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Full text of "Books about Maghreb and Andalus"

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COLECCION UNIVERSAL 



R. DOZY 



Historia 

de los musulmanes de Espana 

hasta la conquista de los Almoravides 



TOMO III 



La traduccion del frances ha sido 
hecha por Magdalena Fuentes. 




MADRID, 1920 



"Tipografica Kenovaci6n" (C. A.), Larra, 6 y 8. — MADRID. 



LIBRO TERCERO 



L. CALIFATO 



I 



Por no inter rumpir la historia de la insurrec- 
oion de Andalucia, llegamos en el libro preceden- 
te al afio 932; pero como ahora va a ocuparnos 
la guerra exiranjera, sera preciso que retroceda 
el lector al comienzo del reinado de Afode- 
rrahman III. 

La insurreecion de los espanoles y de 2a aris- 
tocracia arabe no era entonces el unico riesgo 
que ajmenazaba la existencia del JEstado; dos po- 
tencias veclnas, la una reciente,- la otra antigua 
ya, le ponfan igualmente en peligro: eran el reino 
de Leon y el califato africano, que acababa de 
i'undar una secta xiita: la de los Ismaelitas. 

De acuerdo en los principios fundament-ales, re- 
conooiendo todos que ©1 wwnato, -es decir, la jefa- 
tura temporal y esipiritu»al de los musulm a<nes, 
perteneeia a ; la posteddad de All, y que el imdn 



6 

es impecable, los xiitas o partidarios del derecho 
divino formaban, no obstante, muchas sectas, y 
lo que sobre todo las rnantenia divididas era el 
dilucidar cual — entre los descendientes del sexto 
iman Chafar, el Veridico — tenia derecho al Ima- 
nato. Chafar habia tenido muchos hijos, de los 
cuales el mayor se llamaba Ismael, ,y el Begun- 
do, Musa; pero como Ismael habia muerto antes 
que su padre, en el ano 762, la mayor parte de 
los xiitas habian reconocido por iman a Musa, 
despues de la muerte de Chafar. La minoria, por 
el contrario, no quiso someterse a el. Diciendo que 
el mismo Dios, por boca de Chafar, habia desig- 
oiado como sucesor de este ultimo a Ismael, y que 

el Ser Supremo no puede revocar una resolucion 
una vez dada, estos ismaelitas, asi los llamaban, 
no reconocian por iman mas que a Ismael y a 
£us descendientes. Pero dichos descendientes no 
tenian ambicion. Desanimados por el fracaso de 
todas las empresas de los xiitas, y no queriendo 
compartir la suerte de sus antepasados, muertos 

casi todos prematuramente por el veneno o por 
el acero, esquivaban los peligrosos y comprome- 
tedores homenajes de sus partidarios e iban a 
oeultarse en el fondo del Jora^an y del Kan- 
dahar (1). 
Abandonada asi por sus jefes naturales, la sec- 

ta de los ismaelitas parecia destinada a extin- 
guirse obscuramente, cuando un persa, haibil y 



(1) Chouatni, traduccidn tie M. Defremery, en. el Journal 
asiatique, quinta serie, t. VIII, pp. 363 y 364. 



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audaz, vino a imprimirle una direccion y una vida 
nuevas. 

En la patria de este hombre, el islamismo habla 
hecho casi los mismos progresos que en Espana. 
Habia recibido en su seno un considerable nume- 
ro de pros&itos ; pero no habia extirpado las otras 
religiones, y el antiguo culto, el magismo, flore- 
cia al lado suyo. Si los musulmanes hubieran 
cumplido rigurosamente la ley de Mahoma, no 

habrian dejado a los guebros anas que elegir 
entre la conversion al islamismo o la espada. No 
poseyendo ningun libro sagrado, revelado por un 
prof eta que los musulmanes reconociesen como 
tal, los adoradores del fuego no podian tener la 

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pretension de ser tolerados; pero, en aquellas cir- 
cunstancias, la ley de Mahoma resultaba inapli- 

cable. Los guebros eran numeroslsiimos; adictos 
en cuerpo y alma a su religion, rechazaban cual- 
quier otro culto con una tenacidad inflexible, 
£lban a degollar a aquellas buenas gentes tan 
eolo porque querian salvarse a su modo? Esto 
habria sido muy cruel y ademas muy peligiroso, 
porque podia producir una insurrection general. 

En pa.rte por huananidad, y en parte por politi- 
ca, los musulmanes pasaron por encima de la ley, 
y una vez admitido el principlo de tolerancia, 
permitieron a los guebros practicar por doquiera 
su culto en publico; de suerte que cada ciudad 
y (hasta oada pueblo tenia su Pireo; y lo que es 
mas: el Gobierno protegia a los guebros hasta 
contra el clero musulman, haciendo azotar a los 



<1) Chowlaohn, Los sabclstas y el sdbeismo, t. I, p&gi- 
nas 283-291. 

(2) Comparese con el pasaje de Fihrist, oitado por Chowl- 
sohn, t. I, p. 289. 

(3) Well, t. II, p. 107. 



s 

im-anes y a los muecines que habian intentado 
transformar los templos del fuego en mezqui- 
tas (1). 

Pero si el Gobierno era tolerante con los sec- 
tarios declarados del antiguo culto, que, como 
ciudadanos pacificos, no turbaban la tranquilidad 
del Estado, no lo era ni podia serlo con los falsos 
tttusulmanes, con los supuestos conversos, que de 
corazon eran paganos todavia e intentaban mi- 
liar sordamente e-1 islamismo, injertando en el sus 
propias doctrinas. En Persia, como en Espaiia, 
las conversiones aparentes, cuyo verdadero mo- 
vil era un interes mundano, habian sido numero- 
sas, y los falsos musulmanes eran generalmente | 

3os hombres mas inquietos y ambiciosos de la so- 
ciedad. Rechazados por la aristocracia ai-abe, que 
en todas partes se mostraba muy exclusivista, 
sonaban con la resurreccion de una naclonalidad 



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y de un imperio persa (2). El Gobierno se en- 
fcanatoa en ellos con implacable rigor; para conte- 
nerlos y castigarlos, el calif a Mahdi creo hasta 
un tribunal de inquisicion, que siguio funcionan- | 

do hasta el fin del reinado de Harun ar-Raxid (3). 
Como sucede ordinariamente, la persecucion en- 
gendro la rebelion. Babec, el jefe de la seeta 
de los jorramia o libertinos — como los llaanaban 
sus enemigos — , se su&Ievo en el Aderbaichan. 



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Durante veinte anos — 817-837 — este Ben-Hafsun 
de Persia tuvo en jaque a los numerosos ejerci- 
tos de los califas, que no llegaron a apoderarse 

de el sino despues de haber saerificado a doscien- 
tos cincuenta mil sold ados. Pero mas dificil aun 
<jue el domar rebeliones a mano armada era des- 
cubrir y desarraigar las socieclades secretas, que 
la persecucion habia hecho nacer, y que propa- 
gahan en la sombra, ya las antiguas doctrinas 

persas, ya ideas filosoficas, mas peligrosas &\m f 
porque en Oxiente el choque de mucha-s religiones 

habia producido el resultado de que multitud de 
gentes las repudiasen y las despreciasen todas. 
"Todos estos supuestos deberes religiosos — de- 

cian — son buenos a lo sumo para el pueblo; pero 
de ningun modo son oblig&torios para los hom- 

bres cultos. Todos los profetas no eran mas que 
iimpostores, que aspiraban a obtener la preemi- 
nencia sobre los demas hombres." (1) 

Del seno de estas sociedades secretas salio, a 
■cotmienzo del siglo IX, el renovador de la secta de 
dos Isanaelitas. Se llamaba Abdaia aben-Maimun, 
Oriundo de una ifamilia persa, que habia profe- 
sado las doctrinas de los sectarios de Bardesa- 
nes — que admitian dos dioses, de los cuales uno 
habia ereado la lux y otro las tinieblas — :, e hijo 
de un espiritu fuerte oculti&ta que, para escapar 
de las garras de la inquisicion, de que acababan 
de ser victimas setenta amigos suyos, se habia 



(1) Macrizi, en el Journ. asiat,, tercera serie. t. II, p. 134. 



10 

refugiado en Jerusalen, donde ensenaba secreta- 
mente las ciencias ocultas, fingiendo piedad y 
un gran celo por las pretensiones de los xiitas, 
Abdala aben-Maimun se convirtio, bajo la direc- 
cion de su padre, no solo en un habil prestid igita- 
dor y en un sabio ocultista, sino en un prof undo 
conocedor de todos los sistemas teologicos y filb- 
softeos. Con ayuda de sus prestigios, intento pri- 
mero hacerse pasar por profeta; pero no habien- 
do tenido 6xito en esta tentativa, concibio poco a 
poco un proyecto mas vasto. 

Ligar en un mismo haz a vencedores y venci- 
dos; reunir en una misma sociedad secreta — en 
la que hubiese muchos grados de iniciacion — a los 
librepensadores, que no vefan en la religion 
mas que un freno para el pueblo, y a los beatoa 
de todas las sectas; servirse de los creyentes para 
hacer reinar a los incredulos, y de los conquista- 
dores para derribar el irnperio que ellos misartDS 
habian fundado; formarse, en fin, un partido nu- 
m'eroso, compacto y disciplinado, que, llegado el 
momento, elevase al trono, si no a el niismo, al 
menos a sus descejidientes : tal fue la idea dotmi- 
nante de Abdala aben-iMaimun, pensamiento ex- 
trano y audaz, pero que realizo con un tacto 
asombroso. una destreza incomparable y un co~ 
nocimiento profundo del corazon humano. 

Los medios que empleo estaban calculados con 
una bellaquerfa diab61ica. En apariencia, era is- 
maelita. Esta secta panecia condenada a extin- 
guirse, por falta de jefe; el le infundio nueva 



11 

vida, prometiendole uno. "Nunca — decia — el mun- 
do ha estado, nl es-tara, >privado de un iman. Si 
uno es iman, su padre y su abuelo lo ban sido 
antes que el; y asi, sucesivamente, remontandose 
hasta Adan; del mismo anodo, el hi jo y el nieto 
de .un iman lo seran tambien, y asi hasta el fin 
de los siglos. No es posible que muera un iman 
sin que antes le haya nacido un hijo, que sera 
iman despues de el. Pero el iman no siempre es 
visible. Unas veces se revela, y otras permane- 
ce oculto, como el dia y la noche, que se suceden 
entre si. En la epoca en que el iman se maniiies- 
ta, su doctrina permanece oculta. Por el contra- 
rio, cuando el permanece encubierto, es revel ada 
£U doctrina y sus rnisioneros se presentan a los 
mortaies." (1) En apoyo de esta doctrina, Abdala 
citaba pasajes del Coran, sirviendose de ella para 
mantener despiertas las esperanzas de los ismae- 
litas, que aceptaron la idea de que el iman &e 
ocultaba, mas para reaparecer en seguida y ha- 
cer reinar sobre la tierra la justicia y el orden. 
Sin embargo, en lo mas profundo de su pensa- 
miento Abdala menospreciaba esta secta, y su 
pretendida adhesion a la tfamilia de Ali no era 
mas que un medio para realizar sus propositos. 
Persa de corazon, envoi via a Ali, a sus diescen- 
dientea y a los arabes en general en un mismo 
anatema. Comprendia muy foien — y en esto no se 
equivocaba — que si un Alida consegula fundar un 



(1) Choualni, en el Journ. asiat., qulnta aerie, t. VIII, 

p&glnas 864 y 365. 



12 

imperio en Persia, como hubieran querido los 
persas, estos no hubiesen ganado nada en ello, 
y recomendaba a sus afiliados matar sin piedad 
a todos los deseendientes de Ali que cayesen 
en su poder (1). Asi, no era entre los xiitas en- 
tre los que buscaba sus verdaderos mantenedo~ 
res, sino entre los guebros, los nmniqueos, los 
paganos de Harran y los partidarios de la filoso- 
f£a griega (2) ; solo de estos se podia fiar, sola 
a estos se podia decir lentamente la ultima pa- 
labra del misterio, revelandose que los imanes, 
'las religiones y la moral no eran mas que una 
impostura, una farsa. Los demas hombres, lc& 
asnos — ccnio los llamaba Abdala— , no era^i oapa- 
C3S de comprender tales doctrinas. Sin embargo, 
para alcanzar el fin que se proponia, no desde- 
nafoa su concurso; al contrario, le solicitaba, pero 
cuidando de no im'ciar a las almas tfmidas y cre- 
yentes mas que en los primeros grados die la 
secta. Sus misioneros — a los cuales habia incul- 
cado que su primer deber era disimular sus ver- 
daderos sentimientos y amoldarse a las ideas de 
aquellos a quienes se dirigian — ise presentaban 
bajo mil formas diversas y hablaban, por decirlo 
asi, a cada uno un idioma diferente. Cautivaban 
a la masa ignorant e y grosera por los juegos de 
prestrdigitacion, que hacian pasar como milagros* 
o por los enigmaticos discursos, con que excitaban 



(1) De Sacy, Exposicidn de la religitin de los druzoa, in- 
troducci<5n, p. cr.xiv. 

(2) V6ase De Sacy, pp. cxlix-cuii. 



13 

su curiosidad. Ante los beatos, se ponian la mas- 
cara de la virtud y la devocion. Misticos con los 
misticos, les explicaban el sentido intimo de las 
cosas externas, las alegorias y el sentido alego- 
rico de las mismas alegorias. Explotando las ca- 
lamidades de la epoca y las vagas esperanzas de 
un porvenir mejor que alimentaban todas las sec- 
tas, prometian a los musulmanes la proxima lle- 
gada del Mahdi, anunciado. por Mahoma; a los 
judios, la del Mesias, y a los cristianos, la del 
Parade to. Se dirigian hasta a los arabes, orto- 

doxos o sunnitas, los mas diflciles de ganar, 
porque su religion era la religion predominante ; 
pero necesitaban de ellos para ponerse al abrigo 
die las sospechas y persecuciones de la autoridad, 

como necesitaban servirse de siis riquezas. Se ha- 
lagaba, ante todo, el orgullo nacional del arabe, 
diciendole que todos los bienes de la tierra per- 
ten&cian a su nacion y que los persas no haibian 
nacido mas que para la esclavitud; se intentaba 
lograr *su conflanza alardeando de un profundo 
menosprecio hacia el dinero y fingiendo una gran 
piedad; una vez obtenida esta confianza, se los 
aniquilaba, abrumandolos a fuerza de oraciones, 
hasta que llegaban a ser perinde ac cadaver; des- 
pues de lo cual, se los persuadia facilmente de 
que debfan sostener la secta con donativos pecu- 
niarios y dejarle en el testamento todo la que 
posdan (1). 



(1) De Sacy, pp. cxn, cliii-clvi. 



14 ** 

Asi, multitud de gentes de diversas creencias 
trabajaiban juntas en una obra cuyo fin no era 
conocido mas que por un corto niimero. Esta obra 
avanzaba, pero lentamentfe. Ab&ala sabia que no 
3a veria realizada (1) el mismo; pero encomendo 

su continuacion a su hi jo Ahmed, que le sucedio 
como; gran maestre. Durante la jefatura de Ah- 
med y sus sucesores, ia secta se difuxidio rapida- 
mente, contrihuyendo a esto, sobre todo, el que 
gran numero de individuos de la otra rama de los 
xiitas se unieron a ella. Esta rama, como ya 
hemes dicho, reeonocia por Lmanes a los descen- 
dientes de Musa, el hijo segundo de Chofar el 
Verldico; pero cuando el duodecimo des cendiente, 
Mohamed, hubo desaparecido, a la edad de doce 
anos, en un subterraneo, donde habia entrado con 
»u madre — 879 — , y cuando sus partidarios, los 
duodecknanos, como los llamaban, dejaron de es- 
perar su reaparicion, se afiliaron facilmente a 
los isanaelitas, que tenian sobre ellos la ventaja 
de contar con un jefe vivo, pronto a darse a co- 
nocer cuando las circunstancias se Jo perrnitieran 
El 884, un misionero ismaelifca, Ben-Hoxab, que 
antes haibia sido duodecimano, comenzo a predicar 
publicamente en el Yemen. Hfzose duefto de Sana, 
y envio misioneros a casi todas las provincial 
del imperio. Dos de ellos tfueron a trabajar, se 

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gun la expreision de los xiatas, el pafs de los 
ketasmianos, en la provincia actual de Constan- 



(1) De Sacy, p. clxii. 



15 

tinopla, y cuando murieron, Ben-Hoxab los reean- 
plazo por uno de sus discipulos, llamado Abu- 
Abdala. : 

Aictivo, atrevido, elocuente, lleno de suti'leza y 
astucia, sabiendo ademas amoldarse a la limitada 
inrteligencia de los <berberiscos, Abu-Abdala no 
podia ser mas adecuado para Ja mision que iba 
a cumplir, si bien todo induce a creer que no 
conocia mas que los grados inferiores de la secta^ 
porque hasta los misioneros ignoraban a veces 
su verdadero objeto (1). Comenzo por ensenar a. 
los hijos de los ketamiaoios, esforzandose en ga- 
nar la coniianza de su s huespedes, y cuando se 
creyo seguro del exito, arrojo la mascara, se de- 
claro xiita y precursor de MaJidi y prometao a los 

ketaanianos los bienes de este mundo y del otro,. 
si querian tomar las armas por la santa causa.. 
Seducidos (por los misticos discursos del misio- 
nero, y mas aiin por el oebo del pillaje, los 
ketamianos se dejaron persuadir f acilmente ; y 
como su tribu era ejvtonces Qa mas numerosa y 
poderosa de todas, la que ademas habia sabido 
conservar mejor su antigua independencia y su. 
e&plritu guerrero, sus triunfos fueron rapidfsi- 

mos. Despues de arrebatar todas sus ciudades ai 
ultimo prfncipe de la dinastfa de los Aglabidas 
— la cual ihabia reinado mas de un isiglo — le obli- 
garon a ftiuir de su residencia, con tail precipita- 
caon que no tuvo ni tiempo para llevarse a sut 



(1) De Sacy, p. cxix, 



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16 

querida. Entonces Abu-Abdala elevo al trono al 
Mahdi — 909 — . Era gran maestre de la secta Said., 
descendiente de Abdala 6l ocultista, pero que se 
iingia descendiente de AH y se hacia llamar Obai- 

dala. Proclamado califa, este fundador de la di- 
nastfa de los Fatimitas oculto cuidadosaanente 
sus verdaderos principios. Ta'l vez habria pro- 

cedido icon mas fr&nqueza si el teatro de sus 

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triunfos hubiera sido otro pais ; Persia, por ejem- 
plo; pero como debia el trono a una horda semi 
barbara que no ehtendia de especulaciones fi- 
losofLcas, le fue forzoso no solo disimular el 
mismo, sino contener a los individuos mas avan- 
zados de la secta, que comprometian su porvenir • f 
con atrevimientos intempestivos (1). Por esto el 
verdadero caracter de la secta no se mostro a la 
luz dol dia foasta comienzos del siglo XI, cuando 
cl poder de los Fatimitas estaba tan consolida- 
do que nada tenia que terner, y gracias a sus 
numerosos ejercitos y a sus inmensas riquezas, 
podian dar al traste hasta con los pretendidos 
derechos de su nacimiento (2). Por el contra- 
rio, eai su origen los ismaelitas no se distingule- 
ron de las demas sectas onusulmanas mas que por 
su intolcrancia y crueldad. Piadosos y sabios fa- 



(1> Arlb, t. I, p. 190. 

(2) EI califa Moiz, interrogado sobre las pruebaa de su 
parontpsco con el yerno del Profeta, respondifi con altanerfa, 
desenvainando a medias su espada: "jHe aq«ul ml genealo- 
#fa!" Despues, derramando a manos llenaa las monedas de 
oro aobre los concurrentes, afiadid: ";He aqul mis pruebas!" 
Todos dijeron que esta demostracion les parecla incontesta- 
ble. — Journ. asiat., tercera serle, t. Ill, p. 167. 



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quies fueron azotados, mutilados o crucificados, 
porque habian hablado con respeto de los tres 
primeros calif as (1), olvidando una formula xiita 
o pronunciando un fetfa, segun el codigo de Malic. 
Se exigia de los conversos una sumision a toda 
prueba. Bajo pena de ser dellogado como am 
inftel, el marido debia sufrir que se deshonrara 
a su mujer en presencia suya, despues de lo cual 
estaba obligado a consentir que le abofeteasen y 
escupiesen en la -cara. Obaidala — preciso es de- 
cirlo en su honor — proouraba muchas veces xe- 
primir la colera brutal de sus soldados; pero 

casi nunca lo conseguia. Sus sectarios, que no 
querian — segun afirmaban — un Dios invisible, ! le 
divinizaban de buen grado, conforme a ilas ideas 
de los persas, relativas a la encarnacion de la 
divinidad en la persona del monarca; pero era a 
condition de que les permitiese hacer cuanto qui- 
sieran. Nada iguala a los horrores que aquellos 
batfbaros cometieron en las ciudades conquista- 
das. En Barca, su general foizo partir en pedazos 
y asar a algmnos de los habitantes de da ciudad; 
despues obligo a otros a comer de esta canne, y 3 
iinailmente, hizo arrojar a estos ultimos en el 
fuego. Sumidos en un onudo estupor, y no ere- 
yendo que habia uaia Providencia que regulara 
Jos (hunranos destines, los infelices africanos no 
cifraban sus esperanzas >sino mas alia de la tum- 



(1> Obaidala hacia maldecir'en las oracionea publicaa a 
todos los compafieros de Mahoma, excepto a AH y a otros 
cuatro. 

Hist, musulmanes. — T. Ill 2 



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18 

ba. "Pues Dios tolera todo esto — dice un libelista 
de la epoca (1) — , es evidente que, a sus ojos, este 
bajo niundo es demasiado despreciable para que 
se digne ocuparse de el. Pero llegara el ultimo 
dia y ■entonces Dios juzgara." 

Par sus pretensiones a la monarquia universal, 
los Fatknitas eran peligroso's vara todos los Es- 
tados musulmanes, pero especialmente para Es- 
pana. Desde un principio habian echado el an- 
zuelo a este rico y hermoso pais. Apenas se ihalld 
en posesion de los estados de los Aglabidas, Obai- 
dala habia ya entablado una negociacion con Ben- 
Hafsun, y este le habia recocnocido como soberano. 
Alianza tan singular no condujo a nada; pero 
los Fatimitas no se desankwaron. Sus espias re- 
oorrian la peninsula en todas direcciones, pre- 
textando asuntos comerciales, y puede formiarse 
idea de lo que referiaai a sus senores cuando se 
lee lo que uno de ellos, Ben-Haucal, escribia en 
el trelato de sus viajes. Apenas comienza a ha- 
blar de Espana, se expresa de esta nianera (2) : 
"Lo <nie mas asombra a 'los extranjeros que llegan 
a esta peninsula es que pertenezca aun al so- 
berano que reina en ella, porque sus habitantes 
son gente sin dignidad y sin talento; son co- 
bardes, momtan muy mal a caballo y son comple- 
tamente incapaces de defenderse contra soldados 
aguerridos. Mas, por otra parte, miestros due- 
nos — a quienes Dios beadiga — conocen may bien 



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(1) Ben-Adari, t. I, p. 29t>. 
<2) Man. de Leyde, p. 39. 



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lo que vale este pais, las contribuciones que pro- 
duce, sus bellezas y sus delicias." 

Si los Fatimitas conseguian poster el pie en el 
■territorio de Andaihicia, seguramente habrian en- 
contrado partidarios. La idea de la proxima apa- 
ricion del Mabdi se habia difundido por Eispa- 
ixa, lo mismo que por todo el resto del mundo 
musutoan. Ya en el ano 901 — como referiremos 
mas adefrante — <un principe de la dinastia Onifmia- 
da se habfa atribuido el papel del esperado Mahdi; 
y en un iibro, escrito unos veinte anos antes de 
la fundacion del calif ato fatimita (1), se enoueai- 
tra una (predlccion del celebre teologo Aibdal-melic 
ben-Habib — muerto en 853 — , segun el eual un des- 
cendienite de Fatinia vendrfa a reimar en Espana^ 
ccn^uistaria Coaxstantinopla — ciudad considerad& 
aun como la metropoli del ori stianisano — , mataria 
a todos los cristianos varones de Cordoba y de las 
provincias inmediatas, y venderia a sus mujeres 
y a sus hijos, de suerte que se podria comprar 
un muchaeho por un latigo y una omtehacha por 
una espuela. Co-mo de ordinario sucede, las gen- 
tes de la clase baja eran quienes creian nias estas- 
profecias; pero aun entre las personas bien edu- 
cadas, y especialmente erutre los librepensadores, 
hubieran podido hallar partidarios los fatimitas. 
La filosofia habia penetrado en Espana, duran- 
te el reinado de Moiha-med, el quinto emir ommia- 
da (2) ; pero siendo los esp&noles mas intoleran- 



(1) Tarij ben-Habib, p. 160. 

(2) Said de Toledo, lol. 246 r. 



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20 

tes que los asiaticos, 'los filosofos eran mirados 
alii -con malos ojos, y los teologos andaluces, que 
habian hecho el viaje a Oriente, .no hablaban sino 
con un santo horror de la tolerancia de los Abasi- 
das, y sobre todo de aquellas reunioaies de sa- 
bio& de todas las religiones y de todas las sec- 
tas donde se disputaba sabre euestiones metafi- 
sicas, dejando a un lado toda revelacion, y donde 
los mismos musulmanes ponian a veoes en ridicu- 
lo el Coran (1). El pueblo detestaba a los fiiloso fos, 

los trataba de impios y los quemaba o apedreaba 
may a gusto (2). Las librepens adores tenian, 

pues, que disimai'lar sus sentimientos, y natural- 
anente esta sujecion les pesaba. <;No iban a estar 
disjmestos a apoyar a una dinastia cuyos princi- 
pios estaban conformes con Jos suyos? Licito es 
suponeiio y, segun parece, los Fatiraitas lo creian 
asi; hasta suponemos que imtentaron fundar una 
logia en Espafia, y que para ello se valieron de 
Men-Masarra, filosofo panteista, de Cordoba, que 
habia estudiado, sobre todo, las tr aduccione s de 
ciertos libros griegos, atribuidos por los arabes 
a Empodocles. Obligado a abandonar su patria 
por haber sido acusado de impiedad, se habia 
ido a reeorrer el Oriente, donde se familiarizo con 
las doctrinas de diferentes sectas y donde parece 
que.se aiili6 a la isociedad secreta de las Ismaelitas. 



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(1) V6anse Homaldi, fol. 47 r. y v. He publicado una 
traducciGn de este pasaje en el Joum. asiat.j quinta serie, 
tomo II, p. 93. Comparese tambien, con relaci6n a las re- 
uniones de que se habia en el texto, Abu-'l-mahasln, t. I, 
p&ffinas 420 y 421, con Masudl, apud Chwolsohn, t. II, p. 622. 

(2) Macarl, t. I, p. 136. 



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21 

Lo <jue nos inclina a suponerlo fue su conducts 
despfues de voilver a Eispaiia; pues entonees, en 
vez de exponer abiertamente sus opiniones, como 
habia hecho en su juventud, las ocultaba alar- 
deando de una gran devocion y de una rigurosa 
austeridad, por haberle ens-enado los jefes de la 
sociedad secreta — asi ail menos l lo creemos — que 
era preciso atraer y seducir a las gentes con las 
exterioridades de la piedad y la ortodoxia. Gra- 
cias a la mascara que habia adoptado y tambien a 
su arrebatadora elocuencia, supo enganar al vu*l- 
go y adquirir un gran niimero de discipulos, que 
conducfa lentamente, y paso a paso, de la fe a la 
duda y de la duda a la ioicredulidad ; pero no 
consiguio emganar ai clero, que, Justamemite alar- 
mado, bizo quem&r si no al mismo fiiosofo — por- 
qme Aibdeorxabman III no lo hubiera persmitido — , 
al menos sus libros (1). 

Par lo d-emas, fuese o no fuese Aben-Masarra 
emis»ario de los Ismaelitas — jporque no existe tes- 

o sobre este uunto — , oarece iaidu- 



* 1 * 



d&ble que los Fatiimitas no desouidaban ningun 
medio para formarse un partido en E;spana, y que/ 
hasta eierto putruto, lo eonsiguieron (2). Bn domi- 



(1) VSanse, sobre Aben-Masarra — 883-931 — , el Tarif 
aX-hocama — apud Amari, Biblioteca Ardbo-SiGula, pp. 614 
y 615 — ; Aben-Jacan, Matmah, 1. II,* c. 11 — este capltulo se 
encuentra tambien en Macari, t. II, p. 376 — ; Homalrl, fo- 
lio 27 r., y Ben-Hazrn, apud Macari, t. II, p. 121. El cele- 
t>re Zobaidi escribio* un Iibro para refutar las opiniones ,de 
este filosofo — Aben-Jaltcan, fasc. VII, p. 61 — . 

(2) Abderrahman III, como referimos mas adelante, man- 
d6 decapitar a un^prlncipe de su familia, a causa de sus 
opiniones xlitas. 






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22 

naoion hubiera sido, sin duda, un beaieficio para 
los librepensadores, pero un azote terrible para 
las masas, y especialmente para los cristianos. Una 
frase friamente barbara del viajero Ben-Haucai 
demuestra lo que estos ultimos podian esjperar de_ 
los fanaticos ketamianos. Habiendo advertido que 
los cristianos, establecidos a millares en gran nu- 
mero de poblaciones, originaban a menudo grandes 
dificultades al Gobierno con sus insurrecciones, 
Ben-Haucal propone un medio muy expeditivo para 
evitarlas de alii en adelante: exterminarlos desde 
el primero hasta el ultimo. Tal medida era a sus 
ojos excelante, y la unica objecion que se le ocu- 
rre es que requeriria mucho tiempo para ejecai- 
tarla. |No era, despues de todo, mas que cuesti6n 
de tiempo! Los ketamianos, como se ve, hubieran 
realizado a la letra la prediccion de AMaJknel ic 
ben-Habib. 

Tal era el -peligro que amenazaba a la Espana 
arabe por el Sur; pero aun era mas grave al que 
se hallaba expuesta por el Norte, donde el reino de 
Leon se engrandecfa de dfa en dia. 

Nada mas humilde que el origan de este redno. 
En el «iglo VIII, cuando la provincia que habi- 
taban se habfa ya sometido a los musmlmanes, tres- 
cienios hoonbres, mandados por el valiente Pelaiyo, 
habian buscado un refugio en las aitas montafias 
del este de Asturias. Una gran caverna — la de 
Covadonga — les servia de albergue. Muy elev&da 
sobre el suelo — aun hoy se sube all! por medio de 
una especie de escalera de noventa gradas — s se 



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23 

abre en una enorme roca, en el fondo de un valle 
tortuoso, profundamente surcado por un torrente, 
y tan estrechamente encerrado entre dos cadenas 
de penas escarpadlshnas, que un hombre a caballo 
casi no puede penetrar en el (1). Un pufiado de 
vadientes podia, por lo tanto, defenderse aJli aun 
contra fuerzas muy superiores. Esto es lo que hi- 
cieron los asturianos; pero llevaban una existen- 
cia muy miserable, y habi&ndose rendido algunos 
de sus ' companeros y muerto otros, por f alta de 
viveres, llego un momento en que Pelayo no tuvo 
en torno suyo mas que cuarenta personas, entre 
ellas diez mujeres, y en que no disponxan de mas 
alimento que la. miel que depositaban las abejaa 
en las hendeduras de la roca. Entonces los nrusul- 



manes los dejaron en paz, diciendose que, despues 
d« todo, una treintena de hornbres no era de tenner, 
y que seria traibajo perdido aventurarse, por ellos, 
en un valle tan peligroso, donde tantos valientes 
h-abian encontrado ya una niuerte sdn gloria (2). 
Gracias a este respiro, pudo Pelayo reforzar su 
banda, y habiendoseie unido muchos fugitives, 
tomo la ofensivia y empezo a hacer incursiones por 
las tierras de los musulmanes. Queriendo poner 
texmino a estas dep red aci ones, el bereber Munusa, 
que era entonces gobernador de Anurias, envi6 
«owtra el a uno de sus lugartenientes, llamiado AI 1 - 
cama; pero la expedition de este fue desgraciadi- 



(1) Morales, que escribfa su Cronioa General en el si- 
l?lo XVI, trae una descripci6n detallada y muy plntoresca. 
de esta caverna' y de este valle — t. Ill, fols, 3 y 4 — . 

(2) Macari, t. II, pp. 9 y 10, 671 y 672. 



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24 

sima, pues sus soldados sufrieron una terrible 
derrota, y el mismo fue muerto. El exito obte- 
nido por la banda de Pelayo enardecio a los de- 
mas asturianos, que se insurreccionaron, y enton- 
ces Mftmixsa, que no tenia tropas suficientes para 
reprimir esta rebellion, y que temia le contasen la 
retirada, abandono Gijon — donde residia — , to- 
mando el camino de Le6n; mas, apenas habia an- 
dado siete leguas, se vio atacado de improviso, y 
cuando llego a Le6n, despues de experim-entar con- 
sidierables perdidas, siis soldados, desalentados por 
completo, se negaron a volver & las asperas mon- 
ianas que habiah sido testigos de sus infortu- 

nios (1). 

Habiendo sacudido asi el yugo de la dominaci6n 
extranjera, los asturianos, algiin tiempo despues, 
vieron acrecentar su poderio- Hacia el Este, con- 
finaba su provincia con efl. ducado de Cantabria, que 
no habia sido sometido por los musuimanes; y 
cuando Alfonso, que reinaba alii y que se habia 
casado con la hija de Pelayo, subio ail trono de 
Asturias, las fuerzas de los cristianos se hallaron 
casi dupllicadas. Desd<e entonces j>ens;aron ; natural- 
mjenfce, en rechazar a los conquistadores mas ha- 
cia el Sur. Las circunstamcias vinieron en su ayu- 
da. hos berberiscos, -que formaban la miayoria de 
3a poblacion musulmaiia en casi todo eil Norte, 



V * 



(1) Los cronlstas espafioles, que han exagerado raucho la 
Jmporlancia de la victoria alcanzada por Pelayo, pretenden 
tambi^n que Munusa fu4 muerto durante la retirada. S&bese, 
por el contrarlo, que este general sobrevivi<5 muchos aftos a 
eu derrota y que muritf en Cerdefia, Vfiase Isidore* c. 58, y 
comp&rese con Ben-Adari, t. II, p. 27, 1, XV. 



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25 

abrazaaido las doctrinas de los no-con formista®, se 
sublevaron contra los arabes y los echaron; pero 
al dirigi-rse a ! l Mediodia fiueron batidos, a su vez, 
y ojeados como fieras. Diezmados ya por la e^pa- 
da, lo fueron mucho mas por el hambre horrible 
que, a partir del 750, asolo a Esparla durante cin- 
co afios coei-secutivos. La mayor parte resolvi6 
entonoes abandonar la peninsula para, ir a unirse 
con sus hermanos de tribu, que moraban en la 
costa de Africa- Aprovechando esta emigration, 
los gallegos se sublevaron en masa contra sus 
opresores, eai ^ ano 751, y reconocieron a Alfon- 
so como rey* Secundados por este, mataron a gran 
nuonero de enemigos, y obligaron a los deonas a 
retirarse a Astorga. El ano 753 6 54, los benbe- 
riscos tuvieron que retirarse aun mas hacia el Sur. 
Evacuaron Braga, Porto y Viseo, con lo cual toda 
la costa, hasta mas alia, de la embocadura del 
Duero, se encontro libr-e del yiugo. Retraoediendo 
siempre, y no pudiendo perrnan&cer ni en Astorga 
ni en Leon ni en Zamora ni en Ledesma ni en Sa- 
lamanca, se raplegaron a Coria y hasta a Merida. 
Mas al Este, abandonaron Saldana, Simaoicas, Se- 
govia, Avila, Oca, Osma, Miranda de Ebro, Ceiii- 
cero y Alesanco, estas dos ta/ltimas en la Kioja. 
Las principales ciudadas fronterizas del pals mu- 

erifon&n fuieron, desde entonces, de Oeste a Esffce: 
Coimbra, a orillas deLMondego; Coria, TaHavera 
y Toledo, a orillas del Tajo ; Guadalajara, Tudela 
y Pamplona. 
De este modo, la guerra civil y la terrible hactn- 



26 

bre del 750 emancipairon gran parte de Espaiia de 
la dominacion musulmana, que no du-ro en estas re- 
giones mas que unos cuaranta afios. Pero Alfon- 
so aprovecho poco las ventajas obtenidas. Reco- 
rrio el pais abandonado y paso a cuehillo a los po- 
cos musoiknanes que encontro en el; pero no tie- 
niendo, ni bastantes siervos para cultivar un te- 
rritorio tan extenso, ni bastante dinero para re- 
oonstruir las fortalezas que los mjusulmanes ha- 
bian desmantelado o destruido antes de su partida, 
no pudo sonar con apoderarse de ellas y se llevo 
consigo a los indigenas cuando volvio a sus Esta- 
dos. No ocupo sino los distritos mas proximos a 
sus antiguos dominios. Eran estos la Liebana, es. 
decir, 'el sutoeste de la provinoia de Santander 

•Castilla la Vieja, llamada antes Bardulia — , 3a 

costa de Galicia y tal vez la ciudad de Leon. Ed 

re&to no fue, durante mucho tiempo, mas que urn 

desierto, que formaba la barrera natural entre los . 

• cristianos del Norte y los musubnanes del Sur (1). 

Pero lo que no pudo haeer Alfonso I lo reali- 
zaron sus sucesores. Casi siemipre en guerra con- 
tra los arabes, establecieron su capital en Leon y 
reconstruyeron, poco a poco, la ciaidades y las for- 
talezas mas importances. En la segumda mitad del 
siglo IX, cuando casi todo el Mediodfa se habia 
rebe&ado contra el emdx, extendieron los lionites 
de su Estado hasta el Doero, doude levantaron 
cuatro plazas f uer.tas : Zamora, Simianeas, San Es- 

teban de Gormaz y Osma, las euales formaban 






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(1) V^anse mis Investioaciones, t., I, pp. 126 y sigs 



27 

contra los musulmanes una barrera casi infran- 
queable, miantras el pais, extenso, pero triste y 
esteril, que se extiende entre el Duero y el Gua.- 
diana, no pertenecia ni a los leoneses ni a los 
arabes; se lo disputaban aun (1). Por el Oeste, 
los leoneses estaban mas cerca de sus enemigos 
naturales, puesto que sus fronteras se exfcendiaai 
mas alia del Mondego (2). Pero estas fron*eras 
eran repasadas algunas veces. Aprovechando la 
debilidad del emir, haclan atrevidas expediciones 
mas alia del Tajo y del Guadiana (3), y las tri- 
bus, en su mayoria bereberes, que habitaban en- 
tre sambos rios, podian qponerles tanta menos re- 
sistencia cuanto que miiy f recu entemente se halla- 
ban en guerra entre si (4). Ententes erales for- 

zoso humillarse ante los cristianos y resaxcirse 
del "saqueo. 

Pero la hora de la venganza parecia, ail fin, foa- 
ber llegado para ellos. En el ano 901, uoi principe 
de la dinasila Omsmiad'a, Ahmed aben-Moaraia, con- 
sagrado ail estudio de las ciencias ocultas y aspi- 
rante al trono, se presemto a los bereberes, como 
el Mahdi, y los excito a* alistarse bajo sus ban- 
deras para marchar juntos contra Zamora, ciu- 



(1) Segun Ahmed ben-abi-Yacub, c<ue escribfa hacia el 
afio 890, Merida, a orillaa del Guadiana, era una ciudad 
fronteriza. VSase de Goeje, Specimen liter, exhibens descriv~ 
tionen al-Magribi, p. 16, libs. I-III del texto arabe. 

(2) VSase Mon. SU., c 42, al fin, y Ghron. Conimbr., II. 

(3) Chron. Albendense, c. 64. La expresi6n "castra de Nep- 
za'\ de que se sirve este cronista, significa los castillos de 
la tribu berberisca de Nefza, que habitaba entre TrujIHo 
y el Guadiana; v€ase Ben-Hayan, fol. 99 r. y 101 vi 

(4) Ben-Hayan, fol. S9 r. 



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28 ' 

dad que Alfonso III habfa hecho reedific-ar en 893 
por loss cristianos de Toledo, aliados suyos, y 
que desde entonces fue el terror de los berbe- 
rascos, porque desde alii venian los leoneses a 
saquearlos, y alii ponfan a salvo su botin, defen- 
dido por siete fosos y siete murallas (1). E4 11a- 
mamiento de Ahmed se vio coronado por un exito 
immense Ignorantes y credulos, ardiendo en deseos 
de tomar el desquiie, los bereberes se agruparon 
en masa en torno de un principe qoie bacia mi- 
lagros, poco complicados, en verdad, y que les de- 
cia que las murallas de todas las ciudades cae- 
rfan al aproximarse el. En pocos meses, el impos- 
tor reuni6 un ejercito de sesenta mil hombres; le 

condujo hacia el Duero, y cuando llego cerca de 
Zamora, envio a Alfonso III, que se hallaba en 
esta ciudad, una carta fulminate, en que le ame- 
nazaba con su c61era si el y sus subditos no abra- 
zaban inmediatamente el islamismo. Al escuchar 
la ilectura de esta carta, Alfonso y s.us nobles tem- 
blaro-n de indignacion y de ira, y queriendo casti- 
gar en el acto a qui en la habia escrito, montaron 
a caballo y fueron a atacarle. Salio a su eneuentro 
la caballeria bettberisca, y coimo era verano — en 



el mes de junto — , eil Duero llevaba poca agua y el 
combate se entablo en el lecho del rio. La suerte 
no favorecio a los leoneses, pues los berberiscos los 



(1) Vfiaae Ben-Hayan, fol. 83 r., y compares© la des- 
cription de Zamora, que hace Masudi — en mis Investigation 
nes, t. I, p. 181 — . 






29 



derxotaron, y cortandole la entrada de la ciudad, 
Jos empujaron hacia el interior del pais. 

Sin embargo, el termino de la expedition fu£ 
mu y diferente del que podia presagiarse por este 
primer combate. El supuesto Mahdi habia a&qui- 
rido un inmenso dominio sobre sus soldados; cre- 
yendo indigoio de el dar orders de viva voz, las 
daba por senas, y obedecian a sus meriores g^tos 
con la mayor docilidad; pero cuanto mas respeto 
infundia a los simples soldados, mas excitaba la 
envidia de los jefes, los cuales presentian que, si 
tenia exito la expedicion, serian suplantados por 
el supuesto profeta, en cuya mision no creian. Asf 
que ya habian buscado ocasion para asesinarle, y 
no la habian encontrado; pero mientras perse- 
gufan al enemigo, el mas poderoso de ellos, Zalal 
aben-Yaix, jefe de la tribu de Nefza, dealaro a 
sus amigos que habian cometido un gran error 
batiendo a los leoneses, y que era preciso entmen- 
darlo antes de que fuese demasiado tarde. No le 
cost6 ningun trabajo convencerlos, y resolvieron 
todos enredar los asuntos del Mahdi. Mtandarosi 
tocar retirada, y cuando Uegaxon a las avanzadas, 
a la orilla derecha del Duero, recogieron los ob- 
jetos que les perteneci an, diciendo que habian 
sido batidos y que el enernigo venia a sus alcan- 
oes- Dieron fe a sus palabras, por lo mismo que 
no traian consigo mas que parte de sus tropas, 
porque las demas no habian obedecido sus ordenes 
o no las habian entendido. Un terror panico se 
apodero de los animos. Buscando la salvacion en 



so 

una pronta fuga, gran numero de soldados co- 
rrieron hacia el Duero; y viendo esto, la guax- 
nicion de Zamora hizo una salida y acuchillo a 
muchos de ellos en el instante en que intentaban 
pasar el rio. Sin embargo, los leoneses, deteni- 
dos par el grueso del ejercito musulman, que se 
hallaba aun a la orilla izqoiierda, no pudieron en 
aqueJ dla ni an el siguiente hacer decisiva la ven- 

taja que acaba^an de obtener, hasta que la deser- 
cion, cada vez mas general, en las huestes del 
Mahdi, vino en su ayuda. En vano afinmaba el 
Mahdi que Dios le habia prometido 2a victoria ; no 
le crefan, y al tereer dfa, cuando se vio abando- 
nado de casi todos sus soldado-s, perdio el mismo 

toda esperanza. No queriendo sobrevivir a su des- 
honra, pico espuelas a su caballo, se lanzo entre 
los enemigos y encontro la muerte que busca- 
ba. Su cabeza fue clavada en una puerta de Za- 
mora (1). 

J 

Bl resultado de esta campaiia aumento, natu- 
raimente, la audacia de los leoneses- Contando can. 
el apoyo de Toledo, y sobre todo con la coopera- 
cion del rey de Navarra, Sancho el Grande, al 

cual debia su pais una importancia que no habia 
tenido hasta entonces, miraban cada vez mas 
la E^pana musulmana como una presa que no se 
ks podia escapar, Todo los nnpulsiaba hacia el 
Sur. Pobres, hasta el extremo de que a falta de 
numerario cambiaban aun unos objetos por 



(3) Een-Hayan. fol. 98 V.-102 v.; Sampiro, c. 14. 



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otros (1), e inducidos por sus saeerdotes — a los 
cuales eran ciegamente adictos y coknaban de re- 
galos — a conslderar la guerra contra los inixeles 

como el medio mas seguro de conquistar el ciedo, 
buscaban en la opulenta Andalucfa los bienes de 

e&te mundo y los del otro. ^Escaparfa Andalusia 
a su dommacion? Si sucumbia, la suerfce de los 
musulmanes iba a ser terrible, Crueles y fanaticos, 

los leoneses rara vez daban cuartel; de ordina- 
rdo, cuando conquistaban una ciudad,. pasaban a 
cuchillo a todos sus habitantes. No habia que 
espexar de ellos una tolerancia como la que los 
musulmanes mostraban con los cristianos. £Que 

seria, ademas,, de la brillante civilization arabe, 
cada vez mas desarrollada, bajo la domination da 
estos barbaros, que no sabian leer, que cuando 

querian medir sus tierras tenian que servirs© de 
los sarracenos (2), y que cuando hablaban de una 
biblioteca, creian que se trataba de la Sagrada 

Escritura? 

Como &e ve, la tarea que esperaba a Abderraih- 
mam III, al principio de su reinado, era hermosa 
y grande, pues consistia en salvar su patria y la 

civilization misma; pero tambien era extremada- 
mente dificil. El prlncipe tenia que conquistar 
a sus propios subditos y rechazar, por una parte, 
a los barbaros del Norte, cuya insolencia habia 
crecido al poso que se debilitaba el ianpierio mu- 



(1) Carta, en Sota, Bscri., I; otra carta — del afio 993- 
en la Esp, &agr. } t. XIX, p. 383. 

(2) Carta, en Berganza, t. I, p. 1&7, col. 2.», 1. VI, 



32 

sulman; par otra, a los barbaros del Mediodia, 
que, en un abrir y cerrar de ojos, se habfan hecho 
duenos de un vasto Estado y creian apoderarse, 
a poca costa, de los andaluces. Abderrahman com- 
prendio su mision, Ya hemos visto de que modo 
conquisto y pacifico su propio reino; ahora va- 
mas a ver eomo hizo frente a los enemigos exte* 



nores. 



II 



Aunque Abderrahman III no hubiera tenido 
infcencion de volver sus arm-as contra los leoneses, 
estos le hahrfan oibiigado a ello, porque en el 
ano 914 su rey, el intrepido Ordono II, rompio 
las hostilidades, en&rando a sangre y fuego en el 
territorio de Merida. Habiendose apoderado de la 
forta5eza de Alanje, paso a cuehillo a todos los de- 
fensors de la plaza y redujo a la esclavitud a sus 
mujeres y a sus hijos. Entonces, espantados los 
habit antes de Badajoz, y temerosos de compartir 
la suerte de sus vecinos, revuiieron multitud d e 
objetos preciosos y, con su principe a la cabeza, 
fueron a suplicar al rey cristiano que se dignase 
aceptarlos. Ordono accedio; despues, victorioso y 
harto de botin, repaso el Tajo y el Duero, y, una 
vez en Leon, dio a la Virgen una prueba de su re- 
conocimiento edincandole una iglesia (!)• 



(1) Mon. Sll„ c. 44 y 45; Aben-Jaldun, fol. 14 v. Mc 
he atenidrt g este liltlmo autor en lo concerniente a la 
fecha. 



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33 

Corno los habitantes de los distritos que Ordono 
habia saqueado no se le habian sometido aun, Ab- 
derrahman, si hubiera querido, habriia podido ce- 
rrar los ojos ante estos sucesos; pero no era esta 
su manera de pensar. Comprendiendo perfectamen- 
te que era preciso ganarse las corazones de sus 
subditos rebeldes, demostrandoles que podia de- 
jjenderlos, decidio castigar al rey de Leon. Al efee- 
to, en julio del 916 envio contra el un ejeroito 
considerable, mandado por Ben-abi-Abda, el an- 
tiguo general de su abuelo. La expedicion de Ben- 
abi-Abda, la primer a despues de &a que el supoiesto 
Mahdi habia realizado quince anos antes, no fue, 
en verdad, mas que una correria; pero en ella 

conquistaron los niuswknanes cuantioso botin (1). 

Al afio siguiente, Abderratoian, instado vivamen- 

te por los habitantes de la region fronteriza, que 
se quejaban de que los leoneses habian incen- 
dtado los arraballes de Talavera, a orillas del Tajo, 
ordeno a Ben-abi-Abda salir otra vez a campana 
y sitiar la importante fortaleza de San Estebaai 
de Gormaz, llamada tambien Castro-Moro (2). El 
ejercito era imnteroso y se componia, en parte, 
de mercenaries africanos, que Abderrahman ha- 
bia fcraido de Tarager; asi quie la expedicion pro- 
imetla ser feliz. Estrechaaneivbe bloqueada, la guar- 
nicion de San Esteban quedo pronto reducida al 
ultimo extremo, y estaba ya a pun-to de rendirse, 
cuando Ordono aeudio en su socorro y ataco a 



(1) Arib, t. II, p. 176; Aben-Jaldun, fol. 14 v. 

(2) Arib, t. II, p. 186, 1. Ill y IV. 

Hist, musulmanes.— T. Ill 



34 

Ben-abi-A3>da. Desgraciadamente para, este gene- 
ral, su ejercito se compooiia, no solo de soldados de 
Tanker, sdno de graji xrfumero de habitantes de la 
frontera, y no se podia con-tar con la fidelidad m 
' con el valor de estos hombres, medio espanoles, 
medio berberiscos, que gritaban may alto cuando 
los leoneses iban a saquearlos, pretendiendo en- 
tonces que el emir debia protegerlos; pero que no 
querian defenderse por si mismos m obedecer al 
monarca. En aquella ocasion se dejaron veneer, 
y su precipitada fuga produjo un espantoso des- 
orden &a todas las fiilas del ejercito. Viendo la ba- 
talla perdida, el valiente Ben-abi-Abda preiirio 
morir en su puesto a buscar su salvacion en la 
huida; muchos de sus soldados, qus pensaban co-mo 
efl, se agruparon en tonno suyo y, sin retroceder, 
sucumbieron a los golpes de los cristianos. Se- 
gun los historiadores arabes, el resto del "ejer- 
cito Iogro* rehacerse y volvio, en bastaoiite buen 
orden, a territorio nrusulman; por el contrario, los 
cronistas cristianos refieren que la derrota <3e los 
musuknanas fue" tan cotmpleta, que, desde Atienza 
hasta el Duero, las coiinas, los bosqu-es y los cam* 
pos quedaron cubiertos de cadaveres (1). 

Sin dej arse desaniimar, Abderrahman tom6 
inmiedia/tamenfce sms medidas para reparar este 
desastre; pero mienrfcras hacia los preparativos 
para una nweva camflpana, que debia verificarse al 



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(I) Arib, ■ t. II, pp. 177 y 178; Sampiro, c. 17; Mon. SU., 
capltulos 46 y 47. 



35 

afio sigmieaite, los asuntos de Africa absooibieron 
su atencion. 

Auoique auxi no estaba en guerra contra los Fa- 
timitas, y aunque estos, ocupados en la conquista 
de Mauritania, no le habian dado motivo de queja, 
preveia que, una vez terminada, esta guerra, vol- 
verian inmediatamente sus armas contra Espana. 
Considero, pues, como un deber socorrer a la Mau- 
ritania cuanto le fuera posible y hacer de esta 
region, por decirlo'asi, como el baluarte de Es- 
pana contra los Fatimitas. Adenias, debiia evitar 
entrar antes de tiempo en guerra abierta con esta 
dinastfa, porque mientras no hubiese domtnado la 
insurreccion en su propio reino y obligado a los 
cristianos del Norte a demandar la paz, arriesgaba 
mucho si se exponia a un desembarco de los Fati- 
mitas en la costa andaluza. Todo lo que podia ha- 
cer en aquellas circun stand as era animar y ayu- 
dar, bajo mano, a los prfncipes que quisieran de- 
fenderse contra los invasores de su pais. 

Ya en el afio 917 tuvo ocasion de hacerlo, cuan- 
do &1 pfinci^pe de Necur (1) fue atacado por los 
Fatdmitias. De origen arabe, la f aimilia de este prim- 
cipe habia reinado sobre Necur y su territorio des- 
de la conquista; se habia distinguido siemrpre por 
su fervor rdigioso, y desde que dos de sus prinee- 
sas, hechas prisioneras por los piratas aiorman- 
dos, haibfan sido rescatadas por el emir Moha- 

med (2), no habia cesado de sostener con Espana 



(1) Necur es una ciudad del Kif, a cinco leguas del mar. 
<2) VSanse mis InvesHffaciones, t. II, pp. 285, 298 y 294. 






. A tM 






36 

las mas amistosas relaciones. Un segaindon de 
esfca easa, piadoso faqui, que nabia hecho cuatro 
veces la peregrin aci an a la Meca, habia venido a 
Espana, durante el reinado de AJbdala, para tomar 
parte en la guerra santa. Atacado por Ben-Haf- 
sun, despues de su desembarco, llego solo al caan- 
pamentG del emir, por haber sido muertos todos 
los de su escoita, y el nmrio, a su vez } coanba- 
tiendo contra Daisam, el jefe de 3a provinoia de 
Todmir. 

El principe que reinaba en Necur cuando los 
Fafcimitas dirigierott sois armas contra Maurita- 
nia, se Uaniaba Said II. Inthnado a someterse, se 
nego a hacerio; pero ell, o mas bien un espanol, 
que era su poeta laureado, cometio la impruden- 

cia de unir el ultraje a la negativa. Conviene sa- 
ber que, al pie de su intimacion, el califa haibia 
mandado escribir allgunos versos, cuyo sentido era 
que si los habitantes de Necur no querian some- 
terse, los exteriminaria ; pero que si le obedecian, 
harfa reinar la justicia en su pais. El poeta lau- 

reado, Ananas de Toledo, respondio a aquellos Ver- 
sos con estos otros: 

"jHas mentido, te lo jiuro por el templo de 3a 
Meca! No, tu no sabes practiear la justicia, y 
namca el Eterno ha oido de tus labios una palabra 
sincera o piadosa. No eres mas que un hipocrita, 
un incredulo; predicaaido a los rusticos, mutilas la 
Sunna, que debe ser la regla de todas nuestras 
acciones. Nosotros ciframos la arnbicion en cosas 



t h 



37 

grandes y nobles, entre las cuales la religion de 
Mahama ocupa el primer termino; tu, por el con- 
trario, cifras la fcuya en cosas bajas y viles" (1). 

Herido en lo vivo, el calif a Obaidala- envio in- 
mediatameaite a Miesala, gobernador de Talior, ^ 
orden de atacar a Neour. No teniendo ciudadela 
donde refugiarse, el viejo Said II salio al encuen- 
tro del enemdgo y le detuvo durante tres dias; 
pero, traicionado por uno de sus capitanes, imurio 
a3 fin en el campo de batalla eon casi todosios 
3uyos — 917 — . Entonces Mesala tomo posesion de 
Necur, pasamdo a cochillo a los homibres y redu- 
ciendo a la esclavitud a la 3 'inujeres y a los ninos. 

Avisados por sai padre, tres hijos de Said ha- 
bian tenido tiempo de embarcarse, dirigiendose a 
Malaga. En euanto llegaron a este puerto, Aibde- 
rrahman III d/io las ordenes necesarias para que 
se les hiciese el recibimiento mas honroso, y, al 
mismo tiempo, ?.es onazido a decir que, si se deci- 
dian a ir a Cordoba, quedaria encantado de reci- 
birlos; pero que no queria contrariarlos en nada, 
y, por lo tanto, pod! an seguir en Malaga, si tal 
era ,su deseo. Los iprincipes le contestaron que pre- 
ferian permanscer lo mas oerca posible del teatro 
de los acontecianientos , por que esperaban regresar 
muy pronto a su p atria, esperanzu que no resulto 
fallida. Haibiendo vuelto a tamar el camino de 



'r 



(1) Vease lo Que he dicho sobre el texto y sobre el sen- 
ttdo de estos versos en los Anales de Gotinga, aflo 1858, 
paginas 1091 y 1092, dando cuenta de Aben-Jaldun de 
M. Slane. 






"■: *■', 



/ 



88 

Tahor, despues de pasar seis meses en Necur, 
Mecala habia confiado el mando de esta ultima 
ckidad a un oficial ketamiano, llamado Dalul. Este 
S8 vio abandonado por la mayoria de sus tropas, y 
entonces los principea, a quienes sus partidarios 
tenian al corriente de todo, equiparon barcos y 
partieron para Necur, conviniendo entre si en que 
seria la corona para el primer o que llegara. Sail, 
el mis joven de 'los tres, se adelanto a sus her- 
manos. Los bereberes de la costa le recibieron con 
entusiasmo, y, proclaanandole emir, marcharon 
contra Necur, donde dieron muerte a Daluil y a 
sus soldados. Dueno del pais, el principe Sali III 
apresurose a escribir a Ahderrahman III para 
darle gracias por su acogida y comunicarle su 
victoria. Al mismo tiempo, hizo proclamar 'la so- 
berania de este monaroa en toda la extension de 
sus Estados, y, por su parte, AbderraOiman le en- 
vio tiendas, armas y banderas (1), 

Aw&que lias asuntos de Necur hubiesen podido 
hacer olvidar a Abderrahman que tenia que ven- 
gar 3a derrota de su ejercito y la muerte del in- 
trepido Ben-abi-Aibda, cuya cabeza habfa hecho 
clavar Ordoiio en la muralla de San Esteban, al 
3ado de una cabsza de jabalf (2), I03 cristianos se 
habrian encargado de recordable su deber, por- 
que en la primavera del ano 918, Ordono II y su 
aliado Sancho de Navarra asolaron las inonedia- 



(1) Arlb, t. I, pp. 177 y 178; Becri, pp. 94-97, ed. d« 
Slant; Ben-Adari, t. I, pp. 178-183; Aben-Jaldun, Historia 
de los bereberes, t. I, pp. 282-285 del texto. 

(2) Uon, SU., c. 47, 



*-s 



39 

clones de Najera y Tudela, despues de <lo cual 
Sancho se apodero del arrabal de Valtierra y que- 
m o ]a gran mezquita de esta fortaleza (1). Abde- 
rrahman confio entonces el mando de su ejercito 
al Jiachib Bedr, y envio a los habitantes de las 
fronteras la orden de uninse a sus banderas, ex- 
citandoios a aprovechar esta ocasion para lavar 
la deshonra de que se habian cubierto el alio pre- 
cedents- Salieron de Cordoba & 7 de juflio, y cu&n- 
do llegaron a territorio leones atacaron audaz- 
mente ail ejercito enemigo, atrincherado en las 
montanas. Dos veoes — el 13 y el 15 de agosto — ■ 
ee .peleo en un paraje denominado Mutonia (2), y 
en ambas obtuvieron los musulmanes un brillante 
triunfo.. Los leoneses, como atestiguan sus pro- 
pios eronistas, hubieron de consolarse diciendo, 
como David, que la suerte de las armas es nvu- 

dable (3). 
Habiendo reparado as! Abderrahman la afren- 

ta de su derrota, pero no creyendo aiin bastantw 
haiimdllados a los (leoneses, y ardiendo ademas en 
deseos de obtener por isi mdsnio una parte de los 
laurales que recogian sus generate en la gmerra 
contra los infieles, tomo en persona el mando del 
ejercito a prmcipios de junio del 920. Un ardid 
le hizo dueno de Osma. Bl senor que mandaba 
esta plaza le foabia hecho las mas brillantes pro- 
mesas en el caso de que le dejase tranquilo y di- 



(1) Arib, t. II, p. 179. 

(2> El texto de Arib muestra que esta es la verdadora 
transcripci6n ; pero se ignora la aituac!6n de este lugav. 
(3) Arib, t. II, PP. 179-181; Sampiro, c. IS. *> 



■ ■" ■ 



^1 



■C 



40 

rigiese su-s armas hacia otra parte. Abderrahman 
aproveaho la cobardia de este hombre. Fingiendo 
dar ofdos a sus proposiciones, se dirigio hacia el 
Ebro por Medinaoeli; pero, torciendo de pronto a 
la izquierda y encaminandose hacia el Duero, en- 
vio delarate un destacamento de caballeria, con or- 
den de saquear y asoilar las inmediaciones de 
Osma. Sorrprendida de la repentina aparicion de! 
enemigo, la guamidon de Osma se apresuro a re- 
fugiarse en los bosqioes y en las montanas, de 
suerte que los musulmanes entraron sin lucha en 
la fortaleza, la quern aron y fuerom a atacar a San 
Esteban de Gormaz. Tasmpoco alii encontraron 
resisitencia, por haiber huido la guarnicion en 
cuaaito se acercaron. La fortaleza fue destruida, 
lo mismo que el proximo castillo de Alcubilla. He- 
cho esto, mareharon 3os musulmanes contra Clra- 
nia, antiquisima ckidad, hoy en ruinas, pero im- 
portance entonoes. Parecfa que los leoneses ha- 
bfan corrido la voz para no reaistir en ninguna 
parte, porque los musulmanes -eoicontraron a Clu- 
nia completamente aibandonada y destruyeron 
gran parte de sus casas y de sus templos. 

Cediendo a las peticiooies de los musulmanes de 
Tudela, decidio entonces Abderrabman vdver sus 
armas contra Sancho de Navarra. Marchando len* 
tamente, a fin de no fatigar mucho a sus tropas, 
em,pleo cinco dias en ir de Clunia a Tudela; des- 
pues, poniendo tun destacamento de caiballerfa a las 
ordenes de MoJhamed aben-Lope, gobernador de 
Tudela, mandale atacar la fortaleza de Carcar, que 



^ 



41 

Sancho habia hecho construir para contener y ve- 
jar a los habitantes de Tudela. Los musulmaiies 
la encontraron abandosiada, lo mismo que Calaho- 
rra, de donde el propio Sancho habia huido preci- 
pitadarnente para refiugiarse en Arnedo; pero 
cuando pasaron el Ebro, vino Sancho a atacar su 
vanguardia. Entablado el combate, demostraron 
los musutaairies que Servian para algo mas que 
para tomar, saquear e ineendiar fortalezas sin de- 
fensors, pues derrotaron compfletamente al ene- 
migo, obligandole a refugiarse en las montanas. 
La vanguardia basto para obtener tan brillante 
resultado; Aibderrahman, que estaba en el ceaitro, 
hasta ignoraba que se habia batido con el ememi- 
go; las cabezas oortadas que le presenbaron se lo 
hicieron saber. Derrotado, y no pudiendo por si 
solo hacer frente a los musuilmaJies, Sancho de- 
mando y obtuvo la cooperacion de Ordono- Ambos 
reyes resolvieron entonces atacar, ya la vanguar- 
dia, ya la retaguardia del enemigo, segun las cir- 
cunstandas se lo pei^mitieran. Entre tanto, los 
cristianos, sin abandonar las montanas, se mante- 
nfan a los flajiieos de las columnas sarracenas que 
atravesaban los desftladeros y los valles. Querien- 
do aterrar a sus adversarios, lanzaban de tiempo 
en tiempo grandes alaridos, y aprovechando las 
vewtajas del terrene, a veces mataran a algunos. 
EI ©jercito musulman se hallaba evidentemente en 
una situation peligrosa: tenia que haberselas con 
montafieses agiles e intrepidos, que recordaban 
harto bien el desastre que sus antepasados habian 



a 



42 

causado al gran ejercito de Carflomagno en Ro&- 
ceswalles, y que acechaban la ocasion de tratar a 
Abderrahman de la misma manera. El emir no ig- 
noraba el peligxo que le amenazaba, y cuando llego 
al valle que, a causa de los juncos que le cubxfan, 
&e llama Junquera (1), ordeno hacer alto y des- 
iplegar las tiendas. Eintonces los cri&tianos coime- 
tieron una falta gravisirma: en vez de penmanecer 
en las montanas, bajaxon a la llanuxa y aceptaron 
audazmente el combate que los nvusuknanes les 
presentaban, pagando su temeridad con una terri- 
ble derrota. Los irm-sulmanes los persiguieron has- 
ta que la obscuridad de la noche los ocuiio a su 
vista, haciendo prisioneros a muchos de sus jefes, 
<mtre los cuales figuraban dos obispos, Heronogio, 
de Tuy, y Dukidio, de Salamanca, que, seguai la 
costurnbre de aquel tiempo, se habian eeiiido los 
arneses de gucrra. 

Entre tanto, mas de mil cristianos habian ha- 
Ilado asilo en la fortaleza de Muez, por lo que 
Aoderrahman la cerco, la rindio y mando deoapi- 
tar a todos sus defensores. 

Destmyendo fortalezas y no hallando resis-ten- 
cia en ninguna parte, lo;s muisoilmanes reoorrie- 
ron triunfanies Navarra, pudiendo van aglori arse 
de habeiflo quemado todo en un espacio de diez 
millas cuadradas. El botin que recogieron, sobre. 
todo en vfveres, era prodigicso, vendiendose en 
su campamento el trigo casi por nada; y no pu- 

i 

(1) Entre Estella y Pamplona, o, con mas precisldn aifln, 
entre Muez y Salinas de Oro. 



43 

diendo transporter todas las provisiones que ha- 
bian acopiado, -tuvieron que quemar gran parte. 

Vdctorioso y cubierto d-e gloria, Abderrafcman 
emprendio la retirada el 8 de septiembre. Al Ile- 
g ar a Atienza lieencio a los soldados fronterizos, 
que se habfan portado muy bien en la batalla de 
VaMejunquera, y entr-e los cuales distribuyo pre- 
sentes. Encamimose a Cordoba, y lleg-6 alii el 24 
de septiembre, despues de una ausencia de tres 
meses (1). . 

Abdexrahman podia lisonjearse con la esperan- 
za de que esta giloriosa campafia quitaria por mu- 
cho tiempo a los cristianos el desao de hacer in- 
cursiomes por territorio musulman; pero tenia 
que haberselas con enemig-os que no se desalen- 
taban faelmente. En el afio 921 (2), Ordofio hizo 
una nueva correria, y si hemes de creer a un 
cronista cristiano, que tal vez exagera los exitos 
alcanzados por sus compatriotas, el rey de Leon 
llego a una Jornada de Cordoba (3). Dos anos 
despues, Ordofio conquisto a Najera (4) anienstras 
su ailiado Sianoho d i e Navarra se apodero de Vi- 
guera, de lo cual -estaba tan orgulloso que excla- 
mo con el prof eta: "Los he dispersado, los he 



■_ 



(1) Arib, t. II, pp. 1S3-1S9; Aben-Jaldun, fols, 13 v.-14 v.; 
Sampiro, c. 18; Raguel, Vita vel passio Sancti PeZafirit— co- 
lecci6n de Schot, t. IV, p. -J4S — . 

(2) En este afio debi6 verificarse la expedicitfn de Ordofio, 
porque dice Sampiro que al volver a Zamora el rey en- 
contrd muerta a su mujer, y se sabe de eierto que la reina 
muri6 en el afio 921; vSase E$p. Sagr. f t. XXXVII, p. 269. 

(3) Sampiro, , c. IS. 

(4) Sampiro, c. 19 



44 

obligado a refugiarse en reinos kjanos y desco- 
nockias" (1). 

La toma de Viguera causo gran consternation 
en la Espana musulm&na, pues se referia que to. 
dos sus defensores, entre los cuales habia aign- 
nos pertenecientes a las mas ilus-tres familias, 
h&bfan sido muertos (2) ; asf que, awnque Abde- 
rratatan no hubiera querido> la opinion publica 
le hubiese obligado a vengar aquel desastre. Peio 
no necesitaba tales excitacicnes. Exasperado y 
furioso, no qaemendo ni esperar la estacion en que 
cr&maxiammtie com-enzaban las campanas, en el 
mes de abri'l del 924 abandono Cordoba al frente 
de su ejercito, "para ir a vengar a Dios y a la 
religi6n de la impura raza de los infieles", seg&i 
expresaotn de un cronista arabe. El 10 de julio 
llego a territorio navarro; pero el terror que ins- 
piraba su nombre era tan grande que, al aproxi- 
rcarse, los enemigos abandonaban par todas par- 
tes las fortalezas. Paso por Carcar, Peralta, Fal- 
oes y Carcastillo, saqueanclo e inceiidiando cuanto 
eneontraba a su paso, y despues se interno en d 
pals, drrigi&njdose a la capital. Sancbo intento de- 
tenerle en los desftladeros ; pero cada vez que Io 
hizo fue rechazado con grandes jjerdiclas, y Abde- 
rrahman llego sin obstaculo a Pamplona, cuyos 



(1) Snnnho cita esto texto en un privllegrio otorgrado des- i 
pu6s tie la conquista de Viguera. Esp. Sagr., t. XXXIII, p&* - 
gina 466. 

(2) Kste rumor no era enteramente verdadero, pues al-;| 
gunos nobles, aunque en corto numero, lograron salvarse, ';] 
Comparese Arib, t. II, p. 195, con Ben-Hayan, fol. 15 r. 



45 

habitants no se atrevieron a esperarle'alli. Man- 
do destruir mulltitud de casas de la poblacion, y 
hasta la catedral, que atraia anualmente gran nil. 
mero de peregrinos. Despues hizo demoler otra 
igilesia, que Sancho habia mandado construir con " 
grandes dispendios en una montana proxima y 
por la que tenia gran veneracion; asi que hizo es- 
fuerzos inauditos, aunque inutiles, por salvarla. 
Tampoco fue en adelante- mas afortunado. Habien- 
do recibido refuerzos de Castilla, ataco dos veces 
al ejercito musu'lman, que habia reanudado su 
marcha, y las dos veces fue rechazado, con gran- 
des perdidas. Los musulmanes, al contrario, per- 
dieron poqulsimos soldados en esta gloriosa cam- 
pafia, que llamaron la de Pamplona (1). 

El rey de Navarra, antes tan orgulloso, estaba 
ahora humillado y reduoido por mucho tiempo a 



la impotencia. Respecto a Leon, Abderrahman 
tampoco tenia nada que temer por el momento. 
El valiente Ordono II- habia muerto antes de em- 

r 

pezar la campana de Pamplona (2). Su hermano 
Pruela II, que le sucedio, no reino mas que un 
ano, durante el cual no hizo nada contra -1-os mu- 
sulmanes, si no es proporcionar algunos refuer- 
aos a Sancho de Navarra. Despues de su muerte 
—925—, Sancho y Alfonso, hijos de Ordono II, se 
disputaron la corona. Apoyado por Saaieho de Na- 
varra, con cuya hija se haJbia casado, Alfonso 



(!) Arib, t. II, pp. 196-201; Aben-Jaldun, fol. 13 v. 
(2) En el 311 de la HSjira— Arjb, t. II, p. 195—, y, por 
«mslguiente, antes del 9- de abril del 924. 



46 

— -ouarito de este -noanbre — la alcanzo; (pero Sanclio 
sin desalentar-se, reunio un nuevo ejercito, y ha- 
biendose hecho coronar sn Santiago de Compos- 
tela, fue a sitiar a Leon, tamo esta ciudad y des- 
trono a su hermano — 926 — . 

En 928, Alfonso reconquisto la capital ayudaeh 
por los navarros, pero Sancho quedo en posesion 
de GaJicaa (1). 

Ajbderrahman no &e mezclo en esta larga gue* 
rra civil. Dejando a los cristianos exterminarse 
entre si a su voluntad, aprovecho el respiro que 
le daban para sofocar, casi por completo, la insu- 
rrection en sus propios Estados, y una vez alcan* 
zado -el objeto de sus deseos, creyo que le conve* 
nia adosptar otro tiituilo. Los ommaadas de Espaiia 
se habian contentado, hasta entcnces, con el de 
emir o el de hijo de los califas. Creyendo que el 
nomfore de califa no pertenecia mas que al sobe- 
rano que tuviera en su poder las dos ciudades saa- 
tas, la Meca y Medina (2), se lo habian dejado a 
los abasidas, aunque los oonsideraban siempre 
co-mo enemigos. Pero ahora que las abasidas esta- 
ban bajo la tuteJa de sus mayordomos de pa)acio 
— 'los emires al-omera — y que su poder no se ex- 
tendia mas alia de Bagdad y su territorio, por 

haberse hecho independi antes los gobernadores 
de lais provincias, no habia razon que pudiera im- 
pedir a los omaniadss tomar un titulo que neoe- 



(1) V6anae mla Investigociones, t, I, pp. 154-163 

(2) Aben-Jordadbe. man. de Oxford, p. 90. 



47 

sitaban para imponer respeto a sus subditos, y, 
sobre todo, a los pueblos africanos. Abderrabman 
ordeno, pues, que a partir del viernes 16 de enero 
del 929 se le die sen en las oraciones y actos puibli- 
cos los titulos de califa, comendador de los ere* 
yentes y defensor de la fe — an~nacir lidinila — (1). 

Al mismo tiennpo, fijo tod-a su atencion en Africa, 
errtablando una negociacion con Moh&med aben- 
Jazer, jefe de la tribu berberisca d© Magraua, 
que ya habia puesto en fuga a las tropas de los 
Fatimitas y dado manente pox su propia mano al 
general Mesala. Concertada la aldanza, Mohamed 
aban-Jazer expulso a los Fatimitas del Mogreb 
central — es decir, de las actuates provincias de 
Arg«il y de Oran — , haciendo reconocer en este 
pais la soberania del monarca espanol. Este con- 
siguio taanbien' separar del partido de los Fatiimitas 
a!l valiente jefie de los Mioji^sa, Ben-abi-'il-Ana, 
que, hasta entonces, habia sido su mas tone sos- 
ten, y como eomp r endiia que era preciso poseer 
una fortaieza en la costa de Africa, hizo que le 
cediesen Ceuta — 931 — . 

Los cristianos del Norte parecfan haberse pro- 
puesto dejar al cailifa el tiempo necesario para 
que pudiera consagrarse por completo a los asun- 
tos de Africa. Termiaiada su primera guerra ci- 
vi con la muerte de Sancho, ocurrida en 929, . 
conrmnzaron otra en 931. En este ano, Alfonso IV, 
<ieses(perado por la muerte de su mujer (2), abdi- 



L. 



(1) Arib, t. II, pp. 211 y 212; Ben-Adari, t, II, p. 162. 

(2) Esp. Sagr., t. XXXIV, p. 241. 



48 



."I 



Ramiro, segrundo 



te nombre, y tomo el habito en ^1 monasterio de 
Sahagun; pero, poco despues, conociendo que no 
habia nacido para la monotonia de la vida monas- 
tka, ahandono el convento y se hizo proclaimar rey 
en Simancas. Esto fue, a los ojos de los sacerdo- 
tes, un escandalo enonme; asi, que amenazaron 
a Alfonso con los torm&ntos del infiemo si no 
voilvia a toanar el habito monastico. Hizolo, al fin; 
pero con su caracter olebil y variable, se arrepin* 
tio pronto y ahorco los habitos por segunda vez. 
Aprovechando la ausencia de Ramiro II, que ha- 
bia ido a socorrer a Toledo (1), atacado a la sa- 
z6n por las tropas del califa Abderrahman III, 
se presento freamte a Leon y se apodero de esta 
ciudad. Vuelve Ramiro a toda prisa, pone a su vez 
sitio a Leon y lo recupera ; despues, queriendo irai* 
pedir que, en adelante, su hermano le disputase 
la corona, le hizo sacar los ojos, asi como a sus 
tres primos carnales, los hijos de F<ruela II, que 
habian tornado parte 'en esta rebelion — 932 — (2), 
Todo cambio entonces de aspecto para Abde- 
rrahman. Haibia pasado el tiempo en que no tenia 
que preocuparse del reino de Leon. Tan belicoso 
como vaftiente, Ramiro profesaba a los musulma- 
raes un odio implacable y feroz, Su primer cuidado 
habfa sido socorrer a Toledo, aquella alfciva repu- 
blica, unica en toda la Espana musuiknana, que 
desafiaba aun 'las armas del califa v oue hatbw. 



O) Comp&rese con Arlb, t. II, p. 220. 

(2) VSanse mis InvestigaciqnGs, t. I, pp. 164-166. 



''il 



49 



hasta 



tones- Salio, por lo tamo, a caonpana, y coano Ma- 
drid se hallaba en el camino, ataco esta plaza y 
la tomo (1). Sin embargo, no consiguio salvar a 
Toledo. Habiendo salido a su encuentro parte del 
ejercito que sitiaba a esta ciudad, se vio obligado 
a desandar el camino f a abandonar Toledo a su 
suerte (2). Perdida asf su uiltima esperanza, -la 
ciudad — como ya hemos visto &n el libro prece- 
dente — jio tardo en rendirse. Al afio siguien- 

te 933 — , Ramiro fue mas afortunado. Intformado 

por el conde de Castilla, Fenian Gonzalez, de que 
el ejercito musulman amenazaba a Osma, salio al 
encuentro del enemigo y le derroto (3) . Abdurrah- 
man tomo. el desquite en 934. Hubd era querido que 
los llanos de Osma, antes testigos de su derrota, 
fo fuesen ahora de su triunfo; pero en vano in- 
tento hacer salir a Ramiro de la fortaleza; el rey 
de Leon no juzgo prudente aceptar la batalla que 
los musulnianes le of reef an. Entonoes, dejando de- 
lanste de Osma un destacamento encargado de ata- 
car 3a plaza, Abderrahman continuo su marcha 
hacia el Norte. Por el camino cometieron algunas 
crualdades, sobre todo las regimientos af ricanos, 
que no respetabaai nada en pais eiuemigo. Cerca 

de Burgos dieron muerte a los doscientos mon- 
jes <4) de San Pedro de Cardena. Burgos, capital 



(1) Samplro, c, 22. 

(2) Arib, t. II, p. 222, 

(3) Sampiro, c. 22. 

(4) V6anse mis Investigaciones t t. I, pp. 168-170. 

F 

Hist, musulmanes. — T. Ill 4 



50 

r 

de Castilla, qaedo destruida, y gran numero de 
fortalezas corrieron la misma suerte (1). 

Sin embargo, algun tiempo despues tomaron Ios 
asuntos del Norte un aspecto may amenazador, 
Formose alii una formidable liga contra el califa, 
siendo su mas ardiente propulsor^ Mohamed ben- 
Haxim, el Tochibita, goberhador de Zaragoza. 

Los Beni-Haxicm, que habitaban en Aragon d?s- 
de los tiempos de la conquista, hablaai prestado 
■utiles servicios al emir Mohamed en la epoca en 
que los Beni-Casi eran todavaa omnipotentes en la 
comarca, y hacia cuareaita anas que la dignidad 
de gobernador o virrey de la Frontera superior 
era hereditaria en su familia, siendo esfca casi la 
unica a quien Abderrahman III — que habia qui- 

tado toda influeneia a la nohleza arabe — habib 
dejado su brillo 1 y alta posicion. Sin embargo, 
Mohamad ben-Haxim no estaba satisfedho del ca- 
lifa; y sea que tuviese empeno en vengar las in- 
jur! as de su dlase; sea que no viese en la benevo- 
lencia de Abderrahman para oon el mas que un 
caicuilo dictado por el miedo; sea, en fin, que so- 
fiase co*n un trono para el y para sus hijos, entro 
en negociaciones con el rey de Leon y le prome- 
tio que, si queria ayudarle contra el califa, le re- 
conoceria como soberano. Eamiro dio oidds a sus 
proposiciones, y durante la campana de 934, Mo- 
hamed se declaro en abierta rebedion, negandu- 
se a inco'rporarse ad ejercito musulman. Tres afios 



-* 



.<: 



v 



(1) Aben-Jaldun, fol. 15 r. 



51 

despues reconocio la soberania de Ramiro. Al- 
gunos de sus generates rehusaron seguirle en el 
camino de la traicion, y rompieron con 61; pero 
entonces Ramiro llego cc'n sus tro-pas a la pro- 
vincia, sitio y tomo las fortalezas, que aun se 
manteni-an por el califa, y se las entrego a Mcha- 
mied. Heeh.0 esto, Ramiro y Mohamed concertai*on 
una .alianza con Navarra, do*nde reinaba enton- 
ces Garcia ; bajo la tutefla de su madre, Totu, 
viuda de Sanoho el Grande, 

Asi, tod'o el Norte estaba coaligado contra el 
calif a, ren&ciendo el peligro que antes parecia 

conjurado'j pero Abderrahmaai hizo frente a todo 
con . su habitual energia. Poniendose a la cabeza 
del ejercito, en ©1 ano 937, marcho, primero,. con- 
tra Calatayud, donde gobernaba Motarrif, paricn- 
te de Mohamed, y cuya guarnicion se componia 
en gran parte de cristianos de Alava, enviados 
por Raaniro. Motarrif fue muerto en la primera 

escararnuza. Su hermano, Alhaquen, le sucedi6 
en eil mando; pero viendo?© obligado a evaeuar la 
ciudad y a refugiarae en la^ ciudadda, entro en 
negociaciones y 3a entrego al califa, estipulando 

la aannistia para 61 y para sus soklados musud- 
manes. Los ailaveses, que no estaban comprendi- 
dos en la capitolacion, fueron pasados a cu- 

chillo (1). 
Despues -de este primer triunfo, Abderrahman 



'■* 



(1) V6anse las citaa en mis Investipacionea, t. I, pp. 232 
y 2S3." 






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■ 1 



% 



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52 

se apodero de unos treinta castillos y volvio sus 
armas, ya contra Navarra. ya contra Zaragoza. 

llizd sitiar esta ciudad por un prfncipe de la san- 
gre, el general en jefe de la caballeria, Ahm-ed 
ken-Ishac, al cual acababa de conferir el tltulo 
de gobernador de la Frontera superior; pero no 
tardo esfce general en darle graves motivos de 
qu e j a. 

Aunque hubieran llevado en Sevilla una vida 

■t 

obscura y pobre, aunque hubieran contraido alian- 
sas desiguales y aunque no mediara entre ellos 
mas que un parentesco muy lejano, no se habia 
avergonzado Abderrahman de reconocer a los 
Beni-Ishac come* miembros de su familia, y los 
habia colmadc de favores. Sin embargo, no es- 
taban todavia satisfechos de su posicion. Su ara- 
bicion no tenfa lima tes; Ahmed, jefe entonces dh 
la familia, pretendia nada menos que ser nombrado 
presunto heredero de la corona, y mientras dirigfa 
el sitio de Zaragoza, con una cobardfa y una lenti- 
tud que indignaban e irritaban al califa, tuvo la 
audacia de escribirle presentaaidole es-ta p-eticion. 
De tal modo incomodo al califa tal insolencia, que, 
encolerizado, le respondao en estos terminos: 

"No queriendo mas que darte gusto, te hemes 
tratado hasta aqui con extrema benevolencia; pero 
ahora nos hemos convencido* de que es imposible 
oambiar tu car&cter. Lo que te conviene es la 
pobreza, porque, como no habfas ddsfrutado antes 
la riqueza, te has henchido de un ins tf port able 






^J 






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53 

orgullo. £No era tu padre uno de los ultimos ji- 
netes de Bcn-Hadchach ? ^Has olvidado ya que 
tu mismo no eras en Sevilla mas que un tratante 
en asnos? Noso'tros hemos tornado bajo nuestra 
proteceion a tu familia 'desde que 3o imploro; la 
hemos socorrido, 'la hemos hecho rica y poderosa; 
hemcfe concedido a tu difunto padre la dignidad 
de visir (1); a ti mismo la de genera! de nuestra 
caballeria y la de gobernador de la mayor de 
nuestras provincias fronterizas. Y, sin embargo, 
has despreciadc nuestras ordenes, has descuidado 
nuestros interests, y ipara ccflmar la medida, pid.es 
ahora que te nombremcfe nuestro heredero. £Que 
meritos, que titulos d« nobleza puedes hacer va- 
ler, euando a ti y a tu familia pueden apilicarse 
estos versos, harto conocidos ? : 

"Vosotros sois hombres salidos de la nada, y el 
M 5ino no puede com^ararse con la seda. Si sois co- 

"raaxitas, como asegurais, eilegid vuestras mfujeres 
"en esta ilustre tri'bu; mas si, par el contrario, no 
"sois mas que coptos, vuestras pretensriones son 
"compfletamente ridiculas." 

. "Tu madre, £no era la hechicera Hamduna? 
Tu padre, ^no era un solid ado raso? Tu abueilo, 
I no era porftero en casa de Hotara-ben-Abas? «,No 
hacla so gas y manteca en el portico de tu sefior?... 
I Que Dios os maldiga, a ti y a todos los que nos 
foan tendido un lazo, aconsejandonas que te to- 
maraanos a nuestro servieio! ilnfame, lesproso, 



x: <1> En 915 o en el afio slgulente. Arlt), t. II, p. 175. 



v-ji. 



54 

hijo de un perro y de una perra, ven a humillarte 
a nuestros pies!" 

Depuesto de la man era mas infamante, Ahmed, 
secundado por su hermano Omeya, se dedico a 
conspirar. El califa descubrio sus intrigas y los 
desterro. Entonces Omeya se apodero de Santa- 
a*em, donde alzo el estandarte de la rebelion, y en- 
tr6 en relacioiues con el monarca leones, al cual 
presto utiles servicios, indicandole los parajes 
por donde el imperio ariusutknan podia ser atacado 
con mas exito; pero un dia que habia salido de la 
ciudad, uno de sus oficiales restablecio alii la au- 
toridad del soberano. Omeya se fue entonces con 
Raaniro. Su hennano continuabs intrigando y 
conapirando con infatigable ardor; habia conce- 
bido el proyecto de entregar Espafia a los Fati- 
mitas. y estaba >en inteligencias con esta corte, 
Abderrahma-n lo descubrio, le hizo prender, con- 
denar como xiita, y mando ejecutartle (1). 

Entre tanto, el califa triunfaba en el Norte. 
Sitiado en Zaragoza, Mahomed capitulo, y como 
era, despues del monarca, el hombre mas podero- 
so y considerado del Estado, Abderrahman juzgo 
prudente perdonarle y dejarle en su- puesto. Por 
su .parte, la rein-a Tota, d«$pues de haber sufrido 
reves sobre reves, fue a pedir gracia al califa, y 
reconoci6 a este cotmo soberano de Navarra (2) ; 



(1) Aben-Jaldun, fol. 13 r.; Ajbar machmua, fol. 114 r. 
>• v. ; MasurtI, en mis Investigacionesj t. I, p. 182. 

(2) Aben-JnUlun, en mis Investigaciones , t. I, apfindice 
ntimero XI, y man., fol. 15 r., I. XV y XVL 



■■ "i 1 



55 

de suerte que, excepto el reino de Leon y parte 
de Catalufia, toda Espana se habia humillado 
ante Abderrahman. 



II] 



Los veintisiete primeros anos del reinado de 
Abderrahman III habian sido una serie no inte- 
rrumpida de triunfos; pero la forfcuna es capri- 

chosa, y habia llegado ail fir. el tiempo de los re- 
veses. 

En el reino se habia verificado un gran caimbio. 

i 

La nobleza, que antes lo era todo, ya no era nada; 
el poder real la habia aniquillado. Abderrahman la 
detastaba; no compremdfa que un monarca pu- 
diese dejar a los magnates cierta influencia ni 
ciento poder. "Vuestro rey es un prinicipe pruden- 
ce y habil, eonvengo en ello — dijo un dfa al «em- 
bajador que Oton I le habia enviado — ; sin em- 
bargo, hay en su poiitica algo que no me agrada: 
en vez de concentrar en sus manos toda la auto- 
ridad, deja gr-an parte de ella a sua vasallos; 
hastta les abandona sus provincias, creyendo asi 
aitraerselos, lo euall es una gran falta, por-que la 
condescendencja con los grandes solo sirve para 
alimentar su orgullo y sus inclinaciones a la re- 
beldia (1)." 

No cayo segmr amende el califa en el error que 
oenisuraba al eanperador de Atanania; pero- incu- 



(I) Vita Johannis Gorziensis, c. 136, 



_ ■. 



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56 

rrio en otro mas grave: no se preocupo bastante 
de la susceptibilidad de los nobles. Gobernando 
por si mismo — desde el ano 932 no habia vuelto 
a tener hachib o primer mbustro (1) — » dio casi 
todos las empleos a hombres de baja extraccion : a 
liberies, a extranjeros, a escla-vos; en una pala- 
bra, a personas que, dependiendo absoilutamente 
de el, eran en sus manos instrumentos dociles y 
flexibles. L03 que recibfan el nombre de esllavos 
gozaban especialmente de su confianza; durante 
su reinado se inicio la influencia de est© cuerpo, 
destinado a desempeflar importante pa#al en la 

^ 

Espana arabe, y aeerca del cual debemos dar 
aqui algtmos pormenores. 

Ail principio, el nombre de eslavos se apiicaba 
a los prisioneros que los pueblos germanicos ha- 
cfan en sus gnerras contra las naciones eslavas, 
y que vendfan a los sarracenos espafioles (2) ; 
pero con el transcurso del tiempo, cuando comen- 

zaron a designate bajo el nombre de esilavos una 
multitud de pueblos pertenecientes a otras tra- 
zas (3), se dio este nombre a todos los extranje- 
ros que servfan en el haren en el ejercito, cual- 
qulera que fuese su origen. Segiin el preciso tes- 
timonio de un viajero arabe del siglo X, los eslla- 
vos que el cailifa egpaiioll tenia a su servicio eran 
gallegos, francos— franceses y aflemanes — , lom- 



(1) Ben-al-Abar, p. 124, 1. VIII y IX. 

(2) Macarl, t. I, p. 92. 

<3) V6ase Ben-Haucal, man. de Leyde, p. 39. Los cro- 
nlatas de O5rdoba dan a Ot6n I el tltulo de rey de eslavos; 
vfianse Ben-Adari, t. II, p. 234, y Macarl, t. I, p. 235. 






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57 

bardos, calabreses y personam pro cedentes de la 
casta septentrional del mar Negro (1). Algunos 
habian sido hechos prisioneros por los piratas an- 
daHucesj otros habian sido coanprados en los puer- 
tos de Italia; porque los judios, especulando con 
la miseria de las gentes, compraban ninos de uno 
u otro sexo y los cond.ucian a los puertos de mar, 
donde venian a buscarlos navios griegos o vene- 
ciaoios, para llevarselos a los sarracenos. Fanal- 
mente, otros, los eunucos, destinados al servkio 
del haren, llegaban de Fxancia, donde habia gran 
camercio de eunucos dirigddo por los judios. En 
esrte sentido, era muy famoso el mercado de Ver- 
dun (2), y habia otros en el Mediodia (3). 

Como la mayorla de estos cautivos eran fcodavia 
pequenos, cuando llegaban a Espana adoptaiban 
facilmente la religion, la lengua y las costumbres 
de sus sefiores. Muchos recibian una education es- 
merada, por lo que mas adelante gustaban de f or- 
roar bibliotecas y componer versos. Tan numero- 
eos eran estos eslavos literatos, que uno de ellos, 
un tal Habib, consag.ro un libro entero a sus poe- 
sias y aventuras (4). 

Siempre habian sido nunierosos los eslavos en 
la corte y en el ejercito de los emires cordobese.-? ; 
pero nunca tanto ooano en tiempo de Abderrah- 



Cl) Ben-Haucal, p 39. 

(2) Luitprando, Antapodosis, 1. VI, c. 6. 

(3) Ben-Haucal, p. 39; Macari, t. I, p. 92. Compareae 
con Reinaud, Invasiones de los sarracenos en Francia, pa- 
ginas 233 y sigs. 

(4) Macari, t. II, p. 67. 



58 

man III. Su numero se elevaba entonces a 3.750, 
segun unos; a 6.087, segun otros, y hay quien lo 
hace subir a 13.750 (1). Tal vez estas cifras se 
refieren a epocas distintas del reinado de Abde- 
rrahman, porque se sabe que este principe au- 
mentaba sin cesar el numero de sus eslavos. Aun- 
que eran esclavos ellos misanois, tenian a su ser- 
vicio otros esolavos y poseian tierras muy exten- 
t's. Abderrahman los invistio con las mas im- 
portantes funciones militares o civiies, y en su 
odio a la nobleza obligo a gentes de alta alcur- 
nia, que contaban entre sus antepasados a los 
heroes del desierto, a humillarse ante sus advene- 
dizos, a quienes despreciaban soberanamente. 

Los nobles estaban, por lo tanto, muy deseon- 
tentos del califa cuando este concibio el proyecto 
de hacer una expedicion, mucho mas importante 
que las anteriores, contra el rey de Leon. Hizo, 
al efecto, inmensos gaatos, llamo a sus banderas 
cien mil hombres, y como estaba seguro de alcan- 

zar una victoria brillante y decisdva, dio de ante- 
mano a la expedition el nombre de ccumparia del 
pod&r supremo, Desgraci ad amente para al, nom- 
bro a un eslavo, Nachda, general en jefe del ejer- 
cito. Esta designacion }levo al colxno la irritacdon 
de los oficiales arabes, que juraron en su ira que. 
el califa habia de expiar con una vergonzosa de- 
rrota su menosprecio a la antigua nobleza. ' 
En el ano 939, el ejerolto salio a oampafla, to- 



3 



-*- 



(1) Macari, t. I. pp. 372 y 373. 



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-iv- 



59 

manclo el camino de Simancas. Kamiro II y su 
aliacla Tota, la reina regente de Navarra, fueron 
a su encuentro, entabl andose el combate el 5 de 
agosto. Los oficiales arabes se dejai*on veneer y 
se retirarcm; pero ocurrio lo que probablemente 
no habian previsto. Los leoneses persiguderon a 
los sarracenos. Llegados estos cerca de la ciudad 
de Alhandega, al Sur de Salamanca, a orillas del 
Tormes, los musulmanes se rehicieron y di-eron 
cara al enemigo; pero fueron derrotados comple- 
tamente, y el mismo califa a duras penas pudo 
escapar de la espada de los cristianos. Deisde Al- 
handega no fue ya una retirada, sino una de>rrota. 
Sin diseiplina, sin orden, eran abandonadas las 
Mas al grito de "jSalvese el que pueda!". Peones 
y jinetes iban mezclados; soildados y oficiales cu- 
brian el camino; regim ientcte enteros desaparecfcai. 

La complete y brillante victoria alcanzada por 
Kamiro tuvo eco en todas partes. Se habl<6 de 
ella en el interior de Ailemania, ilo mismo qwe en 
los mas lejanos pafses orientales, produciendo im~ 
presiones muy diferentes. Aqui se afligian, alia 
se regoci jaban ; uaio.s veian en ella prenda segiura 
cfel triunfo de su fe; otros, una causa de seriate 
tern ores. 

El mismo califa estaba muy abatiido. Su gene- 
ral, Nachdsa, habia sido miuerto (1) ; el virrey d^ 
Zaragoza, Mothamed ben-Haxim, que habia caido 
pitisionero en la primera batalla, en la de Simam- 



(1) Por lo menos, en adelante no vuelve a hablarse de 61, 



60 

cas, gemia en un calabozo de Leon (1); su ejer- 
cito habia sido aniquilado; en fin, el mismo habia 
escapado por milagro del cautiverio o de la mueiv 
te, y durante su tfuga no tenia en torno suyo 
mas que ouarenta y nueve hcfrnbres. TokIo esto 
hizo tal impresion eoi su espiritu, que desde en- 
tonces no volvlo a acompafiar a su ejercito cuan- 
do saHia a campafia (2). 

Afortonadamente para el califa, la guerra civil 
que estallo entre los cristianos impidio a Ifcamiro 
aprovechar las ventajas obtenidas. 

Castilla astpiraba a separarse del reined de Leon. 
Ya durante el reinado de Ordofio II, padre de Ra* 
miro, se presento en abierta rebeldfa. El rey anna- 
do entonces que, a fin de terminar las diferencias 
amistosamiente, celebraria una reunion (3) en Te- 
jiara o Teliara — Tejares — , a orillas del Carrion, 
rfo que separaba a Leon de Castilla, invitando a 

los cuatro condes castellanos a asistir a ella. Acu- 
dierdn, pero el rey los mando prender y decapt- 
tar. Los leoneses, aunque eonfesando que era algo 
irregular esta manera de administrar justicia, ad- 
mirabaoi el juicio del rey (4) ; pero los castellanos 
pensaban de otro modo. Privado's de sus jefes, 



(1) El •allfa hizo cuanto pudo por rescatarle, pero Mo- 
hamed no recobr6 la libertad sino al cabo de dos anos. 

(2) Veanse mia Investigaciones , t, I, pp; 171-186. 

(3) En Sampiro — c. 19 — debe leerse placitum en vez de 
palatiumj como se encuentra en la edlcidn de FI6"rez. La 
verdadera transcripcion se nalla en el man. de Leyde 
—Vosslo, n.° 91 — . I>ucas de Tuy — p. 92- — ernplea la palabra 
juncta — hoy junta — en espafiol, que casi es equivalente a 
placitum. Cf. Esp. 8agr., t. XIX, p. 383, med, 

(4) Sampiro, c. 19. 



61 

quedaban por el momento reducidos a la impo- 
tencia; pero deseaban con toda su alma tener al 
frente mi hombre capaz de vengarltte de los pern- 
dos leoneses. 

Esta hora tan impacientemente esperada iba a 
sonar al fin, y Castilla a encontrar mn vengador 
en el conde Feraian Gonzalez, que ha llsgiado a ser 
ubo de los heroes favo'ritos de los poetas dfe la 
Edad Media, y cuyo nombre pronuncian aun los 
castellanos con un profundo resrpeto. 

Mientras las cerribles ejercitds de Abderrah- 
man III quemaban sus conventos, sus fortalezas 
y hasta su capital, Feraian, el excelente conde 
— como se le llamaba — (1), no habia podiclo penr 
sar en liibertar a su patria; pero ahora que no 
'habia nada que temer por parte de kte arabes, 
creyo lleg-ado el momento de reaiizar una empresa 
que consideraba digna de el, y declaro la guerra 
al rey de Leon (2). El calif a se aprovecho de 
ella para reorganizar su ejercito, y desde noviem- 
bre del 940 pudo conseguir que el gobernador de 
Badajoz (3), Ahmed aben-Yila (4), asolase las 
fronteras leonesas 

Hacia la misma 6poca, la fortuna parecia que- 
rer indemnizarle en Africa del desastre sufrido 
eh Espafia. 

Hasta entonces, Abderrahnian habia obtenido, 



(1) Mgregius comes., Berganza, t. I, p. 215 

(2) Sampiro, c. 23. 

(3) Ben-al-Abar, p. 140. 

(4) Ben-Adari, t. II, p. 228. 



62 

sin duda, f dices resultados en Africa; pero la 
medalla habia tenido su reverse'. De vez en cuan- 
do sus vasallos se habian dejado veneer; las ten- 
tativas realizadas para unificar las operaciones 
no siempre habian sido coronadas por el exito, 
y a veces no habia podido evitar que lucharan entrt 
si; pero, al menos, habia conseguido entretener a 
los Fatimitas en Africa, impidiendoles dasembar- 
car en las castas espaiioilas, y esto era, en resu- 
midas cuentas, todo lo que ambicionaba. Pero 
ahora estaba a punto de obtener mucho mas. 

Un enemigo, mas temible que todos sus adver- 
saries juntos, habia aizado contra los Fatimitas 
bandera de rebelion. Era Abu-Yezid, de la tribu 
berberisca de Iforen. Hijo de un mercader, habia 
tratado mucho en su juventud a doctores de la 
secta de los no'-conformisfcas, que contaba en Afri- 
ca con un numero considerable de adeptos. Des- 
pueSj cuando la muerte de su padre le redujo a 
la indigencia, se habia. ganado la vida enseilando 

a los ninos a leer. De maestro de escuefla se con- 
virtio en misic'nero, imitando ail funxlador del im> 
perio die los Fatimitas; siublevo a los berberiscoi 
en nombre de ila libertad y de la verdadera reli- 
gion, prometiendoles un gobierno republicano en 
cuanto se apoderasen de la capital: Cairauan. Sus 
triunfos fuercta tan portentosos como los que sus 
enemigos habian alcanzado pocos anos antes. Lo-t 

ejercitog de lots Faitimifcas se derretiaai, como la 
mere en primavera, ante aquel hombre pequeno, 

feo ( , vestido de sayal y montado en un asno £rk 



o%. 



63 



Los sunnitas, p rof undamente lastimados dot la 



3 



blasfcsniias y la intolerancia de los Fatimjtas, co- 
m'an en noasa a alistarse bajo sus banderas, y 
hasta bs faquies y los ereroitas emipuiiabaii las 
annas para coadyumr al triunfo del jefe de los 
no'-confoimistas. Este parecfa empeflado en justi- 
fioar las esperanzas que cifraban en su toleran- 
cia. Cuando, en el ano 944, entro en la capita>l, i.ti- 
voco la bc.ndicion del cie T o sobre los dos prlmeros 
califas que las fatimitas habian hecho maikiecir, 
e invito a los habitantes de la ciudad a conL'r- 
marse con el rito de Malic, proscripto por lcs fati- 
mitas. Los sunnitas 7-espiraban al fin; pod.'an 
haoer de nuevo prooesiones cc'n tambores y estan- 
dartes, satisfaction de que se habian vista pri- 
vados durante muchos anos, y Abu-Yezid, que en 
estas solemnes ocasiolnes las dirigfa el mismo, aun 
les dio otra prueba de tolerancia: concerto una 
alianza con el calif a espanol, y habiendole en- 
viaido una embajada, le reccnocio, si no* como jefe 
temporal, como jefe espiritual de los vastos domi- 
nios que habia cosquistado* (1). 

Los Fatimitas parecfan perdidos. Mi«ntras qwe 

sti caMfa, Cayiim;, hijo y sucesor de Obaidaila, se 
hallaba estr^echamente bl-oqueado en Mahdia por 
el formidable Abu-Yezid,, el califa de Espaiia le 



(1) Muchos cronistas han dado notidas, seguramente fal- 
sas t sobre la primera estancia de Abu-Yezid en Cairauan. 
To me he atenido a las de Aben-Sadun — apud Ben-Adarl, 
tomo I, pp. 224-226 — , autor casl contempor&neo, y cuyo relato 
clrcunstanciado lleva tin sello de veroslmiUtud que no tle- 
nen Jos otros. 



64 

arrebataba, por medio de sus vasallos africanos, 
casi todo el Noroeste y le suscitaba enemigos en 
todas partes. Concerto una alianza con el rey de 
Italia, Hugo de Provenza, que tenia que vengar 
el desastre de Genova, ciudad saqueada por un 
almirante fatimita, y otra con el emperador de 
Const an tinopla, que ardia en deseos de quitar a 
Cayim 3a isla de Sicilia (1), 

En un abrir y cerrar de ojos todo caonbio de 
aspecto. Embriagado con sus victorias, Abu-Yezid 
sintio una rafaga de orgullo; no contento con la 
realidad del poder, y olvidando los m'edios a que 
lo debia, quiso poseer aderaas sus apariencias y 
su vana pompa; trocd su capa de sayal por una 
vestidura de seda, y su asno gris, por un soberbio 
caballo. Esta imprudencia le perdio. Heridos en 
sus convicciones igualitarias y republican as, la 
mayoria de sus adeptos le abandonaron, unos 
para volver a sus hogares, otros para pasarse al 
enemigo. Aleccionado por la ejaperieaicia, Abu- 

■ 

Yezid renuncio a los habitos de lujo que habia 
adquirido, y con el traje de sayal reanudo la vida 

sencilla y ruda de antes. Fero era ya tarde; el 
prestigio que le rodeaba en otro ti^mpo habia 
desapanecido. Tal vez habria podido cottar awn 
con los sunnitas, si en un momento de fan&tismo 
feroz no los hubiese desenganado acerca de su 
fingida tolerancia. La vispera de un cornbate ha- 



(1) Cf. Kalrauuani, Historia de Africa, p, 104, trad. Pel- 
Ussier y Remusat. 



65 

bia ordenado a sus guerreros que abandonasen 
las soldados de Cairauan, sus hermanos de annas, 
al furor de los soldados fatimitas. Esta orden 
pernda fue obedecida demasiaclo bien. Desde en- 
tonces los sunnitas le habian tornado horror; ti- 
rano por tirano y heresiarca por heresiarca, pre- 
ferfan al califa fatimita, tanto mas cuanto que 
^Imanzor, que acababa de suceder a su padre, era 
ailgo mejor que sus antecesores. Gbligado a le- 
vantar el sitio de MaJhdia, Abu-Yezid llego a 
Cairauan, donde no sin trabajo escapo a un corn- 
plot que los habitantes habian urdido contra el. 
Perseguido mucho tiemipo per los soldados fati- 
mitas, cayo al fin en sus manes acrtbillado de 
heridas; le metieron en una caja de hierro, y 
cuando murio — 947 — , rellenaron su pellejo de 
paja, lo pasearon por las calles de Cairauan y lo 
colgaron en las murallas de Mahdia, donde per- 
manecio hasla que los vientos dispersaron sus pe~ 
dazes (1). 

La ruina de los no-conformist as fue para Ab- 
derrabman III un fracaso casi tan grave oomo las 
derrotas de Simancas y Alhandega. En Occid eli- 
te, los Fatimitas reconquistaron con rapidez el te- 
rreno perdido, obligando a los subditos de Ab- 
derrahman a pedir asilo a la corte de Cordoba. 

En el Norte, por el contrario, iba todo a me- 
d»da de los deseos de Abdera-ahrnan, lo cual equi- 



(1) Vlanse, sobre Abu-Yezld, Ben-Adari, Aben-Jaldun, 
Kalrauuant, Abulfeda, etc. 

HfSI. MUSUTA1ANBS. — T. Ill 5 



G6 

vale a decir que el pais era presa continuameate 
de una violenta diseordia. Come hemos visbo, ha- 
bfa estallado la gTierra entire Ramiro II y Fer- 
rian Gonzalez. La fortuna habia favoreeido al 
primero. Habiendo sorprendido a su enemigo, le 
habia encerrado en un calabozo de Leon (1), dan- 
do el condado de Castilla, primero, al leones Azur 
Fernandez, conde de Monzon (2), y en seguida a 
su propio hijo, Sancho (3), aproipiandose el mis- 
mo los bienes alodiales de Fernan Gonzalez. Cier- 
to que no bs guardd todos para sU sine que, que- 
riendo hacerse popular, los repartio con algunos 
de los caballeros y eclesiastioos mas inftuyentes 
de la provincia (4). Sin embargo, no logro su ] 

objeto; pues aunque se aproveoliaron de las Hbe- 
ralidades del rey, los castellanos siguieron adictos 
en cuerpo y alma a su antiguo conde. El que el 
rey les habia dado no era a sus ojos mas que 

un intruso. En las escrituras de venta, de d<> 
nacion, etc., donde se ponia despues de la fecha 
el nombre del rey y el del conde, nombraban al- 
gunas veces al que el rey les habia impuestp, pero 
•solo cuando no tenian otro remedio, es decir, cuan- 
do los vigilaba la autoridad; ordinariamente nom- 



(1) Sampiro, c. 23. 

(2) Vease la carta publicada por Berganza, t. II, escr. 32, 
y Risco, Historia de Le6n t t. I, p. 211. 

(3) V6anse las cartas publicadas por Berganza, t. II. 

(4) Did, por ejemplo, el jardfn dol conde al convento d& 
Cardefia. Vease la carta de 23 de agosto del 944, en Ber- 
g-anza, t. II, escr. 34. 



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67 

braban a Feman Gonzal-ez (1). Mostraron toda- 
via de otro modo el afecto que Le profesaban; hi- 
cieron una estatua a imagen suya y rindieron 
hofmenaije a aquel bloque de piedra (2). Despues, 
cuando empezaron a imtpacientarse de la larga 
cautivjdad (3) de! conde, tomaron una atrevida 
resdlucion; pero conviene aqui dejar haMar a un 
bello y antiguo romance: 



S-, 



Juramento llevan hecho, 
todos juntos a una voz, 
de no volver a Castilla 
sin el conde, su senor. 

La imagen suya de piedra 
llevan en un carreton, 

^ 

resueltos, si atr&s no vuelve, 
de no volver ellos, non t 
y el que paso atr&s volviere 
que quedase por traidor, 

Alzaron todos las manos, 
en serial que se jurd. 



r . 



I: ' Acabado el homenaje, 

pusl^ronle su pend6n 
y bes£ronle la mano 
desde el chlco hasta el mayor. 
Y, como buenos vasallos, 
caminan para Arlanzdn 
al paso que andan los bueyes 
y a las *vueltas que da el sol. 
Desierta dejan a Burgoa 
y pueblos alrededor ; 
solas quedan las mujeres 
y aquellos que nifios son: 
tratajido van del conclerto 
del caballo y del azor, 
si ha de hacer libre a Castilla 
del feudo cjue da a Le6n; 



<1) Vfianse las cartas publicadas por Berganza. 
(2) Cr6tiica rimada, p. 2 — en los Anales de Viena, hoja 
indlcadora del tomo OXVI — , 
(Z) Samptro, c. 23. 



Jl 



es 

y antes de entrar en Navarra, 

toparon, junto al mojdn, 

al conde TPern&n Gonzalez, 

en cuya demanda son, 

con su esposa, Dona Sancha, 

que con astucia y valor 

1c sac6 de Castrovicjo 

con el engano que us6. 

Con sus hierroa y prlsiones 

venlan juntos los dos 

en la mula quo tomaron 

a aquel preste cazador. 

Al estruendo de las arma3 

el conde se alboroto; 

mas conociendo a los suyos, 

d'esta manera habl6 : 

— 4D0 venis, mis castellanos? 

DigfLdesmelo, por Dios, 
iC6mo dej&is mis castillos 
a peligro de Almanzor?— 
AM habI6 Nufio Latnez: 
— Ibamos, sefior, por vos 
a quedar prosos o muertos 
o sacaroa de prison. 

Intimidado por la llegada de los castellanos, el 
rey cedio al fin. Devolvio la liber-tad a Fernan 
Gonzalez; pero solo lo hizo despues de habere im- 
puesto condiciones muy humillantes y duras: 
Fernan Gonzalez fixe obligation a jurarle fidelidad 
y obediencia ; debia rentunciar a todos sus bienes, 
y dar su hija dona Urraca en matrimonio a Or- 
dofio, el hijo mayor del rey (1). Solo a aste pre- 
cio quedo libre; pero era natural que desde en- 
tonces no quisiera prestar ol apoyo de su brazo 
a un rey que le babfa hecho firmar tratado se- 
mejante. Los castellanos, que no habian conse- 



(1) Sampiro, c. 23. 



guide hacer reintegrar en la posesion del condado 
al que continuaban considerando su seiior, no se 
encontraban mejor dispuestos. Habia perdido Ra- 
miro II el a/poyo de su mas valiente capitan y la 
cooperation de sus subditos mas valerosos. De ahf 
su impotencia. Dejo a los musulmanes hace-r una 
correrfa en 944 y otras dos en 947 (1); no les 
imp:dio reconstruir y fortinear la ciudad de Me- 
dinaceli, que se convirtio- desde entonces en el 
baluarte del imperio arabe con',ra Castilla (2). 
El vencedor de SImancas y .Mhandega se mante- 
nia, a lo sumo, a la defensiva. Solo en el ano 
950 invadio de nuevo el territorio musulnian y 
atea:iz6 una victoria cerca de Taiiavera (3) ; pero 
e&te fue su uiltmio triunfo, pues ya habia dejado 
de exi'Stir en el mes de enero del ano siguiente (4). 
Despues de su muerte estallo una guerra de 
sucesion. Casado dos veces, Ramiro habia tenido 

de su primera mujer, que era gallega, un hijo> 
Uamado Ordono, y de la segunda, Urraca, herrna- 
na de Garcia de Navarra, otro hijo, llamado San- 
cho (5). En caMad de primogenito, Ordono pre- 
tehdia, n aturalmente , el trono; pero Sancho, que 
contaba, con razon, con el apoyo de los navarros, 
h pretendia igualmente y proeuraba atraer a su 
Spartido a Fernan Gonzalez y a los castellanos. 



(1) Ben-Adari, t. II, pp. 226, 227-2S0. 

(2) Ben-Adari, t. II, pp. 229 y 230. 

(3) Sampiro, c, 24. 

(4) V6anse mis Investigaciones , t. I, pp. 186-189, 

(5) Manuscrlto de Meyd. 



70 

En axjuellas cirounstaJicias, la eteccion entre am- 
bos competidores no era dificil para el conde de 
Castllla. Cievbo que Ordofio era yero>o suyo; pero 
icomo habfa llegado a serlo? Por una odiosa vio- 
tencia. Sus simpatias por Ordono no podian, por 
io tanto, ser muy vivas. Todo, por el contrario, 
le indlinaba hacia Sancho: tanto los Iazos de la 
sangre oomo su propio interes. Sancho era su so- 

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brino (1) ; contaba con Tota de Navarra, la sue- 
gra de Fenian Gonzalez, y si este ultimo toubie- 
$e podido vacilar aun, las brillantes ofertas de 
Sancho habrian vencido su indecision, porque 
este principe prometia devolverle sus bienes con- 
fiscados y el condado de Castilla. Decidiose, pues, 
por el; llaano sus hombres a las arcnas, y en 
union de Sancho y de un ejercito navanro marchd 
contra 3a eiudad de Leon para guitar la corona 
a Ordono III (2). 

"El Eterno — dice un cronista arabe (3) — foabia 
suscitado -esta guerra civil para proporcionar a 
los musuilonanes ocasion de akanzar victorias." En 
efecto: mimtras los cristianos se mataban bajo 
las murallas de Leon, los generates de Abderrah- 
man triunfaban en todas las f-ronteras. Cada men- 
sajero llegado del Norte llevaba a Cordoba la 
nueva de una correrfa feliz o de una brillante 
victoria. El califa podia ensex&r al puebHo mutti- 



(1) La madr© de Sancho y la esposa de Fernin Gonz&lw 
eran hermanas. 

(2) Samplro, c. 25. 

<3) Ben-Adari, t. II, p. 233. 






7' 






71 

tud de campanas, de cruces y de cabezas corta- 
das; "una vez, en el ano 955, estas ultimas ascen- 
dieron a cinco mil, y &e aseguraba que otros tan- 
tos cadtellan-os — -pu.es estos eran los que habian 
sido derrotados — habian perecido en la batalla (1). 
Cierto que Fernan Gonzalez alcanzo una victo- 
ria cerca de San Esteban de Gormaz (2); cierto 
que Ordono III, cuando al fin hubo rechazado a 
<m hennano y obligado a los gallegos, que se ha- 
bian sublevado tambien, a reconocerle, saqueo en 
represalias a Lisboa (3); pero esto era una debil 
oompensacion del mal que los musuhnanes habian 
hecho a los cristianos, y Ordono, que temia nue- 
vas revueltas, deseaba vivaan-enite la paz. El aiio 
955envio a Cordoba un emibaj ador para demandar- 
la (4). Abderrateian, que (tamhien la deseaiba por- 
que tenia la intension de volver sus aromas a otra 
parte, dio oidos a las proposiciones de Ordono, y 
al aiio siguiente envio a Leon, en calidad de em- 
bajadores, a MoharnfedHben^Hosain y ail sabio ju- 
dio Hasdai-aben-Zabrut, director general de adua- 
nas. No fuercai largas las negociaciones. Habien- 
io deolarado Ordono que es^taba dispuesto a ha* 
cer concesiones — prometeria probablem ente entre- 
gar, o, por lo menos, arrasar algiunas fortalezas — , 
concertaronse las bases de un tratado, despuSs 

4 

de lo cual 1-ois embajadores voMeron a Cordoba 



(1) Ben-Adari, t. II, pp. 233, 234, 235 y 236, 

(2) Chronicon de Cardena, p. 378, 

(3) Sampiro, c. 25, 

(4) Aben-Jaldun, fol. 15 v. 



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72 

ipara que lo ratificara el califa. Aunque el trata- 
do fuera muy honroso y ventajoso, Abderrahman 
creyo que no Jo era bastante; pero como ya no 
podia contar con el porvenir — porque era casi 
septuagenario — , penso que el asunto concemia 
mas bien a su hijo que a el. Con suit 61 e, por lo 
tanto, y lo dejo a su decision. Alhaquen, que era 
paciflco, declaro que, a su parecer, el tratado de, 
bia ratificarse, y entonces lo firnio el califa (1). 
Poco despues concerto otro con el conde Feman 
Gonzalez (2), de suerte que ks sarracenos no te- 
nian en Espana mas enemigos que los navarros. 
Si Abderrahman habia side en esta ocasion mas 
tradable que de ordinario, era porque queria vol- 
ver sus armas contra los Fatimitas, cuyo podei* 
crecia incesaniemente. Ardiendo en deseosdeven- 
igarse de los soberanos de Europa, que se habian 
regocijado co<n su perdida, creyendola segura, ha- 
bfan hecho sentir, primero, el peso de su vengan- 
za al emperador de Constantinopla, devastando 
Calabria (3). Entonees le toco el turno a Abde- 
rrahman. En 955, cuando, segun todas las apa- 

riencias, Moiz, el cuarto califa fatimita, medita- 
ba ya un desembarco en Espana, sucedio que un 
gran navio, que Abderrahman habia enviado con 
mercancias a Alejandria, encontro en el mar un 



(1) Ben-Adari, t. II, p. 237 — en vez de Xabrut* como 
esta. en el manuscrito, es preciso leer Hasdai aben-Xabrut — ; 
Aben-Jaldun, fol. 15 v. 

(2) Aben-Jaldun, fol. 15 v. 

(3) Amari, Historia de los musulmanes de Sicilia, t. XI, 
paffinas 242-248. 



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7S 
barco precedents de SI cilia, y ©n el que iba un 
co-rreo que el gobernador de esta isla habia ex- 
pedido a su soberano, Moiz. Esta ultima circuns- 
tancia no parece haber sido desconcfcida al capitan 
del bajel andaluz, y hasta es posible que Abde- 
rrahman supiese que los ctespaehos de qu? eiv 
portador el correo contenian U n plan de ataque 
contra Espafia, y que hubies- aadd al capitan la 
orden de interceptarlos. Sea lo que sea, el ca- 
pitan ataco a/1 buque siciiliano, lo saqueo y se apo- 
de>-6 de la cotrrespondemcia. 

Moiz tomo en seguMa el desquite. Par tfrden 
suya, «l gabernadoir de Sicilia se presento con 
una flota en Almeria y apreso o queiuo los na- 
tfos anclados en ei puerto. Apoderose tambieu 
^ buque que habia prtfporcionado un prete.xtc 
especioso para esta expedition, y que estaba jus- 
«emente de vuelta de Alexandria, tmyendo can^ 
fcadoras para el califa y mercancias p'-eciosas* 
Despues, desembarcaron la& tw^pas dd gobernador, 
rara saquear las inmediaciones de Almerin, y he- 
cho esto se hicieron a la mar (1). 

Abderrahman respondio d : e un modo energioo 
a este ataque. Ordeno, ante todo, analdeeir dia- 
riameate a los Fiatimitas en las osraciones publi- 
cas (2) ; despues encargo a su alanirante Galib 
que fuese a saquear las castas de Ifrikia. Sin em- 
bargo, esta expediciocn no tuvo todo ed exito quv 



(1) Vfianse Amari, ibid., pp. 249 y 250, y los autores que 
ctta. 

(2) Ben-Adari, t. II, p. 237. 



74 

se habia prometido el califa, pues aunque los an- 
daluces lograron aljgunas ventajas, fueron recha- 
^ados al fin por las fcropas que guarnecian 3a pro- 
vineia y obligados a reembarcarse. 

He aqui el estadd en que Abderrahman tenia 
ia guerra contra los Fatimitas en el momento en 
que se tramitaban las negociaciones con el rey de 
Leon. Queriendo volver todas las fuerzas y todos 
Ids recursos de su imperio contra e£ Africa, de- 
A>ia, naturalmente, desear la paz con los cristia- 
cos del Norte, y por esta razon no se habia mos- 
trado muy exigente en las condiciones para cour 
certar i a. 

Uina vez ultimada, concantro tddos sus pensa- 
maentos 'en Africa. Px-eparabase una gran expe- 
dicidn. Los obreros de los arsenales ino tenian un 
momento de reposo. Salfan de toaas partes trcfyas 

para los puertos de mar y se alistaban millares 
de marineros, ouando la muerte de Ordoiio III, 

ocurrida en Qa prtimaveira del aiio 957 (1), vino 
de pronto a entorpecer los proyectos del califa 

Hemos visto antes que Ord'ono no habia conse- 

t 

guido la paz sino haciendo concesiones, entre las 
cuales ngiuraba, a no dwdar, en primer termino, 

3a entrega o demolicion de ciertas fortalezas. Aho- 
ra bien: Sancho, el antiguo com/petidor de su hex- 






(1) El nombre do Ordoflo III flgurs. en las cartas haata 
el mes do marzo del 957; v6ase Eap. Sagr., t. XXXIV, 
pagtna 26S. La comparaci<5n con las crtfnlcas arabes muestra 
tamblen qvie la fecha en que los manuscrltos de Samplro 
tljan ia muerte de eate rey — 955 — es erronea. 



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75 

niano, que ahora le habia sucedido sin dificultad, 
% nego a cumplir esta clausula del Tratado. Ab- 
dernalunan se vio abligaido a enifplear contra el 
reino de Leon las fuerzas que hubiera querido 
enviar al Africa, y dio ordenes en este sentido al 
valiente Ahmed aben-Yila, gobernador de Tale- 
do (1). Este general salio a camipana, y en el mes 
de julio alcanzo una gran victoria contra el rey 
de Le6n (2). Sin duda, este triunfo era un con- 
suelo para el califa, que no habfa deseado esta 
mieva guerra y cgue hasta la habrfa evitado de 
buena gana si el honor se lo hubiera consentido. 
lba a tener otro mas dulce aun: veria a sus ene- 
migos a sus pies. 



IV 



"El rey Sancho — dice un anator arabe (3) 
vano y orgulloso. " Esta frasie, tornado,, sin duda, de 
un cronista leones de aquella epoca (4), sagn-ifica 
en boca de estos escritores que Sancho intentaba 
quebrantar el poder de la nableza y restabieoeir la 
autoridad aibsdLuta ejercida pox sus antepasados. 
De ahl el odio que le profesaban los grandes- Al 
odio se unia el menosprecio. Sancho habia perdi- 



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<1) Abderrahman le habfa conferido este puesto en 954; 
Vi&nse Ben-al-Abar, p. 140, y Ben-Adarl, t. II, p. 235. 

(2) Ben-Adarl, t. II, pp. 237, en la ultima lfnea, y 238. 

(3) Aben-Jaldun, en mis Itivestigaciones t t. I, p. 10*. 

<4) Bampiro dice, poco mis o menos, lo mi a mo, hablando 
de Kamiro III. 



76 

do sus antiguas cualidades, quo eran las quo mas 
apredaban sus subditos- El pobre principe habia 
engordado excesivamente, por lo que no podia 
man tar a caballo, y aim para andar tenia que 
apoyar.se en alguien (1). Era, pues, objeto de 
burla, y poco a poco comenzo a decirse que era 
preciso deponer a aquel monarca ridicule, a aqud 
rey invaiido. Fernan Gonzalez, que aspiraba al 
titulo de hacedor de re-yes, y que ya habia inten- 
tado una vez, aunque sin exito, hacer uno, fo- 
mento y dirigio el descontento de los leoneses (2). 
Tramose una conspiracion en el Ejercito, y un 
dia, en la primavera del ano 958 (3), echaron a 
Sancho del reino. 

Mientras el rey destronado se encaminaba tris- 
temente a Pamplona, residencia de su tio Garcia, 
Fern an Gonzalez y los demas nobles se rcunieron 

para proclamar otro rey, Recayo la eJeccion sobre 
Ordono, cuarto de este nombre, hijo de Alfon- 
so IV, y, por consiguiente, primo carnal de San- 
cho. Excepto su nacimiento, nada justificaba los 
suf ragios de los elector es, A una deformidad cor- 
poral — era jorobado (4) — , unfa un caracter adu- 
Jador, vil (5) y pervorso, por lo que en adelan- 



(1) Vease el poema de Dunax, estrofa 4. n . apud Luzzatto, 
Noticiz sobre Abu-Yusuf, Hasdai-aben-Sxaprut, p, 24. 

(2) Aben-Jaldun, fol. 15 v. y en mis Investipaciones, 
tomo I, p. 105. 

(3) Esp. Sagr., t. XXXIV, p. 269. 

(4) Ben-Adarl. t. II, p. 201, 1. II. 

(5) V6ase mas adelante el relato de la audlencia de Or- 
dofio IV con Alhaquen II 



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77 



te solo £e le llamo Ondoiio el Malo (1) ; pero 
como entonc-s no habia ningun otro adulto den- 

tro de la famil-ia real, fue precise eiegirte, y e! 
conde de Castilla le liizo casar con su hija Urra- 
ca, viuda de Ordono III (2), que vino a ser por 



segunda vez rema de Leon (3) . 

En los moment os mismos en que asi le nom- 
braban sucesor, Sancho ref-eria en Pamplona la 
dcegracia que le habia ccurrido. Su abuela, la 
vieja y ambicio^a Tota,, que aun gobernaba Na* 
varra en nombre de su hijo, aun que este hacia 
mucho tiempo que se hallaba en eclad de reinar 
por si, tomo calurosamente su partido y juro 
restablecerlo a toda casta. Sin embargo, esto no 
era facil; pues, por una parte, Sancho no tenia 
*n su ant-ignxo reino -ningiki amigo influyente, y, 
por otra, Navarra era demasiado debil para ata- 
car por si sola a Leon y Castilla. Tota debia, 
pes, buscar un aliado, y un aliado poderoso. Ado- 
mas, para que Sancho pudiera sostenerse en *?1 
trono, una vez reconquistado, era absolutamente 
preciso que dejara de ser objeto de burl as por su 
malhadada obesidad. Esta erordura no era nafcu- 



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(1) El malOj en espafiol; ahjabit, en drabe — v6ase Maca- 
ri, L I, p. 252, 1. III—. 

(2) Engafiados por un interpolador dc Sampiro, Que ha 
tatroducido multitud de errores en la historia del Retno de 
Lctfn, se ha dicho a menudo que Ordofio III repuditf a Urraca 
cuando Fern&n Gonz&lez se sublev6 contra 61. Rlsco- — Espana 
MaOTada, t. XXXIV, pp. 2G7 y 268 — ha probado con docu- 
ments que Urraca slgui6 siendo esposa de Ordofio III hasta 



^ el fin del reinado de este monarca, 
(3) Sampiro, c. 26- 



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78 

ral: provenia de una disposicidn enfermiza que un 
medico habil podria, sin duda, hacer desaparecer; 
pero solo en Cordoba, que era entonces el foco de 
toda luz, podia encontrarse semejante medico. 
Tambien fue en Cordoba donde Tota busco el alia- 
do que necesitaba. Resolvio pedir al califa un me- 
dico para curar a su nieto, y un ejercito para res- 
tablecerle en el trono. Mucho costaba, sin duda, 
a su orgullo formular tal petition; penoso le em 
verse obligada a implorar el auxilio de un infiel 
con el cual habfa estado en guerra durante mas 
de treinta afios, y que, apenas hacia uno, habia 
mandado asolar sus valks y quemar sus al- 
deas (1); pero el amor hacia su nieto, el aixlien- 
•te deseo de verk reinar y la rabia que le produ- 
ct su vergonzosa derrota, fueron mis fuertes que 
su legftima repugnancia, y envi6 embajadores a 
Cordoba. 

Habiendo estos eimbaj adores expuesto all cali- 
fa el motivo de su viaje, les respondio que en- 
viaria de buen grado un medico a Sancho, y 
que, en ciertas conidiciones, que serian expuestas 
nor uno de sus ministros, que enviaria a Pamplo- 
na, prestaria el apoyo de sus armas al rey des- 
tronado. 

Cuando le dejaron los embajadores navarros, 
Abderrahman hizo v-enir al judio Hasdai, y de&- 
pu£s de darle instrucciones, le encargo trasladar- 
se a la corte de Navarra. No cabia mejor elec- 



(1) Ben-Adarl, t. II, p. 237. 



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79 

ci6a. Hasdai reunia todas las cualidades requeri- 
$as para, una misdon seone jairbe : habkba muy bien 
la lengua de los cristianos, era a la vez medico y 
estadista; todo el mundo elogiaba su talento, su 
ingenio, su culture, su gran capacidad, y poco 
antes un embajador venido del oentro de Ale- 
mania declaro que no habia visto nunca un horn- 
bre dotado de tal arte (1). 

Llegado a Pamplona, el judio se granjeo la con- 
fian&a de Sancho, encargaaudase de su tratamien- 
to y prometiendole una pronta curacian. Dijole 
que ; a cambio del servicio que el califa estaba 
dispuesto a prestarle, e 
tafezas. Sancho prometio entregarselas apenas 
estuviese resfcaurado en eil trono. Mas esto no era 
todo: Hasdai estaba encargado tambien de con- 
eeguir que Tota viniese a Cordoba con su hi jo y 
con su nieto. El califa, que queria satiafacer su 
vanidad y proporcionar a su pueblo el espectacu- 
lo, hasta entonces sin ejeinplo, de una reina y 
dos reyes cristianos que iban a postrarse humil- 
demente a sus pies, para implorar el apoyo de 
sus armas, habia insistido particulamrente sobre 
esrte ppnto; nuas podia preverse que la orgu- 
llosa Tota se opondria energicamente a semejan- 

te exigietoicia. En efeoto: hacer un viaje ia Cordo- 
ba era para ella un paso todavia mas humillante 
que a! que se habia rebajado cuando entr6 en re- 
laciones amistoisas con su antieuo enemiero. Esta 



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(1) Vita Johannis Gorziensis, c. 121. 



^3 






80 

parte de la mision de Rasdai era, por lo tantn 
la mas delicada y cspinosa; para formular seme- 
jante proposicion, y, sobre todo, para hacerla 
accptar, se requerfan un tacto y una habilidad 
extraordinarios. Pero Hasdai tenia fama de ser 
el hombrc mas d : estro de su tiempo, y la justifi- 
co. La altiva navarra se dejo veneer "por el en- 
canto de sus palabras, por la fuerza de su sabi- 
duria, por el poder de sus astucias y por sus nu- 
merosos artificios", para hablar corao un poeta 
judfo de la opoca; y creyendo -que la curacion de 
eu nieto no podrla obtenerse mas que a este pre- 
cio, liizo un gran esfuerzo sobre si misma y ac- 
cadio al fin al viaje que 1c propania el judio. 

La Espana musulmana piesencio entonces un 
extraordinario espectaculo. Seguida de multitud 
de nobles y dc sacerdotcs, la reina de Navarra 93 
encamino d'entaimente hacia Cordoba, con Garcia 
y con el desdichado Sancho, cuya salud no esta- 
ba aun bastante restablecida y que andaba ap> 
yandose en Hasdai. Si este espectaculo resu'Itaba 
grato para la van i dad nacional de los musuima- 
nes, lo era tambien, y acaso mas todavia, para el 
amor propio de los judias, porque se debia a un 
h ombre de su religion. Por eso sus poetas cele- 
bi^an a porfia su regreso. "(Saludad, montanas, al 
jefe de Juda! — oantaba uno die ellos — . iQue la risa 
brote de todos los labios! iQue canten las ftores- 
tas y las tierras aridas! iQue se regocije el de- 
sierto, que florezca y produzca frutos, porque vie- 
ne el jefe de la Academia, porque viene con ale- 



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gria y canticos! Mientras se hallaba ausente, la 
celebre ciudad que se dibuja con gracia permane- 
cia silenciosa y triste; sus pobres, que no veian 
su rostro brillante como las estrellas, e&taban <k- 
solados; los soberbios nos dominaban, nos ven- 
dian y nos compraban como esclavos; alargaban 
sus lenguas F ara engullif nuestras riquezas; ru- 
gian como leoncillos, y todos estabaimos espanta- 
dos, porque nuestro defensor no se eaicontraba 
entre nosotros... Dios nos le ha dado por jefe,' El 
le ha otorgado el favor del rey, que le ha nora- 
brado principe y le ha elevado por cima de los 
demas dignatarios. Cuando pasa, nadie se atrave 
a abrir la boca. Sin ilechas ni espadas, con su 
sola elocuencia ha quitado a los abominables co- 
medores de puercos fortalezas y ciudades." 

Cuando la reina y los dos reyes llegaron al fin 
a Cordoba, el califa les coneedio en su palacio de 
Zahara una de osas potmfposas audiemcias (1) que 
imfponian a los extranjeros, y que eran muy pro- 
pias para inspirar una alta idea de su riqu-eza 
y poder. Era, indudablemente, un memento gra- 
tisimo para Abderrahman aquel en que veia a 

sus plantas al hijo de su terrible enemigo Rami- 

ro II, al hijo del ilustre vencedor de Samancas y 
de Alhandega, y aquella reina tan- valiente como 

orgaili-osa que -en memorables batallas habia man- 
dado por si misma sus victoriosas huestes; pero 
cuaksquiera que fuesen sus sentimientos Inti- 



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<1) Macarl, t. I, p. 253, I. Ill, IV, VIII y IX. 

Hist, musulmanes. — T. Ill 



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82 

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mos, eujpo disimularlos exteriormente, y recibio 
a sus huespedes con exquisita cortesia. Sancho 
le repiti6 lo que ya habia prometido a Hasdai, es 
decir, que le oederia las diez fortalezas que el 
califa exigia, resolviendose que mientras el ejer- 
cito arabe atacaba el rein© de Leon, Jos nava- 
rros invadirian Castilla, a fin de atraer las fuer- 
zas de Fernan Gonzalez hacia esta parte (1). 

Entre tanto, Abderraihman no habia perdido de 
vista el Africa; por el contrario, habia dado im- 
puUso a sus armamentos eon gran actividad, y el 
mismo aik) en que la rerna de Navarra lleg6 a 
C6rdoba, un numeroso ejercito, mandado por Ah- 
med- aben-Yila, se embarco en setenta navios. 
Esta expedition fue feliz, porque los andaduces 
ineendiaron a Meirsa-al-Jarez y devastaron las So- 
mediacionas de Susa y de Tabarca (2). 

Algun tiempo despues, el ejercito musulanin 
marcho contra tLeon. Sancho le acompafiaba. Gra- 
cias a los remedies de Hasdai, se Ixabia desem- 

barazado de su obesidad y se hallaba tan agil y 
tan apto como amtes (3). Primero fue* -tomada 
Zaimora (4), y ya en el mes de abril del 959, la 



(1) Comparese con Sampiro, c. 2C, el poema hebreo d« 
Dunax-ben-Labrat, el de Menahen-ben-Saruk — apud JCuzzatto, 
Noticia t etc., pp. 24 y 25, 29-31 — , el pasaje de Aben-Jaldun, 
que comunique" a M. Luzzatto, Impreso por este sablo en TO 
Notida, pp. 46 y 47, y el que se encuentra en mis Invts- 
tiffCtciones, t. I, p. 105. 

(2) Aben-Jaldun, Historia de los l>erebere$, t. II, p. $41 
de la traduccion; cf. Ben-Adarl, t. II, p. 238. 

(3) Sampiro, c. 26. 

(4) Aben-Jaldun, en mis Investigaciones, t. I, p. 105. 



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83 

autoridad de Sancho era reconocida en gran parte 
del reino (1). Sin embargo, la capital se mante- 

rtia aun por Ordono IV; pero habiendose refugia- 
do este principe en Asturias (2), rindiose a San- 
cho en la segunda niifbad del ano 960 (3). Ha- 
biendo recobrado su reino, Sancho envio una em 
fcajada al califa para darle gracias por su ayuda, 
y escribio al mismo tiempo a sus vecinos anun- 
ciandoles su restauracion en el trono. En estas 
cartas vituperaba en los terminos mas energicos 
la deslealtad del conde de Castilla (4) . Acaso este 
ultimo le inspiraba aun algunos temores; mas si 
era asf, pronto se diisiparon, pues, segun lo con- 
venado, los navarros habian invadido Castilla, y 
en aquel mismo ano 960 dieron al conde una ba- 
talla, en que tuvieron la suerte de hacerle pri- 
sianero (5). Desde enttonces, la causa de Ordono 
estaba perdida. Odiado y deapreciado por todo el 
mundo, sdlo habia podido sostenerse por la in- 
fluencia de Feman Gonzalez, de quien era h-e- 
chura. Lee asturianos le arrojaron de su provin- 
cia y se sometieron a Sancho. Ordono se refugio 
en Burgos <6), y ya veremos mas adelante lo 

que fue de €1. 
Mientras esto sucedfa en el Norte, el califa, 



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<1) Esv. Sagr., t. XXXIV, p. 270. 

(2) Sampiro, c. 26. 

(3) Esp. Sagr., t. XXXIV, pp. 270 y 271. 

(4) Aben-Jaldun, fol. 15 v. 

(B) Annates Compost ellani ; Abgn-Jaidun, en mis Investi- 

gartones, t. I, p. 105. 

(6) Sampiro, c. 26. 









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84 

que habia cc*metido la imprudencia de exponerse 
al crude viento de marzo, estaba ya enfermo y se 
temia por su vida. Esta vez, sin em.ba.rgo, los me- 
dicos lograron aun conjurar el peligro, y a prin- 
ciples de julio, Abderrahman habia recobrado la 
salud, hasta tal punto que pudo dar audiencia a 
los mas altos dignatarios. Pero esta curacion no 
era mas que aparente; sufrio una reeaida en su 
enfermedad, y el 16 de octubre del ano 961 (1) 
exhaiio el ultimo suspiro, a la edsud de setenta alios 
y cuarenta y nueve de remade*. 

Entre los principes ommiadas que reinaron en 
Espafia, el primer puesto pertenece indiscutible- 
mente a Abderrahman III. Lo que habia hecho 
parecia un prodigic, Habia encontradt*. ei imperio 
presa de <l<a anarquia y de la guerra civil, des- 
garrado ptfr las facciones, dividido entre mu'ltitud 
de sefiores de distinta's razas, expuesto a las con- 
tinuas correrias de los cristianos del Norte y en 
vfsperas de ser absorbido, ya por los ledneses., ya 
por los africanos. A despecho de innumerables 

obstaculos, salvo a Andalucia de si rnisma y de la 
domiaacidn extranjera, la hizo renacer mas gran- 
de y mas fuerte que nunoa, prttour and ode ard&n 
y prosperidad en el interior; fuera, consid'eracion 
y respcto. El tesoro publico, que encontro en un 
estado deplorable, quedaba en una situacion ex- 
celente. Un tercio de las rentas del innperio, que 
se elevaban annalmente a seis milloaies doscientas 



<1) Ben-Adari, t. II, pp. M9 y 161. 



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85 

cuarenta y cinco mil monedas de oro, bastaba para 
los gastos ordinarios; otro tercio quedaba de re- 
serva, y el resto Id consagraba Abderrahman a su 
escuadra (1). Calcu'lase que el ano 951 tenCa en 
sus areas la enorme suma de veinte millones de 
monedas de oro; asi, que un viajerc hacendista 
asegura que Abderrahman y el Hamdanita, que 
reinaba entonces en Mesopotamia, eran los prfn- 
cipes mas vieds de aquella epoca (2). El estaido 
del pais se hallaba en armonia con la pr6spera 
situation del tesoro publico. La agricultura, la 
indusfcria, el comercio, las ciencias, las artes: todo 
florecia. El extranjero admiraba por do'quiera 
campos bien cultivados y ese sistema hidrau- 
lico, ordenado tan sabiamente, que hacfa fertiks 
hasta lavs tierras en apariencia mas aridas; mara- 
villabase del orden fperfecto que, gracias a una 
policia vigilante, reinaba hasta en los distritote 
imenos aceesibte (3) ; se asombraba de la bara- 
tura de los generos — dos frutos mas deliciosos se 
vendian casi de foalde — , de la limpieza de los ves- 
tidos y, sobre todo, de aquel g&rceral bienestar 
que permitla a casi todo el mundo ir a caballo en 

vez de ir a pie (4). Diver sas y nuomerosas in- 
dustrias enriquecian a Cordoba, Almeria y otra* 
ciudades. El comercio habfia adquirido tal desarro- 
llo, que, segun la relacion del «ncargado ds las 



(1) Ben-Adari, t. II, p. 247. 

<2) Ben-Haucal, p. 40. 

(3) Ben-Haucal, pp. 38 y 42. 

(4) Ben-Haucal, pp. 38 y 41. 



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86 

Aduanas, los derechos de importation y exporta- 
cion constituian la principal fuente de ingresos jdel 
Estado (1). C6rdoba, con su medio millon de ha- 
bitantes, sus tres mil mezquitas, sus soberbios pa- 
lacids, sus ciento trece mil casas, sus trescientos 
baiios y sus veintiocho arrabales (2) , no cedia en 
extension ni en esplendor mas que a Bagdad, con 
la cual se complacian sus habitantes eoi compa- 
rarla. Era renombrada hasta en el fondo de Afte- 
mania; la religiosa sajcna Hroswitha, que se hizo 
celebs en la ultima mitad del siglo X por sus 
poemas y sus dramas latinos, la llamaiha "onn&to 
del mundo" (3). La rival que Abderrahman le ha- 
bfa dado no era menos admirable. Habiendoie le- 
gadd una gran fortuna una de sus concubinas, 
quiso el monarca emplear este dinero en el rescate 
de prisioneros de guerra; pero habiendo sus agen- 
tes recorrido los reinos de Le6n y Navarra sin 
encontrar ninguntt, Zahra, su favorita, le dijo: 
"Emplea ese dinero en edincar una ciudad, y ponle 
mi nombre." Esta idea agrado ail califa, que, como 
casi todos los gxandes principes, era aficionado a 
edificar, y en el mes de noviembre 4eQ afid 936 
hizo echar, una legiia al norte de Cordoba, los ci- 
mientos de una ciudad que habia de llevar d. 
nombre de Zahra. No se economizo nada para ha- 
cerla todo Id mas magnfflca posMe. Durante vein- 



(1) VSase la carta de Hasdal al r&y de los Jozaros, en 
Carmoly, las jozaros en el siglo X, p. 37. 
<2) Ben-Adart, t. II, pp. 247 y 248. 
<3) Hroswitha, Passio 8. Pelagii. 



87 

ticmco anas, diez miJ obreros, que disponian de 
mil quinientas bestias de carga, se habian ocupa- 
do en edificarla, y, sin embargo, aun no astaba 
conckuda a la muert'e de su fundaddr. Una prima 
de cuatrocientos dirhems, que el calif a habia pro- 
metado a todo el que viniese a establecerse en 
ella, atrajo muiltitud de habitantes. Bi palacio real, 
donde se hallaban reunidas todas las maraviilas 
de Oriente y Cccidente, era de enorme extension, 
como 2o prueba que en el haren habia seis mil 
mujeres (1). 

Bl poder de Ahderrabman era formidable. Una 
soberbia marina le permitia disputiar a los Fatimi- 
tias el imperio del Mediterraneo y le garantizaba 
la posesion de Ceuta, Have de Mauritania. Un ejer- 
cito numeroso y bien discipMtnadG ( , ta] vez el me- 
jor del mundo (2) , le aseguraba la preponderan- 
cia sobre los cristianos del Norte. Los mas altivos 
sdberanos demandaban su alianza. Los emperado- 
ties de Gon'stantinopla"y de Alemania, los reyes de 
Italia y Francia, le enviaban embajadores. 

Bran, ciertamente, magnificos resultados; pero 
lo que mas excita el asombro y la admiracion 
cuando se estudia este reinado gkrfrioso, no es 
tanto la obra como el iobrero: es el jpodea: de esa 
inteligencia universal, a la anal nada se escapaba, 
y que era no menos admirable en los pequeiiots 
defcalles que en las mas sublimes concepciones. 



(1) Ben-Haucal, p. 40; Ben-AdaH, t. II, pp. 246 y 247; 
Macarl, t. I, pp. 344-346, 370 y sigs. 

(2) Comparese Vita Joh. Gorz., c. 135. 



88 

Este hombre, fino y sagaz, que centraliza, que 
funda la unidad de la nacion y del poder, que 
establece con sus alianzas una especie de equili- 
brio politico, y que, cc'n amplia tolerancia, llama 
a sus consejos a hombres de otra religion, es mas 
bien un rey de los tiempos modemos que un califa 
medieval. 



V 



A pesar de Ids grandes servicios que Abderrah- 
man III les habia prestado, las cortes de Leon y 
Pampflona no se afligieron por su muerte; al con- 
trario, vieron en ella el modo de eludir los tra- 
tadds y de librarse <de la proteecion islamita, de 
la cual comenzaban a cansarse desde que no la 
necesitaban. Y, en efecto, la ocasion parecia pro- 
picia para no cumplir lo que se habian visto obli- 

gados a prometer. EI sucesor de Abderrahman, 
Alhaquen II f pasaba pdr pacifico; tal vez se pen- 
eaba que no insistiria muoho en el cumiplimiento 
de un tratado concertado por su padre, y en todo 
caso, faltaba ver si era tan afortunado en la gue- 
rra co*mo aqueft lo habla side 

Alhaquen pudo darse cuenta bien pronto de las 
intenciones de sus vecinos. Sancho, a quien habfa 
requei-ido para que le entregara, al fm, las forta- 
Jezas estipuiladas en. el tratado, hallaba toda oiase 
de razones para aplazar el asunto (1). Garcia, a 



(1) Macarl, t. I, p. 254. 1. IX y X. 



89 

<Jdea habia pedidtf que le entregara su prisioarero 

Ilamaa Ganizalez rehu-saba ceder a esta deman- 
ds (1), y 'lo que es mas, le devolvio La Mberfcad des- 
pues de hacerle promete que romperia con su yer- 
no, O-rdofio IV. Fenian Gonzalez curnpho la pjxmne- 
sa. For -ortien su-ya, Ordofi-o, que aun se encontraba 
en Burgas, fue separado violentamente de su mu- 
jer y de sus dos hijas, y conducido, con buena es- 
calta, a territorio imusutoan (2). Despues, Fer- 
nan Gc'nzailez, que no estaba ligado por ningun 
tratado, como los reyes de Navarra y Leon, re- 
anudo las hostilid ados contra los arabes (3), de 
suerfee que, en el mes de febrero del 962, Alhaquen 
se vio obligado a escribir a sus generates y a sus 
gobemadores que se dispusieran para enter en 
caonpana (4). 

En-tre tanto, Ordoiio el Malo habfa llegado a 
MedmacCli acompaiiado de veinte senores, los uni- 
cos que aun le eran adictos. Vdo en e sta ciudad 
los pTeparativos que se hacian para una expedi- 
ciori; lo .cuad reanimo sus esperanzas para el por- 
v-enir, Asi como su priino habia recobrado el tro- 

no, gracias al apoyo de Abderrahman, esperaba 
a isu vez recoforarle . com el auxilio de Alhaqmen. 
Asl, que deela-ro ia Galib, gobernador de Medina- 
celi, su deseo de ir a Cordoba a fin de implorar 
la proteccion del momarca. GaJib consuilto con 



(1) Aben-Jalclun, en mis Jnvestigacionea, t. I, p. 105. 

(2) Sampiro, c 26. 

(3) Aben-Jaldun, fol. 16 r. 

(4) Ben-Adari, t. II, p. 250. 



90 

AMiaquen la respuesta que debia darle. El califa 
a quien no disgustaba tener en su mano un pre- 
tendiente, pero que no queria comprometerse de- 
fmitivamente alin, le respondio que podia llevar a 
Ordoiio a Cordoba, pero sin hacerle promesa al- 
guna. Fartio, pues, Galib para Cordoba, a prin- 
cipios de abril acompafiado de Ordoiio y de su 
sequito. En el camino encontraron un destaca- 
roento de caballeria que Alhaquen habia enviado 
al encuentro de sus huespedes, y en las inmedia- 
ciones de la capital, otro mas numeroso aun. Or- 
doiio no perdono ocaision para captarse el favor 
de las oficiales de la escolta; prodigo las adula- 
ciones, y cuando entro en Cordoba les pregunto 
d6nde se hallaba la tumba de Abderrahman III, 
Cuando se la ensenaroai, se quito respetuosamente 
la gorra, se arrodillo, volviendo la cabeza hacia el 
lugar indicado, y oro por el alma del que antes 
le habfa arrojado deft trono. La esperanza de re- 
cuperar el cetro le hacia olvidar tcdo lo demas; 
por lograr este fin estaba decidido a no retro- 
ceder ante ninguna bajeza. 

Destpues de pasar dos dfas en un palacio sober* 
biamente amueblado que se le destino para mo- 
rada, Ordoiio reoibio el permiso para ir a Zahra, 
donde el cali£a le darla audiencia. Vistiose emiton- 
ces un traje y una capa de seda blanca — lo cual 
era probablemente un nuevo homenaje tributado 
a los ommiadas, porque el bianco era el color 
adoptado por esta familia— y se cubri6 con una 
gorra adornada de pedreria. Los principales cxis- 



91 

tianos de Andaktcia 5 como Ualid-taben-Jaizoran, 
juez de los cristianos de Cordoba, y Obaidala- 
aben-Casim, metropolitan de Toledo, fueron a 
buscarle para conducirle a Zahra e instruirle en 
las reglas de la etiqueta, en las que era la oorte 
muy quisquillosa. 

Al pasar por las filas de soldados que llenaban 
la entrada de Zahra, Ordono y sus compafieros 
leoneses fmgierori admiran&e, y hasta esustaroe, 
de aquel aparato militar; bajaron los ojos e hi- 
cieron la serial de'la cruz. Cuando llegaron a la 

r 

primera puerta del palacio echaron todos pie a 
tierra, menos Ordono y los leoneses. En la puerta 
llamada de azuda, estos uiLtimos tuvieron que 
apearse; pero Ordono y el general Aben-Tomlos, 
encargado de introducirle a presencia del califa, 
ccntinuaron a caballo hasta llegar a un portico 
donde habfan puesto sillas para Ordono y sus 
compafieros, y que era el mismo en que Sancho 
habia esperado tambien hasta el momento de ser 
presentado al monarca cuando vino a im$>lorar su 
socorro. Pcco despues recibieron los leoneses per- 
miso para entrar ien la sala 'de audieincia. A la 

puerta quitose Ordono su gorra y su capa, en 
senal de respeto, y cuando le indicaron que avan- 
zase, se encontro frente a f rente al trono en que 

estaba el califa, rodeado de sus hermanos, de sus 
eobrinos, de los visires, del cadi y de los faquies; 
se arrodillo nrachas veces, adelantando algunos 
pasos a cada genuflexion, y llego al fin adonde es- 

■i ■ 

taba el califa. Este le dio a besar la mano, des- 



y 



92 

pues de 'lo cuial Ordofio se retiro cuidando de no 
volver la espalda ail califa, para sentarse en un 
divan de brocado, destinado para el, y que estaba 
a quince pies del trono. Aproximaronse entonces 
al califa los sefiores leoneses con el misrno cere- 
monial, y despues de besarle la mano fueron a 
colocarse detras de su senor, junto al cual estaba 
tambien Ualid-aben-Jaizaran, que debia servir de 
interprete en la entrevista. 

El califa guardo algunos instantes de silencio, 
para dejar ail ex rey tiempo de reponerse de la 
emocion que la vista de aquella augusta asamfolea 
debfa haber producido en su animo. Despues le 
hablo en estos terminos: "Congratulate de haber 
venado y espera mucho de nuestra bondad, pues 
tenemos intencion de concederte mas favores de 
los que te atreverias a pedir." 

Cuando el interprete explico a Ordofio el senti- 
do de estas benignas palabras, se refiejo en su 
rostro la alegria, levantose, y besando el tapiz 
que cubria las gradas del trono: "Soy- — dijo — es- 
clavo del comendador de los creyentes. Confio en 
su magnanimidad; en su alta vii-tud busco mi apo- 
yo y le otorgo pleno poder sobre mi y .sobre los 
mios. Ire donde me ordenare, le servire sineera 

y leaimenbe." "Nosotros te creemos digno de nues- 
tras bondades — repuso el califa — ; quedaras satis- 
fecho cuando veas hasta que punto te preferimo^ 
a todots tu's correligionarios, y te alegraras de 
haber buscado asilo entre nosotros y de haberte 

■ 

cobijado a la sombra de nuestro poder." Desjmes 



93 

de hablar de este modo el califa, Ordono se arro- 
dillo nuevamente, ,e implorando la benddcion de 
Dio3 para el monarca, expuso su demanda en es- 
tos terniinos: "En otro tiempo, mi primo Sancho 
vino a pedir socorro contra mi al difunto califa. 
Realizo sus deseos y fue auxiliado como no se 
puede ser socorrido por los mayores soberanos 
del universe Yo tambien acudo a demandar apo- 
yo; pero entre mi primo y yo existe una gran di- 
ferencia. Si el vino aqui fue obligado par la ne~ 
cesidad; sus subditos vituperaban su conducta, 
le aborrecian y m© habian elegido en lugar suyo, 
sin que yo, Dios me es testigo, hubiese ambicio- 
nado este honor. Yo le habia destronado y arro- 
jado del reino. A fuerza de suplicas obtuvo del 
difunto califa un ejercito que le restauro en el 
tnomo; pero taio se ha mostrado reconocido por -este 
sexvicio; no ha cumplido ni a su bienhechor aid a 
vas, joh comendadar de los creyentes, -mi senor!, 
aquello a que estaba obligado, Por el contrario, 
yo be dejado mi reino por mi propia voluntacl y 
he venido al comendador de los creyantes para 
poner a su disposition mi persona, mis gentes y 
mis fortalezas. Tengo, pues, razon al anrmar que 
entre mi primo y yo media una gran diferancia, 
y me atrevo a decir que he dado pruebas de mas 
g^nerosidad y confianza." "Hemos fescucbado tu 
discurso y comprendido tu pensamiento — dijo en- 
tonces el califa — . Ya veras como recompensamos 
tus buenas intend ones. Eiecibiras *de nosotros tan- 






'■ tos beneficios como recibio tu advecrsario de nues- 



■ ■- 



94 



padre 



petidor tiene el merito de haber sido el piimero a 
implorar nuestra proteccion, este no es motivo 
para que te estimemos menos ni para que nos 
neguemos a concederte lo que a el le dimos. Te 
conduciremos a tu pais, te colmaremos de jubilo, 
consolidaremos las bases de tu poder real, te ha- 
remos reinar sobre todos los que quieran reco- 
nocerte por soberano y te enviaremos un tratado 
en el que fijaremos los limites de tu reino y del 
de tu primo. Ademas, impediremos a este ultimo 
que te inquiete en ei territorio que te tendra que 
ceder. En una palabra: los beneficios que has de 
recibir de nosotros excederan a tus esperanzas. 
jDios sabe que lo que decimos es lo mismo que 
pensamos ! " 

Desjpues de haMar asi el califa, Ordofio vodvio 
a ai'rodillarse, y deshaciendose en acciones de gra- 
cias, se levanto y abandon^ la sala andando hacia 
atras. Cuando llego a otro departamento, dijo a j 
los eunucos que le habi*an seguido* que estaba des* 
-lumbrado y estupefacto por el majestuoso espec- 
taculo de que habia sido testigo, y viendo una silla 
en que ©1 califa solla ssnfcarse, se arrcftiillo ante 
ella. En segiuida le llevaron ante Chaf ar, hachak 
o primer ministro. En cuanto vio a lo lejos a este 

dignatario, le hizo una profunda reverencia, que- 

riendo tambien besaxik la mano; pero el hachib 
se lo irnpk&o, le .abrazd y, ihaciendole sentar al 
lado suyo, le manifesto que podia estar seg^ro 
de que el califa cumpfliria sus promesas. Des- 






95 

pues le mando entregar los trajes de honor qu« 
el caflifa le regalaba; sus compatercfe los recibie- 
ron tambien, cada uno segun su categorla, y, sa- 
ludando ail hachib con el mas profundo respeto, 
vdlvieron al portico en pete de su rey, el cual en- 
contro alii un caballo soberbio y ricamente en- 
jaezado, de las caballerizas de Alhaquen. Mon- 
tose, y, con el corazon lleno de esperanza, vGflvio 
con los leoneses y con el griiieral Aben-Tomlos al 
paHacio que le servia de morada (1). 

Poco* despues le enviaxon, para que lo firmase, 

^ 

un tratado, en el cual se cormp rometia a vivir siem- 
pre en paz con el califa, a eiufcregarle su hijo Gar- 
cia en rehenes y a no aliarse con Fernan Gon- 
zalez. Lo firmo, y entonces AUiaqxien puso a su 
disp^Jsicion un cuerpo dJe ejercito, mandado pox 
Galib (2) . Ademas, le dio por consejeros a 
Ualkl (#)> juez de los cristianos de Cordoba; a 
Asbag ben-Aibdaia aben-Nabil, obispo (4) de estia 
ciudad, y a ObaidaJa (5) aben-Cashn, metropoQi- 
tano de Toledo*, despues de ordenar a estos per- 



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(1) Macari, U I, pp. 252-25S; Ben-Adari, t. II, p. 251 
jn este autor, p. 250, 1. II, hay Que sustituir ano 351 por 

ano 352; el relato de los sucesos del afio 352 no comienza 
hasta la p. 251, 1. XIX — ; Aben-Jaldun, fol. 16 v. 

(2) Aben-Jaldun, en mis Investigaciones, t. I, p. IOC. 

(3) Aben-Jaldun — fol. 16 v, — le llama Ualld aben-Mogit 
y no aben-Jaezoran, como consigna Macari. 

(4) El catdlico, dice Aben-Jaldun; de donde resulta que 
en Cordoba se daba este tftulo al obispo, lo mismo que en 
Orients se le da al obispo de los nestorianos — ve*ase Ahmed 1 - 
ben-abl-Yacub, Kitab al-boldam., fol. 3 v. — . 

(5) Aben-Jaldun le llama Abdala. 



96 

sonajes — a quienes debia ser entregado Garcia — 
que hicieran todos Ios esfuerzos posiblcs para 
atraer a los leoneses a ]a obediencia de Or- 
dono (1). 

Hizose gran ruido con estos preparativos espe- 

rando que Sancho, se intimidase, calculo que no 
resulto engafioso. Sancho comprendia que su si- 
tuacion era todavia precaria e insegura. Galicia 
se negaba tenaamente a reconocerle (2), y era 
de temer que si volvia Ordono con un ejercito 
musulman podrfa contar con el apoyo de esta pro- 
vincia. En cuanto a las demas del reino que ha- 
bfan sufxido a Sancho, pero que no le querfan, 
todo inciinaba a creer que le echarian de nuevo 
antes de exponerse a una invasion. Sancho adop- 

to ; pues, bien pronto su partido. En el mes de 
mayo envio a Cordoba obispos y condes que de- 
bian decir en su nombre al califa que estaba dls* 
puesto a ejecutar todas las clausulas del trata- 
do (3). Desde entonces, Alhaquen, que habia con- 
seguido lo que querfa, no penso mas en cumplir 
las proinesas hechas a Ordoflo; de suerte que este 
desgraciado pretendiente se humillo sin provecho 
alguno a las mas vergonzosas adulaciones. Parece 
que no sobrevivio mucho tiernpo a la perdida de 
sus esperanaas; al menos la Historia no hiabla 
mas de ed, diciendo solamente que murio en Cor- 



el) Aben-Jaldun, fol. 16 v. 

(2) Sampiro, c. 27. 

(3) Ben-Adarl, t. II, p, 25; Ahen-Jaldun, fol. 16 v. 



97 

daba (1)> y to <}o induce a creer que habia imuerto 
a fines del ano 962. 

Su muerte disipo las temores que Sancho habfa 
concebido. Co<ntando can el apoyo de sus aliados, 
el conde de Castilla, el rey de Navarra y los 
condes catalan.es Borrell y Miran, tonio de mievo 
un tono mas atrevido y no cumplio mejor que an- 
tes las dattsulas del tratado (2). 

Alhaquen se vdo, por lo tanito, obligado a decla- 
rer la guerra a los cristianos. Primeramente di- 
rigi6 sus armas contra Castilla, tomo a San Es- 
teban de Gormaz — 963— y dbligo a Fernan Gon- 
zalez a pedir la paz (3), que quedo rota antes de 
ultimada. En seguida Galib gano la batalla de 
Atienza. YaJiya-abeoi-Mohamed Tochibi, goberna- 
dor d« Zaragoza, vencio a Garcia, el cual perdio 
ademas la importance ciudad de Calahorra, que 
Alhaquien hizo rodear ' de nuevas f ortaficacio- 
nes (4), al mi am o tiempo que imandaba recons- 
troir en Castilla la arruinada fortaleza de Gor- 
maz. En una pa'labra: au/nque no -era belicoso y 
guerreo contra su voluntad, lo hizo tan bien, que 
okHig6 a sus enemteos a con.ce.rtar las paces. San- 
cho de Leon ia solicito en 966 (5). Los condes 
Borrell y Miron, que tambien habfan sufrido mu- 
chcs descalabros, siguieron su ejemplo, compro- 



(1) Man. de Meyd, parrafo 15; comp&rese con Sampiro, 
capltulo 26. 

(2) Ben-Adari, t. II, p. 251, 1. XVIII. 

(3) Ben-Adari, t. II, p. 251; Aben-Jaldun, fol. 16 r. 
<4) Comparese con Ben-Adari, t. II, p. 257. 

(5) Sampiro, c. 27. 

Hist, musulmajtos. — T. Ill 7 



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98 

metiendose a desmantalar las fortalezas mas pr6- 

ximas a las fronteras rmisulmanas, Garcia de Na- 
varra envio tambien condes y obispos a Cardoba, 
y un poderoso conde gallego, Kodrigo Velazquez, 
bisso pedir la paz por medio de su mad re, a quien 
Alhaquen recrbio con los mayo res miramkntos y 
a la cual hizo soberbios regalos (1). 

La paz que el califa habia concertado con casi 
'odos ,«us vecinos fue duradera. Alhaquen era de- 
masiado pacifico para romperla, y en cuanto a los 
cristianoS; se vieron sumidcs tan pronto en tal 
anarqtua, que no pudieron pen&ar en volver nueva- 
mente sus armas contra los musulmanes. Aun du- 
raban las negociaciones con el califa, cuando San- 
cho ataco a Galicia, que hasta entonces habia per- 
mawecido rebelde, y ya habfa logrado sameter 
todo el pais al nc-rte del Duero, cuando el conde 
Gonzalvo, que habia reunido contra el un gran 
ejercito al sur de este rio, le pidio una entrevista. 
Celehrose, en efecto; pero el perfido Gcaizalvo 
bizo servir al monarca un fruto envenenado, y 
apenas lo prcbo se sintio desfallecer. Bl veneno 

le ataco al corazon, pero sin matarle inmediata- 
mente. Pai^te con gestos, y parte con palabras en- 
trecortadas, Sandho exipreso el deseo de que al 
punto le llevatfan a Leon; pero al tercer dia mu- 
rio en el camino (2). 



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(1) Aben-Jaldun, fols. 16 v., 17 r. 

(2) Samptro, c. 27; Chronicon Iricnse, c. 10. Sancho mu- 
rf<5 al -fin del afio 966; v^ase Rleco, Historic! de I^edn, 
tomo I, p. 212. 



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99 

Sucedlole su hijo Ramiro, tercero de este nom- 
bve, que no contaba aun mas que cinco anos de 
edad, bajo la tute-la de su tia Elvira, religiasa del 
^.onvento de San Salvador de Leon; pero los gran- 
der del reino, no queriendo obedecer a una mujer 
y a un nino, se apresuraron a declararse inde- 
pendientes (1). El Estado quedo dividido en mul- 
titud de pequenos principadcis y reducido a una 
comj>leta impotencia. Un ejercito de oeho mil da- 
neses que antes habfan militado a las 6rdeoies de 
Ricardo I de Normandia, y qu-e este duque envio 
a Espana cuando ya no lois necesito, devastaron 

impunemente a Galicia durante tres* afios (2) . Por 
io tanto, la regente, Elvira, no podia ni pensar 
en reanudfar la guerra contra los arabes (3). 

Las correrias contra Castilla continuaro^ du- 
rante aXgun tieniipo (4) ; pero en 970, la mu<erte de 
Fenian G-onzailiez procui'o a] oalifa la paz com 
-jstie condaido. Desde entonoes pudo entregarse 
por cdmpleto a su aficion por las letras y al des- 
arrollo de la prosperidad del pais. 

Nunca h&bia rednado en Espaiia un pribcipe 
tail' sabio, y aunque tc<dos sus predecesores habian 
sido hombres cultos y aficionados a enriqueeer 
sus bibl iotecas > ninguno habia buscado con tanto 
afan liforo-s raros y precadsos. En el Cairo, en 



(1) Mon. Si!., c. 70. 

(2) Sobre esta invasion, v6anse mis Investiffacionea* 
| tomo II, pp. 300-315, 

(3) Samplro, c. 28. 

,. (4) Ben-Adari, t. II, p. 255, 1. XIV y XXIII. 

I" 



100 

Bagdad, en Dam&sco y en Alexandria tenia agen- 
tes encargados de copiarle o comprarle a cual- 
quier precio libros antdguos y modemos. Su pa- 
lack> estaiba lleno* de ellos; era un taller donde no 
se encantraban mas que copistas, encuadernadores 
y miniaturistas. Solo el catalogs de su biblioteca 
oonstaba de cuarenta y cuatro cuadernos, cada 
uno de veinte hojas, segrun unos; de cincuenta, 
ceglin otros, y no contenla mas que el t&ulo de loa 
libros, y no su description. Reneren algunos es- 
critores que el numero de volumen.es ascendfa a 
cuiatrocienbos mil. Y Alhaquen los habia leido to- 
dos, y lo que es mas: habia anotado la mayor 
parte. Escribila al prifmcipio o al fin de cada libro 
el nombre, el sobrenombre, el nombre patronimico 
del autor, su familia, su tribu, el aiio de su na^ 
cimiento y de su muerte y las anecdotas referen- 
tes a el. Estas noticias eran preciosas. Alhaquen 

conoicia mejor que nadie la historia literaria; asf 
que sus notas han constituido siempre una auto- 
ridad entre los sabios andaluces. Libros escritoa 
en Persia o en Siria a menudo le eran concteidos 
antes que nadie los hubiera leido en Oriente. In- 
iormado de que un sabio del Irak, Abu-'l-Farach 
Isfahan], se ocupaba en reunir noticias de los poe- 
tas y cantdres drabes, le envio mil monedas de 
oro, rogandole que le enviara un ejemplar de su 
obra apenas la hubiiese termmado. Uleno de reco- 
nocimiento, Abu-1-Farach se apresur6 a satisfa* 
oer este deseo, y antes de publicar su magninoa 
coLecci6n, que aun htfy es la admiracion de los 



101 

sabios, envio al califa de Espafla un exemplar co- 
rregido, acompanado de un poema en su honor y 

de una obra sobre la geneailogia de los oaramia- 
da3. Un nuevo presente le recompenso (1). En 
general, la liberalidad de Alhaquen para con los 
eabios espafloGes y extranjeros no recon<fcfa limi- 
tes; asl afluian ellos a su corte. El monarca los 
atentaba y protegia a todos, hasta a Ids filoso- 
fos, que, al fin, pudieron entregarse a sus ©stu- 
dios sin temor de que los m&tasen los mogiga- 
tos (2). 

Tadas las ramas de la ensefianza debian flctoe- 
cer bajo un principe tan ilustrado. Las escuelas 
primarias eran ya buenas y numerosas. En An- 
dalucia casi todo el mundo sabia leer y escribir, 
mientras en la Europa cristiana aun las personas 
\te cOases edevadas, si no per ten ecSan al clero, no 
sabfan* Taimbien «e ensefiaba en las escueilas (3) 
Gramatica y Retorica. Y, sin embargo 1 , Alhaquen 

opin6 que la instruecion no esfcaba aun bastante 
extendida, y en su beneVola solicitud ha<iia las 

dases pobres, fundo en la capital veintisiete os- 
caelas, dond<= los nifios pobres reoibfan educaci6n 
gratuita, puesto que el pagaba a los maestros (4) . 
La Universiidad de Cordoba era entonces una de 
las mas iJenombradas del mundo. En la mezquita 
principal — porque alM era donde se daban las da- 



(1) Ben-at-Abar, pp. 101-103; Macar!, t. I, p. 256. 

(2) Bald de Toledo, fol. 246 r. 

(3) Aben-Jaldun, Proleo6meno8, 

(4) Ben-Adarl, t. n, p. 258. 



102 

ses (1) — , Abu-Beer aben-Moauia, el coraixita 
exphcaba las tradiciones rcferentes a Maho- 
ma (2). Abu-Ali Cali, de Bag-dad, dictaba una Ex- 
tensa y hermosa compilacion que contenia una in- 
mensa suma de curiosas no*ticias sobre los arabes 
antiguos, sus proverbios, su idioma y su poesiia, 
compilacion que se publico mas adelante ccn - el 
titulo de Awuhli o Dictados (3). La Gramatica era 
ensefiada por Ben-al-Cutia, que, a juicio de Abu- 
Ali Cali, era el gramatico mas sabio de Espana. 
Otras ciencias tenio-n representantes no menos 
ilustres; asi que los estudiantes que segufan sus 

cursos se contaban a millares. La mayor parte es* 
tudiaban lo que se Ilamaba el fij, es decir, la Teo- 
logia y el Derecho, porque est a ciencia encumbra- 
ba entonces a los puestos mas lucrativos (4). 

Del seno de esta juventud universitaria salio 
un hombre cuya fama llenara bien pronto, no 
sold Espaiia, si-no el mundo entero, y que ahora 
debemos dar a conocer a nuestros Iectores. 



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En uno de los primeros anos del reinado de 

Alhaquen II, cinco estudiantes comian en un jar- 
dfn de las inmediaciones de Cordoba. A los pos- 



(1) Macarl, t. I, p. 13G. 

(2> Hon-Adarl, t. II, p. 274. 

(3) Abcn-Jallcan, traduccldn de M. do Slane t. I, pp. 210 



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<4) Macarl, t. II, p. 396. 



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103 



tres reinaba gran alegria entre los comensaites; 
sin embargo, uno solo permanecia siiencioso y 
ponsativo. Era alto y bien formado; la expression 
de su rostro noble, casi altanera, „;■* su actitud 
tevelaba un hombre naddo para el Poder (1). 

Saliendo, al fin, de su abstracc&n, exalaano dfc 
pronto ; 

—No lo dudeis; yo sere \m dia el due no de este 

pals. 

Sus amigas se echaron a reir al eseuchar esta 
exclamation; pero el joven prosiguio sin des- 
concertarse : 

— Decidme cada uno de vosotros el cargo quo 
dosea, que yo se lo dare cuando reine. 

— Pues bien — replico entonces uno de los es- 
tudiantes — ; encuentro deliciosos estos bunuelos, 
y pues te es igual, desearia ser nombrado ins- 
pector del mercaclo, porque entonces tendria bu- 
nuolos a todo pasto y sin aue me costasen nada. 

— Tfo — ■ctfjo otro — soy muy aricionacto a estos 
higos, procedentos de Malaga, mi pais natal. 
NoiiArame cadi de esta provincia. 

—La vista de estos hermosos jardines me 
a^rada -extraordinariamente — indic6 el tercero — ; 
por lo tanto, querria ser nombrado pre-fecto de 
la capital. 

E-I cuarto comensal guardaba silencio, indigna- 
do de los pensamientos prasuntuosos de su con- 
disc fpulo. 



(1) Bcn-Adari, t II, p. 274, 1. XIII. 



104 

-A tu vez — dijo este ultimo — , pi<ie h que 
quieras. 

EI aludido contesto, tirandole de la barba: 

— Cuando gobiemes a Esyana, miserable fan- 
farr6n, ordena que despues de frotarme con mie], 
para que las moscas y las abejas vengan a pi- 
ca^me; me monten sobre un asno mirando hacia 
la cola y me paseen asi por las calles de Cor- 
doba. 

Lanzole el otro una furiosa mirada; pero do- 
minanao su cOiera: 

— Esta bien — concluyo — , cada uno de vosotros 
sera tratado conforme a sus deseos. Algun dfa 
me acordare d<e io que me habei3 dicho (1). 

Terminada la comida, se separaron, y el estu- 
diante de los singulares y raros pensamientos 
vodvio a casa de uno de sus parientes po-r linea 
materia, donde se alojaba. Su huesped le con- 

dujo a siu ouartito, situado en el ultimo piso, y 
procur6 entablar conversacion con el; pero el 
joven, absorto en sus reflexiones, no le respondi6 
mas que con monosflabos. Viendo que no habfa 
medio de sacarle nada, el otro le dej6, . desean- 
dole una bucaita noehe. A la manana siguiente, 
viendo que no se presentaba a. desayunarse y ere* 
& y^ndole todavia dormido, subid a six cuarto para 
despertarle; pero con gran sorpresa encontro el 



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(1) Ben-al-Jatlb, man. G., fol. 117 v.; Abd-al-Uahld, pa- 
Binas 18 y 19. 



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105 

lecho intacto y al estudiante sentado en el divan, 
c on la cabeza inclinada sobre el pecho. 
— Parece que no te has acostado esta noche — le 

dijo. 
--Es verdad — 'le respondio el estudiante. 

Y ipor que has velado? 

— Tenia un extrano pensamiento. 
— I En que pensabas ? 

—En el hombre a quien he de nombrar cadi 
cuando yo gobierne, porque el actual ya se habra 
muerto. He pasado revista con el pensamiento a 
toda Espana y no he encontrado mas que un solo 
hombre que merezca ocupar esfce puesto. 

— lEs acaso Mohamed-ben-as-Salin (1) a quien 
tenfas presente? 

— Si, iDios nolo! Ese es, £ves como coincidi- 
raos? (2). 

Como se ve, aqueJ joven tenia una idea fija, 
con la cual sonaba de di& y no le permitfa dormir 
de npche. i Quien era aquel estudiante que, per- 
dido entre la multitud que llena una capital, sen- 
tfa fermentar en si tan grandes esperanzas, y 

que sin tener ndnguna nelacion en la coite, esta- 
ba obsesionado por la idea de que llegaria a ser 
primer ministro? 

Se llamaba Abu-Arnir Moharned, Su famHia, la 
de los Beni-abi-AmiT, perbeneciente a la tritou 
yemenita de Moafir, era noble, pero no ilustre. 



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(1) Mohamed-ben-Iahac ben-as-Sallm. 

(2) Abd-al-Uahtd, p. 18. 



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106 

Su septimc' abuelo, Abdalmelic, uno de los pocos 
arabes que figuraban em el ejercito berberisco con 
que Taric descmbarco en Espafia, se liabia distut 
guido mandando la division que tomo a Carteya, 
la prime ra ciudad espanola que cayo en poder 
de los musulmanes. En premio de estos servi- 
cios, recibio el castillo de Tarrox, a orillas del 
Guadiaro, en la provincia de Algeciras, con las 
tierras que le perte-necian. Sin embargo, ais des- 
oendkntes no lo habitaron mas que a raros inter- 
vales. Por lo ccAnun, pasaban su .ruventud en Cor* 
doba, buscando un ernpleo en k magi-stratum o 
en la corte. Tal hicieron, por ejemplo. Abu-Amir 
Mohamcd ben al-Ualid, bisnieto de Abdalmelic, 
y su hijo .Amir. Este ultimo, que de&empeno nra- 
chos empleos, era ol favorito del emiv Mohamed, 
hasta el punto que hizo grabar su nombre en las 
monedas y en Ids e s tanda r tes . Abdala, padre de 

nuestro cstudiante, fue un tediogojurisconsulto 
distinguido y muy piadoso, que habia hecho la 
peregrinacion a la Meca (1). Ademas, esta fami- 

lia pudo aspirar sicrnpre a ilustres alianzas; el 
abaelo de Mohamed se habfa casado con la hija 
del renegado Yahya, hijo de Isaac, el cristiar.o, 
que, despues de haber sido medico de Abdurrah- 
man III, fue nombrado visir y gobernador de Bar 
dajoz (2) ; su propia mad re, Boraiha, era hija del 

magistrado Aben-Bartal, de la tribu de Te- 



O) Macarf — t. I, p. 904 — le dedic6 un corto artfculo. 
<2) Ben-aW-Osalbia. 



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107 

mini (1)- Pero, aunque antigua y respetable, la 
familia de los Beni-abi-Amir no pertenecia a la 
alta noblcza, sino, por decirlo asi, a la noble za 
de la toga; pero no a la nobleza de la espada. 
Ninjrun Amirita, oxcepto Abdelmelic, el compa- 
ilero de Taric, habia seguido la carrera de las 
armas, entonees la mas noble (2) ; todos haibfan 
sido magistrados o empleados de la coHe. Tam- 
bien Moh&med habia sido destinado a la judica- 
taira, y un dia se despidio de las carcomidas to- 
rres de su casa soiariega para ii* a estudiar en 
]a oapital, donde entonees seguia Ids cursos de 
Abu-Beer, de Aben-Moauia, el coraixita; de Abu- 
Ali Cali y de Ben-al~Cutia (3). En cuanto a su 
caracter, era un joven de coraz6n y de inteili- 
gencia, pero de natural exaltado, de imagiaxacidn 
ardiente, de temperamento fogosct, y dominado 
por una paslon unica, pero de una viokneia ex- 
traordinaria. Los libros que leia con preferencia 
erasi las antigmas cronicas nacionales (4), y 3o 

entas 



* * 



nas eran las aventuras de los que, saliendo de 
una condicion inferior a la suya, se habfan en- 



(1) Ben-Adari, t. II, pp. 273 y 274; Abd-al-Ualld, pp. 17, 
IS y 26; Ben-al-Abar, pp. 148 y 152. — He aquf la genealogta 
completa de Moh&med; Abu-Amir Moh&med, WJo Ue Abu-Hafs 
Abdala y de Boraiha, hijo de Mohamed y de la hlja del 
vlslr Tanya, hijo de Abdala, hijo de Amir — el favorlto del 
emir Moh&med — . hijo de Abu-Amir Moh&med, hijo de al- 
Ualtd, htjo de Yezid, hijo de Abdalmelic. 

(2) Comp&reae con el verso que clta Ben-Adari, t. II, 
p&gtna 273, ultima Iinea, 

(3) Ben-Adari, t. II, p. 274. 
(i) Ben-al-Abar, p. 152. 



108 

cumbrado sucesivamente a las primeras dignida- 
des del Estado. Tomaba a estos por models, y 
como no ocuiitaba sus pe-nsamientos ambiciosos, 
sus camarad&s le creian muchas veces una ca- 
beza dislocada. Sin embargo, no lo era,. Cierto que 
una idea unica pareeia absorber todas las facul- 
fcades de su inteligencia; pero esro no era una 
forma de enajenacion mental, £ino la adivinacion 
del genio. Dotado de g:nan fcalento ; f ecundo en re- 
cursos; nrnie y audaz cuando le convenia; flexi- 
ble, pmxdente y diestro cuando lo exigian las ciav 
ciwisrtancias ; poco escrupuloso, por otra parte, en 
\03 medios conducentes a un brillante fin, p&Viia, 
ein presuncdon, atreverse a todo. Ninguno tenia 
tanta energia como 61, ni la accion lenta y con-* 
tinua de una idea fija; una vez defcerminado el 
objetivo, su vofluntad se erguia, se afirmaba y 
marchaba rectamente. 

Sin embargo, sus comienzos no fueron brillan- 
ties. Terminados sus estudios, viose obligado, para 
ganiarse la vide, a abrir un bufete cerca de la 
puerta 6e palacio y escribir las exptfeiciones de 
Jos que solicitaban algo del califa (1). Mas ade- 
lante obtuvo un empleo subalterno en el tribun& 
de Cordoba; pero no supo granjearse el favor de 
su jefe, el cadf. El que desempeflaba entonces 
este cargo era, no obstante, aquel Ben-as-Sa- 
b'm (2) a quie-n Mohamied estimaba tanto, y no 



^■8 



(1) Macarl, t. I, p. 259. 

(2) Habfa 8ido nombrado cadi de C6rdoba en diciembre 
del 966, en sustltlicWn de Mondir aben-Said Boluti, quo 
acababa de moiir. Joxani, p. 352. 









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109 

gin razon, porque era un ho*mb*e may sabio y 
jauy honrado, uno de los mejores cadies que ha- 
bia habido en Cordoba (1) ; pero tenia ad miano 
tdempo un espiritu frio y prfsitivo, sentia una an- 
tipatia innata por todos aquellos cuyo caracter 
no se parecia al suyo. Las singulares ideas de 
su joven subalterno y &us habituates distraccio- 
nes le disgustaban en atftd grado; as! que na<$a 
deseaba tanto corno 1 librarse de 61, y por una sin- 
gular coincidencia la aversion del cadi contra Mo- 
hamed proporoiono a este ultimo lo que mas an- 
l*elaba, d sea un empileo en la corte. El cadi se 
habta quejado aJl visrr, Mosafi, rogandole que le 
diera otro empleo. Mosail se lo prometio, y poco 
despues, ccfrno Alhaquen II buscara v*n intendente 
oapaz de admlnistvar los bienes de su primogS- 
nito AbderrahnKan, que a la sazdn contaba cinco 
anos (2), le recomendo a Mohamed Ben-abi-Amir. 
Sin embargo, la eleceioai de esfte intendente no 
dependia sotlo del califa, sino mas aun de la sul- 
tana favorita, Aurora (3), vascongada de naci- 
miento, que ejercia gran influjo en el animo de 

su esposo. Le fuevon presentadas muchas perso- 
nam pero Ben-abi-Amir la encanto por su buena 
presencia y por sus maneras corteses. Fue pre- 
ferido a tddos sus coanpetMores, y el sabado 23 de 
feb'xro del 967 fue nombrado intendente de los 



i J- -. 



(1) Joxanl, p. 352. 

(2) Comparese con Ben-Adari, t. II, -p. 251, 

(3) En arabe se Hamaba Soo; pero a causa de la eufonia, 
hemoa creido que debfamos traducir este nombre. 



110 

J 

bienes de Abder rahman , con un sueldo de quince 
monedas de oro mensuales. Contaba entonces vein- 
tis&s aficfe. 

No descuido nada para insinuarse aun mas en 
el favor de Aurora, y lo consiguio tan completa- 
tnente, que tambien ella le nombro intendente de 
sus bienes propios, y a los siete meses de su en- 
trada en la corte fue nombrado inspector de la 
anoneda (1). Graoias a este ultimo empleo tenia 

siempre a su disiposicion sumas considerables, que 
el aprovechaba para procurarse amigos entre los 
inobles. Cada vez que uno de estos se hallaba fal- 
to de recursos — lo que con el tren que gastaban 
tenia qu^ suoeder muy frecuentemente — , se ha- 
llaba dispuesto a ayudarle. Cuentase, por ejemplo, 
que Mohamied^ben-Afla, cliente del califa y em- 
pleado en la corte (2) , el cual estaba lleno de deudas 
por los enormes gastos hechos con motivo del ma- 
trimonio de su hija, le llevo a la casa de la mo- 
neda una brida ornada de pedreria, rogandole le 

1 ^ 

prestase algun dinero sobre aquel objeto que, se- 
gun decfa, era lo unico de valor que le quedaba. 
A/pen&s aeabo de hablar cuando Ben-abi-Amir 
mand6 a uno de sus empleados que pesase la 
brida y diera a Ben-Afla su peso -en monedas de 
plata. Estupefacto de tal generosidad — porque el 

hierro y el cuero de la brida eran muy pesados — , 
Ben-Afla apenas querfa dar crddito a sus oidos 



(1) Ben-Adari, t. H, pp. 267 y 268. El nombre de Amir 
se encuentra en las monedas de esta 3poca. 

(2) Comparese con Macari, t. I, p. 252, 1. II. 



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cuando oyo al in-spectcr dar csta orden; pero tuvo 
que rendirs-e a la evjdencia cuando pocos instan- 
ts oespues 2e dijeron que pusiera su albornoz, 
en el cual vcrtieron un verdadero torrent e de mo. 
jvedas de plata, de modo que no solo pudo pa^ar 
sus deudas, sino que aim le quedo una suma con- 
siderable. Asi que desde entonces tenia costum-bm 
<fe deci-r: "Yo quiero a Ben-aibi-Amir con toda mi 
a!m&, y aim que me ordenara rebelarme contra mi 
sdfrerano, no vacilaria en obedecerle" (1). 

De esfca maaiera Ben-abd-Amir se creo un par- 
tido lig&do a sus interests; pero lo que conside- 
raba como su primera obligation era satisfacer 
los caprichcs de 3a sultana y colmarla de presen- 
tes como jamas los habla recibido. A menudo sus 
tavenciones eran ingeniosas. Una vez, por ejem- 

plo, mando fabricar con gran dispendio un pe- 
queno palacio de plata, y terminado este sober- 
bio juguete, hizo que sus esclavos lo trasladasen 
al real palacio, con gran asombro de los habitan- 
tes,de la capital, que nunca habian visto tan mag- 
nffico trabajo de orfebreria. Era un regalo para 
Aurora, 3a cual no dejo de admirarlo, y desde en- 
tonces no desperdicio ocasion de elcgiar el merito 
de su protegido y de hacenle adelantar en su ca- 
rrera (2). La intimidad que reinaba entre ambos 
\\eg6 a ser tal, que dio que murmurar a los mal- 
dicientes. Las otras damas del har6n tambien- 



(1) Macari, t. II, p. 61. 

(2) Ben-Adari, t. II, p. 26$; Macari, t, II, p. 61, 






112 

recibian regalos de Ben-abi-Amir. Todas se 
tasiaban con su generosidad, con la dulzura de 
su lenguaje y la suprema distincion de sus ma- 
neras. El viejo califa no comprendia nada. "No s£ 
— dijo un dfa a uno de sus mas fntimcs amigos— 
que medios emplea este joven para reinar en el 
corazon de las daraas de mi haren. Yo les doy 
todo lo que pueden desear, pero nada les agrada 
si no procede de el. No se si debo mirarle sola* 
mente como un servidor de rara inteligencia o 
como un gran magico. Asi que no dejo de inquie- 
tarme porque el dinero publico este entre $m 
manos" (1). 

En efecto: el joven inspector corria grandes pe- 
ligrcs en este sentido. Habia sido muy generoso 
con sus amigos, pero lo habfa sido a expensas del 
tesoro, y como su rapida fortuna no habia dejado 
de producir envidias, sus enemigos le acusaron 

un dia de malversacion ante el monarca. Obliga* 
do a ir sin dilacion a palacio para presentar sua 
cuentas y el dinero que le habia sido confiado, 
pronuetio nacerlo, pero .se apresuro a buscar a su 
aimgo el visir Ben-Hodair, y exponiendole franca- 
mente la dificil y peligrosa situacion en que se 
encontraba, le rog6 le prestase el dinero necesario 
para cubrir el "d&teit*\ Ben-Hodair le did en el 
mismo instante la suma demandada. Entonces 
Ben-abi-Aniir se present6 al califla, y mostran- 
dole sus cuentas y el dinero que debia obrar en 



(1) Ben-Adari, t. II, p. 268. 






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113 

m poder, ccnfundio a sus acusadores, los cuale^, 
ceyendo hacerl-e caer en desgracia, le habian j)ixj- 
porcionado un brillante triunfo. El califa los tra- 
to de calumniadores y se deshizo en eJogios sobre 
la capacidad y ]a probidad del inspector de la 
moneda (1), al cual colmo de nuevas dignidades. 

A principios de diciembi'e del 968 le oonfirio ol 
cargo de curador de las sucesiones vacantes, 
y once meses despues, el de cadi de Se villa y 
Niebla. 

Habiendo muerto el joven Abderrakman, le 
nombro intenderate de los bienes de Hixem, que 
desde enftonoes era el presunto heredero del trono 
—julio del 970—. Pero esto no fue todo. En fe- 
brero dcJ 972 Ben-abi-Aimir fue nombrado co- 
niamlartte del segundo regimi-ento del cuerpo que 
llevaba el nombre de Xorta, enoargado de la 
policia de la capital (2). A la edad de treinta y 
un anos acumulaba, pues, cinco o seis de&ti-nos 
importantes y muy lucrativos (3), asi que vivfa 
con un lujo faatuoso y casi principesco. El pa- 
lacio que habia hedho ccnstruir en la Kuzafa era 
de incomparable raagnificencia. Un ejemto de sp- 
cretarios y de otros empleados. elegrdos en las 
clases mas elevadas de la sociedad, difundian alii 
fa vida y el movimiento. Habia mesa franca. La 
mierta estaba de continuo ataataxia de preytendieii- 



(t) Ben-Adarl, t. II, p. 2G9. 

(2) Ben-Adarl, t. II, pp. 267 y 268. 

(3) Comparese con Ben-Adarl, t. II, p. 260, 1. IV; p. 270, 

llbros XIV y XV. 

Hist, musulmanes. — T, III 8 



114 

tes. Par lo demas, Ben-abi-Amir aproveehaba to- 
das las ocasiones para hacerse popular, y lo con- 
seguia completainente. Todo el mundo alababa su 
agrado, su cortesia, su generosidad, la nobleza de 
eu caracter; sobre esto no habia mas que una sola 

-opinion (1)* 

El estudiante de Torrox habla llegado ya a una 
elevada fortuna; pero aun queria subir mas, y lo 
que creia, sobre todo, necesiario para 'lograr su ob- 
jeto era el gtanarse amigos etntre los generales. 
Los asuntos de Mauritania le propo rcionaron los 
medios. 

E.n este pais, la g<uer.ra entre los partidarios de 
los Fatimitas y de los owimiad-as no habia cesado 
un solo instante, pero habla tornado un caracter 
distinto. Abderrahman III habia combatido a los 
Fatimitas para preservar a su patria de una in- 
vasion exitranjera. En la epoca de que hablaimos 
este riesgo habia desap arecido. Los Fatimitas ha- 
bian vueJto sus artmais contra Egipto. En el ano 
969 habian conquistado este pais, y, tree afios 
despues, el calif a Moiz abandono Mansuria, ca- 
pital de su imiperio, para fijar su residencla a 
orillas del Nilo, desfpues de haber confiado eJ vi- 

, y de Mauritania al prlncipe 
cinheehita Abu-'l-Fotuh Yusof aben-Ziri. Desde 
entonces Espana no tuvo mada que temer de los 
supujastos descemdiefnteis ide All, y como las pose- 
isaones afrioanas le coataban mucho mas de lo 



*« * 






(1) Ben-Adari, t. II, p. 275. 



115 

que produciaai, acaso Ailliuquen habrfa obrado 
prudentemente ail abandonarlas. Pero al hacerllo 
hajbria creido deahonrarse, y, e n vea de imun- 
ciar a estos dommios, tmtaba de dilatar sus f ron- 
teras. Sostenia, por lo tanto, una guerra contra 
lo 5 prnuiipas do la dinastia de Edris, adictos a tos 
f>atimitas. 

Hasan aben-Kenun, que reinate: en Tanger, en 
Arcilla y en atras plazas del litoraQ, era de este 
ntoero. Se habia deolarado, ya por <los ommladas, 
ya o>or 'las Faitianitas, stegun que unos u otros fue- 
sesn mas poderosos. Pero tenia mas indldnacion 
haoia estos ultimos, que le parecian menos teoni- 
bles que los otmoniadas, coiyas posesiones lindaban 
con las suyas. Por eso fue el primero que se de- 
da^ a favor de Aibu-'l-Fotuh cuando llego esta 
virrey y recorrio triunfante Mauritania. Alha- 
quen le guardaiba rencor por su defection, y des- 
pues de la partida de Abu-'fl-Fotuh oixieno al ge- 
neral Aben-Tomlos (1) que fuese a castigar a 
Aben-Kenun y a reducirle a la obediencia. A 
principios del mas de agosto del 972 Aben-Tom- 
los 9e embarco, por lo tamto, con un numeroso 
ejercito, y, Uevandose consigo gran parte de la 
guarnaca6n de Ceuta, marcho contra Tanger. Aben- 
Kenun, que se hallaiba en esta ciudad, sallio a su 
enciientro; pero experimento tan completa de- 
rrota, que no pudo ni pemsar en vo.lver a Tanger. 
Abandonadia a si misma, esta ciudad viose obli- 



(1) Mohamed aben-Caslm at>en r Tomlos. 



116 

gada bien pronto a capitular con el almirante 
cmmfada que bloqueaba el puei-to, y el ejercito, 
por su parte, se apodero de Delul y Arcilla. 

Hasta entcaices las huestes ommiadas habiati 
sailido victoriosas ; pero la suerte les volvio la es- 
palda. Aben-Kenun, Ilamando a sub filas'nuevas 
levas, reanudo la ofensiva y marcho contra Tan- 
ger, venciendo a Abexi-Tomlos, que habia salido 
a su encuentro y que murio en el campo de ba- 
talla. Entonces los demas principes Edrisitas al- 
zaroTi bandera de rebelion, y los oliciales de Al- 
haquen, que se habian retirado a T anger, le es- 
cribieron que, si no recibian inmediatamente re- 

i'uerzos, habia acabado la dominacion ommiada en 
Mauritania. 

Comprendiendo la gravedad del peligro, ei ca- 
lifa decidio en via r a-1 Africa sus me j ores tropas 
y su mejor general, el valiente Galib. Haciendole 
venir a Cordoba: "Parte, Galib — le dijo — ; pro- 



cura no volvcr s'mo vencedor, y jpiensa que solo 
podre" perdonarte una derrota si mueres en el 
campo de batalla. No economises dinero; repar- 
telo a manos llenas entre los partidarios de los 

•rebeJldes. Destrona a tcidos los edrisitas y envia- 
los a Bapana." 

Galib atraveso el e&trecho con lo mas elegftU 

de las ftropas espafiolas. Desembarco en Oasr-Mas- 
muda, entre Tan-ger y Ceuta, y en seguida -mar- 
cho bacia adelante. Aben-Kenun intento detener- 
le; sin embargo, no hoibo batalla prapiamente di- 
cha, sino solamente escaramuzas aue duraron mil- 



117 

chos dfas, durante Jos cualea Galib procuro so- 
bornar a los jefes del ejercito eneniigo, y lo con- 
siguio. Seducidos per el oro que les ofrecia, asi 
como por los soberbios vestidos y las espadas or- 
nadas de piedras preciosas que hacia brillar ante 
sus ojos, los onciales de Aben-Kenun se pasaron 

casi todos a la bander a onumiada* El Edrisita tuvo 
que refugiarse en una fortaleza situada en la 
cresta de una montana y dsnominada con gran 

propiedad Roea de las dguilas (1). 

El callifa recibio con mucha alegria la nueva, 
de eate primer triunfo; pero cuanclo s-upo cuanto 
dinero habia gastado Galib pava compnar a los 
jefes berberisoos, penso que este general habia 
tornado' muy al pie de la letra sus recomeawJacio*- 
nes. En efecto: sea que se derrochasen en Mauri- 
tania los tesoros del Estado, sea que lo robas-en, 
los gastos cuya cuenta se presento al califa pa- 
saban de la raya. Querdendo pctaer termino a estas 
procligalidades o latrocinios, Alhaquen resolvio en- 
viar a Mauvibania, en calidad de interventor ge- 
neral de Hacienda, a un hombre de reconocida pro- 
bidaid. La elieccian recayo sobre Ben-abi-Amir. he 
ndmbro cadi supremo (2) de Mauritania, con or- 
den de vigilar to-dos los actos de los g i enerales, y 
especialmente sus operaciones fmancieras. Al mis- 
mo tiempo ordeno a los empleados civiles y mi- 
Htares que no* hiciesen nada sin consultaulo antes 
con Ben-abi-Amir y obtener su aprobacion. 



(1) Hachar an-nasr, en arabe, 

(2) Cadi al-codat. 



M 



118 

Por prim-era vez en su vida, Ben-abi-Amir se 
hallo en contacto con el ejereito y con sus jefes. 
Era pmnsamente lo que deseaba; mas, sin duda, 
habria preferido que hubiera tenido lugar ea 
<#ras circunsfcancias y condiciones. Su tarea era 
extremadamente diffjcil y delicada. Su propio in- 
heres le inducia a atraerse a los generales, y, sin 
embargo, habia sido enviado al campamento para 
ejercer sobre ellos una vigilancia, sieonpre odiosa, 
Gracias a la singular destreza, cuyo secretd el 
solo po&eia, supo salir del apuro y conciliar su 
interes con su deber. Cumplio su cometido a en- 
tera satisfaction del califa; pero lo hiztf con tan- 
tos miramientos hacia los oficiales, que estos, en 
vez de tomarle odio, como era de temer, no* re- 
gatoaban sus alabanzas. Granjeose, al mismo tiem- 
po, la amistad de los principes africanos y de los 
jefes de las tribus berberiscas, amistad que en lo 
sucesivo le fue muy util. Acostumbrose tambien a 
la vida de campamento, y se capto el afecto de 
los soldados, a los cuales quiza un secrete ins^ 
tinto les decia que aque>l cadi tenia madera de 
guerrero. 

En tanto Galib, despues de haber sometidtf a 
todos los demas edrisitas, habfa ido a sitiar a 
Aben-Kenun en su Roca de las dguilas, y como 
este Castillo era, si no inexpugnable, al menos muy 
differ] de tomar, el califa envio a Mauritania 
nuevas trop&s, sacadas de las g-uarniciones que 
defend £an las frc'nteras septentrional es de su im- 
perio y mamdadas por el visir Yahya aben-Mo- 






119 



Tochibi, virrey de la 
lo lletrado este refuerzo 



se estrecho el sitio con tal vigor que Aben-^Ke- 
nun se vio obligado a capitular hacia fines de fe- 
brero del 974. Pidio y obtuvo para 61, su familia 
y sus soldados libertad de vidas y haciendas; pero 
se comprometi 6 a entregar la fortaleaa y a tras- 
ladarse a C6rdcfoa. 

Una vez pacincada Mauritania, Galib repaso el 
estrecho, aco-mpafiado de todos los principes edri- 
srtas. El calif a y las personas notables de C6rdo- 
ba salieron al encuentro del vencedor, y la en- 
trada triunfal de Galib fue una de las mas bri- 
llantes que presencio la capital de los amania- 
das — 21 de septiembre del 974 — . Por lo deonas, el 

oalifa se mostro generosisimo con los vencidos, y 
sobre todo con Aben-Kjenun, a quien proVligo pre- 
sentes de todas olases, y como sus soldados — que 
ascendian a setecientos — eran famosos pdr su va- 
lor, los tomo a su servicio, mandando inscribir 
sus nombres en el registro del ejdrcito (1). 

La entrada de Galib en la capital fue el ultimo 
dla bueno de la vida del califa. Poco tiempo des- 
pues, hacia el mes de diciembre, tuvo un grave 
ataque de apoplejia (2). Comprendiendo el mistmo 
que se aproximaba su fin, ya no se ocupo mas qus 
en buetnas obras. Manumitio un centenar de es- 



(1) Ben-Adarl, t. II, pp. 260-265, 268 y 269; Cart&s, pa- 
glnas 56-58; Aben-Jaldun, Historia de los bereberes, t. II, 
paginas 149-151; t. Ill, pp. 215 y 216 de la traducc!6n. 

(2) Ben-Adari, t. II, pp. 265 y 276, 1. III. 



120 

clavos, rebajo en una sexta parte las contribu? 
clones reaves en las provincias espanolas del im- 
perio y raando que el arrendamiento de las tien- 
das de los goiarnicioneros de Cordoba fuera en- 
tregado peri-adicatnente y a perpetuidad a las 
maestros encargados de la instruccion de los ninos 
pobres (1) . En cuanto a los negocios del Estado, a 

los cuales no podia atender sino a raros interva- 
les, abandono su direccion al visir Mosafi (2), y 
pronto pudo conocerse que otra mano dirigfa el 
tim6n. Mas economico que su duefio, Mosafi obser- 
vo que la administration de las provincias afri- 
canas y el sostenrmiento de los principes edrisi- 
tas costaba mucho a! Estado For consiguient* 
dcapues de haber hecho que estos se comprome* 
tieran a no volver a Mauritania, les hizo marchar 
a Tunez, desde donde pasarcn a Alejandria (3); y 
habiendo Hamad o a Espana al visir Yahya aben- 
Mohamed d Tochibita, que desde la partida de Ga- 
lib era virrey de las posesiones africanas, confio 
el gobierno de 6stas a dos principes indigenas, 
Chafar y Yahya, hijos de AH ben-Hamdun (4). 
Esta ultima medida fue diotada, no solo por una 
prudente econamfa, sino por el temor que le ins- 
piraban los cristianos del Norte, que, enardecidos 
con la enfermedad del califa y con la ausencia de 






(1) Bcn-Adari, t. II, p. 265. 

(2) rHm-Adarl, t. II, pp. 269 y 276. 

(3) Cartas, p. 58; Aben-Jaldun, Historia de los bereberes, 
tomo II, p. 152, en la traduccifin, 

(4) Ben-Adart, t. II, p. 265; Aben-Jaldun, Historia de los 
bcrcberct), t. ii, pp. 151 y 152, y sobre todo, t. Ill, p. 216, 



■ 



*■ 



121 

sus me jo res tropas, reanudaron las hostilidades en 
] 3 primavera del ano 975, y, ayudados por Abu-'l- 
Ahuas Man, de la familia de los Tochibitaa de 
Zaragoza, habian puesto sitio t. mucha* fortale- 
zas musulmanas (1). Mosafi juzgo, con razor., que 
en aquellas circunstancias debia procurar ante 
todo la defensa del pais, y, euando el valiente 
Yahya aben-Mohaaned estuvo de regreso, se apre- 
suro a nombrarle nuevamente virrey de la fron- 
tera superior (2) . 

En cuanto all calif a, un solo pensaaniento le 
preocupaba en los ultimos meses de su vida: fcl 
de asegurar el trono a su hi jo, nino aun. Antes 
de su advenimiento al trono no habia visto realiza- 
do su mayor deseo: el de ser padre; y como era 
ya de edad bastante avanzada, oasi dese&peraba 
de llegar a serflo, euando, en el ano 962. Aurora 
le dio un hijo, que recibio el nombre de Abder-rah- 

man. A los tres anos le dio otro. Hixem. La ale- 

gria que el nacim-iento de estos dos hijos produjo 
al califa fue inanensa, y de entortces databa la 
influencia casi ilimitada que ejorcia Aurora en 
el animo de su esposo (3).. Pero su alegria fue 
turbada bien pronto. Su primogenito, esperaaiza de 
su vejez, murio nxuy nino. No le quedaba mas que 
Hixem, y se preguntaba con ansiedad si sus sub- 
ditos, en vez de reconoeer a este nino cotmo sobe- 



(1) Ben Adart, t. II, p. 2G5. Comparese con Aben-Jaldun, 

HistoHa de I03 bereberes, t. Ill, p. 216. 

(2) Ben- Adarl, t. II, p. 266. 

(3) Ben-Adarl, t. II, pp. 251, 252 y 253. 



122 

rano, no preferirian dar la corona a uno de sus 
tios. Esta inquietud era muy natural. Nunca, has- 
ta enionces, se habia sentado un menor en el 
trono de Cordoba; la idea de una regencia repug- 
naba extraordinariamente a los arabes. Y, sin em- 
bargo, Alhaquen no queria por nada del mundo 
que le sucediera nadie mas que su hijo, y ademas 
hab*a una antigua profecia que aiirmaba que la 

dinastia omeya habia de caer en cuanto saliese 
la sucesion de la linea directa (1). 

Para asegurar el trono a su hijo, el califa no 
veia otro medio que hacerle jurar lo anites posi- 
bLe. Por consiguiente, convoco a los gxandes M 
reino a una solemne sesion, que debia celebrarse 
el 5 de febnero del 976. En el dia prefijado anun- 

cio su intension a la asamblea, invitando a todos 
los que la componian a irmar un acta en que Hi- 
3cem era declarado heredero del trono. Nadie se 
afcrwio a negarse a fir-mar, y entonces el califa 
encargo a Ben-abi-Amir y al secretario de E-sta- 
do, Maisur, liberto de Aurora (2), que tratasen de 
sacar muchas copias del acta y las remitiesen a 
las provincial espanolas y africanas, invitando a 
nrmarlas no solo a las personas notables, sino 



(1) Macari, t. II, p. 59. 

(2) Ben-Adari le llama al-Chafari. Chafar era el nora- 
bre de guerra que Alhaquen liabfa puesto a Aurora — vease 
Ben-Adari, t. II, p. 269, tSltlma linea — , y por esta raz6n 
sus libertos llevaban el nombre do Chafari o de Choalfirl 
— Choalfiri es el diminutivo de Chafar — . Sabldo es que los 
califas, tanto en Bagdad como fuera, se complacian en. dar 
nombres de hombre a las mujeres de sus harenea. 



123 

hasta a los homtoes del pueblo (1). Esta orden fue 
ejeoutada en el acto, y, como se temia demasiado 
at cadifa para atrevepse a desobedecerle, no fal- 
taron las femas en nimguiia parte. Ademas, el 
nombre de Hixem fue pronuneiado desde •entomiaes 
en las plegarias puMteas, y cuando Alhaquen mu- 
rio— 1.° de octubre del 976 — <2) se ltevo a la tum- 
ba la fbme convicci6n de q<ue su hijo habia de 
suoederle, y de que, en caso de necesidad, Mosaii 
y Ben-abi-Amir, que acababa de ser nombrado 
mayordomo (3), sabrian hacer respetar a los an- 
daluoes el jur&mento que habian prestado. 



VII 



■ > 



Alhaquen habia expirado en brazos de sus dos 
iprincipales euitucos, Fayic y Chandar. Excepto 
ellos, tod-o el mundo ignoraba aun que el calif a 
habia dejado de existir. Resolvieron guardar se- 
cret© sobre isu muerte y se consultaron sobi'e el 
partido que debian adoptar. 

Aunque esclavos, estos dos eunucos — uno de las 
ouales tenia ^el titulo de maestro guardarropa y el 
otro el de gran halconero — eran grandes seiiores, 
hombsnes po*derosos. Tenian a sus ordenes xnulti- 
tud de servidores armados, pagados por ellos, y 



(1) Ben-Adari. t. II. pp. 265 y 266. 

(2) Ben-Adarr, t. II, p. 249. En la pagina 269 ae loo Ra- 
madan en voz de Safar. Es un error. 

(3) Ben-Adari, t. II, p. 268. 



124 

que no eran esclavos ni eunucos. Ademas, teniae 
a su servicio un cuerpo de mil eunucos eslavc's, 
esdlavos tados del califa, pero al mismo tiempo 
muy ricos 7 pues poseian extensos terreno*s y pa- 

]acios. Este cuerpo, que pas aba per ser el msjor 
ornato de la corte, gozaba de enormes privile- 
ges. Sus indivdduos ofptrimiian y maltrataban a 
los covdobeses de tod&s maneras, y el califa, a 
pesar de su amor a la justicia, habia siempve ce- 
rrado los ojos sobre sus dielitos y hasta sobre sus 
crirnenes. A lc<s que llamaban su atencion sobie 
las violencias que cometian, contestaba invaria- 
blemente: "Estos hombres son los guardas de mi 
baren, tienen toda mi conflanza y no tpuedo es- 
tarles reprendiendo cctntinuamente; pero estoy 
convencido de que si mis subditos los trata-tfan con 
amabilidad y respeto, como era su clebev, no ten- 
drian por que quejarse de ellos." Tal excestf de 

bondad habia hecho a los eslavos vanos y orgu- 

llosos. Se consideraban como* el cuerpo mas po- 
dei-oso del Estad'o, y sus jefes, Fayic y Chauda?, 
se imag-inaban que salo dependia de ellos la elec- 
cion del nuevo califa. 

Pero ni urao ni otro eran partidarios de Hixem. 
Si este niilo subSa al trono, el ministro Mosafi, a 
.qui en ellos no querian, reinaria de hecho y su 
mftuencia serla casi nula. Cierto que la nacion ya 
habia prestado jurarnienito' a Hixem; pero los dos 
eunucos apreciaban un juramento politico en su 
justo valor, y sabiajn que la mayor parte de los 
que habfen jurado lo habian hecho de mala gaira. 



125 

Tampcteo ignoraban que la opinion publica recha- 
saba la idea de una regcncia, y- que pocos desea- 
ban ver subir al trono a un jefe temporal y es- 
phitual que aun no tenia doce afios. Por otra 
parte, esperaban rccuperar faciflmente la popula- 
ridad — que tenian muy comp rc*m&tida— -si, respon- 
diendo al voto general, daban la covo-ra a un 
principe de edad mas madura. Unase a esto que 
el principe que les debi.era su elevacion estaria 
ligado a ellos por los lazos de la gratitud, y po'- 
dr2an lisonjeavse con la esperanza de gobernar 
en su Tiombre el Esbado. 

Resolvieron, en segmda, dejar a Hixem a un 
lade', y tambien se pusieron de aouerdo en dar la 
corona a su tfo Mogira, que contaba entonoes 
veintisiete afios, a condicion de que este habia 
de nombrar sucesor a su sobrino, pues no* que- 
rian que pareciera que alvidaban por completo 
la ultima voluntad de su antiguo senor. 

Oonvenidc's estos puntos, dijo Ch&udar: "Ahoia 
es preciso hacer venh* a Mosafi; le cortaremos la 
cabesa, despues de lo cual podremos ejecutar nuos- 
tros plaries." Pero la idea de este crimen hizo 
temblajr a Fayic que, aunque menos pnevisor 
que su cotega, era, ien caanbio, mas humano. 
h I'Gran Dies!, bermano mio (1) — exclamo 

I quaeres matar, al secretaiio de nuestvo diteno 



(1) Nada nos autoriza a creer que Fayic y Chaudar fuesen 
reatmente hermanos; pero los eunucos se daban ordlnarla- 
mente este nombre. VSase el pasaje de Ben-al-Jatib citado 
en mis Investigaciones t t. I de la primera edicl6n, p. 37, en 
la nota. 



1 -i 



f m<~ 



126 

sin que haya hecho nada para m-erecer la muer- 
te? Guardemoncte de comenzar dernamando san- 
gre inocente. A mi parecer, Mosafi no es peli- 
groso, y creo que no dincultara nuestros proyet- 
tos." Chaudar no cdmpartfa esta opinion; pero 
como Fayic era superior suytf, se vio obligado a 
ceder. Resolviase, pues, ganar a Mosafi por laa 
buenas y se le man/do venir a palacio. 

Cuando llego, le informaron los dos eunuecte a e 
la muerte del califa, y comunicandole el proyec- 
to que hab&an concebido, pidieron su cdncurso. 

El plan de los eunucos repug-naba extraordi- 
nariamente al ministtx); pero como los ccnocla y 
sabla de todo lo que eran capaces, fingio apro- 
barlo. "Vuestro proyecto* — les dijo — es, sin duda, 
el mejor que puede tvazarse. Ejecut-adOo; mis ami- 
nos y yo os ayudaremos con todo nuestrd poder. 
Sin embargo, hariais bien en asegurar el consen- 
timiento de los grandes del reino, pues serla el 
muejo*r medio de evitar una revuelta. Respecto a 
mi, mi conducta esta trazaida: guardare la puerta 
de palacio y esperare vuestras 6rdenes." 

Habiendo conseguido de este modo inspirar a 
los eunucos una falsa seguridad, Mosafi convoco 
a sus amigcfe, es decir, a su sobrino Hixem, a Ben- 
abi-Amir, a Ziyad ben-Afla — olienfce de Aflh^- 
quen II — , a Oasim aben-Moharmed — hi jo del ge- 
neral Aben-Tomlois, muerto en Africa combafcien- 
<k> contra Aben-Renuii — y a otros hoanbres influ- 
yenfces. Hizo venir bambien a lo*s capifcanes de las 
tropas espafio&as y a los jefes del regimiento afri- 



127 

fauo de los Beni-BIrzel, que era con el que mas 
contaba. Habiendo reunido a todcfc sus partida- 
rios, los inform 6 de la muerte del califa y del pro- 
\ecto de los eunucos, y continuo" en estos termi- 
nos: "Si Hixem sube aJ trano, no tendremos nada 
<jue temer y podremos hacer Id que queraraon; 
pero si triunfa Mogira, perderemos nuestros pues- 
tos y tal vez hasta la vida, porque este prmcipe 
nos aborrece." 

Todos lote presentes opinjaron lo mismo y le 
aconsejaron que hiciese abortar eJ proyeeto de 
los eunueos mand&ndo matar a Mogira antes de 
que este se enterase de la muerte de su nermann. 
Mc&ofi aprobo esie proyecto; pero cuando pre- 
gxinto quien se encargaba de ejecutarlo, no recibio 
respuesfca, porque ninguno querfia mancharse con 
eemejante osesinato. 

Ben-abiiAanir tomo entonces la palabra. "'Demo 
— dijo — que nuestro negocic* termine mal. Somos 

amigos del jefe que esta presente; poor lo tan-to, 
es preciso hacer lo que nrande; y pues ninguno 
de vosotrcte quaere encargiarse de esta empresa, 
me encargare yo, siempre que nuestro jefe con- 
sienfca en ello. No temais nada, y conned en mf. w 
Estas palabras produjeron general sorpresa. No 
se esperaba qu« un funcktoario civil se prestase 
a cometer un crimen que aun los guerreros, acos* 
tumbrados a la sangre y a la camicarfa, no se 
atrevian a perpetrar. Sin embargo, aceptaron in- 
mediatam)6nte su oferta, y le dije-ron: "Despues 
de todo, tdenes razon en encargarte de ejecutar 



128 

el pro*yecto. Como tenias el honor de ser admi- 
ticlo en la intimidacl del califa Hixem y gczas de 
la estimacion de otros muchos miembros de la real 
familia, nadie podria cumplir mejor una mision 
tan delicada." 

Ben-abi-Amir monto a caballo y, acompafiacto 

poV el general Bedr — oliente de Abderrah- 
man III — , por cien guardias de Corps y por a!- 
gnnos escuadrones espafioles, se traslado al pa- 
lacio de Mojira. Cuando hubo llegado alii, aposto 
las guard: as de Corps a la entrada, hizo que el 
resto de las tropas cercase el palacio, y, entran&o 
solo en la sala en que se hall aba el precipe, le 
dijo que el califa habia muerto y que Hixem le 
habia sucediclo. "Sin embargo — afiadio — , los viai- 
res temen que no te satisfagan estas decisicines y 
me han enviado para saber lo que piensas," 

Al oh* estas palabras, el principe palidecio; har- 
to comprendia lo que significaban, y viendo ya la 
espada suspendida sobre su cabeza, responfdio con 
voz temblo'rcsa: "La muerte die mi hermano me 
aflige lo indecible; pero veo con satisfiacclon que 
le ha sucedido mi sobrino. jOjala su relnado sea 
largo yfeliz! Contesta a los que fee han enviadtf 
que le obedecere en to-do y que cumplire el jitra- 
mento que tengo prestado a Hixem. Exigeme to- 
das las garantias que quieras; pero, si has venido 
para c'tra cosa, te ruego que te apiades de mi, 

k. 

I Ah, te pido por el Etemo quie me peitdones la 
vida y que reflexiones serenamente lo que vas a 

hacer!" 



I 



129 

Ben-abi-Amir tuvo lastima de la juventud defi 
principe, y, dejandose ganar por su aire candido, 
creyo en la. sinceridad de sus protestas. No ha- 
bia retraced Mo ante la idea de un crimen que 
juzgaba provechoso al bien del Estado y a sus 
propios interests; pero no queria mancfoar sus 
manos con la sangre de un hornbre que no lie pa- 
recia temible. Escribio, pues r a Mdsafi dicienidole 
que habia encontrado al precipe en las hiejores 
disposiciones, que no habia nada que temer por 
su parte, y que, por canisiguiente, h pedia su 
automation para perdonarle la vida. Encargo a 
un sotdado* que llevase esfca carta al ministro, y 
pronto volvio con la resjpuesta de Mosafi, conce- 
bida en estos terminos: "Lo estas echando a per- 
der todd con tus escrupuilos, y comieaizo *a creer 
que me has engauado. Cunrpile con tu deber, o en- 
viaremos a otro en tu lugiar." 

Ben-abi-Amir enseno al prfncipe festa carta que 
contenia su sentencia de muerte ; despues, no que- 
riendo presenciar eQ acto horrible que iba a eje- 
cutarse, salio de la sala y mando entrar a -los 
soidados. Estos, sabiendo ya lo que tenia** que ha- 
cer, estrangularon al prfoicipe, y, colgando su ca- 
daver en una habitation contigua, dijeron a sus 
sirvientes que el .principe se habia ahorcado cuan- 
do querian obligarle a ir a rendir hoimenaje a su 
soibrino. Poco despues recibieran de Ben-abi-Amir 
la orden de enter rar el cadaver en la sala y de 
tapiar las puentas. 

Cuan^lida su mision, Ben-abi-Amir fu« en bus- 

HlST. MUSULMANSS. — T. Ill 9 



130 

ca del ministro y le dijo que sus ordenes estaban 
cumplidas. Mosaii le dio las gracias con efusidn. 
y, para mostrarle su reconockniento, le hizo seai- 

tar a su lado. 

Fayic y Chaudar no tardaron en saber que Mo- 

safi les haibia engafiado, desbaratando su proyecto. 
Uno y otro, soibre todo Chaudar, estaban furio- 
sos. "Ahora ves — dijo a su colega — si tenia ra- 
zon cuando sostenia que ante todo era preciso des- 
hacerjios de Mosafi; pero tu no me quisiste creer." 
Sin embargo, se vieron obligados a poner a m-al 
tiempo buena cara, y yendo en busca de Mosaii, le 
presentaron sus excusas, diciendo que habian te- 
nido una mala idea y que su plan era mucho me- 
jor. El ministro, que los odiaiba tanto como ellos 
le odiaban a 61, pero que en aquel momenta no 
podia pensar en ca&tigarlos, fingio aoeptar sus 
explicaciones, y, al menos en apariencda, qued6 
'restablecida la paz entre unos y otros (1). A la 
manama siguiente — lunes 2 de octubre — , los ha- 
bitantes de Cordoba recibieron la orden de ir a 
palacio. Al llegar, encontraron al joven califa ien 
la sala del trono, y cerca de el a Mosafi, .que tenia 
a Fayic a su derecha y a Chaudar a su izqudexda, 
ocupando taaribien los demas dignatarios sus res- 
pectivos puestos. El cadi Ben-a-s-Salim Mao que 
prestar&n juramenito al monarca, primero sus ties 
y sus primos, despues los visires, los servidores de 
la corte, los principales coraixitas y las personam 



(1) Ben-Adari, t. II, pp. 276-279; Macarl, t. II, pp. 59- 

y 60. 



1S1 

notables de la capital. Heoho esto, Ben-abi-Amir 
quedo encargado de hacerselo prestar al resto de 
la asamiblea. Esto no era facil, porque habia re- 
fraetarios; pero, gracias a su elocuencla y a su 
talento de persuasion, Ben-abi-Amir consiguio lle- 
vai 1 lo a buen termino, y solo hubo dos o tres j^ear- 
sonas que persistieran en su negtativa. Todo bJ 
raundo convino en elogiar el tacto y la habilidad 
de que el inspector d.e la moneda habia dado pnu'e- 
bas en aquella ocasi&n (1). 

Hasta entonces todo habia salido bien a Mosafi 
y a sus partidarios y el porvenir parecia sin jru- 
bes. El pueblo, a juzgar por su actitud tranquila 
y resignada, se habia acosturnbcrado a la idea de 
una regencia que antes le inspiraba tartta aver- 
sion y espanto. Pero aquellas apariencias eran en- 
gaiiosas: el fuego se ocultaba bajo las ceaiizas. 
Maldeciase en secreto a los grandes senores avi- 
dos y ambicioso'S que hablan asumido el poder, 

inauigurando su reinado con el asesinato del in- 
fortunado Mogira. Los eunucos eslavos tuvieron 

buen cuidado de fomentar el desconteaiito de los 
habitantes de la capital, y en poco tiesmpo llego a 
ser tan grande, que de un momento a otro podia 
conv-ertirse en rebelion. Ben -abi- Amir, que no se 

forjaba ilusionies sobre el estado de los animos, 
aconsejo entonces a Mosafi intimidar al pueblo por 
medio de un pa^seo mi-litar, despertar el gran amorr 
que siennpre habia profesado a sus monarcas, mos- 



(1) Ben-Adari, t. II, pp. 270 y 280; Ben-al-Abar, p. 141. 



i 



132 

trandole al joven calif a, y contentarle con la abo- 
licion de algun impuesto. Aprobadas por el mi- 
nistro estas proposicioaies, resolviose que el ca- 
lifa se presentaria al pueblo el sab ado 7 de oc- 
tubre. En 3a manana de este d*a, Mosafi, que has- 
ta entonces no habia llevado mas que el titulo de 
visir, fue nombrado, o, mas bien, se nombro a si 
mismo, hackib, o primer ministro, mientras Ben- 
abi-Amir, por expresa voluntad de Aurora (1), 
fue eievado a la diginidad de visir, con encargo de 
gobernar el Estado en union de Mosafi. En se- 
guida Hixem II recorrio a caballo las calles de 
la capital, rodeado de un inmenso numero de sol- 
dados y acompanado por Ben-abi-Amir. Publico^ 
al mlsmo tiempo un decreto aboliendo el impuesto 
sobre el aceite, uno de los mas odiosos, y que pe- 
saba principalmcnte sobre las clases inferiores. 
Estas medidas, sobre todo la ultima, produjeron 
el efccto apetecido, y como Ben-abi-Amir tuvo 
buen cuidado de que se supiera, por sus amigos, 
que era dl quien habia aconsejado la abolicion del 
impuesto sobre el aceite, el pueblo-de las calles, el 

qU'3 se amotina, le proclamo verdadero amigo d* 
los pobies (2). 

Tcdavia los eunucos continuaron urdiendo corn- 
plot, y Mosafi, inform ado por sus espias de que 
personam muy sospechosas y que parecian ser- 
vir de intermedi arias entre los eunucos y sus 
amigos de fuera entraban y salian sin cesar por 

(1) Macari. t. II, p. CO. 

(2) Ben-Adarf, t. II, pp. 270 y 276. 



"r 



133 
] a puerta de Hierro para facilitar la vigilancia, 
^20 (tapiax esta puerta de modo que no se podiia 
entrar en padacio mas que por la de La Soda. 
Ademas rogo a Ben-abi-Amir que hiciese tcdos 
les esfuerzos posibles para quitar a Fayic y a 
Chaudar sus servidores armados, que no eran ni 
esdavos ni eunucos. Ben-abi-Amir se lo pran^e- 
tio, y a fuerza de dinero y de ofertas consiguio 
tpe quinientos hombreis abandotniaran el servicio 
<}e los dos eunucos para servirle a 61. Como ade- 
mas podia cooxtar con el apoyo del regimiento 
africano de los Beni-Birzel, su pcder era mucho 
mayor que el de sus adversaries. Chaudar lo com- 
prendio, y, nxuy disgustado de lo que ocurria, 
presento su dimision del cargo de gran haloonerc, 
pidiendo permiso para abandonar el pailacio del 
califa. Esto no era mas que un ardid. Creyendo 
(jue no podrfcan pasarse sin sus servdeios, estaba 
seguro de que su dimision no sen'a acoptada y de 
que entonces tendria ocasion de dictar a sus ad- 
versaries condiciones, a cambio de las cuales acce- 
tierfa a continuar en su puesto. Pero su esperanza 
result6 fallida y, conttra lo que esperaba, acepta- 
ron su dimision. Sus partidarios se exasperaron 
extraordinariamiente, deshaciend cse en invectivas 
y amenazas contra Mosaii y contra Ben-a-bi- 
Amir. Dorri, mayordomo segundo, uno de sus je- 
fes, se suiguilarizo sobr-e todo por la violencia de 
sus discursos. Entonces Mosafi eneargo a Ben- 
abi-Amir que buscase cualquier medio para li- 
brarfe de aquel hombre. Este medio no era dificil 



* 



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- 1 



134 

de encontrar. Dorri em setter de Baeza, y los ha- 
bitantes de este distrito sufrian mucho con la ti- 
rania y la rapacidad de los intendentes de su se- 
nor. Ben-abi-Amir aprovecho est as circunstam- 
cias, Mando decir secretamente a los moradores 
de Baeza que si querfan presenter querella contra 
su senor y sus empleados podian estar segnroa 
de que el Gobiemo les daria la razon. No dejaron 
de hacerlo, y Dorri fue iratimado, por orden del 
califa, a presentarse en el visirato para sufrir un 
careo con sus subditos. Obedecio; pero cuando 
llego, viendo que se habia degplegado gran apara- 
to militar. temio por su vida y quiso retroceder. 
Ben-aibi-Amir lo impidio asiendole por el cuello. 
Siguiose una luoha, en la cual Dorri cogio a su 
adversario por la barba. Entotnces Ben-abi-Amir 
llamo a los soldados en su auxilio. La/s tropas es- 
panolas no se movieron, porque reapeta-ban denua- 
siado a Dorri para atreverse a poner la mano so- 
bre el; pero los beni-birzel, que no te-nian estos 
escrupulos, acudieron en seguida, prendieron a 
Dorri y comenzaron a maltratarle. Un sablazo de 
piano le dejo sin sentido, y asi le trasladaroa a 
su casa, donde le remataron durante la noche. 

Conociendo que con este crimen se habian eiw- 
mistado irremisibLemente con los eslavos, ambw 
ministros adoptarom al punto una medida deci- 
sive Fayic y sus amigos j^ecibieron orden de par- 
te del califa de salir inmediatamenfte de palacio; 
deques fueron procesados por malversacion y 
cooidetnadosa multas muy considerables, que, em- 



n *1 



r 



135 

pobreciendolos, les impidieron perjudicar a los mi- 
aistros. Respecto a Fayic, considerado como el 
mas peligroso de todos, procediose todavia con 
mas rigor y fue desterrado a una de las islas 
Baleares, donde murio al poco tiempo. En cuanto 
a Jos eunucos, menos conxprometidos, los dejaron 
en sus cargos, y Socr, uno de ellos, fue nombrad') 
jefe de palacio y de los guardias de Corps. 

Estas medidas, aunque tomadas por los duun- 
viros en su propio interes, les haciaai populares. 
El odio que los cordobeses tenian a los eslayos, 
que tanto les hafoian hecho sufrir, era inmenso; 
asf que se regocijaron mucho de su ruina (1). 

Por otra parte, se murmuraba muoho del Go- 
bierno por su inaccion con los cristianos del Norte 
que, como ya hemos dicho, habian reanudado las> 
hostOMades cuando Alhaquen II cayo enfermo, y 
se hacfian cada dia mas audaces, llegando en s-us 
atrevidas expediciones hasta las mismas jpuerbas 
de Cordoba. Mdsan no carecSa, para rechaaarlos, 

ni de dinero ni de tropas; pero como no entendfa 
de guerra, no hacfa casi nada para defender el 
pais. La sultana Aurora se aiarmaba, con razon, 
de los progress de los cristianos y del eonsiguien- 
te descontento de los andaluces. Comunico sus te- 
aaores a Ben-^abi-Amir, que, por su parte, se in- 
dignaba ftacia tiempo de la incapacidad y debili- 
daid de su colega, pero que tranquilizo a la sultana 
diciendole que si cdnsegufa obtener dinero y el 



(1) Ben-Adari, t. II, pp. 280 y 281 



136 

xftarodo del ejercito, estaba seguro de veneer al 
enemigo (1). Bespues de esta conversacion, indico 
claramente a su collegia que si persistia en su in- 
action, pronto se le escaparila el poder, y que no 
solo pdr deber sino por interes propio, debia to- 
jnar sin demora energicas metdidas. Mosafi, con- 

vencido de que tenia r-azom, reunio a los vfsire* 
y ks propuso enviar un ejercito contra los cristia- 

nos. Aunque cctaibatida por algunas esta propo- 
sicion, fue aprobada por la mayoria. Faltaba solsa- 
mente saber quien mandaria el ejercito, y la res- 
ponsabilidaid, en aquelltas circunstancias, parecia 
tan grande a los visires que ninguno se atrevio a 
contraerla. "Yo me encargo de mandar las tvd* 
pas — dijo entonces Ben^abi-Amir — , pero a condi- 
cion de que he de tener libertad de elegirlas por 
mi mis-mo y de recibir un subsidio de cien mil 
monedas de oroV Esta suma panecio exorbitante 
a un visir, y lo dijo. "Pues bien — exclamo entan- 
ees Ben-abi-Amir— , toma doscientas mil y ponte 
al frente del ejercito si te atreves." Y como eft 
a-luctido nd se atreviera, resdvidse coniiar el man- 
do a Ben-abi-Amir y darle el <dinero pedido. 

Habiemdo elegido para acompaftarle las me j ores 
tropas deil imperio, el visir sailio a campaila a 
fines de tfebrero del 977. Paso la fronfcem y pusd 
sitio a la fortaleza de Los Bafros, una de las que 
Ramiro II habia hecho recon<struir despues de la 






L 



(1) Ben-al-Abar, p. 148. 



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137 

gloriosa victoria die Sixnancas (1). HabierukAse 
apoderado del arrabal, recogio uii cuantioso botin, 
y a mediados de abril regreso a Cordoba con gran 
immerd de prisioneros. 

El resutado de esta eampana, aunque en el 
fondo poco importance, produjo gran alegrfa en 
ia capital, como era logico en aquellas. circuns- 
tanoia-s. Por primera vez desde el cdmienzo de 
la guerra, el ejercito maisuLman habia tornado la 
ofensiva y dado -al enernigo una leccion, de la 
cuaH se acordo tanto, que, en adelante, no se atre- 
vio a venir a turbar el sueilo de los cdrdobeses, 
lo euail era mucho a los ojos de estos ultimos, y 
por el pronto no exigian mas; pero si exageraban 
tal vez los exitos obtenidos, es imposible descono- 
cer la gran impo rtiancia que esta campana tuvo 
para Ben-abi-Amir. Queriendo' ganarse el afecto 
del ejercito, que quiza tenia aun cierta deseon- 
fiansa por aquel ex cadi transformed© en generall, 
pradigo el oro recibido a titulo de subsidio, y du- 
rante toda la campaila tuvd mesa franca. Realizo 
(ptaainente su proyecto. Oficiales y soldados se 
extasiaban con la afabiiidad y la generosidad del 
visir y basta con las habilidades de sus cocineros* 
En adelante podia contiar con su adhesion; mien- 
tras continuara reeompensando con largueza sus 
\ servicios, eran suyos en cuerpo y alma (2). 



r. 



t 

% 



(1) Los historiadorea arabes dan a esta fortaleza el nom- 
bre de Alhama. Es la traduccldn literal de Balncos, como 
escribe Sampiro — c, 23 — , hoy Los Bafios. 

(2) Ben-Adari, t. II, pp. 281 y 282; Macari. t. II, pa- 

ginas 60 y 61. 



138 



VIII 



A medida que aumentaba el poder de Ben-abi- 
Amir, el de Mosafi disminuia. Era hombre de es- , 
caso merito y de humllde cuna; pero como su pa- 
dre, berberisco valenciano, habia sido el precep- 
tor de Alhaquen, este principe tra&lado en se- 
guida al hijo el afeoto y la estimacion que habia 
profesado a 1 ! padre, Por otra parte, Mosaii tenia 
las aptitudes que Alifoaquen apreciaba mas: era 
literato y poeta. Su fortuna habia sido maravillo- 
sa, pues de secretario intimo de AUiaquen habia 
llegado a ser, sucesivaoneaute, coroivel del segundo 
regimiento de la xorla, gobemador de Mellorca y 
primer secretario de Estado (1). Pero 210 habia 
sabidc captarse amigos. Tenia toda la afectaeion 
del advenedizo; su i nonportable orgullo mortifica- 
ba a los nobles, que le menospreciaban a causa de 
su baja extraccion. Ail llegtar a primer minis-tro 
parece que quiso corregirse de este defeoto; ;pero 
pronto habia recuperado sus modales altaneros (2). 
Su probidad. era mas que sospeohosa. Cierto que 
pocos funcionarios estaban entonees libres de ta! 
cen^ura; asi es que acaso se le habriaai perdo- 
ruado sus manifiestas concusiones si hufaiera con- 
sen tido en comipartirlas icon abros; pero lo gmar- 
daba todo pam sl t y esto era lo que no le perdo- 



(1) Ben-al-Abar, pp. 141 y 142; Ben-Adari, t. II, pagl- 
na 271. 

<2) Macarf, t. II, p. 60, 






3 



139 

nabau (1). Se le acusaba, ademas, de nepotismo; 
casi todos los cargos im$>ortantes estaban des- 
€ mpenadas por sus hijos y sus sobrinos (2). En 
cuanto ,a los talentos requeridos en un hombre de 
Estado, Mosafi no poseia ningumo. En cualquier 
circunstancia que salia d« lo ordinario, samca sa- 
bia que resolver ni que hacer; otras personas te- 
Tiian que pensar y actuar por el; genenaikxente se 
dirigia a Ben-abi-Amir. Este, ^s-e contentaria mu- 
cho ttempo con el papel de confidante y consejero 
que le hacia desamjpenar Mosafi? Los espiritus 
prevasores lo dudaban; creian que no estaba le- 
jaaio el mom&nto en que Ben-abi-Amir querria sea* 
primer ministro de noanbre como lo era de heoho, 
Y no se engaiiaban. Ben-abi-Anur habia resuel- 
to hacer caier a Mosatfi, y trabajaba en ello <aotivia 
aunque sord amende. No cambio en nada de con- 
ducts hacia su colegia; comtkiuo- tratandole con 
igufll re^peto que antes; pero secretaniiente le con- 
trariaba en todo, y no perdia ocasion para llaxnar 
la atiendon de Aurora sobre su incapacidad y so- 
bre las faHtas que cometia (3). Mosafi, de nada se 
daba cu«n ( ta; no era Ben-abi-Amir qmen le ins- 
piraba temores; por el contrario, le creJa su me- 

jor arnigo; era Galib, gobernador de la Frontera 
inferior, que ejercia sobre las tropas un iniiuencia 
ilimitada (4). En efecto: Galib odiaba y despre- 



(1) Macari, t. II, p. 60. 

(2) Ben-al-Abar, p. 142. 
<3) Macari, t. II, p. 60. 
<4) Macari, t. II, p. 61. 



k. 



140 

ciaba a Mosafi, y no trataba de ocultarlo. Justa- 

mente orgulloso con los laureles que habfa reco- 
gido en no -se cuantos canipos de bataJla, se in- 
dignaba de que aquel hombre, salido de la nada y 
que nunca habfa desenvainado el alfanje, fuera 
primer ministro. Decia a voces que este puesto 
le pertenecia a el. En apariencia obedecia aun a 
Mosafi; pero su condueta, por lo menos ambigua, 
mostraba suficientemente que el Gobierno uio po- 
dia con-tar con el. Desde la muei'te de Aliiaquen 
sostenia la guerra contra los cristianos con flo- 
jedad, que contrastaba singularmente con la re* 

conocida energia de su caracter. No era traidor 
&un; no estaba todiavia en abierta rebelion; aun no 
habla llamado a los cristianos en su ayuda; pero 
su condueta daiba a entender que pronto haria 
todo esto, y si lo hacia, la caida del primer minis- 
tro ena inevitable. ^Como iba este a resistir al roe- 

jor general y a los mejores soldados del impetrio, 

secundados por ]os leoneses y castellanos? Por otra 

parte, al menor descalabro que experimentara sus 

enemigos cogerian la ocasion por los cabellos. para 

hacerle perder su puesto, sus riqueaas y su cabeza 
tail vez. 

Mosafi. tenia ba«tante perspicacia para no ig- 
norar el peligro que le amenazaba, y en su an- 
gustia pidio consejo a los visires, y sob re todo a 
Ben-abi-Amir. Respond! eronde que debia gran- 
jearse la amistad tie Galib a toda casta, Consin- 

ti6 en ello, , y entonces Ben-abi-Amir se ofrecio 

como mediador. La campana que iba a empren- 



(r 



■. ■■ 






r-. 



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I. 



141 

(terse — decia — le ofreceria ocasion de abocar.se con 
el gobemador de la Frontera inferior, y, Uegado 
este caso, se prometfa lograr la reconciliation que 
deseaba Mosafu 

Tales eran sus palabras; pero meditaba un plan 
completamente distinto. Esperando llegar a un 
brillante resultado, no repugnaban a su ambicion 
las vias tortuosas, y en vez de procurar reconci- 
liar a ambos rivales, pensaba en el medio de ene- 
mistarlos mas. Asi lo hizo. Asegurando siempre 
a SIosafi que era completamente adicto a sus in- 
tereses, elogiaba a Aurora los grandes talentos 
de Galib; le repetia a cada momento que no podfa 
pasarse sin los servicios de este general y que 
era preciso atraerselo, cennriendole un tltulo mas 
elevado del que tenia. Sus manejos dieron fruto. 
Gracias a la influencia de Aurora, Galib fue ele- 
vado a la dignidad de Dhu-H-vizaratain — jefe de 
la administracion civil y militar — y a la de gene- 
vaii'simo de todo el ejercito -de la. Frontera; pero 
Mosafi no se habia opuesto a esta medida; al con 
traric 1 , hablla accedido a ella, porque Een-abi-Amii 
le habfa dicho que seria el primer paso hacia la 
reconciliacidn. 

El 23 de mayo, solo un mes despuds de su re- 
greso a Cordoba, Ben-abi-Amir, que ocababa de 
ser nombrado generalisdmo del ejercito de la capi- 
tal, empremdio su segunda expadicidn. En Madrid 
celebro una entrevista con Galib. Mosfcrdse hacia 
61 \lend de corasideraciones y de deferencias, y se 
captd su afecto dicieaidole que consideraba a Mo- 






A 



142 

safi compleUamente indigno del elevado puesto 
que ocupaba. Pronto se establecio una estrecha 
alianza. entre ambos generates, que resolviercJa 
trabajar de comun acuerdo en la caida de Mosafi. 
Despues, cruzando la frontera, tomaron la forta- 
leza de Mola (1), donde cogiercto mucho botin v 
prisioneros. Terminada la campana, (tespidieixm- 
se uno de otro; pero en el momento de separarse, 
dijo Galib a su nuevo 4 amigo: "Esta expedicion ha 
sido coronada por un exito completo, por lo que 
te p rop oroionara gran fama y la co'rte se rego- 
cijara tanto* que no pensara en investigar tus in- 
feenciones ulteriores. Aprovecha esta circunstancia 
y no saigas de palacio sin hsaber sido nombrado 
prefects de la capital, en vez del hijo de Mo- 
safi." Ben-abi-Amir, prometiendo no olvidar este 
consejo, tomo de nuevo el camino de Cordoba, 
mientras Galib se volv^a a su gobierno. 

A decir verdad, el ho*nor de esta campafia co- 
rresponds a Galib. Bl era el que lo habia dirigido 
y ordenado todo, y Ben-^abi-Amir, que hacia atfn 
su aprendizaje en expediciones militares, se habia 
guardado muy bien de contradecir en. nada a aquel 
general experto y envejeciido en el ejeixicio de 
las armas. Pero el mismo Galib, queriendo elevar a 
m joven aliodo, presento las cosas desde otro 
punto de vista. Se apresur6 a escribir al califa 
que Bon-abi-Amir habfa liecho maravillas, que 
solo a 61 se debfia el exito obtenido y que tenia 



. 



^ 






(!) Parece que este lugar ya no existe. 



b 1 



ft* 



&.. 



143 

derecho a una brillante recompensa. Esta carta, 
xeabb&a. en la cdrte antes del regreso de Ben- 
aU-,Aniir, la P re( 3ispuso ^ su favor; asf que con- 
sigui6 sin ningun trabajo ser nombrado prefecto 
de la capital en sustitucion del hijo de Mosafi. 
^C6mo rehusar nada a un general que vol via 
triu&fanfce por segunda vez, y del cual elogiaba 
el talentd y el valor el mejor guerrero de la 
epoca? Y luego se daba de barato al hijo de 
Mosafi, que no debiia su elevacion mas que a la 
Muencia de su padre, y que, lejos de justificarla, 
con su conducta se hab£a hecho completamenbe tn- 
digno de ella (1). En efecto: su avidez era tal, 
que, pc*r poco dinero que le diesen, cerraba de 
buen grado los ojos a todo, aun a los crimenes mas 
abominables. Decease, con razon, que ya no habfa 
policia en Cordoba, .que los ladnmes de alta y de 
baja estofa podian atreverse a todo y que era 
preciso velar toda la noche para no ser robado d 
asesinado en su misma casa; en una palabra: que 
los moradores de una ciudad fronteriza corn-fan 
menos peligrcfe que los que vivlan en la residen- 
cia del califa. 

Provisto de su diploma de prefecto, y vestido 
con la pelliza de honor con que liabia sido agra- 
ciado, Ben-^abi-Amir presentose al punto en el pa. 

lacid de la prefectura. Mohaoned Mosafi esfcaba 
sentado con toda la pompa propia de su alta je- 



■fWi* 



(1) Comparese con Ben-al-Abar, pp. 142, 1. VI, y con 
Een-Adarl, t. II, p. 284. 






144 

rarquia. Su sucesor mostrole la orden del califa 
y le dijo que podia retirarse. El obed-ecio suspi- 
rando. 

Apenas instalado' en su nuevo empleo, Ben-abi- 
Amir adopto las medidas mas energicas para res- 
tablecer la seguridad en la capital. Aniunci6 a lo& 
agentes de policia que tenia la firme inbencion de 
castigar severamente a todos los malhechores, sin 
excepcion dc personas, amenazandolos con las pe- 
n as mas sever as si se dejaban sobomar. Intimida- 
dos por su nrmeza, y sabiendo, ademas, que ejer- 
cia sobre ellos la vigilancia mas actiya, los agien- 
tes cumplieron desde entonces con su deber. Pron- 
to se ndto en la capital; los robos y los asesinatos 
eran mas raros cada dia; el orden y la seguridaid 

renacfan; las gantes honradas podian dormir tran- 
quilamente: 3a policia estaba alii y velaba. Por 
otra parte, el prefecto mostro, con un ejemplo fe- 
haciente, que no habia que perdonar a nadie. Ha- 
biendo cometido un crimen su propio' hijo, y ha- 
b ten-do caido en manos de la podicia, le hizo dar 



si 

^ 



tantos correazos, que el jtfven expiro poco des- 
pues de haber sufrldo el dastigo. 
Mosa nubia abierto, al fin, los ojos. La des- 

4 

titucion de su hijo, resueflta durante su ausencia 
y a escdndidas suyas, no le permitia dudiar de la 
doblez de Ben-&bi-Amir. ]VLas £que pod3a contra 

r 

el si su rivafl era ya mucho mas poderoso? Se 
apoyaba en La sultana — suponiase que era amante 
suyo — y en las principles families que, ligadas 
a los omimiadas por el vinculo de la clientela, se 



145 

transmitian de padres a hijos los empleos de la 
carte, y que preferian Mer al frente de los nego- 
cios a un homabre de taenia famiLia, como Ben- 
abi-Amir, que a un advenedlzo que Ids habfa mor- 
tifica'do con su orgullo ridicuio e injustificado (1). 
Por otra parte, podia contar con el ejercitd, que 
le era mas addcto oada B dia, y can la poblacaon 
de la capital, profundaaaeate reconocida por la 
seg^iridiad que le habfa devmeflttf. £ Que podia opo- 
ner Mosafi contra tddo esto? Nada, si no es el 
apoyo de ailguitos indivMuos aialados que le de- 
bian su foriuna, perd con cuya gnnatitud no habla 
mucho que contar. En esta lucha de la mediania 
contra el genio, las fuerzas eran muy desiguailes. 
Mosafi lo comprenddo; conoeio que no le quedaba 
mas que un medio de saJlvacion, y resdlvio atraer- 
se a Galib a tddo trainee. 

EtecribioiLe haciendole las promesas mas brdllatn- 
tes y propias paira seducM^, y para sellar la 
ali&nza le peidia la mono de su hija Asma para 
su hijo Otman. El general se dejo aluemar y, ol- 
vidando su odio, respdndio al ministro que aoep- 
fcaba sus of-ertas y que consentla en el matrimonio 
propuesto. Mosafi se apresuro a cogerle la pala- 
bra, y ya estaba el contratd msatrimonial redac- 
tado y ftrmado, cuando BennaJbHAimir se entero 

dfc estos m!anejas> qraie confbrariahan tddos sus pfl-a- 
ttes. Sin pendoida de m'otaento puso en juego, para 
cjesbarabar los proyectos de su colega, todefs los 



(1) Ben-Adari, t. II, p. 290. 

Hist, musulmanbs. — T. Ill 10 



146 

resortes de que podia disponer. A peticion suya, 

los personajes mas influyentes de la corte escri- 
bieron a Galib, y le escribio el mismc', para de- 

cirle que Mosafi le tendia un lazo, para recordable 
todas las quejas que tenia contra el ministro y 
para inducirle a que permaneciese fiel a las pro- 
mesas que le habia hecho durante la ultima cam- 
pafia. Bn cuanto al proyiectado matrimcftiio, le de- 
cSa que si Galib deseaba para su hija una alianza 
ilustre, no debfa antregarsela a un advenedizo, 
sino a 61, a Ben-abi-Arrir. 

Galib se dejo persuadir de que se habia equi- 
vocaldo, e hizo saber a Mosafi que ell proyectadd 

matrrmonio no podia verifioaxse, redactandose y 
firmandose en el nues de agostc o septiembre un 
nuevo contrato, en virtud del cual Asma debia ser 
esposa de Ben-iabi-Amir. Poco despues, el 18 de 
setptiembre, este ultimo salio de nuevo a carrrpafia, 
Torno ol camino de Toledo y, uniendo sus huestes 
con las de su futuro suegro, quito a los eristianos 
dos castillos, apoderandose tambien de los arra- 
bales de Salamanca. A su regresG* recibio el tit/ulo 
de Dhu-'l-vizaratain t con un sueldo de ocheaita mo- 
nedas de oro al mes. El mismo Jtfichib no co- 
braba mas. 

Aproximabase el tiempo fijado para la bcfck, y 
el califa o, mas bien, su madre — que si reaimente 
era querdidia de Ben-abi-Amir, ail mearos no era 
celosa — , invito a Galib a vienir a Cordoba con su 
hija. Cuando llego fue coilmado de hdnores: se le 
confirio el titulo de hachib, y como ya era Dhu-'l- 



■ - >^ ■■_ - 



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147 

vkm-atain y Mosafi no lo era, fue desde entonces 
el primer dignatario del imperii, y ocupaba, por 
tanto, el primer lugar en las sesioncs solemmes, 
temienido emfboiices a Mosafi a la derecha y a Ben- 
abd-Amir a la izquierda (l). 

El matrdmonio de este ultimo con Asma vera- 
ficose el dia prismero de aiio, fiesta cristiana, pero 
que tambieoi celebraban los musulmanes. Corrien- 
do todos los gastos a cuenta del calif a, los festi- 
nes fueron de incomparable magnificencia, y los 
cordobeses no recordaban haber visto jamas una 
comitiva tan soberbia como la que rodeaba a 
Asma cuando sa-lio del paJacio regio para ir al de 
su prometido. 

Consignemos que este matrdmonio, aunque con- 
traido por interes, fue diclioso. Asma unia a u:i 
espiritu muy cultivado una belleza atractiva, y 
supo cautivar el corazon de su esposo, que siem- 
pre le concedio la preferencia sobre las demas 
mujeres. 

Respecto a Mosafi, desde que Galib rechazo su 
alianza, se conisadero perdido. Sus protegddos le 
abandonaban para incensar a su rival; el vacfo 
se hacia en torno suyo. Antes, cuando iba a pa3a- 
cio, se disiputaban el honor de acompanarle; aho- 
ra iba solo. Su poder era nuflo; las medidas mas 
importantes se -tomaiban a es$>aldas suyas. El in- 
fortunado viejo veia aproximar&e la tormenta y 
la e&peraba con somforfa resignaci6n. La horrible 



r 

(1) Ben-al-Abar, p. 142. 



148 

catastrofe llego mas pronto de lo que se esperaba. 
El lunes 26 de marzo del ano 978 (1), el, sus hi- 
jas y sus sobrinos fueron destituidos de todas 
sus cargos y dignidades, y se dio la orden de 
prenderlos y secuestrar sus tbienes, hasta que fue- 
ran declarados inoicentes del delito de malversa- 
cion de que se los acusaba (2). 

Aunque tal acontec imiento no pudiera sorpren- 
derle, Mosafi quedo profundamente commovido, 
porque su conciencia no estaba tran-quila. Mguna 
injustkia que habia cometido durante su larga 
carrera acudla a su memoria y le acongo j ab a. 
Ouando se despidio de su familia, exelamo: "Ya 

no volvereis a. verane vivo; la terrible oracion ha 
sido escudhada; hace cuarenta aflos que eapero 
este moanento." Interrogado acerca del sentido de 
estas palabras enigmatkas, anadio: "Ouando aun 
reinaba Abder r ahm an , fui enoargado de fciformar 
contra un acusado y de juzgarle. Yo le encontra- 
ba inocente; pero tenia mis razones para afinmar 

F 

que no lo era; asi que tuvo que sufrir una pena 

infaanante, perdi6 sus bienes y permanecio largo 
tiempo en prtfsi6n, Una noche, mientras yo dor- 
mfa, of una voz que me gritaba: "jDevuelve la 
"liibertad a ese hombre! Su oracion ha sido es- 
"cuchad-a y llegara un dla en que corras -la mis- 
"ma suerte que ell." Me desperte sabresatltadp y 



(1) Eata fecha ha gldo conalgnada ho s61o por Ben-Adarl, 
sino por Nouairl — p. 470 — . 

(2) Ben-Adari, t. II, pp. 282-285; Macarl, t. II, pigi- 
nas 61 y 62, 



149 

Ueno de terror. Hice venir a aquel hombre y le 
rogue que me perdonase. Se nego a hacerlo. En- 
tonces le pedi que, al menos, me dijera si habia 
dirigido al Eterno una plegaria que me convex- 
nia. "Si — ime respondio — ; he rogado a Bios que 
"te haga morir en un caiaibozo tan estrecho eomo 
"<*n el que me has hecho gemir durante tanto 
"toempo." Entonces me arrepenti de mi irvjusticia 
y devolvi la libertad al que habia sido victima de 
«»Ila. Pero el reonordimiento llegaba demasiado tar- 
de (1) . " 

Ixjs aeuaados fueron conducidos a Zahra, don- 
ate se hallaba la prision de Estado. El general 
Hixem-Mosafi, sobrino d-el nainis/tro, que habia 
otfeitfdido a Ben^aibi-Aanir, atri'buyendose el honor 
de los triunfos alcanzados en la ultima campana, 
iue la primera victima del resentimiento de aquel 
laonibr^e poderoso, y, apena-s llego a la prision, le 
dterot muerte (2). 

M Consejo de Estado encargose de incoar la 

causa de Moisafi. Duro mucho tiempo. No falta- 
ban pTtiebas para dex&arar q*ie, durante su mi- 
misfcerio, Mosafi se habia hecho culpable de mal- 
versation, y, por consigukinite, sus bienes fueron 
*n parte conrlscados y su magnifieo palacio, en 
el barrio de Buzafa, vendido al mejor postor. Pero 
nuevas aousaciones surgian sin cesar contra &I, y 
J os visires, deseosos de complacer a Ben-abi- 
Amdr, &e apresuraban a acogerlas. Condenado asS 



(&) Ben-Adari, t. II, p. 288; Macari, t. I, p. 395. 
(2) Ben-Adari, t. II, p. 285; Macari, t. II, p. 62. 



rr^< : w. d LV.< J KU 1 ' Aiww ■* <* 



150 

«n diferentes ocasiones y por distintos delitos, 
Mosafi fue despojado poco a poco de todo lo que 
poseia, y, sin embargo, los visires, creyendo que 
aun le quedaba alga que lepudieran arrebatar, com- 
rinuaban vejandole y ultraj&ndole (1). La ui-tima 
vez que fue citado a comparecer delante de sus 
jueces, estaba tan debilitado por la edad, la re- 
elusion y la pena, que le costaba trabajo recorrer 
©1 largo trayeoto desde Zabra al palacio del visi- 
rato, y, sin embargo, su implacable guardian no 
cesaba de repetirle con tono aspero que era pre- 
ciso andar mas de prisa- y no hacer esperar al 
consejo. "Poco a poco, hijo mio — dijo entonoes ed 
anciano — ; deseas que muera, y lo coniseguiras. 
jAy! i Si pudiera comprar la muertel jPero Bios 
le ha puesto un precio tan grande ! " De-spues ian- 
proviso estos versos: 

"No te fies jamas de la fortuina, porque es vm- 
dable. Antes, hasta los leones me temian, y ahora 
tiemblo a 2a vista de un zorro. ;Ah, que vierguen- 
za para un hombre de corazon verse ofollgado a im- 
plorar la olemencia de un mailvado!" 

Ouando llego a presencia de su/s jueces, se seni- 
to en un rincon de la sala sin saludar a nadie, y 
viendo esto el visir Aben-Chabir, un adulador de 
Ben abi-Amir, Be grito: "^Has recibiido tan mala 
educacion que ignoras hasta las leyes mas elemen- 
tales de urbanidad?" Mossafi gizardo sUencio; fpero 



(1) Ben-Adari, t. II, p. 285; Macart, t. II, p. 62. 



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151 

como Aben-Ghabir continuara dirigiendole inju- 
rias, l e da jo ail fin: "Tu si q^e faltas a las conside- 
raciones que medebes; pagas mis benefices con in- 
gratitudes, y I aun te atraves a deeirme que desco- 
nozcolasleyes de la cortesia?" Un poco descancer- 
tado por estas pal-abras, pero recobrando su au- 
dacia al momento, exolanio Aben-Chabir: "iMien- 
tes! lYo te debo benefices? Muy al contrario." Y 
empezo a ecuumerar las que j as que tenia contra 
el. Cuamdo termino, le replic6 Mosafi: "No es por 
eso por lo qu e te exijo reconocimi-ento; pero no es 
menos cierto que, euando te apropiaste las sumas 
que te habian confiado, y cuando el difunto ca- 
lifa — -Bios fcanga su aflma — queria hacerte cortar 
la mano derecha, pedf.y obtuve tu perd6n. M Aben- 
Chabir nego el hecho, jurando que era una ca- 
tainia infame. "Yo ruego a todos los que saben 
algo de esto — exclaim6 entoixces el anciano, indig- 
nado — que declaren si be dicho la verdad o no." 
"Si, hay algo de verdad en lo que dices — de re- 
plico el visir Ben-Iyax; sin embargo, en las eir- 

cunisitancias en que estas, habrias hecho mejor no 
aludiendo a esa antigua historia." "Tal vez tie- 
nes razon — repuso Mosafi — ; pero ese hombre me 
ha hecho peTder la paciencia y he teciido que de- 
cir lo que embargaba mi alma." 

Otro visir, Aben- Ohatnar, habla escuchado esta 
discusicm con repugnaaicia creciente. Aunque no 
queria a Mosiaii y habla contribuido a su calda, 
sabia que se deben consideraciones hasta a los 
enemigos, y sobre todo a los enemigos vencidos. 



152 

Tomando entonces la palabra, dijo a Aben-Chabir. 
con un tono de autoridad que justificaban sus lar- 
gos servlcios y un apellido tan antiguo y casi tan 
ilustre como el de la' misma dinastia: "iNo sa- 
bes, Afoen-Chabir, que el que ha tenido la desdl- 
cha de incurrir en la desgracia del man area do 
debe saludar a los grandes dignatarios del Esta- 
do? La razon es evidente, porque si estos digna- 
tarios le devuelven el saiudo, faltan a su deber 
con d cab'fa; &i no se lo devuelven, faltan a sr* 
deber hacia el Eterno. Un hombre que ha cafdo 
en desgrada no debe saludar, y Mosafi lo sabe." 

Avergonzado de la leccion que acababa de re- 
aibir, Aben-Chobir guardo silencio, miesntras un 
debil rayo de alegrfa brill aba en los ojos, casi apa- 
gados, del infortunado viejo- 

Procedi6se en seguida al inter rogatorio. Como 
se alegaban contra Mosafi nuevos cargos para sa- 
carle dinero una vez mas: "Juro por lo mas sa- 
grado — exclamo- — que no poseo siada. Aunque me 
despedacen no podrfa <J, ar °s un solo dirhem." Le 
creyeron, y ordenaron conducirle nuevamente a la 
prision (1). 

Desde esta epoca vivid unas veces libre y otras 
prisioroero, pero siempre desgraciado- Ben-abi- 
Amir paxecfa encontrar un barbaro placer en 
atormentarde, y dificilmente se explica el impla- 
cable odio que profesaba a esta medianfa, que ya 
no le podia perjudicar. 



(1) Ben-Adart, t. II, pp. 286, 287 y 291; Aben-Jacan, 
apud Macari, t. I, pp. 275 y 276. 



153 

Todo lo que puede conjeturarse sobre esto es que 
no >ie perdonaba el crimen inutil que le habia cM- 
giado a cometer cuando Le hizo matar a Mogira. 
Sea lo que sea, el lo llevaba tras de si a todas par- 
tes, sin proporcionarle siquiera con que subvenir 
a sus necesidades. TJn igecretario del ministro i^fe- 
rfa que, durante una campana, vio una noche a 
Mosafi al 'lado de la tienda de su serlor, miantras 
su bijo Otman le daba de beber, a falta de cosa 
nnejor,una mala mezola de agna y harina (1). Mi- 
nado y consumido por la pena y la desesperacion, 
exlbalaba su dolor en poemas tan armoniosos coano 
cononovedores. Pero aunoue un dia habfa dicho a 



* * 



i que deseaba la muerte, se asia a la 
vida com extrtafia tenacidad; lo mi-smo que le faJl- 
taron perspicacia y energia cuando estaiba en el 
Doder, carecio de dignidad en la desgracia. Para 
ablandar al zorro descendia a las peticioaies mas 
humillantes. Una vez le suplic6 que le confiase La 
loducadcm de sus hijos. Ben-abi-Aimir, que no con- 
oebfa que se pudiera perder hasta ese punto el 
resfpeto de si niisrruo, no vi6 anas que una astucia 
en ■esfca deananda, "Quiere desacreditarme y h&cer- 
me pasar por un quidam — dijo — . Muchos me han 
visto en otro tiernpo a la puerta de su pailacio, y, 
para reconddrse'Io, quiere que se le vea afoora en 

el patio did mio." (2). 

Diurante dknco afios, Mosafi arrastr6 esba trisfce 
v i&enosa existencia, y como pareda obstinado en 



(1) Ben-Adari, t. II, p. 2S9. 

(2) Ben-Adari, t. II, p. 286; Macarl. t. I, P- 398. 



154 

no morirse, a despecho de su avanzacta edad y de 
las innumerabl es disgustos con que He abrumaban, 
quitaronle al fin la vida, sea estrangulandole, sea 
envenenandoite, porque los autores arabes no esftan 
de acuerdo en este punto (1). Cuando supo que 
su aartlguo adversario habiia muerto, Ben-abi-Amix 
encargo a dos de sus servidores que cuidaran de su 
inhumstcion. Uno de ellos, el secretario Mohamed 
ben-Ismael, refiere asi la escena de que habia sido 
testdgo: "Encontre que el cadaver no presentaba 
ningiuia senal de violencia. Estaba cubierto sola- 
mente con un salquicel viejo, que perteneciia a un 
llavero. Un amortajador, que mi colega Mohamed 
aben-Maslama habia hecho venir, lavo el cuerpo 
--•no exagero natia — sobre la hoja de una puerta 
vieja, arrajicada de sus goznes. En seguida lie- 
vamos las parihuelas a la tuniba, acompanados 
sotaente del imiai de Ha mxezquita, a quien iha- 
biamos enoargado que recitase las oraciones de los 
muertos. Ninguaio de los que pasaban se atrevio 
a fijar los ojos en el cadaver. Fue para mi una 
elocuente lecci6n. Recordaba que en la epoca eon 
que Mosaii era todavia omnipotente, tenia que en- 
tregarle una demanda destimada a el solo. Me ha- 
bia colocado a su paso; pero su sequito era tan 

numexoso y las oalles estaban tarn llenias de gen- 
te que deseafea verle y safludarle, que me fue im- 
posiMe, por mas esfuerzos que hice, aproximar- 



(1) Bcn-Adari, t. II, p. 268; Ben-al-Abar, p. 142; Nouairl, 
pagina 470. 



155 



* me a el, y me vi obiigado a confiar mi merorial a 
una de los secretarios que cabaHgaban al lado de 
la escolta, y que eran los encargados de recibir este 
geoiero de escritos. Conaparaba aquella escena con 
la que acababa de ver, y, reftexionando sabre la 
incanstancia de la for&una, sentia algo que me 
oprimia y que me impedla respirar" (1). 



IX 



ESI mismo dia en que Mosaii liabia sido desti- 
tuido y encarcelado, Ben-obi-Amdr fue elevado a 
la dignidad de kachib (2). En adelante compartia 
coa s-u suuegro la autoridad suprema, y su poder 
era tan grand? que parecia temerario resistirle. 
Sin embargo, se atre vieron . Ed partido que habia 
pensado' dar la corona a otro pr&icipe y no al . 
tierno hijo de Alhaquen II, y cuya alma era el 
eunuco Chiaudar, existia aun; demasiado lo ates- 
tiguan los versos satlricos que se cantaban en las 
calles de Cordoba, a despecho de la policia. Ben- 
abi-Amir no toleraba la nieno*r alusion a las re- 
laciones, quiza demasdado estreehas, que mediia- 
ban entire el y la sultana, lliegiando a condeniar a 
muerte a una oanfcadora a quien su duello — que 
queria venderia al ministro — habSa ensefiado un 



<1) Ben-Adarl, t. II, pp. 288 y 289. 
(2) Nouairi, p. 470. 



156 

canto de amor sobre Aurora (1); y, sin em- 
bargo, ©e cantaban por las calles versos como 
estos : 

■% 

"El mundo ioca a su fin, porque pasan les cosas 
mas detestables. El cafoifa esta en la escu&la, y 
su madre encinta de sus dos amantes..." (2), 

Mientras se limitarotn a hacer coplas a la carte, 
no fue muy grands ell pdigro; pero Chaudar se 

m 

atrevio a mas. De acaxerdo con el p residence del 

tribunal de alaaida, llamado Abdalmelic aben-Mon- 

dir, urdio un cotmpLtot, cuyo objeto era asesinar al 

joven eaMfa y cdocar en el trono a otro nieto de 

Abdernahm&n III, es decir, a Abdurrahman ben- 

Obaidala. Multitud de cadfes, faquies y literates, 

entre los cu&iles figuraba el in-gienioso poeta Ra- 
madi, estaban camplioados en esta conspiration. 

Ramadi profes-aba a Ben-abi-Ami r un odio mor- 
tal. H<abfia siid<y amigo de Mosafi, y era de los 
pocos que le hobian permanecido fkftes, atm cuan- 
do la fortunia le volvio la espalda. Ahora ardfa 
en deseos de vengiarse, y habia compuesfto contra 
Ben-abi-Amir satiras violentas (3)* 

Los cdnjurados contaban con el exito de esta 



(1) Ben-Hazm, Tratado del amor, fol. 32 r. 

(2) Existen dos redacclones de este liltimo hemlstlquio; 

la que consigna Ben-Adari — t. II, p. 300 — me parece pre- 
ferable a la otra, que se halla en Macari — t. I, p. 396 — . Se- 
gtin la opmifin pfiblica, Ben-abi-Amir compartla los favores 
de la sultana con el cadf Ben-as-Sallm. 

(3) Comp&reee Abd-al-Uahid, p. 17, con loa -versos de 
Ramadl, cuya traduceidn dare" en la nota slguiente. 



157 

emprssa, sobre todo porgue el visir Ziyad ben- 
Afl^j Q^e desempeilaba entonces el cargo de pre- 
fecfco de la capital, estaba en connivencia can 
ellos. Habian convemdo cdn 61 el dia y la hora 
en que debian ejecutar su designio. Chaudar, que 
ya no estaba en la corte, pero que, gracias ail em- 
pleo que habia tenido, aun podia aproximiarse fa- 
cilmente al ealdfa, era el encargado de asesinarta, 
t inrnediatame-nte proclamariaji sus complices a 
Abderrahman IV. 

En el dia prefijadd, cuando el prefecto abanxto- 
no el paslacio real para valvar a su casa, sltuada 

al otro extremo de la poblacion, llevandose con- 
sigo todos sus agientes, Cha/udar pidi6 y obtuvo 
una audiencia. Una vez ante el califa, intents 
darle <te pufialadas; perc/ un tail Ren-Arus, que se 
hallaba en el salon, se arroj6 sobre 4ft antes de 
que pudiera realiaar su proyecto. Entablose una 
lucha, en que quedarom desg&rrados los vestidos 

de Chaudar; pero habiendo llamado Ben-Arus a 
la giuardia en su auxilio, detuvieron al eunucc'. 
Poco deapues, Ziyiad ben-Afla, que hab£a ofdo 

decir quse habia fracasado el compilot, llego a p^* 
lacio apresuradamente. Ben-Arus le reprocho su 
negligenjcia, dandode olaramente a entemder que le 
creia complice del crimen que Obaudar habla in- 
tenrtado cometer; pero el prefecto se excuso lo mfe- 
jor qxus pudo, profcest6 de su fidielidad al mo- 
narch, y queriendo desmenitir con su celo las sos- 
pecbas que pesaban sobre el, hizo debenier en d 
acto a las personas sd^pechosaa, nuandiasado con- 



358 

ducirias, lo mismo que a Chaudar, a la prision de 
Zahna (1). 

Instruyose en seguida proceso a los conspira- 
dores, y no se hizo esperar la sentencia. El pre- 
sidents del tribunal de alzada fue juzgado culpa- 
ble de] crimen de alta traicion; pero sus jueces 
no indicaron con precision la pena que debia su- 
frir, declarandoiles solamente incursos -en los ter- 
minus de este versieulo del Coran: "He aqui cual 
sera la recompensa de los que combatan a Bios y 
a su Profeta y de los que enrpleen todas sus fuer- 
zas en promover desoardenes en la tierra: los con- 
denareis a muerte o les harcis Fiufrir el suplicio 
de cruz; les cortareis las manos y los pies alter- 
nados; seran arrojados de su pais." En este ver- 
sfculo, como se ve, la enundacion de las penas 
era army vaga; asi que el tribunal dejo al califa 
la eleccion de la que debfa afplicarse. En aquella*; 
circunstancias debia decidir, por lo tanto, el Ckm- 
sejo de Estado, y en esta asamblea, Ziyad Ben* 

Afla — que hacia todos los esfuerzos im agim-abiles 
para recuperar el favor de Ben-abin-Aiinir — fiie 
el primero que opin6 que se aplicara la pena mas 
grave. Prevafocio su opinion, y Aibdameflic aberi- 
Mondir fue crucifkado. El pretendiente Abderraii- 
anan fue tambien condemado a muerte (2). Keg- 
el ) Segurlslmos de que ya eran los amos — dice Ramadi 
en una de sus elegfas — apud Macari, t. IT. p; 442 — , nos 
htcleron marchar a Zahra, como reos de alta tralcifin. Yo 
iba en medio de una multltud de ltteratos y Chaudar lle- 
vaha los vestidos desgarrados. 

(2) Ben-al-Abar, pp. 154 y 155 ; Ben-Hazm, Tratado del 
amor, fol. 38 v., cf. Macari, t. I, p. 286, 1. VIII. 



159 

pecto a Gha/udar, ignoratmos lo que se decidio; 
pero todo induce a creer que fue crucincado. La 
■suerte de Ramadi, aunque poco envidiable, fue 
menos dura. Ben-abi-Aimir, aunque queria deste- 
rrarle, se d-ejo ablandar par las suplicas de los 
amigos del poeta; pero, aun permit! endole per- 
manecer en Cordoba, puso a esta gracia una- res- 
triccion crueil: hizo proclaanar a los heraldos que 
seria castigado severamente cualquiera que le di- 
rigiese la palabra. Condenado asi a un mutiamo 
perpetuo, efl pobre poeta vagaba en adelante oomo 
nm muerto — segun la expresion de un autor ara- 
be— en medio de la tuarba que llenaba las calles 
de la capital (1). 



demo str ado 



tro que sus enemigos mas encarnizados se halla- 
ban precisamente enire los que habian estudiado 
con el literatura, teologia y derecho. ^Era envi- 
dia? En parte, si; Ben-abi-Ajnir, su iguail y su 
condisci'pulo en otro tiemipo, se habla elevado de- 
masiado para que los faqufes y los legistas no le 
envidiasen. Pero no era esfce el unico ni el prin- 
cipal itnotivo de la aversion que les inspiraba: le 
odiaban, sofbre todo, a causa de los principles re- 
iigdosos que le atribuian. Excepto algunos atrevi- 
dos pensadores y algunos poetas descrefdos, los 
homibres educados en la escueiLa de los nrofesores 



(1) Abd-al-Uahid, p. 17. Parecc, sin embargo, que mas 
tarde Ramadi fufi perdonado completamente, pues se le cita 
entre los poetas asalariados oue acompafiaron a Ben-abl-Amir 
durante su expediclon contra Barcelona, en el afio 986. Vease 
Ben-al-Jatib, man. G-, fol. ISl r. 



160 

de Cordoba eran muy adictos al islamismo. Ahoxa 
bien: Ben-abi-Amir pasaba, con razon o sin ella, 
por un musulman muy tibio. No se le podia cen- 
surar que pregonara ideas liberates en materia 
de fe: era dem&siado pmdente para haeerlo; pero 
se decia que em aficionado a la filosofia, y que, 
en secreto, cuijtivaba mucho esta ciencia. Esto era 
en aquel tiempo una acusacion terrMe. Ben-aibi- 
Amir lo comprendia. Faldsoio o no, era, ante todo, 
un hombre de Estado, y queriendo quitar a sus 
enemigos el arma terrible de que se Servian con- 
tra el, decidio mostrar con un aoto ruidoso de 
ortodoxia que era buen musuiLman. rlabiendo he- 
cho venir a los ulemas mas consider ados, como 
Aciili, Aben-Daicuan y Zobaidi, los condujo a la 
gran biblioteca de Alihaquen II y les dijo que, te- 
niendo el propdsdito de acabar con los Iibros que 
trataban de fMosoffa, de astronornia o de o,tr^3 
ciencias, prohibidas por la religion, les rogaba 
que hiciesen ellos mis-mos ell apartado. Pusieron 
inmediatamente manos a la obra, y ouando ter- 
minaron «u tarea, el minisfcro hizo arrojar los li- 

4 

bros condesiados a una gran hoguera, y a fin de 
mostrar su celo por la fe, quemo algunos con sus 
propiais manos (1). 

E,ra, indudablemente, un acto de vandaJasmo. 
Ben-abi-Amir era demasiado ifetrado para- no 
ju^garlo tambien asi; pero no por eso produjo 
menos buen efecto entre los ulemas Y ell baio nue- 



(l) Said de Toledo, Tabacat-ai-oman, fols. 246 r. y v.; 
Ben-Adarl, t. II, p. 315; Macari, t. I, p. 136. 



161 

bio, tanto mas cuanto que el ministro fue desae 
entonces enemigo de los filosofos (1) y sosten de 
la religion. Rodea-ba de considerations y home- 
najes a los ulemas, los cclmaba de favores (2), 
escuchaba sus exhortaciones piadosas, aunque a 
voces fuesen muy largas, con una atencion y una 

patiencia completamente edificantes (3). Aun hizo 
mas: empezo a copiar el Coran con sus propias 
manos, y desde entoncea, cuando se ponia en via- 
je, Uevaba siempre consigo esta copia (4). 

Habiendose creado asi una reputacion de orto- 
doxia, reputacion que bien pronto nadie se atrevio 
a discutir- — -tan so^idamente establecida estaba — , 
fijo su atencion en el califa, que, a medida que 
avanzaba en edad, iba siendo mas temible para el. 

Segun el testimonio de su preceptor, Zobaidi, 
Hixem II anunciaba en su inf ancia ilas mas f dices 
disposiciones ; aprendia cuanto le ensenaban, con 
faciilidad asombrosa, y tenia el juicio mas solido 
que la mayoria de los nifios de su edad (5). Pero 
euando, muy joven aun, subio al trono, Ben-atoi- 
Amk- y Aurora se dedicaron a deprimir sistemi,- 
ticamente sus facultades. No nos atreverlamos a 
afrrmar que ellos le hicieran gustar prematura- 
mente los goces del haren; porque si bien la cir- 
cunstancia de que Hixem no tuvo nunoa hijos, da 



(1) Ben-Adari, t. ir, p. 315, 1. I-III. 

(2) VSase, por ejemplo, Ben-al-Abar, pp. 151 y 152, 

(3) Macari, t. I, p. 266. 

(4) Ben-Adari, t. II, pp. 309 y 310; Macari, t. I, pa 
glna 266. 

(5) Macari, t. II, p. 51. 

Hist, musulmanes. — T. Ill 11 



162 

cierto grado de verosimilitud a esta suposioiotn, 310 
se apoya en nmgun testinxaxio; pero lo cierto es 
que se esforzaron en obscurecer su intellgencia, 
recargandola de ejercicios de devocion, y que pro- 
curaron persuadirle de que si reinaba por si miz- 
mo ios asuntos le distraerfan de la coji tempi aci on 
de las cosas divinas y le impedirian trabajar en 
su salvacion. Hasta cierto punto habian conse- 
guide ©u objeto: Hixem hacia buenas obras, leia 
asiduamente el Coran, rezaba y ayunaba (1) ; sin 
embargo, su inteiigencia no estaba suncieaiteonenite 
refrenada para que Ben-abi-Amir estuviese com* 
pletamente tranquilo respeoto a ©1, temiendo sobre 
todo que mas pronto o mas tarde otra persona se 
apoderase del animo del joven monarca y le abrie- 
se los ojos sabre su verdadera situacion. Mientras 
ios negocios de Estado se tratasen en el palacio 
del calif a, seonejante peligro era de temer; en las 
idas y venidas de tantos generates y empleados, 
un simple azar podfa poner al monarca en rela- 
cion con uno de ellos, y, por poco diestro y am- 
bicioso que fuera, podia hacer caer al ministro en 
un abnr y cerrar de ojos. Era preeiso atoyentar 

este peligro. Ben-abi-Amir resolvio, pues, que los 
asuntos de Estado se trataran en otra (parte, y aJ 

efecto hizo edificar al este de Cordoba (2), y a 
orillas dd Guadalquivir, una nueva ciudad con 
un gran pailacio para el y otros para los altos, 
dignatarios. Esta ciudad, que recibitf el nombre 



(1) Ben-Adarl, t. II, p. 270. 

(2) Ben-Hazm, Tratado del amor, fol. 101 r. 



163 

de Zahira, fue termimada en dos afios, y entonces 
el ministro traslado alii .las oficin&s del Gobiemo. 
Zahira alborgo bien pronto uaia numerosa potxla 
don. Las clases elevadas de la sociedad abandotna- 
ron Cordoba y Zahra para aproximarse ad manan- 
tial de donde manaban todos los favores; los co- 
merciantes afluyeron tarnbien, y al poco tiempo 
la extension de Zahira fue taO que sus arrabales 
lindiaban can los de Cordoba. 

Be alii en adeJante fue facil vigilar al califa y 
excknrle de toda participacion en lets negoeios; 
sin embargo, el ministro no descuido nada para 
hacer su aislamiento lo mas completo posible. No 
contento con rodearle de guardian y de espfas, 
mando circundar el palacio real por una muralla 
y un foso, castigando con la mayor severidad a 
cualquiera que se atrevfa a aproximarse. Hixem 
estaba realmente prisionero; no se le permitia 
salir de palacio, no podia pronunciar una palabra 
ni hacer un movimienjto sin que el ministro lo 
supiera en 'seguida, no conociendo de los negoeios 
de Estado mas que lo que el queria decirle. Mien- 
tras tuvo aun algunos miramientos que guardar, 
Ben-abi-Amir pretexto que el joven monarca le 
habia abandonado la direccion de los negoeios a 
fra de poder en/tregarse por ccirmpleto a sus ejer- 
cicios espirituales ; pero despu^s, cuando y& ise 
crey6 seguro, no volvio a ctudarse mas de 61 y 
prohibio hasta pronunciar su nombre (1). 



<1) Ben-Adari, t. II, pp. 296-298. 



164 

A todas estas medidas Ben-abi-Amir quiso 
agregar otra no menos importante: decidio reor- 
ganizar el ejercito. 

■i 

Dos motivos le impulsaron a hacerlo: uno, pa- 

r 

triatico; otro, com.pl etamente personal; queria 
convertir a Espafia en una de las principalis po- 
tencias de Europa y librarse de su coJega Galib. 
El •ejercito, tal como estaba, es decir, ccoistituido 
en su mayoria de arabes espafioles, no parecia 
apropiado para ninguno de estos das proyectos. 
La organizacion militar (1) era, sin duda, d>e- 
fectuosa. Dejaba demasiado poder a los jefes de 
los ckond y ponia pocos soldados a la disrposiclon 
del soberano. Cierto que este podfa disposer no 
solo de las tropas sacadas de los ehond, sino taim- 
bien de las de las fronteras, que pare^ habfan 
sido las mejores; sin embargo, la costanbre ha- 

cia que eafcas no fuesen llaanadas a las aranas sino 
en caso de neoesidad, y no formaban parfte del 

ejercito permanente (2). Este ultimo sra poco rra- 
meroso. No se componJa m&s que de cinco mill ji- 

rcetes, aunque la caballerla fuese entonces el arma 
maa important© y de la cual dependia la sfuextte 
de las baballas. Por otra parte, estas tropas deja- 
ban rmicho qu« desear. El viajero Ben-Haueail 
atestigua, ail nienas, que los jinetes andaluoes te- 
nfan muy poca gracia, pues no atrevi&ndose o ao 
pudiendo servirse de los estribos, dejaban caer y 



(1) Comp&rese con mis Investigaciones, t. I, pp. 87-89. 

(2) Ben-Haucal, p. 40. 



:- - 



165 

flotaa: las piernas; y anade que, en general, el 
ejercito espanol debia la mayoria de sus victo- 
rias no al valor, sino a la astucia. Verdad es que 
el testhnonio de este viajero resullta algo sospe- 
choso. Como deseaba que su soberano, el califa 
Fatimita, emprendiese la conquista de la Penin- 
sula, tal vez denigro demasiado a las tropas del 
pais; sin embargo, hay sin duda algio de cierto en 
sus aserciones, y es indiscutible que los arabes, 
afeminados par el lujo y la suavidad del clinaa, 
habian perdido poco a pcco su espfritu guerrero. 
Por lo tanto, Ben-abi-Amir no podia esperar hacer 
con semejantie ejercito brillantes conquistas. Por 
otra parte, no tenia confianza en el para el caso 
en que necesitase luchar contra GaJib, y, sin em- 
bargo, preveia que la lucha entre su colega y 61 
era inevitable. Cierto que este le habia valido de 
mucho para hacer caer a Mosafi; pero entonoes ya 
no podia servirle de nada, y, lo que es peor, le 
estorbaba. Galib no anrobaba siempre sus medidas 
y le contrariaba sobre todo en lo referente a la 
reclusi6n del califa. Cliente de Abderrahman III 
y ardiente realista, se afligia y se indignaba vien- 
do al nieto de su patrono guardado y encerrado 
como un cautivo o como un criminal. Ben-abi- 
Amir, que no gustaba de contradicciones, estaba 

muy decidido a deshacerse de su suegro; pero 
£como lograrlo? Galib no era un hombre como 
Mosafi, un hombre que pudiera derribarse por una 
intriga de corte; era un general ilustre, y si de- 

■i ■ , 

claraba que querfa sustraer al soberano de la ti- 



166 

rania de su ministro,' tendrla de su parte a casi 
todo ©1 ejercito, del cual era el idolo. Beavabi- 
Amir no se forjaba ilusiones en este punto; com- 
prendia que para lograr su objeto necesitaba otrat- 
tropas que solo a el le fue&en adictas. En otro 
teccminos: necesitaba soldados extranjeros; Mau- 
ritania y la Espafia cristiana se los proporcin- 
naron. 

Hasta entcnces se habia ocupado poco de Mau- 
ritania. Durante su permanencia aJli en calidad ae 
cadi supremo se habia convencido de que la pen- 
sion de aquellas regiones lejanas y pobres 
para Esjpana mas onerosa que utiH, y conforman- 
dose en esto can la politica seguida pov Mosaft, 
se habia limitado a mantener completa la guar- 
nicion de Ceuta. En cuanto al resto del pais, lo 
habfa confiado a la admin istracion de los prmcz- 
pes indigenas, cuidando, no obstante, de atraer- 
selos con liberalidades de todo genero (1)- Desde 
el punto de vista espafiol, esta r*cl£tica era, sin 

r 

duda, bueaia y sensata; mas para Mauritania tuvo 
funestas oonsecuencias. 

Viendo este pais abandonado a sus propias 
fuerzas, Bologuin, el virrey de Ifrikia, lo invadio 
el ano 979 (2). Alcanzo victoria tras victoria, y 
arrojando a los principes que reconocian como so- 
berano al califa Ommiada, los oMigo a ir a refu- 



(1) Aben-Jaldun, Historia de los bereberes, t. II, p. 556; 
tomo III, p. 237. 

(2) V6ase la feoha exacta en Ben-Adari, t. I, p. 240. 

libros III y IV. 



t 



f 



167 

giarse tras las murallas de Ceuta. Pero los triun- 
fos de Bologuin, lejos de &er un obstaculo a los 

■ 

designios de Ben-abi-Amir, los fav.orecian. Los be- 
reberes, aglomerados en Ceuta, se encontraban en 
gran estrechez, y como el vencedor les habia qui- 
tado casi todo lo cme poseian, no sabian de que 
vivir. Era, pues, para el ministro espanol una 
ccasion excelente para procurarse de una sola vez 
gran nurnero de avezados jinetes; asf que no se 
la dejo escapar. Escribio a los berberiscos para 
decirles que si querian servir en Espana podian 

e?tar seguros de no carecer de nada y de xecibir 
un sueldo elevado. Respondiecron en masa a su 
lfamamiento. Ghafar (1), principe del Zab, cuyas 
aventuras hacia tiernpo que le habian hechio ra- 

moso, dejos-e ganar tambien por Las brillantes pro- 
mesas del ministro, y vino a Esipana con un cuer- 
po de seiscientos jinetes. Los berberiscos no tu- 

m 

'vieron por que arrepentirse de su resolution. Nada 
igualaba a la genercsidad de Ben-ahi-Amir res- 
pecto a ell os. "En el momento en que llegaron a 
Esipana estos af ricanos — dice un hisftoriador — , 

sus vestidos se caian a jirones, y ninguno poseia 
mas que un mal jamelgo; poco despues se los vio 
caracolear por las calles, vestidos con las mas 
ricas telas y montados en los mas hermosos eor- 
celes, habitando palacios que no habian imaginado 



(1) VSanse, acerca de 61 y de su familia, Aben-Jaldun, 
tomo I, pp. 553 y sigs. de la traducci6n, y Ben-Adarl, t. II, 
paginal 258 y sigs. 



168 

nunca ni aun en suefios (1). Eran muy codicio- 
sos; pero si ellos no dejaban de pedir, Ben-abi- 
Amir tampoco se cansaba de dar, y era muy os- 
tensible el reconocimiento que le demostraban. 
Los protegfa con todo y contra todos, y no per- 
niitla que se los ofendiese ni aun que &e burlasen 
de la jerga que hablaban algunas veces cuando 

intentaban expresarse en arabe, porque de ordi- 
nario empleaban su lengua materna, de la cual 
no entendian una palabra las arabes (2). Un dia 
en que pasaba revista a sus soldados se le apro- 
ximo un oncial benberisco Uainado Uanzemar, y 
estropeando el arabe d.e un modo horrible, le dijo: 
"\Ah, senor! Dame un aibergue, porque tengo que 
acostarme al raso." "jComo, Uanzemar! — le res- 
pondio el ministro — , i ya no tienes la cajsa gran- 

F 

de que te di?" "Me has echado de ella, senor; me 
has echade de ella por las bondades de que me 
has colmado. Me has regalado tantas tierras, que 
todas mis habitaciones estan colmadas de grano 
y no queda sitio para mi. Tal vez me dir&s que 
si me estorba el trigo, puedo arrojarlo por la ven- 

tana; pero dignate reoordar, senor, que soy un 
berberisco, es decar, un hombre que aiutes se ha 
visto obligado a sufrir la miseria y que a veces 
ha estado a punto de morir de hamibre. Ya com- 
preoideras que tal hombre lo pensara das veces an- 
tes de tirar el trigo por la ventana." "No dire que 



% 



CD Ben-Adari, t. II, pp. 293, 299 y 316. 
(2) Macari, t. I, p. 273, I. I. 









169 

seas un brillante orador— le replico el ministro 
sonrlendo-— , pero tu Ienguaje me parece mas con- 
vancen-te y conmovedor que los discursos mas elo- 
cuentes de mis sabios academioos." Despues di- 
rigiendose a los andaluces que le rodeaban y que 
se ahoga^ an de risa mientras hablaba el berbe- 
risoo: "He aqui — exclamo-— el verdadero modo de 
mostrar reconocimiento y de obtener nuevos fa- 
votes. Este hombre de quien os reis vale mas que 
vosotros, mis hueros panlanchines; no olvida los 
benencios que ha recibido y no pretende que se 

^ 

le ha dado poco, como haceis vosotros todos los 
dias." Y mando inmediatamente dar a Uanzemar 
un soberbio palacio (1). 

La Espana cristiana tambien le suministro exce- 
lentes sotodos. Pobres, avidos y malos patriotas, 
los ileoneses, los castelLanos y lo>s navarros, se d«e- 
jaban facilmente sedudr por la etev&da paga que el 
anabe les ofrecia, y una vez alistajdos bajo sus ban- 
deras, su bdndad, su g<enerosidad y eQ. espiratu de 
justicia que pxesidia sus dedsiones se lo hacian 

tanto mas querido ouanito que en su patria no es- 
ftaban habituaidos a tanta equidad. Ben-abi-Atnir 
tenia con ello& innnitas consideracioaies. En su 

ejercdto, el donaintgo era dia de descanso pana to- 
dos sus £o£dadas, cuaJlquiena qae fuese su religion, 
y si surgia alguma disputa entre un musuiknan 
y un cristiano, siempre favorecia a este ulti- 



(1) Macart, t. I, p. 272. 



170 

mo (1). No tes, pues, de extnaflar que los cris- 
tianos le fueran tan adictos como las bereberes. 

Unos y* otrds eran, por decirlo asi, propd-sdiaid 
Miya. Habian olvidado y renegado de su patria, 
y Andalucia no habia Uegado a ser para ellos una 
patria nueva; apenias comprendiian su idioma. Su 
patria era el campamento y, aunque pagados por 
el erario publico, no estaban al servkric* del Es- 
tado, sino al de Ben-abi-Amir. A el era a qui-en 
debian su fortuna, de el dependian y por el se 
dejaban manejar contra cualquiera. 

Al mismo tiempo que conoedia, de este mofdo, 
preponderancia en el ejercito a los extranjerc's, el 
habil ministro cambiaba la organizacion de las 
tropas espaiiolas, que en otro tdempo habian 
eonstituido su fuerza contra el Gobiemo. Desde 
tiempo inmemo'rial, las tribus, con sus divisiones 

y subdivisiones, formaban otros tantos regimien- 
t os, companiias y escuad ras . B en-abi- Ami r abo- 

lio este uso, incorporando los arabes a los dife- 
rcntes regimientos, sin tener en cu-enta la tribu 

a que perteneciian (2). Un siglo* antes, cuando 

los arabes estaban animados aun de espiritu cor- 
porativo, sermejante medida — que implicaba un 

cambdo radical en la ley de reclutamiento y que 
quitaiba a la nobleza los ultimos restos de su po- 
der — acaso habria provocado violentas murmu- 
racioness y producido una suMevacion general; en- 



(1) Mon, SU.. c. tXX; Macarl, t. I, p. 272, I. XVII. 

(2) Macari, t. I, p. 186 



N" 



171 

tonces se ejecuto sin obstaculo: tanto habian cam- 
biado los tiempos. La antigua division en tribus 
no existia mas que como am recuierdo. Multitud 
de arabes igTio'raban a que tribu pertenecian , rei- 
nando en este punto una confusion que /desespe- 
iaba & los genealogistas. ALhaqu-eai II, admirador 
y amante del pasado, que conocia tan Men, habia 
intentado reaviviar esta reminisceneda de otra 
edad; habia hecho que los sabios examinasen las 
genealogias, deseando que oada anabe recupenaae 
el puesto* en su tribu (1); pero sus esfuerzos, 
contrarios a la sana politica, se habian estrelLado 
contra et espiritu dell sig-lo, que tendia en todas 
peutes, saflvo raras excepckxnes, a la unidiad y a la 
fusion de raaass. Asestando el ulttao golpe a la 
antigua division en tribus, Ben-iabi-Amiir no hizo 
mas que ultinuar el trabajo de asimiilacioin que 
Abderrahman III habia emprendido* y que ©1 sen- 
timiento nacdonal aprobaba. 

Mientras se prepaiiaba asi para la guerre, Ben- 
abi-Amir parecia vivir aun en bueaie. inteMg^ncia 
con su suegro; pero este tenia sobnada pexue&ra- 
cion para equivoearse sobre el objeto de los nadi- 
cales canibios que su yerno introducia en el ejer- 
cito, y estaba decadidG , a romper con el. Uin daa 

que ee encontraban juntos on Io aJto de la torre 
de ur castillo fnonterizo, empezo a abrumanle a 
recriininiacioiies. Ben-abi-Amir le respondio con. 
igual vivacidad, y su altercado tomo tal caracter 



(1) Ben-aJ-Abar, p. 103. 



172 

de vMencia, que Galib, furiosG*, le grito: "iPerro! 
Arrogandote ia autoriidad suprema, preparas la 
caida de la dinastia." Y desenvainando 3a espada, 
se precipito &obre el, echando espumarajos de co- 
lera. AlguBos oficiales intentaron detenerle, pero 
no lo conslguiercto mas que a medias; Galib frmo 
a Ben-abi-Amir, y este, aterrado, se arrojo desde 
lo a;lto de la torre. Afortunadamente para el, du- 
rante la caida se quedo enganchado eai algun sa- 
liente, y esto he salvo. 

Despues de semejante escena, la guerra era in- 
evitable; asi que no tardo en estallar. Galib se de- 
claro oampeon de los derechos del calif a; parte 
de las tropas se agrupo bajo sus banderas y lo- 
gro, ademas, el auxilio de los leoneses. Sostuvie- 

ronse muchos combates, en los cuales sucumbie- 
ron algunog de los personajes mas eminences de 
la corte. La. ultima vez que vinderon a las manos 
ya estaba a punto de ser derrortado el ejercito de 
Ben-abi-Amir, ouando Gailib, que daba una carga 
al frente de la caballeria, tuvo la desgracia de 
pegar con la cabeza contra el arzon de la silla, 
Gravemente herido, oayo intmediat anient e del ca- 
ballo, y, no viendole, sus soldados y sus aliados 
cristi&nos eonprendieron la fuga, de sueite que 
Ben-abi-Aimir ateanzo una ruidosa Victoria. En- 

tre los cadaveres se encontro el de Galib 
■981— (1) . 



(1) Macari, t. II, p. 64; Ben-Adari, t. II, p. 299; Ben- 
Hazm, Tratado del amor, fol. 59 r. Comp&rese con Ben-al- 
Abar, en mis Investigaciones, t. I, ap6ndlce, p. xxxrv\ Res- 
pecto a la fecha, vSase ibfdem, t. I, pp. 192 y 193. 



173 

Pero Ben-abi-Amir no se contento con este 
triunfo, por grande que fuera. Queria a la vez 
castigar a los leoneses por el apoyo que habian 
prestado a su rival y demostrar a sus compatrio- 
tas que, si habia creado un soberbio ejercito, no 
lo habfa hecho tan solo en su propio interes, sino 
tambien en el del pais. Invadio, pues, el reino de 
Leon y le infligio un castigo terrible. Su vanguar- 
dda, mandada por un principe de la sangre 11a- 
mado Abdala, pero mas conocido con el sobre- 
narribre de Piedra Seoa (1), tomo y saqueo a Za- 
mora — julio del 981 — . Cierto que los musulmanes 

no pudieron conseguir que se rindiese la ciuda- 
dela; pero se vengaron arrasando a sangre y fue- 

f 

go toda la region. Pasaron a cuchillo a cuatro naU 
cristianos, hicieron igua-l numero de prisioneros 
y en un solo distrato destnuyeron un miliar, de 
caserios o aldeas, casi todos bien poblados y lle- 
nos de iglesias y coniventos. Ramiro III, que are- 
nas contaba en esta epoca veinte afios, firmo una 
alianza con Garcia Fernandez, conde de Castilla, 
y con el rey de Navarra. Los tres principes mar- 

charon jumbos contra Ben-abi-Amir y le presen- 
taron batalla en Rueda, all suroeste de Simaneas; 
pero fueron derrotados, y la importante fortaleza 
de Simancas cayo en poder de los musuknanes. 

Hicieron pocos pri3ioneros; la mayor parte de los 
soldados y de los haibitantes fueron degollados (2) . 



(1) Parece Que debfa este apodo a la avaricia. 

(2) Vfianse mis Investigations, t. I, pp. 190 y sigs 



174 

Despues, aunque la esitacion estaba muy adelan- 
tada, Ben-abi-Aimir marcho contra la ciudad de 
Leon. Ramiro salio a su encuentro y trato de de- 
tenerle. La fortuna pared 6 favorecer su audacia; 
rechazo a los enemigos y los obligo a retirarse a 
su campamento; pero alii estaba Ben-abi-Amir, 
senfcado sabre una especie de trono bastarute ele- 
vado, observando la batalla y dando ordenes. La 

fuga de sus -soldados le hizo estremeeer de indig- 
nation y de ira, y, saitando de su asiento, se qudto 
su casco de oro y se sento en tierra. Sus soldados 
ya sabian lo que esto signdficaba. Su general solo 
procedia asi cuando queria demo&trarles su des- 
contento porque peleaban mal. Asi que la vista de 
su eabeza descubierta prcdujo en ellos un edtecto 

extra© rdinario. Avergonzados de su deseailabro, 
pensaron que era preciso repararle a toda costa, 

y, lanzando gritos salvages, -se arrojaron con tal 
impetu sobre el eneanigo que le hicieron volver la 
espalda, persiguiendole tan de cerca que entra- 
ron cox\ td por la s puertas de Leon, y se habriafl 
apod-erado de la ciudad si una borrasca de nieve 

y granizo, que descargo de repente, no les hubie- 
ra obligado a suspender el combate (1). 

Cuando B en-aba -Aniir volvio a Cordoba — por- 
que la entrada del invierno le obligo a retirarse—, 

adopto uno de esos sobrenoonbres que hasta en- 
tonces no habfan llevado mas que los califas: el 






(1) Mon. Sil., c. L.XXI; compfirese con mis Investigacio 
ncs, t. I, p. 198. 



175 

do Ahnwnzor (\), por el cual debemos designarle 

en adela-nte. Quiso tambien que se le tributaran 

honores inherences a la realeza. Exigio, por ejem- 
plo, que todo el que llegara a su presencia, ex- 
cfipko los vi'Sires y I03 principes de la sangre, le 
besasen la mano, coino hacian con el monarca; 
se le obedecio, y el deseo de compilacerle era tan 
grande que besaron tambien la mano a sus hijos, 
aun a los que apenas habian salido de la cuna (2). 

Parecia omaiipotente, y nadie hubiera dicho que 
tenia rival. Sin embargo, el no pensaba asl. A su 
paxecer, aun habia un hombre que, si no era en- 
tonces peligro&o, podia llegar a serlo; este era el 
general Chafar, prlncipe de Zab. Chafar le habfa 
prestado grandes servicios en la guerra contra Ga- 
lib; pero el doble brillo de su nacimiento y de su 
fama toabia excitado los celos del ministro y de 
la nobleza de la corte (3). Almanzor tomo, respec- 
to de el, una resclucion que arroja sobre su gloria 
una mancha indeleble. Dio ordenes secretas a los 
dos tochibitas, Atou-'l-Abuaz Man y Abden-ahman 
aben-Motarrif, e invito a un convite a Chafar, el 
cual acepto. La fiesta fue magnifica, y, gracias a 
las vinos generosos, estaban ya todos aHegres, cuan- 
do el escanciador presento una copa al ministro. 
"Llevasela — dijo este — al que mas estimo." El co- 
peiro permanecio indeciso, no sabiendo a cual de 



(1) Almanzor bild, es declr, ayudado por Dios, victorioso 
co& la ayuda de Dios. 

(2) Ben-Adarl, t. II, pp. 299-300. 

(3) Maeari, t. I, p. 258. 



176 

aqueilos nobles invitados queria su senor designar. 
"iMaldito copero — exclamo Almanzar — ; Uevasela 
al visir Chafar!" H-a&agado por semejan'te fces-tr- 
imotnio de estimacion, Chafar se levanto en segui- 
da, cagio la copa, la apuro de un sorbo y, alvid-an- 
do toda etiqueta, se puso a bailar. Los demas in- 
vitados, contagiados de su loca alegria, siguieron 
su ejemplo. La fiesta se prolongo hasta bien en- 
trada la noche, y cuando se separaroai, Chafar es- 
taba completamente ebrio. Voflvfa a su morada 
acompafiado tan solo de algunos pajes, cuando de 
pronto se vio asaltado por >los soldados de los dos 
tocftibitas, y, antes de que tuviera tiempo de de- 
fenderse, habia dejado de existir — 22 de enero 
del 983—. 

Su cabeza y su mano derecha fueron enviadas 
secretamente a Almanzor, que iingio no conocer a 
los autores de este asesinato y demostro una pro- 
funda tristeza (1). 



X 



Si el pueblo cono'cia o sospechaba el asesinato 

: Chafar, lo olvido bien pronto, para no ocuparse 

as que en las nuevas victorias del ministro, para 

cuajl habian tornado los asuntos del reino de 

son un giro sumamente favorable. Los desastres 
fridos por Ramiro III en la cani{pana deS 981 



I 



(1) Ben-Adari, t. II, pp. 300 y 301; cf. Macari, t. I, p£- 
#ina 260. 



177 

le fueron f atales. Los grandes del reino no qu-erian 
un principe a quien la desgracia parecia perse- 
guir (1) y <5 ue edemas los habia herido en su or- 
gnllo con sus pretansiones a la monarquia aoso- 
luta- E stall 6 una rebelion en Galicia. Los nobtes 
de esta comarca resolvieron elevar al trono a Ber- 
mudo, pximo hermano de Raniiro, y el 15 de oc- 
tubre del 982 le consagraron en la iglesia de San- 
tiago de Compostela. Ramiro mareho al punto con- 
tra el, y se dio la batalla de Portilla de Armas, en 
la fTontera de Galicia y Leon; pero, aunque en- 
carnizada, la sufcrte quedo indecisa (2). En adeten- 
te la fortuna favorecio cada vez mas las armas 
de Bermiudo II, y hacia el mes de marzo del 984 
arrebato la ciudad de Le6n a su competidor (3). 
Para no sucumbix ( por completo, este ultimo, que 
se habia refugiado en las inmediacianes de As- 
torga, viose oMigado a implorar la ayoida de Al- 
manzor, reconociendole como soberano (4). Murio 
pooo despues — 26 de junio del 984 — (5). Su madre 
prefcendio reinar eoi su lugar, apoyandose en los 

musul/manGs (6) ; pero bien pronto se vio privada 
de sus auxilios. Berroudo habia comprendido que 
si no se humillaba a dar el mismo paso que Ra- 
miro, no conseguirfa dominar a los grandes, que 
se negaban a reconocerle. Dirigiose, por lo tanto. 



(1) Aben-Jaldun, en mis Investigaciones, t. I, p. 106. 

(2) Sampiro, c. 29; Chron. Iriense, c. 12. 

(3) V£ase mis Investigaciones, t. I, p. 196. 

(4) Aben-Jaldun, en mis Investigaciones, t. I, p. 107. 

(5) V6ase mis Investigaciones, t. I. pp. 195-197. 

(6) Aben-Jaldun, en mis Investigaciones, t. I, p. 107. 

Hist, musul-manes. — T. Ill 12 



178 

a Almanzor, y las promesas que le hizo debierou 
ser mas brillantes que las de su adversario, cuan- 
do Almanzor se decidio por el y puso a su dispo- 
sicion un gran ejercito musuknan. Gracias a este 
socorro, Bermudo con-siguio someter a su autori- 
dad todo el reino; pero tambien desde entonces 
un lugarfceniente de Almanzor y gran parte de 
las tropas musulmanas permanecieron en el pai,^, 
tanto para vigil ar como para ayudarle (1). 

Habiendo convertido asi al reino de Leon en 
una provincia tributaria, resolvio Almanzor voi- 
der sus armas contra Cataluna. Como este pais 
era urn feudo del rey de Francia, los califas 3e 
habian respetado hasta estonces por temor de 
que si le atacaban tendrian que combatir tarn- 
bien con los franceses, Fero Almanzor no par- 
ticipaba de estos temores; sabia que Francia era 
presa de la anarquia feudal y que los condes ca- 
talanes no tenfan que espexar ningun socorro 
por esta parte (2). Por lo tanto, reuniendo gran 
-numero de tropas, partio de Cordoba el 5 de mayo 
del 985 (3), llevando consigo unos cuarenta poe- 
tas asalariados, que debfom cantar sus victo- 
rias (4). Pasando por Elvira, Baza y Lorca, llego 

(1> Chron. Iriense, c. 12; Aben-Jaldun, en mis Invcstiga- 
ciones, t. I, p. 107. 

(2) Veaeo Aben-Jaldun, en mis Investigac iones, t. I, pa- 
gina 124. 

(3) "El martes, doce dlas pasados de Du-'l-hlcha, en el 
afio 374, que correspond^ al 5 de mayo." Ben-abi-'l-Fayad, 
apud Ben-al-Abar, p. 252. En el afio 985, el 5 de mayo cafa, 
efectivamente, en martea. 

(4) Ben-al-Jatib, en su artlculo sobre Almanzor — man. G„ 
folio 181 r. — , conslgna la lista de estos poetas. 






179 



a Murcia, donde se alojo on casa de Aben-Jatab. 
Era este un simple particular, que no desempe- 

fiaba ningun cargo publico; pero sus DroDieda- 



inrriensas 



te de las ommiadas, era, probablemente, de ori- 
gin visigodo, y quiza descendia de Teodomiro, 
que en tiempo de la conquista habia concertado 
con los musulmanes una capitulacion tan venta- 
josa que e>l y su hijo Atanagildo reinaron como 
principes casi independientes en la provincia de 
Murcia (1). Sea lo que fuere, Aben-Jatab era tan 
generoso como rico. Durante trece dias consecu- 
tivos (2), sufrag6 los gastos no solo de Aiman- 
2or y de su comitiva, sino de ■ todo el ejercito, 
desde los vi sires hasta el ultimo soldado. Cuido 
de que la mesa defl miaiistro estuviera siempre 
sunituosamente gervida; jamas le presento por se- 

gunda vez manjares que ya hubiese comido ni 
vajilla que ya hubiera usado, llevando su prodi- 
galidad hasta ofrecerle un bano preparado con 
agua de rosas. Por acostumbrado que estuviese 
al lujo, Almanzor quedo estupefacto del que des- 
plegaba su hu&aped. Asi que no escatimaba los 
elogios, y querieiido daiie una prueba de su re- 
conocimiembo, le eximio de una parte de la con- 
tribution territorial, ordenando, ademas, a los 



(1) En tiempo de Ben-al-Abar, o sea en el siglo XIII, los 
Beni-Jatab se suponlan arabes; pero sus antepasados del sl- 
glo X no pensaban siauiera en atrlbuirse semejante origen. 

(2) Ben-abi-'l-Fayad dice: "Durante veintttrSs dias." Yo 
me he atenido a la opini6n de Ben-Hayan. 



180 

magistrados enearg-ados de la administration de 
la provincia que le guardaran las mayoxes con- 
sideraci ones y se conformasen en todo lo posible 
con sus des*eos (1). 

Despues de abandonar Murcia, Almanzor con- 
-tinuo su marcha hacia Cataluria, y, habi^ndo 
vencido al conde Borrell (2), llego el miercoles 
1 de julio ante la ciudad de Barcelona, y al Junes 

siguiente la tamo per asalto (3). La mayoria da 
Iob soldados y de los habitantes fueron pasados 
a cuchillo; los demas, reducidos a la esolavitud, 

y la ciudad, kicendiada y saqueada (4). 

Apenas volvio de esta campana, la vigesima- 

tercia que habla emprendido (5) , (Ahnanzor, siem- 

f 

pre infatigable, siempre avido de nuevas conquis- 
tas, fijo su atencion en Mauritania. 

Durante muchos anos este pais habia esttado en 
poder de Bologuin, virrey de Ifrikia; pero e-n los 



(1) Ben-al-Abar, pp. 25]-2r>3. 

(2) Ben-al-Jatib, man. G., fol. 180 v. 

(3> Segiin Ben-al-Jatib, Barcelona fuS tomada "el lunes, 
en mitad de Safar del afio 375". Este dta corresponde al 6 de 
julio del 985. Los documentos arabes no dejan duda alguna 
respecto al afio de la toma de Barcelona, y est4n completa- 
mente de acuerdo con los documentos latinos citados por 
M. Bofarull. Este sabio, que pretende que la toma de Bar* 
ceJona se verified un afio despues, no se ha dado cuenta de 
que su opinion est& rebalida por los mismoa documentos en 
que trata de apoyarla. La fecha Kalendarum Julii feria qua.r~ 
ta, en que dos documentos fijan el comienzo del sitio, es en- 
teramente exacta en el afio 985, pero no lo es en el afio si- 
gulente. 

(4) Bofarull. Condes de Barcelona, t. I, pp. 163 y 164. 

(B) Ben-al-Abar, p. 251. Almanzor habla emprendido mu- 
chas campaflas contra el cond© de Costilla y el rey de Nava- 
rra, de las cuales no poseemos detalles. 



i 



181 

Mtimos tiempos del reinado de este prineipe, y 
sobre todo de&pues de su rnuerte, ocurrida en 
mayo del 984 (1), el partido ommiada habia co- 
arienzado a levantar la cabeza. Asi, muchas ciu- 
dades, como Fez y Sichiknesa, habian ya sacudido 
el yugo fatimita cuando reaparecio en escena un 
principe africano, ya casi olvidado. Era el edri- 
sita Aben-Kenun. En tiempo de Alhaquen II, este 
prindps, como ya henios referido, tuvo que ren- 
dirse a Galib, y, Uevado a Cordoba, pernranecio 
en esta ciudad hasta que Mosafi le envio a Tunez, 
despues de habenle hecho conrprometerse a no 
volver a Mauritania. Pero Aben-Kenun no tenia 
intencion de cunuplir su promesa. Habiendose pre- 
sentado en la corte del califa fatimita, asedio a 
este principe durante diez aiios, suplicandole que 
le restableciena. Habiendo obtenido al fin tropa y 
dinero, habia vuelto a su pais natal, y coano ha- 
bia camprado el apoyo de muchos jefes berberis- 
cos, estaba ahora en camino de ensenorearse de 
el. Esto es lo que Almanzor queria impedir, para 
lo cual tomo la;s medidas necesarias. Envio a Mau- 
ritania numierosas tropas, al mando de su primo 
hermano Askelecha (2) . La guerra no fue d-e lar- 
ga duration: demasiado debil para resistir a sus 
enemigos, rindi6se Aben-Kenun despues de haber 



(1) Ben-Adari, t. I, p. 248. 

(2) Los autores que afirman que Almanzor aun envi6 al 
Africa otro cuerpo de ejercito mandado por su hijo Abdalmo- 
lic — Modafar — , nan confundido esta expedicidn con otra — la 
dirlgida contra Zirl — , de que hablaremos mas adelante. En 
la 6poca de que se trata, Abdalmelic no contaba aun m&s qua 
doce afios — cf. Nouairi, p. 473 — . 






182 

obtenido de Askelecha la promesa de que seria 

reapetada su vida y de que podria habit ai- en 

Cordoba, como antes. 

Tal promesa, hecha a un hombre tan ambicioso 

y tan perfido, era seguramente una imprudencia, 

y cabe preguntar si Askelecha estaba autorizado 

para hacerla. Los cronistas arabes nos dejan en 

dudas sobre este particular; pero la conducta de 

Almanzor nos induce a creer que Askelecha se 

habia extralimitado en sus poderes. El ministro 

declaro que era nulo el tratado, y haciendo traer 

a Aben-Kenun a Espana, le mando decapitar de 

noche, en el camino de Algeciras a Cordoba — sep- 
tiembre u octubre del 985 — . 

Aunque Aben-Kenun habia sido un cruel tira- 
no, que sentia tferoz placer al precipitar a sus pri- 
sioneros desde lo alto de la Roca de las Aguilas, 
sin embargo, el modo de darle muerte excito en 
favor suyo una simpatia que parece haber sido 
'bastante general. Unase a esto que era un jerife, 
un descendiente del yerno dol profeta. Atentar 
contra la vida de tal hombre era un sacrilegio a 
los OJ03 de las masas ignorantes y supersticiosas. 
Aun los rudos soldados que, obedeciendo a las 6r- 
denes recibidas, le habian dado muerte, pensaban 
asf, y una tormenita que estallo de pronto, derri- 
bandolos en ti.erra, les parecio un milagro, un 
castigo del cielo. Unos decfan que Abnanzor habfa 
cometido una accion impfa; otros, una perfidTa, 
porque debfa haber respetado como suya 3a palia- 
bra dada por su lugartenaente. Esto se rrepetia 



183 

en voz alta, a pesar del temor que inspiraba el 
niinrstro, y el descontento se exteriorizo de una 
nianera tan evidente que Almanzor no podia en- 
panarse sobre la disposicion de los animos, y co- 
menzo a alamiarse seriamente. Juzguese cual se- 
ria su colera cuando supo que Askelecha era ed 
mas indignado, y que hasta delante de sus tropas 
se habia atrevido a llamar perfido a su primo. 
Semejante audacia exigia un castigo ejemplar. 
Asi que Alnianzor se apresuro a enviar a su pri- 
mo 1& orden de venir inmediatainente a Espana, le 
encauso y, habiendo hecho condenarle como reo 
de malversacion y de alta traicion, le mando ma- 
^ar— octubre o noviembre del 985 — (1). 

Entonces se redoblaron las c'amores, campade- 
ciendose no solo de la suerte del desdichado jeri- 
fe, sino de la de Askelecha, y se preguntaban si 
no habia dado nuevamente Almanzor una prueba 
de su atroz politica y de su menosprecio por to- 
dos los vinculos, incluso los de la sangre, hacien- 
do decapitar a su prinio. Los parientes de Aben- 
Kenun, def naudados en las esperanaas de que este 
pn'ncipe parecfa estar a punto de conquistar toda 
Mauritania, fomentaban el descontento cuanto po- 
dfan. Enterado de sus manejos, Almanzor los des- 
terr6 a todos. Entonces abandonaron Espana y 
Mauritania; pero, antes de partir, uno de ellos, 
Ibrahim-bem-Edris, lanzo todavla un dardo contra 



(1) Cart&s, pp. 58 y 59; Aben-Jaldun, Historia de los be- 
rebercs, t. Ill, pp. 219 y 237; Ben-Adart, t. II, p. 301; Bcn- 
H-Abar, p. 154. 



184 

el mmistro, componiendo un largo poema, que es- 
tuvo rmiy en boga, y en -el que iiguran estos 
versos : 

"iEl destierro, he aqui mi triste suerte! La 

desgracia me persigue sin cesar; es mi acreedor; 

el mismo dia que expire el plazo, se me presenta... 
"Lo que veo llegar me llena de estupor; nuestro 
inforttmio es inmenso y casi imposible de reme- 
diar. Apenas puedo dar credito a mis ojos, y cast 
estoy tentado a decir que me engano. jQue! Exis- 
te todavia la familia Omeya y, sin embargo, un 
jorobado (1) gobierna este vasto imperio. He ahi 
soldados que marchan en torno de un palanquin, 
donde va un mono rojo. iHijos de los omoniadas!, 
vosotros que brillabais antes cual estrellas en me- 
dio de la noche, ^corno es que ahora ya no se os ve? 
Antes erais leones; pero habeis dejado de serlo, 
y asi este zoro*o se ha hecho dueno del poder" (2). 

Zorro o no — como se ve — , el apodo que antes 
encontramos en una poesia de Mosafi se habia ge- 
neralizado. Alrnanzor estaba persuadido de la ne- 
cesidad de hacer algo que le rehabilitate ante la 
opinion. Resolvio, pox consiguiente, ampliar la 
mezquita, demasiado pequena para contener a los 
hiabitantes de la capital y a los innumerables sol- 
dados, venidos de Africa. Debia co-mjenzarse por 



(1) Eato era una calumnla, segrfln los testimonies mas 1m- 
parciales, pues Almanzor era un hombre muy hermoso. 

(2) Ben-Adari, t. II, pp. 301 y 302; Ben-al-Abar, p. 119; 
Macari, t. I, p. 389. 



185 

expropiar las casas que ocupaban el terreno so- 
jj re el cual se iba a construir, y era una medida 
q U e, para aue no resultase odiosa, requeria mucko 
tacto y delicadeza; pero Almanzor tenia para es- 
tas cosas una habilidad admirable. Mando llamar 
a su presejicia a cada propietario, lo que era un 
gran honor, y le dijo: "Amigo mio, ten-go el pro- 
positi de ensaoichar la mezquita, santo lugar en 
que dirigimos las oraciones al cielo, y quisiera com- 
prar tu casa en bien de la comunidad musulmana 
y a expensas del tesoro, que esta bien provisto 
gracias a las riquezas que be arrebatado a los in- 
fixes; dime lo que exiges por ella; no te qu^des 
corto; dime francamente lo que quieres." Y euan- 
do su interlocutor indicaba una sunia, que crefa 
exorbitante, exclamaba el ministro: "jEso es muy 
poco! Verdaderamente tienes una prudencia era- 
gerada. Toma, yo te doy ahora tan to." No soio le 
ponia el dinero en la mano, sino que mandaba que 
le comprasen otra morada. Tropezo, sin- embargo, 
con una senara que rehuso largo tiempo cederle 
la suya. Tenia en su jardin una hermosa palme- 
ra» con la cual estaba encaprich-ada, y ouando al 
fin consintio 'en deshacerse de su irammeble, iinpuso 
la condicion de que le compraran otra casa que 
tuviese tamibiem una palmera en el jardin. Esto era 

diflcil de encooutrar; pero cuando el ministro se 
informo de la peticion die la dama, exclaim: "Pues 
bien: compraremos lo que desea, aunque tuviese 
mos que vaciar para ello las areas del Estado/' 

L 

Bespues de iaiutiles pesquisas, encontrose al fin la 



186 

casa apetecida, y fue comprada en un precio ex- 
cesivo. 

Tanta generosidad produjo sus frutos. Pot que- 
jas que se tuvieran contra el ministro, no se po- 
dia negar que hacia las cosas grande y noble- 
mente, y, por otra parte, los devotos se vieron obli- 
gados a confesar que la ampliacion de la mezquita 
era una obra meritoria en alto grade. Y todavfa 
subio de punto cuando, al comenzar los trabajos, 
se vio sacar los escombros a una turba de cris- 
tianos prisioneros, con grilles en los pies. Dijose 
entonces que jamas habia brillado tanto el isla- 
mismo y que nunca los infleles se habian visto 
humillados hasta tal extreme Y luego se vio al 
propio Almanzor, al senor onmipotente, al primer 
general del siglo, mane-jar, en servicio de Dios, 
el azadon, la liana y la sierra, como si hubiera 
sido un simple obrero. Ante semejante espectacu- 
lo, enmudecieron todos los odios (1). Aun se tra- 
bajaba en la mezquita cuando se reanudo la gue- 
rra contra Leon. Las tropas musulmanas que ha- 
bian permanecido en este reino le trataban como 
pais conquistado, y cuando Bermudo II se queja- 
ba a Almanzor, solo recibia respuestas altane- 
ras y desdeiiosas. Perdio al fin la paciencia, y to- 
mando una resolution atrevida, echo a los musul- 
manes (2). Almanzor se vio, pues, obligado a de- 
mostrarle de nuevo la superioridad de sus ar- 



(1) Macarl. t. I, pp. 359 y 360. 1. Ill, XX y slga.; Ben- 
Adari, t. II, pp. 307 y slgs. 

(2) Aben-Jaldun, en mis Investigations, t. I. p. 107. 



187 

mas, y en el fondo no le disgusto esta nueva grue- 
rra, porque los habitantes de 3a capital, en vez 
de hablar de cosas que a su parecer no les cosn- 

cernfan, podrfan ocuparse de nuevo en sus bata- 
llas, sus victorias y sus conquistas. Y tuvo buen 
cuidado de proporcionarles materia para su con- 
vetrsacion. Apoderandose de Coimbra en junio del 
987, arraso la ciudad, hasta tal punto que, durante 
siete anos, pennanecio desierta (1). Al aiio si- 
guiente paso el Duero, y el ejercito musuinian 
irrumpio como un torrente en el reino de Leon, 
extemiinando y destruyendo cuanto encontraba 
al paso. Ciudades, castillos, conventos, ig-lesias, 
aldeas, oaserios, nada fue perdonado (2). Ber- 

mudo se encerro en Zamora (3), probabl eniente 
porque creia que esta ciudad s-eria atacada la pri- 
mera; pero Almanzor la dejo a un lado y marcho 
directamente contra Leon. Ya habfa estado una 

h- 

vez a punto de apoderarse de esta ciudad; pero, 
gracias a su ciudadela, a sus fuertes torres, a sus 
cuatro puertas de marmol y a sus murallas roma- 

nas, de mas de veinte pies de espesor, estaba muy 
bden fortificada y resistio durante largo tiempo 
los ataques de los enemigos. Estos lograron al 
fin abrir una brecha cerca de la puerta occiden- 
tal, cuando el gobernador de la plaza, e3 conde 



(1) Chron, ConimbHcense, I y IV. 

(2) V£ase la carta de la abadesa Flora, Esp. Sagr. t to- 
mo XXXVI, niim. 14, y la que cita Risco, Historia de Ledn, 
tomo I, p. 228. 

(3) Aben-Jaldun, en mis Investigaciones, t. I, p. 107. 



188 

gallego Gonzalvo Gonzalez, se hallaba postrado 
en el lecho a consecuencia de una grave enfenne* 
dad. El peligro era extreimo; asi que el conde, 
aun tan enfermo como est aba, s-e hizo cenir su 
armadura y transp-ortar en litera a la brecha. Co n 
su presencia y sus palabra-s reanimo el abatido 
valor de sus soldados, que durante tres dias con- 
siguieron rechazar aun al enemigo; pero al cuar- 
to, los musulmanes penetraron en la poMacion 
por la puerta meridional. Entonces comenzo una 
horrible camiceria. El mismo conde, cuyo herofs- 
mo debia inspirar res<pe>to, fue muerto en su litera. 
Despues de matar, destruyeron. No dejaron pie- 
dra sobre piedra; las puertas, las torres, las mu- 
rallas, la ciudadela, las casas, todo fue demolido 
hasta los cimientos. No quedo en pie mas que una 
sola torre, prdxima a la puerta septentrional y 
casi de la misma altura que las otras. Ailmanzor 
habia ordenado respetarla; queria mostrar a las 
futuras generaciones cuan fuerte habfa sido aque- 
11a ciudad que el habia hecho desaiparecer de la 
faz de la tierra (1). 

Los musulmanes retrocedieron en seguida hacia 
Zamora, y despues de incendiar los soberbios mo- 
inasterios de San Pedro de Eslonza y de Sahagun, 
que se hallaban en el .camino (2), fueron a poner 



(1) L«ucas de Tuy, p. $7. Comparese, en lo relative a )a 
fecha y al nombre del gobemador, con mis Investigaciones, 
tomo I, pp. 198-201. 

(2) Carta latina, citada por Riseo, Historia de Le6n, to- 
mo I, p. 228; Esp y Sagr., t. XXXIV, p. 308. 



V. 



189 

sitio a aquella ciudad. Berrnudo se mostro meuos 
animoso que su lugarteniente d-e Lean, Huyo fur- 
tivamente, y cuando hubo partido, los habitantes 
rindieron la plaza a Alrnanzor, que la entrego 
a l saqueo. Casi todos los condes le reconocieron 
entonces por soberano, y Berrnudo no conservo 
n ias que los distritos del litoral (1). 

De vu€lta a Zahira, despues de tan gloriosa 
campana, Almanzor tuvo que ocuparse em cosas 
muy desagradables : dascubrdo que los nobles cons- 
piraiban contra el, y qae su propio hijo Abdala, 
joven de veintidos anos, figuraba enitre los con- 
jurados. 

Valienrte y ddstinguido caballero, Abdata no era, 
sin embargo, amado de su padre. Este tenia ra- 
zones para suponer que no era hijo suyo; pero el 
joven lo ignoraba, y como veia siempre preferido 
su hermano Afodalimelic, que contaba seis anos 
menos que el, y al cual se creia muy superior en 
vailor y en talento, estaba ya profundamente dis- 
gustado con su padre, cuando llego a Zaragoza, 
residencia del varrey de ]a Frontera superior, Ab- 
derrahmian Aben-Motarrif el Tochibita. El am- 
biente de esta corte le fue fatal. Su huesped era 
el jefe de una ilustre famiMa, en la cual habia sido 
hereditario el virreinato durante un siglo, y como 
Almanzor habia derribado sucesivamente a los 
hombres m&3 poderosos del imperio, temia, con 



(1) Aben-Jaldun, en mis Iwvestigaciones t t. I, p. 108. 



190 

razon, que, siendo el ultimo da los nobles que que- 
daba en pie, caeria tambien, victima de la aon- 
bicion del ministro. Tenia, pues, intencion de ade- 
lanta-rse, y solo esperaba para subl&varse una 
ocasion propicia. Entonces creyo haberla hallado; 
el joven Abdala le parecio un instrument*) rmry a 
proposito para realiaar sus designios. Fomento su 
descontento y Le inspiro poco a poco la idea de 
rebeflar.se contra su padre. Kesolvieron, pues, al- 
zarse en armas en cuanto las circunstancias se lo 
permitieran, conviniendo <en que, si salian vence- 
dores en la lucha, se repartirian Espana, de suer- 
te que Abdala reimaria en el Sur y Abderrataian 
en el Norte. Muchos altos funcionarios, tanto ci- 
viles como militares, en/traron en la conjuracion, 
entre otros, el principe de la sangre Abdala, Pie- 
d/ra Seca } a la sazon gobernador de Toledo. Era 

un complot formidable, pero ouyas r&mificaciorres 
se e?ctendian demasiado para que pudiera perma- 
necer ooulto mucho tiempo a la vigilancia del pri- 
mesr ministro. Rumores, vagos al principio, pero 
qu«e tomaron consistencia poco a poco, llegaron a 
sus oidos, y en seguida tonio medidas eiicaces para 
desbaratar los proyectos de sus adversarios. Hizo 
venir a su hijo, le inspiro una fingida confLanza, 
colinandoie de consider aciones y de pruebas de 
afecto; llamo tambien a Abdala Piedra Seca y le 
quit6 el gobierno de Toledo; pero lo hizo con un 
pretexto muy plausible y de una mantra cortes, 
de modo que al principio el principe no sospeoho 
nada. Sin embargo, poco despues Almanzor le des- 



191 

pojo de su titulo de visir y le prohibio abandonar 
su palaeio. 

Habiendo reducido asi a la impotencia a dos de 
los principales conspiradores, el ministro sa.io a 
campana para combatir a los castellanos, envian- 
do a los generates de la Frontera la orden de re- 
unirse con el. Abdurrahman obedscio lo mismo 
que los demas. Entonces Almanzor excito bajo 
cuerda a los soldadas de Zaragoza para que for- 
mulasen quejas contra su general. Asi lo hicie- 
ron, y habiendole acusado de haber retenido sus 
soldadas, para apropiarselas, Almanzor le desti- 
tuyo— 8 de junio del 989—. Sin embargo, como 
no queria enemistarse con toda la familia de los 
Beni-Haxim, noonbro para el gobierno de la Fron- 
tera. superior a Yahya-Simecha, hijo de Abderrah- 
man. Pocos dias despues hizo detener a este ulti- 
mo, pero sin darle a entender que conocia el corn- 
pSot, pues mando solamente que se procediera a 
una informacion sobre e] uso que Abderrahman 
habia hecho de las sumas que se le habian entre- 
gado para pagar las tropas. 

Algtin tiempo despues, A.bdala »e reunio al ejer- 
cito, cumpliendo la orden que habia recibido. Al- 
manzor intento recuperar su oarino a fuerza de 
bondades; pero todos sus esfuerzos fracasaron. 
Abdala habia reswelto romper definitrvamente con 
su padre, y durante eft sitio de San Esteban de 
Gormaz abandono secretamente eJ campaniento , 
acompanado tan solo por seis de sus pajes, para 
buscar asi'lo oerca de Garci -Fernandez, conde de 



192 

Castilla, que le prometio su proteccion y, a pesar 
de Las amenazas de Almanzor, cumplio su pala- 
bra durante mas de un afio. Pero en este interva- 
lo sufrio derrota sobre derrota; fue batido a cam- 
po ra-so; en agosto del 989 perdio a Osma, donde 

Almanzor puso una goiarnicion musulmana; en 
oatabTe fue conquistada Alcoba (1), y al fin se vio 
obligado a imrplorar la paz y a entregar a Abdala. 

Una escolta castellana condujo el rebelde al 
campamento de su padre. Iba mon/tado en u&a 
mula magnincamente enjaezada, que le habia re- 
galado el conde, y convencido de que su padre le 

habia de perdonar, estaba tranquilo sabre su suer- 
te. En ed camino encontrd un destacamento ma- 
sulman mandado por Sad, quien, despues de be- 
sarle la mano, le dijo que no tenia nada que te- 

mer, pues su padre consideraba b que habia di- 
cho como una ligereza que habia que perdonar en 

un joven, Hablo asi mientras los castellanos es- 
tuvisron presentes; pero en cuanto se alejaron y j 

llego la ca-balgata .a orillas del Duero, Sad se 
quedo detras y los soldados dijeron a Abdala que 
echase pie a ti>erra y se dispusiera a morir. For 
inesperadas que fuesen estas palabras, no conmo- 
vaeron al valienrte Amirita. Salto prontamente de 
su mula, y con rostro sereno, sin pestafiear, pre- 

sento la cabeza al golpe mortal — 9 de septiembre 
del 990—. 



(1) Compares^ con los Anales com-plutenses , p. 311. En los 
Anales toledanos, p. 383, esta equivocada la fecha. 



! 






193 

Antes que el, habia dejado de existir.su com- 
plice Abderrahman, que, condenado por malversa*. 
cion, fue deca>pitado en Zahira. Abdala Piedra 
$eca consiguio evadirse y se puso bajo la protec- 
tion de Bermudo (1). 

Sin embargo, Almanzor no se contento con ha- 
ber deshecho esta trama. No habia pardonado al 
conde de Castilla el apoyo que habia prestado a 
Abdala y, en repr-esalias, indujo a Sancho, hijo 
del conde, a rebelarss a su vez contra su padre. 
Apoyado por la mayoria de los nobles, Sancho 
tamo las arm as "en el aiio 994 (2), y entonoes Al- 

manzor, que tambien se habia declarado por el, se 
apodero de las fontalszas de San Esteban y de 
Chmia, Pero le urgia acabar esta guerra. Su co- 
mitiva, acostanlbrada a pensar como el, o, all me- 
nos, a aparentarlo, participaba de su impacien- 
cia, y el mejor modo de agradarle era decinle que, 
segun todas las probabilidades, Garcia sucumbirla 
muy pronto. El poeta Said le presento un dfa un 
ciervo atado con unia cuerda, y le recito un po-e- 
ma, foaafcan-te (mediocre, en que figuran estos 
versos : 

f 

"M esclavo que has arrancado de la miseria y 
colmiado de benefkios, te trae este ciervo. Le he 
puesto el nombre de Garcia, y te le traigo con una 



(1) Ben-Adari, t. II, pp. 303-306; Ben-al-Abar, en mis 
Jnvestipaciones, t. I, p. 279, do la primera edici<5n; Aben- 
Jaldun, en la mlsrna obra, t. I, p. 108, de la segunda edici6n. 

(2) Y6anse mis Investigaciones , t. I, pp. 24-27, de la pri- 
mera edici6n. ' 

Htst. musulmanes, — T. Ill 13 



* *J 



194 

cuerda al cuello, esperando que mi pronostico re- 
sultara verdadero." 

Por una singular casualidad, asi fue: herido 
de un bote de lanaa, Garcia habia caido prisio* 
nero a orillas del Buero, entre Langa y Akocer, 
el nrismo dia en que el poeta habia pnesentado el 
ciervo a su senor — lunes 25 de mayo de 995—. 
Cinoo dias despues, expiraba el conde a conse- 
, cuencisa de la herida, y, desde entonces, la auto- 
rddad de Sancho no fue desacatada; pero se vio 
obligado a pagar a los musulmanes un tributo 

anuai (1). 

En el otono del mismo afio, Ailmanzor mareh6 
contra Bermudo para castigarle por haber dado 
asilo a otro conspirador. Este rey se hallaba en 
una situacion deplorable, pues habia perdido has- 
ta la sombra de autoridad. Los sefiores se apro- 
piaban bus tierras, sus siervos, sus ganados; los 
sorteaban, y cuando se los redamaba, se burlaban 
de el. Simples hidalgos a quienes habia comfiado 
3a defensa de un castillo, se rebelaban (2). A ve- 
ces, le hacian pasar por imuerto (3), y, en verdad, 
importaba poco que lo estuviese o no. Gran auda- 



(1) Abd-al-uahid, pp. 24 y 25; Abulfeda, t. II, p. 534: 
MacaH, t. II, p. 57 ; Aben-Jaldun, en mis Inv es Ugacionea, 
tomo I, p. 108; Chron. Burp., p. 309; Ann. Complitt., p. 318; 
Ann. Compost., p. 320; Ann. Toled., I, p. 384. En las crdnl- 
cas que dlcen: VIII Kal. lanuarU., hay que leer lunii en vez 
de lanuarii, 

(2) Carta del afio 993, Esp. Sagr., t. XIX, pp. 382 y bI- 
guientes, y del afio 1000, iT)id t t. XXXVI, ntim. IV. 

(3) Carta del afio 990, analizada en la Esp. Sagr., t. XIX, 
paglnas 382 y slgs. 



* 



195 

cia habfa sido la suya euando se atrevio a desafiar 
a Almanzor. i Que podia, contra tan formidable 
caudillo? Nada absolutamente; asi que se arre- 
pintio bien pronto de su imprudencia. Habiendo 
perdido a Astorga (1), donde habia ' establecido 
su capital despues de la destruction de Leon, aun- 
que la abandono prudenbemente al aproximarse 
el en-emigo, adopto el partido mas sensato: de- 
mando la paz, y la obtuvo, a condition de entre- 
gar a Abdala Piedra Seca y de pagar un tributo 
anual (2). 

Despues de haber arrebatado la capital de su 
.territorio a los Gomez, condes de Carrion (3), 
que, segun parece, habian desacatado su autori- 
dad, retirose A^manzoa*, llevaaido consigo al des- 
venturado Abdala, que >le habfa sido entregado 
en el mes de noviembre (4). Como era de espe- 
rar, castigo cruelmente a este prfncipe. Cargado 
de cadenas le hizo montar sobre un camello, y or- 
deno que le pasearan ignormniosamente por las 
calles de la capital, mientras un heraldo que mar- 
chaba delante gritaba: "iHe aqui a Abdala, hijo 
de Abdalaziz, que ha abandonado a los musulma- 
n&s para hacer causa comun con los enemigos de 
la religion!" Ouawdo escucho est as palabras por 
primera vez, el (principe se indigno tanto que ex- 
clamo: "jMientes! Di mas Men: He aqui un hom- 



(1) VSanse mis Investigaciones, t. I, pp. 108 y 109. 

(2) Aben-Jaldun, en mis Investigaciones, t. I, p. 108. 

(3) Aben-Jaldun, ibid, p. U0. 

(4) Ben-al-Abar, p. 113. 



196 

^ 

bre que ha huido impulsado por el temor; ha 
ambicionado el imperio, pero no es m un politeista 
ni un apostata" (1). Pero no tenia fuerza moral, 
ni habia comprendido que antes de conspirar es 
prr?ciso armarse de valor. Reducido a prision y 
temiendo ser conducido pronto al eadalso, mostrd 
una cobardia indigna de su alto nacimiento, y que 
contrastaba singularmente con la firmeza de que 

habia dado pruebas su complice, el hijo de Alman- 
zor. En los versos quo /enviaba de continue ail mi- 
ni stro, confesaba que habia hecho mal al h-uir 7 in- 
tentaba apaciguar su col era a fuerza de adula- 

ciones y le llamaba el mas generoso de los hom- 
bres. "Nunca — decia — un desgraciado imploro en 
vano tu piedad; tus.bondades y tus benencios son 

dnnumerables, como las gotas de lhivia." Esta ba- 
jeza no le sirvio de mada. Almanzor le perdono la 
vida porque le despneciaba demasiado para darle 

muerte; pero le dejo en la carcel, y Abdala no 

recobro su libertad sino despues de la muerte del 
ministro (2). 



XI 



Reinando de hecho hacia veinte aiios, Alman- 
zor queria tambien reinar de derecho. Preciso era 
estar ciego para no conocerlo, pues se le vela inar- 



(1) Ben-al-Abar, en mis Investigaciones, t. I, p. 280, de 
la primera cdiciGn. 

(2) Ben-al-Abar, pp. 113 y 114, y en mis Investigation**, 
tomo J, p, 279, de la primera edicl<5n. . 



\_ 



197 

char hacia su fin tenta, prudentemente, con paso 
mesurado, pero con una tenacidad que saltaba a 
la vista. En abril del 991 present 6 la dimision de 
su titulo de hachib, o primer ministro, a favor de 
su hijo Abdalmelic, que apenas contaba diez y 
ocho aiios, y se hizo llamar desde entonces Alman- 
zor a secas (1). Al ano siguiente ordeno que se 
pusiera en las documentos de la cancilierla su 

propio sello, en vez del de el calif a, y adopto el so- 
brenombre de Monayad, que llevaba tambien- el 
calif a (2). En el ano 996 declaro que el titulo de 
Seyid — serlor- — solo debia darsele a el, y tomo al 
jnismo tiempo el titulo de Melic carwi — noble 
rey— (3). 

Por lo tanto, ya era -rey, pero no era todavia 
calif a. iQue le rmpsdia serlo? No era, cierta- 

mente, Hixem II a quien ternia. Aunque este prin- 
cipe estaba entonces en la flor de la edad, no ha- 
bla mostrado nunca la mienor energla ni la me- 
nor intend on de substraerse al yugo que le ha- 
bian impuesto. Los principes de la sangre no eran 
mas de temer. Almanzor habia dado muerte a los 

mas peligrosos, habia desterrado a los que no lo 
eran tanto y reducido a los demas casi a la mi- 
seria (4). ^Creia que el ejercito se iba a oponer 
a sus designios? De ningun modo; campuesto en 
su mayorfa de beneberes, de cristianos del Norie, 



(1) Ben-Adarf, t. II, p. 315. 

(2) Cartds, p. 73. 

(3) Ben-Adarl, t. II, p. 316. 

(4) Macari, t. I, p. S89. 



198 

de eslavo-s y de soldados que habian sido prisio- 
neros en su infancisa (1), en una palabra, de 

aventureros de todas ceases, el ejercito era suyo; 
hiciera lo que hiciera, le obedeceria ciegamente. 

iQue tamia, pues? v 

T-emia a la nacion, que apenas conocia a Hi- 
xem II; en la misma capdtall, pocas personas ha- 
bfan llegado a verle, porque cuando salia cLe su 
dorada prision- para ir a alguna de sus casas de 
campo — lo que sucedia raras veces — , iba rodea- 
do de las mujeres de su haren y, como ellas, «n- 
teramente cuibierto con un gran albornoz, de modo 
que no podia di-stinguirsele de las damas; y las 
calles por donde debia pasar estaban guardadas 
por una hilera de soldados, segun orden exjpresa 
del minlstro (2). Y, sin embargo, le amaban. £No 
era hijo del bueno y virtuoso Alhaken II, nieto 
del glorioso Abderrahman III y, sobre todo, no 
era el monar-ca legitimo? La idea de la legi'bimi- 
dad habfa arraigado en todos los corazones, y era 
aun mas vivaz entre el pueblo que entre los mag- 
nates. Estos, en su mayor parte de origen arabe, 

tal vez se hafortm dejado ecnyien'cer de que era 
y necesario un caanbio de dinastia; pero el 
pueblo, que era de origen esparto!, pensaba de otro 

modo. Como el sentimtento religioso, el amor a la 
dinastia formaba parte de su ser. Aunque Ajlmian- 
zor hubiese proroorcionado al pais una erloria v 



r i » 



(1) Macarl, t. I, p. 393. 
<2) Nouairi, p. 471. 






199 

una prosperidad hasta entonces desconocidas, ed 
pueblo no le perdonaba haiber convertido al califa 
en una especie de prisionero de Estado; se halla- 
ba diopuesto a sublevarse en masa si el ministro 
intautaba sentarse en el trono. No lo ignoraba 
Almanzor; de aqui su vacilacion y su prudencia; 
pero creia que la opinion publica se iria modift- 
cando poco a poco; se lisonjeaba con la esperan- 
za de que acabaria par olvidarse complettamente 
al califa para no pensar mas que en el, y entonces 
el eambio de dinastia podia realiaarse sin sacudi- 
mienitos. 

Bien hizo en h&ber aplazado su gran proyeoto. 
Pronto pudo persuadirse de que su alta posicion 
no pendia mas que de un hiilo. A despecho de to- 
das sus conquistas y de toda su gloria, una mujer 
lagro* casi derribarle. 

Esta mujer era Aurora. Le habia amado; pero 
la edad de los tiernois sentimientos habia pasado 
para ambas; >se habian enemistado y, como a me- 
nudo sucede, ed aonor habia cedido el puesto en 

eus corazoines, no a la indi f erenci a, simo al odio.- 
Y Aurora no bada nada a medias: abnegada en 
su -aonor, era implacable «en suss resentimdentos. 
Decidio hacer caer a Aknanzor, y, para conse- 
'guirlo, puso en conanocion todo el har6n, hombres 
y mujeres. H-ablo al califa, le dijo que el honor 1* 
ordenaba mostrarse hombre y romper al fa el 
yugo que un ministro tiranico se toabfa atrevido a 
iranjponerle. Realiz6 un verdadero milagro: inspiro 
al anas debil de los hoanibres una apariencia d« vo- 



200 

luntad y energia. Almanzor lo experimento bien 
pronto. El calif a le trato primero con frialdad; 
despues se enardecio hasta el punto d-e dirigirle 
censuras. Queriendo conjurar la tempestad, el mi- 
nistro alejo del serrallo a muchas personas peli- 
grosas; pero como no podia hacer salir a la que 
era el alma del complot, esta medida no sirvio 
sino para irritar aim mas a su enemiga. Y la na- 
varra era infatigable; demos tr 6 que tenia, como 
su antiguo am ante, una voluntad de hierro. Sus 
emisarios propalaron por todas partes que el ca- 
lifa queria, por fin, ser libre reinando por si mis- 
fmo, y que, para librarse de su carcelero, contaba 
con la lealtad de sus fieles subditos. Los emisarios 
de la sultana hasta pasaron el Estrecho-, y en el 
amismo momento en que se formaban en Cordoba 
juntas sediciosas, el virrey de Mauritania, Ziri- 
ben-Atia, alzo estandarte de rebelion, deelarando 
que no se podia consentir por mas tiempo que el 
legitimo soberano estuviese cautivo de uji mini'S- 
tro omnipotente. 

Ziri era el unico hombre a quien temia Aknan- 
zor, o, mas blen, el uirico a quien temio en su vida: 
porque de ordinario despreciaba demasiado a sus 
enetmigos para temerlos. Este jefe -semibarbaro 
toabia conservado en los desiertos africanos el vi- 

gor, la espontaneidad y el orgullo de raza carac- 
teri'sticos de otra epoca, y Almanzor, a pesar 
stiyo, habia sufrido el ascendiente de aquel espi- 
ritu, a La vez impetuoso, penetrants y caustko. 
Algunos alios antes habia recibido una visita suya 



-I 



201 

y le habia prodigado pruebas de su estimacion: 
le habia conferido el titulo de visir con el sueldo 
mherente a esta digni&ad, habia hecho inscribir 
a todos las de su sequito en la noon in a de las oft 2 
cinas militares y, en fin, no Is dejo marchar smo 
de^pues de haberle indemnizado esplendidamente 
de sus regales y de los gastos de viaje. Pero nada 
de esto habia conmovido a Ziri. De regreso en la 
costa africana, se habia puesto la mano en la ca- 

beza, diciendo: "Solo ahora se que tu me perte- 
n-eces todavia." Y habiendole 11am ado uno de los 
suyos senor visir, excLaimo; "£ Senor visir? Vete 
al diablo eon tu senor visir. Emir, hi jo de emir, 
este es mi titulo. i Ah, bien avaro ha sido con- 
migo Ben-abi-Amir! En lugar de darme buenas 
manedas contantes y sortantes, me ha cargado 
con un titulo que me degrada. iVive Dio3, que no 
estetria ahora donde esta si en Espana hubiera 
algo mas que cobardes e imbeciles,' Gracias al cie- 
lo, ya estoy de vmelta, y el proverbio que dice; 

"Vale mas o-ir hablar del d.iablo, que verle", no 
miente (1)." Habiendo ltegado <estas palabras, que 

a otro le habriaji costado la cabeza, a oidos de 
Almanzor, este fingio no darfes ianpartaVicia, y, 
m&s adelante, hasta nombro a Ziri virrey de Mau- 
ritania. Le temfa, quiza le odiaba; pero le crefa 
sincero y leal. Los acontecimientos demostraron 
que se habia engianado. Biajo una franca y ruda 
eorteza, Ziri ocultaba mucha astucia y aimbici6n. 



(1) Aben-Jaldun, Eistoria de los bereberes, t. II, p. 41 del 
texto; CartdSj p. 65. 



. 



202 

Dejose tentar facilmente por el dinero que le pro- 

irtetia Aurora y por el papel caballere&eo que le 

asigriaba. Iba -a libertar a su soberano deO yugo 
de Almanzor, a reserva tal vez de imponerle el 

suyo. 

Aurora no ignoraba que >era preciso empezar 
por pagarle, y gracias a su astucia de mujer supo 
proporcionarse dinero y hacerlo llegar a su alia- 
do. El tesoro encerraba cerca de seis millones en 
oro y estaba en el palacio real. Ella tomo de alM 
ochenta mil monedas de oro y las metio en u-n 
centenar de cantaros. Encima vertio miel, ajen- 
jo y otros licores usuales, y poniendo un rotiulo 
a eada cantaro, encargo a algunos eslavos que 
los llevasen fuera de la ciudad a un sltio que 
ella determino. La astucia tuv*> exito. El pre- 
fecto no concibio soapechas y dejo pasar a los 
eslavos con su carga; asi que cuando Almanzor 
llego a informarse de un modo o de otro de lo 
ocurrido, el dinero estaba ya camino de Mauri- 
tania. Almanzor se alarmo mucho. Tal vez se 
habr£a preooupado menos si huibiera fcenido la 

seguridad de que Aurora habfa sustrafdo el di- 
nero de su senor; pero todo le inducfa a creer que 
habla sido autorizada por el califa, y de ser asf, 
era dificilisima la- situacion. Sin embargo, era for- 
zoso adoptar un partido. Almanzor fcoono el de 
reunir a los visires, a los magistrados, a los ule- 
mas y a otros personajes notables de la coa£e y 
de la ciudad. Despues de informar a Ha a3amblea 
de que las damas deil serrallo se permitfaax a/po- 



203 

derarse de los fondos del erario publico sin que 
lo impidiese el califa, completamente entregado 
a los ejercicios de devocion, les pidio autoriza- 
ci6n para trasladar el tesoro a un lugar mas se- 
gniro. La obtiuvo; pero no ad^lanto nada con esto, 
porque cuaixdo sus empleados se presentaron en 
palacio para llevarse la caja, Aurora se opuso 
declarando que el califa habia prohibido tocarla- 
iQue haoer entonces? ^Drriplear da violen- 
cia? Pero ihabria que emplearla contra el mis- 
mo monarca, y si Almanzor se atrevia a esto, la 
capital se levantaria en un abrir y cerrar de 
ojos; estaba preparada, no esperaba mas que una 
serial. La situaci6n era, pues, muy peMgrosa, pero 
no desesperada; para que lo fuera habria sido 

preciso primero que Ziri estuviese ya en Espana 
con sa ejercito, y despue3, que el califa fuese 

un nombre capaz de persistir en una trestflucion 
atrevida. Pero Ziri estaba todavia en Africa, y 
el califa tenia un espiritu voluble. Almanzor no 
se desanimo, por lo tanto. Arriesgando el todo 
por el todo, se procuro a espaldas de Aurora 
una entrevista con el monarca. Le habld, y gra- 
cias a ese ascendienie que los espiritus superio- 
res ejercen sobre los almas debiles, volvi6 a sen- 
tirse rey a los pocos minutos de conversaci6n. 

El califa le confeso que no era capaz de gober- 
ftar por si miswio, y le autorizo a trasladar el 
tesoro. Pero el ministro queria todavia (mas. Dijo 

que, para quitar todo pretexto a los m&linrtencio- 
iiados, necesitajba una dedanacion escrita, una die- 



204 

claracion solemne. El califa le prometio fiiroar 
cuanto quisiera, y entonces Almanzor hizo re- 
dactar inmediatamente un acta, en virtue! de la 
cual Hixem le abandonaba, como antes, la direc- 
tion de los negocios. El califa la 'firrno en presen- 
cia de muchos nobles, que la firmaron- tambien 
en calidad de testigos — febrero o marzo del 
997 — t y Almanzor tuvo buen cuidado de dar a tan 
importante. documento la mayor publicidad po- 

sible. 

Desde entonces ya no era de- temer una rebe- 
lion en la capital. iComo iban a pretender librar 
a un cautivo que no queria la libertad? Sin em- 
bargo, el mkiistro eomprendio que era preciao 
hacer algo para contentar al pueblo. Como gri- 
taban de continuo que querfan ver al monarca, re- 
solvio ensenarselo. Hfzole montar a caballo, e 
Hixem recorrio las calles con el cetrx> en la mano 
y tocado con el alto gorro que solo los califas 
tenian derecho a llevar. Almanzor le acompanaba 
con toda la corte. Innumerable y compacta mul- 

titud se agodpo a su paso; mas ni por un mo- 
mento se turbo el orden ni i&e oyo un grito ee- 
dicioso (1). 

Aurora se declaro vencida. Humillada, agota- 
da, destrozada, file" a buscar en la religion el 



(1) Macari, t. II, p. 64; Ben-Adarl, t. I, p. 262; Aben- 
Jaldun, Hi&toria de los bereberes, t. Ill, pp. 243 y 244; Car- 
tds, pp. 65 y 66; Ben-al-Abar, en mi3 Investigaciones, t. I, 
pagina 285, de la primera edici6n. 



205 

olvido del pasado y una compensation a la per- 
dida de sus esperanzas (1). 

Quedaba Ziri, el cual se habia hecho menos 
temible desdo que no podia contar con el apoyo 
del calif a ni con los recursos de Aurora; asi que 
Almanzor no guardo ningun miramiento con el. 
Le declaro fuera de la ley y encai v go a su liberto 
Uadi que fueso a ccmbatirle al frente de un ex- 
celente ejercito que puso a sus ordenes (2). 

Babrfa podido creerse qre Almanzor no co- 
raenzaria ninguna otra guerra hasta que tuviese 
eoncluida la de Mauritania; pero no fue asi. El 
ministro habia concei'tado ya con los condes leo- 
neses, que eran vasallos suyos, una gran expedi- 

F 

cion contra Bermudo, el cual, contando demasia- 
do con lo quo podia favorecerle la rebelion de 
Ziri, se habia atrevido a <negar el tributo, y aun- 
que habian cambiado las circunstancias, no re- 
nuncio a este proyecto. T-al vez queria mostrar 
a Ziri, a Bermudo, y a todos sus eneniigos de- 
cl&rados o encaibiertos, que era bastante pode- 
roso para emprender dos guerras a la vez. Si tal 
era su intension, no habia presumido demasiado 
de sus fuerzas, porque quiso el Destino qufe la 
campana que iba a emprender — la de Santiago 
de Compostela — llegara a ser la mas celebre de 



(1) Veanse los tiltlmos versos de la elegla de Aben-Da- 
rrach-Castali sobre la muerte de Aurora, apud Taalibl, Ye- 
ttma. man. de Oxford. Seld. A. 19 y Marsh 99. 

(2) Aben-Jaldun y Cartds, ubi supra. 



206 

todas las que sostuvo durante su larga carrera 
de conquistador. 

A excepcion de la Ciudad Eterna, no hafofa en 
toda Europa un lugar tan renombrado par su 
santidad como Santiago de Galicia. Y, sin em- 
bargo, su fama no era antigua, pues solo databa 
de tiempo de Carlomagno. En esta 6poca se dice 
que muchas personas piadosas informaron a Teo- 
domiro, obispo de Iria — hoy Padron — de que ha- 
blan visto durante la noche luces extranas en uji 
bosquecillo y escuchado una muslca deliciosa que 
no tenia nada de humana. Creyendo en seguida 
en la posibilidad de un milagro, el obispo se pre- 
par6 a comprobarlo ayunando y orando durante 
tres dias; despues, habi&idose trasladado al bos- 
quecillo, descubrio alH una tumba de marmoL Ins- 

pirado por la sabiduria divina, declaro que era la 
del apostol Santiago, hijo del Zebedeo, el cual, 
segun la tradicion, habia predicado el evangelio 
en Espana, y anadio que cuando este apostol 
fue* decapitado en Jerusalem por orden de Hero- 
des, sus discipulos trajeron su cuerpo a Galicia, 
donde le sepultaron. En otro tiempo, tales aser- 

tos habrfan podido ser discutidos; pero en aque- 
11a epoca de fe sencilla nadie tenia el atrevimien- 

to de suscitar dudas irrespetuosas cuando hablaba 

el clero, y aum suponiendo que hubiera habido 

incrSdulos, la autoridad deil Papa Leon III, que 

declaro" solemnemente que la tumba en cuestion 

era la de Santiago, habria cotrtado de reiz todas 
las objeciones. La opinion de Teodomiro fu£, por 



207 

lo tanto, acatada, y todo el mundo ,e*i Galicia se 
reg^ocijo de que su pais poseyese los restos de 
un apostol. Alfonso II quiso que el obispo de Iria 
residiese de alii en adelante en el paraje donde 
se -liabia descubierto la tumba, y sobre este se- 
putkro hizo construir una iglesia. Mas tarde, AJ- 
fonso III mando edificar otra mayor y mas her- 
mosa, que bieai pronto adquirio gran renombre, 
por los nunierosos milagros que alii se operaban; 
de suerte que, a fines del siglo X, Santiago de 
Ooinpostela era un lugar de peregrination famo- 
sisimo, adonde acudian de todas partes, de Fran- 
cia^ de Italia, de Alemania y aun de los paises 
mas apartados de Oriente (1). Tambien en An- 
dalucia tenia todo el mundo noticia de Santiago 

y de su soberbia iglesia, que, para emplear la 
expresion de un autor arabe, era para los cris- 
tianos lo que la Caaba de la Meca para los mu* 
sulmanes; pero no se conocfa tan santo lugar 
mas que por la fama; para haberlo visto era ne- 
eesario haber estado cautivo en Galicia, porque 
ningun principe arabe habia tenido intention de 

penetrar con un ejercito en. un pais tan lejano y 
de tan dificil acceso. Lo que no habia intentado 
nadie, Almanzor habfa resuelto realizarlo; que- 
ria demostrar que Jo que era imposible para otros 
no lo era para &h y tenia la pretension de des- 
truir el santuario m4s venerado por los enemi- 



(1) V6ase Fltfrez, Esp. 8agr. t t. Ill y XIX, y comp&rese- 
con Ben-Adarf, t. II, pp. 316, Zli y 318. 



208 

gos del islamismo, el santuario del apostol, que, 
segun las leoneses, habia combatido muchas ve- 

ces en sus filas. 

El sabado 3 de julio del 997 partio d e Cordoba 
al f rente de la caballeria. Dirigiose prime ro a 
Coria, de-spues a Viseo (1), donde se le revmio 
gran numcro de condes sometidos a su autoridaid; 
despues a Oporto, donde le esperaba una flota 
que habia salido de Casr-abi-Danis— hoy Alcaoer 
de la Sal, en Portugal — . En esta fiota iba la in- 
fanteria, a la que el ministro habia querido aho- 
rrar tan larga marcha, y los barcos venian car* 
gados, ademas, de armas y provislones. Los ba- 
j^eles, colocados en fila, sirvieron tambien de puen- 
te para que el ejercito pasase el Duero. 

Como el pais eomprendido entre este rio y el 
Mirio pertenecfa a los condes aliados (2), los rau- 
sulmanes pudieron atravesarle sin tener que ven- 
eer mas obstaculos que flos que el terreno ies 

oponia. Entre dstos figru-raba una. m'ontana ele- 
vadisima y de dificil acceso; pero Almanzor hlzo 
que abriesen un camino sus minadores (3). 
Despues de pasar el Mino se hallo en pais ene- 



(1) El texto que segulmos pone aquf: medina Galida; es 
decir, la capital de Galicia. La palabra Galicia tiene aqui un 
sontido muy restrlngido, puea designa la provincia portugue- 
sa que Ileva hoy el nombre de Belra. Esta provincia haMa 
constitufdo a menudo un reirio aparte, cuya capital era Vfsea 
Veanse mis Investigaciones _, t. I, pp. 163 y 164. 

(2) Ben-Adarl cita en esta provincia un distrlto que llama 
Valadares. Este distrlto figura tambiSn en una carta de 1150, 
publlcada en la Esp. 8agr>, t. XXII, p. 275. 

(3) Ben-Adarl, t. II, pp, 316-318. 



209 

migo. Desde entonees era preciso estar siempre 
alerta, tanto mas cuanto que los leoneses que 
formaban parte de las tropas no parecfan rmiy 
bien dispuestos. Su eonciencia, tanto tiempo ale- 
targada, se desperto de pronto ante la idea de 
que iban a cometer un horrible sacrilegio, y tal 
vez habrian conseguido hacer fracasar la cam~ 
pafia si A'manzor, que sospecho sus proyectos, no 
los hubiera desbaratado cuando era tiempo toda- 
via. He aqul lo que se refiere sobre este punto: 
Era una noche frfa y lluviosa, cuando Al- 
manzor Uamo a un jinete musulman de toda su 

i 

confianza. "Es preciso — le dijo — que vayas inme- 
diatamente al desfiladero de Taliares (1); ponte 
alii de centinela y traeme al primer individuo que 

veas." El jinete s<e puso inmediatamente en mar- 
cha, y una vez en el desfiladero, espero toda la 
noche, maldiciendo el temporal, sin que viese apa- 

recer alma viviente, y ya despuntaba la aurora 
cuando al fiui vio llegar del lado del campamen- 
to a un viejo montado en un asno. Parecia un le- 

fiador, porque llevaba las herramientas propias de 

este oficio. El jinete le pregunto adonde iba. "Voy 
a cortar kiia en el bosque", respondio .el aludido. 
El soldado no sabia que hacer. i Sena aquel 
el hombre que tenia que llevar al general? Pa- 
recia poco probable; porque, ipara que podfa qu«- 
rer a aqud pobre viiejo que tenia que ganarse tain 



(1) De una carta de Bermudo II publicada en la Bspana 
Sagrada — t. XIX, p. 381 — se deduce que eate desfiladero se ha- 
Uaba a orillas del Mlfio. 

m 

Hist, musulmanes. — T. Ill 14 



210 

penosaimente la vidla? Asi que el jinete 'le diego 
seguiir su camino; pero un instante daspues 
bio de -opimaon. AJmanzor le habSa dado ^rdemas 
tenmiriiaaites, y era peligroso desobadecerle. El soft- 
dado* pico espuelas a su caballo, ailcaftso art viejo 
y le dijo: "Es forzo&o que te oonduzoa ante mi 
sefior, Almanzor." "^Que teiud'ra que deoirie Al- 
maxizox a un hombve como yo — replied el otro* — , 
Dejame g&ow el pan, te Ho suplico." "No — repusso 
ei jinete — , hais de lacampafiarme, quleras o no." 
El leftadc'r se vio oblig-ado a obedecer, y juntos 
emprendieron ell earning del campamento. 

El imnistro, que mo se liabia acostado, no (dte- 
mostro da manor .sorpresa a la vista del viejo, y 
dirigdendose a sus servidores eslavos, u l Regis- 
trad a ese hombre!"— dijo — . Los eslavos ejecata- 
ron la orden, pero sin encontrar nada qua paipe- 
cdena sospechoso. "jRegLstaad entoaices el agpaniejd 
del burro"- — contioruo ALmainzor — . Esffca v»ez las 
soispechas no mesultarora dnf,imda<Ias, porique toa- 
lLaron en ei aparejo una carta que lets leotneses del 
ejenoito imusulmaii escidiMan a eus cosrtipat itfotas 
dandoles aviso die qtue cierto ladlo del c&mpammto 
estaba mail defeaudildo , por llo que p curiam ata- 
cariLe con &eito. Descubierbos ipor este meraaajje kxs 
nombres de los traidores, Ailmanzor les hizo cortar 
en el acto la cabeza, lo niismo que al supuesto le- 
fl-adOT que les habfa ©ervkfo die dnitertmediario (1), 



(1) Aben-Hayan, apud Ben-Adari, t. II, p. 312. Laa pal&- 
bras ila babi'z-Zahira parecen haber sido afiadidas por Ben- 
Adarl. 



211 

'flan energdca moclida protdujo* nesulfcado. Intimiida- 
dos por la severiclad del genenall, los demas leo- 
neses ;no se atrevieron a mantener inteldgeneias 
con el "enemigo* 

Reanudada ia inarcha, €d ejercito se precipito 
como un toiu*ente sdbre da llanawa. Bl monasterio 
de San Cosme (1) y San Damian foe saqueado, 
y tomadia par asalto .la fartalesa die San P&yo. 
Como grain numero de habitantes del pais se ha- 
bian refugiado en la mayor de las dos i&las o, mas 
bien, de las dos rocas, pooo elevadas, que hay eon 
Ja bahia de Vigo, los musuknanes, que habiam 
descubierto un vack> 7 p*siaron a esta dsHia y dies- 
pojaron a todcfe de cruaauto habian lleviadja oonsAgo. 
CiHizaron en seguida ell Ulloa, saquearon y des- 
truyeron a Iria — Padron — , famoso lugar de pe- 
legrinacionies , lo mismo que Santoago de Cctoipos- 
tela, y el 11 de agosto lleganon potr fin a esta 
ultima ciudad. La encontraoxxn despobHada, potrque 
sus habitantes habian huido a la aproximacian del 
enemigo. Tan solo un monje ancdamo haibia per- 
manecido junto al sepulcro dlel aposiboil. "^Que 
haces ahi?" — le pregwnto Aiknanzor — . "Kezatr a 
Santiago" — .respondao el vie/jo — . "Reaa t<Ak> lo 
qme quieras" — dijo ienboinces el manistro — , y ptfc*- 
hlbio que lie M©i)es>en dafio. 

Abnanaor puso guaaxHia en la tumba, de modio 
que quiado ai aibrdgo del furdr de los soSdadoe; peiro 



(1) Este convento, cue se alzaba en la sierra, entre Ba- 
yona y Tiiy, reclbld mas tarde el nombre de San Colmado. 
Veaae Sandoval. Antigiiedades de Tuy, p. 120. 



212 

toda la ciudad fue destruida, Jo mismo las mu- 
rallas y las casas que la iglesia, la cual — dice an 
autor arabe — "quedo arrasada hasta tail punto 
que nadie habrfa sospechado que existia la vis- 

pera". Los lalredodores fueron devastados por las 
itrdpas lig-eras, que llegaron basta San Coisme de 
Mayanoa, cerca de La Oomuila. 

Despues de pasar una sermana en Santiago, Ai- 
manzor ordeno ilia retirada y se divigio a La~ 
mego (1). Llegaron a esta ciudad ydespMo 
de los eondes, aliiados <suyos, dandoles magnaiicos 
presenter, que cansistiaxi, sobre tod-o, en telas pre- 
ciosas. Tambien fue desde Lameg^o dlesde idonde 
diiigio a 'la corte una detallada relacion die su 
campaila, relation cuya substantia nos ban con- 
servado los autores anabes, tal vez con .sus pro- 
pias palabras (2). Hizo en seguida su entrada 
en C6rd<A>a, acoinpfaiTado de una turba de pidsiio- 
eeros cristianos que transporbabain sobre sua es- 
paldas Las puertas de ilia ciudad de Santiago y las 
camp-anas de su igtaiia. Las puertas fueron eofto- 
cadas en el techo 'de la mezquita, que aun no es- 
taba conoluldo (3), y las campanas, colgadas en 
el miismd edifioio paua que sirviesen de lampa- 



(1) Male go, en Ben-Adari. Los arabes trastrocaron as( lag 
letras de este nombre propio. 

(2) Ben-Adari, t. II, pp. 318 y 319. Lo que se lee respecto 
a esta expedicifin en la Historia Compostelana^-h I, c. 2, pa- 
rrafo 8 — , eg inexacto. Rodrigo Velazquez, que, segtin esta 
cr6nica, era uno de los aliados de Almanzor, habEa muerto 
diez y. nueve afios antes, V6ase Bsp, S<tgr t , t. XIX, pp. 169 
y 169. Sobre las relaciones de las cr6nicas latinas en gene- 
ral, pueden verse mis Investipaciones, i. I, pp. 217 y slgs. 

(3) Aben-Jaldun, en mis Investigaciones , t. I, p. 109, 



213 

ras (1). iQuien habria dicho entaoces que llte- 
garla un dxa en que un rey cristLano 3<as ihariSa 
Revolver a Gailicia a homibros de cautivos mmsul- 
manes? 

Las armas de Almanzor habfan sido menos 
afortunadas en Mauritania. Cierto que Uadi ha- 
bfa akanzado algunas ventajas, apoderandose de 
Arcilla y Necur y sorprendiendo por la noche el 

campamento de Ziri, ma/tandoleinuchagenite; pero 
pronto la fortuna le volvio la espalda, y vencido 
a su vez, se vio obligado a refugiarse en Tanger, 
desde donde escribio al ministro pidiendoie soco- 
rros. No tardo en recibirlos. En cuanto leyo la 
carta de su lugarteniente, ordeno Almanzor a 
gran numero de cuerpos de ejercito que se diri- 
giesen a Algeciras, y a fin de apresurar el em- 
barque/ el mismo fue a este puerto- Despues, su 
hijo Abdalmelic^Modafar, a quien habia confiado 
el mando de la expedicion, cruzo el estrecho con 
un excelente ejercito. Desembarco en Ceuta, y la 
noticia de su llegada prodnjo un gran efecto, 
porque la mayoria de los prlncipes berberiscos, 
que hasta entonces habian apoyado a Ziri, se apre- 
euraron a alistarse bajo sus banderas. Unido con 
Uadi, se puso en marcha, y pronto hallaron el 
ejercito de Ziri, que salfct a su encuentro. La ba- 
ta-Ha, que fcuvo lugar en el nies de octubre del 998, 
duro desde el amaniecer hasta el anochecer, y fue 



(1) Macari, t. II, p. 146; Rodrlgo de Toledo, I. V, c. 16; 
IiUcae de T6y, in fine. 



214 

extra ordinari amen tie encarnizada. Hubo un irio- 

mento en que los soldados de Mudafar comenza- 

ron a temer una derrota; pero en aqoel mismo 

instante Ziri recibio tres heridas, de un negro a 

cuyo hermano habia ma/tado, y que corrio en segui- 

da a rienda suelta para dar esta noticia a Mudafar. 

Como el estandart© de Ziri estaba todavfa izado, 
el principe trato ail principio al transfuga de em- 

busfcero; pero cuando supo la verdad cargo sobre 
el enemigo y lo derroto completamente. 

Desde entonces quedo aniquilado el poder de 
Ziri. Todos sus estados valvieron al dominio d© 
los andaluces, y poco despues, en el afio 1001, 
murio a conseeuencias de las heridas que el negro 
Le habfa inferido y que so le habian vueito a 
abrir (1). 



XII 



La carrera de Almanzor tocaba a su fin. Eri< la 
primavera del ano 1002 emprendio su ultima ex- 
pedicion. Siempre habfa deseado morir en cam- 

pana, y estaba tan cotnvenoido de que sus votos 
serfan escuchados, que llevaba constant emeute 
consigo 3a mortaja. Habfa sid-o eosida pox sus 
hijas, y para comprarla no habfa empleado mas 
dinero que el procedente ide las tierras de su anti- 
guo castillo de Torrox, porque la querfa limpia 









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(1) Aben-Jaldun, Historia de los bereberes, t. HI, pp. 244- 
248; Cartds, pp. 66 y 67. 



215 

de toda mancha, y, se^un su propia opinion, el 
dinero que le producian su?. nutnerosos enipleos 
no lo era. Coniorme envcjecfa se iba volviendo 
mas devoto, y como el Goran dice que Dios pre- 
servara del fuego eterno a aquellos cuyos pies 
se hayan cubierto de polvo en el camino de Dios 
—en la guerra santa — , adquirio la ccstumbre de 
mandar sacudir cuidadosamente cada vez que lle- 
gaba al campame.nto el polvo de sus trajes y g-uar- 
darlo en una caja hecha ex profeso; queria que 
cuando muriese se le cubriera en la tumba con 
este polvo, por estar persuadido de que las fati- 
gas soportadas en la guerra santa serian ante el 
tribunal supremo su mejor justificacion (1). 

Su ultima ex,pedicion fue contra Castilla, y tan 
afortunada como las precedentes. Penetr6 hasta 
Canales (2), y destruyo el convento de San Milian, 
patron de Castilla, como habfa destruido ckioo 
aiiog antes el templo del patron de Garcia. 

Al volver comprendio que se agravaba su do- 
lencia- Pesconfiando de los medicos, que no estaban 
de acuerdo sobre la naturaleza de la enfennedad 

ni sobre el trataaniento que debfa seguir, rehus6 
tenazmente los auxilios de la ciencia, y estaba 
plenamente convencido de que no se podia curat. 
No pudkndo tenerse a caballo, se hacia conducir en 
una litera. Sufrfa horriblemente. "Veinte mil sol- 
dados — decia — estan alistados bajo mis banderas; 



(1) Ben-Adarl, t. IT. p. 310. 

(8) En la Rtoja, nueve leguaa al sur de Najera, 



216 

pero no hay entre ellos ninguno tan miserable 
como yo." 

De este modo, llevtado a hombros durante ca- 
tx>ree dias, llego, al fin, a Medinaceli. Un solo pen- 
samiento dominaba su espiritu. Habicjido sido 
sieonpre disputada y vacilante su autoridad, a des- 
pecho de sus numerosas victorias y de su gran re- 
nombre, temia que despues de su maeite estallase 
una revolucion- que arrebatara el poder a su fanii- 

lia. Atormentado sin cesax por $sta idea que en- 
venenaba sus ultimos dias, maaido venir a su hijo 
mayor, Abdalmelfc, junto a su lecho, y le dio sus 
ultimas instrucciones, recomeaidandole que confiara 
el mando del ejercito a su hermano Abderrahman, 
y que el volviese sin demora a la capital, donde 
deberfa hacerse dueno del poder y estar dispuesto 
a reprimir inmediatarri'einte cualquier tentative, de 
iTisurreccion. Abdalmelic le prometio seguir sus 
consejos; pero era tal la inquietud de Almanzor, que 

volvia a llamar a su hijo caida vez que este, cre- 
yendo que su padre habfa concluido de hablar, que- 
rfa retirarse; el moribundo sienipre temia haber ol- 
vidado ailgo, y encontraba un nuevo consejo que 
afiadir a los anteriores. El joven lloraba; el padxe 
le reprochaba su dolor como un signo de debilidad. 
Cuando bubo partido Abdalm'elic, Almanzor, sin- 
tiendose un poco aliviado, mando venir a sua ofi- 
ciales, que apenas le raconocieron : se habia que- 

dado tan palido y delgado," que parecia uoi espec- 
tro, y habia perdido casi completamente el uso 

de la palabra. Parte por gestos, parte por frases 



217 

entrecortadas, se despidio de ellos, y poco despues, 
en la noche del 10 de agosto, exhalo su ultimo sus- 
pire (!)• Fu ^ enterrado en Medinaceli, grabandose 
sobre su tuniba estos dos versos: 

"Las buellas que ha dejado sobre la tierra te 
ensefiaran su historia como si le vieras con tus 
propios ojos. 

v \Por Ala, que jamas los tiempos traeran otro 
semejante a el ni que como el denenda nuestras 
fronteras!" (2). 

El epitafio Que un monje cristiano le pn&o en su 

cronica no es menos caracteristico. "En el aiio 
1002 — dice — murio Almanzor; fue sepultado en el 
infierno." (3). Estas sencillas palabras, arranca- 
cas por el odio a un enemigo aterrado, son mis 
elocuentes que los mas pomposos elogios. 

En efecto: jamas los crdstianos del norte de la 
Peninsula habian tenido que combatir a un adver- 
sario semejante. Almanzor habiiahecho contra elk>3 
mas de cincuenta campafias — ordinariamente dos 
cada ano: una en primavera y otra en otoiio — , de 
las cuales siempre habia salido con gloria. Sin 
contar mailtitud de ciudades, entre ellas las tres 
capitales, Le6n, Pamplona (4) y Barcelona, habfa 
destrufdo el santuario del patron de Galicia y el 
del patron de Castilla. "En este tiempo — dica un 



(1) Macarl, t. II, p. 65; Ben-al-Abar, p, 151; Ben-al-Jft- 
Ub, artlculo sobre Almanzor, man. G., fol. 181 v. 

(2) Macari, t. I, p. 259. 

(i} Chrtm. Burgense, p. 309. 

(4) Carta de 1027, Llorente, t. in, p. 355. 



218 

cronista cristiano — (1), el cuJto divino quedo anu- 
lado en Espafia. La gloria de los servidores de 
Cristo, completamente humillada; los tesoros dela 
Isrlesia, acumulados durante siglos, fueron saques^ 
dos." Por eso los cristianos temblaban a su nom- 
brc. El espanto que les inspiraba le saco mucha* 
veces de los peligros en que su audacia le habia 
precipitado, y hasta cuando, por decirlo asf, ] e 
ten fan en su poder, no se atrevian a aprovechar-. 
se de sus ventajas. Una vez, por ejemplo, se habia 
intemado en pais "enemigo, despues de atravesar 
un d-esfiladero encerrado eirtre dos altas montanas. 
Mientras sus tropas saqueaban y destruian a*dies- 
tro y siniestro, los cristianos no se atrevieron a in- 
tentar nada contra ellos; pero, al retroce&er, A3- 
manzor encontro que los enemigos se habxan apo- 
derado del desfiladero. Como no habia modo de 
forzarlo, la situacion de log nnisul m an es era. %&• 
ligroaa; pero su general adqpto inmediatamente 
una resolution atrevida. Habiendo buscado y en- 
contrado un lugar conyemente, hizo construir en 61 
barracas y chozas, nvando cortar la cabeza a mu- 
chos cautivos y amontonar los cadaveres a guisa 
de mural las. Despues, como su caballeria reco- 
rriese el pals sin encontrar viveres, reunio ias- 
trumentos de labranza e indujo a sus soldados a 
cuitivar la tierra. Los eitemigos se inquiotaron mu- 
cho con estos preparativos, que pareefan indicar 
que los musuimanes no abandon arl am ya su pais, 



i 



(1) Mon. SII, c. 72. 



219 

y les ofrecieron la paz, a condicion de que les een- 
tregaran el botin. Almanzor rechazo esta oferta. 
*Mis soldados — respondio — quieren quedarse donde 
estan porque piensan que apenas tendrian tiemrpo 
<fc volver a sus hogare*, puesto que la pr6xima 
caji^pana debe comenzar dentro de poco." Des- 
pues de algunas negociaciones, los cristianos con- 
einfcieron en que Almanzor se llevase el botin, com- 
pToiiieticndose, adenias-— tan grande era el miedo 
que les inspiraba — , a prestarle sus caballerfas 
para transportarlo, a proporcicnarle viveres has- 
ta que llegase a la frontera musulmana y a quitar 
ellos mismos los cadaveres que obstruian el ca- 

mhio (1). 

En otra campafia, un abanderado, en el me- 
mento de la retirada, olvido eQ estandarte, que 
qaed6 clavado en tierra en la cima de una mon- 
tana proxima a una ciudad cristiaina. El estan- 
darte permanecio all! muchos dias, sin que los 
criatianos se atreviesen a ir a ver si los musul- 

manes se habian retirado o no (2). 
Reiierese que un mensajero'de Almanzor, que 

habia ido a la corte de Garcia de Navarra, donde 

fue colmado de honores, encontr6 en un teanplo 

a una vieja musuHmafna, la cual le dijo que, ha- 

r 

bi&ido sido hecha prisionera en su juventud, es- 
taba desde entonces de esclava de esta iglesia, y 
que le suplicaba llamase sobre ella la atencidn de 



(1) M&carl, t. I, p. 392. Comparese con Rodrtgo de Tole- 
do, Sistoria de los drabes, c. 31. 

(2) Macari, t. I, p. 392. 



220 

Mmanzor. Prometdoselo el, volvio cerca del mi- 
nistro y le dio ouenta de su mision. Cuando hubo 
acabado de hablar, Atoanzor le pregwvto si no 
habia- visto en Navarra riada que le hubiese- dis- 
gustado. El mensajero le hablo entonces de la es- 
cl&va sarracena. "iVive Dios! — exclamo Atoaai- 
2o r — , por ahf deibias haber comenzado." Y, sa- 
liendo en seguida a campana, dirigiose a la fron- 
tera de Navarra. Sumamente asustado, Garcia le 
escribio inmediatamente para pregimtarie que fal- 
ta habia cometido, panes su conoiencia no le acu- 
saba de haber hecho nada que pudiese provocar 
su colera. "iQue! — dijo entonces el mirristro a los 
mensajeros que le llevaron esta carta — , i no one 
habia jurado que no quedaba en su pais ningun 
prisionero musulman, de uno ni de otro sexo? 
Pues bien, ha mentido; he adquirido la certiduan- 
bre de que hay todavia una musulmana en tal 
iglesia, y no abandonare Navarra hasta que me 
la haya ecitregado." Al recibir esta respwesta, 
Garcia se apresuro a enviar all minastro la mujer 
que reclamaba, asi coono otras dos que habia des- 
cubierto a fuerza de pesquisas. Al mismo tiempo 
le jur6 que nunca habia visto a estas mujeres, m 
awn 0M0 hablar de ellas, anadiendo que ya habia 
mandado destruir la iglesia de que Almanzor le 
hwbo hablado (1). Lo mismo qiue el terror de sus 
enemigos, era' AJjmanzor el idolo de sus soMados, 
pues para ellos era un padre que se preocupaba 



(1) Ben-Adari, t. II, pp. 320 y 321. 



221 

con constante solicitud de tod as sus necesidades, 
aunque mostraba una sorenidad cxcesiva en todo 
lo concerniente a la disciplina militar. Un dia que 
pasaba revista a las tropas, vio brillar extempo- 
r&neamente una espada al extremo de una lfnea. 
Jnmediatamente mando comparecer al culpable. 
"iQuc! — le dijo con los ojos oentelteantes de co- 
lern— i it« ati-eves a sacar la espada sin que se 
te haya nmndado?" "Queria ensenarsela a mi ca- 
marada—balbucio el soldado — ; no tenia intencion 
de desenvainarla; se ha salido por casualidad..." 
B |Vanas excusas!", dijo Almanzor; dcspuos, diri- 
giendose a su escolta, prosiguio: w iQue corten la 
cabeza a ese hombre con su propia espada y que 
la pasecn a t raves de las f ilas a fin de que todo* 

aprendan a respetar la disciplina!" Tales ejem- 
ploi difundian entire sus soldados un terror salu- 
dsble; asi que, durante las revistas, guardaban 
tm silencio solenme. "Hasta los caballos — dice un 
autor arabe — parece que comprendfan su dcbcr: 
era, muy raro que se les oyera relincliar" (1). 

Gracias a este ejercito, que habia creado y ha- 
bituado a la obedieneia, Almanzor habla dado a la 
Espana nousuhnana un poder que nunca habia te- 
nido, ni aun en tiempo de Abderrahman III. Pexo 
este no era su unico merito; su patria le debe 
otros beneficios, y la civilizacion, bambien, Anmba 
y alentaba la cultuna, y aunque obligado por con- 
sideraciones politicas a no tolerar a los nlosofos, 



(l) Macart, t. I, p. 274, 



222 

se complacia en protegerlos cuanto podia, sin he- 
rir la susceptibilidad del clero. Ocurrio, por ejean- 
plo, que cierto Aben-.as-Sambosi fue detenido y en. 
oarcelado como sospechoso de incredulidad. Ha- 
biendo atestiguado muchas personas contra el, los 
faquies declararan que merecia la ultima pena, 
sentencia que estaba a punto de ser ejecnitada, 
cuando un faqui muy considerado, Aben-al-Ma- 
cua, que se habia negado largo tiempo a formar 
parte de la asamblea, llogo a tenia prisa. A fuerza 
de softsmas muy extrafios, pero que hacen honor, 
si no a su 16gdca, al menos a su buen corazon, 
consiguio que el tribunal revocase la sentencia 
que conxlenaba al acusado, a pesar de la vehe- 
mente oposicion del cadi que presidfa el tribunal. 
Desde entonces, la colera del ministro se volvid 
contra este ultimo. Satisfecho de hallar por fin 
ocasion de poner freno ail feroz fanatismo de los 
mogigatos, dijo: "Debemos sostener la religi6n, y 
todos los verdaderos creyentes tienen de'recho a 
que los protejamos. Aban-as-Sombosi pertenece a 
este numero; asf lo ha declarado el tribunal. Sin 
embargo, el cadf ha hecho esfuerzos inauditos 
para condenarle; es, por lo tanto, un hombre san- 
guinario, y no podemos dejar vivir a semejanite 
hombre." Esto no era mas que una amenaza; el 

cadf pag6 con algmnos dias de carcel; pero es de 
presumir que en lo sucesivo fue algo menos ri- 
guroso con los pobres pesisadores quie se atxevfan 
a emanciparse de los dogmas admitidos (1). 



(l) V6ase mis Iiwestiffaciones, t. II, pp. 257-260. 



223 

Los literatos hallaban en Almanzor la acogida 
mas honrosa. Tenia en sn corte multitud de poetas 
pensionados, que a veces le acompanaban en sus 
campafias. Entre ellos, Said d-e Bagdad era, si no 
el mas i lustre, al menos el mas notable y divertido. 
Kp puede negarse — aunque los andaluces, siempre 
extremadamente celosos de los extranjeros, se com- 
pkzcan en desmentirlo — , no poiede negarse que 
fuera un poefca- d<e talento, un buen novelista, un 
habil improvisador; pero al misnio tiempo era el 
hombre menos resrpetuoso de la verdad, el impostor 
mas atrevido que puede imaginarse. Una vez lan- 
sado nada le detenia; inventaba tantas cosas, que 
era un prodigio. Cuando se le pedla que explicate el 
seaitido de una palabra que no habla «xistido nun- 
C& siempre tenia algnana inteirpretaci6n que dar y 
un verso de un antiguo poeta que repetir. A creer- 
Le, no habia libro que no hubiese lefdo. Queriendo 
desenmascararle, los literatos le ensenaron un dfa„ 
delante de Almanzor, un libro en bianco, en cuya 
primera hoja habian escrito: "Libro sobre los in- 
peniosos pensamientos, por Abu-'l-Gaut Sanani." 
Jamas habian existido tal obra ni tal autor; sin em- 
bargo, en cuanto ech6 una ojeada sobre el tftulo, 
exclam6: "jAli! Yo he leido ese libro." Y be- 
sftndolo con respeto, nombr6 la ciudad donde 
le habia lefdo y el profesor que fie lo habfa ex- 
plicado. "En <ese caso — le dijo el mkiistro, que se 
apresuro a quitaatibe el libro por miedo a que lo 
abriera — , debes saber lo que contieme." "Cierta- 
mente que lo se. Verdad que hace mucho tiempo 



224 

que lei esa obra, y que no se nada de memoria- 
pero recuei'do muy bien que solo contiene obser- 
vaciones filologicas y que no tiae ningun verso 
ni ninguna his-toria." Todos se echaron a reir a 
carcajadas. 

Otra vez, Almanzor habia recibido de un gober- 
nador llamado Mabraman-aben-Yezid una carta 
en que se trataba de calb y de tazbil, es decir, <j e 
cultivos y de abotios. Dirigiendose a Said: "iHas 
vistc- — le pregunto — un li'bro escrito por Mabra- 
man-aben-Yezid, que se titula Al-caualib ua-'z. 
zaualib?" "jAh! i Si, por Dios! — respondio Said—, 
He visto ese libro en Bagdad, en una copia hecha 
por el celebre Aben-Doraid y en cuyas margeaies 
habia rasgos como patas de hormiga." "j Impos- 
tor! El nombre que he dicho no es el de un escri- 
tor, sino el de uno de mis gob e mad ores, que en 
una carta que me ha enviado me habia de agri- 
oultora y abonos." "Muy bien; pero no creas por 
eso que he inventado algo; yo nunca invento nada. 
El Ivbro y el autor que has citado existen, pala- 
bra de honor; y si ese gobernador lleva el mis- 
mo nombre que el literato, no es. mas que una 

singular coincidencia." 

Otra vez, Almanzor le mostro la "Antdogia", 
obra del celebre Cali. "Si quieres — le responds 

Said — , yo dictare a tus $ecretario.s un libro mejor 
que ese, en el que relatare historias que no se 
hallan en el de Cali." "Hazlo", le respondio Abnan- 
iior, que no deseaba mas que el que le dedwasen 
una obra aun mas notable que la <$ue Cali habia 



225 

dedicado al difunto califa; pues si el habia hecho 
venir a Espaiia a Said, era precisamente con la es- 
peranza de que eelipsase la gloria de Cali, que Iia- 
bia ilustrado los reinados de Abderrahman III y de 
Alhaquen II. Said puso en seguida manos a la obra 
Y dido en la mezquita de Zahira sus Engarces de 
anUlo. Con gran sorpresa, pero con fntkna satis- 
faction, al examinar el libro despues de terminado, 
vieron los litei-atos que de cabo a rabo no con tenia 
mas que embustes. Explicaciones illol6gicas, anec- 
dotas, versos, proverbios, todo era invenci6n del 
autor. Ellos, por lo menos, asi lo declararon, y Al- 
raanzor los creyo. Aquella vez se enfado de veras 
con Said y mando tirar su libro al ino, aunque no 
le retir6 su favor- Desde que Said le habfa pro- 
nosticado que el conde de Castilla, Garcia, caeria 
prisionero — prediccion que, como hcanos visto, **e 
habta cumplido — , le inapiraba un gran afecto, o 
mas bien un respetosoipersticioso. Adam as, ed poeta 
le manif eetaba su gratitud en mil formas, a lo que 
Atoanzor era muy sensible- Una vez, por ejem- 
plo, tuvo Ja idea de reunir todas las balsas que Al- 
manzor le habfa enviado llenas de dnnero y bacev 
con ellas un traj.e para su esclavo negro Cafur; 
despues fue a ipalacio, y habiendo consegmdo po- 
ller al miaii-stro de buen huanor, "Senor — le dijo — , 
tengo que hacerte una suplica," ";,Qu6 deseas?" 
**Que enire mi esclavo Cafur." "fExtrana peticidn!" 
"Conc6deme!a." "Pues bien, que entre si te place." 
Cafur, un hombre tan alto como una palmera, se 
presents cubierto con un traje de diversos colores, 

Hist, mxtsulmanes. — T. Ill 15 



22j5 

que parecfa el remendado vestido de un mendigo 
"iPobre homibre — exelamo el ministro — , que maJ 
ataviado e&ta! £Por que le pones esos andrajos?* 
"•Con este fin: Senor, me has dado ya tanto dinero 
que las bolsas que lo contenian han bastado para 
vftstir a un hombre de la estatura de Cafur." Una 
eonrisa d e satisfaction broto instantaneamente de 
los labios de Aimanzor. "Tienes — le cHjo — un tacto 
admirable (para demostrarme tu gratitud; estoy 
conteito de ti. w Y en el mi&mo instante le hizo nue- 
vos presentes, entre Jos que figuraba un hermoso 
traje para Cafur (1). En fki, fuerza es decirlo: si 
hombres como Said gozaban el favor del ministro 
era porque respeeto a la literatura Aimanzor no 
tenfa el delicado gusto de la mayoria de los om- 
miadas. Creia un deber el pensionar poetas, pero 
los consideraba mas fbien como objetos de un linV 
al que estaba obligado por su alta posicion, y no 
tenia la suiiciente delicadeza espiri'tual para dis- 
tingulr los diamanfces verdaderos de los falsos. 

En desquite, si no paseia aptitud literaria, era 
em inentemcn?fce practico. Los intereees materiales 
del pais hallaban en el un inteligente protector. 
La mejdra de los medio® die comunicacion le pne- 
ocupaba inoesanftemenffce. Hizo obrar multitud de 
caminos, construir en Ecdja un puente sobre el 
Genii y otro sabre el Guiadiailquivir, en C6rdoba» 
que costo ciento cuarenta mil monedas de oro (2). 

(1) Vease sobre Said a Homaidi, fol. 100 v., 103 r. Abd- 
al-uhid. pp. 19-25; Aben-JaJIcan, t. I, p. 322, ed. de Slane, y, 
sobre todo, Macarl, t. II, pp. 52 y sigs. 

(2) Ben Adari.t. II, p. 309. 



1 



22? 

£n todos los asuntos pequefios o gxandes tenia 
$ gdlpe de vista <M genio. Cuando queria eni- 
pifeiwler un negc<eio importance, consultaba ordi- 
nariamcnte a los digixataa-ios ; pero raras v< 






L 



[ 



segufa sus consejos. Estos hombres no salian ja- 
mas del carril del habito; eselavos de da rutina, 
sabian lo que AbdeiTahman III o Aa&aquen II 
habian hecho en analc'gas cincunstancias, y no 
comprendian que se pudiera hacer de otro modo. 
Asi, cuando veian a Almanzor seguir su propia 
iniciativa, gritabam que todo estaba perdkio, hasfca 
que los hechos desmentian evidentemente sus pre- 
dicciones (1). 

Respecto a su cairacter, aunque es cderto que 
para llegar y mantenerse en el poder toab£a co- 
metido actos que la moral condena, y hasta erf- 
menes que no pretenidemas a/benwafr, la justdom 
bos c'rdena agregar aqui qu<e siempre que :mo 
estaba en juego su ambiciotn, era leal, generoso y 
justo. La firmeza — como ya nemos tenido ocasi6n 
de decir — constitula el fond© de su caracter. Ado*p- 
tado un partido, nada podia hacerle cawtbiar. 
Cuamdo querla, sopartaba ed dolor ffsdco con la 
misraa impasiblilidad , quie el sufrimdentd moral. Un 
dSa que tenia Am pie malo, se Lo hizo cautarizar 
durante una sesion ded Cansejo. Hablaba eomo si 
nada le ocurriese, y los coneejeros no se habrlan 
dado cueoita die la dpea^acion ea e2 oilor a came 



(1) Macari, t. I, p. 387. 



228 

j 

quemada no se lo hubiera indicado (1). Todo en 
& revelaba una voluntad y una perseverancaa ex- 
traorrfanarias ; se aferraba lo mismo a sus amis- 
tades que a sus odios; jamas olvidaba un sea*vi- 
d<J t pero tampoco petrdonaba muica una ofensa, 
As! lo experimentaron aquellos condiscipulas 
suyos a quienes, joven <aun» habia '-dado a edegiT 
ios empleos que idebian ocupar cuando fixers pri- 
mer rninistro. Los tres estudiantes, que en aque- 
11a ocasion habian nngido tomar su proposi- 
tion en semo y deterniimado las cargos que am- 
bkdanabam, los obtuvierdn, efectiv.amente, cuaaido 
fue ministro, mientras el cuaotto, que habia hsr 
blado de un anodo inconveniente, expid su impru- 
dencia con la perdida de sus bienes (2). A veees, 
sin embargo, cuand'o ise foabiia equivocadd y lo oo- 
nocia, lograba veneer la terquedad die su charac- 
ter. Un dla quse ae twataba de conceder una taimmis- 
tfca, le£a la lista ;de te presos, cmando se fij&wn 
sus minadlas en el niambre de una <le sus servi- 
dares cdntra el que biabla concebido un odio vio- 
lento, y que estaba tocia mucho en tla cancel sin 
que mea^ecAerca ser tratado de este modo. "Este 
— escaibio al raargen — permanecera diond-e es-ta 
hastia qu^ el innerno venga a redlamMLo." Pero, 

Jfegeidla la noehe, en vano bused el doscsmsd; le 
remordfia la cKmci'encdja, y en ese estaidio dtnftemme- 
dio que no es ni suiefio ni viig-ifliia, creyo ver a> un 



i 



% 



(1> Macari, t, I, ji. 274. 

(2) Aben-al-Jatib, man. G., fol. 118 r t 



229 

hombre de una fealdad repugnante y de una fuer- 
ga sobrehumana, que le deefa: "jDevuelve 3a la- 
berfead a ese hombre; si no, seras castigado pt'r 
tu injusticia ! ". Procure ahuyentar esfcas negras 
visiones, pero no lo consaguio; y baciemdose llevasi 
al Iecho 3o necesaric para escribir, ordeno que 
pusieran al prisionero en Jibertad, pero afiadien- 
do estas palabras: "Este hombre debe su libertad 

•i 

a Dios; Almanzor no se la ha concedido siik/ a 
peser suyo" (1). 

En otra ocasi6n,bebia con el visir Abu-'l-Mogira 
fcben-Hazm en uno de Jos soberbio^ jandines de 
Zahira; porque, a pesar del respeto que demostra- 
ba a la religion, bebio toda su vida, exoepto los 
dos anos que precedieron a su muerte (2). Era 
una de esas hermosas tardes que s61d se ven en 
los privilegfeudos paises del Mediodia, Uma bella 
cantadora, a quien Almanzor amaba, pero que ha- 
bfa concebido una gran pasion por el huesped dei 
ministro, entono estos verscte; 

"HJuye el dia, y ya la luna muestra la mitad de 
gu disco. El soil, que se oculta, seme j a una meji- 
11a, y las tinieblas, que avanzan, el vello que la 
cubre; el cristal de las copas, agua helada, y el 
vino, fuego Hquido. Mis miradas me han hecho 
cometer pecados inexcusables. iAy, gentes de mi 
familial Amo a un hombre que no esta al alcaaee 
de mi amor, aunque se halla cerca de mi. lAh, 



(J) Macari, t. I, p, 273. 
(2) Ben-AdaH, t, II, p. 310. 



230 

que no pudiera lanzarme hacia el y estrecharle 
contra mi corazon!* 

Abu-'i-Mogira comprendio demasiado bien 3a in- 

temcion de estos versos y cometio la irnprudenoia 
de responder en segnida con estos otros: 

"iETI medio, el medio de aproximarse a esa be- 
lleza, rodeada de un vallado de espadas y de Ian- 
zas! i All, si tuviese la conviccion de que tu aanor 
es sincero, de buen grado arriesgaria mi vida con 
tal de poseerte! Un hoanbre genei*oso, cuando 
quiere alcanzar su fin, no teme ninguii peligro." 

Almanzor no agiaanto* mas. Hugiendo de c61era, 
desenvaino la espada, y, dirigiendose a la encait- 
tadora, exclaono con voz de trueno: "Dime la ver- 
dad: £es al visir a quien se dirig*e tu canto?" 
"Una mentira podria salvarme — respondio la vsr 
liente joven — ; pero no mentire. Si; su mirada 
me ha traspasado el corazdn; el amor me ha obli- 
giado a decirlo; me ha hecho decir lo que queria 
ocultar. Puedes castigarme, senor; pero eres tan 
bueno, te compflaces en perdonar cuando se con- 

r 

fiesan los yerros.." Y hablando asi, se deshizo en 
la^riimas. Almanzor ya casi la habia perdoiuado; 
pero entocices su calera recayo sobre Abni-'l-'Mo- 
gira y le abrunio con un torrente de roprociies. 
El visir 1§ escucho sin decir palabra, y cuando 
aoabo de hablar, exolamo: "Sefior, coavengo en 
que he conretido una gran falta; pero ique podia ■ 
hacer? Cada uno es esclavo de su destino; nadie 



231 

escoge el suyo, todos k sufren, y el mlo ha que- 
rido que amara a la que no debo amar." Almaaizor 
guard6 algunos ins-tantes de silencio. "jPues bien! 
— dijo al fin — , os perdono a los dos. jAbu-'il-Mo- 
gira, la que ania 5 es tuya, y soy yo quien te la 

da!" (1). 
Su amor a la justksia habia llegado a ser pro* 

verbiaL Querfa que se ejerciera sin exception de 
personas, y el favor que concedia a algunos in- 
dividuos no los colocaba nunca por cima de las le- 
yes. Un hoanbre del pueblo se preaento uoi dia en 
k Audiencia. "Defensor de la justicia — le dij 
tengo que quejanme del hombrte qu»e se encuentra 

detras de ti." Y'seiiaiLo con el dedo al eslavo que 
desempensaba el cargo de porta escudo , y del cual 
Almanzor hacia mucho caso. "Le he citado deQante 
dal juez — prosiguio — , pero se ha negado a venir." 
**;De veras?---dijo *entosices el ministro— . £No ha 
querido ir y el ju^z no le ha obligado? Yo crefa 
gue Abderrahman aben-Fotais — 'tal era el nom- 
bre del juez — tenia* ma.3 .energia. Pues bien, amigo 
mio, dime de que te quejas." El aludido refiri6 

entonces que habia hecho un contrato coci el es- 
lavo, y que este habia faltado a el. Cuando con- 
cluyo de hablar, dijo Almanzor: "jMucho nos dan 
que hacer estoe servidores de nuestra casa I n Des- 
pues, dirigiendose al eslavo, que temblaba de mie- 
do: "Entregta <al escudo al que esta a tu lado— le 



(1) Macari, t. I, pp. 406 y 407. Bn la pagina 407, Unea 
cuarta, leo an en vez de fl. 



232 



dijo — , y ve humildemente a responder ante el tri- 
bunal, a fin de que se haga justicia... Tu — ordeno 
en seguida al prefecto de policia — , lleva a los dos 
ante el juez y dile que, si mi eslavo ha falfcado al 
contrato, deseo que se le aplique la pena mas gra- 
ve, la de prision o cualquier otra." Habiendo dado 
e; juez la razon al hombre del pueblo, este se pre- 
sento a Almanzor para darle las gracias. "Nada 
de graeias — contesto el ministro — ; has ganado tu 
pleito; esta bien y debes estar contento; pero yo 
no lo estoy aim; tengo que castigar tambien al 
bribon que no se ha avergonzado de cometer una 
bajeza estando a mi servicio." Y le despidio. 

Otra vez, su mayordomo tenia un pleito con un 
mercader afrieano, y fue requerido por el juez 
para que prestase juramento; mas creyendo que 
el elevado cargo que deaempenaba le ponia al 
abrigo de esta diligencia, se nego a hacerlo. Pero 
un dfa que Almanzor fue a la mezquita acompa- 
nado de su mayordomo, se le acerco el mercadei 
y le conto lo ocurrido. En el mismo instante, el 
ministro mando arrestar al mayordomo, ordenan- 
do que le condujeran delante del juez, y ouando 
supo que habfa perdido el pleito, le destituy6 (1). 

'En resumen: los medios que Atfmanzor emj&eo 
para alcanzar el poder deben ser cond<enado>s; pero 
tambien es preciso con&esar que, una vez obtenido, 
lo ejercio nobtemente. Si el Destino le hubi-era he- 
cho nacer en las gradas del trono, tal vez har 



(1) Ben-Adarl, t. II, pp. 310 y 311. 



233 

brfa habido poco que censurarle; tal vez habrla 
s idQ uno de las mas grandes prindpes que recuer- 
da la Histoda; pero hablendo nacido en un viejo 
castillo de provincia, se vio oblig*ado, para alcan- 
zar el objeto de su aanbicion, a abrirse eamino a 
traves de mil obstaculos, y d>ebe lamentarse que, 
a l tratar de vencerlos, .se preccupara pocas veces 
cbe ia legitimidiad -die los medaos empleadfos. Era, 
en muchos sentifcloss, un grandle hoanbre, y, sin 
embargo, par poco que se respeten -kte etemos 
gninripiog de la moral, as impossible amarle, y 
h&sta el admirable resulta dificil. 



XIII 



Cuaitdo _Modaf air estuvo de negreso en Cordoba, 
despues de la rmuerte de su paidre, estallo un mo- 
tin. El pueblo' exigio a- gritos que sie presemfc&se 
el saberamo y que gobernara per isi mlisimo. En 
vamo Hixem II manjd'6 a deeir a ias turbas que 
quertfa s&gmr Ilewaindo una vdda labre de cuidiadios 1 ; 
la muitifcujd pansiistio en su petition, y Modlafar 
se vio oibli(gack> a dfespersada a mano armada (1). 
Sin emibargo, diesfde entotoces iei oirden no votlvio 
a turbarse. Verdad que un nieto de Abdeorraih- 
man III r llairuaidio Hixem, comsipiro contra Modafaor; 
pero este, oidvertido a tiempo, lo previno hacien- 



(1) Nouairi, p. 472 



234 

dale dar muerte — diciembre del 1006 — (1), Moda- 
far gdberno el Estado como su padre; aicanzo 
muchas victorias contra los cristianos , y durante 
eu gobierno la pi'ospradad del pals siguio cre- 
cdendo siempre. Fue una edad de oro, se dijo mas 
tarde (2). 

Sin embargo, se habia reaMzado un gran cama- 
bid. La antigua sociedad arabe, con ;&us virtuxfes 
y s-us prejuicios, habia desaparecido. Abdemnah- 
man III y Almanzor se habiaai propuesto conse- 
guir la unidad nacional, y lo habian logrado. 
La antigua nobleza arabe, agotada en la lucha 
dostenida eclat na el poder real, vencida y desfcro- 

zacla, habia quedado empobrecada, arruinada, y 
los antiguos niombres se extinguian de idia *en dia. 
La nobleza cortesana, ligada a los ommiadas por 
los vinculos de Ha cli eortesla, se habila sostenidd 
mejoir. Los Abu-Abda, los Xohaid, los Chamar y 
los Fotais (3) repress tab an aun oasas xicas y 
mvidiadas. Pero los hombres mas pdderosos de 
entonees eran Jos gen-eraies bereber-es y esla- 
vos (4), que debian su fortuna a Almanzor. Cotmo 
eram advened] zos y extramjeros, iinspi-raban poctf 



(1) Ben-al-Abar, p. 159. Aben-Hayan — apud Aben-Basam, 
tomo I, fol. 30 r., 31 v. — refiere detalladamente csta conapl- 
raci6n. 

(2) Ben-al-Abar, p. 149. Falto de documentos, de"bo pasar 
rapidamente por el reinado de Modafar. 

(3) Eatas cuatro famillas eran las principals de la no- 
bleza cortesana. V6ase Ben-Adari, t. II, p. 290. 

(4) Bajo la denominaci6n de eslavos se comprendla tam- 
bt6n a los cristlanos del norte de Espafla, allstados en el ejfir- 
cito musulman. V^ase Aben-al-Jatib, artlculo sobre Ho"ba- 
aa, man. G, fol. 124 r. 



235 

respeto. Adema-s, se los considerate como barba- 
ros, y se quejaban de las vejaciones de que los 
creian culpables. Por otra parte, la clase media 
se habia enriquecido 1 mediante el cometrcio y la 
industrxa. Ya durante el ueinado — aunque fue tan 
fcurbu&ento — del emir Abdala, se habia vdsto xrego- 
ciajntes e industriales acumuLar rapidiamente gtfan- 
des fortuwas, sin otro capital que el que sus aana- 
gos les habian prestado (1), y a la sazon, como 
el pats gozaba de perfecta tranqurtMdad, se hacfan 
tan facil y rapidJarneaxte estas fortunas, que nadie 
se <adminaba. Sin embargo', esta soeiedad tan flo- 
reciente en apiariencia llevaiba en si misma el 
germen de su destruction. Si la lucha de razas 
habi©. cesado, iba a reaparecer bajo otra forma 
en la lucha de clases. El ohrero abo/rrecia a su 
patrono, la clase media envidiaba a los nobles, y 

todo el mundtf estaba de acuerdo para maldecir a 
los genemales, sobre todo a Jos berberiscos. En el 
seno de -una iaiexpeniencia geoenail latiaii vagas 
aspiooaciones hacia algo nuevo. La religion estaba 
expuesta a rudos ataques. Las medidas que Al- 
manztfr habia adoptado contra loss filosofos no 
haibian producado los frutos que el cleiro se habia 
prometido. Multipli cabanse, por el contrario, "los 

espiritus fuertes", y el esoepticismo, que constituia 
eil fctodo del car acta arabe, revestfa cad a dia 
formas mas cientlflcas. Los discrpulos de Aben- 
Mae&nra — los .Masarr&a, coimo se los llaimaba — fon- 



(1) Joxani, p. 327. 



*+-. T^x 



236 

maban una secta irumerosa (1). Tambien atras 
sectas propagaban doctrinas muy atrevidas. Una 
de el las parecia haber surgido del send del xnismo 
dlero. Sus adeptos habian estudiado, por lo menos, 
las tradiciones relativas al Prof eta; pero sus es- 
aidios, si hemos de creer a un tedlogd ortodoxo, 
habian sido superficiales y versados con prefe- 
rencia sobre libros apocrifos y escritos por ma- 
terialistas, que teaiian intone ion de miliar los ci- 
mientos del islamismd. De ahi la extrafia idea 
que se formaban deil universo. La tierra, deefan, 
descansa sobre un pescado; este pescado esta. sos- 
tenido por el cuemo de un toro; este tord estd 
sobre una roca que un angel lleva sobre su 
duello; debajo de este angel estan las titii^blas, y 

bajo las tinieblas hay una extension de agua sm 
fin. Bajo estas exfcraiias y o1>scuras formulas, que 
tal vez no eran mas que simbolos, los teologos en- 
contraban una herejia gravfskna; la secta creia 
que el imiverso era ilismitado; ensefiaba, ademas, 
que se podia inaponer una relagion por madid del 
fraude o de la violencia, pero no profoarla con 

afrgumentos rationales. No obstante, era ai mas- 
md tienipo hostil a la© otbras filosoficas de Gre- 
cia (2), sobre las ouales se apoyaba otra secta, 
formada por los nafcuiralistas. El estudio de las 
matematicas Ues habia llevado al de la a&trono- 
mfa. Para cveer en la religion exilian pxuebas 






(1) Aben-Hazm, Tratado sobre las religiones, t. Ill, fo- 
lio 80 v., 146 r. y v. 

(2) Aben-Hazm, t. I, fol- 128 r. y v. 



237 

matematicas, y como no Las en.cdxitra.ban, la. de- 
ciaraban absurds. Despreciabaji todos los man- 
< jamkntos: la oracion, el ayuno, las limosnas, la 
peregrinacion; todo esto no era a sus ojos mas 
que una locura. Los faqufes no dejaban de din- 
ghies la censura que los teologos de todos ios 
tiempos han scfiMo dirigir a los que se han se~ 
parado de las doctrinas admitidas; los acusaban 
de no proponerse otro fin «n la vida mas que en- 
idquecersie, para pod<er entregarse a placeres de 
toda especie, sin respeto a las leyes de la mo- 
ral (1). 
Sin embargo, las sectas que atacaban abierta- 

mente al isdamismo no etran las mas peligrosas; 
ofcras, que pretendian vivir en paz coci el y que 
contaban, no solamente con musulmanes, sano tam- 
bien cristianos y judios, lo eran mucho mas, por- 
que, bajo el nombre de religi6n universal (2), pre- 
dicaban el indiferentismo, y los te61ogos musulma- 

nes no ignoraban que si las religiones perecen no 
es nunca por los ataques directos, sino por la iai- 
diferencia- Los que habian adoptado estas doctri- 
nas diferfan en algunos puntos, y unos ib&n 'mas 
lejos que otros, pero todos sentfan mn supremo 
desden por la dialectica. "El mundo — deci&n — est& 
lleno de religiones, de sectas, de escuelas iiloson- 
cas, que se execran y se aborrecen. |Ved a los 
cristianos! EI melquita no puede sufrir al nesto- 
riano; ol neatariano detesta ai jacobita y se con- 



(1) Aben-Hazm, t. r, tol. 127 r.> 128 r. 
(8) En 6.rabe, aUmila cti-catiya. 



238 

denan mutuamente. Entre los mu subnanes, ell ftio- 
taoedita declara que todos los Que no piensan coono 
etl son incredulos; el no-conformista coaisidjera 
como un deber matar a los que pertenecen a otra 
secta, y el sunnita no quiere tener nada de co- 

nrun ni coai el uno ni con el otro. Entre los ju- 
dios ocurre lo mismo. Los filosofos se condenan un 
poco menos, pero no estan mas de acuerdo. Y 
cuando se pregunta cual de estos infinitos sis/be- 
mas filosoficos y teologicos encierra la verdad, 
fuerza es decir que tanto vale el uno como el 
otro. Los arguonentos de cada eampeon tlenen la 
misma fuerza, o, si se quiere, la misona debilidad, 
eolo que uno sabe manejar mejor que otro las aar- 
mas de la diabetica. iQuereis la prueba de ello? 
Id a e&as reuniones donde disputan honaores de 
opiniones distintas. iQue vereis alii? Que el ven- 
eedor de ayer es el vencido de manana, y que fen 
esfcas doctas asambleas, la fortuna es tan variable 

como en los verdaderos campos de batalla. El he- 
cho es que cada uno habla de cosas de que nada 

sabe y de que nada puede saber." 

Aigunos de estos escepticos aceptaban, sin em- 
bargo, un corto numero de pruebas. Habia quierues 
crelan en la existencia de Dios, creador de todas 
las cosas, y en la mision de Mahoma; lo demas 
— decian — -puede ser verdadero o no; ni lo nega- 
mos ni lo afirmamos: lo ignoramos; he aqui todo; 

pero nuestra coaiciencia no nos permite aceptar 
doctrinas cuya verdad no nos ba sido demostrada. 
Estos eran los moderados. Otros aceptaiban soila- 



239 

mente ia existencia de un creador, y los mas avan- 
zados no profesaban creencia alguna. Decfan que 
la existencia d<e Dios, la creacion del mundo, etc., 
no habia sido probada; pero que taonpoco io 
habia sido que Dios no existie&e o que el mundo 
hubiera existido desde la eternidad. Algunos en- 
senaban que era preciso conservar, en apariencia 
al memos, la religion en que se ha nacido; otros 
sostenian que la religion universal era la unica 

necesaria, entendiendo bajo este nombre los pran- 
cipios morales que cada religion predica y que la 

razon aprueba (1). 

Los innovadores en materia religiosa tenian una 
gran ventaja sobre los innovadores en materia de 
gobierno; sabian lo que querian. En politica, per 
el contrario, nadie tenia ideas bien determinadas. 

Estaban descontentos de lo existence, y se figura- 
ban que, por el desenvolvimiento progresivo de la 
situation, la sociedad iba directamente a una re- 
vo-lucion, que Almanzor ya habia previsto. Un 

dfa* que dejaba vagar sus miradas por su sober- 
bio palacio de Zaliira y por los magnificos jardi- 
nes que le rodeaban, de pronto se deshdzo en la- 
grimas, exdamando: "iDesgraciada Zahira! iAh, 
quisdera conooer al que dentro de poco ha de des- 
truirte!" Desipues, cuando el amigo que le acom- 
panaba le manifesto su, sorpresa por esta exela- 
macion: "Tu niismo — le dijo — seras testigo de esta 
cat&strocfe. Ya veo saqueado y arruinado este her- 



(1) Aben-Hazm, t. II, fol. 228 r., 230 v. 



■V^. K-^1 n "■ -"> 'V- L 



240 

moso palacio, ya veo a mi patria devorada por el 
fuego de la guerra civil." (1). Pero si esta revo- 
lucion se realizaba, icual seria su objeto y de que 
medios se valdria ? Esto es de lo que nadie se daba 
cuenta; mas habia al memos una cosa sobre la 
eual todo el mundo estaba de acuerdo; en arran- 
car el poder a la familia de Almanzor. Este de- 
seo no tiene nada de exbrano. Los pueblos monar- 
quicos no quieren que el poder sea ejercido por 
nadie mas que por el rey. Todos los rninistros 
que, por decirlo asf, han substituido al soberanoj 
inspiran un odio implacable y violento, cualesquie- 
ra que sean sus meritos y aptitudes. Esta consi- 
deracidn bastarla para explicar la av 5 ersi6n que 

inspiraban los amiritas; pero conviene no olvidar 
tamjpoco que habian lastimado afecciones y sfen- 

timientos legitimos. Si se habian contentado has- 

ta entonces con ejercer el poder en nombre de un 
principe Ommiada, habian dej&do conocer que as- 

piraban- a mas, que ambicionaban el trono* Esta 
ambidon habia exasperado contra ellos no s61o a 
los prfncipos de la sangne, que eran muehos, sin© 
al clero, muy adicto al principio de legitimidad, y 

a ia nacion en general, muy afecta a la dinastia, o 
que al menos creia serlo. Unase a esto que la no- 
bleza cortesana deseaba la caida de los amiritas, 

porque se prometia con cualquier cambio un au- 
mento de poder, y el bajo pueblo de la capital 
aplaudia anticipadaanente toda revclucion qu-e le 



(1) Macarl, t. I, p. 387. 



241 

permitiera saquear a los ricos y saciar el odio que 
los profesaban. Esta ultima circunstancia par-eoe 
que hub i era debido servir para hacer a las clases 
acomodadas mas prudentes. Cordoba se habfa con- 

vertido en una ciudad manufacturera, que conte- 
nia miles de obreros, por -lo que el menor tuanulto 
podia tomar, en un abrir y cerrar de ojos, un ca- 
racter muy alarmante, pudiendo transformarse en 
una terrible guerra entre ricos y pobres. Sin em- 
bargo, la ines;periencia era tal, que la inminencia 
de este peligro no habia preocupado a nadie. Las 

classes acomodadas no veian auai en los obreros 
mas que meros auxiliares, y creian que todo se 
arreglaria en cuanto los amiritas fueran descar- 

tados. 

La caida de esta familia era «1 deseo casi una- 
nime, cuando M'odafar murio en la ilor de la edad 
— octubre del 1008 — , Su hermano Abderrahman le 
sucedio. Los sacerdotes le odiaban, porque a sus 
ojos su solo nacimiento era ya una mancha inde- 
3ebLe, puesto que su mad re era la hija de un San- 
cho, ya sea del conde de Castilla, ya sea del rey 
de Navarra (1); asi que no le llamaban mas que 
Sanchol (2) o Sanchuelo, y con ;este apodo es co- 
aoeido en la Historia. Su conducta era poco ade- 
cuada para hacer dvidar su nacimiento. Amando 
apasionadamente los placeres, no tenia escmpulo 



.(1) Vdanse sobre este punto mis Investigaciones , t. I, p&- 

£lnaa 205 y slgs. 

(2) Hoy se dirfa Sanchuelo, pero en aquella 6poca se decla 

Sanchol. VSanse mis Invcstigaciones , t. I, p. 206. 

HIST. MUSVIMANE8. — T. Ill 16 



242 

de baber vino en publico, y se contaba con profunda 
indignation que un dia, oyendo al muecin gritar 
desde lo alto del m'marete: "iCorred a la oration!", 
habia dicho: "Mejor haria en decir: jCorred a la 
copa!" (1). Ademas se le acusaba de haber enve- 
nenado a su hermano Mod afar, y se referia a este 
proposito que, habiendo cortado una manzana con 
un cuchillo untado de veneno por un lado, se habfa 
comido la mitad despues de haber dado la otra a 
soi hermano (2). 

Estas inculpaciones eran quiza aventuradas ; pero 
lo cierto es que Sanchol no posefa el talento y la 
habilidad de Ahnanzor o de Modafar. Y, sin em- 
bargo, se atrevi6 a lo que ni uno ni otro se habian 
atrevido. Aun reinando de hecbo, habian dejado a 
un Omeya el titulo die soberano, y no habian sido 
califas, a pesar de los ardientes deseos que tenian. 
de serlo. Sanchol concibio el temerario proposito 
de conseguirlo, haciendose declarar presunto here- 
dero del trono. Hablo de este desagnio a varios 
hombres influyentes, entre los cuales fLguraban en 
primer termino el cadi Abem-Ohacuan y el secre- 
tario de Estado Aben-Bord, y cuando estuvo seg-uro 
de su apoyo, dirigio su demanda a Hixerh II. A pe- 
de su nulidad, parece que >el califa dudo ufl 
mamento ante un paso tan grave, tanto mas cuan- 
to que, segun la comun opinion, Mahoma habia di- 
clio que el poder no pentenecia mas que a la raza 



(1) Nouairl, pp. 473 y 479, 

(2) Ben-al-Atir, en el afSo 366; Raih&n; Ann, Tol„ n, 
paglna 403. 



243 

maadita. Consulto a algimos teologos; pero aque- 
Hos a quienes se dirigio obedecian a las inspiracio- 
nes de Aben-Chacuan; asi que le aconsejaron que 
accediese a la demand a de Sanchol, y para veneer 
sus esciiipulos le ci-taron estas palabras del pro- 
feta: "No llegara el ultimo dia hasta que tenga 
el cetro un h ombre de la raza de Cahtan" (1). El 
califa se dejo persuadir. y un mes despues de la 
muerte de su hermano, Sanchol fue declarado he- 
redero del trono, en virtud de una ordenanza re- 
dactada por Aben-Bord (2). 

Con esta ordenamza llego al colmo el descontento 
de los cordobeses. Todo el immdo repetla estos 
versos que un poeia acababa de componer: "Aben- 
Chacuan y Aben-Bord han ofehdido a la religi6n 
de un modo inaudito. Se han revelado contra el 
verdadero Dlas, puesto que han declarado al nieto 
de Sandio heredero del trono" (3). Referfase con 
gran satisfaccion que al pasar delante de Zahira, 
un santo vai*6n habfa exelamado: "jPalacio que te 
has enriquecido con los despojos de tantas casas, 
quiera Dios que todas ellas se enriquezcan pronito 
con los tuyos!" (4). En una paHabra, el odio y la 
mala voluntad estailaban por doquiera. Sin embar- 
go, la rebeli6n a inano armada no surgfa aun; to- 
davia el pue-blo se dejaba intimidar y contener por 



(1) Ben-ol-Abar, p. 150. 

(2) EI texto do este documento se encuentra en Aben-Bft- 
Bam — t. I, fol. 24 v. — , Nouairl, Aben-Jaldun y Macarl — t. I, 

pagtnaa 277 y 278—. 

(3) V&anae mis Investigacionts, t. I, p. 207. 

(4) Macarl, t. I, p. 388. 



244 

la p2*esencla de las tropas, Pero estas iban a par- 
tir. Enganado por la tranquilidad apa rente que rea- 
naba en la ciudad, Sanchol habia anunclado que 
iba a emprender una campana contra el reino de 
Leon, y el vienxes 14 de enero de 1009 salio de la 
capital al frente del ejercito* Habia concebido la 
idea de ponerse un turbante, que no usaban en 
Espana mas que los legistas y los teologos, y or- 

deno a sus soldados que hie ie ran lo mismo. Los 
cordobeses vieron en este capricho un nu-evo ul- 
traje a la religion y a sus ministros. 

Despues de salvar la frontera, en vano intento 
Sanchol obli^ar a Alfonso V a bajar de las mon- 
tafias en que se habia atrincherado. Ademas, la nle- 

ve puso los caminos intr an si tables y tuvo que em- J 

p render 3a retirada (1); mas, apenas llego a To- 
ledo, supo que habia estallado una revolucion en la 
capital. 

Un prfneipe de la casa Ommiada, llamado Mo- 
hamed, se habia puesto al frente del movimiento. 
Hi jo de aquel Hixem que Modafar habia hecho de- 

capitar, y, por lo tanto, bisnieto de Abderrah- 
man III, habia pcrmanecido ocuilto en Cordoba ipara 
escapar a la suerte de su padre, y en esta epoca 
habfa entablado conocimiento con muchos hombreis 

del pueblo. Gracias al oro, que no escatimaba; gra- 
cias tambien al apoyo que ie prestaba un faqui fa- 
natico, llamado Hasan-aben-Yahya, y al conjcurso 



(1) Ben-al-Atlr, en el alio 366, Vl6se a esta carapafia el 
nombre de la del barro — Noualri, p. 474 — . 



S 



245 
<j£ imuchos ommiadas, reunio bien pronto una par- 
tita de euatrocientos hornbres intrepidos y resuel- 
ias- El rumor de una conspiration llego Men. pronto 
a oido-s del amirita Ben-Ascalecha, al cual Sanchol 
liabia con-fiado durante su auseneia el gobierno de 
Cordoba; pero aquel rumor era tan vago, que aun- 
que Ben-Asoalecha mando registrar tmuchas oasas 
sospechosas, no descubrio nada. Habiendo fijado 
para el imartes 15 de febrero la ejecucion de su 
proyeeto, Mohamed eligio entre sus secuaces tredn- 
ta de los mas determinados, ordenandoles ocultar 
las armas bajo los trajes y que pox la tarde se re- 
uniesen en el terraplen iirmediato al palacio del 
calif a. "Yoire a reunixme con vosotros una bora 
antes de anocbecer — anaddo — ; pero ouidado conin- 
tentar nada hasta que os de 'la senal." 

Los treinta hombres fueron a su puesto, don- 
de no despertaron sospecha alguna, porque el te- 
rraplen de palacio, con vistas a la calzada y al rio, 
era un paseo anuy frecuentado. Mohamed hizo to- 
mar las armas a sus deinas partidarios, ordenan- 
doles que estuviesen dispuestos. Luegornonto en 
su mulo, y una vez en el terraplen, dio a sus trein- 
ta hombres la serial de precipitarse sob re la guar- 
dia de la puerta de palacio, Atacados los solda- 
dos de improviso, fueron desarmados inmediata- 
mente, y Mohamed corrio al departamento de Ben- 
Ascalecha que en aquel memento charlaba y be- 
bia con dos muohachas de su harem, y antes que 
tuviera tiempo de defenders© habia dejado de 
existir. 



246 

A los pocos insfcantes, los demas conjurados, a 

nuienes su jefe habia hecho avisar, empezaron a 

recorrer las calles, gritando: K jA las annas, a las 

armas!" El exito excedio a sus esperanzas. El 

pueblo, que para sublevarse no esperaba mas que 

una ocasion, una serial, los siguio lanzando gritos 

de alegria, y atraidos por el ruido, los aldeanos 

de las inmediaciones vinieron tambien a unirse a 

Jas turbas, Dirigieronse a la dorada prision de 

Hixem II y abrieron brechas en dos puntos de la 

•muralla. El desgraciado calif a esperaba que al- 
guien viniera a socorrerle. Los altos dignatardos 

estaban en Zahira, donde podlan disponer de al- 
gunos regimientos de eslavos y de otras tropas; 
pero al recibir la noticia de que habia estallado 
un tumulto, creyeron al principio que Ben-Asca- 
lecha lo sofocaria facilmente, y despairs, cuando 
supieron que la cosa era mucho mas grave de lo 
que sospechaban, quedaron paralizados por el "te- 
rror. Parecia que todo e 1 ! mundo habia perdido la 
cabeza, y no se hizo nada para libertar al monar- 
ca Este, que temia a cada instante ver el palacio 
invadido por la multitude adopto al fin ©1 partido 
de enviar un mensajero a Mohamed para que le 
dijera que, si le perdonaba la vida, abdicaria en 
favor suyo. 

"jPues que! — respondio Mohanied — , ^ere-e el 
calif a que he tornado las armas para matarle? 
No; las he empunado porque he visto con dolor 
que queria quitar el poder a nuestra familia. Es 
libre de hacer lo que le plazca, y si de buen grado 






■^ 



24 



* 



! quiere cederme la corona, le quedare muy reco- 

! nocido y podra exigir de mi cuanto desee." 

f Despu.es xnando venir a algunos teologos y per- 

L 

sonajes, a los cuales ordeno que redaetasen un 
acta de abdication, y habiendo sido firmada por 
Hixem, paso en palacio el resto de la noche. A la 
siguiente maiiana nombro a uno de sus parien- 
tes primer ministro, confio a otro Ommiada el 
gobierno de la capital y Ies encargo que alistaran 
en el ejercito a todos los que lo deseasen. El en- 
tusiasmo fue tan grande y general que todo el 
mundo corria a hacerse soldado: hombres del pue- 
blo, ricos negoeiantes, labradores de las inmedia- 
ciones, imanes de las mezquitas, piadosos mora- 
bitos: todos querian anticiparse a los demas; todos 

querfan verter su sangre en defensa de la dinas- 
tfa lefifitima v en contra del libertino qrue habfa 
querido usurpar el trono. 

Mohamed ordeno en se&uida a su primer minis- 
tro que se apoderase de Zahira. Los dignatarios 
que alii se encontraban no pensaron ni en defen- 
derse; se apresuraron a sometei*se y a pedir gra- 
cia al nuevo califa, el cual accedi<5 a su deman- 
ds; pero no sin haberles censurado duramente su 
connivencia con I03 ambiciosos proyectos de San- 
chol. 

Hundiose asi, en menos de veinticuatro noras, 
el poder de los amiritas. Nadie habrfa esperado 
un e*xito tan rapido. La alegrfa fue* general en 
C6rdoba, y atin mas viva en las cla3es inferiores 
de la sociedad. El pueblo, que siempre cainina de 



248 

prisa, tanto en ed gozo como en la colera, 
abrirse un porvenir de felicidad; pero si la ciase 
media hubiese presentido las grandes y dolorosa^ 
consecuenci&s de esta revolution, se habrfa guar- 
dado bien de tomar parte en ella y babrla pen- 
sado, probablemente, que el despctismo ilustrado 
de I03 amiritas, que habia proporcionado al pais 
gloria militar y prosperidad envidiable, valia mas 
cue la anarquia y el regimen arbitrario de la 
soldadesoa, que iba a pesar sob re ellos. 

No faltaron desde el primer mamento los ex- 
cesos que acompanan siempre a las revoluciones 
populares. Mohamed, que podia, mandar que sa- 
quearan, no tenia suficiente autoridad para pro- 
hibirlo. Previendo lo que iba a ocurrir, did orden 
de trasladar a Cordoba los tesoros y los objetos 

'preciosos de Zahira; pero los saqueadores habian 
ya puesto manos a la obra. Llevaronse del pala- 
cio hasta las puertas y las ensambladuras; mu- 
chos palacios, pertenecientes a los protegidos de 
Abnanzor y de su familia, fueron saqueados tam- 
bien. Durante cuatro dias, Mohamed no pudo o no 
se aftrevio a hacer nada contra estos ladrones. 
Consiguio, por fin, reprimir su audacia, y eraii 
tantas las riquezas acumuladas en Zahira, que, 
sin contar lo que &l pueblo se habia llevado, esn- 
controse alii millon y medio de monedas de oro y 
dos millones cien mil monedas de plata. Alg&n 
tiempo despues se descubrieron, ademas, unas ca- 
jitas que contenian doscientas mil monedas d>e oro. 

Ouando dl palacio qrodo campletamente vacio, le 



249 

prendieron fuego, y pronto aquella magnifica resi- 
tiencia no fue mas que un nionton de ruinas. 

En tanto, habian sido comunicadas dos actas 
oficiales despue 5 de la ceremonia del viernes 18 
de febrero al pueblo congregado en la mezquita. 
En la primera se enumeraban los delitos de San- 
chol y se ordenaba maldecirk en las oraciones 
publicas; en virtud de la segunda, quedaron abo- 

lidos muchos de los nuevos impuestos. Ocho dfas 
despues anuncio Mohamed al pueblo que habia 
adoptado el sobrenombre de Mahdi (1) — por el 
cual le designaremos de ahora en adelante — , y 
cuando descendio del pulpito ley6se un Ilamaimien- 
to a la guerra contra Sanchol. Esrta ultima pro- 
clarna surtio un efecto prodigio30. El enfcusiasmo 
de la capital se comunico a provincias; de suerte 
que, en poco tiempo, Mahdi se h&l\6 al f rente de 
un ejercito numeroso; pero como el pueblo que 
habia hecho la revolucion no queria dejarse man- 
dar por los antiguos generales del partido d« la 
corte, este ejercito tuvo por jefes hombres del 
pueblo o de la class media, medicos, tejedores, 
carniceros, guarnicioneros, Por primera vez la Es~ 
pafia musulmana se habia democratizado, esoa- 
pandose el poder no solo de la mano de los aani- 
ritas, sino de los nobles en general. 

Sanchol, cuando recibi6 en Toledo la noticia de 
la insurrection de Cordoba, se dirigid a Calatra- 



(1) AhMahdi d«ab, gulado por IMos. 



250 

va. Tenia intencion de dammar la sublevacion por 
medio de la fuerza; pero durante su marcha mu- 
chos de sus soldados Ie aoandonaron, y cuando exi- 
gi6 que los restantes le prestasen juraraento de 
fidelidad, se negaron, diciendo que ya habian ju- 
rado y que no querian hacerlo por Esgunda vez. 
Tal fue la respuesta, aun de los bereberes, a quie- 
nes los amiritas habian hartado de oro y con los 
cuales Sanchol creia poder eontar. Ignoraba que 
el reconocimiento y la adhesion no figuraban e^ 
el numero de sus virtudes. Consider ando perdida 
la causa de sus bienh echo res, mo pensaban mi* 
que en conservar sus riquezas, modiante una pron- 
ta sumision a-1 mievo califa, y no se molestaban 
siquiera en ocultar sus intenciones, porque cuan- 
do Sanchol llamo a Mohamed aben-Yila, uno de 

sus generates, y 3e pregunto su parecer sobre las 
disposiciones de sus soldados respecto a el, le res- 
pondio: 

■ — No quiero cngafiarte ni sobre mis propios 
sentimientos ni sobre los del ejercito; as! que tc 
dire francamente que nadie se batira por ti. 

— iComo nadie? — Ie pregunto Sanchol, que, 
aunque desenganado sobre 3a fidelidad de parte 
de sus tropas, no esperaba una confesion seme- 
jante — . ^Y de que" modo podria convencerme de 
que tu opinion es fundada? 

— Haz que tomen tus gentes el camino de To- 
ledo, diles que vas a seguirlos, y entonces ve- 
ras si hay soldados. que te acomparlsn. 

Quizas tengas raz6n — dijo Sanchol tristemen- 



251 

te; y no se avriesgo a intentar la prueba que el 
berberisco le proponia. 

En medio de la defeccion general, solo k que- 
do un amigo sincero y adicto, uno de sus aliados 
leoneses, -el conde de Carrion, de la familia de los 
Gomez (1). 

-Vente conmigo — le dijo este caballero — ; mi 
castillo te ofrecera un asilo, y, si es necesario, 
vertere hasta la ultima gota de mi sangre por de- 
fenderte. 

'— Gracias por tu ofrecimiento, mi excelente 
amigo- -replico Sancbol — ; pero no puedo aceptar- 
]e. Fuerza es que vaya a Cordoba, donde me es- 
peran mis partidarios, que se alzaran como un solo 
hombre para defender mi causa en cuanto este" 
cerca. Ademas, espero, estoy seguro de que en 
cuanto llegue, muchos de los que ahora parecen 
adictos a Mohamed le abandonaran para venirse 
conmigo. 

— Principe — repuso el conde — , no te entregues 
a vanas y quimericas esperanzas. Creeme: todo 
esta perdido, y asf como el ejercito se ha declara- 
do en contra tuya, no encontraras en Cordoba na- 
die que te ayude. 

— Ya lo veremos — replico el amirita — ; pero he 
rcsuelto ir a Cordoba, e ire. 

— No apruebo tu designio — anadio el conde — ; 
estoy persuadido de que te dejas engafiar por una 



(1) V6ase, sobre eatos condes, Sandoval, Cinco Reyes, fo- 
lios 62 y Bigs. 



252 

ilusion, que ha de sei'te funesta; pero, suceda lo 
que quiera, no te abandonare. 

Habiendo dado orden de continuar la marcha 
hacia la capital, Sanchol llego a una posada 11a- 
mada Mancil-Hani. Alii se detuvo; pero los ber- 

beriscos, aprovechando la obscuridad de la no- 
che, desertaron en masa, y a la manana siguiente 
no tenia al lado suyo mas que a los servidores de 
su casa y a los soklados del conde. Este 1-e supli- 
co, por ultima vez, que aceptara su ofrecimiento; 
pero fue inutil: el joven corria desatentadamente 
a su perddcion. "He enviado ya a Cordoba al cadi 
— dijo — ; pedira, mi perdon, y estoy seguro de que 
lo obtendra." 

En la tarde del jueves 4 de marzo llego al mo- 
nasterio de Xaux. Algunos jinetes que Mahdi ha- 
Ma enviado a su encuentro le hallaron alH al dia 
sig-uiente. "iQue me quereis? — pregunto San- 
chol — . Dejadme tranquilo, puesto que ya me he 
.sometido al nuevo Gobiemo." "En este caso — res- 
pondio el jefe del eseuadrdn — debes seguirme a 
Cordoba." Sanchol tuvo que obedecer esta orden, 
a pesar suyo, y habiendose puesto en camino, en- 
contraron por la tarde al primer ministro de 
Mahdi con un destacamento mas numeroso. Hicie- 
ron alto, y mientras enviaban a Cordoba el ha- 
ren de Sanchoi, compuesto de setenta mujeres, 
se le condujo ante el ministro. Sanchol beso nro- 
ohas veces el sue&o delante de este Ommlada, pero 
le gritaron: "jBesa tambien el casco de su ca- 
ballo!" Asf lo hizo, mientras el conde de Carrion 






253 

contemplaba. &* silencio la 'profunda humillacion 
de aquel ante quien poco antes habia temblado un 
gran imperio. Despues, cuando le montaron sobre 
an caballo clistinto del suyo, exclamo el ministro: 
«;Que le quiten el gorro!", y ejecutada esta orden 
se pusieron en mardia. 

Ail ancfchecer, cuando acampafron, los soldados 
recibieron la .orden die atar idle pies y manos a 
gamchol. MIentxas la cumplfan xudamente: "Me 
^is Iastdmafn.dc— les diijo — ; dadlme un instants 
de respixo y dejadme una mano libre." Habiendo 
coioseguido lo que pedia, en un abrir y cerrar de 
j<fc saco un puiM de su borcegui; pero los sol- 
dados se lo arrebataron antes de que pudiexa he- 
rirse. "Yo te ahdrrare este trabajo" — grito el mi- 
nistro—; y arrojandole en tierra, le mato, cortan- 
*tofe despues 'la cabeza. EI candle fue muertd tam- 

faien- 
Ad <Iia sigureaute, cuando dos jinetes entraron 

en Cordioba, ©Tosentaroai ail califa flos restos de 
Sanchol. Habiendo rnandiado embalsarnar su ca- 
daver, hizo Maihdi que le pisoteara su caballo, y 
desp>ues ordeno qu&, vesftiido con un pantalon y 
una tunica, le clavaaen en una cruz junto a la 
puerta de paJLacio. a! iado de isu cabeza, que ya 
estaba colocada en el extreme de una pica. Bajo 
estos espantosds restos babia un hombre que gri- 
taba sin cesar: "iHe aqui al Menaventurado (1) 
Sanchol! iQue Dios -le majldiga y me maldiiga 



(1) Era el sobrenombre adoptado por Sanchol. 



254 

tambien a miP Era el jefe d*J la guardda de San- 
duel, que no habia siclo perdonadio mas que a 
condiicioEQ cle que expiase de este modr. su fideli- 
dad h-acia su dueno (1). 



XIV (2) 

Al principio todo parecia salir a medida de los 
deseos de Mahdi. El pueblo de Cordoba le habia 
entromizado; los bereberes le hablan reeonocido, y 
-aun no habiaai transcu'nr&do cinco d£las desdle la 
muerte del Amirifta. cuando recibio una carta en 
que Uadi, el mas pdd'eroso de los eslavos, gober- 
nador de la. Frontera drvfeatior, se oftfecia a pres- 

■I 

tele obediencia. diciendoile que la inoticia de 3a 
ejeeucioii del usurt>adar le habia paxxiuaido gran 
all-ear ria. Como Uadi debia su fortuna a Alimaaizdr, 



Mahfdi no- esperaba, poir su parte, una sumisioai 

tan promta; asi que se apresuro a darle pruebas 
de su reconocimdjento. enviandole imicho dinjero, 

un traie de honour* un caballo ricamente eaijoezado 



(1) Nouatri, pp. 474-9; Macarl, t. I, pp. 278 y 379. 

(2) V^anse Nouairi, pp. 479-484; Aben-Jaldun, folio 
19 r. y v. ; Aben-Hayan, apud Aben-Basam, t. I, fol. 7 v., 
8 r y v. — Aben-Basam parece haber abreviado este pasaje — ; 
Abd-al-uahld, pp. 28-30; Ben-al-Abar, pp. 159 y 160; Ben- 
al-Atir, en el afio 366; Macari, t. I, p. 278; Rodrlgo de To- 
ledo, Historia de los drdbes, c. 32-35. Sobre las fechas pue- 
de consultarse un artfeulo de mis InvestigacioneSj t. I, pagE- 
nas 238 y slgs., 710 de la primera edicidn. Sobre el epltafio 

de Ot6n, obispo de Gerona, v6ase tambi&i Espa&a SagrtidOt 
tomo XLIII, pp. 157 y slgs. 



255 

y el diploma d<e ^obernador de todias 'las faxxn- 
teras. 

Todcs los ©artidos se habian agrupado en torno 
del Gobi'erno. Esta era, por lo menos, la apariencia, 
el movimiento espontaneo del primer instante ; pero 
esta unanimidad era menos real y profunda de lo 
que parecia. La revolution se haibfa verificado bajo 
el predominio de una especie de fiebre general que 
no habia dado tiempo a que se manifestase el buen 
senitidp; pero cuando vino la reflexion, comenzaron 
a darse cuenta de que no estaba todo termin-ado, 
reparado ni restablecido -con la caida de los ami- 
ritas, de que aun podia haber algo que condenar, 
algo de que quejarse bajo otro regimen. Mahdi no 
tenia ni talento ni virtudes; era un hombre disolu- 
to, cruel, sanguinario y tan ipoco habil que se 
enajeno sucesivamente todos los partidos. Comenzo 
por lkenciar a siete mil obreros que se habian alis- 
tado. Como no podia dejar Cordoba a merced de 
las clases bajas. esta medida era sin duda necesa- 
ria; pero disgusto al pueblo, que, orgulloso de ha- 
ber hecho la revoluci6n. se encontraba muy bien 
cobrando un gran sueldo sin hacer nada. En segui- 
4a desterro de la capital a #ran numero de eslavos 
amiritas, y a otros les quito los ©mpleos que des- 
empefiaban en palacio, lo cual era lanzarlos al par- 
tido de la oposiei6n, mientras que con un poco de 
tacto quiza habrita logrado atoaerselos. Al mismo 
tiempo irrit6 a los devotes. No salia niunca de (pa- 
laciOj no pensaba mas aue en divertirse, y los pia- 
dosos tnusufcmanes referian con horror que daba 



256 

festines en que tocaban un cen tenor de laudes y 
ntro d.e flautas. "Hace lo mismo quo Sanchol", de- 
cian. Le Ilamaban el bebedor, le acusaban de 
turbar la paz de muchas famillas, y le h&cian co- 
plas como antes se las habian hecho a su .rival. 
Su cruel dad acabo de perderle ante la opinion pu- 
blica. Uadi le habia enviado las cabezas de wmchos 
habitantes de las front eras que se habian negado 
a reconocerle, y habia ordenado plantar flores en 

el las y colocarlas en las orillas del rio, frente por 
frente a su palacio. Se complacia en contemplar 
este extrafio jar dirt, e inducia a los poetas — entre 
los cuales se distinguia Said, que despues de ha- 
ber adulado a las amiritas ahoi'a adulaba a su- ene- 
migo — a componer versos sobre este a sunt o (1). 

Enemistado ya con el pueblo, con los eslavos, 
con los devotos y. en general, con todas las per- 
sonas honradas, Mahdi tampoco hizo nada para 
atracrse a los berberiscos, que, sin embargo, se 
habian entregado a el ipor su propio impulse Cier- 
to que estos rudos soldados eran muy aborrecidos 
en la capital. El pueblo no les perdonaba haber 
sido los fautores y el apoyo del despotismo de los 
amiritas, y .si Mahdi los hubiera tornado abierta- 
mente bajo su protection, habria perdido la es- 
casa papularidad que aun le quedaba. Sin embargo, 
como no podia envianlos a Africa, habria debido 

atenderlos; pero no lo hizo; a cada instante les de- 
mostraba su odio y menosprecio; les prohibio hasta 






s- 



(I) Vdaae Abad, t. I, p. 244. 



257 

r 

montar a caballo, usar armas o entrar en palacio, 
todo lo cual era una gran imprudencia. Acostutm,- 
brados a ser raspetados, honrados y mimados por 
la corte, tenian los berberiscos el sentimiento de su 
dignidad y de su fuerza; asi que bo se resignaron 
a no ser nada en el Es&ado; y un dia en que el 
populacho saqueo muchas de sus moradas, ( sin que 
lo iaxapidiese la polkia, Zaui y otros dos de sus 
jefes fueron en busca del califa y le exigieron im- 
periosamente el castigo de los culpables. Intimida- 
do por su actitud resuelta y firme, Mahdi -se excu- 
se lo mejor que pudo, y para apaciguarlos roando 
cortar la cabeza a Jos kistigadores del desorden. 
Pero pronto se i'ehizo de su terror y c-omenzo de 
nuevo a vejar a los bereberes. 

Sin embargo, por aturdido que fuera, no sse le 
ocuitaba por completo lo peligroso de su situacion, 
y temia sobre todo que el nombre de Hixem II lle- 
gara a ser un dia el lazo de uni6n de todos los par- 

tidos agraviados. Kesolvio, pues, si no matar a su 
augusto pnisionero, hacerle pasar por muerto. Pre- 

cisamente acababa de morir un cri&tiano que se 
parecia mucho a Hixem — abril de 1009 — . Mahdi 
hizo llevar secretamente su cadaver al alcazar, 
donde le mostro a algunas personas que habian co- 
nocido a Hixem. Sea que la senvejanza fuese mruy 
notable, sea que las ipersonas en cuestion estuviesen 
compradas, eft caso es que declararon qu'e aquel ca- 
daver era el del ultimo caMfa. Mahdi hizo venir en- 
tonces ministros de la religion, personages y hoim- 
bres del pueblo, y recitadas las oraciones funebres, 

Hist, musulmanes. — T. Ill 17 



258 

fue enterrado el cristiano en el cementerio musal- 
man con todos los honores debidos a la realeza. 
Respecto al verdadero Hixem, Mahdi le hizo ence- 
rrar en el paiacio de uno de sus visires. 

Tranquilo por esta vez, el imprudente califa cre- 
yo que desde entonces podia atreverse a todo. En 
el me s de mayo redujo a prisaori— no se sabe por 
que — a un hijo de Abdurrahman III, llamado So- 
iiman, a qui em poco antes habia nombrado here- 
dero del trono. Ademas, dejo entrever la inten- 
cion de dar muerte a diez jefes berberiscos. No 
hacfa falta tanto para que los africanos tomaseu 
las armas, y, por su parte, Hixem, el hijo de So- 
li-man, trabaj6 activamente para crearse un par- 
tido (1). Lo consiguio sin dificultad; los siete mil 
obreros licenciados por Mahdi eran un ejercito 
siempre pronto a la rebelion. El 2 de junio se re- 
unieron ante ol paiacio de Hixem y le proclamaron 
califa; este los llevo entonces a una explanada, 
finer a de la ciudad, y, habiendose umido a ellos los 
berberiscos, marcho contra el paiacio de Mahdi, 

Arrancado bruscamente a sus placeres, el califa 
mando pregunbar a la turba que deseaba. "Has re- 
ducido a mi padre a prisiom — respondio Hixem— ,e 
ignoro lo que do el ha sido." Mahdi puso entonces 
en libertad a Soliman; mas si creyo que bastaba 

esta medida para que la turba se dispersara, se 
ongan6, porque Hixem le mando a decir que tenia 



(1) En su Trato&o del amor — fol. 121 r. — , Aben-Hazn ha- 
bia incident film en to de la rebelitfn de esto Hixem, cue adopUS 
el sobrenombre de Raxid. 



3 



259 

<fue cederle la corona. Queriendo gaaiar tiempo, fin- 
gio Mahdi entrar en negociaciones con el; pero 
como se prolongaban mucho, los obreros y los 
berberiscos, aburridos de su inaccion, fueron a sa- 
quear e incendiar las tiandas del mercado de lo. 
guarnicioneros. Entonces los cordobeses emgpuna- 
ron las armas, no para sosbener a Mahdi, sino 
para preservar sus casas del pillaje, y Men pronto 
los soldados que el califa tuvo tiempo de reunir vi- 
meron en su auxilio. El combate duro sin inte- 
rrupt on un dia y una noche; pero a la manana 
del viernes 3 de junio, los bereberes se vieron oMi- 
gados a emprender la fuga en el mayor desorden. 
Parte de los cordobeses los persigui6 hasta las 
orillas del Guadalmeyato; otros saquearon sus ca- 
sas y se apoderaron de sus nrujeres, ofreciendose 
un premio a todo el que presantase la cabeza de 
un berberisco. El anticalifa Hixem y su padre ca- 
yeron prisioneros, y Mahdi los hizo decapitar. 

En cuanto ©e rehicieron los berberiscos juraron 
vengarse del modo mas ruidoso; pero teniae poca 
habilidad y no sabian como arreglarse. Afortuna- 
damente para ellos, Zaui estaba allf. Oriundo de 
la dinastia Cinechita, que rein aba en la region dc 

Africa de que era capital Cairauan, era mas ci- 
vilizado e inteligente que la mayoria de sus com- 
paneros de armas, y comprendio que hacia failta 
ante todo oponer un competidor a Mahdi. Tonia 

r 

a mano un Ommiada, Soliman, sobrino dc Hixem. 
que deapues de haber tornado parte en la intai- 
tana de su tio, habla huido con los bereberes- Zaui 



260 

propuso a sus camaradas que le reconociesen como 

calif a; algunos se negaron, diciendo Que Soliman 
era un buen hombre; pero que no tenia ni bastante 
energia para jefe de uai partido, ni bastante ex- 
periencia para mandar un ejercito. Otros no que- 
rian ningun jefe arabe. Para hacer adoptar su 
solucion, Zaui recurrio a un medio, n uevo sin dud a 
para los berberiscos, aunque no Io sen a para nos- 
otros. Tomo cinco lanzas, y, reuniendolas en un 
haz, se las dio ail soldado que pasaba por tener 
inas fuerza, diciendole: "jlntenta romp^rlo!" No 
habiendo podido conseguirlo el soldado, 61 conti- 
nuo: "Desata la cuerda y rompelas una a una.'' 
En un mstante el berberisco las partio tcdas. "Que 
csto o;> sirva de ejemplo, berberiscos — anadio en* 
tonces Zaui — ; unidos sereis invencibles; desuni- 
dos perecercis, porque estals rodeados de enemi- 
gos implacables. Pensad en el peligro, y comuni- 
cadme pronto \o que decidis." "Estamos dispues- 
tos a soguir tus prudentes consejos — gritaron de 
todos partes — , y si homos de sucumbir, no #era 
al menos por nuestra propia culpa." "jPues* bien 
continue Zaui, tomansdo a Soiiman de la mano — : 

jurad ser fieles a este coraixita! Nadie podra acu- 
&aros de aspirar all gobierno de este pais, y como 
es arabe, muchos de su nacion se decidiran por 
<& y por vosofcro-s." 

Cuando se hubo prestado juramento a Soliman 
y declaro este principe que adoptaba el sobre- 
nombre de Mostain, Zaui hablo de nuevo: "Las 
circun stand as — dijo — son graves; ante todo, es 



^+a 



&- 



261 

preciso que nadie pretenda satisfacer su ambi- 
cion, arrogandos-e un poder a que no tenga dere- 

cho. Que cada tribu elija un jefe, y que este res- 
ponds con su cabeza al calif a de la fidelidad de su 
regimiento. " Asl se hizo, y, naturailmeiite, Zaui 
fue elegido por su tribu, por la de Cinechta (1). 
iDesde el principio, Soliman no tuvo ninguna au- 
toridad sobre los bereberes, que habian elegido 
sus jefes sin consultarle; no era mas que un tes- 
taferro, y nunc a fue otra cosa. 

De&pu&s, los africanos marcharon a Guadalaja- 
ra, y, habiendose apoderado de esta ciudad, pro- 
pusieron a Uadi que hiciese causa comun con ellois, 
rogandole que les franqueara las puertas de Mfe^ 
dlnaceli; pero Uadi no escuch6 sus proposieiones, 
y, habiendo recibido refuerzos de Mahdi, los ata- 
c6. Fue vencido; pero I03 bereberes no pudieron 
felicitarse de su victoria, pues Uadi les corto los 
viveres, de suerte que durante quince dias tuvie- 
ron que alrmentarse de hierbas. Para salir de este 
ftp-uro enviaron a Sancho, conde de Castilla, men- 
sajeros que solicitasen su intervencion, y le pro- 
pusieron una aliauza en el caso en que Mahdi y 
Uadi no quisieran la paz. 

. Llegados a la residencia del conde, los africa- 
nos ss encontraron con otra embajada de Mahdi, 
«d cual habla ofrecido a Sancho caballos, mulas, 
dinero, trajes, piedras preciosas y otros presen- 
tes, y le habia promeftido nruehas ciudades y for- 



(1) Aben-al~Jatib, artfculo sobre Zaui, man. G, fol. 133 v. 



262 

t stems en el caso de que se prestase a socorrer al 
calif a de Cordoba. iCuanto habia cambiado todo 
en pocos meses! Ya no eran los nmsulmanes los 
que dictaban la ley a los principes crisfcianos; por 
el contrario, era el conde de Castilla quieai iba a 
decidir de la suerte de la Espafia arabe. 

Bien informado del estado de los asuntos entre 
sus vecinos y de que el poder de Mahdi no pendia 
mas que de un hilo, el conde prometio a los bs^ 
reberes decidirse por ellos si se comprometian a 
cederte las fortalezas que le habian ofrecido los 

mensajeros de Mahdi, y cuando consintieron en 
ello, despidio a los otros embajadores y envio al 
campamento berberisco mil bu eyes, cinco mil car- 
neros y mil carros cargados de viveres. Pronto se 
hallaron los berberiscos en estado de emprender 
la camp an a, y, habiendoseles reunido el conde con 
•sm iropas, tomaron el camino de Medinaoeli. 

jCuando llegaron cerca de esta ciud-ad, hicieron 
nuwas tentativas para atraerse a Uadi ; pero 
tampoco lo consiguieron, y, pensando con razon 
que no debian perder tiempo, marcharoai direeta- 
mente sobre C6rdoba — j.ulio de 1009 — ; Uadi los 
sigui<5 con su caballerfa y los ataeo; pero desypaies 
de perder a muchos de los suyos, viose obligado- a 
^mprender la fuga, y llego con cuatrocientos jrne- 
tes a Cordoba, donde se le reunio uno de sus lu- 
gartenientes con otros dpscientos, que babian te- 
nido tambien la fortuna de escapar de la carni- 
cerfa. 

Informado de que los berberiscos marcMbais 



263 

contra la capital, Mahdi, despues de haber pues- 
to sabre las arm as a todos los que se hallaban en 
estado de esgrimirlas, se habia atrincherado en 
una explanada al este de Cordoba. Pero, en vez de 
esjperar alii al enemigo, cometio la imprudencia de 
aalir a su encuientro. L03 dos ejercitos se hallaron 
frente a frente en Cantix — 5 de noviembre de" 
1009 — , y basto un escuadron de treinta berberis- 
cos para introducir el desorden en las filas de la 
indisciplinada masa de sus contrarios. En preci- 
pitada fuga, burgueses, obreros y faquies se de- 
rribaban unos a otros. Los bereberes y los caste- 
llanos los acuchillaban a centenares, y muchos 
murieron en las aguas del Guadalquivir. Se ca3- 
cuilan en dies miil (1) los que perecieron en esta 
horrible matanza. 

Uadi comprendio bien pronto que todo estaba 
perdido, y, acoanpanado de sus serscientos jinetes, 
huyo al galope hacia el Norte. Por su parte, Mah- 
di se habia refugdado en su palacio, donde fue 
sitiado poco despues por los berberiscos. Creyo 
ealvarse devolviendo el trono a Hixem II, y, sa- 
candole de su prision, le situo de modo que los 
berberiscos pudieran verle, envianddles ademas el 
cadi Aben-Chacuan para d-ecirles que vivia atin, 
que ile consideraba como su serlor y que el no era 



<1) Este ntimero se encuentra en los historiadores mas 
antlguos y dignos de fe; a saber: en Ben-Hayan — apud Aben- 
Basam, t. I, fol. 8 rv — . Otros conslgnan veinte mil y aun 
treinta y seis mil. 



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264 

mas que su primer ministro. Los bereberes se rie- 
ron de este mensaje. "Ayer— respondiero-n al ca- 
di — , Hixem estaba muerto, y tu emir y tii recita- 
bais sobre su cadaver las oraciones funebres; 
£cotmo ha de vivir hoy? Ad em as, si es cierto lo 
que dices, nos alegramos de que viva Hixem; pero 
no le necesitamos, porque no queremos mas califa 
que Solrman." En vano trato el cadi de excu^ar a 
su sefior, y aim estaba hablando cuando los cor- 
dobeses, que temblaban ante el principe* que ame- 
nazaba sus muros, sailieron a su encuentro y le 
reconocieron por soberano. 

Mientras Saliman hacia su entrada en la ca- 
pital, los bereberes y los castellanos se -entre> 
gaban a toda olase de excesos. Mahdi fue a ocul- 
tarse en la casa de un tal Mohamsd de Toledo, 
que le proporciono 'recursos para gan-ar esta cdu- 
dad, porque todais lias frontenas, desde Tortosa 
hasta Lisboa, aun le eran adictas; asi que cuando 

Saneho recondo a Scfliman su promesa, &ste se 
vio obMigado a xesponder que en <el aeto no podia 
.sati&facerlie, porque el mismo no posefa aun las 
ciudades de que se trataba; pero.se cctoprornetio, 
por segunda vez, a er^tr eg ar solas en cuan&o estu- 
vieran en su poder, y ecntomces Saneho labandoao 
Cordoba con sus huestes, eni:iqueciid&s a expensas 
de la cktdad — 14 de iioviembre de 1009 — . 

La suerte de Hixem no cambio. Soliman, "dtes- 
pues de obligate a abdicar en favour suyo, le hizo 
encerrar nuevamente, mas accediendo al deseo d-e 
los antriguos fservidares/ de ilas airaaiitas, tmatndo 






265 

enterrajr, con las ce:tfenionias acostumhrariias, el 
cuerpo de Sanchol. 

En tanto, Mahdi habfa llegadd a Toffedo, cuyOiS 
habitantes le dispensaron una excelente acogida, 
Soiliman se puso en marcha para atacanle, y en- 

vio ministros ide la religion a los toledanos para 
amenazaxlos con su col-era si continuaban mos- 
trandose rebdldes. Perd estas amenazas no sur- 
tienon efecto, y, no queriendo emprender el sitae* 
de una ciudad tan fortincada coma Toledo, espe- 
r&ndo, ademas, que se someteria iespctetaneamente, 
cuando le diera ejemplo el resto del pais, se di- 
rigio contra Medinaceli. Durante su marcha, mu- 
ohos eslaws vinieron a engrosar el ejercito, y 
se anodero de Medinaceli sdn ilucha, pdrqute Uadi 

habja evacuaido -esta ciudad y &e habfa retirado 
a Tortosa. Desde alii escribio a Soliman para 

decdrle que le reconoceiiia con tal de que le per- 
mitiera permanecer dorado estaba. No procedfa asi 
mas que para -librarse de las persecuciones de 
Sdliman y ganar tiiempo. Su astueia dtio resiul- 
tado; Soliman cayo en el lazo, y dejo a Uadi ©I 
gobiemo de todas las fronteras. 

Teniendo desde entonces las manos flibres, Uadi 
se apresuro a concertar una aiManza con dois cofei- 
des catalanes, Raimundo ide Barcelona y Armen- 

gol de TJng€& r a 3<os euales prctmetio cuantto quisie- 
ron, despues de lo oual marcho a Toledo, lacompa- 
fiaido de un ejercito catailan y del suyd, para una,r- 

se con las tropas de MafaxM. tollman intimo en- 
tonces a -los cardobeses para que tomasen las ar- 



266 

mas; perc* como no obedecian mas que a regaua- 
dfentes a los africanos, se excusaron diciendo que 
no se hallaban en estado de combatir. Por do de- 
mas, ya lo habian demostrado en Cantix, y lets 

berberiscos, que preferiian no tener -en ^1 ejer- 
cito soldados de aqutel temple, rqgaron a Soliman 
que les dejase a ellos solos alcanzar la victoria. 
Soliman se persuadio, y habiendo avanzado hasta 
Acaba al-bacar 7 ktg-ar situado a cuatro leguas 
de Cordoba (1), encontro al ejereito de su adver- 
sario, formado por tminta mlH musul rn anies y nue- 

ve mil crAstaamc's, en &a primera mitad de juinio 
de 1010, Sus generate Je colooaron a retaguardia, 
indicandole Que no abamidtoase su puesto, aunque 
los enemijjos le pisoteaseai, Despaxes, atacaron a 
las tro'pas catalanas; pero conforme a la estratoe- 
gia ordentail, voilvicron de pronto la espalda. <al ene- 
inigo, para reanxadar en segudda impetuosamente 
a la carga. Desgraraaldametnte, Soliman, que reci- 
bia ordeaies de sus capitanes, no co'mpi'enidia m 
tactica; por lo cual, viendo r-etroceder a la van- 

guardia, no dudo de que habia sdjdk> venciitBa, y 
cneyendo que todo estaba perdiido, huyo al gaio- 
pe, y los caballeros que ie rodsabaai signxi-erotn su 
ejemplo. Los berbeniscos, sdn embargo,, volvian a 
la canga, y art^canon al etnemigo coax tal fwma. que 
matardn sesenta jefes catalanes, eratne elloB >el 



-■n 



-1 



(1) VSase Edrtel, t. II r pp. 64 y 65. Hoy Castillo del 
Baear, 



267 

cond'e Armen^ol de Urgel; pero cuando vie ran 
^e Salim&n habia abanidonajdo su puesto 3 <se re- 
tiira-roin a Zahra, con Id cual quedaron duefios del 
campo de batalla los catalanes. Asi ©s como Sali- 
man perdio, por su ignorancia y cobardia, >Ia bata- 

_■ 

11a de AcabaHal-bacar, batalla de que tal vez lia- 
bxlia salido vencedor si hrubiera comprendido la 
tactioa de suS' oapitanes o r all rnenos, obadeoido 
jus oiidenesi. Por lo demas, ed triunfo fue alcamr 
zado por los catalanes, pues las trdpas de Mahdi 
y d*e Uadi parece que no tomjaron parte muy ac- 
tiva en el combate* 

Mahdi entro en Cordoba, y esta desdichada ciu- 
dad, saqueada seis meses antes por los castellanos 
y los berberiscos, fue -saqueada nuevamente por 
los catalanes. Mahdi salio en persecuci6n de los 
berberiscos, que marchaban hacia Algeciras, ina- 
tando a todos los que encontraban y saqueando las 

ciudades; pero volvieron sobre sus pasos en cuan- 
to supieron que sus enemigos los buscaban. El 21 
de junio (1) vinieron a las manos ambos ejercitos 
en el sitio en qu-e el Guadaira desemboca en el 
Guadalquivir, y esta vez los africanos obtuvieron 
una ruidosa venganza del descalabro sufrido en 
Ajcaba-al-baoar. El ejercito de Miahdi fue derro- 

tado; muchos capitanes eslavos y mas de tres mil 
catalanes quedaron sobre el campo de batalla, ade- 



(1) Esta fecha es la que consigna Nouairi. TambiSn se 
encuentra en fin documento latino publicado en la Bsp. , Sa- 
m-ado, t. XLIII, p. 156. 



■3 

M 
J 
r 1 



5 
^ 



*1 



268 

mas del gran numero de sol dados que perecie- 
ron en las aguas del Guadalquivir (1). 

Dos dias despues entraron en Cordoba los ven- 
cidos, y los catalanes, furiosos con su derrota, pro- 
cedieron con una crueldad inaudita. Matarc-n es- 
pecialmente a todos los que tenian alg-un parecido 
con los berberiscos; pero cuando Malidi les rogo 
que marcharan de nuevo contra el enemigo, se 

negaron, diciendo que las perdidas sufridas no se 1 
lo permitiart. Salieron, pues, de Cordoba el 8 de \ 

julio, "y a pesar de todo el daiio que alii habian 

Jiecho, los habitantes los vieron partir con pena, 

porque aun les inspiraban mas espanto las hordas 
berberiscas, de las cuales podian haberlos defen- 
dido los catalanes. "Despues de la partida de los 

catalanes — dice un autor arabigo — , los habitan- 
tes de Cordoba, cuando se encontraban en la calle, 
se daban reefprocamente el pesame, como se da a 
los que han perdido la fortuna o la familia." 

En tanto, Malidi, que habia impuesto a la ciu- 
dad una contribuci6n extraordinaria, a fin de po- 
der pagar sus tropas, se puso en znarcha contra 
el en'amigo. Pero despues de la partida de los ca- 
talanes, su ejercito habia perdido el valor, y ape- 
nas habfan and ado siete leguas, cuando un terror 
panico, &nie la sola idea dc tener que combatlr 
dentro de poco a los terribles berberiscos, le hizo 
volver a Cordoba. Mahdi ttuvo, por lo tanto, que 



(1) "Kn las olas del mar", dice Nouairi. Sabido es quo la 
marea llega hasta el altio en que se habia librado la batalla. 



26i> 

resignarse a esperar a los enemigos en la capital, 
haciendola rodear de un foso y de una muralla; 
pero -el destino querfa que, en vez de caer por 
los berberiscos, cayera por los eslavos. 

Algunos de estos, entre los cuales figuraba en 
primer termino Uadi, Servian bajo sus banderas; 
pero otros, como Jairan y Anbar, eran del bando 
opuesto. Toclos conocieron al fin que, para alcanzar 

el objeto de su -ambicion, es decir, el poder, la 
union era necesaria, y resolvierdn restaurar en el 
trono a Hixem II. Adoptado este plan, Uadi tuvo 
buen cuidado de f omental* el descontento de los ha- 
bitantes de la capital. Hizo difundir los rumores 
mas exagerados sobre la desarreglada vida del 
bebedor, y ann reprobando en publico los desoiitie- 
nes de los soldados, los f avorecia en secreto. Coiaai- 

do estos manejos quitaron al califa la poca popu- 
larddad que aun le quedaba, Jairan, Anbar y los 
demas generates eslavos del ejercito de Soliman 
ofrecieron sus servicios a Mahdi, el cuail se apre- 
suro a aceptar su oferta; mas apenas entraron en 
Cordoba estos supnestos auxiliares, no tardo en 
advertir que tranraban su perdida, y como no se 
h>alraban en est ado de resistirlos, decidio refiu- 
giarse por segunda vez en Toledo. Los eslavos se 
le adelanta ron. Etl doming© 23 de julio de 1010 re- 
corrieron a caballo las calles, gritando: "jViva 
Hixem II!"; y sacando a este prfncipe de su p vi- 
sion, le colocaron en el trono, cubierto con las re- 

gias vestiduras. 
En ^quel memento, Maibdi se encontraiba en &1 



270 

bano. Enterado de lo que' ocurrfa, corrio al salon 
y fue a sentars'e al la-do de Hixem; pero Anbar 
le asio violent amen te de un brazo y le obligo a sen- 
tarse enf rente de Hixem, el cual le reprendio en 

los terminos mas duros los dafios que le habia 
causado. En seguida Anbar le cogio nuevam&nte 

pox el brazo, le arrastro hasta la plataforma y 
saco la espada para cortarle la cabeza. Mahdi se 
defendio a brazo partido; pero, en el mismo ins- 
tante, cayeron sabre 61 las espadas de otros esla- 
vos- Poco despues, su cadaver yacia en el mismo 
sitio en que diez y si-ete meses antes habia hecho 
arrojar el de Ben-Ascalecha. Entronizado por una 
conspi nacion, otra conspirac-ion k habia privado 
del trono y de la vida. 



XV (1). 

Con un soberano tan debil como Hixem II, los 
eslavos eran oniaiipotentes* Asa Uadi, que habia 
quedado de primer rninistro, pretendio gobernar a 
Espafia como su patrono Aknanzor. Desg-raciada- 
m nte para el, las circunstandas habian cambiado 
mucho, y Uadi no era Atoanzor. Cierto que ad 
principio no encontro oposicion en la capital. La 
cabeza de Mahdi fue paseada por las call ; es sin 

que se oyera ni un murmullo-, porquo nadie se 



(t) Nouairi, pp. 484-6; Ben-al-Atir, en el afio 400; Aben- 
Hayan, apud Afoen-Basan, t. I, fol. 8 v, ; Rodrlgo de ToledOv 
capitulos S6-39. 



271 

compadecfa de aquel tirano; /pero Uadi, que se 
habia lisonjeado con la esperanza de que los ber- 
beriscos reconoccrian tambien al sobcrano, a quien 
el habia devuolto la corona, pronto pudo pe-rsua- 
dirse de que tal confianza era quimerica, porque 
cuando les envio la cabeza de Mahdi, rogandoles 
<pie se sometieran a Hixem, fue tan viva su indig- 
nacion que, si Soliman no se hubiese interpuesto 
para salvar la vida a los mensajeros, estos ha- 
brian sido asesinados. El mismo Soliman vertio la- 
grimas a la vista de la cabeza de su pariente; la 
hizo limpiar y se la envio a Obaidala, el hijo de 
Mahdi, que se hallaba en Toledo. 

Desengafiado respecto a los bereberes, Uadi 
comprendio pocos despues que tenia enemigos en 
la mi ssrn a ciudad. Alg-unos omey&s, que no querlan 
3a dominacion. eslava y que crefan velar por sus 
propios intereses sirviendo los de Soliman, avi- 
saron secretamente a este ultimo que avanzase el 
12 de agosto hasta las puertas de la- capital, y 
que elios se le entregarian. Solim&n promotio ha- 
cerlo; pero informado Uadi del complot por Jai- 
ran y Anbar, mando detener a los conspiradores, 
y cuando Soliman se presento el dfa prefijado bajo 
los muros de la ciudad, fue* atacado bruscamente y 
obligado a emprender una fuga precipitada. 

Ksperando que este descalabro hubiese hecho 
mas tratables a los berberiscos, Uadi volvio a en- 
tablar negociaciones con ellos; pero no dieron re- 
sulfcado, y, en tanto, Soliman pidio auxilio a siu 
antiguo aliado Saneho de Gastilla, ofreciendc* ce- 






it 



272 

d-erle las fortalezas que Almanzor habia conquls- 
tado. No se sabe si eran las mismas que le habia 
prometido antes; pero lo cierto es que el conde 
hallo entonces el modo de extender su territorio 
sin torn arse el trabajo de hacer una expedicion a 
Andalucfa. Como las fortalezas en cuestion no se 
•hallaban en poder de Saliman, sino en el de Wad- j 

hid, participo a e&te ultimo que, si no se las ce- 

dia, irfa con los oaatellanos a socorrer a los ber- 
beriscos. El asunto pareciotan import ante a Uadi, 
que no se atrevio a contraer la respocisabilidad 
de acceder ni de negarse. Convoco, por lo tanto, a 
los personajes importantes, y, comunicandoles el 
mensaje de Sancho, ks pregunto &u parecer. Ei 
temor de ver a los berberiscos reforzados por los 

castellanos hizo ennrudecer la canciencia del ho- 
nor nacional, y respondi&ron que, en opinion suya, 
debia acederse a la demand a. En el mes de agosto 
o septiembre de 1010, Uadi concerto un tratado 

con Sancho, y al decir de los escri tores arabes, Ie 
■entrego mas de doscientas fortalezas, entre las 
ouales citan los cronistoas cristianos (1) las de San 
Esteban, Coruna de! Conde, Gorniaz y Osma. Este 
■ej&niplo fue contagioso; vi-endo que para obtener 
plazas fuertes bastaba con algunas amenazas y 
palabras mayores, otro conde las pidio a su vez, 
anunciando que, si no se las daban, iria en el acto 
a reunirse con Soliman. Tampoco se atrevisron a 
negarselas. De este modo, el imperio musuilman, 



O) Ann. Compost. j Chron, de Cardefta. 



-a 

H 
_ 1 



i 



273 

preso de la guerra civil y re&ucido a la mas cam- 
pleta impotencia, se deshacia a pedazos. iS-e fell- 
citarian aun los cordobeses de la caida de los aani- 
ritas, como en e'l dia funesto en que saludaron 
con irreflexivo entusiasmo el rapido triunfo de la 

revolucion? Nos permitimos dudarlo; pero cuales- 
quiera que fuesen sua sentimientos en aquella epo- 
ca, ya no podian volver atras. En tales circuns- 
tancias, tenian que resignarse a bajar la cabeza 
ante los enemigos de su religion, a sufrir el amo 
que los esiavos o berberiscos quisieran imponer- 
les, a ser maltratados y saqueados por unos o per 
otros; en una palabra: a aceptar toclas las conse- 
auencias a que se exponen los pueblos que, sin 
marchar hacia un objeto claramente definido, sin 

tener una sana y grande idea politica o religiosa 
que realizar, se lanzan aturdidamente en el tor- 
bellino de las revoluciones. 

Sin embargo, por de pronto, no fueron ellos los 
que sufrieron mas con la ferocidad de los berbe- 
riscos. Despues de sitiar a Cordoba durante mes 
y m'edio, se dirigieron contra Zahra, de la cual se 

f apoderaroa tan solo en tres dias de asedio, gra- 

I 

i cias a la traicion de un oficial que les entrego una 
| de las puertas de la pobla-cicn — 4 de noviembre 
d'e 1010 — . Inmediatamente comenzo la carnice- 

ria, ' y si los cordobese-s hubieran dudado de la 
suerte que les berberiscos les tenian reservada, 
lo ocurrido en Zahra los habria desenganado res- 

pecto a esto. Gasi todos lossoldados de la guarni- 

cion fueron degollados. L03 habitantes se habiait 

Hist, musulmanes. — T. Ill 18 



274 

refugiado en la mezquita; p-ero la santidad del 
■lugar'no impuso a los ber^beres. H ombres, muje- 
res, ninos, fueron degollados sin distincion. Dys- 
pnea de haber saqueado la c?udad, la incendiaron, 
y aquella residencia, una de las mas suntuosas de 
Europa, Be convirtio ei. lo que Zahira, antes su 
rival en hermosura; es decir, en un m on ton de es- 
c ombres. 

Durante todo el inviemo, parte del ejercito afri- 
cano sa-queo las inm'ediaciones de Cordoba, impi- 
diendtfe surtirse de vfveres. Despojados de cuan- 
to poseian los aldeanos, afluian en mas a a la ciu- 
dad, y su numero excedio bien pronto al de Veci- 
nos; pero corno las subsistencias alcanzaban xm 
pre>cio excesivo, era imposible mantenerlos, y la 

mayorfa murieron de ham-ore. El misano Gobieuno 
estaba en la mayor penuria, y para procunarse un 
poco de dinero, Uadi .^e vio obligado a vender gran 
parte de la bib r ioteca de A-lhaquen II (1), Al mis- 
mo ti'em l po, otras bandas recorrian las provincias. 
Las pobladones mas importantes cayeron en sus 
manos, y de ordinario sufrieron sus habdtantes la 
mism-a suerte qu>e los de Zahra. Espana presen- 
taba por doquiera el eapectaculo mas dolorosa 
Los pueblos estaban desiertos, y dairante dias en- 
teros se podian recorrer los caminos, a-ntes mas 
frecuentados, sin encontrar ataa vivienite. 

Durante el estfo de 1011, la miseria d-e I^spaiia 
en general, y especialmemte la de Cordoba, fui en 



* ' 



(1) Macarl, t. I, p. 250. 



275- 

aumen'.o. Esta desventurada eiudad, asolada por 
la pe.no (!}• parecia eomplscerse en agravar sus 
males con la diseordia. Las soldados atribui'an a 
Uadi las ealaniidades que suf rian, y el general es- 
lavo Aben-abi-Uada, eneinigo pergonal del minis- 
tro, fomentaba el descontento. Ultra j ado en pu- 
blico y convencido de que su situacion era in^os- 
tenible. Uadi en cargo a un tal Aben-Becr que hi- 

cie?e proposiciones de paz a Soliman. Este poso 
produjo la mas viva indignacion. Cuando A ben- 
Beer, que habia celebrado una eonferencia con at 
anticalifa, estuvo de vuelta y se presents en la 
sala del con.se jo, los soldados se precipitaron so- 
bre el y, sin darle tiernpo a comunicar la res- 
puesta, lc asesinaron en presencia do] califa y de 
Uadi. Este ultimo resolvio entonces refugia<rse 
entre los bereberas; pero Aben-abi-Uada, que ha- 
bia sospechado el proyecto, le impidio ejecutarlo. 

Reuniendo a sus soldados, penetro en el palacio 
del ministro. "j Miserable— exclamo — , has derro- 
chado el dinero que tan-to necesitamos! jHas que- 
rido haeemos traicion y entrogamos a los berbe- 

IV. 

riscos!" Y le hirio con su espada; sus soldados 
hicieron lo miamo, y poco de-spues paseaban su ca- 
beza por las calles y saqueaban las viviendas de 

sus partidarios, mi-entras yacfa su cadaver en el 
mistmo sitio cjue los de Mahdi y Be-n-Ascaledha 
— 16 de octubre dfi 1011 



(1) Abem-Hazm, Tratado del amor, fol. 106 r. : cf\ Rodri 
go, c. 3S. 



276 

Aun transcurrio ano y medio antes de que los 
enemigos viniesen a ahorrar a los eslavos y a los 
cordobeses el trabajo de exterminarse mutuatnen- 
te 4 En aquel intcrvalo, Aben-abi-Uada goberno la 
eiudad con mano fuerte y con severidad inexora- 
ble. El clero le secundaba activamente, proclaman- 
do que la guerra contra los berberiscos Bra una 
guerra santa. Alguna vez, los de dentro conse- 
guian algunas ventajas. En mayo de 1012, un ilus- 
tre guerrero berberi&co cay 6 en sus manos. Era 
Hobasa, sobrino de Zaui. Hiriendo a diestro y si- 
niestro, se habia arrojado en ]o mas fuerte de la 
pelea, cuando se aflojo la cincha de su caballo; y 
a3 inclinarse para apretarla, un ealavo cristiajio 
le derribo de una fuerte lanzada. Otz^s es&avos 
le romataron. Su hermano Habus intemto dispu- 

tar su cadaver a los enemigos; pero estos le re- 
chazaron, despuos de un encarnizado combate. Los 
eslavos llevaron en triunfo la cabeza de Hobasa 
a palaeio, y abandonaron su cuerpo a los insultos 
del populacho, que, dcspues de mutilarLe y arras- 
trarle por las calles, lo entrcgo a las llamas- Los 
bereberes estaban furiosos. "iVengaremos a nuecs- 
tro capitan — gritaban — , y no tendremo-s bastanfte' 
con derramar la sangre de todos los cordobeses, 
pues aun no estara vengado!" (1). Kedoblaran, 
pues, sus esfuerzos; pero la desesperacion presto 
a los cordobeses fuerzas sobrehumanas, y Aben- 
abi-Uada hizo una salida tan vigorosa que obli- 



(l) Aben-al-Jatib, articulo sobro Hobasa, man. G, folio 
124 r. 



27T 

go a los adversaries a levari tar el sitio. Logro tam- 
bien arrojarlos de Sevilla ; pero no pudo impe- 
dirles que se apoderasen de Oalatrava, y poco des~ 
plies se preseavtaron de nuovo ante los muras de 
la capital- A pesar de la desesperada resistencia 
d>e los cordobeses, lograron cegar el foso, lo cual 
Ie s permitio apoderarse de la parte oriental de la 
poblacion. La fortuna parecio favoreoer una vez. 
anas a los cordobeses, pues oblig'aron a sus ene- 
tnigos a evacuar el barrio de que se habian hecho 
duenos; pero fue su ultimo triunfo. El dominga 
19 de abril de 1013, los berberiseos entraron en- 

la ciudad por la puerta del barrio de Seowrda,. 
que le s franque6 un oficial que se babia vendido. 

Cordoba pa-go su larga resis-tencia con un to- 
rrente de sangre. Habiendose retirado los eslavos, 

una vez perdula toda esperanza, los berberiscos re- 
oorrieron las ealles lanzando gritos feroces, sa- 
Cfueaffido aqui, violando alia y exterminando en-. 
todas partes. Los hombres mas inofensivos cafan 
victimas de su ciego furor. Unas veces era el 
anciano Said aben-Mondir, prior de la mezquita 
principal en tiempo de Alhaquen II y renombra- 
do por su devocion y virtud (1) ; otras, el infor- 
tunado Meruan, perteneciente a la noble famrlia 
de los Beni-Hodair, que habla perdido la razon a- 
con'secuencia de un amor desgraciado (2). En otra 
parte yacfa el cuerpo del sabio Aben-al-Ftaradi, 
autor de un precioso diccionario biografico y cadf 



(1) Aben-Hazm, Tratado del amor, fol. 38 r. y v. 

(2) Idem fr".. fol. 9G r. 



:278 

de Valencia en el reinado de Mahdi. El veto heaho 
en un momento de entusiasmo religioso se habia 
cumplido ; habia alcanzado la palma dal marti- 
rio (1). Las victimas fu-eron tan numerosas, que 
ni aun se intento conta-rlas. Pronto el ineendio ilu- 

mmb con sus siniestros fulgores tar. horribles es- 
oenas. Los mas suntuosos palacios fueron prasa 
de la s llamas. "Al fin he sabido — escribio mas 
adelante Atoen-Hazm (2) — lo que ha sido de mi 

scberbio palacio en Bilat Mo git. Un hombr-e que 
venia de Cordoba me lo ha reforido, diciendeme 
que no qued&n mas que ruinas. jAy! Tamblen £e 

lo que ha sido de mis mujeres: unas yacen en la 

tumiba, otras llevan una vida errante en coamr- 
cas lejanas.* 

Al seguTido dia de la rendicion de la eiudad, 

Sola man fue a tcmar posesion del palacio* del ca 
liia. Todos los coi'dobeses que, por una oasuaiidajd 
cuaSlquiera, sie habian librado ide la espada de los 
berberiseds, fueron a ocilioicarse & isu paso. Aum- 
que asustados y doloridos hasta el fondo del ataa 
por ilos horribles espectaoulos que habian tfesfila- 
do ante sus tfjos, se .esforzaban en guitar: "jViva 
ell cailifa!" Pero Scliman suipo ajprovechar efn su 
justo valor este ■e-ntusiasmo nctfcrio. "Me deseaai 
larg-a vida — dlijo, vali&wdose d-e las pala/bras de un 
awtigud poeta — ; pero me iwatarian si ane tarvie- 
sen en su poder" (3). 



(1) Aben-Basam, t. I, fol. 161 r. ; Macari, t. I, p. 546. 

(2) ViSase su Tratado del amor* fol. 87 r., 88 r. 

(3) Ben-al-Abar, p. 164. 



279 



Una vez en palacio mando venir a Kixem II. 
■iTraidor! — exclamo — •. i No habias abdiqado 
en favor mio y me habias prometidd no pretender 
el tromo? £Por que has faltado a tu pailabna? 

— ;Ay! — respendio el pobre hembre jrontaaido 
las mands — ; bien sabes que no teng-o vcilurrtsad y 
que no hag*o mas que lo que me ordenan. Pero te 
suplico que me perdones, porque declaro de nuevo 
que abdico y te nctaibro mi sucesm\ 

Respecto a los bereberes, se es tabled eren all 
pitincipio en Secumsda; pero, tres meses despues, 
todos los habitantes de Cordoba, excepto It's que 
vivian en el arrabail oriental y en ol barrio dJeaio- 
minado de la ciudad, fueron desterradtos y cclafis- 
oados sus bienes en provecho de ios veneedores, 
quienes ocuparon las casas que se habiam libradio 
del incendio 1 (1). 



XVI (2) 

■ 

Desde el comienzo ide .la guerra civil, muchos go- 
bernador.es se habian hecho indepanldiientes, y la 
fcorna de Cordoba per los berberkscos asesto el up- 
time 1 g-olpe a da urnidad del imtperio. Lo? generate 



(1) Abd-al-uahid, p. 2S ; Aben-Hazm, fol. 102 r. ; Aben- 

Basam, t. Ill, fols. 1 y sigs. 

(2) Aben-Hayan, apud Aben-Basam, t. I, fols. 6 v., 7 r. 
y v., 22 v., 24 r„ 120 r., 122 v., 127 v., 129 r. t 9 r. y v.; Ma- 
cart, t. I, pp. 315-319; Abd-al-uahid, pp. 35-38; Ben-al-Atlr, 
«n el ano 407; Noualri, pp. 486-490; Aben-al-Jatib, artlculo 
sobre Ali aben-Hamud, man. E; Ben-al-Abar, pp. 160 y 161. 
Comparese con Rodrigo, c. 40-44, y con mis tnvestigaciones, 
tomo I, pp. 238-241. 



"1 



V 



280 

eslavos se apod-eraron de las grandes eiudades del 
Este; los jefes berberiscos, a quienes los amiritas 
habian dado feudos o provincias que gobernar, grf- 
zaban de una independencia absoluta, y las pocas 
familias arabes que aun eran bastante poderosas 
para hacerse valcr, no obedecian tampdeo al "nuevo 
califa; de suerte que la an tori dad de -este no se 
extendia mas que a cinco ciudades importantes: 
Cordoba, SevilLa, Niebla, Ocsonoba y Beja. 

Habia pocas probabllidades de que las ccfeas 
cambiaran, Los bereberes se habian apresurado a 
gozar ias xiquezas adquirldas en el saqueo de la 
capita) y de otras muchas ciudades, y el mismo 
Soliman, aunque obligado a hacer la ;guerra du- 
rante cuatrd afios, no era belicoso. Por un extrailo 
contraste, este jefe de las feroees horclas que ha- 
bian asolado <el imperio era un h ombre recto, duJ- 
ce y genero&o. Aficionado 1 a las letras, hacia bue- 
nos versos, y ponla en el amor una ternura, ttna 
sumision y una galanteria completamente caballe- 
rescas. Lo que mas dieseaba era contribuLr, en lo 
que de el depend'iera, a que sucedie&e la calma a 
la teirnpestad. Desgracladamente, las crueldades 
de isus trdpas, de las cuales habia sido testlgo 
sin poderlo impedir — porque los capitaneaba tan 
solo a condicion de dej arias hacer su voluntad — , 
ie habian hecho sumamente unpopular. Para los 
andaluoes 'era un hombre sin ley ni fe, un impid, 
un increduilo, un usurpador, colocado en el tromio 
por los berberiscos y pdr los cristianos del Norte, 
es decir, por los dos pueblos que les in&piraban 



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-* 



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281 

horror; y cuando cometio la imprudencia de en- 
vdar a las diferentes ciudades cartas en que les 
amznciaba que las trataria cdmo a Cordoba si se 
negahan a reconoccrle, se elevo contra 61 un con- 
cierto de maldiciones (1). "jQue Dios no se apia- 
de de vuestro Soliman — decia un poefca— , ip&'rqu-e 
ha hecho todo lo contrario que aquel de quien ha- 
bla la Escritura (2). El uno encadenaba a los 
demctoios; el otro, los ha soltaido, y, desde en- 
tonces, se han esparcido en su nombre por nues- 
tro pais, para exterminarnos y saquear nuestoas 
moradas." "He hecho juramento — aftadia — de hun- 

dir mi espada en el pecho de los tiranG*8 y de kie- 
volver a la religaon su esplendor fperdido. I Ah, 
que extrailo espectaculo! iHe aqui un descendien- 
te de Abd-Xams, que se ha hecho berberisco y 
(jue ha sido cordnajdo a despeoho de la nobleza! 
Pues bien: puesto que puedo elegir, no quiero 
obedecer a monstruos. Me entrego a la decision 
de fla espada; si perecen, 3a vida tendra de nuevo 
encantds para mi; y si quiere el diestino que sea 
yo quien sucumba, tendre al menos la satisfaction 
cte no ser testigo de sus nmldades" (3). 

Tales eran los sentimientos de los andaluces y 
tambien los de los eslavos, que en las oraciones 
publicas continuaban pronunciando el nombre de 
Hixem II, aunque Soliman les suplicaba a'veces 



(1) Aben-Basam, t. I, fol. 6 r. y v. 

(2) Sabido es quo Soliman es la forma arabe de Sa- 
lomon. 

(3) Macarl, t. I, p. 280. 



% 



(1) Aben-Uasam, t. Ill, fol. 5 r. 

(2) V6ase Abad, t. I, p. 222. 

(3) Maeari, t. I, p. 102. 



- ■ 



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282 

que lo sustituyeran por cl suyo, aseg-urandoles que 
se. eortformaria con esta especie de homenaje rln 
exigir nada mas (1)- Y, sin embargo, no estaban 
seguros de que Hixem vivia aun. Circu'aban leg 
rumorcs mas contradictorios respecto a la suerte 
de e.sto monarca; unos decfan que Soliman ie na- 
bia htcho ma tar; otros, que cstaba encerrado en 
un calabozo de palacio. Esta ultima version pro- 
ducia mas credifco, porqae cuando un usurpador 
daba muerte a aquol a q^-en babfa destronado, :,o- 
li'a ensenar <su cadaver al pueblo c>e la capital, y 
Soliman no habia ensefiado a nadie el de Hixem (2). 
Los eslavos continuaban, pues, combatiendo en 
nornbre de aste monarca. El .mas poderoso de eftos | 
era Jairan; clienite de Alimanzor y nombrado por 
oste goberaador de A'lmeria (3), habfa enipren- 
di<lo la fujra cuando los bcroberes entraron -en Cor- 
doba; mas, pcrsG^uido por ellos, ituvo que aceptar \ 
el combate. jA.bandon.ado por sus huestes, que ha- | 
bian emprendido la fuga, y acribillado de heridas, ' 
le habfan dejado por muerto en el campo de ba- 
talla; pero habiendo recobrado fuerzas para poxicr 

andar, volvio a Cordoba, donde un arnigo que tenia \ 
entre lcs vencedores le dio de spues de su cura- ' 
cion hoapitalidad y dinero, con el cual pudo-Jairan • 
volver al Este. Enionces moichos eslavos de An- 
dalucia se alls tar on bajo sus banderas, y despucs 
de un sitio de veinte d£ais, se apoderaron de Al- 



283 

meria. Adema.% hallo un podeaoso aliado en un ge- 
neral de Soli man llamado Ali-aben-Hamud. Des- 
cendia del yerno del prof eta; pero como su familia 
se habia cstahlerido en Africa hacia das sigOas. 
estaba berberizada, y el mismo hablaba muy ma-1 el 
arabe. Gobemaclor de Ceuta y de Tanger, mien- 
tras su hermano Casim lo era de Algeciras. em 
casi indepcudiente en su provincia; sin embargo, 
su ambicion no estaba satisfecha, pues era ta] que 
s61o podia contentar?e con ol trono. Para alcan- 
zarlo no habia mas medio que concertar una alian- 
?a con los esdavos, y al efecto ?e dirigio a Jairan. 
Para atraersele, invento un cuento bastante extra- 
no. Pretendio que Hixem II habia leido en un libro 
de profecias que, de spues de la caida de los om- 
miadas reinaria en Ev,pana un Alida cuyo nombre 
comenzan'a por am, y anadfa: "Hixem oy 6 habia r 
<ls mi despues de la toma de Cordoba, y desde su 
pmion me eiwio uno que me dijera: "Tengo el rprc- 
'Ventimiento de que c\ u^urpador ha de quitarme 
"la viria; te nombro, pues, mi sucesor. y dejo a tu 
"cargo el vengarme." Muy satisfecho con semejan- 
te auxiliar, y convencido de que Hixem II vivfa aun, 
Jairan acepto esta version sin discutirla; y como 
All le prcmetia que si encontraban de nuevo a Hi- 
xem le restaurarian en el trono, se compromett6 
por su pai^te a reconocer a Ali en el caso de que 
se probase que Hixem habia mu-erto. 

Convenidas estas oondicictn.es, Ali cimzo el Es-tre- 
cho y rogo & Amir-abem-Fotuh, gobernador de Ma- 
laga, que le- entregase esta ciudad. Gliente -de un 



- -: 



284 

cliente ommiada, y, por lo tanto, Tbicn dispuesto a 
hacer causa comun con los eslavos, Amir tenia, 

ademas, quejas personalis contra los berberiscos, 
porque uno de sus jefes le habia arrebatado Rcn- 
da (1). Accedio, pues, a la de-man da de Alf, el 
cual se dirigio en seguida a Almufiecar, donde se 
reunio con Jairan para marchar contra Cordoba. 
Ali no contaba solamente con los eslavos, sino tarn- 
bien con gran parte de los berberiscos, que, en 
general, hacian poco caso de Soliman. Le habian 
proclamado calif a porque de pronto necesitaban un 
pretendiente, y le habian encontrado alii por azar; 
mas como, a su parecer, era demasiado blando y no 
poseia talentas militares, unicos que ellos podian 
aquilatar, no les inspiraba mas que desprecio. AH, 

por el contrario, les infundia respeto por su valor 
y le miraban como a un compatriota. Unase a esto 
que Zaui, el mas poderoso de sus jefes, que era 
entonces gobernador de Granada y que habia en- 
troniza<lo a Soliman, profesaba un odio inveterado 
a todos los ommiadas, porque la cabeza de su pa- 
dre, Ziri — -que habia muerto en Africa en un corn- 
bate contra los partidarios de esta dinastia — , habia 
sido clavada en los mures del alcazar de Cordoba, 
donde habia permanecido hasta la epoca en que el 
y los suyos tomaron y saquearon dicha capital. Era 
un insulto que jamas habia perdonado a los om- 
miadas (2); asi que se decidio por Ali desde 



(1) V<5ase Abad, t. II, p. 214. 

(2) Comparese Aben-Jaldun, Historic, de los berberiscos^ 
tomo II, pp. 8 y 61, con Ben-Hayan, apud Aben-Basan* to- 
mo I, fol. 122 t. 



L , 






J 



285 

que* este levanto bandera de rebelion, Su ejem- 
plo ejercio gran influencia -em la condueta de los 
demas berberiscos. Los que Soliman envio contra 
su competitor se dejaron veneer. "Emir — le dijo 
entonces un general bei'berisco — , si quieres eonse- 
guir la victoria, es preciso que te pongas al frente 
de nuestro ejez*cito." Consintio en ello, ,pero cuando 
se hallaron cerca del campamento enemigo, cogie- 
ron su mulo por la brida y le entregaron a &u ad- 
versario. 

EI domingo 1.° de juKo de 1016, All y sus se- 
cuaces hicieron su ©ntrada en la capital. El pri- 
mer cuidado de Jairan y de los eslavos fue bus- 
car a Hixem II; pero con gran satisfaction de All, 
sus pesquisas resultaron Inutiles. AH pregiunto a 
Soliman en presencia de los visires y de los mi- 
nistros deila religion que habia sido de Hixem, "Ha 
muerto — respondio Soliman, sin dar, segxin pare- 
ce, detalles mas precisos. "En este caso — replico 
All — , dime donde esta su tumba." Solimaai les 
indico una, y cuando la- abrieron, desenterraron 
un cadaver, que Ala mostro a un servidor de Hi- 
xem, preguntandole si era el .de su dueno. Este 
criado, que, segvm se asegura, sabia que Hixem 
vivfa aun, pero que habia sido inthmdado por All, 
respondio afirmativamente a esta pregunta, y en 

prueba de ello hizo notar un diente negro en la 
boca del cadaver, asegnrando que Hixem babfa te- 
nido uno asi.. Su testimonio fue oonfirmado por el 
de otras personas q&e querfan insinuarse en fa- 
vor de All o que temfan desagradarle; de s-uerte 



286 

que los eslavos se vieror obligacloo a admitir que 
el soberano legitimo habia muerto y a reconocer 
a All por sucesor. Kespecto a Soliman, All dio 
orden de m atari e, ]o rtiLsmo que a su hermano y a 
su padre; pero cuando llevaban est; ultimo al su- 
plicio, Ali le preguntd: 

■Vosotros dkteis muerte a Hixem, ino e s 
cierto? 

No — : 'e reapondio este piado.-o s:ptuagenario 
que, absorto en ejei-cicios esparituales, no se habia 
mezclado para nada en los acontecimientos poli- 
tico^ — ; tan cierto eamo Dios nrs oye. no hamo3 
malado a Hixem. Vive todavia... 

Sin dark tiempo a decir mas, Ali, teniiendo que 
hiciese revela-ciones peligrosas, hizo serial al ver- 
dugo para que le cort&se la cabeza (1). Despues 
hizb enter rar de nuevo y con ragios honores e't 
cadaver que pa'saba por el de Hixem TI. 

I Habia muerto efectivamente este monarca? El 
e.'-pfritu de parlido ha eohado un velo aspeso y 
casi impenetrable sobre est© asunto. Cierto que 
Hixem r.o reaparecio, y que el per^onaje que e^ lo 

sucesivo se p re-sen to como el era un impostor. 

Mas, par otra parte, nunca se ha probado stfi- 
cientenente que Hixem fuera moierto por Soli-man 
o que hubiese falleoido de muerte natural duran- 
te el reinado de este prfncipe, y los clientes om- 
miadas que le habian conocido afirman que el ca- 



(1) Estoa detalles importantes se haltan en Aben-Hayan 
y en Ben-al-Atir. Abulfeda — t. Ill, p. 2S — ha oopiado a esto 
tiltlmo autor. 



287 

daver desenterrado por ord;n de AH no era el 
guyo, Cierto que el mismo Soliman habia deda- 
rado delante de 3os hombres mas consider ados de 
Cordoba que Hixem habia dejado de existir; pero 
3U tcstimonio nos parece sospechoso, y puede que 
Ali le hubiera prometido que, si hacia est a de- 
claracion, le p=rdonaria la vida. Por otra parte, 
'Sal imam no era sanguinario. y no es de presuanir 
que hubiera cometido un crimen ante el cual has- 
ta el feroz Mahdi habia retrocedido. Debe nota-r- 
se tambien que si Hixem hubiese muerto durante 
su reinado, habria ens en ado a los cordobeses el 
cadaver d© este monarca, como exigian la cos- 
tumbre y su propio in teres. Pretenden los clien- 
tes omniiadas (1) que menospreciaba demasisdo a 
I03 cordobeses para hacerlo; pero olvidan quo no 

despreeiaflba a los eslavos, pu.es hacia todo lo po- 
ssible para que le reconocieran, y el mejor medio 
para logrario hobria ssido .pemjadirte de la 
muerte de Hixem. Ademas, tenemos el testimmio 
del anciano padre Soliman, que, a pesar de la aftr- 
macion contraria de su propio hijo, tomaba a Dios 
por testigo de ewe Hixem vivia aim. ^Mentirfa 
este piadoso anciano en el momento en que iba a 
comparecer ante el tribunal de Dios? No lo 
ci*eemos. 

L 

Todas estais raaones nos iwducen a su<paner que 
habia <alg>o de verdatd en los relates de las muje- 
res y de k*s eunuoos del serrallo, dos oual&s afir- 



(1) Abad t t. I, p. 222. 



288 

maban que Hixem habia logrado evadirse de pa- 
lacio durante el reiinado de Soliman, y que, des- 
pues de permanecer oculto en Cordoba, donde se 
habia ganado la vida comO un obrero, se habia 
ido al Asia, i Habia favorecido Soliman su eva- 
sion despues de hacerle jurar que no le inquieta- 
ria? iQuedo en relaciones con el y sabla donde 
estaba? Cuestiones son estas que sugieren las pa- 
labras del padre de Socman, pero a las cuales 
no podemos dar una respuesta positiva. Sin em- 
bargo, no nos parece imposible que Hixem, can- 
sado de que su nombre sirviese de igrito de cc!m- 
bafce a ambiciosos que no le dejaban ni una so*m- 
bra de podcr, fuera a ocultarse en un obseuro 
rincon del Asia y que terminara alii, desconocido 
y tranquilo, una vida llena de t&Vmentos y do- 
lores. 

Sea lo que sea, AH reiroaba ahora y parecia que 
iba a inaugurarse una era mejor. 

Aun<|ue medio berberisco, el fundador de la di- 
nastfa Ilamudita se declaro desde el principio por 
los andaluces; Prestaba atentd oido a los cantos 
de sus poeta-s, taunque apenas los cornprendia; 
daba audienoia a euantos querian hablarle, y se 
oponia con la mayor firmeza a >las exacciones de 
los berberiscds. Castigaba con inexorable rigor 
sus menores delitos contra la propiedad. Un dia, 
por ejemplo, ezieontro a uno que llevaba sobre la 
silla una cesta llena de racimos. Le detuvo y le 
prcgunto quien 'le habia dado aquella fmta. Un 
poco asombrado die la preguiata, el jiaiete le res- 



N 



•A 



289 

pondio descuidadamente: "Lt's encontre de mi 
gusto y los he cogido." Pago su latrocinio con la 
cabeza. AH meditaba una g-ran medida: queria 
devolver a los cordc'oeses todo lo que los berbc- 
riscos les habian arrebatado durante la guerra 

civil. Desgraciadamente para, los habitantes de la 
capital, la ambicion de Jairan le obligo a cambiar 
de pronto de conducta. 

Al principio, Jairan le habia servido con celo. 
En su pz*ovincia habia hecho p raider y castigar 
a los que intrigaban en favor de los ommiadas (1), 
y, si hubiera per.sistido en defender la causa de 
Ali. la calma no habria tardado en renacer. Pero 
aspiraba a desempeiiar el papel de Ahnanzor, y, 
como conocia que Ali no era hombre capaz de con- 
tentarse con el de Hixem II, concibio el proyecto de 
restaurar la antigua dinastia, a condicion de rei- 
nar en su nombre. Busco, por lo tan-to, un pre- 
tendiente, y en el mes de marzo de 1017 (2) lo hallo 
en la persona de un bisnieto de Abderrahman III, 
que llevaba el mismo nombre que su bisabuelo y 
vivla en Valencia (3), Muchos andaluces \e pro- 
metieron su apoyo. Tambien figuraba en este nii- 
mero Mondir, gobeivnador de Zaragoza, pertene- 
ciente a la familia d« los Bani-Haxim, que, en 
efecto, marcho ail Medicdia, acompafiado de su 



(1) Abon-Hazm, en mi Catalogo, t. I, p. 225. 

(2) Macarl, t. I, p. 315, 1. XIX. Las mfsraas palabras figu 

ran en Aben-Hayan. 

(3) Abcn-Hazm, toco laudato. 

Hist, musulmanes. — ■£. Ill 19 



290 

aliado Raimundo, conde de Barcelona, Traicionado 
asi por el partido que el favored a, y conccfcmdo 
que el pueblo de la capital deseaba ta-mbien el 
restabledmiento de I03 Ommiadas en el trono, All 

se ereyo cbligado a tratar can rigor a los misonos 
que habia protegido hasta entonces y a echarsa 
en brazos dc los bccreberes a qui-enes habia perse- 
guido. Dejo'os en libertad para tratar a Cordoba 
corno pais conquistado, y el mismo les dio el ejesm- 
pfc>. Para proporcionarse dinero impuso contribu- 
ciones extraordinarias, y haciendo p render a gran 
tnumero de personajes, entre los cuales figuTaba 
Aben-Chauar, uno de los miembros nias consi- 
derados del Consejo de Esfcado, no les devolvio 
la libertad hasta que les saco sumas enemies. 

Unio a la injustfci-a el ultra je, porque en el mo- 

■mento en que sail an de la prision y uno de sms 
criados les llevaba cabal gadur as, dijo: "Ellos pue- 
den muy bien volver a pie a sus casas; que Hewn 

©sas moilas a mis caballerizas." Ni siquiera fueron 
respetados los bienes de las mezquitas, proceden- 
tes de legiados piadosos. Sirviendose, al efecto, de 
la mediation de un faqui de alma envilecida 13a- 

r 

mado Aben-al-Ohayar, All obligo a los tesoreros 
a entoegarselos (1). Un sombrio terror rein aba en 
Cordoba, convertida en un hormiguero- de policial, 
es-pias y delators. No habia justici-a. Mientras Ali 
habfa profcrgido a los andaluces, los jueces haMan 
mostrado gran parcialidad poir ellos ; pero era ta*n- 



(2) Ben-Hayan, apud Aben-Basam, t. in. £ol. 141 r. 



291 

ta su complacencia para con los que ejercian Gil 
poder, que a la sazon no hacian ningun oas© de 
las que j as dirigidas contra los berb&riscos por jus- 
tas que fuesen. Otras muchas personas se habian 
vendido igualmente al monarca. "La mitad de los 
habitantes — dice un historiador contomporaneo— 
vigilaba a la otra mitad." Las calles peraiarvecfan 
desiertas; no se veia en el las mas que a los infe- 
liccs considerados como sosfpecho sos, que eran lle- 
vados a la car eel. Los que aim no habian sido 
pxesos se ocultabam en los subterraneos y espera- 
ban la noche para salir a co-mprar alimentos. En 
soi odio contra los andaiuces, AM juro hasta des- 
truir la capital!, despues de haber exterminado o 
diesterrado a sus habitantes- La muerte le das- 
penso de cumplir su jurarnento. En el mes de no- 
viembre de 1017 habia ido hasta Guadix para com- 
batir a los rebeldes; pero las lluvias le obligaron 
a retroceder. Estaba ya en abril de 1018, y ha- 
bdeaido sabido que los aliados habian avanzado ha^>- 
ta Jaen, anuncio para el 17 una gran revista, de- 
puas de la cual saldria a camp ana; pero en bailde 
!b e&penaron los solda-dos en el dia preftjado; 
ouando los oficiales volvieron a padacio para in- 
formtarse del motivo de su ausencia, le encontraron 
asesdnado en el bafio. 

Este crimen habia sido comet ido por tres es* 
Havos de f>a/lacio, que habfan estado antes ail ser- 
vicio de los oanimadas. No tenfan ningun agravio 
personal coaitra el soberano, gozaban de su con- 
fi-anza y de su favor, y no parece tainpoco que se 



292 

hubie&en dejado sobornar por Jairan o por los 
cordobeses. Al menos, cuando mas adelante fueron 
ertcaroelados y condenados a la ultima pena, ne- 
garon constantemente que nadie ]es hubiera ins- 
pi r ado aquel designio. Por tanto, todo induce a 
creer que cuando resolvieron matar a su duefio 
querian librar al pais de un despota, cuya Cra- 
nia habia llegado a ser insoportable. 

Sea lo que fuere, la muerte de Ali causo gran 
alegria en la capital. Sin embargo, no tuvo por 
consecuencia la caida de los Hamuditas. Ali habia 
dejado dos hijos, de los cuales el mayor, llamado 
Yabya, era gobernador de Ceuta, y ademas un 
heramno, Casim, gobereiador de Sevilla. Algunos 
berberiscos querian entronizar a Yahya ; pero 
otros l«s advirtieron que era mejor elegir a Casim, 

que estaba mas cerca. Su opinion prevalecio, y 
seis dfas despues de la muerte de su herrnano, 
Casim hizo su entrada en la capital, donde le 
prestaron juramento. 

Por su parte, Jairan y Mondir habian convocado 
para ©1 30 de abril a todos los jefes con los cua- 
tes crefan poder contar. La asamblea, qu G era nu- 
merosa, y de la cual formaban parte muchos ecle- 
siasticos, resolvio que el califato fuese electivo, y 
ratified la eleccion de Abderrahman IV, que tom6 
el titulo de Mortada. Hecho esto, marcharon con- 
tra Granada, y una vez ante esta ciudad, Mortada 
escribio a Zaui en los terminos mas corteses in- 
timandole a reconocerle como califa. Cuando oy6 
la lectura de esta carta, Zaui ordeno a su secretario 






s 



/ 



293 

que escribie^e sobre el reverso la sura 109 del Co- 
ran, concebida en estos terminos: 

";Oh. infelices! No adorare lo que adorais, ni 
vosotros adorareis lo qu e yo adoro; no adoro lo que 
adorais, y vosotros no adorais lo que yo adoro. Te- 
neis vuestra religion, y yo la mia." 

Cuando recibio esta respuesta, Mortada dirigio a 
Zaui una -segunda ep]stola f llena de amenazas, en 
la cual le decia entre otras cosas: "Marcho contra 
ti, acompafiado de multitud de cristianos y de 
tcdos los valientes de Andalucia. Por lo tanto, 
^que vas a hacer?" La carta terminaba con estos 
versos: "Si estas con nosotros, tu suerte sera fe- 
liz; pero si estas contra nosotros, sera deplo- 
rable." 

Zaui le respondio, citando la sura 102, concebi- 
da asi: 

"El deseo de aumentar el numero de los vues- 
tros os preocupa, y visitais hasta I03 cenienterios 
para contar los muertos (1); cesad de hacerlo; 

despues oonocereis vuestra locura. Pot ultima voz, 
dejad de hacerlo; despues conocer&s vuestra lo- 
cura. Dejad de hacerlo; si tuvierais 3a verdadera 
sabidurfa, no obrariais asL Ciertamente que ve- . 
r&s el iniierno; por ultima vez, le vereis con vues- 
tros propios oj.cs. Entonces se os pedira cuenta 
de los placeres de este mundo." 



(l) V6ase la explication de estas palabrns en una notti 
de Sale, en su traduccidn Ingleaa del Coran. 



294 

Exasperado por esta respuesta, Mortada resoi- 
vio recurrir a las annas. Sin embargo, Jairan y 
Mondir se habian dado cuenta de que no era el 
califa el que les convenia. Se preocupaban muy 
poco, en el fondo, de los dcrcchos de la familia 
ommi'ada, y si combatian por un Onveya era a 
condicion de que se dejara goberoar por el los. 
Mortada era demasiado altivo para aceptar seme, 
jante papol; no se contentaba cca una sombra de 
autoridad, y en vez de c:nformarse con la volun- 
tad de sus generates, queria irnponerles la suya. 
Desde entonces, ellos decidieron traicionarle, y 
habfan prometido a Zaui que abandonarian a Mor- 
tada en cuanto se entablase la lucha. 

Sin ■embargo, no lo hicieron y se batieron du- 
j'ante varios dias conseoutivos. Al fin, Zaui rogo a 
Jairan que realizase su promesa: "Hemos tardado 
en cunvplirla— Ae respondio Jairan — para que te 

formes una idea exacta de nucstras fuerzas y de 
nuestro valor. Si Mortada hubiera sabido conquis- 
tarnos, ya habria ailoanzado la victoria. Pero ma- 
nana, cuando despliegues tus tropas en crden de 
batalla, le abandonaremos." 

A la nianana siguiente, Jairan y Mondir vol- 
vieron, en efecto, la espakla al enomigo. No todos 
ms oficiales aprobaron su conducba; al con&rario, 
mochas se indignaron vivamonte, entre ellos Sali- 
mannben-Hud, que mandaba las tropas cristianas 
en ©1 ejercito de Mondir, y que, sin dejarse arras- 
trar por los fugitives, prc.?ent6 sus tropas «n or- 
tten de batalla. Al pasar cerea de dl le grito Moo- 



% 






295 

dir: "i Miserable, salvate! ^Crees que tengo tiean- 
po de esperarte?" **jAh! — exclamo Soli-man — , nos 
sumes en una horrible desgracia y cubres a tu 
parti do de oprobio." Convencido de la imposiibilMad 
de resistir, sig-uio a su senor. 

Abandonado por la mayor parte de los soldados, 
Mortada se dcfendio con eil valor de la desesspera- 
cion., y falto poeo para que cayese em manos de 
sus enemigo's. Kscaipo no obstante, y. ya habia lle- 
pcado a Guadix, fuera de los limites del teosritorio 

de Granada,, cuando fue asesin-ado por eanisarioiS die 
Jairan. 

Este expio con la ruina de su prcpio partido su 
infamo y cabarde traicion; los -eslavos no pudLeron 
volver a reunir un ejercito, y sms eauemigos los ber- 
beriscas fueron deisde -entcnces duenos d.e Anda- 
lucia. Sin embargo, Cordoba hatbrfa podido aun 
ser todo Io f eliz que puede iser un pueblo domiiuado 
por otro- El regimen mrilitar casi habia termmado; 
unGobierno men as arbitrario y duro tendia a con- 
salidarse. Casim annate la paz y el rapo$o. y no 
auflnentaba los males de los cordobeses con nuevas 
opresiones. Queriendo ba:er olvidar las di&ensiones 
awtiguas, llamo -a Jairan, se reconcilio con el y dio 
a otro eslavo, Jlamado Zohair, .s^nor de Murcia, 
los feudcs de Jaen, Calatnava y Baeza. Su ortodo- 
xia era algo so£ipechasa; se le creaa afUaado a las 
doctrinas xiiteis; sin enaibargo, cualesquiera qu.-e 
fueran sus opiniones, no s61o no se las- i<mipuso a 
nadte, sino que ni siquiera foaiblaba de ellais, y no 
camfoio nada relative a la Igleisia. Gracias a }&. mo- 



296 

deracion de este princlpe, la dinastia Hamudita te- 
nia probabilid axles de estabtlidad. Cierto que el pue- 
blo die la capital era ipoco afecto a el la; pero, a la 
larga, se habn'a consolado probablemente de la 

perdida de sus antig-uos senores, si circun stand as 
independienties a su volnntad (no huibieran, hecho 
renacer esperanzas, ya casi desvanecidas. 

Desconfiando de los berberiscos, Casim bu£c6 
apoyo en otra parte. Los bereberes tenian a su 
servicio muchos eselavos negros. Casim se los corn- 
pro, hizo venLr atros de Africa, formo con ellos 
regimientos y comfio a sus jefes los puastos mas 
importantes (1). Con esto irrito a los berberiscos, 
y su sobrlno Yahya supo aprovechar su descon- 
tento en provecho prcpio. Eseribioles una carta, en 
que 1-es decia entre otras cosa-s: "Mi tio me ha pri- 
vado de mi herencia, y con vosotros ha coanetido 
una gran sinrazon dando a vwestros eselavos ne- 
gros los cargos que os perten'ecen. Pues bien: si 

quereis devolvemne el trono de mi padre, yo, a mi 
vez, me comprometo a devolveros vnesfcras digni- 
dades y a relogar nuevamenite a los negros al lugar 
que tee corresponded Como era de prever, los ber- 
beriscos le prometieron su apoyo. Yahya paso, por 
lo tanto, el estrecho con sus tropas y desembarco 
en Malaga, de d-onde su hermano Idris — qrue hacia 

causa comun con el — era goibernador. Alii tfecibio 
una carta de Jairan, que, sdempre dispuesto a so&- 



<1) Aben-Hayan, fol. 128 r.; Ab-al-uahia, p. 45; Macari, 

tomo I) pp. 316 y 318. 



297 

tener a cualquier pretendiente, a reserva de vol- 
ver? e contra el cuando triunfaba, le recordaba lo 
que habia hecho por su padre y 3e of reef a sus ser- 
vices. Idris le aconsejo que no los aceptase. "Jairan 
— le dijo— c? un hombre perndo y quiere enganar- 
te." "Estoy convencido de ello — le respondio Yah- 
ya — ; poro dejemonos engafiar, puesto que n per- 
demos nada." Y escribid al senor de Ahneria para 
declrle que aceptaba sus servicios, de spues de lo 
cual se apresuro a marchar sobre Cordoba. Su tio 
juzgo prudente no esperarle. Durante 3a noche dol 
11 al 12 de agosto de 1021, huyd a Sevilla. acorn - 
panado tan solo de cinco jinetes, y al cabo de un 
mes su ,sobrino hizo su entrada en la capital. Su 
reinado fue de corta duracion. Los negros no tar- 
daron en unirse a Casim; rnuchos capitancs anda- 
luces siguieixm su ojemplo, y al fin Yahya so vi6 
abandonado hasta por muchos berberiscos, a quic- 
nes indignaba su orgullo, llegando ,su situaci6n a 
ser tan peligTOsa, que iemia a cada* instante scr 
preso en su propio palacio. Resolvid, por lo tanto, 
ponorae.en seguridad, y abandonando Cordoba a 
su suerte, salio de noche para Malaga. Casim vol- 
vid cntonces, y el 12 de febrero de 1023 fue pro- 
clamado califa por segunda vez; per© su poder no 
descansaba sobre ninguna base solida y disannul! a 
cada vez mas. En Africa, Idris, antonces gobema- 
dor de Ceuta, le arrebatd la ciudad de Tanger, que 
habia mandado fortificar cuidadosamente, y a la 
cual esperaba retirarse «n caso de que no pudiera 
sostenerse de este lado del estrecho. En Espana, 



298 

Yah.ya le <juito Algeciras, ckm.de s?a hallaban su 
essposa y <sus tesoros. En la misma capital no podia 
contar mas que con los negros. Envalentonados por 
este estado de cozas, los cordcbcscs, que habian 
visto con fria imdiferencia la lucha entre el tio y 

el sobrino, ccimenzaron a soliviantarse. La Mca de 
libertarse del yugo de las berberiscos latia en todos 
los corazones, y se difundio el rumor de que no 

tardaria en presentarse un individuo de la familia 
Omeya para tomar posesion del trono. Casim se 
alarmo, y ccmo no habfa sido designado mmgwi 
omtmfada, mando prender a todos los que se en- 
contrasen. Ellos se ocuUtaron, ya en pravincias, ya 
entire gentes de Ja clase baja; pero las medidos de 
Casim no impidieron qu ; e estallase la revolucion* 
Reducidos al ultimo extremo por las vejaciones de 
los -berberiscos, los cordobeses empunarcn las ar- 
mas el 31 de Julio de 1023. Despues de xin ccombate 
encamizado. los dos p&rtidos conceptaron una es- 
pecie de paz, o mas bien de tregua, en que prome- 
tl'eron respetarse recforocamente. Pero esrta tre- 
giia fue de carta duration, aunioue Casiom imbeaito 
prolongarla con una ftn^ida candescendencia hacia 
el pueblo. El vierraes 6 de .septieonbre, despues de 
los oficios divines, el grito de "jiA. las annas! iA 
las armas!" «e oyo por todas partes, y los coxdo- 
beses arorojaron a Casaim y a Los benberistcois t si no 
de los arrabales, al m-enos de la ciudad. Caeiim se 
estableci-6 al Oeste y sitio a los insurrectos durante 
mas de cincuenta dias. Dsfendieronse con gram, fce- 
nacidad; pero cuando comenzaron a f altar los vf- 



o, - 



299 

veres, pidieron a los sitiadores permiso para aban- 
donar la ciudad con sus mujeres y sus hijos, pro- 
posicion que fue rechazada, y entonces los cordobs- 
ses adoptaron una resolucion quo solo la desesipetra- 
cion podia dietaries. Derribando una pueata salie- 
ron todos de la ciudad el jueves 31 de octubre, y 
cayeron con tal furia scbre sus eneanigos, que esrtos 
emprendieron la fuga en el mayor desordeai. Los 
capitanes se retiraron a sus f«ud<xs; el mismo Ca- 
sim esperaba encontrar un refugio en Sevilla; pero, 
alentada por el ejemplo de Cordoba, aquella ciudad 
eerro sus puertas y se constituyo en republica. En- 

tonces se encerro en Jerez; pero Yahya fue a si- 
tiarle y el obligo a rendirse, concluyendo asf el 
papel que Casim habia rapresentado en la ftscema 
politica. Yahya, que le habfa llevado a Malaga 
cargado de cadenas, habfa jurado matarle; pero sus 
escrupulos le Iornipidieron cumplir su jurametnibo. 
Creia ver en suenos a su padre, que le decfa: "Te 
ruego que no mates a mi hermano. Cuando yo era 
todavfa nino, me hizo mucho bien, y aunque etra 
mayor que yo, no one ha disputado ©1 trono." Sin 
-embargo, muchas veees, cuando estate ebrio, que- 
ria dark imzerto, pero siempre cedfa a los consejos 
de sus convidados, que le manifestaban que esfcan- 
do preso Casim no podia perjudicarle. Casaim per- 
maneci6 oncerrado durante trece anos en un Cas- 
tillo de la proviaida de Malaga; -pero en 1036, Ytah- 
ya oy6 decir que habia fcratado de atraerse la guar- 
atei6n para inducixla a rebelarse. "iQuel-^eoocla- 
m6 entonces — , £ todavfa tiene ambici6n ese yiejo? 






300 

En este caso es preciso acabar con el." Y d5<> 

orden de esfcranigularle (1)- 

Habiendo recobradc' los cordobeses su uidepen- 
dencia, resolvieron, no tumultuariamettte, sdno con 
orden, con reg^zl alidad, restaimar en el trono a 
los onwniadas. En el mes de noviembre de 1023 
quedaron cG'nstituidas las juntas y emipezaron las 
deliberaciones. Los visires resolvieron proponer a 
sus conciu dadanos tres personas, entre las ciMes 
pudderaai elegir: Soliman, hijo de Abderrahinafli IV 
Mortada; Abderrahman, hermano de Mah/cM, y 
Mohaaned ben -al -Iraki. Estaban tan convencidos 
de que Soliman, cuyo nombre figuraba a la cabeza 
de la lista, obtendria rmayoria de votos, que el se- 
crefcario de Estado, Alimed aben-Bord, habia maii- 
dado ya redactar el acta de investiduTa , a nom- 
bre de este candid ato. 

Su influencia, no* obstante, era menor de k> que 
se aimaginaban, y se habian equivocado gravemen- 
te ail peaisar que eil partido dell segundo candi- 
dato, Abderrafrman, no era de temer. Era este Wi 
joven de veintidos anos que, desterrado par los 
hamuditas, habia vuelto secret&mente a la capital 
poco 4 tiempo antes. Testigo die la rebeldon de los 
cordobeses contra los berberascos, intento en esta 
ocasaon formaxse un partido y proclamarse calif a r 
proyecfco que se tabfa frustrado. Lote vis-ires que 
diriglan la ansuirreccion, y que no estaban de su 



(1) He creido cue debia preferir el testimonio del autor 
copiado por Macart — t. I, p. 319 — , cuyo relato es mas cir- 
cun stand ado que el de Horn aid! — apud Abd-al-uahid. p. 37 — . 



301 

parte, habian hecho encerrar a sus emisarios en 
la carcel, donde aun permanecian cuando tuvo fax- 
gar la eleccioH, y hasta habiasi querido prender 
ai mismo Abderrahman. Sin embargo, dcspues, 
cuando fo 4 rmaron la lista de candidates, creyeron 
que clebian incmir en ella su nombre, temiemdo, 
jsi no Jo hacian, disgustar a algunos de sus coai- 
ciudadanos; pero tan lejos estaban de pensar que 
este prfncipe podia ser para Soliman im oompe- 
tido'r peligroso, que le colocaban casi en la interna 
Jinea que a Mohamed ben-aJ-Iraki, el teroer can- 
■dkiafco, que no gozaba de ndniguaa populanidad. 

Creyendose seguros del triunfo, los visires invi- 
taron a los nobles, a los scfld&dos y al pueblo a 
neunirse en la gran mezquita el I.° de diciembre, 
a fin de elegir califa. En el ci£a prefijado, SolJinan 
se presento el primero en el templo, acompafiado 
del visir Abdaila abens-Mojajmis. Iba vestido con 
magnificencia, y la alegrfa brillaba en su semMan- 
te, pc*r estar convencido de que el pueblo le ek- 
giria. Sus amigos le salieroaa al enouentro y le 
rogaron que se sentase en un alto estrado prepa- 
rado para el. Poco despues entro en la mezquita, 
por otra puerta, Abden-atoian, rodeadc' de mu- 
chos soldaidos y obreros, y en cuamto aquella mul- 
titud <atraves6 el uttibrai, le proclamo califa, en 
medio de atronadoras aciamacictoes que hacian 
retemblar el edificio. Los visires, que no esperaban 
esto, cayeron en, un mudo esftuipor, aparte die que 
tobria sido imposible hacerse oir en medio del 
tumulto. Resign arooise a -aceptar a AMerrateian 



302 

como califa, y Solinian, mas asombrado y turbado 
aun, tuvo que -dalles ejempio. ArrastrardMe a 
presencia de Abderrahman,, a quien beso la matto; 
el le hizo sentar al lado suyo. El teller candi- 
date Mohamed beai-al-Iraki, presto tambien jura- 
mento, y entonces el secretario de EstacLo- borro 
cdn un raspador el nombre de SoMman en el acta 
de investidura, y lo sustituyo ipor el de Abderrah- 
maai V, que adopto el tlWo de Mostadir, 



XVII 



Cuando se revere la historia de una epoca desas- 
trosa, dastrozada por coautiendas civiles, a veces 
se exjperimenta la neeesidad de apartar la vis- 
ta de las luchas de los partidofe, de las convulsio- 
nes socioles, de la sangre derramada, y distraer 
la imagination., tmnsportanciola a un ideal de cai- 
ma, de inocencia y de iilusiones. Detengamonos un 
instant e para fijar la atencion en 'las poemas que 
un amor can dido y puro inspiro al joVen Abde- 
rrahman V y a su visar, Ben-Hazm. Exhaflan como 
un penfuone de jfuvemtud, de 'sen-cillez y de di>ch&, 
y tienen un atmctivo tansto mas irresistible cuan- 
to memos se esperan oir estos acentos dulces y 
tran/quilos en <mesdid de fla general perturbacion, 
este canto de ruisefior en medio de la tempestad. 
Nino todavia, amaiba Abderrahnian perdiidiamen- 
te a su prima Habiba-Amadia — hija del oalafia So- 
limaax — ; pero suspiraba en vaaio. La viuda de 



303 

Sol&nan se oponia al mat rim on id, y le daba & 
enten.de r que no accederia. Exttonces el compuso 
estos versos, donde el sentimiento de la altivez 
herida surge ail lado de un amdr prof undo: 

"jSiempre pretexrtos para no acceder a mi Fe- 
rnanda, pretextos contra los cuales mi orgullo 
se rebela! Su ciega famiiloa quiere oMigar'a a 
rechiazarme; mas £;puede la lima •esquivar al sol? 
;.C6mo !a madrc de Habiba^ qut conoct rnia cua- 
lidades, puede aid quererme por yerno? 

"Sin embargo, amo intensamente a esa jov<30i 
Candida y belki de 'la familia de Abd-Xams, que 

lleva una vida tan retirada en el haren de sus 

padres; he prom-etido s.ervirla como un escilavo to- 

da nii vida, y le he ofrecido mi eorazon por dots. 

''Como el ^acre cae sobre ia paloma que ides^ 

ptliega las alas, asi me be lamaatdo, desde que la 

vi, sobre esta paloma de Abd-Xaans, yo f que per- 

tcnezeo a la rnisrna dilustre familia. 
"jCuan bella es! Las pleyades «mvidian la blan- 

cura de <sus mamas, y la aurora tiene celos del 

biullo de su cuelld. 

"Tu has impuesto a mi amor un largo ayomo, 
job, amada mia! iQue haria si me permitieras 
uomper lo ? 

"En tm casa busca nemedio a mis males; en tu 
casa, sobre la cual quiera Dios prcdigar >sus mar- 
cedes. Alii es ddmde mi corazon hallaria aldvio a 
su suf rimiento ; alii es doixde se extitnguiri a ell 

r 

fuego que me devora. 



304 

"Si me rechazas, prima mia, rechazaras, te lo 
juro, a un hombre que es tu igual por su naci- 
miento y que por el amor que le has inspirado tie- 
ne un velo ante sus ojos. 

"Mas no desespero de poseerla un dfa y llegar 
asi al colmo de mi gloria, porque se esgrimir 3a 
lanza cuando los caballos negros, tintos en san- 
gre, parecen rojos. Honro y respeto al extranje- 
ro, que se ha albergado bajo mi techo, y cohno de 
' benencios al que acude a mi generosidad. Ningu- 
no en su familia mer-ece poseerla mas que yo, 
porque ninguno me iguala. en reputacion, en re- 
nombre. Te'ngo cuanto es preciso para agradar- 
ila: juventud, cortesia, dulzura y elocuencia." 

.Se ignora cuales eran los sentimientos de Ha- 
biba respecto '<al joven; Jojs escritor^s arabes han 
dejado en la incertidumbre y en la va^uedad esta 
bella y fugitiva aparicion, de que la fantasia de- 
searia fijar los rasgos. Ella, sin embargo, no pa- 
rece que fue insensible a los homenajes de Abde- 
rrahman. Habiendole eneontrado un dfa, bajo los 
ojos ante las miradas de fuego del principe; en- 
rojecio, y, en su turbacion, se olvido de devol- 
verle eH saludo. Abderrahman interpreto erronea- 
mente esta aparente falta de cortesia, que no era, 
en realidadi mas que pudica timidez, y compuso 
este poeima: 

"jStalud a la que no se ha dignado dirigirme 
una sola palabra; sailud a la graciosa gacela, cu- 
yas miradas son o-tras tantas flechas que me tras- 



305 

F 

pasan el corazon ! i Ay !, jamas me envia su ianagen 
para ca'mar la agitation de mis suenos. £No sa- 
fces tii, cuyo n ombre es tan dulce de pronuneiar, 
que te amo sobre todo encarecimiento y que se~ 
r ia para ti el amante mas fiel que existe en el 

mundo? (1)." 

^ 

No parece que obtuvo nunca la mano de Habi- 
fca, y, en general, no fue afortunado en amor. 
Verdad es que otra beldad no se mostro esquiva 
con el ; pero despues f alto a la f e prornetida, como 
lo prueban estos versos que le dirigio: 

"jAh, cuan largas son las noches desde que 
prefieres a mi rival! jOh, graciosa gacela! Tu, 
que has faltado a trus juramentos y que me has 
sido infie?!, £has olvidado aquellas noches que he- 
mos pasado juntos, en un lecho de rosas? El mis- 
mo chal ceiiia imestras espafldas; nos entreilaza- 
bamos como se entrelazan las perlas de un co- 
llar; nos abrazabamos como se abrazan las ramas 

de los arboles; nuestros dos cuerpos no formaban 
mas que uno solo, mientras las estrellas semeja- 
ban puntos de oro brillando sobi^e un campo de 
azur (2)." 

Ed joven Aibderrahman tenia un amigo que se 
le parecia en muchos aspectos, y al cual nombro 



(1) Ben-al-Abar, pp. 165 y 166. EI man. de Aben-Basam 
— t. I, fol. 11 r. y v. — me ha servido para correglr algunoa 
errores en estos texfcos. 

(2) Macari, t. I, p. 285; variantes en Aben-Basam, to- 
mo I, fo). 11 v., 12 r. 

Hist, musuuvianes. — T. Ill 20 



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• 1. . 



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r-Hi^ 



306 



su primer ministro. Era Ali-ben-Hazm. Su s ants- 
pasados, que habitaron el territorio de Niebla, 
habian sido cristianos hasta su bisabue'o, Hazm, 
que abrazo" el islamisimo; pero el, avergonzado de 

su origin y queriendo borrar la hualLa, renagaba 

de sus abuelos, Lo mismo que su padre, Ahmed 
que habia sido visir con los amiritas — 7 preten- 



dia descender de un persa manurmtido por Yezid, 
hermano del primer califa ommiada, Moauia (l) 3 
y rcspecto a la re'igion de sus antepasados, sen- 
tfa el mas profundo desden. "Fusrza es no asom- 
brarse nunca de la superstition de los hontbres 
— dice en su tratado sobre las religiones — . Los 
pueblos mas numerosos y mas civilizados estan 
■sujetos a ella. iVed a los cristianos! Son tan nu- 
mercsos, que solo su creador puede contarlos; hay 
entre ellos sabios i'lustre s y principes de rara sa- 
gacidad. Sin embargo, creen que uno cs tres y 
que tres son uno; que uno de 'los tres es el padre, 
otro el hijo y el tercero el espiritu; que el padre 
es el hijo y que no es el hijo; que un hambre es 
Dios y que no es Dies; que el Mesias es Dios en- 
teranrente, y que, sin embargo, no es el miamo 
Dios; que el que ha existido desde toda la efcemi- 
dad ha sido creado. La secta llaonada de los jaoo- 
bitas, que camprende cenftenas de millares, cres 
tambien que el Creador ha sido azotado, abofetea- 
do, crutificado y muerto; en fin, que el Univerao 



(1) V£ase ml Catalogo de man. Orient., de la Blblioteca 
de Leycie, t. I, p. 227. 



307 

ha estado privado durante tres dias de aquel que 
la gobierna (l).» w Por lo demas, estos sareasmos 
no son de un esccptico, sino de un musulman muy 
celoso. Ben-ECa-am sostenia en religion el sisfcema 
de Ids dahiritas, secta que se atenia estrictanaen- 
te a los textos y que consideraba como una inven- 
tion diabolica lo que 11 am aba la decision por ana- 
logia; es decir, la intervention de la inteligencia 
humana en las cuestiones de derecho canonico. En 
poli-tica estaba por la dinastia legftinia, de la cual 
habia llegado a ser cliente, gracias a una falisa 

geruealogla, y los croni-adas no tenian servidotr 
mas fiel, mas entusiasta y mas adicto. 

Cuando su causa parecia perdida irremisible- 
mente, cuando A'li ben-Hamud ocupaba el trono, 

y -hasfca el mlsmo Jairan, jefe del partMo eslavo, 
le habita reco'nocido, fue" de los pocos que no per- 
dieron el amino. Cercado de enemigos y de espfas, 
cantinuo intrigando y conspirando, porque, com.o a 
todos los cspMtus entusiastas, ila prudencia le 
parecfa cobardia. Jairan descubrio sus manejcs, 
y, depues de hacerle expiar su ce'lo intempestivo 
con muchos meses de prision, le condeno al des- 
tierro. Ben-Hazm se fue con el goibennador del 
caisiillo de Aznalcazar, no lejos de Sevilla, y alii 
se encontraba aun "ouaifao supo que el omimiada 
Abderrahman IV Mortaida haibla sido proclamado 
califa en Valencia. Embarcose inmediatam eniie 
para ofrecenle sus .servicios, y combatio oomo un 



(1) Ben-Hazm, Tratado de las religiones, t. II, fol. 227 r. 



308 

he* roe en la batalla que Mortada perdio por la 
<traici6n de sus supuestos amigos; mas habiendo 
caidd en manos de las berberiscos vencedores, no 
recobro la libertad sino mucho despues (1). 

Tiempo vendra en que Ben-Hazm llegara a ser 
el sabio mas grande de su cpoca y el escritor 
mas fecundo que Espaila habia producido hasta 
entonces. Por el prdnto, era, ante todo, poeta, y 
uno de los poetas mas graciosos de la Espafia 
arabe. Se hallaba aun en la dichosa edad de las 
ilusiones, pues solo contaba ochd arias mas que su 
soberano. Tambien habia tenido su novela de amor, 
por lo demas bien -sencilla; pevo el la renere co'n 
•tanto candor, delicadeza y encanto, que no po- 

demos resist ir a ia tentacion de reproducirla con 
sus propias palabras. Sin embargo*, nos veremos 
obligados a suprimir aquf y alii algunas metafo- 
ras atrevidas, algunos adornos, algunas lentejue- 
las que, en- opinion de urn arabe, prestan al dis- 
curso inimitable gracia, pero que toleraria difi- 
cilmente la sobriadad de nuestro* gusto. 

"En el palacio de mi padre — dice Ben-Hazm — 
habia una joven que recibia alii su education, 
Contaba diez y ^seis ailos, y no habia mujer que 
la iguaJlase en belleza, en inteligencia, en pudor, 
en recato, en modestia y en dulzura. Las bromas 

y los gailanteos Ha idisgustaban* > hablaba muy 
pdco. Nadie se atrevxa-a elevar sus deseos hasta 









(1) VSase mi Cat&logo, t. I, pp. 225 y 230. 



309 

ella, y, sin embargo, su belleza conquistaba todos 
los corazones, porque, aunque altiva y avara en sus 
jfavores, era mas seductora que la mas refinada 
coqueta. Era seria y no gustaba de ^as diversiones 
frivolas; pero tocabael laud de un modo admirable. 

"Yo era eiatonces muy joven, y no pensaba mas 

que en ella. Le oia hablar algnnas veces, pero 
siempre en presencia de otras personas, y du- 
rante dos aiios habia buscado inutilmente ocasion 
de hablarle sin testigos. Ccilebrabase un dia en 
nuestra morada una de esas fiestas f recuentes en 
los paiacios de los magnates, y a la cual asistitan 
las mujenes de nuestra casa, las de casa de mi 
hermano, las de nuestros clientes y servidores 
principals. Despues de pasar parte del dia en 
palacio, las seiloras fueron a la azdtea, deside la 
cual se divisaba un magniftco panoriama de Cor- 
doba y sus alrededores, y se colocaron donde los 
arboles de nuestrd jardin no quiftaban la vista. 
Yo estaba alii, y me aproxime ai alfeizar donide 
ella se encontraba; pero, en cuanto me vi6, a su 
lado, corrid, con graciosa rapidez, a otro alfeizar. 
La sigo, y se me eseapa de nuevo, Conocia harto 
bien los sentimientos que me inspiraba, porque 
las mujeres tienen mas sutileza para adivinar el 
amor que les profesan que el beduino que viaja 

de noche por el desierto para recon-dcer las hue- 
ll&s del camino; pero, afortunadamente, las de- 
mas no se idieron cuenta de nada, porque, ocu- 
padas en busca.r el inejor puntd de vista, no fija« 
ban su atenclon en mi. 



310 

"Habiemdo bajado despues al jaixlin, las que £>or 
su posicion y su edad gozaban de mas influencia 
rogaron a la senora de mis pensamientos que 
cantase algo, y yo apdye su demanda. Ella txxmo 
su laud y empezo a templarlo, con un pudor 
redoblaba sus gnaeias a mvs ojos, y ltteg-o canto 
estos versos de Abas, hijo de Almaf: 

"No* pienso mas que en mi sol, en la jjven 
ligera y flexible que he visto desaparecer tras Has 
sombrias murallas de palacio. ^Es una criatura 
humana? £Ea un genio? Es mas que una mujerj 
pero si tiene toda la bellcza de un genio, no tiene 
su malicia. Su rostro es una perla; su talle es un 
narciso; su aliento, un perfume, y toda ella, una 
emanacion de luz. Cuando ;se la ve, vestida con cu 

tunica amarilla, marehar con una ligereza incon- 
cebible, diriase que puede poner los pies sobre 
las cosas mas fragiles sin rompenlas." 

"Mientras cantaba, no eran las cuerdas del laud 
las que heria cdn el plectro, sino mi corazcn. Ja- 
mas este delicioso dia se borrara de mi memoriaj 

y hasta en mi lecho de muerte lo recordare. Pero 
desdfe entcnces no he escuchado su duke voz, ni 
siquiera la he visto." 

"No la censuro — decia yo en mis versos — si me 
evita y me huye, -porque no merece reproches. Es 
bella comd la siacela o fla luna: uero la Pamela as 



aiLcanmr 



luina. 



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311 

"Me privas de la dicha de escuchar tu suave 
voz — decla yo tambien — , y no quieres qtn> mis 
ojos contemplen tu bellesa. Absorta por cdmpleto 
en tus piadosas meditaciones, con-sag rada a Dios, 
no piensas en los mortales. jCuan faliz Abas, cu- 
yt's versos has cantado! Y> sin embargo, si ite 
hubiera oido, csfcaria triste el gran poeta, y te 
tendrla envidia, coma a su vencedora, (porque al 
cantar sus versos has puesto en ellos un senti- 
miento de que el nunca tuvo idea," 

"Tres dlas despues que Mahdi fue problamado 
calif a, abandonamos nuestro nuevo palacio, situa- 
do «\ el barrio oriental de Cordoba; es decir, en 
el arrabal llamado de'Zahira, para volver a nues- 
tro antiguo' palacio del barrio occidental, en el 
Baliat-Mogit; pero, por raaones inutiles d-e exjpo- 
ner, la joven no vino ccn noiOtrJs. Entronizado 
nuevamente Hixem. II, los que estaban entonces 
en ell podier nos hicieron caer en tdesgrada; nos 
exigiero'n sumas enormes, nos encarcelaron, y 
cuand'o recobramos la libertad,. tuvimos que ocul- 
tarnos. Vino la guerra civil. Todo dl mundo tuvo 
que padeoer con ella, per..? nuesti*a familiia mas 
que ninguna. En tanto, murio mi padre, ol tabado 
21 de junio de 1012, y nuestra suerte no mejoro. 
Pero un dia en que asistia a los funeraks de uno 
de mis parientes, reconoci a la joven entre las 
plafiideras. Yo* tenia muchos motivos de trisibeza 
aquel dia; todias ilas desgracias sparecfan herirrne 
a la vez, y, sin embargo, cuiando volvl a veaia. 






312 

el presence, con todas sus missrias, desapareci6 
como por encanto; ella me recorclaba -el pasado, 
mi amc*r de joven, mis hermosos dias marchitos, 
y por un momento me encontre jovcn y feliz como | 

en otro tiempo. Mas, lay!, aquel momento fue 
muy ctfrto, y vuelto otra vez a la triste y sombria 
' realidad, mi dolor, agravado por los sufrimientoff 
que me producia un amor sin esperanza. fue mas 
penetrante y mas agxi'do." 

"Ella llora a un miaerto que todo el mundo hocn- 
raba y respetaba — decia yo en una poesia compues- 
ta en aquella ocasion — ; pero el que vive todavia 
tlene mas derecho a sus lagrimas. jCosa extrafia! 
Ella se conduebe del que ha mue-rto duke y natu~ 

ralmente, y no &e apiada del que hace morir de 
desesperacion." 

"Poco desfpues, cuando las tropas berberisoas se 
apoderaron de la capital, fuimos desterrados, y 
abandone Cordoba a tmediados de julio del ano 1013. 
Tran&currieron cineo afios, durante los cuales no 
volvi a ver a la joven. Al fin, cuando regrese a 
Cordoba, en febrero de 1018, me aloje en casa die 
una parienta mia y alii ila encontre; pero habia 
cambiado de tal modo, que no habria podido re- 
conocerla si no me hubiesen dicho que era ella, 
Aquella flor, que antes era contemplada con exta- 
tis y que todos habrian querido coger si ed res- 
peto no los hubiera detenido, estaba ya marchita; 
apenas le quedaban algunos rasgos para atestt- 



1 



3 



313 

guar que habia sido bella. Es que durante aquellos 
ailos desastrosos no habfa podido euidarse. Educa- 
da bajo nuestro tocho en medio del lujo, do repente 
se habia visto obligada a ganarse la vida con un 
asiduo trabajo. jAy! Las 'mujeres son flores muy 
fragiles: cuando no sc las cuida, se marchi£an. S-u 
belleza no resist©, como las die los hombres, los 
ardores del sol, el simun, la intemperie de las 
estaciones, la faita de comodidades; sin embargo, 

tal como era me habria hecho aim el mas feliz 
de los mortales si hubiera quei'ido dirigivme una. 
palabra tie ma; pero permanccio indiferentc y fria, 

como siempro habia sido conmigo. Poco a poco 

aquella frialdad comenzo a apartarme de ella; la 
pei'dida de su belleza hizo el resto. 
, "Nunc a le he reprochado nacla, ni hoy la censure 
No tengo derecho. i De que puedo quejarme ? Po- 
dria hacerlo si me hubiese halagado con esperan- 
zas enganosas; pero nunca me dio la menox es- 
peranza, nada me prometio jamas" (1). 

En el relato que acaba de leerse, sin duda se 
habran notado rasgos de una sensvbilidad exquisi- 
ta y poco comun entre los arabes, que prencren 
generalmente las gracias que atraen, los ojos que 
pronreten, la sonrisa que alienta. El amor que sue- 
fia Ben-Kazm tiene una mezcla de atractivo ffsico, 
sin duda — el objeto deseado cuando ya no es lo que 
era hace que los sesn£imiento& sean mcnos dolo- 
rosos — : mas tambien habia. en el inclinacion mo- 



(1) Ben-Hazm, Tratado del amor, tola. 90 r., 102 v. 



.314 

ral, delicada galanteria, entusiasmo, estimation 
lo que le encanta es una belleza tranquila, modesta 
llena de dulce dignidad. Pero conviene no olvidar 
que aste poeta, el mas casto, y estoy ten-tado a de- 
cir el mas cristiano entre las poetas musulmanes 
no era un arabe de pura sangre. Bisnieto deun es- 
panol cristiano, no habia perdido completamente 
el modo de pensar y de sen'tir ipropio de su raza. 
Podian. estos espafioles arabizados renegar de su 
origen; podian invocar a Manama en vez de invo- 
car a Orisfto, y perseguir con sarcasmos a sus an- 
tiguos correligiomarios; pero en el fondo de su alma 
quedaba siempre algo puro, delicado, escoi ritual, 
•que no era arabe." 



XVIII 

Apemas habian transeurrido siete scmanas des- 
de que los cordefoeses habi'ian elegido a Abderrah- 
man V, y que este habia nomibrado primer minis- 
tro a Ben-Hazm, cuando ya el uno habia dejado 
de existir, y el otro, de3pidiendose para siempa*e 
de ia polities y de las grandezas mundanas, bus- 
caba el cc'nsueilo y el olvido del pasado en ei es- 
tudio, el isdilencio y la o radon. Y no es que pueda 

imputarseles trafoar los asamtos serios con la va- 
nidad y los caprichois que el publico tconsidena f r^- 
cuentemente co*nrvo iprivdiegio de los poetas; al con- 
trario, s-e compl-acian en reoonocerles una gran 
aptitud para el gobierno. Eductados en ilia ruda 



315 

escuela del destierro y el infortunio, habian apnen- 
dido bi-en pronto' a conocer a las hombres, a coeixi- 
prend-er y juzgar los aconteclmientos; pero es- 
taban rodeados de toda clase de peligros. Abdu- 
rrahman no se apoyaba mas que en la nc*bleza jo- 

ven. Ademas de AU-ben-Hazm, un primo de date, 

llamado Abd-tal-Uahab ben-Biazm, y Abu- Amir 
aben-Xohaid, eran sus habituales consejeros. Te- 
nian ingenio y talent o, pero chocaban cctntra los 
rigidos musuilmanes, por l\a libertad ide sus <xpi* 
niones religlosas. Respecto a los patricios de mas 
edad, habian que ride* votar a Sdliman y, aunqu<3 

sste candidato habia sido desechado por Id may£- 
ria, habian intrigado tan abiert-amente en su fa- 
vor, que Abderrahman se habia visto obldgado a 
prenderlos. Las persomas sensatas aprdbaban esta 
medid'a, que creian necesaria; pero la arlstocracia 
estaba deseantenta. Censurabase, ademas, ail mo- 
naroa el retener prisioneros a sus dos competido- 

res. Cierto que lcs traraba aimlstosamente, pero 

no les peiunitla sa'ir de palacio. Por otra <parte, 
como las desgracias pub'licas habian agotado tc- 
das las fuentes de trabajo, habia multitud de 

obrercte sin ocupacion, siempre dispuestos a de- 
rribar con su hacha todo el edincio de la antigua 
sociedad. Y, desgraciadamente, estas cohort es de 
la destruction tenfian un jefe, un onxmiada lla- 
mado Mohamad. Cuando se ccfcistituyeron las jun- 
tas para elegir monarca, habia esperado que la 
election recayera en el. Sin embargo, su nombr-e 
no fue siquiera pronunciado, lo que no es de ex- 



316 

tranar, pues Mdiamed era un hombre sin espl- 
ritu, sin talento, sin cultura, que no conocia otros 
placeres que los de la mesa y el libertin&je. Pero 
el no se juzgaba asi, y euando supo que nadie 
se habia acordadc* de el y que habian entronizado 
a un jovcn, su furor no tuvo limites. Sirviose en- 
tonces de su influencia sobre los obreros, que to- 
maban su groserfa pdr bondad, y con los cuales 
vivia en una intimiidad tan estrecha que un te- 
jedor llamado Ahmed aben-Jalid era su mejor 
amigo. Vigorosa y habilmente secundado por estc 
hombre, Mohamed estimulo a los dbreros la pasi6n 
por el pillaje y las revueltas, y prepare todo para 
una insurreccion formidable. 

Al principle no parecfa temer una coalition del 
populaclio con los patricios que habian sido pre- 
so-s, puesto que unos y otros tenian candidates 
diferentes; pero babiendo muerto Soliman, con- 
sintieron los patricios en aliarse con los demago- 
gos. Uno de ellcte, Ben-ImTan, les sirvio d.e inter- 
mediario. En su bomdad irreflexiva, Abderrah- 
man V le habia devuelto la libertad, aunque uno 
de sus amigos se habia opuesto diciendole: "Si 
Ben-Imran da un pasd fuera de la prision, acor- 
tara tu vida todo un afio." Era, efectivamente, un 
hombre miry pdigroso. Procuro sobomar a los 
jefes de la guandia, y lo comsiguio bantd mas fa- 
cilmente porque la gwardia estaba descontenta 
del calif a. Dos dias antes habia llegado a Cordoba 
un escuadron berberisco para ofrecer sus servi- 
cios al monarca, y este, comprendiendc^ que ro- 



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317 

deado de toda clase dc pel-igr-os tenia necesidad 
de soldados, habia aceptado su ofrecimiento, lo 
cual excito los celos de la guardia, que, estimulada 
por Ben-Imran, se dirigdo al pueblo. "Nosotros 
somos los que hemos vencido a los berberiscos 
— declan los soldados — ; nosotros, los que los he- 
mos echado, y ahora este hombre, colocado por 
nosotros en el tronc 1 , tnata de traerlos de rmevo 
a la ciudad y de someternos otra vez a su detes- 
table yugo." El pueblo, que no esperaba mas que 
una ocasion, una senail, para sublevarse, se dejo 
seducir faeilmente por estas instigaciones, y Ab- 
derrahman aun no se habia dado cuenta de nada, 
cuando ya la multitud habia invadido su palacio 
y libertado a los nobles que el habfa hecho pren- 
der. El desgraciado monarca comprendio al punto 
que era su vida lo Que queri&n. Pidio consejo a 
dos vis ires; pero estos, que temian por si mis- 
mos, deliberaban aun sabre el partido que debfa-n 
€tdoptar, cuando los guardias les gritaron que nada 
fcenian que temer siempre que abandonasen a &u 
suerte a Abderrahman. Triunfo el egoismo en la 

mayor parte, y abandonaron furtivamente al mo- 
narca uno tras otro. Sin embargo, pronto com- 
prendieron que las promesas de los guardias eran 
falaces, porque muchos de ellos, come* el prefecto 
de la ciudad, fueron muertcs cuando salian de 
palacio por la puerta de la sala del baflo. 

Tambien Abderrahman, que habia montado a ca- 
ballo, intent6 salir por la misma puerta; pero los 
guardias se lo impidieron mostrandole las punkas 



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318 

de sus lanzas y abrumdndole a injurias. Retroce- 
dio, y echando pie a tierra, entro en la sala del 
batto,donde se quito sws vestidos, a excopcion de la 
tunica-, y se oculto en la estufa. El pueblo y las 

guarciias ojeabart -en tan'to a los berberiscos cual si 
fuesen fleras. Aquellos infelices fueron muertos allf 
donde se hafbian refugiado, en palacio, en la sala 
del bano y en la mezquita. Las mujeres del haren 
de Abderrahman cayeron en suerte a los guardias, 
que las condujeron. a sus viviendas. 

Mohamed triun£aba. Proiclamado califa en la sala 
en que el califa destroiuado estaba ocuMso-, trasla- 
dose a<l salon y ocupo el trono, rodeado de los guar- 
dias y del populacho. No obstante;, su situation era 
precaria mientras viviera suantecesor; asiquehizo 
buscarle por todas partes, y cuando le encontra- 
ron, le mando matar — 18 de enero de 1024 — . 

Mohamed adopto* el tiitulo de Mostacfi. Intento 
hacerse popular iprodigando el dinero y los tftulos 
a cuantos lo deseaban; pero la cotera de la clase 
media y de la nobleza fue extraordinary a cua/ndo 
nombro minis tro a su amigo eJ tejedor. Por oti-a 
parte, su reinado no fue de larga duxaciom-. Como 
se comprendte, goiberno-omal. Sabiendo que se eons- 
piraba contra el, encarcelo a muchos individuals de 
su familia y aun miando estrangnlar a uno de ellos, 
lo cual causo gran indignacion en Cordoba. Tam-. 
bien mando prender a los prin^ipales consejerois de 
su antecesor, como los das Beai-'Haam, y a fin de 
no participar de la miisma suente, Abu- Amir, Abeto- [4 
Xoliakl y otros muchos abandon ar on la capital y .A 



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319* 

se trasladaron a Malaga, cerca del hamudita Yah- 
ya, a quien excitaron a poner termino a la anar- 
quia que reinaba en Cordoba (1). Sus tentativas 
no resultaron completarneriite Infructuosas. Por lo 
menos en Cordoba se supo que Yaibya se dispomfa 
a atacar la ciudad, y estallo un tumulto — mayo de 
1025 — . El antig^io tejedor. visir de Mo(ha<med II, 
fue muevto a puiialadas por el pudblo, que en su 
furia brutal no ceso de heri.r el cadaver toasta que 
estuvo comjpletamente frio. Resipecto a Moha- 
med II, su palacio fue cercado, y cuamdo Ios gnar- 
dias le encontraron, le dijeron : "Bien eabe Dios que- 
hemos hecho todo lo posible para con sol id ar tu po- 
der; pero ahora vemos que hemos iwtenitado un 
imposible. T-enamos que salir para Juchar coin. Yah- 
ya, que nos am-enaza, y temjeanos que te ocurra 
algo grave cuando hayamos partido. Te aconseja- 
mos, poies, que abandonee la ciudad searetamente. "" 

Viendo que todo estaba perdido para el, Mohanied 
resolvio seguir sus consejos. Poniertdose el traje de 
ana cantadora y cubriendose el rostro ccavun velo, 

salio de palacio y de la ciudad, actflnpanado de dos 
mujeres, yendo a ocultar su vergiienza en tun obs- 
curo kigpar de i!a frontera, donde fue eiwentfraado 
por un oflcial demasiado comprametid , o para bo 
seguirle, pero que .se aburria de estar encademiado 
a un proscripto (2). 



<1) VSase Aben-Basam, t. 1, fol. 82 v. 

(2) Ben-Hayan. apud Aben-Basam, t. I, fols. 9 v., 11 r , 
114 r., 115 r,; Ben-al-Atir; Macari, t. I, pp. 319 y 320; Abd- 
al-uahid,. pp. 3S-40; Rodrigo de Toledo, c. 44. 



320 

Durante seis meses no hubo monarca en Cordoba. 
La ciudad fue gobernada bien o mal por el Con- 
sejo de Estado; pero semejante situaclon no podia 
prolongarse mueno tiempo. Vendra un dia en que 
esto sera preciso; pero el momento no habia 31e- 
gado atin; el viejo mundo se desplomaba, pero e) 
micro no era todavia mas que un en,sayo. A- los 
hombres de buen sentido, 3a monarqufa 1-es parecfa 
aun la unica forma de gobierno compatible con el 
orden; pero icon quien restaurarla? ^Conun Ome- 
ya ? Se habia querido, se habia intentaclo, se habia 
elegido al mejor prioicipe de esta familia al entro- 
nizar a Abderrahman V, y, sin embargo, la era- 
presa habia fracasado completamente. Para man- 
tener el orden, para conitener al populacho, siem- 
pre inquieto, siempre agitado y pronto al tumulto, 
al asesinato y al saqueo, hacia falta am prinoipe 
que dispusiese de tropas extranjeras, y los om- 
miadas no las tenian. Entonces se penso en devol- 
ver el trono al hamudita Yahya, contra el cual 
no tenfan muchas quejas, y e>sta idea no la conci- 
bieron, a nuestro entender, algunas personas mal 
intend onadas, como p&rece indicar un autor ara- 
be (l), sino todo el partido del orden, que no veia 
otro medio de salvacion. Entrose en n egociacion es 

con Yahya, que residla en Malaga, y que acepto 
la oferta de los cordobeses sin entusiasm*>, casi con 
indif erencia. Desconfiando de la movilidad habitual 



(1) Homaidl, a quien han copiado todos los cLem£g escri- 
torea drabes. 



321 

r 

de los iniciadoros, y sabiendo adenias que para ellos 
no era mas que una mala andanza, se quedo donde 
estaba y se limito a enviar a Cordoba un general 
berberisco cc-n algunas tropas — noviembre de 
1.025—. 

Los acontecimientds demostraron que habia 
obrado prudentemente. Los habitants de la capital 
no tardaron en disgustarse de la domination afri- 
cana, y prestaron atento oido a los emisaricte de 

r 

los senores eslavos del Este: Jairan, de Ajlrneria, 
y Mochehid,, de Denia, que les asegunaban que, si 
querian emanciparse de ella, sus seiiores veaidrfian 
a ayudarlos. Esta promesa no 1 fue vana. En el 
mes de mayo de 1026, cuando los animos les pa- 
recieron bastante pi'eparados, marcharon ambos 
iprincipes hacia la capital con numerosas trdpas, 
y flos coridobeses se subleva.ron, echando al go- 
bemador enviado por Yahya, despues de inatarle 
gran numero de scfldados. Hecho esto, f ranquearon 
sus puertas a Jairan y Mochehid; pero cuando 

se trato de constituir un Gobiemo, ambos prin- 
cipes no pudieron llegar a un acuerdio, y como' 

r 

Jairan temia que su aliaido le traicionase, se apre- 
suro a volver a AJbneria- — 12 de j-umio — . Mochehid 

permanecio durante algun tiempo en la capital, 
mas tambien la abandono sin haber restablecido 
la rnonarquita. Despues de su marcha, los mieon- 
bros del Coansejo de Estado decidaerooi restaurerla, 
aunque una teste experiencia debia haberles en- 
seilado que iban ta intentar un imposiblie. Un 
prlncipe omaniada lanzado sin el apoyo de tropas 

Hist, musulmanes. — T. Ill 21 



822 

extranjeras en medio 4 de dos clases irreconcilia- 
bles, estaba condenado de antemano a sucumbir 
ya por una insurreccion popular, ya por una cons- 
piracion de los patricios. Para establecer un Go- 
bierno duradero, la restauracion de 10s ommiadas 
resultaba un medio eng-afioso; pero era el unico 
que los mas habiles acertaban a imagrinar. Sobra 
todo, Abu-'l-Hazm aben-Chauar, que era cntonces 
el ho*mbre mas influyente, acariciaba esta idea. 
Concertose, por lo tanto, con los jefes de las fron- 
teras que se creia pertenecientes al partido om- 
mSada o eslavo, pero* que, a decir verdad. no te- 
nian de comun mas que un odio profundo liacia 
los berberiseos. Despues de largas negociaciones, 
algunos de estops sefiores aprobaron, al fin, el jpro- 
yecto, acaso por estar convencidos de que no tenia 
ninguna probabilidad de realizarse, y se resolvio 
elevar al trono a Hixem, hermano maytfr de Ab- 
derrahman IV Mortada. Este prfncipe vivia en 
Alpuente, donde se habia refugiado despues del 
asosinato de su hermano. En el mes de abril 
de 1027, los habitaoites de Cordoba le prestaron 
jurainentd; pero transcurrieron casi tres aflos an- 
tes de que se allanaran las dificultades, y du- 
rante este tiempo, Hixem III, apellidado Motad (1), 
vagaba de ciudad en ciudad, porque muchos jefes 
se oponlan a que entrase en C6rdoba (2). Los 
cordobeses supieron, al fin, que iba a llegar. Ltte 
miembros del Conisejo de Estado hicieron, en se- 

(1) O Motamid, segtin otros. 

(2) Abd-al-uahid, pp. 40 y 41. 






323 

guida, los preparativos necesarios para recibirle 
con pctoipa; pero antes de que estuviese todo dis- 
puesto, el 18 de diciembre de 1029, se recibio la 
Eoticia de que Hixem iba a entrar en la ciudad. 
Las tropas saliero-n a su encuentro, y en toda la 
poblacion resonaron gritos de alegria. La multi- 
tud obstruia las calles po*r donde debla pasar 
el principe, y se esperaba vei'le desplegar una 
pompa magninca y vex-daderamente regia, Esta 
eaperanza resulto fallida. Venia Hixem montado 
en un mai caballo, pobremente equipado; llevaba 
vestidos sencillos y poco en armonia co*n la dig- 
nidad de calif a. No tuvo, pues, ningun prestigio; 
sin embar.co, el pueblo de saludo con vibrantes 
exclamacione? de jubilo', porque se esperaba que 
terminarian los desordenes y que se iniciarfa un 
Gobierno equitativo y fuerte 

Hixem III no era a proposlto para re&Iizar tales 
esperanzas. Bueno y dulce, era al mismo tiempo 
debii, irresakxtd, inclolente, y no sabia apreciar 
mas que los placeres de Ja. mesa. Desde el dia 
siguiente pudieron convencerse los patricios de 
que no habia sMo acerfcada su eleccion. Celebrose 
una gran audiencia en el salon del trono, y todos 
lote emjpleados fueron presentados al cailifa; pero 
como no estaba acostumbrado a las recepciones 
ni a las ai^engas, aquel anciano apenas pudo bal- 
bucear algunas palabras, y uno de los grandes 
dignatarios tuvo que tdmar la palabra en su nom- 
bre. Luego, cuando los poetas le recltaroai las 
odas que habfian escrito con ocasion de su adve- 



324 

nimiento al tro'no, no supo dirigirles mnguna pa* 
labra ingemosa, y hasta parecia que no entendia 
lo que le recitaban. 

La presentation del califa habia disipado ya 
tcda ilusion; pero aun fue peo-r cuando, poco dos- 
pues, nombro primer ministry a Alhaquen aben- 
Said. Clicnte de -los amiritas, Alhaquen habia ejcr- 
cido primeramente el oficio de tejedor en la ca- 
pital, y este fue el origen de su oonocimiento eon 
H-ixem, porque los principes ommiadas entab'laron 
muchas veces reluciones con las clases bajas de 
la sociedad, cuyo apoyo buscaban. Durante la. gue- 
rra civil, Alhaquen se habia hecho soldado, y 
como parece que no carecfa ;de valor ni de talen- 
tos miiitares,. habia ascendido rarpidamente y ga- 
nado la estimation de los senores de las front e- 
ras, a cuyas ordenes servija. En euanito Hixem fue 
proclamado califa, le visito y, recordandc£e su 
antigua amistad, supo insimxarse tan bien que 

no tardo en dominarle campletamente. Nombraxlo 
primer ministro, tuvo buen cuidado de que la mesa 
del mdnarca apareciese cargada oada dia de los 
manjares mas exquisites y de los vinos mas se- 
lector; 3e rodeo de cantadoras y danzai'inas; pro- 
euro, en una palabra, nacelle la vi-da lo mas gra- 
ta (posibUe, y el debxl Hixem, indiferente a todo 
lo dermis, y hasta dichdso par no tener quse mez- 
clarse en asuntos que le aburnan, le abandonaba 
<ie buen grade el gobierno del pais. 

Alhaquen hallo el tesono vacio. Para siihvetdr a 
los gastois era preci&o -emicomtrar ingre&as mas con- 



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325 

siderables y mas rapidos que los que la ley pro- 

porcionaba; pero £de donde sacarlos? No habia 

que pen?ar eh imponer imevas contribuciones, por- 
que habria sido el medio mas seguro para hacerse 

impopular- El ministro tuvo, por lo tanto, que re- 
currir a diversos expedientes, poco honrosos, en 
verdad, pero que la necesddatl reclamaba. Habiendo 
descubierfco que los hijos de Mudafar el aminta 
habian depositado objetos preciosos en casa de 

sus amigos, se apodero de el los y obligo a los 
principales mercaderes a comprarlas a un precic 
elevadlsrmo. Forzolos tambien a- comprar el hierro 
y el plomo procederate de los palacios reales demo- 
lidos durante la guerra civil. Pero el dinero adqui- 
rido de este modo aun no bastaba, y entctfices con- 
cedio su confianza a un faquf desacreditado y abo- 
rrecido, llamado Ben-al-Chayar, que ya antes habia 
indicado al calif a Ali-ben-Hamud medios encaces, 
aunque vergonzosos, para llenar el Erario. En aque- 
11a ocasion, aun supo proporcionar a Alhaquen con- 
siderables ingresos, a expensas de las mezquitas. 

Este hecho' fraudulento no quedo oculto porque los 
cordobeses, y sabre totlo los faquics, nuu*muraron, 
aunque no hacia mucho tiempo que las faqules que 
tenian asiento en el tribunal habfan permitido que 
les aumentaran los sueldos, aun no ignorando que 
el dinero que les daban procedfa de contribuciones 
i legales y que, por consiguiente, no les era licito 
aceptarlo. Por eso Alhaquen se indigno de la hi- 
pocresia de los faqufes y les: responddo lanzarudoles 
un manifesto fulminante. Su autor, Abu-Amir 



326 

aben-Xohaid, lo leyo en publico, prime vo en palacio 
y despues en la mezquita — jumo de 1030 — . Viva- 
mcnte ofendidos, trataron los faquies de que el 
pueblo compartiese su colera; pero las masas pa- 
recfan no tencr graves motivos de queja, y no lo 
consiguieron. Por su parte, el Gobierno redoblo el 
rigor. Un visir coamplicado en una ecnspiracion fue 
ejecutado, y Aben-Xohaid queria que se ensanaran 
en los grandes gorros, como el decla. "No presteis 
atencion a las declamadones de esa pandilla de 
avaros, que bienmerecen que se les robe — afirmaba 
en una poesia dingida al calif a—, y dejad a mi 
leng-ua de basilisco el cuidado de decir lo que son." 
Si Alhaquen no hubiera tenido en contra suya 
mas que a los teologos, se habria sostenido en 
el poder, porque en aquella e-poca gozaban ue poco 
crcdito para perjudicarle; pero tenia enemigos mu- 
cho mas peligrcsos: casi toda la nobleaa 3e era 
hostil. Lo humiilde de su origen era, a lo.s ojos de 
los pati-icios, una mancha indeleble. Veian en el 
no a un ofkial de fox-tuna, sino a un tejedor, colo- 
candole casi en la misma linea que al primer mi- 
nis tro de Mohamed II, aunque mediaba una gran 
diferencia entre aminos, porqpuc el uno no habia 
sido nunca mas cjue un abrero, y el otro habia pa- 
sado lo mejor de su vida en los campam'entos o en 
la carte de los princripes fronterizas. Poco e-scru- 

pulosos en los medics de llenar el Tesoro, facibnen- 
te bubieran perdonado a un hambre de su class las 
operaciones financieras a que el minis-tro se habia 
visto obliigadx) a neeurrir; pero como era un ple- 



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V- 



327 

beyo quien las habia hecho, las denunciaron al pue- 
blo en cuanto las sospecharon, explotandolas en 
provccho de su odio, que. por lo demas, perjudicaba 
a sus propios interests. Al principio, Alhaquen no 
habia sentklo r&pugnancia hacia ellos, ni los habia 
excluido intencionadamente, como lo prueba el ha- 
ber hccho su amigo y coniidente al patricio Aben- 
Xohaid; pero viendo que no correapondian a estos 
anticipos mas que con el desden y el menospreclo, 
no hallandc entre ellos mas que mala vohintad, re- 
pulsion y hostilidad declarada, herida su suscepti- 
bilidad, busco empleados entre los pleboyos. Los 
agraciados contaban antkipadamente con la regpro- 
bacion de la nobleza, que no dejaba de decir que 
el ministro no concedia empleos mas que a "jove- 
nes tejedore° sin experiencia. a libertinos sin 're- 
ligion, que no pcnsaban mas que en flores, en vino 
y en trufas; que lucian sus agudezas a expen&as 
de las g^entes mas respetables y se buriaban de los 
desgraciados que veoilan a pedirles justicia". Con- 
sideraban al miismo Alhaquen como un intrigante 
sin capacidad, como un capitan sin valor, como un 
buen jinete y nada mas. Tal vez el odio los cegaba; 

pero lo cierto es que para derrocar al que aborre- 

cian recur rLerom, a los medio a mas odiosos. 

Intentaron primeramente ianzar el pueblo a la 
i^ebertion, diciemidole que la paralizacion del co~ 
xnercio — cuya verdadera eausa eran las eailami- 

dades puMicas — d.ebia atribuirse a los deredhos de 
el ministro habia impuesto a muchas mercancias. 
Estos discursos {prodiujeron sus frutoe, y algru- 



328 

nos hombres del pueblo prometiero*n a los nobles 
atacar la morada del ministro; pero, advertido a 
tiempo por uno de sus amigos, abandctoo su pala- 
cio, e instalandose en el del califa, abolio los im- 
puestos de que se quejaban, y dirigio al pueblo 
un largo maninesto en que decfo que no 1 habia 
establecido aquellos derechos mas que para satis- 
facer apremiantes necesidades del Tesoro; pero 
oue. desde entonces, procurarfa pasarse sin ellos. 
Habiendo cesadd el pueblo de murmurar, eroplea- 
ron los nobles otro recui-so. Corno Alhaquen tenia 

poca confianza en los soldados andaluces, que es- 
taban a devocion de los patricios, intento foxmar 
companias berberiscas (1). Murmuraron los an- 
daluces, los nobles no* dejaron de fomentar su 
descontento; pero advertido de lo que se tramaba 
contra el, Alhaquen adopto medidas encaces para 
mantener a los soldados en la obediencia, y cas- 
tigo a los instigaidores, reteniendoles la paga. Ettr 
tonces intentaron los patricios hacetfle caer en 
desgracia con Hixem. Tampoco* lo consiguieron, 

porque Alihaquon tenia mas influencm que ellos 
en el animo del debil monarca, y les fue prohi- 
bida la entrada en palacio. Solo Aben-Chauar, pre- 
sidente del Consejo de Esbado, cokservaba cierto 

influjo sobre el califa, que le miztaba con un sen- 
timiento, mezcla de respeto y gratitud, pues era 
a el a quien debia su trono o, mas bien, su do- 



<1) V6ase Ben-al-Atir. 



329 

radii dciosklad. Todos los esfuerzos de Alh&quen 
para hacer destituir a Aiben-Qiauar resultaron 
infmctuosos; pero el ministro no se desa-l-sntaba, 
insistfa sin cesar y se prometfa veneer los escru- 
pulos del monarca. Abcn-Chauar lo s&bia, quiza 
c >e daba cu.en.ta de que iba perdiendo terrene*, y, 
por lo tanto, adepto su partido: era forzoso aca- 
bar no solo con efl ministry sino tambien con la 
rnonarquia, y entonces el Consejo do Estado rei- 
naria solo. No necesito trabajar mucho para que 
sus coiegas simpatizasen co'n este proyecto; mas 
I que h&cer para atraerse partida.no s ? En eso 
estribaba la dincultad; habia muclia gente (dis- 
puesta a todo para destronar a Hixem III; pero 
en cuanto a sustituir el gobierno de uno solo* por 
una oligarquia, nadie, excepto los mienibros del 
Consejo, pareciu haberlo imaginadd siquiera; tan 
monarquieos eran aun los sentimientos y las ideas. 
Los consej-eros juzgaron, por lo* tanto, prudente 
ocultar su juego, y, nngiendo querer unicamente 

sustituir a Hixem III por otro monarca, entrarbfo 
en negociacioneg co*n un parierite del califa, 11a- 
mado Omeya, joven temerario y ambicioso, pero* 
poco perspicaz. Dieron'lc a entender los consej^ros 
que si queria ponerse al f rente de una insurrec- 
tion pddiria conquistar el trono. Sin sospeehar 
que era para olios un instrumento que tirarian 
en cuanto se hubieran servido de eM, el joven 
principe acogio avidamente sus insinuaciones, y 
como no escatimiaba el dinero, gano facilmente a 
los sc*ldados. a ouienes el ministro habia retenido 



330 

la paga. En diciembre de 1-031 (1), estos hombres 
se emboscaron, cayeron sobre Alhaquen cuando 
salfet de palacio, Ie arrojaron a tierra y 3e asesi- 
naron, sin que tuviese tiempo de desenvainar su es- 
pacia; despues, le cortaron la cabeza y, lavandola 
en el colador de la pescaderia, porque la sangre 
y el lodo la habian desfigurado, la pasearon cla- 
vada en la punta de una pica. Omeya acudio a 
clii^g-ir cl movimientri de los soldados y de las tur- 
bas que se les habian unido, miwtras Hixem, 
aterrado por los horribles gritos que oia resonar 
en torno de su morada, subla a una tdrre alti- 
sima, acampanado de las mujeres de su haren y 
de cuatro eslavos. 

iQue me quereis? — grito a los insurrectos 
que se apoderaban ya dei palacio — ; yo ntf os be 
hecho nada; si teneis ailguna queja, id a mi vi- 
sa r y os hara justicia. 

iTvl visir? — -resp-ondieron desde abajo — . Va- 
mos a enssenaittielo. 

Y entonces Hixem vio en el extreme de una 
pica una cabeza horriblemente mutilada. 

— jMira la cabeza de tu visir — gritaron — , de 

ese infarne a auien has entregado tu pueblo, mi- 
serable holgazaai! 

Mientras Hixem intentaba aun apacdguar «, 
aquellos hombres ferooes, que no le respondian 
mas que con inju>rias y ultra jes, <rftra banda pe- 
netro hasia los dep artamentots de ias mujeres, 



(1) V6ase Ben-Hayan, apud Aben-Baaam, t. I, fol. 157 r. 



331 

donde cogio cuanto valia la pena y donde enconr- 
tro cadenas nuevas completamente, que Alhaquen 
— -segun >declan — habia hecho fabricar para los no- 
bles. Omeya estimulaba a lo*s saqueadores con el 
ademan y la palabra. "Tomad, amigos mios — ex- 
clamaba — ; todas estas riquezas son vuestras; 
pero procurad tambien subir a la torre, y ma- 
tadme a ese infame." Intentose escalarla, mas en 
vano; la torre era demasiado alta. Hixem llamaba 
en su auxiilio a lc*s babitantes de la ciudad que 
no tomaban parte en el pillaje; pero nadie res- 
poiudio a su llamamiento. 

En tanto, Omeya, convencido de que lens visi-res 
iban a reconocerle por calif a, se habia situado en 
ed salon. Sentado sabre el sofa de Hixeon y rodeado 
de los principales saqueadores, a qutenes ya habia 
conferido emjpHeos, les dictaba ordenes como si ya 
fuese calif a. "Tememos que te maten — de dijo uno 
de los presentes — , porque la fowtuna parece habex 
abandonado a tu familia." "No importa — le respon- 
dio Omeya — que hoy me presten juramento y que 
me maten manana" (1). El ambiciaso joven no sa- 
bia lo que pasaiba en aquel memento en casa de 
Abeoi-Chauar. 

Desde el principio del tuimulito, el presidente del 
Consejo habia deliberado co*i sus colegas, reoinidos 
en su monad a, sobre las medid-as que urgia adop- 
tar, y habiendolo arreglado todo eratre ellos, fue- 
ron a palacio aooanpanados de sus cliewtes y de ;sus 



(1) Ben-al-Atir, en el. afio 407. 



332- ■ '■ = ■ 

servidor-es, blen armadas <todos. '' c lQue esse el -sa~ 
queo!- — exclaarvaron— - Hix-em abdicara;" os raspon- 
demos de -dlo." Sea que la preseneia de taai altos 
dlgnatarios impus-iese a la mu-ltitud ; sea que iemie- 
sen v-enir a las manos con su escolta; sea. en fin, 
one ya quedaba poco que saquear, el orden se res- 
tabliecio lentamente. "jRmdete y baja de la torre! 
-— ffritaran "Io,s visires diriglendGSe a Hlxeni — . Ab» 
d/ica.ras, pero te perdonaremos la vi&a." A pesar 
suyo, Hixam tirvo que ponexse en sus mauos, por- 
que en la. tarre carecla de viveres. Bajo, "pu.es, y los 
vi sires le bicieron llevar con su-s mujeres a una 
especi-e de rpasadizo que habia en la gx*an meKquita- 

(i Piref-enrIa ,ser arxojado al mar a saxfrlr tantas tii-- 

bulacion.es- — exclamo durante el tray-eeto-^-. Haeed 

b mi lo que querais, p'ero perdonad a mis muje- 

res, as lo supHco." 

Ail anocbeeer, convocaron los visires en la m&z- . 

quita a los prmcipales habytantos de Cordoba, y I;es 
■cottsultairon lo que debia bacerse con Hixam. Deed- 

cllose 'eneerrarle en una fortatea, que design&tfotr^ 
y que p=artiese sin demora. Ailgunos ocaijs fixerori 
emearg-ados de coariuniicar esta decision, al prisio-r 
:nero. 

■Cu&ndo llegwron <aJI pasadizo jpreseaitpse a sftis 1 
ojois un triste estpectaculo. Hallaron a Hixexn <sen- 
fcado sofrre las losas y mdeado de sus mujeres, qae 
Ilorabaa, con los cabellos sueltos y easi desiitxda^s. 
Con mirada triste y soaribrfa P r&eura^ £^^*|r ^en 
su seno a su hija unica, a quien aim: , 
damente, casi eon locura. La pobre niiia ? 



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333 

a :desgraoia que liaMa 
en aquel (paraj-e anal ai~ 
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,iacia mas g-iaciai .aim, y se mona ere naimbre, par- 

que, sea por ol.vido, sea jpor im refSnaanrenito de - 

cruel'dadj nadie habia pemisadio' en llevar tin poeo de 



alimento a aquella inxartunada faonilla. 



Uno de los i>;a^'s tamo la rpa ! labr.a. 

— Seiior, ve-ni'inos a anunciarbe que Ids vMres ;y 
las persexnajes, reundidios en la <mez-qvisiita ; shan dec\- 
dido Que tit... 

■Bleu, bien — i'Tferruxiipio Hix-ean — : m-e someto 



a su decision sea la que sea; pero os sxwpMco <p.e 
dels un trozo de ~pem a eista pobre nana' que -se 



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los oja^s. no gmdfe- 
His ilagrimas. Hkaeron tr&er pan, y 
jjiaiblado prosigui6 en estois tfeninos: 
ha decidido que al amamecer seas 
Tia forta!es&a, donde q,ued'&ras pri- 
sionero. 

— .Sea- — responddo Hjxoti con aire teste, pero re- 
s&gna&o — . iSolo ten-go una graoia que pedlLros: dad- 
nos una luz,,fpoixjue la obscuridad que reina en eate 
triste reciinto nos asusta. 

<A la anafiana sAguLewte, en euanto lllxem aalio 

de " v ^"3j,d, los visiles aaimoiaron a. las cordo- - 

•^fiesto que el caMtfato quedaba para 
•■&&."*" y que el consejo cle Kstado hahiti 



. u. paic*'; 



"Sfc 



IV 



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^>^r«fo ■■■ -r , - : ,j. '.liais riendas del Gobiemo. En seguida se 
-tx^Mdaron a paJlacio, donde ami ■estaba Oirieya, 






/" 








S84 




que habia creidso firmeatteifc ha^ia ^nstcn^'v?^^^ - •;■ 
seoretas promesas <ie los vis ><'&«, y ya liabfa iJ:\llJ|IL' ■ 
cado las oficiales para que .V pmxt&hvn jur&menU)*" 
lb a a s©r deseng-afiado. Los visires rep rend ieron a 
:s y oficiales la pre^irpilaeiori ■a>r» o 






recon-occr a am avenitur'ero, stn eap-erar la deci!: 



* ^ 





de las psrsanas eminentes. "Los ^tables -prosi- 

ben-Oharaar — Kan abolki© la mon&rqfuia, y £ 

pueblo ha aplaixlido esfta medlda. Gu&rdaos bier 
sold ados, de encander la^gjuerra civil; aeo-rdacs d 
los beneficios que os -hemos i 



,y 







y es'peradilos 



mayor-es, si os mo,strais prontas a obadec-ernos." I 
seguida, d«gie«idcse a los oftciales, l^-s 






ri,-. 



04 



*jHR 



encargo que ptaidais a Omeya- y que m ]le*j$s 
primero, fuera de palacio, y luego, Cy*;^ '. 

'' ' 'if ■.■ r " T*' 

m.m-0 de 3a ciudacl" ^:fl. : . 

Esta oiden fue ejecutada al puff|vl' '■ ;^ 
el QO-imo del furor, pedia venganKaJ^ly^;- 
Mas vi-sires que, despues de hallt^yyy 
con esiperatizas ang-aftosas, 3e ariig^Mrr^oiHo a 
un Viiil criminal, Pretendio* dutetresar en su 



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a los dficiales; mas cowio e'sto® estabaai acostum 
brados a obedecer a 'los miemb 
las pro-mesas Que les prodigo 




como sus ittjunas y amenaz&'S 
cierto cual fue su suerte. Paso algxt 



xv<y se 




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que ^e oyese hablar de efl. Mas arV" y - . ;\_ x - ' 



valvar a Cordoba, y hay quden 

los patriciO'S le hicieron asesinar "Sel-'rete 



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(1) V^ase Ben-al-Atir, en ol afio 



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