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Full text of "75 [i.e. Setenta cinco] años de periodismo con motivo de las bodas de diamante de "La Época"; aportaciones para la historia del periodismo madrileño"

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75 ANüS de PERIÜDISMU 




S. M. EL Rey Don Alfonso XIII, 



LEÓN ROCH 



75 AiflS DE PERIODISMO 



CON MOTIVO DE LAS BODAS 
DE DIAMANTE DE «LA ÉPOCA» 



APORTACIONES PARA LA HISTORIA 
D EL P E RI O DI S M O MADRILEÑO 




MADRID 

RAMONA VELASCO, VIUDA DE P. PÉREZ 

Calle de la Libertad, 31. 

1923 






697665 



BODAS DE DIAMANTE DE "LA ÉPOCA,, 




S. M. LA Reina Doña Victoria Eugenia. 



BODAS DE DIAMANTE 
DE «LA ÉPOCA» 



Acaba de entrar La Época, decano de los perió- 
dicos de Madrid, en el año 75 de su publicación, 
y en el pasado mes de abril celebró sus «Bodas de 
diamante». Edad tan dilatada, que pocos periódi- 
cos han logrado alcanzar en España, constituye 
una ejecutoria honrosa, sobre todo cuando a ella 
se unió una limpia historia de consecuencia políti- 
ca, una lealtad acrisolada en la defensa de los idea- 
les de Patria y Monarquía, y una línea inalterable de 
conducta en el procedimiento, que jamás traspasó 
los Hnderos de la corrección, la imparcialidad y el 
respeto a la verdad y al adversario, aun en los días 
de más recias y enconadas luchas. 

A ello debió, sin duda, La Época, dentro de su 
modestia periodística, la suma de consideraciones 
que logró obtener en la política y en la Prensa, 
dentro y fuera de nuestro país, y que ha estimado 
siempre como su más grata recompensa. 

Los anales de esos setenta y cinco años de tra- 
bajo y de lucha van íntimamente unidos a una gran 



8 LEÓN ROCH 

parte de la historia contemporánea de España, 
desde los días del reinado de Doña Isabel II a los 
actuales, pasando por la revolución, el reinado re- 
lámpago de Don Amadeo de Saboya, la República, 
la Monarquía restaurada de Don Alfonso XII, la 
Regencia de Doña María Cristina y el reinado de 
Don Alfonso XIII. En toda esa época, pero más 
principalmente de 1840 a las últimas décadas del 
siglo, la política y el periodismo caminan íntima- 
mente ligados para escribir la historia, y aun para 
hacerla, entre airadas turbulencias. Con gran fre- 
cuencia, los periodistas abandonan las plumas ba- 
talladoras, para ascender a los altos puestos del 
Gobierno; con frecuencia también, aunque menor, 
sin duda, los políticos abandonan las poltronas 
ministeriales para volver a reñir batalla en las hojas 
periodísticas. Cánovas, Sagasta, Rivero, González 
Brabo, San Luis, Ríos Rosas, Alvarez Bugallal, los 
Silvela y otros ilustres políticos tuvieron sus más 
eficaces auxiliares en los periódicos que ellos mis- 
mos redactaban y en los periodistas que les secun- 
daron... 

Desgraciadamente, los tiempos y las circunstan- 
cias han cambiado mucho, y rara vez en nuestra 
época los periodistas alcanzan en la poHtica el re- 
conocimiento de sus méritos y el premio que a 
ellos se debe. Si alguna vez se les hace justicia, es 
realmente por excepción, que viene a confirmar la 
regla general. ¡Cuántos casos de crueles injusticias 
y de punibles desatenciones y olvidos pudiéramos 
citar de los días pretéritos y de los tiempos pre- 
sentes!... 



K'IKSO i; DI miL. 



LA ÉPOCA. 






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REVISTA DE IS l-rlHífl. 



FOLLETÍN DE LA ÉPOCA. 



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Keproducción del número primero de «La Época». 

(Formato de 0,41 X 0,28.) 



10 LEÓN ROCH 

Cierto que hay mucho de satisfactorio, honroso- 
y enorguUecedor en los anales de una publicación 
que alcanza la longevidad, teniendo esa limpia 
ejecutoria de lealtad y de decoro. Mas también 
palpitan entre ellos hondas decepciones y desalen- 
tadores desengaños. A lo largo de esos cinco lus- 
tros de trabajo y de lucha, ¡cuántas desesperanzas 
e ingratitudes no pueden registrarse...! ¡Cuántas 
fechas inolvidables, que sangran en nuestras almas 
cuando el recuerdo las aviva, no escribió el do- 
lor...! ¡Cuántas cruces no levantó el Destino en la 
dilatada carrera...! 

Para los periódicos políticos, órganos de parti- 
do, la vida pública ofrece pocas compensaciones^ 
así en el orden de lo espiritual como en la esfera 
de lo práctico. No es ocasión la presente de exhu- 
mar los viejos clisés de la ingratitud de los polí- 
ticos y de que la política no tiene entrañas. Mas 
siempre es momento oportuno para decir que los 
partidos no corresponden en justa medida al es- 
fuerzo y al sacrificio que realizan sus órganos de 
opinión. Exigen mucho, exigen siempre y corres- 
ponden con ejemplar cicatería. Así, entre nosotros^ 
el periódico de partido no puede aspirar más que 
a vivir, a mal vivir, y es en vano que pretenda lla- 
mar a las puertas de sus más encumbrados y opu- 
lentos magnates. 

En cambio, dentro de su áurea mediócritas, los 
periódicos de partido tienen una ventaja sobre los 
de empresa: la de no sufrir los graves perjuicios, 
los trágicos efectos de los grandes desvíos de la 
opinión, cuando ésta se siente lastimada o engaña- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 11 

da. Los órganos de agrupaciones viven modesta- 
mente, difícilmente, pero no corren los riegos rui- 
nosos de esos vendavales de la vida pública. Y el 
que no se consuela... 



En enero de 1898, cuando La Época entraba eit 
el año 50 de su publicación, quiso conmemorar sus 
bodas de oro y editó un número extraordinario 
ilustrado, como homenaje y obsequio para sus lec- 
tores y amigos; plumas ilustres trazaron en aque- 
llas páginas la historia del diario fundado por don 
Diego Coello, íntimamente unida a la del periodis- 
mo madrileño. Como ilustraciones, aparecían en 
ellas los retratos de los Reyes Doña Isabel II y 
Don Alfonso XII, cuyos reinados se comprendían 
en aquel período cincuentenario, y los retratos de 
un puñado de eminentes políticos y escritores, cu- 
yos nombres quedaron incorporados a nuestra 
historia política y a la historia de las letras espa- 
ñolas. Constituía, pues, aquel número un verdade- 
ro e interesante documento histórico, útil para la. 
consulta. 

La continuación de esos anales periodísticos ha 
sido hecha recientemente por La Época en un nue- 
vo y notable número extraordinario, conmemora- 
tivo de sus «Bodas de diamante» con el público, 
aparecido en mayo de 1923. Otras plumas evocan 
los recuerdos de los veinticinco años transcurridos 
desde la celebración del cincuentenario, no sola- 
mente de la vida íntima del periódico, sino de su 



12 LEÓN ROCH 

acción en la historia de la literatura; del partido 
liberal-conservador, fundado por el insigne Cáno- 
vas del Castillo, y de la Monarquía española. Ilus- 
traciones de esas páginas son los retratos del Rey 
Don Alfonso Xlll, de su augusta esposa la Reina 
Doña Victoria y de la Reina madre Doña María 
Cristina, representativos de la difícil época de la 
Regencia y del reinado actual; úñense a ellos los 
retratos de los cinco jefes del partido conservador, 
y con el grupo de la redacción actual los de algu- 
nas de las personalidades que dieron lustre a' pe- 
riódico decano de la Prensa madrileña. ¿Puede 
dudarse de que ese número extraordinario consti- 
tuye otro interesante documento para nuestra his- 
toria política y periodística contemporánea? 

Estimándolo así nosotros, hemos querido reunir 
y publicar en un sólo cuerpo, por nuestra cuenta, 
riesgo y absoluta responsabilidad, esas sencillas 
páginas de historia, aun estando desprovistas en 
buena parte de galas retóricas, como trabajos que 
se escribieron rápidamente, destinados a una hoja 
volandera y efímera, fruto de actualidad, en unión 
de algunas otras. Antes de hacerlo, hemos vacila- 
do un poco, temerosos de que algún espíritu seve- 
ro juzgue esos recuerdos como demasiado íntimos, 
demasiado familiares. Pero creemos que hay en 
ellos aportaciones muy interesantes para la histo- 
ria del periodismo madrileño y español, y no hemos 
vacilado en reunir aquellas páginas, agrupándolas 
<le modo conveniente, para que tengan en la mono- 
grafía forma más duradera que la de la deleznable 
hoja periodística, y adicionándolas con algunos ar- 



I 



75 AÑOS DE PERIODISMO U 

tículos más, recuerdos, citas y retratos. De todos 
modos, séanos perdonada por el público esta pue- 
ril debilidad, en la que solamente nosotros, los 
autores de estas líneas, tenemos arte, parte y cul- 
pabilidad. 

Pocas veces suelen los periódicos y los periodis- 
tas molestar al público, limitándole el más leve 
espacio en sus hojas, para hablar de ellos mismos, 
de sus glorias, de sus anhelos y de los austeros ar- 
tífices que en sus páginas laboran. Cronistas y pe- 
riodistas están consagrados de por vida al servicio 
del público, dueño y señor de todos, que nos es- 
claviza y nos consume; sus plumas están siempre 
dispuestas para halagar y ensalzar a los extraños,, 
y para favorecer y servir a todas las empresas, des- 
de las más altas a las más humildes; acrecen y bru- 
ñen las reputaciones de personalidades nacionales, 
y crean y consolidan muchas que, de otra suerte, 
hubieran permanecido en la oscuridad, de donde 
acaso no debieron salir... Sobre las columnas de la 
Prensa, tan débiles y deleznables en la apariencia, 
tan firmes en la realidad, y sobre los hombros de 
los periodistas se encumbraron, merced al esfuer- 
zo y a la eficacia de las plumas, muchas grandezas, 
innumerables medianías, infinitas nulidades tam- 
bién,., ¡Qué inmensa trascendencia no tiene en 
todas las manifestaciones de la vida esta labor 
persistente, diaria, tenaz de la Prensa, por débil y 
humilde que parezca!... 

En cambio, ellos, los periódicos y los periodis- 
tas, permanecen austeramente en la penumbra, los 
más en la sombra del anónimo, callados y modes- 



14 LEÓN ROCH 

tos, sin aprovecharse en beneficio propio de la 
enorme fuerza que representan, recibiendo una re- 
compensa mezquina en relación con el esfuerzo 
rendido, sean los que fueren sus méritos. Por cada 
mil figurones que se encumbran, merced a los pe- 
riódicos, subirá un periodista a las alturas, por 
justos títulos y merecimientos, pero llevado casi a 
la fuerza, como si aun temiera usurpar el puesto 
honrosamente ganado... ¡Y aun hablan mal de ellos 
hasta los mismos que les debieran su encumbra- 
miento y fama, envolviéndoles en injustas acusacio- 
nes, al generalizar excepciones lamentables!... ¡Pero 
esos periodistas!... ¡Oh, Humanidad calculadora y 
egoísta! Eres tan injusta como ambiciosa, y tan 
ingrata como necia... 

Por esta vez, puesto que en ello no hay daño ni 
lesión para nadie, séanos permitido y perdonado 
el dedicar estas páginas a periodismo, periódicos 
y periodistas. 

León ROCH. 



LA FUNDACIÓN DE "LA ÉPOCA,, 




S. M. LA Reina Doña María Cristina. 



LA FUNDACIÓN DE «LA EPOCA> 

Y SU PRIMER DIRECTOR 

I 

De los viejos luchadores que colaboraron en La 
Época en sus primeros tiempos, sólo queda ya con 
vida el ilustre escritor D. Juan Pérez de Guzmán, 
secretario perpetuo de la Real Academia de la 
Historia, para quien la fortuna no se mostró pro- 
picia en la política, ya que hasta estos últimos años 
ha tenido que trabajar el anciano historiador y pe- 
riodista para ganar su vida. Una peligrosa dolen- 
cia, que pudo vencer su naturaleza vigorosa y ad- 
mirable, obligóle últimamente a abandonar todo 
trabajo intelectual. Pero fué solamente como me- 
dida de precaución, porque, a pesar de sus ochen- 
ta y tres años, su inteligencia se mantiene clara y 
ürme, y despejada y prodigiosa su memoria. En los 
notables estudios histórico-políticos del maestro, 
en las nutridas carpetas de su archivo, y más aún 
en el archivo inagotable y siempre fácil de sus re- 
cuerdos, hemos encontrado muchas veces lecciones 
valiosas de historia política de aquel tiempo y no- 

2 



18 LEÓN ROCH 

ticias muy curiosas de la vida periodística. Al ilus- 
tre escritor debemos algunos interesantes papeles 
que hemos de exhumar en este artículo. 

Desde los días de D. Diego Coello siguió Pérez 
de Guzmán con interés la vida de La Época, con 
su constante intervención en la política; laboró en 
ella con asiduidad, como redactor, en los tiempos 
de D. Ignacio José Escobar, y fué, a la muerte de 
éste, director durante algún tiempo. Luego conti- 
nuó muchos años de colaborador, y en las colec- 
ciones quedaron no pocos de sus notables estudios. 
Nadie, pues, con mayor conocimiento, ni con tanta 
autoridad, hubiera podido escribir la monografía 
histórica de aquel periódico en sus «Bodas de dia- 
mante», como la esbozó al celebrarse las de oro. 



II 



Apareció La Época en la escena política y pe- 
riodística el 1." de abril de 1849, siendo su funda- 
dor, como es sabido, D. Diego Coello de Portugal 
y Quesada, que luego fué conde de Coello y em- 
bajador de Espaíía en Roma, ciudad donde esta- 
bleció su residencia y murió en 1897. Anteriormen- 
te, en 1841, había existido con el mismo título otro 
periódico, que fué bisemanal primero y luego dia- 
rio. Pero éste no tuvo nada que ver con la empre- 
sa de Coello, 

Este había publicado poco antes El Faro, que 
apareció el 16 de abril del 47 y publicó su último 
número el 30 de igual mes del año siguiente. Lo 




''^^ 



ExcMO. Sr. D. Diego Coello y Quesada, 

CONDE DE Coello de Portugal, fundador v director de -"La Época» 
DESDE 1849 A 1866. 



20 LEÓN ROCH 

dirigió el poeta García Tassara, y en su Redaccióii 
figuraron D. Luis González Brabo, D. Francisco 
de Paula Madrazo, D. Alejandro Mon y D. Pedro 
José Pidal, primer marqués de Pidal. Al morir El 
Faro, se encargó de servir sus suscripciones Fl 
Heraldo, c! periódico que dirigía o inspiraba el 
conde de San Luis, fundado el 16 de junio del 42, 
y cuyos principales redactores eran Ríos Rosas, 
Pastor Díaz, Tassara, Cos Gayón, D. Antonio Za- 
ragoza y D. Ignacio J. Escobar. 

El Heraldo dejó de publicarse el 16 de julio de 
1854, y en este año pasó Escobar a La Época, pues 
ya le unían antiguos lazos de amistad y compañe- 
rismo con Coello. Ambos habían trabajado antes 
juntos en El Español, y en El Corresponsal luego. 
El primero de estos periódi(;os comenzó a publi- 
carse el 1." de noviembre de 1835 y desapareció 
el 1." de febrero del 38, encargándose del servicio 
de sus suscripciones I. a España. Tuvo una segunda 
época desde el 45 al 16 de abril del 48, y lo diri- 
gieron D. Andrés Borrego, D. Joaquín Francisco 
Pacheco y D. José García Villalta, figurando, ade- 
más, entre sus redactores González Brabo, el insig- 
ne Larra y un joven y desconocido periodista, que 
poco después se había de revelar como excelso 
poeta ante la tumba de Fígaro. Era, en efecto, don 
José Zorrilla. 

Pacheco pasó a la Redacción de La España y 
luego a la de El Correo, con el gran orador don 
Antonio Alcalá Galiano, Bravo Murillo, Donoso 
Cortés, Ríos Rosas, Borrego, Sartorius y D. Anto- 
nio María Segovia. 



i 



75 AÑOS DE PERIODISMO 21 

Con el mismo título de El Español se publicó, el 
5 de septiembre del 41, una revista que, en su se- 
gundo número, cambió su título por el de El Conser- 
vador. La redactaron D. Francisco de Cárdenas, 
Pastor Díaz, y los antes citados Pacheco y Ríos Rosas. 

El Corresponsal tuvo también vida efímera, como 
la inmensa mayoría de los periódicos de su tiempo, 
creados únicamente para las enconadas luchas del 
momento. Se publicó desde el 1.° de julio de 1839 
al 14 de mayo del 44. Con Escobar y Coello fue- 
ron redactores Aribau, que lo dirigió; Camús, don 
Luís María Pastor y Estébanez Calderón, el famo- 
so Solitario, a quien tan magnífico homenaje rin- 
diera su sobrino, el insigne Cánovas del Castillo, 
en su libro El Solitario y su tiempo. 



III 



Tuvo La Época su verdadero antecedente en El 
Faro, del cual vino a ser continuación. Inspiraban 
y auxiliaban a este periódico, y casi constantemen- 
te pubhcaban en él sus artículos el marqués de 
Pidal y D. Alejandro Mon. Esto llegó a excitar ce- 
los y rivalidades durante el Gobierno del general 
Narváez, duque de Valencia, en plena dictadura, 
especialmente por parte del conde de San Luis, 
ministro de la Gobernación, inspirador y propieta- 
rio de El Heraldo. Del Gabinete formaban también 
parte el propio Pidal, en Estado; Arrazola, en Gra- 
cia y Justicia; Bravo Murillo, en Hacienda; D. Ma- 
nuel de Seijas, en Comercio, Instrucción y Obras 



22 LEÓN ROCH 

públicas; el teniente general D. Francisco de Pau- 
la Figucras, marqués de la Constancia, en Gue- 
rra, y el marqués de Molíns, en Marina. Presiden- 
tes de las Cámaras eran: el marqués de Miraflores, 
del Senado, y D. Luis Mayans, del Congreso. Y en 
vista de aquellos recelos y desconfianzas, se acordó 
suspender la publicación de El Faro, para reanu- 
darla en momento oportuno. 

Disgustado Coello porque no se le cumplieran 
las promesas que se le hicieron, decidió volver a 
publicar su periódico, y así lo hizo; pero cambián- 
dole el título. Para ello se efectuó una pequeña 
suscripción de acciones, figurando entre los accio- 
nistas, además de Coello y otros, el conde de Cas- 
tilleja de Guzmán, D. Alejandro Olivan y e! cubano 
D. Andrés Arango. El día 1.° de abril del 49 se 
publicó el primer número de La Época, consagrán- 
dose a la defensa del gran partido de Unión cons- 
titucional, que mereció siempre el respeto por su 
honrada y patriótica labor, y a la completa devo- 
ción del ilustre general O'Donnell. 

Se estableció la Redacción de La Época en la 
calle de las Huertas, 14, de donde se trasladó más 
adelante a la del Príncipe, y después a la de las 
Torres. Allí estaba también la imprenta, que era la 
misma de El Faro, a cargo de D. Agustín Aguirre, 
que fué administrador de los dos periódicos y, al 
propio tiempo, redactor de gacetillas. En los últi- 
mos cuarenta años, la Redación estuvo en la calle 
de la Libertad, en el núm. 16, casa del antiguo 
teatro de la Alhambra, o en el 18, de donde se tras- 
ladó a su domicilio actual. 



75 AÑOS DE PERIODISMO 23 

El formato de La Época era distinto de El Faro, 
teniendo un tamaño de doble folio, con cuatro co- 
lumnas y composición de los cuerpos 7 y 8. Los 
primeros redactores fueron, con Coello, D. Ramón 
de Navarrete, D. Diego Bravo y Destouet, D. An- 
tonio Flores, D. Jacobo Rebollo, y el antes mentado 
Aguirre. Entre los colaboradores figuraban don 
Cipriano del Mazo, que luego fué muchos años 
embajador; D. Antonio Mantilla de los Ríos, luego 
marqués de Villamantilla y ministro de España en 
Washington, que casó con doña Pilar de León, más 
tarde marquesa de Squilache; D. Heriberto García 
de Quevedo y D. Federico y D. Fermín Gonzalo 
Morón. 

El primer número apareció en domingo y lleva- 
ba en primera plana, en forma de folletón, una cró- 
nica literaria de Navarrete, firmada con el seudóni- 
mo de Leporello, que usó muchos años, y en se- 
gunda, en folletón también, comenzaba a publicar 
la novela Paulina, de Alejandro Dumas. Toda la 
parte superior de la primera plana, según era cos- 
tumbre en la mayoría de los periódicos de aquel 
tiempo, estaba consagrada a las sesiones de Cortes. 
Por cierto que en la del Congreso se discutía aquel 
triste y ruidoso asunto del quebrado Montepío, 
que había suspendido el pago de sus pensiones a 
las viudas y huérfanos. 



24 LEÓN ROCH 



IV 



Acerca de la fundación de La Época publicóse 
en el número conmemorativo del cincuentenario 
una carta, con curiosas noticias, de D. Rafael Coe- 
Uo de Portugal, sobrino del fundador y luego he- 
redero de su título, que lleva actualmente. El señor 
Coello, culto militar, fué también distinguido escri- 
tor y autor dramático, y ha sido recientemente mi- 
nistro de la Gobernación, en el último Gobier- 
no del Sr. Maura. En la expresada carta decía el 
Sr. Coello, entre otras cosas. 

«Claro está que siendo yo, por mi fortuna, bas- 
tante más joven que el periódico, las noticias que 
yo puedo dar lo son, tan sólo, de referencia y re- 
cogidas de personas de mi familia y de amigos ín- 
timos del conde de Coello. 

Por los años de 45 y 46, es decir, antes de que 
mi tío, D. Diego Coello, fundase este periódico, di- 
rigió en Madrid otro, el primitivo Heraldo, que se 
publicaba, según parece, en combinación con una 
biblioteca de novelas, la cual tomaba el nombre de 
aquel diario. 

Al dejar D. Diego Coello la dirección del Heral- 
do, para fundar El Faro, conservó, no obstante, la 
de la biblioteca de novelas, que cambió solamente 
de nombre para llamarse Biblioteca del Siglo. Poco 
después, al año, dejó también de publicarse El 
Faro. 

Encontrándose, de este modo, mi tío con una 



75 AÑOS DE PERIODISMO 



25 



abundantísima existencia de novelas — todas las no 
vendidas de aquella biblioteca — , comenzó a acari- 




D. Ramón de Navarrete, 

PRIMER DIRECTOR DE «La ÉpOCA» Y REDACTOR DESDE 1849 A 188S. 

ciar la idea de fundar otro periódico, y de asegu- 
rar para éste, desde sus comienzos, una suscripción 
respetable, brindando a sus lectores con el regalo 



26 LEÓN ROCH 

trimestral de uno de aquellos tomos que se hacina- 
ban en los sótanos de una imprenta, situada en la 
calle del Ave María. 

El fundador de La Época, con efecto, no se en- 
gañaba; el aliciente ofrecido a los suscriptores hizo 
que el número de éstos aumentase rápidamente. 
A los pocos meses de fundarse, contaba ya el pe- 
riódico con 2.000 suscripciones. 

No quiere esto decir que antes de llegar a aquel 
número — que con los ingresos que producían los 
anuncios, muy especialmente los extranjeros, ase- 
guraban a La Época una existencia desahogada e 
independiente, — no pasase su fundador apuros, y 
no chicos. Que fué valor, rayano en temeridad, 
acometer aquella empresa con los escasos elemen- 
tos pecuniarios con que contaba por entonces el 
fundador de La Época. 

Poco tiempo después, asegurada ya la vida del 
periódico, y al intentar darle un desarrollo en que 
al principio no se pensó, ni mucho menos, emitié- 
ronse algunas pequeñas acciones de a 500 pesetas, 
bien pronto colocadas entre amigos y parientes del 
fundador, entre otros, D. Fernando Rodríguez de 
Rivas, después conde de Castilleja de Guzmán, don 
Andrés Arango — el capitalista cubano, dueño de 
La Chilena — y D. Alejandro Olivan, el ilustre pa- 
tricio a quien tanto deben en España la agricultu- 
ra y la instrucción pública, También adquirieron 
acciones algunos personajes del partido mode- 
rado.» 



75 AÑOS DE PERIODISMO 27 



V 



Para la dirección de La Época designó Coello, 
por ser el escritor y periodista más autorizado, al 
ilustre D. Ramón de Navarrete, que a la sazón era 
redactor principal de la Gaceta. Pero el popular 
escritor no se mantuvo en su honroso cargo de di- 
rector más que un día, el de la aparición del primer 
número. Ello fué consecuencia del gran disgusto 
que produjo en el conde de San Luis, ministro de 
la Gobernación, la publicación del periódico, a 
poco de suspendido El Faro, acaso por descon- 
fianzas y rivalidades. 

Era Navarrete uno de los periodistas y escrito- 
res más ingeniosos y fecundos de su tiempo. Naci- 
do en Madrid en 1818, contaba entonces treinta y 
un años, y era ya considerado como una autoridad. 
Su vida se dilató hasta el 25 de abril de 1897, y en 
los últimos días de esos fecundos setenta y nueve 
años seguía trabajando y escribiendo con su inge- 
nio y su gracia de siempre, aunque ya cansado de 
la ruda y larga lucha. En el periodismo tocó con 
acierto todos los géneros, siendo un excelente ar- 
ticulista político, crítico de teatros, cronista de arte 
y revistero de salones, para lo cual empleaba dis- 
tintos seudónimos. Los más famosos entre éstos 
fueron los de Leporello y Asmodeo', muy conocidos 
eran también los de Pedro Fernández y El mar- 
qués del Valle Alegre. El fué quien implantó el 
género de la crónica de salones, siendo antecesor 



28 LEÓN ROCH 

del también ilustre Kasabal, D. José Gutiérrez 
Abascal, y precursor de nuestros Monte-Cristo, 
Mascarilla y León Boyd. 

Colaboró asiduamente Navarrete en muchos pe- 
riódicos de su tiempo. Además de El Faro y su 
continuador La Época, honráronse con sus trabajos 
El Heraldo, El siglo XIX, El Diario Español, El 
Tiempo, ni Día, La Correspondencia, El Correo, 
El Semanario Pintoresco y La Ilustración Españo- 
la y Americana. 

Novelista de fértil imaginación y de limpio y cas- 
tizo estilo, publicó buen número de interesantes 
novelas, amén de otros volúmenes de cuentos y ar- 
tículos. Sus biógrafos citan las tituladas Creencias 
y desengaños, Madrid y nuestro siglo, El crimen 
de Villaviciosa, El duque de Alcira, Misterios del 
corazón. Verdades y ficciones. Sueños y realidades 
y Cartas madrileñas. También quiso buscar en el 
teatro, como la mayoría de los escritores, aplausos 
y provechos, y a la escena consagró sus afanes y 
la mayor parte de su actividad intelectual. Así pro- 
dujo más de 80 obras teatrales, entre originales 
y adaptadas o traducidas del francés. Una de ellas 
fué la comedia Caprichos de la fortuna, que escri" 
bió a instancia de la Reina Isabel II, para ser repre- 
sentada en el teatro del Real Palacio. Luego se re- 
presentó también en el teatro del Príncipe. Entre 
sus obras originales figuran el drama Don Rodrigo 
Calderón, que se tradujo al francés; Emilia, La 
Reina por fuerza, La perla de Barcelona, Las gra- 
cias de Gedeón, El fénix de los maridos, El primer 
hijo y La pena del Tallón. 



75 AÑOS DE PERIODISMO 29 

El ingenio un poco cáustico de Navarrete y su 
gracia exuberante, se reflejaban de continuo en la 
conversación. Era, como decimos ahora, un verda- 
dero causear. 



VI 



Días antes de la aparición de La Época, el 28 de 
marzo, escribía D. Diego Coello al conde de San 
Luis, ministro de la Gobernación, una atenta carta, 
en la que le expresaba lo siguiente: 

«Creo cumplir un deber de consecuencia y de de- 
licadeza, dándole cuenta, antes de que vea la luz, de 
la publicación de un periódico político. La Época, 
en el cual tengo una parte importante. 

Usted sabe que mientras no he visto salir a luz 
otros periódicos moderados, me he abstenido de 
todo paso que tocase este objeto; pero después de 
la publicación de El País, y necesitando salir de la 
situación en que me encuentro, no podía tener el 
menor escrúpulo de delicadeza. Aun así he procu- 
rado publicar un periódico, que por sus modestas 
y humildes proporciones, por la línea periodística 
que se propone seguir, por su circunstancia de ser 
de la tarde, en nada puede lastimar los intereses 
de El Heraldo, con el que tantos lazos me han 
unido. 

Méndez Alvaro, que va a dirigir La Época, y yo, 
que soy uno de sus propietarios, tenemos dadas 
demasiadas garantías a nuestro partido para que 
usted pueda dudar de lo que seremos. Pero usted 



30 LEÓN ROCH 

mejor que nadie conoce que un periódico sin pre. 
tensiones, sin un gran partido que lo apoye o un 
Gabinete que lo proteja, no tiene mas elementos 
de vida que una gran imparcialidad y una indepen- 
dencia decorosa. Si alguna vez La Época, al juz- 
garle, se apartase de esta línea, esté usted seguro 
que será para elogiarlo, más que para censurarlo.» 

Después le decía que el diputado, no el amigo, 
estaba quejoso del Conde, por la conducta que con 
él se observaba en Jaén, y termina: 

«De todas maneras, mi amistad y mi afecto hacia 
usted datan de muy antiguo, para que injusticias 
ni disfavores puedan alterarla. 

P. D. — He creído sería petulancia en mí o un 
deseo de darme valor, ofrecer personalmente al 
duque de Valencia protestas de lealtad, cuando 
tanto las acredité en los días de su infortunio; pero 
si usted no lo cree innecesario, dígale al general 
Narváez que jamás olvido los lazos que nos han 
unido, y más que esto, los grandes servicios que 
ha prestado a su país.> 

Como se ve por la carta de Coello, parecía in- 
dicado Méndez Alvaro para la dirección del perió- 
dico, y no sabemos por qué causa no llegó a serlo. 
¿Influyeron acaso las mismas razones que obliga- 
ron a retirarse a Navarrete? Posiblemente, y ello 
prueba el gran disgusto que a Sartorius produjo la 
publicación de La Época. 

El mismo día 1.° de abril en que ésta salió a luz, 
D. Ramón de Navarrete escribió una larga carta a 
San Luis, diciéndole que, aunque había solicitado 
verle, por medio de su secretario Gaya, no hablen- 



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Reproducción del último número de «El Faro», periódico 
fundado y dirigido por d. diego coello y quesada. 



32 



LEÓN ROCH 



do podido conseguirlo, se dirigía a él por escrito, 
para darle cuenta de haber dejado la crítica dra- 
mática que por espacio de seis años había desem- 
peñado en El Heraldo y la plaza de redactor del 
mismo. 

Esta última resolución la motivó una cuestión de 
queja del Liceo, de cuya Junta gubernativa era 
miembro Navarrete, por haber sido duramente 
tratada la misma en el diario «donde escribía aún>. 

Navarrete había tenido una grande amistad con 
el Conde desde nuestra primera juventud' — escri- 
bía. Y consideraba que para expulsarle de esta 
amistad y del Heraldo otros amigos, a quienes lla- 
maba ingratos, pero de los que rodeaban y veían 
al Conde a diario, le habían calumniado cerca de él. 

El otro motivo porque había querido verle era 
el que se le había ofrecido la dirección de La Épo- 
ca, «persuadido de que dicho periódico será mo- 
derado, de que no combatirá al Ministerio actual, 
y sabedor de que Coello, su propietario, se lo ha- 
bía escrito, deseaba saber si habría alguna incon- 
secuencia entre el destino que desempeñaba en la 
Gaceta y la dirección que se le brindaba». 

«Ignoro si todavía — agregaba — conserva usted 
un concepto bastante favorable de mí para suponer 
que al entrar en la política no llevo bajas ni bas- 
tardas miras, y que jamás me plegaré a ser instru- 
mento de ambiciones ni de pasiones miserables. El 
día en que La Época se separe de la línea de con- 
ducta que se me ha ofrecido, ese día me retiraría 
de ella, aun cuando mi familia pereciese de ham- 
bre. Lo que he hecho en la literatura haré en la po- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 33 

lítica, y esta es la palabra de un hombre de honor 
que jamás ha faltado a ella.» 

No tenemos la respuesta que el conde de San 
Luis diera a la carta de Navarrete. Pero las razo- 
nes aducidas por éste debieron de ser de gran 
fuerza, por cuanto dos días después, el 3 de abril, 
el ilustre periodista escribía de nuevo al famoso 
político, diciéndole lo siguiente: 

«Mi querido amigo: En cuanto recibí su carta, 
resolví abandonar la dirección de La Época. Con- 
fieso a usted, con franqueza, que necesitaba de ese 
recurso; pero al ver que usted me dice que le co- 
locaba en una situación falsa, no he vacilado ni un 
solo momento. No estoy quejoso de usted y le 
agradezco los favores que me ha dispensado, con 
toda mi alma. Al decir que mi posición no ha va- 
riado desde que se halla usted en el Poder, quise 
más que nada lamentarme de mi mala estrella. 
Además, usted conoce muy bien que una cruz no 
varía en nada las circunstancias del individuo...» 

En efecto, al publicarse el segundo número de 
La Época, Navarrete no era ya su director. En vista 
de lo ocurrido, Coello decidió encargarse de la di- 
rección, y en ella continuó hasta que le sustituyó 
definitivamente, en 1866, D. Ignacio José Escobar, 
luego marqués de Valdeiglesias. El ingreso de éste 
en el periódico, como redactor o colaborador, fué 
en el 54, cuando se separó de El Heraldo. Por en- 
tonces ingresaron también D. Fernando Cos-Ga- 
yón, D. Carlos Navarro Rodrigo y D. Saturnino 
Alvarez Bugallal, elevados luego a los Consejos de 
la Corona; y, poco más tarde, el insigne novelista 

3 



34 LEÓN ROCH 

D. Pedro Antonio de Alarcón, D. Joaquín Maldo- 
nado Macanaz y D. Diego Bravo y Destouet. 

Escobar desempeñó la dirección hasta su muer- 
te, en febrero de 1887. Interina o temporalmente 
la habían desempeñado los citados D. Francisco 
de Paula Madrazo y Bravo y Destouet, D. Gabriel 
Estrella y el ilustre periodista Mané y Flaquer, que 
luego fué director del Diario de Barcelona. Al mo- 
rir D. Ignacio José, como antes se ha dicho, fué di- 
rector Pérez de Guzmán, y luego se encargó de la 
dirección de aquél D. Alfredo Escobar, segundo 
marqués de Valdeiglesias, que sigue desempeñán- 
dola en la actualidad. 

El 4 de mayo de 1852 interrumpió La Época su 
publicación, víctima de las persecuciones políticas, 
y la reanudó el 18 de junio, con el título de La 
Época Actual y sin ocuparse de política. Dejó de 
publicarse el 27 de junio de 1854, y reapareció el 
4 de 'ulio, con el nombre que honrosamente lleva. 



VII 



En la Prensa madrileña es La Época el más an- 
tiguo de los periódicos que se publican con ver- 
dadero carácter de diario, y el segundo de los de 
España. El primero de éstos es el Diario de Bar- 
celona, el popular y venerable Brusí, que ya ha 
cumplido ciento cuarenta años. Fué fundado el 
1." de octubre de 1792, y aun conserva toda su im- 
portancia y prestigio, bajo la dirección del ilustre 
marqués de Casa Brusí. Recientemente se hicieron 



75 AÑOS DE PERIODISMO 35 

en él importantes reformas, que le remozaron y 
modernizaron, pero conservando la forma con que 
adquirió su gran personalidad en la Prensa es- 
pañola. 

En la Prensa madrileña no quedan más que dos 
estimados colegas contemporáneos de La Época. 
Uno de ellos es El Diario Español, fundado el 
1.° de junio de 1852, y que dirigió el diplomático 
D. Manuel Ranees y Villanueva, luego marqués de 
Casa Laiglesia, cuyo hijo y sucesor, el ingenioso 
Guillermo Ranees, fué también redactor del perió- 
dico de Coello y Escobar. Luego dirigieron El 
Diario Español D. Mauricio y D. Dionisio López 
Roberts, y entre sus redactores figuraron Alvarez 
Bugallal, Lorenzana, Estanislao Suárez Inclán, Fe- 
derico Villalba, Autrán, Maldonado Macanaz y el 
novelista Julio Nombela, que asimismo fué redac- 
tor de La Época. 

El otro periódico contemporáneo de ésta es La 
Correspondencia de España, fundado por D. Ma- 
nuel María de Santa Ana, primer marqués de San 
ta Ana, amigo y compañero que fué de Ignacio 
Escobar. Aquel ilustre periodista daba antes a la 
estampa las Hojas autógrafas, que aparecieron en 
octubre de 1847, «redactadas, escritas y litogra- 
fiadas por su fundador». Estas hojas eran semejan- 
tes a las que ahora publican las Agencias Fabra y 
Radio, y se servían a los periódicos suscriptos para 
que utilizasen sus noticias, Tomaron verdadero ca- 
rácter de periódico en 1851, en el que cambiaron 
su título por el de La Correspondencia autógrafa 
confidencial, y así siguió publicándose hasta 1858. 



36 LEÓN ROCH 

Entonces apareció impreso y con el nombre de La 
Correspondencia autógrafa, aunque ya no lo era, 
que poco más tarde volvió a cambiar por el de La 
Correspondencia de España, - diario universal de 
noticias». 

En 1859 fué director y gerente del popular dia- 
rio D. Ignacio José Escobar, mediante un contrato 
de participación de beneficios que le hizo D. Ma- 
nuel de Santa Ana. Pero comenzó entonces la gue- 
rra de África, cuyas noticias publicaba La Corres- 
pondencia; empezó a extenderse enormemente el 
periódico, y fueron tales las ganadas, que D. Ma- 
nuel rescindió el contrato y se encargó de la direc- 
ción y gerencia. Entre ambos ilustres periodistas, 
como entre sus periódicos luego y siempre, siguió 
reinando el más leal sentimiento de confraternidad. 



PÁGINAS DEL CINCUENTENARIO DE "LA ÉPOCA,, 




S. M. LA Reina Doña Isabel II (1830-1904). 



LAS «BODAS DE ORO» DE 
«LA ÉPOCA» 



El número extraordinario que La Época consa- 
gró, en enero de 1898, a conmemorar el cincuen- 
tenario de su fundación, iba encabezado con el si- 
guiente artículo, que llevaba el título arriba apun- 
tado y la firma de D. Alfredo Escobar, director del 
periódico desde 1887, en el que murió su ilustre 
padre: 

«Si a menudo es origen de vivas emociones fijar 
la vista en los tiempos que fueron, y en los cuales 
está comprendida una parte de nuestra existencia, 
este movimiento de concentraciones es más fecun- 
do cuando al continuo pasar de los acontecimien- 
tos públicos van unidas intimidades del corazón, 
memorias privadas, insignificantes tal vez para los 
demás, pero muy significativas para los que las 
conservan y las guardan como sagradas reliquias. 

No tiene el que escribe estas líneas necesidad de 
encarecer tales sentimientos y recuerdos, y si los 
menciona, es tan sólo para disculpar a los ojos de 



40 LEÓN ROCH 

los indiferentes lo que en ellos pudiera ser tachad» 
de vanagloria. 

En tres grandes períodos puede divirse la histo- 
ria de La Época, cuyas bodas de oro con el pú- 
blico solemniza el suplemento que a los lectores 
ofrecemos hoy. 

Rasgo saliente en el primero fué la brillante 
campaña hecha en defensa del partido de Unión 
liberal. Fuera ocioso recordar la importancia que 
en nuestra historia política tuvo aquel partido, que 
por su honradez, por su patriotismo y por su amor 
a la libertad, merecerá siempre el respeto de las 
generaciones presentes y futuras. Durante ese pe- 
ríodo apoyó La Época al vencedor de África, al 
ilustre general O'Donnell. Dirigía entonces el pe- 
riódico su ilustre fundador D. Diego Coello y Que- 
sada, uno de los más expertos periodistas de la 
anterior generación, muerto en Roma aun no hace 
un año. 

El segundo período comprende la revolución 
del 68 y los trabajos preparatorios de la Restaura- 
ción. Fué aquélla una de las épocas más interesan- 
tes y trascendentales del siglo. Derrocada la Mo- 
narquía secular, proscrita la Real familia, muertos 
O'Donnell y Narváez, enemistados con la Reina 
los unionistas, triunfante la revolución, corrieron 
tiempos difíciles para los defensores de la dinastía 
en el destierro, del orden perturbado, de la admi- 
nistración desorganizada, de la Patria en peligro. 
La Época fué en aquellos años el defensor cons- 
tante y entusiasta de las clases conservadoras, así 
como de la Monarquía caída, y el instrumento más 




ExcMO. Sr. D. Ignacio José Escobar, 

PRIMER MARQUÉS DE VaLDEIGLESI AS, DIRECTOR DE «La ÉpOCA »• 
DESDE 1866 A 1887. 



42 LEÓN ROCH 

activo de propaganda de la Restauración. El direc- 
tor de La Época en tan azaroso y triste período se 
llamaba D. Ignacio J. Escobar. 

No era entonces empresa llana ni cómoda la de 
dirigir un periódico de oposición al orden de cosas 
establecido. Los hechos demostraron lo espinoso 
de aquel cargo. Vencedora la revolución en Aleo- 
lea, un adversario en contiendas electorales, al 
frente de un grupo de descamisados, allanó la casa 
de Escobar y prendió al director de La Época, 
llevándole ante un improvisado Tribunal revolucio- 
nario que se reunía en el Circo de Price: que así en- 
tendían la libertad aquellos mal llamados liberales. 
Infatigable con la pluma en la defensa de la Res- 
tauración, no le hicieron desfallecer en su empresa 
los vejámenes de que en diferentes ocasiones fué 
víctima. Sus trabajos en pro de la causa alfonsina 
le acarrearon nuevos quebrantos, tales como el ser 
detenido por los carlistas al regresar de Francia 
con papeles de la Reina Isabel. Y más tarde, ante 
la noticia de que iba a proclamarse la Monarquía 
en Sagunto, se vio conducido al Saladero y des- 
pués al Gobierno civil, en unión de Cánovas, de 
Oñate, de Cadórniga, de López Roberts y de otros 
caracterizados alfonsinos. 

Período fué aquél en que sólo ayudado por su 
fe, por su ingenio y por su laboriosidad, pudo salir 
adelante el hábil periodista en su noble empresa. 

Permitido le sea a un hijo estampar aquí estos 
recuerdos que constituyen su más preciada ejecu- 
toria y el más poderoso estímulo para no desmayar 
en la ardua tarea periodística, labor de todos los 



75 AÑOS DE PERIODISMO 43 

momentos, que no consiente ni desfallecimientos 
ni descanso. 

La tercera época refiérese al período orgánico 
de la Restauración, y también fué el alma de La 
Época, en aquellos años, ya más bonancibles, el 
primer marqués de Valdeiglesias. 

Estos tres períodos han consolidado las institu- 
ciones representa' ivas en España, han reconciliado 
la Monarquía con la democracia y han contribuido 
al desarrollo de nuestra prosperidad material. 

La muerte del insigne D. Antonio Cánovas del 
Castillo, a cuyo lado estuvo este periódico desde 
los tiempos de la Unión liberal, tal vez inaugure un 
cuarto período, no exento de dificultades para la 
Patria. Si así fuera, lo que no quiera Dios, la actual 
redacción de La Época, fiel a sus tradiciones de 
medio siglo, sabrá inspirarse en las enseñanzas de 
su propia historia para vencerlas y en ejemplos 
que les legaron los ilustres inspiradores y escrito- 
res, que ya no existen, para imitarlos. 

Alfredo ESCOBAR. 




S. M. EL Rey Don Alfonso XII de Borbón. 

(Noviembre de 1857 — Noviembre de 1885.) 



UN ARTICULO DE COS-GAYON 



Página muy interesante y digna de ser recorda- 
da del número conmemorativo del cincuentenario 
de La Época es un artículo del ilustre y honradí- 
simo político D. Fernando Cos-Gayón, el leal ami- 
go de Cánovas del Castillo, varias veces ministro 
de la Corona, que algunos meses después moría en 
la pobreza, dejando por toda fortuna un nombre 
inmaculado. Atendiendo al requerimiento del mar- 
qués de Valdeiglesias, el bondadoso D. Fernando, 
que había comenzado su carrera poHtica como pe- 
riodista en El Heraldo y en La Época, envióle una 
bella carta, evocando interesantes recuerdos de la 
vida pasada en las luchas periodísticas. 

He aquí el artículo del Sr. Cos-Gayón: 

RECUERDOS PERIODÍSTICOS DE HACE CIICUEHA AlOS 

Me invita usted a tomar parte en la solemnidad 
periodística de conmemorar el comienzo del quin- 
quagésimo año del acreditado periódico que dirige 
usted en la actualidad. Acudo a su invitación con 



46 LEÓN ROCH 

doble complacencia, por cumplir con mi deber de 
antiguo redactor de La Época y por recordar mis 
relaciones de compañerismo con el periodista ilus- 
tre de quien usted ha heredado, el honrado nombre, 
la laboriosidad y la dirección de ese periódico. 

Cuando, hace cerca de cincuenta años vio por 
primera vez la luz pública La Época, D. Ignacio 
José Escobar y yo escribíamos en la misma sección 
de El Heraldo. 

Estaba él encargado del correo extranjero al es- 
tallar las revoluciones de 1848, que exigieron 
aumento extraordinario de trabajo. Cediendo al 
influjo irresistible de las rebeliones, que por todas 
partes surgían, abdicó Luis Felipe, Rey de los fran- 
ceses, en su nieto; el Rey de Baviera en su hijo; el 
Emperador de Austria en su sobrino; fué procla- 
mada la república en Francia y en Florencia y en 
Venecia y en Roma; fueron expulsados de los terri- 
torios en que reinaban los duques de Parma y de 
Módena y el gran duque de Toscana; huyó de la 
capital pontificia Pío IX; se sublevó Milán contra 
los austríacos y Palermo y Mesina contra el Rey 
de Ñapóles; hubo Asambleas constituyentes en 
París, en Viena, en Florencia, en Roma, en Franc- 
fort; se disolvió la Dieta germánica, renunciando 
sus poderes en el Archiduque Juan, proclamado vi- 
cario del Imperio; otorgaron nuevas Constitucio- 
nes políticas a sus respectivos Estados los Reyes 
de Prusia y de Dinamarca; se agitaron tumultuosa- 
mente los cartistas en Londres y renovaron sus 
protestas los irlandeses contra Inglaterra; declaró 
la guerra Carlos Alberto al Emperador; se levantó 



75 AÑOS DE PERIODISMO 47 

en armas la Hungría contra el Austria a la voz de 
Kossuth y la Croacia contra la Hungría a la voz de 
Jellachic. Para poder dar cuenta diaria de tantas 
novedades, Escobar, a pesar de lo extraordinaria- 
mente laborioso que era, tuvo que pedir auxilio, y 
yo entré a compartir con él aquella ruda tarea. 

Un periódico, entonces, era cosa muy distinta de 
lo que usted hoy conoce y dirige, sobre todo en lo 
que a las noticias de provincias y del extranjero 
atañe. Han variado mucho los medios de informa- 
ción y también el gusto y las exigencias de los lec- 
tores. No había telégrafo eléctrico, ni caminos de 
hierro. No se tenía comunicación con otros países 
sino por medio del correo traído por las sillas de 
posta, que la mayor parte de los días del año, en 
vez de llegar en el momento reglamentario, llega- 
ban dos horas o cuatro, o diez, o veinte más tarde. 
Los esfuerzos de la Administración pública no po- 
dían impedir que las lluvias y las nieves del invier- 
no y las tempestades del verano hicieran necesa- 
riamente menos Hgeros los viajes de aquellos co- 
ches, ni que fueran motivo de retraso los deterioros 
de los caminos y otras causas. 

El criado de la administración del periódico se 
pasaba con frecuencia todo el día haciendo viajes 
a la casa de Correos, y los redactores encargados 
de reseñar las noticias extranjeras teníamos que 
acudir muchas veces inútilmente a las oficinas de 
la Redacción. Recuerdo que algunas noches, des- 
pués de haber aprovechado todos los entreactos 
de una función de teatro para ir a enterarnos de si 
habían llegado los periódicos y las cartas del ex- 



48 LEÓN ROGH 

tranjero, teníamos que aguardar hasta que era pre- 
ciso cerrar la edición de la mañana. 

Aprovechábamos principalmente para nuestra 
labor las hojas litográficas de la Agencia Havas, 
cuyas noticias eran más adelantadas, más comple- 
tas y más esmeradamente buscadas que las de los 
periódicos impresos del extranjero. Y eran el ele- 
mento más útil de información en aquellos tiempos, 
así para el periodista como para todo hombre po- 
lítico, las Hojas autógrafas, redactadas por D. Ma- 
nuel María Santana, futuro fundador de La Corres- 
pondencia de España, con las últimas noticias de 
cada día que personalmente recogía en los Minis- 
terios y en los Centros de negocios. Se estampaban 
pocos ejemplares de aquellas hojas, que no conte- 
nían mucha lectura, eran relativamente muy caras 
y se despachaban para el correo en forma de car- 
tas cerradas. El numeroso personal que hoy se 
ocupa en buscar noticias para los periódicos esta- 
ba entonces exclusivamente reducido a Santana, 
que había conseguido, con su actividad extraordi- 
naria y su notoria habilidad, un verdadero y privi- 
legiado monopolio de entrada en las oficinas pú- 
blicas y de explotación de las noticias. 

(Estas manifestaciones del ilustre Cos- Gayón 
confirman que las Hojas autógrafas de Santana, 
como en otro lugar decimos, no eran un periódi- 
co, sino un servicio de noticias, igual que el de la 
Agencia Fabra, destinado únicamente a periódicos, 
Ministerios, Sociedades y Círculos.) 

En el suministro de las extranjeras nos daban 
mayor ocupación a Escobar y a mí las cartas de 



75 AÑOS DE PERIODISMO 49 

los periódicos. Tenía grande reputación El Heral- 
do por la diaria y copiosa correspondencia que 
recibía y publicaba, con minuciosos informes sobre 
todos los asuntos de importancia que ocurrían y 




ExcMO. Sr. D. Fernando Cos-Gayón, 

REDACTOR DE «La ÉpOCA» (18681875), MINISTRO DE HACIENDA, 

Gracia y Justicia y Gobernación (t diciembre de 1898). 

sobre los actos y proyectos de la diplomacia. De 
París, de Viena, de Londres, de Berlín, de todas 
partes le referían constantemente todo lo que su- 
cedía en los secretos de las Cancillerías y todo lo 
que probablemente sucedería, más o menos pron- 
to, en adelante. Todo ello era producto de la tra- 

4 



50 LEÓN ROCH 

vesura de un corresponsal francés, bien relaciona- 
do en las Embajadas y en los Ministerios de Nego- 
cios Extranjeros de varios países, que dentro de un 
mismo sobre, y a continuación unas de otras, nos 
remitía cartas fechadas en capitales distintas, en 
las que daba, cuando lo creía conveniente, noticias 
contradictorias y, por supuesto, exponía conjetu- 
ras y comentarios inspirados por los opuestos cri- 
terios que mejor correspondían a los diversos lu- 
gares en que suponía hecho cada uno de sus escri- 
tos. Todos ellos venían en francés y era preciso 
traducirlos. 

Escobar se entregaba a su trabajo por comple- 
to, no distrayéndose de él, ni interrumpiéndolo un 
momento por nada ni por nadie. Bajo su dirección 
tuve que acostumbrarme, desde luego, a hacer lo 
mismo. 

El conde de San Luis, que era propietario del 
periódico y ministro de la Gobernación, tuvo en 
1850 el capricho de ensayar s¡ se podía publicar 
en Madrid, traducido al español, un libro a las vein- 
ticuatro horas o, por lo menos, a las cuarenta y 
ocho de llegar por primera vez una edición france- 
sa. Chenu, que había sido famoso revolucionario 
en 1848, escribió un libro con el título de Los cons- 
piradores, en que hacía curiosas revelaciones en 
descrédito de los revoltosos de oficio. Se procuró 
que vinieran a Madrid sin pérdida de momento al- 
gunos ejemplares en cuanto fueron puestos a la 
venta en París; se utilizaron para la composición y 
la tirada los recursos de la Imprenta Nacional, en- 
tonces poderosos y muy superiores a todos los de- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 51 

más con que la tipografía contaba en España; se 
dividió en diez o doce fracciones el libro francés, 
repartiéndolas, para su traducción, entre todos los 
redactores de El Heraldo y los amigos íntimos del 
Conde, colocados a la sazón en altas posiciones 
oficiales. A Escobar y a mí se nos hizo la distinción 
de darnos en el reparto fracciones más grandes 
que a los demás, aunque nosotros no habíamos de 
dejar de atender a nuestros habituales quehaceres. 
Sin embargo de eso, fuimos los dos que concluí- 
mos antes la tarea que nos estuvo encomendada y 
prestamos a la mayor parte de los otros, el servicio 
de hacer también algo de las suyas respectivas, 
quedando, además, para nosotros el cuidado del 
arreglo de todo y de la corrección de las pruebas. 
Pero aquel día, como siempre, el trabajo de Esco- 
bar fué mayor que el mío, a pesar de mi buena 
voluntad, porque conservando él la dirección de 
nuestras comunes tareas, las repartía de modo que 
constantemente quedaba para él algo más de lo 
que me dejaba. 

Veinte años después volvimos a trabajar juntos 
Escobar y yo, notablemente ascendidos en catego- 
ría dentro del orden jerárquico de la Prensa. El 
había hecho del periodismo definitivamente la úni- 
ca ocupación de su laboriosidad incansable. Yo 
conservaba siempre mis hábitos de periodista, mez- 
clados ya para toda mi vida con el ejercicio de 
otras profesiones. La revolución europea de 1848 
nos había reunido en la redacción de El Heraldo; 
la revolución española de 1868 nos reunió en la de 
La Época. 



52 LEÓN ROCH 

Se ha dirigido usted hoy, preguntándole sus re- 
cuerdos, al ex redactor del segundo de esos dos 
periódicos, y le contesta a usted el ex colaborador 
del primero. Lo hago así, porque de la época re- 
reciente pueden hablar otros que están todavía en 
la casa, y de la época antigua somos muy pocos 
ya los que podemos dar noticias propias; y tam- 
bién porque para usted, lo mismo que para mí, son 
dos ¡deas, inseparablemente unidas, la de La Épo- 
ca y la del primer marqués de Valdeiglesias. 

Dios prospere al segundo como desea su afec- 
tísimo, 

Fernando COSGAYÓN.» 



LOS ESCRITORES DE «LA ÉPOCA» 



Caracterizóse desde que salió a luz el diario 
La Época por su aversión al personalismo y a la 
polémica, por su tolerancia, por la diligencia en la 
información política, por el buen sentido, y, por úl- 
timo, por el cuidado que han puesto desde 1849 
sus directores en proporcionarse la colaboración 
de los escritores más brillantes (exceptuando, por 
supuesto, al que firma estas líneas) de la Prensa 
política madrileña. 

¡Qué de nombres ilustres vamos a citar, al ocu- 
parnos de los escritores de La Época! ¡Cuántos 
otros dignos de figurar al lado de los primeros ha- 
bremos omitido, por falta de memoria! 

La labor periodística ofrece el inconveniente de 
ser, por regla general, anónima, a diferencia de la 
colaboración, que con frecuencia ostenta la firma 
del escritor. Por eso hay necesidad de acudir a los 
recuerdos, tratándose de la redacción política; y 
siendo tan largo un período de medio siglo y fal- 
tando gran parte de los escritores que la desempe- 
ñaron, inevitables han de ser las omisiones. Pedi- 
mos perdón por ellas a los vivos, que son los me- 



54 LEÓN ROCH 

nos, y a los muertos que, desgraciadamente, son 
en gran número. 

Consideraremos para aquel efecto dividida la 
historia de La Época en cinco períodos, a partir 
desde su fundación hasta el momento presente. 

í'rimer período (1S48 a 1856). —Figuró 
como director de La Época, al ver por primera vez 
la luz pública, D. Ramón de Navarrete, siéndolo en 
realidad, así como principal escritor político, don 
Diego Coello y Quesada, auxiliado por D. Fran- 
cisco de Paula Madrazo, escritor diligente, muy 
hábil en la confección de un diario y redactor del 
Diario de las Sesiones del Congreso, y por el ta- 
quígrafo del Congreso D. Jacobo Rebollo, que se 
ocupó en la confección del periódico muchos años 
hasta su muerte. 

Del extranjero se encargó entonces y continuó 
desempeñándolo hasta *el fin de su vida también, 
D. Diego Bravo y Destouet, cuyo hermano D.José, 
que fué más adelante director de La Correspon- 
dencia de España, colaboraba en la parte polí- 
tica. 

Administrador fué D. Agustín Aguirre, jefe su- 
perior de Hacienda en tiempos más cercanos y el 
único superviviente hoy de los fundadores. 

En este primer período figuran también entre los 
escritores de La Época nombres tan notables como 
los de D. Antonio Mantilla y D. Cipriano del Mazo, 
y como colaboradores D. Antonio Flores, autor 
del precioso libro Ayer. Don B. de Federico, 
D. Fermín Gonzalo Morón, D. Heriberto García de 
Quevedo, poeta venezolano. La colaboración po- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 



55 



lítica fué muy activa e importante, aunque no ne- 
cesitaba mucho de ella D. Diego Coello, que im- 
provisaba artículos y párrafos sueltos con gran 
facilidad. 

— Del ocho, Rebollo (el taquígrafo) — , era la pri- 




ExcMO. Sr. D. Carlos Navarro y Rodrigo, 

REDACTOR DE «La ÉpOCA» (1856-1864), MINISTRO DE FoMENTO 
E INTERINO DE HACIENDA. 



mera frase que pronunciaba el verdadero director 
de La Época al saltar de la cama; y seguía dictando 
y comunicando instrucciones por espacio de cinco 
horas sin fatigarse. 

Durante este período, la crítica teatral corrió a 
cargo de D. Ramón Navarrete, con el seudónimo 



56 LEÓN ROCH 

de Leporello, y del ya mencionado García de Que- 
vedo. 

Segundo período (1856-1868).— A más de 
los escritores mencionados, figura ya al final de 
este período D. Ignacio José Escobar, amigo y 
compañero de Coello en El Corresponsal y El Es- 
pañol. 

Los redactores políticos, más o menos constan- 
tes, son muy notables: Carlos Navarro y Rodrigo, 
Salvador López Guijarro, S. Alvarez Bugallal, don 
Andrés Borrego, M. Manrique, José Lorenzo Fi- 
gueroa (académico de la de Ciencias Morales y Po- 
líticas), Pedro de Alarcón, el gran novelista; Fer- 
mín Figueras, Zacarías Casaval, Gabriel Enríquez 
Valdés, José Bisso, a cargo del cual corrieron los 
asuntos financieros durante doce años; Pedro An- 
tonio Montes, Barrié y Agüero (Pedro Recio), José 
Pérez Garchitorena, Pareja de Alarcón, Candalija, 
gobernador que fué de Zaragoza, y Joaquín Mal- 
donado Macanaz. 

La colaboración literaria ofrece, entre otros 
nombres, los de D. Manuel María Santana, D. Ra- 
món de Navarrete (crítico de teatros y gran mun- 
do, que en este período firmaba Pedro Fernández, 
y desde 1867 Asmodeo), Julio Nombela, Mariano 
Z. Cazurro, Amos Escalante (Juan Garda). En la 
crítica musical reemplaza a Leporello D. José Ma- 
ría Goizueta. 

Colaboraron también con frecuencia el ingeniero 
español Sr. Echevarría, el francés M. E. Malingre, 
así como D. Manuel Casado. Corresponsal en Pa- 
rís era el conde de Sanafé (Actéon). 



75 AÑOS DE PERIODISMO 57 

Tercer período (1868-1875).— Al ocurrir la 
revolución de 1868 dirigía La Época, en ausencia 
de D. Diego Coello, D. Ignacio J. Escobar; eran re- 
dactores D. Joaquín Maldonado (desde 1864), don 
José Bisso, D. Julián Sabando y D. José Bravo. En 




D. Diego Bravo y Destouet, 

REDACTOR Y DIRECTOR DE «La ÉpOCA» (1849-1890). 

1869, esta redacción tuvo el importante refuerza 
de D. Fernando Cos-Gayón. 

Tomaron parte en los trabajos de La Época con 
frecuencia, en este agitado período, los políticos 
alfonsinos Sres. Bugallal, Silvela y Villaverde, entre 
otros muchos. 

A este período corresponde asimismo la publi- 



58 LEÓN ROCH 

cación de la serie de artículos titulada: La Novela 
del Eaipto, por D.José de Castro y Serrano, uno de 
los más asiduos y amenos de nuestros colabora- 
dores literarios. 

Entre los redactores y colaboradores Bguraron 
igualmente los Sres. Vallejo Miranda (Pico de la 
Mirándola), Alcalá Galiano, hijo, y D. José, de la 
carrera consular, y D. Juan Pérez de Guzmán. La 
crónica teatral y la literaria corrieron a cargo de 
D. Luis Alfonso, de los dos hermanos D. Ricardo 
y D. Enrique Sepúlveda, D. Carlos Frontaura, el 
ya citado D.Julio Nombela y otros varios. 

Cuarto período (1S75-18S7). — Dirigió La 
Época, hasta su fallecimiento, el primer marqués 
de Valdeiglesias, figurando ya en este período 
como redactor literario su hijo D. Alfredo. Fueron 
importantes redactores, con algunos de los antes 
citados, D. Gabriel Estrella, D. José Fernández 
Bremón, D. Eleuterio Villalba, D. ]. Salvador, don 
Mariano Guillen, D. Ramón Cárdenas, D. M. Alha- 
ma Montes, D. M. Fernández y González (ha poco 
fallecido), D. José Eugenio Flores, los dos herma- 
nos D. Manuel y D. Joaquín Tello, D. F. López» 
D. Javier Betegón, D. Arcadio Roda. 

La crítica de teatros corrió a cargo del ingenio- 
so D. Pedro BoBll, y la musical al de D. Antonio 
Peña y Goñi. Figuran en la sección literaria los 
nombres de D. Eusebio Blasco y D. Carlos Ochoa. 

Quinto período (1887-1897).— Una sola di- 
rección ofrece realmente este período de la vida 
de La Época: la del segundo marqués de Valde- 
iglesias. 



75 AÑOS DE PERIODISMO 59 

Los redactores políticos fueron D. Joaquín Mal- 
donado (desde 1890), D. Eleuterio Villalba, don 
Leopoldo Calzado (encargado de la parte financie- 
ra), D. Julio Burell, Pérez de Guzmán, Botella (don 
Francisco), Botella (D. Cristóbal), D. Javier Bete- 
gón, D. Ernesto Rápela, D. José Alcázar, D. Gui- 
llermo Ranees, D. Mariano Guillen y la actual Re- 
dacción de La Época. 

Colaborador político, asiduo e importante, fué el 
vizconde de Campo Grande, literarios D. Eduardo 
Cortázar (Julio- Agosto), Valero de Tornos (don 
Juan), el escritor que firma El Otro, el doctor Gar- 
cía Alvarez y el que se firmó El Pájaro Verde. 

La crítica ha sido o es desempeñada por don 
Eduardo Gómez de Baquero, D, Francisco Villegas 
(Zeda), Don C. Fernández Shaw^, D. Rodrigo So- 
riano, D. Cecilio Roda y Don R. Mitjana. 

Colaboradores militares en el trascurso de los 
cincuenta años que cuenta de vida La Época han 
sido los generales marqués del Duero, D. Crispín 
G. de Sandoval, Gómez de Arteche, Coello, Sán- 
chez Bregua, D. Leopoldo Crestar, D. Antonio 
Goicorrotea, el marino S. Patero, y también en 
esta clase de asuntos D. E. de Salazar y Mazarre- 
do y D. Pelayo Alcalá Galiano. De artes han escrito 
durante este período los Sres. Leguina (D. Enri- 
que), conde de Morphy, Badía y otros muchos. 

En 25 de diciembre de 1897 la Redacción de La 
Época, así política como dedicada a la información 
o Hteraria, ofrece el cuadro siguiente: 

Director: D. Alfredo Escobar, marqués de Val- 
deiglesias. 



60 LEÓN ROCH 

Redactores: D, Eduardo Gómez de Baquero, 
D. Ramón de Cárdenas, D. Francisco Fernández 
Villegas (Zeda), D.Javier Betegón, D. Carlos Fer- 
nández Shaw, D. Juan Lapoulide, D. Alfredo Gar- 
cía López, D. Gabriel Briones, D. Ángel Febrer, 
D. Carlos Palma, D. Augusto Barrado, D. Ángel 
Pérez Magnín, D. Enriquez Gálvez, D. Eduardo 
Montesinos, D. Alberto Pérez Cossío, D. Juan 
Reza, D. Adolfo Fernández Brañas y el que firma 
este artículo. 

Como colaboradores toman parte en las tareas 
del periódico D. Juan Pérez de Guzmán, D, Julio 
Burell, D. Rodrigo Soriano, D. Cecilio Roda y di- 
versos reputados escritores. 

Joaquín MALDONADO MACANAZ. 



LOS LECTORES DE PERIÓDICOS 

(1849-1897) 



Entre las páginas interesantes del número con- 
memorativo del cincuentenario de La Época apa- 
rece un notable artículo del ex ministro D. Carlos 
Navarro Rodrigo, redactor que fué también del 
periódico, evocando recuerdos de la campaña de 
Tetuán. Nada agrega ese bello trabajo a nuestra 
historia, ni a ella hace referencia, y lo omitimos en 
esta relación. 

Al artículo de Maldonado Macanaz sigue una 
crónica del ilustre escritor Kasabal, que por su in- 
genio y su arte rivalizó como cronista de sociedad 
con el famoso Asmodeo. Al mismo tiempo fué don 
José Gutiérrez Abascal un buen periodista político 
y un literato de exquisito gusto y cáustica agudeza. 
Cuando murió, hace pocos años, era director del 
Heraldo de Madrid. He aquí la crónica del ilustre 
colaborador de La Época, que pudiera publicarse 
hoy en cualquier periódico como una interesante 
crónica de actualidad: 



* 



62 



LEÓN ROCH 



Cincuenta años, medio siglo nada menos ha 
transcurrido desde la fundación de La Época, y en 
ese tiempo, en que se han convertido en abuelas 
venerables muchas que eran niñas bonitas cuando 
sus papas llevaban a casa el primer número del pe- 
riódico, y en que han ocurrido sucesos tan tras- 
cendentales para la vida del país, se han transfor- 
mado de un modo notabilísimo las costumbres, 
como en otras muchas cosas, en lo que se relacio- 
na con los periódicos y sus lectores. 

Si entre el diario vivo, agitador, nervioso, de 
este fin de siglo, y el grave y sesudo que se publi- 
caba al mediar la centuria hay una gran diferencia, 
no es menor la que existe entre el lector de hoga- 
ño y el de antaño, y aun se puede decir que lo 
uno es consecuencia de lo otro, o lo que es igual, 
que la transformación del lector ha traído la de 
la hoja impresa que llega a sus manos todos los 
días. 

Hoy, más que leer un periódico, se recorre con 
la vista buscando la sección que más interesa o lo 
que constituye la novedad más saliente del día, y 
después se deja en el asiento del tranvía, en la ban- 
queta del coche de alquiler, en la butaca del teatro, 
como flor cuyo perfume se ha aspirado y que ya 
no ofrece atractivos. 

¡Qué diferencia entre este lector, siempre agita- 
do y afanoso, y aquel otro de hace cincuenta años, 
para el que la lectura del diario de su predilección 
era una de las ocupaciones más serias e importan- 
tes del día! Dedicaba a ella una hora fija, siempre 
la misma, escogida entre las que eran para él de 



75 Af50S DE PERIODISMO 



63 



más reposo, y como por culpa del repartidor o 
descuido de la administración del periódico éste 
faltase, se producía en la casa un verdadero tras- 
torno, que sólo se sosegaba cuando la falta se ha- 
bía remediado. 




El ilustre novelista D. Pedro Antonio de Alarcón, 

REDACTOR DE «La Época» (1856-1859). 



Pero una vez en poder del suscriptor su diario, 
¡qué gratas emociones le proporcionaba! Recibíale 
como a un amigo predilecto y querido, le cogía con 
cariño y le contemplaba con amor, fijándose, antes 
de desdoblarle, en el título, tan simpático a sus 
ojos; en la fecha, que era su almanaque; en todos 



64 LEÓN ROCH 

los detalles de la cabeza, que constituían para él 
como los rasgos de una fisonomía de esas que pre- 
disponen a la amistad y a la benevolencia. 

Después de este primer examen, se sentaba el 
lector lo más cómodamente que podía, al amor de 
la lumbre en invierno, al fresco en verano, con el 
cigarrillo recién encendido en la boca, si era fuma- 
dor, o con la nariz repleta de aromático polvo, si 
constituía el rapé sus delicias, y teniendo siempre 
al alcance de la mano, con el pañuelo de seda de 
la India, la petaca o la tabaquera, para no tener 
que interrumpir la lectura para volver a encender 
un pitillo o para introducir el índice y el pulgar en 
la afiligranada o esmaltada cajita. 

Y en esta disposición procedía a desdoblar el pe- 
riódico lenta y solemnemente, a estirarle bien, a 
deshacerle las arrugas, a plancharle acariciándole 
con el brazo izquierdo mientras le sostenía con la 
mano derecha, y a cogerle luego con las dos para 
leer, con meditación y reposo, desde la primer lí- 
nea del artículo de fondo hasta el pie de imprenta 
y el nombre ya conocido del editor responsable 
que exigía por entonces la ley. 

Y el periódico no era sólo leído, sino comentado 
mentalmente por el atento lector, que creía en todo 
aquello que leía como en el Evangelio, y que no 
daba por cierta ninguna noticia hasta que la en- 
contraba en aquellas columnas de su especial pre- 
dilección. 

Y después de la lectura, no arrojaba con desdén 
la hoja impresa que le había proporcionado tan gra- 
tas emociones, su amigo sincero, ni consentía que 



75 AÑOS DE PERIODISMO 65 

las mujeres la cogiesen para cortar patrones o en- 
volver líos, ni que fuese a la cocina a que la do- 
méstica le recortase en picos para adornar el vasar, 
ni que los chicos la convirtiesen en pajaritas o co- 




ExcMO. Sr. D. Saturnino Álvarez Bugallal, 

XEDACTOR DE «La ÉpOCA» (1856-1864), MINISTRO DE GrACIA yJuSTICIA 
Y MINISTRO DE EsPAÑA EN PoRTUGAL. 



metas. Volvía a doblar su periódico cuidadosamen- 
te por los mismos dobleces que tenía al llegar a 
sus manos, y le colocaba en el estante encima de 
los números que le habían precedido y esperando 
a los que le habían de suceder. 

Así han leído y cuidado los carlistas a La Espe- 

5 



66 LEÓN ROCH 

ranza, los conservadores a La Epoca,\os liberales a 
Las Novedades, y todavía al deshacerse las antiguas 
casas, al separarse las familias agrupadas en un 
mismo hogar, se encuentran colecciones de esos 
diarios, que miran con cierta veneración los hijos y 
los nietos de los que se los vieron leer con tanto 
cariño a sus padres y a sus abuelos, y donde 
aprendieron a deletrear ellos mismos. 

Estos periódicos estaban tan identificados con la 
familia, que aun muerto el jefe de ella, que era su 
lector constante, los herederos conservaban la sus- 
cripción en respeto a la memoria del muerto que- 
rido, y hubieran creído una profanación dejarla, 
cerrando la puerta a aquel amigo de todos los días. 
A estos periódicos de la década del 40 al 50 su- 
cedieron los más batalladores de la del 50 al 60, 
La Iberia, de Calvo Asensio y de Sagasta; La Dis- 
cusión, de D. Nicolás María Rivero; La Democra- 
cia, de Castelar, periódicos de partido y de bata- 
lla, que se leían en la plaza pública, y de los que 
los lectores hacían una bandera, identificándose 
tanto con ella que la daban su dinero para costear 
gastos y pagar multas, y que no la negaron su san- 
gre en memorables ocasiones. 

La Época quedó siendo siempre el periódico del 
hogar, y del hogar respetable y bien acomodado, 
donde le acogía con predilección la señora mayor, 
que había hecho de este periódico su órgano pre- 
dilecto. Pocos serán los que entre los recuerdos de 
su infancia tío conserven el de alguna vieja parien- 
ta o venerable amiga de las que iban a visitar coa 
sus madres, en días solemnes de santos o de Pas- 



75 Af50S DE PERIODISMO 67 

cua, y no la vean con los ojos de la imaginación 
bien acurrucada en el sillón de terciopelo, con las 
respetables canas cubiertas por la blonda y los la- 
zos de la cofia, los hombros abrigados con la man- 
teleta de volante, los pies colocados en el taburete 
de alfombra y en las manos, resguardadas con mi- 
tones. La Época, que dejaba sobre su falda para 
recibir la visita, volviendo a reanudar la lectura en 
cuanto se quedaba sola. 

Y como las mamas, las hijas se aficionaron a la 
lectura de La Época, porque en ella encontraban 
noticias agradables de lo que pasaba por el mun- 
do, y aquellas deliciosas crónicas de salones, sus- 
critas por Pedro Fernández y por Asmodeo, y en 
las que se puede seguir la historia de la sociedad 
aristocrática de Madrid durante el reinado intere- 
santísimo de Doña Isabel 11. 

Allí se hablaba de los que se casaban, y de los 
que nacían, se describían los bailes y las reuniones 
y se consagraba el debido tributo a los que aban- 
donaban este mundo. 

Las crónicas de Pedro Fernández y de Asmodeo, 
trasladadas desde las viejas columnas de La Época 
a un libro ilustrado con copias de los retratos pin- 
tados por Federico Madrazo, constituirían un vo- 
lumen interesantísimo, cuyas páginas contendrían 
la melancólica, pero siempre encantadora música 
del tiempo pasado. 

Leer La Época fué durante mucho tiempo un 
título de honor para las señoras, como tener por 
modista a Mad. Carolina y por zapatero a Reynal- 
do. Para los hombres era como una cédula que 



68 LEÓN ROCH 

daba fe del amor al orden, a los principios esta- 
blecidos, a lo que servía de base a la buena or- 
ganización social. 

Y este carácter lo ha conservado a través de los 
tiempos y de la transformación del periodismo, 
siendo todavía periódico predilecto en los salones 
y el español que con más frecuencia se encuentra 
en los hoteles y en las casas aristocráticas del ex- 
tranjero. 

Vivir cincuenta años en estos tiempos, conser- 
vando el carácter propio, la fisonomía especial, sin 
haber dejado de seguir las corrientes modernas, 
constituye una empresa que sólo puede apreciarse 
bien viéndolo de cerca; es ir fundiendo en una sola 
tres generaciones: la de las abuelas, la de las ma- 
dres y la de las nietas, y hacer que resulten armóni- 
cos los bucles de María Cristina, las cocas de Doña 
Isabel II y el peinado moderno de que dio norma 
en los tiempos del segundo Imperio la famosa 
princesa de Metternich. 

En un periódico lo más esencial es el lector, y 
La Época ha tenido muy buenos lectores, y, sobre 
todo, lectoras, y a esto ha debido su larga vida y 
su crédito. 

¡Que Dios se la prolongue y la aumente, hacién- 
dola entrar con paso firme en el siglo en que ha 
de cumplir el centenario que celebrarán los que 
están próximos a venir al mundo a continuar la 
misión de los que hoy trabajan siguiendo el ejem- 
plo de los que les precedieron! 

KASABAL» 



BIBLIOGRAFÍA DE «LA ÉPOCA» O 



La colección de La Época, por todo extremo 
rara, pues no la poseen completa la Biblioteca Na- 
cional, las de los Cuerpos Colegisladores, ni nin- 
guna otra pública ni particular, desde el 1.° de abril 
de 1849, en que apareció su primer número, hasta 
el 1.° de enero de 1898, en que entra en el quin- 
cuagenario de su publicación, consta, prescindien- 
do de toda clase de apéndices y suplementos no 
numerados, de 17.092 números de dos y tres hojas, 
o sean cuatro y seis páginas, divididos en 98 volú- 
menes semestrales. 

La cifra que aquí se señala es la correlativa que 
seguimos; pero hay que advertir que es mucho ma- 
yor, pues en el examen que acabamos de practicar 
hemos hallado muchos números repetidos por des- 
cuido de imprenta. 

Las interrupciones que el periódico ha sufrido 
en 1852 (del 4 de mayo al 18 de junio) y en 1854 
(del 5 al 15 de julio) son de escasa importancia, 

(*) Con este extenso y detallado artículo cerraba sus páginas el nú- 
mero conmemorativo del cincuentenario. 



70 LEÓN ROCH 

pues sólo han durado algunos días y siempre han 
sido impuestas de orden de la autoridad. 

Piliación del periódico. — Hasta 4 de mayo 
de 1852 La Época no usó de más apelativo que su 
título. Suspendida su publicación hasta habilitar 
editor responsable, en las condiciones impuestas 
por el Real decreto sobre imprenta, reapareció re- 
ducida a dos tercios de su tamaño, con el título de 
La Época Actual. Rehabilitada para recobrar su 
carácter político el 16 de noviembre, tomó su an- 
tiguo tamaño y añadió a su nombre de La Época 
el lema de «periódico político y liberal de la tar- 
de». A los diez días, el 26, volvió a ser denunciada, 
y para continuar viviendo cambió este lema por el 
de «periódico administrativo de la tarde». 

Desde 10 de diciembre, en que fué absuelta, se 
llamó <La Época, periódico del partido liberal», 
hasta 16 de febrero de 1854, en que volvió a pu- 
blicarse sin apelativo alguno. El 20 del mismo mes 
adoptó el de «periódico constitucional de España», 
que usó hasta el 26 de noviembre. Abolido éste, 
quedó por mucho tiempo indefinida; pero el 29 de 
enero de 1866 tomó el de «periódico político dia- 
rio», que conservó hasta 23 de noviembre de 1867. 
En 3 de diciembre lo cambió por «diario político y 
literario». Desde el 17 de diciembre de 1871 borró 
el adjetivo «literario», y después de volver desde 
el 31 de diciembre de 1885 hasta el 21 de septiem- 
bre de 1890 a quedar sin apelativo alguno, desde 
la última de estas fechas adoptó el de <La Época: 
últimos telegramas y noticias de la tarde», que es 
el nombre y lema que conserva. 



75 AÑOS DE PERIODISMO 71 

Las letras titulares de su nombre también han 
sufrido algunas variantes; el tipo que la caracteriza 
hace muchos años se aceptó como definitivo desde 
el núm. 1.123, correspondiente al 10 de noviembre 
de 1853. 




D. Pedro Bofill, 

REDACTOR LITERARIO Y CRÍTICO TEATRAL DE «La ÉpOCA» (1887-1894). 

Las variantes de los epígrafes, relacionándolas 
con los sucesos políticos del tiempo, implican la 
historia de las vicisitudes políticas de La Época. 

Directores.— Excmo. Sr. D. Ramón de Nava- 
RRETE, Gran Cruz de la Orden de Isabel la CatóHca, 
director de la Imprenta Nacional y de la Gaceta 



72 LEÓN ROCH 

de Madrid. Fué director de <La Época* sólo un 
día, el primero de su publicación. 

Excmo. Sr. D. Diego Coello y Quesada, primer 
conde de Coello de Portugal, diputado a Cortes 
desde 1846, constituyente en las de 1854 a 56, se- 
nador electivo en 1876, vitalicio desde 1877, mi- 
nistro de España en Copenhague en 1854, en 
Constantinopla en 1856 y 1884, en Turín, Parma y 
Toscana en 1858, en Lisboa en 1863 y en Italia en 
1881. Gran Cruz de las Ordenes Españolas de 
Carlos III, Isabel la Católica y del Mérito Militar y 
de las de San Mauricio y San Lázaro y la Corona 
de Italia, Concepción de Villaviciosa de Portugal, 
Leopoldo de Bélgica, San Jorge de Parma, Fran- 
cisco II de las Dos Sicilias, Nuestra Señora de Gua- 
dalupe de Méjico y Medjidié de Turquía, Gran 
oBcial de la Legión de Honor y gentilhombre de 
Cámara de S. M. 

Excmo. Sr. D. Juan Mané y Flaquer, de la Real 
Academia de Ciencias Morales y Políticas, director 
del Diario de Barcelona, y que ha renunciado cuan- 
tas posiciones políticas y títulos de honor se le han 
brindado. 

Excmo. Sr. D. Ignacio José Escobar, primer mar- 
qués de Valdeiglesias, diputado a Cortes en 1857» 
58, 59, 60, 61, 62, 62 a 63, 76, 77, 78 y 79; vice- 
presidente del Congrego de los Diputados, conse- 
jero de Estado, gentilhombre de Cámara de S. M., 
caballero de la ínclita Orden de San Juan de Jeru- 
salén, Gran Cruz de la Concepción de Villaviciosa 
y de Cristo de Portugal, de la Orden de Medjidié 
de Turquía, del Nescham Yfthar de Túnez y del 



75 AÑOS DE PERIODISMO 7S 

Orden Real del Cambodje, y comendador de la 
Legión de Honor de Francia. 

Sr. D. Juan Pérez de Guzmán. 

Excmo. Sr. D. Gabriel Estrella, diputado a Cor- 
tes en 1857 y 1858, Gran Cruz de la Orden de Isa- 
bel la Católica, consejero de Ultramar, etc. 

D. Alfredo Escobar y Ramírez, segundo marqués 
de Valdeiglesias, diputado a Cortes desde 1884 a 
1898, senador vitalicio nombrado por S. M., su 
gentilhombre de Cámara con ejercicio, Gran Cruz 
de la Orden de Cristo de Portugal, comendador 
de la Corona de Italia y del Medjidié de Turquía, 
caballero de Carlos III, del Mérito Naval, del Águi- 
la Roja de Prusia, ex secretario del Congreso de 
los Diputados y vicepresidente de la Asociación 
de la Prensa, etc., etc. 

Primera redacción. — D. Diego Coello y 
Quesada, fundador, director y propietario, llevaba 
tres secciones del periódico: la política, la econó- 
mica y la internacional. 

D. Francisco de Paula Madrazo, redactor polí- 
tico y literario, escribía fondos y sueltos y estaba, 
además, encargado del extracto de las sesiones de 
las Cortes. 

D. Diego Bravo y Destouet traducía la novela 
para el folletín y extractaba los periódicos extran- 
jeros. 

D. Ramón de Navarrete era el redactor literario 
y de las revistas de Madrid, de los salones y de los 
teatros. 

D. Jacobo Rebollo era taquígrafo al servicio del 
Sr. Coello y confeccionador. 



74 LEÓN ROCH 

D. Agustín Aguirre era administrador, gerente 
de la imprenta, editor responsable y colaborador 
en las noticias menudas de la capital. 

Imprentas. — Desde la fundación de La Época, 
la imprenta, aunque a nombre de los administra- 
dores del periódico o de los regentes-ajustadores, 
siempre fué propia, hasta 1873. Establecida prime- 
ramente en la calle de las Huertas, núm. 14, prin- 
cipal, desde 1849 hasta 30 de marzo de 1851 estu- 
vo a cargo de D. Agustín Aguirre y de D. Luis 
García. 

Trasladada a la calle de las Infantas, núm. 36, 
principal, estuvo desde 1." de junio de 1851 hasta 
30 de agosto de 1854 a nombre de D. Manuel Váz- 
quez de Ortiz y de D. Tomás Badía, uno y otro 
regentes de la misma. 

En 31 de agosto de 1854 se puso de nuevo a 
cargo del administrador D. José Juaneo, y se tras- 
ladó a la calle de las Torres, núm. 11, donde esta- 
ba establecida la Redacción, hasta que en 1.° de 
diciembre de 1873 se llevaron enseres, cajas y má- 
quinas a la imprenta de D. Tomás Fortanet, cuyo 
nombre tomó y conservó hasta 31 de diciembre 
de 1885, domiciliándose en la calle de la Libertad, 
núm. 29. 

Desde 1.° de enero de 1886 se hizo cargo de la 
imprenta de La Época D. Manuel Ginés Hernán- 
dez, establecido con obrador tipográfico propio en 
la calle de la Libertad, núm. 16 duplicado. Hasta 
27 de febrero de 1887 el pie de imprenta del pe- 
riódico decia: «Imprenta de La Época, a cargo de 
D. Manuel G. Hernández>; desde esta fecha hasta 



75 AÑOS DE PERIODISMO 75 

11 de mayo de 1888, se leía: <Imprenta de Manuel 
Ginés Hernández, impresor de La Época»; por úl- 
timo, desde 12 de mayo de 1888 hubo otra rectifi- 
cación, leyéndose: «Imprenta de Manuel Ginés 
Hernández», la que han seguido hasta aquí los 
hijos y herederos de este excelente tipógrafo. A 
D. Manuel Ginés Hernández La Época le condeco- 
ró con la Gran Cruz de Isabel la Católica, así como 
el pueblo de Madrid le votó concejal de su Ayun- 
tamiento, y el alcalde le nombró teniente de alcalde 
del distrito de Buenavista. 

Casas que ha ocupado la Redacción. — La 
Época se instaló en 1.° de abril de 1849 en el cuar- 
to principal de la casa de la calle de las Huertas, 
núm. 14. De aquí pasó en 14 de diciembre del 
mismo año a la calle del Príncipe, 40, principal, y 
desde esta casa, en 11 de agosto de 1851, a la calle 
de las Torres, núm. 11, esquina a las de la Reina y 
las Infantas, donde permaneció durante veintidós 
años. 

Desde 1.° de diciembre de 1873 se trasladó ala 
calle de la Libertad, núm. 18, donde siguió otro 
largo período; estableciéndose últimamente, el 25 
de noviembre de 1895, en el núm. 16 de la mis- 
ma calle y casas de la Alhambra, donde ha tenido 
por algún tiempo su morada el Circulo de Bellas 
Artes. 

Administradopes.— D. Agustín Aguirre, hasta 
24 de febrero de 1854. 

D. José Juaneo, hasta su muerte, en 1875. 

D. Antonio Hernández Contreras, desde 1875 
a 1885. 



76 LEÓN ROCH 

D. Francisco Boronat y Satorres, desde 1.° de 
julio de 1885. 

Editores responsables. — D. Agustín Agui- 
rre, hasta noviembre de 1852. 

D. Agustín del Valle, de 21 de noviembre de 
1852. Procesado y puesto en prisión el 26 del mis- 
mo, fué absuelto en 10 de diciembre, continuando 
en su cargo hasta 17 de enero de 1853. 

D. Tomás Badía, hasta 18 de febrero de 1854. 

D. José Juaneo, hasta 1868. 

Tamaño del periódico. — El tamaño inicial 
de La Época era de 0,397 . 0,276 metros, en el 
que se publicaron sus cuatro primeros volúmenes. 
Tuvo un aumento considerable en 1851; pero, en la 
suspensión que sufrió en 1852, se redujo en una 
tercera parte, y aunque al recobrar su carácter po- 
lítico volvió al tipo en que había sido suspendido, 
el inmenso crédito que de día en día alcanzaba y 
el estímulo del favor público, le hizo tomar las di- 
mensiones que conserva desde el núm. 4.016, co- 
rrespondiente al 17 de junio de 1861. Estas dimen- 
siones son: 0,559 .\ 0,400 metros, en cinco co- 
lumnas. 

Primeros elementos característicos v 
constitutivos de ia publicación.— Los primeros 
artículos políticos firmados por colaboradores ex- 
traños a la Redacción fueron los de D. Fermín Gon- 
zalo Morón, titulados: El partido moderado en el 
Gobierno desde 1843; lo que ha sido; lo que debe 
ser. Se publicaron en los números 65, 67, 68 y 69 
de La Época, correspondientes a los días 17, 19, 20 
y 21 de junio de 1849. 



75 AÑOS DE PERIODISMO 77 

Los primeros artículos políticos firmados por 
redactores del periódico fueron los de D. Diego 
CoELLO Y QuESADA, SU director, titulados: Lo pasa- 
do y lo presente, y publicados en los días 5, 6, 8, 
10, 12, 16 y 17 de febrero de 1851. 



D. Luis Alfonso, 

CRONISTA Y CRÍTICO DE TEATROS Y DE ARTE DE «La ÉpOCA» (1881-1892). 

El primer artículo político de carácter científi- 
co e internacional fué el titulado El catolicismo 
y la filosofía, el cual, escrito desde Berlín en car- 
ta al conde de Montalembert por D. Juan Dono- 
so Cortés, marqués de Valdegamas, simultánea- 
mente se publicó en L'Univers, de París, y La 



78 LEÓN ROCH 

Época, de Madrid, el 28 de junio de 1849, núme- 
ro 75. 

El primer telegrama de carácter oficial que pu- 
blicó La Época fué recibido de París por el Go- 
bierno el 3 de julio de 1849, a las tres y media de 
la tarde, anunciando que «un despacho de Civita- 
vecchia del día 1." comunicaba que la Asamblea 
constituyente romana había declarado que cesaba 
de hacer una defensa que juzgaba ya inútil, y que 
la municipalidad de Roma se había dirigido al ge- _ 
neral Oudinot para pedir la capitulación.» 

El primer corresponsal que La Época mandó al 
extranjero fué D. José Gutiérrez de la Vega, a 
quien el general D. Fernando Fernández de Cór- 
doba, general en jefe de la expedición que España 
envió a Roma en auxilio de Pío IX, en 1849, agre- 
gó a su Estado Mayor, y quien escribió el diario 
de aquel suceso, que publicado después en dos 
tomitos en octavo, se regaló a los suscriptores de 
La Época. 

El primer corresponsal que La Época envió a 
ser testigo y a representarla en un movimiento po- 
lítico interior, fué su redactor D. Antonio Mantilla 
DE LOS Ríos, que acompañó a Vicálvaro al general 
O'Donnell en 1854 cerca de su cuartel general, y 
con él hizo la entrada triunfal en Madrid. 

El primer corresponsal a quien La Época hizo 
hacer un viaje imaginario y describir en varias co- 
rrespondencias sucesos que no veía, fué D. José 
DE Castro y Serrano, que desde Madrid escribió 
para La Época sus famosas jornadas de la aper- 
tura del canal de Suez, con que luego hizo el 



75 AÑOS DE PERIODISMO 79 

libro de La novela del Egipto, que se publicó 
en 1870. 

El primer artículo sobre mejoras materiales se 
publicó en La Época el 21 de mayo de 1849, nú- 
mero 43. Describía el ferrocarril de Barcelona a 
Mataró, primero que se construyó en España, y lo 
suscribía el ingeniero de las mismas obras D. Ra- 
món DE Echeverría. 

El primer folletín que publicó La Época en su 
primer número y siguientes fué la novela Paulina, 
de Alejandro Dumas, y por mucho tiempo siguie- 
ron dominando esta parte del periódico las nove- 
las que entonces hacían más furor de Dumas, Sué 
y otros escritores franceses. Sin embargo, en 24 de 
abril del mismo año de 1849 La Época comenzó a 
publicar en el folletín la novela española de don 
Ramón de Navarrete, Misterios del corazón, honor 
que no volvió a alcanzar otro escritor castellano 
hasta 1856, en que La Época prohijó también la 
de D. Antonio Hurtado, Lo que se ve y lo que no 
se ve. 

Las primeras poesías insertas en La Época con 
motivo de la Semana Santa de 1849 fueron la Ins- 
piración, que D. José Zorrilla acababa de leer en 
una de las sesiones del famoso Liceo y unas estro- 
fas A Jesús sacrificado, suscritas con las iniciales 
de D. Diego Bravo Destouet. 

La primera crítica literaria que se publicó en La 
Época, el 2 de mayo de 1849 (núm. 26), fué sobre 
la Corona del Dos de Mayo coleccionada por don 
Braulio Antón Ramírez. Estos trabajos no abunda- 
ron en el principio; pero el segundo artículo crítico 



80 LEÓN ROCH 

literario que La Época insertó el 10 de enero de 
1852 (núm. 888) lleva la firma de D. Agustín Du- 
ran y se ocupa del Cancionero del siglo XI de Juan 
Alfonso de Baena, cuyo prólogo admirable escri- 
bió el marqués de Pidal, y las anotaciones don 
Eugenio de Ochoa y D. Pascual de Gayangos. 

La primera recepción académica en la Española 
de que dio La Época extensa cuenta fué la de don 
Fermín de la Puente Apezechea, que ocupó la silla 
de D. Alberto Lista, y a quien contestó D.Joaquín 
Francisco Pacheco el domingo 22 de diciembre de 
1850 (núm. 557). 

La primera revista de teatros publicada en La 
Época por Leporello (seudónimo de Navarrete 
entonces), describió la inauguración del teatro Es- 
pañol, erigido por el conde de San Luis, el 11 de 
abril de 1849 (núm. 7). Se representó la comedia 
de Calderón de la Barca Casa con dos puertas y La 
Casa de Tócame Roque, de D. Ramón de la Cruz. 
En la primera tomaron parte Matilde Diez, la se- 
ñora Palma, la señorita Noriega y Romea, Piza- 
rroso y D. Antonio Guzmán, y en la segunda Ma- 
tilde, Teodora Lamadrid, las señoras Córdoba y 
Chafino y los Sres. Romea, Sobrado, Guzmán, 
Caltañazor y Barroso. Asistió la Reina, con toda 
la corte, y Romea leyó unos versos suyos, que 
La Época reprodujo. A Leporello siguió en La 
Época en las Criticas de teatros D. Manuel María 
Santana. 

El primer artículo de salones que publicó La 
Época, en su núm. 25, no lleva firma ni seudónimo, 
pero se comprende quién fué su autor. Apareció 



75 AÑOS DE PERIODISMO 81 

«I sábado 25 de abril de 1849 y reseñaba la inau- 
guración del teatro casero que S. M. la Reina Doña 
Isabel II había dispuesto en Palacio. Hubo sinfonía 
de La Muta di Portici; himno cantado, letra de 
D. Juan Peral y música del maestro Hernando, y se 




D. Antonio Peña y Goñi, 

REDACTOR LITERARIO Y CRÍTICO MUSICAL DE «La ÉpOCA» (1887-1896); 
ACADÉMICO DE BeLLAS ArTES. 



representaron la comedia original de D. Ramón de 
Navarrete Caprichos de la fortuna y por saínete 
Un diablillo con faldas, arreglado del francés por 
el mismo autor. Las hicieron los actores del Teatro 
Español y el aficionado D. Ramón García de Luna. 
Fué un acto solemne. 



82 LEÓN ROCH 

El primer crítico musical no lo tuvo La Época 
hasta 1852; se llamó D. Nicanor de Regoyos. 

El primer artículo político que suscribió en La 
Época el autor de esta bibliografía, titulado La 
Confederación germánica: Austria y Prusia, se pu- 
blicó en el núm. 5.679, correspondiente al 21 de 
julio de 1866. Fué una profecía de la transforma- 
ción de Europa: del triunfo todavía problemático 
de la Prusia sobre el Austria en la guerra de Bo- 
hemia. Prusia venció; cinco años después vino la 
guerra franco-alemana y el vaticinio del novel pe- 
riodista se vio cumplido. 

Como se ve, La Época desde su génesis, y den- 
tro de los medios materiales de que en aquel tiem- 
po se disponía, imprimió la fisonomía total que ha 
conservado y conserva esta publicación. 

Notas especiales. — Sólo nos contraeremos a 
dos, entre el número infinito de las que se pudie- 
ran sacar de la colección. 

El número de La Época 920, del día 19 de febre- 
ro de 1852, está impreso en papel verde, sin haber 
otro alguno publicado en color. 

Había nacido la Infanta Doña María Isabel Fran- 
cisca el 20 de diciembre de 1851. Al cumplir la 
cuarentena y al salir la Reina Doña Isabel para 
hacer la presentación de la tierna Princesa ante el 
altar de Nuestra Señora de Atocha, la mano vil de 
un regicida atentó contra la vida de S. M., a quien 
dejó herida. El día 19 de febrero, al hacer de nue- 
vo su presentación la Reina restablecida, el entu- 
siasmo de Madrid rayaba en delirio. La Época se 
publicó en papel verde, símbolo de la esperanza; 



75 AÑOS DE PERIODISMO 83 

decoró sus columnas con versos de Martínez de 
la Rosa, de Ventura de la Vega y de Rodríguez 
Rubí, entre los 200 poetas, la flor y nata de nues- 
tro Parnaso, que hicieron la apoteosis del día, y 
describió de una manera magistral el Alcázar de 
Segovia que los artilleros levantaron delante del 
Salón del Prado; el Castillo feudal de los ingenie- 
ros en la calle de Alcalá; la fachada de Atocha de 
los Inválidos; el Arco de las Cortes, construido por 
el arquitecto D. Pascual Colomer; la Pirámide de 
la Puerta del Sol, delante de la Casa de Correos; 
el Arco de la Casa de la Villa; el Monumento del 
Prado; las Columnas de Hércules del Ministerio de 
Hacienda; los Adornos del Casino de Madrid y la 
Iluminación de los Jardines de Oriente. En cuanto 
a la parte política, todo reflejaba el amor a la Mo- 
narquía y a la dinastía, que ha sido siempre el sen- 
timiento más vivo de La Época después del de la 
Patria. 

La última nota es de fecha más reciente. El pri- 
mer suplemento extraordinario ilustrado de La 
Época fué el que se publicó el 31 de diciembre de 
1890. Algunos de los que lo firmaron ya no existen. 
Los trabajos literarios fueron suscritos por D. Al- 
fredo Escobar, D. Joaquín Maldonado Macanas, 
D. Juan Pérez de Guzmán, D. Leopoldo Calzado, 
D. Carlos Fernández Shaw, D. Arturo Palma, don 
Antonio Peña y Goñi, D. Manuel del Palacio, don 
Gabriel Briones y Job. La parte artística repre- 
sentaba un bello cuadro titulado Amor et labor, 
Lcetitia et pax y los retratos de S. M. el Rey Don 
Alfonso Xlil y de los Sres. Cánovas del Castillo, 



84 LEÓN ROCH 

Silvela, Tetuán, Azcárraga, Fabié y marqués del 
Pazo de la Merced. 

¿Cuántos de los que vean este suplemento quin- 
cuagenario verán el que La Época publique al cum- 
plir su primer siglo de existencia? 

Juan PÉREZ DE GUZMÁN. 



EN EL LXXV ANIVERSARIO DE «LA ÉPOCA» 




ExcMO. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo, 



ILUSTRE FUNDADOR Y JEFE DEL PARTIDO LIBERAL-CONSERVADOR Y VARIAS 

VECES PRESIDENTE DEL CONSEJO DE MINISTROS 8 DE FEBRERO DE 1828- 

8 DE AGOSTO DE 1897). 



EL LXXY ÁlíIYERSARIO DE «LA ÉPOCA* 



En el mes de mayo de 1923, como ya se ha di- 
cho, publicó La Época su número extraordinario 
ilustrado conmemorativo del LXXV Aniversario de 
su fundación, para el cual tuvo la Prensa madrileña 
amable acogida. Por el interés que pueda ofrecer 
su texto para los que algún día escriban nuestra 
historia política y contemporánea, hemos de repro- 
ducir aquí los artículos en él publicados, aunque 
en algunos aparezcan obligadas repeticiones de 
algo que anteriormente quedó consignado. 

La parte gráfica del número conmemorativo es- 
taba compuesta por las siguientes ilustraciones: 
Retratos de SS. MM. el Rey Don Alfonso XIII, 
Reina Doña Victoria, su augusta esposa, y Reina 
madre Doña María Cristina, que con tanta energía, 
prudencia y gloria para ella desempeñó la Regen- 
cia durante la minoridad del Soberano; retratos 
del fundador de La Época, D. Diego Coello y Que- 
sada; del primer marqués de Valdeiglesias, D. Ig- 
nacio José Escobar, que sustituyó a aquél en la di- 
rección, y del actual director, D. Alfredo Escobar, 
segundo marqués de Valdeiglesias. Retratos de los 



88 LEÓN ROCH 

cinco jefes que ha tenido el partido conservador: 
D. Antonio Cánovas del Castillo, D. Francisco Sil- 
vela, D. Antonio Maura, D. Eduardo Dato y el ac- 
tual, D. José Sánchez Guerra; retrato del decano 
de los redactores y colaboradores de La Época, 
D. Juan Pérez de Guzmán; grupo de la Redacción 
en 1923 y vista de la casa en que se encuentran 
instalados las oficinas y talleres, y que es de pro- 
piedad del periódico. 

La parte literaria aparecía encabezada con los 
afectuosos escritos que, como homenaje a La Épo- 
ca, enviaron el jefe del partido, Sr. Sánchez Gue- 
rra, y los entonces presidentes de las Cámaras con- 
servadoras, Sres. Sánchez de Toca y conde de Bu- 
gallal. A continuación los insertamos, así como los 
demás trabajos publicados en el número, en algu- 
nos de los cuales se han hecho diversas correccio- 
nes y adiciones de importancia, y otros artículos 
nuevos, que complementan los anales de tan larga 
vida periodística. 



TRES HOMENAJES 



Del jefe del partido li- 
beraleconservador don 
José Sánchez Guerra. 

La Época celebra sus bodas de diamante con la 
opinión. Sólo quienes tengan exacta idea de las 
internas dificultades, acrecentadas cada día, de una 
Empresa periodística, podrán apreciar y medir el 
esfuerzo meritorio que esa larga y honrada exis- 
tencia supone como labor perseverante y abne- 
gada. 

A través de los tiempos, con vida incorporada a 
la historia de nuestra Patria, La Época ha visto 
desaparecer y cambiar hombres e instituciones, 
orientando siempre sus propagandas y trabajos al 
servicio de convicciones y en defensa de las ideas 
fundamentales que hoy mismo le sirven de bande- 
ra. En este periódico trabajaron y se desenvolvie- 
ron grandes inteHgencias y plumas brillantísimas. 
Los nombres de los Escobar, Maldonado Macanaz, 
Coello, Cos-Gayón, Fabié, Alvarez Bugallal y tan- 
tos otros son al par en estas columnas lección y 
ejemplo, y estamos seguros de que si nuevamente 
llegaran días de peligro y de combate para las 
ideas y doctrinas que La Época defendió siempre. 



90 LEÓN ROCH 

los que ahora forman su brillante y culta Redac- 
ción podrían repetir la frase sublime del sargento 
francés en una de las trincheras del frente atacada 
furiosamente por los alemanes: debout les morts!, 
e inspirados en el glorioso ejemplo de sus prede- 
cesores, sacarían a salvo los principios esenciales 
que son credo y razón de existencia del partido 
liberal-conservador. 

José Sánchez guerra. 

De D. Joaquín Sánchez 
d«> Toca, presidente dci 
Senado. 

Me identifico cordialísimamente en sentimientos 
y afectos con todo lo que significa este septuagé- 
simoquinto aniversario del nacimiento de La Época. 

Lo más expresivo en cuanto a mi modo de sen- 
tir, como lector asiduo de La Época, se sintetiza 
en expresar que, desde que tengo uso de razón, 
me queda memoria de que en nuestra casa fuimos 
suscriptores constantes de La Época, y que, por 
mi parte, de ningún periódico tengo recortados 
tantos artículos como de este diario, decano de los 
supervivientes de la Prensa de Madrid. 

J. S. DE TOCA 

Del conde de Rugallal, 
presidente del eongreso 
de los Diputados. 

Nacido yo de familia conservadora y apasiona- 
do por los principios que informan este partido, 



All LUÍ. Mam nt?» 



MASBIS.- LttAM 3 de Abnl da 1933 

LA ÉPOCA 

CiniOS lEICRllUS I ^OTIIM DI U tiHDI 



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NÚMERO DE «La Época» del 2 de abril de 1923, al entrar 

EN el año 75 de su publicación. 

(Formato de 57 X 40.) 



92 LEÓN ROCH 

casi desde el momento en que fueron expuestos 
por su ilustre fundador, no podrá extrañar a nadie 
mi devoción por La Época, donde, si no aprendí a 
leer, como el sargento García en la Constitución 
de 1812, empecé a adquirir el conocimiento de la 
política en sus desenvolvimientos prácticos y a ad- 
mirar a los hombres que combatieron a nombre de 
la minoría liberal-conservadora en las Cortes 
Constituyentes de 1869. 

Los mismos que discutían en las Cortes escri- 
bían frecuentemente en La Época, y en especial lo 
hacía muy asiduamente aquel ministro de Gracia y 
Justicia de 1879, 1880 y 1881, bajo la presidencia 
de Cánovas del Castillo, D. Saturnino Alvarez Bu- 
gallal, de buena memoria para todos, de memoria 
devotísima para quienes oímos en la intimidad sus 
juicios y consejos, y cuya firma puede leerse toda- 
vía en Códigos y leyes vigentes, que representaron 
en su día hondas reformas jurídicas. 

Era Alvarez Bugallal redactor de planta de La 
Época en 1858, cuando se disponía a convocar 
nuevo Parlamento el Gobierno de la Unión liberal; 
y sin más precedente que éste, sin amparos efecti- 
vos de ninguna clase ni gestión alguna de su parte, 
se vio llamado por el ministro de la Gobernación 
de aquel Gabinete, D. José de Posada Herrera, 
quien le comunicó su deseo de aprovechar las apti- 
tudes que revelaban sus artículos de La Época en 
beneficio de aquel Gobierno, con cuyas ideas coin- 
cidían las que Alvarez Bugallal sustentaba, como 
las de casi todos los hombres que luego formaron 
el partido liberal-conservador. 



75 AÑOS DE PERIODISMO 93 

Alvarez Bugallal perteneció por primera vez a 
aquellas Cortes, y siguió perteneciendo a las suce- 
sivas, hasta su fallecimiento. Sabido es que enton- 
ces todos los periódicos respondían a una tenden- 
cia política muy significada y apoyaban o combatían 
resueltamente a los Gobiernos, formando los prin- 
cipales viveros de que se nutrían los partidos y los 
Parlamentos, y no era raro que las personas que 
se hallaban a su frente alternasen el ejercicio de la 
palabra y el de la pluma. 

Cuando yo vine a Madrid traía como ilusiones 
la de oír y admirar de cerca a Cánovas y la de es- 
cribir en La Época. Tuve ocasión de realizar la 
primera, pero apenas pasé de tímidos tanteos en 
cuanto a la segunda, por haber tomado mi vida 
otras direcciones que me apartaron de tal camino; 
pero aun recuerdo la emoción con que llevé algu- 
nos escritos al primer marqués de Valdeiglesias y 
la bondad con que los acogía. 

Ahora, al celebrar La Época el LXXV aniversa- 
rio de su fundación, viene inevitablemente a mi me- 
moria el culto que en mi casa ha recibido siempre 
este periódico, unido a los nombres de quienes 
con él desenvolvieron su vida pública y luego ob- 
tuvieron mi devoción fervorosa: Cánovas, Silvela, 
Alvarez Bugalla!.,. 

Gasino BUGALLAL. 




ExcMO. Sr. D. Francisco Silvela y de Le Vielleuze, 



PRESIDENTE DEL CoNSEJO DE MINISTROS Y JEFE DEL PARTIDO LIBERAL- 
CONSERVADOR (diciembre DE 1843-MAYO DE 1905). 



EL PARTIDO LIBERAL-CONSERVADOR 



Otros compañeros hablan, en diversos artícu- 
los, de la historia interna de La Época; yo voy a 
hacerlo de la externa, que equivale a hablar de la 
del partido liberal-conservador. Cierto que éste, 
con su denominación de tal, es de nacimiento bas- 
tante posterior al de nuestro periódico; pero tuvo 
un antecedente histórico indudable en la historia 
de España, que fué la Unión liberal, y a ese ante- 
cedente aparece adscrita e incorporada la vida de 
La Época, habiendo recibido su verdadero primer 
director, D. Diego Coello (ya que el Sr. Navarrete 
lo fué de modo efímero), inspiraciones directas y 
constantes del general O'Donnell, fundador de la 
Unión liberal. 

El germen de ésta, su exteriorización doctrinal, 
se halla en el Manifiesto de Manzanares, y el re- 
dactor del mismo fué D. Antonio Cánovas del Cas- 
tillo, el genial restaurador del orden en España,, 
que, para consolidarlo y hermanarlo con el pro- 
greso, dijo que era el continuador de la historia 
patria. Y de tal modo ese espíritu de ponderación 
y armonía entró en las columnas de La Época, de- 



96 LEÓN ROCH 

fensoras un día de O'Donnell, después de Cáno- 
vas, que dijérase es algo consustancial a ellas, que 
ha dominado a cuantos las escribieron, que se ha 
impuesto a quienes desempeñaron algún papel di- 
rectivo en la casa, en estos tres cuartos de siglo 
de vida. 

La constancia en la doctrina, la prudencia en el 
juicio, la consideración a las personas, han sido 
ejecutorias del periódico desde el primero de sus 
números. ¡Valor inmenso, si se tiene en cuenta la 
época tormentosa en que apareció! El propio don 
Antonio Cánovas, en la Introducción que escribió 
al libro de Pérez Díaz, Los problemas del socialis- 
mo, la ha descrito con trazos inimitables de su vi- 
gorosa pluma. 

Levantamientos populares en Berlín y Viena; dis- 
cusión de los derechos eslavos en Praga y de los 
germanos en Francfort; el Soberano Pontífice obli- 
gado a marchar, solo y disfrazado, de sus señoríos 
del Tíber; el socialismo, adueñándose de las con- 
ciencias y estimulando las ambiciones... Y en me- 
dio de ese ambiente, de inquietud mundial, Espa- 
ña, sosteniendo aún luchas civiles, con colonias 
distantes, con Hacienda averiada... ¡Así nació La 
Época para vivir en lucha perpetua por el ideal, 
pero en alianza ininterrumpida con la serenidad de 
juicio! 

«Queremos — decía, entre otras cosas, el Mani- 
fiesto de Manzanares — la práctica rigurosa de las 
leyes fundamentales, mejorándolas...; queremos la 
rebaja de los impuestos, fundada en una estricta 
economía; queremos que se respeten en los em- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 97 

pieos militares y civiles la antigüedad y los mereci- 
mientos; queremos arrancar los pueblos a la cen- 
tralización que los devora, dándoles la independen- 




Ilmo. Sr. D. Mariano Marfil, 

REDACTOR-JEFE DE <La EpOCA> Y EX SUBSECRETARIO 

DE LA Presidencia del Consejo. 



cia local necesaria para que conserven y aumenten 
sus intereses propios.» Y seguía una apelación a 
la voluntad nacional, que sería acatada y respetada. 

7 



98 LEÓN ROCH 

Y nosotros, que hemos repasado las amarillen- 
tas hojas de la colección de La Época, no hemos 
visto nunca nada que se contradiga con ese pro- 
grama de 1854; y en los años que llevamos contri- 
buyendo a su Redacción, tampoco recordamos 
nada que se separe de esas ideas cardinales, 
que por ser de orden, de justicia y de derecho, per- 
manecen inmutables. 



No fué bastante la labor de O'Donnell para evi- 
tar la revolución, pero apenas efectuada ésta, se 
comprendió la necesidad de cerrar ese paréntesis, 
en el que amenazaba extinguirse la vida de España. 
La Unión liberal, fundada por O'Donnell, había 
sido un movimiento natural de opinión, en el que 
como ha dicho un historiador, convergieron dos 
corrientes opuestas: la de los progresistas que que- 
rían Gobiernos fuertes y estables, que consolidasen 
la paz interior, y la de los que se sentían conserva- 
dores, pero no reaccionarios. Fué algo así como un 
partido central que repudiaba a la derecha el des- 
potismo, y a la izquierda la anarquía. 

Era tan sano el propósito que el éxito fué indu- 
dable, y así en torno a O'Donnell y Posada Herre- 
ra se congregaron hombres de tan distintas proce- 
dencias como Martínez de la Rosa e Istúriz, des- 
gajados de los moderados, y Lafuente, Cortina, 
Prim y D. Cirilo Alvarez, separados del progre- 
sismo. 

En este propósito perseveró al hacerse la res- 
tauración Cánovas del Castillo, y por eso al partí- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 99 

do se le dio el título de liberal-conservador, etique- 
ta que cuidadosa e intencionadamente renovó don 
Eduardo Dato. «La revolución de 1868 — dijo el 
Sr. Cánovas en un discurso memorable que pro- 
nunció en el Congreso el 11 de julio de 1879 — fué 
ocasionada por la división del partido monárquico: 
los unos se quedaron del lado de acá de Alcolea; 
los otros pasaron del lado de allá. Por eso todos 
mis esfuerzos se dirigieron a conciliar a todos los 
monárquicos, y cuando lo conseguí no llamé Res- 
tauración a la contrarrevolución, sino Concilia- 
ción.* ¡Pues bien puede decirse en verdad que este 
concepto no estuvo ausente un solo instante de la 
mente de Cánovas! 



Relatar la historia del partido liberal-conserva- 
dor a partir de Cánovas sería incurrir en repeti- 
ción de lo que está en la memoria de todos. Si res- 
tauró con la Monarquía la paz y el orden, bien 
puede asegurarse que ese caudal jamás ha sido 
malbaratado. Al morir Don Alfonso XII, el señor 
Cánovas entregó el Poder, y no volvió a significar 
impaciencia para recobrarlo; al perderse el impe- 
rio ultramarino, el Sr. Silvela cuidó mucho en su 
gobernación de exaltar las virtudes ciudadanas y 
aprovechar todos los movimientos sanos que en- 
tonces se dibujaban; al tratar de remediar las ave- 
rías de la Hacienda, fué el partido liberal-conser- 
vador el que destacó de entre sus filas a Villaverde 
para que así lo hiciera, imponiéndose a todos con 
autoridad; y cuando hubo algaradas revoluciona- 



100 LEÓN ROGH 

rias, como en 1909 y 1917, fueron los señores 
Maura y Dato quienes, respectivamente, al frente 
del partido liberal- conservador las enfrenaron, 
consolidando el orden. 

Esas causas son las que ha servido La Época, y 
lo hizo con tal abnegación y patriotismo, que labo- 
ró no sólo por los suyos, sino por los adversarios. 
Constantemente excitó a las oposiciones monár- 
quicas liberales a que se unieran y robustecieran 
para ser un instrumento de gobernación, un apoyo 
eficaz del Trono. Lo mismo cuando D. Venancio 
González anunció la unión de liberales y constitu- 
cionales, que cuando z\ fusionismo, que cuando los 
intentos de Canalejas para formar un gran partido 
democrático, que ahora con la concentración que 
preside el marqués de Alhucemas, los jefes del par- 
tido liberal-conservador, de Cánovas a Sánchez 
Guerra, y La Época, interpretando su pensamiento, 
coadyuvaron a esas uniones. 

El partido liberal-conservador se caracterizó por 
la firmeza en el cumplimiento de su deber. Fué mal 
correspondido en los deberes gubernamentales por 
los adversarios; fué perseguido modernamente por 
los que, habiéndose quedado sin partido, no que- 
rían que nadie lo tuviera; fué lanzado del Poder 
con precipitación en algunas ocasiones; fué víctima 
de los errores de sus propios jefes; perdió dos je- 
fes asesinados; vio cómo otro jefe abandonaba el 
mando; cómo se entendían los jefes de otros gru- 
pos para constituir Gobiernos heterogéneos, sin 
otra finalidad que la de ir conquistando posiciones 
a los conservadores... 



75 AÑOS DE PERIODISMO 101 

Pese a todo, por encima de orfandades y disi- 
dencias, contra ataques francos y encubiertos, el 
partido liberal conservador mantuvo la esencia de 
su doctrina, sin vacilaciones y sin desmayos. Los 
liberales han abandonado el liberalismo, para ple- 
garse a las teorías proteccionistas necesarias en 
España, en la medida que Cánovas defendió y ex- 
plicó; los liberales han abandonado el individualis- 
mo, transformándose en intervencionistas, corrien- 
te inaugurada por D. Eduardo Dato. El partido 
liberal-conservador no ha sentido vacilaciones, ni 
ha tenido cambios. Sus doctrinas persisten, con la 
evolución que exigen los tiempos; pero no volvien- 
do del revés el pensamiento. 

Esa doctrina ha sido interpretada, expuesta y 
vulgarizada constantemente por La Época, y para 
orgullo de los que la redactaron y norte de los que 
hoy lo hacemos, puede decirse que jamás, al abrir- 
se la colección del periódico, se halla un artículo 
que hoy no pudiera reproducirse. Si las variacio- 
nes son hijas del error, bien puede asegurarse que, 
en setenta y cinco años de vida. La Época no ha 
tenido maridaje con él. 

Al volver la vista atrás ocurre en La. Época y al 
partido liberal-conservador algo semejante a lo de 
un caminante por áspera cuesta: cobra alientos con 
lo recorrido para seguir imperturbable la ascen- 
sión. Y en las cuestas espirituales, es el mejor 
báculo un tesoro de tradición que pueda exhibirse 
con orgullo. 

Mariano MARFIL. 




ExcMO. Sr. D. Antonio Maura y Montaner, 

EX PRESIDENTE DEL CoNSF.JO X)E MINISTROS Y EX JEFE DEL PARTIDO LI- 
BERAL-CONSERVADOR, DIRECTOR DE LA ReAL ACADEMIA DE LA LeNGUA. 



«LA ÉPOCA» DESDE SU NACIMIENTO 
A LAS BODAS DE ORO 



El domingo 1.° de abril de 1849, apareció el pri- 
mer número del diario La Época. En las apretadas 
letras de sus cuatro páginas, alentaba, sin duda, 
la firme voluntad de arraigar en la opinión espa- 
ñola. 

Siendo tal anhelo característico de cuantas em- 
presas acomete el hombre, es natural que al tiem- 
po cumpla, la tarea de discernir, en cada esfuerzo, 
lo necesario de lo superfino. 

Si un periódico acierta a dar con la razón sufi- 
ciente de su existencia, el periódico vive. En otro 
caso, muere. La Época sobrevivió a su primera ge- 
neración de lectores, y a todas las sucesivas, hasta 
la presente. 

Así, al tomar hoy en nuestras manos el ejem- 
plar primero de La Época, el alma no recibe ese 
sedimento de melancoUa, que es el precipitado ló- 
gico de toda contemplación orientada a lo efímero 
o extinto. Ni sentimos frialdad de cenizas, sino ca- 



104 LEÓN ROCH 

lor de semilla. Desde aquellas hojas — amarillas y 
agrietadas — llega hasta nosotros un continuado y 
fecundo aliento vital. 



El número primero de La Época es de un forma- 
to que persiste hasta el año 1851. A quien guste la 
precisión en los datos, brindamos el siguiente: Las 
dimensiones de La Época en ese primer período de 
su existencia son las de 0,397 ■; 0,276 metros. Y 
el texto aparece distribuido en tres columnas, salvo 
la cuarta página, que, en parte, se reserva a los 
anuncios. 

Encabeza este ejemplar inicial de nuestro perió- 
dico una referencia de las sesiones de Cortes. El 
Senado, bajo la presidencia del marqués de Mira- 
flores, aprueba un dictamen de la Comisión mixta 
sobre caminos transversales, y comienza a discu- 
tir el proyecto de ley sobre dotación de los direc- 
tores de caminos vecinales. El Congreso, bajo la 
presidencia del Sr. Mayans, se ocupa en los deba- 
tes suscitados por varios dictámenes de la Comi- 
sión de peticiones. 

Viene luego, en folletín, un artículo de Leporello 
(D. Ramón de Navarrete), sobre teatros. Después, 
un folletín verdadero: Paulina, novela de Alejan- 
dro Dumas. Una sección destinada a la revista de 
la Prensa. El artículo de presentación y saludo. 
Una serie de noticias sueltas, cuyo conjunto forma 
un panorama nacional de escasa placidez: incur- 
siones de facciosos catalanes en tierras de Maes- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 105 

trazgo; hallazgo en un lugar segoviano de 90 fusi- 
les ingleses y 35 bayonetas; fracaso en Motril de 
un movimiento revolucionario... 

La situación general de Europa, después de las 
«tormentas del 48», es peor aún. España, al me- 
nos, pese a las amenazas de los progresistas y al 
ir y venir de los leales a Montemolín, tiene aún 
— leemos en el primer editorial del periódico — «la 
más importante, lo más difícil de conseguir en 
Europa: el orden y un Gobierno». Justamente, para 
mantener el uno y sostener el segundo. La Época 
defenderá la alianza entre la libertad y la ley. 



El primer director de La Época, por un sólo día, 
fué D. Ramón de Navarrete: prosista de varias 
aptitudes, que se escondió para el ejercicio de cada 
una de éstas tras un seudónimo distinto: Leporello^ 
como crítico de música y teatros; Pedro Fernández, 
primero, y Asmodeo, después, como cronista de sa- 
lones: el primer cronista de salones que ha tenida 
la Prensa española, tanto en orden al tiempo coma 
en cuanto a las calidades literarias. Secundáronle 
en la Redacción del periódico un lucido, si bien 
escaso, grupo de periodistas: D. Diego Coello y 
Quesada, que a poco asumió la dirección de La 
Época, y recabó para sí las secciones política y 
económica; D. Francisco de P. Madrazo, que ex- 
tractaba las sesiones de Cortes y hacía fondos y 
sueltos, indistintamente; D. Diego Bravo Destouet, 
traductor del folletín y reseñero de la Prensa ex- 



106 LEÓN ROCH 

tranjera; D. Jacobo Rebollo, taquígrafo y confec- 
cionador; y el administrador, D. Agustín Aguirre. 

Habida cuenta de los escasos medios de comu- 
nicación y del reducido ámbito social de Madrid, 
se advertirá sin esfuerzo que los servicios del pe- 
riódico no requerían mayor suma de asistencias. 
Los partes que facilitaban la Agencia Havas y las 
Hojas autógrafas de D. Manuel María de Santa 
Ana eran los únicos medios de que podía valerse 
la Prensa de la Corte — y La Época, por ende — , 
para ponerse en contacto con el mundo. De suerte 
que, en punto a la información, los periódicos no 
podían entablar reñidas emulaciones. La compe- 
tencia más bien era resultante del contrapuesto 
juego de ideas e intereses políticos. Cada partido 
tenía su órgano, y al sostenimiento de éste subve- 
nía la masa general de correligionarios. 

De inequívoca filiación moderada los elementos 
que daban vida y rumbo a La Época, no podía ésta, 
sin embargo, aspirar a ser la definidora en la Pren- 
sa de tal comunión... porque en ella ya había pren- 
dido el germen disociador, o renovador más bien, 
por cuya virtud no tardó en nacer la Unión liberal 
del seno mismo del partido moderado. 

En los primeros años de La Época, la voz oficio- 
sa del ministro Sartorius la llevó El Heraldo, diario 
de la tarde, «político, religioso, literario e indus- 
trial», dirigido, sucesivamente, por el propio Sar- 
torius, Díez-Canseco y D. José María de Mora. 
Diarios progresistas eran a la sazón El Eco del 
Comercio, fundado por Iznardi, y El Clamor Pú- 
■blico, que dirigía D. Fernando Corradi. «Periódico 



75 AÑOS DE PERIODISMO 107 

tde Gobierno» se denominaba La España, creado 
y dirigido por Egaña. 

Carlista a banderas desplegadas era La Esperan- 
za, que aparecía regido por D. Pedro La Hoz. Y 




ExcMO. Sr. D. Joaquín Maldonado Macanaz, 

REDACTOR DE «La EpOCA>, CATEDRÁTICO DE LA UNIVERSIDAD CeNTRAL 
Y ACADÉMICO DE LA HtSTORIA (FEBRERO DE 1833-SEPTIEMBRE DE 1901). 



no hemos de omitir la referencia de La Nación, el 
periódico de Antonio Flores y de Montemar; ni 
La Patria, a cuya corta vida van asociados cuatro 
nombres de singular y vario prestigio: Joaquín 
Francisco Pacheco, Antonio Benavides, Antonio 
Cánovas del Castillo y Eulogio Florentino Sanz. 



108 LEÓN ROCH 

Entre las zonas de los respectivos lectores, hubo 
de buscar La Época su peculiar masa de opinión, 
que reclutó sin tardanza, más por la defensa gené- 
rica que de los grandes principios sociales realiza- 
ba, que por su adscrición a una política determi- 
nada. La neutralidad, empero, no era posible en 
época tan ardiente y movida de pasiones, y don 
Diego Coello que, con mano experta, regía el pe- 
riódico, no halló figura que ganase en prestigio y 
eficacia patriótica a la de D. Leopoldo O'Donnell, 
centro de las esperanzas mantenidas por quienes 
soñaban con una firme autoridad personal, que 
fuera bastante a superar los extremismos en lucha, 
para bien de Eapaña y de su institución real. 

Don Diego Coello y Quesada, jiennense ilustre, 
escritor, político y diplomático, dirigió La Época 
hasta 1866. En los diecisiete años que duró la eta- 
pa de su mando en esta casa, el periódico prospe- 
ró de modo notorio, mereció las preferencias de la 
aristocracia tanto como de la burguesía, y ganó ese 
limpio blasón que es en nuestra ejecutoria, acaso 
el mejor de sus timbres: la templanza en el juicio, 
la solvencia moral, el exquisito respeto a toda per- 
sona digna y a toda idea sincera. 

No era poco ostentar tales características en 
tiempos, como los postreros del reinado de Doña 
Isabel II, de enconadas contiendas yde vigilantes re- 
celos, La Época, leal a su divisa, estuvo con O'Don- 
nell antes y después de la acción de Vicálvaro y 
del famoso manifiesto de Manzanares. Un redactor, 
D. Antonio Mantilla de los Ríos, luego marqués de 
Villamantilla, presenció aquellas operaciones de 



75 AÑOS DE PERIODISMO 109 

singular influjo en la marcha de la política interior. 
Como seis años más tarde, otro redactor de La 
Época, D. Carlos Navarro Rodrigo^^ministro de 
la Corona, tiempo adelante — , se agregó al cuartel 
general de D. Leopoldo O'Donnell, en la campaña 
de África. De esta suerte, contribuía nuestro pe- 
riódico a la consolidación en la Prensa de un hábi- 
to que es hoy ya verdadera necesidad: la presencia 
del periodista dondequiera que se halle emplazada 
la actualidad: cerca o lejos, amena O peligrosa... 
Sin olvidar el nombre de otro colaborador viajero 
de La Época, D. José Gutiérrez de la Vega, que 
hubo de incorporarse al Estado Mayor del general 
Fernández de Córdova, jefe de la expedición mili- 
tar enviada a Roma en auxilio del Pontífice Pío IX. 
Las crónicas de Gutiérrez de la Vega reunidas en 
dos tomitos en octavo, fueron regaladas a los sus- 
criptores de La Época. 



Incidencias habidas en el período de dirección, 
del primer conde de Coello de Portugal son éstas; 
el 4 de mayo de 1852 deja de publicarse La Época 
para reaparecer con el nombre — bien pronto aban- 
donado — de La Época Actual en 18 de junio inme- 
diato. Nueva interrupción desde el 27 de junio de 
1854 — víspera del pronunciamiento en el Campo 
de Guardias de la caballería mandada por el gene- 
ral Dulce — al 4 de julio siguiente: fecha en que pu- 
blica O'Donnell la proclama de Aranjuez contra el 
«Ministerio de los agios», que a la postre es de- 



lio LEÓN ROCH 

rribado, triunfando aquél y «cumpliéndose la vo- 
luntad nacional >, tal como aparecía representada 
en Espartero y O'Donnell, circunstancialmente 
unidos. Publicación de un número extraordinario 
el 19 de febrero de 1852, tirado en papel verde, 
«símbolo de la esperanza», para celebrarla frus- 
tración del atentado del cura Merino, contra Doña 
Isabel II. Ampliación en las dimensiones del perió- 
dico, que, a partir del 17 de junio de 1861, cuenta 
559 milímetros de largo por 400 de ancho de for- 
mato, con las cinco columnas actuales. 

Al cesar en la dirección de La Época D. Diego 
Coello, entró a desempeñar aquel cargo D. Ignacio 
José Escobar, quien desde 1854 había ya incorpo- 
rado su valioso esfuerzo a nuestro periódico. Pre- 
cisamente coincidía la mutación de personas — no 
de rumbos — con una visible intensificación en las 
turbulencias políticas reinantes. 

El nunca desmentido dinastismo de La Época 
había de pasar por duras pruebas, todas salvadas 
con acendrada lealtad. El trono de Isabel II estaba 
próximo a su caída, y la gran masa de los hombres 
públicos — muertos ya O'Donnell y Narváez — no 
sentía empacho en coadyuvar a la obra revolucio- 
naria. Las lises borbónicas continuarían cifrando 
los ideales políticos de La Época, no obstante la 
derrota de Alcolea. Una lucha dura quedaba de 
hecho entablada. Las damas que pintara Madrazo 
abandonaban la Corte y triunfaba el tropel de mi- 
litares y políticos, que tantas veces caricaturizara 
Ortego. 



75 AÑOS DE PERIODISMO 111 

El periodismo español guarda una imprescripti- 
ble deuda de gratitud para D. Ignacio José Esco- 
bar, primer marqués de Valdeiglesias. Periodista 
en tiempos propicios, cual ninguno lo ha sido tanto,^ 
a la carrera política de alto porte, jamás quiso de- 
jar de serlo. Fué diputado, vicepresidente del Con- 
greso, presidente de la Comisión de Presupuestos; 
formó parte del Consejo de Estado, desempeñó 
con ejemplar diligencia comisiones políticas de di- 
versa índole; pero nunca hurtó lo mejor y más en- 
tusiasta de su esfuerzo a las empresas periodísticas 
y todas las ilusiones de su vida las hizo depender 
de La Época, con la que contrajo verdaderos des- 
posorios ideales. Quien estudie la confusa historia 
de aquellos años de indecisión que median entre 
Alcolea y Sagunto, no podrá por menos de reco- 
nocer la inalterable rectitud en la conducta seguida 
por Escobar y su diario en servicio de la Monar- 
quía derrocada. 

Martínez Campos dio el primer grito, que bastó. 
Cánovas consolidó la obra, que él mismo había 
preparado, y Escobar fué el que desde las colum- 
nas de La Época mantuvo el fuego sagrado, a tra- 
vés de las contrariedades, para edificación y ense- 
ñanza de los adeptos, y quien antes había servido 
de enlace con frecuentes viajes al extranjero y con 
piisiones deUcadísimas para hacer el camino a la 
Restauración. Conoció el Saladero; pero cúpole no 
mucho más tarde la satisfacción de ver entrar en 
Madrid al Monarca que representó la Paz, a la vez 
que el Derecho. 

Compañeros de Escobar en la confección de La 



112 LEÓN ROCH 

Época fueron periodistas de distinta talla, unos más 
notorios que otros, pero todos buenos ejemplares 
de esta profesión tan abnegada y entusiasta. Al re- 
construir la nómina de redactores en el largo lapso 
de tiempo que va entre los fundadores del perió- 
dico y quienes lo redactaban al morir el primer 
marqués de Valdeiglesias en 1887, es más que pro- 
bable nuestra caída en omisiones. 

Algunos redactores de La Época — bastantes — 
han llega Jo a los Consejos de la Corona y a las 
Academias. Pero son muchos los que, atados de 
continuo a la galera periodística, no tuvieron tiem- 
po de intentar labor alguna que les salvase del anó- 
nimo o del olvido. A todos va hoy nuestro recuerdo 
más cariñoso y nuestra oración más conmovida: 
Cipriano del Mazo, Antonio Flores, Fermín Gonza- 
lo Morón, Heriberto García de Quevedo, Salvador 
López Guijarro, Saturnino Alvarez Bugallal, An- 
drés Borrego, Manuel Manrique, José Lorenzo Fi- 
gueroa, Pedro Antonio de Alarcón, Fermín Figue- 
ras, Zacarías Casaval, Gabriel Enríquez Valdés, 
José Bisso, Pedro Antonio Montes, Barrié y Agüe- 
ro, Pérez Garcitorena, Manuel de Candalija, Joa- 
quín Maldonado Macanaz, Julio Nombela, Carlos 
Coello, Julián Sabando, Fernando Cos Gayón, José 
de Castro y Serrano, Vallejo Miranda, Alcalá Ga- 
liano, Carlos Frontaura, José Fernández Bremón, 
Eleuterio Villalba, Mariano Guillen, Alama y Mon- 
tes (Wanderer), Fernández y González, José Euge- 
nio Flores, Manuel Tello, Arcadio Roda... Única- 
mente sobreviven de esta época — y vivan aún mu- 
cho tiempo — D.Juan Pérez de Guzmán yD. Ramón 



75 AÑOS DE PERIODISMO 113 

de Cárdenas, más moderno que aquél en nuestra 
casa, retraído de ella a la hora presente por los 
achaques de su edad. 

A propósito del Sr. Pérez de Guzmán: este ilus- 
tre académico, a quien los estudios históricos deben 
tanta aportación provechosa, dirigió La Época du- 




D. Melchor Fernández Almagro, 

REDACTOR Y CRÍTICO TEATRAL DE «La ÉpOCA». 

rante un breve intermedio en la gestión directorial 
de D. Ignacio José Escobar: desde 1.° de febrero 
de 1876 al 17 de julio de 1877. Como directores de 
nuestro periódico que lo han sido en etapas fugací- 
simas, hay que mencionar también a D.Juan Mané y 
Flaquer, el prestigioso maestro á&\ Diario de Barce- 
lona,y a D.Gabriel Estrella, escritor de buena cepa, 
varias veces diputado y consejero de Ultramar. 

8 



114 LEÓN ROCH 

No cerremos este párrafo sin enumerar los re- 
dactores de La Época que, al margen de las acti- 
vidades genuinamente periodísticas, cuidaron de 
una sección determinada hasta 1887. La crítica de 
teatros estuvo desempeñada por el antes citado 
Navarrete, por Luis Alfonso y por Pedro Bofill. La 
musical, también por Leporello, y luego, por José 
María Goizueta y por el ¡lustre Peña y Goñi, que 
tan rudas peleas libró en defensa de la música de 
Wagner. 

Crónicas militares hallamos en la colección de 
La Época que rápidamente estamos revisando, sus- 
critas por el marqués del Duero, los generales Gó- 
mez de Arteche y Sánchez Bregua, Coello, el ma- 
rino S. Patero y Antonio Goicorrotea. Escribieron 
de arte el conde de Morphy, el señor Badía y un 
ilustre amigo que aun lo es. no sólo en el recuerdo, 
sino también en la vida: D. Enrique de Leguina, 
barón de la Vega de Hoz. 

Y pensamos que acaso quede menos incompleta 
la referencia, si citamos el nombre del conde de 
Sanafé (Acteón), corresponsal mucho tiempo en la 
capital de Francia, el del conde de Casa-Miranda» 
y si evocamos la grata memoria de Ensebio Blasco, 
el cronista amenísimo de París- Madrid. 

Al fallecer en 1887 D. Ignacio José Escobar, que 
aun no había decaído en el fecundo ejercicio de 
sus actividades mentales, pasó nuestro periódico a 
ser regido por su hijo D. Alfredo, que desde en- 
tonces acá no se ha separado un sólo día de estas 
hojas. En todos y en cada uno de sus números 
está presente la pluma del segundo marqués de 



75 AÑOS DE PERIODISMO 115 

Valdeiglesias, redactor desde 1876. Y no sólo el 
testimonio escrito de la dura labor prestada, sino 
tanabién la prueba difusa de su constante actuación, 
concentrando la obra de todos, dirigiendo, orien- 
tando, organizando, velando por acrecer, si posible 
fuera, el prestigio literario y político de esta pu- 
blicación. 

La Redacción estaba compuesta por elementos 
que, según cronología, hallábanse distantes de los 
fundadores, pero que, según entusiasmo y convic- 
ciones, participaban de análogo amor a la creación 
común. 

Hay que citar aquí los nombres de Maldonado 
Macanaz, Gómez de Saquero, Leopoldo Calzado, 
competentísimo redactor financiero; de Julio Bu- 
rell en la plenitud de su fulgurante prosa; de Fran- 
cisco y Cristóbal Botella, de Guillermo Ranees, el 
periodista intencionadísimo; de Ernesto Rápela, de 
Javier Betegón, de José Alcázar, de Mariano Gui- 
llen, D. Manuel y D. Joaquín Tello, de Carlos Fer- 
nández Shaw, de Alfredo García López, Manri- 
que de Lara, de Pérez Magnín, de Ángel Febrer, 
de Carlos Palma, de Lapoulide, de Augusto Ba- 
rrado, de Zeda, ilustre crítico de teatros; de Ceci- 
lio Roda, musicógrafo muy distinguido; de Alber- 
to Pérez Cossío, de Mariano Barber, de Eduardo 
Montesinos, de Juan Reza, de Adolfo Fernández 
Brañas y de Enrique Gálvez. 

De este núcleo de redacción que en 1898 pudo 
celebrar las bodas de oro de La Época, sobreviven 
los émtes citados Gómez de Baquero, Ramón de 
Cárdenas, Eduardo Montesinos y Rodrigo Soria- 



116 LEÓN ROCH 

no, entre oíros, a más de Cristóbal Botella, tam- 
bién nombrado líneas arriba. La edad, la necesi- 
dad del descanso o direcciones políticas y profe- 
sionales distintas, han alejado a aquellos compañe- 
ros de la diaria labor. Sólo queda un redactor que 
en estos últimos treinta años no ha dejado de po- 
ner un sólo día su pluma sobre las cuartillas de 
nuestra redacción: Gabriel Briones. 

Melchor FERNÁNDEZ ALMAGRO. 



ALGUNOS RECUERDOS DEL SIGLO PASADO 



Si al cumplir La Época setenta y cinco años de 
edad pretendiese yo recordar algo de su fisonomía 
histórica, no me sería preciso recurrir a su colec- 
ción para el acopio de datos. Apenas si tendría 
que buscar en sus hojas — de creciente amarillez — 
lo que íntimamente está unido, en no pequeña par- 
te, a mis propios recuerdos. 

Las memorias de La Época, en parte, son mis 
memorias, si bien, afortunadamente, no coinciden 
nuestras respectivas cronologías. 

Mis primeros recuerdos, en efecto, a La Época 
hacen referencia. Cuando mi espíritu de niño co- 
menzó a despertar a la vida de las primeras sensa- 
ciones precisas, nuestro periódico ya contaba con 
algunos lustros de vida. Me fué dado alcanzar a al- 
gunos de sus primeros redactores. 

La Época estaba instalada en aquel tiempo — los 
últimos años del reinado de Doña Isabel II y prin- 
cipios de la Revolución de septiembre — en un ca- 
serón muy viejo, y como tal destartalado, de la 
calle de las Torres, señalado con el número 11, 
calle que hoy lleva el nombre de Marqués de Val- 



118 LEÓN ROCH 

deiglesias; justamente en la esquina a la calle de la 
Reina, que ahora ocupa la confitería y Tea-Room 
de Molinero. 

Mi padre, para mayor seguridad de su asiduo 
trabajo en la Redacción, se trasladó al piso prin. 
cipal del mismo edificio, tan pronto como lo des- 
alojó D. Diego Coello y Quesada, al ser designado 
éste para un cargo diplomático. Hasta entonces 
habíamos vivido en la calle de Santo Tomás. Yo 
recuerdo — ¿cómo he de olvidar las horas de mi 
niñez? — que algunas mañanas, al filo del mediodía, 
placíame acompañar al criado que, desde mi casa 
de esta última calle, llevaba a la Redacción, en una 
fiambrera, el almuerzo de mi padre. 

Cierro los ojos y el corazón me ofrece, en ras- 
gos acusados, la imagen de quien me dio el ser: 
sonriendo siempre, medio oculto tras un gran mon- 
tón de Prensa nacional y extranjera, que él iba le- 
yendo, recortando, distribuyendo, utilizando, para 
su trabajo diario y el de los redactores. Almorzá- 
bamos juntos algunos días, entre el silencio de la 
Redacción, abandonada por todo el personal a la 
hora clásica de la refacción cotidiana. 

Gozábame yo luego en corretear por toda la 
casa, husmeando rincones y registrando armarios 
en persecución de sorpresas. O bien pegando en 
grandes hojas de papel los sellos extranjeros que 
me procuraba para mi colección un conserje llama- 
do Sánchez, que siguió siéndolo durante muchos 
años; o amontonando las obleas, para fingir co- 
lumnatas; o subiendo a la imprenta, en la que el 
pito de la máquina de vapor, instalada en un men- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 



119 



-guado patio, regulaba el afanoso laborar de aque- 
llos operarios. 

El tal pito hería el aire con un chillido poco gra- 




ExcMO. Sr. D. Javier Betegón y Aparici, 

liEOACTOR DE «La ÉpOCA» Y SUBDIRECTOR GENERAL DE AGRICULTURA 
(1860-NOVIEMBRE DE 1919). 



120 LEÓN ROCH 

to. Pero al evocarlo ahora, al sonar en mi alma 
como un resucitado eco de mi infancia, me siento 
un poco conmovido... El regente de la imprenta 
se llamaba Lahoz (también estuvo muchos años en 
el periódico), y bajo su magisterio solía adoctri- 
narme yo en el noble oficio de componer. 

Pero he aquí que los redactores tornaban de nue- 
vo a su labor de todos los días. Don Diego Bravo y 
Destouet, alto, silencioso, rasurado, con sus gran- 
des gafas presidiendo la grave y enjuta fisonomía; 
D. José Bisso, redactor financiero, malagueño, muy 
locuaz y sonriente, consorte, por cierto, de una 
distinguida señora emparentada con la condesa del 
Montijo; D. Joaquín Maldonado Macanaz, grueso 
y pacífico al parecer, aunque irascible cuando de 
billetes de teatro se trataba; D. Ramón de Nava- 
rrete, atildado, agudo, de fino porte, con sus pati- 
llas y correctas maneras; D. Juan Pérez de Guz- 
mán, el único superviviente de aquella ejemplar le" 
gión de periodistas, y a cuyo nombre irán en todo 
momento unidos mi agradecimiento, mi cariño y 
mi respeto... 

A todos los veo sentados en torno a la gran 
mesa de Redacción, que aun conservamos en La 
Época, redonda, de amplio círculo, forrada de paño 
verde, manchado de tinta el tablero, o tal vez en 
alguna m.esa de despacho, de caoba, iluminada, 
como la otra y como todo el local, por quinqués 
de petróleo colgados del techo, cuya llama vela- 
ban pantallas de papel de ese mismo color verde, 
que es, por lo visto, el de ritual en los despachos 
y oficinas. 



75 AÑOS DE PERIODISMO 12t 

Cuando yo volvía a mi casa (porque cerca de la 
Redacción estaba mi colegio), ya era tarde. El ca- 
rrito de madera azul, que servía para llevar a Co- 
rreos los paquetes de La Época, se hallaba de re- 
greso en el ancho y oscuro portal. Los redactores 
comenzaban a desfilar, y mi padre aun quedaba 
sobre las cuartillas y sobre los periódicos, sonrien- 
do todavía, leyendo, escribiendo, dictando algún 
artículo para el día siguiente al taquígrafo Jacobo 
Rebollo, que lobera del Congreso. 



« 



* Mis recuerdos más precisos datan de los prime- 
ros días de la Revolución de septiembre. Sin darme 
cuenta cabal de los sucesos que entonces comenza- 
ron a desarrollarse, yo advertía la zozobra en el 
tono de las conversaciones y en la frecuencia con 
que visitaban el periódico personas no habituales. 

El carácter de La Época, nunca desmentido en 
punto a lealtad dinástica, hacía de su Redacción 
un punto de confluencia entre partidarios de la 
Monarquía caída. 

Recuerdo perfectamente, entre los que frecuen- 
taban nuestra casa, al conde de Heredia Spínola, 
padre del actual, caballero de nobilísimo porte, de 
azules ojos y rubia barba; al ex ministro D. Manuel 
Silvela, que vivía enfrente; al ilustre general mar- 
qués del Duero, y a varios generales y políti- 
cos más. 

En aquellos primeros días de la revolución al- 
guien llevó la noticia de que las turbas iban a 



22 LEÓN ROCH 

prender fuego a la casa de La Época. Rapidamen . 
te se trasladó mi familia a casa de los barones de 
Andilla, en la calle de las Infantas. La baronesa 
era una hermosa y distinguida dama que, más tar- 
de, contrajo nuevas nupcias con el pintor D. Fe- 
derico de Madrazo. El barón era el autor de los fa- 
mosos pareados que a no pocas promociones de 
párvulos han enseñado urbanidad y buenas mane- 
ras, ya que no agilidad de versificación. 
Decía uno: 

«Niña, en la iglesia, la cabeza tapa 
San Lino lo mandó, segundo Papa.» 

Pasó el peligro de momento, y pudimos reanu- 
dar la normalidad de nuestra vida, sin que desapa- 
recieran del todo los motivos de inquietud. 

No es difícil para el lector reconstruir nuestra 
dolorosa emoción de una tarde, en que cierta par- 
tida de revolucionarios se personó en el despacho 
de mi padre para aprehenderle y hacerle compa- 
recer ante no sé qué tribunal faccioso, que se re- 
unía en el próximo circo de Price. 

Mandaba el tropel un tal Hermosilla, vecino de 
San Martín de Valdeiglesias, que era justamente el 
pueblo donde mi padre ejercía su influencia electo- 
ral. Hermosilla figuraba entre sus adversarios po- 
líticos y no vaciló en utilizar la coyuntura que la 
turbulencia política le deparaba para vengarse de 
aquel gran caballero que fué D. Ignacio José Esco- 
bar. La felonía impresionó profundamente a cierto 
criado nuestro, baturro de simpática rudeza, que 
hubiera hecho uso de su escopeta contra Hermosi- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 123 

Ha y la partida toda, de no parlamentar los revo- 
lucionarios. 

— Se llevarían, sí, a mi padre — prometió Hermo- 
silla — , y el tribunal decidiría lo que habrían de ha- 
cer con él. 

Declaró aquél en el circo de Price, sede de la 
justicia roja, y como no había delito de qué acu- 
sarle, el lance no pasó de ahí. 

Otra contrariedad muy posterior a ésta, en el 
período histórico que con exactitud llamó D. Ilde- 
fonso Antonio Bermejo Interinidad, en su docu- 
mentado libro, nos fué proporcionada en el día 
mismo del grito de Sagunto. 

Era natural que el virtualmente derrocado Po- 
der ejecutivo intentase aún una última defensa, y 
en su consecuencia, fueron llevados a la cárcel los 
más significados alfonsinos, mi padre entre ellos, y 
Cánovas del Castillo el primero. Por cierto que el 
gran estadista dudó de la eficacia que pudiera te- 
ner el grito de Martínez Campos. Hasta tal punto, 
que encargó a mi padre la redacción de un suelto 
desautorizando el movimiento. 

Don Antonio creía desde luego en la instaura- 
ción rápida, sin movimiento militar, del Trono de 
los Borbones. Amaba los procedimientos evoluti- 
vos y quería que «la Naturaleza obrase*, repug- 
nándole todo cuanto tuviese la traza irregular de 
un pronunciamiento. 

Mi padre, sin dejar de participar, naturalmente, 
en esta doctrina, comprendió, con certero instinto, 
que los hechos consumados habían de utilizarse, y 
el acto de Sagunto no era ya un plan, era una rea- 



124 LEÓN ROCH 

lidad. El suelto no se publicó, y gracias, quizás, a 
ello. Cánovas y Martínez Campos, el cerebro y el 
brazo, pudieron entenderse inmediatamente, en 
bien de la Causa que les era común. 

El gobernador de Madrid en tal sazón, que lo 
era Moreno Benítez, tuvo para los detenidos en el 
Gobierno civil, a donde fueron trasladados desde 
el Saladero, el máximo de atenciones posibles. Yo 
no me separé de mi padre en aquellos momentos. 
Un día duró aquella situación incierta. Los presos 
ocasionales pasaron a asumir el Poder, para garan- 
tía de España, y la pesadilla de unos años sin régi- 
men, fué dichosamente cancelada. Mi padre estaba 
henchido de satisfacción, y Cánovas no cesó un 
instante de recibir visitas en el Gobierno civil. La 
que le hizo Cristino Martos es memorable. Yo la 
presencié, y pude formarme idea de los dos tem- 
peramentos contrapuestos que dialogaban. Martos 
sentía aún perplejidad. Para él la intentona borbó- 
nica no cuajaría. Cánovas, ganado por la fe, en 
vista de las adhesiones recibidas y de los antece- 
dentes que tenía de los trabajos por la Restaura- 
ción, no vaciló en afirmar que una nueva época se 
abría, y que él estaba dispuesto — como luego dijo 
en ocasión pública y solemne — «a continuar la His- 
toria de España». 

Ya de noche, mi padre y yo, libertados, tomá- 
bamos un simón que nos conducía a nuestra casa 
de la calle de la Libertad. Había que preparar el 
número que difundiera por el ámbito nacional el 
magno acontecimiento. La Época echó al día si- 
guiente a volar las campanas de su entusiasmo.., 



75 AÑOS DE PERIODISMO 125 

Terminaba el año 1874. Yo era ya un muchacho 
■que iniciaba sus estudios universitarios. Mi primer 
artículo no se hizo esperar mucho tiempo. Lleva 
la fecha del verano de 1875, y es una crónica de El 
Sardinero. Mis colegas de La Época se iban reno- 
vando en gran parte. A nuestro periódico aporta- 
ban sus esfuerzos Carlos Coello, sobrino del conde 
de Coello; José Fernández Bremón, Salvador Ló- 
pez Guijarro, Castro y Serrano, el estilista inolvi- 
dable... Todos han muerto. Y en mí mismo han de- 
jado de existir no pocas ilusiones. ¿Cómo he de 
vencer la melancolía que me invade al hojear el 
libro íntimo de mis memorias? Han amarilleado 
sus páginas y encanecido mis cabellos... 

M. DE VALDEIGLESIAS. 




ExcMO. Sr. D. Eduardo Dato Iradier, 

presidente del consejo de ministros y jeee del partido liberal- 
conservador, (n. 12 de agosto de 1856. —sacrificado por la 
Patria el 8 de marzo de 1921.) 



«LA ÉPOCA» EN LA HISTORIA DE LA LITERATURA 

ESPAÑOLA 



A medida que vamos avanzando en la historia 
de la literatura hacia los tiempos actuales, dismi- 
nuye la extensión de los trabajos literarios, desapa- 
recen casi los in folios y las obras en varios tomos, 
y los escritores suelen preferir el periódico al libro. 

La vida literaria de la Prensa comienza en Es- 
paña con el siglo XIX. Si queremos estudiar a fon- 
do la obra de un escritor nacido con posterioridad 
a 1760, tendremos que acudir a las colecciones de 
los periódicos tanto como a los libros, si no más.^ 
Por ello los ingleses, de cuyo espíritu práctico 
nadie duda, tienen por fecha importante en la his- 
toria de sus letras la publicación de The Tatler, 
en 1709, la cual señala una división entre dos pe- 
ríodos literarios, ni más ni menos que la muerte de 
Shakespeare o el Renacimiento. 

Se comprende, pues, que un periódico como La 
Época haya contribuido, en una u otra forma, a 
través de sus setenta y cinco años de vida, a inten- 
sificar, modificar, sostener, rechazar, reflejar y con- 



128 LEÓN ROCH 

signar las diversas escuelas y corrientes literarias 
que se han sucedido en el mundo desde 1847 hasta 
el año de gracia en que vivimos. Además, en estas 
columnas se han revelado, o bien han dejado parte 
de su actividad, escritores que fueron después glo- 
ria de nuestra literatura. ¿Será necesario citar los 
nombres de D. Antonio Flores, Amos Escalante, 
Alarcón, Castro y Serrano, Fernández Bremón 
Valero de Tornos, Ensebio Blasco? Dos cultiva- 
dores insignes de la ciencia histórica: D. Joaquín 
Maldonado Macanaz y D. Juan Pérez de Guzmán, 
actual secretario perpetuo de la Real Academia 
de la Historia, en La Época trabajaron a diario, y 
aquí han salido a luz artículos con investigaciones 
de primera mano que venían a enriquecer la histo- 
ria patria. 

Perteneció el Sr. Maldonado a los tiempos en 
que los hombres políticos eran a la vez historiado- 
res, convencidos, como estaban entonces, de que 
no es posible gobernar bien un país ignorando su 
vida pasada, las vicisitudes porque atravesó la Na- 
ción, las circunstancias que trajeron al Estado a la 
situación política y social en que se halla en un 
momento preciso de la Historia. 

Tan a punta de lanza llevaron algunos en el si- 
glo XIX el afán de remontarse a los orígenes de 
las instituciones, que el francés Víctor Duruy creyó 
necesario, para escribir una historia de Francia, 
dar antes, a guisa de prolegómenos, sendas histo- 
rias de Roma y de Grecia, que nada tienen, por 
cierto, de compendiosas. 

Historiadores fueron asimismo en España, entre 



75 Af50S DE PERIODISMO 129 

quienes alcanzaron los puestos más altos y envi- 
diables de la política y la administración, D. An> 
tonio Alcalá Galiano, el primer conde de Toreno, 
D. Antonio Ferrer del Río, el marqués de Miraflo- 
res y hasta D. Modesto Lafuente, que también 




D. Carlos Fernández Shaw, 

ILUSTRE POETA Y AUTOR DRAMÁTICO, REDACTOR QUE FUÉ 

DE «La Época» (septiembre de 1868-junio de 1911). 



tuvo cargos de importancia, sin olvidar a Cánovas 
Castelar, Silvela y otros políticos que han pasado 
a la posteridad con renombre de historiadores den- 
tro de un período en que la política podía ser mo- 
tivo para lucir dotes literarias e intelectuales, no 
como ahora, que diríase la condición de gober- 

9 



130 LEÓN ROCH 

nante pantalla que amortigua y disminuye la fama 
de sabios de aquellos que por sabios y eruditos 
pueden pasar. A D. Joaquín Sánchez de Toca, por 
ejemplo, le ha perjudicado mucho la política en el 
aprecio que debieran tenerse de su profundo saber 
y su variada y extensa cultura. 

A Maldonado le vino de casta el ser historiador. 
Entre sus ascendientes figura D. Rafael Melchor 
de Macanaz, en cuyas Memorias se consignan los 
comienzos del reinado de Felipe V. Muchos délos 
papeles y documentos de Macanaz pasaron a don 
Joaquín Maldonado, y de aquí una de las causas 
que le aficionaron a la historia en general y en 
particular al primer tercio del siglo XVIII. Los es- 
tudios de Maldonado sobre esta época hállanse 
desperdigados en monografías y artículos. Sus 
Fuentes históricas del reinado de Felipe V y sus 
trabajos sobre Macanaz, la Princesa de los Ursinos, 
el cardenal Alberoni, el barón de Riperdá, las re- 
laciones entre España y Francia en el siglo XVIII, 
varías batallas y tratados de la Guerra de Suce- 
sión y el hermoso discurso pronunciado ante La 
Real Academia de la Historia, acerca del Voto y 
renuncia de Felipe V, le acreditan de historiador a 
la moderna, en el que la erudición de primera mano 
y la documentación profusa no excluyen la elegan- 
cia del pensamiento y del estilo. 

Maldonado era también catedrático de la Cen- 
tral. Explicaba la asignatura de Historia y civiliza- 
ción de las colonias inglesas y holandesas en Asia 
y Oceanía, materia en la que fué una verdadera 
autoridad, como atestiguan su libro Principios ge- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 131 

nerales del arte de colonización y sus artículos so- 
bre el gobierno inglés en la India. 

Si se publicasen las obras completas de D. Joa- 
quín Maldonado Macanaz, como se está haciendo 
con las de D. Francisco Silvela y las de Mariano 
de Cavia, resultaría enorme provecho para la his- 
toria patria y la cultura en general. 

Don Juan Pérez de Guzmán y Gallo es uno de 
los hombres que más han trabajado en España. La 
lista de sus obras, que inserta el marqués de Lau- 
rencín en el discurso de contestación al suyo en la 
Academia de la Historia, sorprende por lo nume- 
rosa y por la variedad de disciplinas que abarca. 
La biografía más completa de D. Juan Pérez de 
Guzmán está en el extenso prólogo que puso Ale- 
jandro Larrubiera al libro Versos de varia edad, 
donde se hallan recopiladas las poesías del ex di- 
rector y decano de los redactores de La Época. 

Muy amante de España y de la Monarquía espa- 
ñola, Pérez de Guzmán ha revisado los archivos 
llevado de un afán muy noble: borrar, con la auto- 
ridad de los documentos, aquellas manchas o sim- 
ples suposiciones calumniosas que pesaban sobre 
algunos Monarcas o sobre los gobernantes a quie- 
nes encomendaron nuestros Reyes los destinos del 
país. Sus rehabilitaciones del conde-duque de Oli- 
vares y de Carlos IV, María Luisa, Godoy y Fer- 
nando VII, son una prueba de este amor que pro- 
fesa Pérez de Guzmán a la Monarquía. Podrá no 
aceptarse su tesis. No se le negará jamás, proce- 
diendo en justicia, el buen deseo y las dotes de ta- 
lento y saber que para realizarlo puso a contribu- 



132 LEÓN ROCH 

ción, auxiliado siempre con métodos de investiga- 
ción histórica perfectamente científicos y legítimos. 

Pérez de Guzmán posee un corazón como hay 
pocos. A veces domina en su temperamento lo 
afectivo a lo racional. Es un apasionado de todo lo 
noble, lo bueno y lo elevado, a cuyo servicio ha 
puesto toda su vida el cerebro privilegiado y la 
erudición vasta y profunda que le tocaron en 
suerte. 

Las glorias de La Época en la historia de la lite- 
ratura no acaban aquí. 

Críticos literarios como Luis Alfonso, Pedro Bo- 
fill, Villegas y Gómez de Baquero, en La Época 
dejaron impresa parte muy considerable de su ta- 
lento y su saber; Peña y Goñi y Cecilio Roda aquí 
se acreditaron de musicógrafos, tanto como los Se- 
púlvedas de costumbristas, Rodrigo Soriano, de 
temperamento artístico, si los hay; Navarrete, 
Abascal y Escobar, de cronistas de salones; Castro 
y Serrano, de espíritu original como pocos; Carlos 
Fernández Shaw, de poeta comprensivo y de hom- 
bre bueno; Eusebio Blasco, de ingenio penetrante 
y saladísimo... 

Una tradición de esta casa ha favorecido siem- 
pre el reflejo en nuestras columnas de todas las 
tendencias literarias e intelectuales: la amplia liber- 
tad de que disfrutan y han disfrutado los colabo- 
radores al exponer sus ideas y principios. En lo 
que no afecta a la política, y guardando, como es 
natural, el respeto debido a personas, instituciones 
e ideas fundamentales de ¡a sociedad constituida, 
en La Época se pueden sustentar, autorizándolas 



75 AÑOS DE PERIODISMO 133 

cada uno con su firma, las opiniones que sincera y 
honradamente se profesen. Luis Alfonso, por ejem- 
plo, consideraba el naturalismo de la escuela de 
Zola doctrina vitanda, y en este mismo sitio discu- 
tía con Emilia Pardo Bazán, que pensaba lo con- 
trario. 



La política y la literatura son dos cosas aparte. 
Se puede ser, al mismo tiempo, avanzado en una 
de ellas y reaccionario en la otra. 

Francia y España ofrecen muchos casos de tal 
verdad, que es la evidencia misma. 

Por eso La Época, sin dejar un solo instante de 
ser conservadora en política, acogió en sus colum- 
nas el más famoso y documentado alegato pro-na- 
turalismo que en España se publicó. 

La cuestión palpitante, de la Pardo Bazán, fué, 
al principio, una colección de artículos publicados 
en nuestro periódico. A la tesis de doña Emilia se 
opuso más tarde Valera en su Nuevo arte de escri- 
bir novelas; y ved ahí que, en política, Valera fué 
liberal, y la autora de Insolación procedía del car- 
lismo. 

En España habíamos vivido un poco apartados 
de las luchas literarias. El romanticismo entró en 
la Península casi sin protestas, y el ambiente de 
calma, que va de 1847 a 1882 en que nacen estas 
discusiones, responde perfectamente, en lo relati- 
vo a literatura, la colección de nuestro diario. 

Antonio Mantilla, Cipriano del Mazo, Antonio 
Flores (el renombrado autor de Ayer, hoy y maña- 



134 LEÓN ROCH 

na), Fermín Gonzalo Morón, Juan Heriberto Gar- 
cía de Quevedo, Santana, Nombela, muchos otros 
que formarían una lista interminable, traen al pe- 
riódico los caracteres literarios de su tiempo res- 
pectivo. Don José de Castro y Serrano hace algo 
más. En 1870 aparecen en La Época unas cartas 
informativas sobre la inauguración del Canal de 
Suez y sobre Egipto. El público pensó que estarían 
escritas por un corresponsal de talento, a la vez li- 
terato y periodista de primer orden, que día tras 
día iba apuntando en su cuaderno de memorias los 
incidentes y las impresiones que le producía la tie- 
rra de Egipto. 

Las cartas eran de Castro y Serrano, que no se 
había movido de Madrid, y que sólo con lecturas 
y estudiando la geografía y el arte de aquellas re- 
giones logró componer un admirable libro de via- 
jes, que aun se lee con agrado. Auxilió mucho al 
autor en la confección de aquellos artículos una 
dama de singular cultura, hija del arabista D. Pas- 
cual de Gayangos, la señora de Riaño, que asistió 
a la inauguración del Canal y fué remitiendo por 
correo a Castro y Serrano los pormenores intere- 
santes de aquellas fiestas, durante las cuales se 
estrenó en El Cairo, como nadie ignora, la ópera 
Aida de Ver di. 

Los artículos a que me reHero se publicaron 
después, en volumen, con el título de La novela de 
Egipto. Castro y Serrano fué académico de la Es- 
pañola. Su discurso de recepción trató de «cómo la 
amenidad y galanura en los escritos es elemento de 
belleza y de arte». 



•75 AÑOS DE PERIODISMO 135 

Años antes había publicado Campoamor en La 
Época su famoso artículo sobre los marinos, que le 
valió un duelo con D. Juan Bautista Topete. 

Las aptitudes de D. Pedro Antonio de Alarcón 
para el cuento y la novela corta, ¿no serán una re- 
miniscencia de su vida de periodista? No es tema 
que pueda resolverse de una plumada, en dos li- 
neas. Es indiscutible, sin embargo, que el autor de 
El sombrero de tres picos tiene mucho de periodista, 
de informador. Léanse el Viaje de Madrid a Ñapó- 
les, el Diario de un testigo de la guerra de África. 
Díríanse crónicas de periódico, amenas, sueltas, de 
frase corta, de ritmo gracioso y ligero. ¿Quiérese 
nada más periodístico? Arabos libros interesan en 
todo momento. Su sencillez expositiva favorece la 
lectura en cualquier estado de ánimo en que uno 
esté. Es más, uno y otro volumen disipan melan- 
colías, entretienen... 



* 



Pasan los años. Una especie de literatura clara, 
comprensible, al alcance de toda persona instruida, 
se ve sucedida por una tendencia de algunas más 
pretensiones. A un realismo intelectualista, se opo- 
ne otro realismo, que llamaron naturalista, cuyos 
caracteres principales son el desprecio de toda con- 
cepción antropocéntrica, pues se considera al hom- 
bre como un objeto de la Naturaleza igual a un ár- 
bol, un animal, menos aún, un grano de arena o un 
rayo de sol; la sustitución de la realidad intelecti- 
va, formada con los universales, por los hechos tal 



136 LEÓN ROCH 

y como el mundo exterior los produce antes de 
haberse constituido la especie inteligible; la prela- 
ción de la sensibilidad sobre el entendimiento, de 
lo vario sobre lo uno, de lo mudable sobre lo per- 
manente, de lo accidental sobre la sustancia... 

El naturalismo, en sí, no es otra cosa que una 
variación del romanticismo. Flaubert y Zola son 
dos románticos, y no es difícil ver y demostrar la 
ascendencia de la escuela de Zola en la escuela de 
Víctor Hugo. 

Escritores y periodistas ocupáronse por aquellos 
años de la persona, la obra y las opiniones del no- 
velista de los Rougon Macquart. Nuestros literatos 
se asustaron de la tendencia; les «olía mal», y cre- 
yeron que había llegado la hora de tomar medidas 
contra aquella peste que en París se desarrollaba 
y amenazaba contagiarnos. Fué entonces cuando 
Emilia Pardo Bazán publicó en La Época su serie 
de artículos en defensa del naturalismo, los cuales 
se reunieron después en un tomito, intitulado La 
cuestión palpitante. 

Vale este libro por una historia de la novela mo- 
derna en Francia, Inglaterra y España. Luis Al- 
fonso — quien, por cierto, corrigió las pruebas de 
imprenta deZ-a cuestión palpitante — no estaba con- 
forme con el parecer de doña Emilia. El venezo- 
lano D. Eduardo Calcaño publicó en La Ilustra- 
ción Española y Americana, de 29 de febrero de 
1884, una carta dirigida a D. Víctor Balaguer, en 
la que atacaba duramente a los naturalistas, y de- 
cía que en el mar de la literatura había aparecido 
la «bandera negra> del pirata. Era preciso unirse 



75 Af50S DE PERIODISMO 137 

y defenderse contra los corsarios que amenazaban 
acabar con la literatura y aun con la lengua caste- 
llana. La Pardo escribió a Balaguer rechazando, 
por lo que a ella tocaba, las acusaciones de Calca- 




D. Luis Araujo Costa, 

REDACTOR Y CRÍTICO LITERARIO DE «La ÉpOCA». 

ño, y entonces Luis Alfonso salió en La Época a la 
defensa del diplomático y escritor de Venezuela, a 
quien tan mal supo la nueva corriente literaria. In- 
titulábase su artículo Cartas son cartas. Doña Emi- 
lia replicó esta vez a Luis Alfonso, y tanto los ale- 
gatos de una como los del otro, contribuyeron a 



138 LEÓN ROCH 

sentar el concepto de naturalismo. Alfonso había 
combatido con anterioridad las tendencias natura- 
listas de Ortega Munilla, el cual — bueno es recor- 
darlo hoy — publicó en La Época diversos artículos. 

La polémica fué viva, pero cortés. El crítico de 
nuestra casa reconoció los méritos extraordinarios 
de su contrincante, y doña Emilia anduvo muy 
cerca de comparar a Luis Alfonso con Brunetiére. 
Ambos se hacían mutuamente justicia. 

Terció también en estas disputas Peña y Goñi. 
Más tarde Rodrigo Soriano publicó aquí artículos 
defendiendo a Zola, y Gabriel Briones en honor de 
Maupassant. Los artículos de aquél eran cartas 
que enviaba a La Época desde París. En la colec- 
ción del periódico hay no pocos escritos de Soria- 
no. El hizo la información de la campaña de Meli- 
Ua de 1893 en el Diario de Barcelona, mientras la 
hacía en nuestro periódico el actual marqués de 
Valdeiglesias. Las cartas aquellas formaron el libro 
Moros y cristianos, Soriano no hizo nunca artículos 
de política en La Época. Fué únicamente redactor 
literario. 

Volviendo al asunto que trataba, añadiré que 
al cabo de cuarenta años el naturalismo en la 
novela es tema por completo retirado de la circu- 
lación. Hoy incluso parecen recusables los térmi- 
nos idealismo, realismo, naturalismo en las acep- 
ciones que allí se les dan. La guerra europea ha 
puesto muchas cosas en claro. Hasta para hablar 
de literatura existe diferencia entre los años ante- 
riores a 1914 y la post-guerra. 

Pero, en su tiempo, la cuestión del naturalismo 



75 AÑOS DE PERIODISMO 139 

fué palpitante, y en La Época señaló y dejó graba- 
do el ritmo de su vida, el sístole y diástole de un 
corazón que no por estar ahora muerto dejó de la- 
tir y de animar un período de nuestras letras. 



« 



El modernismo o simbolismo no ha repercutido 
aquí tan directamente como el naturalismo. La co- 
lección de La Época guarda, no obstante, muchos 
pormenores y lineas generales de este movimiento, 
que en España — y en Francia también — se ha re- 
ferido de modo más principal a la poesía, con pre- 
ferencia a las demás casillas literarias. 

Don Francisco Fernández Villegas, que firmaba 
con el seudónimo de Zeda, comprendió la grande- 
za de Rubén Darío, pero no quiso convencerse de 
la legitimidad de la escuela, ni le sorprendieron des- 
cuidado ciertas «sociedades de bombos mutuos» 
que a veces hicieron pasar por oro legítimo entre 
los expertos, y más todavía entre la masa, produc- 
ciones, si no enteramente desprovistas de mérito, 
con menos valor del proclamado. 

Un poeta muy en armonía con la amplitud de 
criterio de La Época (no se olvide que me refiero 
tan sólo a la literatura) fué el malogrado Carlos 
Fernández Shaw. 

Sin aceptar para sus versos las extravagancias 
y exageraciones modernistas, copió de las nuevas 
doctrinas lo que tenían de legítimo y acaso de más 
cercano a la belleza que nuestra poesía tradicional 
del siglo XIX, formada en el rigorismo de Lista, que 



140 LEÓN ROCH 

pasó a casi todos los románticos, y que no era, en 
resumidas cuentas, sino el clasicismo de la escuela 
sevillana del siglo XVI. Fernández Shaw es, a la 
vez, moderno y hombre de tradición, siempre que 
no se tape con tal palabra la rutina. 

No he de pasar en silencio, entre los redactores 
actuales de La Época que también cultivan la lite- 
ratura, a D. Francisco Pérez Mateos. 

El secretario de Redacción de nuestro periódico 
que viene honrando desde hace tiempo, con su in- 
teligencia y su cultura, el seudónimo galdosiano de 
León Roch, es hombre que acredita el antiguo re- 
frán de «el buen paño, en el arca se vende». Ene- 
migo de exhibiciones, bombos y alharacas que se 
refieran a su persona, Pérez Mateos es la modestia 
misma; ¡él, que a justo título podría alardear de es- 
critor excelente, periodista admirable y hasta eru- 
dito, pues lo mucho que sabe León Roch fuera en 
otros motivo de vanidades! 

Otro colaborador asiduo de estos últimos años 
es el poeta Manuel de Sandoval. 

A nadie mejor que a él le cuadra el lema de 
Barbey d'Aurevilly Too late, aunque Sandoval, es- 
pañol y españolista hasta el tuétano, lo hubiera es- 
crito en español: Demasiado tarde. 

El autor de Aves de paso, De mi cercado y Musa 
castellana apareció en las letras cuando estaba en 
auge el simbolismo y el modernismo de Rubén> 
Santos Chocano y otros poetas que pretendían acli- 
matar en nuestra literatura las corrientes que Bau- 
delaire, Verlaine y Mallarmé imprimieron a la poe- 
sía francesa, con la circunstancia de que Sandoval 



75 Af50S DE PERIODISMO 141 

había nacido poeta a la antigua española, a la ma- 
nera de Núñez de Arce, Ferrari y Narciso Campillo, 
que fueron sus amigos y maestros. 

En las composiciones de Sandoval no se sabe 
qué admirar más, si lo noble, sincero y castizo de 
la inspiración o lo impecable del verso, ajustado a 
los más rigurosos cánones de la Preceptiva y siem- 
pre viril, sonoro, armonioso. En los versos de San- 
doval no hay que temer nunca cacofonías, sinalefas 
demasiado perceptibles, variaciones de acento, de 
esas que suelen molestar a los oídos delicados. No 
en vano es académico de la Lengua y profesor de 
Retórica y Poética y sabe a la perfección las reglas 
para hacer bien los versos. Unida esta maestría de 
versificador a un espíritu elevado y refinado como 
pocos, Sandoval es un poeta perfecto a quien na- 
die superará ciertamente en «pensar alto, sentir 
hondo y hablar claro». 

Sin embargo, Manuel de Sandoval no ha llegado 
a la masa, no es poeta popular. ¿Por qué? Por la 
inarmonía entre su personalidad y el tiempo en 
que le ha tocado vivir. La moda poética de nues- 
tros días no le sienta bien a Sandoval y como él es 
hombre de exquisito gusto, ha preferido vestirse a 
la antigua, digámoslo así, no ha consentido en con- 
cesiones a una manera que repugnaba a su espíri- 
tu, ha estimado mejor mostrarse tal cual es, aun- 
que los que siguen la moda le hayan rechazado a 
veces y hayan formado ante su nombre la terrible 
conjura del silencio. 



142 LEÓN ROCH 

La crítica teatral ha estado siempre encomenda- 
da en La Época a literatos de competencia y hono- 
rabilidad intachable. 

En los últimos diez años han ejercido tal misión 
Fernández Villegas (Zeda), Gómez de Baquero 
(Andrenio) y Melchor Fernández Almagro. 

Fué Villegas un espíritu de selección, con una 
cualidad dominante: la finura. Conocedor profundo 
de nuestro teatro clásico y gustador exquisito de 
las bellezas en que abunda la literatura española 
del siglo de oro, tuvo, en ocasiones, censuras para 
lo que no entraba en la tradición castiza o care- 
cía de exquisitez. Poco amigo de exotismos — que 
no obstante disculpaba cuando eran presentados 
con talento — Zeda sabía dar al lector en sus críti- 
cas teatrales la impresión justa que la obra produ- 
cía a los temperamentos escogidos y refinados, 
como el suyo, y el efecto recibido por el público 
en general, por la masa. Su cultura dilatada hacíale 
ver, a las primeras de cambio, las fuentes, más 
bien internas que exteriores y objetivas, del drama 
o la comedia que sometía a examen, sus méritos y 
el éxito, ya de público, ya definitivo, que la pieza 
pudiera obtener, equivocándose pocas veces en sus 
augurios. 

Gómez de Baquero admite las novedades de me- 
jor talante que Villegas las admitía. Su seudónimo 
de Andrenio nos dice que es admirador de Gracián 
y también de Schopenhauer, que fué el que puso 
de moda al jesuíta aragonés. Baquero no es un li- 
terato puro, como Zeda. Su erudición se extiende 
a la filosofía, la sociología, el derecho, la historia 



75 AÑOS DE PERIODISMO 143- 

y la literatura por de contado. Ahora, que en éL 
domina el intelectual al literato. La manera parti- 
cular de su espíritu, de su carácter y de su crítica 
procede acaso en su nervio, en su sustancia, de doa 
Francisco Giner de los Ríos, y en no pocos aspec- 
tos va dominada por las ideas que, bajo otra forma 
quizás, dieron un significado a la generación del 98. 
Melchor Fernández Almagro es un joven de mu- 
cho porvenir en la literatura. Inteligente, bondado- 
so, desbordante de buen sentido, camarada inme- 
jorable, ajeno a todo dogmatismo, sus críticas son 
modelo de imparcialidad, serenidad y juicio bien 
seguro. Lleva su delicadeza hasta el extremo de na 
pisar los escenarios, para que no puedan alterar su, 
rectitud ya la amistad, ya la antipatía hacia actores, 
autores y empresas. Mientras él ejerza la crítica no- 
hay cuidado de que trate de «colocar> un drama en 
este o el otro teatro. Pocos cumplen como Fernán- 
dez Almagro la repetida frase de Polibio: «Si no 
sabéis censurar a los amigos y aplaudir a los ene- 
migos, no escribáis». Su facultad maestra se halla 
en la moral. Con su vida y con su obra, que están 
empezando, se fabricará la estatua de vir bonus 
que menciona Séneca. La regla de conducta que se 
ha trazado, el «imperativo categórico» que es base 
de sus acciones, dominan y dominarán siempre los 
frutos de su ingenio. Para Fernández Almagro lo 
práctico viene antes que lo especulativo; dentro de 
su psicología, que me atreveré a calificar de socrá- 
tica, el criterio ético moldea, nutre y da carácter a 
los demás elementos de su espíritu. El bien le in- 
teresa más que la belleza, sin que ello sea negarle 



144 LEÓN ROCH 

SUS condiciones de artista. Pero nada hay más lejos 
de su alma que el diletantismo y la teoría del 
«arte por el arte». Ni con un esfuerzo de la «razón 
pura> podría llegar a tales extremos; la «razón 
práctica» lo impediría con fuerza irresistible, ava- 
salladora. 

Literato muy digno de estima es también don 
Gabriel Briones, decano de los redactores actua- 
les. Acreditan su talento sus libros de cuentos y 
Muñecas de París, así como sus producciones dra- 
máticas, que lograron justo éxito. Las comedias 
Rosario y Las damas negras acusan un fino espíri- 
tu de dramaturgo. Las zarzuelas La manzana de 
oro y El hijo de Buda alcanzaron cientos de re- 
presentaciones. Después Briones ha vivido en me- 
dios políticos que le han hecho conocer a la per- 
fección hombres, costumbres y lo íntimo de muchas 
instituciones. Es lástima que no se decida a escri- 
bir sus Memorias, que tendrían tanto interés y uti- 
lidad para la historia política española de estos 
primeros años del siglo XX. Clío, musa de la his- 
toria, no dejará de reprocharle su desidia cuando, 
después de muchos años — yo así lo deseo — le en- 
cuentre en los Campos Elíseos, y pueda echarle en 
cara lo mal que le sirvió en la tierra. 

No he de hacer punto final sin celebrar las be- 
llas cualidades que adornan a Guillermo Fernán- 
dez Shaw e Iturralde, hijo de Carlos Fernández 
Shaw, y como él poeta, autor dramático y hombre 
en quien se juntan el talento y la bondad. Dotado 
de gran capacidad de trabajo, no se comprende el 
periódico sin su aportación cotidiana. 



75 AÑOS DE PERIODISMO 145 

Es lástima que no cultive más asiduamente la 
poesía y el teatro, porque eso salen perdiendo am- 
bos géneros literarios. 

Y basta ya de nombres y tendencias. 

La Época cree haber servido a nuestra literatura 
en sus setenta y cinco años de vida con la com- 
prensión y alteza de miras que tiene por norma. 

Luis ARAUJO-COSTA. 



10 



«LA EPOCA^ EN EL SIGLO XX 




ExcMO. Sr. D. José Sánchez Guerra, 

EX PRESIDENTE DEL CoNSEJO DE MINISTROS, JEFE DEL PARTIDO- 
LUt RAL-CONSERVADOR 



LA REDACCIÓN DE 1898 



Nuestras bodas de plata. — Los que se 
fueron. — Un doloroso recuerdo. — Mal- 
donado Macanaz — Justo homenaje. 



Por grata coincidencia, cuando La Época cele- 
braba sus «bodas de diamante» con el público, 
podíamos nosotros celebrar las «bodas de plata» 
con el querido periódico. Hace un cuarto de siglo, 
en efecto, vinimos a esta acogedora casa, siempre 
hospitalaria para el periodista, a sumar el modesto 
esfuerzo de una pluma humilde, enaltecida sola- 
mente por los títulos de la honradez y la laborio- 
sidad, al trabajo inteligente de los preclaros cole- 
gas que nuestra buena fortuna nos deparó por 
compañeros. Y he aquí como, obligados por este 
privilegio de la edad, fuimos nosotros llamados 
a evocar los recuerdos de los últimos veinticinco 
años de la dilatada y honesta vida del periódico 
fundado por el conde de Coello. 

En el espacio de esos cinco lustros ¡cuántos 
cambios y mudanzas se registraron, cuántos suce- 
sos luctuosos, cuántas inolvidables fechas de do- 
lor!... Pocos son los que van quedando entre nos- 



150 LEÓN ROCH 

otros de los que compartimos la labor de aquellos 
días ya lejanos... ¡Cuántos cayeron vencidos en el 
surco! Desde el ilustre Maldonado Macanaz, su- 
perviviente de la primera redacción, han ido des- 
apareciendo Fernández Villegas, el admirable críti- 
co, justo y prudente varón, victima de una ingrati- 
tud y dé una felonía; el bondadoso Joaquín Tello; 
el cordial camarada Betegón, viviente archivo de 
historias y de anécdotas, que se llevó a la tierra un 
caudal de interesantes páginas no escritas; el ser- 
vicial Pérez Magnín, el culto y simpático Cecilio 
Roda, el caballeroso Ángel Febrer, el gran poeta 
Fernández Shaw, el erudito Rafael Mitjana, Fer- 
nández Brañas, Jiménez Prieto, Reza, Jerónimo 
Betegón, y tantos más...! El tiempo, implacable, 
nos recuerda con sus aldabadas que la vida es 
harto efímera, y como es más preciosa cuanto más 
avanza, procuremos abroquelarla y defenderla 
cuanto sea posible... 

Era en las postrimerías de 1898, en cuyo mes de 
abril celebró La Época sus «bodas de oro>. En 
enero publicó un extraordinario semejante al que 
salió a luz en mayo de 1923. No se nos borrará 
jamás la fecha de nuestro ingreso en la Redacción, 
porque dos días antes, el 10 de diciembre, habíase 
consumado en París el doloroso despojo de nues- 
tras Colonias, firmándose el Tratado de paz con 
los Estados Unidos. El sabio canonista Montero 
Ríos, presidente del Senado, que por patriotismo 
aceptara la presidencia de la triste comisión, no 
debió agradecer mucho al Sr. Sagasta, jefe del 
Gobierno, aquel inolvidable presente. Uno de núes- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 151 

tros primeros trabajos fué un cariñoso panegírico 
de aquel ilustre y honradísimo político D. Fernan- 
do Cos- Gayón, redactor que había sido de La 
Época, que después de ser muchas veces ministro 
de Hacienda, moría en la mayor pobreza por aque- 
llos días, dando a la política un ejemplo de recti- 
tud y de honradez pocas veces igualado. 

Algún tiempo antes habían muerto el admirable 
cronista Luis Alfonso, el chispeante crítico musical 
y taurino Peña y Goñi, el crítico teatral Pedro Bo- 
fill, el redactor-jefe Manuel Tello y el redactor 
financiero Leopoldo Calzado. Poco antes también 
dejaron de pertenecerá la Redacción o de colabo- 
rar, Julio Burell, el periodista de la grandilocuente 
pluma; Javier Ugarte, jurisconsulto y poeta, que 
fué, como Burell, ministro de la Corona; Rodrigo 
Soriano, que había pasado a El Imparcial, y poco 
después emprendía sus incursiones en el campo 
republicano, del brazo de Blasco Ibáñez; José de 
Siles, el simpático y desgraciado bohemio; Alfredo 
García López, que se apartó del periodismo para 
consagrarse a su destino de Instrucción pública; 
Diego Jiménez Prieto, que fué autor cómico aplau- 
dido, y Juan de Dios Reza. 

También dejó por entonces la Redacción, para 
dedicarse por entero a sus obras teatrales, el ilustre 
poeta y autor dramático Carlos Fernández Shaw, 
nuestro paisano y amigo. Precisamente a él vini- 
mos a sustituir en La Época, salvando las natura- 
les distancias. Uno de los primeros trabajos que 
nos encargó el director fué un articulito despidien- 
do cariñosamente al autor de La revoltosa. Ese ar- 




La Redacción de 




■«;??í;feí!S»íP7- 



ocA» EN 1897-98. 



154 LEÓN ROCH 

tículo estuvo sin publicar, en el pavoroso montón 
de los originales viejos, cerca de siete meses, acaso 
esperando que Fernández Shaw se arrepintiera y 
volviese como el hijo pródigo. Puede juzgarse de 
nuestra zozobra de periodista novel al encontrar- 
nos en situación tan inestable. 

Tampoco figuraba ya entre los redactores Cris- 
tóbal Botella, abogado de talento y trastienda y 
entonces ex diputado a Cortes. Seguía colaboran- 
do, y durante los veranos venía con asiduidad un 
par de meses a la Redacción, mientras algunos re- 
dactores descansaban unos días. Poco después 
marchó Botella a París y alh' ha sido bastantes años 
corresponsal de La Época, en cuyas columnas 
popularizó el seudónimo Juan de Becon con que 
firmaba sus amenas crónicas. Ahora, el veterano 
periodista es un personaje internacional y tiene en 
ingrato olvido la pluma a que debió su fortuna. 

Al frente de la Redacción estaba el marqués de 
Valdeiglesias, Alfredo Escobar, como fraternal- 
mente le llaman sus compañeros, digno sucesor de 
su ilustre padre, que lleva treinta y seis años en 
su puesto y es, sin duda, el decano de los directo- 
res de periódicos en ejercicio. Compartía las tareas 
directivas Eduardo Gómez de Baquero, que había 
sucedido a Manuel Tello, como redactor-jefe, y 
completaban el cuadro, con Maldonado Macanaz, 
Fernández Villegas, Javier Betegón, Ramón de 
Cárdenas, Gabriel Briones, nuestro decano de aho- 
ra; Juan Lapoulide, El coronel Santiponce, que se 
ocupaba de las cuestiomes militares; Joaquín Tello, 
redactor financiero; Mariano Barber, Eduardo Mon- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 155 

tesinos, Augusto Barrado, Ángel Febrer, Jerónimo 
Betegón, primo de Javier; Ángel Pérez Magnín^ 
que ya dedicaba sus actividades a la publicidad; 
Alberto Pérez Cossío, que a poco nos abandonó; 
Enrique Gálvez, secretario del marqués de Porta- 
go, recientemente fallecido, después de realizar su 
justa aspiración de ser ministro; Fernández Brañas, 
Carlos Palma, inteligente reportero, y no recorda- 
mos si alguno más. 

El patriarca de la casa era Maldonado Macanaz, 
tío del ex rector de la Universidad de Salamanca y 
ex senador D. Luis, colaborador de La Época. A 
pesar de su edad ya avanzada, aun se conservaba 
fuerte y sano, sin más dolencia que una extremada 
sordera. Daba en la Universidad una cátedra de 
Historia de la Colonización, a la que apenas asistía 
algún que otro alumno, y era académico de la His- 
toria, por justo merecimiento, ya que se trataba de 
una autoridad. Todas las mañanas llegaba muy di- 
ligente a nuestra casa; ocupaba, en lugar apartado, 
su mesa de trabajo, y casi sin levantar la vista y 
sin despegar los labios, escribía el artículo de fon- 
do, que ya traía perfectamente estudiado y embo- 
tellado. Alguna vez escuchábamos coloquios muy 
graciosos entre Valdeiglesias y D. Joaquín. 

Esperábale Escobar con la impaciencia y la ner- 
viosidad de que no ha pedido curarse, para encar- 
garle el artículo sobre lo que él estimaba la cues- 
tión del día, el asunto cumbre. Alguna grave com- 
plicación política interior; un terrible problema 
internacional; una conflagración quizás... Cuando 
llegaba Maldonado, Valdeiglesias saltaba como un 



156 LEÓN ROCH 

gamo para salirle al encuentro, y a grandes voces, 
para que pudiera enterarse, le insuflaba el tema. 
El fondo de La Época no podía ser otro que aquél; 
era una cosa insólita y terrible... Don Joaquín le es- 
cuchaba, bonachón y paciente, y cuando Escobar 
terminaba, él decía siempre sin inmutarse, son- 
riente y sincero: 

— ¡Bueno...! Pues, de eso escribiremos mañana, 
Yo voy a escribir hoy sobre el porvenir de la Mon- 
golia... 

Por ley natural, fué Maldonado, superviviente de 
la Redacción anterior, el que inició el desfile dolo- 
roso... Murió el 17 de septiembre de 1901, y todos 
lloraron sinceramente su pérdida. Nosotros quere- 
mos tributarle aquí un homenaje de afecto y devo- 
ción, al que por gratitud estamos obligados, ya que 
aquel santo varón, sin conocernos apenas, llevado 
por inclinaciones de la simpatía, quiso alentarnos en 
nuestras modestas empresas literarias. A su noble 
memoria va unido el recuerdo de un modesto libro 
nuestro, cuya edición nos compró un librero judío 
en poco mas de dos docenas de duros... 



* 



La casa de 'La Época' y la impren- 
. ta. — La critica y los críticos. — Cam- 
bios y mudanzas. — Ambiente de 
fraternidad . — El símbolo del trabajo. 

La Redacción de La Época hallábase estable- 
cida entonces en el núm. 16 de la calle de la Li- 
bertad. Era un edificio anexo al popular teatro de 



75 Arios DE PERIODISMO 157 

la Alhambra, hace pocos años derribado, y se com- 
ponía casi únicamente de la crujía que daba a la 
calle. El piso primero lo ocupábamos nosotros; en 
el segundo tenían sus estudios el ilustre pintor Ce- 
cilio Pía y Eduardo Alba, otro pintor y militar,, 
gran amigo de artistas de teatro. Allí se reveló, 
años después, como gran pintor, el entonces joven 
López Mezquita, discípulo de Pía, que alcanzó la 
primera medalla con su Cuerda de presos. 

Al ser derribado el teatro de la Alhambra, don- 
de Loreto Prado y Enrique Chicote hicieron sus 
más brillantes campañas con Los chicos de la escue- 
la, Congreso feminista, La cuna y otras obras por 
el estilo, se trasladó la Redacción a la casa núme- 
ro 18, propiedad de la marquesa viuda de Casa- 
Laiglesia, donde ya había estado establecida antes 
y donde murió el inolvidable D. Ignacio José Es- 
cobar. No sin pena vimos derribar aquel simpático 
teatrillo, de feliz recordación para nosotros, y le- 
vantarse sobre su solar las tres hermosas casas de 
la condesa de Almodóvar, a quien correspondió, 
por herencia de su madre, la marquesa viuda de 
Villamejor. El notable arquitecto que las construyó,. 
Pérez de los Cobos, que fué arquitecto de Palacio, 
tuvo un trágico fin. En el núm. 18 permaneció la 
Redacción hasta el mes de agosto de 1918, en que 
se trasladó a la casa de su propiedad, que actual- 
mente ocupa, en la calle de San Bernardo. 

En los primeros tiempos a que nos referimos se 
imprimía La Época en el establecimiento tipográf 
co de los Hijos de Ginés Hernández, donde se edi- 
tó tantos años. Lo dirigía entonces D. Francisco 



158 LEÓN ROCH 

Pedregal Prida, impresor muy inteligente y hombre 
de mucha suerte, que era a la vez militar y profe- 
sor de gimnasia; el simpático industrial y capitán 
de Infantería había escrito y publicado un excelen- 
te libro, que sirvió de texto en algunos centros; 
también tuvo un magnífico gimnasio en la calle del 
Barquillo, donde hoy se levanta el lindo teatro de 
la Infanta Isabel. Años después, cuando el tipó- 
grafo Miguel Romero construyó la casa núm. 31 
de la calle de la Libertad, esquina a la de Augusto 
Figueroa, a la imprenta que allí estableció se tras- 
ladó La Época. Muerto aquel industrial, volvió el 
periódico a la casa de los Hijos de Ginés, de donde 
una huelga injusta y estúpida, motivada por el em- 
pleo de las máquinas de componer, nos lanzó, en 
enero de 1910, a la casa de enfrente, la antigua 
imprenta de Fortanet, una de las más acreditadas 
de Madrid, que ya no existe. Entonces tuvimos que 
adquirir material propio de tipografía y máquina, 
y desde esa época se imprime el periódico en el 
modesto taller de su propiedad. 

Solamente en otras dos ocasiones ha sufrido La 
Época vicisitud análoga a la huelga citada. Fué la 
primera en aquella memorable ocasión de la huel- 
ga revolucionaria de 1917, tan gallardamente ven- 
cida por Dato y Sánchez Guerra. La segunda, más 
injustificada y necia, fué al pretender las Socieda- 
des de resistencia imponer la censura roja a los 
periódicos. No lo toleramos nosotros, y el antiguo 
personal de La Época, tantos años unido al perió- 
dico por el trabajo y por el afecto, que nos acom- 
pañó siempre en nuestras mudanzas, nos abando- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 159 

nó. En medio de aquellas contrariedades, tuvimos 
la satisfacción de que ni un solo día dejó de publi- 
carse nuestro periódico. 

Volviendo a la Redacción, ocupa en nuestro re- 




D. Francisco Pedregal Prida, 

IMPRESOR DE «La EpOCA». 

cuerdo preferente lugar el ilustre Francisco Fer- 
nández Villegas, Zeda, que estaba encargado de la 
crítica teatral y literaria. Era un crítico de gran 
cultura, de exquisito gusto literario y de una in- 
flexible imparcialidad. En la intimidad era un hom- 



160 LEÓN ROCH 

bre bonísimo y un camarada complaciente y cari- 
ñoso, que murió victima de su bondad, También 
era autor dramático de notables condiciones, aun- 
que no siempre le acompañó la fortuna. Su enorme 
aKción al teatro se reflejó en sus tres hijas, que son 
distinguidas actrices: Amparo, que es la primera 
dama de la compañía de Morano; Pura, que actúa 
en la de Carmen Cobeña, y Concha, que trabaja 
ahora en provincias. 

Al morir Villegas, se encargó de la crítica teatral 
Gómez de Baquero, que la ha desempeñado algún 
tiempo, con su gran competencia. Desde hace un 
año le ha sustituido dignamente el distinguido es- 
critor Melchor Fernández Almagro. Este joven y 
brillante literato granadino será — lo es ya, mejor 
dicho — un digno sucesor de Zeda, por su impar- 
cialidad, su cultura, su talento y su buen gusto li- 
terario. 

La crítica musical ejercíala interinamente y con 
acierto en aquellos primeros meses Mariano Bar- 
ber. Algún tiempo antes y en breves temporadas 
posteriores colaboró como crítico musical el eru- 
dito Rafael Mitjana, discípulo del maestro Pedrell, 
a quien su carrera de diplomático hacía estar casi 
constantemente expatriado. El notable escritor, 
autor de interesantísimas obras, murió reciente- 
mente en Estocolmo, donde representaba a Espa- 
ña como ministro. A Barber le reemplazó el culto 
y atildado Cecilio de Roda, que fué académico de 
Bellas Artes, y que poseía una de las más intere- 
santes y nutridas bibliotecas musicales de España. 
Al morir Roda le sustituyó Augusto Barrado, crí- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 161 

tico y músico de competencia, que hasta entonces 
estuvo encargado en La Época de la sección de 
Extranjero, y al retirarse del periodismo diario 
aquel querido compañero, le reemplazó otro entra- 
ñable colega, nuestro actual crítico Víctor Espinos, 
que anteriormente había sido ya redactor del pe- 
riódico, ocupando el puesto de informador palati- 
no, en el que le sustituyó primero Fernández Bra- 
ñas y luego Guillermo Fernández Shaw. 

La crítica artística estaba encomendada a un dis- 
tinguido colaborador y redactor antes, admirable 
artista fotógrafo, triunfador en todos los concursos 
nacionales, que después se ha colocado a la cabeza 
de los profesionales. Nos referimos a Antonio Cá- 
novas del Castillo, el envidiable Kaulak, fotógrafo 
predilecto de las damas aristocráticas. Su hermano 
Pepe, que murió joven en Málaga, siendo secreta- 
rio del Gobierno civil, fué también colaborador, y 
antes redactor, y publicó algunos cuentos verda- 
deramente primorosos. Al cesar Cánovas en la crí- 
tica artística, después de alguna interinidad, le sus- 
tituyó el laureado artista, uno de nuestros maes- 
tros del grabado, Enrique Vaquer. 

En la crónica de salones sustituyó dignamente al 
genial Asmodeo, inventor del género, el querido 
maestro Mascarilla, y a su cuidado sigue todavía. 
En distintas épocas auxiliáronle en la tarea, que es 
penosa y delicada, escritores y periodistas tan dis- 
tinguidos como Luis Alfonso, Carlos Fernández 
Shaw, Rodríguez Escalera, Pepe Siles y Ángel Fe- 
brer. Ahora cooperan también Nicolás Jordán de 
Urríes, el simpático Tomillares, Guillermo Fernán- 

11 



162 LEÓN ROCH 

dez Shaw, hijo del ilustre poeta, y Tristón. Pero el 
cronista de salones de La Época es siempre el in- 
fatigable Mascarilla, que con el seudónimo de Al- 
maviva colaboró años atrás en El Imparcial y en 
La Ilustración Espafiola y Americana, cuyo direc- 
tor y cronista tantos años, D. José Fernándaz Bre- 
món, había sido también redactor del periódico de 
Escobar. 

De la economía, la hacienda y las finanzas cui- 
daba el bonachón Joaquín Tello, fallecido en enero 
de 1917, a quien reemplazó Ángel Illana. En me- 
nester tan importante alternaba y alterna nuestro 
decano, el excelente camarada Gabriel Briones. 
Porque el aplaudido autor entiende la «numismáti- 
ca» como la política y el teatro. Y ya que de cre- 
matística se habla, recordaremos que nuestro «mi- 
nistro de Hacienda» era el simpático D. Francisco 
Boronat, a quien los viejos de la casa no olvidamos 
nunca; un anciano fuerte y vigoroso, que a los 
ochenta y tres años tenía la agilidad de un mucha- 
cho. Murió Boronat en abril de 1912; pero una 
grave afección a la vista le obligó a retirarse un 
año antes, siendo sustituido por el antiguo emplea- 
do de la Administración Manuel Mihura, que sigue 
ocupando el espinoso puesto y que ya ha rebasado 
los treinta años de servicios. 

Otro veterano de la Redacción es el querido 
compañero Ramón de Cárdenas, periodista prácti- 
co y activísimo, maestro en el manejo de guías y 
anuarios. Procedía de El Correo, el periódico del 
maestro Perreras, en cuya Redacción ingresó en 
1880; en abril de 1884 pasó a La Época, y en ella 



75 AÑOS DE PERIODISMO 163 

ha trabajado hasta febrero de 1921, es decir, por 
espacio de treinta y siete años, con una actividad, 
un entusiasmo y un amor por la profesión que po- 
cos periodistas igualan. Enfermo e impedido, Cár- 
denas está ausente de nosotros desde hace unos 
dos años. Pero siempre estará presente en nuestro 
recuerdo y en nuestro cariño este verdadero maes- 
tro del periodismo práctico, inteligente y culto, de 
quien hemos recibido útiles lecciones y recetas de 
hacer periódicos, muchos de los periodistas que 
por La Época desfilamos. 

Como asiduo colaborador solía venir aún a la 
Redacción el ilustre D. Juan Pérez de Guzmán, 
tantos años redactor y luego director de La Época. 
De entonces proceden sus colecciones de artículos 
sobre Carlos IV y María Luisa, pubHcados luego 
en un notable Hbro, cuya edición costeó el difunto 
duque de Valencia; los artículos sobre la insigne 
Orden del Toisón de Oro y otros temas históricos. 
El mismo anciano escritor escribió y confeccionó 
por sí solo algunos números extraordinarios ilus- 
trados, como el de las Bodas Reales, publicado en 
enero de 1901, con ocasión del matrimonio de la 
malograda Princesa de Asturias y el Infante Don 
Carlos; el extraordinario pubUcado en mayo de 
1908 para solemnizar el glorioso centenario del 
Dos de Mayo, y otro para conmemorar el cente- 
nario de los Sitios de Zaragoza. 

En la redacción de La Época ha habido siempre 
verdadero ambiente famiUar, de compañerismo fra- 
ternal, exento de las rencillas, las envidias y las lu- 
chas que en otras partes se advierten. Somos un 



164 LEÓN ROCH 

poco filósofos y procuramos capear el temporal y 
pasar la vida del mejor modo posible; a las horas 
de trabajar, echando el bofe; en los momentos de 
paz, regocijándonos lo que se puede. Uno de nues- 
tros inocentes regocijos fué algún tiempo leer en 
voz alta las Greguerías de Gómez de la Serna, y, 
como dicen en Lavapiés, «nos reíamos las tripas». 
Entre los compañeros que más alegraban la casa, 
hay que recordar siempre al querido amigo Bete- 
gón, muerto en noviembre de 1920. Archivo vi- 
viente de historias y de anécdotas, nos entretenía 
horas enteras contando, con su gracejo, algo de lo 
mucho que sabía de cosas y de hombres, y, sobre 
todo, de mujeres. 

No debemos olvidar tampoco al buen camarada 
Eduardo Montesinos, simpático como pocos, y 
desde luego el más gordo y lucido de la casa, que 
con sus graciosos cuentecillos de todos colores nos 
hacía pasar ratos deliciosos. El excelente compa- 
ñero, que ha ganado en el teatro justos aplausos y 
provechos con sus zarzuelas, y sobre todo con sus 
cuplés y canciones, género en el que ha sido un 
maestro, anda ahora retirado del periodismo y le 
sustituye en la información municipal su hijo. Real- 
mente, su volumen es un peso muerto para el «re- 
portaje». 

En estas horas de camaradería, el director era y 
es un excelente compañero y amigo más, cuyas fe- 
lices ocurrencias no son para menospreciadas. Tra- 
bajador infatigable y fiel cumplidor de su deber, 
lo que más le molesta es la holgazanería; pero se 
incomoda cariñosamente, lanzando puyas y hacien- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 165 

do chistes. Por ese amor de Valdeiglesias al traba- 
jo, preside nuestra redacción un fornido forjador, 
artístico bronce, que es símbolo del trabajo. 

Uno de nuestros más queridos camaradas, sim- 
pático y decidor, no se distinguía por su desmedi- 
da afición a trabajar, y era constante objeto de las 
saetas y chistecillos de Escobar. Según éste, aquel 
buen compañero era de los que decían: «Hay años 
que no está uno para nada...» Un día, hablando de 
ello, se encaró Valdeiglesias con el forjador, sím- 
bolo del trabajo, y exclamó: — Es lo que dirá Fu- 
lano: ¡Simbolitos a mi! 



i 



LOS PROHOMBRES CONSERVADORES 



Los jefes del partido y 'La £/>o« 
ca". — De Cánovas a Sánchez Gue- 
rra. — Silvela periodista. — Coopera- 
dores g colaboradores. 



Mantuvo siempre La Época con firmeza sus tra- 
diciones de consecuencia política, de acrisolada 
lealtad a la Monarquía y al partido conservador, 
del que fué constantemente órgano en la Prensa. 
Con entusiasmo y perseverancia, sin tibieza algu- 
na, con decisión y buena fe, defendió el credo y los 
intereses de la gran familia conservadora y prestó 
su ayuda incondicional, cual era su deber, a los 
prohombres que, en representación del partido y 
con el apoyo de los jefes de éste, ocuparon la pre- 
sidencia del Gobierno. 

En sus procedimientos supo hacer compatible 
siempre, con el entusiasmo y la firmeza al defender 
los propios ideales, la mesura y el respeto para el 
adversario y la corrección y la imparcialidad al 
juzgar las ajenas ideas. Y a ello debió en buena 
parte La Época la estimación y el respeto que me- 
reció en todos los sectores de la política dentro 



168 LEÓN ROCH 

de España y la más alta consideración en el ex- 
tranjero, aunque alguien hablara de los «paños ca- 
lientes» de La Época. Esos paños calientes eran 
unas veces prudencia y corrección, otras veces pa- 
triotismo. 

Los mismos que pudieron motejar por esto al 
órgano conservador, reconocían luego que era con- 
veniente y provechoso mantener en tales causas la 
prudencia y corrección de las campañas de La Épo- 
ca. Y cuando los espíritus inquietos y batalladores, 
ó simplemente bullangueros, consideraban indis- 
pensable combatir recio, llegando a la virulencia, 
buscaban otras hojas más propicias y más acomo- 
dadas a violencias y agresiones... y que acarrea- 
ran menos responsabilidades para el partido. 

Alguna vez surgieron dentro, o al margen del 
partido conservador, periódicos afínes, que acaso 
pretendieron anular, o disminuir al menos, la auto- 
ridad del nuestro. Pero La Época siguió siendo el 
órgano del partido, y continuó viviendo, y aque- 
llos periódicos, creados ocasionalmente, sin fuerza 
ni arraigo en la opinión conservadora, movidos 
alguna vez por la pasión y la violencia, desapare- 
cieron. Lo mismo ocurriría con cualquier otro en- 
sayo que se hiciera. Por algo se alcanzan setenta 
y cinco años de vida. De los tiempos de Cánovas 
hemos de recordar La Monarquía y aquel gran pe- 
riódico El Nacional, creado a impulsos de Romero 
Robledo y dirigido por el ilustre periodista Adol- 
fo Suárez de Figueroa. 

Para sus jefes tuvo siempre nuestro periódico 
una adhesión inquebrantable, y un sincero afecto 



75 AÑOS DE PERIODISMO 169 

para ellos y para las altas figuras del partido. Y es 
justo declarar que tal afecto fué correspondido 




D. Francisco Fernández Villegas («Zeda»), 

ILUSTRE REDACTOR Y CRÍTICO TEATRAL DE «La ÉpOCA». (NaCIÓ EN 

Murcia en 1856.— Murió el 15 de Noviembre de 1916.) 

siempre, aunque con alguna rara excepción. En to- 
dos los campos ha habido prohombres que se jac- 



170 LEÓN ROCH 

taron de menospreciar a la Prensa, y con ello pe- 
caron de injustos y de ingratos. 

El jefe conservador que más cariño profesó 
siempre a La Época fué el insigne Cánovas del 
Castillo, cuya trágica muerte, en agosto de 1897, 
fué tan llorada por todos como una terrible pérdi- 
da de familia, al par que como una gran desgracia 
nacional. Hombre de aquellos tiempos de lucha, 
en que tan importante papel jugaron los periódi- 
cos, Cánovas tenía en alta estima a la Prensa, con- 
cediéndola una gran eficacia como arma política. 
La Época, particularmente, y sus redactores, eran 
para él como una prolongación de su familia; nin- 
gún día dejaba de recibir a su director o a alguno 
de sus redactores, para transmitirle sus encargos o 
inspiraciones. Cárdenas, Briones, Betegón o Fe- 
brer eran los que, alternativamente, tuvieron a su 
cuidado este cometido. Algunos sueltos famosos 
que publicó La Época fueron dictados, al pie de 
la letra, por D, Antonio. 

También D. Francisco Silvela tenía para la 
Prensa singular estimación, reconociendo su valor 
y signiBcación, y guardó siempre a La Época ver- 
dadero afecto. Era que aquel ilustre político, inge- 
nio peregrino, gran orador y gran escritor, era ade- 
más un gran periodista. Lo demostró cumplida- 
mente en El Tiempo, el órgano de su desidencia, 
■en el cual escribía casi a diario. Muchos artículos 
y sueltos, como aquel famoso Sin pulso, que hizo 
gemir a las prensas, como entonces se decía, mu- 
cho tiempo, fueron escritos por él, con aquella su 
ietra menudita, casi microscópica; llegó a colabo- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 171 

rar hasta en aquellas Solfas saladísimas, que ordi- 
nariamente escribía el excelente periodista y fácil 
poeta Rafael Solís. 

La Época debió a D. Francisco muestras de sin- 
gular consideración. Creía Silvela que el partido 
conservador no podía ni debía tener otro órgano, 
porque aquél representaba una tradición y era una 
bandera. Por eso, al advenir a la jefatura del par- 
tido hizo desaparecer El Tiempo. Igual conducta 
siguió D. Antonio Maura, al unir sus fuerzas polí- 
ticas a las conservadoras, de las que luego fué 
jefe, haciendo desaparecer aquel simpático perió- 
dico El Español, que dirigió el ilustre Sánchez 
Guerra y en el que escribieron Cañáis, Sáenz de 
Quejana, Víctor Espinos y otros queridos amigos. 

Silvela, para quien tan grande devoción guarda- 
mos, solía venir algunas veces a la Redacción, para 
buscar notas que le interesaban en nuestras colec- 
ciones. Sencillo, llano a lo gran señor, correctísimo, 
con su característica sonrisa, entraba en la Redac- 
ción como un camarada, preguntando: — ¿Quién 
hay por aquí...? Y luego se informaba minuciosa- 
mente de los compañeros... Con frecuencia nos 
enviaba los notables artículos que ahora exhuma 
Llanos y Torriglia en su excelente recopilación de 
trabajos de Silvela... 

Otro prohombre del partido que estaba en cons- 
tante comunicación con La Época era el insigne 
orador D. Alejandro Pidal, presidente del Congre- 
so en todas las épocas conservadoras y director 
de la Real Academia Española. Don Alejandro es- 
cribía largas cartas muchos días y casi siempre in- 



172 LEÓN ROCH 

comodado por cualquier futesa periodística. Pero 
estos enfados le duraban poco, porque el elocuen- 
tísimo asturiano era bonísima persona. Buenos 
amigos de La Época fueron asimismo D. Luis Pi- 
dal, marqués de Pidal, el varón ecuánime, prudente 
y sabio, hermano de D. Alejandro, que con fre- 
cuencia colaboró en el periódico; el gran hacen- 
dista Fernández Villaverde, asiduo colaborador 
también: el inolvidable D. Arsenio Martínez de 
Campos, brazo militar de la Restauración y cons- 
tante tutor de la Monarquía, cuyas «corazonadas> 
dieron lugar a no pocos cambios, y aquel bendito 
general D. Marcelo de Azcárraga, que tan grandes 
servicios prestó a las instituciones y al partido con- 
servador, dentro de su modestia. 

Desde los tiempos del insigne Cánovas, el jefe 
del partido conservador que más cariño tuvo al 
periódico fué el malogrado D. Eduardo Dato, sa- 
crificado también por la Patria en aquel triste día 8 
de marzo de 1921, quien siempre se mostró dis- 
puesto a auxiliarle en sus empresas. Todo sencillez 
y bondad, todo corazón, gran señor de la política, 
que tenía la rara cualidad de hacerse cargo de 
todo, era un buen amigo de La Época y de cuan- 
tos a ella pertenecían. Su corrección, su bondad, 
su templanza y su exquisita prudencia, que no ex- 
cluían una gran energía y una entereza que no se 
doblegaba en los momentos necesarios, le conquis- 
taban el cariño y el respeto de todos. 

Otro político periodista, verdadero periodista, 
ha sido el ¡lustre Sánchez Guerra, actual jefe del 
partido conservador, que hizo sus primeras cam- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 



173 



pañas en La Iberia, el famoso periódico de Calvo 
Asensio y de Sagasta. Andaluz y poeta, hombre de 




Sr. D. Ramón de Cárdenas y Padilla, 

ILUSTRE PERIODISTA, DECANO DE LOS REDACTORES DE «La EpOCA». 



ingenio y de fértilísima imaginación, hubiera sido 
una gran figura del periodismo español; pero la 



174 LEÓN ROCH 

política y el Parlamento, dos de sus grandes amo- 
res, le captaron por completo y el periodista que- 
dó eclipsado. Sin embargo, Sánchez Guerra no ha 
perdido el cariño y el entusiasmo que siempre le 
inspiró la Prensa, y lo demuestra en todo momento 
en que halla ocasión. Cuando D. Antonio Maura 
levantó bandera, separándose del partido liberal 
con la nutrida falange de Gamazo y fundó el perió- 
dico El Español, Sánchez Guerra fué designado 
para dirigirlo, y de nuevo hizo vida de periodista 
el político cordobés. ¡Con cuánto placer y cuánto 
cariño recordaría entonces los días de lucha y de 
juveniles entusiasmos de La Iberia!... Y entonces, 
y ahora y siempre, cuando un periodista ha acudi- 
do a D. José, aun después de ocupadas las más al- 
tas posiciones, ha respondido siempre, no el polí- 
tico, sino el periodista, el compañero afectuoso y 
simpático, el camarada de La Iberia. 

Para La Época fué Sánchez Guerra uno de los 
jefes conservadores que demostraron su afecto al 
periódico con actos dignos de gratitud, de los que 
no se olvidan, y en la Redacción se corresponde 
bien a su cariño. Como a Cánovas, como a Silvela, 
como a Dato, se le quiere no con el afecto respe- 
tuoso que se guarda al jefe, sino con la efusión que 
despierta un verdadero amigo. 

Entre los prohombres conservadores que pres- 
taron cariñosa ayuda a La Época en sus propagan- 
das y empresas hay que recordar al ilustre y boní- 
simo D. Augusto González Besada, al conde de 
Bugallal, D. Manuel Burgos y Mazo, Cierva, Do- 
mínguez Pascual, el vizconde de Eza, constante 



75 AÑOS DE PERIODISMO 17S 

colaborador; Prado y Palacio, el actual marqués 
del Rincón de San Ildefonso; D. Guillermo J. de 
Osma, no ha mucho fallecido; Ugarte, que fué 
nuestro compañero; D.Juan José Ruano, D. Carlos 
Cañal y el marqués de Portago, también difunto... 
Entre las personalidades que colaboraron alguna 
vez en nuestras hojas, figuraron el marqués de Es- 
tella, el conde de Esteban CoUantes y el marqués 
del Vadillo, y actualmente el señor Sánchez de 
Toca, D. Francisco Bergamín, el marqués de Lema 
y D. Eduardo Sanz y Escartín, conde de Lizárraga. 



DINASTÍA DE PERIODISTAS 



Don Ignacio José Escobar, D. Al- 
fredo Escobar y Ramírez y D.José 
Ignacio Escobar y Kirpatrick. 



En la historia de La Época, cuyos varios capítu- 
los concertamos y ordenamos en estas páginas y 
con la cual van constantemente enlazados los ana- 
les del periodismo madrileño, encontramos siem- 
pre una figura central, principalísima, que es la que, 
en realidad, encarna el espíritu del periódico, el 
eje en torno al cual gira y se desenvuelve toda 
esta complicada maquinaria del diario; el motor 
espiritual de este poderoso instrumento de acción 
política y social. Esa figura cumbre es D. Ignacio 
José Escobar, el gran periodista, que logra desta- 
car su personalidad y labrar una fama merecida 
entre aquellos hombres que se llamaban Lorenza- 
na, y Andrés Borrego, y Calvo Asensio, y Estéba- 
nez Calderón, y Alvarez Bugallal, y Navarro Vi- 
lloslada, y Navarrete, y González Brabo, y tantos 
otros que fueron luchadores insignes en las filas 
de la Prensa... Funda La Época y la dirige cons- 
tantemente y llena un período de cerca de veinte 

12 



178 LEÓN ROGH 

años D. Diego Coello; desfilan por la Redacción 
figuras eminentes de la política y hombres que en 
el periodismo y en las letras cubrieron de gloria 
sus nombres... Y sin embargo, en lo que es historia 
y vida de La Época, lo mismo en aquellos momen. 
tos, observado por los que convivieron al lado de 
Escobar en el periodismo y en la política, que vis- 
to ahora, a la distancia de los años transcurridos, la 
noble y simpática figura del primer marqués de 
Valdeiglesias es la que se destaca y la que sobre- 
vive, como eje y cumbre del periódico conservador. 
No tuvimos nosotros, naturalmente, el placer de 
conocer al maestro, y menos el de trabajar a su 
lado; que aunque caminamos hacia la vejez con 
más prisa que la que fuera de desear, no es tan 
largo el camino recorrido que nos permitiera al- 
canzar meta tan lejana. Pero en los veinticinco años 
de nuestra convivencia con La Época hemos oído 
hablar tanto y a tantos del ilustre periodista, enal- 
teciendo sus virtudes y méritos y ensalzando su 
bondad y su modestia, su prudencia en el consejo 
y su discreción en el escribir, que poco a poco nos 
fuimos familiarizando con su vida y con su obra, 
asimilándonos las ideas, los juicios y las admiracio- 
nes de los otros, y hemos llegado a hacernos la 
ilusión de que conocimos y admiramos también en 
plena lucha y en plena gloria al que durante más 
de veinte años fué director y alma de este mundo 
tan pequeño en apariencia, tan complejo en la rea- 
lidad, en el que hay que concertar tantas volunta- 
des y tantos pensamientos discordes y aun encon- 
trados, que se llama un periódico. 



75 AÑOS DE PERIODISMO 179 

Una de las cosas buenas del actual director de 
La Época, que tiene muchas, entre otras que no 
lo son tanto — ¿quién es perfecto en este mundo? — , 
es el culto que ha hecho de la memoria de su padre, 
con tan obligada razón en el orden de los senti- 
mientos como justicia en el campo de la realidad. 
Para D. Alfredo Escobar, el modelo de los hom- 
bres y el modelo de los periodistas es su padre; 
quisiera él ser como fué aquél, y siéndolo, creeríase 
llegado a la cumbre, a la perfección... Del mismo 
culto participaban los demás familiares de D. Igna- 
cio, a los que hubimos de tratar más en la intimi- 
dad que otros: los hijos, doña Josefina, esposa que 
fué del cónsul D. Antonio María de Orfila, falleci- 
da recientemente; doña Sofía, viuda del médico 
militar D. José Santana, y el culto ingeniero don 
Alfonso, y sobre todo, la esposa de Escobar, la 
que fué durante tantos años su leal y amante com- 
pañera, aquella bondadosa doña Francisca Ramí- 
rez Maroto, toda simpatía, toda corazón, que llamó 
la atención por su gran belleza, y cuya muerte, 
ocurrida hace pocos años, produjo tan sincero y 
hondo dolor... Viviendo en el ambiente de este 
culto filial, tan sentido y tan justo, ¿cómo no sen- 
tirse penetrado de la misma devoción y del mismo 
cariño hacia el periodista inolvidable?... 

Meditando ante estas cuartillas, creemos ver 
surgir la venerable silueta de Escobar ante la mesa 
de trabajo, en aquella Redacción de la calle de las 
Torres, que ahora lleva el nombre de Marqués de 
Valdeiglesias, entre montañas de periódicos, leyen- 
do afanosamente, repasando uno tras otro los dia- 



180 LEÓN ROCH 

rios extranjeros, tomando notas o haciendo recor- 
tes para preparar la labor, según nos lo muestran 
su gran amigo Cos-Gayón y su propio hijo... Y 
luego escribir rápidamente, febrilmente, artículos 
y sueltos, y cartas extranjeras, y gacetillas, y cuan- 
to había que escribir; y entre unos y otros traba- 
jos, revisar y corregir los originales de los compa- 
ñeros, y dar a unos y otros encargos e instruccio- 
nes... Y así horas y horas, sin fatiga aparente, con 
igual animosidad, con el mismo entusiasmo, hasta 
dejar cerrada la edición... 

Era Escobar hombre de una capacidad de tra- 
bajo extraordinaria. No parecía cansarse nunca, 
y laboraba siempre con el mismo cariño. Para no 
perder tiempo y aprovechar todos los minutos, se 
hacía llevar el almuerzo a la Ixedacción, y rápida- 
mente lo despachaba, mientras revisaba unas cuar- 
tillas o leía unas pruebas. Amable y bondadoso 
para compañeros y subordinados, rara vez se in- 
comodaba con ellos; su principal motivo de dis- 
gusto era que le distrajeran y le quitaran tiempo 
para el trabajo. 

Había nacido Escobar para el periodismo, y fué 
solamente periodista, porque no debía ser otra 
cosa. Nosotros creemos en el destino de las cria- 
turas, y creemos también que el periodista, como 
el artista y el poeta, nace y no se hace. En su ju- 
ventud, después de hechos brillantemente los pri- 
meros estudios, siguió varios cursos de la carrera 
de Medicina. En esta Facultad fué condiscípulo de 
aquel D. Ramón de Campoamor y Campoosorio, a 
quien tanto admirábamos los muchachos de núes- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 181 

tro tiempo, y de entonces databa la grande y estre- 
cha amistad de D. Ignacio con el poeta inmortal de 
las Doloras y los Pequeños poemas. Pero ni el genio 
poético de D. Ramón, ni las aficiones literarias del 
futuro director de La Época, se acomodaban a las 
áridas disciplinas de la ciencia médica, y ambos 
dejaron las aulas para seguir los caminos que sus 
respectivas vocaciones les señalaban. 

El primer paso dado por Escobar en la carrera 
de las letras fué la fundación, juntamente con otros 
jóvenes de su tiempo, de la Sociedad artístico-lite- 
raria titulada El Instituto Español, Centro de cul- 
tura análogo al Liceo, de tan gloriosa historia en 
la primera mitad del siglo XIX. Al Instituto Espa- 
ñol, del cual fué nombrado en los primeros tiempos 
presidente, pertenecieron hombres tan ilustres 
como Hartzenbusch, Villoslada, Bretón de los He- 
rreros, Zorrilla, Espronceda y otros muchos poe- 
tas y escritores. 

En aquel ambiente tan propicio al desarrollo de 
las facultades literarias, el talento de Escobar en- 
contró su verdadera dirección. Por aquel tiempo 
hizo sus primeras armas de periodista en El Co- 
rresponsal, diario dirigido por D. Buenaventura 
Carlos Aribau. Escribió después en El Español, El 
Correo y El Heraldo, de Sartorius, y, por último, 
en La Época, en el que ingresó en 1854, y fué du- 
rante diez años redactor. 

El ilustre periodista D. Manuel María Santana 
creyó muy modesta empresa para su talento seguir 
redactando las Hojas autógrafas de noticias que 
servía a los periódicos, Ministerios y otros Centros 



182 LEÓN ROCH 

y Sociedades, y se decidió a fundar un periódico. 
Fué éste, en efecto, La Correspondencia Autógrafa, 
que en los primeros tiempos se publicó manuscri- 
ta y litografiada, y que vino a llenar un vacío en la 
Prensa madrileña como verdadero diario de noti- 
cias. Pero el público aun no se había aficionado al 
género, y aquel periódico hacía lentamente su ca- 
mino. A la entrada de la Unión liberal en el po- 
der, D. Ignacio José Escobar tomó en arrenda- 
miento La Correspondencia Autógrafa, a la cual 
cambió su nombre por el de La Correspondencia 
de España. La suerte vino a favorecer la empresa. 
La guerra de África despertó la avidez del públi- 
co por las noticias. Escobar supo satisfacerla y La 
Correspondencia alcanzó una tirada que pareció 
fabulosa a cuantos conocían la circulación hasta 
allí lograda por periódicos españoles. Esto excitó 
los celos de Santana y apresuró el término del 
contrato. 

Los servicios prestados por La Correspondencia 
a la situación unionista fueron grandes. En cambio 
Escobar logró fácil acceso a las regiones oficiales, 
donde recogía cuanto sus facultades de periodista 
le indicaban que era de interés para el público. 
Antes de tiempo terminó el arrendamiento de La 
Correspondencia mediante una indemnización de 
10.000 duros pagada por Santana a Escobar, y 
volvió éste a La Época, que era su verdadero cen- 
tro. En 1866, como D. Diego Coello fuese nom- 
brado para un puesto diplomático en el extranjero, 
dejó la dirección del periódico a Escobar, en quien 
tenía puesta toda su confianza. 



75 AÑOS DE PERIODISMO 



183 



Por esta época o poco después adquirió Esco- 
bar participación en la propiedad del periódico, 
que fué primeramente de una cuarta parte del 




ExcMO. Sr. D. Alfredo Escobar y Ramírez, 

SEGUNDO MARQUÉS DE VaLDEIGLESIAS, DIRECTOR ACTUAL DE 

<La Época». 



184 LEÓN ROCH 

mismo. Más adelante adquirió otra cuarta parte, y, 
por último, cuando cansado Coello del periodismo 
y de las luchas políticas, decidió fijar su residencia 
en Roma, luego de haber sido embajador de Espa- 
ña, Escobar quedóse con la total propiedad de La 
Época. 

Desde 1861 la vida de D. Ignacio siguió íntima- 
mente ligada a la del periódico, y en él tuvo que 
sostener, hasta el otoño de 1868, en cuyo mes de 
septiembre estalló la revolución, dificilísimas cam- 
pañas, en medio de los violentos antagonismos de 
los partidos y de las convulsiones que amenazaban 
derrocar, como al cabo lo derrocaron, el trono de 
Isabel II. 

Los esfuerzos de Escobar tendieron siempre a 
hacer de La Época más bien que el órgano de un 
partido, el órgano de las clases conservadoras. Las 
palpitaciones de éstas, sus frecuentes temores, sus 
gustos y hasta sus preocupaciones, se vieron refle- 
jados en el periódico. Así, después de la noche de 
San Daniel, Escobar se separó de la Unión liberal 
para apoyar al Gabinete Narváez-González Brabo; 
pero más tarde combatió al Gabinete González 
Brabo en el período que precedió a la Revolución. 
Después de ésta, y durante los primeros meses, 
La Época estuvo vacilante; la preponderancia del 
radicalismo y las dificultades con que tropezaba la 
candidatura que el Sr. Calderón CoUantes llamaba 
de la cuasi legitimidad, la empujaron hacia el cam- 
po de la Restauración. 

Desde este momento fué La Época la bandera 
del porvenir, representada por la Monarquía de 



75 AÑOS DE PERIODISMO 18S 

Don Alfonso XII. Y si difícil hubo de ser la gestión 
del periódico y, por consiguiente, el trabajo de su 
director en los años que precedieron a la revolu- 
ción del 68, aun más ardua tuvo que serlo en los 
tumultuosos tiempos que transcurrieron entre aquel 
trascendental acontecimiento y la proclamación de 
Don Alfonso. Al examinar la colección de La Épo- 
ca correspondiente a aquellos años, asombra la 
suma de prudencia, tacto, habilidad y buen sentido 
que desplegó Escobar para señalar a las clases 
conservadoras y a los amigos del orden el rumbo 
que era menester seguir para llegar a seguro puer- 
to a través del temporal de pasiones, codicias y 
demencias que agitó hasta el año de 1875 los ma- 
res de la política española. 

Entre los conflictos que por entonces surgieron 
fué uno de los más graves el motivado por la acti- 
tud de protesta del Cuerpo de Artillería ante el 
nombramiento del general Hidalgo para director 
del Arma. Cuatrocientos oficiales del brillante 
Cuerpo, no queriendo ser dirigidos por el hombre 
al que acusaban de complicidad en los asesinatos 
de los oficiales en el cuartel de San Gil el año 1866, 
pidieron su retiro, y entonces el Gobierno decretó 
la reorganización del Cuerpo, quedando aquéllos 
privados de los derechos adquiridos en el ejercicio 
de su carrera. La Época, inspirada por su acendra- 
do patriotismo, puso toda su fuerza en la difícil 
empresa de encontrar fórmula honrosa con que po- 
ner fin a tan peligroso conflicto. Para ello inició 
una suscripción con que auxiliar a los oficiales de 
Artillería que, separados de su carrera, carecían de 



186 LEÓN ROCH 

recursos, y se unió a la Junta de coroneles, cuyos 
acuerdos solucionaron al cabo patrióticamente tan 
espinosa cuestión. 

Para colaborar personalmente en la obra de la 
Restauración hizo Escobar importantes trabajos y 
realizó difíciles gestiones, entre ellas la de celebrar 
conferencias con el general Serrano, a la sazón 
desterrado en Biarritz; visitar en París a la Reina 
Isabel y el viaje a Wiesbaden para avistarse con el 
antiguo caudillo carlista D. Ramón Cabrera. La 
actitud de estas altas personalidades en pro de la 
Restauración del Trono y los trabajos que en tal 
sentido practicaba en París el general López Do- 
mínguez, de acuerdo con el general Serrano, fue- 
ron eficazmente secundados por Escobar, que soli- 
citó, y obtuvo, para tal fin el concurso de un su 
amigo, acaudalado capitalista. 

En un notable artículo publicado en el Diario de 
Barcelona por D. Antonio Fabié, hijo del ilustre 
ministro conservador, recuerda aquél una página 
interesante de aquellos trabajos: «El 12 de marzo 
de 1872 — escribe — se celebró en casa del marqués 
de Bedmar una reunión, convocada por Cánovas, 
para dar cuenta a sus amigos de haber aceptado el 
poder de Don Alfonso; asistieron a la reunión 
Bedmar, el conde de Iranzo, D. Saturnino Alvarez 
Bugallal, D. Francisco de Cárdenas, D. Agustín 
Esteban Collantes, D. Bernabé Morcillo, Fermín 
Lázala, los generales San Román y Soria, Santa 
Cruz, D. José España y Puerta, Enriquez, Moreno 
Nieto, Fabié y D. Ignacio José Escobar. Mi padre 
llevó la representación de D. Pedro Salaverría, que 



75 AÑOS DE PERIODISMO 187 

se hallaba indispuesto. Cánovas del Castillo pro- 
puso se formara el Comité alfonsino, que llevaría 
los trabajos para hacer la Restauración, el cual 
nombró secretario a mi padre. Designadas las de- 
legaciones en provincias, y puesto en marcha el 
organismo, Cánovas redactó el manifiesto que el 
Rey había de dirigir a la Nación y a las Potencias 
extranjeras, y entregó las cuartillas a mi padre para 
que las diera a conocer a Salaverría, a D. Manuel 
Silvela, incorporado ya al movimiento, y a dos o 
tres personas más; al sacar el portador del docu- 
mento unos papeles del bolsillo en la Biblioteca 
del Congreso, dejó olvidadas sobre la mesa las dos 
cuartillas últimas del mismo, que no tenía firma ni 
fecha; alguien se apoderó de ellas y las llevó a la 
redacción de El Diario Español, que hubo de pu- 
blicarlas al día siguiente. A Cánovas del Castillo 
produjo el suceso viva contrariedad, pues llevaba 
la labor con gran misterio, y para despistar impuso 
una ligera tregua, durante la cual redactó de nuevo 
el manifiesto. No fué posible encontrar medio de 
que éste llegara a manos del Rey, pues las Emba- 
jadas extranjeras acreditadas en Madrid, a quienes 
se acudió, negáronse a prestar el servicio. Dispuso 
Cánovas, a la vista del fracaso, salieran de la Cor- 
te para Francia, llevando cuidadosamente oculto 
el documento, D. Ignacio José Escobar por la fron- 
tera de Guipúzcoa y mi padre por la de Cata- 
luña>. 

Al regresar Escobar de aquellas andanzas y en- 
trar en España por la frontera de Navarra, trayen- 
do documentos de importancia y cuantiosos valo- 



188 LEÓN ROCH 

res destinados al movimiento alfonsino, ocurrióle 
una aventura que puso en grave peligro su vida. 
La diligencia en que él viajaba hubo de detenerse 
en el sitio llamado «Venta de la Tejera>, ocupada 
por varios oficiales carlistas. En compañía de éstos 
sentóse a la mesa Escobar, y uno de los mismos, 
que le había conocido, sin intención de perjudicar- 
le, dijo a sus compañeros «que tenían el honor de 
comer con el director de La Época*. El jefe de la 
fuerza procedió a detener inmediatamente al via- 
jero, y una vez identificada su persona, dio orden 
de que se le pasara por las armas. Pidió entonces 
Escobar que se le permitiera presentarse al jefe a 
cuyo mando pertenecía aquella fuerza. Era éste el 
caballeroso marqués de Valdespina, el cual, sordo 
en sumo grado, le escuchó atentamente, y conven 
cido de que con aquel fusilamiento sólo conseguí 
ría manchar la causa carlista con un crimen inútil 
le dio libertad. Los compañeros de viaje de Esco 
bar, que no quisieron abandonarle en aquel trance 
le esperaron, y sin más percance que un largo pa 
seo a pie bajo los rayos de un sol abrasador, volvió 
a instalarse en la diligencia y continuó su viaje, 
salvando los documentos y valores confiados a su 
custodia y dando cuenta en Madrid de la misión 
que se le había confiado. 

Al estallar el levantamiento de Martínez Cam- 
pos en Sagunto y conocerse en Madrid la noticia, 
el Gobierno mandó detener a los individuos que 
componían el Comité alfonsino, los cuales fueron 
conducidos al Gobierno civil, que desempeñaba 
D. Juan Moreno Benítez. Este sentó a su mesa 



75 AÑOS DE PERIODISMO 189 

aquel día a Cánovas del Castillo, D. Ignacio José 
Escobar, D. Antonio María Fabié, al conde de Se- 
púlveda, Botella y otros políticos. 

En un reciente artículo, ameno como todos los 
suyos, ha recordado Cristóbal Botella, Juan de 
Becón, el incidente de aquella prisión: 

«Mientras todas las damas de la aristocracia es- 
pañola — escribe — desfilaban por el Gobierno civil, 
convertido en prisión política, para visitar a los 
allí detenidos, haciendo de este modo púbUco alar- 
de de su devoción por la dinastía destronada. Cá- 
novas del Castillo y los hombres que le rodeaban 
sentían viva inquietud por el resultado de la em- 
presa emprendida, que algunos de ellos considera- 
ban temeraria. 

Esperaban con creciente impaciencia que el ge. 
neral Primo de Rivera, que después había de ser 
marqués de Estella, a la sazón capitán general de 
Madrid, se uniese, con la guarnición que estaba 
bajo su mando, al movimiento iniciado por el ge- 
neral Martínez Campos. 

Entrada la tarde del día en que había de triun- 
far definitivamente ese movimiento. Cánovas del 
Castillo escribió una carta al capitán general de 
Madrid, que vacilaba entre los deberes que le im- 
ponía la Patria y los que él consideraba que po- 
día exigirle la disciplina militar, pidiéndole que 
decidiera, sin excitación alguna, la suerte de Es- 
paña. 

Ofrecía serias dificultades el hacer llegar esa 
misiva a su destino sin despertar recelos entre los 
guardianes de los detenidos. Para eso serví yo, que 



190 LEÓN ROCH 

en nadie podía despertar sospechas. Recuerdo con 
viva emoción las palabras con que mi buen padre 
me hizo mil encargos y mil recomendaciones, al 
entregarme aquel papel, a fin de que cumpliera mi 
misión sin cometer ninguna torpeza. 

La carta llegó, sin pérdida de tiempo, a manos 
del general Primo de Rivera, y pocas horas des- 
pués la guarnición de Madrid proclamaba Rey de 
España a Don Alfonso XII.» 

La noticia de la actitud adoptada por la guarni- 
ción de Madrid y de que el ejército del Norte ha- 
cía causa común con el de Martínez Campos, pro- 
clamando Rey a Don Alfonso XII, fué llevada al 
Gobierno civil por D. Cristino Martes. Entonces 
D. Antonio Cánovas exhibió el poder que había 
recibido del Rey, y él y todos sus compañeros que- 
daron en libertad. 

Restaurada la Monarquía, D. Ignacio José Esco- 
bar fué uno de los miembros de la Comisión en- 
cargada de recibir al joven iMonarca en Marsella y 
de acompañarle hasta Valencia a bordo del buque 
de guerra Navas de Tolosa, y desde Valencia a 
Madrid. 

La política tuvo para el gran periodista mereci- 
das recompensas, aunque las circunstancias impi- 
dieron que llegase a los Consejos de la Corona. 
Tuvo cruces y honores; fué muchas veces diputado 
a Cortes por Navalcarnero y en dos legislaturas 
vicepresidente del Congreso, consejero de Estado 
y gentilhombre de Cámara de S. M. con ejercicio, 
y el Rey se dignó otorgarle el título de marqués de 
V-aldeiglesias... Pero estimó siempre como su más 



75 AÑOS DE PERIODISMO 191 

hermoso galardón el de ser periodista y al perió- 
dico consagró la mayor parte de su vida y sus en- 
tusiasmos todos... 



En el mes de febrero de 1887, cuando ya conta- 
ba sesenta y siete años de edad, murió aquel hom- 
bre bueno y noble, que con tan viriles arrestos y 
tan generosos entusiasmos trabajó y luchó por la 
Monarquía. Pocos meses después sucedíale en el 
cargo de director de La Época su hijo y heredero 
D. Alfredo Escobar y Ramírez, que aun continúa 
desempeñándolo. Como su periódico es el decano 
de la Prensa de Madrid, sin que ningún otro pue- 
da disputarle con razón bastante este título, él es 
el decano de los directores de periódicos, pues no 
habrá otro que lleve treinta y dos años, como Es- 
cobar, laborando, sin descanso, día tras día. Y su 
más cumpHdo elogio, el que más habría de halagar- 
le, podría hacerse con decir que en tan largo pe- 
ríodo se ha hecho dignísimo sucesor de aquel gran 
periodista, su progenitor y maestro. 

No era pequeña la carga que la desgracia echa- 
ba de pronto sobre los hombros de Alfredo Esco- 
bar, ni escasas sus responsabilidades. Y a pesar de 
su juventud y de la natural inexperiencia, supo sa 
lir decorosamente del grave trance, venciendo las 
dificultades y los escollos en fuerza de voluntad, 
de constancia y de tenacidad, y ha continuado dig- 
namente, y con honor para él, la historia de su pe- 
riódico, manteniendo a éste en el puesto de pree- 



192 LEÓN ROCH 

minencia a que fuera elevado. Con lealtad acriso- 
lada, sin vacilación ni desmayo, defendió la causa 
de la Monarquía y del partido conservador, y des- 
de su puesto de combate prestó a la patria emi- 
nentísimos servicios. Esto bastaba, si no hubiese 
más, para dar honrosa ejecutoria al segundo mar- 
qués de Valdeiglesias. 

Llegado en estas páginas el momento de hablar 
de Alfredo Escobar, hemos vacilado un punto, por 
temor a que pudiera considerarse interesado lo 
que dijéramos. ¡Vano temor!... En el lugar en que 
nos encontramos, aun siendo la misma modestia, 
ni el favor nos ha de producir beneficio ni granje- 
ria, ni el disfavor perjuicio. Podemos, pues, hablar 
sinceramente, ya que la propia conveniencia no nos 
lo estorba. ¿Por qué no ejercitar este derecho de 
ser sinceros, sin temor a los maldicientes ni a los 
envidiosos?... 

Cuentan los biógrafos de D. José Ignacio Esco- 
bar que era un trabajador incansable, de una enor- 
me capacidad de trabajo, y ante todo y sobre todo 
periodista. En el periódico y para el periódico tra- 
bajó constantemente, escribiendo el artículo de 
trascendencia, como las más humildes gacetillas. 
Desde los dieciocho años hasta la víspera de su 
muerte su mano incansable no dejó de laborar un 
solo día. Su pensamiento, sus entusiasmos, su alma 
y su vida entera fueron para el periódico. Dejó de 
escribir cuando dejó de existir. El poeta Carlos 
Coello lo dijo bellamente en un soneto, en el que 
trazó la silueta de Escobar después de muerto: 
«¡Hoy descansando está por vez primeraU. Y le- 



I 



75 AÑOS DE PERIODISMO 



193 



yendo estas líneas creíamos estar escuchando el 
■elogio del actual director de La Época, porque así 
es también Alfredo Escobar: un trabajador infati- 
gable, para quien no reza aquello de que a cada 




D. José Ignacio Escobar, 

HIJO DEL DIRECTOR DE <La EpOCA» Y REDACTOR BEL PERIÓDICO. 



día le basta su propio afán, y un periodista de 
raza, que ha puesto en el periódico toda su pasión 
y que experimenta el mayor de los goces trabajan- 
do y escribiendo... y haciendo escribir a los demás. 
Los años y los merecimientos fueron abriendo a 

13 



194 LEÓN ROCH 

SUS actividades diferentes cauces. Político de abo- 
lengo, fué muchas veces diputado a Cortes y se- 
cretario del Congreso, y es ahora uno de los deca- 
nos entre los senadores vitalicios nombrados por 
la Corona; hombre de sociedad, muy estimado y 
querido en ella, la frecuenta de continuo... Pero 
antes que eso, y sobre todo eso, ha sido y sigue 
siendo periodista; en el periodismo labró su fama 
y su posición; del periodismo nació y el periódico 
fué toda su obra y toda su vida; cuando actúa en la 
política, en la sociedad y en las finanzas es siempre 
el periodista el que actúa. 

Desde que tenía dieciocho años viene trabajan- 
do Escobar en el periodismo, cultivando todas las 
secciones, desde la crónica a la gacetilla. Cuando 
joven colaboró en El Imparcial y en La Ilustración 
y otros periódicos; luego consagró todo su esfuer- 
zo al suyo propio, y por la significación social y 
aristocrática de éste se dedicó con mayor asidui- 
dad a la crónica de salones, popularizando el seu- 
dónimo de Mascarilla, como antes dio a conocer el 
de Almaviva. Y al cabo de los años, Valdeiglesias, 
Escobar o Mascarilla, decano y maestro de nues- 
tros cronistas de salones, aunque un poco cansado 
y un poco viejo ya, sigue siendo un enamorado del 
periódico y del periodismo y trabaja con el entu- 
siasmo y el cariño de los años mozos. Y así segui- 
rá siempre, siendo ante todo y sobre todo perio- 
dista; un gran trabajador del periódico, de mucho 
amor propio, que quisiera hacerlo todo, y de un 
admirable golpe de vista, que descubre la noticia, 
el suelto, la crónica y el artículo donde otros ojos 



75 AÑOS DE PERIODISMO 195 

no lograron verlo. Valdeiglesias morirá, como los 
buenos artilleros, al pie del cañón, ocupando su 
puesto en la mesa grande de redacción, entre sus 
compañeros, que son su familia. 

Comenzó Valdeiglesias su carrera de periodista 
a la edad en que otros jóvenes sólo se preocupan 
de los divertimientos propios de muchachos, cuan- 
do tenía diecisiete años. Celebrábase entonces la 
gran Exposición de Filadelfía y fué enviado por su 
padre para hacer un viaje de instrucción y de es- 
tudio por los Estados Unidos. Joven inteligente y 
observador, deseoso de estudiar, quiso escribir sus 
impresiones y envió interesantes correspondencias 
a La Época, a La Ilustración Española y America- 
na y a Las Provincias, de Valencia, el periódico 
del gran poeta D. Teodoro Llórente. Como traba- 
jo de principiante, eran incorrectos y minuciosos 
hasta el exceso, llenos de repeticiones, y el ilustre 
Pérez de Guzmán, que los corregía, tenía que tra- 
bajar no poco. Pero en aquellas cartas, llenas de 
observaciones y de vida, que luego formaron un 
interesante volumen, palpitaba un alma de verda- 
dero periodista y ellas decidieron el porvenir de 
Alfredo Escobar. 

Desde entonces el periodismo ha sido para él 
una verdadera pasión. A él consagra toda su inte- 
ligencia y toda su actividad, trabajando sin des- 
canso muchas horas. El dice, en una de sus pe- 
culiares hipérboles, que trabaja «treinta horas» 
cada día, y si se atiende a la intensidad del tra- 
bajo, puede que tenga razón. No se limita a las 
tareas directivas del periódico, que no es labor 



196 LEÓN ROCH 

despreciable, y a inspirar a unos y a otros artícu- 
los, sueltos e informaciones, sino que a su vez es 
también cronista y revistero de salones, y repórter 
y gacetillero. La noticia le enamora, lo mismo que 
la crónica, la información y el artículo. El dar en 
su periódico una noticia nueva, que ningún otro 
colega atrape, lo considera como un triunfo. 

Si tuviéramos que establecer alguna distinción 
entre el padre y el hijo, diríamos que D. Ignacio 
José Escobar fué un gran periodista político, aco- 
modado a su tiempo, como lo fueron los Lorenza- 
na, los Borrego, los Coello, y que Alfredo Escobar 
ha sido sencillamente un periodista, un gran perio- 
dista a la moderna, lleno de iniciativas, de inventi- 
va felicísima, un poco a la norteamericana, capaz 
de hacerlo todo y de intentarlo todo para lograr un 
reportage. Para hacer informaciones nuevas y ori- 
ginales, él ha sido el primer periodista español que 
ha hecho ascensiones en globo libre y en aeropla- 
no; él ha entrado en una jaula de fieras, acom- 
pañado del domador, en pleno circo de Parish; 
ha realizado largos viajes, y sería capaz de in- 
tentar una expedición a la luna, o a los propios 
infiernos. A pesar de su edad, durante la guerra 
europea hizo dos visitas a los frentes de batalla, 
sin temor a la fatiga. Cuando la Infanta Doña Isa- 
bel hizo su viaje a la Argentina, en 1910, acompa- 
ñaron a la augusta dama varios ilustres periodis- 
tas, y Escobar fué el único que sacó verdadera 
sustancia al viaje, escribiendo buena cantidad de 
crónicas y publicando luego un interesantísimo 
libro, como antes había publicado otro con las 



75 AÑOS DE PERIODISMO 197 

crónicas de los viajes del Rey Don Alfonso XII. 

No ha sido nunca el segundo marqués de Valde- 
iglesias un buen articulista político; no ha sido 
tampoco un escritor brillante; pero ha sido un buen 
periodista, un buen director y un escritor ameno. 
Muy aficionado a los viajes, a la lectura y al estu- 
dio, en los libros y recorriendo los países extran- 
jeros se ha formado una cultura extensa, varia, no 
profunda; cultura a lo periodista, que permite sa- 
ber de todo y hablar de todo, sin profundizar en 
nada, como el periódico requiere. Si se hubiera es- 
pecializado en una materia cualquiera, sería en ella 
una eminencia, por lo mucho que ha leído, princi- 
palmente de arte, poesía y literatura. Pero es un 
temperamento inquieto y nervioso, incapaz de do- 
minarse y de sujetarse a ninguna disciplina. Cual- 
quier otro, con menos talento y menos condicio- 
nes, hubiera sido ministro, y académico y cuanto 
quisiera. El se ha contentado con ser periodista, 
aunque alcanzó no pocos merecidos honores en 
Espafía y en el extranjero, entre los cuales es el 
más preciado el de la Gran Cruz de Alfonso XII, 
que posee. 

Trabajador infatigable, en la labor diaria cons- 
tante, realizada con verdadero cariño y entusias- 
mo, aprendió el arte de dirigir. Y es tal su amor al 
oficio y tan incansable su actividad, que refleja 
sus iniciativas en el artículo político y en los estu- 
dios económicos; en la crónica literaria y en las 
revistas de actualidad, como en las informaciones 
callejeras, no obstante haber sabido rodearse siem- 
pre de escritores y periodistas distinguidos, mu- 



198 LEÓN ROCH 

chos de los cuales alcanzaron en las letras justa 
nombradla y en la política altas posiciones. Su es- 
pecialidad periodística ha sido la crónica de salo- 
nes. En este arte, ni el gran Asmodeo, que lo in- 
ventó, ni Kasabal luego, hicieron tanto como Mas- 
carilla, porque si fueron más literatos, eran menos 
periodistas. Los cronistas que han venido luego no 
han inventado nada, y no han hecho más que se- 
guir las huellas de Mascarilla. Con los millares de 
crónicas amenas que escribió Escobar, de descrip- 
ciones de palacios y casas y de otros asuntos, se 
podría formar toda una biblioteca interesante y 
amenísima. 

Tal es, en rápida y sincera síntesis, este gran pe- 
riodista que se llama Alfredo Escobar. Así cree- 
mos que es esta ilustre figura de la Prensa ma- 
drileña. 



En el periodismo no se han ofrecido casos fre- 
cuentes de < dinastías > como en la política, dentro 
de la cual formáronse en torno de muchos prohom- 
bres verdaderas cohortes de hijos, yernos y sobri- 
nos. En la Prensa apenas conocemos más que dos 
casos de verdaderas <dinastías», ya que no se pue- 
de-considerar así ni a los López Roberts, ni a los 
Suárez de Figueroa, ni a los Botella, ni a otros ilus- 
tres periodistas que pertenecieron a la misma fa- 
milia. Uno de aquéllos es el que se nos ofrece en 
El Imparcial, popular colega, que después del in- 
olvidable D. Eduardo Gasset y Artime han dirigí- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 199 

•do SU hijo D. Rafael Gasset y Chinchilla, ministro 
de Fomento en la actualidad, y su nieto D. Ricardo 
Casset y Alzugaray, director en estqs momentos, 
sin contar otros nietos que también alcanzaron en- 
vidiable nombre en las letras y en el periodismo. 
El segundo caso a que nos referimos es el de La 
Época. 

Después del ilustre D, Ignacio José Escobar ha 
venido a dirig^ir el periódico su hijo D. Alfredo. 
Para descontar el porvenir, que Dios haga sea muy 
lejano, ya trabaja en la Redacción de La Época el 
tercero de los Escobar, un muchacho inteligente, 
■estudioso y simpático, un poco inquieto aún y un 
poco incierto en las ideas por su juventud, pero 
que acusa todos los rasgos salientes de su casta. 
José Ignacio Escobar y Kirkpatrick es abogado, 
hizo sus estudios con brillantez y aprovechamien- 
to; ganó por oposición una plaza en el Consejo de 
Estado, e hizo bizarramente la campaña de Marrue- 
cos como soldado de cuota. Es laborioso y escribe 
con soltura; sus primeros ensayos prometen de él 
que será un buen periodista y un buen director de 
La Época. Bajo su dirección el periódico de don 
Diego Coello podrá celebrar el centenario de su 
fundación. ¿Quién de nosotros podrá acompa- 
5 arle?... 



LOS REDACTORES JEFES 



Don Eduardo Gómez de Baquero. — 

D. Jerónimo Bécker. — D. Mariano 

Marfil.— D. Salvador Cañáis. 



A mantener las tradiciones, el buen nombre y el 
prestigio de La Época, sirviendo con toda lealtad 
al periódico y al partido conservador, contribuye- 
ron sus redactores jefes, que compartieron la di- 
rección con Valdeiglesias y sustituyeron a éste en 
ausencias y enfermedades. En este punto tuvo Es- 
cobar un gran acierto, que acaso fué mejor buena 
fortuna: el de rodearse de periodistas de talento, 
escritores de mérito y hombres leales y honrados, 
que defendieron sus ideales políticos con entusias- 
mo y desinterés admirables, ya que sus esfuerzos y 
sus méritos no fueron siempre recompensados en 
la política, y sirvieron al interés del periódico con 
un cariño y un buen deseo que no es fácil superar. 

Tres redactores jefes llenan el período de veinti- 
cinco años que examinamos: Gómez de Baquero, 
el cultísimo Uterato y crítico; Jerónimo Bécker, el 
laborioso historiador, actual bibliotecario de la 
Academia de la Historia, y Mariano Marfil, que lo 



202 LEÓN ROCH 

es actualmente, y que Dios quiera lo sea por mu- 
chos años. 

En el puesto de redactor jefe sustituyó Gómez 
de Baquero a D. Manuel Tello, a la muerte de éste. 
Antes llevaba la sección de crónica extranjera, 
ocupándose también de política interior. En la cul- 
ta revista de D. José Lázaro, La España Moderna, 
se había hecho ya una envidiable reputación de crí- 
tico con sus notables crónicas literarias; años des- 
pués, con su «Diario de un espectador) , popularizó 
en La Época el seudónimo de Andrenio, con el que 
después ha colaborado en tantas publicaciones. 
Durante unos diez años fué un admirable redactor 
jefe, y cesó en este cargo por querer descansar de 
la vida activa del periódico, dedicándose a sus co- 
laboraciones. Al morir Fernández Villegas, a fines 
de 1916, volvió Baquero a la Redacción de La 
Época para encargarse de la crítica teatral, según 
se hizo constar en otro sitio, y no ha mucho tiempo 
abandonó este trabajo para atender a más impor- 
tantes colaboraciones. 

La personalidad de Gómez de Baquero es harto 
conocida y prestigiosa en las letras contemporá- 
neas para que necesite de nuestra alabanza. Todos 
saben que es un notable cronista, de una finísima 
ironía y de un escepticismo que no muchos advier- 
ten; su bello libro Aspectos, lleno de exquisitas 
sensaciones, en cuyos artículos laboró la pluma 
como un cincel, haciendo prosa de castiza filigrana, 
es la mejor representación que de Baquero puede 
ofrecerse como cronista. Pero antes que eso, el no- 
table escritor es el primer crítico de nuestro tiem- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 



203 



po, de una cultura literaria excepcional, de un buen 
gusto y de una corrección modelos, de una fina y 
rápida percepción, de un arte impecable. Sus libros 




Ilmo. Sr. D. Eduardo Gómez de Baquero, 

ILUSTRE CRÍTICO LITERARIO, EX REDACTOR-JEFE DE «La EpOCA». 

Letras e ideas y Novelas y novelistas acreditan a un 
maestro. 

Para muchos, antes de recopilados los trabajos 
que formaron esos libros, ya Gómez de Baquero 
gozaba la misma envidiable reputación como críti- 
co. Cuando murió el gran Clarín y trató de susti- 
tuirle El Imparcial en la crítica literaria, buscó a 



204 LEÓN ROCH 

Baquero como digno sucesor del autor de La Re- 
genta, y aquellas correctísimas crónicas llenaron 
cumplidamente el vacío que dejó la muerte. 

El exquisito literato a quien todos conocen y 
admiran hoy, un tanto mundano, un poco excépti- 
co, siempre independiente, pero amable y correcto, 
que escribe con guante blanco y maneja la ironía 
con la elegancia de un florete en un asalto acadé- 
mico, no es el Gómez de Baquero a quien nosotros 
conocimos en nuestro tiempo, el periodista infati- 
gable, cartujo del periodismo, que pasaba la ma- 
yor parte de las horas del día escribiendo, leyendo 
y estudiando, con el cerebro siempre en actividad, 
apartado de toda clase de diversiones, sin frecuen- 
tar los Círculos, sin pasear apenas. Era entonces 
un hombre oscuro y retraído, un poco huraño, 
poco comunicativo y menos locuaz, que hacia una 
vida imposible para la salud del cuerpo y del espí- 
ritu. De su casa a la Redacción y de la Redacción 
a su casa, y en ambos sitios laborando siempre, 
para reservar al descanso el menor número de ho- 
ras posible. 

En su cargo de redactor- jefe trabajaba mucho y 
descansaba poco. Escribía sueltos, el artículo po- 
lítico cuando era necesario o alguna crónica; revi- 
saba los originales ajenos y corregía pruebas. Ma- 
nejaba siempre la pluma con soltura y elegancia, 
no con rapidez, y las cuartillas salían de sus manos 
impecables, casi sin tachaduras, como obra de un 
pensamiento firme y seguro. Cuando escribía no 
gustaba de que le distrajeran, y llegaba hasta in- 
comodarse, abstrayéndose por completo en la la- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 205 

bor. Por las tardes, a última hora, cuando el tra- 
bajo amainaba, en los momentos en que se cerraba 
la edición de Madrid, se descansaba y se charlaba 
un rato, y el redactor-jefe se convertía en un ame- 
no camarada. Si se le consultaba sobre algún tema 
literario, Baquero contestaba con sencillez y clari- 
dad, y burla burlando, sin pretensiones, daba una 
conferencia amenísima, llena de interés, que ence- 
rraba una sabia lección de ideas, de cosas y de 
hombres. 

¡Oh, aquel exquisito Diario de un espectador! 
No lo olvidaremos nunca. ¡Con qué justeza, con 
qué corrección y con qué exquisita sensibilidad 
daba el maestro la emoción de cada día!... El Dia- 
rio de un espectador, revelación de un magno cro- 
nista, marca en la vida de Gómez de Baquero una 
época nueva. El periodista empieza a dejar de ser- 
lo, por hastío acaso, por desengaños de la política 
quizás, y el redactor-jefe se eclipsa luego. Entonces 
queda solamente el buen Hterato, el cronista y el 
critico, cuya colaboración se solicita de todas par- 
tes, porque es una firma que honra. 

La política ha sido con Gómez de Baquero in- 
grata e injusta, ¿por culpas ajenas acaso? ¿por 
algo de culpa propia quizás? No nos toca a nos- 
otros inquirirlo, ni ello tiene aquí lugar adecuado. 
Solamente es ocasión de decir que la política, por 
lo que fuera, ha sido injusta con él. El ilustre es- 
critor fué juez municipal, tiene un destino en Gra- 
cia y Justicia y ha sido consejero de Instrucción 
pública y presidente de su Comisión permanente. 
No ha desempeñado cargos en la política, después 



206 LEÓN ROCH 

de haberla servido tantos años; no ha sido diputa- 
do, ni senador; no es todavía académico... Conven- 
gamos en que para un hombre de tan alto vali- 
miento todo eso es una gran injusticia. 



« 



Como redactor-jefe sustituyó a Baquero don 
Jerónimo Bécker, periodista político y erudito his- 
toriador, en cuyo bagaje figuran muchos intere- 
santes libros, que le llevaron a la Academia de la 
Historia. Bécker era ya redactor de La Época des- 
de hacía algún tiempo. Cuando Cristóbal Botella 
marchó a París, venía durante los veranos, y luego 
entró de redactor fijo, como articulista político. 
Por espacio de cinco o seis años fué redactor-jefe, 
demostrando su competencia y una gran honradez 
profesional. 

Era entonces D. Jerónimo un verdadero vetera- 
no del periodismo, en el cual trabajaba desde la 
juventud, sin lograr las merecidas recompensas. 
Había nacido en 1857, en Salamanca, y fué redac- 
tor de El Globo y director de La Regencia y de El 
Clamor, en los que se acreditó de buen polemista. 
Gran trabajador, laboraba desde la mañana a la 
noche, sin fatiga aparente; escribía despacio y muy 
correctamente, con una letra menudita, como de 
patas de mosca, cubriendo pulcramente la cuarti- 
lla, para no mancharla, con otra doblada. Y cuan- 
do parecía que aun estaba en el comienzo de su 
artículo, porque sólo tenía dos cuartillas o poco 



75 AÑOS DE PERIODISMO 



207 



más, resultaba que había hecho lo suficiente para 
llenar una columna de La Época. 

En la apariencia era Bécker un sujeto severo^ 
malhumorado, casi irascible, pero en el fondo era 




ExcMO. Sr. D. Jerónimo Bécker y González, 

EX REDACTOR-JEFE DE La ÉpOCA», ACADÉMICO BIBLIOTECARIO 

DE LA Real Academia de la Historia. 



un hombre bonachón, a quien fácilmente se halaga- 
ba y complacía. Fué un luchador honrado y labo- 
riosísimo, que prestó buenos y leales servicios, 
dando cuanto podía, y no alcanzó las debidas com- 
pensaciones. Así, era un amargado de la vida, que 



208 LEÓN ROCH 

fué madrastra para éi y le abrumó con sus amar- 
guras, a cambio de muy escasas satisfacciones. ¿Qué 
extrañar, pues, que apareciera malhumorado y casi 
irascible quien ocultaba en el fondo de su alma tan 
hondos dolores? 

Pertenecía D. Jerónimo al cuerpo de Archiveros 
y Bibliotecarios, prestando sus servicios, como los 
sigue prestando, en el Ministerio de Estado, y con 
el periodismo alternaba los estudios históricos, a 
los que debe la única verdadera compensación al- 
canzada en su vida: la de haber sido llevado a la 
Academia de la Historia, premiando su extensa y 
útil labor. Trabajador constante, metódico y tenaz, 
gran buceador en los archivos, escribió numerosos 
libros y llevó a la docta casa un buen bagaje cien- 
tífico. Recientemente designóle la Academia para 
ocupar el puesto de bibliotecario, en el que pres- 
tará los mejores servicios. 

Dentro de la historia cultivó Bécker la especia- 
lidad de los estudios diplomáticos y comerciales. 
Es también muy competente en los geográficos y 
un buen africanista. Entre sus numerosas obras re- 
cordamos las tituladas Historia política y diplomá- 
tica. La tradición política española, Bodas reales 
en España, Historia de Marruecos, España e Ingla- 
terra, Acción de la Diplomacia española. Los estu- 
dios geográficos en España, La vida local en Es- 
paña, España y Marruecos, Relaciones comerciales 
entre España y Francia, Relaciones diplomáticas 
entre España y la Santa Sede, La política española 
en las Indias y La independencia de América. Úl- 
timamente ha dado a luz el libro La reforma cons- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 209 

titucional en España, que es una interesante apor- 
tación para el importante problema que en la ac- 
tualidad se debate. 



« 



En marzo de 1910 ingresó en la Redacción don 
Mariano Marfil, para llevar la sección de extranje- 
ro (en la que había cesado Augusto Barrado para 
ocuparse solamente de la crítica musical) y tratar 
también asuntos políticos y militares. Procedía de 
El Ejército Español, y era entonces un mozo de 
poco más de veinticinco años, pero de aspecto se- 
rio, grave y reflexivo, como si tuviera muchos más; 
su recia barba negra contribuía a aumentar la pa- 
lidez y la severidad de su semblante de asceta. 
Pronto descubrió todo lo que llevaba dentro, mos- 
trando excepcionales condiciones de cultura, labo- 
riosidad y talento. Aquel mozo grave y sesudo era 
de la cantera de los grandes periodistas, y venía a 
La Época a continuar las tradiciones de los buenos 
escritores políticos, figurando dignamente en la se- 
rie de los Coello, Escobar, Cos-Gayón, Maldona- 
do, Pérez de Guzmán y Gómez de Saquero. 

Pertenece Marfil a la carrera de las armas, pero 
sus amigos casi se olvidan de ello; al menos no lo 
advierten por las insignias exteriores, ni aun por el 
carácter, que si puede parecer autoritario cuando 
se incomoda, es constantemente franco y jovial en 
las horas de camaradería. En Avila siguió los estu- 
dios de Administración militar, con tan singular 
aprovechamiento que fué constantemente el núme- 

14 



210 LEÓN ROCH 

ro uno, y con el mismo salió en su promoción. Des- 
tinado a Zaragoza como oficial, cualquier otro, jo- 
ven, militar, sin grandes obligaciones, se hubiera 
dedicado a holgar y a divertirse, después de cum- 
plidos sus deberes. Pero siendo estudioso por tem- 
peramento e incapaz de estar ocioso. Marfil hizo 
allí brillantemente los estudios de la carrera de De- 
recho, que terminó en Madrid con el doctorado. Y 
sobre la base de estas dos grandes ramas de cono- 
cimientos, la militar y la jurídica, leyendo y estu- 
diando de continuo, formó una cultura enorme, no 
solamente en aquellas disciplinas, sino en política, 
en historia, en sociología y aun en literatura. En 
estas condiciones, natural era que el militar-abo- 
gado derivase hacia el periodismo, en el que había 
de ser por razón de sus méritos una personalidad. 
Dentro de su doble profesión cultivó Marfil la 
especialidad de los estudios jurídico-militares, y ha 
llegado a ser una autoridad en la materia, por lo 
cual ha figurado mucho tiempo en la Comisión de 
Codificación. Siendo un mozo antes, y ahora sien- 
do todavía joven, ostentando las insignias de ca- 
pitán, es una de las capacidades del Cuerpo de 
Intendencia. Le consultan los compañeros y los je- 
fes, y en toda cuestión grave y trascendental el 
consejo de Marfil es decisivo. Con Benítez de Lugo 
fundó la Biblioteca Jurídica de Guerra y Marina, y 
en ella ha publicado libros importantes, como los 
titulados Penas militares, Penas comunes del Códi- 
go militar e Influencia de la educación militar en la 
civilización de los pueblos. Además ha publicado 
muchos notables trabajos en diversas revistas pro- 



75 AffOS DE PERIODISMO 211 

fesionales y en el Boletín de su Cuerpo, así como 
en otras de carácter político y literario, cual Nues- 
tro Tiempo y La Lectura. 

Modesto y sencillo, enemigo de toda ostenta- 
ción, no hace jamás gala del caudal de sus cono- 
cimientos; pero cuando llega 'a ocasión oportuna 
para demostrar la cultura y erudición que posee, 
lo hace cumplidamente. Ejemplo de ello es su mag- 
nífico libro Relaciones entre España e Inglaterra 
desde la paz de Utrech, que logró un importante 
premio único, en un gran concurso internacional, 
al que concurrieron notables escritores de distin- 
tos países. 

Al abandonar D. Jerónimo Bécker, ya académi- 
co de la Historia, el puesto de redactor-jefe de La 
Época, ocupólo por derecho propio D. Mariano 
Marfil, que durante algún tiempo ha sido también 
director efectivo del periódico, y en ese cargo 
ha seguido demostrando brillantemente sus dotes 
de talento, reflexión, prudencia y ecuanimidad, y 
con ellas las de una lealtad y caballerosidad sin 
tacha, Tales dotes le conquistaron el afecto, la es- 
timación y la confianza de los jefes del partido 
conservador, y antes el inolvidable D. Eduardo 
Dato, y ahora el Sr. Sánchez Guerra, han visto en 
él un hombre de cualidades excepcionales, leal y 
prudente en el consejo, que puede y debe tener 
un brillante porvenir en la política, y que es segu- 
ro que lo alcanzará. 

En la última etapa de gobierno conservador, el 
Sr. Sánchez Guerra ofreció al entonces novel dipu- 
tado puesto de tanta confianza como el de subse- , 



212 LEÓN ROCH 

cretario de la Presidencia. En ese cargo ha sido 
un auxiliar eficacísimo del ilustre jefe conservador, 
al que ha prestado muchos y valiosos servicios, de 
los que se recompensan con más altos premios. 
Tenemos por seguro que este gran periodista re- 
novará la tradición de aquellos ilustres escritores, 
como Alvarez Bugallal, Cos-Gayón, Navarro Ro- 
drigo y otros, que salieron de la redacción de La 
Época para ser ministros de la Corona. 

Pero subsecretario antes, mañana ministro. Mar- 
fil seguirá siendo escritor y periodista. Esto de es- 
cribir en los papeles es un vicio que una vez meti- 
do dentro, no se desarraiga jamás. Y mañana, como 
ayer, el periodista-político será un buen amigo jo- 
vial y un excelente camarada, incapaz de sentirlos 
estímulos del engreimiento. 



Al hablar de los que han sido y son verdaderos 
directores de política en La Época, no fuera justo 
olvidar al gran ¡jeriodista D. Salvador Cañáis, que 
tanto ha contribuido con el prestigio de su nom- 
bre y de su pluma al del periódico que se honra 
contándole entre sus redactores. Durante muchos 
años, no recordamos ya cuántos — doce, quince, 
veinte quizás — , ha venido enviando al órgano 
conservador sus admirables artículos de fondo, y 
bastante tiempo, especialmente en la época de don 
Antonio Maura, la pluma de Cañáis era la que de- 
finía, en la primera columna del periódico, la polí- 
tica del partido. 



75 Af50S DE PERIODISMO 213 

En ese lapso de tiempo a que hacemos alusión 
el magno periodista prestó eminentísimos servicios, 
entre ellos, y muy principal, el de la publicación de 
su notable libro sobre los sucesos de Barcelona y 
de Marruecos de 1909, y fué uno de los primeros y 
más eficaces auxiliares del Sr. Maura. El ilustre jefe 
conservador no hizo justicia a los grandes méritos y 
servicios de Cañáis, recompensándole debidamen- 
te, y no le ascendió a ministro. Bien es verdad que 
de esa injusticia, que es también ingratitud, han par- 
ticipado otros. Porque Cañáis, al cabo de tantos 
años de brillante lucha, cuando tantos mereci- 
mientos y títulos le sobran, no ha sido aún minis- 
tro. ¡Y lo han sido tantos que son casi en absoluto 
insolventes dentro de la vida intelectual!... 

Nosotros guardamos a Cañáis devoción y reco- 
nocimiento desde hace justamente veinticinco años; 
nuestra admiración data de más larga fecha. Cuan- 
do veníamos de tierras andaluzas, con nuestro hati- 
llo de periodistas noveles y un buen zurrón de ilu- 
siones, él fué el primero que nos tendió una mano 
de cariño y de aliento. Era entonces redactor-jefe 
de El Nacional, que estaba casi en sus postrime- 
rías, pero que aun conservaba su personalidad de 
gran periódico; de director continuaba D. Adolfo 
Suárez de Figueroa, y uno de los redactores polí- 
ticos principales era el veterano Diego Gálvez, que 
luego fué también un excelente camarada en La 
Época. Acudimos a Cañáis con la pretensión de 
ingresar en aquella Redacción, y el maestro nos 
habló con simpática franqueza: 

— Mire usted, amigo: entrar aquí no le tiene nin- 



214 LEÓN ROCH 

guna cuenta, porque aquí no hay dinero. Del poco 
que entra, Adolfo se lleva la parte principal; yo me 
llevo otro poco; para los demás apenas queda... 
Pero como a usted lo que le conviene es escribir, 
y firmar y darse a conocer, mándeme todos los ar- 
tículos que quiera y yo se los publicaré. 

No hablamos más. Desde entonces comenzamos 
a enviar a El Nacional modestísimos trabajos, to- 
dos los cua'es aparecieron firmados con nuestro 
flamante seudónimo. Algunas crónicas de la calle, 
algún cuentecillo, algún artículo político... Aquellos 
trabajos fueron nuestra fe de vida en el periodis- 
mo madrileño, y pocos meses después nos servían 
como tarjeta de presentación y como ejecutoria 
para ingresar en La Época, de donde ya no había- 
mos de salir nunca... He aquí porqué guardamos a 
D. Salvador Cañáis tan añeja devoción y tan justo 
reconocimiento, que siempre vivirán con nosotros. 

El nombre de Cañáis, verdadero maestro de pe- 
riodistas, vivirá siempre en la historia de la Prensa 
madrileña, unido a la época de sus mayores pro. 
gresos, quieran o no quieran sus enemigos y de- 
tractores. Para dar relieve a ese apellido, famoso 
en periodismo, no es necesario que a él se una 
ningún adjetivo ni epíteto relumbrante, que tanto 
se han prodigado entre currinches y medianías. 
Porque Cañáis no es un periodista más o menos 
ilustre; puede decirse que es «el periodista» por 
antonomasia. Desde que se reveló en el Heraldo y 
en el Nuevo Heraldo, con Augusto Figueroa y 
Julio Burell, Cañáis apareció como un maestro; los 
periodistas jóvenes de aquel tiempo copiaban en 



75 AÑOS DE PERIODISMO 215 

él el modelo que más les seducía. Sin quitar nada a 
la gloria de aquellos grandes escritores periodis- 
tas, todos sabemos que aquel admirable Heraldo 
de Madrid de los tiempos de D. José Canalejas, 
era principalmente fruto de la inspiración, del ta- 
lento y del amor al trabajo de Cañáis, que por sí 
solo realizaba la labor de muchos periodistas. 

Como ha dicho uno de sus biógrafos, en Cañáis 
hay siempre dos preponderantes cualidades que 
rara vez se encuentran juntas: una, nativa, hija de 
la contextura cerebral, que es el genio de escritor, 
las ideas, el estilo, la rapidez para concebir y para 
producir un gran artículo en cuarenta minutos de 
trabajo; y otra, hija de la voluntad y de la fuerza, 
la capacidad para la labor, las doce horas de ta- 
rea, el no cansarse de los demás ni de sí mismo 
— hombre de genio, injerto en fuerte obrero. 

Cañáis no es solamente el escritor de gran ins- 
piración que traza el artículo magnífico, que ho- 
ras después ha de llamar la atención, siendo co- 
mentado por todo el mundo. Es el periodista que 
lo hace todo y todo bien; que se cuida de todos 
los detalles de redacción y confección; que dispo- 
ne las informaciones de actualidad y destaca sus 
huestes como un general en jefe, para reunir luego 
«n un haz armónico y bello el fruto de la labor de 
todos; que coge la información de un suceso, mal 
hecha, y la reviste de interés y amenidad; y quita 
los títulos disparatados, sustituyéndolos con los 
propios y sugestivos; y compone artísticas «cabe- 
zas», para dar mayor relieve a los artículos e in- 
iormaciones; que ilustra, como sólo saben hacer 



216 LEÓN ROCH 

los grandes dominadores del periodismo, con quin- 
ce o veinte líneas rápida y vibrantemente escritas 
la noticia del extranjero, convirtiendo así un sen- 
cillo telegrama de Fabra en una de las partes más 
interesantes del periódico; y saca de un casi an- 
alfabeto un buen repórter; y termina la labor del 
día junto a las platinas, confeccionando el periódi- 
co con arte y elegancia, como el más consumado 
regente. 

Dentro del periódico Cañáis ha hecho cuanto 
hay que hacer en él, con arte, con primor; desde el 
artículo doctrinal, nutrido de ideas, al telegrama y 
la gacetilla; la crónica literaria, ligera y amena; la 
nota de actualidad, rápida y vibrante, recogiendo 
en diez renglones la sensación de cada día; el ar- 
tículo de polémica, enérgico y contundente, llena 
de punzante ironía, que con una frase graciosa- 
mente cruel destroza al adversario; la crítica tea- 
tral, de fina observación y recta imparcialidad; el 
suelto político, la información... Pero en Cañáis 
siempre domina sobre el literato y sobre el crítico 
el periodista. Sus notables libros, obras de infor- 
mación y de lucha, de las cuales no hemos de ha- 
cer inventario, son Hbros de periodista principal- 
mente. 

Sobre las cualidades apuntadas resaltan en Ca- 
ñáis otras muy importantes. Una de ellas es una 
capacidad de trabajo extraordinaria, casi inverisí- 
mil. Se levanta con el sol, para aprovechar bien el 
día, y en unas horas de la mañana despacha rápi- 
damente su labor periodística de La Época, de El 
Universo, de su revista Nuestro Tiempo, de sus co- 



75 Af50S DE PERIODISMO 217 

laboraciones de provincias... Escribe ligero, con 
gran seguridad, sin tachaduras, y en las cuartillas 
de su letra microscópica mete una columna. Des- 
pués le queda el día libre para maniobrar en la po- 
lítica y en las finanzas, a las que es tan aficionado. 
Tiene, además, una voluntad férrea y una tenacidad 
inquebrantable; hace cuanto se propone hacer y 
consigue cuanto quiere. ¿Hay nada más refractario 
para un periodista y un literato que los números? 
Pues Cañáis se ha empeñado en domeñarlos y lo 
ha conseguido. Maneja la estadística como pocos; 
domina el arancel; escribe artículos llenos de cálcu- 
los, que aterran, y hace verdaderas diabluras con 
los números... 

Lo único que hasta ahora no ha conseguido Ca- 
ñáis es ser ministro. Se ha quedado en subsecreta- 
rio. Y es que el gran periodista no ha querido con- 
tar con la injusticia, con la ingratitud y con la en- 
vidia de las gentes... 



LOS REDACTORES DE AYER Y LOS DE UOY 



En un lapso de tiempo tan dilatado como el de 
los cinco lustros que examinamos, y tratándose de 
periódico tan hospitalario, natural era que por su 
Redacción desfilara gran número de periodistas, 
ilustres los unos, conocidos los más, modestos mu- 
chos. Nosotros conservamos en el deficiente archi- 
vo de nuestra memoria un puñado de nombres sim- 
páticos, de camaradas que merecen grata recorda- 
ción. Pero sentimos olvidar otros muchos más, y 
ios involuntariamente omitidos habrán de perdo- 
narnos la falta de que, en salud, queremos curarnos- 

Entre los redactores que ingresaron en los pri- 
meros tiempos recordamos al veterano Eusebio 
Montes, casi contemporáneo de Espartero, que aun 
sigue haciendo la información de la Presidencia y 
que nos asombra con sus florecimientos juveniles'» 
al notable cronista y poeta Cristóbal de Castro, 
actual gobernador de Teruel, cuyo hermano Luis, 
inspirado poeta y novelista también, estuvo recien- 
temente en nuestra casa; a Emilio Dugi, periodista 
excelente y de gran cultura, que se ha especializa- 
do en las cuestiones de Marruecos; Miguel Mora- 



220 LEÓN ROCH 

les, cronista de Tribunales, conocido por su seudó- 
nimo Uno del Foro, y Ángel Torres del Álamo, el 
gran sainetero, que aun figura en la Redacción, un 
tanto platónicamente, publicando de vez en cuan- 
do las graciosas anécdotas «Del ingenio ajeno>, en 
los descansos de sus envidiables éxitos. 

Sumamos en esta lista a los laboriosos e inteli- 
gentes hermanos Alberto y Arturo García Carraffa, 
periodistas y escritores de varias aptitudes, que 
ahora están pubHcando una útilísima Enciclopedia 
heráldica; el excelente Arturo Humanes; el malo- 
grado doctor D. Eduardo Toledo, a quien sustitu- 
yó como redactor-colaborador médico D. Francis- 
co Massip; Manuel Luengo, Diego Borrajo, Maria- 
no Sánchez de Enciso, escritor distinguido; Arte- 
mio Precioso, Eduardo Quiñones, un simpático 
periodista asturiano, que trabaja con fruto en la 
Habana; José Juan Sanchiz, Rodolfo Pérez del Pra- 
do, que ha abierto ancho campo a sus talentos y 
actividades en la explotación de la publicidad; Ra- 
fael Solís, un buen poeta festivo, que figuró en la 
Redacción de El Tiempo; Juan de Dios Iturriaga, 
inteligente reportero, ahora redactor de La Acción; 
Manuel Ruiz Ormaechea, recientemente fallecido; 
Manuel Jiménez Moya, periodista ingenioso y de 
notables aptitudes; Román Martínez, José Toral, 
que luego ha conquistado justo renombre como 
novelista; José María Arellano, un bilbaíno listo y 
de suerte, que llegará lejos; Francisco Belmonte, 
un periodista extremeño, inteligente y simpático, 
que en la abogacía está alcanzando merecido éxi- 
to, y Rodríguez Echagüe, el malogrado oficial avia- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 221 

dor y admirable jinete, que tantos triunfos lograra 
en los concuisos hípicos con su famoso caballo 
«Longinos». 

Más adelante pertenecieron también a nuestra 
Redacción el notable periodista Diego Gálvez, que 
figuró en El Nacional con Adolfo Figueroa y con 
Salvador Cañáis; Enrique López Alarcón, el admi- 
rable poeta y aplaudido autor dramático; José Be- 
thencort, Ángel Guerra, notable escritor y diputado 
a Cortes; Pepe Zahonero, el culto literato y eterno 
y simpático bohemio; Ramón López Montenegro, 
periodista enciclopedia, que de todo hace y de todo 
bien; Eugenio Selles, hijo del ilustre marqués de 
Gerona; Eduardo Palacio Valdés, insustituible se- 
cretario de la Asociación de la Prenta y actual re- 
dactor áe. A B C; Julio Romero, el excelente re- 
portero de El Imparcial; Manuel Alfonso Acuña, 
Francisco de Torres, aplaudido autor dramático; 
Luis de Terán, distinguido escritor y simpático ca- 
marada, que da tres y raya al caballero Tho Rama 
en los trabajos de adivinación del pensamiento. 
Luis Salles de Toledo, Diego López Moya, uno de 
los hombres que han hecho más extraordinarios 
juegos malabares con la hipérbole; el canario Be- 
nítez Usaola, Tomás de Elizondo, un desgraciado 
bohemio; Jorge de la Cueva, cultísimo periodista y 
notable autor dramático; José Hevia, excelente es- 
critor militar; José Tellaeche, redactor actualmente 
de El Imparcial y autor aplaudido también; Edmun- 
do González Blanco, notable y simpático escritor, 
de una enorme cultura; el distinguido crítico de ar- 
te Ceferino Palencia Tubau, Vicente Calvo Acacio, 



222 LEÓN ROCH 

notable periodista valenciano; José Rodríguez de 
la Peña, Leandro Cerón y Sebastián Larceguí. 

Entre los que fueron nuestros compañeros du- 
rante el decenio último debemos contar también al 
malogrado ingeniero D. José Igual; a Emilio Llase- 
ra, el elocuente letrado, ex gobernador de Segovia; 
al cronista Miguel de la Cuesta; al veterano perio- 
dista D. Ángel Murciano; Alberto de Segovia, cul- 
to literato; Guillermo Perrín, excelente traductor y 
aplaudido autor cómico; Cristino Fernández Ville- 
gas, hijo del inolvidable Zeda; Rafael Beltrán, re- 
dactor de La Correspondencia de España; el depor- 
tista Sánchez de León, el malogrado Alfonso Vi- 
llalba, José Avello y Benjamín Marcos, con algunos 
otros más, de cuyos nombres no podemos acor- 
darnos. 

A propósito de antiguos redactores, hemos de 
recoger una nota curiosa, que no hemos visto en 
ningún otro artículo. Se refiere al ilustre actor, ya 
retirado de la escena, Mariano de Larra, que per- 
teneció a la Redacción anterior a 1898, colaboran- 
do en la sección de «Sucesos». Ya por entonces 
trabajaba con gran éxito en las funciones de aficio- 
nados, y de aquí salió para actuar en el teatro de 
Lara, donde pronto alcanzó envidiable reputación 
y un merecido puesto entre los actores cómicos 
más eminentes de nuestro teatro. 

Como este popularísimo actor, pasaron por nues- 
tra casa, en rápida estancia, ilustres personalida- 
des de las lelras. Entre ellas, honraron nuestra mesa 
de trabajo el gran novelista Ricardo León y el emi- 
nente crítico Julio Casares, ambos académicos de 






75 AÑOS DE PERIODISMO 225 

la Española; el malogrado y notable escritor y po- 
líglota Julián Juderías y el catedrático Quintiliano 
Saldaña. Quisieron éstos, como otros muchos, ac- 
tuar en el periodismo, y a nuestra hospitalaria Re- 
dacción vinieron para hacer sus ensayos periodís- 
ticos, cuando ya estaban ahitos de laureles. Pero 
hubieron de desistir a poco, por no considerarse 
con vocación suficiente. Y es que este oficio nues- 
tro, tan modesto y humilde, que no exige ciencia 
ni grandes talentos, requiere aptitudes especiales 
y, sobre todo, un amor y un entusiasmo sin límites 
por el periódico. 

Al último período pertenecen muchos de los re- 
dactores que actualmente figuran en la plantilla de 
La Época, y que por sus excelentes condiciones de 
periodistas o escritores han conquistado justa esti- 
mación. El más antiguo de este grupo es Anselmo 
Alarcón, un buen repórter, bien conocido en el 
gremio, a quien auguramos merecido éxito en más 
altas empresas literarias, si la fortuna le ayuda. Le 
sigue en antigüedad Luis Benavente, periodista de 
buena cepa, activísimo, inteligente y de pluma agiU 
pero de más ágil lengua; habla por los codos, dis- 
cute a todas horas y grita como un condenado; el 
hombre-cañón es a su lado un infeliz. El polo opues- 
to a Benavente en este respecto es Luis Rubio Hi- 
dalgo, que apenas habla; es periodista y escritor 
de agudo y cáustico ingenio, y el día en que se de- 
cida a trabajar de veras y con método hará gran- 
des cosas. 

La economía y las finanzas están a cargo de don 
Aogel lUana, hombre de múltiples y envidiables 



224 LEÓN ROCH 

aptitudes, que es a la vez uno de los jefes más jó- 
venes del Cuerpo jurídico militar, director de La 
Semana Financiera y secretario de la Sociedad ge- 
neral de Tranvías, todo lo cual viene a confirmar 
la gran competencia del distinguido escritor en las 
materias de su jurisdicción. Parecería natural que 
un hombre dedicado a tan importantes menesteres 
y a tan trascendentales estudios tuviese un carác- 
ter grave y serióte, un tanto huraño, inaceesible e 
«intransitable», y no hay nada de eso. Illana es una 
de las personas más joviales y uno de los camara- 
das más dicharacheros que han desfilado por La 
Época. Naturalmente, es joven aún, soltero y afi- 
cionado a las verbenas; pero no hay quien le «cace» 
ni con galgos. 

La crítica literaria está encomendada desde hace 
algunos años a un notable y cultísimo escritor, que 
en breve tiempo ha conseguido para su firma una 
sólida y merecida reputación entre los doctos. Nos 
referimos a D. Luis Araujo-Costa, literato de va- 
rias aptitudes y de copiosa lectura, que en sus H- 
bros y en sus artículos viene cimentando un por- 
venir envidiable. Téngase en cuenta que Araujo- 
Costa, a pesar de sus muchos y profundos estudios, 
es joven todavía y tiene largo camino por delante. 
Pocos escritores logran a su edad reunir caudal tan 
considerable de cultura, y especialmente en litera- 
tura y en historia francesas contemporáneas. Ade- 
más escribe con soltura y muy correctamente, sin 
hacer alardes enfadosos de erudición. Sus varios 
libros y conferencias en el Ateneo acreditan a un 
buen literato, cuyos merecimientos premiará en su 



75 AÑOS DE PERIODISMO 



225 



día, que no debe ser lejano, la Academia Española. 
Nosotros hacemos cariñosos votos porque así sea. 




Ilmo. Sr. D. Salvador Canals, 

EX SUBSECRETARIO DB LA PRESIDENCIA DEL CoNSEJO Y ARTICULISTA 

POLÍTICO DE «La Época». 



Entre los libros y estudios más notables de Arau- 
jo- Costa figuran los titulados La Edad Media con- 
siderada como Edad cristiana; El escritor y la lite- 
ratura, al que puso prólogo la insigne escritora 

15 



226 LEÓN ROCH 

doña Emilia Pardo Bazán, que estimaba en mucho 
las dotes del excelente literato; Las cartas de Pepe 
Albocácer, El *Quijote> y sus notas, y I 'na tesis de 
Dumenil: La evolución filosófica y literaria. Próxi- 
mo a publicarse tiene el libro Francia, el noble país, 
con extenso prólogo de M. Maurice Legendre, en 
el que recopila Araujo algunos de sus más intere- 
santes estudios sobre literatura y literatos france- 
ses contemporáneos. 

Conferencias muy notables de Araujo, que me- 
recieron la más favorable acogida, son las titula- 
das «El arte, la literatura y el público»; «Los inte- 
riores, objeto de la pintura»; «El romanticismo de 
Watteau»; «Rembrandt»; «El siglo XVIII en Espa- 
paña. Su literatura», curso de tres lecciones, y «Don 
Juan Valera», conferencia dada en la Universidad 
de Oviedo por invitación especial, y que es frag- 
mento de un libro en preparación acerca de aquel 
ilustre maestro, cuya personalidad y cuya obra ha 
estudiado profundamente el culto conferencista. 

Ha gozado siempre La Época justa fama de te- 
ner buenos críticos musicales. En el curso de estas 
páginas se citan diversos nombres que lo justifican 
cumplidamente. Primero, el ilustre Peña y Goñi, 
ingenio felicísimo, que tan rudas batallas riñó en 
pro del wagnerismo; luego el eruditísimo Rafael 
Mitjana, músico y literato de cuerpo entero; más 
tarde el académico y culto musicógrafo Cecilio de 
Roda... Después de éste desempeñó la crítica mu- 
sical Augusto Barrado, periodista y escritor muy 
distinguido, celebrado traductor del novelista in- 
glés Wells, que durante tantos años fué redactor 



75 Af50S DE PERIODISMO 227 

de La Época. Crítico severo y de sólida cultura, 
escritor ingenioso y músico de notables condicio- 
nes para la enseñanza, Barrado sostuvo admirable- 
mente la tradición. 

Cuando por cansancio o por hastío abandonó la 
crítica aquel excelente compañero para refugiarse 
en Prensa Gráfica, volvió a La Época, con gran sa- 
tisfacción de todos, para encargarse de la sección 
musical, el antiguo redactor D. Víctor Espinos, que 
durante varios años compartió los trabajos del pe- 
riódico, haciendo admirablemente la información 
palatina. Quiere esto decir que hemos conocido a 
Espinos como periodista antes que crítico, y como 
periodista le consideramos ante todo y sobre todo. 
En los días, ya un poco lejanos, de El Español, en 
La Época y El Universo luego, en los curiosos y 
notables artículos del Alrededor del Mundo, en las 
mismas críticas teatrales de La Lectura Dominical, 
sobresale siempre la personalidad del periodista, 
que es a la vez un delicioso literato, de ingenio feliz, 
como lo prueban sus delicados cuentos para niños. 

Desde la primera juventud tuvo este fraternal 
camarada grandes aficiones a la dramática, y de 
ello pudieran recordarse, como ensayos felices, al- 
gunos juguetillos, graciosamente hilados, que se re- 
presentaron con buen éxito en veladas de cultas 
Sociedades. Estas aficiones teatrales de Espinos 
han cristalizado en los últimos tiempos en una es- 
pecialidad, que él solo cultiva hasta ahora y que 
ha contribuido a abrillantar su reputación. Nos re- 
ferimos a la modalidad de los retablos. Desde que 
estrenó en la villa y corte, hace algunos años, el 



228 LEÓN ROCH 

magnifico y artístico retablo histórico-religioso Un 
Corpus viejo en Madrid, que alcanzó un éxito ex- 
traordinario y muy merecido, hasta el titulado ¡Sal- 
ve!..., que los valencianos aplaudieron recientemen- 
te con entusiasmo en las tiestas de la coronación 
de su excelsa Patrona, la Virgen de los Desampa- 
rados, ha escrito ya Espinos una interesante serie, 
que le ha dado verdadera personalidad. 

Como crítico musical, Espinos es culto y hasta 
erudito, y tiene tanto gusto como competencia; si 
de algo peca es de benévolo, y ello no merece cen- 
sura, porque la sana crítica no está reñida con la 
corrección y la benevolencia. El «palo» airado y 
violento es señal de mal gusto o de mala educa- 
ción, y a veces representa quizás algo peor. De su 
cultura y erudición está dando buenas pruebas en 
la organización de la útilísima Biblioteca musical 
circulante, unida a la Hemeroteca municipal, y en 
otros interesantes trabajos de ordenación de in- 
teresantísimas colecciones, que le valdrán justo 
aplauso. 

A continuar las tradiciones de los buenos escri- 
tores de La Época llegó recientemen a la Redac- 
ción del colega el joven y brillante escritor grana- 
dino D. Melchor Fernández Almagro, de quien hace 
acertado elogio en su notable artículo el Sr. Arau- 
jo-Costa. Ha poco tiempo su nombre era comple- 
tamente desconocido en Madrid. Ingresó en La 
Época hace un año, encargándose de la crítica tea- 
tral, y ya tiene formada una reputación envidiable 
y bien merecida, porque Almagro es un literato de 
gusto exquisito, de cultura amplia y sólida, de pro- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 229 

sa fluida y correcta, y de limpio y claro estilo. En 
la crítica es severo, pero de una corrección impe- 
cable, porque tiene de ella un alto concepto edu- 
cativo, y la dignifica, cultivándola como un sacer- 
docio. En estos trabajos nos hace recordar, con su 
imparcialidad, su corrección y buen gusto y su cas- 
tizo estilo, a nuestro ilustre y llorado compañero 
Fernández Villegas. 

Como consagración justa para sus calidades de 
literato, Fernández Almagro acaba de alcanzar un 
honrosísimo trofeo literario: el premio de la funda- 
ción Charro-Hidalgo, otorgado por el Ateneo en 
el concurso para 1923. Consideramos el triunfo 
como verdadera obra de justicia. El tema del con- 
curso era «Ganivet y su obra», y parece muy na- 
tural que en él triunfase quien, como Almagro, es 
granadino, paisano de Ganivet, y admirador de su 
genio y de su obra desde la infancia. El notable es- 
critor ha formado y perfeccionado su espíritu en el 
ambiente en que se formó aquel poeta filósofo, y 
casi en sus mismas disciplinas. Ha estudiado pro- 
fundamente su obra y su vida, y ha tratado de des- 
entrañar los misterios de su muerte. ¿Qué tiene de 
extraño, como en otra parte hemos dicho, que al 
trazar el estudio de Ganivet, ganara Almagro el 
honroso trofeo? 

La victoria del premio Charro-Hidalgo no es más 
que el comienzo de una carrera, que promete ser 
brillante. Fernández Almagro es aún muy joven, y 
en el camino que ha de recorrer alcanzará otras 
muchas legítimas recompensas. Así sea. 

Del crítico de arte de La Época conservamos 



230 LEÓN ROCH 

una vaga memoria. ¡Hace tantos meses que no 
muestra en la Redacción su fisonomía sonriente, 
de hombre satisfecho y sin preocupaciones! ¡Ha 
tanto tiempo también que no leemos su crítica re- 
posada, seria y correctísima!... Recordamos de 
aquel buen crítico que lleva el nombre de Enrique 
Vaquer; que es mallorquín, y como mallorquín ar- 
tista; que hizo sus primeros ensayos críticos en El 
Globo, y que es un grabador formidable, laureado 
con primera medalla en nuestras Exposiciones na- 
cionales y enaltecido con otros galardones. Como 
crítico, mereciera otra primera medalla, por su cul- 
tura, su dominio del arte, su estilo pulcro y su gran 
mesura. Pero desde hace tiempo tiene en olvido la 
pluma, requerido por los importantes trabajos que 
como primer grabador de la Casa de la Moneda 
está realizando en ésta para contribuir a remozarla 
y a ponerla a la altura de las extranjeras. También 
es grabador del Banco de España, y lo ha sido y 
lo es de importantes casas inglesas, que figuran 
entre las primeras. Obras suyas son muchos de 
esos despreciables billetejos que corren por ahí, 
codiciados por todo el mundo, y algunos nuevos 
primorosos sellos de correos, con los que viene 
Vaquer a modernizar y ennoblecer nuestro atrasa- 
do arte filatélico. 

Otra joya de nuestra casa de La Época es el jo- 
ven escritor Guillermo Fernández Shaw, hijo del 
ilustre poeta y autor dramático D. Carlos, nuestro 
admirado paisano. Estamos por decir que la mejor 
obra de Fernández Shaw es su dignísimo heredero 
en este oficio. Como su padre, Guillermo Fernán- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 231 

dez Shaw es buen periodista y buen literato, poeta 
de gran inspiración y autor dramático de admira- 
bles condiciones. De ello dan fe obras tan aplau- 
didas como la famosa Canción del olvido, la deli- 
cada Sonata de Grieg y otras producciones estre- 
nadas con brillante éxito y escritas en colaboración 
con Federico Romero. Pero el joven literato está 
aún casi en los comienzos de su carrera, y le que- 
dan muchos triunfos que alcanzar y muchos laure- 
les que recoger. 

Tan estimable y digno de admiración como el 
escritor es el hombre. Fernández Shaw es un en- 
canto de bondad y de sencillez; un modelo de de- 
licadeza, de corrección y caballerosidad; la modes- 
tia y la complacencia personificadas. Así, sus com- 
pañeros de La Época le adoran, y en todas partes 
le quieren y admiran. Por eso y por lo demás he- 
mos dicho que el autor de La canción del olvido 
es la obra mejor de aquel gran literato gaditano 
que se llamó D. Carlos Fernández Shaw. 

Entre la juventud florida de La Época figuran 
dignamente también Joaquín Gallardo Rúa, aboga- 
do, periodista y profesor, autor de El hidalgo del 
negro coleto, que ha merecido el honor de ser pre- 
miado en varios certámenes; D. José Mélida, dis- 
tinguido médico, hijo del ilustre arqueólogo; Fran- 
cisco Casares, inteligente repórter, encargado de la 
información palatina; Luis Ardila, buen informador 
también, a cuyo cuidado corren los «Sucesos>, y que 
no tiene más defecto conocido que el de ser poeta 
ultraísta; el cronista deportivo y médico D. Fer- 
nando de la Fuente, y Luis García de Valdeavella- 



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La Redacción di 



(Grupo kotucráfico obtenido en el mes de abril, en el qui 



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POCA» EN 1923. 

.CUNOS REDACTORES POR MOTIVOS DE ENFERMEDAD O AUSENCIA.) 



Fot. Ortiz. 



234 LEÓN ROCH 

no, el Benjamín de la casa, que promete ser un 
buen periodista y un buen literato. 



La Redacción actual de La Época — consigná- 
rnoslo a modo de documento — está constituida en 
la forma siguiente: 

Director-propietario, D. Alfredo Escobar, mar- 
qués de Valdeiglesias; redactor jefe, D. Mariano 
Marfil; D. Salvador Cañáis, articulista político; don 
Gabriel Briones, redactor político y decano de los 
redactores; secretario de Redacción, D. Francisco 
Pérez Mateos; D. Luis Araujo-Costa, crítico litera- 
rio; D. Melchor Fernández Almagro, crítico teatral; 
D. Víctor Espinos, crítico musical; D. Enrique Va- 
quer, crítico de arte; D. Ángel lUana, redactor finan; 
ciero; D. José Ignacio Escobar, D. Ensebio Montes 
de Ayala, D. Guillermo Fernández Shaw, D. An- 
selmo Alarcón, D. Luis Benavente, D. Miguel Mo- 
rales, D. Nicolás Jordán de Urríes (Tomillares), don 
Eduardo Montesinos, D. Ángel Torres del Álamo, 
D. José Mélida, redactor médico; D. Luis Rubio 
Hidalgo, D. Fernando de la Fuente, cronista depor- 
tivo; D. José Luis Pascual de Zulueta. redactor co- 
rresponsal en Barcelona; D. Francisco Casares, don 
Joaquín Gallardo Rúa, D. Luis Montes Linares, don 
Luis Ardila, D. Eduardo Montesinos (hijo) y don 
Luis García de Valdeavellano. 

La Administración tiene como jefe a D. Manuel 
Mihura; el personal de talleres y máquina, al re- 
gente D. Julián Téllez, y el personal de reparto, al 
conserje D. Constantino Asnero. 



DON JUAN PÉREZ DE GUZMÍN 
Y LOS COLABORADORES DE "LA ÉPOCA,, 



En esta verídica relación de cosas y personas 
debe el cronista consignar un homenaje de consi- 
deración y aprecio a cuantos con los prestigios de 
sus nombres y el brillo de sus plumas contribuye- 
ron al honor y enaltecimiento de La Época. Mu- 
chos de los nombres que hemos de mencionar me- 
recieran algunas páginas para la sola enumeración 
de sus méritos y obras; mas como el espacio no 
nos permite realizar tan justiciera labor, reducimos 
a la cita aquel tributo de admiración y afecto. Una 
sola excepción nos hemos de permitir, por moti- 
vos de devoción y cariño, a favor de este gran 
obrero de la pluma, luchador infatigable, oscuro y 
abnegado, insigne español y patriota generoso, 
que lleva el nombre inmaculado de D. Juan Pérez 
de Guzmán. 

Las nuevas generaciones no han estudiado la 
obra de este ilustre escritor político, historiador 
eruditísimo y magno periodista; pero su nombre y 
sxji fama no son desconocidos para nadie, como no 



236 LEÓN ROCH 

lo son sus grandes bondades y sus extraños rasgos 
de desprendimiento y altruismo. Algunos pregunta- 
rán, sabedores de que Guzmán logró su fama en 
tiempos tan lejanos, ¿pero vive todavía?... Cierta- 
mente que el insigne escritor no parece hombre de 
nuestro tiempo, ni siquiera de la pasada centuria. 
Por su indomable energía, por su tenacidad inque- 
brantable, su entereza berroqueña y su voluntad 
de hierro, es más bien hombre de otras edades, de 
aquella cepa de los conquistadores de Indias y de 
los capitanes de Flandes y de Italia. El temple de 
su alma, de su cuerpo y de su entendimiento es 
cosa ya poco corriente. 

Es Pérez de Guzmán, como historiador eminen- 
te, investigador concienzudo y escritor político de 
alto sentido y gran patriotismo, un verdadero pres- 
tigio entre los españoles contemporáneos. Durante 
cerca de sesenta años ha trabajado sin descanso, 
contribuyendo a aumentar poderosamente el cau- 
dal de nuestros conocimientos históricos con sus 
personales investigaciones y sus originales escri- 
tos. Su obra histórica, política y literaria es tan 
abundante como notable. Su labor ha sido copio- 
sísima y tan valiosa, tan fundamental en el terreno 
histórico-literario, como en la esfera histórico-po- 
lítica. 

En el copioso bagaje literario, histórico y políti- 
co de Pérez de Guzmán, figuran libros y estudios 
tan notables como Las llaves del Estrecho, que 
demuestra su conocimiento de la política interna- 
cional, y particularmente de la de Marruecos, la 
obra famosa Carlos IV y María Luisa, rehabilita- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 237 

dora de las figuras de aquellos Soberanos y de la 
del Príncipe de la Paz; el magistral estudio sobre 
los Dogmas de la política de Fernando V <el Ca- 
tólico*, que constituye fundamental lección de po- 
lítica internacional española; el Cancionero de Prín- 
cipes y Señores, recogido de poetas, en su mayor 
parte inéditos, desde el siglo XVI al XIX; su Can- 
cionero de la Rosa, primera antología de poetas 
castellanos, españoles y americanos, que se ha pu- 
blicado en los dos Mundos; Rimas del abad Anto- 
nio de Maluenda, uno de los grandes poetas de la 
época de los Felipes de Austria, cuyo nombre se 
había borrado por completo de la memoria de los 
eruditos; el estudio Los retratos de Colón, que tan 
entusiastas elogios mereció al insigne Fernández 
Duro; La insigne orden del Toisón de oro, las His- 
torias de la Gaceta de Madrid y de la Guía Oficial 
de España; La Casa del Rey Moro en Ronda, La 
prisión de Fernando Vil en Valengey, La misión 
diplomática de Machado en Viena, Los héroes y las 
victimas del Dos de Mayo en Madrid, obra monu- 
mental que le valió la honrosísima recompensa 
honorífica que con tan justo orgullo ostenta; El 
Principado de Asturias, libro que suscitó grandes 
^discusiones; El matrimonio de Estado, La Orden 
de la Jarretiera, El conde de Fuentes, la biografía 
documentada del poeta Vicente Espinel, paisano de 
Pérez de Guzmán, pues ambos nacieron en la his- 
tórica ciudad de Ronda, en la que una calle lleva 
el nombre del anciano y meritísimo historiador, y 
entre otras docenas de estudios más, el libro Ver- 
sos de varia edad, el último de la serie, en el que 



238 LEÓN ROCH 

el ¡lustre escritor se muestra como poeta de altos 
vuelos y gran inspiración, con todo el arte y toda 
la riqueza de sentimiento de los líricos más cele- 
brados, en algunas composiciones; con toda la so- 
briedad y todo el vigor de los amantes de la anti- 
güedad clásica, en otras, cual sus notables sonetos. 

El ¡lustre bibliófilo y académico de la Histor¡a, 
duque de T'Serclaes T¡lly, que posee una de las 
más notables y curiosas b¡bliotecas que existen en 
España, ha dado a luz recientemente, costeándola 
generosamente a sus expensas, una excelente ed¡- 
c¡ón de un notable estudio de Pérez de Guzmán. 
Forma un Hbro de cerca de 150 pág¡nas, en 4°, y 
sobre su cub¡erta blanca campean estos títulos: 
«Bajo los Austrlas. — La mujer española en la Mi- 
nerva española l¡terar¡a castellana». 

No se trata de ninguna nueva obra del anciano 
historiador, aunque lo parecerá a casi todos los 
que lean el culto, ameno y eruditísimo trabajo. Es 
uno de los infinitos y notables estudios que Pérez 
de Guzmán publicó en aquella benemérita revista 
La España Moderna, de D. José Lázaro, que tan 
buenos servicios prestó a las letras españolas, y en 
otras revistas y periódicos. Esos estudios, cuida- 
dosamente coleccionados por su autor en varios 
tomos, formarán una valiosa colección de notables 
libros históricos, hechos sobre la base de una con- 
cienzuda investigación personal. ¡Bien merecieran 
esos admirables trabajos encontrar un Mecenas 
generoso, que los exhumase de las colecciones de 
periódicos en que yacen casi olvidados, y les diese 
nueva y más perenne y provechosa vida!... 



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ExCMO. Sr. D. Juan Pérez de Guzmán y Gallo, 

SECRETARIO PERPETUO DE LA ReAL ACADEMIA DE LA HlSTORIA». 
EX REDACTOR Y EX DIRECTOR DE <La ÉpOCA». 



240 LEÓN ROCH 

Pero aun ha sido más copiosa, más enorme y 
para nosotros, periodistas, más admirable, la labor 
que como obrero infatigable del periodismo ha 
realizado Pérez de Guzmán, que, en su parte prin- 
cipal, estuvo consagrada a La Época. 

Fué Guzmán muchos años redactor del periódi- 
co, desde los primeros tiempos de D. Ignacio José 
Escobar; director en alguna época, colaborador 
hasta que su mano manejó la pluma, maestro de 
muchos periodistas que por la Redacción pasaron 
y prudente consejero de los demás. En aquel me- 
dio siglo corrido de trabajo realizó labor abruma- 
dora, con la cual se hubieran podido formar reputa- 
ciones de varios periodistas ilustres. Ágil su pluma 
como su entendimiento, rápido en la concepción, 
fácil para todo trabajo, llenaba columnas con una 
celeridad pasmosa. Millares de ellas han quedado 
en las colecciones de La Época, con firma o sin fir- 
ma, en artículos políticos, Hterarios, históricos, eco- 
nómicos; en sueltos y gacetillas, en cartas del ex- 
tranjero, en fáciles crónicas y en estudios profun- 
dos. Era de la madera de los Coello y Escobar; ni 
su inteligencia ni su cuerpo conocieron el cansan- 
cio. ¡Hombre extraordinario en verdad este formi- 
dable luchador, a quien si admiramos mucho por 
su gigantesca labor, aun le admiramos más por su 
entereza, su energía y su fiera independencia, que 
no se doblegó más que ante la Patria!... 

Este carácter independiente y enérgico le perju- 
dicó de un modo enorme en su carrera. La ingra- 
titud y la injusticia se conjuraron contra él, y mien- 
tras otros compañeros lograban destinos, preben- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 241 

das y honores, y llegaban a los altos puestos de la 
gobernación del Estado, Guzmán seguía siendo 
periodista y escritor, y luchaba oscuramente, pero 
lleno de legítimo orgullo, sin obtener ninguna re- 
compensa, sin alcanzar los galardones que tanto se 
prodigaban a otros que valían infinitamente menos. 
Así llegaba Pérez de Guzmán a la senectud, sin 
poseer renta ni sueldo, teniendo que trabajar para 
vivir como en los años mozos, y viejo y dolorido y 
enfermo, trabajaba diariamente, como un titán, 
para ganar el sustento. Así fueron de ingratos para 
él los hombres de la política. 

Por razón de los cargos de confianza que desem- 
peñamos en La Época, hemos tratado nosotros 
más íntimamente al anciano maestro, mereciendo 
su confianza y su afecto. Le hemos visto en las 
breves horas triunfales, rebosante de legítimo or- 
gullo, pero sencillo y modesto, con alegrías y re- 
gocijos infantiles; porque este hombre enérgico, 
que admira por su vigor y su entereza, tiene un co- 
razón de niño, y su alma es de blanda cera para 
los que piden y necesitan. Nadie llamará a su puer- 
ta que no sea socorrido con generosidad de gran 
señor; y si en su casa no queda más que la última 
peseta, él partirá con el pedigüeño la peseta y la 
capa, o se las dará enteras... Le hemos visto tam- 
bién muchas veces, infinitas veces, en las largas y 
negras horas de la ingratitud, del abandono y de 
la enfermedad, cuando en su casa faltaba hasta lo 
más indispensable, y le hemos admirado siempre 
digno y entero, abroquelado en su santo orgullo, 
muriéndose de hambre como un hidalgo, sin lum- 

16 



242 LEÓN ROCH 

bre en el fogón ni en el brasero, envuelto en su 
capa como un ciudadano romano en su túnica, 
pero sin doblegarse ni transigir ante nadie, mante- 
niendo la integridad de sus convicciones y sintién- 
dose siempre, en su honrada pobreza, fuerte, no- 
ble y generoso como un gran señor... De la cante- 
ra de este hombre extraño y bueno, pobre y or- 
gulloso, humilde y espléndido, que todo se lo debe 
a sí mismo, a su inteligencia y a su trabajo, han 
salido muchos héroes y muchos santos... 

Tenía Guzmán sesenta y siete años, cuando al- 
canzó la primera alta recompensa de su vida, sien- 
do elegido académico de la Historia. Poco después, 
en mayo de 1906, ingresó en la docta casa, leyen- 
do su magistral discurso acerca de «La política 
exterior del Rey Católico». Si le hubierais visto 
como nosotros, rebosante de júbilo, con su gozo 
de niño grande satisfecho, os hub'érais sentido 
contagiado de la misma infantil alegría; pero en la 
hondo palpitaría, al mismo tiempo, una gran pena, 
ante la cruel injusticia que el destino había come- 
tido con aquel nobilísimo español. 

Desde que ingresó en la Academia de la Histo- 
ria, que más tarde le nombró su secretario perpe- 
tuo, Guzmán se fué apartando de la labor del pe- 
riódico, pero aun tuvo que seguir trabajando para 
sustentarse, manteniendo algunas colaboraciones^ 
entre ellas la de La Época. Luego continuó sola- 
mente sus trabajos históricos y literarios, con los 
propios de la Academia, que no ha abandonado 
hasta después de cumplido los ochenta años. Una 
grave dolencia, que puso en peligro su vida, le 



75 AÑOS DE PERIODISMO 243 

obligó a abandonar todo trabajo, y desde enton- 
ces descansa, por prescripción facultativa. ¡Bien 
ganado tiene el descanso que las circunstancias le 
imponen, el noble escritor y periodista. Pronto 
cumplirá ochenta y cuatro años de edad el señor 
Pérez de Guzmán, y en ese tiempo, obligado siem- 
pre a trabajar para vivir, apenas tuvo día de re- 
poso, más que en las enfermedades. En el periódi- 
co, en la revista y en el libro laboró sin descanso, 
día tras día, con una energía y un entusiasmo que 
no decayeron ni aun en su ancianidad, y siempre 
llevando por norma de su recta conciencia los más 
altos ideales de patriotismo. Aun se conserva fuer- 
te y animoso, ágil de cuerpo y de entendimiento, 
después de vencida la grave dolencia, el anciano y 
glorioso luchador; pero la prudencia impone el 
forzado descanso, y de hoy en adelante permane- 
cerá en reposo y callada la pluma que trazó tantas 
viriles y eruditas páginas. Algunas veces nos da la 
grata sorpresa de visitarnos en nuestra casa, donde 
siempre se le quiere y respeta, considerándole aún, 
por tradición, como de los nuestros en activo, de 
la familia, y nos sorprende y admira su extraordi- 
nario vigor. ¡Dios quiera conservar aún muchos 
años la vida del anciano y glorioso maestro! 



Si fuéramos a citar aquí los nombres de cuantos 
alguna vez colaboraron en La Época, haríamos 
una lista interminable, porque los colaboradores 
espontáneos que «salen» a los periódicos forman 
legión. En esto ocurre una cosa singular. Todo el 



244 LEÓN ROCH 

mundo habla mal de los periódicos y de los perio- 
distas, y todo el mundo siente la sugestión, y aun 
mejor la fascinación, del periodismo, y se perece 
por escribir o porque se le cite en estas calumnia- 
das hojas volanderas cotidianas. Habláis con cual- 
quiera de estas cosas de los periódicos, y aunque 
no haya escrito nunca más que cartas a la familia, 
y aunque sea analfabeto, os dirá, muy rozagante: 
«¡Ah!... También yo en mi juventud escribí cuarti- 
llas para los periódicos...» Y resulta que todos so- 
mos periodistas. 

Nos limitaremos, pues, a recordar a ilustres pro- 
fesionales de la pluma y a los que con mayor asi- 
duidad honraron nuestras columnas, comenzando 
por las damas. Es fuero de galantería. Y puestos 
ya en este prudente terreno, el primer recuerdo 
que acude a nosotros es el de la ¡lustre poetisa Ca" 
rolina Coronado. Aun vivía, en los primeros años 
de este período, la eminente mujer, en su poética 
residencia de P090 d'Obispo, en Portugal. Tenía 
más de ochenta años y aun nos enviaba muestras 
felices de su ingenio. Los últimos versos que man- 
dó a La Época fué en los comienzos de 1900. Aca- 
baba de lucir la primera alborada de la nueva cen- 
turia, y la pluma de Carolina Coronado, firme 
todavía, escribió un canto inspirado y vibrante, 
saludando al siglo XX. 

Otra insigne escritora que favoreció a La Época 
con su predilección, fué la excelsa novelista conde- 
sa de Pardo Bazán. En nuestras colecciones se 
guardan, como joyas, muchos cuentos y artículos, 
y en el folletón del periódico se dieron a luz algu- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 245 

ñas de sus notables novelas, que ella cedía genero 
sámente. Anónimamente, sobre cosas del momen- 
to, nos enviaba asimismo muchas cuartillas, escri- 
tas con aquella su letra menudita, tan característi- 
ca. Para no molestar a Valdeiglesias, se dirigía 
generalmente a nosotros y nos llamaba el «señor 
secretario general». En las notas que a ella misma 
se referían, advertíamos algunos comprensivos cla- 
ros, que nosotros nos apresurábamos a llenar dis- 
cretamente. 

También han colaborado en La Época, entre 
otras damas escritoras, la marquesa de Ayerbe, la 
condesa de Yumuri, la del Castellá, Salomé Núñez 
Topete, Aurora Coello de Gallostra, de la familia 
del fundador de La Época; María de Echarri y Jo- 
sefina de Ranero. 

De los primeros tiempos recordamos a D. Ángel 
Vallejo Miranda, conde de Casa Miranda, que en 
su época fué conocidísimo en París y en Madrid. 
Era hombre de gran ingenio y D. Antonio Cánovas 
del Castillo, de quien fué secretario, le tuvo en es- 
tima. Residía entonces en la capital de Francia, 
donde había casado con la famosa cantante Cris- 
tina Nilson, que aun vive, en compañía de la con- 
desa de Casa Miranda, hija del primer matrimonio 
de Vallejo. Este enviaba desde París crónicas in- 
teresantes, que firmaba con el seudónimo Pico de 
la Mirándola. Después fué corresponsal de La 
Época en aquella capital Pedro Coll y Rataflutis, 
a quien luego sustituyó el ilustre /uan de Becón. 

Otro antiguo colaborador fué el distinguido di- 
plomático marqués de Prat de Nantouillet, Perico 



246 LEÓN ROCH 

Prat, como le llamaban sus amigos, que represen- 
tó a España, como ministro, muchos años en Cons- 
tantinopla. Tenía su residencia de descanso en 
Biarritz y firmaba sus cartas con el seudónimo 
Fierre qui sait. Este recuerdo nos trae a la memo- 
ria el de otro distinguido diplomático colaborador, 
también difunto, D. Arturo de Baguer, hermano 
del conde de Baguer. Retirado de la carrera, había 
fijado su residencia en la población austríaca de 
Goérz, y desde allí enviaba interesantes cartas, que 
firmaba con el seudónimo Werbinick. 

Muchos han sido los diplomáticos y cónsules 
que en todo tiempo han colaborado en La Época; 
mas no fuera discreto ni prudente citarlos ahora 
a todos. Recordamos al difunto conde de Casa Va- 
lencia, a D. Pablo Bosch, coleccionista inteligente 
y culto, que donó al Museo del Prado unas valio- 
sas colecciones de medallas, monedas y cuadros; 
al novelista D. Alfonso Danvila, a D. Ramón Pina 
y Millet, a D. Ramón Alvarez Tubau, hermano de 
la gran actriz, y al marqués de Dos Fuentes. Tam- 
bién creemos recordar que colaboró en el periódi- 
co el famoso novelista D. Enrique Gaspar, que fué 
muchos años cónsul de España en Marsella. 

De aquellos tiempos lejanos recordamos también 
al famoso poeta cordobés Antonio Grilo y a los 
¡lustres costumbristas hermanos D. Enrique y don 
Ricardo Sepúlveda. El primero de éstos fué secre- 
tario en la representación de laCompañíaTrasatlán- 
tica, y el segundo, padre del notable actor Pedro 
Sepúlveda, del Banco de Castilla. 

El decanato de los colaboradores del periódico. 



75 AÑOS DE PERIODISMO 247 

después de Pérez de Guzmán, corresponde al aca- 
démico barón de la Vega de Hoz, que durante mu- 
chos años nos favoreció con sus eruditos trabajos 
sobre cuestiones de arte. Entre otros académicos 
han colaborado, o colaboran aún, en La Época el 
ilustre director de la Real Academia de la Histo- 
ria, D. Francisco de Uhagón, marqués de Lauren- 
cín; el malogrado D. Vicente Lampérez, el mar- 
qués de Foronda, el gran genealogista Bethen- 
court, Juan Antonio Cavestany, Llanos y Torriglia, 
Beltrán y Rózpide, el conde de Cedillo, D. Elias 
Tormo, D. Manuel de Sandoval, D. Rafael Altami- 
ra, el rector que fué de la Universidad Central don 
Rafael Conde y Luque, conde de Leyva, D. Luis 
Redonet, el conde de Casal, que tan justa autori- 
dad ha logrado en materia de arte, y especialmen- 
te en la cerámica, y el gran pintor Moreno Carbo- 
nero, que en sus viajes por Europa constantemente 
escribió interesantes cartas. 

Entre los colaboradores extranjeros recordamos 
al ilustre político francés M. André Tardieu, al 
notable escritor argentino Manuel Ugarte, al gran 
cervantista cubano José de Armas, tan erudito y 
"tan amante de España; al abate Lugan, a M. Le- 
gendre, a M. Albert Mousset y al cronista de so- 
ciedad Rene Halphen. En esta interesante materia 
de las revistas de sociedad, tan cultivada por La 
Época, fué algún tiempo nuestro colaborador Ro- 
dríguez Escalera, el popular Monte-Cristo, que en 
nuestras columnas usaba el seudónimo de Monte- 
Amor. También fué colaborador antaño el ilustre 
KasabaL 



248 LEÓN ROCH 

Como colaboradores distinguidos hemos de ci- 
tar también al general D. Federico de Madariaga, 
al actual capitán general de Cataluña, D. Miguel 
Primo de Rivera, que hace honor al título de mar- 
qués de Estella, heredado de su tío; al magistrado 
del Supremo D. José María de Ortega Morejón, 
ex rector de la Universidad de Salamanca D. Luis 
Maldonado; catedráticos D. Eloy Bullón, D. Ob- 
dulio Fernández, D. Ignacio Suárez Somonte y don 
Luis Subirana; ingenieros D. Emilio González Llana 
y D. Horacio Bentabol; el ilustre director de la Bi- 
blioteca de Palacio, conde de las Navas, escritor 
erudito y castizo; el cultísimo coleccionista D.José 
Lázaro Galdiano, que publicó y dirigió La España 
Moderna; el malogrado crítico de arte D. Jacinto 
FeHpe Picón, hijo del ilustre novelista; el marqués 
de Olivart, el difunto marqués de Paraleja, D. Juan 
Comba, D. Eduardo Navarro Salvador, D. Manuel 
Mesonero Romanos, el marqués de Villaviciosa de 
Asturias, el actual de Casa Laiglesia D. Emilio 
Ranees; D. Manuel Monjardín, el culto marino don 
Manuel de Mendívil y Elio, el marqués de Zafra, 
D. Ramón de Soraluce y D. José Carlos Bruna. 

Más modernamente recordamos al crítico de 
arte Ángel Vegue y Goldoni, al poeta Luis Barre- 
da, el notable escritor granadino Luis Seco de La- 
cena, cuyas obras sobre la Alhambra son tan apre- 
ciadas; Cándido Lobera, Pacheco y de Leyva, Ri- 
vas Moreno, Adrián de Loyarte, Rogelio de Mada- 
riaga, Ángel Conde, Carlos Albert Despujol, Ma- 
nuel Granzow de la Cerda, Andrés Garrido, Luis 
Gómez de Mendoza, Ignacio Bauer, Alberto Cam- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 249 

ba, Enrique Ordóñez, Gómez de Mercado, Vila- 
plana, Alvaro Giráldez, Antonio Díaz, Julio Caves- 
tany, Edgardo Neville, José María del Busto, César 
Peman y Antonio Weyler. 

Merecen también un afectuoso recuerdo como 
colaboradores en provincias y en el extranjero, el 
ex gobernador D. Fernando González Regueral, 
cobardemente asesinado en León; el conde Anta- 
moro, guardia noble de S. S., que fué mucho tiem- 
po corresponsal en Roma; D. Arturo Baldasano^ 
corresponsal en Londres; el veterano Tomás Ca- 
macho, director de El Nervión, de Bilbao; D. Mar- 
cial Meruéndano, alto funcionario de Correos, re- 
cientemente jubilado; el malogrado Eduardo Estra- 
da, hermano del elocuente diputado por Ronda; el 
antiguo periodista alicantino Enrique Ferré Berna- 
beu, el donostiarra Luis Guinea, el sevillano Tomás 
de la Vega, el ex gobernador D. Luis Grande Ban- 
desón, el reputado abogado alcarreño Bravo y 
Lecea, el excelente poeta Juan Antonio Salido, 
Félix Latre, Antonio Villegas Murcia, Carlos 
Arias, el inteligentísimo Españita, Emilio Baldomc- 
ro Muñoz; José María Palacios, Pablo M. de Cór- 
doba, Villanueva y tantos y tantos más que es im- 
posible recordar y que merecieron y merecen justa 
estimación, ya que todos contribuyeron con cariño 
al enaltecimiento del periódico. 



\ 



LA PRENSA MADRILEÑA Y SUS PROGRESOS 



Al hacer detallada reseña de la vida de La Épo- 
ca en el último cuarto de siglo, parece natural que 
algo se apunte respecto de la Prensa madrileña en 
general, con la que aquel periódico convivió siem- 
pre en amistosa unión. Con todos sus colegas, fue- 
ran o no afines en ideas, mantuvo siempre La Épo- 
ca cordiales relaciones de compañerismo. Para 
todos tuvo las consideraciones debidas al camara- 
da, inspirando su línea de conducta y procedimien- 
to en la corrección y en la templanza. Aun en las 
más recias discusiones políticas, jamás fueron tras- 
pasados los linderos del decoro profesional. A su 
vez, el decano de la Prensa madrileña siéntese 
honrado por el respeto, la consideración y el afec- 
to de sus colegas. 

Dentro de la vida periodística madrileña, hemos 
asistido en el último cuarto de siglo a una honda 
transformación de la Prensa. Sin duda, han perdido 
eficacia los periódicos como instrumentos políticos, 
como órganos de opinión; en este punto se ha lle- 
gado a una lamentable decadencia, acaso por abuso 
del extraordinario poder que la letra de molde re- 



252 LEÓN ROCH 

presentaba. Pero, en cambio, han adquirido el más 
alto grado de adelanto, y han llegado a la máxima 
eficiencia como instrumentos de cultura y progreso. 
¡Oh, gloriosos manes de Lorenzana, de Santa Ana, 
de Borrego, de Escobar...! ¡Qué enorme diferencia 
entre esta Prensa madrileña de nuestros días y 
aquellos periódicos de los años 30 al 70... 

Cuando se examinan antiguas colecciones de los 
viejos diarios políticos, no podemos reprimir un 
gesto de extrañeza y pensamos al par: ¡Cómo se 
hacían aquellos periódicos...! Pero estas diferen- 
cias, aunque más atenuadas conforme avanzamos 
en el tiempo, se aprecian siempre. Porque el pro- 
greso de la Prensa es constante, y sin cesar cam- 
bian la fisonomía de los periódicos, su manera de 
ser confeccionados y hasta su contenido espiritual. 

La gran transformación de la Prensa madrileña 
se inicia en el último cuarto del siglo XIX. Rápida- 
mente desaparece el formato de los antiguos pe- 
riódicos, con sus planas amazacotadas y columnas 
y columnas llenas de sueltos y gacetillas, sin que 
un sólo título interrumpiera la monotonía de la 
confección. Empiezan a surgir entonces las grandes 
titulares y las cabezas a doble columna; se clasifica 
el texto en variadas secciones, la confección cam- 
bia por completo, y el periódico adquiere su fiso- 
nomía moderna. A compás del tiempo y del pro- 
greso. La Época se transforma también, aunque 
conservando su formato actual, de gran tamaño, 
como asimismo cambiaron de aspecto los dos pe- 
riódicos contemporáneos que aun subsisten: El 
Diario Español y La Correspondencia de España. 



75 AÑOS DE PERIODISMO 253 

Conocida es la frase de D.Antonio Cánovas, cuando 
el ilustre marqués de Santa Ana realizó la gran 
transformación de La Correspondencia, el periódi- 
co más popular y más rico de su tiempo: «Santa 
Ana está deshaciendo ahora con la cabeza lo que 
antes hizo con los pies...» 

Realmente, es La Correspondencia el periódico 
madrileño que más reformas ha tenido en la época 
moderna, como también ha sido el que mayor po- 
pularidad gozó. En su tiempo alcanzó tiradas enor- 
mes, que entonces pudieron considerarse como fa- 
bulosas. Después han podido aventajarle en esto 
otros periódicos; pero ninguno podrá acaso vana- 
gloriarse de haber llegado a su popularidad, que 
fué merecidísima, sin duda. 

Ha querido recientemente el simpático y estima- 
do colega recabar para él la consideración de ser 
el periódico decano de los de Madrid, que tiene 
La Época. Pero en esto no le acompaña la razón 
ciertamente. Invoca para ello La Correspondencia 
la circunstancia de tener su antecedente en las fa- 
mosas Hojas autógrafas que el ¡lustre Santana es- 
cribía para servir sus noticias a los diarios; pero 
aquellas hojas no tenían carácter de periódico, ni 
inucho menos, como no lo tienen las que confec- 
cionan otras Agencias noticieras. Es lo mismo que 
si la benemérita Agencia Fabra empezara cual- 
quier día a publicar un periódico, y al cabo de 
unos años quisiera recabar para él el decanato de 
la Prensa madrileña, invocando como razón que 
tenía su antecedente en las hojas de la Agencia 
Havas, muy anteriores a las de D. Manuel María 



254 LEÓN ROCH 

de Santana. Esto no es una razón de peso, y hay 
que respetar el decanato a quien en verdad puede 
ostentarlo. 

En el orden material, en cuanto afecta a las artes 
de la impresión, el progreso ha sido aún más ex- 
traordinario. La moderna tipografía, tan rica en 
detalles de arte, ha realizado una admirable revo- 
lución, que es aún más sorprendente en lo que 
afecta a la maquinaria. Desde las viejas máquinas 
planas sencillas y de doble reacción, movidas a bra- 
zo, a las modernas máquinas rotativas, que pare- 
cen como monumentos levantados al genio huma- 
no, hay un mundo de distancia. Y este enorme ca- 
mino se ha recorrido en medio siglo, ya que la pri- 
mera rotativa, creación del insigne Marinoni, no 
alcanza más allá del año 1872. Nuestros abuelos 
periodistas no pudieron sospechar siquiera que las 
artes de la reproducción, entonces limitadas a la 
tipografía, a la litografía y al grabado en madera, 
aparte el daguerreotipo, llegaran a tan singulares 
perfeccionamientos, a tan grandes maravillas como 
son la moderna fotografía, el fotograbado, la foto- 
tipia, la cromotipia, la oleografía, el hueco graba- 
do y otros procedimientos. ¿Qué revoluciones pre- 
senciarán en las artes que tuvieron por padre crea- 
dor a Gutenberg, nuestros nietos, cronistas y re- 
porteros?... 



La transformación de la Prensa madrileña se 
inicia en el último cuarto del siglo XIX, y aun al- 
gunos años antes. Desde el año 1860, los periódi- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 255 

eos empiezan a cambiar su fisonomía; siguen sien- 
do instrumentos de lucha, barricadas espirituales, 
desde las que los políticos riñen incruentas bata- 
llas, pero la literatura va alcanzando preponderan- 
cia en ellos, y con los artículos de polémica y las 
secciones de política, van alternando los históricos 
y literarios, las curiosidades y los trabajos de di- 
vulgación de la cultura. 

Entre los periódicos anteriores al 60 se destacan 
El Pensamiento Español, de Gabino Tejado y Na- 
varro Villoslada, cuyo título reprodujo reciente- 
mente Vázquez de Mella en su fracasado ensayoj 
El Contemporáneo, La Verdad, El Constitucional, 
El Reino, de D. Nicolás Quintana, y La Discusión^ 
famoso periódico que dirigieron D. Nicolás María 
Rivero, D. Pablo Nougués y D. Francisco Pi y Mar- 
gall. Redactores del mismo fueron la ilustre poeti- 
sa Carolina Coronado, hermana política de don 
Alejandro Groizard; Castelar, Eusebio Blasco, Ra- 
món Chíes, Fernández Cuesta, Fernández y Gon- 
zález, Romero Girón, Estanislao Figueras, Luis Ri- 
vera, Roberto Robert, el bohemio que dio aquel 
famoso salto «desde el almuerzo de un lunes a la 
comida de un jueves, sin tropezar en un garban- 
zo»; D.José María Orense, Ortiz de Pinedo y Ma- 
riano Vallejo. 

De La Discusión, que se pubHcó desde el año 56 
al 70, se separó Castelar para reñir, desde las co- 
lumnas de La Democracia, sus grandes batallas 
con Pi y Margall y sus otros antiguos compañeros. 
Dirigió el periódico el insigne orador y fueron 
compañeros suyos D. José María Orense, D. José 



256 LEÓN ROCH 

Fernando González, D. Julián Sánchez Ruano, Ro- 
que Barcia y Eusebio Blasco. La Democracia co- 
menzó a publicarse en enero del 64 y terminó en 
junio del 66. 

Desde noviembre del 63 a fines del 70 se publi- 
có La Política, que dirigieron D. Salvador López 
Guijarro, Enrique Hernández, periodista intencio- 
nado, a quien hemos podido conocer, como redac- 
tor de El Imparcíal, ya viejo, muchos que entonces 
no habíamos nacido aún, y D. Antonio Mantilla de 
los Ríos, luego marqués de Villamantilla, que fué 
redactor de La Época y ministro de España en 
Washington, Este distinguido escritor estuvo ca- 
sado con una ilustre dama, que llegó a gozar gran 
popularidad: doña Pilar de León y de Gregorio, 
que más tarde fué señora de Larios y luego mar- 
quesa de Squilache. De La Política fueron redac- 
tores D. Pedro Antonio de Alarcón, el académico 
de Bellas Artes D. Ángel Aviles, Navarro Rodrigo, 
Ricardo Zamacois, el hacendista D. Joaquín Gon- 
zález de la Peña, el poeta Núñez de Arce, Julio 
Nombela y D. José Perreras, que luego dirigió El 
Correo. 

Posterior a La Política, del 65, fué La Reforma, 
que dejó de salir a luz el 68. Lo dirigieron D. Joa- 
quín María Ruiz, D. Manuel Fernández Martín, que 
fué oBcial mayor del Congreso, y el catedrático 
D. Miguel Morayta. Entre sus redactores figuraron 
Vallejo Miranda (Pico de la Mirándola), D. Fran- 
cisco de Bona, Nicolás Díaz Pérez, Río y Mora y 
Fragoso. Por los mismos años, del 65 al 68, apare- 
ció El Español, que dirigió D. Francisco Botella, re- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 



257 



dactor luego de La Época, y del que fueron redac- 
tores el antes citado Enrique Hernández y el no- 
table periodista y escritor D. Manuel Ossorio y 




D. Gabriel Briones, 



REDACTOR POLÍTICO DE «La ÉpOCA» Y APLAUDIDO AUTOR DRAMÁTICO 



Bernard, padre del ex ministro D. Ángel Ossorio 
y Gallardo y del también notable periodista don 
Carlos. 

Del 67 al 70 apareció El Universal, que dirigió 

17 



258 LEÓN ROCH 

D. Eduardo Arquín, y del que fué redactor el gran 
poeta y crítico D. Federico Balart, y en enero y 
febrero del último año citado se publicó El Tiem- 
po, del conde de Toreno y del marqués de Bed- 
mar, más efímero que el que, andando los años, 
había de ser órgano de la disidencia silvelista. 

Tales fueron, entre otros menos notorios, los 
periódicos que antecedieron inmediatamente a los 
que en el último cuarto del siglo XIX habían de 
reaUzar el gran progreso de la Prensa madrileña. 
La escasa duración de aquellos batalladores dia- 
rios, la inconsistencia de sus empresas y la escasez 
de sus medios, revelan bien a las claras su carác- 
ter. Eran aquellos periódicos no más que instru- 
mentos de lucha y vehículos de ambiciones polí- 
ticas, creados ocasionalmente para servir a una 
causa pasajera y muchas veces a bastardas pasio- 
nes, y desaparecidos luego, apenas realizado el 
propósito o la ambición que con ellos se perse- 
guía. El periodismo, por tal causa, no era aún una 
verdadera profesión, como ha venido a ser luego, 
sino medio fácil de realizar aspiraciones políticas o 
de conseguir destinos. 

Los periódicos de empresa aparecidos después 
tienen más consistencia y alcanzan mayor dura- 
ción, aunque sin dejar de ser armas de pelea. Poco 
a poco, la Prensa se va convirtiendo en una indus- 
tria, separándose del servilismo personal y político 
para servir más amplios intereses. Los grandes 
progresos de las artes gráficas y la aparición de las 
rotativas, contribuyen a la transformación, impo- 
niendo a la vez grandes gastos. Para crear un pe- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 259 

riódico requiérense ya capitales de importancia, y 
para defender éstos hay que procurar condiciones 
de estabilidad, persiguiendo también la natural ga- 
nancia. Así, los periódicos dejan de escribirse para 
grupos y banderías políticas, y se escriben para 
todo el mundo, sirviendo a los intereses del «gran 
público>, a las conveniencias generales, aunque al- 
guna vez, por ofuscaciones pasajeras, por ambi- 
ción o por codicia, hayan derivado los nobles 
anhelos y las ambiciones generosas hacia campa- 
ñas lamentables, que el país pagó tan caras... 



Por esta época se introdujo en la Prensa madri- 
leña una feliz innovación, que constituyó a poco 
una de las manifestaciones más interesantes de su 
transformación. Nos referimos a la publicación en 
los periódicos diarios de dibujos y grabados de 
actualidad, que hasta entonces habían sido priva- 
tivos de las revistas ilustradas, cual el famoso Se- 
manario Pintoresco y El Museo de las Familias, an- 
tecedentes simpáticos y gloriosos de nuestra mo- 
derna Prensa ilustrada. Antes de aquella innova- 
ción, que entonces fué justamente celebrada, y hoy 
merece ser recordada con aplauso, fué el periodis- 
ta, político y aristócrata que lleva el título de con- 
de de Esteban Collantes. 

No obstante pertenecer a familia ilustre y de 
posición, D. Saturnino Esteban Collantes tuvo 
siempre a la Prensa un gran cariño y fué un verda- 
dero periodista, de gran entusiasmo y de feliz in- 



260 LEÓN ROCH 

genio. En su juventud concurrió a la tribuna de la 
Prensa en el Congreso, en unión de otro simpático 
periodista y aristócrata, fraternal camarada y ami- 
go suyo, D. Carlos Frígola y Palavicino, luego 
barón del Castillo de Chirel, fallecido hace algunos 
años, que era entonces redactor de El Tiempo, del 
conde de Toreno; con Nilo Fabra, fundador de la 
Agencia de su nombre; el ingenioso Leandro Pérez 
Cossío, déla famosa «cuerda granadina», que había 
estado en La España y a la sazón escribía en La 
Correspondencia, y otros distinguidos periodistas. 
Era entonces Esteban CoUantes redactor de El 
Eco de España, que más tarde dirigió. Fué también 
director de La Integridad de la Patria, diario, como 
aquél, y colaboró en los semanarios satíricos El 
Mosquito, La Gorda y El Tío Caniyitas, lo cual le 
valió alguna vez cierta cariñosa predilección de la 
célebre «partida de la porra», que le tundió a 
polpes. 

La etapa de su vida de periodista que más enva- 
nece a D. Saturnino es la de Las Ocurrencias, dia- 
rio político que dirigió y en el cual implantó aque- 
lla feliz innovación de los <monos» o ilustraciones, 
que tanta trascendencia había de tener. Realmen- 
te puede estar orgulloso de ella el conde periodis- 
ta, porque la invención tuvo gran fortuna. Toda la 
Prensa madrileña imitó al ejemplo y las ilustracio- 
nes fueron desde entonces y siguen siendo elemen- 
to indispensable del periódico moderno. Los que 
menos, las utilizaron para embellecer sus suplemen- 
tos literarios y números extraordinarios. 

También La Época introdujo las ilustraciones en 



75 AÑOS DE PERIODISMO 261 

SUS columnas, y durante algún tiempo las intercaló 
en su texto, usando, como todos, los grabados en 
madera primero, la zincografía después, y por últi- 
mo, el fotograbado. Después los empleó en los nú- 
meros extraordinarios que publicó con frecuencia, 
como los dedicados a conmemorar bodas Reales, 
los centenarios del Dos de Mayo, de Zaragoza y 
de Trafalgar, los de las bodas de oro y de diaman- 
te y otros acontecimientos. En los comienzos del 
año 1909, durante varios meses, publicó La Época 
unos suplementos de arte, profusamente ilustra- 
dos, como ahora publica sus hojas literarias de 
<La Época del domingo>. 

El ilustre conde periodista, a pesar de los años 
transcurridos y de su posición en la sociedad, no 
ha perdido su cariño y entusiasmo por el periodis- 
mo y los periódicos. Después de aquellas andan- 
zas juveniles, colaboró en La Época y en Gente 
Vieja, el popular semanario de D. Juan Valero de 
Tornos, y entonces y siempre tuvo a los periodis- 
tas por sus mejores amigos. Buena prueba de ello 
aquellas grandes comidas con que obsequiaba el 
día de San Saturnino a los que fueron sus compa- 
ñeros, las cuales se suspendieron hace pocos años 
por la muerte de la bondadosa esposa de Este- 
ban Collantes. 

Por la mesa de éste desfilaron en aquellas co- 
midas, que el ingenio, el talento y la gracia de los 
comensales hicieron inolvidables, D. José Echega- 
ray, el insigne dramaturgo; D. José Canalejas, el 
malogrado político, villanamente asesinado; Castro 
y Serrano, el ingenioso poeta Manuel del Palacio, 



262 LEÓN ROCH 

Antonio Grilo, el cantor de las ermitas; el culto 
cronista Kasabal, D. Francisco Silvela, el maestro 
Perreras, el amenísimo Lustonó, el ilustre don 
Isidoro Fernández Flórez, Fernanflor; D. Andrés 
Mellado, el conde de Casa-Sedano, Ricardo de la 
Vega, el gran sainetero; el periodista cocinero Án- 
gel Muro, el barón del Castillo de Chirel, Miguel 
Moya, Valero de Tornos, Alfredo Vicenti, Rodrí- 
guez Correa, Ortega Munilla, Julio Burell, Eusebio 
Blasco, Miguel de los Santos Alvarez, Julio Var- 
gas, Javier Betegón, Luis Moróte y muchos más. 
Todos éstos han desaparecido ya. Aun viven de 
entre los comensales de Esteban Collantes, el ex 
ministro Francos Rodríguez, el octogenario D.Juan 
Pérez de Guzmán, D. Eugenio Selles, el marqués 
de Valdeiglesias, D. Leopoldo Cano.Luca de Tena, 
López Ballesteros, Rodríguez Escalera, Ángel Ma- 
ría Castell, Leopoldo Romeo y algunos más. 

El ilustre e ingenioso político, que fué subsecre- 
tario de la Presidencia, con Cánovas del Castillo, 
y al cabo de tantos años de batallar en la Prensa 
y en el Parlamento, logró, al fin, su aspiración le- 
gítima de ser ministro de la Corona, sigue mere- 
ciendo el afecto y la simpatía de los periodistas, 
en justa correspondencia al cariño que él conserva 
al periodismo, su gran pasión de los años mozos. 



Entre los periódicos que iniciaron la gran trans- 
formación moderna de nuestra Prensa, debe ser 
citado en primer término El Imparcial, fundado el 
16 de marzo de 1867 por D. Eduardo Gasset y 



75 AÍSOS DE PERIODISMO 263 

Artime, y del que fueron redactores D. José Eche- 
garay, Mariano Araus, Isidoro Fernández Flórez, 
Castro y Blanc, Manuel Fernández Martín, Julio 
Vargas, Rafael García Santisteban, Ortega Munilla, 
Mariano de Cavia, Manuel Troyano y otros insignes 
escritores y periodistas. Desde sus primeros tiem- 
pos, El Imparcial ofrece la fisonomía de un gran 
periódico moderno, nutrido de información nacio- 
nal y extranjera y de excelente colaboración. Sus 
hojas literarias de los lunes, que dirigió Fernanflor 
y luego Ortega Munilla, representaron una innova- 
ción interesantísima para los literatos. 

Una grave escisión en la Redacción de El Impar- 
cial á\6 lugar, hace cuarenta y cinco años, al naci- 
miento de El Liberal, que fundaron Fernández 
Flórez, Mariano Araus y otros compañeros, y por 
cuya Redacción pasaron también tantas prestigio- 
sas figuras del periodismo, como el inolvidable don 
Miguel Moya. Para el periódico de Gasset y Arti- 
me fué aquel un momento difícil, en el cual La 
Época y algún otra colega le prestaron la valiosa 
ayuda de sus elementos. Pero el ilustre D. Eduar- 
do Gasset, muerto el 20 de mayo de 1884, pudo 
tener la satisfacción de ver consolidada su obra y 
alcanzando una tirada hasta entonces no conocida 
en la Prensa madrileña. 

Merecen ser citados también en los anales de 
nuestro progreso periodístico El Tiempo, de Sil- 
vela, que dirigió Guillermo Ranees, marqués de 
Casa Laiglesia; El Nacional, que dirigió el gran 
periodista Adolfo Suárez de Figueroa, y El Globo, 
fundado por Castelar hace cuarenta y nueve años» 



264 LEÓN ROCH 

y en el que hicieron sus primeras armas tantas 
personalidades eminentes del periodismo y de las 
letras, como el malogrado Navarro Ledesma. En 
sus últimos tiempos dirigieron El Globo, adquirido 
entonces por el conde de Romanones, los ilustres 
periodistas Francos Rodríguez y Baldomcro Ar- 
gente, que han sido luego directores del Heraldo 
y ministros de la Corona. 

De la Prensa de aquel tiempo han desaparecido 
La Iberia, el famoso periódico de Sagasta y Calvo 
Asensio, que fué un ideal para los periodistas de 
la época y que aun se oye pregonar en los días de 
sorteo, con la lista de la Lotería. Recientemente 
fué resucitada La Iberia en un lamentable y dolo- 
roso ensayo, para explotar la causa alemana du- 
rante la guerra europea. También desaparecieron 
El Correo, que dirigió tantos años el inolvidable 
maestro Perreras, y que murió en manos de Ur- 
záiz; El Correo Español, órgano de los carlistas, y 
El País, órgano republicano, que fundó D. Anto- 
nio Catena y que dirigió últimamente el gran pe- 
riodista Roberto Castrovido. 

Los radicales no han tenido nunca buena mano 
para fundar periódicos, lo cual demuestra el esca- 
so arraigo de sus ideas en el país. Cuantos ensa- 
yos hicieron han fracasado. Al dejar la dirección de 
El País, Alejandro Lerroux fundó, con el doctor 
Ezquerdo, entonces jefe del partido progresista, El 
Progreso, y aquel periódico desapareció al poco 
tiempo. Después creó Lerroux su semanario Pro- 
greso, especie de barricada, desde la cual realizó 
la conquista del Paralelo. Más recientemente fun- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 



265 



dó el jefe radical sus periódicos El Intransigente y 
El Radical, que tuvieron vida efímera. No tuvo 
mejor fortuna Rodrigo Soriano con su España Nue- 
va, muerta a los pocos años, reaparecida ha poco 




D. Víctor Espinos Moltó, 

CRÍTICO MUSICAL DE <La ÉpOCA» 



con el título de Vida Nueva y vuelta a desaparecer. 
Asimismo hay que citar, entre los periódicos des- 
aparecidos, a La Justicia, órgano de D. Nicolás 
Salmerón, que dirigió D. Rafael Altamira; El Día^ 
del marqués del Riscal, resucitado, como La Iberia^ 
en un desdichado ensayo para explotar la genero- 



"266 LEÓN ROCH 

sidad de la propaganda alemana; El Estandarte, 
del conde de Casa Sedaño; La Monarquía, que di- 
rigió Javier Betegón; La Unión Católica, tribuna 
periodística del maestro Ortí y Lara, que lo diri- 
gió, y El Resumen, otro buen periódico en el que 
laboraron Adolfo Suárez de Figueroa, antes de 
fundar El Nacional', el cronista Kasabal, D. José 
Gutiérrez Abascal, que luego dirigió el Heraldo de 
Madrid, y Joaquín Dicenta. 

De la Prensa contemporánea de El Imparcial 
existe el Diario de la Marina, que tiene cincuenta 
y cinco años y ha pasado por muchas vicisitudes. 
Como periódico militar más antiguo sigue a éste 
La Correspondencia Militar, de Julio Amado, que 
antes perteneció a D. Diego Fernández Arias, fun- 
dado hace cuarenta y siete años, y más modernos 
ion El Ejercito Español, de Rafael Esbry, que tie- 
ne treinta y seis años, y Ejército y Armada, con 
"Veinte. 

Marcó nueva y brillante etapa en el progreso de 
la Prensa Heraldo de Madrid, creado por el insig- 
ne Canalejas, que ya tiene treinta y dos años de 
vida. Al aparecer este periódico, con su forma 
modernísima, su primorosa confección, sus ilustra- 
ciones y sus numerosos colaboradores, alcanzó una 
popularidad extraordinaria, no igualada hasta en- 
tonces. Fué la obra feliz de tres grandee periodis- 
tas: Augusto Suárez de Figueroa, Julio Burell y 
Salvador Cañáis. Pero no se debe despojar al fun- 
dador de su parte de gloria, porque Canalejas era 
también un gran periodista. Los plumíferos de aquel 
tiempo veían en el Heraldo el más bello modelo, y 



75 AÑOS DE PERIODISMO 267 

y muchos periódicos de provincias imitaron su 
forma. 

Al separarse del Heraldo Figueroa, fundó, con 
el conde de Romanones, hace veintiún años, el 
Diario Universal; pero en éste no nos enseñó el 
maestro nada nuevo. Julio Burell fundó el Nuevo 
Heraldo, que tuvo efímera vida, y Salvador Cañáis 
pasó a El Nacional. 

Más adelante hizo un feliz ensayo de diario ilus- 
trado el insigne periodista Julio Burell, que publicó 
El Gráfico; pero la simpática empresa no tuvo éxi- 
to. Otro ensayo malogrado fué el de Las Noveda- 
des, de Domingo Blanco, como lo fueron luego el 
diario La Noche, fundado por el malogrado com- 
positor Vicente Lleó, entonces en pleno esplendor 
de su empresa de Eslava, y el Hoy, un periódico 
de grato y moderno aspecto, obra del buen perio- 
dista Gómez Hidalgo. 

De la Prensa madrileña actual, figuran entre los 
periódicos más antiguos, después de los citados. El 
Socialista, también modernizado, al convertirse en 
diario, que tiene treinta y ocho años, y El Univer- 
so, dirigido por el ilustre maestro D. Rufino Blan- 
co, fundado hace veinticuatro. Merecen un grato 
recuerdo el periódico España, aparecido el 21 de 
enero de 1904, que dirigió D. Manuel Troyano, al 
separarse de El Imparcial, y en el que Azorín con- 
quistó su máxima popularidad, haciendo su peor 
literatura, y El Español, creado en 1900, y que di- 
rigió Sánchez Guerra. 

El ilustrado colega ABC, que sigue en anti- 
güedad, con sus diecinueve años de existencia, se- 



268 LEÓN ROCH 

ñala otro gran progreso de la Prensa madrileña. 
Su forma manuable y cómoda fué una trouvaiUe de 
D. Torcuato Luca de Tena, después del primer 
ensayo. Pero su crédito y popularidad se deben 
también a sus ilustraciones, a una confección es- 
merada y a una copiosa colaboración. La buena 
fortuna que con él tuvo Luca de Tena, como tam- 
bién en Blanco y Negro, la notable revista, que fué 
su primer ensayo, no se repitió con Ecos, diario de 
la noche, desaparecido a poco de nacer. 

La obra periodística fundamental de Luca de 
Tena, que tendrá que ser recordada siempre con 
elogio y admiración, es el ^4 5 C. Jamás periódico 
alguno llegó en la Prensa madrileña a alcanzar ti- 
radas tan fabulosas, ni publicidad tan enorme, que 
lleva a las cajas de aquel periódico millones de pe- 
setas en un año. Tampoco logró ningún periódico 
tan grandes perfeccionamientos en el arte gráfico. 
ABC estudió en España y en el extranjero todas 
las novedades, todas las invenciones, cual la mo- 
dernísima del huecograbado, y todos los perfec- 
cionamientos, y los implantó en su casa, sin repa- 
rar en gastos, hasta lograr el triunfo. Así se ha 
hecho e\ A B C, por la voluntad tenaz de un hom- 
bre, con el concurso de muchos periodistas y es- 
critores ilustres, y A B C es un periódico que hon- 
ra y enaltece en alto grado a la Prensa española. 
Cuantas personalidades eminentes del globo pasan 
por Madrid, van a visitar aquel pequeño mundo 
de A B C, en el que se agita un ejército de inteli- 
gentes obreros, y todos reconocen que el gran pe- 
riódico español está a la altura de los primeros 



75 AÑOS DE PERIODISMO 269 

periódicos de París, de Nueva York, de Buenos 
Aires y de Londres. 

En el orden cronológico siguen al periódico de 
Luca de Tena El Siglo Futuro, que en su segunda 
época ha cumplido dieciséis años; El Mundo, fun- 
dado por Santiago Mataix, y La Prensa, de Ramón 
Melgares, que han entrado en el diecisiete, y El 
Debate, que lleva trece. 



Página interesante de la vida periodística ma- 
drileña, que merece ser recordada, porque repre- 
senta una modalidad sin precedente, fué la crea- 
ción de la Sociedad Editorial de España, fundada 
el 30 de abril de 1900. En ella entraron El Impar- 
cial, El Liberal y Heraldo de Madrid, que acababa 
de aquirir la empresa de este último, y los Libera- 
les de provincias, siendo los factores principales 
D. Miguel Moya y D. Antonio Sacristán. Pero la 
Sociedad así constituida fracasó pronto, retirán- 
dose de ella El Imparcial. La entidad continuó 
funcionando con el mismo nombre y los demás 
componentes, algunos de los cuales desaparecie- 
ron o se disgregaron más tarde. 

Este recuerdo nos hace evocar otra página muy 
interesante de nuestra vida periodística, la más 
importante acaso de los últimos tiempos en el or- 
den social y profesional. Nos referimos al movi- 
miento sindicalista que estalló en diciembre de 
1919 y que produjo sus más graves daños en los 
dos grandes diarios que quedaban a la Sociedad 



270 LEÓN ROCH 

Editorial de España El Liberal y Heraldo de Ma- 
drid. El movimiento sindicalista, con los graves 
disgustos que ocasionó, fue la causa de la muerte 
del ilustre Moya en 19 de agosto del año siguiente, 
a la que han seguido otras vicisitudes de los dos 
grandes diarios. La huelga sindicalista abortó como 
desmedrado fruto un periodiquito que se tituló 
Nuestro Diario, y que duró, por fortuna, muy pocos 
días. 

Como consecuencia de la huelga sindicalista se 
produjeron dos graves escisiones en la redacción 
de El Liberal y Heraldo de Madrid. El grupo 
separado del primero — he aquí como la historia se 
repite — , con Luis de Oteyza a la cabeza, fundó el 
periódico La Libertad, que alcanzó un gran éxito, 
y que en los cinco años que tiene de existencia ha 
consolidado su posición. No acompañó la misma 
fortuna al grupo de redactores separados del 
Heraldo, cuyos ensayos, resucitando el Nuevo He- 
raldo y luego Hoy, fueron completos fracasos. Re- 
cientemente un pequeño grupo separado de La 
Libertad hizo un lamentable ensayo periodístico, 
fundando el Diario del Pueblo, que resultó un feto 
con vida para tres días. 

Durante los últimos años se publicaron otros 
muchos periódicos de vida efímera, especialmente 
en la época de la gran tragedia europea, en la que 
se crearon algunos para defender a Alemania. Me- 
recen grata recordación La Mañana, de D. Luis 
Silvela, el actual alto comisario en Marruecos; El 
Fígaro, un excelente diario ilustrado, que dirigió 
Ibáñez de Ibero; La Jornada y El Pensamiento Es- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 271 

pañol, que fundó el Sr. Vázquez de Mella, recor- 
dando el de Navarro Villoslada. También pertenece 
a los últimos tiempos La Nación, que dirigió Pola- 
vieja, creado únicamente para defender la causa 
alemana durante la gran guerra. Más reciente es la 
nueva y fracasada resurrección de El Tiempo, por 
D. Fernando Melgarejo. También fracasó el diario 
militar Marte, creado por D. Diego Fernández 
Arias. 

Los últimos jalones de la moderna transforma- 
ción de la Prensa diaria madrileña fueron senta- 
dos por La Tribuna, el periódico fundado por Milá 
y Camps, y dirigido por Salvador Cánovas Cervan- 
tes, que ha sufrido distintos cambios y suspensio- 
nes, y ha entrado en el año 12 de su publicación, 
dirigido ahora por Gallo de Renovales; La Acción, 
el periódico de Delgado Barreto, que ya cuenta 
ocho años; El Sol, fundado por el ilustre ingeniera 
D. Nicolás María de Urgoiti, y dirigido ahora por 
el notable periodista Félix Lorenzo, que ha cum- 
plido siete años y representa una nueva modalidad 
en el arte de hacer y confeccionar periódicos; La 
Voz, otro admirable periódico, con cuatro años de 
existencia, fundada también por Urgoiti y dirigido 
por el buen periodista y escritor Fabián Vidal, e 
Informaciones, creado por Leopoldo Romeo, com- 
prado por D. Rafael Barón y dirigido ahora por 
el notable periodista Augusto Vivero, que ya ha 
cumplido su primer año. 

Los últimos ensayos periodísticos realizados son 
£/ A^oíic/ero, fundado el martes 19 de junio de 1923,^ 
y que rápidamente ha desaparecido, y La Opi- 



272 LEÓN ROCH 

nión, periódico de agradable aspecto, que apareció 
fundado por el Sr. García Revenga y dirigido por 
D. Manuel Aznar, bajo la gerencia de D.Julio Ro- 
meo, y que actualmente dirige el concejal D. Anto- 
nio López Baeza. 

No hemos de poner término a estos párrafos 
sin consignar otro hecho de gran interés para la 
vida de la Prensa, y digno de eterna recordancia y 
gratitud para los periodistas. Queremos referirnos 
a la aplicación de la ley del Descanso dominical a 
los periódicos; reforma justiciera y benéfica, que 
ha permitido a los «chicos de la Prensa>, a los hu- 
mildes, a los que trabajan de verdad, descansar un 
día, después de seis jornadas de rudo y molesto 
trabajo. El 15 de enero de 1920 fué firmado el de- 
creto correspondiente, y el ministro de la Gober- 
nación que lo refrendó fué el ilustre catedrático 
D.Joaquín Fernández Prida, para quien todo perio- 
dista, agradecido al bien que recibiera, tendrá 
siempre un recuerdo grato y una alabanza justa. 
Más de tres años han transcurrido de la implanta- 
ción de la reforma, y arraigada ya ésta en las cos- 
tumbres periodísticas, difícil será que desaparezca 
o se modifique, aunque haya algunos tenaces ele- 
mentos que lo procuren. Los periodistas deben 
oponerse con energía y decisión a todo intento de 
modificación en el descanso dominical, con el fir- 
me propósito de que permanezca intangible su 
«conquista>. Gracias a ésta descansan un día cada 
semana los obreros intelectuales del periódico, que 
no deben ser de peor condición que los demás; 
de otro modo, descansarían quizás algunos, pero 



75 AÑOS DE PERIODISMO 273 

otros muchos, los más acaso, seguirían amarrados 
a su galera, sin gozar un solo día de libertad ma- 
terial y espiritual. 



El gran progreso realizado en no largo espacio 
de tiempo por la Prensa madrileña se advierte más 
rápidamente y en más alto grado en las revistas 
ilustradas, en las cuales se refleja admirablemente 
la revolución operada en las artes gráficas. En 
unos cuantos años esta Prensa artística se ha co- 
locado a la altura de la de los países más adelan- 
tados del mundo, y nada tiene que envidiar a las 
buenas revistas inglesas, francesas y americanas. 

En el período a que nos referimos, la Prensa 
festiva y satírica estuvo dignamente representada 
por Madrid Cómico, el semanario de Sinesio Del- 
gado, que alcanzó tan extraordinaria popularidad, 
y Gedeón, la revista famosa, creada por ingenios 
tan peregrinos como Navarro Ledesma, Antonio 
Palomero, Royo Villanova y José de Roure, los 
cuatro desaparecidos en edad temprana, y el ad- 
mirable caricaturista Sileno. Madrid Cómico, en el 
que lograron justa fama dibujantes tan gracio- 
sos como el malogrado Mecachis, Cilla y Melitón 
González y tantos escritores de ingenio, fué el ideal 
para los literatos jóvenes de su tiempo y el sema- 
nario predilecto del público. Otros periódicos fes- 
tivos excelentes hubo, como el Don Quijote, de 
Eduardo Sojo, que dirigió luego un literato tan 
exquisito como Miguel Sawa, pero ninguno logró 

18 



274 LEÓN ROCH 

alcanzar el éxito y la popularidad de Madrid Có- 
mico y de Gedeón, excepto El Mentidero, la famo- 
sa revista de Delgado Barreto. 

Pasó la época de aquellas revistas, porque cam- 
biaron los gustos del público, señor y tirano de 
artistas y plumíferos, siempre olvidadizo e ingrato, 
y los semanarios festivos y satíricos desaparecie- 
ron para no volver más. A sustituirles vino en la 
preferencia del público la moderna Prensa gráfica, 
que ha realizado una transformación completa y 
admirable. Tan completa, que hasta la tradicional 
y venerable Ilustración Española y Americana, la 
prestigiosa revista de D. Abelardo de Carlos, pe- 
reció en el naufragio de las cosas viejas. 

En la historia de la Prensa gráfica española, La 
Ilustración ha de ocupar un capítulo de honor. 
Representó en su tiempo, sobre el Semanario Pin- 
toresco y el Museo de las Familias, un gran paso de 
avance y llenó un largo período de transición en- 
tre aquellas viejas revistas y la moderna Prensa 
ilustrada. Todo el arte de la época estuvo repre- 
sentado en las páginas de La Ilustración, y fuera 
ingrato negar a ésta la gran influencia que ejerció 
en la educación y en la cultura del público. En ella 
publicaron sus dibujos los más notables artistas de 
aquel tiempo, y colaboraron los literatos, los histo- 
riadores, los críticos y los poetas más famosos. 
Merced a ello logró el extraordinario crédito y la 
verdadera popularidad que gozó en España y en 
América. En los últimos años de su publicación, 
sus números corrientes y los extraordinarios de 
primeros de año, que constituían interesantísimos 



75 AÑOS DE PERIODISMO 275 

libros, eran una digna representación de los pro- 
gresos de las artes gráficas. 

Dos popularísimas revistas iniciaron la transfor- 
mación: Blanco y Negro, fundada por el Sr. Luca 
de Tena, y Nuevo Mundo, creada por el ilustre 
pedagogo y periodista D. José del Perojo. La pri- 
mera, verdadera ilustración popular, después de 
varias reformas, fué como una revelación, que en 
un momento alcanzó extraordinario éxito, exten- 
diéndose por todas las provincias. La segunda, que 
también ha experimentado muchas reformas y no 
pocas vicisitudes, fué la revista popular por exce- 
lencia, y alcanzó, como Blanco y Negro, tiradas 
enormes. El Sr. Perojo publicó también la revista 
mensual Por Esos Mundos, verdadero magazin, muy 
interesante, que vivió algunos años. 

La actual Sociedad «Prensa Gráfica», que edita 
Nuevo Mundo, publica también la popularísima 
revista Mundo Gráfico, la magnífica titulada La 
Esfera, ilustración artística de singulares méritos, 
y Elegancias, otra revista admirable, que ha empe- 
zado a publicarse recientemente y que merece al- 
canzar un gran éxito. Todas estas revistas, cada 
una en su clase, como también Blanco y Negro, son 
títulos de honor de la Prensa española y una gran 
ejecutoria de progreso para las artes gráficas de 
nuestra Patria, y las personalidades que las dirigen 
y confeccionan, el ilustr e Francisco Verdugo, Ma- 
riano Zavala, el hombre de confianza del llorado 
Perojo; el gran fotógrafo Campúa, el buen perio- 
dista Augusto Barrado, y algunos más, merecen ser 
admirados por el colosal esfuerzo que realizan. 



276 LEÓN ROCH 

Al mismo tiempo que se publicaban, en pleno 
éxito, esas magníficas revistas, se hicieron otros ad- 
mirables ensayos, que no lograron la misma fortu- 
na. Merecen ser citadas por su esmero, su arte y su 
lujo, Mundial, hermosa revista, que nada tenía que 
envidiar a las mejoras extranjeras; Voluntad y Sa- 
lud, magníficas también, que representaban un ex- 
traordinario alarde; Gran Mundo, que dirigió el 
simpático Jordán de Urriesflomillares), Actualida- 
des, Gente Menuda, primera revista para niños, que 
también dio a luz el Sr. Luca de Tena. Las revis- 
tas teatrales no lograron nunca alcanzar el éxito; 
se hicieron ensayos notables por el ilustre Perojo, 
por Antonio Asenjo, el admirable sainetero; Con- 
iferas Camargo y alguno más; pero todos ellos 
resultaron fracasados. La misma mala fortuna 
acompañó a las revistas de salones aristocráticos; 
todos los ensayos que se hicieron fracasaron dolo- 
rosamente, y solamente una publicación de esta 
índole ha logrado el éxito y se ha consolidado: la 
revista Vida Aristocrática, que publica y dirige el 
notable crpnista D. Enrique Casal (León Boyd), 
tan estimado en la sociedad madrileña, y de la que 
es redactor-jefe el distinguido escritor y poeta don 
Guillermo Fernández Shaw. Vida Aristocrática es 
también una publicación que enaltece a nuestra 
Prensa ilustrada. Recientemente ha comenzado a 
publicarse La Ilustración Universal, admirable- 
mente editada y confeccionada a todo lujo, con 
planas en color, que es un verdadero primor. 

No hemos de hablar aquí de las revistas profe- 
sionales, que se publican en extraordinario número 



75 AÑOS DE PERIODISMO 277 

y son una digna representación de nuestra Prensa 
semanal, porque esto nos llevaría demasiado lejos; 
ni de las revistas mensuales de carácter literario, 
en las que se hicieron ensayos tan interesantes 
como La Lectura, de Francisco Acebal, que vivió 
algunos años, y Cosmópolis, de Gómez Carrillo, 
que solamente existió algunos meses. Tampoco las 
revistas de este carácter lograron fortuna en nues- 
tro mercado periodístico. Actualmente se publican 
Nuestro Tiempo, que dirige el ilustre Salvador Ca- 
ñáis; Raza Española, notabilísima revista, dirigida 
por la admirable escritora doña Blanca de los Ríos, 
y Revista de Occidente, que ha empezado a publicar 
el sabio catedrático D. José Ortega y Gasset. 

Por nuestro natural dulce y benévolo, al cerrar 
este trabajo, deseando salud y paz a nuestros cole- 
gas actuales, lamentaríamos la pérdida de los que 
desaparecieron. Pero a la par somos un poco fata- 
listas, y creemos que cuanto sucede ocurre porque 
debe suceder. En esto, como en todo, los hechos 
se imponen con su fuerza irresistible y lógica. De- 
jemos, pues, que los muertos descansen... 



EFEMÉRIDES Y RECUERDOS 



El último cuarto de siglo ha sido dolorosamente 
fecundo en sucesos importantes y trascendentales, 
así en el extranjero como dentro de nuestro país. 
De algunos de ellos hemos de apuntar el recuerdo, 
por lo que tiene de interesante y curioso, ya que a 
evocaciones de ese lapso de tiempo está consagra- 
do este libro, al mismo tiempo que recordamos 
otros hechos que sólo afectan a España y a nues- 
tras particulares afecciones. 

En la vida exterior, el hecho más extraordinario 
y terrible, sin precedente de tan trágica grandeza 
en la historia de la Humanidad, ha sido la guerra 
europea de 1914, acaso la más espantosa confla- 
gración que vieron los siglos. De ella se derivaron 
consecuencias de extrema gravedad y trascenden- 
cia para todos los pueblos, tan importantes como 
las gigantescas batallas libradas, y aun más doloro- 
sas y horribles porque no tuvieron la grandeza de 
aquélla. 

Dentro del limitado círculo de la vida nacional, 
se han registrado las varias campañas de Marrue- 
cos, que culminan en la espantosa tragedia del de- 



280 LEÓN ROCH 

rrumbamiento de la Comandancia de Melilla, en 
julio de 1921; las luchas sanguinarias del terroris- 
mo barcelonés, que con distintos aspectos y carac- 
teres se extienden a casi todo ese tiempo; las cam- 
pañas antipatriotas del catalanismo, que es otro 
terrorismo incruento, con sus etapas de la solida- 
ridad, la Mancomunidad y la Asamblea de parla- 
mentarios; huelgas revolucionarias, la más impor- 
tante de las cuales fué la de 1917, vencida con 
gran energía por el Gobierno de Dato y Sánchez 
Guerra; las campañas de desprestigio de las Juntas 
de defensa y alentados brutales y trágicos. El más 
espantoso y emocionante de éstos fué el del 31 de 
mayo, en la calle Mayor, en la ocasión solemne de 
las bodas del Rey Don Alfonso XIII. 

He aquí algunos de los recuerdos y efemérides 
que tenemos anotados: 

Año de 1898: 

19 de mayo. — Muerte del gran político inglés 
Gladstone. 

10 de diciembre. — Firma del Tratado de paz en- 
tre los Estados Unidos y España. 

1899: 

16 de febrero. — Muerte del Presidente de la Re- 
pública francesa M. Félix Faure. 

25 de mayo. — Muere el insigne orador español 
D. Emilio Castelar. 

1900: 

29 de julio. — Asesinato del Rey Humberto de 
Italia por el anarquista Bresci. 



75 AÑOS DE PERIODISMO 281 

23 de septiembre. — Muerte del insigne capitán 
general D. Arsenio Martínez de Campos. 

190!: 

22 de enero. — Muerte de la gran Reina Victoria 
de Inglaterra. 

11 de febrero. — Muerte del ilustre poeta D. Ra- 
món de Campoamor. 

14 de febrero. — Boda de la Princesa de Asturias 
Doña María de las Mercedes, hermana del Rey 
Don Alfonso XIII, con el Infante Don Carlos de 
Borbón-Sicilia. 

11 de agosto. — Muerte del famoso político ita- 
liano Francisco Crispí. 

6 de septiembre. — Atentado contra el Presiden- 
te de los Estados Unidos, Mackinley, muerto el 
día 13. 

28 de noviembre. — Muerte del ilustre repúblico 
D. Francisco Pi y Margall. 

1902: 

17 de abril. — Muerte del Rey Don Francisco de 
Asís, en Epinay. 

17 de mayo. — Declaración de la mayoría de edad 
del Rey Don Alfonso XIII. 

23 de mayo. — Creación de la Orden civil de Al- 
fonso XIII. 

1903- 

5 de enero. — Muerte del famoso político don 
Práxedes Mateo Sagasta, jefe del partido liberal. 



282 LEÓN ROCH 

8 de febrero. — Muerte del ex ministro conser- 
vador duque de Tetuán. 

28 de febrero. — Muerte de D. Laureano Figue- 
rola, ex Presidente de la República española. 

2 de junio. — Muerte del ilustre poeta D. Gaspar 
Núñez de Arce. 

11 de julio. — Asesinato del Rey Alejandro de 
Servia y de la Reina Draga. 

20 de julio. — Muerte del insigne Pontífice 
León XIII. 

21 de diciembre. — Muerte del ex ministro y ex 
redactor de La Época D. Carlos Navarro Rodrigo. 

1904: 

1.° de enero. — Muere el ilustre periodista Au- 
gusto Suárez de Figueroa. 

7 de febrero. — Se rompen las hostilidades entre 
Rusia y el Japón, en la sangrienta guerra de la 
Mandchuria. 

15 de marzo. — Entrevista del Emperador Gui- 
llermo II de Alemania con el Rey de España, en 
Vigo, a bordo del acorazado Principe Federico. 

9 de abril. — Muerte de la Reina Isabel II, en 
París. 

11 de agosto. — Muerte del famoso político fran- 
cés M. Waldeck Rousseau. 

17 de octubre. — Muerte de la Princesa de Astu- 
rias Doña María de las Mercedes, hermana del Rey 
Alfonso XIII. 

1905: 

18 de marzo. — Homenaje nacional al insigne 



75 AÑOS DE PERIODISMO 283 

dramaturgo D. José Echegaray, por haberle sido 
concedido el premio Nobel de 1904. 

8 de abril. — Catástrofe del hundimiento del ter- 
cer depósito del Canal de Isabel II. 




D. Guillermo Fernández Shaw, 

REDACTOR DE <La EpOCA> Y APLAUDIDO AUTOR DRAMÁTICO 

29 de mayo. — Muerte del insigne político con- 
servador D. Francisco Silvela. 

31 de mayo. — Atentado contra el Rey Don Al- 
fonso XIII de España, en la rué de Rivoli de 
París. 

23 de octubre. — Visita del Presidente de Fran- 
cia, M. Loubet, a Madrid. 



284 LEÓN ROCH 

191)6: 

12 de enero. — Boda de la Infanta María Teresa, 
hermana del Rey Don Alfonso XIII, con el Infante 
Don Fernando de Baviera, hijo de la Infanta Doña 
Paz. 

16 de enero. — Se reúne la Conferencia de Alge- 
ciras sobre Marruecos, que terminó sus trabajos 
con la firma del Acta de 31 de marzo. 

17 de enero. — Elección del Presidente de la Re- 
pública francesa, M. Fallieres. 

3 de marzo. — Muere el ilustre político conserva- 
dor D. Francisco Romero Robledo. 

12 de marzo. — Visita de los Reyes Don Carlos 
y Doña Amelia de Portugal a Madrid. 

30 de abril. — Se crea la Sociedad Editorial de 
España, entrando en ella El Imparcial, El Liberal 
y Heraldo de Madrid. 

31 de mayo. — Bodas de los Reyes Don Alfon- 
so XIII de España y Doña Victoria Eugenia de 
Battemberg, y atentado de Mateo Morral, en la 
calle Mayor. 

23 de junio. — Muere el político liberal D. Juan 
Manuel Sánchez y Gutiérrez de Castro, duque de 
Almodóvar del Río, iniciador de la Conferencia de 
Algeciras. 

(En este año le fué concedido el premio Nobel 
para las Ciencias al insigne sabio español doctor 
D. Santiago Ramón y Cajal.) 

1907: 

20 de marzo, — Visita del Rey de Sajonia, Fede- 
rico Guillermo, a Madrid. 



75 AÑOS DE PERIODISMO 285 

8 de abril. — Entrevista del Rey Eduardo VII de 
Inglaterra y el Rey de España en Cartagena. 

10 de mayo. — Nacimiento de S. A. R. Don Al- 
fonso de Borbón y de Battemberg, Príncipe de As- 
turias. 

1908: 

10 de febrero. — Asesinato en Lisboa del Rey 
Carlos de Portugal y del Príncipe heredero Don 
Felipe. 

23 de junio. — Nace S. A. R. el Infante Don 
Jaime, hijo de los Reyes. 

5 de octubre, — Proclamación de la independen- 
cia de Bulgaria. 

28 de diciembre. — Terribles terremotos en Italia, 
con la destrucción de Reggio y Mesina. 

1909: 

22 de junio. — Nace S. A. R. la Infanta Doña 
Beatriz, hija de los Reyes. 

18 de julio. — Muerte del Pretendiente D . Car- 
los de Borbón. 

8 de noviembre. — Visita a Madrid del Rey Don 
Manuel de Portugal. 

17 de diciembre. — Muerte del Rey Leopoldo de 
Bélgica. 

1910: 

1.° de mayo. — S. A. la Infanta Doña Isabel em- 
prende su viaje a la República Argentina. 

6 de mayo. — Muerte del Rey Eduardo Vil de In- 
glaterra . 



286 LEÓN ROCH 



1911: 



8 de febrero. — Muerte del insigne sabio español 
D. Joaquín Costa. 

25 de junio. — Se celebra en Madrid el Gran Con- 
greso Eucarístico, 

12 de diciembre. — Nace S. A. R. la Infanta Do- 
ña Cristina, hija de los Reyes. 

1912: 

30 de septiembre. — Muerte de la malograda In- 
fanta Doña María Teresa, hermana del Rey Don 
Alfonso XIII. 

12 de noviembre. — Asesinato del jefe del Go-- 
bierno D. José Canalejas, por el anarquista Par- 
diñas. 

1913: 

17 de enero. — Elección del Presidente de la Re- 
pública francesa M. Raymond Poincaré. 

28 de enero. — Muerte del ilustre poUtico y elo- 
cuente orador español D. Segismundo Moret. 

19 de marzo. — Asesinato del Rey Jorge de 
Grecia. 

13 de abril. — Atentado contra el Rey de España, 
por el anarquista Sancho Alegre, en la calle de 
Alcalá. 

20 de junio. — Nace S. A. R. el Infante Donjuán, 
hijo de los Reyes. 

7 de octubre. — Visita del Presidente de la Re- 
pública Francesa, M. Poincaré, a Madrid. 

19 de octubre. — Muerte del insigne orador, di- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 287 

rector de la Real Academia Española de la Lengua» 
D. Alejandro Pidal y Mon. 

1914: 

28 de junio. — Es asesinado en Sarajevo el ar- 
chiduque Francisco Fernando, heredero de la Co- 
rona de Austria-Hungría, dramático suceso, del 
cual se derivan a poco los horrores de la tragedia 
europea. 

20 de agosto. — Muerte del Pontífice Pío X. 

24 de octubre. — Nace S. A. R. el Infante Don 
Gonzalo, hijo de los Reyes. 

1915: 

30 de mayo. — Muerte del ilustre político con- 
servador, capitán general D. Marcelo de Azcá- 
rraga. 

1916: 

14 de septiembre. — Muerte del ¡lustre drama- 
turgo español D. José Echegaray. 

21 de noviembre. — Muerte del Emperador Fran- 
cisco José de Austria-Hungría. 

1917: 

14 de diciembre. — Muerte del ilustre catedráti- 
co D. Gumersindo de Azcárate. 

17 de diciembre. — Muerte del ex ministro con- 
servador D. Fermín de Lasala, duque de Mandas. 

1918: 

26 de junio. — Asesinato del Zar de Rusia y de 
la familia Imperial. 



288 LEÓN ROCH 

11 de noviembre. — Firma del armisticio para la 
paz, después de la trágica guerra europea. 

15 de diciembre. — Asesinato del Presidente de 
la República portuguesa, Sidonio Paes. 

1919: 

21 de febrero. — Muerte del ilustre periodista y 
político D. Julio Burell. 

3 de junio. — Muerte del inolvidable político con- 
servador D. Augusto González Besada. 

17 de junio. — Muerte del ex ministro conserva- 
dor D.Javier Ugarte. 

28 de junio. — Firma del Tratado de paz de Ver- 
salles. 

1920: 

2 de enero. — Muerte del insigne novelista espa- 
ñol D. Benito Pérez Galdós. 

17 de enero. — Elección del Presidente de la Re- 
pública francesa M. Paul Deschanel, que poco des- 
pués sufre un ataque de locura y tiene que abando- 
nar el puesto. 

5 de abril. — Estalla la revolución en Irlanda. 

12 de julio. — Muere en Madrid la Emperatriz 
Eugenia, condesa de Teba, viuda del Emperador 
Napoleón III de Francia. 

14 de julio. — Muerte del gran periodista español 
Mariano de Cavia. 

4 de agosto. — Es asesinado en Valencia por los 
sindicalistas el ex gobernador de Barcelona don 
Francisco Maestre Laborde, conde de Salvatierra. 

19 de agosto. — Muere en San Sebastián el ilus- 



75 AÑOS DE PERIODISMO 289 

tre periodista D. Miguel Moya, director de El Li- 
beral. 

23 de septiembre. — Elección del Presidente de 
la República francesa M. Millerand. 

29 de noviembre. — Embajada del Infante Don 
Fernando María de Baviera a Chile. 

1921: 

15 de enero. — Se declara la famosa huelga de 
los empleados de Hacienda en España. 

31 de enero. — Visita a Madrid de los Reyes 
Carlos e Isabel de Bélgica. 

8 de marzo. — Asesinato del ilustre político don 
Eduardo Dato Iradier, jefe del Gobierno y del par- 
tido conservador. 

12 de mayo. — Muerte de la insigne novelista 
doña Emilia Pardo Bazán, condesa de Pardo Bazán. 

23 de mayo. — Muerte del ilustre general D. Fer- 
nando Primo de Rivera, marqués de Estella. 

21 de julio. — Primeros sucesos del trágico de- 
rrumbamiento de la Comandancia de Melilla con 
el desastre de Annual. 

14 de noviembre. — Reunión de la Conferencia 
del Trabajo en Washington. 

15 de noviembre. — Muerte del ex ministro con- 
servador marqués de Portago. 

1922: 

23 de enero. — Muerte del Pontífice Benedic- 
to XV y del cardenal español D. Enrique de Alma- 
raz, arzobispo de Toledo. 

7 de febrero. — Elección de S. S. el Papa Pío XI. 

19 



290 LEÓN ROCH 

1." de abril. — Muerte del destronado Emperador 
Carlos de Austria. 

9 de abril. — Homenaje nacional a los ¡lustres 
actores María Guerrero y Fernando Díaz de Men- 
doza. 

13 de mayo. — Muerte gloriosa del heroico te- 
niente coronel González Tablas, jefe de los Regula- 
'res de Ceuta. 

1." de agosto. — Visita a España del Presidente 
de la República Argentina D. Marcelo de Alvear. 

2 de agosto. — Muerte del sabio inventor Gra- 
ham Bell. 

22 de agosto. — Muerte del ¡lustre político y 
hombre de ciencia marqués de Cerralbo. 

28 de agosto. — Abdicac¡ón del Rey Constantino 
de Grec¡a, arrojado del Trono por la Revolución, 
y proclamación del Rey Jorge. 

10 de octubre. — Visita del Shah de Persla a 
Madrid. 

9 de nov¡embre. — Se concede el premio Nobel 
al ¡lustre dramaturgo español D.Jacinto Benavente. 

16 de dic¡embre. — Asesinato del Presidente de 
lá República de Polonia, Narutov^¡ez. 

30 de d¡clembre, — Muerte del ¡lustre per¡od¡sta 
y noveUsta español D.José Ortega Munllla. 

1923; 

3 de enero. — Muerte del Patriarca de las Indias 
y obispo de S¡ón, D.Ja¡me Cardona y Tur. 

11 de enero. — Muere el Rey Constantino de 
Grec¡a. 



75 AÑOS DE PERIODISMO 



291 



13 de enero. — Muerte del ¡lustre historiador y 
arquitecto D. Vicente Lampérez y Romea. 

15 de enero. — Muerte del ilustre político francés 
M. Ribot. 

27 de enero. — Son puestos en libertad los cauti- 
vos españoles de Axdir. 

2 de febrero. — Muerte del ilustre historiador 
gallego D. Manuel Murguía. 

13 de febrero. — Muere el sabio Roentgen, des- 
cubridor de los rayos X. 

22 de febrero.— Muerte 
del famoso político fran- 
cés M. Delcassé. 

13 de marzo. — Muerte 
del ilustre político con- 
servador D.Manuel Allen- 
desalazar, ex presidente 
del Consejo de Minis- 
tros. 

26 de marzo. — Muere 
la insigne trágica francesa 
Sarah Bernhardt. 




D. Francisco Pérez 

Mateos, 



SECRETARIO DE REDACCIÓN 

DE «La Epoc»a. 



UNA MEDALLA CONMEMORATIVA 
Y UN RASGO DEL REY 



Entre las cultas devociones artísticas del direc- 
tor de La Época figura una gran afición a las me- 
dallas, de las cuales posee una interesante colec- 
ción, que poco a poco va ampliando y completando 
con sus adquisiciones. De esta colección forman 
parte no pocos ejemplares antiguos e históricos de 
completa autenticidad. Muchas medallas son fran- 
cesas, pues sabido es que en este arte, rama ex- 
quisita de la escultura, llegaron los artistas de 
Francia al más alto grado de perfección. 

No podían ser adquiridas en el mercado artístico 
muchas medallas antiguas y famosas, conmemora- 
tivas de insignes hechos históricos, y para poder 
seguir completando su colección incipiente tuvo el 
marqués de Valdeiglesias que recurrir a las repro- 
ducciones. Al efecto, entró en relaciones con un 
notable artista, que cultiva esta especialidad con 
singular acierto, el Sr. D. Tomás Bezares y Teu- 
llet, cuyos trabajos son ya bien conocidos y esti- 
mados. 



294 LEÓN ROCH 

La labor del medallista Bezares es sencillamente 
prodigiosa. Reproduce admirablemente todas las 
medallas que se le encargan, con el mismo exacto 
tono de color, con la pátina que en ellas imprimie- 
ra la acción del tiempo. Y llega al punto el prodi- 
gio de que las medallas reproducidas por Bezares 
se confunden con el original. ¿Puede darse mayor 
acierto? 

De esta noble aPción a las medallas de Valde- 
iglesias y de las relaciones de éste con el artista 
Bezares surgió la idea de acuñar una medalla de 
bronce conmemorativa de las Bodas de Diamante 
de La Época, La grata y honrosa efemérides bien 
lo merecía, y el pensamiento, que el artista no ha 
tardado en llevar a la práctica, fué indudablemente 
acertado. 

De modelar la medalla se encargó el joven y 
notable escultor D. Enrique Cuartero y Huerta, 
artista de gran inspiración, que tiene singulares 
aptitudes como medallista. La medalla conmemo- 
rativa del LXXV aniversario de la fundación de 
La Época, de la que ofrecemos aquí una repro- 
ducción, es un feliz acierto del escultor por la ori- 
ginalidad de la idea y por el arte de la primorosa 
ejecución. El Sr. Cuartero, que tiene como escul- 
tor un brillante porvenir, lo aseguraría rápidamen- 
te en Francia como medallista. 

El vaciado y galvanización de la medalla corrió 
a cargo de D. Tomás Bezares, y su trabajo ha teni- 
do el mismo completo éxito que en toda su labor 
alcanza. No hay el menor reparo que señalar en 
él, y el efecto que produce es realmente admirable. 



75 AfíOS DE PERIODISMO 



295 



Mide la medalla 10 centímetros y 7 milímetros 
de diámetro, y la composición del Anverso es ver- 
daderamente feliz, como original es su pensamien- 
to. Muestra la figura del Periodismo, representado 



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Medalla conmemorativa 
DE las Bodas de Diamante de «La Época». 

(anverso) 



por un robusto arquero, que dobla la rodilla iz- 
quierda y apoya ésta con firmeza en un pedestal 
inconmovible, que es la Prensa. El brazo izquierdo, 
extendido, sostiene el arco tenso, dispuesto para 
disparar vigorosamente los dardos, y en él apo- 



296 LEÓN ROCH 

ya la mano derecha, la mano que escribe y prepa- 
ra las nobles flechas, impulsada por la justicia y 
el progreso, y dirigida por la inspiración, el ta- 
lento y la prudencia. La mirada del arquero está 
fija en un blanco invisible, pero de existencia real, 
que es la conciencia de la Humanidad. Al costado 
del arquero pende el carcaj, lleno de dardos. Estos 
dardos que el Periodismo dispara sin descanso, 
para cumplir su misión providencial, son las verda- 
des universales: la Justicia, el Derecho, la Libertad, 
el Amor, la Patria, la Caridad... 

La figura del arquero, representativa del perio- 
dismo, es de noble y gallarda apostura. Está traza- 
da con singular vigor y corrección, y hace honor 
al feliz pensamiento que le da vida. Alrededor de 
ella corre la siguiente inscripción: 

PVBLICOSE • EL • I • N.° EL I • DE • ABRIL • 

DE MDCCCXLIX • BODAS • DE • DIAMANTES ABRIL • 

MCMXXni • 

En el pedestal que sostiene la firme figura del 
arquero se lee: la época, y debajo mcmxxiii. 

En el Reverso ostenta la medalla el busto-retra- 
to, en bajo relieve, del director de La Época, mar- 
qués de Valdeiglesias. El trabajo escultórico está 
hecho con verdadero arte, y el retrato tiene gran 
parecido. La inscripción que rodea el bajo relieve 
dice: 

ALFREDO • ESCOBAR ■ Y • RAMÍREZ • MARQUÉS • DE • 
VALDEIGLESIAS 



75 AÑOS DE PERIODISMO 



297 



Para poner término a estas páginas deseamos 
recoger en ellas un simpático y amable rasgo de 
S. M. el Rey, de los que son en él tan frecuentes, 
para con La Época. El Monarca, que profesa gran 




Medalla conmemorativa 
DE LAS Bodas de Diamante de «La Época». 

(reverso) 

estimación al órgano conservador, el periódico que 
con más constancia y entusiasmo defendió las ins- 
tituciones monárquicas de nuestra Patria, y que es 
uno de los que lee con más atención y asiduidad, 
quiso honrarle con aquél, dándole una nueva prue- 
ba de su consideración y afecto. 



298 LEÓN ROCH 

Con motivo de la publicación del número extra- 
ordinario conmemorativo del LXXV aniversario 
de la fundación de La Época, el jefe superior de 
Palacio, marqués de la Torrecilla, dirigió la si- 
guiente grata carta al director del periódico: 

«Excelentísimo señor marqués de Valde- 
iglesias. 

Mi querido amigo: Cumpliendo el encargo que 
me hacía usted en su amable carta tuve el honor 
de entregar a Su Majestad el número extraordina- 
rio publicado por La Época con motivo de sus 
«Bodas de Diamante». 

El augusto Señor lo examinó muy complacido, y 
tuvo frases de sincero elogio para ese periódico, 
que en su larga vida se ha inspirado siempre en los 
más nobles ideales, siendo constante y decidido 
defensor de las ideas monárquicas. 

Su Majestad me manda que, al transmitirle su 
afectuoso saludo, haga a usted presentes sus sin- 
ceros votos porque en lo porvenir pueda continuar 
La Época prestando tan relevantes servicios a la 
Patria, y me encarga remita a usted, y así lo hago 
con el mayor gusto, la adjunta fotografía, que de- 
dica a ese periódico en el LXXV aniversario de su 
fundación. 

Sabe usted soy siempre suyo afectísimo y buen 
amigo, q. 1. b. 1. m., Torrecilla.* 

Con la carta anterior enviaba, en efecto, el jefe 
superior de Palacio al marqués de Valdeiglesias un 



75 AÑOS DE PERIODISMO 299 

magnífico retrato del Soberano, de buen tamaño, 
con cuya dedicatoria honraba Su Majestad a La 
Época. 

Viste Don Alfonso en el retrato uniforme de 
Infantería, con las insignias de capitán general, 
sosteniendo con la mano derecha sobre el cuerpo 
el casco, con penacho de plumas. Sobre el pecho 
ostenta el collar de la insigne Orden del Toisón de 
Oro, la banda y placa del Mérito militar, con dis- 
tintivo rojo; la placa de San Hermenegildo, la ve- 
nera de las Ordenes militares y pasador con varias 
medallas. 

Al pie del retrato aparece la siguiente dedicato- 
ria, de puño y letra del Monarca: 

«A Z,a Época en el LXXV aniversario de su 
fundación. — Alfonso XIII. — 1923.» 



índice de artículos 



Páginas 

Anteportada 1 

Portada 3 

Bodas de Diamante de La Época 7 

La fundación de La Época y su primer director. 17 
Páginas dei cincuentanario. -Las Bodas de Oro 

de La Época, por Alfredo Escobar 39 

Un artículo de Cos-Gayón. — Recuerdos perio- 
dísticos de hace cincuenta años, por Fernando 

Cos-Gayón 45 

Los escritores de La Época, por Joaquín Maldo- 

nado Macanaz 53 

Los lectores de periódicos (1849-1897), por Ka- 

sabal 61 

Bibliografía de La Época, por Juan Pérez de 

Guzmán 69 

El LXXV aniversario de La Época 87 

Tres homenajes. — Del jefe del partido liberal 

conservador, D. José Sánchez Guerra 89 

De D. Joaquín Sánchez de Toca, presidente 

del Senado 90 

Del conde de Bugallal , presidente del Con- 
greso 90 



Pág-inas 

El partido liberal -conservador, por Mariano 

Marfil 95 

La Época desde su nacimiento a las Bodas de 

Oro, por Melchor Fernández Almagro 103 

Algunos recuerdos del siglo pasado, por el mar- 
qués de Valdeiglesias 117 

La Época en la historia de la Literatura españo- 
la, por Luis Araujo-Costa 127 

La Época en el siglo XX. — La Redacción de 1898. 
Nuestras Bodas de Plata. — Los que se fueron. 
Un doloroso recuerdo. —Maldonado Macanaz. 

Justo homenaje 149 

La casa de La Época y la imprenta. — La crítica 
y los críticos. — Cambios y mudanzas. — Am- 
biente de fraternidad. - El símbolo del trabajo. 156 
Los prohombres conservadores. — Los jefes de 
partido y La Época. — De Cánovas a Sánchez 
Guerra. — Silvela periodista. — Cooperadores y 

colaboradores 167 

Dinastía de periodistas. — D. Ignacio José Esco- 
bar, D. Alfredo Escobar y Ramírez y D. José 

Ignacio Escobar 177 

Los redactores-jefes. — D. Eduardo Gómez de Ba- 
quero; D. Jerónimo Bécker; D. Mariano Marfil; 

D. Salvador Cañáis 202 

Los redactores de ayer y los de hoy 220 

Don Juan Pérez de Guzmán y los colaboradores 

de La Época 235 

La Prensa madrileña y sus progresos 251 

Efemérides y recuerdos 279 

Una medalla conmemorativa y un rasgo del Rey. 293 

índices 301 a 305 

Colofón 306 

Libros del autor .... 307 



índice de retratos y grabados 



Páginas 

S. M. el Rey Don Alfonso XIII 2 

S. M. la Reina Doña Victoria Eugenia 6 

Reproducción del número primero de La Época. 9 

S. M. la Reina Doña María Cristina 16 

Excmo. Sr. D. Diego Coello y Quesada, funda- 
dor de La Época 19 

Don Ramón de Navarrete, primer director de La 

Época 25 

Reproducción del último número de El Faro, pe- 
riódico fundado y dirigido por D. Diego Coello. 31 

S. M. la Reina Doña Isabel II 38 

Excmo. Sr. D. Ignacio José Escobar, marqués de 

Valdeiglesias, director de La Época 41 

S. M. el Rey Don Alfonso XII 44 

Excmo. Sr. D. Fernando Cos-Gayón 49 

Excmo. Sr. D. Carlos Navarro y Rodrigo 55 

Don Diego Bravo y Destouet, redactor y director 

de La Época 57 

El ilustre novelista D. Pedro Antonio de Alarcón. 63 

Excmo. Sr. D. Saturnino Alvarez Bugalla! 65 

Don Pedro Bofill, crítico teatral 71 

Don Luis Alfonso, cronista literario 77 



Páginas 

Don Antonio Peña y Goñi, crítico musical 81 

Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo, 
fundador y jefe del partido liberal-conser- 
vador 86 

Reproducción del número de La Época del 2 de 

abril de 1923, al entrar en el año 75 91 

Excmo. Sr. D. Francisco Sikela, jefe del partido 
liberal-conservador 94 

limo. Sr. D. Mariano Marfil, redactor-jefe de La 

Época. 97 

Excmo. Sr. D. Antonio Maura, director de la 
Real Academia Española, ex jefe del partido 
liberal-conservador 102 

Excmo. Sr. D. Joaquín Maldonado Macanaz, aca- 
démico de la Historia y redactor de La Época. 107 

Don Melchor Fernández Almagro, crítico teatral. 113 

Excmo. Sr. D. Javier Betegón y Aparici 119 

Excmo. Sr. D. Eduardo Dato Iradier, jefe del 

partido liberal-conservador 126 

Don Carlos Fernández Shaw, ilustre poeta y au- 
tor dramático . . . 129 

Don Luis Araujo Costa, crítico literario 137 

Excmo. Sr. D.José Sánchez Guerra, jefe del par- 
tido liberal-conservador 148 

La Redacción de La Época en 1897-98 ... 152 y 153 

Don Francisco Pedregal y Prida, impresor de 
La Época 1 59 

Don Francisco Fernández Villegas (Zeda), ilustre 
crítico teatral 169 

Don Ramón de Cárdenas y Padilla, ilustre pe- 
riodista, decano de la Redacción de La Época. 173 

Excmo. Sr. D. Alfredo Escobar y Ramírez, mar- 
qués de Valdeiglesias, director de La Época.. 183 

Don José Ignacio Escobar y Kirkpatrick, redac- 
tor de La Época 193 



Páginas 

limo. Sr. D. Eduardo Gómez de Baquero, ilustre 

crítico literario 203 

Excmo. Sr. D. Jerónimo Bécker, bibliotecario de 

la Real Academia de la Historia 207 

La Redacción de 1923 232 y 233 

limo. Sr. D. Salvador Cañáis, ilustre periodista, 

ex subsecretario de la Presidencia 225 

Excmo. Sr. D. Juan Pérez de Guzmán, secretario 

perpetuo de la Real Academia de la Historia. 239 

Don Gabriel Briones, actual decano de la Redac- 
ción de La Época 257 

Don Víctor Espinos, crítico musical 265 

Don Guillermo Fernández Shaw, periodista y 

autor dramático , 283 

Don Francisco Pérez Mateos, secretario de Re- 
dacción de La Época 291 

Medalla conmemorativa. Anverso 295 

ídem id. Reverso 297 



20 



Se acabó de imprimir este libro el día 

31 de agosto de MC MXXl II años, 

en la Tipografía de Ramona 

Velasco, Libertad, 31, Madrid. 

Fotograbados de los 

talleres « Fragma » 

(Palma. 51). 



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LIBROS DEL AUTOR 



Varios: 

Ellas y ellos (semblanzas en verso); 1893, agotado. 

Pólvora en salvas (cuentos); 1895, agotado. 

Grajeas (cantares y coplas); 1898, agotado. 

La tristeza de vivir (crónicas y cuentos); 1900. 

Los tristes destinos (novela); 1901. 

Aire de mi tierra (cantares); 1904. 

75 AÑOS de periodismo. Con motivo de las Bodas de 
Diamante de La Época. Aportaciones para la histo- 
ria del periodismo madrileño; 1923. 

Viajes: 

El Monasterio de Piedra; 1911. 
Por tierras de Ávila; 1912. 
Una visita a León; 1916. 
Vistas de Segovia; 1921. 

En preparación: 

Periodismo andante. 
Postales de Castilla. 
Periodismo sentimental. 



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UNIVERSITY OF TORONJO LIBRARY 



PN Roch, León 

$319 75 ^±*e. Setenta clnco^ 

r433E77 años de perioáismo