que sus hijos supieran dónde estaba, ya que, sin 
empacho alguno, había mandado pedir al siguiente 
día algunos objetos de su uso personal. 

Y fué así cómo, en la noche de aquel día, Pita, 
Ñachi y el Garaicito, procurando no ser vistos de 
nadie al salir de la casa, se dirigieron a la en que 
se hallaba la prófuga, cuya ausencia de su domici- 
lio, notada por más de alguno, había querido expli- 
carse diciéndose que estaba en cama por una indis- 
posición. 

— Hum, tú! — había dicho Locha Menchaca a su 
hermana Lucha — Qué vamos a que ya hizo una tras- 
tada esa buena señora? 

- A que ya la hizo, tú? — contestábale Lucha. 

- Y qué tal? Cómo sigue Chitita de su 

catarro? - Preguntaba con zonga la Ventoquipa a 

Pita. ;' 

-Catarro! catarro! - decíase Barbedillo- 

bueno está el catarrito! 

Fueron, pues, como decimos, los tres niños aque- 
llos en demanda de la madre, escoltados por Gor- 
dillo, que se quedó en acecho en la esquina más 
próxima, ojo avisor por si había necesidad de pres- 
tar auxilio a tanta desventura y tanta debilidad, 
enfrentados con tanto cinismo y tanta locura. Y a 
poco más, sí que hubiera habido necesidad de ello, 



A, ^ 



484 E. MAQUEO CASTELLANOS 

porque no tardó mucho sin que salieran de estam- 
pida y de la casucha aquella, Pita y Ñachi, llevando 
a remolque al Garaicito, que se revolvía airado, 
amenazando con el pufiito a la casa que guardaba al 
infame que, raptándose a la madre, había causado 
la deshonra del padre. | 

— Qué hubo? Está ahí? .... 

— Sí sí! Pero vamonos pronto, señor Gordi 

lio! Vamonos! — decía Pita entre llorosa e indig 
nada. 

— Pero. . . . qué ha sucedido? La encontraron? Le 
hablaron como les dije? Le rogaron? 

— Sí sí! Pero alejémonos de aquí pronto ! 

Y ya en el camino, como si tuviera gran empeño 

en estar distante del sitio aquel, la «Cor cheita> refi- 
rió al artesano que, en puridad de verdad, loque 
había pasado era que la tenían tendida una infame 
«piege,» una miserable emboscada, porque allí se 
había encontrado con el sátiro aquel del Pingarrón 
al que había tenido que rechazar a viva fuerza, y el 
que la había amenazado con reducirla de todos mo- 
dos, porque para ello le sobraban medios, según di 
jo, y entre ellos el hambre misma. 

Sintió Gordillo sublevarse todos sus generosos 
instintos y lo acometió el ímpetu de volver a la ca- 
suca aquella para enfrentarse con la canalla; pero, 
como si adivinara Pita su deseo, lo retuvo asiéndo- 
lo por un brazo y diciéndole. 

— No vaya usted a comprometerse, por Dios! Por 
nosotros mismos! Imagínese quesería de nosotros 
si ahora nos quedáramos solos! 

— Tiene usted razón! Le prometo obrar con toda 
serenidad. Meditemos cuál es el partido que hay 
que tomar I 

Lo que debía hacerse, él lo sabía bien. No volver 
a acordarse de aquella indigna mujer, que de un 



LA RUINA DE LA CASONA 



485 






>■;?■ 



modo tan imbécil y por una codicia todavía más 
tonta, sacrificaba el honor de esposa, el amor de 
madre y la santidad de un hogar humilde, todo por 
lo credulidad de que aquel mal hombre de Pinfifa- 
rrón sería capaz de llevarlas, de golpe y porrazo, a 
la altura que ella pretendía, esperando que el oro 
sería bastante para abrirle todas las puertas, no 
obstante su conducta. 

Lo que él, Grordillo, estaba resuelto a hacer, por 
prontas diligencias, era convertirse en padre y ma- 
dre de aquellos infelices niños, que tal parecían 
huérfanos al no contar sino con el lejano respeto 
del padre; y más aún, de aquel par de rapazas, de 
las que, si la una estaba ya en plena florescencia, 
la otra tenía todos los atractivos de un capullo pres- 
to a abrirse. 

Y que tuvo que luchar denodadamente para el 
caso, lo probó el que, a bien pocos días, y estando 
él en su taller, cuando mediaba la tarde, llegó co- 
rriendo y jadeante el Garaicito a decirle: 

-Señor Gordillo que dice Pita que le haga 

el favor de ir pero sin tardanza! Que están allá 

unos señores que quién sabe a qué fueron, y con 
ellos está Pingarrón 

En volandas se puso Gordillo del taller a la casa, 
y de igual modo subió los escalones del primer tra- 
líio de la escalera, entre la general curiosidad de 
todo el vecindario, congregado para contemplar la 
película que se desarrollaba, sin pérdida de deta- 
lle, para cuyo intento habían asomado la Ventoqui- 
pa al patio; la Orbezo a la ventana de su recámara; 
Tachi al barandal del corredor y la Mandujano al 
pasillo de la «República.» 

Al llegar el artesano a la vivienda de Garaicohea, 
se encontró en ella dos sujetos de mala empeladura 
y peores maneras; al insigne Pingarrón, que fun- 



!iÉ'^ 



486 E. MAQUEO CASTELLANOS 

gía de «apoderado» y que todavía tuvo la audacia 
de saludarlo, como si nada hubiera pasado ni nada 
estuviera pasando, y hasta a cuatro «cargadores» 
de número, con sus respectivos «mecapales» listos. 

— Qué es esto, señores? Puedo saber de qué «e 
trata? 

— Y usted quién es? Con qué carácter se presen- 
ta a la diZigrencia/' 1 

— Antes que nada debo saber quiénes son uste- 
des y qué los trae al hogar de un amigo, confiado a 
mis cuidados 

— Somos los «ejecutores» del Juzgado. Y como 
usted no explica qué tiene que ver en este asunto, 
bueno será que se retire, ya que no es usted 
«parte.» ^ 

— El señor es como si fuera mi papá, y hace sus 
veces en su ausencia— dijo engallotada Ñachi, en 
tanto que Pita seguía lloriqueando. I 

— Lo sentimos mucho pero nada tiene qué 

hacer aquí. Y puesto que hemos terminado con el 
secuestro, «trabando la ejecución,» a ver ustedes.... 
hagan su oficio— dijo uno de los seides aquellos, di- 
rigiéndose a los cargadores. 

Aprestábanse los mismos a cargar con el piano 
de la «Corcheíta,» con aquel piano, que era su segun- 
da alma parte de su ser, cuando, encarándose 

el artesano con el diputado, le dijo. 

— Entiendo. . . . esto debe ser cumplimiento de la 
primera parte del programa que se ha trazado us- 
ted, que por lo visto, va procediendo como un mise 
rabie! I 

-Señor Gordillo, refrénese usted! 

— Yo pienso todo lo que digo, para así asumir la 
responsabilidad toda de mis palabras. 

— Que se asiente eso, señor escribano! 

— Que se asiente no hay inconveniente. Pero 



' -^1 



LA RUINA DE LA CASONA 487 

que sea «por cuerda separada» ya que yo no soy 
«parte» en ese expediente -y señalaba al que el es- 
cribano aludido traía en su diestra. 

-Ejs que está usted ultrajando al señor en nues- 
tra presencia 

— Tanto mejor, porque no carecerá de testigos.... 

Bueno: Tamos al grano Por lo que veo se trata 

de un embargo, no es eso? Cuánto debe y quién es 
el que debe? í -'r ■ 

Silencio de los interpelados: golpe de viveza de la 
semi-f usa Ñachi, que contestó: 

- Dicen que es mi mamá la que debe trescientos 
pesos a un almacén de ropa que le daba al fiado; y 
que, como no ha pagado 

-Entonces, señor Pingarrón, bien visto debería 
ser su secretario o usted los que pagaran, si delica 
deza tuvieran Pero entiendo bien la maniobra! 

Usted ha podido abrir el crédito: no pagarlo, es- 
peranzado con obligar de ese modo a una capitula- 
ción .... Y bien, yo pagaré, que mientras yo viva, 
no he de consentir el atropello que pueda evitar en 
la familia de mi amigo. Vuelvo a preguntar: cuánto 
se debe? Trescientos pesos? 

-Y las costas 

—Y los gastos 

— Que sean trescientos cincuenta, supongamos. 

Señorita Pita, aquí tiene usted el dinero usted 

ai es «parte» y puede consignarlo judicialmente, a 
reserva de seguir el pleito, si conviene. 

Y «1 artesano, echando mano a su vieja y grasien- 
ta cartera, sacó de ella un grueso fajo debilletes; 
contó los necesarios para el caso, y los entregó a 
Pita, que a su vez lo hizo a alguno de los buldogs 
del juzgado. 

—La «parte» dirá si está conforme con la consig- 
nación—masculló el recipendario. 



488 E. MAQUEO CASTELLANOS 

Mirada de interrogación e inteligencia entre los 
del cortejo, y asentimiento forzado de Pingarrón, 
seguida de un general movimiento de retirada; mas, 
al tratar de salir el politicastro, asiólo Gordillo por 
uno de los brazos y le dijo: 

— ¡Un momento y esto entre los dos! Sepa, 

para lo de adelante, que ni a esta nifia, ni a nadie de 
los que a su lado están podrá tocar ni un cabello sin 
encontrarse conmigo. Y que, lo que yo protejo y 
guardo, seguro está, porque sé ser hombre 

Sonrió despectivamente el diputado; vibró de ira- 
cundia el artesano, y en la mirada con que aquellos 
dos hombres se midieron de pies a cab^sa, quedó 
entendido que, desde aquel momento quedaba tra- 
bado un duelo a muerte. 

Cuando, ya a solas, Pita dio rienda suelta su reco- 
nocimiento, decíale al artesano estrechándole las 
manos: 

— Señor Gordillo ¡Qué bueno es usted! ¿Có- 
mo podremos pagarle todo lo que por nosotros ha 
hecho? ' \ 

— ¡Nada tiene que agradecerme! Si lo hago para 
cumplir con un amigo ausente 

— Mi piano! ¡Se querían llevar mi piano! Si 

se lo llevan, me muero. . . . 

— El golpe estaba bien tirado Pingarrón sabe 

loque hace 

—¡Mi piano! ¡Lo único que me queda en la vida! 

Midió bien el artesano todo el alcance de aquella 
frase. Pita era una desilusionada. . . . Había puesto 
su amor en algo imposible: Andrade. Lamentaba su 
porvenir seriamente comprometido por aquel pa- 
so de la madre. El padre estaba muy lejos 

Por eso que las ternuras todas de aquella nifia se 
compendiaran en su piano. Él, Gordillo, no era na- 
da para ella ¡Nadie en sus afectos! • 



LA RUINA DE LA CASONA 489 

Inútil sería narrar toda la polvareda que la faga 
escandalosa de Chita y el defraudado embargo de 
los muebles levantaron en la colmena de la calle 
de las Moras, ni el material todo para el que dieron 
abasto. Quién hubo que despellejó e hizo tiras a la 
infiel esposa y desnaturalizada madre, como las 
Otamendi. Quién que la disculpó. Quién se hizo más 
de diez interrogaciones capciosas sobre la conducta 
y las finalidades de Pingarrón y Gordillo, como las 
Menchaca. Sobre todo, Cuca Otamendi estaba, al pa- 
recer, positiva y realmente indignada y escandaliza- 
da, más aún que las propias siamesas; para ella todo 
aquello no tenía perdón; cualquiera al oiría hablar, 
habría creído a la truhana de Cuca una puritana de 
más calibre que el propio señor don Venustiano Ca- 
rranza, glorioso desfacedor de entuertos y endere- 
zador de agravios, que no había podido ver indife- 
rente las desgracias de la Patria sin correr en su 
auxilio y i 

Lo que peor efecto produjo, a raíz de aquellos su- 
cesos, fué el desplante inaudito del insigne Pinga- 
rrón que, como si ningún papel hubiera jugado en 
ellos, seguía impávido viviendo en su «cantón,» así 
lo vieran de reojo y de mala manera todos los inqui- 
linos, a excepción de Rémington, cada vez más en- 
cariñado con él. Y si Porras no llegó a aparecerse 
por la casona, fué de seguro, por temor a una «man- 
teada> de los estudiantes, o a una cuchuñeta que lle- 
vara aparejada «trompiza» de parte de algún otro de 
los inquilinos machos. Si Pingarrón paseaba su in- 
solencia en ella, debíase a que, conocedor de su fuer- 
za política, y manejador de «influencias» se consi- 
deraba a cubierto de ataques y amenazas. Tenía 
fuero. 

Con su concurrencia a la casa, al que hacía vivir 
intranquilo siempre era al artesano que se pensaba 



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490 E. MAQUEO CASTELLANOS 

' • ■ • ■ i •■ - - 

que, aquel saco de cinismo, no se habría de resig- 
nar con que le hubiera fallado la partida, y estar 
cargando, como sin duda lo estaba, con el inútil gas- 
to de sostener a la pareja Porras-Chita, sin que él 
hubiera logrado su objeto. Por eso que, por pri- 
mera vez en su vida acaso, proyectara el artesano 
cometer una acción que, sin ser mala en realidad, 
le repugnaba, ya que él no se sentía ser ni un dela- 
tor ni un hombre que le gustara tomar venganza o 
desqite a la sombra, sino cara al sol y a pecho des- 
cubierto. 1 

Pasó el sucedido como sigue: 

Por aquellos días, Barbe estaba más que nunca 
inquieto y nervioso; mas, quebrantando su manera 
de ser, estaba al propio tiempo discreto y reserva- 
do como nunca, al grado de que ni la misma Tachi 
conocía cuál era el motivo de sus inquietudes, por 
más que ella lo atribuyera a la contratación de nue- 
vos compromisos. Y sin embargo, Barbedillo su- 
fría; así, sufría lo indecible, al no poder descoserla 
lengua, refiriendo cuáles eran sus cuitas, >..-;' 

¿Que cuáles eran? Pues nada menos que el ser 
posible que alcanzara próximamente aquella sofiada 
curul que tanto deseaba. Los diputados estaban 
conspirando contra Huerta, y era segura la disolu- 
ción de las Cámaras! 

Conspiraban, tanto los pocos quisquillosos que, 
habiendo pertenecido a la hornada maderista, y 
siendo de neta filiación «renovadora» se habían que- 
dado firmes en la curul, después del Cuartela- 
zo, cobrando los quinientos «locos» mensuales, y 
aparentando sumisión al «chacal,» como aquellos 
que, independientes, figuraban en la Cámara como 
elementos no adictos aunque tamp>oco contrarios; 
los aguas «tibias» de todos tiempos. 

Las cosas habían llegado a extremos tales que 



LA RUINA DE LA CASONA 491 

era inevitable un rompimiento entre el usurpador 
y la Cámara. Ésta quería sacudirse a Huerta, que 
ni quería dejar el poder mediante la convocatoria a 
elecciones, ni buscaba apoyo si no era entre sus in- 
condicionales partidarios, la mayoría de espúrea 
extracción, y mismos que lo empujaban a la disolu- 
ción con el fin de colar ellos en la nueva Legislatura. 
Acaso la finalidad fuera distinta, obedeciendo mejor 
a un acondicionamiento con la revolución: acaso 
muchos de los oposicionistas se inspiraran bien, 
crédulos de poder llevar al Ejecutivo al buen cami- 
no. Por su parte, éste, que «las veía venir,» aparen- 
taba dejar hacer, esperando tal vez la propicia oca- 
sión en la que, sin él provocarlo, se le diera motivo 
para la disolución. 

Cuando Barbe oía hablar de tales rumores a An- 
drade o a Orbezo, pongamos por caso, replicaba 
queriendo desviar el criterio y salir al encuentro, 
temeroso de que el asunto se externara. 

—¡No hombre! ¡Eso no es posible! Huerta es 

incapaz de tal cosa. Es respetuoso para con la ley 
y los poderes constituidos, y eso que ustedes dicen 
equivaldría a un golpe de Estado 

—¡Uno más! A eso reduciríase todo. 

—¡Pero que le saldría contraproducente, signifi- 
cando un error! Disolviendo las Cámaras, se priva 
del elemento que le dio su pretendida legalidad.... 
Ya ha jugado bastante con lumbre, con eso de las 
elecciones, posponiéndolas primero; haciéndolas en 
su favor después; declarándolas nulas y pretendien- 
do de nueva cuenta convocar para ellas 

—-¡Y dejen ustedes eso! Más que nada, el peligro 
que correría de que entonces, y ya de una buena vez, 
los americanos lo echaran del poder .... 

—Por eso sostengo que no lo hará. ... No lo ha- 



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492 E. MAQUEO CASTELLANOS 

- ..:.- - I 

rá ¡No es tan tarugo! Y yo sé bien lo que digo, 

porque ando con los hombres del poder 

«¡Y sin embargo, sí que lo hará!> pensaba para 
sus interiores Barbe; lo malo es que no lo haga ma- 
llana mismo sin más pérdida de tiempo, ya que todo 
el que se pierda lo pierdo yo para llegar a diputa- 
do! ¡Debe hacerlo inmediatamente y formar cgu 
Cámara con nosotros» sus amigos de verdad, que no 
le haremos «la tambora de lado,» como esos poca 
vergüenza de «renovadores.» I . 

Huerta lo hizo: cometiendo, como había indica- 
do Andrade, un grave error que concluyó por des- 
quiciarlo. La desaparición, en acto de fuerza, de la 
Cámara legítima, para ser substituida en una fulgu- 
rante elección de transparente e imperiosa consig- 
na,por otra de adictos, pero sin los necesarios pres 
tigios, lo puso al borde del abismo, privándolo del 
buen concepto y aprecio, no sólo ya ante la opinión, 
sino ante los gobiernos extranjeros que se habían 
demostrado amigos, y dando pávulo al de usurpa- 
dor, en el que lo tenía calificado el gobierno ameri- 
cano. 

El golpe de Estado fué imprevisto por increíble, 
para muchos de los mismos diputados, que no pen- 
saron que Huerta osara a tanto. 

La causa, alguna interpelación que la Cámara 
proyectó hacer a Huerta en la sesión del 9 de octu 
bre de 1913, a propósito del asesinato político de los 
diputados Rondón, Lazarin y Gurrión, y del sena- 
dor Belisario Domínguez, hombre este último de 
nula intelectualidad que, en rasgo de loco, había 
pronunciado en el Senado un discurso contra Huer- 
ta, sin finalidad concreta ni proposición alguna 
útil. 

Abierta la sesión, presentóse a ella el Ministro de 
Gobernación, y en uso de la palabra, invitó primero 



LA RUINA DE LA CASONA 493 



M- 



y conminó después a los diputados para que no abor- p 

darán tan escabroso asunto. 5^ 

Resistieron aquellos con diversos pretextos, y 
entonces el Ministro anunció que llegaría, por ins- > 

trucciones del Presidente y asumiendo las respon- ;|5 

sabilidades del caso, hasta la disolución del Cuerpo 
Legislativo. Intentóse protestar por algunos dipu- ?? 

tados: otros buscaron la salida hacia la calle, encon- v>v 

trándose alas puertas con la policía que les cerró 7 

el paso, e informándose de que, en los sótanos de la . j 

Cámara estaba escondido el famoso 29 Batallón; el 
mismo que había decidido de la suerte de Madero, 
ayudando a Huerta a derrocarlo. 

Pocos minutos después, los diputados considera- ', 

dos como los más agresivos y de temer, habían sido '^^ 

detenidos: otros, siguiendo la suerte de los borre- 
gos de Panurgo, entraron en la redada, y pocos fue- f 
ionios indultados que pudieron seguir disfrutando / 
de libertad. Más tarde, la revolución triunfante, 
procediendo con su singular criterio, habría de pre- 
miar como a mártires a los ultimes, o a los que lo- 
graron, por la escapatoria oportuna, no caer en las 
garras policíacas. 

Entre largas filas de soldados los unos, y en ca- 
rruajes escoltados por gendarmes los otros, fueron 
los diputados conducidos a la Penitenciaría del Dis- 
trito Federal, vasto edificio que levanta sus torres y 
sus crujías en la polvorienta llanura comprendida 
entre los llanos de San Lázaro y Peralvillo. 

Sofocado por la carrera emprendida rumbo a la 
casona, a la que quería llevar el aviso oportuno, co- 
mo el soldado de Marathón llevara el de la victoria 
a Atenas, Barbedillo se precipitó en aquella gri- 
tando: . 

— Salgan! salgan a verlos que ahí vienen! 

Ahí se los llevan! .... Yo lo sabía ya desde hace días. 



:-^- 



494 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



porque me lo había dicho Huerta Pero era se- 

secreto de Estado que no podía divulgar! 

Y así diciendo, tomando revancha de su discreción 
obligada de aquellos días, Barbe fué desde la puer- 
ta de la vivienda de la Ventoquipa hasta la de Orbe- 
zo, y de ésta a la de las Menchaca y a la de las Ota- 
mendi, a tiempo en que éstas se arreglaban para 
irse al cine y aquéllas comenzaban a rezar la diaria 
«corona» para q ue Dios se condoliera de las desgra- 
cias de la Patria. I 

— Pero, quiénes son los que vienen? , 

— Quiénes, por Dios bendito? 

—Los zapatistas, de seguro! 

— O los carrancistas! 

— No. . . . no los diputados! Ahí se los llevan 

presos! Bien hecho! Ya era tiempo, caramba! Son 
unos sinvergüenzas que trataban de hacerle a Huer 
ta una mala partida . . . . ! 

A la alarma, asomóse a puerta de calle y balcones 
todo el vecindario, comentando el caso. Y en ellos 
permaneció curioso hasta que el desfile de coches y 
soldados se terminó, a excepción de Gordillo y del 
Garaicito que, instruido por aquél, lo acompañó 
hasta las puertas mismas de la Penitenciaría para 
averiguar si entre los presos iba el insigne Pin- 
gar ron. 

Mas el insigne aquél no iba en el cortejo! 

Ni nadie de los de la casona lo había identificado 
entre los que marchaban a pie, entre filas. 

Así, pues, y como siempre, el avispado politicas- 
tro había escurrido bonitamente el bulto a la hora 
del peligro. 1 

Barbedillo, al saber tal, se inquietó porque su- 
puso y con razón, que al siguiente día, el muy la- 
dino de Pingar ron se estaría ya proponiendo con 
Huerta para diputado de la nueva hornada, lo que 



LA RUINA DE LA CASONA 495 

sería muy capaz de conseguir, porque, para artes 
malas, las suyas. Y si así era, el enemigo resultaba 
formidable. .. 

También inquietóse Gordillo; pero por distinto 
capítulo: habría querido ver al diputado en el desfi- 
le, porque eso le habría significado relativa tranqui- 
lidad: Pingarrón entre rejas, era menos de temer 
que en libertad: la amenaza contra las indefensas 
«Corcheítas» disminuía en parte. 

¿Se había ocultado Pingarrón o era que, por el 
contrario y haciendo indignos papeles había logrado 
ser de los indultados? 

Esto era lo que importaba saber al artesano, y lo 
que averiguó con toda facilidad, valiéndose de vul- 
gar estratagema. 

De estar oculto, era seguro que se habría refugia- 
do en la casucha en la que Porras y su manceba 
transcurrían su luna de melaza. Si era así, de tal 
madriguera lo sacaría él, Gordillo, para hundirlo en 
la correspondiente celda de la Penitenciaría, en la 
que pagaría, más que pecados políticos, crímenes 
de otro orden que él se sabía! 

Y si era preciso para ello delatarlo, lo delataría. 

Ante tal enemigo, toda consideración, todo repul- 
go, debería ceder. No era por cierto, cosa agrada- 
ble para el honrado artesano hacer oficios de espía 
y delator; no los haría nunca con otro hombre; pero 
tratándose de aquél, sí! Eli escrúpulo resultaba pu- 
nible porque equivalía a dejar cerniéndose sobre las 
cabezas de las<Corcheítas,»sus protegidas, peligros 
sin cuento. 

Si Pingarrón, en vez de estar oculto, había logra- 
do ser de los indultados y permanecía, por lo tanto, 
siendo una amenaza para aquellas indefensas cria- 
turas, ya sabría él cómo cuidarlas, resuelto como 
estaba a hacerlo, a costa de cualquier sacrificio. 









-¿'' 



496 E. MAQUEO CASTELLANOS 

Con mafia, hizo que uno de sus tantos trabajado- 
res fuera a la casa de Porras, fingiéndose operario 
encargado de revisar la instalación del alumbrado 
eléctrico; pero con el fin de averigar si estaba o no 
escondido allí el diputado: y la estratagema dio el 
resultado apetecido: allí estaba. Esto investigado, 
ahora todo era cuestión de un parte a la policía. 

A darlo fué Gordillo; pero no contó que, Pinga- 
rrón se había adelantado a sus intentos en uno de 
sus maestros golpes. . | 

Con efecto: si en los primeros momentos y al ha- 
ber logrado escurrir el bulto en la Cámara, la tarde 
de la disolución, el diputado se había ido a esconder 
en la casa de Porras, al siguiente día, convencido 
de que Huerta no intentaba «suprimir» a ninguno de 
aquéllos y de que, por lo tanto, no se corría peligro 
de vida, y resolviendo la ecuación que se le había 
propuesto, ya que, de no presentarse a las autorida 
des quedaba inutilizado lo mismo con Huerta que 
con Carranza, para dado caso de que éste triunfara, 
pues si con el uno aparecía delincuente, con el otro 
aparecía cobarde, resolvió presentarse: tal paso lo 
ungiría con la revolución; y si ésta triunfaba, ten- 
dría derecho para presentarse como una víctima, 
como uno de los mártires sacrificados por «la causa» 
y por eso que, en dramático gesto, ocurriera a la 
cercana Demarcación de Policía. 

Allí estaba Gordillo y allí pudo ver al exdiputado 
que, con arrogante verba, manifestó alcomisarioqne 
«iba a reclamar su puesto de honor al lado de sus 
compañeros sacrificados, legítimos representantes 
del pueblo.» Cuando, acompafiado de una pareja de 
policías y del oficio respectivo de consignación pasó 
junto al artesano, con aquella su genial sonrisa, to 
davía tuvo el valor de recomendarle que avisara a 
sus amigos, informándolos de que «él nunca eludía 



■■--í£Ím5í - 



LA RUINA DE LA CASONA 497 



responsabilidades, aun con peligro de vida» El 

artesano se quedó lelo contemplando tanta desfa- tí 

chatez! jX 

Y Pingar ron ingresó a la cárcel: y allí recibió las " 

visitas de su confidente Porras, y los regalitosde '%■ 

Chita, traducidos en sabrosos dulces, frutas, ciga- f; 
rrillos, y aun alguna minúscula botella de licor, in- 
troducida de contrabando. .. . 



« « 



Barbe la vio «cuajada. > Ahora sí sería diputado! 
Ahora sí que se iba a resarcir de tanto gasto hecho, 
cobrando alientos para amortizar las hipotecas de 
la casona! Para arriba, sin remedio. . . . ! 

Por eso que, en quince días, perentorio plazo acor- 
dado para que se hicieran las nuevas elecciones y 
que mal podía bastar si aquéllas habían de ser lea- 
les o tener siquiera visos de ello, dadas las dificul- 
tades de comunicación, las distancias, y ahora las 
vastas zonas ocupadas ya por la creciente rebelión, 
Barbe se moviera como un epiléptico. Atosigó al 
«Chacal» y a sus Ministros, y no dejó descansar a 
todos aquellos amigos que alguna influencia podían 
tener, moviendo cielo y tierra, y hasta ocurriendo 
de nuevo a Moyano y a algún otro de sus exacreedo- 
res, en demanda de fondos indispensables para ase- 
gurar la elección, mediante expléndidos gajes y 
regalos a los personajes que juzgó que podían garan- 
tizarle aquélla. 

Llegó el día de la elección, angustioso para Bar- 
be; aunque queriendo darse valor, decíale a Tachi 
lo que en otra semejante ocasión: 

-«Es negra en tompeate.» Nadie me la quita....- 

estoy seguro Huerta tiene necesidad de mí. 

Tiene necesidad, porque debe rodearse de hombres 

32 



■■fe-' 



498 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



como yo; fieles y útiles y experimentados en polí- 
tica. Y sobre todo, no puede ser inconsecuente con- 
migo. Ni los amigos tampoco. No de balde me he 
movido tanto y me he gastado un platal .... 

— Ay, Barbe! Como que si en esta no la «pegas» 
nos quedamos arruinados! 

- La pego y la retepego. No faltaba más! Yo sé 
lo que te digo Ya ves: está tan segura, que aho- 
ra no ha habido necesidad de ir al distrito electoral. 
Todo se ha hecho y arreglado aquí. 

Así había sido, en efecto. Y como resultado, 
en pintoresca promiscuidad habrían de figurar en 
aquella Cámara, si el nombre le corresponde justa- 
mente, lo que es más que dudoso, arrivistas milita- 
res y cofrades de cantina; anodinos civiles, punto 
menos que desconocidos, y camaradería de cuartel, 
lo que la haría comparable, aunque siempre con in- 
mensa ventaja, a las Cámaras (?) carrancistas del 
famoso Congreso Constituyente de Querétaro. 

Aquella noche durmió Barbe mal: inquieto y 
desasosegado: en sueños se veía ya en la blanda 
curul, cobrando los quinientos pesos mensuales 
sin hacer nada de provecho para la Patria; pero eso 
sí, proyectando y realizando, a la sombra del oficial 
encargo, prodigiosos negocios, gangas imposibles 
que hacían afluir a sus manos chorros de dinero.... 

Mas, al siguiente día, su nombre no apareció en 
la lista de los nuevos padres (?) de la Patria, en los 
periódicos de la mafiana. 

Ni en los de la tarde tampoco. 

Por lo que se dijo, parodiando a su cónyuge en la 
anterior ocasión: 

-«Aquí debe haber un error: hay, de seguro, 
una omisión imperdonable» 

Fuese a los Ministerios; inquirió: no había salido 
electo. Rectificó con los paniaguados más cercanos 



LA RUINA DE L,A CASONA 499 

a Huerta: no había salido electo. Reclamó de los 
«amigos» y correligionarios, a los que había obse- 
quiado y de los que había obtenido tantas prome- 
sas nada! No había salido electo! 

Ante tamaña inconsecuencia, Barbe sintió lo que 
ya en otras ocasiones había sentido: que la lengua 
se le volvía una esponja; que no podía articular pa- 
labra; que las piernas se le tornaban de algodón 
cardado, y que se desmadejaba todo. Cualquiera 
creería que le iba a dar un ataque. 

Abrumado, entre otras cosas, por la perspectiva 
que se le presentaba con el hostil recibimiento que, 
sin género de duda, le haría Tachi ante aquel nue- 
vo fracaso, volvió a la casona. Obvio es decir que 
sus temores se confirmaron al pie de la letra. La 
que le armó su consorte! Todo lo que hubo de oir 
de la rebelada Tachi, que ahora le echaba en cara 
todos sus desaciertos, todas sus torpezas, todas sus 

«inocentadas» siendo esto último lo que más 

le podía. ¿«Inocente» él, el político práctico, que sa- 
bía al dedillo todo lo que se necesita para navegar 
por el mar de la política, inclusive acomodamien- 
tos, «flexibilizaciones,» «cohonestaciones» y demás? 
Eso sí que le llegaba al alma. 

Total: la centésima película sensacional desarro- 
llada en la casona en menos de un mes y que hizo 
que la de Chita se olvidara en parte. 

El vecindario todo, choteando ahora a Barbe por 
aquella nuevamente frustrada diputación, y Barbe 
trinando en su interior contra el «chacal» y todos 
los chacalitos que tan mal parado lo dejaban 

Por lo que, heroicamente, como él sabía hacerlo 
cuando tomaba una resolución, tomó la de ahora, 
acompañada de un cognac; pero ya no en unión de 
alguno de los compinches del «usurpador,» sino en 



í->-jr. 



ir;;:. 



500 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



la de un «carrancista,» furibundo conspirador.... 
desde la barra de una cantina! 

—No hay remedio me ha convencido usted! 

Tiene usted toda la razón! La verdad, la justicia, el 

derecho, el honor y todo están del otro lado 

En Carranza radica la salvación del país! 

— Chóquelas, pues, por Carranza 

Chocar de las dos copas, vaciando el contenido 
en un solo trago; chasquido de lengua contra el pa 

ladar, en prueba de satis/acción, y Barbe se 

afilió resueltamente a la carranclanaday seguro de 
que era una promesa resarciadora para el porvenir, 
a íin de que pudiera salirse con la suya, de figurar 
en política, no tanto por eso sólo, cuanto por defen- 
der así, mejor, los «intereses creados,> de los que 
se consideraba representante! 



CAPITULO VII V 

«Mater Aflicta» 

EU «carrancismo» tenía la codicia de poseer un 
puerto sobre las costas del Golfo, porque sabia bien 
que la posesión de aquél habría de facilitarle in- 
mensamente el triunfo tan deseado, ya que, no obs- 
tante hallarse respaldado por una fuerza moral in- 
contrastable, la de un tercero empeñado en llevarlo 
al éxito, los restos del desorganizado ejército fede- 
ral, aun podían contenerlo en sus intentos de avan- 
ce hacia el sur de la República, donde la revolución 
no gozaba de prestigio, por lo que el Gobierno huer- 
.tista, al contar con todas las fuentes de elementos 
y riquezas que la posesión de esa zona del país le 
proporcionaba, podía prolongar la lucha indefinida- 
mente. ^^ ■'• 

Por eso que con tanto tesón tratara de posesio- 
narse de Tampico, como había intentado hacerlo en 
el Pacífico, de Guaymas y Mazatlán, siempre esté- 
rilmente, ya que jamás había podido vencer a los 
aislados defensores de aquellas plazas. Ocupar Ve- 
racruz era imposible: los contados núcleos revolu- 
cionarios de ese Estado, eran, sobre insignificantes, 



'i 






502 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



bastante prudentes para tratar de asaltar una pía 
za medianamente defendida. i 

Por eso, pues, que el esfuerzo se concentrara so 
bre Tampico; y sin embargo, los carrancistas no 
habían podido ni siquiera aislar aquel puerto de! 
resto del país, porque no habían logrado cortar la 
comunicación entre Tampico y San Luis Potosí, de 
fendida por un valiente puñado de indios juchite 

COS. 

La defensa habría de resultar estéril a la postre; 
una voluntad de más allá de la frontera, había deci 
dido sobre los futuros destinos de México, resuelta 
a anarquizar el país condenándolo a la autofagia. Y 
así, como gigantes cuervos marinos, centinelas de 
avanzada en las aguas del Golfo, barcos de guerra 
americanos se habían estacionado frente a las ra 
das de Progreso, Veracruz y Tampico, contra todo 
derecho, y en ellas vigilaban. 

La plaza y puerto de Tampico, amagados por los 
carrancistas, estaba declarado en estado de sitio, y 
por lo tanto bajo el absoluto dominio militar de los 
jefes que lo defendían. Estos, con el fin de evitar 
por su parte la ayuda que se le prestaba a los ene 
migos, y que en Tampico sirvió para que correos 
de k>6 unos hicieran llegar hasta los otros noti 
cias de interés, los defensores de Tampico, deci- 
mos, celaban y guardaban a su vez las entradas del 
puerto y los caminos que a él conducían, a fin de 
evitar los subrepticios contactos. 

Por eso una orden, dada a conocer con toda ante 
lación a los comandantes de los barcos de guerra 
americanos, lo mismo que a los capitanes de barcos 
mercantes, prevenía que ninguna tripulación pu- 
diera saltar a tierra si no era por determinado mue- 
lle, desarmada, y con el solo objeto de poderse sur- 
tir de víveres y recoger el correo. Tal orden se 



LA RUINA DE LA CASONA 503 

ajustaba en un todo con las leyes de la guerra, y 
' salvo el deliberado propósito de provocar un con- 
flicto por su desconocimiento, no podía dejar de ser 
observada en rigor de principios de ley internacio- 
nal. 

Elsto no obstante, el comandante del cañonero 
americano «Dolphin» destacó del flanco de su bar- 
co un bote tripulado por marinos armados, los que, 
sin hacer aprecio de la orden referida, trataron de 
desembarcar por distinto punto del señalado. El 
centinela que lo guardaba marcó el alto sin ser obe- 
decido; entonces llamó al inmediato oficial de vigi- 
lancia, el que redujo a prisión a los marinos, con 
perfecto y pleno derecho, dando de ello cuenta a su 
^ superior inmediato, que lo era el bravo y pundono- 
roso veterano, coronel Hinojosa, que apoyó en sus 
procedimientos al oficial. 

Eln cuanto dicho procedimiento fué conocido por 
el almirante americano Mayo, éste pidió la inmedia- 
ta libertad de los presos, con la conminación de que, 
de no ser atendido, la escuadra americaana, apos- 
tada frente a Tampico, abriría fuego sobre la plaza. 

El jefe de ésta, conociendo la gravedad de la 
amenaza y no queriendo precipitar acontecimientos 
que no debían precipitarse si aun era posible evi- 
tarlos, acordó la pedida libertad, con la prevención 
de que, si el caso se repetía, se vería obligado, muy 
a su pesar, a no tener más deferencia. 

Fué este jefe el ameritado general Ignacio More- 
los Zaragoza. ;•, 

Mayo estimó que el «ultraje> había sido de tal 
magnitud, que no se podía satisfacer el honor con la 
libertad de los marinos presos, no obstante haber 
sido ésta su primitiva demanda; y pidió una «satis- 
facción» dentro de perentorio término, la que con- 



504 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



I 



sistiría en un saludo de artillería de la plaza, a la 
bandera americana. 

Respondióle el jefe de aquélla que no estaba den- 
tro de sus facultades el darla, y que ya se dirigía 
solicitando instrucciones, a su Gobierno. 

Mayo reprodujo con apremio su demanda, agre- 
gando que los «osados» oficiales que habían efectua- 
do el arresto de los marinos, deberían ser casti- 
grados. I 

¡Y esta demanda la hacía quien, como jefe de una 
escuada de guerra extranjera, llevaba sendos meses 
de estar violando aguas territoriales de extrafio 
jads, con su estancia indefinida en éstas, no obstan- 
te las protestas formuladas al efecto por el gobier- 
no de ese país autónomo! 

¥A gobierno mexicano, para calmar la iracundia 
tan oportunista como falsa del dueño de aquellos 
mares por obra de su fuerza superior, ofreció abrir 
investigación sobre el caso, disponiendo desde lue- 
go y para castigarlos, si a ello se habían hecho acree- 
dores, el que se pusiera fuera de servicio a los 
subalternos que habían ejecutado el arresto de los 
marinos. 

Mayo, por instrucciones de su gobierno que no 
cejaba, viendo llegada la tan deseada oportunidad, 
no quiso admitir la justa proposición e insistió en 
la suya: saludo a la bandera, satisfacción amplia, y 
castigo inmediato de los oficiales, sin más averi- 
guación • • 

La cancillería huertista, en notas bien meditadas, 
habíaidohasta el límite extremo déla condescenden- 
cia; hasta donde el honor y el decoro del pueblo más 
prudente pueden llegar; pero tal conducta no podía 
satisfacer las exigencias de aquellos que, lo que 
buscaban, era la abdicación vergonzosa de Huerta; 
su caída catastrófica, precipitándolo desde lo alto 



t ■■-.■ 



■^ y -■ 



LA RUINA DE LA CASONA 505 






W 



J--. 



del poder hasta el abismo. Y entonces Huerta mis- 
mo, con todo y ser quien era, dipsómano y estrá- 
vico en lo moral, repujó el acceder a la demanda, 
prefiriendo en los primeros momentos, al parecer^ 
arrostrar con todas las consecuencias. *' 

Estas no se hicieron esperar. ' 

LiO lógico, lo indicado, lo consecuente con la acti- 
tud adoptada por Mayo, que no era más que un ede- ^ ; 
can de la Casa Blanca a bordo de un acorazado : W 
americano, habría sido la demostración militar con- 
tra Tampico, teatro de los sucesos; y si ni aun así 
se obtenía la demandada satisfacción, humillante 
no para Huerta sólo, sino para todo un pueblo, el 
atacar aquel puerto y tomarlo, y retenerlo a viva 
fuerza. Mas no pasó así. 

El 21 de abril de 1914, día que siempre será, para 
todo buen mexicano, de triste remembranza, la for- 
midable escuadra americana que había estado an- 
clada frente a Veracruz por meses, con los trans- 
portes de guerra acoderados mañosamente a los 
barcos, desplegó en zafarrancho de combate sus 
cuarenta y tres unidades, formando un semicírculo 
extenso que abarcaba desde las costas de Vergara 
al Norte, hasta la Isla Verde al Sur. Dentro de la 
. bahía misma se hallaban el «Chester» y el «Flori- 
da» que, en son de paz, habían echado anclas en 
ella • V 

Y entonces se consumó lo inaudito, lo imperdo- 
nable, lo odioso para un pueblo que se ha preciado 
siempre de ser el guardián de los derechos de Amé- 
rica, y el protector de las nacionalidades débiles 
del Continente, no por obra de ese gran pueblo 
amigo y decoroso, sino de un gobierno que, inspi- 
rado en un rencor personal y en un capricho contra 
* Huerta, hirió de rechazo a toda una nacionalidad: 
la mexicana. 



:S:;'.' v:- 









506 E. MAQUEO CASTELLANOS 

Puesta en batería la escuadra americana y aboca- 
dos los gruesos cañones del«Chester y del «Plorida> 
contra la casi indefensa plaza de Veracruz, el Co- 
mandante de aquélla, Pletcher, hizo del conocimiento 
del de ésta, y por conducto del Cónsul america- 
no, que iba a atacarla dentro del plazo de «una ho- 
ra;» y desgraciadamente, el militar mexicano, en 
vez de asumir la actitud que debió haber asumido, 
fué presa del desconcierto, y abandonó rápidamen- 
te la población dejándola en brazos de la suerte y 
huérfano en ella su espadín de mando! 

Instantes después, de a bordo de los barcos ame- 
ricanos de transporte comenzaron a desprenderse 
fuerzas de desembarco, que en botes se dirigieron 
a tierra rumbo al muelle llamado del Ferrocarril. 
Dióse cuenta un grupo de paisanos de tal maniobra, 
y la voz de que los invasores desembarcaban cundió 
como un reguero de pólvora. Y cuando todo mundo 
esperaba la resistencia militar, aunque en ella hu 
biera de sucumbir la tres veces heroica urbe, que 
ostentaba en sus bastiones lacras de bombas espa- 
ñolas, francesas y americanas, de los años de 22, 36 
y 47, se supo con indignación que el núcleo de las 
fuerzas defensoras la habían evacuado! 

Entonces sobrevino algo digno de los días de la 
antigua Grecia: y en plena playa veracruzana, resu- 
citó un puñado de homéridas encarnados en los 
cadetes de la Escuela Naval y en los hijos del bajo 
pueblo veracruzano. | 

Unos y otros corrieron a armarse, como pudie- 
ron, donde pudieron. Y cuando el invasor esperaba 
no encontrar resistencia, fué recibido a balazos que 
diezmaron un batallón de «panameños» que era de 
vanguardia en el desembarco. Bravamente, fiera- 
mente, ebrios de coraje y de santo entusiasmo, los 
niños cadetes se parapetaron en su amada Escuela, 






'■ V- 



vi-; 



LA RUINA DE LA CASONA 507 

y el pueblo en bocacalles y azoteas, y desde allí re- 
pelieron el ataque.. ..■ - 

Los invasores, desconcertados, retrocedieron; pe- 
ro a poco, reorganizados y protegidos por el fuego 
de los cañones de mediano calibre del «Chester» 
que comenzaron a vomitar metralla sobre la pobla- 
ción, reanudaron el ataque con más nutridas fuer- * 
zas, y palmo a palmo fueron ocupando el terreno 
que se les disputaba briosamente, sin poder reali- 
zar la obra de la ocupación en el mismo día en que 
la intentaran, sino hasta el siguiente en el que, con- 
vencidos los defensores de la inutilidad del heroico J 
esfuerzo, cesaron en sus resistencias dejando a sal- % 
vo el honor con la sangre de un puñado de héroes »;; 
muertos en el cumplimiento del más sagrado de los 'I 
deberes! 

Los nombres de dos donceles épicos bastaron 
para inundar en gloria la página de esos días, su- 
mándose a los de aquellos que, sesenta y seis años 
antes, habían caído inmolados defendiendo aquel 
peñón, nido de aguiluchos que se llama Castillo de 
Chapultepec, como éstos habían defendido el nido 
de marinas águilas que se llama «Escuela Naval de ' 

Veracruz* Son los nombres de los cadetes üri- 

be y Azueta! 

El día mismo en que los últimos cadetes abando- 
naron Veracruz, el que esto escribe pudo verlos (que 
entre ellos los había de sangre suya) con las ropas 
desgarradas, con los uniformes en girones, sin un 
centavo en los bolsillos para comprar comida; pero 
radiantes de satisfacción por haber cum^Jlido como 
buenos, dando ejemplo a los que dárselos debieron. 
Y sin embargo, su ejemplo no estimuló a muchos 
que, portando galones, no supieron o no quisieron 
disputar el paso en más de una ocasión, a la hueste 
carrancista! 



i-. : ■ 









M 



508 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



Y ver pudo, cómo al propio tiempo que se lavaba 
del pavimento del Parque Central de Veracrua la 
sangre de los últimos muertos, una detestable ban- 
da americana pretendía tocar, en el kiosko de aquél, 
una fantasía de «Carmen,» que hacía en los oídos 
peores estragos que los que los obuses de los bar- 
cos de guerra habían hecho en las paredes de la 
cercana parroquia. 

Allá lo recibieron los maternales brazos de una 
anciana, que con amargo llanto, tuvo en esos mo- 
mentos una frase digna de ateniense matrona: - 
«¡Para qué haber vivido setenta afios, si al cabo de 
ellos tenía que ver esta ignominia!» 



» 
« « 



Al conocerse en la República toda el alevoso ata- 
que, un diverso sentimiento, digámoslo con sereni- 
dad, sacudió a todas las masas sociales. La inmensa 
mayoría, comprendiéndose en ella a los elementos 
netamente populares, sintióse presa de santa in- 
dignación; y a poderlo, habría volado empufiando 
las armas en defensa del territorio nacional. 

Una débil minoría sintió, en cambio, el regocijo 
mentecato y punible de quien, por fin, ve hundido 
al enemigo, aunque sea a costa del decoro de la Pa- 
tria y por obra del extranjero, que a tanto conduce 
la pasión política. 

El huertismo se sintió sobrecogido de mortal es- 
pasmo, entendiendo bien que la última hora había 
sonado para la impopular dictadura. Y no faltó 
finalmente quien, condenando duramente el aten- 
tado sin nombre cometido en Veracruz, condenaba 
a la vez a Huerta, cuya inmoralidad administrativa 
y cuya personal idiosincracia habían sido lasdeter- 



■■■i- 



U^ RUINA DE LA CASONA 509 

minantes aprovechadas por el solapado enemigo de 
su Gobierno. 

- ¡Tenía que suceder! A esto nos ha llevado Huer- 
ta el dipsómano, el carnicero, el malandrín! de- 
cía Barbedillo, que, con su fino olfato, percibía que 
el huertismo, todavía ayer elogiado, aunque fuera 
a fuerza de fuerzas por él, entraba en plena agonía, 
preparándose, como buen diplomático, a comenzar ^ 
el ditirambo en favor del carrancismo, con la mira 
de «salvaguardar los intereses.» 

— Cualquiera creería que con eso experimenta 
usted una íntima satisfacción, señor don Eustaquio 
— reprochábale Gordillo. 

— No es que me alegre precisamente pero 

así, de una vez, veremos claro y sabremos a qué 
atenernos. -.:.:.: r\- '■-• í": 

—Pues yo sí que me alegro, me alegro y me ale- 
gro! — decía regocijada Cuca Otamendi. Ya no más ' p; 
Huerta! Que se largue! Si así han de ganar los ¿¿J 
nuestros y de una vez acabamos, no le hace que ven- 
gan los gringos! 

— ¿Y la sangre de mexicanos que ha corrido en 
Veracruz? Repare usted, además, Cuquita, en que 
eso tiene marcado sabor de traición a la Patria 

— ¿Quién les mandó defender al usurpador? La 
traición está en defender a éste, que es el que con '^^v 
sus cosas nos está echando encima a los yanques... . 
Que deje a los constitucionalistos defender a la Pa- 
tria, que ellos sí que sabrán hacerlo! 

— Eeeesooos sí que son traidores! — ahulló Tafo- 
lia — Carranza apenas si ha proootestado, diciendo 
que papapara eeeso de Tampico, que se entiendan 
con él 

— La pelada es que el pueblo todo está conmovido 
e indignado, y que recorre las calles ardiendo en 
patriótica ira. ; ; ^, 



•V ■ • ■- .• 

•'y . ■ * ■ ■ ■!••..■ 



510 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



— Ya echaron abajo la estatua de Washington, y 
arrastran pedazos de ella por las calles 

— Gravísimo! Para acabar de complicar la situa- 
ción! Y a eso se le llama patriotismo? Lo patriótico 
estaría en que, pues que no lo quieren los primos, 
Huerta renunciara! ' . 

El de tan sesuda y práctica observación, había 
sido Barbedillo, como bien se habrá comprendido. 

La verdad es que hay mucho de artifícialidad en 
esas demostraciones, objetó Andrade — y que con 
ellas, fomentadas en buena parte por los elementos 
oficiales, lo que se busca es defender un Gobierno 
personalista, insostenible, y no defender a la Pa- 
tria 

Mientras tan contrarios sentimientos predomi- 
nan en algunos de los personajes de nuestra suce- 
dida novela, llegando algunos hasta el borde de la 
disputa, como acontecía con el tartamudo que, de 
la noche a la mañana, se había vuelto indómito y 
brabucón, y encendiendo en otros un rencor, como 
sucedía en Gordillo, que estaba resuelto a no volver 
a cruzar psJabra con los «traidores,» para otros 
más la cuestión de Veracruz era algo de perlas, por 
lo que no podían ocultar su repugnante regocijo. 

— Ya están ahí, amigo Rémington! — decía por 
ejemplo Porritas. 

— Las horas del huertismo están contadas, Po- 
rritas! Hay que saber que con el coloso del Norte 
nadie se puede enfrentar! | 

— Por supuesto! Hacerlo es criminal Por lo 

demás, esta es una intervención legítima. 

—^Naturalmente. No se tratado tomarse una pul- 
gada de territorio ni de intervenir en las cuestiones 
netamente interiores. Lo que se quiere es devol- 
verle sus libertades a este pobre pueblo oprimido. 

— El triunfo del señor Pingarrón puede descon- 



LA RUINA DE LA CASONA 511 

tarse ya. Saldrá de la Penitenciaría para un Minis- 
terio. 7. ; V 

— Es lo indicado. 

Pronto estaremos en el Poder, Rémington! i| 

Vengan esos cinco 

— Chóquelas, Pprras! Esto no es más que justi- 

Olci -. ■ " 

— Justicia y reparación! ^ 

Y el asqueroso mequetrefe y el enigmático per - 
sona je estrecharon sus diestras. 

Era exacto, como alguno de los interlocutores en 
los diálogos antecedentes lo había indicado, que las 
multitudes, casi sin distingos, y obedientes a la voz 
del patriotismo, alevosamente lastimado, se habían 
lanzado en son de protesta, por avenidas y paseos, 
y como en los días postreros de la etapa porfirista, 
en compactas masas airadas e iracundas, deturpa- 
ban al invasor y pedían venganza para el ultraje, co- 
mo entonces habían demandado la renuncia. 

El movimiento, producido espontáneamente, fué 
detestablemente explotado; torpemente usado en 
beneficio propio por el huertismo, que, perdida ya 
la brújula, no sabía dar sino traspiés. A la actitud 
del pueblo, franca y resuelta, de los primeros mo- 
mentos, respondió el Gobierno propalando noticias 
falsas, las que, al haber de ser rectificadas a poco, 
al tiempo mismo que se iban conociendo ciertos de- 
talles vergonzosos, como la violenta desocupación 
de Veracruz, produjeron el efecto de que las multi- 
tudes comenzaran a vacilar Se había mentido 

tanto, se mentía tanto! Y así hasta se llegó a negar 
el mismo desembarco de los invasores en el primer 
puerto. 

Para colmo de desaciertos, en una inexplicable 
falta de seriedad y de mesura, frente al tremendo 
problema, se comenzó ia mojiganga de la rápida 









'. - ". ■ ■■•,.-?■ 

.^^^ ■■■, . ^.-rj 






152 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



militarización de los elementos todos, excepto del 
más noble y generoso para casos tales, a cuyos 
sentimientos no se habló o no quiso hablarse, como 
estaba indicado, tal vez por temor al desaire; acaso 
por miedo a la lealtad del mismo: el pueblo. 

Y fué por eso que, en pocos días más, el popular 
entusiasmo hubiera decaído por entero, y la ira y 
el odio que en un principio convergían contra el in- 
vasor, se enderezaran ahora contra aquellos perso- 
najes de coro de zarzuela y contra el hombre que, 
ni en días tan crueles para la Patria, sabía reaccio- 
nar para ir tranquilamente, enérgicamente, inteli- 
gentemente, al cumplimiento del deber, siquiera 
fuera por su propia categoría militar! Y aun co- 
menzó a disculparse al carrancismo, que, algo más 
político, había sabido no caer en desgraciadas <pos- 
ses> en tal situación. i 

Don Venustiano Carranza no había hecho otra co 
sa, frente a la invasión, que protestar tibiamente, 
sin condenar la agresión ni anatematizar al invasor 
ni conminarlo para que desocupara el territorio, 
apercibido que, de no hacerlo, él y sus huestes lo 
batirían donde lo encontraran. Pero siquiera había 

huido del ridículo Carranza se había dirigido 

a ese invasor proponiéndole que las diferencias sur- 
gidas con motivo del incidente del «Dolphin» se le 
sometieran a él como «Primer Jefe.» ¡Lástima que 
así no hubiera sido! No habría tenido la nación me- 
xicana ni el mundo todo que esperar a que corriera 
todavía algün tiempo más, para ver al mismo hom- 
bre consintiendo, de más vergonzoso modo, la ocu- 
pación del territorio nacional por los soldados de 
Pershing y por espacio de once meses! El triste 
resumen total fué la más espantosa estafa al patrio- 
tismo! 

La pasión política, como un terrible ácido, como 



W:: 



LA RUINA DE LA CASONA 513 



/ 



un corrosivo omnipotente, como un letal tósigo de- 
rramado imponderablemente en el aire todo, abría 
ancha brecha entre el dolor de la aflicta Madre y la 

noción del cumplimiento del deber en los hijos 

En el corazón generoso de aquella Mater Polorosa, 
clavados estaban los siete puñales laceraates por 
mano de los propios hijos Mancillada en su or- 
gullo de altiva matrona; afrentada en su dignidad de 
soberana, sus lágrimas rodaban y rodaban al vacío, 
porque los hijos ingratos no oían, no podían oir sus 
voces de clamante socorro, ensordecidos en el fra- 
gor de la lucha fratricida! Sobre los girones de ella, 
el que quedara triunfante disfrutaría de las satis- 
facciones de la rapiña! Y entre tanto, en sus huesas 
sagradas, se sacudían coléricos aquel bravo Xico- 
tencatl, aquel Antonio de León, y aquellos homéri- 
das cadetes que Chapultepec empollara en su peñón 
en el año de 47! 



« * 



En espasmódica manifestación patriótica, grupos 
de artesanos se alistaron voluntariamente para ir a 
combatir al invasor, contestando como siempre de 
«presente» al llamado de la Patria. Y en vez de ser 
enviados a ese frente enemigo, fueron con engaño 
conducidos a combatir a la revolución, que, alentada 
ahora con la proximidad del triunfo, se desbordaba 
hacia el Sur . r 

Y el Ejército? El viejo aguerrido Ejército Federal 
qué hacía entre tanto frente al inevitable conflicto? 
Digámoslo con dolor, pero con sinceridad. Parte de 
él, integrada por algo de la vieja guardia y por no- 
veles militares de pundonor, obrando sin vacilado-. 
nes ni temores adoptó la única debida actitud : viril- 
mente ocupó su puesto y pidió que éste fuera en la 
avanzada contra el enemigo: pero otra parte ¡ay! 

- -' : 33 



514 E. MAQUEO CASTELLANOS ,; 

contaminada, viciada, enervada en aquella atmósfe 
ra venenosa del huertismo, sintió la estupefaccióa 
vecina del azoro. Si la guerra contra el invasor se 
formalizaba, aquella campafia no sería semejante a 
muchas otras en la que se había jugado a las es- 
condidas con los carrancistas, evitando los encuen- 
tros, pero aprovechando los supremos mandos para 
indignos y punibles tráficos, que a tanto había ori- 
llado la prostitución de tan alto instituto quien lo en 
cabezara en aquel entonces, distribuyendo grados 
y dando oportunidades, a los que no eran acreedores 
de los primeros y sí sabían utilizar ventajosamente 

las segundas ' 

El inválido Orbezo fué uno de los que pidió ser en 
viado a la campafia contra el invasor: a pesar de «su 
pata de fresno> algo podría hacer; algo, pues de ello 

se sentía codicioso Por lo menos <no podría 

correr» frente al peligro, como muchos otros lo ha 
cían . 

— Pero es verdad, Orbezo, que usted ha pedido 
salir a campafia? 

- Sí, señor Barbedillo; yo no puedo ver esto im 
pávidamente! 

- Bah! Déjese de esas faramallas. Sepa usted que 
los americanos no han de pasar de Veracruz. Yo, 
que estoy bien interiorizado de ello, puedo asegu 
rarlo. | . 

- Pero están en Veracruz y eso basta. Y además, 
traen rieles y locomotoras y todo lo necesario para 
una ocupación 

— Y sin embargo, no han de pasar de allí! 

— Sí ... . Lo creo; pero no por falta de voluntad, 
sino porque les cierran el paso, desnudos y han^' 
br lentos, pero bravos y enteros, los soldados de 
García Pefia en Córdoba y los de Rubio Navarrete 
en San Francisco .... 



LA RUINA DE LA CASONA 515 

- No llegarán a las manos con ellos 

- Sí, porque les iría mal. 

-No, porque sería temerario. El plan es infalible, 
amigo Orbezo. El Presidente americano no quiere a 

Huerta Sobre que no le simpatiza por matón y 

usurpador! 

-Y sí quiere a Carranza y a Villa que son seme- 
jantes 

-Supóngalo pero ¿quién se va a oponer a lo 

incontrastable? . 

-Quién? Todo aquel que tenga una gota de san- 
gre en las venas, caray! Y dignidad y eso 

- Usted no sabe discutir con calma. ¡Ya no pode- 
mos con este hombre! Con tantas exacciones y des- 
pilfarres, nos está arruinando! Los que algo tene- 
mos, debemos por fuerza desearque esto concluya... . 

- Mire, don Taco ¿para qué seguir hablando 

de eso, que puede ser causa de que yo tenga que de- 
cir a usted sus frescas? 

- Ah que Orbecito éste! No sé cómo no quiere us- 
ted que se largue Huerta r " 

- Lo que yo no quiero es que otro venga a mandar 
en mi casa! Para mí que no tienen vergüenza, ni pan- 
talones ni nada, los que quieren ver establecido en 
México, un Gobierno a la sombra de los yankees!.... 

- Me despido, mayor, que ahora me acuerdo que 
tengo que ir a ver al señor Pingarrón Hoy sal- 
drá de la Penitenciaría. Me da usted abuso mayor 
que el que se ha cometido con él? Preso dos meses. 
Y por qué? ^^ : . 

En efecto, Pingarrón saldría en tal fecha de la Pe- 
nitenciaría. Una oportunista amnistía, dictada co- 
mo hábil medida política del momento, y que sólo 
habría de servir para que las filas revolucionarias 
se nutrieran con líderes de a última hora, abría de 



516 E. MAQUEO CASTELLANOS 

par en par las puertas de la prisión al cínioo politi- 
castro, allí acuartelado hasta entonces. 

En un lujoso automóvil de alquiler, cuya cuota fué 
satisfecha por Barbedillo, que quería de nuevo con- 
graciarse con el exdiputado, aquél y Por ritas se en 
caminaron a la Penitenciaría que presentaba aspec- 
to de fiesta, por la afluencia de autos, coches, y el ir 
y venir y entrar y salir de familiares de los presos 
que abandonaban las enrejadas crujías entre aplau- 
sos y celebraciones entusiastas. 

Pingarrón, que bien juzgado no era más que un 
insignificante autor de bajas intriguillas, adoptó ai- 
res de encumbrado personaje político sobre el que 
las iras del tirano se hubieran ensafiado, como sobre 
la alta cima el rayo f ulgurador. Y así fué cómo alti- 
vo, lleno de gravedad fingida, abandonó la vasta pri- 
sión, llevando a sus lados al perillán Porritas y al 
equilibrista Barbedillo, que lo abrumaban con sus 
más entusiastas felicitaciones. 

— Y ahora qué piensa usted hacer, señor Pinga 
rrón? — preguntóle el capitalista. 

— La cosa no admite duda, Barbedillo! Sin pérdi- 
da de tiempo, inmediatamente, ir a incorporarme 
con los «míos» allá donde se están defendiendo con 
exposición de la. vida, los principios y las liberta- 
des. ..." r • 

— Muy bien pensado, caramba! Hombres del cali 
bre y del patriotismo de usted están haciendo falta 
para la causa nuestra, para la de los que «brega- 
mos» por la reconquista de los derechos! 

— Su opinión, tan respetable, me fortalece en ffli 
determinación. 

— Y más ahora que está usted ya consagrado por 
esta prisión tan injusta y tan cruel que acaba usted 
de pasar! 

-El cobarde de Huerta! Ha temblado como un 



LA RUINA DE LA CASONA 517 



'^.:^'' ':' .r-^"^*?^ 






Mientras escenas semejantes pasaban en la caso- 
na o en la Capital de la República, otras que se hace 
necesario describir con todos sus colores, se suce- 
dían allá, en la lejana región donde Chaneque «ope- 
raba» aunque fuera en condición de acólito revolu- 
cionario. . ■ ' ' \ " ' 

EU mixteca aquel había tenido ya, en más de una 
vez, que estar cerca de la quema, a pesar de sus re- 
pugnancias manifiestas por ver correr la sang^re, y 
en los avances que, alentados por la ocupación ame- 
ricana de Veracruz habían hecho los rebeldes, apro- 
vechando el que el Gobierno había tenido que dis- 
traer fuerzas para situarlas frente al mencionado 
puerto. 

Y así rodando, Chaneque había llegado a un <cam- 
pamento» improvisado en alguna de las estériles re- 
giones del norte, en pleno arenal. : .. 

Anochecía. 

Las fuerzas carrancistas se habían detenido en 
mitad de la pampa, y a la vera del ferrocarril entre 
Monterrey y Laredo. 

Estaban organizándose para avanzar sobre la pri- 
mera de las plazas dichas, a fin de ocuparla y mar- 
char en seguridad sobre Tampico, cuya toma era 
fácil con la cooperación de los buques del almirante 
americano Mayo. 






mequetrefe al conocer nuestra actitud en el interior 
de la prisión! Y ha tenido, de puro miedo, que dar- 
nos la libertad! ^i 

Y como lo dijo lo hizo el ilustre Pingarrón: en 
cuanto pudo se marchó rumbo a los Estados fronte- 
rizos, a ofrecer sus inestimables servicios al enési- 
mo «libertador» de México, nativo de Cuatro Oiéne- ^ 












í 



i^;'. 



Hl- 



518 E. MAQUEO CASTELLANOS J" 

Los largos y pesados convoyes malamente llama- 
dos trenes militares ya que no eran sino una suce- 
sión de <periqueras,> «góndolas» y furgones de 
carga, en pésimo estado, remolcados por máquinas 
estropeadas por tanto servicio, habían quedado ex- 
tendidos sobre la vía férrea, a manera de gigantes 
reptiles. 

Las chusmas que los tripulaban, habían abando- 
nado por grupos sus estrechos e incómodos aloja- 
mientos de a bordo, desparramándose por la llanura 
en núcleos que la punteaban. 

Aquí y allá comenzaban a encenderse fogatas ali 
mentadas con las pocas brefias a mano recogidas, 
para en sus fuegos salcochar la carne de alguna que 
otra vaca al azar caída en manos de aquellos revolu- 
cionarios. • 

En los contados coches que figuraban en el con- 
voy y que ocupaban los jefes de alta graduación, se 
encendían amarillentas, las lámparas de petróleo. 

£1 enemigo estaba lejos y amedrentado, lo que no 
obstaba para que, por espíritu de imitación, se hu- 
bieran montado «avanzadas» y «grandes guardias» 
que dieran en dado caso la señal de alarma, si es que 
aquél trataba de aproximarse. I 

Un vaho de fuego, un viento caldeado por las are- 
nas d^ los vastos desiertos del Norte, envolvía al 
campamento abrasando con su hálito, y haciendo 
que el sofocante calor agotara los organismos, no 
obstante que apenas si había entrado la prima- 
vera. 

En distintos tonos de voz, pero dominándolos chi 
llones y rompiendo el silencio de la noche, se oían 
los canturreros de los soldados carrancistas, que, 
con tristes ritmos, cantaban esas músicas puestas 
en boga por la revolución y que parecen reflejar la 
tristeza y la atonía de todo un pueblo, con sus notas 



LA RUINA DE LA CASONA 519 

melancólicas 7 SUS melodías siempre lánguidas, y 
el espíritu bravio y el despego de la vida en sus le- 
tras, ya mordaces, ya desafiadoras, ya llenas de 
desencanto. La «Valeutina,> «El Abandonado» y la 
«Cucaracha,» con los que habían reemplazado a las 
guerreras canciones de otros tiempos. 

Chaneque, nuestro ínclito «Capulín,» venía a bor- 
do de aquel híbrido y mal oliente convoy. Vistiendo 
la tosca camisa de flojo cuello y café color, puesta 
en boga por el carrancismo; enfundadas las flacas 
piernas en un pantalón de kaki con su respectivo 
par de polainas; al brazo la blusa militar, imposible 
de ser usada por el calor, y echado hacia atrás el 
tejano sombrero, en el que, a ser de día, habrían 
podido distinguirse las insignias de mayor, ün re- 
medo caricaturesco de oficial del ejército americano 
que tanto placer hallaban en copiar los revolucio- 
narios. .7-^ ' : 

Chaneque acababa de abandonar el carro del gene- 
ral (?) al que servía en calidad de uno de los tantos ofi- 
ciales de órdenes, temeroso de que los «aguardien- 
tes» que allí estaban menudeando en celebración de 
q ue «ahora sí se caía el «Chacal» (Huerta) provocaran 
alguna reyerta de las que a diario se producían; sa- 
lieran por ella a relucir las pistolas, y alguna bala, 
no destinada a él precisamente, fuera a alojarse en 
la «pensadora,» vulgo cabeza, pongamos por caso. 

—¡Vaya una vida más arrastrada! - murmuraba 
mientras buscaba asiento en uno de los trucks de 
un armón volteado a uno de los lados de la vía. - 
«Cuándo acabará esto! ¡Cuándo podré de nuevo ha- 
cer lo que se me pegue la gana! ¡Para qué me mete- 
ría yo a esta endiablada aventura! .... 

Y ya acomodado sobre el duro fierro, siguió re- 
flexionando: 

—Tiene que acabar ya pronto Sin remedio! 






520 E. MAQUEO CASTELLANOS 



una Tez que ese zorrillo de Huerta ya no tiene en su 
poder Veracruz, en cuanto gaste las pocas municio- 
nes que le quedan, no tiene más que «pelarse de 

casquete» Caray! Qué barbaridad! Tener qua 

congratularse de que por ese medio lo tiremos! .... 

¿Qué se dirá de nosotros más tarde? 

Y Chaneque siguió reflexionando. ¿Cómo era po- 
sible que él, un indio mixteco de pura raza, tan sólo 
por la codicia de irse pronto para arriba y «picado de 
la arafia» como tantos, no protestara con todas sus 

fí . fuerzas, y no se lanzara, como era de deber hacerlo, 

'f . a combatir al invasor? 

Mas tranquilizaba inmediatamente sus escrúpu- 
los, pensando: 

— ¿Y cómo hacer para «limpiarme» (huir) sin que 
se den cuenta éstos? ¡No puedo! Y sobre todo, 
¿qué soy yo, ni qué valgo, ni qué puedo para ir con- 
tra fuerzas mayores? La fortuna es que todo esto 
pasará pronto; Huerta se irá al demonio; nosotros 
nos iremos rumbo al Palacio Nacional, y los ame- 
ricanos, entonces, rumbo a su tierra Qué ha- 
rán y qué pesarán los camaradas a estas horas? 
Por de contado que Tenorio ha de estar regoci- 
jado, y ha de pensar como yo, ya que él fué mi 
maestro en esto de encanallarme como ciudada- 
no. Demóstenes ha de estar echando chispas, en 

'J \ su media lengua, contra los gringos Si por 

él fuera, me colgaba por infidente con la Pa- 
tria! Bah! El pobre es un majadero, que no sa- 
be de estas cosas ¿Y Andrade? Pobre Quico! 

Con sus ideas y sus escrúpulos, no ha de dejar de 
sentir ciertas repugnadas por esta otra «efeméri- 

de» de la bola! 
Así cavilaba nuestro moreno Chaneque, cuando, 

acercándosele uno de los vecinos malencarados que 



LA RUINA DE LA CASONA 521 

«soa8abaii> carne en la cercana «lumbrada» le dijo 
con desgarbo: 

—Oiga jefecito ¿No quere una tira de tasajo y 

un poco de tezguino? 

—Déjate el tasajo y dame acá el tezguino 

Bl generoso ofertador, era un indio sonorense: 
mitad «yaqui» mitad no; un ex-arriero arrancado 
de las «recuas» que transportaban el mineral de las 
minas de por allá, para ir al más productivo «labo- 
reo» revolucionario, una vez que, cerrada la mina, 
no había habido otra manera de ganarse la vida que 
engrosando las filas libertadoras. Y el tezguino era 
la bebida nacional de aquella gente: una cerveza de 
maíz fermentado, fuertemente alcoholizada. 

Chaneque apuró de un sorbo la enorme dosis de 
licor, contenida en la ancha jicara que le presentó 
el soldado, ávido de apagar con aquella bebida la 
sed insaciable que el calor le producía. 

— ¿Qué tal mi jefe? ¿Está güeno? 

—Superior! 

— Como que teñe su «piquete» de cofia, del que 
trajeron los muchachos, de por allá, por donde jwe- 
ron a explorar . 

— Ah, vaya! ¿Y qué encontraron? 

—Pos no les jué bien! Apenas si lograron «avan- 
zarse» unas cajas de licor; pero ya se las quitaron 
los jefes para ellos. — Resultado: la exploración ha- 
bía sido un merodeo, y nada más. 

— Los que vinieron de Durango a incorporarse, 
esos sí que traiban harto! Se «toparon» por ahí con 
una recua de un «mercader» que iba para Topila, a 

comerciar, y se la avanzaron enterita Y además 

una «punta» de ganado fino. L40 malo es que tuvie- 
ron que entregar casi todo para mandárselo, según 

les dijo el coronel, al señor «Primer Jefe» Dicen 

que para los gastos de la causa 



Í$s 



> ■■■•■-/ . 









.%S.» 



522 E. MAQUEO CASTELXANOS 

— Así debe haber sido 

— Qué va! Lio que es el coronel se quedó con algo 
«entre las espuelas!» — Aquello ya no era un simple 
merodeo; era un saqueo en despoblado, en el que 
un inocente había sido despojado de lo que acaso 
constituía toda su fortuna, amalgamada en afios de 
trabajo. Entre tanto, allá a lo lejos, se oía el cantu- 
rreo a coro, de la «Cucaracha,» que en su letra de- 
cía: ' ' I :" ■ ■ 

*Bora sí que se cai Quería ' ' ■ 

Con toditos sus ZadroTics, 
Porque ya no tiene puerta 
Pa que le entren municiones.» 
La cucaracha, la cucaracha, | 

Ya no quiere caminar, 
Porque no tiene, porque le falta 
Mariguana que chupar! 

Ladrones Huerta y los suyos? Bueno! 

Que responda el mercader de Topila, y el duefio 
del «orito» y el de la punta de ganado! A poco y 
eran vacas del padre del amigo TafoUa! Qué reme- 
dio! La revolución es la revolución! :. 

En esto pensaba el Capulín, cuando a su vera vi- 
nieron a sentarse otros mal encarados de aquéllos, 
que se pusieron a narrar su última hazaña bélica. 

— Y onde les cayeron? 

— Pus por allá, por Salinas. Como iban de retira- 
da, los más iban «dados;» y como muchos eran de 
leva, pus no hicieron resistencia y se pasaron 

Ai vienen incorporados; dicen que entre estar de 
leva del otro lado, a estar de «voluntarios» con nos- 
otros y con manos «libres,» más les conviene estar 
con nosotros. I 

— Qué chin .... cuales? Qué han de hacer? 

— Y los que hicieron «parada» (resistencia) como 



-• !>;•:., 
LA RUINA DE LA CASONA 523 >- 

ya casi no tenían parque, se acorralaron en un me- I 

son; y ai los cercamos; y aunque pedían «las de íiV 

arriba» no hubo «frías» y uno a uno los fuimos «do- lr| 

blando» El capitán, que ya sabes lo atrabanca- : ^c 

do que es, los replegó a los últimos pa dentro de un ;v\ 

cuarto, y a luego nos mandó por zacate, y lo arri- 4"?v 

mamos al cuarto, y allí se murieron los «jijunches» í* ;. 

retostados como chivos en barbacoa 'Ji^, 

- Si ese capitán sí es que maldito el hombre! 
Chaneque, con la piel escarapelada, oía el relato 

de tamaña hazafia. Matar así a indefensos hombres 
que ya no combatían, era crueldad inaudita, era al- ' '' 
go canibalesco, inconcebible. ¡Cuántas barbarida- 
des! Pero después de todo ¿se podía pedir me- >' 

nos a la revolución? Podía ésta saber de piedades ;<■• 

y de justicias, de humanidad y de respeto a la vida, 
siendo, como era, una fuerza bruta, dislocada, por- 
que así lo querían las circunstancias? Y Chaneque 
fabricaba inconjiiinenti la disculpa, aunque sintien- " 

do pena de encontrarse allí, en contubernio y ca- 
maradería con aquellos hombres que resultaban 
ser sus «compañeros,» correligionarios y cofrades. ^^ 

Bien se lo decían sus compinches del Estado Mayor ^V 

del general su amo. ¿Cuándo dejaría de ser el timo-. -, > ' 

rato lleno de monjiles escrúpulos? ¿Cuándo sería el 
revolucionario «de verdad,» que ha logrado supri- t, 

mirla noción del sentimiento? Tenían razón, qué 
caray! La revolución era la revolución! 

- Bueno, tú; y qué tal de avance? ! , 

- Ni agua! Sólo un «copón» de una capilla de la -í- 
hacienda * * * que se «alevantó» el sargento Gámez. 

- Y era de plata siqueraF : í>- 
-De vil metal Gámez lo guarda para tomar 

en él sus «colonches.» v?^^ 

Aquello sí que ya era.una infamia! El vaso sagra- ' ^ 

do, el que siendo ya de cobre o ya de oro, y siendo --^^p 

• ■■ ■ . ■ -'■■':■ . ■, f^/" 



X»-..,- 



524 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



falsa o verdadera la católica religión, constituía pa- 
ra muchos creyentes, muy duefios de su creencia, 
uno de los atributos del símbolo de la Redención, 
como ánfora en que, por obra de misterio santo se 
transmutaba el vino en sangre del Redentor del 
Mundo, sirviendo ahora de copa ruin para que un 
beocio de aquellos se embriagara! 

Pero ¿no había visto él. Chaneque, paramentos y 
ornamentos sagrados sirviendo de «sudaderos» pa- 
ra los caballos de muchos soldados? No había visto 
«fusilar» imágenes sagradas, que habían servido 
de blanco a los maussers de aquellos gaznápiros? 

¡Qué estéril, qué torpe afán de crimen y destruc- 
ción! ¿Que con ellos se exterminaba el fanatismo? 
Mentira. Entendámonos: al fanático se le alumbra 
la conciencia para convencerle del error; se le de- 
muestra hasta la inutilidad del rito, si se quiere; 
pero ultrajar, befar, atropellar no sólo al fanatismo 
sino a la creencia, que por derecho natural cabe en 
el corazón de todo hombre, era tan ocioso como 
contraproducente, que en el martirio es donde se 
avivan las creencias! Pero 

¿Podía detenerse la revolución en su curso, ante 
aquellas cosas, que, bien juzgadas, no eran más que 
«poridades» y cosas muy propias de toda revolu- 
ción? Psché. . . . Mas no obstante el afán de discul- 
pa de Chaneque para tanta lacra, sentía sin em- 
bargo un escozor, una molestia allá dentro. ¿Le 
perdonaría Dios, cuando muriera, el haber andado 
en camada con aquellos descastados, que tanto lo 

ofendían? Bah! Dios es todo misericordia! Lo 

único que se necesitaba sería tiempo para pedir el 
perdón, y un buen cura a mano. 

Entre tanto, la plática de los zánganos aquellos 
continuaba: s 

— OüenOj tú: y hora qué pensas? 



^ V.' 



.Ve , 



I«A RUINA DE LA CASONA 525 

—Pus la verde, vale, es que yo no estoy oonfor- '^s 

me Todo se lo rebafian los jefes; uno es el del 

trabajo y ellos los de la g^anancia; y así no tiene ^ 
chiste exponer la «zalea> (morirse). Por eso te digo 
que en la primera que pueda, me «corto> por ai con 
algunos muchachos «rejegos» a los que ya les «par- 
tí» (hablé) y que están conformes en seguirme, y la 
sigo por mi cuenta; y si ahora soy un «mugre» cual- 
quiera, en cuanto arrejunte veinte hombres monta- 
dos, ya me verás de jefe 

-A poco y te «gritas» coronel! 

-¿Y por qué no? Para eso que sé eacrebir y su- 
mar - • i* 

Chaneque no pudo menos que scftireir. Pensó que 
el maestro de escuela del ignoto villorrio en donde 
aquel sujeto se había limado algo, aprendiendo a 
leer y eacrebir y sumar, a costa de un Gobierno que 
había querido la difusión de la enseñanza, como ese 
Gobierno mismo, en lo que menos habían pensado 
seguramente, era en que bastaba saber leer y c«- 
crebir, andando el tiempo, para colgarse la banda 
de coronel, y resultar un salvador de la Patria irre- 
denta! ¿Qué iba a hacer esa Patria maflana o pasa- 
do con tanto coronel? ¿Cómo podría soportar la car- 
ga de tanto «héroe?» " 

Pero 

-Bien visto, vaya usted o saber si aquella pre- 
tensión, al parecer ridicula, no se basaba en un le- 
gítimo derecho; el mismo con el que Chaneque se 
había lanzado a la revuelta; el de llegar pronto a 
buen sitio, sin que importara una depuración de 
méritos, incompatible con el estado revolucionario. 
De manera semejante podían surgir grandes hom- 
bres. ¿Quiénes si no habían sido aquellos grandes 
Mariscales de Francia con Napoleón? Burdos sol- 
dadones, hombres incultos, que habían ganado las 



•. \ 






526 E. MAQUEO CASTELLANOS 

I ■ -' 

charreteras y hasta coronas, batiéndose como leo- 
nes! Cierto que sus hazañas no podían compararse 

muy ventajosamente con las hazañas de éstos 

pero podía asegurarse que ya había pasado la oca- 
sión de ellas? 

Y se ponía como ejemplo él: él mismo; si andaba 
en «aquello» con la idea fundamental de rapársela 
capuchina, de poderse dar más tarde la gran vida, 
siendo un gran señor, acariciaba a la .vez prodigio- 
sos proyectos de reforma social; de mejoramiento 
de las masas; de progresos incalculables, que quién 
sabe cómo no habían podido ocurrírseles a los hom- 
bres del pasado; tal vez porque eran menos inteli- 
gentes, y sin duda porque eran menos «patriotas!» 

Y la máquina cerebral del buen Chaneque, ante 
todo aquello y con la ayuda del tezguino, que ya 
producía sus efectos, comenzó a funcionar a cien 
libras de presión en las lucubraciones. Cuando él 
fuera Gobernador! Cuando después fuera Minis- 
tro! Y cuando finalmente fuera. . . . qué caray! 

¿Por qué no había de pensar en serlo? Cuando fue- 
ra Presidente! I 

Para llegar a gobernador no le faltaba casi nada. 
Para serlo, precisamente, había tenido que «ama- 
drinarse,» revolverse, ser solidario con aquellos su 
jetos, y hacer con ellos el mismo camino. 

Cierto que por ello la Patria sufría algo, o mucho. 
Cierto que se la orillaba al vilipendio, y se la causa- 
ba pesadumbre y grima; pero ya habría tiempo para 
remediar más tarde tanto desafuero y enmendar 
tanto sonrojo. Y cuando ese tiempo viniera, ya se 
vería cómo la Patria resurgía esplendorosa, rica, li- 
bre, incomparable! I 

Todo «aquello» inclusive la ocupación americana 
de Veracruz, era pasajero, desagradable, ciertamen- 
te; pero inevitable, aunque no irremediable. 



LA RUINA DE LA CASONA 527 

Para todo habría remedio; para todo. Cuestión de 
poder aplicar bien las energías. Don Venustiano, 
que daba el ejemplo, lodebía saber bien y tenerlo bien 
estudiado, que las revoluciones ni se hacen con an- 
gelitos ni repartiendo caramelos. De creerse era 
así, pues aunque él no había tratado a don Venus- 
tiano, tenía que ser un hombre superior, que no ha- 
cía las cosas a tontas y a locas .... 

Por prontas diligencias allí estaba él, que era uno 
de los «bien intencionados.» En cuanto pescara el 
gobiernito y estuviera en su ínsula, habría de hacer 
todo lo posible, una vez que tuviera asegurado un 
bien merecido descanso, o lo que es lo mismo una 
decorosa rentecita para vivir cómodamente, a cam- 
bio de sus fatigas; había de hacer todo lo posible, sí 
señor, para remediar los estragos que, quieras que 
no quieras, tenía que haber producido la revolufia. 

Precisamente al siguiente día, ya con despacho 
de teniente coronel; ganado por «méritos en campa- 
ña» iba a salir con rumbo a aquella lejana región. 
Una vez que estuviera en ella, asumiría el mando 
«supremo» porque para eso llevaba ya listos sus pa- 
peles; asumido el mando, dentro del tiempo indis- 
pensable se iK>stularía ya en forma para gobernador 
del Estado, recetándose sus cuatro años de satrapía; 
y ¡qué caray! aunque la reelección estaba proscrip- 
ta por la Constitución y el buen credo revoluciona- 
rio, ya se ingeniaría él para salir reelecto, si es que 
antes no lograba pescar una cartera ministerial, 
que desde luego se ponía a elegir. La de Groberna- 
ción era la que más le gustaba. Pero ¡en fin! si no se 
podía esa, aunque fuera la de Hacienda, que así co- 
mo a aquel «carranclán» le bastaba saber sumar y 
«escrebir,» bien podría bastarle a él haberse echa- 
do sus tres años en la Escuela de Comercio y saber 









528 E. MAQUEO GA8TEIXANOS 

■.■■■-' I • 

algo de teneduría de libros, para poder ser ministro 
de Finanzas. 

Y después de ese ministerio .... vaya usted a ave- 
riguar lo que podía venir! De madera más humilde 
se habían hecho muchos presidentes de la Repúbli- 
ca! Don Porfirio mismo, su paisano, ¿no había sido 
un pobre estudiantejo destripado? 

Comenzó a dibujar en su imaginación su triunfal 
entrada en Baratarla. Eln la estación de partida del 
tren, muchos notables, amigos todos, despidiendo 
lo, y una comisión de los principales comerciantes 
y hombres de letras de aquélla, lista para escoltar- 
lo. En el trayecto, ovaciones dondequiera; vítores, 
arcos triunfales, músicas del pueblo y cohetes a 
granel. Salidas a la plataforma del coche, para dar 
las gracias con amables inclinaciones de cabeza y 
sonrisas. 

En la estación de llegada, en la capital de Barata- 
rla, la población en masa aclamándolo con delirio; 
más cohetes y músicas y discursos y las campanas 
de los templos echadas furiosamente a vuelo. En el 
trayecto para el Palacio del Gobierno, arcos triun- 
fales con sus lemas: «Al invicto soldado de la liber- 
tad> (él recordaba haberse batido por aquella da- 
ma, pero no sabía dónde); «Al probo y progresista 
Gobernante, etc., etc.» Lluvia de flores arrojadas de 
los balcones por femeninas manos. El delirio! Qué 
popularidad la suya! .... Como que era el primer go- 
bernante realmente elegido por el pueblo soberano! 
Después, en Palacio, los besamanos, las caravanas 
ceremoniosas, las felicitaciones, los «speechs» ex- 
presivos, etc., etc. Después, al siguiente día, pasadas 

las fiestas, a trabajar de duro A darle «recio» al 

asunto aquel de la obra de reedificación, de recons- 
trucción, de cimentación del «nuevo orden,» etcéte- 
ra, etcétera. 



LA RUINA DE LA CASONA , 529 

Nombraría secretario de Gobierno a fulano; secre- 
tario particular a mengano; tesorero a perengano, 
etcétera, etcétera. ; 

— Lo malo, lo muy malo de todo esto, — se objetaba 
Chaneque — es que se parece todo como una gota de 
agua a otra, a todo lo del antiguo régimen y la «odio- 
sa dictadura» Pero qué remedio? Hay cosas in- 
evitables! 

Y correrían algunos años bajo los dorados arteso- 
nes del provinciano Palacio, en la opulencia y la sa- 
tisfacción del mando y con la conciencia del deber 
cumplido y del tiempo aprovechado (en propio pro- 
vecho?); y como ya su personalidad se habría hecho 
nxzdonal, se le tendría que llamar de México para el 
desempeño de alguna Cartera. Y las escenas de la 
provinciana recepción, se reproducían en mayor es- 
cala. Y más tarde más tarde el otro «jalón.» Lo 

«otro.» Por qué no? De madera más humilde, etcé- 
tera. Sacólo, como una descarga eléctrica, de su gra- 
to sueño de la lechera, una voz aguardentosa y ruda 
que le dijo brutalmente a tiempo que sentía sacudi-. 
do el armón en que yacía: 

— Échese iM6ra que nos vamos a llevar el armón! 

Y de aquel modo terminó la deliciosa fantasía, ya 
que Chaneque, vuelto a la realidad, despeñado de 
aquel delicioso jardín de las Hespérides, en don- 
de recolectaba como sabrosos frutos sus ilusiones de 
revolucionario «bien intencionado,» hubo de abando- 
nar el armón, dirigiéndose en busca del jefe de tre- 
nes al que quería ver para saber a qué hora tendría 
que partir al siguiente día, y al que se encontró dic- 
tando la más maquiavélica de las disposiciones que 
dictarse pueda por hombre encargado de expeditar 
el tráfico. Lo expeditaba para el otro mundo! 

— Orita mesmo se me van en el armón que estaba 
«tumbado» allá abajo y ya les digo: en el kilómetro 

34 



530 E. MAQUEO CASTELLANOS ^ 

1,327, pasadito el puente, frente a los sauces que es 
tan junto al arroyo seco, me arreglan sus «chinam 
pines».... Ahí llevan harto parque; treinta cartuchos 
de a cinco onzas; mecha de sobra; casquillos, fulmi- 
nantes y batería para arreglar el «volado» ese. Me 
hacen todo bien hechecito, y cuidan de tapar bien 
para q ue no se note. Y así lo dejamos pa que cuando 
lleguen los «pelones,» que han de venir por allí, se 
vayan al éter .... Me entendieron? 

— Sí, jefe .... no tenga cuidado .... 

— Po8 a darle. Ya les dije dónde; fíjense pa q ue no 
vayan a hacer una «penitentada» y en vez de dinami- 
tar la troncal, que es por donde ellos tienen que pa- 
sar, vayan a dinamitar el ramal, que es por (mde pa- 
saremos nosotros. , | 

Mediante aquellas breves elocuentes órdenes, el 
sefior jefe de trenes mandaba dinamitar un tramo 
de vía férrea, con el que deberían volar, hechos cis- 
co, quién sabe cuántos hombres! Y lo hacía con una 
frescura y una tranquilidad de quien ordena que se 
abra una compuerta para dar paso al agua de un ca- 
nal de riego! I . — ?; : 

Chaneque sintió que un calosfrío ya conocido le 
recorría el cuerpo todo, recordando instintivamente 
aquella expedición de «propaganda» que hiciera en 
pasados tiempos y que tan trágicas visiones le pro- 
dujera, hasta llevarlo a un camastro de la hacienda 
de * * * víctima de aquel famoso «tabardillo pinto» 
del que lo salvara la curandera del lugar 

— Y nosotros, jefe, a qué hora vamos a salir? 

— Muy de madrugada, mayorcito. Así es que es- 
té listo por aquí a eso de las cuatro de la mañana. 

— Así lo haré .... I 

Antes de acostarse en el mal catre de campafia 
en el que noche a noche engafiaba a sus trasijados 
miembros con mentido descanso, el «Capulín» llamó 



LA RUINA DE LA CASONA 531 

a SU asistente y le dio orden de despertarlo a eso de 
las tres de la mañana. Y para mejor estar listo, echó- 
se vestido sobre el catre y requirió al sueño que no 
tardó en venir, dando tregua a sus empedernidos 
pensamientos; pero sin evitar que Chaneque se dur- 
miera pergeñando <in mentibus» el discurso con 
el que habría de contestar al Presidente de la le- 
gislatura cuando éste lo felicitara al tomar posesión 
del gobierno. ^ 

— Señores diputados: Está cumplida la primera 
parte del programa revolucionario. Hemos acaba- 
do, como correspondía hacerlo, con todo lo antiguo; 
hemos concuído con todos los viejos moldes; con to- 
da la herencia inservible e inútil que nos legara la 

odiosa dictadura Ahora vamos a emprender 

la obra de recostrucción , de recons de 

rrr 

Un ronquido sonoro lanzado por sus bronquios de 
indígena, puso un calderón, o mejor dicho un com- 
pás final al programa «reconstructor» de Chaneque, 
que durmió sus cinco horas de un tirón. 

v ' ' '/'■■• ■ - 

♦ ♦ ■':-. 

Todavía lucían altas en el cielo las estrellas, cuan- 
do el pesado tren se puso en movimiento. 

A su bordo iba nuestro héroe y con él una trein- 
tena de oficiales y sobre cuatrocientos hombres, 
que formaban la avanzada destacada sobre la plaza 
de Monterrey. El «Capulín» llegaría con ellos hasta 
el punto extremo, y de éste se «cortaría;» y vere- 
deando, trataría de abrirse paso rumbo al Sur, dis- 
frazado o como pudiera, a fin de llegar, a la mayor 
brevedad posible, al punto de su final destino, ya 
que de tanto interés para él era la comisión que lle- 
vaba. 



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532 E. MAQUEO CASTELXANOS 

-. ■ ■ I -"-'y 

Somnolientoy malhumorado, no se dio cuenta, en 
los primeros momentos, por donde iba. La noche 
no dejaba distinguir los paisajes, ni Chaneque era 
un gran admirador de la naturaleza que encontrara 
deleite en aquéllos. Acomodóse, pues, lo mejor que 
pudo en el asiento, y trató de conciliar de nuevo el 
suefio; pero apenas si pudo dormitar, que para no 
dejarlo dormir estaban allí los «compafieros> ar- 
mando una barabúnda infernal. 

Amanecía ya cuando dejó de sentir aquella incli- 
nación al suefio; y enderezándose entonces en el 
asiento, y después de apurar una taza de «café de 
jarro» con un poco de «refino» que su asistente le 
brindara, se puso a meditar un poco sobre aquella 
su comisión. ¿Cuajaría o no? ¿Lograría abrirse pa- 
so hasta aquella región, o bien antes de conseguirlo 
le «caerían,» atrapándolo y haciéndolo racimo de 
horca? 

¡Qué contrastes de la vida! Allá, hacía cuatro 
afios, habría bufado (como lo había hecho) contra 
el que le hubiera hablado mal de don Porfirio Díaz 
y de su gobierno; entoces disfrutaba de la «bequi- 
ta» aquella del gobierno de su tierra, y era un estu- 
diantejo tranquilo que, en lo que menos pensaba, 
era en la revolución. Y ahora. . . . ahora era uno de 
tantos encargados de la «propaganda» y esta con- 
sistía en decir a diestra y siniestra horrores del 
caído dictador, y en anatematizar su tiranía. Tira- 
nía a una de cuyas dulces ubres se había amaman- 
tado.. .. ■ . 1 

Llamándose a capítulo, Chaneque se decía: «Por 
qué, vamos a ver, Chanequito: tú eres un indio de raza 
pura, de la mixteca oaxaquefia, y sin embargo de ser- 
lo, no andas de calzón, camisa y «cacles» como la ma 
yoría de tus congéneres, sino vestido como la gente 
decente. ¿A qué se debe? Tu padre fué un humilde 



LA RUINA DE LA CASONA 633 

comerciante que tuvo su «changarro» allá en el pue- 
blo de * * * y además, sus «merguitas» de tierra, y 
que, vendiendo percales y jabón, y levantando cada 
año su «maizito» lograba sostener a su familia con 
relativa comodidad, e iba siempre para arriba, me- 
jorando en sus negocios, al amparo de la paz. Tú, 
en la escuela de tu pueblo, aprendiste a leer y <es- 
crebir,> como ese zángano de anoche, y además ■ 

gramática, aritmética, etc. Por cuanto que allá, en 
esa escuela, te «sacaste> las mejores calificaciones 
y algunos premios, el gobierno de tu Estado acordó 
pensionarte para que hicieras una carrera profesio- 
nal, y te otorgó una «beca» para estudiar en Méxi- 
co. Y allí estudiabas y estabas a punto de alcanzar / 
un título, cuando te dio la ventolera de meterte a re- 
volucionario, a «libertador,» a «redentor del pueblo 

oprimido» ¿Y lo eres? ¿Crees serlo? La verdad 

es que no. La verdad es que andas en estas «frascas» 

para ver qué pescas, y que, sin haber hecho méri- ;| 

tos para ello bastantes, quieres ser quién sabe cuan- : ' 

tas cosas. Y con tal de serlo, no has tenido empacho 

en barajarte con estos «camaradas» que serán muy ; 

libertadores y muy revolucionarios y muy todo, pe- I 

ro que hacen cada «brutada» Has hecho bien en 

lo que has hecho Chanequito? Estás haciendo bien 

en lo que haces? Pues no señor, no está bien he- !$ 

cho » -J 

Mientras el «Capulín» meditaba de tal guisa, el f 

tren, a buena velocidad, corría por el abierto campo .1 

dejando en su pos una estela de humo pardo que se í 

desgreñaba en el turquí del cielo matutino; el sol |i 

se empinaba por sobre las cercanas sierras, y la t 

«carranclanada» de a bordo entonaba, como de cos- 
tumbre, a grito pelado, la «Valentina» y la «Cucara- 
cha,» adjetivadas con adjetivos más detonantes que 
una salva de artillería. 



534 E. MAQUEO CASTELLANOS 

«No está bien hecho, no; si bien lo estudias, tú se 
lo debes todo, como todos, a la paz, y con ella a don 
Porfirio que, mal que bien, dio con aquélla a tu pa 
dre elementos para que pudieras comer y «desas 
narte,» trabajando él mientras tú ibas a la escuela, 

que fK)día funcionar porque había paz Todo se 

lo debes: desde los primeros zapatos que usaste, 
hasta las cuentas de interés que aprendiste a maja 
martillo. ¿Y en q ué forma pagas? ¿No eres un in- 
grato? Obras, sobre todo, de buena fe? ¡No, es- 
to no está bien hecho! ¿Entonces para qué «demon- 
ches» te dejaste «empinar» por las prédicas de los 
Tenorio, los Pingarrón y los Rémington? ¿Por qué 
has cambiado tus fueros de estudiante «machetero» 
por los de revolucionario falsificado?» 

Chaneque sentía en aquel momento algo como un 
incipiente remordimiento. Lo que de puro y de no- 
ble y de bueno había en aquel indígena corazón, 
fliotaba sobre lo ruin y mezquino, en un bello movi- 
miento redentor. Confesarse equivocado, ya es un 
principio de individual reivindicación para el bien 
obrar. I 

«Más que nada, lo que debe mortificarte, apenar- 
te, es que siendo tú un oaxaqueño, oriundo de la 
tierra misma de la que fueron los antepasados de 
Porfirio Díaz, que de todos modos y pésele a quien 
le pesare, fué un grande hombre, te hayas dejado 
embaucar para meterte en esta «tremolina» cuyo 
resultado práctico está siendo el acabar con todo 
lo bueno que aquél hizo, acogotando el crédito de 
la nación; destruyendo las vías férreas; cerrando 
escuelas, para ensanchar cementerios; incendiando, 
saqueando, matándonos hermanos contra herma- 
nos; substituyendo un ejército con chusmas, y cu- 
briéndonos de vergüenza ante las miradas del uni- 
verso, dizque para que de toda esta ruina resurja 



LA RUINA DE LA CASONA 535 

una patria nueva, vigorosa y democrática ¡Ma- 
mola! ¡Qué va a resurgir! ¿Cuándo podremos nos- 
otros hacer eso, si a él, con todo y ser él, apenas 
si le bastaron treinta años de paz para hacer algo?> 
«¡Arrepiéntete, Chaneque; arrepiéntete! Can- 
ta tu «confíteor Deo> sin tener vergüenza por ello, 
que el positivamente honrado y el de real espíritu 
fuerte no debe tener grima en decir a grandes gri- 
tos cuando ha hecho mal; y en cuanto puedas, «zá- 
fate» y retorna a tus libros y a tus clases, para 

aprender a ganarte la vida honradamente > 

Bufando y caracoleando en las curvas del cami- 
no, la locomotora se deslizaba hacia el Sur, siempre 
hacia el Sur. 

«¡El Sur! -pensaba Chaneque, retoñando en él el 
empedernido soñador, el ambiciosillo vulgar que 
quería dejar la vida del trabajo y de la consagración 
a la honradez, por la regalada vida del magnate im- 
provisado y del poderoso forjado en un segundo, — 
Allá, en el Sur, está «mi ínsula.» ¡Cuándo yo sea 
gobernador! ¡Y después, cuando sea minis- 
tro Y después » Y con las manos de la ilu- 
sión, se ponía a apilar y acariciar, sobándolo, oro, 
muchas monedas de oro reluciente, cuyos discos 
amarillos se deslizaban entre sus dedos y se despa- 
rramaban Pilas chicas, y medianas y gran- 
des — Onzas, «Hidalgos» y «medios Hidalgos» 

¿Cuánto dinero había allí? ¿Un millón, dos acaso? 
¡Y todo aquél oro era suyo! 

Allá, en la puerta del palacio, lo esperaba su co- 
che; un lujoso automóvil de cuarenta caballos 

Si vieran todo aquello los camaradas de la «Repú- 
blica» se morirían de envidia! ¿Chaneque millona- 
rio? ¿Chaneque, el indio «tabla» con automóvil pro- 
pio? ¿Chaneque general? ¡Pues sí, señor! ¡Chaneque 
que se había ganado todo aquello con sus paútalo- 



. *' " 



536 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



nes bien fajados! Los hombres le obedecían por 
centenares de miles. Todos se plegaban sumisos a 
la voluntad suya. ¡Mandaba! Tenía dóciles a pue 
blos y ciudades. Riquezas, honores, mando, alha 
gos todos de la vida ¡Qué mayor satisfacción 

Y sin embargo, sentía aquel gusanillo del remor 
dimiento; algo como repugnancia de sí mismo; cier 
to asco de su propia personalidad. Sí: podría ser 
todo aquello; pero no podría ser «el honrado Cha- 
neque;» y si alguien le llamaba así, tenía que ser, o 
un mendaz o un vil adulador 

A tales alturas llegaba el «Capulín» en sus deva- 
neos, cuando ensordecióle insólito fragor, como del 
mundo derrumbándose; sintióse levantado en vilo, 
y pudo aún aspirar algo como una bocanada de un 
gas acre y asfixiante. Después .... la tiniebla! Los 
oídos zumbándole atrozmente; el ansia de querer 
gritar, sin poder hacerlo; el deseo de respirar, sin 
lograrlo; de querer ver, y sentir apagada la vista; 
de querer andar, y sentirse de plomo! .... Después 
nada .... nada .... ¿Qué era aquello que le sucedía? 
¿La muerte acaso? Sí.... así debía serla muerte — 



El tren había volado casi en su totalidad con la 
fuerza de la explosión. La tremenda carga de dina- 
mita había operado todos sus efectos, y los sendos 
cartuchos que la noche anterior hubiérales dado el 
jefe de trenes a sus «dinamiteros» para volar el con- 
voy de los federales, había servido admirablemente 
para destruir el de ellos mismos, por un equívoco 
imperdonable. Chaneque, pues, en dado caso, mo- 
ría a manos de los suyos! Saturno seguía devoran- 
do a sus hijos I 

— Aquí hay uno! 

-A ver jálalo! Sácalo de debajo de esos 

«tremontorios» 



LA RUINA DE LA CASONA 537 

- Parece un jefe 

- Qué caracho! Si ya se «petateó!» (murió) 

Pa qué perder el tiempo con él? Tíralo ahí, en ese 
montón .... 

-No, hombre! Si todavía resuella! 

-Pos échale aguardiente en la «choya* (cabeza). 

- La teñe partida .... 

- No liace! Ekihale ansíTia bastante .... 

y dale un trago 

Imposible definir qué fué lo que reanimó a Cha- 
neque. Si la lumbre en la cabeza, que tal le pare- 
ció el alcohol que en ella le echaron, o la lumbre en 
la garganta, que le hizo pegar un resoplido de bes- 
tia. 

-Eh? Ya lo viste? Qué te dije? Si todavía 

resollaba! Quiubo, jefe? Qué le pasó? 

Mas el jefe no se daba cuenta de lo que le decían. 
Con atónitos ojos contemplaba aquel espectáculo 
horrorosamente trágico, y que en su pobre cerebro 
de alucinado y en organismo ya dispuesto al cho- 
que nervioso, desde los sucesos de aquel «tabardi- 
llo> histórico, revivía todo el espanto, ahora centu- 
plicado, de aquellas escenas dantescas. El tren no 
era ahora más que un hacinamiento de maderas he- 
chas añicos, y en las que el incendio comenzaba a 
hacer presa, levantándose ya pequeñas flamas y 
nubéculas de humo. 

Hierros destrozados por el choque y encorvados 
en un terrible escorzo, como tensos tendones de un 
gigante apachurrado: cristales rotos, presentando 
al sol mañanero las agudas puntas con chispeos de 
diamante; racimos humanos prensados entre los 
escombros, colgando aquí los cuerpos inertes en 
increíble dislocación; o bien agitándose con las úl- 
timas convulsions de la vida, en las ansias de un do- 
lor indescriptible Y en el suelo, mezcladas con 



^?v.. 



538 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



los despojos del tren, astillas y hierros, regadas 
por doquiera visceras sangrantes, palpitantes aián, 
guiñapos escarlatas, de los que la arena se embebía 

la sangre Brazos, piernas, torsos toscamente 

amputados, y cabezas estrelladas de las que la ma- 
sa encefálica se escurría por las grietas Y en 

el aire, la gama de todos los clamores: el grito agu- 
do y penetrante y el estertor ronco y difuso; la voz 
del ruego y el acento de la blasfemia; la impreca- 
ción y el rezo ! 

Por la mente de Chaneque, y como un último re- 
lámpago, cuando se ponía de pie trabajosamente, 
sintiendo que algo tibio manaba de su frente, san- 
gre acaso, pasó este pensamiento: I 

— Jesús! Lo que hemos hecho . . . . ! lo que estamos 
haciendo! I 

Y como en an^rior ocasión, arrancó a correr; 
pero ahora se detuvo en mitad de la carrera; lanzó 
una estridente carcajada, y se puso a levantar del 
suelo pedruzcos y chinas, astillas y despojos, que 
lanzaba al aire, gritando con estentórea voz: 

—Miren! miren oro! oro! Puro oro 

y todo es mío! Mío ja, ja, ja. ... ! A ver! Bata- 
llones, escuadrones y pelotones, a formar! Aquí 
está el generalísimo! Yo soy el más rico del mundo 
y el que mando más! Ja, ja, ja! 

La razón se había eclipsado en el infeliz «Capu- 
lín» que, para lo de adelante, no sería más que un 
pobre loco, un megalómano, una víctima más! 



CAPITULO VIII 
Las postrimerías de la usurpación 

La dictadura de Victoriano Huerta se derrumba 
estrepitosamente, inevitablemente, ante el empuje 
cobrado por la revolución carrancista después de 
la ocupación de los americanos. . ; ; 

Como gigante ola para la cual no podía haber di- 
que, la revolución avanzaba, avasallando al país. 
Apenas, como débiles puntos de resistencia, Guay- 
mas y Mazatlán en el Pacífico y Tampico en el Gol- 
fo, agotaban estérilmente las últimas defensas. El 
ejército, diezmado, aniquilado, arrollado, cedía en 
todas partes el paso. El desastre de San Pedro de 
las Colonias, en donde veintiún generales (?) huer- 
tistas, comandando, más que soldados, reclutas 
que la leva había apiñado, fué el golpe definitivo. 

Huerta, en una obsecación incomprensible, de- 
fendía aún el poder; para ello, echaba mano de cuan- 
to recurso estaba a su alcance; dinero de los Ban- 
cos; influencias de las castas privilegiadas y del 
clero; contingentes de las prisiones militares y co- 
munes .... Vano esfuerzo, que sólo producía en to- 
dos el anhelo de que aquello acabara pronto! 

Explotando, como queda dicho, el sentimiento 






540 E. MAQUEO C3ASTEI*LANOS 

popular, indignado por la ocupación de Veracruz, 
ordenó la militarización de todos los elementos 06 
ciales aptos para ello. Hasta los estudiantes de es 
cuelas oficiales hubieron de vestir militar indumen- 
taria. Y entre los que tal suerte corrieron, tuvo 
que contarse nuestro atildado Menchaca, que hubo 
de «militarizarse» en su condición de telegrafista de 
«primera» al servicio de una de tantas oficinas de la 
capital. ' I 

Hacía ya poco más de un mes que el garrido ma 
nipulador tenía que levantarse a la madrugada para 
concurrir a determinado llano en las cercanías de 
la ciudad, a recibir «instrucción» militar, muy con- 
tra su voluntad, no sólo por aquello del polvo, sino 
también por tener que obedecer las voces de mando 
de algún ofícialete de los encargados de la instruc 
ción. 

- Uno, dos uno, dos flanco derecho! De 

recha! .... 

Menchaquita regresaba hecho una lástima por el 
polvo y un basilisco por las «derechas» e «izquier 
das,» a tomar un baño, cambiar de ropa, embuchar- 
se a la carrera un chocolate y encaminarse después 
a la oficina, a darle a la magneta, que, por mor de 
las constantes órdenes que había que transmitir so- 
bre la campafia, trabajaba más que nunca. 

— Otro soldadito de chocolate! — murmuraba des 
pectivamente Barbedillo, viendo a Pito en aquellas 
trifulcas. 

— Pues si con esos dandys va a salir Huerta de 
apuros .... - coreaba el celoso Orbezo. 

-Y usted, sefior Andrade qué ¿no se «arre 

biata» a eso de la instrucción militar?— preguntaba 
con zonga Cuca Otamendi a Quico. 

- Si fuera de buena fe, ya estaría en ello, Cuqui 






LA RUINA DE LA CASONA 541 

ta- respondía el estudiante— pero para farsas no 
me presto ' 

- Ay, Locha! Lo que es al sobrino nos lo mandan 

a la campaña en cualquier momento Y si eso 

pasa, yo me muero! 

— Bln cualquier momento y yo me muero! — 

hacía eco Locha a Lucha. 

Menchaca, como si no se diera cuenta. Hacía to- 
do aquello automáticamente; y a las invectivas de 
los desocupados de la casona, contestaba encogién- 
dose de hombros y silbando el vals de moda. 

Mas cuando la estupefacción general subió de 
punto y las lágrimas de las tías estuvieron a pique 
de provocar una inundación en la casa, fué un bello 
día en el que Menchaquita se presentó vistiendo de 
kaki, enfundadas las juveniles pantorrillas en lus- 
trosas polainas, y portando el kepi con las insignias 
de capitán primero. 

-Pito, por Dios! Qué es eso? Qué quiere decir 
ese uniforme? 

-Por Dios! Qué quiere decir? 

—Pues nada. Que me mandan a incorporarme a 
la división de Zacatecas, y que me voy! 

-Imposible! Irte tú? Imposible! 

—Imposible 

- O lo que es lo mismo, pasado mañana. 

Y Menchaquita, girando militarmente sobre los 
talones, se marchó, sacudiendo el polvo de sus fla- 
mantes polainas. 

En cuanto en aquella facha lo tuvieron a tiro, las 
preguntas de los de la «República,» Barbedillo y 
comparsa, menudearon, por supuesto. 

- Pero es cierto, Menchaca, que se va usted a 
cargar el mausser? 

- Algo más: voy a empuñar la espada. 

-Y del lado de Huerta? Lo ha pensado bien? 



542 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



- Del lado de la nación, que me ha dado de co 
mer 

— Pero hombre, eso es una locura! Largúese de 
la oficina y todo queda arreglado así. 

— Sólo los gandules están a la maduras y no a las 
duras I 

— Lo van a matar a usted! Aquellos vienen 

dando muy fuerte! 

— Hay de dar y de tomar. Y si me matan, no será 
más de una vez 

Y como lo dijo lo hizo. Menchaquita se marchó a 
Zacatecas a incorporarse a la división que defendía 
dicha plaza, al mando del bien probado general Luis 
Medina Barrón. ' 

Irse Menchaca y encerrarse las tías en su «can- 
tón» a piedra y lodo, todo fué uno. Tan solo en las 
mañanas se las podía ver, bien de madrugada, rum- 
bo a la Iglesia, en la que se pasaban las horas muer- 
tas oyendo misa tras misa y rezando triduo tras 
triduo, por el sobrino. Natural fué que la mendaz 
lengua de Cuca Otamendi fraguara la mentira de 
que ya estaban las siamesas confeccionando sus tra 
jes de amazonas para ir a hacer compañía al estira 
do y consentido sobrino. 

— Va a dar dado! — fué el universal comentario. 

Tal se pensaba porque, una vez el santo de espal- 
das, no había combate, escaramuza o encuentro en 
los que las tropas del Gobierno no'salieran mal para- 
das, salvo contados casos en los que el valor de los 
jefes o su táctica lograban, en desesperado esfuerzo, 
obtener una paliante victoria. Era el resultado de es- 
tar el ejército formado ya, en su inmensa mayoría, 
de reclutas que, sin ninguna preparación, y a las 
veinticuatro horas de haber sido cogidos de leva, 
eran enviados a los puntos en los que la amenaza era 
más inminente, y eso sin llevar, en muchas veces, ni 






LA RUINA DE LA CASONA 543 

armas, ni pertrechos, ni aun uniformes, por lo que 
aliora eran chusmas que iban resultando inferiores 
a las mismas carrancistas que, por lo menos tenían 
sobre ellas la ventaja de la moral y de la cohesión 
que produce el triunfo. 

Menchaquita no dio tan dado. 

Francisco Villa, una vez que se había apoderado 
de Torreón, se mantuvo allí a la expectativa, sabien- 
do que ningún otro jefe de la revuelta, fuera de él, 
sería capaz, por el número de sus fuerzas y la cali- 
dad de sus elementos, de tomar la bien defendida 
plaza de Zacatecas. 

Su previsión resultó confirmada. El rebelde zaca- 
tecano Panfilo Natera, uno de los de más prestigio 
en las filas carrancistas, embistió a la plaza sin más 
resultado que el de ver diezmadas sus fuerzas, te- 
niendo que replegarse a Calera. 

Sobrevino entonces la completa escisión entre el 
ilustre don Venustianory su segundo Villa, mal so- 
lapada hasta entonces en fuerza de pláticas y com- 
ponendas. 

Fué el caso que don Venustiano «ordenó» a Villa 
que prestara auxilio con sus elementos a Natera, en 
los esfuerzos de éste por tomar Zacatecas. 

ViUa respondió a don Venustiano que se disponía 
a ser él y no otro el que tuviera la satisfacción de apo- 
derarse de Zacatecas. Y que si otro lo podía hacer, 
que lo intentara. 

Carranza trató de regañar a Villa, sometiéndolo a 
sus disposiciones. Villa simuló entonces presentar 
la renuncia de su puesto de jefe de la División del 
Norte, la que realmente había asegurado el triunfo 
de la revuelta; renuncia que Carranza, cayendo en la 
trampa hábilmente tendida, aceptó incontinenti, 
aunque «con sentimiento» al privarse de los servi- 
cios de ese colaborador, al que encargó convocara 



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544 E. MAQUEO CASTELLANOS 

a una junta de generales (?) para que determinaran 
en quién de ellos debería recaer el mando de la in- 
dicada División. 

La junta tuvo efecto: pero en vez de proceder a 
designar al jefe que se le decía, y en largos telegra- 
mas cruzados entre Saltillo y Torreón, aquélla ma- 
nifestó a Carranza que se hacía solidaria del cisma 
de Villa, al que seguiría: por lo que Villa manifestó 
a su vez a Carranza que, «aunque con sentimiento> 
seguía al frente de la División del Norte. 

Y tras de ello marchó sobre Zacatecas; y en rudos 
combates que duraron tres días consecutivos y en 
los que las bajas del uno y del otro lado fueron muy 
considerables, logró posesionarse de aquélla, tenien- 
do Medina Bar ron que retirarse en tal forma que su 
conducta mereció el aplauso del mismo Napoleón (?) 
mexicano, según la gringa denominación a Villa. 

Al ser atacada Zacatecas, Menchaquita tenía su 
oficina a bordo de un mal furgón que se movía sobre 
la vía férrea según las necesidades lo aconsejaban. 

Cuando el atacante fué Natera, Menchaca no se 
despegó un instante de su magneta. Manipulando, 
manipulando, oía silbar las balas en su derredor y 
veía caer bien cerca a los pobres reclutas que defen- 
dían tal plaza. Mas no p>or eso abandonó su carac- 
terístico humor, y mientras las balas silbaban y la 
magneta funcionaba con su isócrono tecleteo, Men- 
chaquita tarareaba, como siempre, su wals favo- 
rito. "I 

Pasada aquella tormenta, que había sido su bau- 
tismo de fuego, consideróse ya familiarizado con el 
plomo. Si todo era como aquello que había visto, no 
era tan peligroso, como se decía, el estar en la línea 
de fuego. Su serenidad y su valor no pasaron des- 
apercibidos, y por eso que fuera citado en la orden 
del día de la Plaza, y que viera trocarse sus tres es- 



LA RUINA DE LA CASONA 545 

piguillas de capitán, por las insignias de mayor, que 
no lo hicieron feliz. 

No le fué igualmente próspera la fortuna cuando 
Villa enderezó el ataque contra Zacatecas. Durante 
el primer día, su magneta, a bordo de su carro, tra- 
bajó admirablemente y con poca fatiga: pero en el 
segundo ya no fué lo mismo. Villa traía artillería, 
mandada por el ezfederal Angeles, que sabía apun- 
tar cañones. Por eso que hiciera más de un blanco 
en las proximidades del sitio en que se hallaba el je- 
fe de la defensa, y con él, por de contado, su telegra- 
fista. Entonces vio Menchaca cómo reventaban los 
obuses en floraciones extrañas de fuego, humo y 
bronce que repartían la muerte en derredor, y cómo, 
en más de una vez, las astillas arrancadas a su carro 
caían sobre la mesa misma en que funcionaba la 
magneta. 

Aquello sí ya era otra cosa. Era algo gravé. . . .• 
Menchaquita, un tanto nervioso, encendía su ciga- 
rrillo; y atisbando para las afueras del carro, ya no 
silbaba su wals favorito. Vio bien muchos muertos 
que yacían tendidos aquí y allá en dantescas postu- 
ras: los heridos pasaban arrastrándose, o llevados a 
remolque por compadecidos camaradas: y allá, a lo 
lejos, oíase el clamoreo de los villistas insultando a 
los federales, y el craquetear de las ametralladoras 
remedando aplausos, y el toque de los clarines, dan- 
do órdenes o vibrando notas de victoria. 

En qué pararía aquello? Los federales iban 

perdiendo terreno a cada momento! Paró en mal 
para el pobre dandy de la casona. 

En el tercer día hubo de abandonar la magneta y 
empuñar el revólver y disparar, porque el furgón, 
tomado entre dos fuegos, era blanco seguro: había 
que defenderse, si no quería «dar dado;> fácil habría 
sido mover el carro a brazo de «Juanes» para apar- 

35 r 



546 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



vU 



tarlo del peligro; pero él, que no pertenecía a la «glo- 
riosa» y que en su calidad de civil tenía derecho a 
conocer el miedo, no quería ahora conocerlo. 

Mediaba el día, y el sol de estío quemaba crestas 
y lomeríos y hacía que el infierno del combate se 
acrecentara con el fuego de la altura. El revólver 
resultaba ya inútil y Menchaca lo enfundó apelando 
al rifle. Pecho a tierra, en su furgón, buscaba al 
enemigo; y al tenerlo a tiro, hacía blanco y dispara- 
ba. «Uno!» dijo cuando vio caer al primer enfemigo 

tendido por su mano. Ahora contaba ya «cuatro» 

Cuatro hombres muertos o heridos por él, que ha- 
bría sido incapaz de matar una mosca! 

¡Qué sed. Señor, qué sed! No había agua ni para 
remedio. Por su imaginación pasaba el recuerdo de 
horas en las que allá, en la «Drug Store» de la me- 
trópoli, se había soplado sus «ice cream soda» 

Cuánto daría ahora por uno de ellos! Mejor por me- 
dia docena 

De los cuatro servidores del carro, reparadores . 
de líneas telegráficas, dos estaban heridos; uno, 
muerto. Sólo quedaban defendiendo aquél, el im- 
provisado mayor y un soldado veterano, federal «de 
veras,» que era una fiera, y el encargado de dictar 
a Menchaca las tácticas de defensa. Menchaca se- 
guía sus instrucciones dócilmente. Lo único que lo 
acongojaba era no poder atender a aquellos dos he- 
ridos: uno con una pierna rota por un casco de me- 
tralla, y el otro con el pecho atravesado por un pío 
mazo. La respiración jadeante de éste, lo hostigaba. 
Pedía agua. . . . agua. Dónde conseguirla? 

— Apriétele, jef ecito, que ahí se nos vienen en- 
cima. 

Y el soldado, al decir, señalaba un grupo de villis- 
tas que se encaminaban hacia el furgón, haciendo 
íaego. 



„.-. , V' 



LA RUINA DE LA CASONA 547 

- «Cinco» .... contó Menchaquita. — Que Dios me 
tenga en cuenta que, si mato, es para que no me 
maten .... 

-No se descubra, jefe. .... Atrinchérese ahí de- 
trás de ese ' • 

Ese era el muerto. Menchaca consideró irreve- 
rente para la muerte, hacer trinchera del cuerpo 
aquel: sintió asco de repantingarse junto a un cadá- 
ver destilando masa encefálica del agujero que la 
«bala expansiva» había hecho en el cráneo, desga- 
jáudolo. 

- Pos si usted no lo agarra, yo sí 

Y el soldado, volteando al muerto de costado, hi- 
zo de él parapeto, y siguió disparando a su resguar- 
do. Menchaca, tras de su mesa, ahora volcada, ha- 
cía lo mismo, sintiendo cómo pasaban sobre su 
cabeza y rebotaban en su derredor las balas. 

Ahora estaba ya solo! Le había tocado su turno 
al soldado, al que no había servido de nada el hu- 
mano parapeto. Su muerte debió ser instantánea; 
Menchaca ni cuenta se había dado de ella: un bala- 
zo le había partido el corazón a aquel hombre: la 
sangre, obscura y espesa, brotaba de la herida; co- 
rría por la madera del piso del furgón y salía hacia 
afuera, cayendo sobre la ardiente arena del suelo, 

que se la bebía «Parece refresco de jamaica!» 

fué la absurda idea de Menchaquita al verla. 

Y fué su última idea, al parecer, porque un agu- 
do dolor lo hizo soltar el rifle, girar sobre sus talo- 
nes y desplomarse; eso sí, sin un lamento, sin una 
queja, sin más que una contracción que lo hizo aga- 
rrarse la diestra fuertemente con la siniestra. 

A los quince minutos, el furgón que había sido 
baluarte de aquel valiente, ardía en su totalidad, 
dejando desprender un fuerte hedor a carne que 
se carboniza y grasa que se requema! 



-tí' . 






548 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



« • 



Una semana había transcurrido del sucedido an- 
terior, cuando Quico Andrade, más que nunca ca- 
bizbajo y meditabundo, se dirigía lentamente des- 
de la de Jurisprudencia rumbo al cuartucho que 
ocupaba en la casona, al pardear la tarde. 

Todo ahora contribuía a descorazonarlo. Ya algún 
nuevo desdén de Chayo: ya las malas noticias de 
los vandalismos crecientes cometidos por los «co- 
rreligionarios;» ya la noticia circulante entre la 
turba estudiantil, sobre que, si llegaban a entrar 
los carrancistas en México, cosa inminente, era se- 
guro el «cierre» de las escuelas y la suspensión 
consecuente de los cursos. Y esto significaba un 
afio más perdido 

Subió las escaleras sin fijarse en la vivienda de 
aquella nifia, en la que había puesto todas las esen- 
cias de su alma, y que tan mal lo comprendía. Obs- 
curecía, hemos dicho, y la siempre económica Filo 
no había encendido aún el alumbrado. 

Todavía Demóstenes no había llegado al «cantón> 
y él era ahora el único compañero, puesto que Cha- 
neque estaba de asilado en un manicomio después 
de haber sido traído con grandes dificultades desde 
el lugar en que la locura lo había asaltado. Sus pa- 
rientes hacían el esfuerzo posible a fin de que aque- 
lla «joya> de la familia recobrara la razón y siguie- 
ra dando lustre al nombre. En cuanto a Tenorio, 
sabido es que andaba en la revolufia. 

Inmediato a la puerta de su habitación, Quico 
encontró a un personaje, que al parecer lo estaba 
esperando. Bajo de cuerpo él; enteco; cetrina la co- 
lor más que por natural, por estar el cutis reque- 
mado por el sol; portando cerrada barba descuida- 
da y vistiendo humilde traje de dril gris; aquel 



LA RUINA DE LA CASONA 549 

sujeto, sia alifio personal alguno, parecía un pobre 
diablo «meritorio> de juzgado menor en poblacho 
no distinguido. 

Sin parar mientes en el extático aquél, Andrade 
pasaba a su vera, cuando el otro, reconociéndolo, 
le dirigió la palabra: 

— Quico hermanito! Pues qué, no me cono- 
ces? 

— ¿Quién es usted? 

— ¿Quién he de ser? Isidro! .... tu hermano! Mí- 
rame bien reconóceme! , 

ün instantáneo sacudimiento contrajo las faccio- 
nes de Andrade, ¡El hermano cura en aquellas tra- 
zas! Y en México! ¿Qué quería decir aquello? 

— Entra ven .... 

Entraron los dos hermanos, y allí, en la penum- 
bra de la habitación, un estrecho y prolong^ado 
abrazo los unió, a tiempo que un doble sollozo se es- 
capaba de sus gargantas. ^ - 

— Y ella? Dónde está? Se ha quedado acaso 

en Zacatecas? — se atrevió a preguntar tímidamen- 
te Quico, presintiendo algo doloroso, y sin obtener 
respuesta. 

— Pero respóndeme, qué es de nuestra mad recita? 

— Sí allá se quedó, pero para siempre! 

— Qué dices? Muerta? Pero es verdad? 

— Sí muerta! 

El dolor hizo llegar a la estupefacción a Quico, 
que tras permanecer absorto por algunos instantes, 
balbuceó: 7 

—Murió? Cuándo? ¿Por qué no me avi- 
saste a tiempo para ir a recoger su bendición? 

— No habrías podido llegar la ciudad está 

ahora en poder de los villistas y no hay seguridad 
ninguna en los caminos. Las fuerzas de Villa avan- 
zan hacia el Sur 



■.s ^ 



550 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



Entonces, y a preguntas de Andrade, el padre 
Isidro refirió a aquél toda su larga epopeya de do- 
lor. 

Perseguido por la irreligiosidad artificiosa de los 
revolucionarios, había emigrado de su curato. Es- 
capando por veredas, había recalado en Zacatecas. 
Ya en ella, como el culto estaba mal, había tenido 
que ganarse la vida para él y para la anciana madre, 
como había podido: hasta ejerciendo de sastre; la 
viejecita, en cambio, hacía todo lo de la casa, a pe- 
sar de sus años. 

Al ser atacada Zacatecas por Natera, él había 
pretendido emigrar rumbo al Sur; pero ya no le 
había sido posible, y había tenido que soportar allí 
el ataque. 

Posteriormente, cuando Villa había tomado la 
plaza, la soldadesca del caudillo del Norte había di 
rigido sus iras contra templos e instituciones reli- 
giosas. Él se había ocultado, como todos sus com- 
pañeros de ministerio: y no habría pretendido dejar 
su escondite, a no habérselo impuesto la miseria. 
Tenía que ver cómo se agenciaba algo para comer 
él y la anciana. Y esto lo había perdido. Reconoci- 
do por alguien, habíanlo reducido a prisión. 

Al serlo, la viejecita había quedado desampara 
da. Al saber ella que él estaba preso y que corría 
peligro su vida, su endeble organismo no había po- 
dido resistir y había caído enferma. | -,. • 

Él había rogado que lo dejaran ir a verla. No lo 
había conseguido. Y una mañana, en su prisión, 
una mujer del pueblo le había dado la triste noticia. 
La pobre viejecita había muerto! ¿De qué? De enfer- 
medad acaso; de pena tal vez; ¡tal vez de hambre!.... 

Pocos días después él había sido puesto en liber- 
tad; y huyendo a campo traviesa, se encontraba en 
México. 



LA RUINA DE LA CASONA 551 

Andrade sintió, durante todo el cruel relato, que 
los músculos de su garganta se apretaban, y su co- 
razón destilaba hiél contra aquellos infames, y en 
una explosión de llanto y de iracundia, exclamó: 

— Afaldigo la garra criminal que ha hecho presa 
en mi misma carne! Soy un matricida! No tengo 
perdón! 

— Serénate. Nada acontece que Dios no lo dis- 
ponga en sus designios. Tu responsabilidad en el 

caso es tanta como la mía ¿Por qué confié en 

que esos hombres no serían malos al extremo que 
nos hicieran víctimas a los que nada les hemos he- 
cho? Ahora, me siento tranquilo. La perdí a ella, 
pero vengo a salvarte a tí 

— ¿A salvarme tú? 

— Sí. ¿Te admiras? Yo, que soy todo debilidad y 
que nada puedo, tengo esa pretensión, porque an- 
das en peligro. Vengo a cuidar de tu alma, que 
quiero rescatar para ese Dios, al que has ofen- 
dido 

Y por el hermano cura supo Andrade cómo es- 
taba de potente la revolución. Villa se había apode- 
rado de Zacatecas y avanzaba al Sur; Monterrey, 
Saltillo y todo el Norte había concluido por caer en 
manos de los carrancistas. Obregón, había tomado 
Guadalajara, evacuada por el generalJosé M. Mier, 
viejo campeón de las luchas de la intervención 
francesa; y la avalancha, integrada en su mayoría 
por indios yaquis, se desbordaba ahora por el «Ba- 
jío.» 

A los dos o tres días la colmena de la casona pu- 
do ver a dos enlutados que salían hacia la calle. El 
«padrecito» Andrade y el hermano Quico, que re- 
tornaba a oir misa, así fuera de difuntos, después 
de luengos años de haber abandonado los altares! 

La Capital de la República vivía febricitante a 



552 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



fuerza de adelantar previsiones sobre lo que ocu- 
rrir podía cuando le llegara su turno. 

¿Qué hacía entre tanto Huerta? 

En realidad, y presintiendo el ya cercano fin, de 
lo que se preocupaba era de guardarse la salida: 
contar, para ello, con una playa y con un barco en 
que marchar para el extranjero, al destierro, al que 
lo seguiría el anatema. I 

En los primeros días de julio, y cuando se pudo 
saber que las partidas de rebeldes de Veracruz ha- 
bían engrosado al extremo de que no sería remoto 
que cortaran las comunicaciones con la capital, co- 
menzó a desmoronarse el último Ministerio huer- 
tista. Primero un ministro y otro después, fueron 
resignando las carteras, dando el ejemplo de la 
desbandada y la ruta del éxodo. Mas no por ello 
faltaron empecatados que aceptaran las vacantes, 
así fuera por días, que, al fin y al cabo, en días se 
podía labrar una fortuna. | 

Vacante el Ministerio de Relaciones, el Presiden- 
te de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, 
licenciado Francisco Carbajal, fué llamado para ser- 
virlo, delineándose que sería el «sucesor.» 

A los dos días, el 13 de julio de 1914, Huerta pre- 
sentaba la renuncia de su cargo ante el Congreso 
de la Unión, en un mensaje estrambótico en el que 
hablaba de tener colocados sus fondos en el «banco 
de la conciencia universal,» y alardeaba de estéril 
gasconería: documento bien distinto de aquel en el 
que Díaz hubiera consignado la suya. 

Aceptada la renuncia, el poder recayó, por minis- 
terio de la ley, en el licenciado Carbajal. Huerta, ya 
en calidad de particular, y en un último alarde de 
valor personal, dirigióse en aquella noche al «Glo- 
bo» a tomar su postrer «thé.» (?) 

Y en esa propia noche, el hombre que había teni- 



LA RUINA DE LA CASONA 553 '• O 

dolos destinos de México en su mano por largos 
dieciséis meses, y habría llegado a desarmar al 
propio Gobierno americano, enemigo jurado suyo, ^^ 

de haber sabido andar por un camino de justicia, de 
acrisoladavirtud y de palpable demostración debue- 
na fe, medios únicos para haber salido airoso, to- 
maba el rumbo del destierro, a bordo de varios 
automóviles, en los que lo acompañaban algunos de x 

sus ministros y sub-secretarios, y que, partien- .,: 

do de México subrepticiamente, los dejaron para -^^ 

abordar en los trenes presidenciales que, escoltados 
por el 29 Batallón, de tanta historia, llegaron hasta 
el puerto de Cotzacoalcos, sobre el Golfo. Allí em- 
barcó el que la revolución llamaba «Chacal,» para 
extranjero puerto, a bordo de un buque de guerra 
inglés. ^^v 

El Presidente Carbajal trató de reorganizar el 
Ministerio y de hacer frente a la difícil situación, 
buscando componendas con la revolución, para re- 
petir la hazaña que había logrado en 1910. 

A sus propuestas de transacciones, la revolución 
contestó sólo con negativas. Pretendía la rendición 
incondicional de los poderes que caían; la incondi- 
cional entrega de todos los elementos; la disolución 
del ejército; la resignación sin ambajes del mando. 
Ni siquiera ofrecía conceder garantías a la ciudad 
que calificaba de «deicida.> 

Entonces don Francisco Carbajal buscó la media- 
ción de los ministros extranjeros acreditados en el 
país, a fin de que la revuelta fuera piadosa con la 
Metrópoli. Los ministros, siguiendo el impulso que 
venía de Washington, se encogieron de hombros. . 

¡Una urbe de medio millón de almas, debería ser 
abandonada sin restricciones, como presa de botín, 
y ser teatro de ignominias, porque sólo así era co- 



^- ;.-^.-í 



554 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



mo podía vengarse en ella, el ser la ciudad «dei- 
cida!> 

Carbajal, desconcertado, optó por abandonarse 
en manos de su Ministro de Guerra, y la obra si- 
niestra de este hombre comenzó a cristalizar. ¡Huer- 
ta había procreado! 

Hizo, en un principio, creer al Presidente que 
había elementos para hacer resistiencia, y que se 
haría. Y cuando había dejado acercarse lo bastante 
al enemigo para que el pánico se dejara sentir, por- 
que aquél se hallaba ya en las goteras de México, 
descorrió el pavoroso velo, exagerando la precaria 
condición. ¡No había armas! ¡No había parque! ¡No 
había hombres que quisieran ir a luchar! ¡No había 
manera de resistir! 

El consejo postrero del Ministro al Presidente, 
fué único. Había que huir y pronto. 

Carbajal huyó. I v < i. 

Refugio Velasco quedó al frente de la situación 
como Supremo Jefe Militar. | 

Y la ciudad «deicida» sintió el terror del huérfa- 
no abandonado en mitad de un erial. a- 



» 



En el viejo edificio que siglos atrás diera albergue 
bajo sus abovedados corredores y en sus penum- 
brosas crujías a las siervas del Señor, que ambu- 
laban desgranando las cuentas de sus rosarios; en 
ese edificio de amplio patio que sustentara un día 
árboles frondosos y murmuradora fuente, y que 
ahora, convertido tal patio en amplia explanada, 
apenas si dejaba ver las ruinas de la fuente, seca: 
en el convento que abrigo fuera de rezanderas reli- 
giosas, se había tocado «lista de seis.» 

Los contados federales allí acuartelados, habían 



, LA RUINA DE I^ CASONA 555 

acudido al llamado del clarín que revibraba bajo bó- 
vedas y crujías, y los capitanes habían rendido sus 
«partes» que, en ascendente progresión, habían 
llegado al coronel del cuerpo, el que, tras un mo- 
mento de estancia en el cuartel, para recibir aqué- 
llos, lo había abandonado violentamente. 

El diálogo había surgido inmediato entre algunos 
oficiales, a la puerta del edificio. 

— Quién sabe qué se trae el jefe que anda desaso- 
segado 

— Dicen que mañana nos replegamos a Puebla. 

— A donde deberíamos ir es a Teoloyucan, a dar- 
les una «pela» a esos 

— La tropa está desmoralizada. Ya no quiere pe- 
lear. 

— íNos batiremos los oficiales en todo caso! 

— ¡Todavía podríamos hacer resistencia! 

— ¡Seguro! ¡Nos están entregando vilmente! 

Toque de «retreta.» Cambio de centinelas, al re- 
levo de la guardia. 

Nuevo «parte.» En el «armero» de la entrada, los 
fusiles alineados como algo inútil, y en la vitrina de 
ancho cristal, la bandera del batallón, deshilachada 
a balazos; con sus colores marchitos; plegada, como 
si sintiera la ausencia de una brisa de combate que 

la hiciera ondear libre y orgullosa Toque de 

«asamblea de oficiales» y desfile de las soldaderas 
para el interior del cuartel, cargando sus canastos 
con la «cena» para los postizos maridos. - 

Mecida por el viento de la calle, la mustia candi- 
leja del amplio portalón oscila como un péndulo lu- 
minoso. En la mesa del «oficial de guardia» una 
«parafina» llora sus lágrimas de grasa sobre el tin- 
tero y los revueltos papeles. 

Toque de «silencio.» Las notas del clarín reper- 
cuten tristemente prolongadas en el silencio del 



-1^ 



556 E. MAQUEO CASTELI^ANOS 

edificio, como un lamento que se derrama por co- 
rredores y crujías 

La última, antes de extinguirse, se quiebra, y si 
muía algo como un grito de angustia, al que nada 
responde. Las puertas de madera del ancho zaguán 
se cierran; y en el garitón queda el centinela encar- 
gado de marcar el «quién vive» al transeúnte 

En la mitad de la noche, un viento helado sopla 
sobreel vetusto caserón, cuya robusta mole arro- 
pada por la tiniebla, es símil de desolación y de 
muerte. Acaso las almas de las monjas vagan libres 
por los amplios corredores, evocando pasados tiem 
pos .... Acaso el alma de la Patria acurrucada en 
un rincón del edificio, llora sola, triste y acongoja- 
da, sus destinos! { 

Al siguiente día, cuando la aurora ha franqueado 
el paso a los rayos del sol, la amplia puerta del cuar- 
tel se abre de par en par para dar paso no a una 
marcial columna como en otros días, sino a un pelo- 
tón de hombres, que más parece eructar que dejar 
salir, y que salen vestidos de paisanos .... Alegres 
los unos por la deseada liberación; tristes los más 
por la impensada vergüenza; alguno llora. . . . 

— Bueno, mi jefecito Adiós! Ya no somos 

nada! I 

— Nada, mi cabo Artigas! ¡Ya se acabó el Ejér- 
cito! 

Los rifles, quitados del armero, yacen en montón 
sobre el piso de la sala de oficiales. Uno de éstos, 
piadosamente, baja de su armario a la bandera ama- 
da del batallón; la enrolla con cariño, acariciando la 
vieja seda; la enfunda; la coloca cuidadoso sobre 
una mesa .... Pero antes, sobre el que es para los 
unos trapo inútil que nada significa, como para Max 
Nordau, o para otros, símbolo de la Patria, de los 
ojos de aquel joven oficial resbala una lágrima ar 



LJí RUINA DE LA CASONA 557 

diente, hasta la tela que la absorbe agradecida, y el 
mancebo pesaroso cree que entre los pliegues de 
aquella enseña ha dejado algo de su alma 

♦ 
■ » ♦ 

Al siguiente día la capital toda de la República 
couoció el llamado «pacto de Teoloyucan,> celebra- 
do entre el Subsecretario de Guerra, general Gus- 
tavo A. Salas, y el general revolucionario Alvaro 
Obregón, que al frente de sus huestes, había sido 
el primero en llegar a las goteras de la capital de la 
República. 

Por ese pacto, el Ejército federal debería disolver- 
se quedando discrecionalmente a las órdenes de su 
mortal enemigo Carranza 

Orbezo lloró indignado sobre aquel pedazo de pa- 
pel que trituraba a su corporación El Ejército, 

cuyo origen arrancaba de aquellos pelotones forma- 
dos al calor de la guerra de Independencia; que 
había rechazado a Barradas en Tampico, a Joinville 
en Veracruz, y a Rousset de Boulbon en Guaymas; 
que había puesto a raya al invasor de San Jacinto, 
la Angostura, Padierna y Churubusco; que había 
visto la espalda a los héroes de Magenta el 5 de ma- 
yo; aquel ejército de Morelos, de los Bravo, de Vic- 
toria, de Ampudia, de León, de Zaragoza, de Gon- 
zález Ortega, de Díaz, de Negrete y Berriozábal, ya 
no era nada! . 

Oh! Si en vez de los mercaderes de ahora, aque- 
llos héroes lo hubieran acaudillado levantándose del 
sepulcro! 

Y la urbe, sobrecogida de vagos temores, vio des- 
filar por sus avenidas, el 18 de agosto de 1914, a los 
soldados del nuevo ejército, del revolucionario, co- 
mandados por un joven fronterizo de enérgico porte, 



■'*., 



■'■■•/'■ 



558 E. MAQUEO CASTELLANOS 

recia musculatura y rostro entre duro y afable 

Hombres de todas edades y mezclados con ellos, ni- 
fios y adolescentes, vistiendo híbridas indumenta- 
rias. Sucios y harapientos algunos; portando con 
desgaire el arma, y rehacios a la militar disciplina. 
Entre ellos marchaban los yaquis, los enemigos ju. 
rados de los «yoris» o blancos, al son de su aborigen 
tamboril .... A través de los siglos, la Metrópoli hu- 
biera creído escuchar ecos de teponaztle, en víspera 
de sacrificio a los dioses de la guerra. .. . 

Y, sin embargo, eran los vencedores. Los que ha- 
bían hecho caer al poder levantado sobre el crimen. 
De ellos dependía ahora el futuro. Según lo moldea- 
ran podía ser de grandeza y reivindicación o de duelo 
y tenebrosidades. 

Días más tarde, don Venustiano Carranza, el cau- 
dillo, hizo su triunfal entrada; hierático, apocalíptico, 
como incrédulo de su triunfo. Él debería ser el guía 
de aquellas masas. El reconstructor del orden cons- 
titucional. Hasta entonces y dentro de la acción mi- 
litar, nada había hecho por su causa. El triunfo se lo 

habían dado Obregón y Villa Menos aún había 

de hacer dentro de la acción civil, si no era agigantar 
la anarquía! 



* 
* * 



.) .■ 



En la casona se registró por aquel entonces un 
hecho curioso. De la noche a la mallana el Garaicito, 
sonsacado por Fermín, huyó del lado de las herma- 
nitas para ir con aquél a «darse de alta» en las filas 
revolucionarias, cambiando los libros de la escuela 
por el matisser . . . . I í 

— ¡Que no haya quien nos mande! — le había dicho 
Fermín. — Ya es ora de que seamos libres! 

Y en la República pasó otro hecho un poco más 
curioso. 



L.A RUINA DE LA CASONA 559 

Pancho Villa avanzó al frente de treinta y cinco 
mil hombres a los que se le unieron cinco mil zapa- 
tistas para ocupar la capital de la nación. Ginete en 
brioso corcel de gran alzada y echando el brazo por 
sobre el hombro a Emiliano Zapata, hizo su triunfal 
entrada. 

Don Venustiano Carranza no quiso esperarlo y 
huyó rumbo a Córdoba para ir, al final, a recalar en 
Veracruz. 

Tal huida causó un efecto inexplicable en Barbe- 
dillo, que no sabía, si deplorarla, o bien celebrarla. 
Qué tiempos. Señor, qué tiempos! El capital no 
tenía garantías de ninguna clase! Casi se podía ase- 
gurar que, con todo y sus «cosas» había sido mejor 
Huerta; y mejor que Huerta Madero, a pesar de sus 
«locuras;» y todavía mejor aquel don Porfirio, bajo 
cuya dictadura todo mundo podía trabajar sin temer 
el verse injustamente expoliado. 

Tanta fué la aflicción de Barbedillo ante la ame- 
naza del porvenir, que hasta se le comenzó a anun- 
ciar un nuevo ataque, pues empezó otra vez a arras- 
trar los pies y a padecer de aquellas ausencias en 
las que se «le iba el santo al cielo.» 

—Qué te pasa. Barbe?— preguntábale cariñosa- 
mente Tachita. 

—Como pasarme, nada pero siento que me 

voy volviendo un cobarde de marca! Todo me da 
miedo 

— Déjate de preocupaciones. 

—Si pudiera! -pero no es posible ! Si las co- 
sas siguen como van, no sé dónde vamos a parar. 

—Pues decídete. Vendemos todo lo que tenemos 
y nos vamos con la música a otra parte. 

—Imposible! Hay que tener fe en que algún día 
terminará esto 

Y conforme los días pasaban. Barbe se ponía peor: 



560 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



había perdido el apetito; estaba demacrado y enju- 
to, como «gato enteco» según frase del donoso estu- 
diante. 

— Dele su yerbabuena en ayunas, Tachi. Mire que 
eso que tiene es cuestión de enfriamiento en el tué- 
tano * I 

— Úntele en el espinazo el sebo de león, calientito 
y al acostarse - aconsejábala la Orbezo. 

— Infeliz don Taco! — murmuraba Demóstenes.- 
Ni así le unten el sebo de todos los leones del Áfri- 
ca! Lo que tiene es «espanto,» pero no del que cu- 
ran las viejas con «sobadas» y padres nuestros, sino 
del que sólo se cura con paz y tranquilidad, y estas 
drogas se acabaron en la botica nacional! — Para 
aquel enfermo pobre, sólo las Otamendi eran impla- 
cables e impías. 

— Que es «brufia!» Como todos los ricos! Ahora 

es cuando todos ellos la pagan | 

V La verdad era que la casona estaba semejando a 
«tambora de indio» por aquello de que todo el que 
llegaba se creía con derecho a golpearla, después 
de haber sido en pocos afios albergue de colmena 
con el dictador Díaz; jardín paradisíaco en el que 
todo eran ilusiones con el jovial Madero; escenario 
de inusitados tambaleos en los de Huerta; piltrafa de 
carroña en los aciagos días de Carranza, tenía ahora 
que abrir sus puertas a las triunfadoras huestes de 
Francisco Villa y de Emiliano Zapata. 

Imitando el ejemplo de Carranza y con los mismos 
derechos por él invocados y ya que, con su huida 
había quedado acéfala la presidencia provisional de 
la nación, Villa y Zapata, de acuerdo con la Conven- 
ción, sentaron en la silla magna al general Eula- 
lio Gutiérrez, al que la desocupada lengua de los 
metropolitanos aristarcos bautizó luego con el nom- 
bre de «flor ülalio» en remembranza acaso de aquel 



Ul ruina de la casona 561 

otro sefior Abraham, Ministro maderista; y otro re- 
medo de Gobierno se estableció, con sus ministros 
y subsecretarios, hecho lo cual, el cónclave de sa- 
bles reunió en la ciudad de Aguascalientes sus cuar- 
teles deliberatorios. 

Fué entonces también, que don Taco recibió la 
tremenda desazón aquella que lo convirtiera «provi- 
sionalmente,» como por entonces se acordaba fusi- 
lar a los desafectos a «la causa,» en un cuasi cadáver. 
Y pasó el caso de la manera siguiente, que bien 
merece la pena relatarse. 

Digamos, pues, que en una noche y pasadas las 
diez, obligatoria hora en la que Pilo ya había dado 
doble vuelta de llave y puesto la tranca en la puerta 
de entrada de la casona, y habiéndose «recogido» ya 
cada inquilino en su respectivo «cantón,» Pilo tuvo 
a bien «recordar» o séase despertar al ya crecido 
Fermín, que roncaba como un lirón, y con el objeto 
de hacerle una interesante consulta. 

Despertóse el aludido mascullando algún catapúl- 
tico dicterio contra la que así lo privaba del bien ga- 
nado descanso; restregóse los ojos, y acabó por fin, 
en fuerza de sacudidas de su progenitora, por reco- 
brar la lucidez necesaria para evacuar la pretendida 
consulta. 

— Qué me quere usté, caramba? Déjeme dormir 

— Espántate el sueño, porque tengo que didrte al- 
go muy importante. 

— Ah qué usté, caramba! Yo creiba que era man- 
dado — Como aluego se le ocurre que yo los haga 
a estas horas! 

— No es mandado, es consulta. Oye bien. Tú sa- 
bes leer y escreMr ¿no es eso? 

— Pos así lo dice el maistro. 

— Güeno: si sabes eso y algo de cuentas «espabí- 
late» nomás, que te voy a decir una cosa muy grave. 

38 



562 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



-Pos diga usté 

— ¡Que ora sí vas a ser el duefio de la casona! 

-Quién? Yo? 

-Cabal! Tú 

— Pos y don Ustaquio? 

— Ese no es más que un «detientador» según dice 
el abogado. La casa es nuestra, no te quepa duda. 

Gesto de asombro de Fermín, que, por más que 
hacía, no podía darse exacta cuenta de cómo podía 
ser aquello, cuando su progenitora no era otra cosa 
que la portera del edificio, y él el crío de ella, par 
de desarrapados que no era concebible que fueran 
propietarios ni de un zaquizamí de adobe. 

— Tiacuerdas de que óibamos decir que ora sí, 
cuando ganara la revolución, se cumplirían las pro- 
mesas del siñor Madero, que en gloria esté? Tia- 
cuerdas de lo que prometió? Que se devolverían las 
tierras a sus legítimos dueños, y que en buen decir 
nos haríamos de las aguas, y de todo lo demás que 
se nos ha quitado. Pos ya es ora deque los «detien- 
tadores» tienen que hacer la devolución .... 

— Pos si eso dice usté, así debe de haber sido 

— Y ora devuelven hasta las casas. Porque fíjate 
nomás: ellos, los «flores de la revolución, ya se hi- 
cieron de sus casitas y de sus terrenitos: mi intien- 
des? Y eso es porque todo esto que tenían los «di- 
tientadores> nos lo habían quitado a los indios, que 
temos nosotros. 

— Aja. Y qué más, nana? ' 

— Pos que yo, fijándome en eso, jué como le dije 
a don Ustaquio en aquella vez, que se preparara a 
devolvernos la casa, porque era nuestra; porque si 
este terreno jué de los indios, es nuestro ahora; y 
si el terreno es nuestro, pus la casa es nuestra. 

— Y don Ustaquio se enojó y por una nada nos 
corre 



■ ■ ■ ■ ^ •■■' ■ 

LA RUINA DE LA CASONA 563 f^r 

-Lo tomó a mal, porque tenía yo razón. Pero ya ^; v - 

le pregunté a uno de los que venían de parte del se- 
ñor Zapata a ver a la Mandujano, y él me dijo que 
estuviera pendiente, y que en cuanto que llegara a 
la capital le avisara ..... . -'., 

-Aja. Y qué? — prosiguió Fermín, al que en su 
escasa inteligencia de rapaz indígena, como que iba 
entrando la posibilidad de que ellos fueran los due- 
ños de la casona. 

-Pus que ya lo vide otra vez; y me llevó con un 
jefe, y éste con un abogado, creo, de los que ellos • , 

train, y éste me dijo que sí: que «agarramos* la ca- 
sa; y como yo le dije que no se iba a dejar don üs- ; ^ 
taquio, me llevó con otro militar de ellos, y éste me 
dijo, pus dice <yo voy con usté, y si no afloja la casa 
el <centífico> ese, lo cuelgo > - 

-Caray, nana! ¿Y qué vamos a hacer nosotros 
con tanta casa? 

-De eso no te apures. Ya veremos aí^egro. Ora 
lo importante es cogerla. Y ansina quedamos el mi- 
litar ese y yo en que él viene mañana y me acompa- 
ña a ver al síflor don Ustaquio para pedir los «pape- ^ 
les> de la casa y que me la ení7*¿eflrwen luego. Y yo 
en pago de su servicio, le doy los «tlacos» que tengo 
guardados - , 

-Pos como usté diga - ; ' 

- Cweno; pero tú qué pensas.^ ;: 

— Yo? Pos que la acompañe y haga todo; pero des- 
pués no le dé usté los tlacos - / 

Y Fermín, abrumado por la consulta, para él tan 
importante, se dobló de nueva cuenta en dorsal de- 
cúbito sobre el petate que le servía de lecho, y rea- 
nudó su interrumpido sueño. 

En lo que menos pensaba Barbedillo era en el v 
«gregorio» que para el siguiente día habría de pro- 
porcionarle su portera, reincidiendo, ya de categó- 



W 



564 E. MAQUEO CASTELLANOS 

rica manera, en aquello de pedirle las escrituras 
de la casa. Y fué así como ni se las «espantó» cuan- 
do en la mañana de tal día la vio conferenciando 
con un coronel «libertador,» aunque algo le dio en 
la nariz la poco comedida respuesta con la que ella 
lo favoreció al indicarle él que el patio estaba sucio 
y que debería barrerlo: 

— Yo ya no barro! Ora baja a barrer alguna de las 
de arriba 1 

¿Qué quería significarle Filo con aquella rebeldía? 
Vaya usted a saberlo! 

Ejstaban los criados tan «soliviantados» por mor 
de las promesas de la revolución! Bah! Entre que- 
darse sin portera a que se quedara sin barrer el 
patio un día, que se quedara sin barrer el patio. 

Mas a poco andar, el militar aquél volvió a la casa 
con media docena de desarrapados, cargando sus 
rifles, y que fueron estratégicamente apostados en 
el patio. Demóstenes, pensando que tales preparati- 
vos podían bien ir encaminados en contra suya, da 
das sus ideas, buscó rumbo a la azotea, que al fin y 
al cabo, como bien lo enseñan los gatos, las azoteas 
son propicias para las fugas. 

Sorprendió a Barbedillo tan inusitado movimien- 
to, todavía en traje de mañana: pantuflas, bata y 
gorro de borla; y arrastrando los pies y con su ca- 
ra de bobalicón, salió para averiguar qué era lo que 
pasaba: poco tuvo que andar para ello, pues en pie 
no corredor y ante la mirada de todo el vecindario 
y los bien abiertos oídos de los inquilinos, la redo- 
mada Filo, que hasta entonces fuera sumisa y dócil, 
le «partió» con la solicitud aquella, teniendo al quite 
al pundonoroso oficial, neto producto de la re- 
vuelta. 

— Pos siñor don Ustaquio, usté dispensará si in- 
comodo pero yo vengo otra vez, como le dije a 



^ts: 



LA RUINA DE LA CASONA 565 

usté antes, a que me haga entriega de los «papeles» 
de la casa - ': 

— ¿Qué dices? A qué casa te refieres? Qué pape- 
les son esos? 

— Pos cuáles han de ser? Lia casa esta, que es de 

mi hijo Fermín, y las escrituritas ¡Há^se el 

que no intiende! 

— ¿Pero qué estás diciendo, mujer? Te has vuelto 
loca? Quién te ha metido esos infundios en la ca- 
beza? 

— No, señor — terció el novedoso hijastro de Mar- 
te—está en sus cabales, y sus pretensiones, muy 
legítimas, no son infundios. Viene a que le hag^a 
usted entrega de la casa y de sus títulos, porque se 
considera la duefia, con su hijo, y está en lo justo. 
Se acabaron las detentaciones! Ya es hora de que 
devuelvan ustedes lo mal habido a sus positivos 
duefios. 

—Pero . . . está usted hablando en serio? — tarta- 
mudeó Barbedillo, sintiendo que las piernas se le 
volvían de algodón cardado. 

— Y tan en serio! Esta mujer es la duefia de la 
casa, puesto que la reclama, y la revolución, por 
conducto de mi general, ha resuelto que entregue 
usted casa y papeles. 

— Pe pe pero es que esta mujer no tiene 

derecho alguno! Ella no es más que la portera de la 
casa. Y así, no tiene derecho no tiene dere- 
cho 

— Eso lo justificará usted después. Ahora entre- 
ga la casa y los papeles. 

— Pero señor coronel es que 

— Y que se muden aZwcflfo, siflor 

— Naturalmente! Con la entrega, la desocupación 

inmediata, en plazo de una hora Estas son las 

órdenes de mi general 



:A 



">'. 



566 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



— Pues ni la entrego ni me salgo, ni muerto me 
sacan! — afirmó resuelto Barbedillo. 

— Ora verá si la entrega o no, y si por la desobe 
diencia me lo llevo al cuartel y se le juzga conforme 
a la ley Juárez-Carranza! A ver muchachos, su- 
ban 

No se hicieron repetir la orden los intrépidos 
«muchachos» del coronel, para trepar de cuatro 
en cuatro los escalones^ ávidos de demostrar su va 
lor para «echarse al plato> al asustado Barbedillo, 
que, atónito, tembloroso, balbuciente y en punto al 
coma, por creerse ya dentro del «cuadro» y con los 
fusiles abocados a su pecho, veía a Tachita, veía al 
militar, veía a Filo, y no podía modular una palabra 
en su defensa. 

Cuatro empellones, otros tantos epítetos mal so 
nantes del militar para don Taco, y éste sintióse le- 
vantado casi en vilo y llevado a remolque, rumbo a 
la escalera para ir hasta el cuartel, por su atroz 
desobediencia. | 

Hasta la misma escalera logró soportar su físico 
el inaudito golpe moral que, despojándolo intempes- 
tivamente de lo que de su fortuna le quedaba, lo arro- 
jaba irremisiblemente a la miseria, por un delito que 
ni había imaginado siquiera cometer; por ser el usu- 
fructuario, en copropiedad de Tachita, de lo que a 
ésta le había dejado para «ayudarla en la vida> su 
primer apócrifo esposo, y que ahora pasaba, por ar- 
te de magia, y sin muchos trámites, a ser de la pro- 
piedad de aquel Fermín endemoniado. 

Sintió Barbedillo que una ola de calor le subía al 
cerebro para difundirse de allí a todo su cuerpo; que 
se le agolpaba la sangre allá; y que después, en brus- 
ca transición, se le bajaba de golpe, dejándole ateri- 
do aquel cerebro del que se apoderaba un frío polar. 

La visión subsecuente fué de que todos los objetos 



LA RUINA DE LA CASONA 



567 



tomaban un fuerte tinte amarillento: de que todo se 

esfumaba y se diluía El vértigo se apoderó de 

él, y sin más poder, desplomóse en brazos de los 
mismos sicarios que hacia el suplicio pretendían 
Conducirle. El ataque fulminante había hecho presa 
en él, apoderándose de su ya minado organismo que, 
para el futuro, sería de la abulia y de la amnesia 
propias del reblandecimiento cerebral. 

Hasta aquel instante Barbedillo, el infatigable 
Barbe, el trabajador don Taco, el «luchón» que sa- 
bía de todo «sacar raja,» y que si en los negocios 
había demostrado no poca habilidad, más había 
creído poseerla en política, «flexibilizándose» y 
siendo «práctico» para defender posición e intere- 
ses, a fuerza de «cohonestar,» había sido, por lo 
menos, un organismo: en lo de adelante, ya no se- 
ría más que una sombra, un títere infeliz, que de- 
pendería de todos y de todo, derrotado en la con- 
tienda, en la que sus docilidades le habían servido 
sólo para ir dejando girón por girón entre las ga- 
rras que lo apretaran, salud, energías, fortuna, y 
todo! 

- ¡Se está muriendo! —dijo alguien compadecida- 
mente. 

- Se está haciendo el muy gruñó el oficial. 

-No, señor; ese hombre estaba enfermo y usted 

lo ha venido a rematar! Concluyó Gordillo, sin am- 
bajes ni temores. 

- Que traigan a un médico! - dijo Tachita acon- 
gojada. 

-En padre! Avísenle al padre Andrade que ba- 
jel—suplicó alguna de las «siamesas.» 

Y mientras Pilo y el oficial se escurrían zafando 
el bulto, el padre Andrade bajó y aplicó los Santos 
Óleos, previa Ja absolución in extremis, al infeliz 



568 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



■í • 



atacado. Y el médico también vino; y previo sufi- 
ciente reconocimiento, concluyó: | 

—Un ataque cerebral una congestión sero- 
sa probablemente sobrevendrá el reblandeci- 
miento ¡Incurable! Por lo menos, quedará 

idiota 

El pronóstico resultó exacto. Barbedillo está 
idiota desde entonces! 



CAPITULO IX 
Los dramas de la montaña 

Pronto tendría que amanecer. Deberían ser las 
cuatro de la mafiana, según lo indicaba Venus, que 
florecía como una blanca magnolia luminosa pren- 
dida en el terciopelo ametista obscuro del cielo del 
Oriente. 

Sobre el fondo del cielo la altiva cordillera iba po- 
co a poco recortando sus recios perfiles, antes es- 
fumados en las sombras de la noche, y semejantes 
ahora a gigantes escarpas de ocre color, dentella- 
das en las cimas por la exúbera arboleda crecida 
sobre el basalto mismo de las altas cúspides de los 
cerros. 

A los ruidos misteriosos de la noche, sucedían 
ahora el pío pío de los jilgueros que se despertaban 
entumecidos en la rama por el agudo frío de la ma- 
drugada, y el leve ruido del gotear del rocío que, 
acumulándose en las hojas, concluía por deslizarse 
de ellas en una rala lluvia. 

De instante en instante la coloración iba cambian- 
do en el horizonte como en vasto telón. En la leja- 
nía, de barrancos y hondonadas, se desesperezaban 
as blancas nubes que allí habían dormido, y co- 



570 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



menzaban a emprender un lento vuelo, parecido 
mejor a un deslizamiento por los flancos de la sie- 
rra del Ajusco. El tono negro y ocre de la montaña 
se cambiaba por un verde obscuro y sin gamas, y 
ya las copas de los más erguidos árboles pefilaban 
netamente sus siluetas, y, en oyameles, pinos y en- 
cinas, el pío pío había sido cambiado por ruidosos y 
alegres gorjeos con los que la alada república de 
cada árbol festejaba a la mañana que nacía fresca, 
limpia, y acariciada por una suave brisa que traía en 
sus alas los perfumes resinosos de la selva. 

Fué entonces cuando pudo percibirse, serpen- 
teando por la «vereda» que dibujaba una especie de 
sinuosa raya en las anfractuosidades de la montaña, 
algo como un apocalíptico reptil que se movía lenta- 
mente, trabajosamente, en un peristáltico movi- 
miento de escamas obscuras de las que a veces 
salían acerados reflejos 

En ocasiones, la gigante serpiente como que se 
dislocaba, y se fragmentaba, y se extendía. . . . En 
otras, como si se replegara encogiéndose e hinchán- 
dose. Y allá iba, cuesta arriba, en dirección del 
Norte, trepando en un esfuerzo inaudito, muda, y 
como temerosa de ser sorprendida. | 

En su extremidad posterior parecía moverse algo 
como un apéndice formado por aislados puntos obs- 
curos que se acercaban y se distanciaban, para tor- 
nar a acercarse y distanciarse de nuevo Era la 

«extrema retaguardia» de la columna militar que, 
obedeciendo a superiores órdenes, había tenido 
que abandonar la plaza de Cuernavaca y se dirigía 
rumbo a Toluca, silenciosa, fatigosa, reptando por 
el flanco de la montaña y arrastrando con ella a la 
par de sus cañones enfundados, las amarguras de 
una retirada sin honor, pues que no era impuesta 
por la derrota. 



LA RUINA DE LA CASONA 571 

Al lila pálido del cielo había substituido el rosa 
anaranjado de la aurora. Crestas y cimas se iban 
iluminando rápidamente con los primeros reflejos 
del astro rey, simulando refulgente fimbria que or- 
namentara las alturas de los montes al Oriente. Ya 
el verde obscuro de las frondas se había trocado 
en verde de innúmeras gamas; ya sobre los musgos 
de las rocas y las puntas de las hojas, podían verse 
titilar los purísimos diamantes allí engarzados por 
el rocío. Ya las blancas nubes que se habían aposen- 
tado en los barrancos habíjín ascendido en gracio- 
so vuelo por el azul .... Y entre tanto, la «columna» 
avanzaba lentamente, trabajosamente. Para no ser 
sentida y hostilizada por el enemigo, había evacua- 
do la plaza en mitad de la noche, y el alba la sor- 
prendía en mitad de la cordillera. 

Encapotados y friolentos los soldados avanzaban 
siguiendo a los pocos carros de la «impedimenta» y 
arreando con formidables temos a las acémilas que 
tiraban de los pesados cañones, o que cargaban los 
cajones del parque, y las que, al respirar el aire 
fresco y húmedo de la madrugada, dejaban escapar 
por sus narices chorros de blanquecino vapor. A 
caballo los jefes; a pie los heroicos «Juanes;» y a pie 
con ellos las «soldaderas,» sin quejarse nadie de las 
asperezas del camino ni de los riesgos de la suer- 
te que los hacía volver la espalda a los odiados za- 
patistas, que nunca a ellos se las habían visto. 

Y protegiendo la retirada, que más parecía fuga, 
la «extrema retaguardia» que, si preciso era, debía 
sacrificarse y morir para salvar a la columna. Y 
mandando esa extrema retaguardia el oficial de más 
pundonor entre todos de la columna; un moreno 
fornido, alto el, de bigote de levantadas guías y ojos 
de firme mirar: el mayor Tajonar. 

—¡Vamos, muchachos! No se «aplomen» vie- 



" y,- X • 



'■^^'^ : vv"^ 



572 E. MAQUEO CASTEXLANOS 

■ I • '• 

jecitos Poco a poco y sin hacerse bolas A 

nosotros nos tocó «hueso» 

El panado aquel de bravos, que idolatraba a su 
mayor, por valiente, por cumplido, porque no los 
maltrataba, al oir sus frases de aliento sonreía con 
una sonrisa mezcla de ferocidad y de orgullo. Son- 
risa del que confía en que ha de vender cara la vi- 
da, dejando bien puesto el pabellón. 

Los «cargadores» en los maOsser, y los maOsser 
en las manos prestas para apuntar y disparar, cada 
soldado de aquellos eseudrifiaba la espesura para 
saber por donde podía venir la muerte en forma de 
emboscada. Ellos, los de la compañía de Tajonar, 
no «defeicionaban.» Muchas veces habían oído el 
«ehiflido» de las balas sin lograr ver siquiera al ene- 
migo, amadrigado en el monte. Y no por eso se ha- 
bían sentido cobardes, porque, cuando la ocasión 
llegaba, ya sabían ellos poner la bala donde ponían 
el ojo, aunque sólo fuera en el mechón hirsuto de 
cabello que, caído sobre las frentes, en lacias gue- 
dejas, gastaban los seides de Zapata. 

— Fíjese, mi mayorcito Por aquella «lade- 
ra» Por allí vienen sabiendo esos maldeci- 
dos .... 

Tajonar apuntó en la dirección indicada por el 
sargento que le había hablado, sus anteojos de cam- 
pana; pero nada pudo percibir. 

— No hay nada viejo .... ' 

— Por allá vienen trepando, mi mayor Yo sé 

lo que le digo. 1 

— ¿Vas a ver tu mejor con tus ojos que yo c«n los 
catalejos? 

— Pus ya lo creo! Si dende aquí les estoy «vicen- 
tiando» (mirando) los «petates» (sombreros de pal- 
ma). 

— Bueno .... pues a la hora de la hora, ya lo sa- 



LA RUINA DE LA CASONA 578 

ben. . . . Somos la extrema retaguardia que protege 
la retirada de la columna. Si nosotros no los ataja- 
mos, hacen cisco a aquélla. 

Y por más que, mientras hablaba Tajonar seguía 
investigando, nada percibía entre los lejanos rama- 
jes. Entre tanto, el disco del sol había saltado sobre 
el horizonte, y su luz en un torrente explendoroso, 
bañaba ahora el bosque todo que, con el cabrilleo de 
esa luz en las mojadas hojas, semejabe^el verdi-do- 
rado plumaje de una ave inmensa, que la sacudiera 
con fruición al sentir la delicia del tibio rayo. 

Bien poco transcurrió para que, como abortados 
por la breña de las laderas y dando saltos prodigio- 
sos desde las rocas fronteras al camino hasta el 
camino mismo, o agazapándose entre aquélla, los 
terribles «zapatistas» hicieran irrupción en avalan- 
cha, y para que, echándose a la cara los rifles, hi- 
cieran caer una lluvia de balas sobre los aguerridos 
federales. Preparados éstos para la sorpresa, res- 
pondieron a ella incontinenti; y de una parte y de 
otra varios hombres rodaron por tierra o se fueron 
doblando poco a poco, tronchados por el certero 
plomo. 

— ¡No se hagan bolas, muchachos! Cúbranse 

y pecho a tierra! — ordenó Tajonar, mientras abrién- 
dose el ancho capote militar que lo estorbaba, y em- 
puñando su pistola, se plantaba él en mitad del 
camino, pie a tierra, en marcial apostura y arran- 
cándole el sol destellos de los galones de la «gue- 
rrera.> 

¿Qué fué lo que vio que le hizo pasarse la mano 
por los ojos, como si quisiera cerciorarse de que 
no era víctima de un engaño? Pues vio que en el 
campo enemigo, a la cabeza de los que atacaban, se 
hallaba un hombre vestido todo él de negro, echado 






:i.-^' 



574 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



hacia atrás el galoneado «charro,» también pie a 
tierra y empuñando también la homicida pistola. 

Pero ¿era él? Podía ser él? Era él, sí, no ca- 

bía duda .... Y para mayor convencimiento. Tajo- 
nar, en un acto de temerario arrojo, empuñó con la 
siniestra los gemelos de campafia y los asestó so- 
bre aquel hombre que, a su vez, lo miraba como du- 
dando también de lo que veía! ¡Mandujano! ¡El 

compadre Mandujano! I 

Entonces sobrevino algo extraordinario: dos vo- 
ces, casi al unísono, gritaron a los suyos «alto el 
fuego» y el clarín de los federales trasmitió vibran- 
do la orden, y el fuego cesó como por encanto. Y 
aquellos dos hombres, paso a paso, fueron acercán- 
dose el uno al otro, pero siempre con las pistolas 
amartilladas y apuntándose 

— Compadre compadrito, por favor! Ríndase! 

— Retírese, compadre por favor, retírese.... 

Yo no sé rendirme! , I '': 

— Ríndase, compadre ! Tengo orden de pasar 

sobre todo vengo de vanguardia .... 

— Pues yo vengo de extrema retaguardia.... pro- 
tegiendo la retirada 

— No me comprometa, compadre ... 

— Cumpla con su deber, que yo haré el mío . 

Así lo quiso la suerte! 

— Por última vez, ríndase. . . ^! 

— Por última vez, retírese ! 

— Pues que no se puede a cumplir cada uno 

con su deber! | 

Y casi simultáneamente aquellos dos hombres 
dieron la voz de <¡fuego!> y comenzaron a vaciarse 
las pistolas, avanzando aun más el uno hacia el otro 
en un duelo a muerte espantador; y así llegaron a 
quedar frente por frente, para desplomarse casi 
confundidos, mientras los soldados de uno y otro 



LA RUINA DE LA CASONA 575 

bando se batían encarnizadamente, en el camino y 
en la espesura, llenos de rabia, sedientos de san- 
gre, locos de furor, en la ebriedad infernal que pro- 
duce la lucha, la pavorosa lucha fratricida en la 
que el hombre es doblemente fiera, ya que mata, y 
al que mata es un hermano! 

Y ya caídos, Mandujano y Tajonar se buscaron. 
Y desangrándose, moribundos, aun se arrastraron 
el uno hacia el otro trabajosamente; pero ya no en el 
encandilamiento del odio, sino movidos por bien 
distinto sentimiento 

Y una mano, la de cualquiera de los dos, halló la 
diestra del otro; y aquellas manos se estrecharon 
con una efusión increíble! 

— Perdóneme, compadre ! Yo no tengo la cul- 
pa! Es esta maldita disciplina mandaba yo la 

extrema retaguardia 

— Usted es el que debe perdonarme, compadre; 
pero tenía la orden de pasar adelante sobre lo que 
se me opusiera 

— ¡Qué cruel es la guerra, compadre! 

— No tanto siquiera ahora vamos a morir 

juntos 

— Gomo juntas estarán allá ... . 

La visión de sus hogares, en una última delicia, 

pasó por la mente de aquellos dos moribundos 

¡Sí! Allá estarían las dos pobres esposas, bien aje- 
nas del terrible drama; sin pensar en que el desti- 
no cruel hacía que el asesino del marido de la una, 

fuera el esposo de la otra Allá estarían aquellos 

pequenines, pedazos del corazón, que en aquellas 
horas dormirían aún el dulce sueño de la inocencia, 
de la vida que no sabe de duelos, que ignora de 
odios Y después, juntos jugarían y se acaricia- 
rían, ignorantes de que cada uno besaba y acari- 
ciaba al hijo del que lo había dejado huérfano! 









•í-s-.. 



576 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



Mandujano, hiposo, con el hipo precursor de la 
muerte que llega, se acercó hasta el oído de Tapo- 
nar , y le dijo: 

— Me muero, compadre. . . . me muero! 

— Y yo también ' . t 

— Compadre .... ¿sabe usted rezar? 

— Algo mi madrecita me enseñó 

— Pues rézeme algo I . 

— Bueno reae conmigo «Creo en Dios 

Padre Todo Poderoso > 

A lo lejos, entre el monte, por entre las brefias, 
se oía el incesante tronar de los maüssers y de los 
treinta-treinta: los gritos de los federales y de 
los zapatistas insultándose y desafiándose, y ha- 
ciendo eco a todo, la nota vibrante del clarín orde- 
nando «fuego y avanceu> y los alaridos de dolor de 
los que caían para no levantarse más, pensando 
también y acaso en la esposa ausente y en los hijos 
que quedaban en abandono; en la amada «merga> 
de tierra que era toda la fortuna, y en la «yunta,> 
que era todo el deleite , ..^ . 

— Ya no puedo más, compadre 

— Sí puede .... hágase ánimo, ! «que fué cru- 
cificado, muerto y sepultado. ...» 

— Muerto y sepultado 

— «Y al tercero día > 

— Y al tercero .... día 

Aquellas voces de extrafia unción, que se debili- 
taban, que se apagaban, con dulcedumbres de infi- 
nito perdón, tenían respuesta, dentro de la bravia 
zarza del monte, con el grito altivo de «iViva la Na 
ción! ¡Viva el Supremo Gobierno!» ai que hacía dúo 
otro grito entusiasta: «¡Viva Zapata! ¡Viva el libre 
Sur!> 

— «Desde allí ha de venir a juz- 
gar > 



LA RUINA DE LA CASONA 577 

— ha de venir! a juzgar — respon- 
día Mandujano entre estertores. 

— Creo en el perdón de los pecados. . . . 

— perdón de los pecados 

Y un hipo último, una postrera convulsión y un 
aflojamiento subsecuente de todos los miembros 
en la flacidez del cuerpo que, incapaz de retener la 
vida se abandona a la muerte, fué el ñnal de Man- 
dujano. Y de parte de Tajonar un inmenso abrir de 
ojos en la postrimer mirada que quiere avaramente 
abarcar todo; cielo, tierra, visiones de los seres 
amados; todo en un conjunto, en el deseo supremo 

de llevárselos impresos en la retina. Después 

nada 

¿Nada? No; algo terriblemente patético y a la vez 
de cruel sarcasmo resonando en la inmensidad del 
bosque. La alegre diana del clarín de infantería, 
noticiando a la lejana columna que se retira traba- 
josamente, penosamente, con movimiento peristá- 
tico, por el naneo de la verdinegra montaña, que el 
enemigo ha sido batido y que el peligro ha pa- 
sado - 

> - ■ - ■ ■ 

* 
« » 

¿Qué es entre tanto, de la trashumante columna? 
Allá va, cuesta arriba, reptando por la «ladera> de 
la montaña, como un gigante gusano que amolda 
sus anillos a la forma de las anfractuosidades del 
terreno. A vanguardia, los exploradores encarga- 
dos de abrir pase y de señalar al enemigo por si 
aparece. Detrás, parte del grueso de la fuerza que 
protege la impedimenta, que viene al centro: la ar- 
tillería, el parque, los enfermos y los heridos. A la 
zaga, el resto de ese grueso; y confundidos con él 
tsos tenaces parásitos de nuestro ejército: las «vie- 






*'-:. 



' i. 






«!>-^. 



578 E. MAQUEO CASTELLANOS 

jas,» las «soldaderas,» las de todos modos intrépi 
das soldaderas, que van a la rastra de sus «Juanes,» 
de quienes reciben lo mismo caricias que palos. 

No hay que detenerse: no se puede hacer el más 
pequeño alto. El enemigo aventajaría de posición y 
pasaría, de la retaguardis^ a ocupar los flancos: 
porque inútil fué el sacrificio de Tajonar y de los 
suyos, que uno a uno fueron cayendo, quedando 
por el camino regados los cadáveres y abandonados 
los fusiles descargados hasta el último cartucho! 
El enemigo logró rehacerse y va rebasando la reta- 
guardia y se aproxima amenazante, y es hormigue- 
ro que brota de los peñascos como aborto de las 
entrañas de la sierra | 

¡No hay que detenerse! Y el caso es que las bes 
tías, cansadas, extenuadas por la penosa ascensión, 
no pueden ya tirar de los carros ni de los cañones, 
y agobiadas por la carga, se echan al suelo y hay 
que levantarlas «a pulso.» Y lo mismo empieza a su 
ceder con los propios hombres .... No tienen fuer- 
zas! No se tomó «rancho» Tan sólo una taza 

de mal café, a escape y a la salida 

A los resoplidos y quejumbres de las bestias, se 
mezclan las increpaciones de los jefes y los jura 
mentos de -los soldados, y las malas palabras de las 
«viejas» 

— ¡Malditos zapatistas! Si hombres fueran, ya 
habrían de haber hecho «parada» cuando se les ba- 
tía en sus terrenos, y no aprovecharse de la ocasión 
«hora» que por obedecer la orden superior no se 
les puede hacer frente! 

— Jijos de la ... . Ya nos volveremos a ver! 

—Mire, cabo! Fíjese! Qué no ve que a esa mu- 
ía ya se le aflojó el «aparejo?» 

— Ándenle ándenle Paso veloz! No se 

«echen» 



-5 .■.j' 



LA RUINA DE LA CASONA 579 

—Esos del cañón! Con un ... . Van a volcar la pie- 
za! Oiga, rebruto! métale el hombro 

Y el soldado aludido, haciendo oficios de acémila 
metió el hombro y empujó con todas sus fuerzas en 
la rueda del cañón hasta que la pieza pudo salvar la 
roca que se le había interpuesto al paso. 

A lo lejos, por los flancos, comenzaron a aparecer 
innumerables puntos blancos que se deslizaban por 
las peñas y saltaban y corrían por entre la espesu- 
ra del bosque Eran ellos! Había que apurar- 
se Eran nube Y la columna se componía de 

pocos, y si la flanqueaban el desastre sería inevita- 
ble y se perderían las baterías y se dejará en su po- 
der un gran bagaje, y ya podrían encomendarse a 
Dios los heridos y los enfermos porque los zapatis- 
tas no daban cuartel a nadie! 

—Arriba, muchachos! No se ronceen! Esos 

rezagados Con un tal! Quieren quedarse 

«botados» en mitad del monte? 

El esfuerzo se redobla. AqueUos a quienes vence 
la fatiga, sacan fuerzas de flaqueza y retornan a con- 
tinuar la marcha .... 

Caminando junto a su «juan,» llevándole a los se- 
cos labios la caramañola cuando la sed lo agobia, va 
una soldadera cargada de todo género de bultos. El 
«tompeate» en el que lleva las provisiones y el jarri- 
to y el «tecomate.» Y el envoltorio en el que lleva la 
«frazada» y las enaguas nuevas que él le regaló cuan- 
do hicieron el «compromiso.» Y el «baulito» con los 
centavos ahorrados, y las yerbas de medicina, y has- 
ta un San José pequeño, de bulto, milagrosa escul- 
tura que los ha salvado de todos los peligros, pues 
que con ellos ha hecho toda la campaña de Morelos. 

Por eso que no les tenga miedo a los zapatistas a 
los que, cerrándoles el puño y amenazándolos con él, 
a lo lejos, les grita: , , : v 



-TÍ 









•vi- 



m 



580 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



Fijos de la No corremos! Nos vamos No 

nos echan ! Qué va! Si ustedes son cobardes 

Y si no, acerqúense nomás^ tales por cuales! 

Y mientras en borbot6n les dispara la andanada 
de insultos, a su lado el flel perrillo, el «escuíntle> 
compañero de campañas, ladra furiosamente como 
si entendiera el por qué de las picardías aquellas, 
y quisiera corearlas. 

— No te rezagues, vieja -le dice él. -No te remo- 
lonees que si te mira ej jefe, te echa el caballo 

— Es que ya no puedo con tantos «bultos» .... 

El «bulto» que más que los otros la agobiaba era 
aquel pequeño que cargaba con predilección entre 
sus brazos. De vez en cuando, cariñosamente, levan- 
taba un poco el «rebozo» en el que envuelto lo lleva 
ra, y una sonrisa inefable asomaba al moreno rostro 
de aquella mujer, curtido por el sol y la intemperie 

y el desaseo Una sonrisa en la que se pintaban los 

dulces anhelos de la maternidad satisfecha, porque 
también en esos corazones abotargados por la vida 
nómade y de cufirtel enraiza a veces el amor más 
hermoso de todos los amores .... Y veía al pequefiín 
dormido apaciblemente: reconfortado, más que por 
el calor de las toscas mantillas, por el del materno 
regazo; tranquilo el rostro de puros infantiles linca- 
mientos que encuadraban blondas crenchitas dora 
das: cerrada la fina boquita incapaz de balbucear 
aún: cerrados los ojitos, incapaces de darse todavía 
cuenta de los pavores de la vida, y dibujándose en 
los tersos carrillitos los lindos hoyuelos de una es- 
cultura de niño Jesús. 

Pero aquel niño de apariencia divina aunque de 
contextura humana, rubio y lindo ¿podía ser el hijo 
de aquella soldadera morena y tosca y de aquel <juan> 
rudo y fiero, de broncínea faz? I 

No, en efecto. Era un hijo adoptivo, no por eso 



' _ LA RUINA DE LA CASONA 581 

menos amado. Ellos no podían haber tenido hijos; 
pero sí habían podido sentir el inmenso amor para 
ellos, sumado a la infinita piedad para el desvalido; 
para el que, siendo todo inocencia, nada puede en 

su defensa Aquel bebé, que parecía arrancado 

de un «nacimiento» del Perugino, era el hijo único 
del teniente Portilla y de su amasia la «tenienta.» 

El padre, cuando la vida le sonreía, y cuando él 
era una esperanza para la vida, rubio, buen mozo, 
enrolado en el ejército con la idea de irse «muy arri- 
ba,» había muerto hacía poco, víctima de una embos- 
cada en los cañaverales de Yautepec, en los que una 
bala le había perforado el cráneo. 

La pobre «tenienta» que era la admiración de las 
soldaderas y el orgullo de la compañía, por su ju- 
ventud y su belleza, y que en un rapto de amorosa 
locura había abandonado familia y hogar para se- 
guirlo a él, al teniente, hasta las intrincadas serra- 
nías donde combatía a los «enemigos del orden,» 
no había podido resistir ni el agotante clima de las 
tierras cálidas, ni el dolor de verse privada allá de 
• todo amparo y de todo afecto, y había muerto tam- 
bién, de traidor paludismo, dejando de días a aquel 
querub. 

Privada de todo afecto, hemos dicho? No, que allá 
estaba Lugarda, la intrépida soldadera, la concubi- 
na del «Juan» asistente del teniente Portilla y la que, 
con una solicitud incomparable, la había atendido 
hasta el último momento, desviviéndose porque no 
le faltara nada a su «tenienta:» ni ropas con que cu- 
brir sus desnudeces y abrigarla cuando el convulsi- 
vo frío de la «calentura» la atacaba, ni su caldo para 
que la debilidad no la hiciera mella, ni la quinina 
misma que sepa Dios a dónde se iba a robar la sol- 
dadera, para combatir la enfermedad, ya que en el 
botiquín del batallón no la daban sino a las «clases,» 



_^:* 



582 E. MAQUEO CASTELLANOS 

es decir, a los jefes. Esfuerzo inútil, porque al fin y 
al cabo la <tenienta> abandonó la vida, encargando 
en sus últimos momentos a la compasiva Lugarda 
que viera por aquel nifio desamparado y fuera ma- 
dre para él! 

Y ella lo recogió. Sí que sería madre del prdbt 
inocente! Por qué no? Ella había soñado siempre con 
tener un hijo .... Sentir lo que las madres sienten, 
y, en su infinita miseria moral, purificarse en algo 
de las lacras de la vida cuartelera con un cariño así. 
Y por todo eso había adoptado al niño y lo cuidaba 
como oro en pellón; y ahora, allá iba con él, cuesta 
arriba, jadeando y extenuada, pero contenta con su 
carga, siguiendo a la columna cuya retirada se con- 
vertía cada vez más en una fuga. 

— No te rezagues, vieja No te aplomes Mi- 
ra que si te ve el capitán, te corta de la columna y 
te quedas tirada en el monte .... 

Pero ella no podía más con tanto «bulto!» Enton- 
ces, con un heroico desprendimiento y para auge 
rarse algo, tiró en el primer barranco al paso halla- 
do, uno de los fardos. El de la ropa, el de las enaguas 
*nuevas que él le había regalado cuando hicieron 
«compromiso» viendo con tristes ojos cómo quedaba 
prendido entre los zarzales del fondo .... Las balas 
silbaban en derredor. Los zapatistas ganaban terre- 
no y ya ahora disparaban casi a quemaropa, parape- 
tados y ocultos entre las crestas de las rocas. Y así 
no dejaban de hacer blanco, pudiéndose ayudara 
duras penas a los heridos leves. Los graves ahí que- 
daban porque no era cosa de perder el tiempo para 
recogerlos: ya vendrían «los otros» a rematarlos! Y 
en cnanto a los muertos, ¿para qiíé detenerse en re- 
cogerlos? Ya vendrían «los otros» y los despojarían 
hasta de la última prenda, y los dejarían tirados en 
pleno monte sin más sudario que el que les formara, 



LA RUINA DE LA CASONA 583 

piadosamente, el viento con las hojas secas, ni más 
sepaltnra que los vientres de los «coyotes» 

— Por tu madre, vieja! No te eches Ánda- 
le ándale Si te quedas atrás, te van a dar un 

«plomazo» .... 

La pobre soldadera arrojó al barranco otro fardo: 
en el que llevaba «el bastimento» y las yerbas, no 
quedándose ya sino con el baulito y la escultura, y 
con el que formaba el niño que seguía durmiendo 
inocentemente, tranquilamente, ageno al espectácu- 
lo de muerte que en torno se desarrollaba .... 

— No se atrasen, viejas del tal ! No se ron- 
ceen! Incorpórense de ahí, por cuidarlas, se 

quedan atrás las hombres .... ándenle .... 

Era la voz imperiosa del capitán que, a caballo y 
sable en mano, arreaba a los soldados y a las solda- 
deras, como a piara obediente por amedrentada. A 
los indolentes y a las remisas, les «echaba encima 
el caballo» y les hacía apresurar el paso dándoles 
sendos «planazos.» 

— Mal haya con las viejas! Pa qué vienen cargando 
tanto! Apriete el paso .... alijérese .... tire eso! 

La aludida, para justificar que no podía tirar 
aquello, se conformó con levantar las puntas del re- 
bozo, enseñándole al capitán el rostro peregrino de 
aquel niño, todo candor, que dormía apaciblemente. 

—Pos pa qué tienen chamacos! 

Ante la brutal frase, la soldadera sintió hervirle 
toda la sangre. ¿Para qué se tienen hijos? ¡Pues 
para eso! Para quererlos, para cargar con ellos 
y para dar por ellos la vida ! 

En un último esfuerzo apretó el paso, estrechan- 
do contra su pecho al niño. Todavía caminó un cuar- 
to de legua hasta que, en un recodo de la vereda, 

cuando menos lo esperaba, el fusil asesino la ace- 
chó 



sS^' 






»^: 



^í 



584 



E. MAQUEO CASTEJLLANOS 



Un grito agudo y un desplome rápido. Eso fué 
todo. La bala le había partido el corazón, y ella ape- 
nas si tuvo tiempo para tratar de caer sin que el 
nifio se lastimara 

Al oir el grito aquel, el soldado se volvió. Un ins- 
tante, un instante solo, que no podía detenerse más! 
Los jefes venían empujando impíamente a los reza- 
gados. Una lágrima ardiente corrió por sus meji- 
llas; acaso la única derramada en la vida que lo había 
hecho insensible a fuerza de serle inclemente. Por 
lo menos, la única derramada desde que había deja- 
do el «jacal» nativo prendido en la verdeante loma. 

¿Cómo dejar al nifio en el regazo de aquella muer- 
ta? Con un movimiento rápido el «juan> lo despren- 
dió de allí y lo colocó entre sus brazos, que serían 
cuna, poco más dura, pero cuna al fin, como lo ha- 
bían sido los de aquella pobre compañera que que- 
daba abandonada en mitad del camino y que ahora 
lo dejaba solo! I 

Y siguió adelante. Como lo hizo el «escuintle» 
aquel que formaba en el grupo, después de hus- 
mear la sangre fresca que borbotaba por la herida 
de la muerta y de lanzar al aire lastimero ahullido! 

Ya el enemigo había conseguido casi flanquear a 
la columna. Era necesario o hacer un alto para to- 
mar posiciones y repeler el ataque a todo riesgo, 
pues lucharían uno contra cuatro, o aligerar la mar- 
cha deshaciéndose de la impedinvsnta. Y fué este 
el partido que rápidamente adoptó el jefe de la co- 
lumna. Por las quebraduras de la serranía comen- 
zaron a ser despeñadas las piezas de artillería, que 
caían estrepitosamente, rebotando de saliente en 
saliente; estrellándose los «avantrenes,» desgaján- 
dose las ruedas y desarticulándose toda la mortífe- 
ra máquina! Y allá las siguieron los carros, con 
igual suerte. ..... • 



I«A RUINA DE X*A CASONA 585 

Hubo momento en que, para hacer más rápida la 
marcha, se dio una orden desesperada: 

- ¡Abajo mochilas! 

Los soldados, con el instinto de conservación que 
da el peligro, se desprendieron rápidamente de las 
espaldas las mochilas y las aventaron al barranco 
más inmediato. 

—Qué hace? Qué no ha oído la orden? Tire ese 
estorbo 

— No es estorbo, mi capitán Es el hijo de mi 

teniente Portilla .... No tiene padre ni madre 

'—Pues déselo a su vieja que lo cargue ella! Bue- 
no está! Un soldado cargando «chamacos!» .... 

—Es que a mi vieja me la doblaron de un «ploma- 
zo» y ahí se quedó botada y muerta 

- Y eso qué! Tire ese estorbo .... 
—Pero mi capitán .... el p7'obe inocente .... 

- Que lo tire le digo! 

La orden no admitía réplica contradecirla 

era morirse. 

Entonces el soldado aquel buscó con ávida mira- 
da un rinconcito en el monte, donde no diera el sol. 
Allí estaba! Al pie de un frondoso pinabete, entre 
unas rocas; sobre un colchón de musgo. . . . 

Se quitó la frazada: la dobló cuidadosamente; la 
puso sobre el musgo y depositó allí cariñosamente 
al niño, mientras una segunda lágrima se despren- 
día de sus ojos, rodaba por sus tostadas mejillas y 
caía hasta la verde grama para quedar allí engarza- 
da como un tesoro ofrendado a aquel niño, que iba a 
quedar en abandono. ... tesoro inconmensurablemen- 
te más valioso que el que los Reyes Magos deposita- 
ran una noche en un humilde establo de Bethlem! 

Después, corrió a incorporarse en la columna 

Al sentirse desprendido el niño de aquellos re- 
cios brazos por cortos momentos paternales, y al 



586 E. MAQUEO CASTELLAN06 

herir la luz del día radioso sus finos párpados, y el 
frío de la mafiana en la sierra su cuerpecito todo, 
que parecía amasado de concha nácar, abrió sus 
claros ojos, tendió al vacío sus manecitas cuajadas 
de hoyuelos, y sonrió con divina sonrisa. . . . sonrió 
al cielo azul y a la verde montaña; a la candida nube 
pasajera y al jilguero que gorgeaba en el frondoso 
oyamel, y al cristalino arroyo que se deslizaba en- 
tre las peñas y al panorama del conjunto; panorama 
de vida, de grandeza, de excelsitud, en que el mile- 
nario bosque era, o debería ser, templo sacrosanto 
y dosel la altura I. . 

Y todo aquello pareció estremecerse reverencial- 
mente, y responder en una solemne antífona: > 

- «¡Gloria in excelsis Deo!» 

¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a 
los hombres de buena voluntad! 

¡Ay! ¿En dónde estaban los hombres de buena 
voluntad? ¿En dónde Dios, que no veía y castigaba 
crueldad tanta? ¿En dónde la paz, si los hermanos 
mataban como fieras a los hermanos? 

En la lejanía retumbaba algún cañón, conservado 
para mantener a raya, a botes de metralla, a los ene- 
migos de la trashumante columna. Las descargas 
de la fusilería se iban haciendo más apagadas cada 

vez más distantes Y apenas si se oían 

el ulular de los combatientes y los ayes de los heri- 
dos y los gritos de «¡Viva el Supremo Gobierno!» a 

los que respondían los de «¡Viva Zapata Viva 

el libre Sur!» I 

Más tarde la calma volvió a reinar en el bosque y 
la montaña guardó avara entre sus pliegues sus in- 
tensos dramas 

¿Qué fué del pobre niño abandonado? 

Tal vez durante el día se lo robaron los ángeles.... 
Tal vez durante la noche lo devoraron los lobos! 



;. V,' . 



CAPITULO X 
Boceto de trasredia 



í-^'-'^' 



En las postrimerías de aquel afio ¿quién mandaba " -^ 

en la sede de la República? Imposible hubiera sido . f 
determinarlo, y 

El fatídico Carranza, una vez consumada su trai- ^ 

ción contra el ranchero «Plan de Guadalupe,» en el 2 

que prometiera que, a la entrada de las fuerzas re- 
volucionarias en la capital de la República, una "i 
«convención» de jefes militares de la causa deter- \ 
minaría quién habría de ocupar la Presidencia de ^ 
aquélla interinamente, había tenido que refugiarse s: 
enVeracruz. 

Villa, después de haber hecho huir al Presidente 
designado por la Convención, Gutiérrez, había sali- 
do de la Capital dizque con el intento de ocupar • j 
Tampico, en cuya maniobra fracasó. 

En la urbe madre, como remedo de Gobierno, 
el derivado de la agonizante «Convención de Aguas- 
calientes,» vivía de alternativas ante las diversas 
tensiones de villistas, zapatistas y solapados ca- - 

rrancistas, no pudiendo tener fe en la lealtad de tan 
heterogéneos componentes, a los que por necesidad 
tenía que dejar obrar al arbitrio. 






588 E. MAQUEO CASTELLANOS 

La Capital de la República estaba, pues, en la 
anarquía. 

Por ley, las del fusil y la violencia; por autoridad, 
la del más fuerte; y en tan angustiosa situación la 
vida se deslizaba como algo a lo que no se tenía de- 
recho. 

Con las primeras luces del alba dejó sigilosa- 
mente el lecho en aquella mañana el ex-estudiante 
Andrade, en cuyos ojos estaban patentes las huellas 
del insomnio, y entreabriendo con nimio cuidado la 
puerta de la habitación, a fin de no despertar ni al 
hermano cura ni al bienaventurado TafoUa que pa- 
recía dormir a pierna suelta, púsose a observar la 
vivienda de las Otamendi. í 

No obstante la hora, en aquélla estaba encendida 
la luz artificial, y a través de los visillos pudo Enjol- 
ras percibir el ir y venir de los moradores, en inu- 
sitado tráfago y como chinescas sombras 

Minutos con tamaño de horas en el doloroso ace- 
cho y en meditación sobre el partido que convendría 
tomar. Y entre tanto, Quico al acechar, era acecha- 
do a su vez no sólo por el hermano cura al que creía 
dormido y que fingiendo el sueño lo expiaba, sino 
por «Demóstenes» que también, y contra su cos- 
tumbre, temía por algo. 

Ya la luz del día había acabado por disipar las 
sombras en la casona cuando discretas llamadas a 
la puerta de la calle, hicieron apagarse de súbito los 
foquillos del «cantón» Otamendi y acudir a la nueva 
portera, substituta de Pilo, que abrió el zaguán si- 
gilosamente, como si estuviera advertida para ello, 
a tiempo en que, con mayor sigilo, se escurrían 
de su habitación Cuca, Chayo y Meches, llevando 
terciados vistosos rebozos de «bolita,* vistiendo 
enaguas cortas lentejueleadas; calzando zapatillas 



^^-■ 



LA RUINA DE LA CASONA 589 

de seda, y ostentando en las trenzas del peinado en- 
tretejidas, cintas de subidos colores. 

Las hermanas Otamendi, en traje de «chinas po- 
blanas* iban a juerga a los ojos de agua de Xochi- 
milco. 

Verlas salir el estudiante y sentir que un calosfrío 
mortal recorría su cuerpo, fué todo uno. Sintió el 
vehemnete impulso de ir a cortarles el paso para 
detener a Chayo, pero lo detuvo el recuerdo de las 
últimas palabras con ella cruzadas. 

¿Por qué había sido tan tonto y remilgoso y no 
había sabido aprovecharse de las circunstancias pa- 
ra hacerse general y rico como Tenorio? 

Una última visión lo torturó. En el patio mismo 
de la casona vio reunirse a las alegres paseadoras 
don los dos tipos para él más odiados entonces: Te- 
norio, que lucía el abigarrado uniforme de briga- 
cier zapatista, villista, carrancista o convencionista, 
que imposible era distinguir, y el canallesco Pinga- 
rrón que ahora se deshacía en zalemas para el «señor 
general,» que en parte le debía el grado, ya que ha- 
bía sido él quien lo empujara a la última felonía, en 
servicio de los intereses de su amigo Rémington. 

El impulso de Andrade se hizo irresistible. Sin- 
tió necesidad de bajar de cuatro en cuatro los esca- 
lones, desde la «República» al patio, para enfren- 
tarse con aquel par de bellacos y aquel terceto de 
desvergonzadas y disputar, en un último esfuerzo, 
a la amada de su alma en los dinteles mismos del 
precipicio. Y lo habría hecho si en esos propios mo- 
mentos, el hermano cura, enterado por intuición de 
la batalla que en su alma libraba el estudiante, no 
hubiera fingido despertar haciéndose el asombrado 
de ver a aquél ya en pie. 

—¿Qué te pasa? ¿Qué estás espiando? 



í^: 



590 E. MAQUEO CASTEIXANOS 

I ■-.:-■ 
—Nada se me'quitó el suefio y como oí 

ruido, me levantó para ver qué era. > 

—¿Y qué es ello? 

— t Psché ! Las Menchaca que salían para 

ir a la misa La portera que barre el patio 

— Eso quiere decir que ya es la hora para ir a ce- 
lebrar (viendo el reloj). ¡Qué barbaridad! Si ya 

van a dar las seis y a esa hora tengo misa que de- 
cir .... 

Vistióse a toda prisa el buen curita e hizo sus 
abluciones; mas entre tanto, no escaseó las adver- 
tencias para el hermano: 

— Por la memoria de nuestra viejecita no te 

comprometas por esa nifia loca que no te merece! 
Déjala correr su suerte, ya que ni el amor ni el te- 
mor de Dios la detienen .... I 

Y al marcharse, recomendación al tartamudo: 

— ^Tafollita, usted que lo quiere tanto yo no sé 

lo que tiene Quico No lo deje solo, por vida su- 
ya en tanto vuelvo .... | . 

— Descuide usted, padre. Le empeflo mi pala- 
bra 

Mas apenas habíase marchado el padrecito, cuan- 
do Andrade, calándose el chapean, pretendió salir 
igualmente rumbo a la calle. 

— ¿A dónde vas? ' 

— A comprar cigarros vuelvo en seguida. 

— ¿Y para ir a comprar cigarros te echas el revól- 
ver en el bolsillo? Tú no sales, que no lo quiere el 
padrecito I 

— Tengo que salir. 

— ¡No seas taaarugo, hombre! Esa peeerra no 

te merece Deeeéjala que se la cargue Paaaa- 

tetas! 

—¡No puede ser Tafolla! ¡Yo no puedo consentir 



LA RÜIfíA DE LA CASONA 591 

en su ignominia! Yo no puedo prescindir de ella. 
¿Lo entiendes? ¡No puedo! .... 

Y el estudiante sollozaba. 

La muy . . , . ÍDeeeéjala Quico! ¡No te expongas! 

Ese cacacanalla de Tenorio es muy bruuuto! Capaz 
de pegarte un tiiiro .... 

— ¿Y qué yo no soy hombre acaso? ¡Vamos! ¡Dé- 
jame ir Suéltame! 

— ¡No quiero .... se lo prometí al padre cura! 

— ¡Sobre tí y sobre él saldré! ¿No ves que allí se 
va mi alma, mi ser todo y que debo defenderlos? 

— ¡Por Dios saaanto Quico! Ten juicio ¡No 

vayas! ¡Mira que ese caníbal te asesina! 

— Ya lo veremos ¡Ea .... déjame! 

Y de un violento empellón el estudiante se des- 
asió de Demóstenes> y ganó la puerta. 

— Pu pu pues entonces yo correré la su- 

susuerte que tú corras. ¡Vamos! 

Y el tartamudo, lleno de una extraña resolución, 
dada la timidez de su carácter, se lanzó en segui- 
miento de Quico que, ya en plena calle, se dirigía a 
paso desaforado rumbo al paradero de los tranvías 
de Xochimilco. 



« 
« • 



La ñestecita aquella había sido arreglada, como 
era de presumir, por el insubstituible Porritas, con 
la bondadosa y desinteresada cooperación de las 
hermanas Otamendi. 

Se trataba de un «día de campo» con el que el ciu- 
dadano Pingarrón, sin miras ulteriores, obsequiaba 
a sus grandes y buenos amigos los señores genera- 
les Malaquías Benítez y Melchor Tenorio con moti- 
vo del auto-ascenso que los propios se habían otor- 
gado, y aun con la muy elogiable idea de que el 



- .-1 



592 E. MAQUEO CASTELLANOS 

■ ■ • ^ I I 

se^^undo pudiera tener a tiro, en apartado lugar de 
juergas, a aquella adorable Chayo que era obsesión 
eterna para el pundonoroso y aguerrido militar. 

Por sabido que los gastos corrían por cuenta de 
Pingar ron: el hombre sabía, siempre con resultado 
insuperable, a la inversa del paralítico Barbedillo, 
ser espléndido para cobrar más tarde con creces 
sus obsequios. I . 

El «dispositivo de combate,» según oportuna fra- 
se de Porritas, había sido tomado por éste. A las 
ocho, desayuno en el «embarcadero.» A las nueve 
abordaje a las «trajineras,» y a la primera botella 
del «cinco ceros;» a las diez primera danza, que a las 
diez y veinte sería danzón y a las once «rumba» cuba- 
na; a medio día, y sobre el verde césped, blancos 
manteles; arroz a la veracruzana; «mole de pato;> 
barbacoa con «salsa borracha;» «refritos;» fruta, 
dulces y harto «curado;» curado de apio, de tuna, de 

almendras y curado de espanto; y para alternar, 

champagne a pasto: item, un coktail de entrada y 
alguna que otra «creme» de salida.... ¿Qué tal el 
menucito, eh? ¡Como forjado de Porras! Y allá los 
que pescaran alguna fenomenal «zorra,» que eso era 
de la personal responsabilidad. 

El programa se desarrolló sin incidente, hasta lo 
que fué desayuno en el embarcadero. 

— A embarcar! ordenó Porritas. 

Cabe las mansas aguas del canal se balanceaban 
las «trajineras,» enfloradas, listas para tomar a su 
bordo a los pasajeros. Buen cuidado puso el servi- 
cial Porritas en la distribución de éstos en aquéllas. 

En estrecha embarcación colocó al general Mala- 
quías con una francesita, hembra de «apache.» En 
otra ídem a Tenorio con la bella Chayo: Pingarrón, 
acomodóse con alguna «partiquina» de género chi- 
co; y así fué distribuyendo a la gente, dejando a la 



•.. o .;- T - 



i U^ RUINA DE LA CASONA 593 

zaga a Cuca y haciendo cerrar la comitiva por la or- 
questa y la <impedimenta>Xcajas de licor, potes con 
comida, etc.). -¿'v 

—Adelante la flota!— gritó el diligente secretario, 
y las canoas comenzaron a deslizarse por la tersa 
superficie de las aguas; mas en aquel punto y hora 
por poco hay un general naufragio en virtud de una 
sorpresa que ordenada tenía el otro general — Teno- 
rio — consistente en una descarga que hizo un pelo- 
tón de seides suyos que habían concurrido para «ha- 
cer los honores de ordenanza» » su jefe en juerga. 

Gritos, exclamaciones y ayes; tal canoa que se 
bambolea por el azoro de su carga: risotadas sono- 
ras del capitán ayudante y «cofiacazo» al canto para 
quilí^rse el susto. 

Chayo, naturalmente, fué una de las más asusta- 
das; y de lo más naturalmente refugiada en los 
brazos de Tenorio para hallar protección. 

— Qué salvajes! Qué estupidez ! 

— Te asustan los tiros? Si fué una descarga que 
ordené en tu honor .... 

Notará el inteligente lector que la intimidad entre 
la gentil beldad y el bravo guerrero llegaba al extre- 
mo de usar el <tú> sencillo en substitución del cere- 
monioso usted. ¿No eran acaso los tiempos propios 
para las substituciones? 

Empujadas las canoas por el vigoroso impulso de 
los «bicheros» qile para conducirlas usaban los atlé- 
' ticos indios, bogaban rápidas y enhiestas por el ca- 
nal, abriendo plateados surcos en la lámina de las 
aguas que, en trechos adquirían fulgores de esmeral- 
da al copiar los sempiternos verdes follajes de los 
arboles ribereños, y en otros se escamaban en cobre 
y oro y afiil con los rayos solares. 

La alegre escuadrilla avanzaba feliz entre el ras- 
gueo de las guitarras y los ecos de alguna sentimen- 

38 



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594 E. MAQUEO CASTELLANOS , • 

tal «valona» del Bajío, empapada en lánguida volup. 
tuosidad. 

Y allá lejos, pero siempre a la zaga, venían en al- 
quilona trajinera, Andrade, loco de celos y ebrio de 
dolor, y el fiel Demóstenes que seguía al amigo en 
sus horas de Calvario amoroso, resuelto por entero 
a compartir su suerte. i 

¿Dónde sería el ágape? Probablemente en los «ojos 
de Gualupita,» según llaman a los primeros crista- 
linos manantiales de frescas y azulosas linfas, que 
han visto, con sus pupilas color de turquesa, desde 
la aristocrática jira campestre en que la orquesta 
modula el minuet versallesco, hasta la vulgar parran- 
da en el que el dios Pan encarna en un indio ciego 
que sopla, no en la divina flauta, sino en la rispida 
«chirimía. > I 

Andrade había meditado su plan: se apostaría a i 
distancia conveniente, en sitio a propósito para ver 
sin ser visto y obrar en el momento oportuno con 
forme las circunstancias lo indicaran. 

—Aquí! 

Dijo secamente Andrade al patrón de la canoa al 
llegar a un sombi^cj recodo del canal; y obediente a 
la orden, la proa de aquélla se apoyó al talud forma- ; 
do por florecida «chinampa,» ganando tierra los tri- : 
pulantes, no sin ordenar al patrón que los esperara j 
sin cambiar de sitio. I i 

Gazapeando entre la hortaliza; salvando zanjas y ^ 
librando baches, se orientaron hacia el sitio en el j 
que suponían que estaban los juerguistas. Poco tar- : 
daron, en distinguirlos, allá, a lo lejos, entregados 
los unos a las delicias del campestre baile; discu- 
rriendo los otros en charladoras parejas, y distin- 
guiéndose como figuras de relieve las de Cuca y Po 
rritas que avivaban a fuerza de pulmones, las brasas 
en las que deberían calentarse condimentos. 

i ■ . 



,i**- 



^■ 



LA RUINA DE LA CASONA 595 

Andrade se agazapó detrás de un tronco de de- 
rruido álamo, escogido para observatorio, y desde 
el que sedaría cuenta de todo sin perder detalle. A 
su zaga colocóse TafoUa, que hubiera querido tener 
la condición de invisibilidad del hombre de Wells. 

De vez en cuando, si el uno acariciaba con fruición 
la culata del revólver, por la iracundia que le causa- 
ba ver lo que veía, el otro se esforzaba en ser gran- 
dilocuente, destrabando su rebelde lengua ante la 
perspectiva del inminente peligro. Allí iba a haber 
tiros, con seguridad, y él estaba al alcance de ellos! 

— Cococonvéncete manitol Aun es tititiempo! No 
vale la pena jugarse la vida por semejante peeeécora! 

— La pérfida! .... Y que sea con ese rufián! . 

—Qué quiquiquieres! Así son ellas! Lo mismito 
me pasó con la Labariega! Y puesto que ya estás 
conconvencido.... ¡vaaámonos! 

—No no me iré sin ver el desenlace. 

— Caaaray! Pupupues que ¿quieres más? 

Sí. Quería más evidencia aún. Su amor náufrago 
tenía la esperanza que todo náufrago: que en las in- 
mensidades del Océano flote una tabla a la que asir- 
se, y que nos devuelva la vida! Todo aquello que es- 
taba viendo, antojábasele ficción. ¿Por qué no habría 
de volver sobre sus errores, que él achacaba a inex- 
periencia, aquella niña que tantas veces le había ju- 
rado que lo amaba, y que se sentía orguUosa de ser 
su novia? ¿Cómo, pues, lo iba a cambiar por aquel 
rufián, cínico, brusco, basura levantada por el remo- 
lino revolucionario? No, no, no! Eso era imposible. 

Allí, la culpable de todo era la ambiciosa hermana 
mayor: Cuca, y no otra. 

i Si ella, la Chayito, era buena, buena en el fondo, 
virtuosa y leal aunque no lo pareciera! ¡Si no era con- 
cebible que prefiriera ser la deslumbradora man- 
ceba de aquel truhán enriquecido en el robo, a la 



; -'í 



596 E. MAQUEO CASTELLANOS 

modesta pero hourada esposa de un hombre co- 
mo él! V y I í 

Y sin embargo allí estaba, dejándose llevar en 

los giros del lúbrico danzón por aquel su amigo, su 
fraternal camarada de ayer y hoy su rival odiado! 
Ella reía, reía, y el sátiro, encandilados los ojos, acer- 
caba cada vez sus belfos rojos de bestia en brama a 
la concha nacarina de la orejitade ella para deslizar 
allí las frases de la innoble propuesta! Al ver y co- 
legir todo eso, Andrade, en histérica fruición, aca- 
riciaba el pufio de su revólver I 

-Quico, hermanito! ¿Para qué comprometerte? 
¡Vaaámonos! i 

— Te digo que no! 

El obcecado estudiante quería apurar hasta las 
heces el cáliz de su amorosa tortura, como ahora 
ella y él — Chayo y Tenorio— apuraban en una mis- 
ma copa el licor que haría encenderse aún más la 
sangre, facilitando la conquista. 

Ya estaban ahora tendidos sobre el césped los 
manteles — préstamo forzoso hecho a Tachita - y es- 
parcidos al capricho sobre aquéllos, platos, copas y 
botellas: ya humeaba fuera de su improvisado hor- 
no la bien sazonada «barbacoa,» y Porras, diligente, 
había dado la orden para servir el arroz, cuando so- 
brevino aquella escena por la que Démostenos 
creyó cosa de instantes el advenimiento de la ca- 
tástrofe. Fué el caso que, esquivándose de la con- 
currencia, el brioso Tenorio y su bella conquistada, 
habían buscado refugio tras de algún macizo de 
arbustos a fin de entablar rápido y animado colo- 
quio, que terminó cayendo ella en brazos de él, y 
estampando él sus labios en aquellos rojos y carno- 
sos de la sílfide, en los que Andrade hubiera puesto 
los suyos, los primeros, en un ósculo fuerte y pro- 
longado, que lo llevó al vértigo. 



LA RUINA DE LA CASONA 697 

El vértigo que ahora experimentó fué de rabia 
intensa. En su diestra tembló mudo el revólver ho- 
micida, presto a disparar. 

—¿Qué vas a hacer? ¡No seas loooco! ¿Quieres 
que nos asesinen vilmente? y el tartamudo atajó la 
mano que empuñaba el arma. 

- Quiero matar, ya que no puedo morir de dolor 
y de vergüenza! 

- ¡Esas son toooonterías! Después de lo que has 
visto ¿qué hacemos aquí? 

Mas algo irresistible, clavaba al estudiante al te- 
rreno en que estaba; en vez de apartarse de tal si- 
tio, lo que hizo fué doblarse sobre el derruido tron- 
co y llorar: sus ilusiones muertas; su corazón hecho 
añicos; los sueños todos de su amor, de su vida, 
asesinados oprobiosamente por aquella pareja de 
fementidos! 

—Ya ya ya lo ves! Prefiere los entorchados y el 
oro suyos a tu honradez y a tu inteligencia .... 

-No no es posible! Si ella no es mala. Tafo- 
lia! Lo que sucede es que ese truhán se le impone 
por el terror 

El campestre banquete, con tintes de bacanal, 
llegaba casi a su fin. Tigelino no hubiera dispuesto 
mejor una orgía para Nerón, que Porritas para sus 
ilustres Césares. El estruendo de las voces alcoho- 
lizadas, apagaba las notas de la orquesta; rodaban 
las botellas por el suelo, al par de los- comensales, 
y el brindis truhanesco era coreado por la hampona 
comparsería. 

Apenas si Meche, aquella pobre niña empujada 
en su temprana adolescencia a los bordes de abis- 
mo tal, veía con azorados ojos lo que pasaba, dicien- 
do para sus interiores: -«¿Pero qué es esto, santo 
cielo?» 

Aprovechando aquella culminación fué queTeno- 



•r% 



598 E. MAQUEO CASTELLANOS 

rio se levantó a la par que Chayo, y, esquivando el 
bulto y substrayéndose a las miradas, se alejaron 
entre las malezas del terreno cercano. 

Andrade no pudo más. Un resoplido de indigna- 
ción brotó de sus pulmones y, relampagueantes los 
ojos por el coraje, pretendió ir a la busca de la fu- 
gitiva pareja; pero Demóstenes, agarrándolo por la 
falda del saco, le retuvo, diciéndole angustiado: 

— ¿Qué pretendes? ¿A dónde vas? 

— A arrancársela de los mismos brazos! 

— No seas neeecio! Te matarán como a un perro. 
¿No ves que son muchos? I 

— Déjame! suelta .... suelta! , ■* 

Cuando al fin pudo desasirse de los brazos del 

tartamudo, fué sólo para poder ver algo que por un 
instante heló la sangre en sus venas y paralizó su 
intento. 

Por el canal, a su frente, deslizábase en el agua 
una pequéfia canoa, rápida y silenciosa. A su bor- 
de, unidos en estrecho abrazo, iban Tenorio, el sá- 
tiro, y Chayito, la liviana ninfa. El esquife minúscu- 
lo se alejaba al vigoroso impulso del canoero El 

odioso rapto se consumaba! I 

Desolado por el dolor y sediento de venganza, An- 
drade echó a correr a campo traviesa en requisa de 
la trajinera que los llevara a él y a Tafolla; jadeando, 
seguíale éste; cuando dieron con aquélla, se pusie- 
ron de un salto a su bordo; y Andrade, enseñando 
con la siniestra un puñado de pesos al indio patrón 
mientras con la diestra le abocaba el revólver, le 
dijo: 

— Todo esto de propina si alcanzas a la canoa que 
acaba de pasar. ... y si no, cinco tiros! 

Incitado por la propina o atemorizado por la ame- 
naza, el xochimilca, hincando el «bichero» en el fon- 
o cenagoso del canal, hacía volar a la pesada em- 



LA RUINA DE LA CASONA 599 

barcación; en ésta, pálido por el coraje y presto el 
revólver para hacer fuego, Enjolrás-Andrade espia- 
ba el resultado de la loca regata, mientras Demós- 
tenes, a su vera y helado por el espanto, concebía 
el trágico desenlace. 

Bien pronto las distancias se acortaron; en minu- 
tos más, eran ya mínimas; y cuando estaban pare- 
jas casi las canoas, Andrade no vaciló e hizo fuego, 
disparando sin puntería, hasta vaciar el arma, en 
cuyo momento, Tenorio, irguiéndose, comenzó a su 
vez a disparar, a tiempo que ordenaba al canoero 
remar a escape 

— Al llegar al embarcadero nos atraparán sin re- 
medio! — argüía Démostenos, mientras Andrade, 
cegado por la rabia y cargando de nuevo el revól- 
ver, azuzaba al azorado indígena,' gritándole: 

- ¡Sigue! ¡Sigue! ¡Alcánzalos! ases- 
tándole, de vez en cuando, el cañón del arma. 

Tafolla lo había pronosticado bien. Al llegar al 
embarcadero, en el que, debido a la mayor ligereza 
de su embarcación Tenorio y Chayo habían tomado 
tierra ya, quince rifles se apuntaron a los pechos 
de los estudiantes; pero antes de que alguno hicie- 
ra fuego, Andrade había brincado a tierra dispa- 
rando sobre el primer genízaro a mano, haciéndolo 
morder el polvo, y siguiendo con otro; pero sin te- 
ner tiempo para más, porque las garras de todos 
cayeron sobre él y sobre su acompañante, que en 
un abrir y cerrar de ojos fueron desarmados, gol- 
peados, echados a tierra y maniatados con los por- 
ta-fusiles. 

,. ,■■• -,.-.■.. > - 

Cuando Tenorio vio caído e inerme a Andrade, se 
acercó a él, y dándole con el pie, le dijo: 

—Podría matarte como a un perro! Mas no lo ha- 
re — Tú mismo te has condenado! Has hecho fue- 
go contra una «guardia» y has herido a dos solda- 






600 



E. MAQUEO CASTELLANOS 



dos Serás juzgado conforme a la ley Juáres 

del 62 

La fatídica ley puesta en vigor por Carransa para 
juagar a los «traidores a la Patria!» 

- Canalla! Eres un canalla! 

Fué cuanto pudo articular Andrade. Rió el cínico 
matarife y atrayendo hacia sí a la atónita Ohayito, 
casi inconsciente ante lo que veía, díjole a Andrade: 

- Bsta mujer es mía ¿lo oyes? Mía, porque me la 
he sabido ganar a lo hombre! 

- Tete Tenorio «Truenitos» no vayas 

a hacer una barbaridad! | 

— Haré lo que me dé la gana! .... que te valga a 
tí que eres un infeliz. A éste — dijo señalando a An- 
drade - al cuartel; y a este otro le dan cuatro cinta- 
razos y lo sueltan 

Y llevándose casi a la rastra a su presa, se alejó 
con gesto de olímpico vencedor! 



* 
« « 



Ni los cuatro cintarazos bien aplicados hicieron 
flaquear a Tafolla en sus adoloridas piernas, cuya 
destreza puso a prueba para ganar velozmente el 
primer tranvía con rumbo a México, ávido de hacer 
todo para salvar la vida del infortunado Quico. 

Al minuto de estarde vuelta en la casona, ésta se 
había enterado del lance. Un calosfrío de terror 
embargaba los ánimos. ¿Andrade prisionero deTe- 
norio, raptor de Chayo? ¿Andrade en vías de ser 
juzgado por un Consejo extraordinario de guerra? 

Entonces, el asesinato del infeliz podía descon- 
tarse! *■ * I 

Había que intentar, sin embargo, lo inaudito pa- 
ra salvarlo. Y así, desde la egoísta Paulinita y Ifts 
Menchaca, hasta Tachi y la Orbezo, todo mundo se 



IM. RUINA DE LA CASONA 601 

puso a discurrir planes, recordando influencias y 
ofreciendo su contingente para salvar al bien queri- 
do estudiante. 

Pita, enloquecida por el dolor, olvidando sus pro- 
pios agravios, en la abnegación de su amor por An- 
drade, se hacía cruel en aquellos momentos con su 
pafio de lágrimas, Gordillo, al que apufialeaba en el 
alma al decirle, sacudiéndolo frenética por las sola- 
pas del saco: 

—¡Si matan a Federico, me muero yo, porque sin 
él no podré vivir! ¡Sálvele usted! 

Ocurrieron unos al general Malaqufas que se 
conformó con decirles que «dejaran al compafiero 
Tenorio soplarse al reaccionario aquél, que mereci- 
do lo tenía!» 

Ocurrieron otros a humillarse con Pingarrón que 
lamentó «muy de veras el lance funesto en que se 
había metido Andrade;» pero que se negó a tomar 
ingerencia, exponiendo que «era pacto solemne en- 
tre ellos, los revolucionarios, no quebrantar con in- 
fluencias la disciplina de la causa.» 

Otros más ocurrieron al Comandante Militar, y al 
pseudo Ministro de la Guerra, que dijeron no cono- 
cer a Tenorio, ignorando que tuviera «su brigada;» 
mas que toda vez que tenía grado y brigada, no era 
prudente desagradarlo, y por lo tanto, nada podían 
hacer. 

A cada puerta que se llamó fué para recibir una 
decepción. ¿Qué valía la vida de un hombre, de un 
inocente por aquel entonces, en lo que, lo importan- 
te era defender hasta su consumación las amplias li- 
bertades de las que se hiciera paladín don Venus - 
tiano Carranza? ♦ 

En las estériles gestiones de aquellas dolientes 
caravanas, las últimas horas de la tarde habían caí- 
do y la noche empezaba a reinar 






602 E. MAQUEO CASTELLANOS 

Para entonces, en el cuartel de Tenorio se había 
celebrado ya el infame Consejo de guerra y el pro- 
ditorio asesinato podría consumarse de un momen- 
to a otro. 

Había que intentar el postrer recurso, jugando la 
carta de la humillación suprema, y ver al propio 
verdugo, a la fiera-juez; pero ¿quiénes osarían con 
ello? 

Nadie, sin embargo, titubeó en ofrecerse: hecha 
la selección, Gordillo y Démostenos fueron los de- 
signados; el atribulado cura Andrade rogó se le 
considerara en la partida y fué admitido. Y allá lle- 
garon los tres turiferarios del hondo sollozo de la 
casona por la infausta suerte de uno de los suyos! 
Hasta el cuartel-cubil de aquel aborto de la revolu- 
ción, arbitro de vidas, honras y haciendas, que se 
decía defensor de la libertad y paladín de la vindic- 
ta nacional! 

— ¡Alto! ¿Quién vive? — gritó con áspera voz al 
grupo que avanzaba el centinela, guardián de la en- 
trada. -I 

— ¡Libertad! — contestó Gordillo, sintiendo todo el 
amargo peso de la que la revolución daba. 

Puestos al ha^la con el oficial de guardia, lo in- 
formaron brevemente de su pretensión: querían 
hablar con el general Tenorio para algún asunto ur- 
gente y grave. 

— Es imposible ver al jefe. Hace poco regresó de 
un paseo, y está cansado; se encerró a piedra y lodo, 
allá arriba, con su señora. I 

Insistió Gordillo con energía; argüyó en su me- 
dia lengua Tafolla y suplicó el padrecito Andrade, 
que, desesperando de salvar la vida de aquel herma- 
nito amado, quería salvar, por lo menos, su alma. 

— No se puede La consina es esa ¡Que na- 
die lo moleste así se caiga el mundo! 



LA RUINA DE LA CASONA 603 

Dábanse ya por desahuciados los piadosos inter- 
cesores en su demanda, cuando quiso la suerte, en 
un último sarcasmo, ponerlos cara a cara del om- 
nipotente que iba a saciar un ruin encono bajo el " 
disfraz de la vindicta pública. Tenorio, con la faz 
abotargada por el alcohol; inyectados los ojos por la 
fiebre del lividinoso; revuelta la hirsuta cabellera; 
vacilante el paso y en pechos de camisa, descendía 
la escalera del suntuoso palacete ocupado por se- 
cuestro, rumbo al «cuerpo de guardia» instalado en Q 
el «hall» donde Gordillo y sus acompañantes alter- ■■", 
caban con el jefe de aquélla. 

— ¡A ver! ¿Qué bola es esa? ¿Qué novedad hay? [l_ 

— EJstos señores, mi general, que se empeñan en 
hablar con usted .... 

— Y usted no conoce sus obligaciones? ¿No sabe >' 

la consigna? ,^ 

—Es que r 

—¡Hágase respetar! ¡Échelos!,! ,*: 

La imperativa orden se hubiera cumplido a no S: 

haber mediado la valiente serenidad de Gordillo. 1 

— Señor Tenorio, nosotros no veníamos a rogar. 
Veníamos a pedir plaza al lado de Andrade, porque 
nos hacemos solidarios de sus actos. 

Aquel golpe de audacia, irritando a Tenorio, fué