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Full text of "COLECCION HISTORIA DE AMERICA LATINA-BETHELL TOMOS DEL 1 AL 8 Y DICCIONARIO DE TEODOROV"

LESLIE BETHELL, ed. 

HISTORIA 

DE 

AMÉRICA LATINA 



7. AMERICA LATINA: 
ECONOMÍA Y SOCIEDAD, c. 1870-1930 



EDITORIAL CRITICA 

BARCELONA 



HISTORIA DE AMERICA LATINA 




SERIE MAYOR 

Directores: 
JOSEP FONTANA y GONZALO PONTÓN 



Leslie Bethell, catedrático de historia de América Latina, 
Universidad de Londres 

Arnold Bauer, catedrático de historia, Universidad de California en Davis 
William Glade, catedrático de economía, Universidad de Texas en Austin 
Michael M. Hall, catedrático de historia, Universidade Estadual de Campiñas, 

Brasil 
Colín M. Lewis, lecíurer en historia económica de América Latina, London 

School of Economics and Political Science e Institute of Latin American Stu- 

dies, Universidad de Londres 
Manuel Moreno Fraginals, La Habana 

Nicolás Sánchez-Albornoz, director del Instituto Cervantes, Alcalá de Henares 
James R. Scobie 

Robert Freeman Smith, catedrático de historia, Universidad de Toledo, Ohio 
Hobart A. Spalding, Jr., catedrático de historia, Universidad de la Ciudad de 

Nueva York 
Rosemary Thorp, fellow del St. Antony's College, Oxford 



Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las 
sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o 
procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejem- 
plares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. 

Título original: 

THE CAMBRIDGE HISTORY OF LATÍN AMERICA 

IV. C. 1 870 To 1930 



Diseño de la colección y cubierta: Enric Satué 

© 1986: Cambridge University Press, Cambridge 

© 1991 de la traducción castellana para España y América: 

Editorial Crítica, S.A., Aragó, 385, 08013 Barcelona 

ISBN: 84-7423-435-2 obra completa 

ISBN: 84-7423-524-3 tomo 7 

Depósito legal: B. 39.964-1991 

Impreso en España 

1991. — HUROPE, S.A., Recaredo, 2, 08005 Barcelona 



PREFACIO 



Los primeros cuatro volúmenes de la Historia de América Latina de Cam- 
bridge se ocupan principalmente de los aspectos económicos, sociales, políticos, 
intelectuales y culturales de los tres siglos de gobierno colonial español y (en el 
caso de Brasil) portugués, comprendidos entre el «descubrimiento», la invasión, 
la conquista y la colonización del «Nuevo Mundo» por los europeos, a finales 
del siglo xv y comienzos del xvi, y la víspera de la independencia latinoamerica- 
na en las postrimerías del xviu y principios del xix. 

Los volúmenes quinto y sexto examinan el fracaso y el derrocamiento del ré- 
gimen colonial que tuvieron lugar en toda América Latina (a excepción de Cuba 
y Puerto Rico) durante el primer cuarto del siglo xix, y la historia económica, 
social y política durante el medio siglo posterior a la independencia (entre aproxi- 
madamente 1820 y 1870). En los cuatro volúmenes siguientes se analiza la situa- 
ción de América Latina hasta 1930. 

Durante el primer medio siglo que siguió a la independencia, América Latina 
experimentó, en el mejor de los casos, únicamente unas tasas muy modestas de 
crecimiento económico y, al menos en Hispanoamérica, violentos conflictos polí- 
ticos e ideológicos, así como una considerable inestabilidad política. Aparte de 
la guerra entre México y los Estados Unidos (1846-1848) y de frecuentes interven- 
ciones extranjeras, especialmente británicas, también hubo, al finalizar el perío- 
do, dos conflictos importantes entre estados latinoamericanos: la guerra de la 
Triple Alianza (1865-1870) y la guerra del Pacifico (1879-1883). Contrastando 
con ello, el medio siglo siguiente, y sobre todo el período que concluyó con la 
primera guerra mundial, fue para la mayoría de los países latinoamericanos una 
«edad de oro» caracterizada por el crecimiento económico inducido de forma 
predominante por las exportaciones, de prosperidad material (al menos para las 
clases dominantes y las clases medias de las ciudades), de consenso ideológico 
y, con algunas excepciones notables como México durante la revolución 
(1910-1920), de estabilidad política. Asimismo, aunque continuaron las interven- 
ciones extranjeras — principalmente las norteamericanas en México, América Cen- 
tral y el Caribe—, no hubo importantes conflictos internacionales en América 
Latina entre el fin de la guerra del Pacífico (1883) y el estallido de la guerra 
del Chaco (1932). 

El séptimo volumen lo forman nueve capítulos de carácter general sobre la 
historia económica y social del conjunto de América Latina. Dos capítulos exa- 



VIII HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

minan el crecimiento de las economías latinoamericanas, el primero en el período 
1870-1914, el segundo en los años que van de la primera guerra mundial a la 
víspera de la depresión mundial del decenio dé 1930. Este crecimiento fue en gran 
parte fruto de la gran aceleración de la incorporación de las economías latinoa- 
mericanas, como productoras básicas, en la economía internacional en expan- 
sión, así como de significativas entradas de capital extranjero, particularmente 
británico y, en el siglo xx, norteamericano. Al mismo tiempo, no se pasan por 
alto los mercados nacionales y la acumulación de capital igualmente nacional. 
Las relaciones de América Latina con las principales potencias europeas y, sobre 
todo en América Central y el Caribe, con los Estados Unidos, cada vez más ex- 
pansionistas, se tratan por separado. Otro capítulo analiza el crecimiento de la 
población latinoamericana (de 30 millones en 1850 a 105 millones en 1930), que 
en parte fue producido por la inmigración en masa de europeos, singularmente 
en Argentina y Brasil. El profundo efecto de la penetración capitalista en el mun- 
do rural es la materia de que se ocupan dos capítulos, uno de los cuales se con- 
centra en las tradicionales tierras altas de México, América Central y los Andes, 
y el otro en el Caribe español. El primero de ellos, a la vez que afirma que las 
economías y sociedades rurales experimentaron mayores cambios en el período 
de 1870-1930 que en cualquier otra época anterior exceptuando la conquista, tam- 
bién se propone demostrar que en muchas zonas rurales, especialmente en los 
Andes, las fuerzas de cambio encontraron resistencia y continuaron existiendo 
estructuras precapitalistas. La sociedad urbana también experimentó cambios rá- 
pidos en este período, y hay capítulos que examinan por separado el crecimiento 
de las ciudades latinoamericanas, en especial ciudades importantes como Buenos 
Aires, Río de Janeiro y Ciudad de México, todas las cuales ya tenían entre uno 
y dos millones de habitantes en 1930 y rivalizaban con las principales urbes de 
Europa y los Estados Unidos; los comienzos de la industria, sobre todo en Brasil, 
Argentina, Chile, Colombia y México; y la aparición de una clase trabajadora 
urbana como fuerza significativa en muchas repúblicas, así como la historia de 
los primeros movimientos obreros de América Latina. 

El octavo volumen examina la cultura y la sociedad en América Latina duran- 
te el siglo que siguió a la independencia y especialmente en el período de 1870-1930. 
Empieza con un capítulo que trata la evolución de las ideas políticas y sociales 
(y en especial la adaptación del liberalismo a unas sociedades muy estratificadas 
que tenían economías subdesarrolladas y una tradición política de autoritarismo, 
así como la influencia del positivismo en las élites gobernantes e intelectuales). 
Un segundo capítulo examina de qué modo la Iglesia católica latinoamericana 
se ajustó a la disminución de su poder y sus privilegios en una era secular, al 
mismo tiempo que conservaba la adhesión de la inmensa mayoría de los latinoa- 
mericanos. Finalmente, dos capítulos hablan de movimientos importantes y de 
notables logros individuales en la literatura, la música y el arte de América Lati- 
na en este período. 

Los volúmenes noveno y décimo se componen de capítulos sobre la historia 
económica, social y, sobre todo, política de los distintos países latinoamericanos 
desde c. 7570 hasta 1930. El volumen noveno se ocupa de la historia de México, 
América Central y el Caribe. En la primera parte, dedicada a México, hay capítu- 
- los sobre el Porfiriato (los treinta y cinco años de dictadura de Porfirio Díaz, 



1876-1910), la revolución y la reconstrucción bajo la «dinastía sonorense» duran- 
te el decenio de ¡920. La segunda parte dedica un capítulo único a las cinco repú- 
blicas de América Central y capítulos a Cuba, Puerto Rico, la República Domini- 
cana y Haití. El décimo volumen está dedicado a América del Sur. La primera 
parte consiste en cuatro capítulos sobre la evolución económica, social y política 
de Argentina, que en muchos aspectos era ya la nación más avanzada de América 
Latina en 1930, y capítulos individuales sobre Uruguay y Paraguay. La segunda 
parte contiene capítulos referentes a Chile, Bolivia y Perú en el medio siglo que 
empezó al concluir la guerra del Pacífico y capítulos que hablan de Colombia, 
Ecuador y Venezuela. Finalmente, en la tercera parte, dedicada a Brasil, hay ca- 
pítulos que estudian su economía dominada por el café en este período, el siste- 
ma político y la política reformista durante los últimos tiempos del imperio 
(1870-1889) y la estructura social y política de la primera república (1889-1930). 

Muchos de los historiadores que escribieron capítulos para estos cuatro volú- 
menes — doce de ellos norteamericanos, ocho latinoamericanos (tres brasileños, 
dos argentinos, dos cubanos y un uruguayo), doce europeos y un puertorriqueño — 
también leyeron y comentaron los capítulos de sus colegas. En este sentido estoy 
especialmente agradecido a Malcolm Deas, Ezequiel Gallo y Colin Lewis. Ade- 
más, Christopher Abel, Alan Knight y Rory Miller aportaron valoraciones críti- 
cas de más de uno de estos capítulos. Varios historiadores latinoamericanos e 
historiadores de América Latina han dado consejos valiosos y aliento desde el 
principio mismo de este proyecto. Quisiera aprovechar la presente oportunidad 
para dar las gracias, en especial, a John Lynch y a Richard Morse. 

Elizabeth Wetton, de la Cambridge University Press, se encargó de preparar 
la edición original de estos volúmenes. De nuevo debo reconocer mi deuda con 
Josep Fontana y Gonzalo Pontón, y agradecerles su dedicación y empeño en la 
buena marcha de la presente edición castellana. 

Leslie Bethell 



Capítulo 1 

AMÉRICA LATINA Y LA ECONOMÍA 
INTERNACIONAL, 1870-1914 

Introducción 

El medio siglo que siguió a las guerras de independencia en América Latina, 
esto es, el período comprendido entre el decenio de 1820 y el de 1860 o 1870, 
había sido, en general, decepcionante en lo que se refiere al crecimiento económi- 
co, si bien aquí y allá, en el ámbito de alguna estructura un tanto precaria pero, 
a pesar de ello, cambiante, se hicieron modestos progresos materiales y de orga- 
nización. En el conjunto de la región, la desigual difusión de la comercialización 
durante el período colonial había dejado un complejo mosaico de relaciones de 
producción capitalistas y no capitalistas, que iban desde las redes de trabajo recí- 
proco, la esclavitud, otros regímenes de trabajo obligatorio y la remisión de deu- 
das por medio del trabajo, hasta la aparcería y diversas formas de terrazgo, el 
trabajo asalariado y la producción de artículos básicos en pequeña escala por 
parte de artesanos y pequeños campesinos. La propiedad comunal de la tierra 
seguía existiendo al lado de propiedades privadas, tanto grandes como pequeñas, 
a la vez que otras propiedades rurales eran controladas por las autoridades ecle- 
siásticas y públicas. Poco a poco, sin embargo, a lo largo de varios decenios, 
ganaron terreno relaciones más compatibles con los modos de interacción capita- 
listas, a medida que iban cayendo en desuso los antiguos mecanismos coloniales 
de distribución de recursos y tenía lugar la expansión del sistema capitalista mun- 
dial. Medio siglo de cambio incremental no había bastado para transformar la 
organización económica de América Latina, pero sí produjo una alteración sufi- 
ciente de las condiciones que harían posibles los avances institucionales y tecno- 
lógicos de tipo más extenso que hubo en el período 1870-1914. 

Se estaba procediendo a desmantelar los sistemas reguladores creados durante 
el período colonial, al mismo tiempo que la administración pública se venía aba- 
jo y se trazaban nuevas fronteras nacionales, que a veces eran motivo de dispu- 
tas. Estos acontecimientos perturbaron el comercio local y en muchos casos detu- 
vieron las anteriores corrientes interregionales (que a la sazón ya eran entre países) 



HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 




América Latina en 1900 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 3 

o dentro de América Latina, a la vez que la fuerte atracción gravitato- 
ria de las economías en expansión del Atlántico Norte reorientaba la vida econó- 
mica hacia una participación paulatinamente mayor en un intercambio mundial 
que ya no se veía determinado por la política comercial ibérica. Por ejemplo, 
se había registrado un auge súbito de las exportaciones de guano de Perú a prin- 
cipios del decenio de 1840; en el mismo decenio empezó el rápido crecimiento 
de las exportaciones de mineral chileno y lana argentina; lo mismo ocurrió con 
las de café brasileño, y en otras partes se hicieron notables progresos, sobre todo 
en la exportación de productos agrícolas, antes de 1870. 

Además de brindar nuevas e importantes oportunidades de crecimiento, esta 
reorientación trajo consigo una dislocación del comercio que entrañó costes para 
varios elementos de la economía de la región: la mengua de la producción artesa- 
nal y la extinción virtual de los talleres manufactureros u obrajes, la decadencia 
económica de algunas regiones, el deterioro de los sistemas de transporte interre- 
gionales. Pero difícilmente podía preverse en aquel momento lo que a la larga 
quizá fue una de las pérdidas institucionales más significativas. La integración 
de la región en la economía mundial y la correspondiente facilidad de obtener 
préstamos del extranjero contribuyeron a sofocar el potencial para la producción 
local de tecnología que pudiera existir aun después de los intentos de moderniza- 
ción que la corona española hiciera en los últimos decenios de la época colonial, 
así como a obstaculizar el crecimiento de la experiencia manufacturera en el con- 
tinente. Las transferencias de tecnología que tuvieron lugar aumentaron la pro- 
ductividad en las Américas, y es indudable que con ello la producción total creció 
más rápidamente de lo que hubiera crecido sin ellas. A pesar de todo, es un hecho 
que este tipo de prestación cultural cruzada no consiguió persuadir ni ayudar a los 
países prestatarios a emprender el perfeccionamiento de su propia tecnología. De- 
bido a la relación coste-beneficio, a corto plazo era mucho más fácil — y más 
racional — adquirir nuevos métodos de producción en Europa que crear la clase 
de ambiente social que hubiera estimulado la generación local de tales métodos. 

Al pasar el control y la utilización del superávit económico de los gobernantes 
imperiales a los nuevos gobiernos nacionales, las disputas entre facciones se mez- 
claron con las rivalidades interregionales y la inexperiencia político-administrati- 
va, lo que originó conflictos tan perjudiciales para la buena marcha de los nego- 
cios como antes lo había sido el derrumbamiento casi total de la estructura 
financiera colonial. De hecho, los primeros tiempos después de la independencia, 
con sus repetidos golpes de Estado y levantamientos militares, habían constituido 
un período de excepcional fluidez política. No es siempre fácil determinar la co- 
rrelación de fuerzas sociales que dieron forma a la política económica un tanto 
irregular de las naciones durante el período posterior a la independencia. Nuevos 
sistemas monetarios interpusieron nuevas incertidumbres, cosa que hizo también 
el estado de frecuente desorden de las finanzas públicas. La ineficiencia, la indis- 
ciplina y la corrupción que atormentan a tantos estados nuevos de hoy no eran 
menos funestas y extendidas entonces. Y, en cierta medida, estos factores fueron 
la causa de la inestabilidad y la inseguridad, en modo alguno insignificantes, que 
aquejaban el ambiente contractual y jurídico, especialmente en los casos de las 
operaciones en gran escala y las transacciones que tenían lugar durante períodos 



4 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

Por desgracia, los trastornos institucionales de esta clase habían sido un obs- 
táculo para América Latina durante un período en el cual el volumen real del 
comercio mundial fue en aumento; después de 1850, creció a un ritmo posible- 
mente más rápido incluso que entre 1870 y 1914. El crecimiento demográfico 
en Europa y América del Norte, los efectos aceleradores de las inversiones que 
indujo dicho crecimiento, junto con los cambios en la tecnología de la produc- 
ción y el transporte, obraron recíprocamente en las economías metropolitanas 
e incrementaron la capacidad de exportar e importar. Con el paso del tiempo, 
esto ofrecería oportunidades comerciales cada vez más atractivas para América 
Latina cuando mejorase su ambiente político. Hasta que llegó ese momento, y 
a pesar de las numerosas empresas que fracasaron durante el período anterior 
a 1870, fue acumulándose mucha información, que luego tendría valor económi- 
co, relativa a los recursos y las posibilidades productivas de la región. Los euro- 
peos habían establecido cabezas de playa mercantiles en los principales puertos 
y otros centros de población, nuevas rutas marítimas conectaban América Latina 
con los centros de crecimiento del Atlántico Norte y, cada vez más, se disponía 
de los medios que hacían falta para explotar los mercados de capital y dinero 
europeos y, en menor medida, estadounidenses. Durante todo este tiempo, seg- 
mentos influyentes de la sociedad latinoamericana fueron adquiriendo una apre- 
ciación más completa de lo que tal vez tenía en reserva el futuro (al menos para 
ellos) si se lograba consolidar los lazos con la vanguardia de la Revolución indus- 
trial. 

Al entrar América Latina en el último tercio del siglo xix, el clima económi- 
co, que desde la independencia se había visto trastornado en su mayor parte por 
la inestabilidad política, empezó a adquirir un carácter más sosegado. Lo mismo 
ocurrió con el traslado del marco de referencia derivado de la política jurídica 
y pública. Esto no quiere decir que en la vida política latinoamericana dominase 
un clima de serena sobriedad. Personajes estrafalarios seguían abarrotando el 
escenario político de la América Latina finisecular, cuya característica sobresa- 
liente era a menudo un faccionalismo desequilibrador. La manipulación de los 
procesos electorales era corriente. Con no poca frecuencia, la vida política recor- 
daba la de principios de siglo. Sin embargo, a pesar de disputas episódicas entre 
regiones, clases y facciones, poco a poco la autoridad gubernamental fue hacién- 
dose más estable y más omnipresente. Asimismo, los conflictos internacionales 
serios fueron pocos, lo que tal vez sea sorprendente, y el más importante de ellos 
fue la guerra del Pacífico (1879-1883), en la cual la desventurada Bolivia perdió 
su acceso al mar y tanto ésta como Perú fueron desposeídos por Chile de sus 
principales yacimientos de nitrato. 

Brasil, Chile, Argentina y México se destacaron de la mayoría de las otras 
naciones latinoamericanas en la medida en que la estabilización de la vida políti- 
ca nacional permitió que la maquinaria del Estado se dedicara a afianzar la base 
normativa de la prosperidad material. En el caso de Brasil, que se había librado 
de los anteriores tiempos turbulentos de la América hispánica, el largo reinado 
de un monarca progresista y esclarecido, dentro de la mejor tradición europea 
del siglo xix, culminó, durante el período 1888-1889, con la abolición notable- 
mente pacífica de la esclavitud y la instauración de una república. Exceptuando 



INTERNACIONAL, 1870-1914 5 

una breve guerra civil a comienzos del decenio de 1890, la estabilidad nunca se 
vio seriamente amenazada, a la vez que una dirección política razonablemente 
constructiva permitió mantener un clima favorable a las inversiones, llamó la aten- 
ción de los extranjeros e hizo posible que la economía se beneficiara considera- 
blemente del auge de las exportaciones que estaba transformando las pautas eco- 
nómicas y geográficas de la nación. También Chile, que gozaba de relativa 
estabilidad incluso antes de 1850, había empezado con buen pie la tarea de crear 
un ambiente económico y social que fuera relativamente favorable al progreso 
material. Hubo las interrupciones de la guerra del Pacífico (aunque ésta aumentó 
de modo considerable la base de recursos de Chile) y la guerra civil de 1891, 
que supuso el fin de la administración nacionalista e intervencionista de Balmace- 
da. Pero en Chile, como en Argentina, que hasta 1880 estuvo sometida a graves 
conflictos internos, una clase de propietarios reformadores se unió a una pluto- 
cracia de origen mercantil y financiero (y, en el caso de Chile, de propietarios 
de minas) para crear una coalición que presidió una oleada larga, aunque sujeta 
a fluctuaciones, de expansión económica. Tan afortunado fue el gobierno oligár- 
quico en Argentina, que una región que se encontraba en su mayor parte vacía 
al finalizar el período colonial se convirtió en un núcleo económico singularmen- 
te receptivo a las nuevas ideas, actitudes y modos de conducta, así como a los 
nuevos métodos de producción fomentados por los contactos económicos con 
otros países. En México, el otro escenario principal de crecimiento económico 
en el período 1870-1914, tras padecer medio siglo de desorden casi constante des- 
pués de separarse de España, una época cada vez más autocrática de gobierno 
liberal, conocida por la Reforma, dio paso, en 1876, al porfiriato, administra- 
ción firmemente autoritaria que impuso la estabilidad política al país y cortejó 
a las empresas extranjeras hasta su caída en 1911. Si bien el gobierno de Porfirio 
Díaz dejaba mucho que desear desde el punto de vista de la democracia liberal, 
recibió el espaldarazo de los inversionistas extranjeros, conscientes de las fortu- 
nas que podían amasarse vinculando los diversos recursos de México a los merca- 
dos en rápido crecimiento de los Estados Unidos y Europa. 

En otras partes de América Latina la historia de este período fue desigual. 
Donde existió cierta apariencia de orden político lo más frecuente era que ello 
se debiese a la tutela de los dictadores, algunos de los cuales duraron mucho; 
por ejemplo, Antonio Guzmán Blanco (1870-1887) y Juan Vicente Gómez 
(1908-1935) en Venezuela, Justo Rufino Barrios (1871-1885) y Manuel Estrada 
Cabrera (1898-1920) en Guatemala. No obstante, incluso en los estados donde 
reinaba mayor desorden político, es evidente que las tasas de rendimiento que 
se esperaban en, como mínimo, algunas empresas comerciales y algunas emisio- 
nes de bonos alcanzaban el nivel necesario para inducir a empresarios e inversio- 
nistas, tanto nacionales como extranjeros, a cargar con la tarea de crear nuevas 
empresas comerciales y agrícolas, aunque sólo fueran empresas destinadas a sa- 
tisfacer las necesidades de los consumidores ricos de las capitales y otros centros 
urbanos principales. 

Dicho de otro modo, en el decenio de 1870, zonas importantes de América 
Latina ofrecían un clima mucho más hospitalario — esto es, seguro — para la in- 
versión de capitales extranjeros que el que habían ofrecido hasta entonces, refor- 
zando la afinidad cultural básica que les daba vínculos más estrechos y más am- 



6 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

plios con los países exportadores de capital que los que existían entre éstos y 
Asia, África o el Oriente Medio. (En estas regiones, la subyugación política susti- 
tuía en parte a la afinidad cultural en la creación de los sistemas de información 
económica y la estructura común de transacciones y expectativas asociados con 
la propagación de un mercado mundial.) La mayor estabilidad de la estructura 
institucional de los negocios no sólo hizo que América Latina resultara más atrac- 
tiva a ojos de los inversionistas extranjeros, sino que, además, contribuyó a la 
acumulación de capital y a las inversiones privadas en los propios países latino- 
americanos. Asimismo, por medio de los efectos en los cálculos de riesgos y la 
amortización de las deudas, influía directamente en el nada despreciable movi- 
miento de capitales desde los mercados de las economías del Atlántico Norte ha- 
cia los sectores públicos de América Latina, movimiento que probablemente be- 
neficiaba mucho más a los intermediarios financieros y a los políticos que 
negociaban estas operaciones que a los prestatarios o los prestamistas propia- 
mente dichos. Si bien los años comprendidos entre 1870 y 1914 fueron claramen- 
te los del alto capitalismo, con todo lo que ello entrañaba para la dependencia 
del sector privado, conviene no pasar por alto que estas grandes transferencias 
de recursos también se efectuaban a través del mecanismo de préstamos del go- 
bierno, con una mejora importante de la infraestructura de la región (y el creci- 
miento de su deuda exterior) como resultado; 

Asimismo, si bien la improbidad gubernamental y cierta flexibilidad de la ad- 
ministración fiscal distaron mucho de eliminarse de alguna parte de la región, 
la estabilidad de los regímenes, prescindiendo de cuáles fueran los costes huma- 
nos, tendía a elevar la eficiencia con que se utilizaban las transferencias de capital 
a largo plazo, aunque sólo fuese porque eran menores el despilfarro y el hurto 
asociados con los cambios de gobierno frecuentes e irregulares, y porque aumen- 
taba bastante la oportunidad de acumular competencia administrativa por medio 
del aprendizaje práctico. Poca duda cabe de que las inversiones sociales se lleva- 
ban a cabo con mayor eficiencia en Argentina o en Chile, pongamos por caso, 
que en Bolivia y Ecuador, en México o Brasil que en Haití o El Salvador, aunque 
esto no equivale a negar que, desde el punto de vista de las capacidades de creci- 
miento a largo plazo, tanto los gobiernos como los mercados distribuyeron desa- 
certadamente cantidades importantes de recursos, incluso en las principales eco- 
nomías de la región. 

Aunque las condiciones políticas más estables contribuyeron al crecimiento 
de las inversiones, la producción y el comercio, la relación/ no era sólo unidirec- 
cional, sino también interactiva por cuanto el crecimiento de los ingresos de ex- ■ 
portación y, por ende, de la capacidad de importar facilitó la recaudación de 
recursos tanto para las inversiones patrocinadas por el gobierno como para los 
gastos corrientes. La subida a largo plazo de los impuestos comerciales, princi- 
palmente de los derechos de importación, dio a los gobiernos una base fiscal mu- 
cho más amplia de la que tenían antes, tanto directamente, bajo la forma de 
los ingresos propiamente dichos, como indirectamente, bajo la forma de un ma- 
yor volumen de empréstitos que podrían emitirse en el extranjero gracias a la 
recaudación impositiva que se preveía. A su vez, las finanzas públicas generadas 
por el crecimiento del sector exterior no sólo permitieron a los gobiernos comprar 
más fácilmente los medios de represión (aspecto que probablemente se ha exage- 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 

rado en la historia política), sino que también proporcionaron los medios para 
no tener que recurrir a una mayor carga de impuestos internos, lo que siempre 
era motivo de conflictos políticos, y para generar el empleo y los beneficios que 
incrementarían la aceptabilidad del régimen entre importantes sectores locales. 
Puede que la hinchazón de las nóminas públicas fuese tachada de «empleoma- 
nía» por más de un crítico de la época, pero facilitó una forma políticamente 
conveniente de tratar con gentes que tal vez hubieran causado problemas si les 
hubieran dejado hacer lo que quisieran. 

A la larga, fue la complementariedad de los recursos con el mercado lo que 
influyó de modo importante en la respuesta que las distintas economías latino- 
americanas dieron a las oportunidades que ofrecía el crecimiento del comercio 
internacional. La totalidad del siglo xix se caracterizó por la expansión general 
de las exportaciones, y el comercio mundial de productos básicos creció más rápi- 
damente que el de manufacturas hasta el último cuarto de dicho siglo, período 
durante el cual las dos tasas de expansión fueron aproximadamente iguales: alre- 
dedor de un 3 por 100 anual. Luego, una vez empezado el siglo xx, el comercio 
de manufacturas creció con mayor rapidez, a razón del 4,5 por 100 anual, com- 
parado con, aproximadamente, el 3 por 100 de los productos básicos. Los efectos 
de estas tendencias en la región fueron grandes, aunque tan diversos, sin embargo, 
que una heterogeneidad creciente ya caracterizaba a la región a medida que iba 
acercándose al último cuarto de siglo. Con todo, la amplia divergencia de expe- 
riencias entre los países latinoamericanos, en lo que se refiere a la exportación 
de productos básicos, sólo en parte podía explicarse atendiendo a los recursos 
naturales de los distintos países y a las consecuencias sociales de los diferentes 
métodos de producción de las industrias exportadoras. Las condiciones institu- 
cionales dentro de las repúblicas también contribuían a configurar sus diferentes 
resultados económicos. En este sentido, la estabilidad y la continuidad políticas 
constituían factores tan influyentes, y no en menor medida porque estuvieran 
tan íntimamente relacionados con los movimientos internacionales de capital, tec- 
nología y, en algunos casos, mano de obra, que creaban recursos partiendo de 
las dotaciones naturales de tierra, minerales y clima. 

En cierto sentido, lo que ocurrió en América Latina entre 1870 y 1914 fue 
irrefutable. El motor principal del crecimiento en este período fue la producción 
industrial en países del centro económico, con los cambios sociales y económicos 
que la acompañaban. La tasa total de crecimiento en estas economías avanzadas 
la determinaba en gran parte la tasa de crecimiento de la producción industrial, 
que a su vez determinaba la tasa de incremento de la demanda de exportaciones 
procedentes de las economías periféricas, incluyendo las latinoamericanas. Al mis- 
mo tiempo, los aumentos del superávit económico del centro, así como los cam- 
bios en su composición, daban a las regiones industrialmente avanzadas los me- 
dios técnicos y económicos que hacían falta para que las regiones periféricas se 
introdujeran cada vez más en el campo de gravedad económico, el mercado mun- 
dial capitalista. 

Como parte de este proceso mundial, América Latina se vio cada vez más 
integrada o, como suelen decir los latinoamericanos, «inserta», en la estructura 
de articulación subordinante que proporcionaba el sistema del mercado mundial. 



8 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

Algunos estudiosos opinan que este proceso empezó con la conquista; otros, ha- 
cia mediados del siglo xvni. Sin embargo, no es necesario que nos preocupemos 
aquí por la medida en que los sistemas económicos de América Latina estaban 
relacionados con los del capitalismo del Atlántico Norte antes de mediados del 
siglo xix. Lo que para nuestros fines es más importante es que en 1870 el proce- 
so ya había empezado e incluso se estaba acelerando en la mayor parte de Améri- 
ca Latina. Que la tasa de crecimiento del comercio mundial de productos básicos 
mostrara un promedio un poco más alto antes de 1870 (por ejemplo, alrededor 
del 4,3 por 100 anual de 1853 a 1872) que en lo sucesivo (alrededor del 3 por 
100 anual de 1872 a 1913) no contradice la creciente influencia del mercado mun- 
dial en las pautas nacionales de distribución de recursos en América Latina. En 
primer lugar, la magnitud absoluta de los incrementos en el comercio mundial 
de productos básicos generalmente aumentaba incluso cuando la tasa descendía 
a causa de una expansión de la base estadística. Además, el comercio mundial 
de manufacturas incluía de forma creciente el comercio de bienes de inversión, 
con lo cual partes importantes de los sistemas de producción de América Latina 
se vieron transformadas entre 1870 y 1913. 

El crecimiento de los sectores exteriores latinoamericanos no fue un proceso 
continuo, toda vez que chocó con el obstáculo de la inestabilidad periódica de 
las economías centrales del capitalismo. La crisis posterior a 1873, por ejemplo, 
debilitó un poco los precios de las exportaciones e hizo necesaria una reprogra- 
mación de la deuda exterior de Honduras, Costa Rica, la República Dominicana, 
Paraguay, Bolivia, Guatemala, Uruguay y Perú. Argentina, Chile y Colombia 
también resultaron hondamente afectados. La recesión que las economías britá- 
nica y francesa sufrieron entre mediados y finales del decenio de 1880 tuvo me- 
nos repercusiones, pero la crisis económica de la mayoría de los países industria- 
les avanzados durante la primera mitad del decenio de 1890 coincidió con la crisis 
de Baring, el incumplimiento de los pagos por parte de Argentina y una fuerte 
caída de los empréstitos extranjeros en general. México, con su régimen político 
cada vez más impopular, sufrió de modo especial las consecuencias de la recesión 
de 1907-1908, desaceleración que también se hizo sentir en otras partes. La ines- 
tabilidad de los precios de las exportaciones vino a complicar aún más la situa- 
ción. Los precios del algodón, de la lana y del trigo, por ejemplo, en general 
descendieron entre finales del decenio de 1860 y mediados del de 1890. Los pre- 
cios del café bajaron a principios del decenio de 1880, subieron mucho después, 
luego descendieron aún más hasta principios del decenio de 1900. De modo más 
amplio, los términos de intercambio correspondientes a los productos básicos re- 
gistraron un movimiento un tanto adverso en los decenios de 1880 y 1890, pero 
mejoraron a comienzos del de 1900. El sector exterior, pues, no fue una fuente 
infalible de apoyo, ni siquiera antes de las serias crisis del siglo xx. 

No obstante, dejando a un lado las variaciones del volumen comercial y de 
los precios, lo cierto es que la expansión económica de América Latina en el pe- 
ríodo que estamos estudiando continuó siendo inducida abrumadoramente por 
las exportaciones y, por ende, por la atracción de la demanda en las economías 
industriales avanzadas. Las economías latinoamericanas reaccionaron de diver- 
sas maneras ante estos estímulos, y el resultado fue que la diferenciación estruc- 
tural entre los países y las regiones del hemisferio, que, por supuesto, ya existía 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 9 

antes de 1870, aumentó todavía más. En 1914 los contrastes económicos en Amé- 
rica Latina ya eran mucho más acentuados que medio siglo y pico antes. De he- 
cho, la época se caracterizaba tanto por una reorientación de los procesos econó- 
micos hacia el mercado mundial como por el desarrollo desigual de unos sectores 
y regiones comparados con otros. Sobre esto existe un acuerdo más o menos ge- 
neral. Donde los estudiosos discrepan, con todo, es en la interpretación de los 
detalles de cómo nació este proceso, para empezar, y en la valoración de sus 
consecuencias para las futuras alternativas de actuación en la región. El presente 
capítulo concluirá con un examen de estas diferencias de interpretación. Primera- 
mente, sin embargo, nos será útil examinar con mayor atención las formas con- 
cretas en que la economía internacional afectó a la organización económica de 
América Latina. En primer lugar, nos ocuparemos de los mercados de productos, 
sobre todo de los mercados de productos de exportación, debido a que la crecien- 
te demanda de importaciones por parte de los centros industriales del Atlántico 
Norte fue lo que impulsó el avance de la vida económica latinoamericana. Luego 
estudiaremos la respuesta adaptativa de las economías de América Latina, para 
lo cual exploraremos los cambios habidos en los mercados de factores: la tierra, 
el trabajo y el capital. 



LOS MERCADOS DE EXPORTACIÓN 

Al verse América Latina atraída hacia el interior de la economía atlántica, 
tuvieron lugar cambios trascendentales en la pauta y, en algunos casos, en el marco 
geográfico de producción en respuesta a la demanda extranjera de los minerales 
de la región, así como de sus productos agropecuarios. Por consiguiente, creció 
el volumen de artículos de consumo y de materias primas para la industria que 
se enviaban al exterior. 

En el Río de la Plata, región que antes contaba poco desde el punto de vista 
comercial, incluso al finalizar el período de dominio imperial español, la apertu- 
ra de Argentina y, en menor escala, de Uruguay dio por resultado un torrente 
de productos propios de zonas templadas, en especial productos derivados de la 
ganadería y los cereales. La mejora de la cabana ovina, mediante la importación 
de animales de buena raza y el cruzamiento, se combinó con una importante am- 
pliación de los terrenos de pasto y produjo resultados notables incluso antes de 
mediados de siglo; en lo sucesivo, el crecimiento de la industria continuó a buen 
ritmo. Después de exportar sólo 1,6 millones de kilogramos en 1840, por ejem- 
plo, Argentina pudo exportar, por término medio, cerca de 45 millones de kilo- 
gramos de lana al año durante el decenio 1860-1869. En el decenio de 1880 las 
exportaciones de lana ya alcanzaban una media muy superior a los 100 millones 
de kilogramos al año, a la vez que el promedio anual del período 1895-1899 al- 
canzó los 211 millones de kilogramos. A partir de entonces, sin embargo, las 
exportaciones de lana descendieron hasta quedar en una media de sólo 137 millo- 
nes de kilogramos en 1910-1914. En Uruguay, las ventas exteriores de lana y otros 
productos ovinos se multiplicaron por tres entre 1876-1880 y 1896-1900. Si bien 
el volumen total de la producción uruguaya era mucho más pequeño que el de 
la Argentina, la industria figuró de modo mucho más prominente en las listas 



10 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

de exportación hasta el final del período. Las exportaciones de lana de los dos 
países iban destinadas principalmente al continente europeo, sobre todo a Fran- 
cia, Alemania, Bélgica y Austria. En 1913 poco menos de la quinta parte de la 
lana exportada desde el Río de la Plata fue a parar al mercado británico. 

En Argentina otras industrias exportadoras también estaban experimentando 
un crecimiento considerable. Los cueros, que eran un producto tradicional, gana- 
ron alrededor de dos tercios del valor de las exportaciones de lana durante la 
mayor parte del período y casi doblaron el valor total desde mediados del decenio 
de 1870 hasta 1910-1914. Sin embargo, el avance que supuso el transporte en 
barcos refrigerados en el decenio de 1870 fue lo que preparó el camino para la 
rápida subida de los envíos de carne desde Argentina y, en menor medida Uru- 
guay. Al principio, el carnero gozó de predilección, pero a finales de siglo la 
carne de buey empezó a eclipsar el volumen de carnero que se exportaba, gracias 
a la mejora de la calidad de la cabana y de otros factores técnicos que tuvo lugar 
a partir del decenio de 1860. En 1910-1914, el valor de las exportaciones de buey 
congelado y refrigerado, dos productos relativamente nuevos, ya había aumen- 
tado desde la muy pequeña fracción de las exportaciones de carnero que los 
envíos de buey congelado representaban todavía en el período 1890-1894 hasta 
seis veces el valor de las exportaciones de aquél. En lo que respecta al volumen, 
las exportaciones de carnero y cordero congelados crecieron de 36.486 toneladas en 
1894 a 58.688 toneladas en 1914; las de buey congelado, de 267 toneladas en 1894 
a 328.287 toneladas en 1914. En 1914 también se exportaron 40.690 toneladas 
de carne de buey refrigerada. Y las exportaciones de carne enlatada aumentaron 
durante el mismo intervalo: de 1.374 a 13.590 toneladas. Al finalizar el período 
Uruguay vendía en el exterior cerca de una quinta parte del volumen de buey 
congelado del que exportaba Argentina y alrededor del 15 por 100 del de las ex- 
portaciones de carnero argentinas. Europa era el punto de destino de, virtual- 
mente, todos los cargamentos de carne que salían tanto de Uruguay como de 
Argentina, así como de diversos productos derivados de la ganadería. 

Fue durante las postrimerías del decenio de 1870 cuando Argentina se convir- 
tió en exportadora neta de cereales, actividad que comenzó en pequeña escala 
pero aumentó rápidamente. Entre 1872 y 1895 la extensión de terrenos pamperos 
dedicados a diversos cultivos, especialmente cereales, aumentó quince veces, y 
durante el decenio siguiente la extensión dedicada sólo al cultivo de trigo y maíz 
se multiplicó por más de dos. Entre 1880-1884 y 1890-1894 el trigo fue la princi- 
pal fuente de ganancias y el valor de sus exportaciones aumentó veintitrés veces. 
En el decenio siguiente, no obstante, el valor de las exportaciones de maíz creció 
más rápidamente y casi se sextuplicó. El crecimiento rápido continuó a partir 
de entonces. Desde 1900-1904 hasta 1910-1914, las exportaciones de maíz volvie- 
ron a multiplicarse por más de dos, a la vez que el valor de las de trigo registraba 
un aumento de aproximadamente un 42 por 100. En este último quinquenio el 
valor de las exportaciones de maíz ya casi alcanzaba el de las de trigo y, juntos, 
los dos productos eran casi tres veces tan valiosos como las ventas de lana en 
el extranjero. En lo que se refiere al volumen de las exportaciones, tanto los en- 
víos de trigo como los de maíz mostraron un movimiento irregular, lo cual era 
reflejo de la natural variabilidad de la producción agrícola y de las respuestas 
a las fluctuaciones de los precios. En 1911-1913, empero, las exportaciones de 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 11 

trigo ya alcanzaban un nivel de 2,3-2,8 millones de toneladas, mientras que las 
de maíz registraban un máximo de alrededor de 4,8 millones de toneladas en 
1912-1913. Si tenemos en cuenta las modestas cantidades de ambos cereales que 
se mandaban al extranjero a mediados del decenio de 1870, las cifras citadas re- 
presentan incrementos impresionantes de la producción argentina. 

Poco antes de la primera guerra mundial, las exportaciones principales de Ar- 
gentina, en orden de importancia de mayor a menor (e indicando los valores en 
millones de pesos oro), eran: trigo (78,1), maíz (72,4), carne de buey congelada* 
y refrigerada (54), lana (51,9), cueros (44) y linaza (41,0). Entre otras exportación 
nes de menor importancia cabe citar las siguientes: carnero y cordero, otros ce- 
reales (avena, cebada y centeno) y extracto de quebracho y leños. De 1875 a 1914, 
según cálculos de Carlos Díaz Alejandro, tanto la cantidad como el valor de las 
exportaciones argentinas aumentaron a un ritmo del 5 por 100 al año como mínimo. 

Dentro, del país, la distribución geográfica de la actividad económica había 
cambiado de forma casi total. La región del noroeste — que en los tiempos colo- 
niales era la zona principal para la agricultura, la ganadería y los oficios ar- 
tesanales — había sufrido un gran descenso de su importancia relativa a pesar 
de una industria azucarera que atendía las necesidades del creciente mercado na- 
cional y pasó a ser el principal sostén económico de parte de la región. En su 
lugar, las pampas y regiones situadas al oeste y al norte de Buenos Aires eran 
ahora las principales zonas de colonización, a la vez que el cultivo del trigo pasa- 
ba de las zonas de colonización agrícola a las pampas situadas al sur y al oeste 
de Buenos Aires, y la producción de lana se trasladaba de las pampas a la Pata- 
gonia. 

Más que cualquier otro país latinoamericano, Argentina estaba entregada de 
modo casi total, directa e indirectamente, a la economía de exportación, gracias 
a la cual los argentinos alcanzaron una media de nivel de vida notablemente su- 
perior a la de los ciudadanos de las demás repúblicas latinoamericanas. El Bue- 
nos Aires de 1914 simbolizaba los cambios. En lugar de la primitiva avanzada 
del imperio que se alzaba a orillas del Río de la Plata al comenzar el siglo xix, 
había ahora una metrópoli floreciente y cosmopolita que administraba un movi- 
miento de mercancías que entraban y salían del país en cantidades muy superio- 
res a las de antes. Sólo Uruguay rivalizaba con Argentina en la envergadura de 
su participación en el comercio mundial y en su europeización. 

La participación de Chile en la economía internacional también experimentó 
grandes cambios entre 1870 y 1914, aunque las repercusiones que ello tuvo en 
el interior fueron bastantes menos que en Argentina, lo que se debió, en parte, 
a la naturaleza y la ubicación de las principales industrias exportadoras y, en 
parte, al hecho de que Chile entró en el siglo xix con una estructura institucio- 
nal de la época colonial más tupida que la de sus vecinos del este. Al empezar 
el período, la plata, el trigo y el cobre encabezaban las listas de exportación del 
país, procedentes en su mayor parte de empresas de propiedad nacional. En el 
caso del cobre, de hecho, Chile fue el mayor productor del mundo hasta 1880. 
Los años de producción máxima fueron 1869-1876, durante los cuales se alcanzó 
un nivel de producción de alrededor de 52.000 toneladas. Cerca del 43,6 por 100 
de la producción mundial de cobre seguía proveniendo de Chile en 1878, aunque, 
tras un rápido descenso, la parte de la producción mundial que correspondía a 



12 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

Chile había descendido hasta quedar en un 25,3 por 100 en 1880; después, hubo 
una nueva caída que la situó en un 9,7 por 100 en 1890 y en sólo un 4,3 por 100 
en 1900. El punto más bajo de este descenso de la producción se alcanzó en 1897, 
y ésta permaneció estancada en alrededor de 26.000 toneladas hasta 1906. Se ha- 
bían agotado los yacimientos de mineral de cobre de calidad superior y la modesta 
capacidad técnica de las compañías mineras pequeñas y medianas de Chile resul- 
tó insuficiente para remediar la situación. Poco después de empezar el siglo xx 
ingenieros de minas y capital extranjeros habían llegado a Chile e inaugurado 
una nueva época en la industria del cobre: la época de las técnicas de extracción 
masiva en gran escala. Bajo los nuevos administradores se abrieron inmensos ya- 
cimientos de minerales de calidad inferior y la moderna industria del cobre chile- 
na se puso en marcha. En 1908, la producción ya había subido hasta las 42.000 
toneladas, su nivel más alto desde 1884; en 1917, ya se cifraba en 102.500 toneladas. 

De haber tenido Chile una estructura exportadora monocultural, el intervalo 
entre los auges de la industria del cobre hubiera sido de depresión aguda, pero 
los recursos del país, junto con la animación de la demanda del mercado mun- 
dial, brindaron otras opciones. Las exportaciones de trigo, que no eran insignifi- 
cantes a mediados de siglo, contribuyeron en gran medida a ganar divisas extran- 
jeras a lo largo de los siguientes setenta y cinco años, e iban dirigidas principalmente 
a Europa y, en menor volumen, a otras partes de América Latina. Aunque adole- 
cía de gran inestabilidad cíclica, el comercio de exportación de trigo registró una 
expansión gradual hasta 1893, pero, en el siglo xx, experimentó un visible des- 
censo a largo plazo, caracterizado en parte por la continuación de ese eleva- 
do nivel de inestabilidad. El volumen medio de las exportaciones anuales de 
trigo en el período 1870-1874 fue de poco más de un millón de toneladas métri- 
cas; al cabo de un decenio el promedio era de 1,25 millones de toneladas mé- 
tricas; en 1910-1914, sin embargo, fue de sólo 395.000 toneladas métricas. Tam- 
bién la lana se enviaba al extranjero en cantidades bastante considerables. Se 
exportaron unas 18.780 toneladas métricas anuales de 1870 a 1874; aproximada- 
mente, 28.860 toneladas métricas en 1890-1894, y hubo un aumento espectacular, 
más de 120.000 toneladas métricas al año, a partir de 1912. La cantidad que se 
vendió en el Reino Unido en 1913, por ejemplo, representaba más de un tercio 
de la que suministraba Argentina y era superior a la que Uruguay exportaba a 
la sazón. El carnero congelado se exportaba en una escala comparable con las 
ventas de Uruguay en el exterior. Se vendió un poco de plata en el mercado mun- 
dial, así como de estaño, aunque las exportaciones de estaño chilenas eran sólo 
alrededor de una sexta parte de las bolivianas. A partir de 1900, aproximadamen- 
te, después del descenso de la plata, el sector exportador de Bolivia dependió 
abrumadoramente del estaño. 

Fueron los nitratos, no obstante, los que más contribuyeron a que el sector 
exportador chileno mostrara una expansión tan acentuada entre los auges del co- 
bre. Destinados principalmente a los mercados continentales de Europa — en es- 
pecial, al alemán y, en menor grado, al francés — y al mercado norteamericano, 
los nitratos habían empezado a exportarse mucho antes del período que nos ocu- 
pa y habían alcanzado las 59.000 toneladas métricas en 1879. Pero la verdadera 
bonanza de las exportaciones, una bonanza de magnitud sin precedentes para 
Chile, vino después de la guerra del Pacífico. La producción (y las exportaciones) 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 13 

desde el norte de Chile aumentó muchísimo y, de las 356.000 toneladas métricas 
de 1881, pasó a 1,5 millones en 1900 y a 2,7 millones en 1913. Según un cálculo 
de Marcos Mamalakis, los derechos de exportación correspondientes a los nitra- 
tos (y al yodo) sirvieron para financiar más del 50 por 100 del total del gasto 
público durante las tres primeras décadas del siglo xx, a la vez que los exceden- 
tes de recursos del sector de los nitratos representaron por término medio el 14 
por 100 del producto interior bruto de Chile entre 1882 y 1930. Aunque la trans- 
formación de la economía chilena inducida por las exportaciones fue menos am- 
plia que la de Argentina o la de Uruguay, es indiscutible que quedó más «moder- 
nizada» que la de, pongamos por caso, México, Brasil o Colombia, por no hablar 
de países tales como Perú, Bolivia o Ecuador. 

La experiencia brasileña entre 1870 y la primera guerra mundial se centró prin- 
cipalmente en el auge de la exportación de café que había empezado en los dece- 
nios de 1820, 1830 y 1840. Existía una superabundancia de tierra apropiada, jun- 
to con un clima igualmente apropiado, en un Estado relativamente poco poblado, 
como ya había ocurrido en Argentina cuando la producción de cereales y ganado 
crecía con tanta rapidez. Por consiguiente, las condiciones de la oferta eran su- 
mamente elásticas. De 216.120 toneladas anuales en 1871-1875, las exportaciones 
de café ascendieron a 311.760 toneladas al año en 1881-1885 y a 740.280 tonela- 
das en 1901-1905. Durante este último quinquenio, una crisis del mercado empu- 
jó a Brasil a instituir el primero de los esquemas intervencionistas, que interpreta- 
rían un papel muy destacado al organizar la comercialización de posteriores 
incrementos de la producción de café. Gracias en parte a dicho esquema, a otras 
medidas de control y a una recuperación de la demanda, el valor de las 826.908 
toneladas anuales exportadas en 1906-1910 alcanzó una media de 27.877.000 de 
libras esterlinas, notable aumento respecto del anterior punto máximo de ganan- 
cias obtenidas de la exportación de café: 20.914.000 de libras esterlinas durante 
1891-1895, por no citar los 10.487.800 de libras esterlinas que, por término me- 
dio, produjeron las exportaciones entre 1871 y 1875. Desde el decenio de 1870 
hasta 1911, las exportaciones de café supusieron más de la mitad del valor de 
todas las exportaciones brasileñas, alcanzando casi dos tercios del total en el de- 
cenio de 1890. El mayor mercado para el producto eran los Estados Unidos, pero 
se enviaban cantidades importantes a Alemania y a Francia. 

Durante este período se exportaron otros productos brasileños, cuyo valor 
y volumen aumentaban y descendían según los casos. Sin embargo, la repercu- 
sión que todo ello tenía en Brasil era muy limitada si la comparamos con la posi- 
ción delantera que el país ocupaba en el mercado mundial del café. El azúcar 
fue uno de los productos que perdieron. Las exportaciones de azúcar subieron, 
irregularmente, de una media anual de 169.337 toneladas en 1871-1875 a 238.074 
en 1881-1885, pero después las cifras reflejan un descenso importante hasta que- 
dar en sólo 51.338 toneladas anuales durante el período 1906-1910. El azúcar 
de remolacha y la producción de caña de azúcar caribeña, especialmente la cuba- 
na, habían conquistado una posición ventajosa en los principales mercados mun- 
diales, pese a los esfuerzos, cuyo éxito fue parcial, del gobierno brasileño por 
fomentar la modernización de esta tradicional industria exportadora. En lo que 
hace a su valor, las exportaciones de azúcar descendieron de casi el 12 por 100 



14 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

de todas las exportaciones brasileñas en el decenio de 1870 hasta quedar por de- 
bajo del 2 por 100 en el decenio 1901-1910. 

La producción de tabaco para su venta en el extranjero registró algunos avan- 
ces en el noreste durante la segunda mitad del decenio de 1880; las exportaciones 
en 1913, en su mayor parte a Alemania, alcanzaron las 29.388 toneladas, cifra 
que representaba alrededor del 2,5 por 100 del total de las exportaciones brasile- 
ñas. El cacao, otro producto de exportación del noreste de Brasil, disfrutó de 
cierto auge, especialmente tras la introducción de variedades de gran rendimiento 
a principios del decenio de 1900. Francia, Alemania y los Estados Unidos consti- 
tuían los mercados principales, tanto del cacao brasileño como de las crecientes 
exportaciones de este producto que en el mismo período hacían Ecuador, la Re- 
pública Dominicana y Venezuela. De los exportadores de cacao latinoamerica- 
nos, Brasil, que vendió poco menos de 17.000 toneladas en 1900, iba ligeramente 
rezagado detrás de Ecuador, que vendió casi 19.000 toneladas en el mismo año. 
En 1914, las cifras de exportación de cacao correspondientes a Brasil y Ecuador 
ya eran de 40.766 y 47.210 toneladas, respectivamente. El cacao, que tenía gran 
importancia en el comercio exterior ecuatoriano, representaba poco menos del 
4 por 100 de las exportaciones brasileñas en los años anteriores a la guerra. No 
obstante, ni el tabaco ni el cacao podían compensar el efecto depresivo que el 
descenso del azúcar surtió en la debilitada estructura económica del populoso 
noreste. 

Al empezar el período que estamos estudiando, Brasil contaba con importan- 
tes exportaciones de algodón, lo cual se debía en gran parte al estímulo que pro- 
porcionara la guerra de Secesión, que había reducido drásticamente las exporta- 
ciones de algodón desde los Estados Unidos. Entre 1871 y 1875, Brasil exportó 
anualmente casi 50.000 millones de kilos de algodón. Luego, al recuperarse la 
producción norteamericana y aumentar la de otras partes, disminuyeron los mer- 
cados de Brasil, con el resultado de que, en 1896-1900, el promedio anual de 
exportación de algodón en rama ya había descendido hasta sólo unos 1 1 millones 
de kilos. Se registró luego una recuperación y las exportaciones de algodón brasi- 
leño superaron los 16 millones de kilos en 1912, pero una parte considerable y 
cada vez mayor de la producción nacional permanecía en el país para usarla en 
la creciente industria textil brasileña, que ya en 1904, por ejemplo, recibió unas 
35.000 toneladas de dicha fibra. Solamente alrededor del 2 por 100 del valor de 
las exportaciones brasileñas era fruto de las ventas de algodón al comenzar el 
segundo decenio del siglo en curso. 

El caucho fue el origen del último auge importante de la exportación brasile- 
ña antes de la primera guerra mundial, fenómeno del que también participaron 
Perú y Bolivia. De la región amazónica ocupada en 1880 por los tres países salie- 
ron 8.635 toneladas, casi todas ellas de origen brasileño. En 1910, la cifra compa- 
rable ya era de 26.693 toneladas y los envíos tenían por destino los centros indus- 
triales de América del Norte y Europa. En 1914, la producción brasileña sola 
superó las 70.000 toneladas, aunque en lo sucesivo los aumentos se vieron contra- 
rrestados por la continua caída de los precios. Los precios habían subido casi 
sin interrupción hasta 1910, pero la producción de caucho brasileña continuó 
aumentando incluso después de que el precio de mercado empezara a debilitarse. 
Durante el decenio 1900-1910, el caucho significó el 28 por 100 de las ganancias 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 15 

totales derivadas de las exportaciones brasileñas, comparado con sólo poco más 
del 5 por 100 en el decenio de 1870. Al estallar la primera guerra mundial, sin 
embargo, el auge del caucho, que fue un asombroso éxito de la exportación mien- 
tras duró, ya había tocado a su fin y con él se habían desvanecido las esperanzas 
de prosperidad en las vastas selvas de la Amazonia. 

No obstante, ninguno de los casos de expansión de las exportaciones que afec- 
taron las zonas de Brasil situadas al norte de Río de Janeiro tendría una impor- 
tancia comparable a la del auge del café, que comenzó alrededor de Río y luego 
se extendió a través de Sao Paulo y surtió efectos indirectos en otros estados 
del sur. Un impulso secundario a la expansión económica de la región lo propor- 
cionaron los envíos de cueros, que se cifraban en alrededor del 5 por 100 de las 
exportaciones brasileñas justo antes de la primera guerra mundial. Así pues, gran 
parte del país experimentó sólo marginalmente el efecto transformador del creci- 
miento empujado por la exportación. Podría decirse, sin exagerar mucho, que 
la región que se benefició del principal auge del café era virtualmente un país 
nuevo. A diferencia del norte y el centro de Brasil, el sur había permanecido atas- 
cado en la oscuridad económica hasta que la expansión capitalista del siglo xix 
distribuyó una nueva serie de posibilidades de producción alrededor del mundo. 
Al ocurrir esto, el sur dejó muy rezagadas a las zonas más antiguas del país. 

Con los extraordinarios cambios económicos que experimentó durante el por- 
firiato, México nos ofrece el otro caso notable de participación nacional en los 
mercados de productos básicos de exportación. Este crecimiento, que es atribui- 
ble a los abundantes recursos del país y a su ventajosa ubicación, también debía 
mucho a las medidas de apoyo que tomó el porfiriato. Situado en el hemisferio 
norte, México se encontraba relativamente cerca de importantes rutas marítimas 
que llevaban a Europa, mercado de alrededor del 22 por 100 de sus exportaciones 
al terminar el porfiriato (principalmente, el Reino Unido, pero Francia, Alema- 
nia y otros países eran punto de destino de cantidades más pequeñas). Se hallaba 
al lado de un mercado en expansión, el norteamericano, que suponía bajos costes 
de transporte, por lo que a la sazón dicho mercado absorbía las tres cuartas par- 
tes de las exportaciones mexicanas. Sin duda, el tamaño y la tasa de crecimiento 
de ese mercado y la diversidad de los recursos mexicanos eran factores que se 
influían mutuamente y explicaban el rasgo más sobresaliente de la pauta de la 
exportación mexicana: a saber, el gran número de productos que la componían. 
Las exportaciones de plata subieron de 607.000 kilogramos en 1877-1878 a 2,3 
millones en 1910-1911, período en el que ya representaban aproximadamente un 
tercio de las exportaciones mexicanas. La producción de oro, que había crecido 
de sólo un poco más de 1.000 kilogramos en 1877-1878 a 37.100 kilogramos en 
1910-191 1, significaba otra sexta parte, mientras que el cobre y el henequén supo- 
nían casi una décima parte cada uno. Pero una amplia gama de productos apor- 
taba individualmente entre el 1 y el 5 por 100 del valor total de las exportaciones 
al terminar el porfiriato: caucho, cueros, café, plomo, ganado vacuno, vainilla, 
garbanzos, ixtle, maderas finas. Todavía menores eran los ingresos que propor- 
cionaba la exportación de productos tales como fruta, chile, judías y verduras, 
miel, cerveza, tabaco, sombreros de paja, chicle, cinc, antimonio y mercurio, 
y varios más. En el primer decenio del siglo xx empezó un crecimiento fenome- 
nal de las exportaciones en la industria petrolera, hasta el punto de que, al dejar 



16 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

Díaz el poder, México ocupaba el tercer lugar entre las naciones productoras de 
petróleo. 

El volumen y los precios de muchos de los productos que México enviaba 
al extranjero mostraban una gran inestabilidad, e incluso las tendencias a largo 
plazo eran variables. Por ejemplo, el volumen de las exportaciones de café aumentó 
más del doble entre 1877-1878 y 1910-1911, pero no creció más hasta el final 
del período. Si bien las exportaciones de ganado habían sido de 11.300 cabezas 
en 1878-1879 y 170.200 cabezas en 1910-1911, el punto máximo se había alcanza- 
do en 1896-1897 con el envío de 313.600 cabezas al norte. Las exportaciones de 
azúcar presentaban grandes variaciones y alcanzaron el máximo en 1904-1905, 
mientras que otros productos como, por ejemplo, la vainilla, los garbanzos y 
el henequén se exportaban en volumen mucho mayor al finalizar el período que 
al comenzar el mismo y su producción experimentó generalmente una tendencia 
a aumentar durante toda esta época. Las exportaciones de henequén, por ejem- 
plo, habían alcanzado los 13,3 millones de kilogramos en 1878-1879, pero ascen- 
dieron hasta el nivel de 123 millones en 1910-1911. También los minerales se ven- 
dieron en volumen creciente al extranjero durante la mayor parte del período. 

Exceptuando las repercusiones de los principales ciclos económicos en los mer- 
cados de exportación, la diversidad misma de las exportaciones mexicanas tendía 
a proporcionar algo más de estabilidad para el sector exterior en su conjunto 
de la que hubiera dado una pauta de exportación más concentrada. Desde el de- 
cenio de 1870 hasta 1910, el volumen y el valor totales subieron acentuadamente. 
Entre 1877-1878 y 1910-1911, el cambio del valor total fue, en pesos constantes, 
de 29,3 a 293,7 millones. Y, como no todos los recursos explotados por la expan- 
sión de las exportaciones se hallaban situados unos cerca de otros, el floreciente 
comercio exterior dejó sentir sus efectos en muchas regiones. Los minerales y 
la ganadería, por ejemplo, atrajeron negocios hacia el norte; el comercio del he- 
nequén, hacia Yucatán; el petróleo, hacia ia costa del Golfo. Aunque ninguna 
de estas regiones cambió lo suficiente como para crear una economía subnacional 
virtualmente nueva, como ocurrió en Brasil, lo extraño es que el progreso mate- 
rial no fuera más generalizado. En la práctica, la mayoría de los mexicanos se 
benefició tan poco del crecimiento del sector exterior como los brasileños del 
noreste, que se quedaron igual que antes cuando el café atrajo el centro de grave- 
dad económico hacia el sur. 

Perú emprendió la expansión de sus exportaciones en el siglo xix basándose 
en el guano y, más adelante, en los nitratos. Interrumpida bruscamente por la 
ineficacia de la política nacional y por la guerra del Pacífico, a esta primera fase 
siguió un segundo y más largo período de expansión que empezó a comienzos 
del decenio de 1880 y duró hasta bastante después de la primera guerra mundial. 
En esta segunda fase exportadora, la base de productos fue más amplia. Las sie- 
rras proporcionaban lana (de oveja y de alpaca), junto con plata, oro, cobre y 
otros minerales; el interior, café, coca y caucho; la costa, azúcar y algodón. El 
valor total de estas exportaciones bajó de 1,9 millones de libras esterlinas en 1880 
a 1,4 millones tres años después, pero, gradualmente, siguiendo una marcha desi- 
gual, el sector de exportación ya se había recuperado en 1889 y, once años más 
tarde, el valor total ascendía a 3,8 millones. En 1910, el valor de las exportacio- 
nes peruanas ya se cifraba en 6,2 millones de libras esterlinas. 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 ' 17 

El azúcar y el cobre encabezaban las exportaciones peruanas en el decenio 
de 1890; el algodón y el caucho vieron aumentar su peso relativo durante el dece- 
nio siguiente. En la década de la primera guerra mundial aumentó la importancia 
relativa del petróleo, mientras que el caucho descendía rápidamente hasta quedar 
en sólo el 5 por 100 de las exportaciones peruanas en 1915, comparado con el 
18 por 100 en 1910. De 1890 a 1915, se registró un descenso general de la impor- 
tancia relativa de la plata. Del 33 por 100 de las exportaciones en el primer año 
citado, bajó hasta el 5 por 100 en el segundo. Con todo, exceptuando un descen- 
so de la producción de oro a comienzos del decenio de 1900, la de la mayoría 
de los artículos destinados a la exportación aumentó, con fluctuaciones, hasta 
1914, lo cual demostraba la creciente capacidad productiva de la economía pe- 
ruana. Sin embargo, a pesar del crecimiento, de la diversificación de productos 
y de una distribución geográfica de las industrias exportadoras, parece que a es- 
cala nacional la expansión de las exportaciones peruanas trajo consigo todavía 
menos cambios beneficiosos que la pauta de exportación de México, que presen- 
taba una diversificación y una dispersión parecidas. 

En otras partes de América Latina, la economía exportadora de las postrime- 
rías del siglo xix tendió a crear una estructura más sencilla, basándose con fre- 
cuencia en una pauta de desarrollo monocultural. En Colombia, por ejemplo, 
el café era el sostén principal del sector exterior desde finales del decenio de 1880. 
Se había registrado un crecimiento notable de la producción de café en el decenio 
de 1860 y comienzos del de 1870, período en que había fallado el ciclo exportador 
de tabaco que empezara en el decenio de 1840. Después, las exportaciones de 
café colombiano habían bajado, pero en 1880 ya se habían recuperado y alcanza- 
ron los 107.600 sacos (de 60 kilogramos cada uno). Permanecieron en este nivel 
más o menos hasta que empezaron a subir de nuevo a finales del decenio de 1880. 
En 1889, después de una fase de fuerte recuperación de los precios que alcanzó 
su punto máximo a comienzos del decenio de 1890, las exportaciones subieron 
hasta cifrarse en 475.400 sacos, lo que equivalía aproximadamente al 70 por 100 
del total de las exportaciones colombianas; en 1898 la cifra fue de 531.400 sacos. 
Un marcado descenso de los precios mundiales del café impidió que el volumen 
de las exportaciones creciera más durante varios años, pero, a la larga, la produc- 
ción reanudó su subida y, en 1913 y 1914, las exportaciones ya superaban un 
poco el millón de sacos anuales. Durante el decenio 1905-1914, las exportaciones 
de café supusieron entre el 40 y el 46 por 100 de las exportaciones colombianas. 
A principios de siglo también los plátanos habían hecho su aparición en escena, 
gracias en parte a la organización de la empresa extranjera en ese campo (la Uni- 
ted Fruit empezó sus operaciones en Colombia en 1901). Las exportaciones subie- 
ron de 263.000 racimos en 1901 a 1.400.000 en 1906 y un poco más de 3.000.000 
de racimos en 1909. Durante 1910-1914 representaron el 9 por 100 de las exporta- 
ciones colombianas. Pero ni los plátanos ni otros productos de exportación 
—oro, cueros, chinchona, algodón, tabaco— cuyo comportamiento en el merca- 
do podría calificarse, en su mayor parte, de caprichoso pudieron vencer la inesta- 
bilidad básica de una economía exportadora que tanto se basaba en el café. 

Desde el decenio de 1830, en que sustituyó al cacao, hasta el de 1920, en que 
fue sustituido por el petróleo, el café fue también el principal producto de expor- 
tación de Venezuela. De hecho, hasta la primera guerra mundial, momento en 



18 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

que Colombia le dio alcance, Venezuela fue, después de Brasil, la principal ex- 
portadora de café de la región. Los sectores de exportación de las economías 
de América Central y el Caribe se hallaban dominados por diversos productos 
agrícolas de tipo tropical, entre los que destacan los plátanos, el café, el azúcar 
y el tabaco. 



LOS MERCADOS NACIONALES 

Aunque no son menos importantes, los cambios habidos en los mercados de 
productos nacionales pueden tratarse de forma un tanto más sencilla en el nivel 
regional; hubo menos variación entre países que en el caso de los mercados de 
productos de exportación. En todos los países, estos mercados acusaron la in- 
fluencia de cambios pronunciados de los hábitos de consumo (fruto, sin duda, 
de la disponibilidad de nuevos productos) entre la población urbana, que se en- 
contraba en rápida expansión. A ello hay que sumar, en el caso de la América 
del Sur meridional, las nuevas preferencias de consumo que llegaron con la inmi- 
gración en escala relativamente grande, fenómeno que introdujo gustos europeos 
también entre la población rural, lo cual contrastaba con la notable separación 
cultural entre lo urbano y lo rural que predominaba en la mayor parte de Améri- 
ca Latina. En no pocos casos, el crecimiento de los mercados urbanos de artícu- 
los alimentarios proporcionó un estímulo de cierta importancia para la produc- 
ción rural en regiones remotas: por ejemplo, la región vinatera de Mendoza y 
la azucarera de Tucumán, ambas de Argentina, y la azucarera de Morelos, en 
México. 

Los mercados urbanos de manufacturas de consumo eran abastecidos en gran 
medida por exportadores británicos, aunque con una fuerte competencia por par- 
te de Alemania y los Estados Unidos, y con aportaciones de Francia y, en menor 
medida, de un gran número de otros países. Muchísimos productos o bien apare- 
cieron por primera vez o empezaron a consumirse en volumen notablemente su- 
perior al de antes. Las manufacturas de algodón europeas, en especial las ingle- 
sas, destacaban en los mercados de productos de consumo de América Latina, 
pero, en menor escala, llegaban también importaciones de piezas de lana (donde 
el clima lo permitía), lino, sedas y un volumen limitado de calzado y prendas 
confeccionadas. También se importaban artículos de cerámica fina, joyería y me- 
naje, junto con jabones y artículos de tocador, fármacos, papel y una amplia 
variedad de artículos de ferretería. A las listas de importación se añadieron auto- 
móviles hacia las postrimerías del período, e incluso, en el caso de dieciséis uni- 
dades enviadas a Brasil desde Francia e Italia en 1913, aviones. 

Sin embargo, no todos estos productos manufacturados procedían del extran- 
jero. En las antiguas colonias, las industrias artesanales no se extinguieron del 
todo debido a la importación de manufacturas, en especial como fuente de abas- 
tecimiento de los mercados interiores, tanto rurales como provinciales. Y en casi 
todas las repúblicas, antes de la primera guerra mundial, se crearon algunas 
industrias que fabricaban ferretería, productos derivados del tabaco, textiles (gé- 
neros de algodón y de lana) y bienes de consumo perecederos de los tipos más 
bastos, muebles, cristalería, cerillas, bujías, perfumes, productos farmacéuticos, 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 19 

pinturas, sillas de montar, zapatos y botas, otros artículos de cuero, productos 
alimentarios y bebidas, jabones, un poco de quincalla, etcétera. Al menos en los 
países principales, esta industrialización incipiente se reflejaba en los cambios que 
sufrió la estructura de los programas de importación. Desde luego, la industriali- 
zación local era a la vez limitada y dispersa, y la producción no aumentaba de 
forma continua. La situación en este sentido variaba mucho de un país a otro. 
No obstante, es apropiado decir que los años comprendidos entre 1870 y 1914 
fueron los albores de la era de las manufacturas en América Latina, y con ellos 
llegaron las nuevas relaciones sociales representadas por las organizaciones sindi- 
cales y la crítica social importadas de Europa. 

Además de las variaciones de los gustos de los consumidores, sin embargo, 
los cambios sufridos por los métodos de producción fueron origen de más cam- 
bios en los mercados de productos interiores, al aumentar espectacularmente el 
mercado de bienes de capital producidos en fábricas en comparación con el que 
existía en épocas anteriores del siglo xix, cuando tecnologías de producción más 
arcaicas y de origen local predominaban casi en todas partes. A decir verdad, 
la creciente prominencia de los bienes de producción en el comercio de importa- 
ción es uno de los rasgos que más distinguieron el período 1870-1914 de, ponga- 
mos por caso, la estructura de la importación que existía medio siglo antes. El 
hecho de que la mayoría de los nuevos tipos de bienes de producción fuesen im- 
portados significaba, sencillamente, que las industrias exportadoras habían em- 
pezado a funcionar como sector de bienes de capital y no sólo como medio de 
pagar las importaciones de artículos de consumo. 

Los mercados de bienes de producción también se volvieron más complejos. 
Algunos de tales artículos procedían de fabricantes latinoamericanos de materia- 
les para la construcción y de fundiciones, ferrerías y talleres mecánicos que aca- 
baban de crearse en la región, algunos de los cuales se habían fundado para que 
se encargaran de la reparación y el mantenimiento de productos importados. No 
obstante, como ya hemos señalado, la mayor parte de los nuevos bienes de pro- 
ducción llegaba del extranjero, principalmente de Inglaterra, Alemania, los Esta- 
dos Unidos y Francia. Productos químicos y colorantes, pinturas y barnices, fi- 
bras e hilos, aceite y grasa lubrificantes, carbón y coque, hierro y acero en varias 
formas (láminas y planchas, barras y varas, formas estructurales), cobre (plan- 
chas, lingotes, cable, formas moldeadas), otros metales en estados intermedios 
de tratamiento, material rodante para las compañías ferroviarias y de tranvías, 
correas de transmisión, herramientas y aperos, maquinaria e instrumentos eléc- 
tricos, y máquinas, motores, maquinaria de toda clase para la minería, la agricul- 
tura, las fábricas locales y las nuevas actividades municipales (por ejemplo, siste- 
mas de abastecimiento de agua y fábricas de gas, compañías de luz y fuerza); 
todo ello llegaba en volumen generalmente creciente y aceleraba la absorción de 
.América Latina en la sociedad industrial, mucho antes de que se pusieran en marcha 
programas de industrialización ideados especialmente para sustituir las importa- 
ciones. No debemos pasar por alto que también entraron en el mercado nuevos 
servicios de producción, sobre todo servicios financieros y de seguros, aunque 
también los había de otros tipos: información económica, nuevos cauces de co- 
mercialización, elevadores de grano e instalaciones frigoríficas para el almacena- 
miento, empresas de construcción, etcétera. De hecho, la creciente complejidad 



20 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

comercial de la región fue una de las transformaciones más notables de la época. 

Finalmente, merece citarse otra categoría de mercado de productos, la de bie- 
nes y servicios colectivos. Pertrechos militares técnicamente más avanzados y, 
a veces, los servicios de adiestramiento en el manejo de los mismos figuraban 
en la mezcla de bienes de consumo de América Latina entre 1870 y 1914. En 
el caso de los armamentos, las importaciones continuaron abasteciendo a una 
parte del mercado, como venían haciendo desde decenios anteriores, pero los ar- 
senales del Estado y las fábricas locales revestían cierta importancia en los países 
mayores. Con todo, no debe exagerarse el peso del militarismo en la economía, 
a pesar de la prominencia de los líderes militares en la política; los recursos dedi- 
cados a la adquisición de armas eran insignificantes comparados con los que se 
destinaban a tal fin en la mayoría de los países europeos de entonces. Mucho 
más significativos eran los servicios colectivos para la economía civil. Los servi- 
cios municipales (por ejemplo, fábricas de gas, tranvías, alumbrado callejero, 
abastecimiento de agua y saneamiento), los sistemas de telecomunicaciones, el 
transporte ferroviario y las instalaciones portuarias modernas se encontraban en- 
tre los bienes colectivos más innovadores de este período, y en las principales 
ciudades de todos los países eran proporcionados por una mezcla de inputs na- 
cionales y extranjeros. En la mayoría de los casos, el capital extranjero participa- 
ba en la provisión de estos servicios mediante inversiones tanto directas como 
de cartera, a la vez que, de modo parecido, los conocimientos técnicos y adminis- 
trativos se compraban en el extranjero, en muchas ocasiones. No obstante, los 
inversionistas locales también ponían sus ahorros a trabajar en estos campos nue- 
vos y atractivos, a la vez que era frecuente que entre los empleados de tales em- 
presas hubieran ingenieros, abogados, contables y otros profesionales nativos. 

Ningún país se libró de verse afectado por estos cambios de los mercados 
de productos interiores, aunque el alcance de la transformación fue especialmen- 
te grande en el Río de la Plata, el sur de Brasil, Chile y, en menor medida, Méxi- 
co. Por otra parte, no sólo cambiaban los bienes con que se comerciaba en esos 
mercados, sino que, además, debido a los nuevos sistemas de comunicación tele- 
gráfica y de transporte, se alteró de forma considerable la articulación de los 
mercados locales y regionales dentro del sistema general. 



EL CARÁCTER Y LAS FUNCIONES DE LOS NUEVOS MERCADOS DE PRODUCTOS 



Lo que destaca claramente de la naturaleza de los mercados de productos es 
que América Latina ingresó por partida doble en el mercado mundial. Por un 
lado, este compromiso se manifiesta mediante el gran número de recursos que 
era necesario dedicar al desarrollo de los artículos básicos que se enviaban a los 
mercados de productos de exportación. En vista de que las condiciones de abaste- 
cimiento a largo plazo resultaron ser muy elásticas en la mayoría de los produc- 
tos de exportación latinoamericanos, a pesar de las limitaciones de una estructura 
económica que provenía de la época colonial y que empeoró mucho durante la 
primera mitad del siglo xix, forzoso es concluir que este proceso de organiza- 
ción con miras a la expansión de las exportaciones debió de aportar la dinámica 
central para los procesos nacionales de asignación de recursos durante el período 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 21 

que nos ocupa. Cierto es que, aquí y allá, el desarrollo agrícola regional se vio 
estimulado por el crecimiento demográfico y por el aumento de la demanda urba- 
na en los mercados nacionales, y la mayoría de los ejemplos dispersos de indus- 
trialización en el siglo xix — fábricas textiles, industrias de alimentos y bebidas, 
fábricas de papel, ferrerías, etcétera — se basaban en estos avances locales y re- 
gionales. Sin embargo, dejando aparte estos ejemplos, lo cierto es que la voz 
cantante la llevaba la demanda extranjera y no la nacional. Para que el volumen, 
el valor y la variedad de las exportaciones latinoamericanas aumentasen como 
aumentaron, muchas opciones posibles en la utilización de recursos debieron de 
subordinarse a esta consideración primordial. 

Por otro lado, los cambios en los mercados de productos interiores también 
revelan hasta qué punto las pautas de consumo totales de las diferentes naciones 
latinoamericanas se comprometieron a participar en el comercio exterior. En el 
caso de unos cuantos artículos de exportación, una parte de la creciente produc- 
ción total fue desviada con el objeto de satisfacer los incrementos de la demanda 
nacional. Pero no hubo muchos casos paralelos al algodón brasileño o mexicano, 
que en volumen cada vez mayor fue absorbido por las fábricas locales creadas 
para satisfacer los mercados nacionales. Aun siendo importante la incipiente in- 
dustrialización, el fenómeno primordial de la época, en lo que se refiere a los 
mercados de productos nacionales, fue el creciente y cada vez más variado núme- 
ro de bienes y servicios que se obtenían en el extranjero. De hecho, uno de los 
muchos temas de la historia económica de América Latina que aún no han sido 
suficientemente estudiados es la medida en que fábricas pequeñas creadas en épo- 
cas anteriores del siglo xix para suministrar manufacturas con destino al consu- 
mo local y regional se vieron desplazadas por fábricas más céntricas o por las 
importaciones al extenderse el transporte por ferrocarril (con la consiguiente re- 
ducción del amparo que brindaban los elevados costes de expedición por vía te- 
rrestre). 

La composición de las importaciones latinoamericanas ofrece una oportuni- 
dad complementaria de ver por dentro el funcionamiento de los mecanismos ins- 
titucionales. En efecto, una garantía para la continuidad del sistema era la gran 
cantidad de divisas extranjeras que se destinaban a comprar artículos de consu- 
mo superfluos en el extranjero. Al proporcionar un colchón que absorbía las fluc- 
tuaciones de los ingresos de exportación, en realidad este empleo de las divisas 
extranjeras protegía de tales fluctuaciones a la capacidad de importar bienes de 
producción. Dicho de otro modo, mientras el consumo pudo tratarse como una 
demanda residual sobre los ingresos de exportación, el sistema pudo reproducirse 
a sí mismo y la serie de relaciones predominante tuvo su supervivencia más ase- 
gurada. Sólo más adelante se vio minada esta estructura, cuando la administra- 
ción de la deuda pública fue finalmente víctima del estado de desorden en que 
se hallaban las finanzas públicas; cuando, debido a las consecuencias políticas, 
la escasez de ingresos de divisas extranjeras ya no pudo resolverse con tanta faci- 
lidad reduciendo las importaciones, y cuando los cambios de la estructura de és- 
tas hicieron que los niveles vigentes de producción nacional dependiesen más de 
la importación ininterrumpida de combustibles, materias primas y bienes de pro- 
ducción. 

Hablando en términos generales, parece ser que el abastecimiento de produc- 



22 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

tos nuevos a los mercados latinoamericanos fue razonablemente competitivo, so- 
bre todo en las postrimerías del período, cuando los exportadores alemanes, esta- 
dounidenses y franceses ya les habían ganado terreno a sus colegas británicos. 
Esto no quiere decir que, a escala local, la venta de artículos a los consumidores 
finales siempre tuviera lugar en condiciones parecidas a la pura competencia ni 
que el panorama en general estuviera libre de elementos de competencia monopo- 
lística. Nada de eso. Cabe suponer sin miedo a equivocarse que el conocimiento 
que los compradores tenían de las opciones del mercado distaba a menudo mu- 
cho de ser completo en el nivel del comercio al por menor, a la vez que las redes 
de comercialización locales, adonde iban a parar las importaciones con frecuen- 
cia, se veían limitadas y a veces se hallaban sometidas a la manipulación de los . : 
intermediarios. El apego del comprador (o del intermediario) a ciertos estilos y 
grados de importaciones, o a determinadas fuentes de abastecimiento, parece que 
también era un factor. En el caso de las manufacturas nacionales, había también 
beneficios monopolísticos que eran fruto de un desplazamiento primitivo y espo- 
rádico hacia el proteccionismo. Si bien el modelo económico liberal tendía a do- 
minar la formulación de las normas de actuación en este período, en modo algu- 
no puede decirse que un modelo de crecimiento propio de una economía abierta 
fuera aceptado universal y continuamente por las élites latinoamericanas durante 
todo el período. En México y Uruguay, después de principios de siglo, e incluso 
antes en Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Perú, la pauta de crecimiento libe- 
ral se vio puesta en entredicho y se hicieron modificaciones en la política de lais- 
sez-faire: para cubrir costes de producción locales más altos y rendir cierto grado 
de beneficio monopolístico. 

Sin embargo, los tipos de «beneficios monopolísticos» que los críticos socia- 
les latinoamericanos han censurado de forma retrospectiva, al ocuparse del papel 
histórico del mercado mundial, probablemente no eran los que nacieron de la 
colusión de los proveedores, del control abrumador por parte del proveedor de 
un mercado de productos ampliamente definido y, mucho menos, de normas pro- 
teccionistas. En lugar de ello, como casi todas las innovaciones de productos te- 
nían su origen en el extranjero, eran los proveedores europeos y estadounidenses . 
los que se hallaban en situación de cosechar la corriente ininterrumpida de bene- 
ficios monopolísticos temporales, que se obtenían llevando productos nuevos al 
mercado antes de que los rivales imitadores pudieran hacer lo propio. En este 
sentido, parece indiscutible que prácticamente todos los beneficios de las innova- 
ciones que se obtuvieron durante este período correspondieron a los socios co- 
merciales de América Latina y que los extranjeros, tomados como conjunto o 
categoría (en vez de como compañías individuales), verdaderamente monopoliza- 
ron el proceso de innovación. Con cierta licencia, pues, cabe decir que unos con- 
siderables beneficios monopolísticos obtenidos por extranjeros fueron un factor 
de cálculo durante todo el período. 

Con menor frecuencia gozaron los proveedores latinoamericanos de parecida 
ventaja en sus mercados de exportación, aunque hubo algunos casos. La chin- 
chona (para quinina) de Colombia, la coca (para cocaína) de Perú y Bolivia, el 
caucho de la Amazonia, los nitratos del norte de Chile y el estaño de Bolivia 
son ejemplos de ello, a los que tal vez cabría añadir los plátanos y el café. Pero 
a comienzos del decenio de 1890 la chinchona colombiana ya había sido despla- 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 23 

zada por la producción asiática, el caucho sufrió una suerte similar un par de 
decenios después, la demanda de coca no era grande y los intermediarios para la 
comercialización, más que los cultivadores, fueron los que mejor provecho pudie- 
ron sacar de los plátanos. No cabe duda de que durante un tiempo hubo un elemen- 
to de beneficio monopolístico en la industria cafetera brasileña en su conjunto de- 
bido a la posición predominante que dicho país ocupó al principio en el mercado 
mundial del café, pero la necesidad de un esquema intervencionista poco después 
de empezar el siglo demostró hasta qué punto dicha posición había resultado ero- 
sionada por la expansión del cultivo de café, tanto en Brasil como en otras partes 
de América Latina. También en el caso del estaño, la estructura del mercado, gra- 
cias a la decadencia de las fuentes europeas, hizo que durante mucho tiempo los 
proveedores bolivianos ocuparan el primer lugar, al mismo tiempo que cantidades 
menores procedían de Chile y México. En el siglo xx, sin embargo, Asia ya iba 
adquiriendo prominencia como fuente de este metal y, si bien la propiedad local 
dominó al principio en la industria de Bolivia, más adelante, de hecho, esta propie- 
dad se desnacionalizaría al trasladar la sede de su organización al extranjero. Los 
nitratos probablemente representaron la ventaja más duradera que tuvieron los pro- 
veedores latinoamericanos en un mercado, y su principal exportador era Chile. Hubo, 
empero, algunas fuentes sustitutivas de este fertilizante incluso antes de que los 
avances técnicos europeos en la producción de nitratos sintéticos perjudicasen tan- 
to a la industria después de la primera guerra mundial. 



LOS MERCADOS DE FACTORES 

La tierra 

Huelga decir que los cambios trascendentales en los mercados de productos 
hubieran sido impensables de no haberse registrado transmutaciones igualmente 
extensas en los mercados de factores. Parece razonable que de todos ellos consi- 
deremos primero la tierra, utilizando este término en su sentido económico para 
designar a todos los recursos naturales. Estos recursos eran a) fundamentales para 
la naturaleza de las economías exportadoras que surgieron y b) críticos por con- 
dicionar las organizaciones sociales y políticas del período. A pesar de todas las 
alteraciones de la estructura económica, la tierra, en su sentido más estrecho, 
agrícola, siguió siendo el medio de producción básico para la mayor parte de 
la población en todos los países, y virtualmente todas las exportaciones latino- 
americanas (productos agrícolas, productos de la ganadería y minerales) podrían 
clasificarse como productos principalmente intensivos en tierra, incluso cuando, 
como en el caso del cobre chileno en el siglo xx, en su obtención se empleaban 
métodos intensivos en capital. 

En cierto modo, el más notable cambio económico de todo el período fue 
el enorme incremento de la provisión de tierra como móvil principal para el desa- 
rrollo capitalista. El incremento salió de tres fuentes principales y estuvo en fun- 
ción tanto de aumentos considerables en la demanda de productos de la tierra 
como de una extensión y una mejora igualmente considerables de las redes de 
transporte nacionales e internacionales. 



24 ' HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

Gran parte de la nueva provisión de tierra tenía su origen en apropiaciones 
particulares del inmenso dominio público. En el norte de México y en la América 
del Sur meridional, la población indígena había sido marginada al comenzar el 
período, a veces recurriendo para ello a la fuerza de las armas, con el fin de 
que fuera posible usar la tierra de un modo que armonizara más con las exigen- 
cias de las condiciones del mercado. Entre estos dos extremos de América Latina, 
la frontera de la apropiación económica se ensanchó de modo parecido hacia 
regiones que o bien sólo estaban escasamente pobladas o que antes de aquella 
época estaban poco (o nada) integradas en la estructura institucional capitalista. 
En México y América Central, por ejemplo, el extenso margen de cultivos se 
amplió a partir de los bordes de las zonas altas ya desarrolladas y se introdujo 
en las regiones subtropicales y en los territorios costeros, de donde salían gran 
parte de los productos tropicales que en cantidad creciente se mandaban al ex- 
tranjero. Parecida difusión de la producción comercial ocurrió en Venezuela, Co- 
lombia y Ecuador, con el rasgo complementario de que en los primeros dos paí- 
ses la colonización basada en la ganadería se extendió hacia las sabanas del interior, 
denominadas «llanos». 

Cabe discernir por lo menos dos tipos de expansión de la frontera. En el pri- 
mer caso, la colonización a lo largo del extenso margen se correspondía directa- 
mente con el aumento de la producción de artículos básicos para la exportación, 
como ocurrió con la frontera del café en el sur de Brasil o la de la lana en la 
Patagonia. En otros casos, no obstante, se hizo evidente un efecto de desplaza- 
miento. Así, por ejemplo, del mismo modo que el auge del índigo durante el 
siglo xvm en Guatemala y El Salvador había desplazado la producción de gana- 
do hacia Nicaragua y Costa Rica, en el siglo xix la difusión del cultivo de café 
en América Central empujó la producción de alimentos y la ganadería hacia zo- 
nas todavía más remotas. Se observan desplazamientos similares en otras partes. 
El impulso exportador y el desplazamiento de los cultivos, sumados el uno al 
otro, modificaron el mapa de colonización del continente. 

En Perú, los márgenes de la agricultura comercial fueron empujados a lo lar- 
go de la costa al extenderse los riegos, ampliados en bolsas dispersas de las tierras 
altas o sierras y, en especial durante el auge del caucho, extendidos hacia el inte- 
rior de la Amazonia. Este último fenómeno se repitió en Colombia y Ecuador, 
pero el escenario principal de la expansión amazónica fue, por supuesto, Brasil. 
Mientras tanto, en Brasil, la frontera del café avanzaba hacia el sur y precipitaba 
una expansión agrícola que penetró en el interior, hacia Paraguay y Bolivia, si- 
guiendo una zona costera que se extendía desde Río de Janeiro hasta bastante 
antes de llegar a Porto Alegre. En Argentina, aparte del movimiento de coloniza- 
ción hacia el sur que ya hemos señalado, y que también Chile experimentó, la 
economía rural adquirió más tierra nueva al oeste y al noroeste de Buenos Aires, 
extendiéndose hacia las zonas de cultivos nuevos junto a los Andes, en una direc- 
ción, y hacia la región de Mesopotamia, entre Uruguay y Paraguay, en la otra. 
Uruguay fue llenando gradualmente sus fronteras con la propagación de la gana- 
dería e incluso hubo cierta ampliación de las zonas de cultivo o de ganadería 
en Bolivia y Paraguay. Un incremento de la comercialización de productos fores- 
tales afectó a zonas de Brasil, el sur de Chile, Paraguay y la costa caribeña de 
América Central, entre otros lugares. 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 25 

Recursos naturales del subsuelo se introdujeron en el esquema de producción 
explotando los yacimientos dispersos por una zona considerable de América Lati- 
na, pero especialmente en el norte y el norte-centro de México (donde también 
se explotaron extensiones de la costa del Golfo al encontrarse petróleo en ellas) 
y la sierra de Perú, Bolivia y Chile. El desierto septentrional de Chile también 
cobró importancia económica con el auge de la industria de los nitratos. 

Varios mecanismos institucionales se utilizaron para que estos recursos agra- 
rios y minerales produjeran, aunque en la minería el procedimiento habitual era 
una concesión oficial de usufructo. En cuanto a la superficie de la tierra, parte 
"del dominio público se repartió en forma de concesiones a las compañías ferro- 
viarias para ayudar a la construcción de líneas; parte se usó para pagar a las 
compañías agrimensoras; parte fue para las compañías y los proyectos de coloni- 
zación de la tierra, ya se tratara de programas legítimos, como los que predomi- 
naban en Argentina y en el sur de Brasil, o de fraudes apenas disimulados y pro- 
yectos mal encaminados que nunca daban fruto. Otras porciones del dominio 
público se enajenaron por medio de concesiones de tierra o venta de la misma a 
precios nominales: en forma de parcelas de tamaño medio en algunos casos, como 
se hizo en las zonas cafeteras de Colombia y Costa Rica, pero con frecuencia 
en forma de grandes concesiones a individuos y compañías agrarias. De vez en 
cuando, los poseedores de bonos del Estado eran compensados con títulos agra- 
rios, mientras que en otros casos se hacían concesiones de tierra con la esperanza 
de fomentar nuevos cultivos, especialmente de productos de exportación. En no 
pocas ocasiones la tierra de dominio público fue sencillamente ocupada y recla- 
mada luego basándose en la fuerza de la posesión, triquiñuelas jurídicas o un 
tipo de adquisición por prescripción, procedimiento que tenía mayores probabili- 
dades de salir bien cuando quienes recurrían a él eran ricos o gozaban de influen- 
cia política, o ambas cosas a la vez. No hace falta decir que en modo alguno 
loda la tierra pública «vacante» reclamada así estaba realmente despoblada. 

Utilizando tanto medios discutibles como medios legales, grandes extensiones 
de tierra que antes estaban en poder del Estado, así como la mayoría de los yaci- 
mientos de minerales comerciales que a la sazón se conocían, cayeron en manos 
particulares, y el control de las mismas era ejercido a veces por un individuo, 
atrás por una familia y en ocasiones por una sociedad comercial. Esta última 
forma de organización comercial predominaba en la minería. No obstante, debi- 
do al tamaño de muchas familias terratenientes de América Latina, también era 
frecuente que se usara el procedimiento de la sociedad comercial para repartir 
los derechos agrarios entre numerosos herederos. En lo que se refiere a las gran- 
des propiedades rurales y a las minas que pertenecían a sociedades comerciales, 
en la mayoría de los casos era probable que el control de gestión, ya fueran pro- 
piedades de alguna sociedad o de algún particular, se ejerciera en nombre de 
propietarios ausentistas, pero también se daban bastantes otros en que gran- 
ees propietarios de tierras participaban por lo menos con regularidad, aunque 
-o necesariamente de forma-continua, en la tarea de organizar la producción 
y la comercialización. En los casos de tierra perteneciente a sociedades comercia- 
íes, a veces en el grupo propietario había inversionistas europeos o estadouniden- 
ses que, de hecho, nunca veían sus lejanas propiedades; así ocurría, por ejemplo, 
en algunas de las compañías ganaderas de propiedad británica que había en el 



26 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

Río de la Plata o en las compañías plataneras y azucareras de propiedad norte- 
americana en América Central y el Caribe. La situación solía ser parecida en 
las grandes sociedades del extranjero que explotaban propiedades mineras, algu- 
nas de las cuales se habían formado adquiriendo concesiones menores de propie- 
dad nacional. Pero en otros casos los propietarios extranjeros se afincaban en 
América Latina: por ejemplo, los Gildemeister en Perú, los Hochschild más ha- 
cia el sur, no pocos estancieros en Argentina y Uruguay, y rancheros en el norte 
de México. Desde el Brasil meridional hacia el sur había numerosos casos de in- 
migrantes europeos convertidos en propietarios rurales, ya fuera a su llegada o 
más adelante. También en otras partes, aunque con mucha menos frecuencia, 
hubo inmigrantes que pasaron a ser propietarios o propietarios-administradores 
de granjas y ranchos, como, por ejemplo, en el caso de las llamadas «fincas» de 
café en Guatemala. 

La enorme escala de las nuevas propiedades formadas a costa del dominio 
público ha sido objeto de mucha atención, lo cual está muy justificado; era un 
factor en prácticamente todos los países, pero alcanzó proporciones especialmen- 
te notables en Argentina, México y Brasil. Sin embargo, no hemos de pasar por 
alto los otros lugares donde los proyectos de colonización de la tierra y la migra- 
ción espontánea motivaron la difusión de la agricultura en pequeñas parcelas o 
de granjas y ranchos de tamaño mediano relativamente modestos. Por otro lado, 
el tamaño era una cuestión claramente relativa. Las grandes haciendas agrícolas 
de, pongamos por caso, las tierras altas de Guatemala o partes de la sierra ecua- 
toriana y peruana eran difícilmente equiparables con los vastos ranchos ganade- 
ros de la Pampa o la Patagonia, o con los de las regiones septentrionales de Chi- 
huahua o Durango. 

La minería, campo en que las mayores explotaciones se hallaban casi invaria- 
blemente bajo control extranjero, con la posible excepción de los primeros años 
del imperio del estaño de los Patino en Bolivia, presentaba parecidas variaciones 
en lo que se refiere a la escala de las unidades de propiedad. Se encontraban minas 
pequeñas en todas las zonas de América Latina donde había minerales, y general- 
mente eran explotadas por ciudadanos del país. En las propiedades mineras de 
tamaño mediano era más probable la participación extranjera/ aunque normal- 
mente se trataba de inmigrantes que habían llegado a América Latina con el pro- 
pósito de enriquecerse y algunos de ellos con el pensamiento, no siempre hecho 
realidad, de volver finalmente a su patria natal. Eran estas propiedades mineras 
de tamaño mediano las que típicamente formaron la base de algunas de las acu- 
mulaciones de riqueza más prominentes de la región: por ejemplo, las familias 
Proaño, Fernandini, Gallo, Rizo Patrón, Boza, Bentín y Mujica de Perú, u Ossa, 
Puelma, Cousiño y Errázuriz en Chile. En no pocas ocasiones, empero, a los pro- 
pietarios locales acabaron comprándoles su parte cuando sus propiedades mineras 
empezaron a parecer especialmente prometedoras, y tales concesiones formaron 
la base de las propiedades de grandes compañías extranjeras. Para el conjunto 
de América Latina, es probable que este proceso de desnacionalización fuese mu- 
cho más significativo en la minería que en el caso de las propiedades rurales, aun 
cuando los propietarios extranjeros y ausentistas de tierras agrícolas destacasen 
en ciertas regiones: por ejemplo, los ingenios de azúcar de Cuba, las plantaciones 
de plátanos de América Central y Colombia, los ranchos mexicanos, etcétera. 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 27 

La segunda fuente principal de expansión de la tierra era el uso de un modo 
más eficiente, desde el punto de vista comercial, de tierras que pertenecían a las 
tradicionales fincas o haciendas, que es el nombre genérico con que se acostum- 
bra a denominarlas. Lo más frecuente era que esto se hiciese cuando el tendido 
del ferrocarril alcanzaba nuevas regiones; a veces cuando mejoraba la navegación 
de cabotaje o cuando se abrían nuevos mercados nacionales o regionales. Ocu- 
rría, por ejemplo, con el crecimiento de las capitales y los puertos importantes 
o con el aumento de las actividades mineras, o con el crecimiento de nuevos mer- 
cados provinciales basados en las nuevas pautas de transporte. A veces esta co- 
mercialización entrañaba el cultivo o el empleo como pastizales de tierras que 
hasta entonces no se aprovechaban, para lo cual se contrataban peones, terraz- 
gueros o aparceros de alguna clase, según las circunstancias. En otras ocasiones 
surgían conflictos cuando los terratenientes intentaban crear una finca grande 
utilizando las parcelas ocupadas por terrazgueros con diversos tipos de derechos. 
Si las intrusiones en el dominio público representaban la expansión en el margen 
extenso, este segundo proceso de conversión agraria representaba un crecimiento 
de la provisión de tierra siguiendo el margen intenso. El proceso tendía a concen- 
trase en las partes del continente que estaban colonizadas desde hacía mucho tiem- 
po; sobre todo, pero no siempre, en regiones agrícolas que abastecían a mercados 
de tierra adentro. 

Esta comercialización de la propiedad rural tradicional surtió en algunas par- 
tes el efecto de crear un mercado de tierra bastante más activo que el que existía 
durante la época colonial. Los resultados, con todo, fueron muy desiguales, lo 
cual reflejaba la extraordinaria diversidad de condiciones entre las regiones pro- 
ductivas de América Latina. En algunos lugares, el Bajío de México y el centro 
de Chile, por ejemplo, parece que las haciendas (así como unidades agrícolas 
más pequeñas) experimentaron un proceso de subdivisión entre 1870 y 1914, de 
tal modo que al finalizar el período había más unidades que al principio. Las 
propiedades agrícolas también se compraban y vendían, por lo que la subdivisión 
no iba asociada sencillamente a" los traspasos sucesorios. En partes dispersas de 
América Latina hubo incluso una tendencia a la proliferación de los pequeños 
propietarios agrícolas, ya fuera por medio de la colonización de nuevas tierras 
o de la redistribución de títulos ruralesmás antiguos a través del mercado. Esto 
no equivale a decir que desapareciese la hacienda grande, toda vez que la concen- 
tración en grandes propiedades seguía siendo característica del sistema de tenen- 
cia de la tierra en la mayor parte de América Latina, pero sí sirve para indicar 
las amplias repercusiones de la comercialización en este mercado de factores. 

En cambio, había también regiones más antiguas donde la atracción de la 
demanda del mercado y los cambios en la tecnología de producción parecen ha- 
ber provocado una fuerte tendencia a la concentración de tierras, mediante la 
amalgama de propiedades en unidades de producción cada vez mayores. Las zo- 
nas productoras de azúcar del noreste de Brasil y de la costa de Perú fueron ejem- 
plos de este fenómeno, pero en modo alguno puede decirse que sólo ocurrió allí. 
En algunas partes del centro de Chile y de México también tuvo lugar la amplia- 
ción de propiedades que ya eran grandes, al igual que sucedió también en zonas 
de Ecuador, las tierras altas de Perú y otros sitios. Además, si bien parece que 
la tendencia a crear ingenios de azúcar mayores impulsó la concentración de tie- 



28 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

rras dondequiera que el cultivo de caña y la elaboración de azúcar se combinaran 
con el transporte de la caña por tren y las máquinas de vapor en la elaboración, 
las consecuencias que en la tenencia de la tierra tuvieron los fenómenos habidos 
en otros cultivos no fueron necesariamente uniformes. El avance de la frontera 
del café en Colombia y Costa Rica, por ejemplo, creó mayor número de propie- 
dades pequeñas que las que se encontraban entre las fincas de café de Guatemala, 
a la vez que las fazendas de café del sur de Brasil tendían, en general, a ser toda- 
vía mayores. El típico cultivo de cereales en Argentina se llevaba a cabo (la ma- 
yoría de las veces por terrazgueros) en propiedades más extensas que, pongamos 
por caso, el sur de Chile, Rio Grande do Sul en Brasil, Michoacán en México 
o el valle del Mantaro en Perú. 

Una tercera fuente de tierra agrícola para el mercado de tierras fueron las 
propiedades corporativas en las regiones más tradicionales: tierras que pertene- 
cían a la Iglesia o a diversas organizaciones religiosas o de beneficencia (tales 
como las llamadas «beneficencias públicas» de Perú) y tierras pertenecientes tan- 
to a comunidades indígenas como a comunidades fundadas por los españoles. 
En México, por ejemplo, reformas jurídicas de inspiración liberal prepararon el 
terreno, a partir del decenio de 1850, para la enajenación de muchas de estas 
propiedades, que pasaron a manos particulares, a la vez que los movimientos 
laicistas de otras partes —por ejemplo, Colombia en el decenio de 1860, Guate- 
mala y Venezuela en el de 1870, Ecuador en el de 1890— también pretendían 
reducir los bienes raíces de propiedad eclesiástica. La compra en el mercado, las 
maniobras jurídicas y la simple 'apropiación fueron métodos que se usaron para 
que tierras pertenecientes a instituciones cuya principal razón de ser no era el 
afán de lucro pasaran a poder de empresas capitalistas, y allí donde los títulos 
de propiedad seguían en manos de tales instituciones, el arrendamiento era gene- 
ralmente el método que se empleaba para colocarlas bajo gestión comercial (ca- 
bría añadir que para ello no siempre se recurría a las ofertas abiertas). Aquí y 
allá tierras de esta clase pasaban a manos de explotadores agrícolas pequeños 
y medianos, pero en muchas regiones estas antiguas propiedades corporativas se 
contaban entre las tierras que eran adquiridas por grandes terratenientes, ya fue- 
ran éstos individuos y familias o sociedades comerciales. Incluso allí donde las 
tierras comunales no desaparecieron del todo como tales, con frecuencia eran 
ocupadas indebidamente por particulares a causa del valor que les daba el hecho 
de encontrarse en las proximidades de centros de población consolidados. 

El funcionamiento del mercado de tierras durante este período aún no se ha 
aclarado, y es obvio que habrá que investigar mucho más para distinguir con 
mayor precisión la gama evidentemente amplia de variaciones y especificar con 
más exactitud los factores causantes de tales variaciones. Al igual que en tantos 
otros aspectos de la historia económica de América Latina, todas las generaliza- 
ciones deben ser provisionales y estar sometidas a replanteamientos a medida que 
vayamos obteniendo más datos. Teniendo presente esta advertencia, sin embar- 
go, parece que cabe hacer algunas observaciones acerca del mercado de tierras 
con el fin de describir su funcionamiento. 

Al parecer, tres situaciones favorecían a los pequeños y medianos cultivado- 
res en la distribución de recursos agrarios. En algunas de las regiones de coloni- 
zación más antiguas, donde el sistema de tenencia de la tierra era una compleja 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 29 



mezcla de derechos tradicionales y derechos jurídicos, y donde el principal impul- 
so de la expansión comercial lo daba el crecimiento de mercados locales y provin- 
ciales, parece que el sistema permitía que los individuos adquiriesen granjas y 
ranchos de escala modesta o ampliaran los que ya tenían. Estas transacciones 
llevaban aparejadas la compra de terrenos ajenos, la recepción en herencia de 
partes de haciendas subdivididas, la conversión de pastizales en tierras de cultivo 
o la adquisición de parcelas de tierra de dominio público, especialmente las tie- 
rras más remotas de distritos colonizados. Estas propiedades también se forma- 
ban a partir de tierras comunales (o de las que pertenecían a corporaciones no 
lucrativas) allí donde se estuviera erosionando la fuerza de las instituciones de 
la comunidad. Hablando en términos generales, estos casos no se daban en las 
zorras de expansión comercial más fuerte, donde los mercados de exportación 
dictaban las pautas de utilización de recursos, y tampoco allí donde tenían que 
ver con tipos de cultivo o de cría de ganado, en los cuales los requisitos de capital 
y tecnología eran considerables. La segunda circunstancia que favorecía el culti- 
vo de la tierra en escala propia de sublatifundismo parece que tuvo lugar princi- 
palmente en las regiones cafeteras de los Andes y Costa Rica y, en cierta medida, 
en Panamá, Nicaragua y Honduras. En estos lugares, el café, producto de fácil 
salida, se cultivaba principalmente para el mercado de exportación, pero la esca- 
sez relativa de mano de obra y las condiciones técnicas hacían que la producción 
en pequeña escala fuese una opción. La tercera situación que daba origen a gran- 
jas de tamaño moderado se encontraba en las regiones, que eran relativamente 
pocas, donde la tierra fue colonizada por inmigrantes europeos: los estados más 
meridionales de Brasil y partes de Argentina y el sur de Chile. En cuanto a los 
recursos minerales, las concesiones recibidas por naturales del país y explotadas 
en mediana o pequeña escala eran principalmente aquellas que por su naturaleza 
y su ubicación podían explotarse con una fuerza laboral relativamente pequeña 
y un capital moderado. 

Aparte de situaciones como las que acabamos de ver, en general las condicio- 
nes daban ventaja a los grandes terratenientes, del mismo modo que las concesio- 
nes para explotar los yacimientos de minerales mayores y geológicamente más 
complejos, los minerales cuya extracción exigía tecnologías más avanzadas, iban 
a parar de forma creciente a empresas extranjeras. Los ricos y los influyentes 
podían conquistar el favor de los estamentos oficiales cuando los gobiernos pro- 
cedían a repartir las mayores concesiones minerales y agrarias. Cuando se ven- 
dían grandes bloques de tierra o cuando tierras caras salían al mercado (los valo- 
res de la tierra ascendían marcadamente en bastantes partes de América Latina), 
eran ellos los que podían obtener los créditos hipotecarios o contaban con otro 
respaldo financiero para adquirirlas. Donde las oportunidades las ofrecía el mer- 
cado de exportación, el recurso a la ganadería moderna o a una agricultura más 
avanzada creaba una gran demanda de tierra y hacía subir el valor de ésta, expul- 
sando del mercado a los agricultores más modestos, los campesinos y los trabaja- 
dores sin tierra, pues prácticamente ninguno de ellos tenía acceso a créditos ban- 
carios, o empujándolos hacia tierras submarginales situadas en los márgenes de 
la economía monetaria. Al parecer, esto fue lo que ocurrió, por ejemplo, en la 
altiplanicie del sur de Perú cuando los precios de la lana subieron a finales del 
decenio de 1890 y comienzos del de 1900, aunque también intervinieron en ello 



30 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

otros procesos, tales como la abrogación de los tradicionales derechos de apacen- 
tamiento en tierra de las haciendas y la ocupación indebida de propiedades comu- 
nales. 

Utilizando estos medios, la consolidación y el crecimiento de propiedades más 
extensas adquirieron cierto aspecto acumulativo en gran parte de América Lati- 
na. En este efecto de la estructura institucional, al igual que en otros, cabe ver 
cómo en la configuración de las fuerzas sociales dentro de América Latina influ- 
yeron muchas condiciones que predominaban de forma externa en el sistema del 
capitalismo mundial. La difusión de las regiones de producción capitalista en Amé- 
rica Latina no eliminó todas las propiedades corporativas precapitalistas, las pro- 
piedades comunales, los cultivadores campesinos y los derechos consuetudinarios 
' de usufructo de las tierras de los latifundios, pero la nueva matriz social y econó- 
mica de la época dio un significado en gran parte diferente a la posición de todos 
estos vestigios culturales. 



El trabajo 

Los mercados de trabajo no resultaron menos afectados que los de productos 
por la creciente interpenetración de las estructuras económicas de la región y las 
de la economía mundial. En un extremo, en el caso de los llamados «golondri- 
nas», los inmigrantes que llegaban para trabajar en la escasamente poblada Ar- 
gentina entre intervalos de empleo en el Mediterráneo, el nuevo mercado de tra- 
bajo era muy sensible a los ritmos de la demanda de trabajo, unos ritmos 
estacionalmente diferenciados, de los hemisferios norte y sur. En lo que puede 
tomarse como el caso contrario y restrictivo, los mercados de trabajo internos 
de Perú estaban estructurados de forma tan insensible, respondían tan poco a 
las necesidades nuevas, que fue necesario importar culíes desde la otra orilla del 
Pacífico, en un principio con contratos de servidumbre limitados, al objeto de 
tener mano de obra para la agricultura costera s y la construcción de ferrocarriles. 
Además, hubo incluso mano de obra que se encontraba dentro de las fronteras 
nacionales y, pese a ello, no participaba en absoluto en ninguno de los mercados 
de trabajo de un país. Muchos de los aborígenes de las tribus que vivían en el 
hinterland amazónico se hallaban completamente fuera del alcance de los siste- 
mas de movilización de mano de obra de Brasil, Perú y Colombia, y gracias a 
este aislamiento se libraron de los horrores que durante el auge del caucho se 
perpetraron contra trabajadores nativos menos afortunados que ellos. 

La participación de América Latina en las masivas emigraciones de Europa 
en el siglo xix y principios del xx, aunque menor que las cifras equiparables co- 
rrespondientes a los Estados Unidos, fue considerable y surtió un efecto profun- 
do en la ubicación y el carácter de ciertos mercados de trabajo de la región. Ni 
que decir tiene, el movimiento intercontinental de personas no empezó durante 
el período en cuestión. La inmigración desde España y Portugal había comenza- 
do con la conquista, e incluso llegaron inmigrantes dispersos entre 1820 y 1840 
desde Alemania y otras partes, a Brasil, Argentina, Chile y unos cuantos países 
más. La trata de esclavos había introducido millones de africanos en América 
Latina y no fue abolida hasta 1850-1851 en el caso de Brasil y 1865-1866 en el 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 31 

de Cuba. Cerca de 50.000 chinos habían llegado a Cuba en calidad de mano de 
obra contratada entre 1847 y 1860, y en 1862 ya eran más de 60.000 los que 
había en ese país. Fue después de 1870, con todo, cuando las corrientes verdade- 
ramente fuertes de migración europea empezaron a tener repercusiones impor- 
tantes en los principales mercados de trabajo latinoamericanos, si bien, como 
todo lo demás, estas repercusiones se distribuyeron por toda la región de forma 
sumamente desigual. 

Argentina fue el país que más se benefició de este aspecto de la economía 
internacional. La media anual de inmigración en ese país alcanzó las 30.000 per- 
sonas en 1871-1875 y, si bien descendió hasta quedar en un promedio anual de 
22.000 personas durante 1876-1880, la cifra subió hasta las 51.000 en 1881-1885 
y 117.000 en 1886-1890. La crisis económica redujo la afluencia de inmigrantes 
en 1891-1895 y la dejó en una media anual de 47.000. Pero en lo sucesivo el 
nivel se recuperó y llegaron a contabilizarse promedios anuales de 248.000 en 
1906-1910 y 202.000 en 1911-1915. No todas las personas que en número de 4,5 
millones llegaron a Argentina se quedaron en el país; pero, incluso dejando apar- 
te los inmigrantes estacionales, la inmigración neta en el período 1871-1915 al- 
canzó casi los 2,5 millones. En 1914, aproximadamente el 30 por 100 de la pobla- 
ción argentina había nacido en el extranjero. Más significativo, por lo que revela 
acerca de la distribución espacial de las oportunidades económicas, es el hecho 
de que durante más de sesenta años alrededor del 70 por 100 de la población 
adulta de Buenos Aires era oriunda de países extranjeros. 

Los italianos y los españoles formaban la inmensa mayoría de los inmigran- 
tes, casi cuatro quintas partes del total entre los dos grupos, aunque los italianos 
superaban numéricamente a los españoles. Porcentajes menores procedían de Fran- 
cia, Rusia, el Levante, Alemania, Austria y Hungría, e Inglaterra, en orden de 
importancia descendente. No sería exagerado decir que la mayor parte de la mano 
de obra y las habilidades con que se construyó la moderna economía argentina 
las proporcionó este gran movimiento de personas. Fue también la razón por 
la cual la calidad de la fuerza laboral de que disponía la economía argentina al 
estallar la primera guerra mundial era muy superior — más culta, más especializa- 
da, más sana— a la de cualquier otro país latinoamericano. No sólo eso, sino 
que, a decir de todos, el mercado de trabajo en Argentina funcionó mucho mejc* 
que en otras partes en lo que se refiere a efectuar las asignaciones variables que 
son esenciales para los niveles de productividad que suben de forma ininterrum- 
pida; tanto la migración estacional transatlántica como la considerable cantidad 
de remigración no estacional son prueba de la eficacia de la dirección del merca- 
do. Todos los sectores de la economía se beneficiaron de esta infusión de mano 
de obra de calidad y de la importante subvención de los países de procedencia 
que la misma entrañaba. La zona litoral, donde se afincó la gran mayoría de 
los inmigrantes, pasó a ser un país de atributos claramente europeos en casi todos 
los aspectos que importaban. 

Brasil, el segundo beneficiario latinoamericano, recibió un total de alrededor 
de 3,2 millones de personas extranjeras entre 1871 y 1915. Como en el caso de 
.Argentina, no todas ellas se quedaron en Brasil, lo cual prueba que en ese país, 
como en el Río de la Plata, funcionaba un mercado de trabajo dotado de cierta 
sensibilidad. Pero, basándonos en datos fragmentarios sobre la remigración, cabe 



32 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

suponer, de un modo un tanto tosco pero razonable, que entre 1 ,7 y 2 millones 
de personas sí echaron raíces en el país. Los italianos constituían la mayor parte de 
estos inmigrantes, y los portugueses y los españoles ocupaban el segundo y tercer 
lugares, respectivamente. En cuanto a las demás nacionalidades, a continuación 
venían los alemanes y los rusos, y el resto consistía en una mezcla bastante varia- 
da de nativos de otros países de Europa y del Levante. La inmigración de japone- 
ses empezó en 1907. El mayor número de inmigrantes lo atrajo el estado de Sao 
Paulo, donde representaron hasta una quinta parte de la población total del dece- 
nio de 1890 a la primera guerra mundial. Una porción considerable del resto se 
dirigió a los otros estados del sur de Brasil y a Río de Janeiro. Sólo unos cuantos 
se instalaron en otras partes de Brasil. Comparada con la población total del 
país, no obstante, la población inmigrante era mucho más pequeña que en el 
caso argentino. 

Al igual que en Argentina, algunos de los inmigrantes llegaron a Brasil para 
poblar las diversas colonias rurales que se organizaron, a menudo con subvencio- 
nes del gobierno. El resto eran individuos o familias, y en algunos casos también 
recibieron ayuda de gobiernos interesados en incrementar la reserva de mano de 
obra para el sector exportador. En el caso de Brasil, tanto el gobierno nacional 
como los gobiernos de los estados adoptaron una política pensada para atraer in- 
migrantes. Lo mismo en Argentina que en Brasil, los líderes públicos veían la 
inmigración y la colonización como medios de ocupar regiones clave de sus res- 
pectivos territorios nacionales que se encontraban despobladas o escasamente po- 
bladas y, al parecer, ambos países eran muy conscientes de que los inmigrantes 
traerían a su nueva patria habilidades superiores y hábitos y actitudes europeiza- 
dos. Se consideraba acertadamente que la mano de obra inmigrante era un factor 
crítico para la edificación de la economía basada en el café en Brasil y la basada 
en los cereales y el ganado en Argentina. De la mano de obra inmigrante no 
dependían únicamente los sectores rurales de ambos países, sino también la cons- 
trucción de la infraestructura y la marcha de una parte importante de la expan- 
sión del sector urbano que contribuía a los auges de la exportación al mismo 
tiempo que usaba su excedente para elaborar una estructura económica nacional 
más compleja. A decir verdad, el propio nivel de salarios reales, relativamente 
alto, de que gozaban estos dos centros de expansión de las exportaciones e inmi- 
gración era un factor en este crecimiento derivativo del sector interior. 

De los otros países, Uruguay recibió un buen número de inmigrantes, espe- 
cialmente de España e Italia, en relación con su pequeña población, y algunos 
otros países, tales como Chile, Cuba y México, recibieron la mayor parte del 
resto de los que emigraron a América Latina. El número de los que llegaron a 
México, empero, fue muy pequeño si se compara con la población del país. Sola- 
mente en Uruguay, Chile y Cuba la afluencia de europeos surtió un efecto muy 
notable en la población activa, a pesar de los esfuerzos esporádicos, pero general- 
mente fútiles, por atraer europeos a las otras repúblicas. En su mayor parte, la 
principal repercusión del número relativamente pequeño de personas que llega- 
ron a países que no fueran Brasil, las repúblicas del Río de la Plata, Chile 
y Cuba se notó en el campo de los negocios, donde los inmigrantes entraron 
en calidad de empresarios fabricantes, comerciantes, financieros, ingenieros y 
otras clases de especialistas profesionales y técnicos. Sus aportaciones, sin em- 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 33 

bargo, fueron considerables y muy desproporcionadas en relación con su número. 

En toda América Latina, las relaciones entre la economía internacional y los 
mercados de trabajo regionales fueron muy variadas y reflejaban una mezcla de 
influencias diversas: diferencias regionales en las dotaciones de factores aparte 
del trabajo, la fuerza diferente de las instituciones tradicionales en lo que se refie- 
re a regular las relaciones de producción, variaciones en la estructura de produc- 
ción en distintas industrias de exportación y el volumen de inmigración. La tasa 
y la magnitud del cambio económico en una región dada eran una variable condi- 
cionante más, como lo era también la tendencia demográfica que actuaba con 
independencia de la migración internacional. Así pues, no debería pasarse por 
alto que hubo una subida secular de la población durante el período 1870-1914, 
incluso en países que se vieron poco afectados por el movimiento de personas 
en mayor escala. Es difícil encontrar cifras exactas, pero el número de mexicanos, 
por ejemplo, puede que se doblara entre 1850 y 1930, a la vez que es posible que 
la población chilena se triplicara en el mismo intervalo y que el crecimiento demo- 
gráfico fuese aún más elevado en Perú. El efecto general de este fenómeno de- 
mográfico fue incrementar la demanda nacional de alimentos (y, por ende, la 
rentabilidad de la agricultura comercial), intensificar la competencia para acce- 
der a tierras (y, por consiguiente, los conflictos entre las haciendas y las comuni- 
dades indígenas) y causar la subida de los precios de la tierra al mismo tiempo 
que permitía que los terratenientes se apropiaran de una parte mayor del produc- 
to del trabajo (mediante los arriendos, los niveles de salarios y la exigencia de 
prestar servicios laborales) de lo que habría sido posible de otro modo. 

Prácticamente, las únicas generalizaciones que pueden hacerse son que la es- 
clavitud como institución fue eliminada finalmente de América Latina — fue abo- 
lida definitivamente en Cuba en 1880-1886 y en Brasil en 1888— y que la hetero- 
geneidad misma de las condiciones de los mercados de trabajo en todo el continente 
reflejaba las numerosas imperfecciones del mercado como institución conectiva 
entre diferentes regiones y procesos de producción. A estas generalizaciones cabe 
añadir una tercera: en general, los mercados de trabajo urbanos funcionaban con 
mucha más libertad que los rurales, donde era probable que la incrustración de 
usos y relaciones arcaicos fuese mucho más pronunciada. No menos que en la 
Europa de una época anterior podía decirse que Stadtluft machí frei. 

Como era de esperar, las medidas de movilización de mano de obra abarca- 
ban todo un espectro. En algunos lugares, tales como Guatemala y las tierras 
altas de Perú y Bolivia, seguía recurriéndose a las prestaciones laborales obligato- 
rias, principalmente para las obras públicas locales, pero, sobre todo en Guate- 
mala, como medio de reclutar mano de obra para agricultores particulares du- 
rante los primeros tiempos de este período. En Perú y Bolivia no era desconocida 
la antigua costumbre colonial de destinar trabajadores a las minas, mientras que 
en algunos países donde había una nutrida población indígena las leyes relativas 
al vagabundeo se utilizaban para obligar a trabajar, aunque, al parecer, la cos- 
tumbre no siempre daba buenos resultados. (Pruebas de que se recurría a este 
método proceden de lugares tan distantes como México, Guatemala, Colombia 
y Tucumán, en Argentina.) Más común, con todo, era la remisión de deudas 
por el trabajo, que permitía obligar a los indígenas que no tenían dinero a traba- 
jar de peones hasta que saldaran sus deudas. El control por parte de los terrate- 



34 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

nientes de la tristemente célebre «tienda de raya», el economato de la empresa 
en haciendas y plantaciones, así como los préstamos usurarios se empleaban para 
tratar de garantizar que el nivel de peonaje por deudas concordase con los requi- 
sitos de mano de obra de las fincas rurales. En México —especialmente, en Yuca- 
tán—, así como en Guatemala, las regiones productoras de caucho de la Amazo- 
nia y partes de las tierras altas andinas, donde existía bajo una forma modificada 
conocida por el nombre de «sistema de enganche», la remisión de deudas por 
el trabajo servía principalmente para reclutar trabajadores entre los nativos con 
tierras propias. 

Hasta qué punto predominaban estos sistemas de contratación de mano de 
obra no podrá determinarse en tanto no sepamos mucho más acerca del funcio- 
namiento de los mercados de trabajo regionales. Sin embargo, los datos de que 
ya disponemos inducen a pensar que estos tipos de prestaciones forzosas en modo 
alguno eran tan comunes como se creía en otro tiempo, especialmente fuera de 
Mesoamérica. En algunas localidades, sencillamente no era necesario, dada la 
limitada movilidad interregional de la mano de obra; la expansión de los latifun- 
dios dio a las grandes haciendas el control de la mayor parte de los medios de 
producción disponibles, desde luego el de las mejores tierras de la zona, y permi- 
tió que los terratenientes excluyeran de la mayoría de las opciones de empleo 
más prometedoras a la población de los alrededores. En el apogeo de las grandes 
concesiones de tierras no era infrecuente que los dispersos habitantes de regiones 
fronterizas poco pobladas se encontraran con que unas transacciones efectuadas 
lejos de allí les habían convertido en trabajadores residentes para las nuevas em- 
presas rurales. También en regiones más antiguas y más pobladas existía esta 
apropiación de los puestos de trabajo opcionales al apoderarse los latifundistas 
de los medios de producción, especialmente al absorber las haciendas las tierras 
de las aldeas. En circunstancias parecidas, los terratenientes también podían mo- 
dificar los regímenes de arrendamiento habituales con el fin de exigir una mayor 
prestación de servicios laborales en la propiedad y de incrementar la porción que 
ésta recibía de las cosechas obtenidas por los que trabajaran la tierra en régimen 
de aparcería. 

Si bien partes de América Latina, al igual que la Europa oriental, experimen- 
taron una especie de segunda enfeudación al extenderse el mercado capitalista 
de productos agrarios, en bastantes regiones — probablemente en muchas más 
de las que se suponía en otro tiempo— la demanda de mano de obra generada 
por las oportunidades atractivas en los mercados de exportación de productos 
agrícolas, ganadería y minerales superó las necesidades de mano de obra del nivel 
más bien bajo en que funcionaban muchas economías regionales durante el pe- 
ríodo colonial y el largo período de desorden económico que siguió a la indepen- 
dencia. El resultado de esto fue una reorganización de las diversas categorías de 
arrendamiento y una alteración de los acuerdos de aparcería, junto con un creci- 
miento perceptible de la mano de obra asalariada. De hecho, cada vez hay más 
pruebas de que aquí y allá una demanda fuerte de mano de obra, una demanda 
inducida por las exportaciones, se combinaba con la relativa escasez de trabaja- 
dores para mejorar las condiciones de arrendamiento, convirtiendo las obligacio- 
nes laborales y el arrendamiento en especie en pagos en efectivo, y haciendo subir 
los salarios reales de la mano de obra contratada al procurar los patronos rurales 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 35 

atraerse trabajadores y retenerlos a su servicio. (Los cambios de los ingresos rea- 
les para la población rural también acusaron la influencia de la cantidad de tiem- 
po obligatorio que se empleaba en trabajar para la hacienda.) 

Deberíamos añadir que cabía encontrar medios comerciales de aumentar la 
mano de obra disponible en países que no fueran los del Cono Sur, donde las 
relaciones de producción capitalistas estaban firmemente arraigadas, aunque to- 
davía no se ha determinado la medida exacta en que estos sistemas de trabajo 
más nuevos se difundieron por el resto del sector rural de América Latina. Lo 
que está claro es que la expansión de la demanda resultante de los incrementos 
de los ingresos y la población de la región del Atlántico Norte repercutió muy 
favorablemente en el comercio exterior de América Latina y que, de una forma 
o de otra, estas repercusiones se hicieron sentir en muchos, cuando no en la ma- 
yoría, de los mercados de trabajo del continente. Sin embargo, que la mejora 
de los salarios reales, allí donde la hubo, fue decididamente modesta fuera de 
las zonas favorecidas del sur de Brasil y Argentina-Uruguay se hace patente al 
ver el atractivo casi imperceptible que estas otras regiones tenían para los emi- 
grantes europeos, que se marchaban en gran número al extranjero en busca de 
empleo remunerador. 



El capital 

Que la evolución de las relaciones de América Latina con la economía mun- 
dial fue el rasgo central del período posterior a 1870 en ninguna parte se manifes- 
tó más claramente que en los mercados de capital de la región. La conexión del 
centro industrial con América Latina fue la fuerza motriz del proceso de acumu- 
lación de capital en todo el continente. Las transferencias de capital internacional 
alimentaron el proceso, pero en modo alguno constituyeron su totalidad. Quizá 
fueran aún más significativas como catalizadoras de la formación de capital local. 

Los cuatro o cinco decenios que precedieron a la primera guerra mundial, 
la era del alto capitalismo, fueron una edad de oro para las inversiones extranje- 
ras en América Latina. Como hemos visto, las condiciones para la recepción de 
capital extranjero mejoraron mucho en los decenios anteriores y el movimiento 
de capital que cruzaba las fronteras nacionales todavía se hallaba casi totalmente 
libre de restricciones oficiales. Aprovechando las condiciones que a la sazón iban 
manifestándose en los mercados de productos, el capital extranjero penetró en 
América Latina en cantidades que no tenían precedente. El proceso no siempre 
tuvo lugar sin novedad. Se habían registrado oleadas de incumplimientos en los 
títulos públicos en los decenios de 1860 y 1870, y la crisis de Baring de 1890-1891 
ocasionó una nueva interrupción. Tampoco eran las emisiones de títulos públicos 
las únicas que tropezaban con dificultades. Muchas empresas mineras fracasaron 
y algunos de los valores bancarios tampoco estuvieron a la altura de lo que se 
esperaba de ellos. Pero la afluencia de capital continuó a pesar de las interrupcio- 
nes. Durante la totalidad del período, Gran Bretaña suministró la mayor parte 
de estas transferencias de capital, a la vez que otras economías europeas, sobre 
todo Francia y Alemania, también desempeñaron un papel significativo. 

Hasta el decenio de 1890, las inversiones norteamericanas fueron pequeñas 



36 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

y, principalmente, se realizaron en ferrocarriles y en minas de oro y plata en 
México, en ingenios de azúcar en Cuba, en unas cuantas líneas ferroviarias y 
en plantaciones en América Central, y en un reducido número de otras compa- 
ñías de ferrocarriles (en Ecuador y Colombia), empresas de productos forestales, 
explotaciones agrícolas y establecimientos mercantiles. Durante el decenio de 1890, 
hubo nuevas inversiones estadounidenses en minas de cobre y plomo en México, 
en plantaciones de plátanos en América Central, así como en diversas empresas 
de Colombia y Perú. Sin embargo, en 1897, el 80 por 100 de las inversiones direc- 
tas norteamericanas (el grueso del total de capital estadounidense en el extranjero 
correspondía a inversiones de este tipo) en América Latina todavía estaba con- 
centrado en México y Cuba, y ambos países recibieron nuevas y considerables 
inversiones de los Estados Unidos durante los años siguientes. En 1914, las inver- 
siones norteamericanas también habían aumentado mucho en la minería chilena 
y en la peruana, de modo que casi el 87 por 100 de las inversiones directas esta- 
dounidenses se encontraban en sólo cuatro países: México, Cuba, Chile y Perú. 
De alrededor de 300 millones de dólares en 1897, el total de la cartera norteame- 
ricana subió hasta casi llegar a los 1.600 millones de dólares en 1914, entre inver- 
siones directas (casi 1.300 millones de dólares) e inversiones de cartera. 

Las inversiones europeas en América Latina, aparte de haber comenzado an- 
tes y de haber ascendido hasta una cantidad total mucho mayor en 1914 (alrede- 
dor de 7.000 millones de dólares), se diferenciaban de las estadounidenses en otros 
dos aspectos significativos. En primer lugar, la dispersión geográfica era mucho 
mayor: para la mayoría de los países, durante buena parte de este período, Euro- 
pa fue la principal proveedora de capital. En segundo lugar, una porción mucho 
mayor correspondía a inversiones de cartera: especialmente, en instalaciones tipo 
infraestructura, tales como ferrocarriles, puertos, tranvías, compañías de fuerza 
y de luz, y otros servicios públicos. Además, casi un tercio se había invertido 
en títulos del Estado, por lo que sumas considerables de capital eran transferidas 
al sector público a pesar de la preeminencia de la empresa privada en la organiza- 
ción macroeconómica de la época. Desde luego, una parte nada despreciable de 
estos fondos colocados en el sector público servía para subvencionar las inversio- 
nes en el sector privado, pero no parece irrazonable suponer que la aceptabilidad 
política de la fuerte infusión de inversiones extranjeras se derivaba, al menos en 
parte, de la porción de las mismas que se encauzaba hacia las autoridades nacio- 
nales. 

Las inversiones británicas, aunque llegaron a todos los países del continente, 
también estaban un tanto concentradas en su distribución. Argentina había reci- 
bido más de un tercio del total de casi 5.000 millones de dólares al finalizar el 
período, a la vez que Brasil había recibido poco menos de una cuarta parte. 
A México le correspondió alrededor del 16 por 100 de las inversiones británicas 
y, por ende, estos tres países representaban poco más de las tres cuartas partes 
del total de la participación británica en América Latina. Los seguían Chile, Uru- 
guay, Cuba y Perú, que entre todos constituían otro 18 por 100 del total. Aparte 
de los campos de preferencia de los inversionistas que ya hemos citado, también 
se encontraba capital británico en actividades tales como la minería, la navega- 
ción y la banca. 

Las inversiones francesas se concentraron en Brasil, pero hubo también gran- 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 37 

des participaciones en Argentina y México en cantidades más o menos iguales. 
Los campos de preferencia eran, asimismo, los títulos del Estado, los ferrocarri- 
les, las minas, la banca y las finanzas, etcétera, aunque, al parecer, la mayoría 
de los servicios públicos resultaba bastante menos atractivo para los inversionis- 
tas franceses que para los británicos. Los inversionistas alemanes, que suminis- 
traron menos capital que los franceses, mostraban preferencia por Argentina, 
Brasil y México, e invirtieron relativamente poco en ferrocarriles y empresas de 
servicios públicos. 

Cabe formular varias preguntas acerca de estas estimaciones, y de otras simi- 
lares, sobre la magnitud de la afluencia de capital hacia América Latina, si bien, 
en realidad, las cifras deberían considerarse sólo como indicaciones de órdenes 
de magnitud aproximados. De todos modos, en sí mismas, incluso teniendo en 
cuenta los errores de medición, son un testimonio impresionante del grado en 
que América Latina estaba preparada para participar en el capitalismo mundial 
y de la fuerza de sus lazos con los centros de ese sistema capitalista en el Atlánti- 
co Norte. Sin embargo, aparte de la magnitud, hay dos aspectos que merecen 
comentario. 

En primer lugar, fue esta afluencia de capital, desde los mercados relativa- 
mente bien organizados del centro capitalista hasta los casi inexistentes mercados 
de capital de América Latina, lo que permitió que la región respondiera como 
lo hizo a las nuevas oportunidades de vender en los mercados de productos de 
exportación. Las recientes compañías de telégrafos y teléfonos, los sistemas de 
información económica y la mayor rapidez de los servicios marítimos, por ejem- 
plo, integraron el esquema de decisiones de producción de las economías latino- 
americanas en la estructura del mercado mundial con creciente firmeza. Gracias 
a los avances técnicos, las líneas de navegación proporcionaban un medio cada 
vez más rápido y barato de transportar artículos latinoamericanos a los principa- 
les centros de consumo y de entregar las importaciones que éstos mandaban en 
los centros de distribución de los puertos de América Latina. 

Los ferrocarriles revestían especial importancia para determinar las repercu- 
siones de los movimientos de capital real, así como para explicar los flujos finan- 
cieros. Las nuevas líneas de ferrocarril que partían de los puertos hacia el interior 
estaban proyectadas para recoger los excedentes exportables de minerales y pro- 
ductos agrícolas, y trasladarlos hasta la orilla del mar o, en el caso de México, 
también hasta la frontera septentrional de la república. No sólo se hizo que el 
trazado geográfico del sistema reforzara las ventajas relativas de la región en lo 
que se refiere a la producción de minerales, fibras, alimentos, etcétera, para la 
exportación, sino que también se crearon estructuras de tarifas de carga que fa- 
vorecieran los mismos fines. Por consiguiente, las líneas de ferrocarriles, que en 
casi todas partes competían con métodos de transporte terrestre mucho más cos- 
tosos en lugar de competir con canales navegables, cumplieron una importante 
función catalítica al permitir grandes ahorros en los costes unitarios del envío 
de mercancías una vez se hubo estimulado el subsiguiente crecimiento de la pro- 
ducción. Los interrogantes que se han planteado en relación con los ahorros so- 
ciales de los primeros sistemas ferroviarios en los Estados Unidos o en Europa 
son menos convincentes en el caso de América Latina. 

Esto no equivale a argüir que los ferrocarriles fueron invariablemente un éxi- 



38 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

to económico o social. No cabe duda de que hubo algunas líneas, especialmente 
en la región andina, que no cumplieron las expectativas porque los elevadísimos 
costes de construcción y mantenimiento no se vieron compensados luego por el 
ahorro que el ferrocarril representó para productores, instituciones comerciales 
y consumidores. Además, en el ambiente comercial despreocupado y especulativo 
de la época, otras líneas se resintieron de una mala estructura financiera o de 
las deficiencias de su construcción y mantenimiento. Así, incluso cuando se gene- 
raban ahorros sociales tal como suelen computarse, estos ahorros eran menos 
de lo que habrían podido ser si las autoridades públicas hubiesen llevado a cabo 
una supervisión más atenta, y algunas líneas resultaron ser muy poco rentables 
para sus accionistas, aunque quizá fueron inmensamente rentables para sus pro- 
motores y para los bancos de inversiones que emitieron sus títulos. 

Hay que señalar que la construcción de los primeros ferrocarriles había empe- 
zado a finales del decenio de 1840 y, en algunos casos, durante el de 1850. Pero, 
en realidad, la principal época de construcción de ferrocarriles vino después de 
1860, y en especial después de 1870, en medio de un ambiente casi febril de pro- 
moción, financiación y construcción. En 1870, la longitud total de raíles tendidos 
en América del Sur superaba los 2.800 kilómetros. En 1900 la cifra ya había re- 
basado los 41.000 kilómetros. Argentina, México y Chile fueron las naciones que 
finalizaron el período con las redes ferroviarias más extensas, si bien, debido a 
factores tales como la falta de estandarización de los anchos de vía y del material 
rodante, la cobertura, incluso en los países citados, era menor de lo que daban 
a entender los mapas de ferrocarriles. 

Los efectos tecnológicos beneficiosos de las transferencias de capital interna- 
cional fueron muy amplios, toda vez que se introdujeron nuevos métodos de pro- 
ducción del extranjero en todos los sectores exportadores de América Latina — en 
la minería, la ganadería, la agricultura, la molturación, etcétera — , y en no pocos 
casos también se mejoró técnicamente la producción destinada a los mercados 
interiores. Gracias a la protección que les brindaban los costes del transporte y, 
a menudo, unos aranceles que se habían desplazado hacia niveles proteccionistas, 
aparecieron con creciente frecuencia pequeñas industrias en todos los países de 
mayor extensión y en la mayoría de los pequeños. Favorecieron su crecimiento, 
en algunos casos, la sobrevaloración de las importaciones en las aduanas y la 
depreciación a que se vio sometida la mayoría de las divisas latinoamericanas 
en los últimos decenios del siglo. Las más de las veces estos nuevos fabricantes 
utilizaban tecnologías de producción importadas del extranjero. 

El segundo aspecto que hay que poner de relieve se refiere a la transmisión 
social del capital. El capital procedente del extranjero llegaba encarnado en una 
matriz de organización, y es muy posible que esta circunstancia fuera la aporta- 
ción más valiosa de los movimientos de capital. Si bien no disponemos de datos 
exactos, parece probable que una parte muy grande del capital «extranjero» in- 
vertido en América Latina antes de 1914 no representara las transferencias inicia- 
les de capital internacional, sino ganancias reinvertidas; dicho de otro modo, las 
compañías extranjeras desempeñaban un papel importante como agencias para 
la formación de capital local. Además, estas organizaciones de formación de ca- 
pital podían ser emuladas. Los latinoamericanos, muchos de los cuales (en los 
segmentos más privilegiados de la sociedad) se iban al extranjero para adquirir 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 39 

experiencia práctica en el campo mercantil, se familiarizaron con los más recien- 
tes métodos comerciales, sistemas de clasificación crediticia, modos de gestión 
y organización de la producción, publicidad y promoción. Si bien los estudios 
en el extranjero, fomentados por la admiración que despertaban los logros mate- 
riales de los países industrialmente más avanzados, al principio habían empujado 
a los latinoamericanos hacia campos prácticos, tales como la ingeniería civil, las 
ciencias aplicadas y la ingeniería de minas, en el último cuarto de siglo en varias 
de las repúblicas ya había escuelas que empezaban a cultivar estas habilidades 
localmente. Asimismo, en numerosos casos se obtenía una educación comercia] 
de tipo práctico, como hizo el baráo de Mauá, el famoso empresario brasileño, 
trabajando en alguna de las empresas extranjeras que actuaban en la región. Por 
supuesto, la proliferación de empresas extranjeras en toda la región incrementó 
en gran medida este tipo de aprendizaje comercial. Mucha importancia se ha dado 
a los supuestos prejuicios en las preferencias de contratación de las compañías 
extranjeras, cuya expansión en la segunda mitad del siglo xix dejó muy atrás 
la capacidad de los sistemas nacionales de educación de América Latina en lo 
que se refiere a proporcionar personal especializado. Puede que esta situación 
fuese especialmente grave en México, donde era relativamente fácil traer especia- 
listas técnicos y económicos del otro lado de la frontera. Lo cierto, sin embargo, 
es que en todo el continente muchos nativos trabajaban en compañías de propie- 
dad extranjera — ferrocarriles, minas, servicios públicos, etcétera — y que ello 
les permitió aprender el funcionamiento de las sociedades anónimas y otros as- 
pectos de la gestión capitalista y, andando el tiempo, fue la base sobre la que 
se formuló el interrogante de hasta qué punto era socialmente necesario seguir 
contratando a extranjeros. 

Esta formación de capital humano era parte esencial del funcionamiento de 
las nuevas instituciones que echaron raíces en América Latina durante este perío- 
do. Casas mercantiles fundadas por extranjeros interpretaron un papel importan- 
tísimo en la organización del comercio de exportación e importación. Las empre- 
sas británicas fueron las primeras, pero luego se unió a ellas, desplazándolas a 
veces, un número creciente de compañías alemanas, francesas, belgas, norteame- 
ricanas y de otras nacionalidades. Algunas de estas empresas mercantiles, las ma- 
yores, que al principio habían cumplido funciones casi bancarias, más adelante 
participaron en la fundación de bancos y, junto con sus intereses financieros, con- 
tribuyeron a promover empresas industriales, agrarias y mineras. Entre los nume- 
rosos nombres comerciales que podríamos citar como ejemplo de esta tendencia 
a ensanchar el campo de actividades se cuentan los de Duncan Fox, Antony Gibbs, 
H. S. Boulton, Balfour Williamson, Gildemeister, Tornquist, Graham Rowe y 
A. y F. Wiese. Se abrieron nuevos cauces de comercialización entre los mercados 
latinoamericanos y los fabricantes estadounidenses y europeos, a la vez que con 
el advenimiento de mejores transportes locales, los mercaderes de los países de 
la región, sobre todo los de tierra adentro, pudieron hacer grandes ahorros en 
concepto de existencias, con lo que dispusieron de capital para otros fines. Surgie- 
ron servicios de venta al por mayor y de almacenaje en los principales centros 
urbanos, al mismo tiempo que los agentes de ventas se desplegaban por el hinter- 
land. Se crearon redes de crédito concedido entre comerciantes, a veces con el 
respaldo de casas de banca especiales, y estas redes se extendieron hacia el interior. 



40 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

Desde la consecución de la independencia, América Latina había carecido de 
una base institucional en el estratégico campo de las finanzas y durante mucho 
tiempo las condiciones no fueron muy propicias para la creación de intermedia- 
rios financieros duraderos. Aquí y allá se habían hecho esfuerzos en ese sentido, 
pero raras veces daban buenos resultados durante mucho tiempo. Quizás en este 
campo los mayores progresos los había hecho Brasil, pues fue allí donde había 
florecido el espectacular imperio comercial de Mauá con sus extensas operaciones 
bancarias. Durante el decenio de 1860, se pusieron en marcha varios bancos bri- 
tánicos, que introdujeron métodos bancarios británicos en la región: el London 
and Brazilian Bank (1862), el London and River Píate Bank (1862), el London Bank 
of México and South America (1863-1864), el British Bank of South America 
(1863), el English Bank of Rio de Janeiro (1863). Acompañados luego por el 
Anglo South American Bank (amalgama de dos bancos fundados en 1888 y 1889), 
estos y otros bancos británicos fueron extendiendo gradualmente sus operaciones 
por un territorio cada vez más ancho mediante sus redes de sucursales. A los 
bancos británicos les siguieron, con cierto retraso, bancos de la Europa continen- 
tal como, por ejemplo, el Deutsche Überseeische Bank, el Brasilianische Bank 
für Deutschland, el Deutsche Süd Amerikanische Bank, la Banque Francaise pour 
l'Amérique du Sud y la Banque Argentine et Francaise. También empezaron sus 
operaciones algunos bancos italianos y unos cuantos con conexiones en Holanda, 
Bélgica y Suiza. Al igual que los otros, estos bancos multiplicaron sus sucursales 
a lo largo de los decenios, especialmente los de origen francés y alemán. Habría 
que añadir que con los bancos de la Europa continental llegó una forma de enfo- 
car el negocio bancario que era diferente de la británica: la de la institución de 
tipo crédit mobüier, con sus raíces en el sansimonismo. 

La mayor parte de los fondos que recaudaban estos bancos era de origen lo- 
cal, lo cual ilustra la función importante que cumplían estos trasplantes institu- 
cionales, como las empresas mercantiles extranjeras y las fábricas y compañías 
mineras fundadas por capitalistas y empresarios inmigrantes en calidad de agen- 
cias residentes de acumulación de capital. Desde el decenio de 1850 hasta el de 
1880 y después, se crearon más mecanismos financieros para la acumulación y 
la provisión de otros servicios bajo la forma de compañías hipotecarias y empre- 
sas aseguradoras. Esto no quiere decir que todos los bancos nuevos de América 
Latina fuesen extranjeros. Pero incluso en muchos de los bancos organizados 
localmente, inmigrantes y empresas fundadas por extranjeros intervinieron en su 
creación y en prácticamente todos los casos los prototipos institucionales fueron 
los suministrados desde Europa. 

Finalmente, hay que llamar de nuevo la atención sobre otro aspecto del capi- 
tal de organización que se transfirió a América Latina durante este período: a 
saber, el espíritu de empresa industrial. Como hemos señalado anteriormente, 
bastantes aranceles se habían vuelto proteccionistas, a veces por designio, porque 
el libre cambio en modo alguno era aceptado universalmente en los círculos rec- 
tores de América Latina, ni siquiera durante el apogeo del liberalismo. En oca- 
siones, se probaron también otras medidas de fomento, se añadió cierto grado 
de proteccionismo al hacer que los procedimientos aduaneros resultaran especial- 
mente complicados y se sobrevaloraron las importaciones para fijar los arance- 
les. Cuando, después de 1873, se produjo la depreciación de la divisa local en 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 41 

relación con los países del patrón oro de la Europa occidental, los exportadores 
resultaron favorecidos (ya que sus costes de producción tendían a subir más des- 
pacio de lo que bajaba el precio oro de sus divisas) y los que aspiraban a producir 
localmente se vieron un tanto aliviados de la competencia de las importaciones, 
cuyos precios en divisas locales iban en aumento. 

Aunque los datos que tenemos son muy fragmentarios, parece justificado de- 
cir que los empresarios inmigrantes contribuyeron de forma desproporcionada 
a la creación de los cientos de pequeñas fábricas que surgieron en Argentina, 
Brasil, México, Chile, Perú y otras partes, aunque es posible que en Colombia 
los nativos contaran un poco menos con los empresarios y técnicos extranjeros. 
La creencia de que la industrialización de América Latina empezó durante la pri- 
mera guerra mundial (por no hablar de la afirmación que se hace a veces en el 
sentido de que comenzó todavía más tarde) es patentemente incorrecta; una fase 
incipiente se ve con claridad en la crónica de lo que sucedió entre 1870 y 1914, 
sobre todo en los campos que mencionamos al hablar de los mercados de produc- 
tos. Basándose en el crecimiento demográfico y en la expansión de las rentas 
inducidas por las exportaciones, los mercados urbanos locales de bienes comunes 
y bienes de producción se hallaban en fase de crecimiento y, a modo de respues- 
ta, motivaron la fundación de nuevas empresas. Que éstas no fueran más nume- 
rosas cabe atribuirlo al tamaño limitado de los mercados nacionales a pesar del 
crecimiento de las exportaciones, a la elasticidad de la oferta de importaciones 
en condiciones ventajosas y al mismo estado rudimentario de los mercados nacio- 
nales de capital con riesgo, entre otros elementos del sistema de apoyo empresa- 
rial. Seguía habiendo una gran escasez de fondos de origen local para invertir, 
y en muchos casos la atracción de las industrias de exportación, con sus sólidos 
mercados en el extranjero y sus excelentes redes de información y cauces de co- 
mercialización, resultaba irresistible. 



Conclusión.- la evolución del capitalismo en América Latina 

Entre 1870 y 1914, América Latina no sólo mostraba una creciente diferencia- 
ción regional, sino que también creó una dotación diferente de factores de pro- 
ducción gracias al desarrollo del período, que fue inducido por la demanda (pero 
no limitado exclusivamente por ella). Las pautas de recursos en que se apoyaban 
las economías de la región en vísperas de la primera guerra mundial diferían no- 
tablemente de las que hacían las veces de base del proceso económico al empezar 
el período. La mano de obra era más abundante, de calidad decididamente supe- 
rior y ofrecía una serie de habilidades más diversificada. La tierra, incluyendo 
las riquezas del subsuelo, había experimentado una expansión considerable. La 
acumulación y la transferencia habían aumentado, hasta cierto punto en todas 
panes, las reservas de capital con que contaba la región, pero más importantes 
aún eran las mejoras de su calidad. Mucho se había hecho por aliviar el atraso 
tecnológico bajo el cual trabajaba América Latina todavía en los decenios inter- 
medios del siglo xix, pero la región seguía estando apartada de la corriente prin- 
cipal de conocimientos científicos y técnicos que nutría a la sociedad industrial. 
Aunque no pueden determinarse con precisión los puntos decisivos de este desa- 



42 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

rrollo, la acumulación de cambios cuantitativos durante el período comprendido 
entre 1870 y 1914 fue origen de importantes cambios cualitativos en la organiza- 
ción sistemática, sobre todo en Argentina, Brasil, México, Chile y Uruguay. Hubo 
también importantes modificaciones del funcionamiento sistémico en otras partes. 

Con pocas excepciones, parece que las élites gobernantes de la región se entu- 
siasmaron con los beneficios de lo que ellas percibían como modernización, una 
modernización que, habida cuenta de los vastos recursos nuevos que proporcio- 
naba el proceso, en esencia se autofinanciaba. De hecho, la prosperidad de que 
gozaban las élites y las clases medias en el gobierno y el mundo de los negocios 
no podía hacer más que validar esta unión con la economía mundial y reforzar 
la política de compromiso con ella. La legitimación del nuevo orden, en la medi- 
da en que se buscara, nacía de otras dos cosas importadas de Europa: el liberalis- 
mo y el positivismo. Para los habitantes de la región del Río de la Plata, que 
estaba poco poblada y donde la modernización asumió formas capitalistas ab 
initio, las nuevas normas se presentaron como las propias de la «civilización», 
contrastando con la «barbarie» del gobierno del hombre fuerte y un bajo nivel 
de autosuficiencia económica regional. Allí, la actitud predominante la expresó 
Alberdi al afirmar que «gobernar es poblar», y las crecientes oleadas de coloniza- 
ción basada en el comercio que abrió la Pampa y territorios situados más allá 
casi se convirtieron en la misión central del gobierno. En Brasil, el lema «orden 
y progreso» adornaba la bandera de la nación y el Estado se impuso a sí mismo 
la tarea de fomentar ambas cosas, con un entusiasmo que incluso le empujó a 
embarcarse en un intervencionismo moderado. En otras partes, como en las tie- 
rras altas y más densamente pobladas de Guatemala, Ecuador, México y Perú, 
las nuevas formas económicas recibían elogios de quienes deploraban por igual 
el supuesto feudalismo del imperio español y los elementos aún más arcaicos que 
tenían su origen en los tiempos precolombinos. 

Sin embargo, no parece que, en la mayoría de los casos, los elogios fueran 
acompañados de una mayor inclinación a alterar las pautas de inversión social 
y las instituciones al objeto de que los beneficios de la modernización llegasen 
a segmentos mucho más amplios de la población. Con mayor frecuencia, el com- 
portamiento social favorecido era un creciente cosmopolitismo de los estratos eli- 
tistas de la sociedad, especialmente en relación con las preferencias de consumo. 
Y, en general, el ambiente institucional de los núcleos coloniales continuó siendo 
relativamente poco propicio a la difusión de nuevas ideas y costumbres comercia- 
les, incluso allí donde, en principio, eran objeto de admiración. En gran parte 
del continente, hasta en México, donde durante el porfiriato el orden capitalista 
fue adoptado con un fervor que sólo en el último decenio fue mitigado por la 
cautela intervencionista, la asimilación de la sociedad tradicional y latifundista 
a los modos de producción capitalistas distaba mucho de ser completa. 

Aquí y allá, a pesar de la mejora de las perspectivas materiales, los críticos 
sociales de la época señalaban las contradicciones en el esquema de desarrollo 
que predominaba, como hicieron, por ejemplo, González Prada en Perú o Moli- 
na Enríquez en México. Y en los países del Cono Sur, donde el carácter de la 
sociedad estaba mucho más impregnado de normas europeas, apareció un inci- 
piente movimiento laboral que pedía reparación bajo las banderas del anarcosin- 
dicalismo y el socialismo, lo cual encontró eco en las organizaciones proletarias 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 43 

de los otros países, que generalmente eran más débiles. En las regiones meridio- 
nales de América del Sur, el radicalismo de clase media, más o menos en el senti- 
do francés de la expresión, había empezado a hacer campaña pidiendo progra- 
mas de reformas moderadas en los campos social y político, llevando un paso 
más allá el laicismo y el secularismo propios del liberalismo más antiguo y más 
extendido. Dicho de otro modo, la economía internacional generó los cambios 
socioeconómicos que habían transformado América Latina y, al mismo tiempo, 
proporcionó interpretaciones opuestas de su significado. 

Pero, considerándolos retrospectivamente, ¿cuál fue el significado de estos 
cambios? Si se nos permite darle la vuelta a la expresión fabiana, parece indiscu- 
tible que, como mínimo, el capitalismo se hizo con el control de las alturas domi- 
nantes de la economía, orquestando los nuevos recursos de la región para que 
respondiesen principalmente a las necesidades de las economías nuclearias del sis- 
tema mundial capitalista. Asimismo, si bien en modo alguno tuvieron una in- 
fluencia universal, las fuerzas económicas que emanaron del proceso de expan- 
sión capitalista sin duda penetraron hasta muy adentro del hinterland, alcanzando, 
por ejemplo, incluso a las tribus amazónicas que, tal como demostró Roger Case- 
ment, eran obligadas brutalmente a trabajar en la industria del caucho. Persis- 
tían sistemas más antiguos de organizar la producción, pero el capitalismo se 
erigió en el modo de producción hegemónico entre los diversos tipos que coexistían. 

Para algunos estudiosos, entre ellos, por citar un buen ejemplo, Jonathan Le- 
vin, autor del libro The export economies; their pattern of development in histo- 
rícal perspective (1960), el resultado fue un desarrollo de tipo enclave, dentro 
del cual las fuerzas de transformación económica se encontraban concentradas 
y, en cierta medida, contenidas, si bien con la ocupación indebida y gradual del 
campo de actividad económica que rodeaba dicho enclave. En el exterior del en- 
clave, la organización social se veía menos afectada por cambios inducidos exter- 
namente: quedaba marginada, por así decirlo, fuera del alcance del sistema de 
mercado. En esta lectura dualística de la experiencia histórica, el sector exterior 
aparece casi como una protuberancia extraña sobre un fondo de transformación 
socieconómica incompleta. La consecuencia implícita de la mayoría de las inter- 
pretaciones de esta clase es que había poca interacción entre los dos sectores, 
el enclave capitalista y el sector más arcaico o «tradicional», y que la relación 
entre los dos era de mutua exclusión. Contando con más tiempo y con una conti- 
nuación de la dinámica económica de las fuerzas de mercado, empero, la topo- 
grafía institucional estaba destinada a hacerse finalmente más uniforme mediante 
la absorción gradual del residuo precapitalista en el vórtice de la moderna expan- 
sión económica. Donde la transformación del sistema económico era manifiesta- 
mente incompleta, esto podía atribuirse menos a deficiencias en los mecanismos 
de transmisión que vinculaban los sectores de exportación y tradicional o nacional 
que al tamaño todavía relativamente pequeño del sector de exportación y a una 
tasa de crecimiento insuficientemente alta en el valor de las exportaciones per cá- 
pita. Dicho de otra forma, a pesar del crecimiento y la acumulación de la época, 
seguía habiendo un superávit insuficiente para efectuar la disolución de las formas 
no capitalistas de la organización social de la producción que, como ha demostra- 
do la moderna sociología del desarrollo, estaban, en todo caso, imbuidas del con- 
servadurismo y la inercia inherentes a las instituciones tradicionales en general. 



44 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

Una serie de estudiosos revisionistas de origen un tanto más reciente (y en 
gran parte latinoamericano) ha sugerido que esta representación esencialmente 
neoclásica y dualística de la dinámica del crecimiento es muy posible que pase 
por alto relaciones significativas de índole económica y social en el proceso de 
expansión capitalista. Descontando, o al menos reconceptuando, el significado 
de los modos de producción no capitalistas en la América Latina colonial y los 
ejemplos dispersos en que, incluso después de 1850, parece que un incremento 
de la producción para el mercado fortaleció las relaciones de servidumbre en vez 
de acelerar su disolución, algunos de los exponentes de esta tesis «de dependen- 
cia» han fechado en 1492 la inserción de América Latina en el orden capitalista. 
A su modo de ver, en lugar de un dualismo que se hizo más acentuado a partir 
de 1850, pero que, según cabe presumir, estaba destinado a una resolución final, 
desde los primeros decenios de la conquista los diversos sectores y regiones de 
América Latina mostraron una unidad global que se derivaba de su común arti- 
culación en el sistema de mercado capitalista. Según esta posterior lectura de la 
historia, lo que la interpretación convencional ocultaba bajo el nombre de «dua- 
lismo» era sencillamente una estructura de poder e intercambio desiguales. 

La relación entre los dos sectores resultaba, por tanto, simbiótica y no de 
separación. Como mecanismo para el control del trabajo y la restricción del con- 
sumo popular, la estratificación social y la segmentación de la organización ser- 
vían para movilizar y proteger el superávit económico, poniéndolo así a disposi- 
ción de las clases favorecidas. Más que esto, la sociedad tradicional y sus puntales 
económicos incluso ayudaban a nutrir el crecimiento del superávit asignado de 
modo capitalista, absorbiendo los costes de reproducción del trabajo y propor- 
cionando funciones de bienestar social sin cargarlos directamente en el proceso 
de acumulación. Es perfectamente' obvio, al reflejar la experiencia del período 
a través de esta perspectiva analítica, que la persistente distancia institucional 
entre el loado ideal de la economía liberal y la realidad práctica no encuentra 
explicación suficiente — y quizá incluso queda oscurecido — en la interpretación 
dualística convencional. El hecho es que, en la mayoría de los casos, una seria 
dedicación de recursos a resolver el dualismo y una reorganización institucional 
pensada para hacer que la sociedad latinoamericana se ajustase a las normas de 
la visión liberal (tal como la expresó, por ejemplo, la malhadada reforma mexi- 
cana) habrían estado en total contradicción con el mantenimiento de las relacio- 
nes acostumbradas entre los grupos dominantes (y, por ende, decisorios) y los 
subordinados. Es evidente que fue la utilización del superávit, y no su magnitud, 
lo que impidió que se llevaran a cabo cambios significativos en lo que podemos 
denominar «los términos de intercambio entre las clases». 

Aun cuando estas formas teóricas y rivales de enfocar el asunto son demasia- 
do generales —demasiado dispares y, al mismo tiempo, demasiado abstractas— 
para que nos permitan formular hipótesis herméticas y someterlas formalmente 
a una contrastación realmente rigurosa, las relaciones socioeconómicas que pos- 
tulan pueden utilizarse, pese a ello, a modo de directrices generales para llamar 
la atención sobre cuestiones importantes de la historia de la región. Así ocurre 
de modo especial si se abandona el intento de hacer que todas las partes de la 
rica y compleja experiencia histórica de América Latina encajen en una sola es- 
tructura teórica, coherente y subordinante, y si, de modo más modesto y eclécti- 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 45 

co, estas teorías más amplias se usan principalmente para organizar hipótesis que 
sirvan de guía a la investigación, para imponer cierto orden a la historia y para 
formar la base de un método de análisis comparado. 

Por ejemplo, la pretensión revisionista de que América Latina se vio absorbi- 
da totalmente en el sistema capitalista a partir de 1492 fácilmente podría parecer- 
Íes a algunos una afirmación bastante extravagante, a pesar del papel indudable- 
mente central del comercio exterior en la organización de los dos imperios ibéricos, 
en especial el portugués. Pero, dado que para nuestros fines nada de gran impor- 
tancia depende de la proposición de que el capitalismo fue entronizado en Améri- 
ca Latina con la llegada de los españoles y los portugueses, podemos prescindir 
tranquilamente del problema de si llegó entonces o mucho más adelante. Del mis- 
mo modo, parece que la opinión de algunos analistas revisionistas de que un in- 
capacitante estado de dependencia denominado «subdesarrollo» es el resultado 
de la integración de economías periféricas en el capitalismo mundial da a enten- 
der que, de un modo u otro, Argentina se encontraba en mayor desventaja que, 
pongamos por caso, el «subdesarrollado» Paraguay, debido a que la participa- 
ción argentina en el comercio mundial y en los movimientos de capital era mucho 
mayor. Sin embargo, a pesar de sus aflicciones en el siglo xx, Argentina parece 
mucho más capaz que Paraguay de efectuar una mejora amplia del bienestar so- 
cial y económico de su pueblo, a la vez que se nos muestra mucho más avanzada 
en lo que respecta a la conciencia y la participación políticas de su ciudadanía: 
es decir, está mucho más «desarrollada» en casi todos los sentidos de la palabra. 
El uso especial del concepto de subdesarrollo también puede descartarse por no 
constituir una mejora notable de conceptos estereotipados, tales como los intere- 
ses creados, las esferas de influencia, las alianzas políticas y el engrandecimiento 
clasista, ni siquiera de las primeras percepciones del mismísimo Marx. Al mismo 
tiempo, el análisis basado en la dependencia tiene muchísimo valor porque llama 
la atención sobre las preferencias políticas de grupos privilegiados. Tal como se- 
ñala, es probable que, desde el punto de vista social, los recursos se distribuyan 
de una manera que no es óptima por cuanto las normas de actuación responden 
principalmente a los deseos de ciertos segmentos de la sociedad. Con estas supre- 
siones y otras parecidas por ambos lados, no está claro que los dos métodos ex- 
plicativos sean necesariamente competitivos; a decir verdad, si se aplican con ma- 
yor cautela, puede que iluminen principalmente aspectos diferentes de la misma 
complejidad social y que, por lo tanto, sean complementarios en lo fundamental. 

Por un lado, la crítica basada en la dependencia sirve para explicar el carácter 
francamente conflictivo del desarrollo en el siglo xx, con su equivalente más di- 
simulado en el siglo xix, y para denunciar el cuadro simplista y engañoso que 
presenta el enfoque analítico más convencional del dualismo y la teoría del encla- 
ve. Esta última parece demasiado centrada en el capital, y demasiado mecanicis- 
ta, en su visión del nexo entre mercados y otras instituciones, y presenta una 
visión de la realidad en la cual resulta en verdad muy difícil reconocer la econo- 
mía pluriforme y de intrincada estructura de América Latina. Con todo, por su 
parte, la perspectiva del enclave realza muy bien las tasas de crecimiento opuestas 
de la productividad entre el sector exterior y los diversos sectores nacionales, y 
ayuda a identificar las consecuencias implícitas de diferencias significativas en 
sus respectivas características de organización. El enfoque dualístico neoclásico 



46 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

también contribuye a identificar los puntos de crecimiento incipientes, definidos 
por la demanda, en la estructura económica latinoamericana, en los cuales se 
concentraba la oferta de capital, que iba en aumento pero continuaba siendo muy 
limitada, para incrementar la producción y la productividad, y también para ex- 
plicar las diferencias entre los caminos que seguían los diversos países para llegar 
al desarrollo. Consideraciones de coste y precio, por ejemplo, dictaban que las 
principales vías de crecimiento fuesen, en general, las oportunidades de inversión 
y producción, que eran definidas, por un lado, por una demanda en rápida ex- 
pansión en las economías industrialmente avanzadas de las regiones del Atlántico 
Norte y, por otro lado, por los cambios habidos en la tecnología y por un descen- 
so de los costes del transporte internacional e interior que ayudara a dedicar nue- 
vas zonas a cultivos y abriera nuevas explotaciones mineras. Las nuevas opciones 
de producción, generadas para las economías latinoamericanas en pautas de de- 
manda mucho más débiles, salidas de la expansión local derivativa provocada 
por el crecimiento de las exportaciones, eran sólo de importancia secundaria. Como 
ya hemos señalado, sin embargo, todos estos factores variaban considerablemen- 
te de una región a otra y dependían, entre otras cosas, de la dimensión del merca- 
do interior, las tecnologías de las distintas industrias exportadoras y las relacio- 
nes de producción que predominaran en las regiones donde nacían tales industrias. 
Las condiciones de la oferta contribuían a producir el desarrollo despropor- 
cionado del período. Las que más influían eran la extensión restringida del mo- 
derno sistema de transporte que se estaba construyendo y la baja calidad y defi- 
ciente distribución del carbón y el hierro, los principales resortes naturales de 
la época. La red de transporte, al estar vinculada al sector exterior porque el 
capital extranjero figuraba de forma prominente en el desarrollo de los ferroca- 
rriles y servir las líneas principalmente al comercio de exportación, limitaba seria- 
mente las zonas que podían aprovecharse como regiones abastecedoras de los 
mercados, tanto exteriores como nacionales. Fuera de los distritos dotados de 
ferrocarril, los costes del transporte por tierra seguían siendo prohibitivamente 
elevados. Por su parte, la funesta escasez de carbón y de hierro impedía toda asig- 
nación local significativa de las oportunidades más críticas de continuidad «hacia 
atrás» que la nueva estructura económica creaba: las industrias que producían 
maquinaria y bienes de ingeniería. Vale la pena señalar que sólo en el margen 
más septentrional de América Latina, en Monterrey, había nacido una industria 
siderúrgica integrada antes del final del período que estamos estudiando. Ambas 
circunstancias, por supuesto, eran desfavorables a la difusión por todos los siste- 
mas económicos nacionales de la región del estímulo al desarrollo que tenía su 
origen en el comercio exterior, y es muy probable, en el caso de las limitaciones 
del transporte, que también fueran desfavorables a la diversificación de las ex- 
portaciones. México, la excepción, parece confirmar la importancia especial de 
la variable transporte. Gracias a la extensa red ferroviaria creada durante el por- 
firiato, una variedad considerable de recursos naturales podía destinarse a los 
mercados de exportación. Asimismo, aun cuando la distribución de la renta limi- 
tara seriamente la magnitud del mercado, fue posible un grado modesto de desa- 
rrollo industrial porque el sistema de transportes permitía a los productores na- 
cionales atender a la demanda que existiese. Si el mercado nacional mexicano 
hubiese sido más fragmentario de lo que era, si las líneas de ferrocarril no hubie- 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 47 

ran sido tan extensas, es sumamente dudoso que hubiesen podido establecerse 
tantas fábricas pequeñas. 

Más problemático fue el efecto que otros factores de la oferta surtieron en 
las diversas opciones de desarrollo. Allí donde la demanda en los mercados na- 
cionales era, como en Brasil, México y Argentina, relativamente amplia y donde 
las habituales relaciones entre los costes y los precios favorecían la provisión de 
instalaciones industriales para satisfacer las necesidades de los mercados locales, 
pare ser que existían el capital, la mano de obra y el espíritu empresarial necesa- 
rios — gracias a la inmigración si la generación nacional fallaba — para poner 
en marcha la producción en cierta escala. Es muy posible que, de haber existido 
mayor espíritu empresarial y de haber funcionado con mayor eficiencia los mer- 
cados de factores (para reunir más capital local, por ejemplo), hubieran podido 
efectuarse mejoras marginales de la situación. Las fábricas de elaboración de ali- 
mentos estaban muy extendidas; las fundiciones y los talleres mecánicos, un poco 
menos. Las fábricas textiles se concentraban principalmente en Brasil y México, 
pero también las había en otros países. Tal vez esta industrialización incipiente 
indicaba que había otras oportunidades que habrían podido aprovecharse si los 
inversionistas y los empresarios hubieran sido más numerosos. Desde luego, na- 
die podía decir que las instituciones del mercado de capital funcionaran de forma 
exhaustiva e imparcial, es decir, basándose exclusivamente en criterios relaciona- 
dos con las inversiones comerciales. Por el contrario, regiones y segmentos de 
la población enteros veían cortado su acceso al desarrollo institucional todavía 
embrionario en este campo. No obstante, es probable que, dentro de la estructu- 
ra institucional que existía, la demanda débil y la extensión limitada de los trans- 
portes, junto con otras características infraestructurales del marco económico 
como, por ejemplo, deficientes sistemas de educación y servicios de comunicacio- 
nes, constituyeran los obstáculos supremos porque hacían que los coeficientes 
coste-rendimiento fueran desfavorables y que el nivel de riesgo e incertidumbre 
fuera demasiado alto. 

Al hacer hincapié en el papel clave del comercio exterior como fuerza dinámi- 
ca, de las exportaciones como fuente del crecimiento de la renta y de algunos 
de los cambios estructurales asociados con el desarrollo, no se pretende dar a 
entender que el comportamiento económico de América Latina fuese meramente 
reflexivo. No podemos hacer caso omiso de la medida en que condiciones favora- 
bles de la oferta, basadas en factores interiores, mejoraban la capacidad de res- 
puesta del mercado y diferenciaban las regiones donde la expansión de la expor- 
tación estimulaba un crecimiento más general de las regiones donde creaba la 
estructura económica tipo enclave. En este sentido, las experiencias de Argentina 
y el sur de Brasil destacan mucho. Pero en estos casos la interrelación del comer- 
cio y los movimientos de capital, por no citar la movilidad internacional del tra- 
bajo y el espíritu empresarial, viene a resaltar el hecho de que las condiciones 
favorables de la oferta interior no eran en sí mismas independientes de las opera- 
ciones del sector exterior. La expansión en el sur de Brasil, y en Argentina, del 
mercado nacional de manufacturas que llevó, con la ayuda de la política del go- 
bierno, al desarrollo industrial estaba vinculada por partida doble al sector exte- 
rior: al nivel salarial relativamente más alto que iba asociado con la inmigración 
transoceánica en gran escala y a las funciones de producción de las industrias 



48 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

exportadoras, para las cuales una parte significativa de la tecnología y la admi- 
nistración podía suministrarse localmente. 

Al mismo tiempo, también parece claro, gracias a la investigación informada 
por la orientación analítica revisionista, que el comercio internacional podía pro- 
ducir el tipo de crecimiento asimétrico que experimentaba la mayor parte de Amé- 
rica Latina, debido precisamente a la naturaleza de las estructuras socioeconómicas 
que estaban subordinadas a los intereses económicos dominantes e internacional- 
mente relacionados. Si bien la organización de la producción tendía con frecuen- 
cia a ser de carácter pluriforme, con más modos y relaciones de producción arcai- 
cos predominando fuera del sector exterior y de la estructura que lo apoyaba, 
había, como señalábamos antes, vinculaciones críticas entre las diferentes partes 
de la economía. Entre otras cosas, las mismas instituciones que establecían la 
subordinación social y política de la mayoría de la población — en México, la mayor 
parte de América Central, las repúblicas andinas y el noreste de Brasil — tendían 
a contener la renta monetaria y, al vincular la falta de derechos económicos a 
la de derechos políticos, protegían tanto el superávit exportable como los proce- 
sos de acumulación de capital instigados por extranjeros de la erosión que hubie- 
ra podido nacer o bien de niveles más altos de consumo popular o de las exigen- 
cias de un mayor grado de inversión social. Por supuesto, las exigencias de consumo 
de las clases privilegiadas no estaban peor protegidas. Que esto se hiciera a costa 
de la formación del capital material y humano que hubiera podido fomentarse 
localmente fuera del sector exterior (y se fomentó en unas cuantas regiones) con 
la existencia de mercados nacionales más fuertes no representaba ninguna des- 
ventaja especial desde el punto de vista de los grupos cuya prosperidad estaba 
unida a la importación de productos de lujo y semilujo, a las industrias exporta- 
doras y a industrias que apoyaban al sector exportador (y recibían apoyo de éste): 
aquellas cuya expansión atraía tanto capital extranjero y nacional. Al contrario, 
la compatibilidad de estas formas de organización con la preservación de las po- 
siciones de privilegio establecidas significaba que, por regla general, las élites no 
tenían ninguna prisa por invertir partes significativas del superávit en mejoras 
de tipo general y en reformar o modernizar la estructura. 

La posición subyugada de una parte tan grande de la economía nacional sig- 
nificaba también menores costes de oportunidad para los factores de producción 
locales que se empleaban en el sector exterior. Dicho de otra forma, el sector 
exterior disfrutaba de condiciones de oferta favorables en lo que se refería a los 
factores de producción disponibles o, como mínimo, le resultaban más baratos 
de lo que le hubieran salido si el sector nacional hubiese estado en expansión 
vigorosa y desviando tierra, trabajo y capital de usos relacionados con el comer- 
cio exterior y sus servicios auxiliares locales. Bajo la dispensación institucional 
predominante, el sector nacional, mediante su parca utilización de capital, permi- 
tía que la oferta de éste disponible se concentrara al servicio de la expansión de 
las exportaciones, al mismo tiempo que mantenía a la fuerza laboral en unos 
niveles de remuneración real tan bajos que, fuera de la zona del Río de la Plata 
y del sur de Brasil, el precio de la oferta de mano de obra para los centros de 
crecimiento orientados hacia el exterior tendía a ser relativamente bajo. En mu- 
chas zonas rurales, el sector de la agricultura de subsistencia funcionaba como 
una especie de reserva de mano de obra, creando una fuerza laboral de nativos 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914 49 

y manteniéndola entre los intervalos de empleo migratorio estacional en la agri- 
cultura comercial, como, por ejemplo, en las plantaciones de algodón de las cos- 
tas de Perú o en las fincas cafeteras de Guatemala. De modo parecido, el sector 
rural proporcionaba con frecuencia trabajadores eventuales para las empresas mi- 
neras, impidiendo la formación de un proletariado agrícola o industrial perma- 
nente. La agricultura campesina, que se practicaba en parcelas independientes 
y en tierras comunales, así como al amparo de diversos sistemas de arrendamien- 
to en las grandes propiedades, comúnmente servía también como sostén principal 
de los mercados agrícolas nacionales, suministrando alimentos para los centros 
urbanos y las explotaciones mineras dispersas por todo el hinterland sin mermar 
de forma considerable las escasas reservas de capital. A este respecto, por medio 
de los impuestos y de la estructura de los cauces de comercialización, una parte 
importante del modesto superávit económico generado en la agricultura campesi- 
na, las industrias artesanales y el pequeño comercio era, probablemente, sacada 
del sector e introducida en los centros urbanos. Es indiscutible que, por lo co- 
mún, el sector campesino recibía muy poco a cambio, ya fuese en forma de inver- 
siones sociales o de remuneraciones de los factores. 

Sin embargo, ambas interpretaciones de la historia económica del período 
1870-1914, la convencional y la basada en la dependencia, coinciden en varios 
puntos. A medida que el crecimiento de las exportaciones fue cobrando ímpetu, 
la experiencia alteró profundamente las relaciones entre las diversas economías 
regionales de América Latina y otras partes del mundo, en especial las econo- 
mías del Atlántico Norte. Formas precapitalistas de organización económica y 
social continuaron siendo muy visibles en muchas zonas de América Latina, for- 
talecidas en algunos casos, pero el modo y las relaciones de producción caracte- 
rísticos del capitalismo moderno aportaron una nueva capa sobrepuesta que sub- 
sumió a todos los demás sectores en su lógica, controlando y organizando la 
mayoría de los procesos a nivel local, incluso cuando el mantenimiento de formas 
más antiguas de organizar la producción convenía a los sistemas que a la sazón 
iban cobrando forma. En 1870, estos sistemas se encontraban aún en formación. 
En 1914, el nuevo régimen ya se había consolidado plenamente y propagaba las 
condiciones que, andando el tiempo, lo reconfigurarían aún más. 



Capítulo 2 

AMÉRICA LATINA Y LA ECONOMÍA 
INTERNACIONAL DESDE LA PRIMERA 
GUERRA MUNDIAL HASTA 
LA DEPRESIÓN MUNDIAL 



La división de la historia económica de América Latina en períodos alrededor 
de «perturbaciones externas» se ha visto cada vez más rechazada en años recien- 
tes. No obstante, si deseamos explorar — a modo de cuestión no decidida — el 
papel de la economía internacional en el desarrollo económico de América Lati- 
na, la primera guerra mundial y la depresión mundial encierran un período sig- 
nificativo. Llena el vacío que media entre la primera «perturbación externa» 
importante del siglo xx y el derrumbamiento definitivo del mecanismo de creci- 
miento inducido por las exportaciones de la «edad de oro», que había empezado 
hacia 1870. El período también representa los años clave en la sustitución de una 
hegemonía por otra: la decadencia de Gran Bretaña como importante potencia 
económica fue acelerada ppr la guerra (en la que Alemania fue eliminada), y 
los Estados Unidos se vieron empujados a interpretar el papel de principal socio 
inversionista y comercial de América Latina. Sin embargo, las generalizaciones 
ac.erca del conjunto de América Latina, que ya son peligrosas en el mejor de 
los casos, resultan especialmente difíciles en semejante período de transición. Las 
tasas del cambio son diferentes en los distintos países y las percepciones varían: 
está claro que en algunos países la «edad de oro» continúa hasta 1929; en otros 
tienen lugar cambios fundamentales entre 1914 y 1929, período al que se le da 
acertadamente el nombre de la «edad de la demora», y en otros las raíces del 
cambio ya estaban presentes mucho antes de 1914. 

En este capítulo describimos, en primer lugar, las principales características 
de la cambiante economía internacional entre la Gran Guerra y la depresión mun- 
dial. Exploramos, luego, las repercusiones de estos cambios en las economías la- 
tinoamericanas. La conclusión intenta evaluar el alcance del cambio y la impor- 
tancia a largo plazo del período. Tratamos de mostrar cómo la primera guerra 
mundial y sus secuelas estimularon fuerzas internas favorables al cambio y cómo 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1914-1929 51 

durante el decenio de 1920 se efectuaron más cambios importantes que condicio- 
naron la respuesta que América Latina dio a la depresión mundial. 



Cambios en la economía mundial 

Aunque está claro que el estallido de la primera guerra mundial tuvo gran 
importancia en el derrumbamiento de la clásica economía mundial capitalista, 
basada en el papel dominante de Gran Bretaña y el funcionamiento del patrón 
oro, es fácil exagerar dicha importancia. Ciertamente, hasta aquel momento el 
sistema había funcionado muy bien, aunque las razones de ello todavía no están 
claras. Hay muchas polémicas en torno a si la eficiencia del sistema se debía a 
que la flexibilidad de los salarios y los precios permitía la deflación y el ajuste, 
a una evitación ex ante de disparidades considerables en la competitividad o a 
la eficiencia de los mecanismos de los tipos de interés y, por ende, las corrientes 
equilibradas de capital. 1 Pero desde mucho antes de 1913, fuerzas favorables al 
cambio y que amenazaban esta armonía habían ido ganando potencia. El cambio 
tuvo lugar en dos campos principales. Primero fue el desplazamiento que ya se 
estaba produciendo en las estructuras del comercio y las inversiones. El papel 
iniciador de Gran Bretaña en el comercio de manufacturas significaba que su 
participación descendería forzosamente con el desarrollo de otros miembros de 
la comunidad comercial; esto se agravó por el descenso de la competitividad en 
ciertas líneas. Sus industrias en decadencia fueron perdiendo cada vez más terre- 
no, aunque su creciente papel como moneda clave y la correspondiente función 
de las obligaciones en esterlinas en el extranjero surtieron un efecto compensador 
e hicieron posible un «veranillo de San Martín» de expansión, ejemplo clásico 
de «déficit sin lágrimas». 2 Pero, aunque Gran Bretaña siguió predominando, el 
papel de los Estados Unidos en el comercio y las inversiones aumentaba rápida- 
mente desde comienzos de siglo: en 1913, México, todas las repúblicas de Améri- 
ca Central y el Caribe hispánico, Venezuela, Colombia, Ecuador y, marginal- 
mente, Perú ya importaban más de los Estados Unidos que del Reino Unido (véase 
el cuadro 4), lo cual representaba un cambio importante en comparación con 
el decenio de 1890. Las inversiones estadounidenses avanzaban con rapidez en, 
por ejemplo, las minas y los ferrocarriles mexicanos, el cobre peruano, los nitra- 
tos chilenos, los plátanos colombianos y el azúcar cubano, así como en varias 
economías centroamericanas. En segundo lugar, ya se estaban produciendo cam- 
bios que llevarían a una creciente oferta excesiva de productos básicos y a aumentar 
la inestabilidad del mercado. Estas tendencias se daban tanto en la vertiente de 
la demanda como en la de la oferta. En la vertiente de la demanda, el crecimiento 
demográfico en los países desarrollados estaba disminuyendo y el alza de la renta 
llevaba a un crecimiento propórcionalmente más lento de la demanda de alimen- 



1. Véase J. R. Zecher, «How the Gold Standard worked, 1880-1913», en D. N. McCloskey 
y J. R. Zecher, Enterprise and trade in Victorian Britain, Londres, 1981, para un resumen re- 
ciente de otros puntos de vista y una interpretación basada en la teoría monetaria de la balanza 
de pagos. Véase también P. H. Linden, Key currencies and gold 1900-13, Princeton, 1969. 

2. Lindert, Key currencies, p. 75. 



52 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

tos. En la vertiente de la oferta, el cambio y la modernización técnicos conducían 
a una mayor productividad y también, en ciertos casos, a un incremento de la 
rigidez a corto plazo de la oferta, al hacerse la producción más intensiva en capi- 
tal. Estas tendencias eran compensadas solamente en el caso de unos cuantos pro- 
ductos básicos (petróleo, cobre) por cambios técnicos que llevaban a nuevas de- 
mandas, factor que tendría más importancia en el decenio de 1920. 

Durante la guerra, el cambio en las estructuras del comercio e inversiones 
experimentó una intensa aceleración, toda vez que, por un lado, la posición de 
Gran Bretaña en el comercio mundial decayó, y nunca se recuperaría del todo; 
por otro lado, las oportunidades de exportar de los Estados Unidos experimenta- 
ron la correspondiente transformación. La posición geográfica de los Estados 
Unidos significaba una ventaja, en relación con países lejanos tales como Austra- 
lia, cuando escaseaban los medios de transporte marítimo. El superávit de su 
balanza comercial aumentó: a finales de 1919, los Estados Unidos ya eran acree- 
dores netos a largo plazo de más de 3.300 millones de dólares, en comparación 
con su condición de deudor neto de una cifra parecida en el período de antes 
de la guerra. 3 Las inversiones privadas de los Estados Unidos en el extranjero 
aumentaron de 3.500 millones de dólares en 1915 a 6.400 millones en 1919. 4 Su 
decidido aprovechamiento de las oportunidades de exportar que ofrecía la guerra 
se refleja en el enorme crecimiento del comercio con América Latina (cuadro 1) 
y en la infraestructura que empezó a crecer alrededor de él, a medida que bancos 
norteamericanos procuraban establecerse en el extranjero al mismo tiempo que 
aumentaban los flujos de información. Por todas partes aparecieron manuales 
que aconsejaban a los exportadores, y en ellos el centro clave de interés era Amé- 
rica Latina. 5 En 1914, se cambiaron las disposiciones federales de los Estados 
Unidos con el fin de permitir la expansión de sucursales bancarias norteamerica- 
nas en el extranjero; entre 1914 y 1918, el First National City Bank solo abrió 
una docena de sucursales en América Latina. 

La guerra también estimuló un incremento de la capacidad productiva de mu- 
chos productos básicos donde ya existía el peligro de un exceso de oferta. El azú- 
car fue tal vez el ejemplo más sobresaliente, pero ocurrió lo mismo con muchos 
alimentos y materias primas cuando la producción nacional en Europa se vio 
interrumpida temporalmente. 

La guerra surtió también efectos más específicos. Los vínculos de comercio 
e inversiones de Alemania fueron cortados bruscamente, con lo que se creó un 
vació que los Estados Unidos se apresuraron a llenar. En un plazo muy corto 
se suspendieron todo el sistema bancario y crediticio y la organización de los 
mercados monetarios, lo que en América Latina provocó una aguda crisis de li- 

3. D. Aldcroft, From Versailles to Wall Street, 1919 to 1929, Londres, 1977, p. 239 (hay ly 
trad. cast.: De Versalles a Wall Street, 1919-1929, Crítica, Barcelona, 1985). 

4. C. Lewis, America's stake in International investments, Brookings Institution, Institute 
of Economics, publicación 75, Washington, 1938, p. 449. 

5. Un buen ejemplo (que además es divertido) es E. Filsinger, Exporting to Latín America, 
Nueva York, 1916: 369 páginas de instrucciones detalladas sobre todos los aspectos del negocio; 
incluye consejos relativos «al valor de las películas» en la publicidad y detalles prácticos, tales 
como la necesidad de usar sillas de montar apropiadas al aventurarse por los Andes o una canti- 
dad generosa de un preparado para untarse el cuerpo contra los insectos. 



la economía internacional, 1914-1929 

Cuadro 1 

Comercio de los Estados Unidos con América Latina como porcentaje del 
latinoamericano total en 1913, 1918 y 1927 



América del Sur 

Importaciones de los Estados Unidos 16,2 25,9 26,8 

Exportaciones a los Estados Unidos 16,8 34,8 25,2 

México, América Central y el Caribe 

Importaciones de los Estados Unidos 53,2 75,0 62,9 

Exportaciones a los Estados Unidos 71,3 73,4 58,4 

Fuentes: M. Winkler, Investment of U.S. capital in Latín America, World Peace Foun- 
' dation, Boston, 1929; James W. Wilkie, Statistics and national policy, suplemento 3 (1974); 
IXLA, Statistical abstract of Latín America, UCLA Latín American Center, Universidad de 
California, Los Ángeles. 

quidez y pánico financiero en 1913-1914. Durante todo el período de guerra la 
interrupción de las importaciones produjo tanto oportunidades como inconve- 
nientes, cuyas consecuencias detalladas estudiaremos más adelante. En otro ni- 
vel, en todas las economías occidentales se registraron cambios bruscos en la fun- 
ción del Estado debido a la súbita necesidad de regular las economías de guerra. 
También el nacionalismo pasó a ser una fuerza más potente, y hubo aconteci- 
mientos importantes en los movimientos laborales. 

Con el antiguo sistema en desorden y la aparición de nuevas fuerzas favora- 
bles al cambio bajo formas tales como el aumento del cometido del Estado, en 
1919 existía la oportunidad de replantear la situación y tratar de valorar y resol- 
ver los problemas subyacentes. Pero éstos no se percibieron. La opinión generali- 
zada en el período de posguerra, al menos en los Estados Unidos y en el Reino 
Unido, decía que era necesario volver al sistema antiguo, en especial al patrón 
oro y, en la medida de lo posible, a las paridades del tipo de cambio de antes 
de la contienda. De los Estados Unidos salió un fuerte empeño en volver a redu- 
cir el papel del gobierno: abandonar el control de los precios y toda injerencia 
en el comercio o los tipos de cambio, y acercarse de nuevo según fuera posible, 
a la competencia «sana» y «libre». 6 La prisa por volver a las fuerzas del mer- 
cado fue especialmente imprudente dada la magnitud de la demanda contenida 
•durante la guerra: el resultado fue la mala gestión del auge y el hundimiento 
de 1919-1922, cuya naturaleza era en gran parte especulativa. 7 El auge empeoró 

6. Véase el Annual Report of the Secretary of the Treasury on Financesfor the fiscal year 
ended June 30, 1920, Washington, 1921, p. 81: «... Los gobiernos del mundo deben dejar ahora 
la banca y el comercio ... La tesorería se opone al control gubernamental del comercio exterior 
> se opone aún más al control privado ... Contemplan la eliminación de los controles y las inje- 
rencias gubernamentales y la restauración de la iniciativa individual y la libre competencia en 
:?5 negocios ... la economía estricta en el gasto público ...». 

7. Véase W. A. Lewis, Economic survey 1919-1939, Londres, 1949, para una crónica deta- 
lada y coherente. 



54 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

más el problema de la oferta excesiva de productos agrícolas. A partir de 1922, 
hubo una expansión económica sostenida en los Estados Unidos y en muchos 
países europeos, aunque Gran Bretaña forcejeaba con la deflación en su intento 
de restaurar y mantener la paridad de antes de la guerra. Pero el sistema era 
básicamente defectuoso y los movimientos de capital sólo servían para remediar 
temporalmente los defectos. Se reinstituyó el sistema del patrón de cambio oro, 
pero nunca funcionó bien: había demasiados centros, los Estados Unidos care- 
cían de experiencia y ni Francia ni los Estados Unidos se habían comprometido 
a hacer que el nuevo sistema funcionase correctamente. Había también una ines- 
tabilidad que antes no existía, cuyo origen era el incremento del volumen de dine- 
ro a corto plazo y dinero volátil, y se cometieron graves errores al juzgar las 
paridades de las principales divisas. Además, la magnitud del superávit nortea- 
mericano era tal, que hubo que tomar medidas urgentes para fomentar las impor- 
taciones y la exportación de capital al objeto de paliar los problemas que los 
pagos planteaban a los receptores. Pero el comercio no era para los Estados Uni- 
dos el factor importante que antes había sido para el Reino Unido; las medidas, 
de hecho, eran exactamente lo contrario de lo que hacía falta. Los Estados Uni- 
dos continuaron con su política proteccionista, que databa de la guerra de Sece- 
sión, y su política de exportación de capitales creó problemas importantes a los 
países receptores. En el decenio de 1920, hubo una bonanza de préstamos extran- 
jeros de carácter privado por parte de los Estados Unidos. Los vendedores conse- 
guían colocar empréstitos a gobiernos incautos; se alentaba decididamente a los 
prestatarios a ir más allá de sus posibilidades. El dinero tendía a destinarse con 
frecuencia o bien a usos improductivos o a incrementar aún más la oferta de pro- 
ductos agrícolas, de los que ya había un exceso peligroso. 

Con la ayuda de tales créditos, el volumen de la producción básica continuó 
aumentando. Mientras tanto, las fuerzas que influían en la oferta y la demanda 
continuaron actuando y adquiriendo potencia. Los años veinte fueron un período 
de progreso técnico especialmente rápido en la agricultura: por primera vez en 
la historia su ritmo dio alcance a la industria, con la mecanización de los cultivos 
y la introducción de nuevas variedades de plantas y nuevos fertilizantes. Hubo 
también importantes cambios estructurales en los mercados de productos bási- 
cos, y los nitratos y el caucho resultaron perjudicados por sucedáneos. Examinar 
el comportamiento de los precios en el decenio es tarea complicada, ya que el 
súbito auge de 1920 fue seguido de un hundimiento igualmente súbito, al que 
a su vez seguirían una recuperación de todos los productos básicos antes de 1925 
y luego un debilitamiento desigual de muchos mercados. Pero debajo de esto ha- 
bía una tendencia desfavorable a largo plazo; en 1926-1929, los términos de inter- 
cambio correspondientes a todos los productos básicos habían descendido de for- 
ma significativa hasta quedar por debajo de su nivel de 1913. 8 En el cuadro 2 
se dan datos referentes a productos individuales; se verá que sobre un fondo de 
subida, descenso y recuperación, la demanda de combustibles y minerales fue 
básicamente fuerte, como lo fue también la de carne. El algodón se vio ayudado 
por problemas de enfermedad en el sur de los Estados Unidos. El café se sostuvo 
en el nivel que se indica sólo gracias al esquema intervencionista de Brasil: a me- 

8. J. F. Rowe, Primary commodities in International trade, Cambridge, 1965, p. 83. 



la economía internacional, 1914-1929 

Cuadro 2 

índices de precios implícitos correspondientes 

a productos básicos seleccionados, 1928 

(1913 = 100) 



Petróleo crudo 
Mineral de hierro 
Mineral de cobre 

Algodón 

Café 

Carne 

Estaño 

Trigo y harina 

Azúcar 

Cacao 



Fuente: Calculado a partir de P. L. Yates, Forty years offoreign trade: a statistical hand- hand- 
book with special reference to primary producís and underdeveloped countries, Londres, 1959. dres, 1959. 

diados de los años veinte las existencias se encontraban en un nivel peligrosamen- 
te alto, como ocurría también con el trigo y el azúcar. El bajo precio del estaño 
fue el resultado, principalmente, de la rápida expansión de las minas de bajo 
coste en el decenio de 1920.' 

En 1928 las tensiones y las presiones ya empezaban a hacerse sentir en los 
diferentes mercados de productos básicos, sobre todo en el del trigo. La depre- 
sión mundial fue, pues, resultado en parte de desequilibrios profundos en el siste- 
ma internacional; su severidad, no obstante, se vio agravada considerablemente 
por la mala gestión política que se siguió dentro de los Estados Unidos. Cuando 
el auge en los Estados Unidos subió hasta alturas de vértigo en 1928, se atrajo 
capital de todas partes, y muchos países latinoamericanos empezaron a tener pro- 
blemas con su balanza de pagos porque cesó la afluencia de capital e incluso 
empezó a salir en dirección contraria. En octubre de 1929, se produjo el hundi- 
miento de Wall Street. Los precios de los productos básicos cayeron verticalmen- 
te y, como descendían más aprisa que el nivel de precios medios, los términos 
de intercambio se volvieron en contra de los productores básicos. Cesaron por 
completo las entradas de capital. El resultado, como es bien sabido, fue un aga- 
rrotamiento del comercio y la inversión mundiales. Europa se recuperaría de la 
recesión con cierta rapidez, pero los Estados Unidos no se recuperaron realmente 
durante todo el decenio siguiente. Las consecuencias para América Latina fueron 

9. Sobre las materias primas, véase M. T. Copeland, A raw commodity revolution (Busi- si- 
ness Research Studies, n.° 19), Harvard University Gradúate School of Business Administration, 
Cambridge, Mass., 1938. 



56 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

serias. Al mismo tiempo, la perturbación complementaria de la depresión mun- 
dial obligó a efectuar el fundamental cambio de dirección económica, cuya nece- 
sidad había demostrado la primera guerra mundial, pero que no pudo hacerse 
durante los años veinte porque las fuerzas internas eran insuficientes para ello. 



LOS EFECTOS EN AMÉRICA LATINA 

Pasaremos ahora a examinar las consecuencias inmediatas que en los países 
latinoamericanos, los cuales, de forma casi exclusiva, seguían siendo productores 
y exportadores de artículos básicos, tuvieron, primero, el cambio de la estructura 
del comercio y la inversión mundiales y, en segundo lugar, el debilitamiento y 
el comportamiento irregular de los mercados de productos básicos durante el pe- 
ríodo que va de la primera guerra mundial a la depresión mundial. También con- 
sideraremos la cuestión, más profunda, del tipo de respuesta que era posible dar 
a los diversos indicadores de la necesidad de cambiar de dirección, examinando 
los acontecimientos institucionales y la industrialización. ♦ 

El cambio más espectacular durante e,ste período se produjo en las inversio- 
nes: como indica el cuadro 3, la participación de los Estados Unidos en el total 
de capital británico y norteamericano invertido en América del Sur ascendió en 
muchos casos en más de 30 puntos porcentuales; las inversiones británicas apenas 
aumentaron, mientras que las norteamericanas subieron vertiginosamente. En este 
importante acontecimiento todavía no están claros los papeles relativos que de- 
sempeñaron la falta de interés británico, el dinamismo de América del Norte y 
el apoyo oficial estadounidense. Entre 1924 y 1928, América Latina absorbió el 
24 por 100 de las emisiones de capital nuevo efectuadas en los Estados Unidos 
para la cuenta con el exterior y recibió el 44 por 100 de las nuevas inversiones 
directas en el exterior. 10 Al parecer, la afluencia excedía la de capital recibido 
del Reino Unido durante los años máximos comprendidos entre 1904 y 1914, in- 
cluso teniendo en cuenta los movimientos de los precios. 

La inversión directa fue el menor de los dos componentes. Los minerales, 
el petróleo y las empresas de servicios públicos atrajeron las mayores cantidades, 
aunque la industria en los países más extensos también era atractiva. Durante 
la totalidad del decenio de 1920, Chile atrajo mayores inversiones estadouniden- 
ses en minas que cualquier otro país del miindo. Hasta México continuó atrayen- 
do dinero extranjero: los primeros gobiernos posrevolucionarios mantuvieron una 
política de no injerencia en las propiedades norteamericanas, y la amenaza po- 
tencial que planteaba la Constitución de 1917 no fue tomada muy en serio duran- 
te el decenio de 1920. 

Por supuesto, la expansión de las inversiones directas estaba íntimamente aso- 
ciada con las afluencias indirectas. El papel de los bancos se hizo cada vez más 
importante: en 1926, ya había 61 sucursales de bancos estadounidenses en Améri- 
ca Latina." Las compañías constructoras de los Estados Unidos frecuentemen- 



'10. Naciones Unidas, Comisión Económica para América Latina, Foreign capital in Latín 
America, Nueva York, 1955, p. 7. 

11. C. W. Phelps, The foreign expansión of American banks, Nueva York, 1927, pp. 211-212. 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1 



Capital nominal invertido en América del Sur por los Estados Unidos 
y el Reino Unido, 1913 y 1929 a (millones de dólares) 



Inversiones británicas 



Argentina 

Bolivia 

Brasil 

Chile 

Colombia 

Ecuador 

Paraguay 

Perú 

Uruguay 

Venezuela 



Ratio de inversiones norteam 


encanas en la suma 


de inversiones norteamericam 


is y británicas 


1913 1929 





Argentina 


2,1 


22,2 


Bolivia 


83,3 


91,7 


Brasil 


4,1 


39,3 


Chile 


4,3 


50,1 


Colombia 


5,5 


88,1 


Ecuador 


41,7 


53,2 


Paraguay 


16,7 


45,5 


Perú 


20,8 
y 2,0 


51,7 


Uruguay 


22,8 


Venezuela 


6,8 


54,9 



Fuente: M. Winkler, Investment of U.S. capital in Latín America, World Peace Founda- 
tion, Boston, 1929. 

" Tómese nota de que la separación exacta por nacionalidad es imposible. S. G. Hanson, 
«The Farquhar Syndicate in South America», Hispanic American Historical Review (agosto, 
1937), cita la Brazil Railway Co.: «Registrada en Norteamérica, promotores de la asociación 
canadienses, propiedades brasileñas, financiada en el mercado de Londres y fondos proporcio- 
nados en gran parte por inversionistas franceses y belgas». Para un período anterior, D. C. 
M. Platt, «British portfolio investment overseas before 1870, some doubts», Economic History 
Review, XXXIII (1980), ha argüido que este fenómeno tal vez dio origen a una seria exageración 
de las cifras del Reino Unido. Sin embargo, el hecho clave que se desprende de este cuadro 
es el «desplazamiento» de la importancia «relativa». 



58 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

te trabajaban en estrecha asociación con un grupo de banqueros, como, por ejem- 
plo, la U.S. Foundation Company en Perú. Por estos y otros medios, en los años 
veinte se registró una expansión extraordinaria de la financiación exterior de los 
gobiernos latinoamericanos. Era la época de los vendedores agresivos y práctica- 
mente todo estaba permitido. Una comisión investigadora del Senado comprobó 
que había 29 representantes de casas financieras norteamericanas en Colombia 
solamente, tratando de negociar empréstitos para gobiernos nacionales y depar- 
tamentales. La rivalidad carecía de escrúpulos y el uso de sobornos estaba muy 
extendido: una de las jugadas más inocentes consistió en darle al yerno del presi- 
dente de Cuba un puesto bien remunerado en la sucursal cubana de un banco 
estadounidense mientras éste competía con éxito contra otros bancos. 12 Bien sa- 
bido es que el hijo del presidente peruano Augusto Leguía (1919-1930) amasó 
una fortuna. 13 La más conocida de las hazañas de Juan Leguía fue cobrar 
520.000 dólares en concepto de comisiones en 1927. Recibió el dinero de Selig- 
mans, los banqueros de inversión neoyorquinos, en pago de la ayuda que les ha- 
bía prestado en la consecución de dos importantes contratos de empréstitos exte- 
riores. 

Con el alza de las inversiones aumentó también el comercio de los Estados 
Unidos con la región (véase el cuadro 4). Los progresos que hicieron los Esta- 
dos Unidos durante la guerra se consolidaron en el decenio de 1920, cuando su 
ventaja competitiva fue fortalecida por los nuevos productos dinámicos del pe- 
ríodo (sobre todo, automóviles). Esto produjo cambios interesantes en las rela- 
ciones y creó un nuevo potencial de desequilibrio, cuyo ejemplo más notable es 
el caso de Argentina. En 1913, Argentina, al igual que Brasil, tenía sólo vínculos 
comerciales y de inversiones limitados con los Estados Unidos, a diferencia de 
Perú y Ecuador, por ejemplo, que ya importaban tanto mercancías como capital 
de su vecino del norte. Durante los años veinte, aumentó cada vez más el deseo 
argentino de comprar maquinaria moderna, agrícola y de otros tipos, fabricada 
en los Estados Unidos, pero Argentina seguía fuertemente atada por sus relacio- 
nes comerciales y de inversiones con el Reino Unido, que restringían su libertad 
de acción. 14 También Uruguay veía su libertad de acción limitada por una cre- 
ciente dependencia de Gran Bretaña, a medida que la carne de buey refrigerada 
se convertía en una proporción importante de sus exportaciones. 15 

Pasando seguidamente a las consecuencias implícitas de las tendencias desfa- 
vorables y la creciente inestabilidad de los mercados de productos básicos, hemos 
demostrado que los precios de estos productos respondían a potentes fuerzas de 



12. Lewis, Ameríca's stake, p. 377. 

13. R. Thorp y G. Bertram, Perú 1890-1977. Growth and policy in an export economy, 
Londres, 1978, p. 376, n. 13. 

14. Véase J. Fodor y A. O'Connell, «La Argentina y la economía atlántica en la primera 
mitad del siglo xx», Desarrollo Económico, 13 (1973), pp. 13-65, para el análisis del «triángu- 
lo» original; y Marcelo de Paiva Abreu, «Argentina and Brazil during the 1930s: Impact of 
British and American international economic policies», en Rosemary Thorp, ed., Latín America 
in the 1930s: the role of the periphery in worid crisis, Londres, 1984, para su utilización estimu- 
lante en el caso de Brasil. 

15. M. H. J. Finch, A política! economy of Uruguay since 1870, Londres, 1981, p. 133. 



la economía internacional, 1914-1929 
Cuadro 4 



Importaciones latinoamericanas desde los Estados Unidos y el Reino Unido 
como porcentaje del total de importaciones, 1913 y 1927 





Importado 




Im 


portaciones 




de los Estados Unidos 


del Reino Unido 




1913 


1927 


1913 


1927 


América del Sur 










Argentina 


14,7 


19,8 


31,0 


20,7 


Bolivia 


7,4 


28,8 


20,3 


19,4 


Brasil 


15,7 


28,7 


24,5 


21,2 


Chile 


16,7 


29,7 


30,0 


18,4 


Colombia 


26,7 


40,0 


20,5 


12,8 


Ecuador 


31,9 


58,5 


29,6 


18,4 


Paraguay 


6,1 


18,6 


28,9 


11,0 


Perú 


28,8 


42,3 


26,2 


15,8 


Uruguay 


12,7 


30,3 


24,4 


15,7 


Venezuela 


39,0 


45,9 


21,5 


13,5 


México, América Central y el Caribe 








Costa Rica 


60,4 


50,3 


15,0 


14,9 


Cuba 


53,7 


61,8 


12,3 


4,5 


República 










Dominicana 


62,9 


66,5 


7,9 


5,6 


El Salvador 


39,5 


46,3 


27,2 


16,1 


Guatemala 


50,2 


44,1 


16,4 


9,4 


Honduras 


67,4 


79,8 


14,6 


7,0 


México 


49,7 


66,7 


13,0 


6,5 


Nicaragua 


47,2 


66,4 


20,0 


11,5 


Panamá 


54,8 


69,0 


21,9 


9,0 



ca, World Peace Founda- 



desequilibrio. A causa de ello, la mayoría de las economías latinoamericanas ex- 
perimentaban un nuevo nivel de inestabilidad en lo que se refiere al producto 
de las exportaciones, como se vio claramente en el auge y el hundimiento de 
1921-1922, aunque continuó durante todo el decenio de 1920. En el caso de Ar- 
gentina, un autor arguye esto con tanta vehemencia que casi sugiere que la depre- 
sión de 1929 fue poco más que otro ciclo; 16 en el caso de Chile, se argumenta 
para diferenciar estos años significativamente de la primera edad de oro. 17 Cuba 



16. A. O'Connell, «Argentina 
d., Latín America in the 1930s, 

17. J. G. Palma, «From an export-led 
n ibidem, pp. 50-74. 



the depression: problems of an open economy», en Thorp, 
188-189. 

import-substituting economy: Chile 1914-1939», 



60 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

es quizás el ejemplo más extremo, con la «danza de los millones» — la locura 
del azúcar en 1921 — seguida de gran número de quiebras y absorciones de ban- 
cos, así como de plantaciones de caña de azúcar, por parte de entidades extran- 
jeras. 18 

Estas variaciones en la marcha de las exportaciones aparecen bien ilustradas 
en el cuadro 5, donde vemos que, en términos del poder adquisitivo real de las 
exportaciones, sólo cuatro países latinoamericanos (todos ellos productores de 
petróleo, junto con diversos minerales, el producto cuya demanda internacional 
era más fuerte) alcanzaron tasas de crecimiento satisfactorias. 

Tres fueron los principales grupos de fuerzas económicas que, en medida va- 
riable, pusieron fin a la edad de oro del crecimiento inducido por las exportacio- 
nes. El primero y más obvio fue un temprano debilitamiento de la demanda, 
o incluso su derrumbamiento total. El segundo fue una creciente limitación de 
los recursos: está claro que la notable expansión que siguió a 1840 fue en gran 
parte «extensiva», incorporando más tierra, trabajo u otros recursos en un proce- 
so que requería poco o ningún incremento de la productividad. El tercer factor 
fue un desplazamiento de la composición de las exportaciones hacia las que eran 
de propiedad extranjera y daban a la economía del país'una proporción relativa- 
mente pequeña de su valor, lo cual no sólo podía frenar la tasa de crecimiento, 
sino que, además, introducía tensiones en la distribución. 

Chile fue el ejemplo más grave de derrumbamiento de las exportaciones, con 
la caída de los nitratos a partir de la primera guerra mundial. El mercado del 
café, en cambio, continuó creciendo, pero despacio. El mercado de la carne se 
resintió del lento crecimiento de Gran Bretaña en el decenio de 1920, lo que afec- 
tó a Uruguay más que a Argentina porque la carne representaba el 33 por 100 
de las exportaciones uruguayas frente al 15 por 100 de las argentinas. Pero lo 
que diferenciaba más marcadamente a las dos era la limitación de los recursos: 
Uruguay no tenía ninguna «frontera abierta», mientras que Argentina no empe- 
zaría a notar esa limitación hasta el decenio de 1930. En América Central la com- 
petencia por el uso de la tierra comenzaba a causar un incremento de las importa- 
ciones de alimentos en este período, como venía ocurriendo desde hacía unos 
años en Perú. Además, esto empezaba a generar una tensión que se centraba 
en el capital extranjero: en Costa Rica, la United Fruit Company, por ejemplo, 
controlaba 274.000 hectáreas, pero explotaba únicamente 20.000." 

De los cuatro éxitos aparentes que se registraron durante el período 1913-1928, 
el caso de México destaca de forma especial a pesar de la confusión y la destruc- 
ción del decenio revolucionario. La producción de petróleo, minerales y hene- 
quén, por ejemplo, fue en aumento durante toda la primera guerra mundial y 
resultó el mayor incremento del poder adquisitivo real de las exportaciones de 
un país en 1918. El petróleo fue la causa principal de la buena marcha de las 
exportaciones venezolanas en el decenio de 1920, como lo fue también, aunque 
en menor medida, en el caso de Perú e incluso en el de Colombia. (A finales 



18. H. C. Wallich, Monetary problems ofan expon economy. The Cuban experience 1914-47, 
Cambridge, Mass., 1950, pp. 52-53. 

19. V. Bulmer-Thomas, «Central America in the inter-war period», en Thorp, ed., Latin 
America in the 1930s, p. 309, n. 12. 



la economía internacional, 1 
Cuadro 5 



Poder adquisitivo real de las exportaciones latinoamericanas, " 1917-1918 y 1928 
(1913 = 100) 



Promedio 1917-1918 


1928 


Exportaciones principales 1923-1925 c 


Crecimiento alto," >5 % anual 






Venezuela 37 


281 


cobre, petróleo 


Colombia 54 


276 


café 


México" 178 


251 


petróleo, plata 


Perú 106 


198 


petróleo, algodón 


Crecimiento moderado, 2-5 % anual 






Paraguay 96 


174 


quebracho, madera 


El Salvador 82 


167 


café 


Brasil 48 


158 


café 


Argentina 60 


146 


trigo, maíz 


Guatemala 34 


139 


café, plátanos 


Crecimiento bajo/negativo, ^ 1 % anual 




Costa Rica 52 


118 


café, plátanos 


Cuba 118 


118 


azúcar 


Chile 78 


108 


nitratos, cobre 


Nicaragua 43 


104 


café, plátanos 


Uruguay 87 


100 


carne, lana 


Ecuador 48 


93 


cacao 


Bolivia 95 


82 


estaño 


Panamá 46 


56 


plátanos 



Fuentes: Capacidad de importar. Brasil: A. V. Villela y W. Suzigan, «Government po- 
licy and the economic growth of Brazil 1889-1945», Brazilian Economic Studies, IPEA, 3 (Río 3 
de Janeiro, 1975); Chile: J. G. Palma, «Growth and structure of Chilean manufacturing in- 
dustry from 1830 to 1935», tesis doctoral inédita, Oxford, 1979; Argentina y México: CEP AL, 
Economic survey of Latín America 1949, Nueva York, 1951; Otros países: valores en dólares 
procedentes de J. W. Wilkie, Statistics and national policy, Los Ángeles, 1974, y Sociedad de 
Naciones, Balance of payments yearbooks, deflacionados por un promedio de índice de precios 
norteamericanos y británicos. Exportaciones principales: Sociedad de Naciones, Memorándum 
on trade and balance of payments ¡911-1925, Ginebra, 1926. 

" El producto de índices cuánticos para las exportaciones y los términos de intercambio. 

* Los datos correspondientes a Honduras colocan a este país en este grupo, con los mejo- 
res resultados de las exportaciones. Pero siendo los plátanos el único producto de exportación 
importante, sin duda los datos deben ser inexactos. 

' Por orden de tamaño de la participación. Se omite el segundo producto de exportación 
cuando representa menos del 10 por 100 del total. 

" 1910-1912=100. No se dispone de datos para 1913-1917. 



62 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

de los años veinte, el petróleo ya se contaba entre las exportaciones colombianas 
— el interés de los Estados Unidos por el petróleo colombiano había sido una 
de las razones principales de la resolución del problema de la compensación por 
la pérdida del canal de Panamá — , aunque la mayor parte del éxito de Colombia, 
como veremos, se debe a su habilidad para aprovecharse de las restricciones de 
las ventas de café que Brasil se impuso a sí mismo.) El petróleo y los minerales 
son, no obstante, justamente los productos cuyo valor retenido es relativamente 
pequeño (nos referimos a la parte del producto de las exportaciones que se retie- 
ne en el país por medio de impuestos, salarios, construcción u otros gastos), debi- 
do a la naturaleza intensiva en capital de su proceso de producción y a la propie- 
dad extranjera. En un caso — Perú — , el efecto de este factor fue suficiente para 
reducir la tasa de crecimiento de dicho valor retenido a casi cero durante el dece- 
nio de 1920, a pesar de los resultados aparentemente saludables de las exportacio- 
nes en lo que se refiere a su valor en dólares. 20 Contrastando con ello, fue mu- 
cho mayor la importancia que para el crecimiento tuvo el 46 por 100 de expansión 
del poder adquisitivo real de las exportaciones argentinas de 1913 a 1928, que 
se basaban en productos básicos con un elevado rendimiento de este tipo. 

Al explicar la aparición de problemas que, ya fueran externos o internos, seña- 
laban el final de la edad de oro del crecimiento exportador, también hemos sugeri- 
do, en varios casos, posibles fuentes de conflictos o tensiones motivados por pro- 
blemas relativos a la utilización o la distribución de recursos. Esto podría inducir 
a pensar en la posible aparición de fuerzas que señalaran la necesidad de efectuar 
cambios o que de algún modo obligasen a resolver el problema. Pero precisamente 
la dificultad de este período estriba en que diversos factores actuaron para suprimir 
o reducir el nivel de las señales. Entre dichos factores se contaban el elevado nivel 
de entradas de capital, especialmente empréstitos, y el comportamiento de los precios. 

En parte, aunque en este período iba típicamente asociada siempre con el des- 
pilfarro, la desviación hacia el consumo de lujo, el soborno, etcétera, la afluencia 
de dinero extranjero seguía interpretando su papel tradicional en el modelo, esto 
es, el de mitigar la restricción de recursos. En Colombia, por ejemplo, la expan- 
sión del café y otros productos creó la necesidad urgente de efectuar grandes in- 
versiones en la infraestructura; de no haberse dispuesto de empréstitos extranje- 
ros, es difícil ver cómo podrían haberse llevado a cabo la expansión y la mejora 
del sistema de transportes y de las instalaciones portuarias, con las cuales mejoró 
el acceso al Pacífico y fue posible el desarrollo de toda una región nueva. En 
muchos otros casos, sin embargo, y también en Colombia de forma considerable, 
el dinero se usó tan mal que poca relación tuvo con las restricciones de la oferta. 
El ejemplo clásico es el de la construcción de la carretera nacional de Cuba: se 
prolongó más y más, con pingües negocios para todos los interesados, «parques 
ornamentales y algunos embellecimientos», etcétera, hasta que se alcanzó la cifra 
de 100 millones de dólares en obligaciones sin que la carretera estuviese termina- 
da. 21 Pero los ejemplos son inagotables. 22 Con todo, lo que estos empréstitos hi- 



20. La divergencia entre los ingresos de exportación y el valor retenido en el decenio de 
1920 se mide, en el caso de Perú, en Thorp y Bertram, Perú 1890-1977, cap. 6. 

21. Lewis, America's stake, pp. 384-386. 

22. Lewis ofrece numerosos ejemplos (ibidem). Sobre Bolivia, véase M. Marsh, The ban- 
kers in Bolivia, Nueva York, 1928. 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1914-1929 63 

cieron a corto plazo fue sostener la demanda, estimular los auges de la construc- 
ción e impedir que se percibiese la inminente restricción de la afluencia de mone- 
da extranjera. Proporcionaron oportunidades de invertir o especular a quienes, 
careciendo de ellas en el sector de la exportación, en principio y en otras circuns- 
tancias tal vez habrían buscado, pongamos por caso, protección para crearse opor- 
tunidades de obtener beneficios. 

El segundo factor que ocultaba la realidad subyacente era el comportamiento 
internacional de los precios. Hemos sugerido que, viendo las cosas retrospectiva- 
mente y a largo plazo, podemos detectar un debilitamiento en muchos mercados 
y la aparición de una tendencia desfavorable a largo plazo en los precios. Sin 
embargo, la inestabilidad descrita logró ocultar este hecho durante esos decenios. 
Primero llegaron los grandes aumentos de precios de la primera guerra mundial. 
Los precios de las importaciones subieron muy rápidamente también, pero, como 
en gran parte no había importaciones disponibles, hubo una tendencia a la acu- 
mulación de grandes excedentes de exportación, a veces en forma de existencias 
que estaban vendidas pero no podían transportarse. Siguió a estos acontecimien- 
tos el auge de 1920-1921, un auge sumamente especulativo y cuya gestión fue 
mala. Luego «algunos» productos básicos siguieron experimentando tendencias 
de precios claramente favorables, aunque desiguales, hasta 1925 o 1926. El movi- 
miento de precios ocultó la lentitud que a veces se registraba en las tasas de creci- 
miento del volumen. Uruguay fue un ejemplo; Brasil, otro. 

Esto explica en parte por qué incluso las medidas innovadoras que pretendían 
sostener los sectores de exportación tradicionales se tomaron en número limitado 
y eran de corto alcance. La más conocida y significativa fue el esquema brasileño 
que tenía por fin mantener el precio del café. El primer esquema databa de 1906; 
en los años veinte se introdujo un esquema intervencionista «permanente». Por 
desgracia, cumplió con demasiada eficacia la tarea de mantener los precios sin 
lograr que se restringiera la siembra, que aumentó en esos años, ni que otros 
productores colaborasen: Colombia se aprovechó del mantenimiento de los pre- 
cios para triplicar sus plantíos de café entre 1915 y 1925. Se ha argüido que las 
medidas brasileñas habrían provocado una crisis en los mercados del café aun 
en el caso de no haberse producido la depresión mundial. 23 

Otro campo en donde hubo cierta innovación limitada en la respuesta del Es- 
tado a las necesidades del sector de exportación fue en la propiedad de diversos 
sectores. El ejemplo lo dio Uruguay, caso muy especial entre los países latino- 
americanos en ese período debido a las nada frecuentes características de José 
Batlle y Ordóñez, que subió por primera vez al poder en 1903, fue presidente 
en 1903-1907 y de nuevo en 1911-1915, y cuya política predominó hasta su muer- 
te en 1929. Hay controversias en torno a los papeles relativos de sus puntos de 
vista personales y de fuerzas más profundas en la sociedad uruguaya, severamen- 
te limitada y frustrada por la pequeña extensión y la falta de recursos frente a 
una población muy urbanizada y con un predominio anormal de la clase media: 
en el decenio de 1920 esas frustraciones se vieron acentuadas al debilitarse los 



23. C. M. Pal 
theory, policy and 
lo, 1973. 



64 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

precios de la carne de buey y se encauzaron contra las empresas extranjeras, pues 
se consideraba que distribuían injustamente un pastel más pequeño. La respuesta 
fue el Frigorífico Nacional, que era propiedad del Estado y se formó en 1928 
para competir con las compañías extranjeras e imponer así una política más acor- 
de con los intereses nacionales. No obstante, una iniciativa parecida en Argentina 
necesitó las condiciones de los años treinta para producir resultados. 

Diríase que estas respuestas al papel del extranjero fueron una consecuencia 
lógica tanto de las presiones crecientes que soportaban los recursos como de la 
propia primera guerra mundial, que, según la creencia general, estimuló el creci- 
miento del nacionalismo y la aceptación del papel del Estado, dos aspectos que 
estaban relacionados entre sí y respondían en parte a los cambios en el clima 
internacional que hemos descrito antes. La guerra convenció a muchos de que 
depender excesivamente del capital extranjero podía ser imprudente. Los milita- 
res y otros ciudadanos empezaron a preocuparse más por el control nacional de 
los sectores estratégicos. Al mismo tiempo, los ingresos públicos aumentaban con 
las exportaciones y proporcionaban el medio de independizarse de los intereses 
extranjeros. 

No obstante, lo que impidió que los acontecimientos de la guerra o el nuevo 
potencial de tensiones en torno al uso de los recursos crearan un nivel de conflic- 
tos mayor del que siempre había caracterizado a la presencia económica extranje- 
ra fue el papel positivo que, como podía verse, desempeñaba la afluencia de capi- 
tal extranjero. Hablando en términos generales, los gobiernos mostraron mucho 
celo en recibir bien y fomentar la entrada de capital extranjero, especialmente 
el nuevo y vivo interés que manifestaban los Estados Unidos, lo cual limitaba 
la posibilidad de que surgieran conflictos de distribución. Hubo algunos proble- 
mas serios, por supuesto; Uruguay fue un ejemplo. Y algunos otros, como míni- 
mo, surgieron de la base; pongamos por caso, la huelga en el sector del plátano 
que tuvo lugar en Colombia a finales de los años veinte. En una situación así 
era muy probable que el gobierno apoyara al capital extranjero. 

No tiene nada de extraño, pues, encontrar el grueso de las innovaciones insti- 
tucionales de este período precisamente en las medidas creadas para poner orden 
y hacer que las economías en cuestión fuesen más «apropiadas» para las inversio- 
nes extranjeras. Esto resultaba especialmente notable en el campo de la banca 
y las finanzas. Los años veinte fueron el decenio de las Misiones Kemmerer. El 
doctor Edwin Kemmerer era un norteamericano experto en finanzas al que varias 
economías latinoamericanas llamaron para que ayudara a llevar a cabo la refor- 
ma de las instituciones monetarias. A él se debió en gran parte la creación de 
numerosos bancos centrales que tomaron por modelo el banco de la Reserva Fe- 
deral de los Estados Unidos. Se hicieron avances significativos en el desarrollo 
institucional, pero el contexto de los años veinte tenía consecuencias implícitas 
para este tipo de desarrollo. La presencia de Kemmerer acostumbraba a solicitar- 
se como parte de una estrategia encaminada a fomentar las inversiones extranje- 
ras, y las reformas se orientaban hacia este fin. El propio Kemmerer fomentaba 
y gestionaba la concesión de empréstitos. Hemos señalado cómo en la escena 
internacional predominaba a la sazón la creencia de que era necesario volver a, 
como mínimo, una forma modificada del antiguo patrón oro. En América Lati- 
na existía la misma creencia, que era un motivo poderoso y estaba detrás de las 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1914-1929 65 

presiones para que se llevaran a cabo reformas financieras, añadiéndose al deseo 
del mundo financiero internacional de garantizar un clima de orden y buena sa- 
lud para sus crecientes intereses financieros en esa zona. El resultado fue, en pri- 
mer lugar, que muchos países se fijaron como objetivo la vuelta a la paridad 
y pidieron la revalorización del tipo de cambio: en Perú, por ejemplo, en 1922 
el Banco Central vendió gran parte de sus reservas en un intento de hacer que 
el tipo de cambio volviese a la paridad, y uno de los objetivos explícitos de los 
grandes empréstitos que se pidieron a mediados de los años veinte era la estabili- 
zación del cambio. 24 En segundo lugar, se produjo la adopción generalizada de 
un patrón de cambio oro; a comienzos de 1926, este patrón ya se había restaura- 
do en doce repúblicas de América Central y América del Sur. 25 No funcionó 
bien; el mecanismo resultaba tosco cuando faltaban las sutilezas de los mercados 
financieros de los países desarrollados, y tampoco se tomó en cuenta que el prin- 
cipal deudor del sistema bancario podía ser el gobierno, incapaz de reducir sus 
gastos de acuerdo con la prescripción clásica, ni que la volatilidad del capital 
privado podía perjudicar igualmente su funcionamiento. 

Es obvio que estas reformas fueron acompañadas de la creación de técnicas, 
de control e influencia. En América Central y el Caribe —Haití, la República 
Dominicana, Nicaragua— se llegó al extremo de una ocupación norteamericana. 
En América del Sur se emplearon técnicas de control financiero que eran menos 
directas, pero que distaban mucho de ser sutiles. Para conseguir un empréstito 
de 33 millones de dólares en 1922, Bolivia no sólo tuvo que comprometer toda 
la recaudación de sus aduanas más cierto número de impuestos directos, sino 
que tuvo que permitir que una comisión fiscal permanente de tres miembros, dos 
de ellos nombrados por los bancos extranjeros, gestionara sus asuntos fiscales 
durante la totalidad de los veinticinco años de duración del empréstito. 26 En 
Perú, funcionarios norteamericanos administraban las aduanas y otro norteame- 
ricano dirigía el Banco Central. Estos ejemplos son típicos de todas las repúblicas 
latinoamericanas, exceptuando las mayores, durante este período. Dicho de otra 
forma, la presencia norteamericana se estaba haciendo aún más molesta que la 
inglesa en un período anterior y mostraba un empeño todavía más descarado 
en controlar. Los intentos de control desde el lado latinoamericano fueron débi- 
les: por ejemplo, en 1928, Colombia promulgó una ley que exigía que los gobier- 
nos provinciales y municipales obtuvieran la autorización del gobierno central 
antes de negociar más empréstitos extranjeros, 27 pero el daño ya estaba hecho. 
En 1927, el presidente del Banco Central de Perú viajó a Nueva York para decir- 
les a los bancos norteamericanos que-el empréstito que se estaba negociando era 
demasiado grande, pero sus consejos fueron desoídos. 28 

Hay, con todo, un campo crítico que aún tenemos que explorar: el de la in- 
dustria y la adopción de medidas que favoreciesen su crecimiento. Al estudiar 
la relación entre América Latina y la economía internacional, uno de los interro- 



Thorp y Bertram, Perú 1890-1977, p. 129. 
Aldcroft, From Versátiles to Wall Street, p. 151. 
Marsh, Bankers in Bolivia, p. 100. 
Lewis, America's stake, p. 381. 
Ibidem, p. 380. 



66 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

gantes que más intrigan es siempre el de cómo es posible que durante un período 
de fuerte integración en ese sistema por medio de los productos básicos crezcan 
gradualmente —o no crezcan— nuevos grupos nacionales y bases normativas en 
que puedan apoyarse otras normas de actuación al debilitarse el mecanismo de 
crecimiento. 

Obviamente, en vista de la naturaleza confusa de las señales que durante el 
período dieron la economía internacional y los acontecimientos nacionales, no 
eran de esperar cambios de dirección radicales y coherentes hacia, por ejemplo, 
el proteccionismo. Hubo, sin embargo, algunos acontecimientos importantes en 
relación con la industria. 

La consecuencia inmediata del estallido de la primera guerra mundial fue una 
aguda crisis financiera en América Latina. Los bancos y las entidades de des- 
cuento británicos temían una posible presión en Londres y empezaron a denun- 
ciar préstamos y a reducir anticipos; en el primer caso, el pánico y la falta de 
liquidez fueron los resultados más notables. Pero en 1915 las exportaciones ya 
aumentaban señaladamente y las balanzas comerciales se inclinaban decididamente 
hacia el superávit. Los precios de las importaciones subieron mucho con la infla- 
ción internacional y los precios nacionales no hicieron más que seguir la misma 
tendencia con cierto retraso. Hubo, pues, un fuerte efecto protector en un perío- 
do de demanda en «expansión», coyuntura poco habitual. El problema, sin em- 
bargo, residía en la vertiente de la oferta: era claro que las fuentes normales de 
bienes de capital de Europa ya no estaban disponibles. 

El modo en que estos problemas contradictorios se equilibraron ha dado ori- 
gen a un número extraordinario de textos, cuya proliferación se ha visto estimu- 
lada por la falta de claridad de los datos. El primer punto de vista, nacido de 
los escritos de Celso Furtado y de la Comisión Económica para América Latina 
(CEP AL), era favorable a la opinión de que la guerra proporcionó estímulos po- 
sitivos para el crecimiento industrial en América Latina. Este argumento, en lo 
que se refiere a Brasil, recibió las primeras críticas de Warren Dean, al que si- 
guieron otros autores. 29 De hecho, Dean sugirió que la guerra interrumpió un 
proceso de crecimiento bastante impresionante. Posteriormente, se ha concluido 
que hubo un crecimiento de la producción durante la guerra en el caso brasileño 
(los argumentos anteriores nacieron, en parte, de las diferencias del peso que se 
daba al tratamiento de las exportaciones en las cifras), pero que se basaba en 
una utilización más completa de la capacidad existente. Dicho de otro modo, 
la guerra no representó una discontinuidad relevante, pero obró sobre una expan- 
sión que ya estaba en marcha. 

Se sugirió que la guerra también fue importante debido a que la necesidad 
estimuló a los pequeños talleres de reparaciones a ampliar sus actividades y pro- 
porcionar con ello una base para un incipiente sector de bienes de capital. Una 
opinión verosímil hace hincapié en la tendencia a largo plazo de los períodos 
de incremento de la capacidad (cuando las importaciones son baratas y están dis- 
ponibles) a alternar con períodos de rápido incremento de la producción (cuando 
las importaciones son caras o no están disponibles, o ambas cosas a la vez). Así, 

29. Warren Dean, The industrialisation o/Sáo Paulo 1880-1945, Austin, 1969. Para el debate i 
subsiguiente en torno a la industrialización brasileña, véase HALC, VII, ensayo bibliográfico 2. 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1914-1929 67 

parece que ahora hay acuerdo en que en economías tales como la brasileña, con 
una previa base industrial y una capacidad preexistente, la guerra provocó cierto 
aceleramiento de la producción: alrededor de un 8 o 9 por 100 anual. Esta opi- 
nión se acepta también en los casos de Chile y Uruguay. 

No obstante, otras economías ya estaban unidas más estrechamente a otras 
fuentes de importación: los Estados Unidos y, en medida mucho menor, Japón. 
El cuadro 6 muestra cómo economías de la costa occidental, tales como Perú 
y Colombia, ya tenían vínculos comerciales significativos con los Estados Unidos 
y, durante la guerra, pudieron edificar rápidamente sobre ellos, con lo que el 
estímulo a la sustitución de importaciones fue menor que, por ejemplo, en Brasil. 
Puede que el mismo factor se diera en México, pero en ese país las perturbaciones 
internas se impusieron a todas las demás consideraciones. A pesar de sugerencias 
interesantes en el sentido de que, incluso a corto plazo, la Revolución no fue 
un desastre económico tan grande como se ha dicho con frecuencia, 30 en 1920, 
las manufacturas acababan sólo de recuperar el nivel de 1910. El caso sorpren- 
dente, tal vez, es Argentina, habida cuenta de su extensión, su base industrial 
previa y su relativa falta de vínculos con los Estados Unidos. El hecho de que 
en 1918 la producción fuera sólo un 9 por 100 superior al nivel de 1914 parece 
que tiene su explicación en el elevado nivel de existencias que había al empezar 
la guerra y en el lento crecimiento de la demanda interna. 31 Las economías más 
pequeñas, tales como las de América Central, no estaban en situación de encon- 
trar una oportunidad en la guerra, y suele decirse que sus élites no hicieron más 
que esperar el fin de la perturbación para volver con entusiasmo al modelo basa- 
do en las exportaciones. 

Durante el decenio de 1920 encontramos de nuevo fuerzas que actúan en 
direcciones diferentes, así como considerables ambigüedades y dificultades de 
interpretación. Entre las variables económicas inmediatas que afectan al creci- 
miento industrial, debemos considerar primero la demanda y, en segundo lugar, 
los precios relativos que eran fruto del efecto combinado del tipo de cambio, los 
aranceles, las restricciones no arancelarias y los movimientos de los niveles de 
precios internacionales en relación con los nacionales. La demanda siguió siendo 
importantísima en este período: por regla general, los industriales seguían consi- 
derando que su salud dependía del crecimiento del sector de exportación. Como 
hemos visto, donde el crecimiento de las exportaciones o, al menos, su valor rete- 
nido, disminuía, típicamente se encontraba cierta compensación en el estímulo 
que el nivel de actividad recibía de los empréstitos extranjeros y de los auges de 
la construcción que los acompañaban. En Uruguay, donde esto no sucedió, la 
política de redistribución del batllismo fue un sucedáneo deliberado. En Brasil, 
la política monetaria restrictiva de los años 1924-1925 obstaculizó el crecimiento 
de los textiles en particular: los industriales y los intereses exportadores se unie- 
ron para oponerse con éxito a dicha política. En cuanto al tipo de cambio, hemos 
visto cómo la ideología del período — el deseo de volver al patrón oro, la influen- 



30. Véase J. Womack, «The Mexican economy during the Revolution, 1910-1920: historio- 
graphy and analysis», Marxist Perspectives, 1/4 (1978). 

31. CEP AL (ECLA), Análisis y proyecciones del desarrollo económico; V: el desarrollo 
económico de la Argentina, México, 1959. 



historia de américa latina 
Cuadro 6 



Importaciones del Reino Unido y los Estados Unidos, 1912-1920 
(precios de 1913) 



Parte correspondiente 
a las importaciones 
británicas en la suma 
de importaciones britá- 
nicas y 
ñas, 1912 



Argentina Brasil Chile Colombia 



índices de importaciones 

de los Estados Unidos 

y el Reino Unido 

(1912 = 100) 

1913 

1914 

1915 

1916 

1917 

1918 

1919 

1920 



90 



90 



74 



229 



192 



Fuente: R. Thorp y G. Bertram, Perú 1890-1977: growth and policy in an open economy, zonomy, 
Londres, 1978, p. 128. 

Nota: Las cifras se han deflacionado por los índices de precios de exportación o al por 
mayor correspondientes a los Estados Unidos y el Reino Unido. 

cia de Kemmerer y la política financiera de signo ortodoxo en general— llevó 
a la revalorización del cambio, obstaculizando con ello a la industria. No obstan- 
te, una vez la guerra hubo terminado se apreció cierta tendencia a mitigar los 
efectos desastrosos de la inflación en los sistemas arancelarios que dependían mucho 
de aranceles «específicos»: es decir, por unidad de volumen y, por ende, someti- 
dos a la erosión del rendimiento al subir los precios. La figura 1 trata de mostrar 
el nivel variable de los aranceles como porcentaje del valor de las importaciones 
en cuatro importantes países de América Latina. Hay que hacer hincapié en que 
estos datos son difíciles de interpretar: por supuesto, la protección muy eficaz 
de ciertos grupos de productos conduciría a un «descenso» de los ingresos aran- 
celarios. La protección «eficaz», quizás el indicador más exacto porque toma 
en cuenta el efecto de las exenciones arancelarias correspondientes a los inputs 
importados de un productor, así como la protección en el nivel de las ventas fina- 
les, es un procedimiento que no se encuentra a menudo ni es muy de fiar. E 
incluso aquí hay tantas dificultades de medición (deben determinarse los precios 
mundiales y las relaciones input-output), que cabe argüir que, como medida, no 
es más digna de confianza que la protección nominal. 

Interpretando los datos como podamos, parece justo decir que el incremento 
del proteccionismo en el conjunto de los años veinte ni siquiera compensó los 
descensos anteriores y que tal vez la mejor forma de calificar el período es dicien- 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1914-1929 




Aranceles como porcentaje del valor de importación, 1910-1930 

Fuentes: C. Díaz Alejandro, Essays on the economic history of the Argentine Republic, 

New Haven, 1970; A. V. Villela y W. Suzigan, «Government policy and the economic growth 

of Brazil 1889-1945», Brazilian Economic Studies, IPEA (Río de Janeiro, 1975); C. Humud, 

«Política económica chilena desde 1830 a 1930», Estudios de Economía, 3 (Santiago, 1974); 

Extracto Estadístico del Perú, Lima. 



do que fue débilmente proteccionista. En Brasil, los textiles en particular se resin- 
tieron de la mayor competencia que representaba el efecto conjunto de las ten- 
dencias internacionales de los precios y la revalorización; esto no se vio compen- 
sado adecuadamente por los incrementos arancelarios. La política generalmente 
proteccionista que se siguió en Argentina no elevó la incidencia de los aranceles 
al nivel de antes de la guerra. El caso de Perú se ha evaluado cuidadosamente 
en el único estudio que toma plenamente en cuenta medidas no arancelarias, tales 
como los monopolios gubernamentales, además de tratar de equilibrar cuantitati- 
vamente el efecto favorable de subir los aranceles y el desfavorable de la revalori- 
zación del tipo de cambio. 32 Arguye que el efecto neto de los cambios habidos 
después de 1923 compensa, de hecho, la erosión anterior. En Chile, bajo Ibáñez 
al finalizar el decenio de 1920, las reformas llevaron la incidencia de los aranceles 
por encima de la que ya había existido en el decenio de 1900. Pero el tipo de 
cambio volvía a desplazarse en dirección contraria. (Es interesante que se sugiera 
que, en Colombia, Kemmerer no luchó con gran empeño a favor de la reducción 



32. C. Boloña, «Protectionism and liberalism in Perú 1880-1980», tesis doctoral inédita, 
Oxford, 1981. Su estudio discrepa de algunos análisis anteriores, tales como Thorp y Bertram, 
Perú 1890-1977. 



70 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

de los aranceles, lo cual era debido a que se percataba de que la política de los 
tipos de cambio perjudicaba cualquier posible efecto protector.) 33 En Chile, la 
política sí se equilibró y tuvo un efecto neto de protección; la misma conclusión 
puede sacarse en el caso de Uruguay. 

Lo que está claro es que no existió jamás una política industrial coherente. 
Este hecho lo acepta casi todo el mundo, también los autores que consideran 
muy convincentes las pruebas de un incremento del proteccionismo, e incluso en 
el caso del país más seriamente proteccionista: Uruguay bajo Batlle y Ordóñez. 
Los incrementos de las tasas solían ser resultado de negociaciones individuales 
y fragmentarias (y, precisamente por ello, con mayores posibilidades de dar buen 
resultado), y faltaban muchos elementos que ahora se consideran como parte de 
una política de industrialización (relativos al crédito, la preparación de la mano 
de obra, la tecnología, etcétera). No es de extrañar que sea en este período, pues, 
donde podemos fechar el comienzo de muchos problemas posteriores, ya que la 
complejidad de la tecnología internacional aumentaba rápidamente y el espíritu 
de la época era de aceptación de las cosas extranjeras. Un observador de entonces 
dice de la tecnología moderna que «se adapta por medio de la simple imitación, 
sin compartir su espíritu, aplicando sólo los resultados de procedimientos inven- 
tados en otras naciones. [No había] ningún deseo de innovar y perfeccionar». 34 
Quizá merezca la pena mencionar un aspecto más, a modo de confirmación indi- 
recta de la falta de atractivo de la industria: la exportación de capital local. En 
un momento en que el capital extranjero entraba con facilidad, la salida de capi- 
tal nacional hacia otras partes daba pie a comentarios frecuentes. 

Dado este análisis, no ha de sorprendernos el hecho de que el crecimiento 
industrial de los años de la guerra disminuyera en Brasil y en Chile durante el 
decenio de 1920. En el caso de Brasil, el sector textil sufría seriamente a causa 
de las tendencias de los precios relativos, mientras a otros sectores les iba algo 
mejor. Hubo, no obstante, un crecimiento significativo de la capacidad durante 
este período. En Chile, la tasa de crecimiento de la industria en términos reales 
fue del 1,9 por 100 anual entre 1918 y 1929, frente al 9 por 100 entre 1913 y 
1918. 35 En Perú, hubo poco crecimiento en la industria: el estancamiento del va- 
lor retenido de las exportaciones se combinó con una débil retrocesión de las ten- 
dencias de precios relativos desfavorables y un empeoramiento de la distribución 
de la renta para producir poco o ningún crecimiento en el sector industrial. La 
excepción fue Argentina, cuya experiencia en el campo de la exportación era pro- 
bablemente una de las más saludables y donde el sector industrial no había creci- 
do en absoluto durante el período de la guerra. El esfuerzo por «ponerse al día» 
y una demanda animada hicieron que la industria creciese un 8 por 100 anual 
en 1917-1929. 36 Colombia también creció con bastante rapidez, lo cual refleja- 
ba en parte el anterior subdesarroüo de su industria. 

33 . M. Palacios, El café en Colombia 1850-1970: una historia económica, social y política, 
Bogotá, 1979, p. 292. 

34. Citado en J. G. Palma, «Growth and structure of Chilean manufacturing industry from 
1830 to 1935», tesis doctoral inédita, Oxford, 1979, p. 307. 

35. Ibidem, apéndice 47. 

36. Carlos Díaz Alejandro, Essays on the economic history ofthe Argentine Republic, New 
Haven, 1970, p. 52. 



LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1914-1929 71 

Esta falta de una política industrial coherente concuerda a la perfección con 
la etapa de desarrollo que habían alcanzado incluso las economías de mayor im- 
portancia. Sencillamente no había aún ninguna base para nada más. Lo que sor- 
prende a menudo es, más bien, que unos países donde dominaban las élites ex- 
portadoras lograran semejante grado de proteccionismo. Parece que era fruto 
del hecho de que con frecuencia los exportadores preferían los aranceles que gra- 
vaban las importaciones a los impuestos que les gravaban a ellos, aun cuando, 
a la larga, esa actitud podía amenazar su propia posición. Se ha sugerido esta 
explicación tanto para Brasil como para Chile. Y, en realidad, la industria no 
siempre era vista como tal amenaza: en Chile, grupos agrarios tradicionales se 
encontraron con que sus mercados de exportación se estaban debilitando y ello 
les hizo volverse de modo creciente hacia el mercado nacional. En Brasil, la in- 
dustria usaba los productos que no tenían un mercado importante en el extranje- 
ro, y la mezcla de intereses se veía ayudada por los matrimonios entre personas 
de razas diferentes y por los consejos de administración en los que parte de sus 
componentes lo eran también de otros consejos diferentes. También fue una ayu- 
da la naturaleza fragmentaria de los cambios arancelarios. Este grado de coinci- 
dencia y mezcla de intereses fomentó cierto proteccionismo y al mismo tiempo 
impidió que apareciese claramente una «conciencia» industrial. 



Conclusión 

¿Cuál es, pues, la significación del período comprendido entre la primera guerra 
mundial y la depresión mundial? ¿Tiene características que lo distingan de los 
cuarenta años que lo precedieron, la llamada «edad de oro»? Hemos argüido 
que sí, no sólo porque la economía internacional estuvo mucho menos sana en 
los años posteriores, sino también porque la diferenciación cambia de modo sig- 
nificativo nuestra valoración de las repercusiones de la depresión mundial en Amé- 
rica Latina. Hemos demostrado cómo de diversas maneras se estaban creando 
debilidades y tensiones, durante el decenio de 1920, en el modelo basado en las 
exportaciones que, al parecer, había servido bien al continente durante mucho 
tiempo, al menos en lo que se refiere al crecimiento. En parte, estos problemas 
eran fruto de las mismas fuerzas que llevarían a la depresión mundial. En parte, 
estaban relacionados con las restricciones de los recursos o con problemas de 
distribución. De hecho K en muchos casos produjeron una desaceleración «antes» 
de 1929, como hemos visto. Para Argentina, el mercado del trigo decayó a partir 
de 1928, y la balanza de pagos resultó aún más perjudicada cuando en el mismo 
año tuvo lugar una salida de capital en respuesta al auge de la economía estadou- 
nidense. Esa salida de capital fue significativa para muchos países. Colombia, 
Perú, Chile, la notaron, y es probable que su efecto fuese todavía más amplio. 
Otros sectores de exportación también se debilitaron antes de 1929: hemos citado 
el estancamiento del valor retenido en Perú; América Central experimentó una 
recesión a partir de 1926; lo mismo México, acentuada en su caso por el carácter 
contractivo de la política interna. También Colombia se vio afectada por dispu- 
tas en torno al capital extranjero. Hacer caso omiso de estos factores sería exage- 
rar la brusquedad de la ruptura de 1929. 



72 ¡HISTORIA DE AMÉRICA 



Pero con esto no queremos dar a entender que el período de posguerra pueda 
sencillamente fundirse con los decenios que siguieron a la depresión. Se ha tendi- 
do a ver la guerra como un importante impulso favorable al desarrollo. Sin em- 
bargo, en los años veinte, poco se aprovecharon, en general, las oportunidades 
creadas por la contienda, y algunos de los cambios que sí tuvieron lugar trajeron 
formas nuevas de vulnerabilidad y control externo. 

Este efecto limitado nació en parte del sencillo hecho de que la primera guerra 
mundial fue una perturbación externa que produjo un aumento de las exporta- 
ciones; incluso hoy sigue siendo probable que la subida de las exportaciones ero- 
sione la motivación para un esfuerzo nacional de desarrollo. Asimismo, su efecto- 
principal fue acelerar la decadencia del Reino Unido y la eliminación de Alema- 
nia como socio comercial o inversionista: las oportunidades que esto brindó a 
América Latina se vieron seriamente reducidas por la presencia entre bastidores 
de los Estados Unidos, que estaban más que dispuestos a aprovechar las ocasio- 
nes de comerciar e invertir. (Hemos visto que, en general, la fuerza de este efecto 
se impuso al efecto diferencial del grado de integración previa a los Estados Uni- 
dos, con ciertas excepciones.) Así, al debilitarse los vínculos antiguos, se forma- 
ron vínculos nuevos, cuyos aspectos de dependencia y control a menudo eran 
más acusados y, desde luego, más obvios. Esto condicionaría la utilización de 
las opciones que presentó la depresión en 1929. 

A pesar de las tensiones y debilidades incipientes que, según hemos demostra- 
do, estaban apareciendo en el modelo basado en las exportaciones, hizo falta 
que pasara más tiempo y que las señales fuesen más ruidosas para que los princi- 
pales grupos económicos percibieran que sus intereses eran significativamente dis- 
tintos de los intereses de los extranjeros. Además, en cierto sentido, los cambios 
que se produjeron durante la guerra fueron prematuros, careciendo de la base 
necesaria en la extensión previa del sector industrial y del crecimiento de una 
clase media o de otros grupos que estuvieran preparados para ver que sus intere- 
ses residían en el desarrollo de la industria. Por ambos tipos de razones, América 
Latina tuvo que esperar hasta la depresión antes de que las fuerzas favorables 
al cambio pudieran unirse de una manera que hiciese posible una política alterna- 
tiva real. 

No obstante, este período de retraso es crítico para explicar por qué cuando 
llegó la depresión, aunque su severidad es indudable, América Latina pudo recu- 
perarse con notable rapidez. En algunos casos, especialmente en Brasil y Colom- 
bia, esta recuperación incluso precedió a toda reactivación de las exportaciones. 
El crecimiento industrial después de 1929 sería sorprendentemente rápido. 37 He 
aquí un ejemplo más de que es un gran error tender demasiado a ver el año 1929 
como un punto decisivo; fue el resultado de todo lo que había ocurrido —o no 
ocurrió — durante los anteriores quince años y sería la base de lo que vendría 
a continuación. 



37. Véanse los diversos ensayos en Thorp, ed., Latín America in the 1930s. 



Capítulo 3 

AMÉRICA LATINA, LOS ESTADOS UNIDOS 
Y LAS POTENCIAS EUROPEAS, 1830-1930 

Rivalidades anglonorteamericanas después de la independencia 

En 1830, tras obtener la independencia, las naciones latinoamericanas se en- 
contraron en un mundo de rivalidades internacionales y de política basada en 
el poder. Las potencias europeas, especialmente Gran Bretaña, que a veces había 
interpretado un papel decisivo en la lucha por dicha independencia, continuaron 
desempeñando un significativo papel político, además de económico, en América 
Latina hasta bien entrado el siglo xx. Después de la independencia, los ingleses 
mostraron especial interés por Brasil, la región del Río de la Plata, Chile, Améri- 
ca Central y México; en menor grado los franceses hicieron lo propio por el Río 
de la Plata y México, y el Caribe siguió siendo un lago dominado por los euro- 
peos, donde España, Gran Bretaña, Francia, los Países Bajos, Suecia y Dinamar- 
ca dominaban las numerosas islas, convertidas en colonias. 

Entre 1830 y 1890, las potencias europeas intervinieron directamente en el 
hemisferio muchas veces, empleando grados diversos de fuerza militar. Algunas 
de estas intervenciones tenían por objeto mantener la influencia ayudando a paí- 
ses latinoamericanos amigos en sus rivalidades con vecinos hostiles, además de 
proteger a sus propios ciudadanos cuando eran maltratados por gobiernos de la 
región. Estos elementos se combinaron en las diversas intervenciones británicas 
y francesas en el Río de la Plata entre 1836 y 1850, dos de las cuales, el bloqueo 
de Buenos Aires por los franceses en 1836 y el bloqueo conjunto anglofrancés 
en 1845, duraron más de dos años y medio. El dictador argentino Juan Manuel 
de Rosas, que era hostil tanto a los intereses extranjeros como a los estados veci- 
nos de Uruguay y Brasil, fue la causa principal de estas intervenciones. 

Según la arraigada costumbre internacional del siglo xix, las grandes poten- 
cias tenían que ser capaces de proteger la vida y la hacienda de sus ciudadanos 
en el extranjero, así como de hacer que se cumplieran las normas de comporta- 
miento que se consideraban civilizadas. Esto último abarcaba desde la supresión 
de la trata de esclavos transatlántica hasta el castigo de quienes atacaran a ex- 



74 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

tranjeros o pusieran trabas al comercio internacional. Las pretensiones financie- 
ras de ciudadanos extranjeros provocaron varias intervenciones. En abril de 1838, 
los franceses bloquearon el puerto de Veracruz al negarse México a pagar recla- 
maciones varias por un importe total de 600.000 pesos. A este episodio se le lla- 
mó «la guerra de los Pasteles» porque entre las reclamaciones había una de 800 
pesos por los pasteles que un oficial del ejército mexicano había devorado en 
un establecimiento propiedad de un ciudadano francés. La marina francesa bom- 
bardeó la fortaleza de San Juan de Ulúa y desembarcó infantes de marina, pero 
las reclamaciones sólo se renegociaron, es decir, no se pagaron. Más seria fue 
la intervención de Francia, Gran Bretaña y España en 1861 con el objeto de co- 
brar unos 80 millones de pesos en concepto de deudas y reclamaciones. Napoleón 
III de Francia ambicionaba algo más que cobrar las deudas, y Gran Bretaña y 
España se retiraron de la operación cuando el monarca francés desembarcó tro- 
pas y nombró a Maximiliano de Austria emperador de México. El régimen ma- 
rioneta sobrevivió mientras 34.000 soldados regulares franceses y la legión ex- 
tranjera permanecieron en el país. La victoria del norte en la guerra de Secesión 
norteamericana, que había liberado a un nutrido ejército para que actuara en 
otras partes, se combinó con crecientes complicaciones europeas para convencer 
a Napoleón III de que restablecer el imperio francés en América era un riesgo 
demasiado grande. Las tropas francesas se marcharon de México en 1867, Maxi- 
miliano acabó ante un piquete de fusilamiento y la emperatriz Carlota, en el ma- 
nicomio. 

Durante la guerra de Secesión norteamericana, España intentó reafirmar su 
papel imperial en el hemisferio. En 1861 España se hizo con el control de Santo 
Domingo, donde permaneció hasta 1865. En 1863 España también se apoderó 
de las islas de Chincha, situadas frente a la costa de Perú, con el fin de satisfacer 
las reclamaciones de ciudadanos españoles. Los españoles se dedicaron a recoger 
el guano y comercializarlo mientras libraban una guerra naval con Chile, que 
se había unido a su rival, Perú, y más adelante a Ecuador y Bolivia, para formar 
un frente común contra el antiguo enemigo. En 1866 la flota española bombar- 
deó tanto El Callao como Valparaíso. Durante los tres decenios siguientes las 
reclamaciones de ciudadanos europeos dieron origen a intervenciones de poca 
importancia, o a amenazas de emplear la fuerza, por parte de Gran Bretaña, 
Francia, España, Alemania, Italia, Dinamarca y Rusia en un mínimo de dieciséis 
ocasiones y en relación con Venezuela, Nicaragua, Colombia, Santo Domingo 
y Haití. 

Los Estados Unidos se vieron envueltos gradualmente en las rivalidades inter- 
nacionales del hemisferio; al menos, durante muchos años preocupados, sobre 
todo, por el papel de Europa en la región. En el momento de la independencia 
de América Latina, el objetivo de los Estados Unidos era impedir que se restau- 
rase el antiguo orden colonial de mercantilismo económico y autoritarismo políti- 
co. Tal como John Quincy Adams, el secretario de Estado, señaló en mayo de 
1823, la política norteamericana debía ir dirigida a «contrarrestar los esfuerzos 
que sin duda continuarán haciendo las naciones europeas en favor de sus propó- 
sitos monárquicos y monopolísticos». A fin de alcanzar este objetivo, Adams 
albergaba la esperanza de negociar con las nuevas repúblicas tratados que se ba- 
saran en «los amplios y liberales principios de independencia, igualdad de trato 



AMÉRICA LATINA, LOS ESTADOS UNIDOS Y EUROPA 75 



y reciprocidad». 1 En su declaración de diciembre de 1823, el presidente Monroe 
preveía un «sistema americano» que no se basara únicamente en los principios 
económicos liberales, sino también en las libertades civil, política y religiosa. En 
la práctica, estos ideales sufrirían modificaciones e, incluso, falseamientos al ver- 
se zarandeados por las tempestades de la política internacional basada en el po- 
der. En todo caso, la doctrina Monroe fue una declaración de esperanzas futuras 
más que un plan de actuación directo. Durante mucho tiempo la participación 
norteamericana en los asuntos de América Latina se vio frenada por el temor 
a una guerra con Gran Bretaña o Francia, por las preocupaciones y conflictos 
de la política interior y por la limitada capacidad militar. 

La rivalidad entre Gran Bretaña y los Estados Unidos en México se encendió 
a mediados del decenio de 1840. Agentes británicos actuaban en Texas desde 
que la provincia se separara de México en 1836 y alentaban a los téjanos a no 
unirse a Norteamérica. En 1844 el encargado británico persuadió al gobierno me- 
xicano a reconocer la independencia de Texas si ésta accedía a seguir siendo inde- 
pendiente. El gobierno tejano acabó aceptando la anexión a los Estados Unidos, 
y entonces estalló la guerra entre éstos y México. Uno de los argumentos que 
usó el presidente James K. Polk para justificar la anexión de Texas, así como 
la de California, era que Gran Bretaña (y también Francia en el caso de Califor- 
nia) trataba de ejercer una influencia hostil a los Estados Unidos. A ojos de los 
expansionistas norteamericanos el vasto territorio que se extendía entre Texas y 
el Pacífico, en gran parte deshabitado y sin gobierno, ofrecía una oportunidad 
tentadora a las ambiciones europeas. Por consiguiente, el «destino manifiesto» 
de la nación, que era extenderse del Atlántico al Pacífico, se vería bloqueado 
si los Estados Unidos no incorporaban dicho territorio en la Unión. 

Al concluir la guerra entre los Estados Unidos y México (1846-1848), el Cari- 
be se convirtió en una zona de enfrentamiento con los ingleses. En 1839 un agen- 
te de la corona británica se había apoderado de la isla de Roatán (frente a la 
costa septentrional de Honduras), y en 1843 el gobierno de Gran Bretaña había 
restablecido el protectorado sobre los indios misquitos en la costa oriental de 
Nicaragua y Honduras. Al mismo tiempo, la perspectiva de expansión hacia el 
Pacífico estimuló los intereses estadounidenses en América Central. Las rutas que 
la cruzaban adquirieron gran importancia para el gobierno norteamericano, que 
en 1846 negoció el tratado de Bidlack con Nueva Granada (Colombia). Los ingle- 
ses y los franceses habían rechazado una propuesta colombiana para la neutrali- 
zación internacional del istmo de Panamá. Al amparo del tratado de Bidlack, 
se concedió a ciudadanos norteamericanos el derecho de tránsito en las mismas 
condiciones que los ciudadanos de Nueva Granada, y los Estados Unidos garanti- 
zaron la neutralidad del istmo con el fin de preservar la libertad de tránsito. Ade- 
más, los Estados Unidos garantizaron los derechos de soberanía de Nueva Gra- 
nada sobre el territorio. En 1848 los ingleses ocuparon la población de San Juan, 
en la boca del río del mismo nombre, con el fin de consolidar el protectorado 
sobre los misquitos; la población fue rebautizada con el nombre de Greytown. 
Luego, en octubre de 1849, un oficial de la marina británica se apoderó de la 



76 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

isla del Tigre, en el golfo de Fonseca. El gobierno británico repudió este acto, 
pero el escándalo que el mismo produjo en los Estados Unidos motivó la celebra- 
ción de negociaciones. El tratado Clayton-Bulwer, que se firmó el 19 de abril 
de 1850, disponía que ninguna de las dos partes «ocupara», «colonizara» o ejer- 
ciese «dominio» sobre parte alguna de América Central. El tratado también esti- 
pulaba que, en el caso de que se construyera un canal, ninguno de los dos países 
lo fortificase o ejerciera el control exclusivo del mismo. 

Al principio el tratado Clayton-Bulwer no resolvió nada, puesto que los ingle- 
ses argüían que preservaba el statu quo mientras que los norteamericanos afirma- 
ban que ordenaba una reducción del control británico, especialmente sobre la 
costa de los Mosquitos. En 1852 el gobierno británico fusionó Roatán y las islas 
adyacentes en la colonia de las islas de la Bahía, y los norteamericanos protesta- 
ron diciendo que era una traición. Después de que un navio de guerra estadouni- 
dense destruyera Greytown en 1854 para vengar la agresión de una chusma a 
un diplomático, empezaron a correr rumores de guerra. En realidad, América 
Central no era una zona muy prioritaria para los intereses británicos, y Gran 
Bretaña ya tenía suficiente con la guerra de Crimea. Los ánimos se enfriaron 
y en 1856 se firmó otro tratado por el que los ingleses accedían a renunciar al 
protectorado sobre los indios misquitos y a ceder las islas de la Bahía a Hondu- 
ras. Debido a una reserva de escasa importancia, los Estados Unidos se negaron 
a ratificar el tratado, pero los ingleses procedieron a resolver la cuestión centroa- 
mericana de acuerdo con sus disposiciones. Renunciaron a todas sus pretensiones 
excepto a Belice, que en 1862 pasó a ser la colonia de Honduras Británica. Ex- 
traoficialmente, las autoridades británicas aceptaban la idea de que llegaría un 
día en que los Estados Unidos serían la potencia en la región. Pasaron unos cua- 
renta años, sin embargo, antes de que ello ocurriera realmente. 

El presidente James Buchanan (1857-1861) creía que los Estados Unidos de- 
bían cumplir una función policial en América Central y el Caribe para tener la 
seguridad de que el desorden no amenazaría a los ciudadanos extranjeros ni a 
las rutas que cruzaban América Central. Argüyó que los Estados Unidos debían 
encargarse de esa tarea porque, de no hacerlo, intervendrían las potencias euro- 
peas. El Congreso estadounidense no le autorizó para usar las fuerzas armadas 
en intervenciones de esa clase. Transcurrirían casi cincuenta años antes de que 
el presidente Theodore Roosevelt consolidase esta afirmación del poder policial 
de los Estados Unidos en el Caribe, consecuencia natural de la doctrina Monroe. 

Durante la segunda mitad del siglo xix, varios estados latinoamericanos pi- 
dieron protección a los Estados Unidos. En 1857 Nicaragua firmó un tratado 
en este sentido, que el Senado de los Estados Unidos rehusó aprobar, y al menos 
en tres ocasiones entre 1868 y 1892 Santo Domingo se brindó a arrendar o ceder 
una base naval (e incluso el mismo país) a los estadounidenses. Estas ofertas fue- 
ron rechazadas, como lo fueron también otras parecidas que hizo Haití. Además, 
se pedía a los Estados Unidos que mediaran en conflictos entre países latinoame- 
ricanos y naciones europeas que pretendían cobrar deudas. 

En 1878, la Compañía Francesa del Canal de Panamá obtuvo el derecho a 
construir un canal en el istmo. El gobierno norteamericano puso objeciones, pero 
fue inútil. Sin embargo, a partir de ese momento aumentaron en el país las pre- 
siones para que se interpretara un papel más activo en la región del Caribe y 



AMÉRICA LATINA, LOS ESTADOS UNIDOS Y EUROPA 77 

América Central. La marina estadounidense llevó a cabo expediciones de recono- 
cimiento en el istmo, y en 1880 una resolución conjunta del Congreso pidió que 
se abrogara el tratado Clayton-Bulwer. En 1884 el secretario de Estado, Frede- 
rick Frelinghuysen, negoció un tratado con Nicaragua que disponía la propiedad 
conjunta norteamericano-nicaragüense de un canal. El tratado hubiera abrogado 
unilateralmente el que se firmara en 1850 con Gran Bretaña, pero cinco votos 
impidieron que el Senado lo aprobase. 

En 1881 el secretario de Estado, James G. Blaine, intentó que la nación de- 
sempeñara un papel más activo en América Latina. El gobierno de los Estados 
Unidos envió invitaciones para una conferencia americana internacional, pero 
el secretario Blaine dimitió de su cargo por razones políticas. Su sustituto, Fre- 
linghuysen, canceló la conferencia aun cuando varias naciones latinoamericanas 
ya habían aceptado la invitación. Blaine albergaba la esperanza de que la confe- 
rencia crease un sistema que trajera la paz y la estabilidad al hemisferio, y creía 
que ello ayudaría a los Estados Unidos a rivalizar con la supremacía económica 
de Europa. 

La mayoría de los países latinoamericanos no sólo miraba hacia Europa en 
busca de mercados, sino que también esperaban recibir de ella financiación gu- 
bernamental y capital para los proyectos de desarrollo económico. Hubo un bre- 
ve auge de las inversiones durante el decenio de 1820, pero la mayoría de las 
empresas terminó en quiebra o liquidación. Otra época de inversiones en gran 
escala empezó después del decenio de 1860, con la mayor parte del capital proce- 
dente de Gran Bretaña, Francia y Alemania. Con alguna fluctuación, las inver- 
siones británicas crecieron de 85 millones de libras en 1870 a unos 750 millones 
(3.700 millones de dólares) en 1914. En esta fecha las inversiones francesas eran 
de aproximadamente 6.000 millones de francos (1.200 millones de dólares), y las 
alemanas, de 3.800 millones de marcos (unos 900 millones de dólares). El capital 
británico generalmente iba a parar a la construcción de ferrocarriles, la minería 
(nitratos chilenos) y las manufacturas (preparación de carne en el Río de la Pla- 
ta). Los franceses invertían en ferrocarriles así como en bienes raíces, la banca, 
la minería y las manufacturas. A los alemanes les interesaban más los bancos 
hipotecarios y las plantaciones (especialmente en América Central). 

Durante las postrimerías del siglo xix, los inversionistas estadounidenses em- 
pezaron a mirar hacia el sur, sobre todo hacia Cuba y México. Pero la gran afluen- 
cia de capital norteamericano no empezó hasta después de 1900, y el capital euro- 
peo predominaría (especialmente en América del Sur) hasta bien entrado el siglo 
xx. Algunos empresarios norteamericanos que usaban capital europeo contribu- 
yeron un poco al desarrollo económico. Por ejemplo, Henry Meiggs y Minor 
C. Keith construyeron ferrocarriles en Perú y América Central. Keith también 
comenzó el cultivo en gran escala de plátanos en Costa Rica y Guatemala. 



Los Estados Unidos y América Latina a finales del siglo xix 

Durante los decenios de 1880 y 1890, la competencia imperial entre las princi- 
pales potencias europeas aumentó mucho. Ya se habían repartido África y pare- 
cían lanzadas a una carrera en pos del reparto final de Asia. Muchas personas 



78 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

informadas estaban seguras de que la competencia por el control de los territo- 
rios, los recursos y los mercados del mundo había entrado en su última etapa. 
A su vez, esta rivalidad era ensalzada por las diferentes versiones de la misión 
civilizadora y cristianizadora de cada nación. Estrechamente relacionada con la 
percepción imperial del poder y el prestigio nacionales, además de exacerbada 
por ella, hubo una intensificación de la rivalidad comercial incluso en las regio- 
nes no coloniales. Empujados por el miedo a quedarse rezagados y excluidos de 
la carrera por los mercados, los líderes nacionales hacían todos los esfuerzos po- 
sibles por mejorar la posición comercial de su país. El proteccionismo en casa 
y medidas económicas unilaterales y especiales en el extranjero (en especial, acuer- 
dos comerciales que discriminaban en perjuicio de terceros) caracterizaban estos 
esfuerzos. 

La economía de los Estados Unidos tenía un importante componente de co- 
mercio exterior desde el período colonial; el comercio se consideraba parte im- 
portantísima del interés de la nación. En las postrimerías del siglo xix, los nor- 
teamericanos estaban cada vez más convencidos de que su comercio de exportación 
se veía amenazado por el nuevo orden imperial que reinaba en el mundo. En 
1880 los Estados Unidos importaron mercancías por valor de 176 millones de dóla- 
res de América Latina, por ejemplo, pero sólo exportaron por valor de 58 millo- 
nes de dólares. Así pues, el país parecía quedarse rezagado incluso en lo que 
consideraba su propio patio de atrás. Y su ansiedad fue en aumento cuando los 
norteamericanos se pararon a pensar en la decadencia de su otrora floreciente 
marina mercante. En 1850 más del 50 por 100 de todo el tonelaje salido de puer- 
tos norteamericanos fue transportado por barcos de esta nacionalidad; en 1900 
la cifra había descendido hasta quedar en un simple 17 por 100. Un número cada 
vez mayor de influyentes ciudadanos y líderes políticos estadounidenses empeza- 
ba a ver con claridad que la nación tendría que reorientar su política exterior 
para ponerse a la altura de las nuevas condiciones que imperaban en el mundo 
y para hacer frente con eficacia a los problemas que planteaban las rivalidades 
imperiales. Frederick B. Emory, de la Oficina de Comercio Interior y Exterior, 
expresó algunas de las preocupaciones del momento en 1898: 

Puede decirse que la principal ocupación de la diplomacia europea en la 
actualidad es asegurarse «esferas de influencia» y mayores oportunidades de 
comerciar, así como territorio apropiado para que lo ocupe el exceso de pobla- 
ción de los países más densamente habitados ... El reparto de África entre las 
potencias europeas ofrece consideraciones de carácter económico de magnitud 
casi igual, a la vez que los planes de las naciones comerciales más activas para 
incrementar su participación respectiva en el comercio de los mercados latinoa- 
mericanos afectan de modo aún más grave la marcha de nuestra relación co- 
mercial con la mitad meridional del hemisferio occidental. 2 

James G. Blaine ya había expresado estas ideas y estos temores. Creía que 
en el hemisferio occidental las relaciones pacíficas, la mediación en conflictos, 

2. Frederick Emory, Commercial relations of the United States during the years 1896 and i 
1897, Washington, 1898, vol. I, pp. 19-22. 



AMÉRICA LATINA, LOS ESTADOS UNIDOS Y EUROPA 79 

la reducción de la influencia europea y el incremento del comercio de exportación 
norteamericano eran factores que iban ligados los unos a los otros de forma inex- 
tricable. Aunque su primer esfuerzo por convocar una conferencia interamerica- 
na para alcanzar estas metas había fracasado, sus puntos de vista sobre las rela- 
ciones en el hemisferio y la necesidad de que el gobierno estadounidense interpretara 
un papel más activo fueron encontrando partidarios durante el decenio de 1880. 
En mayo de 1888 el Congreso pidió al presidente Grover Cleveland que mandara 
invitaciones para una conferencia de este tipo. A resultas de un cambio en el 
control del partido durante las elecciones presidenciales de 1888, Blaine volvió 
a desempeñar el cargo de secretario de Estado y presidió la conferencia, que se 
celebró en Washington en 1889. 

Antes de emprender la tarea, los delegados latinoamericanos tuvieron que so- 
portar los rigores de una excursión en tren por las zonas industriales de los Esta- 
dos Unidos. Visitaron 41 ciudades, vieron fábricas y demostraciones de la destre- 
za tecnológica de los norteamericanos, y escucharon innumerables discursos y 
conciertos de banda. El semanario londinense The Spectator comentó que el viaje 
había sido pensado para inspirar respeto por una nación «tan temiblemente enér- 
gica, que considera que un viaje de cerca de 10.000 kilómetros en ferrocarril es 
una diversión». 3 Es obvio que la excursión y la conferencia tenían por objeto 
estimular a las naciones latinoamericanas a buscar el liderazgo económico y polí- 
tico en los Estados Unidos en vez de en Europa. 

La conferencia volvió a reunirse en noviembre de 1889, y Blaine introdujo 
medidas encaminadas a crear una unión aduanera del hemisferio y disponer una 
fórmula de arbitraje para la resolución de disputas entre naciones. Argentina en- 
cabezó los esfuerzos contrarios a la primera propuesta, y Chile, que había hecho 
importantes conquistas territoriales en la guerra del Pacífico, puso reparos a la 
segunda. No se adoptó ninguna de las propuestas de unión aduanera; se aprobó 
un tratado de arbitraje que satisfaciera a todos, pero sólo lo aceptaron once na- 
ciones (y ninguna lo ratificó). Lo que sí hizo la conferencia, empero, fue crear 
la Unión Internacional de las Repúblicas Americanas con una Oficina Comercial 
de las Repúblicas Americanas, a la que se autorizó para recoger y diseminar in- 
formación relativa a aranceles y reglamentos comerciales. 

La visión de Blaine, la perspectiva de un sistema interamericano verdadera- 
mente funcional, fracasó debido al mito de que en el hemisferio existía el poten- 
cial para una auténtica comunidad de intereses y de que el liderazgo norteameri- 
cano podía convertir ese potencial en una realidad. En el siglo xx, muchos de 
los sucesores de Blaine probarían suerte con diversos programas que pretendían 
crear un sistema que resolviera la mayoría de los problemas, si no todos, de las 
relaciones interamericanas. Sus esfuerzos darían resultados limitados porque al- 
gunos conflictos básicos de intereses sencillamente no podían resolverse haciendo 
profesión de armonía panamericana. A su vez, muchos líderes latinoamericanos 
adoptaron su propia versión de una relación hemisférica especial en sus intentos 
de imponer utópicas pautas de conducta internacional a los Estados Unidos. Sus 
esfuerzos también darían resultados distintos. 



ic history of the American people, Englewood 



80 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

La conferencia interamericana de 1889, en la que se les negó a los Estados 
Unidos el papel de líder electivo del hemisferio, no contribuyó en modo alguno 
a aliviar la ansiedad creciente que en los norteamericanos despertaban la domina- 
ción europea en el hemisferio y el aumento de la sensación de rivalidad comer- 
cial. La creencia de que los Estados Unidos debían interpretar un papel más im- 
portante en América Latina, así como adquirir más prestigio, fue una de las causas 
de las crisis con Chile (1891-1892) y Gran Bretaña (1895). En ambos casos, el 
gobierno norteamericano, ya fuera republicano o demócrata, reaccionó adoptan- 
do una postura emocional, nacionalista; una postura condicionada por sentimientos 
agudizados de rivalidad internacional. Una especie de «mentalidad de crisis» em- 
pezó a caracterizar los puntos de vista norteamericanos en relación con el hemis- 
ferio. 

La crisis chilena nació de un incidente acaecido en Valparaíso en octubre de 
1891, cuando 120 marineros del navio de guerra norteamericano Baltimore fue- 
ron atacados al bajar a tierra para disfrutar de un permiso. Dos de ellos murie- 
ron, diecisiete resultaron heridos y otros fueron golpeados y encarcelados. Según 
los testigos que declararon ante una junta de investigación, la policía chilena par- 
ticipó en las agresiones. El régimen chileno, que había accedido al poder poco 
antes por medio de una revolución, era hostil a los Estados Unidos a causa' del 
apoyo diplomático que los norteamericanos prestaran al anterior gobierno (el de 
Balmaceda). Las autoridades chilenas no expresaron su pesar por lo ocurrido, 
sus primeras medidas diplomáticas fueron ambiguas y criticaron al presidente Ben- 
jamín Harrison. La fiebre bélica se encendió en los Estados Unidos mientras el 
cuerpo de uno de los marineros se encontraba expuesto en el Independence Hall 
de Filadelfia. Harrison mandó un ultimátum al gobierno chileno en enero de 1892 
y lo reforzó con un mensaje especial dirigido al Congreso. El nuevo ministro 
de Asuntos Exteriores de Chile presentó excusas aceptables, y se pagaron indem- 
nizaciones por los muertos y los heridos. Lo que en realidad hacía la administra- 
ción Harrison bajo la retórica exagerada del orgullo nacional era declarar que 
los Estados Unidos eran una potencia importante, en el hemisferio y que, en con- 
secuencia, debían recibir el mismo trato que se dispensaba a Gran Bretaña. Sus 
símbolos nacionales debían tratarse con respeto y no había que maltratar a sus 
representantes oficiales, o se pedirían cuentas a las naciones que no cumplieran 
estos requisitos. Los chilenos, por su parte, miraban cada vez más hacia Alema- 
nia en busca de ayuda militar y económica. 

La crisis entre Gran Bretaña y los Estados Unidos estalló a causa de la anti- 
gua disputa fronteriza entre Venezuela y la colonia de la Guayana Británica. Las 
autoridades venezolanas llevaban años tratando de granjearse el apoyo de los 
Estados Unidos para que obligasen a recurrir al arbitraje. En 1887 los ingleses 
habían rechazado el ofrecimiento de los buenos oficios de los norteamericanos. 
En 1894 los venezolanos contrataron a un ex diplomático norteamericano, Wi- 
lliam L. Scruggs, para que defendiese sus intereses. Scruggs escribió un panfleto 
que fue muy difundido y llevaba el título de British Aggressions in Venezuela, 
or the Monroe Doctrine on Trial. Debido en parte a los esfuerzos del ex diplomá- 
tico, se introdujo en el Congreso una resolución que instaba al arbitraje de la 
disputa y que luego fue adoptada con la aprobación unánime de ambas cámaras. 

El clima de preocupación intensa ante la influencia y el poder europeos en 



AMÉRICA LATINA, LOS ESTADOS UNIDOS Y EUROPA 81 

el hemisferio se exacerbó aún más cuando en abril de 1895 los ingleses ocuparon 
Corinto, en Nicaragua, y se hicieron con el control de la aduana para obligar 
a pagar los daños sufridos por las propiedades de ciudadanos británicos. Las 
fuerzas británicas se retiraron después de la firma de un acuerdo de indemniza- 
ción, pero muchos norteamericanos vieron el incidente como una prueba más 
de la ineficacia de la doctrina Monroe. Henry Cabot Lodge, senador por Massa- 
chusetts, escribió en la North American Revíew lo que puede tomarse como ejemplo 
de la mentalidad de crisis al vincular la situación en Nicaragua, la disputa fronte- 
riza en Venezuela y los temores de una expansión imperial de Europa: 

Si se permite a Gran Bretaña ocupar los puertos de Nicaragua y, peor aún, 
apoderarse del territorio de Venezuela, nada hay que le impida tomar Venezue- 
la entera o cualquier otro Estado sudamericano. Si Gran Bretaña puede hacer 
esto con impunidad, Francia y Alemania lo harán también. 4 

En una nota dirigida al gobierno británico el 20 de julio de 1895 el secretario 
de Estado, Richard Olney, expresaba una visión bastante exagerada de un hemis- 
ferio aliado a los Estados Unidos por lazos de «proximidad geográfica [...] sim- 
patía natural [...] similitud de gobierno». Esta alianza daba la protección de la 
doctrina Monroe a todas las naciones del hemisferio, según indicaba el secretario 
de Estado. Para subrayar el «derecho» de los Estados Unidos a exigir el arbitraje 
en la disputa fronteriza de Venezuela, Olney hizo su famosa declaración: «Hoy 
día los Estados Unidos son prácticamente soberanos en este continente, y su man- 
dato es ley para los subditos a los cuales limita su mediación». 

A finales de noviembre, el secretario británico de Asuntos Exteriores, lord 
Salisbury, replicó a la exageradísima definición que del poderío norteamericano 
hiciera Olney con una nota que era casi tan poco diplomática como aquella a 
la que contestaba. Salisbury corregía los errores de historia de Olney, daba a 
éste una conferencia sobre el derecho internacional y la doctrina Monroe, y re- 
chazaba categóricamente la exigencia de arbitraje. El presidente Grover Cleve- 
land se enfureció tanto que compareció ante el Congreso y solicitó fondos para 
una comisión que se encargara de investigar la frontera. El Congreso aprobó, 
en medio de vítores, la propuesta de Cleveland en el sentido de que los Estados 
Unidos establecieran unilateralmente la frontera y obligasen a respetarla prescin- 
diendo de lo que pensaran los ingleses. 

En ambos países empezó a hablarse de guerra, pero la crisis de los bóers en 
África del Sur y la creciente percepción británica de una amenaza alemana empu- 
jaron a Gran Bretaña a aceptar la exigencia norteamericana. Con los buenos ofi- 
cios de los Estados Unidos, Venezuela y Gran Bretaña firmaron un tratado de 
arbitraje en febrero de 1897. El gobierno estadounidense tuvo que presionar a 
Venezuela para que aceptara una fórmula conciliatoria que exentaba el territorio 
que había permanecido en poder de una de las partes durante un período de cin- 
cuenta años. En la resolución definitiva de la disputa, que tuvo lugar en octubre 
de 1899, los venezolanos retuvieron el control de la desembocadura del río Orico- 
no, pero a sus líderes no les gustó que los Estados Unidos rehusaran apoyar sus 

4. North American Review, 160 (junio de 1895), p. 658. 



82 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

pretensiones más extremas. Otros líderes latinoamericanos recibieron con desa- 
grado las declaraciones de Olney sobre el poderío norteamericano, aunque en 
realidad se trataba en gran parte de una fanfarronada con destino al consumo 
interior. Para el gobierno británico, esta controversia señaló un importante cam- 
bio de orientación. Al objeto de granjearse la amistad norteamericana ante la 
creciente rivalidad con Alemania, los ingleses dieron un gran paso hacia la acep- 
tación del predominio político de los Estados Unidos en el hemisferio occidental. 
El predominio económico era otra cuestión. 

En el decenio de 1890, un número cada vez mayor de ciudadanos particulares 
y funcionarios públicos de los Estados Unidos creía que la expansión de los impe- 
rios estaba cerrando el mundo y que los Estados Unidos podían encontrarse ais- 
lados. Si ello ocurría, estarían a merced de las naciones más poderosas del mun- 
do. El país podía optar por no participar en el juego de la política internacional 
basada en el poder, pero no podía evitar las consecuencias militares, políticas, 
económicas e ideológicas de tal decisión. Una parte importante del citado juego 
consistía en asegurar la paz, el orden y la estabilidad en las llamadas naciones 
atrasadas. En tales regiones, la potencia que cumplía la función policial era la 
que ejercía la mayor influencia. En el decenio de 1890, ya eran varios los nortea- 
mericanos prominentes que habían adoptado esta visión europea de las relaciones 
internacionales. Creían que si la nación quería que la tomaran en serio y que 
otras potencias respetaran sus intereses, entonces tenía que hacer valer la función 
policial para restaurar y mantener la paz y el orden en las partes del mundo que 
se consideraban importantísimas para los intereses norteamericanos. El Caribe 
y el golfo de México eran considerados parte de la zona de seguridad norteameri- 
cana desde hacía mucho tiempo, toda vez que eran la ruta de acceso a los puntos 
de la nación más expuestos al ataque, así como el sistema de transporte por los 
ríos Misisipí y Ohio. Se había añadido América Central a la zona al aceptar los 
líderes norteamericanos la idea de que los Estados Unidos debían construir y con- 
trolar un canal ístmico. Desde los puntos de vista militar y económico, dicho 
canal sería importantísimo para toda expansión del papel norteamericano en Amé- 
rica del Sur y Asia. En el mundo moderno, en el mundo de escuadras de acero 
y vapor, podía significar la diferencia entre el aislamiento y el acceso. Pero, si 
los Estados Unidos no acertaban a mantener la paz y el orden en su propio patio 
trasero, no podían esperar proteger eficazmente un canal y sus rutas de acceso. 
Así pues, decía el argumento que los Estados Unidos tenían que ejercer el papel 
de policía en la región formada por el Caribe y América Central, pues, de no 
hacerlo, otra potencia se encargaría de ello. En el contexto de los acontecimien- 
tos de África y Asia, muchos líderes norteamericanos creían que el país tenía 
que actuar para impedir el aumento de la influencia o el control (o ambas cosas 
a la vez) de Europa. 

Este punto de vista general no prescribía ninguna política determinada para 
su puesta en práctica. Los estadounidenses estaban seriamente divididos en lo 
que respecta a las medidas concretas que había que tomar y, sobre todo, al uso 
de la fuerza militar. Complicaba aún más el debate el resurgir de un elemento 
ideológico en el patrimonio de la nación. Se trataba de la creencia de que el país 
— a veces en conjunción con otros anglosajones — tenía un destino (que, en oca- 
siones, llamaban «manifiesto») consistente en redimir al mundo propagando la 



AMÉRICA LATINA, LOS ESTADOS UNIDOS Y EUROPA 




84 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

civilización anglonorteamericana, la forma de gobierno republicana y el cristia- 
nismo protestante. Muchos incluían en el epígrafe de la civilización el fomento 
del desarrollo económico, la educación y la higiene pública. 

Todos estos asuntos y argumentos salieron a la luz durante el debate público 
en torno al papel de los Estados Unidos en la guerra de independencia de Cuba, 
que había estallado en 1895. El presidente William McKinley no quería la guerra, 
pero había aceptado la idea de que los Estados Unidos eran esencialmente res- 
ponsables de la ley y el orden en el Caribe. En vista de que España no podía 
poner fin a la guerra ganándola o retirándose, McKinley pidió al Congreso que 
le autorizftse a intervenir y pacificar Cuba. El entusiasmo del público por esta 
política ya lo habían despertado las historias que hablaban de atrocidades come- 
tidas por los españoles y aumentó con el hundimiento del acorazado norteameri- 
cano Maine en el puerto de La Habana en febrero de 1898. El presidente solicitó 
al Congreso que le concediera autoridad para cumplir con la obligación interna- 
cional de los Estados Unidos, es decir, la función pacificadora de todas las po- 
tencias civilizadas: 



. . . tomar medidas para lograr la completa y definitiva terminación de las hosti- 
lidades entre el gobierno de España y el pueblo de Cuba, y para garantizar 
en la isla la instauración de un gobierno estable, capaz de mantener el orden 
y de cumplir con sus obligaciones internacionales, asegurando la paz y la tran- 
quilidad y la seguridad de todos sus ciudadanos además de los nuestros ... 5 

Algunos congresistas querían la autorización para reconocer la independencia 
de Cuba bajo los auspicios del gobierno provisional cubano. McKinley y sus con- 
sejeros no creían que este «gobierno en los bosques», como lo llamó alguien, 
fuera una entidad funcional capaz de gobernar Cuba en tiempo de paz. Temían 
que una Cuba independiente bajo este régimen se convirtiera en otro Haití u otra 
República Dominicana y creara más tentaciones de intervención europea. McKin- 
ley creía que, si los Estados Unidos llevaban la paz a Cuba, estaban obligados 
a preparar la isla para el autogobierno y a protegerla en su infancia republicana. 
El presidente manifestó que vetaría toda resolución que reconociera la indepen- 
dencia de Cuba. Pero aceptó la enmienda Teller, fórmula conciliatoria que decla- 
raba que los Estados Unidos no se anexionarían Cuba y «dejarían el gobierno 
y el control de la isla a su pueblo» una vez conseguida la pacificación. 

A resultas de la guerra con España y del Tratado de París (1898), los Estados 
Unidos dieron el primer paso hacia la creación de una esfera de interés en el 
Caribe. Puerto Rico se convirtió en una colonia norteamericana y entró en una 
especie de reino del olvido, es decir, fue olvidada por la mayoría de los líderes 
norteamericanos, exceptuando esporádicas rachas de liberalización durante las 
cuales se modificaba el estatuto colonial. Cuba, no obstante, era la llave del gol- 
fo de México y el Caribe, y el estatuto de la isla y el papel de los Estados Unidos 
en los asuntos cubanos serían objeto de debates durante varios decenios. Los re- 
sultados, al igual que los del debate más amplio en torno al predominio en la 



of the messages and papers of the presidents, Nueva York, 1922, vol. 



AMÉRICA LATINA, LOS ESTADOS UNIDOS Y EUROPA 85 

región del Caribe y América Central, serían una mezcla de medidas y actos carac- 
terizados por la paradoja y la ambigüedad; una especie de imperialismo ambiva- 
lente que los sentimientos de culpabilidad, la política interior y la falta de un 
verdadero impulso colonial modificaban continuamente. 

Para los líderes estadounidenses, la pacificación de Cuba significaba instau- 
rar un gobierno republicano, proporcionar estabilidad política y crear la infraes- 
tructura necesaria para una sociedad ordenada. Cuba estuvo regida por un go- 
bierno militar norteamericano desde 1898 hasta 1902, y este experimento de 
edificación de una nación influiría en la política de los Estados Unidos en la re- 
gión durante el primer cuarto del siglo xx. El general Leonard Wood pasó a ser 
el segundo gobernador militar en diciembre de 1899. Bajo su dirección y la del 
secretario de la Guerra, Elihu Root, se pusieron en marcha programas extensos 
de saneamiento, construcción de escuelas, formación de maestros, control de las 
enfermedades, reforma de las prisiones y los hospitales mentales, reforma del 
sistema judicial y creación de estructuras gubernamentales. Wood opinaba que 
un gobierno estable y una sociedad ordenada requerían «... buenas escuelas, bue- 
nos tribunales, un sistema de obras públicas, medios de comunicación, hospita- 
les, instituciones de beneficencia, etc., etc.» y que estas cosas sólo podía propor- 
cionarlas el desarrollo económico. Como dijo al presidente Theodore Roosevelt: 

... dado que su posición geográfica nos obliga a controlarla y protegerla, ¿por 
qué no se estimulan, mediante una ayuda moderada, las industrias que la harán 
tan próspera y satisfecha, que será siempre amistosa y una fuente de fuerza 
para nosotros? No hay duda de que esto es mejor que tener en nuestras puertas 
una isla desmoralizada y menesterosa como Santo Domingo o Hayti [s/c] que 
exista en unas condiciones que pongan en peligro la vida de millones de nues- 
tros ciudadanos. 6 

Wood expresó un concepto de la diplomacia del dólar que los Estados Unidos 
emplearían cada vez más a partir de 1900. Desde este punto de vista, el desarrollo 
económico, el buen gobierno y el orden social iban unidos a otros. Un gobierno 
fuerte ejercería la prudencia fiscal y crearía una situación que atraería capital 
extranjero (preferiblemente norteamericano) con unos tipos de interés razonables. 
Este capital fomentaría el desarrollo económico, lo que a su vez fortalecería el 
gobierno y produciría armonía social. La paz, el orden y la estabilidad estarían 
garantizados mediante el proceso continuo de desarrollo económico unido a un 
gobierno fuerte. Wood y otros creían que esto resultaría mutuamente beneficioso 
y que los Estados Unidos disfrutarían de un incremento del comercio con el país 
en vías de desarrollo. 

El general Wood y el presidente Roosevelt estaban convencidos de que este 
proceso ya se hallaba en marcha en Cuba en 1902. El ejército estadounidense 
se retiró de la isla y la nueva república nació oficialmente el 20 de mayo de 1902. 
La Constitución de Cuba contenía varios artículos (conocidos por el nombre de 
«enmienda Platt» porque fueron añadidos a la ley de consignaciones del ejército 



86 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

de 1901) que la convención constitucional se había visto obligada a adoptar como 
precio de la retirada norteamericana. Estos artículos imponían ciertas limitacio- 
nes a las acciones del nuevo gobierno en la contracción de deudas públicas, la 
firma de acuerdos militares con potencias extranjeras y el repudio de leyes del 
gobierno militar estadounidenses. Además, la enmienda daba a los Estados Uni- 
dos el derecho a intervenir en Cuba bajo ciertas condiciones y estipulaba que 
Cuba vendería o arrendaría «tierras necesarias para carbonear o para estaciones 
navales ...». El secretario Root prometió a una delegación cubana que los Esta- 
dos Unidos sólo intervendrían en caso de existir las más extremas condiciones 
de anarquía y, también, que la administración Roosevelt daría su apoyo al trato 
especial para el azúcar cubano en el mercado norteamericano. Esta última pro- 
mesa se puso en práctica en 1903 tras una dura batalla con los proteccionistas 
del país. 

La enmienda Platt fue fruto de muchas mentes y representaba una fórmula 
intermedia entre los que querían ejercer un papel decididamente imperial en el 
Caribe y los que preferían que predominase una influencia norteamericana de 
carácter más bien general. A juicio de Root, el tratado de 1903 con Cuba, que 
incluía la enmienda Platt, representaba la incorporación de la doctrina Monroe 
en el derecho internacional. En términos históricos era la interpretación de la 
doctrina Monroe que venía apareciendo gradualmente desde el decenio de 1880. 
Sin duda, encarnaba la creencia generalizada de que, como dijo el general Wood, 
«... no puede negarse que, aun cuando no seamos dueños de la isla, somos res- 
ponsables de su conducta, del mantenimiento de un gobierno estable y del trato 
justo y equitativo de los extranjeros que residan en ella». 7 Las ideas básicas que 
ello suponía ayudaron a dar forma a la política caribeña de los Estados Unidos 
durante los tres decenios siguientes. 



Europa, los Estados Unidos y América Latina 
antes de la primera guerra mundial 

Los Estados Unidos no eran el único país que mostraba un creciente interés 
por América Latina a comienzos de este siglo. La Alemania imperial también 
empezaba a actuar allí no sólo en el terreno económico, sino también en el demo- 
gráfico y el militar. En 1900 ya eran más de 350.000 los alemanes que habían 
emigrado al sur de Brasil, a la vez que otros 120.000 vivían en Chile. Había otros 
asentamientos de alemanes en Argentina y América Central. El gobierno alemán 
alentaba activamente a estos colonizadores a conservar y ampliar las tradiciones 
alemanas, y financiaba escuelas de lengua alemana e iglesias. La marina imperial 
incrementó sus operaciones en las aguas del hemisferio y, en 1900, el almirante 
Von Tirpitz dijo a la comisión presupuestaria del Reichstag que, andando el tiempo, 
Alemania necesitaría una estación para la marina de guerra en la costa de Bra- 
sil. 8 El kaiser Guillermo II no ocultaba su creencia de que Alemania debía de- 



7. Ibid. 

8. Holger H. Herwig, Politics of frustration: the United States in Germán naval planning, 
1889-1941, Boston, 1976, p. 73. 



AMÉRICA LATINA, LOS ESTADOS UNIDOS Y EUROPA 87 

sempeñar un papel importante en el hemisferio occidental. Consideraba a Cuba 
un «Estado europeo», pero fracasó en sus esfuerzos por reunir en torno a él la 
oposición europea a los Estados Unidos durante la guerra entre éstos y España. 
En 1900 el embajador alemán en México comentó en un despacho que una colo- 
nia alemana en América Latina sería más valiosa que toda África. El kaiser escri- 
bió en el margen: «Correcto, por esto tenemos que ser la "potencia suprema" 
allí». 9 El kaiser se negó siempre a reconocer la doctrina Monroe y defendió con 
decisión el derecho de las naciones europeas a intervenir en el hemisferio. 

La presencia militar alemana en América Latina era cada vez más visible. 
Oficiales del ejército alemán comenzaron a instruir al ejército chileno en 1896 
y en 1900. La misión militar alemana ya había fundado la Academia de Guerra 
de Chile. El ejército chileno adoptó el uniforme de color gris de Prusia y los 
cascos de estilo alemán. Antes de 1914, Alemania había enviado misiones milita- 
res a Argentina, Bolivia y Paraguay. El gobierno mexicano había considerado 
seriamente un acuerdo en este sentido. Lo único comparable era la misión militar 
francesa en Perú (1895). 10 

En 1903 el almirantazgo alemán preparó el Plan de Operaciones III, que era 
un plan de contingencia para una guerra con los Estados Unidos en el hemisferio 
occidental. El plan preveía la ocupación de Puerto Rico por un ejército de 12.000 
a 15.000 hombres (el número aumentó entre 1903 y 1906) y la utilización de bases 
en la isla para llevar a cabo una ofensiva naval contra los Estados Unidos. En 
1906 el plan fue abandonado porque los alemanes empezaron a dedicar más aten- 
ción a Europa y a los cambios en la estructura de alianzas." 

Continuaron las ambiciones alemanas en el hemiferio y los norteamericanos 
empezaron a temer que partes del mismo fueran controladas por los europeos. 
Así pues, la rivalidad entre Alemania y los Estados Unidos era un factor impor- 
tante que contribuyó al aumento del papel de los Estados Unidos en la región 
del Caribe y América Central. El almirantazgo alemán no ocultaba su deseo de 
tener bases en el Caribe que le permitieran controlar un canal ístmico, y a los 
líderes norteamericanos les parecía que los enfrentamientos navales germano-nor- 
teamericanos que habían ocurrido en las islas Samoa (1888) y en la bahía de Ma- 
nila (1898) podían repetirse mucho más cerca de casa. 12 Los rumores de una po- 
sible guerra con Alemania circulaban periódicamente por los Estados Unidos 
durante los primeros años de este siglo. El senador Lodge confió al presidente 
Roosevelt su creencia de que el emperador alemán «tiene momentos en que está 
lo bastante loco como para hacer cualquier cosa. Si llega [la guerra], llegará por 
medio de algún intento en América del Sur, probablemente en Brasil». 13 En 1913 
el Ministerio de Marina de los Estados Unidos formuló su plan para la guerra, 



9. Ibid., pp. 21 y 68. 

10. «Foreign military training missions in Latin America», 28 de diciembre de 1944, Office 
of Plans and Development (OPD), expediente n.° 336, América Latina, caso 74, RG 165, Re- 
cords of the War Department General and Special Staffs, National Archives of the United Sta- 
tes, Washington. 

11. Herwig, Politics of frustration, pp. 85-92. 

12. Ibid., pp. 68-72. 

13. Henry Cabot Lodge, Selections from the correspondence of Theodore Roosevelt and 
Henry Cabot Lodge, 1884-1918, Nueva York y Londres, 1925, vol. I, pp. 487-488. 



88 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

que consistía en una operación defensiva, basada en un ataque alemán contra 
el hemisferio occidental. El Ministerio recalcó que, cuando fuese lo bastante fuerte, 
«Alemania insistirá en la ocupación de territorio del hemisferio occidental bajo 
la bandera alemana, y entonces los Estados Unidos tendrán que defender su polí- 
tica por medio de la fuerza o aceptar la ocupación». 14 

La crisis venezolana de 1902 dio un nuevo estímulo a la rivalidad entre Ale- 
mania y los Estados Unidos, y convenció a Theodore Roosevelt, y a otras perso- 
nas, de que los Estados Unidos tenían que extender su poderío más allá de Cuba 
y Puerto Rico. Roosevelt había afirmado anteriormente que las naciones latino- 
americanas no podían abusar de los intereses extranjeros y ocultarse luego detrás 
de la doctrina Monroe; en los casos en que algún país suramericano se comporta- 
ra mal «..., que el país europeo le dé una zurra». 15 Al principio, Roosevelt dio 
la impresión de aceptar el bloqueo pacífico de Venezuela por parte de Gran Bre- 
taña, Alemania e Italia, que entró en vigor el 9 de diciembre de 1902. Varios 
barcos venezolanos fueron hundidos o apresados y las escuadras de las tres na- 
ciones bombardearon algunos fortines de la costa. El dictador venezolano, Ci- 
priano Castro, aceptó el arbitraje internacional que antes había rechazado, pero 
el bloqueo pacífico pasó a ser un bloqueo bélico oficial en espera de una resolu- 
ción final. Luego, el 17 de enero de 1903, un cañonero alemán arrasó el fuerte 
de San Carlos, que vigilaba el estrecho de Maracaibo. Hubo seguidamente otros 
incidentes, y Roosevelt informó al embajador alemán de que el almirante George 
Dewey (con una flota de 54 navios en la isla de Culebra, Puerto Rico) tenía órde- 
nes secretas de estar preparado para zarpar hacia aguas venezolanas una hora 
después de recibir el aviso correspondiente. El 13 de febrero, los gobiernos britá- 
nico y alemán firmaron un protocolo que ponía fin al bloqueo. 

Durante el año 1901-1902, Roosevelt había tomado diversas medidas para for- 
talecer la posición norteamericana en el Caribe. Además de reunir una flota en 
Culebra y transferir la isla al Ministerio de Marina, había intentado comprar las 
islas Vírgenes a Dinamarca, enviado una expedición secreta a explorar la costa 
venezolana en busca de posibles puntos de desembarco y mandado un enviado 
naval a ayudar a los venezolanos para prepararse para una invasión. Este frenesí 
de actividad y la velada demostración de fuerza no estaban relacionados sola- 
mente con la crisis venezolana, sino que obedecían también al hecho de que los 
esfuerzos norteamericanos por adquirir un lugar donde construir un canal ístmi- 
co se encontraban en las etapas finales. El segundo tratado entre los Estados 
Unidos y Gran Bretaña, el tratado Hay-Pauncefote, se firmó en noviembre de 
1901. Éste anulaba el de Clayton-Bulwer (1850) y daba a los Estados Unidos el 
derecho de construir, controlar y fortificar cualquier canal. Desde hacía algún 
tiempo se estaba buscando una ruta apropiada, pero el Congreso de los Estados 
Unidos (después de las astutas maniobras de Philippe Bunau-Varilla de la Nueva 
Compañía Francesa del Canal de Panamá) optó por Panamá en junio de 1902, 
si el presidente conseguía el derecho de paso «dentro de un tiempo razonable 
y en condiciones razonables». 

Las negociaciones para la firma del correspondiente tratado entre Colombia 



AMÉRÍCA LATINA, LOS ESTADOS UNIDOS Y EUROPA 89 

y los Estados Unidos venían celebrándose desde hacía casi dos años. Habían em- 
pezado a petición de Colombia, y Roosevelt y el secretario de Estado, John Hay, 
creían que las condiciones definitivas del tratado Hay-Herrán cumplían los de- 
seos del gobierno colombiano. Pero el presidente de Colombia convocó un con- 
greso especial que, bajo su liderazgo, dio largas al asunto y, al cabo de unas 
semanas, rechazó el tratado. Los panameños se sublevaron, y Roosevelt respon- 
dió invocando el tratado de Bidlack de 1846 para impedir que Colombia desem- 
barcara más tropas. El reconocimiento siguió rápidamente a la instauración de 
la República de Panamá, y doce días después los Estados Unidos y Panamá fir- 
maron un tratado relativo al canal. En vista de ello, el presidente de Colombia 
se brindó a aprobar el tratado anterior, pero Roosevelt no le hizo caso. Los co- 
lombianos se quejaron y acusaron a los Estados Unidos de robo. Pero Colombia 
sólo había ejercido un control intermitente de Panamá y se había apoyado siem- 
pre en la intervención norteamericana para mantener cierta apariencia de sobera- 
nía. (Se habían producido unos 53 levantamientos en el istmo desde 1846 y Co- 
lombia había solicitado la intervención de los Estados Unidos por lo menos en 
seis ocasiones.) Theodore Roosevelt quería que se construyese un canal cuanto 
antes. El tratado Hay-Bunau-Varilla, que se firmó en noviembre de 1903, dispo- 
nía la creación de una zona del canal que tendría 16 kilómetros de ancho y estaría 
controlada por los norteamericanos. También hizo de Panamá un protectorado 
virtual. 

Una vez obtenida la zona del canal, empezó la construcción de éste, que uni- 
ría los océanos Atlántico y Pacífico, y los Estados Unidos pasaron a tener un 
interés en América Central que reforzó la creencia de los norteamericanos de que 
su país debía ejercer más control en la región. En diciembre de 1902, el primer 
ministro británico, Arthur Balfour, había comunicado discretamente a Roosevelt 
que su gobierno se sentiría más que feliz de ver a los Estados Unidos vigilando 
a los «alborotadores» de América Latina. En 1904, al declararse en quiebra la 
República Dominicana, Roosevelt aceptó la oportunidad de imponer una doctri- 
na de intervención preventiva que recibiría el nombre de «corolario Roosevelt» 
de la doctrina Monroe. El presidente explicó al Congreso: 

Si una nación demuestra que sabe comportarse con eficiencia y decencia 
razonables en los asuntos sociales y políticos, si mantiene el orden y cumple 
con sus obligaciones, no tiene por qué temer una injerencia de los Estados Uni- 
dos. Las fechorías crónicas o una impotencia que dé por resultado un afloja- 
miento general de los lazos de la sociedad civilizada, puede que en América, 
como en otras partes, acabe por hacer necesaria la intervención de alguna na- 
ción civilizada, y puede que en el hemisferio occidental la adhesión de los Esta- 
dos Unidos a la doctrina Monroe les obligue, aunque sea a regañadientes, en 
casos flagrantes de tales fechorías o impotencia, a ejercer la facultad de policía 
internacional. 16 

Así pues, Roosevelt hizo extensiva la premisa básica que había detrás de la 
pacificación de Cuba y la enmienda Platt a la totalidad de la región del Caribe 



16. Messages and papers of the presidents, vol. XIV, 6.923. 



90 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

y América Central, y señaló claramente una esfera de interés de los Estados Uni- 
dos. En el caso de la República Dominicana, Roosevelt firmó un pacto que daba 
a las autoridades norteamericanas el control de la recaudación de las aduanas. 
A su vez, dichas autoridades administrarían los ingresos del país con el fin de 
destinar una parte de ellos al pago de la deuda rebajada. El Senado no aprobó 
el pacto original, de modo que Roosevelt tuvo que actuar al amparo de un acuer- 
do ejecutivo hasta la aprobación de un tratado modificado en 1907. 

Bajo la dirección conservadora de Elihu Root, la oposición interior y la 
frustración de la propia «misión civilizadora», Roosevelt llegó a aceptar que 
había limitaciones en las medidas que podían imponerse a la esfera de interés 
de los Estados Unidos. Por ejemplo, se resistió mucho a enviar tropas a Cuba 
en 1906, cuando los políticos cubanos paralizaron la gobernación del país. Se 
haría otro intento de construcción de una república en el Caribe, pero Roosevelt 
confió al director de periódico y diplomático Whitelaw Reed en 1906 que veía 
muchas dificultades en «el control de regiones tropicales densamente pobladas 
por parte de las democracias autónomas del norte ...». 17 Con el fin de resol- 
ver pacíficamente las disputas, en 1907 se celebró en Washington la Conferencia 
Centroamericana. Esta conferencia creó el Tribunal de Justicia Centroameri- 
cano para que juzgara las disputas y, también, formuló normas de actuación 
cuya finalidad era evitar las revueltas cuarteleras que tanto predominaban en 
la región. 

De modo parecido, el sucesor de Roosevelt, William Howard Taft, proclamó 
una política consistente en sustituir «las balas por dólares». El presidente y el 
secretario de Estado, Philander C. Knox, creían que la estabilidad fiscal era la 
clave del desarrollo y de la estabilidad económicos. La administración alentó a 
los banqueros norteamericanos a refinanciar los bonos de diversos países, con 
el fin de eliminar la causa de una posible intervención europea. Los banqueros 
norteamericanos invirtieron en el Banco Nacional de Haití y prestaron dinero 
a Nicaragua para que liquidara los bonos británicos. En Nicaragua, los Estados 
Unidos también se hicieron cargo de las recaudaciones de la aduana. Taft y Knox 
albergaban la esperanza de prevenir las intervenciones en gran escala utilizando 
dólares norteamericanos para apoyar la integridad financiera de gobiernos situa- 
dos en la esfera de los Estados Unidos. La administración Taft también intentó 
promover la resolución pacífica de las disputas haciendo de mediador en varias 
de ellas y patrocinando una serie de tratados de arbitraje. 

Durante este período de diplomacia, basada en la esfera de interés norteame- 
ricana, las principales naciones latinoamericanas reaccionaron de varias mane- 
ras. A partir de 1900, Brasil adoptó una política de amistad con los Estados Uni- 
dos a modo de contrapeso de Argentina. En cambio, México, que había sostenido 
relaciones muy estrechas con su vecino del norte, empezó a cortejar con creciente 
asiduidad a Gran Bretaña y Alemania. (El Departamento de Estado norteameri- 
cano incluso sugirió en 1907 que México compartiera las obligaciones policiales 
en América Central. Pero las ambiciones de México en la región no concordaban 
necesariamente con las de los Estados Unidos y la perspectiva de cooperación 



the military occupation of 



AMÉRICA LATINA, LOS ESTADOS UNIDOS Y EUROPA 91 

se evaporó.) 18 Algunas naciones latinoamericanas adoptaron en aquel entonces 
dos doctrinas formuladas por argentinos e intentaron que fuesen aceptadas como 
partes del derecho interamericano e internacional. En una serie de volúmenes pu- 
blicados entre 1868 y 1896, Carlos Calvo abogaba por una versión absoluta de 
la soberanía nacional y la aplicaba al tratamiento nacional de los extranjeros y 
de los intereses extranjeros. Declaraba que a los extranjeros había que tratarlos 
exactamente igual que a los naturales del país, debían estar sometidos a las leyes 
y tribunales nacionales y no tenían derecho a apelar a sus respectivos gobiernos 
en busca de apoyo. Con estas declaraciones reaccionaba a la doctrina de la extra- 
territorialidad que las naciones industriales y desarrolladas habían instituido para 
proteger a sus ciudadanos de los caprichos de los gobernantes, de las diferencias 
de los sistemas jurídicos y de los estragos del desorden político. Las naciones 
occidentales argüían que principios tales como la santidad de los contratos y el 
legítimo procedimiento de la ley formaban parte del derecho internacional y pro- 
tegían a los extranjeros y sus propiedades con independencia de lo que los gober- 
nantes les hicieran a sus propios ciudadanos. En la práctica, se había abusado 
del principio de extraterritorialidad para exigir un trato de privilegio para los 
intereses extranjeros. Pero Calvo pasó al otro extremo y argüyó que las naciones 
podían hacer lo que quisieran, incluso cambiar las reglas del juego bajo las cuales 
los extranjeros habían llegado a un país e invertido en él. En un sentido extraño, 
Calvo quería instaurar como principio del derecho internacional la idea de que 
no existían unas pautas de comportamiento internacionales. A partir de 1890, 
la doctrina Calvo se convirtió en el grito de combate jurídico e ideológico de 
las naciones latinoamericanas que querían impedir que las potencias industriales 
protegieran a sus ciudadanos y sus intereses. Se trataba del clásico debate entre 
deudores y acreedores, países desarrollados y países subdesarrollados, débiles y 
fuertes. La batalla en torno a esta doctrina aparecería bajo una forma u otra 
en casi todas las conferencias interamerícanas. En la Segunda Conferencia Inter- 
nacional de Estados Americanos (Ciudad de México, 1901-1902) se propuso una re- 
solución sobre el tratamiento de los extranjeros (parecida a la adoptada en la 
primera conferencia y rechazada por los Estados Unidos) que daba cuerpo a la doc- 
trina Calvo. Como era de esperar, los Estados Unidos votaron contra toda idea 
de que los estados no eran responsables de los daños que sufrieran los extranjeros 
durante las guerras civiles, o que los extranjeros no tenían ningún derecho a ape- 
lar al gobierno de su país natal. 

La segunda doctrina (basada en la primera) fue enunciada por Luis Drago 
en 1902 y afirmaba, sencillamente, que las deudas contraídas por una nación con 
otra no debían cobrarse por medio de la fuerza. Los Estados Unidos se mostra- 
ron más favorables a esta doctrina, siempre y cuando no dispusiera que un deu- 
dor tenía el derecho absoluto a incumplir el pago sin sufrir por ello consecuencia 
alguna, que era precisamente el significado que querían darle algunos estados 
deudores. En la Tercera Conferencia de Estados Americanos, que se celebró en 
Río de Janeiro (1906), los Estados Unidos aceptaron una resolución que reco- 
mendaba que se debatiera la doctrina en la Segunda Conferencia de La Haya. 

18. Véase Daniel Cosío Villegas, La vida política exterior, 1. a parte, en Historia moderna 
de México: El Porfiriato, México, 1960, vol. 5, pp. 620-692. 



92 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

Esta conferencia se celebró en 1907, y todas las naciones latinoamericanas fueron 
invitadas debido a los esfuerzos del secretario Root. Drago asistió a ella en cali- 
dad de delegado de Argentina. El delegado norteamericano apoyó la adopción 
de la doctrina Drago, con la importante enmienda de que la no intervención de- 
bía basarse en la aceptación del arbitraje. De esta forma la Conferencia de La 
Haya adoptó la doctrina, pero sólo seis naciones latinoamericanas ratificaron el 
protocolo. 

En la Cuarta Conferencia Internacional de Estados Americanos, que se cele- 
bró en Buenos Aires (1910), se formó la Unión Panamericana como organismo 
permanente, cuyo presidente, también permanente, era el secretario de Estado 
de los Estados Unidos. La posición de dominio que los Estados Unidos ocupaban 
en la organización era clara, pero la Unión tenía poco poder real. No todos los 
líderes latinoamericanos acogieron con entusiasmo la recién creada Unión Pana- 
mericana, pero algunos creían que tenía el potencial para ejercer influencia en 
la actuación de los Estados Unidos. 

Mientras tanto, a partir de 1898, un volumen creciente de capital norteameri- 
cano había salido hacia el sur. Gran parte de él fue a parar a empresas comercia- 
les particulares que producían materias primas para la exportación y se concentró 
en Cuba y México. Las inversiones directas de los norteamericanos en Cuba se 
hicieron principalmente en la producción de azúcar. En 1909, el 34 por 100 del 
azúcar cubano lo producían ingenios de propiedad norteamericana. También se 
hicieron algunas inversiones directas de capital en la minería, el tabaco y las em- 
presas de servicios públicos. Entre 1896 y 1915, las inversiones estadounidenses 
en Cuba aumentaron de unos 50 millones a 265 millones de dólares, aunque se- 
guía predominando el capital europeo. Debido al aumento de la producción de 
azúcar cubano después de 1900, la participación cubana en el mercado azucarero 
norteamericano ya representaba el 50 por 100 en 1913. Las exportaciones nortea- 
mericanas a Cuba siguieron la misma tendencia, y en 1914 Cuba ocupaba ya el 
sexto lugar entre los clientes de los Estados Unidos. En México, el capital nortea- 
mericano iba generalmente a parar a las empresas mineras y petroleras. Compa- 
ñías tales como la American Smelting and Refining, Phelps-Dodge, Greene-Ca- 
nanea Copper y la Southern Pacific Railroad adquirieron una posición dominante 
en la extracción de cobre, plomo, cinc y oro. En 1908 las compañías norteameri- 
canas ya eran propietarias de las tres cuartas partes de las minas de México que 
pagaban dividendos. En 1901 Edward L. Doheny y sus asociados introdujeron 
el primer pozo de petróleo, y el capital extranjero se volcó en la zona, que ya 
recibía el apodo de «el camino de oro». La Huasteca Petroleum Company de 
Doheny amplió sus operaciones, pero su rival británica, El Águila (propiedad 
de Weetman Pearson, futuro lord Cowdray), creció con mayor rapidez, gracias 
al trato favorable que recibió del gobierno mexicano. Las empresas norteameri- 
canas también se encontraban en expansión en América Central. La United Fruit 
Company penetró en varios países, y en 1899 dos familias de inmigrantes italia- 
nos organizaron la Standard Fruit and Steamship Company en Nueva Orleans. 
En América del Sur, durante el período anterior a 1914, Chile recibió más capital 
estadounidense que cualquier otro país. 

En 1904 la industria del cobre chilena había quedado relegada al sexto lugar 
entre los productores del mundo, y el gobierno alentó a las compañías nortéame- 



AMÉRICA LATINA, LOS ESTADOS UNIDOS Y EUROPA 93 

ricanas a reanimarla. La Braden Copper Company se organizó en 1904 y los Gug- 
genheims pusieron en marcha la Chilex Company en 1912. En 1914 ninguna de 
las dos compañías había obtenido beneficios aún, pero entre las dos habían in- 
vertido un total de 169 millones de dólares en la industria. Varias compañías 
norteamericanas empezaron a construir fábricas sucursales en América Latina 
a partir de 1900. La United Shoe Machinery Company, la Singer Sewing Machine 
Company, algunas empresas de fármacos y cosméticos y varias industrias cárni- 
cas de Chicago fueron los ejemplos más notables. A pesar de este incremento 
de la actividad económica, el capital y las empresas europeos seguían dominando 
antes de la primera guerra mundial. 

Los Estados Unidos y América Latina, 1913-1921 

En 1913, Thomas Woodrow Wilson pasó a ocupar el puesto de presidente 
de los Estados Unidos. Su administración estaba profundamente arraigada en 
la visión calvinista y secularizada de la nación redentora, que tenía una misión 
y un destino especiales. Una de las manifestaciones de esta tradición en el siglo 
xx era el llamado Progressive movement, que ansiaba reformar el mundo. Frank- 
lin K. Lañe, secretario de Interior en el gobierno Wilson, expresó sucintamente 
esta visión y su vinculación a una creencia en la superioridad racial: «Hay mucho 
de policía especial, de ingeniero de saneamiento, de asistente social y de dictador 
benéfico en el pueblo norteamericano ... Es uno de los instintos más fundamen- 
tales que han hecho que los hombres blancos dieran al mundo su historia durante 
los últimos mil años». 19 A juicio de Lañe, y de otros que creían en esta nueva 
versión del destino manifiesto, la «carga del hombre blanco» era la noble tarea 
de edificar naciones y mantener la paz. 

Empujadas por este espíritu, varias figuras clave de la nueva administración 
intentaron poner en funcionamiento un plan para la vigilancia cooperativa de 
las regiones atrasadas del mundo. El coronel Edward M. House sugirió esta línea 
de conducta a las autoridades alemanas y británicas durante la gira que en 1913 
hizo por Europa. En una conversación con el conde Johann von Bernstorff, em- 
bajador alemán en los Estados Unidos, House manifestó que Gran Bretaña, Ale- 
mania, Japón y los Estados Unidos debían trabajar juntos para «... asegurar 
la paz y el desarrollo apropiado de los lugares yermos, además de mantener una 
puerta abierta y la igualdad de oportunidades para todos en todas partes». El 
embajador expresó su conformidad. Y cuando House visitó Gran Bretaña en 1914 
calificó de «entusiástica» la reacción de los dirigentes británicos. 20 

Tal como comunicó al presidente Wilson, el coronel preveía un plan extenso, 
en virtud del cual se animaría a las «naciones prestamistas y en vías de desarro- 
llo» a «prestar dinero con tipos razonables y a desarrollar, en condiciones favo- 
rables, los lugares yermos de la tierra, y, por otro lado, a crear condiciones que 
hagan que tales préstamos sean razonablemente seguros». 21 El estallido de la gue- 

19. New York World (16 de julio de 1916). 

20. Charles Seymour, ed., The intímate papers of Colonel House, arranged a: 
by Charles Seymour, Boston, 1926, vol. I, pp. 240-244 y 264-267. 

21. Ibid., pp. 264-265. 



94 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

rra en Europa limitó la promoción de esta diplomacia cooperativa del dólar a 
reducir la rivalidad en las zonas subdesarrolladas del mundo. House, de todos 
modos, continuó promoviendo una versión limitada del plan con la esperanza 
de que formase el núcleo de un sistema más amplio después de la guerra. El siste- 
ma incorporaría a las naciones de América del Sur en un pacto panamericano 
que, según creía también House, ayudaría a resolver un «problema mexicano» 
(referencia a la Revolución, que venía haciendo estragos desde 1911). La admi- 
nistración Wilson trabajó activamente a favor de este pacto como medio coope- 
rativo de llevar la doctrina Monroe a la práctica. La oposición de Argentina y 
Chile impidió que se consumara, y se dio carpetazo a la propuesta cuando los 
Estados Unidos entraron en la guerra en 1917. 

Woodrow Wilson creía firmemente en la misión nacional de traer la paz, el 
orden y la estabilidad al mundo. Hizo hincapié en el papel que las instituciones 
políticas anglonorteamericanas debían desempeñar en la instauración de tales con- 
diciones. A su juicio, las revoluciones se producían o bien porque unos hombres 
malos trataban de usurpar el poder valiéndose de medios anticonstitucionales, 
o porque el pueblo no podía votar en elecciones libres. No habría revoluciones 
cuando se celebrasen elecciones, se obedecieran las disposiciones constitucionales 
y se expulsara a los hombres malos del poder. Para Wilson, el orden constitucio- 
nal era la base del orden y la estabilidad. El presidente insistía mucho en el go- 
bierno de los hombres buenos que seguían los procedimientos constitucionales. 
Pero los países no siempre elegían a sus líderes entre los hombres de esta clase. 
Así pues, cuando en noviembre de 1913 sir William Tyrrell pidió a Wilson que 
le explicara su política mexicana, el presidente contestó: «Voy a enseñarles a las 
repúblicas sudamericanas a elegir a hombres buenos». 22 

Bajo la dirección del severo profesor Wilson, la participación activa y militar 
de los Estados Unidos en la región del Caribe y América Central fue mayor que 
en cualquier otro período anterior de su historia. En parte, ello era reflejo de 
la guerra en Europa, que no sólo exacerbaba el temor a Alemania, sino que tam- 
bién ofrecía la oportunidad de reducir la influencia europea en general. En 1915 
el nuevo secretario de Estado, Robert Lansing, escribió (con la aprobación de 
Wilson) que la «seguridad nacional» de los Estados Unidos dependía de la inter- 
vención para sofocar las insurrecciones y ayudar al pueblo a «instaurar y mante- 
ner gobiernos responsables y honrados ...». 23 Después de que estallaran desór- 
denes en Haití y la República Dominicana, y de que los franceses y los alemanes 
insinuaran posibles desembarcos, los Estados Unidos intervinieron: en Haití en 
1915 y en la República Dominicana en* 1916. En ambos países, se instauró un 
gobierno militar norteamericano. A cada uno de los dos países se le proporcionó 
una Constitución redactada por norteamericanos y, en cada caso, la adopción 
de la misma se vio facilitada por la presencia de la infantería de marina estadou- 



22. Burton J. Hendrick, ed., The Ufe and letters of Walter H. Page, Garden City, Nueva 
York, 1923, vol. I, pp. 204-205. 

23. Memorándum, «Present Nature and Extent of the Monroe Doctrine», 24 de noviembre 
de 1915, expediente n.° 710. 11/188VÍ, RG 59, Records of the Department of State, National 
Archives of the United States, Washington. En lo sucesivo se cita como SD y el número de 



AMÉRICA LATINA, LOS ESTADOS UNIDOS Y EUROPA 95 

nidense. En ambos se emprendieron diversos proyectos relacionados con el sa- 
neamiento, la salud pública, la educación y la comunicación, ya que el celo refor- 
mista de los yanquis se volvió una vez más hacia la edificación de naciones. Aun- 
que ello no quiere decir que todo lo que tuvo lugar durante los intentos de crear 
repúblicas constitucionales estuviera necesariamente planeado o contara con la 
aprobación de los dirigentes de Washington. En Haití hubo resistencia armada 
y aproximadamente 3.250 haitianos perdieron la vida. 24 

En 1916, los Estados Unidos compraron las islas Vírgenes a Dinamarca, con 
lo que dispusieron de un punto desde el cual podían controlar todas las principa- 
les vías de acceso al Caribe. En aquel mismo año el Senado norteamericano apro- 
bó el tratado Bryan-Chamorro con Nicaragua, aunque sólo después de que se 
eliminaran elementos de la enmienda Platt, debido en parte a los esfuerzos del 
senador Elihu Root, que adoptaba una actitud conservadora ante la interven- 
ción. El tratado daba a los Estados Unidos una opción exclusiva a perpetuidad 
para una ruta del canal y el arrendamiento durante noventa y nueve años de las 
islas Gran Corn y Pequeña Corn en el Caribe, y de una posible base naval en 
el golfo de Fonseca, en la costa del Pacífico, concesiones por las cuales se pagó 
al gobierno nicaragüense. El Senado norteamericano, no obstante, no hizo nada 
hasta que los líderes nicaragüenses dijeron que Alemania trataba de obtener la 
ruta del canal. Los vecinos de Nicaragua reclamaron parte del territorio concedi- 
do por el tratado y llevaron el caso ante el Tribunal de Justicia Centraoamerica- 
no. El Tribunal falló a su favor, pero ni Nicaragua ni los Estados Unidos acepta- 
ron el fallo. A resultas de ello, el Tribunal perdió todo sentido y dejó de existir. 

La Revolución mexicana resultó un quebradero de cabeza perpetuo para la 
administración Wilson. La violencia de la lucha afectaba directamente a los nor- 
teamericanos que residían en México y desbordaba continuamente la frontera con 
los Estados Unidos. Algunas de las incursiones en el otro lado de la frontera 
se llevaban a cabo en nombre del Plan de San Diego, que pedía un levantamiento 
de las minorías raciales de los Estados Unidos, al que seguiría la separación de 
California, Colorado, Arizona y Nuevo México. Durante la primera guerra mun- 
dial, los alemanes participaron en las intrigas con la esperanza de provocar una 
intervención masiva de los Estados Unidos en México. Si los Estados Unidos en- 
traban en guerra con Alemania, el gobierno imperial proponía en el telegrama 
Zimmermann (1917) una alianza militar con México, al que ayudaría a recuperar 
los territorios perdidos en 1848. 25 

La administración Wilson había intentado primeramente influir en los asun- 
tos mexicanos en contra de Victoriano Huerta, quien, apoyado en parte por el 
anterior embajador norteamericano, había depuesto a Francisco Madero, el «após- 
tol de la democracia» y «padre» de la Revolución. Esto motivó la ocupación del 
puerto de Veracruz en abril de 1914 al tratar los norteamericanos de bloquear 
el suministro de armas a Huerta. La retirada subsiguiente se llevó a cabo por 



24. Hans Schmidt, The United States occupation of Haití, 1915-1934, New Brunswick, Nueva t 
Jersey, 1971, p. 103. 

25. Charles H. Harris III y Louis R. Sadler, «The Plan of San Diego and the Mexican- 
United States war crisis of 1916: a reexamination», Hispanic American Historical Review, 58/3 
(1978), pp. 381-408. 



96 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

mediación de Argentina, Brasil y Chile. Tras la derrota de Huerta, Wilson inten- 
tó imponer una fórmula conciliatoria entre los jefes revolucionarios en guerra 
y, finalmente, dio su apoyo a Venustiano Carranza. La medida provocó la incur- 
sión de Pancho Villa contra la ciudad de Columbus, en Nuevo México, en marzo 
de 1916. Wilson envió una expedición de castigo bajo el mando del general John 
J. Pershing, que tenía instrucciones de capturar a Villa. La expedición no alcanzó 
este objetivo, aunque sí consiguió que la banda de Villa se dispersara. Los Esta- 
dos Unidos y México estuvieron al borde de la guerra entre mayo y junio de 
1916. La situación en Europa, no obstante, impidió llevar a cabo una operación 
en gran escala en México y se ordenó a Pershing que regresara a los Estados 
Unidos. Al terminar la guerra en Europa, algunos norteamericanos volvieron a 
pedir que se pacificara México por la fuerza de las armas, pero la mayoría de 
los dirigentes sabía que semejante operación resultaría dificilísima y recibiría es- 
caso apoyo popular. 

Por si las relaciones entre los Estados Unidos y México no eran ya bastante 
agitadas a causa de la violencia y las intrigas extranjeras, el asunto del trato 
y el estatuto de las propiedades extranjeras vino a aumentar la irritación. Los 
elementos nacionalistas-reformistas que había entre los líderes revolucionarios exi- 
gían la reforma agraria y algún tipo de control nacional de las inversiones extran- 
jeras, especialmente en la industria del petróleo. Las exigencias aparecían gráfi- 
camente documentadas en la Constitución de 1917, que incorporaba la doctrina 
Calvo en varias secciones clave que afectaban a la propiedad de la tierra, al con- 
trol de los derechos de los propietarios al subsuelo de sus fincas y a los derechos 
de los extranjeros. El artículo 27 contenía la doctrina según la cual todos los 
derechos al subsuelo pertenecían a la nación; durante los veinte años siguientes, 
las compañías petroleras extranjeras y el gobierno mexicano se enzarzarían perió- 
dicamente en batallas motivadas por la interpretación y el cumplimiento de dicho 
artículo. 

Al amparo de la nueva Constitución, la Revolución mexicana se convirtió en 
el primer movimiento nacional que realmente supuso una seria amenaza para las 
inversiones extranjeras y para los mismísimos principios jurídicos en que se basa- 
ban tales inversiones. El gobierno de los Estados Unidos reconocía el derecho 
de expropiación, siempre y cuando se pagara una compensación «puntual, sufi- 
ciente y efectiva». Pero había una zona inmensa y poco definida de reglas que 
debían cumplirse antes de proceder a la nacionalización propiamente dicha, y 
el verdadero problema de la propiedad del subsuelo giraba en torno a la aplica- 
ción retroactiva del principio de propiedad nacional. Existía la duda de si los 
diversos impuestos nuevos, decretos reguladores y (lo más importante de todo) 
las exigencias de que las compañías petroleras cambiaran sus escrituras por nue- 
vas concesiones confirmatorias eran aplicables a los intereses adquiridos antes 
de 1917. El asunto levantó una oleada de protestas particulares y diplomáticas 
en 1918 y 1919. Debido a ello, el gobierno mexicano abandonó la mayoría de 
los esfuerzos encaminados a hacer cumplir el artículo 27 de la Constitución hasta 
el decenio de 1920. 

El gobierno estadounidense se encontraba ante un dilema importante al pro- 
teger las inversiones de sus ciudadanos y de los de otros países. Según el criterio 
tradicional, toda nación respetable protegía a sus ciudadanos en el extranjero, 



AMÉRICA LATINA, LOS ESTADOS UNIDOS Y EUROPA 97 

así como las propiedades de los mismos. Pero, ¿debían los Estados Unidos em- 
prender una guerra contra México a causa de sus inversiones? La mayoría de 
los norteamericanos respondió que no, pero, pese a ello, seguía queriendo que 
se protegiera a las compañías nacionales. 

El petróleo era un elemento cada vez más importante para las marinas de 
guerra y mercante, así como para la fuerza y la calefacción domésticas. Ello sig- 
nificaba que el asunto del control del petróleo iba más allá de la protección de 
las inversiones porque ahora era esencial para las operaciones de las naciones 
industriales y sus marinas. En 1914 el gobierno británico había accedido a seguir 
el liderazgo de los Estados Unidos en los asuntos mexicanos, pero esperaba que 
los norteamericanos garantizasen el abastecimiento de petróleo a la Royal Navy 
y protegieran las compañías petroleras británicas. Esta política continuó, aunque 
los ingleses creían que la administración Wilson era demasiado blanda con Méxi- 
co. El petróleo, sin embargo, continuó manando durante toda la Revolución, 
gracias en parte a que el campo de Tampico era controlado por el independiente 
general Manuel Peláez, que a su vez era apoyado en armas y dinero por las com- 
pañías petroleras británicas y norteamericanas. 

Wilson no se fiaba realmente de los ingleses y temía que después de la guerra 
llegaran a un acuerdo por separado con los nacionalistas mexicanos que pusiera 
en peligro los intereses norteamericanos. En 1918 el Departamento de Estado pi- 
dió a Thomas W. Lamont, de J. P. Morgan & Co., que formara una comisión 
internacional de banqueros de inversión con el fin de unir los intereses económi- 
cos británicos y franceses al liderazgo norteamericano. La Comisión Internacio- 
nal de Banqueros para México tenía que ser un brazo extraoficial del gobierno 
de los Estados Unidos en lo que se refería a coordinar los asuntos relativos a 
la deuda consolidada mexicana, los posibles empréstitos y otras inversiones ex- 
tranjeras. Esto a su vez limitaría la capacidad de los gobiernos o los intereses 
privados de firmar acuerdos independientes con México. En su mayor parte, los 
intereses británicos y franceses aceptaron el liderazgo norteamericano, pero du- 
rante varios años poco se hizo por resolver el problema del impago de la deuda 



Wilson y el secretario de Estado, Lansing, creían que la participación econó- 
mica europea en el hemisferio era una causa básica de la agitación política que 
daba pie a un intervencionismo contrario a la doctrina Monroe. En el caso de 
México, Wilson estaba convencido de que Weetman Pearson (lord Cowdray), el 
magnate petrolero británico, se hallaba detrás de la «usurpación» de Huerta. Al- 
gunos de los problemas de Haití se atribuían a banqueros franceses y se creía 
que los intereses alemanes estaban involucrados en diversas intrigas en el Caribe. 
Lansing propuso que los Estados Unidos tomaran medidas para reducir la parti- 
cipación económica europea y sugirió una reafirmación de la doctrina Monroe 
para que «... incluyera la adquisición de control político por parte de los euro- 
peos valiéndose de la supremacía financiera sobre una república americana». 26 
Varios funcionarios del Departamento de Estado argüyeron que el gobierno de- 
bía apoyar principalmente la ampliación de las instituciones bancarias norteame- 
ricanas, la promoción de mercancías norteamericanas y la americanización de 

26. Memorándum, 11 de junio de 1914, SD 710.11/185'/4. 



98 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

los medios de comunicación. La guerra parecía brindar una buena oportunidad 
para animar a los países latinoamericanos a reducir sus lazos económicos con 
Europa y establecer otros nuevos con grupos norteamericanos. 

Los esfuerzos específicos del gobierno por fomentar estos cambios tuvieron 
poco éxito. Aunque los Estados Unidos presionaron para que se liquidaran los 
intereses alemanes en las naciones que declararon la guerra a Alemania, sólo se 
expropiaron algunas plantaciones de plátanos en Guatemala y algunas propieda- 
des en Haití. No obstante, las dislocaciones económicas causadas por la guerra 
promovieron una alteración clara de las relaciones económicas internacionales 
de América Latina. Antes de la guerra, por ejemplo, la Central and South Ame- 
rican Telegraph Company, que tenía su base en los Estados Unidos, tendió cables 
a lo largo de la costa del Pacífico en América del Sur. Una compañía británica 
tenía una concesión monopolística que impedía que la compañía norteamericana 
extendiera su línea desde Buenos Aires a través de Uruguay y Brasil. Los nortea- 
mericanos entablaron demanda en Argentina y Brasil en 1917 y, con el apoyo 
del Departamento de Estado, rompieron finalmente el monopolio telegráfico bri- 
tánico en 1919. Las operaciones de las sucursales bancarias norteamericanas en 
América Latina también avanzaron después de 1914. En 1919 los bancos nortea- 
mericanos ya tenían diez sucursales en Brasil, por ejemplo. Al finalizar la guerra, 
Gran Bretaña seguía siendo la potencia económica dominante en la mayor parte 
de América del Sur, pero los Estados Unidos iban dándole alcance rápidamente. 

Los Estados Unidos obtuvieron sólo un éxito limitado en sus intentos de mo- 
vilizar el apoyo de los países latinoamericanos en la guerra contra Alemania. Brasil 
declaró la guerra, pero las otras siete naciones que imitaron su ejemplo eran esta- 
dos del Caribe o América Central. Bolivia, Ecuador, Perú y Uruguay rompieron 
las relaciones diplomáticas con Alemania. Argentina, Chile, Colombia, México, 
Paraguay, El Salvador y Venezuela se declararon neutrales. El gobierno mexica- 
no había intentado formar un bloque neutral a principios de 1917. Al fracasar 
en su intento, el presidente Carranza trató de unificar a las demás naciones lati- 
noamericanas bajo la bandera de la doctrina Carranza, pidiendo la formación 
de un bloque antiyanqui que se erigiese en paladín de la doctrina Calvo y la no 
intervención. El citado bloque procedería a no reconocer la doctrina Monroe y 
a establecer alianzas con naciones poderosas en otras partes del mundo. Tampo- 
co este esfuerzo dio fruto y la doctrina específica murió con Carranza en 1920. 
Pero las ideas y las expresiones pasarían a formar parte de las variantes izquier- 
distas del nacionalismo antiyanqui. 



Los Estados Unidos y América Latina en el decenio de 1920 

Durante el decenio de 1920, los intereses económicos norteamericanos en Amé- 
rica Latina registraron una rápida expansión. Las inversiones crecieron de cerca 
de 1.500 millones de dólares en 1924 a más de 3.000 millones en 1929. En este 
año, los ingleses seguían llevándoles ventaja a los norteamericanos en términos 
de la inversión total, pero la distancia iba acortándose. En el caso de Brasil, los 
inversionistas británicos tenían gran parte de la deuda consolidada antes de 1914, 
pero los Estados Unidos se habían convertido en la fuente primaria de capital 



AMÉRICA LATINA, LOS ESTADOS UNIDOS Y EUROPA 99 

nuevo. Las compañías norteamericanas también dominaban en los campos de 
la radio, el telégrafo, las películas y los servicios telegráficos para la prensa. En 
el campo del transporte aéreo, no obstante, los Estados Unidos iban muy a la 
zaga de los alemanes. Este hecho resucitó el viejo espectro de la amenaza alema- 
na, especialmente cuando estas líneas aéreas volaban cerca del canal de Panamá. 
Algunos dirigentes norteamericanos querían llevar el país hacia lo que se conside- 
raba como una industria estratégica, pero sus esfuerzos no fructificaron hasta 
la víspera de la segunda guerra mundial. 

En 1921 el gobierno estadounidense trató de instituir una política consistente 
en ejercer cierta supervisión sobre los empréstitos extranjeros. Las razones eran 
varias, pero en el caso de América Latina los factores más importantes eran im- 
pedir los empréstitos: en primer lugar, para armamentos; en segundo, a los países 
que ya estuvieran demasiado endeudados y, en tercero, a los países donde los 
fondos se malgastarían por culpa de la corrupción política. En general, el Depar- 
tamento de Estado albergaba la esperanza de fomentar el empleo de capital nor- 
teamericano para estimular un buen desarrollo económico. Como los consejos 
del gobierno no obligaban a nada, el éxito del programa no fue muy grande, 
pero sirvió para que se abandonaran algunas empresas de crédito dudosas en Amé- 
rica Central. 

Las dislocaciones provocadas por la guerra habían hecho que las relaciones 
comerciales de América Latina se apartaran de Europa. Durante los años veinte, 
Alemania, Gran Bretaña y Francia recuperaron parte del comercio perdido, pero 
los Estados Unidos siguieron siendo el país más importante en el comercio del 
hemisferio. La principal excepción eran las relaciones comerciales de Argentina 
con Gran Bretaña. 

Entre 1918 y 1930, se produjo la rápida expansión de varios tipos de empresa 
norteamericana en América Latina. La característica más importante de esta épo- 
ca de inversiones era la penetración en las empresas de servicios públicos y las 
manufacturas. Gran parte de éstas se hallaban concentradas en Argentina, Bra- 
sil, Cuba y Uruguay. La American & Foreign Power Company fue organizada 
en 1923 por la General Electric y adquirió propiedades en Panamá, Guatemala 
y Cuba de otra subsidiaria de General Electric. En 1929 ya había obtenido el 
control de la industria de energía eléctrica en otros ocho países latinoamericanos. 
En todos ellos, la compañía se dedicó a crear sistemas modernos con grandes 
instalaciones e importantes medios de transmisión y distribución. Además de vender 
energía y luz, la compañía también explotaba redes de tranvías, elaboraba hielo, 
sacaba agua con bombas y fabricaba gas. La International Telephone and Tele- 
graph Company fue organizada en 1920 por Sosthenes Behn y, en el plazo de 
un decenio, se hizo con el control de las principales compañías de teléfonos de 
Argentina, Chile, Perú y México. Los norteamericanos también iban en cabeza 
de la construcción de sistemas de comunicación sin hilos por todo el hemisferio. 
La Radio Corporation of America, la American Telephone & Telegraph y la Uni- 
ted Fruit Company eran las principales sociedades en este campo. Las compañías 
norteamericanas del sector del automóvil comenzaron a edificar plantas de mon- 
taje en varios países. En 1926 la General Motors ya tenía instalaciones de esta 
clase en Argentina, Brasil y Uruguay. La Ford Motors también entró en el campo 
latinoamericano e, incluso, construyó una planta de tractores en México, país 



100 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

que en el decenio de 1920 generalmente no se consideraba como un buen riesgo 
crediticio. Destacados bancos norteamericanos como, por ejemplo, el National 
City y el Chase, empezaron a abrir sucursales a partir de diciembre de 1913. En 
1930 ya se encontraban en la mayoría de las ciudades principales del hemisferio. 
Además, algunas empresas de inversiones (tales como J. P. Morgan & Company, 
la Chase Securities Corporation y la Equitable Trust Company) empezaron a rea- 
lizar emisiones de bonos del Estado. 

El gobierno de los Estados Unidos siguió una política más cooperativa con 
respecto a otros aspectos de las relaciones interamericanas durante el decenio de 
1920. Entre 1921 y 1933, los Estados Unidos participaron en 41 de las 44 confe- 
rencias nacionales del hemisferio occidental, en contraste con el período com- 
prendido entre 1889 y 1921, durante el cual tomaron parte en 23 de 50 conferen- 
cias de esta clase. La Inter-American High Commission tuvo que ver con varias 
de estas conferencias y, además, puso en marcha un programa general destinado 
a resolver problemas de naturaleza comercial. La actuación de este grupo duran- 
te un año típico incluía: negociar convenios relativos al arbitraje de disputas co- 
merciales, proteger marcas registradas, proteger a viajantes de comercio y clasi- 
ficar mercancía de modo uniforme. Esta diplomacia de bajo nivel, sin relación 
con crisis alguna y ejercida por un organismo casi gubernamental, indicaba la 
tendencia general que seguía la política: la cooperación multilateral con el fin 
de despejar las vías para el comercio. 

Los líderes republicanos trataron de restringir la actividad militar en la zona, 
aunque no repudiaron semejante procedimiento. Retiraron la infantería de mari- 
na de Cuba en 1922, de la República Dominicana en 1924 y de Nicaragua en 
1925 (aunque volvió en 1927). Continuó la ocupación de Haití, pero en 1933 ya 
estaban trazados los planes para la retirada. También se impusieron ciertos lími- 
tes al empleo de «grupos de desembarco» temporales. Asimismo, durante las nu- 
merosas revueltas que ocurrieron entre 1929 y 1933, el Departamento de Estado 
rechazó todas las solicitudes de intervención armada. El presidente Hoover afir- 
mó francamente que no quería que los Estados Unidos estuvieran representados 
en el extranjero por la infantería de marina. 

En 1923 el presidente Warren Harding transmitió órdenes al secretario de la 
Guerra y al de Marina prohibiendo la venta, o el traspaso por terceros, de mate- 
rial militar norteamericano a cualquier país extranjero. Le preocupaba de modo 
especial la concentración de armas en América Latina. Esta política la reiteró 
el presidente Hoover en 193 1. 27 Los Estados Unidos enviaron una pequeña mi- 
sión naval a Brasil en 1919, y dos oficiales del ejército fueron destinados a Guate- 
mala en 1930 para que se hicieran cargo de la academia militar nacional. En cuanto 
a Alemania, el Tratado de Versalles le prohibía enviar misiones; el gobierno fran- 
cés, en cambio, intensificó sus actividades militares. En 1919 llegó a Brasil la pri- 
mera misión francesa, que en 1927 ya estaba formada por setenta oficiales bajo 
el mando de un general de división. Brasil también compró la mayor parte de 
sus armas a Francia durante este período. Los franceses conservaron su misión 
en Perú y mantuvieron otra en Paraguay de 1926 a 1930. Los servicios de informa- 



AMÉRICA LATINA, LOS ESTADOS UNIDOS Y EUROPA 101 

ción del ejército norteamericano atribuían el incremento de actividad de los fran- 
ceses al deseo de compensar la influencia británica en la Sociedad de Naciones 
aumentando la influencia francesa en América Latina. El gobierno italiano man- 
dó una misión a Ecuador en 1922 y el español envió varias misiones reducidas. 28 

Al igual que en otras partes del mundo, los líderes norteamericanos idearon 
un sistema de tratados para resolver las disputas pacíficamente y fomentar el or- 
den político. En 1923 la Convención de Gondra pidió que se instaurase un perío- 
do de enfriamiento durante las disputas internacionales, período que fue institu- 
cionalizado en la Conferencia sobre Conciliación y Arbitraje, que se celebró en 
Washington a finales de 1928. Charles Evans Hughes aportó un liderazgo activo 
en esa conferencia, y el presidente Calvin Coolidge y el secretario de Estado, 
Frank B. Kellogg, le apoyaron cuando abogó por la aceptación norteamericana 
de los tratados resultantes... con reservas. Los Estados Unidos ratificaron los 
tratados e ingresaron en el Tribunal de Arbitraje Interamericano. Además de es- 
tas medidas, el Departamento de Estado actuó como tribunal interamericano, 
formado por una sola nación, al arbitrar en numerosas disputas fronterizas. En 
1933 los Estados Unidos habían desempeñado este papel en relación con disputas 
que afectaron a casi las tres cuartas partes de las naciones latinoamericanas. 

La mayoría de los dirigentes consideraban que América Central era la parte 
más revuelta del hemisferio y la que más necesidad tenía de un sistema de orden; 
casi todos los estados independientes del Caribe ya estaban unidos por tratados 
individuales y contratos de préstamos. En 1923, bajo la dirección de los Estados 
Unidos, las naciones centroamericanas firmaron un tratado de paz y amistad. 
Esto resucitó el tratado general de 1907, que había utilizado la doctrina Tobar, 
consistente en desaprobar los golpes de Estado y las revueltas, no reconociendo 
a los gobiernos que surgieran de ellos. El tratado de 1923 añadió condiciones 
aún más restrictivas para el reconocimiento. El sistema iba dirigido a desaconse- 
jar todo tipo de revoluciones. Durante el decenio de 1920, muchos miembros de 
los grupos de la conservadora élite centroamericana apoyaron ansiosamente ese 
tratado, sobre todo porque temían que el nacionalismo revolucionario se propa- 
gara desde México. Aunque los Estados Unidos no firmaron el tratado, éste no 
dejó de ser un instrumento de la política norteamericana, y fueron los principales 
encargados de velar por su cumplimiento. 

Nicaragua lanzó el desafío más importante y polémico al sistema de tratados. 
La decisión norteamericana de intervenir en 1927 se basó, en parte, en la decisión 
de hacer que se cumplieran las reglas, aun cuando el desafio provenía de Emilia- 
no Chamorro, que era conservador y contaba con el apoyo de algunos dirigentes 
y de diversos grupos comerciales con participaciones en Nicaragua. Coolidge y 
Kellogg, sin embargo, decidieron que la mejor forma de preservar el statu quo 
en toda América Central era obligar a Nicaragua a seguir «procedimientos cons- 
titucionales» para efectuar cambios políticos. Había otros factores que motiva- 
ron la intervención. Las propiedades norteamericanas se veían bajo una amenaza 
potencial debido a la guerra civil entre las facciones políticas, y México prestaba 
ayuda a elementos del partido liberal. La administración norteamericana quería 
impedir toda expansión de la influencia mexicana. 

28. War Department, informe del 28 de diciembre de 1944, OPD 336 América Latina, caso 74. 



102 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

Dado que entrañaba la posibilidad de una guerra con México, la intervención 
en Nicaragua suscitó debates acalorados. Ante la creciente oposición del Congre- 
so, los líderes de la administración se percataron de que no podían sostener nin- 
guna operación militar extensa. Henry L. Stimson fue enviado, en calidad de 
mediador, con el encargo de que fomentara una resolución constitucional. Al 
cuerpo de infantería de marina se le encomendó la formación de una guardia 
nacional en vez de pacificar el país. Algunos de sus oficiales querían borrar del 
mapa a las fuerzas guerrilleras antinorteamericanas de Augusto Sandino, pero 
la administración había decidido que sus fuerzas armadas no intervinieran en la 
política nicaragüense. 29 Lo que se pretendía era crear una fórmula jurídica de 
conciliación lo antes posible, proporcionar una guardia nacional políticamente 
neutral que sostuviera el sistema de tratados y luego retirar la presencia de los 
Estados Unidos. 

De hecho, la reacción adversa (tanto en Norteamérica como en América Lati- 
na) a la empresa nicaragüense y la oleada de revueltas triunfales que hubo en 
América Latina después de 1928 empujaron a Hoover y al secretario de Estado, 
Stimson, a modificar nuevamente su táctica. Las reglas para el reconocimiento 
se mantendrían oficialmente y a los «nuevos gobiernos» se les pediría que aporta- 
ran alguna prueba «jurídica» de continuidad constitucional. Sin embargo, esto 
se interpretaría de forma bastante amplia. Stimson también descartó las medidas 
militares y procuró reducir la intromisión de diplomáticos y hombres de negocios 
en los asuntos políticos. 

Un problema importante que tenían planteado los Estados Unidos era el na- 
cionalismo revolucionario en México. Los nuevos líderes mexicanos eran mucho 
menos radicales de lo que creían algunos dirigentes norteamericanos, pero, de 
todos modos, querían ejercer cierto control sobre la economía, en especial sobre 
los recursos naturales como el petróleo y la tierra. La administración Wilson se 
había negado a reconocer el gobierno que sustituyera a Venustiano Carranza en 
mayo de 1920, y los republicanos siguieron la misma política hasta septiembre 
de 1923. El Departamento de Estado también desaconsejaba la concesión de em- 
préstitos a México. Las negociaciones entre la Comisión Internacional de Ban- 
queros y México produjeron un acuerdo en 1922 acerca de la deuda exterior me- 
xicana, lo que a su vez ayudó a preparar el terreno para negociaciones relativas 
al reconocimiento. Parte del creciente apoyo al reconocimiento del gobierno de 
Alvaro Obregón procedía de exportadores norteamericanos. El secretario Hug- 
hes sacó la conclusión de que, de hecho, México gozaba de un alto grado de 
estabilidad y que, en realidad, los inversionistas no habían sufrido mucho. Las 
relaciones empeoraron después de 1925 al tratar el presidente Plutarco Elias Ca- 
lles de hacer cumplir el artículo 27 de la Constitución de 1917. No vino a mejorar 
la situación la actitud antimexicana del embajador James Rockwell Sheffield. Él 
y otros dirigentes querían que se siguiera una política más combativa, aunque 
a la larga provocara una guerra. Sin embargo, negociaciones secretas entre los 
banqueros y líderes mexicanos condujeron a las soluciones intermedias que entre 
1927 y 1928 urdió el nuevo embajador, Dwight W. Morrow (ex socio de la em- 



AMÉRICA LATINA, LOS ESTADOS UNIDOS Y EUROPA 103 

presa J. P. Morgan & Co.). Tal como señaló Thomas W. Lamont, presidente 
de la Comisión Internacional de Banqueros, «Millhauser [Speyer & Co.] habla 
con facundia de empuñar el garrote o pegarles patadas en el estómago. No hay 
ningún garrote que empuñar y no tenemos ninguna bota que pudiera llegar a 
su remoto y muy duro estómago». 30 

En lo que se refería a algunos gobernantes norteamericanos, la situación en 
México y Nicaragua se veía complicada por la existencia de partidos comunistas 
en los dos países. Los partidos comunistas latinoamericanos estaban vinculados 
a la Unión Soviética y su política exterior por medio del Comintern, y los nortea- 
mericanos veían esto como un tipo nuevo de intervención ajena en el hemisferio. 
En 1926 al Partido Comunista de los Estados Unidos se le encomendó la respon- 
sabilidad especial de organizar y dirigir los partidos latinoamericanos. Para la 
Internacional Comunista, los Estados Unidos eran el principal enemigo en Amé- 
rica Latina, y los gobernantes norteamericanos suponían acertadamente que una 
victoria del partido comunista en cualquier país vincularía éste a la Unión Sovié- 
tica y le empujaría a volverse contra los Estados Unidos. Como decía la directriz 
del Comintern, dirigida al Partido Comunista de México en 1923, «la destrucción 
del último baluarte del imperialismo capitalista, el derrocamiento de la burguesía 
norteamericana, es la tarea de los obreros y los campesinos de todos los países 
americanos». 31 Pero los dirigentes norteamericanos tendían a exagerar el poder 
y la influencia de los comunistas, y esto deformaba su percepción de algunos 
acontecimientos políticos, como la insurrección encabezada por Sandino en Nica- 
ragua. 

El Primer Congreso Comunista de América Latina se celebró en Buenos Aires 
en el año 1929 y asistieron a él delegados de los catorce partidos latinoamerica- 
nos, los Estados Unidos y Francia. El congreso adoptó la línea soviética de «in- 
transigencia extremista» y se comprometió a emplear tácticas revolucionarias de 
índole radical. En 1929 el Comintern dio instrucciones al Partido Comunista de 
México para que ordenase a las ligas campesinas armadas que atacaran al gobier- 
no y publicó un manifiesto pidiendo al pueblo mexicano que hiciese la guerra 
con todas sus fuerzas. El gobierno mexicano acusó a la Unión Soviética de finan- 
ciar e incitar el movimiento subversivo y, en enero de 1930, cortó las relaciones 
diplomáticas con Rusia. En 1930 el movimiento comunista en América Latina 
era pequeño, pero iba creciendo, y con ello la Unión Soviética se estaba convir- 
tiendo en un elemento de las relaciones internacionales del hemisferio. 

Algunos líderes latinoamericanos veían la Sociedad de Naciones como un po- 
sible factor en las relaciones hemisféricas durante el decenio de 1920. Nueve na- 
ciones latinoamericanas eran miembros fundadores y otras ingresaron en la orga- 
nización en el curso del decenio. En la primera asamblea, Argentina hizo gestiones 
para que se suprimiera la referencia a la doctrina Monroe del pacto fundamental 
de la Sociedad. Al fracasar el intento, Argentina se retiró durante el resto del 



30. De Lamont a Vivían Smith y J. R. Cárter (Oficina de J. P. Morgan & Co. en París), 
sin fecha (probablemente noviembre de 1928), Thomas W. Lamont Manuscripts, Baker Library, 
Universidad de Harvard, Cambridge, Massachusetts. 

31. Stephen Clissold, ed., Soviet relations with Latín America, 1918-1968: a documentary 
history, Londres, 1970, p. 86. 



104 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

decenio. El asunto de la doctrina Monroe volvió a aflorar a la superficie en 1928. 
Brasil había abandonado la Sociedad de Naciones al no dársele un lugar perma- 
nente en el Consejo y Costa Rica había quedado excluida por no pagar los dere- 
chos. Al invitar a las dos naciones a ingresar de nuevo en la organización, el 
consejo aseguró a Costa Rica que todos los países tenían los mismos derechos 
y las mismas responsabilidades, y que el pacto fundamental no confirmaba la 
validez de la doctrina Monroe. Perú y Bolivia se habían retirado de la Sociedad 
de Naciones en 1921 al negarse ésta a considerar la cuestión de Tacna-Arica, te- 
rritorios que Chile tenía en su poder desde la guerra del Pacífico. Volvieron en 
1929, después de que los Estados Unidos mediaran en la disputa. En 1928 la 
Sociedad de Naciones hizo una advertencia contra la agresión en la disputa del 
Chaco entre Bolivia y Paraguay, y trató de mediar en ella, pero el intento termi- 
nó en fracaso y a los pocos años estalló la guerra. Por regla general, la Sociedad 
de Naciones no prestaba atención a América Latina y no hizo las veces de contra- 
peso de los Estados Unidos. 

El creciente poderío de los Estados Unidos y su creación de una esfera de 
interés en el Caribe-América Central despertaron cierta hostilidad en América 
Latina, especialmente entre la intelectualidad. Algunos intelectuales formularon 
el concepto de la civilización y la cultura latinas contra la civilización y la cultura 
anglosajonas y promovieron la idea de la unidad latina contra el «coloso del nor- 
te». La obra clásica, la que tratarían de emular la mayoría de los autores subsi- 
guientes, fue Ariel (1900), en la cual José Enrique Rodó presentaba a los nortea- 
mericanos como gente materialista y a los latinoamericanos como idealistas. José 
María Vargas Vila, de Colombia, llevó este tema un poco más lejos en su libro 
Against the barbarians. The Yankee - behold the enemy (1919). En el decenio 
de 1920, el antiyanquismo no sólo era ya una corriente familiar en las universida- 
des latinoamericanas, donde se convirtió en parte del fervor emotivo de los movi- 
mientos reformistas de signo nacionalista, sino que era también un rasgo regular 
de la retórica política en toda América Latina. 

En general, exceptuando México y los comunistas latinoamericanos, los senti- 
mientos contra los Estados Unidos no se centraban en asuntos económicos, sino 
más bien en el problema de la intervención militar en el Caribe y América Cen- 
tral. Estos sentimientos alcanzaron su apogeo en la Conferencia de La Habana 
de 1928, donde un representante tras otro vació el frasco del nacionalismo agra- 
viado sobre la cabeza de los delegados norteamericanos. Sin embargo, el ex secre- 
tario de Estado, Charles Evan Hughes, cambió el curso de las cosas con una 
obra maestra de la oratoria, que puso unos límites definidos a la doctrina de 
la intervención. El Departamento de Estado decidió entonces publicar un libro 
rojo en el que separaba claramente la doctrina Monroe de la intervención arma- 
da. El memorándum de J. Reuben Clark fue publicado en 1930 y constituyó una 
prueba de la creciente sensibilidad de los gobernantes norteamericanos a las críti- 
cas latinoamericanas. 

En 1930 los Estados Unidos ya eran claramente la potencia que predominaba 
en el hemisferio occidental. Sin embargo, las naciones de América Latina estaban 
más seguras en su independencia de lo que lo estuvieran en 1830 y los Estados 
Unidos empezaban a abandonar la intervención militar en la región del Caribe 



AMÉRICA LATINA, LOS ESTADOS UNIDOS Y EUROPA 105 

y América Central. Los líderes norteamericanos no estaban dispuestos a renun- 
ciar a su política general, basada en la esfera de interés en la región, y el secreta- 
rio Stimson así lo expresó al escribir en 1931: «Esa localidad ha sido el único 
lugar ajeno a nuestras costas que la naturaleza ha decretado que fuese importan- 
tísimo para nuestra seguridad nacional, por no hablar de nuestra prosperidad». 32 
Sin embargo, muchos dirigentes norteamericanos reconocían los problemas que 
el mantenimiento de dicha esfera representaba para las relaciones interamerica- 
nas en general, y la mayoría de ellos quería encontrar algún tipo de posición 
intermedia. Las nuevas rivalidades internacionales que surgirían durante los de- 
cenios siguientes perjudicarían los avances hechos en las relaciones entre los Esta- 
dos Unidos y América Latina. 



n republics, Department of State Latín American 



Capítulo 4 

LA POBLACIÓN DE AMÉRICA LATINA, 
1850-1930 

Tendencias generales 

Desde la independencia hasta mediados del siglo xix — período, en general, 
de estancamiento económico o, a lo sumo, de crecimiento modesto — , la pobla- 
ción de América Latina en su conjunto creció a razón de alrededor del 1 por 
100 anual. Este porcentaje concordaba con la tasa de crecimiento de los países 
europeos más avanzados, pero era inferior a la norteamericana. También era in- 
ferior a la que se registraba en las postrimerías del período colonial y que se 
había esperado que continuara, o incluso que se acelerase, después de la indepen- 
dencia. En Mesoamérica y los Andes, donde preponderaba la agricultura de sub- 
sistencia y donde la población era predominantemente india, el crecimiento de- 
mográfico era lento y se veía obstaculizado por condiciones que sólo pueden 
calificarse de malthusianas. Por ejemplo, a partir de 1825, la población de los 
estados centrales de México creció a razón de unas tasas compuestas que varia- 
ban entre el 0,4 y el 1 por 100 anuales; los estados de Veracruz y Chiapas experi- 
mentaron tasas de crecimiento demográfico un poco más altas; la población del 
noroeste y de Yucatán disminuyó en cambio de manera constante hasta el dece- 
nio de 1870. ' Por otra parte, en las regiones de América Latina que se presta- 
ban al cultivo de materias primas demandadas por los países europeos en vías 
de industrialización hubo un crecimiento demográfico más dinámico. Aunque la 
población de las mismas era generalmente escasa, tendía a aumentar más aprisa. 
Por ejemplo, la expansión de la ganadería fue la causa de que se poblaran las 
pampas del Río de la Plata. La población rural de la provincia de Buenos Aires 
— excluyendo la capital — mostró una asombrosa tasa de crecimiento anual del 
4,2 por 100 entre 1836 y 1855. A escala nacional, la población de Argentina aumen- 
tó a razón de un poco más del 2 por 100 anual, tasa parecida a las de Brasil 
y Cuba, donde la importación en gran escala de esclavos africanos continuó has- 
ta el tercer cuarto del siglo xix. 

1 . Viviane Brachet, La población de los estados mexicanos (1824-1895), México, 1976, p. 105. 



LA POBLACIÓN, 1850-1930 107 

En contraste con ello, durante la segunda mitad del siglo xix y los primeros 
decenios del xx — período que, en general, fue de crecimiento económico rápido 
e inducido por las exportaciones—, América Latina experimentó un crecimiento 
considerable de su población. El cuadro 1 da un resumen global. Por razones 
prácticas, sólo se indican las cifras correspondientes a tres fechas: 1850, 1900 
y 1930. El cuadro incluye también las tasas de crecimiento respectivas. Ellas ex- 
presan con la mayor claridad las tendencias de la población latinoamericana. En- 
tre 1850 y 1900, ésta se multiplicó por dos, y de un total de 30,5 millones de 
habitantes pasó a 61,9 millones. De 1900 a 1930, aumentó a razón de otro 68 
por 100 y alcanzó los 104,1 millones. La tasa de crecimiento anual en el primer 
período fue del 1,4 por 100, mientras que en el segundo subió al 1,7 por 100. 
Este crecimiento global incluye, no obstante, diferentes pautas de ritmo y hasta 
tendencias opuestas. 

La región que experimentó el crecimiento más dinámico fue la zona templada 
de América del Sur: entre 1850 y 1900, la población casi se triplicó, y en los 
treinta años siguientes aumentó más del doble. Dentro de esta zona, la población 
de Argentina primero se cuadruplicó y luego aumentó en un 250 por 100. El cre- 
cimiento de la población uruguaya fue todavía más rápido durante el primer pe- 
ríodo: se multiplicó por siete. La población de Chile experimentó un crecimiento 
más pausado pero regular, bastante más elevada en el primer período que en 
el segundo. En cambio, la población paraguaya apenas aumentó durante la se- 
gunda mitad del siglo xix. La guerra de la Triple Alianza, a la que siguió una 
severa epidemia de cólera, tuvo allí un efecto catastrófico. Se ha dicho que Pa- 
raguay perdió más de la mitad de su población, aunque tal vez sea una exa- 
geración. Dieciséis años después del fin de las hostilidades, el censo de 1886 
todavía mostraba un 70 por 100 menos de hombres que de mujeres de edad com- 
prendida entre 15 y 45 años, el grupo más afectado por la guerra. Asimismo, 
los niños nacidos durante la guerra, contrariamente a cualquier distribución nor- 
mal de las edades, eran un 17 por 100 menos que los nacidos antes. 2 El creci- 
miento demográfico de la nación no empezó a recuperarse hasta después de prin- 
cipios de siglo. 

La América del Sur tropical no presenta una pauta fija. Brasil siguió una 
trayectoria parecida a la argentina y la uruguaya, aunque la tasa de crecimiento 
fue más lenta. La población de Colombia creció más despacio al principio, en 
especial hacia finales de siglo, debido a la guerra civil y al consiguiente desorden 
económico. En el siglo xx, volvió a acelerarse. Perú y Ecuador experimentaron 
un crecimiento regular. La población boliviana y la venezolana permanecieron 
estancadas, más la primera que la segunda. Sin embargo, Bolivia consiguió du- 
plicar su tasa de crecimiento en los primeros tres decenios del siglo xx, mientras 
que el crecimiento de Venezuela disminuyó levemente. 

En el Caribe, la población de la República Dominicana, que partió de un ni- 
vel muy bajo, aumentó tres veces y media durante el primer período y dos veces 
y media durante el segundo. En ochenta años la población puertorriqueña se tri- 
plicó. Por el contrario, las revueltas y las guerras obstaculizaron el crecimiento 

2. Domingo M. Rivarola y otros, La población del Paraguay, Asunción, 1974, p. 13. 



de américa latina 
Cuadro 1 



La población de América Latina, 1850-1930 
(cifras totales en miles; tasas de crecimiento en porcentajes) 





1850 


1900 


1930 


1850-1900 


1900-1930 


América del Sur 












templada 












Argentina 


1.100 


4.693 


11.936 


2,9 


3,1 


Chile 


1.443 


2.959 


4.365 


1,4 


1,3 


Uruguay 


132 


915 


1.599 


4,0 


1,9 


Paraguay 


350 


440 


880 


0,4 


2,3 


Subtotal 


3.025 


9.007 


18.780 


2,2 


2,4 


América del Sur 












tropical 












Brasil 


7.230 


17.980 


33.568 


1,8 


2,1 


Colombia 


2.065 


3.825 


7.350 


1,2 


2,0 


Perú 


2.001 


3.791 


5.651 


1,3 


1,4 


Venezuela 


1.490 


2.344 ' 


2.950 


0,9 


0,8 


Ecuador 


816 


1.400 


2.160 


1,1 


1,5 


Bolivia 


1.374 


1.696 


2.153 


0,4 


0,8 


Subtotal 


14.976 


31.036 


53.832 


1,5 


1,9 


Caribe 












Cuba 


1.186 


1.583 


3.837 


0,6 


3,0 


Puerto Rico 


495 


959 


1.552 


1,4 


1,6 


República 












Dominicana 


146 


515 


1.227 


2,4 


2,9 


Haití 


938 


1.560 


2.422 


1,0 


1,5 


Subtotal 


2.763 


4.617 


9.038 


1,0 


2,3 


México y América 










Central 












México 


7.662 


13.607 


16.589 


1,0 


0,8 


Guatemala 


850 


1.300 


1.771 


0,9 


1,0 


El Salvador 


366 


766 


1.443 


1,0 


2,1 


Honduras 


350 


500 


948 


0,7 


1,5 


Nicaragua 


300 


478 


742 


0,9 


1,5 


Costa Rica 


101 


297 


499 


2,2 


1,7 


Panamá 


135 


263 


502 


1,4 


2,7 


Subtotal 


9.764 


17.211 


22.494 


1,1 


0,9 


Total 


30.530 


61.871 


104.144 


1,4 


1,7 



LA POBLACIÓN, 1850-1930 109 

demográfico en Cuba durante la segunda mitad del siglo xix. El censo de 1899 
revela incluso un decrecimiento de 59.482 habitantes en relación con el censo de 
1887. Después de la independencia (1898), la inmigración hizo que el número 
de habitantes aumentara a un ritmo bastante dinámico. La emigración, en cam- 
bio, fue la causante del crecimiento relativamente contenido de la población de 
Haití. 

En Mesoamérica, la población creció de acuerdo con una tasa más modesta. 
México, el mayor de los países mesoamericanos, aumentó sin contratiempos has- 
ta la Revolución. Entre 1910 y 1921, la población descendió en cambio de 15,1 
millones a 14,3 millones, lo que representa un descenso de 825.000 habitantes. 
Aparte de las muertes causadas por la guerra, hubo pérdidas considerables por 
culpa de la epidemia de 1917 y de la emigración a los Estados Unidos. Todo 
ello coincidió con un descenso temporal de la tasa de natalidad. El censo nortea- 
mericano de 1920 registra la presencia de 651.000 mexicanos al norte del río Bra- 
vo. Es probable que un tercio de ellos hubiese llegado antes de la Revolución, 
pero el resto cruzó la frontera entre 1910 y 1920. La emigración prosiguió, la 
tasa de crecimiento mexicana empezó pronto a recuperarse. En América Central, 
el mayor período de crecimiento se sitúa en el siglo xx, al igual que en otras 
partes, excepto Costa Rica. Las plantaciones de plátanos costarricenses atrajeron 
en efecto extranjeros y asimismo nativos a la costa occidental. En nueve años 
(1883-1892), la población del distrito de Limón, por ejemplo, creció a razón de 



Fuentes: En general, para 1850, Radofo Barón Castro, «El desarrollo de la población his- 
panoamericana (1491-1950)», J. of World History, 5 (1959), pp. 325-343; para 1900, Carmen 
A. Miró, La población de América Latina en el siglo XX, CELADE, Santiago de Chile, 1965; 
para 1930, CELADE (Centro Latinoamericano de Demografía), «América latina: población to- 
tal por países. Año 1970», Boletín demográfico, 6 (1970). También, para Argentina, Zulma 
Recchini de Lattes, y Alfredo E. Lattes, eds., La población de Argentina, Instituto Nacional 
de Estadística y Censos, Buenos Aires, 1975; para Chile, Markos Mamalakis, Histórica! statis- 
tics of Chile, vol. II, Westport y Londres, 1980 (1850 ajustado); para Uruguay, Juan Rial, Esta- 
dísticas históricas de Uruguay, 1850-1930, Centro de Informaciones y Estudios del Uruguay, 
cuaderno n.° 4 (Montevideo, 1980); para Paraguay, 1850, estimación basada en Anneliese, Ke- 
gler de Galeano, «Alcance histórico-demográfico del censo de 1846», Revista Paraguaya de So- 
ciología, 34 (1976), pp. 71-121; para Brasil, Thomas W. Merrick, y Douglas H. Graham, Popu- 
lation and economic development in Brazil. 1800 to the present, Baltimore y Londres, 1979; 
para Colombia, 1900, O. Andrew Collver, Birth rates in Latín America: new estimates of histo- 
rical trenas and fluctuations, Institute of International Studies, Berkeley, 1965; para Perú, 1850, 
Centro de Estudios de Población y Desarrollo, Informe demográfico del Perú, 1970, Lima, 1972; 
para la República Dominicana, estimaciones basadas en Frank Moya Pons, «Nuevas considera- 
ciones sobre la historia de la población dominicana: curvas, tasas y problemas», en Seminario 
sobre problemas de población en la República Dominicana, Universidad Autónoma de Santo 
Domingo, Santo Domingo, 1975, pp. 37-63; para Costa Rica, 1900, Jeffrey Casey Gaspar, Li- 
món: 1880-1940. Un estudio de la industria bananera en Costa Rica, San José, 1979; para Pana- 
má, 1850, Miguel Urrutia, y Mario Arrubla, eds., Compendio de estadísticas históricas de Co- 
lombia, Bogotá, 1970; para el resto de América Central, 1850 y 1900, estimaciones basadas en 
Ciro F. S. Cardoso y Héctor Pérez Brignoli, Centro América y la economía occidental (1520-1930), 
San José. 



1 10 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

un 12 por 100 anual, mientras que la tasa nacional se cifraba en un 3 por 100. 3 
En Panamá, la construcción del canal y el incremento del tráfico marítimo, junto 
con las plantaciones de plátanos, atrajeron asimismo inmigrantes. A resultas de 
ello, la población creció con bastante rapidez. 

Brasil sustituyó a México en el puesto de nación más poblada de América 
Latina durante este período. Sin embargo, fue Argentina la que avanzó de forma 
más espectacular. En 1850, la población argentina era una décima parte de la 
mexicana. Al cabo de ochenta años, había subido hasta alcanzar unas siete déci- 
mas partes. En 1850, Argentina tenía menos habitantes que Cuba, Perú, Vene- 
zuela, Bolivia, Chile y Colombia, pero en 1900 ya había dado alcance a todos 
estos países y ocupaba el tercer lugar detrás de Brasil y México. 

Al concluir este breve repaso, cabe destacar que el crecimiento demográfico 
rápido iba asociado en gran medida a las exportaciones agrícolas. La zona del 
Río de la Plata era productora en gran escala de grano, carne, lana y cuero. 
Brasil y Colombia exportaban café; Costa Rica, plátanos, además de su tradicio- 
nal producto principal: el café. Santo Domingo entró en el mercado harto com- 
petitivo del azúcar. Cuba y Puerto Rico continuaron comprometidos con el azú- 
car. En la costa del Pacífico, los casos de cultivo especializado de algún producto 
comercial eran menos y estaban limitados a zonas específicas: café en Guatemala 
y El Salvador, así como azúcar en el norte de Perú. Estos productos impulsaron 
los servicios y el crecimiento de los mercados nacionales. La minería, en cambio, 
no necesitaba una fuerza laboral tan grande. Estimulaba los movimientos regio- 
nales de población, pero a escala nacional no impulsaba el crecimiento. El cobre 
en Chile y Perú, los nitratos en Chile o, más adelante, el descubrimiento de pe- 
tróleo en México y Venezuela no pueden compararse, en lo que se refiere a su 
efecto sobre la población, con el café en Brasil o los cereales en Argentina. Siem- 
pre que la economía crecía, esperar a que la población se ajustara por sí sola 
a las nuevas oportunidades hubiera demorado el desarrollo e impedido que se 
aprovecharan algunas de ellas. Si la mano de obra hubiera seguido siendo escasa, 
los salarios se habrían puesto por las nubes en unos momentos en que la econo- 
mía exportadora dependía de la capacidad de vender productos a precios baratos 
en el mercado mundial. Así pues, empresarios, legisladores e ideólogos coincidie- 
ron en que era necesario atraer a inmigrantes. 



La inmigración 

Al obtener la independencia, los estados latinoamericanos levantaron, en su 
mayor parte, las restricciones coloniales a la entrada de extranjeros y abrieron 
sus puertas a los inmigrantes europeos en particular. Comerciantes y mercenarios 
europeos, especialmente británicos, llegaron a todos los puntos de América Lati- 
na, aunque no fueron muchos los que se quedaron. Algunos países también pu- 
sieron en marcha programas de colonización agrícola en el período posterior a 
la independencia. Colonos suizos y alemanes, sobre todo, se afincaron en el sur 

3. Jeffrey Casey Gaspar, Limón: 1880-1940. Un estudio de la industria bananera en Costa ¡ 
Rica, San José, 1979, p. 215. 



LA POBLACIÓN, 1850-1930 111 

de Brasil, Perú, Nicaragua, Venezuela y, especialmente, en el sur de Chile. A 
partir de 1862, colonos galeses se instalaron asimismo en el curso bajo del río 
Chubut, en la Patagonia, donde, al igual que los alemanes en los bosques de 
Araucanía, prosperaron y preservaron su lengua y su cultura. No todos los inmi- 
grantes se establecieron en colonias. Varios miles más de europeos, empujados 
por la pobreza en sus propios países, encontraron empleo en América Latina: 
por ejemplo, canarios en Venezuela, azórenos en Brasil, vascos e irlandeses en 
el Río de la Plata. Las ciudades, además del campo, atrajeron a inmigrantes. 
Si bien sólo el 10 por 100 de los habitantes del interior de la provincia de Buenos 
Aires eran de origen extranjero en 1855, la población inmigrante de la capital 
ascendía a un 35 por 100. Los inmigrantes ejercían oficios, el comercio y las pro- 
fesiones liberales, mientras que los bonaerenses de nacimiento tendían a trabajar 
en la administración pública o en ocupaciones no especializadas. Un caso extre- 
mo era el de Uruguay y, en particular, su capital, Montevideo. En 1843, el 63 
por 100 de los habitantes de la nación había nacido en el extranjero. Aunque 
la proporción de extranjeros bajó hasta quedar en un 45 por 100 y un 48 por 
100 en 1852 y 1860, volvió a subir hasta situarse en un 68 por 100 en 1868. Du- 
rante estos treinta años clave en el desarrollo de la nación, alrededor de la mitad 
de los residentes en la zona de mayor actividad económica y mayor densidad 
demográfica del país había nacido allende de sus fronteras. Muchos de ellos eran 
vascos de ambos lados de los Pirineos y, por consiguiente, de nacionalidad espa- 
ñola o francesa. 

Al terminar la trata de esclavos transatlántica en 1850-1851, y dada la baja 
tasa de natalidad de la población esclava, las necesidades de mano de obra de 
la región productora de café de Brasil, que se encontraba en expansión, hubieron 
de ser satisfechas en parte por la transferencia de esclavos entre provincias. Se 
ha calculado que, entre 1850 y 1881, alrededor de 200.000 esclavos fueron trasla- 
dados desde el norte y el noreste, donde el descenso del precio del azúcar y del 
algodón exigía una amplia reestructuración de la economía exportadora de pro- 
ductos agrícolas, y, en menor medida, desde el sur y el oeste, hasta las provincias 
de Río de Janeiro y Sao Paulo. En 1873, la población esclava de Brasil ya había 
sido redistribuida, de tal modo que dos tercios del número total de esclavos se 
encontraban situados en el centro-sur. Cuba, en cambio, donde la trata de escla- 
vos terminó en 1865-1866, recurrió a corto plazo a mano de obra china e impor- 
taba peones, supuestamente bajo contrato, pero, en realidad, empleando la coer- 
ción y dándoles poca libertad de movimiento. Entre 1853 y 1874, llegaron a La 
Habana 124.000 chinos. 4 Entre 1859 y 1874, 87.000 chinos entraron también en 
Perú, destinados a las plantaciones de caña de azúcar del norte y a las islas gua- 
neras del sur. (También se importaron polinesios y hawaianos a Perú al amparo 
de varios planes dudosos y empleando barcos chilenos.) En 1876, casi el 2 por 
100 de la población peruana era de origen chino y, en 1877, lo era el 3 por 100 
de la población de Cuba. También había peones chinos trabajando en las minas 
de nitrato del norte de Chile, en el tendido de ferrocarriles en Colombia y, más 
adelante, en la construcción del canal de Panamá. No obstante, a la primera opor- 

4, Juan Pérez de la Riva, «Demografía de los culíes chinos en Cuba (1853-1874)», Revista 
'de la Biblioteca Nacional José Marti', 57 (1966), pp. 3-32. 



1 12 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

tunidad, los chinos huían de su sujeción buscando refugio en las ciudades, donde 
actualmente residen la mayoría de sus descendientes. 

En los decenios de 1870 y 1880, empezó la emigración masiva de europeos 
a América Latina. Los prejuicios con que ciertos elementos nativos recibieron 
a los primeros extranjeros ya se habían disipado ahora. De los primeros colonos 
llegaron noticias al Viejo Mundo, que atrajeron personas unidas a los primeros 
por lazos de sangre y de amistad. De vez en cuando el éxodo se veía reforzado 
por sucesos de tipo político o religioso, tales como la persecución que se desenca- 
denó tras el aplastamiento de la Comuna de París o los pogromos en Ucrania. 
La causa principal de expatriación parece ser, no obstante, de índole económica. 
En aquel tiempo las oportunidades que América Latina ofrecía en varios campos 
eran excepcionales. Y las ofrecía precisamente en un momento en que la agricul- 
tura del sur y el este de Europa se encontraba en crisis, debido en parte a los 
alimentos baratos que le llegaban del Nuevo Mundo. El período de mayor necesi- 
dad de mano de obra en América Latina, agudizada por la abolición de la trata 
de esclavos, coincidió con el período en que mayor disponibilidad de la misma 
había en Europa. Por consiguiente, América Latina pudo competir con los Esta- 
dos Unidos, que ya contaban con una larga experiencia al respecto. Al mismo 
tiempo, la disponibilidad de mano de obra determinaba la clase social y el origen 
nacional de los inmigrantes, que, por supuesto, eran iguales que los de la «nueva 
ola» en América del Norte. 

No se conoce el número exacto de personas que emigraron a América Latina 
durante el período 1870-1930. La palabra inmigrante tiene un significado claro 
en el lenguaje común, pero no lo tiene en las estadísticas. Además, las estadísti- 
cas de los países de origen no concuerdan con las de los países receptores. No 
todos los inmigrantes se afincaron de forma permanente, a la vez que otros llega- 
ron extraoficialmente. Una ventaja obvia al calcular la inmigración en este perío- 
do estriba en que normalmente los inmigrantes llegaban de Europa en barco, 
y la inmigración por vía marítima es mucho más fácil de controlar que el cruce 
por fronteras terrestres. Algunas estadísticas sólo suponen inmigrantes a los pa- 
sajeros de segunda y tercera clase, mientras que otras no hacen distinción. Algu- 
nas sólo cuentan las llegadas, es decir, no registran las salidas. En el caso de 
Argentina y Uruguay no era raro que los inmigrantes probaran suerte en uno 
de estos países primero antes de afincarse finalmente en el otro. Una alta propor- 
ción de los inmigrantes que llegaban a Chile y Paraguay eran en definitiva pro- 
ducto de la remigración. 

A diferencia de otros cuadros publicados, los que damos en el presente capí- 
tulo recogen datos correspondientes a la migración neta (las llegadas menos las 
salidas) y, para abreviar, condensan la información en períodos de cinco años. 
Sin embargo, en el caso de Brasil no hay manera de restar las salidas. Brasil 
sólo tomaba nota de cuantos llegaban por primera vez y excluía de los registros 
incluso las readmisiones, que' debieron representar el 10 por 100 de todas las lle- 
gadas. Por suerte, cabe estimar alrededor de la mitad del saldo neto, puesto que 
más de la mitad de los inmigrantes desembocaron en el estado de Sao Paulo, 
y en su puerto de entrada, Santos, sí se anotaron llegadas y salidas. 

El saldo neto excluye las admisiones temporales de extranjeros, los ciudada- 
nos que volvían a su país y que por error tal vez se habían incluido, así como 



LA POBLACIÓN, 1850-1930 113 

los turistas, conjunto importante en el Río de la Plata durante el decenio de 1920. 
Es decir, las cifras reflejan únicamente a los que tomaron residencia permanente. 

Sólo unos cuantos países latinoamericanos se beneficiaron de la inmigración 
masiva de europeos. Fueron, por orden de importancia, Argentina, Brasil, Cuba, 
Uruguay y Chile. Aproximadamente 4 millones de europeos se instalaron en Ar- 
gentina, seguidos de 2 millones en Brasil, si se considera que la tasa de coloniza- 
ción de Sao Paulo representa la de todo el país. Poco menos de 600.000 personas 
se afincaron en Cuba y el mismo número hizo lo propio en Uruguay, aunque, 
dado que la población uruguaya en 1930 era la mitad de la cubana, el impacto 
demográfico fue aquí sin duda mayor. La inmigración neta en Chile, mal regis- 
trada antes de 1907, probablemente fue de 200.000 personas, cifra muy por deba- 
jo de las correspondientes a los países que acabamos de mencionar (véanse los 
cuadros 2, 3 y 4). Los inmigrantes que entraron en Paraguay se indican en una 
nota al pie del cuadro 2, ya que son parte del proceso de remigración en la re- 
gión. Pocos de ellos llegaron directamente de Europa y, en todo caso, su número 
reducido no compensaba siquiera el éxodo de peones rurales a los países vecinos. 
A México, con la segunda población de América Latina en importancia numéri- 
ca, llegaron sólo 33.980 colonizadores de/'la otra orilla del Atlántico entre 1904 
y 1924. Por supuesto, estas cifras corresponden a un período que no era favora- 
ble a la inmigración, debido a la inestabilidad política del país. El total es, con 
todo, bajo si se compara con el número de personas que salieron de México du- 
rante esa época. Venezuela, en cambio, recibió a unos 300.000 extranjeros entre 
1905 y 1930, pero sólo retuvo a una décima parte. 

En realidad, el éxodo masivo de Europa había empezado diez años antes de 
1881, la primera fecha que se da en estos cuadros. Entre 1871 y 1880, 100.000 
extranjeros se instalaron en Argentina y un número parecido en Uruguay. Alre- 
dedor de 200.000 extranjeros entraron en Brasil por primera vez entre 1872 y 
1880. En Cuba, no empezaron a confeccionarse estadísticas nacionales hasta 1902. 
Antes cuesta distinguir a los colonizadores de las personas que fueron enviadas 
a la colonia en calidad de administradores o personal militar. A raíz de la inde- 
pendencia en 1898, se produjo la repatriación de gran número de españoles. 

Huelga decir que las fluctuaciones de la migración quedan ocultas, en parte, 
a causa de la división en períodos quinquenales. Los años setenta experimentaron 
un incremento general y sostenido que alcanzó su apogeo a finales del decenio 
siguiente. En Argentina, la crisis de 1890 interrumpió bruscamente este crecimiento; 
de hecho, el número de extranjeros que salieron del Río de la Plata fue superior 
al de los que entraron. Brasil, en cambio, no experimentó un descenso parecido. 
En aquel tiempo, la emigración de italianos a Brasil estaba prohibida a resultas 
de un desacuerdo entre los dos gobiernos, pero cuando Roma autorizó su reanu- 
dación en 1891 muchos italianos aprovecharon ansiosamente la oportunidad de 
trasladarse a Brasil, en especial a las plantaciones de café de Sao Paulo. La inmi- 
gración italiana siguió siendo numerosa durante dos decenios. A principios del 
siglo xx, Argentina volvió a ser el país que preferían muchos inmigrantes. En 
el período 1900-1910, recibió unos 300.000 europeos al año, si bien sólo una pro- 
porción de ellos se instalaron de forma permanente. Mientras tanto, la corriente 
hacia Brasil perdió fuerza y la crisis de 1903-1904 hizo que muchos volvieran 
a su país de origen. La guerra europea suscitó una nueva repatriación general. 



114 


HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 








Cuadro 2 






Inmigración ne 


'ta: Argentina, 


Uruguay y Chile, 


1881-1930 (en miles)* 




Argentina 


Uruguay 


Chile 


Total 


1881-1885 


191,0 


26,7 


4,3 


222,0 


1886-1890 


489,4 


42,1 


23,9 


555,4 


1891-1895 


156,1 


13,8 


2,8 


172,7 


1896-1900 


303,9 


33,9 


4,1 


341,9 


1901-1905 


329,3 


43,8 


3,6 


376,7 


1906-1910 


859,3 


92,8 


35,6 


987,7 


1911-1915 


490,4 


101,0 


53,3 


644,7 


1916-1920 


2,4 


53,1 


14,8 


70,3 


1921-1925 


510,2 


70,0 


34,3 


615,5 


1926-1930 


481,6 


102,6 


6,3 


590,5 




3.813,6 


579,8 


183,0 


4.576,4 



Fuentes: Para Argentina, 1881-1930, Zulma Recchini de Lattes y Alfredo E. Lattes, eds., 
La población de Argentina, Instituto Nacional de Estadística y Censos, Buenos Aires, 1975, 
p. 200; para Uruguay, 1881-1892, Walter F. Wilcox, International migrations, National Bureau 
of Economic Research, Nueva York, 1929, p. 568, Anuarios estadísticos; para Chile, 1882-1907, 
George F. W. Young, The Germans in Chile: immigration and colonization, Center for Migra- 
tion Studies, Nueva York, 1974, p. 6; además, Markos Mamalakis, Historical statistics of Chile, 
vol. II, Westport y Londres, 1980, p. 109. 

* Inmigrantes entrados en Paraguay 
1818-1885 0,8 1900-1905 2,3 1921-1923 1,6 



1886-1890 


4,7 


1906-1910 


5,1 


1926-1930 


1891-1895 


1,8 


1911-1915 


4,6 




1896-1900 


1,2 


1916-1920 


1,6 


1881-1930 



Argentina perdió entonces a unos 87.000 extranjeros, si bien continuaron llegan- 
do otros de las naciones no beligerantes. Sao Paulo y Chile registraron saldos 
negativos más reducidos, mientras que las llegadas a Uruguay apenas disminuye- 
ron. La guerra surtió el efecto contrario en Cuba. Con el alza de los precios 
del azúcar, la inmigración alcanzó nuevas cumbres, aunque no duró. La crisis 
de 1920 hizo que muchos recién llegados volvieran a casa. En 1927, 1928 y 1929, 
las salidas superaron a las entradas en la isla. Por último, sesenta años de inmi- 
gración masiva a América Latina tocaron a su fin con el comienzo de la crisis 
mundial en 1929-1930. 

Las naciones del sur y el este de Europa contribuyeron en diversa medida 
a esta migración en masa. De los 4 millones de extranjeros que entraron en Brasil 
entre 1881 y 1930, los italianos ocuparon el primer lugar, con el 36 por 100 del 
total. El apogeo de la emigración de italianos a Brasil fue el período comprendi- 
do entre 1896 y 1900. A partir de entonces, la proporción de italianos descendió 



H §£ 



LA POBLACIÓN, 1850-1930 



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historia de américa latina 

Cuadro 4 

Inmigración neta: Cuba, 1902-1930 (en miles) 



Saldo de llegadas 
y salidas 



Inmigrantes admitidos 

Españoles Antillanos 

(porcentajes) 



1902-1905 


64,3 


1906-1910 


66,9 


1911-1915 


72,0 


1916-1920 


253,1 


1921-1925 


158,7 


1926-1930 


—18,9 



Total 



596,1 



47 



58 3 



31 3 



1 . Residuo de llegadas y salidas en relación 

2. 1904 y 1905, sólo. 

3. 1904-1930. 
Fuente: Cuba, Secretaría de Hacienda, Inmigración y 

1902-1930. 



inmigrantes admitidos (en porcentajes). 
de pasajeros, 



hasta situarse en un modesto 9 por 100 durante los años del fascismo. Al decrecer, 
varió su composición regional. Los italianos del norte fueron sustituidos por los 
del sur en vísperas de la primera guerra mundial. En orden de importancia nu- 
mérica, el segundo grupo de inmigrantes procedía de la antigua madre patria. 
Los portugueses, que siempre habían constituido la mayoría antes del comienzo 
de la migración en masa, cedieron la primacía a los italianos. La crisis agrícola 
llegó con retraso a Portugal, y los portugueses se hicieron a la mar cuando la 
avalancha de italianos empezaba a menguar. A partir de 1906, recuperaron su 
posición una vez más y pasaron a representar el 29 por 100 de los inmigrantes. 
España ocupó allí el tercer lugar después de Italia y Portugal: un total de medio 
millón de españoles, que representaba una séptima parte del conjunto. Los años 
de mayor afluencia fueron los comprendidos entre 1906 y 1920, en que los españoles 
superaron numéricamente a los italianos, aunque durante los años veinte descendió 
la inmigración española. Portugueses y españoles constituían dos tercios del número 
total de inmigrantes que entraron en Brasil entre 1906 y 1920. La inmigración 
procedente de Alemania se animó considerablemente a raíz de la primera guerra 
mundial. La mayoría de los alemanes se dirigió a los estados de Rio Grande do 
Sul, Santa Catarina y Paraná, donde se unieron a los descendientes de los pioneros 
que se habían afincado allí durante el imperio. La contienda fue también la causa 
del incremento del cupo de eslavos, ya fueran de nacionalidad yugoslava, polaca 
o rusa, y de diversos credos, incluidos los judíos, así como del cupo de sirios 
y libaneses, a los que allí, como en otras partes de América Latina, llamaban 
«turcos». Antes de la guerra entraron, en efecto, en el país portando pasaporte 
otomano. 

Al no permitírseles la entrada en Hawai y los Estados Unidos, los japoneses 



LA POBLACIÓN, 1850-1930 117 

volvieron los ojos hacia Brasil. A partir de 1908, las compañías de emigración 
japonesas pusieron a varios miles de supuestas familias a disposición de los plan- 
tadores de café. Careciendo de cohesión (con el tiempo se vio claramente que, 
en realidad, muchas de estas supuestas familias no estaban unidas por vínculos 
familiares), y viendo frustradas sus expectativas, las colonias japonesas resulta- 
ron inestables. Sus miembros emigraron a los barrios periféricos de las ciudades, 
en especial de Sao Paulo, donde se dedicaban a la horticultura, o, en su defecto, 
se trasladaban a las fronteras de los pioneros, donde se hacían cultivadores 
independientes de algodón. Al cesar las subvenciones brasileñas, en 1924, el go- 
bierno japonés asumió la responsabilidad de financiar la emigración. En estas 
condiciones unas 70.000 familias japonesas entraron en Brasil antes de 1930. Desde 
el punto de vista numérico, incluso ocuparon el primer lugar entre 1932 y 1934. 
Los japoneses emigraron a diversos países latinoamericanos, pero nunca en nú- 
mero tan grande como a Brasil. 

En el Río de la Plata, como en Brasil, los italianos constituían el grupo de 
inmigrantes más numeroso. Entre 1860 y 1900, representaron más de la mitad 
del total. A medida que el nuevo siglo fue avanzando, su número disminuyó, 
aunque no tanto como en Brasil. También varió su origen regional. En vísperas 
de la guerra mundial, los napolitanos o los meridionales ganaron en número a 
los inmigrantes del norte. El «taño» desbancó al «gringo» como estereotipo po- 
pular del italiano. Los españoles ocuparon el segundo lugar en Argentina. Los inmi- 
grantes portugueses fueron muy escasos. En los diez años comprendidos entre 
1911 y 1920, los inmigrantes españoles alcanzaron el primer lugar. Representa- 
ban un tercio del total de inmigrantes. En lo que respecta al origen regional, 
la mayoría de ellos procedían de la zona costera del norte. Rusos (eslavos) y tur- 
cos (sirios, libaneses y armenios) también cruzaron el Atlántico con rumbo a Ar- 
gentina. Sin embargo, la emigración a este último país se diferenciaba de la que 
tenía por destino Brasil en tres sentidos: los franceses llegaron en mayor número 
de 1871 a 1890; minorías nacionales de las islas británicas, tales como los irlande- 
ses y los galeses, también preferían esta parte del continente, y no había una 
presencia numéricamente significativa de japoneses y alemanes. Dos factores dis- 
tinguían Uruguay de Argentina. El número de inmigrantes españoles se acercaba 
al de italianos, y los franceses eran todavía más prominentes, posiblemente por- 
que, habiendo constituido el contingente más nutrido durante el decenio de 1840, 
la tradición continuó. 

En Cuba, los inmigrantes españoles superaron ampliamente en número a to- 
dos los demás. Se da la paradoja de que su número aumentó tras la retirada 
del ejército y la administración coloniales. En términos de migración interconti- 
nental, es decir, excluyendo los inmigrantes procedentes de otras islas del Caribe, 
de América del Norte y de América Central, los españoles representaron alrede- 
dor del 85 por 100 del número total de inmigrantes. 

Como hemos visto, la llegada a un país no significaba necesariamente la resi- 
dencia permanente en él. Argentina recibió, por ejemplo, a principios de siglo 
gran número de trabajadores «estacionales» que llegaban para la recolección, gra- 
cias a que la temporada baja de las faenas agrícolas en la región del Me- 
diterráneo coincidía con el período de mayor actividad en las pampas. Como 
los pasajes eran baratos, el trabajador agrícola podía volver a casa con algunos 



118 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

ahorros, sin por eso descuidar sus propias tierras. Otros inmigrantes sencillamente 
llegaban con la intención de ganar dinero suficiente para comprar propiedades 
en su pueblo o con la ambición todavía mayor de «hacer la América». Si la suerte 
les acompañaba, volvían a su país natal. La costa cantábrica de España está llena 
de casas construidas por «indianos», con palmeras exóticas en sus jardines que 
atestiguan la nostalgia incurable de sus propietarios. En Sao Paulo, sólo el 46 
por 100 de los que llegaron entre 1892 y 1930 se afincó (véase cuadro 3). En 
Argentina, la cifra descendió hasta el 34 por 100 entre 1881 y 1930. Y no todas 
las nacionalidades se instalaron en las mismas proporciones. La distancia recorrida 
y el coste del pasaje influían en la decisión final. A los japoneses cambiar de 
planes les resultaba mucho más costoso que a los italianos. Entre 1908 y 1932, 
el 92 por 100 de los japoneses que desembarcaron en Santos se instaló en Sao 
Paulo, frente al sólo 13 por 100 de los italianos. Para un yugoslavo trasladarse 
a ultramar, a un país de lengua y costumbres extranjeras, suponía tomar un 
compromiso más firme que para un portugués. Alrededor del 80 por 100 de los 
yugoslavos se quedó permanentemente; en cambio, sólo un 42 por 100 de los por- 
tugueses. Las tasas correspondientes a los polacos y los alemanes eran el 50 y 
el 18 por 100, respectivamente. 5 

La propensión a afincarse también varió según la época y el punto de destino. 
El 74 por 100 de los inmigrantes italianos que llegaron a Argentina entre 1881 
y 1890 echó raíces. En el decenio siguiente la proporción descendió a un 47 por 
100. En general, la migración italiana, más que cualquier otra, parece haber sido 
especialmente sensible a los factores económicos a corto plazo. Los españoles, 
por su parte, mostraban mayor propensión a establecerse, como parecen indicar 
las cifras del 85 y el 56 por 100, correspondientes al mismo período. 

Residencia permanente no entrañó la asimilación. Una elevada proporción 
de japonesas de Sao Paulo se casaron con compatriotas. Los hombres, en cambio, 
debido a la escasez de mujeres de su propio origen, solían casarse con brasileñas. 
La tendencia a la endogamia variaba según el sexo y la nacionalidad. Aunque 
menos acentuada que entre las japonesas, era un rasgo común entre todas las 
extranjeras. Entre los hombres, en cambio, era menor. Los primeros en abandonar 
la endogamia fueron los italianos. Y la tendencia a la asimilación por medio del 
matrimonio resultó, hablando en términos generales, mayor en las ciudades que 
en las zonas rurales. 

Hombres y mujeres no cruzaron el Atlántico en igual número. El inmigrante 
arquetípico era adulto, varón y soltero. Para la inmigración a Cuba en el período 
1904-1928, por ejemplo, véase el cuadro 5. El censo cubano de 1907 muestra 
una proporción masculina de 110,3, es decir, por cada cien hembras en la isla 
había diez varones más. En 1919 y 1931, la proporción de varones era de 112,7 
y 113,1, respectivamente. El cuadro 6 distingue entre la población nativa y la 
extranjera de Argentina. Mientras que en el primer grupo parece que había más 
hembras que varones, debido posiblemente a la mayor tasa de mortalidad entre 
éstos (proporción masculina de 90 en 1895), entre los extranjeros ocurría lo 
contrario (proporción masculina de 173 en 1895). Aparte de esto, el mismo cuadro 

5. Alfredo Ellis, Jr., Populagóes paulistas, Sao Paulo, 1934, p. 135. 



la población, 1850-1930 119 

Cuadro 5 
Sexo, edad y estado civil de los inmigrantes: Cuba, 1904-1928 (en porcentajes) 



Períodos (años) Hombres 



1904-1908 


82,6 


82,0 


1909-1913 


81,2 


83,4 


1914-1918 


83,7 


90,1 


1919-1923 


88,6 


95,4 


1924-1928 


83,5 


91,9 



70,7 
70,4 
76,4 
86,0 
79,1 



Fuente: Centro de Estudios Demográficos, La población de Cuba, La Habana, 1976, p. 75. 



Extranjeros en la población de Argentina 



Extranjeros 
de 14-64 
años de 

- % de la 
población 
s total 



Población Poblaciór 

total Argentinos Extranjeros total 



Argentinos Extranjei 



1869 


1,06 


0,94 


2,51 


56,5 


1895 


1,12 


0,90 


1,73 


57,9 


1914 


1,16 


0,98 


1,71 


61,4 



— 12,1 

85,0 25,5 

87,4 29,9 



Fuente: Gino Germani, «Mass immigration and modernization in Argentina», en I. L. Ho- 
>witz, ed., Masses in Latín America, Nueva York, 1970, p. 297. 



indica que había una proporción de varones adultos más elevada entre los extran- 
jeros que entre los nativos. 

¿Cuál fue el efecto que la inmigración en masa de europeos surtió en el creci- 
miento demográfico global? Las poblaciones de Argentina, Uruguay, Brasil y 
Cuba aumentaron a un ritmo que no se explica por simple reproducción. Mien- 
tras que la tasa de incremento por cada mil argentinos fue del 32,5 anual entre 
1880 y 1930, el saldo de nacimientos y muertes fue del orden de 18,1 por 1.000. 
La diferencia del 14,4 se debe, pues, a la inmigración. Es importante tener pre- 
sente que la inmigración representa el 44 por 100 del incremento medio de cada 
año y alrededor del 80 por 100 del crecimiento natural. 6 A lo largo del mismo 
período, la aportación endógena fue del mismo orden en Brasil (18,1), pero la 

:. Lattes, eds., La población de Argentina, Bue- 



120 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

inmigración sólo añadió un 3,3 por 1.000 más, es decir, alrededor del 15,4 por 
100 del crecimiento total. 7 Según las estimaciones indicadas, los inmigrantes 
fueron tres veces más importantes para el crecimento de Argentina que para el 
de Brasil. Si comparamos Argentina con los Estados Unidos, vemos una dis- 
crepancia parecida. Mientras que el censo norteamericano de 1910 muestra que 
el 14,7 por 100 de la población es de origen extranjero, el censo argentino de 
1914 indica el doble de esa cifra. 

Tarde o temprano, todos los países latinoamericanos promulgaron leyes de 
inmigración o financiaron programas de colonización. El estado de Sao Paulo 
gastó grandes sumas de dinero en la subvención de pasajes marítimos, ya fuera 
por medio de la Sociedad para el Fomento de la Inmigración, organización creada 
por los grandes fazendeiros del café, o por medio de contratos entre las compañías 
de navegación y el Departamento de Agricultura. Además, las autoridades esta- 
duales construyeron un centro de recepción de inmigrantes en la capital, cuyos 
dormitorios y refectorio eran utilizados por más de la mitad del número total 
de inmigrantes. Era allí donde se les facilitaban billetes de ferrocarril para el 
Planalto. El Estado destinó el 5,2 por 100 de sus ingresos fiscales a fomentar 
la inmigración entre 1892 y 1930, y esta inversión dio gran rendimiento. 8 

Algunas naciones gastaron dinero en vano o con escaso resultado. Porfirio 
Díaz trazó planes ambiciosos con el propósito de poblar la frontera del norte, 
que se hallaba demasiado expuesta a las tendencias expansionistas de los Estados 
Unidos; las regiones costeras del sur y del este, donde se cultivaban productos 
para la exportación, y la región central, donde se estaba modernizando la pro- 
ducción agrícola. Las colonias italianas fundadas en 1881 resultaron un fracaso 
y terminaron empleando mano de obra mexicana. A decir verdad, no escaseaba 
la mano de obra en México. Pronto ocurriría lo contrario, si bien la mano de 
obra estaba mal distribuida y respondía con lentitud a la llamada de la contratación. 
Los únicos ejemplos de colonización exitosos fueron los organizados privadamente, 
como el de los mormones. Numéricamente, sin embargo, representaban poco. 
A pesar de esto, la población extranjera de México fue en aumento. El censo 
de 1910 incluía un total de 116.527 extranjeros residentes en el país. Entre ellos 
estaban la comunidad de pescadores chinos de Sonora, un puñado de porto- 
rriqueños que participaban en la producción de henequén y los jamaicanos que 
trabajaban en el tendido de ferrocarriles. Los españoles y otros europeos preferían 
las ciudades y los empleos en el comercio y los servicios. 

En América Central y los países andinos no se dio una anuencia masiva de 
europeos. Los que se trasladaron a estas regiones no se integraron en la sociedad 
por abajo, sino por arriba. Había una nutrida representación de europeos, por 
ejemplo, entre los plantadores de café de Costa Rica y los banqueros de Perú. 
Los que entraban en la sociedad por el nivel más bajo eran los asiáticos, otros 
latinoamericanos y los inmigrantes procedentes de Jamaica y las Pequeñas Antillas. 
Cuando la industria azucarera no logró renovarse tecnológicamente, muchas 



7. Thomas W. Merrick y Douglas H. Graham, Population and e< 
Brazil. 1800 to the present, Baltimore, 1979, p. 38. 

8. Thomas H. Holloway, Immigrants on the land. Coffee and society h 
1886-1934, Chapel Hill, Carolina del Norte, 1980, pp. 56-57. 



LA POBLACIÓN, 1850-1930 121 

personas de las islas del Caribe se quedaron sin trabajo al tiempo que el rápido 
crecimiento demográfico creaba un serio exceso de población. Unos 145.000 ja- 
maicanos abandonaron su isla para construir ferrocarriles, excavar el canal de 
Panamá o recolectar los plátanos de la United Fruit Company en América Cen- 
tral. En la época de la recolección también acudían en gran número a las planta- 
ciones de Cuba y Santo Domingo. Una cantidad bastante elevada de jamaicanos 
terminó instalándose en comunidades compactas en el país de destino. Todavía 
puede oírse hablar en inglés, por ejemplo, en la costa atlántica de Panamá y Cos- 
ta Rica. Las islas que se extienden formando un arco desde Venezuela hasta Puerto 
Rico también perdieron muchos habitantes. En Santo Domingo, los peones de 
las plantaciones procedentes de las Antillas francesas pronto se vieron sumergi- 
dos por una oleada de «cocolos», nombre que allí se da a los nativos de las Indias 
Occidentales británicas. Más adelante estos mismos fueron sustituidos por haitia- 
nos en Santo Domingo y Cuba. Los puertorriqueños, por su parte, emigraron 
a Santo Domingo, Cuba y Yucatán, por no citar un punto de destino menos ha- 
bitual: Hawai. De modo parecido, varios miles de guatemaltecos se instalaron 
en México, a la vez que los colombianos hacían lo propio en Venezuela. 

Argentina, Uruguay, Chile y Brasil no atrajeron solamente a europeos, sino 
también a gentes de los países vecinos. Los brasileños emigraban a los departa- 
mentos septentrionales de Uruguay, donde, en 1908, constituían entre una quinta 
y una séptima parte del número total de habitantes. 9 Los bosques y las soleda- 
des de la Patagonia presenciaron la llegada de chilenos, mientras que peruanos 
y bolivianos se afincaron en el extremo norte de Argentina. 

Aparte de su efecto demográfico, la inmigración surtía un poderoso efecto 
cultural, aunque no siempre era el que se buscaba. A principios del siglo xix, 
los gobiernos aspiraron a poblar sus países con europeos del norte, anglosajones 
o alemanes, que despertaban admiración por su laboriosidad y su sentido de la 
responsabilidad cívica. Más que como fuente necesaria de mano de obra, se les 
veía como instrumentos del cambio social y la modernización. La inmigración 
de europeos no se consideraba sólo como un medio de acelerar el crecimiento 
económico, sino que a menudo parecía ser una fórmula que ahorraba a los go- 
biernos el esfuerzo de movilizar su población por medio de la educación y la 
política sanitaria. Esta actitud, teñida a veces de racismo, denotaba cierto temor 
o prejuicio dirigido contra las clases populares de sus propias naciones. En efec- 
to, la Constitución argentina de 1853 ordena al gobierno federal que aliente la 
inmigración, pero estipula que debe ser de europeos. Sesenta años después, la 
ley de inmigración de 1912 en la República Dominicana manifestaba preferencia 
por la raza caucásica. El prejuicio racial llegaba incluso al extremo de dar sólo 
su aprobación a ciertos europeos. Sin embargo, fue la necesidad económica el 
factor que se impuso a las leyes y a las ideologías. Los extranjeros que entraron 
fueron, en definitiva, los que se hallaron disponibles. En vez de los codiciados 
hombres del norte, los que llegaban fueron los menos cotizados latinos. También 
se admitía a los negros del Caribe y a los asiáticos, aunque a regañadientes. 

Si la rapidez del crecimiento económico no daba tiempo a discriminar, los 
inmigrantes, sí podían escoger entre varios lugares. América del Norte era un 

9. Juan Rial y Jaime Klaczko, Uruguay: el país urbano, Montevideo, 1981, p. 75. 



122 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

foco de atracción desde hacía algún tiempo. En América Latina varias puertas 
se abrieron al mismo tiempo. Fuera decisión individual o colectiva, no hay duda 
de que factores culturales, lingüísticos y religiosos influyeron sobre los posibles 
inmigrantes. Confirma este argumento el hecho de que la gran mayoría de los 
portugueses prefiriesen Brasil. De forma parecida, que los españoles emigraran 
a Cuba después de la independencia se explica si tenemos en cuenta los lazos 
tradicionales forjados con este país. Sin embargo, las afinidades no explican del 
todo estos y otros casos. Mucho menos explican la cronología y el ritmo de la 
afluencia de inmigrantes. 

En tiempos más recientes, los historiadores han concentrado su atención en 
las condiciones socioeconómicas imperantes. La diferencia de los salarios reales 
contribuye en gran medida a explicar el ir y venir entre Italia y Argentina. Las 
inversiones y el comercio exteriores también explican la dirección y las fluctua- 
ciones de la corriente migratoria. La correlación entre la migración y estas varia- 
bles es muy elevada, pero no basta para explicar la elección entre Brasil y Argen- 
tina. Diríase que las variaciones en el mercado de trabajo local fueron un factor 
decisivo. 



LA MORTALIDAD 

La inmigración explica únicamente parte del crecimiento demográfico de va- 
rios países latinoamericanos durante el período 1870-1930. El crecimiento natural 
explica el resto, esto es, la mayor parte, en el que la mortalidad y la fecundidad 
se combinan en grados diversos. 

La población de los países latinoamericanos estuvo sometida a una alta tasa 
de mortalidad que a veces incluso aumentaba a causa de guerras, epidemias y 
malas cosechas. Ya hemos comentado el efecto que la guerra de Paraguay, por 
ejemplo, tuvo en la población de dicho país. Más frecuentes y menos irregulares 
resultaban las epidemias, algunas de las cuales, por ejemplo la viruela, el saram- 
pión o la fiebre amarilla, eran endógenas, mientras que otras, tales como el cóle- 
ra, eran importadas. 

El cólera fue la maldición del siglo xix, debido principalmente a la mayor 
intensidad de las comunicaciones transoceánicas. Su incubación tuvo lugar en 
el delta del Ganges, desde donde solía propagarse hacia el Oriente Medio y, desde 
allí, a Europa. Al cabo de tres o cuatro años, esta infección, salida de la lejana 
Bengala, alcanzaba la costa americana después de cruzar otro océano. El cólera 
visitó América en cinco ocasiones distintas: 1833, 1856, 1867-1870, 1887 y 1894. 
El momento exacto y la severidad de la epidemia varían según los lugares. Se 
ha calculado que el cólera segó 150.000 vidas en Brasil, por ejemplo, durante 
la segunda mitad del siglo xix. Afectaba, en primer lugar y con mayor grave- 
dad, a los puertos. Luego, se propagaba hacia el interior, afectando sobre todo 
a las ciudades, o aparecía allí donde hubiera concentraciones de personas, por 
ejemplo en las trincheras durante la guerra de Paraguay. En cambio, la distancia 
y las malas comunicaciones protegieron al interior del continente del riesgo de 
contagio. El aislamiento resultó ser la mejor garantía contra la propagación de 
la enfermedad. La cuarentena marítima y otras medidas internacionales consi- 



LA POBLACIÓN, 1850-1930 123 

guieron poner fin a su recurrencia hacia finales de siglo. Las grandes epidemias 
de cólera habían terminado. 

La fiebre amarilla era otra enfermedad común. Existía en el Caribe desde 
hacía algún tiempo en forma latente. Cabe incluso que una variedad menos mor- 
tal fuese originaria de las selvas tropicales de América. Durante el siglo xix, se 
manifestó con frecuencia (siete veces en setenta años en La Habana). El mosqui- 
to que la transmitía se propagó más allá de su habitat natural y, viajando en 
el casco y el aparejo de los barcos de vela, llegó a las tierras bajas y templadas. 
La fiebre amarilla, no obstante, nunca afectó a tierras situadas a más de 1 .000 
metros sobre el nivel del mar. Durante el decenio de 1840 atacó a Lima, mientras 
en la otra costa era transportada por barco de Nueva Orleans a Bahía, de donde 
se extendió a Río de Janeiro. Desde Río se desplazó hacia el sur durante el dece- 
nio siguiente. En 1857, llegó a Montevideo y, al cabo de un año, pasó a Buenos 
Aires. Sus efectos más devastadores se notaron en 1871, cuando casi una décima 
parte de la población bonaerense murió de esa enfermedad, hecho que quedó 
profundamente grabado en la memoria de los supervivientes. 10 Merece la pena 
señalar que la fiebre amarilla fue más letal en Brasil entre los recién llegados 
de Europa que entre los negros o los blancos nacidos en el país, y las noticias 
que en este sentido llegaron a Europa desanimaron a muchos emigrantes en po- 
tencia. 

La fiebre amarilla fue también uno de los factores que hicieron fracasar el 
primer intento de construir el canal de Panamá en las postrimerías del siglo xix. 
Los norteamericanos no reanudaron las obras del canal hasta después de llevar 
a cabo una campaña de fumigación intensiva, cuyo objetivo era acabar con la 
enfermedad. El médico cubano Carlos Finlay había identificado el mosquito trans- 
misor. La fumigación sistemática logró liberar a Cuba y Panamá de la fiebre 
amarilla y, al mismo tiempo, de otras enfermedades, tales como el paludismo. 
En otros países, la fiebre continuó atacando. En Santa Cruz, Bolivia, se registra- 
ron todavía cinco mil casos en 1932. 

Aparte de estas grandes epidemias, hubo la pandemia de gripe de 1917-1919, 
además de plagas locales como, por ejemplo, el brote de peste bubónica que afec- 
to a Santos en 1899. Otras enfermedades infecciosas recurrentes, pero que, en 
su mayor parte, eran selectivas por cuanto atacaban a los niños, a veces adqui- 
rían proporciones de epidemia. La viruela y el sarampión continuaron causando 
víctimas, sobre todo entre la población rural. Durante mucho tiempo siguió ha- 
biendo numerosas muertes causadas por una amplia gama de infecciones pulmo- 
nares, intestinales o parasitarias. 

Los niños representaban una proporción elevada de las personas que morían 
de enfermedad durante el siglo xix. Entre 1899 y 1931, Cuba redujo su tasa de 
mortalidad infantil en una cuarta parte, aunque la cifra siguió siendo elevada: 
un 168 por 1.000. México redujo su tasa en más de la mitad: del 324 por 1.000 
entre 1896 y 1898, las muertes infantiles bajaron a un 146 en el período 1929-1931. 
Durante el mismo período, la mortalidad infantil en Uruguay había alcanzado 
la cifra más baja de todos los tiempos, y era casi estacionaria: un 98 por 1.000, 
la tasa nacional mínima de la región. Entre 1865 y 1895, la esperanza de vida 

10. Véase Miguel Ángel Scenna, Cuando murió Buenos Aires. ¡871, Buenos Aires, 1974. 



124 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

de un niño al nacer — que es otra forma de analizar la mortalidad — no superaba 
los 26,9 años en la mayoría de los países latinoamericanos (Brasil, Chile, Colom- 
bia, Costa Rica y Panamá). En 1930, la esperanza de vida no había sobrepasado 
los 36,1 años, lento avance de 2,2 meses por año a lo largo de un período de 
cincuenta años. En los países más atrasados, como la República Dominicana, 
Guatemala y Nicaragua, la esperanza de vida subió hasta 27,1 años antes de 1930, 
cifra que concordaba con la de los otros países unos cincuenta años antes." 

Las cifras correspondientes a la esperanza de vida continúan siendo provisio- 
nales. A pesar de ello, revelan tendencias en la mortalidad latinoamericana gene- 
ral, no hubo mejora espectacular: la esperanza de vida permaneció en un nivel 
bajo. Asimismo, las condiciones en algunos países eran claramente malas. En 
Argentina, no obstante, en 1914, la esperanza de vida alcanzó ya los 48 años, 
justo por debajo de la pauta de la mayoría de los países más desarrollados, aun- 
que la cifra oculta amplias diferencias regionales. Se dio, por ejemplo, un marca- 
do contraste entre Buenos Aires y el noroeste, donde las cifras eran de 51 y 38 
años, respectivamente. En lo que se refiere a la mortalidad infantil, la diferencia 
también era considerable. En efecto, presentaba una variación de hasta el 200 
por 100.' 2 

Sólo el Río de la Plata consiguió elevarse, en lo que respecta a la esperanza de 
vida, hasta un nivel próximo al de los países europeos. Significativamente, Ar- 
gentina, junto con Uruguay, era el país más urbanizado de América Latina: una 
parte considerable de su población vivía, en efecto, en la capital. En una época 
en que aún no se conocían los antibióticos, la prevención del contagio dependía 
en gran medida del nivel de higiene y de la existencia de servicios sanitarios públi- 
cos y privados. Obras y servicios públicos se multiplicaron en esa época, especial- 
mente en las ciudades. Fue la época en que se dotó a la mayoría de las ciudades 
latinoamericanas de sistemas de agua potable y alcantarillado, en que se constru- 
yeron hospitales municipales, estatales o públicos, y en que la clase médica creció 
numéricamente y recibió mejor preparación. Según los censos, el número de mé- 
dicos que había en Montevideo, por ejemplo, aumentó de 150 a 243 entre 1889 
y 1904. Sin embargo, los avances más espectaculares no tuvieron lugar en este 
nivel, sino en el nivel más modesto, pero, pese a ello, igualmente eficiente, del 
personal auxiliar. El número de enfermeras aumentó de 3 a 250 en el mismo pe- 
ríodo. De una proporción de una enfermera por cada 71.687 habitantes, en 1908 
la situación mejoró hasta alcanzar una proporción aceptable: una enfermera por 
cada 1.237 habitantes." La mejora de los niveles de higiene, que a esas alturas 
estaban más generalizados en las ciudades, también contribuyó a reducir la inci- 
dencia de las enfermedades, así como las muertes. Hacia 1914, en Argentina, 
las extranjeras disfrutaban de una esperanza de vida que superaba en alrededor 
del 15 por 100 la correspondiente a las mujeres nacidas en el país." La diferen- 
cia no se debía tanto a una mejor posición social, que no siempre se producía, 
como a la educación y las costumbres. Por regla general, los centros urbanos 



Eduardo A. Arriaga, Mortality decline and its effects in Latín America, Berkeley, 1970. 
Jorge L. Somoza, La mortalidad en la Argentina entre 1869 y 1960, Buenos Aires, 1971 . 
Juan Rial, Estadísticas históricas de Uruguay, 1850-1930, Montevideo, 1980, p. 137. 
Somoza, La mortalidad en la Argentina, p. 165. 



LA POBLACIÓN, 1850-1930 125 

con una nutrida presencia europea experimentaban antes que otros un descenso 
de la tasa de mortalidad, parecido al que se registraba en Europa. Por consi- 
guiente, podría considerarse esto como un efecto más que la inmigración surtía 
en las tendencias demográficas. 

La nutrición también contribuyó al descenso de la tasa de mortalidad, espe- 
cialmente en las zonas rurales. Al desarrollarse el mercado nacional, las crisis 
alimentarias se hicieron menos agudas y frecuentes, aunque la desnutrición y el 
hambre no desaparecieron del todo. En la región del Río de la Plata, que era 
una importante productora de alimentos, la dieta era abundante y variada, y esto 
explica el mejor estado de salud de que gozaba la población. En este sentido, 
era privilegiada en comparación con los países de la costa del Pacífico. Allí, la 
expansión de los productos destinados a la exportación se hizo a expensas de 
la agricultura de subsistencia. La nutrición, por lo tanto, debió empeorar, y la 
tasa de mortalidad apenas disminuyó. 

Para terminar, parece que las tasas de mortalidad se nivelaron mediante la 
eliminación gradual de las puntas de muertes causadas por las epidemias y el 
hambre. Mientras tanto, fue en aumento una diferencia entre países, regiones, 
localidades y estratos sociales. Algunos países no pudieron superar las tradicio- 
nales causas de las tasas de mortalidad elevadas y de la corta esperanza de vida 
al nacer. Unos cuantos escogidos se embarcaron en una fase de transición hacia 
la modernidad. Sin embargo, hasta después del decenio de 1940, no se tomaron 
medidas drásticas contra las enfermedades infecciosas y no se produjo una mejo- 
ra acelerada, más general. 



La fecundidad 

A principios del siglo xx, la tasa de natalidad era alta en todas las naciones 
latinoamericanas. De los doce países que, por su población y su extensión, repre- 
sentaban la mayor parte de América Latina, todos menos uno superaban la pro- 
porción de 40 nacimientos por cada mil habitantes, y la única excepción, Uru- 
guay, no iba muy a la zaga (véase el cuadro 7). Dos decenios antes, las tasas 
que conocemos incluso habían sido más altas en uno o dos puntos. 

No obstante, dentro de esta pauta relativamente homogénea de elevadas tasas 
de fecundidad, es posible diferenciar entre tres grupos de países durante el primer 
cuarto de siglo. En el primero, se produjo un leve descenso de la tasa de natali- 
dad. En algunos países (Panamá, Venezuela y Costa Rica), este descenso ocurrió 
al finalizar una breve fase de crecimiento. En México, se dio lo contrario: la 
tasa más baja se registró después del marcado descenso que tuvo lugar durante 
la Revolución y, en este sentido, representó una recuperación. En Chile, la tasa 
de natalidad bajó con bastante lentitud. En el segundo grupo (Colombia, El Sal- 
vador, Guatemala y Brasil), hubo un ligero crecimiento de la tasa de natalidad. 
Aunque era pequeño, coincidió con un decrecimiento de la tasa de mortalidad 
y, por consiguiente, la población aumentó a un ritmo bastante rápido. Un tercer 
grupo de países (Uruguay, Argentina y Cuba) tenían, en 1920, una tasa de fecun- 
didad inferior a los 40 nacimientos por cada mil habitantes. Hay que tener pre- 
sente que las tasas que se indican en el cuadro 7 tienden a exagerar las cosas por 



26 historia de américa latina 

Cuadro 7 

Tasas de natalidad en América Latina durante el primer cuarto del siglo xx 
(por mil habitantes) 





1900-1904 


1910-1914 


1920-1924 


Uruguay 


38,9 


36,5 


30,1 


Argentina 


44,3 


40,3 


35,0 


Cuba 


44,6 


44,7 


36,7 


Panamá 


40,3 


42,0 


40,0 


Venezuela 


41,8 


44,5 


41,2 


Chile 


44,7 


44,4 


42,2 


Colombia 


43,0 


44,1 


44,6 


Costa Rica 


46,9 


48,9 


44,9 


México 


46,5 


43,2 


45,3 


El Salvador 


43,8 


44,7 


46,6 


Guatemala 


45,8 


46,6 


48,3 


Brasil 


45,7 


47,3 


48,6 



una razón puramente matemática. Al dividir el número de nacimientos por un 
denominador más alto (población en aumento debido a la llegada de inmigrantes 
y a la disminución de la tasa de mortalidad), el cociente disminuye, como es lógi- 
co. En cambio, si la fecundidad se mide por el número de niñas nacidas de muje- 
res en edad fértil, el descenso resulta menos acusado. 

Todavía no sabemos por qué la inmigración hizo bajar la tasa de natalidad, 
suponiendo, de hecho, que fuera la causa del descenso. La mayoría de los inmi- 
grantes procedía de la Europa meridional, donde predominaban unos conceptos 
de la familia y la reproducción que eran favorables a las familias numerosas. 
En Buenos Aires, las extranjeras al principio parieron más hijos que las argenti- 
nas, pero pronto ocurrió lo contrario. ¿Por qué? ¿El descenso simultáneo de la 
tasa de natalidad en el Río de la Plata y en el sur de Europa fue fruto de una 
mejora simultánea del nivel de vida y de educación en las dos regiones? 

Parece ser que la urbanización constituyó un factor decisivo del cambio. Las 
ciudades parecen menos fértiles que el campo. Si una mujer en la Argentina rural 
tenía un promedio de 4,4 hijos en 1895, la mujer que vivía en una ciudad tenía 
sólo 4. Igualmente, la tasa de natalidad en el interior de Uruguay era de 33 por 
1.000, y en la ciudad de Montevideo, de 22 por 1.000. Desde las ciudades, las 
actitudes y los valores urbanos se propagaron hacia las regiones circundantes. 
Las tasas de natalidad en el interior de Uruguay y en la provincia de Buenos 
Aires eran más bajas que las de otras regiones rurales de América Latina. La 
elevada tasa de natalidad del conjunto de América Latina cabe atribuirla princi- 
palmente al carácter rural que la región tenía aún en el decenio de 1920. 

Ciertamente, entre esta población rural el matrimonio no estaba extendido 
y las uniones libres eran habituales. Los vastagos de tales relaciones, que no eran 



LA POBLACIÓN, 1850-1930 127 

necesariamente inestables, eran considerados ilegítimos por ley. La ilegitimidad, ele- 
vada desde el período colonial, persistió con fluctuaciones y variaciones locales. 
En la costa atlántica de Costa Rica, por ejemplo, 630 de mil nacimientos tuvieron 
lugar fuera del matrimonio entre 1915 y 1917. Poblada desde hacía poco tiempo, 
la región alojaba a una población principalmente flotante. La inestabilidad en- 
gendraba ilegitimidad, pero el promedio nacional era de sólo 200 por 1.000. La 
tasa inferior seguía siendo bastante alta. 15 Por otro lado, el matrimonio y las 
tasas de natalidad no iban aparejados. Al aumentar la tasa de matrimonios en 
el interior de Uruguay, la de natalidad descendió. Lo mismo ocurrió en Argentina. 
Así pues, mientras una parte de América Latina seguía la baja pauta de re- 
producción que era de esperar, la otra parte daba rienda suelta a cierta capacidad 
de generación que había permanecido contenida hasta entonces. Puede que uno 
de los factores que intervinieron fuese una reducción de la edad en que las pare- 
jas contraían matrimonio o empezaban una relación sexual. Parece ser que así 
ocurrió, por ejemplo, en México entre 1905 y 1925. Finalmente, otra región, más 
abierta a influencias externas, comenzaba a adoptar hábitos más modernos y a 
reducir gradualmente su tasa de natalidad. Semejante cambio se centraba en las 
mayores ciudades latinoamericanas, especialmente en Buenos Aires y Montevi- 
deo, y se extendía hacia el interior de las zonas rurales siguiendo ambas orillas 
del Río de la Plata. El descenso de ambas tasas, la de natalidad y la de mortali- 
dad, aunque raro y localizado, representa la primera etapa de lo que más adelan- 
te se denominaría «la transición demográfica». En esta fase preliminar, sin em- 
bargo, la tasa de natalidad cambió menos que la de mortalidad. Con una menor 
mortalidad infantil en particular, y menos crisis demográficas provocadas por 
las enfermedades y el hambre, era mayor el número de niños que alcanzaba la 
madurez, se reproducía y aceleraba la tasa de crecimiento demográfico. 



La migración interna 

A medida que los mercados exteriores y nacionales fueron incrementando su 
demanda de productos, la agricultura empezó a requerir más mano de obra. La 
llegada de trabajadores de Europa, Asia y el Caribe, así como de latinoamerica- 
nos de los países vecinos, satisfizo parcialmente la necesidad de mano de obra, 
como hemos visto. Pero hubo también una considerable migración interna en 
ciertos países latinoamericanos durante los cincuenta años que precedieron a 1930: 
hacia las «fronteras», territorios deshabitados que se hallaban bajo la jurisdic- 
ción nominal de la nación, hacia tierras que parecían ofrecer mejores oportuni- 
dades, hacia centros urbanos pequeños y ciudades grandes. Los factores de atrac- 
ción desempeñaron un papel decisivo, pero, por supuesto, también hubo expulsión. 
En los sitios donde la población crecía a un ritmo más rápido que la actividad 
económica, solió abrirse una válvula de escape. La movilidad física se vio facili- 
tada, además, por la mejora de las comunicaciones internas, en especial por el 
tendido de ferrocarriles. 

Si los migrantes cruzaban fronteras provinciales, los informes de los censos 

15. Casey Gaspar, Limón, p. 258. 



128 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

nos permiten reconstruir el volumen de semejante trasiego. Si no se formaron 
censos, o si el desplazamiento era estacional o tenía lugar dentro de un radio 
pequeño, los rastros de los migrantes se pierden con facilidad. Las fuentes de 
que disponemos hoy día sólo pueden darnos una visión parcial de la migración 
interna, y no todas ellas han sido exploradas plenamente todavía. 

Existía aún una «frontera» en aquellos lugares donde los españoles y los por- 
tugueses no habían penetrado durante el período colonial: por ejemplo, en la 
cuenca del Amazonas, que era compartida por Brasil y sus vecinos, en el extremo 
sur del continente, en el norte de México y en las costas tropicales. La presencia 
en estas regiones de una población india poco numerosa y dispersa no impedía 
que los considerasen parajes desiertos y, por ende, patrimonio del Estado. Los 
gobiernos nacionales trazaron diversos planes para la ocupación de estos territo- 
rios. En Argentina, en unos pocos años entre 1877 y 1881, la «campaña del de- 
sierto» incorporó a la república casi 1.400.000 kilómetros cuadrados, extensión 
equivalente a casi la mitad del país entero. La expansión principal fue hacia el 
sur, cruzando la Pampa y la Patagonia, tierras que, en su mayor parte, eran 
áridas e inclementes y que, al ser pronto divididas entre un puñado de grandes 
terratenientes, presenciaron la llegada de más ovejas que hombres. En el norte, 
también se conquistó el Chaco, que era una región menos extensa de bosque tro- 
pical. Si bien los recién llegados, ya fuesen argentinos o extranjeros, eran pocos, 
ni que decir tiene que el crecimiento demográfico de los territorios fronterizos 
fue superior a la media de todo el país, que ya era elevada. 

En México, la «marcha hacia el norte» tuvo menos de operación militar, aun- 
que se empleó la fuerza para vencer y deportar a los indios yaquis de Sonora, 
que de lenta penetración por parte de los excedentes de población del centro y 
del sureste. Las regiones que más atraían a estos mexicanos eran las costas sep- 
tentrionales del Pacífico y del Golfo. En 1921, el 59 por 100 de los inscritos en 
el censo del norte de la Baja California, el 16 por 100 en el de Sonora y el 20 
por 100 en el de Nayarit habían nacido fuera del estado. En la región petrolífera 
de Tamaulipas, la cifra era del 31 por 100. En el norte de la región central, Coa- 
huila y Chihuahua tenían poblaciones cuyo 32 y 13 por 100, respectivamente, 
habían llegado de otros estados.' 6 Para no pocos emigrantes la agricultura o la 
cría de ganado en el norte pasó a ser una actividad transitoria en la ruta que 
los llevaría más allá, a California o a Texas. 

La población de Brasil se hallaba concentrada en una estrecha franja de la 
costa oriental, como siempre lo había estado. Los límites occidentales del país 
eran imprecisos y daban pie a controversias con los países vecinos. En este vasto 
territorio indómito y deshabitado se abrieron diversas fronteras desde lados dife- 
rentes. El auge del caucho atrajo brasileños hacia el Amazonas. Muchos de 
los «seringueiros» o caucheros eran hombres del noreste que había huido de las 
sequías de Ceará. El número de habitantes de la región amazónica aumentó 
en un 65,7 por 100 entre 1877 y 1890, y en un 40 por 100 en el último decenio 
del siglo. La opulenta ciudad de Manaos fue el floreciente centro del citado 
auge entre 1890 y 1920, que repercutió también en los territorios orientales de 

16. Moisés González Navarro, Población y sociedad en México (1900-1970), México, 1974, , 
vol. I, p. 52. 



LA POBLACIÓN, 1850-1930 129 

Colombia, Perú y Bolivia, por donde se propagaron los buscadores de fortuna. 

El cultivo del café fomentó la colonización del norte y el oeste de Sao Paulo 
hacia las postrimerías del siglo xix. A finales del decenio de 1920, los últimos 
pioneros seguían avanzando aún, si bien en un frente más estrecho, a saber: la 
Alta Sorocaba. El cambio más significativo era que mientras que la penetración 
inicial había sido obra de inmigrantes, en 1920 a éstos los habían sustituido brasi- 
leños de nacimiento. El ex colonizador extranjero o bien remigraba a la ciudad 
o, convertido en pequeño propietario, empezaba a contratar a jornaleros. Con 
creciente frecuencia, estos jornaleros procedían de otros estados de Brasil. El café 
también abrió un frente tardío hacia el sur, donde la mano de obra se componía 
principalmente de brasileños nativos. Al mismo tiempo Goiás y Mato Grosso, 
en el Brasil central, comenzaron su proceso de expansión demográfica, alimenta- 
do asimismo por el éxodo desde el noreste y el este. 

De Tamaulipas a Maracaibo se extiende un largo cinturón costero que duran- 
te mucho tiempo se consideró insalubre y peligroso y que, aparte de algunos puertos 
importantes como Veracruz y Cartagena, había permanecido prácticamente des- 
habitado durante siglos, a pesar de los esporádicos intentos de ocuparlo. Dos 
productos ayudarían a abrir esta frontera: primero, los plátanos y, más adelante, 
el petróleo. A finales del siglo xix, las compañías que transportaban plátanos 
a los Estados Unidos recibieron concesiones generosas en el litoral atlántico de 
Costa Rica. Las plantaciones no tardaron en extenderse hacia el sur a través de 
Bocas de Toro en Panamá y Santa Marta en Colombia, y hacia el norte siguiendo 
el golfo de Honduras. También se descubrieron yacimientos de petróleo en el 
municipio mexicano de Tampico, en el norte de Colombia y en el golfo de Mara- 
caibo, en Venezuela. Se dieron permisos para extraerlo a compañías norteameri- 
canas y británicas, y las perforaciones se intensificaron a partir de la primera 
guerra mundial. Las plantaciones de plátanos y los campos petrolíferos eran en- 
claves extranjeros que en poco contribuían al desarrollo económico de las nacio- 
nes anfitrionas. La mayor parte de los beneficios salía del país, pero la mano 
de obra quedaba. La población aumentó, de forma asimétrica por edad y sexo, 
como en todas las regiones que recibieron inmigrantes. En las plantaciones se 
prefería a los trabajadores extranjeros procedentes de las Antillas, mientras que 
en los pozos petrolíferos se conformaban con la mano de obra local. La atrac- 
ción de Maracaibo, por ejemplo, se hacía sentir en la totalidad de los llanos occi- 
dentales de Venezuela y en lugares tan lejanos como los Andes. 

La frontera era una extensión de tierra que se hallaba a disposición de quien 
quisiera cogerla, pero en Argentina, México, América Central y otras partes, era 
frecuente que la tierra que había que ocupar ya la hubiesen repartido. Un puñado 
de individuos o compañías, del país y extranjeras, habían obtenido los títulos 
correspondientes gracias a su influencia en el gobierno. Ello les permitía desbara- 
tar los intentos independientes de colonización en pequeña escala que hubieran 
sido los cimientos de una vida familiar estable. En su lugar, la población atraída 
hacia las regiones fronterizas era en gran parte masculina y muy móvil, lo cual 
no era propicio para la reproducción. Durante mucho tiempo estas regiones de- 
pendieron de las llegadas desde el exterior de las mismas. 

Las tierras que estaban pobladas desde hacía mucho tiempo también atraían 
a inmigrantes en cuanto su capacidad productiva se intensificaba, o cuando, res- 



130 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

pondiendo a las demandas del mercado, se introducían productos nuevos para 
sustituir a los viejos. En Cuba, por ejemplo, cuando los viejos ingenios de azúcar 
fueron reemplazados por grandes centrales, surgieron nuevas oportunidades de 
encontrar trabajo en las provincias de Oriente y Camagüey. Cubanos del oeste 
del país y extranjeros acudieron en gran número a estas regiones en busca de 
empleo a principios de siglo. En Argentina, aparte de las recién anexionadas Pampa 
y Patagonia, donde la actividad principal era la cría de ganado, había dos polos 
de desarrollo agrícola. En primer lugar, el cultivo de cereales sustituyó al ganado 
en la franja que se extiende desde el norte de la provincia de Buenos Aires hasta 
la región central de la provincia de Córdoba. En segundo lugar, las plantaciones 
de caña de azúcar se extendían por Tucumán. El cultivo de cereales y de la caña 
de azúcar requería mucha mano de obra, especialmente en la época de recolec- 
ción, y atraía peones rurales de varias provincias adyacentes. Los flujos migrato- 
rios variaron a lo largo del tiempo, pero dos de ellos fueron constantes: desde 
las provincias del territorio de Mesopotamia hacia el sur hasta las estancias de 
Santa Fe y Buenos Aires, y desde las provincias del noroeste hacia Tucumán. 
Durante el período 1895-1914, en el cual 1.954.000 inmigrantes extranjeros entra- 
ron en el país, las migraciones interprovinciales netas solas, sin contar el movi- 
miento dentro de las provincias, se cifraron en 342.000." 

En Argentina ya se había instituido un mercado de trabajo abierto. La gente 
se movía espontáneamente cuando el desarrollo desigual de regiones próximas 
entre sí producía grandes contrastes de oportunidades. A veces, sin embargo, los 
trabajadores se resistían a entrar en el mercado. Incluso en el noroeste de Argen- 
tina había casos conocidos de contratación obligatoria de trabajadores para la 
recolección de la caña. En los Andes, México y América Central, la coerción 
no era infrecuente. Los incentivos a menudo alternaban con la coerción y la com- 
plementaban. Los indios, que predominaban en estas regiones, no siempre res- 
pondían a los incentivos monetarios, a la vez que los terratenientes insistían en 
mantener un bajo nivel de salarios con el fin de reducir costes. Así pues, la con- 
tratación por medio de agentes era un procedimiento común, como lo era tam- 
bién la remisión de deudas por el trabajo con el fin de conservar trabajadores. 
La política de gobiernos liberales en virtud de la cual tierras en poder de comuni- 
dades, así como tierras públicas, pasaban a ser de propiedad privada contribuyó 
a arrancar a trabajadores rurales de sus pueblos. Fue una política de este tipo 
la que abrió las tierras costeras de El Salvador, Guatemala y Chiapas, en México, 
al cultivo del café, y el norte de Perú, al de la caña de azúcar. Con frecuencia, 
la migración que respondía a esta clase de incentivos era sencillamente estacional. 
No obstante, en el movimiento general de idas y venidas, a veces los trabajadores 
optaban por establecerse en la hacienda o plantación, o en algún poblado cerca- 
no, y, por consiguiente, la población de la zona aumentaba. 

Si el crecimiento demográfico coincidía con el bloqueo del acceso a la tierra 
por parte de los terratenientes, entonces prácticamente no quedaba más solución 
que emigrar. Cuando la agricultura entró en una fase capitalista nueva en el valle 
central de Chile, los propietarios de fundos se mostraron más reacios que antes 

17. Zulma L. Recchini de Lattes y Alfredo E. Lattes, Migraciones en la Argentina, Buenos 
Aires, 1969, p. 131. 



LA POBLACIÓN, 1850-1930 131 

a arrendar parcelas de tierra, mientras que, al mismo tiempo, el crecimiento de- 
mográfico sobrepasaba la demanda de mano de obra. A resultas de ello, la po- 
blación rural excedente se vio obligada a buscar trabajo en otra parte. La minería 
en el Norte Grande absorbió unos 150.000 inmigrantes entre 1885 y 1915. La 
frontera del sur y, más allá de ella, la Patagonia ofrecían una segunda ruta de 
escape. Sin embargo, ninguna de las dos era suficiente. Había una nutridísima 
población flotante que iba de lugar en lugar y de empleo en empleo. Durante 
algún tiempo, la construcción de ferrocarriles brindó trabajo compatible con el 
tipo de actividad en sus pueblos o fundos. En la temporada de la recolección, 
el trabajo en los ferrocarriles en efecto se interrumpía. La masa de personas des- 
plazadas terminó por último en las ciudades; las mujeres, en especial, encontra- 
ron allí trabajo en el servicio doméstico. 

En las tierras altas del centro de Costa Rica, las pequeñas plantaciones de 
café empezaron a caer en manos de grandes empresas durante este período. Mu- 
chos terratenientes perdieron, pues, sus medios de vida independientes. Algunos 
optaron por hacerse colonos y otros probaron suerte en otras ocupaciones. Se 
trasladaron a Alajuela y Guanacaste, en el noroeste, y a Punta Arenas, en el 
sur, en vez de a la costa atlántica, donde estaban situadas las plantaciones de 
plátanos. El resultado de su iniciativa fue que el café y otros productos comercia- 
les se propagaron a estas regiones. 

En Uruguay, el campo tampoco pudo absorber el exceso de población debido 
a la naturaleza de su principal actividad económica: la ganadería en gran escala. 
Aunque en Uruguay se cultivaban cereales como en Argentina, era sólo en la 
costa, a lo largo del estuario del Río de la Plata. El interior seguía siendo esen- 
cialmente pecuario. Para el cuidado de vacas y ovejas se necesitaban pocos bra- 
zos. Debido a ello, la gente se iba a los pequeños centros urbanos que se estaban 
multiplicando y ensanchando, dedicados a servir a la economía pecuaria. 

Estas poblaciones, que eran en parte rurales y en parte urbanas debido a la 
función que cumplían, también se propagaron en la zona ganadera de Argentina. 
En las pampas, aumentó el número de aglomeraciones que tenían entre 2.000 
y 10.000 habitantes, que de 27 en 1869 pasaron a ser 225 en 1914, y en la totali- 
dad del país, de 48 a 283. El total de habitantes de estas poblaciones pequeñas 
aumentó de 197.000 a 1.160.000, incremento del 4 por 100 anual, lo cual supera- 
ba la tasa de crecimiento demográfico del país entero (3,4 por 100 anual) en el 
mismo período. Contrastando con ello, en 1900 había en México 395 poblaciones 
de entre 2.500 y 5.000 habitantes y 121 de entre 5.000 y 10.000, con una pobla- 
ción total de 2.164.000. Diez años después, su número era casi el mismo y su 
población había descendido hasta 2.132.000. En 1930, había 388 poblaciones en 
la primera categoría y 136 en la segunda, sólo unas pocas más que en 1900, mien- 
tras su población se mantuvo en los 2.138.000 de habitantes, esto es, 26.000 me- 
nos que en 1900. La estabilidad de estos centros urbanos cabe atribuirla al fraca- 
so de la política agraria del porfiriato, a la retención de trabajadores rurales en 
la tierra como resultado de la Revolución y a la existencia de una alternativa 
viable, a saber: la migración. 

En toda América Latina las poblaciones y ciudades grandes registraron una 
expansión todavía más rápida que las pequeñas, tanto en números absolutos como 
en forma de porcentaje de la población total. En algunos países, como hemos 



132 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

visto, su crecimiento fue alimentado por la afluencia constante de inmigrantes 
procedentes de Europa y, en todas partes, por migrantes internos procedentes 
del campo y de las poblaciones pequeñas. 18 



Conclusión 

Los rasgos sobresalientes de la población latinoamericana durante del período 
1850-1930 fueron su importante crecimiento, superior al de cualquier otra región del 
mundo de entonces, exceptuando los Estados Unidos, y su alto grado de movilidad 
física. Al mismo tiempo, sus pautas de vida experimentaron sólo cambios ligeros. 

En lo que se refiere a las pautas de natalidad y mortalidad, diríase que Améri- 
ca Latina atravesaba la última etapa de un régimen demográfico de tipo antiguo. 
Las puntas de mortalidad se hallaban condenadas a desaparecer, si bien la tasa 
de mortalidad seguía siendo alta. La tasa de natalidad continuó siendo igualmen- 
te elevada o, incluso, creció. En algunas regiones, ambas menguaron no obstan- 
te, anticipándose a la futura transición demográfica. Esta transformación comenzó 
en zonas de población relativamente escasa como el Río de la Plata y, sobre todo, 
en las ciudades. No debe olvidarse, empero, que América Latina era a la sazón 
mayormente rural. Cualquiera que fuese su significación última, estos cambios 
eran modestos y locales. Una prueba más de que las pautas demográficas seguían 
siendo bastante tradicionales es el hecho de que la población latinoamericana era 
bastante joven. La pirámide de las edades era amplia en la base y se estrechaba 
considerablemente en la cúspide. Los ancianos eran pocos en número. 

Dentro de esta sociedad bastante estable en términos demográficos hubo bas- 
tante movilidad demográfica. Europeos, asiáticos y naturales de las Indias Occi- 
dentales británicas entraban en calidad de inmigrantes y, dondequiera se afinca- 
sen, contribuían al incremento de la población. Una importante redistribución 
de gente tuvo también lugar dentro de la región, por encima incluso de las fronte- 
ras políticas. El avance hacia la frontera se reanudó. Éste había permanecido 
parado durante un siglo, desde las postrimerías del período colonial. En algunas 
zonas del litoral atlántico, este avance significó la reocupación de tierras que ha- 
bían estado despobladas desde el siglo xvi. La preferencia se dio por las zonas 
que prosperaron gracias al comercio internacional. Finalmente, la población ur- 
bana aumentó con mayor rapidez que la población en su conjunto. Con respecto 
a la migración dentro de América Latina, también podría decirse que, en térmi- 
nos generales, la población bajó de la sierra a la costa. Las tierras altas dejaron 
de ofrecer la ventaja de antes. El movimiento de población fue también centrífu- 
go, desde el corazón de los Andes y el centro de México hacia los extremos norte 
y sur del continente y, sobre todo, hacia el litoral oriental, donde se situaban 
las regiones de economía más dinámica y las ciudades más prósperas. Esta redis- 
tribución de la población no sólo facilitó el crecimiento económico, sino que tam- 
bién reforzó la estabilidad social al aliviar la presión demográfica y evitar con 
ello las catástrofes consiguientes. 



Capítulo 5 

LA HISPANOAMÉRICA RURAL, 

1870-1930 



Introducción 

Todo intento de tratar la historia rural de una región tan extensa y variada 
como la que abarca el término Hispanoamérica debe aclarar primero las dificul- 
tades conceptuales y las limitaciones que impone la desigualdad de la investiga- 
ción. 1 Uno de los métodos que se han empleado para ello consiste en dividir la 
zona entera por elevación en tierras bajas y tierras altas o por zonas de plantacio- 
nes y haciendas. Esto permite efectuar una distinción amplia y útil entre las re- 
giones productoras de azúcar y ex esclavistas, tales como las Antillas, y el clásico 
paisaje dominado por la hacienda del México central o las tierras altas ecuatoria- 
nas. Pero la utilidad de este esquema se desintegra cuando intentamos meter más 
regiones en él. Tanto la depresión de Cuatla en el estado mexicano de Morelos 
como Salta en Argentina, por ejemplo, presentaban muchos de los rasgos de la 
vida de las plantaciones, tales como las llamadas «centrales» de azúcar, que eran 
intensivas en capital, y un mercado nacional moderno, pero su población activa 
procedía principalmente del campesinado de pequeños propietarios indios. 

Puede trazarse otra tipología siguiendo líneas vegetativas, esto es, examinar 
la sociedad rural en términos de producción agrícola. En la medida en que el 
café, el tabaco o el azúcar presentan realmente ciertos requisitos comunes o gene- 
rales, este esquema es útil, pero sólo hasta cierto punto. Las plantaciones de café 
de Cundinamarca dieron origen a una sociedad muy diferente de la que forma- 
ban los pequeños campesinos independientes que producían café en Caldas o 
Costa Rica. Y, si bien es verdad que las clásicas haciendas, edificadas sobre los 



1 . En este capítulo se recalcan las zonas nuclearias «tradicionales» de Mesoamérica (México y 
América Central) y las tierras altas de los Andes (Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile). Sobre 
las economías y sociedades de plantaciones del Caribe español, especialmente Cuba, véase Moreno 
Fraginals, HALC, VII, capítulo 6. Sobre las zonas de nueva colonización en el siglo xix, en es- 
pecial Argentina y Uruguay, véase Cortés Conde, Gallo, Rock y Oddone, HALC, X, capítulos 1-5. 



HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 




El paisaje agrario de América Latina, 1870-1930 



LA HISPANOAMÉRICA RURAL, 1870-1930 135 

restos de la alta cultura de Mesoamérica y las tierras altas de los Andes, tenían 
varios rasgos en común, hay amplias diferencias étnicas y culturales tanto entre 
los terratenientes como entre los trabajadores de los poblados. 

La dificultad más seria en cualquiera de estos esquemas de organización o 
tipologías es la tentación de considerar alguno de los sectores de la sociedad rural 
aislado de los demás; hacer dicotomías falsas entre lo moderno y lo tradicional, 
o entre la hacienda y la comunidad. Obrar así equivale a pasar por alto el hecho 
de que ciertamente en el período 1870-1930, y mucho antes en numerosos luga- 
res, el rasgo fundamental de la sociedad rural ya era su interdependencia con 
otras zonas o mercados; la articulación de sus diversos modos de producción. 
Y no se trata solamente de que diferentes sectores de un país estuvieran vincula- 
dos en un único sistema, sino también de que éstos a su vez frecuentemente reci- 
bían la influencia de la demanda externa o incluso eran creados por ella. Y, final- 
mente, hasta esta visión más exhaustiva puede interpretarse de maneras muy 
diferentes. Algunos consideran que los beneficios de la modernización se propa- 
gaban a partir de los enclaves modernos que introducían técnicas nuevas y orga- 
nización; otros condenan este mismo proceso diciendo que subdesarrollaba, o 
como mínimo, aprisionaba a los pobres y débiles en una existencia insatisfactoria. 

Pero, si nos encontramos con una desconcertante variedad de ambientes rura- 
les en Hispanoamérica, y en su mayor parte un mosaico de investigaciones inco- 
nexas, cabe encontrar cierto grado de unidad en la experiencia que vivió la región 
entera después de 1870; porque, como señala Henri Favre, Hispanoamérica es 
un campo especialmente rico para el estudio de las numerosas respuestas que las 
sociedades coloniales y señoriales pueden dar al capitalismo. Quizá a algunos la 
palabra respuesta se les antoje excesivamente académica, toda vez que el ciclo 
de expansión económica que duró sesenta años acarreó la destrucción de los últi- 
mos restos del pueblo nativo desde la Araucanía hasta el río Yaqui y la esclavitud 
virtual de muchos miles más desde Yucatán hasta el Amazonas. La penetración 
del capitalismo también trajo salarios más altos para los trabajadores que estu- 
vieran dispuestos a someterse a su disciplina, así como la coacción y el desposei- 
miento para los demás, y a menudo «ajustes duraderos en virtud de los cuales 
dos formaciones sociales llegaban a articularse y consolidarse a lo largo de un 
período de tiempo ... ayudando con ello a perpetuar el sistema colonial local en 
el cual permanecen [la población campesina] tan firmemente clavados como siem- 
pre». 2 Otra cosa de interés es el grado en que el cambio habido durante el pe- 
ríodo 1870-1930 puede explicarse diciendo que estuvo en función de fuerzas eco- 
nómicas objetivas —en especial, la población y el auge del mercado— y hasta 
qué punto fue fruto de coacción extraeconómica por parte de los terratenientes 
ayudados por el Estado liberal; o, por decirlo de una forma ligeramente distinta, 
¿debe hacerse hincapié en un sistema mundial materializado o en la dinámica 
política interna, especialmente en el conflicto entreclasista, como motor del cambio? 

Comprender por qué aquí ocurre una cosa y allá ocurre otra no es tarea fácil, 
en especial porque, a falta de datos escritos, a menudo el motivo debe inferirse 



2. Henri Favre, «The dynamics of Iridian peasant society and migration to coastal planta- 
tions in Central Perú», en Kenneth Duncan e Ian Rutledge, eds., Latid and labour in Latin 
America, Cambridge, 1977, pp. 253-267. 



136 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

de la acción o la resistencia. Aparte de eso, se choca con la habitual dificultad 
al tratar de decidir qué proporción de la visión que tenemos refleja la realidad 
o las deformaciones ideológicas que han desgastado nuestras lentes. Pero el cre- 
ciente volumen de investigaciones efectuadas en los últimos tiempos, sobre todo 
las que se basan en los archivos de las haciendas y municipios, permite presentar 
en este capítulo un repaso general de los cambios que ocurrieron en el paisaje 
social de la Hispanoamérica rural entre 1870 y 1930, así como las líneas generales 
de algunos de los asuntos teóricos en litigio. 



La Hispanoamérica rural, c. 1870 

Quizá sea útil empezar señalando las pautas principales de Hispanoamérica 
tal como se configuraron hacia 1870. Examinaremos tres tipos de ambiente rural 
en las zonas de asentamiento más antiguas, en su mayor parte en las zonas más 
elevadas de Mesoamérica y los Andes centrales, donde una sociedad agraria insu- 
lar se hallaba ocupada en la subsistencia o la producción de alimentos para los 
mercados locales. En todas estas zonas, grandes fincas privadas (haciendas), co- 
munidades campesinas de pueblo y granjas familiares independientes se hallaban 
interrelacionadas de diversas maneras. 

Un número bastante reducido pero económicamente importante de personas 
rurales eran agricultores pequeños y medianos, tales como los de la Sierra Alta 
de Hidalgo o el Bajío de México, en Costa Rica central, Antioquia, Colombia, 
y en varias bolsas más repartidas por Hispanoamérica. La zona cafetera de Cal- 
das, en Colombia, tenía únicamente veintiocho unidades de más de sesenta hectá- 
reas, y el resto correspondía a pequeños propietarios. En la región situada alrede- 
dor de Huancayo, en Perú, por poner otro ejemplo, quizá menos del 2 por 100 
de la población rural trabajaba para las grandes haciendas; la mayoría eran pe- 
queños agricultores independientes. Loja y Carchi, en Ecuador, las inmediacio- 
nes de Arequipa, en Perú, el departamento de San Felipe, en el norte-centro de 
Chile, constituían ejemplos de zonas donde los agricultores independientes eran 
comunes. En un país dominado generalmente por la gran hacienda, es importan- 
te observar la existencia generalizada de agricultores familiares. 

Hay explicaciones históricas y raciales de su presencia. La granja familiar inde- 
pendiente parece que surgía cuando la población o los inmigrantes de ultramar po- 
blaban la frontera en una región donde anteriormente no había agricultores nativos 
sedentarios (o éstos habían sido expulsados), donde antes de su llegada la tierra 
no se concedía en forma de unidades grandes y donde, si bien existía un mercado, 
no era aún lo bastante fuerte como para fomentar las economías de escala. Las 
pautas de colonización en el Bajío durante el siglo xvm y en Antioquia un siglo 
después eran fruto de la migración, principalmente la de mestizos. En otros casos, 
mercados urbanos locales de productos hortícolas o la fragmentación accidental 
de una gran hacienda daba origen a la proliferación de pequeños agricultores. 
A diferencia de los lugares donde la hacienda era el eslabón entre la ciudad y el 
campo, en 1870 estas zonas ya estaban bastante urbanizadas, empleaban mano de 
obra familiar o asalariada y se engranaron sin problemas con la agricultura capita- 
lista cuando tuvo lugar su plena aparición en los decenios siguientes. 



LA HISPANOAMÉRICA RURAL, 1870-1930 137 

En las zonas centrales de Hispanoamérica, donde en el siglo xvi se impusie- 
ron formas agrarias europeas a una población india sedentaria y densa —el cen- 
tro de México, las tierras altas de Guatemala y gran parte de las tierras altas 
andinas — , se encuentra el tipo de ambiente rural más característico de Hispanoa- 
mérica. Los elementos fundamentales eran las grandes fincas particulares, llama- 
das generalmente «haciendas», y las comunidades de pequeños campesinos. 

El conflicto entre el poblado prehispánico original, que solía estar organizado 
en alguna forma comunal, y la hacienda particular que trajo consigo la coloniza- 
ción europea es uno de los temas principales de la historia de Hispanoamérica. 
En el transcurso de tres siglos las haciendas supieron hacer suya mucha tierra 
fértil y bien regada, y en algunos casos, descritos vividamente y con admiración 
por los viajeros, constituían grandes e imponentes fincas, verdaderas baronías, 
que prácticamente dominaban regiones enteras. A Fanny Calderón, por ejemplo, 
le impresionó el culto propietario de San Bartolo, en Michoacán, que era «el 
monarca de todo cuanto domina con la vista», un rey entre los siervos de su 
granja y trabajadores indios. 3 A pesar de la abundancia de descripciones pare- 
cidas en otras partes, hay que poner cuidado en no confundir la excepción con 
la regla, pues en el decenio de 1860, la hacienda más típica era una finca suma- 
mente rústica, mal definida y sin medir, que estaba poblada por ganado flaco 
y una sobreabundancia de trabajadores residentes. Las haciendas coexistían y coin- 
cidían con poblados y asentamientos de colonizadores intrusos, con los que soste- 
nían riñas continuas, que a veces daban pie a brotes de violencia por cuestiones 
de límites y derechos de aguas. 

Pero aunque era un lugar rústico y atrasado, la hacienda rural formaba parte 
integrante de la economía nacional. Después de un largo olvido, la hacienda ha 
sido objeto de investigaciones en años recientes. El panorama que surge de ella 
es el de una organización agraria que miraba en dos sentidos: hacia adelante, 
en dirección a la economía de mercado de las poblaciones y ciudades locales; 
y hacia atrás, en dirección a una fuerza laboral que a menudo todavía era atraída 
y regulada con relaciones precapitalistas. Los terratenientes vendían sus produc- 
tos a las poblaciones y minas locales por dinero y, a cambio, compraban utensi- 
lios, manufacturas rudimentarias, artículos y alimentos que ellos mismos no pro- 
ducían, tales como algunos muebles o prendas de lujo procedentes del extranjero. 
No cabe duda alguna de que la condición de terrateniente confería prestigio y 
tenía sus recompensas personales y su valor recreativo, pero su misión principal 
era ganar dinero. Para la hacienda corriente del siglo xix, la autosuficiencia, que 
nunca fue posible por completo, tenía tanto de conveniencia como de principio. 
Tenía sentido disponer de tus propios albañiles, herreros y trabajadores del cue- 
ro, dado el coste minúsculo de la mano de obra residente y la falta de proveedo- 
res cercanos. 

Había un mercado de tierras libre y activo. Las haciendas cambiaban de pro- 
pietario con sorprendente frecuencia y existía un proceso continuo de subdivisión 
y amalgamamiento. Tanto era así, que raras veces es posible seguir la historia 
de una sola hacienda a lo largo de dos o tres generaciones anteriores. En todos 

3. Fanny Calderón de la Barca, Life in México, ed. y notas de Howard T. y Marión Hall 
Fisher, Garden City, Nueva York, 1966, p. 561. 



138 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

estos sentidos — la función económica y el valor sentimental — , las investigacio- 
nes recientes han venido a debilitar la visión convencional de una finca feudal 
autártica y a determinar la pauta de que, incluso en los lejanos rincones de Ecua- 
dor o Zacatecas, la hacienda estaba orientada hacia la rentabilidad y participaba 
activamente —aunque fuese de forma imperfecta e ineficiente— en una econo- 
mía de mercado. 

En este paisaje rural que constituía una zona central había gran variedad de 
comunidades campesinas interrelacionadas con la gran hacienda e inevitablemen- 
te opuestas a ella. Muchas de ellas tenían raíces prehispánicas; otras venían de 
las poblaciones misionales y de la política colonizadora de España en el siglo 
xvi. En estas comunidades, en grado que variaba según la proximidad de cami- 
nos, ciudades y minas, se introdujeron cuatro elementos culturales duraderos, 
junto con plantas y animales europeos y asiáticos: el cristianismo, formas caste- 
llanas de gobierno municipal, la lengua española y el sistema mediterráneo llama- 
do «compadrazgo». 

A pesar de la tendencia a anteponer la etiqueta de «indígena» o «india», en 
el decenio de 1870, en realidad, ya se habla de una comunidad campesina híbri- 
da, basada en la posesión legal de la tierra, el cultivo principalmente de plantas 
del país, la producción y venta de artículos fabricados a mano y un alto grado 
de autonomía política. Después de tres siglos de conflictos, adaptación y, final- 
mente, coexistencia con la hacienda privada durante el dominio colonial español, 
las comunidades se habían mantenido firmes. En Bolivia, por ejemplo, poseían, 
como mínimo, la mitad de toda la tierra agrícola en el decenio de 1860, e incluso 
en Chalco, en el valle de México, escenario de intensa competencia entre hacien- 
das y comunidades, los poblados tuvieron tierras abundantes hasta mediados del 
siglo xix. La comunidad, según Eric Wolf, «apoyada en su autonomía por una 
concesión de tierra, encargada de la imposición autónoma del control social, cons- 
tituía una isla pequeña y rigurosamente defendida que garantizaba la homegenei- 
dad social y cultural de sus miembros dentro de ella y luchaba por mantener 
su integridad ante los ataques procedentes de fuera». 4 

Gran parte de la historia de Hispanoamérica desde 1870 puede escribirse en 
términos del esfuerzo por separar estos fundamentos gemelos de la hacienda y 
la comunidad. En este período, primero le tocó el turno a la comunidad cuando 
los paladines del desarrollo capitalista liberal procuraron separar a los comune- 
ros de sus medios de subsistencia, al mismo tiempo que transformaban las rela- 
ciones personales en relaciones contractuales. Durante este mismo período, la pro- 
pia gran hacienda se adaptó a las nuevas oportunidades económicas mediante 
un proceso gradual de división y modernización. Pero la naciente población ur- 
bana juzgó que el ritmo no era lo bastante rápido y, a partir de 1930, también 
la hacienda se vio atacada. 

La tercera clase general de paisaje rural era el dominado por la gran hacienda 
donde ni los pequeños propietarios ni la comunidad campesina ofrecían oposi- 
ción política ni competían por los recursos. Regiones tan distantes entre sí como 



4. Eric Wolf, «Levéis of communal relations», en Handbook of Middle American Indians, 
vol. 6, citado en Benjamín Orlove y Glen Custred, Land and power in Latín America: agrarian 
economy and social processes in the Andes, Nueva York y Londres, 1980, p. 19. 



LA HISPANOAMÉRICA RURAL, 1870-1930 139 

el norte de México y el centro de Chile eran parecidas en ese sentido. En ambos 
casos la colonización europea había marginado a una población nativa cuyas raí- 
ces eran poco profundas y, contando con el control casi total de la tierra, había 
estimulado a los pocos supervivientes a instalarse dentro de los límites de la pro- 
pia hacienda en calidad de aparceros o colonos. Algunas de estas haciendas eran 
inmensas y crecieron aún más durante el siglo xix. En investigaciones recientes 
sobre Zacatecas se describe la hacienda del Maguey, de 1.077 kilómetros cuadra- 
dos, pese a lo cual era sólo la octava del estado en lo que a la extensión se refiere. 
Otras medían entre 2.600 y 7.800 kilómetros cuadrados y las propiedades de Sán- 
chez Navarro en Coahuila abarcaban unos 65.000 kilómetros cuadrados en el 
decenio de 1840. Hacienda esencialmente ganadera, del Maguey daba empleo a 
un promedio de 260 trabajadores permanentes y alquilaba pastos y pequeñas par- 
celas cultivables a otros 100 arrendatarios. Las haciendas del centro de Chile es- 
taban organizadas de modo parecido, pero eran más pequeñas, y tenían una po- 
blación permanente mucho más densa debido a que el suelo y el riego eran mejores. 
Andando el tiempo, se formaron asentamientos de colonos intrusos en los inters- 
ticios ignotos del campo; en otros casos, se formaban poblados dependientes en 
la propia hacienda. Gracias a ellos y, a veces, a los trabajadores migratorios, 
la hacienda contaba con una reserva de trabajadores temporeros cuando el mer- 
cado justificaba que se hicieran cambios o se aumentase la producción. Por su- 
puesto, los poblados de intrusos y los dependientes, así como los colonos que 
se arracimaban en torno a la casa de la hacienda, eran muy diferentes de las 
antiguas comunidades del centro de México o de los Andes centrales. Donde no 
existía ningún poblado que hiciera de foco, la población rural se concentraba 
alrededor de la hacienda, que formaba el centro social, económico y a menudo 
espiritual del campo. Muchas haciendas tenían su propia capilla y en varias había 
un sacerdote residente. Las poblaciones eran escasas, no se formó ninguna cultu- 
ra campesina y hubo pocas revueltas de campesinos; la hacienda era el eslabón 
entre la ciudad y el campo, y dominaba eficazmente a la masa de habitantes rurales. 
Sería fácil exagerar la importancia de los rasgos tradicionales de la sociedad 
agraria y necio hablar de idilio rural, porque si la gente trabajaba poco, las re- 
compensas y las comodidades de su vida eran igualmente escasas. Pero, a pesar 
de ello, antes del decenio de 1870 en estas regiones interiores, aisladas, nos en- 
contramos con una forma de vida cuyos ritmos económicos eran apacibles, don- 
de el trabajo giraba en torno a las estaciones y el clima, a la vez que el mundo 
exterior apenas se entrometía. Aunque el conjunto de Hispanoamérica ya había 
sido atraído hacia la economía atlántica a principos del siglo xvi, este contacto 
sólo afectó levemente a grandes zonas del campo. Lugares como Sicuani, varios 
kilómetros por encima de Cuzco, o las haciendas escondidas en los valles ultra- 
montanos de los Andes centrales, en realidad habían cambiado poco desde el 
siglo xvii. Si miramos más allá de los campos que hay en las inmediaciones de 
las ciudades o alguna que otra población minera, el panorama de aislamiento 
rural que Luis González pintó con vivos detalles se confirma en grandes extensio- 
nes de Hispanoamérica hasta bien entrado el decenio de 1860. En San José de 
Gracia (en el oeste del centro de México), el paso del tiempo lo marcan las esta- 
ciones y el calendario eclesiástico; nadie lee, no hay escuela, cárcel ni juez. Pocos 
lugareños se aventuran a alejarse mucho de casa y la tranquilidad del lugar sólo 



140 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

resulta turbada por la llegada, dos veces al año, de una reata de muías y su mula- 
tero, que vienen en busca de cueros, queso, cera, un poco de mezcal. La sal y 
unos cuantos cacharros de hojalata se pagan con una mezcla de monedas sacadas 
con reverencia de un cacharro de arcilla. 5 



La estructura de CLASES agraria Y EL CRECIMIENTO ECONÓMICO DESPUÉS DE 1870 

Una interpretación general del cambio en la sociedad rural tradicional o insu- 
lar en Hispanoamérica después de 1870 debe incluir varios elementos. En primer 
lugar, no cabe duda de la importancia del crecimiento del comercio resultante 
de la urbanización y la demanda de productos agrícolas generados por diversos 
enclaves exportadores, desde minas de cobre hasta plantaciones de plátanos. La 
demanda de mayor producción ofreció a los terratenientes nuevas oportunidades 
de obtener beneficios, pero también representó una competencia más reñida cuando 
carreteras y ferrocarriles mejores penetraron en las zonas interiores. En segundo 
lugar, la interpretación debe tener en cuenta la población o, más específicamente, 
el número de trabajadores rurales reales o en potencia. Desde hace mucho tiempo 
los estudios de los sistemas rurales europeos han visto la demografía como una 
variable clave en la transición hacia el capitalismo agrario. El crecimiento demo- 
gráfico va asociado con el alza de los precios, mayores beneficios para las hacien- 
das e ingresos más bajos para la masa rural y una reversión de todo esto en tiem- 
pos de descenso demográfico. Pero, aunque puede argüirse que el avance hacia 
el capitalismo agrario en la Hispanoamérica de finales del siglo xix es, en mu- 
chos aspectos, análogo a una transición habida mucho antes en Europa, el cam- 
bio en Hispanoamérica tuvo lugar en un contexto muy diferente. Una vez más 
debemos recordar el desarrollo inconexo o accidental de Hispanoamérica, provo- 
cado no tanto por el crecimiento orgánico como por la influencia externa. Así, 
aunque las fuerzas de cambio después de 1870 en Hispanoamérica cayeron sobre 
trabajadores rurales que usaban muchos rasgos de la tecnología del siglo xvn 
y tenían una perspectiva que concordaba con ello, estos mismos campesinos his- 
panoamericanos tenían ante sí una frontera urbana en expansión y, a menudo, 
locomoción de vapor para llevarlos a las ciudades. Una manifestación de la para- 
doja del crecimiento demográfico en Hispanoamérica es el perenne lamento de 
los terratenientes en torno a la «escasez de brazos» en una época de crecimiento 
demográfico ininterrumpido. El tercer elemento es el papel del Estado en lo que 
respecta a facilitar el marco político y judicial dentro del cual el cambio agrario 
se producía, y a condicionar el curso del desarrollo. 

Si bien es verdad que el mercado, la demografía y el papel del Estado son, 
sin excepción, elementos clave en el análisis de la sociedad agraria, ninguno de 
ellos puede tratarse aislado de los demás; es obvio que están íntimamente relacio- 
nados y son interdependientes. Pero, lo que es más importante, ni las fuerzas 
impersonales ni las fuerzas objetivas del mercado y la población proporcionan 
un modelo explicativo satisfactorio del cambio en Hispanoamérica entre 1870 y 

i vila. Microhistoria de San José de Gracia, México, 1968, 



LA HISPANOAMÉRICA RURAL, 1870-1930 141 

1930. En primer lugar, esto es debido a que, en realidad, hay varias historias 
de este período, en lugar de una sola, y es dificilísimo dar una única explicación 
del cambio agrario. Asimismo, un mecanismo de mercado oferta-demanda no 
es adecuado ni en sí mismo apropiado para hablar del cambio agrario donde 
los hombres y la tierra todavía no son bienes. Lo que sí consigue un examen 
del mercado y la población es centrar la atención en la estructura de clases de la 
Hispanoamérica rural y las maneras en que los terratenientes empleaban una se- 
rie completa de mecanismos económicos y extraeconómicos para extraer una plus- 
valía de los trabajadores rurales. Es de los diversos sistemas laborales, sus rela- 
ciones entre sí y con la tierra, de lo que nos ocuparemos ahora. 



Sistemas de trabajo rural 

En 1870 dos categorías principales de gente rural trabajaban en la hacienda 
hispanoamericana. La primera eran los residentes permanentes, grupo que in- 
cluía a administradores, capataces, escribientes y artesanos, junto con cierto nú- 
mero de colonos, que reciben los nombres de «peón acasillado» en México, «con- 
certado», «huasipunguero», «colono» y «yanacona» en los Andes, e «inquilino» 
en Chile. A menudo los residentes permanentes eran aparceros o subarrendata- 
rios también, aunque éstos podían salir de entre los pequeños propietarios indus- 
triosos y otros terratenientes. El segundo componente principal de la mano de 
obra de la hacienda eran los trabajadores estacionales salidos de las propias fa- 
milias residentes, de comunidades próximas cuando las había y de grupos de co- 
lonos intrusos o migrantes cuando no las había. 

La transferencia de plusvalía de los residentes permanentes se hacía de diver- 
sas formas y, por supuesto, variaba con la naturaleza de la producción y las in- 
tenciones de la hacienda. A cambio de una pequeña parcela de subsistencia en 
la hacienda, una ración diaria de harina de maíz o de trigo y privilegios de apa- 
centamiento para cierto número de animales, los colonos estaban obligados a 
trabajar en la hacienda. El servicio laboral podía consistir en trabajo normal du- 
rante todo el año con algunos deberes y brazos extras, que la familia del colono 
aportaba en tiempos de recolección o durante la matanza anual. 

En algunos casos también se pagaba un salario o, mejor dicho, es frecuente 
ver un salario expresado en términos monetarios en los registros de las haciendas, 
pero las más de las veces era un salario a cuenta y no en efectivo. En 1870, y 
hasta bien entrado el siglo xx, el trabajador corriente de la hacienda raramente 
veía o tocaba dinero. Por medio del almacén de la hacienda se distribuían artícu- 
los de comercio rudimentarios, tales como hilo, tinte, cuchillos o paño importa- 
do, cuyo valor sencillamente se cargaba en la cuenta del trabajador. En algunos 
casos la hacienda emitía su propia moneda, en forma de fichas (tokens). Un ob- 
jetivo principal de la hacienda era vender sus propios productos por dinero en 
el mercado, pero, al mismo tiempo, pagar lo menos posible en efectivo. Es obvio 
que el objetivo se alcanzaba en la medida en que los productos de la propia 
hacienda —maíz y, sobre todo, bebidas alcohólicas— se intercambiaban por tra- 
bajo. En todo caso, el almacén pretendía sacar un beneficio, aunque las investí- 



142 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

gaciones efectuadas recientemente en los registros de las haciendas indican que 
las tasas no eran tan exorbitantes como suele creerse. 

El intercambio entre los trabajadores de la hacienda y los habitantes de pue- 
blos aislados y alejados de las fuentes de mercado de las poblaciones y minas 
consistía en el trueque. Las pocas monedas que tenían las ahorraban para comer- 
ciar con el mercader ambulante o con el sacerdote local. Generalmente, los servi- 
cios de los clérigos tenían que pagarse con dinero, aunque también en este caso 
era frecuente que los pagase la hacienda contra la promesa de futuras prestacio- 
nes laborales por parte del trabajador que acababa de ser padre o de casarse. 
Los lugareños o los trabajadores de una hacienda que se las arreglaban para pro- 
ducir alguna especialidad como, por ejemplo, miel, cera o alfarería, cambiaban 
estas cosas por cacharros de hojalata, un cuchillo, un pañuelo de fantasía. En 
San José de Gracia, un pueblo corriente de Michoacán, el dinero tenía tres utili- 
dades para los rancheros locales: era el medio de comprar parcelas muy peque- 
ñas; lo hacían tintinear en el bolsillo en bailes y bodas, y lo enterraban en el 
patio de atrás. 

El otro grupo principal de trabajadores de las haciendas lo formaban los peo- 
nes estacionales, que eran contratados por días o por semanas en las épocas de 
mayor necesidad de mano de obra. Normalmente, se contrataban en los poblados 
vecinos, en los asentamientos de colonos intrusos, entre los migrantes o entre 
familias independientes que deseaban complementar sus ingresos. El carácter es- 
tacional del trabajo era un rasgo importante de la agricultura de las haciendas 
y, por supuesto, variaba con el nivel de tecnología y con la naturaleza de la acti- 
vidad. 

Desde el punto de vista del terrateniente, la situación ideal era disponer, para 
períodos específicos del año, de un gran número de hombres y mujeres dignos 
de confianza, a los que bastara avisar con unos días de antelación para que tra- 
bajasen por poco dinero durante exactamente los días que hiciesen falta, tras 
lo cual se irían de la hacienda sin pedir sustento ni ayudas económicas para la 
estación muerta. Desde el punto de vista del terrateniente, la esclavitud era censu- 
rable, aunque absolutamente necesaria en algunas regiones donde no se disponía 
de nadie más para trabajar. Desde el mismo punto de vista, una comunidad pue- 
blerina era una fuente ideal de mano de obra estacional, mientras los habitantes 
del pueblo no insistieran en cuidar o recolectar sus propias cosechas cuando la 
hacienda requería sus servicios. Cuando la tierra era abundante y no se usaba 
plenamente, antes de que los ferrocarriles o los mercados impusieran plazos más 
estrictos, y antes de que las oportunidades de obtener beneficios fuesen tan cla- 
ras, las haciendas toleraban e incluso fomentaban que en ellas se instalara una 
población excedente y subempleada. Pero en el decenio de 1870 en la mayoría 
de los lugares ya se estaba reduciendo la población residente permanente, a la 
vez que iba en aumento la costumbre de pagar a los trabajadores estacionales 
en efectivo. 

El salario de los trabajadores estacionales se calculaba en dinero y a menudo 
se pagaba igualmente en dinero, pero también en este caso no existía un mercado 
de trabajo con todas las de la ley. A juzgar por los datos escasos y las series 
incompletas de que disponemos, diríase que en el decenio de 1870 tanto el patro- 
no como el trabajador se encontraban en trance de aprender las reglas del juego 



LA HISPANOAMÉRICA RURAL, 1870-1930 143 

en lo que a la mano de obra asalariada se refiere. Parece ser que el punto de 
partida para todas las ofertas de jornal hacia mediados de siglo eran dos reales, 
es decir, veinticinco céntimos del peso o su equivalente. Obviamente, a los niños 
les pagaban menos, y lo mismo a las mujeres, por el tipo de trabajo arduo en 
que se juzgaba que su rendimiento era inferior; pero para el varón adulto y nor- 
mal, dos reales, salario acostumbrado durante los dos siglos anteriores, eran la 
oferta inicial. De México a Chile, los terratenientes estaban dispuestos a pagar 
esta cantidad, a la que a veces añadían o deducían una ración de comida, según 
la naturaleza de la tarea que hubiese que hacer. 

Durante las épocas de máxima necesidad de mano de obra era frecuente que 
los salarios se pagasen de una forma que a muchas personas rurales les resultaba 
más atractiva que el dinero. En Ecuador y en muchas secciones de las tierras 
altas peruanas hasta bien entrado el decenio de 1920, e incluso entre los asenta- 
mientos de colonos intrusos rurales en Chile a mediados del siglo xix, las ha- 
ciendas organizaban grandes fiestas, donde se comía y bebía a modo de incentivo 
y recompensa por las tareas que requerían gran número de trabajadores durante 
un período corto pero específico. 

El supuesto que subyacía en estas fiestas y también en la mano de obra asala- 
riada era que un hombre no trabajaba a menos que el hambre le empujase, que 
la calidad del trabajo era la misma con independencia del salario y que, una vez 
satisfecha la necesidad inmediata, el trabajador huía del trabajo o dejaba su em- 
pleo. De ahí la necesidad, por un lado, de supervisión por parte de personal de 
la hacienda y, por el otro, de una nutrida reserva de parados. 

La población había empezado a crecer en todas partes en el siglo xvín; avanzó 
de forma desigual en la primera mitad del xix porque el cólera, la viruela, el 
sarampión y la tos ferina continuaron cobrándose su tributo, y luego se hizo ge- 
neral a partir de 1870. Así pues, no sólo existía una nutrida reserva de posibles 
jornaleros, sino que crecía de forma ininterrumpida. La dimensión demográfica 
es obviamente importante para comprender las formas de trabajo rural y los sa- 
larios reales estáticos e incluso menguantes durante un período —después de 1870 — 
de mayor producción agrícola; pero la densidad demográfica absoluta no es en 
sí misma una explicación suficiente, aunque desplaza la ventaja hacia los que 
controlan la tierra. Una vez más la explicación más completa se encuentra en 
la relación de las personas rurales con la tierra y entre ellas. 

El mayor número de trabajadores estacionales se contrataba entre las comu : 
nidades cercanas de pequeños campesinos o agricultores independientes. Tenían 
sus propios programas de siembra y recolección que, naturalmente, coincidían 
con los de la hacienda. Y mientras los campesinos tuvieran su propia tierra daban 
prioridad a la misma en vez de dársela a la de la hacienda, como es natural. 
Esta situación puede verse claramente en nuevas investigaciones que tratan de 
los comienzos del siglo xix en la región de Chalco, en el valle de México, donde 
los terratenientes suplicaban y trataban de persuadir con zalamerías, pero poco 
podían hacer por extraer trabajadores de un pueblo campesino poseedor de tierras. 

Más entrado el siglo, al crecer el mercado, pero antes del asalto masivo contra 
la tierra de los pueblos, la paradoja se daba en todas partes; había muchísima 
gente, pese a lo cual los terratenientes se lamentaban constantemente de la esca- 
sez de brazos. Desde el punto de vista del terrateniente, existía una escasez de 



144 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

brazos siempre que los trabajadores no se presentaban en el día señalado para 
cobrar eí salario que se ofrecía y trabajar al ritmo exigido. Cuando los ferrocarri- 
les y los compradores al por mayor crearon plazos de entrega, los terratenientes 
se mostraron menos dispuestos a tolerar conflictos entre sus propios programas 
de siembra y recolección y los de los campesinos, así como a tolerar el ausentis- 
mo y la vagancia, pero seguían siendo reacios a pagar un salario suficiente para 
atraerse a una fuerza laboral constante. Dadas las circunstancias, los puntos de 
vista raciales de los terratenientes y su recién adquirida ideología liberal corrieron 
parejos con las nuevas oportunidades de obtener beneficios para justificar una 
solución, como veremos más adelante. 

La población no era menos abundante en las regiones, como el centro de Chi- 
le o el norte de México, donde no existían antiguas comunidades pueblerinas y 
donde el incremento adoptó la forma de asentamientos de colonos intrusos, a 
veces en la hacienda y otras veces en los intersticios entre haciendas, e, inevitable- 
mente, la emigración. Miles de peones emigraron del centro de Chile a los cam- 
pos de nitratos y a las obras de construcción de ferrocarriles después de 1870, 
al mismo tiempo que, con pocas mejoras tecnológicas, la producción agrícola 
aumentaba ininterrumpidamente y los salarios apenas subían. Sin embargo, en 
la medida en que los proyectos de construcción en las ciudades, o en otros países, 
ofrecían competencia en forma de salarios más altos, los terratenientes también 
se vieron obligados a buscar una solución para seguir disponiendo de trabajado- 
res dependientes y salarios bajos. 



El desarrollo liberal: actitudes y política 

Junto con la penetración de los ferrocarriles en Hispanoamérica y el creci- 
miento de la demanda mundial y nacional de sus productos, tuvo lugar, entre 
los terratenientes y los empresarios que iban a beneficiarse de ello, un cambio 
gradual de actitud. Muchos de sus elementos estaban presentes desde finales del 
siglo xvín, pero ahora adquirieron un cariz más ortodoxo: los campesinos hasta 
entonces protegidos tuvieron que convertirse en trabajadores libres. Con el fin 
de conseguirlo, el arcaico tributo colonial que durante siglos se había usado para 
obtener servicios laborales del campesinado indio (normalmente el terrateniente 
pagaba el impuesto de los indios y luego exigía trabajo a guisa de recompensa) 
fue abolido finalmente, en medio de las protestas de una minoría de hacendados 
recalcitrantes, en Perú en 1854, en Ecuador en 1857 y en Bolivia en 1882. Por 
otro lado, las comunidades campesinas fueron criticadas porque, según decían, 
sofocaban las, iniciativas y obstaculizaban la integración social; al mismo tiempo, 
la insistencia liberal en la reducción de los aranceles obligaba a los artesanos pue- 
blerinos a competir con importaciones baratas o a entrar en el mercado de traba- 
jo. La Iglesia, a la que se veía como proveedora de ideas atrasadas y esponja 
de capital, se vio progresivamente apartada de la esfera económica en el decenio 
de 1870. 

Que todo este conjunto de clásicas actitudes liberales no se tradujera comple- 
ta ni rápidamente en una política afortunada lo explican tanto el desprecio sote- 
rrado que sentían los liberales por sus propias clases bajas, y su consiguiente am- 



LA HISPANOAMÉRICA RURAL, 1870-1930 145 

bivalencia acerca de las probabilidades de éxito, como la oposición política. Por- 
que a partir de 1870, las clases propietarias, y en especial los agricultores progre- 
sistas, ocuparon una posición dominante en el gobierno nacional. Así fue hasta 
la Revolución de 1910 en México y hasta el advenimiento de la política urbana 
de masas después de 1920 en Perú y Chile. Existía también la inquebrantable 
realidad de una Hispanoamérica enormemente variable. En varias regiones espe- 
ciales como, por ejemplo, Yucatán, la cuenca del Amazonas o el Valle Nacional 
del sureste de México, donde la mano de obra escaseaba y los beneficios eran 
elevados, el Estado estaba dispuesto a apoyar a los plantadores con la fuerza 
y a suministrarles trabajadores penitenciarios e inmigrantes forzados: todo lo cual 
se consideraba necesario debido a que otros hombres eran reacios a trabajar en 
las duras condiciones que existían en estas zonas. 

No obstante, la opinión de las élites a finales del siglo xix generalmente era 
contraria al peonaje y al empleo de contratistas de mano de obra — el sistema 
llamado «enganche»— excepto cuando se consideraba que ello era absolutamen- 
te indispensable para formar una fuerza de trabajo disciplinada. «El trabajo libre 
produce más», descubrió un delegado en un congreso agrícola de 1896 en Chia- 
pas (México), mientras otros, preocupados por la imagen negativa que podían 
hacerse países de los que tal vez podría obtenerse capital, recordaron al congreso 
que el sistema de trabajo en Chiapas era una vergüenza para el «mundo civiliza- 
do». Si bien estas actitudes eran cada vez más comunes entre los hombres que 
dirigían Hispanoamérica entonces, coexistían incómodamente con la opinión pa- 
ralela de que las clases bajas rurales, fruto del fatalismo indio y de la pereza 
negra, eran incurablemente holgazanas, sólo trabajaban como era debido cuando 
las azotaban y tal vez no serían susceptibles al progreso. 

Así, las relaciones entre terrateniente y campesino continuaron siendo irre- 
ductiblemente constantes a pesar del tremendo cambio exigido por la arremetida 
del capitalismo agrario. Los años comprendidos entre 1870 y 1930 no revelan 
una transición lineal hacia la mano de obra asalariada y el triunfo de un modo 
de producción capitalista pleno, sino más bien un proceso pragmático, disconti- 
nuo, un proceso de avance y retroceso, de compulsión y resistencia, que en últi- 
ma instancia dependía de la potencia de las nuevas fuerzas de producción, del 
poder político de los hacendados individuales o de la clase terrateniente, y de 
la resistencia campesina. Veamos primero los cambios que hubo entre los traba- 
jadores que residían en la hacienda, los que forman lo que algunos observadores 
han denominado «el campesinado interno». 6 

En primer lugar, hay algunos indicios de que se abandonó el sistema de apar- 
cerías y se adoptó el de arrendamiento en dinero. Esto trasladaba la responsabili- 
dad de la comercialización al aparcero y sólo era posible en condiciones especia- 
les como las que existían, por ejemplo, en el Bajío mexicano, donde, de hecho, 
esa tendencia se encuentra mucho antes. Más común era la renegociación del con- 
trato de aparcería, por medio de la cual los terratenientes trataban de obtener 
un porcentaje mayor de los rebaños o las cosechas. Al mismo tiempo, los terrate- 
nientes de todas partes empezaron a incrementar la obligación laboral que pesaba 

6. Rafael Baraona, «Una tipología de las haciendas en la sierra 
Delgado, ed., Reformas agrarias en América Latina, México, 1965, 



146 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

sobre ese sector de la clase baja rural, cuya tenencia era precaria y tenía mucho 
que perder: los colonos. A partir de 1870 a los inquilinos de Chile se les exigió 
que proporcionaran dos e incluso tres jornaleros de sus unidades domésticas a 
los que la hacienda luego pagaba el salario normal. Al aumentar las exigencias 
laborales que hacían a los trabajadores residentes, los terratenientes trataban de 
convertir a los colonos en agentes de contratación de mano de obra y a hacerles 
responsables del cumplimiento, sistema que a menudo estaba lleno de incerti- 
dumbre y de interminable regateo. Al mismo tiempo, muchas haciendas contra- 
taron más colonos, pero les dieron emolumentos muy reducidos. Este procedi- 
miento era razonable allí donde las haciendas tuvieran tierra en abundancia, 
especialmente tierra de regadío, para atraer y mantener a colonos y donde no 
hubiera poblados cercanos que proporcionasen una fuente pronta y segura de 
trabajadores. Pero nuevas investigaciones han demostrado que las grandes ha- 
ciendas ganaderas de Puno, en el sur de Perú, también se agarraban con firmeza 
a sus colonos, eran, además, reacias a reducir los rebaños que solían apacentar 
en tierras de la hacienda y continuaban remunerando a los colonos con derechos 
a pastos y alimentos, y artículos del almacén de la hacienda en vez de salarios 
en efectivo. De hecho, la población rural que residía en haciendas en la provincia 
de Azángaro (Puno) aumento del 23 al 36 por 100 entre el censo de 1876 y el 
de 1940. 

En otras regiones, nuevas oportunidades de mercado alentaron a los terrate- 
nientes a cultivar más tierras o a cercar los pastos, y en esos casos tenía poco 
sentido instalar más residentes, que ocuparían espacio y permanecerían allí todo 
el año. Durante el último tercio del siglo xix, en San Luis Potosí, donde el pro- 
ceso ha sido descrito detalladamente por Jan Bazant, los terratenientes abolieron 
los precios bajos especiales del maíz y redujeron gradualmente el número de colo- 
nos, a la vez que contrataban más jornaleros. La misma pauta se advierte en 
la zona de Tlaxcala-Puebla. A mediados del siglo xix, las haciendas todavía se 
mostraban dispuestas a tolerar y mantener a un gran número de residentes sin 
trabajo y personas que dependían de ellos que habían heredado de los siglos colo- 
niales. Probablemente, esta costumbre redujo el número de parados y vagos que, 
de no ser por ella, tal vez habrían recorrido el país, obvió la necesidad de una 
especie de versión americana de la ley de pobres e hizo que disminuyera un pro- 
blema social que hubiese podido ser grave en el campo. Pero, en el decenio de 
1870 y en lo sucesivo, los terratenientes modernizadores generalmente empezaron 
a expulsar a residentes o, en el caso de tomar otros nuevos, les reducían los dere- 
chos a tierras y raciones. Había también tendencia a reimplantar los límites lega- 
les de las haciendas que en una época más despreocupada se habían descuidado 
o señalado sin rigor. En algunos casos resultó que una población rural excesiva 
había formado asentamientos de colonos intrusos dentro de lo que se considera- 
ba como límites de una hacienda. Las haciendas procuraron expulsar tantos como 
pudieron y restringir en una zona fija a los demás. 

Esto no siempre era fácil. Los registros de algunas haciendas ganaderas pe- 
ruanas revelan la tenacidad con que los residentes se resistían a la expulsión, de 
ellos mismos o de sus rebaños. El anuncio aparecido en un periódico ofreciendo 
vender una hacienda «junto con sus peones» se citaba en otro tiempo como ejem- 
plo de inhumanidad feudal; ahora, en cambio, suele interpretarse como indica- 



LA HISPANOAMÉRICA RURAL, 1870-1930 147 

ción de lo difícil que era separar a los colonos de los derechos y la seguridad 
que ellos consideraban consuetudinarios. También indica los límites de la autori- 
dad del terrateniente incluso en las regiones donde, según se creía, mayor era 
su dominio. Si se empujaba demasiado, existía el riesgo de que los colonos des- 
poseídos volvieran e invadiesen o se infiltrasen en tierras de la hacienda o roba- 
ran animales. 

Al mismo tiempo que se expulsaba a los colonos sobrantes, los que se queda- 
ban —es decir, aquellos a los que se juzgaba más leales y laboriosos— formaban 
un grupo privilegiado en el campo. Frecuentemente recibían los beneficios de un 
paternalismo benévolo que podía adquirir la forma de asistencia médica, obse- 
quios en las ceremonias de nacimientos y matrimonios que puntuaban la vida 
rural, y garantías contra el hambre y el reclutamiento militar forzoso. El precio 
que se pagaba por esta seguridad era la aceptación de la disciplina y mayores 
servicios laborales. 

La ocupación de tierras por colonizadores europeos y sus descendientes crio- 
llos y mestizos es, huelga decirlo, un proceso largo que comenzó en los siglos 
xvi y xvn. Las haciendas particulares y clericales prolif eraron y crecieron por 
medio de concesiones de la corona, compras, colonización de la frontera y usur- 
pación constante de propiedades indígenas. A mediados del siglo xix, aunque 
hay pocas cifras globales dignas de confianza relativas a la distribución, está cla- 
ro que la hacienda había recorrido un largo camino en lo que se refiere a la ocu- 
pación de tierras. 

En el centro de Chile, donde las propiedades indígenas no tenían raíces pro- 
fundas, alrededor del 90 por 100 de toda la tierra ya se encontraba dentro de 
los límites de grandes haciendas (200 hectáreas y más). Cerca del norte de Méxi- 
co, en San Luis Potosí, las grandes haciendas ocupaban unas 25.000 a 30.000 
hectáreas y la extensión aumentaba con la aridez y la distancia desde Ciudad 
de México. Pero aquí los pocos poblados indios que habían formado después 
de la conquista grupos migratorios procedentes del sur también tenían tierras abun- 
dantes y, en otros casos, que a la sazón se pasaron por alto pero que luego serían 
tachados de ilegales, colonos intrusos se instalaron en las mismas haciendas. En 
las regiones centrales de Mesoamérica y la región andina, la expansión de las 
haciendas particulares había chocado con la tenaz resistencia de las comunidades 
indias y la protección que éstas recibían de la corona. Esto, junto con las escasas 
oportunidades del mercado y la consiguiente disminución del interés de los ha- 
cendados por adquirir más tierra, significó que, en el decenio de 1860, los pobla- 
dos tenían aún hasta dos tercios de toda la tierra de Bolivia y, tal vez, la mitad 
en el centro de México y en los Andes. 

De los muchos cambios profundos que tuvieron lugar en la Hispanoamérica 
rural después de 1870, el que más ha llamado la atención ha sido el ataque contra 
los poblados comunales y la absorción de sus tierras por parte de las grandes 
haciendas. Leyes liberales y la interpretación de las mismas en las postrimerías 
del siglo xix permitieron a los poblados vender sus propiedades y a los terrate- 
nientes particulares comprarlas. En México, la ley Lerdo y su ampliación en la 
Constitución de 1857, la destrucción en 1861 de los llamados «resguardos» indios 
en Colombia y leyes parecidas en todo el hemisferio durante el siglo xix preten- 
dían convertir las comunidades de pequeños campesinos en pequeños propieta- 



148 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

rios para crear, en resumen, un verdadero mercado de tierra y trabajo. De hecho, 
se organizó una ofensiva liberal en tres frentes. Los trabajadores estaban mejor 
organizados en la hacienda y, en algunos casos, se perfeccionaron las técnicas 
agrícolas con el fin de reducir el número de trabajadores necesarios; se intentó 
definir los límites, expulsar a los colonos intrusos y hacer que se cumplieran las 
leyes contra la vagancia, y, lo más importante de todo, se intentó absorber las 
tierras de los poblados. 

La apropiación de tierras de los poblados se ha seguido con la máxima aten- 
ción en México. En los ejemplos más extremos, tales como el de Morelos, donde 
los plantadores de caña consiguieron borrar totalmente unos cuantos poblados 
o extender los límites de la hacienda hasta el borde mismo de la entrada del po- 
blado, en 1910 un pequeño campesinado ya había sido convertido casi por com- 
pleto en una fuerza laboral proletarizada. Pero Morelos, con sus plantadores exi- 
gentes, que contaban con el apoyo decidido del Estado, seguía siendo una excepción 
en las clases de zonas tradicionales de que nos estamos ocupando. En otros luga- 
res el proceso no fue tan lejos. En Bolivia, quizá un tercio de toda la tierra pasó 
a ser propiedad privada en los decenios posteriores a 1870, dejando aproximada- 
mente un tercio en manos de los poblados. Una pauta semejante se ha descrito 
en el valle de Cauca en Colombia, en Guatemala y en las tierras altas de Perú. 

A pesar de lo que suele suponerse, ni el efecto ni el propósito de este proceso 
eran la abolición de las tierras de los poblados. Donde no había ningún receptá- 
culo institucional que pudiera contener una reserva de mano de obra temporera, 
al tiempo que las poblaciones, las minas o los proyectos de construcción repre- 
sentaban una fuerte competencia, es cierto que las haciendas instalaban a colonos 
complementarios ofreciéndoles tierra de regadío. Así ocurrió en el centro de Chi- 
le y en el norte extremo de México, donde los Estados Unidos ofrecían empleos 
mejor pagados. 

Pero en las zonas nuclearias donde un verdadero campesinado de pueblo ha- 
bía existido «desde tiempo inmemorial» y la gente mostraba una fuerte inclina- 
ción a permanecer apegada a la tierra, el efecto de la absorción de tierra de los 
poblados no fue borrar éstos por completo y trasladar sus habitantes a las ha- 
ciendas. En vez de ello, se preservaron los poblados, aunque reducidos a un nivel 
de recursos tan bajo, que para sobrevivir había que buscarse un empleo en la 
hacienda. En 1910, sólo el 45 por 100 de la población rural mexicana de la zona 
nuclearia vivía en haciendas; en Perú, sólo el 20 por 100 en 1940. El resto se 
hallaba relegado a una zona reducida de tierra inferior, a menudo árida o en 
laderas empinadas, donde formaban una masa empobrecida a la que las hacien- 
das corrientes de México o de las tierras altas de Perú podían acudir en busca 
de trabajadores temporeros, cosa que, andando el tiempo, harían también los 
nuevos enclaves de agricultura plenamente capitalista en las elevaciones tropica- 
les, los contratistas de los ferrocarriles, los mineros y los patronos urbanos. 

Otro elemento de la renta campesina era la industria doméstica. Hasta media- 
dos del siglo xix, los aranceles, fuente principal de finanzas para el Estado, ha- 
bían brindado cierta protección a los hilanderos y tejedores locales, a los fabri- 
cantes de sombreros y a los de sandalias, así como a otros tipos de producción 
basta. Probablemente, era más importante la protección que ofrecían los eleva- 
dos costes del transporte en las regiones aisladas. El objetivo liberal consistente 



LA HISPANOAMÉRICA RURAL, 1870-1930 149 

en el movimiento libre de importaciones nunca se alcanzó del todo, pero las re- 
ducciones de los aranceles y la penetración de los ferrocarriles permitieron a las 
importaciones competir con los productores locales y luego eliminarlos. En San- 
tander, Colombia, que durante mucho tiempo fue un próspero centro de produc- 
ción artesanal, las sombrereras, las veleras y las tejedoras se quedaron sin trabajo 
después de 1870. En Chile, los hilanderos y los tejedores desaparecieron a causa 
de la competencia de los algodones de Lancashire. A comienzos del siglo xx, 
los informes entusiasmados sobre oportunidades en el comercio y los negocios 
que redactan los emisarios comerciales norteamericanos y británicos muestran 
la extensión del mercado y el desprecio que inspiran los fabricantes locales. 

El efecto esencial puede verse en los salarios que se pagaban a los jornaleros. 
En San Luis Potosí y en Puebla se mantuvieron durante mucho tiempo, e incluso 
bajaron dos reales las tasas del siglo xvi. En los alrededores de Arequipa y en 
el centro de Chile el salario nominal subió, pero la información de que dispone- 
mos indica que la tasa de salarios reales generalmente descendió después del dece- 
nio de 1870 en las zonas más insulares. El crecimiento de la producción agrícola, 
situada más o menos en el mismo nivel de tecnología entonces, no tuvo el efecto 
que cabría esperar en un verdadero modelo de mercado. Esto lo explica, en par- 
te, la mayor productividad de la mano de obra, resultante de la imposición de 
mejor organización, mayor disciplina, horarios más largos y más días y semanas 
de trabajo al año. Pero el éxito que obtuvieron los terratenientes en lo que res- 
pecta a mantener una tasa salarial baja y extraer una plusvalía, base de su domi- 
nación de la vida social y política a finales del siglo xix, se debió a su capacidad 
de limitar las opciones del creciente número de personas de la clase baja rural. 
Esto se hizo esencialmente por medio del control de la tierra y del agua. Tanto 
éxito tuvo esta estrategia, que raramente era necesaria la coacción extraeconómi- 
ca. Pero la fuerza armada del Estado solía estar disponible, entre bastidores, por 
así decirlo, en caso de conflicto. 

Un problema central en el estudio de la historia rural ha sido la coacción 
extraeconómica. En Hispanoamérica se ha dado por sentado durante mucho tiempo 
que el sistema de remisión de deudas por el trabajo proporcionaba a los terrate- 
nientes el mecanismo para controlar a los obreros mucho después de que se abo- 
lieran las instituciones oficiales de la esclavitud, la encomienda y la hacendera. 
Un observador tan informado como Frank Tannenbaum arguye, en uno de sus 
escritos del decenio de 1920, que la mayor parte de los trabajadores residentes 
«se mantenían en la hacienda mediante un sistema de deuda». 7 Esta opinión 
la compartían numerosos autores, especialmente en México y en Perú durante el 
decenio de 1930, de modo que la creencia de que la remisión de deudas por 
el trabajo estaba muy extendida se convirtió en una verdad aceptada en los libros 
de texto y las interpretaciones clásicas. Esta idea se vio reforzada por los requisi- 
tos teóricos en la polémica en torno al modo de producción que suscitó la labor 
de Andre Gunder Frank en el decenio de 1960; porque al contradecir el argumen- 
to de Frank en el sentido de que el campo latinoamericano era realmente capita- 
lista (y, de hecho, lo había sido desde el siglo xvi), sus críticos pusieron mucho 
cuidado en demostrar que, de hecho, la expansión capitalista hacia el interior 

7. Frank Tannenbaum, The Mexican agravian revolution, Washington, 1930, p. 1 10. 



150 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

de América Latina había incrementado las exacciones de servidumbre que se im- 
ponían al campesinado, y su instrumento principal era la remisión de deudas por 
el trabajo. 

Desde entonces se han llevado a cabo muchas investigaciones sobre un nivel 
de datos más fundamental, como es, por ejemplo, el de los registros de las ha- 
ciendas y los archivos locales. Estas investigaciones demuestran que en muchos 
casos la deuda debe interpretarse en realidad como crédito, esto es, un beneficio 
que se hace extensivo a los miembros más estables y dignos de confianza de la 
población rural activa. Otros estudiosos del tema comprobaron que los trabaja- 
dores pedían adelantos a cuenta de su trabajo y que, si bien pueden constar como 
deudas en los libros de contabilidad, ello no significaba necesariamente que per- 
mitieran retener al trabajador en su puesto. La nueva investigación, pues, puso 
en entredicho el vocabulario que se usaba anteriormente, abrió categorías nuevas 
para el estudio y sugirió que las cosas funcionaban en realidad de un modo que 
no era el que les había parecido a otra generación de observadores. 

Las consecuencias implícitas de las nuevas investigaciones eran que el merca- 
do y la población constituían los elementos clave de un modelo de cambio agra- 
rio que sería el que mejor encajaría en el período 1870-1930: tanto los habitantes 
de los poblados como los residentes en la hacienda eran más libres de lo que 
antes se suponía en lo que se refiere a buscar empleo, y los terratenientes compe- 
tían por sus servicios; dejó de ponerse énfasis en la estructura de clases. Pero 
si la remisión por el trabajo era menos común y la deuda acarreaba menos coac- 
ción, ello no quiere decir que nos encontremos en presencia, en 1870 o siquiera 
en 1930, de una sociedad donde los hombres y el trabajo fueran objeto de puja 
e intercambio libres. Enrique Semo nos recuerda que el terrateniente ejercía con- 
trol sobre el trabajador porque pagaba al sacerdote que celebraba los oficios reli- 
giosos; mantenía la escuela que proporcionaba la educación mínima a los hijos 
de trabajadores escogidos; controlaba las fuerzas de orden público o influía en 
ellas; era el único que podía facilitar asistencia médica; era el importador exclusi- 
vo de mercancía local y de ultramar; podía invadir las tierras de las comunidades 
rebeldes y embarcarse en largos y costosos pleitos judiciales; ejercía influencia 
en los funcionarios locales y, a veces, los nacionales. Finalmente, tenía la facul- 
tad de castigar a los que le ofendían encerrándoles en la cárcel de la hacienda 
e incluso dándoles muerte. 8 

Es indudable que este análisis puede aplicarse a muchas zonas de Hispano- 
américa en 1870 e incluso en 1930. En esta última fecha, México, huelga decirlo, 
estaba llevando a cabo una revolución agraria que había empezado a desmantelar 
la hacienda del modelo antiguo y a dar al Estado el papel de mediador en las 
relaciones entre terrateniente y campesino. En otros lugares la creciente marea 
demográfica estaba eliminando en su mayor parte la necesidad de «dominación 
señorial» manifiesta, toda vez que los terratenientes podían escoger entre los tra- 
bajadores rurales desorganizados que hacían cola ante la puerta de la hacienda 
para pedir trabajo. 



8. Enrique Semo, «Comentarios», en El trabajo y los trabajadores en la historia de Méxi- 
; México, 1979, p. 395. 



LA HISPANOAMÉRICA RURAL, 1870-1930 



Resistencia y revueltas 

La historia de la Hispanoamérica rural muestra numerosos ejemplos de con- 
flictos y violencia. En el caso del siglo xix, y especialmente después del decenio 
de 1870, es necesario distinguir ante todo entre las regiones que hemos examina- 
do hasta aquí y las regiones donde aparecieron formas nuevas de capitalismo 
agrario. En el moderno sector del enclave, que se describe con mayor detalle más 
adelante, los trabajadores reunidos en las plantaciones grandes ya se habían or- 
ganizado en sindicatos antes de la primera guerra mundial, y luego formaron 
partidos políticos para luchar por mejores condiciones de trabajo y salarios más 
altos. Por ejemplo, en Huara, valle del centro de Perú, las ideas anarquistas se 
extendieron desde el puerto de Huacho y alcanzaron a los trabadores rurales; 
en 1918, varios huelguistas fueron abatidos a tiros por las tropas. En la costa 
del norte, los trabajadores de los campos de caña y los ingenios formaron sindi- 
catos, muchos de los cuales se integraron en la Alianza Popular Revolucionaria 
Americana (APRA). En Colombia, los primeros sindicatos rurales se formaron 
en 1917, y durante el año siguiente se convocaron huelgas en la plantación que 
la United Fruit Company tenía en Santa Marta y alrededor de las plantaciones 
de café que había a orillas del curso bajo del río Bogotá. Todos estos movimien- 
tos tenían su ideología y su organización y, con frecuencia, aspiraban a cambios 
reales en los sistemas políticos y económicos. Sin embargo, de vez en cuando, 
en las regiones más remotas, se planteaban cuestiones de mayor alcance. El 1 
de mayo de 1931, por ejemplo, indios colombianos ocuparon la pequeña pobla- 
ción de Coyaima, izaron la bandera roja e instauraron un soviet. 

En las zonas interiores y más tradicionales, la resistencia y las revueltas acos- 
tumbraban a ser la respuesta a la expansión de las haciendas a expensas de las 
tierras de los poblados, o a los intentos de reformar las haciendas que pretendían 
proletarizar al campesinado interno, y a menudo cobraban la forma de una gue- 
rra de castas localizada. En ese sentido eran movimientos sociales «arcaicos» por 
cuanto reflejaban un proceso de adaptación por parte de gentes prepolíticas a 
la penetración del capitalismo agrario, gentes que, por regla general, seguían sin 
comprender nada y eran víctimas de la modernización. Eric Wolf explicó la re- 
vuelta campesina diciendo que era una reacción al empobrecimiento, pero tam- 
bién a cambios bastante rápidos en la calidad de las relaciones personales, que 
ocurrían al desintegrarse la vida en el poblado o las comunidades de las hacien- 
das sin que hubieran aparecido aún instituciones alternativas. Tal vez sea una 
forma indirecta de decir algo muy sencillo, como ha hecho John Womack en 
su estudio de uno de los más importantes movimientos campesinos de Hispano- 
américa. La gente de Morelos quería que la dejaran en paz y seguir cultivando 
su tierra como había hecho siempre. Cuando se hizo evidente que las voraces 
haciendas azucareras no iban a permitirlo —y tampoco necesitaban dar empleo 
a muchos de ellos — estalló la Revolución. Las condiciones que llevaron a la Re- 
volución de Zapata explican, en mayor o menor grado, la mayoría de las revuel- 
tas campesinas que hubo en el período que nos ocupa. Tienen sus raíces en la 
relación de propiedad entre terrateniente y trabajador, una relación que se hizo 
cada vez más conflictiva después de 1870. 



152 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

Dar primacía a este elemento no significa que los resultados fueran idénticos 
en todas partes, puesto que las circunstancias variaban mucho. Un rasgo necesa- 
rio era una comunidad que hiciese de foco de la resistencia y la acción. Si echa- 
mos un amplio vistazo al conjunto de Hispanoamérica, vemos que hubo muy 
pocas revueltas, si es que hubo alguna, en las regiones como, por ejemplo, el 
centro de Chile o el norte de México durante el porfiriato, donde la hacienda 
dominaba el paisaje rural, formando en sí misma una comunidad con sus hileras 
de viviendas de trabajadores, su propia capilla y su propio santo patrón. Los 
trabajadores mayas de las plantaciones de henequén (o de sisal) de Yucatán ape- 
nas se movieron en los primeros años de la Revolución mexicana y, aunque los 
rancheros de Pisaflores fueron ávidos partidarios de la causa rebelde, no puede 
decirse lo mismo de sus colegas de los Altos de Jalisco. 

Aparte del caso clásico de la revuelta de Morelos en 1910-1919, revueltas pa- 
recidas tuvieron lugar en toda la región andina, donde haciendas y comunidades 
coexistían. Quizá la más importante, por su magnitud y su violencia, fue la que 
estalló en el Altiplano de Bolivia en 1899, cuando Pablo Zarate, líder comunita- 
rio al que más adelante se conocería por el apodo de El temible Willka, encabezó 
un movimiento que pretendía devolver a los indios la tierra que habían usurpado 
los hacendados. En Cerro de Pasco, Huanta, Tocroyoc y Molloccahua, en las 
tierras altas de Perú, por citar unos pocos ejemplos que han sido estudiados, 
tenemos pruebas de que el conflicto se generó esencialmente por el desarrollo 
económico. Todas estas sublevaciones fueron sofocadas por la fuerza —la policía 
local o el ejército nacional, junto con los terratenientes del lugar — y, en el caso 
de Tocroyoc, el cadáver del líder permaneció varios meses expuesto en el tejado 
de una iglesia del lugar. 



El papel del Estado liberal 

La historia de la sociedad agraria en la Europa oriental y en la occidental 
demuestra que en las postrimerías de la Edad Media y en la Edad Moderna los 
intereses comunes de los terratenientes y del Estado en la explotación del campe- 
sinado generaron actitudes diferentes ante el mismo. El Estado competía con los 
terratenientes por la plusvalía de los campesinos y con frecuencia tenía interés 
en preservar la clase campesina como base económica y militar. Hasta cierto pun- 
to lo mismo podría decirse del período colonial en Hispanoamérica, cuando la 
corona y la Iglesia ejercían cierta custodia paternal sobre la población indígena. 
De vez en cuando, los tribunales reales fallaban contra la élite colonial; de vez. 
en cuando, se forjaban alianzas entre la corona y el campesino. Y, por supuesto, 
la clase media urbana de las democracias europeas modernas se vio obligada, 
a comienzos del siglo xix, a buscar apoyo político entre los agricultores y cam- 
pesinos. 

En el decenio de 1870, el Estado liberal hispanoamericano ya se había asenta- 
do, después de las incertidumbres políticas de la época de la independencia. Con 
poquísimas excepciones, desde entonces hasta la Revolución mexicana (1910) y 
la aparición de los partidos políticos de masas en los decenios de 1920 y 1930 
(más tarde en algunos países), el poder político fue esencialmente idéntico al po- 



LA HISPANOAMÉRICA RURAL, 1870-1930 153 

der de clase, esto es, estaba interrelacionado y entretejido con la clase terrate- 
niente. El hecho de que a veces se suscitaran conflictos de clase entre los hacenda- 
dos más antiguos y aferrados a la tradición y los propietarios comerciales moder- 
nos, o entre un sector industrial minero naciente y los intereses agrarios, como 
ocurrió en Chile y en Colombia durante el decenio de 1890, no resta valor a su 
posición contraria a la clase baja rural. El papel del Estado liberal, en lo que 
respecta a condicionar el desarrollo del capitalismo agrario, fue algunas veces 
decisivo —por ejemplo, en la transferencia de tierras eclesiásticas o de los poblados 
al sector privado — y otras — por ejemplo, en lo que se refiere a hacer cumplir las 
leyes contra la vagancia o a llevar tribunales y orden a las zonas remotas — , inefi- 
caz debido a la absoluta incapacidad de la administración civil. A causa de ello, 
si bien es indudable que el Estado era el brazo de la clase dominante, generalmen- 
te era un brazo débil y las relaciones sociales en el campo dependían en gran 
medida de la conciliación y la componenda. Así pues, el control efectivo que 
los terratenientes ejercían sobre los trabajadores rurales, especialmente en las re- 
giones remotas, era limitado. Esta afirmación no sería cierta en los casos excep- 
cionales de las tierras altas de Guatemala, Yucatán o el Amazonas, donde el Es- 
tado concedía tanta importancia a la exportación de café, henequén y caucho, 
donde aplicaba toda su fuerza. Pero cuando el mayordomo de una hacienda chi- 
lena señala en 1895 que tiene que hacer que los trabajadores comprendan «con 
buenas y prudentes instrucciones» y soporten toda suerte de «impertinencias», 
oímos la voz de la realidad cotidiana, una voz más común. 9 

La unión de los terratenientes y el Estado puede verse en los impuestos rura- 
les. Donde el Estado y los terratenientes a menudo competían por los ingresos 
campesinos en Europa, en Hispanoamérica era frecuente que a los terratenientes 
se les permitiera recaudar los impuestos campesinos por cuenta del Estado. Esta 
costumbre, común en la época colonial, permitía a los terratenientes obtener ser- 
vicios laborales de los trabajadores rurales cuyos impuestos pagaban, y los go- 
biernos republicanos de principios del siglo xix no vacilaban en entregar a los 
hacendados este instrumento de exacción de trabajo. Cuando se abolió el tributo, 
ya no merecía la pena luchar por los impuestos que pagaban los campesinos. 
En Perú, el impuesto de capitación que pagaban las unidades domésticas indias 
desde el siglo xvi y que duró hasta los primeros tiempos de la república fue abo- 
lido en 1854; en Ecuador, en 1857. En Chile, el Estado estudiaba la conveniencia 
de cobrarles un impuesto a los pequeños campesinos, pero decidió no hacerlo 
cuando se vio claramente que el coste de su recaudación sería mayor que los in- 
gresos generados por los minifundios empobrecidos. Sólo las propiedades de ex- 
tensión bastante grande estaban sujetas al impuesto; el resto de la clase baja rural 
pagaba un impuesto del timbre y una serie de pequeños impuestos municipales. 
El diezmo raramente se aplicaba a la producción campesina y, en todo caso, la 
mayoría de los gobiernos republicanos lo hicieron voluntario en los decenios de 
1830 y 1840. 

Cuando Hispanoamérica se integró más plenamente en el mercado mundial 
después de 1870 aparecieron fuentes de ingresos más prácticas que los impuestos 



154 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

campesinos (el principal era el impuesto de aduanas), y es indudable que su abun- 
dancia redujo el interés por el campesinado como fuente de ingresos para el Esta- 
do y permitió a los gobiernos dominados por los terratenientes eliminar o reducir 
sus propias cargas. 

Si pocos ingresos para el Estado se obtenían de las zonas rurales, los servicios 
que el Estado proporcionaba eran correspondientemente escasos. En el decenio 
de 1870, sólo un puñado de gendarmes rurales se hallaba destinado en la mayoría 
de las zonas rurales, y era frecuente que su rústica «caseta» se encontrara en 
tierras de alguna hacienda. El México de Porfirio Díaz fue precoz por su interés 
en la policía rural: los rurales fueron reorganizados y reforzados en el decenio 
de 1880. En Perú, no se llevó a cabo ninguna mejora significativa hasta 1920 
con la Guardia Civil de Leguía y, en Chile, con la creación de los Carabineros 
más o menos en la misma época. Y los ejércitos, desde luego, después de la gue- 
rra del Pacífico (1879-1883), se ocuparon esencialmente de los enemigos internos. 
El ejército no se usaba simplemente para sofocar las revueltas rurales, sino que 
el reclutamiento servía a modo de red para pescar a descontentos y alborotado- 
res. Nada era más oneroso y temido por los campesinos jóvenes de Morelos que 
el reclutamiento militar. 

De modo parecido, la organización de la justicia estaba íntimamente relacio- 
nada con la clase propietaria. Chile, que se libró de gran parte de la agitación 
posterior a la independencia, en el decenio de 1840 ya había instalado una admi- 
nistración fiscal bastante eficaz, así como judicaturas provinciales. Pero en las 
zonas más remotas del México rural no hubo juez ni cárcel pública hasta bien 
entrada la segunda mitad del siglo xix, mientras que, en la misma época, en la 
costa septentrional de Perú, una familia terrateniente, los Aspíllaga, ejercía una 
jurisdicción señorial de fado a falta de un juez civil. Así, cuando el capataz de 
una hacienda fue asesinado a machetazos, la hacienda juzgo y ejecutó al presun- 
to culpable, un trabajador chino. Hasta el decenio de 1890 no puso el Estado 
a Cayaltí y otras plantaciones de la costa del norte bajo su tutela judicial. 

Incluso en el decenio de 1920, cuando la hegemonía de los terratenientes en 
las zonas rurales se estaba desmoronando, la asociación del Estado con ellos 
puede verse en la imposición del deber de trabajar en la construcción de carre- 
teras en Guatemala y Perú. La Conscripción Vial, ley para la construcción de ca- 
rreteras promulgada en Perú en 1920, exigía a los varones adultos de edad com- 
prendida entre los 18 y los 60 años que trabajaran entre seis y doce días cada 
año, sin percibir pago alguno, en la construcción y el mantenimiento de carrete- 
ras. En las zonas rurales, los terratenientes locales solían controlar a la junta pro- 
vincial y usaban la mano de obra obligada por el Estado para construir carreteras 
que unieran sus haciendas y las poblaciones con mercado. 

No cabe duda alguna de que la asistencia más importante que el Estado ofre- 
cía a la clase terrateniente consistía en transferir propiedades eclesiásticas a ma- 
nos privadas. Además de inmensas extensiones de tierras desocupadas adquiridas 
por individuos mediante contratos de agrimensura o recuperación, la venta de 
millones de áreas de tierra de la Iglesia dio origen a un crecimiento y una consoli- 
dación enormes de las mayores haciendas, que al finalizar el siglo llegaron a ejer- 
cer una hegemonía rural mucho mayor que durante los siglos de feudalismo co- 
lonial. 



LA HISPANOAMÉRICA RURAL, 1870-1930 155 

De hecho, la absorción de propiedades eclesiásticas se remonta al decenio de 
1760, cuando los principales terratenientes eclesiásticos, los jesuitas, fueron ex- 
pulsados y sus propiedades se vendieron en subasta pública. Durante todo el siglo 
xix, pero en especial después de la legislación liberal de mediados del mismo, 
millones de áreas de tierra de la Iglesia pasaron a manos particulares. Esto repre- 
sentó pocos cambios en la producción o la tecnología, puesto que gran parte de 
dicha tierra ya estaba arrendada por la Iglesia y explotada por terratenientes par- 
ticulares antes de las ventas forzosas, pero la súbita disponibilidad de grandes 
cantidades de tierra hizo bajar los precios y permitió a los mercaderes y a los 
profesionales urbanos engrosar las filas de los terratenientes, ampliando la base 
social de la clase propietaria de tierra, manteniendo vivos los valores sociales de 
dicha clase y, en general, reforzando enormemente el sector terrateniente privado. 

Aparte de transferir tierra eclesiástica al sector privado, el Estado liberal tam- 
bién emprendió la tarea de liberar a los terratenientes de las antiguas cargas de 
deudas clericales. A lo largo de los siglos anteriores, apenas un solo terrateniente, 
especialmente en las zonas nuclearias de México y Perú, que eran muy clericales, 
se olvidó de instituir una fundación para misas que obligara a la hacienda a pa- 
gar anualidades, las cuales, aunque no siempre se satisfacían, sobre todo a co- 
mienzos del siglo xix, normalmente significaban que una parte cuantiosa de los 
ingresos de la hacienda se extraía por medio de esta vasta red de cargas y gravá- 
menes. En los decenios de 1850 y 1860, casi todas las repúblicas hispanoamerica- 
nas siguieron una política que permitiría a los terratenientes de los decenios sub- 
siguientes librarse del peso de las obligaciones clericales. En Colombia, una ley 
de 1851 hizo posible que los propietarios redimiesen la totalidad del valor del 
capital de un gravamen clerical pagando la mitad de su importe al Estado en 
bonos devaluados. El gobierno acordó entonces pagar las obligaciones a la Igle- 
sia. En 1863, leyes nuevas ya hacían que las cosas les resultasen aún más fáciles 
a los hacendados. Las fundaciones para misas y oraciones y los gravámenes po- 
dían redimirse pagando sólo una décima parte de su valor en bonos de la deuda 
pública. En Perú, se proclamaron leyes parecidas a las de Colombia en 1850 y 
1864 y, en Chile, en 1865. Entre 1865 y 1900, en este último país, la tesorería 
recibió unos 3,5 millones de dólares en concepto de redenciones, lo cual significa- 
ba que los terratenientes se libraron, como mínimo, de más de 17 millones de 
dólares en cargas. En México, aunque las leyes de reforma de 1859 no se ocupa- 
ron explícitamente de las fundaciones para misas y de las obras piadosas, leyes 
posteriores permitirían a los terratenientes saldar sus deudas, de hecho, cancelar 
sus hipotecas, pagando sólo una fracción de su valor, a menudo sólo un 15 por 
100. La Iglesia, y en definitiva las clases populares que dependían de los servicios 
sociales de ésta, fueron las víctimas de la política liberal, mientras que la clase 
de terratenientes disfrutaba de una tremenda ganancia de capital y reducía los 
costes generales fijos. 



El moderno sector del enclave 

Hasta ahora nos hemos ocupado de lo que, para entendernos, podríamos de- 
da sociedad tradicional o insular de la hacienda-comunidad puebleri- 



156 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

na» de Mesoamérica y las tierras altas de los Andes, así como de los cambios 
causados por la política liberal durante un período de crecimiento, tanto de los 
mercados internos como de la población. En las inmediaciones de esta sociedad 
más antigua, generalmente en las elevaciones bajas y medias, aparecieron enton- 
ces empresas agrícolas muy diferentes, nacidas a causa de la enorme demanda 
de alimentos y fibras tropicales que se registraba en los países del Atlántico Norte. 
Las plantaciones de café se extendieron rápidamente y, aunque Brasil suministra- 
ba café al 70 por 100 del mercado mundial en 1900, este producto también trans- 
formó las zonas de elevación media situadas en un vasto arco que partía de Vene- 
zuela y atravesaba Colombia, América Central y México. La producción mundial 
de azúcar creció enormemente al mismo tiempo, aunque el precio, que bajó a cau- 
sa de la competencia internacional que le hacía el azúcar de remolacha, descendió 
de los 25 chelines el quintal en 1880 a menos de la mitad de esa cifra antes de 
1900. El resultado, en las zonas de la América tropical donde se cultivaba caña 
de azúcar, fueron grandes inversiones por parte de sociedades, a menudo extranje- 
ras, en centrales más eficientes y en gran escala que aparecieron en el Caribe y 
en Brasil, la costa septentrional de Perú, y en bolsas de producción más pequeñas 
en Colombia, Salta y Tucumán, Argentina, Morelos y la costa de Veracruz. 

A estos dos productos de exportación básicos se añadían los plátanos en el 
litoral de América Central y Ecuador; el caucho, que ya representaba el 25 por 
100 de las exportaciones brasileñas en 1910, y el henequén, que producían miles 
de peones en Yucatán para permitir ahorrar mano de obra en la recolección de 
cereales en los Estados Unidos y Europa. Este último producto aumentó de alre- 
dedor de 11.000 toneladas en 1877 a 129.000 en 1910 y constituía el 15 por 100 
de las exportaciones mexicanas; se exportaban algodón y lana desde Perú; cacao 
desde Venezuela y América Central, y cereales desde el centro de Chile y las re- 
cién conquistadas tierras de Araucanía. 

Las nuevas industrias agrarias se movían a un ritmo diferente. Los trabajadores 
se requerían según el programa y tenían que trabajar ininterrumpidamente y no 
en ráfagas cortas seguidas de «juergas»; tampoco se les podía permitir que volvie- 
ran a su poblado y a su familia para cuidar su propia tierra. Las nuevas industrias, 
cuyos programas eran dictados por un mercado mundial, querían mano de obra 
cuando la necesitaban y no según la conveniencia de los trabajadores. Este merca- 
do nuevo, impulsado por la demanda europea y por una revolución en los transpor- 
tes que permitía a estos rincones lejanos competir a escala mundial, cayó de repente 
sobre una población rural que, aunque numerosa y sin duda acostumbrada al tra- 
bajo arduo, no estaba preparada para la disciplina que ahora se esperaba de ella. 
Para una población rural habituada a trabajar cuando el clima lo permitía y la 
naturaleza lo exigía, se instalaron ahora el cronómetro, los relojes y las campani- 
llas. En 1916, un trabajador de los ferrocarriles de Cerro de Pasco fue multado 
y maltratado por su capataz por haber llegado con un minuto de retraso. 

Como en la mayor parte de la agricultura precapitalista, la población rural 
estaba esencialmente «orientada a la tarea», como dice E. P. Thompson. 10 Esto 



10. E. P. Thompson, «Time, work-discipline, and industrial capitalism», en Essays in So- 
cial History, ed. de M. W. Flinn y T. C. Smout, Londres, 1974, p. 42 (hay trad. cast. : «Tiempo, 
disciplina de trabajo y capitalismo industrial», en Tradición, revuelta y consciencia de clase, 
Crítica, Barcelona, 1979, pp. 239-293). 



LA HISPANOAMÉRICA RURAL, 1870-1930 157 

quiere decir que hombres y mujeres trabajaban muchas horas, arduamente, du- 
rante la recolección, la matanza o el esquileo anual, pero que, durante gran parte 
del año, las ocupaciones habituales eran sencillas y consistían en reparar vallas, 
limpiar zanjas, etcétera. Las cuentas de las haciendas muestran que pocos hom- 
bres trabajaban más de tres o cuatro días a la semana; muchos de ellos, menos 
de quince días al mes. Durante el resto del tiempo el trabajo se arrastraba en 
un nivel muy bajo y, a juicio de Luis González, tenía tanto valor moral como 
económico. Para el pequeño campesino de San José de Gracia, la alegría y el 
trabajo no estaban en pugna, sino que, de hecho, dependían la una del otro. 
Por este motivo los rancheros locales no acertaban a comprender que alguien 
quisiera ser terrateniente absentista. En cuanto a la ociosidad, sólo los hombres 
podían permitirse este vicio: las mujeres trabajaban todo el día en las faenas do- 



Hay varios lugares donde investigaciones nuevas permiten seguir con cierto 
detalle el efecto de este tipo nuevo de demanda laboral. La caña de azúcar se 
cultivaba en la costa del norte de Perú desde el siglo xvi, y hasta 1850 la pobla- 
ción activa de allí consistió en esclavos negros. En la primera etapa posterior 
a la abolición de la esclavitud, los plantadores contrataron a unos cuantos negros 
libres, escogidos entre los pequeños campesinos independientes de la costa, inten- 
taron atraer a trabajadores de la población, en gran parte mestiza, de la sierra 
de Cajamarca, pero acabaron importando unos 88.000 chinos (y 170 chinas) en 
los años anteriores a 1874. La necesidad de buscar trabajadores en la otra orilla 
del Pacífico, a más de 11.000 kilómetros de distancia, así como de pagarles el 
pasaje, es una prueba elocuente de lo difícil que resultaba adquirir trabajadores 
locales. Aunque muchos plantadores creían que los peruanos, especialmente los 
serrranos, eran mejores trabajadores, también los consideraban poco dignos de 
confianza e inconstantes. Con el fin de obtener mano de obra cuando la necesita- 
ban, las plantaciones empleaban peones chinos, que estaban obligados por con- 
tratos de servidumbre limitados. 

La guerra del Pacífico (1879-1883) destruyó la economía basada en el azúcar 
de la costa septentrional, pero su recuperación fue posible gracias a las inversio- 
nes de alemanes y norteamericanos, así como de capitalistas locales. Para poder 
competir en el mercado mundial, los nuevos plantadores en Perú adoptaron eco- 
nomías de escala y pusieron especial empeño en que los costes de la mano de 
obra se mantuvieran bajos. Los plantadores intentaron encontrar trabajadores 
entre una población costera integrada por negros libertos, chinos que se habían 
quedado después de que expirasen sus contratos de servidumbre limitados y los 
pequeños campesinos locales. Pero el intento no dio buenos resultados por diver- 
sas razones. A menudo la población local tenía otra fuente de ingresos: la tierra, 
la pesca o las manufacturas artesanales; los chinos, una vez libres de la obliga- 
ción del contrato, tendían a dejar el trabajo en las plantaciones para dedicarse 
al comercio y al intercambio en pequeña escala. 

En estas circunstancias, se intentó contratar trabajadores estacionales entre 
los mestizos de las tierras altas que rodeaban Cajamarca y La Libertad. Era esta 
una zona de grandes haciendas — las familias Pelayo-Puga poseían unas 300.000 
hectáreas, por ejemplo— y de comunidades de pequeños campesinos, donde vi- 
vía la gran mayoría de la gente. El censo de 1876 se encontró con que la pobla- 



158 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

ción estaba integrada, en general, por campesinos blancos y mestizos. Los anun- 
cios que se ponían en la prensa o se clavaban en las paredes de los pueblos no 
eran suficientes y, al aumentar la demanda de mano de obra, las plantaciones 
de la costa recurrieron a un sistema cuyo origen era muy anterior, el enganche 
o contratación de mano de obra, con el fin de obtener reservas de trabajadores. 
El típico contratista de mano de obra era un hombre que tenía puesto un pie 
en el mundo social tanto de la costa como de la sierra. Relacionado con la clase 
formada por los plantadores en lo social y lo cultural, con frecuencia era un mer- 
cader o un terrateniente en la sierra y una persona con contactos e influencia 
en su localidad. La plantación adelantaba dinero a estos hombres y estipulaba 
sus requisitos de mano de obra. Entonces el contratista o sus empleados procura- 
ban que los varones jóvenes de la sierra firmaran contratos de trabajo, para lo 
cual les adelantaban una parte del salario acordado, ya fuera en forma de dinero 
o de artículos. Este pago inmediato y visible era necesario; pocos peones de la 
sierra hubieran podido contratarse con la promesa lejana y abstracta de pagarles 
un salario una vez terminado el trabajo. A diferencia de los trabajadores moder- 
nos, pedían que se les pagara por adelantado. Seguidamente, el contratista se 
encargaba de transportarlos a la costa y se hacía responsable ante la plantación 
de que los peones trabajarían a cambio del salario pagado de antemano. Los 
peones trabajaban en las tareas comunes de arrancar las malas hierbas o cortar 
la caña hasta que el adelanto salarial quedaba amortizado. A cambio de reunir, 
transportar y supervisar esta fuerza laboral heterogénea e indisciplinada, el con- 
tratista percibía alrededor del 20 por 100 del total de la nómina. 

Es fácil imaginar los abusos que permitía un sistema así. A veces los peones 
que no conocían la forma de actuar de los contratistas poco escrupulosos eran 
alentados a aceptar el trabajo por medio de la bebida o firmaban el contrato 
estando literalmente borrachos; y, una vez en la costa, era fácil que fueran acu- 
mulando más deudas en concepto de alimentos o artículos obtenidos en el alma- 
cén de la plantación, lo cual prolongaba el tiempo que necesitaban para amorti- 
zar el primer adelanto. La injusticia y el abuso del enganche han sido muy 
documentados, y muchos observadores han insistido en que era un sistema de 
trabajo cruel y brutal, a menudo forzado. También es verdad que había peones 
que firmaban voluntariamente año tras año, a la vez que otros se quedaban en 
la costa y pedían que los nuevos adelantos se pagaran a sus familias en la sierra. 
De unos cuantos centenares, el movimiento estacional de trabajadores contrata- 
dos llegó a cifrarse en varios miles. La industria azucarera de la costa del norte 
sola empleaba a unos 20.000 hombres en 1912 (sólo el 3 por 100 de la fuerza 
laboral total eran mujeres en 1912) y 30.000 al cabo de un decenio. 

Una vez aprendían a efectuar las tareas propias de la agricultura capitalista 
y le cogían gusto a sus recompensas, cada vez era mayor el número de peones 
de la sierra que se quedaban en la costa. Algunos encontraban trabajo permanen- 
te en los ingenios, otros se hacinaban en las nuevas poblaciones y en los asenta- 
mientos de colonos intrusos; en el decenio de 1940, ya no hablamos de una fuerza 
laboral precapitalista y migratoria, sino de un verdadero proletariado rural, or- 
ganizado en sindicatos y partidos políticos, que ha cortado sus vínculos con la 
tierra y ha aceptado, de forma más o menos completa, la disciplina de la indus- 
tria rural. 



LA HISPANOAMÉRICA RURAL, 1870-1930 159 

La misma clase de vinculación entre la plantación moderna y las zonas cam- 
pesinas tuvo lugar en varias otras regiones, pero a veces con resultados notable- 
mente diferentes. En la zona azucarera de Salta y Tucumán, en el norte de Ar- 
gentina, los contratistas de mano de obra reclutaron trabajadores en Catamarca 
y en las tierras altas de Jujuy. Hay algunas pruebas de que los plantadores com- 
praron las propiedades de hacendados como medio de obtener trabajadores para 
los ingenios. Los mercaderes alemanes, que adquirieron alrededor del 60 por 100 
de toda la tierra cafetera de Guatemala hacia principios de siglo, tenían de su 
parte a una gendarmería rural especialmente entusiástica que reprimía con dureza 
la «vagancia», mientras que, al parecer, la transición al sistema de plantaciones 
de la United Fruit Company fue más plácida en Costa Rica. En otro caso, Henri 
Favre muestra cómo un campesinado indio tradicional de los alrededores de Huan- 
cavelica en 1880 optó, sin necesidad de adelantos salariales ni contratistas de mano 
de obra, por trabajar a cambio de un salario en las plantaciones de algodón de 
la costa y volver luego con sus ganancias para preservar una antigua forma de 
vida en vez de proletarizarse. 

Diferentes en el tipo de trabajo a la hacienda tradicional, que sólo se hizo 
más productiva mediante una intensificación de los métodos ya existentes, las 
nuevas empresas agrarias que servían al mercado de exportación requerían una 
clase muy diferente de disciplina y constancia a sus trabajadores. En ninguno 
de los dos casos fue muy importante la coacción extraeconómica. Para las regio- 
nes del interior, la reducción de las tierras de los poblados y el incremento demo- 
gráfico permitieron a los hacendados sacarles mayor plusvalía a los trabajadores; 
en el sector moderno, los propietarios de plantaciones y sus agentes ajustaban 
la forma del incentivo económico para atraer a un campesinado precapitalista, 
y en el curso de una generación formaron un proletariado rural asalariado. Por 
supuesto, la formación de un proletariado rural también tuvo lugar dentro de 
un contexto de crecimiento demográfico. Asimismo, contribuyó la aparición en 
el campo de toda una gama de prendas de vestir y mercancías atractivas, que 
sólo podían comprarse con dinero, y la creciente intolerancia que el Estado liberal 
mostraba para con la pereza y la ociosidad, llamada ahora «vagancia». Para com- 
prender plenamente por qué un hombre se quedaba en su minúscula parcela, a la 
sombra de la hacienda, mientras que otro optaba por cortar caña de azúcar en 
una plantación de la costa, haría falta un estudio de las opciones que se ofrecían 
y, sobre todo, de cómo las percibían las personas. Mientras no se descubran estas 
mentalidades, lo único que podemos hacer es inferir el motivo a partir de la ac- 
ción observada. Los propios actores históricos hablan sólo con sus movimientos. 



La periferia 

En las regiones que constituían la periferia de los centros principales de His- 
panoamérica — por ejemplo, las fuentes del Amazonas, la Araucanía chilena, Yu- 
cután o el lejano noroeste de México— había pueblos enteros que en 1870 aún 
no habían sido introducidos en la economía nacional o que ni siquiera habían 
sido «pacificados»; gentes que la ocupación europea había dejado a un lado, que 
habían ofrecido resistencia o cuya tierra o recursos no se consideraban lo bastan- 



160 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

te valiosos como para justificar el esfuerzo necesario para expulsarlas. En estas 
zonas, la irrupción del capitalismo liberal fue un presagio de perdición para tales 
pueblos. 

En Sonora, el estado del norte de México, la nación yaqui, que había logrado 
resistirse a la ocupación española, que había sido protegida por las misiones 
jesuítas y que había soportado con fortuna la embestida de los gobiernos nacio- 
nales durante los dos primeros tercios del siglo xix, se vio sometida ahora a fuer- 
tes presiones por el régimen de Porfirio Díaz, que veían en los yaquis y los apa- 
ches el principal obstáculo al progreso. El objetivo del régimen de Porfirio Díaz 
era, como él mismo dijo, poner a todos los yaquis detrás de un arado o, como 
lo expresó un destacado científico, convertir al indio en un valor social, en un 
colono en la tierra que desde hacía poco era de regadío. Norteamericanos y mexi- 
canos invirtieron en grandes obras de regadío y a una compañía conjunta, la 
Mexican-North American Sonora and Sinaloa Irrigation Company, le fueron con- 
cedidas más de 221.000 hectáreas en el valle del Yaqui. Los propietarios espera- 
ban que los yaquis, que eran unos 30.000, accediesen a instalarse como colonos 
en su tierra ancestral después de que les mostraran las ventajas de los nuevos 
aperos, del ganado, de las prendas de vestir y del regadío. La minería y la llegada 
del ferrocarril en el decenio de 1880 intensificaron la presión, y los yaquis y los 
mayas se vieron empujados hacia una franca resistencia en los años 1875-1886. 
Aunque el movimiento fue aplastado por tropas federales, los yaquis continua- 
ron haciendo una guerra de guerrillas durante los siguientes veinticinco o treinta 
años. A principios de siglo el objetivo del gobierno de Sonora, que era pacificar 
a los yaquis, y las necesidades de mano de obra de los hacendados de Yucatán 
coincidieron (de hecho, entre los generales porfirianos que se encargaron de so- 
juzgar a los yaquis había, como mínimo, uno que también poseía plantaciones 
de henequén en Yucatán). La solución para ambos consistió en la deportación 
en masa de varones yaquis a las plantaciones de henequén de Yucatán, donde 
el régimen de trabajo era muy duro. Aunque hasta cierto punto se opusieron 
a ella los terratenientes o empresarios locales, que se quejaban de que les estaban 
privando de mano de obra, la deportación de yaquis continuó hasta la víspera 
de la Revolución de 1910, y afectó por lo menos a 3.000, y puede que hasta 15.000 
personas, de una población total de 30.000. En el sureste de México, el cultivo 
de henequén y azúcar produjo una fuerte demanda de mano de obra. Se usaban 
algunas máquinas nuevas en la elaboración de materias primas, pero pocas en 
la siembra o la recolección porque todavía era posible, incluso en una región 
donde escaseaba la mano de obra, encontrar hombres cuyos costes totales resul- 
taban más baratos que la maquinaria. Se presionó a los trabajadores residentes 
reduciendo sus pequeños beneficios e incrementando los requisitos laborales, y 
se obligó a servir a los aislados e indefensos mayas de Yucatán y de Quintana 
Roo; pero el plantador del sur seguía viéndose obligado a recurrir a fuentes exter- 
nas. Se introdujeron trabajadores chinos y coreanos con contratos de servidum- 
bre limitados y hasta se hizo un intento de traer trabajadores italianos; pero los 
asiáticos no podían soportar las condiciones de trabajo y los europeos eran de- 
masiado caros. En vista de ello, los terratenientes recurrieron a los yaquis depor- 
tados, la mano de obra penitenciaria, los disidentes políticos y a los vagos y los 
parados, a los que se consideraba delincuentes sólo según los criterios del porfiriato. 



LA HISPANOAMÉRICA RURAL, 1870-1930 161 

En el sur de Chile, los araucanos, que se habían resistido a los incas, los espa- 
ñoles y los chilenos durante más de cuatrocientos años, no pudieron hacer lo 
propio con el ferrocarril y los rifles de repetición que trajeron los que veían en 
las fértiles tierras de Cautín la oportunidad de beneficiarse del comercio interna- 
cional de cereales. En unos pocos años, a partir del decenio de 1880, los arauca- 
nos se vieron confinados en reservas o convertidos en colonos restringidos en 
los recién formados fundos de esta región. En el distrito de Putumayo de las 
fuentes del Amazonas, utilizando el doble estímulo del terror y el alcohol, se 
reclutaban recolectores de látex entre las tribus tropicales o se importaban del 
Caribe y Barbados. Trabajadores del caucho procedentes del noreste de Brasil, 
región azotada por la sequía, ya producían más del 25 por 100 de las exportacio- 
nes de ese país en 1910. 



Conclusión 

Durante sesenta años a partir de 1870, la población rural de Hispanoamérica 
probablemente experimentó un cambio mayor que en cualquier período anterior 
de su historia, exceptuando la conquista de América. El motor del cambio des- 
pués de 1870 no fue la súbita intrusión del conquistador y de la peste, sino más 
bien el crecimiento inexorable del mercado y de la población. Estas dos fuerzas, 
la económica y la demográfica, constituían el contexto general dentro del cual 
se formó la sociedad agraria. Pero lo que contribuye a explicar la variedad de 
respuestas a la acometida del capitalismo liberal son las relaciones sociales de 
los trabajadores rurales entre ellos mismos y con la clase propietaria y, detrás 
de esto, la forma en que la gente percibía su vida. 

Nada de todo ello, desde luego, puede verse aislado de lo demás. ,Si bien es 
evidente que el impulso principal de la actividad económica llegó del extranjero, 
también debe quedar claro que el cambio en la Hispanoamérica rural se llevó 
a cabo por medio de las ciudades, que acabaron controlándolo. Desde el siglo 
xvi, las ciudades hispanoamericanas fundadas por europeos — Guadalajara, Pue- 
bla, San José, Medellín, Arequipa, Santiago, etcétera— fueron creaciones artifi- 
ciales, puntos para la distribución y recogida de mercancías y productos, núcleos 
de residencia de la élite rural, centros de cultura europea y lugares de poder polí- 
tico. Durante el último tercio del siglo xix, la pauta de construcción de ferroca- 
rriles, la creación y la profesionalización de ejércitos centralizados, la mayor con- 
solidación de la administración política central y la ascensión de los bancos y 
las agencias de crédito garantizaron la hegemonía urbana sobre el campo. 

Este punto de vista no choca con la anterior explicación del papel del terrate- 
niente en la extracción de la plusvalía rural. Los terratenientes de este período 
vivían en la ciudad y formaban parte de la élite urbana. Aunque a veces depen- 
dían de mercaderes y banqueros, era más frecuente que sus intereses estuviesen 
entretejidos y que ellos mismos estuvieran interrelacionados con la élite comercial 
y financiera, tanto local como extranjera. Durante la mayor parte del período 
que nos ocupa, los terratenientes ejercieron una influencia dominante en la políti- 
ca y, después incluso de la aparición de la industria y de un sector de servicios 
urbanos, pudieron forjar alianzas políticas con el proletariado y las clases medias 



162 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

urbanas para garantizar que el campo, desprovisto de organización y poder, so- 
portaría la carga principal del desarrollo capitalista. 

Los instrumentos de control acabaron siendo políticos y militares. Así, en 
Chile a los trabajadores rurales no se les permitió organizarse legalmente hasta 
1931 y, entonces, cuando en el decenio de 1930 surgió cierto grado de militancia 
campesina, los sectores urbanos —los industriales y el proletariado juntos— acep- 
taron la exigencia de los terratenientes de que se sometiera a los campesinos a 
cambio del control de los precios agrícolas en la ciudad. En Bolivia, a partir de 
1880, una élite urbana se valió del ejército para aplastar los esporádicos estallidos 
violentos de la guerra de castas localizada y para excluir totalmente al campesino 
indígena del juego político. En Colombia, durante el decenio de 1920, tropas del 
ejército sofocaron varias huelgas laborales entre los trabajadores del café y del 
plátano. Finalmente, hasta en México, que a menudo se presenta como el único 
país de la América Latina que experimentó una revolución campesina de corte 
moderno, resulta cada vez más claro que, ya en 1929, cuando la insurrección 
de los cristeros fue aplastada por el ejército federal, también aquí el campesinado 
se vio ahogado por un Estado autoritario cuya base era urbana. 



Capítulo 6 

ECONOMÍAS Y SOCIEDADES 

DE PLANTACIONES EN EL CARIBE 

ESPAÑOL, 1860-1930 ' 

Visión general 

Durante el siglo xvm y la primera mitad del xix, las pautas de producción 
de azúcar y del comercio de este producto en el Caribe cambiaron muy poco, 
y los cambios que se produjeron fueron o bien geográficos (desplazamientos de 
la producción de una isla a otra) o estuvieron determinados por innovaciones 
tecnológicas de índole limitada. Desde el decenio de 1860 hasta el de 1890, la 



1. Una plantación es una unidad de producción organizada que produce una sola materia 
prima de origen agrícola destinada a la exportación (o, al menos, a ser enviada fuera de la re- 
gión) y que, por ende, es controlada por un mercado extranjero (o exterior), aun cuando la 
plantación propiamente dicha sea propiedad de una persona o grupo natural de la región; la 
plantación debe encontrarse en un país o una región que posea una estructura económica depen- 
diente de carácter colonial o neocolonial; su eficiencia debe basarse en la economía de escala, 
explotando grandes extensiones de tierra fértil (y, por lo tanto, apoyándose más en las condicio- 
nes naturales que en factores técnicos o tecnológicos); y, finalmente, debe usar principalmente 
mano de obra en masa y no especializada bajo la forma de esclavos, peones, hombres que traba- 
jen para pagar deudas, o trabajadores con contrato, o una combinación de las diversas formas 
de proletariado agrario explotado. Además, para que una unidad de producción sea considerada 
como una plantación (en vez de, por ejemplo, una granja, un rancho o una hacienda), debe 
poseer todas y cada una de estas características. A partir de la decadencia del café como factor 
importante en la economía cubana en el decenio de 1840 las únicas plantaciones que hubo en 
Cuba eran de caña de azúcar. En Puerto Rico, con la abolición de la esclavitud en el decenio 
de 1870, las plantaciones de café y de caña de azúcar se convirtieron en haciendas; el siste- 
ma de plantaciones fue restaurado con la ocupación de la isla por los norteamericanos, pero 
sólo en las de caña de azúcar. En la República Dominicana existían únicamente plantaciones 
de caña de azúcar en este período. El presente estudio, por lo tanto, se limita de forma casi 
exclusiva al azúcar: para los países y fechas que se estudian (Cuba, Puerto Rico y la República 
Dominicana, c. 1860 a c. 1930) las palabras plan 
virtualmente sinónimas. 



164 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

estructura secular de la industria azucarera fue destruida y sustituida por modos 
de producción y comercio totalmente nuevos y también por una forma nueva 
del mismo producto final, un azúcar producido de acuerdo con normas diferen- 
tes e incluso expedido en envases distintos. Las innovaciones sucesivas que se 
registraron en el mundo del azúcar durante treinta años, a partir de 1860 aproxi- 
madamente, afectaron a los productores, comerciantes y consumidores de azú- 
car; modificaron las relaciones humanas y laborales y alteraron antiquísimos há- 
bitos de consumo. Esta gran transformación fue a la vez la causa y la consecuencia 
de otros factores económicos, sociales y políticos, y al mismo tiempo estuvo co- 
nectada por innumerables vínculos con otros acontecimientos mundiales, tales 
como la crisis del colonialismo español, la aparición de los Estados Unidos como 
potencia mundial, los rápidos avances de la ciencia y la tecnología, el incremento 
universal de la población y nuevos sistemas de comunicaciones. 

En cada una de las etapas del proceso de elaboración del azúcar tuvo lugar 
una serie de innovaciones radicales que motivaron el abandono de las antiguas 
máquinas manuales (manejadas por obreros no especializados) y su sustitución 
por maquinaria relativamente complicada que exigía operarios especializados y 
una supervisión técnica eficiente. La instalación de esta maquinaria nueva hacía 
necesaria una inversión económica importantísima, así como el abandono de las 
cadenas de producción que se utilizaban entonces e incluso de la mayor parte 
de los edificios construidos bajo el sistema anterior. Por consiguiente, no pode- 
mos considerar la nueva empresa como un ingenio antiguo que había sido moder- 
nizado (como ocurrió con la introducción de las primeras máquinas de vapor 
de los ingenios de azúcar); en vez de ello, nos encontramos ante la eliminación 
del antiguo ingenio de azúcar, que fue demolido, y en el lugar que ocupaba 
— o en otra parte — la construcción de nuevos edificios en los que se alojaba ma- 
quinaria nueva que era manejada por nuevos tipos de trabajadores. Las únicas 
cosas que quedaban del antiguo complejo del ingenio de azúcar eran, en general, 
ciertos edificios destinados a usos sociales, la infraestructura de comunicaciones 
y los campos de caña de azúcar, los cuales, en todo caso, satisfacían sólo una 
pequeña parte de las necesidades del nuevo centro de producción: porque, obvia- 
mente, para ser rentable la nueva planta industrial tenía que tratar cantidades 
mucho mayores de caña que el antiguo ingenio de azúcar. La nueva plantación 
industrial (que a partir de finales del siglo xix recibió el nombre de «central» 
o factoría centralizada) sustituyó a uno o más de los viejos ingenios de azúcar 
y buscó más tierra fértil y barata. 

Se trata, pues, tanto de un cambio cuantitativo como de un cambio cualitati- 
vo. Desde el punto de vista de la cantidad, la nueva central difería del antiguo 
ingenio tanto por su capacidad de moledura como por una mayor tasa de extrac- 
ción de azúcar de la caña que molía. Por ejemplo, los ingenios de azúcar mecani- 
zados que llamaban «modernos» en 1860 molían, por término medio, la caña 
de entre 30 y 50 caballerías 2 (aproximadamente 425-500 hectáreas) de tierra; la 



En el presente capítulo se usan las equivalencias siguientes: 
1 caballería (Cuba) = 13,42 hectáreas 

1 caballería (Puerto Rico) = 78,58 hectáreas 

1 caballería (República Dominicana) = 75,45 hectáreas 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 165 

central de 1890 podía encargarse de la producción de 100-120 caballerías, y no 
eran raras las centrales capaces de moler la caña procedente de hasta 150 o 200 
caballerías. Pero la producción aumentó a un ritmo todavía mayor que la capaci- 
dad de moledura, porque las nuevas fábricas podían extraer casi el doble de azú- 
car de la misma cantidad de caña que los antiguos ingenios. 

Este incremento de la capacidad de producción dio origen a un aceleramiento 
del proceso de consolidación. En Cuba, por ejemplo, en 1860 había unos 1.318 
ingenios de azúcar, que producían alrededor de 515.000 toneladas métricas de 
azúcar; en 1895, el número de ingenios había descendido a 250, mientras que 
la producción había ascendido a casi un millón de toneladas. En Puerto Rico, 
donde un proceso parecido empezó algo más tarde, había 550 ingenios en 1870 
y la producción era de unas 100.000 toneladas de azúcar, la cifra más alta alcan- 
zada allí en el siglo xix; en 1910, 15 centrales producían 233.000 toneladas. 
A su vez, esto motivó la aparición de los latifundios azucareros en Cuba, Puerto 
Rico y la República Dominicana (siglo y medio después del proceso correspon- 
diente en islas de las Indias Occidentales británicas como Barbados). En el terre- 
no social, el proceso de consolidación supuso el fin de la antigua clase de planta- 
dores propietarios de esclavos (excepto en la República Dominicana, donde esa 
clase no existía), que fueron sustituidos por un nuevo tipo de empresario indus- 
trial. En la Cuba de 1895 únicamente el 17 por 100 de los propietarios de centra- 
les procedía de las antiguas familias que eran dueñas de plantaciones. La revolu- 
ción industrial en la industria del azúcar también hizo necesario transformar las 
relaciones laborales. Tuvo lugar la crisis definitiva del sistema esclavista en que 
se basaba el antiguo ingenio y la esclavitud fue abolida en Puerto Rico en 1873 
y en Cuba en 1880-1886. 

Sin embargo, esta revolución industrial del Caribe no estuvo acompañada de 
una revolución agraria complementaria. Al contrario, la vertiente agrícola de la 
industria azucarera (la siembra, el cultivo y la recolección) siguió sumida en su 
tradicional atraso, cuyo origen eran las pautas culturales de la posesión de escla- 
vos, incluso bajo un régimen jurídico nuevo. Así, se abrió un abismo tecnológico 
entre el sector industrial y su base agrícola. Contrastando con la modernidad 
de la central, el sector agrícola retuvo sus costumbres tradicionales y anticuadas: 
en el plazo de pocos años hizo su aparición la ley de rendimientos decrecientes 
(que es aplicable allí donde, como en este caso, no se hizo ningún esfuerzo por 
mejorar el rendimiento de las cosechas mediante métodos de cultivo modernos), 
caracterizada por la tendencia a una menor producción de caña. 

La primera respuesta a esta situación, que se veía agravada por otros factores 
sociales y jurídicos, consistió en crear una separación administrativa entre la ela- 
boración de azúcar (el sector industrial) y el abastecimiento de la materia prima, 
es decir, la caña (el sector agrícola). La relación entre estos dos sectores sería 
una fuente permanente de conflictos desde las postrimerías del siglo xix. La an- 





1 tonelada corta 


= 2.000 libras 










avoirdupois 


= 0,907 toneladas métricas 




1 tonelada larga 


= 2.240 libras 
avoirdupois 


= 1,016 toneladas : 




En el 


presente capítulo, 1 


tonelada significa 1 tonelada métrica de 1 


.000 kilos. 



166 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

tigua oligarquía azucarera criolla de Cuba y Puerto Rico, que en su mayor parte 
se vio obligada a dejar la vertiente manufacturera de la industria, en muchos 
casos se quedó en calidad de colonos, propietarios de plantaciones de caña, y 
chocaba constantemente con los nuevos magnates industriales: los hacendados, 
propietarios de las centrales. 

A consecuencia del proceso de industrialización, la productividad del trabaja- 
dor industrial de la central aumentó mucho; pero la productividad del trabajador 
agrícola, especialmente la del cortador de caña, siguió siendo la misma, toda vez 
que los métodos de cultivo y recolección no habían evolucionado. Además, con 
el fin de aprovechar la enorme capacidad de las nuevas instalaciones industriales, 
las zafras o cosechas de azúcar se hicieron cada vez mayores, pero se llevaban 
a cabo en períodos más cortos, que generalmente empezaban en enero y termina- 
ban en abril. A su vez, esto creó dos problemas de magnitud trascendental: uno 
relacionado con la mano de obra; el otro, con la amortización y la óptima utiliza- 
ción de la nueva y costosa maquinaria. 

En lo que respecta a la mano de obra, la cantidad de caña que requería la 
industria moderna hacía necesario emplear a cientos de miles de trabajadores agrí- 
colas (cortadores de caña) simultáneamente durante un período de tres a cuatro 
meses al año. Ello planteó, con todas sus dimensiones trágicas, el problema del 
empleo estacional durante cuatro meses al año, lo cual, para la mayoría de los 
trabajadores, significaba un desempleo estacional los restantes ocho meses. Esta 
situación no existía antes porque, con la mano de obra esclava y no especializada 
(a la que, de todos modos, había que mantener durante todo el año), con máqui- 
nas rudimentarias, reducidas moliendas diarias y largas estaciones de recolección, 
casi siempre había trabajo para todos. Pero el funcionamiento óptimo de la plan- 
tación moderna requería la existencia de un ejército de trabajadores desemplea- 
dos, idealmente situados fuera de la central, pero sometidos a una presión econó- 
mica que les obligaba a vender baratos sus servicios, con un mínimo de beneficios 
sociales, en calidad de cortadores de caña. Estos trabajadores formaban una masa 
migratoria, y su migración podía ser o bien interna (de una parte del país a otra) 
o externa (de un país a otro). Una mezcla de ambas clases de migración se convir- 
tió en la pauta. 

El otro problema que creó la instalación de maquinaria moderna fue la nece- 
sidad de encontrar fuentes complementarias de ingresos, no relacionadas necesa- 
riamente con la industria del azúcar, que ayudaran a amortizar la enorme inver- 
sión económica. Ciertas instalaciones de doble finalidad (ferrocarriles, centrales 
eléctricas, fundiciones, etcétera), así como algunos servicios específicos, se con- 
virtieron en empresas independientes, con una existencia económica autónoma. 
De esta forma, nos encontramos con que en las centrales típicas el ferrocarril 
que transportaba caña de azúcar también ofrecía servicios de pasaje, la central 
eléctrica suministraba electricidad para las instalaciones de la central y también 
para los asentamientos próximos que estuvieran dispuestos a pagarla, y la fundi- 
ción fabricaba cosas para el municipio, desde bancos para el parque hasta tapa- 
deras de cloaca; por todo ello, pedía precios elevados porque la central gozaba 
de un monopolio de estos servicios en su región, además de tener influencia deci- 
siva de carácter económico y político. La típica central cubana del decenio de 
1890 controlaba la tienda donde se vendían mercancías diversas, el hotel, casas 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1850-1930 167 

y barracones, ya fueran permanentes o temporales, la barbería, la carnicería, la 
farmacia y, a veces, hasta la casa de juego y el burdel. En parte, por su propio 
beneficio financiero y, en parte, para intensificar su dominio global de la región 
circundante, las centrales incluso acuñaban sus propias monedas privadas, que 
consistían en tokens. Así pues, en Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo se repro- 
ducía, en condiciones de colonialismo y subdesarrollo, uno de los aspectos más 
típicos de la Revolución industrial inglesa. 3 

Había dos maneras de emplear el token azucarero. Una consistía en que la 
central pagaba a sus trabajadores con tokens. Estos tokens eran moneda de curso 
legal en todas las tiendas e instalaciones de los alrededores de la central, y podían 
redimirse allí, aunque con un descuento, que equivalía a una reducción salarial. 
El otro sistema consistía en que la central pagara salarios mensuales utilizando 
moneda oficial; pero, como los trabajadores tenían que pagar sus necesidades 
cotidianas a partir de su primer día de trabajo, el propietario de la tienda les 
adelantaba pequeños préstamos en tokens, que sólo podían gastarse en su comer- 
cio o en los establecimientos de otros miembros del grupo. El propietario de la 
tienda comunicaba a la gerencia de la central los adelantos que había hecho a 
cada trabajador y los totales se descontaban automáticamente de su salario a 
fin de mes. En casos de enfermedad o cuando el trabajador era despedido, la 
central avisaba inmediatamente a los dueños de las tiendas para que no concedie- 
ran crédito. Existen nóminas correspondientes a centrales cubanas y portorrique- 
ñas que muestran cómo a fin de mes muchos trabajadores cobraban sólo el 10 
por 100 de su salario en efectivo, ya que el resto se lo habían «anticipado». 4 

Hubo durante este período otro cambio importantísimo al que se ha prestado 
poca atención: el producto final, es decir, el azúcar elaborado por la industria 
de nuevo estilo, era tan diferente del producto anterior como la central era dife- 
rente del ingenio. De hecho, basta echar un vistazo a cualquier Market Report 
(informe del mercado) del decenio de 1860 para ver que no da los precios del 
azúcar (en singular) sino de los azúcares (en plural). Hasta el decenio de 1860 
el mercado de La Habana desempeñó un papel clave en la fijación de los precios 
mundiales del azúcar, y el Colegio de Corredores de La Habana y Puerto Rico 
cotizaba diariamente precios correspondientes a 14 tipos diferentes de azúcar. 
El Dutch Standard (el «Tipo Holandés» en los países de habla hispana), que era 
aceptado a escala mundial como la serie de pautas más idóneas para comerciar 
con azúcar, daba una lista de 21 grados diferentes, basados en el color, en la 
que el grado 1 era prácticamente mazacote y el grado 21 era azúcar blanco en 

3. Manuel Moreno Fraginals, El token azucarero cubano, La Habana, 1975, pp. 13-16. 

4. En el decenio de 1880, el ingenio de azúcar Santa Lucía de Gibara, en Cuba, explotaba 
a modo de subsidiarios 5 almacenes generales, 7 abacerías, 1 zapatería, 3 barberías, 1 destilería, 
1 farmacia, 9 bares, 1 escuela, 1 pastelería, 2 cantinas, 3 herrerías, 3 panaderías, 3 tiendas de 
ropa, 2 sastrerías y 1 guarnicionería. Todos estos establecimientos aceptaban que les pagasen 
con los tokens de níquel que emitía la central. Lo que hacía que este caso en particular se aparta- 
ra un poco de lo habitual era que en estos lugares no se aceptaba el papel moneda oficial de 
Cuba, emitido por el Banco de España: había que cambiarlo por tokens de la compañía de Santa 
Lucía: con un descuento de más del 10 por 100 de su valor nominal. Véase Boletín Comercial 
(La Habana, 14 de julio de 1886), p. 2. 



168 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

polvo. Esta plétora de grados del azúcar era la consecuencia lógica de elaborarlo 
utilizando maquinaria primitiva, instalada de distintas maneras en cientos de pe- 
queñas fábricas repartidas por todo el Caribe, ingenios en los cuales la calidad 
del azúcar dependía de factores naturales (el grado de madurez de la caña) o 
de la pureza del jugo de caña obtenido -por medio de operaciones manuales o 
de la intensidad del fuego que calentaba las calderas (un fuego alimentado por 
esclavos que podían echar más o menos leña) y, en definitiva, de la pericia de 
un maestro (generalmente analfabeto) que se guiaba sólo por sus sentidos (olfa- 
to, gusto, tacto, oído), por su larga experiencia y por la tradición transmitida 
por vía oral. 

En cambio, los procesos industriales de las fábricas de azúcar del decenio de 
1890 eran estándares; los supervisaban profesionales con formación técnica que 
contaban con la ayuda de métodos analíticos adoptados internacionalmente, y 
se llevaban a cabo en modernas instalaciones de laboratorio. Gracias a estos con- 
troles, a finales de siglo, todas las fábricas del Caribe producían azúcar centrífu- 
ga Pol 95°. En los primeros años del siglo xx una pureza de Pol 96° pasó a 
ser estándar. Los diferentes tipos de azúcar que se producían en la etapa prein- 
dustrializada requerían, como mínimo, tres tipos de envase: la caja, el bocoy y 
el saco. Este último tipo se usaba poco en el decenio de 1860 (sólo el 4 por 100 
del total de ventas en el mercado de Nueva York). En 1890 la situación ya había 
cambiado por completo; los Estados Unidos importaban más del 95 por 100 de 
su azúcar en sacos; a comienzos de siglo, la caja y el bocoy eran prácticamente 
piezas de museo. 

Un tipo de azúcar, un tipo de envase: estos factores influyeron en la transfor- 
mación del comercio azucarero. Como hemos visto, el azúcar Pol 96° del nuevo 
período industrial era un producto estandarizado, cuyo origen (caña o remola- 
cha) o región de procedencia (Cuba, Puerto Rico, Java, Australia, Mauricio, Brasil) 
eran imposibles de determinar. También era un producto muy duradero; envasa- 
do en sacos, era barato de amontonar y almacenar. En cambio, los azúcares mas- 
cabados del decenio de 1860 presentaban grandes diferencias de calidad, se estro- 
peaban fácilmente y los bocoyes en que se expedían sólo podían apilarse de tres 
en tres para evitar que los de abajo reventaran. Había otras diferencias esencia- 
les: el bocoy era caro, el saco era barato; el bocoy pesaba mucho (entre el 10 
y el 14 por 100 del peso del azúcar que contenía), el saco era ligero (menos del 
1 por 100); el bocoy era difícil de manipular y hacía que los costes de expedición 
subieran enormemente, el saco era de fácil manipulación. 

Todos estos factores dieron origen a una nueva costumbre comercial: el alma- 
cenamiento de grandes excedentes de sucesivas cosechas de azúcar. A medida que 
aumentó la costumbre de envasar en sacos el nuevo tipo de azúcar centrífuga, 
fue posible almacenarlo indefinidamente. Resultó el principio de una nueva di- 
mensión del problema de las existencias iniciales (las visiblemente disponibles en 
los almacenes al comenzar el año azucarero) como factor que afectaba los precios 
del azúcar. Es importante señalar que los comerciantes del ramo siempre habían 
tenido en cuenta las existencias iniciales al fijar sus precios, por lo que no era 
en sí mismo un fenómeno nuevo: lo que cambió fue su magnitud. Antes de 1860, 
las existencias disponibles raramente llegaban a representar el 10 por 100 del con- 
sumo anual estimado; en el decenio de 1890 ya era común que excedieran el 30 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 169 

por 100 del citado consumo, y la tendencia subía constantemente. 5 Cuanto más 
abundantes eran las existencias de azúcar que los importadores tenían en sus al- 
macenes, mayor presión podían ejercer sobre los productores para hacerles reba- 
jar sus precios. 

Todas estas condiciones nuevas (producto uniforme, envasado en sacos, pau- 
tas mundiales, grandes existencias disponibles) llevaron inevitablemente a lo que 
cabría denominar «la revolución del comercio del azúcar». Esta revolución co- 
mercial fue en parte resultado de los factores que hemos citado, pero también 
la causaron otros rasgos de la economía mundial durante el último tercio del 
siglo xix. Hubo varias fechas significativas en los decenios de 1860 y 1870. Por 
ejemplo, los historiadores señalan 1871 como el año en que el tonelaje transpor- 
tado por barcos de vela, que estaban sujetos a los caprichos del viento, fue supe- 
rado por primera vez por el que se embarcó en vapores, que eran rápidos, pun- 
tuales y ofrecían fletes bajos. Un vapor podía transportar cinco veces la carga 
de un velero de igual desplazamiento. Además, la apertura del canal de Suez ha- 
bía eliminado los veleros de las travesías regulares Europa-Lejano Oriente. En 
general, cabe calcular que los fletes entre América y Europa descendieron una 
media del 25 por 100 entre 1860 y 1880, mientras que el porcentaje de descenso 
era del 63 por 100 en el caso de los fletes entre Europa y las colonias azucareras 
del Lejano Oriente (India, Java, Mauricio, Filipinas). Debido a ello, estas colo- 
nias orientales pudieron romper por fin la muralla que los elevados fletes habían 
construido a su alrededor y que limitaban su desarrollo. Al mismo tiempo, empe- 
zó a llegar a California azúcar de Hawai. 

Hasta ese momento, los factores nuevos sólo habían afectado a los países 
que producían azúcar de caña. Pero, de forma simultánea, los últimos decenios 
del siglo presenciaron un auge tremendo del azúcar de remolacha. En 1860, las 
352.000 toneladas de azúcar de remolacha producidas representaban el 20 por 
100 del total de la producción azucarera mundial. En 1890, sin embargo, la pro- 
ducción de azúcar de remolacha había subido hasta 3,7 millones de toneladas, 
lo que representaba un total del 59 por 100 de la producción mundial. De ser 
importadora neta de azúcar, la Europa continental había pasado a ser exportado- 
ra. Y, lógicamente, el resultado no fue en modo alguno una «competencia lim- 
pia»: un sistema proteccionista intrincadísimo, complementado por un sistema 
de subvención y ayuda directa (las llamadas «primas al azúcar»), puso los precios 
del azúcar de remolacha por debajo de toda posible competencia y expulsó de 
los mercados europeos a los azúcares cubano, portorriqueño y dominicano. En 
1870, Cuba exportó a Europa (excluyendo el mercado nacional español) alrede- 
dor de 260.000 toneladas de azúcar, que representaban el 37 por 100 del total 
de exportaciones. En 1880 la cifra había bajado a 50.000 toneladas, alrededor 
del 8,54 por 100, y en 1890 las exportaciones a Europa fueron de sólo 4.702 tone- 

5. En general, las estadísticas relativas al azúcar en el siglo xix presentan un panorama 
confuso. La primera serie de informes de existencias iniciales y finales correspondientes a merca- 
dos europeos empezó a publicarse en la famosa Weekly Price Current, de Caesar Czarnikow, 
en 1872, aunque anteriormente se habían publicado informes esporádicos. Casi al mismo tiempo 
empezaron a aparecer otras listas en F. O. Licht, Monthly Report on Sugar, y en Willett y 
Hamlen, New York Statistical Sugar Trade Journal. Las cifras que aparecían en estas publica- 
ciones a veces diferían en hasta un 80 por 100. 



170 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

ladas, lo que equivalía al 0,72 por 100 del total de las exportaciones de azúcar 
cubano. 

A los tres países de habla hispana (dos de los cuales todavía eran colonias) 
les quedaba un solo cliente en lo que a su azúcar se refiere: los Estados Unidos. 
Java incrementó su producción azucarera gracias al mercado holandés protegido; 
la India y Mauricio se beneficiaron, hasta cierto punto, del proteccionismo in- 
glés, del mismo modo que Reunión (la antigua isla de Borbón) se benefició de 
la política francesa. Cuba y Puerto Rico (y las Filipinas), en cambio, jamás tuvie- 
ron un mercado protegido: de todos los países coloniales de Europa, España era 
el que tenía el consumo de azúcar per cápita más bajo y, además, su deficiente 
desarrollo comercial y marítimo no le permitía reexportar las materias primas 
de sus colonias. El azúcar de Santo Domingo también estaba en manos de quien 
era casi su cliente exclusivo: los Estados Unidos. 

En 1890, el mundo del comercio azucarero ya había adquirido las mismas 
características que conservaría hasta 1960. En primer lugar, se encontraban los 
productores europeos de azúcar de remolacha, muy desarrollados y defendidos 
por barreras proteccionistas. En segundo lugar, venían los países coloniales que 
producían azúcar de caña para los mercados protegidos que sus metrópolis les 
ofrecían (las colonias francesas británicas, las Indias Orientales holandesas y Ha- 
wai). El tercer lugar lo ocupaban las colonias — Cuba, Puerto Rico, Filipinas — 
y países independientes, como Brasil y Santo Domingo, que no tenían mercados 
protegidos a los que pudieran venderles su azúcar. La diferencia entre el consu- 
mo total de azúcar europeo y el abastecimiento de azúcar de remolacha local 
más el azúcar de caña procedente de las colonias protegidas constituía el precio 
por el que competían Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo y Brasil, principalmen- 
te. Esta brecha mínima en la barrera proteccionista, irregular, inestable y resi- 
dual, recibiría, en el siglo xx, el nombre imponente de «libre mercado». 

A finales del siglo xix el mercado europeo de azúcar importado se caracteri- 
zaba por su falta de elasticidad: puede decirse sin exagerar que sólo en grado 
muy limitado (en el mercado «libre» o residual que acabamos de mencionar) exis- 
tía la competencia libre o la interacción de la oferta y la demanda. El mercado 
norteamericano poseía características de libre mercado por cuanto sus producto- 
res locales, aunque se beneficiaban del proteccionismo, satisfacían un porcentaje 
mínimo de las necesidades del país. Cuba era su proveedor principal: en el dece- 
nio de 1860 las exportaciones de azúcar cubano a los Estados Unidos atendieron 
a más del 60 por 100 del consumo norteamericano y la tendencia era hacia arriba. 
El resto llegaba principalmente de Puerto Rico y Brasil y, en menor medida, de 
Santo Domingo. Cuba y Puerto Rico, empero, eran países coloniales, y la Repú- 
blica Dominicana, aun siendo independiente, debe considerarse como una colo- 
nia desde el punto de vista económico. Eran países pobres, atados a una sola 
cosecha principal, a un solo producto principal de exportación, a un solo merca- 
do principal. Carecían por completo de medios de autodefensa económica y tam- 
poco tenían en aquel tiempo la menor probabilidad de formar una comunidad 
de productores con el fin de salvaguardar los precios de sus materias primas. 6 

6. Fue en los críticos aflos del decenio de 1930 cuando los precios del azúcar bajaban con 
frecuencia hasta quedar por debajo del coste de producción, que se celebraron las primeras con- 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 171 

Con los países productores de caña de azúcar prácticamente indefensos, el co- 
mercio del azúcar pronto se vio dominado por poderosos intereses comerciales 
internacionales que expulsaron incluso a los comerciantes locales, reduciéndolos 
al papel de simples intermediarios de las grandes compañías internacionales. Se 
produjo el correspondiente desplazamiento de la ubicación de los mercados donde 
se fijaban los precios: en 1884, por ejemplo, el precio de Hamburgo era más im- 
portante, influía más en las decisiones comerciales, que las cotizaciones de La Ha- 
bana. Hubo, además, otro acontecimiento fundamental que señaló la llegada de 
una nueva época en el comercio azucarero. Hasta el decenio de 1860, los precios 
del azúcar se fijaban en el mercado. Y el concepto de mercado era estrictamente 
físico: se refería a los distritos geográficos, urbanos, donde se hallaban situados 
los almacenes y donde los comerciantes efectuaban sus operaciones. En Londres 
era Mincing Lañe; en Nueva York, la parte baja de Wall Street; en El Havre, 
la gran plaza donde hoy se alza el edificio de la bolsa; en La Habana, la zona 
portuaria cerca del Colegio de Corredores, donde estaban las principales compa- 
ñías comerciales: Drake y Hermanos, Sama y Cía., Ajuria y Hermanos, y otras. 
Y lo que se quería decir al hablar de «precios de mercado» eran los altibajos de 
las ventas más importantes del día, esto es, los máximos y mínimos precios que 
se pagaban por el azúcar para su entrega inmediata («rápida» o «pronta»). El 
pago de las compras se hacía generalmente a la entrega. (Aunque también era 
costumbre mandar azúcar consignado a los mercados europeos o estadounidenses 
para venderlo por medio de agentes, también en este caso para entrega inmediata.) 

En este mundo de comercio, físico y tangible, los parámetros que había que 
fijar eran igualmente objetivos y concretos, y requerían que el comerciante se 
ocupara personalmente de resolver problemas específicos en vez de analizar teóri- 
camente las condiciones y tendencias del mercado. El comerciante hacía sus cál- 
culos utilizando una aritmética elemental, de ahí la figura del comerciante en 
azúcar rico pero analfabeto. Del mismo modo que los viejos ingenios de azúcar 
con mano de obra esclava fueron barridos por la industria moderna, este tipo 
de comercio (y, por consiguiente, este tipo de comerciante) sería sustituido por 
empresas nuevas que emplearían métodos también nuevos en los últimos treinta 
años del siglo xix. Había una sencilla realidad física: las antiguas organizacio- 
nes de comercio ya no podían hacer frente a los factores múltiples que ahora 
intervenían en la firma de un acuerdo para la venta de azúcar, o en el mercado 
de futuros en las bolsas de Nueva York, París, Londres o Hamburgo. 

En resumen, pues, la moderna industria azucarera de las postrimerías del si- 
glo xix, intrincado complejo económico con un enorme volumen de producción 
que tenía que satisfacer criterios de calidad internacionales, nació en un mundo 
que desde el decenio de 1860 era sacudido constantemente por fenómenos nue- 



ferencias internacionales para limitar la producción y fijar los cupos de exportación. El Acuerdo 
Internacional sobre el Azúcar, firmado en la Conferencia de Londres del 5 abril al 6 mayo de 
1937, fue el primero en incluir tanto a los países importadores como a los exportadores, compro- 
metiéndose aquéllos a reservar para éstos ciertas proporciones fijas de sus importaciones. Sin 
embargo, hasta las conversaciones que precedieron al Acuerdo Internacional sobre el Azúcar 
de 1968, no pudieron los países productores en vías de desarrollo hacer que prevalecieran algu- 
nos de sus intereses fundamentales. 



172 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

vos: la ascensión del capitalismo mundial de signo monopolístico, la creciente 
velocidad del transporte, las técnicas radicalmente nuevas para tratar la informa- 
ción. La aplicación de las matemáticas al mundo de los negocios (especialmente, 
las encuestas por muestreo, el concepto de los índices, la mejora de las estadísti- 
cas económicas); el moderno tratamiento de datos (el sistema de clasificación de- 
cimal, otros sistemas de codificación y recuperación, las tarjetas perforadas); los 
nuevos métodos de transmitir información (el telégrafo, los códigos telegráficos, 
el teléfono, el cable atlántico, el teletipo); el concepto de marketing, nuevos mé- 
todos para evaluar la eficacia de la gestión y para manipular la opinión pública; 
el uso de estudios sociológicos y antropológicos para ayudar a los incipientes trusts 
internacionales a alcanzar la dominación económica: todo esto se encuentra en 
la especulación en gran escala que hubo en el comercio azucarero durante los 
últimos años del siglo xix. 

En este sentido, el comercio del azúcar iba a la cabeza de los negocios interna- 
cionales. Por ejemplo, la empresa alemana F. O. Licht, fundada en 1861, fue 
la primera compañía de corredores de azúcar que aplicó con éxito los muéstreos 
en gran escala para predecir la producción azucarera mundial. Las cifras de la 
Licht, publicadas en el famoso Monthly Report on Sugar a partir de 1868, eran 
un instrumento fundamental para los especuladores importantes del ramo del azú- 
car. C. Czarnikow Ltd., de Londres, llevaba a cabo una labor parecida a la de 
Licht, pero concentrándose en el Caribe. En 1897, esta empresa abrió una sucur- 
sal en Nueva York que interpretaría un papel decisivo en el comercio del azúcar 
de Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo; en 1909, se fusionó con Manuel Rion- 
da, corredor cubano establecido en Nueva York y, con el nombre de Czarnikow- 
Rionda Company, en pocos años dominó el mercado hasta tal punto que pudo 
hacer de corredor exclusivo de las cosechas cubanas durante la guerra (1914-1918) 
y de alrededor del 80 por 100 de las puertorriqueñas y dominicanas del mismo 
período. 1 Empresas de este tipo funcionaban simultáneamente en calidad de in- 
vestigadoras del mercado, editoras de publicaciones del ramo y corredoras, así 
como de agentes de ciertos poderosos intereses azucareros, aunque esto último 
se hacia de forma más o menos discreta: por ejemplo, Willet & Hallen (que luego 
se llamaría Willet & Grey Inc.) actuaba en secreto por cuenta de la American 
Sugar Refining Co., que a la sazón era uno de los mayores trusts del mundo. 

En los últimos treinta años del siglo xix, el mercado azucarero del mundo 
cayó en manos de un pequeño grupo de refinadores y banqueros que usaban los 
más avanzados métodos «de gran empresa» para hacerse con el control de los 
productores de azúcar en bruto y eliminar a los viejos comerciantes. En esta lu- 
cha, que aquí no podemos describir con detalle, 8 la estrategia clave consistía en 

7. Para una descripción general de la empresa de F. O. Licht, véase Jubilaumausgabe, pu- 
blicada en 1961 con motivo del centenario de la compañía. Una crónica contemporánea de los 
métodos de muestreo utilizados por F. O. Licht se encuentra en L'Economiste Francais, en la 
sección dedicada a «Sucres», 13 de septiembre de 1890, p. 340. Para información referente a 
la empresa Czarnikow, véase Hurford Janes y H. J. Sayers, The Story of Czarnikow, Londres, 
1963. Los archivos de la Czarnikow-Rionda Company pueden consultarse en el Center for Latín 
American Studies, Universidad de Florida, Gainesville, Florida. 

8. Para un estudio detallado de la ascensión del Sugar Trust en los Estados Unidos, así 
como de los métodos que empleaba, véanse Alfred S. Eichner, The emergence of oligopoly. 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 173 

crear un mecanismo para la fijación de precios que, al mismo tiempo que aparen- 
taba respetar las reglas de la oferta y la demanda, hiciera posible acaparar el 
mercado. En este aspecto, el papel de las lonjas de productos fue fundamental 
e inauguró una nueva era en el comercio de productos coloniales. Para el Caribe, 
sobre todo Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo, fueron especialmente significa- 
tivas la London Sugar Exchange y la New York Produce Exchange (que más ade- 
lante pasaría a ser la famosa New York Coffee and Sugar Exchange). 

Estas lonjas de productos eran de origen antiguo, al menos en teoría: algunos 
estudiosos afirman que descendían directamente de las bolsas medievales. Pero 
fuera cual fuese el parentesco, la similitud sólo era superficial. Antes de esta re- 
volución comercial, las lonjas de productos eran organizaciones constituidas de 
forma conjunta por compradores y vendedores, una especie de mercado organi- 
zado donde las fuerzas de la oferta y la demanda se encontraban para llevar a 
cabo transacciones comerciales. Pero las lonjas nuevas se caracterizaban por una 
diferencia esencial: los productos no se vendían realmente de forma directa y 
las transacciones que se efectuaban eran sólo especulativas. En pocas palabras, 
las operaciones consistían en firmar contratos de venta en los cuales una de las 
partes se comprometía a suministrar cierta cantidad de azúcar en cierta fecha: 
esto es, se hacía una venta al precio del día para su entrega futura. Cuando llega- 
ba la fecha de entrega, no se entregaba azúcar, pero entonces el precio del azúcar 
que constaba en el contrato se recalculaba basándose en el precio que estuviera 
vigente en el día de la entrega, y la diferencia entre los dos precios era pagada 
por una de las partes a la otra en efectivo, menos una comisión que se pagaba 
a la lonja por sus servicios. Como cada día se llevaban a término muchas opera- 
ciones de esta clase, la lonja proporcionaba el medio de liquidar la transacción, 
es decir, actuaba como cámara de compensación. De hecho, el azúcar pasaba 
de unas manos a otras en menos del 1 por 100 de las operaciones. Así pues, 
la lonja no sustituyó al mercado físico, en el cual se vendía y compraba azúcar 
de verdad: sencillamente lo dominaba, imponiendo precios y condiciones. Se com- 
prende que en el decenio de 1890, Economic Journal, la prestigiosa publicación 
londinenese, dijese que la Produce Clearing House era «... una mesa de juego, 
un Montecarlo en Mincing Lañe». 9 

No obstante, según ya hemos mencionado, las lonjas no eran solamente luga- 
res donde se jugaba con los precios de los productos, sino que también las inven- 
taron grupos económicamente dominantes con el propósito exclusivo de ampliar 
y consolidar su control del mercado. En 1897, al comparecer ante una comisión 
del senado norteamericano que investigaba el gran escándolo del trust del azúcar, 
Theodore Havemeyer, presidente de la American Sugar Refining Co., afirmó que 
utilizaba con regularidad la bolsa de valores para sobornar a funcionarios del 
gobierno y la lonja de productos con el fin de imponer sus precios a los azúcares 
sin refinar de Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico. 10 



Sugar refining as a case study, Baltimore, 1969, y Jack Simpson Mullins, «The Sugar Trust: 
Henry O. Havemeyer and the American Sugar Refining Company», tesis doctoral inédita, Uni- 
versidad de Carolina del Sur, 1964. 

9. Véase A. Ellis, «Does speculation raise prices?», The Economic Journal, 1 (1891), p. 197. 

10. Véase Mullins, «The Sugar Trust», cap. VII. 



174 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

Como era de esperar, las actividades de las lonjas de productos no estaban 
reguladas en el último decenio del siglo xix. Diariamente se llevaban a cabo ope- 
raciones que hoy día ni siquiera podrían intentarse. Hay que recordar, no obstan- 
te, que la recogida y el manejo de datos eran fenómenos nuevos en aquel tiempo 
y que no había reglamentos que afectaran las relaciones entre lonjas diferentes, 
por lo que era posible (gracias al telégrafo internacional, que, por cierto, estaba 
mal regulado y, además, controlado por un grupo de especuladores) sacar parti- 
do de la diferencia de cinco horas entre Inglaterra y la costa oriental de Norte- 
américa para conocer los precios de cierre en Londres antes de que la bolsa de 
Nueva York abriera sus puertas. En general, puede decirse que en los Estados 
Unidos (que a la sazón eran prácticamente el único mercado del azúcar de Cuba, 
Puerto Rico y la República Dominicana) las ventas de futuros del azúcar careció 
de legislación reguladora hasta que la increíble especulación de 1920-1921 dio 
origen a la controvertida ley del mercado de futuros del 24 de agosto de 1921. 
La ley fue declarada anticonstitucional poco después, aunque finalmente volvió 
a promulgarse, con cambios de poca importancia, el 21 de septiembre de 1922. 



El crecimiento de la producción de azúcar, c. 1860-c. 1900 

Durante el siglo xix, la producción de azúcar de Cuba aumentó ininterrum- 
pidamente, año tras año, hasta 1875, momento en que las plantaciones de escla- 
vos, que desde hacía algún tiempo mostraban claras señales de crisis, empezaron 
el descenso hacia su desintegración definitiva al abolirse la esclavitud en el dece- 
nio de 1880. Reflejadas en un gráfico, las peripecias de la industria del azúcar 
mostrarían grandes fluctuaciones, sobre todo en el período comprendido entre 
1876 y 1880, lo cual reflejaría la transición del antiguo ingenio a la moderna 
central. En el decenio de 1890, sin embargo, Cuba ya había recuperado su posi- 
ción como mayor productor de azúcar del mundo, con cinco cosechas sucesivas 
de más o menos un millón de toneladas, sólo para sufrir luego la gran caída 
provocada por la guerra de independencia (1895-1898). 

Puerto Rico, en cambio, mantuvo su tendencia económica hacia arriba sólo 
hasta el decenio de 1850, momento en que empezó una serie de altibajos que 
reflejaba la inestabilidad de su producción basada en la esclavitud. En 1873, se 
abolió la esclavitud durante un período de cosechas abundantes. Sin embargo, 
la abolición en Puerto Rico no fue acompañada de un proceso general de moder- 
nización y la producción descendió mucho en el decenio de 1890. 

Diversos factores contribuyeron al desarrollo desigual de estas dos colonias 
que tenían la misma metrópoli y, por consiguiente, la misma forma de gobierno, 
además de compartir el mismo clima y hallarse en la misma región geográfica. 

En primer lugar, los antecedentes históricos de las dos islas eran distintos. 
Desde el siglo xvi hasta el xvm y los dos primeros decenios del xix, Cuba fue 
un centro para la defensa del imperio español, la principal base marítima tanto 
para la flota de guerra como para la mercante y una importante región producti- 
va. Estos factores permitieron el crecimiento de una oligarquía que llegó a ejercer 
un poder político casi único y que desde el principio acumuló grandes sumas de 
capital derivadas de servicios, tales como el comercio, la construcción naval, la 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 175 

construcción de fortificaciones, etcétera. Este capital fue invertido luego en re- 
cursos agroindustriales: tabaco, café y azúcar. La oligarquía cubana pudo apro- 
vechar las condiciones favorables para el comercio exterior que en 1791 creó la 
revolución de Haití, que hasta entonces había sido el principal productor de azú- 
car del mundo. Cuba era poseedora de un importante complejo azucarero que 
en 1840 ya producía más que todas las Indias Occidentales británicas juntas. 

En Cuba, a diferencia de las colonias francesas o inglesas de las Indias Occi- 
dentales, los ingenios de azúcar eran financiados por inversiones nativas y, con 
muy pocas excepciones, nunca pertenecieron a propietarios absentistas. Al con- 
trario, sus dueños vivían en Cuba y, por regla general, al empezar cada recolec- 
ción se instalaban en sus ingenios para vigilar y administrar sus intereses directa- 
mente. Cual empresarios modernos, se mantenían al corriente de los avances de 
la tecnología mundial y adoptaban sin demora las máquinas y las técnicas que 
podían mejorar la capacidad o la rentabilidad de la industria azucarera cubana. 

Ya en 1796 estos hombres de negocios nativos habían llevado a cabo los pri- 
meros experimentos para adaptar la máquina de vapor al ingenio de caña de azú- 
car; en 1837, inauguraron el primer ferrocarril del mundo dedicado al transporte 
de azúcar y melaza desde los ingenios hasta los puertos (y, de hecho, el primer 
ferrocarril de la clase que fuera que hubo en América Latina); en 1842, empeza- 
ron a usar tachos al vacío para obtener azúcar; en 1844 (en el mismo año que 
los Estados Unidos), tendieron los primeros hilos telegráficos; en 1849, instala- 
ron centrífugas para elaborar azúcar. Cuba, que era una posesión colonial, se 
adelantó a todos los demás países latinoamericanos, en lo que se refiere a avances 
tecnológicos, durante el siglo xix. Bajo la doble influencia de privilegios legisla- 
tivos y de una dinámica clase empresarial, y con la ayuda de condiciones natura- 
les extraordinariamente favorables (tierras muy fértiles, clima ideal, grandes re- 
cursos forestales, etcétera), es comprensible que Cuba fuese el mayor productor 
de azúcar del mundo desde 1840 hasta 1883. Puerto Rico, que no poseía estas 
características, era un productor mucho más modesto. 

Sin embargo, en el decenio de 1860, tanto las plantaciones cubanas como las 
puertorriqueñas empezaron a mostrar los primeros síntomas de crisis. Era una 
crisis estructural, provocada por el descenso continuo de la rentabilidad de la 
mano de obra esclava y por las dificultades nacidas de la adopción de las nuevas 
tecnologías." 

Así pues, empezó un período de inestabilidad en el cual el problema principal 
con que se encontraban los productores — y, por ende, los círculos oficiales — 
era dar con una fórmula que permitiese resolver la transición de la esclavitud 
a la mano de obra asalariada. El objetivo de los productores era obtener de Espa- 
ña una ley de abolición que los indemnizase y permitiera recuperar el capital que 
habían invertido en esclavos con el fin de reinvertirlo en maquinaria moderna. 
También tenían la esperanza de que se promulgaran otras leyes que proporciona- 



1 1 . Las conclusiones que se sacan aquí acerca de la rentabilidad de la esclavitud para el 
propietario de esclavos se basan en un análisis econométrico de fichas contables de ingenios 
de azúcar cubanos. Véase Manuel Moreno Fraginals, El ingenio, vol. II, La Habana, 1977, cap. 1. 
Para más comentarios acerca de la industria azucarera cubana en el período anterior a 1870, 
véase Thomas, HALC, V, capítulo 5. 



176 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

sen una reserva barata y constante de trabajadores «libres», es decir, semiesclavi- 
zados, a los que obligarían a trabajar doce o catorce horas diarias por un salario 
de hambre y despedirían luego, al finalizar la recolección. 

Es un hecho que en la Cuba de 1863 más del 95 por 100 de todas las propieda- 
des azucareras estaban hipotecadas. Los estudios económicos del período indica- 
ban que los 300 millones de pesos invertidos en azúcar soportaban una carga 
hipotecaria de 200 millones de pesos, es decir, dos tercios de la industria del azú- 
car estaban en manos de comerciantes que, en Cuba y Puerto Rico, cumplían 
las funciones de banqueros. 12 

En el decenio de 1860, esta situación crítica en las dos islas se vio aliviada 
bruscamente por una serie de acontecimientos externos de signo favorable, los 
cuales, más que resolver las dificultades estructurales inherentes (pues la planta- 
ción con esclavos había agotado toda posibilidad de reforma interna), lo que hi- 
cieron fue prolongar la vida del sistema. Durante años, la guerra de Secesión 
en los Estados Unidos y la francoprusiana en Europa crearon el clásico efecto 
de trastornar las condiciones del mercado, incrementando la demanda y haciendo 
subir los precios. En la propia Cuba, la guerra de los Diez Años (1868-1878), 
primera lucha en gran escala por la independencia, también intensificó el pánico 
en el comercio del azúcar y amplió las condiciones favorables del mercado. Hubo 
casi diez años de buenas cosechas y precios altos (aun cuando en Cuba la mayor 
parte de ellos coincidieron con la guerra de los Diez Años) que permitieron a 
los productores de azúcar cubanos amortizar gran parte de sus hipotecas y a sus 
colegas portorriqueños comenzar la mecanización de sus ingenios, que, en gene- 
ral, iban a la zaga de los cubanos en ese sentido. Pero este período fue una excep- 
ción de la tendencia y, una vez transcurrido, la crisis se hizo sentir de nuevo, 
con más fuerza que nunca. 

En Puerto Rico, la desintegración de las plantaciones de caña de azúcar de 
estilo antiguo, fue rapidísima. En 1870, había 550 ingenios con una producción 
total de 96.000 toneladas; en 1880, las cifras habían descendido hasta 325 y 50.000, 
respectivamente. Debido al gran atraso de las técnicas, la crisis de la producción 
fue acompañada de una crisis de la calidad, y muchos importadores estadouni- 
denses se negaron a comprar los azúcares crudos de Puerto Rico que los refina- 
dores rechazaban. Pero había una razón aún más significativa para la crisis de 
la isla: el problema fundamental estribaba en que no había ninguna infraestruc- 
tura física y económica que pudiese utilizarse a modo de base de la industrializa- 
ción. Sin capital de inversión ni un sistema de ferrocarriles adecuado, y sin una 
acción concertada por parte de los productores, los pocos esfuerzos que se hicie- 
ron eran de carácter individual y, en su mayor parte, se limitaron a la adquisición 
de máquinas (que no siempre se instalaban de forma eficiente) y a la construcción 
de unas cuantas centrales que, hasta finales del siglo, alternaron los años buenos 
con los malos y, generalmente, acabaron muy endeudadas. Por citar un solo ejem- 
plo: la Central San Vicente, en Vega Baja, fundada por Leonardo Igaravidez, 
marqués de Cabo Caribe, en 1873 había absorbido las plantaciones mayores que 
la rodeaban, con el fin de tener garantizado el abastecimiento de caña para su 

r y abolición, La Habana, 1971, pp. 39 y ss. (otra ed.: 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 177 

ingenio, y tenía empleados a varios cientos de cortadores. Pero en 1879 sus deudas 
ya habían ascendido hasta superar el millón de pesos (1 peso = 1 dólar), cantidad 
increíble para aquella época. Además de la San Vicente, había en 1880 otras cuatro 
centrales: la Luisa, la San Francisco, la Coloso y la Canovanas. Desde el punto 
de vista económico, sus historias fueron parecidas durante todo el siglo xix. 

Otro factor clave que limitó el desarrollo de la industria azucarera puertorri- 
queña fue que la transición de la esclavitud a la mano de obra libre no salió 
bien. Suele decirse que la esclavitud fue abolida en Puerto Rico en 1873; pero 
esto sólo es cierto en el sentido jurídico. De hecho, la institución de la esclavitud 
se había derrumbado mucho tiempo antes y, en el decenio de 1870, la isla ya 
carecía de una población activa que pudiera someterse a las condiciones que los 
propietarios de plantaciones consideraban necesarias. A diferencia de Cuba, en 
Puerto Rico no hubo una afluencia significativa de mano de obra inmigrante. 
Muy pocos peones llegaron de China; los esfuerzos por crear un sistema de traba- 
jadores migrantes de España (que a la sazón recibieron el pintoresco nombre de 
«golondrinas») no tuvieron ningún éxito, y el experimento consistente en impor- 
tar peones de las Indias Occidentales británicas terminó con un puñado de grupos 
que se instalaron en la isla de Vieques y en los ingenios de azúcar de Ponce, 
Humacao, Loiza y Carolina. 13 

El caso cubano fue diferente. El gran auge del azúcar tuvo lugar en regiones 
que tenían fácil acceso a puertos que, a mediados de siglo, ya eran servidos por 
una excelente red de ferrocarriles. En general, este sistema de ferrocarriles, pen- 
sado en un principio para transportar bocoyes y cajas de azúcar, resultó útilísimo 
para transportar caña desde los campos hasta los ingenios. En lo que se refería 
a la población activa, en 1847 empezó una impresionante inmigración de peones 
chinos, que probablemente ya eran 150.000 a finales del siglo. Otra fuente de 
mano de obra tuvo un origen poco habitual. Como el ejército regular español 
hacía falta en la metrópoli para las guerras carlistas, las guarniciones de Cuba 
estaban formadas principalmente por quintos. Una serie de ordenanzas cubanas 
—que, huelga decirlo, eran consideradas totalmente ilegales en España— permi- 
tían al quinto elegir entre servir en calidad de soldado hasta el final o trabajar 
de peón en un ingenio de azúcar. Dado que en aquellos momentos se estaba li- 
brando en Cuba la guerra de los Diez Años, es natural que muchos quintos prefi- 
riesen cortar caña. Y en el decenio de 1880, los propietarios de las nuevas centra- 
les pudieron crear un movimiento eficiente de trabajadores migrantes, que llegaban 
a principios de enero y se marchaban a finales de abril. Estos trabajadores proce- 
dían de las islas Canarias y de las provincias españolas de Galicia y Asturias, 
donde los niveles de vida eran bajísimos, había un exceso de población y mucho 
desempleo. 

Disponiendo de grandes sumas de capital, muchos comerciantes españoles y 
algunas familias pertenecientes a la vieja oligarquía criolla (nacida en Cuba) in- 



13. Sobre la industria azucarera puertorriqueña, véanse Andrés Antonio Ramos Mattei, «The 
influence of mechanisation in the system of sugar production in Puerto Rico, 1873-1898», tesis 
doctoral inédita, Universidad de Londres, 1977, y La hacienda azucarera, su crecimiento y crisis 
en Puerto Rico (siglo XIX), San Juan, 1981. También José Curet, De la esclavitud a la aboli- 
ción, San Juan, 1979. 



178 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

virtieron en centrales, sobre todo a partir del decenio de 1880. En este sentido, 
es útil señalar que, desde el punto de vista económico, la sangrienta guerra de 
los Diez Años por la independencia fue rentable para la industria azucarera mo- 
dernizada. La guerra, que se hizo principalmente en el extremo oriental de la 
isla, destruyó más de cien antiguos ingenios de azúcar, todos ellos tecnológica- 
mente atrasados y apenas productivos. La parte occidental del país, donde se 
encontraban los nuevos ingenios «gigantescos» y que producía el 80 por 100 del 
azúcar cubano, no sufrió los estragos de la guerra. 14 

Por otra parte, el Banco Colonial y el Banco Español de la Isla de Cuba, 
controlados ambos por los grandes comerciantes españoles y también por algu- 
nos miembros de la oligarquía cubana, habían recibido del gobierno español el 
encarga de financiar la guerra, lo cual resultó enormemente rentable. Barcos cu- 
banos y españoles, y compañías de ferrocarriles, se encargaban de transportar 
tropas y pertrechos. Con una administración colonial militar, y bajo presiones 
psicológicas «de estado de guerra», se hicieron toda suerte de negocios turbios, 
y enriquecerse ilícitamente pasó a ser la norma. Es evidente que al finalizar la 
guerra estos grupos dispondrían del capital líquido necesario para invertir en la 
magnífica y «nueva» (es decir, modernizada radicalmente) industria del azúcar. 

Aún había otros factores. Con su experiencia en el comercio del azúcar y en 
la política, bien organizados y unidos por intereses comunes durante mucho tiem- 
po, los productores locales conocían muy bien las necesidades de la época y co- 
menzaron a crear una serie de instituciones con el fin de dirigir la nueva indus- 
tria. Así nació la Asociación de Hacendados de la Isla de Cuba en 1879, cuya 
finalidad era coordinar los actos de los principales cerebros (y mayores inversio- 
nistas de capital) del mundo del azúcar. Desde sus comienzos, la asociación guió 
las actividades de los productores, fomentó proyectos destinados a traer trabaja- 
dores inmigrantes, fundó escuelas de formación agrícola e industrial, patrocinó 
la investigación, instaló comunicaciones directas con las lonjas del azúcar de Nueva 
York y Londres, publicó una revista que era muy leída y formó un poderoso 
grupo de presión para defender los intereses de la industria. Durante este período 
nacieron muchas asociaciones similares pero locales de colonos o plantadores de 
caña. 

Finalmente, es necesario señalar otras dos cosas importantes. La primera se 
refiere a la abolición de la esclavitud, que en Cuba se llevó a cabo en 1880 (siete 
años después de Puerto Rico). La abolición, empero, no significó que una masa 
de personas, bienes sometidos a todos los caprichos de sus amos, de pronto se 
vieran libres y en plena posesión de derechos y responsabilidades civiles. De ha- 
ber sido así, la abolición hubiera provocado el derrumbamiento total de la indus- 
tria azucarera, puesto que todavía en 1877 (el último año del cual disponemos 
de estadísticas de confianza acerca de la esclavitud en Cuba) más del 70 por 100 
de la producción de azúcar se basaba en la mano de obra esclava. Que no ocu- 

14. Sólo se llevaron a cabo dos censos del azúcar en Cuba durante el siglo xix. Se encuen- 
tran en Carlos Rebello, Estados azucareros relativos a la producción azucarera de la isla de 
Cuba, La Habana, 1860 (en el libro no aparece ningún pie de imprenta y, además, en realidad 
se imprimió en Nueva York); Noticias de las fincas azucareras en producción que existían en 
toda la isla de Cuba al comenzar el presupuesto de 1877-1878, informe publicado en La Revista 
Económica (La Habana, enero de 1877), pp. 60 y ss. 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 179 

rriera así se debió al simple hecho de que la ley de abolición fue meramente el 
reconocimiento de jure de una situación caracterizada por la desintegración de 
facto del sistema de la esclavitud. 

A decir verdad, ya en el decenio de 1860, y mucho más en el de 1870, el térmi- 
no esclavitud amparaba una gran variedad de medios de explotación de la mano 
de obra. Para empezar, existía el esclavo «puro», obligado físicamente a trabajar 
en el ingenio de azúcar. A continuación, venía el esclavo «contratado». Éste se 
hallaba sujeto a condiciones totalmente diferentes: los castigos físicos estaban 
prohibidos y recibía parte del dinero que se pagaba al contratarle. Venía luego 
el «jornalero», que era una variante del anterior, el esclavo que se contrataba 
personalmente en un ingenio a cambio de cierta cifra y que, periódicamente, en- 
tregaba una parte de su salario a su propietario nominal en concepto de pago 
de la condición de semiliberto con derecho a vender libremente sus servicios. Existía 
también el esclavo «asalariado» (rasgo muy común de la época) que generalmen- 
te cobraba entre el 50 y el 70 por 100 del salario de un hombre libre. Muchos 
esclavos, de todos los tipos, gozaban del usufructo de una pequeña parcela donde 
cultivaban productos y criaban animales, vendiendo una parte de todo ello al 
ingenio. Con ellos trabajaban negros y blancos libres, chinos y peones contrata- 
dos procedentes de Yucatán (éstos eran prácticamente esclavos) y, a veces, presos 
que el Estado proporcionaba a los ingenios y que percibían un pequeño salario. 
Esta situación anómala en la oferta de mano de obra surtió el efecto de frenar 
el desarrollo industrial capitalista: la ley de abolición era un modo de racionali- 
zar de forma productiva el confuso sistema de la mano de obra. 

Todo esto nos lleva a una conclusión: en esencia, los cambios en la produc- 
ción de azúcar cubano a partir del decenio de 1880 eran mucho más económicos 
y sociales que técnicos. Esto no quiere decir que no se hiciesen mejoras significa- 
tivas en la maquinaria y los procesos: sí se hicieron, como hemos visto. Lo que 
afirmamos es que la renovación completa del proceso de producción no consistió 
meramente en instalar máquinas industriales modernas (cosa que en numerosos 
ingenios cubanos ya se hacía desde mediados de siglo); también entrañaba una 
renovación en el nivel social e institucional que sencillamente no podían efectuar 
los propietarios de esclavos. Entre éstos, los más reaccionarios conservaron y ex- 
plotaron a sus esclavos mientras ello les fue posible: aferrándose a un pasado 
que estaba condenado a desaparecer, conservaban sus esclavos porque los consi- 
deraban como parte de su inversión. Quizá, a su modo de ver, no había ninguna 
alternativa. 

El otro factor clave que debe mencionarse es el proceso de consolidación en 
Cuba. La industrialización, como hemos visto, hizo que las unidades menos efi- 
cientes desaparecieran pronto. En Matanzas, la región azucarera más importante 
de Cuba, había 517 ingenios en 1877 y la producción ascendía a unas 350.000 
toneladas; en 1895, el número de ingenios había quedado reducido a 99, pero 
la producción, cifrada en 600.000 toneladas, casi se había doblado.' 5 Sin embar- 



15. Para 1877, véase la nota 14. Los datos correspondientes a 1895 proceden de La relación 
de los ingenios de las provincias y datos relativos a los mismos, Matanzas, 23 de septiembre ; 
de 1895 (registro compilado por orden de las autoridades provinciales). E 
el Archivo Histórico de Matanzas. 



180 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

go, durante estos decenios finales del siglo xix, la concentración de la produc- 
ción en ingenios menos numerosos pero mayores no tuvo un equivalente en el 
sistema de tenencia de la tierra. Posiblemente, los gravámenes y otras obligacio- 
nes de la condición de terrateniente (en especial el tipo de censo irredimible e 
indivisible) conspiraban contra todos los esfuerzos por llevar a cabo una consoli- 
dación de tierras que complementase la concentración industrial. El resultado de 
ello fue una amplia discrepancia entre la agricultura y la industria, y explica en 
parte el atraso de la plantación de caña de azúcar en un período de avances in- 
dustriales y tecnológicos. 

Desde el punto de vista de la propiedad directa, yá fuese de tierra o de inge- 
nios, hay pocas señales de la presencia de capital estadounidense en la industria 
azucarera cubana del siglo xix. Había, por supuesto, propietarios de ingenios 
que eran norteamericanos, del mismo modo que los había que eran franceses, 
canadienses y alemanes. Las cifras de las fuerzas estadounidenses, que ocuparon 
la isla en 1898, indican que en aquel entonces el 93,5 por 100 de los ingenios 
pertenecía a cubanos y españoles; sólo el restante 6,5 por 100 era propiedad de 
extranjeros, incluyendo, desde luego, ciudadanos de los Estados Unidos. Con- 
vendría señalar, además, que muchos de los ingenios que en las listas constaban 
como norteamericanos, en realidad, pertenecían a cubanos y españoles que poco 
antes habían adquirido la ciudadanía estadounidense. 

Hasta ahora hemos hablado principalmente del comportamiento de los factores 
internos que dieron forma al desarrollo de la industria del azúcar en Cuba durante 
los últimos decenios del siglo xix. Pero en el proceso también intervinieron decisi- 
vamente factores externos. Por ende, la afirmación de que los Estados Unidos te- 
nían sólo una presencia limitada en la industria azucarera de Cuba se refiere exclu- 
sivamente a la propiedad de ingenios de azúcar. Pero desde el punto de vista del 
comercio internacional, los Estados Unidos ejercían la hegemonía desde hacía mu- 
cho tiempo. En el decenio de 1870, la «edad de oro de la competencia» ya había 
concluido en los Estados Unidos, al menos en lo que se refería al azúcar; existía 
una estructura oligopolística. El Sugar Trust se fundó legalmente en agosto de 1887, 
fecha en que se constituyó la American Sugar Refining Company, a la vez que en 
octubre veintiuna compañías refinadoras de siete ciudades norteamericanas acor- 
daron entrar en el trust. En la práctica, el trust había nacido un decenio antes. 16 
La Sugar Act de 1871 fue el primer instrumento legislativo de dominación neocolo- 
nialista forjado en los Estados Unidos, bajo la presión de los refinadores de la costa 
oriental, con la finalidad específica de dominar económicamente a Cuba, Puerto 
Rico y Santo Domingo. En el decenio de 1880, las tres islas ya vendían virtualmente 
todo su azúcar a los Estados Unidos y comerciaban con una sola empresa en el 
mercado, la American Sugar Refining Co.; su azúcar era embarcado en buques 
norteamericanos; los precios del azúcar los fijaba el Produce Exchange de Nueva 
York; los plantadores y propietarios de ingenios de las islas recibían sus precios 
de mercado y cálculos de producción de Willet & Grey, en noticias que daba la 
Associated Press y transmitía la Western Union. Sin invertir directamente en tierra 
ni en ingenios, la anexión económica de las tres islas estaba en marcha: la a> 
física por la fuerza tendría lugar unos años después. 

16. Mullins, «The Sugar Trust», pp. 32-33. 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 181 

En 1895, el desarrollo del azúcar cubano sufrió una brusca interrupción. El 
24 de febrero, en medio de la temporada de recolección, estalló una nueva guerra 
de independencia, una guerra que, a diferencia de la de los Diez Anos, tuvo por 
escenario la isla entera. La magnitud de las operaciones se desprende de unas 
cuantas cifras: España envió 400.000 soldados, el mayor ejército que cruzó el 
Atlántico hasta la segunda guerra mundial. Esto representaba un soldado espa- 
ñol por cada tres habitantes de la isla. Durante la guerra de independencia 
(1895-1898) cientos de miles de hectáreas de caña de azúcar fueron incendiadas 
repetidamente (la caña arde con facilidad). También se destruyó un número des- 
conocido de ingenios de azúcar. Por desgracia, carecemos de documentación cuan- 
titativa que permita apreciar con exactitud los daños que la guerra infligió a la 
industria azucarera. 

La historiografía cubana tradicional, influida por los intereses de los magna- 
tes del azúcar, creó el mito de la total destrucción de la industria azucarera du- 
rante la guerra. Dado que durante el período no se hicieron censos de las planta- 
ciones de azúcar, la teoría de la ruina total sigue predominando entre muchos 
historiadores modernos. Pero concienzudos estudios cualitativos, que han anali- 
zado miles de fuentes dispersas, parecen demostrar que si bien se hizo evidente 
un descenso enorme de la producción de caña (resultado de repetidas quemas), 
el sector industrial, en cambio, sufrió mucho menos daño. De las 50 centrales 
mayores que producían en 1895, sólo 7 fueron destruidas durante la guerra, 4 
sufrieron algunos daños y 39 permanecieron en pie, listas para empezar una nue- 
va molienda. Es probable que la pérdida global efectiva que sufrió la industria 
fuera, a lo sumo, de entre un 20 y un 25 por 100 de la capacidad productiva 
instalada. Poner nuevamente en marcha la industria requirió un extenso progra- 
jna de siembra de caña en unos momentos en que los peones agrícolas se hallaban 
muy dispersos (toda vez que la guerra había cambiado por completo la pauta 
de los asentamientos en muchas zonas). Esto explica el descenso de la producción 
durante la guerra y los primeros años de la posguerra. También explica por qué, 
a los tres años de finalizar la contienda, la producción de azúcar alcanzó casi 
un millón de toneladas, que venía a ser la capacidad instalada total en 1895. 

La industria azucarera de Santo Domingo a finales del siglo xix se vio muy 
influida por la guerra de los Diez Años en Cuba, que empujó a gran número 
de cubanos a emigrar a Santo Domingo, entre ellos muchos capitalistas modes- 
tos, propietarios de ingenios en la parte oriental de Cuba. Santo Domingo les 
ofrecía refugio: un país donde se hablaba su propia lengua, con unas condiciones 
físicas y sociales parecidas a las de Cuba, con relativa estabilidad política y donde 
se fomentaban y protegían las inversiones de capital extranjero en negocios agroin- 
dustriales. Entre las facilidades que se brindaban a los inversionistas cabe señalar 
exenciones de derechos de importación y exportación e, incluso, concesión de 
tierras propiedad del Estado para la construcción de ingenios de azúcar. Las con- 
diciones naturales (el clima, la fertilidad del suelo, el riego natural, etcétera) eran 
igualmente favorables al desarrollo de la industria del azúcar. 

En estas condiciones, empezó la primera fase de la moderna industria azuca- 
rera de Santo Domingo, dominada por empresarios cubanos, aunque los había 
de otras nacionalidades. Las primeras inversiones de capital, generalmente mo- 
destas, las hicieron personalmente estos hombres de negocios o se encargaron 



182 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

de ellas sus agentes dominicanos (o ambas cosas a la vez); inversiones posteriores 
las efectuaron hombres de negocios y prestamistas locales, o fabricantes de ma- 
quinaria extranjeros que ofrecían crédito y, a modo de garantía, tomaban hipote- 
cas sobre las industrias incipientes. La tierra era muy barata y las concesiones 
originales del gobierno no tardaron en ampliarse por medio de compras y arren- 
damientos. Desde el punto de vista tecnológico, estas nuevas plantas, aun siendo 
innovadoras en comparación con los ingenios locales, tomaban por modelo los 
ingenios del este de Cuba, esto es, no contaban con la maquinaria industrial más 
reciente. Obviamente, este tipo de empresa sólo podía prosperar gracias al apoyo 
oficial y a las condiciones excepcionales del mercado del azúcar en el decenio 
de 1870. En 1882, había ya 21 ingenios en Santo Domingo, pero, una vez hubo 
pasado su éxito original, todos ellos se vieron rápidamente ante una crisis. En 
1884, cuando los precios del azúcar descendieron hasta los niveles más bajos de 
que haya constancia, muchos de los empresarios originales se vieron expulsados 
y hubo una concentración de la propiedad. Uno solo financiero logró hacerse 
con el control de más de diez ingenios después de 1884. Unos catorce ingenios 
se declararon en quiebra y cerraron, ya fuera temporal o permanentemente, entre 
1884 y 1900. 

Otra consecuencia de la depresión fue que los ingenios supervivientes se esfor- 
zaron de modo creciente por incorporar tecnología moderna en un intento de 
reducir los costes de producción, por lo que en el panorama azucarero de Santo 
Domingo hicieron aparición las primeras centrales que seguían el modelo cubano 
y que tenían los mismos problemas que describimos en su momento: la central 
requería campos de caña más extensos y mayor rapidez en el abastecimiento. Los 
ferrocarriles ofrecían las condiciones estructurales para los latifundios, pero, al 
igual que en Cuba, la consolidación industrial fue más aprisa que la concentra- 
ción de tierra. Las nuevas y extensas centrales se vieron obligadas a crear el siste- 
ma llamado «colonato» (cultivadores de caña independientes), separando el sec- 
tor agrícola del industrial. La mayor central de Santo Domingo en el siglo xix 
era la Central Consuelo, en San Pedro de Macorís, fundada por la sociedad cu- 
bana de Padró, Solaún y Cía. En el decenio de 1890, bajo la dirección de un 
socio nuevo, el norteamericano William L. Bass, la central se convirtió en una 
«pequeña república», como decía la prensa de la época: esto significa que había 
adquirido las características de un gigante económico que dominaba social y polí- 
ticamente la región. 

La industria azucarera de Santo Domingo en el siglo xix era muy pequeña 
en comparación con la de Cuba e incluso con la de Puerto Rico. Durante el críti- 
co decenio de 1880, la producción total nunca superó las 20.000 toneladas anua- 
les. No obstante, al estallar la guerra de independencia de Cuba en 1895, se pro- 
dujo una escasez temporal de azúcar, con el correspondiente incremento de los 
precios mundiales. Los ingenios dominicanos aumentaron su producción, pero 
la capacidad instalada no permitía cosechas de más de 50.000 toneladas; Cuba, 
durante los años de guerra, producía más de 250.000 toneladas. 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 



El crecimiento de la producción de azúcar, c. 1900-1930 

En 1900, la producción total de azúcar de Cuba, Puerto Rico y la República 
Dominicana fue de 430.000 toneladas, lo que equivalía aproximadamente al 4 
por 100 de la producción mundial. Durante los veinte años siguientes, la indus- 
tria azucarera cubana creció a un ritmo anual del 14,2 por 100; la puertorriqueña, 
del 14,3 por 100 y la dominicana del 8,2 por 100, de tal modo que en 1920 los 
tres países elaboraban un total de 4.533.119 toneladas, equivalentes al 29,3 por 
100 de toda la producción mundial, aunque hay que reconocer que las cifras co- 
rrespondientes a 1920 se vieron un poco tergiversadas por la crisis de la industria 
azucarera europea causada por la primera guerra mundial. En los tres casos sin 
excepción, el proceso de crecimiento tuvo un rasgo común: el estímulo que reci- 
bieron de las respectivas intervenciones militares de los Estados Unidos. Se recor- 
dará que el ejército estadounidense ocupó Cuba y Puerto Rico en 1898, y poste- 
riormente Puerto Rico fue anexionada. La intervención militar en Cuba duró 
hasta 1902 y hubo luego otra en 1906-1908. En la República Dominicana el pro- 
ceso fue distinto: nominalmente independiente desde 1844, los convulsos asuntos 
del país fueron la causa de que en 1905 se celebrase una convención que autorizó 
a los Estados Unidos a recaudar y administrar los derechos de aduana del país. 
En 1915, ante la posibilidad de que se eligiera un gobierno perjudicial para sus 
intereses, los Estados Unidos intervinieron militarmente y sus fuerzas ocuparon 
el país hasta 1924. 

En cada uno de estos casos, las sociedades anónimas norteamericanas intere- 
sadas en el negocio del azúcar obtuvieron de las autoridades de ocupación las 
facilidades materiales y el marco jurídico necesarios para invertir provechosa- 
mente. Los cálculos de las compañías azucareras norteamericanas, como puede 
verse en sus prospectos y anuncios de principios del decenio de 1900, se basaban 
en premisas sencillas: en primer lugar, los Estados Unidos constituían un merca- 
do azucarero en constante expansión, lo cual se debía tanto a su extraordinario 
crecimiento demográfico (incremento absoluto) como al cada vez mayor consu- 
mo per cápita (incremento relativo); en segundo lugar, el hecho mismo de la in- 
tervención (es decir, ocupación armada) o franca anexión garantizaba la perma- 
nencia del estatuto jurídico interno y las condiciones sociopolíticas favorables 
a las inversiones estadounidenses; en tercer lugar, externamente, las relaciones 
entre estos países y los Estados Unidos se fijaban de modo parecido, por lo que 
las condiciones del mercado eran estables; en cuarto lugar, debido a sus condicio- 
nes naturales (lluvias, temperatura, suelo, etcétera) los tres países eran ideales 
para la producción de azúcar, a la vez que su proximidad geográfica al continen- 
te añadía una ventaja: los tres eran puntos clave en la política de una esfera de 
intereses norteamericanos en el Caribe-América Central; en quinto lugar, en estas 
condiciones, las inversiones en el comercio del azúcar se contaban entre las más 
seguras y provechosas del mundo; en sexto lugar, no era de prever ningún cam- 
bio en estas condiciones, ni siquiera a largo plazo. 

No hay que olvidar que los Estados Unidos tenían su propia y excelente tec- 
nología azucarera, además de las fábricas capaces de construir todas las máqui- 
nas necesarias para la elaboración de azúcar así como para el cultivo y el trans- 



184 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

porte de la caña. Mejor aún: todo el complejo industrial podía ser embarcado, 
montado, puesto en marcha, manejado y administrado por norteamericanos, ya 
fuera solos o con la ayuda de personal nativo preparado técnica y culturalmente 
por ellos. 

El talón de Aquiles de tales inversiones era la caña misma, que necesariamen- 
te tenía que ser plantada, cultivada y recolectada en estos países por mano de 
obra nativa, o por peones importados de islas cercanas. Las grandes máquinas, 
su instalación, el enorme complejo de edificaciones, transporte, fuerza, teléfono 
y telégrafo, talleres de reparaciones, etcétera, suponían una gran inversión de 
capital que debía amortizarse durante un largo período, cuya rentabilidad depen- 
día de la certeza absoluta de contar con un abastecimiento ininterrumpido de 
caña a un coste determinado y en la cantidad, la calidad y los períodos de entrega 
necesarios. Por lo que se refiere a esto, la caña es un producto infinitamente 
más delicado que la remolacha azucarera. Mientras que la remolacha puede reco- 
gerse y almacenarse para su tratamiento posterior, la caña debe cortarse en las 
cantidades exactas y triturarse antes de que transcurran veinticuatro horas: no 
se puede almacenar. 

Por estas y otras razones, la vertiente agrícola de la industria (que, como se 
ha visto, es básicamente manual y en la que intervenían hasta 300.000 trabajado- 
res en Cuba sola durante el decenio de 1920) tenía que estar a la altura de la 
vertiente industrial en precisión y ritmo. Pero, para complicar las cosas, al finali- 
zar la recolección de la caña de azúcar, que por término medio duraba cuatro 
meses, más de la mitad de los trabajadores agrícolas eran despedidos inmediata- 
mente; los despidos subsiguientes se hacían de forma gradual, pero sólo el 10 
por 100 de los trabajadores estaban empleados todo el año. 

A causa de todo ello, la moderna industria del azúcar afrontó dos problemas 
fundamentales desde el principio: el abastecimiento garantizado de caña y el nú- 
mero suficiente de trabajadores para cada recolección. Del sistema de la mano 
de obra hablaremos luego. En lo que respecta al cultivo de la caña, cabe describir 
tres etapas distintas en la historia de Cuba y Puerto Rico, pero no de la Repúbli- 
ca Dominicana. Durante la primera etapa, correspondiente a los sistemas primiti- 
vos, basados en la esclavitud (cuyos restos duraron hasta el decenio de 1880), 
el ingenio era básicamente una empresa agrícola, ya que los dos componentes 
principales del activo o capital eran sus tierras y sus esclavos (es decir, trabajado- 
res agrícolas). En una empresa así, donde era preciso mantener a los esclavos 
durante todo el año, es natural que hubiera que hacerles trabajar a lo largo de 
todo ese período, plantando y cultivando la caña durante la estación muerta. Por 
consiguiente, el propietario de un ingenio cultivaba la caña que se molía él. 

En la segunda etapa, posterior a la abolición y que podemos considerar como 
de transición, se efectuó la división en sectores independientes, uno industrial 
y otro agrícola. Esta etapa, llamada de «división del trabajo», tuvo lugar durante 
el período de desarrollo de los grandes centros industriales (las centrales) en las 
zonas donde ya existían los campos de caña pertenecientes a los antiguos ingenios 
atendidos por esclavos. El rasgo característico de esta etapa de desarrollo era 
que la central grande no trataba sólo la caña cultivada en sus propias tierras, que 
nunca era suficiente, sino que, para satisfacer sus necesidades, también compra- 
ba caña a las colonias o fincas productoras que la rodeaban. 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 185 

La instauración de una pauta de compras de caña a cultivadores externos por 
parte de los nuevos centros industriales señaló la aparición de un estrato socio- 
económico de extraordinaria importancia en la historia moderna del Caribe de 
habla española. Estos cultivadores de caña, llamados «colonos», eran, por regla 
general, ex propietarios de ingenios (o sus herederos). Poseían un nivel cultural 
razonable, experiencia política y un sentido de la identidad de grupo, si no de 
clase. En el decenio de 1880 ya habían empezado a organizarse en asociaciones 
para la defensa de sus intereses comunes. Así, en cuanto la separación económica 
entre los sectores industrial y agrícola de la industria azucarera fue un hecho con- 
sumado, se produjo un conflicto manifiesto entre los intereses de los sectores; 
y puede decirse que, al menos a finales del siglo xix y comienzos del xx, los 
colonos tenían la sartén por el mango. 

Esta era la situación con que se encontraron las grandes sociedades inversoras 
cuando el capital estadounidense empezó a penetrar en la industria azucarera del 
Caribe. Era natural que esas sociedades anónimas no quisieran asumir el riesgo 
de permitir que un grupo nativo, un grupo bien organizado y con una orientación 
política nacionalista, controlase el abastecimiento de caña. La solución lógica, 
pues, en el caso de Cuba y la República Dominicana, consistía en instalar sus 
nuevas centrales en regiones poco pobladas, donde, además, la tierra era muy 
barata, y que las centrales cultivaran su propia caña, ya fuese directamente o 
por medio de intermediarios seleccionados por ellas. En Puerto Rico, isla muy 
pequeña (8.896 kilómetros cuadrados), donde había existido una extensa indus- 
tria azucarera atendida por esclavos durante el siglo xix, no había tierra virgen 
despoblada que fuera propicia para el cultivo de caña, por lo que allí la situación 
era diferente, y el control económico se instauró obligando a los cultivadores 
de caña a vender sus propiedades a las nuevas compañías. Hay otra considera- 
ción, una consideración igualmente importante. Los Estados Unidos mostraban 
un impresionante grado de mecanización en el cultivo de ciertas cosechas. Era, 
por ende, lógico, que las nuevas sociedades inversoras pretendieran mecanizar 
también el cultivo de caña en sus nuevas tierras del este de Cuba, donde la pobla- 
ción activa era muy reducida, con el fin de obtener los beneficios marginales de 
una economía de escala. Pero la mecanización agrícola en gran escala lleva apa- 
rejadas grandes extensiones de tierra y, por consiguiente, surgieron en Cuba los 
latifundios del azúcar, fruto de realidades económicas y no sencillamente de un 
hambre voraz de tierra, como lo presentaba la literatura política de la época. 
Al final, la mecanización de la agricultura no se efectuó, en parte, porque las 
condiciones infraestructurales de Cuba y de la República Dominicana (el nivel 
cultural, la disponibilidad de instalaciones mecánicas, el conocimiento del suelo, 
las necesarias variedades de caña, etcétera) eran insuficientes para permitirlo y, 
en parte, debido al bajo nivel de desarrollo de maquinaria apropiada para plan- 
tar, cultivar y cortar caña. 

Pero se encontró una tercera solución para Cuba, una solución económica- 
mente satisfactoria para las compañías azucareras norteamericanas, pero de de- 
sastrosas consecuencias sociales y políticas para el país: la agricultura extensiva. 
Noel Deerr, uno de los expertos en caña de azúcar británicos más distinguidos 
del siglo xx, visitó Cuba antes de la primera guerra mundial y rápidamente se 
percató de la razón que había detrás de la aparente contradicción de que el pro- 



186 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

ductor de azúcar mayor y más económico del mundo fuera «el peor cultivado 
de todos los países donde se produce caña». 17 Donde la tierra es abundante y 
la mano de obra es escasa, la lógica de la ciencia económica lleva a una mayor 
utilización de la tierra. Obviamente, con estos métodos, los rendimientos por zona 
serán bajos, pero el coste de la caña resultará menor que el obtenido aplicando 
más mano de obra (de alto precio) a la misma zona para obtener rendimientos 
superiores. 

Por todas estas razones, los latifundios cañeros de las provincias de Cama- 
güey y Oriente llegaron a tener extensiones virtualmente aberrantes si se piensa 
que la superficie total de Cuba es de unos 111.000 kilómetros cuadrados. En 1900, 
por ejemplo, dos ingenios de Camagüey, propiedad ambos de antiguas familias 
de la provincia, produjeron un total de 21.700 toneladas de azúcar en unas 4.000 
hectáreas de tierra. En 1925, había 26 centrales, todas propiedad de extranjeros: 
sólo los dos antiguos ingenios seguían en manos cubanas. Estas 26 centrales nue- 
vas poseían o controlaban aproximadamente un millón de hectáreas y su produc- 
ción total de aquel año fue de 1.402.175 toneladas. En Oriente, de modo pareci- 
do, tres de las nuevas centrales construidas en los primeros dos decenios del presente 
siglo (la Chaparra, la Delicias y la Mercedita, todas pertenecientes a la Cuban 
American Sugar Co.) acabaron poseyendo alrededor de 180.000 hectáreas entre 
ellas. 

La resolución conjunta del 1 de mayo de 1900 que instituyó el gobierno colo- 
nial norteamericano en Puerto Rico disponía que «... toda sociedad anónima a 
la que en lo sucesivo se autorice a dedicarse a la agricultura estará limitada por 
sus estatutos a la propiedad y el control de tierra que no pase de los 500 acres 
[202 hectáreas]». Esta ley ha sido objeto de numerosas interpretaciones, pero una 
cosa es segura: fue letra muerta desde su promulgación. 18 De hecho, la propie- 
dad de la tierra se concentró en las manos de las compañías azucareras mediante 
un proceso relativamente más rápido en Puerto Rico que en Cuba. En 1899, la 
cantidad total de tierra dedicada al cultivo de caña era de 29.197 hectáreas; en 
1909, había ascendido a 58.857 hectáreas, y, en 1919, había alcanzado las 92.197. 
Se ha calculado que, en 1919, Puerto Rico importó el 60 por 100 de los productos 
agrícolas que consumió: la proletarización del campesino, la transformación del 
pequeño agricultor en trabajador agrícola, ya era completa, y el sistema de la 
hacienda patriarcal había desaparecido. 

Desde 1915, las quejas contra los latifundios cañeros eran cada vez más fre- 
cuentes. Tal vez fuera esta la razón de que la «ley de los 500 acres», como se 
la llamó, se incorporase en las disposiciones de la ley orgánica de 1917; pero 
la legislatura de la isla no promulgó ninguna ley que hiciera obligatorio el cum- 
plimiento de la limitación. Sin embargo, la ley existía y las compañías azucareras 
tomaban medidas para protegerse en el caso de que alguna vez se aplicara. Así, 
por ejemplo, en 1917 la Central Aguirre Sugar Co. «vendió» todas sus tierras 
y traspasó todos sus derechos sobre los sembrados de caña que controlaba (5.558 
hectáreas de propiedad total y 3.21 1 hectáreas arrendadas) a Luce and Co.; aquel 



17. Noel Deerr, memorándum, Condiciones de la industria azucarera en Cuba, La Haba- 
i, 1913. 

18. Arthur D. Gayer, The sugar economy in Puerto Rico, Nueva York, 1938, p. 97. 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 187 

mismo año, la South Porto Rico Sugar Co. hizo lo propio con Russell and Co. 
Huelga decir que tanto Luce como Russell eran subsidarias de las dos compañías 
azucareras. En 1936, las cuatro compañías azucareras norteamericanas de mayor 
importancia que operaban en Puerto Rico poseían 29.646 hectáreas y controla- 
ban otras 20.902: un total de 50.584 hectáreas, lo que equivalía a más del 10 
por 100 del total de tierra mejorada en Puerto Rico. 19 

La producción de azúcar en la República Dominicana venía creciendo de for- 
ma lenta pero ininterrumpida desde comienzos de siglo (53.000 toneladas en 1900; 
126.058 en 1915). La Romana (que seguía siendo la mayor central azucarera del 
país) se fundó en 1911 y otras como la Consuelo, adquirida por los intereses 
Bartram, la Santa Fe, la Quisqueyn y la San Isidro (también Bartram) ya pertene- 
cían a sociedades anónimas en 1916. No obstante, la producción recibió un estí- 
mulo más durante la ocupación norteamericana (1916-1924). En ese período se 
pusieron en marcha las centrales Barahona y Las Pajas y Boca Chica. La historia 
de la adquisición de tierras por parte de las sociedades anónimas azucareras nor- 
teamericanas está llena de acusaciones de fraude, extorsiones y otras ilegalidades. 
La aplicación de la ley de registro de tierras de 1900, a la que siguió la primera 
medición de la tierra en la historia moderna de la República Dominicana, provo- 
có el desposeimiento de muchos agricultores modestos que no tenían ningún títu- 
lo de propiedad de la tierra en que sus familias venían viviendo desde hacía años. 
Las nuevas centrales y la expansión de los ingenios existentes permitieron doblar 
la producción durante los años de la ocupación: de 128.000 toneladas en 1916 
a 233.000 en 1924. En este mismo período la tierra propiedad de las compañías 
azucareras se multiplicó por tres: de 56.420 hectáreas en 1916 pasó a 159.913 
en 1924. El proceso de inversión y control por parte de compañías norteamerica- 
nas puede verse en los datos siguientes: en 1900 había 14 ingenios en la República 
Dominicana, y ninguno pertenecía a una gran sociedad anónima estadounidense; 
al finalizar la ocupación norteamericana, había 22 centrales, de las cuales 12 eran 
norteamericanas. Aún más significativo es el hecho de que estas 12 centrales po- 
seyeran el 81 por 100 de la tierra productora de caña del país y representaran 
el 82 por 100 del capital declarado de la industria. Y solamente tres de ellas, 
la Romana, la Consuelo y la Barahona, representaban casi el 50 por 100 de la 
producción de azúcar dominicana. 

La enorme expansión de la industria azucarera cubana se interrumpió brusca- 
mente en 1929 con una cosecha de 5.352.585 toneladas. Al cabo de sólo tres años, 
la producción había descendido en un 61 por 100 y se cifraba en 2.073.055 tone- 
ladas. La última central azucarera construida en Cuba había sido la Santa Marta, 
en Camagüey en 1929, cuyo copropietario y administrador era el general Mario 
García Menocal, que fue presidente de Cuba en 1912-1920 y, durante muchos 
años, simultáneamente, director general de la sociedad anónima norteamericana 
Cuban American Sugar Co. Transcurrirían cincuenta años antes de que empeza- 
ra a construirse otra central azucarera en Cuba. 

Durante el siglo xx las inversiones en la industria del azúcar cubana se ha- 
bían hecho con los ojos puestos en un solo mercado principal: los Estados Uni- 
dos. Pero el mismo mercado era el objetivo de los inversionistas que habían pues- 

19. Ibidem, pp. 103-105. 



188 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

to su dinero en los territorios norteamericanos de Puerto Rico, las Filipinas y 
Hawai, en la República Dominicana durante la ocupación y, por supuesto, en 
los propios Estados Unidos. La gran depresión del decenio de 1930 demostraría 
cómo una economía incontrolada había edificado una industria cuya capacidad 
productiva era casi el doble de la demanda efectiva del mercado. 

Asimismo, el azúcar cubano no conseguía encontrar mercados que no fueran 
el norteamericano, toda vez que la industria del azúcar de remolacha en Europa 
hacía ya tiempo que se había recuperado de la crisis que sufriera durante la pri- 
mera guerra mundial y una vez más levantaba las barreras del proteccionismo. 
Java, Australia, la India y otras regiones productoras de caña de azúcar también 
habían aumentado su capacidad de molienda. 

Por primera vez, el gobierno cubano tomó medidas concretas con el objeto 
de que se firmase un acuerdo que regulara el mercado mundial del azúcar. Pero, 
al carecer de influencia política en el ámbito internacional, su intervención se 
redujo finalmente a aceptar el llamado «Plan Chadbourne» (1930), que, si bien 
es indudable que consiguió regular el mercado norteamericano ajustando la pro- 
ducción entre las diferentes sociedades anónimas estadounidenses con intereses 
azucareros (y con centrales azucareras en Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo, 
las Filipinas, Hawai y los Estados Unidos continentales), fue de una ineficacia 
absoluta en lo que respecta al mercado mundial. Precisamente, cuando la pro- 
ducción cubana había alcanzado su punto más bajo, en 1933-1934, tres territo- 
rios estadounidenses, Puerto Rico, las Filipinas y Hawai, registraron cosechas 
mayores que nunca y cada uno de ellos produjo más de un millón de toneladas. 
La República Dominicana no se vio afectada por la reducción del Plan Chad- 
bourne, porque su producción, aunque estaba principalmente en manos norte- 
americanas, no iba dirigida al mercado interno de los Estados Unidos. En 1912, 
aproximadamente la mitad del azúcar dominicano se había exportado al mercado 
británico y una gran proporción del resto, al Canadá. La ocupación estadouni- 
dense había cambiado las cosas: en 1920, alrededor del 70 por 100 de la produc- 
ción dominicana se había exportado a mercados norteamericanos. Pero cuando 
los nuevos aranceles estadounidenses entraron en vigor aquel mismo año, tuvo 
un cambio de política y en 1925 sólo el 2 por 100 del azúcar dominicano se expor- 
tó a los Estados Unidos; el otro 98 por 100 fue a Canadá, Holanda, Francia 
y, sobre todo, Inglaterra, que seguiría siendo su cliente principal hasta el decenio 
de 1960. 

Con la depresión, el azúcar dejó de ser la fuente de los altísimos beneficios 
que venía proporcionando desde hacía cuarenta años: el Rey Azúcar ya no era 
rey. Por lo tanto, el capital norteamericano se desplazó hacia otras zonas donde 
los beneficios eran mayores: Cuba, por ser el mayor productor de azúcar del 
mundo, fue, lógicamente, el país más afectado. Las compañías norteamericanas 
empezaron a vender sus centrales y tierras azucareras en Cuba a intereses cuba- 
nos. Este proceso, que_ algunos vieron e idealizaron como una lenta «cubaniza- 
ción» de la industria del azúcar, debería considerarse más bien como un simple 
despojarse de empresas cada vez menos rentables depositándolas en manos na- 
tivas. -Sin embargo, también es verdad que otro factor decisivo fue el creciente 
y a veces agresivo nacionalismo cubano, así como un movimiento laboral fuerte y 
unificado que formuló una serie de exigencias (incluyendo aumentos salariales, 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 189 

la jornada de ocho horas y la participación en los beneficios) y hasta ocupó por 
la fuerza varias de las mayores centrales azucareras de propiedad norteamericana. 



El azúcar y la mano de obra 

Es posible identificar ciertas tendencias regulares en la evolución de las plan- 
taciones. La primera que se hace visible, debido al coeficiente tierra-mano de 
obra, es siempre el anhelo insatisfecho de los plantadores de contar con gran 
número de trabajadores baratos y sumisos. Un folleto de 1714, publicado en Lon- 
dres, decía: «... Si las colonias no son abastecidas de negros, no pueden elaborar 
azúcar; y cuanto más numerosos y baratos sean sus negros, más y más barato 
será el azúcar que elaboren». 20 Esa era la filosofía de los plantadores del siglo 
xvui y esa era también la filosofía de los plantadores del siglo xx. Los requisi- 
tos de mano de obra de las plantaciones modernas de Cuba, Santo Domingo 
y Puerto Rico tenían, como es natural, características específicas. Durante el si- 
glo xix, los rendimientos del azúcar (la cantidad de azúcar extraído de determi- 
nado peso de caña) aumentaron de alrededor del 2,5 por 100 en 1800 al 10 por 
100 en 1900. En cambio, puede calcularse que la productividad del trabajador 
industrial del azúcar aumentó en no menos del 1.500 por 100 durante el mismo 
período, como consecuencia de instalarse maquinaria moderna y adoptarse avan- 
zados métodos de elaboración. Pero el cortador de caña medio de 1900 usaba 
las mismas herramientas y los mismos métodos, y tenía la misma productividad 
baja, que su antecesor de 1800. Se había abierto un abismo tecnológico entre 
el sector agrícola, que plantaba, cultivaba y recolectaba la caña, y el sector indus- 
trial, que la convertía en azúcar. 

Ahora bien, aunque, en sentido estricto, el proceso industrial no elabora azú- 
car, sino que extrae el que ya se encuentra en la caña, es obvio que hay un límite 
superior a la cantidad en que pueden aumentar los incrementos, un límite que 
fija el contenido total de sacarosa que hay en la caña. Al acercarse los rendimien- 
tos industriales a este límite, la parte relativa de los costes de producción que 
debían cargarse al estático sector agrícola se hizo mayor, reflejando el hecho de 
que el coste de la caña estaba íntimamente vinculado al precio del trabajo ma- 
nual, no especializado. Como los plantadores no podían provocar una revolución 
agrícola — al menos a corto plazo — , su solución al problema del incremento de 
los costes de la caña en relación con los costes totales de producción fue mante- 
ner los salarios agrícolas, especialmente los de los cortadores de caña, en un mí- 
nimo absoluto. 

Teniendo presente esta situación, deben interpretarse las quejas constantes de 
los modernos plantadores de caña en el sentido de que escaseaba la mano de 
obra. No se trataba, en general, de una escasez absoluta, sino de una escasez 
específica, que puede definirse del modo siguiente: la falta de un número sufi- 
cientemente grande de trabajadores en paro, a los que pudiera obligarse a emi- 
grar a las regiones productoras de caña de azúcar, para que trabajaran cortando 

20. Anónimo, The Present State ofthe Sugar Plantations Consider'd; but More Especially !y 
that of the Island of Barbadoes, Londres, 1714, p. 27. 



190 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

caña durante tres o cuatro meses a lo sumo y luego abandonasen la zona de la 
central azucarera al finalizar la recolección. Y todo ello por un salario mínimo 
que apenas permitía subsistir, la peor comida posible y una hamaca en una tosca 
barraca, y con la desventaja complementaria de que en muchos casos los salarios 
no se pagaban con moneda de curso legal, sino con tokens y vales cuya circula- 
ción estaba limitada a ciertos almacenes y tiendas de la central azucarera. 

En Cuba, entre 1899 y 1902, inmediatamente después de la güera de indepen- 
dencia y durante la intervención norteamericana, ciertos intereses azucareros y 
compañías mineras buscaron en repetidas ocasiones el permiso de las autoridades 
de ocupación para importar peones, justamente en unos momentos en que un 
nutrido ejército de trabajadores en paro vagabundeaba por las ciudades y los 
campos de la isla. La aparente contradicción viene a subrayar las condiciones 
lamentables que existían en el sector agrícola de la industria del azúcar y en la 
minería: los parados nativos, pese a su precaria situación, sencillamente se nega- 
ban a trabajar en las minas o en los campos de caña de azúcar, donde las condi- 
ciones eran todavía peores. 

El mercado de trabajo cubano se veía a la sazón desequilibrado por factores 
extraeconómicos que creaban una situación especialmente compleja. Veteranos 
del Ejército Libertador, en su mayor parte negros o mulatos (al menos la tropa), 
empezaban a aparecer como una fuerza poderosa en la vida social y política del 
país. Representaban los sectores más oprimidos, doblemente explotados como 
trabajadores y como negros. Al mismo tiempo, como hemos visto, la riqueza 
del comercio y del azúcar volvía a estar principalmente en manos de españoles 
de raza blanca. Así pues, el escenario estaba preparado para que en él se desarro- 
llaran los tres conflictos socioeconómicos básicos de Cuba: el de clase (patronos 
y trabajadores), el racial (blancos y negros) y el de nacionalidad (españoles y 
cubanos). La presencia de un ejército de ocupación extranjero y de un ejército 
nacional popular que rehusaba entregar sus armas hacía las veces de ominoso 
telón de fondo. 

La insistente demanda de permiso para importar trabajadores extranjeros pro- 
cedía principalmente de las compañías azucareras y mineras norteamericanas que 
desarrollaban actividades en Cuba, más que de los intereses españoles, que pre- 
dominaban en aquel tiempo. Pese a ello, estas demandas chocaban con la negati- 
va de las autoridades de ocupación norteamericanas, que no permitían importar 
trabajadores negros de las Indias Occidentales a Cuba. De acuerdo con esta polí- 
tica, tanto las autoridades de ocupación como los sucesivos gobiernos republica- 
nos, que dependían de los Estados Unidos, mostraron gran interés en estimular 
la inmigración de españoles. Esta política recíproca de prohibir la entrada de ne- 
gros al mismo tiempo que se fomentaba la inmigración de españoles (hasta el 
punto de ofrecer a los soldados del derrotado ejército español la oportunidad 
de quedarse en Cuba) tenía tres objetivos de naturaleza social y política. El pri- 
mero era «blanquear» la isla, reducir la creciente influencia política de los negros 
y procurar que este sector de la población se limitase a ser una fuente de mano 
de obra barata y dócil. El segundo era desnacionalizar Cuba mediante la intro- 
ducción masiva de ciudadanos precisamente del país cuyo yugo colonial acaba- 
ban de quitarse de encima los cubanos. Y el tercero consistía en obtener el respal- 
do de los capitalistas españoles de la isla, a quienes la guerra no había afectado 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 191 

y que a esas alturas ya eran partidarios entusiastas de que los Estados Unidos 
se anexionaron Cuba. (Andando el tiempo, las confrontaciones económicas y ra- 
ciales se intensificaron, pero los sentimientos nacionalistas se fortalecieron y no 
fue posible llevar a cabo la anexión.) La oposicón de los Estados Unidos a que 
se introdujeran trabajadores con contrato (negros de las Indias Occidentales y 
peones chinos, principalmente) tenía un precedente jurídico: desde el decenio de 
1880 la entrada de esta clase de trabajadores en los Estados Unidos estaba prohi- 
bida por la ley y, ahora que Cuba se hallaba ocupada por el ejército norteameri- 
cano, se argüía que la misma legislación era vigente en la isla. A pesar de todas 
las dificultades, empero, se encontraron hombres suficientes para replantar miles 
de hectáreas y para cortar la caña en cada una de las cuatro cosechas que tuvie- 
ron lugar durante la ocupación norteamericana (1899-1902). El proceso de recu- 
peración dio tan buenos resultados que, en 1902, Cuba ocupó el segundo lugar 
entre los productores de azúcar del mundo, con una cosecha de 876.000 tonela- 
das frente a las 897.000 de Java. 

El crecimiento espectacular de la industria azucarera cubana entre 1900 y 1925 
— la producción, que aumentó a un ritmo anual del 12 por 100, subió de las 300.000 
toneladas a los 4,5 millones de toneladas — estuvo vinculado a un cambio simul- 
táneo del centro geográfico de la industria, que se trasladó, como hemos visto, 
de las densamente pobladas regiones occidentales de la isla a las poco pobladas 
Camagüey y el norte de Oriente, en el este. La construcción de nuevas centrales 
azucareras no requería sólo un volumen muy grande de inversiones de capital, 
sino también el empleo de miles de trabajadores que edificaran las centrales e 
instalasen la maquinaria. En esta tarea desempeñaron un papel decisivo los inmi- 
grantes españoles, que, como hemos visto, contaban con el favor oficial. Entre 
1902 y 1911, llegaron a Cuba 322.878 inmigrantes, de los cuales el 77,26 por 100 
eran españoles. Al mismo tiempo, el número de cortadores de caña que se necesi- 
taban para llevar a cabo la recolección aumentó de unos 30.000 en 1900 a 315.000 
en 1925. La necesidad de mano de obra barata para trabajar en las tierras de 
caña recién inauguradas en Camagüey y en Oriente acabó triunfando sobre la 
política discriminatoria de los años de la ocupación norteamericana, y Cuba abrió 
sus puertas a la inmigración procedente de las Indias Occidentales. 

Parece ser que la importación legal y regular de trabajadores con contrato 
empezó en 1913, al concederse permiso a la Ñipe Bay Company para traer a mil 
peones jamaicanos. (Antes de esa fecha ya había entrado en Cuba un grupo de 
cinco mil, pero su llegada, que aparece en las cifras de emigración jamaicanas, 
no consta en los registros cubanos.) Entre 1913 y 1929, entraron en Cuba alrede- 
dor de 280.000 haitianos y jamaicanos. Como se trataba de una migración esta- 
cional, muchos de estos trabajadores volvieron a su casa al terminar la recolec- 
ción. Pero gran número de ellos se quedó en Cuba, trabajando en la siembra 
y el cultivo de caña, y procurando luego salvar de algún modo el bache entre 
la temporada de recolección del café (septiembre-noviembre) y la recolección de 
la caña de azúcar (enero-mayo). La gran mayoría de los que no volvían a su 
país se quedaban en Cuba ilegalmente, y esa ilegalidad los hacía más vulnerables 
a la explotación. Viviendo en los campos, hacinados, estos trabajadores de las 
Indias Occidentales, especialmente los haitianos, constituían un cuadro de la mi- 
seria más denigrante. El censo de 1933 daba un total de 79.838 haitianos y 40.471 



192 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

jamaicanos que vivían en Cuba, pero el Departamento de Inmigración cubano 
negaba la autenticidad de estas cifras y calculaba en más de 150.000 el total de 
ambas nacionalidades. Finalmente, las plantaciones de caña de azúcar dispusie- 
ron de mano de obra barata más que suficiente, sobre todo para cortar caña. 

La recolección de la caña de azúcar en 1929, al igual que la de 1925, quizá 
requirió unos 315.000 trabajadores; pero en 1933, con el advenimiento de la de- 
presión, posiblemente se utilizaron menos de 100.000. Por desgracia, carecemos 
de datos exactos sobre el desempleo y el subempleo. Las fotografías de la época 
muestran largas colas de parados enfrente de las oficinas de las centrales azucare- 
ras, esperando la oportunidad de obtener unos cuantos días de trabajo en los 
campos de caña. Cifras oficiales posteriores, correspondientes a la recuperación 
y el auge de la economía cubana durante la segunda guerra mundial, indican 
que el 50 por 100 de los trabajadores agrícolas de la isla estaban empleados du- 
rante sólo cuatro meses al año. 21 Si estas son cifras de un período en que se su- 
pone que la crisis económica ya había pasado, no cabe duda de que las del perío- 
do 1930-1935 serían en verdad escalofriantes. 

Debido a la relativa escasez numérica de la población cubana y a las caracte- 
rísticas de la afluencia de inmigrantes, los trabajadores nativos se vieron despla- 
zados por extranjeros que, a causa de su total falta de recursos, estaban dispues- 
tos a trabajar por salarios inferiores a los estipulados y que, dada la ilegalidad 
en que se encontraban (como le ocurría a la mayor parte de los haitianos y jamai- 
canos que se quedaban en Cuba), eran susceptibles a las presiones económicas 
y, por ende, aceptaban condiciones que un trabajador nativo normalmente hu- 
biese rechazado. Además, estos trabajadores ilegales constituían un grupo malea- 
ble que podía usarse para romper huelgas, a la vez que, temiendo que los depor- 
taran, no querían formar parte de ningún movimiento laboral organizado. Estas 
condiciones pronto crearon un clima de xenofobia que durante la depresión fue 
la causa de que se promulgara el decreto de nacionalización de la mano de obra 
del 8 de noviembre de 1933, conocido popularmente por el nombre de «ley del 
50 por 100», cuyo objetivo era hacer que un número específico de trabajadores 
extranjeros permanentes fuesen sustituidos por cubanos en sus puestos de traba- 
jo. La medida apuntaba de forma especial a los españoles (que en su mayor parte 
tenían empleos que duraban todo el año). La ley no resolvió el problema del 
paro, ni siquiera intentó afrontarlo: se limitó a trasladar la carga del desempleo 
de una parte de la población a otra. Como era aplicable a los empleos permanen- 
tes (es decir, no estacionales), afectó principalmente a las empresas urbanas: tien- 
das, almacenes y pequeños negocios donde trabajaba la mayoría de los inmigran- 
tes españoles. 

La otra medida jurídica principal de los años de la depresión, dirigida exclusi- 
vamente a la. industria azucarera, fue el decreto de 19 de octubre de 1933, que 
ordenaba la repatriación obligatoria de todos los extranjeros que estuviesen en 
paro y careciesen de medios de vida. El resultado fue la expulsión de haitianos 
y jamaicanos (principalmente de los primeros), de la que se encargó el ejército 
cubano en una operación llena de incidentes de extrema violencia. Sin embargo, 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 193 

el número real de haitianos deportados fue inferior a 10.000: la presión que las 
compañías azucareras ejercieron para proteger sus reservas de trabajadores en 
paro puso fin a la escandalosa medida. 

Las condiciones en el sector industrial de la industria azucarera cubana eran 
completamente distintas. Ya se ha indicado que la agricultura de la caña, desde 
la siembra hasta la recolección, mostraba las mismas pautas que en los siglos 
precedentes, y que el cortador de caña tenía virtualmente la misma productividad 
en 1914 que en 1814. Pero este sector industrial, el sector que trataba esta caña 
obtenida con medios primitivos, era el más moderno, el de tecnología más avan- 
zada y el más productivo del mundo. Una agricultura primitiva con predominio 
de peones negros, una industria moderna con trabajadores blancos: la estructura 
desequilibrada de la industria del azúcar, piedra angular de la economía de Cuba, 
subrayaba la dicotomía existente en la sociedad. 

El trabajo industrial creaba oportunidades para que los obreros se uniesen 
que difícilmente podían darse en el sector agrícola. En 1917, el movimiento labo- 
ral de la industria ya había avanzado hasta el punto de poder convocar una huel- 
ga generalizada que afectaría a varias centrales de la región de Cienfuegos, que 
a la sazón producía un poco más del 30 por 100 del azúcar cubano. Los huelguis- 
tas pedían fundamentalmente salarios más altos y la jornada laboral de ocho ho- 
ras. (Esta jornada ya estaba vigente en muchos centros urbanos, pero las centra- 
les azucareras seguían aferrándose a su tradicional jornada de doce horas dividida 
en dos cuartos, es decir, dos turnos de seis horas.) La huelga de Cienfuegos tuvo 
repercusiones profundas a escala nacional. La agitación obrera y los paros labo- 
rales en centrales individuales ya eran comunes antes de la huelga, pero esta era 
la primera vez que este tipo de acción concertada afectaba a toda una región 
azucarera importante. Aunque no obtuvieron todo lo que pedían, los trabajado- 
res conquistaron la jornada de diez horas, un aumento salarial del 10 por 100 
y la eliminación del pago en tokens o vales (aunque en ciertas centrales la costum- 
bre perduró hasta el decenio de 1930). 22 

Después del auge del azúcar en 1914-1920, y especialmente después del acusa- 
do descenso de sus precios durante el período 1929-1933, la agitación laboral 
aumentó en la industria azucarera de Cuba. La unidad del movimiento labo- 
ral creció en proporción directa con el empeoramiento de la crisis económica. 
Se formó el Sindicato Nacional de Obreros de la Industria Azucarera (SNOIA), 
que celebró su primera convención en diciembre de 1932, después de una oleada 
de huelgas. No obstante, según el análisis efectuado por los propios líderes labo- 
rales, estas huelgas no afectaron a Camagüey y a Oriente, las dos provincias que 
representaban conjuntamente el 56 por 100 de la producción total de azúcar de 
Cuba, y no fue posible persuadir a la gran masa de trabajadores haitianos y ja- 
maicanos inmigrantes a secundar las huelgas. Si se tiene en cuenta que era preci- 
samente en estas dos provincias orientales donde trabajaba el 90 por 100 de estos 
inmigrantes, el hecho viene a subrayar el argumento que ya hemos recalcado: 
la masa de trabajadores inmigrantes, además de proporcionar mano de obra ba- 
se encuentra en John Demoulin, Azúcar y lucha 



194 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

rata a las plantaciones, también ofrecía a éstas la seguridad de que no ingresarían 
en el creciente movimiento laboral. 

En 1933-1934, con los precios del azúcar más bajos que nunca, varias de las 
centrales más importantes rehusaron aceptar las condiciones que exigía el movi- 
miento laboral, amenazaron con cerrar sus puertas y, de hecho, interrumpieron 
los preparativos de la recolección. En una situación extremadamente tensa y llena 
de posibilidades de gran violencia, los sindicatos ocuparon veinte de estas centra- 
les, hicieron prisioneros a los gerentes y demás personal directivo e instauraron 
lo que ellos mismos denominaron soviets. En septiembre de 1934, se creó un so- 
viet de estos en la Central Jaronú, que en aquella época era la mayor del mun- 
do. 23 El gobierno reaccionó suspendiendo las garantías constitucionales e insti- 
tuyendo penas de cadena perpetua, y hasta de muerte, para quienes fuesen 
declarados culpables de incendiar campos de caña de azúcar o perpetrar otros 
actos de sabotaje. Estas medidas represivas, por un lado, y la subida de los pre- 
cios del azúcar y una clara mejora de las condiciones de trabajo, por otro, resol- 
vieron la crisis o, como mínimo, mitigaron su gravedad. 

En cierto modo, Puerto Rico presenta un coeficiente tierra-mano de obra que 
es la antítesis misma de Cuba. Cuando tropas norteamericanas ocuparon las dos 
islas en 1898, sus densidades demográficas eran las siguientes: Cuba, 14,2 habi- 
tantes por kilómetro cuadrado; Puerto Rico, 107,2 habitantes por kilómetro cua- 
drado. A esta gran diferencia de población se han atribuido las que se observan 
en los procesos demográficos de las plantaciones de los dos países. Pero, por 
regla general, las interpretaciones malthusianas son insuficientes: las diferencias 
entre Cuba y Puerto Rico eran más hondas de lo que pueden explicarse con estas 
cifras demográficas. En 1898, el azúcar era el principal producto de Cuba; el 
de Puerto Rico era el café. El café requería relativamente menos mano de obra 
y menos inversiones de capital que el azúcar; además, por término medio las ha- 
ciendas cafeteras eran más pequeñas que las plantaciones de caña de azúcar. En 
los últimos treinta años del siglo xix, se había registrado un fuerte crecimiento 
de la producción de café en Puerto Rico y un descenso del 40 por 100 en la de 
azúcar, y este desplazamiento económico motivó la fundación de varios asenta- 
mientos en las regiones central y occidental de la isla — las principales zonas cafe- 
teras — , así como un movimiento estacional de migración interna de trabajadores 
que recogían la cosecha y luego, en menor número, bajaban a las llanuras para 
trabajar en la recolección de la caña. A resultas de ello, los cultivadores de café 
portorriqueños hablaban de «exceso de población», mientras que los productores 
de azúcar se quejaban de la falta de trabajadores. 

En la segunda mitad del siglo xix, las haciendas cafeteras de Puerto Rico, 
y muchas plantaciones de caña de azúcar, pueden considerarse como continua- 
ción de las plantaciones atendidas por esclavos. Al mismo tiempo, la esclavitud 
como modo de producción se había desintegrado y finalmente fue abolida. El 
coeficiente tierra-mano de obra no se prestaba a formas de trabajo semiescla vis- 
tas y, además, había escasez de capital. En estas condiciones, el tamaño de la 

23. Esta fue la primera vez que la palabra soviet se utilizó en Cuba (y posiblemente en 
Latina) como nombre de un consejo local de trabajadores y campesinos. 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 195 

unidad agrícola media tendía a ser pequeño (la mayoría tenía entre 40 y 120 hec- 
táreas) y los trabajadores estaban vinculados a sus haciendas por consideraciones 
salariales, por acuerdos de aparcería, por un acuerdo de pago parcial en efectivo 
y otra parte en «conucos», es decir, parcelas para su propio usufructo, por lazos 
de familia o por alguna combinación de estos factores. 24 El censo de 1899 mos- 
traba que el 50 por 100 de las tierras cultivadas de Puerto Rico pertenecían a 
granjas de menos de 20 hectáreas. Podría decirse, pues, que en este sentido no 
existía una verdadera escasez de mano de obra; la población activa estaba disper- 
sa y desunida, y no había una masa de trabajadores agrícolas disponibles para 
entablar con ella relaciones salariales de tipo contractual. La presión demográfi- 
ca era aliviada por la migración. Ya en el decenio de 1870 grupos de trabajadores 
puertorriqueños empezaron las migraciones estacionales a las zonas azucareras 
de Santo Domingo. En el decenio de 1880, la Asociación de Hacendados de la 
Isla de Cuba logró desviar esta migración hacia las plantaciones cubanas. Y en 
los primeros años del siglo xx, cuando Puerto Rico ya era una colonia nortea- 
mericana, tuvieron lugar las infortunadas migraciones para participar en la reco- 
lección de caña de azúcar en Hawai. 

Como hemos visto, la ocupación norteamericana de Puerto Rico en 1898 tras- 
tornó por completo las condiciones económicas y sociales en la isla. La transfor- 
mación fue tan repentina que la parte correspondiente al azúcar en las exporta- 
ciones totales de la isla subió del 30 al 63 por 100 en sólo tres años. El resultado 
natura] de este desplazamiento en el centro de la economía de la isla fue un movi- 
miento inmediato de migración interna que era exactamente lo contrario del de 
los anteriores treinta años: el movimiento de la población se alejaba de las regio- 
nes montañosas del centro y el oeste para acercarse a las llanuras donde se culti- 
vaba caña de azúcar, especialmente en la región costera del sur. En algunos de 
estos lugares la población se multiplicó por más de dos en pocos años. Ahora 
que la economía de la isla respondía principalmente a los intereses azucareros, 
la presión demográfica existente se convirtió en un problema de exceso de pobla- 
ción, es decir, una superpoblación relativa creada deliberadamente para posibili- 
tar la construcción de grandes centrales. 

La redistribución de propiedades agrícolas, la aparición de latifundios azuca- 
reros (descritos en la sección precedente) y la necesidad de explotar al máximo 
las posibles tierras productoras de caña de azúcar, todo ello tendía a disminuir 
la falta de equilibrio entre la cantidad de tierra que se tenía y la cantidad que 
realmente se cultivaba, a suprimir la tierra destinada a conucos para la agricultu- 
ra de subsistencia y a incorporar en las plantaciones modernas lo que quedaba 
de los antiguos ingenios atendidos por esclavos. Al mismo tiempo, las haciendas 
de café estaban en decadencia (a causa, de hecho, de fuerzas naturales), y a un 
ritmo tan acelerado, que en 1930 el café ya representaba sólo un 1 por 100 de 
las exportaciones portorriqueñas. Sus seculares relaciones laborales se disolvie- 
ron y, sin acceso a parcelas de tierra para la agricultura de subsistencia, los cam- 
pesinos desposeídos se convirtieron en simples trabajadores agrícolas. 



24. Para un estudio de las haciendas y los conucos en Venezuela durante este período, véase 
Gastón Carvallo y Josefina Ríos de Hernández, Notas para el estudio del binomio plantación- 
conuco en la hacienda agrícola venezolana, Caracas, 1977. 



196 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

Los inversionistas norteamericanos encontraron en Puerto Rico, sobre todo 
en las zonas productoras de caña de azúcar, unas condiciones que eran exacta- 
mente lo contrario de las que predominaban en las regiones poco pobladas de 
Cuba. Como se ha visto, la abundancia de tierra barata en Cuba creó una ten- 
dencia al cultivo extensivo, que permitía utilizar cantidades menores de la escasa 
mano de obra y sacar el máximo provecho del capital de inversión disponible. 
En Puerto Rico, la escasez era de tierra, y esto determinaba no sólo una política 
de ocupación total de la tierra — virtualmente de apropiación de tierras — , sino 
también de cultivo intensivo. Este proceso se efectuó mediante grandes inyeccio- 
nes de capital — bajo la forma de maquinaria agrícola, fertilizantes, etcétera — 
cuyo resultado fue incrementar de modo significativo los rendimentos de la caña 
por zona y por hora-hombre. A su vez, el incremento de la productividad por 
zona redujo el número de horas-hombre por tonelada de caña cultivada y corta- 
da, y por tonelada de azúcar producido. 

Todos estos factores — superpoblación relativa, cierre de fuentes de empleo, 
introducción de tecnología moderna— produjeron una tasa de desempleo que a 
mediados de la depresión ya alcanzaba el 37 por 100. A su vez, este elevado nivel 
de paro fue la causa de que finalmente se propusiera una «solución» oficial: la 
emigración de la población sobrante. Durante la ocupación estadounidense de 
la República Dominicana en los años 1916-1924, ya había hecho su aparición 
el proyecto de «colonizar» ese país con trabajadores puertorriqueños. El proyecto 
fracasó, aunque por lo menos una empresa, la South Puerto Rico Sugar Com- 
pany, que poseía centrales azucareras en Puerto Rico y en la República Domini- 
cana, usó en la central dominicana la mano de obra que le sobraba en la puer- 
torriqueña. En el decenio de 1920, hubo cierta emigración de mano de obra 
puertorriqueña a las centrales azucareras de Cuba, e incluso se montó una cam- 
paña de publicidad especial para fomentar esa emigración. Las recién formadas 
s obreras de Cuba atacaron la campaña en una carta histórica que 
n a Santiago Iglesias, el líder obrero hispano-puertorriqueño. 25 Entre 1910 
y 1930, el número total de emigrantes puertorriqueños fue de 46.794. Entre 1931 y 
1934, hubo una afluencia neta de puertorriqueños que volvían, debido al desem- 
pleo general que predominaba en los Estados Unidos a causa de la depresión, 
pero en 1935 el movimiento volvió a ser emigratorio y ha seguido siéndolo hasta 
el presente. 

En Puerto Rico, como en todos los países caribeños donde se instauró el siste- 
ma moderno de las plantaciones de caña de azúcar, tuvo lugar el traumático pro- 
ceso de la conversión de gran número de campesinos y pequeños agricultores en 
proletarios agrícolas. Como clase, este proletariado encauzaba sus acciones prin- 
cipalmente a través de la Federación Libre de Trabajadores (FLT), fundada en 
las postrimerías del siglo xix. En 1915, de la FLT nació el partido socialista puer- 
torriqueño, que haría las veces de brazo político de la federación. Se ha demos- 
trado que existe una correlación estadística entre el número de votos recibidos 
por el partido socialista y la incidencia del cultivo de caña en los diferentes muni- 

25. Publicada por primera vez en el periódico obrero Justicia (La Habana, 16 de diciembre 
de 1922), pp. 1-7. 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 197 

cipios en las elecciones de 1920. 26 Esta correlación indica que cierto grado de 
conciencia de clase empezaba a ser evidente en una serie de acciones obreras que 
eran cada vez más generalizadas y radicales. Durante la depresión, las protestas 
del movimiento laboral contra las malas condiciones de trabajo se intensificaron, 
como es natural: en 1931-1932, hubo 10 huelgas en las que participaron 3.355 
trabajadores; en 1932-1933, las cifras fueron de 14 huelgas y 13.594 trabajado- 
res, y en 1933-1934 un total de 33.333 trabajadores participaron en 18 huelgas. 27 
La firma en 1933 de la National Industrial Recovery Act —una de las medidas 
clave del New Deal para hacer frente al aumento de la agitación laboral en los 
Estados Unidos — , con disposiciones que establecían salarios mínimos, número 
máximo de horas de trabajo y reconocimiento de los sindicatos laborales, etcéte- 
ra, dio origen a una tregua cautelosa entre los trabajadores y las compañías azu- 
careras y, en el año siguiente, ambos bandos firmaron el histórico Convenio Ge- 
neral, el primer acuerdo en gran escala que regulaba las condiciones de trabajo 
en la industria azucarera de la isla. Al amparo del convenio, los salarios aumen- 
taron del 20 al 69 por 100 para diferentes tipos de trabajo, pero la aplicación 
de la Recovery Act en los Estados Unidos había provocado una fuerte subida 
de los precios de los alimentos, y los gastos en concepto de alimentación del tra- 
bajador agrícola medio de Puerto Rico aumentaron en un 58 por 100. En conjun- 
to, sin embargo, no hay duda de que las condiciones de estos trabajadores mejo- 
raron, en especial cuando el precio del azúcar subió durante la segunda guerra 
mundial. 

Cuba y Puerto Rico presentan dos variantes caribeñas del mismo problema 
de la mano de obra en la industria del azúcar. La República Dominicana ofrece, 
a su vez, una tercera variante que en estos momentos llama la atención de los 
científicos sociales: la de un país con una tasa de desempleo elevadísima, una 
acentuada tendencia de su población a emigrar en busca de trabajo y, al mismo 
tiempo, una afluencia de trabajadores extranjeros que venían a trabajar en las 
centrales azucareras del país. 

No siempre ha sido así, por supuesto. A finales del siglo xix, la República 
Dominicana tenía una densidad demográfica baja: alrededor de 610.000 habitan- 
tes en una extensión de 48.442 kilómetros cuadrados, lo que equivale a 12,6 habi- 
tantes por kilómetro cuadrado. La estructura agraria se basaba en las granjas 
pequeñas y los campesinos tenían múltiples formas de acceso a los títulos o pro- 
piedad de la tierra. 28 En general, los autores económicos del país en aquella épo- 

26. Ángel Quintero-Rivera, Conflictos de clase y lucha política en Puerto Rico, San Juan, 
1977. Véase también Quintero Rivera, HALC, IX, capítulo 6. 

27. Gayer, Sugar economy in Puerto Rico, p. 223. 

28. Cuba y Puerto Rico tienen características agrícolas adecuadas para el período que esta- 
mos estudiando. Hasta el decenio de 1920, sin embargo, la República Dominicana no tuvo un 
registro de tierras que pudiera servir de base para analizar la tenencia de la tierra. Por esto 
todos los estudios que se han efectuado hasta ahora se basan en investigaciones parciales que 
recogen datos relativos a alguna región o actividad económica en concreto, pero que, en general, 
se caracterizan por su falta de precisión. En todo caso, la misma falta de tal registro de tierras 
es en sí misma indicio de una situación en que la tierra no era un factor económico decisivo. 
No obstante, desde los comienzos de la ocupación norteamericana, cuando la expansión de las 
zonas de caña causó conflictos de propiedades con pequeños terratenientes, los modernos catas- 
tros agrícolas se hicieron indispensables. 



198 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

ca hablaban de una economía «natural», «campesina» o «de agricultura de sub- 
sistencia» (conuquera), señalando siempre la superioridad numérica de los peque- 
ños agricultores; incluso había tendencia a destacar las ventajas que podían deri- 
varse de la diversificación agrícola (tabaco, azúcar, café, cacao, madera, frutas 
y verduras, etcétera). Era frecuente que en los escritos de la época se hiciese hin- 
capié en que estos campesinos «independientes» no tenían necesidad de vender 
su trabajo a las incipientes compañías azucareras o, si trabajaban para ellas, no 
era de forma regular. Es comprensible, en vista de ello, que el renacimiento de 
la industria azucarera dominicana dependiese de la mano de obra extranjera des- 
de el principio. 

En el extremo occidental de la isla de La Española se encuentra la república 
de Haití, con su elevada presión demográfica y una de las economías más pobres 
del mundo. Estos dos factores han hecho de Haití, durante todo el siglo xx, fuen- 
te de la mano de obra más barata de las Américas. Por consiguiente, los planta- 
dores de azúcar dominicanos tenían en sus fronteras el tipo de mano de obra 
que más convenía a sus intereses. Pero la República Dominicana y Haití estaban 
separados por un conflicto social y político que venía de siglos. 29 

Por otra parte, diferencias culturales hicieron que en un principio se descarta- 
ra todo intento de introducir trabajadores haitianos en la República Dominicana: 
así pues, los plantadores dominicanos buscaron la mano de obra que necesitaban 
para sus centrales azucareras en las Indias Occidentales británicas. Por lo tanto, 
hasta el comienzo de la ocupación norteamericana en 1916, la mayoría de los 
trabajadores extranjeros de la industria azucarera procedía de las Pequeñas Anti- 
llas de habla inglesa. Debido a la falta de registros oficiales, no disponemos de 
cifras dignas de confianza relativas al número total de trabajadores inmigrantes: 
hasta el decenio de 1920 no empezaron a llevarse registros oficiales que permitan 
hacer estimaciones con un margen de fiabilidad aceptable. 30 No obstante, entre 
1912 y 1920 es probable que la cifra media fuese de unos 6.000 inmigrantes al año. 

Pero con la gran expansión industrial producida por la creciente afluencia 
de capital norteamericano durante el período de ocupación (1916-1924), dio co- 
mienzo una inmigración creciente e ininterrumpida de haitianos, tanto legal como 
ilegalmente, que constituyeron el ejército de trabajadores baratos y sumisos que 
buscaban todos los plantadores. Como es natural, el choque entre valores cultu- 
rales nacionalistas y las realidades económicas que imponían la importación de 
mano de obra extranjera dispuesta a trabajar por salarios que estaban por debajo 
del nivel de subsistencia del campesino dominicano (y, especialmente, que proce- 
día de un país al que durante años se había considerado enemigo) produjo con- 
flictos internos constantes y duraderos. 

Al igual que ocurrió con la «ley del 50 por 100» en Cuba, nació un movimien- 
to fuerte que exigía «sólo nacionales» en las centrales de azúcar, y este movi- 

29. Sobre las relaciones entre la República Dominicana y Haití en el período anterior a 
1870, véase Moya Pons, HALC, V, capítulo 4. 

30. Véanse José del Castillo, «La immigración de braceros azucareros en la República Do- 
minicana, 1900-1930», Cuadernos del Centro Dominicano de Investigaciones Antropológicas, 
7 (Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1978), y Patrick Bryan, V<The transformation of 
the economy of the Dominican Republic, 1870-1916», tesis doctoral inédita, Universidad de Lon- 
dres, 1977. 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 199 

miento, más los efectos de la depresión mundial y la xenofobia del régimen de 
Trujillo, que a la sazón gobernaba en la República Dominicana, culminó en la 
matanza de más de 12.000 inmigrantes haitianos en 1937. 3i 

A pesar de estas tensiones, los haitianos continuaron formando la abrumado- 
ra mayoría de los cortadores de caña en las recolecciones dominicanas y siguen 
formándola hoy día. Una explicación de por qué ha persistido este fenómeno 
en condiciones de elevado desempleo debe buscarse en un complejo de factores 
económicos y políticos. El primero de ellos ya lo hemos mencionado en el caso 
de Cuba: cuando la subida de la productividad industrial del negocio del azúcar 
se acerca a su límite, se considera que la reducción de costes corresponde cada 
vez más al sector agrícola. Y, dado que a los plantadores dominicanos, al igual 
que a sus colegas de Cuba, les resultó imposible llevar a cabo una revolución 
agrícola a corto plazo y estaban atados a las mismas técnicas primitivas para 
cultivar caña, es inevitable que reducir costes signifique pagar a los trabajadores 
agrícolas los salarios más bajos posibles. Y los salarios más bajos de las Améri- 
cas son los que se pagan en Haití, que, según las Naciones Unidas, es uno de 
los diez países más pobres del mundo. El concepto de salarios mínimos es relati- 
vo, y el mínimo haitiano está por debajo del mínimo dominicano. 

Los plantadores dominicanos tienen otras ventajas. El movimiento laboral 
del país, el más débil del Caribe de habla española, no ha podido provocar una 
oleada de huelgas coordinadas, de paros laborables o de protestas para obligar 
a las compañías azucareras a subir los salarios. El movimiento, asimismo, se en- 
contró en una situación de la que no supo salir: era demasiado débil para luchar 
contra la importación de mano de obra haitiana, y cada oleada de trabajadores 
extranjeros lo debilitaba aún más. 

El predominio de haitianos en la recolección de caña y los salarios bajos que 
se pagaban provocó en el trabajador agrícola dominicano una reacción negativa 
ante este tipo de trabajo e incrementó todavía más los prejuicios que ya alberga- 
ba contra los haitianos. Pero la alta tasa de emigración dominicana, principal- 
mente a los Estados Unidos, ha reducido la presión demográfica y de este modo 
ha mitigado la situación de paro laboral, que era potencialmente explosiva. Por 
lo tanto, en la República Dominicana se observa una combinación de relaciones 
laborales y fenómenos migratorios que no tiene igual en el Caribe. 



Conclusión 

Así pues, para concluir, hemos intentado demostrar que las plantaciones de 
caña de azúcar en el Caribe de habla española siguen dos pautas claramente defi- 
nidas. La primera es la plantación basada en la mano de obra esclava, que incluía 
un ingenio, sistema semimecanizado o movido todavía por fuerza animal que 



31. La explicación oficial de este episodio se refiere a incursiones armadas de haitianos con- 
tra la República Dominicana. Joaquín Balaguer, futuro presidente dominicano, dio esta explica- 
ción en una carta fechada el 1 1 de octubre de 1945 a Roberto García Pena, editor de El Tiempo 
de Bogotá, cuando era ministro del gobierno en 1945. (Andrés Corten y otros, Azúcar y política 
en la República Dominicana, Santo Domingo, 1976 2 , p. 32.) 



200 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

producía un grado muy bajo de azúcar mascabado. Se caracterizaba por su gene- 
ralidad funcional, esto es, los esclavos trabajaban indiscriminadamente en cual- 
quier tarea, ya fuese en los campos de caña o en el ingenio propiamente dicho. 
Además de esclavos, entre los trabajadores podía haber peones chinos (mano de 
obra contratada) y un número muy pequeño de peones alquilados. En segundo 
lugar, la plantación «moderna», que producía la caña pero no la trataba, estaba 
asociada con una central muy eficiente, de técnica avanzada, que producía un 
azúcar en bruto estandarizado y presuponía una gran inversión de capital. La 
plantación «de nuevo modelo» era exclusivamente agrícola, la consecuencia lógi- 
ca de su especificidad funcional, a su vez resultado de la división del trabajo. 
En este tipo de plantación, aunque aparentemente adaptada a las condiciones 
posteriores a la esclavitud, seguían predominando modos de explotar al peón al- 
quilado, ya fuera sencillamente por el hambre o mediante salarios de subsistencia 
que se pagaban en tokens que sólo podían usarse en almacenes de la compañía, 
etcétera. Desde el punto de vista tecnológico, no se había registrado ningún avan- 
ce: sus métodos y aperos agrícolas eran tan primitivos como los de la plantación 
de estilo antiguo, y su productividad era casi igual de baja. La central no era una 
plantación; desde el principio fue el eslabón industrial intermedio enre la planta- 
ción y las refinerías extranjeras. La central suministraba a éstas una materia pri- 
ma estandarizada y semitratada (azúcar no refinado Pol 96°) que, tras ser trata- 
da en ellas, se convertía en diversas formas de azúcar refinado. Desde luego, 
la central y la plantación no eran independientes la una de la otra, sino que esta- 
ban vinculadas por la propiedad común o por lazos contractuales, pero en uno 
y otro caso era la central la que dominaba a la plantación. Las grandes centrales 
modernas, con sus plantaciones asociadas, eran negocios extremadamente renta- 
bles, sobre todo para las sociedades anónimas extranjeras que empezaron a in- 
vertir en ellas en los primeros años de este siglo. Pero, debido a la naturaleza 
estacional del trabajo que proporcionaban, las conñictivas relaciones laborales 
que se daban en ellas, su tendencia a crear latifundios, su deliberada continua- 
ción de formas primitivas de cultivo extensivo en sus plantaciones asociadas, la 
dominación económica y social que ejercían en toda la zona donde se desarrolla- 
ban sus operaciones, etcétera, las centrales creaban problemas políticos y labora- 
les de tal magnitud que, inevitablemente, acabaron viéndose rechazadas por to- 
dos los sectores de la población, incluso cuando eran la fuente principal de mano 
de obra e ingresos para el país en que se hallaban establecidas. El rechazo era 
aún más perceptible en tiempos de crisis económica, debido a la franca oposición 
de los movimientos nacionalistas y las organizaciones campesinas que exigían que 
se pusiera fin a la constante huida de capital, a los latifundios y al poder de 
las sociedades anónimas extranjeras. Por otra parte, desde un punto de vista pu- 
ramente económico, el contraste entre el atrasado sector agrícola — la plantación — 
y el sector industrial —la central — originaba dificultades cada vez mayores que 
acabaron destruyendo la elevada rentabilidad que la inversión tuvo en un princi- 
pio. Los nacientes movimientos laborales, al aumentar su unidad y su fuerza, 
representaban un obstáculo en lo que se refiere a continuar las toscas formas 
de explotación de la mano de obra: por consiguiente, hubo que subir los salarios. 
Para compensar los incrementos, fue necesario mejorar las técnicas agrícolas pri- 
mitivas recurriendo a medios tales como los fertilizantes, el riego y la mecaniza- 



EL CARIBE ESPAÑOL, 1860-1930 201 

ción, que no hicieron sino reducir aún más los beneficios. De forma simultánea 
con estos factores locales, otras circunstancias externas contribuían a la desinte- 
gración y caída de la plantación en el Caribe español: la inflexibilidad de los 
precios del azúcar (tanto en los mercados internacionales como en los mercados 
locales de los países importadores), las grandes cantidades de azúcar subvencio- 
nado que producían los países desarrollados (especialmente en Europa), la ten- 
dencia a un menor consumo de azúcar per cápita, todos estos factores afectaron 
de modo desfavorable el mercado mundial del azúcar. El punto culminante de 
la crisis se caracterizó, en primer lugar, por una reducción de las nuevas inversio- 
nes y, a la larga, por el traspaso de la propiedad a grupos locales. Para entonces, 
sin embargo, otros campos ofrecían mejores rendimientos para las inversiones 
que la industria azucarera. 



Capítulo 7 

EL CRECIMIENTO DE LAS CIUDADES 
LATINOAMERICANAS, 1870-1930 

Introducción 

El europeo o el norteamericano que visitaba América Latina en los años ante- 
riores a 1870 quedaba invariablemente impresionado por la diversidad de la re- 
gión: de su geografía, de sus habitantes, de su ambiente. Había ciudades. De 
hecho, las ciudades desempeñaron un papel dominante en el desarrollo de la Amé- 
rica española al menos, incluso cuando en ellas vivía sólo un pequeño porcentaje 
de la población total de la región. Pero generalmente eran pequeñas, pobres y 
agotadas. La América Latina rural impresionaba mucho más: los imponentes An- 
des, la vasta jungla amazónica, las interminables praderas de los llanos o las pam- 
pas, los pintorescos villorrios indios, las enormes haciendas. Por consiguiente, 
era la América Latina rural la que surgía con mayor vida de las crónicas de viaje, 
las cartas y los despachos de los decenios intermedios del siglo xix. A pesar de 
ello, la contemplación a vista de pájaro de la ciudad latinoamericana de 1870 
preparará al escenario para los cambios espectaculares que decenios subsiguien- 
tes trajeron al paisaje urbano de la región. 

Hasta las mayores ciudades latinoamericanas parecían pequeñas, en gran me- 
dida por estar orientadas a la plaza. Tanto las residencias de los ricos y podero- 
sos como las principales actividades urbanas de administración, servicios y co- 
mercio se concentraban alrededor de la plaza central. Río de Janeiro, La Habana, 
Ciudad de México y Buenos Aires: todas ellas tenían distritos centrales compues- 
tos por sólo unos centenares de bloques. Estos distritos, que a menudo no se 
extendían más de cinco o diez manzanas desde la plaza principal, tenían aspecto 
de zona urbanizada: viviendas sólidas, pavimentación, aceras y faroles. En este 
distrito se ubicaban mercados, oficinas, almacenes, clubes, teatros, iglesias y es- 
cuelas, todo ello al servicio de la élite. Más allá de este núcleo se extendían las 
casuchas de los pobres, los caminos polvorientos de los distritos alejados y un 
ambiente que incluso al observador superficial le parecía más rural que urbano. 

En estos centros urbanos pequeños, los hogares de las familias, especialmente 



LAS CIUDADES, 1870-1930 203 

de la clase alta, estaban protegidos de la ciudad. Predominaba la arquitectura 
hispánica de patio. Detrás de gruesas paredes, sólidas puertas de madera y venta- 
nas con rejas se desarrollaba una existencia social reservada, que dependía poco 
del mundo exterior. Construidas en solares urbanos alargados, extendiéndose desde 
la calle hasta tres o cuatro veces su anchura de veinte o treinta metros, estas 
cómodas residencias albergaban patios, pozos, jardines, árboles frutales, leñeras, 
letrinas, gallinas, patos, a veces incluso algunas cabras, cerdos o caballos, junto 
con sirvientes, primos y primas lejanos, tías solteras o algunos empleados y sus 
familias. Poca tentación había de ostentar riqueza, ya que sólo los miembros 
de la familia entraban en este santuario. 

El grueso de la población urbana — peones, sirvientes, artesanos — vivía de 
forma mucho más modesta. Sus casas estaban construidas con los materiales más 
baratos que se encontraban en el lugar, tales como cañas, ramas, paja, o piedras, 
y se alzaban en los bordes urbanos, a veces hasta a tres kilómetros de la plaza 
principal. Aunque su dieta diaria consistía en sólo uno o dos alimentos — maíz, 
judías, patatas o mandioca, según la zona — y no incluía fruta del tiempo, verdu- 
ras y carne, estas clases bajas, por el hecho de vivir en la ciudad o desplazarse 
a ella, se habían librado en gran parte de la explotación y los controles asociados 
con la vida rural en América Latina. La demanda que sus habilidades y servicios 
encontraban dentro de la economía monetaria urbana incluso permitía que algu- 
nos de ellos mejorasen su posición económica y social. 

En este medio urbano aparentemente primitivo y estático, la Revolución in- 
dustrial de Europa había sembrado las semillas del cambio. La creciente deman- 
da que había en los mercados y fábricas europeos de la gran variedad de alimen- 
tos y materias primas que podían producirse en América Latina, sumada al hecho 
de que desde hacía poco los habitantes locales podían comprar manufacturas pro- 
cedentes del extranjero, empezaba a estimular niveles de comercio que eran im- 
pensables en el período colonial. Y la nueva tecnología incrementaba aún más 
la actividad comercial. La navegación a vapor dobló la capacidad de los barcos 
en los dos decenios que precedieron a 1870 y redujeron a la mitad la duración 
de la travesía del Atlántico. No sólo era posible transportar cantidades mucho 
mayores por un coste mucho menor, sino que, además, con el añadido de refina- 
mientos tales como la refrigeración y la mejora de la manipulación en el decenio 
de 1870, hasta los productos perecederos tomarían parte en el comercio mundial. 
A mediados de siglo los resultados ya eran notables. La importación de vinos 
franceses a Buenos Aires subió de 500 barriles anuales antes de 1850 a más de 
300.000 barriles en el decenio de 1870, a la vez que las exportaciones de lana 
se incrementaron de 7.000 a 100.000 toneladas al año. En Brasil, las exportacio- 
nes de café ascendieron de 19.000 toneladas anuales en el decenio de 1820 a 158.000 
toneladas en el de 1850. El comercio exterior de Chile se triplicó en el período 
comprendido entre 1845 y 1860. Varias ciudades costeras dejaron de ser villorrios 
de pescadores o marineros para convertirse en grandes puertos: Tampico en Mé- 
xico, Colón en Panamá, Barranquilla en Colombia, Bahía Blanca en Argentina. 

En los ferrocarriles se registraron cambios todavía más importantes. Las tari- 
fas de carga bajaron hasta quedar en una duodécima parte de las que cobraban 
los carros tirados por bueyes y las reatas de muías, al mismo tiempo que la velo- 
cidad de transporte aumentaba treinta veces. Aunque los ferrocarriles tendían 



204 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

a seguir los trillados senderos de rutas comerciales más antiguas, dieron una vita- 
lidad insólita a los lugares que pasaron a desempeñar el papel de centro o termi- 
nal. Así, el sorprendente aumento de la población de Valparaíso, que entre 1850 
y 1870 se multiplicó por dos, probablemente debía tanto a la terminación, en 
1863, del ferrocarril procedente de la capital chilena como a su situación privile- 
giada a orillas del océano Pacífico. También Rosario casi dobló su tamaño du- 
rante el decenio que siguió a la terminación, en 1870, del primer ferrocarril im- 
portante que iba desde este puerto fluvial hacia el interior de Argentina. Panamá 
salió de su grave postración económica cuando en 1855 se terminó de construir 
el ferrocarril que cruzaba el istmo hasta Colón. El enlace ferroviario con Río 
de Janeiro y la costa de Santos provocó el principio del vertiginoso crecimiento 
de Sao Paulo a partir de 1870. 

Así pues, el ferrocarril y el barco de vapor, por su misma naturaleza como 
vehículos de carga muy mejorados, estimularon la concentración del comercio. 
Más que diseminar los efectos del incremento del comercio, lo que hizo la nueva 
tecnología del transporte fue estimular el crecimiento de los centros que ya exis- 
tían. El mayor volumen de mercancías que transportaban los trenes individuales 
hizo necesario manipular los cargamentos en lugares centrales con el fin de utili- 
zar al máximo la capacidad de transporte. Las navieras, debido a que el volumen 
de buques de carga era todavía mayor, y debido también al coste que representa- 
ban las repetidas escalas, procuraban cargar y descargar en un solo emporio en 
cada país. La Pacific Steam Navigation Company hacía escalas regulares en Val- 
paraíso, Callao y Guayaquil, mientras que en el decenio de 1860 líneas británicas 
y francesas pasaban con regularidad por los puertos caribeños de Veracruz, Co- 
lón, Cartagena, La Guaira y La Habana, así como, en el Atlántico Sur, por los 
puertos de Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires. 

Las capitales eran las ciudades que más se beneficiaban, toda vez que poseían 
instalaciones que les permitían afrontar la importación de productos acabados 
y la exportación de materias primas, amén de que vivían en ellas elementos de 
clase alta y clase media que consumían artículos europeos. El mayor crecimiento 
tuvo lugar en las capitales costeras: Buenos Aires, Montevideo, Río de Janeiro, 
Lima, con su puerto adyacente de El Callao, y Caracas, con su cercana salida 
de La Guaira. Pero la construcción de un enlace ferroviario con el puerto de 
mar más próximo también tendía a estimular el crecimiento de las capitales del 
interior, así como de sus salidas, como en los casos de Santiago y Valparaíso, 
Ciudad de México y Veracruz o, en la zona cafetalera en desarrollo de Brasil, 
la capital del estado de Sao Paulo y su puerto en Santos. 

Sin embargo, en 1870, la nueva tecnología y el incremento del comercio ha- 
bían producido pocos cambios en la calidad de la vida urbana, incluso en los 
puertos y las ciudades principales. Los puertos seguían dando escasas señales de 
actividad frenética. Las balas de cueros o de lana, los sacos de grano de café, 
trigo o azúcar sin refinar, las cajas de artículos finos, alimentos y ferretería pro- 
cedentes de Europa, nada de todo ello había adquirido aún el volumen suficiente 
para causar algo más que un movimiento letárgico de estibadores y peones. La 
llegada de un barco o de un tren podía provocar bullicio durante un rato, pero 
pronto volvía la tranquilidad. 

Exceptuando el comercio y los negocios, pocas cosas conseguían sacar a las 



LAS CIUDADES, 1870-1930 205 

gentes acomodadas de sus hogares o a los pobres de sus remotos suburbios. Por 
consiguiente, en las calles había poco movimiento: sirvientes que hacían recados, 
algún que otro grupo de mujeres que iban a misa, un carruaje o un jinete que 
pasaba. Las calles, que raras veces superaban los nueve metros de ancho que 
constituían la norma desde los tiempos de la conquista, parecían aún más angos- 
tas y más oscuras al quedar encerradas por las sólidas paredes de obra de los 
edificios que se alzaban desde el borde mismo de las aceras, con sus balcones 
en los pisos segundo y tercero. Los adoquines habían mejorado un poco el estado 
de las calzadas, pero seguían abundando los baches, el polvo o el barro y la basu- 
ra. Como en la ciudad medieval, muchas familias, incluso las acomodadas, echa- 
ban a la calle las sobras de la mesa y la basura, junto con el contenido de los 
orinales. En los climas lluviosos y los terrenos montañosos, los albañales, que 
cruzaban por el centro de las calles a intervalos, ayudaban a eliminar parte de 
la porquería que iba acumulándose, pero nada podía disimular su función princi- 
pal de cloacas a cielo abierto. La presencia rural parecía dispuesta a abrumar 
a la ciudad en todas partes. Animales extraviados, sobre todo cerdos y perros, 
vagaban por la ciudad buscando comida, complementando así la esporádica re- 
cogida de basura. Algunas vacas, conducidas de puerta en puerta, traían la leche 
diaria a los hogares de los ricos. De modo parecido, muías, asnos y caballos trans- 
portaban mercancías y alimentos de casa en casa, al mismo tiempo que manadas 
de animales que iban al mercado o transportaban mercancías continuaron siendo 
un espectáculo común en muchas ciudades latinoamericanas hasta finales del si- 
glo xix. Y todos los que podían permitírselo recorrían las calles a caballo en vez 
de a pie. En las fachadas de algunos edificios había antorchas o lámparas de 
aceite, ambas de luz vacilante, como en el período colonial, que permanecían 
encendidas varias horas durante la noche. Pero pocos individuos se aventuraban 
a salir en la oscuridad. En caso de necesidad, el individuo prudente salía de casa 
provisto de espada o pistola y un farol y, en compañía de unos cuantos amigos 
o parientes armados, cruzaba la ciudad a caballo. La seguridad consistía en algu- 
nos vigilantes nocturnos que cantaban las horas, pero no formaban un eficaz 
cuerpo de policía. 

Durante los últimos decenios del siglo xix, empero, varios factores diferen- 
tes pero relacionados entre sí transformaron por completo el paisaje urbano de 
América Latina: el crecimiento demográfico y un ritmo de urbanización más rá- 
pido; la integración más eficaz de las economías latinoamericanas en la economía 
mundial como fuentes de productos básicos; los comienzos del crecimiento in- 
dustrial en algunas zonas; la mejora de los transportes y de los servicios públicos; 
la integración política nacional y la centralización administrativa; mayor diferen- 
ciación social, y, en medida no menor, el alejamiento gradual de los grupos de 
élite de su lugar tradicional cerca de la plaza principal para trasladarse a los ba- 
rrios periféricos. Era frecuente que muchas ciudades de importancia secundaria, 
así como poblaciones y pueblos, dieran la impresión de haber quedado detenidas 
en un siglo anterior, pero las ciudades principales de América Latina, como míni- 
mo, experimentaron un espectacular cambio de tamaño y de estructura. Y casi 
en todas partes las capitales empezaron a presentar rasgos muy parecidos a los 
de las principales ciudades europeas y norteamericanas, además de gozar de mu- 
chas de las comodidades de las mismas. 



HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 



LA POBLACIÓN URBANA Y EL TAMAÑO DE LAS CIUDADES 

La expansión mundial de la población y la concentración de personas en las 
ciudades habían adquirido una intensidad nueva durante el siglo xix. En las na- 
ciones europeas que se estaban industrializando, especialmente en Inglaterra, la 
tasa de crecimiento demográfico y la expansión urbana parecían las más pronun- 
ciadas, pero los factores que influían en ese crecimiento también existían de al- 
gún modo en las zonas no industrializadas o que se estaban industrializando mar- 
ginalmente, entre ellas América Latina. Los cambios revolucionarios habidos en 
la producción agrícola, el desarrollo de la mecanización y el uso de la fuerza 
del vapor, la rápida aplicación de la tecnología a los transportes, en particular 
los ferrocarriles y los barcos de vapor, la consiguiente especialización del trabajo 
y de las funciones comerciales e industriales, y las medidas encaminadas a fo- 
mentar la higiene y controlar las epidemias, permitieron y estimularon una con- 
centración demográfica que hasta entonces era impensable. 

Todos estos factores empezaron a desempeñar papeles importantes en Améri- 
ca Latina durante los últimos decenios del siglo xix. Quizá el más sensacional 
fue el descenso de la tasa de mortalidad, especialmente en las mayores ciudades, 
que podían permitirse tener instalaciones de abastecimiento de agua, así como 
un sistema de alcantarillas. La mortalidad infantil causada por la gastroenteritis 
disminuyó espectacularmente, sobre todo entre las clases bajas, a la vez que me- 
didas destinadas a controlar epidemias, tales como la fiebre amarilla, también 
surtieron efecto. Mientras tanto, las tasas de natalidad, con escasas excepciones, 
mostraban poca tendencia a disminuir, incluso en el medio urbano. Al mismo 
tiempo, el ferrocarril y el barco de vapor añadían poderosos incentivos y medios 
para aumentar la cada vez más rentable exportación de productos agrícolas y 
minerales, así como para concentrar el tratamiento y la comercialización de artí- 
culos. Esta revolución de los transportes estimuló una considerable migración 
hacia las ciudades y, en unas cuantas zonas, la inmigración en masa tanto a la 
ciudad como al campo. 

A resultas de estos factores, en el período que va de 1850 a 1930 aumentó 
el crecimiento demográfico total de América Latina y, a partir de 1900, el incre- 
mento fue más rápido que el que se registraba en Europa y América del Norte. 
La población de América Latina pasó de 30,5 millones en 1850 a 61,9 millones 
en 1900 y 104,1 millones en 1930. ' La población latinoamericana, que en cifras 
absolutas había quedado rezagada al producirse el rápido incremento demográfi- 
co de los Estados Unidos y Canadá en el decenio de 1880, finalmente volvió a 
dar alcance a la de Norteamérica en el decenio de 1950 al disminuir la tasa de 
natalidad en los Estados Unidos. Durante estos años (y, según las proyecciones 
demográficas, al menos hasta el año 2000) América Latina mostró relativamente 
poca tendencia a copiar el modelo de Europa y de Norteamérica, donde el des- 
censo de las tasas de natalidad disminuyó el crecimiento demográfico. 

Dentro de este marco global de expansión demográfica, los países latinoame- 
ricanos individuales mostraron amplias variaciones que, a su vez, afectarían a 

1. Véase Sánchez- Albornoz, HALC, VII, capítulo 4, cuadro 1. 



LAS CIUDADES, 1870-1930 207 

su grado de urbanización. En todos los casos, sin embargo, los incrementos rápi- 
dos de la población total dieron origen a elevadas tasas de urbanización. Uru- 
guay y Argentina, los dos países con el porcentaje más alto de población urbana 
en 1930, fueron los que tenían el promedio más alto de tasa anual de crecimiento. 
De forma parecida, el marcado aumento de la población urbana de Brasil y Cuba 
a comienzos del siglo xx estuvo relacionado con el de la tasa de crecimiento. 
En cada uno de estos cuatro casos, la mejora de la salud pública y la inmigración 
en masa producida por los cambios económicos fomentaron el incremento y faci- 
litaron la explosión urbana. Chile, Colombia y Perú, con tasas de crecimiento 
inferiores pero regulares, que en gran parte no se vieron afectadas por la inmigra- 
ción en masa, aportaron una expansión urbana menos espectacular. En otras partes, 
el crecimiento demográfico y el desarrollo urbano de México sufrieron un des- 
censo durante los años revolucionarios que siguieron a 1910, mientras que en 
Venezuela la tasa relativamente baja de crecimiento demográfico provocó pocos 
cambios en el nivel de urbanización. 

Así pues, durante el período 1870-1930, hubo una gran variedad de pautas 
de crecimiento urbano en América Latina. Curiosamente, sin embargo, la pobla- 
ción urbana de América Latina no puede determinarse con la exactitud que se da 
en el caso de las cifras de población total. Las estadísticas del cuadro 1 (p. 209) 
proporcionan la mejor estimación que tenemos de la población urbana de Améri- 
ca Latina durante estos años, pero el lector debe tener en cuenta las limitaciones 
de los datos. 2 

2. La siguiente información, extraída de la biblioteca del Congreso, General Censases and 
Vital Statistics of the Amerícas, Washington, D.C., 1943, proporciona cierta medida de los pro- 
blemas con que se enfrentan quienes pretenden comparar datos sobre la población urbana ante- 
rior a 1940 en diferentes países latinoamericanos. 

Argentina: Buenos datos censuales con detalles de centros urbanos con un mínimo de 2.000 
habitantes; censos muy extendidos, 1869, 1895 y 1914. 

Bolivia: Sólo un censo publicado en 1900 y basado en datos muy incompletos. 

Brasil: No se hizo ninguna distinción de poblaciones urbanas antes de 1940; todos los censos 
—1872, 1890, 1900 y 1920— fueron criticados por sus graves defectos de enumeración. 

Colombia: Los censos de 1870, 1912, 1928 y 1938 defectuosos a causa de enumeración insufi- 
ciente y falta de distinción exacta entre poblaciones urbanas y rurales. 

Costa Rica: El primer censo adecuado data de 1927. 

Cuba: Limitaciones de enumeración insuficiente y falta de distinción entre lo urbano y lo 
rural en los censos españoles de 1877 y 1887; censo exhaustivo a cargo de los norteamericanos 
en 1899; enumeraciones subsiguientes de 1907, 1919 y 1931 se preocuparon principalmente de 
obtener información para efectos electorales. 

Chile: Aunque las distinciones del siglo xix entre zonas urbanas y rurales son defectuosas, 
ventajas en las poblaciones urbanas de un mínimo de 1.000 habitantes y en la frecuencia de 
los censos: 1865, 1875, 1885, 1895, 1907, 1920, 1930. 

Dominicana, República: Los primeros censos datan de 1920 y 1935. 

Ecuador: Ningún censo completo efectuado o publicado. 

Guatemala: Graves problemas de enumeración insuficiente y falta de distinciones entre lo 
urbano y lo rural en los censos de 1880, 1893 y 1921. 

Haití: Ningún censo efectuado o publicado. 

México: El primer censo nacional data de 1895; los de 1900, 1910 y 1921 fueron criticados 
por graves defectos de enumeración; el de 1930 contiene distinciones entre lo urbano y lo rural, 
y extensos desgloses de población. 

Paraguay: El censo de 1886 es incompleto y el de 1936 nunca se publicó. 



208 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

La diferencia entre la población urbana y la rural nunca se determinó con 
claridad en las crónicas o los censos de la época ni en la literatura histórica. Aun- 
que los actuales estudiosos de la urbanización están en gran parte de acuerdo 
en que 20.000 habitantes es el límite inferior para el estudio de la ciudad contem- 
poránea, los encargados de preparar o analizar los censos en el siglo xix no im- 
ponían ninguna distinción numérica estándar de ese tipo. La imposición retros- 
pectiva de una línea divisoria entre lo urbano y lo rural debe hacer frente a varios 
problemas. Según el país o el año, las ciudades podrían definirse como poblacio- 
nes cuyo tamaño mínimo oscilaba entre 500 y 2.500 habitantes, o como cabeceras 
de municipio cuyas poblaciones a veces se cifraban sólo en unos pocos centena- 
res de habitantes. Incluso cuando se han establecido mínimos estándar, hay que 
tener en cuenta el hecho desalentador de que en América Latina el término o 
los límites de un municipio varían enormemente de un país a otro. Entonces, 
como hoy, era frecuente que los municipios encerraran extensiones considerables 
de granjas y asentamientos rurales, con lo cual la población «urbana» podía ver- 
se tergiversada en varios cientos por ciento. Las publicaciones brasileñas, por 
ejemplo, no tratan de distinguir entre las poblaciones urbanas y las rurales hasta 
el censo de 1940. En Venezuela, Colombia y Perú no existen medidas sistemáticas 
que tengan por objeto separar a los individuos que viven en las calles de una 
población o de una ciudad de los que viven en granjas o en asentamientos rurales 
situados en la periferia. 

Más allá de las consideraciones numéricas hay juicios más subjetivos de fun- 
ción, actitud y forma de vida que pueden distinguir una población urbana de 
una población rural. Por ejemplo, las comunidades pueblerinas a menudo daban 
cabida a varios miles de campesinos. Estos asentamientos, que son especialmente 
característicos de ciertas regiones montañosas e indias de México, Guatemala, 
Ecuador, Perú y Bolivia, parecían poseer pocos elementos urbanos, si es que po- 
seían alguno. Al mismo tiempo, casi en cualquier parte de América Latina, una 
estación de ferrocarril con unos cuantos almacenes y casas junto a ella y varios 
cientos de habitantes podía poseer muchas más instalaciones de las que general- 
mente se asocian con una ciudad y representar una forma de vida urbana. 

Además de estas dificultades que surgen cuando se quiere definir lo urbano 
en contraposición a lo rural, hay otras distinciones impuestas por el tamaño del 
asentamiento urbano. Existen diferencias enormes entre el centro urbano de va- 
rios miles de habitantes y los que cuentan más de un millón de habitantes. Con 
el fin de relacionar estas diferencias con el número de habitantes de la ciudad 
en cada país y, al mismo tiempo, hacer algunas definiciones viables de los asenta- 
mientos urbanos que puedan expresarse en términos numéricos, se han estableci- 
do cuatro categorías para ocho países latinoamericanos importantes en el cuadro 1: 



Perú: El de 1876 adolecía de grave insuficiencia de enumeración y falta de distinciones entre 
lo urbano y lo rural; no volvió a hacerse ningún censo hasta 1940. 

Uruguay: Los censos de 1860, 1873 y 1900 proporcionaron breves resúmenes solamente; el 
censo de 1908 fue el último que se hizo hasta el decenio de 1960 porque los uruguayos considera- 
ban que los censos eran una violación de la intimidad. 

Venezuela: Graves problemas de falta de distinciones entre lo urbano y lo rural; los censos 
de 1873 y 1881, criticados por graves defectos de enumeración; censos subsiguientes en 1891, 
1920, 1926 y 1936 muestran algunas mejoras. 



las ciudades, 1870-1s 
Cuadro 1 



Población en los principales tipos de asentamiento urbano como porcentaje 

de la población nacional total 

(número de asentamientos de cada categoría entre paréntesis) 



2 Ciudades 3 Ciudades 

1 Población primarias secundarias 4 Poblacio- 5 Pueblos 

nacional total (más de (20.000 a nes (10.000 (5.000 a 

(miles) 100.000) 99.999) a 19.999) 9.999) 



Argentina 
















1869 


1.737 


(1) 10,8 


(2) 


3,8 


(5) 


3,5 


(12) 4,7 


1895 


3.955 


(1) 16,8 


(7) 


7,4 


(8) 


2,6 


(29) 5,0 


1914 


7.885 


(3) 24,1 


(19) 


9,4 


(26) 


4,6 


(80) 7,1 


Brasil 
















1872 


10.112 


(3) 4,9 


(10) 


3,6 








1890 


14.334 


(4) 5,8 


01) 


2,8 


(19) 


2,4 




1940 


41.570 


(10) 10,7 


(31) 


4,6 








Chile 
















1875 


2.076 


(1) 6,3 


(1) 


4,7 


(6) 


4,2 


(14) 4,3 


1895 


2.696 


(2) 14,0 


(4) 


5,0 


(6) 


2,8 


(22) 5,9 


1930 


4.287 


(2) 20,7 


(13) 


11,7 


(17) 


5,6 


(22) 3,7 


Colombia 
















1870 


2.951 


— 


(2) 


2,4 


(7) 


2,7 




1905 


4.144 


(1) 2,9 


(6) 


4,8 


(5) 


1,7 




1928 


7.851 


O) 1,8 


(15) 


6,9 








Cuba 
















1877 


1.509 


(1) 13,2 


(3) 


7,4 








1899 


1.573 


(2) 15,0 


(5) 


10,0 


(7) 


5,7 




1931" 


4.962 


(2) 12,7 


(8) 


7,4 


(26) 


7,4 


(28) 2,9 


México 
















No hay datos censuales 


antes de 1895 












1900 


13.607 


(2) 3,3 


(21) 


6,0 


(35) 


3,4 




1930 


16.553 


(4) 8,8 


(26) 


6,8 


(51) 


4,3 


(137) 5,6 


Perú 
















1876 


2.700 


(1) 3,7 


(2) 


2,2 


(10) 


4,7* 




No hay datos censuales 


entre 1876 y 1940 










1940 


6.208 


(1) 8,4 


(10) 


6,2 


(41) 


6,0 




Venezuela 
















1873 


1.725 


— 


(4) 


7,3 


(14) 


9,5 




1891 


2.222 


— 


(4) 


8,5 


(23) 


14,2 




1926 


3.027 


(1) 4,5 


(11) 


12,5 


(45) 


19,7 





° En categorías censuales de 1931, ciudades secundarias equivalentes a 25.000-99.999; pobla- 
ciones, 8.000-24.999; y pueblos, 4.000-7.999. 

* Datos estimados. 

c Los datos correspondientes a las ciudades secundarias y las poblaciones son discutibles de- 
bido a la posible inclusión de poblaciones rurales dentro de las clasificaciones urbanas. 



210 



HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 



ciudades primarias con poblaciones de más de 100.000 habitantes; ciudades se- 
cundarias de entre 20.000 y 100.000 habitantes; poblaciones de entre 10.000 y 
20.000 habitantes; y pueblos de entre 5.000 y 10.000 habitantes. Dado que los 
datos de algunas de estas categorías no pueden calcularse con exactitud en el caso 
de varios países, los porcentajes de población urbana se indican basándose en 
tres definiciones numéricas: más de 20.000 habitantes con datos disponibles para 
todos los países; más de 10.000, y más de 5.000 con datos disponibles sólo para Ar- 
gentina y Chile (véase el cuadro 2). 



Población de centros urbanos clasificados de diversos modos como porcentaje 
de la población total, 1870-1930 





Clasificaciones 










nacionales (más 


En centros de 


En centros de 


En centros de 


País 


de 2.000) 


más de 20.000 


más de 10.000 


más de 5.000 


Argentina 










1869 


28,6 


13,8 


17,3 


22,0 


1895 


37,4 


24,2 


26,8 


31,8 


1914 


52,7 


33,5 


38,1 


45,2 


Brasil 










1872 


— 


8,5 


— 


— 


1890 


— 


8,6 


11,0 


— 


1940 


22,5 


15,3 


— 


— 


Chile 










1875 


24,0 


11,0 


15,2 


19,5 


1895 


32,7 


19,0 


21,8 


27,7 


1930 


46,1 


32,4 


38,0 


41,7 


Colombia 










1870 


— 


2,4 


5,1 


— 


1905 


— 


7,7 


9,4 


— 


1928 


— 


8,7 


— 


— 


Cuba 










1877 


— 


20,6 


— 


— 


1899 


— 


25,0 


30,7 


— 


1931 


— 


20,1 


27,5 


30,4 


México 










1900 


— 


9,3 


12,7 


— 


1930 


37,2 


15,6 


19,9 


25,5 


Perú 










1876 


— 


5,9 


10,6 


— 


1940 


26,9 


14,6 


— 


20,6 


Venezuela 










1873 


— 


7,3 


16,8 


— 


1891 


— 


8,5 


22,7 


— 


1926 


- 


17,0 


36,7 


— 



LAS CIUDADES, 1870-1930 211 

A pesar de la naturaleza fragmentaria de los datos, de estas cifras surgen va- 
rias conclusiones interesantes. No importa la definición de urbana que se adopte, 
hay un incremento significativo del porcentaje de la población total que vive en 
las ciudades en la totalidad de los ocho países durante los sesenta años que van 
de 1870 a 1930. Argentina, Chile, Cuba y Venezuela son claramente las naciones 
más urbanizadas de este grupo. En tres de cuatro casos, el incremento de la po- 
blación urbana es impresionante: el número de argentinos que vivían en centros 
de más de 10.000 habitantes aumentó del 17,3 al 38,1 por 100 de la población 
nacional; el de chilenos, del 15,2 al 38,0 por 100; y el de venezolanos, del 16,8 
al 36,7 por 100. Muy diferentes son los casos de Brasil, Colombia, México y 
Perú. En lugar de tener un tercio o más de la población viviendo en centros de 
más de 10.000 habitantes en 1930, la proporción se acerca más al 15 por 100. 

Las ciudades primarias, que, con las excepciones de Brasil, México y Argenti- 
na, nunca fueron más de dos en cada país, absorbieron una proporción conside- 
rable de ese incremento. Está claro que, de estas cifras cabe sacar la conclusión 
de que el fenómeno contemporáneo de la concentración del crecimiento y los re- 
cursos en centros importantes tuvo sus raíces en este período de expansión rápi- 
da, tanto de las poblaciones nacionales como de los centros urbanos. En Argenti- 
na y en Cuba esa concentración en una única ciudad importante ya aportaba 
un poco más del 10 por 100 de la población nacional en el decenio de 1870. Mien- 
tras que esa proporción se mantuvo en el caso de las dos ciudades más grandes 
de Cuba en 1931, en 1914 las tres ciudades más grandes de Argentina aportaban 
casi una cuarta parte del total nacional. En Chile, el 6,3 por 100 del total nacio- 
nal que vivía en Santiago de Chile en 1875 había aumentado hasta alcanzar el 
20,7 por 100 en 1930, dividido entre Santiago y Valparaíso. En Perú, Lima tenía 
el 3,7 por 100 de la población total en 1876 y el 8,4 por 100 en 1940. En México, 
el 3,3 por 100 que vivía en Ciudad de México y Guadalajara en 1900 3 se había 

3. El primer censo mexicano data de 1895, por lo que los datos 



(Cuadros 1 y 2) Fuentes: Richard M. Morse, Las ciudades latinoamericanas, 2 vols., Méxi- 
co, D.F., 1973, II, pp. 62-63, 82-84, 120-121, 144-145, 164, 174-175, 200, 214; Jorge E. Hardoy 
y María E. Langdon, «Análisis estadístico preliminar de la urbanización de América Latina entre 
1850 y 1930», Revista Paraguaya de Sociología, 42-A3 (1978), pp. 115-173; Nicolás Sánchez- 
Albornoz, The population of Latín America, Berkeley, California, 1974, pp. 178-179; William P. 
McGreevey, An economic history of Colombia, 1845-1930, Nueva York, 1971, p. 110; Miguel 
Izard, Series estadísticas para la historia de Venezuela, Mérida, 1970, pp. 54-60; Perú, Oficina 
Nacional de Estadística y Censos, La población del Perú, Lima, 1974, pp. 147-148; Argentina, 
IV censo general de la nación, 3 vols., Buenos Aires, 1948-1952, 1, pp. 68, 146-149, 171, 198-199, 
226, 246, 263, 284, 307, 331, 355, 372, 397-398, 424, 440, 472, 530, 546; Mariano Felipe Paz Sol- 
dán, Diccionario geográfico-estadístico del Perú, Lima, 1877, pp. 716-740; Chile, X censo de la 
población, 3 vols., Santiago, 1931-1935, 1, pp. 46-49; Brasil, Análise de resultados do censo demo- 
gráfico, 12 vols., Río de Janeiro, 1944-1950, IX, p. 9; México, V censo de la población, 8 vols., 
México, D.F., 1933-1935, Cuadro III de la sección estadística de cada estado; John Durand y César 
A. Peláez, «Patterns of urbanization in Latín America», Milbank Memorial Fund Quarterly, 32/4, 
2. a parte (1965), pp. 166-196; Venezuela, V censo nacional, 1926, 4 vols., Caracas, 1926. 

Sin hacerles responsables de los posibles errores que contengan estos datos, expreso mi aprecio 
por su ayuda en la búsqueda de información a Nicolás Sánchez-Albornoz, John Lombardi, Tho- 
mas Davies, Jr., Brian Loveman, Richard M. Morse, Joseph Love y Stuart Schwartz. 



212 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

convertido en un 8,8 por 100 en 1930, distribuido entre Ciudad de México, Gua- 
dalajara, Monterrey y Puebla. La sola excepción de esa pauta apareció en Co- 
lombia, donde la única ciudad primaria del país, Bogotá, bajó del 2,9 por 100 
del total nacional en 1905 al 1,8 por 100 en 1928. 

Dentro de la categoría de las ciudades primarias se encontraba el fenómeno 
afín de la ciudad primada o centro urbano grande y único que se alzaba por 
encima de todas las demás poblaciones del país. En años recientes los estudiosos 
y los analistas han determinado que la ciudad primada a menudo domina y dirige 
el desarrollo económico y político de los países latinoamericanos. La ciudad prin- 
cipal de cada país ha recibido a gran número de inmigrantes que han hecho que 
su población aumentara hasta representar una quima parte, y en algunos casos 
una tercera parte, del total nacional. Los recursos en términos de poder político, 
demanda de consumo y potencial industrial se concentran abrumadoramente en 
este núcleo. 

Según la definición más sencilla, la tendencia a la primacía la indica una po- 
blación que representa a más del doble de la que vive en la segunda ciudad im- 
portante del país. El cuadro 3 clasifica en orden descendente de primacía (en 1930) 
las capitales de las ocho mayores naciones latinoamericanas, con las poblaciones 
correspondientes a las dos ciudades mayores de cada país en el período 1870-1930. 
De acuerdo con esta definición, la ciudad primada tenía gran importancia en Cuba, 
México, Argentina y Perú en 1870 y en todos estos países, más Chile, en 1930. 
Brasil era la nación que en 1930 mostraba la menor tendencia a la primacía, aun- 
que en el caso brasileño cabe argüir que, debido a la extensión territorial del 
país, las mayores ciudades primarias —Río de Janeiro, Sao Paulo, Recife, Salva- 
dor y Porto Alegre en 1930 — hacían las veces de ciudades primadas de sus regio- 
nes respectivas. Es obvio que la capital de Colombia y la de Venezuela no alcan- 
zaban la primacía. Entre las naciones menores, una abrumadora tercera parte 
de la población de Uruguay se encontraba concentrada en Montevideo; en 1930 
ninguna ciudad alcanzaba siquiera una vigésima parte de su tamaño. En el otro 
extremo, en Ecuador, la capital, Quito, situada en las tierras altas, con más de 
100.000 habitantes en 1930, tenía virtualmente la misma población que su rival, 
el puerto de mar tropical de Guayaquil. 

Una forma más compleja de abordar este asunto amplía esta definición de 
la primacía al examinar la distribución categoría-tamaño de las ciudades partien- 
do del supuesto de que cuanto más se aparta esa distribución de la pauta logarít- 
mica-normal (con las ciudades segunda, tercera, cuarta, etcétera, albergando a 
la mitad, un tercio y un cuarto respectivamente de la población de la primera 
ciudad), mayor es la tendencia a la primacía. Esto demuestra que las capitales 
de México, Cuba y Chile ya habían alcanzado un grado significativo de primacía 
en 1870; que en Argentina, Brasil y Perú se creó una estructura primada entre 
1870 y 1930, mientras que la primacía de las capitales de Venezuela y Colombia 
no llegó hasta el decenio de 1960." Este enfoque nos ayuda a comprender me- 
jor los orígenes históricos de la primacía en América Latina. Sus mediciones, 



4. Véase William P. McGreevey, «Un análisis estadístico de hegemonía y lognormalidad 
n la distribución de tamaños de las ciudades de América Latina», en Richard M. Morse, ed., 
.as ciudades latinoamericanas, 2 vols., México, D.F., 1973, II, p. 231. 



las ciudades, 1870-1930 213 

Cuadro 3 

Grado de primacía correspondiente a capitales de los principales países latinoamerica- 
nos, en 1930 y 1870, determinado por el ratio de población en la ciudad más grande 
con la segunda ciudad en importancia del país, dispuesto en orden descendente de 
primacía en 1930 









Fecha de los 


1. a 
ciudad 


2. a 
ciudad 




País 


Ciudades primera y segunda 


datos 


(miles) 


(miles) 


Ratio 


1. 


Cuba 


La Habana/Santiago 


(1931) 


654 


102 


6,4 






La Habana/Santiago 


(1875) (1879) 


230 


45 


5,1 


2. 


México 


Ciudad de México/ 














Guadalajara 


(1930) 


1.049 


180 


5,8 






Ciudad de México/ 














Guadalajara 


(1877) 


230 


65 


3,5 


3. 


Argentina 


Buenos Aires/Rosario 


(1932) (1930) 


2.178 


481 


4,5 






Buenos Aires/Córdoba 


(1869)" 


187 


29 


6,4 


4. 


Perú 


Lima/ Arequipa 


(1931) (1933) 


273 


66 


4,1 






Lima/Arequipa 


(1876) 


100 


29 


3,4 


5. 


Chile 


Santiago/Valparaíso 


(1930) 


696 


193 


3,6 






Santiago/Valparaíso 


(1875) 


150 


98 


1,5 


6. 


Colombia 


Bogotá/Medellín 


(1938) 


330 


168 


2,0 






Bogotá/Medellín 


(1870) 


41 


30 


1,4 


7. 


Venezuela 


Caracas/Maracaibo 


(1936) 


203 


110 


1,8 






Caracas/Valencia 


(1873) 


49 


29 


1,7 


8. 


Brasil 


Río de Janeiro/Sao Paulo 


(1940)" 


1.519 


1.258 


1,2 






Río de Janeiro/Salvador 


(1872) 


275 


129 


2,1 



' Para este caso, los datos proceden de Argentina, IV censo general de la nación, 3 vols., 
1948-1952, I, pp. 68 y 198. 

* Para este caso, los datos proceden de Brasil, Análise de resultados do censo demográfi- 
co, 12 vols., 1944-1950, IX, p. 9. 

Fuente: Jorge E. Hardoy y María Elena Langdon, «Análisis estadístico preliminar de la 
urbanización de América Latina entre 1850 y 1930», Revista Paraguaya de Sociología, 42-43 - 
(1978), pp. 146-148. 



que son más complejas, indican, por ejemplo, que, a pesar de la presencia de 
varias ciudades primadas importantes en Brasil, Río de Janeiro había establecido 
su primacía durante los comienzos del siglo xx. 

En el nivel de las ciudades secundarias (20.000-100.000 habitantes), el creci- 
miento de la población nacional, tanto en números absolutos como en porcenta- 
jes, también se produjo, aunque raras veces al ritmo de las ciudades primarias 
o de las primadas. En 1869, las dos ciudades secundarias de Argentina juntas 
tenían un 3 por 100 del total nacional; en 1914, esta categoría había aumentado 
hasta cifrarse en 19 ciudades con un 9,4 por 100. En Chile, el incremento de 
una ciudad con el 4,7 por 100 en 1875 a 13 ciudades con el 11,7 por 100 en 1930; 
en Colombia, de dos ciudades con el 2,4 por 100 en 1870 se pasó a 15 ciudades 



214 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

con el 6,9 por 100 en 1928; en México, de 21 ciudades con el 6 por 100 en 1900 
a 26 con el 6,8 por 100 en 1930; en Perú, de dos ciudades con el 2,2 por 100 
en 1876 a 10 ciudades con el 6,2 por 100 en 1940, y, en Venezuela, de cuatro 
ciudades con el 7,3 por 100 en 1873 a 11 ciudades con el 12,5 por 100 en 1926. 5 

En el nivel de las poblaciones (10.000-20.000 habitantes), el crecimiento fue 
generalmente más modesto que en el de las ciudades secundarias. Argentina, Bra- 
sil, Chile, Colombia, México y Perú solían tener entre el 3 y el 5 por 100 de 
sus habitantes viviendo en poblaciones. Venezuela era la única excepción signifi- 
cativa de esta tendencia con casi el 20 por 100 en 1926. Puede que estos últimos 
datos estén hinchados debido a que zonas rurales de extensión considerable se 
encuentren dentro de los límites de las poblaciones, pero también, dado que Ve- 
nezuela no tenía una parte tan grande de su población concentrada en ciudades 
primarias y secundarias, bien puede ser que el lugar de residencia de los habitan- 
tes urbanos se haya desviado a favor de las poblaciones. Cuba también mostraba 
cierta tendencia en esta dirección con el 7,4 por 100 del total nacional viviendo 
en poblaciones en 1931, el mismo porcentaje que el correspondiente a ciudades 
secundarias. 

La generalización en el nivel del poblado (5.000-10.000 habitantes) sólo es 
posible en los casos de Argentina y Chile y, en 1930, México. 6 En los demás paí- 
ses, los que elaboraron los censos no hicieron una distinción entre las viviendas 
contiguas de tipo urbano y las granjas rurales aisladas o los pequeños grupos 
de viviendas en el campo. En Argentina parece que hubo un crecimiento conside- 
rable en los asentamientos tipo poblado, un poco más que en las poblaciones 
y paralelo al de las ciudades secundarias, mientras que en Chile y en México la 
pauta del poblado se parecía más a la de las poblaciones. 

Estas consideraciones de la población urbana y el tamaño de las ciudades en 
América Latina inducen a sacar varias conclusiones: la primera es que el número 
de habitantes urbanos y la proporción de la población nacional que vivía en las 
ciudades aumentaron mucho en los principales países latinoamericanos entre 1870 
y 1930, período de incremento rápido de la población total; la segunda es que 
los países con el mayor incremento de la población total, acentuado a menudo 
por la inmigración en masa, eran también los que se urbanizaron con la mayor 
rapidez; la tercera es que las mayores ciudades tendían a crecer con la máxima ra- 
pidez y a absorber un porcentaje cada vez mayor de la población total; la cuarta 
es que el extraordinario crecimiento de las capitales nacionales confirmó una ten- 
dencia a la primacía en la mayoría de los países grandes, así como en varios de 
los pequeños; la quinta es que, si bien las ciudades secundarias, las poblaciones 
y los poblados también aumentaron en número de habitantes y en porcentaje 
de la población nacional total, adquirieron una proporción mucho menor de po- 
blación urbana. 



5. Tanto en el caso de Venezuela como en el de Colombia en 1870, las capitales, Caracas 
y Bogotá, se incluyen en la categoría de ciudades secundarias. 

6. En Cuba, aunque se han incluido datos correspondientes a 1930 en el nivel de poblados, 
las definiciones de población y poblado son diferentes, por lo que las comparaciones resultan 
imposibles. 



LAS CIUDADES, 1 



LA FUNCIÓN ECONÓMICA: COMERCIO, BUROCRACIA E INDUSTRIA , 

Las variaciones de la población y el tamaño de las ciudades latinoamericanas 
fueron en gran medida fruto de diferencias en la función económica. El comercio 
demostró ser el factor dominante en todas estas experiencias urbanas, y el creci- 
miento o el estancamiento dependía en gran parte del grado de integración de 
la ciudad y su región en la economía internacional, dominada por las naciones 
que se estaban industrializando en Europa y América del Norte. La expansión 
demográfica y el crecimiento urbano que la acompañó ocurrieron durante perío- 
dos de auge económico, resultantes de la rápida expansión de las exportaciones 
de productos agrícolas o minerales. La falta de crecimiento urbano significaba 
el aislamiento del comercio mundial o una pérdida del valor, o de la ventaja com- 
petitiva, de la materia prima que se estuviera produciendo. 

Con el fin de aclarar el estudio de su función, las ciudades latinoamericanas 
pueden agruparse en cuatro categorías principales. El tipo más notable y conoci- 
do era la ciudad comercial-burocrática. Un segundo tipo, que era menos común, 
tenía un componente industrial importante además de actividades comerciales y 
burocráticas y, por ende, se parecía más a las ciudades de la Europa occidental 
y los Estados Unidos. Un tercer tipo estaba especializado y era la ciudad comer- 
cial-minera, en la cual la actividad principal, además del comercio, consistía en 
la extracción y el tratamiento de un producto mineral. Los restantes centros ur- 
banos entraban en la categoría comercial, donde la función principal era prestar 
servicio en calidad de punto de recogida y distribución para las inmediaciones 
o centro a través del cual se encauzaban las mercancías. 

El primer tipo, el comercial-burocrático, incluía todas las capitales naciona- 
les, provinciales o estatales, y hasta varias sedes de entidades administrativas in- 
feriores. Sin embargo, donde mejor puede verse la relación directa de tales cen- 
tros comerciales y administrativos con la economía orientada a la exportación 
és en el nivel nacional y, por esa razón, hablaremos principalmente de las capita- 
les nacionales. Excepto la elevada Quito, en Ecuador, que se enfrentaba con un 
centro de poder muy diferente y rival en el puerto de mar de Guayaquil, o excep- 
tuando Bogotá, en Colombia, que tenía que competir con varios otros centros 
regionales, en las sedes de la administración imperial española y portuguesa en 
el siglo xviii, y luego en las capitales de las naciones que acababan de nacer 
en el xix, un control desacostumbrado de los recursos comerciales y financieros 
dentro de sus zonas se sumaba a sus funciones gubernamentales. 

En varios países, esta dominación histórica de signo comercial y administrati- 
vo se reflejaba también en la proporción de los habitantes que vivían en la capital 
de la nación. En Buenos Aires se encontraba el 20 por 100 de la población argen- 
tina en 1930; un tercio de todos los uruguayos vivía en Montevideo, a la vez 
que tanto La Habana, en Cuba, como Santiago de Chile alojaban al 16 por 100 
de los habitantes del país en 1930 (veáse cuadro 4). Por otra parte, entre 1870 
y 1930, en todas las capitales se registró un aumento del porcentaje de la pobla- 
ción nacional: La Paz, Bogotá, Santiago de Chile, Ciudad de México y Caracas 
habían doblado dicho porcentaje en sesenta años, mientras que Río de Janeiro 
y San José de Costa Rica quedaron ligeramente por debajo de estas cifras. 



historia de a 

Cuadro 4 



Tamaño de las capitales nacionales (en miles) y porcentaje de la población 
nacional localizada en ¡a capital, 1870 y 1930 



País 


Capital Población de la capital 


Porcentaje del total nacional 






1870 


1930 


1870 


1930 


Argentina 


Buenos Aires 


187 


2.178 


10,8" 


18,3 


Bolivia 


La Paz 


69 


176 


3,5 


8,2 


Brasil 


Río de Janeiro 


275 


1.701 


2,7 


5,0 


Colombia 


Bogotá 


41 


330 


1,4 


3,8 


Costa Rica 


San José 


9 


51 


5,5 


10,8 


Cuba 


La Habana 


230 


654 


15,2 


16,5. 


Chile 


Santiago 


150 


696 


7,2 


16,2 


Ecuador 


Quito 


76 


127 


7,1 


8,2 


Guatemala 


Guatemala 


50 


121 


4,6 


6,0 


México 


Ciudad de México 


230 


1.049 


2,4 


6,3 


Paraguay 


Asunción 


25 


97 


7,6 


11,0 


Perú 


Lima 


100 


273 


3,7 


4,8 


Uruguay 


Montevideo 


110 


572 


25,0 


33,0 


Venezuela 


Caracas 


49 


203 


2,8 


6,0 


" 1869. Las cifras del censo nacional 


argentino i 




i las utilizadas 


por Hardoy y 


Langdon. 












Fuente: 


Igual que para el cuadro 3 











Las tasas de crecimiento, sin embargo, variaban enormemente y estaban muy 
relacionadas con la medida en que cada país producía para la exportación (véase 
el cuadro 5). El crecimiento de Buenos Aires osciló entre el 3 y el 6 por 100 anual 
hasta el final del período, momento en que disminuyó, no por motivos económi- 
cos, sino porque la población de la zona del Distrito Federal se acercaba al punto 
de saturación y el crecimiento había empezado a desbordarse y penetrar en las 
contiguas zonas urbanas del Gran Buenos Aires. La ciudad se benefició de la con- 
tinua expansión de la economía argentina siguiendo líneas ya establecidas y, a 
comienzos del siglo xx, se mantuvo gracias al crecimiento de las exportaciones 
de carnes refrigeradas, que complementaban las de lana, cueros y cereales, y al 
aumento de las inversiones extranjeras. También el rápido crecimiento de Monte- 
video hacia el medio millón de habitantes respondía al floreciente comercio de 
exportación de productos agrícolas a través de este puerto y capital. En otros 
países la pauta de crecimiento fue más irregular. Santiago de Chile creció a un 
ritmo sostenido del 2 al 3 por 100 durante todos estos años, a medida que los 
auges cíclicos alternos de la producción de cobre y la de nitrato recibían el apoyo 
complementario de las exportaciones de trigo y lana. Una tasa de crecimiento 
muy parecida caracterizaba a Río de Janeiro, donde el efecto del auge del café 
brasileño contribuyó, en gran parte, al crecimiento industrial, además del comer- 
cial y burocrático, de la capital del estado de Sao Paulo. Otras capitales naciona- 
les mostraron aumentos del crecimiento, principalmente en el siglo xx. La Paz 





LAS CIUDADES 


;, 1870-1930 








217 






Cuadro 5 












Porcentaje del crecimiento anual medio de las capitales nacionales, 


1870-1930* 


País 


Ciudad 


1870 


1880 


1890 


1900 


1910 


1920 


1930 


Argentina 


Buenos Aires 


3,3 


6,0 


5,5 


4,0 


4,9 


3,4 


1,0 


Bolivia 


La Paz 


0,1 • 


-5,5 


2,1 


1,1 


3,7 


2,4 


3,8 


Brasil 


Río de Janeiro 


2,8 


— 


3,6 


2,8 


2,9 


2,1 


2,4 


Chile 


Santiago 


2,7 


2,3 


3,1 


2,2 


— 


3,3 


3,2 


Colombia 


Bogotá 


2,2 


6,3 


2,5 


—1,5 


2,8 


4,2 


3,5 


Cuba 


La Habana 


1,0 


— 


0,4 


1,8 


2,4 


4,0 


2,9 


México 


Ciudad de México 


0,6 


3,7 


0,8 


1,1 


3,2 


3,1 


5,2 


Perú 


Lima 


0,8 


— 


0,3 


1,8 


— 


3,0 


3,4 


Uruguay 


Montevideo 


4,7 


5,9 


6,1 


0,8 


3,5 


1,5 


3,7 


Venezuela 


Caracas 


—0,3 


1.7 


2,5 


0,1 


— 


2,0 


5,1 



a según los datos disponibles 



empezó a registrar una expansión notable a partir de 1900 debido al incremento 
de las exportaciones de estaño boliviano. Bogotá se benefició de un provechoso 
auge del café después de comenzar el siglo. La tasa de crecimiento de La Habana 
aumentó considerablemente dado el rápido incremento de la producción de azú- 
car de la isla, ligada a los mercados y las inversiones de los Estados Unidos. 
Gracias al estímulo de la creciente producción de petróleo venezolano, Caracas 
alcanzó un 5 por 100 de crecimiento anual a finales del decenio de 1920. El más 
modesto 3 por 100 de Lima fue fruto del incremento de la dominación comercial 
y política que ejercía sobre las otras ciudades de Perú. 

La ciudad comercial-burocrática, cuyo ejemplo es el desarrollo de las capita- 
les nacionales, mostró una tendencia constante a la expansión basada en el incre- 
mento del comercio, facilitada por los auges de la producción de materias primas 
para la exportación y por la influencia del gobierno en el transporte y los recur- 
sos financieros. Incluso cuando el estímulo comercial disminuía, la centralización 
política que este tipo de ciudad ejercía en sus inmediaciones tendía a sostener 
el crecimiento continuo. Los casos de expansión más espectaculares se producían 
cuando los efectos del incremento del comercio y de la centralización política 
de una zona extensa se concentraban de forma abrumadora en un único punto. 

Buenos Aires brinda uno de los ejemplos más asombrosos de crecimiento co- 
mercial-burocrático. Su expansión de ciudad primaria de casi 200.000 habitantes 
en 1870 a metrópoli mundial de más de dos millones en 1930 fue acompañada 
de un aumento de la proporción de habitantes del país que vivía allí: del 10 al 
20 por 100. Desde las postrimerías del siglo xvn, Buenos Aires había sido la ma- 
yor de las ciudades del Río de la Plata y, desde 1776, era la capital, primero 
del virreinato rioplatense, luego de Argentina. Su extraordinario crecimiento a 
finales del siglo xix fue resultado directo del virtual monopolio que a través de 
su puerto ejercía sobre las exportaciones argentinas, que aumentaban sin inte- 
rrupción, así como sobre la entrada de artículos de consumo procedentes del ex- 



218 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

tranjero. En 1890, ya se había convertido también en el centro del sistema ferro- 
viario nacional, que se encontraba en vías de desarrollo. Debido a ello, hacía 
las veces de centro de distribución del comercio para toda Argentina y para gran 
parte del comercio que entraba y salía de Bolivia y Paraguay. El potencial para 
la expansión de la producción agrícola en las fértiles pampas parecía ilimitado, 
como ocurría también con la expansión de los mercados que los productos argen- 
tinos tenían en Europa. Gran número de inmigrantes europeos —principalmente 
españoles e italianos — llegaba a la zona costera de Argentina en respuesta a la 
demanda de trabajadores manuales. Llegaba también capital extranjero para fi- 
nanciar la infraestructura comercial y de transportes, así como para modernizar 
la ciudad de Buenos Aires. La prosperidad económica, asimismo, reforzó la posi- 
ción de Buenos Aires como capital de la nación y aumentó la importancia de 
la función burocrática. La centralización política borró gradualmente la autono- 
mía local de las provincias e hizo de Buenos Aires la verdadera residencia de 
una élite nacional. Esa centralización incrementó la parte de los fondos federales 
que correspondía a Buenos Aires, así como el dominio que ejercía sobre la red 
de transportes y su control sobre las posibilidades de inversión. 

Aunque el segundo tipo de ciudad latinoamericana, la ciudad comercial-in- 
dustrial-burocrática, era mucho menos frecuente que el centro comercial-buro- 
crático, resultó significativo debido a la presencia de la función industrial, que 
sólo raras veces se encuentra como componente importante del crecimiento urba- 
no de América Latina. La experiencia industrial más común era que antiguas 
industrias artesanales o domésticas, en otro tiempo florecientes, fuesen vencidas 
por manufacturas extranjeras más baratas y a menudo superiores. En estas situa- 
ciones, características de la mayoría de las grandes ciudades comerciales-burocrá- 
ticas, la producción industrial tendía a limitarse al tratamiento inicial de una ma- 
teria prima para su exportación o a producir artículos voluminosos o perecederos, 
tales como algunos materiales para la construcción, bebidas y alimentos. Los si- 
guientes ejemplos de ciudades en cuyo crecimiento la industria desempeñó un pa- 
pel importante sugieren paralelismos y distinciones interesantes en relación con 
lasf ciudades comerciales-burocráticas. 

El más notable de los casos de este tipo fue Sao Paulo, que despegó gracias 
al ímpetu comercial-burocrático del auge del café brasileño y a su condición de 
capital del estado homónimo. La tasa de crecimiento de Sao Paulo superó inclu- 
so la de Buenos Aires: en 1870, tenía 30.000 habitantes; en 1930, ya se acercaba 
al millón en su rápida subida para dar alcance a Río de Janeiro. 

El auge del café, que había empezado en valles próximos a Río de Janeiro 
en los decenios de 1830 y 1840, durante los decenios siguientes se había extendido 
hacia el sur y el oeste, penetrando en el estado de Sao Paulo en busca de nuevas 
fronteras que fuesen apropiadas para ese tipo de cultivo extensivo. En 1870, la 
región de los alrededores de Río seguía dando diez veces más café que el estado 
de Sao Paulo. En 1890 las dos regiones ya estaban igualadas, mientras que de 
1900 a 1930 Sao Paulo produjo el doble de café que Río. Al igual que en Buenos 
Aires, los inmigrantes —especialmente, italianos a partir de 1890— y el capital 
extranjero respondieron rápidamente a las oportunidades e hicieron posible gran 
parte de esta expansión. 

Lo que resultó único en el caso de Sao Paulo, sin embargo, fue que la elevada 



LAS CIUDADES, 1870-1930 219 

tasa anual de crecimiento demográfico (4,2 por 100 en 1890; 14,0 por 100 en 
1900; 4,8 por 100 en 1910; 3,6 por 100 en 1920; 7,1 por 100 en 1930) fue conse- 
cuencia, no sólo de una infraestructura comercial y de la gran ayuda que el go- 
bierno del estado prestaba a un producto de exportación en auge, sino también 
de un considerable crecimiento industrial inducido por las exportaciones. Los in- 
gresos crecientes que proporcionaba el cultivo del café, así como las actividades 
afines de secar, envasar y transportar el producto, crearon demandas y mercados 
locales que animaron a los productores a competir con la tendencia a importar 
todos los artículos de consumo del extranjero. Los magnates del café destinaron 
sus beneficios, al menos parte de ellos, a industrias locales de textiles y de prepa- 
ración de alimentos, así como a las industrias de la construcción, de loza y vi- 
drio, de tratamiento de la madera y, también, a industrias químicas de tipo senci- 
llo. Nació una alianza natural, facilitada por los enlaces matrimoniales y por los 
intereses comunes, entre los inversionistas en la agricultura y la industria de Sao 
Paulo, alianza que aportó nuevos efectos multiplicadores al proceso de industria- 
lización en la ciudad. Estas condiciones prepararon el terreno para que continua- 
ran la industrialización y el crecimiento urbano que han caracterizado el desarro- 
llo de Sao Paulo desde 1930. 

El auge del café en Colombia empezó mucho después que en Brasil, pero, 
de modo parecido, sus repercusiones de 1900 a 1930 se concentraron en una sola 
zona, Antioquia, y especialmente en la ciudad principal y capital de la región, 
Medellín. Los 30.000 habitantes que la ciudad tenía en 1870, igual que Sao Pau- 
lo, casi se habían doblado en 1900 y volvieron a multiplicarse por dos antes de 
1930. En 1920, el café de Antioquia ya representaba más de una cuarta parte 
de las exportaciones totales del país. El mismo mercado local y los mismos efec- 
tos multiplicadores que fomentaron el crecimiento industrial en Sao Paulo esti- 
mularon las inversiones en las fábricas textiles de Medellín. Muchos autores tam- 
bién han sugerido que el anterior auge de las minas de oro de Antioquia, que 
duró hasta 1850, fomentó la capacidad de los empresarios, en lo que se refiere 
a arriesgarse y asociarse, y proporcionó capital y habilidades técnicas que resulta- 
ron útiles para la industrialización. La protección arancelaria por parte del go- 
bierno nacional, el mayor uso de energía hidroeléctrica, la afluencia de capital 
extranjero para ayudar a construir la infraestructura de transportes y la tenden- 
cia de los cultivadores de café a apoyar las manufacturas locales fueron factores 
que contribuyeron a crear una base firme para la industrialización de Medellín 
antes de 1930. 

En México, el desarrollo de Monterrey fue consecuencia de los medios de trans- 
porte y de los recursos minerales más que de los estímulos de la agricultura de 
exportación o del acervo empresarial. Su enlace ferroviario con los Estados Uni- 
dos, que pasaba por Laredo y había sido creado en 1882, su proximidad a yaci- 
mientos de carbón y de mineral de hierro al norte y al oeste de la ciudad, su 
conexión con el cercano puerto de Tampico y su línea ferroviaria a Ciudad de 
México, así como la presencia de un abundante potencial hidroeléctrico, facilita- 
ron la formación de empresas metalúrgicas e industriales en los decenios de 1880 
y 1890, fuertemente financiadas por capital norteamericano. A finales del siglo 
xix, leyes estatales y nacionales fomentaron estas inversiones extranjeras, a la 
vez que los pastos y regadíos adyacentes proporcionaban una base cuyos funda- 



220 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

mentos eran los trabajadores, los consumidores y el capital locales. El c 
to de la ciudad se pareció mucho al de Medellín: de 29.000 habitantes en 1880 
pasó a tener 133.000 en 1930. En esa última fecha, las fábricas productoras de 
cerveza, cristalería, alfarería, textiles, cemento y alimentos, así como las fundi- 
ciones y las ferrerías, hacían que la industria fuese, como mínimo, tan importan- 
te para Monterrey como su condición de capital del estado de Nuevo León o 
de principal centro de distribución comercial del noroeste de México. 

Sao Paulo, Medellín y Monterrey son ejemplos distintos de crecimiento urba- 
no. Sin embargo, tienen en común la característica de la función industrial. Su 
experiencia demuestra que en ciertas condiciones la industria podía florecer por 
derecho propio, incluso en el seno de economías muy orientadas a la exporta- 
ción, y podía llegar a ser un componente de la urbanización tanto como lo era 
en Europa o en los Estados Unidos. 

El tercer tipo de ciudad, el comercial-minero, caracterizaba a centros urbanos 
especializados que se encontraban en los desiertos de nitrato del norte de Chile, 
en los campos de petróleo de Venezuela y México, y en las regiones elevadas 
del centro de Chile, Perú, Bolivia y México, donde se extraía cobre, estaño, plata 
y oro. También se incluyen en esta categoría, debido a su parecido económico, 
las estaciones y pueblos recolectores de caucho de la jungla amazónica. En todos 
estos casos el crecimiento o la decadencia de la ciudad dependía directamente 
de la demanda mundial del producto de la región. La comercialización de ese 
producto y, en algunos casos, su tratamiento o refinación inicial atraían a gentes 
que formaban una población activa que a su vez se convertía en consumidora 
de servicios urbanos y mercados al por menor. Pero cuando los mercados mun- 
diales dejaban de pedir ese producto, o recurrían a fuentes de abastecimiento 
más baratas o mejores, ninguna otra función podía sostener este tipo de centro 
urbano, que se marchitaba o desaparecía rápidamente. 

En los decenios de 1860 y 1870, los yacimientos de nitrato que hay en los 
áridos desiertos del norte de Chile y el sur de Perú pasaron a ser la mejor fuente 
mundial de este ingrediente esencial de fertilizantes y explosivos. Desde 1879 has- 
ta 1883, Chile hizo la guerra contra Perú y Bolivia para garantizar la total pose- 
sión de estos recursos. Bajo la soberanía chilena, campamentos mineros, cuya 
población oscilaba entre unos cientos y varios miles de habitantes, daban aloja- 
miento a los trabajadores migrantes que rompían la dura costra de los yacimien- 
tos de nitrato en el suelo del desierto, la transportan a las calderas donde se disol- 
vía, purificaba y secaba, y luego la cargaban en vagones planos para su transporte 
a los puertos y las capitales provinciales de Iquique, Arica y Copiapó. Estos cam- 
pamentos mineros prosperaban o se arruinaban, según si los migrantes se despla- 
zaban hacia el norte o volvían a dedicarse a las tradicionales labores agrícolas 
de subsistencia en el centro de Chile mientras el mercado mundial fluctuaba. La 
invención de los nitratos sintéticos, que recibió un gran estímulo durante la pri- 
mera guerra mundial, acabó provocando la decadencia de estas poblaciones, y 
en 1930 muchas de ellas ya habían desaparecido. 

También el desarrollo del caucho como material que necesitaban las naciones 
industriales fomentó el súbito e inverosímil florecimiento de la región amazónica 
de Brasil entre 1890 y 1920. Surgieron numerosos asentamientos a orillas de los 
ríos y, desde ellos, se proporcionaban las bolas duras, coaguladas sobre hogueras 



LAS CIUDADES, 1870-1930 221 

humosas utilizando el látex recogido de los árboles silvestres, a los centros comer - 
ciales-burocráticos de Manaos y Belém, que registraban una rápida expansión. 
A finales del siglo xix, botánicos británicos consiguieron que semillas del árbol 
de caucho se reprodujeran en Ceilán, Malaya y la India, y con ello pusieron fin 
rápidamente a la ventaja relativa de que gozaba el producto de la jungla brasile- 
ña. El caucho de plantación, era mucho más fácil de controlar, recoger y comer- 
cializar que el caucho silvestre, y los cauchos sintéticos, potenciados por las nece- 
sidades alemanas durante la primera guerra mundial, anunciaron la muerte de 
muchos de estos poblados ribereños. 

En otros países, aunque los altibajos del estaño, el cobre, la plata, el oro 
y otros metales, así como del petróleo, resultaron menos espectaculares que los 
del caucho y los nitratos, la misma dependencia del mercado mundial dominaba 
la vida y la existencia de estos campamentos y poblados. Allí donde la agricultura 
de subsistencia o comercial sustentaba a una nutrida población local, como ocu- 
rría en gran parte de las tierras altas de Perú, Bolivia, México o la costa de Vene- 
zuela, estos centros pudieron volver a dedicarse principalmente a las funciones 
comerciales. Pero en los lugares donde la población urbana dependía solamente 
de la exportación de un producto mineral, el efecto del descenso de los precios 
o la demanda mundiales podía ser desastroso. 

El último tipo de ciudad latinoamericana, la ciudad comercial, requiere pocos 
comentarios, aun cuando, desde el punto de vista numérico, representara el grue- 
so de la experiencia urbana de América Latina. La función comercial desempeña- 
ba un papel importante en las tres categorías que acabamos de estudiar. En la 
ciudad comercial era la única función relevante. En lo que respecta al tamaño, 
estos centros iban desde la más pequeña de las poblaciones situadas junto a una 
vía férrea, o desde una población rural junto a una carretera sin asfaltar, hasta 
grandes puertos, como Santos en Brasil, Bahía Blanca y Rosario en Argentina, 
y Veracruz en México. También eran característicos de esta categoría los peque- 
ños puestos avanzados de recogida y distribución que había en las zonas agrí- 
colas: para el café en Brasil y Colombia; para el azúcar a lo largo de la costa 
septentrional de Perú; para el ganado en el norte de México, el interior de Vene- 
zuela, el sur de Brasil y el centro de Argentina; para las ovejas en Uruguay y 
el sur de Argentina; para el trigo en el centro de Chile y las pampas argentinas. 
En estas regiones era frecuente que el cruce de varias rutas de transporte fomen- 
tara el desarrollo de poblaciones y ciudades grandes que proporcionaban servi- 
cios y actividades que los poblados no podían sostener: diversos comercios al 
por menor, servicios médicos y jurídicos, bancos, escuelas secundarias, periódi- 
cos y teatros o cines. En última instancia, sin embargo, la prosperidad y el creci- 
miento de todos estos centros comerciales, incluso cuando satisfacían las necesi- 
dades de poblaciones bastante nutridas, dependían del funcionamiento de una 
red urbana dominada desde las ciudades comerciales-burocráticas y, en algunos 
casos, de los mercados y la demanda extranjeros. Pero esa dependencia nunca 
alcanzaba el nivel abrumador del centro comercial-minero. 

En términos de la función económica, la dependencia de los mercados extran- 
jeros influía mucho en el desarrollo urbano en toda América Latina. En el nivel 
de los centros mineros y de las ciudades comerciales pequeñas, la bajada de los 
precios mundiales o la competencia por parte de otras fuentes podía reducir mu- 



222 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

cho el crecimiento o causar incluso un descenso de la población. Hasta en los 
casos de las ciudades comerciales grandes y de muchas ciudades comerciales- 
burocráticas, su crecimiento dependía en gran medida de la demanda extranjera 
de productos locales. Asimismo, los beneficios de semejante crecimiento induci- 
do externamente tendían a ser asimétricos y a favorecer más a las grandes ciuda- 
des comerciales-burocráticas o a las ciudades que, además, poseían una función 
industrial. Como se indica en el cuadro 6, las ciudades secundarias de Argentina, 
Bolivia, Chile, Cuba y Perú crecieron a ritmos significativamente más lentos que 
las ciudades primarias, todas ellas centros comerciales-burocráticos. Aún más lento 
fue el crecimiento del campo, en el cual se hallaban incluidos los habitantes de 
las poblaciones y poblados que dependían principalmente del comercio y, en al- 
gunas zonas, de la minería. 



Cambios físicos: plaza y suburbio 

A pesar de las variaciones de tamaño y función de las ciudades latinoamerica- 
nas, todas ellas compartían una experiencia común en el tipo de expansión física 
producida por el crecimiento. En unos cuantos casos, como el de Santiago de 
Chile, esa expansión ya comenzó en el decenio de 1850; en las ciudades de la 
mayoría de los países principales ya estaba en marcha a finales del siglo xix 



Tasa de de menos d 
crecimiento en 20.000, 

Tasa global de ciudades de ciudades de incluidos lo 

Período crecimiento más de 100.000 20.000-100.000 rurales 



1,1 

" La tasa media de incremento se define como el incremento total a lo largo del período 
dividido por la población media (promedio de los censos primero y último) y por el periodo in- 
tercensual en número de años. 

Fuente: Seminario sobre Problemas de Urbanización en América Latina, Santiago de Chile, 
1959, Urbanization in Latín America (ed. de Philip M. Hauser), Nueva York, 1961, p. 97. 



Argentina 


1869-1895 


3,0 


4,2 


2,5 




1895-1914 


3,5 


4,8 


3,9 


Bolivia 


1900-1950 


1,1 


2,9 


2,0 


Chile 


1907-1920 


1,1 


2,4 


1,9 




1920-1931 


1,4 


2,7 


2,4 


Cuba 


1919-1931 


2,6 


3,4 


2,5 


Perú 


1876-1940 


1,2 


2,1 


1,7 



LAS CIUDADES, ¡870-1930 223 

(si bien en Bolivia, Paraguay y América Central tuvo que esperar hasta bien en- 
trado el siglo xx). En todos los casos este crecimiento se desplazó hacia fuera 
desde la plaza principal, el foco de la ciudad colonial, en dirección a los barrios 
de las afueras. 

Las clases altas determinaban en gran medida la dirección y el momento de 
este crecimiento hacia fuera, tanto en las ciudades primarias como en las secun- 
darias. Aunque este desplazamiento de las clases altas hacia residencias de las 
afueras parece análogo a la anterior huida de las élites de los centros más anti- 
guos de las ciudades europeas y norteamericanas, las clases altas latinoamerica- 
nas retuvieron su apego a la zona de la plaza y el resultado de ello fue un medio 
urbano totalmente diferente. 

La vivienda y el estilo de vida de las clases altas cambiaron de forma conside- 
rable en las postrimerías del siglo xix a causa del efecto de los crecientes benefi- 
cios comerciales desviados hacia las ciudades. Los ricos comenzaron a alejarse 
de la plaza central, a menudo en busca de sitios más elevados y, por ende, más 
agradables y más sanos o, sencillamente, en busca de mayor espacio, y estos mo- 
vimientos determinaron el rumbo de la expansión urbana. En Ciudad de México, 
los ricos escogían con creciente frecuencia lugares situados hacia el sur, a lo largo 
del paseo de la Reforma, empezado en 1864, en dirección al palacio de Chapulte- 
pec; en Guadalajara, se extendían hacia el oeste, donde habían nuevos barrios 
residenciales. En Sao Paulo, los magnates que acababan de enriquecerse con el 
café se construían domicilios señoriales a lo largo de la cresta delimitada por 
la avenida Paulista. En Río de Janeiro construían a lo largo de la avenida Rio 
Branco, que había sido abierta en el centro de la ciudad antigua y ofrecía una 
perspectiva del pintoresco Pan de Azúcar, o hacia el sur, siguiendo la costa hasta 
Catete y Laranjeiras. En Buenos Aires, las familias de clase alta en el decenio 
de 1890 empezaron a trasladarse hacia el norte, a una docena de manzanas de 
los alrededores de la Plaza de Mayo, y a ocupar mansiones en la zona norte; 
para 1910, se asentaron a lo largo del estuario, hacia los barrios periféricos que 
se extendían más allá del Distrito Federal. En Montevideo, se desplazaron hacia 
el este, siguiendo la costa del estuario hacia Pocitos. En Lima, las conexiones 
ferroviarias con el puerto marítimo de El Callao, así como con la cercana Chorri- 
llos, en la costa sur, al principio facilitaron el movimiento de la clase alta hacia 
fuera. En 1920, la apertura de la elegante avenida Arequipa aceleró ese éxodo 
hacia el suroeste en dirección al Pacífico. En Santiago de Chile, el alejamiento 
inicial de las inmediaciones de la plaza principal se vio acentuado por un movi- 
miento hacia el este en el decenio de 1920, en busca de mejores aires y de mayor 
intimidad en el terreno, que se elevaba suavemente hacia los Andes. En Bogotá, 
los ricos permanecieron concentrados en torno a la plaza de Armas hasta el dece- 
nio de 1900, pero, con la expansión comercial y el auge del café, las familias 
pudientes comenzaron a trasladarse a zonas más altas, situadas inmediatamente 
al norte de la ciudad central, y en dirección al poblado de Chapinero. En Cara- 
cas, el movimiento fue hacia el sur, en dirección al barrio periférico de El Paraíso 
y, posteriormente, antes de 1930, hacia los Chorros, en el este. 

Las clases altas no cambiaron sólo la ubicación, sino también el aspecto y 
la estructura de sus hogares. El patio interior ya no estaba de moda y había sido 
sustituido por modelos franceses, italianos, británicos y, para 1930, norteameri- 



224 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

canos. Los ricos, en especial los nuevos ricos, preferían las mansiones de varios 
pisos proyectadas por arquitectos de París o Bruselas, pues les permitían ostentar 
mejor su posición social. Las entradas majestuosas y las amplias balaustradas 
proporcionaban una nueva sensación de espacio y, al mismo tiempo, anunciaban 
al mundo el poder de sus propietarios. Recargados salones de entrada y vestíbu- 
los con profusión de cortinajes, brocados y sofás de raso acentuaban la distancia 
que se había recorrido desde la rústica, casi espartana, salita de estar de estilo 
colonial, con sus sillas de madera y sus sofás cubiertos de tela de crin. Al mismo 
tiempo, los chalés de dos pisos o las casas de una sola planta, apartados de la 
calle, tipificaban las preferencias de un número creciente de grupos profesionales 
y directivos. En cada caso, el hogar había perdido gran parte de su aspecto de 
refugio cerrado y oculto a los ojos del mundo para transformarse en expresión 
franca del prestigio y los ingresos de sus habitantes. 

Simultáneamente con este movimiento hacia fuera se introdujeron pasatiem- 
pos que requerían más espacio físico. El golf, el rugby, el polo y el tenis pasaron 
a ser deportes populares entre los ricos. El paseo a media tarde o al anochecer 
en un carruaje o en un automóvil también se hizo popular: al parque de Palermo 
en Buenos Aires, al paseo de la Reforma y al parque de Chapultepec en Ciudad 
de México, al Jardín Botánico en Río de Janeiro, o por el paseo de Colón en 
Lima, el Prado en Montevideo y la Alameda en Santiago de Chile. En los aleja- 
dos barrios residenciales de las élites hasta empezaron a abrirse unos cuantos res- 
taurantes, clubes y teatros para gente rica. 

El movimiento inicial hacia fuera de los ricos pronto se vio complementado 
por las presiones que ejercía el creciente número de habitantes de todas las clases 
sociales. Mientras las gentes acomodadas se congregaban a lo largo de ciertas 
avenidas atractivas, o en los apartados barrios residenciales, la expansión urbana 
creó muchos otros barrios periféricos, en los que con frecuencia predominaba 
la clase media o la clase trabajadora. En estos barrios, el foco era una iglesia, 
un cuartelillo de policía, un mercado público, una parada de tranvía, tren o auto- 
bús y una plaza. Alrededor de este núcleo aparecía una serie de comercios, una 
sucursal bancaria, unos cuantos despachos de profesionales liberales. Al igual 
que en la ciudad colonial, las personas más acomodadas construían sus residen- 
cias cerca de este centro con el fin de tener el transporte y los servicios a mano, 
mientras que las más humildes se instalaban en calles más alejadas. A medida 
que las ciudades se extendían hacia fuera, principalmente en forma de casas de 
una o dos plantas, la expansión se veía acompañada de comercios al por menor: 
abacerías, carnicerías, panaderías, puestos de fruta y verduras. En las zonas po- 
bladas, los comercios de artículos básicos que se compraban a diario, carne, pan, 
y otros víveres, nunca quedaban a más de dos o tres manzanas de distancia. Por 
otra parte, en este mismo vecindario de una docena y pico de manzanas solía 
haber un dentista, un sastre, un zapatero, una farmacia, una lavandera, un herre- 
ro, un lechero, un fabricante de muebles, un albañil, un barbero o un represen T 
tante de casi todos los oficios que podían ser necesarios. A causa de ello, aunque 
las zonas urbanas se extendieran hacia fuera, los barrios periféricos y las peque- 
ñas unidades vecinales mostraban una suficiencia y una independencia notables. 

Al mismo tiempo que las ciudades se extendían hacia fuera, el núcleo urbano 
conservaba su importancia. Las clases altas y medias de América Latina, incluso 



LAS CIUDADES, 1870-1930 225 

cuando se trasladaban a lugares de residencia más apetecibles, conservaban su 
relación con la plaza central, así como su dependencia de ella. La creciente con- 
centración de los recursos económicos y políticos había conducido gradualmente 
a la formación de una élite residente en las capitales nacionales, y sus miem- 
bros empezaron a insistir en que se crearan espacios modernos y abiertos del tipo 
que Georges Haussmann había introducido en París y otras ciudades europeas. 
A medida que el trazado de calles angostas y edificios achaparrados y destartala- 
dos fue haciéndose más opresivo, los residentes de clase alta buscaron una facha- 
da y una arquitectura nuevas para sus capitales. Ello fue imitado a su vez por 
las élites de todas las capitales provinciales o estatales y, de hecho, de cualquier 
centro que dispusiese de fondos para llevar a cabo mejoras. 

Un lugar central en esta reconstrucción del medio lo ocupaba el concepto de 
que la plaza principal representaba a la ciudad. Era este un concepto profunda- 
mente enraizado en los orígenes de estos centros hispánicos. En las ciudades gran- 
des, la plaza se convirtió en el foco para la construcción de diagonales y paseos 
que despejaran las calles angostas e introdujeran perspectivas y una sensación 
de espacio. Alrededor de la plaza, los principales edificios públicos — la catedral, 
la mansión del ejecutivo, la legislatura, el tribunal supremo, los ministerios — 
fueron objeto de un buen adecentamiento o, más a menudo, fueron reconstrui- 
dos por completo con arreglo a imponentes líneas grecorromanas. En los centros 
pequeños, la misma constelación de la Iglesia y el Estado también se benefició 
de mejoras: un edificio municipal nuevo e imponente o una costosa restauración 
de la iglesia local. 

Teatros, clubes y hoteles, sobre todo en las ciudades primadas, añadían una 
apariencia impresionante a las cambiantes fachadas del centro de la ciudad. El 
palacio de Bellas Artes en Ciudad de México, los teatros municipales de Río 
de Janeiro y Caracas, el teatro Colón en Buenos Aires, el Politeama en Lima 
o el teatro Solís en Montevideo reflejan el deseo de las élites nacionales de tener 
un local donde pudieran darse funciones de ópera y teatro y, lo que tal vez era 
más importante, un lugar para ver y ser visto. Los imponentes vestíbulos, los 
anfiteatros de mármol, las colgaduras, las butacas tapizadas de terciopelo, la mo- 
derna iluminación y los efectos escénicos, a menudo rivalizaban con los de Mi- 
lán, Londres o Nueva York y atraían a algunos de los mejores intérpretes mun- 
diales de la Scala, el Covent Garden y la Metropolitan Opera House. En las calles 
próximas había otros lugares donde la élite se reunía para divertirse, que eran 
cada vez más frecuentados por prósperos representantes de las clases medias. Es- 
tos teatros, cines, restaurantes, clubes particulares y cafés satisfacían los deseos 
de los ricos de tener lo mejor y más reciente de Europa. 

También se hacían grandes esfuerzos por embellecer el centro de las ciudades, 
especialmente las plazas principales. Estatuas, árboles, jardines, bancos y surti- 
dores se instalaban, suprimían o mejoraban siguiendo el empeño de la élite local 
de crear la mejor imagen posible. Las calles adyacentes habían sido las primeras 
en pavimentarse y en recibir luego las mejoras técnicas más recientes, ya fueran 
adoquines de madera o una capa de asfalto. Del centro partían las líneas de tran- 
vías, que al principio eran tirados por caballos y posteriormente se electrificaron. 
Conexiones de agua y de alcantarillado, la utilización de petróleo, luego gas y 
finalmente electricidad para el alumbrado público, la instalación de teléfonos, 



226 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

la recogida de basuras, el barrido de las calles, la protección que proporcionaban 
la policía y los bomberos, todas estas cosas ocurrían por primera vez invariable- 
mente en el centro y continuaban siendo mejor mantenidas, más modernas y más 
eficientes en las zonas próximas a la plaza principal. / 

Todos estos cambios produjeron una reconstrucción considerable de la ciu- 
dad latinoamericana. En los tiempos coloniales y en el siglo xix, la gente rica 
había vivido siempre cerca de la plaza principal, donde se hallaban situadas las 
instituciones del poder y del prestigio, además de las comodidades urbanas. En 
este esquema, las clases bajas, exceptuando los sirvientes que vivían en casa de 
las personas acomodadas, ocupaban la periferia de las ciudades. Con la explo- 
sión demográfica de la ciudad a finales del siglo xix, las preferencias residencia- 
les de las élites, así como de los nuevos sectores intermedios formados por profe- 
sionales liberales, comerciantes e industriales, empezaron a cambiar. Más que 
los medios de transporte, la industria o el urbanismo, fueron sus demandas las 
que guiaron la dirección y el momento del crecimiento hacia fuera de cada una 
de las ciudades. Dado que la plaza y la zona central conservaban su atractivo 
para la élite y los sectores intermedios, la mudanza se hacía al terreno elevado 
más próximo, que ofreciera espacios más amplios, facilidad de comunicación con 
el centro de la ciudad, además de intimidad y retiro. De esta manera, las gentes 
acomodadas, al elegir nuevas zonas residenciales y adoptar estilos de vida que 
requerían más espacio y ostentación, empezaron a cambiar en gran medida el 
trazado físico de la antigua ciudad, cuyo centro era la plaza, sobre todo a partir 
de 1900, y se acercaron más al modelo de ciudad norteamericana y europea, que 
estaba orientada al barrio residencial periférico. Al mismo tiempo, siguieron pres- 
tando mucha atención a la ciudad central como foco principal de trabajo y diver- 
sión, con el resultado de que la zona de alrededor de la plaza principal adquirió 
todavía más importancia y más encanto, incluso cuando ya no era una zona resi- 
dencial. 



Las consecuencias políticas de la urbanización 

En general, el crecimiento urbano ha surtido un efecto mínimo en el gobierno 
municipal. La debilidad y la pobreza tradicionales de la autoridad municipal que 
caracterizaran la época colonial continuaron existiendo en el siglo xix y han lle- 
gado hasta nuestros días. Si las ciudades desempeñaron un papel importantísimo 
en el control que los españoles y los portugueses ejercían sobre sus respectivos 
imperios americanos, ello se debió principalmente a que eran la sede de los mili- 
tares y los funcionarios administrativos nombrados y dirigidos desde Madrid y 
Lisboa. La máxima autonomía que el gobierno imperial daba a la población o 
ciudad era la necesaria para regular los pesos y medidas, cuidar las calles y el 
alumbrado, y supervisar a los vigilantes nocturnos. La falta casi total de recursos 
financieros era una garantía más de que este nivel de gobierno no ejercería nin- 
gún control ni poder efectivo. Tan hueco era el poder, que las autoridades impe- 
riales incluso permitían una representación local limitada mediante la venta de 
escaños municipales (o la elección a los mismos), cuyo valor era solamente hono- 
rífico. 



LAS CIUDADES, 1870-1930 227 

Las nuevas naciones independientes heredaron instituciones municipales débi- 
les. Los caciques locales y los caudillos rurales ejercían la autoridad efectiva, 
y cuando decidían legitimar su gobierno recurrían a instituciones políticas nacio- 
nales o provinciales, pero no a las municipales. Al producirse la expansión de 
las ciudades y hacerse más apremiantes los problemas relacionados con la salud 
pública, la higiene, los transportes y la seguridad, una vez más fueron las autori- 
dades nacionales y provinciales, pero no el gobierno municipal, las que propor- 
cionaron instrucciones, dinero y soluciones. Las ciudades comerciales-burocráti- 
cas, con acceso a la combinación de riqueza y poder administrativo de la nación 
o la provincia, eran las que mejor podían resolver estos problemas de crecimien- 
to. Y en toda América Latina, quien en esencia gobernaba las ciudades era el 
jefe de policía, el comandante de la guarnición u otro representante de la autori- 
dad superior, pero no los concejales municipales. Al mismo tiempo, la actividad 
política durante estos decenios, generalmente, no iba dirigida a buscar soluciones 
de los problemas urbanos, sino que, en vez de ello, tenía que ver con problemas 
regionales y nacionales. 

Desde el punto de vista de la cambiante estructura del poder en el nivel nacio- 
nal, la creciente importancia de las ciudades en el período 1870-1930 dio origen 
a varios ajustes importantes de las percepciones y los cometidos. El primero de 
ellos fue una perspectiva cada vez más urbanizada, y pocos comentarios requiere 
porque ya estaba casi terminado al empezar el período. En todos los países prin- 
cipales de América Latina, el final de la época de los caudillos rurales había em- 
pezado a mediados del siglo xix. f Durante los decenios inmediatamente posterio- 
res a la eliminación de los controles imperiales administrativos desde Madrid y 
Lisboa, gran parte de la autoridad había vuelto a poder de las familias terrate- 
nientes locales, especialmente las que podían formar, empleando los trabajadores 
de sus haciendas, fuerzas militares nutridas aunque mal preparadas. El terrate- 
niente, transformado en poderoso caudillo rural, se había convertido así en la 
fuerza política decisiva en toda América Latina. Que los países experimentaran 
períodos prolongados de anarquía o, al contrario, alcanzaran rápidamente un 
estado de orden autoritario y de estabilidad dependía en gran parte de la rapidez 
con que, de las luchas entre caudillos locales, surgiera un caudillo dominante 
que supiese ejercer su autoridad sobre los demás. En ese proceso de estableci- 
miento del control nacional, sin embargo, estos caudillos rurales ya no podían 
depender exclusivamente de fuerzas militares irregulares compuestas por campe- 
sinos. Cada vez recurrían más a los habitantes de las ciudades en busca de recur- 
sos financieros, pericia y apoyo. Y paulatinamente el propio caudillo rural se 
transformó en hombre de ciudad y, debido a ello, acabó perdiendo su base de 
poder en el campo. 

Otro fenómeno afín ocurrió en el seno de las clases altas. Cuando la pobla- 
ción y el comercio hicieron que el tamaño y la riqueza de las ciudades crecieran 
enormemente, las gentes acomodadas y poderosas tendieron más y más a residir 
en ellas y adoptar una perspectiva urbana. También aumentó progresivamente 
su dependencia de las ciudades y, en especial, de la capital de la nación. No toda 
la clase alta vivía en la capital, pero empezó a formar una élite nacional única 
que estableció su principal centro de poder y liderazgo en aquélla, donde vivían 
muchos de sus miembros, al menos durante temporadas. Incluso cuando residían 



228 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

en capitales provinciales, en poblaciones o en fincas rurales, mantenían una co- 
municación estrecha con los acontecimientos y los colegas de la capital. Esta crea- 
ción de una élite nacional fomentó a su vez la sustitución del hombre fuerte o 
caudillo individual por un gobierno institucionalizado que se componía de un 
ejecutivo poderosísimo, nombrado por consenso de la élite, y un brazo legislati- 
vo, cuyo papel era principalmente consultivo y estaba formado y controlado por 
la misma élite. 

Esta dominación ejercida por una élite nacional acabó provocando una reac- 
ción alimentada, a su vez, por el aumento del tamaño, la riqueza y la diferencia- 
ción social de los principales centros urbanos. La aparición y el crecimiento de 
grupos nuevos, tales como un estamento militar más profesional (antes, durante 
y después de la primera guerra mundial), los estudiantes universitarios (en espe- 
cial con la propagación del movimiento de reforma universitaria desde la ciudad 
argentina de Córdoba a partir de 1918), las organizaciones laborales y, sobre todo, 
las clases medias administrativas, profesionales y comerciales, ensancharon la base 
de los que aspiraban a participar en el gobierno. 

Debido a las protestas y la influencia de elementos de clase media en particu- 
lar, empezaron a introducirse cambios que alteraron significativamente el grado 
de control político que ejercían las élites nacionales en varios países latinoameri- 
canos. Partidos políticos de base más amplia, la creciente participación electoral 
y programas políticos cuyo objetivo era beneficiar a sectores más amplios de la 
población fueron, finalmente, consecuencias políticas del crecimiento de las ciu- 
dades principales. ' 

En toda América Latina habían florecido partidos políticos desde comienzos 
del siglo xix, pero eran sólo facciones que apoyaban a caudillos rurales o, más 
adelante, coaliciones en el seno de la élite nacional. Los líderes podían movilizar 
a peones y trabajadores para que votasen, del mismo modo que podían movili- 
zar sus recursos económicos o sus fuerzas militares irregulares para las confron- 
taciones decisivas. Pero, en el mejor de los casos, los resultados de las elecciones 
habían sido determinados de antemano por las maniobras que tenían lugar entre 
estos grupos de la élite y, por ende, no llevaban aparejada ninguna participación 
popular en el proceso político. A causa del creciente tamaño de las poblaciones 
urbanas a finales del siglo xix, especialmente de los grupos intermedios que no 
tenían acceso a la élite ni a la clase alta, pero que se distinguían de la masa de 
trabajadores manuales por su educación, sus ingresos y sus actitudes, a la élite 
le resultaba cada vez más difícil seguir controlando la política.~De entre las clases 
medias urbanas surgieron líderes políticos que formaron sus partidos propios o 
ensancharon la base de los que ya existían. Por medio de periódicos, mítines pú- 
blicos, desfiles y manifestaciones lograron movilizar a un número creciente de 
ciudadanos contra la corrupción, por ejemplo, o contra la inflación, y a favor 
de una mayor participación en las decisiones políticas. Hasta en las rebeliones 
tomaba parte un número considerable de elementos civiles de las ciudades, por 
ejemplo en Buenos Aires en 1890, en Lima, Guayaquil y Quito en 1895, y en 
Asunción en 1904. Y pocos golpes de Estado o regímenes duraban mucho sin 
contar, como mínimo, con la aquiescencia de las clases medias urbanas. Efl 1911, 
la oposición de la clase media urbana influyó en la caída de Porfirio Díaz en 
México, además de desencadenar un decenio de guerra y rebelión alimentadas 



LAS CIUDADES, 1870-1930 229 

por tensiones e injusticias que llegaban mucho más allá de las principales ciuda- 
des mexicanas. Las clases medias urbanas estuvieron, hasta cierto punto, detrás 
de la subida al poder de José Batlle y Ordóñez en Uruguay en 1 903 y, de forma 
más temporal, tras la administración de Nicolás de Piérola de 1895 a 1899 en 
Perú. En Argentina, a consecuencia del atractivo y el poder del Partido Radical 
en la relativamente urbanizada zona costera después de 1890, la élite gobernante 
aceptó el sufragio universal para los varones en 1912 y, cuatro años después, 
.entregó la presidencia al caudillo radical Hipólito Yrigoyen. En Chile, Arturo 
Alessandri, al abogar por reformas políticas y sociales en las elecciones de 1920, 
se hizo eco de muchas de estas actitudes de la clase media, y lo mismo cabe decir 
de las intervenciones militares de 1924 y 1925. Durante el mismo decenio, la rup- 
tura de Augusto Leguía con la tradicional élite hacendada de Perú, sus cuantio- 
sos desembolsos en obras públicas y burocracia gubernamental, y el consiguiente 
acceso de elementos nuevos a posiciones de influencia política y económica, pre- 
pararon el camino para las llamadas más radicales de la Alianza Popular Revolu- 
cionaria Americana (APRA) y su líder, Víctor Raúl Haya de la Torre. 

Los primeros pasos hacia una participación política más amplía los dieron 
principalmente las clases medias de las ciudades, cuyos componentes eran em- 
pleados administrativos. Con frecuencia lograban que estudiantes y sectores del 
ejército apoyaran sus programas reformistas, a la vez que líderes «populistas» 
empezaban a hacer llamamientos a la clase trabajadora. Pero sus primeros éxitos 
solían deberse a que parecían tan desorganizados y, al mismo tiempo, se parecían 
tanto a las élites nacionales en sus actitudes y antecedentes que despertaban po- 
cos temores y poca resistencia en estas mismas élites. A medida que el control 
político de las élites nacionales empezó a debilitarse, el objetivo limitado de una 
mayor participación solía dar paso al deseo de sustituir a dichas élites en el po- 
der. En esta situación, la falta de unidad o de objetivos de las clases medias, 
la misma que había servido para aplacar los temores de la élite, acabaría siendo 
su perdición. En los decenios que siguieron a 1930, esta debilidad permitió que 
tomaran la iniciativa elementos más disciplinados, por ejemplo los militares y 
los obreros. 



Conclusión 

En el presente capítulo se ha resumido un proceso de urbanización rápida, 
concentrada especialmente en las ciudades primarias y primadas de América La- 
tina durante las postrimerías del siglo xix y los comienzos del xx. En 1930 lo 
que antes era una parte del mundo abrumadoramente rural ya podíayactarse de 
tener metrópolis como Buenos Aires, Río de Janeiro y Ciudad de México. La 
proporción de la población nacional que vivía en centros urbanos con más de 
20.000 habitantes oscilaba entre un tercio en Argentina y Chile y, aproximada- 
mente, un 15 por 100 en otros países importantes. En unos cuantos países, la 
mitad de la población vivía en asentamientos de más de 2.000 habitantes. El in- 
tercambio comercial alimentaba la mayor parte de esta expansión urbana. El 
incremento de las exportaciones de materias primas a las naciones en vías de in- 
dustrialización de Europa y América del Norte, y de los bienes de consiímo que 



230 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

se recibían de dichas naciones, respondiendo en gran parte a nuevas demandas 
de los centros urbanos, estimularon el crecimiento de los centros de elaboración 
y de minería, los puertos, las terminales ferroviarias y, sobre todo, las capitales 
nacionales y provinciales. Al producirse la expansión tanto de las ciudades como 
de la riqueza, las clases altas, especialmente en los grandes centros urbanos, se 
alejaron de su anterior ubicación de alrededor de la plaza principal y buscaron 
mejores lugares de residencia en terrenos más elevados de la periferia. Las gentes 
acomodadas, sin embargo, siguieron estrechamente vinculadas por los negocios, 
las diversiones y la tradición a la zona de la plaza y, por consiguiente, dedicaban 
esfuerzos y dinero a embellecerla y modificarla. El crecimiento de las ciudades, 
que alcanzó la mayor evidencia en las capitales nacionales y en unas cuantas capi- 
tales estatales o provinciales, fomentó y facilitó la formación de élites nacionales 
progresistas. Pero en 1930 estas élites, que en su mayor parte habían sustituido 
a los caudillos rurales de principios del siglo xix con instituciones de gobierno 
representativo que respondían a su dominación, ya se encontraban, a su vez, bajo 
la creciente presión que ejercían nuevos grupos urbanos, especialmente las clases 
medias, para que compartieran dicho control o renunciaran a él. Así pues, en 
los años comprendidos entre 1870 y 1930, la ciudad desempeñó un papel crítico 
en el desarrollo económico, social y político de América Latina. 



Capítulo 8 

LA INDUSTRIA EN AMÉRICA LATINA 
ANTES DE 1930 

Introducción 

La consecución de una sociedad moderna basada en una economía desarrolla- 
da ha sido un objetivo constante en América Latina, una meta que ha preocupa- 
do de forma intermitente a pensadores y políticos desde las revoluciones a favor 
de la independencia en los comienzos del siglo xix. El fomento de las activida- 
des de fabricación se consideraba esencial para alcanzar dicho objetivo. Había 
diversidad de opiniones sobre cuál era el medio más apropiado de estimular la 
expansión industrial: una de las opciones consistía en la ayuda directa del Estado 
a la industria y un estímulo más generalizado del crecimiento económico que fo- 
mentaría las iniciativas individuales en el sector industrial junto a inversiones en 
otras actividades. El uso frecuente que a la sazón se hacía de la palabra industria 
(que a menudo se empleaba en un contexto que en nuestros días exigiría el uso 
del vocablo industrialización) es prueba de la importancia que se le concedía y, 
posiblemente, refleja la percepción de que no se había logrado crear una base 
industrial, al menos durante el período anterior a 1930. 

Los historiadores de América Latina solían argüir que la industrialización no 
fue posible hasta después de la depresión del decenio de 1930, esto es, después 
de un período de profunda crisis en las economías capitalistas, industrializadas 
y centrales. La crisis económica mundial y la consiguiente reducción del comercio 
internacional surtieron un efecto profundo en el sector del comercio exterior de 
las repúblicas y perjudicaron a un peculiar orden socioinstitucional comprometi- 
do con una economía política que tenía sus raíces en el internacionalismo econó- 
mico. Asociada principalmente con autores que escribían desde una perspectiva 
de dependencia, se proponía la opinión de que la dislocación adversa e inducida 
externamente facilitaba la industrialización en América Latina. El derrumbamiento 
del complejo de importación-exportación hizo desaparecer un prejuicio contrario 
a la industria en las sociedades latinoamericanas, cuando la dominación política 
de una oligarquía hacendada y comercial tuvo que hacer frente a la rivalidad 



232 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

de una burguesía industrial en crecimiento y, en unos cuantos casos, a un inci- 
piente proletariado industrial y urbano. 

Una cronología parecida la habían hecho anteriormente estructuralistas que 
pretendían diferenciar entre, por un lado, un incremento de las actividades de 
fabricación (aunque limitadas en lo que se refiere a los artículos que se producían 
y restringidas desde el punto de vista geográfico) que se había registrado en mu- 
chos países latinoamericanos durante fases de crecimiento inducido por la expor- 
tación antes de 1930 y, por otro lado, la industrialización por sí misma. Los es- 
tructuralistas, que estaban en deuda con la Comisión Económica para América 
Latina y su valoración de los problemas económicos del continente después de 
la segunda guerra mundial, presentaban la industrialización como un profundo 
cambio secular que llevaba aparejadas, entre otras cosas, la decadencia relativa 
de la agricultura, la urbanización rápida y la aparición del sector industrial como 
la clave de la expansión económica autosuficiente, y argüían que en América La- 
tina la industrialización sólo podía nacer de una acción directa del Estado que 
tuviera por objeto superar factores —tales como una infraestructura inadecuada, 
la falta de integración del mercado, la demanda deficiente, una asignación de 
recursos irracional y las escaseces — que obstaculizaban la fabricación. 

Así, tanto los dependentistas como los estructuralistas se inclinaban o bien 
a pasar por alto el pleno alcance del crecimiento de las actividades de fabricación 
antes de 1930 o a quitarle importancia. Estas formas de enfocar el problema tam- 
poco supieron apreciar la originalidad de las medidas que tenían por fin promo- 
ver la diversificación durante el siglo xix y principios del xx. A resultas de 
vestigaciones recientes, actualmente se actúa con mayor prudencia cuando se hace 
la proyección de una cronología generalizada para el progreso de la fabricación: 
1914, el decenio de 1880 o incluso decenios anteriores se proponen como puntos 
de partida del crecimiento de la industria más pertinentes que 1930. La explica- 
ción basada en una sola causa que se halla implícita en los textos de los depen- 
dentistas ha sido criticada, a la vez que se han puesto en entredicho las suposicio- 
nes teóricas en que se apoya el estructuralismo. El debate en torno a los efectos 
de las perturbaciones exógenas del ritmo de crecimiento industrial en América 
Latina, actualmente, no se limita a considerar la depresión de la posguerra, sino 
que también abarca los efectos de la primera guerra mundial (acontecimiento que 
quedaba subsumido en la discusión original, aunque solía presentarse como un 
hecho de gran significación pero efímero) y, de forma más específica, las reper- 
cusiones de rupturas anteriores. Entre tales efectos destacaban las sacudidas pro- 
vocadas por la guerra en los comienzos del período nacional, así como en las 
postrimerías del siglo xix, y las crisis comerciales. Las explicaciones de las dis- 
continuidades de la industrialización sólo son convincentes si pueden sostenerse 
cuando se producían otras dislocaciones. Aunque fueron fenómenos temporales, 
cabe que la crisis de Baring a principios del decenio de 1890, el pánico de 1873 
y, de hecho, la inestabilidad de los mercados comerciales y financieros mundiales 
en 1866 fueran relativamente más importantes para las economías nacionales, 
que a la sazón se encontraban en una fase crítica de incorporación en el sistema 
internacional, que la crisis de 1929, aun reconociendo que ésta fue devastadora. 
La mayor volatilidad del sector del comercio exterior durante los años inmediata- 
mente anteriores a 1914, o de nuevo en el decenio de 1920, no fue tan espectacu- 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 233 

lar como la depresión mundial, pero no revistió menos importancia en lo que 
respecta a contribuir a un replanteamiento de la política económica que favoreció 
el crecimiento de la fabricación. 

Otros temas que actualmente son objeto de consideración fueron los ajustes 
de los regímenes arancelarios, esencialmente de las bases para el cobro de dere- 
chos y la aplicación de tarifas diferenciales a los artículos terminados, los inputs 
intermedios y las materias primas. También son importantes el valor externo de 
las divisas latinoamericanas, las tasas de inflación nacional y los movimientos 
de los precios internacionales. Todo ello está relacionado con la polémica en tor- 
no a la protección eficaz. La política crediticia y monetaria también entra en 
el debate. Además, el estudio revitalizado de la producción industrial artesana, 
de obraje y doméstica durante las postrimerías del período colonial y los princi- 
pios del nacional tiene importancia. ¿Constituyeron estas actividades «protoin- 
dustriales» una base de la que surgió el moderno sistema fabril? Relacionada 
con los logros y la durabilidad de la manufacturación «colonial» está la preocu- 
pación por los orígenes de los actores sociales que participaron en el proceso de 
crecimiento industrial. ¿Quiénes eran los industriales? ¿Cuál era su relación con 
la élite dominante: constituyó su aparición una amenaza para el statu quol Pues- 
tos a decir, ¿formaban los industriales un grupo distinto u homogéneo? Cabe 
formular interrogantes parecidos en relación con la mano de obra industrial. ¿Hasta 
qué punto puede observarse la aparición de un proletariado industrial antes de 
1930? Un lugar central del revisionismo reciente lo ocupan la economía política 
del crecimiento industrial, la formulación de la política que debía seguirse, el 
papel de los agentes y las instituciones que la formulaban, y una definición de 
la industrialización. La falta de esta definición es lo que más ha obstaculizado 
el estudio del tema desde el decenio de 1960. 



Cronología del cambio industrial 

La elaboración de una estructura generalizada para la industria de antes de 
1930 no es fácil, pero cabe identificar varios subperíodos. Si bien es posible que 
cada uno de los períodos esté claramente demarcado en cada una de las econo- 
mías latinoamericanas, las características específicas de varias fases y los proce- 
sos asociados con la transición de una fase a otra tienen un aspecto amplio, si 
no continental. La datación precisa no es posible en todas las economías y la 
duración exacta de las fases a menudo no puede definirse: la magnitud del cam- 
bio difiere entre países (cabe que los cambios pequeños en una región hayan ad- 
quirido una dimensión grande en otra). Pero es posible observar tres períodos 
distintos: primero, los decenios que siguieron inmediatamente a la independen- 
cia, años de gran reajuste para varias manifestaciones de la fabricación colonial 
en los que también se hicieron intentos de crear industria moderna; segundo, la 
época clásica de expansión inducida por las exportaciones desde aproximadamen- 
te 1870 hasta la primera guerra mundial, que es un período asociado con la mo- 
dernización institucional, la creación de una infraestructura y la expansión de 
la demanda que dio origen a un mercado de bienes de consumo y bienes de capi- 
tal; tercero, el período comprendido entre la primera guerra mundial y la depre- 



234 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

sión mundial, que se caracterizó por los cambios habidos tanto en la escala de 
la fabricación como en la composición de la producción industrial. Para algunas 
economías latinoamericanas esta tercera fase empezó alrededor de principios de 
siglo, mientras que otras no habían alcanzado el final de la segunda fase antes 
de la depresión de entreguerras. 

Las crónicas narrativas que hablan de la industria antes de 1850 permiten ha- 
cer algunas generalizaciones, la mayoría de las cuales señalan crisis y contraccio- 
nes del volumen de la producción nacional. Otros rasgos de este período son tan- 
to la diversidad de modos de producción como la supervivencia de varios procesos 
y unidades de antes de la independencia. La pluralidad de estructuras en el sector 
industrial sería una característica constante. Para los comienzos del siglo xix, 
empero, los problemas principales eran las repercusiones de la amenaza de tras- 
tornos sostenidos, provocados por las luchas en pos de la independencia, así como 
las respuestas a tales repercusiones. También revestían importancia crítica las con- 
secuencias implícitas que la liberalización del comercio exterior podía tener para 
la industria nacional. 

Varias eran las formas de fabricación que existían al empezar el período na- 
cional. En un extremo se hallaban las comunidades indias autosuficientes, que 
apenas participaban en la economía de mercado, y las grandes haciendas, como 
las productoras de azúcar del noreste de Brasil o los cultivadores de colorantes 
naturales de Mesoamérica, que, si bien cultivaban productos básicos para el mer- 
cado internacional, satisfacían la mayor parte de sus propias necesidades esencia- 
les. La producción de artículos agrícolas tropicales o subtropicales para la expor- 
tación solía apoyarse en alguna forma de mano de obra forzada y recurría a los 
talleres rudimentarios instalados en la misma hacienda para satisfacer las deman- 
das de alimentos básicos y de utensilios caseros igualmente básicos que hacían 
los ejércitos de esclavos negros o de indios semiserviles. De vez en cuando, unida- 
des industriales rurales fabricaban un excedente para' venderlo en las poblacio- 
nes, y había ejemplos de producción doméstica de las comunidades indias desti- 
nada a los mercados locales o nacionales, que generalmente se vendía en ferias 
anuales. Sin embargo, en el conjunto del continente, la fabricación era un fenó- 
meno urbano, aunque tomaba muchas formas en las capitales nacionales y pro- 
vinciales. En el ápice de la estructura industrial «colonial» se encontraba el obra- 
je. Los obrajes tenían una larga historia que databa de, como mínimo, el siglo 
xvn en los principales países de Hispanoamérica. La producción de los obrajes 
era tanto urbana como basada en fábricas y, además, de forma casi invariable, 
en gran escala. Las empresas importantes empleaban a cientos de trabajadores, 
que con frecuencia residían en el complejo fabril. También se caracterizaban por 
el uso de mano de obra servil, ya fuera reclutada obligatoriamente en el campo 
o comprada en los mercados de esclavos de las localidades. En las postrimerías 
del período colonial, en algunos centros ya se advertía una tendencia creciente, 
tanto en los obrajes como en los talleres pequeños, a emplear mano de obra asa- 
lariada, extraída principalmente de la población de color que gozaba de libertad 
o de inmigrantes recién llegados. 

Los obrajes en gran escala coexistían con unidades de producción más peque- 
ñas —talleres modestos y prósperas empresas dominadas por artesanos— virtual- 
mente en todos los centros urbanos. Sin embargo, a comienzos del siglo xix, en 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 235 

las regiones más avanzadas del continente, tales como México, ya se detectaba 
la tendencia de las empresas grandes a alejarse de las ciudades. En parte, la ten- 
dencia al cambio de ubicación de las fábricas fue fruto del deseo de escapar de 
una reglamentación excesiva por parte de gremios y municipios. Puede que en 
las postrimerías del siglo xvm este proceso se viera acelerado también por el pro- 
pósito de librarse de la atención de los administradores coloniales. Porque, de 
haberse aplicado rigurosamente las ordenanzas de los últimos Borbones contra 
la fabricación, las colonias españolas, al alcanzar la independencia, pocos esta- 
blecimientos hubieran poseído, aparte de las plantas más básicas para el trata- 
miento de productos destinados a la exportación. Prohibiciones similares contra 
la industria existían en Brasil. Pero es posible que una razón más apremiante 
para el cambio de ubicación de los talleres grandes fuese la necesidad de estar 
más cerca de la fuente de materias primas o de ríos de corriente rápida para po- 
der utilizar la maquinaria movida por fuerza hidráulica, factores que indican im- 
plícitamente que hubo cambios tanto cuantitativos como cualitativos en la fabri- 
cación a finales del período colonial. 

La diversidad en la escala de la industria nacional en sus comienzos encontra- 
ba reflejo en la variedad de la gama de artículos que se fabricaban para los mer- 
cados locales, nacionales y, de vez en cuando, extranacionales. El principal pro- 
ducto industrial —si entendemos la industria como un proceso basado en la fábrica, 
que utilizaba técnicas que no estaban demasiado lejos de las que se empleaban 
en otras economías en vías de industrialización— eran los textiles, principalmente 
los tejidos de lana, aunque la importancia de los de algodón ya era cada vez 
mayor en el decenio de 1850. Las fábricas mexicanas fueron especialmente prós- 
peras a comienzos del siglo xix. La producción textil algodonera de Brasil se fun- 
dó en el noreste antes del decenio de 1840. En economías pecuarias de otras par- 
tes, como en el Río de la Plata, se curaba y trabajaba el cuero para fabricar 
diversos productos — zapatos, delantales, pantalones, bridas, arneses, correas, 
bolsos, cubos—, destinados a satisfacer las necesidades de consumo e industria- 
les. Existía también la construcción de carros, que atendía a las necesidades del 
sector nacional del complejo exportador de productos pecuarios. Otros produc- 
tos animales, tales como la grasa y el sebo, iban destinados al mercado nacional, 
donde se usaban para producir jabón y bujías. A decir verdad, en todas partes 
se elaboraban múltiples productos rurales para el consumo nacional: desde los 
tasajos o carnes curadas hasta la harina y el pan, pasando por la cerveza, los 
vinos y los licores baratos. También se cocía loza para el servicio de mesa, cacha- 
rros, porcelana y vidrio, así como ladrillos para la construcción, todo ello desti- 
nado al mercado nacional. En las economías productoras de minerales, los viaje- 
ros extranjeros solían hacer comentarios sobre el grado de producción destinada 
a satisfacer las necesidades locales y señalaban el vigor de la metalistería mexica- 
na durante los primeros tiempos del período nacional. Para mediados del siglo 
xix, la producción de cobre y plata en Chile ya estaba dominada por el capital 
local, y la industria minera servía de vehículo para la difusión de técnicas primiti- 
vas de fundición y trabajo a otras ramas de la fabricación de metales. En Chile, 
como en México, las fundiciones de hierro procuraban satisfacer la demanda na- 
cional, que era regional y limitada. 

Sin embargo, en prácticamente todos los casos, la mayor parte de la produc- 



236 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

ción destinada al mercado nacional salía de pequeños establecimientos que em- 
pleaban una tecnología tradicional y anticuada. Además, durante el segundo cuarto 
del siglo xix, las zonas a las que servía la industria local se volvieron cada vez 
más regionales al fragmentarse los mercados nacionales, debilitados por los ma- 
les gemelos de las luchas civiles y la competencia extranjera. Una contracción 
de los horizontes del mercado reforzó los rasgos primitivos y las perspectivas es- 
tancadas de la industria latinoamericana. Pero la opinión, que antes era general, 
de que la independencia daba por resultado la adopción de una política de libre- 
cambio que arruinaba la industria nacional ya no es sustentable. Tal como revela 
el ejemplo de Buenos Aires, algunas regiones de la costa se vieron inundadas 
de manufacturas extranjeras. Los productos se colocaban a bajo precio en los 
centros urbanos más próximos que fueran capaces de comprar al contado cuando 
las expectativas exageradas de los comerciantes extranjeros en relación con el po- 
tencial del mercado no se hacían realidad, con lo cual las industrias locales resul- 
taban perjudicadas. En otras partes, la situación no está tan bien definida. Aun- 
que las luchas por la independencia destruyeron plantas industriales, diezmaron 
la población activa, dislocaron la producción y cortaron las tradicionales rutas 
del comercio (como harían luego las guerras civiles y el subsiguiente trazado de 
las fronteras nacionales), las consecuencias no fueron totalmente negativas. Un 
ejemplo que hace al caso es la industria doméstica del noroeste de Argentina. 
Antes de la independencia la región había abastecido al floreciente mercado del 
litoral y también a la zona minera del Alto Perú. El librecambio trajo consigo 
la pérdida del mercado bonaerense y las primeras victorias de los realistas en 
el Alto Perú y en Chile cerraron los mercados en el lado opuesto de la frontera 
entre realistas e insurgentes. Más adelante, los productores argentinos se verían 
aún más excluidos de estos mercados a raíz de la independencia de Bolivia y el 
aumento del proteccionismo en Chile. Sin embargo, la desintegración de Argenti- 
na, que pasó a ser una confederación de provincias, brindó cierto consuelo a 
los fabricantes regionales del oeste y el noroeste porque las potentes fuerzas del 
localismo se vieron reforzadas por la política fiscal de las indigentes administra- 
ciones provinciales, que obligaban al comercio interprovincial a pagar una pléto- 
ra de derechos. La geografía, con el refuerzo de la política fiscal, también conce- 
dió a las industrias andinas y mexicanas cierta protección natural ante los estragos 
de la competencia extranjera hasta la llegada de los ferrocarriles en el último 
cuarto de siglo. Pero los mercados regionales raras veces eran lo bastante dinámi- 
cos como para sostener una industria local, y mucho menos para revitalizarla. 
Si las perspectivas a largo plazo para las industrias coloniales de carácter tra- 
dicional eran malas, más positivas eran, en apariencia, las correspondientes a 
ramas concretas de la producción destinada a ser exportada, incluso en el período 
que concluyó en 1850. La preparación de productos pecuarios, tanto para los 
mercados continentales como para los mundiales, fue posiblemente el campo de 
la industria que registró una expansión más rápida en este período. Durante los 
decenios de 1820 y 1830, los saladeros de Buenos Aires gozaron de un acceso 
virtualmente sin restricciones a los mercados americanos de tasajo y carne sala- 
da. En el decenio de 1840 ya habían entrado en el mercado otros proveedores. 
Burlando las restricciones rosistas, los productores entrerrianos hicieron acto de 
presencia en el mercado y la producción se recuperó en Uruguay. Posteriomente, 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 237 

antes de los decenios de 1850 y 1860, en Buenos Aires el lavado de lana y la 
elaboración de sebo ovino se añadirían a la lista de unidades que trabajaban para 
los mercados de ultramar. Los comienzos del período nacional fueron menos ama- 
bles con otras industrias exportadoras. La producción de metales preciosos, du- 
rante tanto tiempo el producto principal de las colonias, se vio afectada seria- 
mente por las guerras de independencia y no se recuperó del todo hasta el decenio . 
de 1850 o incluso más tarde. La extracción de oro en Colombia, que se basaba 
en la búsqueda en pequeña escala de yacimientos aluviales, resultó menos perju- 
dicada y siguió siendo muy rentable. Pero la «extracción» en placeres no puede 
compararse con las instalaciones que se habían creado en zonas de extracción 
subterránea en Perú y México. Sólo en Chile durante el segundo tercio del siglo 
xix hubo un incremento sostenido de la producción de metal, especialmente en 
la industria del cobre, que se expandió para abastecer a los mercados nacional, 
británico y asiáticos. 

La escala de las operaciones de las empresas exportadoras variaba, igual que 
en las empresas orientadas al mercado nacional. Aunque dependían de técnicas 
rudimentarias e intensivas en trabajo, y funcionaban sólo durante la temporada 
comprendida entre noviembre y marzo, los saladeros y las graserias de Buenos 
Aires, como los explotados por los Anchorena, eran establecimientos grandes que 
empleaban a varios cientos de trabajadores e inmovilizaban grandes sumas de 
capital. Entre los decenios de 1840 y 1880, el saladero típico se transformó en 
un establecimiento importante, un tipo de fábrica. Eran empresas masivas, inte- 
gradas verticalmente, con intereses en la ganadería, el negocio de carnes, la ela- 
boración de productos derivados y la explotación al por mayor.' Se aplicaron 
nuevas técnicas de manipulación para acelerar la preparación de las reses muer- 
tas, aumentar al máximo el uso de productos derivados y, en general, incremen- 
tar la eficiencia mediante la reducción del despilfarro. Estos cambios, que fueron 
acompañados de la introducción de tinas de vapor y calderos de mayor capaci- 
dad, así como la escala misma de las operaciones, incrementaron los costes de 
la entrada en la industria y fomentaron la consolidación. En el otro extremo esta- 
ban los productores de cobre de la costa occidental. A mediados de siglo, Chile 
ya se había erigido en el mayor exportador de cobre del mundo: los «lingotes 
de Chile» estaban reconocidos como los líderes del mercado y fijaban el precio 
de referencia internacional para el cobre. Pero la industria se hallaba dominada 
por capital nacional colocado en empresas pequeñas y medianas que empleaban 
tecnología tradicional. 2 

Estas eran las «industrias» de los comienzos del período nacional. El mayor 
interés para los estudiosos del tema lo reviste la producción de artículos secunda- 
rios para el consumo nacional. Sin embargo, incluso en este período primerizo, 
en economías donde el sector de subsistencia, no monetario, era grande, las in- 



1 . Province de Buénos-Ayres, Ministére de Gouvernement, Bureau de Statistique Genérale, 
Annuaire Statistique de la province de Buénos-Ayres, 1882, Buenos Aires, 1883, p. 371; J. C. 
Brown, A socioeconomic history of Argentina, 1776-1860, Cambridge, 1979, pp. 111-112. 

2. M. J. Mamalakis, The growth and structure of the Chilean economy: f rom independen- 
ce to Allende, New Haven, 1976, p. 40; A. Pinto S. C, Chile: un caso de desarrollo frustrado. 
Santiago de Chile, 1962, p. 15. 



238 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

dustrias extractivas y exportadoras probablemente hicieron una aportación ma- 
yor a un producto nacional bruto cuantificable. La gama de artículos producidos 
para el mercado nacional, la variedad de productos destinados a la exportación 
y las grandes diferencias en las técnicas y las escalas de producción indican diver- 
sidad dentro del sector, y al mismo tiempo impiden que sea fácil clasificar las 
actividades industriales. Varias «definiciones» de la manufacturación compiten 
unas con otras por ser aceptadas. Una hace hincapié en la producción en fábricas 
(que a menudo funcionaba en conjunción con el trabajo domiciliario o putting- 
out), la utilización de fuerza mecánica, la modernidad de las técnicas de produc- 
ción y la capacidad de generar o absorber innovaciones. Una segunda forma de 
enfocar el asunto recalcaría también la escala de las operaciones y de las necesi- 
dades de capital. Se trata, no obstante, de un tema contencioso que puede no 
apreciar de forma suficiente los procesos de metamorfosis en virtud de los cuales 
los establecimientos primitivos evolucionaron hasta convertirse en unidades de 
manufacturación «modernas». Juzgados de acuerdo con estos criterios posterio- 
res, habría que descartar muchos tipos de producción doméstica (cottage industry) 
y domiciliaria y, posiblemente, habría que hacer lo mismo con la producción de 
algunas empresas artesanales. En una tercera definición se distingue entre la pro- 
ducción de manufacturas acabadas, la elaboración y la refinación de materias 
primas. El resultado de esta definición sería excluir la mayoría de las industrias 
que preparaban productos para la exportación. 

Las definiciones son menos problemáticas durante el segundo período princi- 
pal de la expansión industrial de América Latina. Aunque la producción artesa- 
nal y doméstica sobrevivió en muchas zonas (lo que pone de relieve la naturaleza 
fragmentaria del sector industrial), se registraron cambios profundos a resultas 
de la inserción progresiva y más completa del continente en la economía mundial 
después del decenio de 1870. Una de las consecuencias que trajo consigo la inte- 
gración de América Latina en la economía internacional fue la modernización 
de la infraestructura. La construcción de puertos y ferrocarriles, especialmente 
en los países del Cono Sur, Argentina, Chile y Uruguay, así como en partes de 
Brasil, hizo que los productores nacionales conocieran los rigores de la compe- 
tencia extranjera. El creciente volumen de las importaciones y la monetización 
de la economía borraron virtualmente lo que quedaba de la producción industrial 
de estilo colonial. En otras partes, las pautas incompletas o regionalmente sesga- 
das de la construcción de ferrocarriles perjudicaron, si no destruyeron por com- 
pleto, los procesos de fabricación artesanal y de otras clases tradicionales. Facto- 
res parecidos también ocasionaron la transformación total de varios tipos de 
productos para la exportación. En ninguna parte el cambio fue más completo 
que en la industria del cobre chilena después del decenio de 1880. El capital local 
no pudo o no quiso pasar de una forma de producción basada en el aprovecha- 
miento rudimentario de minerales de cobre de calidad superior empleando técni- 
cas sencillas a otra forma que dependía del uso depurado de tecnología intensiva 
en capital y de producción en gran escala, ambos requisitos necesarios para ex- 
traer cobre de minerales de baja calidad. El resultado fue el crecimiento rápido 
del tamaño de la empresa y la desnacionalización de la industria, tendencia que 
reflejó lo que antes había ocurrido en la costa occidental con la extracción de 
nitrato y que presagiaba tendencias parecidas, primero, en la producción de me- 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 239 

tales no ferrosos en los Andes y en México y, posteriormente, en la de petróleo. 

Cabe observar tendencias correspondientes en otras ramas de la producción 
destinada a ser exportada. El aceleramiento de la demanda mundial, unido a las 
innovaciones en la refinación, hizo que la producción de caña de azúcar se con- 
virtiese en un proceso más complejo e integrado, lo que en parte respondía a 
la amenaza de proteger la producción nacional de remolacha en los mercados 
europeos. En el Caribe, los cambios habidos en la escala y la organización de 
la producción estuvieron asociados con la posición dominante que pasó a ocupar 
el capital de las sociedades norteamericanas. En México, y de forma más especial 
en Perú, predominó el capital nacional, que absorbió y sostuvo las innovaciones 
tecnológicas en la refinación y en la organización del cultivo de caña. 3 Las in- 
novaciones tecnológicas y la creciente discriminación que mostraban los merca- 
dos extranjeros también fomentaron la desnacionalización de la industria elabo- 
radora de productos pecuarios en el mercado del Río de la Plata. 4 Tanto en 
Argentina como en Uruguay y, en menor medida, en Brasil, el paso de la produc- 
ción de tasajo y carne salada de baja calidad a las industrias cárnicas de tipo 
moderno dio por resultado la pronta penetración del capital extranjero, que aca- 
bó obteniendo la hegemonía. En Argentina, en el decenio de 1880 se había creado 
una planta congeladora de carne con capital anglocriollo, aunque los saladeros 
tradicionales continuaron dominando las exportaciones de carnes preparadas hasta 
finales del siglo xix, momento en que el valor de las exportaciones de carnero 
congelado superó el de las exportaciones de tasajo. Pero la aparición de las em- 
presas cárnicas estadounidenses en 1907, cuando la carne de buey congelada ya 
representaba la mitad del valor de las exportaciones totales de carne, señaló el 
final de la dominación del capital inglés y también la presencia importante de 
las finanzas nacionales. La participación británica en la industria se salvó sólo 
debido a la primera guerra mundial y a la gran importancia que el mercado britá- 
nico tuvo para las exportaciones de carne de buey refrigerada durante los dece- 
nios de entreguerras. 

Así pues, la combinación del crecimiento de la demanda mundial de exporta- 
ciones latinoamericanas y el aceleramiento de los cambios tecnológicos tuvo con- 
secuencias profundas para varias industrias exportadoras. Técnicas extractivas 
o de tratamiento más modernas transformaron la escala y la naturaleza de la 
producción. El resultado era con frecuencia la pérdida del control nacional. Igual- 
mente significativo fue el tipo de planta que apareció en aquel entonces. En 1914 
las minas de cobre chilenas de El Teniente y Chuquicamata iban camino de con- 
vertirse en, respectivamente, las explotaciones a cielo abierto y subterráneas ma- 
yores del mundo. Las plantas de preparación de carne Armour y Swift de Buenos 
Aires durante el decenio de 1920 resistían la comparación con las que dichas em- 
presas tenían en Chicago. En resumen, en vísperas de la primera guerra mundial 
las plantas exportadoras de América Latina, que eran intensivas en capital, pre- 



3. Véase B. Albert y A. Graves, eds., Crisis and change in the international sugar eco- 
nomy, 1860-1914, Londres, 1985, I, pp. 165-166, 200-201. 

4. S. G. Hanson, Argentine meat and the British market: chapters in the history of the 
Argentine meat industry, Palo Alto, 1938, pp. 53-54, 143, 144-185; J. Fuchs, La penetración 
de los trusts yanquis en la Argentina, Buenos Aires, 1958, pp. 193-197. 



240 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

sentaban la misma escala y la misma estructura que los establecimientos extracti- 
vos y de preparación de otras partes del mundo. 

Sin embargo, las unidades modernas en gran escala no eran un fenómeno 
exclusivo del sector de exportación. A principios del siglo xx algunas fábricas 
intensivas en capital ya producían para el mercado nacional. Los cambios técni- 
cos en la elaboración de cerveza, que requerían grandes sumas de capital, fueron 
adoptados rápidamente en varios países durante los decenios de 1900 y 1910. 
Las fábricas de cerveza de Quilmes y Lomas de Zamora, cerca de Buenos Aires, 
tenían fama de estar entre las mayores del mundo en lo que se refiere a la produc- 
ción de cervezas ligeras, mientras que la fábrica Antartica de Sao Paulo ya estaba 
acreditada como una de las mayores sociedades anónimas de Brasil. 5 Igualmen- 
te avanzadas y rentables eran las modernas fábricas de harina, como revelaba 
la Rio de Janeiro Flour Mills and Granaries Company, en la que había capital 
británico. 6 Podrían citarse ejemplos parecidos en otras economías donde en 1914 
ya hubieran aparecido mercados urbanos concentrados y grandes. Para esa fe- 
cha, las ciudades importantes ya estaban dotadas de fábricas automatizadas que 
producían diversos alimentos y bebidas. Satisfaciendo otras demandas básicas 
de consumo y utilizando técnicas de producción en masa, había sucursales de 
Alpargatas, S. A., en Argentina y Brasil, las cuales, como su nombre indica, 
fabricaban calzado barato para el extremo inferior del mercado. 7 Las manufac- 
turas textiles también estaban muy avanzadas en México y en Brasil en vísperas 
de la primera guerra mundial y muchas fábricas daban empleo a gran número 
de trabajadores que manejaban modernas máquinas de hilar y tejer. Al igual que 
las del sector de exportación, estas fábricas eran grandes, dominaban los distritos 
donde estaban situadas y utilizaban algunos de los procesos más modernos que 
se conocían en aquel tiempo. Sin embargo, estas empresas eran atípicas y en la 
mayoría de los casos la norma la constituían talleres intensivos en trabajo que 
daban empleo a grupos reducidos de trabajadores. El Anuario de 1882, publica- 
do por el gobierno provincial de Buenos Aires, indicaba que el promedio de tra- 
bajadores empleados en los establecimientos industriales era de seis y el número 
oscilaba entre un solo obrero empleado en la única destilería de la provincia y 
los 145 que por término medio trabajaban en los saladeros. El tercer censo nacio- 
nal, elaborado en 1914, demuestra que las unidades pequeñas seguían siendo el 
rasgo dominante de la mayoría de las ramas de la industria. 8 Hasta bien entra- 
do el siglo xx, las empresas industriales chilenas ajenas al sector minero consta- 
ban como «grandes» si daban empleo a más de cinco trabajadores, criterio que 
indica la continuación de los talleres más que la aparición de fábricas modernas. 
En 1914, los establecimientos que empleaban a menos de cinco trabajadores se- 

5. Cervecería Bieckert, S. A., Centenario 1860-1960, Buenos Aires, 1960; La Época, 31 
de agosto de 1918; J. Padilla, Datos estadísticos referentes a la industria cervecera, Buenos 
Aires, 1917. 

6. R. Graham, Britain and the onset of modernization in Brazil, 1850-1914, Cambridge, 
1968, pp. 146-149, y «A British indus'try in Brazil: Rio Flour Mills, 1886-1920», Business His- 
tory, 7/1 (1966), pp. 13-38. 

7. Graham, Britain, pp. 144-145. 

8. Province de Buénos-Ayres, Annuaire Statistique, p. 371; República Argentina, Tercer 
Censo Nacional, 1914, Buenos Aires, 1916, VII, pp. 26-34. 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 241 

guían representando más de la mitad de las manufacturas producidas en Chi- 
le. 9 Las unidades pequeñas también caracterizaban a las industrias peruanas fun- 
dadas después de la guerra del Pacífico, especialmente las de alimentos, artículos 
de cuero, tabaco y muebles. La única excepción eran los textiles de algodón: las 
fábricas peruanas, al igual que las mexicanas y las brasileñas, eran grandes y 
satisfacían alrededor del 50 por 100 del consumo nacional en 1908. 10 

Desde hace tiempo se reconoce este rasgo como una debilidad estratégica en 
la evolución de las industrias latinoamericanas. La adopción por parte de algunas 
empresas de modernas técnicas capitalistas de fabricación no dio por resultado 
la transformación rápida (o siquiera lenta) de industrias enteras. Procesos y uni- 
dades arcaicos coexistían con otros modernos. Las industrias siguieron siendo 
fragmentarias y la diversidad de técnicas que se empleaban y la pluralidad de 
estructuras de organización obstaculizaban la integración en el nivel de la indus- 
tria e impedían las transferencias entre sectores. La compartimentación de la fa- 
bricación y el aislamiento de las empresas individuales dentro de las industrias 
impedían la profundización de los efectos hacia adelante y hacia atrás sobre el 
sector industrial, en virtud de los cuales aparecían proveedores especializados de 
bienes de producción a modo de respuesta al crecimiento de la producción de 
manufacturas acabadas. A diferencia de Japón, pocas economías latinoamerica- 
nas podían establecer una relación simbiótica entre la fábrica en gran escala e 
intensiva en capital y los talleres pequeños (o industria doméstica). 

Tradicionalmente, se ha recalcado la dualidad de la industria latinoamericana 
en el subperíodo comprendido entre las postrimerías del siglo xix y los comien- 
zos del xx. Las unidades de alta tecnología y en gran escala dedicadas al trata- 
miento de minerales y de algunos productos agrícolas caracterizaban al sector 
de exportación. La fabricación para el consumo nacional se llevaba a cabo en 
talleres pequeños, intensivos en trabajo y primitivos, que suministraban princi- 
palmente alimentos, bebidas, prendas de vestir y calzado al extremo inferior del 
mercado. Esta imagen tan dicotómica es discutible en tres aspectos. En primer 
lugar, tal como se ha argüido, cabía observar unidades intensivas en capital en 
unos cuantos tipos de producción de bienes perecederos con destino al mercado 
nacional. En segundo lugar, los fabricantes locales proporcionaban una variedad 
de artículos más amplia de lo que podía identificarse antes. La producción de 
aceites industriales, maquinaria para las minas y papel ya era un rasgo fijo 
de la industria chilena en 1914." Una gran mezcla de productos metálicos para 
el hogar y la industria se estaba fabricando en Argentina en el decenio de 1880 
utilizando hierro en barras importado. Entre 1895 y 1914, el número de trabaja- 
dores empleados en las industrias metalúrgicas argentinas creció de 6.000 a más 
de 14.600, algunos de ellos empleados en fábricas grandes como la fundición Va- 

9. J. G. Palma, «External disequilibrium and internal industrialization: Chile, 1914-1935», 
en C. Abel y C. M. Lewis, eds., Latín America, economic ¡mperialism and the state: the politi- 
cal economy of the external connection from independence to the present, Londres, 1985. 

10. R. Thorp y G. Bertram, Perú 1890-1977: growth and poticy in an open economy, Lon- 
dres, 1978, p. 120. 

11. H. W. Kirsch, Industrial development in a traditional society: the conflict ofentrepre- 
neurship and modernization in Chile, Gainesville, 1977, pp. 25-45; O. Muñoz, Crecimiento in- 
dustrial de Chile, 1914-1965, Santiago, 1968, pp. 53, 55-56. 



242 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

sena. 12 De modo parecido, en Brasil la metalistería ya estaba muy arraigada en 
el decenio de 1890 y varias compañías se fundaron en el tercer cuarto de siglo. 
En Brasil, y en otros países también, se fabricaban productos químicos (produc- 
tos farmacéuticos y materias primas para la industria). En tercer lugar, en unas 
cuantas economías había otro tipo de industria pesada: la que representaban los 
talleres y las instalaciones de reparaciones de las grandes compañías de servicios 
públicos, especialmente los ferrocarriles. En los primeros años del siglo xx, la 
totalidad de los principales ferrocarriles latinoamericanos disponía de extensas 
instalaciones de mantenimiento, algunas de las cuales ya habían empezado a fa- 
bricar material rodante y hasta locomotoras. 13 De acuerdo con cualquier defini- 
ción, eran importantes complejos industriales que satisfacían las necesidades del 
mercado nacional. De vez en cuando, la escala de las operaciones de estos esta- 
blecimientos sólo era comparable con la de las fábricas de armas y los arsenales 
y astilleros del gobierno. 

¿Qué puede decirse de la fase final que va de la primera guerra mundial a 
la depresión mundial? Como hemos indicado antes, es imposible construir un 
marco general para el continente. En unos pocos casos puede que la primera gue- 
rra mundial ocasionara un cambio del crecimiento industrial a la industrializa- 
ción. En otras partes, los primeros decenios del siglo xx vieron un proceso de 
expansión continua, aunque irregular, de la producción manufacturera, mientras 
los avances cualitativos — principalmente en términos de la organización de la 
producción— quedaban limitados a niveles de subsector. Y en algunas economías 
el ritmo del cambio industrial disminuyó durante los decenios de 1910 y 1920. 
En Brasil, suele presentarse la guerra como un factor que aceleró la transforma- 
ción hacia la industrialización, estimuló la distribución de recursos, la formula- 
ción de la política que debía seguirse y la consolidación institucional a favor de 
la fabricación. También se arguye con confianza que Chile se industrializó entre 
1914 y 1936 o, mejor dicho, que la industria asumió el papel de sector principal 
durante el citado período. Pero hay desacuerdo en torno a si este proceso repre- 
sentó un progreso inevitable respecto de la era del nitrato o contrasta con un 
debilitamiento del compromiso con la fabricación durante los primeros decenios 
del siglo. Argentina suele presentarse como un caso de expansión industrial soste- 
nida, aunque cíclica y específica de subsectores, desde el decenio de 1890 hasta 
el de 1920. Sin embargo, esta cronología ha sido objeto de críticas, especialmente 
en lo que se refiere al período 1914-1933, que se ha proyectado como un pe- 
ríodo de oportunidades desperdiciadas, una era en que el potencial de industriali- 
zación no se llevó a cabo. 14 El sector manufacturero de Perú, en cambio, fue 
testigo de un ocaso secular. Después de años de floreciente actividad industrial 
entre 1891 y 1908, los veinte años siguientes fueron un período de recaída. La 

12. R. Cortés Conde y E. Gallo, La formación de la Argentina moderna, Buenos Aires, 
1967, pp. 77-78; V. Vázquez-Presedo, El caso argentino: migración de factores, comercio exte- 
rior y desarrollo, 1875-1914, Buenos Aires, 1971, pp. 223-224; La Época, 10 de septiembre de 
1918; Anuario La Razón, 4 (1920), p. 158. 

13. C. M. Lewis, «Railways and industrialization: Argentina and Brazil, 1870-1920», en 
Abel y Lewis, Latin America; Kirsch, Industrial development, pp. 12, 32-33. 

14. G. Di Telia y M. Zymelman, Las etapas del desarrollo económico argentino, Buenos 
Aires, 1967. 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 243 

flojedad de la demanda nacional, las consecuencias negativas de la estabilización 
del cambio y la reducción de las medidas encaminadas a proteger a los fabrican- 
tes locales produjeron una disminución del ímpetu de la actividad industrial a 
la vez que las importaciones desplazaban a los artículos de producción nacional 
en el mercado interior. 15 

En Argentina, la relación entre la producción agrícola y ganadera y la pro- 
ducción de manufacturas había pasado de 2,1:1 en 1900 a 1,3:1 en 1929, lo cual 
confirmaba que, si bien el índice de producción agrícola había aumentado de 
29 a 117, el de fabricación se había incrementado a un ritmo mucho más rápido, 
de, 9 a 46 (1950= 100). 16 Estas tendencias indican una importante reestructura- 
ción de la economía, a pesar de que la fabricación aumentó a partir de una base 
pequeña o de que continuó el sesgo favorable a la preparación de alimentos en 
el sector industrial. No obstante, el citado sesgo no debe exagerarse, ya que, si 
bien la producción de alimentos y bebidas aumentó en un factor de 3,5 y la de 
prendas de vestir en uno de 3,6, la producción de la industria química creció 
en un factor de 6,1 y la de metales, maquinaria y vehículos en 25,6. A finales 
del decenio de 1920 se registró también una notable actividad industrial en Méxi- 
co, que en parte obedecía a que el país se estaba recuperando de los efectos de 
la Revolución, aunque también representaba un avance respecto de los logros 
de Porfirio Díaz. La producción manufacturera, que había crecido en un prome- 
dio del 3,1 por 100 anual durante el período 1901-1910, registró un descenso del 
0,9 por 100 anual de 1911 a 1921 y, luego, se expandió en un promedio anual 
del 3,8 por 100 entre 1922 y 1935." Tanto en México como en Brasil, los cam- 
bios cualitativos de la fabricación se reflejaron en un aumento del consumo de 
electricidad (que sólo en parte se explica por el abandono de formas más antiguas 
de generar fuerza como, por ejemplo, el vapor), en especial de hidroelectricidad 
barata. También se produjo un incremento del tamaño de la empresa. En el caso 
de Brasil hay desacuerdo en torno a si en ese momento la fabricación estaba a 
punto de convertirse en el principal sector de la economía. Lo que no admite 
dudas es la expansión irregular pero no menos espectacular que experimentó la 
producción industrial entre 1914 y 1929. Quizá el rasgo más significativo de los 
años postreros de este período fueron dos hechos interrelacionados en las esferas 
de los medios de transporte, los productos químicos y los artículos eléctricos. 
Fruto de la mayor disponibilidad de fuerza eléctrica y de la expansión de la de- 
manda nacional, el primero de tales hechos fue el incremento acelerado de la 
capacidad productiva; el segundo, la penetración del capital de las compañías 
transnacionales en estos subsectores. Cabe observar cuatro tendencias clave en 
lo que se refiere a la industria chilena entre 1914 y 1929, que fue un período 
de expansión sostenida aunque variable. En la escala de producción hubo un cam- 
bio a favor de empresas mayores; los fabricantes locales incrementaron su parti- 
cipación en el mercado nacional en aproximadamente un 50 por 100; hubo un 
descenso relativo de la importancia de los artículos de consumo corriente (tales 



Thorp y Bertram, Perú 1890-1977, pp. 112, 118-131. 

C. F. Díaz Alejandro, Essays on the economic history of the Argentine Republic, New 
, 1970, pp. 418, 420, 433-434, 449. 
L. Solis, La economía mexicana, México, 1970, cuadro III:I. 



244 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

como alimentos y textiles) en la producción total de manufacturas naciona- 
les y un aumento de la parte correspondiente a los bienes de consumo durade- 
ros, los bienes de producción y los bienes de capital (por ejemplo, papel, pro- 
ductos químicos, maquinaria y medios de transporte); las manufacturas aumen- 
taron su participación relativa en el producto nacional bruto (lo que fue en 
parte resultado de la crisis en la producción de nitrato). 18 Asimismo, en el de- 
cenio de 1920 hubo un aumento ininterrumpido, posiblemente por primera vez 
en el período moderno, de la producción de la industria colombiana y de la inver- 
sión en ella. 

La diversificación intersectorial — identificada con una expansión de la pro- 
ducción de bienes de consumo duraderos (abarcando tanto la fabricación de en- 
seres domésticos como el montaje de vehículos), una mayor mezcla de bienes de 
producción, incluyendo los productos químicos, y algunos bienes de capital- 
fue un proceso generalizado que tuvo lugar en la mayoría de las economías más 
importantes y en varios de los más avanzados estados de segunda categoría, como 
Chile y Uruguay, entre el decenio de 1900 y 1929. En estas economías la produc- 
ción fabril acabó desplazando al artesano. La consolidación de las industrias des- 
pués de 1930 da fe del alcance de la base manufacturera anterior a la depresión. 
Obviamente, es fácil exagerar la magnitud del cambio industrial de comienzos 
del siglo xx. El crecimiento de la producción de manufacturas y de la capacidad 
industrial instalada debe contrastarse con la continuación del dominio del sector 
del comercio exterior. La agricultura y la minería frecuentemente seguían siendo 
el foco de la actividad, aunque pueda proyectarse la industria como sector diná- 
mico, posiblemente el más dinámico. Las crónicas complacidas que presentan 
un avance inexorable hacia una sociedad industrial en Argentina, Brasil y, sobre 
todo, Chile deben contrastarse con interpretaciones más prudentes que recalquen 
el hecho de que los límites de la expansión industrial fragmentaria (aunque diver- 
sa), motivada por el crecimiento inducido por las exportaciones, ya se habían 
alcanzado en el decenio de 1920. Posiblemente, las economías latinoamericanas 
ya habían agotado su capacidad de incrementar el flujo de las exportaciones por 
medio del uso extenso de los recursos naturales. La inestabilidad que después 
de 1914 experimentaron los mercados financieros y de productos básicos en el 
Atlántico Norte indicó los beneficios limitados que reportaría la integración con- 
tinuada en una economía mundial fundamentada en la división internacional del 
trabajo. La fase fácil de la expansión industrial, la fase enraizada en el trata- 
miento de productos rurales, la refinación de minerales y la fabricación de bienes 
de consumo básicos, se acercaba a su fin en las economías mayores. La profundi- 
zación de la base industrial y, de hecho, el continuo crecimiento de la producción 
de manufacturas requerían una reestructuración fundamental del orden social que 
permitiese formular directrices que estuvieran en consonancia con las necesidades 
del sector industrial. El atasco que sufrió el crecimiento industrial en Perú fue 
una advertencia a otros países, aunque fuese el resultado de determinada combi- 
nación de circunstancias. Colombia presenta un ejemplo diferente de los límites 
del crecimiento industrial: en el decenio de 1920 sólo el 3 por 100 de la población 
activa estaba empleada en la fabricación, principalmente en talleres pequeños que 

18. Palma, «External disequilibrium». 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 245 

en poco se diferenciaban de las formas de producción artesanas. 19 En este con- 
texto las repercusiones de la primera guerra mundial fueron críticas. La guerra 
reveló deficiencias estratégicas en las economías latinoamericanas y subrayó los 
peligros de depender excesivamente del sector exterior. En lo que respecta a la 
fabricación nacional, la guerra fomentó la utilización más eficiente de la capaci- 
dad instalada, a la vez que los reajustes de después de 1919 reforzaron la posición 
que las empresas en gran escala ocupaban en la mayoría de las industrias. 



Industrialización inducida por las exportaciones 
v perturbaciones exógenas 

Muchas de las condiciones que son esenciales para el crecimiento de la indus- 
tria aparecieron durante ciclos de crecimiento inducido por las exportaciones. La 
expansión del sector del comercio exterior facilitó la consolidación de una econo- 
mía monetaria entre el decenio de 1870 y el de 1920, y fomentó los sistemas polí- 
ticos estables y a veces semirrepresentativos. Mucho antes de finalizar el siglo 
xix, la mayoría de los estados latinoamericanos habían resuelto con fortuna pro- 
blemas relacionados con las fuerzas centrífugas desestabilizadoras del localismo 
y el regionalismo que cristalizaron durante las revoluciones de la independencia. 
La inserción efectiva en la economía mundial, basada en el comercio internacio- 
nal y en una utilización racional de los recursos naturales del continente, concen- 
trada en el abastecimiento de los productos básicos con respecto a los cuales los 
países de la región gozaban de la mayor ventaja relativa, produjo, entre otras 
cosas, la modernización de los transportes y las comunicaciones que, para algu- 
nos, generaron orden y progreso. La construcción de ferrocarriles y la instalación 
de líneas de telégrafos (y, de hecho, la profesionalización de las fuerzas armadas) 
proporcionaron estabilidad política y un ambiente propicio a la expansión econó- 
mica general, que a su vez produjo el contexto social, jurídico e institucional 
dentro del cual tuvo lugar la expansión de las manufacturas destinadas al consu- 
mo nacional. La producción básica para la exportación iba asociada con el incre- 
mento de los beneficios nacionales, la anuencia de capital extranjero y un aumento 
de la demanda de consumo ocasionado por el crecimiento demográfico, alimen- 
tado por la inmigración, y la consolidación de una economía salarial. 

Este modelo de desarrollo industrial hace hincapié en la difusión de finanzas 
y pericia del sector del comercio exterior a la fabricación nacional. Antes de em- 
pezar el siglo, cuando los fabricantes norteamericanos y europeos comenzaron 
a enviar sus agentes al continente, el comercio latinoamericano estaba dominado 
por empresas que representaban a muchas compañías y comerciaban con diver- 
sos productos. Hacían las veces de consignatarios y de vínculo entre los produc- 
tores y los consumidores (de exportaciones) y entre los fabricantes y los clientes 
(de importaciones industriales). Comerciando con una mezcla heterogénea de pro- 
ductos y actuando con frecuencia en volátiles mercados de divisas, las empresas 
también ofrecían rudimentarios servicios bancarios y ponían en marcha proyec- 

19. W. P. McGreevey, An economic history of Colombia, 1845-1930, Cambridge, 1971, 
p. 213. 



246 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

tos ferroviarios. Dado su acceso a los beneficios del sector de exportación y su 
conocimiento íntimo del mercado, las empresas comerciales estaban bien situadas 
para responder a las variaciones de los tipos de cambio o a las modificaciones 
marginales de los regímenes arancelarios que inclinaban la balanza hacia la fabri- 
cación nacional en detrimento de la importación, especialmente para productos 
voluminosos de primera necesidad, donde los beneficios por unidad eran bajos 
y la producción nacional podía verse favorecida por el abastecimiento de materia 
prima barata o atraer subvenciones del Estado. Además, las empresas comercia- 
les, que eran manifestaciones del capital comercial en un período de transición 
acelerada hacia el capitalismo industrial y posiblemente financiero, se veían res- 
tringidas por la continua transformación industrial de las economías del Atlánti- 
co Norte. Nuevos procesos de fabricación y depurados productos industriales en 
un entorno cada vez más competitivo requerían una comercialización cuidadosa 
o unos servicios posventa que las empresas de importación y exportación no po- 
dían proporcionar. Las empresas también estaban sometidas a la presión de otras 
tendencias, sobre todo a la disminución de los márgenes de beneficios, que alen- 
taba a las empresas industriales extranjeras a interiorizar todos los aspectos de 
la producción y la comercialización, y a buscar la representación directa en los 
mercados latinoamericanos o a forjar vínculos estrechos entre la producción y 
las finanzas. Esta tendencia era especialmente pronunciada en las economías ca- 
pitalistas de mayor dinamismo. La clase de institucionalización de la industria 
y la banca que tuvo lugar en Alemania era especialmente peligrosa para las tradi- 
cionales empresas mercantiles que actuaban en regiones tales como América Lati- 
na, puesto que varios bancos extranjeros ya se encontraban instalados firmemen- 
te en las repúblicas. Una opción que se les ofrecía a las empresas era dedicarse 
a fabricar. Se apresuraron a aprovecharla empresas de la costa occidental como, 
por ejemplo, Graham Rowe, Duncan Fox y Balfour Williamson, que entraron 
en los ramos de refinación del azúcar, textiles de algodón y molturación, respecti- 
vamente. 

Los inmigrantes constituían otro ramal del empresariado industrial, como ve- 
remos más adelante. Durante los períodos de inmigración, capitalistas modestos 
ponían en marcha diversas empresas, aunque es posible que muchas de ellas se 
diferenciasen poco de los obrajes pequeños. De vez en cuando algunos individuos 
fundaban clanes, como los Matarazzo de Sao Paulo o los Di Telia de Buenos 
Aires, e imperios industriales. Estos individuos, y algunos de sus imitadores de 
menor importancia, no sólo triunfaban en el terreno económico, sino que, ade- 
más, lograban que se les aceptara en la buena sociedad y pasaban a engrosar 
las filas de la oligarquía: ejemplos de ascensión social que demuestran que en 
algunos países las élites dominantes tal vez no eran tan cerradas como a veces 
se las presenta. Las élites chilena y colombiana, en particular, demostraban su 
capacidad de absorber a los inmigrantes con talento que aspiraban a entrar en ellas. 

En el caso de Brasil, Warren Dean ha argüido que el capital nacional que 
en un principio se concentró en el sector de exportación desempeñaría luego un 
papel central en la expansión de las manufacturas. 20 Los fazendeiros, ya fuera 
actuando de forma independiente o asociados con extranjeros, participaron en 

20. W. Dean, The industríalization of Sao Paulo, 1880-1945, Austin, 1969. 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 247 

diversas actividades, de fabricación y de otros tipos, que no siempre eran subsi- 
diarias del negocio del café. Del mismo modo que el café generó el crecimiento 
de las rentas que sirvió de punto de apoyo para la expansión de la demanda de 
manufacturas, también los beneficios obtenidos del café financiaron las empre- 
sas industriales creadas por miembros de la élite nacional. Esta hipótesis es con- 
vincente. Y el centro del debate se ha desplazado más allá de la discusión directa 
de la industrialización. La monetización de la economía fue esencial para el desa- 
rrollo de un mercado, pero la naturaleza y los cambios en la composición de 
la demanda total revestían gran importancia para el consumo de manufacturas. 
El alza de los salarios reales permitía aquel crecimiento de las rentas discreciona- 
les en que se fundó una demanda de manufacturas más diversificada, que no 
abarca sólo artículos básicos, sino también bienes de consumo duraderos. Puede 
ser que en Brasil la política del Estado fuera más sensible a las demandas de 
la industria de lo que se había argüido hasta ahora. Así pues, ya no es sosteni- 
ble la forma de presentar la historia de la industrialización brasileña que contra- 
pone la fabricación a la agricultura. Los industriales reconocieron que existía una 
comunidad de intereses con el sector del café y se percataron de que las ganancias 
obtenidas con éste generaban las divisas extranjeras que se necesitaban para im- 
portar maquinaria industrial y materias primas, además de determinar el nivel 
general de actividad en la economía. Los fazendeiros paulistas eran capitalistas 
racionales; diversificaban los intereses y distribuían el capital del modo que pro- 
porcionara beneficios máximos, y mostraban preferencia por las pautas de inver- 
sión sociales e institucionales. La inestabilidad del sector del café hacía adoptar 
un enfoque pragmático en lo referente a la propiedad de la tierra y fomentaba 
el abandono del cultivo de dicho producto por el de productos básicos y por la 
fabricación. 

¿Un enfoque que se basa en gran parte en la experiencia de Sao Paulo puede 
generalizarse de forma que incluya otras partes de Brasil, otras zonas producto- 
ras de café o incluso otras economías exportadoras primarias? El ejemplo de Mé- 
xico indica los límites del crecimiento industrial inducido por las exportaciones. 
Al igual que en otras partes, México experimentó una modernización infraestruc- 
tural, aunque fuera con retraso, y, si bien el volumen de construcción de ferroca- 
rriles fue inferior y con mayor concentración regional que, por ejemplo, en los 
países del Cono Sur, la mayor parte de la red ferroviaria se hallaba situada (ex- 
ceptuando los distritos mineros del norte) en las zonas de mayor densidad demo- 
gráfica. México no gozaba solamente de un grado importante de diversificación 
de las exportaciones, sino también de un sector minero que permitía efectuar trans- 
ferencias de tecnología a la metalistería orientada al mercado nacional. Y, como 
hemos indicado anteriormente, en el momento de obtener la independencia, el 
país poseía la base manufacturera más grande, desarrollada y diversificada de 
América Latina. No fue, pues, nada raro que, al parecer, la fabricación ya estu- 
viese bien arraigada en 1911. Probablemente, la metalistería estaba más avanza- 
da que en cualquiera de los estados suramericanos y la industria textil sólo era 
superada por la brasileña. Pero el ritmo de la expansión industrial empezaba a 
decaer en vísperas de la Revolución. 

Los síntomas de crisis prerrevolucionarias en la fabricación eran numerosos. 
Hubo un incremento de la inestabilidad causado por el carácter cíclico general 



248 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

de la economía mundial durante los años inmediatamente anteriores a la primera 
guerra mundial, inestabilidad que se vio exacerbada por los problemas peculiares 
del sector de la minería de la plata y por los intentos de México de ajustarse al 
patrón oro. En el campo de las manufacturas, la intensidad de la crisis la revelaron 
las quiebras y el aumento de las tensiones entre el trabajo y el capital, que dieron 
origen a huelgas, cierres patronales y una creciente oleada de represión contra 
la mayor militancia obrera. Motivo central de los problemas de la fabricación 
nacional fue el hecho de que el crecimiento de las exportaciones no fomentase 
una expansión dinámica del mercado nacional. Ante la depresión de la demanda 
nacional, poca importancia tuvieron los elevados derechos de importación y la 
mayor incidencia de una protección efectiva resultante de la depreciación de la 
moneda. Entre finales del siglo xix y 1911, los salarios reales en México dismi- 
nuyeron alrededor de la mitad, aunque había grandes diferencias regionales. Este 
índice de pobreza lo explicaba en parte la forma de muchas actividades del sector 
de exportación, una forma que era intensiva en capital. De modo más particular, 
se debía a la naturaleza del modelo porfiriano, que facilitaba la penetración ex- 
tranjera y unas pautas excepcionalmente asimétricas de distribución de la rique- 
za. El resultado fue la pérdida de recursos de México y unas limitadísimas trans- 
ferencias de rentas nacionales. Interrelacionado con estos problemas, estaba el 
incremento del coste de la subsistencia (que restringía las rentas disponibles en 
la economía monetaria), fruto de una contracción del abastecimiento de artículos 
alimentarios de primera necesidad, debido a que la tierra fértil se destinó a pro- 
ducir para la exportación. Los salarios también se vieron comprimidos por el 
crecimiento demográfico y el gran tamaño del sector de subsistencia — ejército 
de mano de obra en reserva—, que contribuyó aún más a deprimir las tasas sala- 
riales de los trabajadores urbanos. En estas circunstancias, la fabricación en Mé- 
xico, que antes mostraba varios rasgos positivos (a saber: preferencia por la res- 
ponsabilidad limitada, capacidad de aplicar nueva tecnología y notable diversidad 
de productos), probablemente ya se había estancado a comienzos del siglo xx. 
La producción global y las tasas sectoriales de crecimiento de la industria alcan- 
zaron su punto más alto en 1907 y descendieron a partir de entonces. Hizo falta 
la Revolución para que se produjera un cambio de marcha que elevase la produc- 
tividad en la fabricación e iniciara un nuevo ciclo de acumulación e inversión. 
Sin embargo, si la principal debilidad del crecimiento inducido por las expor- 
taciones en México fue el no haber generado un incremento de la demanda de 
bienes salariales por medio de un mayor empleo o del alza de las rentas reales 
en una economía donde había una nutrida población indígena, estas condiciones 
no se repitieron en las otras economías grandes. En Brasil y en las repúblicas 
del Río de la Plata la expansión de los mercados se debió a la monetización de 
la economía rural o a incrementos reales de los salarios, pero no a pautas más 
equitativas de distribución de la renta. Antes de 1914, el empleo en el sector de 
exportación y en el sector público estimulaba el crecimiento de la demanda nacio- 
nal en Chile. La emigración de europeos a estas repúblicas y el movimiento de 
personas que cruzaban las fronteras nacionales y provinciales indican una res- 
puesta a diferentes niveles salariales y, como mínimo, la percepción de que las 
condiciones eran mejores en algunas regiones que en otras. Además de la simple 
expansión de la demanda total, cabe observar cambios cualitativos de la misma 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 249 

en Argentina entre el decenio de 1890 y 1914. 21 El desglose de los datos refe- 
rentes al incremento del volumen de consumo de manufacturas revela una ten- 
dencia creciente de la oferta nacional reflejada en la diversificación de las impor- 
taciones. Varios cambios en la estructura de los programas de importación de 
Argentina durante el período anterior a la primera guerra mundial corroboran 
la medida de diversificación industrial. No sólo se detecta una relativa disminu- 
ción ininterrumpida de las importaciones de bienes de consumo básicos después 
del decenio de 1880, sino que las importaciones de bienes de capital y de bie- 
nes de producción registraron un desplazamiento hacia la maquinaria industrial 
(y un alejamiento de los medios de transporte) y los suministros de combustible 
y materias industriales. Aunque menos pronunciadas en las otras repúblicas, se 
advertían tendencias parecidas en otras partes que se harían más obvias en las 
postrimerías del decenio de 1920. 

Los indicios de un incremento de la actividad manufacturera durante la fase 
de crecimiento inducido por las exportaciones ponen de relieve la falta de verosi- 
militud de un análisis que aboga por una notable expansión a partir de cero en 
1929 hasta una posición — en varios casos — de dominio del mercado nacional 
en elevados niveles de consumo antes de 1939. Si la producción de manufacturas 
nacionales creció rápidamente durante los primeros años treinta, ello se debió 
al funcionamiento pleno de una capacidad industrial que antes era utilizada de 
forma insuficiente. Difícilmente podía ser la situación distinta, dada la lógica 
de una necesidad de importar maquinaria de fabricación en una economía prein- 
dustrial. Así pues, el aspecto de discontinuidad de la teoría de las perturbaciones 
exógenas ha sido atacado desde todos los lados, sobre todo por no haber diferen- 
ciado adecuadamente las consecuencias de la guerra y la depresión y, de hecho, 
los efectos exactos de las dos guerras mundiales. Los conflictos mundiales ten- 
dían a producir mercados boyantes y precios altos para las exportaciones latino- 
americanas. Problemas relacionados con la oferta, a medida que las economías 
beligerantes reestructuraban su producción para ajustaría a las necesidades de 
la guerra, restringían el acceso a las importaciones. Las depresiones, en cambio, 
se caracterizaban por los débiles precios de las exportaciones y el movimiento 
hacia el bilateralismo en el comercio internacional, que reducía las oportunidades 
del mercado. Las explicaciones no diferenciadas de los efectos de las guerras mun- 
diales también deben contemplarse con suspicacia. Durante la primera guerra 
mundial, el aislamiento comercial de América Latina fue menos pronunciado: el 
rápido crecimiento de las importaciones procedentes de Japón y los Estados Uni- 
dos llenó parcialmente el vacío creado por las deficiencias del suministro por parte 
de las potencias europeas. Los exponentes de la teoría también han sido critica- 
dos por exagerar el tamaño del sector del comercio exterior y la falta de especifi- 
cidad del foco de las relaciones comerciales con el extranjero. Las críticas más 
recientes que se le han hecho a la tesis se referían a que no identificaba las presio- 
nes emanantes de las economías centrales durante los períodos de perturbación 
y crisis que realzaban la conexión externa en vez de debilitarla. Ejemplos de este 



Díaz Alejandro, Economic history of Argentine Republic, pp. 40-44; Vázquez-Presedo, 
o argentino, pp. 135-137; R. Cortés Conde, El progreso argentino, 1880-1914, Buenos 
1979, pp. 211-240. 



250 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

proceso son el ejercicio del monopolio de compra por parte de los aliados duran- 
te la guerra o la imposición de normativas bilaterales de comercio y compensa- 
ción a los países latinoamericanos, tales como el Pacto Roca-Runciman de 1933 
entre Inglaterra y Argentina. Muchas de estas cuestiones se apartan del objeto 
del presente capítulo, pero indican el peso de la opinión contraria a la interpre- 
tación. 



Crisis, guerra e industria 

Paradójicamente, la censura de que fueron objeto las primeras exposiciones 
crudas de la teoría de las perturbaciones sufridas por la industrialización en Amé- 
rica Latina ha reavivado el debate y motivado una proyección retroactiva del 
análisis hacia el siglo xix. Si la proposición original en el sentido de que la de- 
presión mundial precipitó un adelanto de la industria ya no es sostenible, puede 
que anteriormente períodos de inestabilidad en el sector exterior surtieran efectos 
más positivos para la fabricación. Los pánicos comerciales y financieros del siglo 
xix y las repercusiones de la primera guerra mundial, que representó una ruptu- 
ra importante, cabe presentarlos, no tanto como precursores de una discontinui- 
dad como la de 1929, sino como estimulantes directos de la iniciativa empresarial 
o de la reformulación de la política a seguir. 

Hasta aquí, las crisis cíclicas desestabilizadoras inducidas externamente se abor- 
daban en términos de la desnacionalización de sectores clave de la economía. 
El decenio de 1890, en particular, fue testigo de transferencias en gran escala 
de empresas nacionales a extranjeros. En Perú y Argentina, tuvo lugar una liqui- 
dación masiva de las participaciones del Estado en empresas de servicios públi- 
cos, que fueron vendidas a consorcios extranjeros. En estos países y en otros 
la presencia nacional en el sector manufacturero se desvaneció durante los últi- 
mos decenios del siglo xix, debido a que compañías inscritas en el extranjero 
compraron la parte de los capitalistas locales. Las empresas extranjeras, que go- 
zaban de la ventaja de las operaciones en gran escala y del descenso de los fletes 
internacionales, penetraron agresivamente en los mercados latinoamericanos e im- 
pidieron la formación de un auténtico capitalismo nacional. Actualmente, predo- 
minan interpretaciones más matizadas. A partir del decenio de 1880 es indudable 
que intereses extranjeros compraron la parte del capital nacional que pasaba apu- 
ros financieros en Argentina y las repúblicas de la costa occidental en campos 
tales como la molturación, la elaboración de vino, la refinación de azúcar y los 
textiles de algodón. Pero estos intereses exteriores a menudo ya estaban instala- 
dos en las economías, donde comercializaban exportaciones y adelantaban fon- 
dos al incipiente sector industrial. La inversión directa de tales grupos en la fabri- 
cación se presenta ahora como origen de una infusión de técnicas gerenciales y 
productivas más dinámicas. De forma parecida, las consecuencias de la primera 
guerra mundial adquieren ahora un aspecto positivo. Anteriormente se argüía 
que las hostilidades en Europa ocasionaron un incremento esencialmente efímero 
de la producción manufacturada de talleres intensivos en trabajo que no pudie- 
ron competir con los proveedores extranjeros cuando las relaciones comerciales 
con el exterior volvieron a la normalidad después de 1918. Empresas débiles, des- 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 251 

capitalizadas, no lograron obtener un apoyo eficaz del gobierno. No podían com- 
petir con los intereses creados que disfrutaban de acceso directo al aparato del 
Estado, tales como grupos del sector de exportación que consideraban cualquier 
indicio de proteccionismo como anatema que probablemente provocaría una reac- 
ción adversa en los mercados de ultramar. También tenían importancia las actitudes 
de las organizaciones laborales urbanas que trabajaban en actividades relaciona- 
das con el sector de exportación. Los trabajadores, que conocían por experiencia 
propia la inflación causada por la guerra, eran plenamente conscientes de los 
efectos que los incrementos arancelarios surtían en su nivel de vida. Interpreta- 
ciones menos dicotómicas expresan dudas acerca de una refutación tan categóri- 
ca de la tesis de las perturbaciones y hacen hincapié en que la guerra produjo 
un ambiente favorable a las inversiones en la fabricación y que, al revelar defi- 
ciencias estructurales de las economías latinoamericanas, aceleró la evolución de 
una nueva economía política. 

Tres campos en particular ilustran hasta qué punto es posible que la inestabi- 
lidad del sector exterior fomentara la fabricación, e indican también que sigue 
siendo necesario abordar este tema con precaución. México brinda un ejemplo 
clásico de las repercusiones de la guerra en las actividades del comercio exterior 
durante los primeros decenios del siglo xix. Igualmente crucial es el caso argen- 
tino, que demuestra los efectos de las perturbaciones en una economía durante 
las primeras etapas de su incorporación en el sistema económico mundial. Chile y, 
también, Brasil son presentados cada vez más a menudo como casos típicos de 
la consecuencia dinámica que para la industria tuvo la primera guerra mundial. 

México ha recibido especial atención. 22 En las postrimerías de la época colo- 
nial, México poseía el sector manufacturero más complejo de la América hispa- 
na, posiblemente de la totalidad de las Américas. El país experimentó varios pe- 
ríodos largos de discontinuidad entre el decenio de 1770 y el de 1850. Como 
observaron las gentes de la época, la fabricación y la producción artesanal mexi- 
canas prosperaban durante los períodos de guerra en Europa en que la colonia, 
y luego la república, se encontraba en paz. De igual modo, las interrupciones 
del comercio transatlántico emanantes del centro, por ejemplo el hundimiento 
de 1825 en Londres, fomentaban un incremento de la actividad industrial. Cuan- 
do la guerra en Europa interrumpía las comunicaciones con España y los corsa- 
rios amenazaban el lucrativo comercio de contrabando, las importaciones dismi- 
nuían y las exportaciones (principalmente de plata en barras) se acumulaban en 
México. La retención de la plata aumentaba las existencias de moneda y capital 
y, unida a la reducción de las importaciones, producía inflación e inducía en los 
empresarios expectativas de obtener mayores beneficios de la producción y el in- 
tercambio nacionales. La mayor cantidad de moneda que circulaba amplió el al- 
cance de la economía monetaria y produjo un aumento de los salarios y sueldos 
para la creciente población mexicana. Los mercados boyantes y la mayor de- 
manda de manufacturas nacionales llamaron la atención de comerciantes que es- 



22. C. Cardoso, ed., México en el siglo XIX (1821-1910), México, 1980; R. Potash, El 
Banco de Avío de México: el fomento de la industria, 1821-1846, México, 1959; G. P. C. Thomp- 
son, «Protectionism and industrialization in México, 1821-1854; the case of Puebla», en Abel 
y Lewis, Latin America. 



252 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

taban acumulando capital porque no podían emplearlo en el comercio exterior. 
Esta hipótesis positiva, que describe fielmente lo que ocurrió a finales del decenio 
de 1770, a mediados del de 1790, a principios de siglo y en las postrimerías del 
decenio de 1800, sin duda estimuló varios tipos de producción. Durante estos 
años la producción secundaria, especialmente de textiles, registró una expansión 
enorme. Y, hasta que empezó a funcionar plenamente el comercio con los neutra- 
les, la industria mexicana abasteció de paño basto, harina, azúcar y, de vez en 
cuando, carne de cerdo salada a las ciudades con guarnición española en el Cari- 
be y América Central. Aunque se hallaban restringidos, en gran parte al mercado 
nacional en el decenio de 1820, varios ramos de la industria continuaron prospe- 
rando. En los períodos de estabilidad del comercio transatlántico ocurría lo con- 
trario. La plata en barras y la moneda salían al extranjero, descapitalizando las 
manufacturas nacionales y financiando las importaciones. Los comerciantes aban- 
donaban la producción por el comercio, y la industria mexicana, que rezumaba 
actividad y prosperidad durante los períodos de discontinuidad, caía en el letar- 
go. Hasta el decenio de 1830 no se hizo un intento consciente de manipular la 
conexión exterior de modo que favoreciera las necesidades nacionales mediante 
la aplicación de aranceles selectivos, el financiamiento oficial de la industria y 
la introducción de una moneda fabricada con metal bajo de ley, que, al carecer 
de valor intrínseco, aumentara la base monetaria y al mismo tiempo protegiera 
la oferta nacional de dinero de la fuga al extranjero. Sin embargo, aun aplicán- 
dola sin excepciones y con mayor continuidad, es dudoso que semejante disconti- 
nuidad institucionalizada hubiese estimulado una expansión industrial capaz de 
mantenerse con sus propios recursos. 

La lección que se desprende de la experiencia de México durante estos años 
no es tanto la necesidad absoluta de seguir una política continua, aunque ello 
sea importantísimo, como la proposición estructuralista, confirmada por el caso 
de Paraguay antes de la guerra de 1865, de que era imposible promover una in- 
dustria perdurable por mandato del gobierno a menos que al mismo tiempo pu- 
diera llevarse a cabo una modificación generalizada de la infraestructura econó- 
mica. Si México no se industrializó durante el período no fue porque el país 
careciese de una tradición manufacturera (está claro que no carecía de ella), ni 
debido a la inestabilidad política y a los efectos debilitantes de una creciente ava- 
lancha de importaciones (por significativos que pudieran ser estos factores). La 
discontinuidad no se tradujo en un crecimiento industrial autosuficiente debido 
a que las comunicaciones eran deficientes, factor que en el período poscolonial 
había reforzado las poderosas tendencias regionalistas que limitaban el progreso 
industrial a un nivel provincial. Y había otro factor de la máxima importancia: 
el carácter mercantil de la empresa antes del decenio de 1840. Al invertir en las 
manufacturas textiles durante las perturbaciones exógenas del período anterior 
al decenio de 1830, los comerciantes pusieron su dinero en negocios de trabajo 
domiciliario (putting-out) en vez de invertir en la producción fabril. El comercio - 
con materias primas, hilo y paño ampliaba sus riesgos al desviar las posibles pér- 
didas hacia los hiladores domésticos, los tejedores artesanales o los detallistas. 
Las prácticas mercantiles caracterizaban estos negocios, que suponían una in- 
versión limitada en instalaciones fijas, garantizaban la liquidez y ayudaban a 
afianzar el dominio de los intereses de los comerciantes en la cadena de acti- 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 253 

vidades comprendidas entre el abastecimiento de materia prima y el producto final. 

Otros ejemplos de rupturas súbitas en las relaciones económicas con el exte- 
rior corroboran la conclusión de que las perturbaciones exógenas no bastaban 
por sí mismas para promover la expansión industrial. Las percepciones argenti- 
nas de la industria durante el ciclo de la lana, 1840-1880, eran más estrechas que 
las mexicanas durante la primera parte del siglo xix. Al observar la pobreza y 
los trastornos sociales que provocó la contracción de la demanda mundial de lana, 
así como el descenso del precio de la misma, los comentaristas señalaron los de- 
fectos de un sistema en virtud del cual Argentina exportaba lana en bruto e im- 
portaba productos textiles acabados. Tanto en el momento del pánico de 1866 
como en el de la depresión de 1873, se formularon proyectos destinados a fomen- 
tar una mayor participación nacional en el proceso de transformar la lana en 
paño. 23 Sin embargo, estos y otros planes sensatos que pretendían ampliar la fa- 
bricación tenían sus limitaciones. Los mercados locales eran pequeños. La pobla- 
ción total de Argentina, cuando en 1869 se hizo el primer censo nacional, no 
llegaba a los dos millones. Los intereses pecuarios en Buenos Aires, núcleo del 
movimiento proteccionista durante las crisis de los decenios de 1860 y 1870, se 
percataron de que el mercado nacional sólo podía absorber una pequeña propor- 
ción del producto del esquileo anual. Su compromiso con el proteccionismo era 
transitorio, una respuesta inmediata en el momento de producirse la crisis. Al 
recuperarse la demanda exterior, su apego al proteccionismo perdió fuerza. Cuando 
la crisis de Baring provocó otra perturbación del sistema, una perturbación más 
importante que las anteriores, los rancheros bonaerenses volvían a ser partidarios 
del internacionalismo, incluso más que antes, y, además, podían diversificar más 
gracias a una mezcla más amplia de productos rurales, con lo cual compensaban 
la contracción de una actividad con la expansión de otra. Otros grupos del cam- 
po proteccionista en los decenios de 1860, 1870 y 1880 mostraban mayores deseos 
de que se hicieran cambios importantes y duraderos en el régimen arancelario 
exterior, pero carecían de la influencia política de los terratenientes. 

Los industriales argentinos abogaron constantemente por las ventajas del pro- 
teccionismo durante el tercer cuarto del siglo xix y más allá del mismo. La Aso- 
ciación Industrial presentaba a sus miembros como verdadero fruto de las pertur- 
baciones exógenas, amenazados por el predominio del librecambio. 24 Aunque la 
industria y los proyectos a favor de la manufacturación estuvieron de moda du- 
rante el decenio de 1870, su aportación a la economía nacional fue limitada. Los 
saladeros continuaban dominando en los estudios del sector que se hacían en Bue- 
nos Aires, aunque su importancia iba en descenso porque las actividades pecua- 
rias se alejaban de la producción de tasajo y cueros, y mostraban preferencia 
por la lana y, más adelante, el ganado de primera calidad. Por orden de impor- 
tancia, la molturación era la segunda actividad y la seguían multitud de ramos 
menores relacionados directamente con la economía pecuaria: curtidos, elabora- 
ción de queso, fabricación de jabón y bujías. Si bien estas actividades tenían lu- 
gar principalmente en establecimientos grandes o medianos, había muchas otras 



23. J. C. Chiaramonte, Nacionalismo y liberalismo ei 
Buenos Aires, 1971. 

24. Ibidem, p. 205; J. C. Nicolau, Industria argentina y aduana, 1835-54, Buenos Aires, 1975. 



254 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

actividades que se desarrollaban principalmente, aunque no de forma exclusiva, 
en talleres pequeños: por ejemplo, la fabricación de cacharros de metal para usos 
domésticos, cerámica y papel, así como la ebanistería. 25 Aunque el número li- 
mitado de trabajadores de algunas de estas unidades podía ser indicio de la apli- 
cación precoz de tecnología nueva, la mayoría de ellas no estaban mecanizadas 
y andaban escasas de capital. Satisfacían las necesidades del extremo inferior del 
mercado, al que apenas afectaban los auges de las exportaciones o las perturba- 
ciones exógenas. Su respuesta a las crisis externas y a la disminución de las im- 
portaciones solía ser un aumento de los precios en lugar de un incremento de 
la producción. Sólo las empresas con acceso a capital pudieron sacar provecho 
de la revisión de los aranceles en 1876 y de la importación de maquinaria para 
hacer frente a la demanda nacional, que, en cualquier caso, flojeaba a causa del 
descenso de las rentas del sector de exportación. 

Las perturbaciones exógenas surtirían poco efecto en la marcha a largo plazo 
de la industria argentina mientras el mercado nacional siguiera siendo pequeño 
y fragmentario. Para sectores dominantes de la sociedad argentina el debate en 
torno al proteccionismo era esencialmente cuestión de adoptar una postura na- 
cionalista a corto plazo, una postura que se abandonaría cuando el sector exte- 
rior volviera a ser boyante. Los intereses pecuarios habían aprendido en los pri- 
meros tiempos del ciclo de la lana que pocas ventajas podían derivarse, incluso 
de la inversión en actividades rudimentarias de preparación de productos, cuan- 
do los aranceles de los mercados extranjeros podían modificarse para que discri- 
minaran en contra de las exportaciones semiacabadas argentinas, o cuando los 
clientes extranjeros tenían tan poca confianza en la capacidad argentina de refi- 
nar o limpiar materias primas, que se negaban a pagar la prima de los artículos 
semiacabados. De hecho, durante el período, muchos productos latinoamerica- 
nos se exportaban en bruto o semiacabados; otros ejemplos de ello son el cobre 
de superficie ampollada peruano, la barilla de estaño y el azúcar granulado boli- 
vianos. Tal vez pocas ganancias cabía obtener in virtiendo más en la elaboración 
y la refinación en un momento de rápido cambio tecnológico que representaba 
un elevado riesgo de obsolescencia. 

En otras partes, sin embargo, puede que las perturbaciones exógenas acelera- 
sen la industrialización. Es indudable que la respuesta chilena a la crisis de 1873 
a la larga estimuló la fabricación. La poca disposición a reducir la escala de 
las actividades del sector público cuando fallaba el sector del comercio exterior 
(y, por consiguiente, disminuían las rentas del gobierno) hacía necesario recurrir a 
una política monetaria de signo expansionista y a un incremento de los aranceles 
para tratar de recuperar las finanzas del Estado. Y las pruebas de que la primera 
guerra mundial estimuló la industrialización de Chile son convincentes. Pero la 
fabricación nacional no aumentó a consecuencia de la guerra por sí misma. En 
vez de ello, el crecimiento fue fruto de cambios profundos habidos en el sector 
exterior a consecuencia de la guerra. Entre 1914 y 1918, la industria chilena se 
comportó como la industria de otros países latinoamericanos, en que los precios 
de las exportaciones se dispararon a causa de la demanda durante la guerra. 

Los nitratos naturales eran un ingrediente esencial en la fabricación de explo- 

25. Province de Buénos-Ayres, Annuaire Statistique, p. 371. 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 255 

sivos. La pérdida de mercados en los países de la Europa central se vio compen- 
sada sobradamente por el incremento de la demanda por parte de los aliados, 
sostenida por los requisitos de la industria de municiones y los agricultores britá- 
nicos y norteamericanos que pretendían aumentar el rendimiento de las cosechas. 
Pero la guerra también fomentó el desarrollo de la industria de nitrato sintético. 
Técnicamente posible antes de 1914, la escala de las inversiones europeas —en 
particular alemanas— en los nitratos sintéticos fue tan grande, que redujo espec- 
tacularmente los costes de producción a niveles muy inferiores a los de la indus- 
tria chilena. Las oficinas chilenas tenían mala fama a causa de sus técnicas de 
producción osificadas e ineficientes. La industria de nitratos naturales estaba con- 
denada a desaparecer y sus probabilidades de recuperarse se veían perjudicadas 
por las grandes reservas de nitrato acumuladas en los centros consumidores del 
extranjero, por la tremenda ineptitud de las compañías y por las malas relaciones 
que existían entre las oficinas de nitrato propiedad de extranjeros y el Estado 
chileno. Para responder a esta situación negativa en el sector exterior, el gobierno 
aplicó medidas encaminadas a estimular la producción destinada al mercado na- 
cional, edificando sobre una tradición intervencionista que ya estaba arraigada 
y beneficiándose de la escala de la industria de antes de 1914. Se revisaron los 
aranceles principalmente para defender la fabricación nacional y los niveles de 
protección efectiva se incrementaron devaluando la moneda. Se ampliaron las 
facilidades de crédito y el Estado pasó a desempeñar un papel más destacado 
en el mercado de capitales. Se hicieron algunos intentos de controlar la inflación 
y se registró una desviación sostenida de la demanda desde las importaciones ha- 
cia los artículos de fabricación nacional. A resultas de ello, si bien la fabricación 
nacional creció a un ritmo cuatro veces más rápido que el de un boyante sector 
exportador durante la guerra, la producción industrial se incrementó todavía más 
aprisa en relación con la producción para exportar entre 1919 y 1929, momento 
en que el sector exterior sufrió una depresión. Antes de 1930, la fabricación ya 
se había erigido en el sector más dinámico de la economía chilena, en gran parte, 
como consecuencia de una respuesta normativa al desequilibrio exterior (funda- 
mentada en precedentes históricos) en lugar de estar en función de una crisis ad- 
versa como tal. 

Está claro que la experiencia chilena fue excepcional. Pero cada vez se reco- 
noce más que en diversos aspectos la primera guerra mundial estimuló la fabrica- 
ción tanto directa como indirectamente. El efecto inmediato más obvio del co- 
mienzo de las hostilidades en Europa fue la dislocación del sector del comercio 
exterior: la escasez de barcos perjudicó el movimiento de exportaciones e impor- 
taciones. No obstante, en 1915-1916 la mayoría de las exportaciones latinoameri- 
canas ya se habían recuperado, y la producción, especialmente de materias pri- 
mas estratégicas y alimentos esenciales, se encontraba en unos niveles muy 
superiores a los de 1914. Una vez más, los buenos ingresos obtenidos de las ex- 
portaciones produjeron condiciones de mercado positivas para la industria nacio- 
nal. La continua escasez de importaciones, por otro lado, también tendía a real- 
zar la presencia de proveedores locales en los mercados nacionales y, de vez en 
cuando, en los mercados de los países vecinos. La distorsión de las pautas del 
comercio transatlántico y una interrupción de las importaciones que distaba mu- 
cho de ser total provocaron más reestructuraciones de los programas de importa- 



256 HISTORIA DE 

ción que daban mayor prominencia a los bienes de producción y a algunos bienes 
de capital, tendencia que, unida al precio creciente de los artículos de consumo 
importados, fue un estímulo complementario a la fabricación nacional. 

No es extraño que la industria latinoamericana respondiera a una configura- 
ción tan afortunada de la demanda nacional y la oferta exterior ampliando la 
producción. El incremento de la producción se observaría en la mayor parte de 
las manufacturas, pero especialmente en los artículos perecederos y los industria- 
les como, por ejemplo, maquinaria para la industria textil, tornos, calderas, mo- 
tores y compresores. Se alcanzaron índices cada vez más altos de producción se- 
cundaria gracias a un empleo más eficaz de la capacidad instalada, generalmente 
introduciendo un segundo turno o incluso un tercero. De vez en cuando firmas 
que antes estaban especializadas en reparar maquinaria de importación eran alen- 
tadas a empezar a fabricar, salto hacia adelante para el que se requería poco 
capital extra o pericia. Brasil, Chile y Perú fueron los países donde esta tendencia 
fue más pronunciada. 

En todo el continente, pero de modo especial en Brasil, la primera guerra 
mundial hizo que los empresarios industriales fueran más conscientes del poten- 
cial del mercado nacional y estimuló nuevas inversiones. En 1917, sobre todo 
en las economías que ya poseían sectores manufactureros diversificados, aunque 
pequeños, muchos hombres de negocios se embarcaron en extensos programas 
de gastos en bienes de capital. Aunque las decisiones de invertir se tomaron antes 
de que terminase la contienda, los proyectos raramente pudieron quedar termina- 
dos antes de 1918, como lo demuestra el paradójico crecimiento de la capacidad 
manufacturera de Brasil durante la depresión de la posguerra. Estos programas 
dan fe del elevado nivel de beneficios — que se usaban para financiar las nuevas 
inversiones — que existió entre 1915 y el final del conflicto, así como de la con- 
fianza de los inversionistas industriales. Que estos programas se iniciaran durante 
el período de hostilidades en Europa indica, además, lo avanzado que estaba el 
ramo de la construcción y la disponibilidad de inputs de capital. A veces las em- 
presas se embarcaban en programas de inversión demasiado ambiciosos y, al igual 
que la fundición Vasena de Buenos Aires, se veían atrapadas por una contracción 
de la demanda durante la posguerra y por una creciente oleada de importaciones 
que, en parte, se debía a la revalorización de la moneda nacional. Pero otras 
firmas sobrevivieron hasta que una expansión renovada del sector exportador a 
mediados del decenio de 1920 mejoró las perspectivas de la producción nacional 
cuando el orden volvió a reinar en los mercados monetarios mundiales. 

La inestabilidad en los mercados monetarios latinoamericanos y la falta de 
liquidez entre los bancos fueron otros problemas apremiantes durante los prime- 
ros años de la guerra, aunque se resolvieron con facilidad. La restricción de los 
mercados financieros que se produjo cuando los banqueros europeos empezaron 
a denunciar préstamos y a reducir sus compromisos exteriores se transmitió rápi- 
damente del sector del comercio exterior otros sectores de las economías latino- 
americanas. En varios países, el gobierno, respondiendo a los grupos de la élite 
que clamaban pidiendo créditos, así como a las protestas violentas de los parados 
urbanos, aligeró las cargas fiscales y emprendió una política monetaria de carác- 
ter expansionista. En otras partes, la represión, los llamamientos al patriotismo 
y la imposición de paliativos ortodoxos eran la norma. Las lecciones de las opor- 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 257 

tunidades del keynesianismo pragmático durante la guerra no se aprendieron fá- 
cilmente y, por regla general, se digirieron de forma imperfecta. Si Brasil se mos- 
tró dispuesto a recurrir a una política monetaria poco rigurosa, de estilo chileno, 
en diversos momentos del decenio de 1920, no puede decirse lo mismo de Argen- 
tina. Así pues, en unos cuantos países el legado de la guerra consistió en pragma- 
tismo político y en grabar en el cerebro burocrático los recuerdos de programas 
apropiados a los requisitos de la industria. Más a menudo el canto de sirena de 
la ortodoxia económica era demasiado fuerte para resistirse a él, al menos duran- 
te el decenio de 1920. 

Lo más significativo fue la naturaleza de la perturbación exógena, más que 
la discontinuidad por sí misma. De igual modo, las fases de auge de las exporta- 
ciones y de perturbación influyeron en el resultado. Era improbable que las crisis 
exteriores fomentasen el crecimiento de la fabricación en una economía carente 
de capacidad industrial o de estructuras que pudieran sostener la producción di- 
námica basada en la fábrica. El factor crítico solía ser la respuesta normativa, 
es decir, si se ideaban o no medidas apropiadas pra proteger las industrias nuevas 
que se habían fundado durante ciclos de expansión de las exportaciones (prote- 
gerlas no tanto de la competencia extranjera en primer lugar como del derrumba- 
miento del poder adquisitivo nacional) o para sostener un programa de industria- 
lización exhaustivo. La discontinuidad podía intensificar el uso de la capacidad 
manufacturera instalada, pero sólo raramente tenía como consecuencia un incre- 
mento de la inversión en la industria. Sólo hubo una afluencia sostenida de inver- 
siones en los sectores donde los fabricantes tenían la confianza de que podrían 
asegurarse el mercado nacional contra la competencia extranjera durante el pe- 
ríodo posterior a la crisis. 



LA BÚSQUEDA DE UNA POLÍTICA CONVENIENTE 

Desde la independencia, y durante gran parte del período objeto del presente 
estudio, el debate en torno al medio apropiado para que la industria prosperase 
tenía como premisa casi exclusiva la reorganización de los códigos comerciales 
y la protección arancelaria. Actualmente se hace hincapié en una acción más am- 
plia por parte del Estado. El debate se ha desplazado hacia afuera para abarcar 
temas tales como la depreciación del cambio, la política laboral, la gestión de 
los créditos, y aspectos más generales de la intervención del gobierno en la econo- 
mía, por ejemplo, las reformas sociales y la legislación social. El asunto de los 
aranceles también se ha vuelto más complejo. ¿Hasta qué punto estas medidas 
se ejecutaban con eficacia? ¿Se aplicaban explícitamente para estimular la in- 
dustria? 

Durante todo el siglo xix, los impuestos sobre el comercio exterior constitu- 
yeron la principal fuente de ingresos del gobierno. Estos impuestos financiaban 
el funcionamiento cotidiano del Estado. Los ingresos de las aduanas daban al 
Estado acceso a divisas extranjeras basadas en el oro y, cuando había que hacer 
gastos superiores a la capacidad de los ingresos, podían hipotecarse con el fin 
de obtener préstamos en el extranjero. Los impuestos sobre el comercio exterior 
eran un medio de obtener ingresos relativamente efectivo en términos del coste. 



258 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

Los aranceles que se aplicaban al comercio exterior proporcionaban más ingresos 
de los que probablemente se hubieran obtenido de los impuestos específicos sobre 
el consumo, requerían un aparato más pequeño que el que se necesitaba para 
recaudar múltiples impuestos interiores y directos: proceso que hacía necesario 
un grado de pericia técnica superior a la competencia de las burocracias estatales. 
Los impuestos que se cobraban al sector del comercio exterior también evitaban 
las complicaciones políticas, que eran inherentes a cualquier forma de tributación 
directa que recayera inevitablemente sobre estratos dominantes de las sociedades 
latinoamericanas. En la medida en que los aranceles se aplicaban principalmente 
a las importaciones y representaban un impuesto sobre el consumo, la carga de 
la provisión de ingresos recaía de forma desproporcionada sobre los miembros 
pobres de la comunidad, mientras que los intereses exportadores que recibían 
una renta en oro o en divisas extranjeras basadas en el oro quedaban aislados 
de la inflación nacional que estaba implícita en la estructura de impuestos e in- 
gresos. 

Se ha argüido que la dependencia de los derechos de importación comprome- 
tió a los gobiernos latinoamericanos con una economía política fundamentada 
en el librecambio y les quitó de las manos el medio más eficaz de estimular la 
industria. La opinión de que los ingresos y los derechos proteccionistas son in- 
compatibles es discutible. Brasil elevó los aranceles en 1844 después de expirar 
los desiguales tratados comerciales con Gran Bretaña y con ello aumentó al máxi- 
mo los ingresos del gobierno y proporcionó un poco de protección para las ma- 
nufacturas nacionales. Aunque fue liberalizado en 1853, el código arancelario 
brasileño fue posteriormente objeto de varias revisiones durante el imperio. Pue- 
de que más adelante la estructura administrativa descentralizada que se creó des- 
pués de 1889, y que traspasó a los estados gran parte de la responsabilidad de 
determinar la política fiscal, también hiciera que el sistema político fuese más 
sensible a las peticiones de protección de las zonas donde la fabricación se halla- 
ba en vías de desarrollo. A mediados del decenio de 1870 ya se consideraba que 
los derechos de importación sobre los textiles, que oscilaban entre el 50 y el 80 
por 100, conferían una ventaja clara a la industria local. 26 Que las revisiones 
arancelarias tuvieran por fin estimular las manufacturas sigue siendo objeto de 
debate. Antes de finalizar el siglo las consideraciones fiscales eran el principal 
factor determinante de los grandes incrementos arancelarios, incluso en las regio- 
nes más avanzadas donde podía observarse un precoz crecimiento industrial. Las 
reformas arancelarias de corta duración también pueden presentarse como medi- 
das políticas baratas, recursos de conveniencia destinados a consolidar el apoyo 
a un régimen que estuviese amenazado en el país o sometido a presiones extranje- 
ras. Las medidas proteccionistas que se adoptaron en Argentina en el año 1835 
fueron introducidas en un momento crítico para el régimen de Rosas. El arancel 
de 1835 y nuevos incrementos de los derechos de importación en 1837 cayeron 
bien entre los intereses rurales y urbanos de las provincias y entre los trabajado- 
res nacionales en la ciudad de Buenos Aires, cuyo medio de vida se veía amenaza- 
do, no sólo por las importaciones británicas, sino también por la producción de 

26. Parliamentary Papers (P.P. en lo sucesivo), 1876, LXXV, p. 36. 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 259 

las fábricas locales. 27 Los observadores extranjeros admitieron que las medidas 
podían estimular la agricultura y la industria. Sin embargo, estas revisiones se 
introdujeron cuando el comercio ya flojeaba a resultas del pánico que hubo en 
Londres en 1836-1837 y debido a un empeoramiento de las relaciones de Argenti- 
na con potencias extranjeras. La intervención de Rosas en Uruguay y el enfria- 
miento de las relaciones entre Francia y Argentina a partir de 1834 hicieron que 
en 1837 los franceses bloquearan el Río de la Plata. Cabe preguntarse si, de modo 
parecido, la tan cacareada revisión del arancel brasileño de 1844 fue poco más 
que una postura política, un truco que daba mayor fuerza al gobierno en sus 
negociaciones con Gran Bretaña en unos momentos de renovadas presiones con- 
tra la trata de esclavos transatlántica. La causalidad, la cronología y el efecto 
pueden discutirse, pero la conjetura da pie a las especulaciones. 

Sin embargo, se ha elaborado para Brasil un modelo dinámico de revisión 
arancelaria que puede tener una aplicación más amplia. Aceptando la función 
fiscal de los aranceles de importación, el análisis pormenoriza las fuerzas que 
hacen necesaria una expansión de la base fiscal que sólo podía conseguirse me- 
diante incrementos arancelarios. Las presiones favorables a la modernización 
— mejora de la infraestructura y de las subvenciones estatales a las empresas 
productivas — emanaban de varios sectores y eran consideradas como un medio 
de consolidar la influencia del gobierno central. La inestabilidad interior o las 
aventuras en el exterior también hacían necesario un gasto extra. Las perturba- 
ciones exógenas producían escasez de ingresos debido a la contracción del comer- 
cio ultramarino, obligando a buscar nuevas fuentes de fondos. Dado el incremen- 
to de las demandas que debían atender los recursos fiscales del Estado y las 
posibilidades limitadas de obtener préstamos en el país o fuera de él, especial- 
mente durante períodos de inestabilidad financiera, había una tendencia inexora- 
ble a modificar los derechos de importación. Los incrementos arancelarios que 
hacían subir los ingresos inevitablemente alteraban los diferenciales entre los pre- 
cios de las importaciones y los costes de producción nacionales. La fabricación 
local respondió consolidando su participación en el mercado nacional o comenzó 
nuevas líneas de producción. Todo esto contribuyó a incrementar el tamaño del 
grupo de presión favorable a la industria, que mejoró su organización y presionó 
para que siguieran vigentes medidas que se habían introducido como recursos 
fiscales de carácter temporal. Durante subsiguientes períodos de crecimiento, los 
recién ampliados intereses manufactureros se solidificaron y quedaron mejor si- 
tuados para aprovechar el siguiente incremento de los derechos inspirado por el 
deseo de obtener ingresos, a la vez que presionaban para que se llevara a cabo 
una reclasificación arancelaria o un aumento lineal de las sobretasas. Este mode- 
lo de expansión y consolidación industriales que reconoce el imperativo fiscal 
y clasifica las demandas que deben atender los recursos del Estado ofrece una 
explicación de la naturaleza cíclica de las revisiones arancelarias. Puede que tam- 
bién explique una tendencia que los importadores deploran, a saber, la ejecución 
de repetidos ajustes arancelarios en un corto espacio de tiempo. El deseo de obte- 



27. Nicolau, Industria argentina; Chiaramonte, Nacionalismo, pp. 13, 15, 21-22; M. Bur- 
gin, Economic aspects of Argentine federalism, 1820-1852, Cambridge, Mass., 1946, pp. 237-245; 5; 
H. S. Ferns, Britain and Argentina in the nineteenth century, Oxford, 1960, pp. 251-252. 



260 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

ner unos ingresos máximos a menudo provocaba pequeñas revisiones a la baja 
(y, de vez en cuando, nuevos incrementos) tras grandes subidas. Esto ofrece una 
explicación más convincente de la «inestabilidad» de los regímenes arancelarios 
que las que hacen hincapié en consideraciones ideológicas, fruto de una confron- 
tación entre los defensores del librecambio y los de filosofías de fomento neomer- 
cantilistas, respectivamente. 

Desde luego, los importadores no eran los únicos que protestaban contra su- 
cesivos cambios de las tasas de derechos arancelarios o la reclasificación de los 
programas aduaneros. Los fabricantes expresaban quejas parecidas. Sin embar- 
go, si aquéllos se preocupaban a causa de las barreras no arancelarias que obsta- 
culizaban el movimiento comercial, tales como la ineficiencia burocrática o, peor 
aún, la mala disposición oficial y los sobornos en la aduana, a éstos les preocupa- 
ban los derechos que se imponían indiscriminadamente y reducían la eficacia de 
la protección arancelaria. Por consiguiente, al buscar pruebas de un sesgo favo- 
rable a la industria en las revisiones arancelarias, hay que prestar atención espe- 
cial a la clasificación de las importaciones y a la aplicación de derechos diferen- 
ciales a los productos acabados, las materias primas y la maquinaria. En Chile, 
después de la tendencia a una especificidad creciente en la legislación arancelaria, 
como revelan la ordenanza general de 1851 y, en menor medida, la nueva ley 
de 1864, hubo una revisión arancelaria de gran alcance a finales del decenio de 
1870, que fue un período de aguda crisis financiera. Consideraciones fiscales oca- 
sionaron una sobretasa arancelaria del 10 por 100 en 1877, que precedió a una 
reestructuración completa el año siguiente. La ordenanza de 1878, que elevó el 
nivel general de los derechos arancelarios hasta situarlos en un 35 por 100, puede 
presentarse como una respuesta tanto a objetivos fiscales como a sentimientos 
proteccionistas. El número de artículos que se importaban sin pagar derechos 
aumentó de forma espectacular y pasó a incluir virtualmente todas las materias 
primas y todos los inputs industriales. La naturaleza discriminatoria de la nueva 
ley se advierte en un estrechamiento de la rúbrica al amparo de la cual era posible 
renunciar al derecho sobre las importaciones de maquinaria. A partir de ahora 
se aplicarían aranceles del 15 por 100 a las importaciones de vehículos, motores 
y ferretería, toda vez que estos artículos se producían en el país. Las industrias 
de bienes de consumo tales como la elaboración de alimentos, la textil, la del 
calzado, la fabricación de papel y la ebanistería en particular se beneficiaron de 
la ley de 1878, igual que las industrias de bienes de capital, sobre todo la metalis- 
tería, cuyas importaciones de bienes de producción — hierro en lingotes, acero, 
cinc, tornillos, etcétera — entraban sin pagar derechos. La ley de 1878, que estu- 
vo vigente hasta 1884, fomentó la fabricación. Aunque las intenciones que sub- 
yacían en la ley eran fiscales, su estructura era una respuesta pragmática a la 
fabricación nacional, sector cuyas quejas al gobierno ya no podían pasarse total- 
mente por alto en aquel tiempo. Es indudable que Chile era un caso excepcional 
porque durante el último tercio del siglo xix los derechos de importación pro- 
porcionaron una proporción decreciente de los ingresos del Estado. En 1860 los 
ingresos de las aduanas (principalmente derechos de importación) representaron 
más del 60 por 100 de los ingresos totales del gobierno. En 1878 la cifra era del 
44 por 100. Después de la guerra del Pacífico, los impuestos sobre las exportacio- 
nes de nitrato representaron la fuente principal de ingresos del gobierno. Mien- 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 261 

tras que los impuestos de exportación dieron solamente el 3 por 100 de los ingre- 
sos de Hacienda en 1875, en 1920 ya producían el 71 por 100. 28 Los aranceles 
de importación, por consiguiente, fueron liberados de su función exclusivamente 
fiscal y pasaron a ser un instrumento de la política de desarrollo. Hay cierta polé- 
mica en torno a si la subida de los ingresos proporcionados por los nitratos surtió 
un efecto totalmente beneficioso en la política arancelaria. Aunque el proteccio- 
nismo se convirtiera ahora en una opción viable, no hay acuerdo cuando se trata 
de decidir si la opción se ejerció eficazmente. ¿La prosperidad de la era del nitra- 
to desvió la atención estatal y empresarial de la fabricación? 29 

Hubo un claro desplazamiento favorable a la industria en la política arancela- 
ria de Brasil a partir del decenio de 1880. Los impuestos sobre las importaciones 
constituyeron aproximadamente el 60 por 100 de los ingresos del gobierno central 
entre mediados del siglo xix y la primera guerra mundial, y gran parte de estos 
ingresos la representaban los derechos sobre los textiles de algodón. 30 A pesar 
del sesgo fiscal del arancel, la industria del algodón se desarrolló rápidamente. 
Pueden observarse tendencias parecidas en otras industrias, por ejemplo la del 
calzado, donde la producción nacional atendía virtualmente a la totalidad del 
consumo nacional en 1914. Esta paradoja tiene varias explicaciones. En primer 
lugar, los códigos arancelarios se hicieron más complejos y discriminatorios con 
el paso del tiempo. Ajustes relativamente pequeños de los niveles de derechos 
arancelarios y la reclasificación de las importaciones satisficieron las demandas 
de un grupo de presión industrial cada vez más perspicuo, así como las necesida- 
des de ingresos que tenía el gobierno. En segundo lugar, el descenso general 
del precio nominal de las importaciones durante gran parte de las postrimerías del 
siglo xix hizo que, de hecho, la industria incipiente aumentara sus exigencias 
de protección y amplió las posibilidades de obtener ingresos. Al caer el precio de 
las importaciones, fue necesario un incremento de los derechos con el fin de man- 
tener el precio de los artículos extranjeros en el mercado. Pocas administraciones 
indigentes podían dejar de responder a esta situación que también permitía ma- 
yor flexibilidad en el uso de la lista de artículos libres de derechos de aduana. 
La maquinaria y los inputs necesarios podían colocarse en la citada lista sin que 
por ello peligraran los ingresos. Asimismo, los derechos de importación empeza- 
ron a hacerse sentir con más fuerza hacia finales del siglo xix, cuando varios 
gobiernos comenzaron a insistir en que las obligaciones en la aduana se pagaran 
con oro en lugar de papel moneda. El reglamento arancelario argentino de 1890, 
introducido en plena crisis de Baring, redujo los derechos sobre la maquinaria 
y los medios de producción a un 10 por 100 y un 5 por 100, a la vez que incluía 
algunos artículos en la lista de los que estaban libres de derechos de aduana. 
Pero las tasas sobre diversas manufacturas acabadas y alimentos que competían 
con la producción nacional fueron elevadas hasta quedar en un 60 por 100. To- 

28. L. Ortega, «Economic policy and growth in Chile from independence to the war of 
the Pacific», en Abel y Lewis, Latín America; Mamalakis, Chilean economy, p. 20. 

29. Para valoraciones diferentes, véanse Mamalakis, Chilean economy; Palma, «External 
disequilibrium»; Ortega, «Economic policy in Chile»; y Kirsch, Industrial development. 

30. F. R. Versiani, Industrial investment in an «export» economy: the Brazilian experience 
before 1914, Universidad de Londres, Institute of Latin American Studies, Working Paper 2, 
1979, p. 20. 



262 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

dos los derechos tenían que pagarse exclusivamente con oro, lo cual contrastaba 
mucho con la situación que predominaba en el decenio de 1880." Brasil tam- 
bién incrementó el cupo de oro (la proporción de derechos que había que pagar 
con oro) repetidas veces antes y después de comienzos de siglo. 32 Finalmente, va- 
rias repúblicas aplicaron un régimen aduanero que decretaba valores en oro fijos 
y oficiales para artículos individuales que se gravaban con las tasas de derechos 
vigentes. La discrepancia entre los valores oficiales en el muelle y los precios no- 
minales de las importaciones se agrandaron después del decenio de 1870, cuando 
los fletes marítimos bajaron y los precios fob de los fabricantes bajaron también, 
y el resultado fue un aumento del proteccionismo. 

El proteccionismo constante a partir de mediados del decenio de 1870, ya fue- 
ra resultado de una perspicaz política arancelaria o de los caprichos de los movi- 
mientos de los precios mundiales, fue un elemento importante que contribuyó 
a la confianza del mundo de los negocios, aunque no fue el único factor. Los 
aranceles facilitaron el crecimiento de las industrias nacientes. A medida que los 
códigos aduaneros evolucionaron y se hicieron más discriminatorios, los efectos 
de continuidad «hacia atrás» fomentaron una profundización del proceso indus- 
trial porque los empresarios integraron verticalmente distintas etapas del proceso 
de fabricación o aparecieron nuevos proveedores, estimulados por una demanda 
de inputs industriales. Buen ejemplo de ello es la industria del calzado brasileña: 
esta industria creció durante el siglo xix bajo la protección de un régimen aran- 
celario que gravaba con derechos elevados las importaciones de artículos acaba- 
dos. En 1907 la producción nacional ya representaba el 96 por 100 del consumo 
total. Hasta principios de siglo la industria dependió mucho de inputs importa- 
dos: de maquinaria y materias primas. Debido a la inseguridad de la oferta y 
a la calidad variable del cuero curtido en el país, los fabricantes de zapatos brasi- 
leños importaban la mayor parte de lo que necesitaban de los Estados Unidos. 
El hilo también se importaba. Dado que había recursos nacionales disponibles, 
la industria recurrió a los proveedores de cuero del país durante la primera guerra 
mundial. Pero ya en 1908 los zapatos brasileños se fabricaban utilizando ma- 
quinaria construida en el país por un conglomerado de empresas norteamerica- 
no, la United Shoe Manufacturing Company. La USM Co. prestaba un servicio 
exhaustivo a los fabricantes de zapatos, arrendando máquinas y ofreciendo con- 
tratos de mantenimiento a los arrendatarios. La empresa estadounidense también 
formaba a los operarios, suministraba piezas y daba consejos sobre la instala- 
ción. En esta etapa se decía que la industria ya no necesitaba protección. 33 

Puede que en Brasil las lecciones aprendidas de la experimentación con los 
aranceles en la industria del calzado, y más especialmente en la producción de 
algodón, sirviera de modelo para cambios arancelarios que tuvieron repercusio- 
nes más amplias durante el decenio de 1920. La experiencia adquirida con el al- 
godón demostró la necesidad de hacer ajustes exactos en los derechos arancela- 



31. Ferns, Britain and Argentina, p. 457. 

32. Versiani, Industrial investment; W. Cano, Raízes de concentrando industrial ei 
Paulo, Sao Paulo, 1981, pp. 149-150. 

33. W. Suzigan, «Investment in the manufacturing industry in Brazil, 1869-1939», tesi 
toral inédita, Universidad de Londres, 1984, pp. 152, 154-155, 156, 157-158. 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 263 

rios, no sólo en lo que respecta a las importaciones de maquinaria y de artículos 
acabados que hacían una competencia directa, sino, más especialmente, en rela- 
ción con diversos inputs de producción —hilos, hebras, decolorantes y tintes- 
si se quería que la producción nacional no se limitara a cubrir las necesidades 
del extremo inferior del mercado del país. Si no se prestaba atención a los deta- 
lles, pocas perspectivas había de una rápida diversificación y de la aparición de 
fuentes de abastecimiento locales: en resumen, una profundización de la base in- 
dustrial. En el decenio de 1920 los códigos aduaneros brasileño y mexicano pro- 
bablemente ya habían alcanzado un grado apropiado de complejidad. En otros 
países los aranceles eran más toscos, armonizaban menos con la evolución de 
las necesidades de los fabricantes nacionales. 34 

Está claro que el proteccionismo fue importante para que apareciera y se con- 
solidara la producción industrial. Pero a veces se exagera: exagerar las ventajas 
del proteccionismo no hace más que proyectar la aceptación ciega de un punto 
de vista tradicionalista que hace hincapié en la dominación de las filosofías del 
laissezfaire en América Latina. Es demasiado fácil presentar las reformas aran- 
celarias como alternativa crucial, pero no realizada, de estrategias liberales anti- 
cuadas; presentar revisiones individuales de regímenes aduaneros como ejemplos 
que indican una estrategia de desarrollo positiva que desgraciadamente no se adoptó 
debido a un compromiso generalizado con el librecambio. Puede que sea el prag- 
matismo político, más que la adhesión intransigente a los principios liberales, 
lo que explique la prudencia con que se abordaban los aranceles. Algunas indus- 
trias no necesitaban protección; la expansión ocurría cuando el gobierno se mos- 
traba indiferente a los requisitos del sector o el efecto de los aranceles era neutro 
en el mejor de los casos. La ordenanza aduanera de 1864, que, según se dice, 
señaló el comienzo de una era de liberalismo doctrinario en Chile, no impidió 
que se fundasen fábricas nuevas. Al contrario, los industriales respondieron de 
forma positiva a la expansión económica de 1865-1873, período que fue decisivo 
para la consolidación de la industria nacional. Los sombrereros brasileños no 
necesitaron protección en el decenio de 1860, aunque se vieron favorecidos con 
subvenciones del gobierno y licencias para importar materias primas sin pagar 
derechos. En 1888 fábricas de Río Grande do Sul ya usaban lana local en la pro- 
ducción de mantillas bastas para colocar debajo de la silla de montar y franelas 
que resultaban más baratas que las importaciones. La industria no necesitaba 
protección y las empresas declaraban dividendos elevados. 35 

Un elemento marginal, con frecuencia aislado, de la fabricación económica, 
sobre todo antes del último cuarto del siglo xix, era susceptible a los cambios 
habidos en el clima económico, tanto nacional como internacional. La produc- 
ción fabril que utilizaba instalaciones complejas (y necesitaba tener acceso a tec- 
nología extranjera, posiblemente inputs importados e inversiones relativamente 
importantes en economías hambrientas de capital) se hallaba especialmente ex- 



34. F. R. Versiani, «Before the depression: Brazilian industry in the 1920s», en R. Thorp, 
ed., Latín America in the 1930s: the role of the periphery in worid crisis, Londres, 1984; Suzi- 
gan, «Investment in Brazil», passim.; R. Miller, «Latin American manufacturing and the First 
World War», World Development, 9/8 (1981). 

35. P.P., 1889, LXXVII, p. 446. 



264 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

puesta. Los industriales, a diferencia de los productores pecuarios, no podían 
replegarse hacia la subsistencia. Todavía en los decenios de 1860 y 1870, cuando 
los vínculos con la economía mundial aún no habían cristalizado del todo y las 
técnicas de producción seguían siendo rudimentarias, los estancieros que se dedi- 
caban a producir en gran escala podían suspender las operaciones de elabora- 
ción, almacenar los productos no perecederos y permitir que los rebaños y las 
manadas se multiplicasen cuando las condiciones eran adversas, entrando nueva- 
mente en el mercado cuando mejoraba la situación económica o política. Esta 
opción no estaba al alcance de los fabricantes que dependían de un complejo 
nexo de servicios comerciales y financieros. Al igual que otras actividades moder- 
nas, la industria se beneficiaba del proceso de edificación del Estado que tuvo 
lugar durante la fase de expansión orientada hacia fuera. La mayor estabilidad 
política, las nuevas estructuras jurídicas para la constitución de empresas, la pro- 
fesionalización del aparato administrativo, la mejora de las comunicaciones, el 
alza de la demanda total y la mayor disponibilidad de capital influían en el clima 
en que se tomaban decisiones relativas a las inversiones y la producción. Había 
también aspectos de la política pública que surtían un efecto directo en la fabri- 
cación. 

Desde las postrimerías del decenio de 1880 hasta 1930 los gastos en proyectos 
de desarrollo (obras públicas y educación) en Chile crecieron a un ritmo medio 
del 4,0 por 100 anual y representaban aproximadamente el 30 por 100 de todo 
el dinero que el Estado asignaba. También se dedicaban grandes sumas a la ad- 
ministración. Antes de 1910, la construcción de ferrocarriles absorbía la mayor 
parte del gasto en concepto de obras públicas y en lo sucesivo sería superado 
por las mejoras de carreteras y puertos. La educación y la escolarización adecua- 
da fueron tema incesante de debates durante el período. Se ha puesto en duda 
el efecto de la modernización infraestructural fuera de los valles centrales, así 
como la calidad de los servicios de enseñanza. Lo que no ofrece duda es que 
en el Chile central se consolidó un mercado integrado y que estas actividades 
intensivas en trabajo tuvieron un elevado efecto multiplicador en una economía 
en la que el mercado nacional se encontraba acorralado detrás de un matorral 
de derechos proteccionistas y barreras no arancelarias. De igual modo, los gastos 
del Estado en obras públicas surtieron un efecto directo y positivo en la industria 
pesada, aunque se produjera cierto retroceso en el decenio de 1890. Dado que 
durante casi todo el período la principal industria exportadora estuvo dominada 
por capital extranjero, y como quiera que la mayor parte de los ingresos del go- 
bierno se derivaban de los impuestos sobre las exportaciones, la política pública 
garantizaba la transferencia de recursos del sector exterior a la economía nacio- 
nal y facilitaba la formación de capital nacional. 36 Por otro lado, el interven- 
cionismo que había aparecido durante la era del nitrato se traduciría más adelan- 
te en mecanismos de tratamiento de la demanda creados para orientar el poder 
adquisitivo interior hacia el mercado nacional. 

La banca y el control de la moneda constituyen otro campo de obvia impor- 
tancia. Las formas de abordar el papel y la actuación de los bancos reflejan la 
diversidad de opiniones que existe en el debate más general en torno a la políti- 

36. Mamalakis, Chileart economy, pp. 73-74. 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 265 

ca económica. Si la preocupación por la estabilidad del sector fijaba los paráme- 
tros dentro de los cuales tenía lugar el debate en aquel tiempo, menor era el acuerdo 
cuando se trataba de decidir si los bancos tenían que cumplir una función neutral 
o una función de desarrollo. Se reconocía que los bancos podían hacer las veces 
de agentes de la intervención del gobierno. Sin embargo, el potencial para la acti- 
vidad del Estado se veía limitado por la importante presencia de bancos extranje- 
ros en la mayoría de los países y por la tardía aparición de entidades nacionales 
en muchos otros. Las instituciones extranjeras también propendían a excluir a 
las empresas del país y podían restringir las actividades de los bancos oficiales, 
ya que se las consideraba menos propensas al fracaso o menos sometidas a una 
franca manipulación política. Por supuesto, había formas de financiación no ins- 
titucional a disposición de los industriales que en otras circunstancias dependían 
de los beneficios para financiar la expansión. Los empresarios inmigrantes po- 
dían obtener préstamos en sus comunidades respectivas y algunos fabricantes te- 
nían acceso a ganancias del sector de exportación. Pero esta clase de oportunida- 
des no estaba generalizada. La mayoría de los que aspiraban a ser industriales 
pedía a gritos créditos institucionales. 

Exacerbadas por las crisis externas, las escaceses de capital circulante y de 
dinero para invertir eran problemas comunes de la mayoría de las economías lati- 
noamericanas durante el período que nos ocupa y fomentadas, en parte, por la 
insuficiencia y la inestabilidad de las instituciones. Igualmente importantes eran 
la concentración de actividades bancarias en el sector exterior y las balanzas co- 
merciales adversas que ocasionaban una exportación de dinero. En Brasil se fun- 
daron varios bancos durante los comienzos del decenio de 1850, período de liqui- 
dez general, tras finalizar la trata de esclavos transatlántica, durante el cual se 
constituyeron numerosas empresas comerciales e industriales. Pero Brasil siguió 
padeciendo una aguda falta de liquidez en el sector bancario. Con la crisis de 
1866, el Estado se vio obligado a actuar y se debatieron varias propuestas con 
el fin de satisfacer las crecientes necesidades de la economía del café, que estaba 
en expansión, y responder a las exigencias a corto plazo de la guerra con Para- 
guay. A pesar de todo, se introdujeron pocas reformas fundamentales. La ley 
de sociedades anónimas, decretada por el código comercial de 1860, introducido 
a raíz del hundimiento de 1858, era sumamente restrictiva. Se requería la autori- 
zación del Consejo de Estado para que una empresa del sector bancario o de 
otro sector pudiera funcionar bajo un régimen de responsabilidad limitada. El 
código de 1860, que estuvo vigente durante más de veinte años, resultó insensible 
a todos los intentos de liberalizar la legislación bancaria. Sólo durante el decenio 
de 1880 aumentó el número de bancos. Pocas casas, con algunas excepciones no- 
tables, proporcionaban crédito adecuado para la industria local. La flexibilidad 
aumentó con la instauración de la república, ayudada con políticas monetarias 
poco rígidas y una expansión del crédito estatal, especialmente durante los prime- 
ros años del decenio de 1890, durante la primera guerra mundial y, de forma 
intermitente, durante el segundo programa de intervencionismo en el mercado 
del café. 

Las prácticas bancarias en Argentina eran posiblemente todavía más restricti- 
vas, a pesar de un breve período de experimentación. La ley nacional de bancos 
garantizados de 1887, que estaba inspirada en la legislación norteamericana, fue 



266 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

un intento de introducir orden y flexibilidad en el sistema, que de esta forma 
armonizaría más con las necesidades nacionales. La nueva ley, complementada 
con proyectos de reforma monetaria, también tenía por objeto facilitar la regla- 
mentación por parte del gobierno. Este aspecto de la reforma de 1887 ha sido 
proyectado como un intento de controlar los bancos extranjeros y poner créditos 
a disposición de la industria nacional. Si es cierto que estos eran sus objetivos, 
entonces la política no tuvo éxito. La crisis de Baring no sólo se llevó muchos 
bancos estatales, sino que, además, reveló las prácticas especulativas (e ilegales) 
que adoptaron los bancos garantizados. Fruto de una valoración sumamente crí- 
tica de la conducta del banco garantizado, se creó entonces un código bancario 
extremadamente ortodoxo. A principios de siglo, Argentina poseía uno de los 
sectores bancarios más restrictivos de América Latina, con excesivos requisitos 
de liquidez. Fueran cuales fuesen las intenciones de las leyes relativas a la banca 
garantizada, la reacción contra la ley de 1887 impediría que apareciese un servi- 
cio público o se desarrollase la banca durante varios decenios. Las quejas de los 
industriales contra la rigidez de las prácticas bancarias continuaron durante los 
primeros decenios del siglo xx y fueron in crescendo en el de 1920, momento 
en que se dijo que el Banco de la Nación ahogaba el mercado monetario de Bue- 
nos Aires al decir que no al redescuento. 

El contraste con Chile es grande. Sólo las monedas —de oro, plata y cobre- 
habían sido de curso legal en Chile hasta 1860. El sistema monetario era total- 
mente inadecuado, en particular con el incremento del nivel de actividad econó- 
mica que se produjo a partir de mediados de siglo. El primer banco de emisión 
se fundó en Valparaíso en 1848. A pesar de la oposición oficial y de la hostilidad 
de los intereses creados del mundo económico, otros cuatro bancos iniciaron sus 
operaciones entre 1854 y 1860. Las normas de actuación especiales que habían 
funcionado hasta entonces fueron regularizadas por una ley de julio de 1860 que 
confirió oficialmente a estos bancos el derecho a emitir billetes. La ley de 1860 
fue un ejemplo de legislación extremadamente liberal, ya que no fijaba ningún 
requisito mínimo de capital para la constitución de bancos de emisión, no obliga- 
ba a los bancos a tener reservas en metálico ni disponía forma alguna de inspec- 
ción gubernamental. El resultado fue un incremento espectacular del número de 
bancos y del volumen de billetes en circulación. 37 La legislación bancaria no fue 
más que una faceta de la adopción de una actitud más activa por parte del Estado 
chileno. El gobierno creó bancos hipotecarios y el propio Estado fue un cliente 
importante de los mismos. Se registró un aumento rápido de la deuda nacional 
y de la deuda exterior, y el Estado siguió una política monetaria generalmente 
expansionista con el objeto de financiar el crecimiento del sector público. Dado 
que no se quería o no se podía incrementar la base impositiva, la petición de 
préstamos y la impresión de dinero eran los únicos métodos que permitían soste- 
ner el incremento de los gastos del gobierno en concepto de administración y 
proyectos de equipamiento social hasta que empezaron a recaudarse los ingresos 
producidos por el nitrato. Esta tendencia no dejaba de tener sus costes, como 
reveló la crisis del decenio de 1870. Sin embargo, el sistema también fue el origen 
de una notable diversificación nacional. El papel del Estado y su capacidad de 

37. Ortega, «Economic policy in Chile». 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 267 

llevar a cabo una eficaz administración macroeconómica se vieron reforzados por 
la propiedad de ferrocarriles en el centro y el sur de Chile, la formación de esta- 
blecimientos manufactureros dirigidos por el Estado y la creación, durante el de- 
cenio de 1920, de multitud de agencias de crédito. La eficiencia de estos organis- 
mos y la eficacia de la política pueden discutirse. De lo que no cabe dudar es 
de la escala de la intervención oficial en la economía y de la capacidad del gobier- 
no de iniciar medidas anticíclicas. 

Aunque el Estado chileno fue excepcional por la escala de sus actividades, 
las medidas y algunos de los programas de las administraciones de Santiago se 
ajustaban a una pauta continental. El aumento de la inestabilidad del sector de 
exportación obligó al gobierno a proyectar una imagen más sensible, más respon- 
diente. La política del gobierno solía tener por objeto mejorar y, de vez en cuan- 
do, reformar; raramente, a pesar de la retórica del momento, consistía el objeti- 
vo de la política en promover de forma explícita la expansión industrial. Chile 
presenta un ejemplo precoz porque la inestabilidad ocurrió en una coyuntura crí- 
tica. El efecto del comienzo de la gran depresión de 1873 probablemente no fue 
más agudo en Chile que en otros países latinoamericanos. La principal diferencia 
radicaba en que la autoridad del gobierno central se consolidó pronto y los inte- 
reses que habían cristalizado durante los auges de la exportación basados en los 
cereales y el cobre podían obtener respuestas positivas del Estado. Las medidas 
intervencionistas obtenidas en este punto se solidificaron durante la época del 
nitrato. Respuestas a la inestabilidad del sector de exportación hacia principios 
de siglo cabe observarlas en Brasil, México y otras partes. El batllenismo en Uru- 
guay, y posiblemente programas que se aplicaron en Argentina durante el perío- 
do posterior a las victorias electorales de los radicales, pueden presentarse como 
ejemplos de distribucionismo reformista ocasionado por el incremento de la com- 
plejidad de las estructuras sociales. Las medidas intervencionistas, no obstante, 
se inspiraron en honorables precedentes. 

Durante todo el siglo xix la concesión de subsidios y la renuncia a los dere- 
chos sobre las importaciones siguieron contándose entre los métodos preferidos 
de estimular actividades económicas deseables. La ayuda del Estado que consistía 
en garantizar las tasas de beneficios del capital invertido en proyectos que conta- 
ban con la aprobación oficial estaba garantizada. Garantizar los beneficios era 
una forma común de promover proyectos ferroviarios, especialmente en la costa 
oriental, y siguió empleándose, de un modo u otro, en Brasil hasta bien entrado 
el siglo xx. Aun siendo las principales beneficiarías, las compañías de ferroca- 
rriles no eran las únicas receptoras de garantías. Todavía más importantes para 
la fabricación eran las subvenciones y las primas. El gobierno central y los go- 
biernos provinciales y estatales de Brasil eran los principales exponentes de un 
régimen de subvenciones destinadas a ayudar a la industria. Pensadas inicialmen- 
te para ayudar a las compañías ferroviarias y a las líneas de vapores fluviales 
y de cabotaje, las subvenciones de salida y anuales se aplicaron más adelante 
a empresas dedicadas a la fabricación. En las economías donde escaseaba el capi- 
tal, esta ayuda tangible era importantísima. Las subvenciones y las primas surtie- 
ron mayor efecto durante los decenios de 1860, 1870 y 1880 que la concesión 
de monopolios temporales, la exención de impuestos o las promesas de recibir 
pedidos del gobierno. Y la expansión de las exportaciones que inducía un creci- 



268 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

miento de los ingresos del gobierno más o menos proporcional con las aspiracio- 
nes desarrollistas impartía mayor eficacia a tales programas. 

El acceso a los ingresos era sólo una parte del proceso. Como ya hemos indi- 
cado, la mayor competencia en los campos en que las medidas del gobierno ya 
se habían consolidado a finales del siglo xix permitió la armonización y una ma- 
yor eficacia en la puesta en práctica de la política. En México se recalcan mucho 
los cambios efectuados en el código de comercio y las medidas relativas a la cons- 
titución de empresas. En 1900, el incremento de la competencia burocrática había 
fomentado en algunos países innovaciones institucionales que estaban en conso- 
nancia con los requisitos de la política. El carácter avanzado de varios aparatos 
gubernamentales lo revelan sus respuestas a los movimientos del tipo de cambio. 
Las variaciones del valor exterior de una moneda surtían, entre otras cosas, efec- 
to en las rentas nacionales, afectaban directamente el precio de las importaciones 
(y no en menor medida los inputs que necesitaban los fabricantes) e influían en 
las tasas de inflación nacional y en la incidencia del proteccionismo arancelario. 
Los fabricantes eran muy conscientes de la relación entre los tipos de cambio 
y el arancel en lo que se refería a determinar los niveles de proteccionismo. Los 
industriales sabían que si bien el proteccionismo arancelario ofrecía salvaguar- 
dias contra un descenso del precio de las manufacturas importadas o un alza 
de los costes de producción nacional, el tipo de cambio influía en ambas cosas. Se 
arguye que en la política del cambio argentina había un sesgo favorable a un 
tipo de cambio relativamente depreciado. En 1864, a comienzos del decenio de 1880 
y de nuevo en 1899, se recurrió a las paridades fijas con el objeto de impedir 
la revalorización del peso. En igualdad de circunstancias, la depreciación de la 
moneda, a menos que fuera acompañada de un incremento exponencial de la infla- 
ción nacional, daba mordacidad complementaria a los derechos proteccionistas. 
En Brasil había tendencia a que las inversiones industriales crecieran a un ritmo 
más rápido durante los períodos de depreciación del tipo de cambio (y de expan- 
sión monetaria o crediticia) que en épocas de estabilidad relativa en los mercados 
cambíanos. De forma parecida, se arguye que la depreciación ininterrumpida del 
peso chileno a raíz de la decisión de abandonar la convertibilidad en 1878 fue 
un recurso eficaz para interiorizar la demanda y, como iba acompañada de una 
política monetaria poco rígida, promover la fabricación nacional. Se han obser- 
vado tendencias parecidas en Perú y México cuando la moneda de estos países 
se basaba en un patrón plata. La producción local de plata garantizaba tanto 
la expansión de la base monetaria como el descenso del valor exterior del sol 
y el peso que aseguraba a los productores nacionales contra el descenso general 
de los precios de las importaciones. En cambio, la adopción del patrón oro por 
parte de Perú en 1897 invirtió el proceso. En Argentina y Brasil, los fabricantes 
veían con inquietud las esporádicas revalorizaciones del valor exterior del peso 
y del muréis, respectivamente, durante el decenio de 1920, pues temían que pro- 
vocaran una oleada de importaciones «baratas». El resultado era con frecuencia 
una campaña para pedir el proteccionismo arancelario como la que organizó la 
Unión Industrial Argentina entre 1922 y 1924. 

Los cambios de política, especialmente los fuertes ajustes de los derechos de 
importación después de revalorizarse la moneda, han provocado un debate en 
torno a la fuerza política de los empresarios industriales y su acceso al gobierno. 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 269 

Interrogantes parecidos se plantean ante los regímenes de dinero barato y la dis- 
posición de varios grupos en diversos países a tolerar largos períodos de deprecia- 
ción de la moneda. ¿Eran los programas de esta clase una respuesta consciente 
a demandas de los fabricantes? ¿O estas medidas las exigían otros grupos y te- 
nían sólo un beneficio incidental para la industria? Contrastando con ello, cabe 
preguntar si las variaciones en la oferta monetaria y el tipo de cambio deben 
dignificarse con el título de «política». Puede que no se necesite una explicación 
más compleja que afirmar que el Estado se hallaba sometido a presiones inexora- 
bles para que gastase y que existía la mano oculta del mercado. La «empleoma- 
nía», más que el deseo de fomentar el desarrollo o mejorar la eficiencia de las 
medidas, podría explicar por qué se crearon organismos reguladores, bancos del 
gobierno, etcétera. La creación de empleos, y no la puesta en práctica de una 
política, era el objetivo y el sencillo logro de la burocratización. 



La comunidad industrial y la oligarquía dominante 

El origen social de los empresarios industriales y otros beneficiarios del proce- 
so de expansión de las actividades manufactureras ocupa un lugar central en el 
proceso de crecimiento industrial antes de 1930, toda vez que estos orígenes expli- 
can en parte la relación entre los industriales y el Estado y las actitudes ante 
el papel del trabajo en la expansión del sector. Tradicionalmente, se ha clasifica- 
do a los fabricantes latinoamericanos como artesanos, pequeños capitalistas, hom- 
bres de negocios con un amplio despliegue de actividades. Esta tipología, que 
es menos sencilla de lo que parece al principio, abarca dos criterios interrelacio- 
nados que identifican a las clásicas dicotomías que dividían al grupo de aspiran- 
tes a industrial, es decir, las diferencias en el tamaño de las empresas y en las 
técnicas de producción. Algunas empresas eran grandes y empleaban tecnología 
avanzada. Otras, aunque de escala menor, también funcionaban con tecnolo- 
gía moderna. Estas unidades contrastaban con los talleres artesanales que usaban 
técnicas que eran tradicionales en el artesano y el jornalero, y también con la 
fabricación doméstica. El alto grado de heterogeneidad social que esta tipología 
llevaba implícito era característico de muchas de las primeras organizaciones de 
industriales, cuyos miembros procedían de las filas de la oligarquía hacendada, 
la comunidad mercantil y otros grupos de medios más modestos. 

Otra compartimentación potencial era fruto del papel que interpretaban los 
inmigrantes. Un ejemplo clásico es Argentina. En 1914, dos tercios de los propie- 
tarios de establecimientos industriales habían nacido en el extranjero. Los inmi- 
grantes preponderaban en casi todas las ramas de la fabricación, con la impor- 
tante excepción de la industria textil. El contraste con los hacendados era muy 
grande: casi tres cuartas partes de propietarios o administradores de hacienda 
eran naturales del país. En 1935 la industria seguía siendo coto cerrado de extran- 
jeros, con más del 60 por 100 de empresarios industriales nacidos fuera de Argen- 
tina. La cifra había sido de más del 80 por 100 en 1895. 38 Los nativos mante- 
nían una presencia fuerte sólo en las actividades artesanales, los procesos vinculados 

38. Díaz Alejandro, Essays on the economic history of the Argentine Republic, p. 215. 



270 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

estrechamente a la agricultura y en los establecimientos situados fuera de la capi- 
tal federal. La preponderancia de inmigrantes data de los comienzos del período 
nacional. Como país de inmigración en masa, Argentina sólo era excepcional en 
el grado en que preponderaban los inmigrantes. El material cualitativo hace hin- 
capié en el papel de los inmigrantes en la expansión industrial de Chile y los datos 
accesibles sostienen conclusiones parecidas en el caso de Perú. Los inmigrantes 
también fundaron la mayoría de las industrias modernas de Uruguay y, en 1908, 
ya poseían más del 60 por 100 de los establecimientos manufactureros de Mon- 
tevideo. Desde luego, se daba la circunstancia de que los bancos extranjeros 
— especialmente los italianos — se mostraban muy dispuestos a prestar a sus pro- 
pios compatriotas que necesitaban dinero para crear empresas industriales, a la 
vez que los pequeños capitalistas inmigrantes pedían prestado a miembros más 
acomodados de sus comunidades. Las pruebas impresionistas y los datos cuanti- 
tativos advierten que no hay que caer en la fácil trampa de hacer esta generaliza- 
ción extensiva a Brasil, donde, si bien los empresarios inmigrantes proyectaban 
una imagen dinámica en la fabricación, no debe subvalorarse la iniciativa nacional. 
Si la prominencia de empresarios inmigrantes señalaba la compartimentación 
del sector, otras tendencias fisiparas eran el resultado de la creciente presencia 
de transnacionales y de la continuada fragmentación regional. Sin embargo, no 
hay que exagerar la importancia de los primeros y tampoco puede generalizarse 
la del segundo factor. Como hemos indicado antes, el capital social dominaba 
en muchas actividades de exportación a comienzos de siglo. Los avances tecnoló- 
gicos y las consideraciones financieras indujeron en las economías metropolita- 
nas cambios estructurales en la forma de organizar la producción que, asociados 
con el descenso de las tarifas de fletes mundiales, estimularon la expansión en 
el extranjero. Existía ya la presencia de conglomerados de empresas en la fabrica- 
ción destinada a los mercados nacionales antes de 1914, cuya escala y variedad 
aumentaron durante el decenio de después de la guerra. Compañías transnacio- 
nales con base en Inglaterra y los Estados Unidos iniciaron sus operaciones en 
Argentina durante el largo auge de 1908-1912. En 1930 los fabricantes de auto- 
móviles estadounidenses habían dejado virtualmente de exportar vehículos aca- 
bados a Argentina (el mayor mercado de América del Sur) y montaban los vehí- 
culos en el citado país. Una tendencia semejante podía observarse en Brasil. 
A los grandes fabricantes norteamericanos que producían localmente maquinaria 
para las industrias del calzado y textil antes de 1914 se les unieron, durante el 
decenio de 1920, las compañías Ford, General Motors, International Harvester, 
etcétera, que montaron sucursales para fabricar o montar automóviles, electro- 
domésticos, maquinaria agrícola y de otros tipos. En 1929 las fábricas filiales 
de sociedades transnacionales ya representaban el 17 por 100 del capital y aproxi- 
madamente el 14 por 100 del número de unidades entre las 79 empresas manufac- 
tureras más importantes de Sao Paulo. 39 A pesar del rápido crecimiento de la 
industria paulista durante los primeros tres decenios del siglo xx, en 1930 la ma- 
nufacturación en Brasil seguía siendo regionalmente dispersa y los focos princi- 
pales eran Sao Paulo y la ciudad de Río de Janeiro con una importante concen- 
tración de capacidad en el lejano sur. En México, la creciente importancia de 

39. Cano, Sao Paulo, p. 224. 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 271 

Ciudad de México como centro manufacturero, acelerada en parte por la Revolu- 
ción, ocultó la decadencia absoluta de lugares históricos, tales como Puebla y 
León, y el mayor aislamiento de complejos fronterizos como Monterrey. 

De todo esto se desprende una visión de la industria que proyecta la fragmen- 
tación del sector y la debilidad del capital industrial. Se decía que estos rasgos 
explicaban la falta de coherencia de la «estrategia» de fabricación, la distancia 
del poder político y el papel marginal en las economías nacionales dedicadas a 
las actividades de exportación. Y la producción artesanal continuó siendo un ras- 
go prominente del sector en varios países durante gran parte del siglo xix. Está 
claro que la supervivencia de una presencia artesanal entre los fabricantes menos- 
cababa la categoría social de los empresarios industriales en los países dominados 
por élites hacendadas con pretensiones aristocráticas. Poco prestigio daban las 
actividades industriales en pequeña escala en las sociedades que hacían alarde 
de la posesión de extensas tierras o de la participación en el comercio transatlán- 
tico y que, imbuidas de tradiciones culturales hispánicas de carácter exclusivo, 
valoraban el empleo al servicio del Estado o las profesiones liberales. En térmi- 
nos prácticos, la supervivencia de una clase de artesanos impedía la formación 
de un consenso entre la comunidad industrial sobre aspectos críticos de la política 
a seguir. Si bien todos podían estar más o menos de acuerdo en que el proteccio- 
nismo arancelario era conveniente, las medidas concretas recibían menos apoyo 
general. Como demuestra la experiencia de la producción textil en México y Ar- 
gentina durante el segundo cuarto del siglo xix, el debate en torno a los dere- 
chos de importación dio pie a graves conflictos. Los pequeños artesanos y los 
que se dedicaban a la producción doméstica eran partidarios de que se excluyeran 
los artículos acabados y virtualmente todos los artículos relacionados con la pro- 
ducción de prendas de vestir. Los propietarios de fábricas, en cambio, presiona- 
ban para que se aplicasen derechos prohibitivos a los artículos acabados, pero 
eran partidarios de que se importara maquinaria sin pagar derechos, con lo que 
el choque con los trabajadores domésticos estaba asegurado. Los tejedores po- 
dían pretender una reducción de los derechos sobre las importaciones de hebra; 
los hilanderos, al contrario, no. Las fábricas que no tenían acceso a un abasteci- 
miento seguro de materias primas alentaban la importación sin restricciones; los 
hacendados que integraban la producción de materias primas con la fabricación 
se inclinaban menos por este punto de vista. Los conflictos eran incesantes, pero 
el choque más significativo ocurría entre los productores que utilizaban fábricas 
y los que se valían de otros medios. No hay duda de que la perduración de uni- 
dades artesanales, con la consiguiente fragmentación del sector, impidió que se 
proyectara una imagen coherente, más dinámica, de la fabricación en muchos 
campos. Aunque distaba mucho de ser el factor más importante entre los que 
dificultaban el crecimiento industrial, el efecto negativo de la perduración del 
artesano ha sido infravalorado en las crónicas revisionistas que tenían mucho 
empeño en presentar la producción artesanal como un trampolín para la indus- 
tria fabril en toda regla. Hay pocos ejemplos de que semejante transformación 
tuviera éxito. 

De igual modo, no debe exagerarse la mano muerta del artesano. En las pos- 
trimerías del siglo xix, debido en gran parte a la influencia de la inmigración, 
la producción doméstica ya se veía desplazada por el trabajo en las fábricas, aun- 



272 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

que la escala de producción siguiera siendo pequeña. Durante el decenio de 1880 
la fabricación en Montevideo ya estaba perdiendo su carácter artesanal. Aunque 
los datos no son concluyentes, hubo un movimiento hacia la fuerza mecánica 
a finales de siglo. En 1889 más de un tercio de las necesidades energéticas de 
la «industria» aún se obtenía por medios tradicionales. En 1908 no sólo se había 
multiplicado casi por tres el consumo de energía industrial, sino que, al menos 
en Montevideo, la fuerza procedía exclusivamente de medios mecánicos: tres cuar- 
tos del vapor y uno de la electricidad. La adopción de la fuerza mecánica cabe 
interpretarla como indicio de un cambio a favor de la fabricación moderna, es 
decir, basada en la fábrica. Hubo un incremento paralelo de la escala de la pro- 
ducción y una diversificación de las actividades manufactureras. Antes de termi- 
nar el siglo, menos del 5 por 100 del número total de empresas empleaban 
casi un 60 por 100 de la población activa; en 1913, 14 establecimientos, alre- 
dedor del 0,5 por 100 del número total de empresas industriales, representaban 
más del 26 por 100 de la población activa. Con la expansión de la base industrial 
de Uruguay llegó una di versificación de las importaciones. Durante el dece- 
nio de 1880 los bienes de consumo perecederos — alimentos, bebidas y textiles — 
dominaban los programas de importación. En el quinquenio 1896-1900, la parti- 
cipación de estos artículos en las importaciones era sólo del 56 por 100, con la 
maquinaria y los bienes de producción representando ya el 17 por 100. En 
1906-1910, las cifras respectivas eran del 46 y el 25 por 100. La reestructuración 
de las importaciones estuvo en función del aumento de la producción nacional 
en fábricas. 40 Hechos parecidos ocurrieron en Chile, donde el incremento del 
consumo de energía y el recurso a la fuerza mecánica señalaron la muerte de 
la producción artesanal y la consolidación de la fábrica moderna. Tal como he- 
mos indicado, las economías más importantes participaron en esta tendencia. 
Aunque el derrumbamiento de la clase artesanal estuvo asociado con el aumento 
de la presencia de inmigrantes y la aparición de un «complejo» industrial con 
una pátina moderna más reconocible, el resultado no fue necesariamente una as- 
censión del prestigio social asociado con las actividades manufactureras. Los em- 
presarios industriales padecían graves desventajas. Al igual que muchos inmigran- 
tes, no eran ciudadanos, conservaban la nacionalidad de su país de origen y carecían 
de una base política. En un sector que a principios de siglo todavía se caracteriza- 
ba por la escala entre pequeña y mediana de sus operaciones, los fabricantes no 
siempre podían elevarse por encima de sus orígenes de capitalistas modestos y 
socialmente inferiores. Además, los industriales existían en una esfera distinta 
de la de otros grupos de la clase media. A comienzos de siglo, la expansión de 
las actividades exportadoras y de la economía urbana ya habían producido en 
Argentina la mayor y más perspicua clase media de América Latina. Las refor- 
mas de la educación y el crecimiento del sector público, financiado en gran parte 
por los impuestos sobre el comercio exterior, habían ampliado las oportunidades 
de empleo para los grupos profesionales y la clase política. Las filas de las clases 
medias aumentaron aún más debido a las oportunidades en el comercio, las fi- 
nanzas, y las compañías de servicios públicos, todo lo cual requería abogados, 

40. J. P. Barran y B. Nahum, Batlle, los estancieros y el imperio británico: el Uruguay 
Montevideo, 1979, pp. 202-204. 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 273 

contables, ingenieros, administradores y oficinistas. La composición de la socie- 
dad argentina cambió espectacularmente entre 1870 y 1930. Pero el grueso de 
los prósperos sectores intermedios compartía pocas aspiraciones en común con los 
fabricantes. Abogados, funcionarios del Estado y políticos profesionales consti- 
tuían una clase media dependiente asociada con intereses del sector exportación. 
Impresionadas por las tradiciones y los valores de las élites, las aspiraciones y 
los logros de las clases medias argentinas fueron absorbidos dentro de un sector 
terciario y una cultura que mostraba indiferencia ante la industria, cuando no 
era realmente contraria a ella. La mayoría de los profesionales veían con horror 
las campañas que pedían la «reforma» arancelaria y que amenazaban las pautas 
de consumo de la clase media. En esto compartían una perspectiva común con 
segmentos del trabajo urbano. 

La estructura de clases y la formación social de Argentina aislaban y debilita- 
ban a los empresarios industriales, que se veían marginados de la política. Las 
excepciones notables, tales como los Di Telia y los Frazer, inmigrantes que fun- 
daron importantes complejos industriales, o los Bunge y los Born, que pasaron 
del comercio y las finanzas a la fabricación y engrosaron las filas de la oligar- 
quía, o los Anchorena, familia hacendada tradicional que adquirió intereses in- 
dustriales, solían descartarse precisamente porque no representaban un proceso 
general. Esta tesis de la ineficaz representación política y la exclusión de los fa- 
bricantes del aparato del Estado impregnaba un punto de vista anterior que ad- 
quiría una dimensión continental. Los análisis que recalcan la insuficiencia de 
la normativa están claramente en deuda con esta tradición. La compartimenta- 
ción de la industria, su separación de las actividades dominantes, es decir, la mi- 
nería y la agricultura, también contribuía a la escasez de capital. Organizada por 
un grupo socialmente distinto, la fabricación no podía beneficiarse de una trans- 
ferencia directa de los beneficios de la actividad exportadora. Indirectamente, 
estas interpretaciones sostienen la proposición de que, antes de 1930, el sector 
era débil, fragmentario, aislado y poco importante. 

Que estas valoraciones se sostuvieran durante mucho tiempo indica tanto la 
naturaleza escasa del material disponible como los parámetros dentro de los cua- 
les ha tenido lugar el debate hasta ahora. Porque, como revelan los pocos estu- 
dios que se han llevado a cabo, hay necesidad de biografías industriales y de 
una investigación general de la procedencia social de los fabricantes. La labor 
que se ha terminado en este campo sugiere una situación diferente. Lo que se 
ha escrito sobre Brasil es un desafío a la ortodoxia e induce a pensar tanto en 
la transmisión de influencias modernizadoras a la élite nacional por parte de ex- 
tranjeros como en la aparición de un dinámico capitalismo nacional. Los «heroi- 
cos» industriales brasileños estaban imbuidos de perspectivas anglosajonas de la 
expansión económica, mostraban entusiasmo por las actividades manufactureras 
y manifestaban preferencia por los procedimientos empresariales. 41 Pero cabe 
preguntarse si unos cuantos modernizadores «heroicos» constituían un proceso 
general. Que la respuesta es afirmativa lo indica la estrecha proximidad de la 
fabricación y los intereses agrícolas y comerciales en Brasil durante el ciclo del 
café. Parece ser que la solidaridad clase-sector predominaba sobre el antagonis- 

41. Graham, Britain and the onset of modemisation, passim. 



274 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

mo y dio por resultado la formación de un auténtico capitalismo nacional. El 
crecimiento del interés de los fazendeiros en la fabricación corrió parejas con 
cambios generales en la estructura de la economía. Al mismo tiempo que los be- 
neficios del café fluían directamente hacia la fabricación existían otros cauces 
que facilitaban la transferencia de fondos al sector: los cultivadores de café fun- 
daron bancos a modo de mecanismo que facilitara las inversiones fuera de la 
agricultura. 42 

La difusión de procedimientos capitalistas dentro del campo paulista del café 
ha quedado bien demostrada; es un proceso que se ha fechado de forma conve- 
niente en los principios de la transición de la mano de obra esclava a la libre 
a partir de comienzos del decenio de 1870. En esta coyuntura hubo un aumento 
del interés por la empresa comercial e industrial que obligó a recurrir a mecanis- 
mos formalizados para obtener fondos. La responsabilidad limitada y la institu- 
cionalización del nexo ahorros-inversión sustituyeron a formas arcaicas y perso- 
nales de obtener fondos. La naturaleza capitalista y precoz de la industria del 
siglo xix en Chile también está reconocida. Y, aunque se reconoce el papel de 
los empresarios inmigrantes, se recalca la participación endógena en actividades 
secundarias y la absorción por la élite de inmigrantes aspirantes y dotados de 
talento. Algunos estudios nuevos divergen de interpretaciones anteriores y pre- 
sentan los escalones superiores de la sociedad chilena como un estrato accesible 
para los inmigrantes socialmente móviles. La aceptación de que Chile era una 
sociedad estratificada de modo menos rígido, más complaciente, de lo que se 
decía antes admite la posibilidad de que los industriales ejercieran influencia den- 
tro del aparato del Estado (de que la ejercían sobre él no cabe duda). De modo 
parecido puede explicarse la rapidez con que la empresa inmigrante se convirtió 
en empresa nacional, no en menor medida durante la primera guerra mundial. 
México sólo ofrece una corroboración limitada de esta hipótesis. Los inmigrantes 
dominaban sectores clave de la fabricación, tales como los textiles, mientras que 
la iniciativa empresarial de los nativos se manifestaba en otras partes. Parece, 
no obstante, que los fabricantes de México gozaban de un contacto menos direc- 
to con la oligarquía dominante o el Estado que sus colegas de otros países, al 
menos durante el período anterior a 1930. 

Puede que la demostración de una mejora de la categoría social y del aumen- 
to de la influencia política esté en el crecimiento del número de miembros de 
las asociaciones de industriales antes y después de comienzos de siglo, y en la 
mayor confianza con que los clubes y asociaciones industriales representaban los 
intereses del sector ante el Estado. La creación de estas organizaciones y el aumento 
del número de miembros de las mismas indican, como mínimo, que se percibía 
la necesidad de crear grupos de presión que defendieran la fabricación y cultiva- 
ran la opinión local a favor de la industria. Antes de la primera guerra mundial 
se reconocía a entidades como la Sociedad Nacional de Industrias en Perú o la 



42. Cano, Sao Paulo, p. 129; E. W. Ridings, «Class sector unity in an export economy: 
the case of nineteenth century Brazil», Hispanic American Historical Review, 58/3 (1978); 
Z. M. Cardoso de Mello, «Sao Paulo 1845-1895: metamorfoses da riqueza. Contribucáo ao estu- 
do da passagem da economía mercantil escravista á economía exportadora capitalista», tesis doctoral 
inédita, Universidad de Sao Paulo, 1981. 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 275 

Unión Industrial Argentina como cauces para expresar los agravios de los fabri- 
cantes. Durante el decenio de 1920, la Unión Industrial Argentina y la brasileña 
Associacáo Industrial organizaron exposiciones industriales y montaron campa- 
ñas inteligentes a favor de la reforma arancelaria que recalcaban la seguridad 
nacional y la creación de empleos, aprovechaban las deficencias que la primera 
guerra mundial había revelado en estas economías y respondían a los temores 
de que el proteccionismo surtiera un efecto adverso en el coste de la vida. Aun- 
que las presiones raramente alcanzaran el objetivo apetecido, en el decenio de 
1920 las asociaciones industriales de Argentina, Brasil, Chile y Perú ya afirma- 
ban contar con la atención de la presidencia. 

Al mismo tiempo que despertaba un interés nuevo por el origen social de los 
industriales, la posición de los grupos nacionales dominantes y el papel del Esta- 
do, el debate en torno a la industria antes de 1930 también ha dado fuerza al 
que gira alrededor del papel del trabajo. Este tema forma parte de una reconside- 
ración más amplia del trabajo que está produciendo una visión menos dicotómi- 
ca de las estructuras sociales. Los análisis de la actividad económica basados en 
los factores de oferta no habían descuidado el trabajo; ocurría, en vez de ello, 
que el enfoque era limitado. Se alegaba que la industria dependía de una estruc- 
tura política apropiada y necesitaba tener acceso a una mezcla específica de fac- 
tores. El trabajo era uno de estos factores. Si la industria presuponía empresa- 
rios, presuponía también trabajadores- industriales. Pero los trabajadores urbanos 
deben verse menos como factor de producción que como mercado o clase. Los 
estudiosos han sido tan asiduos en esta búsqueda de un proletariado como en 
la de un cuadro modernizador de capitalistas industriales. Para identificar un 
proceso de industrialización (que no es lo mismo que una expansión de la base 
manufacturera) antes de 1930 es necesario descubrir una clase de trabajadores 
industriales urbanos, una muestra más de transformación estructural. Esta tarea 
no es fácil. 

Como revela el caso de México, grupos de trabajadores industriales asalaria- 
dos —con su base en la fábrica, dependientes de máquinas y de la venta de su 
trabajo en el mercado — no son difíciles de descubrir, ni siquiera durante los co- 
mienzos del período nacional. Se sabe que en los países donde la esclavitud siguió 
existiendo después de la independencia se daban casos de esclavos que eran em- 
pleados en fábricas. Esto se ha presentado como una fase en la aparición de un 
proletariado. Afirmaciones parecidas se hacen en referencia a la contratación de 
mano de obra rural en Brasil, Perú y otras partes. Estos grupos, que sin duda 
tienen significación intrínseca, constituyen ejemplos aislados y raramente ilustran 
un proceso general. Cabe que la actividad de los sindicatos aporte una prueba 
más apropiada de la identidad y la cohesión de clase. El descontento social obser- 
vado — tanto urbano como rural — , el incremento de la represión y el aumento 
de los temores que en la élite despertaba la agitación señalan una creciente expre- 
sión de agravios por parte del trabajo, que adquirió cierto grado de organización 
eficaz. En 1914 los sindicatos ya no eran organizaciones efímeras, agrupamientos 
formados especialmente para abordar un asunto específico o para hacer frente 
a un problema dado, que se disolvían cuando las cosas quedaban resueltas o, 
más probablemente, cuando eran reprimidos con violencia. Al igual que los em- 
presarios de otros sectores, los fabricantes consideraban que las relaciones indus- 



276 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

tríales eran una cuestión de orden público y con frecuencia recurrían al poder 
de coacción del Estado para resolver las disputas laborales. Sin embargo, una 
organización nacional del trabajo ya existía en Chile antes de la primera guerra 
mundial, y en Argentina y Uruguay antes del decenio de 1920. Los trabajadores 
urbanos de México también se estaban organizando al comenzar el siglo xx. En 
Brasil, la prontitud con que el Estado actuó para cooptar o aplacar a los trabaja- 
dores urbanos a partir de 1930 indica que para entonces el sector ya era tan gran- 
de como identificable. Pero los trabajadores industriales no constituían el núcleo 
de estos movimientos. Principalmente, los trabajadores del sector de exportación, 
por ejemplo los sindicatos relacionados con el nitrato en Chile, tomaron la inicia- 
tiva en la lucha por organizar al mundo del trabajo. En otras partes los más 
activos fueron los trabajadores de los servicios públicos, como, por ejemplo, el 
sindicato de ferroviarios argentino o grupos de administrativos tales como los 
empleados de banca uruguayos. 

Antes de 1914 pueden identificarse claramente grupos de industriales en va- 
rios países latinoamericanos. Los estudios modernos presentan a estos grupos como 
organizaciones más homogéneas de lo que se creía antes. Los fabricantes no eran 
necesariamente marginados, o al menos eso se arguye ahora. Pero la tendencia 
de los escritos revisionistas, que subraya las percepciones de la integridad de la 
clase dominante y una aproximación de intereses, difícilmente permite presentar 
a los heroicos empresarios industriales como agentes de profundos cambios so- 
ciales aunque representaran un componente identificable en un proceso de diver- 
sificación económica. De forma parecida, puede que los trabajadores urbanos 
— y algunos elementos de la población activa en los medios rurales — estuvieran 
relativamente bien organizados antes del decenio de 1920. A decir verdad, los 
trabajadores urbanos, ya fuera actuando conscientemente o como consecuencia 
indirecta del crecimiento económico, antes de la primera guerra mundial habían 
conseguido un incremento del bienestar social en algunos países (y, posiblemente, 
una mayor participación relativa en la renta nacional). Se ha reconocido la capa- 
cidad de los trabajadores de hacerse con una parte de los beneficios de la produc- 
tividad resultante del incremento de la fabricación y ampliar con ello el mercado 
de productos secundarios. Es posible que algunos elementos de la población acti- 
va se volvieran más perspicuos durante este período, pero en la mayoría de las 
sociedades el sector organizado se veía eclipsado por los trabajadores empleados 
en actividades que no permitían una sindicación eficaz. Y aunque podía obser- 
varse un proletariado de base ciudadana en las economías más urbanizadas del 
Cono Sur, difícilmente puede decirse que fuera un proletariado industrial. 



¿Industria o industrialización? 

Si bien la naturaleza del tema impide hacer una generalización demasiado fá- 
cil, no cabe duda de que los decenios anteriores a la depresión de entreguerras 
fueron testigos de un crecimiento de la industria en todos los países. Las crónicas 
de la época que datan de antes de 1900 observaban un aumento de la producción 
industrial al mismo tiempo que propugnaban una política que fomentase la fabri- 
cación. Los censos industriales efectuados antes del decenio de 1930, que normal- 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 277 

mente eran incompletos y a menudo se basaban en supuestos discutibles, también 
dejan constancia de la escala de actividades industriales. Tendencias innovadoras 
en la producción y la organización confirman que en varios campos los orígenes 
de la industria moderna se remontan al decenio de 1880, especialmente en Chile 
y Brasil. Cambios cualitativos de la fabricación nacional también pueden obser- 
varse en Argentina y México: en sectores específicos había una participación cre- 
ciente de la oferta local en el consumo nacional de productos acabados. Antes 
de la primera guerra mundial, las actividades manufactureras también habían 
aumentado en Perú y Colombia. Una excepción notable en el proceso continental 
de crecimiento industrial inducido por la exportación era Cuba, donde los incre- 
mentos de la demanda total y de la modernización infraestructural facilitaron 
la consolidación del mercado y una creciente demanda de manufacturas que era 
satisfecha por las importaciones. Que los orígenes de la fabricación moderna pue- 
den fecharse antes del decenio de 1870 es discutible. Igualmente discutible es que 
la fabricación doméstica y en talleres, la fabricación de estilo «colonial», de co- 
mienzos del período nacional fuera capaz de transformarse en una industria mo- 
derna. Las unidades domésticas, de obraje y artesanales revelan varias caracterís- 
ticas protoindustriales. Sin embargo, la reestructuración de la industria que tuvo 
lugar durante el segundo tercio del siglo xix estuvo asociada con la consolida- 
ción de una presencia inmigrante y una penetración vigorosa en la fabricación 
por parte de grupos del sector exportador, tanto nacionales como extranjeros. 
El problema básico para las formas «coloniales» de industria no fue tanto que 
se adoptaran medios mecánicos de producción como la importancia que se daba 
a la especialización de las tareas y las nuevas formas de organización que se ha- 
llan implícitas en la fábrica moderna. 

¿Puede observarse un proceso de industrialización antes de 1930 si tenemos 
en cuenta que la mayor parte del debate se lleva a cabo en términos de crecimien- 
to de la industria? En el caso de Chile se ha afirmado con confianza, aunque 
no sin que ello fuera discutido, que la industrialización realmente tuvo lugar, 
ayudada por la aparición de programas pragmáticos de estímulo de la industria 
durante finales del siglo xix y una administración consciente de la demanda en 
el segundo o el tercer decenio del xx. Mayor es la prudencia que se muestra en el 
caso de Brasil. El inicio de la industria moderna en Brasil cabe fecharlo en el dece- 
nio de 1880; hubo también un proceso de profundización sectorial: la fabricación 
de una amplia variedad de artículos que no eran bienes de consumo perecederos 
e incluían bienes de capital. Está claro que la fabricación ya estaba muy arraiga- 
da en 1930, que la producción del país dominaba el mercado nacional en varios 
sectores y que en algunas regiones, sobre todo en Sao Paulo, el sector se encon- 
traba integrado eficazmente en la economía regional. Pocos autores, no obstan- 
te, interpretan estos avances como industrialización, aunque la mayoría de ellos 
aceptarían que las fases observadas de profundización y diversificación industria- 
les representaban una etapa importante en el proceso que conducía a la indus- 
trialización. En otras partes no sería apropiado usar el término industrialización 
en su contexto moderno. A comienzos del decenio de 1920, Argentina poseía el 
mercado más grande, moderno y dinámico de América Latina: la parte de la 
fabricación en el producto nacional bruto era casi el doble que en cualquier otro 
país. En esta etapa el ritmo de crecimiento de la producción secundaria también 



278 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

era más rápido que el de la producción primaria. A pesar de ello, el proceso 
de profundización de la industria no había llegado tan lejos en Argentina como 
en Chile o Brasil. Colombia, durante el decenio de 1920, experimentaba tal vez 
su primera fase sostenida de crecimiento de la fabricación aunque a partir de 
una base muy baja. Por razones diferentes, el progreso del crecimiento industrial 
falló en México y Perú durante el período de entreguerras. 

Aunque sigue habiendo desacuerdo e incertidumbre en relación con el tema 
principal, predomina el consenso en lo que respecta a importantes cuestiones de 
detalle. Ya no es posible presentar 1930 como punto de partida de la fabricación 
moderna en América Latina. Aunque el proceso de expansión industrial inducido 
por las exportaciones tenía unos límites definidos claramente, la fabricación mo- 
derna en América Latina data de la fase de crecimiento inducido por la exporta- 
ciones, como confirman las diferentes cronologías nacionales de desarrollo hacia 
afuera. La perturbación exógena de 1930 no inició la fabricación, aunque puede 
que los acontecimientos de los años treinta pusieran en marcha la profundización 
industrial, proceso que fue posible gracias a que ya existía un avanzado nivel 
de actividades secundarias en algunos países. En casos específicos, la primera 
guerra mundial quizá constituyó un estimulante de la fabricación más profundo 
de lo que se ha creído anteriormente, ya fuese porque la interrupción resultante 
fue relativamente más profunda en 1914 que en 1930 o porque las medidas toma- 
das especialmente para combatir los problemas inducidos por la contienda y las 
dificultades de posguerra sirvieron de modelo para los programas que luego se 
aplicarían en el decenio de 1930. 

De modo parecido, la polémica en torno a la industria ha resuelto conceptos 
erróneos en otros campos. El debate en torno a la política gubernamental refuta 
las afirmaciones simplistas en el sentido de que durante el siglo xix el continen- 
te fue una región de laissez-faire doctrinario y dogmático. Los regímenes procu- 
raron de diversas maneras abrir sus economías a las influencias externas durante 
el siglo y pico que siguió a la independencia: estados y regiones fueron atraídos 
o empujados hacia un sistema capitalista mundial en expansión. Con todo, a pe- 
sar del predominio de ideologías asociadas con los economistas clásicos o de con- 
ceptos de la sociedad fundados en preceptos elaborados por Spencer y Comte, 
los países de América Latina no pueden presentarse como ejemplos de liberalis- 
mo económico extraídos de un libro de texto. Poca duda puede haber de la inten- 
sidad del debate que se desencadenó en el siglo xix o la absorción generalizada 
de la retórica del liberalismo en las publicaciones oficiales y las declaraciones 
públicas de los estadistas. Sin embargo, los sentimientos liberales raramente se 
llevaban a la práctica. Ya fuera a causa de la herencia de tradiciones mercantilis- 
tas ibéricas o de apremiantes consideraciones fiscales y políticas, la actuación gu- 
bernamental era pragmática e intervencionista. La labor referente a las fuentes 
de capital industrial que pone de relieve la presencia de finanzas nacionales en 
el sector sostiene la hipótesis del pragmatismo y explica el rumbo de las medidas 
gubernamentales con respecto a la fabricación durante el período objeto de estudio. 

De todos modos, aunque se esté de acuerdo en que la acción oficial estimuló 
la industria, sigue habiendo polémica en torno a los mecanismos más apropiados 
que se emplearon. Puede que las medidas indirectas del Estado que produjeron 
mejoras generales del ambiente económico fuesen más significativas que las me- 



LA INDUSTRIA ANTES DE 1930 279 

didas específicas aplicadas poco a poco con el fin de promover industrias o em- 
presas individuales. La protección arancelaria llama la atención general: los dere- 
chos de importación cumplían una función importantísima para la industria. Pero 
había ejemplos de actividad manufacturera que se desarrolló sin protección o 
bajo regímenes arancelarios fiscales neutrales. La política del tipo de cambio com- 
plementaba el arancel y podía compensar las reducciones en las tasas reales de 
protección resultantes de una divergencia en las valoraciones oficiales, de acuer- 
do con las cuales se aplicaban las tasas de derechos, y los precios en muelle. Es 
indudable que los tipos de cambio se prestaban más a los ajustes que los regíme- 
nes arancelarios, cuya reformulación requería extensas consultas y, posiblemen- 
te, una renegociación de los tratados comerciales con potencias extranjeras. Las 
administraciones de Santiago de Chile y Río de Janeiro que aplicaban políticas 
monetarias poco rígidas debían de ser conscientes de las consecuencias de sus 
actos: es seguro que los exportadores sabían que, en igualdad de circunstancias, 
un incremento espectacular de las exportaciones provocaba la valorización de la 
moneda. 

Sin embargo, la mecánica de la política arancelaria y monetaria, que tal vez 
las mal preparadas burocracias sólo entendían de modo imperfecto, probable- 
mente tuvo menos importancia que cambios posteriores en la economía. Las re- 
formas institucionales que facilitaron la constitución de empresas industriales fue- 
ron importantes, como lo fueron también las leyes destinadas a estimular la banca, 
la provisión de incentivos y subvenciones para la fabricación, y la profesionaliza- 
ción general de los servicios que prestaba el Estado, desde la educación hasta 
la administración. La modernización de la infraestructura fue importantísima: 
la expansión de los ferrocarriles y el telégrafo integró y homogeneizó los merca- 
dos nacionales (o regionales). El crecimiento de los servicios que prestaban estas 
y otras empresas de servicio público hizo bajar los costes de entrada en una in- 
dustria y permitió a las empresas funcionar con una base de capital más pequeña. 
Las mejoras efectuadas en los puertos redujeron el coste de las importaciones 
de bienes de producción, bienes de capital y combustible. En muchos países la 
expansión de los servicios públicos significó el crecimiento del sector público. 
Es posible que el crecimiento de la renta —ya fuera fruto de una ampliación del 
sector público, de la administración consciente de la demanda o, indirectamente, 
del incremento de la escala de actividades de exportación — fuera el factor más 
importante entre los que contribuyeron al desarrollo de la fabricación nacional. 

Antes de 1930 el proceso de expansión industrial en las principales economías 
latinoamericanas era manifiestamente cíclico. También era incompleto. Cabe pro- 
poner un modelo provisional de la industria basado en la experiencia de las eco- 
nomías más avanzadas. Los períodos de expansión de las exportaciones creaban 
un ambiente que favorecía el crecimiento de la fabricación. A pesar de las filtra- 
ciones, las exportaciones generaban un incremento de los beneficios y las rentas 
nacionales. Crecieron los ingresos del gobierno y la escala de las actividades pú- 
blicas. En todas las economías, salvo en las que exportaban minerales, la deman- 
da de mano de obra aumentó con el crecimiento de las exportaciones: la expan- 
sión del sector asalariado supuso la monetización de la economía y la ampliación 
del mercado. Obviamente, la crisis en el sector exterior daba marcha atrás al cre- 
cimiento de la renta y perjudicaba los recursos de que disponía la industria. Sin 



280 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

embargo, el desequilibrio exterior, si bien no hay duda de que recortaba los in- 
gresos del gobierno, probablemente realzaba la importancia del sector público 
y de las demandas que se le hacían. La conveniencia política obligó a buscar 
remedios para la crisis fiscal que impedía una confianza excesiva en normas que 
se basaban exclusivamente en la reducción de gastos (aunque esto se intentaba 
con frecuencia). Normalmente, el resultado era un incremento de los derechos 
arancelarios que o bien servía para ampliar el alcance de la fabricación nacional 
o profundizaba la base industrial. La crisis también producía cambios cualitati- 
vos dentro del sector industrial y perjudicaba a las unidades más débiles (priva- 
das de capital o desprovistas de importaciones esenciales), con lo que creaba más 
espacio en un mercado en contracción para las empresas prósperas (a menudo 
mayores). La recuperación y un crecimiento renovado en el sector de exportación 
favorecieron la consolidación de las empresas supervivientes, que tuvieron que 
ampliar su capacidad (o aceptar una reducción de su parte del mercado) al crecer 
la demanda nacional, abrigada detrás de barreras arancelarias. Así se creó otro 
ciclo, una ronda alterna de crecimiento de la producción manufacturera e inver- 
sión en la capacidad de producción. Las oportunidades dinámicas en la fabrica- 
ción despertaron el interés de los capitalistas nativos, de los inmigrantes y del 
capital extranjero. Al crecer el sector, los industriales —que a estas alturas ya 
estaban bien relacionados con el Estado o integrados en las élites nacionales- 
pudieron llamar la atención del gobierno y, junto con otros intereses, presionar 
para que se tomaran medidas directas con el fin de sostener y promover la fabri- 
cación nacional. 



Capítulo 9 

LA CLASE TRABAJADORA URBANA 

Y LOS PRIMEROS MOVIMIENTOS OBREROS 

DE AMÉRICA LATINA, 1880-1930 



Si bien la población de América Latina seguía siendo abrumadoramente ru- 
ral, en el período que va de 1880 a 1930 los trabajadores urbanos se convirtieron 
en una fuerza significativa en la vida nacional de la mayoría de los países latino- 
americanos. Sin embargo, debido a la forma específica en que América Latina 
se incorporó a la economía mundial, los movimientos obreros urbanos que apa- 
recieron en la región presentaban diferencias importantes al compararlos con los 
de Europa o América del Norte. 



La economía, la burguesía y el Estado 

La mayoría de los países latinoamericanos participaban en el orden económi- 
co internacional en calidad de exportadores de productos básicos e importadores 
de productos manufacturados y, hasta bien entrado el siglo xx, la industria de- 
sempeñó un papel relativamente secundario en las economías de la región. No 
sólo la mayoría de las economías latinoamericanas dependían fundamentalmente 
de decisiones que se tomaban en otra parte y estaban sujetas a las fluctuaciones 
a veces violentas del mercado mundial, sino que, además, era frecuente que la 
población activa estuviese muy segmentada. A veces, los empleados en el sector 
de exportación vivían muy aislados de otros trabajadores, aunque generalmente 
tenían la ventaja de que su capacidad de negociar era relativamente mayor|Cuando 
los carpinteros, o incluso los trabajadores de la industria textil, se declaraban 
en huelga en Buenos Aires, Sao Paulo o Santiago de Chile, los efectos podían 
ser graves, pero apenas comparables con las repercusiones de una interrupción 
en la economía exportadora. Si los trabajadores del ferrocarril no transportaban 
el trigo argentino, el café brasileño o el nitrato de Chile a los puertos, y si estos 
productos no se cargaban rápidamente en los barcos que debían llevarlos a los 
mercados europeos o norteamericanos, una grave crisis amenazaba de forma casi 
inmediata a las respectivas economías nacionales. 



282 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

La posición estratégica que los mineros y los trabajadores del transporte ocu- 
paban en la economía basada en la exportación hacía que con frecuencia se vie- 
ran sometidos a toda la fuerza del control estatal, pero a veces su capacidad de 
negociación les permitía obtener importantes ganancias económicas y, de vez en 
cuando, incluso ganancias políticas. Los mineros del nitrato de Chile, por ejem- 
plo, lograron crear — pese a obstáculos inmensos — la unidad y la práctica mili- 
tante que a menudo caracterizaban a las comunidades mineras bastante aisladas. 
En Chile, fueron las organizaciones políticas y económicas de los mineros, y no 
las de los artesanos de los pequeños talleres de Santiago, las que más adelante 
darían forma al movimiento obrero. Los ferroviarios de casi todos los países es- 
tuvieron entre los trabajadores que se organizaron primero y con la mayor efica- 
cia, aunque en algunos casos la fuerza de su posición negociadora los separaba 
del grueso de la clase trabajadora y empujaba a sus sindicatos hacia el reformis- 
mo. Los estibadores y los trabajadores portuarios de Santos, la «Barcelona brasi- 
leña», como la llamaban los militantes con admiración, siguieron contándose en- 
tre los miembros más combativos y unidos del movimiento obrero brasileño durante 
gran parte del siglo xx; los portuarios de Río de Janeiro, en cambio, se convir- 
tieron en un bastión del reformismo. 

Los trabajadores ajenos al sector de la exportación se encontraban general- 
mente dispersos en empresas bastante pequeñas. Característicamente, éstas pro- 
porcionaban artículos yjservicios que no podían obtenerse con facilidad —o como 
fuera — del extranjero/ Era típico que, por ejemplo, el primer movimiento labo- 
ral de la mayoría de las ciudades lo formasen, entre otros, impresores y diversos 
tipos de obreros de la construcción, así como panaderos y otros trabajadores 
del ramo de la alimentación. Los que trabajaban en el ramo del vestir, especial- 
mente los sastres y los que hacían zapatos y sombreros, también ocupaban un 
lugar prominente, al igual que los trabajadores de ciertos oficios como la metalis- 
tería, la fabricación de vidrio y la construcción de muebles. 

Los trabajadores que ejercían estos oficios no eran necesariamente artesanos 
independientes, en el sentido estricto de pequeños productores especializados y 
dueños de sus propios medios de producción. Estos casos todavía existían, desde 
luego, y a veces tales artesanos podían ejercer una influencia política considera- 
ble. Dado que la mecanización avanzaba con bastante lentitud, numerosos ofi- 
cios sobrevivieron durante mucho tiempo; en México unos 41.000 tejedores que 
usaban telares manuales seguían trabajando en 1895, aunque el desarrollo de la 
industria textil hizo que en 1910 ya sólo quedaran 12.000. No obstante, aunque 
a veces estaban muy especializados, los artesanos de los oficios de la construcción 
y de los pequeños talleres de las ciudades latinoamericanas de principios de siglo 
eran generalmente trabajadores asalariados que se veían en la necesidad de ven- 
der su capacidad laboral en el mercado. 

El tamaño de este sector no es fácil de especificar. Los artesanos formaban 
una categoría importante en México, donde una interpretación del censo de 1910 
nos da la nada despreciable cifra de 873.436 artesanos y trabajadores, que repre- 
sentaban casi el 16 por 100 de la población económicamente activa. 1 Los ofi- 



LOS PRIMEROS MOVIMIENTOS OBREROS, 1880-1930 283 

cios urbanos adquirieron proporciones significativas en casi toda América Latina 
a finales del siglo xix, pero, dado que la capacidad importadora era relativa- 
mente alta en muchas de las economías, por regla general este sector no estaba 
tan desarrollado como en la mayoría de las ciudades europeas de tamaño compa- 
rable. Por otra parte, muchos de estos oficios ocupaban un puesto poco decisivo 
en la economía, lo cual limitaba el poder político y económico de los trabajado- 
res. No obstante, a pesar de la dispersión, de las heterogéneas condiciones di 
trabajo y del clima paternalista que a menudo imperaba en los pequeños talleres, 
en muchos casos los artesanos consiguieron formar organizaciones bastante com- 
bativas. Frecuentemente, sabían sacarles provecho a las ventajas que sus habili- 
dades les daban en el mercado de trabajo y, en general, interpretaron un papel 
importantísimo en la mayoría de los movimientos obreros latinoamericanos has- 
ta mucho después de 1930. La práctica política de los artesanos de las ciudades 
no era en modo alguno uniforme*. Si bien algunos movimientos, sobre todo en 
el siglo xix, representaban en esencia los objetivos de los pequeños productores, 
en conjunto predominaban las estrategias y tácticas de los trabajadores asalariados. 

El proletariado industrial, en el sentido de trabajadores empleados en fábri- 
cas grandes y mecanizadas, acababa de aparecer en número significativo a princi- 
pios del siglo xx y en ninguna parte ocupaba un lugar central en la economía 
nacional antes de 1930. Las fábricas textiles representaban de forma abrumadora 
las mayores empresas modernas; en algunos países eran virtualmente las únicas. 
La mayoría de las demás actividades industriales seguían muy ligadas al sector 
de la exportación, como ocurría en el caso de las plantas preparadoras de carne 
y las fábricas de harina en Argentina. 

Las cifras que dan los censos sobre el número de trabajadores de las fábricas 
no son estrictamente comparables y las categorías dan lugar a mucha ambigüe- 
dad. El censo mexicano de 1910, que registraba una población nacional de 15,1 
millones de personas, clasificaba a 58.838 como trabajadores industriales, com- 
parados con los 45.806 de 1895. Muchas de las mayores y más modernas fábricas 
de México eran las plantas textiles que había en las poblaciones fabriles de los 
estados de Puebla y Veracruz. El censo industrial brasileño de 1920 situaba 275.512 
trabajadores de fábrica en un país de 30 millones de habitantes. Aunque el censo 
brasileño excluía a muchos talleres pequeños, los resultados seguían indicando 
un promedio de 21 trabajadores por planta. Alrededor de la mitad del total vivía 
en la ciudad de Río de Janeiro o en el estado de Sao Paulo y aproximadamente 
el 40 por 100 trabajaba en la industria textil. El censo argentino de 1914 conside- 
raba que 24.203 establecimientos industriales tenían las características de verda- 
deras fábricas. En un país de 8 millones de habitantes, estos establecimientos 
empleaban a 242.138 personas, incluyendo el personal administrativo, pero es 
obvio que muchos de ellos consistían en talleres pequeños, como lo indica el pro- 
medio de empleados (diez). 2 



(la clase obrera en la historia de México), Pablo González Casanova, ed. , México, 1 980, vol. III, 
pp. 47 y 54. 

2. México: ibid., p. 47; Brasil: Directoría Geral de Estatística, Recenseamento do Brasil 
realizado em I de setembro de 1920, vol. V, 1. a parte, pp. lxxii y lxxvii; Argentina: Tercer 
Censo Nacional levantado el 1." de junio de 1914, vol. VII, p. 35. 



284 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

La distinción entre fábrica y taller, de hecho, seguía estando lejos de ser cla- 
ra. Sólo en los casos extremos, como entre los artesanos de Ciudad de México 
y los trabajadores de las modernas fábricas textiles cerca de Orizaba, aparecen 
con alguna claridad prácticas políticas diferentes. En otros lugares de América 
Latina, parece que el pequeño proletariado industrial no desempeñó ningún pa- 
pel independiente antes de 1930. En Brasil, por ejemplo, las mujeres y los niños 
formaban la mayoría de los trabajadores de la industria textil y resultaban difíci- 
les de organizar. Dentro del movimiento obrero brasileño, la práctica de los tra- 
bajadores de las fábricas textiles apenas difería de la correspondiente a los que 
estaban empleados en empresas más pequeñas. 

La prontitud con que se creó una importante reserva de mano de obra indus- 
trial también marcó el desarrollo del movimiento obrero desde su nacimiento. 
En el caso brasileño, la importación en gran escala de inmigrantes por parte del . 
Estado, para que trabajaran en las plantaciones de café de Sao Paulo, surtió 
el efecto complementario de inundar el mercado de trabajo en las ciudades y, 
pese a esfuerzos considerables, el movimiento obrero nunca consiguió impedir 
este procesoJ'Los gobiernos argentinos también fomentaron activamente la inmi- 
gración, organizando campañas en Europa y, en ciertos períodos, pagando sub- 
venciones a las compañías de navegación con el objeto de reducir el precio del 
pasaje a Buenos Aires. Aunque la política argentina también tenía por finalidad 
principal obtener mano de obra barata para la agricultura, servía igualmente para 
limitar la capacidad de negociación de los trabajadores urbanos. En México, ha- 
cia finales del siglo xix, el rápido crecimiento demográfico y el avance de la agri- 
cultura capitalista vinieron a surtir el mismo efecto, es decir, saturar el mercado 
de trabajo y mantener bajos los salarios. La creación de esa nutrida reserva de 
mano de obra durante las primeras fases del proceso de industrialización, por 
ende, hizo que a la clase trabajadora le resultase especialmente difícil organizarse 
en varios de los países más importantes de América Latina, sobre todo porque 
la eficacia de la huelga como arma disminuye considerablemente cuando es fácil 
sustituir a los huelguistas. 

Los trabajadores, por otro lado, se enfrentaban a una burguesía sumamente 
intransigente. La escasa disposición de los propietarios a transigir era fruto, en 
parte, del hecho de que la mano de obra solía representar una elevada proporción 
de los costes totales y, en parte, de las condiciones competitivas que predomina- 
ban en muchas industrias. Por consiguiente, a los industriales de muchos sectores 
no siempre les resultaba fácil pasar el aumento de los costes de la mano de obra 
a los consumidores. Estas condiciones, que son típicas del período competitivo 
del capitalismo inicial, no eran sólo frecuentes en los sectores que se caracteriza- 
ban por la presencia de gran número de empresas pequeñas y por un bajo nivel 
de mecanización. Propietarios de plantas textiles grandes y modernas, tanto en 
Brasil como en México, por ejemplo, también tenían dificultad para restringir 
la competencia. Asimismo, la novedad de la mayor parte de la industria con fre- 
cuencia significaba que los propietarios recurrían a la franca coacción, ya que 
aún no habían ideado otras formas de ejercer control —ideológico e institucional— 
sobre los trabajadores. La composición heterogénea de la burguesía en sus pri- 
meros tiempos, así como su reciente formación, hizo que en algunos casos la 
cooperación extensa entre los diversos segmentos resultara difícil. Las empresas 



LOS PRIMEROS MOVIMIENTOS OBREROS, 1880-1930 285 

diferían mucho en la nacionalidad de sus propietarios, así como en su tamaño 
y su grado de mecanización. No obstante, generalmente los propietarios de los 
diversos sectores conseguían movilizar al Estado en su favor, organizar cierres 
patronales, coordinar las normas que debían seguirse en casos de huelga y con- 
feccionar listas negras de militantes con gran eficacia. 

El hecho de que los propietarios con frecuencia fueran extranjeros influía de 
diversas maneras en las relaciones de los industriales con los trabajadores y con 
el Estado. Grandes intereses extranjeros, principalmente británicos y norteameri- 
canos, dominaban la mayoría de las actividades importantes en el sector exporta- 
dor, como la minería, las industrias cárnicas y los ferrocarriles. En muchos ca- 
sos, por ejemplo entre los mineros mexicanos y chilenos, el resentimiento que 
en los nacionalistas despertaban los propietarios y administradores extranjeros 
era un elemento importante en la conciencia de la clase trabajadora. Pero la pro- 
piedad extranjera no se limitaba al sector de la exportación. Capitalistas france- 
ses residentes en México poseían algunas de las fábricas textiles más grandes y 
avanzadas del país! En Lima, las dos plantas textiles principales eran controladas 
por W. R. Grace" and Company. Los comerciantes españoles, que dominaban 
gran parte del comercio de Cuba, a menudo despertaban la hostilidad de los tra- 
bajadores debido a sus procedimientos discriminatorios para contratar personal, 
así como a su política de crédito y precios. Residentes extranjeros eran propieta- 
rios de la mayoría de las empresas industriales de Sao Paulo y de Buenos Aires, 
aunque parece que esto cambiaba poco las cosas para sus trabajadores, entre 
los que predominaban los inmigrantes. 

Si bien la burguesía industrial no era hegemónica en ningún país de América 
Latina antes de 1930 —el Estado permanecía en su mayor parte en manos de 
grupos vinculados muy claramente al sector exportador, que no mostraban el 
menor interés por la expansión industrial en gran escala — , en general se las arre- 
gló para alcanzar la mayoría de sus objetivos principales, y no era el menor de 
ellos lograr que el Estado reprimiese a los trabajadores. El régimen de Díaz en 
México (1876-1911), por ejemplo, promovió y defendió con entusiasmo los inte- 
reses del capital extranjero, a pesar de algunos gestos que parecían dirigidos a 
poner fin a la discriminación contra los trabajadores mexicanos en los ferrocarri- 
les. En las disputas laborales relacionadas con las grandes empresas de propiedad 
extranjera que caracterizaron los últimos años del régimen, la represión estatal 
fue notablemente concienzuda y violenta} Los grupos agrarios que dominaban 
el Estado en Argentina, si bien generalmente se preocupaban por los intereses 
fundamentales del gran capital extranjero en el sector exportador, se mostraban 
mucho menos preocupados por los industriales inmigrantes. Aunque el Estado 
argentino mantenía rigurosamente el orden, y a veces era muy brutal al reprimir 
a los anarquistas y otros elementos, las organizaciones obreras consiguieron cier- 
to espacio para actuar, en parte porque los trabajadores industriales no parecían 
amenazar directamente los intereses agrarios, El caso brasileño era un poco dife 
rente, toda vez que muchos plantadores importantes —sobre todo a raíz de la 
crisis del café en las postrimerías del decenio de 1890— participaban en activida- 
des industriales y comerciales. Formaban un bloque unido con los industriales 
inmigrantes, y el Estado se embarcó en una política de represión exhaustiva con- 
tra la clase trabajadora. 



286 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

En teoría, la política del Estado era liberal, en el sentido decimonónico del 
término, casi en todas partes. En la práctica, el Estado intervenía en varios cam- 
pos. La manipulación del mercado de trabajo, que diversos gobiernos, entre los 
que destacaba el brasileño, llevaban a cabo por medio de su política de inmigra- 
ción, representaba una de las formas menos violentas y, al mismo tiempo, más 
eficaces que adquiría dicha intervención. La política monetaria también era un 
instrumento importante para los intereses industriales, por ejemplo en Argentina, 
donde la depreciación del papel moneda sirvió durante muchos años para rebajar 
los salarios reales ¿En general, no obstante, el principal papel del Estado en las 
luchas entre el capital y el trabajo consistía en coaccionar al segundo. El nivel 
de violencia de la represión podía ser realmente muy alto. Durante el primer de- 
cenio de este siglo, por ejemplo, el gobierno chileno perpetró una serie de matan- 
zas extraordinarias contra los trabajadores, dando muerte a varios cientos de per- 
sonas en el curso de huelgas y manifestaciones en Valparaíso (1903), Santiago 
(1905) y Antofagasta (1906). En 1907 las tropas asesinaron a más de mil personas 
indefensas, hombres, mujeres y niños, en Iquique al abrir fuego contra los traba- 
jadores del nitrato y sus familias, que pedían salarios más altos y mejores condi- 
ciones de trabajo. El gobierno Díaz, en México, actuó con brutalidad compara- 
ble. Nunca se sabrá, por ejemplo, cuántos trabajadores murieron durante la huelga 
del sector textil de Río Blanco en 1907, pero la mayoría de los cálculos en ese 
sentido sobrepasa los cien. En un momento dado y, al parecer, siguiendo instruc- 
ciones de Díaz, un piquete de fusilamiento ejecutó públicamente a seis trabajado- 
res en Río Blanco con el fin de obligar a los otros a volver al trabajo. 

También se recurría con regularidad a formas de represión menos sanguina- 
rias pero, pese a ello, violentas, sobre todo las que tenían por objeto debilitar 
o destruir las organizaciones de la clase trabajadora. Virtualmente, todos los go- 
biernos latinoamericanos, en un momento u otro, cerraron sedes sindicales, sa- 
quearon redacciones de periódicos, prohibieron o dispersaron manifestaciones y 
mítines, y ordenaron el apaleamiento y la encarcelación de líderes obreros. El 
uso frecuente de espías de la policía y agentes provocadores dentro del movimien- 
to obrero era un arma complementaria. La mayoría de los regímenes también 
protegía celosamente a los rompehuelgas y, a veces, incluso los proporcionaba 
utilizando personal de las fuerzas armadas y de otros cuerpos, además de hacer 
todo lo posible por detener e intimidar a los huelguistas. La ferocidad de la re- 
presión estatal escandalizaba incluso a los agentes de policía extranjeros, que 
normalmente no eran sospechosos de albergar una simpatía excesiva por el mo- 
vimiento obrero; un agente italiano de Sao Paulo, por ejemplo, opinó que en 
las huelgas brasileñas, que eran característicamente violentas, «los actos de pro- 
vocación, con algunas excepciones, proceden más de la policía que de los huel- 
guistas». 3 

Con el pretexto de que había «agitadores extranjeros» detrás de la creciente 
inquietud obrera, los gobiernos de Argentina, Brasil, Chile, Cuba y Uruguay dic- 
taron leyes que preveían la expulsión sumarísima de los militantes nacidos en 



3. Roma, Archivio Céntrale dello Stato, Direzione Genérale Pubblica Sicurezza, Ufficio 
Riservato (1879-1912), busta 13, fascicolo 41, sottofascicolo 13, Cesare Alliata-Bronner a Luigi 
Bruno, 30 de junio de 1909. 



LOS PRIMEROS MOVIMIENTOS OBREROS, 1880-1930 287 

el extranjero. En Argentina, unos 383 individuos fueron expulsados antes de 1916 
al amparo de la ley de residencia de 1902. Una ley brasileña equiparable de 1907 
motivó un mínimo de 550 deportaciones antes de 1921. Ambos estados aplicaron 
medidas semejantes, especialmente a los militantes más destacados, lo que a ve- 
ces perjudicaba al movimiento obrero, por no hablar de los efectos intimidantes 
que la amenaza de expulsión surtía en unas clases ^trabajadoras en las que había 
un nutrido componente de inmigrantes extranjerps, Asimismo, varios gobiernos 
enviaban regularmente a militantes obreros a campos de detención del país, lo 
que en muchos casos equivalía a la pena de muerte. El régimen de Díaz se hizo 
especialmente notorio por internar a los activistas obreros en campos de Campe- 
che, Quintana Roo y Yucatán. No puede decirse que fuera mejor la suerte de 
los presos que el régimen brasileño mandaba al tristemente célebre campo de Cle- 
velandia, en la Amazonia, donde cierto número de conocidos líderes obreros mu- 
rieron en el decenio de 1920. Los gobiernos argentinos utilizaban Ushuaia, en 
la Tierra del Fuego, con parecido efecto. 

En el período anterior a la primera guerra mundial, la mayoría de los gobier- 
nos también probó otros medios de controlar a la clase trabajadora, aparte de 
la represión directa. Díaz, en México, y Hermes da Fonseca (1910-1914), en Bra- 
sil, por ejemplo, procuraron crear o fomentar organizaciones sindicales dóciles, 
aunque los resultados de sus intentos fueron siempre desiguales. Sin embargo, 
antes de 1917, apenas existía legislación social, exceptuando algunas medidas es- 
porádicas y limitadas que se referían al descanso dominical, los horarios de tra- 
bajo, los accidentes y la reglamentación del trabajo de mujeres y niños. Muchas 
de estas leyes estaban restringidas a categorías concretas de trabajadores, gene- 
ralmente empleados del Estado, o a ciertas zonas geográficas tales como las capi- 
tales de nación. De todos modos, parece ser que el cumplimiento era, en el mejor 
de los casos, esporádico. Respondiendo a la pregunta de un periodista, el gober- 
nador de Sao Paulo comentó, durante la huelga general de 1917, que no acababa 
de recordar si había leyes sobre el trabajo infantil en los libros de dicho estado. La 
única excepción fue Uruguay, donde, durante los dos períodos presidenciales de 
José Batlle y Ordóñez (1903-1907 y 1911-1915), se aprobaron diversas medidas 
con el fin de crear el primer Ministerio de Trabajo del continente y de asegurar 
el derecho de huelga, la jornada de ocho horas, los salarios mínimos, las pensio- 
nes para la vejez y las indemnizaciones por accidente. En otras partes, sin embar- 
go, la cuestión social siguió siendo «asunto de la policía», según una famosa 
frase que alguien pronunció en Brasil durante aquel período. Aunque algunos 
regímenes, incluido el de Díaz, intentaban de vez en cuando arbitrar disputas 
concretas, en general hasta después de 1917 y, sobre todo, después de 1930 no 
acometieron los estados latinoamericanos una política más exhaustiva encamina- 
da a reglamentar las relaciones entre el capital y el trabajo, así como entre los 
propios capitalistas. 



La composición y la condición de la clase trabajadora 

La composición étnica de la clase trabajadora de los primeros tiempos varia- 
ba mucho de un país a otro e, incluso, de una ciudad a otra. En Buenos Aires, 



288 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

Montevideo y Sao Paulo, los inmigrantes europeos formaban desde hacía tiempo 
una mayoría entre los trabajadores. La mayor parte de ellos eran italianos y es- 
pañoles, a los que en Sao Paulo se sumaba un nutrido contingente de portugue- 
ses. Los extranjeros de Río de Janeiro y Santos, sobre todo los inmigrantes por- 
tugueses, representaban un elemento muy significativo, aunque menos abrumador, 
de la población activa. En otras partes, la inmigración europea tuvo lugar en 
escala mucho menor, aunque los españoles, por ejemplo, desempeñaban un pa- 
pel que distaba mucho de ser imperceptible en la clase trabajadora de Cuba y 
en la de Chile. En varias ciudades latinoamericanas, especialmente en Río de Ja- 
neiro y La Habana, los ex esclavos nacidos en África y sus descendientes también 
constituían una parte importante de la clase trabajadora. Hasta en países como 
México, donde la inmigración de extranjeros siguió siendo escasa, la experiencia 
de los migrantes internos no era en modo alguno totalmente distinta de la que 
vivían los hombres y las mujeres que cruzaban el Atlántico con rumbo a otras 
partes de América Latina. 

La composición inmigrante de la clase trabajadora de Argentina, Uruguay 
y el sur de Brasil antes de la primera guerra mundial trajo una serie de consecuen- 
cias que en esencia eran bastante ambiguas. Era obvio que algunos inmigrantes 
habían adquirido cierta experiencia política antes de su llegada y que un puñado 
de líderes, incluso, habían desempeñado papeles significativos en los movimien- 
tos obreros de sus países natales.' Sin embargo, parece que pocos militantes consi- 
deraban que el nivel general de experiencia política de loslnmigrantes fuese alto. 
De hecho, muchos se quejaban amargamente de la inexistencia de tradiciones re- 
volucionarias entre los inmigrantes y de que éstos no estuvieran familiarizados 
con los asuntos políticos ni con las organizaciones obreras. Tampoco parece que 
fuera grande la proporción de trabajadores especializados o que ya tuvieran ex- 
periencia industrial, lo cual no es nada extraño en una inmigración/que era esti- 
mulada y organizada para satisfacer las necesidades de la agricultura de exporta- 
ción. Asimismo, muchos observadores argüían que los inmigrantes, generalmente, 
sólo buscaban ganancias económicas inmediatas, para volver a su patria cuanto 
antes. Sus proyectos individuales de ascensión social, pues, representaban un obs- 
táculo para la creación de formas de organización más amplias^, Estos inmigran- 
tes tampoco se prestaban fácilmente a estrategias políticas que dependían de la 
participación electoral en gran escala de los trabajadores. 

La diversidad étnica también complicaba la cooperación entre los trabajado- 
res, y a menudo los patronos se apresuraban a sacar provecho de estas dificulta- 
des. No sólo existían animosidades entre los diversos grupos nacionales, así como 
entre los extranjeros y los nacidos en el país, sino que los antagonismos divisivos 
de índole regional —sobre todo, entre los italianos— también ponían trabas a 
la colaboración en numerosas ocasiones. Estas hostilidades étnicas perjudicaron 
al movimiento obrero durante decenios, pues los prejuicios o las diferencias cul- 
turales entre trabajadores hicieron fracasar huelgas y debilitaron o destruyeron 
organizaciones. 

En parte, sin embargo, muchos de los problemas que se han atribuido a la 
presencia de gran número de inmigrantes fueron fruto principalmente de la re- 
ciente formación de la clase trabajadora. En todos los países, los trabajadores 
han tropezado con dificultades enormes para crear organizaciones y formas de 



LOS PRIMEROS MOVIMIENTOS OBREROS, 1880-1930 289 

acción colectivas, sobre todo en las primeras fases de industrialización, e incluso 
en condiciones políticas y económicas menos desfavorables que las que predomi- 
naban en la mayor parte de América Latina/lTas hostilidades étnicas y los pro- 
yectos individuales de movilidad social contribuían a aumentar las dificultades 
que surgían al paso de los movimientos obreros en las regiones donde abundaban 
los inmigrantes europeos, pero no eran la causa de las mismas. Además, actitu- 
des y consecuencias parecidas afloraban a la superficie en otras latitudes de Amé- 
rica Latina entre los migrantes internos. Si bien la falta de una cultura y una 
historia comunes planteaba serios obstáculos iniciales a la clase trabajadora de 
algunos países latinoamericanos, al mismo tiempo faltaban también sanciones 
históricas de carácter consuetudinario que tuvieran por fin contener a los traba- 
jadores dentro del orden social imperante, con lo que la resistencia y la autono- 
mía de clase resultaban menos difíciles. Los inmigrantes se habían escapado has- 
ta cierto punto de la influencia de los sacerdotes, terratenientes y policías de sus 
países de origen; la reinstauración de pautas de control semejantes en el Nuevo 
Mundo no fue ni rápida ni completa. 

Sin embargo, los orígenes inmigrantes de la clase trabajadora de los primeros 
tiempos en varios países latinoamericanos hicieron que sus miembros fuesen es- 
pecialmente vulnerables a ciertas formas de represión. Las campañas nacionalis- 
tas que se organizaron en Brasil, Uruguay y Argentina contra la supuesta subver- 
sión extranjera, en especial después de 1917, debilitaron el movimiento obrero 
en los tres países. Organizaciones tales como la Liga Nacionalista en Brasil y 
la Liga Patriótica en Argentina se apuntaron un gran éxito en su empeño de divi- 
dir a la clase trabajadora, aislando a muchos de sus elementos más combativos 
y, en general, ayudando a crear un clima favorable a las deportaciones y otras 
formas de represión. El efecto del nacionalismo fue muy__djf£r£nt^eiL^léxico. 
Allí, un número relativamente pequeño de trabajadores extranjeros, llegados so- 
bre todo de los Estados Unidos, monopolizaba la mayoría de los puestos mejor 
pagados en los ferrocarriles y en muchas de las mayores empresas mineras. Asi- 
mismo, los capataces y otros supervisores de las modernas fábricas textiles eran 
con gran frecuencia extranjeros y gozaban de unos salarios muy altos, a juicio 
de la mayoría de los trabajadores mexicanos, así como de otros privilegios. El 
régimen de Díaz, que estaba muy comprometido por sus asociaciones con intere- 
ses extranjeros, proporcionó sin querer a algunos de sus adversarios un arma 
poderosa: los resentimientos nacionalistas. Así pues, el disgusto que. despertaba 
la posición relativamente privilegiada de los trabajadores y supervisores extranje- 
ros sirvió en gran medida para unificar a gran parte de la clase trabajadora, ba- 
sándose en el nacionalismo, contra lo que parecía el enemigo común. 

En la mayoría de las ciudades latinoamericanas, el nivel general de los servicios 
públicos, que nunca fue elevado, iba muy a la zaga del rápido crecimiento demo- 
gráfico desde finales del siglo xix. La clase trabajadora del principio se encontró 
con graves problemas de hacinamiento, agua contaminada y saneamiento insufi- 
ciente, todo lo cual hacía que las condiciones de vida en las ciudades apenas fue- 
sen superiores a las que existían en las zonas rurales del sur de Europa o de Amé- 
rica Latina, de donde había llegado recientemente la mayoría de los trabajadores. 

Una parte muy grande de las clases trabajadoras vivía en horribles barrios 
bajos, en viviendas que recibían el nombre de cortijos (literalmente, «colmenas») 



290 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

en Sao Paulo, conventillos en Buenos Aires y Montevideo ) mesones en Ciudad de 
México. Pese al hacinamiento y la insalubridad de estos ecüf icios, el alquiler de los 
mismos se llevaba una parte considerable de los ingresos de la mayoría de los tra- 
bajadores: Es probable que en Buenos Aires hasta un tercio de la clase trabajado- 
ra habitara en esas viviendas de una sola habitación en las postrimerías del siglo 
xix y principios del xx. Las condiciones apenas eran mejores en las ciudades que 
crecían más despacio; en la provincia de Lima, el 42 por 100 de las familias ocu- 
paban viviendas de una sola habitación en 1920. 

Las condiciones de vida contribuían a crear alarmarles problemas de salud 
pública en muchas ciudades. En el período 1904-1912, l a tasa de mortalidad en 
Ciudad de México (42,3 por 1.000 habitantes), aun siendo inferior a la del dece- 
nio de 1890, todavía era peor que la de El Cairo (40,1) y i a de Madras (39,5). 
Las enfermedades epidémicas eran comunes y las condiciones higiénicas contri- 
buían a propagar una amplia variedad de enfermedad^ graves. 

Los barrios densamente poblados y homogéneamente obreros de muchas ciu- 
dades fomentaron ciertos tipos de solidaridad política y social. Diversos barrios, 
tales como el de Brás en Sao Paulo o La Boca y Barra ca s en Buenos Aires, se 
hicieron muy conocidos como baluartes de militancia Política y de una cultura 
obrera un tanto autónoma. Con la invención del tranvía, los barrios de clase 
traóajaabra se aVspersaron un poco más, aunque no par e ce que, en genera/, /as 
condiciones de vida mejorasen mucho antes de 1930. 

Los trabajadores de las zonas mineras y de las poblaciones fabriles sufrían 
algunas formas de explotación especiales. Cuando existían viviendas de la com- 
pañía, los propietarios podían amenazar con la expulsión inmediata de los traba- 
jadores que causaban problemas y de sus familias, lo cual era un poderoso medio 
de intimidación"} Las viviendas de este tipo también podían servir de pretexto para 
controlar todavía más la vida de los trabajadores. En la huelga textil de Puebla 
en 1906, una de las principales exigencias de los trabajadores era que se elimina- 
ran las disposiciones que prohibían que los ocupantes de viviendas de la empresa 
recibieran visitas sin permiso; los agravios de esta índole; distaban mucho de ser 
desconocidos en otras partes. 

Los economatos de la empresa, que tenían especial m^i a fama en México y en 
la zona del nitrato en Chile, provocaban especial enojo. Las empresas utilizaban 
estos economatos como instrumento complementario par^ ejercer control por me- 
dio de las deudas y, también, para reducir más sus costes. Pagando con vales que 
sólo podían utilizarse en estos establecimientos, que con frecuencia cobraban pre- 
cios exorbitantes, lo que en realidad hacían los propietarios era rebajar los sala- 
rios de los trabajadores e incrementar sus propios beneficios:.. A veces, el enojo 
provocado por este mecanismo de explotación tan visible adquiría formas muy vio- 
lentas. Una de las primeras acciones que protagonizaron ios huelguistas de Río 
Blanco en 1907 fue prender fuego al economato de la empresa, a lo que no tardó 
en seguir el incendio de economatos parecidos en otras fábricas textiles de la zona. 

En la mayoría de los países, las condiciones de trabajo, variaban mucho según 
el sector, aunque a los trabajadores especializados las cos a s les iban bastante me- 
jor que a los demás. No obstante, pocos observadores serios, al intentar describir 
las condiciones del grueso de la clase trabajadora latinoamericana a comienzos 
del siglo xx, han dicho que fuesen mucho mejores que miserables. Dado~que, 



LOS PRIMEROS MOVIMIENTOS OBREROS, 1880-1930 291 

en general, los sindicatos eran débiles o no existían, a la vez que el mercado de 
trabajo imponía pocos límites, las más de las veces los propietarios instituían 
regímenes de trabajo muy coactivos. 

En la mayoría de las fábricas, predominaba un clima de autoridad arbitraría 
y de insultos personales, y era frecuente que los observadores trazaran analogías 
con las prisiones o con la esclavitud. Los propietarios se valían de reglamentos 
internos draconianos para imponer disciplina a los trabajadores y controlar el 
proceso de trabajo tan completamente como fuera posible. Estos reglamentos fi- 
jaban multas elevadas y muy odiadas, incluso para las infracciones de poca im- 
portancia, y a veces obligaban a pagar por cosas como, por ejemplo, usar el re- 
trete. La aplicación arbitraria de multas absorbía fácilmente una parte cuantiosa 
de la paga de muchos trabajadores. Varias fábricas también cobraban a sus em- 
pleados la sustitución de piezas rotas o gastadas, así como la de materiales defec- 
tuosos. Asimismo, las jornadas de trabajo podían ser larguísimas. En la industria 
mexicana antes de 1910, oscilaban entre doce y dieciséis horas, y la semana labo- 
ral era de seis días. Por otra parte, propietarios y supervisores frecuentemente 
sometían a los trabajadores — en particular a mujeres y niños — a diversas for- 
mas de agresión física, a veces sexual. Los trabajadores también se quejaban de 
que los salarios se pagaban tarde o de forma irregular, de la manipulación arbi- 
traria de las escalas de salarios y de diversas extorsiones de menor importancia 
por parte de capataces y otras personas. El uso generalizado de destajos e incre- 
mentos de la tasa de producción servía para mantener una alta intensidad de tra- 
bajo. Como los propietarios tendían a pasar por alto las precauciones de seguri- 
dad, incluso las mínimas, se producían accidentes graves con frecuencia y era 
muy raro que se indemnizara a la víctima. Las enfermedades del aparato respira- 
torio eran comunes en las fábricas textiles, y el riesgo de contraer una enferme- 
dad laboral era también muy grande en la minería y en muchas otras industrias. 

Los datos referentes a los salarios y al coste de la vida son difíciles de inter- 
pretar, pero hay pocos indicios de que los niveles de vida subieran de forma gene- 
ralizada antes de la primera guerra mundial. En México, los salarios mínimos 
reales en la industria aumentaron brevemente a finales del decenio de 1890 y lue- 
go descendieron poco a poco durante el primer decenio del siglo xx. Aunque 
los salarios eran más altos en Argentina, los datos indican que el trabajador no 
especializado medio recibía más o menos el mismo salario en 1914 que en 1890. 

La irregularidad del empleo, no obstante, significa que las tasas salariales nos 
dan una imagen incompleta del nivel de vida. Las fluctuaciones violentas del mer- 
cado mundial de exportaciones latinoamericanas producían paro en gran escala, 
de forma regular. El número de trabajadores de la industria del nitrato de Chile, 
por ejemplo, bajó de unos 57.000 en 1918 a menos de la mitad de esa cifra en 
1920. Luego, el empleo fluctuó mucho en el curso de todo el decenio siguiente, 
hasta que a principios del de 1930 se produjo el derrumbamiento definitivo de 
la industria del nitrato. Incluso en Argentina, donde la reemigración en los perío- 
dos de crisis económica servía para transferir a España o a Italia muchos de los 
que se habían quedado sin trabajo, el paro alcanzaba a veces proporciones serias. 
Las cifras son esporádicas, pero se calcula que entre una cuarta y una quinta 
parte de los trabajadores asalariados de Buenos Aires estuvieron parados en di- 
versos momentos del período 1900-1914. Incluso en coyunturas relativamente fa- 



292 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 



vorables o en economías sujetas a fluctuaciones menos drásticas, la amenaza del 
paro continuó siendo seria en toda América Latina. En casi todas partes, los 
trabajadores se quejaban amargamente de la frecuencia de los despidos arbitra- 
rios, que a menudo eran en represalia por haber ofrecido resistencia, aunque fue- 
se ligera, a los abusos que se cometían en la fábrica. Es posible, no obstante, 
que el elevado movimiento de trabajadores durante los períodos favorables sir- 
viera en parte como medio de protesta cuando las formas colectivas parecían poco 
prácticas. 



EL MOVIMIENTO OBRERO ANTES DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL 

Los primeros intentos colectivos que artesanos y otros trabajadores hicieron 
para protegerse de los efectos de sus condiciones de vida y trabajo consistieron 
en la fundación de mutualidades. Estas organizaciones, que a menudo ampara- 
ban tanto a los propietarios de talleres como a sus empleados, aparecieron en 
la mayoría de los países grandes de América Latina antes de mediados del siglo 
xix. A cambio de unos pagos hechos con regularidad, las mutualidades normal- 
mente trataban de proporcionar subsidios en casos de accidente, enfermedad o 
defunción y, a veces, procuraban prestar algunos servicios más. 

Estas instituciones llegaron a ser especialmente numerosas en la economía ar- 
tesanal de México, que estaba muy desarrollada. En los decenios de 1860 y 1870, 
formaron parte de un movimiento obrero cuyo- tamaño y alcance no tenían igual 
en ningún otro país latinoamericano. (Durante este período, en Ciudad de México 
y en varios otros centros urbanos, las divisiones entre los numerosos pequeños 
propietarios-productores, por un lado, y los trabajadores asalariados, por otro, 
continuaron siendo lo bastante imprecisas como para permitir la aparición de 
una serie de organizaciones comunes(Xos trabajadores y sus jefes todavía eran 
eapaces de unirse para defender los intereses de su ramo, y la posibilidad de que 
un empleado llegara a ser propietario de un taller no parecía totalmente despro- 
vista de realismo. 

El movimiento que nació en este ambiente en México representaba esencial- 
mente los intereses de los artesanos independientes y de los pequeños empresa- 
rios. Detrás de las ideas políticas de signo igualitario y liberal del movimiento, 
así como de sus estrategias, había generalmente cierta intención de unir a los 
productores directos con los medios de producción.) Anarquistas de diversos ti- 
pos, tales como el maestro de escuela Plotino Rhodakanaty, que era griego de 
nacimiento, y su círculo, también ejercieron una influencia considerable en cier- 
tos períodos. En particular, los anarquistas atacaban continuamente toda forma 
de colaboración con el Estado. Sin embargo, en el sistema político de la república 
restaurada (1867-1876) y los primeros años del régimen de Díaz, el apoyo de los 
artesanos y sus seguidores pasó a tener bastante valor para diversas figuras políti- 
cas. Las ventajas de tal colaboración atrajeron a una parte importante del movi- 
miento, a pesar de la oposición de los anarquistas y otros. 

El llamado Gran Círculo de Obreros empezó a funcionar en 1870 en México 
a modo de coordinadora nacional de las diversas organizaciones que existían, 
que en su mayor parte eran mutualidades. Publicaba un periódico, El Socialista, 



LOS PRIMEROS MOVIMIENTOS OBREROS, 1880-1930 ' 293 



y en 1875 ya tenía veintiocho filiales en la capital y varios estados. Al principio, 
los anarquistas dominaban el Gran Círculo, pero fueron vencidos antes de 1872, 
y la organización empezó a recibir una subvención del gobierno. Disputas en tor- 
no a la participación en las elecciones y divergencias entre varias facciones políti- 
cas acabaron dividiendo y debilitando al Gran Círculo, que cesó virtualmente 
de funcionar antes de concluir el decenio. La organización consiguió celebrar un 
congreso nacional de trabajadores en 1876 y, en un segundo congreso, celebrado 
en 1879, se formó una organización sucesora que terminó convirtiéndose en un 
instrumento del régimen de Díaz. 

Las huelgas, cuyo número aumentó durante el decenio de 1870, dividieron 
más el movimiento. Hay constancia de un mínimo de veintiuna interrupciones 
del trabajo en México entre 1872 y 1880, varias de ellas encabezadas por ciertas 
mutualidades que se componían principalmente de trabajadores asalariados y que 
empezaban a hacerse cargo, al menos esporádicamente, de algunas de las tareas 
que en un período posterior corresponderían a los sindicatos. En varias de estas 
disputas, el Gran Círculo procuró hacer de mediador entre los huelguistas y sus 
patronos. Esta postura reflejaba la contradicción esencial de un movimiento que 
intentaba unir a trabajadores asalariados y artesanos independientes. Como mu- 
chos de estos últimos eran patronos, veían con comprensible inquietud la propa- 
gación de la huelga como táctica. 

A medida que México fue integrándose de forma creciente en la economía 
mundial durante el decenio de 1880, el primer movimiento obrero se desintegró 
porque ya no podía conciliar los intereses contradictorios de los pequeños propie- 
tarios y los trabajadores asalariados-Era frecuente que los artesanos que logra- 
ban sobrevivir al avance del capitalismo llegasen a un modus vivendi con el régi- 
men de Díaz, que, en todo caso, apenas necesitaba ya la participación política 
de grupos subalternos. La dictadura dirigió entonces sus poderosos medios de 
represión contra los trabajadores asalariados, que se encontraban relativamente 
aislados, con efectos devastadores. A pesar de los logros considerables del prime! 
movimiento obrero, su crecimientÓ"se concretó a determinado momento de tran- 
sición en la economía y el sistema político de México; dejó pocos herederos directos. 

En otras partes de América Latina a mediados del siglo xix, los artesanos 
independientes y los trabajadores asalariados eran mucho menos numerosos que 
en México y, durante algún tiempo, las mutualidades siguieron siendo casi la úni- 
ca forma de organización obrera Ja veces, los mutualistas las utilizaban para 
montar huelgas, como ya hicieron los cajistas de Río de Janeiro en 1858. No 
obstante/la clara aparición de organizaciones cuyas funciones iban más allá de 
las estrictamente propias de las mutualidades, y que en aquel período solían de- 
nominarse «sociedades de resistencia», data, en la mayoría de los países, de su 
creciente incorporación en la economía mundial y del crecimiento del trabajo asa- 
lariado en el decenio de 1880 o incluso después. (Vale la pena recordar que en 
Brasil la esclavitud no fue abolida hasta 1J8J£8.) En otras partes, las organizacio- 
nes nacionales y los congresos de trabajadores comparables con los que durante 
un tiempo aparecieron en México en el decenio de 1870 son, en general, un fenó- 
meno del siglo xx. 

La mayoría de las variantes de socialismo utópico encontró partidarios en 
alguna parte de América Latina a partir del decenio de 1840, a la vez que segui- 



294 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA 

dores europeos de Fourier u otros fundaron varias colonias experimentales. Pare- 
ce ser, no obstante, que las corrientes de esta clase ejercieron poca influencia 
entre los artesanos y trabajadores de lo que, en todo caso, generalmente era toda- 
vía una clase trabajadora muy reducida. 

Militantes de diver