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Full text of "Books about Maghreb and Andalus"

■ - ■■ 



I 



#,. 



CION UNIVERSAL 



R. DOZY 



Historia 

usulmanes de Espana 



^ias+. .onquista de los Almoravides 






TOMO I 



X ^ 



La tr&duccion del f ranees ha sido 

X 

_ 

hecha por Magdalen a Fuentes. 



>'. 




J 






MA ORID-B ARCELON A 
MOMXX 




a 



Tipografica Renovactfn" (O. A.), Ibarra, 8.— MADRID. 



Rente ro Pedro Dozy, tipo representative del ho- 
landes perseverante y del erudito conci-enziido, na~ 
cio en Leyde el 21 de febrero de 1820. Era hijo de 
un medico afamado y pariente colateral de Ids 
Schulte'n, celebres orientalistas ; pero estos no 
ejercieron ningun influjo en su vocation. 

Mostro desde nino aficion "voraz" por la Lite- 
raiura y la Historic. A I comenzar sus estudios 
universitarios, hallo en la Facultad de Letras cl 
kombre que necesitaba para encauzar sus multi- 
ples aficiones y aptitudes: Weijers, filologo de 
universal renombre, que exigia a sus alumnos una 
asiduidad y una exactitud elevadas a la categoria 
de virtudes. Aunque le habia indacido a asistir a 
su cdtedra el deseo de deleitarse con la lectura de 
los poetas orientates, Weijers le inclind a consa- 
grarse a la Historia; pero a Dozy le aterraba per- 
derse en el dedalo de dinastias y batallas, que a el 
le estaba reservado com-probar y esclarecer, 

Ademds de los $ursos universitarios, eultivabet 
el drabe en lecciones privadas, que su padre re- 
muneraba esplendidamente , cuando el Real Insti- 
tute de los Paises Bajos convoco un concurso, fi- 
jando el siguiente tema: "De los trajes que los 
drabes de amkos sexos y de diversas tierras han 
usado y usan aim..." 

Dozy no vacild en acometer aquella empresa, 



6 

reahnente temeraria, porque no se pedia un ensa~ 
yo en que se aquilatase un merito relativo, sino la 
obra de un sabio. Solo disponia de un ano para 
leer y acotar una cantidad inmensa de libros y 
manuscritos; pero a estas dificultades naturales 
uni6se una imprevista. Comenzose a comentar en 
la Biblioteca que aquel incipiente erudito de vein- 
tidds anos se llevase los libros "a carreUtdas" , y 
el bibliotecario se opuso a presiarle mas sin previa 
autorizacion de Weijers, que, en su calidad de in- 
terprete del Legado Warneriano, tenia a su cargo 
la seccion de manuscritos orientales. El profesor, 
iemiendo que Dozy, en vez de estudiar concienzu- 
damente, divagara con curioso nwriposeo de autor 
en autor, prohibio terminantemente se le f\acilita- 
sen nuevos textos. El veto planted a Dozy — rigido 
y escrupuloso desde la infancia — un problems de 
estudio y de conciencia. Weijers formaba parte 
del Jurado encargado de juzgar las obras, cayps 
autores debian gua/rdar el mas riguroso incognito; 
pero, como no se resignaba a renunciar a su idea, 
revelo su seer e to al maestro, el cual, aunque asom- 
brado de su audacia, no le disuadio, pudiendo des- 
de entonces revisar el prodigioso numero de obras 

de literatos drabes y espaiioles y aun de libros de 
viajes de Ion geografos islamitas, que represents 
su primera obra. En lu sesion del 20 de noviembre 
de 1843 fue premiado su trabajo, que 61 pidio per- 
miso para amplim* y perfectionar, publicdndose 

dos anos despues con el titulo Piccionai'io detalla- 
do de los nombres de los trajes entre los arabes. 



7 

Admirado de sus raras cualidades de investiya- 
dor, Weijers le indujo a escribir .algo sobre histo- 
ria espanola, empezando por el reino de taifa de 
Sevilla; y, al consultar la obra de Conde, descu- 
brio errores tan fundamentals en este autor, con* 
sidemdo como infalible en la materia, que, ere- 
yendo de buena fe que la obra estaba mal tradu- 

j 

cida al aleman, se decidio a estudiar espanol para 
poder aquilatarla justtvmente. A la adquisici&n del 
Quijote siguid bien pronto la de una biblioteca es~ 
panola, considerada como ttna de las mejores de 
Holanda. 
La muerte de Weijers, ademds del dQlw de la 

perdida del mbio y del amigo, le prodtcjo ana de 
las raras decepciones de su pldcida vida. La cate~ 
dra del maestro fue adjudicada a Juynboll, y no a 
Dozy, que esperaba ansxosamente ser eatedrdtico 
para casarse. Sin embw^go, como el problema eco~ 
nmnieo ja/mas le p^'eocapo, contrajo matrimonii) 

eon Maria wan Goor den Oosterlingh, encantado- 

ra joven, identificada con los ideates y entusias- 
mos de su marido. Durante el viaje de novios por 
Inglaterra y Alemanta f Reniero conocio a Fleis- 
cher, que, segihi su frase, u le entusiasmo" , bien 
aje%o de que habia de ser su inexorable c7V,tico t y 
tuvo la suerte de encontrar en la biblioteca de 
Gotka un mamiscrito arabe, fuente inmediata y 
fundamental para reliacer la historia del Cid, 
precioso Kallazgo que por primera vez le sugirio 
la idea de su magna obra Historia de los musul- 
manes de Espana. Dozy, antes de rectificar Ih 



8 

obra de Conde, se propuso adqnirir en literature* 
espanola la misma competencia que en literature 
drabe, para lo cual se abismo en profundos estu- 
dios sobre el poema de Mio Cid y sobre nuestras 
cronicas medioevales, teniendo, ante todo> que re- 
batir a Masdeu, el cual se habia esforzado en de- 
mostrar que "los documentos cristianos, relatives 
a la historia de Espaiia, en sit mayorici no son 
autenticos" ; y al refutar este error, demostro la 
certidumbre del relato, referente al Cid, compren- 
dido en la Cronica general de Espaiia, de Alfonso 
el Sabio, relato valiosisimo, por ser copia de un 
texto drabe; pero que los eruditos, excepto Huber, 
habian considerado hasta entonces como apo- 
crifo. 

Doloroso trance fue para Dozy tener que des~ 
uutorizar tambien a D. Pascual Gayangos, por de- 
berle favor es tan inolvidables como cl envio de 
preciosos datos y manuscritos. 

Fruto de esta campana de depuration cientifica 
fueron sus Invest! gaciones sobre la historia poli- 
tica de Espafia, obra en que el estudio sobre los 
reinos de taifas en el siglo XI y sobre la literatu- 
ra y civilizaci6n espajiolas, asi como su critica, u de 
una severidad implacable", sobre todo contra Ga- 
yangos, sirven de pedestal a la figura del Cid, 
citya historia, reconstruida, comprende cast la mi- 
tad del volumen. De todos los jutcios publication 
sobre tan magistral estudio, ninguno tan justo 
como el de Defremery, inserto en el Monitor Uni- 
versal, fuicio tan impartial como entusiasta, pues 



( 



9 

censaraba lo rudo de la polemica y los defectos 
de estilo de la obra, escrita en frauds. 

Dozy, "tan sensible al elogio como a la censu- 
ra", se tortiiro hasta reconocer lealmente sus de- 
fectos, y, para evitarlos, ademds de estudiar los 

mejores autores cldsicos y contempordneos de 

^ 

Francia, tradujo al holandes mtdtitud de novelas 
de los mejores estilistas, y despues de algfan tiem- 
po volvid a traducirlas del kolandis al frances, 
para comparar los giros defectiwsos que 41 em~ 
pleaba con las bellezas del original. Este trabajo, 
como todos los suyos, fue coronado por el exito, 1/ 

gozo con inf until alegria cuando Defremery ape- 
nas introdujo correcciones en otras obras, que le 
remitio antes de editarlas, y cuando un artista 
'tan refinado como Renan califico sit estilo de u co- 
rrecto y bello frances". Tambien se ynostrd ddcil 
a la primera objecidn de Defremery, y en la sc- 
gunda edicion de sus Investigaciones suavizo la 

fornia de su critica, demoledora en el fondo. 

El triunfo de Dozy, inmenso y resonante en 
toda Europa, quedo consagrado cuando la Acade- 
mia de la Historia f de Madrid, le designo como 
acadimico correspondiente en 15 de rn/xrzo de 
1853, y cuando el Gobierno espanol, rindiendo pu- 
blico homenaje al reconstructed de nuestra histo- 

ria, le nombro comendador de la Orden de Car- 
los HI. 

La autoridad de Dozy comenzo a ser indiscuti- 
ble, y no solo los editores se disputaban sus obras, 
sino que, apenas anundaba su propdsito de publi- 



10 

car una serie de textos drabes, Ihvian las suscrip- 
ciones y los donativos del Estado y de los particu- 
lates, ansiosos de colaborar, siquiera economics- 
mente, en la obra del sabio. De este rmodo se pit- 
blicaron sus discutidas Analectas; la Historia de 
los Abaditas de Sevilla se edito a expensas del 
Legado Wameriayw, ddndose el caso de que uno 
de los puntos mas intrincados de nuestra histo,ria 
no solo fuese escktrecido por un extranjero, sino 
costeado por una subvencion sin precedente en 

Espana. 

Leve eclipse de la gloria de Dozy fueron las dia- 

tribas fulminadas contra dos de sus obras. Encar- 

gado de escribir la Historia del islamismo, para 
una sintesis de las Principales religiones, editada 
por Kruseman de Harlem, con el exceso de los da- 
tos acumulados escribio sus Israelitas en la Mieca, 
obra que le apasiono tanto, que la creyo superior a 
sus investigaciones sobre el Cid; pero que, comba- 
tida violentamente por los judios como "una mons- 

E 

truosa amalgama de atrevidas hipdtesis" , produjo 
ianta admiration como indignacion, pero no fvv 
juzgada por nadie serenamente, 

Habiase dejado tentar Dozy por el deseo de edl- 
tar la introduccion de Macari a la obra de Ben-al- 
Jatib, fildn inagotable para la historia y la lite- 
ratura. Multitud de suscripciones hicieron posible 
tan ardua ewipresa, y desde 1855 comenzd a pu- 
blicar sas Analectas sombre la historia y la litera- 
tura de los arabes de Espana, trabajo improbo, 
■que en 1860 fue completado por unas tablas y una 



11 

lista de correccioneSj debidas en su mayor parte a 
Fleischer, el dodo profesor de Leipzig, que tenia 
la costumbre de enviar listas de correcciones a to* 
dos los editores. Ofendido con Dozy por creer que 
este habia omitido o atenuudo muchas de las for- 
vndadas contra su obra — presentando como erra* 

tas lo que eran verdaderos errores — , Fleischer no 
solo hizo una tirada especial de sits rectificacio- 
nes, sino que incurrio en abusos de confianza como 
el de dar por conclusiones definitives la$ mercfs 
hipotesis, expaestas en cartas confidenciales por 
Dozy, el cual se defendio con toda la violencia de 
su verbo satirico, quedando interrunvpidja la amis- 
tad hasta que, en los ultinws aiios de su vida, el 
infatigable investigador sometio at sabio profesor 
de Leipzig los textos urates que apenas tenia 
faerzas para revisar. 

Dozy no fue menos admirable como -maestro. A 
pesar de su "azirea medio critas" , habia aeeptado 

el cargo de mixiliar de interprete del Legado 
Warneriano, que le pernvitia disponer libremente 
de los mds preciosos m&mtscritos, al mismo tiempo 
que prestaba un relevante servicio for^mando el 
catdlogo de aquel teswo de erudition; pero stt 
sueno dorado era la cdtedra, que aun sus mds 
fervientes admiradores vacilaban en conferirle por 
termor U que la ensenanza le alejase de sus trabajos 
de investigation, que estahan vinculando en Ley* 
de la gloria de los estudios orientates. Pero en 
1850, al ser nombrado ministro Thorbecke y defen- 
sor de la candidatura de Dozy en el claustro uni- 



l 



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12 

versitartOy lo primero que hizo fue designarle 
para desempenar la cdtedra de Peerlkamp, que 
abarcaba un ciclo de Historic, de la Edad Media, 
La realization de tan justo deseo fue amargada 
por el mayor pesar de su vida, por eoincidir con 
la muerte de su prima gentio, desgracixi que k 
produjo tan intenso dolor, que, como el afirma, 
solo pudo rehacerse llamando en su ayuda al 
amor y a la cienc&a, 

Fue Dozy en la cdtedra tan escrupuloso como 
en las investigaciones, bastando para demon- 
trarlo recordar el hecho de que no se atrevio a ex- 
plicar la historia de los normandos hasta estiidiar 
suecOy islandes y danes. Establecio desde un prin- 
cipio con sus alwnnos un rdgimen de eonfuxnza 
en que la libertad y la franqueza no anitnoraban 
el respeto. Perrnitiales discutir sus opiniones con 
tal de que no dijesen absurdos; los congregaba 
paternalmente en su casa para descifrar mamix- 
critos, y aunque le$ exigia una ruda labor, los es- 
tudiosos de todos los paises "corrian para pala- 
dear un curso de Dozy como para saborear tin 
manjar refinado". No es de esctranar que el 25 de 
marzo de 1875, en que celebro sus bodas de plain 
con la ensenanza f fuese un dia de homenaje inter- 
nacional y de apoteosis del maestro. 

Durante los veinticinco anos de labor diddctica 
no habia interrumpido sus trabajos de investiga- 
tion, espetialmente el acopio de materiales para 
su Historia de los musuhnanes de Espana hasta la 
conquista de los alinoravides. PuMicada en 1801, 



b 



13 

tuvo en el extranjero un exito mayor que en Ho- 
landa, pues- el estar escrita en frances hirio el or- - 
gullo national de Jos holandeses. Su plan habrd 

sido objeio de criticas; podrd aducirse que no tuvo 
tiempo de agotar las fuentes originates, pero la 
obra no solo constituye un verdadero monumento, 
sino que hace labia rasa de todo It anterior a elUt. 

La solidez de racionamiento, la clarividencia, la 
perseverancia y la prodigiosa ciiltura de Dozy 
quedan esgrafiados en este libro magistral como 
en esos monolitos, en esos hipogeos orientales en 
que generaciones enteras han acumulado su es- 
fuerzo y su inspiracion. La dificil facilidad con 
que arneniza los mas dridos pericdos de nuestra 
Edad Media, prestdndoles el palpilante interns de 
una novela historica, nos ha inducido a incluirla 
en esta COLECCION UNIVEBSAL, como una de 
las piedras angulares de la cultura Mspana. "El 
libro de historia envejece pronto" ', y el de Dozy no 
puede exirmrse de esta ley general. Muchos Fleis- 
cher hallardn en el deficiencias o errores; pero el 
mismo Dozy aceptaria las rectificaciones, debido<s 
a la investigacion contempor&nea, como reconocio 
la justicia de las de Fleischer y Defremery, porque 
nunca su amor propio fue mds fuerte que su amor 
« la verdad y a la ciencia. 

Multiples y halaguenos honores abrumaron al 
sabio en los ultimos anos de su vida; los Gobier- 
nos y las Academias de las naciones onds cultas de 
Guropa se disputaron el honor de condecorarle f y 
in Espana, a los anteriores homenajes se uni6 el 



14 

ser nombrado, en 1880, profesor honorario de la 
Institution Libre de Enseuanza, a! mi&mo tiempo 

que Darwin y Tyndall. 

For primera vez, el maestro se pregunto que iba 
a hacer, pues habia tenido la vara fortuna de des- 
wrrollar Integra y metodicamente el programa de 
su vida, de una vida cast rayana en la dicha per- 
fecta: gozo de excelente salud y de bienestar eco- 
nomico; su matrimonio, realizando la comunidn de 
dos ahrvas preconizada por Suderniann, creo un 
hogar feliz, uno de eso-s honrados, pulcros y pre- 
visor es hogares de Holanda, que ya en el siglo XVI 
hadan las delicias de Guicciardini ; dejo a sus M- 
jos admirablemente colocados, y a dos de sus hi- 
jas, dichosas en sus nuevos hogares, y nvurio en 
1883, despnes de "una vida bien empleada" — como 
dijo Dugat — , de una, vida representativa de las 
cualidades de su raza> apta eual ninguna — como 
escribio Taine, quizd pensando en Dozy — "para 
toda labor enojosa, pero preparatoria y necesaria 
para tallar con paciencia y abnegacion admirables 
las piedras del edificio moderno" . 



- - I 






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ADVERTENCIA 



La historia de Espana, y especialmente la his- 
toria de los moros, ha sido durante veinte afios 
mi estudio predilecto, mi constante preocupaci6n, 
y antes de co-men zar este libro he pasado gran 
parte de mi vida acopiando materiales disperses 
en oasi todas las bibliotecas de Eitropa, exami- 
nandolos, comparandolos y publicandolos. Sin em- 
bargo, no entrego esta Historia al publico sin re- 
celo y desconfianza. Su asunto es nuevo, porquc 
— como he procurado demostrar antes de aho- 
ra (1) — los libros que tratan de el resultan casi 
inutiles; se basan en el trabajo de Conde, es de- 
cir, en el trabajo de un investigador que tenia 
pocos materiales disponibles; que, falto de cono- 
cimientos gramaticales, no interpretaba fielmente 
los que poseia; y, en fin, que carecia en absoluto 

de sentido historico. No se trata, pues, de rectifi- 
car algunos hechos, desiigurados por mis antece- 
sores, o de complementar sus trabajos con datos 
nuevos, sino de ahondar hasta las raices, de evocar 
por primera vez la historia de los musulmanes es- 
panoles, y si la novedad del tema constituye uno 



(1) En la primera edicitfn de mis Investigaciones sobre la 
historia y la literatvra de E$pana durante la Edad Medix 



16 

F 

de sus atractivos, origina al mlsmo tiempo ar- 
duas diflcultades. 

Creo haber revisado casi todos los rnanuscritos 
que hay en Europa relatives a la historia de los 
moros, estudiando este asunto en todas sus fases; 
sin embargo, como no me he propuesto escribir 
una obra de ciencia arida y erudita, destinada a 
un grupo restringido de lectores, me he guardado 
bien de relatar todos los hechos de que tengo no- 
ticia. Queriendo atenerme, en cuanto depende de 
mi, a las reglas del buen gusto y de la composi- 
cion historica que ordenan hacer resaltar los su ■ 
cesos mas salientes, de los cuales son los demas 
accesorios y consecuencias, me he visto obligado a 
sintetizar en pocas lineas el resultado de muchas 
semanas de estudio, a pasar en silencio detalles 
que no cabian en el plan general de mi trabajo, 
aunque no estuviesen desprovistos de interes. En 
desquite, me he esforzado en detallar las circuns- 
tancias que caracterizan mejor las distintas epo- 
cas, sin temor a mezclar a los dramas de la vida 
publica los hechos intimos, porque soy de los que 
piensan que se olvidan demasiado esos fugitivos 
colores, esos accesorios curiosos, esas minucias de 
las costumbres, sin las cuales la gran historia re- 
sulta palida y sin vida. Las tendencias de la es- 
cuela que se preocupa menos de dar relieve a los 
individuos que a las ideas que representa, y que 
no ve mas que los aspectos generates de las cue&- , 
tiones, a mi parecer no conviene al asunto que he 
elegido. 



V 



17 

Por otra parte, aunque no he ahorrado ningun 
esfuerzo para dar a esta historia el grado de rea- 
lidad y certidumbre que me he propuesto, he pen- 
sado que es preciso ocultar la erudicion, en bien 
del movimiento y de la clarividencia del relato, y 
no multiplicar inutilmente las notas, los textos > 

las citas. 

En un trabajo de este genero solo deben tener 

cabida los resultados deducidos de la investigc- 
cion cientifica que ha servido pai-a obtenerlos. 
Unicamemte he tenido cuidado de indicar todas 
las fuentes a que he acudido. 

Debo tambien hacer constar que no pocos ca- 
pitulos de esta obra son anteriores a algunas pu- 
blicaciones de estos ultimos aiios. Asi, los prime- 
ros capftulos de mi primer libro estaban escritos 
antes de que mi sabio y excelente amigo M. ftenan 
publicase en la Revista de Ambos Mivndos su ad- 
mirable articulo sobre Mahoma y los origenes del 
islamismo, de suerte que, aunque hemos llegado 
muchas veces a los mismos resultados, los hemos 
obtenido independientemente uno de otro. 

Restame, por ultimo, cumplir un grato deber: 
ei de dar gracias a mis amigos, y especialmente 
a los senores Mohl, Wrigh, Defremery, Tornberg, 
Calderon, Simonet, de Slane y Dugat, ya por los 

manuscritos que han tenido- la bondad de pres- 
tarme, ya por los extractos y las comprobaciones 
que me han proporcionado con la mayor amabili- 
dad y benevolencia* 

Leyde, febrero 1861. 

Hist, mdsulmanes.— T. I 2 



T 



LIBRO PRIMERO 



AS GUERRAS Of.VIL.es 



I 



Asi como la caracteristica secular de Europa 
es el desenvolvimiento y el progreso, la inmovi- 
lidad es el caracter distintivo de las innumerables 
tribus que recorren con sus tiendas y sus rebanos 
los aridos e interminables desiertos de Arabia. 
Son hoy lo que fueron ayer y lo que manana se- 
ran; entre ellas nada cambia. nada se modiflca; 
los bedufnos de nuestros dias conservan aun en 



toda su pureza el espiritu que animaba a sus an- 
tepasados, contemporaneos de Mahoma, y no hay 

comentarios mas exactor sobre la historia y la 
poesfa de los arabes pagano.* que las noticias 
aportadas por los viajeros modemos acerca de las 
costumbres, los trajes y la manera de pensar de 
los beduinos actuales. 

Sin embargo, no carece este pueblo de la inte- 
ligencia ni de la energia necesarias para mejorar 
su situation, si lo desease. Si no avanza, si per- 
manece estacionario ante el progreso, es porque, 



20 

indiferente al biene.star y a las satisfacciones ma- 
teriales que proporciona la civilizaeion, no quiere 
cambiar de suerte ni de vida. En su orgullo, el 
beduino se considera como el tipo mas perfecto 
de la creacion. desprecia a los demas pueblos 
porque no son como el, y se cree in fi ni tarn en te 
mas dichoso que el hombre civilizado- Cada con- 
dicion tiene sus ventajas y sus inconvenientes ; 
pero el orgullo de los beduinos se explica y se 
comprende sin trabajo. Guiados, no por prmcipios 
filosoficos, sino por su propio instinto, adoptaron 
desde el primer momento la noble divisa de la 
Revolucion francesa: libertad, igualdad, frater- 
nidad. 

El beduino es el hombre mas libre de la tierra. 
"No reconozco otro dueno que el del Universo", 

4 

afirma. Su libertad es tan grande, tan ilimitada, 
que, comparadas con ella nuestras mas avanzadas 
cloctrinas liberates, resultan teorias despotlcas. 

En nuestra sociedad, nn Gobiemo es un mal nc- 
cesario, inevitable, un mal que es condition de un 
bien; los beduinos se pasan sin gobierno. Cierto 
que cada tribu elige su jefe, pero este no posee 
mas que cierta influencia; se le respeta, se escu- 
chan sus consejos, sobre todo si es elocuente; pero 
no tiene en modo alguno el derecho de dictar 6r- 
denes. En vez de disfrutar de un sueldo, se ve 
forzado por la opinion publica a sustentar a los 
pobres, a distribuir entre sus amigos los presentes 

que recibe, a ofrecer a los extranjeros una hos- 

pitalidad mas suntuosa que ningun individuo de 



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21 

la tribu. En cualquier circunstancia esta obligado 
a consultar al consejo de la tribu, formado pol- 
ios jcfes de las diferentes familias, sin cuyo con- 
sentimiento no puedc declarar la guerra, ultimar 

3a paz ni levantar el campo (1). Cuando una 
tribu connere el titulo de jefe a uno de sus miem- 
bros, este titulo no es, a menudo, mas que un 
homenaje sin consecuencias; equivale a un testi- 
monio de publica estimacion, a un solemne reco- 
nocimiento de que el elegido es el hombre mas 
capaz, mas valiente, mas generoso, mas adicto a 
los intereses de la comunidad. "Jamas concedemos 
esta dignidad a nadie — decla un arabe antiguo — , a 
menos que nos haya dado todo lo que posee, que no^ 
haya sacrificado cuanto le es querido, cuanto esti- 
ma y honra, y nos haya prestado servicios como 
un esclavo" (2). Pero la autoridad de este jefe 
es casi siempre tan minima, que apenas se nota. 
Habiendole preguntado a Araba, contemporaneo 
de Mahoma, como habia llegado a jefe de su tribu, 
nego'rotundamente que lo fuese, y al ver que in- 
sistfan en ello, respondio al fin: "Cuando las des- 
gracias han aquejado a los de mi tribu, les lie 
repartido mi dinero; cuando alguno ha cometido 
una ligereza, he pagado la multa por el, basando 
siempre mi autoridad en el apoyo de los hombres 
mas bondadosos de la tribu. Entre mis compane- 
ros, el que no ha podido hacer otro tanto, esta 



U) Burckhardt: Notas sobre los "bedulnos, pp. 66, 67; 
Burton: Pereprinaci6n a Medina y a la Meca^ t. II, p. 112. 
(2) Mobarrad, p. 71. 



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22 

■ 

menos considerado que yo; el que puede hacer 
lo mismo es mi igual, y el que me sobrepuja es 

mas estimado que yo" (1). 

En efecto: entonces, como ahora, era depuesfco 

el jefe que no sabia honrar su jerarquia, y, ade- 
mas, siempre que habia en la tribu un hombre 
mas gen-eroso y mas valie-nte que el (2). 

La igualdad, aunque no completa, en el desier- 
to, es, sin embargo, mayor que en ningun sitio. 
Los bedumos no admiten ni la desigualdad, in- 
herente a las relaciones sociales, porque todos vi- 
ven de la misma manera, visten y comen lo mis- 
mo. No admiten tampoco una aristocracia basada 
en la fortuna, porque las riquezas no acrecien- 
tan entre ellos la publica estimacion (3). Meno*- 
preciar el dinero y vivir al dfa del botin conquis- 
tado con su valor, despues de haber repartido 
el patrimonio en bcneficios: tal es el ideal del ca- 
ballero arabe (4). Este desden had a la riqueza es, 
sin duda, una prueba de magnanimidad y de ver- 
dadera filosofia; pero no debe pcrderse de vista 
que la riqueza no puede tener para los bedumos 
el mismo valor que para otros pueblos, porque 
entre ellos es tan precaria como facil de perder. 
"La riqueza — dice un poeta arabe — viene por la 
manana y desaparece por la tarde", lo cual en el 
desierto es estrictamente verdad. Incapaz como 



(1) Mobarrad, p. U. Constiltese tambi&i Aben-Nobata, en 
Kasmusen: Addit. ad his. Arctbum, p. 18 tfel texto. 

(2) Burckhardt, p.. 68; Oaussin, t. II, p. 634. 

(3) Burckhardt, p. 41. 

(4) Caussin, t. II, pp. G5'5, Gil. 



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23 



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agricultor, y sin poseer un palmo tie terreno, el 
beduino no tiene ofcra riqueza que sus camellos y 
sus caballos, propledad con que no puede contar 
de un instante a otro. Cuando una tribu enemiga 
ataca a la suya y le arrebata cuanto posee — como 
sucede a diario — , el que ayer era rico queda de 
pronto sumido en la miseria (1) ; pero manana se 
desquitara haciendo lo mismo, y volvera a enrique- 
cerse. Sin embargo. 3a completa igualdad no pue- 
de existir mas que en el.estado de naturaleza, el 
eual no es mas que una puva abstraccion. Hasta 
cierto punto, los beduinos son iguales entre si; 
pero sus principios igualitarios no se extienden a 
todo el genero hUmano; se consideran muy supe- 
viores, no solo a sus esclavos y a los artesanos 
que ganan el pan trabajando en los campamentos, 
sino a todos los hombres de cualquier otra raza, 
pues tienen la pretension de haber sido formados 
con diferente limo que los demas seres humanos. 
For otra parte, las desigualdades naturales se 
ti*aducen en distinciones sociales, y si bien la 
riqueza no proporciona al beduino ninguna con- 
sideration, ninguna importancia, en cambio, la ge- 
nerosidad, la hospitalidad, el valor, la inspiration 
poetica y la elocuencia, le encumbran y enaltecen. 
"Los hombres se dividen en dos clases — dice Ha- 
tim — : las almas mezquinas se complacen en 
amontonar dinero; las almas nobles prefieren la 
gloria deibida a la generosidad " (2). Los magnates 



(1) Burckhardt, p. 40. 
<2) Caussin, t, II, p. -J27. 



^ 



24 

del desierto, los reyes de los drabcs — como aftrma- 

ba el califa Omar (1) — son los oradores y los 
poetas, son los que pvactican las virtudes de los 
beduinos; los plebeyos son los hombres de coi*tos 
alcances o los'malvados que no las practican. 

Los beduinos no han conocido nunca m privile- 
gios ni tftulos, a menos que se considere como tal 
el sobrenombre de Perfecto, que se conferia anti- 
guamente al que unia a la inspiracion poetica el 
valor, la liberalidad, el arte de la escritura y la 
destreaa para naclar y disparar el arco (2). 

La nobleza de origin, que, rectamenie entemdida, 
impone grandes deberes y hace a unas generacio- 

nes solidarias de otras, existe tambien entre los be- 
duinos. La masa, henchida de veneracion por la 
memoria de los grandes hombres> a quienes rinde 
una especie de culto, rodea de afecto y estimacion 
a sus descendientes, con tal de que estos, si no 
han recibido del cielo los mismos dones que sus 
antepasados, al menos conserven en su alma el 
respeto, el entusiasmo y el amor hacia las grander 
empresas, el talento y la virtud. Antes de apa- 
recer el islamismo se consideraba como muy noble 
al que no solo era jefe de su tribu, sino descen- 
diente de padres y abuelos que habian alcanzado 
la miama dignidad (3). Nada mas logico; puesto 
que no se concedia el tftulo de jefe sino. al hom- 
bre mas distinguido, era licito creer que las vir- 

(i> Tabari, t. IT. p, 254. 

f2) Caussin, t. II, p. 424. 

<3) Aben-JaWun: Prolegomena.? (XVI), p. 250; Raihan, 

i(A\o 146 t. 



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25 

tudes beduinas eran hereditarias en una familia 
que durante cuatro generaciones habia marchado 
a la cabeza de la tribu. 

jjjn cada tribu, todos los beduinos son hermanos; 
es el nombre que se dan entre si cuando tienen la 
misma edad. Si es un anciano el que habia a un 
•oven, le llama hi jo de mi herniano. Si uno de es- 
tos hermanos, obligado a menuigar, implora un So- 
corro, el beduino degollara, si es preciso, su ultimo 
carnero para alimentarle; si su kermano ha su- 
frido una afrenta de un hombre de otra tribu, con- 
siderara esta afrenta como una injuria personal^ 
y no descansara hasta que la haya vengado. Nada 
puede dar una idea bastante exacta, bastante viva 
de esta asabia, como se denomina la adhesion pro- 
funda, ilimitada, inquebrantable, que el arabe sien- 
te hacia sus hermanos de tribu, hacia los intere- 
ses, la prosperidad, la gloria y el honor de la co- 
lectividad que le ha visto nacer y que le vera mo- 
rir. No es un sentimiento comparable a miestrc 
patriotisms, el cual parece sumamente tibio a un 
beduino fogoso: es una pasion violenta y terrible; 
es el primero y el mas sagradodesus deberes; es 
la verdadera religion del desierto. Por su tribu, el 
arabe esta dispuesto a todos los sacrificios; por 
ella arriesgara a cada instante su vida en teme- 

rarias empresas en que el eniusiasmo y la fe puc- 
den por si solos reaiizar milagros; por ella luchara 
hasta que su cuerpo deshecho pierda la figura hu- 
mana... "Amad a vuestra tribu — ha dicho un poe- 
ta — , porque estais ligados a ella con vinculos mas 



26 

fuertes que io.s que existen entre marido y 
mujer..." (1). 

He aqui cle que modo comprende el beduino la 
libertad, la igualdad y la fraternidad. Estos biene.- 
le bastan; no desca, no imagina otros; esta con- 
tento con su suerte (2). Los europeos nunca estan 
satisfechos con la suya o no lo estan rotas que un 
dia. Nuestra actividad febril, nuestra sed de pro- 
gresar politica y socialmente, nuestros incesantes 
esf uerzos por mejorar en todos sentidos, I no son 
en el fondo los sintomas, la confesion impllcita 
<lel malestar y del tedio que corroen y devoran 
la sociedad? 

La idea del progreso. preconizada hasta la sacie- 
dad en las catedras y en la tribuna, es la idea fun- 
damental de las sociedades modernas; pevo, ^a 
que hablar incesantemente de cambios y mejoras, 
cuando los hombres viven en una situacion normal 
y se creen dichosos? Buscando siempre la feli- 
cidad, sin encontrarla, demoliendo hoy lo que lie- 
mos construido ayer, volando de ilusion en ilusion 
y de desengafio en desengano, acabamos por des- 
esperar de la vida; ani-mamos en los momentos 
de abatimiento y debilidad que el hombre tiene 
otro destino que los Estados, y aspiramos a bie- 
nes desconocidos en un mundo invisible.., Perfec- 
tamente fuerte y sereno, el beduino no conoce es- 
tas vagas y morbosas aspiraciones de un porvenir 
mejor; su espiritu alegre, expansivo, despreocu- 



-LI. I rm 



(1) Mobarrad, p. 2SS. 

(2) Burckhardt, p. 141 






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27 

pado, radian te como su cielo. no entenderia nues- 
tros tedios, nuestros dolores, nuestras confusas 
esperanzas. For nuestra parte, con nuestra ambi- 
tion ilimitada en el pensamiento, en el deseo y en 
la imagination, encontramos la tranquil a vida del 
desier-to insoportable por su monotonia y unifor- 
rnidad, prefiriendo nuestra habitual sobrexcita- 
cjon, nuestras miserias, nuestros sufrimientos, 
nuestra conturbada sociedad y nuestra civilization 
doliente, a todas las ventajas que disfrutan los 
beduinos en su inimitable serenxdad. 

Y es que' existe, entre ellos y nosotros, una di- 
feroncia enorme; sonios demasiado exaltados de 
imagination para gozar la paz del espfritu; pero 
tambien debemos a la fantasia el progreso y nues- 
tra relativa superioridad* De ahi que, donde ella 
falta, el progreso es imposible, porque cuando se 
quicre perfeccionar la vida civil y desenvolver las 
xelaciones human as, es preciso imaginar una socie- 
dad mas perfecta que la existente. Pues bien: los 
arabes — contra lo que supono un prejuicio muy 
g*eneralizado — tienen escasa imaginacion. Su san- 
gre es mas impetuosa e hirviente que la nuestra, 
mas fogosas sus pasiones; pero son el pueblo m^- 
7) os imaginative del mundo. Para convencerse de 
ello no hay mas que analizar su religion y su lite- 
ratura. Antes de convertirse al islamismo adora- 
ban dioses que simbolizaban los astros, pero no 
habian sabido crear una mitologia como los indios, 
los griegos o los escandinavos. Sus dioses no te- 
nfan pasado ni historia, y nadie se preocupo de 



28 

forjarles una. En cuanto a la religion predicada 
por Mahoma, simple monotefsmo en el cual se 
i'unden instituciones, ceremonias y creencias pro- 

cedentes del judaismo y del paganismo, es, sin dis- 
cusion, de todas las religiones positivas, la mas 
seneilla y exenta de misterios, la mas razonable, la 
mas depurada, dirian los detractores de lo sobre- 

natural, los que excluyen del culto los signos ex- 
ternos y las artes plasticas. En la literatura se 
observa la misma careneia de inventiva. la misma 
predileccion por lo real y positive. Otros pueblos 
ban ideado epopeyavS en que lo -sobrenatural des- 
empena importante papel. La literatura arabe ca- 
rece de epopeya, ni siquiera tiene poesfa narra- 
tiva; exclusivamente descriptiva o lirica, no rc- 
fleja mas que la fase poetica de la realidad. Los 
poetas arabes describen lo que ven y lo que sien- 
ten, pero no inventan nada, y si se atreven a 
hacerlo, sus compatriotas los motejan asperamen- 
te de falsarios. La aspiracion hacia lo inflnito, ha- 
cia el ideal, les es desconocida, y lo que desde un 
principio les ha entusiasmado mas es la exacti- 
tud y la elegancia de la expresion. es la tecnica 

de la poesfa (1). 

La invencion es tan rara dentro de su literatura, 

que cuando en ella se encuentra un poema o un 
cuento f antasticos, puede afirmarse, sin temor, que 
se trata de una traduccion, que no es de proceden - 

cia arabe. A si, en las Mil y una noches, todo* 



* ■ ^* H 



(I) Caussin, t. IT, pp. "My sig., 345 ; 509 y slg., 51S. 



29 

los cuentos fantaaticos — esas graciosas creaciones 
de una imaginacion fresca y riente, que han encan- 
tado nuestra adolesceneia — , son persas o indias, 
y lo unico verderamente arabe son los cuadros 
de costumbres, las anecdotas tomadas de la vlda 
real. En fin, cuando los arabes, establecidos en los 
inmensos territorios conquistados por las armas. 
han cultivado las cieneias, demuestran la rrrisma 
falta de potencia creadora. Han traducido y co- 
mentado las obras de los antiguos, han enriquecido 
algunas especialidades con observaciones pacien- 
tes, exactas y minuciosas, pero no han inventado 



nada, no han concebido ninguna idea grande y fe- 
cunda. 



'»■- w+^ 



Existen, pues, entre los arabes y los europeos 
diferencias fundamentales. Tienen tal vez mas 
temple de caracter. mas magnanimidad, un senti- 
miento mas vivo de la dignidad humana; pero no 
llevan en si el germen de la evolution y del pro- 
greso, y con su ansia apasionada de independencia 
personal, con su carencia absoluta de sentido po- 
litico, resultan inadaptables a las leyes de la so- 
ciedad. Y, sin embargo, se han esforzado por or- 
ganizarse: arrancados de sus desiertos por la su- 
gestion de un profeta y lanzados a la conquista 
del mundo, obtuvieron ruidosos exitos; enriqueci- 
dos por el saqueo de veinte provincias, Uegaron a 
conooer los placeres del lujo; bajo la influencia 
de los pueblos vencidos, cultivaron las ciencias y 
se civilizaron cuanto pudieron. Pero, aun despuds 
de Mahoma, conservaron durante largo tiempo su 



30 

caracter nacional. Cuando invadieron Espafia eran 
todavia 3os verdaderos hijos del desierto, y a ori- 
lias del Tajo o del Guadalquivir no pensaban mas 
que en proseguir las hichas de tribu a tribu, ini- 
ciadas en Arabia, en Africa o en Siria. 

Estas luchas han de ser el primer objeto de 
nuestro estudio; mas, para conocerlas bien, es 
preciso que nos remontemos hasta Mahoma. 



n 



Innumerables tribus, sedentarias unas, pero no- 
madas en su mayoria, sin comunidad de intereses, 
sin centro comun y ordinariamente eirguerra unas 
con otras, poblaban la Arabia en tiempo de 
Mahoma. 

Si el valor bastase para hacev a un pueblo in- 
vencible, los arabes lo hubieran sido, porque en 
ningun pais predominaba mas el espfritu belico. 
Sin guerra no hay botin, y sin botin no podian vi- 
vir los bedumos (1). Su dicha mas embriagadora 
era: empufiar la lanza obscura y flexible o el 
acero deslumbrante ; henclir craneos c cercenar las 
gargantas de los enemigos; aplastar a la tribu 
contraria, como la piedra muele el grano; inmolar 
vfctimas, pero no aquellas cuya ofrenda place nl 
eielo (2). El valor en los combates era el me jar ti- 
tulo para los elogios de los poetas o el amor de las 



(1) Burckhardt, p, 41. 

(2) Moalaca de Amr abt'ii-CoHum. 



? 



V 



31 

mujeres, que, a su vez, participaban del espfritu 
marcial de sus hermanos y esposos, Marchaban a 

retaguardia en los combates, cuidaban a los heri- 
dos y alentaban a los guerre ros recitando versos 
de salvaje energia. "Valor — repetian a covo — , va- 
lor, def«nsores de mujeres..., herld con el filo do 
vuestros aceros... Somos hijas de la estrella de la 
manana; nuestros pies se hunden en muelles co- 
jines, nuestros cuellos estan ornados de perlas; 

nuestros cabellos, perfumadoe de almizele. Estre- 
chamos en nuestros brazos a los heroes que hacen 
frente al enemigo; negamos nuestro amor a los 
cobardes que huye-n..." (1). 

Sin embargo, un observador atento hubiese ad- 
vertido facilmente su extrema debilidad, originada 
por la falta absoluta de unidad y por el antago- 
nisms constante entre diversas tribus. Arabia hu- 
biera sido sojuzgada indefectiblemente por un con- 
quistador extranjero, si no hubiera sido demasiado 
pobre para inspirar ainbiciones de conquista. 
" ^ Que encontrariamos entre vosotros? — decia el 
rey de Persia a un principe arabe que le pedia 
tropas a cambio de la posesion de una gran pro- 
vincial — . i Que encontrariamos entre vosotros? 
Ovejas y camellos. No quiero por tan poca cosa 
aventurar en vuestros desiertos un ejercito pei'sa". 
Sin embargo, Arabia fue al fin conquistada; pero 
lo fue por un arabe, por un h ombre extraordina- 
rio: por Mahoma. 




(1> Caussin, t. II, pp. 2S1, 391; t. Ill, p. B9. Comp&rese 
con Abu-Iamael al Basrl, Fotuh-axam, pv- 77, 198, 200. 



* X 



32 

Tal vez el Enviado de Dios — como el se deno- 
minaba — no era superior a sus contemporaneos; 
pero lo indudable es que no se parecia a ellos. De 
complexion delicada, impresionable y excesivamen- 
te nervioso — constitution que habia heredado de 
su madre — ; dotado de una sensibilidad exagera- 
da y enfermiza; melancolico, silencioso, aficionado 

p 

a interminables paseos y prolongadas meditacio- 
nes noctumas en los valles mas solitarios, siem- 
pre atormentado por una vaga inquietud, sollo- 
zando y lloranclo como una histeriea, padeciendo 
ataques epilepticos, falto de valor en las batallas, 
su caracter contrastaba con el de los arabes, horn- 
bres robustos, encrgicos y belicosos, que no enten- 
dian de ensuenos y miraban como una debilidad 

vergonzosa que un h ombre llorase, aun por los ob- 
jotos de su mas tierna afeccion. Mahoma, por otra 
parte, tenia mas imagination que sus compatrio- 
tas y un alma profundamente piadosa. Antes que 
los sueilos de ambition mundana perturbasen la 
innata pureza de su corazon, la religion era todo 
para el, absorbia todos sus pensamientos, todas 
las facultades de su espiritu, siendo esto precisa- 
mente lo que le distinguia de la multitud. 

Existen pueblos — como existen individuos — reli- 

giosos y otros que no lo son. Para algunas perso- 
nas la religion constituye el fondo de su ser, y asi, 
aunque su razon se rebele contra las creencias an- 
eestrales, crean un sistema filosofico mucho mas 

incomprensible, mucho mis misterioso que sus 
mismas creencias. Hay pueblos enteros que viven 



33 

por la religion y para la religion, que representa 
su unico consuelo y esperanza. El arabe, al con- 
trario, no es religioso por naturaleza, y en este 
sentido, entre el y los demas pueblos convertidos 
al islamismo media una enorme diferencia, lo cual 
no es de extraiiar, porque, considerada en su ori- 
gen, la religion ejerce mayor influjo sobre la Ima- 
ginacion que sobre el espiritu, y, como hemos di- 
cho, entre los arabes no es la fantasia lo que pre- 
pondera- Observad a los beduinos actuales: aunque 
musulmanes de nombre, cumplen tibiamente los 
preceptos del Islam; en vez de orar cinco veces al 
dia, como ordena la religion, no rezan nunca (1). 
El viajero europeo que mejor los ha conocido ase- 
gura que es el pueblo mas tolerante de Asia (2), 
Su tolerancia data de muy lejos, porque un pueblo 
tan celoso de su libertad admite dificilmente la ti- 
rania en materia de fe. Ya en el siglo IV, Martad, 
rey del Yemen, solia decir: "Reino sobre los cuer- 
pos, pero no sobre las ideas. Exijo a mis subditos 
que obedezcan mis ordenes; en cuanto a sus doc- 
trinas, solo Dios creador tiene derecho a juzgar- 
los" (3). El emperador Federico II no hubiera sido 
mas explicito. Esta tolerancia rayaba en indiferen- 
cia y escepticismo. El hijo y sucesor de Martad 

habia profesado sucesivamente el judaismo y el 
cristianismo, acabando por fluctuar incierto entre 
las dos creencias (4). 

(1) Burcbhardt, p. 160. 

<2) Burckhardt, idem Id. 
(3) Caussin, t. I, p. 111. 
(4> Caussin, t. I, p. 114. 

Hist, musulmanes.— T. I 3 



±"1 



34 

En tiempo de Mahoma, tres religiones predomi- 
naban en Arabia: la de Moises, la de Cristo y el 
politeismo. Las tribus judias eran las unicas que 
practicaban rigui*osamente su culto, y tambien las 
unicas intransigentes. Las persecuciones son ra- 
ras en la antigua historia de Arabia, pero casi 

siempre proceden de las judios. El cristianismo 
no contaba con muchos adeptos, y aun los que le 

profesaban solo le conocian superncialmente. El 

califa Ali no exageraba cuando decia, refiriendose 

a una tribu en que esta religion habia echado 

hondas raices : "Los Taglib no son cristianos; 

solo ban tornado del cristianismo la costumbre de 

beber vino" (1). El hecho es que esta religion em- 

trafiaba muchos misterios y milagros para satis- 

facer a un pueblo tan positivista y burlon. Los 

' obispos, que hacia el ano 513 pretendieron conver- 

tir a Mondir III, rey de Hira, se persuadieron de 

ello. Despues de haberles escuchado el rey atenta- 

mente, uno de sus oficiales se acerco a decirle una 

palabra al oido. Mondir cayo en una profunda tris- 

teza, y como los prelados le preguntasen respetuo- 

samente la causa, 

■I Ay de mi ! — exclamo — . \ Que funesta noticia I 

Me dicen que el arcangel Miguel acaba de morir. 

— jlmposible, principe; os han enganado; un 
angel es inmortal! 

— Entonces, i como quereis persuadirme de que 



ha muerto el mismo Dios? (2) 

(1) Baidauf: Comentario sabre el Covdn, sura V, vers 7. 

(2) Caussin, t. II, p. 78. 



35 

En fin, los idolatras, que 'formaban la mayor 
parte de la nacion, que teman divinldades espe- 
ciales c:i cada tribu o f ami Ha, y que admitian un 
Dios supi-emo, Ala, del cual los demas eran me- 
ros intercesores, los idolatras sentian cierto res- 
peto por sus adivinos y por sus idolos; pero ase- 
sinaban a los adivinadores si no se cumplian sus 
vaticinios, o si aquellos les d^nunciaban, creian 
enganar a los dioses sacrificandoles una gacela 
cuando les habian prometido una oveja, y los in- 
juriaban si no accedian a sus esperanzas y cle- 
seos. Cuando Anvrulcais se puso en marcha para 
vengar la muerte de su padre, asesinado por los 
Beni-Asad, se detuvo en el templo del idolo Du-'i- 
Jolosa para consultar al Destino par medio de tres 
fl-echas, llaan&d&s el mandaio. la prohibition y la 
esperanza. Habiendo sacado a suerte la de la 
prohibition, repitio el so-rteo; pero la flecha del 
veto salio tres veces seguidas. Entonces rompio- 
la en pedazos, y arrojandolos a la cabeza del idolo> 
exclamo: "\ Miserable t Si tu padre hubiese sido el 
muerto, no me prohibirfas ir a vengarle." 

En general, la religion preocupaba poco al ara- 
be, absorbido por los intereses terrenos, los corn- 
bates, el vino, el juego y el amor. "Gocemos del 
presente — cantaban los poetas — , porque la muer- 
te nos aniquilara demasiado pronto" (1). Tal era, 
en realidad, la divisa de los beduinos. Estos hom- 
bres, que se entusiasmaban tan facilmente con 



(1) Moalaca de Aim* aben- Coltum . 



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36 

una accion noble o un nermoso poema, permane- 
cian de ordinario indiferentes y frios cuando se 
trataba de religion. Por eso sus poetas, fieles in- 
terpretes de los sentimientos nacionales, no alu- 

dian a ella casi nunca. Oigamos a Tarafa: "Cuan- 
do te presentes por la manana, te ofreeere una 
copa colmada de vino; no te importe apurarlo a 
randies tragos, porque beberas conmigo otra vez. 
Mis camaradas de placer son nobles, cuyos rostros 
brillan como estrellas. Todas las noches una canta- 
rina, vestida con un traje rayado y una tunica de 

color de azafran, viene a embellecer miestra re- 
union. Su traje es descotado. Ella permite que las 
maaios amorosas se deslicen sobre sus encantos... 
Me he entregado al vino y a los placeres, he vendi- 
do cuanto poseia, he despilfarrado los bienes que 
herede y los que gane por mi mismo. Censor, que 
execras mi pasion por los placeres y los combates, 

itienes medios para hacerme inmortal? Si tu 
ciencia no puede alejar de mi el fatal instante, 
dejame prodigarlo todo en el placer antes de que 
la muerte me extinga. El hombre de inclinacio- 
nes generosas bebe la vida a grandes tragos. Ma- 
iiana, rigido censor, cuando muramos ambos, vere- 
mos cual de nosotros sera consumido por una sed 
ardiente." 

Un corto numero de hechos prueba, sin embar- 
go, que los arabes, sobre todo las tribus sedenta- 
rias, no eran inaccesibles al entusiasmo religiose 
Asi, los veinte mil cristianos de la ciudad de Nech- 
ran, teniendo que elegir entre la hoguera y la con- 



z 



37 

version al judaismo, prefirieron perecer entre las 
llamas a abjurar su fe. Pero el celo constituia una 
excepcion; la indiferencia, o, al menos, la tibieza, 
era la regla general. 

El trabajo que Mahoma se impuso al declararse 
prof eta era, pues, doblemente dificil. No podia li- 
mi tarse a demostrar la verdad de las doctrinas 
que predicaba; necesitaba ante todo triunfar de 
la indolencia de sus compatiiotas, despertar en 
ellos el sentimiento religioso, persuadirlos de que 
la religi6n no es una cosa indiferente de que en 
rigor pucliera prescindirse ; en unapalabra: trans- 
formar, metamorfosear una nacion sensual, escep- 
tica y burlona. Empresa tan ardua hubiese des- 
alentado a otro menos convencido de la verdad de 
su mision. Mahoma no hallo a su paso mas que 
burlas e injurias- Sus convecinos de la Meca le 
compadecian o le ridiculizaban, con side rand ole, ya 
como un poeta inspirado por un demonio, ya como 
un loco, un adivino o un mago. "Ved al hijo de Ab- 
dala, que viene a traernos noticias del cielo", ex- 
clamaban al verle. Algunos le proponian, con bon- 
dad aparente, pag*arle medicos que le curasen. 
Cuando. salia le arrojaban basura, y hallaba el 
suelo cubierto de ramas de espino. Le prodigaban 
los epitetos de falsario e impostor. En otras par- 
tes no fcuvo mejor saevte En Taif, cuando expu- 
so su doctrina delante de los jefes reunidos, se 
burlaron de el. 

— £No podia elegir Dios un ap6stol mejor que 
tu? — le dijo uno. 



38 

— No quiero discutir contigo — anadio otro — . Si 
eres un profeta, tienes una gran personalidad para 
que me atreva a responderte; si eres un impostor, 
no mereces ni que te hable. 

Mahoma, desesperado, abandono la asamblea, 
apedreado y perseguido por el populacho. 

Mas de diez afios transcurrieron asi. La secta 
no se extendfa; todo parecia indicar que la nueva 
religion acabaria por desaparecer sin dejar hue- 
lias, cuando Mahoma encontro inesperado apoyo 

en los Aus y los Jazrach, tribus que, hacia fines 
del siglo V, habfan arrebatado Medina a los judios. 
Los de la Meca y los cle Medina se odiaban por 
pertenecer a razas enemigas. Habia dos en Ara- 
bia: la de los yemenitas y la de los maaditas, Los 

- - - w '""->■ T 

medineses pertenecian a la prime ra. Los de la 
Meca unian al odio el menosprecio. A los ojos de 

los arabes, que juzgaban la vida nomada y pastorii 
o el comercio como las unicas ocupaciones dignas 
de un hombre libre, la agricultura era una profe- 
sion envilecedora. Ahora bien, los medineses eran 
agricultores; los de la Meca, comerciantes. En Me- 
dina habia gran numero de judios; numerosas 
familias de Aus y de Jazrach habian adoptado 
esta religion, profesada por los antiguos senores 
de la ciudad, reducidos ahora a la condicion de 
clientes. Por eso, aunque la mayor parte de las 
tribus dominadoras habfan sido id^latras, como 
los de la Meca, estos consideraban a fcoda la pobla- 
cion como judia y la despreciaban profundamente. 
Mahoma compartfa los prejuicios de sus con- 



i 



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1- 






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I"; 



39 

ciudadanos contra los yemenitas y los agricuilto- 
ves. Se refiere que, oyenclo recitar estos versos: 
"Soy himyarita; mis antepasados no eran de Ka- 
bia ni de Modar", Mahoma exclamo: "jTanto peor 
para til Tu origen te aleja de Dios y de su pro- 
feta" (D- Cuentase tambi6n que, viendo la reja 
de un arado en la casa de un medines, le dijo: 
"Jamas entra en una casa este utensilio sin que 
on-tre, al mismo tiempo que el, la deshonra" (2). 
Pero, desesperando de convertir a su doctrina a 
los mercaderes y los nomadas de su propia raza, 
y viendo amenazada su vida desde la muerte de 
su tio y .protector, Abu-Talib, tuvo que olvidar sus 
prejuicios y aceptar cualquier apoyo, viniera de 
donde viniera. Recibio, pues, con regocijo lab ofer- 
tas de los arabes de Medina, para los cuales las 
molestias y persecuciones promovidas por los de la 
Meca eran la mejor recomendacion y el mayor 

tifculo de gloria. 
El solemne juramento de Acaba unio indisoluble- 

mente la suerte de Medina a la de Mahoma. Rom- 
piendo el vinculo mis sagxado para los arabes, el 
prof eta se separo de siu tribu; estableciose en Me- 
dina con sus sectaries de la Meca, que desde en 
tonces tomaron el nombre de refugiados; desenca- 

den6 contra sus antiguos hermanos de tribu ia 

inspiracion mordaz de los poetas medineses y pro- 
clamo la gnerra santa. Animados por un celo y un 
entosrasmio que desafiaban la muerte, por estar 

(1> Hailidn, to\. 105 v. 

(2) Aben-Jaldun: T'roleg. (XVII), p. 296. 



40 

seguros de ir al paraiso si morfan a manos de los 

idolatras, los Aus y los Jazrach, confundidos aho- 

ra bajo el nombre de defensores, hicieron prodigio^ 

de valor. La lucha contra los paganos de la Meca 

se prolongo ocho anos. En este interval o, el terror 

que las armas musulmanas difundian por todas 

partes decidio a muchas tribus a adoptar la nue- 

va creencia; pero las conversiones espontaneat, 

sinceras y durables, fueron pocas. Al fin la con- 

quista de la Meca consagro el poderio de Mahoma. 

Los medineses habian prometido hacer pagar caro 

en este dia su insoportable desden a los orgullosos 

mercaderes. "jHoy es el dia de la matanza, el dia 

en que nada sera respetadol", habia dicho el jefe 

de los Jazrach. Pero la esperanza de los medine- 

ses quedo fallida; Mahoma depuso a este jefe y 

ordeno a sus generates la mayor moderacion. Los 

de la Meca presenciaron en silencio la destruccion 

de los idolos de su templo, verdadero panteon de 

Arabia, que contenia trescientas sesenta divinida- 

des, adoradas por otras tantas tribus, y, tremulos 

de ira, proclamaron a Mahoma el enviado de Dios, 

jurando interiormente vengarse algun dia de aque- 
llos zafios, de aquellos judios de Medina, que ha- 
bian tenido la insoiencia de vencerlos. 

Conquistada la Meca, las tribus aun idolatras, 
persuadidas de que toda resistencia era inutil, y 
amenazadas de una guerra de exterminio, adopta- 
ron el islamismo, que predicaban los generates de 
Mahoma con el Coran en una mano y el alfanje 
en la otra. Una conversi6n de las mas notables 



*- 



F. 



p. 



41 

fue la de los Takif, tribu que habitaba en Taif , y 
que en otro tiempo habia arrojado al profeta a 
pedradas. Por boca de sus emisarios anunciaron 
que estaban prestos a hacerse musulmanes, con la 
condicion de que les permitiesen conservar duran- 
te tres aiios a su idolo, Lat, y de que no rezarlan. 
"Tres aiios de idolatria es demasiado, y ademas, 
<;que es una religion sin oraciones?", les dijo 
Mahoma. Entonces los emisarios redujeron sus 
demandas; se regateo largo tiempo; por fin ambas 
partes aceptaron las siguientes condiciones: los 
Takif no paganan diezmos, no tomarian parte en 
la guerra santa, no se prosternarian durante la 
oracion, conservarian a Lat durante un ano, y, 
pasado ese tiempo, no se verian obligados a de- 
moler ese idolo con sus propias manos. Sin em- 
bargo, Mahoma sentia algunos escrupulos; temia 
la opinion publica. "Que no te detenga ese te- 
mor — le dijeron los emisarios — . Si los arabes te 
preguntan por que has accedido a este tratado, no 
tienes mas que contestarles: "Me lo ha ordenado 

"Dios". Pareciendo este argumento perentorio al 
profeta, comenzo a dictar un acta, que empezaba 
asi: "lEn el nombre de Dios, clemente y miseri- 

cordioso! Por esta acta queda convenido entre 
Mahoma, el "Enviado de Dios", y los Takif, que 
estos no estan obligados a pagar el diezmo ni a 
tomar parte en la guerra santa.,." Despues de 
dictar estas palabras, la vergtienza y el remordi- 
miento impidieron proseguir a Mahoma. "Ni a 
prosternarse durante la oraci6n w , dijo entonces 




conmoverse — ; hablamos con Mahoma. 

— Pues bien — prorrumpi6 entonces el profeta — , 
no acepto tal tratado. Teneis que abrazar el isla- 

mismo pura y simplemente, observando todos sus 
preceptos sin excepcion; si v,o r preparaos a la 

guerra. 

— Permitenos al menos conservar a Lat durante 
seis meses — dijeron los takifitas, desalentados. 

—No. 

— Durante un mes. 
■Ni siquiera durante una hora. 

Y los emisarios regresaron a su tribu, custo- 
diados por tropas musulmanas, que destruyeron 
el Lat entre las desesperadas lamentaciones de las 
mujeres (1). 

Sin embargo, esta extrana conversion fue ia 
mas duradcra de todas. Cuando, mas tarde, Arabia 
entera abjuro el islamismo, los takifitas perma- 

(1) Sprenger: Vida de Mahoma, p. iSfi; Caussin, t. Ill, 
D. 2S8. 



42 

uno de los emisarios. Y como Mahoma guardase 
obstinado silencio: "Escribe; es lo convenido", or- 
deno el takifita, dirigiendose al escribano, el cual 
miro al profeta esperando sus ordenes. Pero en 
aquel niomento, el fogoso Omar, mudo testigo has- 
ta entonces cle esta escena, tan humillante para 
Mahoma, se levanto, y desenvainando su espada: 

iliabeis mancillado el corazon del profeta! * 
— . (Que Dios abrase los vuestros en el 

f uego ! . . . 
— No hablamos contigo — replico el takinta sin 



I 



I 



43 

necieron fieles. iQvz pensai* de otras conver- 

stones? 

Para apostatar no se esperaba mas que la muer- 
te de Mahoma. Muchas provincias no pudieron ni 
tener paciencia hasta entonces; la noticia de la 
enfermedad del profeta basto para que se rebela- 
sen Nachd, Yemana y el Yemen. Cada una de es- 
tas tres provincias tuvo su falso profeta, emulo 
y rival de Mahoma, y este supo en su lecho de 
muerte que el jefe de la insurreccion del Yemen, 
Aihala el Negro, serior que unfa a sus inmensas 
riquezas una elocuencia arrebatadora, habia echa- 
do a los soldados musulmanes y conquistado Nach- 
ran, Sana, todo el Yemen, en fin. 

Asf el inmenso edificio del Islam se tambaleaba 
a la muerte de Mahoma (632), que fue la serial 
de una sublevacion formidable y casi general. En 
todas partes vencieron los insurrectos. A cada 
instante llegaban a Medina jef es musulmanes, " 
"refugiados" y "defensores", arrojados de sus dis- 
tritos por los, rebeldes, y las tribus mas proximas 
se aprestaron a sitiar a Medina. 

Digno sucesor de Mahoma y lleno de confianza 
en los destinos del islamismo, el califa Abubequer 
no vacilo un solo instante ante la gravedad del 
peligro. Hallose sin ejercito. Fiel a la voluntad 
de Mahoma, lo habia enviado a Siria, a pesar de 
las objeciones de los musulmanes, que, previendo 

los peligros que les amenazaban, le habian su- 
plicado aplazase la vexpedicion, "No revocare* 
— dijo — una orden del profeta por nada del mundo. 






44 

Aunque Medina deba quedar expuesta a la in- 
vasion de las fieras voraces, es forzoso cpe el ejer- 
cito cumpla la voluntad de Mahoma." Si hubiera 
estado clispuesto a transigir, hubiese podido lo- 
grar, por medio de concesiones, la neutralidad o 
la alianza de muchas tribus del Nachd, cuyos 
emisarios vinieron a decirle que, si los eximia de 

impuestos, continuarlan en las practical islami- 
tas. Los magnates musulmanes opinaron que no 
podia rechazarse esta embajada; solo Abubequer 
rehuso toda transacion, como indigna de la santa 
causa que defendia. "La ley del islamismo — afir- 
mo — es una e indivisible; no admite distincion en- 
tre sus preceptos." "Tiene el solo mas fe que "to- 
dos nosotros juntos", dijo entonces Omar. Y era 

verdad; el secreto de la fuerza y de la grandeza 
del primer calif a estribaba en la fe. Segun el tes- 
timonio de Mahoma, todos sus discipulos habfan 
vacilado antes de reeonocer la santidad de su mi- 
sion, excepto Abubequer. Sin poseer una gran per- 
sonalidad ni un gran espfritu, era el hombre de la 
situation; tenia lo que en otro tiempo habia he- 
cho triunfar a Mahoma y lo que faltaba a sus 
enemigos: una conviction inquebrantable. 

Los rebeldes, divididos entre si, atacaron mal, 
sin unidad, y acabaron por degollarse unos a otros. 
Abubequer, que habfa hecho armar a todos los 
hombres en estado de combatir, tuvo tiempo para 
aniquilar a las tribus m&s proximas. Despues, cuan- 

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do las tribus fieles del Hichad hubieron enviado 

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gran contingente en hombres y caballos, y cuando 



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45' 

el ejercito principal regreso del Norte con enor- 
me botin, tomo audazmente la ofensiva, dividio 
sus tropas en varios destacamentos*, que, aunque 
poco numerosos al partir, engrosaban constante- 
mentc por una turba de arabes, a quienes el te- 
mor o la esperanza del saqueo agrupaba bajo las 
banderas musulmanas. En el Nachd, Jalid, tan 
sanguinario como intrepido, ataco las hordas de 
Tolaiha, "que antes valia el solo por mil en un 
ejercito", pero que ahora, olvidando su deber de 
guerrero y no acordandose mas que de su papel de 
prof eta, esperaba lejos del campo de batalla, en- 
vuelto en su albornoz, las inspiraciones del cielo. 
Durante mucho tiempo espero en vano; pero, cuan- 
do sus tropas empezaron a fiaquear, recibio la 
anhelada inspiracion. "Imitadme, si podeis", grit6 
a sus companeros, y saltando sobre su caballo huyo 
a todo escape. Los vencedores no hicieron aquel 
dia un solo prisionero. "Destruid a los apostatas 
sin piedad, por el hierro, por el fuego y por medio 
de todbs los suplicios": tales eran las instruccio- 
nes que Abubequer habia dado a Jalid. 

Precedido por el estruendo de sus victorias y la 
fama de sus crueldades, Jalid marcho contra Mo- 
sailima, el profeta de Yemama, que acababa de 
derrotar a dos ejercitos musulmanes, uno despues 
de otro. La aoometida fue terrible. Al principio, los 

insurrectos llevaron ventaja, penetrando hasta la 
misma tienda de Jalid. Sin embargo, este general 
logr6 rechazarlos al llano que separaba los dos 
campamentos, y despues de larga y tenaz resis- 



46 

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tencia, los rebeldes tuvieron que huir para no ser 
copados. "jAl reducto, al reducto!", exclamaban, 
parapetandose. en un vasto terreno. defendido por 
an fuerte muro y por solida puerta. Los musul- 
manes los siguieron enardecidos; con audacia 
inaudlta dos de ellos escalaron la muralla y se 
lanzaron al interior del reducto para f ranquear la 
puerta. El uno, acribillado de heridas, sucumbio al 
momento; el otro, mas afortunado, cogio la Have 
y se la arrojo a sus companeros por encima del 
muro. Abriose la puerta, y los musulmanes pene- 
traron como un torrente. Entonces una horrible 
carniceria comenzo en aquella palestra, donde la 
hufda era imposible, siendo asesinados diez mil 
rebeldes en el "Reducto de la muerte". 

Mientras el feroz Jalid anegaba la insurreccion 
de la Arabia central en torrentes de sangre, otros 
generates le imitaban en las regiones del Sur. En 
el Bahren, el campamento de los bacritas fue sor- 
prendido durante una orgfa, siendo todos pasados 
a cuchillo, excepto algunos que lograron huir has- 
ta el mar y se refugiaron en la isla de Daren; pero 
bien pronto los musulmanes los atacaron y exter- 

F 

minaron por completo, Esta carniceria repitiose 
en Oman, en Mahra, en el Yemen y en el Hadra- 
mot. Aqui, los restos de las tropas de Aihala el 
Negro, despu^s de haber pedido compasion al jefe 
musulman, fueron exterminados; alld, el defensor 
de una fortaleza no pudo obtener, al rendirse, mas 

que una promesa de amnistfa para diez personas; 

el resto de la guamicion fue degollado, y un largo 






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47 

camino quedo mucho tiempo apestado por las ema- 
naciones de innumerables cadaveres. 

Si estos mares de sangre no convencieron a los 
brakes de la verdad de la religion predieada por 
Mahoma, reconocieron al menos en el islamismo 
un poder irresistible y casi sobrenatural. Diez- 
mados por el acero, sobrecogidos de espanto y es- 
tupor, se resignaron a ser musulmanes, o, al me- 
nos, a aparentarloj y el califa, para no darles tiem- 
po de volver de su espanto, los lanzo inmediata- 
mente sobre el imperio bizantino y sobre Persia, 

s 

es decir, sobre los dos Estados mas faciles de 
conquistar, pues se hallaban minados por la discor- 
dia, enervados por la servidumbre y gangrenados 
por todos los refinamientos de la corrupcion. De 
este modo los arabes, mediante su sumision a la 
ley del prof eta. se resarcieron con la posesion de 
inmensas riquezas y vastos dominios. 

Nadie volvio a hablar de apostasfa. "La aposta- 
sfa es la muerte", segun la ley de Mahoma, en 
este punto inexorable; pero raramente existieron 
la piedad sincera y el celo por la fe. Empleando 
los medios mas terribles, se habia obtenido la apa- 
rente conversion de los beduinos. Era todo lo que 
habia derecho a esperar de aquellos desgraciados 
que habian visto perecer a sus padres, a sus her- 
manos, a sus hijos bajo el alfanje de Jalid y de 
otros piadosos verdugos, 6mulos suyos. Durante 
mucho tiempo las masas, neutralizando con su 
resistencia pasiva las medidas adoptadas por los 
musulmanes fervientes, ni conocieron ni desearon 



V 



48 

r 

conocer los pi*eceptos del Coran. Durante el reina- 
do del califa Omar I, un viejo arabe habia conve- 
nido con un joven que le cederia su mujer una 
noche sf y otra no, si a cambio le guardaba el ga- 
nado. 

"Enterado -el califa de pacto tan singular, 11a- 
mo a los dos hombres y les pregunto si ignora- 
ban que el islamismo prohibia compartir con otro 
la mujer propia. Ambos juraron que no sabian 
nada (1). Otro se habia casado con dos hermanas. 

— iNo sabes — le pregunto el califa — que la reli- 
gion prohibe eso? 

— No; lo ignoraba en absoluto; pero afirmo que 
no veo en ello nada de censurable. 

•El texto de la ley lo condena terminantemen- 

te. Repudia en seguida a una de las dos. o te coi-to 
la cabeza. 

■I Hablas seriamente ? 
Seriamente. 

— Pues bien; entonces es una religion detesta- 
ble la que prohibe tales cosas, y nunca me ha 
servido de provecho. 

El desgraciado no comprendia, tal era su igno- 
rancia, que al hablar asi se exponia a ser decapi- 
ta'do por blasfemo y apostata (2). Un siglo mas 
tarde, ninguna de las tribus arabes establecidas 

en Egipto conocia aun lo que el profeta habia 
permitido o prohibido; se hablaba con entusiasmo 
del tiempo vie jo, de las guerras y de los heroes 



(1) Abu-Ismael al Baari. Fotuh-atcam, pp. 238, 239. 

(2) Abu-Ismael a! Basri, p. 237. 



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49 

del paganismo, pero no de religion (1). Hacia la 
misma epoca, los arabes acantonados en el Norte 
de Africa se hallaban casi en identica situacion; 
bebian vino sin sospechar ni remotamente que 
Mahoma habia prohibido el alcohol, y su asombro 
fue indecible cuando los misioneros enviados por 
el califa Omar II se lo hicieron saber (2). Habia 
musulmanes que no conocian del Coran mas que 
esta invocacion: ";En el nombre de Dios, elemen- 
ts y misericordioso!" (3). 

^Hubiera sido mas ferviente el celo por la fe 
si los medios empleados para la conversion liu- 
biesen sido menos execrables ? Es posible, pero no 
seguro. Siempre ha sido sumamente dificil veneer 
la tibieza religiosa de los bedufnos. En nuestros 
dias, los uahabltas, esa secta rigida y austera que 
proscribe el lujo y las supersticiones de que esta 
plagado el islamismo; esa secta que tiene por di- 
visa: "Coran, y nada mas que Coran", como Lu- 
tero adopto la suya: "Biblia, y nada mas que Bi- 
blia", en nuestros dias, los uahabitas han inten- 
tado, sin exito, arrancar a los beduinos de su in- 
diferencia religiosa. Casi nunca han empleado la 
violencia, y han encontrado partidarios adictos en- 
tre los arabes sedentarios, pero no entre los be- 
duinos, que han conservado el caracter arabe en 
toda su pureza. Aunque compartiesen las miras 
politicas de los innovadores; aunque las tribus 



(1) Abu-'l-mahasin, t. I, p. 343. 

(2) Ben-Adari, t. I, p. 34. 

(3) Nselldeke: Historia del Coran, p. 201 

Hist, musulmanes. — T. I 



50 

mas pxoximas a la vigilancia de Los uahabitas se 
hayan visto obligadas a observar con mas rigor 
los deberes religiosos; aunque haya habido perso- 
nas que por miras interesadas hayan fingido celo 
y aun fanatismo, los beduinos continuan irreligio- 
sos en el fondo, y apenas el poder de los uahabi- 
tas fue aniquilado por Mohamed-Ali, se apresu- 
raron a abandonar un culto que les aburria mor- 
talmente (1). "En la actualidad — afirma un via- 
jero moderno — , hay poca religion en el desierto; 
nadie se preocupa de las leyes del Coran" (2), 

Por otra parte, si los arabes admitieron la re- 
volucion como un hecho consumado, no perdonaron 
a los que la promovieron ni aceptaron la jerarqufa 
social que resulto de ella. Su oposicion vario de 
caracter: de una lucha de principios degenero 
en un antagonismo de personas- 

Hasta cierto punto, las antiguas familias nobles 
que habian figurado tradicionalmente a la cabeza 
de las tribus no perdieron su categoria a conse- 
cuencia de la revolucion. Verdad es que la opinion 
de Mahoma sobre la nobleza habia sido vacilante, 
pues tan pronto habia predicado la igualdad ab- 
soluta como habfa aceptado la aristocracia. "Nada 
de soberbia pagana — habia dicho — . Basta de or- 
gullo, basado en los ascendientes. Todos los horn- 
bres son hijos de Adan, y Adan fue hecho de ba- 
rro; el mas preciado a los ojos de Dios es el que 






1 J 
i 



(1) Burckhardt, p. 160. 

(2) Burton: Peregrinacidn a Medina y a la Meca, t. II, 
pp. SG, 109. 



51 

mas le teme" (1). Tambien habla dicho : "Los 
hombres son tan iguales como las puas de un pei- 
ne; la fuerza de su constitucion determina la uni- 
ca superioridad de unos sobreotros" (2). Pero tam- 
bien habia afirmado: "Los que eran nobles dentro 
del paganismo, seguiran siondolo dentro del islla- 
mismo, coot tal de que rindan homenaje a la verda- 
dera sabiduria" ; es decir, "con tal de que se hagan 
musulmanes" (3). Asi es que, aunque Mahoma sin- 
tiese el deseo de abolir la nobleza, no pudo o no se 
atrevio a hacerlo. Subsistio, pues; conservo sus 
prerrogativas y quedo a la cabeza de las tribus; 
porque Mahoma, lejos de intentar hacer de Arabia 
una verdadera nacion — lo cual hubiera sido imposi- 
ble — , habia mantenido la organizacion en tribus, 
presentandola como ema-nada del miamo Dios (4), y 
cada una de estas sociedades en miniatura no vivfa 
ni se preocupaba mas que de si misma. En la gue-' 
rra formaba.n ejercitos separados, teniendo cada 
uno su estandarte, que llevaba el jefe o guerrero 
designado para este fin (5) ; dentro de las ciudades, 
cada tribu ocupaba su barrio (6) t su propio cava- 
vanserallo (7) y su propio cementerio (8). 



(1) Caussin, t. Ill, p. 231- 

(2) Caussin, t. III, p. 507. 

fit) Ahon-Jalrlun : Prolegomenos (XVI), p. 243. 

(4) Cor&n, sura 49, vers. 13. 

(5) Constfltcnse los ejemplos citados en mis Investi&acio- 
ties, t, I, p. S7» nota segnnda. 

(6) Cartas, p. 26; Istajri, p. 26; Ahmed ben-abi-Yacub, 
Kitab al boldam, fol. 25 v. (artfculo sobre Cufa), 

(7) Ahmed ben-abi-Yacub, fol. 64 v. Cha'ala Ucoli cabU 
latin mahrosan. 

(S) Ahmed ben-abi-Yacub, fol. 53 v. Uacanat hcoli cabi- 
latin 'chabanaton to'rafo bihim uahiroasaihim* 



52 

En realidad, el derecho de nombrar jefes de 

tribu pertenecia al califa; pero mediaba gran dis- 

tancia entre el hecho y el derecho. En primer lu- 

gar, el califa no podia entregar el mando de una 

tribu sino a quien perteneciese a ella, porque los 

arabes no obedecen de buen grado a un ecctranjero 

o no le obedecen en absoluto. Por eso, Mahoma y 

Abubequer habian respetado casi siempre esta 

cos turn b re (1), transmitiendo su autoridad a horn- 
bres cuya influencia era reconocida. Durante el 

califato de Omar, los arabes llegaron a exigir 

como un derecho que sus jefes se eligieran siempre 

entre sus hermanos de tribu (2), Pero, de ordina- 
rio, las tribus dosignaban sus jefes (3) , y el califa 

se limitaba a sancionar la oleccion (4), costumbre 
que en nuestros tiempos ha sido respetada tam- 

bien por el principe uahabita (5). 

La antigua nobleza habia conservado, por lo 

tanto, su posicion; pero sobre ella se habia ele- 

vado otro nueva. Mahoma y sus dos inmediatos 

sucesores habian conferido los cargos mas impor- 

tantes, como el mando del ej£rcito y el gobierno 
de las provincias, a los primitivos musulmanes, a 



(1) Consultense los ejemplos citados por Aben-Cotaiba, pa- 
gina 121; Tabarf, t. I, p. bO; t. II, p. 4. 

(2) Taharl, t. II, pp. 206, 208, 210, 224. 

(3) Abu-.IsmncI al Basri, Fotuh axam, pp. 20S, 209. 

(•1) Esta frase de-be interprotarse as(: "l?no se presenta 
con aus hermanos de tribu a Omar, que le concede el mando 
de su tribu"; frase que so eneuentra repetlda en Tabaii, t. li. 
patina 2 to. Veasc tambien Abu-Ismael al Basrf, Fotuh nxum, 
pap-ina 45. 

(5> Burckhardt. p. 295. 



53 
los emigrados y a los defensores (1) . Y era justo, 
por ser easi los unicos musulmanes verdaderamen- 
te sinceros, los unicos a quienes podia confiarse 
un gobierno a la vez espiritual y temporal. En 
eambio, i que esperanza podia cif rarse en los jef es 
de tribu poco ortodoxos y aun ateos, como Oyena, 
el jefe de los Fazara, que decia: "Si Dios existe, 
juro por su nombre que jamas he creido en 
El" (2). La preferencia concedida a los emigra- 
dos y defensores era, pues, natural y legitime, 
pero-no menos ofensiva para el orgullo de los jefes 
de tribu, que se veian postergados a los hombres 
de las ciudades, a labradores y advenedizos. Sus 
hermanos -de tribu, que identificaban siempre el 
honor de sus jefes con su propia honra, se indig- 
naban tambien, esperando con impaciencla una 
ocasion favorable para apoyar con las armas en 
la mano las pretensiones de sus jefes y para 
acabar con aquellos devotos musulmanes que ha- 
bfan asesinado a sus deudos. 

Los mismos sentimientos de envidia y odio im- 
placable animaban a la aristocracia de la Meca, 
cuyos jefes eran los Omeyas. Intrepida y orgullo- 
sa, vela con mal disimulado despecho que los vie- 
jos musulmanes eran los unicos que formaban el 

ccMisejo del calif a (3). Cierto que Abubequer ha- 
bia querido hacerles tomar parte en las delibera- 
ciones; pero Omar se habia 'opuesto energicamen- 



(1) Tabarf, t. II, p. 164, y passim. 

(2) Tahart. t. I, p. 110. 

(3) Abu-lsmael al Basrf, pp. 161, 162, I. 3 



54 

te, y su opinion habia prevalecido (1). Pronto ve- 
remos que esta aristocracia pretendio apoderarse 
de la autoridad sin recurrir a la violencia; mas 
podia predecirse que, si fracasaba en esta tenta- 
tativa, hall aria facilmemte aliados contra los emi- 
grados y los medineses en los jefes de las tribus 
beduinas. 



* 



III 



En sus ultimos momentos, el califa Omar, heri- 
do de muerte por el punal de un artesano cris- 
tiano de Cufa, habia propuesto como candidatos 
al imperio los seis companeros mas antiguos de 
Mahoma, entre los cuales se distinguian AH, Ot- 
man, Zobair y Talha. Cuando Omar exhalo el ul- 
timo suspiro, esta especie de conclave se prolongo, 
sin ning-un resultado, durante dos dias, pues cada 
uno de sus miembros solo pensaba en hacer valer 
sus propios titulos y en clenigrar a sus adversa- 
rios- Al tercer dfa se convino en que uno de los 
electores que habia renunciado a sus pretendidos 
derechos nombrase califa, y con gran despecho de 
Ali, de Zobair y de Talha, eligi6 al ommfada Ot- 
man (644). 

La personalidad de Otman no justificaba la 
election. Cierto que era rico y generoso, que habia 
ayudado a Mahoma y a su secta con auxilios pe- 
cuniarios; pero si seunieseaestoquerezabay ayu- 
naba a menudo, y que era la honradez y la mo- 



*: 



J 
1 



0) Abu-Ismael al Basrf, pp. 37, 39, 



55 

destia mismas, quedarfan enumerados todo s sus 
m^ritos. Su espiritu, que nunca habia sido muy 
privilegiado, se habia debilitado con la edad — con- 
taba sesenta afios — , y su timid ez era tan grande, 
que cuando subio al pulpito por primera vez le 
falto valor para predicar. "Comenzar es muy di- 
ffcil", murmuro suspirando, y bajo del pulpito. 

Desgraciadamente, este piadoso anciano tenia 
debilidad por su familia, y su familia pertenecia 
a la aristocraeia de la Meca, que durante veinte 
anos habia insultado, perseguido y combatido a 

r 

Mahoma. Sus parientes le dominaron por comple- 
to. Su tfo Alhacan, y, sobre todo, su primo Meruan, 
gobernaron de hecho, no dejando a Otman mas 
que el titulo de califa y la responsabilidad de las 
medidas comprometedoras, que ignoraba casi siem- 
pre. La ortodoxia de ambos, sobre todo la del pa- 
dre, era muy sospechosa. Alhacan no se convirtio 
hasta el dia que se rindio la Meca; mas tarde, 
habiendo traicionado los secretos de Mahoma, e"ste 
le maldijo y le desterro. Abubequer y Omar ha- 
bian sostenido esta condena, Otman, por el con- 
trario, despu£s de reyocarla, le dio cien mil mo- 
nedas de plata y una tierra perteneciente al Es- 
tado; ademas nombro a Meruan su secretario y 
su visir, le caso con una de sus hijas y le enri- 
quecio con el botin de Africa. Ganosos de aprove- 
char la ocasion, otros Omeyas, jovenes tan inteli- 
gentes como ambiciosos, pero hijos de los mas 
encarnizados enemigos de Mahoma, se apoderaron 
de los cargos mas lucrativos, con gran satisfac- 



y 



56 



3 



cion del pueblo, contento de cambiar los viejo 
devotos, severos, rigidos, asperos y tristes, pov 
gentileshombres alegres y espirituales, pero con 
gran disgusto de los sinceros mahometanos, que 
sentian hacia los nuevos gobemantes de ias pro- 
vincias una aversion invencible. iQuien no recor- 
daba con horror que Abu-Sofyan, el padre de 
Moauia — nombrado por Otman gobernador de Si- 
ria — , habia capitaneado el ejercito que habfa ven- 
cido a Mahoma en Ohod y que le habfa sitiado en 
Medina? Jefe principal de los de la Meca, no se 
sometio hasta ver perdida su causa, cuando diez 
mil musulmanes iban a exterminar a el y a los 
suyos; y aun entonces habia respondido a Ma- 
homa, que le intimaba a reconocerle como el En- 
viado de Dios: "Perdona mi sinceridad; sobre este 
punto conservo todavia algunas dudas," "Rinde 
homenaje al profeta o tu cabeza rodara", le di- 
jerott entonces, y solo ante esta amenaza, Abu 
Sofyan se hizo musulman. Como tenia escasa me- 
moria, un instante despuds habia olvidado que lo 
era. . . Y i quien no se acordaba de Hind, la madre 
de Moauia, aquella feroz mujer que se habia hecho 
con las orejas y las narices de los musulmanes 
muertos en la batalla de Ohod un collar y unos 

brazaletes; que habia abierto el vientre de Hamza r 
tio del profeta, y le habfa arrancado el hfgado para 
desgarrarlo con sus dientes? El hijo de tal'padre 
y de tal madre, la devoradora de higado — como se 
la llamaba — , i podia ser un musulman sincero? 
Sus enemigos negaban hasta que lo fuese- 



57 
Respecto al gobernador de Egipto (1), hermano 
de leche de Otman, era peor aun. Su valor resul- 
taba innegable, puesto que habia vencido al go- 
bemador griego de Numidia y obtenido una ruido- 
sa victoria sobre la flota griega, muy superior en 
numero a la suya; pero habia sido secretario de 
Mahoma, y cuando el profeta le dictaba sus reve- 
laciones, cambiaba las palabras y desnaturalizaba 
el sentido. Descubierto este sacrilegio, se habia 
fugado y recaido en la idolatria. El dfa de la con- 
quista de la Meca, Mahoma habia ordenado ma- 
tarle, aunque le hallasen oculto tras los velos que 
cubrfan el santuario. El apostata se puso bajo la 
protection de Otman, que le condujo hasta el pro- 
feta y solicito su perdon. Mahoma guardo largo 
silencio... "Yo le perdono", dijo al fin; pero cuan- 
do Otman se hubo retirado con su protegido, 
Mahoma, lanzando en torno una mirada co!e"rica, 



6 



.- 



?or que se me comprende tan mal? — dij 
Guardaba silencio para que uno de vosotros se le- 
vantase y matara a ese hombre..." 

Pues bien, ahora era gobernador de una de las 
mas hermosas provincias del imperio. 

Ualid, hermano uterino del viejo califa, era go- 
bemador de Cufa. Habia dominado la insurrec- 
ci6n del Adzerbaichan cuando esta comarca inten- 
to recobrar su independencia; sus tropas, unidfl^ 
a las de Moauia, se apoderaron de Chipre y de 
muchas cludades del Asia Menor,* toda la provin- 



\ (1) Abdala aben-Sad bcn-AlM-Sarh. 



58 

oia elogiaba la prudencia do su gobterno (1) ; pero 
su padre- Ocba, habia escupido en el rostro a 
Mahoma, habia querido estrangularle, y, prisione- 
ro y condenado a muerte, habia exclamado : 
"iQuien recogera a mis hijos?" El prof eta habia 
respondido: "El fuego del infiemo." Y el hijo, el 
nino del infiemo, como se le Uamaba, parecia 

dispuesto a justificar esta prediccion. Una vez, 
despues de un banquete, prolongado hasta el ama- 
necer, embriagado por el vino y la presencia de 
hermosas cantarinas, habia oido al almuedano 
anunciar desde lo alto del alminar la plegaria ma- 
tutina. Con el cerebro aun perturbado por los va- 
pores del vino, y sin otro vestido que su tunica, 
corrio a la mezquita y recito, mejor de lo que era 
de esperar, la oracion acostumbrada, que, por otra 
parte, no duraba mas que tres o cuatro minutos; 
pero cuando hubo terminado pregunto al concurso, 
probablemente para demostrar que no habia bebi- 
do con exceso; "£Es que debo rezar otra?" "jPor 
Dios! — exclamo entonces un piadoso musulman 
que estaba detras de el — . j Jamas hubiese pensado 
que nos enviarian de Medina tal gobernador!" Y 
en el acto se puso a arrancar el pavimento de la 
mezquita; siguieron su ejemplo los demas concu- 
rrentes que participaban de su celo, y Ualid, para 
no morir lapidado, volvio precipitadamente a su 
palacio y entro en el con pasos vacilantes, reci- 
tando este verso de un poeta pagano: "Podeis 
estar seguros de encontrarme alii donde haya vino 



en Weil; Historia de los califas, U I, p, 171, nota segunda. 



59 

v cantaiinas. No soy un duro guijarro, insensible 
al placer." El gran poeta Eotaia parece haber enr- 
contrado esta aventura bastante graciosa. "El dia 
del juicio final — dice en sus versos — , Hotaia po~ 

dra certificar que Ualid no xnerece el vilipendio 
con que se le abruma. ^Que ha hecho 7 en resu- 
midas cuentas ? Terminada la oracion ha exclama- 



do: "i Querela mas..-?"; pero es porque estaba 
un poco alegre y no sahia, lo que decia. <Ha sido 
una suerte que te hayan detenido, Ualid, porque' 
si no, hubieses estado rezando hasta el fin del 
mundo!" Lo que resulta indudable es que Hotaia, 
por gran poeta que fuese, no era en el fondo mas 
que un impio, que abrazo y abjuro alternativamen- 
te la fe mahometana (1). Por eso hubo en Cufa 
algunas personas que, pagadas tal vez por los san- 
tos de Medina, no opinaban como el, y dos de ellas 

■-I 

fueron a la capital para acusar a Ualid. Otman 
se nego a escuchar la denuncia; pero AH intervino* 
y Ualid fue destituido, con gran sentimiento de 
los arabes de Cufa (2) . 

La eleccion de gobemaclores no era el unico re- 
proche que el partido piadoso dirigia al viejo ca- 
lifa, sino el haber maltratado a muchos compafie- 
ros del prof eta, el haber renovado un uso pagano, 
que Mahoma habia abolido, y el pensar establecer 
su residencia en la Meca; pero lo que menos le 
perdonaban era la nueva redaccion del Coran, he- 

(1) Respecto a Hotaia, constiltese la nota de M. Caussln, 
Gpttd de Slane, traducci6n ingrlesa de la obra de Aben-Jalican, 

t. T. p. 209. 

(2) Masudi, man. 127, p. 185; al-Mojtar min nauadir aT- 
Gjbar, man. de Leyde 495, fol. 28 v. 



60 

cha por orden suya, y no por los hombres mas 
instruidos — pues hasta aquel que Mahoma habfa 
designado como el mejor lector del Coran fue ex* 
trano a ella — , sino por los mas adictos al califa; 
y, sin embargo, esta xedaccion pretendian que 
era la unica buena, ordenando que se quemasen 
todas las demas. 

Aunque resueltos a no tolerar mucho tiempo 
tal estado de cosas. los antiguos competidores de 
Otman, Alf, Zobair y Talha, que gracias al dinero 
destinado a los pobres — del cual se habian apode- 

j 

rado — , se habfan hecho tan ricos que no contaban 
mas que por millones (1), prodigaban el oro a 
manos llenas para suscitar revueltas en todas par- 
tes. Sin embargo, no lo consiguieron mas que a 
medias; hubo aqui y alia algunos levantamientos 
parciales; pero las masas permanecieron fieles a! 
califa. En fin, contando con la adhesion de los me- 
dineses, los conspiradores llevaron a la capital 
algunos centenares de esos beduinos de colosal 
estatura y de atezado rostro, dispuestos siempre, 
por dinero, a asesimar al que fuese preciso (2). 
Estos supuestos vengadores de la religion ultra- 
jada, despu^s de haber maltratado al califa en el 
templo, fueron a sitiarlo en su palacio, defendido 
tan solo por quinientos hombres, la mayor parte 
esclavos, capitaneados por Aeruan. Confiaban en 
que Otman renunciarla voluntariamente al trono, 
pero se enganaron; creyendo que no se atreve- 



(1) Weil, t. I, p. 166. 

(2) Tabari, t. II, pp. 250. 252. 



61 

rian a atentar contra su vida o contando con el 
auxilio de Moauia, el califa mostro una gran fir- 
meza- Fue preciso rccumr a medidas extremas; 
despues de un sitio, que duro muchas semanas, 
los desalmados penetraron en el palacio por una 
casa contigua; asesinaron al califa octogenario, 
que estaba leyendo piaclosamente el Coran, y para 
coronar su obra saquearon el tesoro publico. Me- 

ruan y los demas ommiadas tuvieron tiempo de 
huir (656). 

Los medineses, los defensores — porque este ti- 
tulo, aplicado a los companeros de Mahoma, pas6 
a.sus descendientes — , habian pi*esenciado los he- 
chos pasivamente, hasta el punto de que la casa 
por donde los asesinos penetraron en el palacio 
pertenecia a los Beni-Hazm, familia de los defen- 
sores que mas tarde se singularizo por su odio a 
los ommiadas. Esta neutralidad intempestiva, tan 
parecida a la complicidad, les fue reprochada du- 
ramente por su pocta Hasan-ben-Tabit, ardiente 
partidario de Otman, que temia, con razon, que 
los ommiadas vengasen en sus hermanos de tribu 
el asesinato de su deudo. "Cuando el venerable an- 
ciano — dice — vio 3a muerte alzarse ante el, nada 
hicieron los defensores para salvarle. \Ayl jbien 
pronto resonara. en nuestras moradas el grito de: 
I Dios es graride ! i Venganza, venganza a Ot- 
man!" (1). 

Ali, elevado al calif ato por los defensores, des- 



(1) Masudi, p. 194; Aben-Badrun, p. 148, 



62 

tituyo a todos los goberaadores d.e Otman y los 
sustituyo por musulmanes de la "antigua roca" 
eobre todo par defensores. Los ortodoxos triunfa- 
ban; iban a apoderarse del mando, a exterminar 
a los nobles, cabeza de las tribus, y a los ommia- 
das, conversos de la vispera, que creian ser los 
pontifices y los doctorcs del porvenir. 

Pero su gozo duro poco; la division estallo en 
el mismo cenaculo; al pagar a los asesinos de Ot- 
man, cada uno de los triunviros habia contado con 
el califato. Frustradas sus esperanzas, Talha y 
Zobair, despues de haber sido obligados, con el al- 
fanje sobre el cuello, a jurar fidelidad a su afor- 
tunado competidor, abandonaron Medina para 
unirse con la ambiciosa y perfida Aixa, la viuda 
del profeta, que antes habia conspirado contra 
Otman, pero que ahora excitaba al pueblo a ven- 
garle y a sublevarse contra All, a quien odiaba 
con toda la fuerza del orgullo heridoj porque una 
vez, viviendo su esposo, habia osado dudar de 
su virtud. 

I Cual serla el resultado de la lucha que iba a 
entablarse? Nadie podia vaticinarlo; los confede- 
rados disponian tan solo de un pequeno ejei-cito; 
Ali no tenia de su parte mas que a los asesinos de 

Otman y a los defensores. Era, por lo tanto, la 
masa la que debia decidirse por unos o por otros. 
Pero la masa permanecio neutral. A la noticia 

■ j 

del asesinato del anciano califa, un eco de indig- 
naci6n habia repercutido en todo el imperio; y si 
la complicidacl de Zobair y de Talha hubiera sido 



hi 

menos conocicla, hubiesen tal vez podido con tar 
con la simpatia de las turbas que pretendian cas- 
tigar a Ah'. Mas su participation en el regicidio 
n0 era un misterio para nadie. "^Sera forzoso 

respondieron los arabes a Talha en la mezquita 

de Basora — , sera forzoso ensenarte la epistola 
en que nos excitas a sublevamos contra Otman? 
y tft — dijeron a Zobair — , £no has incitado a los 
habitantes de Cufa a la insurrection?" Por lo tan- 
to, casi no hubo naclie que quisiera batirse por 
uno de aquellos hipocritas, confundidos en un des- 
precio comun. Esperando los acontecimientos, sc 
procuraba conservar el gobierno y los gobematio- 
ves establecidos por Otman. Cuandounfuncionario, 
nombrado gobema&o? de Cufa por All, fue apose- 
sionarse de su cargo, los arabes de aquella ciudad 
salieron a su encuentro y le exigieron terminante- 
mente el castigo de los asesinos de Otman, decla- 
rando que querlan seguir con el gobemador an- 
terior, y que, en cuanto a el, le hendirian la cabe- 
za si no se retiraba al instante. El defensor en- 
cargado del mando de Stria fue detenido en la 

frontera. 

— ;A que vienes? — le pregunto el comandante. 

— A ser vuestro emir. 

— Si no te envia el mismo Otman, ya puedes 

desandar el camino. 

— Pero £se ignora aqui lo que ocurre en Me- 
dina ? 

~Se sabe perfectamente, y por eso mismo te 
aconsejo que no insistas. 



64 

El defensor tuvo la prudencia de aprovechar 
el aviso. 

Por fin All encontro amigos y servidores de oca- 
sion en los arabes de Cufa, a los euales gano, no 
sin trabajo, para su causa, prometiendoles fijar su 
residencia en dicha ciudad y elevarla a capital del 
imperio. Con su ayuda vencio en la batalla, del 

* 

came llo, que le libro de sus competidores: Talha 
fue herido de muerte; Zobair perecio asesinado en 
la fuga; Aixa solicito y obtuvo el perdon. El ho- 
nor de esta victoria recayo principalmente sobre 
los defensoresj que fommban el grueso de la ca~ 
balleria (1). 

Desde entonces Ali era dueno de Arabia, del 
Irak-Arabf y de Egipto, lo cual significaba que su 
autoridad no era abiertamente desacatada en estas 
provincias, pero se le obedecia con extrema f rialdad 
y con aversion evidente. Los arabes del Irak-Arabl, 
cuyo concurso le importaba en extremo, hallaban 
siempre pretextos para no ponerse en marcha 
cuando el se lo ordenaba: en invierno hacia mucho 
frfo; en verano, mucho calor (2). 

Unicamente Siria se resistia a acatarle. Moauia, 
aunque hubiese querido, no hubiera podido hacerlo 
sin mancillar su honor. Aun hoy, el fellah egip- 
cio, por degenerado y oprimido que este, venga 
la muerte cle un deudo, aunque haya de pagar la 
venganza con la cabeza (3). Moauia, i podia, por 

n) Aiasudi, pp. 204, 206. 

(2) Expresl<5n dol mismo AH, hablandr, a los arabes del 
Irah (tomada de Reislce, notaa aobre Abulteda, t. I, p. 67). 

(3) Curckhardt, p. 178. 



e 



65 

lo tanto, dejar impune el asesinato de su tio'.' 
• Podia someterse al hombre que habia nombrado 
generales a los asesinos ? Y, sin embargo, no ie im~ 
pulsaba a resistir, la voz de la sangre sino una 
ardiente ambicion. Hubiera podido salvar a Otman 
corriendo en su auxilio con su ejercito; mas £de 
que le hubiera servido personalmente ? Una vez 
$alvado Otman, hubiera continuado siendo lo que 
era: gobernador de Siria. El miamo confiesa qu 
desde que el profeta le habia dicho: "Si obtienes 
el gobierno, cumple bien"> no tenia otro fin, otra 
preocupacion ni otra idea que obtener el califa- 

to (1). Entonces las circunstancias le favorecian 
admirablemente; despues de haberlo esperado 
todo, podia atreverse a todo. jSus deseos iban a 
cumplirse! jNada de temor! iNada de escrupulos! 
Podia alardear de una causa justa y contar con los 
arabes de Siria, suyos en cuerpo y alma. Cortes, 
amable, generoso, conocedor del corazon humano, 
dulce o severo, segun las circunstancias, Moauia 
habia sabido granjearse respeto y amor por sus 
cualidades personales. Ademas existia entre ellos 
comunidad de miras, de sentimientos y de inte- 
reses. Para los sirios era el islamismo letra muer- 
ta, una formula vaga y confusa, cuyo sentido no 
se preocupaban de descifrar; les repugnaban los 
deberes y las ceremonias de esta religion; sentian 
un odio inveterado contra la aristocracia advene- 
diza, cuyo unico titulo para mandarlos era el 



i 



$ 



(1) Nauaui, p. 565. 

Hist, musulmanes. — T. I 



66 

haber sido fiel a Mahoma; y, en fin, lamentaban 
la perdida de la preponderancia de los jefes de su 
tribu. Si les hubiesen clejado, hubieran mavehado 
rectamente contra las dos ciudades santas para sa- 
quearlas, incendiarlas y exterminar a sus habi- 
tantes. El hijo de Abu-Sofyan y de Hind com- 
partia con ellos sus propositos, recelos, resenti- 
mientos y esperanzas. Tal era la verdadera causa 
de la simpatia reclproca entre el principe y sus 
subditos, simpatia que se patentizo cuando 
Moauia, despues de un largo y glorioso reinado, 
exhalo su ultimo suspiro y hubieron de rendirle los 
postreros honores. El emir, a quien Moauia habia 
confiado el gobierno hasta que Yezid, el heredevo 
del trono, llegase a Damasco, habia dispuesto que 
el ataud fuese conducido por los parientes del 
ilustre difunto; pero el dla de los funerales, cuan- 
do empezo a desfilar el cortejo, los sirios dijeron 
al emir: "Mientras vivio el califa, nos hizo parti- 

cipes de todas sus empresas; sus penas y sus ale- 
grfas han sido nuestras. Permitenos, pues, que 
ahora reclamemos nuestra parte." Y cuando el 
emir hubo accedido a su demanda, uno por uno, 
quisieron tocai*, aunque fuese con la punta de un 
dedo, el tumulo donde reposaban los restos mor- 
tales del amado califa, desgarrando en su precipi- 
tacion el pailo mortuorio (1). 

AH, desde el principio pudo convencerse de que 
los sirios identificaban la causa de Moauia con su 



(1) Radian, fol. 200 r. 



67 

propia causa. "Diariamente — le decian-^-cien mil 
hombres vienen a llorar en la mezquita bajo la 
tunica ensangrentada de Otman, jurando vengarle 
en ti." Habian transcurrido seis meses desde el 
asesinato, cuando All, vencedor en la batalla del 
camello, conmino por ultima vez a Moauia para 
que se sometiera; pero este, mostrando a los ara- 
bes reunidos en la mezquita la ensangrentada tu- 
nica, demando su opinion. Escucharonle en un si~ 
lencio respetuoso y solemne; cuando hubo con- 
cluido, uno de los nobles, tomando la palabra en 
nombre de todos: "Principe — dijo con esa defc- 
rencia que emana del corazon — , a ti te toca acon- 
sejar y ordenar; a nosotros, obrar y obedecer." 
Y al instante se promulgo esta orden por todas 
partes: "Que todo inclividuo, capaz deesgrimirlas 
armaSjSe agrupe sin demora bajo sus banderas; 
quien al cabo de tres dfas no se halle en su puesto, 
sera condenado a muerte." Nadie falto al llama- 
miento; el entusiasmo fue sincero y unanime: iba 
a lucharae por una causa verdaderamente nacio- 
nal. Siria proporciono por si sola mas soldados a 
Moauia que todas las demas provincias habian 
proporcionado a All. Este comparaba con dolor la 
abnegacion y el celode los sirios con la tibia indife- 
rencia de los arabes del Irak. "Cambiaria de-buen 
grado diez de vosotros por cada uno de los soldado's. 
de Moauia — decia (1) — . jPor Dios! Triunfara al 
fin el hijo de la devoradora de higado!" (2). 



0) Maaudl, man. 537 d, fol. 15$ r. 
(2) Weil, t. I, p. 217, en la nota. 



%> 



63 

La rivalidad iba a solventarse por medio de las 
armas en las llanuras de Cifin, en la orilla occi- 
dental del EJufrates. Sin embargo, cuando Los dos 
ejercitos se hallaron frente a frente, transcurrie- 
rori muchas semanas en inutiles negociaciones y en 
escaramuzas que, aunque sangrientas, no produ- 
clan resultado alguno. 

Ambas partes rehuian una batalla general y de- 
cisiva, que al fin tuvo que entablarse, fracasadas 
las tentativas de concordia. Los viejos camaradas 
de Mahoma combatieron en aquella ocasion con la 
misma rabia fanatica que en los tiempos en que 
forzaban a los bedufnos a elegir entre el mahome- 
tismo o la muerfce. Y es que, a sus ojos, los arabes 
de Siria eran realmente paganos. "jLo juro — de- 
cfa Amar, que a la sazon contaba noventa anos — , 
no puede haber nada mas meritorio ante Dios que 
combatir a esos impios! Si sus lanzas me matan, 
morire martir de la verdadera f e. j Seguidme, com- 
pafieros del prof eta! Las puertas del cielo se abxen 
ante nosotros; las huries nos esperan" (1). Y 
arrojandose en lo mas peligroso del combate, luch6 
como un le6n hasta que expir6, acribillado de he- 
ridas. Por su parte, los arabes del Irak-Arabf, 
comprendiendo que se trataba de su honor, comba- 
tieron mejor de lo que se hubiera crefdo, y la ca- 
balierfa de Alf did una carga tan formidable, que 
los sirios perdieron terreno. Viendo en peligro el 
triunfo, Moauia, poniendo ya el pie en el estiibo, 



(1) Weil, t. I, p. 225. 



69 

se disponia a emprender la fuga, cuando Amr, hijo 

de Aci, se le aproximo. 

— Y bien — le dijo el principe — , tti, que te alabas 
de saber salir de eualquier mal paso, iqa£ reme- 
dio encuentras al mal que nos amenaza? Acu6r- 
date de que te he prometido el gobiemo de Egipto 
para despuds del triunfo, y dime qu6 debo ha- 

cer (1). 

— Es preciso — respondio Amr, que mantenfa se« 
cretas inteligencias con el ejercito de Alf — , eS 
preciso ordenar a los soldados que posean un 
ejemplar del Coran, que lo aten al extremo de sus 
lanzas; anuncia al mismo tiempo que apelas a lo 
que decida este Iibro. El consejo es bueno., te res- 
pondo de ello. 

Ante el temor de una derrota, Amr habfa con- 
venido.de antemano en apelar a este golpe teatral 
con otros jefes del ejercito exi&migo (2), entre los 
cual-es Axat, el hombre mas perfido de entonces. 
figuraba en primera linea. Ciertamente no tenia 
razon para ser muy adicto al islamismo y a sus 
fundadores Axat, que antes, cuando aun era pa- 
gano y jefe de la tribu de Kinda, habfa tornado 
soberbiamente el titulo de rey, y cuando habfa ab- 
jurado el islamismo en tiempo de Abubequer, ha- 
bfa visto a los musulmanes degollar a toda la 
guarnicion de su fortaleza de Nochair. 

Moauia siguio el consejo de Amr y orden6 atar 
el Coran a las lanzas. El santo libro abundaba 

<1) Ralh&n, fol. 197; Masudl, fol. 231 r. 
W Weil, t, I, p. 227. 



■W- 



70 

poco en aquel ejercito de cerca de ochenta mil 
hombres; apenas se encontraron quinientos ejem- 
plares (1); pero bastaban. para el fin que se pro- 
ponian Axat y sus enemigos, que, agrupandose 
en torno del calif a, exclamaron: ■ 

— Aceptamos la decision del libro de Dios; que- 
remos la suspension de la lucha. 

— Es una astucia, un ardid infame — ragid Ali, 
tremulo de indignation — -; los sirios apenas tienen 
idea de lo que es el Goran, y violan sin cesar 
sus preceptos. 

■ — Pero, puesto que nosotros combatimon en 
nombre de ese divino libro, no podemos recusarle. 

— Por lo que en realidad combatimos es por hu- 
miliar a esos hombres y someterlos a las leyea 
de Dios; porque si se han rebelado contra el Todo- 
poderoso, es indudable que han rechazado su santo 
libro. iCveeis que Moauia, Amr y ese 'hi jo del in- 
ficrno, y todos cuantos le siguen, creeis que se 
preocupan de la religion y del Coran ? Yo los conoz- 
co mejor, los lie tratado en su infancia, y de hombre 
y de ninos han sido siempre unos malvados (2). 

—No importa; ellos apelan al libro de Dios, y 
tu apelas a la espada- 

— ;Ay de mi! Veo claramente que quereis aban- 
donarme. Corred, pues, a uniros con los restos de 
la coalicion que en otro tiempo combatio a Maho- 
raa; reunfos a esos hombres que anrman: "Dios y 
su profeta son impostura y mentira." 



3 



(1) Masudi, fol. 231 r. 

(2) Masudi, fol. 232 r. y v. 



71 

Envia inmediatemente a Axtar — era cl gene- 
ral en jefe de la caballeria — la orden de batirse en 
rctirada; si no, te espera la misma suerte que a 
, Otman" (1). 

Comprendiendo que no retrocederian, si era pre- 
cise, en el cumplimiento de esta amenaza, Ali 
cedio, dando la orden de retirada al general vie- 
torioso que perseguia.de cerca al enemigo. Axtar 
se nego a obedecer. Entonces estallo un nuevo 
tumulto; All reitero su orden. 

— Pero t no sabe el califa que la victoria es nues- 
t ra ? — exclamo el valiente Axtar—. ^Por que he 
cle retroceder en el momento en que el enemigo va 
a sufrir una completa derrota? 

— Y ids que te servirfa la derrota — «le res- 
pondio un arabe del Irak, es decir, uno de los 
mensajeros — , si Ali fuera asesinado mientras 
tanto ? 

Bien a pesar suyo, el general ordeno la retirada. 

Aquel dia, el que antes se titulaba rey de Kinda 
pudo gozar las dulzuras de la venganza, siendo 
el quien inicio la ruin a de los piaclosos musulmanes 
que le habian despojaclo de su realeza y asesinado 

\ 

a sus hermanos de tribu en Nochalr. Ali le envio 
a Moauia para preguntarle en que forma creia el 

que habia decidido el debate el Co ran: "Ali y yo 
— respondio Moauia — nombraremos cada uno un 
arbftro, y ellos decidiran, consultando el sagrado 
Hbro, cual de los dos tiene derecho al califato. Por 

mi parte elijo como arbitro a Amr, hi jo de Aci." 

(1) Xahrastani, pp. 85, 86. 



72 

Cuanclo Axat llevo esta respuesta a Ali, este 
quiso nombrar a su primo Abdala, hijo de Abbas; 
pero no se lo permitieron, temiendo que un pa- 
riente tan proximo fuese muy parcial. Despues. 

cuando All propuso a su valiente general Axtar, 
exelamaron: 

— I Quien ha encendido el fuego de la guerra 
sino Axtar? 

— No queremos — dijo el perfido Axat — , no que- 
remos otro arbitro mas que Abu-Musa. 

— Pero este hombre me guarda rencor porque le 
he quitado el gobierno de Cufa — profirio All-—; 
me ha traicionado, ha prohibido a los arabes del 
Irak seguirme en la guerra; £como voy a con- 
fiarle mis intereses ? 

No aceptamos mas que este — respondieron 
entre las amenazas mas terribles. 

Alf accedio por fin, cansado de la discusion. 

Inmediatamente doce mil soldados abandonaron 
su causa, despues de intentar en vano anular el 
tratado que acababa de firmarse, y que les parecia 
un sacrilegio, puesto que la decision de las discor- 
dias no pertenecfa a los hombres. sino solo a Dios. 
Cierto que entre ellos habla traidores, y que pro- 
bablemente Axat figuraba en ese numero; mas 

la mayorfa eran piadosos lectores del Cordn, hom- 
bres de buena fe, muy adictos a la religion, muy 
ortodoxos, pero de ortodoxia distinta de la de Ali 
y la aristocracia medinesa. Indignados hacfa tiem- 
po de la depravacion y la hipocresia de los com- 
paiieros de Mahoma, que convertian la religion en 



s 



75 

instruments de su ambicion mundana, estos no- 
cowformistos (1) habian re sue] to separarse do la 
iglesia oficial en la primera ocasion. Republicano^ 
v democratas en religion como en politica, mora- 
les austeros, puesto que consideraban la incre- 
dulidad cual jrrave pccado, se asemejaban mucho 
a los independientes ingleses del siglo xvii del pa**- 
tido de CromweU (2). 

El arbitro nombrado por AH, segun unos, fue* 
enganado por su colega, y, segun otros, engano a 
su sefior. Sea lo que sea, la guerra volvio a re- 
anudarse- Ali sufrio incesantes reveses. Su afor- 
tunado rival le arrebato primero Egipto y en se- 
guida Arabia. Duefio de Medina, el general sirio 
predico desde lo alto del pulpito: "Ausitas y Jaz- 
raehitas, ^donde esta, el venerable anciano que 
antes ocupaba este puesto? jPor Dios, que si no 
temiese la colera de Moauia, mi sefior, no perdo- 
naria a ninguno de vosotrosl... Prestad juramento 
a Moauia, mi senor, pero sin mala voluntad, y ob- 
tendreis el perdon". La mayoria de los defensores 
estaban entonces en el ejercito de Ali; los demas 
se dejaron arrancar el juramento (3). 

Poco despues, Ali perecio, victima de la ven- 
ganza de una joven no-conformista f a cuyo pa- 
dre y hermano habia mandado deeapitar, y que 
antes de casarse con un primo suyo le habia exi- 



■ ■ \ Kn arabe, Jauarich. 

(2) Mas tardc volveremos a tratar de esta secta tan im- 
port ante. 

(3) Weil, t. I, p. 246. 



74 

gido la cabeza del calif a como pi*ecio de su 
raano (661). 

Hasan, su hi jo, heredo sus pretensiones al cali- 
fato. Tenia poca personalidad para jefe de un par- 
tido; indolente y sensual, preferia una vida Que- 
lle, tranquila, opulenta, a la gloria, al poder y a 
los cuidados del gobierno. El verdadero jefe del 
partido fue desde entonces el defensor Cais, 
hijo de Sad, hombre de colosal estatura, de formas 
atleticas, magnifico tipo de fuerza bruta, que se 
habia singularizado en veinte batallas por su 
arrojo indomable. Su piedad era ejemplai', hasta 
el punto de cumplir sus deberes religiosos aun 
con peligro de su vida. Un dia, al inclinarse para 
rezar su oracion, vio una enorme serpiente en el 
sitio en que debia apoyar la cabeza. Harto escru- 
puloso para interrumpir su oracion, la continuo, 
apoyando tranquilamente la cabeza al lado del 
rep til, que se enrosco en torno de su cuello sin 
hacerle dano. Cuando hubo concluido de rezar, des- 
cnrosco la serpiente y la arrojo lejos de si (1). 
Este devoto musulman odiaba a Moauia, no solo 
por considerarle como enemigo de sus hermanos 
de tribu en general y de su familia en particular, 
sino por juzgarle ineredulo, puesto que Cais ja- 
mas habfa querido admitir que Moauia fuese mu- 
sulman. Estos dos hombres se detestaban hasta 
tal punto, que cuando Cais, durante el reinado de 

A 

Ali, era aun gobernador de Egipto, entablaron 



<I) MasudS, p. 278. 



75 

correspondencia por el solo placer de escribirse 
injurias. El uno encabezaba su carta: "Judio, hijo 
de un judio." Y el otro respondia: "Pagano, hijo 
de un pagano. Has adoptado el islamismo a tu 
pesar, por coaccion, pero le traicionas de buen 
grado. Tu fe, si alguna tienes, es de fecha recien- 
te; en cambio, tu hipocresia es muy antigua" (1). 

Hasan disimulo raal desde un principio sus pa- 
cificas intenciones. 

•Extiende la mano — le dijo Cais — ; solo te 
prestare juramento cuando antes hayas jurado 
conf ormarte con el libro de Dios, con las leyes da- 
das por el profeta, y combatir a nuestros enemigos. 

— Juro — -respondio Hasan — identificamne con lo 
que es etemo en el libro de Dios y en las leyes 
del profeta; pero tu, por tu parte, habras de obe- 
decerme, lucharas con los que yo luche y haras la 
paz cuando yo la haga. 

Se presto el juramenta; pero estas palabras 
hablan producido un efecto fatal. "No . es el 
hombre que necesitamos — decfan — ; no quie- 

re la gu-erra." Para los defensores todo esta- 
ba perdido si Moauia triunfaba. No tardaron en 
realizarse sus temores. Durante muchos me- 
ses, aunque Hasan dispuso de un ejercito con- 
siderable, permanecio inactivo en Madain; pro- 
bablemente pactaba en secreto con Moauia. Por 
fin envio a Cais hacia la frontera de Siria, pero 
con tan escasas tropas, que el va-liente defensor 



(1) Mobarrad, pp. 304, 305; Masudi, p. 277 



76 



se vio vencido por el numero. Los fugitives, al lie- 
gar a Madain en el mayor desorden, maltrataroit 
a Hasan, que, si no los liabia entregado al adver- 
sary, habia desempefiado al menos un papel am- 
bi,sruo. y que se apresuro a concertar la paz con 
Moauia, renunciando para siempre al califato, a. 
carnbio de una magniflca renta y de la amnistla 
para sus secuaces. 

Sin embargo, Cais tenia aun a sus ordenes cinco- 
mil hombres, que despues de la muerte de Alf se 
habfan rasurado la cabeza en serial de duelo. Cod 
tan corto ejercito intentaba prosequi r la lucha; 
pero, ignorando si sus tropas participaban de su 
frenetico ardor, les dijo: "Si quereis, pelearemos 
hasta el fin y nos dejaremos matar uno a uno an- 
tes que rendimos; pero si preferis demandar el 
amdn (1), yo os lo procurare. Elegid." Los solda- 
dos optaron por el amdn (2). Cais, aeompanado de 
los principales de su tribu, se presento a Moauia, 
pidio gracia para el y para los suyos> y le re- 
cordo las palabras de Mahoma, que en el lecho de 
muerte habia recomendado los defensores a los 
demas musulmanes, diciendo: "Honrad y respetad 
siempre a estos hombres, que ban dado asilo al 
prof eta fugitivo, y a los cuales debe el exito de 
su causa." Al terminar su discurso di6 a entender 
que los dcfensores se considerarlan felices si que- 
rla aceptar sus servieios; porque, a pesar de su 



O) Voz eon quo los musulmanes demandan gracia en el 
combate. (N. de la T.) 

<2) Abu-'I-mahasJn, t. I, p. 113. 



77 
•devocion, a pesar de su repugnancia a obedecer a 
an incredulo, no podian resignarse a perder sus 
cargos elevados y lucrativos. Moauia respondio en 
^estos terminos: 

■No concibo, defensores, que titulos podeis ale- 
gar para obtener mi gracia. jPor Dios! Habeis sido 
mis mas encarciizados enemigos. En la batalla de 
Cifin estuvisteis a punto de causar mi ruina cuan- 
•do vuestras lanzas deslumbrantes sembraban la 
muerte en las filas de mis soldados. Las satiras 
•de vuestros poetas han sido para mi otros tantos 
alfilerazos; y ahora que Dios ha consolidado lo 
>que queriais derribar, me decfs: "jRespeta las in- 
"dicaciones de Mahoma!" Imposible; hay absoluta 
incompatibilidad entre nosotros. 

Herido en su soberbia, Cais cambio de tono: 

El titulo para apelar a tu bondad— dijo — es el 
•de ser fieles musuimanes, y a los ojos de Dios 
esto basta, si bien es verdad que los que ^se hah 
-aliado para combatir al profeta tienen otros titu- 
los que hacer valer ante ti, pero que no les envi- 
■diamos. Cierto que hemos sido vuestros enemigos; 
j>ero vosotros hubieseis podido evitar la guerra. 
Nuestros poetas os han zaherido con sus satiras; 
pues bien, lo que hayan dicho de falso, olvidese, y 
quede tan solo lo que hayan dicho de verdad. Vues- 
tro poder se ha consolidado; harto lo sentirhos; en 
la batalla de Cifin, cuando pudimos causar vuestra 
-derrota, combatiamos bajo las banderas de un 
Jiombre que creia cumplir la voluntad de Dios. En 
-cuanto a las recomendaciones del profeta, el que 



i 



78 

cree en el las acata; pero, pues dices que hay in. 
compatibilidad entre nosotros, desde ahora solo 
Dios podra impedirte hacer el mal, Moauia. 

— iRetiraos al instante! — grito el calif a, indig- 
nado de tamano atrevimiento (1). 

Los defensores hablart sucurnbido. El poder vol- 
via, naturalmente, a los antiguos jefes de tribu, a 
la primitiva nobleza. Y, sin embargo, los sirios no 
estaban satisfechos. Habian sonado con el placer 
de una venganza plena y terrible. La moderacion 
de Moauia no se lo permitia; pero ya llegarfa el 
momento de intentarlo, y entonces seria un corn- 
bate a muerte. En cuanto a los defensores, se con- 
sunifan de despecho, de rabia y de colera. Mien- 
tras viviese Moauia, el poder de los Omeyas seria 
demasiado solido para que pudiesen intentar nada; 
pero Moauia no era inmortal, por lo que, lejos de 
dejarse abatir, los medineses se preparaban para 
una nueva lucha. 

En aquel intervalo de forzada inacci<5n, la tarea 
de los guerreros paso a los poetas; por todas 
partes el odio se exhalaba en sangrientas satiras. 
Se porfiaba sin descanso; los chismes y las veja- 
ciones eran incesantes; los sirios y los principes 
de la dinastfa ommiada no perdonaban ninguna 
ocasion para demostrar su odio y su menosprecio 

a los defensores, que les pagaban en la misma 
moned;a (2). 



* 



if/ 

. ft 



(i) Masudl, pp. 277, 27S. 

(2) Constiltense: Raih&n, tola. 138 r., 139 r.; Nouveau Jour- 
:a* Asiatique, t. XIII, pp. 295, 297; Raih&n, tola. 139 r. y v., 
MO r. ; Masudi, 537 d., fol. 141 r. y v. 



79 



IV 



Antes de morir habia recomendado Moauia a su 
bijp Yezid que vigil ase incesantemente a Hosain, 
hi jo segttndo de AH, porque ya no extetia Hasan, 
que era el mayor, y que vigilase igualmente al 
emigrado Abdala, hi jo de aquel Zobair que habia 
disputado el trono al yerno del profeta. Ambos 
cran peligrosos, en efecto. Cuando Hosain encontro 
a Abdala en. Medina, le dijo: 

— Tengo serias razones para creer que el califa 

ha muerto. 

— En este caso, «,que piensas hater? — le pre- 
gunto Abdala. 

— Jamas reconocere a Yezid como soberano; es 
un borracho, un disoluto, y tiene una pasion fu- 
riosa por la caza. 

Su interlocutor guardo silencio, pero pensaba lo 
mismo. 

Yezid I no tenia ni la moderacion de su padre, 

ni su respeto a las conveniencias, ni su aficion al 

reposo y al bienestar; era imagen fiel de su ma- 

dre, una fiera beduina, que, como ella misma 

afinmaba en hennosos versos, preferia el siibido 
do la tempestad en el desierto a una musica 

armoniosa, y un trozo de pan, cotnido bajo la ti en- 
da de eampana, a los mas exquisitos manjares que 
le Servian en el soberbio- palacio de Damasco. 
Criado por ella en el desierto de los Beni-Kelb, 
Yezid era mas bien un jefe de tribu entronizado, 



$0 

que un monarca y un sumo pontifice. Menospre- 
ciando ei fausto y la etiqueta, afable con todo el 

mundo (1), jovial, generoso, elocuente, inspirado 
poeta, aficionado a la caza, a la danza, al vino y 
a la musica, no experimentaba mas que una tibia 
simpatia por la fria y austera religion de que el 
azar le habia hecho jefe, y a la cual su abuelo 
habia combatido sin resultado* La devocion, casi 
siempre falsa; la piedad, a menudo ficticia, de las 
veteranos del islamismo, chocaba con su franca 
naturaleza; no disimulaba su predileccion por el 
que los teologos 11am aban el tiempo de la ignoran- 
cia; se abandonaba sin escrupulo a los placeres 
prohibidos por el Coran; se complacia en realizar 
todos los caprichos de su espiritu fantastico y 
voluble, y no se molestaba por nadie. 

En Medina se le aborrecia y execraba; en Siria 
se le adoraba de rodillas (2). 

Como de ordinario, el partido de los viejos mu- 
sulmanes tenia superabundant de jefes, pero ca- 
recia de soldados. Hosain, que, despues de haber 
burlado la credula vigilancia del gobernador de 
Medina se habia refugiado con Abdaia en el sagra- 



(i) "Kullam umquam sibi regalia fastigii causa grloriam 
appetivlt, sed cum omnibus civiliter vixit." — latdoro do 
Eeja, c. J 8. 

(2) "Vir nlmlum gratisgime habitus."— Isidore. Todo cuanto 

consigria este autor, casl contemporanco, soure el eara-cter de 
loa ommladaa, tiene un gran interns, porque refleja la opinidn 
de loa airlos estableeidos en Espana, en, tanto c.«ue loa escri- 
toroa drabes, ntenos antiguos, por otra parte, juzgan de or- 
dlnario a estos princtpes desde el punto de vista de los me- 
dineses, Veaae tambien la elegfa sobre la mucrte de Yezid, 
en Wright, Opuscula Arabica, pp. US y 119. 



81 
do territorio de la Meca, recibio con gozo extra- 

^ 

ordinario las misivas de los arabes de Cufa, que 
le apremiaban para que se pusiera a su cabeza, 
prometiendole reconocerle como califa y levantar 
a favor suyo toda la poblacion de Irak-Arabi. Los 
mensajeros de Cufa se sucedfan sin interrupcion; 
el ultimo era portador de una demanda tan es- 
tensa, que las firmas ocupaban nada menos que 

ciento cincuenta hojas. En vano amigos clarividen- 
tes le suplicaban, le conjuraban a no lanzarse en 
una empresa tan audaz, a desconfiar de las prome- 
sas y el entusiasmo ficticio de una poblacion que 
habia engafiado y traicionado a su padre, Ho- 
sain, mostrando con orgullo las innumerables pe- 
ticiones que habia recibido, y que un camello 
— decia — apenas podia transportar, Hosain pre- 
firio seguir los eonsejos de su funesta ambicion. 
Obedeciendo a su destino, partio para Cufa, con 
gran satisfaccion de su supuesto amigo Abdala, 
que, incapaz de luchar nublicamente contra el nie- 
to del profeta, gozaba xnteriormente viendole co- 
rrer a su perdicion con el deliberado proposito de 
cntregar espontaneamente su cabeza a! verctugo. 
La devocion nv influia ;;ara nada en la ndbesion 
<iue el Irak-Arabi demcstraba por Hosain, pues 
squella provincia se hailaba en una situacion ex- 
ceptional. Moauia, aunque oriundo de la Meca, 
habia sido el fundador Je una dinastia esencial* 
mente siria. Bajo su reinado, Siria se hal ,T 'a con- 

vertido en region preponderante. Damasco £ue* 
desde entonces la capital del imperio, honey que 

Hist, musulmanes. — T. I 6 






82 

kabia disfrutado Cufa durante el calif a to de All. 
Humillados en su orgullo, los arabe.s del Irak 
mostraron desde el principio un espiritu muy tur- 
fculento, muy sedicioso, muy anarquico, muy ara- 
be, en una palabra. La provincia se txnvirtio en 
el punto de cita de los sediciosos politicos, en gua- 
rida de asesinos y ladrones. Entonces Moauia con- 
fid el gobierno a Ziyad, su hermano bastardo, que 
no contuvo las fuerzas alborotadas, sino que las 
ccrto. No salia mas que escoltado de sol dados, Je 
esbirros y verdugos, y ahogaba con roano de hio- 
rro la menor tentativa para turbar el orden pu- 
blico o social. Bien pronto la mas completa sumi- 
sion y la mayor seguridad reinaron en 2a provin- 
cia, pero tambien el mas afrentoso despotismo. 
He aqui por que el Irak estaba dispuesto a re- 
conocer a Hosain. 

Pero el temor tiranizaba las almas de los habi- 
tantes de la region, sin que lo sospechasen ellos 
mismos. Ya no existia Ziyad, pero quedaba un hijo 
digno de el; este hijo se llamaba Obaidala. A ei 
fue a quien confio Yezid el trabajo de ahogar .a 

conspiration de Cufa, pues el gobernador de la 
ciudad, Noman, hijo de Baxir, alardeaba de una 
moderation que parecia sospechosa al califa. Ha- 
biendo partido de Basora a la cabeza de sus hues- 
tes, Obaidala acampo a corta distaneia de Cufa. 
Despues t poniendose un velo para ocultarse el ros- 
tro, peneti-6 en la ciudad durante la noche, acom- 
pafiado tan solo de diez hombres. A fin de sondear 
las intenciones de sus habitantes, habfa hechb que 



83 

algunas personas apostadas a su paso le saluda* 
sen, como si hubiera sido Hosain. Muchos noblea 
le ofrecieron al punto hospitalidad. El supuesto 
Hosain rechazo sus ofertas, y, seguido de una 
multitud tumultuosa que gritaba "jViva Hosain V, 
marcho directamente al castillo, cuyas puertas 
mando cerrar Noman precipitadamente. 
— ;Abrid — exclamo Obaidala — , a fin de que pue- 

da entrar el nieto del prof eta! 

— Vuelve por donde has venido — le respondio 
Noman — ; preveo tu perdida, y no quiero que pue- 
da decirse; "Hosain, el hijo de AH, fue muei*to en 
el castillo de Noman." 

Satisfecho con esta respuesta, Obaidala se qui- 
to el velo que cubria su rostro. Reconociertdo sus 

faction es, se disperso la turba, sobre-cogida de es- 
panto, mientras Noman vino a saludarle T$spc- 
tuosamente y a rogarle que entrase en e 1 castillo. 
Al siguiente dfa, Obaidala anuncio al pueblo, re- 

imido en la mezquita, que seria un padre para los 
buenos y un verdugo para los malvados. Estall* 
un tumulto, fue reprimido, y desde entonces xiaclier 

oso hablar de rebelion. El infortunado Hosain re- 
cibio tan funestas nuevas cerca de Cufa. Apenas 
contaba con un centenar de hombres, pariexvtes 
suyos casi todos. Sin embargo, continuo su ca- 
mino; la loca y ciega credulidad, que parece un 
sino en los pretendientes, no le abandono; en 
cuanto se hallase a las puertas de Cufa, los ha- 
bitantes de esta ciudad se armarian para defender 

'su causa, como tenlan convenido. Cerca de Ker- 



84 

bela se encontro frente a frente con las tropas 
que Obaidala habia enviado a su encuentro con 
orden de cogerle muerto o vivo. Obligado a ren- 
dirse, entro en negociaciones. El general de las 
tropas ommfadas no obedecfa sus ordenes, y va- 
cil6. Era un coiaixita, hijo de uno de los pri- 
meros disclpulos de Mahoma, por lo cual le re- 
pugnaba la idea de verter la sangre de un hijo de 
Fatima. Envio, pues, a pedir nuevas instruccio- 
nes a su jefe, informandole de las proposiciones 
de Hosain. Al recibir el mensaje, el mismo Obai- 
dala dudo un momento. 

— \Y que! — dijo entonces Xamir, noble de Cufa 
y general del ejercito ommiada, arabe del tiempo 
viejo, identico a su nieto, que encontraremos mas 
tarde en Espana — , el azar ha puesto al enemigo 
en tus manos, y lie perdonaras? 

— No; es preciso que se rinda a discrecion. 

Obaidala expidio una orden en este sentido al 
general de sus tropas; Hosain se nego a rendirse 
sin condiciones, y, sin embargo, no se le ataco. 
Entonces Obaidala envio nuevos refuerzos al man- 
do de Xaoriir, al cual encargo: "Si el coraixita 
persiste en no querer combatir, cortale la cabeza 
y asume el mando en su lugar" (1). Per© cuand^ 

Xamir llego al campameoito, el coraixita no va- 
cilo mas y did la senal de ataque. En vano Ho- 
sain grito a sus enemigos: "Si creeis en la religion 
fundada por mi abuelo, £como podreis justificar 



<l> Aben-Badrun, p. 164. 



85 

vuestra conducta el dia de la resurreccion?"; en 
vano mando atar el Coran a la punta de las lan- 
zas, pues, segun la orden de Xamir, se le atac6 
espada en mano y fue muerto. Sus compafieros 
quedaron casi todos sobre el campo de batalla, 
despues de haber vendido caras sus vidas (10 de 
octubre 680). 

La posteridad, siempre predispuesta a compa- 
decer la suerte de los pretendientes desgraeiados. 
y olvidandose del derecho, de la tranquilidad pu- 
blica, de las calamidades que acarrea una guerra 
civil si no se sofoca en sus comienzos, la poste- 
ridad ha considerado a Hosain como la victima 
de un crimen abominable. El fanatismo persa ha 
completado la obra; ha imaginado un santo don- 

de no habfa mas que un aventurero, impelido al 
abismo por una externa aberraci6n de ideas, por 
una fren£tica ambicion. La inmensa mayoria de 

sus contempor&neos le juzgaba de otro mod 3, 

viendo en Hosain un perjuro, un reo de alta trai- 
cidn, toda vez que, vivienclo Moauia, habia presta- 
do juramento de fidelidad a Yezid, y no podia ha- 
cer valer ningun derecho, ningun titulo al cali- 

fato. 
Como la muerte de Hosain habia dejado vacan- 

te el puesto de pretendiente, desempefi6 este pa- 
pel Abdala, hi jo de Zobair; fue menos temera- 
no, y se creyo mas habil. Ostensiblemente habia 
sido amigo de Hosain; pero sus verdaderos sen- 
timientos no eran un . secreto ni para el mismo 
Hosain, ni para los amigos de este ultimo, "Pue- 



.[ 



86 

des estar tranquilo y satisfecho, hijo d'e Zobair 
— le habia dicho Abadala, hijo de Abbas, cuando 

^ 

se despidio de. Hosain despues de haberle acon- 
sejado inutilmente que no emprendicse el viaje 
a Cufa; y recitando unos versos muy populares 
entonc'es, prosiguio — : Alondra, el aire es libre para 
ti... Pon tus huevos, gorjea y picotea todo lo que 
quieras... He aqui a Hosain, que parte para el 
Irak y que te abandona el Hichaz." Sin embargo, 
aunque hubiese adoptado secretamente el titulo de 
califa, desde que la marcha de Hosain le habia 
dejado el campo libre, el hijo de Zobair fmgio un 
profundo dolor cuando la noticia de la catastrofe 
de Hosain llego a la ciudad santa, y se apresto 
a pronunciar un discurso muy pat£tico. Era un 
verdadero retorico; nadie mas ducho en la frase; 
nadie poseia como el el arte de disimular sus 
ideas y de fingir sentimientos; ninguno sabia ocul- 
tar mejor la sed de riquezas y poder que le de- 
voraba bajo las aparieaicias de deber, virtud, re- 
ligion y piedad. Tal era el secreto de su fuerza 
y por lo que se imponia al vulgo. Entonces, que 
Hosain ya no podia hacerle sombra, le reconocio 
como legftimo califa, alabo sus virtudes y su pie- 
dad, prodigo los epitetos de perfidos y bellacos 
a los arabes de Irak, y termino su discui'so con 
estas palabras, que hubiera podido apropiarse Ye- 
zid, si lo hubiese juzgado conveniente : "Jamas 
se vi6 preferir a este santo hombre la musica a 
la lectura del Coran; los cantos afeminados, a la 
compunci6n producida por el temor de Dios; el 



\ 



S7 

vino de la orgia, al ayuno, y los placeres de la 
caza, a las platicas piadosas... Pronto recoger&n 
esos malvados el fmto de su conducta per- 
versa..." (1). 
Necesitaba, ante todo, atraer a su causa a los 

jefes mas mftuyentes d.e los emigrados* Presintio 
que no podria enganarlos tan facilmente como 
a la plebe acerca de los verdaderos moviles de su 
rebelion; previo que encontraria obstaculos, sobre 
todo en Abdala, el hijo del califa Omar, por ser 
este un hombre verdacleramente desinteresado, 
piadoso, fuerte y clarividente. Sin embargo, no 
se desalento por esto. El hijo del califa Omar te- 
nia una mujer, cuya devoeion era igual a su cre- 
dulidad. El hijo de Zobair comprendio que debfa 
comenzar por ella. Fue a verla, le hablo, con su 
facundia ordinaria, de su celo por la causa de los 
defensores, de los emigrados, del profeta y de 

Dios, y cuando vio que sus untuosas palabras le 
habian hecho una impresion profunda, le rogo 
persuadiese a su marido para que le reconociese 
como califa. Ella se lo prometio, y a la noche, 
cuando sirvio la comida a su marido, le hablo con 
los mayores elogios de Abdala, y concluyo di- 
ciendo : 

—j Ah! Verdaderamente, no busca mas que la 
gloria del Eterno. 

— I Has visto— le pregunto su esposo — , has vis- 
to el magnifico cortejo que llevaba Moauia en su 



(1) Nouveau Journal Asiatique, t. IX, p. £32. 



88 

peregrinacion, sobre todo aquellas soberbias mu- 
las blancas, cubiertas con gualdrapas de purpura 
y montadas por bellas jovenes, cue deslumbraban 
con sus adornos, coronadas de perlas y diaman- 
tes? Tu has visto eso, £no es cierto? Pues bien, 
lo que busca tu santo hombre solo son esas mulas. 

Y continuo comiendo, sin querer escuchar 
mas (!)• Ya hacia un ano que el hi jo de Zobair 
se hallaba en abierta rebelion contra Yezid, y 
este, sin embargo, le dejaba tranquilo. Era mas 
de lo que habia derecho a esperar por parte del 
califa, que no contaba la paciencia ni la manse- 
dumbre entre sus virtudes mas salientes, pero que, 
por un lado, juzgaba que Abdala no era peligroso, 
porque, mas prudente que Hosain, no abandonaba 
la Meca, y, por otro, no querfa, sin una necesidad 
absoluta, ensangrentar un territorio que ya du- 
rante el paganismo gozaba <Je derecho de asilo, 
tanto para los hombres como para los animales. 
Harto sabfa que tal sacrilegio produciria el col- 
mo de la indignacion en los devotos. 

Pero su paciencia tuvo fin. Por ultima vez ul- 
timo a Abdala para que le reconociese; Abdala se 
nego. Entonces el califa, enfurecido, juro que no 
aceptarfa el juramento de fidelidad de aquel re- 
belde hasta que no estuviese en su presencia car- 
gado de cadenas. Sin embargo, como era bonda- 
doso en el fondo, pasado el primer momento de 
calera, su arrepintio de su juramento. Obligado, 



+^ ■*■-»■ -> 



(I) Aganl, t. 1., p. .18; Aben-Badrun, p. 199. 



^ 



89 

sin embargo, a mantenerle, ideo un medio de con- 
seguirlo sin herir el orgullo de Abdala. Resolvio 
enviarle una cadena de plata y un soberbio man- 
to, con el cual pudiera cubrirse para ocultar la 
cadena a las miradas extrafias. 

Los portadores de tan singulares presentes fue- 
ron diez, figurando entre ellos el defensor N>- 
man, hijo de Baxir, el mediador ordinario entre 
el partido piadoso y los ommiadas; sus compane- 
ros, menos conciliadores, eran jefes de distintas 
tribus establecidas en Siria. 

Los diputados llegaron a su destine Abdala, 
como era de prever, rehuso el regalo del califa; 
pero Noman, lejos de desanimarse, intento inducir- 
le a la sumlsion con prudentes razonamientos y 
frencuentes platicas, que no dieron ningrin results- 
do, pero que despertaron sospechas en uno de los 
emisarios, Ben-Ida, jefe de la tribu de las Axari- 

tas, la mas numerosa y p.otente de Tiberiades (1). 
"Ese Noman es un defensor despues de todo — pen- 
saba — , y, por tanto, muy capaz de traicionar al 
califa, como ha sido traidor a su partido y a su 
tribu." Y un dfa que encontro a Abdala, 3e dijo 
de pronto: 

— Hijo de Zobair, puedo jurarte que ese defen- 
sor no ha recibido del califa otras instrucciones 
que las que hemos recibido todos los demas. El 
es nuestro jefe; a eso se reduce todo; pero, por 
Dios, te confieso que no se que pensar de esas 



(1) Ahmed ben-abi-Yacub, fol, 62 v. 



90 

conferencias secretas. Un defensw y un emigrado 
son dos pajaros del mismo plumaje, y Dios sabe 

lo que estareis urdiendo. 
~Y a ti ^que te incumbe? — le respondio Abda- 

la, con supremo gesto de desden — . Mientras este 
aqui hare cuanto me plazca, pues soy tan invio- 
lable como csa paloma protegida por la santidad 
del lugar. Tu no osarias matarla, £no es cierto? 
Porque seria un crimen, un sacrilegio. 

— ;Ah!, ^crees que tal consideracion wie de- 
tend ria ? 

Y volviendose al paje que llevaba sus arm as, 
exclamo: 

— ; Pronto, mi arco y mis flechas! 

Cuando el paje le hubo obedecido, el jefe sirio 
cogio una flecha, la coloco en el arco, y dijo: 

— Paloma, Yezid, hi jo de Moauia, ies aficionado 
al vino? Dime que si, si te atreves, y, I por Dios!, 
que en este caso te atravesare con mi flecha,,. Pa- 
loma, ipretendes usurpar la dignidad de califa a 
Yezid, hijo de Moauia, separarte del pueblo de 
Mahoma, y suenas con la impunidad por hallarte 
en un territorio inviolable ? Dime que piensas asi, 
y te herire con este dardo. 

— Harto ves que el pajaro no puede responder- 
te — dijo Abdala, fingiendo piedad, pero tratando 
en balde de disimular su turbacion. 

— El ave no puede responderme, es cierto; mas 
tu, jtu si puedes, hijo de Zobair!... Escuchame 

bien: te aseguro que prestaras juramento a Yezid, 
de grado o por fuerza* o que veras el estandarte 



91 

de los axaritas (1) flotar sabre este valle, y en- 
tonces no respetare los privilegios que reclamas 
para este sitio. 

El hijo de Zobair palidecio ante esta amenaza; 
apenas podia creer tanta impiedad, ni aun en un 
slrio, y se aventuro a preguntar con voz timida y 
temblorosa : 

— ^Te atreverias realm ente a cometer el sa- 
crilegio de verter sangre en territorio sagrado? 

— Me atreveria— replied el jefe sirio con per- 
fecta calma — . Caiga la responsabilidad sobre el 
que ha elegido este sitio para conspirar contra el 
jefe del Estado y de la religion (2). 

Tal vez, si Abdala hubiese estado firmemente 
convencido de que aquel jefe era interprete de los 
sentimientos que animaban a sus compatriotas, 
hubiese evitado hartas desgracias al mundo mu- 
sulman y a si mismo; porque el hijo de Zobair ha- 
bia de perecer como el yerno y el nieto del pro- 
feta, como sueumbirian todos los primitivos mu- 
sulmanes, los hijos de los compafieros o amigos de 
Mahoma, entre inauditas desgracias, entre terri- 
bles y repetidas catastrofes. Sin embargo, para 
61 no habia llegado aun la bora fatal; el destino 
habia decretado que antes la desgraciada Medina 
expiase con su completa destruccion, con el destie- 
rro o la muerte de sus hijos, el funesto honor de 
haber dado asilo al fugitivo profeta, de haber 



<1) Era, como ya se ha dieho, el nombre de la trib-u de 
<jue era jefe Ben-Ida. 
(2) Agani, t. I> p. 18. 



92 



visto nacer a los verdaderos fundadores del isla- 
mismo, a los heroes fanaticos que, al sojuzg-ar 
Arabia en nombre de una nueva fe, habfan mecido 
al mahometismo en tan sangrienta cuna. 



V 



■ 

Transcurrfa el ano 682. EI sol acababa de ocul- 
tarse tras las montafias que se alzan al Oeste 
de la ciudad de Tiberiades, cuyo antiguo esplendor 
actuataente atestiguan tan solo sus r-uinas ; 
pero que en la epoca a que nos referimos era la 
capital del distrito del Jordan y la residencia 
temporal del califa Yezid I. Iluminados por los 
argentados rayos de la luna, los alminares de las 
mezquitas y las torres de las murallas se refleja- 
ban en las ondas limpidas del lago — de ese mar 
de Galilea que evoca en el cristiano tantos re- 
cuerdos piadosos — , cuando una pequefia caravana, 
aprovechando la frescura de la noche, salio de la 
ciuclad y se encamino hacia el Sur. 

En los nueve viajeros que iban a la cabeza de 
la caravana se adivinaba a primera vista gentes 
de calidad; sin embargo, nada denotaba en ellos 
a los cortesanos de aquel califa que de ordinario 
no admitfa en su intimidad mas que a personas 
de una edad menos madura, de un Tostro menos 
austero, menos cenudo. 

Caminaron algun tiempo en silencio; por fin, 
uno de los viajeros indico: 



93 

Y bien, hermanos mios, lqn6 pensais ahora 

de el ? Confesemos, al menos, que ha sido generoso 
con nosotros. <;No te ha dado cien mil monedas, 
hijo de Handala ? 

— Si; me ha dado esa suma — replied el interro- 
gado — ; pero el bebe vino sin escrupulo, toca la 
guitarra, pasa el dia con los perros de caza y las 
noches con los salteadores de caminos; comete in- 
cestos coji sus hermanas y sus hijas; no reza nun- 
ca (1) ; en fin, es evidente que no tiene religion. 
;Que* hacer, hermanos mios? ^Creeis que podre- 
mos tolerar mucho tiempo a semejante hombre? 
Hemos tenido demasiada paciencia, y, si conti- 
nuamos por este camino, temo que lluevan piedras 
del cielo para aplastarnos. i Que* piensas, hijo de 

Sinan? 

— Voy a decirtelo — repuso el aludido — . En cuan- 
to estemos de regreso en Medina, debemos decla- 
rar solemnemente que no podemos seguir obedc- 
ciendo a este libertino, hijo de un libertino. En 
seguida rendiremos homenaje al hijo de un emi- 
grado. 

En el mismo momento en que pronuncio estas 
palabras, un hombre, que venia en direccion opues- 
ta» paso por el camino. La capucha de su albor- 
noz, echada sobre su rostro, hubiera velado sus 
facciones a las miradas de los caminantes, aun- 
que la atencion de estos no hubiese estado absor- 
bida por el dialogo, que se animaba cada vez mas. 



t^lhTi b-_W**^ *» *fT4»fc- 



(I) Soyuti: Tarij al-Jolafa, p. 209, ed. L,ees. 



94 

Cuando se alejo la caravana, ei hombre del ca- 
puchon se paro. Su encuentro era un mal presa- 
gio, segun las superstieiones arabes, porque era 
tuerto; por otra parte, la ferocidad y el odio ful- 
guraban en la roirada terrible que con su unico 
ojo lanzo a los hombres, que se perdian ya a lo 
lejos, cuando murmuro con voz lenta y solemne: 
";Juro que, si tc vuelvo a encontrar y puedo ma- 
tarte, te matare, hijo de Sinan, por companero de 
Mahoma que hayas sido!" (1). 

Ya se habra comprendido que los caminantes 
cran medineses, personajes distinguidos de esta 
ciudad, casi todos defensores o emigrados que re- 
gresaban de la corte del califa por la razon si- $ 
guiente : 

Sc habfan notado en Medina sfntomas de rebe- 
lion, suscitandose graves quejas con motivo de las 
tierras laborables y de las plantaciones de palme- 
ras que Moauia habfa comprado en otro tiempo a 
los habitantcs de la ciudad, pero que estos recla- 
maban ahora bajo pretexto de que Moauia, i*ete- 
niendoles los sueldos, les habfa obligado a vender 
dichas tierras en la centesima parte de su va- 
lor (2). Al gobernador Otman le halagaba la es- 
pcranza de que el califa, su primo hermano, sa- 
bria calmar aquellos disturbios y atvaerse a los 

nobles medineses con sus amables man eras y con 
su generosidad habitual, por lo que habfa propues- 



(1) Aben-Jitfdim, t. II, fols. 170 r., 3G9; Samhudi, man. de 
Paris, ndm. 7 'J 3 bis, fol. 31 r. 

(2) Raihdn, fol. 200 v.; Samhudi, loco laudato. 



. '■■* 



95 

to a estos nobles emprender el viaje a Tiberiades, 
y ellos habfan accedido. Pero, animado de las me- 
jores intenciones, el gobernador habia cometido 
una grave imprudencia, una ligereza imperdona- 
ble. iComo no habia pensado que los nobles de 
Medina no deseaban otra cosa que poder afirmar, 
como testigos oculares, la impiedad del califa, a 
fin de excitar a sus conciudadanos a la rebelion? 
Asi, en vez de inducirles a ir a la corte, debia ha- 
berlo imped ido a todo trance. 

Habia ocurrido lo que era logico prever. Cierto 
que Yezid les habia brindado hospitalidad cordial 
y llena de atenciones; que habia sido sumamentc 
generoso, dando al defensor Abdala, hijo de Han- 
dala — es decir, de un noble y valiente guerre ro 
muerto en Ohod combatiendo por Mahoma — , cien 
mil monedas de plata, dando ademas veinte o diez 
mil monedas, segun su categoria, a los demas emi- 
sarios (1) ; pero, como no se molest aba por nadie, 
y como su corte no era un modelo de virtud y de 
abstinencia, la libertad de sus costumbres y su 
predileccion por los beduinos — que preciso es con- 
venir en que tenian algo de salteadores cuando 
llegaba la ocasion — , habia escandalizado extra - 
ordinariamente a aquellos austeros y rigidos hom- 
bres de ciudad, enemigos natos de los hijos del 

desierto. 
De regreso a su ciudad natal, no cesaron de ha- 

(1) Weil, t. I, p. 326. El ddcimo emisario, Mondir, hij*> 
de Zobair, no acompafiaba a sus compafieios en su retorno a 
.Medina, porque habia obtenido de Yezid permlso para ir al 
Irak; Aben-Jaldun, fol. 169 V. 



* 



96 

blar de la impiedad del califa. Sus relatos, tai 
vez un poco exagerados; sus diatribas, Uenas de 
santa indignacion, produjeron un efecto tan terri- 
ble en los corazones, ya predispuestos a creer cie- 
gamente todo lo malo que se dijese de Yezid, 
que bien pronto se desarrollo una escena extra- 
ordinaria en la mezquita. Hallandose congregados 
alif los medineses, uno de ellos exclamo: 

— Yo rechazo a Yezid del mismo modo que arro- 
jo mi turbante — y unio la palabra a la accion, ana- 
diendo despues — : Convengo en que Yezid me ha 
colmado de presentes; pero declaro que es un bo- 
rracho, un enemigo de Dios. 

— Y yo rechazo tambien a Yezid, del mismo 
modo que tiro mi sandalia. 

Un tercero agrego: 

— Yo Ie rechazo, como arrojo mi alquicel... 

— Yo le rechazo, como arrojo mis borcegufes. 

Otras personas les imitaron, y bien pronto, ;ex- 
traiio espectaculo!, se vio en la mezquita un mon- 
ton de turbantes, mantos, zapatos y sandalias. 

Decidida la destitucion de Yezid, resolvieron ex- 

pulsar de la ciudad a todos los Omeyas. Se lea 

notifko que debian partir sin demora, jurando 

antes no ayudar jamas a ningun ejercito que sitia- 

se a Medina, rechazarlo, si era posible; y, si esto 

era superior a sus fuerzas, al menos no entrar 

en la ciudad con las tropas sirias. Otman, el gober- 

nador, intento, aunque sin exito, persuadir a los 

rebeldes de los peligros que entranaba tal expul- 
sion. 






If 



:; 



97 

Bien pronto — les dijo — un ejercito numeroso 

vendra a exterminamos. y entonces os felicitare"i$ 
de poder decir que, al menos, no habeis expulsado 
a vuestro gobemador. Esperad, para hacerme par- 
tir a haber alcanzado la victoria. Por interes vues- 
tro, y no mio, os hablo asi, porque querria impe- 
dir la efusion de sang re. 

Lejos de rendirse ante estos razonamientos, los 
medineses le llenaron de imprecaciones, lo mismo 

que a Yezid. 

— Vamos a comenzar por ti — le dijeron — , y a 
tu expulsion seguira la de tus parientes. 

Los ommiadas estaban furiosos. 

;Que funesto asunto! {Que detestable reli- 
gion! (1) — cxclamo Mei"uan, que habia sido suce- 
sivamente ministro del califa Otman y gobemador 
de Medina, pero que ahora apenas habfa encon- 
trado con gran trabajo quien quisiera encargarse 
de su mujer y de sus hijos. Sin embargo, era pre- 
ciso amoldarse a las circunstancias. Despues de 
haber prestado el exigido juramento, los ommiadas 
se pusieron en marcba, perseguidos por la rechifia 
del populacho: llenaron hasta arrojarles piedras, 
y el liberto Horait, el Saltador, llamado asl por- 
que uno de los primeros gobernadores le habia 
mandado cortar un pie, y caminaba casi a saltos, 
aguijoneaba sin cesar las cabalgaduras de aquellos 
Melices, arrojados como malhechores de una ciu- 



(1) Eatas palabras se encuentran en Agani, p. 19, 1. 10; 
un pasa.1t' de Abu-Ismael al Basri Fotuh axctm> p. 287, 
1. 10) muastra, a mi entender, que es preciso traducirlas como 

las lie traduuido. 

Hist, mijsiti -manes. — T. I 7 



98 

dad de que habian sido duenos durante mucho 
tiempo. Por fin llegaron a Du-Joxob, donde los 
desterrados debfan permanecer hasta nueva orden. 
Su primer cuidado fue enviar correos a Yezid para 
informarle de su infortunio y demandar su auxi- 
lio. Apenas lo supieron los medineses, cincuenta 
jinetes se pusieron en march a para arrojar a los 
ommiadas de su retire El Saltador no desaprove- 
cho aquella nueva ocasion para saciar su ven- 
ganza, y entre el y un individuo de la familia de 
los Beni-Hazm — familia de defensores que habia 
facilitado el asesinato del califa Otman, poniendo 
su casa a disposici6n de los rebeldes — hostigaban 
de tal modo el camello que montaba Meruan. que 
el animal estaba a punto de tirar al suelo a su 
jinete. Fu6se por temor o por compasion al cua- 
drupedo, apeose Meruan y exclamo: "Anda, y deja 
de sufrir." Cuando llegaron a un paraje llamado 
Souaida, Meruan vio venir hacia el a uno de sus 
clientes que moraba en aquel caserio, y que le rogo 
participase de su com id a. "El Sccltador y sus dig- 
nos camaradas no me permitiran detenerme — le 
respondio Meruan — . jPlogue al cielo que algun 
dfa caiga este hombre en nuestro poder, para que 
ku mano corra la misma suerte que su pie perdi- 
do," Al fin, cuando hubieron llcgado a Uadi-'l-cora, 
se permitio a los ommfadas que permaneciesen 
alii (1). 

Entre tanto, la discordia estuvo a punto de es- 



(l) Aaani, t. I, pp. 18, 20. Como M. Weil ha dicho, cm 
raz6n, cs prcclso borrar 1ft palabra alaihi, p. IS, tfltlma linea. 



99 

tallar entre los mismos medineaes (1). Mientras 
solo se trato <le expulsar, injuriar y malt ra tar a 
los ommfadas, habia reinado la union mas per- 
fects entre todos los habitantes do la ciudad; pero 
cuando fue preciso elegir otro califa, los coraixi- 
tas no consistieron que fuera un defensor, y los 
defensores se negaron a aceptar a un coraixita. 
Sin embargo, como se sentia necesidad de Con- 
cordia, se resolvio elegir jefes provisionals, apla- 
zando la elcccion de califa para cuando Yezid fue- 
se destronado (2). 

En cuanto a este ultimo, los correos expedidos 
por los ommfadas le habian dado cuenta de los 
sucesos, quedando tan indignado y sorprendido de 
la conducta pasiva de sus parientes, como irri- 
tado contra los sediciosos. 

— ;Podrian los ommfadas reunir un miliar dt 
hombres, contando eon sus libei*tos? — pregunto. 

— Seguramente — vespondio el emisario — podrian 
reunir hasta tres mil, sin trabajo alguno. 

— Y con fuevzas tan considerables, £no han in- 
tentado resistir ni siquiera una hora? 

—El numero de rebeldes era enorme; toda re- 

sistencia hubiera sido imposible (3). 
Si Yezid no hubiese escuchado mas que su justa 

indignacion contra los que se habfan sublevado 

despues de aceptar sin escrupulo su hospitalidad y 

su dinero, hubiese enviado inmediatamente un 



(1) Raihdn, fol. 200 v. 

(2) Weil, t. 1, p. 326, en la nota. 

(3) Aoaiti, t. I, p. 21. 



100 

ejex*cito para castigarlos; pero quen'a evitav, mien- 
tras fuera posible, malquistarsc con los devotos, 
recordando que el profeta habia dicho: "Dios, los 
angeles y los hombres maldeciran al que esgrima 
la espada contra los medineses" (1), y por segun- 
da vcz alardeo de moderation, tanto mas meri- 
toria, dado su caracter. Queriendo emplear aun 
medios conciliadores, envio a Medina al defensor 
Noman, hijo de Baxir; pero en vano. Cierto que 
los defensores no pennanecieron impasibles a los 
prudentes consejos de su hermano de tribu, que 
les recordaba que eran muy debiles, que tenfan 
muy pocas fuerzas para resistir los ejercitos de 
Siria; pero los coraixitas querian luchar a todo 
trance, y su jefe, Abdala, hijo de Moti, dijo a 
Nom an : 

— jHuye de aqui, porque has venido a turbar la 
concordia que, gracias a Dios. reina ahora cntre 
nosotros! 

— ;Ah!, eres demasiado valiente y atrevido — le 
respondio Noman — ; pero cuando el ejercito de 
Siria llegue a las puertas de Medina, huiras a la 
Meca, mooitado en tu mulo mas veloz, abando- 
nando a su suerte a estos infortunados, a los 
defensores, que serin degoilados en las calles, en 
las mezquitas y a las puertas de sus mismas casas. 

Persuadido, al fin, de que todo era inutil, No- 
man volvio a la corte de Yezid, al cual dio cuenta 
del fracaso de su minion (2). "Puesto que es in- 

(1) Soyutl: Tarij al-Jolafa, p. 209, ed. Lees, 

(2) Aben-Jaldun, t. IT, fol. 169 r. y v. 



101 

evitable — dijo entonces el califa — , los hare aplas- 
tar por los caballos de mis sirios" (1). 

El ejercito, de unos diez mil hombres, que iba 
a marchar hacia el Hichaz, debia someter a la 
obediencia no solo a Medina, sino tambien la otra 
ciudad santa, la Meca. Como muriese el general 
encargado del mando, los demas jefes, ansiosos 
de humillar para siempre a la nueva aristocracia, 
se disputaron el honor de ocupar su puesto — vease 
la nota A al fin de este tomo — . Yezid no se habia 
decidido aun por ninguno de los competidores, 
cuando un hombre envejecido en la guerra entro 
a formar parte de las filas. Era el tuerto que 
eneontro a los viajeros en el camino de Tiberiades. 

Tal vez nadie personificase mejor los antiguos 
tiempos del paganismo que el tuerto Moslim, hijo 
de Ocba, de la tribu de Mozaima (2). No tenia la 
menor sombra de fe mahometana ; cuanto era sa- 
grado para los musulmanes no lo era para ei. 
Moauia conocfa y apreciaba sus sentlmientos. Le 
habfa recomendado a su hijo como el hombre mas 
a proposito para subyugar a los medineses si se 
sublevaban (3). Sin embargo, si no crefa en los 
divina mision de Mahoma, tampoco creia en los 
prejuicios supersticiosos del paganismo, en los sue- 
iios profeticos, en las misteriosas palabras que 
salian de los gharcad, especie de zarza espino- 



(1) Samhudi. 

(2) En muchos manuscritos se lee por equivocaci6n Morri, 

en ln?rar do Mozani. I..a verdadera vorstdn se encuentra en 

Fakihl, tol, 400 r. 

(3) Aben-Jaldun, foK 369 v.; Samhudi. 



*"■* 



102 

sa, que actuaban cle oraculos en algunas regiones 
de la Arabia, segun el paganismo. Al presentarse 
a Yezid, le dijo: 

Cualquier hombre que envies contra Medina, 
fraca.sara por complete Yo .solo puetlo veneer.., 
He visto en suefios un cjharcad, de donde salia 
este grito: "iPor la mano de Moslim!..." Me acer- 
que al sitio de donde procedia la voz, y oi: "Tu 
eres el elegido para vengar a Otman de los rne- 
dineses, sus asesinos" (1). 

Convencido de que Moslim era el hombve que 
necesitaba, Yezid le acepto como general y le co- 
munico ordenes en estos terminos: 

— Antes de atacar a los medrneses, les intimaras 
a la rendicion durante tres dfas; si rehusan, ata- 
calos, y si obtienes la victoria, entrega la ciudad 
al saqueo durante otros tres dias; todo lo que tus 
soldados encuentren alii en dinero, annas o pro- 
visiones, les pertenecera (2). En seguida haz jurar 
a los inedineses que seran mis esclavos, y corta 
la cabeza a quie-n se niegue (3). 

Kl ejercito, en que sobresalia Ben-Ida, jefe de 
los axarita.s (4), cuya entrevista con el hijo de 
Zobair hemos refevido, llego sin dificultad a Ua- 
di-'I-cora, donde se encontrabatt los ommiadas ex- 
pulsados de Medina. Moslim los consulto uno a 
uno a fm de que le indicasen los medios mas estra- 



-+11*. 



(1) AgJumi, t. I, p. 21. 

(2) Aben-Jaldun; Samhudl. 

(3) Paklhi, fol. 400 r. 

(4) B^n-ai-Atlr, man. do Paris (C. P.), t. Ill, fol. 7S r. 



103 

tegicos para apoderarse de la ciudad. Y como un 
hijo del califa Otman rehusase violar el juramento 
que los medineses lo habian exigido, exclamo el 
fogoso Moslim: "Si no fueses el hijo de Otman, 
te cortaria la cabeza; pero lo que a ti te salva no 
librara a ningun otro coraixita que me niegue su 
apoyo y sus consejos." Llego su turno a Meruan, 
que tambien experiment aba escrupulos de concien- 
cia, pero que temia por su vida, porque Moslim 
cumplia pronto sus amenazas; ademas, su odio 
a los medineses era demasiado vivo para que des- 
aprovechase la ocasion de saciarle. Por fortuna 
sabia que en el cielo habfa tambien subterfugios 
y que se puede violar un juramento sin que lo 
parezca. Dio sus instrucciones a su hijo Abdalme- 
lic, que no habia jurado: "Entra delante de ml — le 
indico — ; tal vez Moslim no me pregunte nada 
despues de hablar contigo." Llevado a presencia 
del general, Abdalmelic le aconsejo avanzar con 
sus tropas hasta las primeras plantaciones de pal- 
meras; pasar allf la noche, y a la manana siguien- 
te, situarse en Harra, al Este de Medina, para que 
los medineses, que no dejarfan de salir al encuen- 
tro del enemigo, tuvieran el sol de cara (1). Ab- 
dalmelic dejo tambien entrever a Moslim que su 

padre podria entablar negociaciones con ciertos 
medineses, los cuales, una vez empenada la lucha, 
serfan capaces de traicionar a sus conciudada- 
nos (2). Sumamente satisfecho con lo que acababa 



r. 4^-- 



(1) Aben-Jaldun- 

(2> Kaihdn, fol. 200 v. 



104 

de oir, Moslim exclamo con burlona sonrisa: "iQue 
admirable es tu padre!" Y sin forzar a Meruan a 
decir nada, siguio puntualmente los consejos de 
Abdalmelic: acampo al Este de Medina en la ca- 
rretera de Cuf a, y anuncio a los medineses que les 
concedia un plazo de tres dias para entregarse. 
Pasados los tres dfas, los medineses respondieron 
que se negaban a someterse (4). 

Como habia previsto Meruan, los medineses, en 
vez de esperar al enemigo en la ciudad, habilmente 
fortificada, marcharon a su encuentro — 26 de agos- 
to de 683 — , divididos en cuatro cuerpos de ejer- 
cito, segdn su origen. Los emigrados llevaban a la 

cabeza a Makil, hijo de Sinan (2), compaiiero de 
Mahoma, que al frente de su tribu y de la de 
Axcha habia tornado parte en la conquista de la 

Meca, y que debia haber gozado de gran considera- 
cion en Medina, puesto que los emigrados le habian 

elegido por jefe, no siendo de su tribu. Los coiai- 
xitas, que no pertenecian a los emigrados, pero 
que en diferentes epocas y despu£s de la toma 
de la Meca se habian establecido en Medina, se 
alistaron en dos companfas, una mandada por 
Abdala, hijo de Moti, y la otra por un companero 
del profeta. En fin, la division mas considerable, 
la de los defensores, iba capitaneada por Abdala, . 
hijo de Handala. Guaidando un profundo y reli- 
gioso silencio, avanzaron hacia Harra, donde acanv 



(1) Al>an-Jaldun. 

(2) V6aac Nauaui. r>. 5G7; Aben-Cotaiba, p. 152; Samuili, 
foi. 32. 



105 

paban los impios, los pagan os, a quienes iban a 
combat! r. 

El general del ejercito sirio, aunque se hallaba 
gravemente enfermo, se hizo Ilevar en una silla 
delante de las filas; eonfio su bandera a un va- 
Iiente paje, griego de origen, y grit6 a sus sol- 
dados: "jArabes de Siria! iDemostrad que sab&s 
defender a vuestro general! jA la carga!" 

Entablose el combate. Los sirios atacaron con 
tal impetuosidad, que flaquearon tres divisiones 
enemigas ; la de los emigrados y la de los coraixi- 
tas huyeron ; pero la cuarta, la de los defensoi'es, 
les obligo a retroceder y agruparse en torno de su 
general. En todas partes se batian con encarniza- 
miento, cuando el intrepido Fajl, que luchaba jun- 
to a Abdala, hijo de Handala, a la cabeza de unos 
veinte jinetes, dijo a su jefe: "Pon a mis ordenes 
toda la caballeria. Tratare de llegar hasta Mos- 
\im, y el o yo perderemos la vida." Habiendo 
consentido Abdala, Fajl cargo tan vigor osamente, 
que los sirios retrocedieron de nuevo. "jCargad 
otra vez, mis queridos y valientes amigos! — ex- 
clamo — - ;For Dios! Si encuentro a su general, su- 

cumbira uno de los dos. Acordaos de que la victo- 
ria es la recompensa del valor." Los soldados ata- 
caron con redoblado coraje, rompieron las filas 
de la caballeria siria y penetraron hasta el recinto 
en que se hallaba Moslim. Quinientos peones le 
rodeaban con las picas en ristre; pero Fajl, abri en- 
dose paso con la espada, dirigio su caballo hacia 
el estandarte de Moslim, asest6 al paje que le 



106 

defendia un go)pe que le hendio el casco y el cra- 
neo, y grito: 

■;Por el Seiior de la Caaba!... jHe matado al 
tirano! 
— Te engaiias — le respondio Moslim. 

Y enarbolando su bandera, aunque e-staba tan 
eni'ermo, reanimo a los sirios con el ejemplo y 
con las palabras. Fajl muxio, cubierto de heridas 
al lado de Moslim. 

En el momento en que los medineses veian el 
batallon de Ben-Ida dispuesto a lanzarse sob re 
ellos, escucharon en su ciudad ecos de victoria y 
gritos de: "jDios es grande!..." Habfan sido trai- 
eionaxlos; Mei*uan habia cumplido su palabra a 
Moslim. Seducidos poi- brillantes promesas, los 

Beni-Harita, familia perteneciente a los defeyiso- 
rex, habia introducido secretamerate ti'opas sirias 
en la ciudad. Esta se hallaba en poder del ene- 
migo; todo cstaba perdido; los medineses iban a 
encontrarse entre dos fuegos. La mayoria corrio 
hacia la ciudad para salvar a las mujei-es y a los 
ninos; algunos > como Abdala*, hijo de Moti (i), 
huyeron en direction a la Meca; pero Abdala, hijo 
de Handala, resuelto a no sobrevivir a aquel dfa 
funesto, grito a los suyos: "Nuestros enemigos 

ilovan la vcntaja. En menos de una hora todo 
liabra terminado. (Piadosos musulmanes, habitan- 
tes de una ciudad que dio asilo al prof eta: puesto 
que todo hombre ha de morir, la muerte mas her- 



(1) AlH>n-Cotaih;i, p. 201. 



107 

mosa es la del martir! Dejemonos matar, hoy que 
Dios nos ofrece ocasion de morir por su santa 
causa!" Las flechas dc los sirios llovian en torr.o 
su yo, cuando exclamo de nuevo: "jLos que deseen 
entrar inmediatamente en cl paraiso, sigan mi 
bandera!" Todos le obedecieron, luchando deses- 
peradamente para vender caras sus vidas. Abdala 
lanzo sus hijos a lo mas fuerte de la pelea, y los 
vio sucumbir uno a uno. Mientras Moslim prome- 
tia oro al que le llevase una cabeza enemiga, Ab- 
dala segaba cabezas a diestro y siniestro, y la con- 
viction de que un terrible castigo esperaba a sus 
victirnas mas alia de la tumba le causaba una ale- 
grfa feroz. Segun la costumbre arabe, combatia 
recitando versos que expresaban el pensamiento 
de un fanatico que se aferra a la fe para odiar a 
su sabor; "jMueres — gritaba a cada una de sus 
victimas — ; mueres, pero tus crimenes sobreviyi- 
ran! ;Dios lo dice; lo homos leido eoi su libro: el 
infiemo espera a los infieles!" Al fin sucumbio. 
Su hennano utcrino cayo a su lado, herido de 
muerte. "Pue.-; muero herido por las espadas de 
estos hombres, estoy mas seguro de ir al paraiso 
que si me hubiesen dado la muerte los dailemitas 
paganos." Tales fueron sus ultimas palabras. Fue 
una carniceria espantosa; entre los muertos se en- 
contraron setecientas personas que sabian de me- 
moria el Coran; ochenta estaban revestidos del 
caracter sagraclo de los compafiei'os de Mahoma. 
Ninguno de los venerables ancianos que habian 
combaticlo en Bedr, donde el profeta habfa al- 



108 

canzado su prim era victoria sobre los de la Meca* 
sobrevivio a esta funesta catastrofe, 

Los vencedores, irritados, entraron en la ciudad 
con (perm iso de su general, para saquearla durante 
tres dias, Estorbandoles sus caballos, galoparon 
hacia la mezquita para convertirla en cuadra. No 
habfa en ella mas que un medines, Said, hijo de 
Mosayab, el mas sabio teologo de su epoca; vio a 
los sirios entrar en la mezquita y atar sus caba- 
llos entre el pulpito y la tumba del prof eta, recin- 
to sagrado, denominado por Mahoma jar din del 
pcwaiso... A la vista de tan nefando sacrilegio, 
Said, pensando que la naturaleza entera estaba 
amenazada de un cataclismo, quedo inmovil de 
estupor. "Mirad ese imb^cil, ese doctor", dijeron 
los sirios burlandose; pero no le hicieron nada, an- 
siosos de entregarse al saqueo. 

No se perdono a nadie; los nifios fueron asesina- 
dos o reducidos a la esclavitud; las mujeres, vio- 
ladas, y a causa de esto, mas de mil de aquellas 
desgraciadas dieron a luz otros tantos parias, in- 
famados para siempre con el nombre de hijos de 
Hwrra. 

Entre los prisioneros se encontro a Makil, hijo 
de Sinan, que, moribundo de sed, se quejaba 
amargamente. Moslim le hizo llevar a su presencia 
y le recibi6 con el rostro mas benevolo que le fue 
possible. 



! 

i 






— Tienes sod, <;no es cierto, hijo de Sinan?- 


-le 


pregunto. 


"-1 


— Si, general. 


■ 1 
■J 



X 



V 



109 

Qfrecele de esa bebida que el califa nos ha 

^ a do prosiguio Moslim dirigiendose a uno de sus 

guerreros. 
Cuando Makil hubo bebido, le volvio a pre- 

gantar : 
— ^Tienes sed ahora? 

—No, ya no la tengo. 

— Pues bicn — continuo el general cambiando 
bruscamente de gesto y de entonacion— , has be- 
bido por ultima vez en tu vida. Preparate a morir. 

El anciano se hinco de rodillas demand ando 

gracia. 
— ;Tu, tu! iEsperas que te perdone? £No eres 

el que encontre en el camino de Tiberiades la no- 
che en que regresabas a Medina con los otros 
emisai-ios? ;No te oi colmar de injurias al califa? 
^No eres tu el que dijo: "Cuando estemos de 
vuelta en Medina, debemos declarar solemnementc 
que no obedeccremos mas a ese libertino, hijo.de 
un libertino, y en seguida rendiremos homenaje 
al hijo de un emigrado vc l... Pues bien, en aquel 
momento jure que, si te encontraba de nuevo, te 
mataria. jPor Dios que mantengo mi juramento! 
iQue maten a este hombre! 

La orden fue ejecutada en el acto. 

En seguida los medineses que aun quedaban en 
la ciudad, aunque la mayor parte habfan buscado 
la salvacion en la fuga, fueron conminados a pres- 
tar juramento a Yezid. Y no se trataba de un ju- 
ramento ordinario, del juramento por el cual se 
comprometian a obedecer al califa mientras £ste 



110 

obedeciese al Coran y los preceptos cle Manama- 
los medineses debian jurar ser esclavos de Yezid, 
esclavos que podia emancipar o vender, segun su 
voluntad; tal era la formula; tenian que recono- 
cerle un poder ilimitado sobre todo lo suyo, sobre 
sus mujeres, sus hijos y su vida. Los que se ne- 
gasen a prestar tan terrible juramento habian dc 
morir; y, sin embargo, dos coraixitas declararon 
con firmeza que no prestarian mas que el jura- 
mento usual. Entonces Moslim ordeno que les cor- 
taran la cabeza. Meruan, coraixita tambien, se 
atrevio a censurar esta orden; pero Moslim, pin- 
chandole con su baston en el vientre, le dijo: "jPor 
Dios, que si tu mismo dijeras lo que ellos han 
osado decir, te mataria!" A pesar de esto, Meruan 
se decidio a demanclar gratia para un aliado de 
su familia, que se negaba a jurar; pero el gene- 
ral sirio no se dejo ablandar. Cedio, sin embargo, 
cuando un coraixita, cxiya mad re pertenecia a la 
tribu de Kinda, re-huso el juramento y cuando uno 
de los jefes del ejercito sirio, que pertenecia a los 
Sacun, subtribu de Kinda, exclamo: "El hi jo de 
nuestra hermana no prestara semejante jura- 
mento." Moslim le dispenso (1). 

Los arabes de Siria habian ajustado sus cuen- 
tas con los hijos de los sectarios fanaticos que 
habian inundado la Arabia con la sangre de sus 
padres. La antigua nobleza habia aplastado a la 



<n Ben-al-Atlr, t. Ill, fol. 78 r., 79 v.; Samhudi, fol. 31 r. 
■ Kir. ; AU-ii-jaWun, t. II, fol. H>9 v., 170 v. ; Iiaihdn, 
fol. 200 v.. 201 r. 



Ill 

nueva aristocracia. Eepresentante de la antigua 
aristocracia de la Meca, Yezid habia vengado el 
asesinato del califa Otman y las derrotas que Ios 
medineses — cuando combatian bajo las banderas 
de Mahoma — habian hecho sufrir a su abuelo. La 
reaccion del principio pagano contra el principio 
musulman habia sido cruel, terrible, inexorable. 
Los dtifenaorex jamas se rehicieron de est-e golpe 
fatal; su fuerza habia sido aniquilada para siem- 
pre. Su ciudad, casi desierta, quedo algun tiempo 
abandonada a los perros, y los campos de alredc- 
dor a las bestias feroces (1), porque la mayorSa de 
sus habitantes, buscando una patria nueva y una 
suerte menos dura en un pais lejano, fueron a 
cngrosar el ejercito de Africa. Los que quedaron 
eran bien dignos de compasion; los ommiadas no 
perdonaban medio de abrumarlos con su desden, 
con su menosprecio, con su odio implacable, para 
acrecentar su dolor y su amargura. Diez afios des- 
pues de la batalla de Harra, Hachach, gobemador 
de la provincia, hizo sufrir la pena de marc a a mu- 
clios santos ancianos compancros de Mahoma. 
Para el cada meclines era un asesino de Otman, 
como si este crimen — aun suponiendo que los de- 
fensores no hubiesen sido mas culpables de lo que 
crefan — no estuviera suficientemente expiado por 
la carniceria de Harra y el saqueo de Medina. Y 
cuando Hachach abandono la ciudad, exclamo; 
* ; ;Dios sea loado, pues me permite alejarme de la 



(11 Samhudi, fol. 21 v. 



112 

mas impura de las ciudades, de la que ha pagado 
siempre las bondades del califa con pevfidias y 
rebeliones! iPor Dios! Si mi soberano me ordenase 
en todas sus cartas perdonar a estos infames, 
destruiria su ciudad y les haria lanzar gemidos en 
torno del piilpito del profeta..." Habiendo oido es~ 
tas palabras uno de los ancianos que Hachach 
habia hecho senalar con una marca infamante, le 
dijo: "En la otra vida te espera un terrible casti- 
go, el castigo digno de Faraon" (1). La convic- 
cion de que sus ti ratios sufririan las llamas eter- 
nas fue desde entonces el unico consuelo y la unica 
©speranza de aquellos desgraciados, y se lo pro- 
digaban incesantemente, interpretando en favor 
suyo, con una credulidad avida e insaciable, su- 
puestos milagros, predicciones de los companeros 

del profeta y profecias del mismo Mahoma. El 
teologo Said, quo se hallaba en la mezquita cuando 
los jincles sirios la convirtieron en cuadra, refe- 
na que, habiendo permanecido en el templo, habia 
of do a la bora de la oration salir de la tumba del 
profeta una voz que profirio las palabras sacra- 
men tales destinadas a anunci-ar esta hora (2). En 
ei terrible Moslim, el hombre de Mozaina, veian 
los medineses el monstruo mas espantable de la 
ticrra; crefan que no se encontraria otro como 61 
hasta el fin del mundo y en su misma tribu; re- 
ferfan que el profeta habfa dicho: "Los ultimos 
que resucitaran seran dos hombres de Mozaina. 



(1) lion-nl-Atlr, t. IV, fol 17 r. 

(2) Sainhudl, Raih&n. 



I 



£ 



113 

Hallaran la tierra deshabitada; vendran a Medina, 
donde no encontraran mas que bestias feroces. 
Entonce? dos angeles descender an del cielo, los 
derribaran en tierra y los arras trar&n hacia el pa- 
r aje donde se encuentren los demas nombres..." (1). 
Oprimidos, ultrajados, pisoteados, los medineses 
no podfan adoptar otro partido que imitar el ejem- 
plo de sus convecinos, alistados en el ejercito de 
Africa. Y eso es lo que hicieron; pero de Africa 
pasaron a Espana. Casi todos los descendientes 
de los antiguos defensores figuraron en la armada 
con que Muza cruzo el estrecho. Establecieronse 
en Espana, principalmente en las provincias del 
Este y del Oeste, donde su tribu Uego a ser la 
mas numerosa de todas (2). De Medina desapare- 
cieron por completo. Cuando un viajero del si- 
glo xni llego a aquella ciudad, y por curiosidad se 
nrformo de si los descendientes de los defensores la 
habitaban aun, no pudieron mostrarle mas que un 
solo h ombre y una sola mujer, representantes de 

ellos y .sumamente viejos (3). Puede, por lo tanto, 
ponerse en duda el ilustre origen de una docena 
de familias pobres, que viven hoy en los arrabales 
de Medina y que pretenden descender de los de- 
fensores (4). Ann en Espana, los defensores no se 
vieron libres del odio de los arabes de Siria. La 



(1) Samhudl, fol. 30 r. 

(2) Maearl, t. I, p. 187. 

(3) Maearl, t. I, p. 187. 

(4) Burckhardt: Viajes por Arabia, t. II, p. 237. Segtin 
Burton, Pereorinaci6n a Medina y a la Meca, t. II, p. l, no 
habfa en Medina m&s que euatro de estas familias. 

Hist, mtjsut^manes. — T. I 8 



114 

lucha volvio a comenzar a orillas del Guadalqui- 
vir, en la epoca en que Espafia tenia por emir un 
coraixita que en la desasti-osa batalla de Harra 
habfa combatido en el ejercito medines, y que des- 
pues de la derrota huyo a engrosar el ejercito de 
Africa. 

ho que debe atraer ahora nuestra atencion es 
una lucha de naturaleza distinta, pero que se con- 
tinuo tambien en la peninsula iberica. Al relatar- 
la, tendremos ocasion de hablar, de paso, de Ab- 
dala, hijo de Zobair, y de ver que la suerte de este 
otro representante de los companeros de Mahoma 
no fue menos desgraciada que la de los medineses. 



VI 

Si se exceptuan las luchas suscitadas por los 

principios fundamentals, que siempi^e han estado 

en litigio, y que lo estaran etemamente, no hay 

ningunas, as! en Asia como ©n Europa, asi 

entre musulmanes como entre cristianos, que ha- 

yan tenido tanta persistencia como las proceden- 

tes de Jos antagonismos de raza, que, perpetuan- 

dose a travels de los sig-los, sobreviven a todas las 

revoluciones politicas, sociales y religiosas. Inci- 

dentalmente tuvimos ya ocasion de decir que la 

nacion arabe se componia de dos pueblos distin- 

tos y enemigos el uno del otro; pero este es el 

lugar adeeuado para tratar de ello con la precision 

y el detenimiento necesarios. 



i 
t 



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E 



115 

Segun la costumbre de los orientates, que ha- 
cen descender una nacion entera de un solo hom- 
bre, el mas antiguo de estos pueblos se crela des- 
cendiente de Cahtan, personaje identificado por 
los arabes con el Yoctan de la Biblia, o sea uno de 
los descendientes de Sem, segun el Genesis. La 
posteridad de Cahtan habia invadido la Arabia 
meridional muchos siglos antes de nuestra era, 
subyugando la raza, de origen incierto, que habi- 
taba el pais. Los cahtanidas llevan ordinariameu- 
te el nombre de yemenitas, derivado de la provin- 

■ ■ , 

cia mas floreciente del Sur de Arabia, y asi los 
liamaremos desde ahora. 

El otro pueblo, procedente de Adnan, uno de los 
descendientes de Ismael, habitaba el Hichaz, pro- 
vincia que se extiende entre Palestina y el Yemen, 
y en la cual se encuentran la Meca y Medina, el 
Nach, es decir, la vasta meseta, surcada de peque- 
nas ondulaciones, que ocupa toda la Arabia cen- 
tral; en una palabra, el Norte de Arabia. Denomi- 
nabanse maaditas, nizaritas, madaritas o caisitap, 
nombres que indican el mismo pueblo o una parte 

de el, porque Cais descendia de Madar; este era 
uno de los hijos de Nizar, y Nizar, a su vez, era 
hijo de Maad. Para designar esta raza empleare- 
mos el vocablo maaditas. 

En la historia de Europa no hay nada semejante 
al odio, unas veces sordo y otras vibrante, de es- 
tos dos pueblos arabes que se exterminaban por el 

pretexto mas futil. Asi, el territorio de Damasco 
fue durante dos aflos teatro de una guerra cruel, 



I 



116 

porque un maadita habia cogido un melon en ei 
huerto de un yemenita (1), y en la provincia de 
Murcia la sangre corrio a torrentes durante siete 
anos, porque un maadita, atravesando casualmente 
la heredad de un yemenita, habia arrancado, sin 
querer, una hoja de cepa (2). No es que en Eu- 
ropa el antagonismo de raza no se deje sentir 
tamuien; pero, al menos, siempre ha sido motivado 
por las diferencias entre vencedores y vencidos. 
En Arabia, al contrario, ninguna de las dos razas 
habia sido subyugada por la otra. Cierto que anti- 
guamente los maaditas del Nach reconocian la so- 
beranfa del rey de Yemen y le pagaban un tribu- 
to; pero era voluntario, porque estas hordas anar- 
quicas necesitaban un senor que las impidiese ma- 
tarse entre si, y este jefe no podia ser elegido 
entre una de sus familias, porque las demas se 
hubiesen negado a obedecerle. Por eso cuando las f 
tribus maaditas, despues de estar reunidas mo- 
mentaneamente bajo un jefe escogido por ellas, 
habfan vuelto a ser independientes, las guerras 
civiles les obligaban bien pronto a someterse a el. 
Forzados a elegir entre la anarquia y la domina- 
cion extranjera, los jefes de tribus confesaban 
despues de una larga guerra civil: "No nos queda 
otra solution que acatar de nuevo al rey del Ye- 
men, paganclole un tributo en ganado y camellos 
para que impida al fuerte aplastar al debil" (3). 



m Abu-'l-feda, t. II, p. 64. 

(2) Ben-Aciari, t. II, p. 84. 

(3) Caussin, t. IT, p. 2S5. 



117 

Mas tarde, cuando el Yemen fue conquistado por 
los abisinios, los maaditas del Nach decidieron vo- 
luntariamente conceder a otro prmcipe yemenita, 
al rey de Hira, la debil autoridad que habia ejer- 
cido hasta entonces el soberano del Yemen, Entre 
una sumision tan espontanea y la servidumbre 
impuesta por un pueblo extranjero, hay una di- 
ferencia enorme. 

r 

En Europa, la diversidad de idiomas y de cos- 
tumbres solia elevar una barrera infranqueable 
entre los dos pueblos que la conquista habla 
reunido violentamente en un mismo territorio. No 
ocurrla lo mismo en el mundo arabigo. Mucho an- 
tes de Mahoma, la lengua yemenita o himyarita, 
nacida de la mezcla del arabe y del idioma de los 
vencidos, habia sido substituida por el arabe puro, 
lengua propia de los maaditas, que habian adqui- 
rido cierta preponderant intelectual. Salvo li- 
geras diferencias de dialecto, los dos pueblos ha- 
blaban, por lo tanto, el mismo idioma, y nunca 
ocurrio en los ejercitos musulmanes que un maadi- 
ta no pudiera entender a un yemenita (1). Por 
otra parte, tenian los mismos gustos, las mismas 
ideas, las mismas costumbres, porque todos hacian 
vida nomada. Despues, cuando hubieron adoptado 
el islamismo, tuvieron hasta la misma religion. En 
una palabra, la diferencia que existfa entre ellos 
era mucho menos sensible que la que mediaba 



^**^i 



(1) Cierto que en el Malira se conservaba la antigua len 
£ua, quo los &rabes de otras regiones casi no entendian. Con 
aulteac Istajri, p. 14. 



118 

entre las tribus germanicas cuando los barbaros 
invadieron el imperio romano. 

Y, sin embargo, aunque las razones que expli- 
can el antagonismo dc raza en Europa no existian 
en Oriente, este antagonismo adquiria alii una 
tenacidad incomprensible para nosotros. En el 
transcurso de trescientos o cuatrocient'os aiios, la 
hostilidad originaria se desvanece en Europa; en- 
tre los beduinos dura desde hace veinticinco si- 
glos, se remonta a los primeros tiempos histo- 
ricos de la nacion, y en nuestros dias aun esta 
muy lejas de extinguirse (1). "La hostilidad pri- 
mitiva — decia un antiguo poeta — proviene de nues- 
tros antepasados, y mientras seamos sus descen- 
dientes, subsistira" (2). Y como no ha tenido en 
Europa el caracter atroz que tiene en Oriente, no 
ha ahogado en nuestros abuelos los sentimientos 
mas dulces y sagrados de la naturaleza; un hi jo 
no ha despreciado ni odiado a su mad re por la 
sola razon de que perteneciese a otra raza que su 
padre. 

— Tu rezas por tu padre — le dijeron a un yeme- 
nita que iba en procesion solemne en torno del 
templo de la Meca — ; mas £por que no rezas tam- 
bien por tu madre? 

— jPor mi madre! — replied el yemenita con aire 



(1) Oonflultcnsc cl Viaje por Siria y Egipto, de Volney, t. I, 
p. 440; Journai Asiatique Allemand, t. V, p. 501; t. VI, 
pr>. :iS!>, :!90; Robinson: La Palcstina, t. II, pp. 481, 601. de 
hi traducci6n alcmana, y. ademas, la nota en cue el autor ue 
rotlorc a loa viajes de Nlebuhr y de Burckhardt. 

(2) Ilamasa, de Bohtort, man. du L,eyde, p. 35. 



119 

desdenoso — , £como he de rezar por^lla, si em de 
la raza de Maad? (1). 

Este odio que se transmite de generation en 
generacion, a despecho de la comunidad de Ien- 
gua, de derechos, de costumbres, de ideas, de reli- 
gion y casi hasta de origen, puesto que los dos 
pueblos son de raza semitica; este odio, que no se 
justifica por sus antecedentes, solo puede decirse 
due lo Uevan en la sangre, y probablemente los 
arabes del siglo vn hubieran sido tan incapaces 
de determinar su verdadera causa, como los ye- 
menitas que recorren hoy los desiertos que rodean 
a Jerusalen, y que cuando los viajeros les pregun- 
tan por que son enemigos jurados de los caisitas 
— maaditas — de la provincia de Hebron, respon- 
den que no saben mas sino que este odio reci- 
proco data de tiempo immemorial (2). 

EI islamismo, lejos de disminuir la aversion ins- 
tintiva de ambos pueblos, le presto un vigor y una 
vivacidad que nunca habfa tenido. Aunque siguie- 
ron mir&ndose con recelo los yemenitas y los maa- 
ditas, se vieron obligados desde entonces a com- 

v 

batir bajo las mismas banderas, a repartirse el 
botin de la conquista, a vivir en el mismo terri- 
torio, y estas i*elaciones cotidianas engendraron 
innumerables disputas. AI mismo tiempo, su eter- 

na rivalidad adquirio una importancia y un inte- 
res que nunca hubiera tenido si hubiese quedado 
oculta en un rincon, casi ignorado, del Asia. Pos- 



■n r - 



(1) Mobarrad, p. 1,95. 

(2} Robinson, t. II, p. 001- 



,l 



120 

teriormente ensangrento Espana y Sicilia, lo mis- 
mo que los desiertos del Atlas y las riberas del 

Ganges, ejerciendo una influencia terrible, no solo 
sobre los pueblos vencidos, sino sobre la suerte 
de todas las naciones romanicas o germanicas, 
puesto que detuvo a los musulmanes en la carrera 
de sus conquistas, en el preciso momento en que 
amenazaban a Francia y a todo el Occidente. 

En el mismo imperio musulman ambos pueblos 
se combatieron; mas este imperio era demasiado 
extenso y carecia de unidad entre sus tribus para 
que la lucha pudiera ser simultanea y dirigida 
hacia un fin prefijado. Cada provincia tuvo, pues, 
su guerra particular, y los nombres de los dos 
bandos, derivados de las dos ti'ibus mas numero- 
sas en el pais en que se luchaba, variaron casi 
siempre. En el Jorasan, par ejemplo, los yemeni- 
tas llevaban el nombre de azditas, y los maaditas > 
el de tcmimitas, porque las tribus de Azd y de 
Temin eran all! las mas poderosas (1). En Siria, 
provincia de que vamos a tratar principal- 
mente, figuraban, por una parte, los kelbitas, y 

por otra, los caisitas. Los primeros, de origen ye- 
menita, formaban allf la mayoria de la poblacion 
arabe (2), porque durante el calif ato de Abu- 
bequer y de Omar, mientras muchas tribus ye- 
menitas se establecieron en Siria, los maaditas 
prcfi Heron instalarse en el Irak Arabf (3). 

(1) Comcntario de Socari sobre el Divan de Fcrazdac, 
man. do Oxford, fol, 93 v. 

(2) Tatajrl, p. 13, 

(3) Tabarl, t. II, p. 254; Abu-Ism ael al Basri, Fotuh 
fi-ram, pp. 12, 195. 



i 



121 

Los kelbitas y los caisitas eran igualmente adic- 
tos a Moauia, el cual, gracias a su politica sagaz 
y prudente, supo mantener entre ellos cierto equi- 
librio y granjearse la adhesion de unos y otros. 
Sin embargo, por bien calculadas que estuviesen 
sus medidas, no puclo impedir que el odio reciproco 
estallase de tiempo en tiempo; durante su reina- 
do, los kelbitas y los de Fezara, tribu de los cai- 
sitas, sostuvieron una verdadera batalla en Banat- 
Cain (1), y Moauia hallo dific.ultades por parte de 
los caisitas cuando quiso nombrar heredero a Ye- 
zid, porque la madre de este era kelbita, hija de 
Malic aben-Bahdal, jefe de esta tribu, y para los 
caisitas Yezid, criado en el desierto de Semaua, 
entre la familia de su madre, no era, un ommfada, 
era un kelbita (2). Ignorase como pudo Moauia 
ganar sus votos; se sabe unicamente que al fin 
reconocieron a Yezid por presunto heredero del 
trono y que le fueron fteles mientras reino, si bien 
su reinado no duro mas que tres afios. Murio en 
noviembre del 683, dos meses y medio despues de 
la batalla de Harra, cuando solo contaba treinta 
y ocho anos. A su muerte, el inmenso imperio se 
hallo de pronto sin jefe. No es que Yezid rnuriese 
sin hijos, que dej6 muchos; pero el calif ato no 
era hereditaria sino electivo. Este gran princi- 
pio no habia sido impuesto por Mahoma, que nada 
decidio en este sentido, sino por el califa Omar, 
que no carecfa tan en absoluto como el profeta de 



(1) Wits ten f eld; Tobias genealdgicas, p. 205. 

(2) Hamasa, pp. 319, 658. 



122 

sentido politico, y que, como legislator, gozaba de 
una autoridad indiscutible. El fue quien dijo en 
una arenga, pronunciada en la mezquita de Me- 
dina: "Si alguno piensa proclamar un soberano 
sin que todos los musulmanes hayan deliberado, 
la proclamation sera nula" (1). Cierto que se 
habia eludido siempre la aplicacion de este prin- 
cipio, y que el mismo Yezid no habia sido elegidq 
por la nation; pero, al menos, su padre habfa 
tenido la precaution de hacerle jurar como pre- 
sunto heredero. Yezid habia descuidado este re- 
quisite ; sorprendiole la muerte en la flor de la 
edad, y su hi jo mayor, llamado Moauia, como su 
abuelo, no tenia ningun derecho al califato. Sin 
embargo, hubiera logrado probablemente ser re- 
conocido, si los sirios, arbitros de la election de 
califas en esta epoca, hubiesen estado de acuerdo 
para sostenerle. Pero no lo estaban, y el mismo 
Moauia se dice que rehuso el trono. El mas pro- 
fundo misterio envuelve los sentimientos de este 
joven. Si ha de darse credito a los historiadores 
musulmanes, Moauia no se parecia en nada. a su 
padre; para el, la causa justa era la defendida 
por los medineses, y cuando supo la victoria de 
Harra, el saqueo de Medina y la muerte de los 

J 

veteranos companeros de Mahoma, se deshizo en 

lagrimas (2). Pero estos historiadores, que, lienor 
de prejuicios teologicos, han falseado muchas ve- 
ces la historia, estan en contradicci6n con un cro- 

(1) Siratar-rasulj. en el Journal des savants de 1832, p, 542. 

(2) Haihdn, fol. 2U2 r. 



%• 



J-. 



123 
nista espanol casi can temper aneo (1), que, por 
decirlo asi, eopiaba lo que le dictaban las sirios 
establecidos en Espaiia, el cual afirma que Moauia 
era la fiel imagen cle su padre. Fuese lo que fuese, 
los caisitas no querian obedecer a un principe que 
tenia una kelbita por abuela y una kelbita por ma- 
dre, y no querian tampoco la dominacion del kel- 
bita Hassan Aben-Malic Aben-Bahdal, gobemador 
de Palestina y del distrito del Jordan, que habia 
tornado la direccion de los asuntos politicos en 
nombre de su sobrino segundo (2) . En todas partes 
adoptaron una actitud hostil, y uno de sus jefes, 

Zofar, de la tribu de Kilab, alzo bandera de rebe- 
lion en el distrito de Kinesrina, del cual arrog'6 
al gobemador kelbita, Said A-ben-Babdal. Siendo 
preciso oponer un pretendiente al de los kelbitas, 
Zofar se decidio por Abdala, hijo de Zobair, cuya 
causa era en el fondo completamente indiferente 
para los caisitas. El partido piadoso acababa de 
entablar una alianza muy extraiia. Puesto que iba 
a sostener los intereses de los hijos de las com- 
paneros de Mahoma, Zofar creyose en el deber de 
pronunciar desde el pulpito un sermon edificante. 
Mas, aunque era gran orador y excelente poeta, 
camo los arabes paganos, no estaba habituado, 
desgraciadamente, a las formulas religiosas y al 
estilo untuoso. Cortose a la mitad de la primera 
, frase, y sus companeros de armas se echaron a 
reir estrepitosamente (3). 

(1) Isidore, c. IS. 

(2) H omasa, p. 319; Raih&n, fol. 1ST r. 
<3) Raihdn, fol. 187 v. 



124 

Moauia II no sobrevivio a su padre mas que 
cuarenta dias, segun unos, o dos o tres meses, se- 
gun otros — no se sabe exactamente, ni importa 
saberlo — . La confusion llego al colmo. Las pro- 
vincias, cansadas de ser tratadas por los sirios 
tomo pais conquistado, sacudieron el yugo. En el 
Irak-Arabi se proclamaba cada dia un califa o un 
emir, y al siguiente se le destronaba (1), Aben- 
Bahdal no habia combinado todavia su plan; ya 
queria hacerse proclamar califa, ya — viendo que 
no seria reconocido mas que por sus kelbitas — se 

decidfa a prestar obediencia al ommiada que el 
pueblo eligiese (2). Pero como habia pocas proba- 
bilidades de exito, era dificil encontrar un ommia- 
da que quisiera prestarse al triste papel de preten- 
diente. Ualid, nieto de Abu-Sofyan y antiguo go- 
bernador de Medina, Io habia aceptado; pero, ata- 
cado de peste en el rnomento en que recitaba la 

oracion sob re el cuerpo de Moauia II, habia caido 
muerto (3). Aben-Bahdal bien hubiese querido ad- 
judicar el califato a Jalid, hermano de Moauia II; 
pero como no tenia mas que diez y seis alios, no 
se atrevio, porque los arabes solo consentian en 
obedecer a un adulto. Ofrecioselo, pues, a Otman; 
este, que creia completamente perdida la causa 
de su familia, rehuso, y fue a reunirse con el afor- 
tunado pretendiente, Aben-Zobair, cuyo partido 
aumentaba de dfa en dfa. En Siria, todos los Cai- 



rn Aben-Jaldun, t. II, fol. 171 r. y v. 

(2) Hamasa, p, 319. 

(3) Aben-Jaldun, t, II, fol. 170 v. 



125 

sitas se declararon en favor suyo. Duenos ya de 
Kinesrina, lo fueron bien pronto de Palestine y el 
gobernador de Emesa, Noman, hijo de Baxir ei 
defensor, se declaro tambien partidario de Aben- 
Zobair (1). Bahdal, por el contrario, no podia 
contar mas que con el distrito del Jordan, el me- 
nos importante de los cinco de que constaba Si- 
ria (2). Alii habian jurado obedecerle, pero con 
la condition de que no proclamarla a un hijo de 
Yezid, puesto que eran muy jovenes. En cuanto 
al distrito de Damasco, el mas importante de to- 
dos, su gobernador, Dahac, de la tribu de Fihr (3), 
no pertenecia a ningun partido. No estaba de 
acuerdo ni aun consigo mismo; antiguo jefe de la 
guardia de Moauia I, y uno de sus conndentes 
mas intimos, no aceptaba el pretendiente de la 
Meea; y como el era maadita, no queria hacer 
causa comun con el jefe de los kelbitas; de aqui 
sus vacilaciones y su neutralidad. A fin de son- 
dear sus intenciones y las del pueblo de Da- 
masco, Aben-Bahdal le envio una carta destinada 
a ser leida un viernes en la mezquita. Aquella 
carta estaba llena de elogios hacia los ommiadas 
y de invectivas contra Aben-Zobair; pero como 
Aben-Bahdal temia que Dahac se negase a leerla 
en publico, tuvo buen cuidado de dar una copia al 
mensajero, y le dijo: "Si Dahac no se la lee a los 
arabes de Damasco, tu les lees esta." 



(1) Raih&n, fol. 1S7 r.; Aben-Jaldun, fol. 172 r, 

(2) Xstajri, p. 37. 

(3) Los Fihr eran los coraxitas de Ja regidn de 3a Meca, 



126 

Ocurrio lo que habia previsto. El viernes, cuan- 
do Dahac subio al pulpito, no dijo ni una palabra 
referente a la carta recibida. Entonces, el mensa- 
jero de Aben-Bahdal se levanto y la leyo delantc 
del pueblo. Apenas tenninada, oyeronsc gritos 
por todas partes: "j Aben-Bahdal tiene razonl", 
exclamaban unos. "jNo, miente!", vociferaban 
otros. El tumulto llego a ser tan espantoso en 
el sagrado recinto, que — como en todos los paises 
musulmanes, servfa no solo para las ceremonias 
rcligiosas, sino para las deliberaciones politi- 
cas — resonaban las injurias que mutuamente se 
lanzaban los kelbitas y los caisitas. Al fin, Dahac 
logro imponer silencio; termino la ceremonia re- 
ligiosa, pero el persistio en su actitud (1). 

Tal era la situacion de Siria cuando los solda- 
doR de Moslim regresaron a su pais natal. Pero 
no era Moslim quien los capitaneaba. He aquf, en 
pocas palabras, lo que habia ocumclo: 

Dcspu6s de la conquista de Medina, Moslim, ya 
muy enfermo durante la batalla de Harra, se habia 
negado a seguir el escrupuloso regimen que los 
mexlicos le habian prescripto. "Habiendo castigado 
a los rebeldes, morire contento — decia — ; y como 
he matado a los asesinos de Giman, Dies perdo- 
nara mis pecados" (2). 

Llegado con su ejercito a ties jornadas de la 
Meca, y conociendo su proximo fin, llamo al ge- 
neral Hosain, designado por Yezid para el mando 



j — 4- 



H> Aht:n~.7n1rinn, fol. 172 r. 

(2) Abu-'l-Malmaln, en Weil, 1. I. p. 'YM. *m la nota. 



127 
del ejercito, en caso de que Moslim sucumbiese. 
Hosain era de la tribu de Sacum, y, p r consi- 
guiente, kelbita, lo mismo que Moslim; pero €stc 
le despreeiaba, porque dudaba de su penetracion 
y de fu firmeza. Apostrofandole, pues, con la 
franqueza brutal que le caracterizaba, y que no 
nos es dado atenuar, le dijo: "Aunque eres un 
asno, vas a tomar el mando en mi lugar. Por mi, 
jamas te lo confiaria; pero es preciso que la volun- 
tad del califa se cumpla. Escucha ahora mis con- 
sejos; se que los necesitas, porque te conozco: 
desconfia siempre de los ardides de los coraixi- 
tas; no des oidos a sus melosos discursos, y, cuan- 
do llegues a la Meca, acuerdate de que no tienes 
mas que ti*es cosas que hacer: combatir a vida o 
muerte, encadenar a los habitantes de la ciudad 
y volver a Siria" (1). Dicho esto, exhalo d ul- 
timo suspiro. 
Hosain, cuanrio puso sitio a la Meca, procedio 

como si se hubiese empenado en demos trar que 
las prevenciones de Moslim respecto a 61 carecian 
de fundamento. Lejos de faltarle audacia o de dc- 
tenerse por escrupulos religiosos, sobrepaso los 
sacrilegios del mismo Moslim. Las ballestas hicie- 
ron Hover sobre el templo de la Caaba piedras 
tan enormes, que aplastaron las columnas del edi- 
ficio. A instigacion suya, un jinete sirio disparo 
por la noche una antorcha atada al extremo de 
su lanza sobre el pabellon de Aben-Zobair, eleva- 



(1) Faklhi, fol. -J00 v.; Raih&n, fol. 201 v.; Aben Jaldun. 
fol. 170 v. 



128 

do en el patio de la mezquita. Incendiado al ins- 
tante el pabellon, comunicose la llama a los velos 
que cubrian la santa Caaba, y la mas venerada 
de las mezquitas quedo destruida enteramen- 
te... (1). Por su parte, los de la Meca — secundados 
por una turba de no conformistas que, olvidando 
momentaneamente su odio a la alta Iglesia, ha- 
bian acudido llenos de entusiasmo a defender el 
sagrado territorio — se defendian con arrojo, cuan- 
do la noticia de la muerte de Yezid cambio de re- 
pente el aspecto de la cuestion. Al hijo de Zobair 
la inesperada noticia le produjo un gozo indecible; 
en cambio, para Hosain fue un rayo. Este gene- 
ral, de espfritu frfo, egoista y calculador, conocia 
harto bien la fermentacion de los partidos en Siria 
para no prever que estallarfa una guerra civil, y 
no forjandose ilusiones sobre la debilidad de los 
ommiadas, vio en la sumision al califa de la Meca 
el unico remedio contra la ariarquia, la unica sal- 

vacion para el y para su ejercito, gravemente com- 
prometidos. Invito, pues, a Aben-Zobair a confe- 
renciar con el a la noche siguiente en un lugar 
determinado. Aben-Zobair acudio a la entrevista, 
y Hosain le dijo en voz baja, para que los sirios 
no pudiesen oirlo: 

— Estoy dispuesto a reconocerte por califa, con 
la condition de que te comprometas a otorgar una 



(I) Hay otraa tradicionca sobre la causa de este incendlo; 
pero a la <iue doy preferencla en el texto parece la unica ver- 
dadera a Aben-Jaldun (fol. 170 v.) ; es tamblfin la Unica que 
io oncuontra en el autor mas antiguo y mas digno de crGdl- 
to, F&kihi, fol. 400 v. 



I- 



129 

amiiistia general y a no tomar venganza de la 
sangre vertida en el sitio de la Meca y en la ba- 
talla de Harra. 

No — le respondio Aben-Zobair en alta voz — , 

no me daria por satisfecho, aunque matase diez 
enemigos por cada uno de mis camaradas. 

— jMaldito sea el que te considere en adelante 
como un hombre de talento! — exclamo entonces ' 
Hosain-- Hasta ahora habia treido en tu pru- 
dencia; pero cuando te hablo bajo, respondes en 
voz alta; te ofrezco el califato, y me amenazas 
con la muerte. 

Entre ambos, la reconciliation era desde enton- 
ces imposible; Hosain interrumpio bruscamente 
la conferencia, y regreso con su ejercito a Siria. 
En el camino encontro a Meruan, que habia vuel- 
to a Medina despues de la batalla de Harra, pero 
que, expulsado nuevamente de esta ciudad por 
orden de Aben-Zobair, se habia ido a Damasco. 
All! habia encontrado la causa de su familia poco 
menos que perdida, y en una entrevista con Dahac 
se habia comprometido a volver a la Meca para 
aminciar a Aben-Zobair que los sirios estaban dis- 
puestos a obedecer sus ordenes (1), lo cual era el 
mejor medio para granjearse la benevolencia de 
su antiguo enemigo. En este viaje de Damasco a 
la Meca fue cuando Meruan encontr6 a Hosain (2). 
Este general, despues de haberle asegurado que * 
jamas reconoceria al pretendiente de la Meca, le 



(1) Raih&n, fol. 387 v.; Hamasa, p. 318 

(2) Aben-Jaklun, fol. 172 v. 

Hist, musulmanes.' — T. I 



130 

declaro que, si tenia valor para alzar la bazidera 
ommfada, podia contar con su apoyo. Habiendo 
aceptado Meruan esta proposicion, decidieron 
convocar en Chabia una especie de dieta, en que 
se deliberase sobre la eleccion de califa. 

Invitados a esta dieta, acudieron Aben-Bahdal 
y sus kelbitas. Dahac prometio tambien asistir, 
y se excuso de su anterior conducta. Efectivamen- 
te, se puso en marcha con los suyos; pero en el 
camino, los caisitas, persuadidos de que los kelbi- 
tas no darian sus votos mas que al que era aliado 
de su tribu, a Jalid, el hcrmano aun joven de 
Moauia II, se negaron a seguir adelante. Dahac 
desanduvo, pues, el camino, y acampo en la pra- 
dera de Rahit, al Este de Damasco (1). Sin em- 
bargo, los caisitas comprendieron que su querella 

contra los kelbitas iba a ventilarse pronto por las 
armas, y cuanto mas se acercaba el momento 
decisive, mas comprcndian la monstruosidad de su 
alianza con el jefe del partido piacloso. Sintiendo 
much a mas simpatia por Dahac, antiguo cornpa- 
nero de armas de Moauia I, le dijeron: "<,Por que 
no te proclamas califa? No vales menos que Aben- 
Bahdal o que Aben-Zobair." Halagado por estas 
palabras, y satisfecho dc salir de su falsa posi- 
cion, Dahac no rehuso la proposicion de los caisi- 
tas, que le prestaron juramento (2). 

Las deliberaciones de los kelbitas, reunidos en 



(!) Rnihdn, fol, ]8V v.; Hamasu : Ahon-JaWIun, folo 
17^ r. y v. 
(2) ilamasa, p. SIS. 



T 

m 



131 
Chabia, no duraron nienos de cuarenta dias. Aben- 
Bahdal y sus amigos querian nombrar califa a 
■alid — no se habian enganado los caisitas — , y 
Hosain no consiguio que aceptasen su candidato, 
Meruan. Habia llegado a decir: "Y jque! Cuando 
nuestros enemigos proponen a un hombre de 
eclad, ^nosotros les opondremos un joven, casi un 
nifio?" Respondieronle que Meruan estaba auB 
muy pujante. "Si Meruan obtiene el califato — de- 
cian— , seremos pus esclavos; tiene diez hijos, diez 
hermanos, diez sobrinos" (1). For otra parte, se 
}e consideraba como extranjero. La ratna de los 
ommfadas, a que pertencda Jalid, estaba natu- 
ralizada en Siria, micntras Mei*uan y su familia 
habian habitado siempre en Medina (2). Aben- 
B&hdal y sus amigos cedieron al fin; aceptaron a 
Meruan, pero le hicieron comprender que al con- 
ferirle el califato le hacian un gran favor, y ie 
impusieron condiciones tan duras como humi- 

Hantes. 

Meruan tuvo que comprometerse sol emnem eli- 
te a confiar todos los cargos importantes a loa 
kelbitas, a gobemar segun sus consejos y a pa- 

garles. anualmente una suma considerable (3), 
Aben-Bahda-1 hizo decretar, ademas, que el joven 
Jalid serla el sucesor de Meruan, y que mientras 

tanto de©empenaria el gobierno de Emesa (4) , 



(1) Aben-Jal<hm, fol. 172 v. 

(21 Hamasa, p. 659, vs. 5 del poema. 

(2) Masucli, -Todo esto n-ouerda la capitulation que la 
aristocracia danesa hacia jurar al que era elegido rey. 

(4) Aben-Jaldun. 



k 
t 



- 



132 

Convenido asi, uno de los jefes de la tribu de Sa~ 
cun, Malic, hijo de Hobaira, que habia sido celoso 
partidario de Jalid, dijo a Meruan, con aire alta- 
nero y amenazador: "No prestaremos el juramen- 
to que se presta al califa, al sucesor del profeta, 
por que combatiendo bajo tu bander a solo tenemos 
en cuenta los bienes de este mundo. Por consi- 
guiente, si nos tratas bien, como Moauia y Yezid, 
te ayudaremos; si no, te convenceras, a pesar 

tuyo, de que no sentimos mas predileccion por ti 
que por cualquier otro coraixita" (1). 
Habiendo terminado la dieta de Chabia, a fines 

de junio del afio 684 (2), unos siete meses des- 
pu& de la muerte de Yezid, Meruan, acompanado 
de Jos Kelb, los Gasan. los Sacsac, los Sacun y 
otras tribus yemenitas, xnarcho contra Dahac, al 
cual habfan enviado tropas los tres gobernadores 
de su bando. Zofar mandaba en persona los sol- 
dados de su provincia, o sea de Kinesrina. Du- 
rante la marcha, Meruan recibio una noticia tan 
inesperada como agradable: Damasco se habia 
declarado en favor suyo. Un jefe de la tribu da 
Gasan, en vez de ir a Chabia, se habia ocultado en 
la capital. Cuando supo la eleccion de Meruan, 
reunio a los yemenitas y se apodero de Damasco 
por un golpe de mano, obligando al gobernador 
nombrado por Dahac a buscar la salvacion en una 
fuga tan precipitada, que no pudo ni llevarse el 
tesoro publico. El audaz gasanita se apresur6 a 






A 



(t) Mnfludf, 

(2) Aben-JftMun. 



133 

informar a Meruaa del exito de su empresa y a 
enviarle dinero, armas y soldados (1). 

Cuando los dos ejercitos, mejor dicho, los dos 
pueblos, se hallaron frente a frente, en la pradera 
d e Rahit, perdieron veinte dias en duelos y esca- 
yamuzas. Por fin el combate se hizo general y 
mas sangriento que ninguno, segun un historia- 
dor arabe, sufriendo los caisitas una completa 
derrota (2) — vease la nota B al fin de este vo- 
lomen — , despues de haber perdido ochenta de 
sus jefes, entre ellos el mismo Dahac. 

Kelbitas y caisitas no olvidaron jamas esta ba- 

H 

talla, Hamada de la Pradera, que setenta y dos 
aiios mas tarde se reprodujo, por decirlo asi, en 
Espana. Fu6 el tenia preferido de los poetas de 

los dos bandos rivales, vibrando en los cantos 
de unos la alegria del triwifo, y en los de los otros, 
las imprecaciones del dolor y de la venganza. 

En el momento de la fuga, Zofar tenia al lado 
suyo dos jefes de la tribu de Solain. Su corcel 
fue* el unico que no pudo luchar en velocidad con 
los de los kelbitas que los perseguian, y sus dos 
companeros, viendo que los enemigos iban a al- 
canzarlos, le gritaron: "jHuye, Zofar, huye; nos 
van a matar!" Espoleando su caballo, Zofar se 

salvo; sus dos ainigos f'ueron asesmados (3). 

"(.Qui felicidad — escribio Zofar mas tarde 
que" felicidad puedo esperar yo despues de ha- 



(1) Ben-al-Athir, t. Ill, fol. 84 v. ; Aben Jaldun, 

(2) Ben-al-Attr, Aben-Jaldun. 

(3) Masudl. 



(1) Jefe de los Nomair. V6ase Hamasa, p 318. 

(2) Masudi: Hamasa, p. 72: Raih&n, fol. 1ST v.; Aben-B*- 
<tiun, p. 1S5; Hamasa, de Bohtoil, p. 31. 

(3) flat'tam, fol. 1S7 v. 



I 



134 

ber abandonado a Ben-Amr y a Aben-Man r des- 

pues de haber imierto H anuria m? (1) . Jamas 
habia si dp cobarde, pero aquella noche funesta, 
cuando me perseguian, cuando, rodeado de ene- 
migos, nadie me podia socorrer, aquella noche 
abandone a mis dos amigos y me salve como Un 
infame... Un solo momento de debilidad £podra 
borrar todas mis hazanas, todas mis acciones 
heroicas? ^Dejaremos tranquilos a los kelbitas? 
iNo les heriran nuestras lanzas? Nuestros her- 
manos, muertos en Rahit, £, no seran vengados?... j 

La hierba brotara de nuevo sobre la tierra, ra- 
cientemente removida, que cubre sus huesos; pero 
no los olvidaremos nunca, y sen-tiremos hacia 
nuestros enemigos un odio implacable." jMujer, 
dame mis armas! En mi opinion, la guerra sera 
perpetua. En verdad que la batalla de Rahit ha J 

abicrto un abismo entr-e Meruan y nosotros" (2). 

Un poeta kelbita le responde en un poema, del 
cual no quedan mas que estos versos: 

"Indudablemente, despues de la batalla de Ra- 
hit, Zofar ha adquirido una enfermedad incura- 
ble. Jamas dejara de llorar por Solaim, por Amir 
y por los Dobyan, muertos en el combate; y de- 
.fraudadas sus mas caras esperanzas, renovara 
con sus versos el dolor de las viudas y de las 
huerfanas" (3). 



i 



135 

Otro poeta kelbita (1) canta la victoria de sus 
hermanos de tribu. "jQue vergiienza para los cai- 
sitas!... Mientraa huian velozmente, abandonaban 
sus banderas, las cuales calan "como los pajaros 

que cuando tienen sed describen circulos en el 
aire y despues se precipitan en el agua". El poeta 
enumera uno a uno los jefes cai sitas; jcada tri- 
bu llora la perdida del suyo! jCobardes! jHabian 
sido heridos por la espalda! Hubo ciertamente 
en la Pradera hombres que se estremecian de 
gozo: eran los que habian cortado la nariz, las 
manos y las orejas a los caisitas, y los que los 

habian castrado. 



VII 



Mientras Meruan, dueno de Siria, a consecuen- 
cia de la victoria alcanzada en la Pradera de 
Rahit, iba a someter Egipto, Zofar, ahora jefe 
de su partido, se lanzaba sobre Carkisia, forta- 
leza de Mesopotamia, situada al Este de Kines- 
rinas, en la confluencia del Jabur — Chaboras — y 
el Eufrates. Poco a poco Carkisia vino a ser el 
punto de reunion de los caisitas. Siendo imposi- 
We la gran guerra, debfan limitarse a una lucha 
de emboscadas y ataques noctumos, pero a san- 
gre y i'uego. Capitaneados por el lugarteniente 

de Zofar, Omair, ihijo de Hobab, saqueaban Jos 
campos kelbitas en el desierto de Semaua, extre- 



(1) Hamasa, p. 817, rlonde (lobe l^crse Kelbl en vez de 
Kilabl: c. f., p. GoG. 



136 

mando la crueldad hasta abrir el vientre a 3as 
mujeres; y cuando Zofar los veia volver cargados 
con el botin y cubiertos de sangre, exclamaba: 

"iKelbitas, ahora es para vosotros para quienes 
los tiempos son duros; os castigamos, y nos ven- 
gamos! En el desierto de Semaua no hay segu- 
ridad para vosotros; abandonadle, pues; llevaos 
al hijo de Bahdal y buscad un asilo alia donde 
viles esclavos cultivan los olivares" (1). 

Sin embargo, los caisitas no tuvieron en esta 
epoca mas que una importancia secundaria. Cier- 
to que Carkisia era el terror y el azote de los mo- 
radores de los contomos; pero, al fin y al cabo, 
no era mas que un nido de malhechores que no 
podfa inspirar a Meruan serias preocupaciones, y 
como le importaba, ante todo, la conquista del 
Irak Arabf, se decidio a combatir enemigos jmu- 
cho mas tcrribles. 

El Irak Arabf presentaba entonces un curioso 

espectaculo. Las doctrinas mas exoticas y extra- 
,vagantes se disputaban alii la popularidad; el 

principio hereditario y el electivo, el despotismo 

y la libertad, el derecho divino y la soberania na- 

cional, el fanatismo y la indiferencia, luchaban 

entre si; los vencedores arabes y los persas ven- 

cidoSj los ricos y los pobres, los visionarios y los 

incredulos, se combatian sin tregua. Existia el 

partido moderado, pero no queria ni a los om- 



&- 






(!) Raihdn > fol. 187 v. V6ase Nouvcau Journal Asiatique, 
f. XTII, p. <HH. 



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7 



137 

niiadas ni a Aben-Zobair. Tal vez ninguno del 
Irak simpatizaba con el caracter ni con las ten- 
dencias de este ultimo, y, sin embargo, habiendo 
fracasado toda tentativa encaminada a consti- 
tofr un gobierno nacional en Basora como en 
Cufa, los moderados acabaron por reconocerle 
como el unico capaz de mantener algo el orden 
en la provincia. Unos, musulmanes sin repug- 
nancia, pero tambien sin fervor, vivian natural- 
mente una vida tranquila, dulce y perezosa; otros, 
menos preocupados del porvenir, anteponian la 
duda al entusiasmo, la negacion a la esperanza. 
No adoraban ni sacrificaban mas que a un Dios: 
el placer de los sentidos. El elegante y espiritual 
Omar Ben-abi-Rabia, el Anacreonte de los arabes, 
habia escrito su liturgia. Los dos nobles mas in- 
fluyentes y considerados de Basora, Ahnaf y Ha- 
rita, representaban maravillosamente las dos ten- 
dencias de este partido. El nombre del primero 
aparece mezclado a todos los acontecimientos de 
esta epoca; pero no hacfa mas que dar consejos; 
hablaba mucho, pero no actuaba jamas. Jefe de 
los Temim, gozaba en su tribu de una considera- 
cion tan ilimitada, que Moauia I solia decir: "Si 
monta en colera, cien mil temimitas se encoleri- 
zan tambien, sin preguntarle la causa." Afortu- 
r.adamente, no era capaz de enfurecerse; su Ion- 
ganimidad era proverbial; aun cuando llamaba 
su tribu a las armas, todos sabian que era solo 
por complacer a la bella Zabra, su querida, que 
le dominaba completamente. "Zabra esta hoy de 



138 

mal humor", se decian entonces los soldados, 
Como observaba una justa ponderacion en todo, 
su devocion era un termino medio entre el fervor 
y. la indiferencia. Expiaba sus pecados, pero sus 
penitencias no eran muy i*udas; pasaba el dedo 
sobre la llama de una bujia, y dando un ligero 
grito de dolor, se preguntaiba a si mismo : "£Por 
que has cometido este pecado?" Dejabase guiar 
por un egoismo prudente y reflexivo, pero que no 
llegaba ni a la doblez ni a la bajeza; se mantenia 
neutral siempre que podia; se conformaba con 
cualquier gobierno, por ilegitimo que fuese, sin 
censurarle, pero sin adularle ni buscar sus favo- 
res : tal era la linea de conducta que se habia tra- 
zado desde su juventud, y de la que no se aparto 

jamas. .Era un caracter sin expansion, sin a/bne- 
gaoion, sin grandeza; representante del justo me- 
dio y de la vulgaridad egoista; amigo de las con- 
temporizaciones y de los terminos medios; bwn in- 
capaz de inspirar entusiasmo como de eentirlo; 
pero querido de todo el mundo por su dulzura, 
por su.amabilidad y por su genio ecuanime y con- 
ciliador (1). 

Tipo representative de la antigua nobleza pa- ' 
gana, ,por lo ^spiritual y brillante, Harita pasa)ba 
por atrevido bebedor, y no negafba qoie lo fuese. 
El distnto preferido, cuando podia elegir una pre- 
fectura, era el que producia vinos mas exquisitos. 



(1) Aben-Jalican, t. I, p. 323 y sig:., eel. de Slane; Aben- 
Xobata en Rasmussen. Adicioncs a la his'tori'a de los drabes, 
P. 1G y sig. del texto. 



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1?' 



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^ 



139 

Sus sentimientos religiosos no eran ua misterio 
para sus amigos. "iQue extrano espectaculo — cle- 
cia un poeta de su familia — es el ver a Harita 
asistir a la oracion publica, el, que no puede ser 
mas incredulo!" (1). Pero era de una extremada 
cortesia; se elogiaba su conversacipn, a la vez 
instructive y jocosa (2), y ademas se distinguia 
por su valor entx*e todos sus conciudadanos. Por- 
que es forzoso decir que los del Irak eran de una 
cobardfa increfble. Cuando Obaiclala era gobema- 
dor de la provincia, dos mil de sus habitantes, 

enviados por el para subyugar a cuarenta no- 
conformistas, no se habian atrevido a atacai'los. 
w Yo me preocupo poco de que Obaidala pronuncie 
ml elogio funebre — habia dicho el general — ; pre- 
fiero que me vitupere" (3). 

Los otros dos partidos, el de los no-conformis- 
tas y el de los xiitas, se componian de creyentcs 
sinceros y fervorosos. Pero estas dos sectas, que 
casi se confvmdian en el punto de partida, se se- 
pararon cada vez mas en su desarrollo, y acaba- 
ron por comprencler la religion y el Estado de una 
manera completamente opuesta. 

Los no-conformistas eran almas nobles y ge- 
nerosas, que en aquel siglo del egoismo Fabian 

conservado la pureza de covazon, que no ambicio- 
naban los bienes terrenos, que tenfan la mks alta 
idea de Dios para servirle maquinalmente y para 

(0 MobaiTad, p. G99. "Mas inci*6dulo que un asno", dice 
el texto. 

(2) Aben-Jallcan, t. 1, p. 'A2T>, ed. de Slane. 

i?,) Mobarrad, p. C5l. 



140 

adormecerse en una piedad comun y facil; eran 
los verdaderos discipulos de Mahoma, pero de 
Mahoxna tal como habia sido en la primera epoca 
de su mision, cuando la religion y la virtud hen- 
chian su alma entusiasta, en tanto que los orto- 
doxos de Medina eran mas bien los discipulos del 
otro Mahoma, del impostor, cuya ambicion insa- 
eiable aspiraba a conquistar el mundo por medio 
de la espada. En aquel tiempo en que la guerra 
civil asolaba tan cruelmente las provincias del 
vasto imperio, y en que cada tribu convertia su 
noble origen en un titulo para el poder, ellos 
practicaban las hermosas palabras del Coran: 
"Todos lvs musulmanes son hermanos." "No nos 
pregunteis — anadian — si descendemos de Cais o 
<ie Temim; somos hijos del islamismo, rendimos 
homenaje a la unidad divina, y el preferido de 
Dios es el que le demuestra mejor su grati- 
tud" (1), Mas tambien era cierto que si predica- 
ban la igualdad y la fratemidad, era porque per- 
tenecfan mas bien a la clase obrera que a la aris- 

locracia (2). Justaniente indignados contra la co- 
rrupcion de sus contemporaneos, que se entrega- 
ban sin escriipulo ni vergiienza, a todas las di- 
soluciones y a todos los vicios, creyendo que bas- 
taban para borrar los pecados la asistencia a las 
plegarias publicas y la peregrinacion a la Meca, 
ellos predicaban que la fe sin obras es insuficien- 
te, y que los pecadores se condenaran lo mismo 



■V- 



(1) Mobarrad. p. 58S. 

(2) Mnharrad, p. 70-1. 



141 

que los incredulos (1). En efeeto. dominaban en- 
tonces las ideas mas exageradas sobre el poder 
absolutorio de la fe. Mas £en que consistia esta 
fe? A menudo, en un simple deismo. Los hombres 
<ie espiritu selecto, pero de costumbres relajadas, 
s i por azar creian en el paraiso, esperaban con- 
c,uistarlo con poco trabajo. 

—i Que has preparado para semejante dia? 
— preguntaba el piadoso teologo Hasan de Basora 
al poeta Ferazdac, el disoluto, que asistia con el a 
un entierro. 

—El testimonio que durante sesenta anos he 
rendido a la unidad de Dios — replico tranquila- 
mente el poeta (2) , 

Los no-conformistas protestaban contra esta 

teoria. 

—En este caso — afirmaban — , el mismo Satan 
se libraria de la condenacion eterna, porque <,no 
esta convencido tambien el de la unidad de 

Dios? (3), 
Para una sociedad ligera, frivola, esceptica y 

semipagana, una religion tan apasionada y una 

virtud tan austera resultaban una herejiae "Es 

preciso extirparla — se decfan — , porque a veces 

el escepticismo, proscribe la piedad en nombre de 

Dios. tf A su vez, el gobernador se alarmaba, con 

motivo, de estos democratas, de estos niveladores. 

Los ommfadas hubiesen llegado quizas a consen- 



(1) Xahrastani y Moharrad, passim, 

(2) Novveau Journal Asiatique, t. XIII, p. 543 

(3) Xahrastani, p. 91. 



142 

tirlos y hasta a aplauclirl os si se hubiesen limi- 
tado a declarar que los jefes del partido ortodoxo, 
los llamados santos del islamismo, como Talha, 
Zobair, All y Aixa, la viuda del prof eta, no eran 
mas que hipocritas ambiciosos; pero es que iban 
mas lejos. Sin contar c'on que, a imitacion de los 
ortodoxos de Medina, tachaban de incredulos a los 
omeyas y disputaban a los coraixitas el derecho 
exclusivo al califato, negaban osadamente que a\ 
prof eta hubiese dicho que el gobierno e spiritual y 
temporal no correspondiese mas que a esta tribu, 
predicando que cualquiera podia ser elegido ca- 
Hfa, ya perteneciese a la mas alta nobleza o a las 
ultimas capas de la sociedad, ya fuese coraixita 
o esclavo, peligrosa teoria que minaba el derecho 

publico hasta sus raices. Pero esto aun no era 

todo. Sonando con una sociedad perfecta, es-tas 

1 

almas Candidas y apasionadas por la libertad sos- 
tenian que un califa no era necesario mas que 
para contender a los malhechores, y que los ver- 
daderos creyentes, los hombres virtuosos, podfan 
muy bien pasarse sin el (1). 

El gobierno y la aristocracia del Irak Arab! se 
daban, pues, la mano para exterminar con un 
comun esfuerzo los no-conformistas y sus doc- 

5—*" " " " ' ~- 

tnnas, de igual modo que la nobleza habia se- 
cundado a los ommiadas en su lucha contra los 
companeros del profeta. Comenzo una persecu- 
cion horrible y cruel, dirigida por el gobernador, 



* " 



(I) Xahrastanf, pp. S7, 90. 



143 

Obaidala, ;el esceptico, el filosofo, que habia he- 
cho matar al nieto del profeta y que no vacilo en 
derramar a torrentes la sangre de aquellos hom- 
bres que en el fondo de su alma debia considerai* 
como los verdaderos discipulos de Mahoma! Y no 
es que fuesen temibles por el momento: vencidos 
por Ali en dos sangrientas batallas, ya no pre- 
tiicaban en publico; se ocultaban, hasta habian 
depuesto a su jefe porque reprobaba su inaccion, 
su trato con los arabes que no eran de su see- 
ta (1) ; pero eran sus enemigos los sabian nrny 
bien — el fuego oculto entre cenizas, que no espe- 
raba mas que aire para reavivarse, Propagaban 
en seereto sus principios, con una elocuencia vivi), 
arrolladora, irresistible, porque emanaba del co- 
razon. 




e 



"Es forzoso ahogar esta hereji'a en su 
men — respondia Obaidala cuando le argiifan que 
estos sectarios no eran tan peligrosos para 
justificar tantas crueldades — ; estos hombres son 
mas temibles de Io que creeis; sus menores dis- 
tursos inflamian los espiritus como una chispa 
hace arder un monton de junco.5" (2). 

Los no-conf ormistas sostuvi eron estr, terribl e 
prueba con nrmeza verdaderamente admirable. 
Confiados y resignados, marchaban al cadalso con 
paso nrme, recitando oraciones y versiculos del 
Coran, y morian glorificando al Senor. Ninguno 
pronunciaba una palabra para salvar su vida. 



(1) Mobarrad. p. 575. 

(2) Mobarrad, p. C47, 



344 

Un agente de la autoridad detuvo a un sectario 
en la calle. 

— Permiteme entrar un instante en mi casa 
— suplico el no-conformista — , a fin de que me 
purifique y en seguida ore. 

— Y i quien me responde de que volveras ? 

— -Dios — replied el no~eonformista ; y volvio (1). 
Otro, encerrado en la prision, asombro hasta a] 

caixelero can su ejemplar piedad y por su per- 

suasiva elocuencia. 

— Tu doctrina me parece tan bella y tan santa 

■le dijo el carcelero — , que quiero prestarte un 
servicio: te permitire ir a ver a tu familia por las 
noches, si me prometes volver aqui al amanecer. 

— Te lo prometo — respondio el no-conformista. 

Y desde entonces, el carcelero lc dejaba salir 

todas las tardes al ponerse el sol. Pero una noche 
que el no-conformista se hallaba con su familia, 
vinieron a decirle los amigos que el gobemador, 
irritado por el asesinato de uno de los verdugos, 
habia mandado decapitar a todos los hereticos 
que estaban en la prisi6n. A pesar de los ruegos 
de sus amigos y de las lagrimas de su mujer y 
de sus hijos, que le pedian no fuese en busca de 
una muerte cierta, el no-conformista volvio a la 
prisi6n, diciendo: 

— ^Podria presentarme delante de Dios si hu- 
biese faltado a mi palabra? 

Una vez en el calabozo, viendo que el rostro 



(!) ^Vfobarrad. p. <>59. 



145 

del bondadoso carcelero revelaba tristeza, le 
dijo: 



■Tranquihzate, conozco los designios de tu 

seiior. 

— I Los conoces, y, sin embargo, has vuelto! 
— exclamo el carcelero, lleno de admiracion y 
asombro (1). 

Las mujeres rivalizaban en valor con los hom- 

bres. La piadosa Balcha, advertida de que la 
vispera Obaidala habia pronunciado su nom- 
bre — lo cual equivalia a una sentencia dc muer- 
te — , se nego a ocultarse, como sus amigos le 
aconsejaban. "Si me manda prender, tanto peor 
para el, porque Dios le castigara — dijo — ; pero 
no quiero que ni uno solo de nuestros hermanos 
se vea perseguido por causa mia." Tranquila y 
resignada espero a los verdugos, que, despu6s de 
haberle cortado las manos y las piernas, arroja- 
ron su cuerpo en el mercado (2). 

Tanto heroismo, tanta grandeza y santidad, ex- 
citaban el interes y la admiracion de las almas 
justas, y a veces imponian respeto hasta a los mis- 
mos verdugos. A la vista de estos hombres exte- 
nuados y palidos, que no comian ni dormian (3), y 
que parecian nimbados de una aureola de gloria, 
un santo horror detenia su brazo dispuesto a 
herir (4). Despues no fue ya el respeto el que les 
hacfa vacilar, sino el miedo. La secta perseguida 



(]> Mobarrad, pp. 647, 64S. 

(2) Mobarrad, p. 647. 

(3) Xahrastani, p. S9; Mobarrad, p. 590. 

(4) Mobarrad, p. 670. 

HrST. MUSULMANES. T. I 10 



f 



I 



146 

se habia convertido en una socicdad secreta, cu- 
yos miembros se hacian solidarios unos de otros. 
Al dia siguiente de cada ejecucion se encontraba, 
casi siempre, al vcrdugo, asesinado (i). Era un 
;omienzo de rcsistencia a mano armada. Enefecto, 
desde el punto de vista de la secta y de los mu- 
sulmanes en general, la paciente resignation a Io.> 
suplicios, lejos de ser un merito, era una debili- 
dad. La iglesia musulmana es una iglesia esencial- 
niente militante, pero lo es en otro sentido que la 
igle.sia catolica. Asimismo, los exaltados reprocha- 
ban a los moderados su trato con los bandidos ylos 

incredulos (2),su inaccion, su cobardia; y los poe- 
tas, asociandose a esta censura, hacian ya un 11a- 
niamiento a las arm-as (3), cuando se supo que el 
ejercito de Moslim iba a atacar a las dos ciudades 
santas. Fue un moment© decisivo en el destino de 
la secta, dentro de la cual el hoiftbre mas eminente 
era Nafi, hijo de Azrac. Volo con sus amigos a de- 
fender el territorio sagrado, y Aben-Zobair, que 
decfa que para combatir a los arabes de Siria acep- 
taria el socorro de los dailemitas, de los turcos, 
<<e los paganos y de los barbaros (4), le acogio con 
los brazos abiertos, asegurandole hasta que com- 
partia bus doctrinas. Mientras duro el sitio de la 
Meca, los no-conformistas hicieron .prodigios de 
valor ; pero no tardaron en advertir que entre ellos 
y el jefe de la alta Iglesia no habia avenencia po- 



^P-_^— « *Jx. _ \ 



M> Mnbanwl. j>, fits y six, 

C2) AlobarraH, p # r>77. 

(3) MotuimuK p. <w;i. 

( l> MobarracL p. GTS. 



j 

i 



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r 

J 
7 



147 

sible. Volvieron, pues, a Basora; luego, aprove- 
chandose del general desorden, so establecieron en 
la provincia de Ahuaz, despues de haber expul- 
sado a los funcionarios del gobierno. 

A parti r de est a epoca, los no-confomristas, al 
menos los de Ahuaz — a quienes los arabes llaman 
azrakitas, del nombre del padre de Nafi— ;, no se 
contentaron con romper toda relacion con los ara- 
bes extranos a su secta, con declarar que era po- 
ca do vivir en su compania, comer animates muer- 
tos por ellos y contraer matrimcmaos con sus fa- 
milias, sino que, exasperados por muchos anos 
de persecuciones y sedientos de venganza, adqui- 
rieron un caracter cruel y feroz, dedujeron de sua 
principios las consecuencias mas rigurosas e in- 
terpretaron el Goran como ciertas sectas de Ingla- 
terra y Escocia interpretaron la Biblia en el si- 
glo xvii, buscando argumentos para justiiicar y 
aun santificar su odio implacable. Los demas ara- 
bes eran para cllos, o incredulos, o pecadores, lo 
que venla a ser lo mismo; era preciso extermi- 
narlos si rehusaban aceptar las creencias del pue- 
blo de Dios, toda vez que Mahoma habfa plant eado 
a los arabes paganos el dilema de elegir entx*€ el 
islamismo o la muerte. No clebia ser perdonado na- 
die, ni las mujeres, ni aun los niiios de pecho; 
pues No<; decia en el Coran: "Senor, no dejes 
subsistir en la tierra ninguna familia infiel, 



que si la dejas, seduciran a tus devotos y no en- 
gendraran mas que impios o incredulos" (l)..Ha~ 



(I) .UolKirracl, v\>- ':$<», (i$:j. 



■'-il 



148 

bian querido exterminarlos, y a su vez procura- 
ban exterminar a sus perseguidores; de martires 

se convertian en verdugos. 

Bien pronto, marcando su paso con tor rentes de 
sangre, avanzaron hasta dos jornadas de Basora. 
Indecible consternacion reinaba en esta ciudad, 
cuyos habitantes, que, como es sabido, alardeaban 
de indolencia con un cinismo insultante, no podian 
entonces contar (mas que con sus propias fuerzas 
y su propio valor, porquc era precisamente la 
epoca en que se babian emancipado de la domina- 
cion de los oinmiadas y en que aun se negaban 
a recohocer a Aben-Zobair. Para colmo de desdi- 
chas, hablan sido tan irreflexivos que habian en- 

tregado el gobierno al coraixita Baba (1), hombre 
de excesiva corpulencia, pero de perfecta nulidad. 
Sin embargo, como tenian que salvar sus bienes, 
sus mujeres, sus hijos y su propia vida, la grave- 
dad del peligro les presto un poco de energia, y 
salieron al encuentro del enemigo con mas pres- 
teza y valor del que mostrabau de ordinario, 
cuando era preciso combatir. Vinieron a las ma- 
nos cerca de Dulab y se batieron durante un mes. 
Nafi fue muerto en uno de estos combates; por 
su parte, los arabes de Basora perdieron a los 

tres generates que se sucedieron en el in an do (2), 
y fatigados al fin por tan larga campaiia, des- 
alentados al ver que tantos combates no produ- 



a- 

i 



fl) Comp&rese Al>en-Jaldun, t. II, fol. 171 v.. con Moha- 
n-ad. p. Cfi8. 

(2) Molmrrad. pi>. 68S. 690. 



149 

clan un resultado definitivo, yagotados por un 
esfuerzo a que estaban tan poco acostumbrados, 
comprendicron que habian confundido la voluntad 
con la fuerza y volvieron a sus hogares. El Irak 
hubiera sido inundado entonces por los feroces 

sectarios, si Harita no les hubiese cortado *sl 
paso con sus hermanos de tribu, los de Godan. 

"iVergiienza eterna sobre nosotros — dijo a sus 

compaiieros de annas — , si abandon amos nues- 
tros hermanos de Basora a la furia brutal de los 
no-conformistas!" Y combatiendo como volunta- 

rio, sin caracter oficial, liberto el Irak Arabi del 
terrible azote que le amenazaba. 

Pero como el peligro era siempre inminente, 
como Harita podia ser derrotado en eualquier 

memento, y entonces nada impediria al enemigo 
penetrar en Basora, los habitantes de esta eiudad 
no vieron otra solucion que aliarse con Aben- 

Zobair y reconocerle como califa, Aben-Zobair 
les envio un gobernador, que confi6 el mando de 

las tropas a un hermano suyo, llamado Otman. 

Cuando llegaron frente al enemigo, viendo <iue le 

llevaban gran ventaja en el numero, Otman dijo 

a Harita, que se habfa reunido con el: 

— Y qu£, les ese todo su ejercito? 
■I Ah!, es que no los conoces — replico Hari- 
ta — ; te responclo de que te daran mucho qne 
hacer. 

— iPor Dios! — insistio Otman con aire desdeno- 
so — . Antes de sentarme a la mesa quiero ver si 
saben batirse. 



150 

— Una vez entablada la batalla, eslos hombres 
no retroceden jamas. 

— Yo se que los del Irak Arabi son unos co- 
bardes. Y tu, Harita, £que entiendes de guerra? 
De lo que tu entiendes es de otra cosa. 

Otman habia aeompanado estas palabras con 
un gesto significativo, y Harita, furioso por haber 
tenido que sufrir de aquel extranjero, de aquel 
pietista, el doble reproche de borracho y de co- 
barde, permanecio inactivo con sus hombres sin 
tomar parte en la lucha. 

Viciima de su jactancia, Otman, despues de 
haber presenciado la fuga de sus tropas, murio 
en el campo de batalla. Los no-conformistas iban 

a recoger el fruto de su victoria, cuando Harita, 
alzando el estandarte caido en tierra, y entrando 
en batalla con sus hermanos de tribu, detuvo el 
avance de la hueste enemiga. "Si Harita no hu- 
biese estado alii— <lecia con razon un poeta — -, ni 
un habitante del Irak hubiera sobrevivido a tan 
fatal jbrnada." Cuando se pregunta: "^Quien es 

w 

el que ha salvado la provincia?", maaditas y ye- 
menitas contestan de comtin aciierdo: "iEl!" 

Desgraciadamente, los pietistas que Aben-Zo- 
bair envio sucesivamente para gobernar el Irak 

Arabi no supieron apreciar a este hombre, el uni- 

co que, en 'medio de la cobardia general, habia sa- 
bido demostrar valor y energia. Era — segun 

ellos™un borracho, un incredulo, y se obstinaban 
en negarle la position oficial que solicitaba y en 
no enviarle los rcfuerzos imprescindibles para 



151 

hacer f rente al enemigo. Perseguido de cerca el 

valiente guerrero, no pudo salvar su ejercito, de- 

bilitado, sino por una retirada que parecia una 

fuga. Acosados por el enemigo, al llegar a'l Pe- 
queiio Tigris se arrojaron precipitadamente en 

las barcas para atravesarle. Cuando estaban ya a 
mitad del rio, Harita escucho los gritos de angus- 
tia de un valiente temimita, que, habiendo llega- 
do tarde para enibarcarse, iba a ser alcanzado 
por los enemigos. Inmediatamente ordeno al bar- 
que ro volver a la orilla; pero esta era tan escar- 
pada, que el temimita, pesadamente armado, al 
tirarse a la barca la hundio, y todos pereeieron 
ahogados en las aguas (1). 

El Irak Arab! habia perdido a su ultimo de- 
fensor. El enemigo avanzaba, comenzaba ya a 
construir un puente sobre el Eufrates. La mayo- 
rfa de los habitantes habian abandonado Basora 
para buscar asilo mas seguro; otros se prepa- 
raban a seguirlos, y el temor inspirado por las 
terribles cabezas rapadas era tan grande, tan ge- 
neral, que el gobernador no encontro nadie que 
quisiese rnandar el ejercito, Fero entonces, como 
por una inspiration del cielo, un solo pensamiento 
hizo salir un grito unanime de todas las bocas: 
"Solo Mohalab puede salvarnos" (2). 

Y Mohalab los salvo. Era, sin disputa, un hom- 
bre superior, digno de la admiration entusiasta 
que demostro por el un heroe cristiano, el Cid, 



{]> Mobarrad, pp. 69S, 700. 
(2) Mobarrad; p. 701; cf. p, 593; Aben-Cotaiba, p. 203. 



152 

cuando en su alcazar de Valencia se hacia releer 
las hazaiias de los antiguos heroes del islamis- 
rno (1). Como nada se ocultaba a su clarividen- 
cia, comprendio desde un principio que una gue- 
rra de este genero requeria en un general alga 
mas que talentos militares; que para reducir a 
aquellos fanaticos, dispuestos a morir o veneer, y 
que, atravesados de parte a parte por las lamas 
enemigas, se preclpitaban aun sobre sus adver- 
saries, gritando "jCorremos hacia ti, Senor!" (2), 
era preciso oponerles soldados, no solamente dis- 
ciplinados y aguerridos, sino animados igualmen- 
te por el entusiasmo religioso. Y realiz6 un ml- 
lagro: el de transformar a los escepticos mora- 
dores del Irak Arab! en celosos creyentes, per- 
suadiendolos de que los no-conformistas eran los 
enemigos mas encarnizados del Eterno, inspiran- 
doles el deseo de alcanzar la corona del martirio. 
Cuando decaf an los animos, atribuia osadamente 
a Mahoma palabras profeticas que prometian la 

victoria a sus soddados (3), porque, por uji sin- 
gular contraste, el genio de la impostura le era 
tan natural como el magnanimo valor. Entonces 
los soldados no dudaban mas y alcanzaban el 
triunfo, convencidos de que se lo habia vaticinado 
el cielo. Observose en esta guerra, que duro diez 
y nueve anos (4), una emulacion de violencia y 
, de odio fanatico, sin que pudiera decirse cual de 



(1) Voanse mis Investigaciones , t. II, p. 25. 

(*, Mobarrad, p. 623. 

(3) Aben-Jalican, fasc. IX, p. 4S, e<3. Wiistenfeld. 

(4) Xahrastant, p. RS. 



-4 






L 



153 

los dos partidos se mostro mas ardiente, mas en- 
camizado y mas pasionalmente implacable* "Si yo 
viese venir por un lado a los dailemitas paganos 
y por otro a los no-conformlstas — decian en el 
ejercito de Mohalab — , me lanzaria sobre estos 
ultimos, porque el que muere a sus manos gozara 
en el paraiso una aureola tan resplandeciente 
como la de los otros martires" (1). 

Mieritras Basora necesitaba agotar todas sus 
fuerzas, toda su energia, para rechazar a los no- 
conformistas, otra secta, la de los xiitas, inspi- 
raba los mas vivos temores, tanto a los ommiadas 
como a Aben-Zobair. 

Si los principios de los no-conformistas condu- 
cian. forzosamente a la democracia, los de los 
xiitas tendian al mas terrible despotismo. No pu- 
diendo admitir que el profeta hubiese cometido 
la imprudencia de abandonar la eleccion de su 
sucesor a la multitud, se fundaban en ciertas ex- 
presiones, harto equivocas, de Mahoma, para de- 

mostrar que estc habia designado expresamente 
a Ali para sucederle, y que el califato era here- 
ditario en la familia del esposo de Fatima. Consi- 
deraban, pues, como usurpadores, no solo a los 
ommiadas, sino tambien a Abubequer, a Omar y 
a Otman, y al mismo tiempo elevaban al califa 
a la categoria de un Dios, creyendo que no pecaba 
nunca ni participaba de las debilidades e imper- 
fecciones humanas. De esta deificacion del califa, 



(l > IHobarrad, p. ~ i),, <- 



154 

la secta que predominaba en esta opoca, y q Ue 
habia sido fundada por Caisan (1), liberto de 
AH, llego por una consecuencia logica a la triste 
doctrina de que la fe, la religion y la virtud con- 
si sten unicamente en la sumision pasiva y en la 
obediencia ilimitada a las ordenes del hombre- 
Dios (2); extrano y monstruoso pensamiento, an- 
tipatico al caracter arabe, que habia germinado 
anteriormente en los sectarios de Zoroastro, los 
cuales, acostumbrados a ver en sus reyes y en sus 
sacerdotes, descendientes de los dioses, divinida- 
des y genios celestes, vinculaban en los jefes de 
la nueva religion la veneracion que habian tribu- 
tado antes a sus soberanos (3). Porque los xiitas 
eran una secta esencialmente persa, formada prin- 
cipalmente por libertos, es decir, por persas (4). 
De aquf que esta secta diese a sus creencias el 
aspecto formidable de una guerra ciega y furiosa 
contra la sociedad; ocliando a la nacion dominante 
y enviandole sus riquezas, estos persas le pedian 
su parte en los bienes terrenos (5). Sus jefes casi 
siempre eran arabes que explotaban, en provecho 
propio, la credulidad y el fanatismo de- estos sec- 

j 

tarios. En esta epoca dejabanse guiar por Moj- 
tar, espfritu a la vez atrevido y flexible, violento 



(i) Algunos autores Arabes identifican equivocadamente a 
Caisan con Mojtar. Caisan fu6 mas tarde jefc do la guardia 
de Mojtar. ConaUItese Aben-Jaldun, t. II, fol. 176 v. 

(2) Xahrastanl, pp. 10S, 109. 

(3) De Sacy: J3xposici6n dc la religidn do los druzos, t. I. 

Introduccion, p. XXVII. 

(i) Tabarl. en Weil, t. I, p. 37S, en la nota. 
(5) Aben-Jaldun, passim. 









f 



155 

y bellaco, heroico y malvado, tigre en la colera 
y zorro en la reflexion. Habia sido sucesivamente 
no-conformista, ortodoxo-so&amta — camo se decia 
entonces — , y xiita; habia pasado por todos los 
partidos, desde el que representaba la democracia 
hasta el que predicaba el absolutismo; y para 
justificai' tales mudanzas — harto propias para 
inspirar dudas sobre su sinceridad y buena 
fe — habia creado un Dios a imagen suya, un Dios 
esencialmente variable, que sabia, queria y orde- 
naba hoy lo contrario que ayer. Tan absurda doc- 
trina aun tenia para el otra ventaja; como se 
jactaba de adivinar el porvenir, ponia sus pre- 
sentimientos y sus visiones a salvo de la critica; 
porque si los acontecimientos no los justifieaban, 
decia: "Dio3 ha cambiadd de parecer" (1). Y, sin 
embargo, a pesar de las apariencias contradicto- 
rias, ninguno era menos inconsecuente, menos va- 
riable que el. Si cambiaba, no cambiaba mas que 

de medios, porque todos sus actos tenfan un solo 
movil: una ambicion desenfrenada; todos sus es- 
fuerzos tendian a un solo fin: el dominio y el po- 
der. Despreciaba cuanto los demas veneraban o 
temian. Su espiritu orgulloso se cernia con des- 
denosa indiferencia sobre todos los sistemas poK- 
ticos y todas las creencias religiosas, que 61 con- 
sideraba como otros tantos senuelos para enga- 
iiar a la multitud, como otros tantos prejuicios 
de que un hombre habil podia valerse para lograr 



(1) Xahraatant, p. 110. 



156 

sus fines. Pero, aunque desempenaba toda clase 
de papeles con incomparable destreza, el de jefe 
de los xiitas era el que mas convenia a su genio. 
Ninguna otra secta era tan credula y simple, ran- 
guna tenia la pasiva obediencia, que tanto agra- 
daba a su caracter imperioso. 

Por un atrevido golpe de mano arrebato a Aben- 
Zobair la ciudad de Cuf a ; d-espu^s hizo salir 
sus tropas al encuentro del ejercito sirio, enviado 
contra el por el califa Abdalmelic, que acababa 

r 

de suceder a su padre, Meruan. Para sublevarse, 
los habitantes de Cufa, que sufrian, tremulos de 
indignacion y de colera, el yugo del impostor y de 
los persas, sus esclavos, como ellos decian (1), no 
habfan esperado mas que este momento; pero 
Mojtar supo ganar tiempo con protestas y prome- 
sas, aprovechandole para enviar a su general 
Ibrahim la orden de volver inmediatamente. Y en 

efecto, cuando menos lo esperaban, los rebeldes 
vieron a Ibrahim y a los xiitas caer sobre ellos, 
espada en mano, Anegada la rebelion en sangre, 
Mojtar hizo detener y decapitar a doscientas cin- 
cuenta personas, que en su mayoria habian corn- 
batido contra Hosain en Kerbela. La rnuerte de 
Hosain le sirvio de pretexto, pero su m6vil era 
quitar a los arabes el trabajo de comenzar nueva- 
mente. Ellos se guardaron bien de hacerlo, y para 

escapar al despotismo del hacha emigraron en 
tropel. 



U> Aben-Jaldun. t. U. fol. 179 v. 



167 

En seguida, ordenando a su ejercito marchar dc 
iiuevo contra las tropas sirias, Mojtar estimulo 
por todos los mecYios posibles su entusiasmo y fa- 
natismo. En el momento de partir les mostro una 
silla vieja que habia comprado a un carpintero 
por el 'modico precio de dos monedas de plata, 
pero que, recubierta de seda, el hacia pasar por 
e\ solio de Ali. "Este trono sera para vosotros 
— decia a sus soldados— lo que el area de a 
alianza para los israelitas. Colocadle en el sitlo 
«n que el combate sea mas sangriento, y defen- 
■dedle" (1). Despues afiadio: "Si alcanzais la vic- 
toria, sera porque Dios os ha ayudado; pero no 
os desalenteis si sufris una derrota, porque se, 
por una revelacion, que Dios enviara entonces en 
vuesti'o auxilio angeles, que vereis volar junto a 
3as nubes en forma de pichones blancos." Con- 
viene saber que Mojtar habia entregado a sus 
anas adictos confidentes pichones amaestrados en 
Jos palomaies de Cufa, con orden de soltarlos si 

jse temia un fracaso (2).-Estas aves anunciarian 
a Mojtar el momento en que debia velar por su 
propia seguridad, y al mismo tiempo excitarian a 
los cr£dulos soldados a emplear todos sus esfuer- 
;zos para trocar en triunfo la derrota. 
Librose la batalla a orillas del Jazir, no Iejos 

<le Mosul — ag-osto del afio 686 — ■. Los xiitas perdian 
al principio. Entonces soltaron los pichones, cuya 
vista reanirro su valor; y mientras en su exalta- 



<1) Mobarrad, p. 667. 
(2} &obarrad, p. 665. 



158 

cion fanatica se precipitaron sobre el enemig-o on 
desenfrenado coraje, gritando: "iLos angeles, los 
angeles!", dejose sentir otro grito en el ala iz- 
quierda del ejercito sirio, compuesto enteramente 
de caisitas y mandado por Omair, el antiguo lu- 
garteniente de Zofar, que Ja noche anterior habia 
celebrado una entrevista con el general de los 
xiitas. Plegando entonces su estandarte, exclamo: 
'iVenganza, venganza por la batalla de la Pra- 
dera!" Desde entoaces los caisitas fueron especta- 
doies inmoviles, pero n.o indiferentes, del combate, 
y al llegar la noche, el ejercito sirio, despues de 
haber perdido a su general en jefe, Obaidala, es- 

taba completamente derrotado (1). 

Mientras Mojtar se embriagaba con su triunfo, 

los emigrados de Cufa suplicaban a Mo sab, her- 
mano de .Aben-Zobair y gobernador de Basora, 
que fuese a atacar ai impostor, asegurandole que 
no tendrla mas que presentarse para que todos 
los hombres sensatos de Cufa se declarasen por 
el. Cediendc a estos ruegos, Mosab cito a Moha- 
lab en Basora,' marcho con el contra los xiitas, 
alcanzo dos victorias y sitio a Mojtar, que se ha- 
bia encerrado en la ciudadela de Cufa, y que, con- 
siderando inevitable la ruina de su partido, se de- 
cidio a no sobrevivirle. "Precipitemonos sobre los 
sitiadores — ordeno a sus soldados — . Vale mas 
morir como valientes que perecer aqui de hambre 
o dejarnos degollar como corderos." Pero habia 



^n h -i jj«ri*wj Hk. <■ 



(l) Moharrad, pp. GGG, 667; Masiulf, fol. 125 r, y v, 



B .-" 



t" 
I 



perdido su prestigio; de seis o siete mil hombres, 
solo veinte respondieron a su Hamamiento y ven- 
dieron caras sus vidas. A los otros de nada les 
sirvio su cobardfa, pues, considerados como ban- 
didos, como asesinos, el implacable Mosab los 

entrego al verdugo — 687 — . Pero no gozo largu 
tiempo de su triunfo. Sin quererlo, habia prestado 
a-1 rival de su hermano un magnlfico servicio, II- 
brandole de los xiitas, sus enemigos mas terri- 
bles; y Abdalmelic, no teniendo nada que temer 
por este lado, hacia grandes preparativos para 
atacar a los zobairitas en el Irak Arabi. Para no 
dejar enemigos detras, comenzo por sitiav a Car- 
kisia, donde Zofar desempenaba un papel muy 
extrario. Tan pronto pretendia combatir a favor 

de Aben-Zobair, como proporcionaba vlveres 
los xiitas y les proponia ayudarles a luchar 
contra los sirios (1). Todos los enemigos de los 
ommfadas, por diferentes que fueran sus pre- 
tensiones, eran para el aliados y amigos. Sitiado 
por Adalmelic, que por consejo de los kelbitas 
tenia prudentemente a los soldados caisitas fuera 
de combate, Zofar defendio su guarida con ter- 
quedad extremada; sus soldados llegaron a hacer 
una salida tan audaz, que penetraron hasta la 
tienda del califa, y como este tenia prisa para 
poder dirigirse contra Mosab, entablo una nego- 
ciacion, que interrumpio cuando la destruccion de 
cuatro torres le devolvio la esperanza de tomar 



a 



(I) Aben-Jal<lun, fols. 174 v., 175 r. 



3 60 

la ciudad a viva fuerza, pero que reanudo cuando 
fue rechazado el asalto. A costa de algun dinero 
para repartir entre los soldados del califa, Zofar 
obtuvo las condiciones mas honrosas: la amnistia 
para sus companeros de armas, y para el, el go- 
bierno de Carkisia (1). Por satisfacer su orgullo 
estipulo, ademas, que no tendria que prestar ju- 
ramento a un califa ommiada hasta la muerte de 
Aben-Zobair. En fin, para sellar su reconciliaclon, 
convinieron en que Maslama, hijo del califa, se 
casaria con una hija de Zofar. Concertada la paz, 
Zofar volvio al lado de Abdalmelic, que le recibio 
con grandes atenciones y le hizo sentar a su lado 

en el mismo trono (2). Era un esp ectacuflb con- 
movedor ver a aquellos hombres, enemigos du- 
rante tanto tiempo, darse todo genero de g-aran^ 
tias cle una amistad fraternal. jEngaiiosa apa- 
riencia! Para que la amistad de Abdalmelic por 
Zofar se convirtiera en un odio ardiente, bast6 
recordarle un solo verso. Un noble yemenita, 
Aben-Di-'l-cala, penetro en la tienda, y vienclo el 
puesto de honor que ocupaba Zofar, comenzo a 
derramar lagrimas. El califa le pregunto la causa 
de su emocion. 



— Comendador de los creyentes — dijo — , icomo 
no derramar amargo llanto viendo a ese hombre, 
antes rebelde contra ti, cuyo alfanjc destila aun 
sang-re de mi familia, vfctima de su Melidad en 



U) Aben-Jaldun no haco mencidn de esta clausula.; pero 
veaae Nouveau Journal Asiatique, t. XIII, p. 305. 
(2> Aben-Jaldun, lols. 182 v., 183 r. 



161 

servirte, viendo, repito, a este asesino de mi raza 
sentado contigo en el trono, al pie del cual es- 
toy yo? 

— Si le hago sentar a mi lado — respondio el ca- 
lifa — , no es por elevarle sobre ti; es solamente 
porque habla mi idioma y porque su conversacion 
me interesa. 

El poeta Ajtal, que en aquel momento bebia en 
otra tienda, se entero de la acogida que el califa 
dispensaba a Zofar. Odiaba mortalmente al ban- 
dido de Carkisia, que habla estado a punto de 

exterminar toda su tribu, es decir, la de Taglib. 

— Voy — dijo — a dai-le un golpe que no ha podi- 
do asestarle AbeivDi-'l-cala. 

Presentose inmediatamente ante el califa, y 
despues de mirarle fijamente, declamo estos 
versos : 

"El licor que llena mi copa tiene el cambiante 
brillo del ojo vivo y animado del gallo. Exalta el 
espfritu del bededor; el que bebe tres vasos col- 
mados sin mezcla de agua, siente el deseo de 
hacer beneficios. Camina balanceandose muelle- 

mente, como una encantadora joven de Coraix, 
y deja flotar a capricho del viento los pliegues de 
su ropa* w 
— £Por que me recitas estos versos? — pregunto 

el califa — . Lo haces, sin duda, con alguna inteai- 
cion. 

— Es verdad, comendador de los creyentes — re- 
plied Ajtal — ; un torbellino de ideas me ha asal- 
tado al ver sentado en el trono a este hombre que 

Hist, musulmanes, — T. I 11 



£ - 



I 



162 

aseguraba ayer: "Sin duda la hierba brotara so- 
bre la tierra recientemente removida que cubre 
los huesos de nuestros hermanos, pero jamas los 
olvidaremos, y siemprc profcsaremos a nuestros 
enemigos un odio implacable." 

Al oir estas palabras, Abdalmelic sal to como 
si le hubiese picado una avispa. Furioso, jadeante 
de colera, con los ojos chispeantes de odio feroz, 
dio un violento puntapie en el pecho a Zofar y 
le derribo del trono. . . Zof ar conf eso despues 
que nunca se habia creido mas proximo a la 
muerte (1). 

Aun no habia llegado el tiempo de una recon- 
ciliacion sincera, y los caisitas no tardaron en dar 
a los orhmiadas una nueva prueba de su odfo 

inveterado. Zofar habia reforzado el ejercito de 
Abdalmelic, cuando fue a luchar contra Mosab 
con una division de caisitas mandada por su hi jo 
Hodail; pero apenas los dos ejercitos se hallaron 

f rente a frente, los caisitas se pasaron al enemi- 
go con armas y bagajes (2). Esta defeccidn no 
tuvo, sin embargo, las funestas consecuencias que ] 

habia tenido la de Omair. Al contrario, la fortuna ] 

sonreia a Abdalmelic. Ligeros y mudables los 
del Irak, habian ya olvidado sus quejas contra 
tos omeyas; poco dispuestos siempre a combativ, 
fuese por quien fuese, no tenian gana de matarse 
por un pretendiente a quien despreciaban, y ha- 
bian prestado avida atencion a los emisarios de 



1 
1 



(1) Nouvcau Journal Asiatique, t. XIII, pp. 304, 307, 
i •>) Aben-JfiUUm, fol. IS] v. 



163 

Abdalmelic, que recorrian el Irak prodigando el 
oro y las mas seductoras promesas. Mosab esta- 
ba, por lo tanto, rodeado de generales vendidos a 
los ommfadas, y una vez empenada la batalla, no 

tarda ron en revelarle sus verdaderos sentimientos. 
No quiero — le respondio uno de ellos cuando 
le ordeno dar una carga — , no quiero que perezca 
mi tribu, combaticndo por una causa que no Jc 
interesa. 

— Y que, ime ordenas marchar contra el ene- 



migo? — le pregunto otro, mirandole con aire inso- 
lente y burl on — ; ninguno de mis soldados me se- 
guiria, y si diese yo solo la carga, me pondria 
en ridfculo (1). 

A uoi hombre orgulloso y vailiente como Mosab 
no le quedaba mas que un partido. Dirigiendose 
a su hi jo Isa: 

— Parte — le ordeno — , cor re a ammciar a tu tie 
que los perfidos del Irak me han traicionado, y 
despiclete de tu padre, a quien solo le res tan al- 
gunos instantes de vida. 

— No, padre mio — respondio el joven — ; jamas 

los coraixitas me reprocharan que te he abando- 
nado en el peligro. 

EI padre y el hijo se lanzaron a lo mas encona- 

do del combate, y poco despues sus cercenadas 

caibezas eran presentadas a Abdahnelic — 690 
Todo el Irak presto juramento al ommiada. 

Mohalab, que hasta la vispera, ignorando la 



O) Aben-Badrun, p. IS!), 



164 

muerte de Mosab, conocida ya por los no-confor- 
mistas, habia declarado en una conferencia con 
los jefes de' estos sectarios que Mosab era su 
senor en este mundo y en el otro, que estaba dis- 
puesto a morir por el y que todo bucn musulman 
debia combatir a Abdalmelic, a aquel hijo de un 
maldito, Mohalab siguio el ejemplo de sus com- 
patriotas tan pronto como recibio el diploma por 
el cual el califa ommiada le connrmaba en todos 
sus cargos y dignidades. iVease de que modo, 
aun los mas eminentes del Irak, comprendfan 
la lealtad y el honor! "Decidid ahora vosotros 
mismos si el error era nuestro o vuestro — excla- 
maban los no-conformistas en su justa indigna- 
ci6n — , y tened, al menos, la buena fe de confesar 
que, esclavos de los bienes de este bajo mundo, 
servfs e incensais a todo poder con tal de que os 
pague, hermanos de Satan" (1). 



vin 



3 



2 



■■^ 



Abdalmelic creia ya alcanzar e3 objeto de sus an- 
helos. Para reinar sin competidor sobre el mundo S 
musulman, no le faltaba mas que conquistar la 
Meca, residencia y ultimo asilo de su adversario. 
Era esto, a la verdad, un sacrilegio, y Abdalmelic 
hubiese temblado de horror solo al pensarlo si 
hubiera conservado aun los piadosos sentimientos 
por los cuales se habfa singularizado en su juven- 



(1) Well, t. I, pp. 411, 412; Mobarrad, p. 738. 






165 

tud (I)- p ero no era ya el joven candido y velie- 
mente que en un arranque de santa indignacion 
llamaba a Yezid enemigo del Eterno porque se 
habfa atrevido a enviar tropas contra Medina, la 
chidad del Profeta (2). Los arios, el trato de gen- 
tes y el poder, hablan marchitado su candor in- 
fantil, su sencilla fe; y cuentase que el dia que 
murio su primo Axdac, aquel dia en que Abdal- 
melic se mancho con el doble crimen de perjurio 
y asesinato, habfa cerrado el libro de Dios, di- 
ciendo, con aire glacial y sombrio: "Desde hoy n-> 
hay nada de comun entre nosotros" (3). Asi, sus 
sentimientos religiosos eran bastante conocidos 
para que nadie se asombrase al saber que iba a 
enviar tropas contra la Meca; pero de lo que todo 
el mundo se sorprendio fue de que el califa esco- 
giese para mandar una expedicion tan important^ 
a un hombre salido de la nada, a un tal Hadchach, 
que en otro tiempo habia ejercido la humilde pro- 
fesion de maestro de escuela en Taif — Arabia — , 
y que se consideraba feliz si, ensefiando a leer 
por mafiana y tarde a los muchachos, llegaba a 
ganar para comprar un trozo de pan seco (4) . Co- 
nocido solamente por haber restablecido un tan- 
to la disciplina en la guardia de Abdalmelic (5), 
por haber mandado una division en el Irak, donde 

la retirada del enemigo le impidio mostrar su va- 



(1) V6ase Soyuti, Tarif al-Jolafa, pp. 21f>, 217, ed. T>>ea. 

(2) Mobarrad, p. 636. 

(3) Mobarrad, p. 635. 

(4) Aben-Cotaiba, p. 272. 

(5) Aben-Jalfcan, t. I, p. 182, ed. de Slant-. 



166 

lor o su cohardia, y, en fin, por haberse dejado 

veneer por los zobairitas (1) durante el reinaclo 
de Meruan, debio su encumbramiento a una cir- 
cunstancia bastante extrafia. Cuando solicito el 
honor de mandar el ejercito destinado a sitiar a 
Aben-Zobair, el califa le respondio al principio 
con un "Callate" altanero y desdenoso (2); pero, 
por una de esas anomalias frecuentes en el cora- 
zon humano, Abdalmelic, que no crefa casi en 
nada, creia firmemente en los sueiios, y Hadchach 
lo aprovecho habilmente. "He sofiado — dijo — que 
desollaba a Aben-Zobair", y al momento, el califa 

le confirio el mando que solicitaba (3). 

En cuanto a Aben-Zobair, habia recibido con 
bastante calma y resignacion la noticia de la 
perdida del Irak y de la muerte de su hermano. 
Tambien es verdad que no veia sin inquietud los 
proyectos do Mosab, el cual, a su parecer, tenia 
demasiada aficion a alardear de soberano, y se 
consolo tanto mas de su perdida porque le pro- 
porciono ocasion de desplegar sus talentos ora- 
torios, pronunciando un sermon que tal vez nos 
resultaria frio y ampuloso, pero que sin duda a 
el le parecio muy edificante, en el cual afimiaba 
ingenuamente que la muerte de su hermano le 
habia llenado de tristeza y alegria: de tristeza, 
porque se veia "privado de un amigo", cuya muer- 
te era para el una herida tan penetrante, que no 



(1) Alien-Cotaiba, p. 201. 

(2) Kaklhl, fol. 401 iv 

CI) AW-n-Cotaiba, p. 202. 



167 

dejaba a an hombre sensato mas recurso que la 
resignation y la paciencia; de alegria, "porque 
Dios, concediendo a su hermano la gloria del mar- 
tirio, habia querido darle un testimonio de su 
afecto" ( 1 ) . Pero cuando neeesito no predicav, 
sino combatir; cuando vio la Meca cercada por 
todas partes y entregada a los horrores de la mas 
espantosa miseria, entonces flaqueo su valor. No 
es que careciese de la energia vulgar que todo 
soldado, a no ser un gran cobarde, demuestra en 
el campo de batalla; pero le faltaba la energia 
moral; asi que, yendo en busca de su madre, 
mujer de una fortaleza romana, a pesar de sus 
cien afios, le dijo: 

■Madre mia, todo el mundo me abandona; pero 
los enemigos me ofrecen aun condiciones muy 
aceptables. i Que debo hacer? 

■Morir — respondio ella. 

Pero temo — prosiguio con tono lastimo- 
so — , temo que si sucumbo bajo los golpes de los 
sirios, sacien su venganza en mi cadaver... 

— Y eso ique te importa? La oveja, despues 

de degollada, isufre cuando la desuellan? 

Estas energicas palabras ruborizaron al califa, 
que se apresuro a asegurar a su madre que com- 
partia sus sentimientos y que solo se habia pro- 
puesto probarla..; 

Poco despues, armado de todas armas, volvio 
para darle el ultimo adios. Ella le abrazo, y su 
mano tropezo con una cota de malla. 

ft) Nouveau Journal Asiatiquc, t, X, p. 140. 



168 

■Cuando se va decidido a morir, no hace faiU 
esto — observo. 

— Me he revestido con esta armadura tan solo 
para que aim conserves alguna esperanza — repu- 

so un poco desconcertado. 

— Ya he dicho adios a la esperanza; quitate eso. 

El obedecio; en seguida, despues de pasar al~ 
gunas horas rezando en la Caaba, aquel heroe sin 
heroismo cayo sobre los enemigos y murio mas 
honrosamente que habfa vivido. Su cabeza fue en- 
viada a Damasco, y su euerpo, colgado, por los 

pies, de un patibulo — 692 — . 

Durante los seis u ocho meses que habfa dura- 
dp el sitio de la Meca, Hadchach habia desplegado 
un gran valor, una actividad infatigable, una 
perseverancia a toda prueba, y, por decirlo todo, 
una indiferencia hacia las cosas santas, que los 
teologos no le perdonaron jamas, pero que de- 
mostraba que estaba identificado en euerpo y alma 
con la causa de su senor. Nada le habia detenido, 
ni la iiwiolabilidad tradicional del ternplo, ni lo que 
otros consideraban como signos de colera celeste. 
Una tempestad habia estallado un dfa que los 

sirios lanzaban piedras so-bre la Caaba, y doce 
soldados murieron heridos por el rayo. Poseidos 

de un terror supersticioso, los sirios se detuvie- 
ron y no quisieron continuar; pero Hadchach, 
levant&ndose al punto la vestidura, cogi6 una pie- 
dra y la coloc6 sobre una ballesta, que disparo, 

diciendo con acento resuelto: "Esto no es nada; 
conozco el pais, porque he nacido en el; las tern- 



o 



^ 



169 

pestades son aqui muy freeuentes." Tal abnega- 
tion hacia la causa ommiada mez'ecia una bri- 
llante recompensa. Hadchach fue nombrado por 
Abdalmelic gobemador de la Meca, y poco des- 
pues, de casi todo el Hichaz. Como era caisita de 
nacimiento, su exaltacion hubiese inspirado pro- 
bablemente a los kelbitas sospechas y alarmas si 
hubiera sido de origen mas ilustre, pero no era 
mas que un advenedizo, un hombre sin importan- 
cia. Por otra parte, tambien los kelbitas podian 
alegar relevantes servicios, prestados en el ase- 
dio de la Meca; afirmando, por ejemplo, que la 
piedra fatal que habia matado a Aben-Zobair ha- 
bla sido lanzada por. uno de ellos, por Homaid 
Aben-Bahdal (1). Lo que acabo de tranquilizarlos 
fue que el califa se complacia en alabar su valor 
y su fidelidad, que adulaba a sus jefes, en prosa y 
en verso (2); que les concedia empleos, exclu- 
yendo a sus enemigos, y, en fin, que tenian en 
favor suyo a muchos principes como Jalid, hijo 
de Yezid I, y Abdalaziz, hermano del califa e hijo 
de una kelbita. 

Sin embargo, los cazsitas no carecian de pro- 
fceetores en la corte; sobre todo Bixr, hermano del 
califa e hijo de una caisita, se habfa identificado 
con sus intereses y sus quejas, y como decfa de 
continuo que ellos aventajaban a los kelbitas en 
valor, sus fanfarronadas enfurecieron de tal modo 
a Jalid, que este dijo un dia a los kelbitas: 

(1) Hamasa, p. 658. 

(2) V6ase la poesia de Abdalmelic, citada en el Raihan, 
fol. 204 r. 



170 

— £No hay ninguno er-tre vosotros que quien 
echar una redada en el desierto de los Cais? Es 
absolu tarn ente pveciso humillar el orgullo de los 
principes que tienen madres caisitas, pox-que sos- 
tienen que en todas las luchas, antes y despues 
del Profeta, los caisitas han podido mas que nos- 
otros. 

— Lo hare de buen grado — respondio Homaid 
Aben-Bahdal— , si me garantizas que el califa no 
ha de castiganne. 

Respondo de todo. 

— iQue debemos hacer? 

-Nada mas sencillo. Ya nabes que, desde la 
muerte de Aben-Zobair, los caisitas no han paga- 
do el diezmo al califa. Te dare una supuesta or- 
den de Abdalmelic, que te autorizara a cobrarlcs 
el impuesto, con lo que hallaras facilmente oca- 
sion de tratarlos como se merecen. 

Aben-Bahdal se puso en marcha, pero con corto 
sequito, para no despertar sospechas, seguro de 
encontrar soldados dondequiera que hubiese hom- 
bres de su tribu. Cuando llego al pafs de los Beni- 
Abd-Uad y de los Beni-Olaim, subtribus de Kelb, 
que moraban en el desierto al Sur de Duma y de 
Jabt, les comunico el proyecto de Jalid, y los hom- 
bres mas valientes y resueltos le confesaron quo 
no deseaban mas que seguirle, por lo que se in- 
terno con el los en el desierto, despues de haberles 
hecho jurar que serfan inexorables con los cai- 
sitas. 

Un hombre de Faaara, subtribu de Cais, fue su 



171 

primera victima. Era de un rico y poderoso lina- 
je: su bisabuelo, Hodaifa Aben-Badr, habia sido 
el jefe de los Dobyan en la celebre guerra de 
Dahis; pero como habia tenido la desgracia de 
que su madre fuese una esclava, sus altivos her- 
manos de tribu le despreciaban, hasta tal punto 
que se habian negado a darle una de sus hijas en 
matrimonio — lo cual le habia obligado a buscar 
mujer en una tribu yemenita — ; y no queriendo 
admitirle en su co-mpania, lc habian relegado a 
jos confines del campo. E^te desgraciado paria se 
hallaba recitando en alta voz la plegaria matu- 

tina, y -eso le perdio; pues, guiados por su ar-acion, 
los kelbitas cayeron sobre el, le asesinaron, y, 
un'iendo al homicidio el robo, se llevaron cien ca- 
mellos. En seguida atacaron a cinco familias des- 
cendientes tambien de Hodaifa. El combate fue 

encamizado y se prolongo hasta la noehe; enton- 
ces todos los caisi-tas cayeron en el campo d-e bata- 
lia, y sus enemigos los creyeron muertos. Sin em- 
bargo, no lo estaban: sus heridas, aunque numero- 
sas, no eran mortal es, y, gracias a la arena que a 
impulsos de un huraeanado viento del Oeste vino 
& eubrirlos y contuvo su sangre, se libraron de 
la muerte. 

Continuaron su camino durante la noche, y en- 

contraron a la siguiente rnafiana otro descendien- 
te de Hodaifa, llamado Abdala, anciano que iba 
de viaje con su familia, pero sin llevar a nadie 
capaz de esgrimir las armas, excepto Chad, su 
hijo, que en cuanto vio aproxitnarse la hueste 



172 

kelbita se armo, monto a cabal! o y se coloco a 
alguna distancia. Cuando los kelbitas echaron pie 
a tierra, Abdala les pregunto quienes eran. JRes- 
pondieron que eran recaudadores enviados po«.' 

AbdalTnelic. 

^Podeis mostrarme una orden en apoyo de lo 
que decis? — pregunto el anciano. 

Ciertamente — respondio Aben-Bahdal — ; he 
aqui la orden — y saco un diploma timbrado eon 
el sello del califa. 

■ — L^ que* contiene ese escrito? 
-Aqui se lee: "De orden de Abdalmelic, hijo 
de Meruan, para Horn ail Aben-Bahdal. Al citado 
Homail Aben-Bahdal se le ordena por la presente 
ir a cobrar el diezmo a todos los beduSnos * que 
pueda encontrar. El que pague el diezmo sera 
inscripto en el registro y considerado como sub- 
dito obediente y fiel; por el contrario, el que se 
resista, sera tenido por rebelde a Dios, a su pro- 
feta y al comendador de los creyentes." 

Muy bien; estoy dispuesto a obedecer y a pa- 
gar el impuesto. 

— Eso no basta, Es preciso algo m&s, 

— *Qu<§? 

— Necesitamos que vayas en busca de todos los 
individuos de tu tribu, que recaudes el diezmo de 
cada uno de ellos y que nos indiques el sitio en 
que podremos recibir el dinero de tus manos. 

■Eso es imposible. Los de Fazara estan dis- 
persos en una gran extension del desierto; no soy 
joven: no puedo emnrender tan larera caminata. 



173 

y no tengo conmigo mas que a uno solo de mis 
hijos. Vosotros, que venis de tan lejos y que es- 
tais habituados a tan largos viajes, hallareis a 
mis hermanos de tribu mas facilmente que yo. 
Cada dia llegareis a uno de sus campamentos, 
porque se detienen alii donde encuentran buenos 
pastos. 

— Si; ya lo sabemos; pero no es para buscar 
los pastos para lo que se han diseminado po-** el 
desierto, sino para substraerse al pago de la con- 
tribution. Son rebeldes. 

— Puedo jurarte que son subditos leales, y que 
solamente por buscar pastos... 

■No hablemos mas de esto, y haz lo que te 
decimos. 

■Imposible. Tomad, en cambio, el diezmo que 
debo al califa. 

■Tu obediencia no es sincera, porque tu hijo, 

desde su caballo, nos dirige miradas desdeiiosas. 

— Nada tenuis que temer de mi hi jo; cobrad 

el impuesto y marchaos, si verdaderamente sois 

recaudadores. 

— Tu conducta me demuestra que estaban en lo 
cierto cuando nos aseguraban que tu y los de tu 
tribu habfais peleado a favor de Aben-Zobair. 

— Nunca lo hemos hecho. Le hemos pagado 
puntualmente la contribucion; pero es que nos- 
otros los beduinos, ajenos a la polltica, se la pa- 
gamos a todo el que es dueno del pais. 

•Prueba que dices la verdad haciendo desmon- 

tar a tu hijo del caballo. 



174 

£ Que quereis hacer con mi hijo? Es joven, y 
ha tenido miedo al ver jinetes armados. 

— Que baje, pucs; no tiene que temer nada. 

El anciano se dirigio a su hijo y le indico que 
echase pie a tierra. 

■Padre mio — manifesto el joven — , veo que me 
cievoran con Jos ojos; quieren asesinarme. Dales 
lo que te pidan, pero dejame defenderme. 

Reuniendose con los kelbitas, dijo Abdala: 

— El muchacho teme por su vida. To mad el diez- 
mo y dejadnos tranquilos. 

— No aceptaremos nada mientras tu hijo con- 
tinue a caballo. 

■No quiere obedecerme; y ademas, <,de que 
serviria ? 

Bien; te declaras rebelde. Esclavo, dame lo 
necesario para escvibir. El asunto esta terminado. 
Escribiremos al comendador de los cx*eyentes que 
Abdala, *nieto de Oyaina, nos ha impedido cum- 
plir nuestra mision cerca de los Beni-Fazara. 

■Os ru-igo que no lo hagais, porque bo soy 
culpable de tal acto. 

Sin prestar atencion a las suplicas del anciano, 

Aben-Bahdal escribfa u^ia denuncia, y, habiendo- 
sela dado a uno de sus jinetes, este tomo rapida- 
mente el camino de Damasco. 

Abdala, consternado, exclamo: 

— ;No me acuseis tan injustamente! Os pido 
en nombre de Dios que no me presenters a los ojos 
del califa como un rebelde, porque estoy dispues- 
to a obedecer sus ovdenes. 



175 
— Haz desmontar a tu hijo. 

— Estais muy mal conceptuados; pero iprome- 

leis que no le sucedera nada? 

Habiendolo prometido los kelbitas de la ma- 
nera mas solemne, Abdala ordeno a su hijo: 

— iQue Dios me maldiga si no bajas de tu ca- 
ballo! 

Entonces Chad obedecio, y, arrojando su lanza 
en tierra, avanzo lentamente hacia los kelbitas, 

diciendo con voz sombria: 

■Este dia te traera desgracia, padre mlo. 

De igual modo que el tigre juega con la presa 
que tiene entre sus gairas antes de darle el ulti- 
mo golpe, los kelbitas comenzaron a insultar y 
burlarse del joven; despues le echaron sobre una 
roca para degollarle. Durante su agonia, ©1 des- 
graciado clirigio a su padre una ultima mirada, 
llena a la vez de tristeza, de resignacion y de re- 
proche. 

Respecto al anciano, sus blancos cabellos impu- 
sieron a los kelbitas, aunque eran tan feroces, 
cierto respeto; y no atreviendose a degollarle 
como a su hijo, le molieron a palos y le dejaron 
por muerto sobre la arena. Volvio a la vida, pero, 
atormentado por el remordimiento, no cesaba de 
repetir: "Aunque pueda olvidar todas las calami- 
dades que he sufrido, jamas se borrara cle mi rae- 
moria la mirada de mi hijo cuando le entregue 
a sus verdugos." 

El caballo de Chad se nego a abandonar el lu- 
gar del crimen ; con los ojos fijos en el suelo, y 



176 

escarbando con las patas la arena que empapaba 
la sangre de su amo, el noble animal se dejo mo- 
rir de hambre. 

Los asesinatos se sucedieron sin interruption. 
Entre las victimas se conto a Borda, hijo de un 
jefe ilustre, de Halhala, y los sanguinarios kelbi- 
tas no volvieron a Damasco hasta que los caisi- 
tas, sospechando la verdad, se substrajeron a su 
ciego furor internandose en el desierto. 

Todos los kelbitas estaban ebrios de alegrfa y 
orgullo, y un poeta de Chohaina, tribu descen- 
diente de Codaa, expreso sus sentimientos con 
singular energia y con exaltacion fanatica. 

w £ Sabeis, hermanos mios — decla — , vosotros, los 
aliados de Kelb, sabeis que el intrepido Homaid 
Aben-Bahdal ha devuelto la salud y la alegria a 
los kelbitas ? i Sabeis que ha cubierto de oprobio 
a los de Cais y les ha obligado a emigrar? Para 
decidirse a hacerlo han debido sufrir danos te- 
rribles... Prhadas de sepultura las vlctimas de 
Homaid aben-Bahdal, yacen sobre la arena del 
desierto; los caisitas, perseguidos por los ven- 
cedores, no han tenido tiempo de enterrarlas. Re- 
gocijaos, hermanos mfos. Las victorias de Kelb 
son las nuestras; ellos y nosotros somos dos ma- 
nos de un mismo cuerpo; cuando en el combate la 
mano derecha ha sido cortada, la izquierda es la 
que blande el sable." 

Grande fu6 tambien la alegrfa de los princi- 
pes ommfadas, hijos de mujeres kelbitas. En cuan- 






6 



177 

to tuvo noticia de lo ocurrido, Abdalaziz dijo a 
5U hermano Bixr, en presencia del califa: 

— ^Sabes como ban tratado mis tios maternos a 

los tuyos? 

Que ban hecho? — interrogo Bixr, 

— Jinetes kelbitas han atacado y destraido un 
campamento caisita. 

— jlmposible! Tus tios maternos son demasiado 
viles y cobardes para medirse con los mfos. 

Pero a la manana siguiente, Bixr adquirio la 
ccrtidumbre de que su hermano le habia dicho la 
verdad. Halhala, Said y otro jefe de Fazara 11c- 
garon a Damasco sin albornoz, descalzos, con la 
ropa desgarrada, y se arrojaron a sus pies supli- 
candole que los protegiese, y que defendiera su 
causa. 

El lo prometio, y, presentandose a su hermano 
el califa, le hablo con tal calor en favor de sus 
protegidos, que Abdalmelic, a pesar de su odio 
hacia los caisitas, le prometio retener del sucldo 
<le los kelbitas la cantidad indispensable para la 
indemnizacion pecuniaria debida a los de Fazara. 
Pero esta decision, aunque legal, no les satisfi- 
zo. No era dinero lo que querfan, era sangre; asi 
que rehusaron el acomodamiento que se les pro- 
ponfa. 

— Pues bien — dijo el califa — , el tesoro publico 
os pagara inmediatamente la mitad de la suma a 
que ten6is derecho, y si despues segufs siendome 
neles, de lo cual dudo mucho, os pagare tambien 

la otra mitad. 

Hist, musulmanes.' — T. I 12 



178 

Irritados por tan injuriosa sospecha, aunque no 
podian alegar que carecia cle fundamento, y de- 
cididos ademas a exigir la pena del talion, los fa- 
zaritas estaban a punto de rehusar de nuevo; pen 
Zofar, llamandolos aparte, les aconsejo que toma- 
sen el dinero ofrecido, a fin de emplearlo en com- 
prar armas y caballos. Aceptada esta idea, con- 
sintieron en recibir el dinero, y deapucs de com- 

prar gran cantidad de armas y caballos regre- 
saron al desierto. 

Cuando se hall a ran en su campamento, conv6- 
caron el consejo de la tribu. En esta asamblea, 
Halhala pronuncio palabras entusiastas para ex- 
citar a sus hermanos de tribu a vengarse de los 
kelbitas. Sus hijos le apoyaron; pero habia entrc 
los miembros del consejo algunos que, menos ofus- 
cados por el odio, juzgaron la expedicion teme- 
raria y peligrosa. 

— Tu propia familia — dijo uno discutiendo con 
Halhala — esta muy debilitada en este moment) 
para tomar parte en la lucha. Esas hienas kelbi- 
tas han matado a casi todos tus guerreros y t-3 
ban robado todas tus riquezas. Estoy seguro de 
que, en estas circunstancias, tu mismo no nos 
acompafiarfas. 

— Hijo de mi hermano — respondio Halhala — , 
partire como los demas, con la rabia en el cora- 
zon... jHan matado a mi hijo, a mi Borda, a 
quien am aba tanto!... — anadio con voz ahogada; 
y este doloroso recuerdo, produciendole uno de 
los accesos de col era frecuentes en el desde la 



/ 



'* 



179 

muerte de su hijo, le hizo lanzar gritos agudos 
v penetrantes, que parecian mis bieti rugidos de 
una bestia feroz, privada de sus cachorros, que 
sonidos de garganta humana. 

— ^Quien ha visto a Borda? — exclamaba — . 
^Donde esta? Dcvolvedme a mi hijo amado, espe- 
ranza y orgullo de mi raza. . . 

Despuese enumero uno por uno los nombres do 
todos los que habian perecido bajo el acero kel- 
bita, y al pronunciar cada nombre anadia: 

— ^Donde esta? [Venganza! ; Venganza! 

Los que antes se habian mostrado mas tranqui- 
los y opuestos a la lucha, dejaronse fascinar y 
arrastrar por aquella elocuencia ruda y salvaje; 
y, resuelta una expedition contra los kelbitas, se 
pusieron en march a hacia Banat-Cain, donde ha- 
bia un campamento kelbita. Durante la noche, 
los de Fazara cayeron de improviso sobre sus 
eneniigos, exclamando : "; Venganza por Borda, 
venganza por Chad, por todos nuestros her- 

manos ! " 

Las represalias fueron tan atroces como las 

violencias que las habian provocado. Un solo kel- 
bita logi*6 escapar, gracias a la rapidez de su 
carrera; los demas fueron asesinados, y los de 
Fazara examinaron cuidadosamente sus cuerpos 
para ver si algun enemigo respiraba aun, con cl 
fin de insultarle en su agonia y rem atari e. 

Al saber la noticia de esta matanza el principe 
Bixr, buscando el desquite, dijo a su hermano Ab- 
dalaziz, e^i presencia del calif a: 



180 

-iSabes como han tratado mis tioa mateimos 
a los tuyos? 

— ;Que! — exclamo Abdalaziz — . i Se han atrevi- 
do a hacer una carniceria, despues que el califa 
ha concertado la paz y les ha indemnizado? 

El califa, enfurecido por lo que acababa de oir, 
pero esperando antes de adoptar una decision re- 
cibir noticias concretas, les impuso silencio en un 
tono que no admitia replica. 

Bien pronto un kelbita sin albornoz, descalzo 
y con la ropa desgarrada, llego hasta Abdalaziz, 
que le introdujo a presencia del califa, diciendo: 

— Comendador de los creyentes, ^consentiras 
que se ultraje a los que has acogido bajo tu pro- 
teccion, que se desprecien tus ordenes, que se de- 
rroche tu dinero, para emplearlo en contra tuya, y 

que se degiielle a tus sttbditos? 

El kelbita refirio lo ocurrido. Exasperado y fu- 
rioso, el califa no penso esta vez en un acomo- 

damiento. Decidido a hacer sentir a los caisitas 
todo el rigor de su resentimiento y de su odio in- 
veterado, ordeno inmediatamente a Hadchach, en- 
tonces gobsrnador de toda la Arabia, que pasase 
a cuchillo a todos los fazaritas adultos. 

Aunque esta tribu era aliada de la suya, Had- 
chach vacil6 en obedecer. Era muy adicto a su 
raza, pero al mismo tieinpo le devoraba la am- 
bicion. Habfa adivinado que el y su bando no te- 
nfan m&s que un partido que adoptar. La sana 

16gica le habia ensenado que la oposicion no le 

serviria de nada; que necesitaba recuperar el fa- 



181 

vor del califa, y que para conseguirlo tenia que 
someterse mcondicionalmente a sus ordenes, aun- 
que le mandase la destruction del santuario mas 
-venerado o el suplicio de un proximo pariente; 
pero su corazon sangraba. "Cuando haya exter- 
minado a los Fazara — penso al partir eon sus 
tropas — , mi nombre sera infamado y maldecido, 
como el del caisita mas desnaturalizado de 2a 
tier r a." 

La orden que habia recibido era, por otra parte, 
muy dificil de ejecutar. Los gatafan, aliados de 
los de Fazara, habian jurado auxiliarlos, y el mis- 
mo juramento habian prestado casi toclas las tri- 
bus caisitas. El primer acto de hostilidad seina, 
pues, la senal de una cruel guerra civil, cuyo des- 
enlace era imposible prever. Hadchach no sabia 
que* hacer, cuando la Uegada de Halhala y de Said 
vino a sacarle de dudas. Ambos jefes, satisfechos 
de haber saciado su venganza en Banat-Cain, y 
ternblando ante la sola idea de una guerra que 
podfa tener para su tribu las consecuencias mas 
fatales, se sacrificaron con noble abnegacion para 
alejar de sus hermanos de tribu los males que 
los amenazaban, porque el amor a su tribu tenia 
tanta fuerza y tenacidad como su odio a los kel- 
bitas. Coloeando amistosamente sus manos en la 
de Hadchach, dijeron: "^Para que quieres a los 
de Fazara? Nosotros dos somos los verdaderos 
culpables." ' 

Gozoso de este inesperado desenlace, el gober- 
nador los aprisiono, escribiendo en el acto al ca- 






182 

lifa para decide que no se habia atrevido a em- 
penarse en una guerra contra todas las tribus 
caisitas y para rogarle que se contentara con los 

dos jefes, que se habian entregado voluntaria- 
mente. El califa aprobo su conducta, y le mandd 

que enviase los dos prisioneros a Damasco. 

Cuando fueron introducidos en la gran sala en 

que estaba el soberano, rodeado de kelbitas, los 

guardias les ordenaron saludar. Lejos de obede- 

cer, Halhala empezo a recitar con voz fuerte y 

resonante estos versos de un poema que habia 

compuesto en otro tiempo: 

"Salud a nuestros aliados, salud a los Adi, a 
los Mazin, a los Xamj (1), salud sobre todo a 
Abu-Uahb (2), mi fiel amigo. Pueden condenar- 
me a muerte ahora que he saciado la sed de san- 
gre de los kclbitas, que me devoraba. He sabo- 
reado esta felicidad; he asesinado a cuantos ban 
caido bajo mi acero, y desde que ban dejado de 
vivir, mi corazon goza de un dulce repose" 

A fin de devolverle insolencia por insolencia, el 
califa, al dirigirle la palabra, mutilo intenciona- 
damente su nombre, como si fuese demasiado obs- 
curo para merecer el honor de ser pi*onunciado 
correctamente. En vez de Halhala le llamo Hal- 
hal; pero el otro le interrumpio diciendo: 

■ — Me llamo Halhala. 
No, es Halhal. 



■ j 

.I 



_ ] 

:1 



< I > Nombres de Ires subtribus de Fazara. 
(2) Uno do los de Mazin. 



18-3 

— Digo que es Halhala; asi me llamaba mi pa- 
dre, y me parece que nadie ha de saber mi nom- 
fere mejor que el. 

■Pues bien, Halhala, puesto que hay un Hal- 
hala: has altrajado a los que habia tornado bajo 
mi protection, yo, que soy el jefe de los creyen- 
tes; has despreciado mis ordenes y robado mi 
tfinero. 

— Nada de eso; he realizado mi deseo, he sacia- 
<lo mi odio y mi venganza. 

— Pues ahora, Dios te cntrega a la vengadora 
mano de la justicia. 

—No soy culpable de ningun crimen, hi jo dc 
Zorsa. 

Era una injuria llamar a Abdalmelic por este 

nombre, que debia a una abuela suya, de escan- 
-dalosa mem oria (1). El calif a le entrego al kel- 
bita Soair, que tenia que vengar en el a st.i padre, 
rmierto en Eanat-Cain. 

— Dime, Halhala — pregunto Soair — , £cuando 
viste a mi padre por ultima vez? 

— En Banat-Cain — respondio con aire desdeno- 
so — . Temfolaba de pics a cabeza el pobre homlbre. 

— jPor Dios, que te matare! 

— £Tu? fMentira! Eres demasiado vil y cobar- 
de para matar a un hombre como yo. Se que voy 
a morir, pero es porque 1-e place al hi jo de Zarsa, 

Dicho esto, marcho al lugar del suplicio con 
fria indiferencia y con insolente alegrfa, recitan- 



ll> Agani, 1. I, p. 27. 



- f-5 



'tf 



184 

do de tiempo en tiempo algun trozo de las anti- 
guas poesias del desierto, y sin necesidad de que 
le estimulasen las animosas palabras que 3e di- 
rigia el principe Bixr, el cual habia querido ser 
testigo de su suplicio, y estaba orgulloso de su 
fircneza inquobrantable. En el momento en quo 
Soair levanto el brazo para cortarle la cabeza, ex- 
clamo: "Procura que sea un golpe tan certero 
como el que yo di a tu padre." 

Su companero Said, que el califa habia entre- 
gado a otro "fcelbita, sucumbio con un menospre- 
cio de la vkla casi tan prof undo como el suyo (D, 






■■•1 



-1 

-s 



IX 



Micntras los sirios se saqueaban y mataban 
unos a otro>*, los del Irak, raza incorregible e in- 
domable, no permanccian mas tranquilos, y mucho 
tiempo despuSs, los nobles turbulentos de Qufe y 
de Basora recordaban aun con nostalgia aquella 
epoca anarquica, aquellos "buenos tiempos", corno 
ellos decfan, en que, seguidos de diez o veinte 

olientes (2), se pavoneaban por las calle? con la 
cabeza erguida y la mirada amenazadora, presto--; 

sieinpre a renir en cuanto otro noble mostrara 
el semblanle un poco altivo, y seguros, ademas, 
de que, aunque dejasen tendidos a dos o tres ad- 



(1) Hmnasa, pp. 260. 264. Comparese la muerte de Hal 
mla on Mobarrad. p. 870. 

(2) Mobarrotl, p. 220. 



; 



185 

versarios en el arroyo, el gobemador seria indul- 
gente para castigarlos, Y no solamente los gober- 
jiadores los dejaban tranquilos, sino que la envi- 
dia y el odio de Mohalab exponian aim al Irak 
a las incursiones de los no -conformist as, siempre 
temibies y dispuestos a vengar sus numerosas 
derrotas. Efectivamente: habia motivo para en- 
vidiarlos. Gada habitante del Irak veia en Moha- 
lab el general mas grande de su patria, y lo que 
e.- mas, su propio Salvador; ningun nombre era 
tan popular como el suyo; y como habia impuesto 
condiciones antes de eneargarse del mando, habia 
reunido una fortuna colosal, que derrQchaba con 
soberbia indiferencia, dando cien mil monedas de 
plata al que iba a recitar un poema en su honor, 
y otras cien mil al que despues se presentaba a 
decirle que era, el autor de aquel poema (1). Eclip- 
saba, pues, a todos los gobernadores por su lujo 
principesco y su generosidad sioi If mites, tanto 
como por el biillo de su fama y de su poder. "Los 
arabes de esta ciudad no tienen ojos mas que 
para contemplar a este h ombre", decla tristemen- 
te el ommiada Jalid (2), primer gobemador de 
Basora despues de la restauracion; y alejo a 
Mohalab del teatro de sus exitos, le condeno a la 
inaccion dandole el gobierno de Ahuaz, y confio 
el mando del ejercito, casi de treinta mil hom- 
brf»s. a su m'uDio hermano Abdalaziz, joven sin 



-w*-^^^ 



(t) Afcen-JaMcan, fasc, IX, p. 61, ed- Wustenfeld, 
(2) Jalld ben»Ahdala. ben-Asid (y no Osald; el excelenLe 
manuscrlto de Mobarrad conslgna todas las vocales). 



186 

experiencia, pero no sin orgullo, porque se daba 
aires de importancia y tono de vencedor. "Los ha- 
bitantes d3 Basora — decia — pretenden que solo 
Mohalab es capaz de terminar esta guerra; pues 
bien, ahora veran." Pronto expio su loca presun- 

cion con una derrota sangrienta y terrible. Me- 
nosprecianclo ios prudentes consejos de sus oficia- 
les, que le dJsuadian de perseguir un escuadron 
que fingia huh*, cayo en una emboscada, perdio 
a sus generates, a multitud de soldados y hasta a 
su belia esposa, y el se salvo tan solo por milagro 
de una treir.tena de enemigos que le perseguian 

en su fuga. 

Mohalab habia previsto el desastre, y por esto 
habia encargado a uno de sus confidentes que le 
inlormara dia por dia de cuanto ocurriese en el 

ejercito. Despues de la derrota, aquel hombre fue 
a buscarle, 

— i Que noticias me traes ? — le grito Mohalab 
desde lejos. 

— Una que te alegrara saber: el ha sido venci- 
do, y su ejercito ha sufrido una completa de- 
rrota. 

— iComo, desgraciado! iCrees que puedo ale- 
grarme de que un coraixita y un ejercito musul- 
man hayan sido vencidos? 

— Poco in> porta que te cause pena o alegria; 
la noticia es cierta, y esto basta (1), 

La indignacion contra Jalid, el gobernador, era 
extremada en toda la provincia. 

CD Mobarrad, pp. 740, 745. 



187 

He aqui las consecuencias — le argufan — cie 
enviar contia el enemigo a un joven de dudoso 
valor, en ve^ del noble y leal Mohalab, ese heroe 
que, gracias a su larga experiencia guerrera, sabe 
prever y conjurar tod as los p&ligros (1). 

Jalid sc r«.-signaba a oir estos reproches, fami- 
liarizado ya con el descredito de su hermano; pero 
si era poco susceptible en cuestiones de honor, en 
cambio temfa por su puesto, sobre todo por su 
vida, y esperaba con ansiedad creciente la llegada 
de un correo de Damasco. Impulsado por la ne- 
cesidad, propia de todos los tlebiles, de que un 

espiritu mas fuerte que el suyo los tranquilice, 
hizo venir a Mohalab y le pregunto: 

;Que piensas que Abdalmelic hard conmigo? 
Destituirte — respondio laconicamente el ge- 
neral, que le guardaba demasiado rencor para 
prestarse a calmar sus inquietudes. 

— Y £no tend re que temer algo peor, aunque 
soy su pariente? — replico Jalid. 

— Cierto — repuso Mohalab con aire desdefio- 
so — ; porque en cuanto sepa el calif a que tu her- 
mano Abdalaziz ha sido vencido por los no-con- 
formistas de Persia, sabra tambien que tu her- 
mano Omeya ha sido derrotado por los de Bah- 
rain. 

El temido correo llego al cabo con una carta 

del califa para Jalid. En el la, Abdalmelic le diri- 
$ria los reproches mas amargos por su conducta 



(1) Mobarrad, j). 746. 






■■ 

■-.. 



188 

ridicula y culpable, le anunciaba su destitution, 
y terminaba diciendo: "Si fuera a castigarte como 
te mereces, te haria experimentar cruelmente. mi 
resentimiento; pero no quiero olvidar nuestro pa- 
rentesco, y j;or eso me limito a destituirte." 

En substitucion de Jalid nombro el califa a su 
propio hermano Eixr, que ya era gobernador de 
Cufa, para el gobierno de Basora, ordenandole 

conferir a Mohalab el mando del ejercito, refor- 
zado por ocho mil hombres de Cufa. 

En aquellsib circunstancias no cabfa una elee- 
cion mas deplorable. Caisita violento; como ya se 
ha visto, Bixr confundia a todas las tribus yeme- 
nitas en un odio comun, y detestaba a Mohalab, 
jefe natural de aquella raza en el Irak-Arabi. 
Asf, cuando recibio la orden del califa se enfurecio 
y juro que mataria a Mohalab. Su primer minis- 
tro, Muza aben-Nosair — el futuro conquistador de 
Espafia (1) --, esforzose en calmarle, y se apresu- 
ro a escribir al general para aconsejarle que pro- 
cediese con gran circunspeccion, que se xnezclaso 
con la turba para saludar a Bixr cuando hiciese 
su entrada en Basora, pero sin pedirle audiencia. 
Mohalab si^uio sus consejos. 

Instalado on su palacio de Basora, Bixr conce- 



(1) Muza aben-Nosair, como zobafrita, habSa asistirio 
a la batalla do la Pradera. Proscripto por Mertmn, babia de- 
mandado y obtenido la protecc!6n do Abdalaziz, hijo de este 
califa, y deade entoncea ao habfa convcrtido en uno de !os 
mils firomps defensoros do los ommfadas. — Ben-Asakir, Histo- 
ria de Damasco, man. de la Biblloteca de Aatif en Corus- 
tantfnopla, artfculo sobro Muza aben-Nosair. — M. de Slano hit 
ten! do la bondad de facHItarmo la copia de este artfculo* 



139 

did audiencia a los nobles de la ciudad, y, notan- 
do la ausencia de Mohalab, preguntp la causa: 
■El general te ha saludado en la calle, perdido 
entre la multitud — le respondieron — ; ahora se 
siente muy indispuesto, y no puede venir a ofre- 
certe sus respetos. 

Bixr creyo encontrar en la indisposicion del ge- 
neral un excelente pretext© para no ponerle al 
frente de las tropas. Sus aduladores no cesaban 
de decirle que, siendo el gobemador, tenia dere- 
cho a nombrar por si mismo un general; sin em- 
bargo, no ati eviendose a desobedecer abiertamen- 
te al califa, le envio una carta en que le partici- 
paba que Mohalab estaba enfermo, pero que ha- 

^ 

bia en el Irak otros generales muy aptos para 
substituirle. Cuando llego esta noticia a Damasco, 
Abdalmelic celebro una entrevista privada con el 
jefe Aben-Hakim, y le dijo: 

— S6 que eres un hombre de gran probidad y de 
rara inteligencia; aconsejame, pues, que general 
posee el talwito y las condiciones necesarias para 
terminar con exito esta guerra. 

Aunque el no fuese yemenita, Aben-Hakim res- 
pondio sin vacilar un momento que era Mohalab, 

— Pero esta enfermo — repuso el califa. 

— No sera su enfermedad la que le impida to- 
mar el mando — replico Aben-Hakim con maligna 

sonrisa. 

— [Ah, ornprendo! — murmuro el califa — . Bixr 

quiere seguir el mismo camino que Jalid. 

Y le escribio inmediatamente para ordenarle 



.5 



190 

con tono absoluto e imperioso que pusiese a Moha- 
lab y no a otro al frente de las tropas. 

Bixr obedecio, pero de muy mala gana. Habien- 
dole remitido Mohalab la lista de los soldados que 
deseaba movilizar, le tacho los nomtores de los 
mas valientes, y despues, llamando a Aben-Mij- 
naf, general de las tropas auxiliares de Cufa, le 
dijo: "Ya r&bes cuanto te aprecio y lo que me 

fio de ti. Pues bien: si quieres conservar nii amis- 
tad, desobedece todas las ordenes que te de ese 
barbaro del Oman, y haz que todas sus medidas 
le precipiten c-n un ruidoso fracaso." Aben-Mijnaf 

se inclino, lo que Bixr interpreto como serial de 
asentimiento; pero se habia equivocado. De la 
misma raza, y, lo que es mas, de la misma tribu 
que Mohalao, Aben-Mijnaf no acepto el odioso 
papel que el gobernador le adjudicaba; y cuando 
salio del palucio dijo a sus ami gas: "Indudable- 
mente ese vhiquillo ha perdido la cabeza, puesto 
que me cree capaz de hacer traicion al jefe mas 
ilustre de mi tribu." 

El ejerat} entro en campana, y Mohalab, amv 
que privado de sus mejores oflciales y de sus sol- 
dados mas \alientes, \ogro nada menos que arro- 

jar a los no-eoirfovmistas del Eufrates, prinrero, y 
despueis, del Ahuaz y de Kam-Hormoz; pero esta 

brillante sevie de victorias fue interrumpida brus- 
camente por la noticia de la muerte de Bixr. Lo 
que este espiritu inquieto no habia podido lograr 
en vida lo hizo su muerte, que causo en el ejerci- 
to un desorden espantoso. Juzgando en su eg-ois- 



191 

mo que la guerra no interesaba mas que a los 
arabes de Basoi'a, los soldados de Cufa subleva- 
ronse contra su general, Aben-Mijnaf, y deser- 
taron en masa para volver a sus hogares. La ma- 
yorfa de los soldados de Basora imito su ejemplo. 
Nunca, en acjuella guerra tan larga y tenaz, el 
peligro habia sido tan inminente. La anarqufa 
mas complete reinaba en el Irak, donde no habfa 
sombra de autoridad ni de disciplma. El lugarte- 
niente de Bixr en Cufa habia amenazado con la 
muerte a los desertores si no volvian a sus pues- 
tos; pero por toda respuesta entraron en su ciu- 
dad, y no llegaron a castigarlos (1). Bien pronto 
los no-eonformistas aniquilaron al punado de va- 
lientes que habian permanecido fieles a la bande- 
ra de Mohalab, y, franqueando todas las antiguas 

barreras, wiundaron el Irak. Habian dejaclo morir 
de hambre, despues de haberlos encerrado en un 

subterraneo, eargados de cadenas, a los infelices 

que habian caido en su poder despues de la derro- 

ta de Abdalaziz (2), y iquien sabe si no prepa- 

raban la misma suerte a todos los paganos de la 

provincia? Todo dependeria del nuevo goberna- 

dor. Si la eleccion del califa era tan mala como 

las anteriores, el Irak estaba perdido. 

Abdalmeltc nombro a Hadchach, que se. hallaba 

entonces en Medina y que en cuanto recibio el 

nombramiento partio para Cufa, acompafiado tan 

solo por doce personam — diciembre del afio 694 — . 



(1) Mobarrad, pp. 747-751 
<2) Mobarrad, p. 741. 



■y 



192 

En cuanto llego, fue directamente a la mezquita 
donde el pueblo, enterado ya de su llegada, es- 
taba reunido Penetro en ella con el sable al 
cinto, el ai*co en la mano y la cabeza medio ocul- 
ta bajo su turbante; subio al pulpito y paseS 
largo tiempi su mirada, incierta y debil — porque 
era corto de vista (1) — , sobre el auditono, sin 
proferir una palabra. Interpretando su prolonga- 
do silencio por timidez, los del Irak se indignaron, 
y como, si no eran valientes en action, eran inso- 
lentes en palabras, sobre todo cuando se trata- 
ba de insultar a un gobernador, murmuraban ya: 
"iQue Dios confunda a los omeyas por haber con- 
fiado el gobierno de nuestra provincia a semejante 
imb&cil !..."; hasta uno de los mas atrevidos se 
disponfa a iirarle una piedra a la cabeza, cuando 
rompio de improviso el silencio que tan obstina- 
damente habia guardado hasta entonces. Atrevido 
innovador en oratoria como en politica, no comen- 
zo con las formulas consagradas en honor de Dios 
y del profeta. Levantando el turbante que le cu- 
bria el rostro. comenz6 a recitar estos versos de 
un poeta antiguo: 

— "Yo soy el sol naciente. No hay obstaculo que 
no venza. Para el que me conoce, basta con que 
me descubra. w 

Despues continuo con voz lenta y solemne: 
rt Veo muchas cabezas maduras para ser sega- 



(I) Aben-Cotaiba, p. 202. 



193 



das-..; yo sere el segador... Entre los turbantes y 
las barbas que cubren los pechos veo sangre... 



sangre..." 



Despues, animandose poco a poco, prosiguio: 

"Habitantes del Irak, por Dios que no me dejy 
amedrantar por miradas amenazadoras. No me 
parezco a ssos camellos, a los cuales se hace co- 
rrer a escape espantandolos con el ruido cle un 
odre vacio y seco. Asi como se examina la boc-a 
de un cabal lo para conocer su edacl y su aptitud 
para el trabajo, asi han examinado la mia, y han 
encontrado que ya tengo la muela del juicio. El 
comendador de los creyentes ha sacado las flechas 
de su carcaj, las ha puesto delante de si, las ha 
examinado una a una, atenta, cuidadosamente, y 
despues de probarlas todas ha comprendido que 
la mas dura y la mas dificil de romper era yo. 
He aqui por que me ha enviado al Irak... Hace 
mucho que seguis el camino de la rebel ion y Is 
anarquia; pero os juro que hare con vosotros lc 
que se hace con las zarzas espinosas cuando se 
quieren empJear como lena para arder: atarlas 
con una cueida para cortarlas en seguida (1); o.-? 
molere a palos como los pastores a los camellos 
que se quedan detras. Y tened en cuenta que hago 
lo que digo; que cumplo lo que proyecto, y que 
una vez que he trazado sobre el cuero la forma 
de una sandalia, la corto sin vacilacion. El co- 



W-w-ui 



(1) V£ase la frase que emplea aquf ol oratlor; Mobarr.nl, 
pfigtna 46. 

Ht3T, MUSUUWANES. — T. I 13 



194 

mendador de los creyentes me ha oi'denado pa- 
garos vuescra soldada y conduciros al teatro de 

la guerra, donde combatireis a las ordenes de 
Mohalab. Os concedo tres dfas para hacer vues- 
tros preparativos, y os juro por lo mas sa- 
grado que, pasado este plazo, cortare la cabe- 
za a todos los que no hayan partido... Y aho- 
ra, anuchacho, lee la carta del comendador de los 
creyentes." 

El aludido leyo estas palabras: "AbdaiLmelk, co- 
mendador de los creyentes, a todos los musulma- 
nes de Cufa, salud." 

Era costumbre que el pueblo respondiese a tal 
formula con estas palabras: "i Salud al comenda- 
dor de los creyentes!"; pero esta vez el auditorio 
guardo un sombrio silencio, fuese porque com- 
prendia instintivamente que habia encontrado un 
amo en aquel orador de palabra brusca, pero pin- 
toresca y nerviosa, fuese porque no queria con- 
vencerse de olio. 

•I Detente! — ordeno Hadchach al lector — ; des- 
pues, dirigiendose nuevamente al pueblo, excla- 

mo — : i come es que el comendador de los cre- 
yentes os saluda y vosotros no le respondeis? 
j Por Dios, que he de daros una leccion de cor- 
tesia! Vuelve a empezar, mucluacho. 

Al pronunciar estas sencillas palabras, Had- 
chach habia dado a su rostro y a su voz una ex- 
presion tan amenazadora y terrible, que cuando 
el lector ley6 de nuevo la palabra "salud", todo 



195 

el ccaicurso contesto al unisono: "jSalud al comen- 
dador de los creyentes!" (1). 

Los mismos medios produjeron el mismo exito 
en Basora. Muchos habitantes de esta ciudad, in- 
formados da lo ocurrido en Cufa, sin esperar si- 
quiera la llegada del nuevo gobemador, habfaa 

ido a incorporarse al ejercito de Mohalab (2), y 
este general, agradablemente sorprendido de tan 
insolito celo, exclamo en un arranque de alegria: 
"jDios sea loado! Al fin ha venido un hombre al 
Irak" (3). Desgraciado el que mostraba la menor 
vacilacion o resistencia, porque Hadchach apre- 
ciaba en muy poco la vida de un hombre. Dos o 
tres personas demostraron con su muerte este 

aserto (4). • 

Sin- embargo, si Hadchach creia haber ganado 

la partida, se enganaba. 

Repuestos de su primer espanto, los del Irak 

rugieron de col-era por haberse dejado intimidar 

y aturdir como los ninos por el maestro de ea- 

euela, y en el momento en que Hadchach condu- 

cfa al ejercito de Mohalab una division de tro- 

pas, una queja — con pretexto de la paga — fue la 

senal de un tumulto que bien pronto adquirio las 

proporciones de una formidable rebelion. La-con- 

trasena era la deposicion del gobernador; los re- 

beldes juraron exigirsela a Abdalmelic, amena- 

zandole con destituirle ellos mismos; Abandonado 



- f 



(1/ Mobarrad, pp. 220, 221. 

(3> Mobarrad, p. 753. 

(3) Weil, t. I, p. 433. 

<4) Mobarrad, p. 753. 



L 



196 

de todos, a excepcion de sus parientes, de sus 
amigos intimos y de sus servidores, vio a los re- 
beldes saquear su tienda y llevarse sus mujeres; 
si no les lvibiera detenido el temor al califa, le 
hubiesen nvxtado. Pero no se abatio un instante; 
rechazando ccn indignacion los consejos de sus 
amigos, que le proponian que entrase en negocia- 
ciones con los insurrectos, dijo con fiereza, como si 
hubiera sido el dueno de la situacion: "No lo hare 
mas que cuando me hayan entregado a sus jefes." 
Probablemente hubiese pagado con la vida su 
inflexible terquedad, si en aquel momento critico 
lo$ caisitas le hubieran abandonado a su suerte; 
pero habian adivinado en el una esperanza, un 
soster, un jef-e; habian comprendido que, siguien- 
do sus ordenes, se levantarian de su abatimiento 
y recobrarian el poder. Tres jefes caisitas, entre 
los cuales figuraba el valiente Cotaiba Aben-Mos- 
lim, volaron en su auxilio; un hermano de tribu 

dc Mohal&b y un jefe temimita, descontentos 
de los rebeides, siguieron su ejemplo, y en cuan- 
to Hadchach vio seis mil hombres en torno suyo, 
obligo a los rebeides a aceptar la batalla. Un ins- 
tante estuvo a punto de perdeiia; pero, habiendo 
replegado sus tropas y habiendo sido muerto por 
una fiecha el jefe de los rebeides, alcanzo la vic- 
toria, que hizo completa ,y decisiva por su cle- 
mencia con los vencidos; prohibio perseguirlos, 
les concedio la amnistia y se contento con enviar 
las cabezas de diez y nueve jefes rebeides, muertos 
en el combate, al campamento de Mohalab, a iin 



197 

de que sirviesen de escarmiento a los que pensa- 

ran en sublevarse (1). 

Por primera vez, los caisitas, promovedores casi 
siempre cle todas las in surrecci ones, habian ser- 
vido de apoyo al poder establecido; y emprendido 
este camino, marcharon resueltamente por el, se- 
guros de que era el unico medio de rehabilitate 
ante el califa. 

Una vez restablecido el orden, Hadchach no tuvo 
otro pensamiento que excitar y estimular a Moha- 
lab; temiendo que este quisiese prolongar la gxie- 
rra en provecho propio. Mezclando con su impe- 
tuosidad natural las malas medidas con las bue- 
nas, le escribia carta tras carta, reprochandole 
duramente su ineptitud, su inaccion, su flojedad, 
amenazando con darle muerte o destituirle (2), y 
enviando ineesantemente comisarios al campamen- 
to (3). Por pertenecer a la raza del gobernador, 

y por el prurito de dar consejos, sobre todo cuando 
no se los pedian, estos comisarios sembraban el 
desorden en el ejercito (4), y al entablarse la ba- 
talla, huian (5). 

Mas logrose el exito apetecido: no habian trans- 
currido dos anos desde que Hadchach habia sido 
nombrado gobemador del Irak-Arabi, cuando los 
no-conformistas depusieron las armas, hacia fines 
del afio G96. 



(1) Aben-Jaldun, fol. 1S6 r. y v. 

(2) Mobarrad, p. 756. 

(3) Mobarrafl, pp. 759, 765. 

(4) Mobarrari, p. 76(5. 

(5) Mobarrad, p. 785. 



" ■ ^J 



198 

Nombrado virrey de todas las provincias orien- 
tates en recompensa dc tan fieles y utiles servi- 

cios, Hadchach tuvo que reprimir aun algunas su- 
blevaciones; pero triunfo de todas, y a medida 

que se aiirmaba la coi*ona sobre la cabeza de sai 
soberano, levantaba a su raza del abatimiento en 
que habia cafdo y trataba de reconciliarla con el 
calif a; \o consiguio sin gran dificultad. Obligado 
a apoyarse en los caisitas o en los kelbitas, la 
eleccion no podia ser dudosa. Los reyes son de or- 
dinario poco afectos a los que han contribuido a 
6U elevacion, y que se creen con derecho a su re- 
conocitniento. Los servicios prestados por los kel- 
bitas habian inspirado a estos una soberbia in- 
oportuna. Con cualquier motivo recordaban al ca- 
lifa que, sin ellos, ni el ni su padre hubiesen ocu- 
pado el trono, y le miraban como obra suya, como 
de su propiedad. Los caisitas, al contrario, que- 
riendo hacer olvidar a toda costa que habfan sido 
enemigos da su padre y de los suyos, demanda- 
ban sus favores de rodillas, y obedecian ciega- 
mente sus palabras y ademanes. De este mode 
llegaron a suplantar a sus adversarios (1). 



Los kelbitas, al caer en desgracia, se quejaron 
amargamente; pero el poder del calif a est aba har- 
to consolidado en esta epoca para que pudieratn 
isublevarse contra el. Sus poetas se desquitaron 
reprochandole acremente su ingratitud, y prodi- 
gandole amenaaas. He aqui lo que decia Ghauas, 



- -? 



(1) Hamasa, p. G5S. 



199 

el padre de Sad, al que veremos mas tarde morir 
en Espana, victima del odio de los caisitas. 

"I Abdaknelic! No nos has recompensado, a los 
que hemos oombatido valient em ente en tu favor, 
procurandote la felicidad y los bienes de este 
immdo. H,Te acuerdas de lo que ocurrio en Cha- 
bia, en Chaulan? Si Aben-Bahdal no hubiera asis- 
tido a la asamblea que alii se celebro, vivirias ig- 
norado, y ningomo de tu familia recitaria en la 
mezquita la plegaria publica. Sin embargo, des- 
pues de obtener el poder supremo y de hallarte 
sin competidores, nos has vuelto la espalda, y 
falta poco para que nos trates como a enemigos. 
iNo ; se dirfa que ignoras que el tiempo puede 
traer extranas revoluciones?" 

En otro poema se lee: 

"La familia omeya nos ha obligado a tenir 
nuestras lanzas en la sangre de nuestros enemi- 
gos, y ahora no. quiere que participemos de su 
fortuna. I Familia ommiacla! Hemos veneido con 
nuestras lanzas y nuestras espadas innumerable? 
escuadrones de inclomitos guerreros, cuyo grito 
de guerra no era el tuyo, y hemos ale j ado el pe- 
ligro que te amenazaba. Dios recompensara tal 
vez nuestros servicios y el haber afianzado ese 
trono con nuestras armas, pero de seguro que la 
familia ommfada no nos recompensara. Sois ex- 
tranjeros, venis del Hichaz, de un pais separado 

m 

completamente del nuestro por el desierto, y en 



- *-■ J 

■ J— ~t 

J - 



200 

Siria no os conocia nadie (1). Entonces los cai- 

sitas luchaban contra vosotros; ol odio fulguraba 

en sus miradas, y su band era flotaba en los 
aires..." 

Otro poeta kelbita, uno de los que anteriormen- 
te habian cantado la victoria de la Pradera, di- 
rigio esta poesia a los ommiadas: 

"En un tiempo en que ni aun sonabais con el 
trono, nosotros habiamos precipitado del de Da- 
masco a los que se habian atrevido a ocuparle, y 
despues os lo hemos dado. En muchas batallas os 
hemos demostrado nuestra adhesion, y en la de 
la Prad-era debisteis la victoria solo a nuestro 
poderoso auxilio. No pagueis con ingratitudes 
nuestros leales servicios; antes erais buencs para 
nosotros; guardaos de convertiros en tiranos. Aun 
antes de Meruan, cuando los ojos de un emir 
ommiada estaban nublados por los cuidados como 
por un velo tupido, nosotros rasgamos ese velo 
para que pudiera ver la luz; cuando ya estaba a 
punto de sucumbir, cuando ya rechinaba los dien- 
tes, le salvamos (2), y entonces, gozoso, exciaawa- 
ba: "iDios es grande!" Cuando el caisita se jacte, 
recuerdale la bravura que demostr6 en el campo 



J 

5 



<1) Koeuerd^se c<ue la rama de los ommiadas, a que pcr- 
tenecfa Meruan, se habfa establccido en Medina. 

(2) El comcnt arista Tibrizi ha interpretado mal «?stc ver r 
so, porque no br* hecho notar quo por una licencia po&tica, 
na/fasna estil ompleado en vez de naffasnd; compru^bese 
con Aben-Cotalba, p. 201 . 1, IS, y con Hamasa* p- 263, Is. 6 y 7. 
-tonde se tuiciwntra tctlana y naaina, en lugar de taktnd y 
naina, como resulta de la Hnea 11 do esta p&gina. 



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201 

de Dahac, al Este de Chobar (1) ; alii ningun 
caisita se port 6 como un hombre de corazon; mon- 

tados en sus alazanes, buscaron todos su salva- 
cian en la fuga" (2). 

Quejas, murmuraciones, amenazas, todo fue in- 
util para los kelbitas. El tiempo de su grandeza 
habia pasado, y pasado para siempre. Cierto que 
la poh'tica de la corte podia cambiar, y que cam- 
bio en efecto. Cierto que los kelbitas siguieron 
desempenando un papel importante, sobre todo 
en Africa y en Espana, pero nunca volvieron a 
ser lo que en tiempo de Meruan, la mas poderosu. 
de las tribu° yemenitas. Esta categoria corres- 
pondio desde entonces a los Azd; la familia de 

Mohalab habfa suplantado a la de Aben-Bahdal. 
La lucha, sin perder su energia, adquirio propor- 

ciones mas vastas; en adelante, los caisitas tuvie- 
ron a todos los yemenitas por enemigos. 

En el reinado de Ualid, que en 705 sucedio a 

su padre, Ahdalmelic, llego al cenit el poderio de 

F 

los caisitas. "Hijo mio — habia dicho Abdalmelic 
en el lecho de muerte — , muestra siempre el mas 
profundo respeto hacia Hadcbach; a. el le debes 
el trono; el es tu espada y tu diestra, y tienes 
mas necesidad de el que el de ti" (3). Ualid no 
olvido jamas esta recomendacion. "Mi padre solia 
decir: "Hadchach es la piel de mi frente." Pero 



(1) Es decir, on la batalla de la Pradera. 

(2) Hamcc&a, pp. G5C-659. 

(3) Soyuti, Tarij al-jolafa, p. 221, e.d. Lees. 



1 



202 

yo anado: Hadchach es la piel de mi rostro" (l). 
Esta frase resume todo su reinado, mas fecundo 
on concjuistas y en gloria militar que ninguno, 
porque fue entonces cuando el caisita Cotaiba 
planto las banderas musulmanas sobre las mura- 
lias de Samurcanda, cuando Mohamed aben Ca- 
sing primo de Hadchach, conquisto la India hasta 
el Himalaya y cuando al otro extremo del impe- 
Ho, los yemenitas, despues de haber ultimado la 
conquista d°l Norte de Africa, anexionaron Es- 
paiia al vasto Estado fundado por el Prof eta <le 

r 

la Meca. 

Pero fue un tiempo desastroso para los ye- 
menitas, especialmente para los dos hombres mas 
notables, aunque no mas respetables, de este par- 
tido: Yezid, hijo de Mohalab, y Muza, hijo de 
Nossair. Por su desgracia, Yezid, jefe de su fami- 
iia dexde la muerte de su padre, habia dado pre- 

i.oxtos muy plausibles para justificar el odio do 

Hadchach. Como todos los miembros de su fa- 

milia, la mas liberal bajo el gobierno de los 

ommfadas, como los barmecidas lo seran durante 

el de los abasidas (2), sembraba el dinero a su 
paso; y queriwido ser dichoso y que todo el mun- 

do lo fuera, derrochaba la fortuna en los place- 
res, en las artes y en imprudentes larguezas de 
una esplendidez altamente aristocratica. Una vez, 
yendo en peregrinacion a la Meca, dio mil mone- 
das de plata a un barbero que acababa de afei- 



(1) Uistoria del califato de Ualid, ed. Anspach, p. 13. 

(2) Ahcn-JaVican, Fasc. X, p. 107, ed. WUstenfeM. 



203 

tarle. Estupefacto ante tan considerable recom- 
pensa, el bavbero exclamo con alegria: 

-Voy a rescatar con esto a mi madre de la 

esclavitud. 

Entonces, conmovido por su amor filial, Yezid 
le dio otras mil monedas. 

— Me condeno a repudiar a mi mujer — prosi- 
guio el barbero — , si rasuro en mi vida a otra 
persona. 

Y Yezid 1c dio todavia otras dos mil mone- 
das (1). Caentanse de el multitucl de anecdotas 
semejantes, que patentizaban que entre 3us dedos 
prodigos corria el dinero como el agua; pero 
como no hay fortuna, por enorme que sea, que 
resista a una prodigalidad exagerada hasta la 
iocura, Yezid se habia vis,to obligado, para librar- 
£e de la ruina, a usurpar fondos al califa. Conde- 
nado por Hadchach a restitufr seis millones al 
tesoro, y no pudiendo pagar mas que la mitad 
de esta suma, fue encerrado en un calabozo y 
torturado cruelmente. Al cabo de cuatro anos (2) 
intento evadirse con dos de sus hermanos que 
compartian su cautiverio, y mientras Hadchach, 
creyendo que habian ido a sublevar al Jorasan, 
enviaba correos a Cotaiba para mandarle que to- 
mase medidas de precaucion y ahogase la revo- 
lucion en su germen, ellos, guiados por un kel- 
bita (3), recorrian el desierto de Samaua, a fin 



(1) Aben-Jallcan, Fasc. X p. 105. 

(2) Aben-Jaldun, fol. 196 v. 

(3) Aben-Jaldun, fol. 196 v. 



i 
y 



204 

de ir a implorar la proteccion cle Soliman, hernia* 
no del califa, heredero del trono en virtue! de las 
disposiciones dictadas por Abdalmelic, y, ademas 
jefe del partido yemenita. Soliman juro que, mien- 
tras viviese, los hijos de Mohalab no tendn'an 
nada que terrier; ofrecio pagar al tesoro los tres 
mi Hones que adeudaba Yezid, y pidio gracia para 
este ultimo, pero no la tuvo sino con gran tra- 
^ajo y por un golpe teatral. Desde entonces, Ye- 
zid permanecio en el palacio de su protector, es- 
perando el momento en que su partido volviese a,} 
poder, y cuando se le preguntaba por que no 
compraba casa, respondia: "iQue iba a hacer do 
ella? Tendre bien pronto una que no abandonaro 
jamas: un palacio de gobernador, si Soliman lle^a 
a ser califa, y una prision, si no lo eonsigue (1). 
El otro yjmenita, el conquistador de Espafia. 
no procedfa, como Yezid, de un linaje ilustre. 
Era un liberto, y, si pertenecia a la faction, en- 
tonces en dosgracia, era porque su dueno, el prin- 
cipe Abdalaziz, hermano del califa Abdalmelic y 
gobernador de Egipto, era ardiente defensor de la 
causa de los kelbitas, porque su madre procedfa 
de esta tribu. Ya bajo el reinado de Abdalmelic. 
cuando aun era recaudador de contribuciones en 
Basora, Muza se hizo culpable de malversation. 
Enter ado el califa, di6 a Hadchach orden de pren- 
derle; pero, avisado a tiempo, Muza se refugio 
en Egipto e imploro la proteccion de su dueno, el 
cual le tom6 bajo su salvaguardia, y se traslado 

ci) Ahrn-Jallcan, Fase. X, pp. 1 12-11.**. 



205 

a la corte para arreglar el asunto. Habiendo 
exigido el califa cien mil monedas de oro como 
indemnizacion, pago la mitad de la suma Abda- 
laziz, y en seguida nombro a Muza para el go- 
hierno de Africa, porque entonces el gobemador 
de esta provincia era elegido por el gobemador 

de Egipto (1). Despues de haber conquistado Es- 
paria, Muza, colmado de riquezas, en el cenit de 
la gloria y del poder, volvio a usurpar los bienes 
del califa con igual atrevimiento que antes. Cier- 
to que entonces todo el mundo negociaba con las 
rentas publicas; el error cle Muza fue el de ex- 

oederpe, no pertenecicndo al partido donunante. 
Hacia tiempo que Ualid vigil aba sus actos, y al 
fin le ordeno volver a Siria para rendir cuentas. 
Mientras pudo, Muza eludio el cumplimiento de 
csta orden; pero, obligado al fin a obedecer, aban- 
dono Espafia, y, una vez en la corte, procuro 
desarmar la colera del califa ofreciendole magni- 
ficos presenter. Todo fue inutil. Acumulados du- 
rante largo tiempo los odios de sus compaiieros 
Taric, Mogit y otros, se desbordaron ; abrumaron- 
le con acusaciones que fueron muy bien acogi- 
das, y el caudillo prevaricador fue arrojado igno- 
miniosamente, en plena reunion, de la sala de 
audiencia. El califa no se contentaba con menos 
que con seoitenciarle a muerte; pero algunas per- 
sonas importantes, que Muza habla comprado a 
fuerza de dinero, le salvaron la vida, quedando 



(1) Ht-n-Adari, t. I, pp. 24, 25. 



206 

reducida la pena a una multa muy conside- 
rable (I). 

Poco tiempo despues exhalo Ualid el ultimo sus- 
piro, dejando el trono a su hermano Soliman. La 
caida de los caisitas fue inmediata y terrible* 
Hadchach ya no existia. "jAla, concedeme morir 
antes que ei comendador de los creyentes, y no 
me des por soberano un principe implacable para 
mi!" (2); tal habia sido su ruego, y Dios le habia 
escuchado; pero sus clientes, sus amigos, que ocu- 
paban aun todos los puestos, fueron destitufdos 
inmediatamente y reemplazados por yemenitas. 
Yezid ben-abi-Moslim, liberto y secretario de Had- 
chach, perdio el gobierno del Irak, y fue ence- 
rrado en un calabozo, de donde no salio hasta 
cinco anos mas tarde> al subir al trono el califa 
caisita Yezid II, para ser nombrado en seguida 
gobernador de Africa (3); tan rapidos eran en- 
tonces los cambios de fortuna, Mas desgraciado 
que &1, el mtrepido Cotaiba fue decapitado, y el 

ilustre conquistador de la India, Mohamed aben- 
Casim, primo de Hadchach, expiro en el torment;), 
mientras Yezid, el hijo de Mohalab, que en el 
reinado precedente habia estado a punto de morir 
degollado, gozaba — como favorito de Soliman — de 
ilimitado poder. 

Muza fue el unico que no se aprovecho del 
triunfo de su partido, porque con la vana espe- 



(1) IsMoro, c. 38. 40. 

(2) Tabari, apud Weil, t. I, p. 353. 

(3) Abu-All Tanuji, Al-faracho bada's-xidati, man. Ac 
Leyde, 61, p. 73. 



207 

ranza de reconciliarse con Ualid, habia ofendido 
gravements a Soliman. Cuando Muza llego a Si- 
ria, Ualid estaba ya tan enfermo que podia prede- 
cirse su muerte, y Soliman, que, codiciaba los ricos 
presentes que Muza destinaba a Ualid, invito a, 
este a que retrasase su marcha para llegar a 
Damasco cu*ando su hermano hubiese muerto y 61 
hubiese ocupado el trono. Muza no accedio a la 
demanda; y como los hijos de Ualid habian here- 
dado los regalos hechos a su padre, por esto So- 
liman le guardaba rencor (1); asi que no le per- 
dono la mult a que podia pagar facilmente con la 
ayuda de sus numerosos clientes de Espana (2) 
y de los miembros de la tribu de Lajm, a la cual 
pertenecia su esposa (3). Soliman no llevo mas 
lejos su venganza. Hay, respecto a la suerte de 
Muza, un enjambre de leyendas, unas mas conmo- 
vedoras que ctras, pero inventadas por los nove- 
listas en una epoca en que se habia olvidado com- 
pletamente la situacion en que se hallaban los 
partidos en el siglo Vlli; cuando nadie se acor- 
daba ya de que Muza gozaba — como atestigua un 
autor tan antiguo como digno de credito (4) — de 
la protecion y amistad de Yezid, hijo de Mohalab, 
el omnipotente favorito de Soliman. Ningun mo- 
tive, por especioso que sea, puede autorizar tan 
indignos rumores, que no se fundan sobre ningu- 



(1) Ken Habib, man. de Oxford, p. 153. 

(2) Isidore c. 40. Pro multa opulentia — dice este au- 
tor — parvum imposition onus existimat, atque mira veloci- 
tate impo&ituwi pondus exactat. 

(3) Ajbar inachmua, fol. 62 r. 

(4) Beladori, man. de Leyde, p. 270. 



208 

na autoridad respetable y que se hallan en oposi- 
cion directa con el circunstanciado relato de un 

autor contemporaneo (1). 

Como exceocion unica en la historia de los om- 
rniadas, el sucesor de Soliman, Omar II, no era 
un hombre de partido, sino un respetable ponti- 
fice, un santo, que se'ntia horror a la discordia y 
al odio, que daba gracias a Dios por no vivir en 
la epoca en que los santos del islamismo, All, 
Aixa y Moauia, combatian entre si, y no queria 
p.i oir hablar de tan funestas luchas. Preocupado 
unicamente con los intereses religiosos y la pro- 
pagation de la fe, recuerda al excelente y vene- 
rable pontifice, que decia a los florentrnos; "No 
seals ni gibelinos ni guelfos; no seais mas que 
cristianos y conciudadanos." Omar II, como Gre~ 

gorio X, no consiguio realizar su suefio generoso. 
Yezid II, que le sucedio, y que se habia casado 
con una sobrina de Hadchach, fue caisita. Hixean, 
al subir al trono, favorecio a los yemenitas, y ha- 
biendo reemplazado muchos gobernadores nom- 
brados por su antecesor, por hombrcs de estc 

partido (2), permitio a los que subian al pod-er 
perseguir ciuelmente a los que acababan de aban- 

donarlo (3) ; , pero cuando, por razc-nes que ex- 
pondremos mas adelante, tuvo que decidirse por 

el otro partido. los caisitas buscaron el desquite, 
sobre todo en Africa y Espana. 



(1) Kste autor ea laidoro de Beja. 

(2) En el Jorasan, por ejemplo, el catsita Moslim al-Kllabi 
fu£ substitufdo por el yemenlta Asad al-Casiri. 

(3) Abu-'l-mohasin, t, I, p. 288. 



209 

Como la poblacion arabe de estos dos pafses 
era casi exclusivamente yemenita, solian estar 
tranquilos cuando los gobernadores eran hombres 
de esta facclon; pero cuando los gobernantes eran 
caisitas, se convert! an en teatro de las violences 
mas atroces. Esto es lo que sucedio despues de 
la muerte do Bixr, el kelbita, gobernador de Afri- 
ca. Antes de exhalar el ultimo suspiro, Bixr ha- 
bia confiado el gobierno de esta provincia a uno 
de sus hermanos de tribu, que se jactaba de que el 
califa Hixem confirm aria el nombramiento. Su es- 
peranza quedo fallida; Hixem nombro al caisita 
Obaida, de la tribu de Solaim. Enterose de esto 
el kelbita, pero se creyo bastante poderoso para 
resistir con las annas en la raano. 

Era la mafiana de un viernes del mes de junio 

o julio del ano 728. El kelbita acababa de vestir- 

' se y se disponfa a ir a la mezquita para presidir 

alii la oraciou publica, cuando sus amigos se pre- 

cipitaron e-i su camara, gritando: 

— ;E1 emir Obaida acaba de entrar en la ciudad! 

El kelbita, aterrado, cayo en mudo estupor, y 
solo recobro la palabra para exclamar: 

—I Solo Dios es poderoso! La hora del juicio 
final llegara tan inopinadamente como esta. 

Sus rpiemas se negaron a sostenerle, y, helado 
de espanto, cayo en tterra. 

Obaida habia comprendido que, para imponer 
su autoridad, neoesitaba sorp render la capital. Fe- 
lizmente para el, Cairauan no tenia murallas, y 
marchando con sus caisitas por caminos extra- 

HlST. MUSULMANES. T. I 14 



e 



(1) Ilen-Adaii, t. I, p, 36; Ben-al-Abar, p. 47.4<*. 

(2) Moharram, 111. Aben-Baxcoual, apud Macari, t, 1L 
p. 10, Es preclso leer Kilabij como se halla en Macari, en 
Aben-Jaldun, etc., y no Kinani, como so lee en otros auto 
res. En escritura arabe es f^cfl corifundir estos dos nomUres. 



210 

viados y en el mas prof undo silencio, habia en- 
trado de improviso cuando los habitantes de la 
ciudad Ie creian aun en Egipto o en Siria. j 

Dueno da la capital, se ensano contra los kei- ] 

bitas con una crueldad sin ejemplo. Despues d 
encarcelarlos les dio tortura, y, a fin de saciar la 

codicia de su soberano, los despojo de sumas cuan- 
tiosas (1). 

Toco a su vez a Espaiia, pais cuyo gobemador 
era entonces nombrado por el de Africa; pero que 
no habia recaido mas que una sola vez sobre un 
caisita. Habiendo fracasado en sus primeras ten- 
tativas, Otaiba envio en abril del ano 729 al cai~ 
sita Haitam, de la tz'ibu de Kilab (2), amenazan- 
do a los arabes de Espaiia con los mas rigurosos 
castigos si no se ponfan a las ordenes de su nuevo 
gobernador. Los yemenitas murmuraban, tal vez 
conspiraban contra el caisita, al menos este lo 
creia; y obv&ndo conforme a las instrucciones se- 
cretas de Obaida, encarcelo a los jefes del otvo 
partido, les arranco enti*e horribles torturas la 
confesion del complot y les hizo cortar la cabeza. 
Entre las vfctimas figuraba un kelbita, que, a 
causa de su origen ilustre, de sus riquezas y de su 
elccuencia, gozaba de gran consideration: era 

Sad, hi jo de aquel Chauas — vease la nota C 
al fin de este votanen — que habia reprocha- 



F 



\ . 

r 



211 

do en sus versos tan endrgicamente al califa Ab- 
daihnelic su ingratitud hacia los kelbitas, euyo 
valor en la batalla de la Pradera habla decidido 
]a suerte del imperio y proporcionado el trono a 
Meruan. El ?uplicio de Sad hizo temblar de in- 
dignation a los kelbitas, y algunos, conio Abrax, 
el secretario de Hixeni (1), que no habla perdido 
toda influencia en la corte, la utilizaron tan bien, 
que el califa consintio en enviar a Espana a un 
tal Mohamed, con orden de castigar a Haitam y 
de conferir ei gobiemo de la provincia al yemeni- 
ta Abderrahman al-Gafiki, que gozaba de gran po- 
pularidad. Llegado a Cordoba, Mohamed no en- 
contro alii a Abderrahman, que se habia ocultado 
para librarse de las persecuciones del tirano; 
pero, habiendo mandado encarcelar a Haitam, le 
hizo azotar y raparle la cabeza, lo cual entonces 
era una pena infamante; despues, cargado de ca- 
denas y montado en un asno con la cabeza hacia 
atras y las manos atadas en la espalda, mando 
pasearle por toda la ciudad. Ejecutada la senten- 
cia, le desterro a Africa, para que el gobernador 
de esta provincia decidiese de su suerte. Sin em- 
bargo, no era de esperar que Obaida castigase al 
que no habia hecho mas que cumplir sus 6rdenes. 
Por su parte, el califa crela haber dado a los kel- 
bitas una satisfaction suficiente — aunque ellos te- 
nian mayores exigencias — , pues la muerte de Sad 
no podia ser expiada, segun las ideas arabes, mas 



U) Ben-al-Abar, p. -19, y Weil, t. I, p. 654 



212 

que con la de su asesino. Hixem envio, pues, a 
Obaida una orden tan ambigua que este pudo 
iirterpretarla en favor de Haitam (1). Es-to fue 

4 

para los kelbitas una gran desilusion; pero no se 
desanimaron, y uno de sus mas ilustres jefes, 
Abu-' I- Jatar, que habia sido intimo de Sad, y que 
en la prision — que habia compartido con Obai- 
da — habia acumulado tesoros de odio contra el ti- 
rano ,y contra todos los caisitas, compuso este 
poema para repetirselo al calif a: 

"Permites a los caisitas verter nuestra sangre. 

^ 

hijo de Meruan; pero si te resistes a hacernos 
justicia, apelaremos al juicio de Dios, que sera 
mas equitativo para nosotros. Se diria que has 
olvidado la batalla de la Pradera y que ignoras 
qui£n te proporciono entonces la victoria. Fueron 
nuestros pechos los que te sirvieron de escudo 
contra las lanzas enemigas, y no tenias otros in- 
fantes y caballeros que nosotros. Pero, una vez 
obtenido el fin, ahora que, gracias a nosotros, na- 
das entre delicias, finges no vernos; he aqui com 3, 
despues de tan largo trato, procedes constante- 
mente con nosotros. Pero no fies en una seguri- 
dad enganosa cuando la guerra se reanude, y 
cuando sientas desiizar el pie sobre tu escala de 
cuerda, puede que entonces las cuerdas que crefas 
solidamente retorcidas se destuerzan... Esto se 
ha visto muchas veces..." 






m 



v— *— + 



(1) Isidore, c. 57 



213 

El kelbita Abrax, secretario de Hixem, fue el 
encargado de recitar estos versos; y la amenaza 
de una giaerra civil produjo tal efecto al califa, 
que dicto inmediatamente la destitucion de Gbai- 
da, exclamando con colera verdadera o fingida: 
"Maldiga Dios a ese hijo de una cristiana que m 
ha cumolido mis ordenes" (11. 



X 



La lucha entre yemenitas y caisitas no dejo ds 
ejercer influencia sobre la suerte de los pueblos 
vencidos, porque principalmente en lo relativo a 
los tributos, cada uno de los dos partidos tenia 
principios diferentes, y en este sentido, como en 
otros muchos, Hadchach habia trazado a los su* 
yos la linea de conducta que debian seguir, Sabido 
es que, en virtud de las disposiciones de la ley t 
los cristianos y los judios sometidos a la domi- 
nacion musulmana, en cuanto abrazaban el isla- 
mismo quedaban dispensados de pagar al te,sqro 
la capitacion impuesta a los que perseveraban en 
la fe de sus mayoress. Gracias a este cebo ofrecido 
a la avaricia, la iglesia arabe recibla cada dla en 
su seno una turba de conversos que, sin estar com- 
pletamente convencidos de la verdad de sus doc- 
trmas, se preocupaban ante todo del dinero y de 
los intereses mundanos. Los teologos se regocija- 



^-p- *■■ 



■T-- 



(1) Constiliwnse mis Noticias sobre algwtos manuscritos 
drahes, pp. 47-49, 257, y tambidn Ben-Adarf, t. I, pp. 36, 37, 



- ; 



214 

ban de tan rapida propagacion de la fe, pero el 
tesoro disminuia enormemente. La contribucion de 
Egipto, por ejemplo, que durante el califato de 
Otman se elevaba aun a doce millones, pocos anos 
de&pues, durante el califato de Moauia, cuando la 
mayoria de los coptos habian abrazado el isla- 
mismo, quedo reducida a cinco millones (1). En 
el reinado de Omar II disminuyo aun mas; pero 
el piadoso califa no se inquietaba por esto. Y 
cuando uno de sus lugartenientes le envio este 
mensaje: "Si este estado de cosas se prolong?* 
en Egipto, todos los dimis se haran musulmanes y 
se perderan las rentas que recaudaba el Estado", 
el califa respond io: "Yo serf a muy dichoso si todos 
los dimis se hicieran musulmanes; porque Dios ha 
enviado a su Profeta como apostol y no como re- 
oaudadox de contribuciones" (2). Hadchach pensa- 
ba de distinto modo; le interesaba poco la propaga- 
cion de la fe, y para conservar el favor del califa 
se veia obligado a llenar el tesoro. Por esto no 
habia concedido a los musulmanes recien convert!- 
dos en el Irak la ventaja de no pagar la capita- 

cion (3) . Los caisitas imitarooi cons tan temente este 
ejemplo, y ademas trataron a los vencidos, musul- 
manes o no, con aJtivez insolente y con extr&ma 
dureza. Los yemenitas, por el contrario, si no se 
portaban mas equitativa y bondadosamente coa 
Ids vencidos, mientras ocupaban el poder, al me- 



O) Ahmed ben-abl-Y&cub, Kiictd al-holdan, fol. GO v. 

(2) Journal Asiaiique, IV serle. t. XVIII. p. 433. 

(3) Nouairf, en cl Journal Asiatiquc, 111 serie, t. XI, 
p&gtna f>S0. 



j , 



1 



215 

iios, cuando estaban en la oposicion, unian sus 
quejas a las de los oprimidos, para censurar el 
espiritu de fiscalizacion que animaba a sus rivales. 
Per eso los pueblos sojuzgados, cuando veian a 
los yemenitas subir al poder, se prometian dias 
"tejidos con seda y oro", aunque su esperanza 
resulto muchas veces fallida, porque los yeme- 
nitas no fueron ni los primeros ni los ultimos 
■iberales que durante la oposicion gritan contra 
los impuestos, exigen la reforma del sistema tri- 
butario y la prometen para cuando vuelvan al go- 
bierno; pero que, cuando le ocupan, no cumplen sus 
ofertas. "Me encuentro en una situation muy di- 
iicil — decia el jefe de los yemenitas, Yezid, hijo 
de Mohalab, cuando Soliman le nombro gober- 
nador del Irak — ; toda la provincia ha cifrado 
en mi sus esperanzas ; me maldecira, como ha mal- 
decido a Hadchach, si la obligo a pagar los mis- 
3nos tributos que antes satisfacia; mas, por otra 
parte, Soliman estara descontento de mi si no 
percibe las mismas rentas que percibia su her- 
ma.no, cuando Hadchach era gobernador de la pro- 
vincia." Para salvar el obstaculo ideo un recur- 
so muy original. Habiendo declarado al califa 
que no podia comprometerse a cobrar los im- 
puestos, le indujo a conflar tan odiosa mision a 

un hombre del partido que acababa de caer (1). 
No puede negarse que habia entre los yeme- 
nitas hombres extremadamente ductiles, que tran- 



i. 



(l) Aben-Jalioan, Fasc. X, p. 116, ed. Wiistenfeld; Afen 
Jaldun, fol- 190 r. 



216 

sigran sin pena con sus principios, y que, por con- 
servar sus puestos, Servian al que mandaba, fue- 
se yemenita o caisita, con una adhesion y una 
dorilidad a toda prueba. El keibita Bixr era un 
prototipo de estos hombres, cada vez mas nu- 
merosos, a medida que las costumbres se relaja- 
.ban y el amor a la tribu cedia paso a la am- 
biei'on y a la sed de riquezas. Nombrado gober- 

r 

nador de Africa por el caisita Yezid II, Bixr envio 
a Espaiia a uno de sus hermanos de tribu, 11a- 
mado Anbasa, que hizo pagar a los cristianos 
del pais doble tributo (1); pero cuando el yeme- 
nita Hixem subio al trono, envio a uno de su tri- 
bu, llamado Yahya, a que restituyese a los cris- 
tianos todo lo que habian cobrado injustamente. 
Un autor cristiano de aquel tiempo lleg-a a decir 
que esfce gobeT-nador — terrible — , tal es el epi- 
fceto que le da, fcuvo que recurrir a medidas crue- 
les para forzar a los nrusulmanes a que devol- 
viesen lo que no les pertenecia (2). 

Sin embargo, los yemenitas, en general, eran 
menos duros qu^ sus adversarios con los vend- 
ers, y, por consiguiente, resultaban menos odio- 
sos. La poblacion de Africa, formada por unu 

aglomeracion de tribu s heterogeneas- que los ara- 
bes encontraron establecidas desde Egipto haste 

el Atlantico, y que ban sido designadas con el 

nombre de bereberes, tenia por ellos una predilec- 
cion indecible. Los berberiscos eran una raza al- 



(1) Jsidoro, e. K2. 

(2) Isidore <'■■ SJ, 



-J. 

3-- 
4?" 



211 

twa, aguerrida y extremadamente celosa de su 
libertad. En muchos aspectos, indicados ya por 

Strabon (1), se parecfan a los ar&bes. Nomadas 
en un territory o limitado, como los hijos de Is- 
maol, guerreaban del mismo modo que ellos, como 

atestigua Muza aben Nosair (2), que tanto con- 
tribuyo o someterlos; acostumbrados, como los 
.arabes, a una independencia inmemorial, porque 
la dominacion romana casi se habla limitado a la 
costa; terdendo, en fin, la misma organization po- 
litica, o sea una democracia templada por la in- 
fluencia de las familias nobles, fueron para los 
arabes, cuando intentaron subyugarlos, enemigos 
mucho mas terribles que los soldados mercena- 
nos y los subditos oprimidos de Persia y del im~ 

peno bizantino. 

Los invasores pagaban cada exito con una san- 
grienta derrota. En el mismo momento en qua 
recorrJan en triunfo el pais hasta las orillas del 
Atlantico, se veian envueltos y divididos por hor- 
das tan innumerables como las arenas del de- 
bierto. "Conquistar el Africa es empresa impo- 
sibfe — escribia un gobernador al califa Abdalme- 
lic- — ; apenas es exterminada una tribu berberis- 
ca, surge otra en su lugar." Los arabes, tal vez 
a causa de los obstaculos que encontraron, y que 

el honor los impulsaba a s-alvar, costase lo que 
costase, se obstinaron en esta conquista con una 
terquedad y un valor admirables. A costa de se- 



(1) ii, is. 

| (2) Ben-Adnri, t. Jl, p. 2u 









■v 



%\ A,* h^\ . . j 



218 

tenta afios de mortifera guerra lograron la su- 
mision de los africanos, que consintieron en de- 
poner las armas con tal de que no hiciesen valer 
sobre ellos los derechos adquiridos, de que se res- 
petase su arrogancia quisquillosa y no los tra- 
tasen como vencidos, sino como iguales y hemia- 
nos. ;Desgraciado el que cometia la impruden- 
cia de ofenderlos! En su loco orgullo, el caisita 
Yezid-aben-abi-Moslim, el antiguo secretario de 
Iladchach, quiso tratarlos como esclavos, y l e 
asesinaron; as! que, a pesar de ser caisita, el ca- 
lifa Yezid II tuvo la prudencia de no exigir el 
casiigo de los culpables y de enviar un kelbita 
para gobernar la provincia. Menos precavido que 
*su antecesor, Hixem provoco una insurreccion te- 
rrible que' desde Africa se propago a Espana. 

Yemen ita al comienzo de su reinado, y, por lo 
tanto, bastante popular (1), Hixen acabo por in- 
clinarse hacia los caisitas, porque los crefa dis- 
puestos a saciar su pasion domioiante: la sed de 
oro. Habiendole entregado las provincial que ellos 
sabian explotar tan bien, saco de ellas mas dine- 
ro que ninguno de sus antecesores (2), y en cuan 
to al Africa, en el ano 734, afio y medio despueV, 
le la destitution de Obaida (3), la confio al go- 
bierno del caisita Obaidala. Era este nieto de un 
liberto, pero no un hombre vulgar. Habia reci- 



(1) Qui Hiscam primordio suae potestatis satis se mo- 
destum ostendms. Isidoro, c. 55. 

(2) Isidoro. c, 57. 

(3) En Ben-Adari (t. I, p. 37) hay que leer: un aiio y 
sels meses (Xaual 114-Rebi II, 116). 



'I 
1 



219 

bido una educacion solida y brillante; sabia de 
memoria, y le entusiasmaban, los poemas clasi- 
cos y los relatos de las guerras de los antiguos 
tiempos (1). En su adhesion a los caisitas habia 
un pensamiento noble y generoso. No habiendo 
encontrado en Egipto mas que dos humildcs tri- 
bus caisitas, hizo venir alii mil trescientas fami- 
3ias pobres de csa raza, y se desvelo por que pros- 
perase esta colonia (2) . Su respeto hacia la f am ilia 
de su patrono era conmovedor: en medio de su 
grandeza, y en el colmo del poderio, lejos de aver- 
gonzarse de su humilde origen, proclamaba en 
alta voz su gratitud hacia el padre de Ocba, que 
habfa manumitido a su abuelo; y cuando, siendo 
el gobemador de Af2*ica, Ocba vino a visitarle, le 
sent6 a su lado, y le demos tro tanto respeto, que 
sus hijos, con la vanidad propia de todo advene- 
dizo, se indignaron. "(Que! — le dijeron cuando le 
encontraron a solas — . iHaces sentar a tu lado 
a ese beduino, en presencia de la nobleza y de los 
coraixitas, que se daran por ofendidos, induda- 
blemente! Como eres un anciano, nadie se mos- 
trara cruel contigo, y tal vez la muerte te pon- 
dra a cubierto de toda hostilidad; pero debemos 
temer que el oprobio de este suceso caiga sobre 
nosotros. iQue sucedera si el calif a se entera de 
lo ocurrido? £No montara en c61era cuando sepa 
que has tributado mas honores a este hombre que 



(1) Ben-Attar], t. T, p. SS. 

(2) Macrizi, De las tribus drabes establecidas en Eoipto } 
f piginas 33, 40, ed. Wustenfeld. 









r^. 



1 






220 

o. los coraixitas?" "Teneis razon, hijos mios — res- 
pondio Obaidala — ; no encuentro modo de excu- 
sarme, y no volvere a hacer lo que me repro- 
chais." 

A la manana siguiente, llamo a Ocba y a los 
nobles a su palacio; los trato con sumo respeto. 
pcro cedio el puesto de honor a Ocba, y, sentan- 
doso a sus pies, hizo venir a sus hijos. Cuando 
entraron en la sala y se sorprendieron de aquel 
espectaculo, Obaidala se levanto, y, despues de 
haber glorincado a Dios y a su Profeta, repitio a 
los nobles las palabras que sus hijos le habian 
dirigido la vispera, y prosiguio en estos termi- 
nos: "Tomo a Dios y a todos vosotros por testi- 
gos, aunque solo Dios basta, para declarar que 
este hombre que veis aqui es Ocba, hi jo dc Had- 
chach, que dio libertad a mi abuelo. Mis hijos 
han sido seducidos por el demonio, que les ha 
inspirado un orgullo insensato; pero al menos, 
yo he querido dar a Dios la prueba de que no 
soy culpable de ingratitud y de que se lo que debo, 
tan to al Etemo como a aquel hombre. He que- 
rido hacer esta declaration en publico, porque te- 

t 

mfa que mis hijos llegasen a negar un beneficio 
de Dios y a no reconocer a este hombre y a su 
padre por sus patronos, lo cual traei'fa como con- 

secueneia inevitable la maldicion de Dios y de los 
hombres, porque harto se que el Profeta ha dicho : 
''iMaldito aquel que pretende pertenecer a una 

"familia a la cual es extrano; maldito el que re- 
? 'niega de su patrono!" Y tambien he oido referir 



\ 



221 

que Abubequer dijo: "Renegar de un pariente, 
"aunque sea lejano, o fingirse oriundo de una fami- 
!, Iia a la cual no se pertenece, es ser ingi*ato con 
"Dios../' Hijos mios, como os quiero tanto como a 
mi mismo, no he querido exponeros a la maldi- 
cion del cielo y de los hombres. Me habeis asegu- 
tado que el califa se indignara. contra mi, si sabe 
. lo que he hecho. Tranquilizaos; el califa — a quien 
Pios conceda larga vida — es demasiado magnani- 
mo f comprende lo que debe a Dios, y conoce harto 
bien sus deberes para que yo tema excitar su 
colera cumpliendo los mios; estoy persuadido de 
que aprobara mi conducta." "iBien dicho! — excla- 
maban por todas partes — . jViva nuestx*o gober- 
nador!" Los hijos de Obaidala, avergonzados, 
guardaron un sombrio silencio. Despues, Obaidala, 
dirigiendose a Ocba, prosiguio: "Seiior, mi debsr 
es obedecer tus ordenes. El califa me ha confiado 
un vasto pais. Elige el gobierno de la provin- 
cia que mas te agrade." Ocba eligio Espana. "Mi 

mayor anhelo — dijo — es tomar parte en la guerra 
santa; alii podre satisfacerle" (1). 

Sin embargo, a pesar de la clevacion de su ca- 
racter, y aunque posefa las virtudes caracterlsti- 
cas de su nacion, Obaidala sentia el mas profundo 
menosprecio por todo lo que no fuese arabe. A 
sus ojos, los coptos, los bereberes, los hispanos, 
los vencidos, en general — a los cuales apenas con- 
sideraba como hombres — , no tenian otra misi6n 



(1) . Ajbar machmua, fol. 60 r. f 61 r. 



& 



222 

en el mundo que enriquecer con el sudor de su 

irente al gran pueblo que Mahoma habia Hamad > 
el mejor de todos. Ya en Egipto, cuando fue re- 
caudador de contribuciones, habia aumentado en 
una vigesima parte el tributo que pagaban los 
coptos; y este pueblo, de ordinario muy pacifico, 
y que desde que habia sido dominado por los mu- 
suhnanes nunca habia apelado a las armaSj se 
exaspero de tal modo por tan ai'bitraria medida, 
que se sublevo en masa (1). Elegido gobernador 
de Africa, juzgo un deber satisfacer los caprichos 
de los grandes seriores de Damasco, a expensas 
de los rebeldes. Como las lanas de los merinos 
con que fabricaban telas de una blancura deslum- 
bradora eran muy apreciadas en aquella capital, 
de.spojaba a los berberiscos de sus rebarlos, los 
mandaba degollar, aunque a menudo no encon- 
traba mas que un solo carnero con lana entre 
cada ciento, porque los demas eran de los llama- 
dos carneros pel ados o sin lanas, y, por consi- 
guiente, inutiles para el gobernador (2). No con- 
tento con quitar a los bereberes sus ganados, fuen- 

te principal de su riqueza, o, por mejor decir, casi 
:-.u unico medio de vida, les arrebataba tambien 

sus mujeres y sus hijas, para surtir los harenes 

de Siria, porquq los senores arabes tienen en el 

mas alto aprecio a las mujeres berberiscas, que 



(1) Macrlzi, Hiatoria dc loft coptos, p. 22 del tcxto, ed. 

\v-uftenr eld ; v6ase tambl£n la nota del editor, p. 54. 

(2) Aben-Jaldun. Historia de los bereberes, t. I, p. 150 
151 dol tf-xlo; Ajbar majmua, fol. fi.*i. v. 






223 

siempre han gozado farna de sobrepujar a las 

arabes en belleza (1). 
Durante mas de cinco anos, los bereberes su- 

frieron en silencio; murmuraban, acumulaban te- 
sorns de odio; pero la presencia de un numeroso 
ejercito los contenia aun. 

La insurreccion germinaba; tendria un caracter 
tanto religioso como politico, estaria dirigida por 
misioneros y sacerdotes, porque, a pesar de las 
rumerosas y ostensibles semejanzas que existlan 
entre el berberisco y el arabe, mediaba, sin em- 
bargo, entre ellos la diferencia esencial de que el 

uno era no sdlo piadoso, sino foiclinado a la su- 
persticion, y ante todo lleno de una ciega vene- 
racion hacia sus sacerdotes, mientras el otro, 

burlon y esceptico, no concedia casi ninguna im- 
portancia a los ministros de la religion. En nues- 
tros tiempos todavla los morabitos africanos ejer- 
cen una infiuencia ilimitada. Solo ellos tienen de- 
recho a intervenir en las rivalidades entre dos 
tribus; cuando hay que elegir jefes, ellos son los 
que proponen al pueblo los que consideran ma r > 
'dignos; cuando la gravedad de las circunstancias 
exige una reunion de las tribus, ellos recogen las 
ctiversas opiniones, deliberan entre si y participan 
su decision al pueblo, el cual se encarga de sa- 

tisfacer todas sus necesid^ades y deseos (2) y hasta 
da reparar sus viviendas. jCosa extraiia y cu- 



U) Iben-Adhari, t. I, p, 39; Aben-Jaldun, Jawo laud; 

comp&rese con Soyutl, Tarij-al-Jolafa, p. 222, 1. il, «d. I^ees, 
(2) Daumas. La grande Kabylie, p. 53-56. 



_ r 

■: . 



i- J 



224 

nosa! Los bereberes tienen mas veneracion por 
ios sacerdotes que por el misino Dios. "El nombre 

de Dios — afirma un autor frances que ha estu- 

diado a conciencia las costumbres de este pue- 
blo — , el nombre de Dios, invocado por un mfeliz 
a ouien se pretende despojar, no le protege; en 
cambio, el de un morabito venerado le salva" (1) . 
Por eso los berberiscos no han desempeiiado un 
papel importante en el mundo mas que cuando 
han sido impulsados por un sacerdote, por un mo- 
rabito. Los morabitos fueron los que echaron los 
cimientos de los vastos imperios de los almoravi- 
des y de los almohades. En su lucha contra los 

arabes, los berberiscos de las montanas del Auras 
fueron capitaneados por una profetisa, que creian 

dotuda de un poder sobrenatural, y en aquel tiem- 
po, el general arabe Ocba-aben-Nafi, que habia 
comprendido mejor que nadie el caracter del pue- 
blo que combatia, y adivinado que para vencerle 
ho.bia que buscar su fiaco y herir su imaginacion 
P'.)T medio de milagros, desempefio atrevidamen- 
te el papel de hechicero, de morabito. Tan pronto 

encantaba serpientes como flngia escuchar voces 
celestiales, y aunque estos recursos nos parezcan 

ridiculos y pueriles, resultaron tan fructuosos 
que una turba de bereberes, deslumbrados por los 

prodigios de aquel hombre y convencidos de que 
en vano intentarian resistirle, ' depusierort las ar- 
mas y se convirtieron al islamismo. 



-\ 



<1) Daumas, j>, 55. 



225 
En la epoca de que tratamos, esta religion , 
predominaba en Africa. Durante el reinado de 
Omar II habia hecho tan grandes progresos, que 
un antiguo cronista (1) llego a decir que no que- 
daoa un solo berberisco que no fuera musulman, 
aeerto que no parecera muy exagerado si se re- 
cuerda que estas conversiones no eran completa- 
mente espontaneas, y que el interes desempenaba 
en ellas un papel importance. Como la propaga- 
cion de la fe era el objetivo de la vida de Omar, 
utilizaba todos los medios propios para hacer pro- 
.selitos; y apenas consentian en pronunciar las pa- 
labras: "No hay mas que un solo Dios, y Mahoma 
es su Prof eta", quedaban dispensados de pagar 
lg capitacion, sin estar obligados a cumplir estric- 
Mmente todos los preceptos religiosos. Un dla 
que el gobemador del Jorasan escribio a Omar, 
quejandose de que los que en apariencia habian 
abrazado el islamismo lo hacian tan solo por no 
pagar la capitacion, anadiendo que habia adqui- 

rido la certidumbre de que estos hombres no esta- 
ban circunci dados, el calif a le respond! 6: "Dios ha 
cnviado a Mahoma para llamar a los hombres a la 

verdadera fe, y no para circuncidarlos" (2). Es 
que contaba con el porvenir; bajo aquella inculta 
vegetation adivinaba una tierra rica y fertil, en 
que la palabra divina podia germinar y fructifi- 

car; presentia que si los recien convei'sos mere- 
cian aun el reproohe de tibieza, sus hijos y sus 



1' 



■i- 



(1) Ben Abd-Alhaquen f en Weil, t, I, p. 383. 

(2) Aben-Jaldun, fol. 202 r. 

Hist. Musur .manes. — T. I 35 



Yj *jl%£ <a*/> 



226 

nietos, nacidos y eclucados en el islamismo, Hega- 
rian a sobrepujar en celo y devocion a los que 
habian dudado de la ortodoxia de sus padres. 

Los hechos han justificado .sus previsiones, so- 
bre todo en lo que concieme a los habitantes de 
Afiica. El islamismo, que les habfa .sido tan anti- 
patico y odioso, se les hizo primero soportabte 
y despues querido en alto grado. Pero la religion, 
tal como ellos la comprenden, no es la fria reli- 
gion oflcial, triste termino medio entre la incre- 
dulidad y el deismo, que les predicaban misione- 
ros sin uncion, repitiendoles siempre lo que de- 
bian al califa y no lo que el califa les debia i 
ellos; era la religion apasionada y atrevida, que 
les predicaban los no-conformistas, los cuales, per- 
seguidos en Oriente como bestias feroces, y obli- 
gados a disfrazarse y adoptar nombres supues- 
tos (1) para escapar a las persecuciones, habian 
ido a buscar, desafiando mil peligros, un asilo en 
los ardientes arenales de Africa, donde propaga- 
ban sus doctrinas con exito inaudito. Estos doc- 
tores, convencidos y ardientes, no habian encon- 
trado en ninguna parte disposiciones tan propi- 
cias para adoptar sus creencias; el calvinismo 
musulman habia, al fin, encontrado su Escocia. 
El mundo arabe, por decirlo asf, habfa vomitado 
estas doctrinas no por repugnancia a los princi- 
pios politicos del sistema, que armonizaban admi- 
rablemente con el instinto republicano del pafs, 



L T-|^ 



(!) V6ase en Mobarrad. p, 579, y Big. las curio a as aven- 
turaK del poeta no-con form lata Tmran ben-Hitan. 



- c x ;\ 



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f 
I. 



227 

sino porque no queria ni tomar la religion en se- 
rio ni aceptar la moral intolerante que caracteri- 
zaba a estos sectarios. En desquite, los habitantes 
de los pobres aduares africanos la aceptaron con 
indescriptible entusiasmo. Ignorantes y sencillos,. 
nada comprendian de las especulaciones y sublimi- 
dades dogmaticas en que se abismaban los espi- 
ritus superiores; hubiera sido inutil indagar a que 
secta se afiliaron con preferencia, si eran haruri- 
,tas, zofritas o ibaditas, porque los cronistas no 
estan de acuerdo en cste punto ; pero comprendian 
lo suficientemente de estas doctrinas para abra- 

zar las ideas revolucionarias y democraticas, para 
compartir las esperanzas novelescas de nivela- 
cion universal que animaban a sus doctores y 
para estar convencidos de que sus opresores eran 
reprobos, dignos del infierno. Como todos los cali- 
fas, a parti r de Otman, no habian sido mas que 
usurpadores incredulos, no era un delito suble- 
varse contra el tirano que les arrebataba sus bie- 
nes y sus mujeres; era un derecho y casi hasta 
un deber. Como hasta entonces ios arabes los te- 
nian alejados del gobierno, no dejandoles mas 
que lo que no les habian podido quitar, el gobier- 
no de las tribus, creian facilmcnte que la doctri- 
na de la soberania del pueblo — doctrina que en su 
salvaje independencia habfan profesado desde 
tiempo inmemorial — era muy musulmana, may 
ortodoxa, y que el mas humilde bereber podia ser 
elevado al trono en virtud del sufragio universal. 
Asi este pueblo, cruelmente oprimido, excitado por 



v. 







fanaticos, mitad apostoles, mitad guerreros, que 
por su parte querian ajustar antiguas cuentas 
con los pseudoortodoxos, iba a sacudir eT yugo en 
nombre de Ala y de su profeta, en nombre de 
aquel libro sagrado en que se habian apoyado 
otros para fundar un terrible despotismo. ;Extra- 
fio destino el de los codigos religiosos, formida- 
bles arsenates que proporcionan armas a todos los 
partidos, que lo mismo justifican a los que que- 
man herejes y predican el absolutismo, que a los 
que proclaman la libertad de conciencia, clecapi- 
tan un rey y fundan una republica...! 

Todos los espiritus estaban, pu-es, en plena 
exaltacion, y no se esperaba para tomar las ar- 
mas mas que una ocasion favorable, cuando en el 
ano 740 Obaidala envio un gran contingente da 
tropas para invadir Sicilia. Alejado el ejercito, 
bastaba el menor pi*etexto para que estallase la 
insurrection, y precisamente entonces el goberna- 
dor de Tingitania cometio la imprudencia de im- 
plantar el sistema caisita, ordenando a los bere- 
beres de su distrito que pagasen doble tribute, 
como si no hubieran sido musulmanes. Inmedla- 
tamente tomaron las armas, se raparon la cabeza 
y ataron el Coran a la punta de sus lanzas — se- 

gun la costumbre de los no-conformistas (1) — ; 
confirieron el mando a Maisara, uno de los mas 

celosos sectarios, a la vez sacerdote, soldado y 
demagogo; atacaron la ciudad de Tanger, se apo- 



■*■ 



(1) Ajbar mach.nua, fol. 63, r. 



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22$ 

deraron y degollaron al gobernador y a cuantos 
arabes encontraron en ella, y, aplicando sus doc- 
trinas en todo su inhumano rigor, no perdonaron 
ni aun a los ninos. Maisara marcho desde Tan- 
ger hacia la provincia de Sus, gobemada por Is- 
mael, hijo del gobernador Obaidala. Sin esperar 
su llegada, los bereberes se sublevaron en todas 
partes, y el gobernador de Sus sufrio la misma 
suerte que el de Tingitania. En vano los arabes 
intentaron resistir; batidos en todas partes, se 
vieron forzados a evacuar el pais, y en pocos dias 
perdieron toda la region occidental, cuya conquis- 
ta les habia costado tantos aiios de sacrificios 
Los bereberes se reunieron para elegir califa, y 
tan democratica fue esta revolucion, que la elec- 
cion no recayo sobre un nofole, sino sobi*e un h<xm~ 
bre del pueblo, sabre el valiente Maisara, que 
antes habia sido un simple aguador en el mercado 
de Cairauan. 

Sorprendido de improviso, Obaidala ordeno a 
Ocba, gobernador de Espana, atacar la costa de 
Tingitania; asl lo hizo; pero habiendo sido derro- 
tadas sus tropas, Ocba, con fuerzas mas consi- 
derables, desembarco en Africa y paso a cuchillo 
a cuantos bereberes cayeron en sus manos, pero 
no consiguio dominar la insurreccion. 

Al mismo tiempo, Obaidala haibia dado al fihiri- 
ta Habib, jefe de la expedicion de Sioilia, la or- 
den de volver lo mas pronto posible con sus tro- 
pas al Africa, confiando que la flota de Espana 
tendria a raya a los sicilianos; pero como el pe- 



230 

iigro iba en aumento porque la sublevacion se 
propagaba con una rapidez espantosa, creyo que 
no podia esperar la llegada de estos refuerzos, y, 
reuniendo todas las tropas disponibles, confirio 
e\ mando al fihirita Jalid, prometiendole reforzav 
su ejercito con el de Habib en cuanto llegase. Ja- 
lid se puso en marcha; encontro a Maisara en 
las imnediaciones de Tanger, y se entablo la ba- 

talla. 

Despues de un combate encarnizado, pero no 
decisive, Maisara se retiro a Tanger, dande le 
asesinaron sus propios soldados, sea porque, acos- 
tumbrados a la victoria, les disgustase no haber 
triunfado esta vez, sea porque, despues de en- 
<umbrado el demagogo, habfa traicionado las 
<loctrinas democraticas de la secta, como afirman 
los cronistas arabes : en este caso_ sus correligio- 
narios ejercitaron el derecho y el deber que, se- 
gun sus doctrinas, les ordenaba deponer y matar 

al jefe o al califa que conculcase los principios 

de la secta. 

Elegido otro jeie, los bereberes atacaron de 
nuevo y con mas exito a sus enemigos; en lo mas 
fuertc de la lucha, una division, capitaneada por 
d sucesor de Maisara, cayo sobre la retaguardia 
de los arabes, que, cogidos entre dos fuegos, hu- 
yeron en espantoso desorden; pero Jalid y los no- 
bles de su sequito eran demasiado altivos para 
sobrevivir al baldon de tal derrota, y, arrojandose 
«ntr« las filas de lot; enemigos, se hicieron matar 
hasta el ultimo, vendiendo caras sus vidas. Este 



(W*^ ^ ^ ^ UUj " 



231 



combate funesto, en que perecio lo mas escogido 
<j e la aristocracia arabe, recibio el nombre de 
combate de los nobles, 

Habib, que habia llegado de Sicilia y avanzado 
hasta las inmediaciones de Tahort, no se atrevio 
a atacar a los berberiscos cuando supo el desas- 
tre de Jalid, y bien pronto el Africa semejo un 
navio encallado, sin velamen ni piloto. Obaidala 

fue depuesto por los mismos arabes, que le acu- 

saban, no sin razon, de haber atraido sobre ellos 
tan terribles desgracias (1). 

El califa Hixem temblo de dolor y de rabia al 
enterarse de la insurreccion de los berberiscos y 
de la derrota de su ejercito. ";Pcr Ala — excla- 
mo — , que les hare experimental" lo que es la co- 

lera de un arabe de rancia casta I Enviare un 
ejercito como jamas se ha visto; la cabesa de la 
armada llegara a Tanger cuando la cola este 
todavia aqui!" Cuatro distritos de Siria recibie- 
ron la orden de aprestar seis mil soldados cada 
uno; el quinto, el de Kinesrina, debia proporcio- 
nar tres mil. A estos veintisiete mil hombre.? 
habian de unirse mil soldados de Egipto y todas 

las tropas africaoias. Hixem confirio el mando de 
este ejercito y el gobierno de Africa a un gene- 
ral caisita curtido en la guerra, a Colturn, de la 
tribu de Coxair. En caso de que este muriera, su 



(1) Ben-Adari, t. I, pp. 38-41; Aben-Jaldun, Historia fte 
Africa, ed. Noel des Wergers, pp. 10 y 11 del texto; el mis- 
\. mo, en su Historia de los berebcres, t. I, p. 151 flel texto; 

Ajbnr machmua, folio 61 v.; Isldoro, c. 61; Bon-al-Cutla, 
folio 6 V. 



%' 



232 

sobrino (1) Balch deberfa substituirle. y si moria 
tambien, el generalato debia pasar al jefe de las 
tropas del Jordan, a Talaba, de la tribu yemeni- 
ta de Amite*. Queriendo infligir a los rebeldes un 
ejemplar castigo, el califa autorizo al general 
que entregase al saqueo todas las regiones re- 
conquistadas y que decapitase a cuantos cayeran 
en sus manos. 

Habiendo elegido por guias a dos onciales, clien- 
tes de los ommiadas, que conocian el pais, y que 
se llamaban Harun y Moghit, Coltum penetro en 

Africa durante el verano del ano 741. Los arabrs 
de este pais recibieron muy mal a los sirios, que 
procedian con una rudeza insolente, por lo cual 
les consideraron como invasores mas que come 
auxiliares. Los habitantes de las ciudades les ce- 
rraron las puertas, y cuando Balch, que mandaba 
3a vanguardia, les ordeno abrir con tono imperio- 
so anunciandoles que estaba decidido a estable- 
cerse en Africa con sus soldados, escribieron a 
Habib, que aun estaba acampado cerca de Tahort, 
para informarle de lo que ocurria. Habib dirigio 
lnmediatamente una carta a Coltum, en la cual 
le decia: "Tu insensato sobrino ha osado decir que 
ha venido para establecer&e en miestro pais con 
sus soldados, llegando hasta amenazar a los ha- 
bitantes de nuestras ciudades; pero te advierto 
de antemano que si el ejSreito no nos cleja tran- 
quilos, nosotros mismos nos alzaremos en armas 



(1) Algunos autores dlcen que Balch era primo hermnno 
•Jo Coltum. 



Q^o-%^ aXx^ oU. jT 0- 




^W 



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23 a 






contra vosotros." Coltum se excuso y le anuncio 
que irla a reunirse con el cerca de Tahort; llego,. 
en efecto; pero bien pronto surgieron desavenen- 
cias entre el sirio y el afrioano, y Balch, que ha- 
bia defend ido con vehemencia la causa de su tio„ 
exclamo : 

— He aqui al que nos amenaza con volver las 
armas contra nosotros. 

•Pues bien — le respondio Abderrahman, hi jo 
de Habib — j mi padre esta dispuesto a daros una 
satisfaction si os creeis ofendidos. 

Los dos ejercitos no tardaron en asociarse a 
la disputa; el grito "jA las armas:'' fue pronun- 
ciado simultaneamente por los sirios y por los 
africanos, a los cuales estaban unidos los solda- 
dos egipcios. Costo gran trabajo evitar la efusion 
de sangre y restablecer la concordia, que no fue 
mas que aparente. 

El ejercito, formado por unos setenta mil hom- 
bres, avanzo hasta un paraje llamado Bacdura o 
Nafdura (1), donde los berberiscos le cortaron el. 
paso. Viendo que los enemigos eran superiores- 
en numero, los dos clientes ommfadas que Servian 
de guias a Coltum le aconsejaron construir un 
campo fortificado, rehuir la batalla y limitarse- 
a asolar las ciudades de los alrededores. Coltum 
quiso seguir este prudente consejo, pero el fogoso 
Ba>lch lo rechazo con indignation. "Guardate de 



U) El primer nombre se encuentra en el Ajbar mach~ 
mua; el segundo, en Ben-al-Cutla. En otro lugar de) Ajbnr 
niachmua (fol. 66 r.) se lee Nacdura, 



234 

seguir esa opinion — dijo a su tio — , y no te pre- 

ocupe el numero de los bereberes, porque no tie- 
nen armas." 

Y en esto Balch tenia razon, porque los berbe- 
riscos estaban mal armados, y por todo traje no 
Uevaban mas que un pano; hasta tenian pocos 
eaballos; pero Balch olvidaba que el entusiasmo 
religioso y el amor a la libertad duplicaban sus 
iuerzas. Coltum, acostumbrado a dejarse guiar 
por su sobrino, siguio su parecer, y resuelto a 
entablar la batalla, le confirio el mando de la ca- 
balleria siria; confio el de las tropas africanas a 
Harun y a Moghit, y el mismo se puso a la ca- 
beza de la infanteria siria. 

Balch comenzo el ataque. Se jactaba de que 
aquella desordenada multitud no resistiria un ins- 
tante a su caballeria; pero los enemigos habian 
hallado un medio muy seguro para defraudar sus 
esperanzas: arrojar a la cabeza de los caballos 
.sacos llenos de piedras, estratagema que fue" co- 
ronada por el exito, pues los corceles, enfureci- 
dos, se encabritaron y desmontaron a muchos ji- 
netes. Los berberiscos lanzaron despues contra la 
infanteria yeguas salvajes, que habian logrado 
■enfurecer atando a sus colas odres y tiras de cue- 
ro, causando gran desorden en las filas. A pesar 
de esto, Balch, que habia permanecido a caba- 
llo con cerca de siete mil jinetes, intento reanudar 
<el ataque, logrando romper las filas berberiscas, 
y llegando en su carga impetuosa a la retaguar- 
dia del ejercito enemigo; pero bien pronto los be- 



235 

reberes se volvieron para cortarle la retirada, 
mientras otros combatian a Coltum con tanto exi- 

to que murieron Habib, Mog-hit y Karun; y los 
arabes de Africa, privados de sus jefes y enemis- 
tados contra los sirios, emprendieron la fuga. Cot- 
turn resistia obstinadamente con la infantetia 
siria. Un sablazo le desollo la cabeza, y — segun 
anrma un testigo ocular — ed volvio a poner la piel 
en su sitio con una saugre fria prodigiosan Hi- 
riendo a diestro y siniestro, recitaba versiculos 
del Coran, propios para estimular el valor de 
sus eompaneros: "Dios — decia — ha comprado a los 
creyentes sus bienes y sus vidas para claries, 
en cambio, el Paraiso; el hombre no muere mas 
que por la voluntad de Dios, y de acuerdo con 
el destino que fija el terraino de la vida." 

Pero cuando los nobles que combatian a su lad.) 
fueron muertos uno a uno; cuando el mismo cayo, 
acribillado de heridas, la derrota de los sirios fue 
completa y terrible, y los bereberes los persi- 
guieron con tal encan>izamiento que, segun con- 
fesion de los vencidos, un tercio de aquel gran 
ejercito quedo muerto, y el otro fue hecho pri- 
sionero. 

Mientras tanto, Balch, separado con siete mil 
jinetes del grueso del ejercito, se habia defendidc 

h 

^alientemente, huciendo gran estrago entre los 
berberiscos; pero estos eran muy numerosos para 
preocuparse de sus muertos; y cuando muehas 
Uivisiones, despues de haber alcanzaclo la victoria 
sobre las tropas de su tio, se volvieron contra el, 






236 

y viose abrumado por una multitud inmensa, nr> 
quedandole mas partido que la retirada o la muer- 
te, busco la salvacion en la fuga; pero como los 
enemigos le cerraban el camino de Cairauan, que 
habian seguido otros fugitivos, tuvo que tomar la 
direccion opuesta. Perseguidos sin descanso por 
los bereberes, que montaban los caballos de los 
enemigos muertos en el combate, los jinetes slrios 
llegaron cerca de Tanger extenuados de fatiga. 
Despues de haber intentado en vano penetrar en 
la ciudad, se dirigieron a Ceuta, y habiendose 
apoderado de esta plaza, reunieron facilmente al- 
gunos vfveres, gracias a la fertilidad de la zona 
circundante. Cinco o seis veces fueron atacados 
por los berberiscos; pero como £stos no sabian 
sitiar estrategicamente una fortaleza, y como los 
sitiados se defendfan con el valor de la desespe- 
racion, comprendieron que no lograrian tomar a 

viva fuerza el ultimo asilo que quedaba a los 
enemigos. Resolvieron, pues, sitiarlos por hambre, 
y asolando los campos de las inmediaciones, los 
rodearon de un desierto de dos jornadas de ca- 
mino. Los sirios se vieron obligados a alimentar- 
se con la came de sus caballos, pero bien pron- 
to estos empezaron a faltar, y si el gobemador 
de Espana se obstinaba en negarles , los auxi- 
lios que reclamaba su deplorable situacion, irre- 
misiblemente moririan de hambre (1). 



(1) Ajhar machmua, fol. 62 r.-6-l v.;' Ben-Adliarl, t. f, 
p&gJnaa 41-4,1 ; Tsldoro, c. 63. 



23" 



XI 



En ning'un caso los arabes, establecidos en Es- 
pafia hacia treinta anos, hubieran consentido fa- 
cilmente en enviar a los sirios, encerrados entre 
las mural las de Ceuta, las naves que demandaban 
para pasar a la peninsula. La insoletite rudeza 
con que habian tratado a los arabes de Africa, 
su designio altivamente anuneiado cle establecerse 
en este pais, habian prevenido a los arabes de 
Espafia de los peligros que pod fan temer si les en- 
viaban recursos para cruzar el estrecho. Pero si 
en cualquier ocasion los sirios tenian pocas pro- 
babilidades de obtener lo que deseaban, entonces 
no les quedaba absolutamente ninguna, por ser el 
partido medines el que gobernaba en Espaiia. 

Despues de haber sostenido contra los pagano?, 
es decir, contra los arabes de Siria, una lucha 

tan larga como tenaz, los descendientes de los 
fundadores del islamismo, de los defensores y los 
emigrados habian sucumbido en la sangrienta ba- 
talla de Harra; mas tarde, cuando vieron saquea- 
da su ciudad santa, transformada en cuadra su 
mezquita y violadas sus mujeres; cuando — como 
si todos estos sacrilegios y todos estos horrores 
que recuerdan el saqueo de Roma por la feroz 
soldadesca del condestable y los furiosos lutera- 
nos de Jorge Freundsberg, no hubieran sido su- 
iicientes — habian sido forzados a jurar que de, 
alii en adelante serian esclavos del oalifa, escla- 



238 

vos Que a capricho podia mamunitir o vender, 
abandonaron en masa — como ya hemos tenido oca- 
sion de referir — su ciudad. antes tan vcnerada. 
pero que ahora servia de guarida a las bestias 
feroces, y habiendose alistado en el ejercito de 
Africa, vinieron con Muza a Espafia, donde se 
establecieron. Si su celo religioso, mezclado siem- 
pre con cierta levadura de hipocresia, de ov- 
gullo y de ambicion mundana, se habia enti- 
biado tal vez durante el camino, al menos ha- 
hian conservado en su alma y transmitido a sup 
descendientes un odio implacable hacia los sirios 
y la conviccion de que, por tener el honor de sei 
los descendientes de los gloriosos companei*os del 
"Profeta, el poder les pertenecfa por derecho pro- 
pio. Ya una vez, cuando el gobernador de Espa- 
fia perecio en la celebre batalla contra Carlos 
Martell, cerca de Poitiers, en octubre del ano 732, 

hablan elegido pai*a el gobierno de la peninsula 
al hombre mas influyente de su partido, a Ab- 
dalmelic, hijo de Catan, que cuarenta y flu eve 
anos antes habfa combatido a favor suyo en 
Harra; pero como Abdalmelic — segun el testimo- 
nio unanime de los arabes y de los cristianos (1)~~- 
habfa cometido las mayores injusticias esquil- 
mando la provincia, habfa perdido el poder desde 
que Africa recupero su legitima autoridad sobre 
Espafia, es decir, desde que Obaidala fue nom- 
brado gobernador de Occidente. Obaidala, como 



(1) Isidore c. 60; Abnn-Baxcoual, en Macari, t. II, p. 11 



239 

va hemos dicho, habia confiado el gobiemo de la 
peninsula a su patrono Ocba, el cual, llegado a 
Espana, hizo aprisionar a Abdalmelic y transpor- 
ter a Africa los jefes del partido medines, cuyo 
espiritu inquieto y turbulento pei-turbaba la 
tranquilidad del pais (1). Sin embargo, los medi- 
neses no se desalentaron, y mas tarde, cuando a 
causa de la gran insurreccion berberisca, el po- 
der del gobernador de Africa quedo anulado en 
Espana, y cuando Ocba cayo tan gravemente en- 
fermo que se preveia su fin proximo, lograron 
persuadirle y obligarle a que nombrase a Abdal- 
melic sucesor suyo (2)— enero 741— (3). 

Era, por consiguiente, a Abdalmelic a quien 
Balch tuvo que dirigirse demandando rccursos 
para pasar a Espana; pero no habia nadie meno.^ 
dispuesto a acceder favorablemente a su peticion. 
En vano Balch procuro conmoverle escribiendole 
que el y sus compafieros morfan de hambre en 
Ceuta y que eran tan arabes como el; Abdalmelic, 
el viejo caudillo medines, lejos de compadecerse 
de su miseria, daba gracias al cielo que le habia 
permitido saborear, a la edad de novcnta anos, 
los indecibles placeres de la venganza. Por lo tan- 
to, iban a perecer de inanicioa los hijos de aque- 
llos barbaros, de aquellos herejes, que en la ba- 
talla de Harra habian exterminado a sus parien- 
tes y amigos, que habian pretendido atravesarle 



(I> Isidore c. 61. 
<2> Isldoro, c. 61, 63. 

(3) Esta fecha. la finlca verdadera, ha sldo aportada por 

Itazl, apud Macarl, t. II, p. 11, 



i. 



240 

a el mismo con sus espaclas, que habian saqueado 
Medina y profanado el templo del Profeta. Los 
hijos de estos monstruos concebian aun esperan- 
zas de que se apiadase de su suerte, jcomo si el 
espiritu vengativo de un arabe pudiera perdonai- 
tales ofensas! j^Camo si los sufrimientos de un 
sirio pudieran inspirar compasion a un medines! 
Abdalmelic no tuvo, pues, mas que un cuidado, 
una preocupacion y un pensamiento: impedir que 
otros, menos hostiles a los sirios, les suminis- 
trasen viveres. A pesar de las precauciones que 
adbpto, un compasivo noble de la tribu de Lajm 
logro burlar su vigilancia e introducir en el Puer- 
to de Ceuta dos barcos cargados de trigo. Apenas 
lo supo, Abdalmelic hizo arrestar al generoso laj- 
mita y le dio setecientos azotes. Despues, so pre- 
texto de que tramaba una sublevacion, le hizo 
acribillar los ojos y cortarle la cabeza. Su cada- 
ver fue atado a un patibulo con uh perro eruci- 
ficado a su derecha, a fin de que el suplicio re- 
sultase mas ignominioso. 

Los sirios parecian, pues, condenados a mo- 
rir de hambre, cuando un acontecimiento impre- 

■visto forzo a Abdalmelic a cambiar de con- 
duct a. 

Los bereberes establecidos en la peninsula, aun- 
que no estuviesen tiranicamente oprimidos, com- 
partian la celosa aversion de sus hermanos de 
Africa hacia los arabes. Eran ellos los verdade- 
ros conquistadores del pais, porque JVfuza y sus 
secuaces no habian hecho mas que recoger los 



241 

fratos de la victoria alcanzada por Taric y sus 
doce mil berberiscos sobre los godos. En el mo- 
mento en que desembarcaron en 3a costa de Es- 
pana, lo unico que faltaba que hacer era ocupai 
slgunas ciudades. prontas a rendirse a la primera 
intiiiiacion. Y, sin embargo, ouando se tz-ato de 
repartir el fruto de la conquista, los arabes se ha- 
bian adjudicado la parte del leon, apoderandose 
de lo mejor del botfn, del gobierno del pafs y de 
las tierras mas fertiles. Apropiandose la hermu- 
sa y opulenta Andalucia, habian relegado a los 
companeros de Taric a las aridas mesetas de la 
Mancha y Extremadura, a las asperas montana? 
de Leon, Asturias y Galicia, donde tenian que 
sostener continuas escai-anruzas con los indomi- 

^ 

tDs cristianos. Poco esmipulosos entre ellos mis- 
mos cuando se trataba de intereses, haMan mos- 
trado una severidad inexorable en lo relativo a 
los berberiscos. Cuando estos se permitfan pedir 
< inero por el rescate de los cristianos que se 
habian rendido por capitulacion, los arabes, des- 
pues de hacerles sufrir el latigo y la tortura, de- 

jaban gemir a los indigenas cargados de cadenas 
y apenas cubiertos de harapos, plagados de xni- 
•seria, en infectos calabozos (1). 

La suerte de Espana estaba, pues, ligada tan 

+ 

Intimamente con la de Africa, que los choques del 
otro lado del estrecho no podian menos de reper- 
cutir aqul. Ya una vez el fiero y valiente Munu- 



3;- 



(1) Isidoro, c. 41. 

Hist, musulmanes. — T. I 16 



242 

2a, uno de los cuatro principales jefes berberis- 
cos venidos a Espana con Taric (1), habia levan- 
tado la bandera de la insurreccion en Cerdaiia, 
porque habia sabldo que sus hermanos de Africa 
estaban cruelmente oprimidos por los arabes, y 
habia sido secundado por Eudes, duque de Aqui- 
tania, con cuya hija se habia casado (2). Esta vez 
la sublevacion de los berberiscos afrlcanos tuvo 

en Espafia un eco ruidoso. Los bereberes de este 

pais habian acogido con los brazos abiertos a los 

misicneros no-conformist as, llegados de Africa 

para predicarles y excitarlos a alzarse en annas 

contra los arabes. Una insurreccion, a la vez poll- 

tica y religiosa como la de Africa, estallo en Gali- 

cia y se transmitio a todo el Norte, excepto al 

distrito de Zaragoza, el unico en esta parte del 

pais en que tenian mayoria los arabes, que fueron 

vencidos y arrojados de todas partes, como fueron 
derrotadas todas las fuerzas que Abdalmelic envio 

contra los rebeldes. Despues, los berberiscos de 

Galicia, Merida, Talavera, Coria y otra,s regiones 

se reuniemn, eligieron un jefe, un imam, y se 

dividieron en tres cuerpos de ejercito, destinados, 

el primero, a sitiar Toledo; el segundo, a ata- 

car a C6rdoba 3 y el tercero, a marchar contra Al- 

geciras, a fin de apoderarse de la flota anclada 



(1) Sebastian, c. 11. 

(2) Isidoro (c, 58) es el Que detalla esta sublevacion, di- 
ciertdo que tuvo lugar cuando Abderrahman al-Gafiki era 
gobemador de Bspaiia. Los autores arabes la suponeti du- 
rante el gobierno de Halt am, el predecesor de Abderrahman; 
v6ase Ben-Adari, t. II, p. 27, y Macari, t. I, p. 145. 



-F 



243 

en el puerto, pasar el estrecho, exterminar a los* 

sirios en Ceuta y transportar a Espana una turba 
tie berberiscos africanos. 

La situacion de los arabes de Espana llego, por 
lo tanto, a ser tan precaria y peligrosa que Ab- 
dalmelic, bien a pesar suyo, se vio forzado a soli- 
citar el auxilio de los roismos sirios que hasta en- 
tonces habia abandonado tan implacablemente a 
su triste suerte. Tomo, sin embargo, precaucio- 
nes; les prometio enviarles medios de transporte,. 
pero a condicion de que evacuarian la peninsula 
tan pronto como la rebelion fuera sofocada, y ade- 
37i as que cada division le entregaria como rehene* 
diez de sus jefes, que serlan custodiados en unn 
isla y responderian con su cabeza del iiel cum- 
pliraiento del tratado. Por su parte, los sirios 
cstipularon que Abdalmelic no los separaria cuan- 
dc los hiciei'a conducir a Africa, y que los lleva- 
rfa a una costa que no estuviese en poder de los 
berberiscos. 

Aceptadas reciprocamente estas condiciones,. 
des embarcar on en Algeciras los sirios, hambrien- 

tos, cubiertos apenas de miserables harapos. Pro- 
porcionaronseles vlveres, y como se hallaban en 

Espana casi todos sus hermanos de tribu, estos 

se encargaron de equiparlos, cada uno segun sus 

recursos; hubo jefe rico que proporciono cien ves- 

tidos para los reeien llegados, y otro, cuya fortu- 

na era menos considerable, vistio solamente a diez 

o- a uno solo, Luego, como era preciso detener 

a la division berberisca que avanzaba sobre Al- 



*; 



*.. 



244 

geciras y que habia llegado ya a Medina-Sidonia, 
la atacaron los sirios, reforzados por algunos 
cuerpos de arabes espanoles, y combatiendo con 
su acostumbrado valor, la derrotaron, apoderan- 
dose de rico botin,, El ejercito berberisco que mar- 
chaba sobre Cordoba se defendio con mas tenaci- 
dad, causando a los arabes graves perdidas; pero 
al fin tambien fue dispersado. Quedaba el tercer 
ejercito, el mas numeroso de todos, el que sitiaba 
a Toledo hacfa veintisiete dfas, ejercito que salio 
al encuentro del enemigo y que fue completamen- 

te derrotado a orillas del Guazalate. Desde en- 
tonces, los vencedores persiguieron a los rebelde-5 
como a bestias feroces en toda Espafia, y los si- 
rios, mendigos la vfspera, recogieron un botfo 
tan considerable que de repente se hallaron mas 
ricos de lo que jamas habian sonado. 

Gracias a tan intrepidos guerreros, la insurrec- 
tion berberisca, que comenzo tan formidable, que- 
do sofocada como por encanto; pero Abdalmelic 
no logro desembarazarse tan facilmente de aque- 
llos auxiliares que temia tanto como odiaba. 
Apresurose, pues, a recordar a Balch el tratado 
concertado con el, y a exigirle que abandonase 
Espana; pero Balch y los sirios no querian vol- 
ver a un pais en que habian sufrido toda clase 
de reveses; por el contrario, se habian aficionado 
extraordlnariamente a vivir en las magnificat 
comarcas, teatro de los exitos que los habian enri- 
quecido. No es, pues, de extraiiar que surgiesen 
■discusiones y querellas entre hombres que, siendo 



24.> 

tradicionaies enemigos, teni&r, entonces interest 
y deseos opuestos. Como el odio es un mal con- 
sejero, Abdalmelic agravo la situacion y reavivo 
las inveteradas llagas negando a los sirios el ser 
transportados a Africa todos a la vez, y pretex- 
tando que, como ahora tenian tantos caballos, es- 
clavos y bagajes, no disponia de barcos para cum 
plir esta clausula del tratado. Ademas, como los 
sirios deseaban embarcarse en la costa de Elvi- 
ra—Granada — o de Todmir— Murcia— ,declaro que 
esto era imposible, que todos los buques estaban 
en el puerto de Algeciras y que no podia alejar- 
los de aquella parte de la costa, porque los bere- 
beres africanos podian aprovecharse e intentar uu 
desembarco; en fin, sin disimular sus perfidos 
pensamientos, cometio la imprudencia de ofrecer 
a los sirios conducirlos a Ceuta nuevamente. Esta 
proposicion produjo una indignaeion indecible. 
— Mas valdria que nos echaran al mar que en- 

tregarnos a los berberisccs de Tingitania — ex 
«Iam6 Balch, y reprocho duramente al gobern? 
dor el haber intentado dejarlos morir de hambrp 
en Ceuta y el haber crucificado de una mauev^ 
infamante al generoso lajmita aue les habia pro- 
porcionado viveres. De la? palabras "pasaron pron- 
to -a los hechos, y, aprovechando la ocasion de 
que Abdalmelic apenas tenia tropas en Cordoba., 
los sirios le arrojaron de su palacio y proclama- 
ron a Bulch gcxbemador de Espana — 20 de sep- 

tiembre del ano 741 — . 

Desencadenadas las pasiones, era de temer que 



246 

nada detendria a io* sirios, y los acontecimien- 
tos no tardaron en demostrarlo. 

El primer cuidado de Balch fue poner en liber- 
tad a los jefes sirios que habian servido de rehe- 
nes y que Abdalmelic hacia custodiar en la isla 
de Om-Hakim, frente a Algeciras. Los jefes lie- 
garon a Cordoba irritados, exasperados; se que- 
jaban de que el gobernador de Algeciras, cum- 
pliendo las ordenes de Abdalmelic, les habia deja- 
do sin agua y aliraentos, y de que un noble de 
Damasco, de la tribu yemcnita de Gasan, habia 
perecido de sed, Exigian la muerte de Abdalme- 
lic en expiacion de la del gasanita. Sus quejas, 
■el relato de sus sufrimientos, la muerte de un 
jefe venerado, todo esto llevo al colmo el odio 
que los sirios sentian por Abdalmelic, aquel per- 
fido que merecia la muerte. Balch, a quien re 
pugnaban las medidas extremas, intento apaci- 
guarlos diciendo que la muerte del gasanita de- 

bia atribuirse a una negligencia involuntaria y no 
a un designio premeditado. 

— Respetad la vida de Abdalmelic — afladio — ; 
es un coraixita y ademas un anciano. 

Pero sus palabras no surtieron efecto; los ye- 
menitas, que tenfan que vengar a un hombre de 
su raza, y que sospechaban que Balch queria sal- 
var a Abdalmelic porque este era de la raza 
de Maad, a la cual pertenecia Balch igualmente, 
persistieron en su demanda, y Balch, que como 
la mayoria de los nobles solo ejercia el mando 
ja condition de ceder a la voluntad y a las pa- 



c 



; ■■ 



247 

siones de sus soldados, no pudo resistir a sus 
clamores, y permit io que fuesen a arrancar a Ab- 
dalmelic de la casa que poseia en Cordoba y a 
la cual se habia retirado despues de su depo- 
sicion. 

Ebrios de furor, los sirios arrastraron al su- 
plicio a aquel nonagenario, cuyos largos cabellos 
blancos le asemejaban — tal es la expresion ex- 
trana y pintoresca de las cronicas arabes — a la 
cria de un avestruz. 

— iCobarde — exclamaban — , te has librado de 



nuestras espadas en la batalla de Harra! Para 
vengarte de tu derrota nos" has obligado a comer 
perros y hasta cueros; has querido entregamos y 
aun vendernos a los berberiscos, a nosotros, sol- 
dados del califa. 

foeteniendose cerca del puente, le azotaron con 
vergajos, hundieron las espadas en su pecho y 
clavaron el cadaver en una cruz, cruciflcando a 
la izquierda un perro y a la derecha un cerdo. 
Tan barbaro asesinato, tan infamante suplicio, 
clamaba venganza. La guerra estaba encendida; 
las armas decidirian si habian de ser duenos de la 

peninsula los arabes de la primera o de la se- 
gunda invasion, los medineses o los sirios. 

Los medineses tenlan por jefes a los hijos de 
Abdalmelic, Omeya y Catan, que habian huido 
cuando la deposicion de su padre, yendo el uno 
en busca de socorros a Zaragoza, y el otro, a 
M^rida. Sus antiguos enemigos, los bereberes, 
hicieron causa comun con ellos; deseaban volver 



> - 



- /". 



248 

mas tarde sus armas contra los arabes de Es- 
pana; pero, ante todo, querlan vengarse de los 
sirios. Los medinevses tuvieron ademas otros auxi- 
liary; el lajmita Abderrahman-ben-Akama, go- 
bernador de Narbona, y el fihirita Abderrahman f 
bijo del general africano Habib, que se habia re- 
fugiado en Espana, seguido de algunas tropa^, 
despues de la terrible derrota en que habia pere- 
cido su padre, pero antes de la llegada de los 
sirios a la peninsula (1). Enemigo jurado de Balch.. 
habia atizado el odio que el viejo Abdalmelic sen- 
tia hacia los sirios, refiriendole las insolencias y 
abusos que habian cometido en Africa; habia for- 
talecido su proposito de no enviarles los barcos 
que solicitaban y dejarlos morir de hambre. En- 
tcnces creiase obligado a vengar el suplicio de 
Abdalmelic, porque era cle su tribu y adernas as- 
piraba al gobierno de la peninsula (2), basandose 
er su ilustre origen. 

Los coligados tenian sobre sus enemigos la ven- 
taja del numero, porque el ejercito contaba con 
cuarenta rail hombres, segun unos, y con cierr 
mil, segun otros; mientras Balch no pudo reunir 
mas que doce mil soldados, si bien vinieron en 
su ayuda gran numero de sirios que acababart 
do pasar el estrecho, despues de muchas tenta- 
tivas inutiles para volver a su patria. A fin de 



(1) Bsto es lo quo so dice formalmente Raklk (apud Ben- 

Aclarl, t. I, p. 43), y este aserto tiene mas probabllidades 

<le ccrtcza que el de otros cronistas, que aseguran que Ab- 

<lerrahman^beii-Habili Upro a Kppafla en compafifa de Bald*. 

(2) Ben-al-Abbar, p. r>l. 



■ 

1 

i 

} 



1 -^ 



24S> 

engrosar sus tropas, recluto una turba de escla- 
vos cristianos que cultivaban las tierras de bs 
arabes y de los berebere^?, y despv.es fue a espe- 
rar al enemigo en una aides Uamada Aqua-Por- 
tora. Entablado el combate — agosto, 742 — , los si- 
rios se defendieron tan denodadamente que re- 
chazaron todos los ataques de los coligados. En- 
tonces Abderrahman, el gobernador de Narbona, 
que pasaba por el caballero mas valiente y mas 
cumplido que jamas habia habido en Espafia, ere- 
yo que la muerte del jefe del ejercito enemigo 
decidiria la suerte de la batalla. 

— ;Que me muestren a Balch! — exclamo, y juro 
matarle o morir. 

•Mirale — respondio uno — , es aquel que monta 
un caballo bianco y que lleva el estandarte. 

Abderrahman cargo tan vigorosamente con sus 
jmetes de la front era, que hizo retroceder a los 
s:rios. A la segunda tentativa hirio a Balch en la 
cabeza; pero atacado de pronto por la caballeria 
de Kinesrina y rechazado por ella, arrastro en su 
rapida retirada todo el ejercito de los coligados. 
Su derrota fue completa; perdieron diez mil horn- 
bies, y los sirios, que no habfan perdido mas que 
mil, volvieron a entrar en Cordoba vencedores. 
Las heridas de Balch eran swortales; pocos dfas 
despues exhalo el ultimo suspiro; y como el calif a 
habia dispuesto que si Balch llegaba a morir le sus- 
tituyese el yemenita Talaba, los sirios procla- 
maron gobernador de Espana a este jefe. Los me- 
dineses no tenian motivo para felicitarse por ello. 



250 • 

Aunque no lo consiguio, Balch, al menos, habia 
procurado refrenar los sanguinarios apetitos de 
los sirios; su sucesor no lo intento siquiera. <,Que- 
ria ser papular y comprendia que, para lograrlo, 
tenia que hacerse el desentendido, o reconocia en 
los graznidos higubres de un pajaro nocturno una 
voz querida, que le recordaba que aun tenia que 
vengar en los medineses la muerte de un parien- 
tu cercano, de un padre tal vez? (1). Se ignora; 
pero lo cierto es que la resolucion que adopto de 
no tener piedad para los medineses le gano el co- 
razon de sus soldados y le hizo mas popular de lo 

ciue Balch habia sido nunca. 

El principio de su gobierno no fue feliz; ha- 
biendo atacado a los arabes y a los bereberes, re- 
unidos en gran numero en los alrededores de Me- 
rida, fue vencido y obligado a retirarse a la capi- 
tal del distrito, donde su situacion no tardo en 
ser critica. Ya habia enviado a Cordoba la orden 

de que su lugarteniente viniera en su auxilio con 
el mayor numero posible de tropas, cuando una 
feliz casualidad' le salvo. Un dia de fiesta, en que 
los sitiadores se habian dispersado por las cerea- 
nias sin tomar bastantes precauciones contra una 
sorpresa, el, aprovechando este descuido, ataco a 
los adversarios de improviso, haciendo una gran 
carniceria, cogiendo mil prisioneros, forzando a 



(1) Los arabea crelan que cuando un hombre habia pe- 
recldo de muerte violenta, su alma, huyendo del cuerpo, se 
metamorfoseaba en un buho o en un mochuelo, que hacfa. o£r 
su chillldo hasta que el muerto quedaba vengado en la per- 
sona del matador. 



251 

los demas a buscar la salvacion en una fuga pre- 
cipitada, y llevandose como esclavos a los niiios y 
a las mujeres. Era esto im atentado inaudito, una 
l*arbarie que hasta entonces los mismos sirios no 
so habian atrevido a cometer. JVIientras Balch ha- 
bia sido su jefe, habian respetado el uso estable- 
cido desde tiempo inmemorial, y perpetuado has- 
ta HUestros dfas entre los bedufnos, el uso de de- 
jar — cuando se trataba de guerras civiles — en 
libertad a las mujeres y a los hijos del enemigo, 
y aim de tratarlos con cierta cortesfa. Cuando 
Talaba, arrastrando diez mil prisioneros, retorno 

a Andalucia, fue peor aim. Haciendo acampar su 
ejercito en Mozara, cerca de Cordoba, un jueves 
del mes de mayo del 743, ordeno sacar los cau- 
tivos a publica subasta. Entre ellos habia muchos 
medineses, y, a fin. de abatir de una vez para siem- 
pre el orgullo de estos ultimos, los sirios, jocosa- 
mente feroces, convinieron entre ellos en vender- 
los, no a la alza, sino a la baja. Un medines, por 
el cual un sirio habia ofrecido diez monedas de 
oro, fue adjudicado a cambio de un perro; otro 
fue vendido por un cabrito, y asi sucesivamente. 
Nuiica, ni en el horrible saqueo de Medina, los 
sirios habian hecho sufrir tales afrentas, tales ig- 
nominias a los hijos de los fundadoves del isla- 

mismo. 

Esta escandalosa escena duraba aun cuando un 
acontecimiento que Talaba y sus exaltados secua- 

-ces no habia previsto vino a ponerle termino. 
Los hombres moderados y sensatos de los dos 



252 

partidos, afligidos por los males de la guerra civi«, 
indignados por los terribles excesos de unos y 
otros, y temiendo que los cristianos del norte 
aprovechasen la discordia de los musulmanes para 
extender sus dominios, habian entrado en rela- 
clones con el gobernador de Africa, Handala et 
kelbita, para rogarle enviara un gobernador capaz 
de restablecer la tranquilidad y el orden. Handala 
habia enviado a Espafia al kelbita Abu-'l-Jatar, 
que llego con sus soldados a Mozara en el preciso 
momento en que se venclia a los arabes a cambio 
de los perros y chivos. Mostro las ordenes, y como 
era un noble de Damasco, los sirios no se resie- 
tieron a reconocerle. Los arabes de Espana le sa- 
ludaron como a su Salvador, porque su primer cu>- 
dado fue li-bertar a los diez mil cautivos vendidos 

a la baja. 

Con prudentes medidas, el nuevo gobernador 
rcstablecio la tranquilidad. Concedio la amnistta 
a Omeya y a Catan, los dos hijos de Abdalmelic, 
y a todos los que abrazaron su partido, excepto 
el ambicioso Abderrahman ben-Habib, que intento 

ganar la costa y pasar a Africa, donde le espe- 
raba un brillante destino; ale jo de Espana a 
doce de los jefes mas turbulentos, entre los cua- 
les nguraba Talaba, diciendoles que, en vez de 
perturbar la tranquilidad de la peninsula, debian 
emplear mejor su fogoso valor combatiendo a los 
berberiscos africanos; y, en iin, como urgia librar 

3a capital de los sirios que pululaban en ella, les 

repartio en feudo tierras del dominio publico, or- 



253 

denando a los siervos que las cultivaban que des- 
<ie entoEoes diesen a los sirios el tercio de las 
cosechas que antes entregaban al Estado. La di- 
vision de Egripto quedo establecida en los distri- 
tos de Ocsonoba, de B.eja y de Todmir (Murcia), 
la de Emesa, en los distritos de Niebla y de S> 
villa; la de Pales tina, en los distritos de Sidona 
y Algeciras; la del Jordan, en el distrito de 3£e- 
gio — Malaga — ; la de Damasco, en el distrito de 
Elvira — Granada — 7 y, en fin, la de Kinesrina, en 
el distrito de Jaen (1). 

Asi concluyo el papel importante, pero desgra- 
ciado, que los hijos de los defensores de Mahorna 
desemperiaron en la historia musulmana. Escar- 
mentados por tantos reveses y catastrofes, com- 
prendieron que no podian realizarse sus ambicio- 
sas esperanzas, Abandonando a otros partidos la 
e&cena publica, se obscurecieron para vivir retira- 
dos en sus dominios, y cuando, a largos interva- 
ls, se ve surgir el nombre de algun caudillo me- 
dines en los anales arabes, obraba por motivos 
puramente personales o para servir a un pai*tido 
que no era el suyo. Aunque ricos y numerosos, 
no ejercieron casi ninguna influencia sobre la 
suerte del pais. Entre los descendientes del go- 
bernador Abdalmelic, unos, los Beni-'l-Chad, eran 
opulentos propietarios de Sevilla; otros, los Ben!- 



r 

1,1 1 Ajbar machmua, fols. 65 v.-69 r. ; Isldoro, c. 64-37; 
Ben-Adari, t. II, pp. 50-34; Macari, t. II, pp. 11-14: Ben- 
al-Cutia, fols. 7 r.-8 v. ; Ben-al-Jatib, en mis Jnvestigacio- 
nes, t. I, p. 84 y sig. 



254 

Casim, poseian vastos dominios cerca de Alpuen- 
te (1), en la provincia de Valencia, donde el pue- 
blo de Benicasim lleva aun su nombre; pero ni 
una ni otra rama salio de una obscuridad relati- 

^ 

va. Cierto que en el siglo xi los Beni-Casim fue- 
ron jefes independientes de un pequeno estado 
que no se extendia mas alia de los limites de sus 
tierras; pero era en la epoca en que, desmem- 
brado el calif ato de Cordoba, todo propietario te- 
rritorial se daba tono de soberano. Tambien es 
verdad que dos sigios despues los Beni-'1-Ahmai% 
descendientes del medines Sad ben-Obada (2), uno 
de los mas ilustres compafieros de Mahoma, y 
que estuvo a punto de ser su sucesor, subieron 
al trono de Granada; pero entonces las antiguas 
pretensiones y los antiguos odios estaban sepul- 
tados en un prof undo olvido; nadie se acordaba 
ya de la existencia de un partido medines; los 
arabes habian perdido su caracter national, y bajo 
la influencia berberisca, hasta se habian hecha 
devotos. Ademas, esta rama de los Beni-1-Ahmar 
no reino mas que para ver a los reyes de Cas- 
tilla oonquistarles una a una todas las fortalezas, 
hasta el dia en que "la Cruz entro en Granada 
por una puerta, mientras el Coran salia por la 

h - 

otra", y en que el Te D&itm vibro donde antes 
haibfa resonado el Aid acbwr, -como dice el roman- 
ce espanol. Viva imagen del destino de los me- 
dineses, la familia de Sad ben-Obada, cuyo nom- 

(1) Macari, t. II, p. n. 

(2) Ben-al-Jatib, man. G, fol. 170 r. 



V 



2oo 

bre se enlaza con los mas esclarecidos de la his- 
toria de Oriente y de Occidente, con los de Maho- 
ma y Abubequer, con los de Carlomagno e Isabel 
la Catolica, dejo un indeleble y glorioso recuerdo, 
y fue casi constantemente perseguida por la des- 
gracia. Comienza con Sad y acaba con Boabdil. 
Un intervalo de ocho siglos y medio separa estos 
dos nombres, y, sin embargo, los dos que los lie- 
varos murieron en el destierro, sonando con su 
grandeza pasada. Intrepido campeon del islamis- 
mo en todos los combates que Mahoma habfa 
sostenido con los paganos, Sad el Perfecto iba 
a ser elegido califa por los defensores, cuando 
los emigrados de la Meca reclamaron ese dere- 
cho para si mismos. Gracias a la traicion de algu- 
tios medineses, gracias sobre todo a la llegada de 
una tribu completamente adicta a los emigrados. 
estos se apoderaron de la plaza en medio de un 
espantoso tumulto, durante el cual Sad, que ya- 
cfa gravemente enfermo sobre un colch6n, fue 
cruelmente ultrajado por Omar, y casi aplastado 
por el tropel de los invasores. Jurando que nunca 
reconoceria a Abubequer, y no pudiendo soportar 
ei triunfo de sus enemigos, emigr6 a Siria, donde 
murio de un modo misterioso. En un paraje apar- 
tado fue muerto por los chins, segun la tradicion 
popular; sus hijos se enteraron de su muerte por 
esclavos que vinieron a referirles que habfan oido 
salir de un pozo una voz que decfa: "Hemos ma- 
tado al jefe de los Jazrach, Sad ben-Obada; le 
hemos disparado dos flechas que no han errado 



256 

su corazon (1). Tambien Boabdil, cuando perdio 
su corona, fue a terminal' la vida en tierra in- 
hospitalaria y lejana, de spues de haber dirigidc, 
desde lo alto de la roca que aun conserva el 
poetico nombre de "Ultimo suspiro del moro", vai'x 
lenta mirada de punzante adios sobre su adorada 
Granada, sin igual en el mundo. 



XII (2) 

En los primeros tiempos de su gobierno, Abu-'l- 
Jatar trato a todos los partidos con laudable equi- 
dad, y aunque era kelbita, no tuvieron motive 
para quejarse de el ni los mismos caisitas, que se 
hallaban en gran numero entre las tropas que 
Balch habia traido a Espana. Pero, lejos de per- 
severar en esta moderation, tan exceptional en 
un arabe, recayo bien pronto en sus ingenitas 
antipatias. Ademas, tenia que ajustar antiguas 
cuentas con los caisitas; en Africa habia sido 
el mismo victima de su tirania; en Espana, Sad, 



U) Tabari, t. I, pp. tM2. 32-42; Nauaui, p. 274; Abeu- 
Ootaiba, p. 132. Los raclonalistas de a<juel tiempo afircna- 
ron que la muerte de Sad habia sido ocasionada por la pica- 
dura de un reptil venenoso. 

(2) Ajbar machmua, fols. 72 V.-7S r. ; llacari, t. IE, 
Jibro VI; Ben-Adarl, t. II, pp. 35-38, 43-45; Ben-al-Ahar, 
paginas 46-50, 52-54; Isidoro, c. 68, 70, 75; Ben-al-Jatib, 
inanuscrito E., articulo sobre Somali. 13n cuanto al nombre del 
jefe caisita, que va a desempefiar un papel tan important© 
en este relato, como los manuscritos drabes no indlcan las 
vocale.s, no se sabrfa si era Somail o Samil, si el modo cle 

escribirlo el alitor contempor&neo Isidore — Zwnahel — no re- 
sol viese la cuesti6n. 



*& 



257 

iu hermano de tribu, hijo de Chauas, habia muer- 
to asesinado por ellos, y aquel hombre era pax 
el tan querido.. que solia repetir: "De buen gralo 
me dejaria cortar la mano si pudiera resucitarle.' 
Al menos se propuso vengarle, ensanandose 
contra los caisitas — que suponia complices de la 
muerte de su amigo — tan cruelmente como el mis- 
mo refiere en uno de sus poemas: 

"Querria que el hijo de Chauas pudiera saber 

con que ardimiento he defendido su causa. Para 
vengar su muerte he matado a noventa personas, 
que yacen en tierra como troncos de palmeras 
arrancados por el torrente." 

Tales suplicios tenian necesariamente que en- 
cender de nuevo la guez-ra civil. Sin embargo, 
los caisitas, menos numerosos en Espana que lo c > 
yemenitas, no se apresuraron a desenlazar por la 
l'uerza una situation tan intolerable para ellos, y 
el odio acumulado en sus corazones no se desbor- 
<\6 hasta que el honor de su jefe se vio compro- 
metido del siguiente modo: Habiendo tenido una 
reyerta con un kelbita un hombre de la tribu 
maadita de Kinana, vino a defenderse ante el 
tribunal del gobernador, el cual, aunque el de- 
recho estaba de su parte, fallo, como de costum- 

bre, parcialmente. El kinanita fue a quejarse de 
tan inicuo juicio al jefe caisita Somail, de la 
tribu de Kilab, que fue inmediatamente al pala- 
cio, y reprocho al goberaador su parcialidad con 

sus hermanos de tribu, exigi&idole que atendiese 

Hist. musulmanes.^-T. I 17 



258 

las justas quejas del kinanita. El gobernador le 

replied asperamente, y como Somail le res- 

pondiera en el mismo tono, le hizo abofetear y 

?.rrojar de su presencia. Somail soporto estos in- 

sultos sin quejarse, con calmoso desprecio. Bru- 

talmente despedido salio del palacio con el tocado 

descompuesto. Un hombre que estaba a la puerta 

le pregunto: 

iQue le ha sucedido a tu turbante, Abu-Chau- 

?:an ? Esta en completo des.orden. 

— Mis hermanos de tribu — respondio el jefe 
caisita — sabran arreglarlo. 

Esto equivalia a una declaracion de guerra. 
Abu-'l-Jatar se habia convertido en un enemigo 
tan peligroso como implacable, por lo mismo que 
no era un hombre vulgar ni en el mal ni en el 
bien. Un genio bueno y otro malo obraban como 
fuerzas iguales sobre el alma, naturalmente ge~ 
nerosa, pero apasionada, altiva, violenta y renco- 
rosa de Somail. Era una naturaleza pujante, pero 
inculta, movible, sometida al instinto y guiada 
por el azar, una extrana mezcla de los influjos 
mas opuestos. De una actividad perseverante 
cuando se excitaban sus instintos, caia en la pe- 
reza y en la inaccion, ingenitas en el, cuando se 
calmaban sus febriles agitaciones. Su generosi- 
dad, virtud que sus compatriotas apreciaban mas 
erne ninguna, era tan grande, tan ilimitada, que 
su poeta — cada jefe arabe tenia el suyo, como los 
jefes de los clanes escoceses — no le visitaba mas 
que dos veces al ano en las grandes Vestas reli- 



259 

giosas para no arruinarle, porque Somail habia 
jurado darle cuanto lie vase encima cada vez que 
!c viera. No era, sin embargo, instruido. A pesar 
de su aficion a los vei'sos, sobre todo a los que ha- 
lagaban su vanidad, y aunque a veces versincaba 
el tambien, no sabia leer, y los arabes le juzgaban 
un ignorante para su siglo (1); en compensacion 
tenia tal trato de gentes, que sus mismos ene- 
migos le consideraban como un modelo de corte- 
sia (2). Por sus costumbres relajadas y su jndi- 
ferencia religiosa, perpertuaba el tipo de los an- 
tiguos nobles, viciosos y desenfrenados, que no 
eran musulmanes mas que de nombre. A despecho 
de la prohibicion de Mahoma, bebia vino como un 
-verdadero arabe pagano> y casi todas las noches 
le encontraban ebrio (3). El Coran le era casi des- 
conocido, y se preocupaba muy poco de aquel li- 
bro cuyas tendencias igualitarias herian su orgu- 
11 o arabe. Cuentan que un dia, oyendo a un maes- 
tro de escuela, ocupado en enserlar a leer a los 
ninos en el Coran, pronunciar este versiculo: "Los 
reveses y los exitos alternan entre los hombres", 

exclamo ; 

■No; debe decir entre los arabes. 
-Perdona, serior — replico el maestro — ; dice 
entre los hombres. . 
— ^Es asi como esta escrito ese versiculo? 
— Sin duda. 



(1) Aben-al-Cutia. fol. 16 v. 

(2) Vfiase el testimonio de Abderrahm&n I (en el Aibar 
machvnua, fol. 88 r.>, que reproduciremoa m&s adelante. 

(3) Ajbar macJimua, fol. 78 v. 



260 

•jDesgraciados de nosotros! En este caso, el 
poder no nos pertenece exclusivamente ; los pata- 

nes, los villanos, los esclavos, podran tomar parte 
en el (1). 

Pero si era un mal musulman, le venia de raza, 
por ser abuelo suyo aquel Xamir de Cufa, de 
quien ya hemos hablado, aquel general del ejercito 
ommiada que no habia vacilado un momento en 
matar al nieto del prof-eta, cuando otros, por es- 
cepticos que fuesen, retrocedian ante tal sacri- 
legio. Aquel abuelo que habia llevado al calif a Ye- 
zid I la cabeza de Hosain habia sido tambien la 
causa indirecta de la venida de Somail a E.spana. 
El xiita Mojtar le habia hecho decapitar y arro- 
jar a los perros (2) su cadaver, cuando, dueno de 

Cufa, vengo la muerte de Hosain con horribles re- 

piesalias; entonces Hatim, padre de Somail, li- 
brandose por la fuga de la venganza del partido 
triunfante, busco un asilo en el distrito de Kines- 
rina, estableciendose alii con su familia; y en lu 
epoca en que Hixem recluto en Siria el ejercito 
destinado a sofocar la insurreccion de los bere- 
beres, a Somail le toco en suerte formar parte de 
ei. Mas tarde emzo el estrecho con Balch, y los 
caisitas de Espana le consideraron como su prin- 
cipal jefe. 

De retomo a su morada convoco por la noche 
a los mas influyentes caisitas, les reflrio los ul- 
tiajes que habia sufrido y les pidio su parecer. 



Cl) Ben-al-Cutia, fol.. 17 r. 

(2) Aben-Jaldun, t. II, fol. 177 v. 



261 

— Revelanos tu plan — respondieron — ,* le apro- 

bamos de antemano, y estamos dispuestos a eje- 
cutarle. 

iPor Dios! — repuso entonces Somail — . Tengo 
cl firme proposito de arrebatar el poder a ese ara- 
be; pero los caisitas somos demasiado debiles en 
este pais para resistir solos a los yemenitas, y 
Tio quiero exponeros a los peligros de una empre 
sa tan temeraria. Llamaremos a las armas a to- 
dos los vencidos en la batalla de la Pradera, pero 
ademas nrmaremos una alianza con los lajmitas y 
los chodamitas (1), y elevaremos al emirato a 
imo de ellos; es decir, en apariencia les daremos 
,1a hegemonia, pero nosotros la tendremos en rea- 
b'dad. Voy, pues, a marcharme de Cordoba para 
avistarme con los diferentes jefes y hacerles estar 

r 

&obre las armas. i Aprobais mi plan ? 

— Le aprobamos — respondieron — ; pero no te 
dirijas a Abu-Ata, aunque es de nuestra misma 
tribu, porque puedes estar seguro de que se nega- 
la a prestamos su ayuda. 

Abu-Ata, que vivia en Ecija, era el jefe de los 
Gatafan. La gran influencia que Somail ejercia 
sobre los espiritus neutralizaba la suya y le ins- 
piraba violentos celos; no es, pues, de extrafiar 
que todos los votos de los caisitas aprobasen unii- 
nimemente el consejo que acababan de darle. Solo 
uno parecio disentir de la comun opinion; pero 
coriio era muy joven y la modestia le prohiibia 



U> Dos tribus yemenitas. 



262 

opinar en contra de los ancianos, no manifesto 
su desaprobacion mas que por el silencio, hasta 
que Somail le animo preguntandole por que no 
exponia su parecer como los demas. 

Solo tengo que decir una palabra. Si no vas 
a pedir apoyo a Abu-Ata — respondio el joven — , 
estamos perdidos; si lo haces, enmudeceran su en- 
vidia y su odio a impulsos del amor que tiene a 
su raza, y puedes estar seguro de que te secun- 
dara vigor osamente. 

Despu&s de reflexionar un momento, 

— Creo que tienes razon — dijo Somail. 

Y saliendo de Cordoba antes de amanecer, fue 
a avistarse con Abu-Ata, el cual, como habia 
previsto el joven Aben-Tofail, prometio secundar- 
ia y cumplio su palabra. Desde Ecija, Somail fue 
a Moron, donde vivia Toaba, jefe de los choda- 
mitas, que habia tenido ya desavenencias con Yu- 
sof. Ambos jefes ultimaron una alianza, y, habien- 
do sido Toaba proclamado caudillo de la coali- 
cion, los caisitas, los chodamitas y los lajmitas, 
en pie de guerra, se reunieron en el distrito de 
Sidona — abril del 745 — . 

Apenas lo supo Abu-'I-Jatar, marcho al encuen- 
tro cle los insurrectos, seguido de las tropas que 
tenia en Cordoba. Pero durante la batalla libra- 
da a orillas del Guadalete pudo apreciar por si 
mismo la prudencia del consejo que Somail habia 
dado a los de su tribu cuando los indujo a aliarse 
con dos poderosas tribus yemenitas y a conce- 
der la hegemonia a una de ellas, segun el uso 



t K.. M 






26 



o 



ebservado en Oriente, donde las tribus que se con- 
sider-aban dem-asiado debiles para resistir par si 
solas a los enemigos se aliaban ordinariamente a 
tribus de la otra raza. Asi en el Jorasan (1) y en 
el Irak- Arab! (2), los yemenitas, que estaban en 
minorfa en ambas provincias, .se aliaban con los 
de Babia, tribu maadita, para hacer frente a otros 
maaditas, a los temimitas. Esta clase de alianza 
proportion aba a las tribus debiles otra ventaja, 
ademas de la de reforzarlas: desarmaba, por de- 
cirlo asi, al enemigo que se resistia casi siempre 
a combatir contra tribus de su raza, especialmente 

cuando estas ejercian la hegemonia. Esto es lo que 
sucedio tambien en la batalla de Guadalete. Los ye- 
menitas de Abu-'l-Jatar, despues de haber coraba- 
tido debilmente a los chodamitas y a los lajrnitas, 
con los cuales estaban ya en inteligencia, y que a 
su vez les hacian el menor daiio posible, se dejaron 
veneer y emprendieron la fuga. Solo con sus kel- 
bitas en el campo de batalla, Abu-1-Jatar se vio 
obligado a seguir su ejemplo, despues de haber 
visto morir a muchos de su tribu; pero mientras 
hufa con tres parientes suyos, eayo prisionero. 
Entre los vencedores habia quien exigia su muer- 
te, pero la opinion contraria le salvo. Contenta- 
ronse, pues, con cai'garle de cadenas, y Toaba, go- 
bernador de Espana por el derecho del mas fuer- 
te, fijo su residencia en la capital. 



(1) V6ase el Comentario de Socari so&re el divtin de 
Fe,razdac> man. de Oxford, fol. 93 v. 

(2) Aben-Jaldun, t. II (passim). 



264 

Sin embargo, los kelbitas no se dieron por vea- 
cidos, y uno de sus jefes, Abderrahman-aben- 
Noaim, tomo la atrevida resolucion de hacer una 
tentativa para librar de su prision a Abu-'l-Jatar. 
Seguido de treinta o cuarenta jinetes y de dos- 
cientos infantes, penetro en Cordoba, a favor de 
la noche; ataco de improviso a los centinelas de 
Abu-'l-Jatar, les hizo huir y puso al ex goberna- 
dor bajo la salvaguaria de los kelbitas } estableci- 
dos en las inmediaciones de Beja. 

Una vez libre, Abu-'l-Jatar reunio a algunos 
yemenitas bajo su bandera y marcho contra Cor- 
doba, con la esperanza de que entonces mostra- 
sen los soldados mas celo por su causa. Toaba y 
Somail salieron a su encuentro, y los dos ejercito^ 
enemigos acamparon frente a frente. Llegada la 
noche, un maadita salio del campamento de Toaba, 

y, aproximandose al de Abu-'l-Jatar, dijo asi, al- 
zando cuanto pudo la voz: "Yemenitas, £por que 

nos combatis y habeis libertado a Abu-'l-Jatar? 
^Es que temeis que le matemos? Habiendole te- 
nido en nuestro poder, le hemos perdonado la 
vida, y se lo perdonamos todo... Tendriais un 
pretexto plausible para combatirnos si hubiera- 
mos elegido un emir de nuestra propia raza; pero 
hemos elegido uno de la vuestra. Meditad, por lo- 
tanto, lo que debris hacer. Os juro que no es el 
temor el que nos induce a hablar asi; pero quere- 
mos, si es posible, evitar la efusion de sangre." 

Estas palabras, en que es facil reconocer el es- 
piritu de Somail, hicieron tanta impresion en los 



b 

i: 
H 



265 



soldados de Abu-'l-Jatar, que, arrastrando a su 
emir, bien a pesar suyo, kvantaron el campo 

aquelia mis-ma noche para valve r a sus hoga- 
res, y cuando el alba comenzo a iluminar las 
cimas que limitaban el horizonte, estaban a mu- 
chas Ieguas de distancia. Tan cierto es que en las 
guerras civiles los soldados no se baten por los in- 
tereses de un individuo, sino por la hegemonia 
La muerte de Toaba, ocurrida un alio dsspues, 
sumio de nuevo a Espana en la anarquia. Dos je- 
fes— ambos chodamitas — aspiraban al emirato. 
Era uno Amr, el hijo de Toaba (1), que se creia 
con derecho a suceder a su padre, y el atro, Ben- 
Horait, hijo de una negra y oriundo de una fami- 
lia establecida desde hacia mucho tiempo en Es- 
paiia (2). Este ultimo tenia a los sirios un odio 
tan ieroz que no cesaba de repetir: ''Si la sangre 
de los sirios estuviera reunida en un solo vaso, yo 
apuraria ese vaso hasta la ultima gota." Siendo 

sirio Somail, no podia consentir que Espana fue- 
se dominada por un enemigo tan implacable de su 
nacion; pero tampoco preferfa al Hijo de Toaba. 
Dar el titulo de gobernador, que el no ambicio- 
naba, por creer que los caisitas eran demasiado 
debiles para sostenerle, dar este titulo a un testa- 
ferro y gobemar el en realidad, tal era su pro- 



(1) En el Ajhar machrnua se lee: Toaba ben- Amr; pero 
yo opino que debla decir: Amr ahen~Thoaba. 

(2) E] autor del Ajbar machrnua dice que Ben-Horait 
pertenecia al pueblo del distrito del Jordan; pero esto debe 
ser un error, pues en este caso hublera sido sirio, y ic6mo 
esplicar entonces su odio hacla sus compatriotas? 



266 

posito. Ya habia encontraclo el hombre que nece- 

sitaba en todos sentidos: era el fihirita Yusof , que 

unia a su inofensiva mediocridad los titulos mas 
adecuados para obtener los votos de los arabes de 
cualquier raza. Era bastante viejo para los que 
se pagaban de la gerontocracia, porque contaba 
cincuenta y siete anos; procedia de am linaje ilus- 
tre, porque descendia de Ocba, el conquistador de 
gran parte de Africa; era fihirita, y los fihiritas, 
es decir, los coraixitas del distrito de la Meea, eran 
considerados como la mas alta aristocracia des- 
pues de los coraixitas puros; estaban habituados 
a verlos al frente de los negocios, y se los conside- 
raba por cima de todos los partidos. A fuerza de 
ponderar todas estas ventajas, Somail eonsigulo 
(]ue aeepta^en a su candidato; Ben-Horait obtu- 
vo, en compensacion, la prefectura de Kegio, y en 
el mes de enero del arlo 741, los jefes eligieron 
a Yusof para el gobierno de Esparia. 

Desde entonces Somail, cuyas pasiones habian 
estado contenidas por el poder de Toaba, que con- 
trapesaba el suyo, era el unico duefio de la pen- 
insula, y pensaba servirse de Yusof, a quien ma- 
nejaba cual blanda cera, para saciar su venganza. 
Sabiendo que tenia de su parte a los maaditas, 310 
retrocederia ante una guerra contra todos los ye- 
menitas. Comenzo violando la promesa hecha a 
Ben-Horait, a quien destituyo de su prefectura., 
con lo cual quedaron rotas las hostilidades. Fu- 
rioso Ben-Horait, ofrecio su alianza a Abu-'I-Ja- 
tar, que vivfa entre los de su tribu, triste y des- 



_ 1 



267 

alentado. Los dos jefes celebraron una entrevista; 
falto poco para que resultase infructuosa, porque 
Abu-'l-Jatar aspiraba al emirato para si, y tam- 
bien le pretendia Ben-Horait, alegando que su tri- 
bu era mas numerosa en Espana que la de Kelb. 
Pero los mismos kelbitas, que comprendian que 
para vengarse de los caisitas necesitaban el apoyo 
de tada su raza, obligaron. a Abu-"1-Jatar a ceder. 
Ben-Horait fue, pues, reconocido como emir, y de 
todas partes vinieron los yemenitas a alistarse 
bajo sus banderas. Los maaditas se agruparon 
tambien en torno de Yusof y Somail. En todas 

partes los vecinos de diferente raza se decian 
adios de la manera cortes y amable propia de 
hombres serenos y valientes; pero al nrismo tiem- 
po se prometian unos a otros medir sus fuerzas 
cuando estuviesen en el campo de batalla. Ningn- 
no de los dos ejercitos era numeroso; limitada al 
Mediodia de Espana, la lucha que iba a empe- 

■* j 

iiarse era un duelo en gran escala mas bien que 
una guerra; en desquite, los guerreros que toma- 
ban parte en el eran los mas valientes e ilustres 

de su nacion. 

Tuvo lugar el encuentro cerca de Secunda, an- 
tigua ciudad romana rodeada de murallas, a la 
orilla izquierda del Guadalquivir, frente a Cordo- 
ba, y que, comprendida mas tarde en el recinto 
de esta capital, se convirtio en uno de sus arra- 
bales (1). Despues de la plegaria matutina, los 



\ - 



O) Respecto a Secunda, vease Macari, t. I, p. 304 



268 

caballeros se atacaron como en un torneo; una 
vez rotas las lanzas, cuando ya calentaba el sol 
todos gritaron que debfan batirse cuerpo a cuerpo 
Abandonaron sus corceles, y cada uno eligio vm 
adversario, luchando hasta quebrar las espadas 
Entonces cada combatiente esgrimio lo que en- 
contro mas a mano: el uno, un arco; el otro, un 
carcax; se tiraban arena a los ojos, se mollan a 
punetazos, se arrancaban los cabellos. Habiendose 
prolongado inutilmente tan encarnizada lucha 
hasta la tarde, Somail dijo a Yusof : 

;Por que no hacemos venir al ejercito qu» 
hemos dejado en Cordoba? 
— iQue ejercito? — le pregunto Yusof con sor- 

p re sa . 
— La tfente del mercado — repuso Somail. 

Kra una idea singular en un arabe, y sobre todo 

en un arabe del temple de Somail, hacer interve- 

nir en una lucha como aquella a los panaderos, a 
los carniceros, a los tenderos, en suma, a los vi- 
llanos, como ellos decian; y por lo mismo que ha- 
bfa sido Somail quien concibio la idea, es de su- 
poner que temia que su partido sucumbiese de un 
instante a otro. Fuese lo que fuese. Yusof aprc- 
bo, como de costumbre, el proyecto de su amigo, 
y envio mensajeros a Cordoba en busca de tan 
extrano refuerzo. Cerca de cuatrocientos artesa- 
nos se pusieron en camino casi sin. armas ; algu- 
nos se habian provisto de espadas o lanzas; los 

carniceros esgrimian sus cuchillos, pero los de- 
m&s no Uevaban mas que palos. Sin embargo, 



■s 



269 

como los so>ldados de Ben-Horait estaban medio 
muertos de fatiga, aquella improvisada guardia 
nacional decidio la -suerte de la batalh, y \o> 
maaditas hicieron gran numero de prisioneros, en- 
tre ellos a Abu-'l-Jatar. 

Este jefe. .sabiendo la suerte que le esperaba, 
no hizo ninguna tentativa para escaparse; pero al 
menos queritf' tener la satisfaccion de que parti- 
cipase de eila .su supuesto aliaclo Ben-Horait, 
aquel implacable enemigo de los sirios, que le ha- 
bia despojado del emirato. Sabiendo que se ocul- 
taba en un molino, se Io indico a los maaditas; 
despues, viendole prisionero y condenado a muer- 
te, le dijo atudiendo a la cruenta frase que Ben- 
Horait repetia constantemente : "Hijo de la ne- ' 
£va, iqueda adn alguna gota de sangre en tu 
vaso?" Ambos fueron decapitados (747). 

Los maaditas arrastraron a los demas prisio- 
neros hasta la catedral de Cordoba, consagrada 
^ San Vicence. Alii, Somail fue a la vez su acusa- 
dor, su juez y .su verdugo. Sabia administrar pron- 
ta y terrible justicia; cada fallo que pronuncio 
fue una sentencia de muerte. Habia mandado de- 
jrollar a setenta person as, cuando su aliado Abu- 
Ata, que presenciaba esta horrible escena con 
mortal disgusto, quiso ponerle termino. 

— I Abu-Chauxan — exclamo levantandose — , en- 

vaina tu espada! 

— Vuelve a sentarte, Abu-Ata — respondio So- 
mail con espantosa exaltacion — ; hoy es un dfa 

T 

glorioso para tu pueblo y para ti. 



270 

Sent6.se Abu-Ata, y Somail continuo las ejecu- 
ciones. AI fin, Abu-Ata no aguanto mas. Heladode 
espanto por aquel torrente tie sangre, a la vista 
del asesinato de tantos infelices que eran yeme- 
nitas, pero yemenitas de Siria, solo vio en Somail 
al enemigo de sus compatriotas, al descendiente 
de aquellos guerreros del Irak, que bajo el mando 
de Ali habfan combatido a los sirios de Moauia 
en la batalla de Cifin. Levantandose por segunda 
vez, exclamo: "Arabe, si experimentas tan atroz 
placer degollando a los sirios, mis compatriotas, 
es porque te acuerdas de la batalla de Cifin. Cesa 
en tus ciimenes, o declarare que la causa de tu.> 
vfctimas es la de los sirios." Entonces, y solo en- 
tonces, Somail envaino la espada. 

Despues de la batalla de Secunda, la autoridad 
de Yusof ya no fue discutida, pero era gober- 
nador solo de nombre mientras Somail gobema- 

ba en realidad, y acabo por cansarse de la subor- 
dinacion a que le condenaba el caisita, por lo que, 
queriendo librarse de el, le ofrecio una especie de 

virreinato: el gobierno del distrito de Zara- 
goza. 

Somail no rechazo la oferta, inclinandole mas a 
aeeptar el que aquel pais estaba habitado por 

yemenitas y se prometia satisfacer, oprimiendo- 
los, el odio que le inspiraban. Pero las cosas to- 
maron un rumbo imprevisto. Acompafiado de sus 
clientes, de sus esclavos y de doscientos coraixi- 

tas, Ueg6 a Zaragoza el ano 750, cuando Espana 
comenzaba a quedar asolada por el hambre, que 



271 

duro cinco anos (1), quedando interrumpidas has- 
ta las comunicaciones, porque casi todos los co- 
rreos habian muerto de hambre, la cual hizo tam- 
bien emigrar en masa a los bereberes establecidos 
en el Norte, para volver a Africa. La vista de 
tantas miserias y sufrimientos excito la compa- 
sion del gobemador hasta el punto que, por un> 
de esos accesos de bondad que altemaban en su 
caracter con la ferocidad mas implacable, olvid6 
todas las querellas y rencores, y sin distincion de 
amigo o enemigo, de maadita o de yemenita, dio 
dinero a este, esclavos a aquel y pan a todo el 
mundo. Nadie hubiese reconocido en aquel hom- 
bre tan compasivo, tan caritativo, tan generoso, 
al verdugo que habia hecho caer tantas cabezas 
sobre las losas de la iglesia de San Vicente. 

Dos o tres afios transcurrieron asi, y si la bue- 
na inteligencia entrc caisitas y yemenitas hubiera 
gido posible, si Somail hubiera podido reconciliar- 
se con sus adversaries a fuerza de beneficios, los 
arabes de Espafia hubiesen vivido en paz dos- 
pues de tan sangrientas guerras. Pero, hiciese lo 
que hiciese, no podian perdonar a Somail sus im- 
placables ejecuciones; le crefan siempre dispues- 
to a repetirlas, y el odio estaba harto arraigado 
en el corazon de los hombres mas notables de am- 
bos partidos, para que la aparente reconciliaci6n 
fuese mas que una corta tregua. Por otra parte, 
los yemenitas, que creian que Espafia les pertene- 



(1) Ajbar machmua, fol. 81 r. 



272 

cia de derecho, en atencion a que ellos formaban 
la mayoria de la poblacion arabe, sufrian tremu- 
los de colera la dominacion de los caisitas, y es- 
taban resueltos a sacudir el yugo en la primera 
ocasion que se presentase para reconquistar ei 
poder. 

Algunos jefes coraixitas murmuraban tambien. 
Perteneciendo a una tribu que desde Mahoma era 
considerada como la mas ilustre de todas, velar, 
con despecho que un fihirita, es decir, un coraixita 
de los arrabales, que consideraban inferior a ellos, 
goberaase Espafia. 

La coalicion de los dos partidos descontentos 
era de temer, y no se hizo esperar. Vivia entonces 
en Cordoba un ambicioso noble coraixita, llama- 
do Amir, a quien Yusof, que le odiaba, habfa qui- 
tado el mando de las tropas que de tiempo en 
tiempo iban a combatir a los cristianos del Nort?. 
Con el ardiente deseo de vengar esta afrenta, y 
de ser gobernador, Amir tenia el designio de ex- 
plotar, en provecho propio, el descontento de los 
yemenitas y de ponerse al frente de ellos, hacien- 

doles creer que el califa abasida le habia nom- 
brado gobernador de Espana. Comenzo, pues, por 
levantar una fortaleza sobre el terreno que po- 
sefa, al oeste de Cordoba, y una vez acabada, pen- 
saba atacar con exlto a Yusof, porque este no 
contaba mas que con una guardia de cincuenta ji- 
netes, y Amir, aunque tuviese un fracaso, podia en- 
cerrarse en su fortaleza y esperar alii la llegada 
de los yemenitas, con los que habia entrado ya en 



273 
segociaciones. Yusuf, que no ignoraba los propo- 
situs hostiles del coraixita, intento hacerle pren- 
dev; pero viendo.que Amir estaba sobre aviso, y 
no queriendo recurrir a medidas extremas sin' el 
consejo de Somail, a quien consultaba todo, a po- 
ser de su alejamiento de la capital, le escribio 
para preguntarle que debia hacer. En la respues- 
ta, Somail le indujo a asesinar a Amir lo antes po- 
sible. Afortunadamente, advertido, por un espia 
que tenia en casa del gobemador, del peligro que 
le amenazaba, Amir monto a caballo, y, juzgando 
a los yemenitas de Siria muy debilitados por la 
batalla de Secunda, tomo el camino de Zaragoza, 
esperando que los yemenitas del Noreste le pres- 
tarian un apoyo mas eficaz, 

Cuando llego al distrito de Zaragoza, otro co- 
raixita, llamado Hobab (1), habia levantado ya 
handera de rebelion, y habiendole propuesto Amir 
unir sus fuerzas contra Somail, celebraron una 
entrevista, y ambos jefes decidieron llamar a las 
armas a los yemenitas y a los bereberes, contra 
Yusof y Somail, a quienes calificaban de usur- 
padores, sosteniendo que el califa abasida habfa 
nombrado a Amir gobernador de la peninsula. Y 
como los yemenitas y los berberiscos respondie- 
ran en gran numero a su llamamiento, vencieron 

a las tropas que Somail habla enviado contra 

ellos, y fueron a sitiarle en Zaragoza — 753-4 — . 
Despues de haber demandado inutilmente el au~ 



(l> O Habhab. 

Hist, musuuhanes.— T. I IS 



274 

xilio de Yusof, reducido a tal grado de impoten- 
cia que le fue imposible reunir tropas, Somail se 
dirig-io a los caisitas que formaban parte de la 
division de Kanesrina y de Damasco, estableci- 
dos en el territorio de Jaen y de Elvira; y pj n _ 
tandoles la critiea situacion en que se encontra- 
ba, anadio que se contentaria con un refuerzo 
aunque fu esc poco numeroso. Su demanda tro- 
pezo con serias dificultades. Cierto que su amigo, 
el kilabita Obaid, que era, despues de el, el jefe 
mas poderoso entre los caisitas, recorrio el terri- 
torio habitado por ambas divisiones, advirtiendc- 
de paso a todos aquellos con quienes podia confer 
que se armasen y estuvieran dispuestos a mar- 
char sobre Zaragoza; cierto tambien que los Ki- 
lab, los Moharib, los Solaim, los Nasr y los Haua- 
zin prometieron tomar parte en la empresa; pero 
los Gatafan, que no tenian entonces jefe, porque 
Abu-Atahabfamuerto, y aun no habian elegido su- 
cesor, se mostraban indecisos y aplazaban su res- 
puesta defmitiva, mientras los Cab ben-Amir, con 
sus tres sub-tribus, la de Coxair, la de Ocail y la de 

Harix, descontentos de que la hegemonfa que ha- 
bian ejercido cuando Balch, el coraixita, mandaba 

■ J" 

a todos los sirios de Espafia, perteneciese ahora a 
los Kilab — porque Somail y Obaid eran ambos de 
esta tribu — , los Cab ben-Amir, decimos, en su 
mezquina envidia, no se contentaban con menos 
que con ver perecer a Somail por falta de soco- 
rros. Apremiados por Obaid, los Gatafan acaba- 
ron, no obstante, por prometerle su concurso, y 



275 

entonces los Cab ben- Amir pentaron que valia 
mas partir como todos, porque eomprendieron que 
si no lo hacian, se atraian el odio general sin con- 
seguir su objeto, porque Somail seria socorrido 
de todos modos y podria prescindir de ellos. For 

lo tanto, todas las tribus caisitas proporcionaron 
guerreros, pero en corto numero; el de infantes es 
desconocido, pero se sabe que el de jinetes no ex- 
cedia de trescientos sesenta. Viendose tandebiles, 
los caisitas empezaban a desmoralizarse, cuando 
uno de ellos vencio su vacilacioa con algunas pa- 

labras entusiastas. 

"No nos esta permitido — dijo on conclusion — 
abandonar a su suerte un jefe como Somail, aun- 
que tengamos que perecer pai*a libertarle." 

Los animos, vacilantes, se reanimaron, y todos 
se pusieron en marcha hacia Toledo, despues de 
haber conferido el mando de la expedici6n a Abcn- 
Xihab, jefe de los Cab ben-Amir, como habia 

aconaejado Obaid, que, aunque podria aspirar a la 
misma dignidad, como amigo generoso y abne- 
gado, prefirio cederla al jefe.de la tribu que se 
habia mostrado mas reacia a la empresa, espe- 
rando que de este modo le ligaria fuertemente a 
la causa de Somail. Tuvo lugar la partida al co- 
mienzo del afio 755, 

Llegados a las orillas del Guadiana, 16s cai- 
sitas encontraron a los Beer ben-TJail y a los Beni- 
Ali, tribus que, aunque no fuesen caisitas, perte- 
necian a la raza de Maad. Habiendolos invitalo 
a reunirse con ellos, mas de cuatrocientos jinetes 



276 

engrosaron sus tropas. Reforzados asi, llegaron a 
Toledo, donde se supo que el sitio era sostenido 
con tal vigor que Somail se veria bien pronto 
obligado a rendirse. 'Temiendo Hegar tarde, y de- 
seando prevenir a los sitiados de su proximidad, 
los caisitas despacharon un emisario a Zaragoza, 
con orden de deslizarse entre los sitiadores y lan- 
zar por cima de los muros un papel atado a un 
guijarro, sobre el cual habia escritos estos dos 
versos: 

"j Regocijaos, sitiados! porque os llegan soco- 
rros, y bien pronto los enemigos se veran forzados 
a levantar el asedio. Ilustres guerreros, hijos de 
Nizar y oriundos de la raza de Auach, vienen en 

vuestra ayuda sobre bien embridados potros." 

El mensajero ejecuto puntualmente la orden re- 
cibida. El billete fue recogido y llevado a Somali, 
que se lo hizo leer, y se apresuro a reanimar el 
valor de sus soldados, comunicandoles la impor- 
tante nueva que acababa de recibir. Todo tercnino 
sin lucha; el ruido de la aproximacion de los maa- 
dita"s basto para que los sitiadores, que no que- 
rfan hallarse entre dos fuegos, levantasen el cerco, 
y habiendo entrado en la ciudad los caisitas con 
sus aliados, Somail los recompenso generosa, 
mente. 

Entre los auxiliares habia treinta clientes de la 
familia ommfada, que pertenecian a la division de 
Damasco, establecida en la provincia de Elvira. 
Los ormniadas — seerun la costumbre arabe se daba 



277 

n 

este nombre tanto a los miemuros de la familia 
como a sus clientes — , los ommiadas venian dis- 
tinguiendosc hacia tiempo por su adhesion a la 
causa de los maaditas; en la batalla de Secunda 
habian combatido valientemente entre las filas de 
Yusof y Somail, y ambos jefes les demostraban 
gran aprecio; pero si en aquella ocasion estos 
treinta jinetes habian seguido a los caisitas para 
ir en socorro de Somail, era menos por considerar- 
se aliados suyos que por consolidar intereses de 
la mas alta importancia. Para explicar de lo que 
se trataba, es preciso que retrocedamos cinco 
alios. 



XIII (1) 



■j 1 - 



Cuando en el ano 750 Meruan II, el ultimo ca- 
lifa de la dinastia Ommiada, perecio en Egipto, 
donde habia ido a refugiarse, una cruel persecu- 
tion comenzo contra su numerosa familia, que los 
abasidas, usurpadores del trono, querian exteimi- 
nar. A un nieto del calif a Hixem le cortaron un pie 
y una mano; mutilado asi, le pasearon sobre un 
asno por las ciudades y pueblos de Siria, acom- 
panado de un heraldo que le mostraba como una 
bestia salvaje, gritando: 

"jEste es Aban, el hijo de Moauia, el que sc 



(1) Ajbar machmua (fols. 69 v.-72 v., 11 r., 78 r.-80 r.) ha 
sido la fuente principal para este relato y para el slguiento. 
Algunos detalles los lie tornado de Macari, libro VI. 



278 



/ 



apellidaba el mas cumplido caballero de los om- 
miadas!" 

Este suplicio duro hasta que la muerte le puso 

termino. La princesa Abda, hija de Hixem, por 
haberse negado a decir donde ocultaba sus teso- 

ros, fue apuiialada en el acto. Pero la persecution 
fue tan violenta, que no surtio el efecto apeteci- 
dp. Muchos ommiadas se libraron de ella ocultan- 
dose entre los beduinos. Viendo escapar a sus vie- 

timas, y comprendiendo que no podrian realizar 
su obra sanguinaria mas que por la astucia y la 
traicion, los abasidas repartieron una proclama 
de-su califa, Abu-'l-Abas, en la que este, confe- 

sando haberse excedido, prometfa la amnistia a 
todos los ommiadas que vivieran aun. Mas de se- 
tenta de estos cay e von en el lazo y fueron muer- 
tos a golpes. 
Dos hermanos, Ilamados Yahya y Abderrah- 

man, nietos del califa Hixem, se habian librado de 
tan horrible matanza. Cuando fue promulgada la 
amnistia del califa abasida, Yahya dijo a su lier- 
mano: 

— Esperemos aun; si todo va bien, siempre po- 
dremos reunirnos al ejercito de los abasidas, puei? 
se encuentra cerca; pero hasta ahora no tengo 
una gran confianza en la amnistia que se nos ofre- 
ce. Enviare, pues, al campamento a preguntar 
como han sido tratados nuestros deudos. 

Despues de la camieeria, la persona enviada 
por Yahya volvio apresuradamente t trayendo la 
noticia fatal; pero aquel h ombre era perseguido 



279 

de cerca por los soldados, que habian recibido la 
orden de matar a Yahya y Abderrahman, y an- 
tes de que el prhnero, lleno de estupor, pudiese 
huir, fue detenido y degollado. Abderraliman es- 
taba entonces de caza, y esto le salvo. Enterado 
por fieles servidores de la triste suerte de su her- 
mano, aprovecho la obscuridad de la noche para 
volver a su morada, amwicio a sus dos hermanas 
que iba a ponerse en salvo en otra casa que po- 
seia en una aldea no lejos- del Eufrates, y les re- 
comendo que fueran a reunirse con el lo ante> 
posible, llevando a su otro hermano y a su hijo. 

El joven principe llego sin accidente a la aldea, 
y bien pronto se vio rodeado de toda su familia. 
No pensaba detenerse alii mucho tiempo, por es- 
tar decidido a pasar a Africa; pero, creyendo que 
sus enemigos no descubririan su retiro facilmen- 
te, queria esperar el momento oportuno para em- 
prender sin peligro su largo viaje. 

Un dia que Abderrahman, enfermo entonces de 
la vista, estaba aeostado en una habitation obs- 
cuva, su hijo Soliman, que no tenia mas que cua- 
tro anos y que jugaba a la puerta de la casa, en- 
tro temblando de espanto, y banado en lagrimas 

se abrazo a el. 

— Dejame, pequeiio — dijo su padre — ; ya sabes 
que estoy indispuesto; pero, £que tienes? £Por 

que ese terror? 

Ei nino oculto de nuevo la cabeza en el pecho 
de su padre, gritando y sollozando. 

iQue tendra? — repitid el principe levant an- 



280 

dose; y abriendo la puerta vio a lo lejos los es- 
tandartes negros... 

El nino los habia visto tambien, y recordaba que 
el dia que los habia contemplado en la antigua - 

morada de su padre habia .si do asesinado su tio„. 
Abderrahman apenas tuvo tiempo de coger algu- 
nas monedas de oro y despedirse de sus dos her- 
manas. 

■Me voy — les dijo — ; enviadmc a mi liberto 
Badr; me encontrara en tal sitio; que me lleve lo 
indispensable, y, con la ayuda de Bios, me Ilegare 

a salvar. 
Mientras los jinetes abasidas, despues de haber 

cercado la aldea, invadian la casa quo servia de 
refugio a la familia ommiada sin encontrar mas 

que a dos mujeres y un nino, a los cuales no hi- 
cieron dafio, Abderrahman, acompahado de su her- 
mano, nino de trece anos, fue a ocultarse a algu- 
na distancia del pueblo, lo cual no result aba di- 
ffcil, porque el pais era muy frondoso. Cuando 
Badr llego, los dos hermanos se pusieron en ca- 
mino- y llegaron a las orillas del Eufrates. El 
prfncipe se dirigio a un conocido, le dio diner o 
y le rogo que fuera a comprarle provisiortes y ca- 
ballos. El hombre partio, acompanado de Badr,. 
prometiendo cumplir su cometido. Desgraciada- 
mente, un esclavo de aquel hombre lo hsebia escu- 
ohado, y, sonando con una recompensa considera- 
ble, el traidor partio a todo correr para delatar 

al capitan abasida el paraje en que los fugitivos 
estaban ocultos. De repente quedaron espantados 



281 

al oir el galop ar de un caballo; apenas tuvieron 
tiempo para ocultarse en un jardin; pero sus per- 
seguidores les habfan visto y comenzaron a cer- 
car el recinto. Un momento mas, y los dos herma- 
bos moririan asesinados; no les quedaba mas que 
una solucion: arrojarse al Euf rates y tratar de 
atravesarle a nado. El rio era muy ancho, y la 
em-presa, por tanto, peligrosa; pero en su deses- 
peracion no vacilaron en desanar la corriente. 

-Volved — gritaban los abasidas, que veaan e,s- 
caparse la presa — , volved, que no os "haremos 
nada. 

Abderrahman, que sabfa lo que valfan sus ofer- 
tas, redoblo los esfuerzos. Al llegar a la mitad 
del rio se detuvo un instante y grito a su her- 
mano para que se apresurase. ;Ay!, el nino, me- 
nos nadador que Abderrahman, habia tenido mie- 
do de ahogarse, y fiandose en las palabras de los 
soldados, volvia hacia la orilla. 

— jVen, ven conmigo, querido mio, no creas en 
tales promesas — exclamo Abderrahman. 

Pero todo fue inutil. 

— El otro se nos escapa — ?e decian los solda- 
dos; y el mas animoso Iba ya a despojarse de sus 
vestiduras y a arrojarse al Eufrates, cuando la 
anchura del rio le hizo desistir, Abderrahman no 
fue persegxudo; mas desde la otra orilla tuvo el 
dolor de ver decapitar a su hermano. 

Llego a Palestina, y alii se le reunieron su fiel 

servidor Badr, y Salim, liberto de una de sus her- 
manas, que le llevaban dinero y pedrerias. Par- 



282 

tio inmediatamente al Africa, cloncle la autoridad 
de los abasidas no habia sido reconocida aun v 
donde muchos ommfadas habian hallado asilo. Lie- 
go sin obstaculo, y alii hubiese encontrado tran- 
•quilidad y reposo; pero no podia resignarse a una 
existeneia modesta y obscura. Suenos ambicio- 
sos germinaban sin ceaar en su cabeza de veinte 
■afios. Alto, vigoroso, valiente, con esmerada edu- 
cacidn y talentos poco comunes, su instinto le su- 
geria que estaba llamado a un destino brillante, y 
su espiritu aventurero y emprendedor se enarde- 
cia con los recuerdos de su infancia, que, desde 
•que llevaba un vida errante y pobre, se desperta- 
ban con vivacidad. Era creencia muy generaliza- 
da entre los arabes que cada hombre tenia el des- 
tino escrito en los rasgos de su fisonornia; Abde- 
rrabman lo creia, como todos, y aun mas por una 
prediccion de su tio Maslama, hermano de suabue- 
lo, reputado como el mas habil fisonomista. A los 
■diez afios, cuando ya habia perdido a su padre, 
Moauia, le llevaron un dia con sus hermanos a 
Ruzafa, soberbia ciudad en el distrito de Kinesri- 
na y habitual residencia del califa Hixem. Es- 
tando los ninos a la puerta del alcazar, llego Mas- 
lama, y, deteniendo su caballo, pregunto quienes 
eran aquellos ninos. 

—Son los hijos de Moauia — respondio su ayo. 

— iPobres huerfanosl — exclamo Maslama, con 
los ojos arrasados de llanto, y mando que se los 
llevasen de dos en dos. 

Abderrahman le agrado mas que ninguno, y ha- 









28 



o 



biendole colocado sobre el arzon de su silla, le 
lleno de caricias, a tiempo que Hixem salio de 

su palacio. 

— ;Quien es este niiio? — pregunto a su ner- 
mann. 

— Un hijo de Moauia — replied Maslama; e incli- 
nandose hacia su hermano, murmuro a su oido. 
pero bastante aito para que Abderrahman pudie- 
ra oirlo — : El gran acontecimiento se aproxima, 

y e?te nino sera el hombre que tu sabes. 
^.Estas seguro?— interrogo Hixem. 
— Te juro que si — repuso Maslama — ; en su ros- 
tro y en su cuello he reconocido los signos infa- 

libtes. 
Abderrahman recordaba tambien que desde en- 

tonces su abuelo habia mostrado por el gran pre- 
dileceion; que a menudo le enviaba presentes de 
que no participaban sus hermanos, y que todos 
los meses le hacia llevar a su alcazar. 

iQue signiftcaban las palabras misteriosas pro- 
feridas por Maslama? AMerrahman no lo sabia 
njamente; ademas, en aquella epoca habSa mu- 
chas predicciones semejantes. El poder de los 
omeyas estaba ya muy quebrantado, y en su in- 
quietud, aquellos principes, superticiosos como to- 
dos los orientales, interrogaban a los adivinos, a 

L 

los astrologos, a los fisonomistas, pretendiendo 
descorrer el velo del porvenir. 

No queriendo quitar toda esperanza a aquellos 
hombres credulos. que los colmaban de presentes, 
ni arrullarlos con promesas que los acontecimien- 



284 

tos hubieran desmentido bien pronto, aquellos 
adeptos de las ciencias ocultas creian haliar un 
termino medio diciendo que el trono de los om- 
miadas se hundiria; pero que un vastago de tan 
ilustre familia lo restableceria en otro pais. Mas- 
lama parecia obsesionado par la misma idea. 

Abderrahman se crefa, pues, destinado a ocu- 
par un trono; pero, £donde reinaria? EI Orients 
estaba perdido, y alii no habia nada que esperar. 
Quedaban, Africa y Espana, y en cada uno de 
estos paises trataba de consolidate una dinastia 
fihirita. 

En Africa, o mas bien, en la parte de esta re- 
gion que aun estaba bajo el dominio arabe, por- 
que el Occidente ya habia sacudido el yugo, reina- 
ba un hombre que ya hemos encontrado en Es- 



pana, donde habia intentado sin exito hacerse 
proclamar emir. Era el fihirita Abderrahman ben- 
Habib, pariente de Yusof, el gobernador de Es- 
pana. No habiendo reconocido a los abasidas, ben • 
Habib esperaba legar el Africa a sus hijos, como 
piincipado independlente, y consultaba a los adi- 
vinos sobre el porvenir de su raza con inquieta cu- 

■i 

riosidad. Algun tiempo antes que el joven Abde- 
rrahman, llego a la corte un judio iniciado en os 
secretos de las ciencias ocultas por el principe 

Maslama, en cuya corte habia vivido, y le habia 

vaticinado que un descendiente de una familia real, 
que se llamaria Abderrahman, y que tendria an 
bucle de cabellos a cada lado de la frente, seria el 
fundador de una dinastia que reinaria en Afri- 



285 

ca (!)• Ben-Habib le habia respondido que, en 
ese caso, el, que se llamaba Abderrahman, y que 
era dueno del Africa, no tenia mas que dejarse 
crecer un bucle de cabellos sobre cada sien, para 
que-<pudiera aplicarsele el vaticinio. 

—No — le habia respondido el hebreo — j tu no 
eres la persona designada, porque, no procediendo 
de regia estirpe, no tienes la principal de las con- 
diciones requeridas. 

Mas adelante, cuando Ben-Habib vio al joven 
Abderrahman y noto que este principe tenia los 
cabellos en la forma indicada, hizo llamar al ju- 
dio y le dijo: 

— Sin duda es este el que, segun el destine, ha de 
ser dueno de Africa, .pues tiene todas las condi- 
ciones requeridas; pero no importa, no se alzara 
eon mi provincia, porque le hare asesinar. 

El judio, sinceramente adicto a los ommiadas, 
sus antiguos duenos, tenxblo ante la idea de que 
su prediccion causase la muerte a un joven que 
tanto le interesaba; sin embargo, sin perder la se- 
renidad, contesto: 

— Confieso, senor, que este joven tiene todas las 
condiciones exigidas; pero puesto que crees lo que 
te he vaticinado, es preciso una de las dos eosas; 
o bien este Abderrahman no es el pr edestinado , 



(1) Los documentos nombran aquf a Espafia, pero esto es 
sin duda un error, porque no era Espafia, sino Africa, lo 
que Interesaba a Ben-Habib. Probablemente el judfo habia 
aludido al Africa; pero, habiendo desmentiUo su prediccion 
los acontecimientos, serfa substituldo el nonibre de Espafia 
por e] de Africa, 



286 

y entonces podrias matarle, pero cometeras «n 
crimen inutil, o esta f atalmente destinado a reinaT 
sobre Africa, en cuyo caso, hagas lo que hagas, 
no podras quitarle la vida, porque el destino siem- 
pre se cumple, 

Comprendiendo la exactitud de este razona- 
miento, Habib no atento in media tamente contra la 
vida de Abderrahman; pero, desconfiando no solo 
de el, sinb de todos los omeyas que se habian re- 
fugiado en sus estados, y en quienes vefa peligro- 
sos pretendientes, espiaba todos sus actos con ere- 
ciente ansiedad. Entre estos prineipes se eacon- 
traban dos hijos de Ualid II. Emulos de su padre, 
que no vivio mas que para el placer; que enviaba 
a sus cortesanos a presidir, ocupando su puesto, la 
plegaria publica, y que al tirar al arco se servia 
del Coran a guisa de bianco, llevaban en el destie- 
rro una vida de goces, y cierta noche en que be- 
bian y charlaban juntos, uno de el los exclamo: 

"iQue locura! £No cree Habib que seguira 
siendo emir de esta comarca y que nosotros, hijos 
de un califa, nos resignaremos a dejarle reinar 

tranquilamente ? " 

Habib, que escuchaba a la puerta, resolvio des- 
ombarazarse en secreto de tan peligrosos huespe- 
des; mas espero una ocasion favorable para que 
se atribuyese su muerte al azar y no a venganzst 
suya. No cambio de conducta con ellos, y cuando 
le venfan a visitar les demostraba la misma be- 
nevolencia que antes. Sin embargo, no oculto a 
sus confidentes que habia espiado a los hijos de 



28 



i 



Ualid y 3es habia oido palabras indiscretas, Entre 
estos confidentes habia un secreto partidario de 
los ommiadas, el cual aconsejo a los principes que 
se librasen, mediante la fuga, de las asechanzas 
del gobemador. Hicieronlo inmediatamente; pero 
Ben-Habib, informado de su precipitada partida, 
cuya causa ignoraba, y temiendo que hubiesen ido 
a sublevar contra el alguna tribu berberisca o 
arabe, los mando perscguir por jinetes, para que 
los alcanzaran y se los trajeran. Despues, juz- 
gando que su huida y los propositos que les ha- 
bia escuchado eran pruebas fehacientes de sus 
criminates proyectos, los hizo decapitar (1). Bes- 
rle entonces solo penso en librarse de los demas 
ommiadas, que, advertidos por sus partidarios, 
se apresuraron a buscar un refugio entre las tri- 
bus berberiscas independientes. 

Errando de tribu en tribu y de ciudad en ciu- 
dad, Abderrahman recorrio de un extremo a otro 
el Norte de Africa. Permanecio algiin tiempo 
oculto en Barca; busco un asilo en la corte de los 
Beni-Rostem, reyes de Tahort; despues fue a im- 

plorar la proteccion de la tribu berberisca de Mic- 
nesa. Cinco anos transcurrieron asi, y nada indica 
que durante ese tiempo Abderrahman hubiese in- 
tentado buscar fortuna en Espana. Era el Africa 
lo que codiciaba aquel ambicioso pretendiente sin 
dinero ni amigos; intrigando sin cesar, buscandc 
partidarios a cualquier precio, fue arrojado ds 



'(1) Ben-Adari, t. I. pp. 49, f.0. 



288 

Micnesa, llegando por fin a la tribu berebere de 
Nafza, a la cual pertenecia su madre, tribu que 
habitaba en las inmediaciones de Ceuta (1). 

Convencido de que en Africa no realizaria sus 
propositos, dirigio la mirada al otro lado del mar. 
Tenia sobre Espafia vagas noticias, debidas a Sa- 
lim, uno de los dos libertos que le acompanaban 
en su vida errante. Salim habia estado en Espa- 
fia en tiempo de Muza o poco despues, y hubiera 
podido prestar al principe servicios muy utiles; 
pero habia regresado a Siria. Disgustado hacia 
tiempo de la vida vagabunda que llevaba en com- 
pania de un aventurero, estaba decidido a apro- 
vechar la primera ocasion para alejarse, cuando 
Abderrahman se la proporciono. Un dia que, por 
estar durmiendo, no habia oido que su dueno le 
llamaba, este le arrojo un vaso de agua al rostn, 
y enteices Salim dijo encolerizado : 

— Puesto que me tratas como a un vil esclavo, 
te abandono para siempre. No te debo nada, por- 
que no eres mi patrono; solo tu hermana tie- 
ne derecho sobre mi ; asi, pues, me vuelvo con 
ella. 

Quedaba el otro liberto, el fiel Badr, al cual 
encargo Abderrahman que pasase a Espafia para 
ponerse de acuerdo con los clientes omeyas, que 
en mimero de 400 o 500 formaban parte de las 
divisiones de Damasco y de Kinasrina, estableci- 
das en Elvira y Ja6n. Badr debia entregarles una 



(1) V^ase Bo-'ri, en las Noticia.s y extractos, t. Xir, 
Jjaprina 550. 



289 
carta de su patrono, en la cual este referia qua 
llevaba cinco anos recomendo el Africa como 
fugitive-, a fin de escapar a las persecuciones de 
Ben-Habib, que atentaba conti'a la vida de todos 
los ommiadas. 

"Querria ir a vivir entre vosotros, clientes do 
mi familia — decia el principe — , porque estoy se- 
guro de que seriais para mi fieles amigos. Pero 
jay! j no me atrevo a ir a Espaiia, cuyo emir me 
tenderia lazos, como el de Africa, considerandome 
como un enemigo, como un pretendiente. Y, en 
verdad, ;no tengo derecho a pretender el emirato, 
aiendo nieto del calif a Hixern? Pues bien: ya que 
no puedo ir a Esparia como un simple particular, 
ire en calidad de pretendiente; pero solo cuando 
jne hayais asegurado que tengo en ese pais al- 
guna probabilidad de exito, que me apoyar&s con 
todas vuestras fuerzas y que considerareis mi cau- 
sa como propia." 

Terminaba prometiendo dar a sus clientes los 
puestos mas elevados, en caso de que quisieran 
secundarle. 

Llegado a Espafia, Badr vemitio esta carta a 
Obaidala y a Aben-Jalid, jefes de los clientes de 
la division de Damasco. Enterados del escrito, los 
dos jefes njaron el dia en que consultarian el 
asunto con los demas clientes, y rogaron a Yu- 
sof aben-Bojt, jefe de los clientes ommiadas de la 
'division de Kinesrina, que asistiese a la re- 
union. En el dia prenjado consultaron a sus com- 
paneros de tribu sobre el partido que debian adop- 

HlST. MUSn.MANKS. — T. T Ifl 



290 

tar, y aunque la empresa parecio dificil, acorda- 
ron que debia intentarse. Tomando esta decision, 
los clientes cumplian un verdadero deber desde el 
punto de vista arabe, porque la clientela supone 
un vinculo indisoluble y sagrado, un parentesco 
de convencion, y los descendientes de un liberto 
estan obligados a ayudar en cualquier empresa a 
los herederos del que ha manumitido al jefe de 
su familia. Pero esta decision fue dictada, ade- 
mas, por su propio interes. El regimen de las 
dinastias arabes era un regimen de familia; los 
parientes y clientes del principe ocupaban casi ex- 
clusivamente todas las altas dignidades del Esta- 
^o. Asi, pues, laborando por la fortuna de Abde- 
rrahman, trabajaban tambien por su propio en- 
grandecimiento. La dificultad estribaba en poner- 

se de acuerdo sobre los medios conducentes al fin, 
y resolvieron consultar a Somail, que a la sazon 

se hallaba sitiado en Zaragoza. Sabian que estaba 

irritado contra Yusof porque este no le enviaba 

^ 

refuerzos, y suponian en el un resto de adhesion 
hacia los ommiadas, antiguos bienbechores de su 

familia; en ultimo caso, contaban con su discre- 
tion, porque le consideraban demasiado caballero- 
so para traicionar una confidencia. 

Por lo tanto, el movil de conferencdar con So- 
mail fue lo que indujo a socorrerle a los treinta 
ommiadas que, acompanados por Badr, se habian 
unido a los caisitas. Ya se ha visto que la expe- 
<}ici6n fue" coronada por el exito; podemos, pues, 
reanudar el relato, interrumpido en el momento 



^ 
S 



291 
en que los jefes ommiadas petlian a Somail una 

entrevista secrete. 

Habiendo accedido a su demanda el caisita, co- 
menzaron por rogarle guardase el secreto de las 
importantes nuevas que le iban a comunicar; y 
cuando el se lo prometio, Obaidala le refirio la lle- 
gada de Badr y le leyo la carta de Abderrahman. 
Despues anadio con tono humilde y sumiso: 

— Ordena lo que debemos hacer; nos atendre- 
mos a tus ordenes. Haremos lo que apruebes; de- 
jaremos de hacer lo que desapruebes, 

Profundamente pensativo, respondio Somail: 
-El asunto es grave; no me exijais una res^ 
puesta inmediata. Despues de reflexionar os co- 
municare mi opinion. 

Habiendo sido introducido Badr a presencia de 
Somail, &ste, sin prometerle nada, le colmo de 
regalos, como habia hecho con los demas que ha- 
Wan ido en su auxilio. Despues partio para Cor- 

T 

doba, donde encontro a Yusof ocupado en alistar 
tropas, destinadas a castigar a los rebeldes del 
distrito de Zaragoza. 

En el mes de mayo del ano 755, Yusof, en 
visperas de ponerse en marcha, llamo a los dos 
jefes de los clientes ommiadas, que consideraba 
como sus propios clientes desde que sus amos ha- 
bfan perdido el trono (1), y les orden6: 

■Id en busca de vuestros clientes, y decidies 
que nos acompanen. 



(1) Ben-al-Cutia, fol. 9 v. 



292 

•Imposible, seiior — respondio Obaidala • a 

causa de tantos anos de penuria, esos desgracia- 
dos no tienen fuerzas para andar. Todos log qin 
aun podian hacerlo fueron a socorrer a Somail 
y tan larga marcha, durante el invierno, los ha 
fatigado excesivamente. 

■He aqui con que restablecer sus fuerzas— re- 
puso Yusof — ; enviadles estas mil monedas de oro, 
que les serviran para comprar trigo. 

^Mil monedas de oro para quinientos gue~ 
rreros inscriptos en el registro? Es muy poco, 
sobre todo en tiempos de tal carestia. 

■Haz lo que quieras; no te dare mas. 

•Pues bien, guarda el dinero; no te acompa- 
namos. 

Sin embargo, despues de abandonar al emir, 
Obaidala y sus eoniipaneros cambiaron de opi- 
nion. 

—Vale mas que aceptemos ese dinero, que po- 
dra sernos util — se dijeron — . Claro esta que nues- 
tros hermanos de tribu no acompanaran a Yusof; 
quedaran en sus hogares, prevenidos para cual- 
quiera eventualidad; pero ya encontraremos al- 
gun modo para explicar su ausencia en el ejSrcito; 
aceptemos, pues, el dinero que Yusof nos ofrece; 
daremos parte de el a nuestros compaiieros de 
tribu, que, gracias a este socorro, podran com- 
prar trigo, y emplearemos el resto en facilitar 
la ejecucion de nuestros planes. 

Dijeron, pues, al goberoador que aceptaban la 
oferta. Cuando recibieron el dinero, se traslada- 



f - 



29J 

ron ai distrito de Elvira, y dieron a cada uno dies 
monedas de plata de parte de Yusof, diciendole 
que eran' para comprar trigo; lo que callaron «s 
que Yusof les habia dado mucho mas, que pre- 
tendia que los clientes le acompanasen, y que las 
mil monedas de oro eran la soldada. 

La moneda de oro contenia veinte monedas d? 
plata, por lo que quedaba para lo? dos jefes casi 

cerca de las tres cuartas partes de la suma que 
Yusof les habia dado. 

Mientras tanto, Yusof habia partido de Cordoba 
con aJgunas tropas, y, habiendo tornado la ruta dv 
Toledo, habia establecido su campamento en el 
c: : strito de Jaen, en el paraje denominado vado 
de Path, al norte de Menjibar, por donde se cru- 
zaba el Guadalquivir euando se querfan atravc- 
sar los desfiladeros de Sierra Morena, y donde 
ahora se halla una barca de no, que ha adquirido 
celebridad europea por los acontecimientos qua 
precedieron a la batalla de Bailen, en 1808, Yu- 
sof esperaba alii las tropas que acudfan de todas 
partes, y les distribuia la soldada, euando los dos 
jefes de los clientes omeyas, comprendiendo que 
apremiado por la necesidad de combatir a los re* 
beldes de Zaragoza, no se detendria rnucho tiempo 
en el vado de Fath, se pres^ntaron a el. 

-Y bien, £por que no llegan nuestros clien- 
tes ?t — pregunto Yusof. 

— Tranquilizate, emir, y que Dios te bendi- 
ga — resportdio Obaidala — ; vuestros clientes no se 
parecen a ciertas personas que todos conocemos. 



294 

Por nada del mundo dejarian que combatieras a 
tus enemigos sin ellos; es lo que aseguraban el 
otro dia; pero al mismo tiempo me encargan te 
pida que les concedas alguna demora. La reco- 
leccion de primavera, como sabes, promete ser 
abundante, por lo que deseaban, antes de partir 
cuidar la cosecha; pero quieren reunirse contigo **n 
Toledo. 

No teniendo ningun motivo para sospechar que 
Obaidala Le enganase, Yusof creyo en sus pala- 
bras, y le dijo: 

•Pues bien: volved con vuestros hermanos de 
tribu, para encargarles que se pongan en marcha 
lo antes posible. 

Poco despues, Yusof reanudo su avance. Obai- 
dala y su companero fueron con el parte del ca- 
mino; despues se despidieron, prometiendole unfr- 
sele bien pronto con los demas clientes, y voi- 

vieron al vado de Fath. En el camino encontra- 
ron a Somail y a su guardia. Despues de haber 
pasado la noche en una de las orgi&s que les eran 
habituates, el jefe caisita dormfa aun en el me- 
mento en que Yusof se puso en marcha, por lo 
que partio mucho mas tarde, Viendo volver a los 
dos clientes, exclam6 con sorpresa: 

— I Como! iOs volveis! £Me traeis alguna no- 
ticia ? 

No, senor — le respondieron — ; Yusof nos ha 
permitido partir, y nos hsmos comprometido a al- 
canzarle en Toledo, con los otros clientes. Si te 
place, te acompafiaremos parte del camino. 



* 



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e 



295 

— Quedare encantado de gozar vuestra compa- 
jua— replico Somail. 

Despues de tratar de cosas indiferentes, Obai- 
dala se aproximo a Somail y le dijo al oido que 
deseaba hablarle en secret©. A una serial del 
jefe, sus campaneros se alejaron, y Obaidala 
anadio: 

— Se trata del asunto del hijo de Moauia, sobr 
el cual te consultants. Su emisario no ha parti- 
do aun. 

— No he olvidado este asunto; al contrario, he 
refiexionado profundamente, y, segun te prometf, 
no se lo he revelado a nadie, ni aun a mis mti- 
mos amigos. Ahora, he aqui mi respuesta: Creo 
que Abderrahman merece el trono y ser apoyado 
por mi; puedes escribirselo y que Ala nos ayude. 
En cuanto al viejo pelado — asi llamaba a Yusof — , 
es preciso que me deje obrar como quiera. Le dire" 
que debe casar con Abderrahman a su hija Om- 
Musa, viuda actualmente (1), y resignarse a no 
ser emir de Espana. Si accede, se lo agradecere- 
mos; si no, le hendiremos la calva con nuestras 
espadas y llevara su merecido. 

Entusiasmados con una respuesta tan favora- 
ble, los dos jefes le besaron la mano con recono- 
cimiento, y despues de reiterarle las gracias por 
3a ayuda que prometia a su patrono, le abandona- 
ron para dirigirse al vado de Fath. 
Evidentemente, Somail, que no habia tenido 



(1) Habfa estado casada con Catam, hljo de Abdalmelic 
e\ fihirlta, que habia sido gobernador de Espafia. 



296 

tiempo de dormir la mona, se habia levantado 
aquella manana de muy mal humor contra Yu- 
sof; todo ]o que habia dicho a los clientes pro- 
venia de un impulso irreflexivo. Con su habi- 
tual indolencia no habia pensado seriamente en el 
asunto de Abderrahman, por no decir que lo habia 
olvidado por completo. Solo despues de haber dado 
tantas esperanzas a sus clientes, fue cuando co- 
menzo a pesar el pro y el contra, y entonces una 
sola preocupacion domino su espiritu. 

— 6 Que sera de la libertad de lap tribus ara- 
bes si un principe omeya reina en Espana? Una 
vez consolidado el poder monar^uico, £que poder 
nos quedara a los jefes de tribu? No; por que- 
jas que tenga contra Yusof, es preciso que las 
cosas continuen como estan — y llamando a uno de 
sus esclavos, ? 3 ordeno partir a rienda suelta y 
decir que le esperasen los dos clientes. Estos ha- 
bian recorrido ya una legua hablando de las ri- 
suenas promesas de Somail, y creyendo asegura- 
do el exito de su pretendiente, cuando Obaidala, 
oyendo pronunciar su nombre, se detuvo y vio lie- 
gar a un jinete. Era el esclavo de Somail, que les 
dijo ; 

— Esperad a mi senor; va a vexriv, y tiene que 
hablaros. 

Asombrados de este mensaje, temieron por un 
momento que quisiera deteneiios y entregarlqs ■ 
Yusof; sin embargo, retrocedieron en su cammo 
y bien pronto vieron llegar a Somail, mon.ifcado 
sobre "Estrella", su mula blanca, que iba a gal ope 



29? 



tendido. Viendo que no vetifa eon soWados, r>ecu- 
peraron la confianza; cuando llego Somail, les 
dijo: 

Desde que me entregasteis la carta del hi jo 
de Moauia y me presentasteis a sa mensajero, he 
pensado muchas veces en ese asunto. 

Al hablar asi, Somail mentia o su memoria le 
enganaba; pero no se atrevia a confesar que ha- 
bia casl olvidado un asunto tan importante v 
era muy arabe para que le preocupase una men- 
tira. 

■Apruebo vuestros deslgnios, como os acabo do 
decir; pero desde que nos nemos separado he re- 
fiexionado de nuevo y ahora pienso que Abderrah- 
man pertenece a una familia tan poderosa que... 
— aqui Somail empleo una frase seguramente may 
energica, pero que no podemos traducir sin pecar 
contra el decoro — - En cuanto al otro — conti- 
nue — , en el fondo es un buen muchacho y s^ 
deja guiar por nosotros, salvo raras excepciones, 
con bastante docilidad. Ademas le estamos muv 
obligados y no debemos abandonarle. Refiexionad. 
pues, lo que vais a hacer; y si persistis en vues- 
tros propositos, pronto me vereis llegar; pero no 
sera como amigo. Os juro que la primera espada 
que se desenvainara sera la mia. Y ahora, id en 
paz; que Ala os sugiera, lo mismo que a vuestro 
patrono, prudentes inspiraciones. 

Constemados por estas palabras que desvane- 
cfan todas sus ilusiones, y temiendo irritar a aquel 
honibre colerico, respondieron hurmldemente: - 

■ M 



298 

— ;Dios te bendiga! Jamas nuestra opinion dife- 
rira de la tuya. 

— En buen hora — respondio Somail — ; p ero 
coma amigo os aconsejo que no intenteis nada 
para cambiar el estado politico del pais. Lo unico 
que podeis hacer es asegurar a vuestro patrono 
una posicion eminente en Espafia, y, si renuncia al 
emirato, me atrevo a asegurar que Yusof 3e aco- 
gera benevolamente, lo casara con su hija y le 

entregara, con ella, una fortuna considerable. 
Ariios, y buen viaje. 

Dicho esto, hizo dar media vuelta a "Estrella", 
y, clavando las espuelas en sus flancos, la lanzd 
al gal ope. 

No teniendo nada que esperar de Somail m* da 
los maaditas que, en general, seguian los consejos 
de su jefe, no les quedaba mas partido que aliar- 
se con los yemenitas, excitandolos a vengarse de 
los maaditas. Queriendo lograr a todo trance sua 
prop6sitos, se dirigieron a todos los jefes yemeni- 
tas con los cuales crelan poder contar, incitaado 
los a empunar las armas en pro de Arxlerrahman 
Obtuvieron un exito que excedio a sus fuerzas 
porque los yemenitas, que ardlan en colera recor 
dando su derrota de Secunda, y creyendose con 
denados a sufrir el yugo de los maaditas, estaban 
dispuestos a sublevarse a la primera senal y a 
agruparse bajo la bandera de cualquier preten- 
diente, con tal de vengarse y exterminar a sus 
adversaries. 

Seguros del apoyo de los yemenitas y de qu« 



29 D 

Yusof y Somail se hallaban luchando en el Norte, 
los clientes omeyas juzgaron aquel momento favo- 
rable para el arribo de su patrono. Compraron, 
pues, un barco/y enviaron a Tamam, que con once 
mas habia de tripularle, quinientas monedas de oro, 
de las cuales debla entregar parte al principe, 
empleando el resto en saciar 3a avaricia de los 
bereberes, que sin rescate no dejarian partir a su 
huesped. Aquel dinero era el que Yusof habia 
dado a los clientes para que le secundasen en su 
campana contra los rebeldes de Zaragoza, bien 
ajeno de que serviria para traer a Espafia ua 
principe que le disputaria el emirato. 



XIV (1) 



Hacia meses que Abderrahman habia abando- 
r.ado Nafza y se habia establecido entre los Ma- 
gila, a orillas del Mediterraneo, donde lleva- 
ba una existencia triste y monotona, esperando, 
con ansiedad siempre creciente, el regreso de 
Badr, del cual no habia recibido noticias. Su suer- 
te iba a decidirse; si sus grandes proyectos fra- 
casaban, se disiparlan como el humo sus ensuenos 
de felicidad y gloria y tendria que reanudar su 
errante vida de proscripto, o bien ocultarse en 
cualquier paraje ignorado del Africa; en cambio, 
si triunfaba en su audaz empresa, Espaiia le ofre- 



<1) Ajbar machmiia, lols. 80 r,-S3 r 



300 



ceria un asilo seguro y todas la? riquezas y sa- 
tisfacciones del poder. 

Fluctuando entre el temor y la esperanza, Ab- 
derrahman, poco devoto de suyo, pero fiel obser- 
vador de los eonvencionalismos, cumplia una tar- 
de con el precepto cle la oration ordenada por la 
ley, cuajido vio aproximarse un buq-ue a la costa 
y arrojarse de el a uno de los que lo tripulaban • 
para nadar hacia la playa. Era Badr, que, en su 
impaciencia por volver a ver a su senor, no queria 
esperar a que anclasen. "jBuenas noticias!", grito 
al principe en cuanto le vio; despues conto rapi- 
damente lo ocurrido, nombro los jefes con que po- 
dia contar y las personas que tripulaban el navio 
destinado a conducirle a Espana. "Ya no carece- 
ras de dincro — anadio — ; te traigo quinientas mo- 
nedas de oro." 

Loco de alegrfa, Abderrahman fue en buscct 
de sus partidarios. El primero que encontro fue 
Abu-Galib Tamam. Abderrahman le pregunto sus 
nombres, y cuando los supo dedujo de ellos un 
augurio feliz. En efecto: no habia nombres mas 
adecuadbs para inspirar grandes esperanzas al 
que creyera en presagios, porque Tamam signifies 
citmplidor, y Galib, victorioso. "Realizaremos nues- 
tros designios — exclamo el principe — y alcanzare- 
mos la victoria." 

Apenas trabaron conocimiento, resolvieron mar- 
char sin demora. El prfneipe estaba haciendo su:; 
preparativos cuando los bereberes acudieron en 
masa, amenazando con impedir la partida si n;> 









SOL 

jes daban presentes. Como esta exigencia estaba 
prevista, Tamam dlo dinero a cada uno segun su 
jerarquia. Hecho esto, ya levaban anclas cuando 
an bereber, olvidado en la distribucion, se arrojo 
al mar, y asiendose a una cuerda del navio, em- 
pezo a gritar para que le diesen algo. Aburrido 
del descaro de aquel mendigo, uno de los clientes 
saco su espada y corto la mano al importuno, que 
cayo en el agua y se ahogo. 

Una vez libre de los berberiscos, se empaveso 
el barco en honor del principe, y poco despues lle- 
garon al puerto de Almufiecar. Era en septiembre 
del ano 755. 

Faeil es suponer la alegria de Abderrahman 
cuando abordo a Espana, y la de Aiben-Jalid y 
Obaidala cuando abrazaron a su patrono, que ha- 
bfan ido a esperar a Almufiecar. Despues de haber 
pasado algunos dias en al-Fontin, quinta de Ja- 
lid, situada cerca de Loja, entre Archidona y El- 
vira (1), el principe estableciose en el castillo 
de Torrox, perteneciente a Obaidala, y situado un 
poco mas al Oesfce, entre Yznajar y Loja (2). 

Mientras tanfco, Yusof comenzaba a inquietarse 
en Toledo por la prolongada ausencia de los clien- 
tes ommiadas. Con el afan de esperai^los aplazaba 
la marcha de dia en dia. Somail, que sospechaba 



\_. 



(1) La posicfofi tie la quinta de al-Fontln, que a fines del 
siglo ix pertenecia aun a los descend ientes de Aben-Jalld, esta 
indicada por Ben-Hayan, fols. 76 v., 83 v. 

(2) Actualmente existe un pueblo Uamado Torrox at oeate 
de Almufiecar, en la costa del Medlterraneo ; pero la situa- 
cldn del Torrox indieado en el texto fue* claramente deter- 
Tnlnada por Ben-Hayan, fol. 8.3 v. 



302 

la verdadera causa de su ausencia, pero que, fiel 
a lo prometido, guardaba el secreto, se impacien- 
taba tambien de la larga permanencia del ejercito 
en Toledo. Queria escarmentar lo antes posible 
a los r-ebeldes de ^aragoza; y un dia en que Yu- 
sof se quejaba de la tardanza de los clientes, So- 
mail le dijo con desden: "Un jefe como tu no 

dtbe d-etenerse tanta para esperar a unos nadie 
como ellos. Temo que perdamos la ocasion de en- 
contrar a nuestros enemigos con recursos infe- 
riors a los nuestros, si permanecemos largo 
tiempo aquf." 

Para el d6bil Yusof, tales palabras en labios de 
Somail equivalian a una orden. Pusieronse, pues, 
en marcha, y una vez f rente al enemigo, no nece- 
sitaron combatir, porque tan pronto como los re- 
beldes vieron que tenfan que haberselas con un 
ejercito tan superior en numero, entraron en ne- 

gociaciones. Prometioles Yusof la amnistfa, a 
condicion de que le entregarian sus tres jefes co- 
raixitas, Hobab, Amir y su hijo Uahb. Los rebel- 
des, casi todos yemenitas, vacilaron menos en 
aceptar esta condicion, por suponer que Yusof 
seria clemente con los jefes que pertenecian casi 
a su misma tribu. Entregaronlos, por lo tanto, y 
Yusof convoc6 a sus oficiales para que juzgasen 
a los prisioneros, que esperaban el fallo cargados 
de cad en as. 

Somail, que sentfa hacia aquellos coraixitas uno- 
de esos odios que para el no acababan mas que 
con la vida, insisti6 en que los decapitaran; pero 



i 



- I 



303 

aingun otro caisita compartia su opinion, pensan- 
do que no tenfan derecho a condenar a muerte a 
hombres que pertenecian como ellos a la raza 
de Maad; temfan, ademas, atraerse el aborreci- 
miento de la mas numerosa tribu coraixita y de 
sus multiples aliados. Los dos jefes de la rama 

de Cab ben-Amir, llamaaos Aben-Xihab y Hosain, 
mantenian esta opinion con mas vehemencia que 
los otros caisitas. Somail tuvo que ceder, pero ar- 
diendo de colera y resuelto a vengarse pronta- 
mente de los que le habian llevado la contraria. 
Yusof perdono, pues, la vida a los tres coraixitas, 
pero los retuvo prisioneros. 

Pronto encontro pretexto Somail para librarse 
de los dos jefes que le habian contrariado, y que 
anteriormente, cuando el estaba sitiado en Zara- 
goza, se habian resistido largo tiempo a acudir 
en su socorro. Imitando el ejemplo de los espano- 
les de Galicia, que habian sacudido 3a dominaci6n 

arabe, los vascos de Pamplona se sublevaron tam- 
bien, y Somail propuso a Yusof enviar contra 
ellos parte del ejercito y conftar el mando de 
estas tropas a Aben-Xihab y a Hosain. Ideo 
esto a fin de alejar a tan importunos contradk- 
tores y con el secreto deseo de que no volviesen 
de aquella expedicion a t raves de un pafe agreste 

y erizado de asperas montanas. 

Yusof, cediendo, como de costumbre, al ascen- 
diente que su amigo ejerefa sobre el, hizo lo que 
le indicaba; y despues de nombrar a su propio 
hijo Abderrahman gobernador de la frontera, vol- 



304 

vio a tomar el camino de Cordoba. Al hacer un 
alto a orillas del Jarama (1), un emisario le trajo 
la noticia de que las tropas enviadas contra los 
vascos habian siclo completamente derrotadas; 
que Aben-Xihab habia perecido, y Hosam, vuelto 
a Zaragoza con los pocos guerreros que habian 
escapado del desastre. 

Ninguna noticia podia ser mas grata para So- 
mail, y al amanecer del dia siguiente dijo a Yu- 
sof : "Todo marcha a maravilla. Ala nos ha libra- 
do de Aben-Xihab. Acabemos ahora con los co- 
raixitas; hazlos venir, y ordena que les corten la 
cabeza." A fuerza de repetirle que aquella ejecu- 
cion era absolutamente necesaria, Somali lo-gro 
que participase de su opinion el emir, que tam- 
bien esta vez condescendio con su voluntad. 

Los tres coraixitas dejaron de existir. A la hora 

_ _ _ j _ 

de costumbre, es decir, a las diez de la mafia- 

n-a (2), se sirvio el almu-erzo, y Yusof y So.m aid sc 
sentaron a la mesa. El emir estaba triste y aba- 
tido: el triple asesinato que acababa de cometcr 
le causaba remordimientos ; reprochabase tambien 
haber enviado a Aben-Xihab y a tantos valientes 
guerreros a una muerte cierta; comprendia que 
tanta sangre exigia venganza, y un vago presen- 

timiento le decia que su poder tocaba a su fin. 
Abrumado de cavilaciones, apenas comia. Somai 1 . 

al contrario, mostraba una ale gr fa brutal; y mien- 

*r- ■■ b -H- JH 1 ^' ■■ ■ ■ 

(1 ) Uadi-Xaranba, en el Ajbar machmua ; Ben-al-Abtr 
(pAfiina 52) cita aqjul el \: adl-ar- ram al— Ho arenoso — , <>& 
docir, el Guadarrama. 

(2> Burckhardt: Notas sobre los beduinos, p, 36. 






■ 



305 

tras comia con excelente apetito, esforzabase en 
tranquilizer al debil emir, del cual se servia para 
satisfacer sus rencores personates, induciendole 
a atroces violencias. "Aleja esas negras ideas 
— le dijo— . iEn que has delinquido? Si ha pere- 
cido Xihab, no es culpa tuya; ha muerto en un 
combate, y en la guerra a cualquiera le puede 



s 



s 



o» 



jr io mismo. Si nan sido ejecutados 
coraixitas, lo mereclan; eran rebeldes, rivales pe- 
ligrosos, y este ejemplo de severidad hara refle- 
xionar a los que pretendan imitarlos. Espana es 
clesde ahora propiedad tuya y de tus hijos; has 
fundado una dinastla que reinara hasta la venida 
del Anticristo. ^Quien sera tan audaz que te dis- 
pute el poder 

Con estas f rases, Somail procuro en vano disipar 
la tristeza que abrurnaba a su amigo. Terminado 
el almuerzo,Jevantose el emir y volvio a su tienda, 
para dormir la siesta en el departamento reserva- 
do a sus dos hijas. Una vez solo, arrojose en el 
lecho, mas bien por costumbre que por necesidad 
de dormir, porque sus negros pensamientos no se 
lo permitian. 

De repente oyo gritar a los soldados: 
-jUn correo..., un correo de Cordoba! 

fricorporandose a medias, pregunto a los centi- 
nelas apostados delante de su tienda: 

— I Quien grita ? I Ha llegado un correo de Cor- 
doba ? 

— Si — le respondieron — ; es un esclavo, monta- 

dp sobre el mulo de Om-Otman. 

Hist, musu^manes.^-T. I 20 



306 



Jue entre al instante — ordeno Yusof, que n:> 
comprendia por que su esposa le enviaba un pro- 
pio, pero que adivinaba que debia tratarse de 
algo grave y urgente. 

Entro el correo y le entrego un escrito conce- 
bido en estos terminos: "Un Jiieto del califa Hi- 
xem ha Ilegado a Espana, njando su resideneia 
en Torrox, castillo del infame Obaidala ben-Ot- 
man. Los clientes ommiadas se han declarado por 
el; tu lugarteniente de Elvira, que habia salido 
a haeerles frente con tus tropas, ha sido derrota- 
do; los soldados han sido apaleados, pero no han 
matado a ninguno, Haz sin demora lo que juzgues 
eonveniente." 

Lefdo el escrito, Yusof mando llamar a Somail. 
el cual, al retirarse a su tienda, habia visto lie- 
gar al correo; pero, con su habitual indolencia, 
apenas se habia fijado en el, y hast a- que el emir 
lo llamo a una hora tan desusada no penso que 

el mensajero habria venido por algun motivo 
grave. 

— iQui ha sucedido, emir? — dijo penetrando 
en la tienda de Yusof — . ^Por que me llamas du- 
rante la siesta? Supongo que no ser& por nada 
desagradable. 

— S£— le respondio Yusof—; jpor Dios, que es 
un acontecimiento extremadamente grave! Tenia 
que Dios nos castigue por la muerte de esos 
hombres. 

lQu6 locura! — prosigui6 Somail con deaden- 
Esos hombres eran demasiado viles para qas 



307 



Dios se preocupe de ellos. Pero veamos, £que su~ 

cede? 

■Acabo de recibir una carta de Om-Otman, que- 
te leera Jalid. 

Este, que era clientc y secretario del emir, ley6- 
entonces el escrito. Menos asombrado que Yusof 
porque podia prever lo que pasaba, Somail no per- 
dio la sangre fria al oir que Abderrahmaa habfa. 
llegado a E&pana. 

El asunto es grave, en efecto— dijo— ; pero he 
aqui mi opinion: marchemos ahora mismo contra 
el pretendiente; presentemosle batalla; tal vez 
muera en ella; en todo caso, sus fuerzas seran aun 
tan poco numerosas que las dispersaremos facil- 
mente, y, una vez derrotado, perdera probable- 
mente la gana de repetir, 

— Me place tu opinion — replico Yusof — ; pon- 
g-amonos en marcha ahora mismo. 

Bien pronto todo el ejercito supo que el nieto- 
de Hixem habia llegado a Espana y que iban a 
combatirle. Esta noticia causo una emotion extra- 
ordinaria; indignados ya del infame complot ur- 
dido por sus jefes contra Aben-Xihab, y del cual 
habian sido victimas muchos de su tribu; indigna- 
dos tambien por la ejecucion de los coraixitas,, 
ordenada a- despecho de la opinion de los jefes 
caisitas, no estaban dispuestos a emprender una 
campana para la cual no habian sido pagados. 
"jQuieren forzarnos a hacer dos campafias en ve& 
de una — exclamaban — , pero no lo consentiremos!" 

Al anochecer, comenzo una desercion casi general; 



308 



los de cada tribu se llamaban unos a otros, y a 
bandadas abandonaron el campamento para vol- 
ver a sus hogares. Apcnas quedaron diez yeme- 
nitas; eran los portaestandartes, que no podian 
abandonar su puesto sin mancillar su honor; pero 
ni censuraron a los desertores, m hicieron nada 
por detenerlos. Algunos caisitas, mas adictos a 
Somail, y algunos guerreros de otras tribus maa- 
ditas, se quedaron tambien; pero no se podia 
contar con ellos, porque, fatigados y deseosos de 
tornar a sus moradas, rogaron a Yusof y a So- 
mail que los condujesen a Cordoba, alegando que 
el emprender una campana de invierno en la sie- 
rra de Regio con tan escasas fuerzas seria, por 
huir de un peligro, caer en otro mayor; que la in- 
surrection se limitaria, sin duda, a algunos dis- 
tritos de la costa, y que para atacar a Abderrah- 
man convenfa esperar el retorno de la primavera, 
Pero una vez que Somail concebia un plan, so 
aferraba a el. Marcharon, por lo tanto, hacia la 
sierra de Regio, pero bien pronto la mala volun- 
tad de los soldados convencio al mismo Yusof de 
que el plan de Somail era irrealizable. Habfa 
comenzado el invierno, las lluvias y los torrentes 
desbordados hacian impracti cables los caminos. A 
pesar de la oposicion de Somail, Yusof dispuso 
volver a C6rdoba, contribuyendo a esta decision 
el haber sabido que Abderrahman no habfa veni- 
do a Espana para pretender el emirato, sino sim- 
plemente para buscar un asilo y medios de subsis- 
tencia. "Si Ie ofreces una de tus hijas en matrt- 



monio, y ademas dinero — le decian— , no preten- 
dera otra cosa." 

Yusof, ya de regreso a Cordoba, resolvio enta- 
blar negociaciones^ y envio a Torrox tres de bus 
amigos. Eran Obaid, el jefe mas poderoso de los 
caisitas despues de Somail, y amigo de este; Isa, 
cliente omeya y tesorero del ejercito, y Jalid, se- 
cretario de Yusof. Debian ofrecer al principe ri* 
cas vestiduras, dos mulos, dos cabal ios, dos escla- 
vos y mil monedas de oro. 

Partieron con estos presentes; pc-ro cuando llega- 
ron a Orx, en los limites de la provincia de Regio, 
Isa, que ademas de cliente de la familia ommiada 
era sinceramente adicto a Yusof, dijo a sus com- 
panei-os: ' f ;Me asombro de que hombres como Yu- 
sof, Somail y vosotros dos procedais con tanta 
ligereza! ^Sois tan simples para creer que, si lle- 
vamos estos presentes a Abderrahman y rehusa 
aceptar las proposiciones de Yusof, nos dejara 
volver con los regalos a Cordoba?" Esta obser- 
vacion parecio tan justa y sensata a los demas, 
que resolvieron que Isa quedase con los presentes 
en Orx hasta ver si Abderrahman aceptaba las 
condiciones del tratado. 

Al llegar a Torrox hallavon la ciudad y el Cas- 
tillo llenos de soldados; porque los clientes de la 
familia ommiada y los yemenitas de las divisiv 
nes de Damasco, del Jordan y de Kinesrina ha- 
bfan acudido en masa. Obtenida una audiencia, 
fueron recibidos por el principe, rodeado de su pe- 
quena corte, en la cual Obaidala ocupaba el pri- 



•BIO 

mer puesto, y le expusieron el objeto de su viaje, 
diciendole que Yusof, lleno de agradecimiento a 
los beneficios que su ilustre tatarabuelo Ocba 
aben-Nafi habfa recibido de los omeyas, no de- 
seaba mas que vivir en buena arnionia con Abde- 
rrahman, a condicion de que este no pretenderla 
el emirato, sino solamente las tiei*ras que el calii'a 
Hixem habia poseido en Espaiia; que le of reef a su 
hija con un dote considerable; que le enviaba 
tambi^n presentes que habfan quedado en Orx, 
pero que no tardarian en llegar, y que si Abde- 
rrahman queria instalarse en Cordoba, podia con- 
tar con la mas benevola acogida. 

Estas proposiciones agradaron bastante a los 
clientes, cuyo primer impetu se habia enfriado as 
tanto desde que habian advertido que los yeme- 
nitas, aunque dispuestos a combatir contra sus 
^adversarios, mostraban una tibieza desesperante 
respecto al pretendiente, por lo que, despues de 
reflexionar, se inclinaban a un acomodamiento con 
Yusof. Respondieron, pues, a los mensajeros: "Lo 

que proponeis es excelente. Yusof esta en lo cier- 
•to al pensar que el principe no ha venido a Espa- 
na para pretender el emirato, sino simplemente 
para reclamar los territories que le pertenecen 
por herencia." 

Inutil es decir que Abderrahman no participa- 
ba de su opinion y que su codicia no se conten- 
■fcaba con la posicion de rico prbpietario que que- 
rfan asignarle; pero no crey^ndose todavfa en te- 
•rreno firme, j supeditaclo enteramente a sus ami- 



s 






311 
gos, mostrose con ellos modesto y hasta humilde- 
y, no atreviendose a condenar lo que ellos aproba- 
ban, guardaba prudente silencio. Un observador 
superficial hubiese afirmado que su espiritu no 
habfa salido aun del estado de crisalida, o, al me- 
nos, que estaba bajc la tutela del viejo Obaidala. 

—He aquf ahor a— arlad io Jalid— la carta que 
Yusof te envia, y que confirma cuanto acabamos 
de decir. 

El principe tomo la carta y se la dio a "Obai- 
dala para que la leyese en alta voz. Esta carta, 
escrita por Jalid, como secretario de Yusof, era 
de admirable pureza de estilo, sembrado de las 
ilores de la retorica arabe. Cuando Obaidala ter- 
minb la lectura, el principe, siempre prudente, 
dejo que su amigo decidiera. 

— i Quieres encargarte de responder a esta 
carta — le dijo — , puesto que ya conoces mi modo 
de pensar? 

No tenia duda sabre el sentido de la respuesta; 
en nombre de su patrono, Obaidala aceptaria pura 
y simplemente las proposiciones de Yusof; y el 
principe se resignaba ya al doloroso sacrificio de 
sus suerlos de ambicion, cuando una inconvenien- 
cia de Jalid embrollo el asunto y devolvio la es- 
peranza al principe. 

Jalid no era arabe; pertenecia a la raza vencida, 
era espafiol; sus padres habian sido esclavos y 
cristianos; pero, como muchos de sus compatrio- 
tas, su padre habfa abjurado el cristianismo; al 
hacerse musulman habia recibido el nombre de 



312 



Zaid, y para recompensarle cle su conversion, su 
dueno, Yusof, le habia manumitido. Educado en 
el palacio de su patrono, Jalid, a quien la natu- 
raleza habia dotado de inteligencia nada comun 
y de extraordinaria aptitud para el trabajo men- 
tal, habia estudiado con tal entusiasmo la litera- 
tura arabe, y la conocia tan bien, que Ilego a es- 
cribir con tal elegancia, que Yusof le habia nom- 
brado su secretaTio, lo cual era un gran honor t 
porque los emires se jactaban de tener como se- 
cretaries a los hombres mas cultos y versados en 
el conocimiento de la lengua y de los antiguos 
poemas. Jalid adquirio bien pronto gran influen- 
cia sobre el debil Yusof, que, no fiandose de su? 
propias luces, se guiaba siempre por la voluntad 
de otro; asi que cuando Somail no estaba a su 
lado, Jalid dictaba sus resoluciones. Envidiado 
por los arabes a causa de su influencia y talento, 
menospreciado por ellos a causa de su origen, Ja- 
lid devolvfa a estos rudos guerreros desprecio por 
desprecio. Asi, cuando vio la torpeza con que el 
viejo Gbaidala, que manejaba mejor la espada 
que el c&lamo, hacia los preparativos para contes- 
tar a su elegante carta, se indigno con vanidad 
de literato de que el prfneipe confiase una tarea 
tan noble a un hombre tan inculto y tan poco fa- 
miliarizado con las filigranas del estilo. Retozo 
en sus labios una sonrisa burlona, y dijo con acen- 
to desdefloso: 

— Te sudaran los sobacos, Afcu-Otman, antes de 
que respondas a una carta como esa. 



i 






313 

Viendo que se bunlaba de el tan groseramente 
un hombre salido de la nada, un vil espaiiol, Obai- 
dala, cuyo caracter era naturalmente violento 
se enfurecio de un moclo espantoso. 

ilnfame! — exclamo — . No me sudaran los so- 
bacos, porque no contestare a tu carta. 

Dichas estas palabras con acento de fiereza bru- 
tal, arrojo el escrito al rostro de Jalid y le ases- 
to en la cabeza un vigoroso punetazo. 

■iQue prendan y encadenen a este miserable! 
— prosiguio, dirigiendose a los soldados, que se 
apresuraron a ejecutar la orden; despues, hablan- 
do con el principe, dijo — : he aqui el principle de 
3a victoria. Toda la sabiduria de Yusof reside en 
ese hombre, sin el cual no puede nada. 

El otro mensajero, Obaid, el jefe caisita, es- 
pero a que se calmase la colera de Obaidala, y 
despues le advirtio: 

— Recuerda, Abu-Otman, que Jalid es un emba- 
jador, y, como tal, inviolable. 

•No — le replico Obaidala — ; el mensajero ere 
tu; por eso te dejaremps partir en paz. En cuan- 

to al otro, el ha sido el provocador, y merece ser 

castigado; es hi jo de una mujer impura y vil, es 
un ilche (1). 
A consecuencia de la vanidad de Jalid y del 

temperamento irascible de Obaidala quedaron ro- 



s 



(1) La palabra ilche no slgnifica solamente crlstiano, 
como se encuentra en nuestros diccionarios, sino tamblen re- 
negado. Vease Marmol: Descripcidn de Africa* t. II, fol. 17. 
cot. I; Haest: Noticias, p. 147; Char ant, p. 48; Jackson, 
paglna 140. 



314 

tas las negociaciones, y el principe se regocijo 
viendo que el azar favorecia ios propositos que 
no se habfa atrevido a confesar. 

Cuando partio Obaid, en el cual respetaba Obai- 
dala al jefe de una noble y poderosa familia ara- 
be, y cuando Jalid quedo encerrado en un calabo- 
zo, los clientes recordaron que los mensajeros ha- 
bian aludido a los presentes que habian quedada 
en Orx, y resolvieron apropiarselos, toda vez que 
la guerra contra Yusof estaba declarada. Treinta 
jinetes partieron a rienda suelta hacia Orx; perc 
Isa, advertido a tiempo, habia huido precipita- 
damente, llevandose todas las riquezas que los 
mensajeros debian ofrecer al principe ommiada, 
y los jinetes volvieron a Torrox sin haber logrado 
su objeto, Abderraftman no perdono nunca a su 
cliente la conducta observada en esta ocasion, si 
bien aquel trato de persuadirle de que, siendo fiel 
servidor de Yusof, entonces su dueno, no podia 
proceder de otro modo. 

Cuando Obaid, de regreso &n Cordoba, informo 
a Yusof y a Somail de lo ocurrido en Torrox, So- 
mail exclamo: 

■Ya temfa yo el fracaso de esas negociaciones; 
por eso, emir, te habfa aconsejado que atacases 
al pretendiente durante el invierno. 

Este plan, bueno en s£ mismo, pero desgracia- 
damente irrealizable, habia llegado a ser la ob- 

sesion de Somail. 



315 






XV (1) 



Para comenzar las hostilidades tuvieron 3os dos 
partidos que esperar al fin del inviemo, que aquel 
ano fue mas riguroso que de costumbre en An- 
dalucfa. Abderrahman, o mas bien Obaidala, pues 
este era el que lo dirigfa todo, aprovecho aque 1 
tiempo de forzada Inaccion para escribir a los 
jefes berberiscos y arabes incitandolos a rebelarse 
contra Yusof. Los yemenitas respondieron afilian- 
dose todos a la causa del principe. Los bereberes 
estaban diviclidos, unos en favor de Yusof y otros 
en el del pretendiente. Respecto a los jefes cai- 
sitas, tan solo seis ofrecieron apoyar a Abderrah- 
man, y tres cle ellos tenian agravios personales 
recibidos de Somail; eran Chabir, hijo de Aben* 
Xihab, a quien Somail habia enviado al pais de 
los vascos para que alii encontrase la muerte: 
Hosain, el compafiero de Xihab, cuya suerte habia 
compartido, y Abubequer ben-Hilal el Abdita, que 
estaba irritado contra Somail porque este habia 
abofeteado a su padre. Los tres restantes perte- 
necian a la tribu de Takif, que desde tiempo del 

ilustre taquifita Hadchach habia seguido ciega- 
mente la causa de los ommladas. 
Las dos naciones rivales, reforzada cada una 



- .h-i**^ 



(1> Ajbar rnachmua, Cola. 83 r.-91 r. % libro al cual me he 
atenido con preferencta a otro; Ben-al-Cutia, tola. 10 v.- 
13 r.: Ben-al-Abar. pp. 42, 50, 54 y 55. 



ai6 

por tribus bereberes, iban a reanudar la lucha, 
pero en mayor numero y en mayor escala que en 
el combate de Secunda, librado diez anos ante?. 
Las fuerzas de ambos partidos eran menos des- 
iguales de lo que parecia; el partido omeya era 
superior en numero, pero el pretendiente no podia 
contar mucho con la adhesion de los yemenitas, 
que en realidad no se interesaban por su causa, 
viendo solo en la guerra un medio de vengarsc 
de los maaditas. Por el contrario, el bando de 
Yusof estaba formado por una masa todo lo hom6- 

genea que era posible entre los arabes, celoscs 
siempre unos de otros. En este partido todos pre- 
tendfan una sola cosa: el simple mantenimiento 
de lo ya existente. Yusof, el bondadoso y debil 
anciano, que no contrariaba su amor a la indepen- 
dencia y a la anarquia, era precisamente el emir 
que convenfa a los maaditas; y si le faltaba saga- 
cidad — lo que sucedia con frecuencia — , Somail, 
aunque tenfa enemigos entre los eaisitas, gozaba 
de la estimacion de casi todos los de su tribu y 
estaba siempre alerta para aconsejar y dirigir a 
Yusof. 

Al comenzar la primavera, cuando se supo en 
Torrox que Yusof hacla preparativos para mar- 
char contra su competidor, decidieron dirigirse 
hacia el Oeste, a fin de atraerse a los yemenitas 
al atravesar el pais, y llevar ventaja a Yusof. 
qJkijo Tambien era preciso pasar por la ' provincia de 

<\ Regio — habitada por la division del Jordan — , de 

la cual era capital Archidona. El goberaador de 






j 

-K 



-'■4 



0)7 



este distrito era un caisita llamado Chidar; Obai- 
dala le consulto si dejaria pasar al principe y a 
su ejercito, y el gobernador, fuese por odio con- 
tra Somail o por acceder a los deseos de la pobla- 
cion, enteramente yemenita (1) del distrito, res- 
pondio: "Conduce al principe a la Mosala de Ar- 
chidona el dia en que termina el ayuno, y ya veras 
lo que hago." En la tarde del clia indicado, que 
aquel afio, 756, caia en 8 de marzo, los clientes 
Uegaron con el principe a la Mosaui, que era el 
nombre de una gran planicie, fuera de la ciudad, 
donde debia predicarse un sermon al cual asis- 
tirian todos los musulmanes de Archidona. Cuan- 
do el predicador o jatib quiso comenzar por la 
formula consagrada, consistente en implorar las 
bencliciones del cielo sobre el gobernador Yusof, 

levantose Chidar y dijo: 

— No pronuncies mas el nombre de Yusof; 
substituyele por el de Abderrahman, hijo de 

Moauia, hijo de Hixem, porque este es nuestro 
emir, hijo de nuestro emir. 

Despues, dirigiendose a la turba: 

— ; Pueblo de Regio! — continuo — , ique piensas 
de lo que acabo de decir? 

— jPensamos como tu! — gritaron de todas 

partes. 

El predicador suplico, pues, al Eterno que con- 
cediese su proteccion al emir Abderrahman, y, 
terminado el acto religioso, la poblad6n de Archi- 



<t) Comp&reae con Ahmed ben-abi-Yacub, fol. 78 v. 



^JM 



318 

dona presto juramento de fidelidad y obediencia 
al nuevo soberano. 

A pesar de este apresuramiento en reconocerle, 
el numero de jefes de la provincia que unieron 
sus tropas a las del pretendiente fue poco consi- 
derable. Se resarcio con la llegada de cuatrocien- 
tos jinetes de la horda berberisca (1) de los Beni- 
al-Jali, clientes del califa Yezid II, que habitaban 
en el distrito de Ronda, llamada entonces Ta-Co- 
rona (2), y que al saber lo ocurrido en Archidonr. 
se habian apresurado a partir para unirse al 
ejercito. 

Al pasar de la provincia de Keg'io a la de Si- 
dona, habitada por la division de Palestina, el 

principe cruzo, no sin trabajo y por escarpados 
senderos que serpean en los flancos de las rocah 
cortadas a pico, la salvaje y pintoresca Serrania 
de Ronda. Llegado a la region habitada por la 
tribu maadita de Kinena, que lleva hoy el nombre 
de Jimena (3), libera alteration de Kinena, no 



(1) Ben-al-Cutla,. fol. 13 v. 

(2) En este nombre proplo, Corona es el tfirmino latino, y 
Ta es el prefijo bereber. Este nombre era el de una de las 
fortalezas construldas sobre un picacho, tan numorosas en la 
serrania de Ronda. I>a comarca que habitaban los Benl-al- 
JaM conserva aiin su nombre, convertido en Benadalid, Es 
una pequefia poblaclon con un castillo muy pintoresco, al Biu* 
de Ronda, a la orilla derecha del Genii. Consultese la Rebe- 
U6n de los moriscos, de Marmol, fol. 221, col. I, y, ademas, 
las Excursiones por las montanas de Ronda y Granada, de 
Rochfort Scott, t. I, p. 89. 

(Z) Respecto a Jimena, poblaci6n con un castillo de cons- 
truccion romana. v£ase Rochfort Scott, t. II, p. 28 y sig. El 
nombre de la tribu de Kinena se ha perpetuado en Jimena, 
situada entre Jaen y Jodar, y en Torredonjimeno, al norte 

de Martos. 



319 

encontro alii mas que mujeres y ninos; los hom- 
bres habfan ido a engrosar el ejercito de Yusof. 
Pensando que no debia comenzar por ejecuciones,. 
no los molesto lo mas minimo. 

Reforzado por los yemenitas de la provincia de 
Sidona, que se le unieron en gran numero, el pre- 
tendiente marcho hacia la provincia de Sevilla r 
poblada por la division de Emesa. Los dos jefes 
yemenitas mas poderosos de la comarca, Abu- 
Saba, de la tribu de Yahcib, y Hayat aben-Mo- 
lamis, de la tribu de Hadramot, salieron a su en- 
cuentro, y a mediados de marzo hizo su entrada 
en Sevilla, donde le prestavon juramento de fide- 
lidad. Poco despues, cuando supo que Yusof se 
habi'a puesto en marcha siguiendo la orilla dere- 
cha del Guadalquivir para atacarle en Sevilla, 
abandono con su ejercito esta ciudad y avanz6 so- 
bre Coixloba, siguiendo la orilla opuesta del rfo, 
con la esperanza de sorprender la capital, que 
estarfa casi desguamecida, y donde los clientes 
onrmfadas y los yemenitas que habitaban alii le 

prestarian apoyo. 

Cuando Uegaron, en el distrito de Tocina, a H 
ciudad de Colombera (1), segun unos, o Villano- 
va de los Bahritas — hoy Brenes — segun otros (2), 
notaron que las tres divisiones militares tenfan 
cada una su estandarte y que la del principe no 
tenia ninguno. "iGran Dios — exclamaron los je- 



(1) Afbar machmua, fol. 84 r. 

(2) Ben -al -Cut J a, fol. 11 r. Los Bcnl-Bahr eran una sub- 
trlbu de los lajmitas. Brenes ea una alteracidn de la pain- 
bra arabe Bahrin. 



320 

fes— , la discordia estallara entre nosotros!" Pero 
el jefe sevi llano Abu-Saba so apresuro a atar u:n 
turbante a una lanza, presentando al principe esta 
bandera, que se convirtio en el paladion. de los 
ommiadas. Mientras Abderrahman continuaba su 
marcha hacia Cordoba, Yusof, que habfa hecho 
un alto en Almodovar, prosiguio la suya hacia 
Sevilla, y bien pronto los dos ejercitos se vieron 
frente a frente, separados por el Guadalquivir, cu- 
yas aguas habian crecido demasiado en aquella 
estacion — era en el mes de mayo — para poder va- 
dearle. Observabanse unos a otros. Yusof, que te- 
nia prisa de atacar a su competidor antes de que 
este recibiera ntievos refuerzos, esperaba con ian- 
paciencia que el rio decreciera. Por su parte, el 

pretendiente querfa marchar contra Cordoba sin 
que lo notase el enemigo. Al llegar la noche, man- 
do encender hogueras, como en un vivac, a fin de 
hacer creer a Yusof que habian acampado. Des- 
pues, a favor de la obscuridad, se pusieron ei? 
marcha en el mas prof undo silencio. Desgraciada^ 
mente para Abderrahman, tenian que recorrev 

cuarenta y cinco millas arabes, y apenas habian 

andado una, Yusof advirtio su partida clandes- 
tiha, y, sin perder un instante, retrocedio para ir 
a proteger su capital amenazada. Fue entonces 

una verdadera carrera de ob^taculos, pero Abde- 
rrahman, viendo que Yusof iba a ganar esta ca- 
rrera, trato de enganarle de nuevo, d-eteniendose. 
Yusof, que observaba desde el otro lado del rio 
todos los movimientos de su rival, hizo lo mismo; 



J 



321 
despues, cuando Abderrakman volvio a ponerse en 
marcha, le imito, hasta que se detuvo definitiva- 
mente en Mosara, muy cerca de Cordoba, f rente 
a su competidor, cuyo plan habia fracasado, con 
gran descontento de sus tropas, que, no teniendo 
otro alimento que garbanzos, esperaban desquitar- 
se de sus privaciones en la capital. 

El jueves 13 de mayo, dfa de la fiesta de Arafa, 
el Guadalquivir comenzo a decreeer; y habiendo 
convocado Abderrahman a los jefes de su ej£rci- 
to, que habia sido reforzado por la llegada de 
muchos cordobeses, les hablo en estos terminos: 
"Ya es tiempo de tomar una ultima y firme reso- 
lucion. Conoceis las proposiciones de Yusof. Si 
creeis que df bo aceptar, todavfa estoy dispuesto a 
hacerlo; pero si preferis la guerra, la prefiero 
tambien. Manifestadme francamente vuestra opi- 
nion; cuallquiera que sea, sera, la mia." Habi&n- 
dose decidido por la guerra todos los jefes yeme- 
nitas, su ejemplo arrastro a los clientes ommia- 
das, que en el fondo no rechazaban la idea de un 
acomodamiento. Resuelta por lo tanto la guerra, 
el prmcipe tom6 de nuevo la palabra: "Pues bien, 
amigos mfos: pasemos el rfo y entablemos ma- 
nana mismo la batalla; porque manana es un dia 
fausto para los omeyas: viernes y dia de fiesta, 
como 3o fue* el viernes en que mi tatarabuelo 
vinculo el califato en mi familia, venciendo en la 
batalla de la Pradera de Rahit a otro fihirita que, 
como el que vamos a combatir, tenia por visir a 
un caisita. Entonces, lo mismo que ahora, los 
Hist, musulmanes. — T. I 21 



*>o* 



22 

cai&itas estaban a un laclo y los yemenitas a 
otro. Esperemos, amigos mios, que mafiana sera 

para las ommiadas y los yemenitas una Jornada 
tan gloriosa como la de la Pradera de Eahit/* 
Despues el prfncipe dio sus ordenes y nombro los 
jefes que habian de mandar los diferentes cuerpos 
de ejercito. Al mismo tiempo en tabid una insidio- 
sn y ficticia negociacion con Yusof. Queriendo 
(ruzar el rio sin luchar y procurarse viveres para 
los soldados hambrientos, envio a decir que acep- 
taba las proposiciones que le habian sido hechas 
en Torrox y que solo habian sido desoldas pot* 
una impertinencia de Jailid; que, por lo tanto, es- 
peraba que Yusof no se opondria a que el ejer- 
cito no pasase a la otra orilla, donde, mas pro- 
ximos uno de otro, podrian proseguir mas faeil- 

mente las negociaciones, y que, estando a puntode 

restablecerse la buena inteligencia, le suplicaba 
le enviase viveres para las tropas. 

Creyendo de buena fe a su rival, y que podria 
arreglarse el asunto sin derramamiento de san- 
gre, Yusof cayo en el lazo; no solamente no se 
opuso al paso de Abderrahman, sino que le envio 
bueyes y carneros. Un extrano destino parecia 

r 

obstinarse en que el vie jo Yusof secundara, siem- 
pre a su costa, los proyectos de su rival. Ya una 

vez el dinero que habla dado a los clientes omeyas, 
a fin de que se armasen para defenderle, habia 
servido para conducir a Espafia a Abderrahman; 

esta vez su ganado servia para restaurar las fuer- 

zas cle sus enemigos, que desfallecian de hambre. 



1 

i 






\ 



A la mariana siguiente, viernes 14 de mayo, 
dia cte la fiesta de los sacrificios, comprendio Yu- 
sof que se habia dejado enganar. Vio tambien 
que el ejercito de su adversario, reforzado pol- 
ios yemenitas de Elvira y de Jaen, que habfan 
llegado a la madrugada, se desplegaban en orden 
de batalla. Forzado a aceptar el combate, dispuso 
tambien las tropas, aunque no habia recibido los 
refuerzos que su hijo Abu-Zaid debia traerle de 
Zaragoza, y aunque habia cundido viva inquietud 
entre los caisitas, que recordaban, lo mismo que 
Abderrahman, la sorprendente semejanza que ha- 
bia entre aquella Jornada y la de la Pradera. 

Entablose el combate; el pretendiente, rodeado 
cle sus clientes — entre los cuales Obaidala actua- 
ba de abanderado — , montaba un magnffico caba- 
llo andaluz, que hacia brincar como un corzo. 

Hubiera sido muy conveniente que todos los 
jinetes, los jefes sobre todo, tuvieran caballos; 
pero hasta mucho tiempo d« spues, los caballos 
fueron tan raros en Andalucia, que la caballeria 
ligera iba ordinariamente montada sobre mu 
los (1). El fogoso caballo de Abderrahman ins- 
pjraba temores a los yemenitas, que murmuraban: 
Es muy joven, e ignoramos si es valiente. 
;Quien nos garantiza que, dominado por el mie<lo, 
no se salvara en ese brioso corcelyy, arrastrando 



(1) En el slglo *, Juan de Gorz, embajador del empora- 
rfor Ot6n I en 1st corte de Abderrahman III, vi6 en Cordoba 
la caballeria ligera montada sobre mulos un dia do gran 
narada. Vita Johannis-Qorzien.tia, c. ,132. 



324 

a sus clientes en mi fuga, sembrara el desorden 

en nuestras filas? 

Habiendo llegado estas murmuraciones, cada 
vez mas acentuadas, a conocimiento del prfncipe 
llamo inmediatamente a Abu- Saba, uno de los 
que mostraban mas inquietud. Llego el jefe sevi- 
llano, montado sobre su viejo mulo, y Abderrah- 
man le dijo: 

•Mi caballo es demasiado fogoso y me impide 
con sus botes apuntar bien. Preferiria un mulo 
y en todo el ejercito no veo ninguno que me 
agrade mas que el que montasj es docil, y a fuer- 
za de encanecer se ha vuelto bianco, de negro 
que era. Me sirve a maravilla, porque quiero que 
mis amigos puedan reconocerme por mi cabalga- 
dura. Si fracasamos, lo que Ala no permita, no 
habra mas que seguir mi mulo bianco, que indi- 
cara a cada uno el camino del honor. Toma, pues, 
mi caballo y dame tu mulo. 

— Pero, ino valdrfa mas que el emir permane- 
ciese a caballo? — balbuceo Abu-Saba, enrojecien- 
do de vergtienza. 

— jNo! — replico laconicamente el principe sal- 
tando agilmente a tierra. 

Apenas los yemenitas le vieron montado sobre 
aquel viejo y cansado animal, sus temores se di- 
siparon. El desenlace del combate no se hizo es- 
perar mucho tiempo. La caballeria del preten- 
diente arrollo el ala derecha y el centro del ejer- 
cito enemigo, y Yusof y Somail, despues de ver 
cada uno morir a uno de sus hijos, buscaron su 



325 
salvacion en la fuga. Solo el ala izquierda, com- 
puesta de caisitas y mandada por Obaid, se man- 
tuvo firme hasta el medio dia, y no cedi6 hasta 
que todos, incluso el jefe, cayeron muertos. 

Los yemenitas victoriosos se apresuraron a cn- 
tregarse al saqueo. Unos fueron al abandonado 
campamento enemigo, donde encontraron los man- 
ures que Yusof habfa hecho preparar para sus 
soldados, y ademas un considerable botm; otros 
ccrrieron a saquear el palacio de Yusof, en Cor- 
doba, y dos hombres de la tribu yemenita de Tai 

franquearon el puente para ir a expoliar el pala- 
cio de Somail en Secunda, donde, entre otras ri- 
quezas, hallaron un cofre con diez mil monedas 
de oro. Somail vio y reconocio desde lo alto de 
una montana, que se alzaba sobre el camino de 
Jaen, a los dos individuos que llevaban su cofre, 
y como, aunque vencido y privado de su hijo, ha- 
bfa conservado todo su orgullo, desfogo su colera 
y su deseo de venganza en un poema, del cual 
han llegado hasta nosotros estos versos: 

"La tribu de Tai tiene mi dinero en deposito; 
pero ya llegara el dia en que ese deposito sea 
retirado por mi... Si quereis saber lo que pueden 

mi lanza y mi espada, no teneis mas que interrogar 

a los yemenitas, y, si ellos guardan un sombrfo 
silencio, en cambio los numerosos campos de ba- 
talla que han sido testigos de sus derrotas respon- 
cleran por ellos, proclamando mi gloria." 



o 



26 



Llegado al palacio de Yusof, costo trabajo a 
Abderrahman arrojar de el a los asaltantes, y no 
l'j consiguio mas que dandotes los vestidos que de- 
cfan necesitar. El harem de Yusof corria el ma- 
yor peligro, porque, en su odio contra el viejo 
emir, los yemenitas no querian respetarle. La 
esposa de Yusof, Om-Otman, acompafiada de sus 
dos hijas, corrio a implorar la proteccion del prin- 

cipe. 
— Primo— le dijo — , se bueno con nosotras, por- 

r 

que Ala lo ha sido contigo. 

■Lo sere — respondio el prmcipe, conmovido por 
la suerte de aquellas mujeres, en las cuales vela 
miembros de una familia aliada de la suya; y 
ordeno inmediatamente fuesen en busca de sahib- 
UH-salat, el superior de la mezquita. Cuando Uego 
el que ostentaba entonces esta dignidad, que eraun 
cliente de Yusof, Abderrahman le ordeno que con- 
dujese las mujeres a su morada, especie de san- 

w 

tuario donde estarian al abrigo de la brutali- 
dad de la soldadesca, y les entrego, ademas, las 
riquezas que habia podido saivar del pillaje. Para 
demostrarle su reconocimiento, una de las dos 
hijas de Yusof ie regalo una esclava, ITamada 
Holal, que con el tiempo dio a luz a Hixem, el 
segundo emir omeya de Espana (1). 

La noble y generosa conducts de Abderrahman 
descontent6 extraordinariamente a los yemenitas. 
Les impedla saquear, cuando se habfan prometid) 



- J 



fl) Compdreae Ben-al-Cutia. fol. 12 r. t y el Ajbar mach 
mtta, fot. SG v., Con Joxanl, p. 219. 



*J27 

un rico botin; tomaba bajo su proteccion mujeres 
cue ellos codiciaban; era, por lo tanto, una usur- 
yacion de los derechos que creian haber adquirido. 

— Es parcial hacia su familia — se decian los des- 
contentos — , y pues nos debe la victoria, deberfa 
mostramos su giatitud. 

Hasta los yemenitas mas moderados no des- 
aprobaban del tcdo estas murmuraciones, pues 
decian que el principle habia obrado bien, mas se 
vefa en la expresion de su rostro que hablaban 
asi en descargo de su conciencia; pero que, en el 
fondo de su alma, daban la razon a los detracto- 
res. Ademas, como no habfan secundado a Abde- 
rrahman mas que para vengarse de los maadi- 
tas, logrado este objeto, uno de ellos se atrevio 

a clecir: 

-Hemos acabado con nuestros enemigos los 
maaditas. Este hombre y sus clientes pertenecen 
z la misma raza; volvamos ahora las armas con- 
tra ellos, matemoslos y en un solo dia habremos 
alcanzado dos victorias en vez de una. 
Esta infame proposicion fue discutida serena- 

mente, como si se tratase de una cosa natural, 
aprobandola unos y desaprobandola otros. Entre 
ostos ultimos figuraba toda la raza de Coda, a 
la cual pertenecian los kelbitas. No se habfa He- 
jrado a un acuerdo, cuando Talaba, noble choda- 
mita de la division de Sidona, fue a re velar al 
principe el compJot. Le inducfa un motivo perso- 
nal: a pesar de.su noble origen, habia sido des- 
pojado por sus competidores cuando los de su tribu 



328 

habfan elegido jefes; y como sus felices rivaies 
habian opinado en pro de la proposition, creia 
haber hallado un medio excelente para vengarse 
de ellos. Habiendo advertido a Abderrahman le 
dijo que no podria fiarse mas que de los de Coda, 
y que el que habia apoyado mas que ninguno la 
proposition era Abu-Saba. El principe le dio la> 
gracias con efusion, prometiendo reeompensar- 
l e — como lo hizi — , y tomo sus medidas sin per- 
dida de momento. Nombro al kelbita Abderrah- 
man ben-Noaim prefecto de la policia de Cordo- 
ba y se rodeo H .e todos sus clientes, organizan- 
dolos como guardias de corps. Cuando los yeme- 
nitas advirtieron que su prefecto habia sido trai- 
cionado, juzgaron prudente abandonarle y deja- 
ron que Abderrahman se presentase publicamen- 
te en la gran mozquita, donde pronuncio, en cali- 
dad de iman, la oration del viernes y arengo 
al pueblo, prometiendole gobernar como un buen 
principe. 

Dueno de la capital, Abderrahman no lo era 
aun de toda Espana. Yusof y Somail, aunque ha- 
bian sufrido una gran derrota, no desesperaban de 
restablecer su poder. Segun el plan trazado al 
emprender la fuga, Yusof corri6 a buscar recur- 

sos a Toledo, mientras SomaiJ vo<lvi6 a la divi- 
sidn a que pertenecfa, es decir, a la de Jaen, don- 
de llamo a todos los maaditas a las armas. En 
seguida Yusof fu'e a reunfrsele con las tropas de 
Zaragoza, que habia encontrado en el camino, y 
con las de Toledo. Ambos jefes forzaron enton- 



329 

ces al gobercador de la provincia de Jaen a reti- 
rarse a la fortaleza de Mentesa, y al de Elvira, 
a refugiarse en las mon tanas. Al mismo tiempo, 
Yusof, enterado de que Abderrahman se prepa- 
raba a atacarle, ordeno a su hijo Abu-Zaid que 
se dirigiese a Cordoba por distinto camino del 
que seguia Abden-ahman y que se apoderase de 
la capital, lo cual no serf a dificil, porque queda- 
ba en ella escasa guarnicion. Si este plan se rea- 
lizaba, Abderrahman tendria que retroceder para 
recuperar Cordoba, con lo cual Yusof ganarfa 
tiempo para engrosar su ejercito. Y, efectivamen- 
te, triunfo este plan. Despues de haber partido 
Abderrahman, Abu-Zaid ataco de improviso la ca- 
pital, se hizo dueno de ella, sitio a Obaidala, que 
con algunos guerreros se habfa refugiado en el 
alminar de la gran mezquita, y le oblige" a ren- 
dirse. Pero pocp tiempo despues, cuando supo que 
Abdei'rahman habfa retrocedido para venir a ata- 
carle, abandono Cordoba, llev&ndose consigo \ 
Obaidala y a dos hermosas esclavas del prfncipe, 
que habfa encontrado en el alcazar, cosa que lo> 
jefes que le acompafiaban criticaron francamente. 
— Tu conducta es mucho menos noble que la de 

j 

Abderrahman — le dijeron — , porque, habiendo te- 
nido en su poder a tus propias hermanas y a las 
mujeres de tu padre, las ha respetado y protegi- 
do, mientras tu te apropias las mujeres que le 
pertenecen . 

Abu-Zaid comprendio que tenian razon, y cuan- 
do llego una milla al norte de Cordoba, orden6 






330 

que levantasen una tienda para las dos esclavas, 
que Instalo alii, despues de haberles devuelto 
cuanto poseian. Inmediatamente fue a reunirse con 
su padre en Elvira. 

Cuando Abderrahman supo que Abu-Zaid habia 
abandonado Cordoba, marcho rapidamente contra 
Yusof; pero las cosas tomaron el rumbo mas in- 
esperado. Sintiendose muy debiles para resistir 
largo tiempo al principe, Yusof y Somail le hi- 
cieron proposiciones, declarando que estaban dis- 
puestos a reconocerle como emir, con tal que les 
garantizara la posesion de todos sus bienes y con- 
eediese una amnistia general. Abderrahman acep- 
to estas ofertas estipulando, por su parte, que 
Yusof le darfa en rehenes dos de sus.hijos, Abu- 
Zaid y Abu-'l-Asuad. Se comprometio a tratarlos? 
dignamcaite, sin imponerles otra obligacion que la 
de no abandonar el alcazar, prometiendole devol- 
verselos a su padre en cuanto la tranquilidad es- 
tuviese completamente restabl&cida. Durante las 
negociaciones, el espanol Jalid, prisionero de Ab- 
derrahman, fue canjeado por Obaidala, prisionero 

de Yusof. Asi, por un ca-pricho de la suerte, el 
cliente ommfada fue cambiado por el mismo quo 
le habia heoho p render. 

Reconocido por todos emir de Espana, Abde^ 
rrahman, con Yusof a la derecha y Somail a la 

izquierda, tomo el camino de Cordoba, en julio 
del 756. Durante la marcha, Somail se mostro 

el hombre mas fino y educado del mundo, y mas 

tarde, Abderrahman solia decir: 



331 

■Cierto que £>ios da el gohiemo segun su vo- 
luntad y no segun los xneritos de los hombres. 

■i ■ 

Desde Elvira hasta Cordoba, Somail fue siempre 
a mi lado, y, sin embargo, su rodilla jamas toco 
la mia, la cabeza de su mulo no avanzo nunca 
mas que la del mio; jamas me dirigio una pregun- 
ta indiscreta; jamas comenzo una conversation sin 
que yo le hubiese dirigido la palabra (1). Pero, 
sr*gun afirman los cronistas, el principe no tenia 
ningun motivo para hacer semejante elogio de 
Yusof. 

Todo marcho bien durante algun tiempo. Los 
manejos de los enemigos de Yusof, que querian 
p] ocesarle bajo pretext o de que se habia apropia- 
<!o tierras que no le pertenecian, fracasaron. El y 

Somail gozaban de gran favor en la coiie, y a 
menudo el mismo Abderrahman los consultafoa en 

■ - r 

los asuntos dificiles. Somail estaba completamen- 
te resignado con su suerte. Yusof, incapaz de to- 
lnar por si mismo ninguna gran resolucion, se 
hubiera acomodado a su papel secundario; pero 
estaba rodeado de descontentos, de nobles corai- 
xitas, fihiritas y haximitas que, durante su rei- 
nado, habian ocupado los puestos mas lucrativos 
> eminentes y que, no pudiendo habituarse a la 
obscura condicion a que se veian reducidos, exci- 
taban al emir axttiguo contra el nuevo, inter- 
pretando malevolamente las menores palabras del 



» h 



ft) Ziyad, hermano bastnrdo do Moaula I y gobernador 

<k I IraH. hacia ,pri elogio scmejantc reflrlSndose a Harita. 
V'c'rjso Aben-j^lican, t. I, p. ;!25, et). de Slanc, . 



\ 



332 

principe, y consiguieron sus propositos. Resuelto 
a intentar fortuna por ultima vez, Yusof solicito 
en vano el apoyo de Somail y de los caisitas, pero 
tuvo mas exito con los baladis — as! se llamaba a 
los arabes venidos a Espaiia antes que los si- 
rios — , principalmente con los de Lacant (1), de 
Merida y de Toledo, y un dia del afio 758, Abde- 
rrahman recibio 3a noticia de que Yusof habfa 

huido hacia Merida. Inmediatamente lanzo varios 
escuadrones en su persecucion, pero fue en vano; 
hizo Uamar a Somail y Ie reprocho duramente ha- 

ber favorecido la evasion de Yusof. 

— Soy inocente — alego el caisita — ; la prueba es 
que no he acompafiado a Yusof, como 3o hubiese 
hecho si hubiera sido su complice. 

— Imposible que Yusof haya abandonado C6:*~ 
doba sin haberte consultado, y tu deber era ad- 
vertirmelo. 

Despues le encarcelo, lo mismo que a los dos hi- 
jos de Yusof, que habitaban en el alcazar en cali- 
dad de rehenes. Yusof, despues de haber congre- 
gado en Merida a sus partidarios arabes y berbe- 
riscos, tomo con ellos el camino de Lacant, cuyos 
ihabitantes se le unieron tambieX y desde alii mar- 
cho a Sevilla. Casi todos los baladis de esta provbi- 
cia y un gran numero de sirios se habfan acogido a 
su bandera, comenzando con. veinte mil hombres 
el cerco de Sevilla, gobernada por un pariente d« 
Abderrahman, llamado Abdalmelic, que el aiio an- 



i 



(1) Este Jug-ar se encontraba, probablemento, en las in- 
mecliaciones de Puente do Cantos, al noroeste de Sevilla. 



-I 

■ k 

■5 



333 

terior habia llegado a Esparla con sus dos hijos. 
En seguida, creyendo que este gobernador, que no 
tenia a sus ordenes mas que una guarnicion poco 
numerosa, compuesta de arabes y sirios, no se 
atreveria a resistirle, resolvio dar un golpe de au- 

dacia, marchando directamente contra la capital 

antes de que los arabes y sirios del Mediodia tu- 
viesen tiempo de llegar a ella. Este plan fracaso, 
porque mientras Yusof estaba todavia en rnarcha, 
los sirios Uegaron a Cordoba, y Abderrahman salio 
con ellos al encuentro del enemigo. Por su parte, 
Abdalmelic, el gobernador de Sevilla, recibio bien 
pronto refuerzos con la llegada de su hijo Abdala, 
que, creyendo a su padre sitiado en Sevilla, venia 
en su auxilio con tropas de Moron, distrito que el 
gobernaba, y entonces ambos resolvieron atacar a 
Yusof durante su marcha. Infomiado de los movi- 
wientos del enemigo, y temiendo ser cogido entre 
dos fuegos, Yusof se apresuro a retroceder para 

ir a derrotar las tropas de Sevilla y de Moron. 
Abdalmelic, que queria dar tiempo para que lie- 
.gase Abderrahman, se retiro lentamente; pero Yu- 
sof le obligo a hacer alto y a aceptar el comba- 

te, Como de costumbre, la batalla comenzo por un 
desafio. Un bereber, cliente de una familia fihirita, 
salio de las filas de Yusof y grit6: 

— lllay alguno que quiera medirse conmigo? 

Como era un hombre de una estatura colosal y 
de una fuerza prodigiosa, ninguno de los soldado? 
de Abdalmelic acept6 el reto. 

— He aqui un prineipio muy a propdsito para 



Q 



34 



desalentar a nuestros soldados— dijo entonces Ab- 

dalmelic; y dirigiendose a su hi jo Abdala, le or- 

deno — : Ve, hi jo mfo, a luchar con ese hombre, y 

que Ala te ayude. 

Abdala iba a salir de las filas para obedecer la 

orden de su padre, cuando un abisinio, cliente de 

su familia, se acerco, preguntandole que queria 
hacer. 

— Voy a combatir con ese berberisco — respondio 
Abdala. 

-Dejale de mi cuenta, senor— respondio el abi- 
sinio; y en el mismo instante salio al encuentro 
del campeon. 

Los dos ejercitos esperaban con ansiedad el re- 
sultado del desafio. Ambos adversarios eran igua- 
les en estatura, en fuerza y en valor, asi que la 
lucha se prolongaba sin ventaja para ninguno, 
hasta que el bereber resbalo y cayo a tierra 
por estar el suelo humedo a causa de la lluvia. 
Mientras el abisinio se arrojaba sobre el y le cor- 
taba las dos piernas, el ejdrcito de Abdalmelic, 
enardecido por cl exito de su campeon, al grito de 
";Ala es grande!" cayo sobre las tropas de Yusof 
con tal impetuosidad que las derroto completa- 
mente. Un solo ataque habia decidido la suerte'de 
la Jornada; pero Abdalmelic no tenia fuerzas su- 
ficientes para sacar de su victoria todo el fruto 
apetecido. 

Mientras sus soldados huian en' todas direccio- 

nes, Yusof, acompafiado solamente de un esclavo 
y del persa Sabic, cliente de los Terriim, atraveso 



335 

el Campo de Calatrava y gano la carretera de 
T-oledo. Corriendo a rienda suelta paso por 
una aldea situada a diez millas de Toledo, dan- 
de fue reconocido y donde un descendiente de 
los medineses, Uanvido Abdala ben-Amr, dijo a 
sus aanigos: 

— Montemos a caballo y matemos a ese horn- 
bre; solo su muerte puede proporcionar reposo a 
su alma y al mundo, porque mientras viva, sera 
la tea de la discordia. 

Sus companeros aprobaron la idea, y como te- 
nian caballos descansados, mientras los de los fu- 
gitives estaban rendidos de fatiga, los alcanzaron 
a cuatro millas de Toledo y mataron a Yusof y a 
Sabic. Unicamente el esclavo pudo librarse y llevo 
a Toledo la triste nueva de la muerte del antiguo 
emir de Espana. 

- Cuando Abdala ben-Amr fue a ofrecer a Abdu- 
rrahman la cabeza de su infortunado competidor, 
el principe, decidido a acabar con sus enemigos, 
hizo decapitar a Abu-Zaid, uno de los hijos de 
Yusof, y perdono al otro, llamado Abu-'l-Asuad, 
a causa de su extremada juventud, pero conde- 
r.andole a cadena perpetua. Solo Sornail podia 
hacerle sombra. Una manana corrio el rumor de 
que, estando ebrio, habia muerto de apoplejia. 
Introducidos en su calabozo los jefes maaditas, 
para que se corwenciesen de que no habia muer- 
to viokntamente, encontraron junto al cadaver 
vino, frutas y confituras. Sin embargo, no ere- 
yeron en una muerte .natural; y tenian razon, 



336- 



pero se enganaban suponiendo que Abderrahman 
habia hecho envenenar a Somail: 3a verdad era 
cue le habia mandado estrangular (1). 



XVI 



Abderrahman habia realizado sus deseos. El 
proscripto que, durante cinco anos de vida aven- 
turera, habia vagado de tribu en tribu por los de- 
siertos de Africa, era al fin el dueno de un gran 
pals, y habian perecido sus enemigos mas encar- 
nizados. 

Sin embargo, no gozaba en paz del trono, gana- 
do por el asesinato y la perfldia. Su poder no tenia 
rafces en el pais, lo debia tan solo al apoyo do 
los yemenitas, y desde el principio se habia con- 
vencido de que este apoyo era muy debil. Ardien- 
do en deseos de vengar la derrota de Secunda y 

de recobrar la hegemoma de que se veian priva- 
dos hacia tanto tiempo, la causa de Abderrahman 
no habia sido para ellos mas que un pretexto; en 

el fondo hubiesen preferido elevar uno de los su- 
>os al emirato, si sus celos reciprocos se lo hubie- 
lan consentido, siendo de prever que volverian sus 
?.rmas contra el principe en cuanto fuese vencido 
ol enemigo comun. No dejaron de hacerlo, en efec- 
to, y durante un reinado de treinta y dos arlos, Ab- 
derrahman I vio discutida su autoridad, ya por los 
yemenitas, ya por los bereberes, ya por los fihi- 



(1) Macari, t. II, p. 24. 






n'tas que, derrotados a menudo, surgian despucs 
do cada combate con nuevas fucrzas, como el gi- 
gante de la fabula, a quien Hercules derribaba 
siempre en vano. Af ortunad am ente para el, no 
habia union entre los jefes arabes, los cuales toma- 
ban las armas, ya para vengar personales agra- 
vios, ya para satisfacer un simple capricho; com- 
prendian que, para veneer al emir, era preciso for- 
mal* una confed-eracion de toda la nobleza; pero 
no estaban acostumbrados a concertarse y a obrar 
con unidad. Gracias a esta falta de union de sus 
enemigos, gracias tambien a su actividad infati- 
gable y a su politica, unas veces perfida y astuta, 
otras violenta y atroz, pero casi siempre habil, 
calculada y adaptada a las circunstancias, Abde* 
rrahman logrd sostenerse, aunque apoyado tan 
solo por sus clientes, por algunos jefes adictos y 
poi los soldados bereberes que 61 habfa h echo venir 
e'e Africa. 

Entre las mas formidables de las numerosas re- 
vueltas tramadas por los yemenitas figura la de 
Ala aben-Mogit (1), que estallo en el ano 763. 
Dos anos antes, el partido fihirita, del cual era 

jefe Hixem ben-Ozra, hijo de un antiguo goberna- 
oor de la peninsula, se habfa sublevado en Toledo; 

y aun no habfa logrado el emir someter esta ciu- 

dad, cuando Ala, nombrado gobernador de Espana 

por Al-Mansur, el califa abasida, desembarc6 en 



(I) Z>o3 au tores drabes dlfieren respecto a la trlbu a que 

pertenecia Ala. Unoa cltan la de Yahsob, otros la do Ha- 
dmxr.ot, y otros la de,Chodam. 

Hist. mtjsue.manep.--T. I 22 



338 



la provincia de Beja y enarbolo el negro estandar* 
te del calif a (I). Ninguno tan propio para unir 
a los diferentes bandos, porque no representaba 
esta o la otra fraction, sino la totalidad de los 
musulmanes. Asf, los fihiritas de aquella region de 
la peninsula se unieron a los yemenitas, y la si- 
tuation de Abderranman, sitiado en Carmona du- 
rante dos meses, llego a ser tan critica que deci- 
dio jugarse el todo por el todo. Habiendo sabido 
que gran numero de sus enemigos, rendidos por la 
prolongation del sitio, habian vuelto a sus hoga- 
res con diferentes pretextos, escogid setecientos 
hombres, los mejores de la guaroicion, y man- 
dando encender una fogata cerca de la puerta de 
Sevilla, les dijo: 

•Amigos mios, hay que veneer o morir. Arroje- 
mos al fuego las vainas de nuestras espadas y ju- 
rem os perecer como valientes si no alcanzamos 
la victoria. 

Todos lanzaron al fuego las vainas de sus es- 
padas y se precipitaron con tal impetuosidad so- 
bre los sitiadores que estos, despues de perder 
a sus jefes y siete mil hombres, huyeron a la 
desbandada. Irritado el vencedor, hizo decapitar el 
cadaver de Ala y los de sus principales compane- 
ros; luego, queriendo quitar al calif a abasida el 
deseo de disputarle Esparla, hizo limpiar estas 
cabezas, llenarlas de sal y alcanfor, y despue^ 
do colocar en la oreja de cada una un papel in- 



(1) Sabido es que el negro era el color distintivo de los 
ulasidas. 






dicando el nombre y la categoria tie su dueno, las 
mando meter en un saco con el estandarte negro, 
el diploma por el cual Al-Mansur nombraba a Ala 
Kobemador de Espana, y un escrito refiriendo la 
derrota de los insurrectos. Por dinero comprome- 
tio a un comerciante de Cordoba a que llevara el 
saco a Cairauan — adonde le llamaban sus nego- 
cios — y lo colocase durante la noche en la plaza 
del mercado. El traficante eumplio su cometido 
sin ser descubierto, y dicen que Al-Mansur, al en- 
terarse de todo, exclamo espantado: 
— Voy gracias a Dios de que haya puesto un 

mar entre semejaaite enemigo y yo (1). 

Alcanzada la victoria sobre el partido abasid.i, 
siguio inmediatamente la sumision de Toledo 
(764). Cansados de la larga guerra que habfan 
sosten-ido, los toledanos entraron en negociaciones 
con Badr y Tamam, que capitaneaban el ejercito 
del principe, y obtuvieron la amnistfa, despues de 
haber entregado a sus jefes. Cuando estos jefes 
eran conducidos a Cordoba, el emir mand6 a su 
encuentro un barbero, un sastre y un cestero; se- 
£un las ordenes recibidas, el barbero rapo a los 
prisioneros la barba y la cabeza; el sastre les hizo 
unas tunicas de lana, y el cestero, unas enormes 
cestas. Un dfa, los habitantes de Cordoba vieron 
liegar unos asnos llevando unas cestas, de donde 



(1) Ajbar machmua, fol. 91 r.-32 r. Ben-al-Cutta, fol. 14 r. 
y v.; Ben Adarl, t. II, p. 53-55. Aleunos hi storl adores afif- 
man quo el saco fu6 Ilcvado por tin peregrino de Cordoba, 
no a Cairauan, slno a la Meca, donde so naHaba entonce3 
Al-Mansur. 



340 

salian unas cabezas peladas y unos bustos extra- 
namente rebujados en mezquinas y estrechas tu- 
nicas de lana. Perseguidos por los insultos del po- 
pulacho, los infelices toledanos fueron paseados 
as£ por la ciudad y cruciftcados en seguida (1). 

La crueklad con que Abderrahman castigaba a 
los que se atrevian a desconocer su autoridad 
prueba suficientemente que querfa reinar par el 
terror; pero los arabes, a juzgar por la rebelion 
de Matari, que estallo dos anos despues del supli- 
cio de los nobles de Toledo, no se dejaban intimi^ 
dar facilmenfce. Matari era un jefe yemenita de 
Niebla. Una noche que habia bebido copiosamente 
y que la conversation recayo sobre el asesinato 
de los yemenitas que habian combatido bajo la 
bandera de Ala, cogio su lanza, ato a ella un trozo 
do tela negra y juro vengar la muerte de sus 
hermanos de tribu. Cuando se despert6 al otro 
dia, olvido lo que habia hecho la vispera, y al fijar 
la mirada en la lanza convertida en estandarte, 
pregunto con asombro que significaba aquello. Re* 
cordaronle lo que habia dicho y hecho, y poseldo 
do terror, exclam6: 

— iQuitad inmediatamente ese panuelo de mi 
lanza, a fin de que no se divulgne mi aturdi- 
miento. 

Pero no habian tenido tiempo de ejecutar esta 
orden, cuando anadio: 

— No, dejad esa bandera; un hombre como yo 



(1) Ajbar tnachmua, fol, 92 r. y v.; Ben Adari, t. IT, 

p&gina 55. 



no abandona un proyecto, aunque sea temera- 
rio — y llamo sus hermanos. de tribu a las ar- 
mas. Supo resistirse algiin tiempo, y cuando al fin 
perecio en el campo de batalla, sus compaiieros 
continuaron la lucha con tal tenacidad, que el emir 

tuvo que tratar con ellos y hacerles concesio- 
nes (1). 

LI ego su turno a Abu-Saba. Aunque Abderrah- 

nian tenia sobrada razon para desconfiar de este 
poderoso yemenita, que habia querido asesinarl? 
poco despues de la batalla de Mosara. habia crefdo 
prudente no enemistarse contra el y connarle el 
gobierno de Sevilla; pero en el ano 766, cuando 
ya no tuvo rebeldes que combatir y se creyo bas- 
tante poderoso para no temerle, le destituyo da 

su cargo. Furioso Abu-Saba, llamo los yemenitas 
a las annas. Abderrahman adquirio bien pronto 

la certidumbre de que la influencia de aquel jefe 
era mayor de lo que creia. Entonces entablo n> 
gociaciones insidiosas; propuso al sevillano una 

cntrovista, y le rcinitio, por medio de Abcn-Jalid, 
un salvoconducto firmado de su puno. Abu-Saba 
fue a Cordoba y, dejaoido los cuatrocientos jme- 
tes que le acompafiaban, a la puerta de palacio, 
celebro con el emir una conferencia secreta, lie- 
^ando — segun dicen — a injuriarle de palabra. En- 
tonces Abderrabman intento darle de punaladas 
con su propia mano; pero la vigorosa resistencia 
del jefe sevillano le obligo a llamar a sus guar* 



(1.1 Ajbar machmua, foJ. 92 v. 



o 



42 



dias y hacerle matar por ellos. Tal vez no habia 
premeditado este homicidio, que los clientes om- 
iniadas que han escrito la historia de sus patronos 
no han querido confesar. 

Cuando expire Abu-Saba, Abderrahman hizo 
extender una manta sobre su cadaver y borrar 
cuidadosamente las huellas de su sangre; despues 
mando venir a los visires, les dijo que Abu-Saba 
estaba preso en su palacio y les pregunto si con- 
\enia darle muerte. Todos le aconsejaron que no lo 
hiciera. 

Serfa muy arriesgado — le dijeron — , porque 
los jinetes de Abu-Saba estan apostados a las 
puertas del alcazar, y tus tropas, ausentes. 

Uno solo no compartio esta opinion. Era un 
pariente del emir, que expreso la suya en estos 
versos : 

"Hijo de los califas: te doy un buen consejo in- 
duciendote a matar a ese hoxnbre que te odia y 
arde en deseos de vengarse de ti. Que no se te 
escape, porque si queda con vida, seria para nos- 
otros el origen de una desgracia. Concluye con el 
y te libraras de una gran enfermedad. Hunde 
en su pecho un buen acero damasquinado; tra- 
tandose de semejante hombre, la misma violencia 
serfa generosidad. " 

Sabed, poies — prosiguio el emir — , quele h-ehe- 
cho matar — ; y sin fijarse en la sorpresa de sus 
visires, levanto la manta extendida sobre el ca- 
daver. 



340 

Los visires, que no habian desaprobado la muer- 
ie tie Abu-Saba sino por temor al efecto que esta 
violencia podia producir en el animo de sus acom- 
panantes, advirtieron bien pronto que dicho to- 
rn or carecia de fundamento; pues cuando un em- 
pleado del alcazar les participo que su jefe ya no 
existia, y que podian marcharse, se retiraron 
tranquilamente; conducta extrana, que induce a 
suponer si Abderrahman, queriendo obrar sobre 
j-eguro, los habrla corrompido de antemano. Un 
solo cliente omeya tuvo dignidad para censurar 
esta traicion infame, de que habia sido ciego ins- 
trumento; fue Aben-Jalid, que habia remitido al 
jcfe sevillano el salvocondueto del emir. Retirdse 
a sus tierras, y desde entonces rehuso obstina- 
damente aceptar ningun empleo (1). 

Poco despues de la muerte de Abu-Saba esta!16 
una gran insurreccion entre los bereberes, hasta 
entonces bastante tranquilos. Fue excitada por un 
maestro de escuela, mitad fanatico, mitad impos- 
tor, que vivia en el Este de Espana y se llamaba 
Xakya. Pertenecia a la tribu berberisca de Mik- 
nesa; pero, sea que su cerebro se habia pei'turba- 
do por el estudio del Coran, de las tradiciones re- 
lativas al Profeta y de la historia de los primeros 
tiempos del islamismo, sea que la ambicion le in- 
ducia a ponerse al frente de un partido, crey6 o 
iingio creer que descends de AH y de Fatima,, la 
hija de Mahoma. Los crSdulos bereberes acepta- 



(1) Ajbar machmua, tol. 92 v.-ffS v.; I>n-nl-Abnr. p. 45. 



344 

ron esta impostura, tanto mas facilmente porque 
por una coincidencia fortuita, la madre del maes- 
tro de escuela se llamaba Fatima, y cuando Xakya. 
o mas bien Abdala, hijo de Mohamed — porque asi 

se hacia llamar — , vino a establecerse en el pais 
comprendido entre el Guadiana y el Tajo, los ber- 
beriscos, que f ormaban la mayoria de la poblacior. 
musulmana, y que estaban siempre dispuestos a 

la lucha cuando se lo ordenaba un morabito, se 
agruparon en masa bajo sus banderas, apoderan- 
dose sucesivamente de Sontebria (1), Merida, Co- 
ria y Medellin. Vencio a las tropas que el gober- 
nador de Toledo habia enviado contra el; atrajo 
a su causa a los bereberes que militaban en el 
ejercito del cliente omeya Obaidala; ataco y de- 
rroto a los soldados de este general; se apodero de 
su campamento, y logro library de las persecu- 
rioncs de Abderrahmaoi, retirandose a las monta- 

iias. En fin: desput-s de seis afios de guerra, Ab- 
derrahman busco y obtuvo el apoyo de un berbe- 

risco que era entonces el jefe mas poderoso de 
la region oriental de Espafia y que miraba con 

envidia el poder y los exitos del supuesto fati- 
mita. La discardia dividio entonces a los berebe- 
res, y Xakya se vio obligado a abandonar Sonte- 
bria y a retirarse hacia el Norte (2) ; pero mien- 
tras Abderrahman marchaba contra el, asolandc 



(1) Sontebria — hoy Castro de Santover, a orlllas del Gua- 
diela — era una ciudad importante en la €poca de la domt- 
naci6n arabe. Oayangos, not as sobre Razf, p. 47, 

(2) Ajbar maehmua, fol. 93 v.; Ben-Adarl, t. II, pp. 5G 
y 57; Noualri, p, 441. 



345 



los campos y aldeas berberiscas, estallo otra in- 
surrection al Oeste, docnde los y^menitas no es- 
peraban mas que una ocasion favorable para ven- 
gar la muerte de Abu-Saba. E] alejamiento del 
emir proporciono esta ocasion, y marcharon hacia 
la capital, de la cual esperaban apoderarse por 
vn golpe de mano, capitaneados por los parien- 
tes de Abu-Saba, que eran gobernadores de Nie- 
bla y de Beja, y reforzados por los bersberes del 
Oeate, sugestioimd.os hacia tiempo por lo&> emisa- 
rios del morabito. 

Apenas recibio Abderrahman tan alarmantes 
noticias, regreso velozmente a Cordoba, y sin de- 
tenerse ni una noche en su palacio, como le pro- 
ponian, encontro a los enemigos atrincherados t 
las orillas de»l Benbeaar o Uadi-Cais (1). Trans- 
currieron los primeros dias en escaramuzas poco 
importantes, sirviendose Abderrahman de sus- 
dientes bereberes, entre los cuales figuraban los 
Beni-al-Jali, para anular la alianza de los berbe- 
riscos con los yemenitas. Deslizandose en el cam- 
pamento enemigo durante la noche, persuadieron 
a 16s bereberes de que el emir era el unico qu<i 
podia defenderlos contra el odio celoso de los ara- 
bes, y, por lo tanto, si perdia el trono, su expul- 
sion era rnmiediata y segura. "En cambio podeis 
contar — anadian — con el reconocimiento del prln- 
cipe si abandonais una causa contraria a vuestro 1 ? 



(1) Ben-al-Cutia nombra este rSo, que parece fue" design 
nado tambiSn con el nombre <Ie Uadi-Caia — rfo de los cafsi- 
tas — , como se encuentra en Ben-Axlaii, 



346 

Irtereses y abrazais la suya." Estos consejos pre- 
valecieron; los bereberes prometieron traicio- 
nar a los yemenitas durante el combate, aplazado 
para el siguiente dia. Cumplieron su palabra. An- 
tes de la batalla dijeron a los yemenitas: "Nos- 
<>tros no sabemos combatir mas que a caballc 
mientras vosotros combatis perfectamente a pie- 
•dadnos, pues, todos vuestros corceles." No tenien- 
do ninguna razon para desconfiar, los yemenitas 
aecedieron a su demanda; mas pronto se arrepin- 
tieron, porque, una vez empenada la lucha, los be- 
reberes que habian obtenido caballos fueron a re- 
unirse con la caballeria omeya, y mientras car- 
gaban vigor osam en te contra los yemenitas, los 
demas berberiscos huyeron. Los yemenitas fueron 
acosados por todas partes, comenzando una horri- 
ble carniceria; pues, en su ciego furor, los solda- 
dcs de Abderrahman herian a diestro y siniestro, 
desobedeciendo la orden de perdonar a los fugi- 
tivos. Treinta mil cadaveres quedaron entei*rados 
en una fosa, que en el siglo x se ensenaba aun (1), 
Respecto a la insurreccion de los bereberes del 
centro, no fue reprimida hasta despues de diez 
afios de guerra, cuando Xakya murio asesinado 
por dos de sus compafieros, y duraba aun cuando 

una conflagration formidable atrajo a Espana un 
conquistador extranjero. Los miembros de esta 
«conflagraci6n eran el kelbita Al-Arabi (2), gober- 



(1) Ajbar machmua, fol. 03 v., 94 r. ; Ken-al-Cutia, 
tfolios 13 r, y v.; Ben Adari, t. II, p. 52, 53. 
<2) Soliman abeiv-Yacdan aT-AraM. 



347 

nador de Barcelona, el fihirita Abderrahman ben- 
Habib, yerno de Yusof, apodado el Eslavo, por- 
que su cuerpo, alto y delgado, su blonda cabellera 
y sus ojos azules recordaban el tipo de esta raza, 
de la cual habia en Espana muchos individuos 

como esclavos, y, en fin, Abu-'l-Asuad, hijo de 
Yusof, condenado por Abderrahman a cadena per- 
petua, pero que habia logrado burlar la vigilan- 
cia de sus guai-dianes fingiendose ciego. Al prin- 
cipio nadie habia creido en su ceguera; hicieronle 
sufrir las pruebas mas dificiles; pero el ansia de 

libertad le dio fuerzas para no traicionarse ni un 
ininuto, y desempeno su papel con tanta perseve- 
rancia y con tan gran talento para enganar que 
al fin todos le juzgaron verdaderamente ciego. En- 
tonces, viendo que sus carceleros no se fijabao 
mucho en el, concert6 un plan de evasidn con uno 
de sus clientes que habia obtenido permiso para 
visitarle alguna vez, y una manana que llevaban 
a los prisioneros, a lavarse al rfo, por un camino 
fubterraneo, este cliente se aposto con amigos y 
caballos a la otra orilla del Guadalquivir. Apro- 
i vechando un momento en que nadie le observaba, 
Abu-'l-Asuad se arroj6 al rio, lo atraveso a nado, 
rnonto a caballo, tomo al galope el camino de To- 
ledo y llego sin accidente a esta ciudad (1). 

El odio que estos tres jefes profesaban a Ab- 
derrahman era tan profando que resolvieron de- 
mandar el auxilio de Carlomagno, aunque este 



(1) Ben-al-Abar, p. 35. 



348 

conquistador, que habia atronado ya el mundo con 
sus exitos, era el enemigo mas encarnizado del 

islamismo. Por consiguiente, en el ano 777 se tras- 
lsdaron a Paderborn, donde Carlomagno celebra- 
ba a la sazon un Campo de mayo, y le propusieron 
una alianza contra el emir de Espana. Carlo- 
magno no vacilo un momento en aceptar sus pro- 

posiciones, porque se hallaba en situacion de pen- 
sar en nuevas conquistas. Los sajones estaban so- 

metidos — o al menos el lo creia — a su dominacidn 
y al cristianismo; los principales acababan de lie- 
gar a Paderborn para dejarse bautizar; Witti- 
kmd, el mas temible de sus jefes, forzado a aban- 
donar el pais, se habia refugiado en la corte de 
un principe danes. Convinieron, por lo tanto, en 
que Carlomagno cruzaria los Pirineos con nurae- 

rosas tropas, que al-Arabi y sus aliados del Norte 
del Ebro le apoyarian y reconocerian por sobera- 

tio, y que el Eslavo, despues de haber alistado 
tropas berberiscas en Africa, las conducina a la 
provincia de Todmir — Murcia — , donde secunda- 
ria^ los movimientos del Norte, enarbolando la 
bandera del califa abasida, aliado de Carlomagno,, 

Ignorase en que region de Espana debia actuar 
Abu-'l-Asuad. 

Tan formidable coalicion, que habia trazado su 

p?an de ataque despues de maduras deliberacio- 

nes, amenazaba ser mucho mas peligrosa para 

Abderrahman que ninguna de las precedentes. 

Por fortuna para el, la realidad no respondio a los 

p reparatives. El Eslavo desemibarco coin un ejer- 



i 



349 

cito berberisco en la provincia de Todmir; per-o 
llego demasiado pronto, antes que Carlomagno 
hubiese franqueado los Pirineos ; asi. cuando pidio 
auxilio al Arabi, este le respondio que, segun el 
plan trazado en Paderborn, el papel que a el le 
ccrrespondia era permanecer en el Norte como 
gobernador de Barcelona, para secundar desde alii 
las operaciones del ejercito de Carlomagno (1). 
FJ odio entre fihiritas y yemenitas era harto 
arraigado para que por ambos lados no se proce- 
diese con perfidia. Creyendose El Eslavo traiciona- 
do por al-Arabi, volvio sus armas contra 61; pero 
derrotado y de vuelta a la provincia de Todmir, 
murid asesinado por un bereber de Oretum, en 
quien habia puesto su conftanza imprudentemen- 
te sin sospechar que era un emisario del emir 
Abderrahman. 

Por consiguiente, en el m omen to en que Carlo- 
magno escalaba los Pirineos, uno de los tres jefes 

arabes, con los cuales habia contado, dejaba de 
cxistir. EI segundo, Abu-'l-Asuad, le apoy6 tan 

dlbilmente que ninguna cronica francesa ni ara- 
be consigna lo que hizo. No le quedaban, pues, 
mas que al-Arabf y sus aliados del Norte, tales 
como Abu-Tor, gobernador de Huesca, y el cris- 
tiano Galindo, conde de la Cerdana. Sin embargo, 



(1) Aat es como ereo cue deben interpretftrae estaa pala- 
bras del autor del Ajbar machmua*. "El Eslavo eacrlbld a 
nl-Ambl para pedirle que hlctera causa comdn con «. A'«- 
.ArabS le reapondl6: "Yo no dejare de ayudaros." El Eslavo 
quedo tanto mas descontento de esta respuesta, porque veto 
que al-AraM no reun(a tropaa para venlr en su auxi- 
Ho*\ etc. 



350 



al-Arabi no habla permanecido inactive Secusi- 

dado por el defensor Hosain aben-Yahya, des- 
cendiente de Sad ben-Obada, que habia aspirado 
al califato despues de la muerte del profeta. se 
habla apoderado de Zaragoza; pero cuando el 
cjercito de Carlomagno llego a las puertas de esta 
ciudad, no pudo veneer la repugnancia que mos- 
traban sus correligionarios a admitir al empera- 
dor de los francos dentro de sus muros; sobre 
todo el defensor Hosain aben-Yahya no hubiera 
podido consentirlo mas que renegando de recuer- 
dos de familia, sagrados para el. Viendo que no 
podia persuadir a sus conciudadanos, al-Arabi, no 
queriendo que Carlomagno sospechase que le ha- 
bia engafiado, se puso espantaneamente en su.s 

manos. 

Carlomagno debia, pues, poner sitio a Zara- 
goza cuando recibio una noticia que trastorno to- 
dos sus proyectos: Witikind habla vuelto a Sajo- 
nia ; a su voz r los germanos habian tornado de 'mte- 
vo las armas; aprovechando la ausencia del ejercito 
franco, y pasandolo todo a sangre y fuego, habian 

penetrado hasta el Rhin, apoderandose de Deutz, 
fiente a Colonia. Foi'zado a abandonar apresura- 

damente las orillas del Ebro para volver a las del 

Rhin, Carlomagno se dirigio al desfiladero de Ron- 

cesvalles. Los vascos, inducidos por su inveterado 

odio contra los francos, y avidos de botm, espera- 

fcan emboscados entre las rocas y los bosques que 

cubren la parte septentrional de este valle. La* 
tropas francas desfilaban en linea larga y estr«- 



351 

cha, impuesta por las quebraduras del terrena. 
Los vascos dejaron pasar la vanguardia; pero 

cuando I lego la retaguardia, cargada de bagajes, 
se precipitaron sobre ella, y, aprovechandose de la 
ligereza cle sus armas y de su ventajosa posicion,. 
la precipitaron en el fondo del valle, mataron en 
un tenaz combate hasta el ultimo hombre, entre 
otros a Roldan, jefe de la frontera de Bretanar 
despues saquearon los bagajes, y, protegidos por 
la obscuridad de la noche, se dispersaron con ex- 
traordinaria celeridad (1). 

Tal fue el desastroso desenlace de esta expedi- 

cion de Carlomagno, comenzada bajo los mas fe- 
nces auspicios. Todos habian contribufdo a que 

fracasara, excepto el emir de Cordoba, contra el 

cual iba dirigida; pero 61 se apresuro a aprove- 

char las ventajas que debfa a los rebeldes de Za- 

lagoza, a los vascos cristianos y a un jefe sajon. 

cuyo nombre probablemente desconocfa, y marcho 

contra Zaragoza a fin de foz'zar esta ciudad & 

prestarle obediencia. Antes de llegar al termino de 
su expedicion, al-Arabi, que habia acompanado a 

Carlomagno en su retirada despues de regresar a 
Zaragoza, habia dejado de existir porque el defen- 
sor Hosain, consider andole como traidor a su 
religion, le habfa mandado apunalar en la mez- 
quita. Sitiado ahora por Abderrahman, Hosain se 
sometio, para sublevarse al poco tiempo; pero en- 



(l) Comparensc para estos aeon hiclm lent ob los Ancilf* fran- 
cos en Pertz, Monum. Germ. t. I, p. 16, 81, 156-9, 296, 349 r 
con cl Ajbar machmva, Sol. 94 v., 9G v. -96 v. 



i. 



: ! /o2 



•\j 



tonces sus conciudadanos, asediados de nuevo, le 
<:Dtregaron a Abderrahman , quien despues de ha- 
cerle cortar los pies y las manos le mato a golpes. 
Dueno de Zaragoza, el emir ataco a los vascos, 

haciendo tributario al conde de la Cerdafia. Por 
ultimo, Abu-'l-Asuad intento rebelarse; pero, ha- 
biendo sido traicionado en la batalla del Guada- 
limar por el jefe que mandaba el ala izquierda de 

sus tropas, los cadaveres de cuatro mil compane- 
ros suyos "sirvieron de pasto a los lobos y los 
buitres" (1). 

Por lo tanto, Abderrahman habia salido vence- 

<Ior de todas las insurrecciones; sus exitos produ- 

■cfan la admiracion de sus mismos enemigos. Re- 

fierese, por ejemplo, que el calif a abasida Al-Man- 

sur pregunto un dia a sus cortesanos: 

— i Quien os parece que debe ser Ilamado el 
sacre de los Coraix? 

Creyendo que el califa ambicionaba este titulo, 
los cortesanos respondieron sin vacilar: 

■Eres tu, comendador de los creyentes; tu, que 
has vencido a principes poderosos y puesto ter- 
mino a las discordias civiles. 

No, no soy yo — repuso el califa. 
Los cortesanos nombraron entonces a Moauia I 
y a Abdalmelic. 

■Ni uno ni otro — prosiguio el califa — , porque 
-a Moauia le habian a] I an ado el cammo Omar y 
Otman, y Abdalmelic estaba apoyado por un par- 



(1) VSase el poema de Abu-'I-Majxi sobre esta bataita, en 
Bon-al-Jattb t man. P., fol. 214 r. y v. 



353 

^ 

tido pujante. El sacre de los Coraix es Abderrah- 
man, hijo de Moauia, que despues de haber reco- 
rrido solo los desiertos de Asia y Africa ha te- 
nido la audacia de aventurarse sin ejercito en un 
pais para el descojiocido y situado al otro lado del 
mar. No contando con mas apoyo que su habilidad 
y perseverancia, ha sabido humillar a sus orgullo* 
pos adversaries, exterminar a los rebeldes, defen- 
der sus fronteras contra los ataques de los cris- 
tianos, fundar un gran imperio y reunir bajo su 

cetro un pais que parecia repartido ya entre di- 
ferentes jefes. He aqui lo que nadie habia hecho 

antes que el (1). 

El mismo Abderrahman expresaba estas ideas 
en sus poesias, con legltimo orgullo. Pero habia 

pagado caros sus exitos este tirano, perfido, cruel, 

implacable, vengativo, y si ningun jefe arabe o be- 
reber se atrevfa a desafiarle frente a frente, todos 

le maldecfan en secreto. Ningun hombre de bien 

queria entrar a su servicio. Habiendo consultado 

p. sus visires sobre la eleccion de un cadi para 

Cordoba, sus dos hijos, Soliman e Hixem, estu- 

vieron de acuerdo — cosa que sucedia raras ve- 

ces — para recomendarle a Mosab, un devoto y 

virtuoso anciano. Abderrahman le llamo y le 

ofrecio la dignidad de cadi; pero Mosab, persua- 

dido de que con aquel principe, que anteponla sa 

poder a las leyes, 61 no seria mas que un instru- 

mento de tiratvf a, rehus6, a pesar de las reiteradas 

***■ i ■ 

(1) Ajbar maohmtta, M. 98 r. y v. ; Ben-Adarl, t, IX, 
P&ghtas 81-62. 

HrST. MUSULMANES.— T, f 23 



354 

instancias del emir. Irritado por esta negativa, 
Abderrahman, que no podia sufrir la menor coti- 
tradiccion, retorcia nerviosamente su bigote, lo 
que en el anunciaba el estallido de una proxima 
tempestad, y los cortesanos esperaban que dic- 

tase una sentencia de muerte. "Pero Bios — dice 
up cronista arabe — le hizo desistir de su culpa - 
ble pensamiento." Aquel venerable anciano le im- 
ponia involuntario respeto, y dominando su colera^ 
se contento con decirle: "jSal de aquf, y que Dioa 
maldiga a los que te han recomendado!" (1). 

Poco a poco fue perdiendo el apoyo con que 
hubiera podido contar en todas las ocasiones; mu- 
chos de sus clientes le abandonaron. Algunos, 
como Aben-Jalid, se aiegaron a seguirle en la sen- 
da de traiciones y crueldades que habia empren- 
dido. Otros excitaron sus sospechas, como Obai- 

dala. Deciase que este, deseando hacerse necesa- 
rio al emir — el cual, segun se cree, queria d-es- 
cmbarazarse de el — , habfa favorecido la defec- 
ci6n de su sobrino Uachi, que habia abrazado el 

partido d-el pretendiente fatitmita Por su parte, 
Abderrahman, cuando se apodero de Uachi, le 
m&ndo decapitar, a pesar de los ruegos de Obai- 
dala (2), que poco tiempo despues fue acusado, 
con raz6n o sin ella, de haber intervenido en una 

conspiraci6n urdida por dos parientes del emir; 
pero Abderrahman no reunio pruebas suficientes 
de su complicidad, y por poco escrupuloso que 



(1) Ben-al-Cutla, fol. 18 r. ; Joxanl, p. 204-205, 

(2) Ajbar machmua, fol. 95 r.; Macari. t. IT, p, SO. 



3o5 

fuese, vacilaba en condenar a muerte por una 
simple sospecha al anciano a quien debia el trono. 
Fue, pues, elemente a su manera. "Yo impondre 
a Obaidala un castigo que le sea mas doloroso 
que la muerte misma", dijo, y desde entcnces lo 
trato con una cruel indifereincia (1). 

No quedo nadie, ni aun el fiel Badr, que no ca- 
yese en desgracia. Abderrahman connsco sus bie- 
nes, le prohibio salir de su vivienda y acabo por 
desterrarle a una ciudad fronteriza; pero tambien 
hay que advertir que Badr habia faltado al res- 
peto que debia a su dueno, abrumandole con que- 
jas injustas e insolentes (2). 

Enemistado con sus principales clientes, la pro- 
pia familia de Abderrahman llego a conspirar 

contra el. Desde que se hizo dueno de la penin- 
sula, llam6 a su corte a los ommfadas, disperso^ 
en Asia y Africa, a los cuales colmo de riquezas 
y honores. "El mayor beneficio que he recibido de 
Pios despues del poder — solia decir — es el haber 
podido auxiliar y ofrecer un asilo a mis parien- 
tes y hacerles beneficios. Confieso que mi orgullo 
se encuentra halagado cuando admiran mi gran- 
deza, que no debo a nadie mas que a Dios" (3). 
Pero estos ommiadas, impulsados por la ambicion 

r 

o no pudieaido soportar el de^potismo quisquilloso 
del jefe de la familia, empezaron a conspirar. La 



0) Macari, t. II, p. 30. 

(2> Macarl, t. 11, p. 27 y alg. 
(3) Macarl, t. II. p. 32. 



o 



56 



primera conjuracion fue urdida por dos princi- 
pes de la sangre y por tres nobles, que fueron 
traicionados, presos y decapitados (1). Algunos 
alios despues fue tramado otro complot por Mo- 
gira, sobrino de Abderraliman, y por Hodail, art- 
sioso de vengar la muerte de su padre, Somail, 
estrangulado en su prision. Fueron traicionados 
fcambian y castigados de la misma manera. Des- 
pues de su muerte, un cliente ommiada entro a 
ver a Abderrahman, y le encontro solo, taci- 
turno y abatido, con la mirada fija en tierra 
y abismado en tristes reflexiones. Adivinando lo 
que pasaba en el alma de su dueno, herido em 
sus afecciones mas fntimas y en su orgullo de 
jefe de familia, el cliente se aproximo con pre- 

cauciones y sin decir palabra. "iQue parientes 
los mlos! — exclamo al fin Abderrahman — . Cuan- 

do intentaba asegurarme un trona, hasta con 
peligro de mi vida, pensaba taaito en ellos 
como en mi mismo. Habiendo realizado mi in- 
ten-to, les rogue que vinieran aqui, y he compar- 
tido con ellos mi opulencia. iY ahora quieren arre- 
tatarme lo que Dios me ha concedido! jSeiior Om- 
nipotente! Tu los has castigado por su ingrati- 
tud, permitiendome conocer sus infames conspira- 
cies, y, si les he quitado la vida, ha sido por pre- 
servar la mia. Sin embargo, jque triste es mi suer- 
te! Sospecho de todos los individuos de mi familia, 
y ellos, a su vez, temen que atente contra su vida. 



$ 



Macari, 



s 



1* 

if 



357 
I Que confianza, que expansion cabe ya entre 
nosotros? iQue relaciones pueden existir entre 
mi hermano y yo, siendo el el padre de ese desdi- 
chado joven? ^Como podre estar tranquilo a su 
lado yo, que al condenar a su hijo a muerte, he 
roto los lazos que nos unfan? <,C6mo podran mis 
ojos fijarse en los suyos?" Despues, dirigiendose 
a su cliente, prosiguio: "Ve inmediatamente en 
busca de mi hermano; excusame con el lo mejor 
que puedas; dale esas cinco mil monedas de oro 
cue ves aqui, y dile que se vaya a la region de 
Africa que mas le agrade." 

El cliente obedecio en silencio y encontrd al in- 
fortunado Ualid medio muerto de espanto. Le 
tranquilizo, le entrego la suma que le ofrecia el 
emir, y le repitio sus palabras. 

— \Ayl — exclamo entonces Ualid — . jEl crimen 
ccmetido por otro recae sobre mi! Ese hijo rebelde 
que ha desafiado la muerte, que merecia, me arras- 
tra en su perdicion cuando yo buscaba el reposo 
y me hubiera contentado con un rincon en la tien- 
da de mi hermano. Pero obedecere" su orden; debo 
someterme con resignation a los designios di- 

vinos. 

De regreso al lado del emir, anunciole el cliente 
que Ualid se disponia a abandonar Espana, y U 
refirio la entrevista. 

—Mi hermano tiene raz6n — exclamo el princi- 
pe sonriendo con amargura — ; pero que no espery 
engafiarme con tales palabras y ocultarme su pen- 
aamiento intimo. Le conozoo, y se que, si pudiera 



358 

saciar con mi sangre su sed de venganza, no va~ 
cilaria ur momento (1). 

Execrado por los jefes arabes y berberiscos, 
enemistado con sus clientes, traicionado por sus 
deudos, Abderrahman se encontro mas aislado 
cada dla. Durante los primeros anos de su rei- 
nado, cuando aun gozaba de cierta popularidad, 
al menos en Cordoba, gustaba de recorrer cas; 
solo las calles, mezclandose con la turba; ahora, 
c-esconfiado y sombrio, era casi inaccesible; ape- 
nas salfa de su alcazar, y cuando 3o hacfa iba ro- 
deado de una guardia numerosa (2). Desde la gran 
insurreccion de los yemenitas y bereberes del 
Oeste, aumento las tropas mercenarias, como uni- 
co medio de mantener en la obediencia a sus sub- 
ditos. Compro y alisto esclavos, hizo venir de Afri- 
ca una turba de berberiscos, elevando asf su ejer- 
cito pennanente a cuarenta mil hombres (3), cie- 
(camente adictos a su persona, pero indiferente.s 
en absoluto a los intereses del pais. 

Reducir los arabes y los bereberes a la obe- 
diencia y obligarlos a contraer habitos ordena- 

dos y pacificos era la obsesion constante de Ab- 
derrahman. Para realizar este pensamiento em- 
pleo todos los medios a que recurrieron despues 
los reyes del siglo xv para triunfar del feudalis- 
nio, pero era un triste estado aquel a que Espana 
se voia cond-enada por la fataliaad de los aconteci- 



(1) Macarl, t. II, p. 32. 33. 

(2) Macarl, t. II, p. 25. 



* 

Y" 



359 

mientos, y un triste papel el que tendrfan que des- 
empeiiar los sucesores de Abderrahman, porque 
la ruta trazada por el fundador de la dinastia era 
el despotismo del sable. Cierto que no podfa go- 
bemarse a los arabes y a los bereberes de otra 
manera, porque si la violencia y la tiranfa esta- 
ban de una parte, la anarqufa y el desorden mi- 
iTiaban la otra. Las diferentes tribus hubieran po- 
dido formar otras tantas republicas, unidas, si 
esto era posible, contra el enemigo comun, o sea 
contra los cristianos del Norte, por un vinculo 
federativo; esta hubiera sido una forma de go- 
bierno en armonia con sus instintos y sus recuer- 
dos; pero los arabes y los berberiscos eran inadap- 
tables a la monarquia. 



FIN DEL TOMO PMMERO 



NOTAS 



Nota A, pag. 101. 

Algunos de esos cronistas te61ogos que ban pre 
tendido amoldar la historia musulmana a sus es- 
trechos y falsos prejuicios, suponen que dos ge- 
nerates — amboe de la familia omeya. — , Gbaidala, 
hijo de Ziyad, y Amr, hijo de Said, apodado Ax* 
dac, se negaron a capitanear el ejercito destinado 
a someter las dos ciudades santas. Esto a mi mo 
parece una fabula, lo mismo que las cien mone- 
das de oro entregadas a cada -soldado, porque el 
mas antiguo de 3os cronistas de esta clase, Fa- 

kihi, no dice nada en tail sentido, y no hubiese 
dejado de indicarlo si hubiera llegado a noticia 
suya; aun, suponiendo que no se trate de una fa- 
bula, la negativa de ambos g ! enerales no obede- 
cfo a escrupulos religiosos, como los devotos cro- 
nistas querfan hacer creer, sino a su odio contra 
el califa. Obaidala, como ha observado acertada- 
mente M. Weil — t. I., p. 330, en la nota. — , esta- 
ba desco*ntento porque no eran bien recompensa- 
dos sus servicios y porque Yezid no le habla cum- 
plido la promesa de conferirle el gobierno del Jo- 
rasan y del Irak-Arabf. Axdac tenia iguahnente 



. I 



362 

quejas contra Yezid, que le habfa quitado el go- 
bierno del Hichaz. Por eso responde en la obra de 
Aben-Jaldun: "Yo he sabido sojuzgar este pais; 
mis sucesores no lo han logrado; ahora la sangre 
va a correr", lo cual equivale a decir: "Puesto que 
se ha preferido seguir una politica opuesta a la 
mia, no quiero mezclarme en nada." 



Nota B, pag. 133. 

Segun Aben-Badrun — p. 185 — y otros autores, 
Meruan no habia ganado la batalla de Rahit mas 
cue por una perfidia. Siguiendo el consejo de Obai- 

dala-aben-Ziyad, habia atacado a los caisitas de 
improviso, durante una tregua que le habia con- 
cfdido Dahac. Este relato me parece inventado 
en epoca bantante posterior, por los caisitas o por 
los enemigos de los ommiadas, por que los me jo 
ies escritores, como Ben-al-Atir, Masudi, el autor 
del Raihdn, etc., y los poetas caisitas de aquella 
opoca — que si el hecho hubiera sido verdad no hu- 
biesen dejado de reprochar a.sus enemigos su des- 
leal conducta — no dicen absolutamente nada ni de 
armisticio ni de perfidia. 



Nota C, pag. 210. 

Isidore no da a esta victima del odio de Hai- 
tan otro nombre que el de Zat — es decir, Sad — . 
Opino que este Sad era kelbita, hijo del poeta 
Chauas, porque el kelbita Abu-'l-Jatar, que mas 



363 

tarde llego a ser gobemador de Espana, se gloria, 
en un poema del cual he traducido tm fragmen- 

to, de haber vengado la nraerte de Aben-Chauas, 
y yo ignoro a que personaje hubiera podido 
designar con este nombre, a no ser al Sad que 
cita Isidoro. Lo que ademas me induce a oreer que 
el Chauas del poenia de Abu-'l-Jatar era real- 
mente el hijo — o tal vez el nieto — del poeta es la 

circunstancia de que este nombre de Chauas es 
tan poco frecuente, que Tibrizi, al enumerar en su 
Ccinenta?*io sobre el Hamasa — p. 638 — todos lo 
que llevaron dicho nombre, no cita mas que cua 
tro, entre los cuales no hay mas que un solo kel 
bita, Chauas el poeta. 



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FTN OE L\S NOTAS DEL TOMO PRIMERO 



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VII 


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VIII 




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XVI.fcMr^.^X^vtyy^A^. .4yw. , ft i>Ahi^V^. • 336