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Full text of "Books about Maghreb and Andalus"

COLECCION UNIVERSAL 



R. DOZY 



Historia 

de los musulmanes de Espafia 

hasta la conquista de los Almoravides 



TOMO IV Y ULTIMO 



La traduction de) frances ha sido 
hecha por Magdalena Fuentes. 




&i ■* 



MADRID, 1920 



■. - 



u 



Tlpogr&nca RenovacJ6n" (C. A.>, Larra, 6 y 8. — MADRID, 



LIBRO CUARTO Y ULTIMO 



LOS REINOS BE TAIFA& (1) 



I 



Hacia mucihos anos que las provincias de la Es» 
pafia musukruan a se hallaibah inivoluntaraainente 
abandonadas a si mismas- En general, eil pueblo 
se aiiigia de esto, pensaba ccz\ espanto en el por- 
venir y sentia nostalgia del pasado- Los capitanes 
extranjeros fueron 'las unices que se aprovecharon 
de da desmemfbracion de la peninsula. Los gene- 
rales betfberteicos se reparrtieron el Mediodia; lots 
eslavos reiniaron en Lev&nte, y el resto toco en 
suerfce, ya a advenedizos, ya al corto nuimero de 

familias nobdes que, por cu-alquier azaar, foafoiait 
r-esisfcido a lcs eoilfpfcs aue Abdertrakman III y Al- 



(1) El autor titula el cuarto tomo de esta obra Les petite 
souverains; pero, tratandose de un libro de historia espafiola, 
me ha parecido mas propio y castizo titularle Los reinos de 
taifas, por ser la denominacldn con que los modemos histo- 
ri adores espafloles denominan, generalmente, este peHodo. — 
N. de la T. 



manzor habiian asesiado a tla aristocnaeia. Final-. 
meiube, las dos ciudades mas taportantes, Cordoba 
y Sevilla, se hablan constituido en repub'licas. 

Los haamiditas* eran, aunque solo de nombre, los 
jefes d«li partido berberisco. Prefcendian tener de- 
reoho a todas las comax<^s arabes de la peninsula; 
pero, en realidad, no puseian m&s que la ciudad 
de Mallaga y h m termino. Sus vasallos mas pode- 
rosos eran los principes de Granada: Zaui, que 
eftevo esta pobHacion a la categoria de capital (1), 
y su sobrano Habus, que le suoedio. Haibia, ado- 
mas, principes bereberes en Carmcna, Moron y 
Ronda. Los aftasidas, que reinaban eai Badajoz, 
pertenecian a >k rriism/a nacion; pero, completa- 
mehte arabizados, se atribufan un ordigen atrabe y 
ocuipaban una posici6n bastanfce aMada. 

En efl /partido opuesto, los hombres mas nota- 
bles enam: Jairan, principe de Almeria; Zohair, 
que le sucedio en 1028, y Mocihehid, jprfmcipe de 
I>enia y de las Badeaxies. Esrte ultimo, ed mayor 
plrata de su fciempo, sie hizo c^lebre por sus ex- 
pedkiones a Cerdena y a las costas de Itailda, asi 
coano por la proteccion que dispenso a los litera- 
tos. Ofcros esfljavos reiaiaron ail principio en Va- 
lencia; pero, en 1021, tfue procflaanado rey Abda- 

ftaziz, nieto del ceflebre Altanafnaor (2). Eai Zarago- 
za, una noble familia anafoe, la de los Bend-JHud, 



(1) Hasta entonces Elvira habla sldo la capital de la pro- 
vincial pero habiendo sufrido mucho esta ciudad con la guo- 

rra civil, emigraron sus habitantes hacia el afio 1010 y se 
Jtrasladaron a Granad4. 

(2) Su padre fu6 el infortunado Abderrahman-Sanchol. 



7 

alcanso el pcder despues de la muerte de Mon- 

dir, ocurrida en 1039. 
Finalmente, sin contar gran, niknero de pequefws 

esfcados, existia ademas el reino de Toledo, donde 

reano un tal Yaix hasta el ano 1036, en que ilos 

Beni-Di-'n-nun totmaron fposiesion de el. Perterue- 

cfan a una aantigua famiHa berberisca, que ihabia 

tornado parte $n la conquista die Esjpana en el 

En Coirdo'ba, doapues de iaibolido ei caJifafco, re- 
ufiieronse los pricacip ales v-ecinos ly resosl/vieron con- 
flared poder ejecutivo a Ajben-Ghanans, cuya eapa- 
cidad era sreconoeida unaversaimenite. EEL xehuso al 
prmcipio la dignidad que se <le ofrecla, y cuando 
oedio al fin a las instanicias de ia asanibQea, fue 
solo a condition de que ie diesen ipor companeros 
dos oniembros del Senado, peitenecienbes a su fa- 
analia, es decir, Moihaniied benf-Abas y Aibdailaziz 
ben-Hasan. La asamiMea consinti6 en elloj [pero 
estipulando que ambos tendrian solannemte veto 
eoaisulLtivo. 

Ei primer consul goberao da rapubiHca con equi- 
daia y prudencia, y, gracias a el, los cordobeses no 
txmeran que quej<arse de la ferutalidad de los foer- 
beriscos. Su primer cuidado habia sido lioeaiciarlos, 
vefbenienido tan sodo a loa Beni-Iforen,. com' cuya 
obediiencia podfa contar, y reemplazando a 3os de- 
mi® poor una wiilicia civica. En lapariemcia, dejo 
subsistir las instiituciones repubtticanas. iCuando s€ 
fe pedfa vm favor: "No -soy yo qui-en .puede con- 

tr do — respondi a — ; leso atane al Senado, y yc 



Kill 



1 



8 

no soy mas que el ej ecu tor de sus ordenes." Cuan- v 
do recibia una comunicacion official dirigida a el 
solo, rehusaba enterarse de ella, diciendo que de- 
bia ir dirigida a los visires. Antes de adoptar una 
resolution, consultaba siempre al Senado. Jamas 
se daiba tono de principe, y. en vez de liabitar el 
pailacio real, permanecio en la modesta casa que 
siempre JiaJbia ocupado. Sin embargo, en realidad 
era ilimitado su poder, porque al Senado nunca 
se le ocurria comtrariarle. Su probidad era rigida 
y ©scru^puilosa ; no queria que el tasoro publico es- 
tuviora en- su casa, y conifio su cusftodia a los hom- 
fores anas respetados de 'la oiudad. Cierto que era 
aficionado al dinero, pero nunca el inheres He indu- | 

jo a ;nada indecoroso. Economico y circunspecto, 
por no docir avaro, duplico su fortuna, llegando a 
ser el hombre mas rico de Cordoba; pero, al mis- 
mo tiempo, hacia esfueraos daudables p.ara rest a- 
blecer la prosperidad pu'blica- Esforzabase em man- 
teruer amistosas relaciones con (lo<s estados vecinos, 
y lo conisiguio tan ibien, que £l comercio y la indus- 
tria gozaroai al poco tieanpo de la seguridad que 
tanto neoesitaban. Con esto bajaron los precios 
de los gemeros, y Cordoba ; se repoblo con naievos 
haibitantes, que reconstruyeron algunos de los ba- 
rrios, demolidos o incejidiadois por los bereberes 
durante el isaqueo de la ciudad <1). Mas, a pesar 
de esto, la -antigua capital del calidBato no recu- 
pero vsu preponderanda poflittea. El primer pues- 



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T. 

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(1) Ben-Hayan, apud Aben-Basam, t. I, fol. 157 r. y v.; 
Abd-al-'UaMd, pp. 42-43. 



9> 

to pertenecio desde entonces a Sevilla, en cuya his- 
toria habreanos de ocuparno s principalanente. 

La suerte de Sevilla frabia estado ligada duran^ 
te largo tiemjpo a la de Cordoba- Lo niasano que la 
capita, habia obedecido sucesivameiute a sober a- 
nos de -la familia ormniada y ihamudita; pero la 
revolucion de Cordoba en 1023 repercutio en Se- 
villa- Habiendose sublevado los cordobeses contra 

Casim el Hamudita, y habiendole arrojado da su 
territorio, este ,principe decidio rafugiarse en Se-- 
villa, dende se ihaJlabaai dos ihijos suyos •con mna 
guarnicion berberisca, mandada por Mohamed 
aben-Ziri, de la tribu de Iforen. En con^ecaencia, 
ardeno a las sevill&nos evacuar mil casas, que de- 
biam ser ocupadag por sus trapas. Esta orden 

causo un deseontento tanto .mas vivo cuanto qu 
lossoldados de Casim — los rnas pobres desu raze. 

tenian la triste reputacion de ser grandes saquea- 
dores. Cordoba acababa de mostrar a los sevilla- 
nos Ja. posibilidad de sacudir el yugo, y estaban 
tatados a seguir el ejemplo de ila capital. El te- 
mor a la guarnicion berberiaca ' los defcenia aun; 

pero el cadi de la ciudad, Abu-M-Casim Mohamed,, 

de la familia de los Beni-Abad, cojisiguio sobomar 
al jefe de -esta guarnicion. Le dijo que lie seria 
facil bacer-se dueno de Sevilla, y desde eautonices 
Mdhamed aben-Ziri se declaro dispuesto a sorun- 
darle. El cadi se alio tambien con el comandante 
berberisco de Carmona, y entances J lo.s sevillanos, 
ayudadtfs por la guamician, tanaron las anm<a& 
contra los 'hijos de Casim, iiuyo palacio sitLaron. 



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10 



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(1) Ben-Hayan, apud Aben-Basam, t. I, fol. 129 r. ; Abaci, 
tomo II, pp. 32, 208, -etc. 

(2) Abad r t. I, p. 221. ■ 



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S. 

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ontantes con promesas; pero no no consiiguao, 
oomo sus bigos estaban <expuf&sbots a un iraminer 
peligro, se comprometio, pox uiltimo, a evacuar el 
territorio sevillano con tail que He d e voivieran «us 
hijos y sus bien-es. Las sevillanas accedieron a 
■alio, y, habiendose retirado Casim, aprovectharon 
la .primer a ocasion para echar a la guarniieion 
berberisca (1). 

Habiendose libentado asi la ciudad, 3o>s Patri- 
cias se reunieron para leonstituir un gobierno. Sin 
embargo, no estaban traruquilos aoerca de las cctn- 
.secuencias de su rebelion, pues temian que vol- 

viesen tmuy pronto los hamuditas irritados para 
■castigar a los culpables ; asi que nkiguno se 
atrevio a echar sobre si la responsabi'lidad de JLo 
acurrido, poniendose todo.s de acuerdo para ha- 
•cerla recoer unicamente sobre el cadi, cuyas ri- 
queaas envldiaban, previendo, con secrato placer, j 

el instante en que dichas riquezas f uesen comfisca- 
das (2). Ofredose, pues, al cadi la autoridad so- 
berana; pero euailiquiera que fues^e su amibicion, era 
demasiado prudente para aceptarla en aquedlo'S 
momentos. iSu origan no era Ilusitre. Era muy rico, 
porque poseia el tercio del terfitorio sevillano, y 
gozaba de gran 'consider acion por su saber y su 
talemto; pero su faanilia no peirbenecia, sino desde 



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11 

hacia poco, a (la alta nobleza, y comprendia que, 
no teniendo soldados a su dispo-sicion — y aun no 
los tenia — , la exclusivista y orgullosa aristocra- 
cia de Sevilla se sublevaria pronto contra ■tin ad- 
venedizo* Y en verdad que no era otra cosa. Cier- 
to que despues, cuando los abaditas estuvieron a 
I>unto de restablecer en provecho propio el trono 
de los cailifas, ellos (prefcendieron descender de los 
antiguos reyes lajmitas, que, antes de Maihoma, 
habfan reinado en Hira; cierto que los famelicos 
poetas de sa corte aprovechaban todas Has ocasio- 
nes para celebrar tan ilustre origen; pero no jus- 
tinea semejante pretension-., los abaditas y sus 

aduladortes no pudieron gprobarla jamas. Todo lo 
que esta familia tenia de comun con los antiguos 
reyey de Hira es que p ertoneci a, como ellos, a la 

tribu yemenita de Lajni; pero la rarna de esta tri- 
bu, de la cuail procedian los abaditas, parece que 
no habia habitado nunca e& Hira, sino en Arix, 
en las fronteras de Siria y Egipto, distrito de 
Eniesa (1), y los abaditas, lejos de poder enlasar 
su igenealogia con da de los reyes de Hira, no lo- 
graron nunca remontarla mas alia de Noahn, pa- 
dre de Itaf, capitan de una division de las tropas 
de Emesa, que habia llegado a Espana con Balcih. 
y, ihabiendo jecibido los ■soldados de Emesa tie- 
rras cerca d,e Sievilla, 61 se .establecio «n la aldea 
de Yainin, situada en el distrito de Tocina, a ori- 
llas del Guadalquivir. -&iete gen-eraciones de gen- 



(1) Abad, t. I, p. 220, cf. Caussin, t. IH, pp. 212, 422. 



(1) Abad era el tatarabuelo de Ismael. 

(2) Abad, t. I, pp. 220, 381 y slgs. ; t. II, p. 173. 

(3) Abad, t. T, p. 221. 



I 



12 

ties honr-adas, economicas y laboriosas sacaron a 

la faanilia, tent a y penosamente, de la obscurkkd. 

Ismael, padre de nuestro cadi, fue el primero que 

la ilustro, el que, por asi decirlo, hizo inscribir en 

el libro de cro de la nofoleza sevillana ©1 nombre | 

de los Beni-Abad o abaditas (1). A la vez teologo, j 

j ur isconsulto y guerrero. habia mandado un re- f 

gimiento de la guard ia de Hixem II, y despues 

habia sido iman de la gran mezqui-ta de Cordoba 

y cadi de Sevilla. Renombrado por su clarividencia r 

par isu saga,cidad, par la pnxLeocia de sus con- 
sejos y la firmeza de su caracter, no lo era menos 
por su probidad; porque, a despecho de la gene- 
ral corruption, no .acepto nunca mngxan donativo 
6i&\ califa ni de sus minisftros. <Su liberalidad no 

r 

tenia Ifonites, y los £Ord.ofceses desterrados encon- 
traban on su casa ho^pitalidad generosa- Todas 
estas cualidades le valieron el titulo del hombre 

mas noble de Occidente. Habia muerto en 1019, 
poco antes de la epoca de que tratamos (2). 

Su hijo Abu-'l-Casim Mohamed acaso igualo at 
padre en .saber, pero no en vi^tudes. Egoista y am- I 

bieioso, su primer acto habia sido un acto do in- 
gratitud. Cuando murio su padre, y esperaba su- 
cederle como cadi, fue prseferido ofcro. Dirigiose a 
Casiim aben-Haimud, y, gracias a la intervencion de 
este principe, obtuvo el empleo que deseaba (3). Ya 
bemos visto como correspondio despues a este favor. 



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13 

Los patricios de Sevilla le ofrecian <ahora el 
poder; pero el, adivinando los motivos, les respon- 
dio que no podia aceptar su ofnecimiento, por hon- 
roso que fuese, sino a ccndicion de que le asocia- 
sen algunas personas que el designaria. "Estas 
personas — 'afiadio— serian sus visires y sus cole- 
gas, y no tomarfa mngunia resolucion sin consul- 
taries." A pesar suyo, los sevilianos se vierctn 
obligados a aceptar esta prop&sicion, porque el 
cadi se nego energicamente a gobernar solo. Ro- 
garonle entomces que nombrase sus coCegias, y de- ' 
signo a los jcfies de ailgunas famiilias patricias, 
tales como los Hozanies y los Aben-Hadhach, y a 
algunas personas que se consideraban como ihe- 
churas suyas, o ail menos como sus partidarios, 
tales como Mohamed aben-Yarin, de la tribu de 
Alhan, y Abu-Beer Zabairi, el celebre gramatico, 
que habia sido preceptor de Hixem II (1). Hecho 

es-to, su primer cuidado fue procurarse tropas. 
Gracias a la buena paga que les prometia, afcrajo 
a suis banderais a mudhos soldados aralbes, berbe- 
ri&cos y de otras procedtencias, y comp.ro adem&s 
muchos esolavos que hizo adiestrar en el ejercioio 
de las aa*raias (2). Una expedicion dirigrda a/I Nor- 
te, probableimente con otros prmcipes, le propor- 
ciono el medio de engrosar este nucleo die ejer- 
cito- En aquella • expedicion sitio dos eastillos al 
■ norte de Viseo, con&trafdos urio frente a otro so- 
bre dos rooas separadas por un ba/rranco, y deno- 



(1) Abd-al-Uahid, p. 65; Abad> t. I, p. 221 

(2) Abad, t. I, p. 221. 



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14 

minadas al-ajauen o al-ajouen, los dos ■ hermanos. 

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nombre que se ha conservado en la denomination 
actual de Alafoenz (1). Estaban habitados por es- 
. panoses cristianos, cuyos ascendientes habian fir- 
mado mi tratado con Muza aben-Nosair. cuando 
este general conquistc a Viseo (2) ; pero en la 
epoca de que hablamos no parece que estaban so- 
metidos al rey de Leonni a ningun principe musul- 
man. El cadi se hizo dueno de estas dos fortale- 
zas, y obligo a trescientos de sus defeaisores a 
entrar a su servicio (3), die suerte que desdie en- 
tonces pudo disponer de quinientos jinetes. Tenia, 
pues, bastantes soldados para hacer correriais por 
los veciaios dominios (4), pero no para defender 
a Seville contra un ataque fuerte. Esto es lo que 
ocumo en 1027, cuando el califa hamudita Yahya 
ben-AH y el senor berberisco de Carmosna, Moha- 
men ben-Abdala, fueron a sitiar a Sevilla (5). De- 

masiado debiles para oponev una largu resisteai- 



(1) Los espafioles y los Portugueses suelen emplear la le- 
tra f en vez de la gutural arabe kh; v<5ase mi Glosario do 
Ben-Adari, p. 23. Por lo demas, se recordara que en la orilla 
derecha del Rln, cerca de Caub, hay tambien dos castillos, 
l^iebensteln y Sternberg, llamados los hermanos — die Bru- 
der — . 

(2) I>a conquista de Viseo por Muza fu6 mencionada por 
Macarl, t, I, p. 174. 

(3) Sisenando, del cual habla el monje de Silos — c. 90 — , 
y que,, despues de haber abandonado el servicio de Motadid 
por el de Fernando I, Heg6 a ser gobernador de Colmbra, era. 
segun toda probabilidad, uno de los cristianos de Alafoenz. 

(4) Abad, t. II, p. 7. El autor refiere esto hablando de 

Motadid, hi jo del cadf; pero se equivoca en este punto. 

(5) Abad, t. II, p. 216. El autor arabe — Abeji-Jal.dun — , 
<n vez de nombrar al cadt nombra aqui, por "error, a 
Motadid, su hljo. 



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7. 






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15. 

cia, los sevillanos entraron en negociaoiones con 
Yahya, declarandose dispuestos a reconocer su so- 
berania, a eondicioai de que no entrasen los bedbe- 
riscos en la ciudad. Yahya consintio en ello; pera 
exigio co mo rehewes a algunos jovenes patricios 
que respondiesen con su ca-beza de la fidelidad de. 
los sevillanos. Esta demanda difundio la conster- 
nacion en la ciudad; ninguin patricio queria en- 
tregar su hijo a los bereberes, que podian matar- 
le a la menor sospecha. Tan sdlo el cadi no va- 
cilo, ofreciendo a Yahya su hdjo Abaa; y el calif a,, 
sabiendo que el cadi gozaba de gran influencia, se 
contento con este "dnico rehen. Gracias a aquel acto* 
de abnegacion, el cadi vio acrecentada su popula- 
ridad. Y no teniendo desde entonces nada que te~ 
mer ni de los nobles ni del calitfa, pues recono- 
cfa su soberania en apariemcia, creyo llegado el" 
momento de reinar solo. Descartados ya del con- 



sejo algunos patricios, como Ben Hachaoh y Ho- 
z&ni, no le quedaban mas que dos colegas: .Zobaidi 
y Aben-Yarim. Los despidio, y Zobairi fue" ade- 
mas destei'rado (1). Un plebeyo de los alrededores 
de Sevilla, llamado Hafoib, fm nomlbrado primer 
minis tro. Era un hombre sin principios, pero im- 
teligente, activo y adicto en absoluto a los inte- 
rests de su senor (2). 
El cadi quiso en seguida ensanchar su territo- 

rio, apoderandose de Beja, ciudad que en los uU- 



(1) Fu6 primero a Cairauan y <3espu6s a Almerla, donie 
Heg6 a ser cadi. VSase Abad, t. I, p. 234, nota 49. 

(2) AT>ad t t. I. p. 223. 



16 






I 



I 

r 



timos tiempos haibla sufrido mucho, lo mismo que 
■en d sigslo IX, por la guerra civil entre arabes y 
renegades, y habfa sldo expoliada y destruida en 
parte por los berdberes que babian recorrido el 
pais saqueando e incendiando cuanto encontraban 
al paso. Tenia el cadi intension de recorastruirla; 
pero, informado de su proyecto, Abdala ben-al-Af- 
tas, principe de Badajoz, envio alii trapais man- 
dadas por su hijo Mohamed — que le sucedio dss- 
pues con &\ nombre de Moddafar — , y esfcas tropas | 
habiari ya tornado posesion de Beja, cuando Iij- 
mael, el hijo del cadi, se presento ante las puertas 
con el ejercito de Sevilla y con el del senor de 
Cannona, aliado de su padre. In-mediatamente co- 
iTtcoizo efl asedio, haciendo que la caballerla saqwea- 
se los pueblos situados eratre Evora y el mar. A 
pesar die! refuerzo que habfa recibido del senor ds 
Merto&a, Uam-ado Aben-Taifur, Mohamed el Afta- 
rita fue nruy desgraciado, y, despues de haiber 
perdido a sus mejores guerreros, cay 6 en mamos 
•de sus enemigos y fue enviado a Carmcna. 

Enardecidos por los exitos alcanzados, el cadi y 

su aliado hkieron incursiones, no so'Io por &\ terri- 
torio de B'adajoz, sino tambien por el de Cordoba, 
testa el punto de que el gobierno de esta ciudad 
tuvo que tomar a su servicio a los bereberes de la 
provincia de Sidona. Algun tiempo despues firma- 
ron, no obstante, la paz, o al menos un anmisticio 
con el aftasita, y entonces Mohamed selio de su pri- 
sion con el c cms entim lent o del cadi — marzo de 
1030 — - Al anunciarde que esitaba libre, el senor de 



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1 



17 

Caranana le recomendo que pasase por Sevilla y 
diese gracias al cadi; pero Mohamed serotia 
hacia este tal aversion, que l^espondio al berbe- 
risco: "Prefiero morir siendo tu prisionero, que 
contraer ninguna obligacion con ese hombre. Si no 
es a ti solo a quien debo mi libertad, si tambien 
tengo que agradecersela al cadi de Sevilla, per- 
nuaneoere donde estoy." El senor de Carmona, res- 
petando sus sentimientos y sin insistir mas, mando 
conducirle a Badajoz con todos los honores inbe- 
rentes a &u jerarquia. 

Cuatro anos diespues, en 1034, Abdala el af&a- 
sita se vengo, pero de ujia manera poco noble, de 
los reveses experimentados. Habia coinoedido al 
cadi paso para su ejercito, que, a las ordenes de 
Ismael, debia hacer una correria por el reino de 
Leon; pero cuando Ismael llego a un< desfillade-ro, 
no lejos de la f renter a leonesa, le ataeo de im- 
proviso. Maichos sold ados sevillanas fueron muer- 
■tas; otros, asesinados en su fuga por los jinotes 
leoneses. El mismo Ismael escapo de la carmiceria 
con um punado de guerreros; pero mientras se di- 
rigia a Lisboa, ciudad f ronteriza al noroeste de 

los estados de su padre, el y los suyos tuvieron 
que sufrir las mayores privaciones. 

Desde entonees el cadi se convintio en el mas 
mortal enemigo del principe de Bad&joz (1) ; pero 



(1) Abad, t. I, pp. 223, 225; Aben-Jaldun— Abad, t. 11 
paginas 209, 2lfi — dedlca tambi&i algunas palabras a estos 
acontecimientos; pero, en vez de nombrar al cadi, nombra a 
su hijo Motadid. 

Hist, musulmanks. — T. IV 2 



18 

no poseenios detalles sabre las batallas que se die- 
ron mas adelante, y sin duda esta guerra no tuv© 
en ]*a Espana musuhnana eonsecuencias tan im- 
portantes como un acontecimiento de otro orden 
de que ahora vamos a oouparnos. 

El cadi, como ya hemos dicho, habia reconocido 
La soberania del califa hamudita Yahya ben-Ali. 
Esto habia sido durante muoho tiempo un acto 
sin ningxma consecuencia; el cadi reinaba sin fis- 
calizacion &n Sevilla, pues Yahya era demasiado- 
debil para hacer v-alei* alii sus derechois. Tal es- 
tado de cosas cambio poco a poco. Yahya logro 
atraer sucesivamente a su causa a todos los je- 
fes berberiscos; llego a ser, en realidad, lo que 
anffces habia side de nombre: el jefe de todo el 
partido africano, y como habia estableci&o siu cuar- 
tel general en Carmcna, de donde habia arrojado 
a Mohamed ben-Abdala (1). amenazo a. la vez a 

C6rdoba y a Sevilla (2). 

La gravedad del pedigro inspiro entonces al 
cadi un pensamiento que hubiera sido grande y 
patriotico si nc se lo hubiese sugerido, en parte, la 

ambicion. Piara knpedir a los berberiscos, unidos 
ahora, reconqui star el terreno perdido, era nece- 
saria la union de los arabes y los esdavos bajo un 
solo jefe, como unico medio de preservar aJ pais 
de volver a sufrir los males que habia padecido. 
El cadi lo conocia : deseaba que se foranase una 



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(1) Iii'ii-Hayan, apvd Aben^Basam. t. I, fol. Si r. y v.„ 
82 r. 

(2) Abd-al-T;ahW, pp. S7-S8; Abad, t. I, p. 222, 1. 22. 



19> 

gran liga en que entraran tcdos los enemigos de 
los africanos; pero al mismo tie-mpo queria sear su 
jefe. No ignoraba las obstaculas que tenia que 
veneer; sabia que los principes eslavos, los serio- 
r es arabes y los sen adores de Cordoba se seniti- 
rian heridos en su desconfiado orgullo si tratate 
de dominarlos; pero no se desailento por estas 
consideraciones, y como las circunstamcias le pres- 
taban un poderoso apoyo, consiguio hasta cierto 
punto realizar su proyecto. Veamos lo que hizo. 

Hemos dicho antes que el desgraciado califa 
Hixeni II se habia evadido de palacio durante el 
reinado de Soliman, y, segun las apariencias, ha- 
bia muerto en Asia ignorado y desconocido. Sin 
embargo, el pueblo, adicto siempre a la dinastia 
omarniada, que le habia proporcionado prosperidad 
y gtforia, se resistia a creer e-n la muerfce de *sste- 
monarca, y s acogia avidamente los extranos ru- 
mores que circulaban sobre el- Habia algurvos que 
se pr>eciaban de poder dar los detalles mas pre- 
cisos de su permanencia en Asia. Primiero, decian, 
habia ido a la Meca, provisto de una bolsa reple- 

ta de dinero y pieiiras preciosas; pero, habiendo- 
sela quitad© los nfcgros de la guardia del emaov 
paso dos dias y dos noches sin comer, hasfca que, 
compadecido un alfarero, le pregunto si sabiia 
amasar el barro. Hixem le respondio al azar que si. 
"Piues bien — dijo entonces el alfarero — , si quieres 



entrar a mi s'ervicio, te dare un dirhem y un pan 
diaries." "Aoepto reconocido tu oferta — le respon- 
dio Hixem — , pero te suplieo que me des en segui- 



20 

da un pan, porque llevo das dias sin comer." Du- 
rante algun tiempo, Hixenij aunque era un obrero 
muy perezoso, se gano la vida en casa del alfav 
rero; pero al fin, disgustado de su trabajo, se es- 
oapo, uniendose a una caravama que iba a partir 
para Bailestina. Llego a Jerusalem compiietajmente 
desnudo. Un dia que se paseaba por el mercado, se 
dietuvo ante la tienda en que trabajaba uai este- 
rero. "^Por que me miras con tal atencidn? — fe 
pregunto aquel hombre? ^Saibes acaso mi oficio?" 
"No — repuso tristemente Hixem — , y lo lamento, 
porque no tengo ningrun medio de subsisitencia." 
"Pues bien, quedate conmigo — replico el estare- 
ro — ; podras serine util yendo a buscarme jun- 
cos, y pagare tus servicios." Hixem lacepto con ju- 
biio esta proposition, y poco a poco aprendio a ha- 
cer estexas. Asi transcumeron muchos anos, pero 
€« 1033 regreso a E&pana (!)• Despues de ha- 
bense dejado ver en Malaga (2), se traslado a Al- 
.meria, adonde llego en 1035; pero, hiabieoidole ex- 
puilsado de sus estados el prln-cipe Zobair, fijo su 
residencia en Catatrava (3). 

Eiste relato, que el pueblo aceptaba con clega 
credulidad, no parece marecer ninguna conftanza. 
El hecho es que en la epoca en que Yahya ame- 
razaiba a Sevilla y a Cordoba habia en Calatrava 
un esterero llamado Jallaf, que se parecia extra- 
ordinariamiente a Hixean; pero nada prueba que 



(t> Abad, i. IT, pp. 127-12!j. 

(2) Abad, t. II, p. 34. 

(3) Abad, t. I. p. 222; t. II, p. 34. 






I 

5 
I 



I 



21 

aquel hombre fuese el ex califa, y los clientes 
omaniiadas, tales como los historiadores Ben-Hayan 
y Ben-Hazm, aunque infceresados en reco*iocer al 
supuesto Hixem, han protestado sieinpre, del, modo 
mas energico, contra esto que llamaban una gro- 
sera imposftura. Jalaf, sin embargo, tenia ambi- 
cion. Babiendo oido decir con frecueneia que se 
parecia mucho a Hixem, fingio ser este monarea, 
y, como no haibia nacido en Calatrava, sus conve- 

cinos le creyeron, y lo que es mas, le reconocieron 
como soDerano, re^eiandose contra su sefior, Ismael 

aben-Di-'n-nun, principe de Toledo. Este fue a 
sitiarloe; pero su resistencia no fue larga, y, ha- 
ciendo salir de su ciudad al supuesto Hixem, se 
sometieron de nuevo a su antiguo senor (1). 

Sin embargo, el papel de Jalaf no habia tertmi- 
nado: no habia hecho mas que comenz?ar. En 

cuanto ed cadi de Sevilla fue informado de la re- 
aparicion de Hixem II, conrprendio iaimedia6amen- 
te el parti do que podia sacarse de aquel hoanbre 
hacieindole venir a Sevilla. Le importaba poco que 
fuese o no fuese Hixem; para el lo eseneial era que 
la semejanza fuera ba&tante grande para po- 
6er sosfbenter, sin com p rometerse mucho, que era 
Hixem, porque entonces podia organizai*se en su 
noonbre una liga ccxntra los berberiscos, liga de que 
el cadi, como primer ministro del califa, seria el 
jefe y eJ ataa. Por lo tanto, invito al pretoidiente 
a trasladarse a Seville, y le prometio su apoyo 



(1) Abad, t. II, p. 34. 



22 

en el oaso de que se canqprobara su identidiad. No 
se hizo rogar el esterero, y fue a Sevilla, donde el 
cadi le presento a las mujeres del serrallo de Hi- 
xem. Sabiendo lo que tenian que decir, declararon 
casi todas que aquel hombre era realmente el ex 
califa, y entonces el cadi, apoyandose en su tes- 
timonio, escribio al Senado de Cordoba y a los se- 
fiores arabes y eslavos, an unci indoles que Hi- 
xem II estaba con el, e invitandolos a tomar las 
.armas en favor suyo (1). Este paso fue coronado 
por un brillante exito, y la soberania de Hdxem 
reconocida por Mohained ben-Abdala, principe des- 
tronado de Camiona, que se habia refugiado en 
.Sevilla (2); por Abdalazdz, principe de Valencia; 
por Moohehid, principe de Denia y de las Balea- 
res, y por el senor de Tortosa (3). En Cordoba, el 
p-oeblo supo con entusiasmo que vivia aun. Menos 
creduilo y mas celoso de su poder, el presidente 
de la republica, Abu-'l-Hazm abeai Chauar, no fue 

4 

engaiiado con esta impostura; pero sabia que le 
saria imposible resistir a la voiLunbad del pueblo; 
comiprendia la necesidad de la union de los arabes 
y de los eslavos bajo un jefe unico, y temia ver 

m 

ataoada Cordoba por los berberiscos. Por consi- 
gfudente, no se opuso a los deseos de sus concitu- 
dadanos, y permitio qw se prestase nuevamieinte 

juramento a Hixem II — noviemibre de 1035 — (4) 



(1) Abaci, t. I, p. 222. 

(2) Ben-Hayan, apud Aben-Basan, t. I, fol. 81 r. y v. 
<3) Abad, t. II, p. 34. 

(4) Abad, t. I, p. 222; t. II, p. 34. Respecto a la fecha, 

vease la nota A al fin de este volumen. 



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23 

En fcanto, y mientras el partido eslavo arabe se 
anmaba por doquiera contra el, Yahya sitiaba a Se- 
villa y asolaba su territorio, resuelto a vengarse 
ruidosaanente del astuto cadi. Pero esbaba rodeado 
de traidores. Los berberiscos de Carmona, a qute- 
nes habia obligado a alistarse bajo sus banderas, 
eran muy adictos >a su antiguo sefior; (manttenian 
inteligencias con el, y en octubre de 1035 algunos 
de ellos se fueron secretamente a Sevilla. Una 
vez alii inforrnaron al cadi y a Mohamed ben-Ab- 



dala de que les seria muy facil sGrpr^ider a Yah- 
yia, pues •este principe estaba casi siempre ebrio- 
El cadi y su aliado decidieron aprovechar kume- 
diatamente este aviso. En consecuencia, Ls*nae5, 
hijo del cadi, se puso en niarcha al frente del 
ejercito sevillano, y acompanado de Mohanied ben- 
Abdala. Llegada la noche, se embosco con ei grue- 
so de sus tropas y envio un escuadron contra Car- 
mona, con objeto de atraer a Yahya fuiera de la 
plaza. Su proyecto tuvo exito. Yahya estaiba entre- 
tenido en beber cuando le inforrnaron de la apro- 
ximacion de los sevillanos, y, levantandose de su 
sofa, exclaim 6: ";Que felicidad! jBen-Abad viene 
a devolverme la visita! jQue se araflen al moancm- 
to! jA caballo!" Fueron ejecutadas sus ordenes, 
y poco despues salia de la ciudad acompanado de 
trescienftos jinetes. Ex-citado por el vino, se pre- 
cipito sobre sue adversaries, sin tomarse tiempo 

para distribuir sus tropas en orden de batalla, y a 
pesar de que la obscuridad. casi le impedia distin- 
guir los objetos. Aunque algo deacon cert ados al 



24 

principio por tan brusco ataque, los sevillanos res- 
pondi-eron a el con vigor, y cuando al fin se vieron 
obligados a xetirarse, retrocedieron hacia el sitio 
en qtte se hallaba Ismaefl. Desde entonces, Yahya 
estate perdido- Ismael cayo sabre los enemigos a 

la cabeza de los cristianos de Alafoens y los de- 
rroto, muriendo el nxismo Yahya; y acaso la ma- 
yoria de sus soldados habrian compartido su 
suerte, si Mohamed ben-Ajbdala no Id hubiese im- 

pe&ido, rogando a Ismael que perdonase a aquellos 
desgradados. "Casi todos — le dijo — son bereberes 
de Carmona, ofoligados, contra su voluntad, a ser- 
vir a un usnrpador a quien aborrecian." Ismail 
oedio a suis instaaidas y ordeno que oesase 'la par- 
seouc!6n- Apenas dad a esta orden, Mohamed gaJo- 
po hacia Carmona jpara volver a apoderarse d^ 
fifu prineipado. Los oiegros de Yahya, que se ha- 
bian becho duenas de (las .puertas de 3a ciudad, 
quisierom imjpedirles la entrada; pero Mohamad, 
secucndado poo: el pueblo, penetro por una fcredha, 
se dirigi6 al pailacio de Yahya, entrego las rtiuje- 
res de este .prfrxcijpe a -sus hijos y se apropio to- 
dos sus tesoros — noviembre de 1035 — . 

La cnotkia de la muerte de Yahya causo Indu- 
cible jubi/lo, tamto en Sevilla eomo en Cordoba. El 
cadi, cuiando la recibio, cay6 de rodillas, dando 
gr&eias al cielo, y ou»a,ntos le rodeabam siguiesron 
fifu ejieanplo (1)- Por de pronto, no habia nada que 



i 

(1) Ben-Hayan, apud Atoen-Basan, t. I, fol, 81 r., 82 r.; 
Abd-al-Uahid, pp. 38 y 43; Abad, t. II, p. 33. Comparese con 
la nota A al fin de este -volumen. 



25 

temer de los hamuditas, Idris, hermano de Yafoya, 
habia sido proclaniado calif a en Malaga; pero ne- 
cesitaba tiempo para atraerse, a fuerza de pro- 
mesas y concesiones, a los jefes berberiscos, y nf 
aun se hallaba em estado de reducir a 3ia obediencia 
a Algeciras, donde su primo Mohamed habia sido 
prociamado ca/hfa por los negros (1). Viendo que 
las circunstancias le er>an propicias, el cadi quiso 
instalarse con el supuesto Hixem II en el pailacio 
real de Cordoba. Pero Aben-Chauar no tenia ga- 
nas de abdicar el con-suliado. Logro convencer a 

sus conciudadanos de que el pretendido califa no 
era mas que un impostor; el nombre de Hixem II 
fue suprimido en las araeioiues publicas, y cuan- 
do eil cadi llego a las puertas de la ciudad, las 
eneontro cerradas. No siendo bastante poderoso 
para reducir a mano armada una ciudad tan im- 
portante, se vi6 obligado a volverse por donde ha- 
bfe venido (2), 

Entonioes resolvio valver sus armas contra el 
unico principe eslavo que se habia negado a re- 
conocer a Hixem II, o sea conti*a Zohair de )A.lme- 
ria. Desde que el califa Casim, queriendo conci- 
h'arsie d afetcto de los amiritas, 3e dio muehos feu- 
dos, Zohair hizo de ordinario causa comun con los 
aimuditas, y cuando Idris fue prociamado califa, se 
apresuro a reconocerle (3). Amenazado ahoi"a por 



<1) Abd-al-Uahld, pp. 43, 45. 

(2) Aben-Jaldun, fol. 25 v. 

(3) Aben-Jaldun, fol. 22 v. Comparese con la carta quo 
Kohair hizo escribir a su minlstro Ben-Abas para los cor- 
dobescs, apud Abtn-Basan, t. 1, fol. 170 r. y v. 



26 

el cadi, concerto una alianza con Habus de Gra- 
nada; y cuando se puso en marcha el ejercito se- 
villano, sailio a su encuentro con sus propias tro- 
pas y con las de su aliado y le obligo a reti- 
rarsa (1). 

Era evidence que el cadi habia confiado dema- 
siado en sus fuerzas, y podia temer que llegase el 
momento en que los ejercitos de Almerla y Gra- 
nada, toimando a su vez la ofensiva, invadieran el 
territo-rio sevillano. Afortunadamente para §1, el 
azar, que le servia casi siempre a medida de sus 
deseos, quiso que uaio de sus enemigos le librase 
del otro. 



II 



En la epoca de que haftlamos, dos hombres igual- 
memte notables, pero que se odiaban mortal men te, 
dirdgian los asuntos de Granada y Akneria. Eran 
el arabe Ben Abas y el judio Samuel. 

Rabi Samuel ha-Levi, llamado ordinarlamente 
Afben-Nagdela, habia nacido en Cordoba, donde 
habia aprendido el Talmud con el rabiaio Hanoj, 
jefe ©spiritual de la comunidad j.udia. Tambien 
se habia apMcado con graii exito al esfcudio de la 
literatura arabe y de casi todas las ctencias cul- 
tivadas entonoes. Por otra parte, no habia sido 
durante mucho tiempo otra cosa qone un simple 
droguero, prianero en Cordoba, luego e# Malaga, 



<1) .4 bad, t. II, p. 34. 



27 

dande se establecio despues de la toma de la ca- 
pital por los berberiscos de Soliman, cuando un 
afortunado azar vwio a sacaiie de su humilde 



condicion. 

Su tienda se hallaba cerca de un Castillo per- 
tenecdente a Abu-'l Casim ben-ail-Arif, visir de 
Habits, rey de, Granada. Como la gente de este 
Castillo tenia muchas veces que escribh* a su se- 
nor, y eran iliteratos, hacian redactar sus cartas 
a Samuel. Estas cartas exdtaron la admiration 
del visir, porque estaban escritas con la mayor 
elegancia y e&maltadas artisticamente con las mas 
bellas flores de 3a ret6rica arabe. Asa que cuando 
tuvo ocasion de ir a Malaga se apresuro a infor- 
mai*se de quien las babfa escrito, y llamando al 

judfo, le dijo: "No es digno de ti estar en una 

tienda. Mereces brillar -en la corte, y si quieres, 
seras mi secretario." Samuel acom;pan6 ai visn 
cuando este regreso a Granada, y la simpatia que 
habia sentido haeia el se acrecento cuando en sus 
conversacionies sabre negocios de estado deseubrio 
en el un raro conocimiento de los hombres y de 
las cosas y un golpe de vista verdiadteranrente ma- 
ravalloso. "Todos los conisejos que daba Samuel 
era como si alguien interrogase la paiabra de 
Dios", dice un historiador judio- Por eso, el vkir 
los seguia siemipre, y nunca tuvo mas que motivos 
de elogio. Despues, toabiendo caido etnfermo y corn- 
prendieaido que se aproximaba su nn, da jo ail rey 
que habia venido a visitarle y que no sabia como 
reemrplazar al iiert servidor que iba a perder. "Se- 



28 

rior, en estos ultimos tiempos no te be aconsejado 

por mi propia cuenta, sino por inspiration &e mi 
sescretario, el judio Samuel. Fija en el tu at:-n- 
cion, porque sera para ti un padre y un mi-nis- 
tro; haz cuanto te diga, y Dios te ay-udara." El 
rey Habus siguio este consejo, alojo a Samuel en 
su pailacio, y el judio liego a ser su secretario y su 
inspirador (1). 

Em ningun otro estado musulman habia gober- 
nado un judio directa y publicamente con el titudo 
de visir y de canciller. Cierto que con frecuencia 
las judios habian gozado de cierta consideracion 
cerca de los principes musulmanes, que so-lian con- 
fiarles, sobre todo, la administracion de las rentas; 
pero de ordinario la talerancia musulmana no lle- 
gaba hasta el punto de constmtir pacdentemente 
que un judio fuese primer ministro. Pero tambien 
si esto habia de ser posible en alguna parte tenia 
que ser en Granada. Los judios eran alii tan nu- 
merosos, que la denominabazi la "ciudad de los ju- 
dios" (2) ; y como eran poderosos y ricos, interve- 

nfa*i muy a menudo en los asuntos del Estado. 
Alii, en una pailabra, habian encontrado, si no la 
tierra prometida, ail imenos el mana diel desierto 
y la roca de Horeb. La elevacion de Samuel tenia 
aun otra expllicacion. Para el rey de Granada 
no era facil hallar un primer ministro; porque, a 

decir verdad, no podia confiar tan importante car- 



(1) Journal Asiat., serie IV, t. XVI, pp. 203-205 — artfcu- 
lo de M. Munk — . 

(2) Cr6nica del Moro Rasis, p. 37. 



3 



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29 

go ni a un bereber ni a un arabe. En aquel tiempo 

St: exigia que un ministro fuese muy ilustrado, 
que fuera capaz de redactar las cartas destinadas 
a otros principes, y que se escribian en prosa ri- 
mada y en un estilo sumamente rebuscado- El ray 

de Granada prefer! a, sabre todo, esta clase de ta- 
lento. Parecia un advenedizo, que tratara de dar- 
se tono de gran senor, y, par lo mismo que era se- 
mibarbaro, se preocupaba mucho de no parecerio. 
preciabase de ser algo literato, y hasta pretmdia 
que la nacion de que era oriundo — la de Cinbe- 
oha — no era de origin berberisco, sino arabe (1). 
Necesitaba a toda costa un minisbro que no fuege 
inferior a los de sus vecinos; pero £donde ertccwi- 
trarlo? Sus berberiscos sabian batinse, conquistar, 
saquear e incen'diar ciudades; pero eran incapaoes 
de escribir correctamente una sola linea en la len- 
gua del Coran. Respeoto a las arabes, que sopor- 
taban su yugo tremulos de ira y de verguenza, no 
podia fiarse de ellos. Hubkran creido homrarse 
enganandoile y vendiendole. En estas cirounstan- 
cias, un judio como Samuel, que, segun el t-esti- 
monio de las mismos sabias arabes, dominaba to- 
das las sutilezaa de su lengua, y que por celoso que 
fuera de su religion, cuando escribia a mxtsuikna- 
nes no sentia escrupulo al empilear las formulas 
religiosas. que eraoi de ritual (2), tenia que ser 
para el un v*rdadero tesoro. Y no tuvo que awr- 



(t) Ben-Hayan, apud Aben-Basan, t. I, fol. 122 r. 

(2) V6ase ml Introducci6n a la Cionica de Ben-Adari, 

paglna 97. 



30 

gonzarse cle haberlo eLevado a la categoria de pri- 
mer ministro: su eleccion fue aprobada par los 

mismos arabes, que, a pesar de su intolerancia y 
de sus prejukios contra los hijos de Israel, se 
vieron obUlgados a cotnfesar que Samuel era un ge- 
nio superior. Verdaderamente su saber era iinmen- 
so, variado, pueis era matematico, logico, astro- 
nomo (1), y sabia nada menos que siete len- 
guas (2). Unase a esto que era muy generoso con 
los poetas y con los literate en general; asi que 
aquellos a quienes habia colmado de favores no 
le regateabazi sus elogios, y el poeta Monfatil has- 
ta le dirigi6 estos versos, que los escri-tores mu- 
suilmanes citan con un santo horror: 

"iOh, tu, que has reunido todas las buenas cua- 

r 

lidades que los demas solo en parte poseen; tu, 
que has devuelto la libertad a la generosidad cau- 
tiva; t&, que eres tan superior a los hombres mas 
generosos de Oriente y 0<scidente, como el oro es 
superior al cobre! jAh si los hombres pudieran 
distiaiguir lo verdadero de lo falso, no pondrian 
su boca mas que sabre tus dedos! En vez de pre- 
tender agradar a Dios, besando en la Meca la pae- 
dra negra, besarian tu>s manos, porque ellas son 
Has que disponem- de la felicidad. Gracias a ti he 
obteaiid© aqui abajo lo que deseaiba, y ©spero que. 
gracias a ti, obtendre alia arriba lo qoife deseo. 
Cuando me hallo cerca de ti y de los tuyos, profeso 



(1) Vid. mi Introducci6n a la Cr<5n. de Ben-Adari, pa~ 
ginas 96-97. 

(2) Journ. Asiat., p. 209, en la nota. 



31 

abiertamente la religion que prescribe observar 
el sabado, y cuando estoy cerca de md mismo pxio- 
bio, la profeso secretamente." (I). 

Pero lo que los arabes no podian estdmar en su 



justo valor eran los servicios que Samuel prestaba 

a la literatur-a hebraica. Y eran importantisimos. 
Publico en h-ebreo una introduction al Talmud y 
veintidos obras de estudios gramati cales, eaitre las 
cuaJes la mas extensa y notable era el Libra de la 
riqueza, que un juez competentisimo, un correli- 
gionario de Samuel, que flo-reci-6 en el siglo XII, 
pone por cima de todos los -clemas traftados de gra- 
matica. Era tambien poeta; escribio imitaoiotneis 
de los Salmos de los Proverbios y del Eclesiastee. 
Henchidas de alusiones, de proverbios arabes, de 
sentencias toonadas de los fiilosofos, de raras ex- 
presiones sacadas de los poetas sagrados, estas 
poesias eran muy dif idles de comprender; aun 
los m&s sabios judios no podian penetrar su sen- 
tido sin la ayud'a de un comentario (2); pero como 
la afectacion y el alambica-miento eran ^ntonces 
tan comunes en la literatura hebrea como en la 
araibe, que le servia de mod-elo. la obscuridad se 
consideraba mas como un merito que como un de- 
fecto. Velaiba, ademas, con paternal solicitud por 
los estudianfces judios, y, si eran pobres, subvenia 
generosamerufce a sus necesidades. Tenia a su ser- 
vicio es-cribientes que copiaban la Miohna y el 



(1) Aben-Basam, t. I, fol. 200 r. 

(2) Journ. Asiat., pp. 222-224. 



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32 

Tafaiud, y regaiaba estas co/pias a los alumnos que 
no tenian recursos para comprarlas. No &e limita- 
ban sus beneficios a sus correligionarios de Espa- 
na. En Africa, en Sicilia, en Jerusalen, en Bag- 
dad, en tod-as partes, los judios podian contar con 
sn apoyo y sus liberalidades (1). Por eso los ju- 
dios del principado de Granada, queriendo darJe 
una prueba de su estimation y reconoc ion Lento, le 
habi'an conferido desde el ano 1027 el titu'lo d? 
naghid, es decir, el de jefe o principe de los he- 
breos granadinos. 

€omo hombre de Estado, unla a un espiritu lu- 
cido y sagaz un caracter firme y una prudencia 
consumada. Be ordinario — eualidad preciosa en un 
diiplomatico — ihablaba poco y pensaiba mucho. 
Afproveohaba todas las circunstandas con arte 
maravilloso; conocia el caracter y las pasiones de 
los hombres y los medios de dominarlos por sus vi- 
cios. Era, ademas, un hombre de mundo; en los 

magnificos salones de la Alhambra se encontraba 
tan a su gusto, que se le hubiera creido nacido 

en la riqueza. Nadie hablaba con mas habilidad 
y elegancia, ni mawejaba mejor la adulation, ni 
sabfa con tanto arte ser halagador o famiiliar en 
el discurso, arraistrando con su elocuencia y con 
sus persuasives argumentos. Y, sin embargo — cosa | 
rara en aquellos a quienes la rueda de ila Fortuna 

ha elevado a una subita .opuiltencia y a una alta 
dignidad — , no tenia ni la a>ltivez ni la fatuidad 



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(1) Jourti. Asiat.j p, 209. 



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I 



33 

insolente y necia, tan frecuente en los advene- 
dizos. Bondadoso y aniable con todos, poseia. la 
dignidad verdadera, que resulta de la naturalidad, 
de la carencia absoluta de pretension es. Lejos de 
avergonzarse de su primitiva condicion y de que- 
rer ocultarla, se gloriaba de ella, y con su senei- 
llez se imponia a sus m-Lsmos detractores (1). 

Tambien Zohair, visir de A'lmeria, era un hotm- 
bre niiuy notable. Deciase de. el que no tenia igual 
en cuatro cosas: el estilo epistod-a-r, la riqueza, la 
vanidad y la avaricia. Su riqueza era, en efecto, 
casi fabulosa, pues'su fortuna se valuaba en mas 
de quinientos mil ducados (2). Su palacio 'estaba 
amueblado con magnificeaicia principesca y ates- 
tado de sirviemtes ; tenia quinientas cantadoras, 
todas de rar.a belleza; pero lo que admiraba mas 
era una inmensa bi-blioteca que, sin contar con 
imuiinerables cuadernos sueltos, contenia cua£ro- 
cientos mil volum-enes. Parecia que no debia f-afl- 
tarle nada para ser feliz a este favorite de la 
Fortuna. Era bermoso y joyen aun, porque ape- 
nas contaba treinta afios; su origen, muy noble, 

por perteneoer a la anitig.ua tribu de los detfietnso- 
res de Maboona; nadaba en oro, y adetmais, como 
era muy instruido, como tenia la res$>uesta pronta 
y se expres&ba con »uma elegancia y correccion, 
gozaiba de gran renombre iliterario. Pero, des- 



(1) Vease mi Introduccion a la Cronica de Ben-Adari, pa- 

gfnas 96-97. 

(2) Cinco mi Hones de francos; en el valor actual de nues- 
tra moneda equivale a treinta y cinco millones. 

Hist, musulmanes. — T. IV 3 



34 

gsaciadamenfce. una especie de vertigo se habia 
apoderado de el ; su presuncion no tenia limites, y 
le habia creado innwnerables enemigos. Sobre 
todo, las eordobeses estaban furiosos contra eL 
porQUe una vez que habia ido a su ciudad con 
Zohair habia tratado can el mayor desden a los 
hombres mas distinguidos por su Imaje o por su 
talento, y al marchar habia dicho: "No he visto 
aqui mas que sail y chail — mendigos e ignoran- 
tes — "• El hecho es que su presuncion rayaba casf 
en locura. "Aunque todos los hombres fuesen mis 
esclavos — decia en sus versos — , mi alma aun no 
esfcaria satisf-echa. Desearia ascender a un lugar 
mas elevado que las mas lejanas estrellas, y una 
vez alii, querria subir todavia." Habia compuesto 
tambien este verso, que repetla en cualquier oca- 
sion, pero principaflone-nte mientras jugaba al 
a j ed rez : 

"Cuando se trata de mi, la desgracia duerme 
siempre y tiene expres'amente prohibido el he- 
ri rme. " 

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Desafio tan insdente, lanzado contra el destmo, 
habia excitedo la indignacion de todo el mundo en 

Almeria, y un atrevido poeta, interpretando la 
opinion publica, substituyo la segunda mitad del 
verso con estas palabras, que entranaban una ver- 
dadera profecia: 

"Pero tiempo llegara en que el destino, que nun- 
ca duefrme, la despierte — a la desgracia- " 



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35 

Arabe de pura sangre, Ben-Abas aborrecfa a 
las bereberes y menospreciaba a los judios. Tal 
vez no quisiera precisamente que su senor se unie- 
se a la liga arabigo-eslava, porque en este c&so 
Zohair hubiese quedado obseurecido por ©1 cadi de 
Sevilla, jefe de dicha coalicion; pero, por lo me- 
nos, se indignaba al verle aliado con un bereber, 
que tenia por ministro a un judio a quien detes- 
taba y de quien sabia era odiado. De acuerdo con 
Aben-Bacana (1), visir de los haaniuditas de Ma- 
laga, intento primero derribar a Samuel, inven- 
tando para conseguirlo innumerabks caluimnias, 
pero sin lograr su o-bjeto. Eaitonces procuro ene- 
mistar a su senor con el rey de Granada, indiu- 
ciendole a prestar su apoyo a Mohanned de Car- 
mona, enemigo de Habus, y es-te plan tuvo exito. 

Poco despues, en junio de 1038 (2), Habus mu- 
rio, dejando dos hijos, llamados, el mayor, Badis, y 

el menor, Bologuin. Los berberiscos y algunos ju- 
dios querian entronizar a este ultimo; otros he- 
breos, entre ellos Samuel, se inclinaban a Badis, 
lo mismo que los arabes. Habria estallado una 
guerra civil si Bologuin no hubiese renunciado 
espontaneaonente a la corona, y cuando presto jiu- 
ramento a su hermano, sus partidarios, aun a pe- 



(1) Moises ben-Ezra — en el Journ. Asiat., p. 212, nota — 
le llama Ben-abi-Musa. Tal es, en efecto, el nombre que Ho- 
maidi da al visir Aben-Bacana, y s61o por error el coplsta 
del man. de Abd-al-Uahid — vease ml edicion de este autor, 
pagina 43 — ha tachado la palabra abi, oue habia escrito pri- 
meramente. 

(2) Abad, t. TI, p. 34. 



36 

sar suyo, se vieroii obligados a seguir su ejem- 

pOo (1). 

El nuevo principe hizo todo lo posible por res- 

tablecar la alianza con el senor de Almeria, el 

cual decliaro al fin que todo quedaria arregCLado en 

una entrevista. Acpmpaniado de nunieroso y inag- 
nifico cortejo, se puso en marcha, y llego inopma- 
damenfce a ias puertas de Granada, sin haber de- 
rraandiado permiso para cruzar la frontera. Badis 
quedo profundamiente lastimado por este paso in- 
conveniente; pero recibio al principe de Almeria 
con muchos miramienttos, obsequio esplendida- 
mente a su comitiva y las colano de regaJos. Sin 
embargo, la negoclacion no conidujo a nada; ni 
los principes ni sus onmistros — Samuel habfa oon- 
servado su puesto — lograron entendense. Unase a 
esto que Zohadr, que se dejaba influir por Ben- 
Abas, adopto respeoto a Badds un aire de supe- 
rioridad muy ofensivo; asi que el rey de Granada 
pensaba ya en castigar al principe de Almeria 

por su insolenoia, cwando' uno de sus capitanes, 
llamiado Bdoguin, <se encargo de hacer la ultima 
tentativa para conseguir una reconciliackin. Lle- 
#ada la noche, fue a ver a Ben-Abas y le dijo: 
"Teme el oasfcigo de Bios, Tu eres el obstaculo 
para llegar a un acomodamiento, porque tu seiior 
se dejta guiar por ti. Sfn embargo, sabes, lo mismo 
que nosotros, que, cuando obrabamos de acuerdo, 
triunfabamos >en nuestras emnresas, de tal suerte 



(1) Journ. Asiat., pp. 206-208. 



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que todos nos envidiaban. P-ues bien, restaMezea- 
mos nuestra alianza. El punto en que no nemos 
podido enfcendemos hasta ahora. es el &$oyo que 
prestais a Mohamed de Carmona. Abandonad a 
este prlncipe a su suerte, como exige nuestro 
emir, y todo lo demag se arregiara por si misnio. 
Ben-Abas le respondio en untono medio protector, 
medio desdenoso, y cuando el berberisco intento 
coiwnoverle, abrazandole y derramando lagrimas: 
"Ahorrafce tod as esas demos tra clones y palabra* 
de efecto — le dijo — , porque no me producen ndn- 
guna sensation. Te repdto hoy lo que te dije ayer : 
si tu y los tuyoa no haceis lo que queremos, ipro- 
cedere de suerte que tengais qu*> arrepenffciros."" 
Exasperado con estas palabras, pregunto Bolo- 
guin: "£Es esa la respuesta que debo dar al Con- 
sejo?" "Sin duda — replied Ben-Abas — ,ysi quieres 
atribuirme terminos todavia mas fuertes que los 
que he empleado, de buen grado te lo perrnlto." 
Llorando de indignaoJon y de ira, Bologuin vol- 
vio a presencia de Badis y de su Consejo, y dos- 
pues de refer ir la conferencia con el visir: "jCi- 

— , la arrogancia de eate bom- 




bre es insoportable! jAlzaos todos para hrumillar- 
la, porque si no, no sereis duenos ni cte vnestras- 
moradas!" Los gnaniadinos compartiieron su cole- 
ra, y el otro Bologuin, el hermano de Badis, se 
mostro mas indignado que todos, inducaendo a su 
herona.no a que adoptase en el mismo instante las 
medidas neeesardas para castigtar a los alnierien- 
ses, y Badis se lo prometio. 



38 

Para regresar a sus E&tados, tenia Zohair q^ e 
atravesar muchos desfiiaderos y un puente, del 
cuatl tomtafoa un pueblo cexcano el neimbre de Al- 
puemte. Badis ordeno cortar dicho puente, y envio 
soldados para que ocupasen los desfiiaderos, Sri 
embargo, como estaba menos exasperodo que e^ 
hermano contra Zohair, y no desesperaba aun de 
traer al arxtiguo aimigo de su padre a mejor acuex- 
do, resolvdo advertirle secretaanente del peligro 
que le amenazaba, vialliendose al efecto de un o-fl- 
clal berberisco que servia en el ejercito aimerien- 
se. Este oiicial fue durante la noche en busca de 
Zohair, y le hablo en estos teraninos: "Cxeeme, 
■isenor; te aseguro que riiafiana sera difieft atrave- 
,sar los desfiiaderos que hay en el camino. Te 



acomsejo que partag all imstante, y acaso de este 
modo podxas atxav esaxlos antes* que los graniadd- 
nos los hayaoi ocupado; entonees-, ji te persiguen, 
podras presentarles batalla en da Hanum, o po- 
nerte a salvo en al guanas de tus f ortalesas. " Este 



consejo parecio no desagradar a Zohair; pero Ben- 
Abas, que asistia a la cofiferenicia, exsclamo: "E 1 
miedo es el que te hace hablar asi." "[Que! — pre- 
gunto el oficial — . ^Te refieres a mi al decir eso? 
iA mi, que he tornado parte en veinte batallas, 
mientras tu jamas fas visto unia sola ! i Pues Men, 
ya veras si los acontecimientos me dan la razon ! " 
Y salio indignado. 

Los enemigos de Ben- Abas — y ya- hemos diciho 
que tenia mucihos — pretenden que recihazo el con- 
sejo del ofiioial berberisco, no porque lo creyese 






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39 

malo, sino porque deseaba la muerte de Zohair. 
Ben-Abas, dicen, ambicionaba remar en Alm&ria, 
par lo que deseaba que Zohair muriese coanba- 
tieoido contra los granadinos, pues el esperaba 
poder salvarse huyendo y hacerse proclamar so- 
berano en aquella ciu<iad. Tail vez haya algo de 
verdad en esta acusacion; hetrnos de ver, por lo 
anenos, que mas adelante Ben-Abas se alabo ante 
Badis de haber tendido un lazo a Zohair. 

Sea de ello lo que quiena, a ia maiiana siguien- 
te, 3 de agosto de 1038, Zohair se vio cercado por 
las tropas de Granada. Sus guerreros qued'a-ron 
consternados; pero el no perdio su presencia de 
animo. Inanediiaitamente alined en orden de bafca- 
11a su kifanteriia negra, formada por quinientos 
hooubres, y sus andailuoes, ordenando a su lugar- 
tenien'te Hodail caer sobre los eneniigos al frente 
de la caballeriia es&ava. Hodail le obedecio; mas, 
&penas entablado el combate, fue desmontado, sea 
por una lanzada, sea por un resbalon de su oa- 
ballo, y entonces sus jinetes emprendiieron la fuga 
en el mayor desorden. En efl. mismo instance, Za- 
hoir fue traicionado por los negros, en quienes 
tenia gran confianza, pero que «e pasaron al ene- 
migo despues de apoderarse del deposito de ar- 
mas. No quedaban, pues, mas que los and&luees; 
pero estos, que eri&n en general muy malos sol- 
dados, se apresunaron a huir, y, de grado o por 
fueraa, Zohair tuvo que bacer otro tan>to. Como 
ed puente de Alpuente estaba cortadd y los desfi- 
Jaderos ooupados por lots enemigos, los fugitives 



40 

tuvieron que refugiarse en las montanas. La ma- 
yoria fue acuchillada por los granadinos, que no 
daban cuax'tel; otros hallaron la muerte en espan- 
tosos precipdcios, entre ellos el propio Zohair. 
Tcdos los funcionarios civiles, entre los cuale 



s 



figuraba Ben-Abas, cayeron prisioneros; pero Ba- 
dis ordeno perdonarles la vida. Ben-iAbas, creyen- 
do que no tenia nada que temer, no s« inquietaba 
mas que por suslibros. "jDiosmio, Diosmio! — gri- 
taba— , i que sera de mis paquetes?" Y dirigiendo- 
se a los soldados que le conduclan a presencia de 
Badis, les encargo: "Id a decir a vuestro sefior 
que cuide mucho de mis paquetes, no sea que 
se rompa algo, porque contienen libros de ines- 
timable valor." Cuando hubo llegado a presencia 
de Badis pregunto sonriente: "Y bien, £no he 
servido a vuestros interests, puesto que os 
he entregado /estos perros?" — y serial aba con cd 
dedo a los prisioneros eslavos. "Prestame a tu vez 
un servioio — contkiuo — : ordena que mis libros 
sean respetados, porque nada me preocupa tanto." 
Mientras asi hablaba, los prisioneros almerienses 
le dirigian miradas furiosas, y uno de ellos, el 
capitan Ben-Xabib, exclamo dirigiendose a Badis: 
"jSenor, tie ruego por aquel que te ha dado la 
victoria que no dejes escapar a ese intfame que 
perdio a nuestro soberano. El es el unico culpa- 
ble de todo lo ocurrido, y con tail de ser testigo de 
su sup-lido, de buen grado me dejarfa cortar la 
cabeza un instance despues." Al oir estas pala- 

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bras sonrio Badis benevolamente, y ordeno poner 



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41 

eti libertad al capitan, unico de los militares que 
salvo su vida, pues todos los demas fueron entre- 

gados sucesivaimente al verdugo. Por el contrario, 
Ben-Abas fue el unico de los funcionarios oivi- 
le s que no recobro la libertad. El orgulloso visir 
eonocio al fin la desgracia que con su loca audacia 
habia desaiiado, y vio cumiplirse la prediction del 
poe-ta almeriea^se. Encerrado en un calabozo de la 
Alhambra, le cargaron de cadenas que no pesaban 
menos de cuarenta libras. Sabia que Badis estaba 
muy irritado contra el y que Samuel deseaba su 
muerte; pero aun conservaba alguna esperanza, 
porque Bad is, a quien habia ofrecido treinta mil 
dueados coino precio de su libertad, mando res- 
ponderle que toniaba su demanda en considera- 
cion, y habia dejado transcurrir casi dos meses 
sin decidir nada respeoto a el. Durante este tiean- 
po luchaban encontradas influencios en la coate 
giianadina: por una parte, el embajador de Cor- 
doba so'licitaba la libertad de los priisioneros, y 
principal™, ente la de Ben- Abas; por otra, Abu-'l- 
Ahuas Man aben-Somadi, eimibajador y cunado del 

amirita Abdalaziz de Valencia, insistla con Badis 
para que ddese muerte a todos los prisioneros, y 
en primer tertmino a Ben-Abas. Abdalaziz se ha- 
bia apresurado a tommar posesion del prmcipado 

de Almeraa, bajo pretexto de que 3e correspond^ 
por derecho de devolution, pues Zohair habia sido 
cliente de su faimilia, y temia que si Ben-Abaa y 
!os demas prisioneros recobraban la libertad, ]e 
di^putasen el poder. El mismo Badis no sabia que 



42 

partido adoptar; la avaricia y el deseo de ven- 
ganza luchaban en su corazon; pero una tarde, 
que paseaba a caballo con su hermano Bologuin 
le hablo de La proposicion de Ben-Abas y le pidio 

su parecer, "Si aceptas su dinero — 1& respondio 

y recobra la libertad, promovera una guerra que 
te costara el doble de su rescate. Opino que haras 
bien en darJe muerte en seguid'a." 

Terminado ed paseo, Badis mando traer al pri- 
sionero, y le reprocho sus faltas con las palabras 
mas duras. Ben-Abas espero resignado el fin de 

p 

esta larga invectiva, y cuando ell rey ceso de ha- 
blar: "jSefior — exclaimo — , te supJico que tengas 
piedad de mi; jlibrame de mis penas!" "Hoy mis- 
mo quedaras libre", respondio el -prineipe; y como 
viese brillar un rayo de espe-ranza en el pailido y 
sombrfo rostro de su pirisionero, callo por algunos 
instantes; despuos continuo con feroz sonrisa: "Te 
enviare adonde sufras mas." En seguida dirigio a 
Bologuin algunas palabras en bereber, idioma que 
Ben- Abas no comprendia; pero la ultima frase de 
Badis, su terrible sonrisa, su aire feroz y amena- 
zador, todo le indicaba claramenfce que iba a so- 
nar su ultima hora. "j Principe, principe — exda- 
mo, cayendo d$ rodillas — ; perdoname la vida, te 
lo sutplioo! jApiadate de mis mujeres, de mis 
tiernos bijos! No ya treinta mil ducados; te ofrez- 
co sesenta mil; pero, en nombre de Dies, \ perdo- 
name la vida!" 

Badis le escucho sin contestar palabra ; despues, 
blandiendo su azagaya, se la homdao en efl pecho. 



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43 

Su hertmano Bologuin y su chambelan Ali ben-al- 
Caraui le itnitaron; pero Ben- Abas, que no cesa- 
"ba de implorar la deanencia de sus verdugos, no 
■ca-yo en tierra hasta el decxmoseptimo golpe — 24 
de septiembre de 1038— (1). 

No tardo en saberse en Granada que el rico y 
orguWoso Ben-Abas habia cesado de existdr. Re- 
gocijaronse los africanos; pero nadie recibio esta 
noticia con tanta satisfaccion coimo Samuel. Ya 
no le quedaba mas Que un enemigo peligroso, Aben- 
Bacana, y un secreto pEresentimiento le decia que 
pereeerfa tambien muy pronto. Los judios creian 
entonces, lo mismo que los arabes, que mutihas 
veces se ofan en .suefios espiritus que vaticinaban 
el porvenir en' verso, y una noche, mientras dor- 
mia, escucho Samuel una voz que le recifcaba tres 
versos hebraicos, cuyo senttido es eate: 

",Ya ha perecido Ben -Abas, asi como sus ami- 
nos y confidences ; Dios sea loado y santificado! Y 
el otro ministro, el que con^piraba con el, taonbien 
^era pronto abaiddo y mollido como la ailgar rob a . 
iQue ha sido de sus murmu r aciones, sus malda- 
des y su poder? i Santificado sea el nombre de 
I>ios! (2)." 



(1) Bon-Hayan, apurf Aben-Basan, t. I, fol. 171 r., 175 r. ; 
Ucn-al-Jatib, man. G., fol. 134 v., 135 r. — artSculo sobre Zo- 
halr — , 51 v., 52 v. — articulo sobre Abu-Kafar, Ahmed ben- 
Abas al-Ansart — ; Macari, t. H, pp. 359-360; Abad, t. II, pa- 
gina 34. 

(2) Vease Moists ben-Ezra, citado por M. Munk en el 
Joum. Asictt., p. 212. En este pasaje hay que pronunciar 
o'iixida t en pasiva, en vez de anxada, en activa, como hace 
M. Munk. 



44 

Pocos anas despues, como ya referiremos 
Samuel cumplinse esta profecia; tan cierto e; 
el odio v el amor producer! a veces "una sim 



presciencia de lo future 



Ill 



Bien a- pesar suyo, Badis habia prestado a lo-? 
caligados, que reconocian par califa al supuesto 
Kixem, un importante servicio cuando hizo asal- 

tar y dar muerte a Zoh'air. EI amirdta Abdalaziz, 
de Valencia, que, como hemos dicho, habia torna- 
do posesion del principado de Ahneria, no estaba 
en estado de soeorrer a su. alliado el cadi de Se- 
villa, porque no tardo el misnio en tener que de- 
fendense contra Mochehid, de Denia, que veia con 
ojos iruailos el engrandecitmiento de los Estados de 
su vecino (1) ; pero, al menos, el cadi no tenia ya 
que temer una gnerra contra Altmeria, y, comple- 
tamente tranquilo por esta parte, no penso desde 
entonces mas que en tamiar la ofensivta contra los 
berberiscos, comenzando par Mohamed, de Carmo. 
na, con el cual se habi'a eneanistado. AH mismo 
tiempo, mantenia inteligencias con una faccion de 
Granad-a y traibaiba de pramover alii una revo- 



lucion. 



En Granada habia muchos descontentos de Ba- 
dis. A] comienzo de su reiraado, este principe ha- 



(1) V£anse mis Investipaciones, t. I, p. 245. 



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45 

bia hecho concebir algunas esperanza s (I); pero 
despues se habia mostrado cada vez mas cruell, 
mas perfido, mas sanguinario y entregado a la 
tmbriaguez mas vei-gonzosa. Primero se quejaron, 
despues murmur aron y, por uiltimo, con&piraron, 

Bl alma de la conspiration era un aveniurero 
llaanado Abu-'l-Fotuh. Nacido a gran distancia de 
Espana, de una familia noble, oriunda del Ghor- 
chan — antigua Hircania — , habia estudiado lite- 
rafcura, filosofla y astronomia con los mas renom- 
brados maestros de Bagdad; pero no era solo un 
sabio: excefente jinete y guerrero intrepido, apre- 
ciaba un noble corcel o una espada bien templada 
tanto como, un henmoso poema. o un prof undo tra- 
tado cientinco. Llegado a Espafia en el ano 1015, 
probablemente para buscar fortiuna, paso algun 
tiempo en la corte de Mochehid, de Denia. Alii se 
dedico, ya a la literatura con este isabio prlncipe, 
y& a trabajar en su comentario sobre el tratado 
dramatical tituliado Cho-mal, ya a combatir ad lado 
del principe en Cerdena; a veces meditaba tarn- 
bien sobre las cuesifciones filosoficas mas abstrac- 
ts, o procuraba adivinar 'el porvenir observando 
el curso de los astros. Habiexido ido en seguida a 
2aragoza, residencia de Mondir, este principe le 
cobro afeqto y le confio la education de ©u hijo; 
pero como-^Hsegun la observaci6n muy justa, aun- 
que un poco discutida, d'el historiador arabe a que 
nos atenetmos — los tiempos caimbian, y con ellos 



(1) Vuase Abad, t. I, p. 51. 



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46 

3os hombres, Mondir le did a en tender un dia que 
ya no necesitaba sus servicios y que le autorizaba. 
a abandonar Zaragoza. Abu-'l-Fotuh fue entonces. 
a establecerse en Granada, donde abrio un curso- 
acerca de las antiguas poesias, y especialmente 
sobre La coleccion conocida con el titulo de Ha- 
masa (1); pero ademas hizo otra cosa: sabiendo 
que Badis tenia, muchos enemigos, estimulo la 
ambicion de Yazir, primo hemiano del rey, ase- 
gurandole que habia leido en las estrellas que- 
Badis perderia el trono y que su primo reinaria 
treinta anos. De este modo logro tramar una 
conspiracion ; pero descubierta por Badi? antes 
del tiempo prefijado para que estallara, Abu- ,: 1- 
Fotuh, Yazir y los demas conjurados apenas tu- 

vieron tiempo para librarse de su venganza me- 
dia nrte la fugia. Fueron a refugiarse al lado del 
cadi de Sevilla, sin duda su complice, aunque sea 
imposible precisar hastia- que pointo lo era (2) . 

En tanto, el cadi habia atacado a Mohaaned, de 
Carmona, y su ejexxito, mandado como de costuni- 
bre, por su hijo Ismael, habia ya alicanzado bri- 
llantes .ventajas. Osuna y Ecija habian tenidc 
que rendirse, y la misma Carmona se hallaba si- 
tiada. Reducido al ultimo extremo, Moh anted de- 



(1) V6ase, eobre Abu-'l-Fotuh Tabit aben-Mohamed ;iJ- 
Ohnrchanl, ademas del articulo de Ben-al-Jatib, loa quo le 
han consagrado Soyutl, en su Diccionario biogrdfico de los 
gramdticos, y Homaidt. Comparese tambien con el articulo- 
sobre Moehehld, en Dabi — man. de la Socledad Asiatica — . 

(2) Iten-al-Jatib, man. O., fol. 114 r. y v. — articulo sobre.- 
Abu-*l-Fotuh— . 



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47 

irauulo socorro a Badis y a Idris, de Malaga. Am- 
bos respondiercffi a su llamamiento ; Idris, que es- 
taba enfermo, le envio tropas a las ordenes de su 
primer ministro, Aben-Bacana; Badis acudio en 
persona con los suyos. Reunidos ambos ejercitos, 
Ismiael, Ileno de conftewiza en el numero y en el 
valor de sus sc-ldados, les presento batalla inme- 
diatamente; pero Badis y Aben-Bacana, viendo 
que el enemigo tenia superioridad munerica, o cre- 
vendolo al menos, aio se atrevieron a aceptarla, y, 
sin preocuparse del senor de Carmona, le aban- 
donaron a su suerte, to-mando nno el caniino de 
Granada y otro el de Malaga. Ismael comenzo en 
.^eguida la persecution de los granadinos. Afortu- 
nadamente para Badis, cuando apenas hacia una 
hora que Aben-Bacana se habfa separado de el, 
enviole un propio a toda prisa, rogandole que vi- 
niera en su auxilio, sin el cual iba a ser aniqui- 
lado p or los sevillanos. Aben-Bacana se le reunio 
en seguida, y, unidos los dos ejercitos en las in- 
mediaciones de Ecija, esperaron a pie finme al 

enemigo. 
Los sevillanos, que creian tener que haberselavS 

con un ejercito en retirada, quedaron desagrada- 

blemente sorprendidos cuando vieron que teni&n 

que pelear contra dos ejercitos perfectamente pre- 

parados para recibinlos. Desfmorailizados por esta 

ci rcunstaneia inesiperada, ibastd el prime* choque 

para sembrar el desorden en sus fil-as. En vano in- 

fcento Ismael rebacerlos' y arrastranlos de nuevo 

al combate; vfctiana de su valor, fue miner to el 



48 

primero de todos, y entonces los sevillanos no pen- 
saron mas que en salvarse (1). 

Daierio del campo de batalla con tan facil victo- 
ria, y habiendo esitablecido su campamento a las 
puertas de Ecija, Badis se quedo asombrado vien- 
do venir a Abu-'l-Fotuh a echarse a sus pies. Le 
inducia a ello el amor hacia su familia. Con tal 
precipitacion habia tenido que sailir de Granada, 
que se habia visto obligado a abandonar a su suer- 
te a su mujer y a sus hijos. Sabia que Badis ha- 
bia h'echo que los prendiera el negro Codam, su 
gran preboste, su Tristan el Emritafio, y que Co- 
dam los habia encerrado en Ahmmecar. Pero el 
amaba apasionadamente a su mujer, joven y be- 
11a andaluza, y la termira hocia sus hijos — un 
hijo y una hija — era extremada. No pudiendo re- 
solverse a vivir sin ellos, y sobre todo, temiendo 
que Badis se vengase de su crimen en aquellos se- 
res queridos, iba a impflorar su perdon; y aunque 
conocia efl genio sa«nguinario e implacable del ti- 
rano, esperaba al menos en aquella ocasion que no 

se mostrase inflexible, puesto que ya habia pea-do- 
rado a su tio Abu-Rix, igualmente coinplicado en 
Ja conspiracion. 

Arrodillandose ante el principe: 

— jSenor — le dijo — , ten piedad de mil jTe ase- 
guro que soy inocenfce! 

tQue! — exdlamo Badis, con los ojos inflama- 



(1) Abd-al-Uahld, pp. 41, 65; Abad, t. II, pp. 33, 34, 207, 
217. Cf. Een-al-Jatib, fol. 114 v. 



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49 

dos por la colera — . £Te atr-eves a ipresentarte de- 
lante cie mf? iHas sembrado la diseordia en mi 
familia, y ahora vienes a dedrme que no eres cul- 
pable! iCrees que soy tan facil de enganar? 

— jSenor, por amor de Dios, seclemente! Aouer- 
date de que uai dia me tomaste bajo tu protection, 
y que, condenado a vivir lejos de donde naci, ya 
soy bastante desgraciado. No me imputes el cri- 
men cometido por tu primo, en el que no tengo 
participation alguna. Cierto que \e acompane en 
su huida; pero lo hice porque, como sabias que 
estaba aliado con el, temia ser castigado comio 
complice suyo. Pero aqui me tienes; si abso'Lu- 
tamente lo d-eseas, estoy disp-uesto a confesarane 
capable de un crimien de que soy inocente, siempre 
(jue de este modo pueda obtener tu perdon. Trata- 
me cual corcresponde a un -gran rey, a un monarca 
colocado a d.emasiada altura para guardar reaicor 
a un pobre h ombre como yo, y devuelveme mi fa- 
milia. 

— Indudablemente, y si a Dios le place, te tra- 
tare como mereces. Vuelve a Granada, donde en- 
contraras a tu familia, y cuando y<? regrese alii, 
arreglare fcus asuntos. 

Tranquilizado eon estas palabnas, cuyia ambi- 
giiedad no advirtio -ail principio, Aibu- 'I- Fatah tomo 
e} cami-ino de Granada, escoltado pox dos jinetes; 
pero cuando llego cerca de la ciudad, el negro Co- 
dam, ejecutando las ordenes recibidas de su se- 

^ 

nor, hizo prender a Abu-'fl-Fotuh por sus satelli- 
tes, los cuales, despues de rasurarle la caibeoa, le 

Hist, musui^manes. — T. IV 4 



50 

montaron en un camello. Un negro de fuerza her- 
cuilea cabaigo detras de el y empezo a abofeteaiie 
sin eesar. De este modo fue paseado por las callus 
de-spues de lo cual le enceriraron en urn calabozo 
mfuy estnecho, que tuvo que compartir con uno de 
sus compilices, un so'ldado berberisco, hecho prisio- 
nero en la batalla de Ecija. . 

Transcurrieron muchos dias. Badis habia regre- 
sado ya, pero no habia decidido nada respecto a 
Abu-^l-Fotuh. Al eontrario del caso anterior, cuan- 

j 

do se trataba de Ben-Abas, Bologuin era quien le 
impedia pronunciar la fatal sentencia. Bologrrin 
se interesaba por el doctor, no se sabe por que; 
intentaba iprobar su inoeencia y tie def endla con tal 
calor, que Badis, temiendo disgustarle, vacilaba 
antes de adoptar una resolucion. Pero un dia que 
Bologuin se embriago en una orgia — lo que le 
ocurria frecuentemente, lo mismo que a su her- 
mano — , Badis mando traer a su presencia a 
Abu-'l-Fotuh y a su companero. Desde que vio al 
doctor comenzo a lanzar contra el un torrente de 
injurias, y continuo en estos terminos: "jDe nada 
te ban servido las estrellas, embustero! £No le 
habias pronietido a tu emir, a ese pobre imbecil, 
convertido en juguete tuyo, que no tardaria en te- 
nerme en su poder y que reinaria treinta anos en 
mis Estados? ^Por que no has formulado mas 
bien tu propio horoscopo, que hubiera podido pre- 
servarte a tiempo de una gran desgracia? iAho- 
ra, miserable, tu vida esta en mis manos!" 
Abu-'I-Fotuh no respondio nada. Cuando espe- 



^ 



51 

raba volver a ver a una esposa y a unos hijos 
adorados, se liabfa humillado hasta el ruego y 3a 
mentira; pero entonces, -plenamente convencido de 
que nada podiia ablandar a aquel feroz y perfido 
tirano, recobro todo su orgullo, toda la fuerza de 

su alma, toda la energia de su caracter. Con los 
ojos fijos en el suelo y la sonrisa de desprecio en 
los labios, guardo un sMeneio lleno de dignidad. 
Esta actitud noble y serena llevo al co'mo la irri- 
tation de Eadis. Echando espumarajos de ira sal- 
to de su asiento, y sacando su espada la hundio 
en el eorazon de su victima. Abu-'l-Fotuh recibi'6 

el golpe fatal sin pestanear, sin que su pecho ex- 
halase una queja, y su valor arranco a 1 mismo 
Badis un grito involuntario de admiracion. Des- 
pues, dirigiendose a Barhun, uno de sus esclavos, 
le dijo: "Corta la cabeza a ese cadaver y hazla 
clavar a un poste. En cuanto al cuerpo, entierrale 
al lado de^. de Ben-Abas. Es precise que mis dos 
enemigos descansen uno junto a otro hasta el dia 
del juicio... Y ahora te toca a ti. jAcercate, sol- 
dado!" 

El berberisco, a quien se dirigfan estas palabra?-, 
presa de indecible angustia, temblaba de pies a 
cabeza. Cayendo de rodillas procure excusarse To 
mejor que pudo y supilico «al principe ^ perdonase 
la vida. "i Miserable! — dijo Badis — ^Has perdido 
pox completo la verguenza? El doctor, en quien 
hubiera sido excusable un poco de miedo, ha su- 
frido la muerte con un valor heroico; como acabas 
de ver, no se ha dignado dirigirme una sola pala- 



52 

bra; y tii, viejo saldado; tu, que te contabas en- 
tre los mas valientes, muestras tanta cobardia.. 
iQue Dios no se apiade de ti, miserable!" Y it 
corto la cabeza — 20 de octubre de 1039.- — 

Como Badis habfa ordenado, Abu-'l-Fotuh fue 
sepultado junto a Ben-Abas. El sentimiento de los 
literates y de los intelectuales granadinos le si- 
guio a la tumba, y muchas veces, pasando cerca 
del lugar en que yaclan sus iestos mortales, el 
arabe, condenado a soportar en silencio el yugo 
de un extranjero y de un fcarbaro, murmuraba en 
voz baja: "Ah, que incomparabl es sabios eran 
aquellos cuyo3 restos descansan aqui!... Solo Dios 
es ixunortal. I Glorificado y santificado sea su 
nombre!" (1). 



IV 



El sanguinario tira.no de Granada iba siendo 
cada vez mas el jefe de su partido. Cierto que 
reconocia aun la soberanfa de los hamuditas de 
Malaga; pero era de pura formula. Estos prin- 
cipes eran muy debiles; se dejaban dominar por 
sus ministros; se exterminaban unos a otros con 
el aoero o con eft veneno, y lejos de poder fisca- 
lizar a sus poderosos vasallos, se consideraban 
felices si lograban reinar con alguna apariencia 
de tranquiHdad en Malaga, Tanger y Ceuta. 

Mediaba, ademas, profunda diferencia entre 



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(1) Ben-al-Jatib, foi. 114 v., 115 v. 



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53 

estas dos cortes. En la de Granada no habia mas 
qae berberiscos u hombres que, como el judio 
Samuel, obraban cons tan temente en interes de los 
bereberes, reinando, por lo tanto, alii una osten- 
sible unidad de miras y de planes. En k corte 
de Malaga, por el contra™, habia tambien esla- 
vos, y, por consigrulente, mas o menos pronto, 
tenian que surgir }os reoelos, los odios y las ri- 
validades que habian contribuldo a derribar a los 
omeyas. 

El califa Idris I, enfermo ya cuando envio sus 
tropas contra los sevillanos, exhalo el ultimo sus- 
piro dos dias despoies de r.ecibir la cabeza de Is- 
mael, muerto en la batalla de Ecija. In-mediata- 
mente se empeno la lucha entre Aben-Bacana, el 
ministro b'creber, y Nacha. el ministro eslavo. El 
primero queria entrondzar a Yahya, el hijo ma- 
yor de Idris, plenamente convencido de que en 
este caso el poder le perteneeeria. El eslavo se 
opuso, y, como primer ministro de las posesianes 
africanas, proclamo alii califa a Hasan, afoen- 
Yahya, primo hermano del otro pretendiente, y 
prepar6 todo para cruzar el estrecho con el, De 
caracter menos firme y menos audaz, el ministro 
bereber se di£j6 intimidar por la actitud amena- 
zadora del eslavo. No sabiendo Clue resolution 
adoptar, tan pronto queria persistir en su proyee- 
to como renunciar a el, descuidando en su indeci- 
sion el tomar las medidas necesarias. De repenfce 
vio fondear la arnuada africana en el puer.to de 
Malaga. Huy6 a toda prisa y se retiro a Vom&- 



54 

res con su pretendie-nte. Hasan, dueno de la capi- 
tal, le mando a decir que le perdonaba y que ie 
ptrmitia voiver. El berberisco se fio de su pala- 
bm, pero le decapitaron. Se habia cumplido la 
prediction que el judio Samuel creyo escuchar en 
suefios. 

AI poco tiempo, ei competicior de Hasan rue 
muerto tambien. Acaso Nacha fue el unico cul- 
pable de este crimen, como insinuan algunos mV 
toriadores; pero Hasan tuvo que sufrir el castigo, 
y fue envenenado por su mujer, ftermana del des- 
dichado Yahya. 

Entonces Nacha creyo poder prescmdir tie un 
testaferro. Queria poseer no solo la autondaa, 
sino tambien el titulo de soberano, y, dando muer- 
to al hijo do Hasan, que era todavfa muy mrio, y 
encarcelando a su hermano Idris, se presento 
atrevidamente como soberano a los berberisccs c 
intento ganarlos con las mas brillantes promesas. 
Aunquo profundamente indignados de su increibli 
audacia, de su ambicion sacrllega — porque sau- 
tfan una veneration casi supersticiosa por los des- 
cendientes del Profeta — , los berberxscos creyc- 
ron, sin embargo, que deblan esperar un momen- 
to mas favorable para castigarle. Res pond leronie, 
por lo tanto, que ]e obedecerian y le prestarian 

juramento. 

Entonces Nacha anuncio su proposito de ir & 
arrebatar Algeciras al hamudita Mohamed, que 
reinaba alii. Salio a campana; pero, desde los 
primer os encuentros con el enem%o, advirtio el 



55 

eslavo que los berberiscos se batian apaticamen- 
te y que no podia contar con ellos, Creyo pru- 
dente, por lo tanto, ordenar la retirada. Habia 
concebido el proyecto de desterrar a las beret) e- 
res mas sospechosos en cuanto llegase a la ca- 
pital, atraerse a los demas a fuerza de dinero y 
rodearse del mayor numero posible de eslavos. 
Pero sus mas enoai-nizados enemigos supieron o 
adivinaron su plan, y al pasar el ejercito por un 
estrecho desfiladero, cayercn sob re el usurpador 
y le mataron — 5 de febrero de 1043 — (1). 

Mientras reinaba la mayor confusion entre las 
tropas — porque los bereberes lanzaban gritos de 
aJegi'ia y los eslavos huian por temor a compar- 
tir la suerte de su jefe — , dos de los asesinos co- 
rrieron a rienda suelta hacia Malaga, y al llegar 
a la ciudad: "jBuena noticia, baena noticia! — ex- 
clamaron — . jEl usurpador ha muerto!" Despues, 

prsecipitandose sob re ol I ugart entente de Nacha, lo 
asesinaron, saoaron de la prision a Idris, el her- 
mano de Hasan, y fue proclamado calif a. 

Desde entoraces el papel desempeilado por los 
eslavos conoiuyo en Malaga; pero la tranquilidad, 
momentaneamenfte one stabl ecida, no fue de larga 
duracion. 

Ciertamente que Idrds II no tenia un espfritu 
superior; pero era buemo,, caritaitivo y se ocupa- 
ba ca&i exclusdvamente en prodierair befneficias. Por 



(I) Ksta fecha se encuentra en Aben-Basan, t, I, folio 
224 v. 



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56 

el no hubi&se habido ndngun desgraciado. Lilamo- 
a las desfeerrados de todos Jos partidas y lea de- 
volvio sus bienes; jamas did oidcs a un delator, 
y hacia distribuir diaa-iamante quinaentos ducados 
a ( los pobres. Su simpatia hacia los hombres del 

I 

pueblo — con 3os cuales le gustaba depantir — con- 
trastaba Siingoilarmente con el fausto, la ostenlta- 
cion y la eecrupulosa etiqueta de su corte. Por 
su cailidad de descendientes del yerno del Ptrofe- 
ta, los hamuditas eran, a los ojo,s de sus subditois, 
casi semidioses. Para miantener una illusion tain 
favorable a su autoridad, se presentaban raras ve- 
ces en publico y se -rodeaban en una especie de 
jnasterio. El mismo Idris, a pesar de la sencallez 
de sus gustos, se atuvo ail ceremonial establecado 
por sus predccesores : una cortina le ocultaba a 
fas miradas de lois que lehabllaban; pero como era 
la bondad en persona, a menudo olvidaba su pa- 
pel. Un dfia, por ejemipilo, un poeta de Lisboia te 
recito una oda en loor de soi caridad y gf.orificando- 
su noble origen. "Miemtras los demas imorta&es } 

fian srido hechos de aguia y poivo — decia en ex- 
trafio estilo — t 'los d e scendiientes del Pnofeta tan 
eido creados del agua mas puira, dell agua' de la. 
justicia y die la piedad. El don de profeoa des- 

cendio sobre su abuelo, y el angeil GobvkH, [invi- 
sible para nosotros, <se cierne sabre su cabeza. El 
rostro de Idris, oomend'adofr de los creyentes, se- 
meja al sod naoiente, que destanbra con t&us rayo& 
los ojos de los que le miran; y, sin embargo, prfrr 

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ripe, qwerrfamos verbe, ia fin de aprovechiar tu luz x 



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57 

emanation de la que circunda a! Seftar del uni- 
verse." "jLevanta la cortina!" — ordeno el califa a 
su chambelan, porque jamas se ai&gaba a una su- 
plica — . Mas feliz que aquella pobre amante de 
Jupiter, que perecio victima de su funesta curio- 
sidad, el poeta pudo contemplar a su placer el 
rostro de su Jupiter, que si no irradiaba un res- 
plandor flamitgero, tenia al meno s el sello de la 
bondad -y de la benevolencia. Quiza le agrado mas 
tal como era que si hubiese estado cia'cuido de 

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aquellos rayos desilumbradores a que slas versos 
aludian. Al menos, lo indudabile es que, ihabiendo 

recibido un buen regalo, se retiro muy satisfecho. 
Desgraeiadamente para la dignklad y 'la seguri- 
dad del Estado, Idris unia a una gran bondad de 
corazon una extremada debilidad de caracber. No 
sabia o no se atnevi© a negar nada. Si Badis o 
cualquiier otro le pedia un Castillo u otra cosa, 
accedia siempre a su demanda. Un dia Badis le 
requirio para que le entnegara a su visir, que ha- 
bia tenido la desgrada de disgustarle. "iAy, ami- 
go mlo — dijo Idris a su ministro — , he aqui una 

carta del rey de Granada en que me pide que te 
ponga <en sus manos! Estoy afligidisimo ; peno, la 
mrdad, no me a(brevo a responderfe negandoime . " 
"Haz lo que desea — repuso aquel hombre exce- 
temte, antiguo .servidor de su famiMa — ; Dies me 
dara fuerzas, y ya veras como se sopocrtar mi 
sujerte con valor y resign aci6r*.* En cuanito liego 
a Granada lo decapiitaron. 

Tanta debilidad iriito a (los bereberea via mo- 



58 

Jestos por la simpatia que Idris mostraba hacia el 

pueblo y por sus tendencias socialises, como se 
diria hoy; pero isobre todo a quienes exaspero fue 
a los negros. Habituados al regimen del latigo, 
del alfanje y de -la horca, despreciaban a un seiior 
que nunca dictaba una sentencia demuerte. Habia 
ya muchog desc ententes cuamdo el gobernador del 
castillo de Aires (l) dio la serial de insurrection. 
Como era caroelero de dos primos de Idris, los 
puso en libertad y proclamo calif a al mayor: Mo- 
hamod. Entonces loss negros, de guarnicion en el 
castillo de Malaga, se sublevaron e invitaron a 
Moliamed a venirse con ellos. Sin embargo, el pue- 
blo de Malaga, amanfte del principe, que habia 
mdo su bienhechor, no le abandono en el peligro. 
Aquellas honradas genties conueron en masa a su 
lado, y a gnto.s !e pidieron armas, asegurandoJe 
que en cuanto las tuvieran los negros no perma- 
necerian ni una hora en el castillo. Idris agradecio 
su adhesion; pero rehuso su oferta, diciendo: 
"jVoilved a vuestras casas; no quiiero que por cau- 
sa mia perezca un solo hombre!" Mohamed pudo, 
por lo tanto, haeer su entrada en la capital; Idris 

fue a reemplazarie en la prkdon de Ahx>s. Habian 
permutado los papeles — 1046-47—. 

El nuevo califa no se parecia a su antecesor, 

sino a su madre, valiente amazona, que se com- 

placia en vivir en los campameratois, vigilar los 

preparative's de una batalla o los trabajos de 



(1) KoRun parece, oste lugar ya no existo. 



59 

un sitio y en esti-mular con paJabras o con di- 
nero el valor de los soldados. VaHente hasta la 
tenieridad, pero al mismo tiempo de una seve- 
ridad inexorable, si a Idris le faLtaba energia, 
Mohamed la tenia de sobra. Tal fue bien pron- 
to el parecer de los propulsor.es de la revo*lucion. 
Era la fabula de las .ranas pidiendo un rey a 
Jupiter. A imitacion de la "gente pantanosa" 

como dice el bueno de La Fontaine — »berberiscos 

y negrcs tuvieron que maldecir bien pronto a 
la terrible grulla, y echar <3e menos al pacinco 
Mo. Tramose un complot; Ids conjurados en- 
traron en negociaciones con si gobemador de 
Airos, que se dejo sobomar facilmente, y devol- 
vio la libei'tad a Idris II, despues de recondcerle 
como califa. Idris no retrocedio esta vez ante la 
porspectiva de una guerra civil; la monotona 
pemianencia en un calabozo habia vencido sus 

escrupulos; pero Moharned, sostenido por su ma- 

dre, combatio a sus adversaries con tal vigor, que 
los obligo a depone r las annas. Sin embargo, no 
consintieron en entregarle a Idris; antes die so- 
meterse le hicieron pasar a Africa, dondc*. man- 
daban dos libertos berberiscos, es decir: Sacot (1), 
que era gobemador de Ceuta, y Rizc-ala, que lo 
era de Tanger. Ambos lo recibieron con grandes 



(1) Abd-al-uahid escribe este nombre Sacat; otros escri- 
ben Sacout, o, segiin la pronunciacitfn de los arabes espafio- 
Us, Sacot — proniinciese la t — . Creo, por lo tanto, que en Ja 
scgunda sllaba la vocal larga tiene un sonido intermedio eu- 
tre la a y la o. En francos podrla expresarse este sonido por 
«1 (Uptongo au. 



* 



60 

miramientos y ordenaron que se hiciesen ora- 
ciones publicas en su nombre; pero no le conce- 
dieron ninguna autoridad efectiva; celosos de su 
propio poder, lo custodiaron incesantemente, le 
impidieron presentarse en publico y no permit! e- 

ron a nadie aproximarse a el. Algunos senores 
bereberes, enemigos secretos de ambos goberna- 
dores, hallaron, no obstante, medio de hablarle, 
y le dijeron: "Estos dos esclavos te tratan como 
a un cautivo y te impiden gobemar por ti mismo. 
Danos plenos poderes y te libe2*fcareraos." Fero 
Idris, siempre dulce y piadoso, rehuso su ofreci- 
raiento, y, en su candidez, refirio a los dos go- 
bernadores cuanto aoababa de oir. Los senores 
en cuestion fueron dcsterrados al instante; pero 
como era de temer que Idris diese oidos en otra 
ocasion a las insinuaciones de los descontentos, 
Sacot y Rizc-ala lo volvieron a Espafia, sin ce?ar 
de reconocerle como califa en las oraciones pu- 
blicas. Idris fue a refugiarse cerca del jefe ber- 
berisco de Ronda (1). 

En tanto, los -descontentos de Malaga habian 
implorado el socorro de Badis, el cual declaro al 
principio la guerra a Mohamed; pero al poco 
tiempo se reconcilio con el. Emtonces fue procla- 
rnado el principe de Algieciras, llamado tambien 
Moh&med, y que a su vez adopto el titulo de ca- 
lifa. Habfa, por lo tanto, en esta epoca cuatro, 



(1) Segiin Aben-Jaldun, fu6 a Comares; pero he creido que 
deMa seguir a Homaldf. 



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61 
desde Sevilla hasta Ceuta: el supuesto Hixem II, 
en Sevilla; Mohamed, en Malaga; el otro Moha- 
med, en Algeciras, y, fmalmente, Idris II. Dos de 
ellos no tenian, en realidad, ningun poder; los 
otvos dos eran principes de escasa importancia, 

reyezue'.os, y este abuso del tltulo de califa era tan- 
to mas ridfculo cuanto que en su verdadera acepcion 
indica el soberano de todo d mundo musuhnan. 

£i principe de Algeciras fracaso en su intento. 
Abandonado por los que le habian llamado, volvio 
precipitadamente a su pais y murio poco despues, 
de vergiienza y dolor — 1048-49—. 

Cuatro o cinco anos despues, Mohamed, de Ma- 
laga, exhalo tambien el ultimo suspiro. Uno de sus 
sobrinos — Idris III — aspiro al trono,.pero sin re- 



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sultado; esta vez fue restablecid-o Idris II, y ha- 
biendo cesado a. fin el destino de perseguixle, rei- 
n6 pacificamente hasta que el tambien rindio su 
tributo a la naturaleza— 1055 — . Otro hamudita 

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creyo poder reinar en su lugar; pero Badis frus- 
tr6 sus esperanzas. Verdadero jefe del partido 
berberisco, el rey de Granada no queria mas que. 
un califa, y habia resuelto acabar con los hamudi- 
tas e incorporar el principado de Malaga a sus 
Estados. Ejecuto a] proyecbo sin grandes dificful- 
tades. Cierto que Jos arabes no se soonetieron a el 
mas que contra su vohintad; pero habiendose 
atraido a lors mas influyente, como el visir cadi 
Agu-Abdaia Ohodami (1), se (preocwpo poco de las 



(1> V&ase Ben-al-Jatib, man. G., fol. 107 v. — articulo so- 
bre Bologuln, hijo de Badis — . 



A ftn de no' inter rump ir nuestro rapido bosque- 
jo de la historia del principado de Ma/lagta, acaso 
hemes anticipado un poco los acontecismientos; y 
camo <ahona tenemos que echar una ojeada sabre 
los progresos que en este intervalo habia hecho 
el partido arabe, debemos retroceder algunos 
anas . 

El cadi de Sevilla, Abu-'l-Casim Mohamed, ha- 
bia omierto a fin de enero de 1042, y isu (hi jo Abad, 
que entonces contaiba veintiseis anois, le liable su- 
cedido con el titulo de hachib, o primer ministry 
del supuesto Hixeni JI, En la historia es conocido 
con el nombre de'Motadid, y aun cuando no toono 



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62 

murmur aciones de los dema/s, y en euanto a ]o* 
benberiscos, coano estabam convencidos de la debi- 
lidad de bus principes y de la necesidad de unirse 
estrech anient e a sus hernianos de Granada si qu € _ 
rian bacer frente al partido axiabe, que de dia en 
die ganaba terreno en el sudoeste, favoreciero-n 
mas bien que contrariaron los proyeotos de Badds.. 
El rey de Granada se hizo, por lo tanto, dueno de t : 
Malaga, siendo desiberrados todos los bamfudufcas. 
Todavia repa^esentaron un papal en Africa; pero 
el que babiasn desempenado en Espana habia con- 
Okido (1). 



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(1) Abd-al-uahid, pp. 45-49; Aben-Jaldun, fol. 22 v., 23 r. ; 
Macari, t. I," pp. 132, 282-284. 



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63 

este titulo sino mas adelante, le llaniaremos asi 
desde ahora, para evitar la confusion que podria 
producir el cambio de nombre. 

El nuevo jefe del partido arabe en el SudVeste 
tenia una de las nsonomias mas acentuadas que ha 
podido producir la verde vejez de una sociedad. 
Era digno -.rival de Badis, jefe de la faccion opues- 
ta. Su&picaz, vengativo, perfido, tiranico, cruel y 

sanguinario como el, y como el entregado a la 
embriaguez, le sobrepasaba en la lujuria. Natu- 
raleza moviil y voluptuosa si las hubo, sus apeti- 
tos eran insaciables e incesantes. Ningun princi- 
pe de entonces tenia un haren tan nunieroso como 
el suyOj pues se asegum que ochocientas jovenes 
entraro-n sucasivamente en 61 (1). 

Pero, a pesar de la semejaraz-a general, lo<s dos 
principes tenSan distinto caracter: sus gustos y 
sus habitos diferian en muchos sentidos. Badis era 
un barbaro, o poco menos, desdenaba los buenos 

modales > la culture y la civilizaeion. No habfa 
poetas en lois .salones de la Alhambra; Badis, que 

de ordinario haiblaba en berberisco, apenas hu- 
blera podido camp render sus odas. Motadkl, por 
el contrario, habia reedbido una education esme- 
rada, y si no podia aeplrar al titulo de sabio por 
no haber hecho vasta estudios, como estate do- 
tado de un gusto firajo y penetrante y de una exce- 
leate memoria, sabia mas de lo que de ordinario 
sabe un hoimbre de muoido. Las poemas que conr 



(1) AbaiU t. IT, p. 4S; t. I, p. 245. 



64 

puso, y que, p rescind i end o :de su valor literario, no 
carecen de interes para comoeer a fondo isu ca- 
racter, le valleron ©ntre ,sus ooaitemporaneo,s da 
reputacion de buen poeta (1). Amaba las letras y 
las artes. Par un poco de inciewso colmaba de 
presietntes a las poetais. Se comipdacia tambien en 
construir magm-fficos palacios (2), y hasta su ti- 
rania imiplicaba cierta erudition, puies tomo por 
modjelo al califa de Bagdad, cuyo titulo toabia 
adoptado, mientras Badis ignoraba probablemente 
en que erpoca hiabia vivido aqaiiesl oaflifa. Bebedoirea 
ambos, Badis ae embriagaba brutal, groseramente, 
sin verguenza -ni recato, oootno un patan^ oomo un 
soMadofce. Motadid, siempre hombre de mundo, 
siempre gran sefior, no hacSa nada sin graeia; 
mostraba hiasta en -sons orgias cierta distintcdon, 
cierrto,buen gusto, y aim cuando bebian sin mode- 
ration eil y sms companeiros de libextina je , im- 
provisiaban canciones Mqiuicas que se distinguian 
par un tacto maravillos o y por una gran deli- 
-cadieza de expression. Su organization tpoderosa 
lo mismo ®e prestaba al placer ,que ail trabajo; 
desenfrenado, libertino y prodigioso trabajador, 
pasaba de la fiebre de las pasiones a la de lots 
negoicias. Gustata de sentregarse complietamente a 
suis ocupaciones de primcipe; pero desipueis de los 
sobretamanos esdkterzois que hacia para recohrw 
el tiieonpo consaigrado- a Jos placeres, neoesitaba 



(1) Abad t t. I, p. 245. 

(2) Abad, t. I, p. 243. 



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65 

la embriaguez de nuevos desordenes para equidi- 
brar sus fuerzas (1). Y, jcosa extrana, este tira- 
no, cuya mirada terrible hacia temblar a las mu- 
merosas baldades de su haren, compuso para al- 
gunas de ellas versos de una galanteria exquisi- 
ta y de una dulzura encantadora. 

Mediaba, por lo tanto, cntre Badis y Motadid 
la disfcancia que separa al m-alvado barharo del 
malvado civildzado; pero, en suma, al barbaro era 
el menas profundamente depravado .de las das. 
Badis mostraba cierta franqueza brutal, hasta en 
el crimen; Motadid era impenetrable aun para sus 
confidentes. Mientras su mirada esoruitadora es- 
piaba sin cesar los mas secretes pensiamiientos de 
lo demas y los adivinaba, nadie sorprendia nunca 

un movimiento en su fisooi!omiia ni un acento en 
su voz (2). El 1 iprincipe granadino se exponia en 
los campos de batalla; el de Sevilla, aunque es- 
tuvo casd continuameaite en g*uerra y no oarecia 
de valor, no oapitaneo sus tropas mas que una 
o das veces en toda su vida; de ordinario, deside 
el fondo de su cubil — como dice urn. h&sftoriador 
avabe — , trazaba a sus generates los planes de 
cam-nana (3). Las asfcucaas de Badis eran errose- 



Mofcadid 



calculadas 



(1) VSanse Abad, t. I, p. 243, y un poema de Motadid, 
Ibidem, p. 53. 

J2) Abad, t. I, p. 244. 
C3) Abad, t. I, p. 243. 

Hist, musuuvunes. — T. IV " 5 



^•-■" 



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66 

su fuerte, y se cuenta a este proposito una his- 
tarda que merece ser relatada. 

Hallando&e en guerra contra Carrnona, Motadid 
sastenfa correspondencia secreta can un arabe cie 

esta ciudad que Je informaba de los movimkintcs 
y designios de los berebem;. Como es natural, st 
requeria gran circunspeccion para que Jas caatas 
no fuesen interceptadas y para que nadie sosjht j 
chase isus rntrigas. Por eso Motadid, segun. un 
plan concertado con su espia, hizo venir a su pa- 
lacio un palurdo de las inmediaciones. h ombre sen- 
cillo y sin malicm, sl los hubo, y le dijo: "Qui- 
tate esa casaca, que no vale nada, y ponte esta 
ehobd. Es muy boiui-ta, como ves, y te la rega^o, a 
condicion de que hagias lo que voy a decirte." 
lie-no de ailegria, el p-alurdo se puso la clvobcu sin 
soepEchar que en su tforro se oeulitaba una carta 
que Motadid querfa hacer llegar a su aspia, y 
proanetio ejecutar fielmiente las 6rden.es del prm- 
crpe. "Pues bien — an ad i 6 Motadid — , ve a Carrno- 
na, y cuando llegues cerca de la poblacion, coge 
leila y forma uai'haz; entra y co-locate donde se 
ponen de ordinario los lenadores; pero no ven- 
das tu haz sino al que te ofrezca cinco dir- 
k-ems. " 

Aunque <sl aldeano no adivinaba en modo al- 
guno la razon de tan singulares ordenes, apre- 
surdse a obedecer. Salio, por tanto, de Sevilla, y 
cuando llego cerca de Caranona comenzo a fot- 
mar haces; pero como no tenia costumbre, y hay 
haccs y haces, segun el proverbio, entro en' la 



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67 

ciudad con un hacecillo de ramas muy pequeno, 
y fue a situarse en el mercado. 

— <,Cuanto vale ese haz ?— pregunto un fcran- 
seunte. 

Cinco dirhems lo ultimo, para tomarlo o de- 
jarlo — respondio el palurdo. 
El otro se echo a reir en sus barbaa. 
— jDios mio! 1E3 ebano? 
— No — dijo otro — ; es bambu. 

V cada unu lanzo un chiste, burlandose del pa- 
lurdo. 

Ya declinaba el dia, cuando un hombre, que rr> 
era otro • que ei espia de Motadid, se ucerco al 
campesino, y pveguutandole el precio de su haz, 
io com[pr6, anadiendo: 

— Canga la lena sobre tus hombros y llevala 
a mi casa. Te enaenare el camino. 

Cuando lleg-aron, el palui-do dejo su carga, y ha- 
biendo recibido los cinco dirhems, quiso rnarcharse. 

— ^Donde'vas a es-tas horas? — te pregunto el 
dneno die la casa. 

— Me voy de la ciudad, porque no soy de aqul — 
respondio el camrpesino. 

— £pi<ensas en eso? ^No sabes que hay ladro- 
nes en et camino? Quedate, te dare de cenar y 
una cama, y maflana temprano podras reanudai 1 
tu viaje. 

Eft aldetano acepto 1& oferta, reeonocido; pronto 
una buena cena le hizo- olvidar las burl as de que 
habia sido objeto, y cuando hubo comido con ape- 
fcito excelente, su huesped le dijo: 



68 



■Dime ahora de donde vienes. 



-De las inmediaciones de Sevilla, donde vivo. 

- — Entonces, hermano, debes de ser muy temera- 
rio y muy valiente para atreverte a venir aqui, por- 
que ya sabras la crueldad, la ferocidad de nue?- 
tros berberisoos, y que matan a un hombre en 
menos de rada. Sin duda te trae algun grave mo- 
tivo. 

— De ningun modo; es preciso ganar^e la vida, 
y, ademas, a nadie se le puede ocurrir maltratar 
a un pobre palurdo inofensivo como yo. 

Charlaron hasta que el aldeano empezo a dor- 
mirse. Entonces, su huesped lo condujo al lecho 
que le destinaba. El aldeano se iba a acostar sin 
desnudarse; pero el de Carmona le di'jo: 

■ — Quitate tu choba; dormiras mejor, y te le- 
vantar&'S mas descansado; porque la noche esta 
templada . 

El palurdo lo hizo, y pronto dormia profunda- 
mente. Entonces el espfa cogi6 la choba t descosio 
e) forro, saco la carta de Motadid, la leyo, res- 
pondio mmediatamente, coloco su carta en lugar 
de la del prlnclpe, volvio a coser el forro, sin que 
se cumociera, y coloco de nuevo la choba donde 
la habfa dejado el palurdo. Este, levantandose 

temprano al siguiente dia, se La puso, y, despu£s 
de dar gracias por su generosa hospitalidad al de 
Carmona, emprendio el camino de Sevilla. 

Cuando estuvo de vuelta, present6se a Mota- 
did y le refirio sus aventuras. 

Estoy contento de ti — dijo el prfncipe con 






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69 

tono benevolo — , y mereces una recompensa. Quf- 
tate la choba y dejamela; tonia un traje comple- 
lo, que te regaJo. 

hoco de alegria, cogio el aldeano los hennosos 
vestidos que le ofrecia el principe, y fue a contar 
con cierto orgullo a sus amigos, <& sus vecinos y a 
cuantos le conocfan, que el principe le habfa dado 
trajes de honor, como a un hombre importante, 
como a un alto funcionario o a una alteza; pero 
jamas concibio iLa menor sospecha (1) de haber 
^ervido de eorreo extraordinario, de portador de 
4e3pachos tan importantes que le hubieran cos- 
tado la vida si se Jiubiesen enterado los berbe- 
ri scos. 

El principe de Sevilla era muy a&tuto, nmy fe- 
cundo en e\pedientes, estratagemas y ardides de 
$od&3 clases; tenia a su disposicion todo un arse- 
nal de trampas, y d-esgraciado del que pawocaba 
su coiera; pues aunque buscase asilo en otro pais, 
aunque fuera a ocultarse al fin dol mundo, la ven- 
p-aTiza del principe le alcansaba irremisibl em en-be. 



Motadid 



parte 



do el resto, eompletaanente arruinado, habia ido 
como peregrino fmendicante a la Meca, donde mal- 
decia de conitinuo y en publico al tirano que le ha~ 
bfa reducido a la mendicidad. Motadid lo sugpo, y, 
llamando a uno de sus subditos, que iba a ean- 
prender la p-eregrinacion a la Meca, le entrego 



(1) Abd-al-uahid, pp. 68-70. 



70 

una cajita llena de m-onedas de oro, banadas con 

an veneno mortall. "Cuando llegues a la Meca le 

dijo — , entrega esa cajita a nuestro conciudadano 
el ciego. Dile que es un regalo que le envio, y sa- 
ludale de mi parte; pero ten cuidado de no abrir 
la cajita." El aludido prometio ejecutar estas 6r- 
denes y se puso en anarcha. Una vez en la Meca, 

fue eai fruisca del ctego y 3e dijo: 

•He .aqoii oina cajita que te envfia Motadid. 
jDios mio! — exclamo* el ciego — . Produce un 
sonido metalico... Denfcro debe de haber oro. Pero 
icomo es posible que en Sevilla Motadid me redu- 
jese a la miseria, y que me enriquezca en Arabia? 

— Los principes tienen extranos caprichos — re- 
plico el otro — . Tail vez Motadid, convencido de <su 
linjua-ticia, siente rernordimientos. En fin, nada se 
ni me importa; basta con que cumpla mi comision. 
Toma el regalo, que constituye para ti una feli- 
cidad inesperada. 

— jYa lo creo! — repuso esl ciego — . Mil grams 
por tus mdlestias, y maniifies&a al principe mi gra- 
titud. 

Con el tesoro bajo el brazo, el pobre hombre co- 
rrio a su miserable cuartucho con toda la veloci- 
dad que ile perniitfa su ceguera, y, de?tfmes de ce- 
rrar cuidadosamente la puerta, se apresuro a 

abrir la cajita. 

Dxcese que no hay nada mas embri agrador para 
un infeliz que ba luchado largo tiempo contra la 
miseria, y que ipor azar enriquece de pronto, que 
clavar flos ojos en un monfton de oro y dejarse 



71 

deshunbrar por el brillo de las dorado anonedas. 
Como estaba ciego, el sevi llano no podia poropor- 
cionarse este placer; el tacto y el oido debiian re- 
cmplazar a la vista, y, fuera de si, sumido en de- 
lkioso extasi's, tocaba, paipaba, manoseaba sus 
queridas monedas, las sonaba-, las contaba, se las 
metia en la boca, se las comia, por decirlo asi... 
El veneno produjo su efecto: antes de la noche, 
el dasgraciado habia exipirado (1). 

Badis y Motadid eran crueles, pero con mati- 
ces muy ostensibles. Mientras el primer©, en sus 
excesos de ciego furor, mataba el mismo a sus 
vfctimas, Motadid usurpaba raras veces sus atri- 
buciones al verdugo; pero, aunque no gustara de 
mancharse en sangre sus manos aristocraticas, el 
odio era en el mas implacable, mas obstinado que 
el cle su rival. Muerto el enemigo, la venganza de 
Badis quedaba satisfecha, y su ira saciada; man- 
daba elavar la cabeza del cadaver a un poste, se- 
gun la costunrbre; pero no iba mas alia. Por el 
contrario, e! odio del principe de Se villa no se 

aplacaba nunca; persegufa a sus vfctimes despues 
de la muerte, querfa que la contemplation de sus 
mutilados restos estimulase sin cesar sus feroces 
pasiones. A imitacion del califa Mahdi, mando 

plantar floras en los craneos de sus enomigos y 
colocarlos en el patio de su alcazar. Un trozo de 
papel en el oido de cada craneo indicaba el no(m- 
bre de aquel a quien habia pertenecido. A mearu- 



. (1) Abd-al-uahUt, pp. 67-liS. 



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72 

do se extasiaba delante de este jardiw, como le 13a- 
maba 61. Y, sin embargo, no contenia las cabezas 
mas preciosas a sus ojos, las de los principes 
vencidos, porque estas !as guardaba con el mayor 

cuidado dentro de un area (1). 

Afiadamos que este monstruo de crueldad era. 
segiin el, el mejor de los principes, un Tito, crea- 
do expresamente para la dicha del genero hu- 
mano. "Si deseas, Dios mio — decia en sus ver- 
sos — , que los mortales sean felices, hazme reinar 
sabre todos los arabes y sobre todos los barba- 

ros; porque jamas me he desviado del recto ca- 
mino; jamas he tratado a mis subditos mas que 
como un hombre magnanimo y generoso. Siem- 
pre los protejo contra sus agresores, siempre 
aparto las calamidades de su cabeza" (2). 



VI 



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Despues de dar muerte a Habib, el visir confi- 
dante de su padre (3), Motadid, volvio sus annas 
contra los bereberes, y principalmente contra sus 
vecm-os los de Carmona. Tenia un motivo par- 
ticular para aboi*recer a los berberiscos, pues crefa 
que si no lo evitaba haibfan de quitarle el trono a 
e 1 o a sus descendientes, por haberle vaticmado 



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vt. 



(1> Abad, t. I, pp. 243-244; Abd-al-uahid, p. G7; Abcn- 

Basam, t. I. fol. 109 r. 

(2) Abad, t. II, p. 52. 

(3) Abad, t. I, p. 242. 



73 

sus astroloffos que su dinastfe seria derrocada 
por hombres nacidos fuera de la peninsula (1). 
Hizo, por lo tanto, todo lo posible para extermi- 
narlos. La guerra fue de larga du radon. Moha- 
med, prfncipe de Carmona, habiendo caido en una 
emboscada, fue muerto— 1042-43— (2); pero como 
te sucedio su hi jo Ishac (3), continuaron las hos- 
tilklades. 

Al mismo tiempo, Motadid extendfa sus linri- 
tes por Occidente. En 1044 arrebato Mertola a 
Aben-Taifur (4), y despues ataco a Aben-Yahya, 
sefior de Niebla, que n era un berberisco sino 
on arabe; pero cuando se trataba de redandear 
su 'territories a Motadid nada ie detenia. Reducido 
al ultimo extreme, Aben-Yahya se arrojo en bra- 
zes de las b&rberiscas. Modafar de Radajoz, que 
vino en su ayuda, rechazo a Motadid e inicio con- 
tra 61 una liga formidably en que entraban Badis, 
Mohamed de Malaga y Mohamed de Alged-ras. 
Abu-'l-Ualid aben-Chahuar, que en 1043 haibia 
sueedido a su padre como presidente de la repu- 
blica de Cordoba, hizo todo lo posible por recon- 
ciliar a los dos partidos; pero en vano: nadie es - 
cucho a -sus embaj adores. 

Las bereberes habiJan proyectado marchar con- 
tra Sevilla tan pronto como hubiesen preparado 



(1) Abad, t, I, p. 251; t. 11, p. GO. 

(2) Abad, pp. 200, 216. 

(3) Ben-Hayan, apud Aben-Basam, t. I, fol. 109 r. Aben- 
Jaldun — Abad, t. II, p. 216 — tia a este prineipe el nombre de 
al-Aziz; pero OS un error. 

(■!) Abad, t. II, p. 2n. 



I 



I 



V 



reunido a -sus tropas. Motadid se lies adelanto. 
Aprovechsando la ausencia cle Mudafar, que no 
habia cuidado suficienternen/te la deferasa de sus 
Estados, hizo ante todo devastar el territorio de 
Badajoz; luego, poniendose — contra su costum- 
bre — al fren-te de su ejercito, marcho contra Nie- 
bla, ataco a los ^enemigos en una especie de des- 
fi3adero, cerca de la ciudad, y los precipito en 
parte en ed Tinto; pero Modafar consiguio reiha^ 
cer sus tropas. dio una carga y obligo a Motadid 
a retinarse. 

Modafar reuniose en segoiida con sus aliados; 

pero mientras deva&taba el territorio de Sevilla, 
Aben-Yahya se separo de su partido, por haberte 

obligado Motadid a coligarse con el. Modafav 

lo castig6, apropiandose el dinero que le habia 
confiado y matndando saquear la campifLa de Nie- 

bla (1). Entonces Aben-Yahya imploxo el soco- 

rro de Motadid, el cual maud 6 atacar a las tropas 
de Badajoz y las derroto, atrayendolas a una em- 
boscada. No contento con este exito, hizo asolar 
los alrededores de Evora por su hijo Ismael. A 
fin de tfechazar e^te ataique, el rey de Badajoz 
obligd a tomar te armas a todos los que esta- 
ban en situacion de esgrimirlas, y, habiendo re- 

cibido un refuerzo de su aliado, Isluuc de Carmo- 
r»a, salio al encuentro del enemigo. En vano lbs 
bereberes de Carmona le exhortaron a que no lo 
hiciera. "Ignorais — decfan — que el ejercito sevt- 



i 



(l) Aharf, t. r, pp. 217-2IS. 



75 

Jlano es muy numeroso; nosotros, por el contra- 
i-tu, io sabemos, porque hemos recibido notlcias 
(le Sevilla, y, lo que es mas, hemos visto a las 
tropas de Motadid." El fogoso Modafar no quiso 

creerlo; P ero su audAci a le costo cara, pues sufri6 
una terrible derrota, en que perdio tres mil bom- 
bres. Entre las muert as fignraba el pxinoipe de 
Carmona, que habia capitaneado Las tropas de su 
padre. Su cabeza fue enviacla a Motadid, que la 
coloco en una oaja, al lado de la del abuelo de 
este prmcipe. 

Badajoz presento mucho tiempo un lugufore etv 
pectaculo. Las tiendas estaban cerradas; 'Jos mer- 
cados, desiertos; lo mas escogrido de la pobloci6n 
haibia perecido en esta batalla funesta (1). Para 
colmo de males, los sevillanos continuaban des- 
truyendo las cosechas de tal modo, que el hamfbre 
asolaba el reino. Modafar nada podia hacer. Aban- 
donado por sus aliados, que en vano llamaba en 

su socorro, estaba condencwlo a permanecer in- 
activo e mmovi' en Badajoz, mientras la colera 
le devoraba las entranas. Sin embargo, no se do- 

blego su orgullo. No querfa ni oh' hablar de un 
acomodamiento, aunque su victorioso enemigo no 
rehusaba positivamente la mediation de Aten- 
Chahuar. Fingia no cuidarse de sas perdidas, has- 
te el punto de que envio a comprar cantadoras 
a Cordoba. Entonces escaseaban, y no sin traibajo 



(1) Ben-Hayan, apud Aben-liusan. t. T, fol. 108 v., 109 r. ; 
poeroa dc Aben-Zaidtm, ibid., fol. 99 v. 



76 

se encontraron dos, tie mediano merito. Al prin- 
cipio causo atlmiracion el cap rich o del rey de Ba- 
dajoz. Se le tenia por h ombre grave, estudioso, 
y que de ordinario no hacia caso de cantarinas; 
no se comprendio que hubiese elegido para com- 
prarlas e 1 . mom en to en que sus Estados presen- 
taban el espectaculo de una devastacion horrible. 
Pero ceso el asombro cuando se descubrio el mo- 
vil de su conducta. Modafax habia sabido que en 
la venta de los bienes de un visir cordobes que 
acababa de morir, Motadid habia adquirido una 
cantadora renombraba, y para demostrar que po- 
dia ocuparse en cantarinas con tanta tranquil idad 
como el, las habia mandado adquirir. 

Sin embargo, Aben-Ghah/uar continuaba ha- 
ciendo esfuerzos por reconciliarlos, y en el mes 
de junio de 1051 fueron 'ail fin coronados por el 
exito, pues en esta erpoca, por su intercesion, Mo- 
dafar y Motadid firm aron la fpaz, despues de lar- 
g-as negociacione^ (1). 

Motadid volvi6 entonces todas *sus tiropas con- 
tra Aben-Yr.hya de Niefola, ya reducido a sus 

propios recursos. Esta expedicion no fue una 
campana, sino un paseo militar. Convencido de su 
debilidad, Aben-Yahya ni siquiera intento defen- 
dersc. Tomo el c amino de Cordoba con la inten- 
ci6n de pasar alii el resto de sus dias, y Motadid 
tuvo la cortesia de enviarie un .escuadron, a giui- 
sa de escofita (2). 






(1) Ahatl. t. r, pp. 24S-249. 

(2) Abad, t. I, p. 252. 



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77 

r 

El principe que reinaba en Huelva y en la is- 
leta de S-altes, Abdalaziz <el becrita, comprerxdio 
entonces que le habia llegado la vez; no obstante, 
esperaba aun salvar algo del naufragio. Apresu- 
r6se a escribir a Motadid, le felicito por su nueva 
conquista, le recordo las amistosas relaciones que 
hablan existido siempre entre su propia familia y 
] a de los abaditas, se declaro su vasallo y le ofre- 
cio Huelva a condkion de que le dejara Saltes. 
Motadid acepto la of erta, y, fingiendo querer avis- 
tarse con el, to-mo el camino de Hueilva. Abdala- 
ziz juzgo prudente no esperari.e, y se volvio con 
sus tesoros a Saltes. Habiendo tornado posesion 
de Huelva, Motadid regreso a Sevilla; pero dejo 
en Huelva a uno de sus capitanes, encargado de 
impedir que Abdalaziz abandonase su isla y que 
nadie se fuera con 61. Infonmado de estas medi- 
das, Abdalaziz adopto el partido mas prud-erite: 
entro en negociaeiones con el capitan de Motadid, 
vendio al principe de Sevilla sus bajeles y sua mu- 
niciones de gwerra en diez mil ducados, y obtuvo 
percniso .para trasladarse a C6rdosba. Durante su 
viaje, el perfido Mo-taddd quiso tend«rle un lazo y 
apoderarse de sus riquezas; pero Abdalaziz adi- 
vino su intension, y, gracias a una escolta que 
ptdio al principe de Carmona, llego a Cordoba sin 

tropiezo (1). 

En seguida Motadid atac6 el pequeno princiipa- 
do de Silves, donde tambien reinaban arabes, los 



(1) Abad, t. I, pp. 252-253; Ben-al-Abar, en mis Investi- 
gtuttones, t. I, p. 286 de la primera edlci<5n. 



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78 

Beni-Mozain, c-uyos antepasados- — que ya poseian 
propiedades extensa? en e.sta region de Ja penin- 
sula — habian desempenado frecuentemente, en 
tiempo de los ommiadas, importantes cargcs (l). 

4 

Eesuelto a morir antes que rendirse, el prmcipe 
de Silves defendioee con el valor de la desespera- 
cion. Pero el ejercito sevillano, cuyo general era 
Mohamed— Mctamid — , hijo de Motadid, aunque 
soilo de nornbre, pues en esta Qpoca apenas con- 
tabu trece afios (2), sostuvo el sltio con no menos 
vigor, y al fin Silves fue tornado por asalto. Aben- 
Mozain busco en vano la muerte en lo mas empe- 
nado de la lucha; Motadid le perdono la vida y se 
contento con desterrarle (3). Despues, connricndo 
el gobierno de Silves a su hijo Mohanied, hizo 
marchar su ejercito contra la ciudad de Santa 
Maria, situada cerca del cabo que aun lleva este 
nornbre. El calif a Solimian la habia dado en feu- 
do a un tal Said ben-H'arun, de Merida, cuya 
genealog-fa no se conoce, y que tal vez no era ara- 
bo n\ bcrberisco, pues los hombres cuyo origen 
desconocfan )os croni-stas arabes eran general- 
mente espanoles. Despues de 'a muerte de Soli- 
man se habfa declarado independiente, y al mo- 
rir le sucedio su hijo Mchamed, el cual, atacedo 
por los sevillanos, solo opuso una corta resis- 



(1) Hen-al-Abar, r-p. * : * y "'. 

(2) Abon-Basan. t. II. arUoulo sob re Ben-Amar. 

(3) V6a»o, sobro la toma de Silves, una carta contention 

t/n <-l rapftulo que Aben-Jacan, en su Calayid, consaRro a 
Alni-Mohdrned Lwn-Abd-al-bar, y comti&rexe con hi nor* V., 
SncluWa al fin de estv voluuien. 



3 



s 



79 

tencia- Motadid reunio el distrito de Santa Ma- 
ria al de- Silves y decidio que su hijo Mohamed 
ios gc-berna.se juntaniente — 1052 — (1). 

Gracias a tan rapidas conquistas, el principado 
de Sevilla se habfa extendido mucho hacia Occi- 
dent. Sin embargo, aun tenia pcca extension ha- 
cia el Sur, donde reinaban principes berberiscos. 
La mayoria de eltos se ha-llaban entonces en paz 
con Motadid, y hasta habian reconocido su sobe- 
ranfa, o mas bien la del supuesto Hixem II. Pero 
Motadid no se contentaba con tan poco: su in- 
tencion era dar muerte a estos principes y tomar 
posesidn de sus Estados; sin embargo, procedien- 
do con moderation y prudencia, no queria aven- 
turarse en una tcntativa tan arriesgada hasta 
que sus mani-obras secretas le asegurasen el exito. 

Por lo tanto, despues de la conqui&ta de Sieves, 
fue a visitar — acompanado solamente de dos ser- 
vidores — a dos de .sus vasallos, Aben-Nuh, senor 
de Moron, y Ben-abi-.Corra, sefior de Honda, sin 
haberles prevenido de su intento. Cuando se 
piensa en el odio que estos berberiscos le profe- 
saban, asombra con razon que cometiese la im- 
prudencia de ir a iponerse en sus manes; pero el 
hecho es que no carecia de audacia, y que, a pe- 
sar de su perfidia con todo el mundo, se fiaiba de 
'a buena fe de los demas. Fue acogido en Moron 
de la manera mas honros-a. Aben-Nuh le demos- 



CD Abad, t. II, pp. t2;J, 210. 211. La feeha que consigna 
Ahon-Jaldun es errdnea: ya he. imJieaiio la que se encuentra 
on Ben-al-Abar. 



« 



80 



tro su alegrfa a causa de su visita inesperada 
le festejo con suntuosa hospitalidad y le reitero 
que siempre seria su fiel vasallo. Pero Motadid no 
habia ido para escuchar cumplimientos o recibir 
testimonios clo cariiio; su objeto era otro. Quen'a 
explorar el terreno y atraerse, si era posible, a 
algunas personas influyentes. Advirtio con tfacili- 
dad que 3a poblacion arabe ardia en deseos de sa- 
cudir el yugo berberisco y que, llegada la ocasion, 
podria contar con su apoyo. Gracias a las pie- 
dras preciosas y al dinero que llevaban sus dos 
acompanantes, soborno hasta la rhayoTia de los 
oikiales iberberiscos, sin que Aben-Nuh concibie- 
se la menor sospecha de estas intrigas. 

Contentfsimo con el resultado de su visita, Mo-, 
tadid continuo su viaje, tomando el camino de 
Ronda. Alii fue recibido con la misma benevo- 
lencia, y sus secretos xnanejos le salieron tan bien 
o mejor porque los arabes de Ronda estaban aim 
mas impacientes que los de Moron por librarse 
de la dominacion berberisca; pues, segun parece, 
los Beni-abi-Corra eran senores mas duros que 
los Aben-Nuh. Motadid fue, por lo tanto, a urdir 
una terrible conspiration que debfa estallar a la 
primera serial. 

Sin embargo, en poco estuvo cue no pagase con 
la vida su audaz empresa. Una vez, al fin de una 
comida en que no se haibia escatimado el vino, { 
sintiose acometido por el suefio. 

— Me encuentro fatigado y deseo doimir — dijo 
a su huesped — ; pero no intemimpais por esto la 






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81 

conversation ni las libaciones; un corto sueno 
m e repondra pronto y volvere a ocupar mi asien- 
to en la mesa. 

— Haz lo que gustes, sefior — le respondio Ben- 
abi-Corra, conduciendolo a un sofa. 

Transcurrida una media hora, cuando Motadid 
parecfa dormir con un prof undo sueno, un oncial 
berberisco rogo a los deonas que le escucharan un 
instante, pues tenia algo de importancia que de- 
cides. Obtenido el silencio, dijo en voz baja: "Me 
parece que tenemos aqui un carnero cebon que ha 
venido a ofrecerse espontaneamente al cuchillo, 
lo cual es una fortuna que estabamos lejos de es- 
perar. De nada nos hubiena servido dar todo el 
oro de Andalucia por tener aqui a este hombre; 
pero ha venido por si mismo... Es el demonio en 
persona, todos lo sabeis, y cuando deje de exis- 
tir, nadie nos disputai*a la posesion de esta tierra." 

Todos guardaron silencio, consultandose con la 
mirada; la idea de asesinar al que odiaban y. te- 
mian, y cuyos caminos tortuosos conocian, hala- 
gaba a estos hombres endurecidos desde la in- 

fancia en toda olase de crimenes; asi que siis ate- 
zados rostros no expresaron sorpresa ni, repug- 
nancia. Solo uno, mas leal, sintio hervir su san- 
gre a la idea de tan infame traicion. Era Moad 
ben-abi-Corra, pariente del sefior de Ronda, el 
cual, con los ojos centelleantes de generosa in- 
dignacion, s-e levanto, y tomando la palabra: "jEn 
nomhre del eielo!, no hagamos eso — dijo a media 
voz, pero con tono nrme — . Este hombre, al vendr 

Hist, musulmanes. — T. IV 6 



82 

aqui ha contado con nuestra lealtad; su conducta 
demuestra que nos cree incapaces de traicionarle, 
y exige nuestro honor que justifiquemos su con- 
fianza. iQue dirian, nuestros hermanos de ot-as 
tribus si supiesen que hemos violado los sagrados 
d-erechos de la hospitalidad, asesinando a nues- 
tro huesped? iQue Dios maldiga al que se atreva 
a cometer semejante crimen!" 

Los bereberes se conmovieron con estas nobles 
palabras. Recordandoles de un modo tan energico 
los deberes de la hospitalidad, Moad habia heci.o 
vibrar en sus corazones una cuerda que rara Vez 
se toca en vano en los pueblos de Asia y Africa. 

Sin embargo, Motadid, aunque parecfa dormido, 
ostaba completaonente despierto, y, presa de in- 
d«cible angustia, lo habia oid-o todo. Tranquilizr*- 
do por el efecto que habian producido las pa'a- 
bras de Moad, nngio despertarse, y volvio a sen* 
tarse a la mesa. Todos los convidados se levan- 
taron de pronto, y le abrazaron y besaron con 
respeto en la frente, poniendo mayor efusi6n en 
sus caricias por lo mismo que su conciencia no 
cstaba del todo tranquila y se reprochaban en 
secreto haber tenido po/r un momento la idea de 
asesinar a su huesped. 

Arnigos mios — dijo entonces el principe — , e 
preciso que vuelva inmediatamente a Sevilla; pero 
en vispera de abandonaros no acierto a explicar 
cuan ^atisf echo estoy de vuestro . recibimientx). 
Querria daros alguna d6bil muestra de mi grati- 
tud; mas, desgradadamente, la provision de re- 



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S3 

galillos que Hevaban mis servidores esta casi ag-o- 
tada. Dadme papel y tinta; que cada uno me dicte 
& u nombre, fndicandome Io que prenere: trajes de 
honor, dinero, caballos, muchachas, esclavos o 
cualquier cosa, y cuando yo este de regreso en la 
capital, envfe cada uno un servidor en busca del 
presente que Ie dest'mo. 

Todos se apresuraron a obedecer los deseos del 
prfncipe, y cuando este regreso a Sevilla, los ser- 
vidores de los berberiscos acudieron en tropel y 
Ikvaron a Ronda magniflcos presenter 

Parecian, por lo tanto, existir las mejores rela- 
ciones exit re Motadid, y los bereberes; los anti- 
gaos rencores habfan sido olvidados y sustituidos 
por estrechas relaciones, por una amistad intima 
y cordial, cuando seis meses, despues de su visi- 

ta, Motadid invito a los senores de Moron y Ron- 
da a un gr-an festin, que, segun decia, queria 
ofrecerles para demostrarles su reconocimiento 
por su buena acogida. Invito tambien a Aben- 
Jazrun, senor de Arcos y de Jerez, y pronto lle- 
garon los tres a Sevilla — 1053 — . Motadid las hizo 
un recibimiento magnifico, y, segun la costumbre, 
\es of red 6 un bano, lo mismo que a los principa- 
lis personajes de su escolta, pero retcmendo al 
lado suyo con un pretexto al joven Moad. 

Cerea de sesenta bereberes fueron al edificio 
indicado por el principe, y despues de ser des- 
nudados en el primer salon, penetraron en el se- 
gundo, en la verdadera sala de bano. Como los 
que aun existen en los palacios musulmanes, era 



84 

de piedra recubierto de marmol y coronado por 
una cupula perforada por orificios en forma de 
estrellas cerrados por vidrios deslustrados. Ds 
trecho en trecho habia pilas de marmo! y tubos 
eolocados en el espesor de 3os muros, que par- 
tian de una caldera y mantenian una temperatu- 
ra muy elevoda. 

Gozando con delicia el bienastar que propor- 
ciona el banc, oyeron )os berberiscos un ligero 
ruido, como si estuvieran trabajando albaniles. 
Al principio no hicieron caso; pero despues, como 
el calor jba siendo cada vez mas sofocante, m- 
tentaron abrir la puerta. iCual no seria su es- 
panto! La puerta estaba tapiada, los ventradores 
obstrufdos... Murieron todos asfixiados (1). 

En tanto, el joven Moad, despues de haber es- 
perado largo tiempo la vuelta de sus companeros, 
acabo por iirquietarse y se atrevi6 a preguntar a 
Motadid por que tardaban tanto en volver. El 

m 

principe <no vacilo en decfrselo, y a 1 ver un terror 
prof undo pintado en su semblante, afiadio: 

■No tienes nada que temer. Tus parientes y 
tus amigos merecfan morir, porque concibieron 
la idea de asesinarme. Has de saber que yo no 
dorm fa en el momento que esta proposicion fue* 
formulada; escuche* tambien las nobles palabras 
que pronunciaste en aquella ocasion, y jamas o 1 - 
vidare que si aun vrfvo a ti te Io debo. Ahora pue- 



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(1) Un prfnclpe aglabita mat6 del mismo modo a muchos 
de sus eunucoa y de hus g-uardlas, de quienes querfa desemba- 
razarso. Ben-Adarl. t. I, p. 127. 



85 

d&s elagir: si consientes en permanecer aquf, es- 
toy dispuesto a compai*tir contigo todas mis ri- 
Quezas; si prefieres volver a Ronda, partiras col- 
m&do de presentes. 

— jAh, seiior! — respondio Moad con tono pro- 
fundamente triste — , £como he de volver a Ron- 
da, donde todo ha de recordarme a los que he 
perdido ? 

— Pues bien, quedate en Sevilla — repuso el 

principe — ; no tendras por que quejarte de mi. 
y dirigiendose a uno de sus servidores: 

— Cuida — le dijo — de que inmediatamente se 
prepare un magnifico pa^acio para que Moad pue- 
da habitarlo. Haz transportar alii rail monedas 
de oro, diez caballos, treinta muchachas y diez 
esclavos. Te sefi&lo tambien — contmuo dirigien- 
dose de nuevo a Moad — un sueldo anual de doce 
mil ducados. 

Moad permanecio en Sevilla, donde viviO con 
opulencia principesca. Diariamente ]e enviaba Mo- 
tadid regalos de gran valor y de rara elegancia; 
le confixio un mando en el ejercito (1), y siempre 
que consultaiba a sus visires soibre los negocios 
de Bstado, <reservaba el puesto de honor ail que 
le habia salvado la vida. 

Habiendo depositado las cabezas de los seiio- 
res berberiscos en aquella espantosa area que 
fcanto le agradabe contemplar, Motadid envi6 tro- 
pas a tomar posesion de Moron, Arcos, Jerez, 



(I) Abad. t. II, p. 14, Hnea 17. 



$6 

Konda y otras plazas. Ayudados por ]a poblacion 
arabe y por traidores, vendidos a Motadid, 3o 
consiguieron sin gran trabajo. La toma de Ronda 
— donde Abu-Nasr habia sucedido a su padre— 
parecfa que habia de costarles mayo res esfuer- 
zos, porque, edificada sobre una montana eleva- 
dfsima, estaba rodeada de precipicios y conside- 
rada como inexpugnable. Pero los arabes se suble- 
varon en masa contra los berberiscos y comen- 
zaron a asesinar]os con ciego furor. El propio 
Abu-Nasr intento inutilmente salvarse por la 
fuga; pero en el momento en que trataba de es- 
calar la muralla se resbaio, y su cadaver rodo 
hasta el precipicio (1). 

Sobre todo la toma de Eonda causo indecible 
jubilo al principe de Sevilla, que se apresuro a 
fortificar mas aun esta ciudad; cuando termina- 
ron los trabajos fue a inspeccionarlos, y, loco de 
alegrfa, compuso estos versos: 

"Mejor fortificada que nunca, eres ahora la 
mejor alhaja de mi reino, joh, Konda! Las Lan- 
zas y las cortantes espadas de mis valientes gue- 
rreros me han proporcionado la ventoja de po- 
seerte; tus habitantes me llaman tu seftor, y se- 
ran mi apoyo mas firme. \Ah, mientras dure mi 

vida, sabre abreviar la de nils enemigos! j Mien- 
tras aliente, no cesare nunca de combatirlos! He 
pasado a cuchillo batollones y batallones, y las 



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(1) V£aae la nota C al hn do este volumen. 



87 

cabezas de mis adversaries, engarzarias como per- 
'as, forman un collar a la puerta de mi pa- 
lacio" (1). 



VII 



Mientras Motadid, embriagado por sus triun- 
fos, se entregaba a los transposes de una inmo- 
derada alegria, Badis era presa de creciente an- 

^ ■" ■ h t r^ -" 

siedad. Cuando supo la terrible suerte que habia 
cabido a los senores berberiscos, desgarro sus 
vesti duras, lanzendo alaridos de ira y dolor; y a 1 
enterarse de que por un arranque de patriotica 
indignacion, de que toda la poblacion arabe de 
Ronda se habfa levantado como un solo hombre 
para aniquilar a sus opresores, negros presenti- 
mientos atormentaron su desconfiado espfritu. 
{.Quien le respondia de que sus propios subditas 
arabes no estaban confobu^dos tambien con el 
abadita. o no conspiraban contra su vida o su 
trono? Esta idea le persegufa sin cesar dia y no- 
che; hubiera podido decirse que tenia raptos de 
locura. Ya, enajenado de furor, gritaba, juraba y 
se encolerizaba con todo el mundo; ya, con el 
alma perturbada por el miedo y henchida de ne- 
gra melanco'fa, guardaba un silencio sombxfo y 
languidecia como un arbol herido por el rayo. 
iCosa extrafia y de siniestro presagio! Badis ya 
no bebfa... 



M) Abad, t. I, p. 247. 



A 



88 

Maduraba en secreto un proyecto terrible 
Mientras hubiese arabes en sus Estados, no ten- 
dria un momento de tranquilidad; la prudencia 
segun el, le ordenaba exterminarlos, y pensaba 
hacerlo el proximo viernes, cuando se hallasen 
reunidos en la mezquita. Sin embargo, como no 
intentaba nada sin consultar a su visir, el judio f 
Lemuel, le informo de su plan, anadiendo que es- 
taba comp'etamente decidido a ejecutarlo, aun- 
que el visir lo aprobase o no. El judio encontro 
malo el proyecto y procuro disuadir al principe, 
"Supongamos — le dijo — que todo sucede a medida 
de tu deseo; supongamos que consigues extermi- 
nar a los arabes, y no contemos para nada el pe- 
ligro de sernejante empresa; pero ^crees que los 
arabe& de otros Estados olvidaran la desgracia 
de sus compatriotas ? i Crees que permaneceran 
tranquilos en sus casas ? Cierto que no. Ya los 
veo correr furiosos; veo enemigos, tan innumera- 
bles como las olas del mar, caer sobre ti y blandir 
sus cimitarras sobre tu cabeza..." Pot sensatas 
que fueran estas pa'a/bras, no produjeron ningun 
efecto en Badis; hizo prorneter a Samuel que 
guardarfa el secreto, y dio las ordenes necesarias 
a fin de que todo estuviese dispuesto para el 
viernes siguiente, dfa en que los soJdados, arma- 

dos de todas armas, deblan reunirse so pretexto 
de una revista. 

Pero Samuel no permanecio ocioso; envio se- 

cretamente a los principales arabes algunas mu- 

jeres conocidas, que les aeonsejaron no fuesen a 



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89 



la mezquita el proximo viemes, sino que, por el 
contrario, se ocultaran. Advertidos asi, los ara- 
bes estuvieron alerta, y en el dfa prefijado no 
fueron a la mezquita mas que algunos hombres 
del bajo pueblo. Furfoso al ver desconcertado su 
plan, Badis hizo venir a Samuel y le reprendio 
por haber divulgado su secreto. El visir- lo nego, 
afiadiendo despues: "Se explica facilmente que los 
arabes no hayan ido a la mezquita. Viendo que 
has reunido tropas sin una razon aparen-te, por- 
qne estas en paz con tu's vecinos, han sospechado 
que irian en contra suya. En vez de disgustarte, 
debes dar gi*acias a Dios; adivinando tus inten- 
ciones, hubieran podido suWevar.se; y, sin embar- 
go, no se han movido. Considera el asunto a san- 

gre fria, senor, y dia llegara en que apruebes mi 
parecer." Acaso Badis, en su ceguedad, se hu- 
biera negado a convencerse; pero habiendo apro- 
bado las razones de Samuel u*i %aij berb^risco, 
confeso al fin que sc habia equivocado (1). No 

penso mas en exterminar a sus subditos arabes; 
pero continu amente solicitado por los fugitivos de 
Moron, Arcos, Jerez y Ronda, refugiadoa en Gra- 
nada, resolvio castigar la perfidia del enemigo 
de su raza e invadio el territorio sevillano al 
frente de las emigrados y de sus propias tro- 
pas (2). No paseemos detalles de esta guerra; 



(1) Ben-Hayan, en mi Introducci6n a la Cr6nlca de Benr 
Adart, pp. 86, 88. En la p&glna 86, linea 16, detoe leerso 
whachara xarabaho aladi la sabra laho anho. 

(2) Abad, t. II, p. 210. 



90 

pero todo induce a creer que fue sangrienta; pues 
por una parte, los berberiscos ardian en deseos 
de verngar la muerte de sus compatriotas, y, por 
otra, los arabes aborreclan a los granadinos aun 
mas qae a los otros bereberes. Los consideraban 
como infie"es, incredulos y enemigos de la reli- 
gion musulmana, por tener un visir judio. "Tu 
espada se ha ensanado en un pueblo que no ha 
creido nunca mas que en el judaismo, aun cuando 
se apellidan berberiscos", decian los poetas sevi- 
Ilanos cuando canteban las victorias de Mota- 
did (1). Para los sevillanos, una guerra contra 
los granadinos era una guerra santa; as! que lu- 
chaban con tanto vigor, que los ob'igaron a re- 
tirarse. Entonces los emigrados tuvieron mucho 
que sentir. No permitiendoles Motadid volver a 
sus casas, y no queriendo Badis que permanecie- 
sen en Granada por no proveer a su subsistencia, 
tuvieron que pasar el estrecho. Desembarcaron 
en las inmcdiaciones de Ceuta; pero Sacot, sefior 
de esta plaza, no los queria tampoco. Rechaza- 
dos asf por todo el mundo cuando el hambre 
asolaba el Africa, perecieron casi todos de inani- 
cion (2). 

En seguida volvio Motadid sus armas contra 
el hamudita Casim, sefior de Algeciras, el mas 
debil de los principes berberiscos, por lo que 



(1) Abd-al-uahid, p. SO; Aben-Jac&n, Calayid, t. I, p. 177 

■artlculo sob re Bcn-Amar — . 

(2) Abad, t. II. p. 210. 



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91 

pronto se vio obligado a pedir gracia. Motadid 
le permitio" irse a vivir a Cordoba — 1058 — (1). 

Terminada esta nueva conquista, Motadid cre- 
yo que ya era tiempo de coneluir la comedia que, 

a imitation de su padre, venia representando, y 
de declarar que el supuesto Hixem II habia mufcr- 
to. Las razones que su padre habia tenido para 
escudarse con el nombre de este monarca ya no 
existian. Ademas todo el mundo estaba conven- 
cido de que era imposiWe volver a] pasado, de 
que el calif ato habia caido para no levantarse; 
ia esperiencia habia disipado en este punto to- 
das las ilusiones. El esterei-o de Ca'atrava se ha- 
bia convertido, por lo tanto, en un persona je com- 
pletamente inutil. Puede que este hoinbre, que 
nunca se mostraba a los cortesanos ni al pueblo, 
hubiese mu-erto hacia nmchos anoe; puede que 
Motadid, cansado de el, <le hubiese hecho matar, 
como algunos cronistas aseguran. No nos atre- 
veriamos a afirmar nada, porque el prfncipe se- 
villano sabia, cuando queria, rodear sus actos de 
un misterio impenetrable. El caso es que en el 
aiio 1059 reunio a los principales habitantes de 
gu capital para anunciarles que el califa Hix-em 
habia muerto hacia algun tiempo, de un ataque 
de paralisis. "Mientras habia habido guerras : que 
sostener — arladio — , la prudencia le habia impe- 
dido dar publicidad a este suceso; pero ahora que 
estaba en paz con todos sus vecinos, podia hacerlo 



(1) Abed, t. I, p. 249; t. II. p. 207; Aben-Jaldun, fol. 23 r. 



92 

sin pe'igro. Despues mando sepultar los restos 
mortales del esterero de Calatrava con todos los 
honores debidos a la realeza; y en su calidad de 
hackibt o primer ministro, acompano el cortejo a 
pie y sin tailesan (1), Comunico tambien la muer- 
te del calife a sus aliados de Levante, exhortan- 
dolos q hacer una nueva eleccion. Naturaimente. 
nadie penso en ello. Entonces pretendio, segun 
dicen, que en su testamento el califa le habia 
nombrado emir de toda Espana (2). Lo cierto, al 
menos, es que trataba de serlo, pues todos sus 
esfuerzos tendian hacia este fin, y ahora querfa 
apoderarse de la antigua capita! de la monar- 
qufa. Pero el destino le prepareba un desengano 

terrible. 

Sus tropas habian hecho muchas correrias p<x: 
el territorio de Cordoba, cuando en el ano 1063 (3) 
ordeno a Ismael, su hijo mayor y general del 
ejercito, que fuese a apoderarse de la ciudad, 
casi en ruinas, de Zahra. Ismael opuso dificulta- 
des y objeciones. Hacia algiin tiempo que estaba 
descontento de su padre; se quejaba de su dure- 
za, do su tiranfa; le acusaba de exponerLe a menu- 
do a grandes peligros, negandose a darle suficien- 
te$ soldados cuando habia aue soetener un com- 



<1) Bs una especie de velo, c<ue se lleva sob re la cabeza y 
loa hombroB. 

(2) Abad, t. I, p. 250; t. II, p. 6; Abd-al-uahld, p. 66 
— PHto autor se equlvoca en la fecha— . 

(3) ibb de la H6jira. AsJ ea como se debe leer, atenien- 
dose al manuacrito del Sr. Gayangos, en el pasaje de Ben- 
Hayan que he publicado en Abad, t. I, p. 256, 



93 

bate o que sitiar una plaza. Un aventurero am- 
bicioso fomentaba su descontento. Era Abu-Abda- 
!a Bizilyani, que habia emigrado de Malaga cuan- 
do Badis tomo esta ciudad. Queriendo a toda cos- 
ts Hegar a primer ministro, sin importarle de 
quien ni de donde, este intrigante habia procu- 
rado despertar en el animo de Ismael la idea de 
rebelarse contra su padre y fundar en cualquier 
sitio— por ejemplo, en Algeciras— un principado 
independiente. Habia conseguido demasiado su 
proposito; pues cuando recibio la orden de mar- 
char contra Zahra, la irritacion de Ismael era tal, 
que po^o faltaba para que llegase al colmo, y, 
desgraciadamente, su padre se nego de nuevo a 
darle todas las tropas que le pedia. 

En vano Ismael le manifestaba que con tan 
pocos soldados era imposib^ atacar un Estado 
como Cordoba, y que si Badis iba en socorro de 
los coixlobeses, como haria de seguro, por ser su 
aliado, se hallarfa entre dos fuegos. Motadid no 
quiso escuchar nada; se encolerizo; en su ira llamo 
a su hijo cobarde, le abrumo de amenazas y falto 
poco para que de las palabras pasase a los he- 

chos. "i Si tardas en obedecertme — exclamo — , te 
mando cortar la cabeza!" 

Herido en su orgullo y lleno de colera, Ismael 
se puso en marcha; pero consulto a Bizilyani, y 
este, sin gran trabajo, le persuadio de que habia 
llegado el instante de ejecutar el plan que habian 
trazado. A dos jornadas de Sevilla, Ismae 1 anun- 
cio a sus oficiales que haibla recibido una carta 



.5 



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94 

de su padre, en la cual le ordenaba volver a su 
lado porque tenfa que comunicarle cosas impor- 
tantes. Acompafiado de Bizilyani y de unos trein- 
ta guardias de caballerfa, volvio apresuradamen- 
tc a Sevilku Motadid no estaba alH, pues residia 
en el castillo de Zohir, al otro lado del rio. Is- 
mael encontro la ciudadela ma! custodiada. Apo- 
der6se de ella durante la noche; cargo en mulas 
los tesoros dc su padre, y a fin de que nadie pu- 
diese atravesar el rfo y llevar a Zahir la noticia 
de }o ocurrido, mando echar a pique las barcas ! 
smarradas delante de la ciudadela. Luego, lle- 
vandose a su madre y a las demas mujeres del 
har£n, tom'6 el camino de Algeciras. 

A pesar de las precauciones adoptadas para 
fmpedir que su empresa llegase a oidos de su 
padre, 6s te fue informado por un jinete de 'a es- 
colta de su hijo, que, desaprobando su culpable 
conducta, paso el Guadalquivir a nado. En el mis- 
mo instance Motadid mando dar una batida en 
toda la campifia a sus brigadas de caballeria, y \ 
envio propios a los gobernadores de sus fortaV \ 
zas. Llegaron a tiempo; asf que Ismael hallo ce- \ 
rradas las puertas de todos los castillos que [ 
encontro al paso. Temiendo entonces que los caste. \ 
llano.s se reunieran para atacarlo, imploro la pro~ 
tecci6n de Hasadi, gobernador de un castillo erigi- j 
do en la cumbre de una colina* en los confines del f 
distrito de Sidona. Hasadi accedio a su demanda, \ 

r 

pero conviniendo en que haibfa de quedarse al pie j 
de la colina. Despues fue" a verilo, acompeflado de | 



! 



95 

sus so'dados; ie aconscjo que se reconciliara con 
su padre, y le prometio su mediation. Viendo que 
6 u plan habfa fracasado completamente, Itsmael 
consintio en todo lo que se le propuso. Entonces 
Hasadi ie permitio entrar en el castillo, donde 
ie trato con todas las consideraciones debidas a 
su jerarquia, y se apresuro a escribir a Motadid 
diciendole que Ismael se arrepentfa de su barra- 
basada y suplicando que le perdonase. La res- 
puesta de Motadid no se hizo esperar y era tran- 
quilizadora: declaraba el principe que perdonaba 

a su hijo. 

Ismael volvio a Sevilla; su padre le dejo todo* 
sus bienes; per© ^1 mismo tieonpo le hizo vigilar 
estrechainente y mando decapitar a Bizilyani y a 
sus c6mplices. Ismael lo supo, y, conociendo liarto 
bien la duplicidad de su padre, no vio mas que un 
lazo en el perdon obtenido. Desde entonces su 
partido eataiba tornado. Sobornando a fuerza de 
dinero a sus guardianes y a algunos esclavcs, los 
reunio durante la noche, los arm6, les hizo beber 
para inspinarles valor y escalo con ellos un sitio 

del palacio que creia fatil de sorprender. Espera- 
ba encontrar donmido a su padre, y en aquella 
ocasion iba decidido a quitarle la vida; pero> de 
repente, Motadid se pres^nto al frente de sus sol- 
dados. Al verle, los conspiradores emprendieron 
una fuga precipitada. Ismael consiguio pasar las 
mur alias de la ciudad; pero los isoldados lanaados 
en su persecution Je alcanzaron y le llevaron pri- 
soner o. 



96 

En esl colmo del furor, su padre le hizo arras- 
trar al interior del palacio, y, alejando todos los 
testigos, le mato con sus propias manos. <Se en- 
sarlo tambien en m& complices, en sius servidores 



y amigos y hasta en das mujeres del haren. Hubo 
manos, nances y pies icortados, asi corno ejecu- 
ciones publicaJs y secrete. 

Arplacada su c61era, el tirano fue presa de una 
tristeza sombria y de desgarradores .rernordianien- 
tos. Aquel hijo, que se habia rebelado contra el, 
que h&bia atentado contra su vida, que le habia 
quitado sus tesoros y hasta sus mujeres, era, sin 
duda, muy culpable; pero si :se repetia esto a 
cada instante, no podia olvidar que realmente le 
habia amado, porque, a pesar de la dureza de su 
alma, sentia un tiemo afecto hacia eu familia. En 
aquel hijo, prudente en el iconsejo, intrepido y va- 
Jeroso en el campo de batalla, habia vi-sto -el apo- 
yo de soi prematura vejez y el icontinuador de is-u 
obra. Ahora habia destrufota con sus propias ami- 
nos isus esperanzas otnas querldas. 

"Al tercer dia despues de esta sangrienta ca- 
taistrofe — refiere un visir sevillano — , entre con 
mis colegas en la saia ded Comsejo. Etl rostro de 
Motadid era terrible; rbemblabamos de teanor, y al 
salud'anle, apenas pudimos baltocear algunas pia- 
labras. El principe nos midio de pies a cabeza con, 
su mirada escrutadora; despues, rugiendo como 
un leon: "iMiserables! — exelamo — . £Por que" ese 
"sikncio ? Os regocijais en secreto de ml desgra- 
"cia. jSalid de aqui!" 



v 



97 

Aca^o por primera vez aquella salvaje energia, 
aquella ferrea vohmtad, se sintieron doblegadas; 
aquel corazon, invulnerable en apariencia, habia 
recibido una herida que el ti-ampo podria curar 
poco a poco, pero de la cual 1-e quedaria siempre 
una profunda cicatrix. Por de pronto, dejando en 
paz a la republica cordobes-a, tan gozosa como 
asombrada de este respiro, no penso mas en sus 
vastos proyectos (1) j pero insensibleniente volvio 
a ellos, y fue Malaga la que desperto su aanbicion. 
Agobiados hacia muchos alios por el yugo de 
Badis, los arabes de Malaga nialdecian diaria- 
memte su tirania y esperaban su libertad del prin- 
dpe sevillano. Harto sabian que tambien el era un 
tirano; pero, tirano por tirano, preferlan el de su 
misma ovacion. Eratendier on s e, pu*es, con Motadid 
y tramaron una conjura. El misono Badis favore- 
cio sus proyectos con su negligencia, porque, su- 
nudo en una emhriaguez casi continua, no se pre- 
ocupaba de los negocios mas que a raros infcerva- 
los. En el dia prefijado, un movi-miento general e 
irresistible esrballo en ia capital y en veinticinco 
fortalezas; al mismo tiempo, las itropas sevillanas 
,«apitaneadias por Motaanid, hijo de Motadid, cru~ 
zaron ila frontera para correr en <auxilio de los in- 
surrectos. Cogidos de improviso, ilos bereberes fue- 
ron pasados a cuchillo; los que consiguieron li- 
brarse, -debieron su salvacion a una pronta fuga, 
y, en menos de una semana, todo el principado 



(1) Abad, t. I, pp. 253-25y. 

Hist, musulmanes. — T. IV 



9S 

quedo en poder del principe de Sevilla. El Castillo 
de Malaga, defendido por una guarnicion de ne- 
gros, fue el unico que aun no se habia rezidido. 
Bien fortificado y erigido sobre la cumbre de una 
montana, podia .sostenerse anucho tiempo, y era de 
temer que Badis aprovechase aquel intervalo para 
aoudir en socorro de los sitiados. Al menos, -tal 
era el parecer de los jefes de la insurreccidn, los 
cuales -aconsejaron a Motamid que estrechase el 
asedla del Castillo y estuviese alerta, y que no se 
fiase de los beriberi scos, que en gran numero for- 
maban pa^te de su ejereito. Eran consejos pru- 
dentes; pero Motamid no los escucho. Insclente y 
poco descoffinado por naturaleza, ise dejaba agasa- 
jar por la pofalacioin, eneantada de sus amables 
maneras, y daba demas'iado -credito a las ofkiales 
bereberes, que, impfulsados por una secreta sian- 
patfa haoia Badis, le <traieionaban y le asegurabart 
que el eastillo no tardaria en rendirse esponta- 
neamente. En cuaimto a los demas soldados, ere- 
yendo tamtbien que ningun peligro los amenazaba, 
vivian descuidados y se entregaiban a los placeres. 
Esta indolencia fue fata! para todos. Los ne- 
gros del castillo habian logrado informar a Ba- 
dis de que le ser£a facil sorprender al ejer- 
cito sevillano, por lo cual las tropas granadinas 
se pusieron en maroha, SaVaron las montanas 
con tal rapidez y pr&cauci6n, que entraron en Ma- 
laga sin que un motmento antes tuviese Motamid 
la menor sospeoha de su proxnnidad; asl que no 
tuvieron que com>batir, sino siimplemente que de- 









99 

gollar soldados ineroies y ebrios la mayor parte. 

Motamid se escapo, retirandose a Honda, y todo 

el principado tuvo que someterse de nuevo a la 
dominacion de Badis. 

Imaginese la rabie de Motamid cuando supo 
que por una serie de culpables negligencias de su 
hijo habia perdido un ejercito y un sobenbio prin- 
cipado. Comenzo por ordenar que Motamid que- 
dara prisionero en Ronda; despues, olvidando los 
remordi mi entos que la muerte de su hijo mayor 
le habia ocasionado, quiso que el segundo pagase 
con !a cabeza la falta cometida. Ignorando has- 
ta que" punto estaba irritado su padre, Motamid 
le enviaba poemas llenos de habiles adulaciones. 
Elogiaba su generosidad y su clemencia, y tra- 
taba de consolarlo, recordando'le sus antigtuos 
tiempos. "\Qxxi de brillantes victorias ha s con- 
seguido! — decia — , victorias de que &e ha&ara 
siempre en los futuros siglos; las caravanas han 
llevado el eco de tus triunfos a los mas lejanos 
paises, y cuando los arabes del desierto se reunen 
a la luz de la Luna para relatar las hazafias de 
sus heroes, no habkn mas que de las tuyas." Pro- 
curaiba excusarse, inculpando a los> pSrfidos bere- 
beres, y .pin-taba con los mats vivos colore^ la 
tristeza que le producia su desgracia. "Mi akna 
tiembla — clecia— ; mi voz y mis ojos estan apa- 

gados; el color ha desaparecido de mis mejillas, 
aunque no estoy enfermo; mis cabellos' han en- 
canecido, aunique soy joven aun. Nada me agrada 

r 

ya. El vino y la guitarra han perdido sus atrac- 



100 

tivos para mi; las jovenes, provocatlvas o timi- 
das, ya no ejercen ningun imperio en mi alma. 
Y no es porque me haya consagrado a la devo- 
tion, a la santurroneria, no; ]o juro; aim siento 
hervir en mis venas la samgre fogosa de la ju- 
ventud; pero lo unico que hoy me agradaria seria 
obtener tu perdon y atrave£ar con mi lanza el 
cuerpo de mis enemigos." 

Poco a poco Motadid se dejo ablandar, en parte 
por los poemas de su hijo — 'porque era muy afi- 
cionado a ]os hermosos verses—, en parte por las 
suplicas de un piadoso e remit a de Ronda. Pernii- 
tio a Motamid volver a Sevilla, y se reconcilio 

con el (1). 

Pero el principado de Mailaga estaba irremisd- 

blemente perdido, y iBadis demasiado a'lerta, para 

qu^ Motadid pudiera interata r, per segunda vzz, 

otro golpe de mano. Tambien es die presumir 

que el rey de Granada, sdempre inexorable en 

■sua venganzas y siempre rodeado de verdugos, 

oastigara ccoi el fuego, con ell bi&rro y con la 

fosa .a los desgraciados que babian tenido la in- 

solencia de rebelarse contra ell, y que de este 

modo quitase a los descontentos las ganas de 

reincidlr. 

En medio de sus males, tuvieron, sin embargo, 

tin consuelo — porque a su odio contra la opresion 

se unfa ailgo de fanatismo re'igiosc — ; tuviercn 

el consuelo, repetimos, de saber que la infiuencia 



I 



(It Abaci, t. r, pp. 51-54, 201. 302; t. II, pp. 60, 63-SZ. 



101 

de los judics habia coiicluido en la corte de Gra- 
nada. 

Samuel habia muerto ; pero le habia sucedido 
m hijo Jose, que era tanibien un hombre habil e 
instrufdo, aunque no sabia, como su padre, hacer- 
se perdonar a fuerza de modestia la alt a digni- 
dad que ocupaba-. Ostentaba el faus-to de un prin- 
cipe, y cuando saiia a caballo al lado de Bad.is nc? 
se notaba ninguna diferencia entre el atavio del 
principe y el del ministro. Y en verdad, era mas 
r-ey que el rey- Dominaba completafmente a Badis, 
sxunido en una embriaguez casi continua; y a fin 
de que-este principe no intentara substraerse a su 
dominio, le habia rodeado de espias que le repe- 
tian hasta sus menores palabras. Por lo demas no 
era judio, sino de .nombre. Afi.rmabase, al menos, 
que no creia en la religion de sus antepasados mas 
que en las otras, y que las despreciaba todas. Pa- 
rece que no atac6 direotamente la de Moxses; pero, 
en cuanto a la de Mahoma, declaro publicamenibe 
que sus dogmas eran absurdos, ridiculizando mu- 
chos versiculois del Coram 

Por su orgullo, por su altaneria y su poco res- 
peto a la ju-sticia, Jose habia ofendido a los ara- 
bes. a los bereberes y aun a los judios. Se le im- 
putaban mmtchots crtaenes, y tenia multitud de 
enesmigos, figurando -en primer tersmino el faqaii 
arabe Abu-Ishac, de Ellvira. La juveratud de estoe 

habia sido borrascosa; pretend i6 despues en la 
corte u*i cargo, al que por su linaje se-cnefa con 
derecho, pero no lo obfcuvo; Jose frusfcr6 sais es- 



"*, 



102 

peranzas y le desterro. Kntonces se hizo devote; 
pero, lleno de odio contra Jose, compuso contra 
el y sus correligionarios este vioknto poema: 

"Ve, mensajero mio; ve a llevar a todos los ci- 
nechitas, lunas llenas y leones <le nuestro tiem- 
po, estas palabras de un hombre <pe los ama, 
que los compadece y que creeria f altar a sus de- 
beres religiosos si no les diese saludables con- 
sejos : 

"Voiestro seiior ha cometido una falta, de que 
sus enemigos se regocijan; pudiendo elegir su se- 

cretario entre los creyentes, lo ha escogido entre 
Jos uifiefles. Gracias a este secretario, los judios, 
desjpaneciados antes, se han convertido en grandes 
senor&s, y ya no tienen limites su orgudlo y m 
arrogancia. De pronto, y sin esperarlo, han ob- 
tenido cuaarto podian desear: han llegado a la 
cumibre de los honores de tal anode, que el mono 
mas vil entre los infteles cuenta hoy cotmo servi- 
dores mjultitud de piadosos y devotos musutknanes. 
Y jitodo esto no lo deben a sus propios esfuerzos! 
jQnien tan alto los ha elevado es Uir\ hombre de 
nuestra religion! jAh! £Por que este hombre no 
sigue con ellos el ejemplo que le han dado los 
prXncipes, buenos y devotos, de otros tiempos? 
iPor que no los relega a su sitio, por <jue no los 
hace los mas viles de ilos mortales? Entonces, 
marohatndo en cuadrillas, Uevarian entre tnosotros 
una vida errante, siendo bianco de nuestro deaden 
y onenosprecio ; entonces no tratarian a nuestros 



"■ : .- 



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103 

nobles con altivez, a nuestros santos con arro- 
gancia; entonces no se sentarfan a nuestro lado 
estos hombres de raza impura ni cabalgarian al 
par de los grandes senores de la corte. 

"i Ob, Badis ! Eres un ihornbre de gran sagacidaci ; 

tus conjeturas equivalen a la certeza; pero £como 
no ves el dafio que producen esos diablos, cuyos 
cuernos se destacan por doquiera en tus dominios? 
iC6mo puedes sentir afecto ihacia esos bastardos 
que 'te han hecho odioso al genero humano? iCon 
que derecho esperas consolidar tu poder, cuando 
estas gentes destruyen lo que tu edificas? iComo 
puedes eonceder tan ciega conflanza a un rnalvado 
y nacei4e tu intinio amigo? £Has olvidado que el 
Todopoderoso dice en la Escritura que es preciso 
no tratarse con I03 malvados? jNo elijas a esos 
hombres para nrinistros; abandonalos a las mal- 
diciones, porque la tierra entera grita contra ellos; 
pronto temMara y pereceremos todos!... Dirige tus 
miradas a otros paises y veras que en todas par- 
tes se trata coono perros a tlos judios y se los ale- 
ja. iPor que tu solo has de obrar de otra siierte; 
tu, que eres un prmcipe arnado de tu -pueblo; tu, 
que ihas nacido de un ilustre linaje de reyes; tu, 
que sobresales entre tus contemporaneos como tus 
abuelos sobresalieron entre los suyos? 

"Cuando llegue a Granada, vi que los judios rei- 
naban alii: se habian repartido entre ellos la ca- 
pital y las provindas, doquiera anandaba rano de 
estos malditos. Cobraban 'las icontrdbuciories, te- 
nfan buena mesa, iban magniflc anient e vestidos, 



a 



s. 



104 

mientras -nuestras ropas, joh, musulmanes!, esta- 
ban viejas y destrozadas. Todos los secretos do 
Estado les eran conocidos. iQue imprudencia con- 
fiarlos a -tales traidores! Los croycntes hacian un 

mala cojnida, a dirhem por cabeza, mientras ello? 

com fan suntuosamente en palacio. Os han suplan- 
tado en ei favor de vuestro s-enor, joh, musulma- 
nes!, y vosotros, £no lo habeis impedido y se to 
consentfs? Sus oraciones resuenan como las vues- 
tras; £no lo ofs, no lo veis? Ma tan bueyes y car- 
neros en nuestros Jnercados, y vosotros, jcomeis 

sin escrupuilo la carne de los animales inuertos 
por ellos! El jefe de estos monos ha enriquecido 
su palacio con incrustaciones de marmol ; ha man- 
dado const ruir fuentes en que corre el agua mi: 
pura, y, en tanto, no 3 hace esperar a su puerta y 
se burla de nosotros y de nuestra religion. jBios 
mfo, que desgracia! Si dijese que es tan rico 

como tu, rey mfo, dirfa la verdad. jAh, apresurate 
a degollarle y a ofrecerle en holocausto; sacrifi- 

cale como a un carn-ero bien cebado! No perdo- 

nes tampoco a sus parientes na a sus amigos; han 

acumulado tambien inmensos tesoros. Toma su 

dinero: te pertenece mas que a ellos. Matarlos 

no sera una perfidia, no; la verdadera perfidia 

scrfa dejarlos reinar. Si han roto el pacto con- 

certado con nosotros, ^quien se atreverfa a cen- 
surarte por castigar a los perjuros? £C6mo rs- 

pirar a distinguirlos, mientras vivimos em la obs- 

curklad y los judfos nos desluanbraTi con el brillo 

d^ sus grandezas? CompaTados con ellos, somos 



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105 

aesprociables, y en verdad, se dirk que somos los 
malvados y ellos los bueno?. No pennitas que 
nos traten como hast a ahora, porque tu nos res- 
ponds de &u conduct a. Acuerdate tambien de que 
liegara un dia en que des cuenta al Etemo de 
como has tratado al pueblo eilegido por El, al que 
ha de gozar la beatitud eterna." 

Este poeina produjo poco efecto a Badis, que 
concedia a Jose ilimitada conflanza; pero entire 
los berberiscoe causo sensacion profunda. Jura- 
ron la perdida del judio, y los jefes del com.pl at 
difundieron el rumor de que Jose estaba vendido 
a Motacim, rey de Almeria, con el cual estab*m 
en .guerra. Y como los menos credulos y los me- 
nos cegados ,por la pasi6n les preguatasen que 
interes podia tener Jose en traicionar a un prin- 
cipe a quien dominaba completaniente, respondian 
que, cuando el judio hubiese hecho anorir a Badis 
y entregado sus Estados a Motacim, tambien 
darian muerte a e^tc ultimo, y entonces se Mon- 
tana en el trono. No hay para que decir que 

todo esto era pura cahrmnia. EI hecho es que los 
bercberes buscaban un pretexto para derribar a 
Jose y saquear a los judios, cuyas riquezas en- 
vidiaban. Creyendo haberlo hallado al fin, se amo- 

tinaron y asaltaron el palacio real, donde se ha- 
bia refugiado Jose. A fin de librarse de sai ciego 
furor, ocu'ltose el judio en una carbonera y se 
tizaio la cara para que no le conociesen; pero 
fue tiescubi erto, recomocido, muertc* y atado a 



106 

una cmz. En seguida los granadinos comenzaron 
a exterminar a los demas hebreos y a saquear 
sus casas; cerca de cuatro mil personas fueron 
victimas de su odio fanatico — 30 de diciembre 
de 1066— (1). 



VIII 



El resto de la Espana musulmana no estaba 
mas tranquilo que el Mediodia; en todas partes 
se disjyutaban encarnizadamente las ruinas del 
califato, mientras .se veia engrosar en el Norte 
un torrente que amenazaba tragarse todos los 
Estados musulmanes de la peninsula. 

Duo-ante medio siglo, los reyes cristianos ha- 

bian tenido hario que hacer en sus domkiios para 

meterse a conquistadores ; pero hacia el aiio 1055 
las cosas cambiaron de aspecto. En esta epoca, 
Fernando I, rey de Leon y Castilla, se hallo al 
fin en disposicion de volver todas sus fuerzas con- 
tra los sarracenos. Era de prever que estos ulti- 
mos no se hallarian en estado de resistirle. En 
efecto: todas las ventajas estafoan de parte de 
los cristianos; tenian lo que les faltaba a sus 
enemigos: espiritu guerrero y entusiasano i^eli- 
gioso- Asf, ilas conquistas de Fernando fueron 
rapid as y brillantes. Arrebato Viseo y Lanvego 
— 1057 — a Modafar de Badajoz; conquisto al rey 



(1) V^anso Journ. Askit., IV serle, t. XVI, pp. 210, 217- 
220; mi Introduced a la Cr<5nica de Ben-Adari, pp. 99-102. 
y mis fnvestipaciones, t. I, pp. 292-305. He encontrado algu- 
nos detalles nuevos en Abcn-IJasam, t. I. fol. 200 v., 201 v. 



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107 

de Zaragoza las fortalezas al sur d«l Buftro; 
hizo una terrible correria en los Estados de 
Mamun de Toledo y avanzo hasta Alca'a de He- 
nares. Los habitantes de esta ciudad mandaron 
a decir a su soberano que, si no se apresuraba 
a venir en su auxidio, pronto ^e verian obliga- 
dos a rendi-rse. Harto debil para rechazar al 
enemigo, Mamun adopto -el partido anas pruden- 
te: fue en persona a ofrecer a Fernando una in- 
mensa cantidad de oro, plata y piedras preciosas, 
y se declaro su vasallo y tributario, como habian 
hecho ya los reyes de Badajoz y Zaragoza (1). 

Entonces le toco el turno a Motadid. En el ano 
1063, Fernando llego a incendiar las aldeas del 
territorio de Sevilla, y era tal la debilidad de 
los Estados musulmanes, que Motadid, aunque 
era sin disputa el monarca mas poderoso de An- 
dalucia, creyo prudente seguir el ejemplo de 
Mamun. Trasladose, pues, al campamento cristia- 
no, ofrecio a Fernando magnifkos presences y le 
suplieo que perdonara a su reino. Fernando pa- 
rece que no conocio la bellaqueria ni la cnueldad 
de aquel h ombre, al cual los cabellos blancos y la 
frente surcada de arrugas prestaba*i la apariencia 
imponente y venerable de un anciano, tpues aun- 
que no contaba mas que cuarenta y siete anos, los 
cuidados de la ambicion, el trabajo, los excesos, y 
tal vez los reniordhnientos, le habian envejecido 
prematuramente (2). No es de extranar que el 



(U Mon SU., c. 91-93; cf, Chron. Compost., p. 327. 
(2) EI monje de Silos le llama grandaeints. 



108 

rey de Castilla se dejase conmover por sus sia- 

plicas; mas creyendo que debia consult ar a los 
magnates y a los obispos de su reind, los convoco 
para preguntarles que condiciones debia imponer 
a Motadid- Decidio la asamblea que el rey de 
Sevilla quedaria obligado a pagar un tribute 
anual y a entregar a los embajadores. en vi ados 
por Fernando ol cuerpo de Santa Xusta, virgin 
y martir de la persecucion romana. Habiendo 
aoeptado Motadid estas condiciones, Fernando re- 
tiro su ejercito, y, una vez de regreso 'en Leon, 
envio a Sevilla a Alvito, obispo de la capital, y 
a Ordono, obispo de Astorga. 

Los dos prelados tertian una doble mision que 
cumiplir: transportar a Leon el cuerpo de la santa 
y arreglar el asuavto del tributo (1) . Desgraciada- 
rnente, las pesquisas que se ihicieron para encon- 
trar las reliquias de Santa Xusta resultaron in- 
utile s. 

— Ya lo veis, hermanos naios — dijo Alvito a 
sus compafieros — ; a menos que la misericordia di- 
vina nos ayude, volveremos defraudados en nues- 
tras esperanzas de este penoiso viaje. Por tanto, 
me parece imprescind-ible pedir a Dios, durante 
tres dias de ayunos y oraciones, se d'i.gne reve-, 
lamas el tesoro escondido que ibuscamos. 

En consecuencia, los cristianos .oraron y ayu- 
.naron tres dias; con lo cual la salud d.e Alvito. 
ya quebrantada cuando llego a Sevilla, empeoro 



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Y 



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(I) Compdi-.'sr con mis fnvestigaciones, t. I, \>. 1< 



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109 

muoho. En la manana del cuarto dia este obispo 
reunio nuevamente a sus compaiieros y les dijo: 

■Am ados mfos: Debemos dar gracias a Bios 
de todo corazon; pue?, en su misericordia, se ha 
dignado no dejar nuestro viaje sin recompensa. 
Una orden del cielo nos prohibe sacar <le aqui 
los restos de la bienaventurada Justa; pero He- 
vareis a nuestra p atria un don no menos precio- 
so: el cuerpo del bienaventurado Isidoro, que llsvo 
en esta ciudad la mitra episcopal y que por sus 
obras y su palafora £ue omato de Espaxia en- 
tera. Hubiera deseado, hermanos mios, velar y 
rezar toda esta noohe; pero habiendome s^ntado 
un instante, orendido de fatiga, me he dejado 
veneer por el sueno. Ententes se me aparecio un 
anciano revestido con habitos episcopaks. 

■ Ya s 6 — me di j o — con el p rop osito que tu s 
.companeros y tu habeis venido aqui; pero como 
la voluntad diviwa no quiere que esta ciudad quede 

apenada por la perdida de Santa Justa, y Dies, 
en su inagotable misericordia, no quiere taimpoco 
que .tus companeros partan con las manos vacias, 

■ 

les entrego tni ouerpo. 

— ;,Quien eres para darme estas ordenes?— 4e 
pregunte, 

■Soy el doctor de toda Espana — me resfpon- 
dio — y, en otro tiempo, el jefe de las sacerdotes 
de esta ciudad : soy Isidoro. 

— Hablando asl, desaparecio, y despertaxidorne, 
rogue a Dios que, si esta vision provenia de El, 
se dignase renovarla por segunda y tercera vex. 



110 

En etfecto: reaparecio otras dos veces, y en cada 
una el anciano me dirigio las mismas palabras; 
pero la tercera vez anadio, mostrandome el lugar 
donde su cuerpo esta enterrado y tocandole tres 
veces con una varita que tenia eai la mano : 

Aqui, aqui, aqui encontraras mi cuerpo; y 
para que no pienses que soy un fantasma que te 
engana, reconoceras la verdad de lo que te digo 
por esta serial: en cuanto mi cuerpo sea desente- 
rrado, te asaltara uaia enfermedad incurable, y, 
dejando ese cuerpo mortal, vendras a nosotros 
con la corona de los justos. 

Dicho esto la vision desaparecio. 

Alvito pre&entose en seguida con sus compaiie- 
ros en el palacio de Motadid, le refirio la apari- 
ci6n y le pidio permiso para llevarse el cuerpo 
de Isidoro en vez del de Santa Justa. 

El relato r^el obispo debio producir en Motadid 
una impre.sion singular. Esceptico y bur!6n, en- 
volvia todas las religiones en un mismo desddn y 

no creia mas que en dos cosas: en la astrologia \ 
y en e! vino (1). Sin embargo, escucho al obi&po I 
con seriedad imperturbable, y cuando hubo con- 
cluldo su larga arenga: 

— iAy! — exclam'6 con tono de tristeza profun- 
da — , si as doy a Isidoro, £que me queda? Sin 
embarco. cumn-lase la voluntad de Dios. Eres ut> 



'-" - Fi-^*^'-' ■*»^- ■■*■ *' ■ MIIL^-.^. X-JHH^I'^ 



(!) En un pocma que compuso en la hora en que los cro- 
ytntt'H acudfan a laa mezquitas para asfstir a la oraeitfn de 

la nmflann, riocfa: "13b preciso beber al despuntar el alba; 

cute os un dosma religiose y el que no crea en £1 es un pa- 
Kflno," Altad. t. 1. tt. 24ft. 



I 



4 



i 



Ill 

hombre demasiado venerable para que pueda ne- 
garte nada. Buscad el cuerpo de Isidoro y lle- 

varoslo, aunque a mi pesar. 

El arabe, como un verdadero zorro, comprendio 
e ; partido que podia sacar de la piedad de los 
cristianos, piedad de que se reia solapadamente. 
Teniendo que pagar un tributo, calculaba que si 
fingia conceder un gran precio a las reliquias; si, 

por decirlo asi, no se las dejaba arrancar mas 

que a la fuerza, podrian llegar a serle utiles. Con- 
taba hacer como el deudor que, apremiado para 
pagar su deuda, inc'uye en la cuenta cualquiera 
antigualla que obliga a aceptar a su deudor como 
un objeto antiguo, de una rareza y un precio 
extraordinario. Asf represento su papel hasta el 
fin, porque cuando el obispo de Astorga— -su com- 

pafiero acababa de morir — se disponia a abando- 
nar Sevilla con los restos de Isidoro, salio al en- 
cuentro del cortejo, echo sobre la urna un pano 
de brocado, cubierto de arabescos de una labor 
maravillosa, y exhalando un gran suspiro: 
— tYa te vas de aqui, Isidoro, hombre venera- 



te! — exclamo — . Tu sabes, sm embargo, cuan es- 
trecha amistad nos unia (1). 

El aflo siguiente — 1064 — fue extremadainente 
desastroso para los musulmanes. Coimbra tuvo 
que rendirse a Fernando, despues de un sitio de 
seis meses. En virtud de la capitulation, mas de 



(1) El relate- de esta embajada se encuentra en la cronlca 

del monje de Siloa — c. 93-100 — , que la tom6 de los mlsmos 
compafieroa de Alvito. 



112 



cinco mil de fen so res de la plaza fueron entrega- 
dcs al vencedor; los demas abandonaron sus r.v> 
radas sin poder llevar consigo mas que el dino- 
ro necesario para e" viaje. Y esto no fue todo: 
cuantos musulmanes habitaban entre el Duero \* 
el Mondego reeibieron la orden de abandonar el 
pais (l). Fernando volvio en seguida sus armas 
contra el reino de Va"encia ; donde el indolente 
y debil Abdalmelic-Modafar, que habia sucedido 
a su padre Abdalaziz en 1061, reinaba a la sa- 
zon. Fue sitiada la capital; pero viendo que era 
djffcil de rendir, los castellanos recurrieron a 
una astucia para prlvarla de sus defensores. Fin- 
gieron retirarse, y los valencianos salieron a per- 
seguirlos en traje de fiesta: tan faci] creian la 
victoria; pero cara les costo su audacia. Cerca de 
Paterna, a la izquierda del camino que va de Va- 
lencia a Murcia, fueron asaltados de improvise 
por Jos castellanos. Murio la mayor parte, y su 
rey no debio la sa'vacidn mas que a la ligere- 
za de su caballo (2). La toma de la fortaleza de 
Barfoastro, una de las mas importantes del Nores- 
te, fue tambien u>na gran calamidad. Cayo en 
poder de una banda de normandos, capifcaneada 
por Guillermo de Montreuil, entonces general 
d e 1 as tropa s d el P ap a, general qu e en lo* 
Hbros de caballeria I leva el nomfore de Gui- 



(1) Mon. SU. c. ST. S9, 90 ; Chron. Comph. pp. 317. ::ix 
V^ase. aobre la fecha de la toma tie Colmbra, la obra ilc Ri- 
bciro Discrtacimics cronoW picas y crlticas. 

(2) Aben-Basam, liUlran hoja del manuscrtto de Coma' 
Afarari. t. T. p. 111. y t. TI". w. T(S, 749. 



113 

Ueimo el Chato. La suerte de los vencidos fue 
terrible. Los soddados de la guarnicion se habian 
rendido a condicion de que se les perdonase la 
vida; pero fueron asesinados casi todos al salu- 
te la ciudad, cuyos habitantes no fueron mejor 
tratados. Tambien ellos habian obtenido ed aman 
y se preparaban a abandonar la poblacion, cuan- 
do Guillermo de Montreuil, a quien su numsro 
causaba inquietudes, ordeno a sus soldados que 
diezmasen las filas, y la carniceria no ceso has- 
ta que perecieron seis mil personas. Ordeno dcs- 
pues a todos ?os que tenian casa que entrasen en 
la ciudad con sus mujeres y sus hijos; obedecie- 
ron, y los normandos se lo repartieron todo. 
,( Cada caballero que recibia en suerte una casa 
—dice un autor arabe de la epoca— , recibia, ade- 
mas, todo lo que con tenia: mujeres, ninos, dine- 
ro, etc., y podia hacer del dueno de la casa lo 
que quisiera; asi que tomaba todo lo que el amo 
le ensefiaba, y le ob'igaba, con todo -genero de 
torturas, a darle lo que pretendia ocultar. A ve- 
ers el musulman entregaba el alma en medio de 
tales tormentos, lo que era reaLmente una fortu- 
na para £1; porque, si sobrevivia, le esperaban 
dclores mas amargos, pues los infieles, por un 
ipfmamierato de crueldad, se complacian en vio- 
lar a las mujeres y a las hijas de los prisioneros 
ante los ojos de sus deudos. Cargados de cadenas, 
aquellos infelices se veian obligodos* a presenciar 
escenas horrib'es, transidos de dolor y vertiendo 
tagrimas." Afortunadamente para los musulma- 

HlST. MUSUUMANES. — T. IV 8 



V 



114 

nes, Guillermo y sus companeros no tardaron en 
abandonar Espafia para gozar en su patria de las 
riquezas adquiridas. No quedo en Barbastro mas 
que una guamicion muy escasa, y Moctadir, de 
Zaragoza, que habfa recibido de Motadid un re- 
fuerzo de quinientos jinetes, aprovecho la oeasion 
para reconquistar la ciudad en la primavera del 
^iguiente ano — 1065 — (1). 

En tanto, Fernando redoblaba sus esfuerzos 
para apoderarse de Valencia, y aunque el rey de 
esta ciudad habfa recibido auxiHos de su suegro, 
Mamun, de Toledo, se hallaba en una situation 
muy crftica cuando Fernando cayo enfermo, h 
cual le obligo a volver a Leon. Sin embargo, Ab- 
dalmelic no tuvo mucho tiempo de felicitarse por 
cllo, porque en nov-iembre fue destronado y ence- 
rrado en la fortaleza de Cuenca por su suegro, que 
incorporo el reino de Valencia a sus Estados (2). 

Poco despues vino la muerte a librar a los mu- 
sulmanes de su mas terrible enemigo. Por su 
valor, su piedad y por la pureza de sus costum- 
bres, Fernando habfe sido un modelo de reyes: 
una muerte hermosa y santa habia coronado dig- 
namente una vida, hermosa y santa tambien. Lle- 
gado a Le6n el sabado 24 de diciembre, se apre- 
snr6 a ir a orar en la ig'esia que habia dedicado 
a San Isidoro, convencido de que se aproximaba 
el memento en que su cuerpo reposaria alH para 



(1) V6anae mis Invetstioaciones, t. II, pp. 355-374. 

(2) V6anse loa textos publicados en mia I nvestigacionea, 
torno TT, pp. li-mv. 



US 

ficmpre. Descanso algunas horas en su palacio; 
m seguida volvio a la iglesia, donde los sacerdo- 
U-3 celebraban con solemnes c:\nticos la fiesta de 
la Natividad del Seiior, y cuando, segun el rito 
toledano, entonces aun en uso, entonaron el ulti- 
mo nocturno de los marlines, Avenit nobis, unio su 
liebil voz a la del clero. Al despuntar la aurora, 
les suplico que dijeran misa, y habiendo recibido 
la Eucaristia, volvio a su lfecho, marchando peno- 
pamente apoyado en los servidores de su casa, 
A la manana del dia siguiente se hizo poner sus 
rcgias vestiduras y trasladar a la iglesia, donde 
se arrodillo ante el altar, y, quitandose el man to 
real y la corona, dijo aun con voz clara: 

— jTuyos son el poder y el reino, Seiior! jTu 
eres el rey de reyes; tuyos son los reinos del cielo 
y de la tierra; te devuelvo, pues, el reino que 
de ti he recibido y que he gobcrnado mientras 
plugo a tu divina voluntad. Te ruego solamente 
que acojas en tu misericordia mi alma, arranca- 
da al abismo de este mundo. 

-i. 

Despues, prosternand-ose en las gradas y llo- 
rando al implorar perdon de sus p-eeados, recibi6 
la extremauncion de manos del obispo; y, vesti- 
docon un ciilicio, la cabeza cubierta de ceniza, espe- 
ro la muerte, con la mirada henchida de f e y resig- 
nacion. El martes inmediato, a la hora sexta, entre- 
g6 su alma a Dios, o, mas bien, se quedo dormido: 
tan tranquilo y sonriente permanecio su rostro (1). 



(1) Mon Sil, c. lor>, inc. 



116 

Otra -muerte, de fijo menos santa, siguio niuy 
pronto a esta: Motadid, de Sevilla, expiro q] $&_ 
bado 28 de febrero del ano 1069. 

Dos anos antes habia incorporado Carmona a 
su reino, y pcco despues se habia Traancihado con 
(U n nuevo crimen, apuii aland o con su propia mano 
a un patricio de Sevilla, Abu-Hafs Hazani (l), 
Por lo demas, su espiritu estaba obsesionado en 
los ultimas anos de su vida por negros presen- 
timientos. No temia ver derribado por los ata- 
ques de los castellanos el trono que habia conso- 
lidado a fuerza de ardides, traiciones y periidias; 
la prediccion de sus astrologos — de que ya hemes 
hablado, y que vaticiaiaba que su dinastia seria 
derrocada por hombres nacidos fuera de la pen- 
insula — daba otra direction a sus temores. Habia 
pens ado durante mucho tiempo que estos exfa-an- 
jeros serian 'los berberiscos que mioraban a su 
lado; pero cuando ya los habia exterminado y 
creia haber vemcido la seatencia de los astros, 
comeaizo a sospechar que se habia enganado. Al 
otro lado del estrecho una nube de barbaros, que 
<una especie de prof eta habia arrancado a los de- 
siertos, caaninaba a la conquista diel Africa con 
*a rapidez y el entusiasmo de los primeros nu> 
su!ma.nes. En estos sectaries, que se daban el 
nombre de almoravides, veia Motadid a los foitu- 
ros conquistadores. de Espana, y ning-un argutmen- 
to podia dis-ioar el temor crue le insiDiraban. Un 






* 



(1) A bad, t II, pp. 216, 219, 220. 



117 

dia que leia y leleia una carta que habia recibido 
de Sacot, principe cte Ceuta, en que decia que la 
vanguardia de los almoravides acababa de esta- 
blecer su campanvento en la llanura de Marrue- 
cos, uno de sus visires exclamo: 

Sefior, icdmo es posible que te preocupe esta 
noticia? Verdaderamente es una hermosa residen- 
cia esa pobre llanura de Marruecos, sobre todo 
si se c&mpara con la bella, con la magnifica Se- 
villa. iQue te importa que esos barbaros hayan 
llegado alii? Entre cllos y nosotros hay desiev- 
tos, ejercitos numerosos y las olas del r.-.ar. 

— Estoy convencido de que algun dia Heparan 
aqui — respondio Motadid con voz sombria — ; 
acaso lo veras tu mismo. Escribe inmediatamen- 
te al goberaador de Algeciras; onaaidale que for- 
tifique aun mas a Jibraltar; dile que est6 alerta 
y que espie con la mas profunda atencion todo lo 
que o-cnrra al atro lado d-el estredho. 

Y fijanclo la mirada sobre sus hijos, prosi- 
gui6: 

— jOjala pudiera yo saber sobre cual de nos- 
otros ha de descargaa* la desgracia que nos ame- 
naza! ^Sera sobre vasotros, o sobre mi? 

[Que Dios os perdone a costa mia, padre — ex- 
clajYio Motamid, y me envie todas las desgracias 
que te desftinaiba, cuatesquiera que sean! (1). 

Cinco df as antes de su nraerte, sintiendo cierto 
malestar, cierta pesadez cle cuerpo y de espfritu; 



Cl) AbatU t, T, pp. 251, 252; Abd-al-iiahld, p. 7". 



118 



Motadid hizo venir a uno de'sus cant ores, a un 
siciliano, y le ordeno que cantase cualquier cosa. 
Estaba resuelto a considerar como un presagio 
las palabras de la cancion que el cantante eli- 
giera. Este comenzo a entonar una de esas can- 
domes, a la vez dukes y tristes, que tanto abun- 
dan en la literatura arabe, y que comenza- 

ba asi: 

"Gocemos de-la vida, pues sabemos que acaba- 
ra bien pronto. Mezcla viaio con agua de las nm- 
bes, ;oh, amada mia!, y danosle." 

Canto cinco versos de est a cancion, de modo 
que, por una coincidencia singular — pero que pa- 
lace bien averiguada — , el nnimero de Versos co- 
rrespond! a exactamente al de los dias que a Mo- 
tadid le quedaban de vida. 

Dos dias despues, el j-ueves 26 de febrero, su 
amor paternal— porque ya hemos dicxio que a 
pesar de su crueldad sentia un prof undo afeoto 
hacia sus hijos — recibio un golpe extreonadamen- 

te doloroso por la muerte de una hija a quien 
adoraba- En la tarde del vieraes asLstio a los 

r 

funerales, transido de afliccion, y, al terminar la 
ceremonia, quejose de un vi-olento dolor de cabeza. 

Cuando llego el medico tuvo una hemorragia que 
casi le asfixio. El medico quiso sangrarlo; pero 
Motadid, que era un enfermo poco sumiso, h 
anaaidd esperar hasta el siguiente dia, lo cual ace- 
lero su muerte, porque el sabado volvio a emfpe- 
zar la hemorragia con mas violencia que la pri- 



119 

mera vez, y, despue.s de perder el uso de la pa- 
labra, Motadid exhalo el ultimo suspiro (1). 

Le sucedio su hijo Motamid, a quien procura- 
remos dar a conocer. 



IX 



Nacido en 1040, Motamid, cuando solo tenia 
once o doce anos, habia sido nombrado por su 
padre para el gobiemo de Huelva, y poco despues 
habia mandado el ejercito sevillano que sitiaba 
a Silves. En esta ocasion fue cuando conocio a 
un aventurero, que s61o contaba nueve afios mas 
que el, y que debia desempenar un papel impor- 
tante en su destine. 

Se Uamaba Ben-Amar. Nacido en una aVlea de 
las inmediaciones de Silves, de parientes arabes, 
pero pobres y obscuros, habia comenzado a estu- 
diar literature, en Silves y en Cordoba y luego 
ee habia dedicado a recorrer Espana para ga- 
narse el pan cotidiano, componiendo panegiricos 
a todos los que podian pagarselos, porque, mien- 

tras los poetas de fama habrian creido rebajarse 
escribiendo rjoemas' para otros que no fuesen 
principes o visires, aquel pobre joven ignorado y 
mal vestido, que excitaba la hi'aridad en unos- y 
la piedad en otros por su gorrito y larga pelliza, 
se consideraba feliz si algun advenedizo enrique- 



(1) Abad, t. II, pp. CI, 62. 



120 

cido se dignaba arrojarle las migajas de su mesa 
a cam bio de sus versos que, sin embargo, tenian 
merito. Un dia llego a Silves en extremo apurado 
pues no tenia mas que >u mula y no sabia que 
hacer para ab'mentar a la fie" companera de sus 
miserias. Afortunadamente, se acordo de un hom- 
bre muy a proposito para ayudarle, si queria: de 
un rico negociante de la ciudad que, a falta de 
conocimientos literarios, tenia la vanidad suficien- 
te para que le agradase una oda compuesta en 
su alabanza. El pobre poeta escribio una, y se la 

envio, informandole de su miseria. Halagado en 
su amor propio, el negociante le envio un saco 
de cebada. Al recibir este presente, bastante mez- 
qurno, Ben-Amar se decia, con razon, que el jner- 
cader bien podia haberle enviado, ademas, un saco 
de trigo; pero no por eso se puso menos alegre, 
y ya veremos que mas adelante supo mostrar re- 
conocimiento a su bienhechor. 



La inspiracion pootica de Ben-Amar no tardo 

n 

en divulgarse, y le valio la honra de ser presen- 
tado a Motamid, a quien agrado en extremo; y 
oomo ambos amaban 'os placeres, las aventuras 
y, sobre todo. los buenos versos, no tardo en unir- 
los una amistad fntima. For eso, en cuanto Silves I)) 

fue tornado y Motamid nombrado gobernador, se 
apresuro a crear un visirato para ,su aanigo y le 
abandono el gobierao de la provincia (1). 



Oj AUd-al-uahUl. pp. 79-S1 ; Abad. t. n, 'p. S8; Aben-!>a 

snm, t. II, fol. 98 v. 






' V 






121 

Los felices dias pasados en Silves, encantadora 
mansion donde todo el mundo era entonces poe- 
ta (1), >* <l ue tcH3av3 ' a se ilama el parafeo de Por- 
tugal, no se borraron de la memoria de Motamid. 
Su corazon no se habia abierto aun a 1 , amor; al- 
gunos caprichos se habfan apoderado de su ima- 
ginacion; pero se habian desvanecido sin haberle 
causado alegrias duraderas (2). Estaba en 1 a epo- 
ca de la amistad entusiasta y se abandonaba a 
este sentimiento sin segunda intencion, con todo 
el fuego de su edad. En cuanto a Aben-Amar, 
que no se habia criado, corno el principe, en la 
opulencia, el lujo y la fortuna, y que, por el con- 
trario, 'habia conocido desde *os al bores de ]a 
vida las luchas, los desalientos, las crueles de- 
cepciones y la indigencia, tenia una imagination 
menos viva, menos risuena, menos joven; no po- 
dia librarse de cierta ironia; era ya esceptico en 
muchos sentidos... Un viernes iban los dos ami- 
gos a la mezquita, cuando, oyendo Motamid anun- 
ciar al almuedano 'a hora de la oration, impro- 
viso este verso, rogando a Ben-Amar que le ana- 
diese otro, en el mismo meti'o y con la misma 
rima: 

" — He aquf el aTmuecm que anuncia la hora de 
la plegaria. 



(1) En la campifia tic Silvoa. casi todos los aldeanon te 
nian el talento de improvisar; vease Cazuini, t, II, p. 364. 

(2) V£ase el poenia de Motamid sobre Silves, que tradu 
clremos mis adelant* 1 . 



122 



— Al hacerlo espera que Bios ha cle perdonarle 
sus numerosos peeados— repico Ben-Amar. 

-iQue sea feliz, puesto que atestigua la ver- 
dad — continuo el principe. 

— Siempre que crea su alma lo que dice su len- 
g^a — repuso sonriendo el visir (1)." 

Cosa extrafia, pero que se explica pensando que 
habia aprendido muy p-romto a conocer a los hom- 
bres y a dudar de ellos. Ben-Amar de»sconfiaba has- 
ta de la amistad tan ilimitoda y tierna que le pro- 
fesaba el joven principe; pbr mas que hacia, no 

lograba alejar los negros presentimientos que a 
veces atormentaban su aspiritu, sobre todo en los 
banquetes, porque tenia el vino triste. Refierese 
sobre esto una aventura ciertamente singular y 
rara, pero que, sin embargo, es verdadera, pues 
descansa sobre los testimonios mas respetables, o 
sean Motamid y Ben-Amar. Una tarde — sagun 
dicen — , Motamid habia invitado a Ben-Amar a 
una cena; le habia agasajado mas que de co-3- 
tumbre, y, cuando se retiraron los demas comen- 
sales, le rog'6 que se quedara y que se acostase con 
el. El visir cedio a sus instancias; mas apenas 
dorcnido, oyo unavozque le decia: "jDesgraciado, 
ese llegara a matarte!" Poseido de terror, Ben- 
Amar se desperto soforesaltado; mas procuran- 
do aHejar de su mente las negras ideas que atri- 
buia a los vapores del vino, consiguio por fin 
volver a dorniirse. No obstante, escuaho estas 



•i 
1 

A 



* 



<1) Abad, t. I, p. 3S4. 









123 

siniestras palabras por segunda y por terceia 
vez. No dudando ya de que era un aviso sobrena- 
tural, se levanto sin hacer ruido, y, liandose el 
cuerpo en una est era, fuc a agazaparse en un 
rincon del portico, resuel-to a evadirse en cuanto 
abriesen las puertas de palacio, queriendo llegar 
a un puerto de mar y embarcarse para Africa. 

En tanto, Motamid desperto a su vez, y no ha- 
llando a Ben-Amar al lado suyo, lanzo un grito 
de alarma, al cual acudieron todos sus servido- 
res. Empezo a registrar el palacio en todos sen- 

tidos; el mismio Motamid dirigia las pesquisas- 
Queriendo ver si habian abierto la puerta, llego 

al portico en que estaba oculto Ben-Amar, el 
cual se clelato por un movimiento involuntario en 
el niismo instante en que las miradas del principe 
se iijaban en la ester a que k envolvia. "<,Que se 
mueve bajo esa estera?", pregunto Motamid, y 
todos los ©ervidores corrieron a registrarla, apa- 
reciendo Ben-Amar e*n el mas lamentable estado 
dd mundo, en ropas 211 en ores, temblando de pies 
a cabeza y tan avergonzado, que no se atrevia a 
levantar los ojos. Al verle, Motamid se echo a 
Horar: "{Oh, Abu-Beer! — ^exolamo — iQue te su- 
cede para proceder asi?" Y viendo que su arniigo 
continuaba temblando, le arrastro dulcemente a 
su aposento y trato de arrancarle el secreto de 
su extrafia conducta. Paso mucho tiempo sin que 
lo consigutese. Pre&a de un violento paroxismo 
nervioso, osci'lando entre el temor y el ridiculo de 
su situacion, Ben-Amar lloraba y refa a la vez. 



124 

Calm ad o al fin, lo confeso todo. Motaraid riose de 
su declaracion, y estreohandole afectuosamente la 
mano, le dijo: 

— Querido amigo, los vapores del vino te han 
ofuscado la razon y has tenido una pesadilla; e^o 
es todo. iCrees que podre matarte nunca, a ti, 
que eres mi alma; a ti, que eres mi vjia? Seria 
cometer uai suicidio. Procura olvidar esos maldi- 
tos suefios y no haibletnos mas de ello. 

"Ben-Amar — dice am historiador arabe — proou- 
r6, en efecto, dviuar esta aventura y lo consti- 
gui6; pero al cabo de algunos dias le oeurrio io 
que referiremos mas adelante." (1). 

Cuendo los dos amigos abandonaron Silves, 
iban a Sevilla, donde se entregaban a todos los 
pliaceres que ofrecia esta brillante y deliciosa ca- 
pital. A menudo se presentaban disfrazados en 
la Pradera de Plata, a orillas del .Guadalquivir, 
donde hombres y mujeres del pueblo iban a so- 
lazarse. Alii fue donde Motamid encontro por pri- 
mera vez a la q-ue estaba destinada para compa- 
nera de su vida. Paseabase una tards con su 
amigo en la Pradera de Plata, y aconitecio que 

la brisa oiuduio el agua del rfo, y Motamid in> 
proviso este verso, rogasido a Ben-Amar que le 
afiadiese otro: 

"La brisa convierte el Ho 
en una cota de malla..." 



(1) Abd-al-uahid— pp. Si, S2 — reflere esta aventura con las 
mism&s palabras que Ben-Amar. Aben-Basam — t. II, fo- 
lio 113 r. y v. — lahabfa oldo contar a muchos vlslres de 5V- 
vllla, cue la sabfan por Motamid. VSase tambi&i Abad, t. IT, 
patina 120. 









125 

Y como Ben- A mar no encontrase respuesta in- 
mediatamente, una muchacha del pueblo la dio asi : 

"Mejor cota no 8t> lialla 
conio la ronjrelo el fiio." 

Maravillado de oir a una muchacha improvisar 
con mas prontitud que Ben-Amar — que en esto 
era famosisimo — , Motamid la mird atentamente. 
Quedo impresionado de su belleza, y llamando en 
seguida a uir eunuco que le segufa a alguna di-- 
tancia, le mando llevar a la improvisadora a su 
palacio, al cu-al se apresuro a volver. 

Cuando le presentaron a la joven le pregunto 
. quien era. 

— Me llamo Itimad — respondio — ; pero ordina- 
rtamente me llaman Romaiqu'a, porque soy es- 
clava de Romaic, y en cuanto a mi profesion, soy 
muletera. 

— -Dime, &-estas casada ? 

— No, principe. 

— Tanto mejor, porque voy a comprarte, y a 
casarme contigo (1). 

Motamid amo a Romaiquia durante toda su 
vida con un amor inalterable- Ella reunia todo 
para agradarle. Fue cormparada algunas vieces a 
Ualada de C6rdoba, la Safo de esta epoca. Esta 
comparacion, exacta en ailgun seirtido, no lo era 



(1) Abad, X. II, pp. 151, 152; cf. 225, 226. Haata despuGs 
de su matrimonio no adopt6 el joven principe el sobrenombre 
de Motamid, derivado de la misma rafz que el nombre Iti- 
mad. Hemoa creldo deber darsele anticlpadamente, pero an- 
tes llevaba otros; ve-ase Abad, t. II, p. 69, y comp&rese con 
la p. SI. 



126 

en otros. No habiendo recibido una esmerada edu- 
cation, no podia rival izar con Ualada en cultura* 
pero no le era inferior en la convcrsacion espi- 
ritual, en ias buenas palabras, en las felices y 
sencillas ocurrencias, en las replicas vivas e in- 
geniosas, aventajandola tal vez por sus gracias 
natu rales y casi infantilis, su jovialidad y su 
travesura (1). Sus caprichos y sus deseos hacfan 
la dicha y la desesperacion de su esposo, obliga- 
do a satiefacerlos a toda costa, porque cuando 
concebia una idea nadie la podia disuadir. Un 
dfa, on el mes de febrero, vio desde una ven ta- 
na del pailacio dc Cordoba caer copos de nic- 
ve, espectaculo muy raro en un pais donde ape- 
na3 se conooe el inviorno. De pronto romg>i6 a 
llorar. 

— i Que tienes, querida mfa ? — le pregunto su 

marido. 

— I Que tengo ? — respondio sollozando — , Lo 
que tengo es que eres un barbaro, un tirano, un 
monsti'uo. Mira que bonita es la nievc, que her- 
mosa, que rnagnifica; que graciosamente se adhie- 
ren estos blancos copos a las ramas de los drbo- 
les; y tu, ingrato, no te preocupas de proporcio- 
narme este soberbio espeetaculo todos los invier- 
nos; nunca se te ha ocurrido llevarme a un pais 
donde nieve stempre. 

— No te desesperes asf, vida mfa, bien mio — 
respondio el prfncipe, enjugandole las lagrimas 



ri- ■*- -^-"> 



(}) Ahntl. t. ij, p. 2:m 



127 

que le surcaban las inejillas— , temlras nieve to- 
dos Ios inviernos y aqui mismo, te lo promote. 

Y mando plantar almendros en toda la sierra 
de Cordoba, a fin de que las blancas flores de 
estos hermosos arboles, que florecen en cuanto pa- 
san las heladas, reemplazasen para Romaiquia los 
copos de nieve que tanto la habian admirado (1). 

En otra oeasion vio a unas mujeros del pueblo 
que amasaban, con los pies desnudos, barro para 
hacer ladrillos, y como se echase a llorar, le' pre- 
gunto su marido la causa de su pena. 

— J Ay, soy desgraciadisima — dijo — desde el dia 
en que, arrancandome a la vida alegrc- y libre 
que llevaba en mi casucha, me has encerrado en 
este triste palacio liganclome con las pes-adas ca- 
tenas de la etiqueta! Mir a a esas mujeres ahi 
abajo, a orillas del rfo. Querria amasar barro con 
ellas, con los pies desnudos; pero jay!, condenada 
por ti a ser sultana y rica, no lo puedo hacer. 

— Si que podras — re.spondio el principe son- 
riendo. 

Y en el mismo instante bajo al patio del pala- 
cio, .hizo traer una cnorme cantidad de azucar, 
canela, jengibre y perfumes de todas clases, y 
despues de cu-brir todo el suelo del patio con tan 
preciosos ingredientes, los hizo regar con agua 

de rosas y amasar a brazo tan bien, que forma- 

i 

ron una ©specie de barro. Heeho esto, dijo el prfn- 
cipe a Romaiquia: 



(1) El conde Lucanor, c. 1-1. 



128 

Eaja al patio con tu sequito; el barro te 
espera. 

Fue la sultana, y, descalzandose, lo mismo que 
sus acompanante;-, hundieron todos los pies con 
loca alegria en aquel barro aromatico. 

Era un capricho muy caro; asi que Motamid 
.sabia recordarse!o cuando era preciso a su anto- 
jadiza esposa, cuyos deseos no tenian limit as, 
Habiendole pedido un dia una cosa que el prin- 
cipe no le podia conceder: 

— ;Ah, cuan digna soy de compasion! — excla- 
mo — . Indudablemente soy 3a mas desdichada de 
las mujeres, porque tomo a Dios por testigo de 
que nunca has hecho la menor cosa por agra- 
daraie. 

£Ni tampoco el dia del barro? — !e pregunto 
Motamid con dulce y tiema voz. 

^ 

Romaiquia se ruborizo y no Insisti6 mas (1). 

Fuerza es anadir que los ministros de la reli- 
gion no pronunciaban nunca el nombre de esta 
inquieta sultana mas que con un santo horror. 
La consideraban como el mayor obstaculo para 
la conversion de su marido, arrastrado sin cesar 
por ella — decian — en un torbellino de p'aceres y 
voluptuosidades; y si las mezquitas estaban 
desiortas los viernes, la culpaban a ella, Romai- 
quia se reia de sus clamores. Aturdida y descui- 
dada, no sospechaba que aquellos hombres llega- 
rfan a ?er temibles algun dfa (2). 






.--■ 



(1) Abad, t. II. pp. 152, 153. 

(2) Abad, t. II, p. 151. 



^ 



129 

Por lo demas, a pesar de su amor, Motamid 
seguia concediendo a Ben-Amar el afecto de siem- 
pre. Una vez, hallandose con su amigo y lejos 
de Romaiquia, le cscribio una carta en la cual 
incluyo estos seis versos acrosticos: 

"Invisible a mis ojos, siempre estas presente 
en mi corazon. 

Tu felicidad sea infinita, como lo son mis cui- 
dados, mis lagrimas y mis insomnios. 

Impaciente al yugo, cuando otras mujeres quie- 
ren imponermelo, me someto doc^mente a tus 
menores deseos. 

Mi anhelo, en cada instante, es estar a tu lado. 
;Oja)a pueda lograrlo pronto! 

Amiga de mi corazon, piensa en mi y no me 
olvides, por larga que sea la ausencia. 

Dulce nombre es el tuyo. Acabo de escri- 
birle, acabo de trazar estas amadas letras: 
Itmod (1). 

Y termino su carta con estas palabras: "Pronto 
ire a verte, sieonpre que lo quieran Ala y Ben- 
Amar. " 

Enterado de esta frase Ben-Amar, dirigio es- 
tos versos a su amigo: 

"I Ah, principe mio! Nunca he tenido otro de- 
?eo que tu voluntad; me dejo guiar por ti como 
el viajero nocturno por los relampagos d-eslum- 



U) Abad, t. II, p. 68. 

Hist, musih^manes. — T. IV 



130 

bradores. Si quieres volver cerca de la que arnas, 
embarcate en un ligero bajel — yo te seguire — , 
o monta a caballo — tambien te seguire — . Des~ 
pues, cuando, gracias a la proteccfon divina, lle- 
guemos al patio de tu pa?acio, me dejaras volve? 
solo a mi casa, y tu, sin descefiirte la espada, iras 
& echarte a los pies de la hermosa del cinturon 
de oro, y desquitandote del tiempo perdido, la 
abrazaras, la estrecharas contra tu pecho, mien- 
Iras tu boca y la suya murmuren dunces palabras 
camo los pajaros se responden con cantos melo- ' 
diosbs al rayer la aurora" (1). 

Repartiendo su corazon enttre el amor y 3a 
amistad, llevaba el jo-ven principe una vida en- 
cantadora, pei*o que foe* interrumpida bruscameii- 

fce cuando su padre desterro a Ben-Amar. Esto 
fue un rayo para los dos amiigos; mas £que ha- 
cer? Las resoluciones de Motadid eran inqu^bran- 
tab'-es. Ben-Amar paso en el Norte, y especial- 
mente en Zaragoza, los tristes afios de su de&- 
tierro, hasta que Motamid, que entonces contaba 
veintinueve anas, sucedio a su padre (2). El prfn- 
cipe se apresuro a traer al lado suyo al araigo 
de su adolescenda y le dio a elegir entre los di- 

versos empleos del reino. Ben-Aimar se decidio 
por el gobiemo de su provineia natal. Aun^ue le 



(1) Abad, t. II, p. 88, 

(2) Abd-al-uahid, pp. 77-81. Segtin otra tradicldn— Abad, 
tomo II, p. 105 — , Ben-Amar habfa vuelto a la corte en -vida 
de Motadid; pero este relato me parece inexacto. 



\ - 



131 

via con disgusto apartarse de su lado, Motamkl 
accedi6 a su demanda (1) ; pero cuando su amigo 
se despidio, los encantados recuerdos de su estan- 
cia en Silves y esas primeras emociones que nun- 
ca dejan amargura en el corazon, se reavivaron, 

e impi'oviso estos versos: 

"Saluda en Silves los lugares queridos que ya 
sabes, ioh, Abu-Beer!, y pregtfcitailes si se acuer- 
dan de ml. Saluda, sabre todo, al Xarachitb, al 
soberbio palacio cuyas salas estan llenas de leo- 
nes y de blancas beldades, de tal modo que se 
creerfa ya estar en una cueva de leches, ya en 
Tin serrallo (2), y dile que hay aquf un caballero 
que arde en deseos de volverlo a vev. ;Ouantas 
noches be pasjado allf, al lado de (una hermosa 
joven de aimplias caderas y esbelta cintura! 
jCuantas veces hevmosas jovenes fclancas y mo- 
renas me han herido el corazon con sus miradas 

dulces, eual si sus ojos fuesen lanzas o es-pa- 
das! jCuantas noches he pasado tambien en M 
valle, junto al rio, con una bella cantadora, eu~ 
yo brazalete recordalba a la Luna ea crscienfce! 
Me embriagaba de todos modos, ya con sus mi- 
radas, ya con el vino que me ofrecia, ya con sus 
besos. Y cuando tocaba en su guitarra una can- 
ci6n guerrera creia escoichar el choq.ue de las 
espadas y me sentia beltaamente enardecido. jDe- 



(1) Abd-al-uahid, p. 82. 

(2) No hay necesidad de decir que el poeta se refiere aqut 
a estatuas y a leones figurados 



132 



licioso "momentO; sobre todo aquel en que, des- 
pojandose de su tunica, se me aparecia esbel- 
ta y flexible como una rama de sauce! "jLa flor 
— me decia yo entonces — ha surgido d« su ca- 
pullo!" (1). 

Ben-Amar entro en Silves rodeado de un so- 
berbio cortejo y con ta! pompa que ni el niismtf 
Motamid, cuando era gobernador de la provincia. 
la habia desplegado mayor; pero se hizo perdo- 
nar este alarde de orgullo con un noble acto de 
reconocimiento, porque habiendo sabido que el ne- 
gociante que le habia socorrido en su indigencia 
cuando no era mas que fun pobre poeta anxbulante 
vivia aun, le erovio un saco lleno de monedas de 
plata. Este saco era el mismo cfue el mercader 
le habia enviado lleno de ceibada y que Ben-Amar 
habia guardado cuidadosamente. Sin embargo, no 
oculto a su antiguo* bienheehor que el presente le 
habia p&recido algo mezquino, porque le anando 
decir estas palabras: "Si en otro tiemrpo me hu- 

bieses enviado este isaco lleno de trigo, hoy te lo 
devolveria lleno de oro" (2), 
No (permaneci^ largo tiempo* en Silves, pues, no 

pudiendo vivir sin el, Motamid lo llamo a la corte, 
nombrandole su primer ministro (3). 



(1) AJ>ad t t. I, pp. 39, 84. 

(2) Abd-al-uahid, p. 80. 

(.?) Abd-al-uahfd, pp. 82, 83, 



133 



X 



Como Motamid y su minis tro eran, sobre todo, 
aficionados a la poesia, la corte sevillana llego a 
ser ©1 punto de cita de los mejores poetas de la 
epoca. Los poetastros no tenfan, en cambio, nin- 
guna probabilidad de hacer fortuna, porque Mo- 
tamid era un critico severe que examinaba con 
gran cuidado todos los poemas que se le presen- 
taiban, y analizaba cada expresion y cada slla- 
ba (1) ; pero cuando se trataba de urn po^ta de 
taitettto, &u generosidad no tenia limibes. Un dia 
oyo recitar osios dos versos; 

"La Melidad en el cumplimiento de las pro- 
mesas es hoy cosa rarisima. No encontrareis na- 
die que practique esta virtud, ni siquiera que 
pieaise en ello. Es aUgo fabuloso, como el gxifo o 
como ese auento en que se refiere que un poeta 
recibio un dia como presente mil dxtcados." 

■£De quien son esos versos? — pregunto. 

De Abd-al-'Ohalil — le respondieron. 

•Y jque! — exclamo entonces — . iXJuo de mis 

servidores, un buen poeta, con&idera coano oosa 

f&bulosa un presente de mil ducados? 

Y dispu<so inoBediatamente que se enviasen mil 
ducados a Abd-al Chalil (2). 

En otra ocasi6n, imientras coiwersaba con uao 



(1) Ahad, t. II, p. 148. 

(2) Abd-al-uahid, p. 72; Abad, t. II, p. 222. 



134 

de los poetas siciHanas — que foabian venido a su 
corte ouando su jxatria fue conquistada par Ro- 
gerio el Normando — , le trajeron unas anonedas 
de oro que acaibaban de lacunar. Dio dos bolsas 
llenas de ellas al sicifeno ; pero este no qued6 
con/ten to con el regalo, auwque fuese smiagnlfico, y 

miraba con tcodkia una figurilla de ambax Incrus* 
tada de perlas que habia en la sala, y que repre- 
sentaba un catmello. "Senor — dijo al fin — » tu pre- 

J 

semte es magninco, pero rmuy pesado, y creo que 
me haria failta un caitnello para transpoontarlo a 
ani morada." "Tuyo es el camrello" — respondio son- 
rienrio Motaamd (1). 

En general, todo el que tenia talento podia es- 
tar seguro de agradar a Motamid, fuese poeta o 
no, aun cuando fuese salteador de camlnos, coono 
3o prueba la anecdota del Halcon Gris. E'l Halc&n 
Oris — no se le designaba mas que con estie apo- 
do — habia sido, durante nmcho tiernpo, el ladron 
mas calebre de la epoca, el eapanto y el azote de 
los habitantes de las campinas; pero, habiendo 
caido al fin en m'anos de la justicia, fue condenado 
a morir crucificado en la carretera, para que los 

aldeanos pudieran ser testigos de su supiicio- Sin 

embargo, conio hacla uai calor sofocante el dia 

en que fue ejecuitada la sentencia, el camino es- 

taba poco frecuenfcado. Al pie de la cruz en que 

esitaba olavado el ladron se hallaban su mujer y 
sus hijas llorando sin consudo. ";Ay — deciatn — , 



(1) Abad, t. II, p. 146. 



135 

cuando ya no existas, moraremos de hambre!" El 
Halcon Gris era un hombre muy compasivo, un 
corazon de oro, y la idea de que su familia iba a 
quedar en la miseria le partia el alma. Vio lleg&r 
a un mercader forastero montado sobre una mula, 
cargada de piezas de tela y de otras mercancias, 
que iba a vender en los pueblos cercanos. 

-jEli, seiior, me encuentro aqui, como vas, en 
una postura bastarate desagradable; pero puedes 
hacerme un gran servicio, que te reportara gran 
utilidad. 

^Corno? — pregunto el aludido. 
-;Ves ese pozo ahi abajo? 

<Sf, le veo. 

I Muy bien ! Pues has de saber que cuando 



cometi la ton/teria de dejarme prender, eche diez 
ducados en ese pozo, que esta seco. Si quieres ha- 
cerme el favor de saeanlos, te dare la mitad. Mi 
mujer y mis hijas, que aqui ves, cuidaran de tu 
inula hasta que acabes. 

Seducido por el cebo de esta ganancia, el mer- 
cader cog-io inmecliatamente una cuerda, ato un 
extreimo al borde del pozo y se cleslizo hasta el 
f owdo . 

— iAlerta! — dijo entonces el Halcon Gris a su 
mujer — . Corta la cuerda, coge la mula y huye a 

escape con las nMas. 

Todo se hizo en un abrir y cerrar de ojos. E5 
trajinante brameiba como un to*ro; pero cocmo la 
campina estaba casi desierta, paso anujctho tieanpo 
antes de que un transeunte vindera en su soeoorro, 



136 

y no teniendo este bastante fueraa para sacaslo, 

tuvo que esperar a que viniese otro que le ayu- 

dase. 
Arrancado al to de su ,prision siubterranea, el 

mercader tuvo que contestar a sus libertadores, 
que le preguntaban que habia ido a hacer a aquel 

pozo- 
Refirioles su desdiichada aventura, cdn fuerte 

imprecaciones contra el ladron que le habia enga- 
nado tan indignameiite. Pronto fue conocida en 
toda la <;iudad y hasta llego a oidos de Motaimid, 
que mando que desclavasen al Halcdn Gris y se 
lo trajeran. Cuando estuvo en su presencia, le 

dijo: 
— No hay duda de que eres el mayor feribon que 

existe, pues ni Ja perspectiva de la muerte ha 

baatado para hacerte renunciar a tus artdinanas. 

— I Ay, priincipe! — respondio el ladron — . Si, co- 
mo yo, supieras lo apetitoso que es robar, manda- 
rias al infiemo tu regio manto y no harias otra 
cosa. 

— jMaidito bribon! — afiadio el principe, riendo a 

L 

carcajadias — . Pero hablentos seriamente. Suiponga- 
mos que te perdono la vida, que 1 te dejo en li- 
hertad, que te ipimgo en situation de ganarte h<xn- 
rosamente la vida y que te asigno* un sueldo- que 
baste a satLstfacer tus necesidades. £Te enanenjaia- 
rfas entonce-s y abandonarfas tu detestable ofieio? 
•Mucho se haee por salvar la vida, senor; has- 
te se enniienda uno. Confla; qiuedaras satisfecho 
de mi. 



137 

EI H<tlcon Gris cuiujplio su palabra. Noinbrado 
brigadier de policia, inspiro tanto terror a sus 
antiguos cainaradas como habia inspirado antes 
a lo*s campesinos (1). 

Por lo demas, Motamid Ilevaba una vida ale- 
gre, sin preocuparse mucho de los negodos de 
Estado. "A mi parecer — decia en uno do sus poe- 
mas — , el ser prudente consiste en no serlo" (2). 
Los festines absorbian gran parte de su tiamjpo, 
y como querla mostrarse caballero* galante, se 
veia obligado >a consagrar el resto a las beldades 
de su haren. No babfa dejado de amar a Koroai- 
quia; por el contrario, segula amandola con pa- 
sion; pero como, segiin el extrafio codigo que 
rige el amo*r en los paises musulmanes, pueden 
permitirse algnnos caprichos sin ser infiel, dirigia 
de tiempo en tiempo sus homenajes a otras mu- 
jeres, sin que Romaiquia, -segura de reinar como 
soberana >eji el corazon de su marido, tuviese nada 
que objetar. La hermosa Amada era encantadora, 
y cuando bebia a su salud el principe encontraba 
el vino mas aromatieo (3). Luna le acompanaba 
cuando estudiaiba los versos de los antiguos poe- 
tas o escribia los suyos, y si ai Sol se le ocurria 
lanzar una mirada indiscrete, en el gabinete de 
estudio, alii estaba ella para intencetptarlo, "por- 
que harto sabfa — aiinmaba el principe — que s61© 



(1) Abad, t. II, p. 224, 225, 

(2) Abd-al-uahid, p. 72. 

(3) Abad, t. I, p. 392. 



138 

la Luna puede eclipsar al Sol" (1). Mas gazmona 
y mas aspera, Perla tenia a veces caprichos y se 
encolerizabo, siendo preciso que Moiamdd se es- 
forzase mucho para apacigfuarla. Una vez que ha- 
b'a provocado su enojo, le escribio pera disculpar- 
se. Ella le respondio bien, pero sin encabezar la 
carta con su nombre, oomo era ccfctuimbre. 

— ;Ay, no me ha perdonado todavia! — dijo en- 
tonces e] principe — ; Por eso no ha puesto su 
nombre al principio de la carta. Saibe que yo ado- 
1*0 su nombre; pero* est a tan dAsgxkstada conimigo 
que no quiere escribirtio. "Cuando lo vea — se ha- 
bra dicho — va a bes-arlo. Pues, por Dios, que no 
lo ha de ver" (2). 

Y Hada. jque gentil enfermera! M principe pe- 
dia a Ala, como un favor, que le biciese esftar 
constantemente enfermo, a condidon de ver siem- 
pre a su cabecera a a-qvtella, graeiosa gaeela de Ia- 
bios purpurinos (3). 

Se enganaria. sin embargo, quien Imaginase 

i 

que Motamid descuidaba completamente prose- 
guir la obra de su padre y de su abue'o. Aunque 
no era tan ambicioso como ellos, hizo lo que es- 
tos habian intentado en vano: al segundo ano de 
reinar anexiono Cordoba a su reino. 

Cierto que su padre le haibia abierto el camino 
y que las ci rcunsftanci as le secundaron adanirable.- 
mente. Dos anos antes, en 1046, el anciano pre- 



(1) Abd-al-uahld, p. 73; Abod, t. II, p. 30. 

(2) Abad, t. X, p. 391. 

(5) A.had 9 t. 1. p. 3SS. 



> " F,. 



V. 



130 

sidente de la republica, Abu-M-Ualid aben Cha- 
huar, habia abdicado sus funciones en su dos 
hijos, Abderrahman y Abda'melic. Confio al ma- 
yor todo lo concemiente a la administracion y a 

la hacienda, y al menor, a quien preferia mucho, 
el mando militar (1). Ei menor eclipso Men pron- 
to al primogenito; pero todo marchaba bien mien- 
tras duro la influencia del habil visir Ben-as- 
Saca. Este hombre de Estado inspix-aba respeto a 
todos los enemigos declarados u ocultos de la 
republica, y al mismo Motadid, el cual compren- 
riio que para lograr sus fines debia comenzar por 
derribarlo. Procuro hacenle sospechoso a Abdal- 
melic aben-Chahuar, y lo consiguio. Ben-as-Saca 
£ue condenado a muerte, acontecimiento que tuvo 
para la republica las mas desastrosas consecuen- 
cias. Los oficialcs y los soldados, que hobian sido 
muy adictos al visir, presentaron casi todos ]a 

dimision, mientras Abdalmelic se hacia odioso a 
sus conciudadanos por su dureza y su indolemcia. 
Parece, edemas, que fue cercenado poco a poco 
lo que quedaba en pie de las instituciones repu- 
blicans. 

EJ podcr de Abdailmelic ya vaci'laba, por lo tan- 
to, cuando Mamun de Toledo puso sitio a Cor- 
doba en el otono de 1070. No teniendo casi ejer- 
cito, porque su caballeria estaba reducida a dos- 
cientos hombres muy mal org-anizados, Abdal- 
melic nidio socorro a Motacmid, y lo obtuvo. Mo- 



(I) Ben-Hayan, apuri Aben-Basam, t. I, fol. 158 v., lfi!> r 



140 

tamid envio fuerzas considerables que obligaron 
a retirarse a las tropas toledanas; pero nada 
gano con esto Abdalmelic; al contrario: los jefes 
del ejercito sevillano, siguiendo las secretas orde- 
nes tie su monarca, sc entendieron con los cor- 
dobeses para quitar el poder a Abdalmeic y con- 
ferirselo al rey de Sevilla. Este complot fue tra- 
mado en el mayor misterio, por lo que Abdal- 
melic nada sospecho. Kn la madrugada del sep- 
timo dfa, despues de la marcha de Mamun, y cuan- 
do estaba a punto de salir para de?pedir:-e de los 
sevillanos, que habf&n anunciado que se marcha- 
rfan, fue cuando llegaron a sus ofdos gritos sedi- 
ciosos. Mira y ve su palacio cercado por los su- 
puestos auxiliares y por el pueblo, y casi en el 
mismo instante le detienen, lo mismo que a su 
padre y al resto de la familia. 

Motamid fu6 proclamado senor de Cordoba, y 
los Beni-Chahuar, Itevados prisioneros a la isla 
de Saites; pero el viejo Abu-'l-Uaiid no sobre- 
vivio a su infortunio mas que cuarenta dlas (1). 

El rey poeta habla de esta conquista como si 
hubiese sido la de una beldad algo altanera: 

"He obtenido, al primer vuelo, la mano de la 
hermosa C6rdoba — decfa — , de esa vaHente ama- 



(1) Aben-Baeam, t. I, fol, 159 i\, 160 r. ; Ben-Hoyan, 
ibidem, fol. 160 r. y v, ; poema de Ben-al-Caclra, apud Ben-al- 
Jatib. man. P M fol. 51 r, y v.; Aben-Jaldun fl fol. 125 v. Eate 
rtltimo eutor so equlvbca cuando aflrraa que la toma de Ctfr- 
doba ncont(?cl6 en 461, porque Aben-Basam dice: "Hacla flues 
dct 432." Tambl£n estd en un error al sostener que Abu-'l-Ua* 
lid habfa muerto ya en esta fipoca; Abd-al-uahid — p. 43— ha 
Incurrtdo tambl£n en !a mlsma equivocacidn. 



4 



141 

zone que, con la espada y la lanza en la mano, 
iechazaba a cuantos la pretendian en matrimonio. 
Ahora celebmmos los dos nuestras boclas on su 
palacio, mientras, desanimados, los otros reyes, 
mis rivales, lloran de rabia y tiemblan de miedo. 
jTemblad, y con razon, viles enemigos, porque 
bien pronto el leon caera sobre vosotros!" (1). 
Sin embargo, Mamun no se dio par vencido; al 
contrario, estaba dispuesto a apoderarse de Cor- 
doba, costase lo que costase. Acompafiado de su 
aliado Alfonso VI, devasto los alrededores de la 
ciudad, pero fue rechazado por el joven gobema- 
dor Abad, hijo de Motamid y de Romaiquia (2). 
Entonces Ben-Ocaxa se coanprometio a ponerlo 
en poaesion de la ciudad que ombicionaba. Era 
un hombre feroz, sanguinario, un antiguo bandi- 
do de la sierra, pero que no carecia de talento, 
y que conocia perfectamente Cordoba, donde ya 
habla representado a 1 gun papel. Nombrado go- 
bernador de una fortale^a, comenzo a intrigar 
en C6rdoba y a tramar complot, lo cual no era 
diffcil, porque habfa muchos ciudadanos descon- 
tentos de la direccion de los negocios. Cierto que 
el prmcipe Abad hacfa concebir hermosas eape- 
ranzas; pero como aun era muy joven para go- 
bemar por si mismo, el poder estaba en manos 
del jefe de la guamicion, Mohamad, hijo de Mar- 
tin, a lo que pareoe de origen cristiano. Pero 



<1) Abad, t. I, p. 46. 

(2) Abad, t. I, p. 322] Lucas de Ttiy, p. 100. 



V 



142 

este hombre, buen so 1 dado por otra parte, era 
cruel, saniguinario y libertino; asi que los cordo- 
bcses lo detestaban, y mucho^ no tuvieron escru- 
pulo de entrar en tratos con Ben-Ocaxa. Sin em- 
bargo, este ultimo no lo^ro ocultar completamen- 
te sus manejos. Un oficial se dio cuenta de que e! 
anti^uo salteador venfa muchas noches a 'as puer- 
tas de la ciudad y sostenia conversacioncs muy 
sospechosas con los soklados de la guamicion. 
Kcfirioselo a Abad; pero este no hizo gran caso 
de la advertencia y envio el que se lo daba a 
Mohamed, hijo de Martin, quien lo envio a su 
vez a oncialcs subailtemos. En una palabra: eada 
uno descargo en otro las medRias que debfan 
adoptar.se, y naclie cumplio con su deber. 

En tanto, Ben-Ocaxa estaba de continuo en ace- 
cho, y en enero de 1075 aprovecho una noche tern- 
pestuosa y obscurfsima para introducirse en la 
ciudad con los suyos, marchando directamente al 
palacio de Abad. Allf no habia guardia, y ya es- 
taba a punto de forzar las puertas cuando el prfn- 
cipe, despertado por el portero, vino a cortarle 

el paso con un punado de esclavos y de solda- 
dos. A pesar de su extrema juventud, defendiose 
como un leon, y ya habia obligado a los asal- 
tantes a evacuar el vejstfbulo cuando se resbalo. 
Uno de los hombres de la partida cay6 sobre el 
y lo dio muerte. Quedo su cadaver en la calle, 
casi desnudo, porque, habiendose despertado de 
pronto, Abad no habia temdo tiempo de vestirse. 
En seguida Ben-Ocaxa condujo a sus secuaces 



14:} 

| a la casa del gobemador. Tan lejos estaba este 
; de esperar ser atacado, que en el mismo instante 
en que invadian su morada se solazaba viendo 
bailar a sus almeas. Menos valiente que Abad, se 
ocu'to cuando oyo el ruido de las e^padas en el 
patio; pero, descubierto su e-scondite, ?w apre- 
sado y muerto. 

Al amanecer, mientras Ben-Ocaxa reconia las 
casa? de los nobles para persu&dirlos a que hi- 
ciesen causa comun con el, un iman que jba a 
la mezquita paso por delante del palacio de Abad. 
Llamole la atencion un cuerpo que yacia alii 
j desnudo y sin vida. Keconociendo, no sin trabajo, 
en acfuel cadaver, manchado de lodo, el del joven 
prfneipe, le tributo un piadoso y ultimo honor, 
cubriendole con su alquicel. Apenas se habfa ido, 
Dego Ben-Ocaxa, rodeado de esa turba que en las 
grandes ciudades prorrumpe en gritos de a'egri 
a cada revolucion. Por orden suya el cadaver fue 
decapitado, y la cabeza, claveda en una pica, pa- 
seada por las calles. Al verla, los sold ados de la 
guarnicion arrojaron las amies y procuration sal- 
varse por una pronta fug-a. Ben-Ocaxa reunio en- 
tonces a 'os cordobeses en la gran me&quita y 
les orden 6 que prestasen juramento a Mamun. 
Aunque habfa muchos sinceramente adictos a 
Motamid, el miedo fu^ tan grand e y general, que 
todos se apresuraron a obedecer. A los pocos dfas 

lleg-6 Mamun en persona. Aparentemente estaba 
reconocidfeimo a Ben-Ceaxa; lo colmo de honores, 

le dijo que le concedia una confianza ilimitada; 



a 



144 

pero, en realidad, odiaba y temia a aquel anti- 
guo bandido, endurecido en el crimen, capaz de 
ascsinarlo, si fuera preciso, con 3a misma sangre 
fria que habia mandado dcgollar ai joven Abad. 
Asi que buscaba ansiosamente un pretexto, una 
ocasion para alejarlo de su re'mo sin ruido y ,?in 
escandalo. No oculto siempre este design* o a sus 
cortesanos. Un dia que Ben-Ocaxa acababa de 
marcharsc, lanzo un profundo suspiro, y con !os 
ojos infiamadcs de colera murmuro algunas pa- 
labras de rnal augui'io, y como un amigo de Ben- 
Ocaxa sc atrevieee a decir algo en su favor: ";De- 
jate de tonterias! — grito Mamun — ; el que no 
respcta la vida de los prfncipes, no ha nacido 
para servirlos." 

Un mes despues — junio de 1075 — , y el sexto 
de su estancia en Cordoba, murio Mamun, enve- 
nenado... Acusaron del crimen a uno de sus cor- 
tcsanos; pero £fue extrafio Ben-Ocaxa a este 
ascsjnato ? Trabajo cuesta creerlo. 

Traslademonos ahora a la cortc de Sevilla, e 
imaginemos el dolor de Motamid cuando supo la 
noticia, dobtemente fatal, de la perdida de C6>- 
doba y de La muerte de su hijo, de su primoge- 
nito, ad que amaba con idolatria. Y, sin embar- 
go, hubo en aquel noble corazon un sentimienfco 
que hablo mas alto que el dolor y que el deseo de 
venganza: la profunda gratitud hacia aquel imaii 
que habfa tenido la delicadeza de cubrir con su 
alquicel el cadaver de Abad. Dollase de no poder 
recarnpe-nsarle, por desconocer hasta su nomibre, 



145 

y, aprcpiandase un verso que un antiguo poeba 
habSa compuesto en una ocasion ana3oga, repetfa: 

";Ay! Ignore quien es el que ha cubierto a mi 
hijo con su alquicel, pero se que es un hombre 
noble y generoso." (1). 

Durante tres afLos fueron inutiiies los esfuerzos 



que hizo para reconquistar a Cordoba y vengar 
en Ben-Ocaxa la muerte de su hijo, hasta que al 
fin tomo la ciudad por asailto el martes 4 de sep- 
tiembre de 1078. Mientras entraba por una puer- 
fra, Ben-Ocaxa sal£a por otra; pero Motamid lan- 
zo en su persecucion algunos jinetes que logra- 
ron alcanzarlo. Sabiendo que no podia esperar 
perdon de un padre a cuyo hijo habia hecho de- 
gollai-j el antiguo bandido quiso, al menos, ven- 
der cara su vida, y se lanzo ,sobre sus enemigos 
como toro furioso; pero sucumbi6 ail numero de 
sus adversarios. Motamid nrando clav&r su ca- 
daver en una cruz con un perro al lado, y la 
conquista de C6rdoba fue seguida de la de todo 
el territorio toledano, que se extendk entre el 
Guadiaoua y el Guadalquivir (2). 

Enan halagadores triunfos; pero la medalla te- 
nia su revenso. Comiparado con los demas reyes 
andaluces, Motaimid era un principe poderoso, pe- 



CD Abad, t. I, pp. 46, 48, 322-324; t. II, pp. 35, 122. 

(2) Abad, t. II, pp. 16, 122— cf. 88—; Abd-al-uahid, p. 90. 
SegtSn Aben-Jaldun, en su capttulo sobre los Beni-Chanuar, 
Motamid habfa reconqulstado a Cordoba en 469 de la Hejlra; 
pero he crefdo preferible seguir a Abd-al-uahid, porQue este 
autor con si em a el dla del mes y de la semana. 

Hist, musulmanes. — T. IV 10 



146 

ro no mas independiente, porque tambien era tri- 
butario. Primero lo habia sido de Garcia, hijo tor- 
cero de Fernando y rcy de Galicia (1), y ahora 
lo era de Alfonso VI, desde que este se habia 
apoderado de los reinos de sas dos hermanoj; San- 
cho y Garcia (2). Pero Alfonso era un soberano 
muy molesto; no contentandose con el tribute 
anual, amenazaba de cuando en cuando apropiar- 
se los Estados de sus vasallos arabes. Una vez, 
entre otras, fue a invadir, al frente de un nume* 
roso ejercito, el territorio sevillano. Inexplicab 1 e 
consternation reinaba entre los musulmanes, de- 
masiado debiles para poder defenders^. Solo Ben- 
Amar, el primer ministro, no desesperaba. No con- 
taba con el ej6rciio sevillano; intentar veneer con 
el a las tropas cristianas era una quimera; pero 
conocia a Alfonso, porque habia estado muchas 
voces en su corte (3) ; sabia que era ambicioso, 
pero iambi en que estaba casi arabizado, es decdr, 



(if Chmn, Compost., p. 327. 

(2) Sabido ch que Alfonso VI no ae apodern del relno *\k 

Oastllla en vlda do hu hermano Sancho, que ch quien le ha- 
bia vencldo y despojado a 61 del relno de Leon, despues de )&s 
hatallas de Llantada y Volpcjar, corao despojd do Galicia a, 
su hermano Garcia — refugiado preclsamente en la corte de 
Motarnfd — y a su hermana Elvira, sefiora do Toro. Las genttui 
easteilanas han perpetuado en la Cancidn del sitio de Za- 
mora las fat ales consecuencias do la dMst6n patrimonial de 
loa reinos, orlpen de la contienda fratrlcida en que perdi6 la 
vida Don Sancho ante loa muroa de Zamora, capital del In- 
faniaz^o, asl^nado a au hermana Urraca. S61o entonces Al- 
fonso do ILeon— acogido a la generosa hospitalldad de Ma- 
mt'm de Toledo*-- rclnd, traa breve lucha para anexionar Gali- 
cia, nob re todos los Dstadoa que formaron la corrlente occl- 
dcntnl do la, rrconquJflta. — N. de la T. 
I?,) Abad, t. II, p. 89. 



147 

que era facil gauar su voluntad, siesmpre que se 
conocieran sus gustos y sus caprichos. Con esto 
era con lo que contaba j y sin perder tiempo en or- 
ganizar una resistencia armada, mando hacer un 
juego de ajedrez tan magnifico, que ningun rey 
tenia otro igual. Las piezas eran de 6hano y de 
sandaSo incrustados en oro. Provisto de este aje- 
drez, presentose con cualquier pretexto en el cam- 
pamenfto de Alfonso, el cual le recibio honori- 
ficamente, porque Ben-Amar era de Io s pocos mu- 
sulmanes a quienes estimaba. 

Un dia, Ben-Amar ensefio el ajedrez a un no- 
ble castellano que gozaba de gran favor de Al- 
fonso. Dicho noble hablo de el al rey, el cual dijo 
a Ben-Amar: 

— I Que tal juegias al ajedrez ? 

— Mis amigos opinan que jueg-o bastante bien — 
respondio Ben-Amar. 

—Me han dicho que tienes un juego magnifico. 

— Cierto, seflor. 

— iPodria verlo? 

— Sin duda; pero con una eondicion: jugaix^mos 
juntos; si pferdo, el ajedrez sera para ti; pero, si 
gano, podre exigirte lo que quiera. 

— Acepto. • 

Trajeron ol ajedrez, y Ailfonso, astupefacto de 
la belleza y primor defl trabajo, exclamo saaiti- 
guandose : 

— jGran Dies, nunoa hubiera creiido que pudiera 

hacerse un ajedrez con taU arte. 
YdiespuesdeadaniTarlo deteriidamente, exclamo: 



148 

— iQue decias antes? ^Cusles son las condi- 
ciones ? 

Habiendoselas repetido Ben-Amar, prosiguio: 

— iNo, por Dios! Yo no juego cuando la puesta 
me es desconocida, pues podrias pedirme una cosa 
que no pudiera darte. 

— Como quieras, seflor — repuso friamente Ben- 
Amar. 

Y ordeno a sus servidores que llevasen el aje- 
drez a su tienda. 

Se separaron; pero Ben-Amar no era hombre 
que se desanimase tan facilmente. Bajo palabra 
de guardar el secreto, conflo a algunos nobles 
castellanos lo que hubiese exigido a Alfonso en el 
caso de haberle ganado )a partida, prometiendo- 
les considerables sum'as si querfan ayudarle. Se- 
ducidos con el cebo del oro, y bastante tranquilos 
respecto a las intenciones del arabe, aquellos no- | 
bles se comprometieron a servirle; y cuando Al- 
fonso, que ardfa en deseos de poseer e! magnf- 
fico ajedrez, les consulto que haria, le dijeron: 
"Seiior, si ganais, tendinis un ajedrez que os en- 
vidiaran todos los reyes; y si perdeis, £que podra 
pediros ese arabe? Si formula una peticion in- 
discreta, <,no estanios aqui nosotros para hacerle 
entrar en razon?" Tan bien hablaron, que Alfon- 
so se dej6 persuadir* Mando decir a Ben-Amar 
que le esperaba con su ajedrez, y cuando llego el 
visi r : 

— Acepto tus condiciones — le dijo — ; fjuguemos! 
— Con gran placer — respondio Ben-Amar—; 



s 

.) 
1 



149 

pero hagamos las cosas en regla; permite que 

varios nobles castellanos nos sirvan de testigos. 

EI rey accedio, y cuando hubieron llegado las 

nobles designados por Ben-Amar, comenzo el 

jaego. 
Alfonso perdio la partida. 

— ^Puedo pedir ahora lo que quiera, segiin ?o 
convenido?— pregunto Ben-Amar. 

—Sin duda — repuso el rey— . Veamos, ique es 

lo que exiges ? 

—Que vuelvas a tus Estados con tu ejercito. 

Alfonso palidecio. Presa de agitacion febril, re- 

corrfa la sala a grandes pasos, se sentaba y vol- 

via de nuevo a pasear. 

— Estoy cogido — dijo al fin a los nobles — , y 
vosotros teneis la culpa. Temia una peticion de 
esa naturaleza por parte de este hombre, pero 
vosotros me tranquilizasteis, y ahora recojo el 
fruto de vuestros detestables consejos. 

Despiies de algunos instantes de silencio ex- 
dam'6: 

— iQue me rmporta su condicion despues de 
todo? Prescindire de ella por completo y seguire 
mi camino. 

— Senor — dijeron entonces )o>s castellanos — , 
eso serfa delinquir contra el honor, seria faltar 
a la palabra, y vos, el mas grande de los reyes 
de la cristiandad, sois incapaz de semejante cosa. 
Al fin, cuando Alfonso se oalmo un tanto, 
anadio: 

— -jPues bien! Cumplire mi pa'abra; pero a 



150 

cambio de esta fxustrada expedicion, necesito, al 
menos, doble tributo este ano. 

Le tenclras, senor — afirmo Ben-Amar. 
Y se apresuro a hacer remitir a Alfonso el di- 
nero que pedia. Por aquella vez el reino de Se- 

villa, amenazado de una invasion terrible, se libro 
del susto gracias a la habilidad del primer mi- 
ni stro (1). 



XI 



No contento con haber salvado el reino de Se- 
villa, Ben-Amar quiso tambien extender sus II- 
mites. El principado de Murcia era lo que tentaba 
especialmente su ambicion. Primero habia for- 
mado parte de los Estados de Zoliair, en scguida 

del reino de Valencia; pero en la epoca a que nos 
refcrimos era independiente. El prmcipe que alii 
reinaba, Abu-Abderrahman aben Tahir, era un 
arabe de la tribu de Cais. Inmensamente rico, 
porque poscfa la mitad del territorio, tenia al 
mkmo tiempo un espiritu muy culto (2); pero 

disponia de poces tropas, por lo que su prbici- 
pado era facil de conquistar. Ben-Amar se did 



<lj AVul-al-unhUI, pp. 83-85. Hacla el afio 1466, reftcre 
OancaloM — Discursos hifttdricos de Murcia, fol. IIS— <juo Boa5- 
dil <>I Zagal Jtig<5 un dla al ajjedroz con D, Pedro FaJardQ, go- 
bernador do Lorca, La puesta del espafiol era Lorca, y la del 
moro, Alinerfa. Gan6 la part id a este ultimo; pero D, VHto 
Fajardo, menos leal que Alfonso VI, falto" a au palahra, 
Oasnales clta a este proposito un antifruo romance. 

(2) Ben-al-Abar. Pp. 180-188. 



! 



151 

cuenta de ello cuando en el afio 1078 (1) paso 
por Murcia para ir a visiter— no se sabe con que 
motivo — al «onde de Barcelona, Ramon Beren- 
guer II, apod-ado Cabeza de estopa, a causa de 
su abundante cabellera, y aprovecho para trabar 
amistad con algunos nobles murcianos, descon- 
tentos de Aben-Tahir, o que, al menos, estaban 
dispuestos a venderlo por dinero. Cuando se pre- 
sto a Ramon ofre 



* 'i 



Ha ayudarle a conquistar Murcia. Acepto el con- 
de, y como garantia del cumplimiento del tratado, 
eiivio un sobrino suyo a Ben-Amar. Por su parte, 
el visir le prometio que si el dinero no estaba en 
su poder en el tiempo prefijado, el hijo de Mote- 
mid, Raxid. que mandaba el ejercito sevillano, 
le serviria de rehen. Motamid ignoraba esta clau- 
sula del tratado; pero ,como Ben-Amar estaba se- 
guro de que el dinero llegaria a tiempo, creia que 
no habria que cumplirla. 

Las tropas sevillanas salieron unidas a las de 
Ramon y atacaron el principado de Murcia; pero 
como Motamid, con su habitual indolencia, dejo 
pasar el p\azo estipulado, el conde se creyo en- 
ganado por Ben-Amar, y en su colera lo mando 
prender, lo mismo que a Raxid, Los sol dados se- 
villan-os intentaron libertarlos, pero fueron ven- 
cidos y obligados a retirarse. 

Motamid se hallaba en camino nara Murcia. 



(1) 471 de la HSJira; Abad, t. II, p. 93; Ben-al-Abar, pa- 
glna }8G, ha. fecfta 474 — Abad, t. II, p. 87 — es errfinea. 



152 

llevando consigo al sobrino del conde; pero camo 
marchaba despacio, estaba detenido a orillas del 
Guadiana menor, que no podia atravesar a causa 
de la crecida de las aguas, cuando los fugitivos 
de su ejercito aparecieron en la otra orilla. Ha- 
llabanse entre ellos algunos jinetes a quienes 
Ben-Amar habia dado instrucciones. Echaronse 
con sus cabaJlos al rio, y despues de vadearlo re- 
firieron a Motamid los lamen tables acontecimien- 
tos que habian ocurrido, anadiendo que, sin em- 
bargo, Ben-Amar esperaba recobrar la libertad 
en seguida y suplicando af pxincipe en su nombre 
que permaneciase donde estaba. Motamid no con- 
sintio en ello. Consternado por ?as noticias que 
acababa de recibir y muy Inquieto por la suerte 
de su hi jo, retrocedio hasta Jaen, baciendo car- 
gar de cadenas al sobrino del conde. 

Dicz dias despuds, Ben-Amar, ya libre, llego a 
las inmediaciones de Jaen; pero, no atreviendose 
a presentarse a Motamid, cuya cotera temia, le 
envio estos versos: 

^ 

^iDeho creer a mis presentimrentos, o dar oidos 
a los consejos de mis coonpaneros? ^Ejecutare mi 
designio, o permanecere aqui con mi escolta? 
Cuando obedezco a los impulsos de mi corazon, 
avanzo seguro de encontrar los brazos del amigo 
abiertas para recibirme; pero cuando reflexiono, 
retrocedo. Le amistad me arrastra hacia adelante; 
pero el recuerdo de la fatei eametida me hace 
volver atr&s. iCuan extranos son los decretos del 






v. 



153 

destino! ^Quien me hubiera predicho que habla 
de llegar uji dia £n que me faese mas grato estar 
iejos que cerca de ti ? Te temo, porque tienes de- 
recho a quitarme la vida; espero en ti, porque te 
quiero con todo mi corazon. jApiadate de aquel 
cuya adhesion inquebran table conoces, del que no 
tiene mas merito que amarte sinceramente! No 
he hecho nada que pueda proporcionar a los en- 
vidiosos armas contra mi, nada que pruebe por 
mi parte neglig-encia ni presuncion; tu mismo me 
has cxpuesto a una terrible calamidad, has en- 
mohecido y roto mi espada. Cierto que si me 
acordase de tus innumerables benefkios, que han 
sido para mi lo que la lluvia para las ram as de 
los arboles, no me dejaria consumir asi por ho- 
rribles torme-ntos, y no diria que lo que ha ocu- 
rrido es por mi culpa. Imploro de i*odillas tu cle- 
meneia; te suplico me perdones; pero aunque tu- 
vi-ese que suf rir cerca de ti el crudo viento del 
Norte, exclamaria: j Oh brisa dulce a mi co- 
razon ! " 

Motamidj que debia comprender que tambien 61 
era culpable, no resistio al llamamiento que Ben- 
Amar hacia a su amistad, y le respondio con es- 
tos vei*sos: 

";Ven a recuperar tu puesto a mi lado! [Ven, 
sin temor, porque te esperan bondades y no re- 
proches! Ven, convencido de que te quiero dema- 
siado para poder afligirte; bien sabes que nada 
me es mas grato que verte alegre y gozoso. Cuan- 



154 

do llegues aqul me encontraras como siempre 
pronto a perdonar al pecador, clemente con mis 
amigos. Te tratare con benevolencia, como antes 
y perdonare tu falta, si la ha liabido; porque el 
Eterno no me ha dado un corazon duro, y no acos- 
tumbro a olvidar una amis tad antigua y sagrada." 

Tranquilizado con esta respuesta, Ben-Amar 
void a 3os pies de su soberano. Ambos convinie- 
ron en ofrecer al conde la libertad de su sobrino 
y los diez mil ducados a que tenia derecho, siem- 
pre que soltase a Kaxid; poro Ramon no .se con- 
ten to con la suma estipulada: en vez de diez mil 
ducados exigi6 treinta mil, y como Motamid no 
los tenia, mando acufiarlos con una liga muy con- 
siderable. Afortunadamente para el, el conde no 
advirtio ol frauds hasta despues de haber dado li- 
bertad a Raxid (1). 

A pesar de] mal exito do esta primera tentati- 
va, Hen-Amar no dejaba de codiciar la posesion 
do .Murcia. Preten<lia haber recibido cartas de ai- 
guno.s nobles mureiano.s, que le daban grandes es- 

peranzas, y se las arreglo tan bien, qu« Motamid 
3c permiti6, al cabo, ir a sitiar a Murcia con el 
ejercito de Sevilla. 
Al llegar a Cordoba se detuvo all! veinticuatro 

horas para unir a sus huestes la caballcria que 
habia en la ciudad. Pas6 toda la noche en compa- 
nfa del gobernador, Fath, hijo de Motamid, y que- 



& 






(U A)«ui, t. II, pp. 86, 91-94. 



IT 



I 



r 



155 

do tan encantado de su conversation ingeniosa y 
picante que, cuando un eunuco vino a anunciarle 
que comenzaba a amonecer, improviso este verso: 

"jVete, imbecil! Toda esta noche ha sido auro- 
ra para ml i Como habia de ser de otro modo, si 
Fath me }ia hecho compafua?" 

Contmuando su marcha, llego a las inmedi aci o- 
nes de un castillo que llevaba entonces el nombre 
de Batch, el jefe de los arabes sirios del siglo V11I, 
y del cual era gobemador un arabe perteneciente 
a la misma tribu que Balch, o sea a la de Co- 
xair (1). Este arabe, llamado Aben-Raxic, sali6 a 
su encuentro y le rogo que dcscansara en el cas- 
tillo. Ben- A mar acepto la invitacion. El castolla- 

no lo trato esplendidamente, no descuidando nada 
para insinuarse en su favor, y lo cpnsiguio harto 
bien, Ben-Amar no tardo en concoderle su con- 
fianza; pero nunca la habia depositado peor. 

Acompailado de su nuevo amigo^ fue a poner 
sitio a Murcia. Poco despues se le rindio MuLa, lo 
cual implicaba para los murcianos una gravisima 
perdida, porque los vfveres le$ llegaban por oste 
lado; asi que Ben-iAmar no dudo de que la ciudad 
no tardaria en rendirse, y confiando Mula a la cu&- 
todia de Aben-Raxic, al cual dejo parte de su 
caballeria, se votlvio a Sevilla con el resto del ej6r- 
cito. Cuando llego recibio carta de su lugarte- 
niente, el cual le decia que Murcia estaba asolada 



(l) Ahad, t. II, pp. Sfi, S7. 



156 

por el hambre, y que los vecinos influyentes 
las cual-es habia prometido cargos lucrativos — se 
habian comproonetido a secundar a los sitiadores. 
"Mariana o pasado — dijo entonces Ben-Amar — sa- 
breimos que se ha rendido Murcia." Su prediction 
ee cumplio. Algunos traidores abrieron a Aben- 
Iiaxic las puertas de la ciudad; Aben-Tahir fue 
encarceLado, y todos los habitantes prestaron ju- 
ramento a Motamid (1) . 

Tan pronto como Ben-Amar, transportado de 
alegria, recibio tales nuevas, pidio permiso a Mo- 
tamid para trasladarse a la ciudad conquistada. 
E51 rey se lo concedio sin vacilar, y el visir, deseo- 
so de recompensar generosamente a los murcia- 
nos, pidio gran numero de caballos y mulas de las 
caballerizas reales, pidio prestados otx-os a sus 
amigos, y t cuando reunio cerca de doscientos, los 
hizo cargar de telas preciosas y se puso en mar- 
cha, a tambor batiente y con banderas desplega- 

r 

das. En cada ciudad del transito se haciia entre- 
gar las cajas doi Estado. Su entradaen Murcia 
fu£ verdaderamente triunfal. Al dia siguiente did 
audiencia, alardeando de soberano, porque se ha- 
bfa tocado con un alio gorro, oomo solia llevarle 
.^u seflor en las ocasiones solernnes, y cuando le 
prcsentaba peticiones, escribfa al pie: "Sea asi, 
si Dios quiere", sin nombrar a Motamid. 

Tan presuntuosa conducta se parecfa mucho a 
una rebelion; asi al menos lo juzgo Motamid. Sin 



(1) Abad, t. II, p. 36. Lo que entonces se llamaba castllio 
do Balch es. probablernente, V61ez-Rublo. 



I * 



157 

embargo, no se encolerizo: un sentimiento de tris- 
teza y desaliento se apodero de el; vefa desva- 
necerse de pronto el suetlo que hafria acariciado 
durante vein 

corazon? jLa amistad de Ben-Amar, sus protes- 
tas de desinteres, de adhesion inquebrantable, no 
habfan side mas que hipocresia y mentira! Sin 
embargo, tail vez era menos culpable de lo que 
parecia a los ojos de su soberano. Cierto que te- 
nia una vanidad excesiva y absurda; pero no es 
seguro que hublese concebido la culpable inben- 
cion de rebelarse contra su bienhechor. De carac- 
ter menos ardiente, menos imjpresaonable, acaso 
no sintio nunca por Motamid la amistad entusias- 
ta y apasionada que Motamid le profeso; pero te- 
nia verdadero afeeto a su rey, como lo demucs- 
tran esitos versos que dirigio en contestaci6n a 
las reprensiones de Motamid: 

"No, te engafias cuando dices que me han cam- 
biado las vicisitudes de la fortuna. El amor que 
profeso a Xams, mi anciana madre, es menos 
fuerte que el que siento por ti. jQuerido amigo! 
^Como es posible que tu bondad no me alumbre 
con sus rayos, como el reilainjpago ilumina las ti- 
nieblas de la noche? £C6mo es posible que no 

venga a consotame, como dulce brisa, una tiewna 
poJaibra? jOh, sospeeho que algunos infames, que 
conosco, han intenitado destruir nuestna tieraaa 
amistad! Asf me retiras tu mano daspues de una 
amistad de veinticinco aftos de didfoa comtinua, 



158 

transcurridos sin que hay a ten i do que quejarte 
de mi, sin que me haya hecho culpable de m'nguna 
mala accion; ime retiras asi tu mano, dejandome 
presa en las garras del dcstino? i Soy para ti 
otra cosa que un- esclavo sumiso y obedicnte? Re- 
flexiona un m omen to; no te precipite.s; a menudo, 
el que se apresura cae, y el que camina con cir- 
cunspeccson llega al tcrmino. ;Ah, ya te acordaras 
de mi, cuando se rompan los lazos que nos unian 
y no te queden mas que amigos interesados y fal- 
sos! jYa me buscaras cuando ninguno de los que 

te rodean pueda aconsejarte bien, y no estare alii 
^o, que sabia aguzar el ingenio de los demas!" 

^Qui&n sabe si una hora de conversacion y de 
expansion hubiera disipado las prevenciones de 
Motamid y reconciliado aquellas dos almas, tan 
aptcus para entenderse? May jay!; el principe y 
el visir se hallaban lejos uno de otro, y e! ultimo 

tcnfa en Sevilla multitud de envidiosos y enemi- 
gos que se ensanaban en calumniarlo, en deni- 
grarlo a los ojos del monarca, en interpretar ma- 
liciosamente sus menores actos, sus mas senci- 
llas pa'abras. Se habfan apoderado de tal modo 
del animo del principe aquellos "infames" de que 
habla Ben-Amar en su poema — sobre todo el visir 
Abu -Beer aben-Zaidun (1), el hombre mas influ- 
yente de la corte — , que Motamid ya habla con- 
cebido sospechas de la fidelidad de Ben-Amar 



(1) Era hi jo del gran poeta Abu-'l-Ualid aben-Zaidun. 



■i 



159 

cuando este le habia pedido permiso para ir a 
Hurcia. Unase a esto que Ben-Amar hallo un 
enemigo, no menos peligroso, en Ben-Abdalaziz, 
principe de Valencia y amigo de Aben-Tahir. 

Al llegar a Murcia, Ben-Amar tenia intension 
de tratar a Aben-Tahir del modo mas honorifico; 
asi que le hizo presentar muchos vestidos de ho- 
nor a fin de que eKgiese el que fuese mas de su 
agrado; pero Aben-Tahir, cuyo genio, natural- 
mente caustico, se habia agriado con la perdida 
<le su principado, respondio al mensajero de Ben- 
Amar: "Ve a decir a tu senor que de el no quiero 
mas que una larga pelliza y un gorrito." Al re- 
cibir esta respuesta en medio de sus corfcesanos, 
Ben-Amar se mordio los labios con despecho. 
"Comprendo el sentido 'de esas palabras — dijo al 
fin — ; si, ese era el traje que yo llevaba cuando, 
pobre y obscuro, vine a recitarle mis versos" (1). 
Pero no perdono a Aben-Tahir este rudo golpe 
asesfado a su vanidad, y cambiando de intencio- 
nes respecto a el, mando encerrarlo en la forta- 
leza de Monteagudo (2). Cediendo a las instan- 
cias de Ben-Abda'aziz, Motamid ordeno a su visir 
que pusiese en libertad a Aben-Tahir; pero Ben- 
Amar no lo liizo (3). En tanto, Aben-Tahir logr6 
evadirse gracias a la ayuda de Ben-Abdalaziz, y 
fu6 a establecerse en Valencia. Ben-Amar se puso 



(1) 'Ben-al-Abar, p. 189. 

(2) A una legua de Murcia. Las ruinas del amiguo Casti- 
llo exfeten todavfa. 

(3) Abad. t. IT, p. 87. 



160 

furioso y compuso con este motivo un poema en 
que excitaba a !os valencianos a rebelarse con- 
tra su sefior. He aqui algunos versos: 

"jHabitantes de Valencia, sublevaos contra los 
Beni-Abdalaziz; manifestad vuestras justas que- 
jas, y elegid otro rey, un rey que sepa defende- 
ros conti-a vuestros enemigos! Sea Mohamed 
Ahamed (1), siempre sera mejor que ese visir 
que ha entregado vuestra ciudad al oprobio como 
un marido desveTtgonzado que prostituye a su 
propia mujer. Ha ofrecido asilo al que se habfa 
visto abandonado por sus propios subditos, y al 
hacerlo os ha llevado un pajaro de ma! agiiero 
y os ha dado por convecino a un hombre infame 
y vil. jAy! Necesito lavarme el rostro, sobre el 
cual una muchacha sin pulsera, una vil esclava, 
me ha dado un bofeton. ^Crees poder escapar, 
Ben-Abdalaziz, a la venganza de un hombre que 
marcha siempre en persecucion de su enemigo y 
que continua su ruta aunque no ?e alumbre nin- 
guna estrella? iCon que' ardid podrias substraer- 

te a las manos vengadora , s de un valiente gue- 
rrero de los Beni-Amar, que lleva tras si un bos- 
que de lanzas? Preparaos a verle llegar en se- 
guida rodeado de un ejercito innumerable. 1 Va- 
lencianos, os doy un buen consejo: marchad como 
un solo hombre contra ese palacio que encubre 
tantas infamias entre sus muros, apoderaos de 



<1) Sea Fulano o lien ^ an o, como dirfamos noaotros. 



161 

los tesoros que encierran sus cuevas, dembadlo 
hasta los cimientos, de suerte que solo sus rui- 
nas atestigiien que existio un dia!" 

Cuando Motamid tuvo conocimiento de esta 
composicion, estaba ya tan irritado contra Ben- 
Amar, que la parodio asi: 

"iCon que ashtcm podrd substraersc a las ma- 
nos vengudoras de un valiente guerrero de los Be- 
ni-Amar, de esos hambres que antes se proster- 
naban con inaudita bajeza a los pies de todos los 
senores, de todos los principes, de todas las testas 
coronadas; que se consideraban felices cuando re- 
cibian de sus amos una parte, algo mayor que las 
de los de-mas sirvientes; que, despreciables vei'du- 
gas, cortaban la cabeza a los crhninales, y que se 
han elevado de la condicion raas innma a las dig- 
nidades mas altas." 

Estos versos produjeroai a Ben-Abdalaziz un? 
alegna inexplicable; pei'o Ben-Amar se ahogaba 
de colera, y en su furor compuso una satira ann 
mas sangrienta contra Motaanid, contra Ilomai- 
qiiia y contra los abaditas en general. El, el aven- 
turero nacido bajo la paja; el, a qui en la bondad 
de Motamid habia sacado de la nada, se atrevia a 
reprochar a los abaditas no ser, despuea d« todo, 
mas que obscuros labriegos de la aldea de Jau- 
min, "esa capital del universo", como decia con 
amarga ironia. "Has elegido entre las hijas del 
popudacho — continuaba — esa esclava que Romaic, 

Hist, musuuhanes. — T. IV 11 



f 



162 



su dueno hubiera cambiado de buena gana por un 
camello de un alio, y que ha echado al niundo hi- 
jos libertinos, hombrecillos rechonchos, que la 
averguenzan. jMotaimd, yo mancillare tu honor, 
yo rasgare los velos que cubxen tus torpezas y los 
hare caer a pedazos! Si, emulo de los antiguos 
heroes; si, has defendido tus aldeas; pero sabias 
que tus mujeres te engafiaban, y se lo consen- 
tias..." 

Por un resto de pudcr, Ben-Amar no enseiio es- 
tos versos, escritos en un aeceso de rabia feroz, 
mas que a sus intimos; pero entre ellos habia un 
rico judio de Oriente, a quien habia otorgado su 
conftanza, sin sospechar que era un emisario de 
Ben-Abdalaziz. Dicho judio consiguio, sin gran es- 
fuerzo, una copia de la satira, escrita de la pro- 
pia mano de Ben-Amar, y se la envio al principe 
d<? Valencia. Este, a su vez, escribio a Motainid, 
y, por medio de una paloma, le envio su carta y 
hi satira en un mismo pliego. Desde entonces, toda 
reconciliacion era imposible. Ni Motamid, ni Eo- 
maiquia, ni sus hijos podian perdonar a Ben-Amar 
sus innobles injurias. Pero el rey de Sevilla no 
necesit6 castigar a su visir: otros se tomaron este 
cuidado. Abandonandose a los placeres con com- 
pleta indolencia, Ben-Amar no advirtio que Aben- 
Raxic, secundado por ©1 principe valenciano, le 
haeia traicion, y cuando al fin abrio los ojoa era 
ya tarde: excitados por Aben-Raxic, los soldados 
pidieron a firrandes jjritos sus paffas atrasadas, y 



16a 

como Ben-Amar no .podia satisfacerlas. le ame- 
nazaron con entregavle a Motamid. Esta amena- 
za le hizo temblar, y se salvo emprendiendo una. 
fuga precipitada. 

Fue a rcfugiarse cerca cle Alfonso, lisonjeando- 
«e con la esperanza dc que este rey le ayudaria 
a reconquistar Murcia; pero se enganaba: Alfonso 
estaba ganado por los magnificos presentes que 
ie habfa enviado Aben-Raxic, y dijo a Ben-Am&r: 
"Esto no es mas que una historia de ladrones*; el 
primer ladron (1) ha sido robado por otro (2), y 
este, por un tercero" (3). Vdendo, pues, que no 
tenia nada que esperar en Leon, Ben-Amar fu€ a 
Zaragoza, dozide entro al servicio de Moctadir; 
pero aquella corte, mucho menos brillante que la 
de Sevilla, le desagrado en extremo. Entonces se 
tue a Lerida, donde reinaba Modafar, henmano 
de Moctadir. Alii encontro exceleaute acogida; pero 
como Lerida le parecfa aun mas monotona que 
Zaragoza, volvio a esta ultima ciudad, clonde Mu- 
tamin habia sucedido a su padre Moctadir (4). El 
tedio, ese mal horrible, se habia apoderado de 61 
y se extendia, cual negra nube, sabre su porvenir 

y su presente; asi que se considero dichoso cuan- 
do hallo ocasaon para salir de su ociosidad. Un 
castellano, a quien conocia, se habia rebel ado; 6\ 
dio palabra a Mutamin de reducirlo, y se puso en 



(1) Motamid. 

(2) Ben-Amar. 

(3) Aben-Raxlc. 

(4) En octubre de 1083 



*f 1 



- D 



164 

c ami no con una pequefia escolta. Cuando lleg-6 al 
pie de la moBtafia en que se asentaba el castillo, 

pidio permiso al rebelde para visitarlo, acompa- 
fiado tan solo dc dos hombres. El castellano, que 
no desconfiaba de el, no dudo en acceder a su de- % 

* 

manda. "Cuando me veais marchar al lado del 
gobernador y estrecharle la mano — dijo Ben- 
Amar a sus dos servidores Chabir y Hadi — , hun- 
did vuestras espadas en su pecho." El castella- 
no fue muerto, sus soldados demandaron y obtu- 
vieron perd&n y Mutamm quedo muy satisfecho 
del servicio que Ben-Amar le habia prestado. Poco 
despues este ultimo creyo encontrar una nueva 
ocasion para satisfacer la necesidad de actividad 
febril que lo devoraba. Quiso proporcionar a Mu- 

tamin la posesion de Segura. Eracaramada en la 
ultima cresta de una montana casi inaccesible, es- 
ta fortaleza habia conservado su independencia 
cuando Moctadir se habia apoderado de los Esta- 

dos de Ali, prfncipe de Denia, y un hijo de este, 
Hamad o Sirach-ad-Daula, la habia poseido duran- 
te algxin tiempo; pero como acababa de morir, 
los Beni-Sohail, tutores de sua hijos, querian ven- 
der Segura a cualquier princifpe vecino. Ben-Amar 
prometio a Mutamin entregarsela, del mismo 
modo que le habia entregado el otro Castillo. 
Partio, pues, con algunas tropas, y pidio a los 
Beni-Sohail que le concediesen una entrevista. Ac- 
cedieron a ello; mas, en vez cle caer en sus redes, 
Ben-Amar — que los habia ofendido ouando reina- 
ba en Murcia — fue el que cayo en el lazo. Las 



165 

entradas de la fortaleza estaban defendidas par 
una pendiente tan escarpada, que, para entrar 
alii, era preciso dejarse alzar a fuerza de bra- 
zos. Llegado a aquel sitio peligroso en union de 

Chabir y Hadi, compafleros obligados en tcda 
empresa aventurera, Ben-Amar se hizo subir el 
primero; mas, apenas puso las pies en el suelo, 
le cogieron los soldados de la guarnicion y gri- 
taron a sus camaradas que se salvasen, huyeando 
rapidamente si no querian ser muertos a flecha- 
zos. No se hicieron repetk la advertencia, y, ba- 
jando precipitadamente del penasco, fueron a 
anunciar a los soldados de Zaragoza que Ben- 
Amar habia sido hecho prisionero. Persuadidos 
de que fi'acasaria cualquier tentativa para liber- 
tarlo, vo'lvieronse los soldados por donde habian 

venido. 

Despues de encerrar a Ben-Amar en un cala- 

bozo, los Bsni-Sohail resolvieron venderlo al me- 
jor postor. Motamid fuc quien lo compro, lo mis- 
mo que el castillo de Segura, encargando a su 

r 

hijo Radi que condujese el prisionero a Cordo- 
ba. El desgraeiado visir entro en esta ciudad 
llano de cadenas y montado en una mula de 
carga, entre dos sacos de paja. Motamid le abru- 
mo a fuerza de vituperios, y le mostro la terri- 
ble satira preguntandole si reconocia la letra. 
El prisionero, que apenas podia tenerse en pie 
— tan pesadas eran las cadenas — , le'escucho en 
silencio, con los ojos clavados en el sue?o, y cuan- 
do el principe termino su larga invectlva, le dijo: 



166 

■Nada niego, senor,. de cuanto acabas de de- 
cirme; ni ide que me serviria negarlo si hasta 
las piedras hablarian para atestiguar la verdad 
cle sus pa 1 abras? He faltado, te he ofendido gra- 
vemente, pero perdoname. 

Lo que has hecho no tiene perdon — respon- 
dio Motamid. 

Las damas a quienes habfa ultra jado en su 
satira se vengaron abrumandolo con burlas mor- 
daces. En Sevilla tuvo que sufrir de nuevo los in- 
sultos del populacho. Sin embargo, prolongable 
su cautividad, y esto le daba alguna esperanza. 
Sabfa, ad em as, que muchos altos personajes, en- 
tre otros e* principe Raxid, hablaban o escribfan 
en favor suyo. Asi que no cesaba de estimular 
su celo con sus versos; pero Motamid estaba can- 
sado de las multiples suplicas que le dirigfan y 
hasta habfa prohibido proporcionar al prisionero 
rccado de escribir cuando este pidio por ultima 
vez que le diesen papel, tinta y un calamo. Ha- 
bicndolo conseguido, dirigio a Motamid un largo 
poem a, que le entregaron por la noche en un fes- 
tfn. Cuando se fueron los convidados, Motamid 
lo leyo, se conmovio e hizo traer a Ben-Amar a 
su camara, donde le reprendio nuevamente su in- 
gratitud. Al principio, Ben-Amar, sofocado por 
las lagrimas, no acerto a responderle; mas, sere- 

nandose poco a poco, supo recordarle con tanta 
elocuencia la dieha que antes habian gozado jun- 
tos, que Motamid, enternecldo, emocionado y me- 
dio vencido quiza, le dirigio algunas palabras 



i 






167 

| tranquiiizadoras, pero sin concederle formalmente 
el perdon. Desgraciadamente — porque la peor de 
todas las desdichas es la que nos llega rodeada de 
esperanzas — , desgraciadamente, Ben-Amar se 

engafio mucho sobre los sentimientos de Motamid 
respect o a el dando un sentido que no tenlan las 
alternativas de color a y entemecimiento de que 
habia sido testigo. Mot amid conservaba hacia el 
un resto de carino; pero de esto al perd6n me- 
diaba una gran distancia, y eso era lo que Ben- 
Amar no comprendia. De vuelta a su prision, ere- 
yd en un proximo cambio de fortuna, y, no pu- 
diendo contener ]a alegrSa en su corazon, escribio 
a Raxid una carta para participate el feliz resul- 
tado de su conversacion con el emir. Raxid no 
estaba solo cuando se la entregaron, y mientras 
la lefa, su visir, Isa, echo una mirada furtiva y 
rapida, pero que le basto para enterarse de lo 
que se trataba. Sea char'atanerfa, sea que no 
queria a Ben-Amar, Isa divulgo la noticia, y px*on- 
t6 llcgo a oidos de Abu-Beer aben-Zaidun, agran- 
dada con exageraciones que nos son desconoci- 
dae, pero que debian ser muy infames, porque 
un historiador arabe dice que las pas a en silencio 
por no querer manchar con ellas su libro. Aben- 
Zaidun paso la noche en terrible angustia: la r^ba- 
bilitacion de Ben-Amar era su desgracia, tal vez 
m sentencia de muerte. A la siguiente manana, 
no sabiendo a que atener.se, permanecio en su vi- 
vienda a la bora en que solia ir a palacio. Mota- 
mid le mand'6 a buscar, y le recibio tan afectuo- 



168 

samente como de costumbre, con lo que Aben- 
Zaidun adquirio la certeza de que su situacion era 
men os peligrosa de lo que habia temido. Asi, 
cuando el emir le pregunto por que se habia he- 
cho esperar tan to, le respondio que creia haber 
caido en desgracia, y le participo que su entrevis- 
ta con Ben-Amar era conocida de toda la coi'te; 
que se esperaba ver nuevamente en e' Poder al 
ex vi.sir; que su amigo y compatriota Aben-Sa- 
lam, prefecto de la ciudad, le tenia ya, prepare 
dos los mejores aposentos de su ca&a para alo- 
jarle, mientras le devolvian sus palacios, y, excu- 
sado es decir que no dejo de repetirle las ca'um- 
nias que se hablan propalado. Motamid no sintio 
mas que colera. Aun cuando lo ocurrido entre el y 
ku prisionero no hubiese sido desnaturalizado por 
el odio, le hubiera indi-gnado la loca presuncion 
fie Ben-Amar, que, de a^gunas paTabras benevo- 
las, habia deducido su libertad y su vuelta al Po~ 
dcr. "Ve a preguntar a Ben-Amar — ordeno, diri- 
giendose a un eunuco eslavo — como ha podido di- 
vulgate la conversacion que anoche tuve con eT" 

El eunuco volvio inmediatamente, diciendo: 
■Ben-Amar niega haber dicho nada a nadie. 
Pero puede haber escrito — afiadio Mota- 
mid — . Ordene que le dieran dos hojas de pape': 
en una eseribio un poema, que me ha enviado; pe- 
ro, ique ha hecho de la otra? Ve a preguntarselo. 

El eunuco volvi6 y dijo: 
-Pretende Ben-Amar que la otra hoja le ha 
servido para escribir el borrador del poema. 



169 

— En ese caso, que te de el borrador — replico 
Motamid. 

Ben-Amar no pudo ncgar 'a verdad. "He escri- 
to a Raxid — murmuro tristemente — para parti- 
cipate lo que el prmcipe me habia promettdo." 

Al escuchar esta confes.ion, la sangre de su te- 
rrible padre, de aquel buitre, pronto siempre a 
caer sobre su presa para despedazarla y saciar 
su ira en sus entranas, hirvio en las venas de 
Motamid y la? abraso. Cogiendo la prime ra anna 
que encontro a mano — un hacha soberbia que !e 
habla regalado Alfonso — , bajo en algunos .-altos 
los peldanos de la escalera que conducfa a la pri- 
sion de Ben-Amar. 

Al encontrarse con las mirad&s fu'minantcs del 
monarca, Ben-Amar se quedo yerto. Present! a que 
iba a sonar su ultima hora... Arrastrando sus ca- 
denas fue a arrojarse a los pies de Motamid, hu- 
medeciendolos con sus besos y sus lagrimas; pero 
el emir, inexorable, levanto el hacha y lo hirio di- 
ferentes veces, hasta que quedo muerto, hasta 
que eu cadaver estuvo frfo... (1). 

Tal fue el tragico fin de Ben-Amar, que produ- 
jo en toda la Espana arabe una emocion vivtsi- 
ma, pero de corta duracion, porque los graves su- 
cesos ocurridos en Toledo y el avance de las ar- 
mas castellanas no tardaron en dar otra direction 
a las ideas. 



(1) Abad, t. II. pp. 103-119; Aben-Basam, t. II. artfciilo 
sobre Ben-Amar; Abd-al-uahid, pp. 85-90. 



-E 



170 



XII 



El emperador (1) Alfonso VI, rey de Leon, 
Castilla, Galicia y Navarra (2), tenia decidida in- 
tencion de conquistar toda la peninsula (3) y era 
io bastante poderoso para realizar su proyecto. 
Sin embargo, no querfa hacerlo todo de pronto; 
nada le obligaba a apresurarse; podia esperar. 
Ante todo, reunia dinero, nervio de la guerra y 
el medio mas seguro para llegar al objeto que 
se proponia su ambicidn. Para lograrlo estrujaba 
a los principes musulmanes, y as! co-mo de una 
prensa manan la sidra y el vino, de estos reye- 
zuelos aplastados manafoa el oro. 

El mas debil de sus tributaries era Cadir L rey 
de Toledo, Educado en la molicie del serrallo, este 
principe era el juguete de los eunucos y la mofa 



(1) KI tltulo tie emperador Que, por vincular la grandeza 
y e! prestigfo de Roma, se habfan apropiado los baslleoa bi- 
zantinos, solo lo hablan ostentado en Occldente Carlomaffno 
y sus sucesores. hasta el afio S90, y despuGs los emperadores 
alemanes. desde Oton X. Los papas, en su afan de contrapo- 
ner a !os emperadores teutdnicos otra autoridad civil adicta 
al pontificado, lo confirleron a algunos monarcas espafioles, 
como Fernando I, Alfonso VI y Alfonso VIT. Pero tuvo slem- 
pre una significacion y un valor restringidos, representando 
polamente una preemincneia sobre los demas reyes de la pen- 
insula, y aunque implicaba la suprema jefatura civil de la 
crlstiandad, estas atribuciones fueron mas nominales que 

cfectivas en los reyes de Espafia que ostentaron dicho tltu- 
lo.— X. do la T. 

(2) Alfonso VI no fue rey de Navarra, Precisamente para 
evltar la anexlon a Caatllla, los navarros, despues del asesi- 
nato de su rey Sancho IV, decidieron unirse a Aragon, per- 

maneclendo unfdos ambos reinos desde 1076 hasta 1134. — 
K. de la T. 

(3) Abad, t. II, p. 20. 



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171 

r 

de sus vecinos, que le despojoban a porfia. Solo 
le protegfa Alfonso; asi que se dirigio a el cuan- 
do ya no pudo dominar a sus subditos cansados 
de su tirania. Alfonso prometio enviarle tvopas, 
pero exigiendo a cambio una sum a enorme. Cadir 
pidio el dinero a los pruicipales ciudadanos, a 
quienes habfa hecho i r a su presencia; pero se 
negaron a darselo. "Juro — exclamo entonces — que 
si no me lo dais, al momento entregare vuestros 
hijos a Alfonso." "Antes te destronaremos", le 
replicaron. Y, en efecto: los toiedanos entreg-a- 
rons-e a Motauaki] de Badajoz, y Cadir se vio 
ob'ligado a evadirse durante la noche. Entoonces 
imploro nuevamente el socorro de Alfonso. "Ire- 
mos a sitiar a Toledo — dijo el emperador — y seras 
restablecido en feu trano; pero para eso es pre- 
ciso que me eartregues todo el dinero que has 
sacado de Toledo, y como en adelaaite aun nece- 
sitare mas, dejame ailgunas fortalezas en pren- 
da." Cadir acoedio a todo y comenzaron las hos- 
tilidades contra Toledo— 1080— (1). 

Ya duraiban dos alios, cuando el emperador, 
seg-un costuonbre, envio una embajada a Mota- 
mid para pedirle el tributo anual. Esta embajada 
se componia de muchos jinetes; pero el encargtado 
de recibir el dinero era un judio llamado Aben- 
Xaliz (2), porque en esta epoca los Judfos ser- 



(i) Abad, t. II, p. 17; cr6nica arablgo-valenclana, tradu- 
cida en la Crdnica general, fol. 309, col S y 4; Cartds, pagi- 
na 109; Rodrigo de Toledo, VI, 23. 

(2) Nouairi le llama Xalbib, sin Aben. 



172 

vian ordinariamente de intermediaries entre los 
cristianos y musulmanes. 

Habiendo levantado los embajadores sus tien- 
c;as fuera de la ciudad, Motamid les envio algu- 
nos magnates, entre olios al primer ministro, 
Abu-Beer abon-Zaidun, para que les entregasen 
g] dinero. Parte de la moneda era de baja ley, 
porque Mot am id no habia podido reunir bastan- 
te, aunque habia impoiesto a sus subditos un tri- 
buto extraordinario. Asi que el judio exolamo al 
veril a : 

— iMe creeis bastante simple para aceptar mo- 
neda failsa? No adanito mas qu« oro puro, y al 
ano que viene necesitare ciudades. 

Cuando refirieran estas palabras a Motamid, se 
enrolerizo imicho. 

— iQue me traigan a ese judio y a sus com- 
paneros! — grito a sus soldados. 

La orden fue ejecutada, y cuando llegaron a 
palacio los eonba j adares , dispuso Motamid: 

— jQu*: encarceden a los cristianos y que cru- 
cifiquen a e&e maldlto judio! 

— jPerdou, perdon! — grito el judio, antes tan 
orguilloso, pero qoe aihora temblaiba d£ pies a ca- 
beza — ; te dare en oro el peso de mi cuerpo. 

— iPor Dios, que aunque me dieras Mauritania 
y Kspaixa par tu rescate, no aceptaiia! 

El judio fue" cracificado (1). 



(1) Abad. t. II, pp. 231, 1ST, 174. Este relato se baga en 
un testimonio muy rospetahle, on el cte Ben-al-labana, uno do 
log poet as de la corto de Motaniid. Dlcho autor constgna tam- 
h\(m la fooha--i082 — . mientras otros liistori a do res afirman 



173 

Al enter arse de lo ocurrido, Alfonso juro por 
la Trinidad y por todos los santos del cielo to- 
mar una venganza ruidosa y terrible. "Ire — dijo — 
a asolar el reino de ese iniiel con guerreix>s tan 
numerosos como los cabellos de mi cabeza, y no 
me detendre hast a el estrecho de Jibraltar." 
Pero no pudiendo abandon ar a su suerte a los 
caballeros castellanos que genii an en los calabo- 
zos de Sevilla, mando preguntar a Mot am id con 
que condiciones accederia a soltarlos. El emir 
exigio la restitution de Almodovar (1), y. ha- 
biendoles sido entregada esta ciudad, puso on li- 
bertad a los caballeros (2) ; mas apenas regresa- 
ron a su pa-tria, Alfonso ejecuto sus amenazas. 
Saqueo e incendio los pueblos del Axarafe; mato 
o redujo a la esclavitud a todos lo.-; musulmanes 
que no tuvicron tienipo de poaierse a salvo en al- 
guna plaza fuerte; areclio a Sevilla durante tres 
dias; devasto la provincia de Sidona, y, Ilegando 
a las playas de Tarifa. metio sn caballo en las 
olas, exolamando • 

— iEsta tierra, ultimo limite de Espana, In 
he pisado yo! 

Cumpflido su juramento y satisfecha su vani- 

eri*(5nc'p.*i«* :av que t'Sit aconU'cimionto es- posterior a la toma 
de Toledo por Alfonso. Kl autor del Raud al-mitar-~-Abad, 
toino IE. pp. :i;$N, 2:}9 — consisna una version muy diferentt; y 
bastaiuc oxtvana, ', poro consuK^se sobve este Hbro la nota Y) 
al fin da uste volumcn. 

(1) Pelagic de Oviedo — c. 11 — incluye esta ciudad entre 
las conquistadas por Alfonso. 

(2> Alw.l, t. II, pp. 175, 231, 188. 



J 



174 

dad, volvio sus huestes contra el reino de Tole- 
do (1). 

Tambien alii sus armas quedaron victoriosas. 

Y habiendo tenido que evacuar el territorio Mo- 
tankil, los habitantes de la capital abrieron las 
puertas a Cadir, bien a pesar suyo — 1084 — Ca- 
dir l^s saco su-mas enormes para ofrecerselas a 
Alfonso- 

r 

— Eso no basta — dijo friamente el emperador. 

Entonces Gadir le prometio ademas las tesoros 

de su padre y de su abuelo. 
— Aun no es bastante — objeto Alfonso. 

— Ya te dare mas; pero concedeme un plazo. 

— Te lo concedo, siempre que me entregnaes nue- 
vas fortalezas "en prenda. 

Oadir aceedio... Su herencia se desmoronaba; 
todos sus xecursos se agotaban; mas I que podia 
hacer? Sabia que la espada del terrible Alfonso 
estaba suspendida sobre su cabeza, y que, a la 
menor serial de desobediencia, caeria. Entreg-aba 
oro y mas oro, fortalezas y fortalezas; para con- 
tentar al emperador esquilmaba a sus subditos y 
despoblaba su reino; porque, no pudiendo haeer 
otra cosa, los toledanos eimigrabaai en masa para 
establecerse en los Estados del r.ey de Zaragoza. 

Y todo esto no servia de nada; cuanto mas daba, 
mas le exigia Alfonso, y cuando juraba que ya 
no tenia nada que darle, el emperador venia a 



(1) Ahad, t. TT, pp. 8, 193— nota 27—; Cartds, p, 92. La 
fecba eg 10S2, como se lee en Cartas; el autor de Holal 
— Abad, t. II, p. 1SS — cita equivocadamcnte el afio 1084. 



175 

devastar los alrededores de Toledo. Por algun 
tiempo se asio todavia a su trono cavcoinido, pero 
al fin tuvo que abandonarlo. Fue adoncle .Alfon- 
so le esperaba y declaro que estaba dispuesto a 
cederfe Toledo. Puso, sin embargo, algunas c^n- 
dieiones, siendo las principales las sig-uientes : 

Alfonso tomaria bajo su salvaguardia la vida y 
los bienes de 2os toledanos, y estos podrian, a su 
fileecion, pai*tir o quedarse; no exigiria mas que 
una caipitaci6n fijada de antemano; les dejaria 
la mezquita mayor y se cotmpromete ria a poner a 
Cadir en posesion de Valencia. 

El emperador acepto estas condiciones. y el 2h 
de mayo de 1085 hizo su entrada en la antigua 
cajpital del reino visigodo (1). 

Desde entonces nada igualo su orffullo, si i\o 
es la bajezsa de los principes musulmanes. Casi 
todos se apresuraron a enviarle embajadores para 
cumpRiiimentarle-; le ofrecieron presentes y clecla- 
raron que se consideraban como sus recaudado- 
res de -tributos. Alfonso, el soberano de los horn- 
bres de las dos religion.es, como se intitulaba en 
su& cartas, no se toniaba siquiera el trabajo de 
disrmular el desprecio que le inspiraban. Hosam- 
ad-daula, sefior <ie Albarracin, vino en persona 
a ofxecerle <un soberbio regalo. Precisamenfce en 

aqudl' memento uai mono divertia con sus saltos 
al emperador" "Toma ese animal a eambio de 
tu pnesente", dijo Alfonso con acento de supremo 



(1) Ahad, t. II, p. IS. 



176 

desden. "¥ el musufrnan, lejos de resentirse de l a 
injuria, vio en aquel mono una presida de ainis- 
tad. una prueba de que Alfonso no tenia inteti- 
cion d-e arrebatarle sus Estados (1). 

De^P u '^ s ^ e * a conc 3 uista ^e Toledo toco el turn** 

a Valencia, donde se disputaban el poder das hi- 
jos de Ben-Abdalaziz, mientras un tercer partido 
queria entregar Valencia al rey de Zaragoza y 
otro a £adir. Triunfo este ultimo bando, pues 
Cadir tenia, en efeoto, los mejores titulos que 
hacer valer: llevaba tras si un ejercito castellano, 
ra and ado por el gran capitan Alvar Fafiez. Solo 
que lo.s valencianos tenian que costear el sos- 
tenimiento de las trap as, que costaban seiscien- 
tas momedas de oro al dia. Por mas que le ase- 
guraron a Cadir que no necesitaba este ejercito, 
pues ellos habian de servMe iielniente, Cadir no 
tuvo el candor de creer en sus promesas, y sa~ 
biendo rue le aborrecian y que los antiguos par- 
tido> no habian perdido las esper a*izas, retuvo a 
los castrll-anos. A fin de podeiios pagar, graro la 
ciudad y su territorio con un knpuesto extraor* 
dinario, y exigio enormes sum as a los nobQes. A 
pesar de los actos mas despoticos, aprtemiados por 
Alvar Fafiez para que le entregase los atrasos 
de sus soldadas, hail lose al fin un dia sin recur- 

sos. Eaitonces propuso a los ca&tellanos que se 
establecie&en en su reino, ofrecienidodes exfcensas 



S 



propiedades. Acoedieron a ello, pero haci-eando cul- 



■I.L _.„_ 



<1) Ahati, t. II, p. 19 



\ 



177 

tivar &us vastos dominios por siervos mientras 
continuaban enriqueciendose mediante correrias 
por los paises limitrofes. Sus lvuestes se habian 
engro^ado con la hez de la poblacion arabe. Una 
turba de esclavos, de honibres viciosos y de pre- 
sidiarios — -de los cuales muchos abjuraron oJ 
islamismo — se habian alistado bajo sus bande- 
ras, y adquirieron pronto, por sus inauditas cruel- 
dades, una triste celebridad. Asesinaban a los 
hanibres, violaban a las mujeres, vendian a me- 
nucTo u;i prision-ero musulman por un pan, por un 
jarro de vino o por una libra de pescado. Cuando 
un prisionero no podia o no queria pagar su res- 
cate, le cortaban la lengua, le acribillaban los ojos 
y hacian que los perrop le despedazasen (1). 

Valencia estaba, en realidad, en pod.er do Al- 
fonso. Cadir ostentaba todavia el titulo de rey; 
pero gran parte del territorio pertenecia a los 
castellanos, y para incorporar 3a ciudad a sus do 
mini os, Alfonso no tenia mas que pronunciar 
una palabra. Zaragoza tambien parecia perdi- 
da. El em p evador sitiaba a esta ciudad y ha- 
bia jura do torn aria (2). Al otro extreme de Es- 
pan a. ur. capitaai de A'lfonso, Garcia Jimenez, 
que se habia metido con sus tropas en el castillo 
de Aledo, no lejos de Lorca, hacia sin cesar m- 
cursiones en el reino de Alnneria (3)- Tampoco 



(1) Veanse mis Invest ipacioneSj t. II, pp. 126-130. 

(2) Abad, t. II, p. 21; Cart&s, p. 92; Aben-Jaldun, Histo- 
ric tie los ~bereberes, t. II, p. 77, de la tra<lucci<5n. 

(3) Comp&rense los Annal. Toled., I, en el afio 1086, con 
mis Invcstigacioncs, t. I, p. 273, nota 4. 

Hjst. musulmanes. — T. IV 12 



■ *J 



178 

estaba Jibre el de Granada; la prueba es que, 
<m la primavera de 1085, los castellanos avan- 
sarcin hasta el pueblo de Nibar, tana legua a? 
este de Granada, donde dieron una batalla a los 
musulmznes W- Doqoiiera, en fin, el peligro era 
extremo y el desaliento tambien. No osaban hi- 
char con los cristianos ni aun siendo cinco contra 
uno. Un cuerpo de cuatrocientos almerienses— y 
era un cuerpo escogido— habia emprendido la fuga 
ante ochenta castellanos (2). Era evidente que si 
los arabes de Espana queidaban abandonados a 
si mismos, tendria que elegir entre estos dos 
partidos: la sumision al eonperador, o la emigra- 
cion en masa. En efecto: mudios de alios opina- 
ban que era p>reciso abandonar el pais. "iPoneos 
en camino, andaluces — cantaba un poeta — , por- 
que permanecer aqui seria una locura (3)." Sin 
embargo, la emigracion era un partido extremo, 
que diffcihnente se resolvfan a adapt ar. Por otra 
parte, aun no estaba todo perdido: podian reci- 
birse socorros de Africa, de donde los menos des- 
alentados esperaban la salvacion. Se habia pro- 
puesto dirigirse a los beduinos de Ifrikia; pero 
se habia objetado que aquella gente era tan fa- 
mosa por su ferooidad como por su valor, y que 
habia que temer que, una vez en Espana, se pu- 
siesen a saquear a los musulmanes en vez de com- 



(1) Ben-al-Jfttib, man. E., artlculo sobre Mocatil. 

(2) Abad, t. II, p. 20. 

(3) Macarl, t. II, p. 672. 



1 



"I 



179 

batir a los cristianos (1). Entonces se penso en 
los almoravides. Eran los bereberes del Sahara, 
que desempefiaban por primera vez un papel en 
la escena del mundo. Convertidos recientemento 
al islamismo por un misionero de Sichilmesa, 
habian hecho rapid as conquistas, y, en la epoca 
de que hablamos, su vasto imperio se extendia 
desde Argel hasta el Senegal. La idea de atraer- 
los a Esparia lisonjeaba principahnente a los mi- 
nistros de la religion. Por el contrario, los pre- 
cipes vacilaron mucho tiempo. Algunos, cobio 
Mota-mid y Motauakil, sostenian relaciones con 
Yusof aben-Texunn , rey de los almoravides, y aun 
le habian rogado diferentes veces que los ayuda- 
sq contra los cristianos ; pero, en general, los 
prfncipes andaruces, sin exceptuar a Motamid y 
a Motauakil, tenfan poca simpatia por el jefe de 
los rudos y fanaticos guerreros del Sahara, vien- 
do en el mas que un auxiliar ahora un rival pe- 
ligroso. Sin embargo, como el riesgo aumentaba 
d<e dia en dia, era precis o acogerse al unico me- 
dio de salvacion que quedaba. Al menos Mota- 
mid fue de esta opinion, y cuando su hi jo mayor, 
Raxic, le recordo el peligro a que se exponfa tra- 
yendo a los almoravides a Espana; "Todo eso es 
verdad — le respondio — ; pero no quiero que la 
*posteridad pueda censurarme haber sido la causa 
de que AndaLucfa sea presa de los infieles; no 
quiero que mi nombre sea maldeeido en todos los 



(1) Abad, t. II, p. 37. 



1 



180 



pulpitos musulmanes, y, si tengo que eiegir, pre . 
fiero ser camellero en Africa que porquero en 

Castilla (1)." 

Adoptado este plan, se lo comunico a sus veci- . 
nos, Motauakil, de Badajoz, y Abdala, d* Gra- 
nada (2), rogandoles que se asociasen a el y en- 
viasen .sus cadies a Sevilla. Asi lo hicieron; Mo- 
tauakil envio a Sevilla al cadi de Badajoz, Abu- 
Ishac aben-Mocana, y Abdala al cadi de Granada, 
Abu-Chafar Colaii- El cadi de Cordoba, Ben- 
Adam, uniose a ellos, lo mismo que el visir Abu- 
Beer aben Zaidun. Estos cuatro personaj-es se em- 
barcaron en Algeciras y fueran a presentarse a 
Yusof (3). Llevaban el encargo de invitarle, en 
nombre de sus soberanos, a venir a Espafia con 
un ejercito; pero debian imponerle ciertas condi- 
ciones, que nos zon desconocidas, sabiendo sola- 
mente que Yusof debia jurar no quitar sus Esta- 
dos a los principes andaluces y que cumplio su 

juramento (4). Hubo entaioes que fijar el lugar 
do', desembarco de Yusof. Aben-Zaidun propuso 
Jibraltar, pero Yusof dio a entender que preferia 
Algeciras y hasta que debian cederle esta plaza. 
El visir de Motamid le respondio que no estaba 
autorizado para acceder a esta peticion, y desde 



0> Abad, t. II. pp. 8, 1S9, etc. 

(2) Badis habfa niuerto en 1073, y sus Estados habfan 
<tut-*dado divididos entre sus dos nietos, Abdala y Temim. El 
prlmoro habia recibido Granada y el segundo Malaga. 

(3) Los autores que dicen que el mismo Motamid se pre- 
sents a Yusof me parece <iue confunden. la primera expedi- 
citfn del monarca afticano con la segunda. 

(4) Abad, t. II, p. 27. 



181 

entonces Yusof trato a los embajadorcs bastante 
friamente y no le.- dio mas que respuestas evi- 
givas, ambig'uas; a.-i' qu^ al abandcnarlc no sah?:in 
lo que iba a decidir; no habia promotive venir, 

pero tampoco habia dicho que no vendria. Lo^ 
prfncipes anda'uces estaban, por lo tanto. en la 
incertidumbre; pero salieron de ella do un modo 
bastante desagradable y que probaba que sus 
sospechas no carecfan de fundaanento. Yusof, que 
de ordinario no emprendia nada sin haber consul- 
tado a sus faquies, les pregunto que debia hacer, 
y los faquies declararon: primero, que era su d*-- 
ber combatir a los castellanos, y despues, que. si 
necesitaba Algeciras y no se la queiian ceder, te- 
nia derecho a torn aria. Provisto de este fetfu, Yu- 
sof habia dado a muchos cuerpos de ejereito )a 
orden de embarcarse en Ceuta en un centenar de 
navfos, y hacer vela a Algeciras ; de modo que esta 
ciudad se vio pronto rodeada por un gran ejdr- 
cito, que exigia vfveres- y la plaza misma. Radi, 
que la gobemalba, ?e encontro en la mayor per- 
plejidad, por no estar el caso previsto. No se 
nego a suministrar vfveres a los almovavides, 
pero al mismo tierapo se puso en disposicion de 
reohazar, si era preciso, ^ fuerza con la fuerza. 
Ademas escribio a su padre pidiendole 6rdenes, 
y atando su carta al ala de una paloma, la dejo ir 
a Sevilla. La respuesta de Motamid no se hizf- 
eaperar. Se detidio pronto, porque, por irritante 
que pareciase la conducta de Yusof, conocia que 
' habia ido "demasiado lejos para retroceder y que 






t _L 



1B2 

era preciso poller a mal tiempo buena cara. Man- 
do a su hijo evacuar Algeciras y retirarse a Ron. 
da (1). Entonces embarcaronse nuevas tropas 
para Algeciros, y V.etgo al fin el mismo Yusof. Su 
primer cuidado fue restaurar las fortificaciones 
de la plaza, surtirla de provisiones de boca y 
guerra y establecer alii una guarnicion suficiente. 
En seguida se dirigio a Sevilla con el grueso de 
su ejercito. Salio a su encuentro Mctamid, rodea- 
do de los principales dignatarios del reino, y 
cuando ILego" a su presencia quiso besarle la mano; 
pero Yusof se lo impidio, abrazandole del modo 
mas afectuoso. No se olvidaron los presentes de 
rubrica; Motamid ofrecio tantos al almoravide, 
que £ste pudo dar a 1 go a cada soldado de su eje>- 
cito, lo que le hizo concebir una elevada idea de 
las riquezas que atesoraba Espana. Cerca de Se- 
villa se detuvo, y alii vinieron a unirsele los dos 
nietos de Badis: Abdala, de Granada, y Temim, 
<lc Malaga, con trescientos jinetes el primero y 
con doscientos el segundo. Motacim, de Almerfa, 
envi6 un regimiento de caballeria mandado pot 
uno de sus hijos, manifestando^e su contrariedad 
porque la aanenazadora vecindad de los cristianos 
de AJedo no le permitla venir en persona. Ocho 

dfas despu^s, el ejercito tom6 el camino de Ba- 
dajoz, donde se le unio Motauakil con sus tropas. 



■ ^ 
i" 



(1) Bmval-Abar, en mis Investipocitmes, t. I, pp. 173, 174 

de la prlmera edlcldn. V6ase tambiln Abad, t. I, pp. 169, 
175— versos de Radi— ; t. II, pp. S7, 191-193, 2S1. 



■ - * 



183 

En seguida marcharon sobre Toledo (1). Pero no 
hai)ian andado mucho cuando encontraron al ene~ 
migo. 

En e l momento que se supo que los almoravidefc 
habian desembarcado en Espafia se haltaba Alfon- 
so sitiando a Zaragoza. Creyendo que el rey de 
est& eiudad ignoraba la Jlegada de los africanos* 
le raando a decir que, si le daba mucho dinero, te~ 
vantaria el sitio; pero Mostain, que habfa recihi- 
do la gran nothia lo misnio que el, mand6 contes- 
table que no le daria un solo dirhevi, Ailfonso vol- 
vi6se entonces a Toledo, despues de dar a Alvar 
Finez, lo mismo que a sus demas lugartenientes, 
la orden de venir a unirsele con sus ti*opas. Cuan- 
do su ejeroito — en el que nguraba*i muchos caba- 
lleros franceses — S£ reunio, pusose en marcha, por- 
que querfa llevar la guerra a pafs enemigo. En- 
contro a los almoravides y a sus aliados no lejos 
de Badpjoz, cerca de un paraje que los musulima- 
nes llamaban Zalaca, y lo^ cristdanos, Sacralias, y 
no habfa acabado aim de fijar sus tiesidas, cuando 

recibi6 una carta en que Yusof le invitaba a abra- 
zat el islamismo o a pagar un tributo, amcnazan- 

dole con la gmerra si no aceptaiba una cosu u otra. 
Alfonso se indigno extraordimariamente con esfc° 
mensaje. Encargd a xmo de sus empleados a-rabes 
reapondlese qu.e, habiendo sido los musulmaiues tri- 
bn-fcarios suyos durante muchos anos, no esperaba 



(1) Ben-al-Abar, ubi supra; Abad> t, II, pp. 23. 193; Abd- 
al-uahid, p. 91. 



A 



184 

proposiciones tan ofensivas; pero que tenia un 
gran ejercito, con el que sabria castigar la jac- 
tancia de sus enemigos. Habiendo llegado est& 
carta a la caticilleria musulmana, un andaluz 3 a 
contesto en segrrida; pero cuando enseno su re»- 
puesta a Yusof, este la enco-ntro demasiado larga, 
y se limito a escribir en el reverso de la carta del 
emperador est as send lias palabras: "Ya veras lo 
que succde", y se la dsvolvio (1). 

Tratose entonces de fijar el dia de la batalla, se 
gun eostumbre de la epoca. Era el jueves 22 dt 
octubre de 108€, y Alfonso envio este mensaje a 
los maisulmanes: "Ma^ana viernes es vuestra fies- 
ta y el domingo la nuestra; propongo, pues. que 
la batalla se de pasado manana, sabado." (2). 
Agrado a Yusof esta proposidon; pero Mot&mid 
vi6 en ella una estiatagema, y coxno en el caso de 
ataque 61 tenia que softener el primer choque dd 
eneniigo — porque las tropas anda'luzas formaban la 
vangu&rdia, mientras los ataiora-vides se manie- 
nfan a retaguardia ocufajs entre los monies— , 
odopto precauciones, a fin de no ser atacado de 
improvise, mandando observar los movimientos del 
enemigo a sus tropas ligeras. >Su animo no estaba 



(1) 331 calif* Harun ar-Itaxid respond(6 casi del nilsmo 
modo a una carta del emperador Nic^foro. Por lo dem&s, los 
autorea quo hacen cltar a Yusof un verso de Motanabi han 
tornado una cita de un historiador por parte de la rcspuesta 
del monarca. Yusof era demasiado Inculto para poder cltnr 
versos de Motanabi. 

(2) Abad p t. II, p. 22; Abu-'l-Hadchach Baiyaai, apuft 
Aben-Jallcan, XII, 16. Segun otros autores, Alfonso propuso 
el lunea, por ser el sabado la fiesta de los Judtos. 



? 



Or 



■■f - 






185 

tranquilo, y consultaba sin cesar a su astrologo. 
En efecto: hallabanse en un momento crftico y de- 
cisive La suerte de Espana dapendia del exito 

■ 

de la batalla que iba a entablarse. y los caste- 
llans tenian superioridad numerica ; al nienos, los 
musulmanes creian que sus fuerzas se elevaban a 
cincuenta o se^enta mil hombres (1), en tanto que 
las de los sarracenos no suanaban mas que veinte 
mil (2). 

AI rayar la aurora, Motamid vio realizado^ sus 
temores, stendo avisado fpor sus eentinelas de que 
se aproximaba el ej&rcito cristiano. Su situation 
era muy critiea, porque corrfa el peligro de sev 
aniquislado antes de que los aJmoravides Uegasen 
ai campo de bataJla, pc*r lo que envio a dec.ir a 
Vusof que viniera prontamente en su auxtlio con 
todas sus tropas, o 3e enviase, al menos, un re- 

fuerzo considerable; pero Yusof no se apresuro a 
acceder a esta demanda. Tenia forroado un plan, 

del que no querfa aspartame, y se inquietaba tan 
Xfoeo par la suerte de Icte andaluces, que exdlaan6: 
"^Que tengo yo que ver con que esus gentes sean 
degolladas? Todos eon enemfugos* (3). Abanctona- 
dos asf a sus .propias fuei-zas, las andaliuccs em- 
prendieron la futga; solo los sevillenos, eatiitnu- 
lados prfr el ej&mpilo de su rey, que, aunque he- 



(1) Abad. t. II. pp. 23, 3S. 

(2) Abd-al-uahid, p. 03. 

(3) Kitab al-ictifa — Abad. t. II, p. 23—, en dondc es pre- 

ciso conservar la tianscripcidn del manuscrlto: Facolon. Kste 
testlmonio es notable, porque el autor del Kitab aUictifa es 
may parcial por los almoravides. 






186 

rido en la mano y en la ca/ra, daba prueibas de 
extraordinario valor, xesistierom vigorasamente el 
choique del enemigo, hasta que al fin vino en m 
ayuda una division almoravide. Desde enjtonees el 
eombate fue menos desagual; pero los sevillanos 
se quedaron asdmbrados cuando de pronto vieron 
a los enemagos batirse en iretirada, pues el re- 
fuerzo que habian recibido no era bastante consi- 
derable para que pudieran Jisonjearse de haber 
obtenido da victoria. He aqui lo sucedido: Viendo 
al ejeroito castellano empenado contra los anda- 
luces, Yusof se babia propuesto atacarlo a reta*- 
gurdia- Por eso envio a Motarnid to;do eil refuer- 
zo que necesitaba para impedir que le aniqui- 
lasen los enemigos y, dando un rodeo, cayo con 
ei grueso de sus fuerzas sofore el catmrpamento 
de Alfonso, doade hizo una carnkeria Wrrilble 
en los soldados encargados de cuistodiarlo, y des- 
pues de incendiarlo, fue a caer isobre la espalda 
tie los castellanas, llevando delanite de si una to- 
ba de fugitives. Alfonso se nallaba e ntre dos 
luegos, y cdmo el ejercito que tenia a retaguar- 
dia era mas numeroso : que el " que tenia de f relate, 
«e vio obligado a volver contra el prlmero su f uer_ 
Ka principal. El eombate fue empeiiadisimo; el 
campamento fue sucesivajmente coniauistado y re- 
conquistado, nuenrbras Yusof recorria las nlas gri- 
fcando: "jVallor, musolmanes! jTeneis delante a 
los enemigclo de Dies! jEi parafso ©spera a los 

que sueumban!" 

En tanto, los andaluces, que habian emprendi- 



f:. 



187 

do la fuga, habian llegado a rehacerse, vdvien- 
jo al campo de-.batalla para sostener a Motainid 
y, por otra parte, Yusof lanzo contra las caste- 
llanos &u guardia negra, que tenia de reserve, y 
que hizo maravlllas. Un negro logro ihaata apro- 
ximarse a Ailfotoso y darle una puiialada en el 
muslo. Al caer la noche, la victoria, ardiente- 
mente disputada, ideclarose al fin pox los mu- 
sulmanes; la m&yoria de los criistiaoxos yacian 

l ■ 

muertos o foeridos isobre el cam^po de batalla; 
otros habian emprendido la fuga, y el mismo Al- 
fonso, rodeado tan solo de 500 jinetes, logr6 sal- 
varse con gran trabajo — 23 de octubre del 1086 — . 
No se recogio, sin embargo, todo el" fmto que 
podia esperanse de esta gran victoria; pues aun- 
que Yusof tenia intencion de penetrar en toerri- 
torio enemigo*, irenuneio a ello al saber la muer- 
te de su priiniagenito, que habia quedado enfer- 
mo en Ceuta. Cantentose con dejar a las 6rderies 
de Motamid una division de 3,000 hornbres y vol- 
vi6 al Africa con el resito de sus tropas (1). 



XIII 



A consecuencia de la llegatia de los alonoravi- 
des a Espana, los castellanos habian tenido que 

! | 

evaeuar el reino de Valencia y levantar el si/fcio 
de Zaragoza. La derrota de Zalaca les habia pri- 



(1) V6ase la nota E al fin de este volumen. 



K L_ 



188 

vado de muchos <le sus mejores goierreros, pues 
perdieron en elk — isegun los musulmanies— -diez 
mil y aun veinticuatro mil hosmbres (1). Ademas 
las principes andahices se habian librado de la 
vergonzosa obligation de pagiar a Alfonso un tri- 
buto anual, y el Oeste, donde las fortaiezas es- 
taban defendidas ahora por soldados que Yusof 
haibia dej'ado a Motamid, nada tenia que temer 
de los ataques del emrperador. Eran, ciertamente, 
esplendidos resultados, de los cuales se regacija- 
ban, con razon, los andaluces. Asi qnae en todo 
el pais resonaban gritos de jubilo, todas las bocas 
pronunciaban el nombre de Yusof, alabandose su 
piedad, su valor, sus talentos niiliitares, procla- 
mandole Salvador de Andalucia y de la religion 



vlt, 



M' 



musulmana y llamandole el primer capitan del 
eiglo. Sobre todo, el clero no le regateaba los 
elogics. Para el, Yiusof era mas que un grande 
hombre: era el hotmbre bendecido por Dios, el 

elegido del Senor (2). 

Sin embargo, los triunfas obtenMos, por gran- 
der y gloriosos que foes-en, no eran daeisivos en 

modo algiuno. Al menos, los casfbellanos lo crelan 
asi. A pesar de las perdidas que habian expe- 
rdmentado, no desesperaban de rehascersc Sabian 

muy bien que arriesgaban detmasiado si dirigian 
sus ataques hacia Badajoz y Sevilla; pero no ig- 
noraban tampoco que el este de Andalucia lt& 



^■ 



(1) Abad, t. II, pp. 23, 199. 

(2) Abd-al-pahid, p. 94. 



189 

brindaba aun algunas probabi Lid ades de exito; 
que les seria facil devajstario y tal ,vez hasta 
conquistarlo. Los pequefios principados de Le- 
vante: Valencia, Murcia, Lorca y Almeria eran, 
en efeoto, los mas debiles de todos los de la 
peninsula, y los castellanos ocupaban, cerca de 
alios, una posicion muy fuerte, que dejaba a mer- 
ced suya todo el pais. Era la fortaleza de Aledo, 
cuyas ruinas existen aun hoy, y que se haillaba 
entre Murcia y Lorca. Situada en una montana 
escarpadisima y capaz de contener una guarni- 
cion de doce o trece mil hombres, podia pasar por 
inexpugnable. De el la salian los castellanos piara 
hacer carrerias en las dnmediaciones, llegando 
hasta a sitiar a Ateerra, Lorca y Murcia (1), y 
todo paracia presagiar que, si no se tomaba al- 
guna providencia, acabarian por caer en sus ana- 
nos estas ciudades. Conocia Motamid la gravedod 
del pdigro que aimeniazaba por esta parte a Aai- 
daltucia, y ademas rse tratafoa de sus propios in- 

\ 

tereses. 

Las dos ciudades mas 'expuestas a los atoaquies 
del enearrigo, Murcia y Lorca, le pertenecian: la 

primera de dierecho, la segunda die hecho, porqu 
el senor de Lorca, Ben-al-Yasa, que se sentia de- 

masiado deM para msistir a los castellanos de 
Aledo, le hafoia reconocido corao stfbferano, can la 
•esperanza de que le ayudase (2). Respecto a Mur- 



a. 



(1) A.bad, t. II, p. 25, 

(2) Abort, t. II, p. 120. 



190 

cia, reimaba alii tod-avia Abe&i-Raxic, y Motaimid 
ardia ien deseos de castigar a aquel rebelde. Re- 
solvio, po<r lo taxito, hacer una expedicion a Le- 
vante, con el doble proposito de contender las in- 
va.sdo.nes de los cristianos y de re&ucir a Afetai- 
Raxic a la obediencia, para lo cual neimio sus pro- 
pias trap as a las que le habia connado Yusof, y 
tamo efl. caanino de Lorca. 

AjI llegax a esta ciudjad le intformaron de que 
habia en las inniediacioines un escuatteon de tres- 
cientos castellanos." En consecueaHiia, prdeno a su 
hijo Radi que imesie a atiacarlos con tres mil ji- 
notes de Sevilla. Radi, muctho mas aficdonado a las 
letras qjiue a la guerra, se excuso, pretexfcando una 
indiisiposicion. Imtadisoimo con esta negativa, con- 
no el miaiido a otro de sus ihijas, llamado Motad; 
8>ero la superioridad de los castellamos sobre los 
andaluces iiba a' patentizarse una vez mas, pues 
aunque eran diez contra uno, los sevillanos su- 
frieron la mas vergonzosa derrota (1). 

No fueron mas afortunjadas las tentativas de 
Motamid para someter a Mureia. AbeanRaxic ha- 

r 

bia sabido interesar en so. favor a los almoravi- 

r 

des qfue figTiralban en el ejercito sevillano, y Mo- 
taimid se vi6 obligado a volver a su capital sin ha- 
ber cons«eguido naida (2). 

Era, pues, evidente qrue lo naismo antes que 
despues de la battalia de Zalaca los andaliuces ncJ 



> 



(1) Abad, t. II, p, 25; es preciso reetificar este pasaje con 
ayuda de Aben-Jacan — Abad> t. I, pp. 172-175- — . 

(2) Abad> t. IT, p. 121. 






191 

estaban en situacion de defenderse, y que si Yusof 
no venia (par segunda vez en su ayuda acaba- 
rian par sucumibir. Por eso el palacio de Yusof 
estaba asedietdo continuamente por los faquies y 
ias person as notables de Valencia, Murcia, Loxca 
y Baza. Los valencianos se quejaban de. Rodrig-o* 
el Campeador — d Cid — , que se habia erigido 
en protector de Oadir, despues de obligarle a pa^ 
gar un tritato menisual de 10.000 ducado®, y ojue 
asolaba el redno, so pretext© de someter a las 
rebeldes a la aufcordjdad del rey (1). Las habitan- 
tes de otras regiones protestaban tambien contra 
las vcjaciones con qne las abrumaban las caste- 
llanos de Aledo, y todos declaraban unanimemen- 
te que si Yusof no venia en su auxilio Anda- 
lucia caeria inevitableonenite em pader de lots cris- 
tianos (2). Sus suplicas producian, no obstante, 
poco efecto en el aniino del monarca. Cierto que 
Yusof prometia pasar el estrecho en cuanto la 

estacion se lo permitiese; pero no hacia series 
preparativas, y, aunque no lo* decia, dejaba adi- 
vinar que esperaiba una peticion directa por par- 
te de las principes. Entonces Moiamid se decidio 
a hacerla. Las sospechas que habia contceibido so- 

> 

bre las secretas intenciones ide Yusof se haibian 
casi diisipiado, o, al menos, deibilitado poco a poco. 
Salvo la ocupacion de Algeciras, el -monarea afri- 
cano no habia hecho nada que pudiesse herir la 



(1) Investigaciones, t. II, pp. 136, 137. 

(2) Abad, t. H, p. 201. 



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192 

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dignidad de los principes andaluoes o ju&tiiicar 
sus aprensiones; al contrario: habia dicho algunas 
veces que antes de ver a Andalucia tenia una gran 
idea de la hermo's ura y riqueza del /pais; pero 
que habia sufrido un dasengafio (1). IVIotarmd 
estaiba por esto cesi tranquilo, y como el peli- 
gro que amenazaba a su patria era reaknente 
may grange, adapfto la resolucion de presentarse 
en persona a Yusof, 

El almoravide le hizo el recihimiento mas hon- 
roso y cdrch'al. 

•No necesitabas — le dijo — ven.ir en persona; 
bastaba con que me hubieses escrito, y me, hu- 

biera apresurado a vsatisfacer tus deseos. 

— He venido — respondio Motamid — para decirte 

que estamos en xm peligro espantoso- Ai-edo se 
halla en el corazon de nuestro pais, y ^n'o^pode- 

mos quitarselo a los cristianos. Si tu lograras ha- 

cerlo, prestarias a la religion un inimenso servicio. 

Ya que nos has salvado una vez, salvianos otra. 

— Lo intentare, al menos — tie respondio Yusof. 

Cuanclo Motamid volvio a Sevilla activo nvucho 

los armamentos y, terminados los prepar.ati.vos,, 
cruzo el estrecho con sus tnopas, desembarco en 

Algeciras en .la primavera de 1090 y, uniendose 
con Motamid, invito a "las prfnciipes aradataces a 
reunirse co-n el para sitiar a Aledo. T-amim, de 
Malaga; ArtxMa, de Granada; Motaciin, de Al- 
/meria; Abem-Raxric, de Murcia, y aligunos otros 



(1) Abd-al-uahitf. p. 92. 






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193 

seiicifces menos importantes respondieron a su 11a- 
mamiento. Comenzo el sitio; las anaqiiinas de gue- 
rra fueron eonstruidas por carpinteros y alba- 
iiiles de Murcia, y se convino en que los emi-res 
atacasen la fortaleza alternajtivamente un dia 
cada uno. Sin embargo, no* se adelantaba miucho; 
los defensores de Aledo, que eran 3.000 — iuna ter- 
cera parte de caballeria — rechazaban vigorosa- 
mente los asaltas, y la plaza era tan fuerte, que 
los miusubnanes, despues de haber imteiitad o en 
vano apoderarse de ella (por 3a fuerza, ee decadie- 
ron a sitiarla por hambre (1). 

Por otra parte, los sitiado'res se preooupaban 
xtiucho nienos del asedio que de sus intereses per- 
sonales. Su campamento era un foco ae intrig-as, 
estimul andose en machos senrtidos Ha ambicion de 
Yusof. AI decir que Espana no respondfa a sua 
eaperanzas, no habia sido sineero. La verdad era 
que el pafe le habia agradadc* extraordinariaanen- 
te, y, ya &ea por afan de conquista, ya por mo- 
viles mas nobles — porque la religion le Interesa- 
ba cordialmentte — , deseaba ajpoderarse de $1, de- 
seo que no era dificil de realizar. Muchos anda- 
luces opinaban que su patria no podia salvarse 
sino uniendose al impeiio de los almoravides. 
Ci-erto que no* era este el parecer de las clases 
mas elevadas de la aociedad, pues para la gente 
culta, Yusof, <$ue sabla muy poco arabe, era un 
rustico, un barbaro y adtetmas habfa dado hartas 



(1) Abad, t. IT, pp. 202, 203. 

Hist, jmusulmanes.— T. IV 13 



194 

pruebas de su ignorancia y f alta de education. 
Por ejernplo: cuando Motamid le pregun-to si 

eomprendia los versos que acababan de recitarle 
los poetas sevillanois, respdndio: "Lo que com- 
prendo ©s que piden pan." Y cuando, despues de 
su regreso a Africa, recibio una carta de Mota- 
mid con estos dos versos, tornados de <un celebr* 



poema que Abul-Ualad-aben-Zaidun (1) — el Tt- 

bulo de Andalucia— nabia dirigido a su amante 
Ualada: "Desde que esitas lejos de mi, el deseo 

de verte consume mi cofrazon y me hace derra- 

-s mar torrentes de lagrimas. Mis dias son ahora 

f 

I negtros, y antes, gratias a ti, mis noches eran 
1 blancas", Yusof habfa dicho: "Parece que me pide 

mucliachas ibtencas y negras". Cuando le exiplica- 
ron que en estilo poetico negro signifie&ba obseuro, 
y bianco significaba sereno, dijo: "Es muy hermo- 
so. Pues bien: respondedle que a mi me duele 
la cabeza desde que no le veo" (2). En tun pais 
tan aficionado a Ja literature como Andalucia ntf 
se perdonaban -tales cosas. Unase a esto que los 
hombres de letras estaban muy contentos con su 
posicion y no daseaban que cambiase. Las peque- 
nas oortes eran otras tantas academias, y los li- 
teratos, los nincis mimados de los principes, que 
les asignaban sueldos magnificos. Los librefpen- 
sadores tampoco podian estar quejosos, pues, gra- 
cias a la protecoion que les dispensaban la raa- 



(1) Era el padre del vlsir de Motamid. 

(2) Abad, t. II, p. 221. 



1 *v. 



195 

yoria de los principes, podlian por ipiimera vez 
decir y -escribir lo que pensaban, sin temor a ser 
quemados o* lapidados (1). Por -tanta, deseabau 
menos que niadie la- doniinacdon de los almoravides, 
que habia de traer indefectiblemente la del cl-ero. 
Pero si Yusof cointaba con pocos partidardos en- 
tre las elases superiores e iiustradas, tenia miu- 
chos entre el pueblo, que en general estaba muy 
descontento , y Ie sobraiba razdn. Cada ciuttad ajgo 
importante teni>a su corte, que era preioiso softe- 
ner y que cost aba mucho, pox.que casi todos los 
principes eran exceaivarmente prodigos. Y ; si a 
fuerza de pagar hubiese podido comprar siquiera 
la seguridad y la tranquil id'ad ! Pero no- era asi, 
porque los precipes, ordinariamente, eran muy 

debiles para proteger a sus subctitos contra sius 
vecinos musorlmames y mucho menos. contra los 

crista anas. No habia un momento de reposo; na- 
die tenia sagara la vida ni la hacienda. Era, pre- 
ciso '&s convenir en ello, una situation inso,porta- 
bie, y por lo tanto, muy natural que las clases 
laborios-as ansiasen que tuviera termino. Antes no 
habfa medio de safe de ella. Cierto que habia ha- 
bido algunos conatos de rebellion, y se haibian es- 
cuchado con placer estos versos de Somaisir, poeta 
de Granada: 

"Reyes, iqa4 es lo que haceis? Entregai® el is- 
laonismo a su$ enemigos y no proourais mlra'do. 



(1) Said de Toledo, en mis Inves tigaciones, t. I, p. 4 de la 
primera e&laidn. 



y-' 



196 

Es un deber r-ebelarse contra vosotros, puesto que 
haceis causa comiin con los cristianos. No es un 
crimen substraer&e a vuiestro cetro, puesto que 
vosotros os babeis substraldo al cetro del Pro- 
f eta, " 

Pero como una rebelion no hubiera servido mas 
que para emjpeorar ' la aiibutaoion, era preciso espe- 
rar y anm-anse de paciencdia, como el rnismo poeta 
habia dicho en estos versos: 

"Esperabamos en vosotros, joh, reyes!, pero ha- 
beis fcrustrado nuestra esperanza ; esperabamos de 
vosotros nuestra libertad; pero bemos sufrido un 
desengano. Pues bien: tengamos paciencia, que el 
tiempo trae grandees mudamzais. AI buen entende- 
dor, con media palaibra basta. " (1) . 

Por el contrario, ahora ya era posible la insu- 
rreccion, puesto que habia en Espana un monarca 
justo, potemte, glorioso, que habia alcanzado so- 
bre los cristdanos una victoria bnilltante, que ski 
duda ailcanzarfa otras y que parecia en/viacLo por 
la Providencia para devolver a Andalucia su gran- 

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dieza y prosperddad. Lo mejor era, por lo tanto, 
someterse a su diominacion, y, haciendolo, sie libra- 
rian a un tiempo mismo de una multitud de im- 
puestos vejiatorios, porque Yusof habia abolido en 
sus Estados todos los que no se hallaban pnescrd- 



(1) Aben-Basam, t. I, fol. 230 y. . 



197 

tos por el Coran, y &e tenia la conviction de que 
en Espaiia procederia del mismo modo. 

Asi razonaba el pueblo, y en nvuiaho<s aspectos 
aoertaba; olvid&ba tan solo que el Gobierno, a la 
larga, no podria pasar.se Sin los impuestos que hu- 
biese abolido; que Andalucla, uniendo su suerte a 
la de Marruecos, se expooidria a sentir de rechazo 
las revolueiones que estallasen en aquel pais; que 
la domination afoioravide seria una domination 
exjtoanjera, el doiminio de un pueblo sobre o/tro; 
que, en fin, los soldados de Yusof pertenecian a 
una raza que Espaiia habia detesfbado siempre, y 
que, como eran bastante indisciplinados, podrian 
Ileg-ar a convertirse en huespedes muy mo- 

lestos. 

Por lo denaas, el deseo de un camfoio era mucho 
mas acentuado en unos Esftados que en atros. Eh 
Granada era el voto unanime de toda la poblaci6n 
arabe y andaluza, que no habia cesadio de mailaje- 
cir a sus tiranos berberiscos. En los Estados de 
Motamid habia tambien muchos d escontentos (1); 

pero no en Almeria, porque el principe que reinaba 
alii era muy popular, piaidoso, justo, clemente, tra- 
taba a su pueblo con bondad paternall; siendo, en 
una pailabra, un acabado modielo de las mas atrac- 
tivas virtudes. 

iSin .embargo, Yusof tenia en favor suyo, casi ex 

todas partes, a los doctores, a los faq/uies, a lot 

, cadiies, a los ministros de la religion y de la ley. 



(1) Abad, t. U, pp. 131, 132. 



198 

EiStos eran sus auxiliares mas adictos y diligentes, 
por ser los que tenian mas que perder si triun- 
fahan los cristianos, y ademas porque no podian 

estar satis£echos de principes que, ocupadoe en 
profundos estudios o entregados a sus placeres, 
apenas escuchaban sus sermones, no hacian ningun 

caso de ellos y protegian abiertamen/te a los fil6- 
sofos. Yusof , que, por el coixtrario, era un modedo 
de devocion que nunca dejaba de consultar a los 
faquies en los negocios de Estado, y que seguia sua 
consejos, contaba con todo su afecto y simp'atia. 
Sabfan, o al menos adivinab&n, que Yusof sentia 
una gnaii tentacion de desfcronar a los prlnicdpes 
andaluces en provedho suyo, y desde entonces no 
pensaron mas que en estknular sus dieseos y fen 

perauadirle de que la miama religion los saneio- 
naba. 

Uno de ios mas activos era el cadd de Graaiada, 
Abu-Chafar Cokii. Era de origen arabe, lo que 
equivale a deoir que aborrecfa a los berberiscos, 
opresores de su patria. Cierto que trataba de di- 
eimular sus sentimientos, pero no lo consegiuia. 
Por un secreto instinto, Badis babfa visto en el al 
probable autor de la caidia de su dinastia, y mas 
de una vez habia tenddo intavcion de mandarle 
matar; "pero Dies — para servirme de la expre- 
sian de un autor arabe — habia enca&eniado las ma- 
nos del tir-ano, a fin de que se cumptfaesen los de- 
cretos del destino". Este cadi formaba p&rtie del 
ejercito que sitiaba a AQedo, y sostuvo muchas en- 
trevisitas seoretas con Yuisof, a quien ya conocia, 



199 

pues se recordara que habia sido uno- de los em- 
bajadoies que, cuaifero afios antes, hatoian sido en- 
cargados de inrvitar a los almoravides a soeorrer 
a las andatkioes. El objeto que se proponia con ta- 
les etntrevi'stas es faciil de adivinar: Yusof tenia 
esorupiios de concienda, y eH cadi proeuraba ven- 
cerlos (1). Le hizo presente que los faquies an- 
daduces podian desligarie de siu juraanenito; que 
les seila facil obtener de ellos un fetfa dondie sie 
enunierasen todas las f alias y todos' los atentados 
de los principes, samndo. de aqui la conclusion de 
que habian perdido d derecho a los tronos que 
ooupaban. 

Los razonaanientos de este cadi, uno de los maa 
faonosos por su saber y piedad, hicieron profunda 
imipnesion en el aniimo de Yusof, y per otra parte, 
los disoursos de Motacim, rey de Aflmerla, le ins- 



pk-aban profunda aversion hacia el mas pode- 
roso de los principes andaktces. 
Ya hemos diciho qfue Motacini era un prfncipe 

I 

excelewte; pero, aunqute tan bueno y benevolo de 
ordinario, odiaba a ailguien, y este algnxien era 
Motonid. Aqiuel odiq parece que tuvo origen en 

r 

duios mezquinos 1 celos mas que en verdaderos y 
senos agraviois; pero em maiy fuerte, y aunque 

4 

en apariencia se habia reconciliado con el rey de 
Sevilla, se dedicaba a desconceptuarle ambe el mo- 
narca africano, cuyo favor se habia gianado por 



(1) Een-al-Jatib, man. G., fol. 16 v., 17 r., artfculo sobre 
Abu-Chafar Ahmed aben-Jalaf ben-Abdalmelic al-Gasani al- 
Colaii. 



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200 

jnedios que f risaban en bajezas. Sm embargo, Mo- 
tatmid no se daba cuenta de nada; cuando se halla- 
ba a sodas con Motacim le hablaba con el corazon 
en la mano, y un dia en que el princip-e de Aiime- 
ria I>e manifesto sus temores por la prolongada 
ipenman-eiicia de Yusof en Aaidaihicia: "Sin du- 
da — ile respondio con tono de f anf arron eria muy 
meridional — , sin ckda que ese homibre lleva mu- 
cho tiempo en noiestro pais; pero, en cuamto m* 
harte, no tengo mas que alzar la mano, y al dia 
sigoiiente el y sus soldados habran partido. Parece 
que temes que nos j.ueguen alguna mala pasada; 
[pero iqaien es ese principe Jastitmoso, y quienes 
son sus soldados ? En su patria eran mendigos que 
se moriian de hambre; queriendo hacer una ou^na 
obra, los hemos llamado a Espana para saciarlos; 

pero cuando se hayan hartado, los enviaremos mue- 
vamente al sitio de donde han venido." Tales dis- 
cursos se convirtierooi, en manos de Motacam, bti 
anmas terribdes. Cuando se los refirio a Yusof, este 
fue presa de violenta colera, y, lo que hasta en- 
tonces no habia sido mas que un vago proyecto, se 
traans.form6 en una resolution decididia, irtrevoca- 
bile. Motaoian triunfaba, pero no haibia catailado 
lo qioe iba a ocurrir; "no habia previ&to — dice co*n 
msucha oportunidad un historiador &rabe — que el 
tambi&i caerla en el pozo que habia abiento para 
d que odiaba, y que a su vez serla herido por la' 
espada que habia hecho desenvainar". (1). 



(1) Abd-al-uahid, pp. 96, 97. 



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201 

For otra parte, esta imp revision era comtin a 
todos los prindpes andaluees. Se aeusaban reel* 
pixjeamente ante Yrusof; tdmaban al aknoravide 
por arbitro d© sus querelas, y mientras el prin- 
cirpe ataeriense tra<fcaba de perder al de Sevilla,, 
£&te procuraba derribar al pn'noirpe de Murcia, 
Aben-Raxic. Para logiwlo no cesaba de repetir 
a Yusof que Aben-Raxic habia sido. aliado de Al- 
fonso; que haibia prestado grandes servicios a io& 
criistianos de Aleck* y que aiin se los prestaba, 
segiin todas las apariencias. Destpues, hacdendo 
val-er sus derecihos a la posesi6n de Murcia, exigio 
que el traidor que le habia quitado esta ciudad 
le fuera entregado. Yusof encargo a lois faquies 
que examinasen este aisunto, y ouando estos .die- 
ran la razon a Motaimid, mando prender a Afeen- 
Raxic y lo entreg6 al rey de Sevilla, aunque 
prohibiend'O* que le diese muerte. Esta pi'ision tuvo 
te consecuencias mas funestas, porane los mur- 
cianos, irritados, abandonaron el campamento y 
en adelante se negaron a suministrar las oibreras 
y los viveres que el ejercito neeesitaba. 

La dtuacion de te sitiado#es habia llegado* a 
ser muy penosa y amewazaba serlo aun mass, 
paxes eistaba cerca el invierno, cuando se siipo que 
Alfonso llegaba en socorro de la plaza con un 
ejercito de 18.000 hoimibres. Yusof tuvo ail princi- 
pio la intension de e»perartto en la sierra de Ti- 
rieza — al oeste de Totana — y presentable Natalia 
en aqued sitio; ipero pronito renuncio a este pro- 
y'ecto y se retiiro a Lorca. Temia ■qua los andalu- 



£02 

ces huyesen de nuevo, como en la batalla de Za- 
laca, y, por otra parte, estaba convencido de que 
Aledo* no se hallaba en estado de defenderse y 
de que los castellanos tendrian que evacuaiilo. 
Este juicio era exacto, comio lo dedttastraron los 
acontecimientos. Hallando las fortiflcaciones casi 
derruidas y la guarnicion reducida a un centenar 
d-e liombres, Mftfnso incendio la foxtaleaa y se lle^ 
vo sus defensores a Castilla (1). 

El objeto de la campafia se haibia elcanzado, 
aunque, a la verdad, de un modo poco brillante, 

porque Yoisof habia sitiado a Aledo durante cua- 
tro aneses sin apoderarse de el y su retiirada al 
■aproximarse Alfonso se parecfa mucho a una fuga. 
Sin embargo, los £aquies tuvieron buen cuidado 
de que su popuilariidad no disminuyera. An.nmaban 
que si en aquella ocasion el almoravdde no habia 
obtenido <un exito tan feliz como cuatro orids an- 
tes, la culpa era de los p-rincipes andaluces que 
sms intrigas, suis envidias, sus etemas discordias 
impedtfan al gran monarca hacer todo e?l bien que 

haria si mandase el solo. En general, los fequies 
trabajaban mas que nunca, y teruan que hacerlo, 
porque, habiendo advertido Ids principss sus ma- 
nejos, comenzaban a correr grandees peligros. Bien 
lo experirnento, a casta suya, el cadi de Granada, 



(1) Abad, t. II, pp. 39, 121, 20S; Aben-Jalican, fasc. 12, 
pagina 25. En el relato del Cartds — p. 99 — y, sobre todo, en 
el de Abd-al-uahid — p. 92 — hay muchas Inexactitudes. Veaa© 
tamblen la Oesta Roderici, y, para la cronologla, compareso 
■con la nota F al fln de este volumen. 



203 

Abu-Chafar Colaii. Ya en el campamento, su so- 
prano, cuya tienda estaba muy proxima a la 
suya, habia advertido &us secretas entrevistas 
con Yusof y adivineido su objeto. Sin embargo, 
como la presencia de Yusof le intimidaba, no se 
habfa atrevido a adoptar contra el conspirador 
jnedidas rigurosas; mas apenas volvio a Granada, 
}e hizo venir a su presencia, le recrimino por ha- 
berle vendido y haber tramado su perdida, y en 
su cdlera llego a ordenar a sus guardias que le 
diesen muerte. Afortunadamente para Ata-Cha- 
iiar, la niadre de Abdala se arrojo a los pies de su 
hijo, rogandole que perdonase a un hombre tan 
piadoso, y como de ordinario Abdala se dejaba 
domainar por ella, revoco la orden, contentandose 
con encarcelar al cadi en una de las habitaciones 
del castillo. El cadi, que sabia estaba rodeado de 
personas muy supersticiosas, ae puso a recitar 
oraciones y versiculos del Coran. Su voz clara y 
vi/brante resonaba de un extreme a otro del pa- 
lacio. Todo el mundo prestaba oido a bus piadosas 
jaculatorias; se callaiban para no distraerle, te- 
miendo hacer ruido, y no cesaban de repetir al 
principe que Dios le castigaria de un modo es- 
pantoso si no se apresuraba a poner en libertad 
a aquel mode'o de piedad y devocion. La madre 
de Abdala se mostro todavfa mas celosa que na- 
die, y entre suplicas y amenazas decidi© a su 
hijo a poner en libertad al prisionero; pero, des- 
puefe de haber recibido semejante leccion, el cadi 
se sroardo muv bien de t>ermanecer en Granada. 



204 

Aprovecho la obscuridad de la noche para Uegar 

a Alcala, y cle alii se fue a Cordoba. Desde en- 

tonces nada tuvo que temer; pero, ardiendo en 

deseos de vengianza, escribia a Yusof, le plntaUa 

©on los mas vivos colores los males tratamientos 

que habia sufrddo y le suplicaba que no aplazase 

mas la ejecuci&n del proyecto que tanto habian 

discutido (1). Al mismo tiempo se dirigio a otros 

cadies y faquirs andaJhices pidiendoles un fetfa 

contra ]os principes en general y en particular 

contra los dos nietos de Badis. Los cadies y los 

faquies no vacilaron en decret'ar que los princi- 

pes de Granada y Malaga habian perdido sus 

derechos por sus muchos atentados, y espedal- 

mente por el modo brutal con que el mayor de los 

dos haibia tratado a su cadi; pero no atreviendoee 

aun a declarar que los demas principes tambien 

habian perdido sus derechos. se contentaron con 

presentar a Yusof una sup^ica en que le decian 

que estaba obligado a intimar a todos los prin- 

cipes andaluces a volver a la legalidad y no exi- 

gir mas contribuciones due las aue el Goran habia 

establecido (2). 

En virtud de estos dos fetfias ordeno Yusof a 
todos los principes andaluces que aboliesen los 
imjpuestos, levas, etc, con que vejaban a sus sub- 
ditos (3) , y se dirigio haeia Granada con una divi- 



(1) Ben-al-Jatib, artfculo sobre Abu-Chafar Colaii. 

'"* Ahnd. t. II, p. 211. 

(8) Aben-Jaldun, Bistoria de los tereter'es , t. II, p. 79 <5e 

la traduction. 



205 

sion de su ejercito, despues de ha'ber omdenado a 
otras tres que hiciesen lo mismo. Sin embargo, 
no declare la guerra a AbdaJLa; de mbdo que este 
principe adivLnafca, mas que conocia, -sus inten- 
ciones. Su terror era e?d;raordinario. No se pa- 
recia en nada a su aibuelo, el ignorance pero ener- 
gico Badis. Taenia ciento barniz de culktra, se ex- 
presaba bastanfce bien en araibe, hasta foacia verso^ 
y tenia tan buena letra que por muoho tiem- 
po se conservo en Granada un Coran copiado por 
el; pero era, al mi»mo tienipo, un homfore pusi&a- 
nime, enervado, indolemte, incapaz, uno de esos 
hombres para quienes las mujeres mo tienen atrac- 
tavos, que tiemblan a la vista de una espada y 
qu-e, no sabiendo nunca a que partido quedarse, 
piden parecer a todo el mundo. Esta vez, ha- 
biendo reunido su consejo, pidio ante todo su opi- 
nion al aneiono Moamil, que habia prestado uti- 
les servicios a su abuello. Moamil procure tran- 
quilizarlo, diciendole que Yuisof no tenia inten- 
ciones hostiles, y le aconsejo tju© diese a este 
monarca una prueba de coniianza saliendo a su 
escuentro. Viendo que este consejo no agradaba 
a Abdala, y que mas bien pensaba en prepararse 
para la defensa, se esforzo en demostfarle que le se- 
ria imposible resistir a los almoravides, en lo cual 
tenia razan, rponque Abdala dispomia de muy pocas 
tropas.y haibia a'lejado — por desconfiar de el — a su 
mejor general, el iberberisco Mocatil el Royo <1). 



(1) Ben-al-Jatib, man. E., articulo . sobre Mocatil 



206 

Todos los antiguos consejeros de la corte se 
adhirieron a la opimaon de Moamil; pero Abda- 
3a sosgpechatoa de la lealtad de este hombre y 

faltaba poco para que le considerase complice de 
Abu-Chafar, el perfido cadi, que ya sentia haber 
dejado escapar. Por otra parte, sus sjospechas no 
carecian, en absoluto, de fundamento. IgTioramos 
si Moamil estaba comprometido realmente a de- 
fender los interests de Yusof; pero lo cierto es 
que este ultimo monarca, cuyo favor se habia 
ganado, y que apreciaba sus talenios, contaba con 
su apoyo. Abdala no vio mas que un lazo en los 

consejos de Moamil, y, como sus favoritos j6ve- 

nes le aseguraban que Vusof tenia indudablemen- 
te mialas intenciones, anumcio que estaba decidido 
a rechazajr la fuerza con la fuerza, despues de lo 
cual abrumo a Moamil y a sus amigos con repren- 
siones y amenazas. Esto era una imprudeiicia, 
porque asi se los enajen6 por completo y casi los 
obligo a decidirse por Yusof. Fue lo que hicie- 
ron, ©n efecto. Saliendo de Granada durante la 
noche, se dirigieron a Loja, y apoderandose de 
esta ciudad, proclamaron alH la soberania del rey 

de los alimoravides. Las tropas que Abdala envie 
contra ellos los obligaran a rendirse, y los He- 
varon a Granada, donde fueron paseados por las 
calles como viles malbechores. SLni embargo, gra- 
cias a la intervencion de Yusof, recobracron la 
libertad. El monarca africano ordeno perentoria- 
mente aJ principe de Granada que los soltase, y 
oomo Abdala no conocia positivamente las imiben- 



207 



a/brev 



Pero miewtras aun trataba de eviitar una abierta 
ruptura, se preparaba activamente para la gue~ 
rra. Daspfacho a Alfonso correo tras correo para 
rogarle que viniese en su ayuda, y, esparciendo el 
oro a manos lianas, alisto gran mimero de merea- 
deres, tejedores y obreros de todas closes. Todo 
esto no le sirvio de nada. Alfonso no respondio a 
su Ilamamiento; los granadinos, mal disjpuestos 
contra el, esperaban con imipaciencia la llegada de 
los ataoravides, y toclos las dfas salian dfe la ciu- 
dad niultitud de persomas para reunirse con ellos. 
En tal estado de cosas, la resisteneia era imiposi- 
ble, Abdala lo comiprendiio, y el domingo 10 de no- 
viiembre de 1090, cuando Yusof estaba a dos pa- 
raisangas de Granada, reunio nuevamiente el con- 
sejo para preguntarle lo que debia hacer. Ha- 
biendo deelarado 6ste que mo se podia pensar en 
la defensa, la madre de Abdala, que aslstia a las 
deliberation es, y que, segun se asegura, habfa 
conoebido la esperanza loca de casarse con Yu- 
sof, tomo la palabra y dVjo: "Hi jo mio, no te que- 
da mas que un partido Que adoptar: ve a salu- 
dar ail aimoravide; es primo tuyo (1) y te tra- 
tara honirosamente." Abdala se puso, por lo tan- 
to, en camuno, acompanado de su madre y de ui 
magnifico cortejo. Abria la marcha la guardia es- 
lava, y la cristiana rodeaba ail principe. Todos los 



(1) Va decir: es de la misma raza que tt5, berberisc* 
como tH, 



208 

soldados llevaban turbantes de tela de algodon 
muy fina y cabalgaban sobre soberbios corcelei? 
cubiertos con mantillas de brocado. 

Ueg-ado a presencia de Yusof, Abdala se ape6 
del caballo y le dijo que, si habia tenido 'a des* 
gracia de desagradarle, le suplicaba que le per- 
donase. Yusof le aseguro con mucha afabilidad 
que si habia tenido quejas contra el ya les habia 
olvidado, y le rogo que fuese a una tienda que 
!e indico y donde seria tratado con todos los ho- 
nores debidos a su categoria. Abdala lo hizo asij 
pero tan pronto como puso el pie dentro de la 
tienda fue cargado de cadenas. 

Poco despues llegaron al campamento los prin- 
cipales habitantes de la ciudad. Yusof les dis- 
penso una excelente acogida, asegurandoles que 
no tenian nada que temer y que solo podian 
ganar con el camfoio de dinastia. En efecto: en 
cuanto recibio su juramento publico un edicto en 
que se derogaban todos los impuestos no pres- 
critos por el Coran. Inmediatamente hizo su en- 
trada en la ciudad en medio de las ardientes 
aclameciones del pueblo y fue a palacio para ins- 
peccionar las riquezas que encerraba y que habia 
acunufado Badis. Eran iiunensas, prodigiosas, 
innuimerables ; las habitaciones estaban adorna- 
das de esteras, tapices y cortinas de enorme va- 
lor; por todas partes las esmeraldas, los rubies, 
los diamantes, las perlas, los vasos de crista!, 
la pflata y el oro deslumbraban 3a vista. Habia ee- 

dalmente una capillifta, formada por cuatro* 



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209 

cientas perlas, valuada cada una en cien ducados. 
El almoravide quedo niararvillado de tales teso- 
r0S » antes de entrar en Granada habia declarado 
qjie le pertenecian; pero, como tenia mas ambi- 
cion que avaricia, queriendo alardear de generoso, 
]o repartio entre sus oficiales sin guardar nada 
pzxa si mismo. Sin embargo, sabiase que lo que 
estaba expuesto a la vista no era todo y que la 
madre de Abdala habia escondido muchos objetos 
preciosos. Obligaronla a inddcar donde los habia 
ocultado; pero sospeehando que no era sincera 
en sus declaraciones, Yusof ordeno a Moamil — al 
que nombro intendente de palacio y de los domi- 
nios de la corona — que hiciese registrar hasta los 
cimientos y los albanales del edificio (1).. 

Despues de lo ocurrido hubiera sido bien ex- 
cusable que los principes andaluces rompieran 
en el acto con Yusof; sin embargo, no lo hicie- 
ron; antes al contrario, Motamid y Motauakil se 
tras'adaron a Granada para feliciter al almora- 
vide, y Motacim envio en lugar suyo a su hijo 
Obaidaja. 

jCosa extrana! La cegueded de Motamid era 
tal que se lisonjeaba con la esperanza de que Yu- 
sof dba a ceder Granada a su hijo Radi en com- 
pensation de Algeciras, que le habia quitado. 
iPoco conocia ial alfricano, suiponiendole capaz de 



(1) Ben-al-Jatib, man. E., artlculos sobre Abdala, aben- 
Bologuin y sobre Moamil; Abad> t. II, pp. 9, 26, 39, 179, 180, 

203 y 204] Cartds f p. 99. Eespeeto a la fecha, consfiltese la 
nota F al ftn de este volumen. 

Hist, musukwanes. — T. IV 14 



210 

ceder un reino! Por otra parte, "Yusof lo saco bien 
pronto de su error. Trato a los emires con una 



frialdad facial, no respondio a las insinuaciones 
de Motarnid respecto a Granada y enearcelo al 
hijo de Motacim. Semejante conducta tuvo que 
abrir los ojos a los principes; asi que MotamM 
eoncibio vivisimas inquietudes. "Hemos cometido 
una falta gravisima trayendo a este hombre a 
miestro pals — dijo a MoitauakiL — y nos dara a 

beber -el caliz que Aibdala ha tenido que apurar." 
Despues, pretextado hsaber recibido aviso de que 
los castellanos amenaaaban nuevamenite las iron- 
teras, aanbos principes pidieron a Yusof permiso 
para abandonarle, y, toabiendole obtenido, se apre- 
suraron a volver a sus Estados, despuefc de lo 
coal propusieron a los demas emires que reina- 
ban en Espana tomar de coimm aeuardo las me- 
didas necesarlajs para defenderse contra el almo- 
r 'avide, cuyos proyeotos no eran un secreto para 
nadie. Este paso fue coronado por el exito. Los 
emires se comprometi eron a porfia a no pro- 
porcionar a los almoravides tropas ni provisio- 
nes, y resolvieron nrraar una alaanxa con Al- 
fonso (1). 

Yusotf, por su parte, se fue a Aageeiras, porque 
tenia l*a intencion de reetmib aroar.se y eonifiar a sus 
generales la odiosa tarea die destamar a los prfo- 



(1) Abad, t. II, pp. 180, 204; Aben-Jalican, fasc. XII, pa- 
gina 26; Ben-al-Abar, en mis fnve$tigacione$ , t. I, Ap6ndice, 
pagina L; Aben-Jaldtm, Hist, de los berebeves, t. II, p. 79, 
de la traducci6n. 



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211 

cipes andajhioes. I)e carciino quito el pequeiio prin : 
cipado de Mailaga a Teniim, el hermano de Aibda- 
la principle completamente insignificanite, y man- 
do avisiar a los faqules de que, habierodo llega&o el 
momento decdsivo, esperata de ellos un /er/a mimy 

. exipdieito- Apnesuraronse a satisfacer su deseo; de- 
clarairon que los principes andafluces eran tinos I-i- . , 
beiitinos,- disoluitos e impics; que su- mail ©jeonplo 
haibia pervertido a los pueblos, volviendolos inds- 
feremtes hacia las cosias sagradas, como lo demos- 
traba la poca diiigencaa que teniaix por asistir al 
coMo divino; que habian iwipuestio contribuciones 
iJegaies; qfu;e, aunque intim'ados par Yiuisaf a abo- 
Mas, las habian exigido ; que, para colmo de 
ateaiffcados, acaibaban de conceortar una alianza con 
el rey de Oastilla, es d-ecir, con el mas implacable 
eniamigo de la verdadera religion; que, par congi- 
g^Sente, se baibfan beeho indignos de reinar por 
mas tiempo sobre los musuilmaares ; que Yuisof que- 

.dalba desligado de todos los compromfeois que ha- 
bia contraido con ellos, y que tenia no solo eQ de- 
recho, isino el deber, de destronarlos sin deinora. 
"Nos eneargamos — decian para terminar — de res- 
pondier ante Dias de este hedho. Si nois eqxuvoca- 

■ mos, consentiimos en sufrir, en la vida fwtura, la 
pena defbida por nfuestra conducta, y diectt'Oraitmos 
que tu, 'emir de lo® muisulananes, no eres ei res- 
ponsaibde de ello; pero creemos firmemeirte quie, si 
dejas en paz a los principes andalusces, en/tregar&n 
nuesfcro pais a los uufieiLes, y, en este caso, tendras 
cjtue dar cuemta a Dios por tu inaccion." 



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212 



Tal era el sentido general de este memorable 
fetfa, Que, ademas, contenia acusaciones dirigidas 
contra algunos principes en particular. Todos, has- 
ta Komaiqura, teniaai alii cabida, acuisandola a 
ella de haber arrastrado a au esposo en un tor- 
bellino de plaoeres y de ser la causa principal de 
la decadencia del cuilio, 

Este fetfa era precioso para Yusof ; pero, que- 
riendo darle aun mayor autorddad, le hizo apro- 
bar pox los f aquies atfidioanos y lo envio inrniedlata- 
mente a los mas celebres doctares de Egipto y de 
Asia, a fin de que confirmasen la opinion de los 
dootores oceidentalles con la suya. Parecia natu- 
ral que &e hubiesen declarado incompetentes, por 
tratarse de asuntos que no conocian ; pero se guar - 
daron bien de haceflo; la idea de que en cualquiei 
parte haibia un pais en que los hombres de su 
profesion disponian de los tronos, halagaba gran- 
demente su orgullo; asi que los mas renombradob, 

a cuyo f rente figuraba el gran Gazali, no vaeila- 

... - -—■■■ '■ 

ron on decilarar que aprobaban en absoduto el de- 
creto de los faquies andaluoes. Dirigieron, ademas, 
a Yusof cartas Hem as de consejos, induciecodole del 
modo mas apremiante a gobernar con jaisticia y 
a no desviarse nunca deil buen camino, lo ouai sig- 
nificaJba que debfa atenerse constantemenite a la 
cfpinion del clero (1). 



(1) Aben-Jaldun, Hist, de los bereberes, t. II, pp. 79, 80, 
82; Abad, t. II, pp. 27, 151. 



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213 



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XIV 



Podia preverse el caracter de la guerra que iba 
a comienzar: seria una gxterra de sitios y aiiO de 
batallas. Asf, loss dos partidos se prepararon, el 
uno a ataoar las plazas fuertes y el otro a de- 
fenderilas; el ejarcito almorajvide, cuyo general en 
jefie era Sir Ben-Abi-Becr, pariente de Yusof, se 
dividio en muehos cuerpos, de los cuailes uno fu6 
a sitiar a Ataeria, maentras los otros se dirigie- 
ron contra las fortalezas de Motamdd. De estas 
ultimas, Tarifa tuvo que rendirse en el mes de 
diciennbre de 1090 (1). Booo despues — (ban rapi- 
dos fueron sus ipro-gresos — los soldadas de Yusof 

comenzaron el sitio de Cordoba, donde gdberna- 

ba un hijo de Mofcamid, llamado Fath, y por so- 
brenomibre Mamun.. La antigua capital del calif a- 

to no opuiso larga resistencia; &u>s propios habi- 
tants la entregaron a las almoravldes. Fath in- 
tento aun abrirse camino con la espada a traves 
de los enernigos y los traidores; pero sucumbid 

ail niimero. Le cortaron la cabeza, y, colocada en 

la punta de una pica, fue paseada en triunfo — 26 
de marzo de 1091 (2) — . Oarmona fu£ toniada el 
10 de ma^o (3) y entonces pudo comenaar el sitio 



(1) Abd-al-uahid, p. 9S. 
. (2) Abad, t. I, pp. 54, 55. La fecha que conslgno se halla 
en Cartds — p. 100 — , Abd-al-uahid — p. 98 — . Segiin Ben-al- 
Jatib — Abad, t. II, p. 178 — , la toma dfe C6rdoba debi6 verifi- 
carse en el mes de agosto. 

(3) Cartds, p. 100. 



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214 

de Seviila. Marcharon dos ejercitos contra esta 
criiudad, estableciendose uno al Este y otro al 
Oeste. El Guadalquivir separata este ultimo de la 
ciudad, que por este lado estaba defendida por 

fa nota. 

La situacion de Mofcamld era, por lo tanto, muy 
critica. Tan salo le quedaba una esperanza: con- 
Caba com el socorro de Alfonso, a quien habia he- 
oho las mas brill antes prom&sas en el caso de que 
le ayudase. Alfonso se habia cornproorietiido a ha- 
cerlo, y curnplio su palabra, enviando a Alvar Fa- 
nez a AndaHucSa con un gran ejercito. D*?sgracia- 
damente para MotaniM, Alvar Fanez fue veneido 



cerca de Almod6var por las tropas que Sir habta 
enviado a su encuentro (1). La noticia del desaar 
ti*e fue* un rayo para el rey de Sevdlla. Sin em- 
bargo, no desesperaba aiun: lo qaie le sostenia, lo 
que le daba fuerzas, eran las predicciones, los 
suenos de su astr6Iogo. Mientras los pronasticos 
fueron favorables, creyo salvar.se por oualquier 

r 

miflagro; pero cuando fuerom adversos, cuando va- 

tteinaron un fin que se aproxinaaba, cu-ando ha- 
hlaron de un leon que cogia su presa, cayo en un 
sombrio abatimaento y abandono a su hijo Raxic 
la defemsa de la plaza. 

En tanto, los descontentos que querian entregar 
la ciudad al enemigo, se agitaban, conspiraban y 
se esforzaban para que estallase una sedici6n. 



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(X) Cart&s, pp. 100, "101; Abaci, t. II, pp. 42, 222; Anales 
Toledanos, II, p. 404 — en la falsa fecha de 1092 — . 



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215 

Motamid los conocia y hubiera podido darles 
miu^rie, coano He acomisejabaoi; pero, repugnando- 
le la idea de terminar su reinado con un acto de 
rigor se contaito con hacenlos espiar. Parece, 
sin embargo, que la vigilancia que se ejercia so* 
bre ellos no era bastawfee activa, pues ballaron 
mle&io de comunicarse con los sitiadores, los ayu- 
darcwnt a abrir una brecha, por donde penetraron 
en la ciudad algoinos alnioravides el martes 2 de 
septiembre. Apenas informado de Io que ocurria, 
cogio Motamid un ajlfanje, y sin detenerse a to- 
mar un escudo o una coraza, monto a caballo $ 
se pracipito sabre los agresbres, rodeado de al- 
gunos soldados addetos. Urn jinete almoravide le 
arrojo uni dardo. Paso el arnxa bajo el brazo y le 
rozo la tunica. Oogiendo erotonces ei alf&nje con 
las cbs manos, parte a 1 ! jinete en das, rechasa a 
las demas enemigas y los obliga a buscar su sal- 
vation en una fuga (precipitada. La brecha £u>e re- 

paradia en ©1 acto; mas ©1 peligro, alejado por un 
instante, no tardo en reaparecer. Despues del me- 
daodiia, los aknoravides lograron incendiar la flota, 
lo que causo gran consternation en los sitiados, 
porque sabian que, destruidos los buques, la ciu- 
diatd no podria sostener.se, y taampoco ignoraiban 
que los sitiadores solo esiperaban para asaltarla 
la llegada de Sir, que debia traerles re£uerzos. 
Asi que el terror fue tal, que los habitantes no 
pensaron mas que en sallvax sus vidas. Algiunos 
se arrojaron al rio, traiando de pasarle a nado; 
otros se preeipitaron desde lo alto de las forti- 



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216 

ficaciones, y hasta hubo algunos que se desliza- 
ron par las cloacas. Sir 11 ego al fin, y el dotmingo 
7 de septiembre mando dar el asaito. Los solda- 
dos, apostados en las murallas, se defendieron 

valientemente, pero fueron vencidos por el nume- 

ro; los ataoravades penetraron en la ciudad, la 
saquearon y comebiero.ni toda clase de excesos. Su 
rapacidad fue tal, que quitaron a las sevillanos 
hasta su Ultimo vestido. 

Motamid estaba todavia en el castillo. Sus miu- 
jeres lloraban, sus amigos le suplicaban que se 
rindiera. El no quiso, porque entreveia con ho- 
rror — no la muerte, que estaba demasiado habi- 
tuado a desafiarla, para temerla — , sino el supli- 
cio infamante. Lo que pensaba en esta ocasion lo 
exipreso en estos versos: 

"Ouando mis lagrimas cesaroji al fin de correr 
y se caimo un poco mi corazon desgarrado : "jRin- 
dete — me dijeron — , es el par&idd- mas prudenfce!" 
"iAh — respond! yo — , un vemeno me pareceria 
mas duilce de apurar que semejanfce vergiienza! 
I Que los barbaros me quiben mi reino y que los 
soldados me a'bandonen; mi valor, mi dignadad, 
no me abandonan! El dia en que cai sobre los 
enemdgos, no lleve* coraza; sail a su encuentro sin 
mas vestido que una tunica, y, esperando hallar 
la muerte, me lance en lo mas fuerte de la palea; 
anas, J.ay!, mi bora no habia sonado." 

ResueLto a buscar una vez mas la muerte, que 
parecia huir de el, raunio a los soldados; se Ian- 



217 

zo como un desesperado sob re un batallon almo- 
ravide, que habia penetrado en el patio de la fox- 
taleza; lo rechazo y lo precipito en el do. Su 
hijo Malic perdio la vida en esta ocasion; pero 
61 no reeibio ni una herida. De vuel-ta al Castillo, 
ooncibio por un momento la idea de darse muex- 
te; V ero creyendo que esto seria ofender a Dios, 
renuncio a su proyecto y se decidio a rendirse. 
L&egada 3a noche, envio a su hijo Haxic cerca de 
Sir, porque esperaba todavla obtener condiciones. 
Esta esperanza se desvanecio. Raxic pidio en 
vano una audiencia, y <se le did a extender que 

su padre tenia Que rendirse a discrecion. No te- 

niendo mas que un partido que elegir, decidiose 
Motamid a adoptar el unico que le quedaba. Se 
despidio de isu familia, de sus companeros de ar- 
mas, que lloraban y gemian, y se entrego a los 
ahnoravides con su hijo Raxic. El castdllo fue 
saiqueado, como lo habia sido la ciudad, y se ad- 
virtio a iMotamid que no se les perdonaria la 
vida a el y a su familia sino a condition de 
ordenar a sus hljos Radi y Motad, que inanda- 
ban el uno en Mertola y el c«tro en Ronda, ee 
rindiesen inmediatamente a los ahnoravides que 
los sitiaban. Motamid consintio en hacerlo; pero 
como sabia que sus dois hijos tenfan el alma ftan 
altiva como el, les <suplic6 en los terminos mas 
conmovedores que obedeciesen su voluntad, pues 
solo a ese precio podria salvarse la vida de su 
madre, de sus harmanas y de sus hermanos. Ro- 






makmia uihg tanvbien sus suplicas a la de Mo- 



n. 



218 

taonid, pues temia que sus nijos se negaran a so- 
meterse, y este temor era fundado. Sabre to<io j 
a Radi, par mueho que sintiese ia suerte que es- 
peraba a su familia si continuaba de fend lend ose, 
le costo mucho trabajo resolverse a obed i ecei J 
porque Ronda podia sostenerse aun mucho fcienv 
yo. El general Guerur, encargado del sitio, se 
roantenia a dis-tancia; no se atrevia a aproxinw. 
se a aquei nido de aguilas, asentado sabre la 
<rittia de una montafia escarpadisima, y no tenia 
esperanza al^una de auoderarse de la ciudad $>oi 
la fuerza de las armas. Sin embargo, al fin triam* 
to en su corazon el amor filial; consintio en ipac- 
tar y abrio a los almoravides las ipuertas de la 
fortaleza. Pero Guexur cometio la infamia de fal- 
tar a su palabra, y para castigar a Radi por (ha? 
ber vacilado tanto tiempo, He ihizo aisesinar. Mo- 
tad, que se habia decidido mas pronto, sufrio una 

suerte menos dura, aunqiue tamfbien la capitula- 
cion que hizo fue violaida, porque le quitaron to- 
dos sus bienes, foabiendase comprometido a de- 
jarselos (1). 

JC*a toma de Sevilla ajvresuro la rcndicion de 
Almeria. En su leciho de imterte haibia aeonseja- 
do Motbacim a su hijo mavor. Iz-ad-daula. que 

fuese a refugiarse en la corte de los seno^es de 
Bugia en cuantto swpiera que Sevilla haibia tenido 
que rendirse. Asi, en cuanito esito ocurrio, Iz-ad- 



(l) Abd-al-uaJtfd, p. 98-101; Abad, t. I, pp. 55-59, 303, 
304, 306; t. II, pp. 68, 178, 204, 205, 227, 228, 232. 









J- 



219 

daula obedecio la ultima voluntad de su t»adre, 
y los alimoravides entraron en Almerla a tambor 
fcatiente y con 3as banderas desplegadas (1). 
Toco despues se apoderaron de MuToia, Denia y 
Jatiba (2). Despues volvieron sus annas contra 
^Prano de Badajoz. Durante el sitio de Sevilla 
Motauakil toabia creldo liibrarse de la ruina ulti- 
mando una alianza con los aknoravides y, segun 
dken, haista los habia ayudado a apoderarse de 
la capital de Motamid (3); pero despues, cuando 
sus isxipuestos aliados oomenzaron a asoltar sus 
fron-teias, se habia arrojado en brazois de Altonso, 
cuya proteceion habia comiprado cediendole -lis- 
boa, Gintra y Santaren (4). Este paso habia dis- 
gustado a sus subditos, y ellos mismos llama- 
ron a los almoravides. Por consigudente, Sir, que 
habfa sido nombrado goibernador de Sevilla, en- 
vi6 un ejereito contra Motauakil a comienzos del 
ano 1094, y ^ste ejercito conquisto el pais, sin 
excepituar la capital, con tan/ta facilidad y rapi- 
dez que Alfonso no tuvo tiempo de venir en ayu- 
da de su aliado. Motauakil cay6 en poder de los 
enemiigos, despues de haber sido tomada per asal- 
to la ciudadela de Badajoz, donde se habia reti- 
rado con su faanilia. A fuerza de torturas, Sir 



(1) Investipaciones, t. I, pp. 279, 281. 

(2) CartAs, p. 101. 
*(3) Abad, t. II, p. 44. 

(4) Comparese con Ben-al-Jatib — en mis investififacion.es, 
tomo I, p. 179, Ifneas 10-12 de la prirrtera edicidn, donde 
debe leerse, con el manuscrito de Berlin, emir, en vez de 
asr — 3 con la Chron. Lusit,, p. 419, y los AnnaL Complt., pa- 
gina 317. 



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220 

le obligo a revelar los sitios en que habia ocul- 
tado sus tesoros, despues de lo cual le ammcio 
que le harfa conducir a Sevilla, lo mismo que a 
jsus dos hijos, Fadhl y Abas. No era esta, sin 
embargo, ,su intencion ; al contrario : habia resuel- 
to aeabar con estos prindpes; pero como tern fa 
que six ejecucion en la capital produjese mal 
efecto, habia ordenado al capatan que mandaba 
la escolta que los matase en. cuanto la, perdiesen 
de vista. Por consiguiente, a alguna distancia 
de Badajoz el capitan anuncio a Motauakil que 
el y sus hijos debian prepararse a moair. El m- 
fortunado principe no trato de ablandar a sus 
verdoigos; sabia que seria inutiil; unicamente les 

rogo que comenzasen por sus hijos, porque, se- 
gun las ideas rnu&ulimanas, podian rescatarse 
por el sufrimiento los pecados cometidas. Accedie- 
ron a su ruego, y cuando vio caer las cabezas de 

sus dos hijos, se arrodillo para rezar soi ultima 
oracion. Los soldados no le dejaron concluirla: 
lo mataron a lanzadas (1). 

En 1102 los almoravides tamaron posesion de 
Va 1 encia, ciudad de que se habia apoderodo el 
Cid"~ocBo anoe antes. Mientras vivio, los almo- 

yavides intentaron en vano quitarsela, y despues 
de su muerte — 1099 — , su viuda, Jimena, se eos- 



(1) Ben-al-Abar y Aben-al-Jatib — en mis Investlgaciones, 
tomo I, pp. 175, 179, 180 de la primera edic!6n — ; Aben-Jai- 
dun, apud Hoogvlict, p. 3 — he corregrldo el texto fle este pa- 
saje en mis Imvestioaciones, t. I, pp. 158, 159 de la primera 
edlcidn — . 



221 

tuvo alii mas de das anos; pero Alfonso, a quien 
ella habia llaniado en su auxilio, y que encontraba 
a Valencia muy a/lejada de sus Estados para po- 
der disputarsela mucho tiempo a los sarracenos, 
la indujo a abandonarla. Asi se hizo; pero no 
queriendo dejar a los almoravides mas que es- 
eombroSyloe castellanos, al Darter, incendiaron la 
ciudad. 

No quedaban en 'a Esparla musulmana 'mas 
que dos Estados sin anexionar ai imperio de los 
almoravides ; el.de Zaragoza, donde reinaba Mos- 
taift, de la familia, de los Beni-CHud, y la Sahla, 
que pertenecia a los Beni-Razin. Aunque estos 
ultomes habian reconocido 7 a sofcerania de Yu- 
sof, fueron depuestos (1). Mas afortunado Mos- 
tain, que habia sabido ganarse el favor de los al- 
moravides . por los ricos presenter que les enviaba, 
ccmsrervo sn trono mientras vivio; pero a su muer- 
te, ocurrida el 24 de enero de 1110, cambiaion 
de aspecto las cosas. Su hijo Imad-ad-daula le 
sucedio; pero los hafoitantes de Zaragoza no qui- 
sieron reconocerle mas que a condicion de que se 
ooanprometeria a licenciar a los soldados cristni- 
nos que Servian en el ejercito, condicion muy dura 
de cumplir, pues hacia un siglo que los cristianos 
eran lo mejor de las tropas de Zaragosa, el mas 
seguro apoyo del trono, y si Imad-ad^daula los 
despedfa, era evidente que no tardaria en sucum- 
bir, pues sus subditos no deseaban mas que en- 



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(1) Ben-al-Abar, p. 1S2 



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222 

tregarse a los a'moravides. A pesar de esto, el 
principe eonsintio en prometer lo qhie se le exi- 
gia; mas apenas lo hubo cumplido, sus subditos 
se apresuraron a entrar en reIacion.es con All, 
hijo de Yusof, que reinaba entonces — pues su 
padre haibia muerto tres anos antes — , y a decirle 
que, habiendo sido alejado© ]os cristianos, le seria 
facil apoderarse del reino. Informado de sus ma- 
ne jas, Jjjrtad-ad-daxila alisto nuevamente a los 
cristianos. Esta medida colino el descontento de 
sus siibditos, los cuales informaron a AH de 3o 
ocurrido y le suplicaron que los socorriese. All 
pregunto a los faiquies de Marruecos si tenia de- 
recho a acceder a sus suplicas, y habiendo reci- 
bido una respuesta afirmativa, ordeno al gober- 
nador de Valencia que fuese a tomar posesion 
de Zaragoza. Esrta orden se ejecuto sin obstaea- 
los, porque Imad-ad^daula, que no se crela segu- 
ro en su capital, la haibia evacuado para ence- 
rrarse en la fortaleza de Rueda. Sin embargo, 
antes de su partida haibia escrito a All una carta 
muy conmovedora, en que le rogaba, por -la amis- 
tad que habia existid*o entre sus padres, que le 
dejase sus Estados, puesto que no habia hecfco 
nada que pudiera motivar las resoluciones hos- 
tiles por parte de A"i. • 

Esta carta eauso impresi6n al almoravide, tan- 
to mas cuanto que su padre le habia r-ecomendado 
en su lecho de muerite que viviese en paz con los 
Beni-Hud; asi que envi6 una contraorden al go- 

bernador de Valencia; pero llego tarde, por- 



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223 

que y& l° s almoravides habian entrado en Zara- 

goza (1)- 
Por lo tanto, toda la Espana m/U'sulmana esfcaba 

reunida bajo el cetro del ray de Marruecos; lo 
que deseaban el pueMo y las f aqufes se liabfa raa- 
lizado, y potr lo menos est as no tuvaeron por que 
anepentirse de haber cooperado del modo mas 
eficaz ail exito de la revo(Iu«i6n. Haibria que re- 
montarse hasita la epoca de los visd'godos para 
hallar otro ejempilo de un clero tan poderbso eamo 
lo fue el mnsuiknan durante el raiaado de los 
afaoravides. Los tres principes de eata casa que 
reiniaron sucesivamente en Andalkicia, Ywso-f, All 
— H06-1143— y Texmnn— 1143-1145— , fueron ex- 
trettiiadiamente devotos, roda&ron a todos tics fa- 
quies de respetos y bonaen&jes y no hiacian nada 
sin otobener su aprobaci&n. Sin embargo, a quiem 
hay quie conceder la paitaa es a Alii. La easuiailidad 
se habia equivocado baciendole nacer en Has gradas 

del tromo: la naturaileza lo h&bia destinado para 

una vada de sosiego y de piadosa meditaci6mi, para 
el ctastro, para una ermiita en el desierfco. Du- 

^ 

rante toda su vida no hizo mas que rezax y ayu- 
nar. Naturatoente, los faqufes no tuvleron mc- 
tivo mas que para edogiaotfe: nranejaban at mo- 
narca como qiuerian, gobermafoaxn el Esrtado, dierpo- 



(1) Holdlj fol. 30 v., 31 v., 34 r., 39 r. y v.; Ben-al-At>ar, 
p&gina 225 — en este autor no concuerda el dia del mes con 
el de la semana — . Cart&s> p. 104. Imad-ad-daula sigui6 en 
posesifin de Rueda hasta 1130, afio en que murio\ Dos anos 
despueX su htjo y sucesor, Saif-ad-daula, eedio* la fortaleza 

a Alfonso VII. 



I 



224 

nfan de todos los cargos y de todos los favorer, 
acumulaban inniensas nquezas (1); en una paJa- 
bra: recogian los frutos que se habian prometido 
de la domination almoravide, y tal vez la coseoha 
sobrepujaha a sus esjperanzas. Pero si los acon- 

tecimientos las habian justMcado, justificaran 

tambien los temores de los que no querian ni la 
dominacion del clero ni la de los soldados de 
Marruecos y del Sahara. Los literatos, los poetas, 
los filosofos, tenfan garandes motives de queja. 
Cierto que muchos literatos que habian servido en 
las cancillerias de los principes andaluces obtu- 
vieron empleos en las del nuevo duieiio; pero se 
encontraban fuera de su centro y a disgusto en 
miedio de sacerdotes fanaticos y de rudos capita- 

r 

nes; la comitiva de los precipes andaluces hab\a 
sido nuxy distinta. Aun en aquellos que para ga- 
nar el pan cotidiano adulaban a los senores al- 
moravides y les dedicaban libros, se advertia cier- 
ta tristeza, mezdada con una gran admiracion 
hacia los principes literatos que habian) reinado 
antes en Andalucia. Hubo tambien quien experi- 
mento a veces la imperiosa necesidad de desaho- 
gar su bills, como aquel secretario que, habien- 
do recibido • orden de dirigir en nombre del mo- 
narca una reprimemda al ejereito valenciano, que 
se habia dejado veneer por el rey de Aragon, lleg6 
en su antipatia hasta el extre-mo de poner en la 
carta f rases como &9tas : " j Gobardes, inf ames I 
I Huis a la vista de un solo caballero ? En vez de 



<1) Abd-al-uahfd, p. 122. 



225 

eaballos que monfcar debiamos daros ovejas que 
ordeiiar. Ya es tiempo de que os castiguemos se- 
veramente, de que expurguewios de vosotros la 
pentouila y de que os voflvaittos extra vez-al Sa- 
hara." No hay para que t decir que semejame 
lenguaje no agrado absolufcamesnte nada ai rm>- 
narca y que ©1 secretarlo fue* destituido (1). Res- 
pecto a los poetas, no x hallajndo ya Mecenas, ae- 
piloraban la decadencia del gusto y maklecian ia 
barbarie que hebia inviadido su pais (2), Ailgunos 
de ellos sufosisitian (p-enosamenite componiendo 
odas en honor de los faqufes, porque, por devo- 
fcos que fueser*, too estaban exentos de vanidad, . 
y su jefe, Ben-Hamdin, el cadi de Cordoba, tenia 
mucha. Pretendia pertenecer a la nobleza arabe, 
se daba tono de primcipe, y emtre otros versos, se 
hizo componer los siguientes: "Que no se hable 
del e$plendor de Bagdad ni de la belleza de la 
China o de Persia; no hay en toda la tierra ciu- 

dad coino Cordoba ni hombre que pueda compa- 

■rarae con Ben-Hamdin" (3). Pero los faquies, sin 
exceptuar a Ben-Hamdin, aunque era el hoanibre 
lnjas rioo de Cordoba (4), pagaJban muy mal (5), 



(1) Abd-al-uahid, p. 127. 

(2) Aben-Jacan, en su capitulo sobre Abu-Mohamed ben- 
al-Chobair, ha copiado una carta conmovedora que este lite- 
rato dirlgla a Ben-Hamdin sobre este asunto. 

(3) Maeari, t. I, p. 299; comparese con el t. II, pp. 360, 

361. 472. 

(4) Chron. Adef. Imper., c, 91. 

(5) "El mundo toca a su fin — decia el poeta Ben-al-Bini — , 
puesto que . Ben-Hamdin nos promete recompensas. Mas facil 

' es que cojamos las estrellas que su dinero." Abd-al-uahid, 

pSgina 123. 

Hist, musuumanes. — T. TV 15 



226 

y por otra parte, los poetas que se resipetaban 
a si mismos y a su arte no querian cantarlos. 
La potoeza era poor lo tanto su destine. Aben- 
Baki, de'Iicioso poeta, uno de los me j ores que ha 
tenido Andalucia, vagaba errante de cifudad en 
ciudad y carecla de sustento (1). "A vuestro lado, 
compatriotas — decia en uno de sus poeanas — , me 
encuentro en 'la pobreza y en la miseria, y si 
mereciese el nombre de hombre libre y digno, ya 
hubiese partido. Vuestro jardin no produce fru- 
tos, vuestro cielo no da ni una gota de agua. Sin 
embargo, yo tengo merito, y si Andalucia no me 
quiere, el Irak me recibira con los brazos abier- 
tos. Aqui seria una locura querer vivir con el 
talento, porque no hay mas que estupiidos y ava- 
r-os adveneddzois " (2). Un solo consruelo quedaba 
a los poetas: podian silbar a los poderosos del 
dfa, escri'bir satiras llenas de hiel contra los fa- 
quies, "esos hipocritas, esos lobos que se arras- 
tran en la tinieblas y que devoran piaajosamenite 
todos los bie-nes terrenos" (3); pero era peligro- 
so excitar su colera de este modo, porque los fa- 
quies sabian castiigar a los audaces que se bur- 
laiban de ellos. No hay para que decir que la filo- 
eofia era ciencia prohibida. Maldc ben-Uohaib, de 
Sevilla, cometio la imprudencia dededicarsea ella; 
pero viendo que arriesgaba su vida, la abandono 
para entregarse enteramente al estudio de la teo- 



(1) Aben-Jacan, apud Macarl, t. II, p. 590. 

(2) Macari, t. II, p. 303. 

(3) Macari, t. II, pp. 303, 304; AM-al-uahib, p. 123. 



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227 

logia y del dereeho canonico. No tuvo que arre- 
penfese, por que asi llego a ser el amigo y con- 
fiderate del monarca; sin embargo, nunca se le 
perdono por comp'leto la failta aue habia cometido 
en su juvenitod, y uno de sus enemigos eompuso 
contra el estos versos: "La corte de Ali — nieto 
de Texufki — estaria libre de toda mancha si el 
deanonio no hubietse hallado medio de introdueir 
en ella a Malic ben-Uoihaib" (1). La intolerancia 
de los faquies no tenia limites y sus miras eram 
muy esttredhas. Poco versados en el esfrudio del 
Coram y en las tradiciones relativas al Profeia, 
no conocian mas que los esoritos de los disci- 
pulos de Malic, que consideraiban como autorida- 
des infalible&, de las que no era permitido apar- 
fcarse. Su teologia, a. decir vierdad, no era otra 

cosa que un conociniiento minucioso del dereeho 
canonico. En vano los teologos, un poco mas ilus- 
trados, se oponian a su exelusiva predileccion por 

cuestiones y libros en realidad securudarios; les 
respondlan con persecuciones, tratandolos de he- 
terodoxos, initios y cismaticos. El libro que el 

celebre Gazali habia pubMcado en Oriente con el 
titulo de "Vivlficacion de las ciencias religiosas" 
produjo gran escandalo en Andalucia. Sin embar- 
go, no era un libro heterodoxo. Gazadi, a quien 
no 'habia satisfecho ningun sistema filosofico, haibia 
caido primero en el esceptismo, y no habiendo po- 



- (1> Ben-abi-Oaaibia, artieulo sobre Avempace; Macari, to- 
mo II, pp. 322, 323. 



228 

dido seguir en el, se entrego al ascetismo, y de^- 
de entonces se habia convertido en enemigo de- 
clarado de la filosofia (1). Asi, afinna en su Vi- 
lification de las ciencias religiosas, que la meta- 
fisica no debe servir mas que para defender la re- 
ligion revelada contra los innovadores y los he- 
rejes; por' lo que la deelara superflua en tiempos 
de fe verdadera y viva; en cuanto ail estudio de 
la naturaleza, quiere que *e absteneran de 6i esi 
absoluto si se dan cuernta de que puede quebran- 
tar la fe (2). Pero predicaba una religion inii- 
ma, ferviente, apasionada, una religion del alma, 
y censuraba energicamente a los teologos de su 
tiemupo que, deteniendose en la corteza, no se 
ocutpaban mas que de ouestiones de derecho, uti- 
les sotan-ente para terminar las insignificances 
querellas del v& populacfoo (3). Esto era atacar 
en su flaco a los faquies andaluces; asi es que se 
indignaron. Bl cadi de Cordoba, Ben-Hamdm, de- 

claro que todos lo,s que habian lefdo ei libro de 
Gaza'li eran impios y estaban condenados, diri- 
giendoles un fetfa en que se decia que todos los 
ejerwplares debfan ser enfcnegados a3 fuego. Este 
f^tfa, firmado por los faquies de Cordoba, fue pre- 
sentado al rey All, el cual lo aprobo. Por con- 
siguieaibte, el libro de Gazali fue quemado en C6r- 



(1) Renan, Averroes, p. 97 de la' segrunda edici6n. 

(2) Gosche, Sobre la vida y obras de Garali, en las Me- 
morlas de la Academla de Berlin, de 1858, pp. 258, 290. 

(3) Artlculo de M. Hitzig sobre la obra de Gazall, en ei 
■Journal Asiat. Allemand, t. VII, pp. 173, 174. 



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229 

doba y en todas las demas ciudtades del imperio, 
prohiMeiido'se a todo el mundo, bajo pena de 
muerte y confiscation de bienes, tener un ejem- 

plar (1). 

Facil es comprender que, bajo semejante re- 
gimen, la suerte de las que vivfan fuera de la. re- 
ligion muisulmana era intolerable. He aqui, por 
ejeimplo, lo que aeontecio a los judios. Un faqui 
de Cordoba creyo haber encontrado un excelente 
medio para obligarles a abrazar el is'aradsmo. 
Pretendio haber encontrado entre los p'apeles de 
Aben-Masarra una tradicion que decia que los 

judios se habian comprometido con Maiboma a 
hacerse jnusulmaneis a fine® del siglo V de la he* 
jira, si el Mesias que esperaban no habia opare- 
cido en este intervalo. Evidentemente este faqui 
no estaba muy fuerte en historia literaria, pues 
si no, se hubiera guardado muy bien de decir que 
habia hallado esta tradicion en los papeles de 
AbennMasarra, porque sabido es que la ortodo- 
xia de este sabio era mas que sospechosa (2). 
Pero no se miraba tanto, y el rey Yusof, que en- 
tonces se hallaba en Espafia, se trasliado a Luce.' 
na — ciudad exclusivamente judia, porque nin^un 
musulman podia haibitar all! — para iratimar a los 
judios a cumplir ]a promesa hecha por bus ante- 

pasados. Grande fue la consternacion entre los 
judios de Lucent, mas, af ortunadamente para 



(1) Abd-al-uahib, pp. 123, 124, 132; JJolal, fol. 41 v. 

(2) V6ase Hist, m^scx-manes, %. n.- 



230 

ellos, aim quedaba un medio para salir del apuro. 
En realidad no era su conciencia ni su fe lo que 
se querfa: era su dinero; los judios pasaban por 
ser lijs mas ricos del mundo musulman, y el Go- 
bierno contaba con ellos para salvar el deficit 
creado en el Tesoro por la abolicion de las con- 
tribuciones ilegales. Ellos no lo ignorafoan, y en 
consecuencia se dirigienm al cadi de Cordoba, 
Ben-Hamdin, suplicandole intercedie&e por ellos 
con su soberano. El cadi no se mostr'6 inaceesifole 
a sus suplicas; prometio hablar en su favor y lo 
hizo. No nos atreveremos a anrmar que lo hide- 

ra de balde; pero el caso es que persuadio al rey 
a que se contentase con una euma de dinero. Cier- 
to que esta sutna era enorme; pero en aquellas 
circunstancias los judios debieron felicitarse de 
verse libres mediante un sacrificio pecuniari-o (1). 
Los cristianos, los mozarabes — como los llama- 
ban — tuvieron que sufrir mucho mas; el odio que 
los faqufes y el populacho alimentaban contra 
ellos era mas fuerte y mas envenenado. En mu- 
chas comarcas no formaban mas que una peque- 
na comunidad; pero todavia eran muy numerosos 
en la provmcia de Granada, y muy cerca de 'a 
capital poseien una hermosa iglesia construMa 
hacia el afto 600 por un senor godo, llamado Ga- 
dila. Esta iglesia hacia somibra a los faqu'ies. 
Fundandose, probablemente, en la autoridad del 



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(1) Holal, fol. 33 r. y v. Kespecto a Lucena y su pobla- 
ci6n judla, constiltese a Edrisi, t. II, p. 54. 



231 

ealifa Omar II, que quiso que no quedara en pie 
ningun-a ig'esia ni capilla, fuesen antiguas o nue- 
vas (1), promulgaxon un fetfa ordenando des- 
truirsla; en virtud de este fvtfa, una vez aprobado 
por Y'llsof, e\ edifieio fue demo-lido hasta lois ci- 
mientos — 1099 — . Segun todias las apariemcias, 
otras ijglesias corrieron la misma suerte; lo cier- 
to al menos es que los faiquies vejaron de tal 
modo a los mozarabes, que al fin estots suplicaron 
al monarca aragones, Alfonso el Batallador, que 
vriniese a libertarlos del yugo intolerable que so- 
bre ellos pesaba. Alfonso accedio a sus suplicas, 
y en septiembre de 1125 se puso en marcha con 
euiatro mil caiballeros, segiuidos de sus genites de 

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armas, que habian jurado sobre el Evangelio no 
abandonarse unos a otros. Sin embargo, su expe- 
dicion no obtuvo el resulbado que se habian pro- 
metido. Cierto que devasto Andalucla durante 
mas de un afio, que llego hasta las puertas de 
Cordoba y que alcanzo un gr-an triunfo en Arni- 
sol, cerca de Lucena; pero habia ido para toimar 
a Granada y no lo comsiguio. En cuanto se a'eja- 

ron las huastes aragoaiesas, los musuimanes oas- 
tigaron a los mozarabes del modo mas cruel. 
Diez mil de ellos se heibfan substraido ya a su 
furor; comprendiendo la suerte que less esperaba, 
habian obtenido de Alfonso permiso para esta 
blecerse en sus Estados; pero aun quedaban mu- 
chos, y e'stas fueron privados de sus bienes, mal- 



(1) Journ. Asiat., IV serie, t. XVIII, p. 513. 



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232 

tratados en todas las formas, ene&rcelados o 
muertas. Sin embargo, la mayor parte de ellos 
fueron traslad&dos al Africa, expuestos a innu- 
merables sufrimientos, y se establecieron en las 
inmediaciones de Sale y de Mequfnez — 1026 — . 

Todo esto se hizo en virtud de un decreto Ct 
Ali, que el cadi Aben-Roxd — abuelo del celebre 
filosofo Averroes — habia promulgado (1). Once 
arlos despues se verifico una segunda deportacion § 

de mozarabes (2); de modo que en Andalucia 
quedaron muy pocos. 

Para moichas gentes, aquel Gobieorno era muy 
duro y tiranico. Sin embargo, los cristianos, los 
judios, los teologos musulmanes de la escuela li- 
beral, los filasofos, los poetas, los liter atos no for- 
maban en conjunto mas que una pequena xnino- 
ria. Era, sin disputa, una minoria muy conside- 
rable, y que no podia menos de tenerse en cuen- 
ta, por formar parte de "©11a casi todos los hom- 

bres de talento; pero al fin no era la anasa de 
la poblacion. Lo que esta esperaba del nuevo Go- 
bierno podia formularse asf: orden en el inte- 
rior; fuera, protecci6n contra el eaieimigo; di- 
minucion de los inupuestos y acrecentamiento de 
la pfosperidad publica. £,Se realizaron estos de- 
seos? Puede decirse que si durante el reinado 
de Yusof y en los primeros anos del de su hi jo. 
Durante este tiempo no se perturbo el orden; los 



(1) V£anse mis InvesUgaciones, t. I, pp. 343-360. 

(2) Chron. Adefonsi Imperatoris, c. 64. 



233 

caminos se hallaban seguros (1); "las castella- 
n os estaban tan a raya que ya no pensaron ei* 
ir a asolar el interior de Andalucia (2), y, por 
Io menos al prineipio, el Gobierno no impuso con- 



tribuciones itocitas; como hemos visto, eran los 
judios los que debfcan pagar por los musulma- 
nes cuando el tesoro quedaba exhausto. Sin em- 
bargo, no nos atreverfamos a afirmar, como lo 
hace un eronasta (3), que no hubiese ninguna 
contribucion extraordinaria, pues se sabe que al 
menos una vez intent6 Yusof imponer una con- 
tribucion de guerra, una mauna — ayuda — , como 
se decia. Los ailmerienses, que nunca habian sido 

muy partidarios de los almoravides, se negaron 
a piagarla, y el cadi" de aquella ciudad, Abu-Ab- 
da'la ben-al-Farra, respondio en estos terminos a 

la reprimenda de Yusof: "Me censuras, senor, 
porque no he querido forzar a mis conciudada- 
nos a pagar la mauna, y dices que deb^ pagarse, 
en vista de que todo© los cadies y faquies de An- 
dalucia y de Marruecos lo han decretado asi, fun- 
dandose en el ejemplo de Omar, el companero del 

profeta, que fue enterrado al lado suyo, y euya 
justicia jamas se ha puesto en duda. He aqui mi 
respuesta, emir de las musujlmanes : tu no eres 
el companero del Profeta, ni soras inhumado al 
lado suyo, .ni yo se que tu ju^icia haya dejado 



(1) Cart&s, p. 108. 

(2) Abd-al-uahid, p. .114; Holal, fol. 52 r. ; Chron, Lu- 
sitanum, p. 32G. 

(3) Citado en el Cart&s, p. 108. 



234 

de ponerse en duda, y si los cadies y faquies te 
calocan en la misma linea que a Omar, tendran 
que responder ante Dies de esta opinion teme- 
raria. Omar, por otra parte, no exigio la contri- 
bucion de que se trata sino despues de haber ju- 
rado en la mez-quita que no quedaba ni un solo 
ditrh&m en el Tesoro; si puedes hacer lo rnismo, 
tendras derecho a exigir un tribute extraordina- 
ry; si no, no. jSaJud!" (1). Tan altivo lenguaje 
£hizo que Yusof remraciase a su designio o per- 

sistio en el? No podriamos decirlo; pero estamos 

inclinados a creer que durante el reinado de All 
las contribuciones ilegales fueron restaibl ecidas, 

al menos en parte, porque, hablando de los 
rvsmi — cristianos — , <a los euales este principe con- 
firm empleos, dice un crondsta (2) que fueron 
tajmbien encargados de percibdr los Tnagram, y or- 
dinariamente se designan con esta palabra los im- 
puestos que no estaban prescritos en el Goran, 
Sin embargo, la poblacidn tuvo que pagar menoa 
contribuciones que en tiempo de las princlpes an- 
daluces, y es natural que, gracias a esta circuns- 
tancia y a la tranquilidad de que se gozaba, se 
acrecentase la prosperidad. En efecto: esta fue 
muy grande; la prueba es que el pan se vendfa 



(1) Macari, t. II, pp. 262, 263; Aben-Jalican, fasc. XII, 
paginas 17, 18. Este cadi de Almerla fue" muerto en la bata- 
11a de Cutanda — cerca de Daroca — , dada en 1120. Macari, 
tomo II. p. 759. 

(2) Holal, fol. 34 r. 



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235 

muy barato y que podian coanprarse legumibres 
^asi de balde (1). 

En general, el pueblo no se engano, equivo- 

candose solamente al creer que los almoravides 
■obteadrian decisivas victorias sobre las cristia- 
nos y devolverian a la Espaita musuhnana la 
gramdeza y el poder que habia tenido en tiempo 
de Abdurrahman III, de Aflhaquen II y de Aliman- 

aor. Las circunstancias eran, sin embargo, favo- 

rabies, porque despues de la muerte de Alfonso VI 
— 1109 — , la Espana cristiana fue presa durante 
mucho tiempo de la disoordia y de la guerra 
civil; pero los almoravides no supieron aprove- 
oharlo. Todas sus esfuerzos por reconquistar To- 
ledo fueron iimtVes, y aunque se apoderaron de 

algunas cittdades menos importances, los exitos 
fueron contrarr-estados con la perdida de Zara- 
.goza — 1118 — . 

For lo demas, el pueblo no tuvo mucho tiempo 

de felicitarse die la revolution efectuada: Gobier- 
no, generates, soldados, todo se corrompio con 
asomibrosa rapidez. 

Los generales de Yusof, cuando llegaron a Es- 
pana, eran iletrados, es verdad, pero tambien pia- 
dasos, vailientes, integros y acosturnibrados a la 
viida sfcncill'a y frugal del desierto (2). Enrique- 
cidos por los tesoros de las prinoipes andaluees 
que Yusof les habia prodigado, perdieroo. bien pron- 



<:b) Canhds, p. 108; Kolal, fol. 33 v. 
<2> Haial, fol. 34 r. 



236 

to sus virtudes, y no pensaron, en adefcairfce, mas que 
en gozar tranquilamente los bienes adquiridos (I). 
La civilization de Andalucia" fue para ellos un es- 
pectaculo completamente nuevo; avergonzados de 
su barbarie, qudsieron iniciarse en la cultura y 
tomaron por modelos a los prfncipes que habian 
destronado. Desgraciadamente tenian la fpiel de- 
masiado dura para poder apropiarse la delicade- 
za, el gusto y la finura de los andaluces. Todo 
lo <suyo llevaba el sello de una imitation servil 
y defectuosa. Protegieron a los literatos, se hi- 
cieron recitar poemas y dedkar libros; pero todo 
esto lo hacian torpemente, sin gracia y sin gus- 
to; isiemipre seguian siendo semi sal vajes, y no 
tomaban mas que io malo de la civilizacion an- 
daduzia. El cunado del rey All, Abu-Beer ben- 
Ibrahim, que fue algun tiempo gobernador de Za- 
ragoza, despues de haberlo sido de Granada, era, 
por decirlo asi, el prototipo de estos generales, 
que intentaron sin gran exito andaluzo-rse, sd nos 
es Ifcito emplear esta palabra. Nacido en el Saha- 
ra, habia 'sido educado en los principios rigidos 
y austeros de su nacion; pero los olvido eri Zara- 
goza, para imitar en todo a los Beni-Hud, antd- 
guos reyes del pais, que habian -sido gente alegre, 
por lo que quiso serlo el tambien; en consecuen- 
cia, se rodeo de vividores, y, cuando bebfa con 
ellos, se jponfa una corona y un manto real; des- 
pues, como los Beni-Hud habian protegido la filo- 






(1) Abd-al-uahid, p. 148 

1* 



237 

sofia, y dos de ellos, Moctadir y Mutamin, hasta 
habian escrito sobre esta ciencia, quiso amitarlos, 
y sin preocuparse de lo que dirlan su cufiado y 
los faquiesj eligio por amigo, confidente y [primer 
niinistro a un hombre cuyo nombre no pronuncaa- 
ban los fieles sino con horror, que no creia en el 
Coran, que negaba toda revelacion; en una pala- 
bra: al celebre nlosofo Avempace (1). Tanto se 
indignaron sus soldados, que lo abandonaron en 
gran numero (2). No obstante, los soldados, aim- 
que mas oritodoxos, no valian mas que suis jefes. 
Lo que los caracterizaba era su insolencia con 
los andaluces y su cobardia ante el enemigo. En 
efecto: esta ultima era tan grande, que el rey 
Ali se vio obligado a veneer su aversion contra 

las cri-sitianos y a alistar a los que su almirante 
Aben-Maimun — que entablaba verdaderas cace- 
rias de hombres — le <traia de las costas de G-ali- 
cia, de Cataluna, de .Italia y del imperio bizanti- 
no (3); y en cuanto a su insolencia, no tenia limi- 
tes. Tratab,an a Andalucia oomo a pais conquis- 
tado, apropiandose de todo lo que les agradaba: 

dinero, bienes, mujeres. El Gobierno lo toleraba, 
porque nada (podia ihacer. Su diebilidad causaba 
lastinia. Los faquies habian benido que ceder el 



(1) Avempace es una corrupcion de Aben-Badcha. 

(2) Ben-al-Jatib, man. G., fol. 98 v., 100 r. — artfeulo so- 
bre Abu-Beer ben-Ibrahim — ; Aben-Jacan, Calayid, artfeulo 

sobre Avempace. 

(3) Vease sobre estos rum — que en el fondo eran los que 
anted se habian llamado eslavos — ia Chron. Adefonsi Jm- 

3>eratori8; c. 45, 4$, 94; Holal, fol. 35 r., 58 r., 62 v. 



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238 

poder a las mujeres, o al men 05 compartirlo cob 
ellas. El rey All se dejaba dominar por su esposa 
Camar; otras idamas manejaban a su antojo a los 
altos dignatarios, y a poco que se satisficiese su 
codicia podia hacerse lo que se quisiera. Hasta 
las bandidos tenian derecho a contar con la impu- 
nidad, &i lograban comprar la protection de estas 
damas. Ellas eran las que daban los empleos, y r 
por lo comun, los concedian a hombres completa- 
mente incapaces. En una palabra: el Gobierno* 
llego a ser despreciable y ridiculo. El ejercito y 
el pueblo se burlaban de el, porque revocaba al dia 
saguiente las ordenes que habfa dado la vispera; 
los grandes senores aspiraban al trono y se lea 
oia^decir que gobernarian mucho imejor que el 
debil Alf, que no sabia mas que ayunar y re- 

zar (1). 

Para colmo de desgracias, estallo en Africa una 
terrible insurrection — 1121 — . Fanatizados por un 
supuesto reformador, que se presentaba como el 
Mafodi anunciado por Mahoma, los sa n .vejes hafoi- 
tantes del Atlas marroqui, los ailmohades — unita- 
rios, como ellas se apellidahan — empuiiaron las ar- 
mas contra los almoravides. Para una dinastia ya 
tan debil y vatiilante, este golpe tenia que ser 
mortal. A exception de los cristianos, los solda- 
dos de que disponla eran tan malos, que, ordina- 
riaonente, la sola vista del enemdgo bastaba para- 
iniciar la derrota. As! que el Gobierno, reducido 



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(1) Abd-al-uahid, pp. 128, 133, 148; Holal, fol. 58 v., 59 



239 

al ultimo extremo, no sabia que hacer; para pro- 
longar algunos instantes su triste existencia, des- 
guarnecia Andalucia retiranido de alii soldadtos, 
annas, municiones y viveres (1). No tardaron los 
cristianos en advertirlo y en aprovecharlo. En 
1125, cuatro anos despues del comienzo de la 
sublevacion de los almofoades, Alfonso el Batalla- 
dor, rey de Aragon, devasto Andalucia — como ya 
h«mo« visto — durante mas de un'ano. En 1133, 
Alfonso VII de Gastilla, que ostentaba el titulo 

r 

de emperador, lo miisnio que su aibuelo Alfon- 
so VI, pas'6 a sangre y fuego los a^rededores de 
Cardoiba, Sevilla y Canmona; tonio a Jerez, sa- 
queandolo y quemandolo, y penetro hasta lo que 
entonces se llamaba la torre de Cadiz, es decrr, 
haista las columnas de Hercules (2). No habia he- 
cho mas su abuelo en tiempo de Motamid. Cinco 
anos despues volvio piara asolar las alrededores 
de J&en, Baeza, Ubeda y Andujar. En 1143 dio 
de nuevo la vuelta por Sevilla y Carmona. Al ano 
siguiente toda AndaJlucia fue saqueada e incen- 
diada, desde Calatrava basta Abneria (3). 

Despues de baber gozado algunos anos prospe- 
ros, el pueblo andaluz habia ganado con la revo- 
liicioai, saludada oon tanto entmsiasmo: un Go- 
bierno impotente y corrompido; una soldadesca 



h 

* 



(!) Holah fol. 52 r. 

(2) Chron. Adef. Imper,, c, 13-16. Sobre la torre de C£diz 
o columnas de Hercules, v^anse mis Investigaciones, t. II, p&- 
gina S28, y el Apendice num. XXXV. 

(3) Chron. Adef. Imper., c. 60, 82, 88. 



240 

cobarde, indisciplinada y brutal; una policia las- 
timosa, porque en las ciuda&es pululaban los la- 
drones y las campinas estaban infectadas por tur- 
bas de bandidos; la paralizacion casi complete del 
comercio y de la industria; la carestia de los vi- 
veres, por no decir el hambre, y, en fin, las in- 
vasiones mas frecuentes que nunea y que, d€s- 
gracjadamente, tendian a multiplicarse (1). To- 
das 1-as esperanzas habian resultado fallidas, y 
ya maldeclan a aquellos almoravides en que antes 
haibian visto los salvadores del pais y de la reli- 
gion. En el afio 1121, los cordabeses se subleva- 
ron contra la soldadesca que estate de guarni- 
cion en la ciu'dad, y que se entregaba a toda clase 
de excesos sin que el Gobierno lo impidiese. En- 
tonces el rey AH llego a Andalucia con una nube 
de afrioanos; nunea habia desennbarcado en Es- 
pafia un ejercito tan considerable; pero los cordo- 
beses, reducidos al ultimo extremo y decididos a 

defenderse con el valor que da la desesperaci6n, 
cerraron sus puertas y levantaron barricadas en 
las calles. A pesar de esto, el combate hubiera 
sido demasiado desigual, por lo que los faqules 

se intenpusieron para evitar la efusion de sangre. 
En aquella ocasion, a pesar de su habitual ser- 
vilismo, defendieron a sus conciudadanos contra 
el poder. Dedlararon en un f^tfa que la rebeJdia 
de los cordobeses era justa y legftiana, puesto 
que no habia tornado las amias mas que para de- 



(1) Comp&rese con a\ Bola'i, fol. 62 r. 



24 i 

fender su vida, sos mujeres y sus bienes. All ce- 
dio, como de costanbre, ante los faquies, y des- 
pues de algunas negociaciones los cordobeses se 
camprometieron a palgar una multa coino indem- 
nizacion de lo que habian saqueado y destrui- 

do (1). En otras ciudades el descontento crecia 

sin cesar, y aiinque el pasado no hubiese sido bri- 
llante, se le ech&ba de menas y so deseaba voVer 
a el; tan insoportable y sanubrfo era el presente. 
Podemos convencernois de esto ley-enklo el rnensa- 
je que los sevillanos enviaron en 1133 a Saif-ad- 
daula, hijo del ultimo rey de Zaragoza, que for- 
maba parte del ejercito de Alfonso VII cuand) 
este se hallaba a las puertas de n a ciudad: "Diri- 
gete ial rey de los cristianos — le decian — t con- 
ciertate con el y haz de modo que quedemos li- 
bres del yugo de los alnioravides. Si lo conse- 
guhnos, pagaTemos al rey de Castilla un tributo 
mas considerable que el que nuestros padres pa- 
gaban a 2os suyos, y tu y tus hijos reinareis so- 
bre noisotros" (2). Once anos despues la medida 
estaba cotoade, y desrplonianidose el imperio por 
todas partes, se decia en las calk's y en las mez- 
quitas: "Los ataoravides nos sacan hasta la me- 
dulla de los huesos; se apoderian de nuestros bie- 
nes, de nuestro dinero, de nuestras mujeres, de 

jxuestros hijos... jDeibemos sublevarnois contra 
elk>s ? echarlos, matarlos!" Otras proponian? "Pri- 



(1) Moled, tol. 85 v., 36 r. 

(2) Ohron. Adefonai Imper., c. 16. 

Hist, musulmanes. — T. IV . 16 

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242 

mero debemos aMaraos con el emperador de Leon- 
Is pagaremos un tributo, como nuestros padres." 
"Si, si — gritaban por doquiera — ; todos los medios 
son buenos siempre que nos libren de las abnoia- 
vides." Y se imploraba la bendicion del cielo so- 
bre los proyectos que habian forcnado (1), y toda 
Andalucia se levantaba como un solo hombre para 
aniquilar a sus opresores, con lo s cadfes y los fa- 
qufes al f rente, pues sabido es que el clero ha 
contado raras veces el agradecimiento entre sus 
virtudes. 

No vamos a referir ni la historia de esta re- 
voluci6n ni la conquista de Espana por los almo- 
hades, que habf<an derrocado en Marruecos a los 
almoravides. La tarea que nos habiamos impues- 
to era disenar la historia de la Andalucia inde- 
pendiente; y si al echer una rapida ojeada sobre 
el periodo en que este pals no era mas que una 
provincia de otro iimperio hemos traspasado los 
tf mites de nues&ro asunto, es porque hemos cref- 
do un deber demostrar que Andalucfa, cuando 
se entrego a los aibnoravides, estuvo muy lejos 
de ser dichosa y Heg6 a echar de menos a los 
prmcipes dndigenas, a quienes tanto habia calunv 
niadd y a qirienes habfa abondonado y traiciona- 
do en el momento del peligro. 

S6k> nos rest®, un deber que cumplir antes de 
tenminar: referir Ja historia de Motamid duran- 
te su cautiverio. 



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(1) Chron, Adef. Imper. t c. 89. 



243 



XV 



Cualesquiera que fuesen las virtudes de Yu- 
sof — los faquies afirmaban que habia tenido mu- 
c j ias — t no figuraiba entre ellas la generosddad 
hacia los vencidos. Su conducta con los prfncipes 
andaluces, a quienes habia hecho prisioiieros, fue 
odiosa y cruel. Gierfio que los dos nietos de B&- 
dis fueron tratados convenient© merit e, recobra- 
ron la libertad a conddcion de no aband«>nar Ma- 
rruecos y recibieron una pension bastante consi- 
derable, por Jo que Abdala pudo* legar una buena 
fortuna a sus hijos. Es que Yusof tenia una 
debilidad por esfbos (principes, que eran de su 
naci6n y ademas hombres ineapaces, de los cua- 
les nade tenia que tenner, y que le adulaban (1). 
Respecto a los otros prfncipes, ya henios visto 
cual fue la suerte de Radi, de Motauakil, de 
Fadl, de Aibas, y la de Motaamid, aunque 13 per- 
dono la vida, no fue menos deplorable. 

Despues de la toma de Sevilla se dio orde-n de 
trans port arte a Tanger. En el momento de etm- 
bai^carse con sus mujeres y con muchas de sus 
hijos, una turba inmensa se agolpaba a las ori- 
llas d«l Guadalquivir para darle el ultimo adios. 
En una de sus elegies, el poete Ben-^Mabana ha 
descrito la escena en estois terminos: 

"Vencidos despu&s de una valerosa resistencia, 



(1) Vease Ben-al-Jatlb, man. E., articulo sobre Abdala 
aben-BoHogiiin. 



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244 

los prfncipes fuexon eonducidos a un bajel. La 
multitud Uenaba las orillas del rio; ^as mujeres 
iban sin velos, y en su dolor se aranab&n el ros* 
tro. Al despedirlos, ique de gritos!, jque de la- 
grimas! iQue nos queda ya? [Vete de aquf, ex- 
tranjero, recoge tu equipaje y haz tus provisk- 
nes, porque la morada de la generosidad ha qu-> 
dado desierta! Tu, que tenias intencion de esta- 
blecerte en este valle, has de saber que la f ami ia 
.que buscabas ya no esta aqui, y que ia sequia ha 
destruido nuestra cosecha. Y tu, caballero del 30- 
berbio sequito, depon las armas, que de nada to 
serviran, porque el leon ya ha abierto su boca 
para devorarte" (1). 

Ouando Motamid Uego a, Tanger, donde perma- 
necio algunos dias, el poeta Hosri, que vivia all! 
y que habfa pasado algunos dias en la corte sevi- 
llana, le envio poemas compuestos en su honor; 
pero solo uno era nuevo, y en' el Hosri le pedia 
un regalo, aunque harto idebia saber que no es- 
tate en situation de hacerlo. Ef ectivamente : el 
ex rey de Sevilla, de todas sus riquezas no habia 
conservado mas que treinta y seis ducados, que 
habfa escoxidido en su fbota y que sus pies habian 
manchado de sangre; >pero era tal an generosi- 
dad, que no vacil-6 en sacrificar aquel ultimo re- 
curso; envolvi6 los ducados en un troz-0 de pape! 
con una poesfa, en que se escusaba por la exi- 



(1) Abod, t. I, pp. 59-61. 






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245 

giiidad del regalo, y se las envio a Ho&rL 
Este desvergonzado mendago no tuvo siquiera la 
atencion de darle las gracias. Cuan^Io atros poe- 
tastros de Tanger y sus inmediaciones supieron 
<me Motamid aun hacia regalos, acudieron en gran 
numcro a presentarle sus versos, y en aquella 
ocasion les dijo: 

"Los po-etas de Tanger, las de Mauritania en- 
tera, se esfuerzan en hacer versos, y quisieran 
recibir algo del cautivo. Pero mas bien es el el 
que tendria que pedirtes una limosna. J Que ma- 
ravilla, que maravilla! Si el pudor que hay en el 
fondo de su ama, si la altivez que te legaron 
sus ascendientes no se lo im^pidieran, rivalizaria 
con ellos, mendigaria tairibien, el, que antes, cuan- 
do se acudfa a su generosklad, repartia el oro a 
manos llenas" (1). 

Desde Tangier fue conducido a Mequfnez. En el 
camino se encontro una procesion, que hacia ro- 

gativas por la lluvia, y con tal motivo comrpuso 
estos versos: 

"Viendo a esas gentes que iban a implorar la 
lluvia les dije: "Mis lagrimas la substituiran." 
Tienes razon — me replicaron — ; tus lagrimas son 
"bastante abumdantes para ello, pero estan mez- 
"cledas con saragre" (2). 



t. 



(1) Abad, t. I, pp. 313, 314; t. II, pp. 71, 175, 222; Abd- 
al-uahld, pp. 101, 102. 

(2) Abad, t. I, p. 383. 



246 

En Mequmez permanecio rmichos aneses (I) ; 
hasta que Yusof ordeno que le llevaran a ?a ciu- 
dad de Agmat, no lejos de Marraecos. Mientras 
le obligaban a andar este trayecto, su hijo Raxid, 
a quien no habia querido ver porque, por un mo- 
tivo que ignor&mos, estaba enfadado con el, le di- 
rigio estos versos para apaciguarle: 

"Emulo de la lluvia bienhechora, senor de la 
generosidad, protector de los hombres, el mayor 
favor que podrias concederme seria permitirme 
contemplar un instante tu nob'e rostro, que, bri- 
llante y alegre, podrfa servirnos durante la noche 
de antoridia, durante el dia, de sol." 

Motamid le respondio con estos otros: 

"Yo era emulo de la lluvia bienhechora, senor 
de la generosidad, protector de las hombres, cuan- 
do mi diestra prodigaba los dones el dfa de la 
distribucion de presentes o quitaba ?a vida a los 
enemigos el dia del combate y cuando mi izquier- 
da tenia la brida que refrenaba el corcel, asusfca- 
do por el ruido de las lanzas. Pero ahora me hallo 
en la cautividiaid y la miseria; me parezco a un 
objeto sagrado que ha sido profanado o a un pa- 

jaro a quien se han cortado las ates. Ya no puedo 
responder al llamamienito del oprimido o del po- 
bre. La ategria de mi rostro, a que es-tabas acos- 
tumbrado, se ha trocado en sombria tristeza; los 



(1) Abd-al-uahid, p. 102. 



247 

pesares no me permiten pensar en alegrias; hoy 
todas las miradas se apartan de ml, mientras 
antes todas me buscaban" (1), 

En la prision de Agmat llevo una existencia 

triste y dolorosa; el Gobierno pensaba en el para 
ordenar, ya que le cargaran de cadenas, ya que 
se las quitaran; pero no se preocupaba lo mismo 
de su subsistencia; asi que vivia en la ultima mi- 
seria. Para subvenir a sus necesidades, su mujei 
y sus hijas se dedicaron a hilar. El buscaba con- 
suelo en la poesia. Asi, cuando vio desde la estre- 
cha ventana de su calabozo una bandada de esas 
Hgsras aves llamadas por los arabes ccttas, y que 
son una especie de perdices, di jo: 

"Yo lloraba viendo pasar cerca de mi una ban 
dada de catas, porque eran libres y no conocian \z 
prision ni las cadenas. No lloraba por envldia 
sino porque hubiera deseado imitarla; porque si 
hubiese podido ir adonde quisiera, mi dicha no s< 
hubiera desvanecido, mi corazon no estarla hen 
chido de dolor, no lloraria por la perdida de mi: 
hijos. I Que felices son.' No estan separad-os un< 
de otro, no experimentan el do 1 or de estar lejo; 
de su familia, no pasan como yo la noche en ho 
rribles angustias cuando oigo rechinar en la puer 
ta de la prisi6n los cerrojos o la cerradura. \Ah 
que Dios les conserve sus hijos; los mios carece] 
de aguia y de somibna!" (2). 



(1) Abad, t. II, pp. 73, 74 

(2) Abad, t. I, p. 68. 



248 

Eran versos sobre su pasada grandcza, sobre 
los magnificos pa'acios, en otro tiempo testigos 
de su felicidad; sobre los hijos que Ie habian ase- 
sinado; y, en fin, con motivo de la fiesta de ia 
terminacion del ayuno, compuso estod: 

"Otras veces las fiestas te alegraban; pero la 
que te halla cautivo en Agmat te entristece. Ves 
a tus hijas cubkrtas cle harapos y muertas de 
hamfore, hilando para quien las paga, porque ya 
no poseen nada en el mundo. Vienen a abrazarte 
fatigadciis, destrozadas por el trabajo y con las 
ojos bajos. Ca-minan descalzas por el lodo de fas 
calles, como si no hubie&en andado otras veces 
sobre alm-izcle y alcanfor (1). jSus mejillas hun- 
dida&atestiguan la miseria y las lagrimasque los 
han surcadol... Lo miisano que con motivo de esta 
trtefce fiesta — jDios quiera que no vuelva para 
ti!— has rGto el ayuno; tu corazon tambien ha 
roto el suyo; tu dolor, largo tiernpo contenido, ha 
es tailed o al fin. Antes, cuando mandabas, todos 
te obedecfaai; ahora, tu mismo estas rediucido a 

recibir 6rdenes. jLos re yes que se complacen en 
su poder ge dejan enganar por un suefio!" (2). 

La desgraciada Romaiquia no estaba acostum- 
brada a una vida tan dura, y cayo gravemen- 
te enferma. Motamid se entristecio mueho, por lo 
mismo Que no hafola en A&imat nadie a auien se 



(1) Aluei<5n a la aventura que he referldo antes. 
(2> Abad, t. 1, pp. 63. 64. 



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249 

atreviera a connar su curacion. Afortunadamem- 
te, el celebre Abu*'l-Ala Avenzoar (1), que en 
Jos ultimcs aftos de su reinado habia sido el me- 
dico de su corte, y aJ cual habian dtevuelto los 
bienes de su abuelo que Motadid le habia confis- 
cado (2), se hallaba entonces en Marruecos. Es- 
rribiole suplicandole que se encargase de la cura- 
cion de la enfermedad de Romaiquia. Avenzoar 
le prometio venir; pero como eu carta deseaba a' 
Motamid una larga vida, le envio estos versos 
dandole 'as gracias: 

"Me deseas una larga vida; pero ^como puede 
desearla un prisionero? £No e>s preferible la 
muerte a una vida que trae sin cesar nuevas tor- 
turas? Dtros pueden sentir ese deseo, porque es- 
peran la dicha; pero el unico deseo que yo puedo 
tener es 3a muerte. £He de querer vivir para 
rer a mis hijas carecer de vestidos y de calzado? 
Son ahora las sirvientes de la hija de un hombre 
cuya ocujpaci6n era anunciar mi llegada cuando 
mo proscntaba en publico, separar las gentes que 
se aigalpafcan a mi paso, galopar a derecha e iz- 
quierda cuando pasaba revista a mis ti-opas e 
impedir que ningun soldado saliese de las filas (3). 
Sin embargo, tu suplica entrarla una buena in- 

tenci6n y me ha hecho mucho bien. jDios te re- 



(1) Aben-Zohr en arabe, 

(2) Macarl, t. II, p. 293. 

(3) Entre las mujeres que habian dado lino a las hijas 
de Motamid para hilar, se hallaba la hlja de un arif o ujior 
del ex rey de Sevllla. 



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250 

compense, Abu-'il-Ala; eres un hombre de cora- 
zon! Ignoro cuando se vera cumplido el voto que 
hago; pero me consue'o con la idea de que todo 
tiene fin en este mundo" (1). 

Lo que algunas veces le proporcionaba momen- 
taneo consuelo eran las cartas y las visitas de 
los poetas a quienes antes habia colmado de be- 
nefices. Muchos de ellos hicieron el viaje a Ag- 
mat; entre otros, Abu-Mohamed Hichari, que por 
un solo poema habia recibido de el tanto dinero 
que pudo abrir una casa de comercio y gozar de 
un honrado bienestar mientras Vivio. Confes&e 
Motamid que se habia equivocado al llamar a 
Yusof a Anda'ucia: "Al hacerlo he cav^ado mi 
propia fosa", le dijo. Cuando el poeta vino a 5es- 
pedirse para volver a Almeria, donde habitaba, 
aun quiso Motamid haeerle un regalo, a pesar 
de lo exiguo de sus medios; pero Hichari tuvo la 
delicadeza de rehusarlo, e improviso estos versos: 

* "Te juro que no aceptare nada de ti ahora que 

el destino te ha herido de un modo ta^n injusto y 

cruel. Lo que me diete en otro tiempo es muy 

suficiente, aunque tu mismo lo hayas olvi- 
dado" (2). 

Pero el mas fiel y el mas asiduo de estos ami- 
gos era Ben-al-labana, y una vez que fue a Ag- 



(1) Abd-al-uahid, p. 109. 

(2) Atiad, t. II, pp. 147-149. 






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251 

mat trajo buenas noticias de Andalucia. Los ani- 
mas — decia — estaban alii muy coiunovidos. Los 
patricios, que nunca haibian sido partidarios de la 
domination, de Yusof, se agitaban y conspiraban 
para restaurar en el trono a Motamid (1). Decia 
verdad; el descontexito era grandisimo en las cla- 
ses i'ustradas, y el gobierno no tardo en adquirir 
ipruebas de ello, por lo cual adopto precauciones 
y mando detener a muchas per-sonas sospechosas, 
sobre todo en Malaga; pero los conjurados de esta 
poblaclon, cuyo jefe era Aben-Jalaf, patricio muy 
considerado, aproviecharon la obscuridad de la 
noche para evadirse de la prision y se hicieron 
dueiios de Montemayor (2), No tardo Abd-al-«iha- 
bar, bijo de Motamid, que habia permanecido en 
Andalucia con su madre, y a quien el pueblo to- 
maba por Radi — el que habia sido asesinado en 
Ronda — , en presentarse a ellos, que lo eligieron 
como jefe, y todo panecia marchar a medida de 
sus deseos. Un navio de guerra marroqui que 
naufrago en las cercanias del castillo les propor- 
ciono viveres, municiones y annas. Afeeciras se 
declaro por ellos lo misnio que Arcos, y habiendo 
ido a esta ultima ciudad en 1095 Abd al^habar 
comeaizo a hacer correrfas haste las mismas puer- 
tas de ?a antigua capital del reino de sus ante- 
pasados (3). 



i. 



(1) Veanse el poema de Ben-al-labana, Abad, t. I, pagi 
nas 319, 320, y mi comentario, ibid., pp. 366 y siga. 

(2) Montemayor, cerca de Marbella, es lo que los espaflo 
les Hainan hoy un despoblado, un lugar deshabitado. 

(3) Atiad, t. II, pp. 228, 229; t. I, p. 64. 



252 

La piimera n-oticia de la rebelion tie su hijo 
causo a Motamid un prof undo dolor. Le asu^taba 
]a temeridad de la empresa y temia que Abd-al- 
chabar sufriese una suerte tan dura como la de 
muchos de sus hijos. Pero tales sentimientog ce~ 
dieron Men pronto el paso a la esperanza; entre- 
vela la posibilidad de volver a su pais, de recon- 
qurstar su trono (1), y no lo ocultaba a sus ami- 
gos. Escribiendo, por ejemplo, al poeta Ben-Hain- 
dis ; quo habia vuelto a Mahdia despues de haberle 
visitado, le envio un poema que comenzaba as!; 

"El pulpito en la mezquita y el trono en el pa- 
lacio lloran al cautivo que el destino ha arrojado 
a las playas africanas." 

Y en el cual decia: 

"iOh! Quisiera saber si volvere a contemplar 
mi jardfn y mi "ago en el noble pais donde crecen 
los olivos, donde arrullan las palomas, donde los 
pajaros dejan ok sus duloes gorjeos" (2). 

Ben-al-flabana alentaba sus esperanzas. La vis- 
pera de volverse a Andalucfa habia recibidp de 
Motamid veinte ducados y dos piezas de tela; pero- 
1 e devolvfo el regalo, y eratre los versos que le 
envio con este motivo figuraban estos: 

"jUn pooo de paciencia aun! Pronto me colma- 
ras de felicidad, porque volver&s a subir al tro- 



(1) Abad, t. I, p. 66. 
<2> A bod, t. I, p. 63. 






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253 

bo. El dia en que regreses a tu palacio me eleva- 
ras a las mas alias dignidades. Superaras, enton- 
ees, al hijo de Meruan en esplendidez, y yo so- 
brepujare a Charir en talento (1). Preparate a 
brillar de nuevo; un eclipse de luna no es nunc a 
de larga duration (2)-" 

Cargado de cadenas — porque Yusof haibfa ov- 
denado que se las volviese a poner — , "habfa ru- 
gido el leoncillo — dice un retorico de la epoca — v 
se temia el sal to del leon". Motamdd vivia de es- 
peranzas, no del todo infundadas; el partido de 
Abd-al-chabar era numeroso e inspiraba al Go- 
biemo <serdas inquietudes, pues supo sostenerse 
durante mas de dos anos, y no estaba sometido 
aun cuando muvi6 Motamid, despues de una larga 
enfermedad (3) — 1095 — , a 3a edad de cincuenta 
y cinco anos (4). 

EI ex rey de Sevilla fue sepultado en el cemer- 
terio de Agmat. Algun tiempo despues, con mo- 
tivo de la fiesta de la terminacion del ayuno, c! 
poeta andaluz Ben-Abd-as-samad dio siete veces 
la vuelta alrededor de su tumba, a amitaclon de 
los peregrinos que la dan en torno de la Caaba; 



(1) Charir era el poeta favorite dvl call fa AbdalmoHc, 
hi Jo rtt* Meruan. 

<2) Abad, t. I, pp. 310, 311. 

(8) Abad, t. I, p. 306. 

(4) La rebeli6n de Abd-al-chabar comonz6 en 1093; a lbs 
■dos anos hlzo este prfneipe su entrada en 2a cludad de Arcos, 
donde fue* sitiado por Sir, gobemador de Sevilla, murlendo de 
un flechazo; pero sua partldafioa no se rlndleron alno algtin 
tiempo despuds. Abaci, t, II, p. 22S; t. I, pp. 64, 65. 



254 

despues se arrodillo, beso la Uerra (|ue cubria 
las restos mortales d*e su bienheohor y recito una 
elegia. Oonmovida por su ejemplo, la multitud dio 
tambien la vuelta a la tumba. conio los iperegri- 
nos, lanzando gemidos prolongados (1). 

"Todo el mundo ama" a Motamdd — escribe un 
historiador del siglo XIII — : todo el mundo se 
apiada de el, y aun hoy es llorado (2)." En efec- 
to: ha llegado a ser el mas popular de todos los 
prfncipes and-aluces. Su generosidad, su valor, su 
espiritu caballeresco le granjeaban el amor de los 
homhres cultos de las generaciones siguientes; 
las almas sensibles se conmovian de su inmenso 
infortunio; el vulgo se in-teresaba por sus nove- 
lescas aventuras, y, como poeta, fue admirado 
hasta por los beduinos, que en estilo y en poesia 
pasaban por ser jueces mas sejveros y compe- 
tences que los habitantes de las ciudades. Ho 
aquf, por ejemplo, lo que se rettere sabre esto 
asunto : 

En uno de los primeros anos del siglo XII, un 
sevillano, que viajaba por el desierto llego a un 
campamento de bedufnos lajmitas. Habiendose 
aproximado a una tienda y pedido hospltalidad a 
su dueno, esfce, ufano de poder practical* una vh- 
tud que <su naci6n aprecia inifinito, le acogio con 
gran cordialidad. Ya habia pasado el viajero dos 
o , tres dfas con su fou£sped, cuando una noche, 
despues de intentar *n vano conciliar el sueno, 

(1) Abad, t. I, p. 71. 

(2) Bnn-al-Abar, Abad, t. II. p. 63. 



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255 

salio de la tienda a respirar el soplo de la brdsa. 
Haida una noche serena y admirable y el vae.u- 
tecillo acariciador y dulce atemperaba el caloi.. 
En un cielo azul, sembrado de estrellas, ascendia 
la luna, lenta, wiajestuosa, ilummando con su liiz 

el desierto augusio, que liacia resplandecer coano 
un espejo y que ofrecia la mas perfecta imagen 
del silencio y el reposo. Este espectaculo recordo 
al sevillano un poema que su antiguo sbberano 
hatya cornpuesto, y empezo a recitarlo. El pcema 
era este: 

. "Despues de extender la noche las tinieblias a 
gulsa de un inmenso velo, yo bebia a la luz de las 
antorchas el vino que centelleaba en la copa, 

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cuandio de pronto aparecio la Luna aconrparlada 
de Orion. Se la hulbiera creido una reina soberbia 
y magniifiea, deseosa de gozar con los encantos "die 
magninca, deseosa de gozar con los encantos de 
la naturaleza, y que se servia de Orion corn o ae 
dosel. Poco a poco otras estrellas centelleantes la 
rodearon a porfla; la luz aumentaba por memen- 
tos, y.;en] ; ©IvCortejo, las pleyades parecfan la ban- 
dera de la Te,ina, 

" ' " TV", " 

J, Lo que ella es en <el flrmamento, yo lo soy en eJ 
mundo, Sodeado de imis nobles caballeros y de las 
hermosas jovenes de mi haren, cuya negra cabe- 
llera se pareoe a la obscuridad de la noche, mien- 
tras sus copas resplandecientes son estrellas para 

mf. Bebamos, amigos mios, bebamos el zumo df: 
la cefpa miembrais e&tas hermosais, al son de la 






7. _ 



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256 

guitarra, van a cantarnos sus meiodiosas cancio- 
nes (I)." 

Despues recito el sevillano un largo poema, 
compuesto por Motamid cuando quiso apaciguar 
el enojo de su padre, irritado por ei aesastre que 
habia sufrido en Malaga su ejercito a causa de ia 
negligencia de su hijo, que era quien lo mandaba, 

Apenas habia concluido, cuando la tela de ia 
tienda, ante la cual se hallaha por easualidad, se 
levanto, y un hombre, en quien desde luego podia 
reconocerse al jefe de la tribu por su aspecto 
venerable, se presento ante sus ojos y le dijo, con 
esa elegancia de dice-ion y esa pureza de acento 
que siempre han hecho famosos a los bedufnos y 
de Cos cuales estan en extreme orgullosos : 

■Dime, hombre de la ciudad, a quien Dios 
bendiga, £de quien son esos poema's limpidos como 
un arroyo, frescos como la hlerbecilla recM&.'hu- 
medecida por la lluvia; ya tiernos y suaves como 
la voz de una joven de collar de oro; ya sonoros 
y energicos como el grito de un camello? 



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Son de un rey que ha reinado en pMalucIa 
y que se llaniaba Ben-Aibad — respond||^iK%|ran- 

Supongo — replied el jefe — que ese jpey rei- 
naria en un rinconcito de la tierra y poraa con- 
sagrar todo su tiempo a la poesia; porque cuando 
se tienen otras ocupaewmes no hay tiempo para 
coinponer versos como estos. 



(1) Abad, t. I, p. 40. 



257 

— Perdona; ese rey reinaba en un gran pals. 

— iY podrias decirme a que tribu pertenecia? 

— Seguramente: era de la tribu de Lajm. 

— iQue dices! ;Era de Lajm! jEntonces ei*a de 
mi tribu! 

Y entusiasmado de encontrar una nueva gloria 
para su tribu, el jefe, en un arranque de entu- 
siasmo, empezo a gritar con voz vib ranter 

— ; Arriba, arriba, gentes de mi tribu! fAlerta, 
alerta! 

En un abrir y cerrar de ojos, todos estuvieron 
de pie y rodearon a su jefe, el cual, viendolos re- 
unidos, les dijo: 

— Escuchad lo que acabo de oir y retened bien 
lo que acabo de grabar en mi memoria, porque es 
un tftulo de gloria que se os ofrece a todos, un 
honor de que teneis derecho a estar orgullosos, 
Te suplico nos recites una vez mas los poemas 
de nuestro prime 

Cuando el sevillano hubo satisfecho este deseo 
y los beduinos admiraron los versos con el mismo 
em^siasmo que su jefe, e*ste ]es refiri6 lo que 
haSia oSdo contar al extranjero respecto al ori- 
gen de los Beni-Abed, sus aliados y parientes, 
pues descendfan tambieft de una tribu lajmita que 
en otro tiempo habla recorrido el desierto con sus 

camellos y levantaba sus tiendas alii donde las 
arenas separan Egipto de Siria. Despues les ha- 
blo de MotamkI, poeta unas veces gracioso, otras 
subline, el caballero heroico, el poderoso monar- 
ca de Sevilla. Cuando hubo terminado, todos los 

Hist, musulmanes. — T. IV 17 



258 

beduinos, ebrios de gozo y de orgullo, montaron 
a caballo para entregarse a una brillajite fantasia, 

que duro hasta el amanecer. Luego el jefe eligio* 
veinte de sus mejores camellos y se los dio co-mo 
regalo al extranjero. Todos "e imi-taron, en la 
medida de sus recur sos, y antes de que el Sol hu- 
biese aparecido cornpletamente, el eevillano se 
hallo en posesion de un centenar de camellos. 

Despuets de acariciarle, cuidarle, festejarle y hon- 
rarle de todos modos, aquellds generosos hijos del 
desierto apenas cowsentfaai en dejarle marchar 
cuando llego el moment o de reanudar el viaje; 
tan querido se habia h-echo para ellos el recitador 
de los versos del rey poeta, a quien llamaban pri- 
mo suyo (1). 

Cerca de dos siglos y medio despues, cuando la 
Estpana nrusulmana, antes tan esceptica, ha>c£a 
mucbo tiempo que se habia consagrado a la de- 
vocion, un peregrine empunando el bordon y el 
rosario, recorria el reino de Marruecos a fin de 
conversar con los piadosos eremitas y visitar los 
santcis Iiugares. Era aquel peregrino el celebre 
Ren-sal- Jatib, primer ministro del rey de Granada. 
Habiendo llegado a la pequena poblacion de Ag- 
mat, se encamiino a) cementerio donde repotsaban 
MataonM y su esposa, bajo un otero cubierto de 
lotos. A la vista de las dos tumbas destrozadas 
por el abandono y el tiempo, el visir granadino 



(1) Abad, U II, pp. 66, 67. 



259 

F 

no pudo contener sus lagrimas e improviso estos 
versos: 

"He venido a Agmat en eumplmiento de un 
penoso deber: para anodillarme sob re tu tumba. 
jAh! iPor que no he podido conocerte en, vida y 
cantar tu gloria? ;Tu excedias a todos los reyes 
en generosidad; tu brillabas como una antorcha 
en la obscuridad de la noche! iSeame permitido, 

al menos, saludar respetuos&mente tu tumba! La 
olevacidn del tevreno la distingue de las del vul- 
gc; habiendo sobresa'ido entre los demas durante 
tu vida, sobresales tambien entre los que duer- 

men a tus pies el sueno eterno. jOh, emir entre 
los vivos y emir entre los muex^tos! Nunca vieron 

los pasados siglos otro igual a ti, y estoy con- 
vencido de que tampoco veran los sig'os futuros 
un rey que se te parezca" (1). 

Motamid no fue ciertamente un gran monarca. 

Reinando sobve un pueblo enervado por el lujo y 

no viviendo mas que para el placer, lo hubiera 

#sido dificilmente, aunque su natural indolencia y 

ese amor a las cosas exberiores que constituyen la 



dicha y !a enfenmedad de los artistas no se lo 
hubiesen impedido. Pero ninguno etesoro en su 
akna tanta sensibilidad, tanta poesia. El menor 
^contecimiento de su vida, la menor satisfaccion 
o el menor pesar, rev-estfa inmediatamente para 



(1) Abad, t. II, pp. 222, 223. 



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260 

el una forma poetica, y podria escribirse su bio- 

grafia, o al menos su vida intima, tan solo con 
6us versos, revelaciones del corazon donde se re- 
flejan esas alegrias y esas tristezas que el Sol o 
las nubes de cada dia traen o se llevan consigo. 
Tuvo, ademas, la fortuna de ser el ultimo rey in- 
digena que represento digna, brillantemente, una 
nacionalidad y una cultura intelectual que su- 
cumbieron o poco menos bajo la dominacion de 
los barbaros que habian invadido el pais. Tuvose 
por el una especie de predilection, como por el 
mas joven, como por el Benjamin de esta nume- 
rosa familia de prmcipes poetas que habian rei- 
nado en Andalucfa. Se le echo de menos mas que 
a ninguno, casi con exclusion de todos los demas, 
lo mismo que la ultima rosa de primavera, los 
ultimos hermosos dlas de otofio, los ultimos ra- 
yoe del sol poniente son los que inspiran los mas 
vivos sentimientos. 



FIN DEL TOMO CITARTO Y ULTIMO 



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Nota A, pags. 22 y 24. 



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Algunos autores suponen que Yahya -murid en 
el ano 427 de la hejira, y otros, en el 429. El re- 
lato de Ben-Hayan demuestra que la primera fe- 
cha es la verdadera. Este autor refiere las pro- 
pias palabras que empleo* un soldado berberisco 
de Carmona, Abu-U-Fotuh — o Abu-'l-Fath — Bir 
zeli, que figuraba entre los que fueron a Sevilla 
con motivo de la fiesta de los sacrificios el ano 426 
— es decir, en el ultimo mes de aquel ano — , soldado 
que, al mes siguiente, en H de Moh&rram de U27, 
tom6 parte en el combate que la caballeria sevi- 
llana sostuvo contra Yahya a las puertas de Car- 
mona, combate que termino con la muerte de 
Yahya. No cabe por lo tanto ninguna duda res- 

pecto £1 ano y al mes de la muerte de este prfn- 
cipe; pero no podriamos senalar el dia. Abd-al- 

Uahid dice: "Domingo, sdete dias despues del co- 
mienzo de Moharram — es decir, el octavo dfa de 
este mes — del <aflo 427; ipero el 8 de Moharram 
del ano 427 cae en aniercoles y no en domingo. 
Por otra parte, el relato de Ben-Hayan prue- 



'S 



262 

ba tambien que eai vez de decir que Hixem II fue 
proclamado de nuevo califa en Cordoba en el mes 
de Mohdrram del ^29, Ben-al-Atir — Abad, t. II, 
pagina 34, linea 9." — , hubiera debido decir: en el 
mes de Mohdrram del U%7 ; porque, en vista de 
que Aben-Chauar consintio solamente en hacer- 
lo porque temia ser atacado por Yahya — Abad, to- 
mo I, p. 222, linea 28 — , tuvo que hacerlo nece- 
sariamente antes de 3a muerte de este prinoipe. 

Aben-Jaldun — opud Hoogvliet, p. 28; yo he co- 
xregido el texto de este pasaje en mis fnvestiga- 
ciones, t. I, de la prim era edicion, p. 215, en la 
nota — se ha equivocado eravemente al hablar del 



esempeno 



esta epoca. 



Nota B, pag. 78. 

Aben-Jacan pretende que Ben-Abd-al-bair escri- 
bio esta carta a Motadid por orden de Mouafac 
Abu-M-ehaix, es decir, de Mochehid, principe de 
Denia. Pero habiendo muerto este ultimo en e! 
ano 436 de 3a hejira, y habiendo ocurrfdo la toma 
de Silves en 443, o en el ano siguiente, tiene que 
haber algpfai error en este aserto. La fecha de la 
toma de Silves no puede ser dudosa. Esta ciu- 
dad debi6 ser conquistada despues de la toma de 
Niebla y de Huelva en 443 — vease Abad t t. I, pa- 
gina 252, y comparese con el tomo II, p. 210 — , y 
antes de la de Santa Maria en 444—- vease Abad, 
tomo II, p. 210, ultima linea, y p. 123 — . Ade- 



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263 

mas, Motamid, que no nacio hasta el aiio 431, no 
podia mandar el ejercito de su padre antes 
de 436, epoca de la muerfce de Mochehid* Oreo, 
por lo tanto, que Aben-Jacaai debia de noonbrar a 
All, hijo y sucesor de Mochehid, o tal vez algtin 
otro prmcipe 



Nota C, pag. 86. 

L,os detelles esenciales de este relato se encuen- 
trB.7i en un pasaje de Aben-Basam — Abad, t. I, 
paginas 250, 251 — , donde hay dos o tres errores 
que corregir. Nouairi — ibid. t t. II, pp. 129, 130 
proporciona tambieai buenas noticias; solo que 
este cronista, sin hab'ar de inexactitudes de me- 
nor importance a, ha incurrido en el error de nom- 
brar a Cannona en lugar de Ronda. Los relatos 
de Aben-Jaldun^-#nU, t II, pp. 210, 214, 215 — me 
parecen confuses e inexactos, sabre todo en lo 

can cerniente a Jos nombres prapios y a las fe- 
chas. Constxltese tambien a Ben-^Hayan, en mi 

Introduccidn a la Crdnioa de Ben-Adari, p. 86. 



Nota D, pag. 173. 

Para trotar de este penodo no me he servido 
del libro titulado Rand al-mitar — Abad, t. II, pa- 
gina 236 y siguientes — . Macari, que ha escrito 
sobre el largos extractos, paxece concederle im- 

portancia porque es de un autor espafiol; pero 
este espaiiol no es de los antiguos, y no hace mas 






264 

que copiar a un eseritor asiatico. Esto es lo que 
resulta de comparar el artfculo sobre Yusof aben- 
Texusin en Aben-Jalican, donde se hallan largos 
pasajes sacados de una biografia de Yusof , titu- 
lada al-Morib an strati meliki 'l-Magrib, y que fue 
escrita en Mosul en 1183; porque estos pasajes 
fignran textuahnente en el Raud al-mitar, por lo 
que es seguro que el autor de esta ultima obra 
ha copiado al eseritor anonimo de Mosul, Ahora 
bien: cuando se trata de historia de Espana es 
preciso desconfiar casi siempre de los relates es- 
crrios en Asia. Estos relatos. como ya he tenido 
ocasion de indicar en otra parte (1), ordinaria- 
mente provienen de viajeros, de mercaderes, de 
noticieros, y no es extrana a ellos la fantasfa; 
antes por el contrario, suede desempenar un gran 
papel. El que nos ocupa no constituye una exoep- 
ci6n a la regla general; escrito en un lenguaje 
extremadamesnte sentencioso y que revela en el 
autor la pretensi6n de rivailizar con los antiguos 
sabios de Oriente, contiene muchas cosas invero- 
simiies en si mismas, y de las cualesnada saben 
los cronist&s espanoles. 



Nota E, pag. 187. 

J 

Las cronicas laitinas, exoepto el Chronicon Lu- 
sitamim — Esp. Sagr. t t. XIV, pp. 418, 419 — , no 
entran en ningun detalle relativo a la batalla de 



(1) Itvotatiaaciones, t. I, pp. 184 y slgs. 



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265 

Zalaca, y entre los cronistas arabes que hablan 
de ella muy extensamente (1) hay pocos que me- 
rezcan entera confianza. Algunos se equivocan 

hasta en la fecha. La fecha verdadera, vi ernes 
12 de Recheb de 479, se encuentra en el Holal 

—Abad, t. II, p. 197— y en el Cart&s— p. 98 — , 

donde se lee que ese dia corresponde al 23 de oc- 

tubre — 1086— , lo que es cierto — comparese con 

los Annates Gomplut., pp. 314, 315 — ; pero otros 

autores se engafian no solamente en el mes 

— porque le Hainan Ramadan en vez de Recheb — , 
sino tambien en el ano. Abd-al^uahid — pp. 93, 
94 — t por ejemplo, cita el ano 480, y Ben-al-Car- 
debus — Abady t. II, p. 23 — consigna el aiio 481. 
Es un fenomeno muy singular, pues se trata de 
una batalla muy celebre, y que en Andalucia solia 
decirse el ano de Zalaca, en vez del aiio 479 (2); 
pero el hecho es que ninguna de las cr'6nicas que 
nos quedan ha sido escrita por un oontempora- 
neo; son de los siglos XIV, XIII y todo lo mas 
del XII, y merecen por lo tanto poca confianza. 
Unase a esto que en la epoca en que se escribie- 

ron, los retoricos se complacian eji idear cartas 
que suponfan escritas por personajes historicos. 
Esto no puede ser puesto en duda porque existen 
pruebas fehacientes. Asi por ejemplo, el autor 
del Holal trae la carta que Motamid escribe a su 



(1) Abad, t. II, pp. S, 21, 23, 36-39, 134-136, 196-201; 
Cartds, p. 94-98; Abd-al-uahld, pp. 93, 94; Abu-'l-Hadchach 

Bayasl, apud Aben Jallcan, fasc. XII, pp. 16, 17. 

(2) Aben-Jallcan, fasc. VII, p. 135. 



266 



hijo Raxid la noche despues de la batalla. No 
tiene mas que dos renglones — vease Abad y t. H 

pagina 199 — ; pero el autor del Raiod al-mitwr 
nd.. t. II. d. 248 — la inoluye tambien: nem v* 



es diferente. Una tercera carta se halla por ul- 
timo en Ben-al-Jatib — ibid., t. II, p. 176 — . y no 
tiene menos de quince lineas. Ep, pues, absolu- 
tamente preciso que dos de estas cartas sean de 
redaccion moderna, y quiza lo son las tres. La 
prudencia aconseja, por tanto, estar prevenidos 
contra los pretendidos tiocumentos oficiales que 
ofrecen estas cr6nicas; creo deber confesar one 
dudo de la autenticidad de la mayoria de las 
cartas que incluye el Hoktl, y que el boletin en 
que Yusof refiere la batalla de Zalaca, y que %u- 



sospechasc 



Nota F, pigs. 202 y 209. 



Tcngo que justificar la cronologia adoptada en 
este relato. A mi juicio, Yusof llego por segunda 
vez a Espana en la primavera del ano 483 de 'a 

h&jira, o sea en el 1090 de rvuesfcra era; tres 
anos y medio despues de la batalla de Zalaca eiti6 

a Aledo durante el verano y se apcdero de Gra- 
nada en noviembre. Sin embargo, Abu-'l-tfiad- 

ohach Bayasi — citado por Aben-Jalican em su ar- 
tfcuo sobre Yusof — , el autor del Cwt&s y el del 
Hoksl traen otra cronologia; suponen que Yusof 

lleg*6 por segunda vez a Espafia en el aiio 481 






. 1 



267 

^-1088 — y que puso sitio a Aledo (1) en este ano; 
mie en el otofio regreso al Africa; que volvio a 
Espana por tercera vez el ano 483 — 1090 — , y que 
entonces se apodero de Granada (2). 

Contra esta opinion debo advertir primero que 
los autores que la han adoptado no son muy an- 
tiguos — Abu-'3-Hadchach Bayasi escribia en el si- 
glo XIII, y el Cartas es del siglo XIV, lo mismo 
que el Hold — ; ademas estan muy lejos de ser 
siempre exactos (3) ; y, en fin, no estan de acuer- 
do entre si en an do tratan de njar el mes. A si, el 
autor del Cartas afirma que Yusof llego por se- 
gunda vez a Espana en el mes de Rebi, primero 
del ano 481 — junio de 1088 — , mientras Bayasi 
afirma que llego en el mes de Kecheb, es decir, 
en septiembre u octubre. 

Por otra parte, los autores mas antiguos y dig- 
nos de fe, los del siglo XII, estan de acuerdo en 
fijar el sitio de Aledo y la toma de Granada en el 
mismo ano; es decir, en el 483 — 1090 — . l Aben-€a- 
sim de Silves, por ejemplo, que escribio una his- 
toria de Mot amid muy estimada (4), historic de 
la cual nos ha conservado algunos fragmentos 
Ben-al-Aibar, dice formalmente que Aledo fu£ si- 



(1) Alaet, en Pelayo de Oviedo — c. 11 — , que incluye eata 
ctudad entre las Que conqulsttf Alfonso; Ualact, en la Gesta 
RodeH<?i. En vez de: "T?u6 la batalla de Dalaed6n", como so 
lee en los Annal. Toled., I — p. 386 — , creo debe leerse: "Fu6 la 
batalla de Alaedo", o bien „"de Haledo". 

(2) El autor del Cart&a habla de un sitio de Toledo con 
este motivo; a ml me parece un grave error. 

(3) Esta censura recae especialmente sob re el autor del 

Cor Ms. 

<J) Abad, t. II, p. 92. 



268 

tiado por Yusof y por los principes andaluces en 
el ano 483 (1). Mohamed ben-Ibrahim (2) ates- 

tigua que cuando Yusof llego a Espana por se- 
gunda vez puso sitio a Aledo y se apodero de Gra- 
nada. Ben-al-Cardebus, en su Kitab al-ictifa (3), 
afirma \o mismo, y anade (4) que cuando Yusof 
vino por tercera vez a Espana corria el ano 490 
— 1097-—. A estos testiwic*iios, seguramente muy 
respetables, ptxtemos sumar el de Ben-al-Atir (5), 
solo que este histoxiador, que escribia en Mosul, 
y Que, por consiguiente, no estaba siempre bien 
informado de la historia de Espana, se equivoca 
cuando afiraia que el sitio de Toledo y la toma 
da Granada ocurrieron un ano despues de la ba- 
talla de Zalaca; es decir, en 480—1087- 

-En cuanto a la fecha precisa de la toma de 
Granada, el historiador Ben-asrSairafi, citado por 
Ben-al-Jaitib (6), dice que este acontecimiento 
ocurn'6 el domingo, 14 de Reched del ano 483. Es- 
ta fecha suscita 'dos objeciones: primera, el 14 de 
Inched — 26 de agosto — caia no en domingo, sino 
en jueves; en segundo lugar, es imposible que 
Yusof se hubiese apod-erado de Granada en el 



(1) Abad, t. II, p. m-~cf. 122, 1. 3— . 
<2> Abad, t. II, pp. 8 y 9. 

(3) Abad, t. II, p. 26, 1. 12. A\ publicar este pasaje, yo he 
hecho mat en cambiar la tranacripci6n del man-uscrito, que 
fis buena ; en algazua debe entenderse la expedlc!6n contra 
Aledo. 

(4) Man., fol. 162 v. 

(5) Abad, t. II, p. 39. 

(6) En sua artlculos sobre Motamld — Abad, t. II, p. 179— 
y sobre Abdala aben-Bologuin. 



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mes de agosto, porque, habiendo llegado a Espana 
ea primavera, sitio a Aledo durante cuatro me- 
ses (1)* y basta la aproximacion del inviemo, co- 
mo asegura el autor del Cartas, en vez de do- 
mingo 14 de Reched creo que deberfa decir domin- 
go 14 de Ramadan; esto es, 10 de noviembre. El 
14 de Ramadan caia reabnente en domingo el ano 
483, y estos dos meses son confundidos con fre- 

cuencia. Por ejemplo: muchos autores dicen que 
la batalla de Zalaca se dio en el mes de Rama- 
dan de 479, siendo asi que ocurrio en el mes de 
Reched. Podria suceder que en este tiempo se sir- 

vieran a veces de abreviaturas para indicar los me- 
ses, y en este caso los meses de Reched y de Ra- 
madan, que tienen la misma inicial, podrian facil- 
mente confundirse. Por otra parte, nada se opo- 
tie al cambio que he prapuesto. Bayasi y el au- 
tor del Cartds dicen que Yusof se reembarco an- 
tes del fin del Ramadan, o sea antes del 26 de 
noviembre. Sin embargo, en el espacio de diez y 
seis dias pudo facilmente recibir la visita de los 
prlncipes andaluces y hacer el viaje de Graoiada a 
Algeciras. 



(1) Cartds, p. 99. El autor del Holal dice: durante Un 
mes; pero como se oueria rendlr por hambre a los sitiados y 
haata fclerto punto se conslgui6, el sitio debld durar mucho 
mas tiempo. 



FIN DE LAS NOTAS DEL C0ARTO TOMO 



CRONOLOGiA 



DE LOS 



PRECIPES MUSULMANES DEL SiGLO X 



SEVILLA. LOS BEN1-ABAD 

Abu-'l-Casim Mohamed ben-Ismael (el cadi) , 
1023-1042. 

Abu-Amr Abad aben-Mohamed, Motadid, 1042- 
1069. 

Abu-'l-Casim Mohamed ben- Abad, Motamid, 

1069-1091. 



CORDOBA. LOS BENLCHAUAR 

Abu-'l-Hazm Chahuar aben -Mohamed. aben-Cha- 
huar, 1031-1043. 
Aba-'d-Uailid Mohamed aben-Ohahuar, 1043-1064. 
AbdalmeiMc, 1064-1070. 
Cordoba queda aivexionada al reino de Sevilla. 



GRANADA. LOS BENI-ZIRI 

Zaoxi aben-Ziri, hasta 1019, 
Habus, 1019-1038. • 
Badis, 1038-1073. 
Abdala, 1073-1090. 



271 



LOS HAMUDITAS DE MALAGA 



Samuel. 



Ali >e '1 c a 1 i f a 



Yahya el calif a. Idris I (1). 

Idris II (4 y 7) . Hasan (3) . Yahya (2) . 

Yahya. Mohamed I (5) . 

Hasan Mohamed II (8) 
Idris III (6). 

1. Idris I, 1035-1039. 

2. Yahya, hijo de Idris I, 1039. 

3. Hasan, hijo deil calif a Yahya ben- AH, 1039- 
1041. 

El eslavo Nacha, 1041-1043. 

4. Idris II, 1043-1047. 

5. Mohamed I, hijo seguaado de Idris I, 1047- 
1053. 

6. Idris III, 1053. 

7 Idris II, por segunda yez, 1053-1055. 

8. Mothamed II } ouarto hijo de Idris I, 1055- 
1057. 

Malaga queda anexionada al reino de Granada. 

r 

LOS HAMUDITAS DE ALGECIRAS 



Mohamed 



• » 



1035-1048 (9). 

C&sim,, hijo suyo, 1048 (9) -1058. 
Aigeciras qaieda anexionada al. r 



272 



CARMQNA. LOS BENI-BIRZEL 



Segun Aben-Jaldun — Abad, t. II, p. 216 -, la 
lista de estos precipes seria: 

Ishac. 

Abdala, hijo suyo, 

Mohamed ben-Abdala, hasta 1042 (3). 

A'l-Aziz Mostadir, 1042 (3) -1067. 

Segun Ben-Hayan — cipud Atai-Basam, t. I, fo 
lio 78 r. — , Ben-Abdala — es decir, Mo-ham/ed ben 
Abdaila — gobernaba en Carmona en la epoca en que 
Hixem III reinaba en Cordoba— 1029-1031— , y a 
creer al mismo autor — ibid., foL 109 r. — , que me- 
rece mucha mas conftanza que Aben-J&ldun, Moha- 
mad ben-Abdala tuvo por sucesor a Ishac, hijo 
suyo que reinaba en 1050. 

Parece que Ben-al-Abar — en mis Investigacio- 
nes, t. I, p. 286 de la prlmera edicidn — se engafia 

cuando dice que Mohamed ben-Abdala vivfa aun 
en 1051. 

RONDA 

Abu-Nur aben-Abi-Corra, 1014-(5)-1053. 
Abu-Nasr, hijo suyo, 1053. 

Ronda es anexionada al rfcinb'de Sevlila. 



MORON 

Nuh, 1013 (4) -1041 '(2). 

Abu-Monad Mohamed, hijo suyo, 1041 (2] 
Moron es anexioaiado ail reino de Sevilla, 



■■i^ 






273 



ARCOS 

Aben-J azrun, hasta 1053. 

Areas es anexionado a 1 ! reino de Seville. 



HUELVA. LOS BECRITAS 

Abu-Zaid CMolhamed. ben-Ayub, desde 1011-(2) . 
Abu-'i-Mosab Abdalaziz, bastia 1051. 

Huelva queda anexionaida ail reino de Sevilla. 



NIEBLA. LOS BENI-YAHYA 

Afbu-'i-Aibas Abmed aben-Yabya Yahsobi, 1023- 
i041-(2). 

Mobaaned, berm'ano suyo. 

m 

Fath aben.Jalaf aben-Yahya, sobrdno do Jos $>re- 
oedentes, ibasta 1051. 

Niebla es anexionada al reino de Sevilla. 

Ben-al-Abar — en mis Iyivestigadones,' h I, p. 287 
*cLe la .primera ed.' — da al ujltimo pTincitpe de Niabla 
dLois nombres de Yabya ben-Ahcmed aben-Yabya. 

e crefdo d&ber atenerme ia Aiben-Jalduii — Abad, 
-fcomo II, sp. 211 — . Ben-Hayan — wpud Aben-Ba- 
am, t. I, fol. 108 v. — le llama Fa£h aben-Yahya. 




SILVES. LOS BENI-MOZAIN 



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Abu-Beer Mohamed abeai-Said aben Mozairi, 
3.028-1050. 

Aibu-'ikAsbag Isa, basta 1051 (2). 
Si'lves es anexionado all reino de iSevilla. 
Hist, musulmanes. — IV IV 18 

r 

■* 



274 



SANTA MARIA BE ALGARVE 



Abu-Otman Said ben-Harun, 1016-1043. 
Mohamed, hijo suyo, 1043-1052. 

Santa Maria >es anexionada al reino de Sevilla. 



MERTOLA 



Aben-Taifur, hasta 1044. 
Mertola es anexionada al 



BADAJOZ 

Sabur. 

A coaitinuacion los Aftasidas : 
Abu - Mohamed Abdala aben - Mohamed aben- 
Masdama, Almanzor I. 
Abu-Beer Mohamed, Modafar, hasta 1068. 
Yaihya, Almanzor II. 
Omar, MotauakiL hasta 1094. 



TOLEDO 



Yaix aben-Mohamed abeoi-Yaix, hasta 1036, 
A continuad6n, los Beni-Di-'n-nom : 
Ism-aaL Dafir, 1036-1038. 
Abu-'l-Hasan Yaihya Mcmun, 1038-1075. 

4 

Yahyia foeffi-Ismad beii-Yahya Cadir, 1075-1085. 



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* 



275 



ZARAGOZA 



Mondir aben-Yahya el Tochibita (*), hasta 
1039. 
A cantinaiacion, los Beni-Hud: 

Abu-Ayub SoUiman a/ben- Mohamted Mostain I, 
1039-1046-(7) , 

Amed Moctadir, 1046 (7) -1081. 

Yusof Mutamin, 1081-1085. 
Ataed Mostain II, 1085-1110 
Abdata^lic Imad-ad-daula, 1110. 



LA SAHLA— SU CAPITAL, ALBARRACIN 

LOS BENI-RAZIN 

Abu-Mohamad Hodail I aben-Jalaf aben-Lope. 
Aben-Eazin, desde 1011. 

AJbu-Merttan Abdataelic I aben-Jalaf, hermian© 
suyo. 

Aibu-Mohamed Hodail II Iz-<ad-dadla, foijo del 
anterior. 

' Abu - Menran Abd almeHic 1 1 Has am-ad.- d atiia , 
hasta 1103. 

Yahyia. 



(*> Un relato muy circunstanciado de Ben-Hayan — apud 
Aben-Basam, t. I, fol. 47 r. y v. — demuestra que he tenido 
razdn al decir an mis Investigaciones — t. I, ap&ndice num. 17— 
que no hubo en Zaragoza mas que un solo rey de esta fami- 
Iia„ esto es, Mondir, y que a este prfncipe, y no su hijo, fu6 a 
qulen asesinaron en 1039. 



276 



ALPUENTE. LOS BENI-CASIM 



Aibdala I aben-Casim el Fihrita. 
Nddam-ad^datila, hasta 1030. 
Mohamed Iomn-ad-daiila. 
Ahmed adod-ad^daula, hasta 1048 (9). 
Abdala II Ohaaia-ad-daula, hermano 
teriar, 1048 (9) -1092. 



/ 



VALENCIA 

Los eslavos Mobarac y Modafar. 
EI eslavo Lefoib, senor de Tortosa. 
Abdalaziz AlrnAnzor, 1021-1061. 
Abdalmelic Modafar, 1061-1065. 
Valencia se une al reino de Toledo. 
Marnun— de Toledo—, 1065-1075. 
Valencia se separa de To&edo. 
Abu-Beer ben- (Abdalaziz, 1075-1085. 

El cadi Otoan, hijo suyo, 1085. 
Cadir— ex rey de Toledo—, 1085-1092. 
Valencia se convierte en republica bajo la pre- 
sidencia de Aben-Cbaihaf , 1092-1094. 



DENIA 

Abu-l-^chsaix Mooheid Mouafac, hast 
Alf Icbal-ad-datila, 1044- (5) -1076. 
Es destronado por Moctadir de Zaraj 
Union de Denia al reino de Zaragoza 
Moctadir— -de Zaragoza—, 1076-1081. 



277 

h 

Moetadir divide sus Esfcados entre sus dos hi- 
jos; al que se llamaba el hachib Mondir le corres- 
ponden Lerida, Tortosa y Denia. 

El hachib Mondir, 1081-1091. 



MURCIA 

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Jairan-^de Almeria— , 1016 (7) -1028. 

Zohair— -de Almeria— , 1028-1038. 

Abdalaziz Almanzor — de Valencia — , 1038-1061. 

AMs!im<Mc Modafar — de Valencia — , 1061-1065. 

Durante el rein&do de estos tres <principes fue 
^obernador de Mureia Abu-Beer AHumed aben- 
Tmr. Muene en 1063. 

Su hijo Abu-Abderrahman Mc-hamed le sucede, 
1065-1078. 

Matamid — de Sevilla — . 

Ben-^Amiar. 

Aiben-Raxk, hasta 1090. 



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ALMERIA 

Jairan, hasta 1028. 

Zoair, 1028-1088. 

Abdalaziz Almanzor— -de Valencia — , 1038-1041 

A icontinuacian, los Beni So-madi. 

Abu-l-Ahuas Mam, 1041-1051. 

Mohamad Motetcm, 1051-1091. 

Iz-ad-dadk, 1091. 



JL 



;■•■■' FIN DE LA CRONOLOGIA 

-1, : r * 



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LISTA 

DE LAS OBBAS IMPRESAS Y MANUSCRITAS DE QUE SE 

HA SERVIDO EL AUTOR (1) 

Abad: Scriptorum arubum loci de Abbccdidis, ©di- 

ti a R. Dozy. Leyde, 1846. 
Abd- ail-ox ahid : Historia de los alnwhades, etc. 

Eddti K. Dozy. Leyde, 1847. 
Abu-Ismael 'al-Basri: Fotuh as-Xcum, ed. Lees, 

Ca-lcuta, 1854, en la Biblioteca Indica. 
Abu-'l-tfriahasdn : Annates, ed. Jwyiiboll. Leyde, 

1852 y sis. 

Agani: Alii Ispahaensis Liber Cantil e narwm mag- 
nits, ed. Kosegarten. Greitfswalde, 1840. 

Ahmed ben-Abi-Yacub : Kitab al-Boldan f man. de 
M. Muchflmsld, de San Peter aburgo. M. Juyn- 
iboll, fcrfjo, acaiba de pufolicar una ediciocn de esta 
obra. 

Ajbar mackmua, man. de Paris, num. 706. Ve*ase 
imi Introducci6n a la crondoa de Ben-Adari,. pa- 
ginal 10-12. Poseo una copia de este maxvus- 
crito. 



/ 



(1) He creldo que debla incluir esta Usta, porque he ci- 
tado mis documentos de un modo muy sucinto, y muchos de 
ellos flguran en mis colecclones. No nombro aquf log librog 
que no he cltado mas cue una o dos veces, porque he tent do 
cuidado, en el curso de la obra, de Indlcar la edlcI6n o el' ntS- 
mero cuando so trataba de manuscritos. 




279 

Mvaro : Vita Eulogii, en la Esp. Sagr. t t. X ; Epis- 
tolcte Indiculus luminosus, en la minima oitora, 

-u 

tamo XI. 

Annates Complutenses, en la Esp. Sagr., tamo 
XXIII. 

Annates Gompostellani, en la Esp. S$gr, f tomo 
XXIII. 

Annates Toledanos, en la Esp. Sagr., t. XXIII. 

Arib: Historia de Africa y de Espana, titulada 
al-Bayano H-wwgrib, por Ben-Aidari — de Ma- 
rruecos — , y fragimentas de la Crdnica de Arib, 
piublicada -par R. Dozy. Leyde, 1848 y sig. 

; Antigiiedades de EspaHa, Madrid, 
1719. 

Said de Toledo: Extracto de su Tabacat al-omwi, 
man. de Leyde, ntoi. 159. . 

Cart&s: A?maZeg regvm Mauritamae ccb Abu-l- 
Hasan Alt ben-Abdala ben-Abi-Zer Fesano 
conscripti, ed. Tomtepg. Uipsal, 1846. 

Cazuini: Cosmografia, ed. Wustenfeld. Goettin- 
"gue, 1848. 

X-anrastani: Historia de las sectas, ed. Oureton. 
Londres, 1842. 

Ckronicon Adefonsi Imperatoris, en la Espana Sa~ 

grada, t. XXI. 
Ohronicon Albeldensi, en la i£s;p. Sagr., t. XIII. 

Ckronicon Burgeme, m la ITsp. £to#r., t. XXIII. 
Ckronicon de Cardena, en la i£sp. £a#r., t. XXIII. 
Ckronicon Complutense, en la Esp, Sagr., t. XXIII. 

v. 

Ckronicon Compostellamwrti, en la Espana Sagra- 
dat, t. XXIII. * 



280 

Chronieon Conimbricense, en la Espana Sagradn* 

teno XXIII. 
Chronieon Iriense, en la Esp* S(tgr., t. XX. 
Chronieon Lusitanum, en la E$p, Sag?., t. XIV. 
Edrisi; Geografia, traducida por Jaubert. 
Espana Sagrada, por Florez, Risco, etc. Segunda 

edicion. Madrid, 1754-1850, 47 vol. 
Eulogio. Sws obras se encuentran en Schot, His- 

poma Ilustrada, t. IV. 
Fakiri : Historia de la Meca, irnan. - de Leyde, nu- 

anero 463. Vease mi catalogo, t. II, p. 170- 
Houiasa: Ham&sae Carmina, ed. Freytag 1 . Bonn, 

1828. 
Historia Compostellana, en la Esp. Sagr., t. XX. 
HJclad: Historia de Marruecos, man. de Leyde, nu- 

tmero 24. Coniparese con Abad, t. II, pp. 182 y 

siguientes. 
Homaidi : Diccionario Biogr&fico, man. de Oxford, 

Hunt 464. , 

Ben-ahi-Osaibia: Historia de los mSdicos. He he- 
cho copiar el capiMo relativo a los medicos 
arabe-espanoles del man. de Paris, mini. 673 
istuppl. ar., y M. Wright ha tenido la bondad de 
&notar iaft nuargen de es-fca copia las variances 
de los dos man. de Oxford, Hunt 171 y Tocok 356. 

Ben-Adari. Ve*ase Arib. 

Ben-al-Abar, en anis Noticms sobre algwnos mti- 

nuscritos dwabes. Leyde, 1847-1851. 
Ben^-Atir, man. de Paris. M. TorDuber^ ha te- 

nido la bondad de presfcarme eu cofpia. 
Ben-a/l-Guftia s man; de Barfs, n-toi. 706, Veasfe mi 






■x 



; * 



281 

Introduction a la Crdnica de Ben-Adcvri, p&gi- 

ixms 28-30. Poseo una copia de este manuscrito. 

Bernal-JiEutib : al-Ihata fi tariji Go/rnata, y el Com- 

(pendio de esta obra: Maroaz al-Ihata bi-odabai 

Garnata. B. man. de Berlin; E. man. de El Es- 
coxiail — onoichos articulos de este mianuscrito me 
las ha copiado M. Simonet — ; G. man. de M. de 
Gayangas; P. man. de Paris. Vease Abad, t. II, 
jpaginas 169-172, y mis Inve-stigaciones, t. I, pa- 

ginas 293, 294. 
Aiben-Badrun: Comentario historico sobre el poe- 
ma de Ben-Abdun, publ. por R. Dozy. Leyde, 

1846. 
AJben-Basasm : Dajira, t. I. M. Mio Mohl posee 
este voflnamen y ha tenido la bondad de pxestar- 
onelo. Este manusaxito pentenece al mismo ejem- 
(plar que el texoer voltuimen, que se halla en Go- 
tiha. T. II, man. die Oxford, num. 749 del Cata- 
logo de Uxi. T. Ill, man. de Gotha, nto. 266. 
M. de GayangO'3 posee tambien un manuscrito 
de este voliimen, del cual M. Wiright me ha he- 
cno el obsequio de coleccionar para mi loss pa- 
isajes de Ben-Hayan citados por Aben-Basam. 
Respecto a Aiben-Basam y a su Bajiri, veanse 
Abad, t. I, pp. 189 y sig., y el Journal Asiat., fe^ 

brero-marzo 1861. 
AJben-Batuta: Viajes, ed. Defremery y Sanguinat- 

^i.Tarfs, 1853 y sig. 
Aben-Coifcaiba, ed. Wwstenfeld. Goettingue, 1850. 

Ben-BDaMb. Vease Tarij. 

Ben-Hayan, man. d=e Oxford, vol. 509; Catal. de 



r'j 



v 



282 

Nicoll, num. 137. La copia que poseo de este 
■manuscrito flue hecha para mi tomaruMa de la 
de M. Wright. Vease tambien Aben-Basam. 

Ben-Hazm: Tratado de las religiones,' man. de 
Leyde, num. 480, Tratado del tvmor, man. de 
Leyde, num. 927. 

Aiben-Jacan: Matmah, mian. de Lon&res y de San 
Petersburg*). Calayid, man. de Leyde, numeros 
306 y 35. 

Aben-Jakkin : Prolegdmenos, ed. Quatramere, en 
las Noticias y extractos de los moyrwscritos de 
la Biblioteca imperial, t. XVI, XVII y XVIII. 
Tomo II — Historia de los Omeyas de 03*«iente— , 
(man. de Leyde, mini. 1.350, t. II. Tamo IV — His- 
toria de Espafia — , mam: de Paris, rmim. 742-4, 
suppl. ar., y de Leyde, num. 1.350, t. IV. His* 
toria de los bereberes, ed. de Slane, traduocian 
francesa del miamo. 

+ 

Istajri: Liber Climatum> ad similitudinent Cod. 

Gothani exprinenduni curavit Moeller. Gotiha, 

1839. 
Idaeio Ohronicon, en la Esp. Sagr., t. IV. 
Isidoro de Beja, en ila Esp, Sagr., t. VIII. Compa- 

r 

rese con mis Investigaciones, t. I, pp. 2 y &ig. 
Isidoro de Sevilla: Historia Gothorum, -en la Es- 
po/m Sagrada, t. VI. 

Joxani: Historia de los eadies de C6rdoba, marrus- 
crito de Oxford, rata. 127 dial Catalog© de Ni- 
coll. Poseo una copia de este mamiserito. 

Horente: Noticias de las tres Pr&vincias Vasccm- 
gadas. Madrid, 1806. 






28 



n 



Liucas de Tuy: Ghronicon viundi, en Schot, Espa- 
na Ilustradce, t. IV. 

Macari: Analecta$ sobre la historia y la litera- 
tura de los drabes en Espana, por al-Makari 
publicado por MM. Dozy, Dugat, KreM 3 
Wright. Leyde, 1855-61. 

Manuscrito de Meya, en las Memorias de la Aoa 
demia de la Historia, t. IV. 

M&sudi: Moruj ad-deheb, man. de Leyde, n&me 
ros 127 y 537 d. 

Mobarrad: Camil, man. de Leyde, nuim. 587. Vea 
se mi Gatalogo, t. I, ,pp. 204, 205. 

Men. Si'l. ; M&nachi Silensis Chronicon, en la Es 
pana Sagrada, t. XVII. 

Naua-ui: Diccionario biogrdfico, ed. Wustenfelc 

Goettkigrue, 1842-47. 

Noticias sobre algunos manuscritos drabes, po 
R. Dozy. Leyde, 1847-51. 

Nouairi: Historia de Espana. Cito las p&ginas d< 
man. de Leyde, num. 2 h*; pero he confrontad 
ouidadosaonente el man. de Piaris, mim, 645, qt 
es mucho niejor y llena muchas iagiunas. 

Paulo Esmeritense: De vita P. P. Emeritensiur, 
en la Esp. Sagr., t. XIII. 

Pelagio de Oviedo, en la Esp. S<tgr„ t. XIV. 

Raihan al-albab, man. de !Leyde, num. 145. Vea 
oni OataHogo, t. I, pp. 268, 269. 

Raai, tradiueci6n espanola. Crdnica del Moro R 
sis, en 3us Memorias de la Academia de la Hi 

itaria, t. VIII. Comparese coori' mi Introduction 
la Crdnica de Ben-Adari, pp. 24, 25. 



284 

Investigaciones sobre la historia y la literatura && 
Espana 1 durante la Edad Media, por K. Dozy, 
Primera edicion , Leyde, 1849. Segxmda edition, 
Leyde, 1860. 

Rodrigo de Toledo: De rebus Hispanicis, en Schot, 
Espana Ilustrada, t. II. La me jar edicion de su 
Historia Arabum se encuentra en Eknatini, His~ 
toria S&racenica, ed. Erpenitts. 

Sampiro: Chronicon, en la Esp, Sa-gr., t. XIV. 

Samson : Apologeticus y en la Esp. Sagr., t. XI. 

Sebastian: Sebastwm Chronicon, en la Espana . 
Sagrada, t. XIII. 

Sota: Chronica de los prindpes de Asturias y 
Cmtabria. Madrid, 1681. 

Tabard: Annates, ed. Kosegarten. 

Tcmj ben-Hakib, inan. de Oxford, Catalogo de Ni- 
coll, nlxm. 127. Compdrese con mis Investigacio- 
nes, t. I, pp. 32 y sig. 

Vita Beatae Virginis Argenteae f en la Espana Sa- 
grada, t. X. 

Vita Johannis Gorziensis, en Pertz, Monwnenta 
Germaniae, t IV de los E&critores. 



FIN DE LA LISTA 



INDICE DEL TOMO IV 



i. 



rv. 



Pags. • 



5 



n 26 

III 44 



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52 






vii... .;..-..... u. *.. v. !!-... ;.'.;]. .*,:&.*,??:..: 87 



VIII 106 

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X : 133 

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