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Full text of "La Lucha por la Ciencia en la Universidad Latinoamericana"

La lucha por la ciencia en la Universidad latinoamericana 

Simón Schwartzman 

1. Verdades establecidas y nuevas realidades 

Una perspectiva histórica y geográfica amplia demostraría que lo que 
parece ser una interrelación natural entre universidad e investigación 
científica es en realidad algo bastante poco frecuente. En otras épocas y 
sociedades la educación superior y la investigación han tenido poco que 
ver. Incluso en Europa Occidental y Estados Unidos, una parte 
significativa de la investigación científicas se lleva a cabo fuera de las 
universidades, mientras que las instituciones de educación superior (bajo 
el nombre de "universidad" o otro) hacen poca o ninguna investigación. 

En los países latinoamericanos, las instituciones de enseñanza superior, 
abiertas anteriormente solo a los herederos de las reducidas élites, han 
llegado a ser enormes sistemas de educación masiva , con cientos de miles 
de estudiantes. Al mismo tiempo, una muy limitada tradición de 
investigación científica en algunas pocas instituciones aisladas ha dado 
lugar a complejas estructuras de política y administración de la ciencia y a 
una extensa red de laboratorios, centros de investigación y programas 
para graduados. En este proceso, nuevas estructuras organizativas se 
sobre impusieron a las más antiguas y grupos nuevos que antes no 
estaban familiarizados con la ciencia o con la enseñanza superior fueron 
atraídos a participar en estas actividades: profesores. Administradores, 
planificadores. 

Los cambios en el sistema educacional de América Latina están 
relacionados con las abismales diferencias de ingreso asociadas con la 
educación universitaria. No es raro que un universitario gane un salario 
20 o más veces que el de un obrero calificado. El obrero no solo es más 
pobre, sino que además vive en un medio social completamente diferente, 
excluido de las condiciones de estabilidad, las formas de recreación y las 
pautas de consumo de los sectores modernos de su propia sociedad. Las 
diferencias de salario no solo reflejan las diferencias en valor de mercado 



de la capacitación, sino también la muy desigual posibilidad de acceso a 
distintas posiciones sociales, aquello que los economistas llaman 
"mercados de trabajo segmentados". Antes, cuando el número de 
personas altamente capacitadas era muy bajo había poca diferencia entre 
los privilegios otorgados a los universitarios y a aquellos que les 
correspondían por el estrato social del cual provenían. Cuando estas 
sociedades se fueron urbanizando e industrializando, la demanda de 
acceso a las posiciones privilegiadas a través de la educación fue 
incrementando. Al mismo tiempo se crearon más posiciones sociales de 
altos ingresos de modo que, durante muchos años, la posesión de un 
titulo se convirtió en una escalera efectiva para la movilidad social. 

Estos son los antecedentes con los cuales debe entenderse la enorme 
presión que llevó a la masificación de los sistemas de educación superior 
en América Latina. Contra dicha tendencia hubo por lo menos dos puntos 
de resistencia. Primero, la ampliación de los sistemas educativos de 
acuerdo a la demanda se dio con una perdida sustancial de calidad. No 
suficiente cantidad de profesores, laboratorios o aulas y tampoco el 
dinero para proveerlos con la necesaria rapidez y calidad. Segundo, 
existía una percepción más o menos difusa que los privilegios acordados a 
los universitarios dependían fundamentalmente de que eran pocos. Por lo 
tanto, no debe sorprender a nadie que la resistencia hacia la masificación 
se concentró entre los más capacitados, quienes invocaron el valor de 
buenos niveles académicos y de profesionales competentes. 

Sin embargo, esta resistencia fue minimizada por una tendencia más 
fuerte. La menor calidad de la enseñanza en un mercado de trabajo un 
poco más competitivo probablemente significa menos privilegios que los 
de la generación más vieja, pero de cualquier modo es un progreso 
substancial para los que vienen desde abajo. A esto se agrega un fuerte 
cuestionamiento del verdadero valor de la enseñanza proporcionada por 
las escuelas y universidades tradicionales. Se las acusó de ser demasiado 
elitistas, no muy prácticas y tampoco abiertas a la nueva realidad social; 
no estaban adaptadas a las necesidades de un mercado de trabajo 



continuamente e desde un punto de vista científico estaban demasiado 
atrasadas. Algunas de estas criticas no son coherentes entre si, lo cual nos 
sugiere que provienen de un espectro bastante amplio de intereses y 
grupos sociales que han unido fuerzas para abrir las puertas de las viejas 
universidades. En este proceso, la mayoría de los supuestos sobre la vida 
diaria de los sistemas de enseñanza más estables fueron cuestionados: la 
importancia global de la enseñanza superior para la sociedad, los niveles 
de calidad para enseñar y para recibir becas, el rol de los profesores y 
estudiantes en la vida administrativa y académica, los mecanismos de 
toma de decisiones en todas las áreas, etc. 

Los científicos han sido un grupo muy activo e influyente en la 
transformación descripta más arriba. Cada vez que se dio la oportunidad, 
fueron propagandistas entusiastas de la educación superior en general u 
además apoyaron la idea que la educación científica debía ser un 
componente central de su expansión. Para ellos una política nacional para 
el desarrollo científico y tecnológico era esencial para alcanzar los niveles 
de desarrollo de las sociedades más avanzadas del Hemisferio Norte. En 
las siguientes secciones trataremos de analizar de que modo llegaron a 
jugar ese rol y sus interrelaciones con otros grupos que también estaban 
involucrados en el mismo proceso. 

2. Los científicos en su rol tradicional. 

Los países latinoamericanos no tienen una tradición de universidades 
dedicadas a la investigación. En algunos de esto países, la investigación 
científica, cuando existió, tendió a concentrarse en unas pocas 
instituciones aisladas: museos. Observatorios, centros de investigación 
agraria y en algunas de las mejores facultades de medicina. Las 
universidades latinoamericanas de este siglo pueden ser caracterizadas, a 
grandes rasgos, por dos elementos. El primero es una estructura de 
facultades casi independientes, al estilo francés; es decir, escuelas que 
tienen precisamente la facultad de otorgar diplomas para permitir el 
ejercicio legal de la profesión. El segundo es su status de corporaciones 



dependientes del Estado, una capacidad no despreciable de resistir a 
todo tipo de presión y control externos . 

El poder y las influencias tendieron a concentrase en Facultades y no al 
nivel de la rectoría o de los institutos independientes, departamentos o 
cualquier otro tipo de subdivisiones. La toma de decisiones incluyó la 
participación intensa de profesores y muchas veces también de 
estudiantes y graduados, cuando el clima político de los países no 
permitía, (sistema tripartito de cogobierno). El peso de los profesores no 
significó siempre, que las disciplinas académicas fuesen tan importantes 
en este sistema como en las universidades orientadas a la investigación 
en los países desarrollados, debido a la fragilidad de las comunidades 
científicas locales. El nombramiento del rector de la universidad, se hizo 
en general en los niveles políticos más altos de cada país, pero se basaba 
en listas confeccionadas por los consejos por los consejos directivos de 
facultades. Había por supuesto muchas variaciones del tema: 
universidades católicas, instituciones privadas, escuelas técnicas 
relacionadas con las fuerzas armadas y algunas ramas del servicio oficial, 
etc. En general, no obstante, tendieron a copiar o a acercarse al sistema de 
facultades anteriormente descripto. 

La investigación científica entra en este sistema primero como trabajo 
individual. Los sistemas de promoción docente a menudo requerían un 
examen público y la presentación de una tesis. El título de doctor, a 
menudo el primer paso de una carrera docente, era seguido por otros 
escalones (profesor, adjunto, asociado, catedrático) que suponían 
privilegios académicos específicos y salarios mayores, una clara adopción 
de las pautas tradicionales europeas, pero con grandes variaciones en la 
seriedad y calidad del sistema de méritos de un país a otro y de facultad a 
facultad. En el mejor de los casos, creó las condiciones para la excelencia 
individual . la producción de unas pocas obras eruditas y una muy escasa 
tradición de investigación continua, a nivel profesional. No habiendo 
laboratorios bien equipados, bibliotecas, ni fondos para investigación, los 
científicos debían ser bastante ricos como para atender a sus propios 



gastos. Los recursos personales también eran necesarios para viajar al 
extranjero y mantener contacto con los científicos de centros más 
desarrollados. Por lo tanto, la investigación universitaria se redujo a ser, 
sobretodo, un hábito cultivado por una pequeñísima, élite. Para ellos, la 
investigación era carateristica de una sociedad civilizada, tan importante 
cuanto escuchar buena música y escribir buena literatura. 

Otro cauce para la investigación universitaria fue provisto por los 
laboratorios tecnológicos asociados con facultades de ingeniería y, más 
especialmente, de medicina. El mejoramiento de la calidad e la enseñanza 
médica en algunas facultades latinoamericanas llevó al desarrollo de 
cátedras con dedicación exclusiva, la organización de hospitales 
dependientes de la universidad, la creación de grupos de investigación 
dentro mismo de las facultades de medicina, etc., Este tipo de 
investigación médica fue a veces de bastante buena calidad. Sin embargo, 
dentro de la facultad , tendió a supeditarse a la capacitación profesional y 
a la practica clínica, por lo cual no pudo extenderse más allá de ciertos 
límites. 

La introducción de la investigación dentro de facultades tradicionales de 
corte profesional fue a menudo promovida por la asistencia técnica 
externa, y por la capacitación profesional y científica en el exterior. En 
Brasil, la Fundación Rockefeller ya apoyaba a la facultad de medicina de 
San Pablo y fomentaba la enseñanza e investigación de tiempo completo 
en la segundo década de este siglo. Las primeras experiencias en la 
Argentina parecen haber sido de índole más general y endógena. La 
Universidad de Buenos Aires desarrolló buenos institutos de 
investigación en las primeras décadas del siglo, tales como el Museo 
Etnográfico, el Instituto de Investigaciones Históricas y, como ejemplo 
más notable, el Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina bajo la 
dirección del Dr. Bernardo Houssay, Premio Nobel de Medicina de 1947. 

Los científicos en su rol de activistas 



Todavía no se ha escrito la historia de cómo los valores científicos, 
restringidos en principio a círculos muy cerrados, comenzó a ganar 
ímpetu y a llegar a sectores del sistema educativo y de la sociedad más 
allá de las facultades de medicina y algún otro instituto aislado. La 
difusión de estos valores llevaría eventualmente a fuertes tensiones entre 
los profesores orientados a la investigación y los demás sectores de la 
universidad: estudiantes, docentes y administradores. En general, los 
estudiantes se preocuparon por obtener el titulo y la autorización para 
trabajar en un mercado que, hasta muy recientemente, era casi un 
monopolio para todo aquel que poseyera un diploma (la capacidad 
técnica pocas veces fue un factor decisivo para el éxito profesional); los 
docentes y profesores tradicionales derivaban su prestigio del trabajo 
profesional o de la erudición individual; los administradores en general 
no tuvieron ni los recursos, ni la mentalidad, ni la flexibilidad para 
responder a las demandas de la investigación continua, como la que 
pretendían este nuevo grupo emergente. No obstante, estos grupos tenían 
algo muy importante en común: todos querían más prestigio y más 
recursos para las universidades y se daban cuenta, aún implícitamente, 
que la ciencia podría ayudarles en esa dirección. 

Es posible dividir los años del activismo científico en tres fases. La 
primera, que en el caso del Brasil abarca los años anteriores a la Segunda 
Guerra Mundial,, se relaciona con el intento de erigir nuevas 
universidades que pudieran girar alrededor de centros o institutos de 
investigación científica y cultural avanzada. La segunda incluyó un 
proyecto más ambicioso de cambiar completamente las estructuras 
tradicionales de la universidad y dar a la investigación científica y 
tecnológica un rol primordial en el planeamiento social y económico. La 
tercera y última fue el intento de crear nichos bastante aislados y 
protegidos para la investigación científica. 

La experiencia brasilera anterior a la Segunda Guerra Mundial es 
significativa. La Universidad de San Paulo, la más grande e importante del 
país, se fundó en la década de 1930 con una Facultad de Ciencias 



(denominada facultad de Filosofía, Ciencia y Letras)como núcleo central 
cuya misión era la investigación y la formación de profesores para las 
escuelas secundarias del Estado. La iniciativa no se originó entre los 
científicos, sino que partió de una combinación de los intelectuales y la 
élite político-económica paulistas, para quienes una universidad de 
primer nivel constituía un medio dentro de su intención de obtener 
mayor peso en la vida política nacional. Todos los profesores de la nueva 
facultad de ciencias fueron contratados en el exterior y, a pesar de 
muchas dificultades, este fue el origen más importante de la tradición 
científica que todavía existe en el Brasil. Un par de años más tarde, Rio de 
Janeiro intentó una experiencia semejante con la Universidad del Distrito 
Federal. Sin embargo, su proximidad con el gobierno central y la ideología 
liberal mucho más obvia de la nueva institución produjeron una 
confrontación con el Ministerio de Educación, controlado por la Iglesia , lo 
que llevó a cerrar la universidad después de tres años de funcionamiento. 

Estos intentos de cambio fueron posteriores y muy diferente del 
movimiento de la reforma universitaria que llevó, en las primeras 
décadas del siglo veinte, a institucionalizar la participación de alumnos y 
graduados, en el cuerpo administrativo de las universidades. En él, las 
demandas de participación política fueron fundamentales y los 
estudiantes constituyeron el grupo más activo. En las décadas de 1930 y 
1940 la ciencia y la educación en artes y humanidades estaban en el centro 
de las nuevas iniciativas que daban lugar a un grupo muy activo de 
intelectuales. 

El activismo científico se hizo mucho más fuerte después de la Segunda 
Guerra Mundial, con algunos cambios importantes. En primer lugar, se 
había producido una transformación significativa de la ideología de la 
comunidad científica. Antes de la guerra, la necesidad de la ciencia se 
proclamó en nombre de la cultura y de la civilización. Un país civilizado 
debía tener música, artes y ciencia y un espacio para cultivarlos. La 
universidad debía ser ese lugar y no estar dedicada a metas utilitarias y 
de corte plazo. Si se daba un lugar central a la ciencia entonces, según los 



científicos, los beneficios se harían sentir tarde o temprano. Después de la 
guerra se comenzó a percibir a la ciencia como instrumento importante 
para el planeamiento y el desarrollo económico; los científicos empezaron 
a decir que su responsabilidad no debía limitarse al mundo académico 
sino que ellos se sentían capaces para y querían participar en todas las 
decisiones relevantes para sus sociedades. La participación de los 
científicos durante la. guerra en Inglaterra, los Estados Unidos y la Unión 
Soviética había sido seguida con mucha atención y las ideas propugnadas 
en los años previos por J. D. Bernal y Pierre Jolliot-Curie eran bien 
conocidas. Por todo ello, la participación política se concibió en general 
como un canal , necesario para alcanzar los niveles de influencia y 
responsabilidad que los científicos querían tener. 

También se intensificó, durante los años 40, , el flujo de investigadores 
entre América Latina y los Estados Unidos, gracias a la política 
norteamericana de "buenos vecinos" flujo que reemplazó a mucho mejor 
nivel las pautas de intercambio anteriores con Europa. Ahora, los 
científicos podían acceder a un conocimiento de primera mano de la 
investigación en gran escala y ponerse en contacto con universidades de 
élite que, en sus propios países, eran lo excepción, pero que se convertían 
en modelos para ser adaptados en Latinoamérica. Por último, a medida en 
que se fue intensificando la industrialización y la urbanización, se 
incrementaba en forma concomitante la demanda por educación superior. 
En los años optimistas de la postguerra, todo el mundo estaba de acuerdo 
en que el futuro dependía de una mejor educación, de más escuelas, de 
más científicos y de más investigación. De esta manera, la demanda por la 
ciencia y por la reforma, universitaria pasó a formar parte del mismo 
movimiento que postulaba el mejoramiento de la enseñanza superior y de 
la modernización global de los países latinoamericanos. 

Desde entonces, se presentan dos corrientes aparentemente 
contradictorias que a menudo aparecen en forma simultanea. Una es la 
que intenta cambiar completamente la estructura de la universidad 
tradicional, ubicando a la investigación científica en su núcleo central. La 



otra quiso establecer nichos de investigación científica aislados, 
protegidos y apartados de la turbulencia y presiones del sistema de 
enseñanza superior. 

La propuesta de cambiar la estructura universitaria tradicional era 
revolucionaria. Se pretendía quebrar el poder de las viejas facultades, 
imponer estándares muy exigentes de excelencia académica para 
estudiantes y profesores, acentuar más el valor del trabajo científico que 
del logro profesional, y discriminar dentro del sistema de enseñanza 
superior entre buenos y malos departamentos. Universidades, grupos de 
investigación y cursos. También significaba dividir a los estudiantes entre 
aquellos que se orientaran a la i investigación y los que quisieran 
limitarse al aprendizaje convencional de las profesiones liberales. Todo 
ello requería un cambio drástico de mentalidad y de gente responsable 
para manejar las instituciones de educación superior. Las ideas no eran 
nuevas, ya que estuvieron presentes en las universidades que se 
organizaron en Brasil, por ejemplo, desde la década de 1930. Pero no 
pudieron alterar el poder de las facultades tradicionales en esa época y 
después de la guerra aspiraron a un sistema mucho mayor de educación 
superior. 

¿Quienes fueron los que propugnaron esta revolución? Los más típicos 
eran los jóvenes brillantes de la clase alta o de clase media en ascenso que 
en general tenían una experiencia significativa de estudio o trabajo en 
alguno de los países industrializados, casi siempre en los Estados Unidos. 
Habiendo experimentado otras culturas y mentalidades, no aceptaban las 
jerarquías de prestigio de sus propias sociedades. Confiaban en su propia 
capacidad de cambiar y liderar un sistema moderno de enseñanza e 
investigación y pudieron reunir suficiente apoyo nacional e internacional 
como para intentar poner en práctica sus ideas. 

Esta gente creía que con más ciencia, las sociedades serian mejores y los 
países dejarían de ser atrasados y subdesarrollados. Muchos creían que el 
enfoque científico no solo debía servir para el desarrollo de nuevas 



tocologías o para el control de las enfermedades tropicales, sino también 
para la implementación del planeamiento social y político a nivel más alto 
posible. Por tal motivo, su ideología política fue más bien racionalista, 
nacionalista y con bastante frecuencia socialista. 

El ataque de esta élite emergente contra la universidad tradicional 
coincidió a menudo con las bien conocidas movilizaciones de los 
estudiantes. Estos, sin embargo, se oponían a las instituciones de 
enseñanza superior por motivos bastante diferentes. Ellos querían más 
poder de decisión en cuestiones docentes y administrativas, más 
beneficios sociales y menos exigencias académicas. En los últimos años la 
posesión de un título universitario ya no aseguraba el acceso a un 
confortable y elevado status y a una posición social muy bien pagada. Los 
estudiantes se anticipaban a su frustración social y profesional con un 
rechazo tajante de los valores y procedimientos de las universidades. Las 
acusaban de ser retrógradas, sin preocupación por las necesidades de la 
población más desposeída del país, obsecuente con las oligarquías 
tradicionales, cosas en las que coincidían con sus jóvenes y frustrados 
profesores. Todos ellos acusaban a las universidades de ser elitistas, 
inundadas de mentalidad y tecnologías importadas. De aquí en más la 
alianza se vuelve más compleja. 

El balance de este intento de reformar la universidad por medio de la 
movilización política es muy frustrante. A principios de la década de 1960 
la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos 
Aires se convirtió en el centro de un intento muy activo de cambiar todo 
el sistema universitario basado en altos niveles científicos e intensa 
participación política. Debido a ello, chocó de frente con el régimen 
militar: la mayor parte del plantel docente renunció a sus puestos y más 
tarde muchos se fueron del país. La Universidad de Brasilia, organizada 
en esos años tomando como modelo la estructura departamental de los 
norteamericanos, corrió una suerte similar. Se presentó y todos creyeron 
que era el ejemplo de una profunda reforma universitaria: aquella por la 
cual los estudiantes e intelectuales habían estado bregando, pero su 



resultado fue una línea de confrontación con el régimen militar que no 
permitió que la experiencia continuara. En otros lugares y países, la 
movilización a favor de la reforma universitaria solo fue retorica y pocas 
veces logró un clima institucional real. El clima general ele represión 
política que se abatió sobre la mayoría de los países latinoamericanos 
durante la década de 1990 se sintió con particular crudeza en las 
universidades, de modo que la gran idea de que pudiesen proporcionar 
las bases del cambio social se volvió muy remota. 

La alternativa fue crear nichos de investigación científica bien aislados y 
protegidos dentro, o mejor aún, fuera de las universidades. Era una 
tendencia que siempre había existido pero que se hizo más evidente en 
ese período. Por ejemplo a principios de la década de 1950 el gobierno 
brasilero organizó en Rio de Janeiro un centro avanzado de investigación 
en física que debía proveer la capacitación necesaria para emprender el 
programa de energía atómica del país. No obstante, debido a las 
indecisiones de este programa, dicho centro nunca pasó de ser una 
institución académica sin una estructura organizativa adecuada (más 
tarde fue absorbido por el Consejo Nacional de Investigaciones brasilero) . 
El programa de energía atómica en la Argentina tuvo mucho más éxito 
(por cierto, es el más exitoso de toda América Latina) y sus 
investigaciones se realizaron en Bariloche, a miles de kilómetros de 
Buenos Aires. El ambicioso Instituto Venezolano de Investigaciones 
Científicas se ubicó en las montañas fuera de Caracas, muy lejos de los 
estudiantes, de los profesores y del ruido de la capital venezolana. Como 
estos podrían citarse otros ejemplos más. El proyecto más integral en esta 
dirección lo llevó a cabo el gobierno brasilero desde fines de la década de 
1960. Su originalidad básica consistió en que los recursos para la 
investigación científica y tecnológica no proviniesen solamente de los 
organismos involucrados en la educación y el desarrollo industrial, sino 
también de aquellos sectores del gobierno responsables del planeamiento 
económico y de las inversiones a largo plazo. Esto significó por un lado 
que la cantidad de dinero disponible fue enorme comparado con la 



capacidad instalada para la investigación en el país. En segundo lugar, 
postuló que los criterios de eficiencia y productividad de corto plazo no 
eran necesarios y muy pocas veces fueron utilizados en la evaluación de 
las investigaciones. 

Las consecuencias de este proyecto son varias y hasta hoy todavía no han 
sido completamente evaluadas. Por un lado, Brasil organizó en pocos años 
la infraestructura de investigación más amplia, y en muchos sentidos más 
fuerte de América Latina, ocupando el segundo lugar después de la India 
entre los países subdesarrollados. La inversión de dinero de las 
reparticiones dedicadas al planeamiento económico en ciencia y 
tecnología estuvo acompañada de transformaciones profundas en el 
sistema de enseñanza terciaria en el país. El modelo norteamericano, 
basado en institutos centralizados y una organización departamental, fue 
decretado por ley en 1968; los estudios graduados comenzaron a formar 
parte de los programas universitarios comunes; la dedicación exclusiva se 
extendía a los profesores en mucho mayor medida que antes. Al mismo 
tiempo, se aflojaron las restricciones para entrar a la universidad y se 
permitió el crecimiento de sistemas paralelos de escuelas superiores 
privadas para compensar la limitación de espacio de las públicas . En 
definitiva, el sistema de enseñanza superior se volvía mucho más grande, 
más diferenciado y más estratificado que antes. Aumentó así la 
frustración estudiantil en tanto que su participación política y 
movilización fueron objeto de formas extremas de represión, 
principalmente entre 1969 y 1973. 

Los nuevos programas de investigación no encajaban bien en este 
ambiente cambiado. La reorganización de las universidades fue a menudo 
trabajosa y las nuevas formas organizativas no siempre trajeron consigo 
los resultados esperados en el comportamiento y en los hechos. Muchas 
veces, los mismos grupos de poder tradicionales dentro de la universidad 
lograron adaptarse a las nuevas disposiciones institucionales , sin perder 
su fuerza. La combinación de menores requerimientos para el ingreso y 
represión política del estudiantado creó un clima de desaliento, no muy 



conducente, precisamente, al trabajo científico profesional. Es más, varios 
científicos prestigiosos, que se contaban entre los propulsores más 
conspicuos del movimiento integral de reformas de los anos anteriores, 
fueron expulsados de la Universidad. 

El marco institucional para los nuevos programas fue variado: a veces 
eran institutos aislados de investigación, nuevos departamentos 
universitarios con alto grado de autonomía de la administración central, 
además de nuevas y pequeñas universidades orientadas a la investigación 
y que se crearon en forma paralela a las más tradicionales. Los nuevos 
grupos que fueron beneficiados por los recursos ahora disponibles 
tendían él estar compuestos por jóvenes apolíticos o al menos gente de 
poca memoria y sin vínculos personales con el pasado más reciente. Esta 
gente trabajó en lugares bastante aislados y protegidos, recibía su salario 
de los proyectos independientes y no del presupuesto universitario, no 
tenía que hacer docencia y podía así autodenominarse reformista a largo 
plazo esperando que pasara la tormenta política y mientras tanto 
sentando las bases para el futuro científico y tecnológico del país. 

Este fenómeno no fue exclusivo del Brasil. La aparición de organismos 
para el desarrollo científico y tecnológico se extendía por todos los país 
latinoamericanos durante la década de 1960, fomentados a menudo por el 
apoyo de organizaciones internacionales. Estas, casi siempre, estaban 
presididas por economistas profesionales quienes, cautivados por la 
ideología del planeamiento y desarrollo económicos, evitaron cuanta vez 
hizo falta, involucrarse con la efervescente política de las universidades. 

4. La presión ejercida sobre los científicos 

A pesar de todo, fue imposible mantenerse aislado y retraído durante 
mucho tiempo. A medida que aumentó la diferenciación dentro de los 
sistemas de enseñanza terciaria los científicos con sus institutos y 
laboratorios protegidos se volvieron objetos obvios de presión. Ni los 
estudiantes, ni los profesores tradicionales tenían mucha simpatía por 
estos grupos de jóvenes doctores, con sus diplomas extranjeros, que 



utilizaban términos de otros idiomas, escribían piezas esotéricas y 
recibían salarios mucho mayores que sus colegas, a la vez que no debían 
dedicar tanto tiempo a la docencia. La administración central de las 
universidades nunca apoyó la idea de que fondos bastante substanciales 
fuesen a pasar directamente a las manos de los directores de 
departamento o jefes de investigación sin su participación y aprobación 
previa. Los economistas de los entes de financiación empezaron a 
cansarse de los pedidos continuos de los científicos para que se les 
concediesen recursos a largo plazo para la investigación básica; 
comenzaron a exigir más perentoriamente la presentación de resultados 
medibles en el corto plazo. La evaluación de los proyectos por medio de 
mecanismos de revisión por jurados comenzó a percibirse como la auto- 
preservación de los científicos de las mejores instituciones, llevando a la 
vez a la progresiva concentración de los recursos en los centros más 
calificados y más ricos .En esa época era frecuente oír las demandas por 
una mejor distribución para las regiones e instituciones más pobres. 

Dos factores importantes contribuyeron a ejercer mayor presión sobre 
los centros de investigación. El primero fue la falta de recursos para un 
crecimiento continuo. En Brasil el número de grupos e instituciones 
dedicadas a la investigación aumentó muy rápidamente cuando hubo 
dinero, pero esta expansión se frenó de repente con la crisis económica 
que se hizo cada vez más evidente hacia mediados fines de la década de 
1970. Otros países que tuvieron un a experiencia similar de crecimiento 
acelerado, como México y Venezuela, es probable que hayan pasado por 
los mismos problemas en los últimos años. Resulta obvio que con 
mayores demandas y menores recursos, aparece la competencia, tanto 
dentro del mismo centro de investigación como entre científicos y otros 
sectores. En esta instancia, se formaron todo tipo de alianzas. Por ejemplo, 
un grupo de investigación relativamente endeble en una universidad 
pequeña y periférica uniría su voz a la de los estudiantes y la 
administración de la universidad para protestar contra los recursos que 
se daban a los laboratorios de más prestigio en el centro. 



Un segundo factor lo constituyó el mejoramiento global del clima político. 
En Brasil, igual que en otros países latinoamericanos, los regímenes 
militares establecidos como reacción a los gobiernos populistas fueron 
perdiendo gradualmente el control y comenzaron a abrir canales para 
distingas formas de participación y manifestación política. 

Los regímenes militares enfrentaron problemas no solo por las presiones 
sociales cada vez mayores sino por su propia incapacidad de cumplir con 
las metas sociales y económicas prometidas, con un mínimo de aptitud. El 
hecho es que a medida que se va ensanchando el espacio para la 
participación política, también aumentan las presiones sobre la 
investigación en la universidad. Aumenta igualmente el volumen de 
demandas contradictorias a las autoridades encargadas de enseñanza e 
investigación y estas reaccionan apoyando, por inclinación natural, no 
tanto a los investigadores, cuanto a los grupos de presión más numerosos 
y más unidos, es decir, estudiantes, asociaciones de docentes y de 
personal no docente. La adjudicación de recursos en estas condiciones y 
la contratación de funcionarios para las reparticiones de educación e 
investigación tiende a responder a criterios políticos de corto alcance. Los 
criterios de equidad política entre grupos sociales, regionales y aun 
raciales, o la convivencia política, toman prioridad sobre los criterios de 
calidad y logros alcanzados. Así es como los científicos cada vez 
encuentran menos justificativos para el dinero y la libertad que creen 
necesitar. 

5. En busca de un nuevo rol 

La comunidad científica se está enfrentando a un grave dilema. Por una 
parte, preferiría tener más libertad para investigar y menos interferencia 
en su trabajo por parte de burócratas, administradores, rectores y 
funcionarios de planeamiento. Por otra parte, sus integrantes casi 
siempre comparten los valores básicos en lo que se refiere a democracia, 
participación social, igualdad económica y desarrollo socioeconómico, y 
que son justamente los que están amenazando su propio trabajo. Lo que 



ellos deben lograr es redefinir su rol social y compatibilizar ambos 
objetivos. Ya lo han intentado de diferentes maneras. 

Una de las propuestas más comunes et tratar de aumentar la presencia de 
científicos en los organismos encargados de tomar decisiones en el país. 
Es esta, por supuesto, la clásica idea de Bernal: ubicar a los científicos en 
el nivel más alto posible del gobierno y destacar la necesidad de una 
planificación integral, así como también la integración de la ciencia con la 
tecnología, la investigación básica con la aplicada. La base política y social 
de los gobiernos no parece tener mucha importancia. En Brasil, los 
científicos que bregaron a favor de un ministerio de ciencia y tecnología 
en la década de 1950 continuaron haciéndolo en las décadas siguientes a 
pesar del cambio profundo en el régimen político del país y de la 
represión personal a que muchos de ellos fueron sometidos. La 
posibilidad de que un sistema centralizado de planificación de la ciencia 
pueda llegar a aumentar la burocracia, quitar la prioridad a la 
investigación básica y, en última instancia, alejar a los mismos científicos 
de la participación en decisiones relacionadas con su trabajo, es algo que 
no parece preocupar a aquellos que se enrolan en esta tendencia. Ello 
creen, con alta probabilidad, que serán los nombrados para dirigir los 
poderosos organismos de planeamiento que están reclamando y que el 
planeamiento y la coordinación central son inherentemente buenas. 
También creen que tomando las decisiones sobre política en los niveles 
más altos del gobierno se librarían de las presiones diarias a que están 
sometidos hoy en día. 

La otra propuesta es la de hacer más relevante para la sociedad las 
investigaciones en marcha. La selección de temas de investigación 
basados en su impacto social y económico inmediato, la participación en 
la vida de la comunidad local, una mayor disposición a retomar la 
docencia al nivel universitario, son todos movimientos que apuntan en 
esa dirección. A menudo, este enfoque se combina con un fuerte rechazo 
de los conceptos de "ciencia universal" y sus corolarios: el valor de la 
investigación científica por sí misma, la importancia de publicar en las 



revistas internacionales, el prestigio otorgado por los títulos formales y 
los mecanismos de evaluación para el trabajo de investigación. 

Una forma extrema de esta propuesta se encuentra en las "áreas blandas" 
tales como educación, en las que la "investigación orientada a la acción" 
se ha convertido en un slogan y donde, los temas de investigación se 
justifican en términos de una supuesta conjunción de teoría y práctica, 
conocimiento y acción, ciencia e ideología. La contradicción entre este 
modo de concebir el trabajo de investigación y los enfoques más elitistas 
descriptos más arriba son bastante obvios y tienden a mezclarse con el 
tradicional rechazo de los científicos naturales y "exactos" hacia las 
pretensiones científicas de los colegas en el campo social. 

Una tercer propuesta, muy común entre los administradores de la ciencia, 
es la de insistir en vínculos más estrechos entre investigación e industria. 
Cuando prevalece esta opinión, los proyectos se seleccionan y tienen 
mejores posibilidades de recibir apoyo si llevan a la clara definición de un 
producto; las pautas institucionales se establecen de modo tal de poner 
los recursos de investigación de las universidades al servicio del sector 
industrial. Al mismo tiempo, se buscan mecanismos para facilitar el pasaje 
de los científicos de uno a otro ámbito. En algunos pocos sectores, los 
vínculos se buscan no tanto con la industria privada como con el gobierno, 
incluyendo a las fuerzas armadas En la práctica se ha demostrado que 
esta no es una solución feliz. Los investigadores universitarios y los 
empresarios industriales no hablan el mismo idioma y trabajan de 
acuerdo a metas y ritmos bastante diferentes: solo en circunstancias muy 
especiales pueden establecer una relación de trabajo permanente. Cabe 
destacar que este no es un fenómeno exclusivo de América Latina, pero 
existe una tendencia en esta área a creer que la integración de industria y 
universidades es bastante fluida en los países desarrollados y por eso 
tratan de emularla. 

Las propuestas que hemos descripto hasta el momento son "tipos ideales" 
que en la vida real suelen ocurrir en distintas combinaciones. Los 



científicos a menudo tienden él asumir imágenes contradictorias en su 
trabajo y en su rol social. Un buen ejemplo lo constituyen las respuestas a 
un cuestionario presentado a un grupo de biólogos de América Latina 
durante la conferencia internacional que se realizó en Río de Janeiro en 
1979. Todos ellos estuvieron de acuerdo de que los biólogos no debían ser 
nombrados para contribuir directamente a la solución de los problemas 
prácticos de sus países. Ellos querían preservar su autonomía y su 
libertad de acción para investigar, pero no les gustaba la idea de 
someterse al orden de prioridades que establecieran otros, la mayoría de 
ellos no estaba de acuerdo con las prioridades actuales que se daban en la 
investigación biológica, pero no pudieron ponerse de acuerdo sobre 
prioridades alternativas. En realidad, la percepción de las prioridades 
actuales no difería mucho de las que deberían ser : primero, la formación 
de recursos humamos; segundo, contribuir al progreso del conocimiento 
científico y tercero, contribuir a la solución de los problemas sociales 
actuales . Sin embargo, cuando se les preguntó que tipo de contribuciones 
prácticas podía hacer su trabajo a la sociedad, enumeraron una lista de 
temas que iban desde las enfermedades endémicas a la nutrición y desde 
la producción agrícola a la farmacología. Parecería que no hay correlación 
entre estas supuestas contribuciones y el orden de prioridades, lo cual 
apuntaría a que, si bien los biólogos creen en la importancia social y 
económica de su trabajo, no piensan que tenga tanta influencia directa 
sobre lo que están haciendo como investigadores o simplemente como 
personas involucradas en 1 a elaboración de políticas científicas dentro de 
su propia área de interés. 

¿Cuales han sido las consecuencias de estos esfuerzos por redefinir el rol 
de los científicos en el sistema universitario de investigación y en la 
investigación científica en general? Uno de los hechos positivos es que el 
justificativo tradicional para apoyar a la investigación científica ya no 
puede defenderse fácilmente. Hay muy pocas personas que hoy en día 
todavía halan de la libertad total de investigar, guiada solo por las 
inclinaciones personales de cada científico y la mano invisible del 



mercado científico. Por las mismas razones, no es fácil argumentar que los 
científicos son los depositarios de un futuro mejor y que por ello deberían 
recibir todos los recursos y poder político que están exigiendo. Es 
evidente que el rol del científico es más limitado y está más sujeto a 
restricciones sociales, económicas y políticas. La consideración de las 
necesidades sociales, la importancia económica, las ventajas 
comparativas, etc, podrán guiar a una comunidad científica competente a 
buscar metas que sean más realistas desde un punto de vista científico y 
más significativas desde un punto de vista social. Así la comunidad 
científica podría granjearse más prestigio social, más influencia y la 
capacidad de obtener más recursos. 

Al mismo tiempo, este es un terreno fértil para la incapacidad y la 
mistificación. El modelo tradicional de la organización de la comunidad 
científica incluye mecanismos intrínsecos para el control de calidad, a 
pesar de sus obvias limitaciones (por ejemplo, es mucho más apropiado 
para las ciencias básicas o "duras" que para áreas más cercanas a la 
tecnología o que no tuviesen un paradigma bien establecido.) El rápido 
crecimiento de las instituciones científicas en contextos que carecían de 
una tradición previa de excelencia académica., fatalmente va a generar un 
gran número de profesionales, instituciones y grupos de investigación 
que no hubiesen sobrevivido en un ambiente científico más exigente. 
Existe una competencia natural entre estos nuevos grupos emergentes y 
otros sectores científicos más largamente establecidos. Cuando funcionan 
los mecanismos tradicionales de juicio por los pares, los grupos más 
competentes son les que prevalecerán en la disputa por los pocos 
recursos disponibles. Cuando participan de del proceso de toma de 
decisiones otros criterios y otros participantes, la situación puede 
revertirse. Los nuevos grupos, recién formados, son más proclives a 
adoptar metodologías no bien comprobadas, a buscar resultados 
prácticos inmediatos y a embarcarse en contratos de investigación de 
futuro incierto, que la gente y las instituciones de larga tradición que 
siempre se juegan en reputación. El conflicto que se expresa en términos 



de valores acerca de la función social, la justicia, la innovación, las 
prácticas interdisciplinarias, etc., versus el elitismo, el conservadorismo, 
el academicismo y la rigidez, pueden encubrir en realidad un conflicto 
mucho más simple y elemental entre capacidad e incapacidad y 
oportunismo intelectual. Al mismo tiempo, es posible que lo que se dice 
sea verdad y esta es una distinción crucial que a veces es muy difícil hacer. 

Nadie puede predecir el resultado de la presente situación. Es posible que 
la frágil comunidad científica que se formó en muchos países 
latinoamericanos durante los últimos diez o veinte años, no sea capaz ele 
redefinir su rol y sucumbirá por lo tanto a la actual combinación de 
menores recursos y mayores presiones. También hay una posibilidad de 
que una renovada apreciación del valor de la excelencia, de la libertad de 
investigar y de la independencia intelectual le den nuevos bríos, por lo 
menos en algunas áreas y países. Sin embargo, para que esto suceda, sería 
necesario cerrar la brecha y encontrar un punto de equilibrio entre la 
vieja creencia en la neutralidad y bondad natural de la ciencia y su 
concepción utilitaria. La simple yuxtaposición de ambas es una solución 
que probablemente no puede perdurar mucho. Necesitamos de una 
ideología más compleja sobre el rol de la innvestigacion en estas y en 
otras sociedades . He aquí, según mi criterio, el mayor de les desafíos.