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COLECCION UNIVERSAL 



R. DOZY 



Historia 

de los musulmanes de Espaiia 

hasta la conquista dq los Almoravides 



TOMO II 



La traduccion de) frances ha sido 
hecha por Magdalena Fuentes. 




MAPRID-BABCEI.ONA 

MCMXX 




!. !0£.3i£ 



'TipograHca Renovaci6n" (C. A.), Larra, 8.— MADRID, 



LIBRO SEGUNDO 



LOS CRISTIANOS Y LOS RENEGADOS 



I 



Hasta aqul los vencedores han atraido exclusi- 
vamente nuestra atencion; ahora les toca el tur- 
no a lo's vencidos. Indicaa: las circunstancias que 
facilitaron a los musulmanes la conquista de Es- 
.pana; resumir, a grandes rasgos, la historia de 
esta conquista; exponer la situation en que que- 
do la poblacion cristiana y la influencia que ejer- 
cieron los vencedores sobre una clase tan infor- 
tunada corno* numerosa, la de los esclavos y los 
siervos; referir al detalle la larga y tenaz resis- 
tencia que todas Jas dases de la sociedad — Ho mis- 
mo los cristianos que los renegados, los hombres 
de la ciudad y los montafieses, los ricols propieta- 
rios y los esclavo manumitidos, los monjes santa- 

mente fanaticos y aun las muj^eres inspiradas y 
valerosas — opusieron a los conquistado^es, cuaai- 

do una generacion mas fuerte sucedio a la gene- 
ration enervada de comienzos del siglo VIII, tal 
sera -el objeto de esta parte de nuestro trabajo. 



6 

l£n el momento en que la peninsula atrajc' las 
codiciosas miradas de los musulmanes, era harto 
debiil, harto facil de conquistar, porque su so- 
ciedad se hallaba en una situacion deplorable. 

4 

El mal databa de lejos. Durante el reinado de 

los ultimos Cesares, Espafia, cdmo provincia ro- 

mana, ofrece el mismo doloroso espectaculo- que 
las demas comarcas del Imperio, "De todo lo 

que en otro tiempo poseia no le queda mas que 

su nombre", dice un autor del siglc* V (1). Por 

una parte, se ve un corto numero de ricos que 
poseen dominios inmensos — latifundios — •; por 

otra, una multitud de burgneses arruinados, de 
esclavc's y de siervos. Los ricos, los privilegiados, 
los "clarisimos", en una palabra, toclos aquellos 
que durante Gl imperio habian ocupado las prin- 
cipales magistraturas o recibido del prmcipe so- 
lamente el titulo honorario de diclias magistra- 
turas, estaban exentcts de las cargas que pe- 

saban sobre la clase media. Vivian en ei seno de 
la molicie y de un lujo dcsenfrenado, en sober- 
bias quintas, a orillas de un hermoso rio, al pie 
de una risuefia colina pHantada de vinedos y oli- 
vares, repartiendo el dia entre el juego, Ids ba- 
fios, la lectura, la equitacion y los banquetes. Allf, 
en salas cuyos muros estaban cubiertos de tapi- 
ees pintados o bordados de Asiria y de Persia, 
los esclavos colmaban la mesa, durante las co- 
midas, de l-ds manjares mas exquisitos, de los vi- 



r 






(l) Salvlano, De Oubernatione Dei, 1. IV, p. 60 — ed. da 

Bfema, 16S8 — . 



nos mas selectos, mientras los invitados, tendidos 
sobre lechos de purpura, improvisaban versos, es- 
cuchaban conciertos o contemplaban a las danza- 

rinas (1). 
La vista de esta opulencia solo servia para cc*n- 

tristar la miseria de la mayork, por un aflictivo 

contraste. La plebe de las ciudades, el populacho 

que promovia tumultos, no era ciertamente muy 

digno de lastima, pues, como le temian, le cui- 

daban, le alimentaban con distribuciones gratui- 

tas, a expensas de otros ciudadanos, o le envile- 

cian con espectaculos barbaros y groseros; pero 

la clase media, la de los curiales, pequenos pro- 
pietaric's, que habitaban, las ciudades y estaban 
encai^gados de la adrninistracion de los asuntos mu- 
nicipales, liabia quedado reducida, por el fisco ro- 
mano, a la mas profunda rndseria. El regimen 
municipal, destinado a servir de salvaguardia 
contra la tirania, se habia convertido a la ves 
en instrumento y victima de todas las c^esio- 
nes. Constantino babia agotado la principal fuen- 
te de riqueza de las ciudades, de los 'Municipios, 
apoderandose de sus propiedades en dl mismo mo- 
mento en que los gastc's municipales se acrecen- 
taban con el aumiento de la miseria publica; y, 



(1) V£anse los pasajes de Siilonio Apolinar, citados por 
Fauriel, Historic, de la Qalia -meridional bajo la dominacton 
de los conquistaOores germanoSj t. I, p. '387 y slg. No po- 
seemos noticias del modo de vivlr de los magnates eapaftoles 
de esta epoca; pero todo Induce a creer que serla muy se- 
mejante a la de los sefiores de las Galias. 



(1) La arpenta equivale a media fanega castellana,— (N. de 
la T.) 

(2) V€anse los trabajos de MM, Savigny, Giraud, etc. 



V 



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8 

sin embargo, los mdembros de la curia, es decir, 
todos los vecinos de una ciudad, dueiios de una 
propiedad territorial de mas de veinticinco ar- 
pentas (1), y que no* pertenecian a la clase de 
los privilegiados, debian suplir con su dinero 1& 
insolvencia de los contribuyentes. Los curiales no 
podian romper esta solidaridad, porque era ori- 

ginaria y hereditaria; estaban en cierto modo li- 
gados a la gleba, porque no podian enajenar sus 

tierras sin permiso dell emperador, el cual, por 

considerarse como el dueiio efectivo de todo el 

suelo* del imperio, no veia en sus subditos mas 

que usufructuaries. Con frecuencia, los curiales, 

en su desesperacion, desertaban de sus puestos y 

emigraban de las ciudades para alistarse en el 

ejercito o para entregarse a la servidumbre; pero 

el goberoiador, con sus ojos de lince y sus bra- 

zos de hierro 1 , raras veces dejaba de descubrir- j 

los, y entonces los reincorporaba por fuerza a la 



3 






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curia; si no lo con&eguia, los sustituia por hom- 

bres envilecidos, por bastardo's, por herejes, por 

judios, por delincuentes, porque la dignidad cu- . { 

rial, en otro tiempo honrosa y privilegiada, se ha- 

bia convertido en una desgracia y en un cas- 

tigo (2) . 

El resto de- la poblacion estaba fo'rmado por 
colonos o eselavos. La esolavitud agrfcola no ha- 
bfa desaparecido; pero desde los comienzos del 



9 

periodo imperial, el colonato se habia formado, 
en parte, por el empobrecimiento y la profunda 

miseria de la poblacion libre cle los campos, y, 
en particular, por el me j oramiento de la condi- 
cion de los esclavos agricol&s. Era una po'si- 
eion Intermedia entre- la libertad y la servidum- 
bre. No habiendose regido en un prineipio mas 
que por la costumbre o el contrato, desde Diocle- 
ciano, el colctaato se habia convertido en una 

cuestion de orden publico, en un inter es del Es- 
tado, en un objeto de preocupacion constante para 
el gobierno, obligado a proporcionar, a todo trance, 
agxicu3 tores para los desiertos campos y soldados 
para el ejercito. Entonces surgieron su organiza- 
cion, su vigilancia y sus leyes. En cierto sentido, 
los colonos que entregaban al duefio de la tierra 
que cultivaban una porcion determinada de los pro* 
ductos de la misma-tenian una posicion mejor que 
los esclavos; contrafan verdadero matrimonio, 

cosa imposible para estos; ipodfan poseer como 
propietarios y el duefio no podia arrebatarles 
sus bienes, eatamdoles tan sdlo prohibido enaje- 
narlos sin .permiso del patrono. Ademas, la ley les 

asigoiaba distinta consideracion que a los escla- 
vos. Pagaban al Estado una contribution perso- 
nal, y estaban sujetos al servicio de las armas. 

Sin embargo, se les inftigian casti'gos corporales. 
como a los esclavos, y no ptidfan ser nranumi- 

tidos. Esclavos, no de hombre, si-no de la tierra, 
estaban ligados al campo qu'e cultivaban por un 

vinculo bereditario e indiso*luble; el propietario 



10 

no podia disponer del campo sin los colonos ni 
de los colonos sin el campo (1). 

Una clase mas desgraciada aun era la de lc's 
esclavos, que se vendian o regalaban como un 
buey o un mueble. Su numero era inmenso com- 
parado con el de los hombres libres. "Una vez — dice 
Seaieca — se habia propuesto en el Senado dar 
a los esclavos un traje distintivo; pero esta pro- 
posicion no fue adoptada; se temia que nuestros 
esclavos se pusieran a contarnos." En el reinado 
de Augusto, un liberto, cuya fortuna habla sufri- 
do grandes perdidas en las guerras civiles, po~ 

seia, no obstante, mas de cuatrc* mil esclavos, y 
en los ultimos afios del imperio su numero pare- 
ce que aumento en vez de disminuir. Un cristia- 
no de las Galias poseia cinco mil, y otro, o-ciho 
mil (2). Eran tratados con tan implacable rigor 
que, a menudo, el duerlo condenaba a recibir tres- 
cientos azotes al servidor que le hacia esperar el 

agua caliente (3). Y lo que estos desdichados te- 
nian que sufrir de sus duenos no era nada com- 
parado con las crueldades de sus cc'rtipafleros en- 
cargados de vigilarlos (4). 

Para sustraerse a la tirania de los duenos, de 
los propietarios y del gobierno, los curiales, los 
colonel y los esclavos solo podian aoeptar una 



(1) GIraud, Ensayo sobre la historic del dereclw francos 
en la Edad Media, t. I, p. 147 y sig. Consiiltenae tambifin 
los trabajoa franceses y alemanes que clta este autor. 

(2) Vease Pi^norl, do Servis, en el prdlogo, en Polenus, 
Utriusque Thesauri antiquitatum nova supplementa, t. Ill, 

(3) Ammiano Marcelino, XXVIII, 4, 16. 

(4) Salviano, 1. IV. p. 58. 



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V 



11 

resolucion: internarse en los bosques y hacerse 
bandidos, bagaudas, como se decia entonces, Vi- 
viendo en los bosques cual los hombres primiti- 
vos, hacian expiar a sus o'presores los sufrimien- 
tos que habian soportado, saqueando sus sober- 
bias quintas; y cuando un rico tenia la desgra- 
cia de caer en sus manos, sabian hacer justicia 
pronta y terrible (1). A veees, muchas de estas 
bandas se reunian en una sola, y entonces no se 
limitaban al robe*, sino que amenazaban a las ciu- 
dades y a la sociedad misma. En las Galias, du- 
rante el reinado de Diocleciano, los bagaudas 
adoptaron una aetitud tan amenazadora que fue 
preciso enviar contra ellos un ejercito numeroso, 

capitaneado por un Cesar (2). # 

Una sociedad corroida por tantas miserias te- 
nia que desplomarse al primer choque de una in- 
vasion. Las masas se preocupaban poco de verse 
oprimidas, estrujadas, azotadas por los romanos 
d por otros dominadores. Tan solo los privilegia- 
dos, los opulent os terratenientes, estaban intere- 
sados en mantener aquel estado de cosas. Pro- 
fundamente corrompidos, gastados por el liberti- 
naje, la mayor parte habian perdido tdda ener- 



(1) Salvlano, 1. V, pp. 91, 92; Querolus, acto I, esc. 2, 
vs. 194-208 — p. 55, ed. Klinkaamer — .' 

(2) Consiiltense log textos citadoa en el tomo I de los 

Scirprt. rer. fraixcic, de D. Bouc.oiet, pp. 565 f 572, 597, 609. 
Cierto que sobre la existencla de los bagaudas en Eapana 
#$lo tenemos testlmonios anteriores a la invasion de loa 
barbaros; sin embargo, me inclino a creer que existlan ya 
antes de esta epoca, porque Idaclo, escritor del aiglo V, 
que es el prlmero que habla de ellos, no parece conslderar 
oomo cosa reciente su existencla en Espana. 



12 



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gfa. Sin embargo, cuando nubes de barbaros vi- } 

r 

nieron a descargar sobre las provincias romanas, 
algunos de ellos realizaron actos de patriotis- 
mo, de egctfsmo si se quiere. Los nobles de la 
Tarraconense intentaron, aunque sin exito, dete- 
ner efl. avance de los visigodos (1). Durante el 
reinado de Honorio, cuando los alanos, los vanda- 
los y los suevos, d-espues de cruzar el Rin, pa- 
saron las Galias a sangre y fuego y amenazaron 

a Esparla, mientras los habitantes de este pais es- 
peraban que se decidiera su suerte con fria in- 
diferencia y tranquilidad impertui'bable, sin ha- 
cer nada para conjurar el peligro, dos hermanos 
ricos y nobles, Diddmio y Veriniano, armaron a 

r 

sus coltfnos (2), y apostandose con ellos en los 
desfiladeros del Pirineo, impidieron a los barba- 
ros penetrar en Espafia, jtan facil era de defen- 
der! Pero cuando estos dos hermanos cayeron 
prisioneros y fueron descapitadcte por el antice- 
sar Constantino, cuya autoridad se habian nega- 
do a reconocer; cuando el mismo Constantino 
confio la defensa de los Pirineo's a ilos honoria-' 
nos, es decir, a una de esas bandas de barbaros 
que Roma habfa tornado a su servicio para opo- 
nerlas a los otros barbaros; cuando Ids hono- 
rianos saquearon el pais que debian librar de la .; 
invasion y, para rehuir el oastigo merecido por 
este atentado, dejaron el paso libre a los barba- 



(1) Ja/duro, Hist. Goth., p. 493. 

t.2) Scrvulus tantum suos ex propiis vrcediis colligentes 
ac vcrnaculis alentes sumtibus. Oroelo, VII. 40. 



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13 

tos que asolaban las Galias— 409 — (1), entonces 
nadie penso en la resistencia. Al aproximarse los 
barbaros, que avanzaban sombrios, arrolladores, 
inevitables, procuraron olvidar el peligro en las 
orgias, aturdirse en el delirdo del libertinaje. 
Mientras el enemigo franqueaba las puertas de 
su ciudad, los ricos, ebrios y hartos de manjai*es, 
bailaban y cantaban; sus tremulos labios besa- 
ban los hombros desnudos de herniiosas esclavas. 
y el populacho, como para acostumbrarse a la 
vista de la sangre y embriagarse con los perfu- 
mes de la caraiceria, apflaudia a los gladiadc'res 
que se acuchillaban en el anfiteatro (2). Ni una 
sola ciudad hispana tuvo valor para sostener un 
asedio; por doquiera, como a impulsos de un con- 
juro, las puertas se abrian ante los barbarc's, los 
cuales entraban sin lucha en las poblaciones, las 
saqueaban y ilas incendiaban, pero no tenian ne- 
cesidad de matar, y si k> hacian era unicamen- 
te por sacaar sus instintos sanguinarios. 

Fue un tiempo horrible, Aunque aquella gene- 
racion repugna por su enervamiento, su corrup- 
cion y su cobardia, jquien no la compadece! El 
despotismo romano, por insopartable que fuese, 
no era nada en comparacion a la brutalidad de 
los barbaros. En la sabia tirania de los Cesares 



(1) Orosio, VII, 40. 

(2) Vease Salviano, 1. VI, pp. 121-123, Puede aplicarse 

muy blen a los espufloles lo que este autor dice de loa galos, 

porque asegura que, en Espafia, la corrupci6n de costurobres 
era atin mayor que en las Galias. V6ase 1. VII, p, 137. 






* 



14 

habia, al meno^s, cierto orden y hasta cierta medi- 
da; los germanos, en su ciego furor, aerribaban, 
aplastaban sin discernimiento todo lo que halla- 
ban al paso. Una desolacion infinita descendia a las 
ciudades y a los campos. En pos de estos tras- 
tornos vcnian azotes quiza aun mas tristes: el 
hambre y la peste; llegando a verse madres ham- 
brientas que degollaban a sus hijos para alimen- 
tarse con su came (1). Las Baleares, Cartage- 
na y Sevllla fueron saqueadas por los vanda- 

los (2), que, afortunadamente para Espana, emi- 
graron al Africa — 429 — con el oorto numero de 
alano's que habian escapado a la espada de los 
visigodos; pero los feroces suevos, que se go- 
zaban en el exterminio y la destruccion, perma- 
necieron en Galicia y fueron duefios, durante al~ 
gun tiempo, de la Betica y de la Cartaginense. 
Casi todas las provincias de Espafia fueron su- 
cesivamente teatro* de sus estragos: la L/usitania, 
la Cartaginense, la Betica, la Tarraconense y la 
Vasconia. Un terrible desorden reinaba en estas 
dos uHimais provincias; los bagaudas, acrecenta- 
dos por una turba de calonos y de propietarios 
arruinados, esparcfan el terror po*r todas partes. 
Enemigos jurados de Roma, fueron alt-emativa- 
nuente enemigos o aliados de los barbaros. En la 
Tarraconense, capitaneados por el intrepido y au- 
daz Basilic, sorprendieron un destacamneto de 
barbaros al servicio de Roma, en el momento en 



U> Idaeio, Chron., ad arm. 409 y 410. 
Kl> Idaeio. Chron,, ad ann. 425. 



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13 

que estaban reunidos en la Iglesia de Tirazona, y 
los degollaron a todos, sin perdonar ni ail obispo. 
Despues, Basilio se unio con los suevos, saqueo 
los alrededores de Zaragoza y entro por sorpre- 
sa en Lerida, haciendo prisioneros a sus mora- 
dores. Cinco afios despues, los suevos se aliaron 
con Ids romanos para exterminar a los bagaudas. 

Pero la provincia mas asoilada por los suevos 
fue Galicia, centro de su dominacion, donde te- 
nian su guarida. Alii saquearon y asesinaron, 
sembrando el exterminio durante mas de sesenta 
anos. Reducido's ail ultimo extreme, los infelices 
gallegos hicieron, al fin, lo que debian haber he- 
cho al principio: tomaron las armas y se atrin- 
cheraron en sus fortalezas. A veces, tenian la 
suerte de hacer prisioneros; entonces se reconci- 
liaban, canjeaban los prisioneros de una y otra 
parte y se entregaban reciprocos rehenes; pero 
pronto los suevos, rompiendo la paz, reanudaban' 
el pillaje. Los gallegos imploraban, aunque sin 
gran resultado, el socorro o la mediacion de los 
gobemadores romanos de las Galias o de las re- 
giones de Espana aun sometidas a Homa. Al fin, 
ctros barbaros, los visigodos, vinieron a combatir 
a los suevos, y los vencieron en una sangrienta 
batalla, a orillas del Orvigo — 456 — . Para los ga- 
llegos fue esto un nuevo peligro, en vez de ser una 
liberation. 

Los visigodos saquearon a Braga, y aunque no 

derramaron saxigre, redujeron a la esolavitud a 
un turba de los habitantes de la ciudad, convir- 



16 

tieron en cuadras las profanadas iglesias y des- 
pojaron de todo a >los eclesiasticos, hasta de su 
ultima vestidura. Y de igual mtJdo que los habi- 
tantes de la Tarraconense so habian convertido 
en bagaudas, los habit antes de Braga y de sus 
inmediacioneb se agruparon en cuadrillas de ban- 
doleros. En Astorga, los visigodos fueron mas im- 
placables aun. En el momento en que se presen- 
tarc'n a las puertas de la ciudad, se hallaba esta 
en poder de una banda de guerrilleros que pre- 
tendlan combatir por Roma. Habiendo demanda- 
do y obtenido entrar en la ciudad como amigos, 
hici-eron una horrible camiceria, redujeron a la 

esolavitud mujeres, nine's y clerigos, entire los 
cuales se hallaban dos obispos; demolieron los al- 
tares, incendiaron las casas y devastaron los cam- 
pos de los alrodedoi~es. Palencia corrio la misma 
suerte. Despues, los visigodos fueron a sitiar un 
castillo no lejos de Astorga; pero la dese&pe- 
racion habia dcvuelto el valor y las fuerzas a los 
gallegos, y la guarnicion del castillo se defondio 
tan bien que sostuvo victoric'samente un largo 
asedio. 

Habiendo vuelto lo's visigodos a las Galias, lo* 
suevos reanudaron sus rapinas y atrocidades. En 
Lugo, una de sus bandas invadio de improviso la 

sala en que deliberaba el Concejo, que creia no 
tener nada que temer, por estar en la santa se- 

* 

mana de Pascua; pero todos aquellos infelices fue- 
ron degollados. En Coimbra, otra banda violo el 

tratado que acababa de firmarse, y redujo los ha- 



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I 

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17 

bitantes a la esclavitucl (1). Por fin, los visigo- 
dos conquistaron poco a poco toda Espaiia, y aun- 
que hubo que ceclerles las dote terceras partes del 
suelo, su dominacion parecio suave comparada 
con los males que habia habido que sufrir por los 
tembles suevos. 

En Tnedio de estas calamidades sin nunxero y 
de este desconcierto universal, quedaba un gru- 
po de hombres que no habian perdido mmca el 
valor, que habian visto sin gran sentimiento des- 
plomarse el mundo antiguo y que, en cier-to modo, 
preferian los barbaros a los romanos, sus compa- 
trictas. Era lo mas escogido del clero catolico la 
escuela de San Agustin. Desde el comienzo de 
.las invasiones, estos sacerdotes se habian esfor- 
zado en atenuar las violencia de los conquista- 
dores. Aceptaban un optimismo barbaro en aquel 
oceano' de desdichas. Discipulo del obispo de Hi- 
pona, a quien dedico su obra historica, y contem- 
poraneo de la invasion de los alanos, suevos y 
vandailos, el sacerdote espanol Paulo Orcteio pre- 
tende que, cuando los barbaros se hubiesen esta- 
blecido en la peninsula, despues de repartirsela, 
tratarian a los espanoles como aliados, como ami- 
gos, y en el tienrpo que escribia — hacia el ano 
417 — 9 habia ya espa-noles que preferian ser po- 
br-es, pero libres, bajo el dominio de los barbaros, 
a vivir oprimidos y abrumados de impuestos bajo 
eil de Roma (2) . Otro sacerdote que 'escribia vedn- 



(1) V6ase Idacio, Chronicon, passim. 

(2) Oroaio, VII-41. 

Hist., musui-manes. — T. II 



18 

te o treinta anos despues, SaJviano de Marsella, 
va mucho mas Hejos y es mucho mas atrevido, 
pc/rque lo que en Orosio no es aim mas que el 
deseo de una debil minoria, segun el sacerdote de 

Marsella es el voto unanime de toda la nacion (1) 
Nada mas contrario a la naturaleza de las co- 
sas que semejante disposicion de lo's espiritus, ni 
tampoco nada mas falso. No; fuerza es decirlo en 
honor de la humanidad: el sentimiento de la dig- 
nidad nacional no se habia extinguido hasta ese 
punto entre los subditos de Roma, que, por otra 
parte, habfan adquirido la triste y dolorosa expe- 
riencia de que hay un azote peor que el mismo 
despotismo. Demasiado debiles o demasiado co- 
bardes para sacudir el yugo, al menos habfan 
conservado en sus almas suficiente orgullo para 
odiar y detestar a los barbaros. "Tu huyes de 
los barbaros llamados malos; pero yo huyo hasta 
de los barbaros llamados buenos" — escribe Sido- 

nio Apolinar a uno de sus arnigos (2), y hablan- 
do asi, expresa el sentimiento nacional mucho 
mejor que lo's eclesiasticos, que se esforzaban en 
presentar la invasion como un beneficio divino. 
Pero los sacerdotes tenian excelentes razones para 
escribir como escribfan. Primeramente no se lo 
impedia ningun sentimiento generoso*. No sabian 
lo que era patriotism^ por no tener patria en la 
tierra, puesto que, para ellos, su patria era el 
cielo. Tampoco eran compasivos. Bl pillaje, el 

(1) Salviano, 1. V, p. 95. 

(2) Kpist. VII. 14. 






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f 
I 









19 

mismo extemiinio, apenas los conmovian. "£Que 
le fmporta a un cristiano que aspira a la vida 
eterna ser arrebatado de este bajo mundo de 
una manera o de otra en cualquier epoca de 
la vida?"— j pregunta Orosio (1), despues de ha- 
ber confesado — indudablemente a pesar suyo — que 
los suevc*s y sus aliados habian cometido multi- 
tad de crimenes. Los intereses de 3a Iglesia eran 
su unica preocupacion, y en cada acontecimiento 
politico no veian mas que lo que podia favore- 
cerla o perjudicarla. Como campeones del cristia- 
nismo tenian que refutar a los paganos y hasta 
a un gran numero de cristianos que, poco firmes 
todavia en la fe, imputaban los inauditos desas- 
tres x]ue herfan al imperio al abandono del an- 
tiguo culto, diciendo que el cristianismo habia 
acarreado la desgracia a la grandeza de Rc'ma y 
que los antiguos dioses la habrian defendido me- 
jor. Los sacerdotes respondian a estos impfos pro- 
bandoles — como habia hecho su maestro, el cele- 



bre autor de la Ciitdad de Dios — que el muoido ro- 
mano habia sido desgraciado siempre y que las 
desdichas actuales no eran tan intolerables comtf 

se pretendia (2). Adeinits, 'estaban bien convenci- 
dos de esta verdad: Ideas nuevas como las cris- 

tianas requerian hombres nuevos. Entre ios no- 
bles romanos habian hecho poccfe proselitos. Cris- 
tianos en la forma, vorcrue el cristianismo habia 



(1) VII, 41. 

(2) V^aae Orosio, en la dedlcatoria; Salvlano, I. VII, p&- 
gina 130, etc. 



20 

r 

llegado a ser la religion del Estado; pero dema- 
siado eorrompidos para sc'meterse a la austera 
moral que predicaba esta religion, y dcmasia'do 
escepticos para creer sus dogmas, estos "clarisi- 
mos" no vivian mas que para los festines, los 
placeres y los espectaculos, neganddlo todo, has- 
ta la inmort alidad del alma (1). "Prefierense aqui 
los espectaculos a las iglesias de Dios — dice Sal- 
viano con santa indignacion (2) — ; se desdefian 
los altares y se honran los teatros. Se ama todo, 

se respeta todo; solo Dios parece despreciable y 
vil... Casi todo cuanto se relaciona con la reli- 
gion es motivo de escarnio entre nosotros." Las 
costumbres de los barbaros no eran mas puras: 
los sacerdotes se velan obligados a confesar que 
eran tan injustos, tan avaros, tan embusteros, tan 
codiciosos, en una palabra, tan eorrompidos como 
los romanos (3); porque se ha dicho, con razon, 

que existe singular analogia entre los vicios de 
las decadencias y los vicios de La barbarie. Pero, 
a falta de vdrtudes, los barbaros, al menos, creian 

cuanto sus sacerdotes les ensenaban (4) ; eran de- 
votos por naturaleza. En el peligro solo espei^aban 
auxilio de Dios. Antes de la batalla oraban sus 
reyes con el cilicio puesto, de lo cual se habria 
refcto un general romano, y si alcanzaban la vic- 
toria, reconocian en su triunfo la mano del Eter- 



(1> V6ase Claudio Mamerto, De Statu anime, II, 8. 

(2) Llbro VI, p. 115; 1. VII, p. 142. 

(3) Salviano, 1. IV, p. 74. 

(4) Salviano, 1. V, p. SG. 






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21 



no. Finalmente, honraban al clero, no solo al suyo, 
al arriano, sino al catolico, al cual despreciaban y 
escamecian los romanos, aun los que se llama- 
ban catolicos (1). (,C6mo extranarse, despues de 
esto, de que los barbaros se hubiesen captado las 
simpatias del sacerdocio ? Sin duda, si eran herejes, 
era porque habian sido instruidos por malos doc* 
tores (2) ; pero £por que iiabia-n de desesperar de 
convertirlos los sacerdotes catolicos? Y una vez 
ccnseguida la conversion, jque brillante porvenir 
se abria para la Iglesia! 



Las esperanzas de estos espiritus clarividentes 

no quedaron defraudadas en ninguna provincia; 
pero en ninguna parte se realizaron en tan alto 
grado como en Espafia, apenas el rey Uecaredo 
y los visigodos abjuraron la herejia arriana para 
hacerse catolicos — 587 — . Desde entonces, el clero 
empleo todos los medios para ilustrar y dulcifies? 
a los visigodos, ya medio romanizados antes de 
su llegada a Espafia, por llevar medio siglo de 
permanencia en las provincias ramanas y no ser 
insensibles -a las ventajas del orden y la civiliza- 
tion. Es un espectacuilo curioso ver a los descen- 
dientes de los barbaros que habian habitado los 
bosques de Germania palidecer sobre los libxos, 
bajo la direccion de los prelados, como es una cu- 
riosa correspondencia Ita que el rey Recesvinto 
sostiene con Braulio, obdspo de Zaragoza; el mo- 



(1) SaJviano, .1, VII, pp. 140-142. 

(2) Salviano, 1. VII, p. 140. 






22 

narca da gracias al obispo por haber corregidc 
un manuscrito que le habfa enviado, hablando de 
las fait as, torpezas y necedades de los copistas, 
putredines ac vitia scribarum, librariorum ineptia, 
con el aplomo de un Bentley o de un Ruhnke- 
nio (1), Pero los obispos no se limitaron a formar 
el corazon y el espiritu de los re yes; se encarga- 
ron tambien de gobernar y dar ileyes al Estado, 
por haber side, segun decian en sus actas (2), 
nombrados por el Seflor Jesucristo rec tores de 
los pueblos. Rodeado de los magnates, el rey se 
prosternaba humildemente ante los prelados re- 
unidos en concilio, en Toledo, para rogarles, entre 
suspiros y lagrimas, .que intercediesen por el ante 
Dios y que dieran sabias leyes al Estado (3). Los 
obispos incu'lcaron a los reyes que la piedad era 
la primer a de las virtudes (4), y, por su parte, 
los reyes comprendieron tambien que la piedad 
consistia en la obediencia a los obispos, que hasta 
los mas relajados se dejaron guiar doeilmente por 
los fprelados en los asuntos publicos (5). 

Surgio, por consiguiente, dentro del Estado un 
nuevo poder que absorbio a todos los demas y que 
parecio destinado a regenerar las costumbres y 
las instituciones. De el esperaban los siervos el 



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(t) Braulio, Epistolas 38-41, en la JSsp. Sagr., t. XXX, 
p&ginas 374-377. 

(2) VIII concilio de Toledo, en el Fuero Juzpo, p. IV, 

col. I. 

(,*> Concilio IV do Toledo. 

(4) V6anso las actas del mlsmo concilio. 

(5) Licet flagitiosus, tarnen bene monitua, dice Isidore de 
Beja — c. 13 — hablando de Recesvinto. 






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23 

alivio de sus males, porque mientras domino la 
herejia arriana, el clero catolico habia mostrado 
hacia ellos tierna y paternal solicited. Les habia 
bierto sus hospitales, y Masona, el piadoso obis^- 
po de Mexida, habia repartido tanto dinero entre 
los siervos de su iglesia que en Pascua dichos 
siervos pudieron figurar en el cortejo vestidos de 
seda, y en el lecho de rmierte, aquel santo varon 
habia manumitido a sus esclavos mas fieles, ase- 
gurandoles medio de subsisfcencia (1). Era con- 
viccion general que el clero estaba dispuesto a 
abolir ila servidumbre, contraria si no a la letra, 
al menos al espiritu del Evangelio, suponiendo 
que por haber proclamado tan alto esta generosa 
doctrina cuando era debil (2), la pondria en prac- 
tica ahora que era omnipotente, 

iExtrafio error! Una vez en el poder, el clero 
olvido las maximas que habia profesado cuando 
estaba pobre, despreciado, oprimido y perseguido. 
Ya en posesion de vastos dominios poblados por 
una turba de siervos, de soberbios palacios ates^ 
tados de esclavos, advirtieron los obi&pos que ha- 
blan ido dernasiado de prisa, que no era llegado 
el tiempo de emancipar a los siervos, que para 
hacerlo serfa preciso esperar atin bastantes siglos. 
San Isidoro de Pelusio se asombraba en los de- 



(1) Paulo Emeritense, De vita P. P. Emeritensium, en 
la Esp. Sagr,, t. XIII, pp. 359, 360, 382. 

(2) V£anse las pruebaa en Neander, Recuerdos de la Bis- 
toria del CHstianismo, t. II, pp. 236-240, y en Ozanam, La 
civilizacidn en el siglo V t t. II, pp. 50-57. 



24 

siertos de la Tebaida de que un cristiano pudie- 
ra tener un esclavo; atro San Isidoro, el celebre 
cbispo de Sevilla, que durante largo tiempo fue el 
alma de los concilios tdedanos y la "gloria de 
!a Ig^lesia catolica", como decian : los Padres del 
octavo concilio, no siguio, hablando de la esclavi- 
tud, las doctrinas de su liomonimo, sino las de los 
Sc^bios de la antigiiedad, las de Aristoteles y Ci- 
ceron. "La naturaleza— -habia dicho el filosofo 
gi'iego — ha creado a los unos para mandar, a los 
otros para obedecer"; y el Mosofo romano habia 
afiadido: "No hay injusticia en que sean siervos 
los que no saben gobernarse." Isidoro de Sevilla 

piensa como el (1) ; solamente que 'esta en con- 
tradiccion consigo mismo, porque connesa que de- 
lante de Dios todos los hombres son iguales y que 
el pecado de Ad an, en el cual busea el origen de 
la servidumbre, ha sido vencido por la redencion. 
Lejos de nosotros el pensamiento de reprochar al 
clero el no haber manumitido a ilos esclavos o 
el combatir ila opinion de los que anrman que el 
esclavo no esta capacitado para ser libre; no dis- 
cutimos, nos limitamos a consignar un hecho que 
tuvo consecuencias muy importantes, a saber: que 
el clero, en su inconsecuencia, no lleno las aspi- 

raciones de los siervos. La suerte de estos desgra- 
ciados, en vez de dulcificarse, se agravo. Los vi- 



(1) Svnten, 1. Ill, c. 47; Aequus Dcus ideo discrcvit ho*- 
minibus vitam; alios servos constitucns, alios dominos, ui 
Uccntia male agcndi servorum potestate dominantium res' 
tringatur. 



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25 

sigodos, como habian hecho otros pueblos de ori- 
gen germanico en otras provincias romanas, les 
impusieron servicios personales. Uso digno de 
mencion, y desconocido, al parecer, de los roma- 
nos, fue que a menudo una familia de esclavos 
debia prestar al dueno un servicio determinado y 
hereditario ; unos estaban encargados, de padres a 
hijos, de cultivar la tierra; otros, de pescar; otros, 
de apacentar los ganados; otros, de las obras de 
forja o carpinteriu, y asi sucesivamente (1). Ni 
el siervo ni el esclavo podian casarse sin el con- 
sentimiento de su senor; si se casaban sin este 
requisite, el matrimonio era considerado nulo y se 
separaba por fuerza a los conyuges. Cuundo un 
hcmbre de condieion servil se casaba con una mu~ 
jer perteneciente a otro senor, los hijos nacidos de 
este matrimonio se dividian entre arnbos duenos. 
En este punto, las leyes godas eran menos huma- 
nas que las del imperio, porque Constantino habia 
prohibido separar las mujeres de los maridos, los 
hijos de los padres y los hermanos de las herma- 
nas (2). En general, no puede dudarse d,e que 
la condieion de la clase servil fue muy dura du- 
rante la domination, visigoda cuando se examinan 
sus numerosas y severas leyes contra los siervos 

y los esdlavos fugi-tivios y cuando se ve que en 
el siglo VIII los siervos de Asturias, cuya condi- 



(1) Mufioz, Fueros, pp. 123-125. 

(2) Muftoz, Del estado de las personas en los reinos de 

Asturias y Le6n. 



26 

cion seguia siendo la que habia sido en toda Es- 
paila, se sublevaron en masa contra sus sefiores. 
Si los obispos no mejoraron la condicion de los 
siervtos, tampoco hicieron nada por la clase media. 
Los curiales siguieron siendo lo que eran, propie- 
tarios de la tierra, y, lo que es mas, mngun ciuda- 
dano tenia dereoho a vender sus bien^es (1). El 
espiritu de fiscalizacion habia pasado de los em- 
peradores a los reyes godos, con las demas tradi- 
ciones romanas, y aun pai*ece que los discipulos 
aventajaron pronto a los maestros. La burguesia 
quedo, pues, miserable y arruinada; no lo nkgan 

los concilios (2). 

Todas las llagas de la epoca romana — la propie- 
dad acumulada en grandes masas, la esclavitud, 

la servidumbre general en virtud de la cual los 
agricultores fueron asignados .a la tierra y los 
propietarios a las propiedades — subsistieron. 

j Si al menos los que se llamaban restores de 
los pueblos, en nbmbre de Jesucristo, se hubiesen 
limitado a dejar las cosas como estaban! Pero, 
jay!, su fanatismo los indujo a perseguir con 
inaudita crueldad a una raza muy nuonerosa en- 
tonces en Espafla. Estaba en la naturaleza de las 
cosas. Un historiador eminente ha dicho con ra- 
zon: "Siempre que en la Edad Media el espiritu 
humano se acordo de preguntar como la Igttesia 
habia convertido en un infterno el parafso ideal 



(lj Fuero Juzffo, V, 1, 19; De non alienandis privatorum 
ct curiaiium rebus. 

(2) VSase Concilio VIII de Toledo. 



07 

del mundo sometido a ella, el clero, anticipando- 
sr a la objecion, se apresuro a refutarla dicien- 
do: "jEs la ira de Dios! jEs el cx*imen de los 
"judios! jLos asesinos de nuestro Sefior aun estan 
"impunes!"... Y se lanzaron sobre los judios." — Mi- 
ch el et. — 

lHabian comenzado las persecuciones en 616, 
durante ©1 reinado de Sisebuto. Habiase ordenado 
entonces a los judios que se convirtiesen antes 
de un alio, conminandolos con que si, transcurrido 
este tiempo, perseveraban en sus creencias, serian 
desterrados, azotados y confiscados sus bienes. 
Dicese que, sobrecogidos de espanto, mas de no- 
venta mil judios recibieron entonces el bautismo, 
y que eran la menor parte. Huelga decir que es- 
tas conversiones no eran mas que aparentes, que 
los recien conversos siguieron circuncidando se- 
cretamente a sus hijos y practicando todos los 
demas ritos de la religion mosaica; pero £no era 
intentar lo imposible el querer convertir a viva 
fuerza a una raza tan numerosa? Los prelados 
del euarto concilio de Toledo sin duda lo creye- 
ron asi; pero aun permitiendo a los judios perma- 
neoer nefles a la religion de sus antepasados, or- 
denaron que les quitasen <sus hijos para educar- 
los en el cristianismo. Arrepentido despues el cle- 
ro de esta semitolerancia, recurrio nuevamente a 
las medidas extremas, y en el sexto concilio de 
Toledo se dispuso que, en lo futuro, ningun rey 
electo pudiera entrar en el ejercicio de la realeza 
sin haber jurado antes hacer ejecuitar los edictos 



28 

promulgados contra esta raza abominable. Shi 
embargo, a desjpecho de todas las leyes y de to- 
das las persecuciones, los hebreos permanccieron 
en Espafia; par una extrafia anomalia hasta po- 
seian tierras (1), y todo induce a creer que las 
leyes fulminadas contra ellos raras veces fueron 
aplicadas en todo su rigor. Se queria, pero no 
se podia. 

Durante ochenta alios, los judios sufrieron en 
silencio; pero agotada su paciencia, resolvieron 
vengarse de sus opresores. Had a el aiio 694, o 
rea diez y siete aflos antes de que Espafia fuese 
conquistada por los musulmanes, tramaron una 
sublevacion general, de acuerdo con sus corre- 
ligionarios del otro lado del estrecho, donde mu- 
chas tribus bereberes profesaban el judaismo y 
donde se habian refugiado los judios destervados 
de Espafia. Probablemente la sublevacion debia 
haber estallado en muchos puntos a la vez en el 
momento en que los judios africanos desembar- 
casen en las costas de Espaila; pero antes del mo- 
mento fijado para la ejecucion, el gobierno fue 
advertido del complot. El xey Egica tomo rapida- 
mente las medidas exigidas por la necesidad; y 
convocando inmediatamente un concilio en Tole- 
do, informo a sus directores espirituales y tempo- 
rales de los culpabdes proyectos de los judios, ro- 
gandoles que castigasen severamente a esta raza 
maldita. Despues de oir 3as declaraciones de algu- 

(1) Vease el artlculo &.° de las actas del concilio XVII 
do Toledo. 



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29 

nos hebreos, de las cuales resultaba que el fin de 
!a conjuracion era nada menos que convertir a Es- 
pana en un estado israelita, los obispos, temblan- 

do de indignacion y de cdlera, condenaron a todos 

los judios a perder su libertad y sus bienes. El 
rey los entregaria como esclavos a los cristianos, 
aun a los mismos que habian sido hasta enton- 
ces esclavos de las judias y que serlan emancipa- 
dos por el rey. Los dueflos tenian que comprome- 
terse a no consentir que los nuevos esclavos prac- 
ticasen Las ceremonias de la antigua ley, deblendo 
arrebatar'les sus hijos cuando cumplieran los sie- 

te ailos para educarlos en el cristianismo y no 
permitir el matrimonio entre judios a fin de que 

el esclavo judio no pudiera casarse mas que con 

una eselava cristiana y que una judia no pudiera 

tener por marido mas que un esclavo cristiano (1), 

Es indudable que estos decretos no fueron apli- 

cados con todo rigor. Aquella vez se trataba no 

solo de castigar infieles, sino peligrosisimos cons- 

piradoBps. En la epoca en que los mu&uJmanes con- 

\ quistaron el noroeste de Africa, los judios espa- 
fioles gernian, pues, bajo un yugo intolerable; pe- 

| dian de todo corazon que llegase ell momento de 
su libertad, y los conquistadores que, mediante un 

ligero tributo, los libertasen y permitieran el li- 
bre ejercicio de su culto, tenian que parecerles 
salvadores enviados por el cielo. 



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(1) V^aTiae las actas del XVIII concilio de Toledo — en 
Manat, t. XII, pp. 94 y sig. — , 



30 

Los judios, los siervos, los burgueses empobre- 
cidos, eran otras tantos enemigos implacables que 
aquella sociedad agrietada, que crujia por todas 
partes, llevaba en su seno. Y, sin embargo, las 
dlases privilegiadas no podian oponer a los in- 
vasores mas que siervos cristianos o judios. Ya en 
los ultimos tiempos del imperio romano, los colo- 
nos, como hemos visto, Servian en el ejercito. 
Los visigodos habian perpetuado esta costumbre. 
Como durante mucho tiempo habian conservado 
su espiritu marcial, no habia sido preciso fijar 
el numero de siervos con que debia contribuir 
cada propietario; pero despues, cuando estos se 
aficionaron a enriquecerse mediante el trabajo de 
los esclavos y de los siervos, llego a ser urgente 
que la ley interviniese en el reclutamiento de sol- 
dados. Asi lo comprendio el rey Wamba, el cual, 
lamentandose en uno de sus decretos de que los 
propietarios, preocupados con el cultivo de sus 
campos, apenas a.listaban en el ejercito la vige- 
sima parte de sus siervos cuando eran llamados 
a las armas, ordeno que desde entonces cada 
propietario godo o romano alistase la decima par- 
te de sus siervos (1). Posteriormente, parece se 
dispuso que cada propietario alistara la mitad de 

sus siervos (2). Su numero en el ejercito debia, 
pues, sobrepasar en mucho al de los hombres li- 
bres; lo cual equivale a decir que la defensa del 

(1) Fuero JuxgOj I. IX, tit. II, 9. 

(2) Asi se lee en dos manuscrltoa latinos del Fuero Jux- 
go y en la traducci6n espaftola de eate codlgo. 



31 



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Estado habia sido confiada principalmente a los 
que estaban mas dispuestos a hacer causa comirn 
con el enemigo y a combatir por sus opresores. 



II 



Ya se ha visto que la Espana de los visigodos 
estaba peor gobemada que ]a Espana de los ro~ 
manos. Hacia tiempo que el Estado llevaba en si 
mismo el germen de la disolucion; su debilidad 
era tal que basto un ejercito de doce mil hom- 
bres, secundado par la traicion, para derribarlo 
de un sola golpe. 

El gabernador de Africa, Muza Aben Nosair, 
habia extendido hasta el oceano los limit es del 
imperio arabe. Solo quedaba por conquistar la 
plaza de Ceuta, perteneciente al imperio bizanti- 
no, dueiio en otro tiempo de todo el litoral de Afri- 
ca; pero hallandose el emperador muy distante 
para poder defenderla eficazmente, sostenia estre- 
chfsimas relaciones con Espana. Asf, su goberna- 
dor, el conde Don Julian, habia enviado a su hija 
a la corte de Toledo, para que alii se educase cual 
correspondia a su nacimiento; pero tuvo la des- 
gracia de agradar y de ser deshonrada por el rey 
Don Rodrigo. Ciego de colera el padre agravia- 
do (1), franqueo a Muza las puertas de su ciudad, 

(l) La critica moderna, basada en el testimonio de an- 
tlguas crdnlcas, sustltuye la leyenda cte Florinda — mdvil de 
honor — por un m6vU patr!6tico que, tal vez, indujo al conde 



32 

despues de haber firm ado con el un tratado ven- 
tajoso; le hablo de Espafia, le indujo a in ten tar 

su conquista y puso barcos a su disposicion. Muza 
escribio al califa Ualid pidiendole ordenes. El 
calif a juzgo muy peligrosa la empresa. "Haz ex- 
plorar Espafia por tropas ligeras — respondio a 
Muza—; pero evita, por ahora al menos, exponer 
un gran ejercito a los peligros de una expedicion 
de ultramar." Muza envio, pues, a Espafia a uno 
de sus clientes, llamado Abu-Zora Tarif, con cua- 
trocientos hombres y cien caballos. Estas tropas 
cruzaron el estrecho en cuatro buques proporcio- 
nados por el conde Don Julian, saquearon los alre- 
dedores de Algeciras y volvieron a Africa — julio 
del 710—. 

Al afio siguiente, Muza aprovecho el alejamien- 
to de Don Rodrigo, ocupado en somctcr a los vas- 
cos, para enviar a la peninsula a otro de sus 
clientes, Taric-Aben-Ziyad, general dc su vanguar- 
dia, con siete mil combatientes, casi todos berbe- 
riscos. Acornipaiiados por Don Julian, pasaron su- 
cesivamente el estrecho en los cuatro navios de 



Don JuJiAn—que ho cree no era vislffodo, slno bizantino — a 
prestar apoyo a los Arabes, con la esperanza de que sus 
compatriotas rccuperasen algunos de sus pcrdidos dominios 
en la peninsula. Suponesc quo los Arabes vinieron a Espa- 
fia como auxiliares de los hijoa de Witiza. Kl conde Don 
Julian rrcyose tambien obltgado a ayudarlos, no a61o por 
haber sido ami go de Witiza, si no porque esto rey le habla 

nuxiliado con hombrea y vfverca cuanrlo loa Arabes habian 
iitacado varfas do law plazas y castillos de Mauritania, que 
(julzA pofitf>riorinerttG lea £u<S ontregando Don Julian a cam- 
bio de ventajosaa condfeiones para el y su fa'milla. — 
(N. de la T.) 



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33 

que se habia servido Tarif, porque los musulma- 
nes no tenian otros. Taric los reunio en la monta- 
na que aun lleva su nombre — Gebal-Taric, Jibral- 
tar — , inmediata a la ciudad de Carteya. — vease 
la nota A al final de este tomo — . Taric envio 
contra ella una division mandada por uno de 
los pooos oficiales arabes que iiguraban en su 
ejercito, o sea por Abdalmelic, de la tribu de 
Moafir (1). Carteya cayo en poder de los musul- 
manes (2), y Taric habia avanzado ya hast a el 
lago que lleva el nombre de lago de la Janda, 
cuando supo que el rey Don Rodrigo marchaba con- 
tra el al f rente de un numeroso ejercito. Gomo no 
tenia mas que cuatro buques, le habria sida difi- 
cil volver a conducir sus tropas al Africa, aaxnque 
hubiese querido; pero ni siquiera penso en ello; 
la ambicidn, la codicia, el fanatismo, le empuja- 
ban hacia adelante. Pidio refuerzos a Muza, y este 
se sirvio de los buques que habia mandado cons- 

truir, despues de la partida de su lugarteniente, 
para enviarle otros cinco mil berberuscos. El ejer- 
cito de Taric se elevo, pues, a doce mil hombres, 
k cual era bien poco en comparacion con las 
numerosas tropas de Don Rodrigo; pero la traici6n 
vino en ayuda de los musulmanes . 

Don Rodrigo habia usurpado la corona. Apoya- 
do por muchos nobles, habia destronado, y quiza 



<1) Fu6 el septimo abuelo del c61et>re Almanzor. 

<2) Ben-al-Cutla, fol. 4 r.; Ben-Adharl, t. II, pp. 11, 273 

Hist, musulmanes. — T. II S 



34 

matado segtin pareee, a su antecesor, Witiza (1). 
Tenia, pues, en contra suya un partido muy po- 
deroso, al frente del cual se hallaban los herma- 
nos y los hijos del ultimo rey. Don Rodrigo, que- 
riendo atraerse la voluntad de los jefes de aquel 
bando, al dirigirse contra Taric, los invito a unlr- 
se con el, y como la ley los obligaba a ello, acu- 
dieron, pero con el corazon henchido de resenti- 
miento, de odio y de desconflanza. Don Rodrigo in- 
tento aplacarlos y tranquilizarlos, para atraerse- 
los; mas con tan poco exito que concibieron el 
proyecto de traicionarle cuando hubicse venido 
a las manos con el enemigo. No es que tuviesen 
intencion de entregar su patria a los bereberes; 
no podian tener tal designio, porque ambicionaban 
el poder, el trono, y entregar el pais a los afri- 
canos no era el medio de conseguir este fin. Su- 
ponian — y en el fondo con razon — que los l>ere- 
beres no habian venido a la peninsula para es- 
tablecer aqui su dominacion, sino solamente para 
hacer una correria. "Lo que quieren estos ex- 
tranjeros — se decian — es botin, y cuando lo ten- 
gan volveran al Africa," For consiguiente, lo 

que pretendian era que Don Rodrigo perdiese, en 
una derrota, su renombre de valiente y afortuna- 
do capitan, para hacer vailer, con mas exito que 



(1) I'osteriores lnvestlgaciones parecen demostrar que Wi- 
tiza murlo en Toledo, do muerte natural, en 708 o 705. In- 
tmto sucederle su hi jo Achila; poro la n obi era se neg<S 

a r<*conocerle, y traa un perlodo do anarquia fu6 elevado al 
irono, en 710, Don Rodrijjo, duque de la B6tica, apoyado- 
por el partido romano-eclesi&stlco. mlentraa los descendien- 
te« do "Witiza se refugiaron en Africa. — (N. de la T.> 






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antes, sus pretensiones a la corona. Podia ocurrir 
tam'bien que Don Rodrigo fuese muerto, y en este 
caso sus probabilidades eran mayores aim. En una 
palabra, guiados por su estrecho egoismo, cai*e- 
cieron de prevision; pero si entregnron su patria 
a los infieles, lo hicieron sin saberlo y sin que- 

rerlo. 

La batalla tuvo lugar a orillas del Uadi- 
Beca (1), el 19 de julio del ano 711. Las dos alas 
del ejercito espanol estaban mandadas por dos 
hijos de Witiza y se componian principalmente de 
siervos de ambos principes, siervos que obedecie- 
ron de buen grado cuando sus dueiios les orde- 
naron volver la espalda al enemigo. El centro, ca- 
pitaneado por el propio Don Rodrigo, se man tuvo 
nrme durante algun tiempo; pero al fin flaqueo, 
y entonces los musulmanes hicieron una gran car- 
niceria entre los cristianos. Don Rodrigo murio (2) , 
segiin se cree; al menos no reaparecio, y el pais 
se encontro sin rey en el momento que mas le 
necesitaba. Taric aprovech.6 esta circunstancia, y, 
en vez de volver a Africa, como pensaba y como 
Muza le habia ordenado-, marcho atrevidamente 
hacia adelante. Esto basto para que el carcomido 



| (1) i, am riachuelo se llama, hoy cl Salado, y desembo- 

l ca en el ocoano, no lejos del cabo do Trafalgar, entre Conil 

I y Vejer de la Frontera. Veanso mis Investipaci&nes, t. II, 

pAginas 314-316. 

(2) De las Ultimas investijjaciones se deduce que Don 

Kodrigo, refugiado primero en M6rida y despu6s en la sierra 

de Francia — Salamanca — , eos-tuvo contra Muza y Taric la 

batalla de Segoyuela, on la" cual F nuevamente derrotado. se 

suponc Que muri6 este rey, sob re cuya. vida y muerte ae 

han forjado multitad de leyendas. — (N. de la T.) 



36 

imperio se desplomase subitamente. Todos los des- 
contentos y oprimidos facilitaron el trabajo a los 
mvasores. Los siervos no quisieron mover se, por 
temor a salvar a sus duelios con ellos. Los ju- 
dfos se subievaron en todas partes y se pusieron 
a disposition de los musulmanes. Despues de al- 
canzar una nueva victoria cerca de Ecija, Taric, 
con el grueso de su ejercito, se dirigio a Toledo, 
enviando destacamentos contra Cordoba, Archido- 
na y Elvira. Archidona fue* ocupada sin lucba, 
pues sus habitantes se refugiaron en las mon ta- 
fias. Elvira fue tomada a viva fuerza y su cus- 
todia confiada a una guarnicion compuesta de ju- 
dfos y musulmanes. Cordoba fue entregada a los 
africanos por un pastor, un siervo, que les indico 
una brecha por la cual pudieron penetrar en la 
plaza. En Toledo, los cristianos fueron traiciona- 
dos por los judios. Una confusion indecible rei- 
naba entre los patricios y los prelados, que pare- 
cian haber perdklo la cabeza. "Dios habia henchi- 
do de temor los corazones de los infieles" — dice 



un cronista arabe — ; y, en efecto, fue una desban- 
dada general. En Cordoiba no pudo encontrarse 
a los patricios: habian liuido a Toledo; en esta 
capital tampoco los hallaron: se habian refugiado 
en Galieia. El mismo metropolitano habia aban- 
donado Espafia, y para mayor seguridad se ha- 
bfa trasladado a Roma. Los que no habian huido 
se preocuparon mas de firmar tratados que de 
<lefenderse. Los prfncipes descendientes de Witi- 
za figuraban en este numero, y Ivaciendo valer su 



?- 



37 

traicion como un titulo al agradecimiento de Ios 
musulmanes, demandaron y obtuvioron los donii- 
rios de la corona, que habian sido mere usuf rue- 
to de los reyes (1) y que se componian de tres- 
mil metareas. Ademas, Don Oppas, heranano de Wi- 
tiza, fue nombrado gobernador de Toledo. Por un 
feliz e inesperado azar, una simple correria se ha- 
bia convert id o en una conquista, con gran disgusto 
de Muza, el cual queria que Espana fuese conquis- 
tada, pero no por otro sino por el, envidiando a 
Taric la gtforia y el provecho de la conquista. Fe- 
liamente, aun habia algo que hacer en Espafla; 
Taric no se habia apoderado de todas las ciudades 
ni de todas las riquezas del pais. Muza resolvio, 
por lo tanto, trasladarse a Espaila, y en junio 
del 712 paso el estrecho, acompanado de diez y 
ocho mil arabes; tomo a Medina-Sidonia, 1 y los es- 
pafioles que se habian miido a el se encarg-aron de 
entregarle Carmona, para lo cuail se present aron 

armados a las puertas de la plaza y, fingiendo que 
eran fugitivos, demandaron y obtuvieron permiso 
para entrar en la ciudad; una vez en ella, a favor 
de la obscuridad de la noche, franquearon las 
puertas a los arabes. Mas dificil de conquistar fue 
■Se villa, la ciudad mas importante de la region, 
que soilo se rindio tras muchos meses de asedio. 
Merida opuso tambien larga y vigorosa resisten- 
cia, mas acabo por capitular el 1.° de junio del 713. 
Inmediatamente Muza se puso en camino hacia 



i (1) Fuero Juzgo, 1. V, t. I, ]. 2. 

i 






38 

Toledo. Taric salio a su encuentro para rendirle 
homenaje, y, al verle, aun de lejos, echo pie a 
tierra; pero Muza estaba tan irritado contra el 
que le mando azotar. "$Por que — le dijo — avaivzas 
sin mi consentimiento ? Te habia ordenaclo hacer 
una simple correria y volverte en seguida al 
Africa." 

El rcsto de Espafla, excepto algunas provin- 
cials del Norte, fue conquistado sin dificultad. La 
resistencia no servia de nada; carecian de plan y 
de jefe, y, ademas, el interes les aconsejaba so- 
roeterse lo mas pronto posible, porque haciendo- 
lo obtenfan tratados bastante ventajosos y, en 
cambio, si se resist! an perdian sus biencs (1). 

En general, la conquista no fu6 una gran cala- 

midad. Cierto que al principio hubo un periodo 
de anarqufa como en la epoca de las invasiones 
germanicas. i/os musulmanes saquearon muchos 

parajcs, incendiaron ciudades, ahorcaron patricios 
que no habian tenido tiempo de salvarse y apu- 
fiaJaron nifios indefensos; pero el gobiemo arabe 
reprimio bien pronto estos desordenes y atroci- 
<* amies, y, una vez restablecida la tranquilidad, la 
enervada poblacion de aquel tiempo se resigno 
con su suerte sin demasiadas protestas, Y en ver- 
dad que la dominacion arabe fue por lo menos 
tan tolerable como habfa sido la de los visigodos. 
Los conquistado res dejaron a los vencidos sus jue- 



(1) VGanse mis Eatudios sobre la conquista de Espaiia 
por los drabes, en el primer volumen de mia Investigaciones. 



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89 

ces y sus leyes, les nombraron condes o goberna- 
dores de su nacion, encargados de cobrar los im- 
puestos que debfan pagar y de dirimir las que- 
relas que entre ellos podian suscifcirse. Las tie- 
rras de los distritos conqulstados a viva fuerza, 
lo mlsmo que las que habian pertenecldo a la 
Iglesia o a los patricios que se habian refugiado 
en el Norte, fueron divididas entre los conquis- 
tadores; pero los siervos que las poblaban perma- 
necieron en ellas. Estaba en la naturaleza de las 
cosas, y los arabes procedieron lo mismo en to- 
das partes. Los indigenas eran los unicos que co- 
nocian los prooedimientos agxicoQas (1); ademas, 
los conquistadores eran demasiado orgullosos para 
ocuparse en esto. Impusieron, por lo tanto, a los 
siervos la obligation de cultivar las tierras como 
antes y de entregar al propietario musulman las 
cuatro quintas partes de las cosechas y de otros 
productos del suelo. Los que poblaban los domi- 
nios del Estado — y clebian ser numerosos, porque 
estos dominios comprendian la quinta parte de 
las tierras confiscadas — no debian ceder mas que 
la tereera parte de las cosechas. Al principio, la 
eixtregaban al tesoro; pero despues se modiftca 
este estado de cosas: formaronse feudos con una 
parte die estos dominios, feudos que fueron cedi- 
dos a los arabes que vinieron anas tarde a esta- 
bleeerse en Espana, a los secuaoes de Samh y a 
los isirios que llegaron con Baldh. Sin embargo, 



(1) Comp&rese con Macari, t. II, p. 1. 



40 

los agricultores cristianos no perdieron nada cor. 
esta medlda; la unica diferencia para ellos fue 
que en vez de entregar al Estado la tercera 
parte de los productos del suelo debfan entregar- 
la a los feudatarios. En cuanto a los otros cris- 
tianos, su posicion dependfa de los tratados que 
habian podido obtener, y algunos de estos trata- 
dos eran muy ventajosos. Asi, los habitantes de 
Merida que se encontraban en la ciudad en el mo- 
mento de la capitulation conservaron todos sus 
bienes, excepto las propiedades y ornamentos de 
las igiesias. En la provincia de que Teodomiro era 
goberaador y que comprendia entre otras ciuda- 
des las de Lorca, Mula, Orihuela y Alicante, los 
cristianos no cedieron absolutamen te nada. obli- 
gandose unicamente a pagar un tributo, parte en 
dinero y parte en especie (1). En general puede 
afirmarse que los cristianos conservaron la mayo- 
ria de sus bienes, obteniendo ademas el derecho 
de enajenarlos, derecho que no habian tenido en 

tiempo de los visigodos. Por su parte estaban obli- 
gados a pagar al Estado la capitation, valuada 

en cuarenta y ocho dirhems para los ricos, en 
veinticuatro para la clase media y en doce para 
los que vivfan de un trabajo manual (2), pa.gan- 



(1) El tratado que Teodomlro firmo" con Abdalaziz, el 

hijo de Muza, sg encuentra en Dabf. Caslri — t. II, p. 100 — ha 
publicado el texto. 

(2) Suponiendo que el dirhem equivaliese a doce sueldos de 
nuostra moneda, esta tarlfa seria, respecttvamente: 29,30 fr., 

H.40 y 7,20; pero como en el siglo VIII el valor de la plata 
era, respecto al actual, como 11 es a 1 — v£ase la obra de 



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41 
dose por dozavas partes al -fin dc cada mes lu- 
nar (1); pero estaban exentos de satisfacerla las 
mujeres, los ninos, las monjes, los lisiados, los 
ciegos, los enfermos y las mendigos. Ademas, 
los propietarias debian patgar el ja/rach, es decir, 
un impuesto sob re los productos en relacion con 
la naturaleaa de las tierras de cada comarca, 
pero que suponia ordinari amente un 20 por 100. 
La capitacion cesaba para los que se convertfan 

al islamismo; pero el jctrach continuaba pagandose 
aun despues de la conversion. 

Com^parada con su situacion anterior, no resul- 
to muy dura la condicion de los cristianos. Ade- 
mas, los arabes eran muy talerantes; en religion- 
no viotentaban a nadie, y el gobiemo, a no ser que 

por exception fuera muy piadoso, no deseaba que 
los cristianos se hicieran musulmanes, porque 
esto perjudicaba al erario (2). Los cristianos, a 
su vez, no se mostrahan ingratos; satisfecnos de 
la toier&ncia y equidad de dos conquistadores, pre- 
ferian su domination a la de los germanos, a la 
de los francos, por ejemplo (3), y durante el si- 



Lober, JSnsayos sobre la valuacion de la fortuna privada du- 
rante la Edad Media — , aquelJa tarifa era, en realidad, 
316,80 fr„ 158,40 y 79,20. 

(l> LeovigUdo, De Habitu Clericorum — Esp. Sapr., t. XI, 
piglna 523 — . 

(2) Comparese con lo dicho poco antes, 1. I, cap. 10. 

(8) UTbs erat interea Francorum inhospita titrmis 

Maurorum votis adsociata magis, 

r 

dice Ernoldo Nigel — I, 67 — hablando de Barcelona. M. Ama- 
ri opina tambien cue, bajo la dominaci6n muaulmana, la 
situacidn de los siclllanos era mejor que la de los pueblos 
italianos sometidos a los lombardos o a los francos — Histo- 
ria de los mttsulmtmes de Sioilia, t. I, p. 483 — . 



■1 



42 

glo VIII, -las sublevadones fueron tan raras que 
los cronistas no consignan mas que una, la de 
los cristianos de Beja, y aim parece que estos 
fueron meros instrumentos de un ambicioso jefe 
arabe (1). Los mismos sacerdotes, por lo men a - ? 
al principio, no se mostraban muy descontentos, 
y eso que ellos tenian mas motivos para estanlo. ; 
Buede formarse juicio respecto a su opinion le- 

^ 

yendo la eronica Latina escrita en Cordoba en 754 
y atribuida erroneamente a un tal Isidoro de Beja. 
Este autor, aunque eclesiastico, es mueho mas fa- 
vorable a los musulmanes que ningun otro es- 
critor espailol anterior al siglo XIV. Y no es que ; 
carezca de patriotismo; al contrario, deplora las 
desgracias de Espafia y considera la domination \ 
.arabe como la dominacion de los barbaros, efferum 
imperium; poro si aborrece a los conquistadores, 
odia en ellos mas bien a hombres de otra raza 
que a hombres de otra religion. Aotos que ha- 
brian hecho saltar de iiudignacion a los eclesias- 
ticos de otra epoca no le arrancan una palabra 
de censoira. Befiere, por ejemplo, que la viuda del 

rey Don Rodrigo se ca,so con Abdalaziz, el hijo de 
Muza, pero no se eseandaliza, de este matrimonio, 
que parece encontrar muy natural. 

En cierto sentido, la invasion arabe fue hasta 
un bien para Esfpana, pues produciendo una im- 
portance revolution social, hizo desaparecer gran 



j 



U) Macari, t. II, p. (7. 



43 

|-,arte de los males que afligian al pais hacia si- 

glos. 

El poder de las clases privilegiadas, dell clero 
y de la nobleza, resulto disminuido, casi aniqui- 
lado, y como las tierras confiscadas habian sido 
repartidas entre gran numero de personas, acre- 
cent6se la pequefia propiedad, lo cual fue un gran 
bien y una de las causas del florecimiento de la 
agricultura en k Espafra musulman&. Por otra 
parte, la conquista habia mejorado la condicion 
de las clases serviles. El islamismo era mucho mas 
favorable a 1& emancipation de los esclavos que 
el cristaanismo tal como lo entendian los obispos 
visigodos. Hablando en nombre del Etemo, Maho- 
ma habia ordenado que se permitiera a los escla- 
vos rescafcarse. Manumitir un escl&vo era una bue- 
na obra que servfa para expiar muchos delitos. 
Ademas, la esclavitud entre los arabes no era ni 
dura ni Iarga. A menudo, el esclavo era declarado 
libre despues de algunos aflos de servidumbre, so- 
bre todo cuanfco habia abrazado el islamismo. La 
suerte de los siervos que pobl&ban las tierras de 
los musulmanes mejoro tambien, llegando a con- 
vertirse en una especie de arrendatario s y disfru- 
tando de cierta independencia, porque como sue 
dueftos no se dignaban ocuparse en los trabajos 

agr kolas, tenian libertad para cultivar la tierra 
como les parecaese. En cuanto a los esclavos y 
siervos de los cristianos, da conquista les propor- 
ciono un medio muy facil para emmciparse. Al 
efeeto, no tenian mas que refugiarse en la pro- 



44 

piedad de un musulman y pronunciar estas pa- 
labras: "No hay mas que un solo Dios, y Mahoma 
es el enviado de Dios." Desde entonces eran mu- 
sulmanes y "libertos de Ala", como decia Maho- 
ma. Gran numero de siervos se emanciparon de 
este modo sin que pueda asombrar la facilidad con 
que abandonaron el cristianismo. A pesar del ili- 
mitado poder de que el clero habia disfrutado en 
tiempo de los visigodos, esta religion no habia 
echado aun en Espafia raices muy profundas. 
Casi completamente pagana en la epoca en que 
Constantino declaro el cristianismo religion ofi- 
cial del Estado, Espafia habia permanecido tanto 
tiempo fiel al antiguo culto, que en la epoca de 
la conquista arabe el paganismo y el cristianismo 

se disputaban aun el terreno y los obispos tenian 
que fulminar amenazas y adoptar energicus me- 

didas contra los idolatras (1). Entre los que se 
llamaban cristianos, el cristianismo estaba mas 
en sus labios que en el fondo del corazon. Los 
descendientes de los romanos habian conservado 
algo del escepticismo de sus antepasados; los de 
los visigodos se preocupaban tan poco de las cues- 
tiones religiosas que los arrianos se hicieron ca- 
tdlicos en cuanto Reoaredo les dio el ej^mplo. Pre- 
ocupados con otros cuidados, los ricos prelados del 
reino visigodo, ocupados en refutar a los herejes, 



(1) Constiltcse el 2." articulo de las actas del concilio XVI 
do Toledo, celebrado el afSo 693. A fines del slglo VI, Ma- 
sona. obispo de M^rida, convlrtld a muchos paganos. Paulo- 
Emeritense, De vita P. P. Emcritcnsium, p. 358. 



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45 

discutir dogmas y misterios, gobernar el Estado 
v perseguu' a los judios, no habian tenido tiem- 
po "de hacerse pequeilos con los pequeilos, de ba'l- 
bucear con ellos las primeras paflabras de la ver- 
£ i a d cpmo un padre se complace en balbucir las 
primeras f rases con su hijo", co-mo decfa San 
Agustin; asi que, si habian hecho aceptar el cris- 
tianismo, no le habian hecho amar, Por tanto, 
nada tiene de extraiio que los siervos no hubiesen 
podido resist! r la tentacion cuando los conquista- 
dores les ofrecian la libertad a condicion de con- 
vertirse al islamismo. Algunos de aquellos inf di- 
ces eran paganos todavia; otros conocian tan poco 
el erJstianismo, su educacion religiosa habia sido 
tan elemental, o mas bien tan nula, que el mis- 

terio catolico y el misterio mus\Jknan eran igual- 

menfce i mpenetrahles para ellos (1); lo unico que 
sabian y comprendian demasiado era quie los 
sacerdotes habian defraudado cruelmente las espe- 
ranzas de emancipacion que les habian inspirado 
un dfa, y lo que anhelaban era sacudir, a cualquier 



(lj Un autor espailoJ que escribla en el siglo XVII, du- 
rante el reinado de Felipe TV., se expresa respecto a este 
asunto en estos t6rminos: "No hay que asombrarse de Que 
los licfbitantes de las Alpujarras hayan abandonado tan fa- 
oilmente su antigua fe. Los que hoy habitan en estas mon- 
tafias son cristianos viejos, no corre por sus venas una gota 
do sangre impura % son subditos de un rey catolico, y, sin 
embargo, faltos de doctores, y a consecuencia de la opreskm 
en que viven, ignoran de tal modo lo que debieran saber 
para logrrar su salvation eterna, que apenas quedan entre 
ellos algunos vestigios de la religidn cristiana. iCree alguien 
que si, lo que Dios no quiera, los infieles se enseiioreaaea. 
de su pais, tardarian mueho en abandonar su fe y en abra- 
■/At las creencias de los vencedores?". Pedraza, Historia ecle- 
&id&tica de Granada, fol. 95 v. 



46 

precio, e& yugo bajo el cual gemian. A-demas no- 
fueron los unicos que abandonaron el antiguo cul- 
to. Muchos patricios hicieron lo mismo, ya por 
no verse obligados a pagar la capitacion, ya por 
conservar sus bienes cuando los arabes se atrevie- 
ron a violar los tratados, ya, en fin, porque creian 
con toda since ridad en el origen divino del isla- 
mismo. 
Hasta ahona no habiamos tratado mas que de 

los beneficios que la conquista arabe produjo en 
el estado social del pais; pero, para ser justos, 
debemos afladir que, si la conquista era un bien 
en cierto sentido, era un mal en otros. Asi el culto 
era libre, pero la igflesia no lo era; estaba some- 
tida a dura y vergonzosa servidumbre. El denecho 
de convocar los concilios, asi como el de nombrar 
y deponer a los obispos, habia pasado de los re- 
yes visigodos (1) a los entires arabes (2), lo 
mismo que en el Norte paso a los reyes de Astu- 
rias (3); y este fatal derecho, connado a un ene- 
migo del cristianismo, fue para la Igdesia inago- 
table fuente de males, de oprobios y de escan- 
dalos. Cuando habia obispos que no querian asis- 
tir a un concilio, los emires hacian ocupar su 
puesfco a judios y musulmanes (4). Vendfan la 
dignidad episcopal al mejor postor, al que mis 
ofrecfa, con 'lo que los cristianos tenian que con- 



(1 ) V<5ase el 6.* arttoulo do las actas del conciHo X1S 
d« Toledo. 

(2) Vita Johannis Qorsiensia, c. 129. 

(3) Marina, tinsavo, t. II, p. 5 y sis. 

(4) Samson, Apoloa, ). IT, c. 8. 



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47 

fiar sus interests mas sagrados y queridos a he- 
rejes y libertinos que, aun durante las fiestas mas 
solemnes de la Iglesia, asistian a las orgias de 
los cortesanos arabes, a incredulos que negaban 
publicamente la vida futura, a miserables que no 
contentos con venderse a si mismos vendian tam- 
bien a su rebafio (1). Una vez, los empCeados del 
fisco se quejaban de que los cristianos de Malaga,, 
permaneciendo ocultos, conseguian sustraerse al 
pago de la capitacion. Entonces Hostigesio, obis- 
po de esta diocesis, prometio facilitates una lis- 
ta completa de los contribuyentes, y cumplio su 
paiabra. Durante la visita anual rogo a sus dio- 
cesanos le dijeran sus nombres, asi como los de 
sus parientes y amigos, pues, segun afirmaba, 
queria inscribirlos en una lista a fin de poder 
rogar a Dios por cada una de sus ovejas. Los 
cristianos, que no desconfiaban de su pastor, ca- 
yeron en el lazo. Desde entonces nadie pudo exi- 
mirse del pago die la capitacion, pues, gracias al 
registro episcopal, los. recaudadores conocian a to- 
dos los contribuyentes (2). 

Por otra parte, los arabes, en cuanto consolida- 
ron su dominacion, observaran los tratados con 
menos rigor que en la epoca en que su poder era 
aun vacilante, como se experimento, por ejemplOs* 
en Cordoba, donde los cristianos no habian conser- 
vado mas que la catedral, consagrada a San Vi- 



(1) Alvaro, Epist. XIII, c. 3 ; S&mson, Apolog. 1. II, c. 2, 4 
(t) Samson, 1. II, c. 2. 



I 



4S 

cerite; todas las demas iglesias fueron destruidas, 
pero la posesion dc la catedral habia sido garan- 
tizada por un tratado. Durante muchos afios, este 
tratado habia sido cumplido (1); pero habiendo 
aumentado la pobflacion con la llegada de los si- 
rios, y resultando pequeiias las mezquitas, deci- 
<lieron hacer lo mismo que en Damasco (2), en 
Emesa (3) y en otras ciudades de su patria, don- 
de habian quitado a los crdstianos la mitad de sus 
catedrales para construir mezquitas. Aprobada 
esta idea por el gobierno, forzose a los cristia- 
nos a ceder la mitad de la catedral, lo cual era 
evidcntemente una infraccion del tratado. Poste- 
riormente, en el aiio 784, Abderrabman I quiso 
que los cristianos le vendiesen la otra. mitad; pero 
se negaron energicamente, ailegando que no ten- 
drian un solo edificio donde practical* su culto. 
Abderrahman resistio, sin embargo, y se llcgo a 

una transaction: los cristianos cederian la cate- 
dral en da suma de cicn mil dinars (4), despues 
de haber obtenido permiso para reconstruir las 
iglesias que habian .sido destruidas (5). En aque- 
11a ocasion, Abderrahman habia sido equitativo, 



■■F^ - -n .— *i ~^- 



fir Kn id aiio 717 los cristianos posefan ami la catedral ( 
«f^un atesti^ua formalmente el autor del Ajbur viachrnua, 
Jul. 74 v. 

(2) AtK-n-I3atma. t. I t p. 19S. 

CU V6asu I&tajri, p. 3tf. 

ti) \:n milton tie francos ; equlvale a once mlllones del 
valor actual do nucstra moneda, 

<r>) Had, en Macari. t, I, p. 368. Ben-Adhari— t. II, pa- 
«ina» 24 4, 2 IS — oil a tambidn eate pasaje, aunque un poco 
nbn vindo. Compan-srr con Macari, t. I, p. 359, 1. 2. 



49 
pero 3io lo fue siempre, pues el fue quien violo el 

tratado que los hijos de WItiza habian firmado 
con Taric y que habia sido ratificado por el califa. 
Abderrahman confisco las tierras de Ardabasto, 
uno de estos principes, unicamente por parfecerle 
clemasiado extensas para un cristiano (1). Otros 
tratados fueron modificados o cambiados de una 
manera arbitraria, de suerte que en el siglo IX 
apenas quedaban algunas liuellas de ellos. Ade- 
mas. como ensenaban los doctores que el gobler- 
no debia demostrar su celo por la religion elevan- 
do la tasa de los impuestos que los cristianos te- 
m'an que satisfacer (2), se les impuso tantas con- 
tribuciones extraordin arias que ya en el siglo IX 
muchas poblaciones crdsfcianas, entre ellas Cordo- 
ba, estaban empenadas y pobres (3). En otras 
palabras, sucedio en Espana lo que en todos (los 
paises conquastados por los arabes: su dominacion, 
dulce y humana all principio, degenero en un des- 

potismo intolerable. Desde el siglo IX, los conquds- 
tadores de la peninsula seguian a la letra el con- 
sejo del califa Omar, que habia dicho secamente: 
"Debemos comernos a los cristianos, y nuestros 
descendientes deben comerse a 'los suyos mientras 
dure el islamismo" (4). 



(1) Ben-al-Cutia, fol. 15 v. ' 

(2) Journ. asiat., IV serie, t. XVIII, p. 515. 

(3) Una vez los cristianos de C6rdoba tuvierou que pagrat* 
im impuesto extraordinarlo de cien mil dinars, equiv&Iente 

a once millones de francos segun el valor actual da la rao- 

neda. 

(4) Abu-IsmaeV al-Basri, Fotuh asxam, p. 124. 

Hist, musulmanes. — T. II 4 



50 

Sin embargo, no eran los cristianos Qos que se 
quejaban mas de la domination arabe un siglo 
despues de la conquista. Los mas deseontentos 
eran los muladies, llamados por los arabes ?noualad, 
es decir, los adoptados. Los muladies no pensaban 
todos de la misma manera; habia entre ellos lo 
que se llamaba cristianos ocultos (1), esto es, hom- 
bres que se reprochaban duramente su apostasia, 

y, por lo tanto, muy desgraciados porque no po- 
dlan volver al cristianismo. La ley musulmana es 
inexorable en este punto; una vez hecha la pro- 
fesion de fe, aunque fuese en un momento de 
humor, de debilidad, de desaliento, de tortura, 
cuando no se tenia dinero para pagar la capita- 
cion (2), o cuando se temia ser condenado a tuna 
pena infamanto por un jiiez cristiano (3); hecha 
la profesion de fe, decimos, el muladi, aunque 
atormentado sin cesar por el grito de su concien- 
cia, ya era musulman para siempre o pagafca con 
la muerte la apotasia. Aun mas dignos de compa- 
si6n eran sus descendientes si querian volver al 
seno de la Iglesia, pues tenlan que pagar la faflta 
de uno de sus abuelos. La ley los declaraba mu- 
sulmanes por haber nacido de un musulman, y 
ellos tambien debfan perder la vida si renegaban 
de Manama. La Xglesia musulmana se apoderaba 
de ellos desde la cuna al sepulcro. 
Era, pues, muy natural que los muladies arre- 



(1) Qhristiani oculti, Eulogio, Memor* San, 1, Jl, 

(2) Samson, Apolog. \, II, c. 5. 

(3) Samson, Ibid, 1. IT, c. 3. 



51 

pentidos murmurasen; pcro eran los menos, por- 
que la mayoria se habia afiliado sinceramente al 
islam! smo. Sin embargo, estos ultimos muraura- 
ban tambien, aunque el fenomeno parezca extra- 
uo a primera vista. La mayoria de los renegados 
eran libertos, es decir, hombres cuya condicion 
habia mejorado con la conquista. Siendo asf, 
icorno no estaban contentos de los arabes? Sin 
embargo, nada mas sencillo. "La historia esta Ilena 
de semejantes espectaculos. No siempre se cae en 
la r-evolucion yendo de mafl. en peor. Sucede con 
frecuencia que un pueblo que habia soportado sin 
quejarse y como si no las sintiese ikts.leyes mas 
abrumadoras las rechaza vioflentamente en cuanto 
se aligera de peso." (1) 

Unase a esto que la position social de los rene- 
gados era. intolerable. Los arabes los excluian or- 
dinariamente de los empleos lucrativos y de toda 
participation en el gobierno del Estado; fingian 
no creer en la sinceridad de su conversion; los 
trataban con una insoltcncia sin limites; viendo 
aun el sello de la servidumbre sobre la frente de 
los recien manumitidos, los humillaban con los 
epitetos de esclavos o hijos de esclavo (2), aun- 
que algunos contaran entre sus parientes a los 
mas nobles y ricos jpropiet&rios del pais. Los mu- 



(1) De Tocquevllle. 

(2) Vfianse los versos cltados por Ben-Adari, t". II, p. 114; 
los transcriptos por Ilen-Hayan, fol. ( 64, y los Que he pu- 

,bllcado en mis Noticias sobre algunoa manuscritos drabes, 
pagfnas £58, 259. Es de advertir que los arabes no aplican 
nunca a loa crlstianos este eplteto infamante. 



52 

r 

ladies no se resignaban a tales tratamientos; te- 
nian conciencia de su digiridad y de la fuerza ma- 
terial que representaban, por constituir la mayo- 
ria de la poblacion. No querian que cl poder fue- 
se patrimonio exclusivo de una casta encastillada 
en su individualismo; no querian permanecer por 
mas tiempo en aquel estado de sumision y de in- 
ferioridad social ni sufrir los desdenes y la do- 
minacion de aquellas bandas de soldados extranje- 
ros acantonados de trecho en trecho. Empufiaron, 
pues, las armas y entablaron osadamente la lucha. 
La rebelion de los muladies, secundada por los 
cristianos en la medida de sus fuerzas, ofrecio la 
variedad que debia presentar toda revolution en 
una epoca en que era todo individual y mudable. 
Cada provincia, cada gran ciudad, se sublevo por 
.su propia cuenta y en distintas epocas; pero la 
lucha no fue por eso menos cruenta y Harga como 
se vera a continuation, 



III 



En "la, capital del emir, los renegados eran nu- 

mei*osos (1), libertos en su mayoria, y otros de- 

dicados al cultivo de tierras propias o a trabajar 
como jornaleros en las de los arabes (2). Robus- 

tos, activos y economicos, parece que vivfan con 

h- I- ■■>■ ■■■ p *» ■ -m—imiMS — -.■■ . ^ 

0) Doy esto nombre tanto a los renegados propiamentc 
dichos como a sus deacendlentes. 
(2) V6&SC el Cartas, p. 23, 1. I. 



! . 



0-.) 



cierta holg'ura, pues habitaban principalmcnte el 
arrabal del Sur (1), uno de los barrios mas ber- 
mosos de da ciudad; pcro, animados de un espiritu 
revolucionario, durante el reinado de Alhaquen I 
se dejaron arrastrar por umbiciosos faquies a una 
sublevacion que se desenlazo con una terrible 
catastrofe. 

Abderrahman I habia sido demasiado celoso de 
su poder para consent ir que los faquies, teologos- 
jurisconsultos, adquiriesen una autoridad que coar- 
tara su despotismo; pero durante el reinado de 
Hixen, su hijo y sucesor, su influencia creci6 con- 
siderablemente. Era un principe verdaderamente 
piadoso, un modelo de virtudes. Cuando subio al 
trono, sus subditos se preguntaban si elegiria el 

bien o el anal, porque en unas ocasiones se habia 
mostrado bueno y g-enieroso (2) y en otras vcmga- 
tivo y atroz (3). Mas pronto ceso la incertidumfore, 
pues habiendole vaticinado un astrologo su muer- 
te prematura (4), se apart 6 de todos los placeros 
mundanos para no pensar mas que en salvarse con 

obras de caridad. Vestido con extreme sencillez, 
recorxia solo y confundiendose con el pueblo lias 
calles 'de Cordoba; visitaba a los enfermos y ipe- 
netraba en las miseras viviendas de los pobres 



(1> Antiguamente Secunda. V£ase Macari, t. I, p. 899, ill- 
tima linea. 
(2) Ajbar raachmua, fol. 99 v.-lOO v.; Ben-Adarl, t. II, 

paglnas 68-70. 

(3). Ben-al-Jatib, man. P., fols. 213 V.-214 V. Ben-al-Cu- 
tla, fol. 15 r. 

<4) Brn-al-Cutia, fol. 17 v. 



54 

para informarse de sus desgracias y necesidades 
con tierna solicitud. A mcnudo, durante la noche, 
cuando Ilovia a cantaros, salia de su palacio para 
llevar alimentos a algun piadoso solitario enfermo 
y velar a su cabeoera (1). Fideflisimo en sus prac- 
ticas religiosas, estimulaba a sus subditos a se- 
guir su ejemplo. En las noches de tempestad 
distribuia limosnas a los que concurrlan a las 
mezqurtas sin acobardarse por el mal tiempo (2). 
Precisamente en aquella epoca surgla una nue- 
va escuela religiosa en Oriente, iniciada por el 
gran doctor medines Malic-Ben-Anas, fundador 
de una de las cuatro sectas ortodoxas del isla- 
mismo. Hixen sentfa veneracion profunda por este 
doctor (3). A su vez, Malic — que odiaba mortal- 

mente a los Abasidas, sus senores, desde que por 
baberle acusado de prestar el apoyo de su cele- 

bre y reverenciado nombre a un pretendiente ali- 
da le mandaron azotar y descoyuntar un bra- 

zo (4)— <estaba prevenido a favor del emir de Es- 

pana, rival de sus verdugos, aun antes de saber 

todo do digno que era. este soberano de su apre- 

oio; pero cuando sus disclpulos es*park>les le ala- 

baron la piedad y las virtudes de Hixen, su ad- 

mi ration y entusiasmo no tuvieron limites; y con- 
siderandole como el ideal del principe islamita, le 



(1) Abd-al-Ualid, p. 12; Ben-al-Cutia, etc. 

(2) Ajbar machmua, fol. 99 r. 
<3) I3cn-al-Cutla. fol. IS v. 

(■1) Abeii Jalican, t. I, p. 615, ed. Slane; Well, t. II, 
paglnas 42, 43. 



*■ 



5 

I 



i 



5o 

proclamo el unico digno de ocupar el trono de los 
califas (1)- De regreso a Espana, los estudian- 
tes se apresuraron a informal- al emir de la alta 
estima que su maestro demostraba hacia el, y, 
desde entonces, Hixen, halagado en su amor pro- 
pio, hizo cuanto pudo para difundir en Espaiia 
la secta de Malic, animando a los teologos a 
que empuiiasen el baculo de peregrino para ir a 
estudiar a Medina, y siempre eligi6 entre los dis- 
cipulos de Malic los eclesiasticos y los jueces 
Al morir Hixen — 796 — , la nueva secta teologi- 

ca gozaba de la mayor consideration, contando 
entre sus adeptos a hombres jovenes, habiles, em- 
prendedores y ambiciosos como el bereber Yahya- 
aben-Yahya (2), el discipulo mas asiduo y entu- 

siasta de Malic. Un dia, mientras expQicaba el 
profesor paso un elefante por la calle; todos 'los 
oyentes corrieron para contemplarle de cerca; solo 
Yahya permanecio en su puesto, con gran sorpre- 
sa del venerable maestro que, sin ofenderse por 
que le abandonaran por el mayor de los cuadrupe- 
dos, le pregunto con ditlzura: 

— ;Por que no sales como ellos? Ademas, en tu 
ticrra no hay elefantes. 

— No es para verlos para lo que he salido de 

Espafia, sino para oir y aprovechar tus lecciones— - 
respondio Yahya; y -es-ta respuesta agrado a Ma- 
lic de tal modo que desde entonces llamo a aquel 



<1) Btn-al-Cutia. fol. IS r.; Macari, t. II, p. 154. 
(2) Yahya era de la tribu bereber de Masmuda y clien- 
te rfe la tribu arabe de los Beni-'l-Laith. 



56 

discipulo el akil~~e\ hombre inteligente — de Espa- 

fia. En Cordoba gozaba de gran renombre, siendo 
considerado cowio el teologo mas sabio del paf.s (1). 
Pero uniendo a su gran sabiduria un orgullo aun 
mayor, aquel hombre extraordinario poseia la fo- 
gosidad de un demagogo modemo y el csplritu 
dominador de un pontifice romano de ia Edad 
Media. 

El caracter del nuevo soberano pugnaba con el 
de Yahya y los demas doctores malikitas. Y, sin 
embargo, Alhaquen no era un. impio; educado por 
un devoto cliente de su abuelo, que habia ido en 
peregrinacion a la Meca (2), habfa aprendido des- 
de la infanoia a honrar fla religion y sus minis- 
tros. Gustaba de conversar con los teologos y 
trataba con suma deferencia a sus jefes, los ca~ 
dies, aunque dictasen fallos contra sus parientes, 
contra sus mas intimos amigos (3) o contra el 
mismo (4). Era de naturaleza <expansiva y alegre, 
esplendidamente organizada para gozar de la ju- 
ventud, pero incapaz de llevar una vida de ana- 

coreta como habrian querido los faquies; a pe- 
sar de sus reiteradas exhortaciones, le gustaba 
apasionadamente la caza, y, lo que es peor, no 
hacia caso de la prohibicion de beber vino. Aun 
le habrfa perdonado todo esto; lo que no le per- 



(1) Aben-Jalican, fasc. X, pp. 3 9-21, ed. WuStenfeld. 

(2) Maeari, t. I, p. 491, ntim. 12. 
(.'0 Ajhar tnachm.ua, io\. 102 v. 

(4) Ajbar machmva, fol. 101 r. y v.; Ben-Adari, t» II, 

pagina SO. 



5 



i 



donafoan era que, celoso de su autoridad, no les 

concedia la preponderancia deseada en el gobier- 

no. I'No comprendia o no queria comp render que 
los faquies, unidos en estrecha alianza por el nue- 
vo vinculo de la doctrina de Malic, representa- 
ban ya una potencia dentro del Estado, un poder 
eon el cual debia contar el monarca ? 

Frustradas sus esperanzas y llenos de ese orgu- 
llo derical, que no es menos inflexible por dis- 
frazarse bajo apariencias de humildad, los faquies 
se transformaron en demagogos. Entre declama- 
ciones y calumnias, haMaban con horror del emir 
y ordenaban por su. conversion oraciones como 
esta: "jLibertino, que perseveras en la iniquidad, 
que te obstinas en tu orgullo, que desprecias los 
mandamientos de tu Sefior, vuelve de la embria- 
guez en que has caido y de tu culpable indife- 
rencia!" (1). Predispuestos como estaban, los re- 
negados de Cordoba prestaronse de buen grado 
a cuanto quisieron los faquies. Primeramente en- 
tonaron plegarias por el pecador empedlernido; 
despues He arrojaron guijarros un dia que atra- 
vesaba las calles de la capital; pero el monarca,. 
secundado por su guardia, se abrio camino con la 
espada a traves de la turba y el motin fue re- 
primido— 805—(2). 

Entonces Yahya, Isa-aben-Dinar y otros faquies 
se aliaron con parte de la aristocracia y ofrecie- 

(1) Abd-al-Uahid, p. 13. 

(2) La fecha, segiSn Ben-Adari, es 1S9 de lah&jira. Nouat 
consig^ia, por error, 3 87. 



58 

rem el trono a Aben-Xamas, primo hermano de 
Aihaquen. Aben-Xamas le respondio que antes de 
aceptar sus ofertas queria conocer los nombres 
tie las personas con quienes podria contar. Los 
conjurados prometicron f ormar una lista, y fijaron 
la noche en que vdlverian para comunicarselo; 
mas apenas hubieron partido, Aben-Xamas se 
traslado secretamente al palacio de Aihaquen y 

se lo revelo todo. Despues de haberle escuchado 
con aire incredulo, el monarca, indignado, le dijo: 

— Quieres excitar mi odio contra los hombres 
mas respetables de mi corte; pero ipor Dios que 
pruebas cuanto acabas de decir, o caera tu cabe- 
ra bajo el hacha del verdugo! 

— Pucs bien: accedo — repflico Aben-Xamas — ; 

enviame tal noche un hombre de tu confianza. 

Aihaquen convino en cllo, y, a la hora prefija- 
da, envio a la morada de su primo a su secre- 

tario Aben-al-Jada y a su paje favorito, Jacin- 
to (1), que era espanol y cristiano. Una vez ocul- 
tos estos dos hombres detras de una cortina, 
Aben-Xamas hizo entrar a los conjurados. 
— Veamos ahora — dijo— <ion que hombres con- 

tais. 

A medida que pronunciaban los nombres de los 



(1) En Ben-al-Cutia se lee Brnt, sin vocales, y en el 
Ajbar machmua, Uznt; pero en Ben-al-Abbar se lee Yxnt. 
Afia<H<Jndole todas las vocales resuita Yacinto, es decir, Ja- 
cinto en espanol. Sabido es quo los arabes y 103 romanos 

polian dar a sus esclavoa el nombre de cualquier piedra 

preciosa — cf, Prahen, Opinidn sobre los rusos en los tiempos 
antiguos, p. XXXIX — . 






5 

± 



r 



59 

comptices, el secretario los apuntaba en una lista. 
Como muchos de estos n ombres eran de las perso- 
nas en aparieneia mas adictas ail emir, el se- 
cretario, temiendo ser nombrado el mismo, creyo 
prudente descubrir su presencia, haciendo rechi- 
nar su calamo sobre el papel. Al oir el ruido, 
los conjurados se levantaron, diciendo eonsterna- 
dos a Aben-Xamas: 






Nos has vendido, enemigo de Dios! 



Mucnos iograron sarvarse, abandonando irune- 
diatamente la corte, entre ellos Isa-aben-Dinar 
y el mismo Yahya, que se refugio en Toledo, ciu- 
dad emancipada del dominio del emir. Otros tu- 
vieron menos suerte, y setenta y dos conjurados, 
entre los cuales figuraban los seis nobles princi- 
pals de Cordoba, cayeron en poder de los agen- 
tes del gobierno y expiraron en una cruz (1). 

Al ano siguiente — 806 — , cuando Alhaquen aban- 
dono la corta para ir a sofocar la rebellion de 
Merida, el pueblo de Cordoba aprovecho su au- 
sencia para amofcinarse de nuevo, y la subleva- 
cion habia ya tornado un caracter muy alarman- 

te cuando el emir, llegando de improviso, logro 
reprimirla y mando cruciflcar o decapitar a los de- 

magogos mas peligrosos (2). 

Si tan numerosas ejecuciones no bastaron para 
intfrrodar a los cordobeses, el terrible castigo que 



(.1) Efin-al-Cutia, fol. 21 r. ; cf. Noualri, p. 450; vfianse 
tambifiii los articulos sobre Yahya, en Aben-Jalican y Ma- 

r 

can, 

<2) Ben-Adari, t. H f P. 74; Noualrl, p- 452. 



60 

poco despues hirio a los toledanos les demos tr6 
que Alhaquen — cuyo caracter naturalmente bon- 
dadoso se agriaba cada vez mas por el espiritu de 
rebelion que animaba a sus subditos — no retro- 
cedia ante la perfidia y ante el crimen cuando 
los creia indispensables para sonveter a los re- 
beldes. 

Gracias all corto numero de arabes y berebe- 
res que habitaban dentro de sus murallas— por 
haber preferido establecerse en los campos cir- 
cundantes, en las fincas de los emigrados — ; gra- 
cias tambien a su antiguo ren ombre, al saber del 
clero y a la influencia de sus metropolitanos (1), 
la antigua corte del reino visigodo seguia siendo 
para los vencidos tfa "ciudad real" (2), la mas im- 
portante en el doble aspecto religioso y politico. 
Altivos y animosos, sus habitantes se distinguian 
por su amor a la ind-ependencia, hasta el punto de 
afirmar un cronista arabe que jamas los subditos 
de ningun soberano tuvieron tal espiritu de re- 
beldia (3). El poeta Yarbib, perteneciente a una 
familia de renegado's, y que gozaba de inmensa 
popularidad, mantenia el fuego sag r ado con sus 
discursos y poesias. El mismo emir temia a este 
hombre tanto que, mientras vivio, Alhaquen no 
se atrevio a intentar nada contra Toledo; pero, 
a su muerte, el emir confio a un renegado de 






(1) Isidoro do Raja, c, 49, 62, 69 y T7. 

(2) Urbs rcfjia, Isidoro, c. 49; Medina al-tnoluc, Cazuai- 
ni, t. IT, p. 3G6. 

(3) Hen-al-Cutla, fol. J 9 r. 



f- u 



r- 



L 



r- 



5." 



61 

Huesca, llamado Amrus, que le vengase de aquel 
pueblo rebelde, diciendole: 

Solo tu puedes ayudarme a castigar a esos 
im-okntes que nunca aceptarian a un arabe como 
gobernador, pero que, en cambio, acataran a un 

hombre de su raza. 

A continuacion expuso su plan, un proyecto te- 
rrible, pero que Amrus aprobo por completo y pro- 
metio poner en practica. Devorado por la ambi- 
cion, aquel hombre no tenia fe ni ley; asi que, 
& cambio de la proteccion del emir, estaba dis- 
puesto a sacrirlcar a sus compatriotas, y algun 

tiempo despues, fascinado por la idea de fundar 
un principado bajo la proteccion de Francia, trai- 
ciono al emir por el hi jo de Carlomagno (1). 

AJhaquen nombro a Amrus gobernador de To- 
ledo— 807 — y escribio al mismo tiempo a los to- 
ledanos una carta en que les decia: "Por una con- 
descendence, que prueba nuestra extraordinary 
soil ici tad hacia vuestros intereses, en vez de en- 
viaros a uno de nuestros clientes, hemos elegido 
a un compatriota vuestro." Por su parte, Amrus 
hizo todo lo posible para granjearse la confianza 
y el aiecto del pueblo. Fingiendose muy adicto a 
la causa nacional, repetia continuamente que ha- 
bia jurado odio implacable al emir, a los ommia- 
das, a los arabes en general; y cuando se capto 
las simpatias populares, dijo a los principales 
habitantes de Toledo: 



(1) Annal Berlin, ad ann. S09 y 810. 



62 

-Conozco la causa de las desastrosas discu- 
siones que surgen sin cesar entre vuestros gober- *' 
nadores y vosotros; se que los soldados alojados 
en vuestro hogares perturban la paz de vuestras 
familias; de aqul nacen continuas querellas, que 
podrian evitarse si me consintierais construir, en 
uno de los extremes de la ciudad, un castillo, que 
serviria de cuartel a las tropas, con lo cual que- 
dariais libres de sus vejaciones. 

Inspirandoles plena confianza su compatriota, 
los toledanos no solo aceptaron su proposicion, 
sino que quisieron que el castillo fuese edificado 

en ©1 centro de la ciudad y no en las afueras. 
- Terminada la fortaleza, instalose en ella Ararus 
con sus tropas y aviso al emir para que escribie- 
ra inmediatamente ordenando que uno de los ge- 
nerates fronterizos, pretextando un movimiento 
del enemigo, le pidiera refuerzos. 

El general obedecio, y las tropas de Cordoba 
y de otros ciudades «e pusieron en marcha al man- 
do de tres visires y del principe real, Abderrah- 
man, que solo contaba entonces catorce anos. Uno 
de los lugartenientes llevaba una carta que no 
debfa entregar a los visires hasta que estos con- 
ferenciasen con Amrus. 

Al llegar a las inmediaciones de Toledo, e* 
ejercito recibio el aviso de que el enemigo se ha- 
fcia retirado; pero entonces Amrus convencio a los 
nobles toledanos de que, para cumplir las leyes 
de cortesia, debian ir con el a visitar al principe 
real. Asi lo hicieron, y mientras Abderrahman 



6o 

conversaba con ellos, esforzandose en ganar su 
amistad, hablo secretamente Amrus con los vi- 
sires, que acababan de enterarse de la carta del 
soberano, carta que trazaba a cada uno la lfnoa 
de conducta que habia de seguir. La continua- 
tion del relato mostrara suficientemente cual era 
su contenido, pues todo paso conforms habia ov- 
denado Alhaquen. 

Al volver Amrus encontro a los nobles de To- 
ledo encantados de la excelente acogida de Ab- 
derrahman. 

—Me parece— ties dijo — que seria un gran ho- 
nor para nuestra ciudad el que el principe la lion- 
xase con su presencia durante algunos dias. Su 
permanencia entre nosotros eontribuiria induda- 
blemente a consolidar y estrechar las buenas re- 
Jaciones ya existentes entre el y vosotros. 

Los toledanos aplaudieron esta idea. En efecto, 
todo iba a maravilla; el emir les habia mandado 
para gobernarlos a un espanol; les concedia la 
libertad que habian exigido siempre, y las afec- 
tuosas maneras de Abderrahman les hacian con- 
cebir la esperanza de que cuando este principe 
subiese al trono seguiria con ellos la misma con- 
ducta que su padre. Rogaronle, pues, que hc-nra- 
se la ciudad con su presencia. Abderrahman opu- 
so diflcultades al principio, porque su padre le 
habia recomendado que no mostrase mucha indul- 
gencia; pero al fin, flngiendo ceder a los apre- 
miantes ruegos de los nobles, se dejo conducir al 
castillo, despues de lo cual mando tpreparar un 



64 

festin para el dia siguiente y envio invitaciones 
a las personas distinguidas por su nacimiento o 
por sus riquezas, tanto de la ciudad como de los 
campos circundantes. A la siguiente maflana, una 
turba de convidados se dirigio apresuradamente 
a la fortaleza. No les permitieron entrar reunidos, 
y mientras pasaban uno a uno por una puerta, 
sus cabalgaduras debian dar la vuelta al palacio, 
para ir a esperar a sus duefios en la puerta de 
atras. Pero en el paUacio habia un foso, de donde 
habian sacado las piedras destinadas a la coas- 
truccion del castillo. 

Al horde del foso esperaban los verdugos, y a 

medida que desfilaban los invitados, caia la cu- 
chilla sobre sus cabezas. Tan horrible camicerfa 
duro muchas horas, siendo imposible determinar 
el numero de los desgraciados que perdieron la 
vida en tan funesta Jornada, conocida con el nom- 
bre de Jornada del foso; algunos histoviadores lo 
elevan a setecientos (1); otros, a mas de canco 
mi* (2). 

Ya entrado el dia, un medico que no habia 
visto salir a nadie por ninguna de las dos puer- 
tas concibio sospechas y pregunto al puebGo re- 
unido cerca de la entrada del castillo que habia 
sido de los convidados que habian llegaclo tem- 
praiio. 

— Deben de haber salido por la otra puerta — le 
respondieron. 



(1) Uen-Adari. 

<2) Noualrl, Ben-al-Cutia. 





65 

—jEs extrauo! — objeto entonces el medico — ; 
he estado durante algun tiempo en la otra puer- 
ta pero no he visto salir a nadie. 

Despues, 'fijandose en el vapor que se elevaba 
por encima de los muros, exclamo: 

— .; Desgraciados ! Ese vapor os juro que no es 
el humo de un festin, sino el vapor de la san- 
gre de vuestros hermanos degollados. 

Toledo, privado, de un solo golpe, de sus ciuda- 
danos mas esclarecidos, cayo en un sombrio estu- 
por, sin que nadie se alzara para vengar las 
victimas de la Jornada del foso (1). 



IV 



Jornada 



impresion en los renegados de Cordoba, que du- 
rante sicte aiios permanecieron tranquilos; pero, 
debilitado con el tiempo el recuerdo de la catas- 
trofe, tanto mas cuanto que Toledo habla vuelto 
?. sacudir el yugo, en la capital los renegados y 
los faquies — que estrechaban cada vez mas su 
alianza— se enardecian mutuamente, se envalen- 
tonaban y se encabritaban bajo el latigo del amo. 
El emir parecia obstinado en convencerlos de que 
toda rebelion era imposibde; habia circundado la 






U) Ben-al-Cutia, fols. 19 r.-20 v.; Nouairi, pp. 450-452; 
; Aben-Jaldun, fols. 6 v., 7 r. ; Ben-Adari, t. II, p. 72. La fe~ 
| cha que coneigna este autor es err6nea. En el aiio 611 un 
jj my de Persia habia empleado id^ntica estratagema para 
castigar a los Temimitas. Causin, t, II, pp. 576-57S. 

Hist. Musirr /manes. — T. II 5 



66 

ciudad de imponentes fortificaciones y aumenta- 
ba sin cesar el numero de su guardia de caballe- 
ria, de sus mamelucos, a los cuales llamaba los 
mudos porque eran negros o esclavos de origen 
cxtranjero, que no hablaban el arabe (1). Pero 
estas medidas eran mas propias para soli vian tar 
los animos que para mantenerlos ' en la obedien- 
cia. La aversion de los descontentos se exteriori- 
zaba cada dia mas de palabra y de obra, sobre 
todo en el arrabal meridional, donde habia nada 
men os que cuatro mil teologos y estudiantes de 
Teologia. jPobres de los soldados que se atrevian 
a aventurarse solos o en pequenos grupos en las 
tortuosas y estrechas calles de este arrabal! Eran 
insultados, golpeados y asesinados sin compasion. 
Se ultrajaba hasta al propio emir. Guando desde 
lo alto del minarete el muecin anunciaba la hora 
de la plegaria, si Alhaquen, que debia acudir a 
la mezquita para pronunciar la acostumbrada 
oracion, se hacia esperar, habia siempre entre la 
turba voces que gritaban: "Ven a rezar, borracho, 
ven a rezar." Estos gritos se renovaban a diario, 
y en vano las autoridades trataban de averiguar 
quienes los proferian, porque no los encontraban 
nunca. Una vez en la mezquita, un hombre del 
pueblo llev6 su insolencia hasta insultar y amena- { 
zar cara a cara al emir, y la gente aplaudio con 
cntusiasmo. Alhaquen, que se asombraba y se 



\ 



_■ , 



( 1 ) Vtianse, rc i si>ecln a catos m udos, Ajbar machmua, I 
fol. 503 r.— -of. 94 r. — ; Hcn-Adari, t. II, p. SI; Nouairi, pfi- ( 
gin a 45G; Aben-Jaldun, fol. ? r. ( 



67 
indignaba de que la majestad real pudiera sufrir 
tan groseras afrentas, hizo crucificar a diez de 

ios principles agitadores y restablecio el diezmo 
gobre los eonsumos abolido por su padre. Pero 
la altivez y la obstinacion de los cordobeses no 
retrocedian ante nada; sus ordinarios agitadorcs 
inflamaban las pasiones; Yahya habia vuelto a la 
capital; con sus predicaciones, con el prestigio de 
sa nombre intensifico y dirigio el movimiento. Se 
aproximaba la crisis; pero el azar hizo que la 
rebelion estallase toclavia mas pronto de lo que 
se esperaba. 

Era el mes del Ramadan (mayo del ano 814) 
—ve&se lo- rwta B al final de cute tomo — , y los 
predic adores aprovechaban la cuaresana para re- 
aviva-r los odios populares contra el emir, cuan- 
do un mameluco fue en busca de un armero del 
arrabal meridional y le presento su espada para 
que se la limpiase. 

— Haz el favor de esperar — le dijo el armero — ; 
en este instante tengo otra cosa que hacer. 

— No puedo esperar — replied el soldado — , y 
ahora mismo haras lo que yo te ordene. 

— j Ah!, £ilo tomas asi? — repuso el artesano con 
aire desdefioso — ; pues bien: esperaras lo mismo. 

— ;Lo veremos! — exclamo el soldado, e hiriendo 
al armero con su espada le mato en el acto. 

Al verlo, el pueblo, enfurecido, empezo a gritar 
que ya era hora de conclkur con aquellos insolen- 
tes soldados y con el tirano disoHutd que los pa- 
p-aba. Pronae-ado e>l entusiasmo revolucionario a 



68 

otros arrabales, una inmensa turba que a toda 
prisa se habia provisto' de las primeras annas que 
habia podido encontrar marcho hacia el palacio, 
persiguiendo con sus silbidos a los soldados, los 
clientes y los esclavos del monarca, que, no es- 
pez*ando clemencia si cafan en manos de los insu- 
rrectos, huian ante ellos para refugiarse tras los 
muros de la residencia del emir. 

Cuando Alhaquen, desde lo alto de la terraza, 
vio Uegar, semejante al oleajo del mar, a aque- 
11a multitud que rugia y vociferaba enfurecida, 
creyo que una medida energica lo'graria clisper- 
sarla, y sin perdida de tiempo hizo que diese una 
carga la caballeria; mas cual no fue su decep- 
cion cuando el pueblo, lejos de desbandarse como 
el esperaba, sostuvo el ataque, rechazo a los jine- 

tes y los forzo a emprender la retirada (1). 

El peligro era cxtremo. El palacio, aunque for- 
tificado, no podrfa i*echa&ar largo tiempo el asal- 

fc; asf que hast a sus mas valientes defense-res se 
desalentaron, seguros de ser degollados implaca- 

blemente si el pueblo se a,poderaba de el. Tan solo 
Alhaquen, aunque desesp'erando tambien del exi- 
le de la resistencia, conservo una imperturbable 
sangre.frfa, y, Uamando a Jacinto, su paje cris- 
tiano, le ordeno fuese a pedir a una de sus nru- 
j ores— a la cual nombro — un frasco de algalia. 
Creyendo haber oido mal, el paje espero con asom- 
bro a que el prfneipe le repitiese la order*. 

— I Anda, hi jo de un incircunciso ! — repitio 

(1) Nouairi. pf>- 153- I5i, 



69 

Alhaquen impaciente — . ; Y haz al moment o lo que 

te lie ordenado! 

Jacinto obedecio, y cuando volvio con el porno, 

el emir lo -cogio y vacio su contenido sobre su 

barba y cabello con una tranquilidad tan comple- 

ta que parecia se preparaba a cortejar a una bel~ 

dad del haren. No comprendiendo aquello, Jacinto 

no pudo contener una exclamacion de sorpresa. 

— Perdona, senor — le dijo — , pero eliges un sin- 
gular momento para perfumarte. £No te das 
cuenta del pelig-ro que nos amenaza? 

— iCalla, miserable! — prosiguio Alhaquen, im- 
pacientandose de nuevo; despu.es, cuando acabo de 
perfumarse, aiiadio — : El que va a cortarme la ca- 
beza, £como podra distinguirla de las demas si 
no es por el perfume que exhale? (1). Y ahora — 
prosiguio — , corre a decir a Hodair que venga a 
buscarme. 

Hodair era el alcaide de la prision de la Roton- 
da, en la cual estaban encerrados muchos faquies 
que Alhaquen habfa apresado en las anteriores 
revueltas, pero sin quitarles la vida hasta enton- 
oes. En aquella ocasion, viendo que el pueblo y 
los faquies querian arrebatarle el trono y la vida, 
estaba decidido a no consentir que estos prisio- 
neros le sobreviviesen; asi que, cuando llego Ho- 
dair a 'la terraza, le dijo: 

— En cuanto anochezca, saca a esos malvados 
xaijs de la Rotonda, manda que les corten la ca- 
beza y que la claven en un poste. 



(1) Ben-al-Abar, p. 40; Ajbar machmuay fo\, 103 v. 



70 

Temiendo que el palacio scria tornado por asal- 
to y el muerto iiTcmisiblemente, Hodair temblo 
de horror ante la idea de dar cuenta a Dios del 
saerllegio que el emir le ordenaba cometer, 

— Senor — le dijo — , no querria que ardiesemos 
nianajia en el infierno; pues aunque diesemos es- 
pantosos alaridos, no podrianms socorremos mu- 
tuamente. 

Irritado con e&tas observacion.es, Alhaquen re- 
pitio sus ordenes en tono mas imperioso, y vien- 
do que no podia disipar los escrupulos de aquel 
h ombre, le despidio y mando llamar a su compa- 
fiero Aben-Nadir, que, mas servil o menos piado- 
so, prometio obedeeer inmediatamcnto (1), Alha- 
quen bajo en segoiida de la terraza, se armo de 
pies a cabeza, recorrio, con aspecto tranquilo, las 
filas de sold ados, ream mo su abatido espfritu con 
vehementes palabras, y llamando a su primo hcr- 
mano Obaidala, uno de los mas valientes guerre- 
ros de aquel tiempo, le indujo a ponerse a la ca- 
beza de algunas tropas escogidas y a abrir&e paso 
a traves de los rebeAdes, para incendiar el arra- 
bal <l<sl mediodia. Contaba con que los vecinoa de 
aquel suburbio cuando viesen arder sus casas 
abandonarian su puesto para correr a extinguir el 
fuego. Entonces, Obaidala los atacaria de f rente, 
mientras Alhaquen, saliendo del alcazar con el 
resto de sus tropas, los perseguiria por la es- 
palda. Este plan, cuyo exito era casi seguro, se 
asem-ejaba al que habia hecho ganar a Moslim la 












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(X) Ben-al-Cutla, fold. 23 r, y v. , j 



71 

batalla de Harra, analogia que ha sido consignada 
por los historiadores arabes. 

Saliendo de improvise por la puerta del alca- 
zar, Obaidala rcchazo la turba hacia el puente, 
atraveso a paso de carga la calle principal y la 
Kambla, vadeo el rio, y despues de reclutar a los 
soldados de la campiiia, que habian visto las sena- 
tes que Alhaquen habia liecho desde el principio 
de la insurrection, incendio las casas del subur- 
bio. Como el emir habia pre visto, cuando los mo- 
radores del arrabal vieron subir las llamas, aban- 
donaron su puesto ante el palacio para ir a sal- 
var a sus mujeres y a sus hijos; pero cuando de 
pronto fueron atacados a vanguardia y rctaguar- 
dia, difundiose el terror entre aquellos infelices, 
y bien pronto el desenlace de esta escena no fue 
mas que una carniceria. En vano los cordobeses 
imploraron gracia arrojando sus armas; terribles, 
inexorables, los mudos, aquellos extranjeros que 
no comprendian ni aun las suplicas del vencklo, 
los degollaban a centenares, no perdonando la 
villa mas que a trescientas personas de distin- 
cion para ofrecerlas como homenaj-e al soberano, 
el cual las hizo clavar cabeza abajo en unos pos- 

tes a lo largo del rio (1). 

Alhaquen consulto en seguida a sus visires el 

partido que debia adoptar. i Convenia perdoxiar a 
los rebeldes que se habian librado de la muerte, o 
debian perseguirlos y exterminarlos hasta el ul- 
timo? Las opiniones se mostraron divididas; pero 



(1) Ben-Adarl* t. II, p. 7S; Nouairi, p. 4~>i. 



72 

el emir se afilio a la opinion de los moderados, 
que le inducian a no llevar mas lejos la vengan- 
za. Decidio, sin embargo, que el suburbio meri- 
dional fuese completamente destruido y que sus 
habitantes abandonasen Espana en el termino de 
tres dias, so pena do ser crucificados si no habian 
partido al expirar este plazo. 

Lrlevando consigo lo poco que habian podido sal- 
var de sus bienes, aquellos infelices aband onaron, 
con sus mujeres y sus hijos, los lugares que les 
habian visto nacer y que ellos no volverian a ver 
jamas. Como efl emir no les habia consentido mar- 
char todos juntos y tenian que caminar en gru- 
pos, muchos de ellos fueron desvalijados en el ca- 
mino por bandas de soldados o de bandoleros, 
emboscados en los barrancos o detras de las ro- 
cas. Llegados a las costas del Mediter r aneo , se 
embarcaron para dirigirse, unos al occidente de 
Africa, y otros a Egipto. Estos ultimos, en nu- 
mero de quince mil, sin contar ilas mujeres y los 
ninos, desembarcaron en las inmediaciones de Ale- 
jandria, sin que eil gobierno pudiera oponerse a 
ello, porque Egipto, siempre rebelde a los Abasi- 
das, era presa entonces de una compdeta anar- 

qufa. Los desterrados no tuvieron otra cosa que 
hacer mas que entenderse con la tribu arabe nias 

poderosa de los contornos. Asi lo hicieron; pero 

poco despues, cuando se creyeron bastante fuertes 

para prescindir de la protection de estos beduf- 

nos, rompieron con ellos, estallo la guerra y Sos 

vencieron a campo raso. Despues se apocteraron 



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73 

de Alexandria; atacados diferentes veces, supie- 
ron mantenerse en esta ciudad hasta el ano 826, 
en que un g enera ^ d'el califa Mamum los obligo 
a capitular. Entonces intentaron pasar a la isla 
de Creta, que, en parte, pertenecia aun al imperio 
bizantino. Terminaron la conquista, y su jefe, 
Abu-Hafc Omar al-Baluti, oriundo de Fahz al-ba- 
lut, hoy campo de Calatrava, fue el fundador de 
una dinastia que reino hasta el afio 961, epoca en 

que los grieg-os reconquistaron Creta (1). 

La otra banda, formada por ocho mil familias, 
tuvo aun menos dificultades para encontrar una 
nueva patria. Precisamente entonces el prlncipe 
Idris se proponia construir una nueva capital, 
con el nombre de Fez, y coma sus subditos, casi 
todos nomadas, mostraban invencible repugnan- 
cia a vivir en una ciudad, se esforzaba en atraer 
extranjeros a ella. Las desterrados andaluces ob- 
tuvieron, pues, facilmente permiso para establc- 
cerse alii; pero fue a costa de su cotidiana tran- 
quilidad. Una colonia arabe procedente de Cai- 
rauan se habia establecido previamente en Fez. 
Estos arabes y los descendientes de los celto-ro- 
manos se odiaron instintivamente, y aunque re- 
unidos en el mismo territorio, se mantuvieron tan 
obstinadamente separados que en el siglo XIV 
aun se conocia por sus rasgos fisonomicos que 
pertenecian a distintas razas. La disparidad de 



(1) Quatremere, Memorias sobre JSgipto; t. I; Aben-Jal- 
dun, t. Ill, fol. 44 r. y v.; t. IV, fol. 6 v.; Bemal-Abar. pa- 
gina 40. 



gustos, trabajos y costumbres perpetuaba irrevo- 
cablemente aquella antipatia. Los arabes eran 
obreros o mercaderes, y disfrutaban de un bienes- 
tar casi superfluo; los andaluces eran agriculto- 
res y ganaban penosamente su vicla. Para los ara- 
bes, aficionados al buen trato, al ado mo y a la 
elegancia en todo, los andaluces resultaban ru- 
dos, groseros y tacanos campcsLnos, mientras es- 
to-s, satisfechos con su sobria y xustica vida, por- 
que cstaban habituados a ella, o empefiados en 
ocultar, con afectado desden, la onvidia que les 
inspiraba la riqueza de sus convecinos, conside- 
raban a los arabes afeminados y derrochadores. 
Temiendo, con razon, que surgiesen desavenen- 
cias y disputas en ambas colonias, el prfneipe 
Idris los habia separado, asiguando a cada una 
un barrio distinto, con su mezquita, su bazar, su 
casa de la moneda y hasta su muralla; mas, a 
jH'.-ar de sus precauciones, arabes y andaluces vi- 
vi<-ron durante muchos siglos en un estado de hos- 
tilidad sorda o vibrante, y a menudo un terreno 
noutral, a la oriNa del rio, que separaba amfoos 
barrios fue tcatro de sus luchas (1). 

Mientras los cordebeses, despues <Ic ver dego- 
Jlar a sus padres, a sus mujeres o a sus hijos, ex- 
piaban su rebeldia en el destierro, los faqufes, de 
.seguro mucho mas culpables que ellos, fueron per- 
donados; y apenas sofocada la insurrection, ks 
dio Alhaquen pruebas de su dementia. Habien- 



(1) Cartas, pp. 21-23, 25, 70 y 71; Becri, en las Naticius 
v fxtractoa, t. XII, pp. 574-577. 



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do ordenado apresar y sentenciar a muerte a los 
que se scspechaba hubieran excita-do a la rebe- 
H5 n — aunque no hubicsen tornado abiertamente 
parte en ell a — , los agent es de policia descubrie- 
ron el escondite de un faqui oculto en el serrallo 
<le un cadi pariente suyo. Cuando iban a matarle, 
el cadi, atraido por los gritos de sus mujeres, acu- 
dio a toda prisa; pero en vano intento que le sol- 
taran afirmando que le habian p rend id o equivo- 
cadamente, porque le contestaron con arrogantc 
tono que habian recibido ordenes terminantes y 
que las cumplirian. El cadi corrio entonces al al- 
cazar, y obtenida una audiencia, exclamo: 

— Seiioiv el Prof eta fue olemente, pues perdono 
v colmo de mercedes a los coraixitas que le ha- 
bian combatido. Nadie en el imindo debe imitarle 
mejor que to que perteneces a su misma familia. 

Refirio despues lo ocurrido, y cuando acabo de 
hablar, el emir, emocionado, no solo dio libertad 
a ague! preso, sino que indulto a todos los fa- 
quies (1), refugiados casi todos en Toledo, les de- 
volvio sus bienes y les permitio establecerse en 
cualquier provincia de Espana, a excepcion de 
Cordoba y sus inmediaciones (2). El mismo Yah- 
ya, refugiado en una tribu berberisca, fue indui- 
tado, obtuvo permiso para volver a la corte y el 
emir le concedio de nuevo su favor (3). En cam- 
bio, algunos quedaron exeluidos de la amnistia, 



(1) Joxani, p. 250. 

(2) Ben-Adari, t. II, p. 79. 

(3) Nouairi, p. 454. 



76 

entre ellos Talut, de la tribu arabe de Moafir, 
discipulo de Malik, que, habiendose significado 
corao uno de los mas atrevidos demagogos, se ha- 
bfa oeultado en casa de un judio; pero al cabo de 
un arlo, cansado de su voluntaria reclusion, aun- 
que el judio no omitio nada para hacerle la es- 
tancia agradable, le hablo de este modo: 

— Tengo intencion de abandonar maiiana tu mo* 
rada, donde he encontrado una bospitaiidad que 
recordare eternamente, para irme a casa del visir 
Abu-'l Basam, que, seglin he oido decir, tiene gran 
influencia en la corte y que debe estarme reco- 
nocido porque ha sido mi discipulo. Tal vez quie- 
ra interceder por mi con ese hombre. 

— Senor — le respondio el judio — , no te fies de 
un cortesano que puede ser capaz de venderte. 
Si quieres abandonarme por temor a serme gra- 
voso, te juro que puedes permanecer aquf toda la 
vida, pucs tu presencia no causa el menor tras- 
torno en mi casa. 

A pesar de los ruegos del judio, Tailut persis- 
ted en su proposito, y al dia siguiente aprovecho 

el crepusculo vespertino para trasladarse sin ser 
visto al palacio del visir. 

Abu-'l Basam quedo estupefacto al ver entrar 
en su casa a aquel proscrito que creia a cien 
ieguas de Cordoba. 

■Bien venido — le dijo, haciendole sentar a su 



lado — ; pero, £ donde has estado tanto tiempo 
Refiri6le el faquf la abnegacion con que el 
dfo le habfa oeultado, y despues ariadio: 



77 



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__He venido a tu casa para rogarte que inter- 
cedas por mi con ese hombre (1). 

,Ten la seguridad — contesto el visir — de que 
hare cuanto de mi dependa para obtener tu in- 
dttlto. Ademas, no sera muy dificM, porque el emir 
iamenta haber sido tan severo. Permanece en mi 
morada esta noche; manana vere al prfncipe. 

Completamente tranquilizado con estas pala- 
bras, Talut durmio aquella noche con el suerio 
del justo, bien lejos de sospechar que su huesped, 
ouc le habia recibido con tanta benevolencia y 
le habia hecho tan gratas promesas sobre lo por- 
venir, pensaba en traicionarle entregandole al 
principe. Tal era, sin embargo, la intencion de 
aquel hombre hipocrita y perfldo, cuando se diri- 
gio a palacio a la manana siguiente, despues de 
adoptar las mcdidas necesarias para evitar la 
evasion del faquf. 

— iQue te pareceria — dijo al principe con ma- 
ligna sonrisa — un carnero eebado en el pesebre 
todo un ano? 

No sospechando la segunda intencion con que 
hablaba el visir, Alhaqucn replico gravemente: 

— La carne encerrada resulta indigesta; en- 
cuentro mas sana y suculenta la de una res que 
ha pacido en libertad. 

— No es eso lo que quiero decirte — prosigui6 el 
visir — , sino que tengo a Talut en mi casa. 

— ;,De veras? lY como ha caido en tu poder? 



(1) Abd-al-Uahid, p, li; Ben-al-Cutla. fol. 22 r. 



78 

— Con algunas palabras benevolas. 

Entonces Alhaquen did orden para que le tra- 
jesen a Taint, el cual, al entrar en la sala en que 
estaba el emir, temblaba de espanto, aunque el 

L 

prmcipe no tenia aire irritado y ademas le dijo 
con tono de d-ulce reproche: 

— Responde de buena fe, Taint: si tu> padre o fcu 
hi jo hu'bieran ocupado mi trono, &fce habrian oon- 
cedido tantos favores y tantos honores como yo? 
Sienr\pre que has implorado mi proteccion, para ti 
o para los tuyos, £no rne he apresurado a coni- 
placerte? jCuantas veces, durante tu enferme- 
dad, no te he visitado yo mismo! Al morir tu mu- 
jer, £no fui-a buscarte a la puerta de tu casa y 

segui a pie el funebre cortejo desde el arrabal? 
Despues de la ceremonia, ino volvi a acompa- 
narte a pie basta tu morada? Y en recompensa 
;has querido mancillar mi honor, profanar mi 

majestad; has querido verier mi sangre! 

A medida que hablaba d. emir se iba tranqui- 

lizando Talut, y cuando llego a convercerse de que 

su vida no corria peligro recupero su apfomo y 

su audacia habituates. Alhaquen esperaba conrao- 

verle; pero TaJlut, sin entemecerse, y sobrado or- 

gulloso para confesar que habia sido ingrato y 

culpable, le responddo con seca atoneria : 

— No puedo hacer nada mejor que decirte la 
verdad: al odiarte he obedecido a Dios; desde en- 
tonces, todos tus beneficios no significan nada. 

Al escuchar esta afirmacion, que parecia un 
dewtffo, Alhaquen no pudo reprimdr un moviimen- 



£ 



79 

to de colera; pcro, dominandose en seguida, afia- 
dio con calm a: 

— Al hacerte traer aqui repasaba en mi memo- 
ria todos los generos de suplicios a fin de elegir 
el mas cruel para ti; mas ahora te digo: el que 
tu pretend ea que te ha ordenado aborrecerme, a 
mi me manda perdonarte. Vive en libertad y que 
Dios te guarde. Mientras yo exista, te juro por 
el Omnipotente que seguiras rodeado de hono- 
res y homenajes. jPluguiera a Dios — ailadio sus- 
pirando — que pudiera borrarse el pasado! 

I Podia darse a entcnder al teologo, con mas de- 
licadeza y du'lzura, que Dios no aprueba nunca el 
odio? Sin embargo, Talut fingio no comprender 
la leccion que acababa de recibir; quiza el orgu- 

Ho estaba demasiado arraigado en su alma de 
bvonce para entenderla. Sin pronunciar una frase 
de agradecirruiento, no respondio mas que a las 
ultimas palabras del prfncipe: 

— Si el pasado no hubiera existide— dijo — , se- 
ria mejor para ti.,. 

Esto era amenazar al monarca con un terrible 
castigo para la otra vida; pero Alhaquen, aunque 
convencido de que. el derecho estaba de su parte 
y no de la de los faquies, se hallaba resuelto a 
conservar hasta el fin su sangre fria, y fingiendo- 
no haber oido lo que Talut acababa de d-ecir, le 
pregunto : 

— £-D6nde se ha apoderado de ti Abu-1 Basam? 

—El no me ha apresado — respondio Talut — ; 

soy yo quien me he puesto en sus manos yendo 



80 

a buscarle en nombre de la amistad que nos ha- 

bla unido. 

<,D6nde lias vivido durante este afio? 
■En casa de un judio de la ciudad. 

Entonces Alhaquen, dirigiendose con profunda 
indignacion a Abu-'l Basam, mudo testigo de este 
dialogo, exclamo: 

— ;Y que! Un judio ha sabido honrar, en un 
hombre que profesa una religion distinta de la 
suya, la piedad y la ciencia; no ha temido, al 
darle asilo, exponer a mi resent imien to su per- 
sona, su niujer, sus hijos, su fortuna; y tu, jtu 
has querido hacerme reincidir en los excesos de 
que me lamento! Sal de aqui y que nunca tu 
presencia vuelva a manchar mis ojos. 

El perJido visir cayo en desgracia. Talut, por el 
contrario, no ceso hasta su muertc de recibir fa- 
vores de Alhaquen, el cual se digno honrar el en- 
tierro del faqui con su presencia (1). 

De este modo, Alhaquen, implacable con los la- 
bradores del arrabal, como antes lo habia sido con 
los vecinos de Toledo, no lo fue con los faquies, y 
cs que unos eran arabes o berberiscos, y los otros 
no. Alhaquen, como verdadero arabe, tenia dos 
pesos y dos medidas: con los antiguos habitan- 
tcs del pais, a quienes despreclaba soberanamen- 
to, lo creia todo permitido si tenian la audacia de 



<1) Ui-n-al-CuUa. t'ols. 22 r.-23 r. Kn una tradici6n refo- 
ridu inn- Macari— t. I. p. 900—, el caracter de Talut se pre- 

avuiix i-n un aspecto m&s favorable; pero he creido delx-r 
reproducer el rclato, mucho mas circunstanciado, de Ben-al- 
Cutfa. 



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81 
desccnocer su autoridad; pero cuando se trataba 
de rebeldes de su propia raza, los perdonaba de 
buen grade Cierto que los historiadores arabes 
han explicado de otro modo la clemencia con que 
Alhaquen trato a los faquies, atribuyendola a re- 
mordimientos de conciencia (1). No negaremos 
que Alhaquen, feroz y cruel a intervalos, pero 
que en el fondo tenia sentimiantos humanitarios, 
se reprochaba como crimenes algunas ordenes die- 
tadas en un momento de furor, como cuando man- 
do decapitar a todos los faquies encerrados en la 
Kotonda; pero creemos tambien que los clientes 
ommiadas — que al escribir la historia de sus pa- 
tronos hacian esfuerzos dnauditos para rehabili- 
tar la memoria de un principe relegado por los 
faquies a los antros del infierno (2) — han exage- 
rado su arrepontimi-ento ; porque, a juzgar por el 
testhnonio del propio Alhaquen, es decir, por los 
versos que dirigio a su hijo poco tiempo antes de 
morir, estaba firmomente convencido de que te- 

r 

nia derecho a obrar como habfa obrado. He aqui 
estos versos, con los cuales concluiremos este 
relato: 

"Asi como el sastre se sirve de la aguja para 
coser los trozos de tela, me he servido de mi es- 
pada para reunir mis desunidas provincias; por- 
que desde la edad en que comence a razonar, nada 



(1) Ben-al-Cutia, fol. 23 r.; Ben-Adari, t. II, p. 82. 

(2) Ben-al-Abar, p. 41; Ajbar machmua, fol. 104 v.; Ben- 
al-Cutla, fola. 23 v., 24 r. 

Hist, musulmanes. — T. II 6 



82 

me ha repugnado tanto como el desmembrarnien- 
to del imperio. Pregunta ahora a mis fronteras 
si algiin pai'aje esta en poder del enemigo, y te 
responderan que no; pero si te respondieran que 
si, vol aria alia revestido con mi coraza y em|Hi- 
riando la espada. Interroga tambien a las calave- 

ras de mis subditos rebeldes que, semjejantes a 
frutos de coloquintidas, partldas en dos, yaoen 

sobre la llanura y brill an a los rayos del sol, y 

te diran que las he herido sin descanso. Poseidos 

de terror, los insurrectos huian para escapar a la 

muerte; pero yo, siempre en mi puesto, la menos- 

preciaba. Si no he perdonado a sus nnujeres ni 

a sus hijos, ha sido porque habian amenazado a 

mi familia y a mi; el que no sabe vengar los ul- 

trajes que se infieren a su familia no tiene co-n- 

ciencia del honor y todo el mundo le desprecia. 

Cuando concluimos de cambiar estocadas, los obli- 
gue a beber un veneno mortail; pero £que he he- 

cho mas que pagar la deuda que me habfajn. obli- 
gado a contraer con ellos? Cierto que han haila- 
do ila muerte; pero era porque asi Io queria su 
destino. 

Te dejo, pues, mis provincias pacificadas, ioh, 
hi jo mio! jPaxecen un lecho, sobre el cual puedes 

■t 

r 

dormir tranquilo porque be tenido cuidado de 
que ningu,n rebelde turbe tu sueno!" (1). 



(l) Ben-Adarl, t. II, pp. 73 y 74. En el primer verso es 
preciso leer raabto — en vez de raaito — , y roki'4 — en vez (te 

rakiman — ; estas dos transcrlpciones, las tinicas verdaderas. 

se encuentran en Macari, t. I, p. 220. . 



C ^ eAA^V &A-v\ ^.. T^ 






83 



V 



> 



Jamas la corte de los emires de Espana habia 
sido tan brillante como durante el reinado de 
Abderrah-man II, hijo y sucesor de Alhaquen. En- 
tusiasmado de la s&'berbia prodigalidad de los ca- 
lifas de Bagdad y de su vida de pompa y osten- 
tation, se rodeo de numerosa servidumbre. Embe- 

llecio la capitail empleando grandes sumas en la 
construction de puentes, mezquitas, palacios y vas- 
tos y magnificos jardines, a los cuales afiuian, 
canalizados, los torrentes de las mo'ntafias (1). 
Gustaba tambien do la poesla, y si los versos qu^- 
hacfa pasar por suyos no siempre lo eran, al mp- 
uos recompensaba generosamente a los poettis que 
lie ayudaban. Ademas era dulce, accesible y bon- 
dadofeo hasta rayar en debil. Ann viendo por sus 
propios ojos que sus servidores le robaban, no los 
castigaba (2). Durante toda la vida se dejo do- 
minar por un faqui, por un musico, por un eunu- 
co y por una mujer. 

El faquir era efl bereber Yahya, que ya co*no- 
oemos como principal instigador de la rebelion del 
arraba'l. Conventido de sus error por el mal exi- 
to de aquella tentativa, comprendia que el clero 
para ser poderoso, en vez de mostrarse bostil al 
sofoerano debia captarse su apoyo y sus fsvores. 



(1) Ben-Adarl, t. II, p. 93; Macari, t. I, p. 223; Eulogio, 

Memor. Sand, 1. II, c. 1. 

(2) Ben-Adari, t. II, p. 94. . 



84 

Aunque su impetuosidad y altaneria se amoldaban 
dificilmente al papel que se habia propuesto des- 

empeilar, su falta de consideration, su ruda fran- 
queza y su selvatica brusquedad no le perjudica- 
ban del todo en opinion del devoto emir, que aun- 
quo habia estudiado filosofia (1) era muy piado- 
so y atribuia la colera del altivo* doctor a impetus 
de indignation virtuosa. Toleraba, pues, sus fra- 
mes atrevidas y hasta sus enojos; se sometia do- 
cilmente a las rudas penitencias que su severe 
cenfesor le imponia (2), bajaba la cabeza ante el 
poder de aquel tribuno religioso y le entregaba el 

gobierno de la Iglesia y la direction de la Judi- 
cature. Reverenciado' por el monarca, sostenido 

por la mayoria de los faquies, por la clase media, 
que le temfa (3), por el pueblo, con cuya causa 
se habfa identificado desde la rebelion, y liasta 
por muchos poetas (4), cuyo apoyo no era de 
desdeftar, Yahya gozaba de un inmenso* poder. Y, 
sin embargo, no tenia ningun empleo, ninguna po- 
s:ci6n oficial; si gobemaba todo desde su epfera, 
era por el solo brillo de su nombre (5). Despota 
de corazon, aunque antes habia anatematizado* el 
despotism©, lo ejercia sin escrupulo ahora que las 
circunstancias lo permitian. Si los jueces querian 
conservar sus eargos, tenian que convertirse en 
ciegos instrumentos de su voluntad. El emir, que 



(1) 


Macari, t. I, p. 223. 






(2) 


.Abon-Jalican, faac. X, p. 20, 


ed. 


Wuslenfeld. 


O) 


Joxanl, p. 257. 






(It 


Joxani, p. 265-6. 






(*> 


Ahen-JaHcan. fasc. X", p. 20. 







85 

a veces pretendia emanciparse del yugo de Yah- 
ya, ofrecia mas de lo que luego se atrevia a cum- 
pUir, comprometiendose a sostenerlos (1). Aniqui- 
laba a cuantos se atrevian a resistirle; pero, or- 
dmariamente, cuando queria desembarazarse de 

un caAi que le contrariaba, se limitaba a decir: 
"jPresentame tu dimision!" (2). 

La influencia de Ziryab el musico no era me- 
ncfr, aunque actuaba en otra esfera. Era de Bag- 
dad; persa de origen, segun parece, y cliente de 
los califas abasidas, habia aprendido la musica 
con el celebre cantor Ishac Mocili, cuando nn dia 
Haruoi-ar-Raxid pregunto al maestro si no tenia 
algun nuevo cantor que presentarle. 

— Tengo un discipulo que canta bastante bien 

gracias a mis lecciones — respondio Ishac — . y ten- 
go mc'tivos para creer que algun dia llegara a 
honrarme. 

— Dile entonces que venga — replico el califa. 

Presentado al soberano, Ziryab se granjeo de&- 
de el principio su estimacion por sus maneras dis- 
tinguidas y su conversacion espiritual; despues, 
interrogado por Harun sobre sus conocimientcte 
musicales, dijo: 

— Se cantar como otros saben; pero, ademas, se* 
lo que no saben otros. Mi estilo* original no es 
mas que para un inteligente tan delicado como 
tu. Sefioria, si quieres, voy a cantar lo que ja- 
mas ha of do nadie. 



(1) Joxani, p. 265-6. 

(2) Ben-Adari, t. II, p. 83. 



86 

Habiendo accedido el calif a, entregaron al can- 
tor el laud de su maestro, que el rechazo pidien- 
do uno que el mismo habia construido. 

— ;. For que rehusas el laud de Ishac? — le pre- 
gunto el cali fa. 

— Si descas que cante segun el metodo de mi 
maestro— le respond i 6 Ziryab — , me servire de su 
laud; pero si quieres conocer el que yo he idea- 
do, as ahsdutamente necesario que emplee el mlo. 

Explico la estructura de su laud, y comenzo a 
cantar una cancion compuesta por el. Era una oda 
en Ioor de Rarun, y el califa quedo tan entusias- 
mado que reprocho duramen tc a Ishac no haberle 
presentado antes a tan maravilloso cantor. Ishac 
.se excuso alegando la verdad, o sea que Ziryab 
1c habia cfcultado cuidadosamente que can^aba se- 
gun su invencion; pero cuando se encontro a solus 
con su discipulo, le dijo: 

— Es indigno que me hayas engafiado ecu! tan- 
dome toda la extension de tu talento. Ahora te 
confieso cc*n franque'za que estoy celoso de ti f 
como lo estan siempre los artistas que cultivan un 
mismo arte y que tienen el mismo merito. Ade- 
mas, has conseguido agradar al califa y com- 
P rondo que vas a suplantarme, lo cual no perdo- 
naria ni a mi pro*pio hi jo; asi que, a no ser por 
un resto de carifio de maestro que conserve hac^a 
ti, te matarfa sin escrupulo... pasase lo que p*.- 
sase... Ahora puedes elegir entre dos partidos: vo 
a estabic-certe lejos de aquf, jurandome que Jamas 
volvere a oir ni tu nombre, en cuyo case? te daro 



87 
todo el dinero que qui eras para satisfaoer tus 
necesidades, o permanece aqui contra mi volun- 
tad; pero. en esto caso, te prevengo que arries- 
gare los bienes y hasta la vida con tal de pev- 
derte. jElige, pues! 
Ziryab no vacild sombre el partido que debia 

adopter, y abandono Bagdad con el dinero que 
Ishac le habia ofreddo. Algun tiempo despues, el 
ealifa encarg-6 de nuevo a Ishac que le Ho vara a 
su discipulo: 

— Siento no poder satisfacer tu devseo — respon- 
dio el musico — ; ese joVen esta alucinado; supine 
que los genios le hablan y le inspiran los motivoi 
musicales, y es tan orgulloso que cree no tener 
rival en el mundo. Como no le has recompensed? 
ni vuelto' a Uamar, pensando que no aprecias su 
talento ha partfdo furioso. Ignoro donde se en- 
cuentra; pero da gracias al Eterno de que seme- 
jante hombre se haya marchaclo, seilor, porqu 
asustaban sus peligrosos accesos de locura. 

El califa, aunque lamentando* la partida del jo- 
xen musico que le habia hecho concebir tan #ran- 
des esperanzas, se conformo con las razcnes de 
Ishac. Por otra parte, habia ailgo de verdad en las 
afinnaciones del viejo maestro; durante su sueno, 
Ziryab creia ofr cantar a los genios; entonoes se 

despertaba so-bresaltado, se tiraba del lecho, Ya- 
maha a Gazilan y a Honaida, dos jovenes del ha- 
ren, les hacia coger los laudes y entoauar la me- 
lodia que habia eseuchado en sueiios, y transcri- 
bia el mismo las palabras. Bien sabia Ishac que 



c 



88 

esto no era precisamente estar lo'co; despues c!e 
todo, ique artista inspirado, crea o no crea en 
3os genios, no ha tenido algun transporte de emo- 
cion, impossible de definir, en que parece aletear 
algo sobrehumano'? 

Ziryab, buscando fortuna en Occidente, am bo 

al Africa y cscribio a Alhaquen, el emir de Es- 

pana, manifestandole que deseaba establecerse en 

su corte. El pn'ncipe l^ecibio la noticia con tal 

agrado que le respondio apremiandole para que 

vinieso a Cordoba y ofreciendole una cuantiosa 

nenta. Ziryab cruzo el estrecho de Jibraltar con 

sus mujeres y sus hijos; map, apenas desembarco 

en Algeciras, supo que Alhaquen acababa de mo- 

rir. Desalentado con esta noticia, proponiase ix 1 - 

gresar al Africa, cuando el musico judlo Mansur, 

(jue Alhaquen habfa enviado a recibirle, ie hizo 

dosistir de estc proposito, asegurandole que Ab- 

dcrrahman II era aun mas aficionado a la musica 

que su padre y recompensaria a los artist as por 

lo men os con la misma generosidad. Los hechos 

demostraron que no so habia enganado. Entera- 

do de la llegada de Ziryab, Abderrahman II le es- 

cribio, invitandole a establecerse en su corte; or- 

deno a los gobern ado lies que le tratasen con los 

mayores miramientos, y que uno de 2os principa- 

lcs eunucos le ofreciese mulos y otros presenter 

I.logado a Cordoba, Ziryab fue instalado en una 

soberbia casa; el emir le concedio tres dlas para 

doscansar de las fatigas del viaje, y, una vez 

transcurridos, le invito a presentarse en palacio. 



89 

Comenzo la ent re vista expilicandole las condicio- 
nes con que quen'a rctenerle en Cordoba, condi- 
ciones magnincas, pues Ziryab disfrutaria de una 
pension fija de doscientas monedas de oro al rrtes 
v de cuatro gratificacioncs anuales, consistentes 
en mil monedas de oro en cada una de las dos 
principales fiestas musulmanas, quinientas en San 
Juan y quinientas en ano nuevo; recibiria, ade- 
mas, por ano, doscientos sextarios de oebada y 
cien de trigo; fmalmente, le concedio el usufructo 
de cierto numero de casas, eampos y jardines que 
en conjunto representaban un capital de cuarenta 
mil monedas de oro. Solo despucs de haberle ase- 
jrurado tan esplendida fortuna, Abderrafrman II 
le rogo que cantara, y cuando Ziryab hubo satis- 

fecho este deseo, queclo tan entusiasmado de su 

arte, que desde entonces no quiso volver a oir a 
ningun cantor. Vivia con el en la mas franca in- 
timidad, se complacia en oirle hablar de historia, 



de poesia, de ciencias y artes, porque este musico 
extraordinario poseia extcnsos y variados conoci- 
mientos y ademas era excelente poeta y sabia 
de memoria la letra y la musica de diez mil can- 
ciones. Asimismo habia estudiado astronomia y 
geografia, y nada mas instructivo que oirle ha- 
blar de diversos paises y de las costumbres de 
sus habitantes. Pero mas que su inmensa cultura 
asombraban su ingenio, su gusto y la suprema 
distincion de sus maneras. Nadie mas ducho en 

la conversacion chispeante; nadie tenia en tan alto 
#rado el matin to de lo bello y eil sentimiento del 



90 

arte; nadie sabia preparar mejor una fiesta o un 
banquete. Se le consideraba como un hombre su- 
perior, como un modelo en todo lo concerniente 
al buen tono, y en este sentido llego a ser el le- 
gislador de 'la Espana arabe. Las innovaciones que 
introdujo fueron numerosas y atrevidas, pues rea- 
lizo una revdtucion radical en las costumbres. 
Antes se llevaban los cabellos largos y separados 

aobre la frente, y se usaban en la mesa vasos de 
oro o de plata y manteles de lino; ahora se lleva- 
ban los cabellos cortados en redondo; los vasos 
eran de vidrio; los mantelles, de cuero. Ziryab lo 
aueria asi. El determinaba las diferentes clases 
de trajes que debian llevarse en cada estacion; 
el enseno a los arabes de Espana que los esparoa- 
gos son un manjar excelente, en lo cual no habfan 

pensado aun; muchos pilatos inveaitados por el 
conservaron su nombre; en fin, se le tomaba como 

modelo hasta en los menores detalles de la vida 

elegante, y con una fortuna casi unica en los ana- 

les del mundo, el nombre de aquel encantador epi- 

cureo siguio siendo ce&ebre hasta los ultimos tiem- 

pos de la dominacion maisulmana en Espana, 

como el de los sabios ilustres, los grandes poetas, 
los grandes generales, los grandes ministros, los 
grandes principes (1). 

Por otra parte, aunque Ziryab habia alcanzado 
tal ascendienfce sobre Abderrahman que el pue- 
blo se dirigfa antes a 31 que al emir cuando que- 



(l) V6ase, la biografia de Ziryab en Macari, t. II, pp, 83 

y sis. 



C- 



£- 



i: 



91 

ria conseguir alg'o (1), no parece que se mezclo 
nmcho en politica. Conocia demasiado la vida para 
no considerar como cosas de mail tono el discutir 
3os asiuitos de estado, tramar com plot o entablar 
negociaciones entre los placer es de una fiesta, y 
dejaba estas cuestiones a la sultana Tarub y al 
eumico Nasr (2). Tarub tenia un alma egoista y 
seca, inclinada a la intriga y devorada por la 
fiebre de oro. Vend fa no su amor, porque estas 

mujeres no lo sienten, sino su posesion, ya por un 

collar de precio faibuloso, ya por sacos de plata 
que su propio marido tenia que depositar a su 

puerta (3) cuando ella se negaba a abrirle. Dura, 
avida, intrigante, se habfa aliado estrechamente 
con un hombre semejante a ella, con el cruel y 
pernxlo Nasr. Hi jo de un espafiol que ni siquiera 
habftaba el ai-abe (4), este eunuco odiaba a los 
cristianos verdaderamente piadosos con todo el 
cdio del apostata. 

Tal era el estado de la corte; el pais distaba 
nmcho de e&tar tranquilo. En la provincia de Mur- 
cia bubo una guerra entre yemenitas y maaditas 
que duro siete anos; Merida vivia en perpetua re- 

belion, y sus habitantes cristianos estaban ^en in- 
teligencias con Ludovico Pio y se concert aban 
con 61 (5). Toledo se suiblievo tambien, y en sus 



<J> Joxatii, p. 207. 

(2) Macari, t. I, p. 225. 

<3) Macari, t. I, pp. 224-5*; Ben-Adari, II, pp. 94-5. 

(4) Joxani, p. 277. 

(5) V6ase la carta de Ludovico Pfo a los cristianos de 
XtSrida en la Esp. Sagr. t t. XIII, p. 4ie. 



s 



92 

inmediaciones se desarrollo una verdadera Jac- 
queria. 

Pocos anos despues de la Jornada del foso, lo 
toledanos habian recobrado su independencia v 
destrufdo el Castillo de Amrus. Para resarcirse de 
esto, Alhaquen habia apelado nuevamente a la 
astucia. Habiendo partido de Cordoba con el pre- 
texto de hacer una razzia en Catalufia, habia e>- 
tablecido su campamento en el distrito de Murcia; 
despues, informado por los espias de que los to- 
ledanos se crefan tan seguros que dcscuidaban 
hasta el cerrar las puertas de la muralla durante 
la noche, se presento de improviso ante una de 
las puertas, y como la hallo abierta, se apodero 
sin lucha de la ciudad, incendiando todas las ca- 
sas del barrio mas alto (1). Entre aquellas vi- 
viendas figuraba la de un jovcn rencgado llama- 
do Haxim, que llego a Cordoba casi desnudo y 
para ganar la vida se hizo herrero. Despues, ar- 
dJendo en deseos de vengar sus propias injurias 
y las de sus convecinos, tramo un complot con 
los obreros de Toledo y abandono Cordoba para 
volver a su ciudad natal, donde se puso al f rente 
del populacho, que arrojo a los sold ados y a los 

partidarios de Abderrahman II — 829 — . En segui- 
da Haxim comenzo a recorrer el pais con sus secua- 
ces, saqueando y quemando las aldeas habitadas 
per los arabes y berberiscos. Su partida era de dia 
en dia mas formidable, engrosada por obreros, 

(I) iWn-Adaii, t. n, vd, 70 y 85; Nouairl, p. 459. 



93 
campesinos, esclavos y aventureros de todas cla- 
ses. Por orden de Abderrahman, el gobernador 
de la frontera, Mahomed ben-Uasim, envio contra 
cstos bandidos tropas que tuvieron que empren- 
der la retirada, y durante un ano, el herrero con- 
tinuo impunemente sus devastaciones. Por fin, el 
gobernador, que habia recibido refuerzos y habia 
sido duramente reprendido por el emir, tomo la 
ofensiva, y esta vez con mas exito, porque des- 
pues de un combate de muchos dias la banda, 
. muerto su jefe, fue dispersada (1). 

Sin embargo, Toledo aun permanecia libre. En 
el ano 834, el emir hizo sitiar esta ciudad al prin- 
cipe Omeya; pero los toledanos rechazaron tan 
victoriosamente el ataque que Omeya, despues de 
asolar los campos circundantes, se vio obligado a 
levantar el sitio y volver a Cordoba. Los tole- 
danos, cuando vieron alejarse el ejercito enemigo, 
decidieron hostilizarle durante la retirada; pero 
Omeya habia d-ejado en Calatrava una division 
mandada por el renegado Maisara, que informa- 
do del designio de los toledanos les preparo una 

emboscada y atacandolos de improviso los derro- 
to completamente. Segun la costumbre, los solda- 
dos de Maisara presentaron a su capitan las ca- 
bezas de los enemigos muertos en la lucha; pero 
el amor a su nacion no se habia extinguido en el 
alma del renegado. A la vista de aquellas cabez&s 
mutiladas, sus sentimientos patrioticos renacie- 



(1) Nouairl, p. 458; Ben-Adari, t. II, pp. 85 y 86; Aben- 
Jaldun, fol. 7 v. 



94 

ron con tal fuerza, se reprocho tan duramente su 
adhesion a las op res ores de su patria, quo expiro 
pocos dias despues de dolor y verguenza. 

Aunque el emir siguio infligiendo danos a To- 
ledo, no pudo someterle mientras duro la Concor- 
dia en la ciudad; pero, desgraciadamente, des- 
aparecio pronto. Ignoramos lo ocurrido; mas 2os 
sucesos acaecidos en el ano 873 hacen sospechar 
que estallo la discordia entre cristianos y rene- 

gados. Un jefe toledano llamado Aben-Mohaehir 
y que, segun parece, habia sido renegado, aban- 
dono Toledo con sus secuaces y fue a ofreeer 

sus servicios al gobernador de Calatrava — 836 — , 

el cual se apresuro a aceptar sus proposiciones, 
y siguiendo los consejos de los emigrados se re- 

solvio a atacar la ciudad y a sitiailla por hambre, 
encargandose de dirigir el asedio Ualid, hermano 
de Abderrahman. Duraba ya un ano el asedio y 
el hambre asolaba la ciudad cuando un parla- 

mentario enviado por el general arabe aconsejo 
a los toledanos que se rindieran, toda vez que ha- 
blan de verse forzados a hacetflo pronto y, por 
lo tanto, valia mas aprovechar aquella ocasion en 
que aun podfan obtener algunas condiciones. Los 
toledanos se negaron; pero, desgraciadamente, ei 

emisario, que habia sido testigo de su valor, lo fue 
tambien de sus desdichas y debilidad; asi que, al 
regresar al campamento, aconsejo al general que 
diera un asalto vigoroso. Uatlid lo hizo, y Toledo 
fue tornado por asalto diespues de haber gozado 
durante ocho anos una completa independ«ncia — 16 



95 

de junio de 837 — . Los analistas nada dicen de 
como trato el emir a los moradores de la ciudad, 
refiriendo tan s61o que Abderrahman les exigio 
rehenes y mando reediflcar la fortaleza de Am- 

rus (1). 

Durante los uitimos anos del reinado de Ab- 
derrahman, los cristianos de Cordoba intentaron 
una sublevacion verdaderamente exoepcional. So- 
bre ella vamos a llamar la atencion de nuestros 
lectores. Los escritores latinos de mediados del si- 
glo IX nos proporcionan multitud de datos no 
solo sobre esta rebel ion, sino sobre la vida, los 
sentimientos y las ideas de los cristianos de Cor- 
doba, por lo que intentaremos reproducir fielmen- 
te los detalles llenos de intercs que nos sumi- 

nistran. 






VI 



Una gran partcvy la parte mas culta — de los 
cristianos de Cordoba no se quejaba de su suer- 
te; no se los perseguia; se les permitia el libre 
ejercicio de su religion, y con e&to los bastaba (2). 
Muchos se habian alistado en e>l ejercito; otros 
desernpefiaban eargos lucrativos en la corte o en 
el palacio de los magnates ar-abes (3). Imitaban 



<1) Ben-Adarf, t. II, pp. 8G y 87'; Nouatri, pp. 4&S-9; 
Aben-Jaldun, fols. 7 v., 8 r. 

(2) Eulogio, Mcmor. 8anct. y p. 24S; Alvaro, Indie, lumin., 
pagina 225. 

(3) Eulogio, Memor. Sanct., 1. II, c. 2, 3; 1. Ill, c. 1; 
Alvaro, Indie, lumin, pp. 225 y 273. 



96 

en todo a sus sefiores; uno sostenia un haren (1), 
ctro se entregaba a un vicio abominable por des- 
gracia muy generalizado en Oriente (2). Deslum- 
brados por el brillo de la literatura arabe, ios 
hombres de gusto refinado menospreciaban las le- 
tras latinas y no escribfan mas que en la lengua 
de los vencedores. L T n autor de aquella epoca, mis 
patriota que la mayoria de sus concludadanos, se 
queja de ello amargamente. "Mis correligiona- 
rios — dice — se complacen en leer poemas y nove- 



las arabes (3); estudian las doctrinas de los te6- 
logos y filosofos musulmanes no para refutarlas, 
sino para adquirir un estilo arabigo elegante y 
correcto. ^Donde se encuentra hoy un laico que 
lea los comentarios latinos de las Santas Escri- 
turas? iQue seglar estudia los evangelistas, los 
profetas o los apostates? jAy! Los jovenes cris- 
tianos que se distinguen por su talento no cono- 
cen mas que la lengua y la literatura arabiga; 
leen y estudian con el mayor ardor los libros ara- 
bes; gastaa grandes stomas en formar inmensas 
bibliotecas, y proclaman por doquiera que esta lite- 
ratura es admirable. Habladles, en cambio, de 

libros cristianos y os responderan con desprecio 
que son indignos de fijar su atencion. tOh dolor! 
i/os cristianos han olvidado hasta su idioma, y 



(1) Samson, Apolog., I. II, c. 6. 

(2) Samson, Apolog., 1. II, c. 2 y 6. 

(3) El manuscrlto de Alvaro — p. 273, ed, Flores — dice : 
"Et dum eorum versibus et fabelHs mile aula deleotamus." 

En vez de mile, Florea transcribe mitle, sin comprender que, 
en este caso, el autor habrla escrito eorum y no suis. Debe 
leerse milesiis. 



97 

entre mil apenas encontrareis uno que sepa es- 
cribir correct amen te en latin una carta a un ami- 
go; p^ro si se trata de escribir en arabe, halla- 
reis multitud de personas que se expresan con la 
mayor elegancia y que componen poema? prefe- 
ribles, artisticamente, a los de los mismos ara- 

bes" (1). 

Ademas, esta preaileccion por la literatura ara- 
biga, este abandono casi unanime de los textos 
latinos, no debe sorprendernos. En Cordoba are- 
nas se encontraban obras de los grandes poetas 
do la antigiiedad (2); los libros de teologia resul- 
taban poco atractivos para la gente de mundo, y 
la literatura contemporanea se hallaba en plena 
decadencia. Se componian aun versos latinos; pero 
como se habian olvidado las leyes de la canti- 
<lad (3) , eran versos rimados llamados ritmi- 
cos (4), en los cuales no habia que tenei- en cuen- 
ta mas que el acento, y ademas estaban escritos 
en un estilo a la vez descuidado y presuntuoso. 

Casi arabizados, los cristianos de Cordoba se 
amoldaban muy bien a la dominacion extranjera; 

aunque no faltaban excepciones, porque el scnti- 
miento de la propia estimacion y de la dignidad 
nacional no estaban extinguidos por completo. Al- 



(1> Alvaro, Indie, lumin., pp. 274 y 275. 

(2) Para los cordobeses, la Eneida Ae Virgilio y las 8&- 
tiras de Horacio y Juvenal, que Eulosio les U«?v6 desdo Na- 
varra, en el afio 848, conatituyeron verdaderas novedades. Al- 
varo, Vita Eulogii, c. 9. 

(3) Alvaro, Vita Eulogii, c. 4. 

(4) Alvaro, Vita Eulogii, c. 2. Comparese con Sharon 
Turner, Historia de los OU£iIo-sajones, t. Ill, p. 655. 

Hist, mtjsxji.manes. — T. II 7 



98 

gunos espfritus generosos que desdefiaban meter 
a fuerza de habilidad o -de impudicia en los pa- 
lacios de los grandes temblaban de indignation 
al pensar que su ciudad natal, que aun llevaba 
con orgullo su antiguo titulo de Patricia, servia 
ahora de residerrcia al emir <1) ; envidiaban la 
suerte de los pequenos estados del norfce de Es- 
pana, que, aunque tenfan que sostener una gue- 
rra eontinua, libres del yugo arabe estaban al me- 
nos regidos a?pr principes crisrtianos (2). A estos 
sentimientos patrioticos se unian a veces agravios 
muy reales. Los emires dictaban, de tiempo en 
tiempo, ordenes que harian profundamente la al- 
tivez y las convicciones religiosas de los cristk. 
nos. Por ejemplo, habian declarado la circunci- 
sion obligatoria para ellos lo mismo que para 

los irmsuimanes (3). J i 

Poro los mas descontentos eran los sacerdotes, 

que sentian hacia los musulmanes un odio instin- 
tivo y "tanto mas fuerte porque tenlan las mas 
falsas ideas sobre Mahoma y las doctrinas que 
habia. pxedicado. Viviiendo etitre los arabes, nada 
mas facil que instruirsie en este punto; pero, re- 
kuaando obstinadamente beber en las fuentes que 
estaban a su alcance, se oomplaciaoi en creer y 
repietir las absundas f abulias propaiad&s en tomo 
del Profeta de la Meca. No es a los escritos ara- 



- ■* 



(1) Isldoro de Beja, c. 36; Euloglo, Memor. Scmct., 1, II, 
c. 1 ; Apoloff. martyrum, p. 314. 

(2) Euloglo, Spistola ad Wiliesindun, p. 330. 

(3) Alvaro, Jtitttc. lumi*., p. 273; Samson, Apolog., 1. II, 

capftulo 4. 



99 

bigos adonde Eulogio — iuno de las sacerdotes mas 
instruidos y, sin duda, bastante familiarizado con 
el arabe para poder leer de corrido una obra his- 
toric* escrita en esta lengua — acude en busca de 
datos sobne la vida <le Mahoma, sino a un manus- 
crito latino que por azar cay 6 en sus mamos en 
un convento de Pamplona. Leiase en el, entre 
otras co&as, que el Profeta, sintiendo aproximar- 
se su fin, habfa vaticinado que, al tercer dia des- 
pu6s de su muerte, vendrian los angeles a resu- 
citarle. Por consiguiente, cuando d alma de Ma- 
homa "deseendio a los innernos", sus discipulos 
velaron incansables en torno del cadaver espe- 
rando el milagro; pero al fin del tercer dia, no 
viendo llegax a los angeles y creyendo que su 
permantencia junto al cadaver — que ya exhalaba 
un olor fetido — se lo impedia, se akjaron, En- 
tonces, en vez de angeles llegaron perros (1), 
que devoraron parte del cadaver; los restos fue- 
ron seipultadas por sus discipuilos, que p-ara ven- 
garse decidieron matar cada afio gran numero 
de perros... "He aqui — escribe Euslogio — ? he aqui 
los niilagros del Profeta de los musuinmnes" (2). 
Asi se conocian las doctiunas de Mahoma. Que los 
sacerdotes, dominados por ideas asceticas y a los 
cuales les estaba vedado el amor de una mujer, 
se extranasen de la poligamia, en otro tiempo 
permitida, y fiobre todo, de las ideas sobre el 
paraiso mahometano con sus hermosas virge- 



(1) Vice angelica canes ingressi. 

(2) Apolog. martyrutn pp. 312 y 318. 



100 

nes (1), era lo .mas logico; pero lo mas singular 
es que se imaginasen que Malioma habia predi- 
cado precisamente lo contrario que Cristo. "Este 
adversario de nuestro Salvador — dice Alvaro — ha 
consagrado el sexto dia de la semana — que a 
causa de la pasion de Nuestro Senor debe set 
un dia de duelo y de ayuno — a la gula y a la lu- 
juria. Cristo ha predicado la castidad a sus disci- 
pulos; el, a los suyos, los placeres groseros, el 
ineesto y las voluptuosidades mas inmundas. Cris- 
to ha predicado e5 matrimonio; el, el divorcio. 
Cristo ha preconizado la sobriedad y el ayuno; 
el, los festines y los placeres de la mesa" (2). 
"Cristo — prosigue Alvaro, aunque le serfa dificil 
hallar en el Nuevo Testamento ;las palabras que 
atribuye al Senor — , Cristo ordena en los dias de 
ayuno que el marido se abstenga hasta de su le- 
gftima esposa; el consagra especi ailmente estos 
dias a los placeres carnales" (3). Por poco en- 
terado que Alvaro estuviese de \o que ocurria 
ontonces en la corte, debia saber que Yahya habia 
impuesto una ruda penitencia a Abderrahman II 
por infringir los mandamientos de Mahoma rela- 
tivos a la abstinencia de mujeres durante ed rnes 
dol ayuno (4). 

Asf, los saccrdotes se formaban una idea com- 
pletamente falsa de la religion islamita. En vano 
algunos eel esi asticos que la conoclan mejor les 

(1) Alvaro, Indie, lumin., pp, 252 y 253, 

(2) Indie, lumin. t p. 270. 

(3) Alvaro, Indie, lumin., p. 271. 

(4) Aben-Jalic&n, fasc. X M p. 20, ed, WUstenfeld. 



101 

aseguraban que Mahoma habia predicado una mo- 
ra l pura (1); tiempo perdido; el clero, en ge- 
neral, se obstinaba en poner al islamismo a la 
misma altura que el paganismo romano y en con- 
siderate como una idol atria diabolica (2). Mas 
no es en la religion musulmana donde debe bus- 
carse el principal origen de su aversion, sino en 
el caracter de los arabes. Este pueblo, que unfa 
a una franca y viva alegria una sensualidad refi- 
nada, tenia que inspirar a los sacerdotes — que p-re- 
conizaban el retiro perpetuo, los gi*andes sacri- 
ficios y las terribles expiaciones — una repugnan- 
cia invencible y extrema. Ademas, el clero estaba 
abrumado por vejaciones continuas. Si los mu- 
sulmanes de las clases elevadas eran habiles 
politicos para insultar, por su religion, a los cris- 
tia-nos, el populacho era, como siempre, intolerante. 
Cuando un sacerdote pasaba por la calle, gri- 
taban: "jAhi va el loco!", y entonaban una can- 
cion que entrafiaba un elogio ironico de la cruz, 
mientras los chiquillos le tiraban piedras y cas- 
cotes a la cabeza. Durante los entierros, los sacer- 
dotes oian decir: "[Ala, no tcngas piedad de 
ellos!", al misono tiempo que la basura y los gui- 
jarros llovian sob re el cortejo funebre. Cuando 
las campanas de las iglesias anunciaban las bo- 
ras canonicas, los musulmanes murmuraban, sa- 
cudiendo la cabeza: "; Pueblo simple y desgracia- 
do, que se deja engafiar por sus sacerdotes! jQue 



(!) ICutogio, Apolog. martyrum, p. 311. 
(2) Eulogrlo y .Alvaro, passim. 



102 

iocura creer sus mentiras! iQue Ala maLdiga a 
estos impostores!" A muchos musulmanes, los 

cristianos, sob re todo los ecl-esiasticos, les repug- 
naban tanto que, cuando tenian que hablarles, se 
man ten Ian a distancia para no rozarles los vesti- 
dus (1). Y, sin embargo, aquellos infelices que 
eausaban horror, que eran considered os como im- 

F 

puros, cuyo contacto se evitaba como el de un 
apestado, y que veian cumplirse las palabras que 
Jesus habla dirigido a sus discipulos: "Sereis 
odiados de todos a causa de mi nombre", vse acar- 
daban perfectamente de que, cuando el cristia- 
nismo dominaba en el pais y se ai&aban por to- 
das partes admirables templos, su elase habia sido 
4a mas poderosa del Est ado (2). 

Heridos en su orgullo, exasperados por los ul- 
trajcs que recibian e inducidos por una necesidad 
febril de actividad, los sacerdotes, los monjes y 

el corto numero de seglares identificado con ellos 
no se resignaban a sufrir en silencio, a hacer 
ester lies votos y a que la colera les royese las 
entranas. En las ciudades bastante alejadas del 
ceintro de la dominacion agarena para poder enar- 
bolar con exito band-era de rebelion, aquellos hom- 
bres apasionados y ardientes habrian sido sol- 
dados; en los montes habrian llevado la vida 
independiente de los bandidos; y, soldados en Tole- 
do o guerrilleros en la Serrania de Malaga, ha- 



(1) Kuloglo, Memor. Sand., p. 247; Alvaro, Indie, lumin., 
paglnas 229 y 230. 
. (2) JEulogio, Memor. Sanct., p. 250, al final. 






103 

brian sostenido contra los arabes una guerra 
sin cuartel. En la residencia del emir, donde toda 
rebelion a mano armada era imposible, se convir- 
tieron en martires. 

para sustraerse a los insultos del populacho, los 
sacerdotes no abandonaban su-s viviendas mas'que 
en caso de necesidad absoHuiba (1). a anenudo se 
fingian enfermos y permanecian todo el dla acos- 
tados para no pagar la capitacion reclamada por 
el tesoro publico a fin de cada mes (2). Se con- 
deaaban a tegas rechisiones, a una vida solita- 
ria, contempJativa, reconcentrada, acumulando en 
silencio, con una especie de voluptuosidad, teso- 
ros de odio; eran felices odiando mas cada dia 
y recargando su memoria con nuevos agra- 
vios. Ail anocbecer se levantaban. Entonces se po- 
nian a leer, en el silencio solemne y misterioso 
de la noche, a la indecisa y debil luz de una lam- 
para (3), ciertos pasajes de la Biblia, sabre todo 
el capitulo X de San Mateo, los Padres de la Igle- 
sia y la "Vida de los Santos", que eran casi 
los unicos libros que conocian. Leian que Cristo ha- 
bfa dicho: "Id y ensenad a todas las naciones. 
Lo que os digo en las tinieblas, decidlo a la luz; 
h que os digo al oido, predicadlo en ilas casas. Os 
envio como corderos entre lobos. Sereis llevados 
ante los gobemadores y hasta delante de los ra- 
ves por causa mia, oara Que deis testimonio de 



(1) Eulogio, Memor. Sanct., p. 247. 

(2) Leovlgildo, de Habitu Clericorum — Esp. Bagr., t. XI, 
p&gina 623 — . 

(3) Lseovigildo, Loco laudato. 



y 



a 



104 

mi. No temais a los que matan el cuerpo pero 
no pueden matar el alma; temed mas bien al 
que .puede perder el alma y el cuerpo arrojan- 
dolos en la gehenna" (1). Leian tambien en los 
grandes doctores que gozaran especialmente de 
la beatitud de los elegidos aquellos que, aun cuan- 
do el ocultarse no seria un crimen, se ofrecen es- 
pontancamente al martirio (2). Pero lo que prn> 
cipalmente inflamaba la enfermiza imaginacion de 
los sacerdotes era el ejemplo de los santos pues- 
fcos a prueba por la persecucion de los paganos 
y que, lejos de rehuir el martirio, se mostraban 
avidos de tan sagrada muerte (3). Viviendo en 1 
admiracion continua de estos heroes de la fe, sen* 
tian agitarse en su alma la necesidad imperiosa 
de imitarlos; lamentaban no verse perseguidos y 
anhelaban ardientemente la ocasion de hacer un 
acto publico de fe como tantos siervos fleles de 
Dios en los primeros anos de la Iglesia. 

Este partido exaltado y fanatico obedccia al 
impulso de dos hombres insignes: el sacerdote 
Eulogio y el seglar Alvaro. 

Eulogio pertenecia a una antigua familia cor- 
dobesa que se distinguia tanto por su fervor cris- 
tiano como por su odio hacia los musulmanes, Su 
abuelo, llamado tamfbien Eulogio, cuando oia a 
los muecines anunciar, desde lo alto de los mina- 
reties, la hora de 3 ; a plegaria, 'hacia la senal de 



(1) Eulogio, Memor, Sanct. t p. 240. 

(2) Eulogio, p. 249. 

(3) Eulogio, Ibid. 



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105 

la cruz y entonaba estas palabras del salmista: 
»j Oh, Dios, no guardes silencio ni te calles! jPor- 

que he aqui que tus enemigos zumban y los que 
te odian han ilevantado la cabeza!" (1). Sin embar. 
go, por grande que fuesc la aversion de esta fa- 
niilia hacia los arabes, Jose, el menor de los tros 
hermanos de Eulogio, entro como empleado en la 
administracion publica. Sus otros dos hermanos 

se dedicaron al comercio (2) ; una d<e sus hemia- 
nas, llamada Anulona, tomo el velo de religiosa, y 
el mismo Eulogio f-ue destinado desde niiio al 
sacerdocio. Educado entre los sacerdotes de la 
iglesia de San Zoilo, estudio noche y dia, con tal 
aprovechamiento que bien pronto aventajo no 
solo a sus condisclpulos, sino tambien a sus maes- 

tros. Entonees, ardieiudo en deseos de aprender lo 
que ellos no podian ensenarle, pero temiendo 
ofenderlos si les manifestaba su secreto propasi- 
to, nada les dijo; pero, a escondidas, asistia a las 
clases de los doctores mas renombrados de Cor- 
doba y, sobre todo, a las del elocuente abad 
Spera-in-Deo (3), autor de una refutacion de las 

doctrinas musulimanas (4) y del relato del supli- 
cio de dos martires decapitados al comienzo del 
reinado de Aibderrahman II (5). Tan celoso doc- 
tor ejercio la mas alta influencia sobre el espiri- 



(1) Eulogio, Apolog. martyrum, p. 313. 

(2) Eulogio, Epist. ad Wiliesindum. 

(3) Alvaro, Vita Eulogii, c. 2. 

(4) Eulogio cita un fragmento de este Hbro en su Me- 
mor. Sand., pp. 241 y 242. 

(5) Eulogio, Memor. Sanct.j p. 267. 



t 



i 



106 

tu del joven Eulogio, inspirandole aquel odio som- 
brio y feroz contra los musulroanes por el. cual 
se distinguio toda su vida. Fig-uro tambien entre el 
auditorio de Spera-in-Deo, donde conocio a Alva- 
ro, noble y rico joven de Cordoba que aunque I 
no aspiraba al sacerdocio seguia asiduamente los 
cursos del celeb re abad, cuyos sentimientos com- 
partia. Eulogio y Alvaro habian nacido para com- 
prenderse y amarse; bien pronto los unio una 
estrecha amis-tad, y al escribir, en edad avanza- 
da, la biografia de su amigo, Alvaro recuerdia con 
complacencia la epoca en que ambos se juraban 

una amistad eterna, en que estaban pendientes 
de los labios del gran doctor con que ae enorgu- 
llecia la Betica, y en que su mas grata ocupacion 
era escribir volumewes de cartas y versos, voflu- 
mencs que destruyeron mas tarde, a pesar de los 
encantadores recuerdos que encerraban, por te- 

mor a que la posteridad los j-uzgase por tan 
debiles proclucciones de una entusiasta juv<en- 
tud (1). 

Ordenado de diacono, y despues de sacerdote 
en la iglesia de San Zoilo, Eulogio se granjeo, 
por sus virtudes, el aprecio de cuantos le cono- 
cfan, Se complacfa en visitar los conventos, sobre 
los cuales ejercio bien pronto beneflco influjo, y 

entranando su piedad una singular exaltacion, ma- 
ce raba su cuerpo con ayunos y vigilias, pidiendo 
a Dios como un favor especial le librase de una 



(t) Alvaro, Vita Eulogii, c. 2. 



107 



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lie vase 



VJua que eia uiiw. taxgd y it 

turanza de los e^egidos (1). 

Sin embargo, vsu austera vida fue iluminada por 
un dulce rayo de amor; pero este amor era tan 
casto y tan puro en su santa sencillez que el 
mismo Eulogio no se daba cuenta de el y, sin pen- 
sarlo, lo confiesa con encantadora ingenuidad. 

Habia entonces en Cordoba una bellisima joven 
Uamada Flora, cuyo caracter tenia con el de Eu- 
logio misteriosas afmidades. Nacida de un ma- 
trimonio mixto, pasaba por musulmana; pero 
como habia quedado huerfana de padre en la mas 
tieroa edad, su madre la habia educado en el 
cristiani&mo. Esta piadosa mujer ]e habia inspi- 
rado el mas vivo fervor hacia las cosas santas; 

pero su hermano, eeloso musulm&n, espiaba todos 
sus pasos de tal suerte que solo ranas veces po- 
dia asistir a misa. Pesabale esta sujecion y se 
preguntaba si no pecaba consintiendo en pasar 
por musulmana, porque leia en su amada Biblia: 

"Al que mie confrere delante de los hombres, yo 
le confiesare tambien delante de mi padre que 

esta en los cielos; pero cu-a'lquiera que renegare 
de mi delante de los hombres, renegare tambien 
tie el delante de mi padre que esta en los cielos." 
Puerto y valerosa, intrepida y altiva, estaba ad- 

niirableniente dotada para una resistencia indo- 
mable, tenia un caracter energico, emprend^dor y 
exaltedo. Por consiguojente, adopto bien pronto 



(I) Alvaro, Vita Eulogii, c. 3. 



108 

una resolution. A hurtadillas de su hermano abaiw 
dono la casa, acompaiiada de su hermana Balde- 
gotona, que compartia sus sentimientos, y ambas 
joven.es buscaron asilo entre los cristianos. Su 
hermano las busco inutilmente en todos los con- 
v-entos; en vano nizo encarcelar a los sacerdotes 
que sospechaba las tenian ocultas, porque Flora, 
no queriendo que los cristianos fuesen persegui- 
dos por ella, se presento espontaneamente en la 
casa y dijo a su hermano: 

— Me buscas, persigues al pueblo de Dios por 
causa mia; pues bien, aqul estoy; me presento a 
ti y te digo energicamente, porque estoy orgullo- 
sa de ello: Si, son fundadas tus sospechas: soy 
cristiana. Intenta, si te atreves, separarme de 
Cristo por medio de tormentos; yo sabre sopor- 

tarlo todo. 

— ;I>esgraciada! — exdiamo su hermano^ — . ^No 
sabes que nuestra ley impone al apostata la pena 
de muerte? 

— Lo se — respondio Flora — ; pero sobre el ca- 
dalso repetire con igual firmeza: j Jesus, mi Sefior, 
mi Dios, Uena de amor por ti, muero dichos&. 

Furioso por esta obstinacion, el musulman tuvo 
la crudkiad de golpear a su hermana; pero Flo- 
ra tenia uno de esos temperamentos tan excep- 
cionales, tan perfectos, que el dolor ffsico pare- 
cia no hacerle mella; asi, su hermano, viendo que 
su brutalidad resultaba inutdl, procuro convencer- 
la por la dulzura, aunque tambien sin exito, En- 
tonces, llevandola ante el cadi: 



109 

—Juez — le dijo — , he aqui a mi hermana, que 
siempre habia honrado y practicado coninigo 
nuestra santa religion; pero los cristianos la han 
pervertido, le han inspirado el desprecio hacia 
nuestro Profeta, haeiendole creer que Jesus es 

Dios. 
— ^Es cierto lo que afirma tu hermano? — pre- 

gunto el cadi, dirigiendose a Flora. 

— jY que! — replied la joven — , £ llamas mi her- 
mano a ese impio ? Yo reniego de el. Lo que aca- 
ba de decir es falso; jamas he sido musulmana; 
desde mi tierna infancia he conocido y adorado a 
Cristo. El es mi Dios y nunca tendre mas espo- 
so que el. 

El cadi habria podido condenar a muerte a 
Flora; pero tal vez conmovido par su juventud 
y su belleza, y creyendo que un castigo corpo- 
ral bastaria para volver al redil aquella oveja ex- 
traviada, ordeno que dos guardias extendiesen los 
brazos de la joven cristiana y le desollasen la 
nuca a latigiazos. Despues, entregandola mas 
muerta que viva a su hermano, le dijo: 

— Instruyela en nuestra ley, y si no se convier- 

te, traemela otra vez. 

Ya en su casa, e& rmisuknan hizo cuidar a 
su hermana por las mujeres del harem Temien- 
do se le escapase por segunda vez, procuraba te- 
ner las puertas cerradas; pero como un alto muro 
rodeaba todo el edificio, juzgo inutil adoptar 
otras preoauciones. Olvidaba que una mujer tan 
valerosa como Flora no retrocede ante ningun 



110 

obstaculo. A los pocos dias, apenas cicatrizadas 
sus llamas, se sintio bastante fuerte para inten- 
tar una evasion. A favor de la noche escailo has- 
ta el techo una habitacion que estaba en el patio, 
y trepando con ligereza haste, el muro, se deslizo 
a tierra y llego sin incidente a la calle. Vagando 
al azar entre las sombras, tuvo la suerte de Ue- 
gar a casa de un cristiano conocido, donde perma- 
necio oculta algun tiempo y donde Eulogio la vio 
por primera vez (1). La belleza de Flora, la irresis- 
tible seduction de sus palabras y de sus mane- 
ras (2), sus novelescas aventuras, su inquebran- 

table nrmeza en los padecimientos, su tierna pie- 
dad y su exaltation mistica, ejeroieron un poder 
verdaderamente eleotrico sobre la fantasia del jo- 
ven saoerdote por habituado que estuviera a do- 
minarse. Concibio por Flora una amistad exalta- 
da, una especie de amor intelectual, un amor 
propio de las moradas angelicas, donde las almas 
solo pueden arder en el fuego de santos deseos. 
Seis anos despues aun se acordaba de los me- 
nores detalles de aquella primera entrevista, y, 
lejos de debilitarse aquel recuerdo, parecfa ha- 
berse acreoentado y avivado con la edad, como 
testifican estas apasionadas palabras que escribia 
a Flora: "De dignaste, santa hermana, hace mu- 
cho tiempo, mostrarme tu nuca llag-ada por los 
golpes y privada de la hermosa y abundante ca- 



I 






(1) Eulofiio, Memor. 8<tnct* M pp. 265 y 266. 

(2) Specie decoris et venuatate corporis nimium florcns. 
Idem Ibfd. 



, 111 

bellera que antes la cubria; es que me consideras 
como tu padre espiritual, puro y casto como tu 

mJsma. He puesto suavemenbe la mano sob re tus 
llagas; habrla querido curarlas oprimlendolas 
con mis labios, pero no me he atrevido... AI ale- 
jarme de ti me parecia sa'Iir de un ensueiio y sus- 
piraba sin cesar..." (1). 

Temiendo ser descubierta en Cordoba, Flora, 
acompanada de su hermana Baldegotona, fue a 
buscar un oculto asilo. Mas tarde diremos donde 
v como Eulogio volvio a encontrarla. 



i 



VII 



Mientras log celosos cristianos de Cordoba se 
entregabam a los pedigrosos ensuenos de una am- 
bicion aJirnentada en la sombra y amargada en 
la inacci6n, ocurrio un suceso que acrecento, si 
era posible, su fanatismo y su odio. 

Lin saoerdote de la iglesia de San Acisclo, 11a- 
mado Perfeoto, habfa salido un dia a sus negocios 
particulares, cuando unos musuHmanes se le acer- 

caron y trabaron conversation can el, porque ha- 
blaba bastante bien el arabe. La conversacion re- 
cayo bien pronto sobre religion, y los islamitas 
pregrmtaron a Perfecto su opinion sobre Jesu- 

cristo y Mahoma. 
— En cuanto a Cristo, es mi Dies — afirmo — ; 



(1) Docum. mart., p. 325 



112 

respeeto a vuestro Profeta, no me atrevo a deci- 
ros lo que los cristianos pensamos de el, porque, 
si lo hiciese, os ofenderiais y me entregariais al 
cadi, que me condenaria a muerte. Sin embargo, 
si me asegurais que no tengo nada que temer, os 
dire, en confianza, lo que sobre esto se lee en el 
Evangalio y la fama de que goza entre los cris- 
tianos. 
— Puedes fiarte de nosotros — replicaron los mu- 

sulmanes — ; no temas nada y refierenos lo que 
tus compatriotias opinan de nuestro Profeta. Ju- 
ramos no traicionarte. 

— Pues bien — afiadio . Perfecto— , en el Evange- 
lio se lee: "Surgiran falsos prof etas, que haran 
prodigios y milagros para seducir a los misanos 
elegidos, si esto fuera posible." EI mayor de estos 
falsos profetas es Maihoma. 

Una vez decidido, Perfecto fue mas lejos de lo 
que queria, desatandose en injurias contra Maho- 
ma, al que llamaba siervo de Satanas. 

Los musulmanes le dejaron partir tranquila- 
mente, pero le guardaron rencor, y algiin tiempo 
despues, viendole aproximarse, y no creyendose 
obligados a cumplir su. juramento, gritaron ante 
el pueblo: 

— Este insolente que aqui veis ha proferido en 
nuestra presencia blasfemias tan horribles con- 
tra el Profeta que el mas paciente de vosotros 

r 

si He hubiera escuchado habria iperdido su san- 
gre frla. 
Inriiediatamente Perfecto, "como si hubiese irri- 



rr 



113 

tado a una colmena", dice Eulogio, se vio rodea- 
do de una furiosa oiultitud que se precipito sobre 
el y le arrastro hasta el tribunal del cadi, coji 
tal velocidad que sus pies apenas tocabian el 

sueio. 
— Este sacerdote — dijeron los musulmanes al 

juez — ha blasfemado de nuestro Profeta. Mejor 

que nosotros sabes el castigo que merece tal 

crim-en. 

Despues de escuchar a los testigos, el cadi pre- 
gunto a Perfecto lo que tenia que alegar. El po- 
bre clerigo, que no era ciertahrente de los que 
estaban preparados para desempenar el papel 
de martir, y que temblaba de pies a cabeza, no 
encontro nada mejor. que negar las pa-labras que 
le afcribuian, lo cual no sirvio de nada, porque su 
crimen estaba sulicientemente probado, y el cadi, 
atenienclose a la ley musulmana, le condeno a 
muerte por blasfemo. Cargado de cadenas, el 
sacerdote fue arrojado en una prision, donde de- 
bfa permanecer hasta el dia que Nasr, el cham- 
belan, fijase para la ejecucion de la seoitencia. 

No habia esperanza para el pobre clerigo, vie- 
tima de la traicion de algunos musuilmanes a los 
juramentos en que habia tenido la iniprudencia 
de creer. Pero la cerbidumbre de su pr6xima 
muei*te le devolvio el valor que no habia tenido 
ante el cadi. E^casperado por la falta de fe que 
iba a costarle la vida, cierto de que nada podia 
salvarle ni agravar su pena, confiesaba valiente- 
mente que habia injuriado a Mathoma; se gloria, 

Hist., musulmanes, — T. II 8 



114 

ba de ello, maldiciendo sin cesar al falso Profeta, 
su doctrina y su secta, y preparandose a morir 
como un martir. Rezaba, ayunaba, y rara vez el 
sueno venfa a cerrar sfus parpados. Asi transcu- 
rrieron los meses. Parecfa que Nasr se habia ol- 
vidado del sacerdote o que se tomaba el traba- 
jo de prolongar su lenta agonia. El hecho es 
que Nasr habia decidido, con un refinamiento de 
crueldad, que el suplicio de Perfecto se verifica- 
se durante la fiesta que los musulmanes celebran 
despuds del ayuno del mes del Ramadan, el pri- 
mer dia del mes de Xaual. 

Aquel ano, 850, el primero de Xaual cayo en 
un d£a de prknavera — 18 de abril — . Desde el 
amanecer, las calles de Cordoba — que durante las 
mananas de los treinta dias de cuaresma hablan 
estado desiertas y silenciosas — presentaban un es- 
pectaculo animado y hasta un poco grotesco. Ape- 
nas podfan contener la inmensa turba que se pre- 
cipitaba hacia las mezquitas. Los ricos iban ves- 
tidos con magnfficos trajes nuevos; los esclavos, 
con los que sus duefios acababan de darles; los 
muohachos se pavoneaiban entre las largas vesti- 
duras de sus padres. Todas las cabalgaduras ha- 
bfan sido alquiladas y transportaban en sus lo- 
mos el mayor numero posible de personas. La ale- 
gr£a se pintaba en todos los rostros; los amigos, 
al encontrarse, se f elicitaban y se abrazaban. Ter- 
mtinada la ceremonia religiosa, comenzaron las vi- 
siters; los visitantes eran obsequiados con los man- 
jares mas selectos y los vinos mas exquisitos; las 



110 

puertas de los magnates estaban atestadas de po- 
bres, que se lanzaban cual una nube de voraces 
cuervos sobre las migajas de los festines. Hasta 
para las mujeres, encerradas el resto del ano con 
tribes cerrojos, era aquel un dia de fiesta y liber- 
tad; y mientras sus padres y sus niaridos be- 
bfan y se embriagaban, ellas recorrian las calles 
con palmas en las manos y distribuian pasteles 
a los pobres, dirigiendose a los cementerios, don- 
de, coin el pretexto de llorar a los difuntoa, urdian 
innumerables intrigas (1). 

Al mediodia — cuando innutmerables embarcacio- 
nes, llenas de musulmanes semiebrios, surcaban fel 
Guadalquivir, y los cordobeses se reunian en una 
gran explanada al otro lado del rio, en aparien- 
cia para oir un sermon, pero en realidad para re- 
anudar las diversions — , fueron a anunciar a Per- 

r 

feeto que, por orden de Nas-r, su suplicio iba a 
verificarse inmediatamente. Perfecto sabla que las 
ejecuciones tenian lugar en la misma explanada 
donde la turba gozosa se soUazaba en aquel mo- 
mento. Estaba preparado a subir al cadalso; pero 
la idea de haoerlo en medio del regocijo y la ale- 
gria generates, la idea de que la contemplacion de 
su tormento fuese para la multitud una diversion, 
un nuevo pasa/tiempo, le henchian de dolor y rabia. 
— Os vaticimo — exclamo inflamado en justa co- 

l-era — que ese Nasr, ese hornbre orgulloso, ante 



(1) Lane, Los modernos egipcios.^ t. II, pp. 26G-2G9; Mi- 
si6n histdrica de Man^uecos, p. 46; Ly6n, Viajcs por el 
Norte de Africa, pp. 108 y 109; Euloglo, Memor. Sanct, t 
libro II, c. 1. 



116 

el cual se inclinan los jefes tie las mas antiguas 
y nobles familias, ese hombre que ejerce en Es- 
pana- un agregio poder, no vera el aniversario de 
esta fiesta en que ha teniclo la crueldad de fijar 
mi suplicio. 

Perfeeto no dio ninguna muestra de debilidad. 
Mientras le conducian al cadalso, gritaba: 

— • Si, he maldecido y maldigo aun a vuestro 
Profeta! j Maldigo a ese impostor, a ese adultero, 
a ese hombre diabolico! jVuestra religion es la 
de Satanas! jOs esperan a todos las penas del in- 

fierao ! 
Repitiendo sin cesar estas palabras, subio con 

paso flrme al patibulo, en torno del cual se api- 

rlaba el populaoho, tan fanatico como curioso y 
muy satisfecho de ver decapitar a un cristiano 

que habia blasfemado de Mahoma. 

Para los cristianos, Perfeeto se convirtio en un 

santo. Con el obispo de Cordoba a la cabeza, 31e- 

varon su ataud con gran pompa a la fosa donde 

reposaban los restos de San Acisclo. Publicaron, 

ademas, por todas partes que el mismo Dios se 

habia encargado de vengar a aquel santo. La no- 

che siguiente a su ejecucion zozobro un barco, y 

de ocho musulknanes que le tripulaban se habian 
ahogado dos. "Dios — decia Eulogio — ha vengado 
la muerte de su soldado. Habi-endo enviado nues- 
tros crueles per&eguidores a Perfeeto al cielo, el 
rio se ha tragado a dos de ellos para enviarlos 
al infiemo." Los crisbianos tuvieron aun otra sa- 
tisfaction: la prediction de Perfeeto se cump(li6; 



■^. 



t: 



h-. 



5. 

*m - 



117 

antes del ano, Nasi* murio de un modo tan subi- 
to como terrible (1). 

Este poderoso eunuco fue victima de su propia 
perfidia. La sultana Tarub queria asegurar el de- 
re cho de sucesion a la corona a su propio hijo 
Abdala, en perjuicio de Mohamed, el mayor de 
los cuarenta y cinco hijos de Abderrahman II 
—hijo nacido de otra mujer, llamada Bohair — ; 
pero, por grande que fuese su influencia sobre su 
esposo, no habia podido conseguir ha eerie adop- 
tar su proyecto. Entonces ella habia recur rido a 
Nasr — pues conocla su odio contra Mohamed' — y 
le rogo la librase de su esposo y del hijo de Bo- 
hair. El eunuco le prometio complacerla, y que- 
riendo comenzar por el padre, se dirigio al me- 
dico Hartrani, que habia venddo de Oriente y ad- 
quirido en poco tiempo en Cordoba una gran 
reputacion y una fortuna considerable gracias a 

la venta de un remedio eflcacisimo contra las en- 
fermedades intestinales, remedio cuyo secreto po- 
seia, vendiendole al precio exorbitant^ de cin- 
cuenta monedas de oro cada 'boifeella (2), Nasr le 
pregfunto si estimaba en algo su favor, y habien- 
dote contestado el medico que nada anhelaba tan- 
to como complacerle, <le did mil monedas de oro 
encargajidole que prepai v ase un veneno muy peli- 

h 

groso conocido can ©1 nombre de basun al-moluc. 
Harrani habia adivdnado el proyecto del eunu- 



(1) Eulogio, Memor. Sanct., 1. II, c. 1.; Alvaro, Indie. Lu- 
mm, 3 pp. 225-227. 

(2) V6ase el artfeulo sobre Harrani, en Ben-abi-Osaibia. 



118 

co. Vacilando ante el temor de envenenar al emir o 
de atraerse la colera del poderoso chambelan, 
preparo el veneno y se lo envio a Nasr; pero al 
misrno tiempo mando decir secretamente a una 
mujer del serrallo que aconsejase al monarca no 
tomase la pocion que Nasr le ofreceria. 

Habiendo ido el eunuco a ver a su senor, y 
oyendole quejarse de su mala salud, le aconsejo 
que tomase un excelente remedio que un medico 
celebre le habia proporcionado. 

■Te lo traere man an a — aiiadio — , porque es 

preciso tornado en ayunas. 

Al dia siguiente, cuando el eunuco llevo el ve- 
neno, el monarca le dijo, despues de examinar el 
f rasco : 

— Este medicamento podria serine nocivo; toma- 
lo tu ahora mismo. 

l^stupefacto, no se atrevio a desobedecer por 
no delatar su criminal proposito, esperando, ade- 
mas, que Harrani sabria neutralizar sus Rectos. 
Nasr lo apuro, y en cuanto pudo, sin excitar sos- 
pechas, volo a su paLacio, mando a buscar a Ha- 
rrani, le refirio lo ocurrddo y le pidio un antidoto. 
El medico le receto leche de cabra. Pero era de- 
masiado tarde (1). El veneno le habia abrasado 

las entranas, y Nasr murdo de'uma violenta disen- 
teria (2). 

Los sacerdotes cristianos ignoraban lo que ha- 
bia pasado en la corbe; lo que sabian era oue 



(1) Hon-al-Cutia, fol. 31 v., 32 r. 

(2) Kulogio, Memor. Sanct., 1. II, c. 1. 



? 



119 

Nasr habia muerto subitamente, y aun se difun- 
#6 entre ellos el rumor de que habia sido enve- 
nenado; pero no sabian nada mas. Parece que la 
corte procuro ocultar el abortado complot, en el 
cual estaban complicadas personas de alta cate- 
goria, complot que solo conocemos por las cuaio- 
sas revelacknes de un cliente cle los ommiadas 
que escribia en una epoca en que podia habliar 
libremente porque todos los conspiradores ha- 
bian dejado de existir. Pero lo que habia llegado 
a conocimiento de los sacerdotes Tes bastaba; lo 
esenciail para ellos era, que la prediction cle Per- 
fecto — conocida de gran numero de cristianos y 
musulmanes enoerrados- con el en la misma pri- 
sion — se habia cumplido de la manera mas pa- 

tente. 
Algun tiempo despues, el injusto y excesdvo 

rigor con que trataron los musulmanes a un mer- 

cader cristiano exaspero todavia mas al partido 

exatado. 

Juan — 'el mercader en cuestion — era un ham- 
bre completamente inofensivo, y nunca le habia 
pasado por la cabeaa que su desfcino seria sufrir 
por la causa de Cristo. No pensando mas que en 
su comercio, hacia buuenos negocios, y sabiendo 
que el ser cristiano no era una recomendacion 
para los musulmanes que venian a comprar al 
mercado, habia tornado la costumbre, al hacer 
valer su mercancia, de jurar por Mahoma. "jPor 
Mahomja, esto es excelente! jPor el Profeta — que 
Dios le sea propicio — , no encontrareis en ningu- 



i2a 

na parte cosas in ej ores que aqui", f rases que le 
eran habitual es y de las cuales no tuvo que ar-re- 
pentirse en mucho tiempo. Pero sus competi-do- 
res, menos favorecklos de parroquianos y ra-bio- 
sos al ver su prosperidad siempre creciente, bus- 
cando camonra, un dia que k oyeron jurav nue- 
vamente por Mahama le dijeron: 

— rSiempre tienes el nombre de nuestro Pro- 
feta en la boca a fin de que los que no te oo- 

nocen te tomen por musulman. Adernas, es ver- 

daderamente insoportable oirte jurar por Maho- 
mia cada vez que sueltas una mentira. 

Juan protesto al principio que, si empteaba -el 
nombre de Mahoma, no lo hacia con intencion de 
herir a los musulmianes; pero, en seguida, acalo- 
randose la dispute, exclamo: 

— I Pues bien : no pronunciare mas el nombre 
de vuestro Prof eta, y maldito sea el que lo pro- 
mmcie ! 

Apenas hubo dicho estas palabras, cuando le 

cogieron, gritando que habfa proferido una blas- 
femia y le arrastraron ante el cadi. Interrog-ado 
por este ultimo, Juan sostuvo que no habia teni- 

do el designio de injuriar a nadie, y que si se le 
acusaba era por celos de oficio. El cadi, que debia 
absolvier&e si le juzgaba inocente, o condenarle a 
muerte si le crela culpable, no hizo ni lo uno ni 
lo otro. Adopto un te'rmino medio: le condeno a 
cuatrocientos azotes, con gran decepcd<>n del po- 
pulacho que gritaba que Juan habia merecido la 
muerte. El pobr-e hombre sufrio su castigo; d'es- ' 



121 

pues,;moiitado sobre un asno, con la cabeza hacia 
atras, fue paseado por las calles de la poblacion, 
mientras un heraldo iba gritando delante de el: 
— Ved como se castiga al que se atreve a bur- 
larse del Prof eta! 

En seguida, oargado de cadenas, fue encerra- 
do en una prision. Cuando Eulogio le encontro 
alii algunos meses despues, las senates que el 
latigo habia trazado en sus cames eran todavia 
visibl-es (1). 

Po.cos dias despues, los exaltados, que hacia 
tiempo se reprochaban su inaction, entraron en 
la liza. Cifraban sus anhelos en morir a manos 
de los iirfieles; para conseguirlo no tenian mas 
que injuriar a Mahoma, y as! lo hicieron, si gui en- 
do el ejemplo del monje Isaac. 

Nacido en Cordoba, de padres nobles y rieos, 
Isaac habia reoibido una esmerada education-. Co- 
nocia perfectamente el arabe, y siendo aun muy 

joven habia sido nombrado catib — empleado en fla 
administration — por Abderrahman II. Pei'o a los 

veinticuatro anos, impdlsado por repentinos es- 

cruipuilos de concieaicia, abandono la corte, donde 
le esperaba un brilla-nte porvenir, para sepultarse 
en el convento de Tabanos que su tio Jeremias 
habia construido a sus expenses al norte de C6/r- 
doba. Sitwado entre altas montafuas y espesos 
bosqiues, aquiel moriasterdo, donde la disoipMna era 
mas dura que en ninguna parte, ena considerado, 



(1) Alvaro, Indie, lumin., pp. 227 y 22S; Eulogio, Me 
mor. Sanct., pp. 242, 243 y 269. 



122 

con razon, como el foco del fanatismo. Isaac en- 

contro alii a su tio, a su tia Isabel y a otros 

muchos parientes que habian llevado hasta los 
ultimos limit es el sombrio genio del ascetismo. 
Su ejemplo, la soledad, el aspecto de una natu- 
raleza triste y salvajc, los ayunos, las vigilias, la 
oracion, las maceraciones, la lectura de la "Vida 
de los Santos", todo en fin acabo por desenvol- 

ver en el alma juvenil del monje un fanatismo 
que rayaba en delirio cuando se creyo llamado 
por Cristo para morir por su causa. March 6, pues, 
a Cordoba, y presentandose al cadi, le dijo: 

— Desearia convertirme a tu fe si quieres ins- 
truirme. 

De buen grado — respondio el juez, que, sa- 
tisfecho de poder hacer un prose>tato, comenzo a 
exponerle las doctrinas del islamismo; pero Isaac 
le interrumpio en medio de su discurso excla- 
mando: 

— Vuestro Profeta ha mentido y os ha enga- 
riado a todos. Maldito sea ess infame, encenaga- 
do por todos los crimenes, que ha arrastrado con 
el a tantos desgraciados al infierno! £Por que tu, 
que eres un hombre sensato, no abjuras esas doc- 
trinas pestilences ? i Como puedes creer las im- 
posturas de Mahoma? jAbraza el cristianismo; 
en el esta la salvacion! 

Fuera de si por la inaudita audacia del monje, 
el cadi movio los labios, pero no pudo articular 

paflabra, y llorando de rabia dio una bofetada a 
Isaac. 



123 

— jC6mo!— -exclamo el monje—, ite atreves a 
abofetear un rostro que Dios ha formado a su 
imag-en ? Ya rendiras cuentas algun dia. 

— jCalmate, oh cadi!— ! e dijeron los asesores— . 
Acuerdate de tu dignidad y de que nuestra ley no 
permite ultra jar a nadie, ni aun al sentenciado a 
rauerte. 

— jDesgraciado! — exclamo el cadi, dirigiendose 
al monje — - Sin duda, estas ebrio o has perdido la 
razon y no sabes lo que dices! ^Ignoras que la ley 
inmutable del Profeta a quien ultrajas tan incon- 
sidaradamente con&ena a muerte a los que se atre- 
ven a hablar conio tu? 

— Cadi — replico trail quilamente el monje—-, es- 
toy en mi sano juicio y no he bebido vino. Ar- 
diendo de amor por la verdad, he querido dedrte- 
la a ti y a cuantos te rod-ean. Condename a muer- 
te; lejos de temerlo, lo deseo, porque se que el 
Senor ha dicho: "Bienaventurados los que son 
persfcguados por la verdad, porque de ellos es el 
reino de los cielos." 

El cadi se apiado del monje fanatico, y des- 
pues de reducirle a prision, fue a demandar per- 
miso al emir para aplicar una pena mas levie a 
aquel h ombre, indtuidablernente enajenado; pero 

AbderrabnTam, exa&perado contra los cristianos 
por los honores que habian tributado al cadaver 

de Perfecto, le ordeno apllcase la ley con todo 

rigor; y queriendo impedir que lo*s cristianos en- 

terraisen con pompa el cuerpo de Isaac, le mando 

ademas que el cadaver (permaneciese colgado de 



124 

una horca, con la cabeza hacia abajo, durante al- 
gunos dias, y que despues fuese quemado y las 
cenizas arrojadas al no. Estas ordenes fueron eje~ 
cutadas el 3 de junio del 851; y quizas porque 
el emir privara asi al convento de Tabanos de 
preciosas reliquias, los monjes se desquitaron in- 
cluyendo a Isaac en el numero de los santos y 
refiriendo los milagros obrados por el, no solo 
durante su infancia, sino aun antes de venir al 
mundo (1). 

El camino estaba abierto; dos dias despues del 
suplicio de Isaac, el frances Sancho, pertenecien- 
te a la .guardia del emir, pero discipulo de Eulogio, 
blasfemo de Manama y fue decapitado (2). Al do- 
mingo siguiente, 7 de junio, seis monjes, entre 
los cuales figuraban Jeremias, el txo de Isaac y 
un tal Habencio, que siempre vivia recluido en 
su celda, se presentaron al cadi gritando: 

— jTambien nosotros, tambietn nosotros soste- 
nemos lo que nuestros santos hermanos Isaac y 
Sancho ! 

Y despues de haber blasfentado de Mahoma, 
afiadieron: 

— jVenga ahora a tu Profeta! jTratanos con la 
mayor crueldad! 

Fueron tambien deca-pitados (3). Despues, Si- 
senando, sacerdote de la iglesia de San Acisclo, y 



(I) Eulogio, Memor. Sanct., pp. 237 y 238; Ibid., 1. II, 
c. 2; Alvaro, /ntfic. Xxmin, pp. 237 y 2,18; Martlrologlo de 

Usuardo, Ettp. Sapr., t. X. f p. 379. 

(2) Kulogio. Memor. Sanct. r i. II, c. 3. 

(3) Eulogfo, Memor. Sanct. 1. II., c. 4, 



125 

que habia sido amigo de dos de estos monjes, creyo 
verlos descender del cielo para invibarle a sufrir 
el martirio; y, como ellos, fue decapitaclo. An- 
tes de subir al cadalso habia exhortado al diaco- 
no Pablo a seguir su ejemplo, y cuatro dias des- 
pues, o sea d 20 de julio, le decapitaron. En se~ 
guida, un monje jovien de Carmona, llamado Teo- 
domiro, sufrio la misima suenfce (1). 

Once martires en menos de dos meses repre- 
sentaban para eft partido exaltado un triunfo de 
que se mostraba orgulloso; pero los demas cris- 
tianos, que no querian mas que vivir tranquilos, 
se inquietaron, con razon, de aquel extraiio fana- 
tismo que podia dar lugar a que los musulmanes 
persiguieran y desconfiasen de todos los cristia- 
nos. "El emir — d'ecian a las exaltados — nos per- 
mite el ejereicio de noiestro culto y no nos tirani- 
za; la que" viene tan fanatico celo? Los que 11a- 
mais vuestros martires no lo son realm-en t'e; son 
suicidas, y su conducta ha sido sugerida por el 
orgullo, origen de todos los pecados. Si conocie- 
ran el Evangolio, habrian leido: "Amad a vues- 
tros enemigos, haced bien a los que os aborre- 

cen." En vez de estallar on injurias contra Ma- 
homa, debian saber que, segun las pailabras del 

apostol, los maMicientes no heredaran el reino 

de Bios. Los musulmanes nos dicen: "Si Dios hu- 
biera inspirado a estos fanaticos, la resolucion 
que ban adoptado queriendo patentizar que Ma- 



(1) Eulogio, Memor. Sanct., 1. II, c. 5 y 6. 



126 

homa no es un prof eta habria real iz ado mila- 
gros que nos convirtieran a vuestra fe; pero le- 
jos de eso, Dios ha consentido que los cuerpos 

de estos seudomartires hayan sido quemados y 
sus oenizas arrojadas al rio. Vuestra secta no lo- 
gra ninguna ventaja con tales suplicios, y la nues- 

tra no pierde nada; £no es, pues, una locura sui- 
cidarse de este modo?" iQue debemos responder 
a estas objeciones que nos parecen muy funda- 
das?" (1). 

Tal era el lengruaje que empleaban no solo los 
seglares, sino de la mayor! a del clero (2) . Eulogio 
se enoargo de responderles, y comenzo a escribir 
su Memorial de los Santos, cuyo primer libro e^ 
una amarga y violenta diatriba contra aquellos 
que "con su boca sacrilega se atrevcn a blasfemar 

y a injuriar a 'los martires" (3). Para refutar a~ 
los que alababan la tolerancia de los infieles, Eu- 
logio traza con los mas sombrfos colores el cua- 
dro de las vejaciones de que eran victim a los cris- 
tianos, sobre todo el clero. "jAy— exclama — , si 
en Esparla subsiste la iglesia como un lino en~ 
tre espinas; si brilla como una antorcha en medio 
de un pueblo corrompido y perverso, no hay que 
atribuir este beneficio a la tolerancia de la raza 
imp fa a que estamos sometidos en castigo de 
nuestros pecados, sino solo a Dios, que dijo a sus 
discipulos: "Yo estare con vosotros hasta el fin de 



(1) EuloglO, Memor. Sand., pp. 243, 245, 247, 248 y 249. 

(2) Plerique fidelium et—hcu proh dolor — etiam sacerdn- 
tum. Eulogio, Memor. Sand., p. 245. 

(3) Eulogio, Memor. Sanct., p. 239. 



12* 

los siglos." Despues acumula las citas, sacadas de 
la Biblia y de las leyendas, a fin de demostrar 
que no solamente es licito entregarse esponta- 
neamente a] martirio, sino que es una action pia- 
dosa, meritoria y recomendada por el mismo Dios. 
"Sabed — dice a sus adversaries — , sabed, impi- 
ros, que no temeis disminuir la gloria de los san- 
tos; sabed que en el juicio final sereis careados 
con ellos y entonces tendreis que responder ante 
Dios de vuestras blasfemias." 

Por su parte, el gobierno arabe se alarmo, con 
rason, de aquella nueva especie de rebeldia, por- 
que el fanatismo de los exaltados no era mas 
que una fase de su modo de ser, en que se mez- 
claban el ardor guerrero y el ansia, casi feroz, 
de venganza politica (1). Pero £c6mo impedir que 
estos insensatos se obstinasen en entregar su ca- 
beza al verdugo ? Si blasfemaban de Mahoma ha- 
bia que conden&iios a muerte; la ley erajnexo- 
rable en este punto. No habla mas que un medio 
efreaz: convocar un concilio y hacerle promulgar 
an decreto que prohibiese a los cristianos buscar 
un supuesto martirio. Esto es lo que hizo Abde- 
rrataian II: convoco a los obispos, y no pudien- 
do asistir personalmente a las sesiones, envio en 
su representation a un cristiano empleado en la 
administracion publica. 

Eulogio y Alvaro hablan con horror de este 



(i > Eulogio y Alvaro dan constantemente a los martirea 
el tUulo da "soldadoa de Dios para combatir al en em i go 
impio". 



128 

ccitib, de este exceptor, de este hombre inicuo, 
orgulloso, cruel, tan rico en vicios como en dinero, 

que solo era cristiano de nombre y que, desde un 
principio, habia sido el detractor y el cneirngo 
mas encamizado de los martires (1). Le odian y 
le execran hasta tal punto que evitan cuidadosa- 
roente pronunciar su nombre. Por los auto res 
arabes (2) es por quienes sabemos que se llama- 
ba Gomez y era hijo de Antonino y nieto do 
Julian. Dotado de un espiritu perspicaz y flexi- 
ble, Gomez, que, segun opinion unanime de los 
cristianos y d'e los imusulmanes (3), hablaba y 
escribfa el arabe con notable pureza y elegun- 

cia, se habia granjeado el favor de su jefe, Abda- 
la-ben-Omeya (4), y despues del monarca, por lo 
que, en la epoca de que hablamos, su influencia 
en la corte habia llegado a ser muy grande. Com- 
pletamente esceptico en religion, despreciaba so- 
bera.namente el fanatismo; sin embargo, se ha- 
bn'a Hmitado, probabiemente, a lanzar sarcas- 
mos y epigramas contra los pobres locos que in- 

necesariamente se hacia cortar la cabeza, si no 
hubiese temido que su locura lie gar a a tener para 
el mismo las mas enojosas consecuencias. Creia 
advertir que los musulmanes comenzaban a tra- 
tar a los cristianos con frialdad y casi con des- 



■ _■. \^_ _ 



H) Eulngio. Memor. Sand., 1. IT, c. 15; Alvaro, Indie, lu- 
«iM.. pp. 243 y 24-1. 

(2) -rten-al-Cutla, fol. 34 r. y v.; JoxanI, p. 291. 

(3) Kulosio, Mcmor. Sanct., 1. Ill, c. 2; Ben-al-Cutla, 
folio 54 r. ; JoxanI, p. 292. 

(1) Jion-al-Abar, p. 94. 



129 

con fianza; preguntabase con inquietud si no aca- 
barian por confundir a los cristianos fanaticos con 

los cristianos razonables, y si, en este caso, el 
v los demas empkados cristianos no llegarian 
a perder sus lucrativos empleos y hasta las ri- 
quezas que habfan acopiado. Asi es que, en el 
concilio, Gofnez no era tan solo el interprete de 
la voluntad del soberano; su propio interes esta- 
ba en juego y le inducia a oponerse con vigor 
a l torrente que amenazaba arrastrarle. 



VIII 



Las sesiones del concilio se inauguraron bajo 
la presidencia de Itecafredo, metropolitano cle 
Sevilla. Gomez expuso 3a situation y las funes- 
tas eonsecuencias que podia producir el celo in- 
tempestivo de los que insultaban a Mahoma y 
que — segtin el — , lejos de ser santos, merecian la 
excomuinion porque podian atraer sobre los de- 
mas cristianos una persecucion terrible. Por con- 
siguiente, rogo a los obispos que promulgasen an 
decreto reprobando la conducta de los supuestos 
martires y prohibiendo a los neles seguir su 
ejemplo; pero como / pro-bablemente, no bastaria 
esta medida; como los jefes del partido exaltado 
— entre los cuales senalaba Gomez al presbltero 
Eulogio — podian tener la audacia de censurar los 
actos del concilio y de excitar, a pesar del de- 
creto, a las personas sencillas y credulas a pre- 

HlST.. MUSUI.MANKS. — T. II 9 



130 

sentarse de nuevo al cadi para injuriar a Maho- 
ma— -cosa que habia que impedir a todo tran- 
ce—, pidio, ademas, a los obispos que reduje- 
sen a prision a las personas que juzgasen peli- 

grosas (1). 

Entonces Saul, obispo de Cordoba, hablo ea 

defensa de los martires. Pertenecia al partido de 

los exaltados, menos por conviccion que por ha- 

cer olvidar sus antecedentes, que estaban lejos die 

ser puros. Habiendo sido elegido obispo por el 

clero de Cordoba, pero no pudiendo conseguir que 

el moriarca aprobase esta eleccion, habia prome- 

tido cuatrocientas monedas de oro a los eunucos 

de palacio en el caso de que lograsen hacerle 

acceder a su demanda; y habiendo exigido garan- 

tfas los eunucos, les habia mandado un acta es- 

crita en arabe, en la cual se comprometia a pa gar 

la suma estipulada con las rentas de los bienes 

dol obispado, en perjuicio de los sacerdotes, que 

eran Ids unicos que tenian derecho a disfrutar de 

ellas. Los eunucos consiguieron veneer la resis- 

tencia del monarca, y este habia aprobado la 

eleccion del clero (2) ; pero deques, Saul, querien- 

do rehab ilitarse en la opinion de los cristianos 

aus terete y rigurosos, que le reprochaban sin ce- 

sar aquel trafico infanxe, habia abrazado con oa- 

lor las doctrinas de los entusiastas. Ya durante 

los pomposo-s funei*ales de Perfecto, que habi&n 

producido tantos recelos al gobierno', no habia va- 



<1) KuIokIo. Mcmor. SancU, 1. II, c. 15; ef. c. 14. 
(2) Alvaro. ICpist. X1U, c. 3. 



131 

cilado en marchar a la cabeza del clero, y ahora 
se atrevio a exponcr los argumentos que la Ei- 
blia y la "Vida de los Santos" sunrinistraban a los 
exaltados para justificar sus opinic'nes. Pero los 
otros obispos no compartian sus sentimientos; al 
contrario, estaban muy dispuestos a dar un decre- 
to en el sentido indicado por Gomez. Sin embargo, 
se encontraban en una situation bastante difi'cil; 
la Iglesia admitia el suicidio y le babia canoniza- 
do, por lo que no podlan desaprobar la conducta de 
los supuestos martires sin condenar al mismd 
tiempo la de los santos de los tiempos primit'vos 
de la Iglesia. No atreviendose, pues, a censurar, 
en principio, esta especie de suicidio ni a conde- 
nar la conducta de los que habian buscadd el rnar- 

tirio recientemente, decidieron prohibir a los cris- 
tianos aspirar en lo sucesivo a tan sagrada nrvuer- 
te. Gomez, que comprendia sus escrupulos, se coa- 
tento con esta resolucion, tanto mas cuanto que 
le prdmetio el metropolitano adoptar severas y 
energicas medidas contra los agitadores. 

Apenas publicado el decreto del concilio, Euio- 
gio y sus amigos se apoderaron de el para arguir 
contra 3us proipios autores. "Este decreto — de- 
clan— no condena a los martires de este aiio; en 
el hasta se lee que, en adelante, puede aun haber 
otros. iQue significa esa prohibicion de alcanzar 
la corona del raartirio? Comparada con el rest^ 
del decreto entrafia una singular inconsecuencia, 
que no podemos explicarnos mas que suponien- 
dok dictada por efl. miedo. El concilio* aprueba evi- 



132 

dentemente el martirio, pero no se atrevc a dc- 

clararlo (1). B 

Est os espiritus impetuosos y turbulentos des- 
aftaban, asi, con altiva arrogancia, la autoridad de 
los obispos. Pero no habian calculado todas las 
consecuencias de su audacia o creian tener mas 
firmeza y valor del que tenian realmente; nor* 
que cuando el metropolitano Recafredo, fiel a sus 
prcJmesas y secundado por el gobiemo, ordeno en- 
carcelar a los jefes del partido, sin exceptuar al 
obispo de Cordoba, la orden causo entre ellos una 
consternacion indecible. En vano Eulogio afirraa 
que si el y sus amigos se ocultaban, cambiando 
a cada instante de morada, o huian disfrazadcte, 
era porqu-e aun no se creian dignos de morir corao 
martires; el hecho es que tenian mas apego a la 
vida del que ellos confesaban. El abatimiento tan 
grande entre los maestros, "la caicla de una hoja 
no's hacia temblar de temor" — dice Eulogio — , era 



completo entre los discipulos. Veianse seglares y 
sacerdotes que antes habian prodigado alabanzas 
a los martires cambiar de sentimientos con asom- 
brosa rapidez, y hasta hubo algunos que abjura- 
ron del cristianismo y s>e hicieron musulmanes {2). 
A pesar de las precauciones que adopfcaron, el 
obispo de Cordoba y muchos sacerdotes de su par- 
tido fueron descubiertos y encarcelados (3). Eu- 
logio corrio la misma suerte- Trabajaba en su 



(1) KuloRio. Memor. Sanct., 1. II, c. 1.5. 

(2) Kulofflo, Memor. Sanct., 1. II, c. 14 y 15; Epist. IV. 

(3) Alvaro, Vita Ifulosjii, c. 4. 



13° 



O 






Memorial de los Sauto* cuando los polieias entra- 
ron de iniprovi.^o en -u morada, le prendieron en 
medio de su con^tcrnada familia y le condujeron 
a la prision (1), donde volvio a encontrar a Flo- 
ra. Yeainos por que. 

En im convento* inmediato a Cordoba habia una 
religion joven llamada Maria, hermana de uno 
de los scis monjes que se habfan presentado oi- 
multaneamente ante el cadi para injuriar a Ma- 
homa y habian sido decapitados al mismo tiemro, 
Desde la nruerte de su am ado hermano habia eai- 

F 

do en una sombria tristeza; pero' otra religion 
le refirio que el martir se le habia aparecido, ii- 
rigiendole estas palabras: "Di a mi hermana Ma- 
ria que cese de llorar mi perdida, porque bien 
pronto estara conmigo en el ciedo." A parti r de 
este instante, Maria no lloro mas; habia adopta- 
do su partido: queria morir como su hermano. Kn- 
caminandose a Cordoba entro a rezar en la igle- 
sia de San Acisclo, que se hallaba en el cannr.o, 
y se arrodillo al lado de una joven que diripia 
fervientes plegarias a los santos. Era Flora, que, 
en su exaltacion, habia abandouado su asilo y se 
prepai-aba tambien a morir cc'mo martir. Maria, 
dichosa de haber encontrado una compafiera, le 
manifesto sus designios; abrazaronse las dos j'- 
venes y juraron no separarse y morir junta*. 

— Voy a reunirme con mi hermano — exciamo 
una de el las. 



O) Kuloslo, Epist., IV 



134 

— Y yo sere dichosa al ladd de Jesus — dijo la 
otra. 

Henchidas de entusiasmo se pusieron en mar* 
cha y se presentaron al cadi. 

— He nacido de un padre pagano— -dijo Flora — , 
y hace tiempo que fui maltratada por orden tuya 
del modo mas cruel pc'rque me resistia a renegar 
de Cristo. Despues tuve la debilidad de ocultarme; 
pero hoy, llena de conflanza en mi Dios, no temo 
presentarme ante ti. Declaro, con la misma firme- 
za que antes, que Criato es Dios; declaro tambien 
que vuestro supuesto* profeta es un adiiltero, un 
impostor, un malvado. 

— Y yo — dijo a su vez Maria — , yo, cuyo her- 
mano era uno de los seis hombres magnanirv.os 
que han perecido en el cadalso por burlarse de 
vuestro' falso profeta, yo digo con la misma auda- 
cia que Cristo es Dios y que vuestra religion ha 
sido inventada por el demonio. 

Aunque ambas debian ser condenadas a muorte, 
el juez, quiza conmovido por. su juventud y su 
hermosura, se apiado de ellas y procuro hacerlas 
retractarse de lo que acababan de decir; sus es- 
fuerzois resultaron inutiles, pero se limito a en- 
carcelarlas. 

Mostraronse en la prision flrmes y valerosas: 
rezaban, ayunaban, cantaban los himnos de la 
Iglesia y se abismaban en asceticas meditaciones; 
pero, poco a poco, llego a deprimirlas el tedio de 
su larga redlusion, las siiplicas de los que que- 
rian sailvarlas y, sobre tOdo, las amenazas del juez, 



135 

que viendo que la muerte las espantaba menos 
que la vergiienza, las habia amenazado con la 
prostitution (1) si no se retractaban. Eulogio llego 
a tiempo para servirla 3 de apoyo. Su situation 
era bien penosa; tenia que soportar una ruaa 
prueba. Anamar a subir al cadalso a la que ama- 
ba sin confesarselo era para hacer retroceder d 
desfcteres mas atrevido. Y, sin embargo, lejos de 
procurar detener a Flora, de hacer le dudar en 
sus propositus, empleo toda su elocuencia en re-uvi- 
var el vacilante valor de la joven. jPodra een- 
surarse su ciego fanatismc', pero no acusarle de 
frialdad y de sequedad! A pesar de la aparente 
calma con que encubria sus videntas emockmos, 
su corazon estaba hencliido de tristeza y amar- 

gura (2). Sentia reanimarse al lado de Flora las 
impetuosas aspiraciones de un alma impresiona- 
ble y ardiente; el amor — si puede darse este nom- 
bre a la alianza inmaterial que habia conccrtado 
cch Flora — , el amor luchaba con sus escrupulos 
de conciencia; pero capaz de todo sacrificio per 
la causa de que era campeon, impoma silencio a 
sus sentimientos, y no queriendo confesar que 
habia conflado excesivamente en sus fuerzas, pro- 
curaba sofocar su dolor entregandose a una acti- 
vidad febril. Leia y escribia dia y noche. Compuso 
un tfatado para con veneer a Flora y a su com- 
panera de que no habia nada mas meritorio que 



(1) Eulogio, Docum. martyr., p. 321. 

(2) Luctum non amitto quotidianum, escribe Alvaro. 

Epist.> I. 



\- 



136 

desafiar el martirio (1). Term in 6 su Memorial de 
los Santos (2), que envio a Alvaro rogandole lo 
corrigiera. Escribio una extensa carta a su aiufeo 
Wiliesindo, obispc' de Pamplona, y tuvo calmR, y 
tranquilidad de espiritu para componer un arte 
metrica, destinada a despertar el adormecido pa- 
triotismo de sus conciudadanos, aficicnandolos a la 
literatura antigua, que debia ser considerada cowo 
literatura nacional en la ciudad que habia vistd 
nacer a los dos Seneca y a Lucano. Lejos de creer 
coma los sacerdotes de la epoca visigoda, que no 
era permitido coger y aspirar las flores que i\G 
hubiese regado el agua del bautismo (3), Eulogio 
creia haber encontrado en la literatura rorn^na 
un fuerte contrapeso a la de los arabes, a la 
cual estaban los cordo'beses tan aferrados. Ya se 
habia considerado muy dichoso al poder propor- 
cionartes copias de los manuscritos latinos de Vi r- 
gilio, Horacio y Juvenal (4), procedentes de Na- 
varra, y ahora, herido por el menosprecio que log 
hombres de buen gusto mostraban por los versos 
ritmicos, que Ha ensefiar a sus conciudadanc's las 
sabias reglas de la prosodia latina a fin de que 
trataran de componer versos calcados en los del 
sig*lo de Au gusto. 

Su elocuencia habia producido sus frutos; g^ra- 
cias a ella, Flora y Maria mo^traron, desde en- 



(1) Ksle I rat ado sc titula Documcntitm martyi'ilc. 

(2) Ks rtcclr, cl primer libro y los seia primeros capftulos 
<!el soi?i;n<lo. 

('A) Jnldoro de SpviHa, Sentcnt., 1. Ill, c. 13. 
(1) Alvaro, Vita Eulopii., c. 9. 



137 
tonces, un entusiasmo y una firmeza que asom- 
braron al mis-mo Eulogio, tan habituado a la exal- 
tacion mistica. Siempre avido de divinizar sus ad- 
miraciones, no veia en Flora mas Que una santa 
rodeada de luminosa aurec'Ia. El cadi habia min- 
dado llamar a la entusiasta joven a ruegos de su 
hermano; habia intentado, para salvarla, un ul- 
timo esfuerzo tan infructuoso como-los anterio* 
res. Cuandc* volvio a la prision, Eulogio fue a vi- 
sitanla. "Creia ver un angel— -afirma- ; un res- 
plandor celeste la rodeaba; su rostro irradiaba 
alegria; parecia participar ya de los goces celes- 
tiales, y, con la sonrisa en los iabios, me refirlo 
lo que le habia pre^untado el cadi y lo que ella 
le habia respondido. Al escuchar este relate de su 
boca, dulce como la rniel, procure confirmarla en 
su resolucion, mostrandole la corona que la espe- 
raba. Yo la adore, yo me prc'steme ante este £n- 
gel, yo me encomende a sus oraciones, y, reani- 

mado por sus palabras, volvi menos triste a mi 
sombrio, calabozo." El dia en que Flora y su 
compafiera murieron en eil cadalso — 24 de noviem- 
bre del 851 — fue para Eulogio un dia do triunfo. 
"Hermano mio — escribe a Alvaro — , el Sefior nos 
ha cc*ncedido una gracia, que nos produce una ale- 
gria inmensa. Las vfrgenes instrufclas por "os- 
otros entre lagsrinras con el verbo de la vida 
acaban de obtener la palnra del martirio. Despues 
de veneer al principe de las tinieblas y de hollar 
todos las afectos terrenales, han ido gozo'sas a 
presencia del esposo que reina en los cielos. frr<<- 



138 

tadas a las bodas por Cristo, han entrado en la 
mansion de los bienaventurados entonando un 
nuevo cantico: "i Honor y gloria a Ti, Sefior, Die's 
nuestro, porque nos has arrancado del poder del 
infierno, porque nos has hecho dignas de la fell ■ 
cidad que gdzan tus santos llamandonos a tu rei- 
no eterno!" La Iglesia esta gozosa del trhmfo 
que han alcanzado; pero nadie tiene mas derecho 

a regocijarse que yo, pues las he fartalecido en 
su proposito en el mismo mc'mento en que iban 
a renunciar a el (1)." 

Cinco dias despues, Eulogio, Saul y los demas 
sacerdotes fueron puestos en libertad. Eulogio lo 
atribuyo a la intercesion de las dos santas, cue 
antes de abandonar la prision para subir al ca- 
dalsc' habian prometido que, apenas estuviesen a 

la diestra de Cristo, demandarian la libertad de 
los sacerdotes (2). Saul so mostro desde entonces 
sumiso a las 6rden.es de Rccafredo; Eulogio, al 
contrario, rcdoblo su actividad para aumentar el 
numero de martires, y lo consiguio. Estimuladc's 
por el, sacerdote, nionjes, cristianos ocitltos y mu- 

jeres, injuriaron a Mahoma y murieron en el ca- 
dalso (3). Los exaltados ILevaron su audacia has- 
ta el extremo de que dos de ellos, un jcVen y im 
monje anciano, penetraron en la gran mezquita 
exdlamando: "El reino de los cielos ha Ilegado 

(1) Eulogio, Memor. Sanct., pp. 266-271; Eplst., I y HI. 
Alvaro, Vita Bulogii, c. 4. 

(2) Eulogio, Memor. Sanct., p. 268; Alvaro, Vic a Eulo- 
gii, c. 4. 

(3) Huloglo, Aremor. Sanct., 1. II. c. 9. 10, 31 y i2. 



139 

para Las fieles, y a vosotros, infieles, el infierna 
va a tragaros." Falto poco para que Ios destroza- 
se el pueblo enfurecido; pero el cadi interpuso su 
autoridad, los redujc* a prision, les hizo cortar 
los pies y las maaos y despues la cabeza— 16 de 
sejvtiembre del 852 — (1). 

A los seis dias, Abderrahman II murio repen- 
tinaimenfte (2). Segun el relato de Eulogio, el 
viejo emir habia subido a la terraza de pakuvo 
y al espaciar la mirada se fijo en los patibuios 
de los cuales pendian Ids mutilados eadaveres de 
los ultimos martires Did orden de quemarioa; 
pero inmediatamente fue atacado de apoplejia y 
aquella misma noche exhalo el ultimo suspiro (3). 

Como Abderrahman no habia designado here- 
dero entre sus dos hijos, Mohamed y Abdala, 
que aspiraban a suecederle, y como ambos prin- 
cipes ignoraban aun la muerte de su padre, todo 
iba a depender de la eleccion de los eunucos de pa- 
lacio, Los que hdbian asistido en los uiltimos mo- 
mentos a Abderrahman hicieron cerrar cuidado- 
samente las puertas de la fortaleza para impedir 
que se divulgara la muerte del emir; dcspues, rc- 
unidos todos sus companeros, uno de los princi- 
pals eunucos tomo la palabra, y dijo: 

— Camaradas, ha sobrevenido un acontecimien- 

to <3e la mayor importancia para nosoiros... Nues- 
tro soberano ha dejado de existir... 



(1) Memor. Sand., I. II, c. 13. 

(2) Ben-al-Cutia, fol. 32 r. 

(3) Memor. Sanct., 1. II, c. 16. 



140 



Todos nomenzaron a gemir y a llorar; pero el 
prosiguio: 

■No os aflijais ahora; ya os quedara tiempo. 
Los instanteg son prcciosos. Velemos por nues* 
tros propios intereses y por los de los musulma- 
nes en general. iA quien elevareis al trono? 

— A nuestro senor, al hijo de nuestra sultana, 
de nuestra bienhechora — exclamaron todos los 
demas. 

Las intrigas cle Tai*ub iban, por fin, a dar fru- 
to. A fuerza de dinero y de promesas habia com- 
prado a los eunucos, y, gracias a ellos, su hijo 

Abdala subiria al trono. Pero la eleccion de los 
eunuoos, ^seria aprobada por la nacion? Cabia 
dudarlo, porque Abdala no se habia distinguido 
mas que por sue relajadas costumbre&, su orto- 
doxia era mas que dudosa y el pueblo le odiaba. 
Esto pensaba el eunuco Abu-1'Mofri, piadoso mu- 
sulman que habia hecho la peregrinacion a la 

Meca. 

La opinion que acabais de oir — pregunto — , 
ies la de todos vosotros? 
— i Si ! j Si ! — contestaron. 

— Pues bien — continuo — , tambien es la mia. 
Tcngo aun mas motivos para mostrar mi grati- 
tud a la sultana, porque me ha proddgado mas be- 

neficios que a nadie. Sin embargo, es un asun- 
to que exige maduras reflexiones; porque si ele- 
gimos a Abdala, nuestro poder en Espafia ha ter- 
minate Cuando uno de nosotros saiga a la calle, 
dira cualquiera: jDios mio, mialditos sean esos 



141 

eunucos que pudiendo elevar al trono al mejor 
de los principes han preferido al mas indigno! 
Esto se dira, eamaradas. Ya conoceis a Abdala 
y a los que le rodean; si sube al trono, £que pe- 
iigrosas innovaciones no podemos temer? iQue 
sera de la religion? Sabed, ademas, que no solo 
los hombres, sino Dios mismo, os pediran cuenta 
de vuestra eleccion. 

Estas palabras, cuya veracidad ninguno se atre- 
vio a desmentir, causaxon profunda impresion en 
hs eunucos, y casi persuadidos preguntaron a 
Abu-'l-Mofri que candidato proponfa. 

— Prorpongo a Mohamed; es un hombre piado- 
so y de intachables costumbi*es. 

— Cierto — dijeron los eunucos — ; pero es taca- 

flo y seVero. 

— Le creeis avaro; pero £como podrfa mostrar- 
se generoso el que no tiene nada? Cuando reine y 
disponga del tesoro publico sabra recompensa- 
ros, no lo dudeis. 

Aceptada la opinion de Abu-'l-Mofri, juraron 
todos sobre el Goran que reconocerian a Moha- 
med, y los das eunucos Sadum y Gasim, que por 

complacer a Tarub habian side hasta entonces 
los mas ardientes partidarios de Abdala, no pen- 

saron, desde entonces, mas que en hacer las pa- 
ces con -su adversario. Casim rogo a sus cama- 
radas que implorasien perdon para el, y se lo 
prometieron; Sadum pidio y obtuvo que le comi- 

sionasen para anunciar a Mofoani-ed su elevacion 
al trono. 



142 

Como aun era de noche y las puertas de la 
ciudad estaban eerradas, Sadum se llevo las Ha- 
ves de la puerta del puente, porque el palacio 
de Mohamed estaba a la otra orilla del rio. Era 
preciso para llegar al puente atravesar el pala- 
cio de Abdala, donde todo el mundo estaba des- 
pierto porque habia fiesta como de costumbre; 
pero como no se sospechaba nada, Sadum no en- 
contro dificultad para que le franqueasen las 
puertas del palacio, y cruzando el puente Uego 
a la morada de Mohanaed. Este principe, que aca- 
baba de levantarse, estaba en el bario cuando le 
anunciaron que Sadum queria hablarle. Salio del 
bano, vistiose inmediatamente y dio orden de h> 
troducir al eunuco. 

— <,Que te trae tan temprano, Sadum? — le pre- 

gunto. 

— Vengo a anunciarte — respondio Sadum — que 
los eunucos del alcazar te hemos elegido sucesor 
de tu padre, que acaba de morir, jAla se apiade 
de su alma! He aqui su anillo. 

Mohamed no daba credito a lo que Sadum le 
notifieaba. Crefa que su hermano ocuparia ya el 

trono y que habia enviado a Sadum para matarle. 
No pensanido mas que en salvar su vida, exclamo: 
— i Sadum, teme a Dios y perdoname! Ya se 
que eres mi enemigo; mas, ipor que pretendes 
verter mi sangre? Si e,s preciso, estoy dispues- 
to a abandonar Espana; la tierra eb bastante 
grandie para que yo pueda vivir lejos de aquf sin 
causar receios a mi hermano. 



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143 

Sadum tuvo que esforzarse mucho para tran- 
quilizarle y convencerle de que cuanto acababa 
de deciiie era la para vcrdad. Al fin lo consiguio 
a fuerza de protestas y juramentos; despues 
afiadio : 

— Te asombra que sea yo quien te trae esta no- 
ticia; pero es porque he rogado a mis camaradas 
que me envien con la esperanza de que perdones 
mi pasada conducta. 

— ;Que Dios te perdone, como yo te perdono! — 
exclamo Mohamed — ; mas es\pera un instante; 
Ilamare a mi mayordomo, Mohamed aben-Musa, 
y convendremos con el las medidas que debemos 
ad op tar. 

Lo mas importante en aquellas circunstancias 

era apoderarse del palacio ; pues una vez conse- 
guido, su hermano no se atreveria a disputarle 
sus derechos al trono y todo el mundo le reco- 
nocerla; pero £como atravesar la morada de Ab- 
dala sin excitar sospechas? La dificultad estri- 
baba en esto. Si los centinelas del palacio de Ab- 
dala vela llegar a Mohamed tan de manana, pre- 
sumirlan lo ocurrido y no le franquearian el 
paso. Consultado el mayordomo, propuso deman- 
dar la ayuda del prefecto Yusuf aben-Basil, que 
tenia a sus ordenes trescientos agentes. Su opi- 
nion fue aceptada; pero Yusuf, inform ado de lo 
que ocurria, se nego a poner sus agentes a dis- 
posicion de Mohamed, creyendo mas prudente per- 
manecer neutral. 

-Van a disputarse el trono — contesto — ; no 



144 

quiero mezolarme en nada. Como clientes, obe- 

deceremos al que sea clueiio de palacio. 

El mayordomo, al volver, transmitio al princi- 
pe la respuesta de Yusuf; despues afiadio: 

— Quien nada arriesga, nada consigue. He aqui 
do quie propongo. Ya sabes, senor, que el emir 
enviaba a menudo a buscar a tu hija y que yo mis- 
mo la conducia a palacio. Disfrazate de mujer; 
te haremos pasar por tu hija, y con la ayuda 
de Dios lograremos nuestros propoisitos. 

Adopbado el consejo, montaron a caballo; Sa- 
dum iba delante; 1-e seguian el mayordomo v 
McMmed vestido de mujer y con la cabeza cu- 
bierta por un gran veilo. Llegaron asi al palacio 
de Aibdala, donde se oia un concierto de instr-u- 
mentos y voces; Mohamed recito en voz baja es- 
tos versos de un antiguo poeta: 

"Sed dichosos consiguiendo lo que buscais, y 
que nosotros logremos tambien lo que buscamos." 

Los guardias que ve^laban ante la puerta de la> 
camara charlaban y reian cuando vieron llegar la 
comitiva. Uno de ellos abrio 'la puerta y ipregTinto: 

— i Quien es? 
•jCalla, indiscreto — respondio Sadum — , y 
respeta a Las mujeres. 

El guardia no concibio so&pechas; cuando hu- 

bieron pasado cerro la puierta, y al volver dijo 
a sus camaradas: 

—La hija de Mohamed acaba de pasar con Sa- 
dum y con el mayordomo de su padre. 



^ 



145 

Creyendo vencida la mayor dificultad, Mohamed 
dijo a su sirvicnte: 

— Permianece aqui; pronto te enviare refuerzos 
para que impidas que saiga nadie de este palacio; 
despues contin.uo su camino con Sadum. Este eu- 
nuco fue a llamar a la puerta del palacio donde 
el viejo monarca acababa de expirar. El portero 
vino a abrir. 

— ^Esta mujer es la hija de Mohamed? — pre- 
gunto con aire incredulo. 

— Si — le respondio Sadum — , es la hija de Mo- 
hamed. 

■jEs extrano! — replico el portero — ; la he vis- 
to a memtdo cuaando venia a palacio, pe>ro 
me parecia entonces mas pequefia que esta per- 
sona que esta aqui. Quieres engafiarme, Sa- 
dum; pero* te juro que un descomocido no pa- 
sara por esta puerta. \ Que se itevante el veilo o que 
se vaya! 

■ — jQue! — exclamo Sadum — , £no respetas a las 

princes as ? 

— No se si esta persona lo es, y te repito que 
si no la veo, no entra. 

Viendo que el portero era inconmovible, Moha- 
med levanto ©1 velo que le oubria el rostro. 
— Soy yo — dijo al portero — ; he venido porque 

mi padre ha muerto. 
— Entonces — anadio el portero — , el caso es aun 

mas grave de lo que pensaba. No pasaras por 

esta puerta, senor, mientras no me haya asegu- 

rado de si tu padre esta muerto o vivo. 

Hist, musulmanbs. — T. II 10 



\ * \^V ^UVV»WL^ 



146 

•Ven, pues, conmigo — le dijo Sadum — , y ^ 
convenceras. bien pronto. 

El portero cerro la puerta, y dejando fuera a 
Mohamed, acompano a Sadum, que le condujo 
ante e(l cadaver de Abderrahman II. Al verle, el 
portero se deshizo en lagrimas, y volviendose ha- 
cia Sadum exclamo: 

— Me habias dicho la verdad y te obedecere. 

Despues fue a abrir la puerta, y besando la 
mano de Mohamed, dijo: 

— Entra, primcipe mio. Que Dios ts haga feliz y 
que por ti lo sean los musutoanes! 

Mohamed hizo que le prestasen juramento los 
altos dignatarios del Estado, adopto las medidas 
neoesarias a fin de hacer inutil toda oposicion 
por parte de su hermano, y cuando los primeros 
rayos del alba comenzaron a blanquear las cum- 
bres de Sierra Morena supo la capital que habia 
cambiado, de senor (1).. 



IX 



El nuevo emir tenia un espfritu estrecho, egois- 
ta y frio. Ya se ha visto que no habia demostra- 
do ningun dolor por la muerte de su padre y que, 
lejos de afligirse, casi se habia alegrado. No se 
tomaba el trabajo de disimuflar sus sentimientos. 
Asf una tarde, despues de pasar el dia solazan- 



(1) Ben-al-Cutia, tol. 32 r.-3S v. 



147 

dose en Ruzafa, encantadora quinta que poseia 
en las inmediaciones de Cordoba, volviendo a la 
ciudad acompanado de su favorito Haxim, aca- 
Iorados por el vino charlaban de mil cosas, cuan- 
do un pensamiento siniestro cruzo por la mente 
de Haxim, y exelamo: 
Descendiente de los calif as, jque hermoso se- 

j 

ria el mundo si no sobreviniera la muerte! 

■jQue absurdo! — respondio Mohamed — . Si la 
muerte no existiera, I reinaria yo ? La muerte es 
una gran cosa; mi padre ha muerto; por eso rei- 

no (1). 
Los eunucos que habfan vacilado en elevarle al 

trono por creerle avaro estaban en lo cierto. Des- 
de el principio, Mohamed disminuyo el sueldo de 
los empleados publicos y la paga de los solda- 
dos (2). Poco despues, despidio a los antiguos mi- 
nistros del reinado de su padre, sustituyendolos 
por jovenes sin experiencia, a condicion de que re- 
partieran con el sus emolumentos (3). Despaciha- 
ba por si mismo, con una exactitud minuciosa y 
pueril, todo lo concerniente a la hacienda. Una 
•vez, examinando una cuenta cuyo total se eieva- 
ba a cien mil monedas de oro, disputo por cinco 
sueldos (4) con los emp'eados del itesoro. Todos 
h desipreci aban y le odiaban por su avaricia (5) ; 
tan solo los faquies, exasperados por la auda- 



(1) Ben-Adari, t. II, p. 114. 

(2) Eulogio, Memor. Sanvt., 1. Ill, c. 5. 

(3) Ben-al-Cutia, fol. 29 r. 

(4) Ben-Adari, t. II, p. 109. 

(5) Eulogio, Memor. Sanct., I. Ill, c. 5. 



148 

cia de los ultimos martires que habfan osado blas- 
femar de Mahoma hasta en la gran mezquita, le 
prestaban su apoyo por juzgarle devoto y Ileno 
de odio hacla los cristianos. Mohamed respondio 
perfectamente a la idea que tenian de el. EI mis- 
mo dia que subio al trono despidio a todos los 
soldados y empleados cristianos, excepto a G-6* 
mez, porque conocia su indiferencia religiosa y 
apreciaba 3U talento (1). Mientras sus toleran- 
tes predecesores habian cerrado los ojos cuando 

los crsitianos agrandaban sus antiguas igleslas 
o reconstruian otras nuevas, Mohamed que, en 

este punto, queria aplicar la ley rnusulrnana en 
todo su rigor, mando denial er cuanto se habia 
edificado despues de la conquista. Para compla- 
cer a su senor y alcanzar sus favores, los mi- 
nistros, exceciiendose en su celo, mandaron des- 
truir hasta las iglesias construidas hacia tres si- 
glos, desencadenando contra los cristianos una 
cruel persecucion. Entonces muchos de ellos, la 
mayoria segun Eulogio y Alvaro, abjuraron el 
cristianismo (2). Gomez habia dado el ejemplo. 
Llevaba muchos afios encargado de la cancilleria, 
a causa de una larga enfermedad del canciller, 
Abdala ben-Omeya. Cuando murio este funciona- 
rio, enterado de que el emir habia dicho: "Si Go- 
mez perteneciese a nuestra religion, de buen gra- 
do le nombraria canciller", se hizo musulman y 



(1) Eulogio, Memor. Sanct., 1. Ill, o. 1 y 2. 

(2) Eulogio, Memor. Sanct,, 1. II, c. 16; 1. Ill, c. 1 y 3; 
Alvaro, Vita Eulogii, c. 12. 



149 

obtuvo la dignidad que ambicionaba (1). Mien- 
tras habia sido cristiano, apenas habia practica- 
do el culto; pero ahora fue tan exacto en todaa 
]as practicas de devocion, que los faquies le ci- 
taban como un modelo de piedad y le Uamaban 
la palorna de la mezquita (2). 

En Toledo, la intransigencia del emir produjo 
resultados muy distintos. Tres o euatro anos an- 
tes, Eulogio, al volver de Navarra, habia perma- 
necido algun tiempo en esta ciudad, donde el pia- 
doso metropolitano Wistremiro le habfa dado alo- 
jamiento (3) . Todo induce a creer que habfa apro- 
vechado la ocaslon para -excitar el odio de los 
toledanos cantna el gobierno arabe, pintandoles un 
sombrio cuadro de la triste situacion de los cris- 
tianos cordobeses; lo cierto al menos era que 
los toledanos estimaban nrucho a Eulogio y que 
los martires de Cordoba les inspiraban un inte- 
rns vivisimo. Desde que supieron que Mohatmed 

haibia ompeaado a perseguir a los cristianc's, se 
alzaron en armas, confirieron el mando a uno de 

los suyos llamado Sindola (4), y temiendo por 



(1) Segtfn Eulogio — Memor. Sanct., 1. Ill, c. 2 — , G6- 
mez habia apostatado para recuperar sim perdido empleo; 
pero yo he preferido atenerme a la opinion de Ben-al- 
Cutia, 'fol. 34 r. 

(2) Eulogio, Loco laudato; Joxanl, p. 293. Parece quo 
G6mez conservd su nombre cristiano; pero su hijo, emplea- 
do tambien en la cancilleria y muerto en 911, adopts el 
de Omar. Arib, t. TI, p. 153 — Omar aben-G6mez al catlb — . 

(3) Eulogrio, Epist., p. 330. 

(.■i) Asl es como creo. debe pronunciarsa el nombre que 
Ben-Adari escribe sin voeale.s, Chndlh — Chindolah — . La eft 
de los arabes equivale a'-la a de los latinos, y ol nombr« 
propio Sindola aparece, por ejwft&lo, en un documento latino 



150 

la vida de los rehenes que tcnfan en Cordoba, se 
apoderaron del gobernador arabe, participant^ a 

Mohamed que si apreciaba en algo fla vida de su 
representante les enviara inmediatamente los re- 
henes. Asi lo hizo el emir, y, por su parte, los 
toledanos pusieron en libertad al gobernador; pero 
la guerra estaba declarada, y el temor que infun- 
dfan los toledanos era tan grande que la gxtar- 
nicion de Calatrava se apresuro a evacuar la for- 
taleza, donde no se creia segura. Los tdledanos 
desman telaron esta plaza; pero bien pronto el 
emir envio tropas que reconstruyeron sus mu- 

rallas — 853 — ; despues ordeno a dos de sus ge- 
nerates marchar contra Toledo; pero los toleda- 
nos, cruzando los desfiladeros de Sierra More- 
na, salieron al encuentro del enemigo, le ataca- 
ron de improviso cerca de Andujar, le derrotaron 
complctamente y se apoderaron de su campa- 
mento. 

Puesto que los toledanos se atrevian a avanzar 
hasta Andujar, la capital misma estaba amena- 
zada. Comprendiendo Mohamed que, para ahuyen- 
tar el peligro, urgfa adofptar energicas tmedi- 
das, reunio todas las tropas disponibles y smareho 
el mismo contra Toledo — junio del 854 — . Por su 
parte, Sindola, no confiando en sus propias fuer- 
zas, se alio con el rey de Leon, Ordofio I, el cual 



del afio 90S— en Villanueva, Viaje Uierario a las iglesias 
de Espaiia, t. XIII, p. 238 — . Es, probablemente, una modi- 
fication do Suintila o de Chintlla, nombres de royes visi- 
godos; Ohintila se lee en una carta del afio 912 (Bspana Sa- 
erada, t. XXXVII, p. 316). 



151 

le envio inmediatamente un ejercito numeroso, 
mandado por Gaton, conde del Bierzo (1). 

£1 gran numero de combatientes reunidos en 
la ciudad parece que quito a Mohamed la espe- 
ranza de someterla; mas, a pesar de esto, logro 
causar a los enemigos un descailabro terrible. 
Emboscando el grueso de sus tropas detras de las 
pefias entre las cuales corr e el Guadacelete, mar- 
cho contra la ciudad a/1 f rente de una division 
poco numeross y mando esgrimir las maquinas 
<te guerra contra sus murallas; viendo que fuerzas 
tan debiles se atrevian a intentar el asalto, los 
toledanos, asombrados de la audacia del eaiemigo, 
indujeron al conde Gaton a hacer una vigorosa 
salida. Gaton aprovecho inmediatamente la oca- 
si6n que se le ofrecia para singularizarse. A la 
cabeza de sus propias tropas y de los toledanos 
ataco a los soldados de Mohamed; pero estos em- 
prendieron la fuga para atraer al enemigo a 
una embo'scada. Los toledanos y los leoneses, que 
los perseguian con afan, se vieron de repente 
cercados y atacados por una nube de enemigos. 
Fueron asesinadios casi todas. "El hijo de Ju- 
lio (2) — afirana un poeta cortesano — deeia a 
Muza, que marchaba delante de el: "Veo la muer- 



(1) Segiin £en-Adari, Gaton debia de ser hermano de Or- 
doflo 1/ Ningun. documento latino confirma esa opinion; pero 
es cierto que el que era cntonces conde del Bierzo se 11a- 
maba Gaton; vease Fldrez, Reynas, t. I, p. 79, y Espaiia Set- 
prada, t. XVI, pp. 31 y 119. Segtfn Aben-Jaldun, el rey de Na- 
varra tambien habia enviado tropaa en socorro *le Toledo. 

(2) Este era, sin duda, el nombre de un jefe cristiano, 
mleiitras Muza debia ser el de un jefe de los rene^ados. 



152 

"te por doquiera, delante de mi, detras de mi, de- 
"bajo de mi..." Las rocas del Guadacelete lloran, 
lanzando profundos gemidos, per esa multitud de 
esclavos, renegados y de incircuncisos." Los bar- 
baros vencedores segaron ocho mil cabezas, con 
las cuales formaron un monton, trepando sobre 
el y atronando el aire con sus aullidos. MoM- 
med hizo colocar estas cabezas sobre las mura- 
llas de Cordoba y de otras ciudades, y aun envio 

algunas a los principes africanos (1). 

Satisfecho del exito que habia obtenido, y se- 

guro de que en adelante los toledanos — que segun 
sus propios calculos hablan perdido veinte mil 
hombres — no amenazarlan a Cordoba, Mohamad 
volvi6 a la corte; p^ro encax^gando que hostigaseft 
a los toled&nos ya los gobernadores de Cordoba y 
Talavera, ya su hijo Mondir. Al mis-mo tiempo se- 
gufa oprimiendo a los cristianos de Cordoba. Man- 
do demoler el convento de Tabanos, que conside- 
raba, con razon, como foco del fanafasmo (2). Ha- 
biendo arrendado la recaudacion d-e los tributos 
impuestos a los cristianos, estos tuvleron que pa- 
gar mucho mas que .antes (3). Sin embargo, el 

ardor de los exaltados no se entibiaba, y misn- 
tras supuestos martires seguian entregando es- 

pontaneamente su cabeza al verdoigo (4), Eulogio 



(i; LUm-Adari, t. II, pp. 96, 98, 114 y 115; Nouairl, 

p&g-Ina 463; Aben-Jaldun, fol. 9 r. 

(2) Eulogio, Kemor. Sonet., 1. Ill, c. 10. 

(3) Eulogio, Mernor. Sanct., I. Ill, c. 5. 

(4} V«5anse el libro III de Memor. Sanct. y la Apologia 
martyrum. 



153 

y Alvaro continuaban defendiendolos contra los 
moderados. Alvaro escribio con este fin su Indicu- 
lus luminosus, y Eulogio, su Apologia de los mar- 
tires. Tales alegatos eran necesarios en Cordoba; 
sumisos y pacientes, los cristianos de esta ciudad 
atribuian sus sufrimientos a la insensata conduc- 
ta de los exaltados mas que a la intolerancia 
del emir. Por el contrario, en Toledo y en los pue- 
bos circundantes, los cristianos tenian tal entu- 
siasmo por los exaltados, y principalmente por 
Eulogio, que los obispos de esta region, teniendo 
que nombrar un metropolitan© a la muerte de 
Wistremiro, eligieron a Eulogio por unanimidad; 
cuando el emir le nego el permiso para trasla- 
darse a Toledo, los obispos persistieron en su re- 

solucion, y esperando que al fin se allanarian los 
obstaculos que imipedian la llegada de Eulogio, 
prohibieron elegir otro metropolitano mientras 61 

viviera (1). 

A las pailabras denigrantes de sus conciudada- 
nos, los exaltados podian oponer los testimonios 
de afecto y consideracion que les daban en Tole- 
do. Bien pronio pudieron envanecerse tambien 
con la autoridad de dos monjes franceses, los 
cuales moSstraron de un. moido inequlvoco que 
colocahan los martires de entoiices a la mis- 
nia altura que los de 'los p rimer os tiempos de ia 

Igiesia. 
Esbos dos monjes, llamados Usuardo y Odilar- 



(1) Alvaro, Vita Eulogii, c. 10. 



154 

do, pertenecientes a la abadia de San German de 
los Prados, llegaron a Cordoba el ano 858. Su 
abad, Hiiduino, los habia enviado a Valencia en 
busea del cuerpo de San Vicente; pero informa- 
dos en el camino de que los restos de este martir 
habian sido transportados a Benevento, tertian 
tener que vol verse sin reliquias, cuando supieron 
en Barcelona que en Cordoba habia habido mar- 
tires recientemenfce. 
— Os sera muy dificil liegar hasta allf-4es di- 

jeron — ; pero si lo lograis, podeis estar seguros 
de que os cede ran algunas reliquias. 

En aquella epoca, via jar por EspaMa era expo- 
nerse a todo genero de azares y peligros; a ve- 
ces hasta result aba imposible. Conio los Cami- 
llas estaban infestados de bandidos, los que quo* 
i-fan trasladarse de un punto a otro tenian que 
buscar compafiia y organizar una caravana; pero 
las comunicaciones eran tan poco frecuentes que 
pocas voces se presentaba ocasion de hacerlo, y 
cuando los dos monjes, resueltos a des&nar todos 
los peligros con tal de conseguir reliquias lle- 
garon a Zaragoza, hacia ocho aiios que no habia 
salido para Cordoba ninguna caravana. Felizmen- 
te para ellos quiso el azar que se estuviera en- 
tonces organizando una, a la cual se unieron. Los 
cristianos de la ciudad, convencidos de que los via- 
jeros serian asesdnados al cruzar cualquier estre- 
cho desfiladero en las montanas, lloraban al des- 
pedirlos; pero nada justifico sus temores; y fiue- 
ra de las fatigas y moiestias detl camino, los dos 



155 

monjes Ilegaron sanos y salvos a la capital del 
imperlo musulman, donde les dio hospitalidad un 
diacono de la iglesia de San Cipriano. Los esfuer- 
zos que hicieron para obtener reliquias resultaron 
mucho tiempo infmctuosos. Un personaje influ- 
yente [lamado Leovigildo, y por sobrenombre 

i 

Abadsolomos, el cual les demostraba gran interee, 
demando para ellos las de Aureflio y Jorge, que 
se hallaban en el convento de Rinna-Mellaria (1); 
pero los monjes de este monasterio las venera- 
ban tanto que, desobedeciendo las ordenes termi- 
nantes del obispo Saul, se negaron a cederlas a 
los franceses; siendo preciso que se presentara el 
obispo en persona para obligarlos a ello, y aun 
entonoes sostuvieron que no tenia derecho a pri- 
varlos de estas reddquias. 

Despues de haber pasado casi dos meses en 
Cordoba, tXsuardo y Odilardo se pusieron en ca- 
mino para regresar a su patria, llevando consigo 
un enorme paquete timbrado con el sello del obis- 
po y dirigido al rey Carlos el Calvo, porque que- 
rian hacer creer a los musulmanes que aquel pa- 
quete — en que iban los restos de Aurelio y Jor- 
ge — contenfa presentes destinados al rey de Fnan- 
cia. Esta vez resulto el viaje aun menos dificil y 
peligroso. El emir se dirigia con su ejercito con- 
tra Toledo, y como todas las divisiones, excepto 



(1) Este monasterio eataba eonstruMo en una. montafta 
donde habla muchas colmenas; de aquf su nombre, $a$ slg- 
nffica Pefia de miel. Eulogio, Memor. Sanct., I. lit, c. II. 



156 

las que debian quedar de guarnicion en la capital, 
habian recibido orden de ponerse en marcha, los 
franceses se unieron facilmente a ell as. En el 
campamento hallaron nuevamente a Leovigildo, 
que los condujo a Toledo. Desde alii hasta Alca- 
la de Henares el camino era seguro porque al 
aproximarse las tropas, los senores, mitad ban- 
didos, mitad guerrilleros, que de ordinario desva- 
lijaban a los caminantes habian abandonado sus 
castillos para refugiarse tras las murallas de To- 
ledo. De regreso a Francia, los dos monjes de- 
positaron las reliquias, que durante el viaje ha- 
bian obrado multitud de milagros, en la iglesia 
de Esmant, pueblecillo que pertenecia a la aba- 
dfa de San German, donde se habian refugiado 
casi todos los monjes porque su convento habia 
sido incendiado por los normandos. Transporta- 
das posteriormente a San German, estas reli- 
quias fueron expuestas a la veneracion de los fie- 
les de Paris, inspirando tanto interes a Carlos el 
Calvo que encargo a un tal Mancio que fuese a 
Cordoba para recoger datos precisos sobre Au- 

■t 

relio y Jorge (1). 

La expedicion contra Toledo que habia facili- 
tado a los monjes franceses el regreso a su pa- 
tria tuvo el exito deseado por el emir, que re- 
currio de nuevo a una estratagema: haciendo ocu- 
par el puente por las tropas, mando a los ingenie- 
ros que minasen los pilares sin que se enterasen 



(1) Almoin, De translatione 88. Martyrum, en la Espa- 
fia Sagrada, t. X, pp. 534-565. 



f 



157 

\ os toledanos; cuando los ingenieros estaban a 
punto de concluir su trabajo, retiro las tropas 
para atraer a los enemigos hacia el puente, que 
se desplomo de improviso, y l os toledanos murie- 
ron akog-ados en el Tajo (1). 

El dolor que en Toledo produjo este desastre 
solo puede Igualarse a la alegrfa que causo en la 
corte, donde solian exagerarse hasta los exitos 
menos decisivos. "El Etemo— decia un poeta— no 
podia dejar en pie un puente constmido para el 
paso de los ejercitos inneles. Privado de sus ciu- 
dadanos, Toledo ha quedado sombrio y silencio- 
so como una tumba" (2). 

Poco tiempo despues, Mohamed hallo tambien 
ocasion de librarse de su mortal enemigo de Cor- 
doba. Habia entonces on la capital una joven 11a- 
raada Leocricia; hija de padres agarenos, pero 
iiiiciada secretamente en el cristianismo pox una 
religiosa de su familia, acabo por confesar a sus 
padres que estaba bautizada. Indignados estos, 
despues de procurer inutilmente atraerla con dul- 
zura al islamismo, comenzaron a maltratarla. Gol- 
peada dia y noche, y tcmienclo ser delatada pu- 
blicamente como apostata, pidio asilo a Eulogio y 
a su hermana Anulona. Eulogio, que tal vez sen- 
tia renacer en su corazon el recuerdo de Flora, 
a quien Leocricia se parecia en muchos aspectos, 
respondio que la ocultaria en cuanto consiguiera 



(1) Ben-Adari, t. II, pp. 9S y 99; Nouairi, p. 463; Abe:i 
Jaldun, fol. 9 r. 

(2) "Verso de Abas aben-Firnas, en Macarl, t. I, p. 101. 



158 

evadirse. En esto estribaba la dificultad; pero 
Leocricia supo vencerla a fuerza de astucia. Fin- 
gio renegar de la religion cristiana y aficionarse 
a los placeres mundanos, y cuando vio a sus pa- 
dres seguros y tranquilos, un dia salio ricatnen- 
te ataviada pretextando que iba a una bcda, y 
corrio en busca de Eulogio ' y Anulona que le in- 
dicaron la morada de uno de sus amigos para que 
la sirviese de refugio. 

Aunque sus padres, secundados par la policia, 
la buscaron por todas partes, Leocricia logro al 
principio librarse de sus persecuciones; pero una 
vez que fue a pasar el dia en casa de Anulona, 
a quien queria mucho, hizo el azar que el ser- 
vidor encargado de volverla a llevar por la no- 
che no llegase hasta que empezaba a amanece*-, 
por lo que, temiendo ser reconocida, resolvio per- 
manccer en casa de Anulona hasta la noche si- 
guiente. Esto fue lo que la perdio. Aquel dia, el 
cadi fue advertido, por un traidor o por un espia, 
de que la joven que buscaba se hall-aba en la 
morada de la hermana de Eulogio. Por orden 
suya, los soldados cercaron esta morada, detu- 
vieron a Leocricia y aun a Eulogio, que se en- 

contraba cerca de ell a, y Los condujeron ante el cadi. 
Habiendole preguntado este ultimo por que* ha- 

bia ocultaido a aquella joven, Eulogio* le res- 
pond! 6: 

— Nos ha sido ordenado predicar y explicar 

nuestra religion a los que &e dirijan a nosotros, 

Esta joven ha querido ser instruida por mi en 



159 



nuestra religion; h e reapondido a su deseo lo me- 
jor que he podido, y procederia lo mismo contigo, 
cadi, si me hicieses la misma demamda. 

Como el proselitismo de que Eulogio se confe- 
saba culpabfle no era un crimen capital, el cadi 
se conformo condenandolo a la pena de azotes. 
Desde este momento, el partido de Eulogio esta- 
te tornado. Tal vez habia mas orgullo que valor 
en su resoluci6n; pero comprendio que para un 
hombre como el valia cien veces mas sellar con 
su sangre los principios que habia profesado du- 
rante toda su vida que sufrir un castigo ignoml- 
nioso. 

— jPrepara y afila tu aoero— grito al cadi—-, 
hazme devolv-er mi alma a mi criador; pero no 
areas que dejare desgarrar mi euerpo a azotes! 

Despu&s de lo cual vomito un tor rente de im- 
precaciones contra Mahoma. Creia que serf a con- 
denado inmediatamente al ultimo suplicio; mas 
el cadi, que respetaba en el al primado electo de 
Bspafia, no se atrevio a contraer tan gran res- 
ponsaMidad, y le hizo conducir a palacio a tin de 
que los visires decidieran su suerte. 

Ouando Eulogio fue Introducido en la sala del 

consejo, uno de los altos dignatarios del Estado 
que le conoeia mucho y queria saflvarle le dari- 
gio estas palabras: 

•No me admira, Eulogio, que los maniaticos o 
los idiotas vayan sin necesidad a entregar su ca- 
beza al verdugo; pero tu que eres un hombre 
sensato y quie gozas de general estimacion, £c6mo 



160 

puedes imitar su ejemplo? iQne clemencia os 
arrastra? iQue os induce a odiar asi la vida? 
Escuchame, te lo suplico; cede en e.ste momento 
a la necesidad; promincia una sola palabra, re- 
tractate de lo que has dicho ante el cadi, y mis 
compafieros y yo te respondents de que no tie- 
nes nada que temer. 

El sentimiento que expresaban estas palabras 

era el de toclos los hombres cultos de la socie- 
dad musulmana; sentian piedad hacia los fana- 
ticos, en vez de aborrecerlos, y lamentaban que, 
en virtud de la ley, tuviesen que morir en el 
cadalso infelices que les parecian dementes. Tal 
vez Eulogio, que hasta entonces no habfa sen- 
tido la sed del martirio, aunque habfa inducido 
a otros a buscarlo y que era mas bien un am- 

bicioso jefe de partido que un fanatico, compren- 
dia que los musulmanes eran menos barbaros de 
lo que habia creido; pero comprendia tambien que 
no podfa retractarse sin exponerse al justo des- 
precio de los exaltados. Kespondio, pues, como 
los otros martires discipulos suyos habian res- 

pondido en circunstancias analogas, y los vis!- 
res se vieron obligados a condenarle a muerte. 
Inmediatamente fue conducido al suplicio. Eulo- 
gio mostro una gran resignacion. Habiendole dado 
un eunuco una bofetada, el sacerdote, siguiendo 
a la Ietra el conocido precepto evangelico, le pre- 
sento la otra mejilla, Indicandole: 

— I-Pega tambien aqui! 

El eunuco no se hizo repetii la orden. En se- 



161 
guida subio al patibulo con gran firmeza y valor, 
se a rrodill6, elevo las manos al cielo, hizo la se- 
g a ] de la cruz, pronuncio en voz baja una corta 
pjegaria, coloco la cabeza sobre el tajo y recibio 
el golpe fatal— 11 de marzo del 859—. Cuatro dias 
despues, Leocricia, convicta de apostasia, muvio 

tam bien en el cadalso (1). 

101 suplicio del primado electo causo profunda 
consternacion no solo en Cordoba— donde se di- 
vulgaron en seguida multitud de milagros debi- 
dos a las reliquias del santo — , sino en toda Es- 
pana. Muchas cronicas del norfce de la peninsula, 
que no consignan casi nada de lo que ocurria en 
Cordoba, indican con la mayor precision el ano 
v el dia del suplicio de Eulogio, y veinticuatro 

anos despues, Alfonso, rey de Leon, al concertap 
una tregua con Mohamed, estipulo, entre otras 
condiciones, que se le entregaran los restos de 
San Eulogio y Santa Leocricia. 

Privados de su jefe, los exaltados co*ntinuai.nn 
aun algun tiempo blasfemando contra -Mahoma 
a fin.de morir en el cadalso (2) ; mas poco a poco, 
como todo a la larga se .desvirtua, al singular en- 
tusiasmo que durante muchos afios habia rema- 
de en Cordoba siguio la ley comun, y al cabo de 

algun tiempo no quedaba de el mas que el re- 
cuerdo, 
ComenzaJba ademas un nuevo periodo. Los re- 



(1) Alvaro, Vita Eulogii, c. 13-16. 

(2) Samson, I. IT, c. 9. 

Hist, musulmakes. — T. II 11 



162 

negados y los cristianos de las montanas de Re- 
gio se sublevaron. Esta rebellion, ya muy formi- 
dable en si misma, fue seguida o acompafiada de 
la de casi toda la peninsula y proporciono a los 
cristianos de Cordoba la ocasion de demostrar 
de otra manera su odio al nombre musuhnaa, 






X 



El viajero que queriendo ir de Cordoba a Ma- 
laga prefiera soptfrtar estoicamente las fatigas y 
privaciones de una excursion poetica en un pais 
hermoso pero salvaje, en vez de sufrir el tra- 
queteo de un vehiculo al traves de monotonas y 
aburridas carreteras, atraviesa primero una region 
ondulosa y bien cultivada que se extiende hasta el 
Genii, y despues otra co*mpiletamente liana y uni- 
forme hasta Campillos. Alii comienza la Serranfa 
de Eonda y de Malaga, la parte mas romantica 
de Andalucia. Ya salvaje y grandiosa, esta Cor- 
dillera inspira una especie de terror pcetico ccn 
bus majestuosos boteques de encinas, ailcornoques 
y castanos; sus barrancos profundos y sombrios; 
sus torrentes, que se despenan con estruendo de 
prscipicio en precipicio; sus viejos castillos semi- 
ruinosos y sus aldeas suspendidas de los taludes 
de las rocas, cuyas cimas aparecen desnudas de 
toda vegetaci6n y cuyas vertientes parecen enne- 

grecidas y calcinadas por el fuego del cielo; ya 

riente y suave, presenta como un aspecto de fiesta. 



*. 



163 
ccfti sus vifias, sus prados, sus bosquecillos de al- 
mendros, cerezos, limoneros, higueras, naranjos y 
granados; sus florestas de adelfas con mas flores 
que hojas; sus riachuelos vadeables, que serpen- 
tean con encantadora coqueteria; sus huertos, que 
surien de peras y manzanas casi todo el sur de 
la peninsula; sus campos sembrados de lino, de 
cauamo y sobre todo de trigo, cuyas espigas 
producen un pan que tiene fama de ser el mas 
bianco 1 y el mas exquisito del mundo. 

El pueblo que habita esta serrania es ategre, 
decidor, hermoso, agil e ingenioso; gusta de reir, 
de cantar, de bailar acompanado de las castaiiuo- 
las y de tocar la guitarra o la bandurria; pero es 
all mismo tiempo vano, quisquilloso, a la vez va- 
liente y fanfarron y de un caracter tan vioilento 
que casi siempre el golpe mortal sigue de cere* 
a la oblicua mirada de su colera, hasta el punto 
que no se celebra una fiesta sin que resulten dos 
<y tres individuos apuiaalados. Las mujeres, aim- 
que de notable belleza, tienen algo de varonil; al- 
tas y robustas, no rehuyen ni los trabajos m«us 
penosos; transportan con facilidad pesados far Jos 
y se las ha visto luchar entre si. 

En tiempo* de paz, estos montafieses se dedkan 
principalmente al contrabando, trayendo mercan- 
cias inglesas de Jibraltar al interior del pais y 
burlando con maravillotea destreza la vigilancia de 
los aduaneros. A veces, cuando se reunen en gran 
numero bajo sus jefes mas renombrados, descien- 
den al llano para vender sus mercancias y resisten 






164 

vigorosamente a las tropas enviadas -en su perse- 
cution. En epocas de revuelta y de^ discorciias 
civiles se cctavierten rauchos en bandidos, y ea , 
tonces son o ladrones o rateros. Estos ultimos, 
sin ser bandidos de profusion, se reclutan entre 
los pastores, los aldeanos desocupadofe, los jorna- 
leros perezosos, los segadores nomadas, los posa- 
deros sin parroquianos, a veces hasta entre lc*s 
colonos; roban a los viajeros por aficion, apro*e- 
chando las ocasiones y solo cuando* estos viajeros 
van ma! escoltados; cuando estan bien armados, 
bien aconipailados, ei ratero oculta su trabuco, 
toma sus herramientas y firage cultivar la tierra. 
Dispersos po*r todas partes, estos ladrones de baja 
estofa estan siempre dispuestos a prestar ayuda 
ya a los verdaderos bandidos, ya a la policfa, so- 
gun las circunstancias: porque como auxiliares 
prudentes, no acuden mas que en socorro del ven- 
cedor. Los verdaderos bandidos, que alistados 
como soldados no van mas que a caballo y on 
cuadrilla, son mas distinguidos. Mientras los rate- 
ros, por miedo a ser denunciados, asesinan fre- 
cuentemente a aquellos que han despo'jado, los 
ladrones no matan mas que a los que se defienden; 
corteses y respetuosos, sobre todo con las damas, 
no desvalijan a los viajeros mas que con to'da 
olase de miramientos. Lejos de verse despreciados, 
son elevados a gran altura por el -espiritu po- 
pular. Combaten contra las leyes, se rebelan con- 
tra La sociedad, esparcen ed espanto' en las co- 
marcas que saquean, pero fcieTien cierto prestigio, 



165 

cierta grandeza; su audacia, su genio aventuve- 
ro y vividor, agradan a las mujeres, aun a las 
m 4s aterradas; y cuando llegan a caer en manos 
de la justkia y los ahorcan, su suplicio inspira 
interes, simpatia y compasion. En la actualidad, 
Jo*se Maria se ha hecho famoso como jefe de cua- 
drilla, y su nombre vivira largo tiempo en la 
memoria de los andailuces como el de un bandido 
modelo. Un simpde azar le lanzo a esta vida. 
Habiendo cometido un crimen en un arrebato de 
colera, huyo a la sierra para sustraerse ail castigo, 
y no* teniendo alii otro medio de vivir que su tra- 
buco, organizo una cuadrilla, adquirio cabal! os 
y empezo a despo-jar a los caminantes. Valionte, 
inteligente, activo, conocia a palmos el terveno, 
triunfo en todas sus empresas y se sustrajo a 
las persecuciones de la justicia. En todo el pais 
tenia anliadcfe unidos a el por juramento, y cuan- 
do necesitaba un hombre para completar su cua- 
drilla, siempre podia elegir, por lo menos, entre 
cuarenta personas: tanto se ambicionaba el ho- 
nor de servir a sus ordenes. Mantenia intelij^n- 
cias hasta con los magistrados: tanto que en una 



prcMania del capitan general de la provincia, las 
autoridades de cuatro distritos resultaron compli- 
ces suyos. Su poder era tan grande que domina- 
ba en todas las carreteras del Sur, y la misma 
Direccion de Correos, para obtener ©1 libre paso 
de la correspond encia, le entregaba una onza por 
vehiculo. Dirigia su cuadrilla imas arbitrariamen- 
te que ningun soberano ha podido gobernar a sus 



J 



(U ConsiSltense diferentea Viajes y, sobre todo, las si- 
suicntea obras: Excursiones en las Serranlas de Rondo, v 
Granada, de Rochfort Scott; Espana bajo Fernando VII, lie 
Oustine, carta 50 y 51; Bocetos de Espana, de Cook, ch. 1 
y 15; Compilation de Espana, de Ford, ch. 16; Cartas de Es- 
pana, etc., de M£rim6e, ntiiru III, y, flnalmente, la obra <*e 
M. De Rocca tltulada Memoria aobre la oiteri'a de los fr<m- 
<*csc$ en Espalia. 



} 



4 



166 

subditos, y sus decisiones estaban inspiradas en un 

salvaje espiritu de justicia (1). 

En tiempo de guerra, los contrabandistas y otros 
bandidos acdstumbrados a 'luchar inces antemente 
con las dificultades de una naturaleza selvatica 
son los enemigos mas formidables. Cierto que fra- 
casan en los ataques que requieren combinaciones 
estrategicas; cierto que en la llanura no pueden 
resistir las inteligentes maniobras de las tropas 
regulares; pero en Icfe senderos escarpados, tor- 
tuosos y estrechos de sus montanas, su agiliclad 
y su conocimiento del terreno les proporcionan in- 
mensa ventaja sobre los soidadcfe. Las tropas fran- 
cesas se convencieron de ello cuando el fantasma 
do rey entronizado por Napoleon intento sameter 
a los intrepidos montafieses a su abcVrecida au- 
toridad. Cuando los husares franceses Jograban 
atraerlos a las llanuras, los acuchillaban a cente- 
nares; pero en los senderos trazados en zigzag y 
suspendidos sobre pavo*rosos precipicios, donde Sus 
caballos, lejos de series utiles, los estorbaban, 
los mismos husares caian en emboscadas conti- 
nuas; cuando menos lo esperaban se veian envuel- 
tos por una nube de enemigos que tirdteaban sus 
flancos y que, sin dejar de disparar, se escon- 



v - 



167 

jian entre las cimas de los picachos donde bo 
podfan perseguirlos, de modo que huyendo siem- 
pr e acababan par destruir cdumnas enteras sin 
que los franceses pudieran vengarse. A pesar de 
los horrores de la guerra, los serranos no dej*- 
^n de mostrar de vez en cuando el genio marru- 
llero y burlon que les es propio. En Olvera, don- 
<j e Icfc husares franceses habfan pedido un ba- 
oerro, les llevaron un asno descuartizado. Los hu- 
sares encontraron que aquel becerro — como ellos 
le Ilamaban — resultaba insipido, y desde entonces 
los serranos cuando se tiroteaban con ell of les 
gritaban: "jVosotros os comisteis un asno en Ol- 
vera!" En su opinion, era la mas sangrienta in- 
juria que se podia dirigir a un cristiano (1). 

En el siglo IX, esta provincia, que llevaba el 
nombre de Reya o rnas bien de Regio — Regio mem- 
tarn — , segun todas las apariencias, y de la cual 
era capital Archidona (2), tenia una poblac.ion 
casi exclusivamente espafiola y muy semejante a 
la de hoy por sus gustos, vicios y virtudes. Al- 
gunos de aquellos montafleses eran cristianos; 
otrote mas numeros-os, musulmanes; pero todoa se 
consideraban espanoles, sentian un odio implaca- 
ble hacia los opresores de su patria; apasionadc s 
por la independenciaj no querian que la tirania 
extranjera se s-aciase mas tiempo con sus dt=s- 
pojos, y acechaban el momento propicio para sa- 



(i) De Rocca, Memoria sobre la guerra de los frcmoe- 
scs en Espaiia, pp. 174 y 259. 

{2) VSanse mis Invesligacianes* t. I, pp. 320-323. 



168 

cudir el yugo. Este momento impacientemente'es- 
perado no podia tardar. Los exitos que sus com- 
patriotas alcanzaban en otras provincias deaiiOi- 
traban a los serrancfe que con valor y audacia no 
seria imposible realizar sus deseos. Toledo era ya 
libre; durante veinte afios, el emir se habia obsti- 
nado imitilmente en someterle a su autoridad; los 
cristiancte que habian conservado alii su prepon- 
derancia se habian puesto bajo la protection del 

rey de Leon (1), y aunque vendidos por los re- 
negados, habian obligado al emir, en el auo 8~'j, 
a otorgar un tratado que les garantizase el sos- 
tenimiento del go'biemo republicano que habian 
elegido y una existencia politica casi independien- 
te, pues solo quedaban obligados a satisfacer un 
tributo <anua ! l (2). Otro Esitado independiente se 
nabia fundado en Aragon — provincia denominate 
por los arabes Frontera superior — , por una fami- 
lia visigoda convertida al islamismo, la de los 
Beni-Casi. A mediados del siglo IX, esta familia 
habia alcanzado tan gran poder, gracias al talento 
de Musa II, que podia compararse con las demas 
dinastias reinantes. En la epoca en que MoManed 
subio al trono, Musa II era dueiio de ZaragozK, 
Tudela, Huesca, de toda la Frontera superior. To- 
ledo habia concertado una alianza con el, y su 
hijo Lope era consul en esta ciudad. Guerrero iu- 
treVpido e infatigahle, tan prcfoto voilvia sus ar- 
mas contra los condes de Alava o Barcelona .co-mi 

■ ~" w^^w imii ■ ii a 

(1) Sebastian, c. 26. 

(2) Nouairl, ad arm. 259; Ben-Adari, t. IT, p. 102 y 104, 



169' 



contra el de Castijla o el rey de Francia. Llegadc 
aJ colmo de la gloria y el podef, respetado y aga- 
eajado por isus vecinote, incluso por el rey de 
Francia Carlos el Oalvo, que le envio magnincos 
presenter, Musa alardeaba de soberano, sin que 
nadie osara oponerse; y queriendo serlo tanto de 
nombre come' de hecho, tomo orgullosamente el ti- 
tulo de tercer rey de Espana. Despues de la muer- 
te de este hombre extraordinario — 862—, el emir 
ee hizo duefio de TudeGa y Zaragoza; pero su 
alegria fue poco duradera. Diez arms despues, los 
hijos de Musa, ayudadds por el pueblo, habituado 
a no reconocer mas duenos que los Beni-Casi, 
arrojaron a las tropas del emir, el cual t rat aba 
ahora de someterlos; pero los Beni-Casi le recha- 
zaron victo'riosamente secundados por el rey de 
Leon, Alfonso III, efl cual habia concertado con 
ellos tan estrecha alianza que les habia connado 
la education de su hi jo Ordono (1). 

Por consiguiente, el Norte est aba libre y coli- ■ 
gado contra el emir. En la misma epoca, un audaz 
renegado de Merida Uamado Aben-Mcruan (2) 
fundo un principado independiente en el Oesfce. 
Entregado al emir despues de la sumision de Me- 
rida — de cuya rebellion habia sido uno de los je- 
fes — , era capitan de los guardias de corps cuan- 
do' en el afio 875 el primer ministro, Haxim, que 
estaba quejoso de el, le dijo, en presencia de los 

r 
^" ' ■ ■■ I ■ ■■■!■ 

(1) Para mas detalles, vSanse mis Investigaciones, t. I„ ■ 

paginas 222-226. 

(2) Abderrahman aben-Mei'uan aben-Yunos. 



no 

■visires: "jUn perro vate mas que tu!", y para 
colmo de ignominia mando abofetearlo. Juran- 
do enfurecido arriesgarlo todo antes que volver a 
sufrir tan denigrantes tratamientc*s, Aben-Meruan 
reuni6 a sus amigos, huyo con ellos y se apodero 
del castillo de Alange, al Sur de Merida, donde 

r 

adopto la defensiva. Sitiado en esta fortaileza por 
ias tropas del emir, y careciendo de viveres hasta 
el punto de que el y sus cornpafieros tuvierc'n que 
-alimentarse con la came de sus caballos, capitulo 
al cabo de tres meses, cuando llego a faltarles 
hasta el agua; por lo que teniendo en cuentn lo 
desesperado de su situacion, las condiciones qoe 
^obtuvd aun podian considerarse ventajosas, pu&s 
se le consinti6 retirarse y establecerse en Bada- 
joz, que en aquella epoca no era todavfa una cm- 
dad amurallada. Habiendose librado de ese ruodo 
de las garras del emir, lleg6 a ser para este un 
■enemigo tan peligroso como implacable, Reuniea- 
do* su banda con otra campuesta igualmente de 
renegados y capitaneada por un tal Sadun, llamo 
a Las armas a los renegados de Merida y de otras 
comarcas, predico a sus compatriotas una religion 
nueva, que era un termino medio entre el islamis- 
mo y el cristianismo. Concerto una ailianza con 
Alfonsd III de Leon (1), aliado natural de todos 
los que se sublevaban contra el emir, y sembran- 
do el terror por los canvpos, pero sin maltratar 






(1) Eata allanza valid 1 a Meruan el sobrenombre del Ga- 

Ueoo, que los arabes le dan greneralmente. Aben-Jaldun, 
'folio 10 r. 



171 

ni exigir tributos mas que a los que consideraba 
como enemigos, es decir, a lefts arabes y a los 
bereberes, vengo de un modo cruento sus ofensas 
y ]a& de su patria. 

Queriendo coartar sus fechorias, el emir envio 
contra el un ejercito — cuyo mando conflo a su mi- 
nistry Haxim y a su hi jo Mandir aben-Meruan — , 
>adio al encuentro del enemigo y, enviando a Sadun 
a demandar auxllio al rey de Leon, se apodeio de 
Caracual ( 1 ) . Haxion establecio su campamento en 
las inmediaciones de esta fortaleza — cuyas ruinas 
aun existen — , y mando que uno de sus lugarte- 
nientes ocupase la de Monte-Salud. Poco despues, 
esfce ]ugarteniente le aviso que Sadun se aproxi- 
maba a Monte-Salud co*n tropas auxiliares leone- 
sas pero que siendo poco numerosas le parecian 
facilee de sorprender. Enganaibase, sin embargo; 
las fuerzas de Sadun eran considerables: pero el 
astuto capitan, queriendo tender un lazo al ene- 
migo, habia propalado* que su ejercito era debil. 
.Su designio obtuw un exito maravilloso. Enganado 
por las naticias de su lugarteniente, Haxim salio 
con algunos escuadrones al encuentro de Sadun, 
el cual, informadc* por los espias, le dejo inter- 
narse en las anontanas, y acechandole desde un 



(1) Caracuel se encuentra entre Ciudad Real y Almod<5- 
var del Campo. Se&un el Maracid, los arabes le llamaban 
Carmjuei; y as( ea como lo escribe Pelayo de Oviedo — c. 11 — ; 
v£ase tambien Cartas, p. 107. Sin embargo, se halla Car&- 

q-uer en Ben-Adarl, t. II, p. 105. En EdrisI aparece en el 

tomo II, p. 29, Caraqueri; pero es una falta y hay que leer 
Ctttuquei, como en el man. B. 



172 

desfiladero, ocultos entre las rocas, cayeron sobre 
los enemigos cuando estos mcnos la esperaban e 
hiciero 4 n una gran carniceria. El mismo Haxim, 
cubierto de heridas, fue hecho prisionero, despues 
de haber visto caer al lado suyo a cincuenta de 
sus ofkiales. Fue conducido ante Aben-Meros, 
Su vida estaba ahora en nxanos de aquel a quicn 
tan cruelmente habia ofendido; pero Aben-Meruac 
tuvd la generosidad de no dirigirle ningun ie- 
proche, le trato con todos los miramientos pro. 
pios de su alta jerarquia y lo envio a su aliada 
el rey de Leon. 

AI entcrarse el emir de lo ocurrido, se puso 
furioso'; sin duda le contrariaba el cautiverio de 
su favorito; pero aun le afiigia el que no podia 
negarse sin desdoro a rescatarle del rey de Leon. 
Y Alfonso exigia icien mil ducados!; esto «ra 
poner a prueba la avaricia del emir; asi encon- 
tro mil razones para eludir el page' de tan enorme 
suma. "Si Haxim ha caido prisionero — se decia— , 
suya es la culpa; £por que es tan temei^ario? Es 
un atqrdido que no sabe lo que se hace y que no 
atiende los consejos prudentes." Por fin, despues 
de haberle dejado gemir en la carcel durante dcte 
aflos, consintio en pagar una parte del rescate 
exigido. Haxim prometio al rey de Leon que el 
resto le serla ,pagado mas adelante, le dejo sus 
hermanos, su hijo y su sobrino en rehenes y vol- 
vio a C6rdoba ardiendo en deseos de vengarse de 
Meruan. Este jefe habla asdado entretanto los 
distritos de Niebla y Sevilla, y el emir, vien:!o 






s 



173 
que no poclia nada contra el, llego a rogarle que 
dictase el mismo las condiciones que exigia a 
cambio de cesar en aquellas irrupciones que de- 
vastaban el pais. La respuesta de Aben-Meman 
f u e" altanera y amenazadora. "Suspendere mis 
irrupciones— hafoia dicho— , y hasta ordenare rue 
se no*mbre al emir en las plegarias publicas, a 
condicion de que me ceda Badajoz, que me con- 
ienta fortificar esta comarca y que me exima 
de obedecerle y de pagar contribuciones; si no. 
n0 .» Por humillantes que fueran estas condicio- 
nes, Mohamed tuvo que aoeptarlas. Haxim trato 
entctoces de convencer a su seiior de que aun no 
era imposible someter a aquel orgulloso rebolde 
"Antes— afirmaba — no podia prenderse a Meruan 
porque no teniendo residenda frja, el y sus jine- 
tes sabian esquivar nuestras persecuciones; perc 
ahora, encerrado en una ciudad, sera nuestro. Po*- 
dremos sitiarle y rendirle." Al fin consiguio quo 
el moniarca aproibaae su plan; y habiendo obtenido 
su autorisacion para ponerse en marcha con ol 
ejercito, ya habia avanzado hasta Niebla, cuando' 
Aben-Meruan envio al emir un mensaje concebido 
en estos terminos: "He sabido que Haxim avan- 
za Jiacia Occidente; harto comprendo que cree 
poder encerrarme en una ciudad y vengarse de 
mi; pero fte juro que si (pasa de Niebfla incendiare 
Badajoz y reanudare la vida que- antes Uevaba *' 
EI emir quedo tan espantado con esta amenaza 

1 

que envio inmediatamente a su ministro la orden 
de volver a Cordoba con e?I ejercito,. y desde en- 



174 

tonces no tuvo la menor intencion de someter a 
tan temible enemigo (1). 

Asi, mientras los insurrectos se alzaban fuertes 
y valercfcos, el gobierno se mostraba debil y co- 
barde. A cada concesion que hacia a los rebeide?, 
a cada tratado que ultimaba, perdia mas y mas 
el prestigio que tanto necesitaba para imponerse 
a la poblacion indomita, irritada y mucho mas 
numerosa que sus senores. Los montafLeses de Re- 
gio, alentados por las noticias recibidas del Nor- 
te y del Oeste, comenzaron a agitarse a Su ves. 

En el aiio 879 hubo tumultos e insurrecciones en 
muchtte puntos de la provincia. El gobierno, oue 
no ignoraba los peligros que le amenazaban pi* 
esta parte, se alarmo extraordinariamente con las 
noticias que recibia; dicto ordenes rapidas y sev*-- 
ras; apreso al jefe de una banda temible y le 
envio a Cordoba; finalmente, se improvisaron for- 
talezas en J as mas estrategicas alturas (2). Toda:- 
estas medidas irritaban a los montaileses, perc nfr 
los amedrenteaban. Sin embargo, habia aun poca 
unidad en sus movimientos, les faltaba un jeft 
de espiritu superior capaz de encauzar.sus vagos 
arranques de patriotismo. Si aparecia este hom- 
bre, no tendria mas que hacer una sena para enar- 
decer a toda la poblacion de la mctotaSa y la 
montafla marcharia con el. 



(1) Ben-al-Cutia, fol. 37 r. y v. ; Ben-AdaH, t, II, pp. 102, 
103, 101 y 305; Ben-Haiyan, fol. 11 r. y v.; Chron. Aibetd., 
capftulo 62. 

(2> Ben-Adari, t. II, p. 103. 



175- 



XI 



^ 



En la epoca en que los serranos andaluces eo- 
menssaban a agitarse, habia en un caserio iiune- 
(iiato a Hisn-Aute — hoy Iznate — , ad Noreste de 
Malaga, un hidalgo campesino llamado Hafs. Era 
oriumW de ilustre familia, pues su quinto abue- 
lo, el visigodo Alfonso, habia ostentado el tilulo 
de conde (1). Pero amoldandose a las vicisitudes 
politicas y religiosas, sea por esto*icismo, sea por 
epatfo, el abuelo de Hafs, que bajo el reinado de 
AJhaquen I habia abandonado Honda para eota- 
blecerse en Hisn-Aute, se habia convertido al is- 
laanismo, y sus descendientes pasaban por musul- 
manes, aunque en el fondo del corazon guardaban 
un piadcteo recuerdo de la religion de sus ante- 
pasados. 

Gracias a su actividad y econamia, Hafs habia 
reunido una regular fortuna, Sus vecinos, menos 

ricos que el, le respetaban y honraban de tal 
modo que no le llamaban Hafs, sino Hafsun,. 
porque esta terminacion equivalia a un titulo no- 
triliario (2), y, segom todas las probabilidades, 



(1) Aben-Jaldun — fol. 10 v. — , Ben-Adart— t. II, p. 108— y 
Ben-al-Jatib— arttculo sobre Omar Ben-Hafsun — lndlcan la 
uenealogfa complota de Hafs hasta Alfonso, al eual Aben- 
JiUdun da el titulo do conde, apoyandoae en la autorldad de 
Ben-Mayan. Los nombres del hljo, del nieto y del blsnieto- 
do Alfonso son godos o latinos; pero, desgracladamonte, 
ap&recen mas o menos alterados en los manuscritos. EH pa- 
dre de Hafs se Uamaba Omar, y su abuelo, Chofar al-Islamf 
— «l Renogado — . 

(Z) V6ase ml ediclon de Ben Adart, t. II, p. 48 de la* )no- 
Ua, y la nota de M. De Slane, Htetoria de los bcreberes, t. I,, 
piglna 37. 



176 

nada, habria turbado su pacifica existencia si la 
mala conducta de su hijo Omar, que no se sometia 
.a la discipdina paterna, no le hubiese causado una 
profunda inquietud y un continuo disgusto. Vani- 
■doso', altanero, arrogante, turbulento y pendencie- 
ro, aquel Impetuoso joven no tenia del caracter 
andaluz mas que las malas cualidades. La menor 
ofensa encendia su colera: una palabra, una mi- 
rada, un gesto, la mera intencion, le bastaba, y 
mas de una vez le llevaron a su granja magulla- 
<lo, con ©1 rostro cubierto de sangre, lleno de con- 
tusion es y heridas. Con semejante temperamento 
tenia que acabar pronto o tarde muriendo o wa- 
tando. Y efectivamente, un dia que tuvo una 
di.sputa con uno de sus convecinos, sin ningun mo- 
tivo razonable le dejo en el sitio. Para librarle 
de la horca, su padre, desesperado, abandono con 
el la gran j a que su familia habia habitado du- 
rante tres cuartos de siglo, y fue a establecerse 
■en la Serranfa de Ronda, al pie de la man tafia 
de Bobastro (1). Alii, en medio de una naturaleza 
.salvaje, Omar, que gustaba de internarse en la 
mas espeso del bosque o en los desfiladeros me- 
nos frecuentados, acabo por convertirse en ban- 
dido o en ratero, como ahora se diria; cayo en 
manos de la justicia, y el gobernador de la pro- 
vincia le hizo azotar. Cuando quiso vo-Iver a casa 
de su padre, este le rechazo como a un bidbon 



(1) Ben-al-Jatib, man. E., articulo sobre Omar Ben- 
'Hafsun. 



177 

incorregible. Entonces, no sabiendo que hucec 
para ganarse la vida en Espafia, se dirigio hacia 
la costa, se embarco en un buque que se hacia 
a la vela para Africa, y despues de Uevar algun 
tiempo una vida errante, llego por fin a Tahort, 
dondo entro como apren<liz en el taller de un sastre 
que era del distrito de Regio y le conocfa algo. 

Un dia que trabajaba con su maestro, un an- 
ciano que nunca habia visto pero que tambien era 
andaluzj entro en la tienda y entrego al sastre un 
trozo de tela para que le cortara un traje. El sas- 
tre se levanto al momento, le ofrecio una silla y 
entablo con el una conversacion, a la que el apren- 

diz fue mezclandose poco a poco. El viejo pregunto 
al sastre quien era aquel joven. 

— Es uno de mis antiguos convecinos de Eegio, 
que ha venido para aprender mi oficio. 

— ^Cuanto tiempo hace que has salido de Ee- 
gio? — pregunto el anciano, dirigiendose a Omar. 

— Cuarenta dias. 

• — iConoces la montafia de Bobastro, en ese dis- 
trito ? 

■— Vivfa al pie de ella. 

— iDe veras! Pues hay alii una rebelion. 

- — Te aseguro que no. 

— Pues bien, la habra dentro de poco. 

El anciano callo algunos instantes; despues 
anadio: 

iConoces en aquellos alrededores a un tal 
Omar, hijo de Hafsun? 

Al oir pronurnciar su nombre, Omar palideclo, 

Hist, musulmanes. — T. II 12 



178 

bajo los ojos y guard 6 silencio. Entonces, el viejo 
3c rniro atentamcnte y noto que tenia iui co&millo 
roto. Era uno de los espanoles que creian firme- 
mente en la resurreccion de su raza. Habiendo 
oido hablar a menudo de Omar, habia creido re- 
conocer en el una de esas naturalezas superio- 
res de las cuales puede esperarse mucho rnal o 
mucho bien, segun la direccion que se les impri- 

ma, y adivinaba que eri aquel hijo indomjable, em 
aquel pendenciero, en aquel bandido de la sierra, 
habia en germen un jefe de partido. El silencio 
de Omar, su confusion, su. palidez, su codmillo 
roto — el viejo habia oido decir que en una rina 
sangrienta Omar habia perdido uno de los su- 
yos — , todo esto le daba la evidencia de que ha- 
blaba ccn el mismo Omar, y queriendo desde en- 
tonces dar un noble objetivo a la sed de activi- 
dad que devoraba a aquel joven fogoso, exclamo: 
— I Piensas, infeliz, que manejando la aguja 

vas a librarte de la miseria? Vuelve a fru pais y 
esgrime la espada. Seras un temible adversario 
de los Omeyas y rednaras en una gran nacion. 
En lo sucesivo, esfcas pa>labras, verdaderamen- 
te profetioas, estimularon la ambition de Omar; 
pero por de pronto surtieron un efecto muy dis- 
tinto. Temiendo ser reconocido por personas me- 
nos benevolas y entregado al gobemador espa- 
nol por el principe de Tahort, que se dejaba guiar 
en todo por el emir de Cordoba (1), se apnesuro 



(1) Ben-Adarf, t. II, p. 131. 1. 5. 



179 

a abandonar la ciudad, llevando por todo equips- 
je dos panes que acababa de comprar y habia 
ocultado entre sus mang-as. 

De regreso a Espana, como no se atrevia a com- 
parecer ante su padre, fue en busca de un tio 

suyo'y le refirio lo que le habia profetizado el 
viejo de Tahort. Su pariente, que unia a una gran 
credulidad un espiritu emprendedor, tuvo fe en la 
prediction del anciano, y aconsejo al joven que 
siguiese su destino^ e intentase una sublevacicn, 
prometiendo secundarle con todo su poder. No 
tuvo que esforzarse mucho para convencerle, y 
habiendo reunido unos cuarenta mozos de su fin- 
ca, I03 indujo a formar una partida bajo el man- 
do de su sobrino. Todos aoeptaron; Omar los or- 
ganize y se establecio con ellos en la montaita 
de Bobastro — 880 u 881 — (1), donde se aJlzaban 
las ruinas de una fortaleza romana, del Munici- 
pium Singiliense Bobastrense, que los moradores 

del pais Hainan hoy el Gastillon (2). Eistas rui- 
nas eran faciles de restaurar, y Omar lo hizo. 

Ningun parage anejor situado para servir de 

refugio a una cuadrilla de ladrones. La roca 
que sostenia la fortaleza era tan alta, tan escar- 
pada, tan inaccesible por el Esbe y por el S-ur, que 
el castillo resuliaba casi inexpugnable. Unase a 

esto su proximidad a la vasta llanura que se ex- 



(1) Een-al-Cutia, fols. 37 v.-38 v. 

(2) Bobastro se haila a un cuarto de legua de Guadalhor- 
ce y una le^ua al Oeste de Antequera. V6anse mis Investi- 
paciones, t. I, pp. 323-327. 



130 

tiende desde Campillos hasta Cordoba. En esta 

llanura podia hacer correiias la banda de Omar, 

robar ganado y exigir contribuciones ilegale.s a las 
granjas aisladas. Estas fueron las primeras ha- 
zanas de Omar; pero bien pronto penso que el pa- 
pel de salteador de caminos no era digno de 
el, y tan pronto como su cuadrilla, engrosada 
por profugos que tenian interes en ponerse a sal- 
vo tras solidas murallas en la cumbre de una roca, 
liego a ser bastante numerosa para hacerse res- 
petar de la debil guarnicion del canton, realizo 
audaces expediciones hasta las mismas puertas de 
las ciudades, y comenzo a dar golpes de mano 
tan brillantes como atrevidos. Ju stam ente alar- 
mado el gobernador de Regio, se decidio, por fin, 

t 

a atacar aquella partida con todas las tropas de 

la provincia; pero fue derrotado, y en su preci- 
pitada fuga abandono hasta su tienda a los insu- 
rrectos. Atribuyendo el emir este desastre a im- 
pericia, del gobernador, le sustituyo por otro, que 
no tuvo mas exito, pues de tal modo le atemo- 
rizo la resistencia de los rebeldes de Bobastro 

que concerto una tregua con Omar, tregua que no 
fue de larga duracion, porque este ultimo, aun- 
que atacado frecuentemente, supo defenderse dos 
o tres aiios en su montana (1), hasta que el pri- 
mer ministro, Haxim, le obiligo a rendirse y le 
llevo preso a Cordoba con toda su cuadrilla. El 
emir, que veia en Omar un oficial excelente, y en 



(1) Ben-Adari, t. II, pp. 106 y 107; Nouairi, p. 464; 
Aben-Jaidun, fol. 9 v. 



181 

sus secuaces buenos soldados, ios recibio bonda- 
dosamente y leg propnso ali starve en el ejercito. 
Convencidos de que por entonces no podian to- 
mar otro partido, aceptaron la proposition (1). 
Poco tiempo despues, en el estio del afio 883, 
citando Haxim march 6 a combatir a Mohamed, 
hijo de Lope y jefe de la familia de los Beni- 
Casi, y a Alfonso, rey de Leon, Omar, que le 
acompanaba, encontro ocasion de distinguirse en 
muchos combates, y especialmente en el de Pan- 
corbo. 'Sereno y frio, ai*diente e impetuoso, se- 
gun las circunstancias, se granjeo facilmente la 
estimation y los favores del general en jefe; mas 
apenas volvio a Cordoba, pronto tuvo motivos de 
queja contra el prefecto de la ciudad, Aben-Ga- 
nim (2), que, en su odio contra Haxim, se coon- 
pjacia en vejar y 'atormentar a los ofkiales que 
como Omar gozaban del favor de este ministro. 
Haciales a cada instante cambiar de alojamien- 
to, y el trigo que les suministraba era de infima 
clase. Omar, poco sufrido, no pudo ocultar su dis- 
gusto, y un dia, mostrandole un trozo de pan ne- 
gro y duro, le dijo: 

— iQue Dios tenga piedad do ti! ^Se puede co- 
mer esto? 

— iQuien eres, pobre diablo — replied el prefec- 
to — , para atreverte a dirigircne una pregunta tan 
impertinente ? 



(1> Ben-Adari, t. II, pp. 206-1OS; Noualri, p. 464; Aben- 
Jaldun, fol. 9 v. 
(2) Mohamad ben-Ualid aben-Ganim. 



182 

Omar volvfa profundamente indignado a su do- 
micilio, cuando encontro a Haxim, que se diri- 
gia a su palacio, y se lo refirio todo. 

— Ignoran aqui lo que tu vales — respunaio el 

ministro — ; a ti te toca ensenarrelo — . Y siguio 
eu camino. 

Disgustado por esto del servicio del emir, Omar 
propuso a sus compafieros volver a las montanas 
y a la vida aventurera y libre que babian llevado 
juntas durante mucho tiempo; y como no anhela- 
ban otra cosa, antes de ponerse el sol ya habian 
abandonado la capital para dirigirse a Bobas- 

tro— 884— . 

FjI primer cuidado de Omar fue recuperar el 
castillo, lo cuaO. era dificil " porque Haxim, com- 
prendicndo lo estrategico de esta fortaleza, habia 
confiado su custodia a una guarnicion bastante 
numerosa y, ademas, la habia hecho flanquear 
con tantos bastiones y torres que podia conside- 
rarscla inexpugnable. Pero Omar, lleno de con- 
fianza en su destino, no se desalento. Secundado 
por su tio, engroso sus tropas, algo debiles, con 

aJgunos hombres resueltos, y sin dar tiempo a la 
guarnicion del castillo para aprestarse a la de- 
fcnsa, la ataco violentamente, haciencloJa huir con 
tal precipitaci6n que no rpudieron xii salvar a h 
aman-te de su capitan, la cual agrado tanto a 
Omar que Jlego a ser su mujer o su querida (1). 
I>esde entonces, Omar, este Jose Maria del si- 



(3) Ben-a]-Cutta, fol. 38 v., 39 r. 



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133 

glo IX, secundado mejor por las ciramstancias 
que el celebre bandido, no fue ya un capitan de 
bandoleros, sino el jefe de toda la raza esparlola 
del Mediodfa. Dirigiase a sus compatriotas, fue- 
sen ci-istianos o musulmanes, y les decia: "Dema- 
siado tiempo habeis soportado el yugo de este 
emir que os arrebata vuestros bienes y os abru- 
ma con forzados tributes. I Os dejareis hollar por 
los arabes que os tratan como esclavos ? No pen- 
seis que la ambicion me induce a hablar asf; no 
deseo mas que vengaros y redimiros de la ser- 
vidumbre." "Cada vez que Ben-Hafsun hablaba 
asi — dice un historiador arabe — , cuantos le escu- 
chaban le daban las gracias y se mostoaban pz*on- 
tos a obedecerle." Sus propios enemigos, los uni- 
cos que han escrito su historia, afirman que des- 
de que fue jefe de un partido se enmendo de sus 
pasados defectos. En vez de ser arrogante y pen- 
denciero, se mostraba afable y cortes hasta con 
el ultimo de sus soldados, por lo que el afecto de 
sus secuaces rayaba en idolatrla, y obedeciendole 
con una disciplina y una exactitud casi f antasticas, 
por grande que fuera el peligro, todos marcha- 
ban a la prirnera senal y por el se habrian arro- 
jado al fuego. Siempre a la cabeza y en lo mas 
empenado del combate, Hafsun se batfa como un 
simple soldado, esgrimia la espada y la lanza 
como el mas habil, atacaba a los mas valientes 
campeones y no abandonaba la partida hasta que 
estaba ganada. No era posible pagarse mas de su 
persona ni dar mas brillante ejemplo. Kecompen- 



184 

saba generosamente las scrvicios que le presta- 
ban, concediendo gran participation a los que mas 
se habian singularizado; honraba cl valor hasta 
en los enemigos, y muchas veces dejaba en liber- 
tad a los prisioneros si se habian batido valerosa- 
mente. Por otra parte, escarmentaba a los nial- 
hechores con el mayor rigor. Un espiritu de sal- 
vaje justicia inspiraba sus decision es; no pedia 
pruebas ni testigos; le bastaba el conocimiento de 

que la acusacion era cierta, Por eso, aunque el 
bandolerismo esta como en la masa de la sangre 
de estc pueblo, gracias a la inflexible y pronta 
justicia de Omar las montafias gozaron bien pron- 
to de una seguridad completa, hasta el punto de 
afirmar los arabes que, en aquella epoca, una mu- 

jer cargada de dinero podia ir sola por aquellos 
parajes sin que tuviese nada que temer (1). 

Transcurrieron casi dos anos sin que el emir 
tomase serias medidas contra aquel temible cam- 
peon de una nationalidad oprimida largo tiempo; 
pero al comienzo del mes de junio del ano 886, 
Mondir, presunto heredero del trono, ataco al se- 
nor de Alhama, aliado de Omar y renegado como 
61. Hafsun acudio en socorro de su amigo y se 
encerro en Alhama. Despues de un asedio de dos 
meses, los renegados, que empezaban a carecer de 
viveres, resolvieron abrirse paso a traves de los 
enemigos ; pero su salida no fue afortunada. 
Omar recibio muchas heridas, quedo con una mano 



(l) Ken-Adarl, t. II. pp. 117 y IIS. 




185 

mutilada, y despues de perder gran parte de* sus 
tropas se vio obligado a volver a la fortaleza. 
Felizmente para los renegados, llego una noti- 
cia que obligo a Mondir a levantar el sitio y re- 
gresar a Cordoba: su padre acababa de expirar 

de agt>sto del 886 — (1). Omar aprovecho la 
ocasion para extender sus dominios; se dirigio a 
los castellanos cle multitud de fortalezas y los in- 
vito a hacer causa comun con el, Todos le i^co- 
nocieron por soberano (2); desde entonces fue el 
verdadero rey del Mediodia. 

Sin embargo, habia encontrado en el emir que 
acababa de subir al. trono un adversario digno de- 
el. Era un principe activo, prudente y valeroso; 
los clientes omeyas suponen que si hubiera rei- 
nado siquiera un ano mas habrfa obligado a to- 
dos los insurrectos del Mediodia a deponer las 
armas (3). Opuso a los rebeldes una resist encia 
energica; los distritos de Cabra, Elvira y Jaen 
fueron teatro de una lucha eneamizada, con al- 
ternativas de triunfos y reveses para ambos par- 
tidos (4). En la primavera del afio 888, Mondir 
marcho en persona contra los insurrectos, se apo- 

dero, de paso, de algunas fortalezas, devasto los 
alrededores de Bobastro y sitio Archldona. El re- 
negade Aixum que la defendia no estaba exen- 
to de esa fanfarroneria que aun se reprocha a los 



(1) Ben-Adari, t. II, p. 109. 

{2) Ben-Adari, t. II, p, 117. 

<3) Ben-Adari, t. II, p. 123; cf. p. 117, 1. 3. 

(4) Ben-Adari, t. II, p. 138. 



186 

andahices, y alardeando de un valor de que na- 
dic dudaba, repetia a cada paso: 

— £i me dcjo atrapar por el emir, le autorizo a 
que me crucifique con un cerdo a mi derecha y un 
perro a mi izquicrda. 

Olvidaba que el emir podia emplear para pren- 
derle un medio mas seguro que la fuerza de las 
armas. Sobomados algunos vecinos, convinieron 
con Mondir en entregarie a su jefe vivo, y un 
<Iia que Aixum entro desarmado en la morada de 
uno de aquellos traidores, fue detenido de impro* 
viso, cargado de cadenas y entregado al emir, 
siendo crucificado en. la misma forma indicada 
por el. Poco despues se rindio Archidorta. A coii- 
tinuacion, el emir hizo prisioneros a los tres Beni- 
Matruh que poseian castillos en la sierra de Prie- 

go, y mando crucificarlos, al mismo trempo que a 
diez y nueve de sus lugartenientes, yendo despues 

a sitiar a Bobasti'o (1). 

Seguro de que su montana era inexpugnable, 
Ben-Hafsun se inquietaba tan poco del asedio que 

no pensaba mas que en jugar una mala pasada al 
emir. La broma y la alegria eran propias de su 
caracter. Al efecto, hizo proposiciones de paz a 
Mondir: 

—Ire a habitar en Cordoba con mi familia, sere 
uno de tus generales y mis hijos serin tus 
clientes. 

Mondir cayo en el lazo. Habiendo hecho venir 



O) Ben-Adarl, t. II, pp. 117-120. 



187 

de Cordoba al cadi y a los principals teologos, 

les Prizo redactar un tratado de paz en los ter- 
minos propuestos por Ben-Hafsun. Este se rindio 
y se presento al emir, que habia establecido su 
cuartel general en un castillo proximo, y le dijo: 

— Te ruego me envies a Bobastro un centenar 
de mulos para transporter mis muebdes. 

El emir aceedio, y poco despues, cuando aban- 
dono el ejercito las inmediaciones de Bobastro, 
fueron enviados a esta fortaleza los mulos con- 
venidos, con una escolta de diez centuriones y de 
ciento cincuenta jinetes, Ben-Hafsun, poco vigi- 
lado, porque creian poder narse de el, aprovecho 
la noche para evadirse, volvio a Bobastro lo mas 
pronto que pudo, ordeno a algunos de sus sodda- 
dos que le siguieran, ataco la escolta y le arre- 
bato los mulos, poniendolos a buen recaudo tras 
las fuertes murailas de su castillo (1). Furioso de 
haberse dejado burlar, el emir juro, en su cole- 
ra, reanudar el sitio de Bobastro y no levantarle 
hasta que el perfldo renegado se rindiese. La 
muerte le impidio cumplir su juramento. Su her- 
mano A'bdala, que tenia exacta-mente la misma 
edad que el y que ambieionaba el trono, pero que 
perdia toda esper&nza de allcanzarlo si Mondir 
moria cuando sus hijos estuvieran en edad de su- 

cederte, habia sobomado al cirujano, el cual 
empleo para sangrarle ,una lanceta envenenada, 



(1) Ben-Adarl, t. II, p. 121; Noualrl, p. 4R5. Este tiltixnt; 
autor tuvo la singular idea de decir que Hafsun estaba sl- 
tlado en Toledo, ciudad donde jamas habia puesto los plea. 



188 

y el 29 de junio del 888 Mondir exhale el ul- 
timo suspiro, despues de un reinado de casi do? 
anos (1). 

Advertido por los eunucos, Abdala, que estaba 

en Cordoba, llego desalado al campamento, comu- 
nico a los visires la muerte de su hermano, que 
ellos aun ignoraban, hizo que le prestasen jura* 
mento, primero ellos, despues los coraixitas, los 

clientes ommfadas, los empleados de la adminis- 
tration publica y los jefes del ejercito; Como los 
soldados murmuraban mucho de la resolution del 
anterior emir, por estar convencidos de que Bo- 
bastro era inexpugnable, era de temer que se des- 
bandasen en cuanto supieran que Mondir habia 
muerto. Un oficial llamo la atencion de Abdala 
sobre esta disposition de los animos y le acon&e- 

jo ocultase la muerte de su "hermano y le man- 
date enterrar en aquellos parajes. Pero Abdala 

desecho este consejo con finglda indignation. 

— jComo! — exclamo — . £He de abandonar el ca- 
daver de mi hermano a merced de esas gentes 
que tocan las campanas y adoran la cruz? jNo, 
jamas) Aunque tuviese que morir en su defensa. 
le trasladaria a Cordoba. 

La muerte de Mondir fue anunciada a los sol- 
dados, que la recibieron como la mas grata no- 
ticia, y sin esperai* las orderies del nu&vo emir 
hicieron sus preparativos para volver sin demora 
a sus hogares; asi que mientras Abdala regre- 



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CI) V6aso mi edlcltfn de Ben~Adari, Introducci6n, m>, 44-46. 



189 

saba a Cordoba, el numero de sus soldados dis- 
minuia a cada instante. 

Ben-Hafsun, que no se entero de la muerte de 
Mondir ha.^ta que su ejercito se habia puesto en 
niarcha, aprovecho el desorden caracteristico de 
aquella repentina retirada. Ya se habia apode- 
rado de muchos rezagados y de un botin consi- 
derable cuando Abdala le envio a su paje For- 
tunio para decirle que no inquietasen un desiile 
que era un cortejo funebre y para asegurarle 
one solo deseaba vivir en paz con el. Entonces el 
jefe espanol, fuese por generosidad, fuese por 
calculo, ceso inmediatamente de perseguirlos. 

Cuando Abdala 11 ego a Cordoba apenas con- 
taba con cuarenta jinetes; las demas soldados le 
habian abandonado (1). 



XII 



Abdala subia al poder en fatales condiciones. 
Mlnado el Estado hacia tiempo por los antago- 
nismos de raza, parecia marchar rapidamcnte a 
su ruina y descomposicion. Si el emir no hu- 

biera tcnido que hacer frente mas que a Ben-Haf- 
sun y a los serranos, menos mal; pero la aris- 
tocracia arabe, aprovechando el general desor- 
den, habia comenzado tambien a levantar la cabe- 
za y aspiraba a la independencia, siendo toda- 



<1) Ben-Hayan, foi. 2 r.-4 r. 



190 

via mas temible para la monarquia que los mis- 
mos espafioles. As; al menos lo creia Abdala; y 
como le era precis o transigir con los espaMes o 
con loo nobles para no quedarse c o mpktamente 
aislado, prefirio ser tolcrante con los primeros. 
^a habia dado pruebas de benevolencia a algu- 
nos de ellos; habia entablado intima amistad con 
Meruan el Gallego cuanclo este formaba todavia 
parte de la guardia de Mohamed (1). Ahora of re- 
dd a Hafsun el gobicrno de Regio con tal de que 
le reconociese por soberano. Al principio, el exito 
parecio justiflcar esta nueva polltica. Bcn-Hafsun 
le rindio homenaje y le dio una prueba de confian- 
za enviando a la corte a su hi jo Hafs y algu- 
nos de sus capitanes. Por su parte, el emir hizo 
cuanto pudo por consolidar la alianza, tratando a 
sus huespedes del modo mas amistoso y colman- 
do-los de presentes. Pero al cabo de algwios me- 
ses, euando Hafs y sus companeros volvieron a 
Bobastro, Hafsun permitio que sus soldados sa- 
quearan los pueblos y las aldeas hasta las mismas 
puertas de Osuna, Ecija y aun de Cordoba, y 
despues, cuando derroto a las tropas enviadas 
por el gobierno, rompid abiertamente con el emir 
y despidio a sus empleados (2). 

En suma. Abdala no habia logrado atraerse a 
los espanoles, y al intentarlo se habia malqms- 
tado con los de su propia raza. Era, por lo tanto, 



<t) Ben-al-Cutla, fol. 37 v. 
(2) Bcn-Hayan, fol. 37 v. y 38 r. 



191 

natural qae en las provincias donde la autoridad 
regia estaba ya nrny debilitada ios arabes no qui- 
sieran obedecer a un soberano que se aliaba con 
los enemigos. 

Tratemos ante todo de los sueesos de la pro- 
vincia de Elvira. 

Si los recuerdos piadosos ejercen algun impe- 
rio sobre las almas, ninguna provincia debia ser 
mas fiel a la religion cristiana que la de Elvira, 
cuna del cristianismo espafiol; allf se habia oido 
la predicacion de los siete Apost6licos J que, segun 
una antiqufsima tradicion, habian sido en Roma 
discipulos de los apostales, en una epoca en que el 
resto de la peninsula era todavia idolatra- (1). 
Hacia el ano 300 se celebro un famoso concilio en 
la capital de la provincia (2). Por eso los esjpa- 
noles de Elvira permanecieron fieles mucho tiem- 
po a la religion de sus antepasados. En la capital 
habian sido echados los cimientos de una gran 
mezquita al poco tiernpo de la conquista de Es- 
pana, por iniciativa de Hanax Sana-ni, uno de los 

mas piadosos cornpaneros de Musa; pero habia 
en la ciudad tan pocos musulmanes que durante 

siglo y medio siguieron las obras en el mismo es- 
tado en que -las habia dejada Hanax (3). Por el 

(1) Vease el oficio de los siete apoatiSlieos on la Espana 

Sagrada, t. Ill, pp. 361-377; estc oficio fu6 compueato en 
Acct- — Guadix el Viejo — en Ios primeros ttempos de la Iglesia. 
Comparese con el Lectionarium Complutense, Ibid, paginas 
3S0-384. 

<2) La ciudad de Elvira estaba situada al noroeste de- 
Granada, casl en el mismo lugar en que hoy se encuentra 
Pinos Puente. 

(3) Ben-al-Jatib, man. G., fol. 5 r. 



192 

contrario, las iglesias eran ricas y numerosas. 
Basta en Granada, aunque gran parte de esta 
ciudad pertenecia a los judios, habia por lo xn&- 
nos cuatro, y una de ellas, la que se hallaba fuera 
de la puerta de Elvira y que habia sido cons- 
truida a principios del siglo VII por un noble 
.godo llamado Gudila, era de una magnificencia 
incomparable (1). 

Sin embargo, poco a poco, durante los reina- 
dos de Abderrahman II y Mohamed habian sido 
frecuentes las apostasias. En la provincia de El- 
vira no eran mas desinteresados que en otras co- 
niarcas, y ademas, los vergonzosos escandalos y 
la impiedad manifiesta del tio materno de Hos- 
tigesio, o sea de Samuel, obispo de Elvira, ha- 
bfan inspirado a maichos cristianos una aversion 
may natural hacia un culto que tenia tan indig- 
nos ministros. La persecucion hizo lo demas. La 
habia dirigido el infame Samuel, que despuesto al 
fm a causa de su escandalosa vida se habia apre- 
suxado a correr a Cordoba y a hacerse musul- 
man. Desde entonces se habia ensanado del modo 
mas cruel contra sus antiguos diocesanos — que el 
gobierno habia entreg ado asu ciego f uror^, y mu- 
chos de estos infelices habian recurrido a la apos- 
tasia como unico medio de salvar su vida y sus 
bienes (2). 

De esta manera, los reneg^ados habian llegado 
a ser tan numerosos en Elvira que el gobierno 

(1) V£anse mis Investigaciones ■, t. I, pp. 334-336. 

(2) Samson, Apolog., 1. II, c. 4. 



1&3 

se-crey6 en el caso de construirles una gran mez- 
Guita, que se termino en el ano 864, durante el 
reinado de Mohamed (1). 

En cuanto a los arabes de la provincia, descen- 
dian en gran parte de los soldados de Damas- 
co. No queriendo encerrarse entre las murallas de 
una ciudad, se habian establecido en el campo, 
dande aun habitaban sus d es c end lent es. Estos 
arabes formaban, con respecto a los espanoles, 
una aristocracia sumamente orgullosa y exclusi- 

r 

vista. Sostenian pocas relaciones con los habitan- 
tes de la capital; la permanencia en Elvira, ciu- 
dad triste, situada en medio de rocas aridas, vol- 

r 

canicas y monotonas, sin una flor en verano nil 
un capo de nieve en inviemo, no tenia para ellos 

i 

ningun atractivo; pero cuando los viernes iban a 
la ciudad, en apariencia para asistir a las cere- 
monias religiosas, pero en realidad para lucir 
sus caballos soberbios y ricamemte enjaezados (2), 
no cesaban de abrumar a los espanofes con su 
desprecio y con sus calculados desdenes. Pocas 
veces el ceiio aristocratico se ha mostrado mas 
francamente odioso entre hombres que eran en 

cambio en las relaciones que sostenian entre si 
modelos de exquisita cortesia. Para ellos, los es- 
panoles, fuesen crMianos o musulmanes, eran 
la ml canalla; tal era el termino consagrado. Ha- 
bian inferido agravios imperdonables a los indi- 
genas; asi qoie las collision es entre las dos razas 



(1) Ben-al-Jatlb, man. G., fol. 5 r. 

(2) Ben-al-Jatib, man. G., fol. 5 r. 

Hist, musxjlmanes. — T. II 13 



194 

eran frecuentes. Treinta anas antes de la epoca 
de que vamos a hablar, los espanoles habian ya 
sitiado a los arabes en la Alhambra, donde se ha- 
bian refugiado (1). 

Al principio del reinado de Abdala encontra- 
mas a los espanoles empenados en una guerra 
mortifera contra los sefiores arabes. Estos, que 
habian roto en absoluto con el emir, habian ete- 
gido jefe a un valiente guerrero de la tribu de 
Cais, llamado Yahya aben-Socala. Arrojados de 
sus aideas por los enemigos, se habian atrinche- 
rado en una fortaleza situada al nordeste de Gra- 
nada, cerca de Guadahortuna. Desde este castillo, 
que antiguamente habia llevado el nombre espa- 
fiol de Montesacro — nombre que d esn aturalizado 
por la pronunciacion arabe se habia convertido 
en Montexicar — , infestaban los alrededores. En- 

V 

tonces los cristianos y los renegados al mando 
de Nabil fueron a sitiarlo, dieron muerte a mu- 
chos de ellos y se apoderaron de la fortaleza. 
Yahya aben-Socala se salvo huyendo^ pero sus 
tropas estaban tan debilitadas que tuyieron que 
deponer las armas y flrmar un tratado con los 
espanoles. Desde entonces pasaba con frecuencla 
dias enteros en la capital, quiza, intrigando; pero 
culpable o no, lo cierto es que en la primavera 
del ano 889 le atacaron los espanoles de impro- 
viso, le degollaron con todos sus compafieros, 



(1) No conocemos detalles de esta guerra, referida por el 
poeta espanol Abli en unos versos que citaremos m&M ade- 
lante. 



195 

arrojaron a un pozo sus cadaveres y comenzaron 
a batir a los arabes como si lueran bestias fe- 

roces. 

La alegria de los, espanoles fue inmensa. ";Ya 
hemes quebrado las lanzas de nuestros enemi- 
gos! — escribia .su poeta Atbflf (1) — . \ Hemos abati- 
do su orgullo! Los que nos llatmaiban la vil canalla 
han minado I03 cimientos de su propio poder. 
;Guanto tiempo hace que los muertos arrojados a! 
fondo del pozo esiperan en vano un vengador ! " 

La situacion de los arabes era aun mas crlti- 
ca porque estaban desunidos. La anarquia rei- 
nante prestaba nuevo vigor a la funesta rivalidad 
entre maaditas y yemenitas; en muchos distri- 
tos, como en el de Sidona, ambas razas luchaban 
a muerte; en la provincia de Elvira, cuando se 
trato de elegir suoesor a Yahya, los yemenitas 
—que, segun parece, eran superiores en numero — 
disputaban a los maaditas sus derechos a la he- 

gemonia. Querellarse en tan critico momento era 
exponerse a una rui-na completa. Felizmente para 
ellos, los yemenitas lo comprendieron todavia a 

tiempo; cedieron, y de acuerdo con sus rivales 
confirieron ©1 mando a Sauar (2), intrepido jefe 
que fue el Salvador de su pueblo, por lo que des- 
pues se decia a menuxio: **Si Ala no hubiese en- 



(1) iUamabase Abderrahman ben-Ahmed, Se 1© den omnia 
Abll poroue era oriundo de Abla, eerca de Guadix. 

(2) lionaida, cuarto abuelo de Sauar y jefe de log caisi- 

taa, se habfa estableddo en Maraeena, en el distrito de Al- 
bolote, al norte de Granada. Los ctescendlentes habitaban 
atki affl. 



196 

viado a los arabes un Sauar, habrian sido ex- 

terminados hasta el ultimo." 

Caisita, lo mismo que Yahya, Sauar debia, na- 
turalmente, vengar la muerte de su hermano de 
tribu; pero ademas tenia que tomar otro des- 
quite: en el asalto de Montesacro habia visto'a 
los espafioles matar a su hijo mayor. Desde este 
momento estaba devorado por la sed de vengan- 
za. Segun su propio testimonio, era ya viejo. "Las 
mujeres no quieren ya mi amor desde que ban 
blanqueado mis cabellos" — deciaenuno de suspoe- 
mas; y de hecho puso en la sangrienta tarea que 
iba a realizar una ferocidad y una obstinacion 
que se explicarian dificilmente en un joven, pero 
que se conciben en un anciano que, dominado por 
una sola y ultima pasion, ha cerrado el alma a 
toda piedad, a todo sentimiento humanitario. Po- 
dria pensarse que se crefa el angel extermina- 
dor y -que sofoco sus instintos mas dulces, si los 
tenia, por la conciencia de su mision provid i en- 

ciail. 

Despues de agrupar bajo su bandera el mayor 

numero posible de arabes, fue* a recuperar Mon- 
tesacro, con lo cual se pxoponia un doble objeto: 
poseer una fortaleza como base de sus opera- 
ciones ulterior es ysaciar su venganza en la san- 

gre de los que habian dado muerte a su hijo. Aun- 

que Montesacro contaba con numerosa guarni- 

r 

cion, los arabes lo tomaron por asalto. La ven- 
ganza de Sauar fue terrMe; paso a cuchillo a 
toda la guarniciony que ascendia a seis mil sol- 



197 

dados; despues ataco y eonquisto varios castillos, 
triunfos que iban acompafiados de horrible car- 
niceria. 

Aquel hombre implacable no dio jamas cuar- 
tel a los espafioles; famttias enteras fueron ex- 
terminadas, hasta el punto de quedar sin herede- 
ros multitud de fortunas. 

Eli su angnstia, los espanofles de Elvira roga- 
ron a Chad, gobernador de la provincia, que los 
ayudase, prometiendo obedecerle desde entxmces ; 
Chad accedio a su demanda, y al frente de bos 
tropas y de los espafloles ataco a Sauar. El jefe 
arabe espero a pie iirme; el combate fue empe- 
nadisimo por ambas partes; pero dos arabes al- 
canzaron la Victoria, persi^uieron a sus eneimi- 
gos hasta las puertas de Elvira y mataron a mas 

de siete mil hombres. El mismo Chad cayo en ma- 
nos de los vezicedores. 

El exito de esta batalla, conocida con efl notm- 
bre de batalla de Chad, produjo a los arabes in- 
d-ecible a'legria; habiendose limitado hasta entonces 
a atacar castillos, habian vencido, por prime- 
ra vez, a sus enemigos en campo raso, innio- 

iando irmuimerables victimas a los manes de Ya- 
hya. He aqui en que terminos expresa sus senti- 
mientos Said aben Ch-udi, uno de sus jefes mas 
valientes, que era al mismo tiempo uno de sus 
mejores poetas: 

v 

"jApostatas e incredulos, que hasta vuestra 
liitima hora declardis falsa la verdadera reli- 



198 

gidn (1), os hemos matado porque teniamos que 
vengar a nuestro Yahyat j Os hemos dado moierte; 
Dios lo ha querido! Hijos de esclavos, habeas im- 
tado imprudentemente a los vali entes que nunca 
descuidan el vengar a eu muextos; acostumbraos, 
pues, a sufrlr su £uror y a sentir sobre vuestras 
espaldas sus espadas llameantes. A la cabeza de 
sus guerreros, que oxo soportan ningiin insulto y 
que son fieros como leones, un ilustre jefe ha 
marchado contra vosotros. iUn ilustre jefe! Su 
renombre excede de cualquier otro; ha heredado 
la generosidad de sus incomp arables antepasados- 
Es un Jean; ha nacido de la mas pura sangre de 
Nizar; es el sosten de su tribu como no lo es 
ninguno. Iba a vengar a sus hermanos de tribu, a 
esos hombres magnanimos que habian creldo po- 
der fiarse de reiberados juramento-s. jLos ha ven- 
gado! Ha pasado a cuchiilo a los hijos de las 
blancas, y los super vivientes gimen cargados de 
eadenas. Hemos matado a millares de los vuestros ; 

pero la muerte de una turba de esclavos no equi- 
vale a la de un solo noble. 

"; Ah, si! Han asesinado a nuestro Yahya cu*an- 
do era su huesped, accion insensata... Le degolla- 
ron esos esclavos malvados y despreciables. Todo 
lo que hacen los esclavos es vil. Al cometer su 
crimen realizaron una aeeicVn tetmerariia; su •d-e.s- 
dichada suerte los habra convencido de que obe- 
decieron a una mala inspiraci6n. iLe habeas ase- 






(1) Palabras que Mahoma dlrige en «I Coran a los crls 
mos y a los judfos. 



190 
dnado como infames, como traidores, despues de 
tantos pactos y juraanentos!" 

Obtenida tan brillante victoria, Sauar, que aca- 
baba de firmar una alianza con los arabes de Re- 
gio, de Jaen y hasta de Calatrava, reanudo sus 
depredaciones y asesinatos. Los espaiioles, com- 
ptetamente desalentados, se arrojaron, para eai- 
varse, en brazos del emir Implorando su protec- 
tion, que con gusto les habria concedido si hu- 
biera podido hacorlo; pero lo unico posible en 
aquellas circun stand as era ofrecerles su amisto- 
sa intervention. Envio, por Jo tanto, a decir a 
Sauar que estaba dispuesto a dark una amplia 
paitiicipacion en la direccion de los asuntos de la 
provrncia a cambio de que volviese a la obedien- 
cia y prometiese dejar en paz a los espanofles. 
Sauar acepto estas condiciones ; el y los hisipa- 
nos juraron solemnemente la paz, y el orden ma- 
terial quedo restablecido en la provincia; mas, 
por desigracia, era una tranquilidad enganosa, 
pues en el fondo de las almas latian la turbacion 
y fla pasi<m. No encontrando en torjio suyo ene- 
migos que extereninar, Sauar ataco a los aliados 
y vasallos de Ben-Hafsun. La farna de sus em- 
presas y erueldades, los g-emidos de angw&tia de 
sus eompatr iotas, despertaron de improvise el 
eentimiento nacional entre los moradores de El- 
vira; por un convun impulso volvieron a empu- 
nar las armas; siguierodo su ejemplo, se eublevd 
tcda la provincia; el grito de guerra repercttti6 



200 

en todas las familias, y los arabes, atacados p 0t 
doquiera, s© refugiaron apresuradamente en k Al- 
ii ambr a. 

Conquistada por los espafioles, reconquistada 
por los arabes, la Aihambra no era mas que una 
ruina majestuosa, casi inutil para la defensa. Y 
sin embargo, era el unico asilo que les quedaba a 
los arabes; si lo pcrdian, indudableniente eerian 
degollados desde el primero hasta el ultimo. Por 
eso se encerraron alii, resueltos a defenderse shaata 
la muerte. Mdentras fue de dia, rechazaron vigo- 
rosamexrbe'los reitexados ataques de los espanoles, 
que enfurecidos querian acabar de una vez con 
los que habian sido tanto tiempo sus opresores inn- 
placables. Llegada la noche, los sitiados recoup 
truian, a la luz de las antorchas, las nrurallas de 
la fortaleza; pero las vigilias, el cansancio y la 
perspectiva de una muerte derta en cuanto fla- 
queasen un instante les producia una excitation 
febril p r edisponiendolos a, terror a® suipersticiosos 
de que se habrian avergonzado en otras circuns- 
tancias. Una no die que trabajaban en las forti* 

ficaciones, sucedio que una pie&ra paso sabre los 
muros y fue a caer a sus pies. El arabe que la 
recogio vio que llevaba atado un trozo de papel 
sobre el cual habia escrito estos tres versos que 
leyo en alta voz a sus camaradas, que los escu- 
charon en el mas prof undo silencio : 

j 

"Sus aldeas estan desiertas, sus campos son 
eriales donde el huracan arremolina las arenas. 



201 

3&noerrados en la Alhambra, meditan nuevos crf- 
menes; mas tambien alii tendran que sufrir de- 
rrotas con thru as y seran el bianco de iwiestras 
lanzas y de nuestras espadas como lo fueron sus 
padres." 

Al escuehar estos verms a la hiz inderta, pa- 
lida y liigaibre de las antorehas, cuya temblorosa 
claridad irradiaba entre las densas sombras de la 
nocbe una Juz movible y de extranos reflejos, los 
arabes, que ya desesperaban de obtener el trioin- 
fo, se dejarbn dominar por los presentimientos 
mas terribles. "Estos versos — decia despues uno 
de alios* — nos parecieron un aviso celeste, y al 
oMos leer quedamos poseidos de un terror tan 
grande que no habria podido aumentar aunque 
todos ilos ejercitosi del mando ih-ubiese-n venido a 
sitiar la fortaleza." Algunos menos impresiona- 
bles que los deraas proeuraron reanimar a sus 
esipantados camaradas diciendoles que ' la piedra 
y el papel no foabian caido del cielo como al parecer 
creian, sino que habian sido lanzados por mano 
enemiga, y que los versos serian probablemente 

del poeta eapanol Abli. Est a idea prevatecio poco 
a poco, y encargaron a su poeta Asadi que res- 
pondiese, en el misjno metro y rima, al desafio 

del poeta enemigo, lo cual no era nuevo para 
Asadi, porque madias veces habia sostenido con 
Abli estos duelos poeticos; pero tenia un tempe- 
ramento nervioso, una imagmacion excesivamente 
impresionable, y aquella vez, mas corartovido y 



202 

turbado que mmca, tardo largo tiempo en cam- 
poner estos dos versos, que mostraban damasiado 
que no estaba en vena: 

"Nuestros pueblos estan habitados; razesfcros 
campos no son eriales; nuestro castillo nos de- 
nende contra cualquier insulto: en el encontra- 
remos la gloria, en el se pi*eparan vuestras de- 

rrotas y nuestros triunfos." 

Para eoanpletar la respuesta faltaba un tercer 
verso; pero Asadi, dominado por la emocion, no 
pudo encontrarlo. Rugiendo de verguenza, con la 
vista fvja en el suelo, permanecio sobrecogido y 
mudo cuail si en su vida hubiese compuesto un verso. 

No era esto lo mas adecuado para reavivar el 
aninio abatido de los arabes. Ya medio serenos, es- 
taban dispuestos a no ver en lo ocurri-do naxla 
sobrenatural; pero cuando advirtieron que, contra 
lo que esrperaban, fallaba la inapiracion de su poe- 

ta, renacieron sus temores supersticiosos. 

Avergonzado Asadi, se babia retirado a &u ha- 
bitation cuando de repente oyo una voz que re- 
citaba este verso: 

"Ciertamente. pronto, cuando salgaimos die 
aqui (1), sufrirels una derrota tan terrible que 
haora encanecer en un solo instante los cabellos de 

l 

vuestras mujeres y de vuestros hijos." 

Era el tercer verso que en vano habia buscado. 
Miro en torno suyo y no vio a nadie. Firmemente 



(1) Cuando salgamos de la Alhambra. 



203 

convencido de que este verso habia eido pronunr 
ciado por un espiritu invisible, corrio en busca del 
jefe, Ada, su intimo amigo; le refiri6 lo que aca- 
baba de ocurrir y le repitio el verso que hasbia 
oido. "jRegocijemonos!— -exclaim 6 Ada—. Cierta- 
mente soy en todo de tu opinon; es un espiritu ©1 
que ha pronunciado este verso y podemos estar 
seguros de que su prediction se cuanplira. Debe 
ser asi, esa raza impura tiene que perecer, porque 
Dios ha dicho (1) : "El que habiendo toanado 
un desquite en relacion con el ultraje inferi- 
do, reciba uno nuevo, sera asistido por el misrao 

Dies." 

Dcsde aquel anomento, convencidos de la protec- 
ci6n del Eterno, los arabes arrollaron el papel que 
contenia dos versos de su poeta alrededor del gui- 
jarro y lo lanzaron a sus enemigos. 

.Siete dias despues vieron al ejercito esrpanoil, 
fcrmado por veinte mil hombres, situar maquinas 
de guerra, preparandose al ataque, por el lado 
oriental. En vez de exponer a sus valientes sol- 
dados a perecer degollados en una fortaleza rui- 
nosa, Sauar prefirio salir al encuentro del eneoni- 
go. Empenado el combate, abandono de pronto el 
campo de batalla con lo mas selecto de sus tro- 
pas, sin que su mareha fuese advertida por el 
enemigo, dio una vu-elfta y »e precipito sobre la 
division apostada en la colina, con tal impetu que 
la derroto completainente. La vista de lo que ocu- 



(1) V6ase el Cor&n, sur., 22, vs. 59. 



204 

rria en el montecillo produjo a los espanoles que 
ccmbatian en la llanura mi terror panico porque 
cxeyeron que los arabes habian recibido refuerzos. 
Entonces comenzo una horrible carniceria; persi- 
guiendo a los fugitivos hasta las puertas de Elvira 
los arabes mataron a doce mil hombres, segum 
unos, y a diez y siete mil, segxin otro-s. 

He aqui como el poeta Said-aben-Chudi canta 
esta segunda batalla, denominada batalla de h 

ciudctd : 

"Los hijos de las blancas habian dicbo: "Cuan- 
"do nuestro ejercito vuele sobre vosotros, oaera 
"como un huracan; no podreis resistirle, tembla- 
"reis de pavor y ni la mas solida fortalesa os 
"servira de refugio." 

"Pues foien: hemos ahuyentado ese ejercito 
euando preteoidia volar sobre nosotros con tanta 
facilidad como se ahuyenta a las moscas que re- 
volotean en tomo de la sopa o conao se oibliga 
a salir de la cuadra a un tropel de camellos. In- 
dudablemente el huracan ha sido terrible; la Oli- 
via caia a torrentes, el traeno retumbaba y el 
relampago rasgaba las nubes; pero era sobre vos- 
otros sobre quienes descargaba la tormenta. Vues- 
tros soldados caian bajo nuestras tajantes espa- 
das como caen las espigas bajo la hoz del se- 
gador. 

"Al veraios llegar al galope, nuestras espadas 
les causaron terror tan grande que volvieron la 
espalda y emprendieron la fuga; pero cargarcios 



-j 



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3 

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205 

sobre ellos hiriendolos con nuestras lanzas. Unos 
eayeron prisioneros y fueron cargados de cadenas; 
otros, con ansia mortal, encontraban la tierra 
demasiado p-equefia para huir. 

"Veiais en nosotros una tropa eseogida, que sa- 
bfa a maravilla lo que hay que hacer para abrasar 
las cabezas de los enemigos cuando la lluvia a que 
aludiais cae a tor-rentes. Se compone de hijos 
de Adnan, que aventajan a todos en las incur- 
siones, y de hijos de Catan que caen como buitres 
sobre su presa. Su jefe, un gran guerrero, un 
verdadero leon, a quien todos admiran, pertenece 
a la rama mejor de Cais; desde hace largo tieni- 
po los hombres mas generosos y valientes reco- 
nocen su superioridad en esplendidez y bravura. 
Es un hombre leal, nacido de una estirpe heroica, 
cuya sangre no se ha mezclado nunca con la de 
■una raza extranjera; ataca impetuosamente a los 
enemigos, como conviene a un arabe, y sobre todo 
a un caisita, y defiende la verdadera religion con- 
tra todo infiel. 

"Sauar blandia ciertamente en la lucha una ex- 
celente espada, con 'la cual segaba cabezas como 
solo se siiegan con aoeros ibieoi temiplados. Ala se 
servia de su brazo para exterminar a los secta- 
ries de una falsa religion conjurados contra nos- 
otros- Llegado el momento fatal para los hijos de 
las blancas, oiuestro jefe iba al f rente de feroces 
guerreros, cuya finmeza es tan inconmoyible como 
una Montana y cuyo numero era tan grande que 
la tierra parecia pequena para ellos. Aquellos 



206 

valientes galopaban a rienda suelta, mientras re~ 

linchaban sus corceles. 

"Quisisteis la guerra, pero ha sido funesta para 
vosotros y Dios os ha hecho perecer subitamente. " 

Dada la critica situacion en que despues de 
esta batalla desastrosa se encontraban las espa- 
noles, no les quedaba mas que un partido: im- 
plorar el apoyo y acatar la autoridad de-un jefe 
dc su raza, Omar-ben-Hafsun. Asi lo hicieron, y 
pooo despues Ben-Hafsun, que se encontraba en 
las inmediaciones, penetro en Elvira con su ejer- 
cito, reoganizo la milicia de esta ciudad, agrupo 
bajo su bandera parte de las guarnicianes de los 
casti'llos vecinos y se puso en marcha para ata- 
car a Sauar. Este jefe habia aproveohado a^uel 
intervalo para atraerse a los arabes de Jaen y 
de Regio, y su ejercito era entonees bastanteim- 
meroso para esperar combatir con exito al de 
Hafsun. Su esperanza no resulto fallida; despues 
de perder sus mejores soldados y de prodag-ar su 
propia sangre, tuvo Hafsun que emprender la 
retirada. Acostumbrado a veneer, se enfurecio ante 
aquel fracaso, y atribuyendoJo a los habitantes de 
Elvira, les reproch6 su cobardia durante la pelea, 
y en su colera les impuso una enorme contribu- 
cion diciendo que ellos debfan pagrar los gastos 
de aquella guerra, emprendida en benefkio suyo. 
Despues se retiro a Bobastro con el grueso de su 

ejercito, confiando la defensa de Blvira a su h- 
garteniente Hafs el More, 






207 

Entre los prisioneros que llevo con el figuraba 
el valiente Said-aben-Chudi. He aqui un trozo de 
la poesia que este excelente poeta coanpuso du- 
rante su cautiverio: 

"[Esperanza, valor, amigos mios! Estad segu- 
ros de que la alegria sucedera a la tristeza y que 
trocandose en dicha el infortunio saldreis de aqui. 
Otros han pasado anos enteros en este calabozo 
y ahora corren por los campos en pleuo dia. ;Ay! 
jSi estamos prisioneros no es porque nos haya- 
mos rendido, sino porque nos hemos dejado sor- 
prender. Si yo hubiese tenido el menor presenti- 
miento de lo que iba a ocurrir, la punta de mi 
Ianza me habrfa protegido, porque los caballe- 
ros ya co*nocen mi audacia y mi valentia ante 
ei peligro. 

"Y tu,. viajero, lleva mi saludo a mi noble pa- 
dre y a mi tierna madre, que te escucharan eno- 
jados en cuanto que les digas que me has viato. 
Saluda tambien a mi esposa querida y repitele 
est as palabras: "Siempre pensare en ti hasta el 
dia del juicio postrero en que me presentare ante 
mi creador llevando en el corazon grabada tu 
irnagen. La tristeza que ahora te domina me afli- 
ge mucho mas que 3a prision o la perspectiva de 

la muerte. 

"Tal vez me haran perecer aqui y despues me 
enterraran... jUn valiente como yo predere caer 
con gloria en el campo de batalla y servir de 
pasto a los buitres!" 



208 

Despues de la par-tida de Ben-Hafsun, Sauar 
que habia caido en una emboscada, murio a ma- 
T.O& de los habitantes de Elvira. Cuando trangpor- 
taron su cadaver a la ciudad, los gritos de jiibilo 
atronaron el aire. Sedientas de vanganza las mu- 
jeres dirigian miradas de nera sobre el cuerpo del 
que les habia privado de sus her;manos, sus mari- 
dos o :sus hijos, y rugiendo de furor le hicieron 
pedazos y se los comieron... (1) 

Los arabes confirieron el mando a Said-ben- 
Chudi, a quien Hafsun acababa de poner en li- 
bertad— 890— . 

Aunque Said habia sido el amigo de Sauar y 
el caarbor de sixs hazafias, no tenia ningun pare- 
cido. De ilustre nacimiento, puesto que su abuelo 
habia sido su<?esivanienfte cadi de Elvira y prefecto 
de la policia de Cordoba, durante el remado de 
Alaquen I (2), Said era -ademas el prototipo del 
caballero arabe, y sus contemporaneos le atribuian 
las diez -cualidades que un perfecto gentilhcmibre 
debe poseer: generosidad, valentia, dominio de la 
equitacion, belleza corporal, talento poetico, elo- 
euencia, fuerza fisica, arte de manejar la lanza 
y de construir armas y destreza en el manejo 4d 
arco. Era el unico arabe que Hafsun temia en- 
contrar en el camoo de batalla. Un dia. antes de 



(1) En nuestro propio siglo, estas andaluzas habrfan rc- 
sultado dignas hijas de las mujeres que en tiempo de Na- 
poleon I se precipitaban, lanzando horribles aullidos, sobre 
los heridos franceses, que se disputaban para darles muer- 
te entre crueles tormentos, acribillandoles los ojos con tijeras 
y cuchillos. — V€ase Rocca, p. 209. 

(2) Ben-al-Abar, p. S3. 



'I! 



209 



comenzar el combate, Said desafio a Hafsun, y 
este Ultimo, aunque era tan valiente, no se atrevio 



a 



[uehar con el. &n otra ocasion, durante la luoha 
Said se hallo frente a frente de Hafsun, el cual 
quiso rehuirle, pero Said lucho a brazo partido, le 
derribo y le habria aplastado si Jos soldados de 
Hafsun, arrojand.ose sobre el, no le hubieran o.bli- 
g-ado a soltarle. Al mismo tiempo que el mas va- 
liente de los, caballeros era tamtam el mas tierno 
y el anas galante. Ninguno se enamoraba tan 
pronto de una voz o de una cabellera, rdngusio 
smtia. wias la seduocion de una Jinda mano. Ha- 
biendo ido un dia a Cordoba cuando aun reinaba 
Mohamed, pasaba par delante del palacio del 
prineipe Abdala cuando hirio su oido una voz 
armoiniosa; procedia de una habitation del pri- 
mer piso, cuya ventana daba a la calle, y la que 
cantaba era la bella Chehane. En aquel momen- 
to se hallaba cerca del principe, su senor, y tan 

pronto cantaba como le escanciaba la beblda. 
Atraido por un encanto indefinible, Said fue a 
colocarse en un riacon, desde donde podia escu- 
char a >su placer, sin atraer las miradas de los 
transeuntes. Con los ojos clavados en la ventana, 
escuchaba estatico, ardiendo en deseos de ver a 
la bella cantora. Despues de atisbar largo tiem- 
po, distinguio al fin su mano pequena y blanca 
en el momento que ofrecla la copa al principe. No 
vio mas; pero aquella mano de incomparable ele-' 
gancia, aquella voz tan dulce y expresiva, basta- 
ban para hacerle latir violentamente su corazon 

Hist, musuuvianes. — T. II 14 



210 

de .poeta y para enloquecer su cerebro. Mas jaht 
Una ibarrera infranqueable le separaba del obje- 
to de su amor; sin esperanza de poseerla intenta 
cambiar el objeto de su pasion; compro en una 
enorm-e suma la mas hermosa esclava que pndo 
encontrar y la llamo Chehane. Mas, a pesar de 
los esfuerzos que hizo la joven por agradar at 
gentil caballero, no lagro que olvidara a su ho- 
manima. 

"El duke canto que escuche — escribia — elevanda 
mi alma me ha sumido en una tristeza que me 
consume lentameafcte. Chehane, de quien conser- 
v&re eterno xecuerdo, es a quien he entregado 
mi corazon, y, sin embargo, jamas nos nemos 
visto... iOh Chehane, objeto de todos mis an- 
helos, muestrate buena y compasiva con el alma,, 
que me ha abandonado para volar hacia ti! In- 
voco tu nombre querido con los ojos banados en 
lagrimas, con la devocian y el fervor de un cre- 
yente que invoca el del santo ante cuya imagen 
se prosterna (1)." 

iPero Said no conservo largo tiempo el recuer- 
do de la hermosa Chehane; inconstant© y volu- 
ble, vagando sin cesar de deseo en deseo, las 
grandes pasiones y los ensuenos platanicos no 
estaban en su caracter, coma lo prueba esta coni- 
posicion 1 que los escntores arabes no citan mas que 
aiiadiendo: ":Que Dios le perdone!" 



(1) Este liltimo verso parece de un trovador provenzal: 
de taJ modo refleja la delicadeza del caballero cristiano y 
el oulto que rendla a la sefiora de sus pensamientos. 



s 



S 



<t 



211 

i 

"El mas dulce momento de la vida es cuando 
se bebe en ronda; o mas bien, cuando despues de 
una desavenencia se reconcilia uno con su ama- 
da; mejor aun, cuando los amantes se lanzan mi- 
radas emjbriagadoras, y, en fin, cuando entre los 
brazos se estrecha a la nrujer adorada. 

"Recorro el circulo de los placeres con la fo- 
gosidad de un corcel que ha cogido el bocado en- 
tre los dientes; pase lo que pase, yo saeio todos 
mis deseos. Inmu table el dia del combate, cuando 
el angel de la muerte se cieraie sobre mi cabeza, en 
cambio me conmuevo ante unos bellos ojos." 

Ya habia, por lo tanto, olvidado a Chehane, 
cuando le trajeron a C6rdoba una nueva belle- 
za. AH entrar en su caimara, el pudor le hizo ba- 
jar los ojos, y entonces Said improviso estos 
versos: 

"iPor que, mi hermosa amiga, separas los ojos 
, de mi para fijarlos en el suelo? ;Te inspiro acaso 
repulsion? jPor Dios, no es ese el sentimiento 
que de ordinario provoco en las mujeres, y te ase- 
guro que mi rostro merece mas tus miradas que 
el pavknento ! " 

Said era el representante mas esplendido. de la 
aristocracia, pero no posefa las solidas cuaHida- 
des de Sa-uar. La muerte de este gran caudillo 
era una perdida que no podia reparar Said, 
Gracias a los cuidados de Sauar, que habia he- 
cho recontruir muohas fortalezas romanas casi 



212 

ruinosas, comolas de Mentesa y Basti — Baza — , ]os 
arabes pudieron sostenerse bajo el mando de su 
sucesor, pues aun cuando ya no luchasen contra el 
emir porque Said le.habia reconocido, alcanzaron 
s^naladas ventajas contra los espafioles. Los cro- 
nistas musulmanes, que, por lo demas, no consig- 
nan casi nada de las expediciones de Said — lo que 
prueba que en general eran poco afortunados — , 
indican solamente que hubo un momento en que El- 
vira se somefcio a su autoridad. Cuando hizo su 
entrada en la poblacidn presentose a el el poeta 
espaiiol Ablf, y le recito unos versos que habia 
compuesto en honor suyo. Said le ,recompenso, ge- 
nerosamente; pero cuando el poeta hubo partido, 
un arabe exclamo: "Emir, ^corno das dinero a 
ese hombre? £Has olvidado que en otro tiempo 

era el gran agitador de su pueblo y que se atre- 
vio a decir: "jOuanto tiempo hace que los muertos 
que hemos arrojado en ese pozo esperan eai vano 
su vengador!"? Abriose al punto en Said una llaga 
rnal cerrada, y con los ojos brlllantes de colera: 
"Ve a apresar a ese hombre — dijo a un pariente 

I 

de Yahya-aben-Socala — , matale y arroja su ca- 
daver a un pozo." Orden que fue ejecutada en el 

4 

acto (1). 



■ ■_■_■ _ _ 



(1) llayan, fola. 22 r.-23 v.; 40 v.-49 r, ; 92 v.-94 v.; 
Ben-al-Abar, pp. 80-87; Ben-al-Jatlb, articulos sobre Sauar 

—man. K.— y sobre Said aben-Ohudi— en mis Noticias, pagt- 
na 258 — . Debo advertir quo el manuscrito de Ben-Hayan me 
)ia inducido hasta a corregir los veraoa que yo he publicado 
en mis Noiicias, procedentes de otros manuscritos. 



213 



XIII «> 



Mientras los e&panoles de Elvira combatian con- 
tra la nobleza arabe, ocurrian taanbien graves 
acontecimientos en Sevilla. En ninguna parte era 
tan fuerte el partido nacional. 

Desde la epoca visigoda, Sevilla era el foco de 
la dencia y de la civiliaacion romanas y la re- 
sidenda de las familias mas opuientas y no- 
bles (2). La conquista arabe no habia produ- 
cido alii casi ningun canxbio en el orden social; 
en la po-bladon se habfan establecido muy pocos 
arabes porque preferian habitar en el campo, Los 
descendientes de los romanos y de los godos aim 
formaban la anayorfa de 3a poblacion, <5racias a 
la agricultaira y al comercio se habian enriqneci- 

do; innumerables barcos de ultramar arribaban a 
Sevilla, considerada eomo uno de los mejores 

puertos de Espana, en busca de algod6n, higos y 

aceituoias que la tierra produda en abundan- 

cia (3). La mayoria de los sevillanos habian ab- 



(1) Ben-Hayan, fols. 49 v.-56 v.; 63 r.-65 r. 

(2) Ajbar machmua, fol. 5G v.; Macarl, t. I, p. SO. Du- 
rante la dominacl6n romana, Sevilla era la principal ciudad 
de Espafia, como lo prueban estos versos do Ausona: 

"lure mihi vost Has ynemorabere nomen Nibcrum 
HispaliSf cuquore-us quam prceterlabitur amnis, 
Submittit cui tota suos Hispania fasces." 

Algunas ediciones dicen JSmerita en vez de Hispalis; mas 
la expresi<5n cequoreus amnis, que puede aplicarse muy bien 
al Guadalquivir, puesto que la marea se advierte nasta en 
Sevilla, no puede aplicarse al Guadiana cerca de Merlda. 

(3) Traducci6n espafiola de Razi, p. 56. 



214 

jurado muy pronto el cristianismo, puesto que ya 
en el rain ado de Abderrahman II habian hecho 
oonstmir para ellos una gran mezquita (1); pero 
sus costumbres, sus trajes, su caracter, hasta sus 
apellidos como Beni-Argelino, Beni-Sabarico (2), 
etcetera, record.aban aiin su origen hispano. 

En general, estos renegados eran pacificos y 
nada hostiles al emir, a quien respetaban como al 

r 

natural mantenedor del orden; pero temian a los 
arabes, no a los de la ciudad, porque estos, in- 
fluidos por la civiliaacion, no se enardecian ya con 
las rivalidades de tribu o de raza; pero si a los 
del campo, que habian conservado inmutables sus 
costumbres agrestes, sus rancios prejuicios nacio- 
nales, sus antagonisinos de raza, su espiritu beli- 
coso y su adhesion hacia las antiguas familias, a 
- las cuales venian obedeciendo de padres a hijos 
c'esde tiempo inmemorial. Celosos de los espanoles 
ricos, siempre estaban dispuestos a saquearios y 
a asesinarlos en cuanto las circunstancias se lo 
permitian o sus senores los incitaran a ello. Los 
mas temibles eran los de Axarafe; asi que los es- 
panoles que recordaban una antigua prediccion 

segun la cual la ciudad seria incendiada por fuego 
de Axarafe (3), habian adoptado sus medidas para 
no verse sorprendidos por los hijos de los saltea- 
dcres del desierto. Estaban organizados en doce 
cuerpos, cada uno de los cuales tenia su jefe, 



(U Ben-al-Cutia, fol. 26 r. 

(2) lOste nombre figura a menudo en las cartas del Norte 

de Espana. V6ase, por ejemplo; Esp. Sagr,, t. XXXIV, p. 469. 

(3) Traducctfn espafiola de Razi. p. 56. 



215 

m -bandena y su arsenal, y habian entablado 
alianzas con los maaditas de la provincia de Se- 
villa y con los bereberes-Rotr de Moron. 

Entre las grandes faniilias arabes de la pro- 
vincia habia dos que descollaban entre todas: la 

de los Beni-Hadchach y l a , de los Beni-Jaldun. 
La primera, aunque muy arabe por sus ideas, 
descendia por linea f emenina de Witiza, el pen- 
tiltimo rey godo, cuya nieta Sara se habia caaado 
en segundas ovupcias con. un tal Omair, de la tri- 
-bu yemenita de Lajm. De este matrimonio habian 
nacido cuatro hijos que orlginaron otras tanfcas 
familias, siendo la mas rica la de los Beni-Had- 
<&ach. Debian a Sara las grander propiedades te- 
rritoriales que poseian en Sened, porque un histo- 
riador arabe, descendiente tambien de Witiza y de 
Sara, consigna que Omair habia tenido hijos 
con otras mujeres, pero que estos no podian ri- 
valizar en riqueza con los de Sara (1). La otra 
familia, la de los Beni-Jaldun, era tambien de 
origen yemenita; pertenecia a la tribu de Hadra- 
mot y tenia sus posesiones en Axarafe. Agrioul- 
tores y soldados los individuos de estas dos grandes 
casas eran tambien armadores y mercaderes. Ke- 
sidian ordinariamente en el campo, en sus cas- 
tillos, en sus borch (2) ; ipero de tiempo en taempo 



(1) Ben-al-Cutia, fol. 3 r. 

(2) El Castillo de los" Beni-Jaldun aun llevaba en el si- 
glo XIII el nombre de sus antiguos senores, porque en las 
-cartas de Alfonso X figura a menudo el Borg Aben-Haldcn o 
Torre Aben-Baldon, V6ase Espinosa, Historia de Sevilla, 
tomo II, fol. 4, col. 1; fol. 16, col. 2; fol. 17, col. 1; esta 
diltima carta se encuentra tambien en el Memorial histdrico 
espafaol, t. I, p. 14. 



216 

se trasladaban a la ciudad, donde tenian suntuo- 
sos palacios. 

Al comienzo del reinado de Abdala, el jefe de 
;os Jaldun era CoraiE, hombre astuto y perfido, 
pero que poseia todas las cualidades propias de 
im jefe de partido. Fiel a las tradiciones de su 
raza, detestaba la monarquia; deseaba que su es- 
tirpe recuperase el predominio que le habian arre- 
batado los omeyas. Primero intento provocar una 
insurrection en la ciudad misma, para lo cual di- 
rigiose a los arabes que la habitaban, y procuro 
reavivar en ellos el amor a la independencia; pero 
no lo consiguio, porque siendo casi todas coraixi- 
tas o clientes de la familia reinante, eran mo- 
narquicos, mejor dicho, no pertenecian a ningun 

partido, si no es al que en nuestros dias se llama 
el partido del orden. Vivir en paz con todo el 

mundo y no ser perturbados en sus negocios o en 
sus placeres era lo unico que deseaban. No sen- 
tian la menor simpatia hacia Coraib, cuyo genio 
aventurero y cuya ambicion desordenada les ins- 
piraban una profunda y medrosa aversion. Cuan- 
do hablaba de independencia, le respondxan que 
odiaban la anaxquia y ©1 desorden, que no querian 
convertirse en instrumento de ambiciones ajenas 
y que nada tenian que ver con sus malos conse- 
jos y su mal espiritu. 

Comprendiendo que perdia el tiempo en la ciu- 
dad, Coraib volvio a Axarafe, donde le costo poco 
trabajo inflanrar los corazones de sus herarmnos 
de tribu, prometiendole casi todos tomar las ar- 



■A 






217 

mas en cuanto se lo indicaron. Formo una liga fen 
que entraron los Hadchach, dos jefes yeroenitas 
— uno de Niebla y otro de Sidona— y el jefe de los 
bereiberes-Born-os de Carmona. Su objeto era arre- 
batar Sevilla al emir y saquear a los espaiioles. 

Los patricios sevillanos, que a causa de la dis- 
tancia no podian vigilar a Coraib como cuando 
vivia entre ellos, ignoraban Fa conspiration que se 
tramaba; cierto que a voces llegaban a sus ofdos 
vagos rumores, pero no sabian nada en concrete 
ni desconnaban todavia lo bastante del peligroso 
agitador, 

Ansiando vengarse ante todo de los que no 
habian querido atenderle, demostr indoles a un 
tiempo mismo que el emir era incapaz de defen- 
derlos, Coraib participo secretamente a los bere- 
beres de Merida y Medellin que la provincia de 
Sevilla estaba casi desguarnecida de tropas y que 
si querian podian apoderarse facilmente en ella 
de un rico botin. Prontos siempre a la rapina, 
aquellos hombres semisalvajes se pusieron inmc- 
diatamente en camino, se apoderaron de Talya- 
ta (1), saquearon este pueblo, asesinaron a los 
hombres y redujeron a la esclavitud a las mujeres 
y a los ninos. El gobemador de Sevilla llam6 a 
las armas a todos los hombres utiles y salio al 
encuentro de los bereberes. Informado en el ca- 
mino de que se habian heeho duenos de Talyata, 
establecio su campamento en una altura llama- 



(1) Una media legua al oeste de Sevilla; veanse mis In- 
vestigaciones, t. I, pp. 317 y siguientes. 



218 

da la montana de los Olivos. Solo los separaba del 

enemigo una distancia de tres millas, y por am- 
bas partes se disponian a combat i'r al dia siguien- 
te, cuando Coraib, que habia llevado sus tropas 
como los demas senores, aprovecho la noche para 
insinuar a los bereberes que, una vez empenado 
el combate, les facilitaria la victoria emprendien- 
do la fuga con los suyos. Cumplio su promesa, y 
al huir arr astro consigo a todo el ejercito. Perse- 
guido por los berberiscos, el gobernador no hizo 
alto hasta Huevar, a cinco leguas de Sevilla, dtiaide 
se atrinchero, Los bereberes, sin hacer el menor 
esfuerzo para hostilizarle en esta posicion, regre- 
saron a Talyata, donde permanecieron tres dias 
devastando los alrededores. Despues, con enormes 
sacos rebosantes de botin, volvieron a sus mo- 
radas. 

Tan terrible incursion habia arruinado ya a 
gran numero de propietarios, cuando vino a herir 
a los sevillanos una nueva calamidad. En aquella 
ocasion, el perfido Coraib no era el culpable. Un 
jefe de raza enemig'a, un renegado, vino espon- 
taneamente a secundar sus proyectos. Era Aben- 
Meroian, senor de Badajoz. Viendo llegar cargados 
de botin a sus vecinos de Merida, penso que no 
tenia mas que presentarse para enriquecerse tam- 
bien, en lo cuafl. no se erigano, pues habiendo avan- 
zado hasta tres parasangas (1) de Sevilla, saqueo 



% 



. v- 



(1) La parasanga era una medida itineraria usada por 
loa antiguos persas y equivalente a unos 5.250 metros.— 
N. de la T, 



219 

sus inmediaciones durante muchos dias consecuti- 
vos, y cuando volvio a Badajoz nada tenia que 
envidiar a los bereberes de Merida. 

La conducta de su gobernador, inactivo mien- 
tras las hordas salvajes devastaban el pais, ha- 
bia exasperado a los sevillanos contra eQ y contra 
el monarca. El emir, accediendo a sus suplicas, 
depuso a aquel inhabil gobemante; pero su su- 
cesor, aunque integerrimo, carecia igualmente de 
la energia necesaria para mantener el orden en la 
provincia y refrenar la audacia de los bandidos, 
que se multiplicaban de un modo espantoso. 

EH mas temible de todos ellos era uno de los 

bereberes -Born as de Carmona, llamado Tamaxeca, 
que desvalijaba a los viajeros en la gran calzada 
de Sevilla a Cordoba. El gobernador de Sevilla no 
osaba o no podia intentar nada contra el, cuan- 
do un valiente renegado de Ecija, llamado Moiha- 
; med aben-<*ailib, prometio al emir terminar con 

i. 
^ 

I estos latrocinios si le permitia edificar una forta- 

i leza cerca del pueblo de Siete Torres, en la fron- 

I tera de las provincias de Sevilla y Ecija. El emir 

| accedio, la fortaleza fue constnilda, Galib se ins- 

I talo en ella con gran numero de renegados, de 

i 

i clientes ommladas y de be reberes-B otr , y los ban- 
doleros no tardaron en darse cuenta de que tenian 
que haberselas con un enemigo mucho mas temi- 
ble que el gobernador de Sevilla. 

Comenzaba a restablecerse la seguridad, cuan- 
do una manana, al amanecer, se divulgo por Se- 

! villa la noticia de que durante la noche habia ha- 



220 

r 

bido uti encuentro entre la guarnicion del castiilo 
de Galib y los Jaldun; que uno de estos ultaaos 
habia mn&rto; que sus aminos, d-espuas de con- 
ducir el cadaver "a la ciudad, habian ido a -de- 
mandar justicia al gobernador; que este habia res- 
pondido que no se atrevia a resolver semejante 
asunto y que debian dirigirse al emir. 

Mientras se comentaban en Se villa estos suce- 
sos, I03 querellantes ostaban ya camino de Cor- 
doba, seguidos de cerca por algunos renegados se* 
villanos que informados por Galib de lo acae- 
cido iban para defender su causa, dirigidos por 
uno de los hombres mas considerados de la ciu- 
dad, Mohamed (1), cuyo abuelo era el primero 
de la familia que habia abra-zado el islamismo; 
su bisabuelo se llamaba Angelino, por lo que el 
apellido de Beni-Angelino era el distintivo de la 
casa, 

Cuando los querellantes fueron recibidos por 
e2 emir, uno de ellos hablo en estos terminos: 

— He aqui lo ocurrido, senor; ibamos pacifica- 
mente por la gran calzada cuando de repente 
nos ataco Galib. Procuramos defendernos, y du- 
rante la refriega uno de nosotros fue herido de 
muerte. Podemos jurarte que decimos verdad y 
exigimos, por consiguiente, que casligues a ese 
traidor, a Galib. Permitenos, senor, agregar a 
esto que los que te han inducido a conceder tu 
conflanza a ese renegado te han aconsejado mal. 






i 



■■ j 



(1> Mohamed ben-Omar aben-Jatab ben-Angelino, 



221 

Informate de los hombres que le siguen y sabras 
que son vagabundos y malheehores; convencete 
de que te traiciona, finge seite fiel; pero teneimos 
la intima conviccion de que sostiene secretas in- 
teligencias con Hafsun y que el mejor dia le en- 
tregara la provincia entera. 

Cuando acabaron de hablar, f ueron introduci- 
dos ante el emir, Mohamed ben-Angelino y sus 
companeros. 

— He aqui lo ocurrido, sefior — dijo el patri- 
cio — :. Los Jaldun y los Hadchach se habian pro- 
puesto sorprender el castillo durante la noche; 
pero, contra lo que esperaban, la guarnicion esfa- 
ba allerta, y Galib, viendo atacado su castillo, re- 
chazo" la fuerza con la fuerza. No es culpa suya 
si uno de los asaltantes fue muerto; se bati<5 en 
legitima defensa, Te rogamos, por consiguiente, 
que no des credito a las mentiras de esos arabes 
turbulentos. Galib merece, ademas, que seas justo 
con el; -es uno de fcus servidores mas fieles y ab- 
negados y presta un gran servicio limpiando de 
bandidos el pais. 

Sea porque el emir encontrara realmente du- 
doso el asunto, sea porque temiese disgustar a 
uno de los partidos dando la razon al otro, pre- 
texrto que queria abrir una amplia informacion 

y dajo que enviaria a -Sevilla a su hijo Mothanied 
para que averiguase los hechos. 

Poco despues, ©1 joven principe, presunto here- 
dero del trono, llego a Sevilla, hizo venir a Had- 
chach y a Galib y los interrog6; pero como los 



222 

dos bandos insistian en inculparse reciprocamente 
y no se hallaron testigos imparciales, el prlnci- 
pe no sabia a quien dar la razor*. Mientxas el va- 
cilaba, las pasiones se enardecian mas y mas y 
el pueblo se contagiaba de la efervescencia de 
los patricios. A] fin decidid que, no estando ba> 
tante esclarecido el asunto, aunque no resolvia en 
definitiva, autorizaba por el pi'onto a Galib a vod- 
ver a su castillo. 

Los renegados cantaban victoria afirmando que 
el prlncipe daba indudablemente la razon a su 
araigo y que si no la declaraba resu eliamente 
era por no malquistarse con los arabes. A su vez, 
los Jaldun y los Hadchach interpretaban del. mis- 
mo modo la conducta del prlncipe y estaban re- 
sentidfsimos. Prontos a vengarse y a levantar 
bandera de rebelion, abandonaron la ciudad, y 
mientras Coraib hacia tomar las armas a los 
hadramitas de Axaraf e, Aodala, el jefe de los 
Hadchach, reunia bajo su estandarte a los laj- 
mitas del Sened (1). En seguida ambos jefes cotn- 
binaron un plan, conviniendo en dar cad a itno 
por su parte un golpe de mano. Abdala se haria 
dueno de Carmona, y el mismo dia Coraib harfa 
sorprender la fortaleza de Coria, en la frontera 
oriental del Axarafe, despues de apoderarse de 
los ganados pertenecientes a un tio del emir y 
que pacfan en una de las dos islas que forma el 
Guadalquivir en su desembocadura. 



(l) Se llamaba asf la regi6« que se extlende entire Se- 
vilia y Niebla. 



223 

Como Coraib era demasiado senor para reali- 
zar por si mismo una empresa de esa indole, la 
confio a su primo Mahdi, un calavera cuyos es- 

candalos atronaban Sevilla (1). Mahdi fue prime- 
ramente a la fortaleza de Lebrija, frente a fren- 
te de la isla, donde le esperaba Soliman, senor 
de aquel castillo y aliado de Coraib. Inmediata- 
mente abordo a la isla, en que pastaban doscien- 
tas vacas y un centenar de caballos al cuidado de 
un solo hombre, a quien los arabes dieron muerte, 
y apoderandose de los animales se encaminaron 
a Coria, sorprendieron esta fortaleza y guarda- 
ron en ella su botin. 

Por su parte, Abdala ben-Hadchach, secundado 
por el bereber-Bornos Chonaid, ataco de impro- 
viso a Carmona y se hizo dueno de ella, despues 

de haber arrojado al gobernador, que tuvo que 
refugiarse en Sevilla. 

La audacia de los arabes y la prontitud con que 
habian desarro*llado su plan senabraron la alar- 
ma en 3a poblaeion; asi que el prfncipe Mohamect 

h 

se apresuro a escribir a su padre pidiendok 6r- 
denes y, sobre todo, refuerzos. 

En ouanto el emir recibio la carta de su hijo,. 
reunio el Consejo, cuya opinion aa>arecio dividida. 
Entonces un visir rogo al moiuarca que le concedie- 
se una entrevista secreta y en ella le indujo a 
reconcili'arse con los arabes y a dar muerte a 
(Mib. 



(1) Ben-Hayan, tol. 59 v. 



224 

— Cuando haya muerto ese renegado — le dij, 
se daran per satisfechos los arabes, te devolveran 
Carmona y Coria, restituiran lo robado a tu tic 
y volveran a la obediencia. 

Sacrificar a los arabes un servidor tan leal y 
malquistarse con los renegados sin tener I a segu- 
ridad de atraerse a sus enemigos era una poli- 
tica no solo inhabil, sino pernda. Sin embargo, el 
emir acepto el consejo, y mandando a su client* 
Chad — a quien Sauar acababa de poner en liber- 
tad — dirigirse con tropas hacia Carmona, le orde- 
no: "Da la razon a los acusadores de Galib y 
manda que lo maten; haz despues cuanto puedas 
por atraer los arabes a la obediencia y no los ata- 
ques sino cuando hayas agotado todos los medio? 
de persuasion." 

Chad se puso en marcha; pero aunque el objeto 
de su expedicion permanecio secreto, se propalo 
la especre de que no s-e dirigia contra lo.? Jaldun, 
sino contra GaJib. Por eso el renegado estaba 
sobre aviso, y ya se babia puesto bajo la protec- 
cin de Hafstun cuando recibio una carta de Chad. 
"Tranquil iza/te — le escribia este general — ; elobje- 
to de mi expedicion no es el que sospechas; me pro. 
pongo castigar a los arabes que han cometido 
tantos excesos, y como tu los odias, creo poder 
coivtar con tu ayuda." GaJIb cayo en el lazo ten- 
dido por esta carta perftda, y cuando Chad llego 
cerca del castillo se le unio con parte de sus sol- 
dados. Entonces Chad ftngio ir a sitiar Car- 
mona; mas al llegair ante la, ciudad envio al jefe 



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225 

de los Hadchach otra carta en que le decfa que 
estaba dispuesto a dar muerte a GaJib con tal de 
que ellos volviesen a la obediencia. Pronto se ul- 
timo el trato. Chad mando decapitar a Galib, y 
nor su parte Hadchach evaeuo Carmona. 

Cuando los renegados de Sevilla supieron la ne- 
gra traicion de que habla sido victima su aliado, 
todo su furor recayo sobre el emir. Celebraron 
consejo para deliberar lo que debian hacer; unos 

proponian vengar la muerte de Galib en Omeya, 
bermano de Chad y uno de los mas valerosos 
gnerreros de la epoca, que era entonces goberna- 
dor de Sevilla. La proposicion fue" aceptada ; pero 
como nada podia hacerse mientras no se apodera- 
sen de la ciudad, Ben-Angelino se ofrecio a ir a 
hablar con el principe y a conseguir que este con- 
fiara su defensa a los renegades. Decidieron, ade- 
mas, los patricios enviar propios a sus aliados los 
arabes maaditas de la provincia de Sevilla y a 
los bereberes-Botr de Moron, rpgandoles que vi- 
nieran en su auxilio. 

Cuando estos propios se habian puesto en mar- 
cha, Ben-Angelino, acompaiiado de alguno de s?us 
amigos, se presento al principe Mohamed. 

— Senor — le dijo — : tal vez en la corte nos ha- 
bran calumxriado y acusado de un crimen que no 
beanos cametido; tad vez se habra fraguado un 
proyecto funesto contra nosotros en el Consejo del 
emir; tal vez Chad, ese traidor infame, nos ataque 
de improviso con fuerzas tan numerosas que no 
podremos resMirle. Si quieres sailvarnos dell pe- 

HlST, MUSULMANES. — T, II 15 



226 

ligro que nos amenaza y atraernos con. vfnculos 
de gratitud, es preciso que nos confies la defen- 
sa y las Haves de la ciudad hasta que se adaren 
las cosas. No desconiiamos de ti, pero harto saibes 
que cuando las tropas hay an entrado en la ciu- 
dad no estaras en situacion de protegernos, 

De grado o por fuerza, M>oihamed, que ya se 
habia enemistado con los arabes y que no podia 
disponer mas que de una mala guarnicion, acce- 
dio a la demanda de los renegedos, que una vez 
duenos de la ciudad esperanxm la llegada de los 
maaditas y de los bereberes-Botr. Estos ultimos 
aparecieron en la mafiana del martes 9 de sep- 
tiambre del afio 889 (1). Entonces una compacta 
multitud se abalanzo sobre el palacio de Omeya. 
La in&urreccion fue tan instautanea que el gober- 
nador no tuvo ni tiempo de calzarse, Se lanzo so- 
bre un caballo, y a galope tendido corrio a! pala- 
cio del prfncipe. Los rebeldes, desilusi onados, sa- 
quearon aquel palacio, y despues se dirigieron al 
del prfncipe y le cercaron, lanzando gritos fero- 
co3. A cada momento, la multitud acrecfa con la 
llegadia de artesanos, tenderos y obreros. No sa- 
bienxk) que hacer, el principe envio a toda prisa 
mensajeros a Ben-Angelino, a Aben-Sabarico y a 
otros patricios, rogandoles vinieran para decidir 
con ellos la manera de sofocar el tumulto. 



Los patricios, que hasta entonces habfan estado 
a la expectativa, deliberaron lo que debian hacer. 



(1) Ben-Hayan, fol, 63 r. La fecha que consigna en el 
folio 55 v. es Inexacta. 



227 

Su vacilacion era grande; temian caer en un lazo 
si acudian a la llamada del prfncipe; pero tam- 
bien comprendian que, si se negaban, serian aou- 
sados de compiicadad con los amotinados, y esto 
no podlan consentirlo. Despues de bien meditado, 
se decidieron a ir, tamando grandes precauciones ; 
cineronse cor&zas bajo las vestiduras, y antes de 
entrar en el palacio dejaron sevillanos bien arma- 
dos y soldados de Moron cerca de la puerta. 

— Si no hemos salido euando el muecin anuncie 
la oracion de medio dia — ties dijeron — , asaltareis 
el palacio y nos pondreis en libertad. 

Dicho esto, fueron en busca del principe, que 
los recibio con el mayor afecto. Pero mientras de- 
partian con el, los homfbres apostados a la entra- 
da se impacientaron, concibieron sospechas y, des- 
trozando la puerta, se precitpitaron en las cua- 

dras, se apoderaron de los caballos y los mulos, 
corrieron hacia la puerta del facit — antemuro — , 
que se hallaba al otro lado del patio, frente a la 
puerta de entrada, pero se encontraron con una 
inesperada resistencia: Omeya estaba alii. 

En cuanto este vailiente guerrero escucho los 
gritos <$e los insurrectos en las caballerizas, man- 
do detener a Ben-Angelino y a sus compaiieros; 
se apost6 con sus propios sorvidores y con los 
del prfncipe sobre la plataforma de la puerta del 
facil, adonde mando llevar un mont6n de proyec- 
tiles, y euando los renegado& y sus aliados se 
ajproxrmaron a esta puerta, oay6 sobre ellos una 
gramizada de dardos, de piedras y aun de muebles. 



228 

Aunque superiores en numero, sus adversaries te- 
nian la ventaja de la posicion ; excitados por Ome- 
ya — que aun oon la cabeza y el pecho ensangr-en- 
tados por numerosas heridas los animaba con el 
gesto, con la mirada y con el ejemplo — , los def en- 
sores del palacio estaban r&^ueltos a vender caras 
sus vidas y la desesperacion parecia prestarles 
fuerzas sabrehuinanas. 

El combate duro desde mediodia hasta ponerse 
el .sol. Llegada la noche, los asailtantes vivaquea- 
ron en el patio, y a la nranana siguiente reanuda- 
ron el ataque. 

iQue hacian en tanto los monarquicos y todos 
los partidarios del orden que, como era logico, 
debian haber volado en auxilio del gobemador? 
Fieles a su divisa: coda uno para si, y bajo el 

inevitable ascendiente que ejeree <sobre los debi- 
les una resolucion vigorosa, esperaban atrincbe- 
rados en sus pailacios, dejando que el gobernador 
saliese del apuro como pwiiera. Indudablernente le 
querian, hacfan votos por el; pero su abnegacion 
no llegaba hasta arriesgar su vida por salvarle. 

Sin embargo, algo habian hecho. Apenas se ini- 
cio ed tuimxilto, enviaron un correo a Chad para 
prevenirle del peligro en que se encontraban su 
hermano y el principe. Cierto que esto no les cos- 
tab^, mucho; pero ya de lo que se trataba era 
de jaber: primero, si Ghad Uegaria a tiem[po, 
y segundo, si lograria sofocar la insurrecci6n. 

En cuanto se informo de lo que oourria en Se- 
villa, Chad ise puso en caonino con todos los jine- 



220 

tes que pudo reunir a toaa prisa. Cuando en la 
maiiana del 10 de septiembre se habia reanudado 
el combate en el patio del pa'lacio, llego por el 
lado Sur. Un destaeamento de renegades fue a 
detenerle; pero paso sobre ellos, penetro en el 

arrabal, donde habitaba el coraixita Abdala- 
ben-Axat. Este monarquico le inform6 en poeas 
palabras de lo ocurrido. "jAl galope!", grito el 
general, y empunando la espada cayo sobre la 
muiltitud. Los sevillanos sosrtuvieron fimiemente 
el choque; el caballo de 'Chad cayo mortalmente 
herido; sins jinetes retrocedieron ; intento reanu- 
dar la carga, llamo a cada uno por su nombre y 
les suplico que resisiieran. Los mas valerosos se 
rethicieron y reanudaron la carga, atacando con 
preferencia a los jefes; el mismo general se aba- 
lanzo sobre uno' de los mas valientes sevillanos y 
le dio muerte. El desorden cundio entre la mu'lti- 
faid, que retrocedio atropellandose, mientras los 
jinetes redoblaban sus esfuerzos, hasta que los 
sevillanos huyercn a la desbandada. 

En el codmo de la alegria, Chad se precipito 
en el palacio, abrazo a su herrnano y beso respe- 
tuosamente la mano del principe. 

— iDios sea loado! — exclamo — ; aun he podido 
salvaros. 

— Ya era tiempo — replied su hermano; si lie- 
gas media hora desfpuee, estamos perdidos. 

— Si — anadio el principe — ; no nos quedaba 

mas que morir; pero ahora no pensemos mas que 
en la venganza. iQue se castigue a los reibeldes 



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230 

saqueando sus viviendas; que saquen a Angelino 
y a sus complices cle la prision y los decapiten 
y que eean confiscados sus bienes! 

Mientras estos infortunados sublan al patibulo, 
Sevilla presentaba un horrible espectaculo, Se- 
dientos de venganza y avidos de botin, las secua- 
ces de Chad asesinaban a los fugitivos y saquea- 
ban sus moradas. Felizmente para los renegados, I 
mediaba entre ellos y los clientes omeyas de Se- 
villa lo que soJia 11am arse una alianza de vecindad, 
en virtud de la cual estos clientes demandaron y 
obtuvieron gracia de sus conciudadan os y poco 
despues el mismo emir concedio una amnistia ge- 
neral. Esto no era mas que un respiro. La causa 
de los renegados estaba perdida por complete 

Cuando el principe M.ohamed volvio a Cordoba 
con Chad y sus tropas, Ben-Hafsun, que enton- 
ces se hallaba en paz con el emir, le envio mensa- 
jeros pidiendole la cabeza de Chad en vista de 
que este general habia dado muerte a Galib, alia- 
do do su eenor. 

El poder de Hafsun y el temor que inspiraba 
al monarca era-n tan grandes que Chad, aunque 
no habia hecho mas que seguir las ordenes del 
emir, temia, no sin razon, ser sacrificado al jefe 
de los renegados; y no viendo otro medio mas que 
la fuga para librar.se del peligro, abandono 5a 
capital nocturna y secretamente para refugiarse 
al lado de eu hermano el gobernador de Sevilla. 
Iba acompanado de sus dos hermanos Haxun y 
Abd-al-Gafir, de algunos de sus amigos, entre 



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231 

Jos cuales iig^iraban dos coraixitas, de sus pajes 
y de sus esclavos. Costeando el Guadalquivir, que 
tenian a la izquierda, los jinetes llegaron al ama- 
necer al castillo de Siete Filla, donde demandaron 
y obtuvieron permiso para detenerse algunos ins- 
tates a refrescarse y descansar. Pero desgra- 
ciadamente para ellos, la banda del bereber Ta- 
maxecca rondaba por los alrededores y los her- 
manos de Galib, que formaban parte de la banda, 
haibian advertido la llegada de los jinetes al Cas- 
tillo. Habiendo reconocido a Chad y ardiendo en 
deseos de vengar la muerte de su hermano, avi- 
saron a su jefe y le dijeron que podia apoderarse 

facilmente de las cabalgaduras que habian que- 

dado fuera del castillo. Tamaxecca y isus bandidos 
emprendieron inmediatamente la marcha, y ya 

haibian puesto mano sobre los caballos, cuando 
Chad y sus amigos, atraidos por los gritos de sus 
esclavos, cayeron sabre ellos espada en mano. Le- 
jos de huir, los ladrones se defendieron energi- 
caniente, y como eran superiores en numero, ma- 
taron a Chad, a sus dos hermanos y a un 10- 
raixita. 

Este acontecimiento tuvo funestas consecuen- 
cias para los espanoles de Sevilla. No pudiendo 
Omeya castigar a los verdaderos culpables, quiso 
vengar en ellos la muerte' de sus tres hermanos, 
para lo cual los entrego a los Jalldun y a los Had- 
chach, que habla llamado a la ciudad, y leg dio 
t>lenos poderes para saquear y exterminar a los 
espanolas, fuesen musulmanes o cristianos, alii 



232 

donde los encontrasen, en Sevilla, en Carmona o 
en el campo. Comenzo entonces una horrible car- 
niceria, pues los yemenitas, en su ciego furor, de- 
gollaban a los espanoles por millares. La sangre 
corria por las calles; los que se echaron a nado 
en el Guadalquivir, esperando librarse, perecieron 
casi todos ahogados. Pocos espanoles sobrevivie- 
ron a tan terrible catastrofe. Antes opulentos, se 

hallaban ahora sumidos en la miseria. 

Los yemenitas conservaron largo tiempo el xe- 
cuerdo de tan sangrienta jornadaj entre ellos el 
rencor sobrevivio a la ruina de sus adversaries, 
En las moradas senoriafles, en las aldeas del Axa- 
rafe y del Sened, los improvisadores, durante las 
veladas de invierno, elegfan como tema de sus 
cantos el sombrio drama que acabamos de referir, 
y los yemenitas, con la mirada fulgurante de odio 
sombrio y feroz, escuchaban atentamente com- 
posiciones como esta: 

"Espada en mano hemos exterminado a esos 
hijos de esclavos; veinte mil cadaveres yacian en 

el suelo, mientras las gruesas endas del rlo arr-as- 
traban otros muchos. 

"Su niimero era prodigioso en otro tiempo; pero 
le hemos reducido al minimo. 

"Nosotros, hijos de Catan, contamos entre nues- 
tros antepasados a los principes que reinaron en 
otro tiempo en el Yemen; ellos, como esclavos, 
solo tienen esclavos por abuelos. 

"iEsos perros, esos infames, en su loca auda- 



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233 

da, se atreven a venir a desafiar a los leones en 
su guarida!... 

"Nos hemos enriquecido con sus despojos y los 
hemos precipitado en las llamas eternas, doode 
habran ido a reunirse con los Temuditas" (1). 



XIV 



No fue el emir quien se aprovecho de la rui- 
na de los renegados de Sevilla, sino la aristocra- 
cia arabe. Desde entonces, los Jaldun y los Had- 
c hach fueron los duenos de la provincia; el par- 
tido monarquico era demasiado debil y cobarde 
para disputarles el poder, y, por lo tanto, ni si- 
quiera lo intento. Tan solo Omeya se atrevio a 
hacerles frente, sembrando la discordia entre el 
bereber Chonaid y Abdala ben-Hadchach, que se 

habian repartido Carmona entre los dos, procu- 
rando enemistar a Coraib con su propio partido, 

atraerselo por medio de las mas brillantes pro- 
mesas, y adoptando todas las medidas para li- 
brarse con un solo golpe de todos aquellos turbu- 
Ientos yemenitas. No consign id nada. Cierto que 
hizo que Chonaid asesinase a Abdala; pero en 

vez de ganar perdi6 con esto: porque muerto Ab- 
dala, los Hadehach eligieron por jefe a su herma- 

no Ibrahim, hombre de gran talento, que result6 
mucho mas temible que Abdala. Coraib, aunque 



(1) Kra un pueblo irapio cjue no liabla quorldo creer a 
un prof eta que Dloa le habla envlado. 



234 

fingia dar oidos a las proposiciones que le hacian, 
era demasiado astuto para dejarse enganar; asi 
que el gran proyecto trazado por Omeya pan 
exterminar a los yemenitas fracaso por completo. 
Al efecto, habia ordenado amurallar la parte de 
la poblacion en que se alzaban el palacio y ] a 
gran mezquita, anunciando que aquel recinto que- 
daria destinado unicamente para la guarnicion. 
Los arabes comprendieron que cualquier dia, al 
entrar o salir de la mezquita, sen'an degollados 
por los satellites del gobernador, y protestaron; 
pero Omeya no se dio por entendido. Entonces 
recurrieron a la fuerza, impidiendo que los alba- 
niles continuasen las obras. Omeya reprimio la 
sedicion y obligo a los revoltosos a que le entre- 

gasen rehenes que respondiesen con su cabeza 
de la sumision de sus parientes. Tampoco adelan- 
to nada con esto. Sablan los yemenitas que el te- 
mor a atracr una terrible venganza sobre si mis- 
mo y sobre su familia le impediria dar muerte a 
los rehenes, y un dia, habiendo salido a buscar 
vfveres, gran parte de los soldados asaltaron el 
palacio. Omeya subio apresuradamente a la te- 
rraza con los pocos soldados que le quedaban, hizo 
arrojar proyectiles sobre los asaltantes y colocar 
a los rehenes delante, amenazando con decapitar- 
los. Los rebeldes se burlaron de el dicidndole que 
como todas las provincias hab£an sacudido el yugo 
del emir, era logico que ila suya no se quedase atras. 
— Por otra parte — anadieron con amarga iro- 
nia — , somos demasiado tratables, y nos compro- 



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255 

metemos a ser modelos de subditos en cuanto una 
sola de las provincial emancipadas vuelva a la 
obediencia. 

Respecto a Omeya, no le quedaba — segun ellos — 
mas partido que el de irse, y si se decidia a 
hacerlo no le causarian ningun dafio. 

Aunque muy a su pesar, Omeya doblego ante las 
circunstancias su caracter orgulloso y terco y 
prometio abandonar la ciudad a condicion de que 
jurasen los rebeldes no atentar contra su vida. 
Entonces Coraib, Ibrahim y otros tres jefes su- 
bieron a la terraza de la puerta oriental de la 
mezquita y desde alii juraron uno a uno cin- 
cuenta veces no hacer ningun daiio a Omeya y 
conducirle a lugar seguro. Hecho esto, Omeya, 
que desde la plataforma en que se encontraba los 
habia visto y oido, les devolvio los rehenes; pero 
no se apresuro a partir, pues avergonzado de su 
debilidad y creyendo pasado el peligro, intento 

recuperar el poder. Apenas lo advirtieron los ara- 
bcs reanudaron las hostilidades. No queriendo 
ceder por segunda vez, Omeya tomo una resolu- 
tion desesperada: hizo matar a sus mujeres, cor- 
tar los jarretes a sus caballos, quemar los obje- 
tos valiosos, despues de lo cual sal 16 del palacio, 
se precipito sobre sus enemigos y lucho sin retro- 
ceder hasta que sucumbio. 

Ya omnipotentes, pero creyendo que el momen- 
to de sacudir el yugo de la autoridad del sobera- 
no no habia Hegado aun, le escribieron los yeme- 
nitas que habian dado muerte a Omeya porque te- 



236 

nia intencion de rebelarse. No pudiendo castigar- 

los, el emir acepto tan singulares explicaciones y 
les envio otro gobernador, un pobre hombre que 
no fue mas que un maniqui euyos hilos movian 
Coraib e Ibrahim. Se dejaba manejar como la 
cera, y, sin embargo, sus tiranos le atormenta- 
ban y vejaban de todos modos. Su tacaneria fis- 
calizaba hasta los menores objetos de su despen- 
sa; apenas le daban su radon de pan y de came. 
El emir, creyendo err6neamente que ganaria algo, 
sustituyo este gobernador por otro y envio al mis- 
mo tiempo a su tio Hixen a Sevilla; pero como 
no les did tropas, el poder de los yemenitas si- 
guid siendo tan omnlmodo como antes, Harto lo 
experimentaron el gobernador e Hixen. Tenia este 
ultimo un hijo llamado Motarrif, joven calavera 
que sostenfa relaciones con una querida de Mahdi. 
Enterado este, acecho a su rival una noche y 
le cosi6 a punaladas. Informado Hixen de tan tris- 
te noticia, tuvo quo esperar a que amaneciese 
para ir en busca del cadaver de su hijo: tanto te- 

mia ser tambien asesinado si se aventuraba a sa- 
lir de su palacio durante la noche. En cuanto a 

castigar al asesino, no lo intento siquiera. Algun 
tiempo despues interceptaron los Jaldun una car- 
ta que el gobernador dirigia al emir incitandole 
a vengar la muerte de Motarrif y a refrenar la 
anarqula, Mostraronle la carta, le abrumaron con 
amenazas y reproches y, para codmo de ver- 
guenza, le arrestaron durante algunos dfas (1). 



(1) Ben-Hay an, fol. 56 v.-59 v. 



237 
Tal era la situation de Sevilla el aiio 891, o sea 
el cuarto del reinado de Abdala. En aquelfa epo- 
ca casi toda la Espaiia musulmana se habia eman- 
cipado de la obedientia del emir, y cada senor, 
arabe, espanol o berberisco, se habfa apropiado 
■una parte de la herencia de los ommiadas. La de 
los arabes habia sido la mas pequefia; no eran po- 
derosos mas que. en Sevilla; en todas las demas 
regiones apenas podian defenderse contra las 
otras dos razas. Muchos de ellos, como Ben-Ataf, 

senor de Mentesa; Aben-Salim, sefior de Medina; 
Beni-Salim, en el distrito de Sidona; Ben-Uada, 
serlor de Lorca, y Al-Ancar, gobernador de Zara- 
goza, no ejecutaban las ordenes del emir mas que 

cuando les convenia, y no habiaai roto abierta- 
mente con el porque, teniendo conciencia de su 
debilidad, habian querido reservarse la posibili- 
dad de una reconciliation. Los bereberes habian 
restablecido su primitivo gobierno, es decir, el de 
los jefes de tribu, y eran mas poderosos e intra- 
tables, Un simple soldado, Malahi, se habia apo- 
derado de la ciudadela de Jaen, en el distrito de 
Elvira; dos'hermanos, Jalil y Said, pertenetientes 
a una antigua familia, poseian dos castillos; las 

provintias denominadas actualmente Extremadu- 
ra y Alemtejo se hallaban casi completamente en 
poder de los berberiscos; los Beni-Feranic im- 
peraban en la tribu de Nafza, establecida en las 
inmediaciones de Trujillo (1); otro bereber, Aben- 
Takit, de la tribu de Masmuda — cfue ya se habia 



(1> Beii-Hayan, tola. 17 r. y v. 99 r. y 100 r. 



238 

sublevado en Extrem«<lura> durante el reinado de 
Mohamed, apoderandose de Merida, de donde ha- 
bfa arrojado a los arabes y a los berberiscos de 

la tribu de Ketasna — , sostenia guerra casi couti- 
nua contra Aben-Meruan, senor de Badajoz, al 
cual no perdonaba haberse unido a las tropas del 

emir cuando le sitiaron en Merida (1). Pero la 
familia mas poderosa entre los bereberes era la 
de los Beni-Dunun, cuyo jefe era Musa, un pillo 
abominable, un gran maivado. Siempre alerta y 
en interes propio, paseaba por todas partes la 
espada y la tea incendiaria. Sus tres hijos se le 
parecian por su fuerza y brutalidad; eran Yahya, 
el mas perfido y cruel de su linaje; Fat, sefior 
de Ucles, y Motarrif, senor de Huete y el menos 
malo de sus hermanos. Cada uno de ellos tenia 

su ipartida, c<m la cual saqueaba y asesinaba por 
do qui era. 

Mas poderosos aun que los berberiscos, pero 

mas humanos tambien, eran los renegados; mu- 

chos de sus jefes preferian el orden y la civili- 

zacion, civiiizacion corapletamente arabe, -pues, 
aunque combatfan a los con quistad ores, recono- 
cian su superioridad intelectual. En la provincia 
de Ocsonoba— <la mas meridional de Portugal, 11a- 
mada hoy Algarbe — reinaba Beer, bisnieto de un 
cristiano llamado Zadulfo. Su padre, Yahya, se 
habia declarado independiente al fin del reinado 
de Mohamed, haciendose primero duefio de San- 



(1) Aben-Jaldun, fol. 10 r. y v. 



239 

ta Maria y despues de la provincia entera. El 
mismo Beer, que residia en Siives, desplegaba 
una pompa verdaderamente regia. Tenia un con- 
sejo, una cancillerfa y un ejercito bien armado y 
disciplinado. Todos admiraban las habiles fortifi- 
cacioncs de Santa Maria, sus magnificas puertas 
de hierro y su soberbia iglesia (1), que no cedia 
en fama mas que a la llamada del Cuervo, lugar 
de famosas peregrinaciones (2). Lejos de consi- 
derar como una presa a los via j eras y mercade- 
res, Beer habia ordenado a sus subditos que los 
profcegi esen y dieran hospitaJidad. Sus ordenes 

habian sido cumplidas hasta el punto de que, se- 

gun un viajero, en la provincia de Ocsonoba el 

caminante hallaba por doquiera amigos y parien- 

tes. Beer era pacifico, aunque contaba con fuer- 

tes alianzas entabladas con los Ben-Hafsun, los 

Aben-Mernan de Badajoz y otros jefes de su raza. 

Habiendole prometido el emir reconocerle como 

gobemador de la provincia, habfa aceptado la 

oferta, que en el fondo no le comprometla a na<la, 
Su aliado y vecino desl Norte era Abdalmelic ben- 

abib-Chauad, dueno de Beja, Mertola y otras ciu- 
dades importantes. Mas al Este, en las monta- 
nas de Pnego, imperaba el valiente Aben-Masta- 



(1) V^aae respecto a est a iglesia lo que dice CazulnU 

tomo II, p. 364. 

(2) La igleela del Cuervo se alzaba sobre el promonto- 
rlo que hoy lleva el nombre de cabo de San Vicente, V3a#e 
EdrUl, t. ir. p. 22, y comp&rese con la E$p, Sa&r** t. VIII, 
P&gtnaa 137 y slguientes. 



240 

na, el mas activo aliado de Ben-Hafsun. Sus nu- 
merosos castillos, entre los cuales flgxiraba el <fc 
Cacabulla — hoy Carabuey — pasaban por inexpug- 
nables. Los sefiores de la provincia de Jaen eran 
todos vasallos o aliados de Hafsun; eran Jair 
aben-Xakir, senor de Jodar, que poco tiemyo an- 
tes habia combatido a Sauar, el jefe de los arabes 
de Elvira, despojandole cle gran irumero de cas- 

tillos; Said ben-Hodail, sefior de Monteleon; los 
Beni-Habil, cuatro hermanos que poseian multi- 
tud de fortalezas, como la Margarita y San Es- 
teban, y finalmente, Aben-Xalia, duefio, entre 
otros castillos, del de Ben-Omar y del de Cazlona. 
Aben-Xalia, que habia acumulado inmensas rique- 
zas, recompensaba generosamente a los poetas y 

vivia con la mayor suntuosidad. "Los palacios de 
nuestro principe— ^escribia el poeta Obaidis, su se- 
cretario, que habia abandonado la corte del emir 



para ponerse al servicio de aquel magnate (1)— , 
los palacios de nuestro principe estan construi- 
dos copiando los del paraiso celeste y se goza 
en ellos todo genero de delicias. Vense alii salas 
que no descansan sobre pilares, salas cuyo mar- 
mol esta incrustado de oro." 

Otro jefe, Daisam ben-Ishac, senor de Murcia, 
Lorca y de casi toda la provincia de Tochmir, gus- 
taba tambien de la poesia y disponia de un ejer- 
cito en que figairaban cineo mil jinetes (2). Por su 



(1) Ben-Hayan, fol. 33 v. 

(2) Ben- al- Cut! a, fol. 45 r. 



241 

generosidad y su dulzura, se habia granjeado el 
amor de sus subditos (1). 

Pero el adversario mas temible del emir era 
siempre Hafsun, que en los dos ultimos anos ha- 
bia obtenido grandes ventajas. Cierto que el emir 
se habia puesto en marcha en la primavera del 
ano 889 para ir a atacarle en Bobastro. Durante 
el camino se habia apoderado de algunos reduc- 
tos de poca importancia y habia saqueado algu- 
nos campos de trigo; pero aquel paseo militar, 
oue duro cuarenta dias, no produjo resultados se- 
rios, y apenas el emir volvio a Cordoba, Hafsun 
se apodero de Osuna y de Estepa. y los habi- 

tantes de Ecija se apresuraron a reconocerle como 
soberano, rogandole fuese a la ciudad con sus 
tropas. "Ecija es una ciudad maldita, donde ret- 
nan la iniquidad y la infamia — se decia en Cor- 
doba — ; los buenos la han abandonado, y solo los 
malvados permanecen alii" (2). Espantado de los 

rapidos cxitos de su adversario, el emir habia en- 
viado contra el todas las tropas de que podia dis- 
poner, cuando Ben-Hafsun, satisfecho de las ven- 
tajas conseguidas y decidido a contemporizar to- 
davia, le propuso un acomodamiento. Prometio de- 
jarle en paz, a condition de conferirle nucvamen- 
te el gobierno del pais que poseia. El emir acce- 
dio a la demanda (3), muy contento de salir tan 
bien librado. 



I 



(1) Ben-Hay an, fols. 7 r.-23 v. 

<2) Tarij ben-Habib, p. 158. 

<3) Ben-Hayan, fols. 39 V.-40 v. 

HlST, MUSULMANES. — T. II 16 



i 



242 

Pero Hafsun entendia la paz a su modo. Poco 
tiempo despues de haberla nrmado, ataco al here- 
ber-Bornos Abu-Harb, uno de los mas fieles servi- 
dores del emir, que residia en una fortaleza de 
la provincia de Algeciras. Muerto Abu-Harb en 
un combate, sus soldados capitularon y entrega- 
ron la fortaleza al renegado. 

El emir no podia estar may seguro de las pa- 
cfficas disposiciones de Hafsun; pero, por otra 
parte, los mas fogosos partidarios de este se 
quejaban de lo que llamaban su debilidad y su 
inaccion. No les tenia cuenta, porque para subsis- 
tir necesitaban en absoluto botin y correrlas, Por 
eso uno de ellos, Aben-Mastana, antes que per- 
manecer ocioso, prefirio entablar una alianza con 
los arabes vecinos suyos, que acababan de fortlft- 
car.se en Cala-Yahcib — Alcala la Real — , y tomar 
parte en las expediciones que hacian para saquear 
a las pobres gentes incapaces de sublevarse y 
que al verse atacadas imploraron el auxilio de! 
emir. Apuradisimo porque no podia abandonar a 
su suerte a tan fieles subditos ni tenia tropas 
que enviarles, Abdala adopto el partido de escri- 
bir a Hafsun para rogarle se uniese con sus tro- 
pas a las que el enviaria contra Mastana y sus 
aliados arabes. Ben-Hafsun, que tenia su plan y 
estaba algo inquieto de la alianza que Mastana 
acababa de concertar con los enemigos de su raza, 
accedio a la demanda del emir con mas prontitud 
de lo que era de esperar; pero cuando se reunio 
a las tropas ded general ommiada Ibrahim aben- 



E 

4 



243 

Jamir, hizo llegar secretamente a Mas tana una 
carta en que le reprochaba su alianza con los 
arabes. "Sin embargo — anadfa — , cuento contigo 
como con un fiel campeon de la causa nacional. 
por de pronto, debes persoverar en la rebelion. 
No temas; el ejercito en que milito no to hard nin- 
gun dano." 

Al atribuirse tan ilimitado poder en el ejercito, 
Ben-Hafsun no exageraba. Habfa eclipsado tan 
por completo al general omeya, que trataba a 
los soldados como queria; los arrestaba con cual- 
quier protexto, les quitaba los caballos para dar- 
selos a sus propios soldados, y cuando Ibrahim 
aben-Jamir le hacia objeciones, las refutaba siem- 
pre del modo mas plausible. Su marcha al t rave's 
del pais enemigo no fue" mas que un paseo mili- 

tar, como habia prometido a Mastana; pero apro- 
vecho la ocasion para entablar inteligencias con 
todos los espanoles que hallo al paso y para soco- 

rrer a los habitantes de Elvira, a quienas Sauar 
acababa de veneer en la batalla llamada de la Cm- 
dad. Como hemos dicho anteriormente, en esta 
expedicion fue menos ai'ortunado que de ordina- 
rio; pero este ligero fracaso no le desalento lo 
mas mfnimo. Sintiendose fuerte por las alianzas 
que acababa de concertar, y advertido tal vez de 
que sus secuaces se impacientaban de sus con- 
tempo rizaci ones y de su ambigua conducts, cre- 
yo llegado el momento de quitarse la mascara, y 

* 

desp>ues de xeducir a prhion a Ibrahim aben- 
J&mir y a otros mucihos oficiales del ejercito 



244 

ommiada, declaro al emir que habia roto con 

el (1) . 

Apenas hecha esta declaration, encontrd alia- 
dos muy utiles en los cristianos de Cordoba, que 
ya no estaban en la epoca en que para patentizar 
su odlo a los conquistadores y su celo religioso 
no hallaban otro recurso que entregarsc al marti- 
rio. En medio del general trastorno, creian poder 
contribuir a la liberacion de su patria ompunan- 
do las armas. Los mismos que poco antes ha- 
bian servido de instrumento a los ommiadas eran 
entonces sus mas encamizados enemigos. Figura- 
ba entre estos el conde Servando. Hijo de un sier- 
vo de la Iglesia, en otro tiempo no habia retroce- 
dido ante ninguna bajeza para congraciarse con 
el emir. Sabiendo que para conseguirlo no habia 
mejor medio que enriquecer el tesoro, estrujaba 
a fuerza de impuestos a sus correligionarios, obli- 
gandolos asi a abjurar su fe. No contento con ma- 
tar a los vivos— dice un autor contemporaneo — t 
ni sicjuiera respetaba a los muertos, porque a fin 
de aumentar el odio que los musulmanes tenian a 
los cristianos hacia exhumar los restos de los 
martires de debajo de los altares y los mostra- 
oa a los ministros del emir, quejandose de la 
audacia de los fanaticos que se habian atrevido a 
dar una sepultura tan honrosa a l&s victimas de 
la justicia musulmana. En aquel tiempo, los cris- 
tianos le detestaban sobre toda ponderacion. Los 



(i) Ben-Hayan, fols. 6S r.-69 v. 



245 

sacerdotes agotaban el vocabulario buscando tOr- 
minos injuriosos que aplicarle. Le Hamaban in- 
sensate, insolente, orgulloso. arrogante, avaro, ra- 
p%z, cruel, terco y presuntuoso; decian que tenia 
la auaacia de oponerse a la voluntad del Eterno 
v que era un hijo del demonic Ten Ian excelentes 
razones para odiarle como le odiaban. Servando 
iiabia impuesto tributos a todas las iglesias de la 
capital, aun a aquellas que no podian pagar a sua 
sacerdotes, debiendo aceptar como tales a los 
hombres cobardes y rastreros que Servando que- 
ria darles y que eran pagados por el E*tado. Era 
el mas mortal enemigo de los supuestos mart* res 
y de sus protectores, a los cuales tendfa lazos 
con una destreza y una astucia verdaderamente 

diabolicas. Una vez habia acusado al abad Sam- 
son y al obispo de Cordoba, Valencio, de haber 
incitado a uno de sus discipulos a blasfemar con- 
tra Mahoma, y en esta oca?ion habia dicho al emir: 
— Que vuestra alteza haga venir a Valencio y 
a Samson y les pregunte si creen que este blas- 
femo ha dicho la verclad. Si responden que si, de- 
ben ser castigados ellos mismos como blasfemos; 
si, por el contrario, el temor les hace deeir que 
han mentido, ordene vuestra alteza que les den 

pun ales y mandeles que maten a ese hombre. Si 

se niegan, ya teneis la prueba de que ese hombre 
ha sido su instrumento. Que me den entonces una 

espada y yo matar6 a los tres (1). 



(1) Samson, Apologia* c, 5 y 9. 



246 

Pero hablan transcurrido veinte aiios desde que 
habia hablado de esta manera. Lo's tiempos ha- 
bian cambiado desde entonces y los hombres del 
temple de Servando cambian con ellos. Dotado de 
ujia grazt prevision, se habia sentido de pronto 
dominado de un odic* violento contra el emir, que 
caia del trono, y de una viva simpatia por el jefo 
del partido national, que crefa iba a subir a el. 
Entonces empezo a acariciar a sus correligion-,- 
rios que antes habia perstguido, se confabulc on 
ellos e hizo todo lo posibk para prom&.ver una 

sedicion. La corte descubrio algo de sus proyce- 
tos y rriando prender a su hermano-; pero ad- 
vertido a tiempo, 61 mismo pudo aun salvarse con 
sus otros complices. Una vez fuera de la capital 
ya estaba seguro, porque el poller del emir no :e 
extendia mas alia. No tcniendo nada que tern** 
eoncibio el proyecto de ocupar la importante for- 
taleza de Polei— hoy Aguilar — , una jomad? al 
sur de Cordoba (1). Como no estaba mejor de- 
fendida que las otras fortalezas del emir, trianfo 
en su empresa. Despues, habiendose instalado en 
Polei, hizo proposiciones de alianza a Ben-Hafsun. 
Kste acepto con gozo su ofrecimientc', le envio 
algtinos escuadrones y le recomendo que hiciera 
razzias incesantes en la campina cord.obesa. Nin- 
guno habrfa podido dirigirlas mejor que Ser- 
vando, que conocfa a palmate aquella comarca y 
que, segun los escritores arabes, era un intiepi- 



-r 



U) V6anae mis Investigaciones, t. I, p. 316. 



247 

do jinete. Al llegar la noche salia del Castillo, al 
amanecer volvi'a a el, y entonces las cosechas dos- 

truidas, las akleas incendiadas, los cadaveres que 
yacian en el suelo, indicaban la nit a que haoia 
seguido. El mismo fue muerto en un encuentro 4 ; 
pero sus compafceros pvosiguieron la sangrienta 
obra que habia comenzado (1). 

Ben-Haf sun, que acababa de tomar a Baena (2) , 
estaba ya en posesion de las fortalezas mas \m- 

.portantes que se hallaban al sur del Guadalqui- 
vir. Casi toda Andalucia le prestaba c'oediencia; 
tan convencido de ello estaba el emir que yr», no 
condecoraba a nadie eon el vano titulo de gobei- 
nador de Elvira o de Jaen (3). Orgulloso do su 
actual poderid, el jefe de los renogados quiso 
hacerlo duradero. Convencido de que Cordoba cito 
ria bien pronto en sus manos y de que entonco.^ 
serfa el duetto de Espatta, comprendia tambh'n 
que si segufa siendo lo que habfa sido hasta en- 
tonces tendrfa que luchar aun contra los arabcs, 
que seguramente no se someterfan a su autoridacl 
si se presentaba a ellos a titulo de jefc de los 
espafloles. Obtener otro titulo del calif a de Bag- 
dad, ser nombrado por el gobemador de Espana: 
tal era su ambicion, tal era su prtfyecto. Su pro- 
pio poder no perderia nada con esto; los califas 
no ejercian mas que una autoridad nominal sobre 
las provincias alejadas del centro de su imperio; 



<1) Ben-Hayan, fols. 70 r.-77 v. 
<2) Ben-Hayan, fol. 69 v.. 
<3) Ben-Hayan, fol. 71 r. 



248 

y si el califa consentia en enviarle un diploma 
de gobernadtfr, podia esperar que los arabes 110 
se negarian a obedecerle, porque entonces no se- 
rla para ellos un espanol, sino el representants 
de una dinastia que respetaban como la primera 
de tod as. 

Adoptado este proyecto, entablo una negociacion 
con el califa de Bagdad por medio de Ben-Aglab 
g-obernador de Africa, y para atraerselo le ofrecio 
al mismo tiempo magnificos presentes. BennAgUb 
recibio muy bien sus insinuaciones, le envio pre- 
sentes a su vez, le animo a persistir en su pro- 
yecto y le prometio hacer de mode* que el califa 
le enviase el diploma que solicitaba (1). 

Esperando el momento cle enarbolar la bandera 
abasida, Ben-Hafsun se aproximo a Cordoba y 
establecio su cuartel general en Ecija (2). Dosde 
alii volvia de vez en cuando a Polei para acele- 
rar la termination de las fortificaciones que ba- 
bia o*rdenado construir y que debian hacerle inex- 
pugnable, para llevar refuerzos a la guarnicion 
y para estimular el valor de los soldados cuando 
era necesario (3). Dentro dc algunos meses, qui- 
za dentro de algunos dfas, entrarfa vencedor »n 
la capital. 

i 

Esta era presa de una tristeza sombrfa. Sir 
cstar aun sitiada, sufrla ya todos los males de un 
asedio. "Cordoba — dicen los historiadores ara- 



*L 



U> Hen-Hayan, fol. 71 r. 
(2) Hen-IIayan, fol. 7S r. 
(:;) Hen-Hayan, fols. 70 r. y v. y 77 v. 



249 

bes — estaba en la situacion de una ciudad fronte- 
riza expuesta continuamente a los ataques da los 
enemigos." En diferentes ocasiones sus habit antes 
se despex-taron sobresaltados en medio de la :io- 
c he por los gritos de angustia de los infei>ees 
campesinc^s de la otra orilla del rio rtegollados (1) 
por los jinetes de Polei. Una vez uno de estos 
jinetes tuvo la audacia de avanzar hasta el puen- 
te y lanzar su venablo contra la estatua coloc?ida 
encima de la puei-ta (2). "El Estado se halla ame- 
nazado de una completa disolucion — escribfa un 
ccntemporanec* — ; las calamidades se suceden sin 
interrupcion; se roba y se saquea; nuestras rnu- 
jeres y nuestros hijos son arrastrados a la escla- 
vitud/' (3), Todo el mundo se quejaba de la in- 
aceion, debilidad y cobardia del emir (4), Los sol- 
dados murmuraban porque no Icfe pagaban. Las 
provincias habian dejado de enviar sus tributos y 
el tesoro estaba exhausto. El emir habla hecho 
empr£stitos ; pero empleaba el poco dinero prece- 
dente de ellds en pagar a los arabes en las pi-o- 
vincias que aun le eran flelos (5). Los mevcados 
desiertos patentizaban la raiina del comercio. El 
pan estaba a un precio exorbitantc (6). Nadie te- 
nia fe en el porvenir; el desaliento habia invadi- 

(1) Jicn-Hayan, fols. 70 r., 71 r. y 77 v, 

(2) Ajbar machmua, to}. Ill v. 

(3) Tarij ben-Habib, p, 157. Este Hbro fu6 escrito en esta 
4poca por un disclpulo de Ben-Habib llamado Ben-Ablrica. 
V^anse mis I nvestiffaciones , t. I, pp. 32 y 33. 

(4) Bon-Hayan, fol. 77 v. 

(5) Ajbar machmua, fol. Ill v.; cf. Nouairi, p. 466. 
(G> Tarij ben-HaUb. 



250 

do todos los corazones. "Pronto 1 — escribfa el autor 
contemporaneo que ya hemos citad'o — , pronto el 
villano sera podero'so y el noble se arrastrara en 
la abyeccion." Se recordaba con espanto que l 0s 
Omeyas habian perdido su paladion, el estandarte 
dc Abderrahman I. Los faquies, que considerahan 
todas las calamidades publicas como un castigo 
de Dios, y que Ilamaban a Ben-Hafsun azote de 
la c&era celeste (1), perturbaban la ciudad con 
sus predictions lamentables. "iDesgraciada do ti, 
ch, Cordoba — decian — ; desgraciada de ti, vil ror- 
tesana, cloaca de impureza y disolncion, morada 
de calamidades y de angustias, que no tienes ami- 
nos ni aliados! Cuando el capitan de nariz promi- 
nente y de fisonomfa siniestra, cuya vang^iardia 
?e compone de musulmanes y su retaguardia dc 
politeistas (2), Uegne ante tus puertas, se cum- 
plira. tu funesto* destine Tus habitantes iran a 
buscar un asilo en Carmona, ipero sera un asilo 
maldito!" (3). En los ,pu<lpitos se fuiminaban im- 
precaciones contra la morada de la iniquidad, como 
JIamaban al palacio, y se anunciaba con gran pre- 
cision la epoca en que Cordoba cacria en pddei 
de los inneles. "ilnfame Cordoba- — decla un predi- 
cador — , Ala te ha tornado odio desde que te has 
convertido en punto de cita de extranjeros, mal- 
hechores y prostitutas; el te hard experimental 



(1) V6as© Ben-Adarl, t. II, p, 117. 

(2) Se sabe que los musulmanes llaman aal a los cri»- 
tlanos. 

(i) Tarii hen-Bahib, p. 1-38. 



251 



e 



su terrible colera!... Ya veis, oyentes mio% qu 
la guerra civil asuela toda Anclalucia. Pensad, 
pues, en otra cosa que en vanidades mundana?... 
hV golpe mortal vendra del lado en que veis esas 
dos montaiias, la montana parda y la montufia 
negra... Comenzara al mes siguiente al del Ra- 
madan; luego pasara un mes, despues otro y ofcu- 
rrira una gran catastrofe en la gran plaza del 
palacio de la iniquidad. jHabitantes de Cordoba: 
guardad bien entonces a vuestras mujeres y a 
vuestros hijos! Procurad que ninguno de los quo 
o? son queridos se encuentre en las inmediacio- 
nes del palacio' de la iniquidad o de la gran 
mezquita, porque ese dfa no se perdonara ;*; a 
los ninos ni a las mujeres. Esta catastrofe ocu- 
rrira un viernes, entre las doce y las cuatro, y 
durara hasta el anochecer. El sitio mas seguro 
sera entonces la colina de Abu-Abda, donde ex, 
otro tiempo se alzaba la iglesia..." (1). 

El emir era, tal vez, el mas desalentado de to- 
dos. Su trono, aquel trono tan ardientcmcnte co- 
diciado y que debia a un fratricidio, se habia con- 
vertido para £1 en un lecho de espinas. Ya no te- 
nia medios. Habfa ensayadd una polftica que cr*ia 
habil y sensata, y habfa fracasado. iQue hacer 
ahora? iVdlveria a la energica politica de su 
hermano? Bien lo hubiese querido, pero no podfa, 



1 .-> «■ -™ ■>-> 



(1) Tarij ben-Habib, pp. 159 y 160. Las filtimaa palabras 
slgnifican evldentemente quo los crtstfanos de Ben-Hufatm 

rospetaban demagiado el lugar donde en otro tiempo ao on- 
contraba la iglesia para atreverse a cometer crlmenea allf. 



252 

por carecer de dinero y de ejercito. Ademas, h 
guerra le repugnaba. Abdala era un prfncipe ca- 
sero y devote, que hacia una ruin figura en an 
campamento o en un campo de batalla. Tuvo, por 
lo tanto, que perseverar en su politica pacific?;, a 
riesgo de ser burlado nuevamente por el astuto 
renegado, que tantas veces le habfa engafiaao. 
Pero* Ben-Hafsun, segnro de la victoria, no quetfa 
ya acomodamientos. En vano Abdala le suplica- 
fca que le concediese la paz; en vano le ofrecia las 
condiciones mas ventajosas: Ben-Hafsun rechaza- 
ba con desden (1) todos sus ofrecimientos. Cada 
vez que sufria una repulsa, el emir, no esperando' 
nada de los hombres, se volvia a Dios (2), se en- 
cerraba en su camara con un eremits. (3) o com- 
ponfa versos tan tristes como estos: 

"Todas las cosas de este muudo son transito- 
rias; nada aqui abajo es duradero. Apresurate, 
pues, pecador, a decir adios a todas las vanidades 
mundanas, y conviertete. Dentro de poco estaras 
en el ataud y arrojaraoi tierra humeda sobre tu 
rostro antes tan hermoso. Consagrate unicamen- 
te a tus deberes religioso^, entregate a la devo- 
cion y procura que el Senor de los cielos te sea 
propicio" (4). 

Una vez, sin embargo, cobro animo; fue a fines 



(1) Een-Hayan, fol. 70 r. 

(3> Ajbar machmua, fol. Ill v. 

(3) V6ase, acerca del respeto que Abdala tenia por los 
eremltas, Joxanl, p. 322. 

(4) Ben-Adari, t. II, p. 160. 



253 

del afio 890, cuando le vinieron a ofrecer de parte 
de Ben-Hafsun la cabeza de Jair aben-Xakir, se- 
fior de Jodar. Vela en este acto un rayo de espe- 
ranza; le parecia que su terrible adversario iba, 
al fin, a concederle la paz que solicitaba hacia 
tanto tiempo; la cabeza de Jair era para el la 
prenda de una proxima reconciliation; * Ben-Haf- 
sun — pens-aba — le mostraba recono cimiento por 
los consejos que le habia dado, pues el mismo le 
habia advertido que Jair sostenia un doble jue- 
go, y que al mismo tiempo que a Ben-Hafsun re-' 

conocra a otro soberano, a Daisam, principe de 
Todmir. Extremadamente celoso de su autoridad, 
Ben-Hafsun habia hecho pronta y terrible justi- 
cia. Habiendole pedido Jair un refuerzo, se lo 
habia enviado; pero dando al mismo tiempo a su 
lugarteniente, que se llamaba en espanol el Eo- 
yol y en arabe Al-Ohamir — el Rojillo — , la orden 

secreta de cortar ila cabeza al traidor (1). Pot' 
lo demas, Ben-Hafsun desvanecio bien pronto las 

ilusiones del monarca. Lejos de entablar negotia- 
tions, sitio las fortalezas de la provincia de Ca- 
bra, que aun ©ran fieles al emir (2). 

La situation no podia empeorar. Abdala com- 
prendio al fin que era preciso arriesgar el todo 
por el todo, y anuncio a sus visires que habia re- 
suelto atacar al enemigo, Los visires, estupefac- 
tos, le recordaron los peligros a que iba a expo- 
nerse. 



(1) Ben-Hayan, fols, 18 v. y 70 v. 

(2) Ben-Hayan, fols. 70 v. y 71 r. 



254 

■Las tropas de Ben-Hafsun — le decfan — son 
mucho mas numerosas que las nuestras y tene- 
mos que habernoslas con enemigos que no dan 
cuartel. 



No por esto persistio menos en su proposi- 
to (1); y en verdad que por poco que tuvieso 
conciencia de su nacimiento y de su dignidad de- 
bia preferir a su actual vergiienza una muerte 
honrosa en el campo de batalla. 



_i 



XV (2) 



Ben-Hafsun supo, con una mezcla de alegria y 
de asombro, la atrevida resolution adoptada por 
el emir. 

— lYa es nuestra esa manada de bueyes! — dijo 
en espaiiol a Aben-Mastana — . iQue venga ese 
emir! Ofrezco quinientos ducados al que llegue 
a anunciarme que se ha puesto en camino. 

Poco despues recibio en Ecija la noticia de que 
la gran tienda del emir acababa de ser trans- 
portada a la Uanura de Secunda. En seguida con- 
cibio el proyecto de ir a incendiarla. Si este golpe 
de mano tenia exito, iba a poner en ridiculo al 
emir. Seguido de algunos escuadrones, Ben-Haf- 
sun llega a la explanada de Secunda al anoche- 
cer. Cae de repente sobre los esclavos y los arque- 
ros que estaban de guardia cerca del pabellon; 



(1) Ben-Hayan, fol. 71 v. 

(2) Ben-Hayan, fols. 7X v. y 80 r. 



255 

pero estos, aunque pocos en immero, se defienden 
valientemente, y at raid os por sus gritos, los sol- 
dados se precipitan fuera de la ciudad para co- 
rrer en su ayuda. Como en el fonclo no se trata- 
ba mas que de hacer una jugarreta al emir, ape- 
nas vio Ben-Hafsun que iba a acabar mal la em- 
presa, ordeno a sus soldados volver grupas y 
marchar al galope a Polei. La caballeria del emir 
los persiguio, matando a algunos. 

Por insignificante que fuese este encuentro noc- 
turno, adquirio a los ojos de los cordobeses pro- 
porciones gigantescas. Cuando, al amanccer, toda 
la poblacion de la capital salio al encuentro de la 
caballeria del emir, que vol via de perseguirlos, 
con algunos caballos apresados y algunas cabe- 
zas cortadas, no dejo de admirar estos trofeos, 
y se contaba con alegria y con orgullo que, al 
huir, Ben-Hafsun habia abandonado el camino 
real y que al llegar a Polei no llevaba oonsigo 
mas que un solo jinete. 

Pronto, sin embargo, iba a entablarse un com- 
bate mas serio, y sabiendo que tendrian que ba- 
tirse uno contra dos, no estaban seguros del 
exito. El ejercito del emir no se componia rnas 
que de catorce mil h ombres, de los cuales s61o 
cuatro mil eran tropas regulares; Bcn~Hafsun, 
por el contrario, tenia treinta mil hombres. Sin 
embargo, el emir dio orden de ponerse en mar- 
cha y de tomar el camino de Polei. 

El jueves 15 de abril del afio 891 el ejercito 
Ueg6 cerca del riachuelo que corre a una media 



256 

legua del castillo, y, segxm costumbre, se convi- 
no por ambas partes que el combate tuviera lu- 
gar al dia siguiente. 

Este dia, que era para los cristianos Viernes 
Santo — vease la nota C al final de este tomo—, 
el ejercito del emir se puso en marcha al ania- 
ne^er, mkntras Besi-Hafsun distribuia sus sal- 
dados en orden de batalla al pie de la colina en 
que se asentaba el castillo. Estaban llenos de en- 

tusiasmo, y en su ardor guerrero se creian segu- 
ros del triunfo. No sucedia lo mismo en el cam- 
pamento de Abdala. Aquel ejercito era su ultimo 
recurso; representaba toda la fortuna de los om- 
miadas; si se hundia en un gran desastre, todo es- 
taria perdido. Para colmo de desgracia, estaba 
tan mal capitaneado que poco falto para que el 
general en jefe, Abclalmelic ben-Omeya, le entre- 
gase al enemigo por una inhabil maniobra. Ya le 
habia hecho avanzar, y desaprobando la posi- 

cion que habia tornado, le mando retroceder has- 
ta una montana situada al norte de la fortale2a. 
Comenzaba a ejecutarse esta orden cuando el ge- 
neral de la vang-uardia — un valeroso cliente ome- 
ya llamado Obaidala, de la familia de los Beni- 
Abi-Abda — vuela hacia el emir gritando: 

— ;Dios mio, Dios mio, ten piedad. de nosotros! 
^Adonde te llevan, emir? ^Estamos f rente al ene- 
migo y vamos a volverle la espalda? Entonces 

creera que le tememos y vendra a destrozarnos. 

Y decia bien; Ben-Hafsun habia advertido el 

error de su adversario y se apresuraba a apro- 



$ 



i 



257 

vecharse de el. Asi que el emir no discuti6 la 
exactitud de la observacion de Obaidala y le pre- 
gunto que debia hacer. 
— Avanzar — respondio el general — , atacar vi- 

gorosamente al enemigo, y que se cumpla la vo- 

luntad de Dios. 
— Haz lo que quieras — repdico el emir- 
Sin perder un instante, Obaidala volvio rapi- 

damente a su division y le ordeno eaer sobre el 

enemigo. Las tropas se pusieron en movimiento, 

pero casi desesperaban del exito. 

*-£ Que piensas del resultado de esta batalla? 

ipregunto un oficial al teologo Abu-Meruan, bijo 
del celebre Yabya ben-Yahya, y renombrado el 
mismo por su saber y su piedad hasta el punto 

que le llamaban el xaij de lo$ miisiLlwianes. 

— iQue he de decirte, primo mio? — repiico el 

doctor—. No puedo darte por respuesta mas que 

estas palabras del Todopoderoso : "Si Dios viene 

7 

en vuestra ayuda, iquien podra venceros? Si El 
os abandona, ^quien os auxiliara?" (1). 

El resto del ejercito no estaba mas tranquilo 
que la vanguardia. Los soldados habian recibido 
la orden de dejar su bagaje, de levantar las tien- 
das y de colocarse en orden de batalla; pero en 
el momento en que se hallaban ocupados en ex- 

^ 

tender un pabellon para eJ emir se rompio un 
puntal destinado a sostenerlo y el pabell6n cayo 
a tierra. 



(1) Texto del Cor&n, sur. Ill, vs. 164. 

Hist, musulmaktbs. — T. II 17 



258 

— I Mala sefial!— nmurmuraron por todas partes. 

— Tranquilizaos— -dijo entonces un oficial de ca- 
tegoria — ; eso no anuncia nada malo; lo mismo 
ocurrio en el momento en que iba a entablarse 
otra batalla, y, sin embargo, se alcanzo una bri- 

llante victoria. 

Hablanclo asi, levanto el pabellon con otro pun- 
tail que habia cogido en los bagajes. Tambien en 
la vanguardia, donde ya habia comenzado la lu- 
cha, era preciso que los oficiales y los doctores de 
la religion borrasen el efecto producido por mu- 

ohos malos (presagios. Dotados de una feliz me- 
moria, y tal vez de una fertil imaginacion, no de- 
jaban de citar precedences cada vez que era 
necesario. En primera fila combatia Rahici, un va- 
liente guerrero envejecido bajo el casco y la co- 
raza, el cuai era al mismo tiempo un poeta muy 
distinguido. Cada vez que heria con la lanza o la 

espada, improvisaba versos. De pronto cayo he- 
rido de muerte. 

— iMal presagio! — gritaron los soldados, cons- 
ternados — . jM primero que cae es uno de los 
nuestros ! 

<No — respondieron los doctores — ; es, por el 
contrario, un presagio felicisimo, porque en la 

batalla de Guadacelete, donde derrotamos a los 
toledanos, el primero que cayo fue tambien uno 
de los nuestros. 

Pronto el combate se hizo general en toda 3a 
linea; fue* un barullo espantoso; al ruido de los 
instruments belicos se mezolaba la voz de los 






4. 
1 



259 
doctores musulmanes o de los sacerdotes cristia- 
nos, q^ e recitaban oraciones o pasajes del Coran 
y de la Biblia. Contra lo que era de esperar, los 
realistas del ala kquierda obtenian cada vez mas 
ventajas sobre el ala derecha de Ben-Hafsun. Des- 
pues de liaberla hecho retroceder, cortaban cabe- 
zas a porffa y se las llevaban al emir, que ha- 
bia prometido una recompensa a cada soldado 
que le presentase una. El no tomaba parte en el 
combate. Sentado bajo su pabellon, miraba a los 
demas batirse por el, y con su habitual hipo- 
cresia recitaba versos como estos: 

"iQue otros pongan su confianza en el gran 
numero de sus soldados, en sus maquinas de gue- 
rra, en su valor; yo no pongo la mia mas que en 
Dios, unico y eterno!" . 

Habiendo sido completamente derrotada el ala 
derecha de los andaluces, todo el ejercito realista 
se arrojo sobre el ala izquierda, que mandaba 
Ben-Haf&un en (persona; mas a pesar de &us es- 

r i 

fuerzos, y aunque, segun su costumbre, dio prue- 
bas de un gran vaflior, no consiguio mas que man- 
tener a los soldados en su puesto. Mas vehemen- 
tes que firmes, tan predispuestos a desanimarse 
como a enardece rse, desesperarcn d-emasiado 

pronto del exito, y -retrooediendo en el carnpo de 
batalla volvieron la espalda al enemigo. Unos 
emsprendieron la fuga en direcciSn de Ecija, perse- 
guidos por los jinetes realistas que los acuchi- 

llafoan a oentenares; otros, entre los cuales se ha- 



260 

llaba el propio Ben-Hafsun, fueron a refugiarse 
al castillo; pero como los fugitives del ala de- 
recha estorbaban la entrada, los recien venidos 
procuraron en vano abrirse paso, y para salvar 
a su jefe, los soldados apostados en las murallas 
tuvieron que cogerle en brazos, y sosteniendole 
as* quitarle del caballo, despues de lo cual le in- 
trodujeron en el recinto. 

Mientras la multitud aun se oprimia a la puer- 
ta del castillo, los soldados del emir saqueaban el 
campamento enemigo. Llenos de una alegria tan- 
to mayor euanto que era inesperada, se divertian 
en ilanzar invectivas contra sus adversaries, todos 
cristianos a sus ojos, que habian perdido una ba- 
talla tan importante precisamente la antevispera 
de Pascua, 

— El juego ha sido muy divertido — dijo un sol- 
dado—. iQue hermosa fiesta para ellos! La mayo- 
rfa no veran el dia de Pascua. iEs una verdadera 

lastima ! 

iMagninca fiesta, en verdad — replico otro — , 

y con muchas victimas; toda fiesta religiosa d-ebe 
tenerlas. 

■Vied para lo que sirve una buena estoca- 
da — anadio un teroer interlocutor — ; ellos habian 
etnpm&do el codo en la comunidn, y si nosotros 
no les hubieramos quitado la borrachera, estarian 
ebrios todavia. 

— ^Sabeis — observo otro que tenia algun bar- 
niz de historia — , sabeis que esta batalla se pare- 
ce exactamente a la de la pradera de Rahit? Era 



261 

tambien un viernes que caia en dfa de fiesta, y 
nuestra victoria no es menos brUlante que la que 
los oimniadas alcanzaron entoaces. Ved cdmo ya- 
cen esos puercos descuartizados al pie de la coli- 
na; en verdad que compadezco al suelo, eonde- 
nado a sostener sus cadaveres; si pudiera quejar- 
se, no dejaria de hacerlo. 

Mas adelante, el poeta de la corte, Ben-Abd- 
Rabihi, reproduce estas groseras y brutales bro- 
mas, estas palabrotas de cuartel en un extenso 
poema de mal gusto y lleno de juegos de pala- 
bras, pero que al menos tiene el m£rito de ax- 
presar energicamente el odio y el desprecio que 
los realistas sentian hacia los andaluces. 

Los soldados del emir tenfan mas de que" alegrar- 
se. Bcn-Hafsun querla permanecer en el castillo 
y soportar alii un asedio; pero los soldados de 
Ecija le cleclararon que su deber los Ilamaba a 
su ciudad que, segun todas las apariencias, iba 
a ser sitiada por el emir. Ben-Hafsun se opuso 
energicamente a su partida; quiso hasta detener- 
los a la fuerza en el castillo; pero ellos derriba- 
ron la muralla por el lado del Norte y huyeron a 
su ciudad natal. Abandonados a si mismos, los 

demas soldados pretendieron que no habfa numero 
suficiente para defender el castillo y que, por <lo 

tanto, era preciso evacuarlo. Despues de una lar- 
ga resistencia, Ben-Hafsun cedi6 al fin a sus 
deseos. Salieron a media noche de la fortaleza; 



pero no fue una retirada, sino una precipitada 
fuga, un s&Lvese el que p-ueda general. Entre la 



262 

obscuridad y el espantoso desorden, el mismo 
Ben-Hafsun tardo mucho tiempo e«n encontrar una 
cabalgadura; al fin echo mano a un miserable 
jamelgo, perteneciente a un jinete cristiano, y ha- 
biendo montado en 61, no cesaba de aguijonearle, 
intentando hacer galopar a aquella detestable ca- 
balgadura que hacia muchos afios habia adquiri- 
do la costumbre de no marchar mas que al paso, 
Habia, en efecto, que apresurarse; pues habien- 
dose dado cuenta de la fuga de los enemigos, los 
realistas empezaron a perseguirlos. 

\Y bien— dijo entonces Aben-Mastana, que 
galopaba al lado de Ben-Hafsun y que a pesar de 
la inminencia del peligro conservaba su buen hu- 
mor, su despreocupacion verdaderamente andalu- 
za — ; y bien, amigo mio, tu habias prometido qui- 
nientos ducados al que vlniera a anunciarte que el 
emir se habia puesto en marcha. Me parece que 
Dios te ha devuelto esa suma con usura. No es 

cosa tan facil, sin embargo, veneer a los ommJa- 
das; ique piensas tu? 

— iQue que pienso? — le respondio Ben-Hafsun, 
a quien la ira le habia quitado las ganas de bro- 
mas — . Lo que pienso es que debemos imputar la 
desgracia que nos hiere a tu cobardia y a la de 
los que se te pareoen. jNo sois hombres vosotros! 

Al amanecer del quinto dia, Bem-Hafsun llego a 
la ciudad de Archidona; pero no se detuvo alii 

E 

mas que un momento, y habiendo ordenado a sus 
habitantes ir a Bobastro lo mas pronto posible, 
continud su 2amino hacia esta fortaleza. 



263 

Por su parte, el emir, despues de haber torna- 
do posesion del castillo de Polei, donde encontro 
gran cantidad de dinero, de provisiones y de ma- 
quinas de guerra, mando que le diesen el registro 
donde estaban inscritos los nombres de todos sus 
subditos musulmanes. En seguida hizo traer a los 
prisioneros y les anuncio que a todos los que es- 
taban inscritos como musulmanes les perdonaba 
la vida con tal que jurasen que todavia lo eran; 
en cuanto a los cristianos, tendn'an que perecer 
todos bajo el hacha del verdugo, a menos que 
abrazasen el islamismo. Todos los cristianos, que 

eran cerca de mil, prefirieron la muerte a la apos- 

tasia- Uno solo flaqueo en el mismo momento en 
que iba a herirle el verdugo, y salvo su vida pro- 
mvneiando la profesion de fe musulmana. Todos 
los demas sufrieron la muerte con verdadero he- 
roismo, y acaso juzgue alguno que estos solda- 
dos obscuros tienen mas dcrecho al titulo de mar- 
tires que los fanaticos de Cordoba que cuarenta 
anos antes lo habian alcanzado. 

Habiendo dejado suficiente guarnicion en ol cas- 
tillo de Polei, el emir fue a sitiar a Ecija, y como 
esta ciudad tenia una guarnicion muy considera- 
ble, gracias al gran numero de fugitivos que 
se habian refugiado alii, opuso una resistencia 
tenaz. 

Desgraciadamente, no cneerraba bastanbes vi- 
veres para aliment ar a todos sus defensores. Al 
cabo de algunas semanas, el hambre se dejo sen- 
tir, y como se acentuaba de dia en dia, fue pre- 



264 

ciso pensar en capitular. Los anclaluces entabla- 
ron parlamentos; pero el emir exigia que se rin- 
dieran a discrecion. Ellos se negaron, aunque el 
hambre hacfa estragos horribles en la ciudad, de 
suerte que sus habitantes, d e se spe rado s , ensena- 
ban desde 3o alto de la muralla a sus mujeres y 
sus hijos hambrientos a los sitiadores, imploran- 
do a grandes voces piedad. Al fin el emir se 
conmovio. Concedio a (los sitiados una amnistia 
general, y despues de recibir sus rehenes y de 
designarles un goberaador, tomo el camino de Bo- 
bastro y establecio su campamento en las inme- 
diaciones de esta fortaleza. 

Pero en Bobastro, en un terreno en que cono- 
cfa cada colina, cada valle, cada desfiladero, Ben- 
Hafsun era realmente invencible. Harto lo sabian 

los soldados cordobeses; asi que bieoi pronto em- 
pezaron a murmurar. Decian que la campana ha- 
bfa sido ya bastante larga; que no querian ago- 
tar las pocas fuerzas que les quedaban en una 
operacion sin exito, y que sus adversarios sal- 
drian mas bien pujantes que abatidos en una lu- 
cha en que, cuando se trataba de mantenerse a 
la defensiva, habian demostrado su superioridad 
mas de una vez. Oblig-ado a ceder a su voluntad, 
el emir ordeno la retirada, dirigiendose a Archi- 
dona. 

Antes de Jlegar, los cordobeses tuvieron que 
pasar por un desfiladero muy estrecho, donde fue- 
ron atacados por Ben-Hafsun; pero, gracias al 
talento y al valor de Obaidala, salieron honrosa- 



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26& 

mente de estc encuentro. Habiendo ido despues 
a Elvira, cuyos habitantes le entregaron rehe- 
nes, el emir volvio con su ejercito a Cordoba. 



XVI 



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La victoria alcanzada corca de Polei habia sal- 
vado al emir, en el momento en que parecia per- 
dido. Polei, Ecija y Archidona, centinelas avail - 
zados del partido nacional, estaban tomadas; E 1 - 
vira, vuelto a la obediencia; Jaen, dondc Ben- 
Hafsun re tiro sus tropas, habia seguido el ■ejem- 
plo de Elvira (1). Eran, en verdad, hermosos 
exitos, que pro<lujeron gran impresion en la 
opinion publica por lo mi? mo que no eran es- 
perados. Ben-Hafsun habia perdido mucho pres- 
tigio; harto lo comprendia el. Sus embajado- 
res, antes tan agasajados por Ben-Aglab, fueron 
desde entonces recibidos frlamente. Les dec Jan 
que el tambien tenia rebeliones que sofocar y que 
por lo tanto no tenia tiempo para mczclarse en 
!os asuntos de Espana (2). Naturalmente, no se 
preocupaban en Africa de apoyar a un preten- 
diente que se dejaba veneer, y no se volvio a ha- 
blar mas de que el califa de Bagdad le nombrase 
gobemador de Espana. Por el contrario, el emir 
se habia rehabilitado en el animo de muchos. Los 
pacincos ciudadanos que, cansados de desorden y 



(1) lien-Hayan, fol. 77 v. 

(2) Nouairi, p. 466; Aben-Jaldun, fol. 11 r, 



266 

de anarquia, veian en el restablecimiento del po- 
der real el unico medio de salvacion, tomaban una 
actitud mas decidida y firme. Pero si no podian 
desconocerse las ventajas que el emir habia ob- 
tenido, tampoco debian exagerarse. El poder de 

Ben-Hafstun habfa sufrido, sin duda, un rudo gol- 
pe; pero estaba lejos de haber sido aniquilado; 
asi que el no desesperaba de restablecerlo. Por 

de pronto necesitaba paz, y la solicito. El emir se 
mostro dispuesto a concedersela, siempre que 3e 
diera uno de sus hijos en rehenes. Pen-Hafsun 
prometio hacerlo; pero como tenia intencion de 
reanudar las hostilidades tan pronto como le con- 

viniera, engafio al emir enviandole no- uno de 
sus propios hijos, sino el de uno de sus tesore- 
ros que el habia adoptado, Al pronto no fue des- 
cubierto el fraude; pero despues se concibieron 
sospechas, se informaron y, descubierta la ver- 

dad, el emir la reproc-ho su mala fe, le exigio en 
rehenes un hijo verdadero, y como Ben-Hafsun 
no quisiera acceder a esta demanda, la guerra 
comenzo nuevamente (1). 

El jefe andaluz recupero con sorprendente ra- 
pidez el terreno perdido. Sabiendo que podia con- 
tar con los habitantes de Archidona, envio a esta 
ciudad hombres de su conflanza, que procedieron 
tan habilmente que la poblacion se sublevo. Los 
dos empleados a quienes el emir habia confiado 
el gobierno de la ciudad fueron apresados duran- 



(1) Ben-Hayan, fol. 82 r. y v. 



267 

te la noche y entregados a Ben-Hafsun en el mo- 
mento en que este entraba en la ciudad con sus 

tropas — 892 — . Poco despues, dlputados de Elvira 
viniercn a comunicarle que tambien su ciudad ha- 

bia sacudido el yugo y que se contaba con su 
ayuda. Trasladose alii e instalo una guarnicion en 
la ciudadela. Pero el partido realist a. que era muy 
numeroso en Elvira, no se dio por v-encido. Secun- 
dado por el gobernador de Ubeda, tomo das arrnas, 
arrojo a los -sold ados de Ben-Hafsuoi, eligio un con- 
sejo municipal y trajo a la ciudad el gobernador 
que el emir habia nombrado. Los partidarios de la 
independencia, intimidados por la proximidad del 

ejercito del emir, que entonces sitiaba Carabuey, 

una de las fortalezas de Aben-Mastana, no se 
habian opuesto a esta revolucion; pero tan pron- 
to como el ejercito volvio a Cordoba, levantaron 
la cabeza y, poniendose en relaciones con Ben- 
Hafsun a espaldas del consejo, aprovecharon la 
, obscuridad de la noche para introduxir algunos de 
sus soldados en la ciudadela. Poco despues, Ben- 
Hafsun, avisado del exito de la empresa por las 
hogueras que sus partidarios habian encendido, 
entro tambien alii con el grueso de sus tropas, 

mientras los realistas, despertados de impro- 
viso por los gritos de jubilo de sus adversaries, 

quedaron tan estupefactos que no pensaron si- 

quiera en resistir. Pueron castigados severarnen- 

te y todos sus bienes confiscados, siendo decapi- 

tado el gobernador nombrado por el emir. 

Dueno de Elvira, Ben-Hiafsun volvio sus ar- 



268 

mas contra Aben-Chudi y contra los arabes de 
Granada. Comprendiendo que la batalla que iba 

a entablarse seria decisiva, Aben-Chudi habia 11a- 
mado en su auxilio a todos sus aliados. No dejo 
por eso de sufrir una terrible derrota, y como 
habia cometido la imprudencia de alejarse de 
Granada, que era su punto de apoyo, sus solda- 
dos, que tenian que recorrer toda la vega an- 
tes de entrar en su fortaleza, fueron acuchillados 
en gran numero. En opinion de los habitantes de 
Elvira, esta victoria era una amplia compensacion 
de to<k)s los descalabros anteriores. En efecto: 
los arabes habian quedado d-erro-tados tan por com- 
plete que no pudieron jamas levantar la cabesa, 

Orgulloso de su victoria, Ben-Hafsun marcho 
contra Jaen, donde fue tan afortunado como lo 
habia sicio en Elvira. Se apodero de la ciudad, 
dejo en ella sus tropas y nombro un gobernador. 
Hecho esto, volvio a Bobastro (1). 

Excepto Polei y Ecija, el ano 892 le devolvio lo 
que el precedente le habia quitado. Durante cinco 
afios su poder permanecio casi el mismo, salvo que 
perdio Elvira. Habia sorprendido a los realistas 
de esta ciudad; pero no los habia vencido, y su 
conducta los habia exasperado contra el; asi que 
aprovecharon la primera ocasion para sacudir el 
yugo que les habia impuesto. Esta ocasion se pre- 
sento en 893, cuando el ejercito del emir, despues 
de hacer una razzia en los alrededores de Bobas- 



(1) Ben-Hayan, fols. SO v.-S2 r. 



269 

tro, se presento a las puertas de la ciudad. El 
prfncipe Motarrif, que mandaba el ejercito, ofre- 
c\6 a los habitantes una airmistia general con tal 

que le entregasen al lugarteniente y a los sol- 
dados de Ben-Hafsun. La influencia de los realis- 

£as fue tan grande que los habitantes accedie- 
ron y desde entonces Elvira permanecio sumisa. 
El patriotismo y el amor a la libertad se habian 
entibiado; ademas, se habfa combatido mas bien 
contra los arabes granadinos que contra el emir; 
para combatir a estos arabes era para lo que ha- 
bfa sido llamado Ben-Hafsun, y dcsde que habian 
perclido la batalla de Granada, los arabes habian 
dejado de ser temibles. Aunque muy debUitados 
por la derrota, lo fueron mucho mas por la dis- 
cord ia que estallo entre ellos, quedando dividklo^ 

?n dos fracciones, una adicta a Said aben-Chudi 
y la otra a Mohamed ben-Ada, el podcroso sonor 
de Aihama, contra el cual Said sentfa un odio tan 

violento que habia puesto precio a su eaboza. La 
imprudencia de Said y la ligereza de su conducta 
agravaban aun mas la situation; por su orguilo, 
su fatuidad y sus numerosos galanteos, se habfa 
atraido el odio de muchos jefes, y al fin uno de 

■ellos, cuya felicidad domcstica habia destrufdo, 
Abu-Omar Otman, rcsolvio lavar su deshonra con 

la sangre del seductor. Avisado de que su mujer 
habfa dado una cita a Said en casa de una judfa, 
fu6 a ocultarse allf con uno de sus amigos, y 
cuando llego Said se arrojo sobre 61 y le mat6 

— diciembre del 897- 



270 

Can este asesinato llego al colmo la discordia. 
El asesino y sus amigos tuvieron tiempo de re- 
fugiarse en la fortaleza de Noalejo, al norte ae 
Granada, donde prodamaron jefe a Ben-Ada. No 
queriendo malquistarse con el emir, le rogaron 
que confinnase su eleccion, y procuraron tambien 
convencerle de que habian matado a Said en 
bien del Estado, diciendo que habia concebido el 
proyecto de rebelarse y que habia compuesto es- 
tos versos: 

"Ve, mensajero mio, ve a decir a Abdala que solo 
una pronta fuga puede salvarle, porque un gue- 

rrero temible ha enarbolado el estandarte de la 
rebelion en las riberas del rio de las canas. Hijo 
de Meruan, devueilvenos el poder; a nosotros, a 
los hijos de los beduinos, es a quienes pertenece 
de derecho, ■; Pronto, que me traigan mi alazan 
con su mantilla bordada de oro, porque mi estre* 
11a brilla mas que la suya!" 

Tal vez estos versos eran realmente de Said; 
al menos no eran indignos de el. Sea lo que sea, 
el emir, que se consideraba feliz de que estos 
arabes hubieran condescendido a presentarle una 
justificacion de su conducta, sanciono cuanto ha- 
bian hecho. Pero los antiguos amigos de Said no 
reconocieron a Ben-Ada. EI asesinato de su jefe 
los habia llenado de indignacidn y de calera. In- 
consolabiles de su perdida, olvidaban todas sus fal- 
tas y todos los agravios que les habia inferido, 
para no acordarse mas que de sus virtucles. Uno 



271 



Micdam 



hecho azotar sin que mereciese este castigo, le 

compuso, sin embargo, este poema: 

"iQuien alimentara y vestira a los pobres, ano- 
ra que yace en la tumba el que era la generosi- 
dad misma? ;Ah! jQue los prados no se cubran 
de verdura, que los arboles esten sin hojas, que 
el sol no saiga mas, ahora que Aben-Chudi ha 
muerto, y ni los hombres ni los genios veran nun- 
ca otro igual!" 

-,*Que — exclamo un arabe cuando le oyo reci- 
tar estos versos — , elogias al que te ha man dado 
azotar ? 

■iPor Dios— le respondio Micdam — , que me 
ha hecho un bien aun con su sentencia inicua, 
porque el recuerdo del castigo que me impuso me 
ha apartado de multitud de pecados que cometia 
antes. £No le debo por esto gratitud? Ademas, 
desde que me hizo azotar he sido siempre injusto 
con el; icreeis que he dc continuar siendolo aho- 
ra que ya no existe?" (1). 

Otros, que habian sido los amigos intimos de 
Said, ardian en sed de venganza. 

"El vino — decia Asadi en un largo poema — , el 
vino que el escanciador me sirve no recobrara 
para mi su sabor hasta que mi alma obtenga lo 
que desea, hasta que vea a los jinetes galopar a 



(1) Macarl, t. 1*1, p. 361. 



272 

rienda suelta para vengar ai que era antes su 

alegria y su orgullo." 

En efecto, Said fue vengado por sus amigos; 
pero los arabes continuaron luchando sin tregu a . 
El emir y los andaluces no tenlan otra cosa que 
hacer que dejarlos que se degollasen mutuamen- 

te (1). 

La sumision de Elvira fue una gran ventaja 
para el emir; pero aun obtuvo otras. Persuadido 
de que no ganaria nada haciendo la guerra a 
Ben-Hafsun, volvio con preferencia sus armas 
contra rebeldes menos poderosos. Su intention no 
era someterlos; no intentaba arrebatarles sus ciu- 
dades y castillos; queiia solamente obligarlos a 
pagar tributo (2). Al efecto, procuraba que su 
ejercito hiciese una o dos expediciones al aiio, 
asolando los sembrados de trigo, incendiando las 
aldeas, sitiando las fortalezas, y cuando el rebel- 
de consentia en pagar tributo y en dar rehenes, 
se'le dejaba en paz para ir a atacar a otro. Ex- 
pediciones de este genero no podian producir rc- 

sultados prontos, decisivos ni brillantes, pero .si 
muy ventajosos. El tesoro estaba exhausto, y el 

gobierno comprendia harto bien que, para hacer 
la guerra en grande, era necesario proveerse del 
nervio de la guerra, es decir, de dinero, y con es- 



*1*t^ ■ i TV**^ rH+ i *' H^ 



(1) Ben-Hayan, fols. 83 r, ( 22 r. y v,, 23 t\, 47 v., 48 r, 
y 92 v. ; Bon-al-Jatib, en mis Noticias^ p, 259. 

(2) V£anao los versos de Aben-Colzom — asl es como Jo- 
xani, p. 308, enuncia cste nombre — on Ben Adarl, t. II, p4- 
gina 143. 



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273 

tas razzias lo adquirian. La del ano 895 se dirigio 

contra Sevilla y fue muy afortunada. Dicha ciu- 
dad eontinuaba en la misma situation; habia un 
gobernador nombrado por el emir; su tio Hixen 
tambien residia alii; pero los que reinaban de he- 
cho eran los Jaldun y los Hadchach. Estos jefes 
estaban muy contentos de su position, que les 
proporcionaba todas las ventajas de la indepen- 
dencia sin los peligros que de ordinario trae con- 
sigo; hacian todo lo que querian, no pagaban tri- 

buto, y, sin embargo, no estaban en guerra con- 
tra el monarca. Creian, pues, que no podian hacer 

nada mejor para sus intereses que prolongar 
aquel estado de cosas, y cuando en el ano 895 un 

empleado del emir vino a convocar a la nobleza, 
Ibrahim ben-Hadchach y Jalid aben-Jaldun, ol 
hermano de Coraib, se apresuraron a respondcr al 
Hamamiento y a trasladarse a C6rdoba con sus tro- 
pas. Su aliado Soliman, de Sidona, y su herma- 
no Maslama siguieron su ejemplo. 

Todo el mundo estaba en la idea de que iba 
a hacerse una expedition contra los renegades de 

Todmir. iCual no seria el asombro y el espanto 
de Coraib cuando supo que en vez de encaminar 
el ejercito hacia Levante le habfan heeho mar- 
char contra Sevilla; que Soliman habia consegui- 
do evadirse; pero que los demas oficiales y sol- 
dados de Sevilla y de Sidona habfan sido presos 
por orden del principe Motarrif. 
Era necesario adoptar medidas prontas y deci- 

sivas. Coraib las tomo. Haciendo que sus geartes 
Hist, musulmanes. — T. II 18 



274 

oeupasen todas las puertas del palacio, corrio a 

la saia en qu$ se hallaba el principe Hixen. 

— jBonita noticia.' — exclamo, con los ojos 11a- 
meantes de colera — . jAcabo de saber que Mo- 
tarrif ha apresado a mi hermano y a todos los 
demas parientes que se hallaban en el ejereito. 
Pues bien, lo juro per lo mas sagrado: si el prin- 
cipe se atreve a atentar contra la vida de uno 
solo de ellos, te corto la cabeza. Veremos hasta 
donde llega su audacia. Entretanto, tu y todos 
los tuyos sereis mis prisioneros. Ninguno de tus 
sirvientes saldra de palacio bajo ningun pretex- 
to ni aun para comprar provisioned. Bien se que 
aquf no las hay; pero eso no me importa. Decide 
tu mismo si deseas ver suspendida sobre tu cabe- 
za la espada mortal y si te agrada la perspectiva 
de morir de hambre. No te queda mas que un me- 
dio de salvarte: escribe al principe, dile que tu 
cabeza me responde de la vida de mis parientes, 
y haz de modo que me los devuelva. 

Conociendo que Coraib no era hombre que se 
contentase con amenazas, Hixen se apresuro a 
obedecer; pero la carta que escribio a Motarrif 

no produjo el resultado apetecido: el principe, en 
vez de devolver la libertad a los prisioneros, con- 
tinuo su marcha hacia Sevilla e intimo a Coraib 
a que le abriese las puertas. Temiendo por la 
vida de sus parientes, y no queriendo emprender 
nada sin que hubiesen llegado las tropas auxilia- 

res que esperaba de Niebla y de Sidona, Coraib 
juzgo prudente raostrarse moderado y tratabJe. 



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275 

Permitio, pues, a los soldados del emir entrar por 

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pelotones en la ciudad y comprar vfveres; ade- 
mas, ofrecio pagar el tributo y devolvio la liber- 
tad al principe Hixen, que se apresuro a aban- 
donar la ciudad. 

Volviendo entonces sus arenas contra el maadi- 
ta Talib aben-Molub (1), Motarrif ataco sus dos 
fortalez-as, Montefique, a orillas del Guadaira, y 
Monteagudo (2). Despues de defend erse vigoro- 
samente, Talib prometio pagar tributo y entrego 
rehenes. Medina, Ben-as-SaJim y Vejer siguieron 
su ejemplo; Lebrija fue tomada por asalto y Mo- 
tarrif instalo en ella una gnarnicion; pero Soli- 
man, a quien pertenecia esta fortaleza y que en- 

tonces se hallaba en Arcos, ataco al ejercito del 
emir antes de que llcgase a Mairena, causandole 

grandes perdidas. Furioso con este contratiempo, 

Motarrif se vengo mandando cortar la cabeza a 

tres parientes o amigos de Soliman que se ha- 

llaban entre los prisioncros. 

Hacia fines de agosto, el ejercito se encontra- 

ba de nuevo delante de Sevilla. Motarrif creia 

que Coraib se mostrarfa tan sumiso como la pri- 

mera vez; pero se enganaba. Coraib habia apro- 

vechado el respiro que le habfan dado para po- 

nerse en estado de defensa, y habiendo llegado 

sus aliados a la ciudad, estaba resuelto a no ce- 



(i) Se ha vista antes que este eefior habfa «ldo aJiado 
de loa renegados de Sevilla. 

(2) Monteagudo se encuentra cerca de Jerez. V6ase Mal- 
donado, Ilustraciones tfc la Casa de Niebla—vn el Memorial 
Mat6rico, t. IX, p. 96—. 



276 

der. Motarrif encontro, por lo tanto, las puertas 
cerradas. Entonces hizo cargar de cadenas a Ja- 
lid aben-Jaldun, a Ibrahim ben-Hadchach y a 
otros prisioneros; pero esto no le sirvio de nada. 
Lejos de intimidarse, Coraib salio de la ciudad y 

ataco brascamente la vanguardia. Hubo un ins- 
tante en que se temio un desastre; pero habien- 
do conseguido los oficiales reanimar a sus tro- 
pas, los sevillanos fueron rechazados. Entonces 
Motarrif hizo torturar a Ibrahim y a Jalid y 

ataco a Sevilla durante tres dfas consecutivos. No 
alcanzo ninguna ventaja; pero queriendo vengar- 
se todo io posible de los Jaldun y de los Had- 
chach, se apodero de un castillo situado sobre el 
Guadalquivir y perteneciente a Ibrahim; despues, 
habiendo quemado los barcos que hallo en el fon- 
deadero, mando arrasar el edificio, y dando un 
hacha a Ibrahim, le obligo a trabajar cargado de 

cadenas en la destruccion de su propia fortaleza. 
Habiendo demolido en seguida otro castillo perte- 
neciente a Coraib, tomo de nuevo el camino de 
Cordoba (1). 

Habiendo vuelto el ejercito a la capital y 1b- 
gado el tributo de Sevilla, un visir aconsejo a su 
senor — que si bien habia procurado atraerse a 
Ben-Haf sun no habia hecho hasta entonces nin- 
guna tentativa para reconciliarse con la aristo- 
cracia arabe — que devolviese la libertad a los pri- 

sioneros, obligandolos a prestar juraroento de obe- 
decerle desde entonces. 



(1) JJen-Hayan, fola. 59 V.-62 r. ; 84 r.-87 r. 



277 

Si tienes prisioneros a esos nobles — le dij 
serviras Ios intereses de Ben-Hafsun, que jio de- 
jara de ppoderarse de sus castillos. Procura mas 
bien atraertelos con vinculos de gratitud y te 
ayudarun a combatii* al jefe de Ios renegados. 

El emir sc dejo convcncer. Anuncio a Ios pri- 
sioneros que Ios pondria en libertad a condici6n 
de que le entregaran rehenes y le jurasen cin- 

cuenta veces en la gran mezquita permanecerle 
fieles. Prestaron Ios juramentos exigidos y dieron 
rehenes, entre Ios cuales se encontraba el hijo 
mayor de Ibrahim, llarnado Abdorrahman; mas 
apenas volvieron a Sevilla, violaron sus juramen- 
tos, se negaron a satisfacer el tributo y se de- 
clararon en abierta rebelion (1). Ibrahim y Co- 

raib se repartieron la provincia, de suerte que 

cada uno de el Ios se quedo con la mi tad (2). 

Las cosas permanecieron en el mismo estado 

hasta el ano 899; pero la discordia tenia quo es- 

tallar inevitablemente entre Ios dos jefes porque 

eran demasiadq iguales en poder para que que- 

dasen amigos. Po;* eso no tardaron en quercllar- 

se, y entonces el emir atizo el fuego todo b posi- 

ble. Referia a Coraib Ios terminos injuriosos en 

que Ibrahim hablaba de el, y advcrtla a Ibrahim 
Ios malps propositos de Coraib en contra suya. 

Un dia que habla recibido una carta de Jalid 
muy ofensiva para Ibrahim, y que habfa escrito 
debajo su respuesta, la dio entre otras a uno de 



(1) Ben-Hayan, fol. 62 r. y v. 

(2) Ben-Adari, t. II, p. 128. 



278 

sus criados, encargandole que las mandase. EI sir- 
viente tuvo el descuido de dejarla caer. La reco- 
gio un eunuco, la leyo y esperando una buena re- 
compensa se la did a un enviado de Ibrahim 
encargandole que se la entregara a su senor. 

Cuando Ibrahim fijo los ojos en este escrito, no 
dudo mas de que los Jaldun atentaban contra su 
poder, su libertad y tal vez contra su vida; pero 
conxprendiendo al mismo tiempo que para vengarse 
de ellos debia recurrir a la astucia, ,se most r 6 muy 
amabte y los convido a comer, Ellos acudieron a 
eu invitacion. Durante la comida, Ibrahim les en- 
seno la carta de Jalid y las ahrumo a reproches. 
Entonces se levanto Jalid y, sacando un puna? de 
su manga, hirio en la cabeza a Ibrahim, le des- 

garro el turban te y le hizo una herida en el ros- 
tro; pero Ibrahim Iteimo inmediatamente a sus 
soldados, que se precipitaron sobre los dos Jal- 
dun y los asesinaron. Ibrahim hizo cortarles la 
cabeza, y arrojandolas al patio ataco a sus guar- 
dias, que esfcaban alii, znato a algunos y disper- 
so a los demas. 

Desde entonces era el unico dueno de la pro- 
vincial pero camprendiendo que necesitaba jus- 
tincar su conducta ante el monarca, que aun te- 
nia a su hijo en rehenes, le escribio diciendole 
que no habia podido obrar de otra manera; que, 
por otra parte, los Jaldun le habian incitado siem* 
pre a la rebelion; que en el fondo de su alma no 
habfa participado nunca de su modo de pensar, y 
que si el emir querfa nombrarie gobernador, & 



279 

sufragaria todos los gastos exigidos por el ser- 
vicio publico y le daria ademas siete mil duca- 
ios por ano. El emir acepto su oferta; pero envio 
al mismo tiempo a Sovilla a un tal Casim para 
que gobernase la provincia en union de Ibrahim. 
Este ultimo no se preocupaba de que tenia un co- 

lega; asi que al cabo de algunos meses a^iuncio a 
Casim que podia pasarse muy bien sin sus ser- 

vicios. 

Habiendose desembarazado tan caballerosa- 

mente de Casim, quiso tambien que el emir le de- 

volviera su hijo. Pidioselo en diferentes ocasio- 

nes; pero siempre en vano; el emir se negaba 
tenazmente a desprenderse de este rehen. Enton- 
ces, esperando intimidar al xnonarca, le nego el 
tributo y propuso una alianza a Ben-Hafsun 

— 900— (1). 

Este ofrecimiento agrado extremadamente al 
jefe andaluz, que tres anos antes habfa vuelto a 

apod er arse de Ecija (2). El ano anterior habfa, 
al fin, dado un paso decisivo deques de vacilar 
mucho: habia abrazado el cristianismo con toda 
su familia. En el fondo del alma hacia mucho 
tiempo que era cristiano; solo el tomor de pcr- 
der a sus aliados musulmancs le habia hecho vio- 
lentarse hasta entonces y le habia impedido se- 
guir el ejemplo de su padre, que habia vuelto al 
seno de la Iglesia muchos anos antes (3). Los 



(1) Ben-Adarl, t. II, pp. 12S y 129; Ben-Hayan, fol 62 v. 

(2) Ben-Hayan, fol. 00 v. 

(3) Ben-Hayan, fol. 82 v. 



280 

acontecimientos habian demostrado que sus pre- 
ocupaciones no eran del todo infundadas. Yaliya, 

hijo de Anatolio y uno de sus lugartenientes mas 
distinguidos, le habia abandonado; habia querido 
servir bajo las ordenes del musulman Omar ben- 
Hafsun; pero su conciencia. le prohiMa servir a 
las del crisfaa-no Samuel — nombre que Omar ha- 
bia adoptado al recibir ©1 bautismo — (1). Ben al- 
Jali, senor berberisco de Canete, que habia sido 
hasta entonces su aliado, le declaro la guerra y 
procuraba aproximarse al emir. En todas partes 
aquel paso habia producido una sensacion. profun- 
da. Los musulmanes se decian con horror que en 
■los dominios del maldito las mas altas dignida- 

des estaban servidas par cristianos, que los ver- 
daderos creyentes no tenian alii nada que espe- 
rar y que eran tratados con una desconfiaiiza 
marcadisima, Secundada por los faqules, la corte 
explotaba habilmente estos rumores, mas o menos 
fundados, y procuraba persuadir a los fieles de 
que su salvacion eterna estaba en peligro si no 
se levantaban en masa para aplastar al infa- 
me (2). 

En estas circunstancias nada podia ser mas 
grato a Ben-Hafsun que las proposiciones que 
recibio de parte del senor de Sevilla. Buscaba 
aliados por todas partes; habia entrado en nego- 
ciaciones con Ibrahim aben-Casim, senor de Acila, 



(1) Vita Beate Virginia Argentea, c. 2. 

(2) M jabit, como dpclan los arabes. Ben-Hayan,, fo- 
lio 95 r. y v. 



281 
en africa (1), con las Beni-Casi (2) y con el rey 
de Leon (3); pero una alianza con Ben-Hadchach 
era seguramente prefe2*ible para el, porque le re- 
habilitaria— asi al menos lo esperaba — ante los 
musulmanes. Apresurose, pues, a concertarla, y 
habiendole enviado Ibrahim dinero y tropas de 
caballeiia, su poder llego a ser mas formidable 
que nunca (4). 

El emir jugaba con desgracia; htcicse lo quo 
hiciese, su politica se vol via siempre en contra 
suya. La tentativa que habia hecho para atraerse 
al mas poderoso senor arabe habia fracasado, lo 
mismo que los esfuerzos que antes habia realiza- 
do para ganarse al jefe del partido espanol. Su 
situacion era ahora deplorable. Para poder resis- 
tir la Iiga que se formaba conti*a el, tendria que 

exponer todas sus tropas y renunciar, por consi- 
guiente, a las expediciones que las obligaba a 
hacer cada ano para forzar a otros rebeldes a pa- 
garles tributo; corria, pues, el z-iesgo de sucum- 
bir por falta de dinero. Evidentemente, no podia 
elegir entre varios partidos, porque no le que- 
daba mas que uno: humillarse ante Ben-Hafsun 
y hacerle proposiciones de paz, bastante venta- 
josas para que quisiera aceptarlas. Ignoramos las 
que le hizo; sdlo sabemos que las negociaciones 
fueron muy largas, que la pas fue ultimada en 901 



(1) Ben-Adari, t. I, p. 241. 

(2) Ben-Hayan, fols. 94 v. y 95 r. 

(3) Aben-Jaldun, fol. H v. 

M) Ben-al-Cutia, fol. 45 v.; Ben-Hayan, fols. 62 v. y 

63 r.; Ben-Adarl, t. IX, p. 129. 



282 

y que Ben-Hafsun envio a Cordoba cuatro rehe- 
nes, entre los cuales nguraba uno de sus teso- 
reros, Ilamado Jalaf, y aben-Mastan a (1). 

Pero esta paz fue poco duradera. Sea que no ie 
tuviese cuenta a Ben-Hafsun, sea que el emir no 
cumpliese las clausulas del tratado, el caso es <pie 
se reanudo la guerra en 902. Durante este ano, 
Ben-Hafsun cclebro una entrevista con Ben-Had- 

chach en Carmona. 

— Envfame — le dijo — tus mejores jinetes ai 
mando del "noble arabe" — con este nombre queria 
designar a Tachil ben-abi-Moslim, general de la 
caballerfa sevillana — , porque tengo intencion de 
ir a medir mis fuerzas en la frontera contra Ben- 
abi-Abda; espero vencerle, y al <lia siguiente sa- 
quearemos a Cordoba. 

Tn&hil, que asistia a esta entrevista y que como 
verdadero arabe simpatizaba mas con la causa 
del emir que con la de los espafioles, 6inti6se he- 
rido del tono firme y desdenoso con que Ben- 
Hafsun habia pronunciado estas palabras, 

— Abu-Hafs — le dijo — , no desprecies el ejer- 
cito de Ben-abi-Abda. Es a la vez pequeiio y 
grande, y aunque toda Espafia se reuniese con- 
tra el no volveria la espalda. 

— Noble senor — \e respondio Ben-Hafsun — , en 
vano intentarfas hacerme cambiar de parecer. 






(1) Bcn-Hayan, fols, 98 v. y 102 v. Est© crontsta qule- 
re hacer creer que las primeras proposiciones vlnicron Av 
parte de Ben-Hafsun; pero la aituacifin en quo se hallaban 
los dos parttdoa prueba suficlentemente que los primeros pa- 
B08 tueron dados por el eniiv. 



283 
iQue puede ese Ben-abi-Abda? i Cuantos solda- 
dos tiene ? En cuanto a mi, dispongo de mil seis- 
cientos jinetes; afiade a estos las quinientos dc 
Mastana y los tuyos, que acaso seran otros qui- 
nientos. Cuando todas estas tropas est&i reuni- 
das nos comeremos el ejercito de Cordoba. 

— Puede uno ser rechazado o vencido — repuso 
Tachil — . For lo demas, no puedes disgustarte si 

no te animo en tu proyecto, porque conoces Ids 
soldados de Ben-abi-Abda tan bien como yo. 

A pesar de la oposicion de Tachil, Ben-Had- 
chach aprobo el plan de su aliado y ordeno a su 
general que fuera a reunirse con el. 

Informado por sus espias de que cl general 
ommiada acababa de abandpnar ©1 Genii y de es- 
tablecer su campamento en el distrito de Estepa, 
Ben-Hafsun fue a atacarle. Aunque no tenia aun 
mas que su caballerla, alcanzo un exito brillante 
y mato mas de quinientos hombres al enemigo. 
Por la tai'de lie-go al campamento su infanteria, 
compuesta de unos quince mil hombres. Sin dair- 
ies tiempo para descansar, les ordeno cstar dis- 
puestos para reanudar la roareha; despues, en* 
trando en la tienda de Tachil, le dijo: 

— Vamos, noble senor, salgamos a campana* 

— i Contra quien? — le pregunto Tachil. 

— Contra Ben-abi-Abda. 

— ;Oh! Abu-Hafs, querer obtener dos triunfos 
en un solo dfa seria tentar al Eterno, serfa mos- 
trarse ingrato con 61. Has cubierto de verguenza 
al general enemigo; le has asestado un golpe tan 



284 

terrible que tardara en rehacerse mucho tiempo, 
Diez afios habran cie transcurrir antes de que 
pueda devolvertelo. Ahora guardate bien de m* 
ducirle a tomar una resolucion desesperada, 

— Vamos a abrumarle con fuerzas tan superio 
res que debera dar gracias al cielo si aun le que- 
da tiempo de montar a caballo y buscar su sal- 
vacion en la fuga. 

Tachil se levanto y mando traer sus armas; 
pero mientras se cenia la coraza: 

— jDios es testigo — exclamaba — de que no ten- 
go responsabilidad en este proyecto temerariol 

Mientras los coligados, esperando sorprender 

al enemigo, se ponian en marcha gnardando el 

mas profundo silencio, Ben-abi-Abda, avergonza- 

do todavia de su derrota, se hallaba a la mesa 

con sus oficiales. De repente llamo su atencion 

una nube de polvo que se elevaba a lo lejos. Uno 

de sus me j ores oficiailes, Abd-^al-UahM Ruta, sa- 

M6 inmediaitiamente de la tieauda para ver lo 

que era. 
— Amigos mios — dijo al volver— , la obscuridad 

me impide distinguir bien los objetos; pero me 
parece que Ben-Hafsun vuelve contra nosotros 

con su caballeria y su infanteria, y que espera 
sorprendernos. 

En un abrir y cerrar de ojos, todos los oficia- 
les tomaron las armas, se abalanzaron a sus ca- 
ballos y salieron con los suyos al encuentro del 
enemigo. Cuando se hallaron frenite a este mu- 
chos oficiales gritaron: 



285 

— ;Arrojad las lanzas y combatid al arma 

blanca I 

Esta orden fue ejecutada en el acto, y enton- 
ces los realistas atacaron a sus adversaries con 
tal impetu que les mataron rail quinientos hom- 

bres y los obligaron a refugiarse en su campa- 
mento. 

A ia matiana siguiente el emir recibio la noti- 
cia de que su ejercito habia experimentado pri- 
mero una derrota y en seguida habia conseguido 
un triunfo. Irritadisimo contra los coligados, or- 
deno dar muerte a sus rehencs. Decapitaron a 
tres de los rehenes de Ben-Hafsun; el cuarto, 
Aben-Mastana, salvo su vida promctiendo ser iiel 
en adelante al emir (1). Entonces le toco el tumo 
a Abderrahman, el hi jo de Ben-Hadchach; pero 
su padre no habia escatimado el dinero ni las 
promesas para procurarse amigos en la corte, y 
no habia cesado de decir que tan pronto como el 
emir le restituyese a su hijo, el volvcria a la 
obediencia (2). Entre sus amigos figuraba el es- 
clavo Badr, el cual se decidio a tomar la pala- 
bra en el mismo instante en que iban a cortar la 
cabeza a Abderrahman. 

— Seiior — dijo al emir — , perdona mi audacia y 
dfgnate escucharme: los rehenes de Ben-Hafsun 
han dejado de existir; pero si ahora tambien ha- 
ces matar al hijo de Ben-Hadchach, haras que es- 
tos dos hombres permanezcan unidos contra ti 



U> V6aso Ben-Hayan, fol. 102 v. 
(2> V6ase Ben-Adarl, t. II, p. 129. 



286 

hasta su ultima hora. Es imposible atraerse a 
Ben-Hafsun. porque es espanol; pero no es im- 
posible g&narse la voluntad de Ben-Hadchach, 
porque es arabe. 

El emir mando llamar a sus visires. (1) y ] es 
pregunto su parecer, Todos aprobaron el consejo 
de Badr. Cuando hubieron partido, Badr hablo 
de nuevo al emir, asegurandole que si devolvia 
la libertad al hijo de Ben-Hadchach podria con- 
tar en lo futuro con la fidelidad del jefe sevilla- 
no. Despues, viendo que el monarca vacilaba aun, 
fue a rogar a uno de sus amigos mas influyen- 
tes, el tesorero Tochibi, que dirigiese al emir una 
nota induciendole a seguir el consejo que Badr 
le habia dado. La lectura de este escrito vencio 
las vacilacioncs de Abdala, que encargo entonces 
a Tochibi que fuese a entregar a Abderrahman 
en manos de su padre (2). 

Renunciamos a describir la alegrla que expe- 
rimento Ben-Hadchach cuando pudo abrazar a su 
hijo querido, que tantas veces habia reclamado en 
vano durante seis largos anos. Esta vez supo 
mostrarse mas reconocido que antes. Cuando de- 

cia, en la carta que habia dirigido al emir des- 
pues de la muerte de los Jaldun, que estos le ha- 
bian inducido siempre a la rebelion, parece que 



(l) Ninjrdn omir habfa tenido tantoa visires a la vez. Al- 
gtmas venes t^nia trece. Haben-Hayan, fol. 5 r. 
(2) Ben-al-Cuttu, fol. 45 v.-47 r. Ben-Hayan (fols. 96 y 

slgulentcs) cop!6 este relato; pero, segiin una redaccl6n algo 

dlforente, y en vez de colocarlo en el afio 289 de la H6jira, lo 
lia colocado, por error, en el afio 287. 



287 

decia la verdad. Coraib habia sido su angel malo; 
asi que ahora que aquel hombre perfido y am- 
bicioso ya no existia, se porto de otro modo. Sin 
romper con Ben-Hafsun, al cual continuo envian- 
do presenter (1), dejo, no obstante, de ser su 
aliado, y en vez de mostrarse hostil al emir, le 
envio puntualmente su tributo y su contingents 
en hombres. Su posicion respecto al soberano fue 
de alii en adelante la de un prmcipe tributario; 
pero en sus dominios ejercia un poder ilimitado. 
Tenia su propio ejercito, que pagaba como el 
emir pagaba el suyo; nombraba a todos los em- 
pleados de Sevilla, desde ei cadi y el pi*efecto de 
policia, hasta el ultimo portero o alguacil. No le 
faltaba nada de lo que const! tuye la pompa real, 
ni un consejo aulico, ni una guardia de quinien- 
tos jinetes, ni un manto de brocado sobre el cual, 
bordados en letras de oro, se destacaban sus nom- 
bres y sus titulos. Por lo demas, ejercia noble- 
mente el poder. Justo, pero sevoro, era inflexi- 
/ ble con los maJhechores y mantenxa el orden con 

la mayor firmeza. Principe y mercader, h ombre 
de letras y amigo de las artes, recibla en los mis- 
mos bajeles presentes de los principes cle ultra- 
mar, tejidos de las ciudadcs manufacturers de 
Egipto, sabios de Arabia y cantadoras de Bag- 
dad. La bella Camar, cuyas prendas habla oSdo 
elogiar tanto, que la hizo comprar en una suma 
enorme, y el beduino Abu-Mohamed Odhri, filo- 



(1) Ben-al-Cutia, fol. 47 r. 



288 

logo del Hichaz, eran los mas bellos ornatos de 
su corte. Este ultimo, que cada vez que ola una 
frase incorr-ecta o un vocablo impropio tenia la 
costumbre de exclamar: "jAh, ciudadanos! iQai 
habeis hecho de la lingua?", era un oraculo cuan- 
do se trataba de la pureza del lenguaje y de la 
delicadeza de la expresion. La espiritual Camar 
unia a su talento musical la elocuencia esponta- 
nea, el genio poetico y un noble orgullo. Cierto 
dfa que unos ignorantes, infatuados de su noble 
alcurnia, habian denigrado su origen y su pa- 
sado, compuso estos versos: 

"EJlos dijeron: "Cuando Camar llego aqui, iba 
cubiei*ta de andrajos; hasta entonces su oficio 
habfa sido conquistar corazones a fuerza de lan- 
guidas miradas; caminaba entre el lodo de los ca- 
minos; vagaba de ciudad en ciudad. Es de baja 
extraccion; su puesto no es ngurar entre los no- 
bles, y su solo merito estriba en saber escribir 
cartas y versos." jAh, si no fueran unos palur- 
dos, no hablanan asi de la extranjera! jQue hom- 
bres, Dios mfo, los que desprecian la verdadera, 
la tinica nobleza, la que procede del talento! 
^Quien me librara de ignorantes y de estupidos? 
I Ah! La ignorancia es lo mas vergonzoso del 
mundo, y si fuera necesario que una mujer fuese 
ignorante para entrar en el paraiso, preferirfa 
que el Creador me enviase a los inflernos." 

En general, parece que no hacla gran caso de 
los arabes de Espaiia. Acostumbrada a la exqui- 



289 

sita coftesia que reinaba en Bagdad, &e encontra- 
ba fuera de su ambientc en un pais que habfa 
conservado demasiadas huellas de la rudeza de 
los tiempos antiguos. Solo el principe hallo gra- 
cia a sus ojos, y en alabanza suya compuso estos 
versos: 

"En todo el Occidents no hay un hombre ver- 
daderamente generoso mas que Ibrahim, que es 
la generosidad misma. Nada mas grato que vivir 
cerca de el, y cuando se ha experimentado esta 
felicidad, seria un suplicio vivir en otro pais" (1). 

N T o exageraba al elogiar la generosidad de Ibra- 
him. En este punto todos eran de su opinion; asi 
que los pcetas de Coi'doba, a quienes el avaro emir 
casi dejaba perecer de hambre, corrian en masa a 
su corte, con el laureado poeta Ben-Abd-Rabihi 
a la cabeza. Ibrahim los recompensaba siempre 
con una munificencia verdaderamente regia. Solo 
una vez no did nada: cuando Calf at, mordaz sa- 
tirico, le recito un poema llcno de amargos sar- 
casmos contra los ministros y cortesanos de Cor- 
doba. Aunque acaso tuviera agravios contra al- 
gunos de aquellos personajes, Ben-Hadchach no 
dio ninguna muestra de aprobacton, y cuando el 
poeta concluyo, le dijo friamente: 

— Te has enganado si has creldo que un horn- 



(1) Saliml— apud Marori, t, II, p. 07— clta un trozo do 
verso quo atribuye a Camar. y do dondo podriu doduclrse 

Que padecfa nostalgia; pero estos versos son evklentemonto 
de un hombre y no do una mujer. 

Hist, musuijuanes. — T. II ID 



290 

bre como yo puede gozar escuchando tan inno- 

bles injurias. 

Calfat regreso a Cordoba eon las manos va- 
cias. Contrariado y Turioso, comenzo a vomitar 

su bilis: 

— No me censures, no me censures, ;oh, esposa 
mia!, si no ceso de llorar desde el viaje que hice- 
Este viaje me ha causado un dolor de que no> 
podre consolarme nunca. Esperaba encontrar alii 
un hombre generoso, y no he encontrado mas 
que un estiipido buho. 

Ben-Hadchach no era hombre que affuantase ta- 
les groserias, y cuando supo como se vengaba el' 
poeta, 2e mando a decir estas palabras; "Si no 
dejas de difamarme, te juro por lo mas sagrado 

que te hare cortar la cabeza en Cordoba y en 
tu propio Iecho." Desde entonces, Calfat no com- 
puso mas satiras contra el senor de Sevilla (1). 



(La reconciliation del emir con Ben-Hadchairfr 

initio una nueva era, la del restablecimiento del 
poder real. Se villa habia sido el punto de apoy& 

de la rebelion en todo el Occidente; asi quo en 
cuanto este punto de apoyo 11 ego a faltar, tod.* 
Jos demas distritc's, desde Algeciras hasta Nie 






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(1) Bon -Hay an, fols. S v.-ll r. ; 37 V.-98; Beu Adari, \ 

tomo 11, pp. 130-132; Macari, t. II, p. 97. 



291 

bla, vol vie ran forzosamente a la obediencia (1). 
Durante los nueve ultimos afios del reinado oe 
Abdala pagaron. cl tributo con tal r-eguilaridad 
que no' ei*a necesario enviar tropas por aquelia 
parte. El emir podia, por lo tanto, dirigir todas 
sus fuerzas contra el mediodia. Tan feliz resul- 
tado ei'a debido a los prudentes consejos de Badr; 
asi que el emir le estaba muy agradecido y le 
dio las pruebas mas fehacientes de su recc/noci- 
miento. Le confirio el tftulo de visir, le admit 16 
en su intimidad y le otorgo una confianza tan 
grande que, aunque Badr no oaten taba cl tftulo 
de primer ministro, de hecho lo ei*a (2). 

En el Mediodia las campanas del emir fuero'n 
en adelante casi siempre felices. Su ejercito tomo- 
a Jaen en 903; en 905 gano la batalla de Gua- 
dalbollon contra Ben-Hafsun y Aben-Mastana; en 
906 arrebato Canete a los Beni-al-Jali; en 907 
obligo a Axchidona a pagar tributo; en 909 arran- 

co Luque a Aben-Mastana; en 910 conquisto B?.e- 
za, y al ano sdgutente los habitantes de Iznnjar 
se sublevaron co'ntra su sefior, Pachil-aben-Sa- 

lama, yerno de Aben-Mastana, le mataron y en- 
viaron su cabeza ail emir (3). Aun la situacion del 

Norte habia mejorado notablemente. Hubo un ins- 

tante — en efl ano 898 — en que se temio que el 

mas poderoso espaflol del Norte y el mas pode- 



(1) Ben-al-Cutia, fol. -17 r. 

(2) Ben-al-Cutia, fol. 47 r. ; Bon-Hayan, fols. 4 r. y i) v. 

(3) Ben-Hayan, fola. 102 v., 104 r. y v., 105 i\, 106 v. y 
107 v. 



(1) Ben-Hayan, fols. 94 v., 95 r., cf. 12 v., 13 r. ; Ben-al- 
Cutia, fol. 47 v.; Ben-Adari, t. II, p. 143; Manuacrlto de 
Meya. 

(2) Ben-Hayan, fols. 13 r., S9 v., 94 v.; Artb, t. II, 
paginas 145, 146 y 147. 

(3) Arlb, t. II, pp. 147, 152 y 153. 



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292 

roso espaiiol del Mediociia llegaran a entablar 
alianza. Mohamed-aben-Lope, pcrteneciente a la 
familia de los Beni-Casi, habia prometido ir a la 
provincia de Jaen para cc/nferenciar con Ber.- 
Iiafsun. La guerra que tenia que sostener contra 
Alancar, gobernador de Zaragoza, le impidio ve- 
nir en persona; pero envio en lugar suyo a su 
hijo Lope, el cuall habia llegado ya a la provin- 
cia de Jaen, dc'nde esperaba a Ben-Hafsun, cuan- 
do recibio la noticia de que su padre, que sitiaba 
a Zaragoza, habia sido muerto — octubre del m;1o 
898 — , y entonces volvio a su patria sin esperar 
la llegada de Ben-Hafsun. En lo sucesivo no vol- j 

vio a hablarse mas de >este proyecto de ailianza $ 

que habia inspirado a la corte muy serios temo- 
res (1), y Lope, lejos de mostrarae hostil al emir, 
solicito sus favores; asi que el monarca le noni- 
bro gobemador de Tudela y de Tirazona. Lo-pe 
empleo sus fuerzas en guerras continuas contra 
sus vecinos, tales como el seiior de Huesca, el 
conde de Barcelona, el rey de Leon, el conde de 
Pal lares y el rey dte Narvarra, haata que fue muer- 
to en un combate entablado ccta este ultimo 
■--907 — (2). Su hermano Aibdaila, que l»e ©ucedio, 
volvio tambien sus armas no contra el emir, dno 

contra el rey de Navarra ( 3 ) . Los Beaui-Casi 



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293: 

habian cesado de .ser temibles para los Om- 
miadas. 

Evidentemente, las cosas tomaban en totias par- 
tes un aspecto mas tranquilizador. En Cordoba 
se miraba ya el porvenir con mas confianza. Los 
poetas dejaban oir cantos de victoria que no se 
habian esouchado hacia muchos afios ( 1 ) . Sin 
embargo, el poder real no habia hecho aun mas 
que progresos muy lentos, sin haberse logrado 
nada decisivo, cuando Abdala murio el 15 de oe- 
tubre de 912, a la edad de sesenta y ocho aflds, 
despues de veinticuatro de reinado. 

El presunto beredero del trono se llamaba Ab- 
derrahman. Era bijo del primogenito de Abdala, 
del infortunado Mohamed, que habia sido asosi- 
nado po*r su hermano Motarrif, de orden de su 
padre (2). Huerfano desde su mas tierna infan- 
cia, habia sido educado por su abuelo que, aco- 
sado sin cesar por los remordimientos de su con- 
ciencia, parecia haber concentrado en este nifio 
tddo el afecto de que era capaz y hacia mucho 
tiempo que le habia designado para sucederle (3). 

Pero Abderrahman no contaba entonces mas 

r 

que veintidos anos (4), y podia temerse que sus- 
tios carnales o sus tios segundos le disputasen 
la corona, porque no habia alii ley que regulase 



(1) V6anse los versos que se eneuentran en Ben-Hayan, 

folio 105 r. 

(2) Vease mi Introducci6n a la cr6nica de Ben-Adari,. 

pagtnaa 47 y 50. 

(3) Ben-Adari, t. II, p. 162, 

(4) Habia nacido el 14 de enero del 891. 



294 

la sucesion; cuan-dtf el trono quedaba vacante su- 
tia a 61 de ordinario el mayor o el mas capa- 

•citado de la familia real. Contra todo lo que <^a 
de esperar, nadie se opxiso a la e2 evasion de Ab* 
derrahman, y lo que es mas, todos los principes y 
cortesanos saludaron este acontecimiento con ale- 
gria viendo en el la prenda de un porvenir de 
prosperidad y gloria. Es que el joven princIpe 
habia sabido ya hacerse amar y habia inspirado a 
cuantos le conocian una alta idea de su t?J on- 
to (I). 

Abderrahman III, ail proseguir la obra comen- 

zada por su abuelo, siguio un eamino completa- 
mente contrario. La poilitica circunspecta y tor- 
tuosa de Abdala rue su«tituida por una politica 
franca, atrevida y audaz. Desdefiando los termi- 
nos medios, anuncio altivamente a los insurrec- 
tos espanoles, arabes y berberiscos que lo que 
querfa de ellos no era un tributo, sino sus casti- 
llos y sus ciudades. Prometia a los que se some- 

tiesen arnplio y ccampleto perdon, y amenazaba a 
los otros con un ejemplar castigo. 

Parece a primera vista que semejantes pre- 
tensiones debian coligar contra el a toda Espana; 
pero no fue asi. Su nrnreza no indisponia: avasa- 
llaba; y la lfnea de conducta que seguia, lejos de 

ser insensata, era la que indicaba claramente el 
^estado de las cosas y de los espiritus. 

Poco a poco todo habia cambiado. La aristo- 



(1) Ben-Adari, t. II, p. 1G2; Aril), t. II, p. 163 ; compi- 
rensc los dos versos que cita Macari, t. II, p. 508. 



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295 

-cracia arabe no era ya lo que habia sido al co- 
mienzo del reinado de Abdala. Habia perdido sus 
mas ilustres jefes; Said aben-Chudi y Coraib 
Aben-Jaldun ya no existian; Ibrahim ben-Had- 
chach tambien acababa de morir (1), y no habfa 
nadie con suficiente talent o y consideration para 
■ocupar el puesto que la muerte de estos hombres 
superiores habia dejado vacio. Quedaba el partido 
■espsiholy que conservaba aun la mayoria de sus 
jefes y no parecfa haber perdido mucho" de su 
poder. Pero estos jefes iban envejeciendo, y el 
mismo partido no era ya lo que habia sido trein- 
ta anos antes cuando, lleno ae ardor y de entu- 
siasmo se habia levant ado por un comun invpul- 
so a la voz de Ben-Hafsun para sacudir el yugo 
<ie la domination extranjera. Aquel primer ardor 
se habia calmado y enfriado. A la ardiente y vi- 
gorosa generation del ano 884 habia seguido una 
generation nueva que no tenia ni los agravios, 
ni el orgullo, ni las pasiones, ni la energia de la 
precedente. No habiendo sido oprimida por el po- 
der real, no tenia motivos para odianle. Se que- 
jaba, es verdad, se consideraba profundamente 
desgratiada; pero los males que deploraba no 
eran los del despotismo, sino los de la anarquia 
y la guerra civil. Veia constantemente a las tro- 
pas del emir o a las de los insurrectos asolar 
campos que prometian una abundante cosecha; 



(1) En 910, o en el ano siguiente; v6aae Arib, t. II, 
pagina 153 (cf. p. 150), Ren-al-Abar. p. i>7. La fecha que se 
*?ncuentra en Ben-AdaH, t. II, p. 132, es errfinea. 



296 

cortar olivos en flor y naranjos cargados de fru- 

tos; incendiar caserlos y aldeas; pero lo que no 

vela, lo que siempre esperaba en vano, era el 
triunfo de la causa nacional. Cierto que el trono 
del emir se tambaleaba a veces; pero poco des- 
pues se alzaba de nuevo firme como una roca. 
Esto era poco alentador. Acaso no formulaban su 
pensamiento fntimo; pero, a no dudarlo, sentian 
instintivamente que cuando una insurreccion na- 
cional no consigue su objeto al primer impetu, 
no lo consigue nunca. Tal habia sido la impre- 
sion general cuando los exitos alternaban aun 
para los dos partidos; mucho peor debia ser 
cuando los insurrecto*; no experimentaban mas 
que reveses y en vez de avanzar atrasaban. Co- 
menzose entonces a preguntar de que habia ser- 
vido la ruina o la muerte de tantos valientes, y 
si valfa la pena de dejarse despojar o matar por 
una causa que el c'ielo no parecia favorecer. La 

poblacion de las grandes ciudades, es decir, la que 
estaba mas ansiosa de reposo y bienestar, habia 
sido la prirnera en dirigirse >csta pregunta, y, no 
hallando respuesta satisfactoria, se habia dieho 

que, bien eonsiderado todo, vaMa mas la paz a 

oualquier precio, con indnstria y es,peranza de en- 
riquecerse, que la guerra patriotica con desorden 

y anarquia. Por esto Elvira se habia sometido 
espontanearmente, Jaen se habia dejado conquis- 
tar y Archidona habia consentido en pagar tri- 
bute. En la Serfanfa, cuna de la insurreccion, el 
entusiasmo habia tardado mas en enfriarse; pero 



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297 

tambien alii comenzaron a manifestarse sinto- 
mas de cansancio y desaliento. Los serranos ya 
no se apresuraban a afiliarse a la bandera nacio- 
nal, por lo que Ben-Hafsun se habia visto obli- 
gado a seguir el ejemplo del emir y tomar a suel- 
do soldados mercenaries de Tanger (1). Desde 
entonces la guerra perdio mucho de su caracter 
primitivo. Se hizo aun mas ru'inosa, porque el ob- 
jeto que se proponfan los dos bandos era impe- 
dir que el enemigo pudiera pagar a sus tropas 
africanas; pero ya no tenia la t energia salvaje de 
otros tiempos, ya no era tan sangrienta. Los be- 
reberes de Tanger, siempre dispuestos a alistar- 
se bajo la bandera enemiga por el menor aumento 
de soldada— -vease la nota D al final de este 
volumen — , no consideraban la guerra mas que 

como un juego lucrative; cuidaban a sus adver- 
saries, porque la vispera habian sido sus cama- 
radas y lo serian quiza al dia siguiente. En mu- 
chos combates no resultaban mas que dos o tres 
hombres muertos, y hasta hubo algunos en que 
no murio nadie. Cuando habian sfdo heridos algu- 
nos hombres y se habia cortado los jarretes a al- 
gunos caballos, creian haber heeho bastante (2). 
Querer conquistar la independencia con tales sol- 
dados, cuando d levantamiento en masa de una 
poblacion irritacTa y entuslasta no habia bastado 
para conseguirlo, era — harto lo comprendian — un 
proyecto quimerico. El mismo Ben-Hafsun pare- 



(1) Ben-Hayan, fol. 91 v. 

(2) Ben-Hayan, passim. 



298 

ce que estaba convenciclo de ello, porque el ano 

r 

909 habia reconocido como soberano suyo a Obai- 
dala el Xiita, que acababa de arrebatar el norte de 
Africa a las Aglabidas ■ (1). Esta singular alian- 
za no produjo ningun resultado; pero prueba que 
Ben Hafsun no se atrevia ya a con tar con sus 
£ompatriotas, 

Anadase a estas causas de decaimiento general 
de las convicciones y de los amnios la profunda 
desmoralizaci on de los duenos de los castillos, so- 
bre todo en las provincias de Jaen y Elvira. Es- 
tos senores habian olvidado por completo que ha- 

I 

bian empunado las armas por un motivo patrioti- 
co. Dentro de sus torres del homenaje, que se 
elevaban hasta las nubes, se habian convertido 

r 

en salteadores sin fe ni ley, que tiesde lo alto de 
sus muros almenados acechaban a los caminantes 
y caian sobre ellos con la rapicLez de las aves de 
rapina, sin distingulr al amigo del enemigo. En 

todos los.caserios y en todas las ciudades se mal- 
decfa a estos tiranos, y el que derrlbase sus colo- 
sales torres y los muros de sus detestados casti- 
llos podia estar seguro del reconocimiento de las 
poblaciones dedos abededores. ^Quien habia de ha- 
oerlo si el emir (no lo hacia? ^No es natural que 
las esperanzas del pobre pueblo se cifrasen en 61 *i 
Ademas, preciso es advertir que la lucha habia 
perdido el cara'cter nacionai, y, por decirlo ad, 
universal, que habia" tenido en su origen, para 

(1) Aben-J&ldun, tol. 11 v. 



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299 

convertirse en meramente religiosa. Hasta enton- 

■ces Ben-Hafsun no habia hecho distincion entre 
musulmanes y cristianos; no preguntaba a nadie 
la religion que profesaba: -bastabale que fuera 
espanol, que quisiera combatir por la buena cau- 
sa y que supiese esgrimir una espada. Pero des~ 
•de que el y Aben-Mastana. (1), su mas poderoso 
.aliado, abrazaron abiertamente el cristianismo ; 
desde que, devolviendo a la religion su pompa an- 
tigua, habian hecho construir por todas partes so- 
berbias iglesias, no sucedia otro tan to. Ahora, 
Ben-Hafsun o Samuel, como se hacfa llamar, no 
-otorgaba su coirfianza mas que a los cristianos, y 
eran solamente para ellos los puestos lucrativos 
y las altas dignidades. Bobastro se habia conver- 
tido en el foco de un fanatismo tan sombrio y aus- 
tero como el que sesenta anos antes habia ani- 
mado a los monjes de Cordoba. La misma hija de 
Ben-Hafsun, la entusiasta y valerosa Argentea, 
daba el ejemplo. Resistiendo a las instancias de 
su padre, que, al perder a su mujer, Colomba, 
habia querido encargarla de los cuidados domes- 

tieos, habia fundado en el palacio mismo una espe- 
cie dc convento, y desesperando, como tantos 
otros, del triunfo de los andaluces, se dejaba de- 
vorar por la sed del martirio, pues un monje le 
habia vaticinado que estaba destinada a morir 
por Cristo (2). Este celo por la religion cristia- 



(1) Veanse los versos que se encuentran en Ben-Ha 
van. fol. 105 r. y v. 

(2) Vita Beat. Virg. Argentea, c. 2 y 






300 

na y este desden hacia los musulmanes no agra- 
daban del todo a gran parte de los que hasta en- 
tonces habian combatido por la independencia del 
pais. Muchos de ellos, a pesar del odio que profe- 
saban a los arabes, eran sineera y fervientemen- 
be adictos a la religion que les habian ensenado, 
pues ya se sabe que el espafiol es casi siempre un 
exaltado creyente, cualquiera que sea la religion 
que haya adoptado. Otros, los que antes eran sier- 
vos y sus descendientes, querian impedir a todo 
trance que el cristianismo volviera a ser de nne- 
vo la religion dominante, porque si Uegaba a ser- 
lo no dejarian de resucitar antiguas pretensio- 
nes de las cuales serf an victimas. La religion se 
habfa convertido, pues, en la tea de la discordia. 
En todas partes los espafioles musulmanes y los 
espafioles cristianos se observaban con ojos des- 
confiados y celosos; en algunos distritos hasta se 
hacian una guerra mortifera. En la provincia de 
Jaen el renegado Ben-as-Xalia, cuando volvio a 
apoderarse de Cazlona, fortaleza que los cristia- 
nos le habian quitado, paso toda la guarnicion a 
cuchillo-— 898— (1). 

Asi, pues, este partido era mucho menos fuerte 
de 3o que parecfa. No tenia ya aquel fuego sagra- 
do que es lo unico que impulsa a realizar actos 
grandes y heroicos; estaba desunido; no subsistia 
anas que pagando mercenaries africanos; estaba 
cansado de desorden; contaba en su seno con una 



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(1) Bcn-Adari, t. II, p. 143. % 



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301 

ttirba de personam a quienes no repugnaba la idea 
de una reconciiiacion con el emir, defensor na- 
tural de la ortodoxia f con taj que ese emir no 
fuese Abdala. Reconciliarse con este tirano mi- 
santropo e hipocrita, que habia envenena<lo a dos 

de sus he rm anas, hecho ejecutar a un tercero y 
matar a dos de sus hijos, por simples sospechas, 

sin formacion de causa (1); reconciliarsc con se- 

mejante monstruo era imposibie. Pero at fin ha- 

I bia muerto, y su sucesor no se le parecia en nada. 

) Este principe tenia todo lo necesario para cap- 

i tarse las simpatias y la confianza del pueblo, todo 

Jo Que agrada, de&l umbra y subyuga. Tenia ese 

exterior que no es dado en vano a los reprosen- 

f tantes del poder, uniendo a la gracia que seduce 

| el esplendor que impone (2). Tedos Ion que st- 

u 

I acercaban a el alababan su talento. su clemencia 
j y la bondad de que ya habia dado pruebas, ordc- 
\ nando la reduccion de los impuestos (3). Int.v 
I resaba ademas a las almas sensibles por la triste 
j .suerte de su padre, asesinado en la flor de la 
edad, y no se habia olvidado que su padre habia 

buscado un dia asilo en Bobastro, afiliandose en- 
tonces bajo el estandarte nacional. 

El joven monarca wubia, pues, al trono bajo 
auspicios muy favorables. Las grandes ciudades 
no deseaban otra cosa que abrirle sus puertas. 
Ecija les did el ejemplo. Dos meses y medio des- 






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(1) Bun-AdaH, Introduccl6n, pp. \\ y 62. 
<2i Bcn-Adari. t. II, p. 161. 
<:;> Aben-Jaldun, fol. 12 v. 



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302 



pues de la muerte de Abdala — 31 de diciembre 
del 912 — se rindio a Badr, que la sitiaba y que 
acababa de recibir el tituslo de haehib, primer mi- 
nistro (1). Pero Abderrahman qucria recoger por 
si mismo los laureles en el campo de batalla. Des- 
de la primavera, en abril del 913, tomo el mando 
del ejercito para ir a someter a los casiellanos 
de Jain. Hacia muchos aiios que las tropas na 
habian visto un emir a su cabeza; desde la cam- 
pafia de Carabuey, en 892, Abdala no se habia 
presentado en el campamento (2), y la ausencia 
del mcmarca habia ejercido, sin duda, una influen- 

cia perniciosa .sobre la rnoral de los soldados; asf 
que ahora saludaban can entusiasmo al joven y 
brillanfce monarca que queria compart ir con ellos 
no solamente su gloria, sino tambien sus fatigas 
y peligros. 

Cuando 11 ego a la provincia de Jaen, supo Ab- 
derrahrman que Ben-Hafsun habia entablado ne- 
gociaciones con el partido revolucionario de Ar- 
chidona (3 ) , y quis e&peraba hacers-e dueiio de 
esta ciudad. Destaeo en seguida una brigada y 
ordeno al general que la mandaba fuese a caer 
sobre Archidona con la mayor velocidad posible. 
El general lo hizo tan bien que Ben-Haifs-un que- 
(16 frustrado en su esperanza. 



(1) Vease Arib, t. II, pp. 164 y 165. 

(2) Ben-Hayan, fol. SI r 

(3) Arib so equlvoca cuando piensa que ya en esta 6poca. 
era Malaga la capital de la provincia de Regie. Veanse 
mis fnvestigaciones, t. I, pp. 322 y 323, 






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303 

Por su parte, el emir fue a poner sitio a Mon- 

teleon. El senor de este castillo, Said ben-Hodail, 

uno de los mas antiguos aliados de Ben-Hafsun, 
quiso mejor negociar que combatir. El domingo 

vio atacada su fortaleza, y el martes siguiente 

la rindio. Ben-as-Xalia, Ishac ben-Ibrahim, el se- 
nor cle Mcntesa y otros siete castellanos apenas 
esperaron a que el emir llegase delante de las 

puertas de sus fortalezas para someterse y pedir 

el aman. Abderrahman se lo concedio, los envio a 
Cordoba bien escoltados, con sus mujeres y sus 
hijos, e instalo a sus Iugartenientes en las forta- 
lezas que ell os acababan de abandonar. En la pvo- 
vincia de Elvira ocurrio todo de la misma mane- 

ra, y el emir no encontro resistencia hasta llegar 
a Finana. Allf los partidarios de Ben-Hafsun te- 

nian la supremacia y habian persuadido a los 
de-mas vecinos de que la ciudad era inexpugnable. 
Sin embargo, la resistencia no fue* larga. Habien- 
do vis to arder las casas situadas en la vertiente 
de la montana, en cuya cima estaba asentada la 
ciudad, los tibios comenzaron las negociaciones y 
consintieron en entregar a los exaltados como 
exigfa el emir. Despues, Abderrahman se aventu- 
ro en los senderos casi inaccesibles de Sierra Ne- 
vada. Alii tambien se rindieron todos los castella- 
nos, sin excepcion alguna. Supose entonces que 
Ben-Hafsun amenazaba a Elvira. Sin perdida de 
momento, el emir envio tropas en socorro de esta 
ciudad, y en cuanto recibio este refuerzo, la mi- 
licia de Elvira, ansiosa de mostrar su celo, s"e 



304 

puso en marcha para rechazar al enemigo, 
lo encontro cerca de Granada y lo puso en 
fuga, haciendo prisionero a un nieto de Bei^ 
H at sun • 

Entretanto, Abderrahman sitiaba a Juviles, 
donde los cristianos de otros castillos se habian 
refugiado. El asedio duro quince dlas, al cabo de 
los cuales los andaluces musulmanes imploraron 
la clemencia del soberano y prometieron entre- 
garle a los cristianos que se hallaban entre ellos. 
Cumplieron su promesa, y todos los cristianos 
fueron decapitados. Despues, pasando por Salo* 
brena y tomando el camirio de Elvira, el emir ata- 
co y tomo a San Esteban y a Peiia Forata, dos 
nidos de buitre que eran el terror de los habitan- 
tes de Granada y Elvira. 

Desde entonces las provincias de Elvira y Jaen 
quedaron pacificadas y expurgadas de bandidos. 
Una campana de tres meses habia bastado para 
obtener un resultado tan importante (1). 

Tocole entonces el turno a la aristocracia se- 
villana. 

De&pues de la muerte de Ibrahim ben-Hadchach, 
le habfa sucedido en Sevilla su hijo mayor, Abde- 
rrahman, y en Carmona su hijo segundo, Moha- 
med; pero habiendo muerto Abderrahman en 913, 
JVlohamed — idolo de los p-oetas, a quienes co-lmaba 
de dones como habia, hecho su -padre — quiso tam- 
bien hacerse proclamar senor de Sevilla. No io 



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(1> Arib, t. II, pp. 16U-1G9. 



305 
consiguio. Habia ya dado pasos para aproxunarse 
al m on area, y en Sevilla quorlan permanecer in- 
dependientes; se le acusaba, ademas, de haber he- 
cho envenenar a su hermano, lo que no era, tal 
vez, mas que una calumnia. Eligieron, pues, en 
perjuicio suyo a su primo hermano Ahmed aben- 
Maslama, un valiente guerrero. Mohamed quedo 
prcfundamente rescntido. y como el emir, que no 
habia querido rcconocer al nuevo seiior, habfa 
enviado un ejercito contra Sevilla, se traslad6 a 
la corte para ofrecerle sus servicios, que fuei'on 
aceptados por el emir. 

El sitio fue sostenido con tanto vigor que Ah- 
med aben-Maslama pronto se vio obligado a bus- 
car un aliado. Se dirigio a Ben-Hafsun, el cual 
vino una vez mas en socorro de la aristocracia 
arabe amenazada. Pero la fortuna le habfa vuel- 
to la espalda. Habiendo salido de Sevilla con sua 
aliados para atacar las tropas del emir, que ha- 
bian establecido su cuartel general en la orilla 
derecha del Guadalquivir, sufrio tan terrible de- 
rrota que, dejando que los sevillanos se arregla- 
ran ooffno pudieran, volvio precipitadamente a Bo- 
bastro. 

Ahmed aben-MasIama y los demas nobles de 
Sevilla comprendieron entonces que serfa inutil 

prolongar la resistencia. Entraron, pues, en ne- 
gociaciones oon Badr, que acababa de llegar al 
campamento, y cuando obtuvieron la promesa de 
que el gobiemo conservaria los usos y costumbres 
que habfan tenido durante la jefatura de los Had- 

HlST. MUaULMANES. — T. IT 20 



306 

ehach, abrieron las puertas de su ciudad, el 20 He 
diciembre del 913 (1). 

Mohamed-ben Hadchach, que habia contado con 
qup si se tomaba Sevilla seria en provecho suyo, 
y a quien habian ocultado cuidadosamente la ne- 
gociacion entablada, quedo muy sorprendldo cuan- 
do recibio de parte de Badr una carta en que le 
anunciaba que la ciudad se habia rendido y que. 
por consiguiente, podia retirarse. .Retirose, en 
efecto, pero con el corazon henehido de colera y 
jurando vengarse. Al volver a Carmona se apode- 
to de un ganado que encontro perteneciente a los 
habitantes de Cordoba. Despues, encerrado en su 
fortaleza, desafio al emir. Este no se enfado con 
el. Le envio un ernpleado de la corte y le di6 a 
entender, de un modo a la vez cartes y firme, que 
ya habfan pasado los tiempos en que los nobles 
podfan apoderarse impunemente de loa bienes aje- 
nos y que, por consiguiente, tenia que devolver 

^ 

el ganado nobado. MoMmed se dejo persuadir y 
restituyo el ganado; pero, a pesar de su singular 
talento, desconocfa aun la nueva faz de los tiem- 
pos. Habiendo sabido que el gobierno mandaba de- 
moler las murallas de Sevilla, quiso aprovechar la 
ocasion para apoderarse de la ciudad con un gx>l- 
pe de mano, y el dfa menjois pensado fue a atacar- 
la. Fracaso en su terneraria empresa, y el emir 
se digno, una vez mas, enviarle a uno que le 

^ 

pusiera al corriente de las nuevas ideas. El pre- 



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(1) Ben-Adarf, t. IT, pp. 133 y 134; Arib, t. IX, p. 163. 



307 

fecto de policia, Casim-ben-Ualid el kelbita fue 
ei encargado de esta mision. La eleccion no podia 
ser mas acertada; Casim, que en el reinado de 
Abdala habia sido durante algunos meses colega 

die Ibrahim ben-Hadchach, era amigo intimo de 
Mohamed, y aim recientemente, en el sitio de Se- 
villa, se los habia visfco. siempre juntos. Asi que 
el emir no quedo defraudado en sus esperanzas: 
Casim cumplio su misi6n con tanto tacto e ioiteli- 
gencia, y hablo tan bien, con tanta persuasi6n, 
que Mohamed acabo por prometer que iria a la 
corte con tal que se le permitiera dejar a su lu- 

F 

garteniente en Carmonaj y habiendo consentido 

en ello el emir, trasladose a Cordoba con nume- 
raso sequito en abril del 914. El monarca le re- 
cibio con los mayores miramientos, le hizo her- 
mosos presentes, lo mismo que a sus hombres de 
armas; le confirio el titulo de visir y le indujo a 
acompanarle en la nueva campafia que iba a em- 

prender (1). 

Esta vez el emir tenia intenci6n de atacar la 
insurreccion -en su punto central, en la Serrania 
de Regio. Cierto que no podia esperarse alii ob- 

" i 

tener ventajas tan rapidas y brillantes como las 
conseguidas el ano precedente en las provincias 
de Jaen y Elvira. En la Serrania, de donde el is- 

■ ^ - I 

lamismo habia sido desterrado casi por comple- 



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to, habia que hablrselas con los cristianos, y Ab- 

T -^ 4 

derrahman habia ya experimentado que los espa- 



(1) Ben-Adari, t. II, pp. 134 y 135. 



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308 

fioles cristianos se defendian con mas teson que 
los espanoles musulmanes. Sin embargo, creia 
que aun entre los cristianos habria algunos que, 
convencidos no solo de su firmeza, sino tambien 
de su lealtad, se someterian espontaneamente. Y 
en efecto: el gobieiTO, preciso es decirlo en honar 
suyo, procedfa con la mayor rectitud con los cris- 
tianos que habian capitulado. Habia ocurrido re- 
cientemente que la querida de un seftor cristiano, 
que se habia rendido un ano antes y que ahora 
residfa en Cordoba se habia dirigido al cadi di- 
ciendo que, siendo musulmana y de condicion 
libre, queria ser emancipada de la dependencia 
en que estaba, puesto que no era pe2*mitido a un 
cristiano tener una musulmana por concubina. 
Mas apenas el primer ministro, Badr, supo que 
se habfa presentado esta dcmanda, cuando envio 
al cadi alguien que le dijera en su nombre: "El 

cristiano de que se trata no &e ha rendido sino en 
vlrtud de una capitulacion que no es licito vio- 
lar, pues tu sabes mejor que nadie que los tra- 
tados deben ser cumplidos escrupulosamente. No 
intentes, pues, quitar esta esclava a su dueno." 

El cadf quedo un poco sorprendido de este men- 
saje y se figu/ro que el ministro usurpaba sus atri- 
buciones. 

— £Es realmente el hachib el que te envla? — 
pregunto a/1 mensajero; y cuando este le hufoo res- 



pondido afirmativanuite, dijo — : Bien bien, ve a 
decir a tu senor que mi deber es respetar todos 
los juramentos y que no puedo exceptuar el que 



309 

yo mismo he prestado. Voy a ocuparme, dejando- 

]o todo, en la demanda de esta senora, que es 
musulmana y libre, fijate bietn. 

Cuando hubo recibido esta respuesta, no pudo 
dudar el nvhristro de la disposicion en que se ha- 
Uaba el cadi. Sin embargo, le mando a d-ecir to- 
davi'a: "No tengo intencion de entorpeeer el curso 
de la justicia, y nunca me permitiria exigirte un 
fallo inieuo. ho unico que te pido es que ten- 
gas en consideracion los derechos que este sefior 
cristiano ha adquirido al ultimar un tratado con 
nosotros. Ya sabes que tenemos el deber de tra- 
tar a los cristianos con equidad y con las mayo- 
res consideraciones. Decide ahora tti mismo lo 
que debes hacer" (1). 

FA cadi, £se dejo persuadir, o creyo, por el con- 

trario, que la ley est aba por cima de los trata- 
dos? Se ignora; pero la conducta de Badr en esta 
ocasaon prueba en todo caso la sineeridad del go- 
bierno y el espiritu de conciliacion que le anima- 
ba. Era una politica noble y hermosa; afiadamos 
a esto que era propia del caracter de Abderrah- 
man. Este monarca era tan poco exclusivista que 

una vez quiso dar el empleo mas elevado de la 
magistratura, el de cadi de Cordoba, a un rene- 
gado cuyos padres eran cristianos todavia, y cos- 
to mucho trabajo a los faquies hacerle abando- 
nar este proyecto (2), 

No se engano Abderrahman en sus esperanzas 



(1) Joxani, pp. 333 y 334. 

(2) Joxani, p. 33G. 



j ^ 



310 

respecto de los cas-tellanos cristianos de la Serra- 
nfa. Muchos de ellos demandaron y obtuvieron la 
amnistia; pero Tolox, cuya guamicion animaba 
Ben-Hafsun con su presencia, sc defendio con 
tanta tenacidad que el emir no pudo conquistar- 
lo. Una vez la guarnicion hizo una salida, y en- 
tonces se libro un combate muy sangriento (1). 
Otro castillo opuso tambien tanta resistencia que 
encolerizado Abdurrahman juro no beber vino ni 
asistir a ninguna fiesta hasta que le hubiese to- 
rnado. Pronto quedo desligado de su juramento, 
porque no solo se apodero de este castillo, sino 
tambien de otro (2). Hacia la misma epoca, su 
flota le presto un gran servicio, apresando mu- 
chos bajeles que traian viveres para Ben-Hafsun; 
a tal tstrechez se hallaba reducido este jefe, que 

tenia que surtirse en Africa (3). 

Al volver a su capital, paso el emir por Alge- 
ciras y despues por las provincias de Sidona y 
Moron. Quena dirigirse a Carmona, y el 28 de 
junio deil 914 llego a las puertas de esta plaza. 

Habib, el lugarteniente de Mohamed, habia en- 
arbolado el estandarte de la rebelion. iLo habia 

hecho motu proprio? Parecia dudoso; deciase que 
lo habfa hecho instigado por su senor, y Abde- 
rrahman, que creia esta acusacion fundada, en- 
caroelo a Mohamed y le despojo de su dignidad 
de visir. Despues comenzo el asedio de Carmo- 



(1) Arlb, t. II, p. 171. 

<2) Ajbar Machmua, fol. 116 r. y v. 

(2) Arib, t. U. p. 171. 



311 

na. Habib no se defendio mas que veinte dias, al 

cabo de los cuales demand 6 y obtuvo el aman. 
En cuanto a Mohamed ben-Hadchach, como ya 

no era temible le pusieron pronto en libertad; 
pero no disfruto mucho tiempo esta gracia, por- 
qu>e murio €n abril del 915 (1). Fue el ultimo de 
los Hadchach que desempefio papel en la His- 
toria. 

En 915, un hambre terrible ocasionada por una 
iarga sequia no permitio emprender la campa- 
ria. Los habitantes de Cordoba morian a millares 
y casi faltaban brazos para enterrar a los muer- 
tos. El emir y su ministro hicieron todo lo posi- 
ble para aliviar la miseria; pero les costo mucho 
trabajo contend* a los insurrectos que acosados 
por el hambre ^alian de sus montanas para apo- 
derarse de los pocos vlveres que aun quedaban en 
las llanuras (2). Al afio siguiente fueron conquis- 
tadas Orihuela y Niebla, y ya el emir habia res- 
tablecido su poder de tal modo que pudo empren- 
der correrfas contra los cristianos del Norte (3), 
cuando la muerte vino a librarle de su mas terri- 
ble enemigo, pues en el afio 917 Ben-Hafsun dejo 
de existir. Este acontecimiento causo gran alegria 
en Cordoba, pues ya nadie dudo de que la insu- 
rreccion habia de ser bien pronto sofocada (4). 

El heroe espanofl. que durante mas de treinta 



(1) Ben-Adari. t. II, p. 135; Arib, t. II, pp. 171 y 172. 

(2) Arib, t. II, pp. 173 y 175. 

(3) Arib, t. II, pp. 176 y 177. 
<4) Arib, t. It. p. 178. 



312 

anos habia desanado a los invasorcs de su patria, 
y que tantas veccs habia hecho temblar a los Om- 
roiadas en su trono, debia bendocir a la Providen- 
cia, que le hacfa morir en aquella hora, evitan- 
dole asi el triste espectaculo de la ruina de su 
partido. Murio indomito, lo cual en aquellas cir- 
cunstancias era todo lo que podia esperar. No le 
fue dado libertar a su patria y fundar una dinas- 
tia; pero es preciso reconocer en el un heroe ver- 
daderamente extraordinario y tal como Espafia 
no lo habia tenido desde el tiempo en que Viriato 
juro librar a su pais de la dominacion romana. 



XVIII 



La guerra en la Serrania duro aim diez anos. 
Omar ben-Hafsun habia dejado cuatro hijos: Cha- 
far, Soliman, Abderrahman y Hafs, que casi con 
una sola exception habian heredado si no el ta- 
lento al menos el valor de su padre. Soliman se 
vio obligado a rendirse en marzo del 918, a alis- 
tarse en el ejercito del emir y a tomar parte en 
las campanas contra los reyes de Leon y Nava- 
rra (1)- Abderrahman, que g-obemaba en Tolo.x, 
y para quien los libros tenian mas atractivo que 
las armas, se rindio tambien, y habiendo sido con- 
duczdo a Cordoba, paso el resto de su vida co- 
piando manuscritos (2). Pero el poderio de Cha- 



(1) Arib. t. II, p. 178; Aben-Jaldun, fol. 13 v. 

(2) Arib, t. II, pp. 182 y 183. 



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313 

far era toda via formidable; asi al menos lo crefa 
el emir, porque cuando sitiaba a Bobastro, on 919, 
no se nego a entrar en parlamentos con el, y 
cuando Chafar le ofrecio rehenes y un tribute 
anualj acepto la proposicion (1). Sin embargo, 
poco despues Chafar cometio una fait a gravisima 
que llego a ser fatal para el. En opinion suya, 
su padre se habia cquivocado al declararse cris- 
tiano con toda su familia, y hasta cierto punto 
esta apreciacion era justa, porque es incontesta- 
ble que Ben-Hafsun se habia enajenado el cora- 
zdn de los andaluces musulmanes con su cambio 
de religion; pero una vez hecho, ni Ben-Hafsun 
ni sus hijos po<lian retractarse; desde entonces 
debfan apoyarse unicamente en los cristianos y 
triurtfar o sucumbir con ellos. Los cristianos eran 
los unicos que habfan conserved o la energia y el 
entusiasmo, mientras que los musulmanes eran 
traidorcs en todas pai'tes, como lo probaba lo ocu- 
rrido poco tiempo antes en la fortalcza de Bal- 
da. Cuando dicha fortaleza fue sitiada por el entir. 
la parte musulmana de la guamicion se paso 
toda entera al enemigo, mientras los cristianos so 
dejaron matar hasta el ultimo antes que rcn- 
dirse (2). Sin embargo, Chafar, que no kc daba 
cuenta exacta de la situacion en que se encontra- 

ba, aun creia en la posibilidad de reconciliarse 
con los andaluces musullmanes, y queriendo 
atraerselos, manifesto claramente su mtenci6"n Tie 



(1) Arib, t. II, p. 181 y 182. 

(2) Arih. t. H, p. 181. 



314 

volver al islamismo. Esto fue lo que le perdio. 
Horrorizados con la idea de tener por jefe a un 
infiel, sus soldados cristianos tramaron contra el 
un complot, y habiendose entendklo con su her- 
mano Soliman, le asesinaron— 920— , despu.es delo 
cual proclamaron a Soliman, que se apresuro a 
retuiirse con silos (1)- 

El reinado de Soliman no fue afortunado. Bo- 
bastro era presa de las mas furiosas discordias. 
E stall 5 una insurrection; Soliman fue expulsado, 
sus prisioneros puestos en libertad y su pala- 
cio saqueado; pero poco tiempo despues sus par- 
tidarios lograron introducirse en la ciudad, el 
mismo entro en ella disfrazado, y habiendose ga- 
nado al populacho, prometiendole el pillaje, lo 
liamo a las armas. Quedo como dueno, e inexora- 
ble en su venganza hizo decapitar a la mayoria 
de sus adversarios. "Ala — dice un historiador de 
Cordoba — dejaba a los inneles degollarse mutua- 
mente porque queria extirpar hasta la raiz sus 
ultimas ve^tigios" (2). 

Soliman no sobrevivio mucho tiempo a su res- 
tauracion. Habiendo sido desarmado en una esca- 
ramuza el 6 de febrero del 927, fue muerto por 
los realistas, que saciaron su ira en el cadaver 

cortandole la cabeza, las manos y lo»s pies (3). 

Sucediole su hermano Hafs; pero la hora fu- 
ncsta estaba a punto de sonar. En el mes de ju~ 



(1) Aben-Jaldun, fol. 13 v., 11 r. ; Arib, t. II, p. 189, 

(2) Arlb, t. II, p. 194. 
a) Arlb, t. II, p. 104. 



315 

jiio del ano 927 el emir fue a asediar a Bobas- 
tro, resuelto a no levantar el sitio hasta que se 
rindietc la ciudad. Habiendo ordenado construir 
por todas partes obras formidable^ y reedincar 
una antigua fortaleza romana medio derrufda. 
que se alzaba en las inmediaciones, ccrco la pla- 
za por todas partes y la privo de viveres. Du- 
rante seis meses Hafs resistio los esfuerzos del 
enemigo; pero al nn se rindio el viernes 21 de 
enero del 928, y las tropas del emir tomaron po- 
sesion de la ciudad. Hafs fue trasladado a Cor- 
doba, lo mismo que todos los demas habitantes, y 
desde entonces sirvio en el ejercito de su vence- 
dor. Su hermana Argentea sc retiro a un conven- 
to, y probablemente la habrian dejado tranqui- 
la si hubiei'a consentido en vivir ignorada; pero, 
■entusiasta, fanatica y aspirando hacia nrucho 
tiempo a la palma del martirio, irrito a la auto- 
ridad declarando que era cristiana, y como ante 
la ley era musulmana, puesto que aun lo era su 
padre en la epoca en que ella nacio, fue condena- 
da a muerte como culpable de apostasia. Sufrio 
la sentencia con un valor heroico, mostrandose 
asi digna hija del indomable Omar bc-n-Hafsun 
— 931— (1). 

Dos meses despues de la rendicion de Bobas- 
tro el emir fue en persona a esta ciudad. Queria 
ver con sus propios ojos aquella orgullosa forta- 
leza que durante medio siglo habia desafiado los 



(1) Arlb. t. II, pp. 206-208; Vita Beat. Virg. Argen- 
tea, c. 4 hasta el fin. 



316 

inces anteg ataques de cuatro emires. Cuando hubo 
llegado, cuando desde lo alto de las murallas di- 
rigio sus miradas sobre los almenados bastiones y 
las torres colosales; cuando midio con la vista la 
altura de la montafia, tallada a pico, sobre la 
cual estaba asentada la fortaleza, y la profun- 
didad de los precipicios que la circuian, exclamo 
que no habia otra semejante en el nmindo, y lleno 

de reconocimiento hacia el Eterno que se la habfa 
entregado, se arrodillo, se deshizo en acciones de 
gracias, y mientras permanecio alii observo un 
ayuno riguroso. Desgraciadamente para su gflo- 

ria, tuvo la debilidad de dejarse arrancar una 
concesion a la cual no dcbfa haber accedido. Que- 
riendo ver tambien ellos la ciudad temible que ha- 
bfa sido el baluarte de una religion que odiaban,. 

los faqufes habian ido en pos del emir, y en Bo- 
bastro no le dejaron descansar hasta que les per- 
mitio abrir las tumbas de Omar ben-Hafsun y 
de su hijo Chafar. Despues, viendolos enterra- 
dos a la usanza cristiana, no se avergonzaron de 
turbar el reposo de los que dormian el sueno eter- 
no, y sacando los cuerpos del sepulcro los envia- 
ron a Cordoba, con orden de clavarlos en posies. 
"Estos cuerpos — exclama un cronista de aquel 
tiempo, con barbara alegria — , estos cuerpos fue- 
ron asi una saludable advertencia para las gentes 
malintencionadas y un dulce esp ectaculo para los 

ojos de los verdaderos creyentes. 
Las plazas que aun se encontraban en poder 

de los cristianos no tardaron en rendirse. El emir 



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317 

las hizo arrasar todas, excepto algunas que juzgo 
conveniente conservar para mantener el pais en 
la obedieneia, haciendo trasladar a Cordoba a los 
hombres mas infiuyentes y peligrosos (1). 

La Serrania estaba pacificada; pero antes de 
que \o estuviera, el emir habia sojuzgado ya la 
rebelion en otros muchos lugares. En las monta- 
rlas de Priego, los hijos de Aben-Mastana habian 
tenido que cederle sus castillos; en la provincia 
de Elvira, los bereberes de la familia de los Beni- 
Mohalab habian sido obligados a deponer las ar- 
mas (2). Monte-Rubio, en la frontera de Jaetn y 
Elvira, habia sido tornado. Construida sob re una 
montaria colosal y escarpadisima, esta fortaleza 
habia inspirado largo tiempo al gobierno serios 
temores. Alii se habian albergado gran numero 
de cristianos que descendian a cada instante de 
su nido para saquear los caserios de los contor- 
nos o para desvalijar y asesinar a los viajeros. 
En 922 habia sido sitiada sin resultado esta ma- 
driguera por el emir durante un mes; pero no 
fue tomada hasta cuatro afios despues (3). En 

924 muchos rebeldes de la region valenciana se 

vieron obligados a someterse (4). En el misrno 
afio el emir fue a tomar la frontera superior a 
todos los Beni-Casi (5), debilitados por las gue- 
rras que habian sostenido entre si y contra el 



(1) 


Arib. t. II. pp. 209 y 


210 


(3) 


Arib, t. II, p. 191. 




<3) 


Arib, t. II, pp, 192 y 


204 


(4) 


Arib, t. II, p. 196. 




(5) 


Ben-al-Cutia, lol. 47 


v. 



318 

rey de Navarra, y los obligo a alistarse en su 
ejercito (1). Dos anas despues, el general Abd-al- 
Hamid aben-Basil sastuvo una campana muy fe- 
Hz contra los Beni-Dinun (2j. 

No teniendo ya nada que temer por el Sur, el 
emir pudo volver todas sus fuerzas contra los 
rebeldes de otras provincias, y obtuvo exitos tan 
rapidos como decisivos. En 928 envio tropas con- 
tra el xaij Aslami, senor de Alicante y de Callo- 
sa, en la provincia de Todmir. Este arabe, que 
era un bandido y un disoluto de la peor especie, 
habia fingido siempre una gran devocion. Cuando 
empezo a hacerse viejo, abdico en su hijo Abde- 
rrahman, no queriendo — decia — pensar desde en- 
tonces mas que en su salvacion; de hecho asis- 
tla con la mayor regularidad a todos los sermo- , 
nes y a todas las plegarias pubiicas; p^ro esta 
piedad aparente no le inapedia ir de tiempo en 
tiempo a merodear en las tierras de sus vecinos; 
y habiendo m-uerto su hijo luchando contra los 
realistas, tomo de nuevo el mando. No lo conservo 
mucho tiempo; el general Ahmed ben-Ishac tomo 
sus fortailezas una despues de otra, y habiendole 
obligado a someterse, le hizo llevar a Cordoba 
con toda su familia (3). Hacia la misma epoca, 
Merida y Sataren se rindieron, sin que las tropas 
que el emir habia enviado contra ellas necesita- 



(1) Ben-al-Cutia, Loco laud.; Arib, t. II, pp. 175, 176, 
IS7 y 195. 

(2> Arib, t. II, p. 204. . 

(3) Ben-Hayan, fol. 16 v., 17 r.; Arib, t. II, pp. 210 
y 211. 



31 & 

sen desenvainar la os-pada (1). Al ano siguiente, 
Beja volvio tambien a la obediencia, despues de 
haber opuesto durante quince dias una resisten- 
eta tenaz (2). Despues dirigio el emir sus armas 
contra Jalaf aben-Becr, principe de Ocsonoba; 
pero e-ste renegado le envio a decir que estaba 
dispucsto a pagar tributo y que si no lo habia 
hecho antes, lo lejano de su provincia debia ser- 
virle de excusa. Este principe era muy amado de 
sus subditos, para los cuales habian sido siem- 
pre muy buenos el y sus predecesores, y el mo- 
narca comprendio que si persistia en su designio 
de someterle obligarfa a los habitantes del Al- 
garbe a tomar una resolution desesperada. Con- 
tra su costumbre, concerto una transaction: con- 
sintio en que Jalaf aben-Becr fuera no su subdi- 
to, sino su vasallo, su tributario; el principe de 
Ocsonoba solo tenia que compro me terse a satis- 
facer un tributo anual y a no dar asilo a los 
in sur rectos (3). 

La sumision de Badajoz, donde reinaba aun un 
descendknte de Aben-Meruan el Gallego, exi- 
gio mayores esfuerzos. La ciudad no se rindio 
mas que despues de un ano de asedio — 930— (4). 

Para ser dueno de la herencia de sus abuelos, 
no le faltaba a Abderrahman mas que someter 
a Toledo. 



CD 


A rib, 


t. rr, p. 


211. 


(2) 


A rib, 


t. II, pp. 


214 y 


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A rib, 


t. II, p. 


2ir>. 


(4) 


A rib, 


t. 11, p. 


2)4, I 



215. 



216 y 21 



i>, ~ 



320 

Comenzo por enviar alii una diputaeion de fa- 
quies encargados de hacer presente a los habi- 
tants que, habiendose sometido todo el reino, se- 
ria una locura por su parte continuar dandose 
tono de republics. Esta tentativa resulto inutil. 
Enamorados de la libertad de que habian gozado 
durante ochenta anos, ya bajo la protection de 
los Beni-Casi, ya bajo la de los reyes de Leon, los 
toledanos dieron una respuesta si no altawera 
al rnenos evasiva. Viendose obligado a recurrir 
a las medidas extremas, el monarca hizo sus pre- 
parativos con la firmeza y prontitud que le carac- 
terizaban. Desde el mies de mayo del alio 930, y_ 
antes de que se reuniese el gran ejercito que pen- 
saba oponer a los rebeldes, envio contra Toledo a 
uno de sus generates, el visir Said-aben-Mondir, 
ordenandole que comenzase el sitio. En el mes 
de junio marcho el mismo contra la ciudad, con 
el grueso de sus tropas, y habiendo establetido su 
campamento a orillas de Algodor, cerca del Cas- 
tillo de Mora, intimo al renegado toledano que 
mandaba alii que la evacuase. Esta simple inti- 
macion fue sufkiente, pues comprendiendo la im- 
posibilidad de defenderse contra el numeroso ejer- 
cito del emir, el renegado se apresuro a abando- 
nar 3a fortaleza. Abderrahman puso en ella una 

t 

guarnicion; despues fue a establecer su campa- 
mento cerca de Toledo, en una montana que lie- 
vaba entonces el nombre de Charancas. Dejando 
vagar sus miradas sobre los jardines y los vi- 
nedos, comprendio que el cementerio proximo a la 



V 



321 

puerta era el paraje mas apropiado para el cuar- 
tel general. Haciendo avanzar sus tropas hacia 
este cementerio, mando cortar los trigos y los ar- 

boles fru tales de los alrededores e incendiar las 
aldeas, y ataco a los toledanos con el mayor vi- 
gor. Sin embargo, el sitio duro mas de dos arios. 
El emir, a quien nada desalentaba, hizo const ruir 
una poblacion sobre la montafia de Charancas, y 
3a ciudad de Al-Fath — La Victoria — ? construida 
en algunos dias, demostro a los toledanos que 
el sitio no seria levantado nunca. Contaban toda- 
via con el auxilio del rey de Leon; pero su ejer- 
cito fue rechazaclo por los realistas (1). Al fin, 
apremiados por el hambre abrieron sus puertas. 
La alegria que Abderrahman experimento cuan- 
do tomo posesion de la ciudad fue casi tan grande 

como la que habta sentido al hacerse dueno de 
Bobastro, y la demostro con las fervientes accio- 

-r. -?^ 

nes de gracias que dirigio al Todopoderoso (2). 

Arabes, espanoles, bereberes, todos hablan sido 
vencidos; todos habian sido obligados a doblar la 
rodilla ante el poder monarquico, y el principio 
de la monarquia absoluta fue proclamado mas 
rudamente que nunca, en. medio de un silencio 
universal. Pero las perdidas sufridas por los dife- 
rentes partidos en esta larga lucha no eran igua- 
les. El partido mas maltratado era, indudablemen- 
te, el que representaba la independencia indivi- 



(1) En el llbro ^iguiente dartmos detalles sobre esta 
oxpedicMn de Ranitro II. 

(2) Arib, t. H, pp. 217-221. 

Hist, mustjlmanes. — T. II 21 



322 

dual, como la re-presentaban los germanos en Fran- 
cia y en Italia, es decir, la aristocratia arabe. 
Obligada a sufrir un gobierno mas absoluto y mu- 
cho mas fuerte que el que habia intentado derri- 
bar, un gobierno que le era hostil por naturale- 
za y que se dedicaba sistematieamente a quitarle 
todo influjo sobre la marcha de los negocios, es- 
taba condenada a abatir el rumbo suavemente, per- 
diendo en cada reinado algo de su brillo y su 
fortuna. Y he aqui justamente lo que era uu 
consuelo para los espanoles y lo que £stos consi- 
deraban como una especie de victoria. Habiendo 
tornado las armas menos por odio al emir que a 
Ja nobleza, podian decir que, hasta cierto punto, 
habian triunfado, pues a falta de otra satisfac- 
tion, al menos tenian la de estar en adelante al 
abrigo de los desdenes, los insultos" y la opresion 
de la nobleza. Ya no formarian un pueblo apar- 
te, un pueblo de parias desterrado de la socie- 
dad. El objeto que Abderrahman III se habfa pro- 
puesto conseguir, y que efectivamente consiguio 
al cabo de algun tiempo, era la fusion de todas 
las razas de la peninsula en una verdadera na- 
tion (1). Habian, pues,, cesado i!as antiguas dis- 
tinciones, o por lo menos tendian a desaparecer 
cada vez mas, para dar lugar a las de jerarquias, 
clases y estados. Cierto que esta igualdad no era 
mas que la igualdad dentro de la sujecion; pero 
a los ojos de los espanoles. era un bien inmenso, 



a> Arib, t, II, p. 210, 1. 13. 



323 

y por de pronto apcnas pedian otra cosa. En 
el fondo, sus ideas sobre la libertad eran aun 
muy vag-as; la monarquia absoluta y el despotis- 
mo administz*ativo no les eran antipaticos; al con- 
trario, esta forma de gobievno era para ellos una 
antigua tradicion; no habian conocido otra, ni bajo 
la dominacion de los reyes visigodos ni bajo la 
de los emperadores romanos, y la prueba de que 
no imaginaban atin otra mejor es que ni aun 
durante la guerra que habian sostenido para re- 
conqui^tar la independencia habian hecho, en ge- 
neral, mas que debiles esfuerzos para obtener la 
libertad. 



FIN DEL TOMO SEGUNDO 



/ 



V 



Vi 
7 



NOTAS 



Nota A, pag. 33. 

Los arabes escriben el nombre de Carteya exac- 
tamente lo mismo que el de Cartagena. Pareee 
que ya en el siglo VIII se decia Carteyana, en vez 
de Carteya. En el siglo XVII sc veia aun sobre las 
ruinas de Carteya una torre que se Ilamaba Car- 
teyana o Cartagena, hoy torre del Kocadillo. Vea- 
se Caro, Antif/uedades de Sevilla, fol. 123, col. 4; 
Espana Sagrada, t. IV, p. 24, y Barrantes Maldo- 
T^ado, Ihistradones de la casa de Niebla — en el 
Memorial historic*) espanol — , tomo IX, p. 369. 



Nota B, pag. 67. 

Es muy singular que los historiadores arabes 
difieran acerca de la feclia de un acontecimiento 
tan importante como la sublevacion del arrabal 
meridional de Cordoba contra Alhaquen I, Todos 
convienen en que tuvo lugar en el mes del Rama- 
dan; pero unos la colocan en el ano 198 de la He- 
jira y otros en el aiio 202. Ben-Adari y Aben- 
Jaldun la colocan en el 202; Nouairi la consijpa 
en el 198; pero afiade que otros la ponen en 202; 



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325 

en fin, Ben-al-Abar indica no solo el afio 202, sino 
tambien el dia de la semana y el del mes, pues 
dice que la revohicion empezo el miercoles trece 
dias despues del comienzo del Ramadan. 

A pesar de estos testimonies, seguramente res- 
petables, he creido que debia adoptar la fecha 
de 198. He aqui por que: 

1.° Seg"un Ben-al-Abar y Ben-Adari, una parte 

considerable de los rebeldes fue a refugiarse en 

Toledo, "cstando entonces esta ciudad rebelada 
contra Alhaquen". Esta noticia viene muy bien 

con el ano 198 pc-rque en esta epoca Toledo esta- 
ba sublevado realmente; pero no con el afio 202, 
porque en el ano 199 Alhaquen se habia hecho 
dtteno de Toledo — vease Ben-Adari, t. II, p. 76 — , 
y durante todo el resto del reinado de este prin- 
cipe, esta ciudad permanecio en la obediencia. 

2.° La fecha de 198, en que Nouairi refiere la 
rebelion, esta confirm ada por un historiador rnuy 
antiguo y respetable, Ben-al-Cutia. Este autor no 
cita el ano, pero dice que la entrevista de Alha- 
quen con Talut tuvo lujrar un ano despues de la 
sublevacion, y que despues de esta entrevista Al- 
haquen fue atacado de una enfermedad que mino 
sus fuerzas durante siete anos y que acabo por 
llevarle a la tumba. Coloea, pues, la rebelion ocho 
anos antes de la muerte de Alhaquen, ocurrida, 
egiin todos los his tori adores, en 206. 

3.° La fecha de 198 esta tambien confirmada 
por el testrmonio de Macrizi, historiador que tra- 
bajaba no sobre documentor arabigo-espaiioles, 



s 



326 

sino sobre cronicas egipcias. Macrizi afirma que 
los an*laluces llegaron a Alejandria en 199; este 
mismo aiio los ataco el gobernador de la ciudad, a 
quien ellos habian destituido ; hacia fines del 
aiio 200, Abdalaziz marcho contra ellos. Es impo- 
ssible que toda-s estas fechas sean erroncas. 

Nota C, pag. 256. 

Segiin la regla establecida por el concilio de 
Kicea, la solemnidad pascual en el ano 891 debie- 
ra haber tenido lugar el 4 de abril; pero como los 
cronistas arabes colocan la batalla de Polei en el 
ano 278 de la Hejira — el cual comenzo el 15 de 
abril del 891 — , es probable que los andaluces hu- 

j- 

bieran calebrado su Pascua segun el sistema de su 
compatriota Migecio, sistema que menciona y con- 
dena el Papa Adriano I en una carta dirigida al 
obispo Egila, Vease esta carta en la Espaiia Sa- 
S/ntda, t. V, p, 532, c. 6. 

Nota D, pig. 297. 

r 

En 896, durante el sitio de Velez, xmichos jine- 

tcs y peones del ejercito del emir, atraidos por la 

esperanza de mejor sueldo, se pasaron al enemi- 

#o — Ben-Hayan, fol. 88 v. — . Durante el sitio de 

Lorca hubo numerosas deserciones en el ejercito 
de] emir y en el de Daisam — Ben-Hayan, folio 

89 r. — . En 897, doce soldados de T&nger, secua- 

«es de Ben-Hafsun, fueron a ofrecer sus servicros 
al general del emir — Ben-Hayan, fol- 91 v. — . En 



327 

el ultimo afio del rein ado de Abdala, los regimien- 
tos de Tanger que e-ste principe tenia a su servi- 
cio desertaron en mas a — probablemente por el 
atraso de sus pagas — , para afiliarse bajo las 
banderas de Ben-Hafsun y de su aliado Said ben- 
Hodail de Monteleon. Poco despues tuvieron en 
Bobastro y en Monteleon una disputa violenta con 
sus nuevos companeros, vinieron a las manos y 
casi todos los berb?riscos fueron muertos. Los que 
sobrevivieron a esta eatastrofe volvieron al cam- 
pamento del emir y obtuvieron el perdon — Ben- 
Hayan, fol. 107 r.; Arib, t. II, p. 152 



FIN DE LAS NOTAS DEL TOMO SEGUNDO 



I'M o i o e: 



Vkgtt. 

F 

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